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1.Ciudad de Hueso.pdf


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Transcrito y editado por Alishea85
para que pareciera inofensiva, otro poco en sus ojos, y en cuanto el encargado
de la puerta le hubo mirado directamente, entrar ya no fue un
problema. Por supuesto, probablemente habría conseguido pasar sin
tomarse tantas molestias, pero formaba parte de la diversión..., engañar
a los mundis, haciéndolo todo al descubierto justo frente a ellos,
disfrutando de las expresiones de desconcierto de sus rostros bobalicones.
Eso no quería decir que los humanos no fueran útiles. Los ojos verdes
del muchacho escudriñaron la pista de baile, donde delgadas extremidades
cubiertas con retazos de seda y cuero negro aparecían y desaparecían en el interior de
rotantes columnas de humo mientras los
mundis bailaban. Las chicas agitaban las largas melenas, los chicos balanceaban
las caderas vestidas de cuero y la piel desnuda centelleaba
sudorosa. La vitalidad simplemente manaba de ellos, oleadas de energía
que le proporcionaban una mareante embriaguez. Sus labios se
curvaron. No sabían lo afortunados que eran. No sabían lo que era sobrevivir
a duras penas en un mundo muerto, donde el sol colgaba inerte
en el cielo igual que un trozo de carbón consumido. Sus vidas brillaban
con la misma fuerza que las llamas de una vela... y podían
apagarse con la misma facilidad.
La mano se cerró con más fuerza sobre el arma que llevaba, y había
empezado a apretar el paso hacia la pista de baile cuando una chica
se separó de la masa de bailarines y empezó a avanzar hacia él. Se
la quedó mirando. Era hermosa, para ser humana: cabello largo casi
del color exacto de la tinta negra, ojos pintados de negro. Un vestido
blanco que llegaba hasta el suelo, del estilo que las mujeres llevaban
cuando aquel mundo era más joven, con mangas de encaje que se
acampanaban alrededor de los delgados brazos. Rodeando el cuello
llevaba una gruesa cadena de plata, de la que pendía un colgante rojo
oscuro del tamaño del puño de un bebé. Sólo tuvo que entrecerrar los
ojos para saber que era auténtico..., auténtico y valioso. La boca se le
empezó a hacer agua a medida que ella se le acercaba. La energía vital
palpitaba en ella igual que la sangre brotando de una herida abierta.
Le sonrió al pasar junto a él, llamándole con la mirada. Se volvió para
seguirla, saboreando el imaginario chisporroteo de su muerte en los labios.
Siempre era fácil. Podía sentir cómo la energía vital se evaporaba
de la muchacha para circular por sus venas igual que fuego. ¡Los humanos
eran tan estúpidos! Poseían algo muy precioso, y apenas lo protegían.
Tiraban por la borda sus vidas a cambio de dinero, de bolsitas
que contenían unos polvos, de la sonrisa encantadora de un desconocido.
La muchacha era un espectro pálido que se retiraba a través del
humo de colores. Llegó a la pared y se volvió, remangándose la falda
con las manos, alzándola mientras le sonreía de oreja a oreja. Bajo la
falda, llevaba unas botas que le llegaban hasta el muslo.
Fue hacia ella con aire despreocupado, con la piel hormigueando
por la cercanía de la muchacha. Vista de cerca, no era tan perfecta. Vio rímel
corrido bajo los ojos, el sudor que le pegaba el cabello al cuello. Olió
su mortalidad, el olor dulzón de la putrefacción. “Eres mía”, pensó.
Una sonrisa fría curvó sus labios. Ella se hizo a un lado, y vio que
estaba apoyada en una puerta cerrada. “PROHIBIDALAENTRADA”,
estaba garabateado sobre ella en pintura roja. La muchacha alargó la

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