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Título: M Rostovtzeff - Roma_ de los orígenes a la última crisis
Autor: hinohotaru.blogspot.com

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M. Rostovtzeff

ROMA
De los orígenes a la última crisis

TEMAS DE EUDEBA
EDITORIAL UNIVERSITARIA DE BUENOS AIRES

Título de la obra original:
ROME
©1960 Oxford University Press, New York
Traducido por
TULA NÚÑEZ DE LATORRE
Cuarta edición. Junio de 1977
EUDEBA S. E. M.
Fundada por la Universidad de Buenos Aires
©1477
EDITORIAL UNIVERSITARIA DE BUENOS AIRES
Sociedad de Economía Mixta
Rivadavia 1571/73
Hecho el depósito de ley
IMPRESO EN LA ARGENTINA — PRINTED IN ARGENTINA

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ÍNDICE
PÁG.
I. Italia primitiva. Fuentes de información
II. Italia del 800 a. C. al 500 a. C: etruscos, samnitas, latinos
III. Roma en el siglo V y comienzos del IV a. C
IV. Roma en la primera mitad del siglo IV y comienzos del III a. C
V. Roma y Cartago
VI. Roma, el Oriente helenístico y Cartago en el siglo II a. C
VII. Las provincias romanas
VIH. Roma e Italia después de las guerras púnicas y orientales
IX. Los Gracos y el comienzo de la revolución política y social en Roma
X. Comienzo de la guerra civil. Los aliados. Mario y Sila
XI. Pompeyo y César: la segunda etapa de la guerra civil
XII. La dictadura de César. La tercera etapa de la guerra civil: Antonio y Octavio
XIII. Roma, Italia y las provincias en el siglo I a. C
XIV. El principado de Augusto
XV. Religión y arte en la época de Augusto
XVI. La dinastía Julio-Claudia
XVII. La época del despotismo ilustrado: los Flavios y los Antoninos
XVIII. Las provincias en los siglos I y II d. C
XIX. Gobierno del Imperio Romano en los dos primeros siglos d. C
XX. Desarrollo social y económico del Imperio en los dos primeros siglos
XXI. La crisis del Imperio Romano en el siglo III d. C
XXII. Las reformas de Diocleciano y de Constantino: el
despotismo militar de Oriente
XXIII. Las tendencias religiosas del Imperio durante los tres primeros siglos
XXIV. La decadencia de la civilización antigua
XXV. Causas de la decadencia de la civilización antigua
Mapa de Italia
Mapa del Imperio Romano
Cronología
Bibliografía
índice alfabético
Láminas entre páginas

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NOTA A LA EDICIÓN CORREGIDA DE 1928
Los cambios introducidos en la segunda edición del primer volumen de esta obra (The Orient and
Greece) son pocos y de escasa importancia y, en consecuencia, no consideré necesario añadir cosa
alguna al prefacio que aparece al comienzo de ese volumen. En cambio, las modificaciones
introducidas en la segunda edición del volumen segundo son más numerosas y exigen una nota
explicatoria.
Esos cambios tienen por objeto satisfacer a mis críticos y, por supuesto, a mis lectores. Como es
natural, no he podido descartar hechos determinados por las investigaciones arqueológicas y
reemplazarlos con las afirmaciones intuitivas y novelescas deseadas por uno de mis críticos. Tampoco
he considerado oportuno transformar mi historia de Roma en un tratado sobre la constitución y el
derecho romanos. Por último, en ciertas cuestiones debatidas no he querido mudar de opinión, aunque
algunos críticos poco informados hayan tomado, temerariamente, mis concepciones por errores.
Sin embargo, ha sido posible y me ha parecido conveníante corregir algunas aserciones erróneas,
algunas expresiones ambiguas que pudieran tomarse por errores o falsear la comprensión del texto, y,
sin que le reste importancia por decirlo al final, algunas erratas. Agradezco mucho a mis críticos el
haberme llamado la atención con respecto a esos pasajes. En especial, expreso mi gratitud al profesor
F. B. Marsh, de la Universidad de Texas, quien ha tenido la gentileza de sugerir (a mi pedido) una lista
de los cambios que resultarían de utilidad en el texto de mi libro. Le ruego que acepte mi más sincero
agradecimiento.

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ADDENDA
Este libro de Rostovtzeff vale por sí mismo; los descubrimientos y las investigaciones recientes no le
han restado actualidad. Sin embargo, hay hallazgos nuevos y la investigación exhaustiva ha 'resultado
fructífera. Se indican a continuación los detalles más importantes a ese respecto.
Página 7. Los nuevos descubrimientos demuestran que la prehistoria de Italia fue mucho más compleja
que el sencillo esquema de las invasiones indoeuropeas trazado en el texto. Cf. M. Pallotino, The
Etruscans (trad. Pelican, 1955); E. Pulgram, The Tongues of Italy (Harvard University Press, 1959).
Página 11. En la edad de bronce (mediados del segundo milenio a. C. ) ya vivían hombres en las
colinas de Roma. Las nuevas excavaciones prueban la existencia de chozas (del mismo tipo de las
representadas por las urnas cinerarias) en las dos cimas del Palatino durante la primera fase de la edad
de hierro, es decir, aproximadamente en el siglo VIII a. C. Las tumbas descubiertas debajo del Foro,
sobre el Esquilino y sobre el Quirinal pertenecen al mismo período. Por otra parte, el Capitolio estaba
'habitado hacia el 600 a. C. y lo que habría de ser el Foro se empedró por vez primera hacia el 575. De
este modo, el testimonio arqueológico confirma la fecha tradicional (753 a. C. ) de la instalación de
"Rómulo" en el Palatino. Pero una interpretación más exacta de los datos arqueológicos y su
correlación con la primitiva historia de Roma resultan muy difíciles, de modo que los problemas
conexos se discuten acaloradamente. C. E. Gjerstad, Early Rome (vols. I M, 1953 y ss., en curso de
publicación); R. Bloch, The Origins boj Rome (1960); A. Boethius, The Golden House of Ñero
(University of Michigan Press, 1960), pp. 3 y ss. y 186; también, publicaciones de divulgación: S. M.
Puglisi, "Huts on the Palatine Hill", Antiquity XXIV (1950), pp. 119-121; E". Gjerstad, "Stratigraphic
Excavations in the Forum Romanum", Antiquity XXVI (1952), pp. 60 y ss.
Página 31. La hipótesis de que Quirino era un dios sabino no puede defenderse. Cf. G. Dumézil,
L'héritage indo-européen á Rome (1949), pp. 87 y ss.
Página 8Jf. En la época de Cicerón solo se consideraba parte de la nobleza, esto es, de las mejores
familias de Roma, a los descendientes directos de un cónsul (o dictador, o censor). Cf. H. H. Scullard,
Román Politics (Londres, 1951), p. 6.
Páginas 84-85. Las relaciones entre tribus y centurias constituyen un problema muy complejo,
indebidamente simplificado en el texto. Cf. H. Hill, The Román Middle Class in the Republican Period
(1952), pp. 38 y ss.; E. S. Stavely, "The Constitution of the Román Republic", Historia V (1956), pp.
112 y ss.
Página 96. Es probable que nunca llegaran a existir las tribus supernumerarias. Al final, los itálicos
fueron distribuidos entre las tribus primitivas. Cf. L. R. Taylor, The Voting Districts of the Román
Republic (Papers and Monographs of the American Acádemy in Rome, vol. XX, Roma, 1960), pp. 101
y ss.
Página 135. Los testimonios conservados no dan asidero para la inferencia de que Ático se dedicara al
negocio editorial. Cf. G. Pasquali, Storia della tradizione (1934), p. 399.
Página 156. Acerca de la situación constitucional de Augusto, véase la compilación de opiniones
recientes en una revista alemana, Historia I (1950), pp. 408 y ss., que contiene un artículo de G. E. F.
Chilver.
Páginas 156 y 175. Una inscripción descubierta recientemente (la Tabula Hebana) demuestra que por
lo menos hasta el 19 d. C. cónsules y pretores eran elegidos por el pueblo, pero el pueblo solo podía
rechazar o aceptar los candidatos oficiales, seleccionados con anterioridad por votación de un comité
de senadores y caballeros. Este complejo sistema eleccionario fue introducido por Augusto. Cf. J. H.
Oliver y R. E. A. Palmer, "Text of the Tabula Hebana", American Journal of Philology LXXV (1956),
pp. 225 y ss.
Página 173. Calígula exigió que se le rindieran honores divinos, pero no se proclamó "Señor y Dios".
Página 218. Nuevos hallazgos prueban que la tarifa de Diocleciano también estaba en vigencia en
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Occidente. Cf. T. Frank, An Economic Survey of Ancient Rome, vol. V (1941), pp. 305 y ss., W. L.
Westermann, The Age of Diocletian (Nueva York, The Metropolitan Museum, 1953), p. 29.
Página 258. El imperio hitita no fue destruido por los tracios, sino por los "pueblos del mar". Cf. O. R.
Gurney, The Hittites (Pelican, 1961).
ELIAS J. BICKERMAN

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ITALIA PRIMITIVA. FUENTES DE INFORMACIÓN
En el siglo IV a. C, en el preciso momento en que el mundo griego se hundía políticamente, a pesar de
un trasfondo de floreciente civilización, en otra parte del mundo se cumplía un proceso inverso. En
Italia, la unificación se llevaba a cabo a ritmo acelerado y toda la península se hallaba envuelta en un
proceso de formación. Ese desarrollo no tenía lugar entre las colonias griegas de Italia y Sicilia que,
como ya hemos visto, eran incapaces de mantener entre sí una unión permanente, sino entre las tribus
itálicas, las cuales habían mantenido durante mucho tiempo relaciones con los etruscos y los griegos, y
habían ido adoptando poco a poco su cultura. Gracias a ese proceso de unión, Italia se puso con rapidez
en primer plano en el siglo IV a. C; a partir de fines del siglo U, su voz fue decisiva en los asuntos
políticos de Oriente y los griegos tuvieron que obedecer sus órdenes.
Este estado de cosas, que determinó el curso de la evolución humana durante muchos siglos, plantea un
problema fundamental. ¿Cómo fue posible, en tierra itálica y con la base de una liga conducida por uno
de sus miembros, llegar a la creación de un poder único con un ejército fuerte y grandes riquezas,
mientras que Grecia, a pesar de su genio creador, nunca logró dar cima a ninguna de sus tentativas para
conseguir el mismo resultado? Dicho de otro modo: ¿Por qué Roma, que no era más que una ciudadEstado como Atenas y Esparta, logró resolver el conflicto que no habían podido superar Atenas ni
Esparta, ni tampoco las monarquías griegas fundadas en el poder militar por los sucesores de
Alejandro?
El surgimiento de tal imperio, con Roma por capital, y su extensión por la península y, más tarde, por
todo el mundo conocido, resultaba, en verdad impresionante, como hecho histórico, para todos los
filósofos e historiadores de la Antigüedad, bien fuesen nativos de Italia y, por consiguiente, coautores
también ellos de ese imperio o griegos y, en consecuencia, gentes obligadas a someterse a su mandato.
Grandes intelectuales, como Polibio, el historiador griego que describió los días triunfales de Roma y
sus brillantes victorias en Oriente y Occidente en el siglo II a. C, y prominentes hombres públicos
romanos de gran saber y de destacada actividad política, todos dirigieron sus mentes hacia ese
problema, en busca de una explicación satisfactoria. La explicación que dieron estaba inspirada por las
ideas filosóficas y políticas vigentes en aquel tiempo.
Partiendo del principio de que el bienestar de un Estado depende en parte de las cualidades morales de
los individuos y, en parte también, de la bondad de su constitución, los historiadores filosóficos griegos
atribuyeron el éxito de Roma a dos causas: a las virtudes de los ciudadanos romanos y a la perfección
de su constitución, que realizaba en la práctica el ideal forjado mucho antes por los filósofos griegos,
desde Platón en adelante. Sin embargo, nosotros no podemos aceptar esa explicación como suficiente.
La investigación de las condiciones de vida en Roma e Italia nos ha mostrado algo de lo que el propio
Polibio ya advertía al final de su vida, y es que la opinión que tenían los antiguos pecaba de exagerada,
tanto en lo. que respecta a la constitución como a las virtudes cívicas y morales del pueblo romano; esa
opinión no concuerda por entero con los hechos y, en todo caso, no constituye una plena respuesta al
problema.
Es claro que las causas del éxito de Roma son más complejas y más profundas, y solo se pueden
descubrir mediante un cuidadoso estudio del contorno histórico que moldeó la vida de Italia desde la
más remota Antigüedad. Pero nosotros sabemos muy poco de ese proceso inicial. Los griegos se
interesaban especialmente en la suerte de sus propias colonias de Sicilia y el sur de Italia. Tenían
conocimiento acerca de las tribus itálicas desde el siglo VI a. C, pero no pusieron gran interés en ellas
hasta dos siglos más tarde; su preocupación acerca de esas tribus fue mayor a fines del siglo IV y
comienzos del III. Hay que añadir a todo esto que la copiosa literatura histórica producida por los
griegos de Sicilia e Italia no ha llegado hasta nosotros y la que ha llegado consiste solo en pobres
fragmentos. El más valioso de esos fragmentos fue recogido por los escritores romanos entre el año 100
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a. C. y el año 100 d. C; se trata de fragmentos del historiador griego Timeo, nativo de Tauromenium
(hoy Taormina) en Sicilia, que vivió desde fines del siglo IV hasta la primera mitad del III a. C. Este
historiador recogió todo cuanto se sabía en aquel entonces acerca de los clanes itálicos.
La tradición histórica, tal como la conservaron los propios itálicos y la rehicieron los historiadores
romanos de los tres últimos siglos anteriores a Cristo, no solo es pobre sino que está deliberadamente
falseada. Las tribus itálicas apenas tenían documentos en los que se registrasen sus acontecimientos
históricos.
El arte de ITALIA PRIMITIVA
la escritura les llegó muy tardíamente y se empleaba muy poco para perpetuar la memoria de sus
acontecimientos. Había una raza, residente en Italia, que hubiera podido crear una tradición histórica:
eran los etruscos; pero éstos hablaban y escribían una lengua que no entendía la mayoría de los itálicos
ni tampoco los hombres cultos de Roma. Por otro lado, la tradición etrusca probablemente no era de
larga data y, en todo caso, no merecía mucho crédito. Los pocos textos epigráficos que se conservan no
remontan más allá del siglo IV a. C.
Ante tal estado de cosas, no es de extrañar que los historiadores se encontrasen perplejos cuando a fines
del siglo III a. C. comenzaran a recoger hechos acerca de la primitiva historia de Roma e Italia. Con los
métodos de investigación histórica conocidos por aquel entonces, apenas hallaron algo en la literatura
griega o en las tradiciones locales que les pudiera ayudar para hacer una narración, digna de confianza,
de las vicisitudes por las que habían pasado los itálicos antes del siglo IV a. C. Más tarde, en el siglo IV
y en el ni a. C. la cuestión mejoró porque, tanto en Grecia como en Italia hubo personas que se
interesaron en la historia itálica y registraron los sucesos contemporáneos de Roma y de las tribus
itálicas. Entre esos estudiosos, los más eminentes eran los propios romanos. Para el período anterior
tenían que basarse en las siguientes frentes: 1) alusiones occidentales de los historiadores griegos del
sur de Italia; 2) conjeturas de los mismos escritores acerca del pasado de Roma, sobre el cual sabían
muy poco y que además trataban de relacionar con el pasado legendario de Grecia; 3) listas de los
magistrados romanos. Pero estas listas eran incompletas e inexactas, al menos hasta el año 320 a. C,
fecha en que el colegio de pontífices comenzó a reunir listas de cónsules con la intención de hacer un
calendario, agregando noticias de acontecimientos importantes; ese documento se conoció con el
nombre de "anales de los pontífices"; 4) la tradición oral, conservada en los cantos que se entonaban en
las casas de algunas familias de vieja estirpe o asociados con los más antiguos monumentos existentes
en la ciudad; 5) supervivencias de la Antigüedad en ciertas instituciones civiles y religiosas; 6) algunos
fragmentos informativos que procedían de la literatura histórica de los etruscos.
Con tales fundamentos, no se pudo construir la historia conexa de Roma e Italia desde los tiempos
antiguos. Pero, mientras tanto, el orgullo nacional de Roma y el papel que comenzaba a representar
dentro de la familia de- los imperios helenísticos exigía que también ella tuviera, como los otros
imperios y ciudades del mundo civilizado, su propia historia y, además, una historia que partiera desde
el comienzo, es decir, desde la fundación de la ciudad. Asimismo, la historia de Roma tenía que
relacionarse de un modo u otro con la del mundo civilizado o, dicho de otro modo, con Grecia y con el
episodio más antiguo de esa historia, la propia guerra troyana. Roma debía ocupar un sitio en el poema
de Hornero, el monumento más antiguo de la tradición histórica griega. Para el último período, era
preciso mostrar cómo Roma avanzaba, cada vez con mayor fuerza, hasta convertirse en la dueña de
Italia y cómo fue formándose, poco a poco, su constitución, que hasta los griegos reconocían como un
modelo de perfección.
Con estos objetivos a la vista, los primeros historiadores de Roma crearon, mediante esfuerzos
combinados, una cronología más o menos aceptada y una historia bastante detallada de la Roma
primitiva, de un contenido sumamente patriótico pero fundado en cimientos muy endebles. Algunos de
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esos historiadores eran inmigrantes procedentes del sur de Italia, helenizados, tales como Ennio y
Nevio, que vivieron y escribieron durante las guerras púnicas; otros eran romanos que desempeñaron
un papel en la política de fines del siglo DI a. C. y a principios del II a. C, como, por ejemplo, Fabio
Pictor, Cincio Alimento, Gayo Acilio (todos los cuales escribieron en griego), y Marco Porcio Catón,
Casio Hemina, Calpurnio Pisón, Gneo Gelio, y Claudio Cuadrigario. Como ya hemos apuntado
anteriormente, esos autores poseían fuentes muy poco fidedignas para el período primitivo. Como
trataban, de construir una narración continua del desarrollo de la ciudad con fragmentos de tradición
histórica, recurrían a una serie de suposiciones arbitrarias, fundadas en interpretaciones fantasistas y
carentes de' valor científico, o bien utilizaban palabras referentes a algunas instituciones civiles y
religiosas que no comprendían o a nombres de ciertos monumentos erigidos en los inicios de Roma.
Esos historiadores confiaron en suposiciones parecidas de los historiadores griegos que procuraban
hacer conexiones caprichosas entre la historia de la Roma primitiva y la mitología griega. De esta
manera, consiguieron hacer narraciones, más o menos conexas, desde la llegada de Eneas, cuando ese
héroe huyó a Italia después de la toma de Troya, hasta el momento en que pudieron emplear los hechos
más o menos auténticos de la historia de Roma, que la tradición oral había conservado en una forma
semilegendaria, y también la primitiva información realmente auténtica sobre asuntos internos y
externos.
Con estos hechos aislados y semihistóricos, asociados a nombres que figuraban en los primeros
tiempos, pero a los que no se les puede asignar una fecha determinada, los historiadores romanos
intentaron de nuevo construir una narración ordenada de los acontecimientos. Colocaron los hechos
siguiendo un determinado orden cronológico, de. acuerdo con su propio juicio; inventaron nuevos
héroes, para los que no tenían base en la tradición, y describieron detalladamente sus hazañas; dijeron
cómo esos hombres alzaron a Roma sobre sus vecinos y dieron vida a la constitución romana. Este
cuadro era, en gran medida, imaginario y todavía fue falseado aún más por los escritores de la segunda
mitad del siglo II a. C. y comienzos del I, que trataban de encontrar un apoyo en el pasado remoto para
las reformas políticas y sociales que ellos mismos propiciaban.
Mediante un análisis cuidadoso de esas obras históricas es posible entresacar algunos hechos
constitucionales, religiosos y políticos, a partir del siglo VI a. C; pero esos hechos son tan generales
que es casi imposible construir una historia continua y algo completa de Roma e Italia en el siglo V y
gran parte del siglo IV. Para tiempos más remotos, los escritos de los historiadores romanos son
prácticamente inutilizables.
Por ese motivo, resultan especialmente valiosos los resultados de la investigación arqueológica en
Italia. Ellos nos permiten formarnos una idea del desarrollo cultural del país desde la época paleolítica.
No es fácil compaginar los resultados1 así obtenidos con los informes de los historiadores romanos, en
especial con el que nos muestra la distribución de los diferentes pueblos establecidos en Italia. Pero
algunos puntos se pueden dar por seguros y, aunque son pocos, tienen mucha importancia para la
comprensión de la historia ulterior de la península.
Geográfica y geológicamente, Italia se parece, en líneas generales, a Grecia. La península Apenina es
una continuación de la Europa Central que llega hasta el Mediterráneo. Italia está limitada al norte por
los Alpes. Aunque éstos parecen constituir a primera vista, una formidable barrera entre Italia y Europa
central, la realidad es que tal barrera no es tan enorme como parece. Porque los grandes ríos de Europa
central, el Ródano, con sus afluentes, que sigue la dirección sudoeste, y el Rin, que corre hacia el norte,
nacen en los Alpes; era, pues, muy posible seguir sus cursos por los pasos que atraviesan los Alpes
hasta Italia y de allí descender por los valles de los ríos, en su mayoría tributarios del Po, hasta la fértil
llanura del norte de Italia. Una franja costera permitía la conexión de Italia y Galia. También era
relativamente fácil penetrar en Italia por la región del Danubio y sus afluentes.
La línea de los Apeninos forma la columna vertebral de la península itálica; va más allá del mar,
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reaparece en Sicilia y se conecta geológicamente con el norte de África. Esas montañas son mucho
menos inaccesibles y peladas que las de Grecia; están entrecortadas por un crecido número de fértiles
valles y se hallaban cubiertas en tiempos antiguos con bosques y ricos pastos disponibles en todas las
estaciones del año. En la costa oriental, las montañas se acercan al Adriático, salvo en Apulia, en donde
existe una extensa llanura de óptimo pasto para ganado vacuno y lanar. En el Occidente, las
condiciones varían. Allí existe una fila de volcanes, en especial en Etruria, el Lacio, en Campania y las
islas adyacentes, incluyendo Sicilia, y su secular actividad ha creado en la ladera occidental de los
Apeninos llanuras sumamente fértiles, cruzadas por ríos que nacen en la parte central para terminar en
el Mar Tirreno. El mayor de estos ríos y el único adecuado para la navegación es el Tíber. Este río
divide uno de los valles en dos porciones: el Lacio y Etruria; otro valle es la Campania, separada del
Valle del Tíber por algunas estribaciones de los Apeninos que descienden hasta las orillas del mar.
Ya hemos hablado de la extraordinaria fertilidad de la Campania. Las llanuras de Etruria y el Lacio son
más pobres en cuanto a su formación geológica; el suelo consiste en un fértil estrato de toba volcánica
porosa sobre una capa de arcilla impermeable y, por consiguiente, se puede convertir fácilmente en
pantano. Pero, mediante un cuidadoso drenaje y un trabajo persistente, se pueden obtener buenas
cosechas e incluso, aunque se halle en parte sumergido, suministra en invierno buen pasto para los
ganados de los valles superiores de la cercanía.
La costa itálica es menos rica en puertos que la de Grecia; pero posee, en especial en su parte
occidental, excelentes bahías. Los mejores puertos son los de Ñapóles y Genova; hay también bastantes
puntos a donde pueden arribar las embarcaciones de tamaño regular y descargar sus materiales. Así,
pues, en conjunto, la parte más fértil de Italia mira al oeste; sus llanuras más productivas corren hacia el
oeste; además, se une al Occidente a través de Sicilia, de la que solo la separa el angosto estrecho de
Mesina y de la costa del Golfo de Liguria. También es íntima su conexión con Oriente: el Po corre al
Adriático, una serie de islas acerca su costa oriental a la costa occidental de Grecia y la bahía de
Tarento ofrece libre acceso a las embarcaciones que salen del Golfo de Corinto. Esas condiciones
geográficas han determinado la historia de Italia. El país era accesible, por un lado, para las tribus de
Europa central y, por otro, para los navegantes de Oriente. Unos y otros se sentían atraídos por su
riqueza natural, su clima templado y su rica vegetación. Los pastores y campesinos de Europa central
llegaban tentados por los excelentes pastos y la fertilidad de sus campos, mientras que los inmigrantes
orientales buscaban los puertos del sur, que daban acceso a la próspera Campania, a los fértiles valles
del sur de Italia y a los antiguos bosques de las colinas circundantes, que suministraban maderas
excelentes para la construcción de barcos.
En esas condiciones, es fácil comprender por qué la historia primitiva de Italia es semejante a la
historia primitiva de Grecia. Los moradores de la Europa central y oriental llegaban poco a poco al país
procedentes del norte y del sur. Los más antiguos habitantes eran ligures e iberos, muy próximos a los
aborígenes de España y de Galia; luego aparecieron las tribus indoeuropeas de la Europa central. Los
primeros pobladores de esas tribus eran probablemente moradores lacustres en su país de origen; sus
pueblos se construían sobre los lagos en plataformas sostenidas por vigas o pilotes; esas vigas se ponían
a alguna distancia de la orilla y se aseguraba la comunicación con la orilla mediante un puente movible.
Ellos comenzaron por construir tal género de aldeas en los lagos del norte de Italia. Después se
trasladaron a tierra firme en donde construyeron poblados protegidos por terraplenes y rodeados por
fosos; también aquí se colocaban las casas en plataformas que descansaban sobre pilotes y éstos se
fijaban en la tierra en la parte interior de los terraplenes. Éstas fueron las primeras ciudades fortificadas
de los centroeuropeos que se establecieron en Italia. Allí se las llama terramare, porque sus ruinas
están llenas de una tierra negra muy rica (térra mará o mama). Estos habitantes de las terramare
llegaron a Italia al comienzo de la edad de los metales, la edad del cobre y del bronce.
Bastante más tarde, en el último período de la edad del bronce, cuando comenzaba a usarse el hierro,
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siguieron a esas primeras tribus otros clanes que provenían de distritos en donde había lugares
fortificados en las montañas y cimas de las colinas para proteger a los hombres y a los animales
domésticos. Estos hombres traían consigo herramientas y armas perfeccionadas y, por eso, desplazaron
a los moradores de los lagos y a los aborígenes. Mezclándose mutuamente y también con los antiguos
habitantes, y ocupando distrito tras distrito, llegaron hasta la extremidad sur de la península. Esos
inmigrantes se fueron dividiendo paulatinamente en tres grupos, cada uno de los cuales hablaba un
dialecto diferente basado en una lengua común parecida al celta. Esos grupos eran los umbros, los
latinos y los samnitas. Los primeros ocuparon el norte de Italia y parte del centro, los segundos, el
curso inferior del valle del Tíber y los últimos, las colinas y valles del sur de la península.
Sin embargo, no tuvieron la suerte de mantener su dominio en la costa. Los valles de Apulia y las
llanuras vénetas, las partes más fértiles de la costa oriental, fueron ocupadas en temprana fecha por
clanes ilíricos, que vinieron de las costas del norte y del este del Adriático. Los más fuertes y
numerosos de esos clanes fueron los yápiges, que ocuparon la costa sudoriental de Italia.
Probablemente, esos clanes entraron en Italia al mismo tiempo quelos pobladores lacustres. La costa
occidental, salvo el curso inferior del Tíber, fue conquistada por invasores que atravesaron el mar a
comienzos del primer milenio. En el norte, los itálicos fueron rechazados hacia las montañas o
sometidos por los etruscos. Uno de los troncos de Anatolia que emigraron de Asia en la edad de la
confusión y la dispersión de fines del segundo milenio. Grupos de inmigrantes procedentes de Grecia
ocuparon, después del siglo VIII a. C, toda la franja costera del sur, excluyendo Apulia en el este, pero
incluyendo Campania en el Occidente. Los últimos invasores de Italia fueron los celtas, a quienes los
romanos llamaron "galos". Eran muy semejantes a los itálicos y, como éstos, también procedían del
norte; unos venían del territorio que hoy se denomina Francia y otros procedían quizá del valle del
Danubio. En el siglo VI a. C, comenzaron a ocupar gradualmente el valle del Po, arrojando de allí a los
etruscos.

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II
ITALIA DEL 800 a. C. AL 500 a. C; ETRUSCOS, SAMNITAS, LATINOS
Sabemos que los etruscos aparecieron en la costa occidental de Italia central, que allí se establecieron y
que penetraron en el corazón mismo del país, hasta el valle del Po y el Adriático, pero ignoramos los
detalles de este proceso. Las excavaciones llevadas a cabo en sus poblaciones nos dan un buen cuadro
de su vida, especialmente entre el siglo VI y el III a. C; cierto número de monumentos nos lleva aún
más lejos, hasta el siglo VIII a. C. Todavía no podemos descifrar los textos etruscos grabados en
piedra, con excepción de algunos nombres propios y palabras aisladas, aunque utilizaban el alfabeto
griego. Sin embargo, la cantidad de monumentos etruscos que se conservan en las tumbas y las ruinas
de sus ciudades es tan grande, y los monumentos mismos son tan variados, que podemos forjarnos una
idea de las condiciones sociales y políticas de ese pueblo, de su religión, costumbres, arte e industrias.
En los siglos V y IV a. C, el imperio etrusco era una liga numerosa y de grandes ciudades, algunas de
las cuales eran puertos marítimos. La solidaridad de esta liga fue disminuyendo con el tiempo, pero
debió ser grande cuando se creó el Imperio. La estirpe etrusca formaba la clase superior de la población
y vivía en ciudades fortificadas y bien delineadas. Esta clase obtenía sus recursos de varias fuentes:
cultivaba el fértil suelo del país y criaba ganado, explotaba las minas de cobre de Etruria y las de hierro
de la isla de Elba, mantenía una industria activa, en especial metalúrgica y textil y, finalmente,
comerciaba intensamente con el mundo griego y con Oriente, por intermedio de las colonias griegas del
sur de Italia y de Cartago. En los antiguos tiempos, todo el - comercio marítimo en el Mediterráneo
difícilmente se podía distinguir de la piratería y tal carácter se conservó en Etruria hasta épocas muy
tardías. En los siglos V y IV a. C, un comerciante etrusco era para los griegos sinónimo de pirata. La
clase superior se componía de terratenientes, comerciantes e industriales. El trabajo lo hacían los
ligures e itálicos conquistados, y también, probablemente, los esclavos capturados en las constantes
guerras y en sus acciones de piratería. Es indudable que esos propietarios, comerciantes-piratas e
industriales formaban la fuerza guerrera de la liga etrusca, reclutada a veces en una sola ciudad y otras
en todas.
Sabemos poco acerca de la constitución de la liga y del gobierno de las ciudades. Es probable que, en
tiempos primitivos, cada ciudad estuviese gobernada por un rey, cuyo lugar fue ocupado
posteriormente por magistrados electos pertenecientes a las familias nobles. Su religión y su
civilización eran de tipo mixto. Aunque sin duda procedían de Oriente y se asemejaban a las
instituciones que prevalecían en Anatolia hacia el año 1000 a. C, sin embargo, la estrecha relación con
Fenicia y Grecia desfiguró los orígenes de la civilización etrusca y le dio un carácter heterogéneo y
variado. Es muy posible que, en muchos sitios, los conquistadores etruscos admitieran en sus filas a la
aristocracia nativa, la cual ya poseía, en el momento de la conquista, una cultura bien desarrollada, un
lenguaje propio y tal vez algunas nociones de escritura. Es muy probable que en las ciudades más
populosas y ricas hubiera residentes griegos, principalmente artistas y artesanos originarios de Jonia.
La vida de la aristocracia en las ciudades era muy semejante a la de sus contemporáneas griegas, en
especial, a las del Asia Menor y del sur de Italia. Podemos ver cómo empleaban su tiempo gracias a las
escenas que adornan las tumbas etruscas y a las vasijas de estilo griego pero hechas en Etruria.
Guerreaban, practicaban todos los deportes comunes en Grecia: carreras, boxeo, lanzamiento de disco y
jabalina, lucha en la palestra, carreras de carros, caza y pesca; celebraban festivales acompañados de
ceremonias religiosas. También las mujeres, ricamente adornadas, participaban en esas ceremonias. No
sabemos con exactitud si la vida de las ciudades etruscas se desenvolvía de la misma manera que las de
Asia Menor y el sur de Italia, aunque hay fundadas razones para creer que probablemente era así.
Debemos suponer, asimismo, que debió haber dificultades políticas entre las diversas comunidades y
una división social en cada una de ellas. Presumimos que justamente por eso acaeció la gradual degenehttp://hinohotaru.blogspot.com

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ración de la liga etrusca.
Las fructuosas excavaciones de ciudades y cementerios etruscos, realizadas por los arqueólogos
italianos, nos permiten seguir muy exactamente el desarrollo del arte etrusco desde el siglo VIH a. C.
Al principio, encontramos el estilo geométrico característico de Italia; más tarde ese estilo deja sitio a
las influencias orientales. Al mismo tiempo, Etruria se convierte en un mercado para los comerciantes
de Grecia y de Oriente, en especial de Fenicia; y, combinando todos esos elementos, se crea en esa
época on arte etrusco original e independiente. Lo encontramos en arquitectura, escultura, pintura y
también en la producción industrial, en particular en la fundición del bronce, en la fabricación de joyas
y en el grabado de metales. No podemos decir, empero, que el arte etrusco alcanzó una gran calidad. Su
arquitectura continuó siendo por mucho tiempo de estilo arcaico y no pasó de simples modificaciones
de los modelos griego y oriental. Su escultura, que muestra una gran habilidad técnica, no llegó nunca a
la altura de la griega. Durante mucho tiempo mantuvo una inclinación arcaica por los colores brillantes.
Solo en un aspecto produjo una obra extraordinaria: en el del retrato, de un gran realismo. Su pintura
es, tal vez, el lado más atrayente de su arte. En este género, aunque seguía el estilo y los métodos de los
artistas griegos, consiguieron expresar sus ideas en asuntos tomados de la vida diaria, de la historia o de
la religión. Las horribles figuras que ellos inventaron de dioses infernales y demonios, de la muerte y
de los futuros castigos, les sobrevivieron y ejercieron una gran influencia en el arte romano así como en
la pintura medioeval italiana. En el dibujo y el arte industrial, los etruscos alcanzaron un alto grado de
habilidad técnica. Pero su orfebrería se preocupa más del tamaño, peso y elaboración que del
refinamiento de la forma y el ornato.
La actividad política de los etruscos se encaminó en dos direcciones. Por mar, eran fieles amigos de los
fenicios y de los cartagineses, los cuales aceptaban de buen grado los servicios de esos piratas
aventureros y audaces, siempre y cuando se dedicaran a saquear a los rivales griegos de Cartago y
respetaran a los países que dependían de ellos. Para Fenicia y, más tarde, para Cartago, Etruria era un
buen mercado, en donde obtenían metales y materias primas, al mismo tiempo que le vendían estaño de
España e Inglaterra, plata y cobre de España, oro y artículos manufacturados del Oriente.
Indudablemente, los etruscos eran piratas más que comerciantes y, por eso, Cartago no abrigaba ningún
temor ante una posible competencia; no tenemos noticias de que poseyeran ni una sola colonia o
factoría. Pero entre Grecia y Etruria existía una gran hostilidad. Los pirata» etruscos, actuando de
acuerdo con la flota cartaginesa, impedían que Grecia extendiera su influencia al norte o que pusiera el
pie en Cerdeña y Córcega. Casi les cortó totalmente el acceso a sus colonias de Galia y España. La
acción más notable de los etruscos fue la destrucción de Alalia, una colonia fundada en Córcega por los
focenses (año 538 a. C. ); Marsella, el centro griego más importante de la Galia, se vio precisada
durante ese siglo a concluir convenios con Roma. Gracias a los etruscos, los cartagineses pudieron
obstaculizar la expansión de Grecia hacia el Occidente y el norte. Es verdad que los esfuerzos unidos
de estos aliados no lograron ahuyentar definitivamente a los griegos de las aguas occidentales. Pero
aunque los griegos alcanzaron repetidas victorias por mar, de hecho tuvieron que renunciar a toda
esperanza de suprimir radicalmente la piratería etrusca y tuvieron que conformarse con abastecer a las
ciudades de los enemigos de mercancías que necesitaban. A propósito de esas victorias griegas de que
hemos hablado, mencionaremos la hazaña de Hierón de Siracusa, que derrotó a los etruscos en Cumas,
el año 474, y el envío por parte de esa ciudad de una expedición contra la costa de Etruria, hecho que
tuvo lugar el año 453 a. C.
Éste era el panorama que se presentaba en los asuntos marítimos. Por tierra, el dominio de Etruria fue
aumentando firmemente hasta la segunda mitad del siglo VI a. C. En cambio, no mostró una actividad
expansionista especial. No codiciaba la posesión de las montañas itálicas; su ambición se limitaba al
valle de Po, en el norte, y la Campania, en el sur. Los etruscos ocuparon por entero la primera y la
mantuvieron en su poder hasta que aparecieron los celtas, en el siglo V a. C. Por cierto tiempo, su
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movimiento hacia el sur se vio coronado por el éxito. Las dinastías etruscas reinaron en Roma y, con
toda probabilidad, en otras ciudades del Lacio; en Campania, Capua se convirtió en un baluarte del
poder etrusco y en un peligroso rival de Cumas y Ñapóles, extendiendo su dominio sobre una serie de
pequeñas ciudades semigriegas, tales como Ñola y, acaso, Pompeya. Pero este movimiento hacia el sur
fue detenido por la oposición griega y también por una nueva e importante situación que surgió en la
historia de Italia.
Esta nueva situación se debía al progreso en la organización política y económica, así como en la
cultura, de dos grupos que pertenecían a la población itálica de la península: los samnitas y los latinos.
Los primeros habían vivido en estrecho contacto con las colonias griegas del sur y, desde hacía mucho
tiempo, se esforzaban en adquirir la parte de la costa en donde los griegos estaban establecidos;
codiciaban, en especial, la riqueza de Campania. En el este, las poderosas y civilizadas tribus que
vivían en Apulia, conservaban sólidamente el dominio de la costa y mantenían a los samnitas fuera de
su país. Suponemos que éstos estaban divididos en tribus montañesas separadas y que la mayoría de
ellas se componía de pastores sin conocimiento alguno de la vida urbana. Algunas de esas tribus se
hallaban unidas mediante ligas las que alcanzaban, de vez en cuando, una gran fuerza. Una de sus
instituciones, llamada "Primavera Sagrada", fomentaba poderosamente su expansión. De acuerdo con
la institución mencionada, la generación más joven de un clan era enviada por sus padres, bajo el
estandarte del tótem sagrado —lobo, cervatillo, buey o cuervo— para que conquistaran para sí nuevos
campos de pastoreo y más tierras.
En el transcurso de los siglos V y IV, los samnitas aprendieron mucho de sus vecinos griegos;
perfeccionaron sus armas, adoptaron métodos griegos para guerrear, organizaron sus clanes y ligas
sobre sólidas bases y comenzaron a edificar ciudades propias y a fortificarlas. Así estuvieron en
condiciones de apoderarse, una tras otra, de las colonias griegas, más indefensas. El comercio con los
griegos los enriqueció y desarrolló sus gustos; en sus tumbas del siglo IV, encontramos excelentes
pinturas y muchos objetos de oro, plata y bronce, con vasijas que ellos mismos fabricaban según los
modelos griegos. Cuanto más próximos se hallaban de Campania, mayor era la influencia de la
civilización griega. Por último, lograron expulsar a los etruscos de Campania, se apoderaron de la
mayoría de sus ciudades e hicieron de Capua su capital en el año 438 a. C. De este modo, creció y
floreció una nueva rama del helenismo, que podría denominarse grecosamnita o campaniense.
Conocemos muy bien esa cultura gracias a los antiguos monumentos y tumbas que se han encontrado
en muchas ciudades suyas.
Los samnitas pusieron un límite a la expansión hacia el sur de los etruscos. Pero no estaban lo bastante
consolidados como para sustituir aquella expansión por la suya propia. Sus fuerzas estaban divididas y
cada clan, por separado, estaba empeñado en continuo conflicto con las ciudades griegas de la costa.
Las más grandes de esas ciudades se mantuvieron firmes hasta el fin: Tarento y Ñapóles nunca dejaron
de ser centros fuertes y florecientes de la vida y la política griegas. Los samnitas tropezaron con otro
obstáculo formidable en los tiranos griegos de Sicilia, en especial, los gobernantes de Siracusa, los
cuales siempre estaban dispuestos a extender su influencia sobre las colonias griegas de Italia y
también a apoyarlas en sus luchas con los samnitas.
El Lacio fue el otro ariete que aplastó el poderío de Etruria. Solamente en este distrito tenían los
itálicos acceso al mar: Tarracina, Ando y la desembocadura del Tíber todavía pertenecían a los latinos.
Ni los griegos ni los etruscos disputaban su posición; sus únicos rivales eran los volscos, una tribu
montañesa que ocupaba las estribaciones de los Apeninos que separan el Lacio de Campania; la lucha
entre ambos era feroz y continua. La posesión del mar. determinó el destino futuro del Lacio, y el
hecho de que los latinos no quedasen nunca aislados de la costa se debe explicar por la acción de dos
causas.
En primer lugar, el Lacio no ejercía una atracción especial para los etruscos y los griegos desde el
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punto de vista comercial. La llanura que limita el Tíber inferior hacia el sur era un valle pantanoso
entrecortado por quebradas escarpadas que hacían difícil la comunicación. Al sur de esta planicie corre
una franja bastante estrecha llena de colinas, más adecuada para el cultivo de cereales, viñedos y cría
de ganado, pero de muy limitada extensión. Más allá de esa franja se yerguen montañas inaccesibles,
habitadas por volscos, ecuos y sabinos, que pastoreaban sus rebaños y eran poco mejores que ladrones.
A los habitantes de las colinas Albana y Sabina les costó un esfuerzo largo y penoso conquistar la
llanura latina para la labranza; todavía podemos ver la red de drenajes subterráneos que dio la
posibilidad de practicar la agricultura. Es probable que esas obras de drenaje se debieran a la influencia
de los etruscos, quienes habían aprendido todo lo concerniente al drenaje e irrigación en su antigua
morada en Asia Menor. La segunda causa de la independencia del Lacio y su control de la costa la
encontramos en la rivalidad entre griegos y etruscos, que convirtió al Lacio en una especie de Estado
tapón entre dos esferas de influencia divergente.
Esta independencia y su conexión con el mar, que conservó durante un buen número de siglos,. fueron
de inmensa importancia para el desarrollo del Lacio y del pueblo latino. La corriente civilizadora que
venía de Grecia, Etruria y Cartago, le ayudó a elevar el nivel de vida económico y social. Al mismo
tiempo, el constante peligro de verse atacado por tres si no por cuatro lados distintos, enseñó al pueblo
a considerarse como una unidad formada por lazos de sangre y religión. Finalmente, la dura lucha con
este suelo hostil de la llanura, templó el espíritu de los primeros moradores y labradores, y lo pegó a la
tierra que habían logrado dominar después de un esfuerzo ininterrumpido.
Es indudable que las primeras fundaciones y las primeras asociaciones políticas se constituyeron en las
colinas del Lacio y no en la llanura. Las ciudades que surgieron en las colinas eran ricas y prósperas,
mientras la vida en la planicie apenas comenzaba a desarrollarse. En las colinas se fundaron las
instituciones que, más tarde, veremos en Roma. Es muy probable que la sede de Roma, defendida por
quebradas y por el río que corría a sus pies, fuese ocupada en los comienzos por pastores procedentes
del Lado y de las colinas sabinas. También es fácil de creer que hubo dos fundaciones; una, la de los
latinos, en la colina Palatina, y otra, la de los sabinos, en el Quirinal. Ambas alturas estaban defendidas
por quebradas profundas y escarpadas. La tradición local conservó la creencia de que el Palatino o,
dicho de otro modo, la primitiva Roma, fue una colonia de dos ciudades latinas de la vecindad: Alba y
Laviniom. Podemos suponer que se escogió ese sitio porque dominaba el único punto del bajo Tíber
que ofrecía facilidades para cruzar de la orilla izquierda a la derecha, del suelo latino al etrusco. Frente
al Palatino existe una pequeña isla en el Tíber que hacía fácil construir allí un puente de madera.
No sabemos cuándo ni cómo esas colonias latinas y sabinas de las márgenes del Tíber se transformaron
en una comunidad fuerte y unida. Los relatos que encontramos en los historiadores antiguos proceden,
sin duda alguna, de diversas fuentes, todas ellas igualmente sospechosas. Muchas de esas
informaciones se tomaron de los historiadores griegos, los cuales, como ya hemos dicho anteriormente,
se esforzaban en relacionar la historia de Roma con la de Grecia y, en particular, con la guerra de
Troya. No podemos decir hasta qué punto se complementaba ese material literario con tradiciones
locales semimíticas, ni tampoco en qué medida esas tradiciones representaban hechos reales. La
tradición principal que los, historiadores romanos aceptaban es que Roma debía su origen a Eneas, un
inmigrante de Troya, y que Rómulo y Remo, sus nietos o remotos descendientes, fueron, los
fundadores de la ciudad. Del hermano mayor, es decir, de Rómulo, descendían, de un modo u otro, los
siete reyes que habían gobernado Roma hasta el advenimiento de la República. La tradición fijaba el
establecimiento de la República en el año 508 a. C. Es digno de notar que la tradición insiste en el
hecho de que algunos reyes de la antigua Roma eran de origen sabino y que este último elemento era
prominente en la vida de la ciudad. Esta teoría está confirmada por el gran numero de ceremonias
sabinas que se practicaban en la religión romana y, tal vez, sirva de apoyo a la creencia de que
comenzó una nueva era en la historia de Roma cuando los latinos y los sabinos se combinaron para
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formar una sola comunidad en las orillas del Tíber. Los historiadores posteriores dieron diversas fechas
de la fundación de la ciudad: 814,. 753, 751, 748 y 729 a. C. No sabemos si la determinación de estas
fechas se basa en datos documentales o bien solo era producto de cálculos artificiales, cuya finalidad
era crear la impresión de que Roma era tan antigua como su rival, Cartago, y la mayoría de las ciudades
griegas de Italia. Es de observar que los siglos VIII y VII a. C. fueron tiempos de gran prosperidad para
muchas ciudades del Lacio como, por ejemplo, Preneste.
Nuestro conocimiento de la historia de Roma en los siglos VIII y VII e incluso en la primera mitad del
VI a. C. es muy imperfecto. Todo este período constituye una época en donde solo es posible la
conjetura y los historiadores actuales lo presentan de modos diversos. Por el material fragmentario y
poco digno de fe que poseemos, podemos suponer que durante ese período Roma llegó a ser una
comunidad poderosa en las llanuras del Lacio y que fue aumentando su territorio a expensas de los
vecinos que habitaban en las colinas. Ese conflicto de Roma con sus vecinos asumió la forma de una
leyenda que describe su guerra con Alba Longa —la principal ciudad del Lacio y acaso la ciudadmadre de Roma— y la destrucción de esta rival. La victoria sirvió para consolidar la unión de la llanura
del Lacio bajo el mando de Roma y también para reforzar la posición religiosa y militar del rey que
condujo las fuerzas romanas en la lucha contra sus vecinos.
Tampoco sabemos gran cosa de la constitución de la Roma antigua ni de sus actividades políticas. De
lo que no cabe duda es que, en sus primeros tiempos, fue gobernada por reyes. Tenemos dos pruebas
fragmentarias de eso. En primer lugar, durante el período histórico, como en Atenas, uno de los
sacerdotes llevaba el título de rey (rex sacrorum) y, en segundo lugar, cuando ocurría que la ciudad no
tenía magistrados electos en sus cargos, un funcionario llamado interrex presidía las elecciones de
nuevos magistrados y se ocupaba de los asuntos del gobierno. Otro hecho bien establecido es que la
población de la ciudad se dividía en grupos religiosos y militares llamados curiae, en los que se incluía
a todos los habitantes con la excepción de los esclavos. Es posible que esa primitiva clasificación fuera
artificial, como la división en phratriae y philae de Grecia, y que tuviera por objeto principal responder
a objetivos militares. También es posible que aumentase el número de curiae a medida que crecía la
ciudad latina del Pala-tinado. Esa división en curiae se conservó hasta tiempos muy tardíos, en los que
esos grupos eran treinta, con un sitio de reunión para cada uno y ritos religiosos propios. Las curiae
conservaron también algunas funciones políticas: estaba dentro de sus prerrogativas investir con el
poder ejecutivo a un magistrado mediante una ley especial (lex curiata de imperio).
Debemos suponer también que el Senado existía desde tiempo inmemorial, como un consejo de
ancianos asesores del rey; sus miembros eran representantes de las más nobles y ricas familias (gentes).
Probablemente a tales personas se les llamaba "padres" (patres) y a sus descendientes "patricios".
Desde una fecha muy temprana, los patricios gozaron de cierto número de privilegios, de los cuales uno
de los más importantes era el derecho de actuar como intermediarios entre el rey y los dioses; los
colegios sacerdotales continuaron siendo exclusivamente patricios hasta los últimos tiempos. Los más
eminentes de esos sacerdotes eran los flamines o "quemadores de ofrendas", cada uno de los cuales supervisaba el culto de un dios particular; los augures, que adivinaban el futuro mediante el vuelo de las
aves; los salii o danzantes, que invocaban la protección del dios Marte con danzas sagradas en las que
ellos iban armados; y los luperd, o hermandad del lobo, que corrían alrededor del pomerium, límites
sagrados de la ciudad y, de este modo ahuyentaban a los malos espíritus y aseguraban la fertilidad de
las mujeres y rebaños de la comunidad. Pero los pontífices (el origen de esta palabra se desconoce) eran
los más altos coadjutores del rey en los asuntos religiosos; ellos componían el calendario religioso de la
comunidad y aconsejaban al rey sobre asuntos de ritual; eran, asimismo, guardianes del fas y el tus, el
derecho religioso y civil.
El ejército consistía en el conjunto de toda la población, de todo el pueblo romano (populus Romanus et
Quintes o Populus ro-manus Quiritium; el significado de la palabra Quintes está en discusión). Los
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patricios actuaban como cuerpo de caballería (céleres) en la campaña o, tal vez, conducían carros de
guerra. Como cosa normal, los reyes eran comandantes supremos y también tenían la máxima jerarquía
como jueces y sacerdotes. No sabemos si su poder era hereditario o solo vitalicio. Comunicaban sus decretos al pueblo en reuniones especiales convocadas al efecto (co-mitia).
Sabemos muy poco acerca de sus instituciones económicas y sociales. Más adelante, en Roma, la vida
de la comunidad se basaba en la familia, en la que el padre tenía el poder absoluto; incluía no solo a la
mujer y a los hijos, sino también a los clientes u "oyentes" y a los esclavos que dependían de ella. Sin
embargo, debemos recordar que, junto con el sistema patriarcal, sobrevivían restos de otro sistema,
llamado "matriarcal", en el que la madre se consideraba de mayor importancia que el padre. La riqueza
de la familia consistía especialmente en ganado (pecus) y, por eso, el dinero se denominaba pecunia.
Sin embargo, en la primitiva religión romana, los dioses que velaban por la agricultura y los espíritus
malos que la dañaban son tan importantes como los dioses y espíritus malos que controlaban los
rebaños; esto prueba que la agricultura llegó a ser pronto una base fundamental de la vida económica
de Roma.
El rápido crecimiento de Roma se debió a dos causas: la proximidad con Etruria y el acceso a la
desembocadura del Tíber. Gracias a la segunda de esas condiciones, Roma llegó a ser pronto un centro
de intercambio donde las mercancías entraban y salían en barcos griegos y fenicios. Pero, por eso
mismo, se convirtió en un competidor de las ciudades etruscas adyacentes y Etruria se vio obligada a
pensar seriamente en la conquista del Lacio. (Vale la pena recordar que los etruscos penetraron en
Campania en la misma época. ) Es indudable que los etruscos ocuparon una buena porción del Lacio en
el siglo VI a. C. Es posible que se establecieran en algunas de las ciudades, tales como Preneste y
Tusculo en ese siglo e incluso antes. Con seguridad Roma fue un centro de predominio etrusco en el
Lacio y allí reinó por algún tiempo la poderosa dinastía semietrusca de los Tarquinos. En todas partes,
como en Roma, los etruscos formaron la casta dominante, de la que se excluía a toda la población
nativa, salvo la aristocracia, rica en tierra y ganado. Sin embargo, no es probable que fueran capaces de
dominar todo el Lacio y, desde luego, no pudieron imponer su cultura a los habitantes latinos de Roma.
De ahí que se pueda inferir que la nación latina poseía ya en aquel tiempo una cultura propia y, tal vez,
un sistema de escritura particular, ambas de procedencia griega. Pero el dominio etrusco fue
beneficioso para Roma, la cual dejó de ser asiento de pastores armados, labradores y comerciantes para
convertirse en una ciudad como las otras ciudades etruscas y latinas, sus vecinas.. Se rodeó de un terraplén y extendió y consolidó sus relaciones comerciales, en especial con Cartago. Como centro
principal del predominio etrusco en el Lacio, Roma aspiraba, por primera vez, a llegar a ser el poder
dominante, no solo de la llanura del Lacio, sino también de todo el país.
Hay que suponer que se produjeron algunos cambios en la constitución durante el periodo de
supremacía etrusca. La aristocracia se fortaleció y se hizo más exclusiva; se enriqueció y parte de la
población pasó a depender económicamente de las grandes familias. Al parecer, a Etruria se debía el
nombre de Roma, derivado de la palabra etrusca ruma, y también la división de la comunidad en tres
tribus gentilicias con nombres etruscos: Titien-ses, Ramnenses y Luceres, al mismo tiempo, las curiae
se convirtieron en subdivisiones de las tribus. También por influencia etrusca se definió con más
precisión el poder del rey. Ese poder consistía en el imperium o suprema autoridad civil y militar, fundada en el derecho del rey para determinar por medio del auspi-cium la voluntad de los dioses. El
símbolo de esta absoluta autoridad, que daba al rey poder de vida o muerte, era un hacha doble
insertada en un haz (fascis) de varas. El rey iba siempre precedido por seis o doce de esas hachas,
llevadas por ayudantes especiales llamados lictores. Este ceremonial real fue traído por los etruscos de
Asia Menor en donde el hacha (labrys) había sido desde tiempo inmemorial símbolo de la autoridad
suprema. Es probable que corresponda a este tiempo el derecho exclusivo de la aristocracia a servir en
el ejército. A esa clase le interesaba que en el ejército hubiera muy pocas personas que no estuvieran
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dentro de las tribus aristocráticas.
En realidad, no se puede decir que la supremacía etrusca en Roma se hundió por un golpe de fuerza, ni
que fue expulsada del Lacio con la consiguiente guerra. Nuestra tradición solo habla de una revolución
interna en Roma, por la cual la aristocracia local destruyó el poder de los reyes. La tradición cuenta a
Tarquino como el último rey etrusco y no tenemos razón alguna para poner en tela de juicio esa
afirmación. El derrocamiento de Tarquino por los nobles etruscos y latinos no tiene nada de
sorprendente; tales hechos debieron dé ser bastante comunes en las ciudades etruscas. La información
de que los nobles habían hecho una guerra después contra uno de. sus vecinos etruscos es muy
probable. Se puede creer que se evitó una segunda conquista del Lacio por la intervención de Cumas,
en Campania, que se puso de parte del Lacio.
Así, desde fines del siglo VI a. C, Roma vivió bajo una constitución creada durante el dominio etrusco
y la clase dominante fue la aristocracia local, compuesta de etruscos y romanos; algunos cientos de
familias que eran grandes propietarios, comerciantes y ganaderos. Esta aristocracia no era puramente
etrusca ni tampoco romana. Sin embargo, cualquiera que fuese su origen, hablaban y escribían en latín
y se sentían más próximos a las ciudades latinas que a las etruscas. Si esto ocurría con los nobles, no
hay duda de que la población en general era puramente latina, tanto en el territorio de Roma como en
los pequeños poblados y aldeas de la planicie latina que Roma había ido absorbiendo antes y, aún más,
después de la dominación etrusca.
El derrocamiento de los reyes etruscos no representó un cambio radical en la constitución de Roma, en
sus relaciones comerciales ni en su influencia sobre las tribus vecinas. Incluso bajo los últimos reyes
etruscos, el poder de los Tarquinos se podía considerar como el de una sola familia etrusca fuerte y rica
cuyos miembros gobernaban diversas ciudades latinas y el mayor de esa familia a Roma misma. La
constitución continuó aproximadamente sin variaciones después de la expulsión de la dinastía, debida
quizás, en parte, a la negativa del sector latino de la nobleza romana a dar prioridad a los etruscos.
Sabemos que no mucho después de la caída de los Tarquinos, otra distinguida familia, la de los Fabios,
gobernó continuamente en Roma durante siete años, del 485 al 479 a. C. y, más tarde, los magistrados
superiores se elegían casi exclusivamente entre un limitado grupo de grandes familias "principescas".
En lo que respecta a las relaciones comerciales de Roma, apuntaremos que inmediatamente después del
derrocamiento de los Tarquinos, Roma concertó un tratado comercial con Cartago, en el que aparece
como la ciudad más importante del Lacio. La relación con Cartago era una herencia de los etruscos.
Pero la tendencia general de su política extranjera era diferente; sus relaciones con sus vecinos etruscos
se hicieron más tirantes y Roma se dedicó a desarrollar su influencia en el Lacio. La tradición da
testimonio de la formación de una liga religiosa y política entre siete ciudades latinas, liga que se formó
en tiempos de la dominación etrusca. Roma no era miembro de esa liga y su posterior adhesión es
prueba palmaria de la firme consolidación de fuerzas que permitió al Lacio competir con sus vecinos.
La colonización de las tierras que se tomaban a estos últimos servía para extender los límites de la liga.
Estos acontecimientos del Lacio detuvieron finalmente el movimiento hacia el sur de los etruscos, que
perdieron el dominio de Campania tan pronto como el Lacio inició una política extranjera
independiente; sus ciudades más importantes, incluso Roma, dejaron de ser miembros de la liga
etrusca. Es probable que lo que había ocurrido en Roma haya ocurrido en otras partes de la nación
etrusca. La relación entre las diferentes partes de la liga se debilitó y, en los lugares más alejados, los
habitantes nativos se rebelaron y expulsaron a sus conquistadores, como ya se había hecho en el Lacio.
Así, en el valle del Po, en Bononia (hoy Bolonia) y en Umbría, el elemento local asumió él papel
preponderante. Esto sirvió para ayudar al éxito de la invasión del norte por los celtas o galos, los
últimos emigrantes de estirpe indoeuropea. Los celtas aparecieron en Italia no más tarde del siglo V a.
C. y fueron ocupando gradualmente todo el valle del Po, salvo el territorio de los vénetos y una parte
considerable de Umbría. Su aparición en escena limitó las operaciones políticas de Etruria en Italia a
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muy modestas dimensiones; los latinos le impedían el paso hacia el sur y, hacia el norte, los galos. Era
muy probable que ambas naciones no tardaran en atacar a Etruria.

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III
ROMA EN EL SIGLO V Y COMIENZOS DEL IV A C.
La expulsión de la dinastía etrusca, que según la tradición tuvo lugar a fines del siglo VI, no produjo,
como ya hemos dicho, ningún cambio radical en la constitución de la ciudad; Roma era todavía un
poder fuerte, principalmente militar, con una aristocracia que gobernaba sobre una población en su
mayoría agrícola. La dominación etrusca le había prestado un gran servicio: la ciudad se había hecho
más grande, más fuerte y más civilizada, y su vida había adquirido mayor variedad de matices. El
centro del Estado, Roma, había logrado gran importancia comercial y, por eso, se habían producido
más cambios en las relaciones económicas y sociales que en la constitución. El único cambio
constitucional de importancia fue que la aristocracia victoriosa, en vez de elegir de nuevo rey, puso en
su lugar a dos jefes —pretores o cónsules— nombrados por un año, los cuales ejercían una autoridad
completa en cuestiones religiosas, civiles y militares. Además, en caso de necesidad, se podía
restablecer temporalmente la autoridad real encarnándola en la persona de un dictador, cuyas funciones
como tal, no podían pasar de seis meses. De igual modo, el Senado y la asamblea popular adquirieron
mayor importancia. La asamblea, que solía reunirse únicamente para registrar los edictos reales, ahora,
en cambio, votaba por "sí" o "no" los problemas que le sometían los cónsules: ¿Debía hacerse la guerra
o mantenerse la paz? ¿Se debía condenar a muerte a tal o cual ciudadano? ¿Se podía admitir a nuevos
ciudadanos? ¿Se debía aceptar o rechazar a las personas recomendadas por los magistrados anuales
para que los sucedieran en sus cargos?
La principal novedad en la vida social consistió en el surgimiento de la plebe o clase de los plebeyos.
Este vocablo es puramente político; pero la importancia política de la plebe fue, sin duda alguna, una
consecuencia de los cambios graduales de las condiciones sociales y económicas. Plebs quiere decir
"multitud" y este término denota la masa de ciudadanos que no pertenecía al grupo de la familias
patricias; eran, sí, ciudadanos de Roma, pero ciudadanos de una clase inferior. En la plebs se incluía
también a los clientes, aunque éstos no representaban, ni mucho menos, la totalidad de ella. Desde los
primeros tiempos, el núcleo de la plebs consistía en personas a las que los nobles romanos no pudieron
convertir en clientes propios; éstos pertenecían a los antiguos habitantes libres de la ciudad y eran
verdaderos Quintes romanos. No sabemos si muchos de ellos pudieron evitar la dependencia
económica y social, en particular durante el período de la supremacía etrusca. Pero no hay razón alguna
para negar el hecho de que incluso entonces eran, en Roma, plebeyos libres. Poco a poco, fue
aumentando el número de estos ciudadanos libres que no pertenecían a la nobleza ni tampoco a la clase
de los clientes, y este incremento se debió probablemente a tres causas principales. La importancia
comercial de Rozna atrajo personas de otras partes de Italia, en especial del Lacio, del mismo modo
que se creó en Atenas, a través de un proceso semejante, la clase de los metecos. Además, el
crecimiento político de Roma estimuló las actividades industriales. El gobierno necesitaba mano de
obra especializada para la fabricación de armas y, por consiguiente, llamó a la ciudad a buenos
carpinteros y herreros,, agrupándolos en tres gremios, (co-llegia) a los que concedió diversos
privilegios. Finalmente, cuando diversas partes del Lacio fueron anexadas en firme, sea por la guerra o
por mutuo acuerdo, la aristocracia local quedó destruida o bien fue admitida por los patricios dentro de
su clase; pero los pequeños propietarios, clientes de la aristocracia local, se transformaron a menudo,
después de la anexión, en campesinos libres. La plebs que se formó con estos elementos, quedó. fuera
de la influencia de la cultura semietrusca de los nobles romanos y, en cambio, se sintió más apta para
recibir las influencias griegas que venían del sur de Italia.
Tal era la constitución de Roma a principios del siglo V, después de la expulsión de los reyes. La clase
gobernante dirigía todos sus esfuerzos al mantenimiento de la preponderancia de Roma sobre el Lacio.
Las relaciones con sus vecinos estaban preñadas de peligros. Las ciudades etruscas veían con
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desagrado la creciente importancia comercial de Roma, que había traído como consecuencia la firma de
un tratado con Cartago. En el interior, las perspectivas eran más halagüeñas porque los latinos sentían
que, sin la cooperación del poder romano, les sería muy difícil resistir la presión de los volscos y los
ecuos de las montañas o el peligro constante de una nueva conquista etrusca. Era, pues, natural que, en
vista de sus comunes intereses, se consolidase en aquel entonces la alianza de todas las comunidades
latinas. Y Roma volvió a representar un papel de conductora de la federación, como en los tiempos del
predominio etrusco.
Por otra parte, Roma se veía obligada también a repeler los ataques del norte, de la colinas sabinas y, en
esta empresa, tuvo éxito. Sabemos que en el año 449 a. C, los sabinos sufrieron una aplastante derrota y
Roma se anexionó una parte considerable de su territorio. Al mismo tiempo o quizás antes, la rica y
noble familia sabina de loa Claudios trasladó su residencia a Roma, juntamente con sus clientes, y el
orden patricio la admitió en su seno. Este tipo de emigraciones desde muchas ciudades latinas era
bastante común y tal hecho, como es natural, acrecentó la importancia y el poder de los patricios de
Roma. Pero el problema principal de aquel momento era la lucha contra vecinos más poderosos, la
ciudad etrusca de Veyos y los volscos y ecuos que atacaban a las ciudades latinas desde las montañas.
De estos dos pueblos, los más peligrosos eran los volscos porque intentaban apoderarse de las costas y
aislar al Lacio de su salida al mar. Por eso,. Roma luchó denodadamente con los volscos por la
posesión de la ciudad costera de Ando. Sus esfuerzos y los del Lacio se vieron coronados por el éxito:
los ecuos fueron rechazados hacia las montañas y se fundó un buen número de colonias romanas
(establecimientos militares y agrícolas) en territorio volsco. Un notable éxito romano fue la victoria
sobre Veyos, que tuvo como resultado la destrucción de la ciudad y la anexión de su territorio. El
problema había sido cuál de las dos ciudades controlaría ambas orillas del Tíber y su desembocadura.
Si Roma hubiera sido derrotada, habría corrido la suerte de Veyos.
Casi inmediatamente después de este éxito, comenzó a amenazar a Roma un nuevo y serio peligro.
Gomo ya lo apuntamos anteriormente, en el siglo V, los galos comenzaron a apoderarse de provincia
tras provincia en el norte de Italia, expulsando de ellas a los ocupantes etruscos. Hacia el año 400 a. C,
invadieron Etruria y saquearon sus tierras. También intentaron tomar las ciudades, pero eran
impotentes frente a ciudadelas fortificadas, defendidas por murallas de piedra. Sin embargo,
continuaron sus correrías más hacia el sur y, en una de estas marchas, llegaron hasta orillas del Tíber y
al territorio romano. Este hecho sucedió en los alrededores del año 390 a. C. y es el primer incidente dé
la historia externa de Roma que los griegos de la época conocieron y al que se le puede asignar una
fecha probablemente cierta. Es improbable que Roma poseyera esas murallas de piedra que todavía se
pueden ver, en parte, y que llevan el legendario hombre del rey Servio Tulio; si hubiesen existido, los
galos habrían fracasado en su asalto. Es probable que toda la ciudad, salvo el Capitolio, en el que se
hallaba el templo principal, estuviese defendida por simples terraplenes. Los galos derrotaron al
ejército romano y al del Lacio en las orillas del Alia, tomaron y quemaron la ciudad y requisaron una
gran cantidad de moneda.
Las consecuencias de este desastre fueron de extremada importancia para Roma. Esa derrota puso en
evidencia que un ejército compuesto casi únicamente de patricios no podía satisfacer las necesidades
militares de la época y que la ciudad debía estar dentro de una fortaleza con sólidas murallas de piedra.
Por otra parte, el peligro galo empujó al Lacio hacia una unión más estrecha con Roma, ya que ninguna
otra potencia era bastante fuerte para enfrentarse con él. Las guerras galas ejercieron una gran
influencia, especialmente, sobre el desarrollo interno de Roma, tanto en el aspecto político como en el
económico. A medida que Roma iba adquiriendo mayor riqueza y poder en el transcurso del siglo V, su
constitución aristocrática hereditaria iba perdiendo estabilidad. Los plebeyos, que estaban libres de las
cargas del servicio militar, adquirían mayor importancia. Durante las continuas guerras del siglo V, los
nobles se vieron obligados más de una vez a pedir ayuda a los plebeyos y completar las filas de su
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propio ejército con esos reclutas. Es posible que el sistema militar que lleva el nombre de Servio Tulio
y que se introdujo definitivamente después de las guerras galas tuviera sus comienzos en esos
momentos. A medida que se extendía el territorio romano, aumentaba el número de propietarios rurales
libres y no-patricios, perqué los plebeyos que participaban en campañas felices recibían concesiones en
las tierras conquistadas y muchos clientes de las familias dominantes fueron tal vez premiados del
mismo modo por servicios militares prestados y, así, llegaron a ser económicamente independientes.
Así fue creciendo gradualmente entre los plebeyos una comunidad de intereses y un deseo de
organizarse. Encontraron representantes que acaso habían sido antes comandantes de las tropas
plebeyas, reclutadas de acuerdo con las divisiones territoriales que se llamaban "tribus" pero que no se
deben confundir con las tres "tribus" gentilicias de los patricios. De ahí que a esos representantes se les
llamara tribunos y se convirtieran en adalides de todos los plebeyos. Al principio, quizá se elegían
anualmente cuatro tribunos que representaban a las cuatro tribus en que se dividía Roma; más tarde, ese
número ascendió a diez. Obtuvieron la primera victoria en la lucha de clases al obligar al Senado y a
los patricios a redactar y publicar un código civil, las Doce Tablas, alrededor del año 450 a. C. En 445
aproximadamente, la Ley Canuleya derogó" la disposición, semipolítica, semirreligiosa, que prohibía
los matrimonios entre patricios y plebeyos. Finalmente, por algún tiempo, el lugar de los dos cónsules
fue ocupado por seis tribunos militares, algunos de los cuales eran elegidos entre los plebeyos.
La invasión gala puso en evidencia que se debían llevar a cabo reformas radicales en la organización
militar y que se debía crear un ejército nacional para sustituir, de una vez por' todas, la pura fuerza
patricia, que había sido suficiente para los reyes y para la naciente república, pero que ya no respondía
a la nueva situación. La tradición relaciona el nombre de Servio Tulio con la creación del ejército
ciudadano y con la erección de las primeras murallas de piedra. De acuerdo con este nuevo sistema, los
plebeyos se incluyeron en el cuerpo de ciudadanos romanos con plenos derechos y dejaron de ser
ciudadanos de segundo orden. A su vez, todos estos nuevos ciudadanos, si poseían propiedades rurales
dentro de los límites del Estado romano, estaban obligados, entre los diecisiete y los sesenta y cinco
años de edad, a responder al llamamiento del cónsul e incorporarse a las filas del ejército ciudadano, el
cual se dividía generalmente en cuatro regimientos llamados legiones. La convocatoria misma se
denominaba classis, pero el significado de esta palabra fue cambiando gradualmente: primero quiso
decir "división" y más tarde "clase", en el sentido que damos ahora a ese vocablo. Las primeras "levas"
o clases contenían a los ciudadanos que eran suficientemente ricos para comprarse una armadura
completa. Los más ricos de ellos se presentaban al llamamiento con dos caballos y formaban las
divisiones de caballería pesada. Los ciudadanos más pobres de las cuatro clases restantes se
presentaban armados de un modo menos completo y más económico. Los artesanos formaban
divisiones separadas adscritas a la segunda clase. Otros que no poseían tierra estaban excluidos de-las
clases; estos proletarii se distinguían de los assidui o "destinados", pero también estaban obligados a
servir en los cuerpos auxiliares en campaña.
La asamblea popular estaba constituida por todos los ciudadanos que servían en el ejército. Se dividía
en 193 centurias. Esa asamblea elegía los cónsules, aprobaba las leyes, decidía cuestiones de guerra y
paz, y absolvía o condenaba a los ciudadanos en casos de gran importancia. La nueva constitución
incrementó enormemente la fuerza militar de Roma, pero su introducción obligó a las viejas familias
patricias a renunciar a su supremacía política. De este modo, se presentaron amplias oportunidades a
los plebeyos para adquirir tierras, así como para extender y reforzar las base? de su nueva organización.
Probablemente, es correcta la fecha de 367 • 366 a. C, que la tradición nos señala, en la que se
aprobaron las leyes de Licinio y Sextio, tribunos de la plebe. Por estas leyes se distribuyeron tierras de
reciente conquista, principalmente entre los plebeyos, que también tuvieron acceso al consulado, otra
vez restablecido: la comunidad podía elegir para el consulado a un plebeyo lo mismo que a un patricio.
Alrededor de la misma época, todos los ciudadanos romanos consiguieron el derecho, conocido como
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ius provo-cationis, de apelar ante la asamblea popular contra cualquier sentencia de muerte dictada por
los cónsules. También los tribunos de la plebe comenzaron a tener mayor importancia; se reconoció la
inviolabilidad de sus personas y se extendió su derecho a defender a los plebeyos contra los
procedimientos arbitrarios de los cónsules; el poder de veto, que era su arma en estas controversias, se
consideró como parte de la constitución romana y los tribunos lo utilizaron continuamente.
Aunque condujeron a una sólida democratización del Estado romano, todas estas victorias de los
plebeyos romanos no se ganaron, como ocurrió en la mayoría de los Estados griegos, mediante cruentas
guerras de clases acompañadas de sangrientas y estériles revoluciones. En Roma, como en Atenas, en
los siglos VI y V, esas victorias fueron el resultado de un proceso gradual y de acuerdos sucesivos entre
patricios y plebeyos. La tradición solo nos habla de un arma que los plebeyos empleaban regularmente:
se trata de una especie de "huelga" que consistía en negarse a participar en la defensa del país y en
amenazar con la secesión de la comunidad. Pero es dudoso que hayan recurrido a ese procedimiento
antes de los comienzos del siglo III a. C.
Es indudable que esta nueva organización del cuerpo de ciudadanos infundió una fuerza renovada a la
comunidad. Ahora, el interés común entraba plenamente en el corazón de cada ciudadano; cada uno de
ellos se sentía responsable personal del Estado y de su prosperidad. Al mismo tiempo, la organización
puramente militar del Estado, junto con las extensas e ilimitadas atribuciones de los cónsules durante
una campaña y fuera de los límites de la ciudad, enseñó al pueblo la estricta disciplina militar y la obediencia a las órdenes de sus jefes. Las funciones de los tribunos se limitaban al interior de la ciudad; su
veto no tenía fuerza contra los magistrados durante las operaciones militares ni tampoco se podía
ejercer el derecho de apelación en esos momentos. Los resultados de esa nueva organización se
hicieron patentes cuando Roma y el Lacio, después de una lucha, victoriosa con los volscos y los ecuos
se vieron obligados a enfrentarse con enemigos más terribles -en la segunda mitad del siglo IV.
Sabemos muy poco de la civilización romana de comienzos del . siglo VI a mediados del IV. Las
excavaciones en Roma han sido infructuosas, mucho más que las hechas en algunas ciudades latinas y
etrusco-latinas, tales como Preneste y Fidenas, que han posibilitado descubrimientos que señalan la
creciente influencia de la cultura griega sobre los latinos. Sabemos algo más sobre la religión. La
religión primitiva de los latinos y de Roma en particular era muy parecida a la religión primitiva de
otros grupos indoeuropeos que trocaron su vida pastoril por la agricultura. Un calendario oficial de
festividades, que se estableció aproximadamente en la misma fecha de la fundación de Roma, se ha
conservado y constituye la fuente principal de nuestro conocimiento a ese respecto. Esos festivales son
puramente militares o agrícolas. Figura prominente en el calendario es Júpiter, el gran dios del cielo y
también guardián de la civilización y del Estado; viene después Marte, que personifica á las montañas y
las selvas con sus peligros. Después de la unión con los sabinos, en la Colina del Quirinal aparecen
algunos dioses sabinos como, por ejemplo, Qui-rino, el Marte sabino. Las nociones romanas sobre la
deidad eran, en general, de un tipo primitivo y no mostraban la riqueza creadora de la fantasía griega.
Incluso en los tiempos primitivos, el gobierno prescribía el ritual que debía seguir el jefe de esos
poderes divinos y el culto, así controlado, se convirtió en una ceremonia meramente formal, estricta y
precisamente definida.
La religión de la familia era menos formalista. Se dirigía al Genius del señor y cabeza de la familia, en
el cual se personificaba el poder creador y la continuidad de la vida de la familia. Los Manea, o
espíritus de los antepasados, también sobrevivían en la casa y la familia y eran necesarios ciertos ritos
propiciatorios. El genio (llamado Iuno) de la señora de la casa también debía recibir culto, como el del
amo. Después estaban los Penates, los espíritus que guardan la riqueza de la familia, sus almacenes y
graneros, y los Lares que vigilan los campos y los caminos. Finalmente, el hogar doméstico era
también objeto de culto. El Estado tiene también su hogar, y Vesta, el genio que preside ese hogar,
tiene ritos prescritos, y asimismo Jano, el dios de doble rostro que vigila las puertas que conducen de la
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vida civilizada de los ciudadanos a la región de los enemigos.
Esta religión se fue modificando, a medida que transcurrían los tiempos, por diversas causas: el
desarrollo de la ciudad-Estado, la formación de una poderosa clase plebeya, que consistía fundamentalmente en inmigrantes latinos, y la fuerte influencia de los etruscos sobre la evolución política y
económica de Roma. En adelante, se advierte un doble aspecto en la religión romana. Los inmigrantes
plebeyos de las ciudades helenizadas del Lacio desarrollan el comercio y la industria, y traen consigo
una serie de cultos, algunos de ellos griegos, pero adoptados por los latinos, y otros latinos, pero
modificados por los griegos. Todos los nuevos dioses tienen algo que ver con el comercio y la
industria, y los templos que se les dedican se construyen junto al Tíber o bien en el Aven-tino, la colina
de los plebeyos. El primero de esos dioses es Hércules o Heracles, que vigila el comercio y la vida de
los negocios: su altar se halla en el mercado de animales (forum boarium). Después llega Minerva, una
diosa latina, que posee algunas características de la antigua Atenea de Grecia, protectora de los artesanos. Pero, al mismo tiempo, crece una religión peculiar de las casas patricias (las familias etruscolatinas que predominaban en tiempos de los reyes etruscos). Y, de este modo, Roma, como otras
ciudades-Estado del mundo antiguo, posee un centro religioso propio en el Capitolio, con un templo
consagrado a la trinidad de Júpiter Óptimo Máximo, Juno y Minerva. El templo fue construido en estilo
etrusco y el ritual era etrusco en su aspecto externo, pero los dioses mismos no lo eran.
Júpiter Óptimo Máximo era el Júpiter de todos los latinos, mientras que Juno y Minerva llegaron a
Roma importados de las ciudades latinas. El carácter nacional de esta trinidad capitolina muestra, en
primer lugar, el aspecto predominantemente latino de la aristocracia que gobernó en la Roma latinoetrusca y también la ambición que sentía esta ciudad de ser la cabeza del Lacio y de tener dentro de su
recinto el culto del dios máximo del Lacio, que se convirtió en deidad suprema de Roma en tanto
Estado. (No es sorprendente que, al mismo tiempo, el culto de Diana, otra deidad relacionada con la
liga latina, se estableciera en el bosque que cubre las laderas del Aventino. ) Este "establecimiento" de
un culto, bajo influencia etrusca pero con un espíritu puramente latino, es muy característico. Todavía
lo es más el hecho de que los campesinos plebeyos introdujeran en el siglo V como un contrapeso a la
trinidad de los patricios, otra trinidad propia. En un templo del Aventino, rendían culto a Ceres (la
Deméter griega) y a la divina pareja, libera y Líber; combinado con esos cultos se hallaba el de
Dionisio o Iaco, que tenía gran preponderancia en el sur de Italia en esa época. Es de observar que en
esta trinidad plebeya, una deidad femenina ocupa el lugar principal. Tal hecho se puede atribuir a ese
estrato de población indígena que se mezcló con los inmigrantes indoeuropeos para formar diversas
ramas del tronco latino.

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IV
ROMA EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO IV Y COMIENZOS DEL III a. C.
Después de la invasión gala, Roma estuvo en condiciones de contener cualquier movimiento de los
galos hacia el sur, gracias a la vigorosa cooperación de las comunidades latinas. Poco a poco, Roma fue
extendiendo sus posesiones en Etruria y se enfrentó, como ya hemos visto, con los volscos y los ecuos,
sus peligrosos vecinos de las colinas latinas. Finalmente, Roma se anexó el país volsco, en donde se
fundaron una serie de colonias militares, así como también en Etruria. Después de esas victorias, el
territorio de Roma y de la liga latina era de unos 7. 500 km2 de tierras, cultivadas en su mayor parte.
Dentro de esos límites, Roma era el poder supremo y predominante. Desde el siglo IV a. C, sus
magistrados superiores eran los presidentes de la liga latina. Al mismo tiempo, Roma entró en contacto
político directo con los samnitas y los griegos, las dos potencias principales en el sur de la península.
En esa época, los samnitas eran dueños de la Campania y formaban la clase superior de la población en
las ciudades de ese territorio. Aprovechándose de la debilidad de los griegos, que se habían negado a
apoyar al imperio de Siracusa fundado por Dionisio, los samnitas se esforzaban en apoderarse de los
puertos del sur, tales como Ñapóles y Tarento, los cuales todavía desempeñaban un papel importante.
También reforzaron su posición en Apulia. Dados los objetivos que perseguían, sus intereses
coincidieron por algún tiempo con los de Roma, para la cual, a su vez, tenía gran importancia el
mantenimiento de la paz en la frontera sur mientras estaba luchando con galos, etruscos y volscos en la
primera mitad del siglo TV. Esto explica la alianza entre Roma y una confederación de pueblos
samnitas; pero, desgraciadamente, no sabemos exactamente cuando se hizo esa alianza ni cuánto
tiempo duró.
La alianza demostró su importancia en un momento crítico de la historia de Roma, cuando ésta se vio
obligada a luchar con sus vecinas y aliadas, las ciudades latinas. Como ya se ha señalado, desde el siglo
IV, los otros miembros de la liga latina habían dependido por completo de Roma, tanto en los asuntos
militares como en los políticos. Mientras sintieron la amenaza de los galos en el norte y de los volscos
en el sur, esas ciudades se sometieron con docilidad a la hegemonía militar de Roma, pero, cuando se
desvaneció el peligro, intentaron asegurarse" más derechos y mayor independencia. Esto condujo a una
grave contienda en que los latinos fueron ayudados por los volscos y los de Campania; la guerra
terminó con la derrota completa de los latinos el año 338 a. C. La mayoría de las ciudades latinas
fueron incorporadas al territorio romano y la liga latina dejó de existir. A partir de ese momento, las
principales ciudades latinas y sabinas, en especial Preneste y Tibur, estaban ligadas a Roma solamente
por acuerdos separados. Sin embargo, Roma mostró una gran generosidad al fijar sus relaciones con los
aliados vencidos. Los latinos gozaron en Roma de los mismos derechos sociales y económicos que los
ciudadanos romanos; incluso podían obtener la ciudadanía en el caso de que emigraran y adquiriesen
domicilio dentro del territorio romano.
Después de la guerra latina, Roma fue la mayor potencia militar en Italia, más fuerte y más sólida que
la moribunda liga de las ciudades etruscas o que la alianza de las tribus samnitas, que eran bastante
fuertes pero que no tenían una verdadera unidad política, sin hablar de combinaciones más débiles tales
como las de Umbría y las tribus sabinas, con sus alianzas esporádicas. El territorio romano llegaba a
12. 000 km1, con una población de medio millón de habitantes por lo menos. Roma y el Lacio habían
tenido siempre relaciones con las ciudades griegas y semigriegas de Campania, en particular con Capua
y Ñapóles. Tarento, presionada por los samnitas, había pedido la ayuda de Alejandro, rey de Epiro, y
éste casi logró unificar el sur de Italia bajo su bandera; pero en un crítico momento, Tarento lo
traicionó y Alejandro fue derrotado por los samnitas. Este acontecimiento y la conquista de Campania
por los samnitas hicieron muy difícil la situación de Ñapóles: ésta también se hallaba amenazada por la
garra samnita y no vio otro medio de liberarse de ella que buscar la alianza con Roma. Esa alianza
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implicaba una guerra de Roma contra los samnitas, pero, por otra parte, ofrecía una perspectiva de
predominio en la rica Campania y el establecimiento de unos lazos sólidos y permanentes con el mundo
griego. Roma contaba también con las ciudades samnitas helenizadas de Campania; como una ayuda
considerable en la lucha venidera, de hecho, la mayoría de ellas, encabezadas por la rica y poderosa
Capua, concertaron una alianza con Roma en 334 a. C. La aristocracia de esas ciudades, aunque era
samnita, estaba helenizada y vio en la alianza con Roma un apoyo para su propia posición privilegiada,
que probablemente perdería si las ciudades de Campania fuesen ocupadas por nuevos inmigrantes de
Samnio. Los nuevos ocupantes usurparían probablemente la posición que ahora disfrutaban sus
compatriotas, los primeros conquistadores de Campania. Finalmente, Roma se aseguró la neutralidad
de Cartago, renovando, en 348 a. C, el tratado comercial y militar que se había celebrado anteriormente
entre ambos Estados.
La primera guerra samnita comenzó en 325 a. C. y, al principio, tomó la forma de una contienda por el
predominio político de Campania. Fue una guerra larga y tenaz. Aprovechando la difícil situación de
Roma, los etruscos procuraron recobrar su posición política en el norte de Italia. Esta guerra en dos
frentes duró más de veinte años (hasta el 304 a. C. ). Aunque los samnitas derrotaban una y otra vez a
fuertes ejércitos romanos, sin embargo, al final, gracias a la tenacidad de Roma y a la solidez de su liga
con las ciudades latinas, aquéllos se vieron obligados a concluir una paz en condiciones muy favorables
para Roma. Los samnitas tuvieron que renunciar a sus pretensiones sobre Campania y los etruscos
debieron entregar algunas ciudades más de su frontera sur. Pero la paz de 304 no podía durar. La fuerza
de los samnitas estaba todavía intacta; además, las tribus y ciudades independientes latinas advirtieron
entonces que la alianza con Roma representaba, en última instancia, su absorción gradual por esa
potencia y todas ellas estaban dispuestas a defender, con la espada en la mano, su libertad. Roma,
claramente había puesto al descubierto su política respecto a sus vecinos que todavía' seguían libres
cuando se anexó el territorio de los ecuos y una considerable parte del Tíber superior. En 298 a. C, se
formó una gran coalición contra Roma, en la que se incluían no solo los etruscos y los samnitas, sino
también los galos del norte de Italia. Roma dio la batalla a esta coalición y derrotó de una manera
aplastante a los galos en Sentino, Umbría, el año. 295 a. C. Luego se enfrentó metódicamente con los
miembros de la coalición por separado. En el año 280 a. C estaba en condiciones de obligar a casi todas
las tribus samnitas y a todas las ciudades etruscas a entrar en alianza con ella y confiscó considerables
porciones de su territorio, declarándolas propiedad del pueblo romano. Los sabinos fueron
incorporados finalmente al Estado romano y se les hizo ciudadanos, pero sin derecho al voto en la
asamblea popular. Los galos fueron rechazados, al valle del Po tras una serie de sangrientas batallas.
Las condiciones bajo las cuales los samnitas y etruscos fueron incluidos en la alianza romana eran
aproximadamente las mismas que se habían aplicado a los latinos; Roma hacía un tratado por separado
con cada tribu o ciudad, pero a ninguna le permitía concluir otros acuerdos. Esas ciudades y tribus de
Samnio y Etruria conservaban su propio gobierno, pero debían someterse al control político de Roma.
Vivían y se gobernaban con sus propias costumbres y leyes; tenían sus propios magistrados y
sacerdotes, y su propio territorio, pero sus tropas debían ser puestas enteramente a las órdenes de los
magistrados romanos y, en caso de guerra, formaban parte del ejército de Roma, bajo el mando supremo de los cónsules romanos o de sus sustitutos, los pretores. Esos nuevos aliados resultaban menos
favorecidos que los latinos. Aunque tenían el derecho de realizar transacciones comerciales
(commercium) en territorio romano y esas transacciones estaban protegidas por la ley, difícilmente
tenían derecho a adquirir propiedades en territorio romano; no todos ellos gozaban del derecho de
connubium, es decir, de contraer nupcias con romanos; incluso estableciéndose en Roma, no adquirían
la ciudadanía sin permiso especial de la asamblea popular.
Para asegurar su predominio en Italia, Roma hizo uso de las tierras cedidas por sus rivales, que se
habían convertido en propiedad del pueblo romano (ager publicas o ager Romanus). Los ciudadanos
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romanos cultivaban esas tierras sobre las cuales ejercían plena posesión. Al formar parte del territorio
de la ciudad, esos ciudadanos se incorporaron a las tribus en que se dividía el primitivo territorio
romano. Se adoptaron diferentes métodos de colonización en los diferentes lugares. En los puntos más
importantes, donde había buenos puertos en las costas y a lo largo de las vías militares que cruzaban el
país, se construyeron fortalezas guarnecidas con ciudadanos romanos, a los que les asignó una considerable extensión de tierra pública para su cultivo. Esas plazas fortificadas recibieron el nombre de
colonias romanas. Había también muchos establecimientos fortificados conocidos como colonias
latinas, en donde los colonos eran en parte ciudadanos y en parte latinos. Finalmente, grandes porciones
de tierras de reciente adquisición se arrendaban o, simplemente, se daban a los ciudadanos que se
establecían allí con granjas particulares. Los inmigrantes de Roma se unían en grupos para honrar a los
dioses romanos o para intercambiar los productos que cultivaban. Pronto se crearon centros de reunión
llamados conciliábulo, o jora —mercados—; los artesanos y comerciantes se establecieron en ellos y lo
que al principio solo había sido un mercado se convirtió en un conglomerado de tipo urbano.
Cuando la supremacía de Roma se extendió al sur de Italia, las ciudades griegas se enfrentaban con el
dilema de someterse o resistir. Algunas de ellas, Ñapóles, por ejemplo, no vio otra solución que la de
someterse y entrar en alianza con Roma. Los griegos de Sicilia eran impotentes para ayudarla. Cierto es
que, en un momento dado, pareció que Sicilia había logrado de nuevo la unión y la fuerza de tiempos
de Dionisio. Agátocles, ciudadano de Sira-cusa, hombre de gran habilidad, se autodesignó tirano de la
ciudad y comenzó una campaña afortunada contra los cartagineses, en el curso de la cual, casi
conquistó Cartago y, finalmente, estableció su propio poder en el este de Sicilia. Como ya lo había
hecho Dionisio, se dirigió inmediatamente al sur de Italia y procuró extender su influencia allí.
Anexionó Brutio y parte de Apulia a su imperio siciliano; pero, en 289 a. C, la muerte puso un límite a
sus hazañas y dejó libres las manos a los romanos. Tarento era la potencia predominante en el sureste
de Italia. Esta rica comunidad mercantil poseía un extenso territorio y mantenía constantes relaciones
comerciales con Grecia, a la que suministraba granos y otros productos necesarios para su población.
En su lucha contra las tribus samnitas de sus fronteras y los mesapios de Apulia, Tarento había recibido
repetidamente la ayuda del reino de Epiro, de Sicilia y de Esparta, cuyos reyes y tiranos habían venido
muchas veces a Italia para combatir en favor de Tarento contra su enemigo principal, las tribus
samnitas de Lucania. Sabemos que Arquidamo, rey de Esparta, estuvo por allí el año 338 a. C,
Alejandro, rey de Epiro (como ya dijimos anteriormente), en 331, Cleónimo de Esparta, en 303,
Agátocles, en 300 a. C.
Al terminar la segunda guerra samnita, el ámbito de la alianza romana llegó hasta el país de los
mesapios en Apulia y el territorio de las tribus samnitas en Brutio y Lucania, hasta el último refugio de
la libertad en Italia y hasta los vecinos inmediatos de las ciudades griegas. Esas tribus vieron con tanta
claridad como los griegos que ahora les había llegado el turno a ellos y que debían someterse a Roma o
luchar contra ella. Turios tomó la primera solución, Tarento, la segunda. En 281 a. C, en alianza con
lucanos, brutios y mesapios, Tarento comenzó la guerra contra Roma. Pero los aliados, conscientes de
su debilidad militar, pidieron ayuda, en 280 a. C., a Pirro, rey de Epiro, comandante hábil y político
ambicioso, que desempeñó un papel importante en la historia del mundo griego después de la muerte
de Alejandro. Como muchos de sus contemporáneos, sucesores de Alejandro Magno, ese rey soñaba
con restaurar la poderosa monarquía de Alejandro y, pora llevar a cabo ese proyecto, su primera tarea
fue apoderarse de Mace-donia, que había pasado de mano en mano después de la muerte del
conquistador. Pero la fuerza de Pirro resultó insuficiente para sus ambiciosos planes y Pirro sufrió
fracaso tras fracaso en su política griega.
De allí que Pirro aceptara sin vacilación la oferta de Tarento de tomar el mando supremo en la
contienda con los romanos. Esperaba reunir bajo sus banderas a los griegos de Italia y Sicilia y, de este
modo, hacer en el Occidente lo que Alejandro había logrado en Oriente: crear un poderoso imperio
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griego que pudiera dominar a Roma y Cartago y, luego, llevar a todas las fuerzas armadas de Occidente
a la conquista de Oriente. Pero era su sino que ese sueño no se realizara. Tarento y los griegos de Italia
no fueron lo bastante fuertes como para infligir a Roma un golpe decisivo. A pesar de dos batallas
afortunadas, que tuvieron lugar en los años 280 y 279 a C, Pirro no pudo mantenerse en Italia. También
fracasó en su intento de asegurarse una base en Sicilia; obtuvo victorias contra los cartagineses, pero el
separatismo de las ciudades griegas resultó fatal para sus planes. Al final, después de una tercera batalla
contra los romanos en 275 a. C, se vio obligado a abandonar Italia y dejar que Tarento siguiera su
propio destino. De este modo, Roma había terminado su tarea de unificación en Italia. Solo los lucanos
y los brutios conservaron su libertad por algún tiempo; el resto de Samnio se sometió finalmente a
Roma y quedó privado de lo mejor de su territorio. La sumisión de los galos en el norte de Italia era
ahora mera cuestión de tiempo, aunque exigiría grandes gastos y esfuerzos.
Roma se había convertido en el Estado más extenso y sólido del mundo occidental. La alianza romana
ocupaba unos 25. 000 km2 de Italia,, desde el Rubicón en el norte hasta el estrecho de Mesina en el sur,
con una población de no menos de cuatro millones de habitantes. Solo una quinta o, tal vez, cuarta
parte de su territorio estaba habitada por ciudadanos romanos; pero en los problemas de la política o de
la guerra, toda la alianza formaba una sola unidad, controlada por el pueblo, el Senado y los
magistrados de Roma,
Su éxito en la lucha por el dominio político de Italia se debió, sin duda, al hecho de que la dirección de
los asuntos políticos estaba completamente organizada sobre una sólida base. El cuerpo de ciudadanos,
que aumentaba constantemente y se hacía cada vez más compacto, constituía el fundamento de su
sistema. Dentro del territorio de la ciudad, la tierra pertenecía a los pequeños propietarios; las grandes
propiedades eran excepcionales. Esos labradores cultivaban ellos mismos sus tierras, juntamente con su
familia y unos pocos esclavos. La misma forma de propiedad rural se introdujo en los territorios
tomados a los aliados. Las colonias romanas y latinas consistían en grupos de pequeños propietarios, y
las parcelas que se concedieron a los nuevos y viejos ciudadanos en las diversas partes de Italia eran de
extensión reducida. Y. así, una vasta mayoría de los ciudadanos romanos eran campesinos que
cultivaban sus tierras con sus propias manos.
Sin embargo, la forma de gobierno en el Estado romano no era democrática. Lo mismo que ocurría en
el siglo V y comienzos del IV, la dirección de los asuntos públicos estaba limitada a un grupo de
antiguas y ricas familias que pertenecían casi exclusivamente a la vieja nobleza patricia. A partir de las
leyes de Licinio, de 367 a. C, Cualquier ciudadano era elegible para el consulado y otra serie de leyes
posteriores abrió los otros cargos a patricios y plebeyos por igual, pero el pueblo persistía en elegir sus
dirigentes entre un pequeño grupo de familias. Cuando expiraba el período de su cargo, los ex
magistrados pasaban a ser miembros del Senado.
Esta tendencia de los electores se debía principalmente a la fuerza de la costumbre y, también, al
sentimiento general de que el gobierno requería un conocimiento y una experiencia especiales, que el
ciudadano corriente no poseía y que habían ido formándose durante siglos en las grandes familias.
Además, los servicios públicos, como en Grecia, no eran remunerados, de manera que solo los
ciudadanos más ricos podían ejercerlos. Por último, tenía gran importancia el hecho de que cada
familia influyente estuviera rodeada tradicionalmente por un grupo de personas relacionadas con ella.
Los clientes, cuando se convertían en ciudadanos libres y propietarios de tierra, conservaban la relación
legal y religiosa con su antiguo señor. Desde el punto de vista de la religión romana estos lazos eran
inviolables, cualesquiera que fueran las relaciones económicas entre el cliente y el patrono. Éste estaba
obligado a presentarse ante los tribunales y defender a su cliente; el cliente ayudaba al patrono cuando
éste tenía que dar a su hija en matrimonio, salir en campaña ó en otras ocasiones. La relación. era
valiosa para ambas partes y, en la asamblea popular, el cliente votaba, naturalmente, por su patrono o
por los amigos o candidatos de aquél. A medida que aumentaba la influencia de las grandes familias, se
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incrementó también el número de sus clientes. Los ciudadanos pobres luchaban por obtener el honor de
ser incluidos entre los clientes de una casa noble o influyente, porque tal posición les aseguraba apoyo
y asistencia en las pruebas y contratiempos de la vida.
La misma relación existía entre los plebeyos; también ellos tenían su propia aristocracia y sus propios
patronos y clientes. Los plebeyos influyentes que eran elegidos tribunos guardaban su relación con los
electores y continuaban defendiendo sus intereses incluso después de terminado el período de su cargo.
Cuando los plebeyos consiguieron la igualdad ciudadana, esa aristocracia plebeya ejercía tanta
influencia en la comunidad como los mismos patricios y, juntamente con estos últimos, formaba la
aristocracia romana que gobernaba el Estado. Pero las familias que poseían gran cantidad de clientes y
cuya relación con otras familias influyentes era más amplia se hallaban por encima de los demás. Cuanto mayor era el número de cónsules, sacerdotes y senadores que salían de una familia, tanto más
aumentaban sus clientes ¡y su influencia política. Por eso, podemos ver en la lista de los magistrados
romanos que la aristocracia, en general, está fuertemente representada y los nombres de algunas
familias se repiten muy a menudo.
El número de esas familias fue aumentando poco a poco. La vieja nobleza no era exclusiva. Al admitir
en sus filas a personas que no eran de ascendencia noble, los patricios, para conservar su influencia, no
solo concluyeron alianzas familiares y políticas con los plebeyos más ricos y distinguidos, sino que
también las hicieron con ciudadanos ilustres de las comunidades latinas e itálicas que antes habían sido
independientes, y eran descendientes de antiguos reyes y magistrados de alta categoría. Túsculo envió a
Roma las famosas familias de los Fulvios, Mamilios, Coruncanios y más tarde, los Porcios; los Plautios
procedían de Tíbur y Preneste; los Atilios, de Campania; los Ogulnios de Etruria y los Otacilios de
Samnio. Junto con las viejas y principescas casas de Roma —Fabios, Emilios, Cornelios y Julio— y los
más eminentes plebeyos, a cuyas filas se unían a menudo, integraron la aristocracia gobernante.
Tampoco se puede considerar a la asamblea popular como una institución puramente democrática. El
poder supremo del Estado correspondía a este cuerpo; elegía a los magistrados y aprobaba las leyes;
votaba la paz o la guerra, disponía de la renta y anulaba o confirmaba la sentencia de muerte contra los
ciudadanos. Después de la reforma que se atribuye a Servio, era diferentes al sistema ateniense, en el
que cada ciudadano emitía su voto individualmente y. al final, se sumaban los votos emitidos. Como ya
hemos visto anteriormente, los ciudadanos romanos se dividían en cinco clases de acuerdo con la
propiedad que poseían. Luego, cada clase se dividía en un número fijo de centurias. En la votación, la
mayoría de los votos emitidos en una centuria se computaba como voto de la centuria y la mayoría de
votos de las centurias era decisiva, a diferencia de Atenas, en donde se consideraba decisiva la
pluralidad de votos individuales. Pero también el cuerpo de ciudadanos se distribuía desigualmente
entre las centurias. Los ciudadanos más ricos, que formaban la primera clase y eran generalmente
patricios, se dividían en ochenta centurias y con ellos votaban también las dieciocho centurias de
caballeros, que también pertenecían a la primera clase. Como todas las clases restantes estaban
divididas en noventa y cinco centurias, resultaba que una mayoría de votos en la asamblea popular
correspondía a los ciudadanos de la primera clase, independientemente de su número. Además, las
centurias de la primera clase votaban en primer lugar y, en caso de unanimidad, no continuaba la
votación. Finalmente, la asamblea popular solo podía reunirse cuando la convocaba el magistrado. En
la reunión no había debates y los ciudadanos no podían poner a votación una proposición que no
estuviera previamente sancionada por los magistrados y el Senado.
Por otra parte, la constitución romana tampoco se puede considerar como puramente aristocrática. He
dicho ya que el conjunto de los ciudadanos estaba dividido entonces en treinta y cinco tribus de
acuerdo con el lugar de su domicilio; que habían conquistado, en los siglos V y IV, el derecho de elegir
tribunos como representantes suyos y de celebrar sus propias asambleas, de las que quedaban excluidos
los patricios. Los tribunos eran los defensores del pueblo, gozaban del derecho de inviolabilidad y
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podían usar de su derecho de veto para anular el decreto de un magistrado. También tenían atribuciones
para convocar asambleas de plebeyos, presentar a debate y tomar medidas concernientes al Estado en
su totalidad y no solo sobre asuntos plebeyos, y comunicar esas decisiones (plebiscita) a los
magistrados. En el año 287 a. C, los plebeyos ganaron mediante una "huelga" política otra nueva
concesión, que sus decisiones como las de la asamblea popular, en la que se votaba por centurias,
tuvieran fuerza de ley. Algunas cuestiones, tales como declaraciones de guerra o de paz y la elección de
otros magistrados que no fueran tribunos, estaban fuera de su competencia, pero, salvo esas
excepciones, su poder legislativo era ilimitado.
Pero el pueblo no quiso aprovecharse de las facilidades que se le presentaban para democratizar la
constitución. Satisfecho con la victoria de 287 a. C, que le garantizaba iguales derechos que a los
patricios, renunció a ser una fuerza agresiva en política y dejó el gobierno del Estado a la nueva
aristocracia de patricios y plebeyos. El pueblo hizo esto porque la lucha entre los órdenes no era una
lucha para democratizar la constitución, sino para conseguir derechos económicos y sociales definidos.
Dos grupos de familias influyentes, apoyados cada uno de ellos por sus clientes, llevaron el peso de la
lucha. Cuando los plebeyos resultaron victoriosos, sus caudillos no tuvieron ningún deseo de continuar
la contienda. Después de lograr un estatuto social y económico tolerable, no trataron de obtener
cambios radicales en la constitución, aumentando las atribuciones de la asamblea popular a expensas de
los magistrados y del Senado. Tales ideas no habían entrado en su cabeza; habían combatido
únicamente para obtener iguales derechos que los patricios en los asuntos políticos, económicos y
sociales.
Los verdaderos gobernantes del Estado eran los magistrados: comandantes del ejército, presidentes de
la asamblea popular y del Senado, jueces, tesoreros e intermediarios entre el Estado y los dioses. El
ejército de ciudadanos los elegía por un año mediante votación por centurias. Los dos cónsules eran los
magistrados supremos. El pueblo daba a cada uno de ellos el imperium, es decir, el pleno mando civil y
militar. En caso de desacuerdo entre los dos, no se podía ejecutar el decreto de un cónsul; el poder
negativo de un colega anulaba el mando del otro. A medida que los asuntos públicos se complicaban, el
pueblo elegía magistrados menores, con un rango inferior a los cónsules. Esos magistrados eran los
pretores, que mandaban el ejército y actuaban como jueces; los cuestores, encargados de las finanzas, y
los ediles, que velaban por el cuidado de las calles y edificios de la ciudad. En la vida pública, tenían
gran importancia unos magistrados especiales que se elegían en intervalos irregulares, generalmente
una vez cada cinco años y que debían desempeñar su cargo durante dieciocho meses: se llamaban
censores y tenían como obligación hacer el censo de los ciudadanos y distribuirlos en centurias y
clases, según su domicilio. Poco a poco, se les fueron acumulando otras obligaciones: llenaban las
vacantes que se producían en el Senado; controlaban los ingresos y fijaban los gastos para los cinco
años siguientes; y actuaban como supervisores de la moral privada, con el derecho a expulsar del
Senado y del cuerpo de caballeros a todas las personas que de algún modo se hubieran expuesto a esa
medida. Cada grupo de magistrados, incluso los cónsules, constaba de dos o más personas y formaba
un collegium.
El Senado era el cuerpo que asesoraba a los cónsules. Como ya he dicho anteriormente, en los primeros
tiempos de la historia romana, el Senado representaba a un grupo de familias gobernantes y conservaba
ese carácter en el siglo IV a. C. El número normal de los miembros era de trescientos. Los cónsules y,
más tarde, los censores formaban parte de sus filas. El cargo era vitalicio. Los magistrados no tenían
reglamentos o leyes que les guiasen en el nombramiento de senadores, pero, poco a poco, se introdujo
la costumbre de que todos los ex magistrados, a menos que hubiera alguna razón para su exclusión,
debían tener asiento en el Senado. De este modo, el Senado vino a representar a la totalidad do los
ciudadanos. Sin embargo, ya hemos visto que el pueblo prefería escoger como magistrados y, por
consiguiente como senadores, a los miembros de las familias nobles romanas.
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Toda la inmensa importancia que el Senado adquirió en la vida pública de Roma se basaba más en la
costumbre que en los derechos constitucionales. La constitución no escrita únicamente garantizaba la
existencia del Senado como la fuente y el guardián del poder que ejercían los magistrados. En el caso
de que ambos cónsules muriesen o fuesen hechos prisioneros, su imperium "volvía a los padres", es
decir, al Senado, según reza una antigua norma política romana. Entonces, el Senado nombraba entre
sus miembros un interrex, para convocar a una asamblea que eligiera nuevos cónsules. El Senado no
podía reunirse a menos que fuese convocado por un cónsul; la discusión y el voto estaban limitados a
las medidas propuestas por el cónsul y sus decisiones, llamadas senatus consulta, o "consejos del
Senado" no obligaban al presidente. Pero la importancia e influencia del Senado eran tales qué los
cónsules constantemente lo consultaban; casi siempre seguían sus "consejos" y raramente llevaban ante
la asamblea una propuesta que el Senado no hubiera aprobado previamente. Así, el Senado era el
verdadero gobernante de Roma, mientras que los cónsules y los otros magistrados eran sus órganos
ejecutivos. Esto se debía, en parte, al profundo respeto que el pueblo tenía por el Senado y, en parte
también, a la continuada existencia de esa institución mientras que los cónsules solo permanecían en
sus cargos doce meses. Además, cónsules y senadores pertenecían a la misma clase. Para un cónsul no
resultaba fácil ni provechoso oponerse al Senado.
Los colegios sacerdotales también desempeñaron una importante función en los asuntos públicos. El
ingreso a esos cuerpos estaba abierto a todos los ciudadanos, en virtud de la misma concesión que los
patricios habían hecho en el caso de las magistraturas civiles. El Estado iba concentrando en sus
propias manos, a un ritmo creciente, la vida religiosa de la comunidad así como sus asuntos políticos y
económicos. La relación de los ciudadanos con los dioses estaba fijada con precisión y se establecieron
reglas bien claras para comunicarse con el cielo por medio de los colegios sacerdotales especiales, que
guardaban la ley divina (ius divinum) y asistían y aconsejaban a los magistrados en asuntos religiosos.
Ya he hablado de los diversos colegios. El principal de ellos era todavía el que lo había sido en los
primitivos días de Roma, el Colegio de los Pontífices, un cuerpo de personas que conocían exactamente
todos los pormenores de la ley religiosa y del código secular, estrechamente ligado a aquélla. Ellos
determinaban el tiempo y modo de los principales actos del culto religioso; eran los guardianes de la
antigua tradición histórica. La vida pública de Roma era inseparable de la religión: cada acto del Estado
comenzaba y acababa con una ceremonia religiosa, y la parte religiosa de los procedimientos era tan
importante como la parte secular. El imperium o poder ejecutivo de los magistrados estaba estrechamente relacionado con su derecho exclusivo a averiguar la voluntad de los dioses mediante los
auspicios; a solicitar, en nombre de la comunidad, su protección; y finalmente, a aplacarlos cuando su
descontento o su cólera se hubiesen manifestado por señales o prodigios. En esas condiciones, tenía
mucha importancia para el Estado conocer la historia de sus relaciones con los dioses. Los pontífices
tenían como misión registrar las memorias y éstas, eran, en la medida que se han conservado, los anales
más antiguos de la vida religiosa... y política de Roma.
Ya hemos hablado del papel que desempeñaron los ciudadanos en conjunto. Cada ciudadano tenía sus
derechos políticos, pero también sus deberes políticos. Los ciudadanos estaban obligados a defender al
Estado sirviendo en el ejército, a entregar una parte de sus ingresos para satisfacer las necesidades del
Estado y a dar su trabajo al Estado cuando así lo exigía la seguridad pública como, por ejemplo, en la
construcción de murallas.
De este modo, a fines del siglo V y comienzos del IV a. C, Roma se convierte en un Estado poderoso y
entra en el concierto de la política internacional del mundo civilizado. Ahora ya no era pura y
exclusivamente una fuerte ciudad-Estado con una población nutrida y rica; era también el centro de una
gran confederación de tribus itálicas y ciudades. Desde ese momento, Roma habla no rolo en nombre
de sus propios ciudadanos, sino también en el de una poderosa confederación cuyos miembros habían
asimilado, en mayor o menor escala, los resultados de la cultura generalmente difundida en aquel
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tiempo.

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V
ROMA Y CARTAGO
Después de las largas y enconadas guerras que condujeron a la creación de la confederación itálica,
Roma se convirtió en una de las potencias más fuertes del mundo civilizado. Su fuerza militar era más
considerable que la de cualquier otro de los imperios de Oriente, más considerable no tanto en cuanto al
número sino por la solidaridad, organización y sagacidad de sus soldados. Frente a las tropas de los
otros imperios, que servían por una soldada y se reclutaban a la fuerza entre las poblaciones nativas,
Roma podía presentar un ejército tan adiestrado como numeroso, constituido por ciudadanos y aliados
que luchaban no por dinero u obligación, sino por la decisión voluntaria del conjunto de los ciudadanos
romanos.
Cuando Roma derrotó a Pirro, uno de los reyes helenísticos mejor dotados y, al hacerlo, reclamó su
puesto en la familia de los imperios en el siglo III a. C, su aparición fue notada y meditada por los
políticos helenísticos de aquel tiempo. El vecino más cercano de Italia, Macedonia, comenzó a seguir
de cerca los acontecimientos de Italia; Egipto fue el primer Estado que entró en relaciones diplomáticas
con Roma el año 273 a. C. y, en Grecia, las ligas y las comunidades libres empezaron a tener en cuenta
esta nueva potencia como un posible aliado tanto para sus disputas internas como para reforzar a los
griegos occidentales en su lucha contra la creciente insolencia de los piratas ilíricos. Pero fue Cartago,
con sus intereses políticos y comerciales en el Mediterráneo occidental, el Estado que más se interesó
en la política extranjera de Roma. Para Cartago, Roma y sus éxitos no constituían una novedad. Al
principio, aquella potencia vio en Roma al sucesor de Etruria en Italia y confiaba en que su propio
comercio no sufriría menoscabo, porque Roma no era un gran imperio marítimo en los siglos V y IV a.
C. y no poseía flota alguna, ni bélica ni comercial. El comercio de los puertos etruscos y latinos que
aún quedaban conservaba su carácter semipirático y no podía competir con el comercio de Cartago. Por
esa razón, en el año 348 Cartago renovó el tratado comercial concluido con Roma a fines del siglo VI
y, también por la misma causa, ese tratado comercial se transformó, en el año 279, durante la guerra
con Pirro, en una alianza militar contra el enemigo común. Es, pues, claro que Cartago todavía
consideraba a Roma como un contrapeso a las ciudades griegas, del mismo modo que había
considerado a Etruria en una época anterior.
Pero cuando Roma tomó todos los puertos del sur de Italia y los intereses de Ñapóles y Tarento,
antiguas rivales de Cartago, pasaron también a ser intereses de Roma, la situación cambió por
completo. Cartago comprendió claramente que Roma, como cabeza de los griegos occidentales, se
vería obligada en un futuro próximo a tomar en sus manos los asuntos sicilianos y a apoyar a los
griegos de Sicilia en su lucha secular contra los cartagineses. Ya era significativo el hecho de que
Roma hubiera sido desde larga fecha la aliada de Massilia, la otra rival que tenía Cartago. Es preciso
observar que las relaciones entre los griegos sicilianos y las tribus nativas del país, que siempre habían
sido frecuentes e ininterrumpidas, eran especialmente activas en el siglo IV a. C. A menudo se
contrataban destacamentos de samnitas para cumplir funciones militares en Sicilia y a muchos de ellos,
después de cumplir el período de servicio, se les recompensaba con lotes de tierras. Un ejemplo
palmario de que los samnitas deseaban establecerse en Sicilia lo tenemos en la historia de la ciudad
griega de Mesana. Los mercenarios samnitas entraron en posesión de ella como pago de Agátocles y la
transformaron en una ciudad samnita, cosa que ya le había ocurrido mucho antes a Regio, una ciudad
griega situada en la parte oriental del Estrecho.
Por todo esto, resultaba inevitable la colisión entre Roma y Cartago y cuanto antes estallara el
conflicto, mejor sería para Cartago. La fuerza de ambas rivales era aproximadamente la misma. Las dos
potencias se basaban en una comunidad de ciudadanos con un ejército numeroso y bien adiestrado.
Ambos estados tenían aliados que estaban obligados a contribuir con sus fuerzas en el caso de que su
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principal se viera envuelto en una guerra, cualquiera fuere el enemigo. De un lado se hallaban etruscos,
samnitas, umbríos y griegos itálicos, mientras que el imperio africano de Cartago podía contar con los
bereberes o libios, que vivían en su territorio, y también con los númidas, que eran vecinos y
tributarios. Ambos grupos de naciones eran guerreros, pero en manera alguna salvajes. En ningún caso
existía un profundo sentimiento de apego por parte de los aliados hacia el principal, pero tanto Roma
como Cartago podían contar, en circunstancias normales, con su ayuda. Cartago tenía más y mejor
caballería que Roma y su infantería estaba bien armada. También poseía un fuerte contingente de
mercenarios, muy bien adiestrados, que habían pasado por la severa escuela bélica helenística, y un
considerable número de elefantes armados, una reciente adición al poder combativo de los ejércitos
helenísticos. Es indiscutible que los cartagineses eran superiores a los romanos en todas las ramas de
las tácticas estudiadas por los generales helenísticos y, en especial, en ingeniería. Finalmente, poseían
una poderosa flota y una gran riqueza. Sin embargo, en los combates en tierra, los romanos tenían
ventajas considerables, porque en aquel tiempo los ciudadanos de Cartago raramente servían en el
ejército y eran sustituidos por mercenarios y aliados que podían fallar en el momento crítico. El ejército
romano, por el contrario, no tenía mercenarios y estaba formado únicamente de ciudadanos y aliados;
algunos de estos últimos, los latinos, por ejemplo, merecían tanta confianza como los propios
ciudadanos romanos.
Esta igualdad de fuerzas hacía imposible prever cuál de ambos antagonistas obtendría la victoria. La
contienda tendría que iniciarse en Sicilia y, por eso, era muy importante la actitud que adoptarían los
griegos sicilianos. Ocurrió que, justamente en esos momentos, dichos griegos habían encontrado una
vez más un jefe hábil y prudente en la persona de Hierón II, tirano de Siracusa, que había tomado el
gobierno de la ciudad el año 269 a. C. Siguiendo el ejemplo de Agátocles y Pirro, Hierón se había
proclamado a sí mismo rey de Sicilia y había sometido a varias ciudades vecinas.
La guerra comenzó el año 264 y, como siempre ocurre en casos semejantes, aprovechando un pretexto
relativamente fútil. Los samnitas, que habían tomado Mesana el 289 y ahora se llamaban mamertinos,
vivían saqueando las ciudades griegas de su vecindad. Cuando Hierón, dispuesto a poner término a
esos pillajes, puso cerco a Mesana, una porción de sus habitantes pidió ayuda a Cartago. Esta recibió
con agrado la oportunidad de ocupar la ciudad y envió un contingente de tropas. Cartago necesitaba
establecerse en el estrecho de Mesina, lo más cerca posible de su antigua enemiga, Siracusa. Pero una
mayoría de los mamertinos buscó la ayuda de Roma. Los romanos comprendieron que la ayuda a los
mamertinos significaba la guerra con Cartago. Pero, por otra parte, si Cartago controlaba el estrecho,
los intereses vitales de Roma sufrirían gran menoscabo. No solo se dificultaría el movimiento de sus
barcos en el estrecho, sino que también sería posible, en caso de necesidad, desembarcar un ejército
enemigo en tierra itálica. Tras de algunas vacilaciones, Roma se decidió por la guerra y envió un fuerte
ejército a Sicilia. Entonces, los mamertinos obligaron a la guarnición cartaginesa a retirarse y entregaron su ciudad a los romanos.
Ante el peligro común, Hierón y los cartagineses se aliaron, pero sus ejércitos no lograron apoderarse
de Mesana. Después de este fracaso, Hierón abandonó a sus aliados y se puso del lado de los romanos,
éstos le parecieron más fuertes y, además, le prometieron que, una vez victoriosos, no solo
reconocerían su gobierno en Siracusa y su independencia, sino que también se le permitiría extender su
reino a costa de las posesiones cartaginesas. Cuando se hizo el tratado, el rey lo respetó fielmente a lo
largo de toda la guerra y los romanos le debieron gran parte de su victoria final. Sin su ayuda, hubiera
sido difícil para Roma resolver el problema del suministro a su ejército y, además, Siracusa era esencial
como base de la flota romana. Más adelante veremos cómo la lucha con Cartago obligó a los romanos a
crear una marina poderosa.
La guerra por Sicilia se prolongó durante veintitrés años, de 264 a 241 a. C. Los antagonistas hicieron
el máximo esfuerzo; ambos revelaron un extraordinario genio bélico y enviaron grandes generales para
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mandar sus ejércitos. Ni las monarquías grecoorientales, ni Macedonia ni Grecia participaron en el
conflicto. El sentimiento del mundo helenístico era el de la neutralidad y ninguna de las monarquías
helenísticas estaba directamente interesada en el resultado de la contienda. Ptolomeo Filadelfo, rey de
Egipto, era el vecino más próximo de Cartago y es interesante observar el hecho de que mantuvo
relaciones amistosas con ambos combatientes.
La victoria de Roma en la primera guerra púnica (nombre usado por los romanos, quienes llamaban a
los cartagineses Poeni o fenicios) se debió principalmente a los errores que cometieron los
cartagineses, justamente al comienzo mismo de las hostilidades. A pesar de su superioridad en el mar,
permitieron que los ejércitos romanos pasaran de Italia a Sicilia; no fueron capaces de conservar el
apoyo de Hierón y no enviaron una fuerza suficiente para destruir los primeros contingentes romanos
que desembarcaron en Sicilia. A su vez, los romanos sorprendieron a Cartago por su actividad en el
mar. Ayudados por los griegos, sicilianos e itálicos, construyeron una gran flota. Equiparon sus barcos
con un artefacto que los cartagineses no conocían y que probablemente se debía a los ingenieros
griegos: puentes para abordar a los barcos enemigos, lo cual permitía a la infantería pesada romana
luchar del mismo modo en que acostumbraba hacerlo en tierra firme. Gracias a esos errores de los
cartagineses y a la pujanza de su propia flota, los romanos estuvieron en condiciones de desalojar al
enemigo de muchas ciudades sicilianas y también de ganar en el mar una serie de victorias decisivas.
Alentada por estos éxitos, Roma confiaba en acabar la guerra con un golpe certero y envió un ejército
relativamente fuerte a África el año 256 a. C. El plan consistía en sorprender a los cartagineses, tomar
Cartago tan pronto como fuera posible después del desembarco y obligar al gobierno a aceptar las
condiciones impuestas por Roma. Esa tentativa casi se vio coronada por el éxito. El ejército, mandado
por M. Atilio Régulo, desembarcó felizmente, saqueó una gran parte del territorio cartaginés y avanzó
en línea recta hacia la ciudad. Pero ésta se mantuvo firme frente a Régulo. Su ejército era demasiado
pequeño para apoderarse de la ciudad y los romanos, ocupados en su lucha en Sicilia y sabedores de
que Cartago todavía estaba en posesión de una fuerte flota, temían que si le enviaban refuerzos, toda su
empresa caería por tierra. Con la ayuda de Jantipo, un aguerrido general espartano a quien invitaron a
venir a África junto con un cuerpo de mercenarios, los cartagineses derrotaron al ejército de Régulo y
solo algunos sobrevivientes pudieron embarcar con rumbo a Sicilia.
Una vez más, Sicilia se convirtió en el único teatro de operaciones. Roma desplegó la misma tenacidad
y perseverancia que había mostrado' en sus campañas itálicas. En el último período de esta guerra, hubo
veces en que Roma sufría derrota tras derrota. En un momento dado casi quedó sin flota; las tormentas
destruían sus barcos en las costas sicilianas. Pero ningún desastre podía debilitar la resolución de
Roma. Además le alentaba la incapacidad de Cartago para sacar provecho de esos desastres.
Finalmente, esa perseverancia, junto con la excelente calidad de la infantería romana, trajo la victoria.
Poco a poco, los ejércitos cartagineses se veían empujados hacia el ángulo suroeste de Sicilia, a pesar
de la obstinada resistencia, dirigida, hacia fines de la guerra, por Amílcar Barca, un joven general
cartaginés. La última etapa de la guerra agotó tan profundamente la fuerza de ambos combatientes que
Roma ofreció condiciones de paz que eran relativamente benignas para su rival. Cartago tuvo que pagar
una moderada cantidad de dinero y entregar a Roma sus posesiones de Sicilia. Así se adquirió la
primera "provincia" romana (véase cap. VII).
Concluida la paz, Cartago tuvo que pasar por más pruebas y peligros. Un cuerpo de mercenarios que
había servido en Sicilia, enfurecido por la retención de su paga, se amotinó al regresar a África.
Arruinados por los impuestos y agotados por las levas, los bereberes, algunos númidas e incluso
algunas ciudades fenicias de la costa se sumaron a los amotinados. La situación era crítica. Pero, en la
hora del peligro, Cartago mostró la fuerza extraordinaria que todavía poseía. Amílcar Barca, el joven y
hábil general de quien ya hemos hablado, a quien Cartago debía las condiciones favorables de paz,
aplastó la revuelta y restableció el orden en el Imperio cartaginés. Incluso extendió la esfera de
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influencia cartaginesa en Numidia gracias a una serie de felices campañas.
Después de la guerra con los mercenarios, el próximo cometido de Cartago era el restablecimiento de
los destrozados recursos del Estado. Sus mercados en Italia y Galia, sus provincias de Sicilia, Sardinia
y Córsica se habían perdido para siempre. Estas dos últimas habían sido incorporadas a Roma al
concluir la paz y su pérdida era particularmente grave, ya que esas islas no solo habían sido los
graneros de Cartago, sino que también le suministraban cobre, hierro y otros metales. La necesidad de
resarcirse de esta doble pérdida explica los esfuerzos de Cartago para extender sus posesiones en
España, un país fabulosamente rico en minerales, de acuerdo con las pautas antiguas. España podía
ocupar también, si se cultivaba apropiadamente, el lugar de Sardinia y Sicilia como productor de
granos. Las operaciones en España no fueron obstaculizadas por los romanos, cuyo objetivo presente
era que los cartagineses pagaran toda la suma que se les había pedido.
La tarea de crear una provincia española fue encomendada a Amílcar Barca, quien legó esta misión a su
yerno Asdrúbal y, más tarde, a su hijo Aníbal. Es indudable que Amílcar Barca y sus sucesores iban a
esas tierras impulsados por el deseo de venganza tanto como por consideraciones económicas. Al
dirigirse hacia España, no solo veían en ella una fuente de riqueza, sino también un arma de guerra.
Desde hacía mucho tiempo, su pueblo tenía fama de poseer un espíritu belicoso; el país, gracias a su
abundancia en mineral, era muy adecuado para la creación de nutridos arsenales, y podría servir de
base para una campaña contra Roma. Paulatinamente, las que habían sido pequeñas factorías se fueron
transformando en grandes ciudades marítimas con considerables territorios; tal es el caso de Gades, la
moderna Cádiz. Las tribus hispánicas, una tras otras, se convirtieron en aliadas o tributarias de Cartago,
sea por las armas o bien por medios diplomáticos. De esta manera, las bases de Cartago en España se
hicieron cada vez más fuertes y vastas.
Roma comenzó entonces a mirar con cierta inquietud esa actividad de Cartago en España, pero era
impotente para evitarla o contrarrestarla. Eso hubiese significado una segunda guerra contra Cartago,
en condiciones desfavorables. Su tarea más apremiante consistía en asegurar su retaguardia en el norte
de Italia, en donde se asentaron, en 225-222 a. C, tribus galas independientes deseosas de invadir una
vez más el centro de la península. Con un gran esfuerzo, los romanos lograron rechazar esa incursión y
arrojar a los invasores hacia la parte superior del Po. Un poco antes, en el año 229 a. C, Roma entró en
guerra con los piratas de la costa ilírica, que habían logrado el pleno control del Adriático y no cesaban
de saquear a los comerciantes y ciudades de la costa italiana. Esta campaña puso por primera vez en
contacto a Roma con las potencias que gobernaban Grecia: Macedonia, la liga etolia y la liga aquea,
todas las cuales trataron de aprovechar este contacto en beneficio propio. Por primera vez, Roma formó
una alianza con comunidades griegas: Epidamno y Apolonia, los puertos importantes de la costa
occidental de Grecia y víctimas principales de los piratas. Estas guerras pusieron en evidencia que sería
inevitable en un futuro próximo una colisión entre Roma y Macedonia, porque la anexión de Iliria, tan
cercana a Macedonia, y la intromisión de Roma en los asuntos griegos solo podrían resultar ofensivas
para los macedonios. Pero los romanos evitaron cuidadosamente el conflicto, tanto en el año 229 como
diez años después, cuando tuvieron que combatir de nuevo en la costa ilírica para desalojar a los piratas
de sus bases navales.
Pero, a pesar de esas guerras y de la complicada situación existente tanto en el norte de Italia como en
la costa oriental, era necesario que Roma pusiera coto al progreso de los planes cartagineses en España.
La expansión hacia el este era especialmente peligrosa. Los cartagineses se iban acercando a los
Pirineos, de suerte que Roma podría tal vez enfrentarse con una coalición de cartagineses y galos de lo
que hoy es Francia y también de Italia. Primeramente se hizo una tentativa para detener la expansión de
Cartago por medios pacíficos. Con esta finalidad, Roma puso en juego sus antiguas relaciones con la
comunidad greco-ibérica de Sagunto, que ahora se convirtió en su aliada. Sagunto sería útil, en caso de
necesidad, como una base militar contra Cartago. Anteriormente, en el año 226, Roma concluyó un
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acuerdo con Asdrúbal, el general cartaginés en España, por el que se fijaba el río Ebro como límite
entre las esferas de influencia de los dos rivales.
Desde 236, al 228 a. C. Amílcar mandó al ejército cartaginés en España; cuando murió su yerno y
sucesor, Asdrúbal, en 221, Aníbal, hijo de Amílcar, fue elegido por el ejército como conductor. El
nuevo general comenzó inmediatamente a preparar la guerra contra Roma y a estudiar un plan para
invadir Italia. En 219, sus preparativos estaban ya completos. Pero antes de marchar contra Italia, era
preciso asegurarse la retaguardia y privar a los romanos de cualquier base posible para futuras
operaciones militares en España. Sagunto, aliada de Roma y que, además, podía ser utilizada para tales
operaciones, fue tomada después de un cerco de ocho meses. Roma declaró la guerra a Cartago
inmediatamente. Anticipándose al plan romano de mandar una fuerza a África para tomar Cartago y
otra a España para destruir al ejército cartaginés, Aníbal pasó los Pirineos con extraordinaria rapidez,
cruzó el sur de la Galia y entró en Italia, atravesando los Alpes. Allí contaba con la ayuda que le habían
prometido los galos del norte de Italia; él también creía que, mediante una serie de victorias, podría
romper la alianza de los clanes y comunidades italianas con Roma y de este modo obligaría a Roma a
firmar una paz favorable para Cartago. No entraba dentro de sus proyectos tomar la propia Roma,
empresa que le pareció imposible porque esa ciudad estaba rodeada de colonias fortificadas y de
fortalezas latinas.
El avance de Aníbal fue tan rápido e inesperado que los romanos no tuvieron tiempo para organizar un
ejército en Sicilia para enviarlo a África; ni siquiera pudieron poner en pie fuerzas suficientes para
defender los pasos de los Alpes y mantener al invasor fuera de Italia. Cuando el ejército de Aníbal llegó
a Italia y los galos se unieron a él, en el año 217, era ya demasiado tarde para pensar en la invasión de
África. Roma tuvo que enviar hasta el último hombre hacia el norte de Italia. El terrible paso de los
Alpes había causado pérdidas cuantiosas al ejército de Aníbal, en especial en lo que podríamos
denominar sus "tanques", es decir, los elefantes armados. Pero los caballos y hombres perdidos fueron
remplazados por los galos y, además, Aníbal confiaba en ir separando de Roma a sus aliados latinos.
Los samnitas eran los más dudosos como aliados; por eso, el objetivo inmediato de Aníbal fue penetrar
hacia el sur de Italia, en donde, además, no le resultaría difícil recibir refuerzos de Cartago. Este plan
de campaña se llevó a cabo brillantemente. Uno tras otro fueron derrotados los ejércitos romanos, en el
Ticino y en el Trebia, en el norte, y en el lago Trasimeno, en la Italia Central. En el año 216, los
romanos ofrecieron batalla en Canas, Apulia, pero también allí terminó en una derrota espantosa en la
que perecieron millares de ciudadanos romanos y de aliados. Con esta victoria, Aníbal se adueñó del
sur de Italia; podía comunicarse sin dificultad con Cartago y España y tener relación directa con
Macedonia, la cual se había dado cuenta, ante las victorias romanas en Iliria, de que los intereses
orientales de ambas potencias divergían completamente.
Pero aunque una gran masa de ciudadanos romanos y de sus aliados yacía en los campos de batalla de
Italia, la causa no se había perdido en absoluto ni tampoco la tarea de Aníbal estaba a punto de
acabarse. Esto no era más que un momento de la guerra. Aníbal confiaba en que Roma se vería
obligada a concluir la paz gracias a la derrota, la deserción de los aliados y la actitud amenazadora de
Macedonia. El desaliento cundió en Roma cuando los cartagineses pasaron de Apulia a Campania,
cuando Capua, la antigua aliada de Roma, abrió sus puertas a Aníbal y, en particular, cuando Siracusa,
muerto Hierón, renegó de su fidelidad mientras Macedonia formaba alianza con Cartago. Pero en esta
hora negra, los gobernantes se elevaron a la altura que la situación requería. Llevaron al campo de
batalla a toda la población libre del país e incluso a una parte de los esclavos, a quienes prometieron la
libertad. Los aliados de Roma multiplicaron sus esfuerzos. La esperanza de Aníbal en el sentido de un
divorcio entre Roma y sus aliados no se realizó. Los latinos permanecieron fieles y la mayoría de las
demás ciudades itálicas prefirieron el gobierno romano al de los semitas extranjeros. La situación de
Aníbal se hacía embarazosa. Su fuerza ya no era suficiente para entrar en el Lacio y allí tomar una
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fortaleza tras otra y, finalmente, la propia Roma. Es probable que Cartago aun con un esfuerzo extremo
no hubiera podido presentar un ejército bastante fuerte para llevar a cabo ese objetivo. Por
consiguiente, mientras esperaba refuerzos de Cartago y España, y de Filipo de Macedonia, Aníbal
continuaba sometiendo a los aliados de Roma que todavía se le enfrentaban en el sur y el centro de
Italia, en particular, en Campania maniobró de modo que los romanos se vieran obligados a entrar en
una nueva batalla, que terminaría seguramente en una derrota de los comandantes romanos.
Pero los romanos habían decidido cambiar su plan de campaña y no aceptar ninguna batalla más. La
guerra se había convertido en una guerra de desgaste y agotamiento. El ejército romano, conducido con
gran habilidad por Quinto Fabio, apodado Cunctator "el que se demora", por Marcelo en Sicilia y por
Tiberio Graco, seguía los pasos del invasor, tratando de apoderarse de sus equipos y de salvar a las
ciudades de la Campania y del sur de Italia que todavía resistían al cartaginés y, en la medida de lo
posible, desalojarlo de las ciudades que había tomado. Fuera de Italia, la lucha se llevaba a cabo con la
máxima actividad, con el objeto de aislar totalmente a Aníbal y evitar que consiguiera refuerzos de
alguna parte. Las operaciones más importantes comenzaron en España, incluso antes de la batalla de
Canas. También se tomaron medidas contra Filipo V, rey de Macedonia y aliado de Aníbal. Ante el
temor de que pudiera invadir Italia, los romanos enviaron una fuerte flota para vigilar el Adriático y
evitar posibles desembarcos. Cuando Filipo trató de adueñarse de la ciudad griega de Apolonia para
utilizar su puerto como base de su planeada invasión de Italia, la flota del Adriático acudió en socorro
de la ciudad y la libró de los macedonios. Finalmente, cuando en el año 212 las victorias de Filipo en
Iliria y la conquista del excelente puerto de Liso, unido a la toma de Tarento por Aníbal, hacían casi
inevitable una invasión macedonia, Roma levantó contra Filipo una fuerte coalición en Grecia,
encabezada por los etolios, y le prometió subsidios y ayuda militar. Ante la guerra en Grecia, Filipo se
vio obligado a renunciar a la participación activa contra los romanos en Italia. Por último, Roma
procuraba debilitar la influencia cartaginesa en Sicilia, en donde Siracusa, a causa de la muerte de
Hierón y de la carrera triunfal de Aníbal, había renunciado a la alianza con Roma y había asumido una
actitud hostil.
Todas esas actividades requerían tiempo y sus resultados no fueron muy halagüeños al principio pero,
también en este caso, Roma desplegó su acostumbrada perseverancia, y la victoria comenzó a sonreírle
lenta pero firmemente. En el año 212, el cónsul Marcelo tomó Siracusa después de un largo y penoso
cerco, durante el cual el ejército romano tuvo que enfrentarse con los descubrimientos más recientes del
genio griego, porque la defensa fue dirigida por Arquímedes, el mayor matemático e ingeniero de la
Antigüedad. Cuando se tomó la ciudad, Arquímedes fue muerto por un soldado romano. Un año más
tarde, los cartagineses fueron expulsados de Campania y Capua volvió a poder de Roma. En España
también hubo un cambio de fortuna cuando el joven Publio Cornelio Escipión, recibió el mando del
ejército de ese país. Ante tales condiciones, Aníbal comprendió claramente que nada podría cambiar la
situación, salvo nuevas y aplastantes victorias. Pero su fuerza era insuficiente para tal finalidad.
Cartago, que aguardaba a cada momento una invasión romana desde Sicilia, no le podía ayudar. Solo
quedaba España. Entonces, Aníbal ordenó a su hermano Asdrubal que acudiera con la mayoría del
ejército situado en España. Asdrubal logró llegar a Italia, pero no logró reunirse con su hermano; un
ejército romano ss le enfrentó en el Metauro haciéndole sufrir una terrible derrota en una batalla
decisiva (207 a. C).
Esta derrota determinó el resultado de la campaña. El genio militar de Aníbal era de tal calidad que los
romanos nunca le pudieron batir en Italia. Todo lo más que hicieron fue empujarle poco a poco hacia el
sur. Pero su creciente debilidad permitió que Roma transfiriera la guerra a África, enviando una
expedición contra Cartago. En esta forma se forzó a Aníbal a retirarse de. Italia con su ejército, para
defender su país. La guerra en África, en la que Escipión fue el general romano, comenzó el 204 y terminó, tras una serie de operaciones, con la batalla de Zama, dos años más tarde. Allí fue derrotado
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Aníbal por primera vez. Masinisa, un rey númida que se había aliado con los romanos, les prestó
valiosa ayuda durante la campaña. La paz se concluyó el año 201 a. C. Cartago se vio obligada a pagar
una fuerte cantidad y a aceptar una 'limitación de su independencia en cuanto a sus relaciones
internacionales. Así se evaporó el prestigio que había gozado en Occidente. Su supremacía comercial
se acababa, y Cartago se convirtió en uno de esos Estados que dependían de la agricultura, combinada,
en menor escala con cierta participación en el mercado exterior. Su actividad política fue estancándose cada vez más, hasta quedar
limitada a sus continuas querellas con Masinisa, el rey númida que gozaba de la protección de Roma.
Sus posesiones de España se transformaron en provincia romana y toda Sicilia, constituyó otra. Ahora
se hallaba rodeada por todas partes de posesiones y dependencias romanas.

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VI
ROMA, EL ORIENTE HELENÍSTICO Y CARTAGO EN EL SIGLO II a. C.
Después de conquistar Cartago y de convertir a su rival en un aliado dependiente y vasallo, Roma
ingresó en la familia de imperios helenísticos, que surgió a la muerte de Alejandro y que mantenía un
equilibrio de poderes en Oriente desde mediados del siglo III a. C. Por la fuerza de las circunstancias,
Roma se vio obligada a representar, en esta esfera, un gran papel que, a veces, fue decisivo. No tenía
intereses directos, al menos apremiantes, en Oriente; no necesitaba el apoyo de ningún Estado
helenístico para consolidar su Imperio en Italia y en Occidente. Sus acciones muestran que no existía
una tendencia imperialista, es decir, una ambición definida de fundar un poder mundial tal como lo
había sido el imperio de Alejandro Magno. Tal idea no se puede atribuir ni siquiera a sus políticos en
particular; todavía es menos probable que la política del Senado y de la asamblea nacional estuviese
inspirada en motivos de deliberado imperialismo.
Para el Oriente helenístico, el surgimiento de Roma como poder imperial era un portento dentro de la
historia política, con el cual tenían que contar todas las potencias existentes. La mayoría de ellas trató
de utilizarlo como anzuelo. Indudablemente, ninguna creía que la interferencia iba a poner un fin
inmediato y definitivo al equilibrio de poderes del mundo helenístico. Debemos recordar que para
muchos Estados helenísticos ese equilibrio no constituía un ideal, sino un desagradable estado de cosas
que era preciso tolerar. De hecho, solo los Estados que no podían existir sin ese equilibrio le dieron su
apoyo deliberado. Tal ocurría con las grandes repúblicas mercantiles de Rodas, Cízico y Bizancio, y las
diminutas monarquías helenísticas, en particular, Pérgamo. Todas estas consideraban que su propia
libertad naufragaría si cualquiera de las grandes monarquías se hiciera más poderosa. Los dos imperios
más fuertes del Oriente, Macedonia y Siria, eran resueltamente hostiles al equilibrio de poderes. A
principios del siglo II a. C, Egipto había perdido la mayoría de sus posesiones en el exterior y se
hallaba gobernado por reyes débiles e incapaces.
Por consiguiente, ese Estado se inclinaba más a apoyar Jas condiciones existentes que a soñar en un
dominio universal. Pero tanto Macedonia como Siria pensaban restaurar el imperio de Alejandro y
combinar todo el mundo helenístico en una unidad política. Estas aspiraciones se discutían tenazmente,
no solo por parte de los dos Estados mencionados, sino también en toda Grecia, en la que se podía ver
claramente dos corrientes de opinión. Todos los griegos eran opuestos al dominio extranjero y a la
"tiranía" macedónica. Pero una mayoría de ciudades-Estado, incluidas Atenas y Esparta, todavía
acariciaban el viejo ideal de libertad para cada ciudad salvo, naturalmente, para las ciudades que
dependían de ellas. Por eso, las dos confederaciones de ciudades y pueblos (la civilizada liga aquea y la
semibárbara liga etolia) trataban de reunir a Grecia en un solo Estado, con el propósito fundamental de
luchar contra los macedonios.
Como resultado de esas condiciones, las intrigas diplomáticas menudeaban en Oriente y para cada
participante en el juego parecía tentadora la posibilidad de poner en la balanza las legiones romanas,
cosa que, al parecer, estaba exenta de peligros. Esta nueva arma contra Macedonia y Siria fue bien
recibida por Pérgamo y Egipto, así como por Rodas y las ciudades griegas, y todos se apresuraron a
iniciar relaciones amistosas con Roma. No se puede decir que Roma no tuviera interés alguno en los
asuntos griegos. Macedonia se podía considerar como un vecino de Italia, ya que solo las separaban los
Estados de Iliria, las ciudades griegas de la costa adriática y las islas jonias. Además, Roma recordaba
que Filipo V, rey de Macedonia, había tratado de utilizar para sus propios fines los fracasos de Roma al
comienzo de la lucha contra Aníbal, de forma que, en el año 205, se había visto obligada a hacer una
paz desfavorable con Filipo para poder enviar, sin inquietudes por ese lado, una expedición a África.
Por otra parte, aunque Filipo no representaba un peligro inmediato para Roma, no estaría de más frenar
por todos los medios el surgimiento de un solo dictador en Oriente. Por el momento, Filipo estaba
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sujeto por una alianza con Antíoco III, rey de Siria, no menos ambicioso que aquél; pero era seguro de
que tendía a lograr esa posición dominante. Grecia, Asia Menor y Egipto se hallaban entonces en grave
peligro; incluso los miembros menos importantes de la familia helenística lo veían con toda claridad.
La alianza temporal entre Filipo y Antíoco podría acarrear serias consecuencias, aunque Filipo no había
llegado muy lejos hasta aquel entonces. Por consiguiente, era natural que llovieran sobre Roma las
peticiones de apoyo y alianza por parte de los pequeños Estados helenísticos.
Esa situación resultaba halagadora para el sentimiento romano. La vida en Roma había adquirido un
parecido externo con la vida de Grecia y la influencia de la civilización griega se había incrementado
mucho más con la anexión de las ciudades griegas de Italia, la conquista de Siracusa y otras ciudades
de Sicilia y la transformación de esta isla en primera provincia romana. Todos los romanos de aquella
época sentían la atracción fascinadora del genio y la cultura griegos, y se daban cuenta de la belleza y
la brillantez del período helenístico. La leyenda que relacionaba el origen de Roma con la guerra
troyana y, por esa vía, con la primitiva historia griega, tomó, por buenas razones, una forma definitiva
en ese momento. Además, la propia Roma era una ciudad-Estado libre y la confederación itálica era
una alianza de ciudades-Estado semejantes. La palabra "rey" sonaba un poco rara en los oídos romanos;
había algo del espíritu actual de los americanos en su aversión a los reyes y a los gobiernos
monárquicos. Y ahora, victoriosa sobre un enemigo sumamente peligroso, consciente de su propia
fuerza y solidaridad, y plenamente convencida de que ninguna sacudida podría arrojarla del lugar que
ocupaba, Roma recibía el llamamiento de ciudades-Estado como ella misma —los Estados que habían
creado la maravillosa civilización griega— pidiéndole ayuda contra "reyes" y tiranos. La política de
Roma nunca fue sentimental; pero cuando los sentimientos coincidían con los intereses, era posible
permitir, por una vez, que aquéllos se manifestaran y se afirmasen. Si se podía ayudar a los griegos y,
al mismo tiempo, impedir que Filipo repitiera sus primeros éxitos en Iliria, ya era esto razón suficiente
para intervenir activamente en la enmarañada política internacional de las potencias helenísticas.
Por consiguiente, cuando, inmediatamente después de la segunda guerra púnica, se formó una alianza
en Oriente para contrarrestar los planes de engrandecimiento de Filipo, era muy natural que Roma no
negara su apoyo a la alianza. Se declaró la guerra a Filipo y se enviaron tropas a Grecia y Macedonia.
La guerra resultó un asunto menos serio de lo que se esperaba al comienzo. Aunque Roma tuvo que
soportar el peso principal de la campaña y la batalla de Cinoscéfalos, librada en 197 a. C, se ganó
utilizando únicamente ejércitos romanos, su tarea, sin embargo, fue apreciablemente aliviada por la
ayuda activa de la Liga Etolia, que suministró un ejército de tierra mientras que Rodas y Átalo I, rey de
Pérgamo, proveyeron los barcos. La derrota de Filipo no fue decisiva. Solo se le obligó a pagar una
cierta suma, a renunciar a las ciudades y territorios que había 'tomado en Asia, y a reconocer la libertad
de las ligas y ciudades griegas. Cuando Tito Quinto Flaminino proclamó solemnemente, en nombre de!
pueblo romano, la liberación de Grecia del yugo macedónico, el anuncio fue vitoreado en Grecia y en
Roma. Sin embargo, esa misma política de proclamar la libertad de Grecia era un recurso común en el
Oriente helenístico, en las contiendas de un Imperio contra el otro; los Ptolomeos y las Seléucidas
empleaban ese grito de guerra en sus luchas con Macedonia, si bien ellos mismos no dejaban de dar un
tratamiento arbitrario a las ciudades griegas que se hallaban bajo su propio dominio. Por eso, en esta
ocasión, los griegos creyeron que habían encontrado un defensor de su libertad genuino y
desinteresado. Porque Roma era una ciudad libre, aunque a las ciudades griegas de Italia y Sicilia solo
les permitía una moderada libertad. Por su parte, los estadistas romanos miraban la libertad de Grecia
como algo más que una mera frase; incluso perjudicando sus propios intereses, retiraron sus ejércitos
en la primera oportunidad y dejaron que el mundo helenístico siguiera sus propios caminos.
Pero esa abstención de interferir en los asuntos griegos no duró mucho tiempo. Poco después de
acabarse la guerra macedónica, Antíoco ni, primero aliado y luego enemigo de Filipo, tenía la intención
de aprovechar una buena oportunidad para restaurar los derechos de la casa Seléucida sobre Asia
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Menor, que habían sido menoscabados por la formación del reino de Pérgamo, las agresiones de Egipto
y la declaración de independencia de muchas ciudades griegas. Recientemente, Antíoco había logrado
ensanchar el imperio Seléucida llevándolo casi a sus primitivos límites, mediante una serie de brillantes
victorias en Oriente. Por eso, recibió el título de "El Grande". Concluyó un acuerdo con Egipto y
parecía que no había razón alguna para que Roma se inmiscuyera en los asuntos internos de los Estados
helenísticos de Asia. Durante algún tiempo mantuvo su política de no-intervención; estaba satisfecha de
dejar Asia a Antíoco y solo insistía en que no avanzase más lejos hacia el oeste. Pero esta actitud
moderada de Roma, unida a la propia convicción de su fuerza, llevó a Antíoco a adoptar medidas más
audaces. Aníbal estaba ahora muy cerca prometiéndole la ayuda de Cartago en el caso de guerra con
Roma y, además, una invasión a Italia. En Grecia, la liga etolia estaba descontenta porque se
consideraba perjudicada con la parte que le había tocado al terminar la guerra con Macedonia. Los
etolios iniciaron la guerra contra Roma y propusieron a Antíoco que mandase su ejército.
Antíoco se decidió entonces por la guerra. Al enviar un ejército a Grecia, obligó a los romanos a
declararle la guerra. La campaña duró poco y terminó con una aplastante derrota de su ejército
semiasiático, primero en Europa y luego en Asia, cerca de la ciudad de Magnesia, el año 190 a. C.
Antíoco no recibió ayuda material por parte de los etolios y todo el resto de Grecia permaneció neutral.
Egipto, Rodas, Pérgamo e incluso Macedonia se pusieron del lado de Roma. Las condiciones de paz
concluidas con Antíoco muestran, una vez más, que Roma no deseaba extender su territorio incluyendo
en él parte de Oriente. Era claro que su objetivo estribaba en evitar el surgimiento de una potencia
oriental que le pudiera poner en peligro. Por eso, obligó a Antíoco a pagar una cierta suma, a retirar sus
ejércitos de Asia Menor y a destruir aquella poderosa flota que hacía posible, en cualquier momento,
transportar soldados a Asia Menor, a Egipto o a Grecia.
Esta guerra no afectó la situación general existente en el mundo helenístico. El equilibrio de poder del
que Roma había llegado a ser guardián reconocido, continuaba pero en una forma particular: ahora,
Roma resolvía todas las disputas internas de Grecia, pero nunca consultaba la opinión griega, incluso
cuando se trataba de cuestiones que afectaban a los griegos. Todos los reinos helenísticos eran
independientes, pero ninguno de ellos era poderoso. A todos ellos y, en particular, a las ciudades
griegas, Roma les garantizaba la "libertad", pero en cuanto cualquiera de ellos mostraba cierta
tendencia a tener una política independiente, siempre estaba lista la mano de Roma para impedirlo.
Para la mayoría de los griegos esclarecidos no era un secreto la situación real de Grecia y de las
potencias helenísticas. Éumenes II, rey de Pérgamo, sentía que no era un aliado de Roma sino un
vasallo y servidor, y los otros Estados asiáticos y las ciudades griegas no estaban mejor. Aunque Roma
no quiso, al principio, emplear un lenguaje demasiado rígido, fue tomando poco a poco el gusto a ese
estilo de hablar y sus consejos a sus amigos se convirtieron lisa y llanamente en órdenes que los aliados
debían obedecer sin excusa alguna.
Los griegos, en especial, se indignaban ante la frecuente intromisión de Roma en los asuntos locales de
sus comunidades, aunque, en realidad, muchas veces esa intervención surgía a petición de un partido
político contra otro. En general, la clase pudiente se inclinaba en favor de Roma y ésta, a su vez, le
prestaba un apoyo sólido contra la agitación de las clases bajas. Un gobierno aristocrático estaba más
en consonancia con la constitución romana y gozaba de la sincera simpatía del Senado. De ahí que
Grecia estuviera muy predispuesta a liberarse de la tutela romana y a volver a sus primitivas
condiciones políticas. Macedonia sentía aún más fuertemente la presión de Roma y, después de la
guerra siria, Filipo V comenzó a trabajar con ahinco para restaurar a su país. No entraba dentro de sus
intenciones hacer la guerra a Roma, sino que se empeñaba en crear las condiciones necesarias para que
Macedonia continuara existiendo como reino independiente. No deseaba combatir, pero sí prepararse
para la lucha en caso de que Roma quisiera privar a Macedonia de su libertad. Con esa finalidad, Filipo
trató de extender sus posesiones por la península balcánica, fortaleciendo su poder mediante alianzas
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con las tribus independientes de Tracia e Iliria y, al mismo tiempo, también conquistar las simpatías de
Grecia. Todos estos proyectos se llevaron a término con gran éxito y Perseo, su sucesor, heredó de él,
en 179 a. C, un reino más fuerte y rico que antes de que Filipo asumiera el poder.
Los romanos no tenían ningún pretexto serio para reanudar la guerra contra Macedonia. No estaban
amenazados por el Oriente, y el Senado lo sabía perfectamente. Ninguno de los Estados helenísticos
podía soñar en enfrentarse al brazo que tan duros golpes había infringido a Siria y a Macedonia. Era
inconcebible una amplia coalición de los Estados griegos; los objetivos políticos de cada uno de- ellos
eran tan limitados y se sacrificaban con tanta facilidad, que cualquier plan realmente audaz estaba
descartado de antemano; además, en cada uno de esos Estados había un número considerable de
partidarios de Roma, que se opondrían a una política que pudiera conducir a una guerra con ella. Pero
treinta años de actividad en el Oriente le habían enseñado a tratar a sus "aliados" como súbditos, que
estaban obligados a obedecer, y a considerar cualquier acto de independencia por su parte como una
traición. Entretanto, fue aumentando el descontento en Oriente a causa de esa política. Macedonia
atrajo la simpatía general y los griegos comenzaron a considerarla como su posible libertadora del
pesado yugo de Roma.
No es extraño que, dado ese estado de cosas, Roma se alarmara ante la fuerza creciente de Macedonia.
Eso traería como resultado, más tarde o más temprano, una completa separación de Roma de los
asuntos griegos y, en opinión del Senado, podría crear una situación en la que sería posible para el
Oriente intentar un ataque contra Roma. Considerando este riesgo de posibles complicaciones en el
futuro, Roma decidió, en 171 a. C, hacer la guerra contra Macedonia. Perseo envió una embajada a
Roma con la esperanza de mantener la paz; pero las condiciones que se presentaron a los embajadores
significaban la pérdida de la libertad de Macedonia. Perseo prefirió la guerra. Aunque la simpatía
griega estaba fundamentalmente de su parte, nadie, excepto el Epiro, fue capaz de darle un apoyo
militar, y la Liga Aquea, el poder más fuerte en aquel entonces en Grecia, observó una estricta
neutralidad, a pesar de la creciente antipatía que sentía por Roma, el partido democrático de las
ciudades aqueas. Rodas y Pérgamo permanecieron neutrales. Los dos primeros años de la guerra fueron, en conjunto, favorables a Perseo. Influidos por este éxito y ante el temor de que una victoria
romana los redujera a una total esclavitud. Éumenes, el rey de Pérgamo, y los rodios, aunque enemigos
de los macedonios, intentaron una intervención diplomática y pidieron a Roma que hiciera la paz con
Perseo, restableciendo en Oriente el estado de cosas existente antes de la guerra. Rodas envió una
embajada especial con este objeto, pero Perseo había caído antes de que la embajada llegase a su
destino. Aunque la guerra había durado dos años, el Senado no pensaba en la paz y envió a Emilio
Paulo, un jefe más hábil y audaz que sus predecesores. Este general llevó a cabo un vigoroso ataque y
obligó a Perseo a aceptar una batalla junto al puerto macedónico de Pidna. En esta batalla, que tuvo
lugar el año 168, Perseo fue totalmente derrotado.
Es un hecho notable que, incluso después de su victoria sobre su último rival en el Oriente, Roma no
creyó necesario anexarse ninguna parte del territorio oriental, aunque había actuado de un modo
diferente en Sicilia, después de las dos primeras guerras púnicas, y en España, después de la derrota de
Aníbal. En teoría, el Oriente permanecía libre e independiente incluso después de la batalla de Pidna,
pero ahora el conquistador determinaba arbitrariamente su destino político sin tener en cuenta las
necesidades ni los deseos de los pueblos en cuestión. Siempre había producido desagrado la monarquía
macedónica; y ahora la suprimían confiriendo a Macedonia una "libertad" que nunca había tenido ni
deseado. El país se partió en cuatro estados separados, formados por una unión de tribus y ciudades,
gobernados a la manera de las ligas de Grecia. Cada Estado se gobernaba mediante unos magistrados
responsables ante el consejo, integrado por representantes de las diferentes comunidades. Tanto los
magistrados como el consejo eran elegidos entre la clase pudiente, que era la única que gozaba de
derechos políticos. Rodas y Pérgamo tuvieron que pagar caro sus simpatías por Perseo. La primera
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perdió mucha importancia comercial por la formación de un puerto libre en Délos, el cual se asignó a
Atenas y era controlado por los gobernantes atenienses. Con una flota debilitada, Rodas fue incapaz de
continuar su tarea de vigilancia de los mares, de modo que la piratería floreció de nuevo y aumentó
también el tráfico de esclavos. Délos se convirtió en el mercado principal de esclavos y el suministro
procedía fundamentalmente de los piratas anatolios y cretenses. Se castigó a Pérgamo con la pérdida de
una porción de su territorio, que pasó a sus vecinos, los gálatas, y al rey de Bitinia.
Todos los griegos que no habían estado al lado de Roma sufrieron severos castigos, en especial la liga
aquea. Si bien no había pruebas de su complicidad con Perseo, el Senado pidió que a los miembros más
notables e independientes de la liga, hasta un número de mil, se les trasladase a Roma. Cuando llegaron
a Italia no fueron llevados a los tribunales, sino que se les detuvo y se les distribuyó entre las ciudades
itálicas.
Tal acción, arbitraria e inhumana, creó un intenso odio en Grecia, sentimiento que Roma miró con
desprecio. Ya no estaba de moda el entusiasmo por Grecia y un partido nacional en Roma, cuyo
representante más extraordinario era M. Porcio Catón hablaba siempre de los griegos como Graeculi y
predicaba públicamente la doctrina de que la civilización griega era nociva para la vida romana. El
trato que ahora daba Roma al Oriente era puramente arbitrario; y la situación hubiera sido tal vez
menos perjudicial si hubiese gobernado abiertamente. Pero, en realidad, Roma no tenía un ejército en
Oriente y los Estados helenísticos separados no poseían una fuerza militar digna de ese nombre. De ahí
que la anarquía reinara en las ciudades griegas y las disputas entre los partidos fuesen más feroces que
en los primeros tiempos. Como Roma no mantenía una flota permanente en aguas griegas, los piratas,
dueños del mar, hacían casi imposible la importación regular de alimentos a Grecia desde el Mar
Negro, Egipto y Asia Menor, y la guerra de clases en las ciudades griegas era aún más terrible por los
repetidos períodos de escasez. Las monarquías helenísticas estaban en constante guerra mutua,
Pérgamo con Galatia, Bitinia y Ponto, Siria con Egipto, y esas guerras se complicaban más aún por la
frecuente interferencia de Roma, que se ejercía mediante embajadas, proclives al soborno y que,
además, no contribuían en absoluto al triunfo del derecho y de la justicia en el mundo helenístico.
Macedonia sufrió constantes asaltos del norte y era demasiado débil para rechazar a tracios, celtas o
ilirios.
Las condiciones de vida que se crearon así eran intolerables y el descontento, irresistible y universal a
través de toda Grecia y Oriente, trajo el acto final del drama. En 149 a. C, cierto Andrisco, que se decía
hijo de Perseo, levantó el estandarte de la revuelta en Macedonia. Los gritos de guerra de los rebeldes
eran la unidad del país y la restauración de la dinastía. La revuelta fue rápidamente sofocada. Al mismo
tiempo, la liga aquea, en especial la parte democrática, se alzó contra Roma pidiendo que ésta no
interviniera en sus asuntos internos ni en sus diferencias locales con Esparta y otros vecinos. Los
romanos declararon que sus protestas constituían una revuelta y la aplastaron con extremada severidad.
El cónsul Lucio Mumio derrotó a los aqueos en una batalla que tuvo lugar en Leucopetra, sobre el
istmo, en el año 146 a. C. Después de esos golpes contra griegos y macedonios por su postrera tentativa
de recobrar su libertad, a Roma no le quedaba otro camino que convertir a Macedonia en una provincia,
con un gobernador militar y un ejército permanente que tendría como misión mantener el orden en
Macedonia y Grecia, y defenderla contra cualquier ataque del norte y del oeste. Todavía se le conservó
a Grecia una sombra de independencia; pero ella pagó duramente su amor a la libertad. Se suprimió la
liga aquea y la rica ciudad comercial de Corinto, una de sus fortalezas principales, fue destruida por
Mumio y su territorio fue declarado propiedad del pueblo romano. Toda Grecia se colocó bajo la
supervisión del gobernador de Macedonia, pero el país no se convirtió en provincia romana; algunas
ciudades continuaban su alianza con Roma y no estaban obligadas, como Macedonia, a pagar tributo.
Mientras tanto, la política extranjera de Roma en Occidente se basaba en las condiciones que habían
resultado de la segunda guerra púnica. Las tribus galas del valle del Po habían sido sometidas; el norte
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de Italia estaba poblado de colonias de ciudadanos romanos y se romanizó rápidamente. Toda Sicilia se
convirtió en una provincia. La situación en España era más complicada. El sur del país, antes provincia
de Cartago, se convirtió ahora en provincia romana. Pero esta estrecha franja de territorio romano,
rodeada por un número de tribus independientes y belicosas, tales como los celtíberos y los lusitanos,
se hallaba siempre en estado de guerra. Para defender ese territorio y proteger las ricas; minas de plata
y cobre contra los saqueos de los nativos de la vecindad, los romanos se vieron obligados a mantener
un fuerte ejército permanente, que luchaba sin descanso contra las tribus independientes que habitaban
en la meseta central de España. En esta guerra, los romanos sufrieron más de una derrota. Los crueles
métodos de represión que adoptaron sus generales hacían imposible la paz. La contienda con los
lusitanos, en lo que hoy es Portugal, fue excepcionalmente tenaz. Esas tribus, conducidas por un
hombre capaz llamado Viriato, lucharon con éxito contra sus enemigos durante ocho años, desde el 147
al 139 a. C, y los celtíberos, cuyo centro principal era la ciudad de Numancia, prolongaron su resistencia todavía más, del 143 al 133 a. C, e infringieron un buen número de severos reveses a los
ejércitos romanos. El Senado se negó a reconocer los acuerdos que sus derrotados generales habían
celebrado con los celtíberos. Los gobernadores romanos saquearon y asesinaron sin merced a la
población nativa de los territorios conquistados. Finalmente, Escipión Emiliano, hijo de Emilio Paulo,
adoptado por Escipión Africano, el vencedor de Aníbal, tomó Numancia después de un largo asedio.
Sin embargo, de todo el Occidente, era en Cartago donde los políticos romanos tenían puesta la mirada.
Aunque en continuas disputas con Masinisa, el rey númida que le robaba territorios repetidamente, y a
pesar que la pérdida de su flota y de sus factorías comerciales en el Mediterráneo habían restringido
enormemente su comercio, Cartago se iba recobrando con rapidez de su terrible caída. Sus esfuerzos
principales se concentraban en el incremento de la fuerza productora de sus posesiones africanas,
mediante métodos agrícolas científicos con la ayuda de capital; métodos semejantes se aplicaban
también para la cría de ganado y el cultivo de frutas y vegetales. Cartago era aún la fuente principal de
exportación de los productos del África Central: dátiles del Sahara, marfil, oro y esclavos. El cereal
africano se estaba convirtiendo en un producto importante en los mercados mundiales. No era un
secreto para los romanos la creciente prosperidad de Cartago. Todos conocemos la historia de Catón,
líder de los nacionalistas y de los terratenientes. Al volver de una embajada en Cartago, se levantó en el
Senado mostrando un puñado de higos espléndidos, como una prueba de que el resurgimiento de
Cartago era peligroso para Roma y que, por consiguiente, aquella ciudad debía ser destruida.
Es preciso admitir que las pruebas de ese peligro que aportaban Catón y sus amigos eran muy endebles.
Cartago no tenía una flota ni tampoco un ejército poderoso. Toda su atención se concentraba en la
codicia y la infatigable actividad de Masinisa •y, en ningún caso, entraba en los cálculos de Cartago
una guerra con Roma. Pero había un partido en Roma cuyos intereses personales le hacían desear la
desaparición de Cartago como reino independiente. Ese partido no estaba compuesto de personas dedicadas al comercio o la industria; tales personas no tenían aún influencia política y, además, la
participación de Cartago en el comercio internacional no era considerable. Los verdaderos enemigos de
Cartago eran los grandes propietarios rurales de Italia, que veían con desagrado la exportación de vino
y aceite de África hacia Occidente. Como veremos más adelante, todo el Occidente, a partir de esta
fecha, se surtió de esos productos fundamentalmente en Italia. Esos hombres deseaban limitar la
producción de África al cereal, del que había una creciente demanda en Italia, y también querían
aumentar sus tierras robándoles las suyas a los propietarios rurales cartagineses. Era justamente esa
clase de ricos propietarios la que dirigía por aquel entonces la política en Roma.
Todo eso explica por qué los romanos, sin la menor provocación, volvieron a declarar la guerra a
Cartago, destruyendo despiadada e innecesariamente la floreciente ciudad y matando a la mayoría de
sus habitantes. La tercera guerra púnica duró del 149 al 146 a. C. Cartago hizo una defensa heroica,
pero sin esperanza. Su ejecutor fue el mismo Escipión Emiliano que había destruido a Numancia y que,
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políticamente, estaba en profundo desacuerdo con Catón y el partido terrateniente. Se anexó a Roma el
territorio de Cartago y se lo denominó provincia de África. Los ricos señores romanos compraron la
mayor parte de esas tierras y las arrendaron. La mayoría de las otras ciudades del imperio cartaginés no
fueron destruidas y algunas conservaron, incluso, su propio gobierno local.
Una vez lanzada por el camino de las anexiones, era difícil que Roma se detuviera, en particular porque
los Estados helenísticos ya estaban preparados para hacer concesiones. De Grecia pasó al Asia Menor.
El reino de Pérgamo era desde hacía tiempo un obediente vasallo de Roma y la acción de su último rey
es una prueba palmaria de que se habían dado perfecta cuenta de ello: Átalo III legó su reino a Roma y,
cuando él murió, el año 133 a. C, su heredero siguió su inspiración y dio el nombre de provincia de
Asia al territorio que le había dejado su padre. Esta transferencia a Roma de una parte de Asia no se
llevó a cabo sin derramamiento de sangre. Aquí también, como en Macedonia, hubo alguna oposición.
Un partido, conducido por Andrónico, que se proclamaba miembro de la dinastía de Pérgamo y
reclutaba sus seguidores entre los esclavos y los siervos del difunto rey, los hombres acomodados y
también las tribus montañesas de Misia, estuvo combatiendo por la libertad durante varios años. Pero,
al final, también esta rebelión fue aplastada.
De este modo, a lo largo de poco más de medio siglo, el Estado romano dejó de ser una federación de
clanes y de ciudades itálicas para convertirse en un gran Imperio, sin un solo rival tanto en Oriente
como en Occidente. Los romanos no trabajaron para adquirir esa posición, ni tampoco la prepararon ni
la desearon; simplemente, era el resultado natural de una serie de incidentes cuyas consecuencias nadie
en Roma previo ni podía prever. Sin embargo, este paso de Roma hacia un imperio mundial es uno de
los acontecimientos esenciales en la historia del mundo y que incluso ha cambiado el curso de esa
misma historia. Ese hecho permitió incorporar a la vida de Roma muchos elementos nuevos,
económicos, sociales y políticos, que produjeron una transformación radical en el aspecto del Estado
romano.

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VII
LAS PROVINCIAS ROMANAS
Hacia fines del siglo II a. C, el Estado romano tenía una organización mucho más compleja que en la
época de las guerras púnicas. La ciudad de Roma era todavía su centro, con la constitución normal de
una ciudad-Estado, un extenso territorio diseminado por toda Italia y un Cuerpo de ciudadanos
distribuido por todo el territorio. Alrededor de Roma había otras ciudades-Estado ligados a aquélla por
tratados que variaban en diferentes casos: en primer lugar, venían las ciudades latinas, seguidas por las
colonias latinas esparcidas por toda la península, y las distantes ciudades itálicas, etruscas, griegas,
umbrías y samnitas. Todas ellas estaban agrupadas en torno de Roma como aliadas y formaban una
confederación itálica. Aunque constituían una sola unidad en todos los asuntos de política extranjera,
las partes componentes de la liga no estaban unidas por un común lazo de sangre y las constituciones
individuales de las comunidades aliadas a Roma eran asombrosamente diversas. Tal era la organización
del Estado italorromano. Un solo principio servía de sólido cimiento a esta organización: el de que
ninguno formaba parte del Estado salvo los ciudadanos y los aliados romanos.
Pero después de la primera guerra púnica, Roma tuvo que enfrentar un problema de gobierno nuevo y
difícil. La mitad suroeste de Sicilia, Córcega y Cerdeña, habían sido posesiones extranjeras de Cartago
y la población estaba constituida por subditos o vasallos cartagineses; también las islas albergaban
algunas ciudades cartaginesas que servían como factorías comerciales, fortalezas y centros
administrativos; pero no existían ni huellas de un gobierno local. La población debía pagar una parte
fija de sus ganancias, siendo ese tributo un signo y símbolo de su posición subordinada. Al hacer el
tratado con Cartago, pero no con las ciudades y tribus del territorio conquistado, estas islas pasaron a
constituir una parte del Estado romano. Este hecho planteó un problema: ¿Qué lugar se asignaría a esos
territorios en la constitución de la confederación itálica?
Mientras duró la guerra, no hubo cuestión alguna sobre ese punto. La autoridad militar romana, el
cónsul o el pretor, resolvían todos los asuntos automáticamente, Pero, al terminar la guerra, se hizo
necesario definir la futura situación de esos países. Era improbable que Roma deseara incluirlos dentro
de la confederación itálica; la población era demasiado primitiva en sus ideas sociales y políticas, su
nivel de cultura, demasiado bajo; era imposible concebirlos como aliados. Además, antes de que se
incorporasen al Estado romano, esos pueblos no tenían una existencia política independiente lo cual
hacía imposible celebrar tratados en igualdad de términos (foedus aequum) con ellos. Para Roma, la
solución más fácil de este problema consistía en aceptar las cosas como estaban, sin hacer ningún
cambio; por eso se consideró que esos países se hallaban todavía sujetos a la ley militar y se enviaban
anualmente allí magistrados militares.
Desde este punto de vista, el territorio era, de acuerdo con la ley pública romana, la "provincia" o
"esfera de actividad" del magistrado romano, cuyos edictos definían la relación de los habitantes con el
poder central de Roma. Ésta tomó, simplemente, el lugar de Cartago: el gobernador y el ejército eran
romanos, mientras los nativos cultivaban sus tierras y criaban sus ganados, pagando una parte de sus
beneficios al poder soberano, representado por el pretor y su ayudante financiero, el cuestor. De este
tributo, una parte se gastaba localmente y otra parte se entregaba al tesoro romano. De esta manera los
dominios de ultramar pertenecían a Roma exclusivamente y1 no a la Confederación; el Estado romano,
pues, consistía no solo en ciudadanos y aliados, sino también en subditos, concepción, ésta, extraña a
las ideas grecorromanas de gobierno y que se había tomado del repertorio de las monarquías orientales.
Según la terminología romana, esos subditos eran dediticii, es decir, que se habían rendido
incondicionalmente al conquistador; no eran ni ciudadanos (cives), ni aliados (socii) sino extranjeros
(peregrini). En Italia, después de la conquista de las diversas comunidades y pueblos, ese estatuto había
dado lugar inmediatamente a una amalgama del conquistador y el conquistado, pero en las provincias
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continuaba inalterada la relación entre ambos. La aplicación a España del mismo principio era
consecuencia natural del hecho de que también ese país había sido transferido por Cartago a Roma.
Pero la cuestión era menos simple cuando el resto de Sicilia, la parte que poseían los griegos, pasó a
manos del Estado romano al término de la segunda guerra púnica y de la captura de Siracusa. Aquí
también, como en Italia, había antiguas ciudades griegas y la población tenía un nivel cultural muy
superior al de Sicilia occidental. Sin embargo, los romanos no querían apartarse de la línea que se
habían trazado. Esas ciudades griegas, que habían sido aliadas de Roma, continuaban siéndolo como
antes y se hallaban en la misma situación que Masilia y Sagunto; pero todo el resto de la isla pasó a ser
provincia romana. Tal arreglo fue sugerido por el hecho de que, por casi medio siglo, esta parte no
había sido gobernada como un grupo de ciudades-Estado independientes, sino como territorio de una
monarquía helenística con Siracusa por capital. El tirano de Siracusa consideraba a los habitantes como
subditos, los cuales debían pagarle un diezmo del producto de su tierra, un impuesto sobre el ganado, y
sobre los beneficios del comercio y la industria. Sin embargo, cuando esos subditos vivían en ciudades
o en tierras pertenecientes a ciudades individuales, se les permitía tener un gobierno local con
magistrados, consejos y asambleas populares propias. El tirano utilizaba esas autoridades locales para
la recaudación de los impuestos que se le debían en la ciudad y en las tierras dependientes de ella.
Hierón mantuvo bajo su inmediata autoridad las tierras que no pertenecían a las ciudades en particular,
pero en las que había una población dedicada a la agricultura o a la cría de ganado; los impuestos que
esa población debía pagar eran recaudados por sus propios funcionarios.
Esas relaciones entre el gobierno y el pueblo continuaron sin cambio alguno. El pueblo romano tomó el
lugar de Hierón y los sicilianos se convirtieron en subditos suyos, a excepción de los habitantes de las
ciudades aliadas. El pretor y su ayudante financiero, el cuestor, actuaban en nombre del pueblo romano,
ejerciendo en la provincia pleno poder militar, administrativo y judicial. La parte occidental de la isla,
que se convirtió en provincia romana después de la primera guerra púnica, fue unida a la otra mitad y,
en consecuencia, las leyes que habían sido promulgadas por Hierón de Siracusa y confirmadas
posteriormente por el Senado y los gobernadores de Sicilia se extendieron a toda la isla.
Nunca se apartó Roma de esta línea de conducta: los otros dominios de ultramar fueron tratados de la
misma manera que Sicilia. Hasta el momento de su anexión, Macedonia y Asia (antes reino de
Pérgamo) habían sido, monarquías, con una constitución parecida a la del reino de Hierón en Sicilia;
Roma conservó toda la estructuración de gobierno que crearon los reyes helenísticos. Ahí también, el
pretor tomó el papel del rey y los decretos y leyes reales se incluían en los "edictos" de los pretores, que
les conferían fuerza de ley y se fundaban en ellos para gobernar al pueblo. El pretor era también el juez
supremo y dictaba sentencia en caso de que los provinciales no estuvieran satisfechos con las
decisiones de sus propios tribunales locales. Asimismo, ciertas ciudades, que habían sido aliadas de
Roma, conservaban su estatuto como aliadas y no se incluyeron, en principio, en la provincia. La
misma línea de acción se siguió cuando el territorio de Cartago se convirtió en provincia; algunas
ciudades fenicias de la costa que habían traicionado a Cartago y se habían aliado con Roma durante la
tercera guerra púnica continuaron en su condición de aliados aún después de crearse la provincia de
África.
Así, desde fines del siglo II a. C. encontramos un sistema complejo de gobierno que se puede describir
del siguiente modo: Roma y los aliados itálicos formaban, como antes, el núcleo del Estado. Pero las
alianzas romanas se habían extendido. Había nuevos aliados y un considerable número de ellos se
hallaban fuera de los límites de Italia. Muchos residían en países que se consideraban como provincias
romanas y en los cuales la autoridad civil y militar del pretor era absoluta. En consecuencia, no es
sorprendente que fuera difícil distinguir a esos aliados de los subditos, y la tendencia de Roma era la de
rebajar su categoría más bien que la de subir a los subditos al rango de aliados. La misma tendencia
dominaba la relación de Roma con los amigos y aliados que todavía se consideraban como unidades
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políticas independientes, tales como las ciudades de Grecia, algunas islas griegas y partes del Asia Menor que nunca se habían incluido en la provincia romana de Asia, ni tampoco en alguno de los reinos
helenísticos que aún existían. Nominalmente, esas ciudades eran Estados independientes pero, en
realidad, su situación difería muy poco de la de las ciudades aliadas cuyo territorio formaba parte de
una provincia romana. A ambas por igual daba a Roma sus órdenes y, por lo general, no lo hacía
directamente sino a través del gobernador de la provincia más próxima; así, por ejemplo, el pretor de
Macedonia trataba con Grecia y el pretor de Pérgamo, con Asia Menor.
Los monarcas helenísticos de Oriente y los reyes de Numidia y Mauritania no salían mejor parados;
también ellos eran meros vasallos de Roma y su política extranjera dependía por completo de ella. Los
más prudentes entre ellos no intentaron afirmar su independencia en sus relaciones exteriores y siempre
trataban de descubrir los deseos de Roma, antes de dar un paso en tales asuntos.
La formación de las provincias como una parte del Estado romano fue de capital importancia en el
desarrollo político de Roma e Italia. Roma podía contar con los recursos de sus nuevas posesiones,
como principal fuente de ingresos, pero sus propios ciudadanos sentían cierta repugnancia a servir en
guerras lejanas. Por eso, Roma fue más estricta que nunca en el servicio que le debían sus aliados
itálicos y comenzó a tratarlos, como era natural, del mismo modo que a sus aliados de ultramar, interviniendo en sus asuntos internos y exigiendo una obediencia completa a sus edictos. No era menos
natural que los aliados itálicos pidieran una participación en las ventajas logradas de los dominios
extranjeros que ellos habían ayudado a conquistar. Pero los ciudadanos no estaban dispuestos a
compartir sus posesiones y rentas con los aliados, y todavía se hizo más fuerte su resistencia a extender
el derecho de ciudadanía. Es evidente que tenía que surgir una1 colisión entre ciudadanos y aliados.
Es dudoso que el sistema romano de gobierno provincial llegara a ser popular entre los subditos, en
especial en Oriente y entre los griegos, que tan alto estimaban las puras formas externas de
autogobierno e independencia política. Pero, aparte de eso, la forma real de gobierno era tal, que no
garantizaba los derechos y la justicia a los provinciales. Después de todo, los reyes helenísticos tenían
en cuenta los sentimientos de sus subditos, aunque solo fuera en vista de su bienestar personal. Pero el
Senado y los magistrados romanos veían las provincias como "propiedades del pueblo romano"
(praedian populi Romani), en cuya prosperidad se interesaban muy poco. Hubo, en verdad, no pocos
gobernadores honestos que deseaban el bienestar de las provincias. Pero el simple hecho de que un
hombre fuese gobernante absoluto de un vasto país y que luego lo dejara al término de un año tenía que
producir un efecto corruptor en los gobernadores. Así, se puso cada vez más de moda que el
gobernador explotara a los provinciales y aliados en provecho propio, y considerara su cargo como una
mina de oro y un medio para adelantar *, ». -u carrera política. Es cierto que no estaba prohibido
quejarse de los gobernadores deshonestos ante el Senado y el pueblo romano; pero los provinciales no
tenían facilidades para garantizar una justa investigación de sus quejas. Para las ciudades griegas que
poseían organización y dinero, este procedimiento era posible, pero, para la población en general, que
vivía fuera de las ciudades, tal intento era completamente inútil.
Este sistema de gobierno provincial contribuyó en sumo grado al surgimiento de esas nuevas
condiciones económicas y sociales de las que hablaremos en el próximo capítulo; también contribuyó a
cambiar, en el siglo II a. C, la mentalidad de la clase dirigente. El patriotismo pasó a segundo término y
aparecieron en primer plano los motivos personales, a menudo puramente egoístas.

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