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3. SCHLESINGER, A. Los ciclos de la historia americana .pdf



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Arthur M. Schlesinger, Jr.

LOS CICLOS
DE LA HISTORIA AMERICANA

Versión española de
Néstor A. Míguez

reí

argentina

LA TEORÍA DE AMERICA:
¿EXPERIMENTO O DESTINO? *

En el año del bicentenario de la independencia de Estados Unidos,
casi dos siglos después de que Crévecoeur plantease su famosa pregunta,
un indio norteamericano que escribió sobre el tema «Los Norteamericanos» en una revista dirigida a los negros norteamericanos concluía:
«Nadie sabe realmente en la actualidad qué es en verdad América» '.
Seguramente ningún observador tenía más derecho a extrañarse de este
continuo misterio que un descendiente de los americanos originarios.
Seguramente no había lectores con más derecho a compartir el desconcierto que los descendientes de los esclavos. En verdad el misterio no
tiene una respuesta definitiva. No hay ninguna solución en el último
capítulo; no hay ningún capítulo final. Lo mejor que puede hacer el
intérprete es tratar de descubrir figuras en el tapiz, reconociendo cómo
debe hacerlo, que otros intérpretes descubrirán también otras figuras.
I

El tapiz norteamericano tiene muchas figuras. Dos hebras, entrelazadas desde la época en que hombres blancos de habla inglesa invadieron por primera vez el continente occidental, representan temas en
repetida controversia sobre el significado de América. Ambos temas tuvieron sus orígenes en el eíhos calvinista. Ambos fueron posteriormente
renovados por infusiones seculares. Ambos han permanecido en la mente
norteamericana y luchando por su posesión durante el curso de la historia norteamericana. Su rivalidad, sin duda, continuará por el resto de
la vida de la nación.
Llamaré a un tema la tradición y al otro la contra-tradición, descubriendo inmediatamente de este modo mí parcialidad. Otros historiadores podrían invertir los términos. No disputaré demasiado sobre ello.
Que ellos revelen sus propias parcialidades. En todo caso, la tradición,
como yo prefiero llamarla, surgió inicialmente del cristianismo histórico
1
Vine Deloria, H., «The North Americans», reimpresión de Crisis, en Congressional Record, 94th Gong., 2d. Sess. (1976), E2494-95 (ed. diaria).
* Este ensayo está adaptado de «America: Experiment or Desíiny». Publicado en
American Histórica! Review, ¡unió de 1977.

por mediación de San Agustín y Calvino. El ethos calvinista estaba lleno
de condiciones sobre la depravación del hombre, la terrible precariedad
de la existencia humana y la vanidad de los mortales bajo el juicio de una
deidad implacable y colérica. Harriet Beecher Stowe recordó esa atmósfera en Viejos ciudadanos'. «El cimiento subyacente de la vida... en Nueva Inglaterra, era una profunda, inexpresable y, por lo tanto, inexpresada
melancolía, que consideraba la misma existencia humana como un riesgo
espantoso, y, en el caso de la gran mayoría de los seres humanos, un inconcebible infortunio» 2. «Los hombres naturales», vociferaba Jonathan
Edwards, «son mantenidos por la mano de Dios sobre el pozo del infierno, el infierno se abre para ellos, las llamas se acumulan y centellean
a su alrededor, ansian alcanzarlos y tragarlos; el fuego encerrado en sus
corazones pugna por estallar... No tenéis nada sobre lo que manteneros,
ni nada a lo que aferraras; no hay nada entre vosotros y el infierno,
excepto el aire» 3. El lenguaje suena melodramático a oídos del siglo xx.
Quizá nosotros, los modernos, podemos aceptarlo más fácilmente como
una formulación metafórica de lo que aquellos para quienes Dios ha
muerto llaman la crisis existencial.
Un sentido tan terrible de la desnudez de la condición humana convertía toda vida en un interminable e implacable proceso de prueba.
«Debemos considerarnos», decía William Stoughton, el juez principal
del tribunal que condenó a las brujas de Salem, «como sometidos a un
solemne período de Prueba divino; ha sido y es un tiempo de Prueba,
hasta para todo este pueblo. ... Este ha sido y es un tiempo y una época
de prueba para nosotros» 4. Así había sido en toda época para todo el
mundo. La mayoría no había logrado pasar la prueba. ¿Eran los colonos
norteamericanos inmunes a la ley universal? En este aspecto, la idea
calvinista de «historia providencial» estaba contra el excepcionalisrno
norteamericano. En el cosmos puritano, ha escrito Perry Miller, «Dios
no es un ser caprichoso y antojadizo, no es menos poderoso en un momento que en otro; por lo tanto, en cierto sentido, todo suceso es tan
significativo como cualquier otro» 5 . Esta faceta de la visión calvinista
se acercaba a la idea del luterano Ranke, en el siglo xix, de que «toda
época está próxima a Dios» *.
La idea de la «historia providencial» suponía que todas las comunidades seculares eran finitas y problemáticas; todas florecían y todas
decaían; todas tenían un comienzo y un fin. Para los cristianos, esta
idea tenía su centro clásico en el gran intento de San Agustín de resolver
el problema de la decadencia y caída de Roma, el problema que, más
que cualquier otro, paralizó la reflexión histórica seria de occidente durante trece siglos después de la aparición de La Ciudad de Dios. Esta
obsesión por la catástrofe clásica proporcionó un lazo entre lo sagrado
y lo profano en las colonias norteamericanas, entre los norteamericanos
1

Harriet Beecher Stowe, Oldtown Folfes (Boston, 1869), 368.
«S'mnets in the Hands oí an Angry Good.»
.«New England's Trae Interest», en Ibe Púrítans, ed. a cargo de Perry Miller
y Thomas H. Johnson (1938. Nueva York, reimpresión de Torchbook, 1963), 1, 244.
5
Miller y Johnson, Püríüns, II, 82-83.
6
Leopold von Ranke, «On Progresa in History», en von Ranke, The Theory and
Pracíice of Hislory, ed. a caigo de G. G. Iggers y Konrad von Moltke (Indianapolis,
,1913), 53.
3

A

del siglo xvii que leían a los padres cristianos y los del siglo xvin que
leían a Polibio, Plutarco, Cicerón, Salustio y Tácito.
Por la época en que los revolucionarios llegaron a Filadelfia, en
1776, las llamas del calvinismo estaban aplacadas. El infierno se estaba
reduciendo a un epíteto. El pecado original, aún no abandonado, fue,
como todo lo demás, secularizado. No obstante, para los padres de la
república, como para los de la Iglesia, la historia de Roma, en palabras
de Jaroslav Pelikan, seguía siendo el «libro de -texto al cual recurrir
para instruirse sobre el curso.de los asuntos humanos, el desarrollo de
la libertad y el destino del despotismo»7. Y, partiendo de diferentes premisas, calvinistas y clasicistas llegaban a conclusiones similares sobre la
fragilidad de los esfuerzos humanos.
La Antigüedad rondaba la imaginación federal. El poema de Roberí
Frost sobre «la gloria de una próxima edad augustal. ...Una edad de oro
de la poesía y el poder» habría sido mejor comprendida en la investidura
de George Washington que en la de John Kennedy. Los Padres Fundadores se habían embarcado en una aventura singular: la aventura de una
república. Pa'a hallar hitos del peligroso viaje, escudriñaron el abismo
de los siglos, hacia Grecia y especialmente hacia Roma, que contemplaban como la más noble realización de hombres libres que aspiraban a
gobernarse a sí mismos. «La República Romana», escribió Alexander
Hamilton en The Federalist, «alcanzó la cúspide de la grandeza humana» '. Con esta convicción, la primera generación de la república americana llamó a la cámara superior de su legislatura el Senado, firmó su más
grande tratado político «Publio», esculpió a sus héroes con togas, y a
nuevas comunidades las llamó Roma y Atenas, Utica, Itaca y Siracusa,
organizó la sociedad de los Cincinatos y asignó textos latinos a ios jóvenes. «Estamos obsesionados», se quejaba Edmund Trowbridge Dana
en 1805, «...con nada más que los clásicos, los clásicos, los clásicos».
(Como consecuencia de esta actitud herética, a Daña se le negó el título
de licenciado en letras, que sólo recibió postumamente en 1879, como
de la clase de 1799)'.
La comparación era plausible. Alfred North Whitehead dijo más tarde que las dos ocasiones en la historia «en que la gente que estaba en
el poder hizo lo que se necesitaba hacer casi tan bien como uno pueda imaginarse que sea posible» fueron la era de Augusto y la de elaboración
de la Constitución americana'". Era también una advertencia) pues la
grandeza que alcanzó Roma terminó en un fin poco glorioso. ¿Podían
los Estados Unidos de América abrigar la esperanza de tener más éxito? *.
7
Jaroslav Pelikan, «Trie Lessons of History», en The Nature of a Humane
Society, ed. a cargo de H. O. Hess (Filadelfia, 1977), 35.
8
Número 34.
' Artículo de Dana, «TVie Winter of Criticism», aparecido en Monthly Anthology
and Boston Review, octubre de 1805, en The Federalist Ljterary Mind, ed. a cargo
de Lewis
P. Simpson (Baton Rouge, 1962), 209, 230.
10
Luden Price, a cargo de la ed., Dialogues of Alfred Norffe "Whitehead (Boston,
1954), 161, 203.
* El lector atento observará que algunas de las alusiones de los Fundadores se
refieren a Roma como república y otras a Roma como imperio. Ellos no establecían
ninguna distinción tajante entre estas fases de la historia romana. Véase, por ejemplo,
Fisher Ames: «Roma fue una república desde su nacimiento. Es verdad que durante
doscientos cuarenta y cuatro años estuvo sometida a reyes, pero el espíritu de libertad
nunca fue más elev'ado en ningún período de su larga y afanosa vida que cuando

. _#

22

23

n
Los Padres Fundadores examinaron apasionadamente a los historiadores clásicos para hallar modos de escapar al destino clásico. Es imposible exagerar la ansiedad que acompañó a esta búsqueda o la importancia que • tuvieron para ellos los textos antiguos. Thomas Jefferson juzgaba a Tácito «el primer escritor del mundo sin una sola excepción. Su
libro es una mezcla de historia y moralidad de la que no tenemos ningún
otro ejemplo». «Vivir sin tener a mano un texto de Cicerón y uno de
Tácito», decía John Quincy Adams, hijo de uno de los padres fundadores, «me parece como estar privado de uno mis miembros» ". Como
decía el primo de Adams, William Smith Shaw, «los escritos de Tácito
exponen la debilidad de un imperio en decadencia y la moral de una
edad degenerada. ... Ellos constituyen un tema de profunda meditación
para todos los estadistas que desean elevar su país a la gloria, mantenerlo
en el poder o preservarlo de la ruina» 12. Polibio era casi igualmente
esencial, por delinear el ciclo de nacimiento, crecimiento y decadencia que
constituía el destino de los Estados; y por anunciar la constitución mixta
con poderes equilibrados
a la que los Padres Fundadores recurrieron
como remedio u.
El adoctrinamiento en los clásicos reforzó el juicio calvinista de que
la vida era un terrible riesgo y de que ésa era una época de prueba para
los norteamericanos, ya que la historia de la Antigüedad no enseñaba la
inevitabilídad del progreso. Enseñaba lo perecedero de las repúblicas,
lo transitorio de la gloria y la mutabilidad de los asuntos humanos. La
tradicional importancia asignada a John Locke como padre de todos
nosotros oculta la tensión más oscura en el pensamiento de los Fundadores, recientemente recordada por J. G. A. Pocock, la tensión entre el
republicanismo clásico y el humanismo cívico que llevó de los Discursos
sobre lito Livio de Maquiavelo, a través de Harrington, el partido campesino inglés y Montesquieu, a la Convención Constitucionalw. Esta
tradición argüía que las repúblicas vivían y morían por la virtud, y que,
Roma estuvo gobernada por reyes. En la guerra, ellos eran generales; en la paz, eran
sólo magistrados. Durante setecientos años, Roma fue una república.» Seth Ames,
a. cargo de la ed., The Works of Fishfr Ames (Boston, 1854), II, 332-333.
11
En W. O. Clough, a cargo de la ed., Intellectual Origins of American National
Thought (1955), Nueva York, reimpresión de Corinth, 1961, 71.
u
«The Age of Tacitus», en Monthly Antbology, julio de 1807, en Simpson,
a cargo de la ed., Federalist Liierary Mind, 50.
13
Polibio fue «muy leído en América, sobre todo durante el período revolucionario». Meyer Rcinhold, a cargo de la ed., The Olassick Pages: Classical Reading
of Eighteenth-Century Americans (University Park, Pa., 1975), 121. Véase también
Richard M. Gummere, The American Colonial Mind and the Classical Tradition
(Cambridge, Mass., 1963), passim.
14
J. G. A. Pocock, The Machiavellian Moment: Florentine Política! Thought
and the Atlantic Republican Tradition (Princeton, 1975). La misma observación
hacen con menor elaboración Cordón S. Wood, The Creation of the American
Republic, 1776-1787 (Chapel Hill, 1969), y Gerald Stourzh, Alexander Ramillón and
the Idea of Republican Government (Stanford, 1970), Reinhold escribe que Polibio
era conocido en América en parte por el estudio directo del Libro VI de su
Historia y «en parte a través de los Discursos de Maquiavelo y las Leyes de Montesquieu» (Classick Pages, 121). Pero se hallará un correctivo necesario en John P.
Diggins, The Lost Soul of American Politics: Viríue, Self-Interest, and the Foun¿ations of Liberalism (Nueva York, 1984).

24

•f

con el tiempo, el poder y el lujo inexorablemente originan la corrupción y la decadencia. «El momento de Maquiavelo», según Pocock, era
aquel en que una república se enfrentaba con su propia mortalidad.
Este temor de la mortalidad de las repúblicas invadió Filadelíia
en 1787. No sólo el hombre era vulnerable por su propensión al pecado,'
sino que las repúblicas eran vulnerables por su propensión a la corrupción. La historia mostraba que, en la incesante lucha entre la corrupción
y la virtud, la corrupción —al menos hasta 1776— siempre había triunfado. «No es nada fácil hacer comprender a los hombres del presente»,
escribía Sir Henry Maine en 1885, «cuan bajo se había hundido el crédito
de las repúblicas antes de la creación de los Estados Unidos». Los autores de The Federalist estaban «profundamente inquietos por el fracaso y
la mala reputación de la única forma de gobierno que era posible para
ellos»15.
Los Padres Fundadores estaban profundamente convencidos de la
improbabilidad de su empresa. Las ventajas que poseían, en su opinión,
provenían de factores geográficos y demográficos, no de la intercesión
divina. Benjamín Franklin atribuía la inevitabilidad de la independencia
americana a factores mundanos tales como el aumento de la población
y las tierras vacías, no al designio providencial ". Pero ni siquiera podía
esperarse que estas ventajas prevaleciesen contra la naturaleza humana.
«La tendencia de las cosas será a apartarse de la norma republicana»,
dijo Hamilton a la convención ratificatoria, de Nueva York. «Tal es la
real disposición de la naturaleza humana.» Tampoco la historia ofrecía
mayor esperanza. «Toda república en todos los tiempos», decía Hamilton
(siempre la analogía clásica), «tiene sus Catilinas y sus Césares. ... Si
tenemos un embrión de César en Estados Unidos, es Burr» ". Jefferson
y John Adams, sin duda, pensaban que era Hamilton.
Si dejamos de lado a Hamilton por considerarlo un pesimista temperamental o un aventurero desafecto, sus grandes adversarios no siempre
eran más optimistas acerca del futuro de la república. «El comercio, el
lujo y la avaricia han destruido todo gobierno republicano», escribía
Adams a Benjamín Rush en 1808. «Nosotros, los mortales, no podemos
hacer milagros; luchamos en vano contra la constitución y el curso de
la naturaleza» ". «Tiemblo por mi país», decía Jefferson en el decenio
de 1780, «cuando pienso que Dios es justo» '*. Aunque en ese momento
temblaba —con razón y presciencia— por el problema de la esclavitud,
también tembló crónicamente en la década de 1790 por la improbable
perspectiva de la «monarquía». En 1798 consideró que las Leyes sobre
Extranjeros y Sedición tendían a sumir a los Estados «en la revolución
y la sangre, y [a] proporcionar nuevas calumnias contra el gobierno republicano y nuevos pretextos para aquellos que desean hacer creer que
13

Henry Maine, Popular Government (1885; Indianapolis, 1986), 201.
Véase Joseph Ellis, «Habits of Mind and an American Enlightenmcnt», American Quarterly, verano de 1976, esp. 161.
17
Stourzh, Alexander Hamilton, 71, 98..
1!
Adams a Rush, 27 de septiembre de 1808, en The Selected Writings of John
and John Quincy Adams, ed. a cargo de Adrienne Koch y William Peden (Nueva
York, 1946), 149-150.
" Thomas Jefferson, «Notes on Virginia», en Writings, ed. a cargo de Marril D.
Peterson (Library of America, 1984), 289.
16

el hombre sólo puede ser gobernado con una barra de hierro» 20. Como
presidente, Jefferson temblaba hasta el pánico por los oscuros sueños
de Aaron Burr, siempre luchando por llegar a ser César. En la generación siguiente, William Wirt preguntó, en 1809: «¿Puede cualquier
hombre que contemple el estado de la virtud pública en este país ...
creer que esta república confederada durará eternamente?» 2 '.

americana. América, escribió Raynal, «volcó todas las fuentes de la
corrupción sobre Europa». La búsqueda de riquezas embruteció al intruso europeo. El clima y el suelo de América causaron el deterioro de las
especies europeas, tanto humanas como animales. «Los hombres tienen
menos fortaleza y menos valor ... y son poco susceptibles al vivo y
poderoso sentimiento del amor», comentario que quizá revelaba en definitiva que Raynal era más un francés que un abate. «Permítaseme detenerme aquí», decía Raynal para resumir,

III

e imaginémonos viviendo en la época en que América y la India eran desconocidas.
Permítaseme suponer que me dirijo al más cruel de los europeos en los siguientes
términos. Existen regiones que te proporcionarán metales ricos, ropas agradables y
deliciosas comidas. Pero lee esta historia y contempla a qué precio se te promete el
descubrimiento. ¿Deseas o no que se haga? ¡Cabe imaginar que exista un ser lo
bastante infernal como para responder a esta pregunta afirmativamente! Recuérdese
que no habrá un sólo instante en el futuro en que mi pregunta no tenga la misma
fuerza[Las bastardillas son agregadas.]

Estas generalizadas dudas acerca de sí mismos,, esta acuciante sensación de la precariedad de la existencia nacional, fue estimulada por
las evaluaciones europeas de la perspectiva norteamericana, ya que los
europeos influyentes contemplaban el nuevo mundo, no como un idilio
de felicidad lockeana —«en el comienzo, todo el mundo era América» 22—,
sino como una escena de repugnante degeneración.
A mediados del siglo xvm, el "famoso Georges Buffon dio peso científico a la afirmación de que la vida en el hemisferio occidental pertenecía al ámbito de la inferioridad biológica. Los animales americanos,
escribió, eran más pequeños y más débiles; los animales europeos se
contraían cuando eran transportados a través del Atlántico, excepto,
especificaba Buffon, el afortunado cerdo. En cuanto a los nativos del
continente caído, también ellos eran pequeños y débiles, pasivos y atrasados. Pronto el Abate de Pauw convirtió la seudociencia de Buffon en
una polémica burlona. Horace Walpole extrajo la inevitable conclusión:
«Buffon dice que los animales europeos degeneran al otro lado del Atlántico; quizá sus habitantes migrantes se hallen en la misma situación» 23.
Según decía William Robertson, el Historiógrafo Real de Escocia, en su
difundida Historia de América, publicada al año siguiente de la Declaración de la Independencia, «Las mismas cualidades del clima de América
que impiden el crecimiento... de sus animales nativos han demostrado
ser perniciosas para quienes han migrado a ella voluntariamente» v . En
Gran Bretaña, Oliver Goldsmith describió a América como una tierra
gris y sombría, donde los perros no ladran y los pájaros no cantan.
Nadie usó este argumento de manera más irritante que el Abate
Raynal en Francia. Buffon, observaba Jefferson, nunca había dicho que
los europeos degenerasen en América: «En verdad, estuvo a un paso de
decirlo, pero se detuvo allí. Sólo el Abate Raynal ha dado ese paso» B.
La popular obra de Raynal Historia Filosófica y Política de los Establecimientos y el Comercio de los Europeos en las Dos Indias, publicada
por primera vez en 1770 y reimpresa muchas veces posteriormente, explicaba cómo la inocencia europea fue amenazada por la depravación
20
21

Kentucky Resolutions of 1798, IX.
Wirt a Benjamín Edwards, 22 de diciembre de 1809, en Memoirs of the Life
of William Wirt, ed. a cargo de J. P. Kennedy (Nueva York, 1849), I, 246-247.
22
Second Treatise on Civil Government, chap ii, par. 49.
23
Amonel!' Gerbi, The Dispute of the New World: The History of a Polemic,
1750-1900
(Pittsburgh, 1973), 160-175.
24
Henry Steele Commager, Jefftrson, Nationalism, and the Enlightenment (Nueva
York,
1975), 43.
25
Jefferson a Chastellux, 7 de ¡unió de 1785, en Jefferson, Writings, 800.

Después de la Declaración de Independencia, Raynal añadió el insulto a la injuria. Pasó por Lyon en viaje de París a Ginebra. La academia local, enterada de su presencia, le nombró miembro de ella. En agradecimiento, Raynal estableció un premio de 1.200 francos para ser otorgado por la Academia de Lyon al mejor ensayo sobre el llamativo tema:
«¿Fue el descubrimiento de América una bendición o una maldición para
la humanidad? Si fue una bendición, ¿por qué medios debemos conservar y aumentar sus beneficios? Si fue una maldición, ¿por qué medios
hemos de reparar el daño?» 26 .
Los Padres Fundadores eran sensibles, como se podía prever, a la
afirmación de que el descubrimiento de América fue un error. Franklin,
que consideraba a Raynal un «autor mal informado y maligno», una
vez tuvo que soportar en su propia mesa, en París, un monólogo del
diminuto abate sobre la inferioridad de los americanos. «Sometemos a
prueba la cuestión mediante los hechos que están ante nosotros», dijo
Franklin instando a sus invitados a ponerse de pie y medirse espalda
con espalda. «No había un solo americano presente», escribió Jefferson,
que también estaba allí, «que no hubiese podido arrojar por la ventana
a uno o dos cualesquiera del resto de los invitados»27. Jefferson mismo
dedicó largos pasajes de Notas sobre Virginia a la refutación de Buffon
con respecto a los animales y a Raynal en lo relativo a los seres humanos. Europeos «admirados como profundos filósofos», escribió Hamiltoa
burlonamente en The' Federalist, «han afirmado gravemente que todos
los animales, y con ellos la especie humana, degeneran en América, que
hasta los perros dejan de ladrar después de haber respirado por un tiempo nuestra atmósfera» 2*. Tom Paine se unió a la lucha; y John Adams
señaló en su Defensa de las Constituciones de Estados Unidos su deleite
por el modo como Paine había «expuesto los errores de Raynal, y Jef26
Henry Steclc Commager y Elmo Giodanctti, Was America a Mistake? The
Eighteent-Century Controversy (Nueva York, 1967), 126, 129, 138, 16.
27
24 Gerbi, Dispute, 240-242.
El 11.* Federalist. En una nota al pie, Hamilton citaba las Recberches Phiosopbiques sur les Amérícains de De Pauw.

ferson los de Buffon, tan poco filosóficamente tomados de las fantasías
de De Pau [sic]»».
Aunque la réplica de los Fundadores fue vigorosa, la naturaleza del
ataque no podía aumentar su confianza en las perspectivas de su aventura. La duda europea, justo con el juicio calvinista y el momento de
Maquiavelo, les hacían agudamente conscientes del carácter azaroso de una
empresa extraordinaria. El destino de las ciudades-Estado griegas y la
caída del Imperio Romano arrojaban sombras sobre el futuro de la
república americana. Los Fundadores no se hacían ilusiones sobre la
inviolabilidad de América a la historia, suponiendo a todos los Estados,
incluso los americanos, cercanos a la historia, como un 'firme calvinista
habría supuesto que todos los Estados están, cercanos a Dios. .«¿No
hemos visto ya bastante —escribió Hamilton— de la talada y extravagancia de esas ociosas teorías que nos han entretenido con promesas de
una exención de esas imperfecciones, debilidades y males que inciden
sobre la sociedad en todas sus formas? ¿Y no es tiempo de despertar
del engañoso sueño de una edad dorada, y de adoptar como máxima
práctica para la dirección de nuestra conducta política que nosotros, como
todos los otros habitantes del globo, aún estamos muy lejos del imperio
feliz de la sabiduría perfecta y la virtud perfecta?» 30.

IV
Aplicamos descuidadamente la frase «fin de la inocencia» a una u
otra etapa de la historia norteamericana. Esta es una amable expresión
retórica, cuando no una perniciosa ilusión. ¿Cuántas veces puede una
nación perder su inocencia? Ningún pueblo educado en Calvino y Tácito
puede haber sido nunca muy inocente. Ninguna nación fundada en la
invasión, la conquista y la matanza fue inocente. Ningún pueblo que sistemáticamente esclavizó a los negros y mató a los pieles rojas fue inocente. Ningún Estado creado por una revolución y luego destrozado por
¡a guerra civil fue inocente. La Constitución no supuso la inocencia del
hombre, ni siquiera de los hombres bastante afortunados para ser americanos. Como bien dijo James Bryce, fue «la obra de hombres que creían
en el pecado original y estaban resueltos a no dejar abierta a los transgresores ninguna puerta que pudieran cerrar»31. Los Padres Fundadores
tampoco se consideraban un grupo de santos ungidos por la Providencia.
Eran valientes e imperturbables realistas entregados, desafiando a la historia y la teología, a un juego monumental.
Por ello Hamilton, en la tercera oración del primer federalista, forjnuló el problema como lo hizo. El pueblo americano, escribió, tuvo la
oportunidad, «por su conducta y ejemplo, de resolver la importante cuestión de si las sociedades de los hombres son realmente capaces o no de
establecer un buen gobierno a partir de la reflexión y la elección, o si
están destinadas para siempre a depender en sus constituciones políticas
29
30
31

John Adatas, Defence, Prefacio
El 6.' Fcdcralist.
James Bryce, The American Commonweallh (Nueva York, 1888), I, 299.
28

del accidente y la fuerza». Así definió Washington la oportunidad americana en su primera alocución de investidura: «La preservación del fuego
sagrado de la libertad y el destino del modelo republicano de gobierno
son justamente considerados, quizá, profundamente, finalmente, como
ligados al experimento confiado al pueblo americano.» La primera generación de la independencia, decía Woodrow Wilson, «consideró la
nueva organización federal como un experimento y pensó que probablemente no duraría» 32.
Los Padres Fundadores vieron la república americana, no como una
consagración divina, sino como la prueba de una hipótesis frente a la
historia. Pero la misma fe en el experimento implicaba el rechazo del
dogma republicano clásico de que el tiempo originaba inevitablemente
la decadencia. «Los hombres que hicieron la constitución», escribió
Henry Adams, «pretendían mediante ella dirimir una cuestión con la
Antigüedad»M. Rechazaron los malos presentimientos republicanos como
meras especulaciones. En su alocución de despedida, Washington respondió al problema del momento de Maqujavelo arguyendo que, cuando
había una duda, «la experiencia debe resolverla. Escuchar las especulaciones en tal caso es criminal. ... Bien vale la pena hacer un experimento completo y claro.» En el último artículo del Federalista, Hamilton
citaba a Hume a propósito de la dificultad de erigir un gran Estado
sobre leyes generales: «Los juicios de muchos deben unirse en el trabajo; la experiencia debe guiar su labor; el tiempo... debe corregir los
errores en que inevitablemente caerán en sus primeros ensayos y experimentos.» En las palabras de John P. Diggins: «Mientras que la! tesis
de Maquiavelo supone que la virtud sólo puede reinar con el tiempo y que
el tiempo también amenaza a la virtud, la tesis federalista supone que el
tiempo es básicamente redentor, no destructivo. ... El esquema maquiavélico presupone la futilidad del tiempo, el de Madison su fertilidad» M .
De modo que el experimento era el modo de escapar del destino
clásico republicano. Los sucesores de Washington, con una mezcla de
ansiedad y esperanza, emitían periódicos informes sobre los avatares del
experimento. En su último mensaje ai Congreso, James Madison se permitió la orgullosa reflexión de que «el pueblo americano había llegado a
salvo y con éxito a su cuadragésimo año como nación independiente».
Esto, creían los presidentes, tenía un significado más que local. «Nuestras instituciones», decía James Monroe en su último mensaje, «constituyen una época importante en la historia del mundo civilizado. Todo
dependerá de su preservación y su suprema pureza». Washington, decía
Andrew Jackson en su propia alocución de despedida, consideraba la
Constitución «como un experimento» y «estaba dispuesto a ofrendar su
vida, si era necesario, para asegurarle una prueba completa y justa. La
prueba se ha hecho. Ha tenido un éxito que supera a las mayores esperanzas de aquellos que la hicieron». No obstante, Jackson percibía amenazas al experimento, en el «poder del dinero» y más aún en la disolución de la unión, en la que el caos, suponía^ podía llevar a la gente
32
Woodrow Wilson, Constiluiional Government iri tbe United States (Nueva
York,
1908), 44-45.
33
Henry Adams, «The Session 1869-1870», en The Great Secession Winter of
1860-41
and Other Essays, ed. a cargo de G. E. Hochfield (Nueva York, 1963), 193.
34
Diggins, Lost Soul of American Politics, 58.

25»

«a someterse al dominio absoluto de cualquier aventurero militar y renunciar a sus libertades por la tranquilidad» M.
Sin embargo, la confianza —o al menos la simulación de la confianza— creció. «En este año», decía Martín Van Burén en 1838, «termina el primer medio siglo de nuestras instituciones federales». ... Quedó
reservado a la Unión Americana poner a prueba las ventajas de un gobierno enteramente dependiente del continuo ejercicio de la voluntad
popular. «Después de una existencia de casi tres cuartos de siglo como
República libre e independiente», decía James Polk en la décima siguiente, «ya no queda por resolver el problema de si el hombre es capaz
de gobernarse a sí mismo. El éxito de nuestro admirable sistema es una
refutación concluyeme a las teorías de quienes en otros países sostienen
que unos 'pocos favorecidos" han nacido para gobernar y que la masa
de la humanidad debe ser gobernada por la fuerza». Sesenta años después de la Constitución, Zachary Taylor declaró a los Estados Unidos
de América «el gobierno más estable y permanente de la tierra» K.
¿Cómo hemos de explicar este optimismo en ascenso? Fue en parte
un tributo, bastante razonable, a la supervivencia, y en parte al patrioterismo y la vanagloria propios de un nacionalismo juvenil. Sin duda fue
también una exhortación admonitoria: no desechemos lo que hemos
logrado tan precariamente. Pues los presidentes del período medio deben de haber presentido que el experimento americano estaba a punto
de sufrir su más dura prueba interna. Nadie comprendía los riesgos más
profundamente que el joven que habló en 1838 sobre «La perpetuación
de nuestras instituciones políticas» ante el Ateneo Juvenil de Springfield, Illinois. Durante la mayor parte del primer medio siglo, decía
Abraham Lincoln, se había pensado que América «era un experimento
no resuelto; ahora se comprende que es un experimento de éxito.» Pero
el éxito tenía su peligros; «con la captura terminan los placeres de la
caza». A medida que el recuerdo de la Revolución se alejaba, los pilares
del templo de la libertad se derrumbaban. «Ese templo debe caer, a menos que nosotros... le proporcionemos otros pilares, cortados de la sólida cantera de la razón sobria».
La convicción de la incertidumbre de la vida inspiró la presidencia de
Lincoln y explicó su grandeza. En su primer mensaje al Congreso, preguntaba si todas las repúblicas tenían una «debilidad intrínseca y fatal».
En el cementerio de Gettysburg describió la gran guerra civil como un
suceso que «puso a prueba» la idea de que una nación concebida en
libertad y adherida al principio de que todos los hombres son creados
iguales «puede durar mucho tiempo»37.

Este fue un tema dominante en la república temprana, la idea de
América como un experimento, emprendido en desafío a la historia, lleno
35
D. J. Richardson, comp., Messages and Papers of the Presidents (Washington
1909), I, 579; II, 262; III, 295-296, 303.
36
Ibid., III, 483-484; IV, 532-533, 632; V, 9.
37
Abraham Lincoln, Collected Works, ed. a cargo de R. P. Basler (New Brunswick,
N. J., 1953), I, 113-115; VII, 17.

de riesgos y de resultados problemáticos. Pero también estaba surgiendo
una contra-tradición, y, como sugiere el creciente optimismo presidencial,
con un ímpetu que se iba acumulando. También la contra-tradición tenía
raíces en el ethos calvinista.
El cristianismo histórico abarcaba dos pensamientos divergentes: que
todos los pueblos estaban cerca de Dios: y que algunos estaban más
cerca de Dios que otros. Al principio, Calvino había escrito en las Instituciones, Dios «eligió a los judíos como su rebaño»; la «alianza de la
salvación... pertenecía sólo a los judíos hasta que el muro fue derribado»38.
Luego, con lo que Jonathan Edwards llamaba «la abolición de la dispensa judía», el muro «fue derribado para el éxito más vasto del evangelio» •". El pueblo señalado en lo sucesivo fueron los elegidos contra
los reprobos. Con el tiempo, la idea de santos identificables dentro de
la historia desapareció en la trascendencia de la Ciudad de Dios posthistórica.
Así, San Agustín puso al lado de la «historia providencial» —el ascenso y la decadencia de comunidades seculares en la historia— la idea
de «historia redentora», el viaje de los elegidos a la salvación más allá de
la historia. La época en la que los calvinistas fueron a Nueva Inglaterra
fue también el tiempo en el que se produjo un resurgimiento del primitivo milenarismo del siglo i. Los habitantes de Nueva Inglaterra pensaron que habían sido sacados de su casa y su hogar para soportar inimaginables rigores y pruebas en una tierra peligrosa; por ello, supusieron
que alguien importante los había llamado, y por razones importantes.
Sus mismas tribulaciones parecían una prueba de que tenían un papel
en la historia redentora. «Dios tiene una alianza con su pueblo», decía
Increase Mather, «por la que las aflicciones santificadas serán su destino... El método usual de la divina Providencia [es], mediante las mayores Miserias, preparar para las mayores Mercedes. ...Sin duda, el
Señor Jesús tiene un peculiar respeto por este lugar, y por este pueblo» "°.
No era sólo que ellos fueran,, en palabras de John Winthrop, como
una ciudad sobre una colina, con los ojos de todos puestos sobre ellos.
Era también que habían sido enviados a Nueva Inglaterra, como decía
Edward Johnson, por una providencia que operaba prodigiosa porque
«éste es el lugar donde el señor creará un nuevo cielo y una nueva tierra».
El «Señor Cristo» tenía la intención de «hacer de sus soldados de Nueva
Inglaterra la maravilla misma de esta época»41. El último sermón del
reverendo Arthur Dimmesdale, nos dice Nathaniel Hawthorne, trataba de
«la relación entre la deidad y Jas comunidades de la humanidad, con
especial referencia a la Nueva Inglaterra que estaban creando en las
soledades». Pero allí donde los profetas judíos habían previsto la ruina
para su país, la misión de Dimmesdale fue «predecir un alto y glorioso
destino para el pueblo del Señor nuevamente reunido» n. El gran Edwards
38
John Dillenberger, a cargo de la ed., John Calvin: Selections ¡rom His Writings (Nueva York, 1971), 350, 364.
39
Jonathan Edwards, A History of íhe Work of Redemption, Section III, i.
* Sacvan Bercovitch, Tbe Puritan Origins of the American Sel/ (New Haven,
19.75), 4M2, 54-55.
«' Miller y Johnson, Puritans, 1, 145, 152, 199.
41
The Scarlet Letter, ch. xxiii.

concluía que «la gloria del último día probablemente está por empezar
en América* °.
Esta especificación geopolítica del milenio —esta identificación de
la Nueva Jerusalén con un lugar y un pueblo particulares— era rara,
aun en una época de fervor milenarista. «Lo que en Inglaterra, Holanda,
Alemania y .Ginebra», escribe Sacvan Bercovitch, «era una antítesis a priori
[entre los santos y el Estado] se convirtió en América en los pilares
gemelos de una única escatología federal». Pues el viejo mundo estaba
impregnado de iniquidad, un vergonzoso episodio más en la larga vergüenza de la historia providencial. El hecho de que Dios hubiese ocultado América durante tanto tiempo —hasta que la Reforma purificó la
Iglesia, hasta que la invención de la imprenta difundió la Sagrada Escritura entre el pueblo— significaba que había estado reservando la nueva
tierra para alguna última manifestación de su gracia. Dios, decía Winthrop, después de «aplastar a todas las otras Iglesias ante nuestros ojos»,
había reservado América para aquellos a quienes pretendía «salvar de
la calamidad general», como antaño había enviado el arca para salvar
a Noé. La nueva tierra, ciertamente, era una parte, quizá la culminación,
de la historia redentora; América era la divina profecía realizada44.
La alianza de la salvación, al parecer, había pasado de los judíos a
los colonos norteamericanos. Como el pecado original, esta afirmación
pasó por una secularización en el siglo xviu. Antes de la Revolución,
John Adams, al leer su «Disertación sobre el canon y la ley feudal»
en un club de abogados de Boston, se permitió un conocido rapto
retórico: «Siempre he considerado la colonización de América con reverencia, como la iniciación de un gran escenario y designio de la providencia para la iluminación del ignorante y la emancipación de la parte
esclavizada de la humanidad en toda la tierra». Después de reflexionar,
Adams se arrepintió de esta opinión y la borró antes de publicar el
artículo. En la década de 1780 llegó a la conclusión de que «no había
ninguna providencia especial para los americanos, y su naturaleza es la
misma que la de otros». Pero John Quincy Adams se apoderó del pensamiento que su padre había abandonado: «¿Quién no ve ahora que la
realización de este gran propósito está ya logrado más allá de toda posibilidad de duda?» y el hijo de J. Q. Adams, Charles Francis Adams, llamó
al' pasaje que su abuelo había suprimido «el más merecedor de ser
recordado»4S. Así, dentro de una misma familia la secular idea del experimento empezó a dar origen a la idea mística de un destino nacional
americano.
VI

La independencia dio un nuevo rango a la teoría de América como
una «nación elegida» (Bercovitch) o una «nación redentora» (E. L. Tu43

Jonathan Edwards, Thoughts Concerning the Present Revival of Religión in
New44 England, Part 2, section ii.
Este examen se basa fundamentalmente en el brillante análisis de Bercovitch,
Puntan
Origins, 89-90, 10CÚ04.
45
Charles Sumner, Prophelic Volees Concerning América (Boston, 1874), 54-55.
La segunda cita de Adams está tomada de Wood, Creation of the American Republic, 571.

32

veson)46, a la que el Todopoderoso había confiado la tarea de llevar su
luz al mundo impenitente. El reverendo Timothy Dwight, nieto de Jonathan Edwards, llamó a los americanos «esta raza elegida» 47. «Las mercedes de Dios a Nueva Inglaterra», escribió Harriet Beecher Stowe,
hija de un pastor y esposa de otro, prefiguraban «el glorioso futuro
de los Estados Unidos... encargados de llevar la luz de la libertad y la
religión por toda la tierra y de traer el gran día del milenio, cuando
las guerras cesarán y todo el mundo,
liberado de la esclavitud del mal,
se regocijará en la luz del Señor» *8.
El fervor patriótico llevó mucho más allá de la comunidad evangélica la idea de los americanos como pueblo elegido encargado de una
misión divina. Jefferson pensaba que el Gran Sello de Estados Unidos
debía representar a los hijos de Israel conducidos por una columna de
luz 49 . «Aquí el paraíso florecerá de nuevo», escribió Philip Freneau en
una temprana formulación del mito de la inocencia americana:
no perdido por ningún segundo Adán.
No crecerá ningún árbol peligroso ni fruto mortal,
Ningún sirviente tentador seducirá al alma
De la inocencia nativa...50.
«Nosotros, los americanos —escribió el joven Hermán Melville—,
somos el pueblo peculiar, elegido, el Israel de nuestro tiempo; llevamos
el arca de las libertades del mundo... Dios ha predestinado, y la humanidad espera, grandes cosas de nuestra raza; y grandes cosas sentimos
en nuestras almas. El resto de las naciones pronto debe estar tras nosotros... Durante largo tiempo hemos sido escépticos con respecto a nosotros,
y hemos dudado de si, en verdad, el Mesías político había llegado. Pero
ha llegado, en nosotros» 51.
La creencia de que los americanos eran un pueblo elegido no implicaba un viaje seguro y tranquilo hacia la salvación. Como la Biblia
lo deja bien claro, el pueblo elegido sufrió las más duras pruebas y asumió las más dolorosas cargas. Así, las afirmaciones rivales —América
como experimento y América como destino— compartían la creencia
en el proceso de la prueba. Pero una ponía a prueba las obras, la otra
la fe. Así, Lincoln y la Sra. Stowe coincidían desde diferentes puntos
de vista en que la Guerra Civil era la prueba suprema. Pero la victoria
del Norte fortaleció la convicción de la elección providencial. «Ahora
que Dios ha castigado la esclavitud hasta la muerte», escribió el hermano de la Sra. Stowe, Edward, en 1865, «ha abierto el camino para la
redención y santificación de todo nuestro sistema social»52.
46
E. L. Tuveson, Redeemer Naíion: The Idea of América'; Millennial Role
(Chicago, 1968).
47
A. K. W«nberg, Manifest Destiny (1935; reimpresión de Quadrangle, 1963), 40.
48
Bercovitch, Puritan Origins, 87-88.
49
Gilbert Chinard, Thomas Jefferson: The Apostle of Americanism (1929; reimpresión de Ann Arbor, 1957), 428.
50
Commager, Enlightenment, 188.
51
White-Jacket, ch. 36.
52
H. Richard Niebuhr, The Kingdom of God in America (1935; reimpresión de
Torchbook, 1959), 157.

33

El reino de Dios fue juzgado inminente en el tiempo e inminente en
América. Había una corta distancia de la salvación nacional a la salvación del mundo. Los hebreos, los griegos y los romanos, escribía el
reverendo Josiah Strong, habían desarrollado separadamente las cualidades espirituales, intelectuales y físicas del hombre. «Ahora, por primera vez en la historia de la humanidad, las tres grandes corrientes
pasan por los dedos de una raza predominante para ser unidas en una
sola civilización suprema en la nueva era, cuya perfección será el Reino
plenamente desarrollado... Todas unidas en la raza anglosajona, indicando que esta raza es eminentemente apta, y por lo tanto elegida de
Dios, a fin de preparar el camino para el pleno advenimiento de su
reino en la tierra» 5i. Había otra corta distancia de esto a lo que el reverendo Alexander Blackburn, que había sido herido en Chickamauga, llamó
en 1898 «el imperialismo de la rectitud» M; y de Blackburn a la demagogia mesiánica de Albert J. Beveridge: «Dios no ha estado preparando
a los pueblos de habla inglesa y teutónica durante mil años sólo para
una vana y ociosa autocontemplación... Y de toda nuestra raza, ha señalado al pueblo americano como su nación elegida para llevar finalmente
a la regeneración del mundo» 55.
Así se desarrolló la impresión de que en los Estados Unidos de América el Todopoderoso había hallado una nación única por su virtud y
magnanimidad, exenta de las motivaciones que impulsaban a todos los
otros Estados. «América es la única nación idealista del mundo», decía
Woodrow Wilson en su peregrinación a Occidente en 1919. «El corazón
de este pueblo es puro. El corazón de este pueblo es leal... Es la gran
fuerza idealista de la historia... Yo al menos creo en el destino de los
Estados Unidos más profundamente que en cualquier otra cosa humana.
Creo que tienen una energía espiritual tal que ninguna otra nación puede
contribuir como ellos a la liberación de la humanidad... [En la gran guerra]
América tuvo el infinito privilegio de realizar su destino y salvar el
mundo» 56.
En otros cuarenta años, la teoría de América ;omo salvadora del
mundo recibió el señorial imprimatur de John Foster Dulles, otro anciano presbiteriano, y desde entonces el país se lanzó rugiendo a los
horrores del Vietnam. «La historia y nuestras propias realizaciones»,
proclamó el Presidente Johnson en 1965, «han arrojado sobre nosotros
la principal responsabilidad para la protección de la libertad sobre la
tierra.» 57 Así, la alucinación llevó a la república de la idea original de
América como experimento ejemplar a la idea reciente de América
como juez, jurado y ejecutor designado de la humanidad. Y Vietnam
no curó esta fatuidad. «Siempre he creído», decía el presidente Reagan
en 1982, «que esta tierra ungida fue señalada de un modo no común,
que un plan divino puso este gran continente aquí, entre los océanos,
53
M

Josiah Strong, The New Era (Nueva York, 1893), 71, 354.
Del Chicago Standard, 6 de agosto de 1898, en J. W. Pratt, Expansionists of
189855 (1935; reimpresión de Quadrangle, 1964),' 293.
En Norman A. Graebner, a cargo de la ed., Ideas and Diplomacy (Nueva
York,
1964), 372-373.
56
Frases de discursos pronunciados en Omaha, Sioux Falls, San Francisco, San
Diego, Cheyenne, se hallarán en Wilson, Messages and Papers, a cargo de la ed.
Albert
Shaw (Nueva York, 1924), 2: 815, 822, 969, 1025, 1086.
57
Lyndon B. Johnson, Public Papers (Washington, 1963), I (1965), 180.

para ser hallado, desde todos los rincones de la tierra, por gente que
tenga un especial amor a la fe y a la libertad» si.

VII
¿Por qué la convicción de la corruptibilidad de los hombres y la
vulnerabilidad de los Estados —y la idea consiguiente de América
como experimento— fue reemplazada por la ilusión de una misión sagrada y un destino santificado? La convicción original estaba enraizada
en concepciones realistas de la historia y la naturaleza humana, concepciones que declinaron a medida que la República prosperó. La fuerte
mentalidad histórica de los Padres Fundadores no perduró. Aunque
la primera generación llegó a Filadelfia cargada de ejemplos y recuerdos
históricos, su función fue precisamente liberar a su progenie de la historia. Una ve; que los Fundadores realizaron su labor, la historia comenzó sobre nuevos cimientos y en términos americanos. «Está en nuestro poder», decía Tom Paine en Common sense «empezar el mundo
enteramente de nuevo». Emerson se definió a sí mismo como el indagador incesante, sin ningún pasado a sus espaldas. «El pasado», decía
Melville en White jacket, «está muerto, y no tiene resurrección; pero
el futuro
está dotado de tal vida que vive para nosotros ya anticipadamente» 5*.
El proceso de apartamiento narcisista de la historia, muy comentado
por viajeros del exterior, fue apoyado por el simultáneo apartamiento,
después de 1815, de los embrollos de poder del viejo .mundo. La nueva
nación estaba poblada en gran medida por gente arrancada y que huía
de, o en rebelión contra, su propia historia. Esto también contribuyó
a sacar Ja República del movimiento y las motivaciones de la historia
secular. «Probablemente ninguna otra nación civilizada», decía la Dsmocratic Review en 1842, «ha... abandonado tan completamente su devoción al pasado como los americanos» 6C.
Pero el siglo xix estaba impregnado de historia en comparación con
el xx. Hoy, pese a toda la preservación de hitos y al negocio del espectáculo de los bicentenarios, nos hemos convertido, en. lo que concierne a interés y conocimiento, en un pueblo esencialmente sin historia.
Los hombres de negocios están de acuerdo con el viejo Henry Ford en
que la historia es una tontería. Los jóvenes ya no estudian historia. Los
universitarios vuelven sus espaldas a la historia en su entusiasmo por
las «ciencias» de la conducta. A medida que la conciencia histórica de
los americanos se ha evaporado, la esperanza mesiánica ha caído en el
vacío. Y, puesto que el cristianismo se ha vuelto liberal, desechando
doctrinas cardinales como la del pecado original, se ha eliminado un
impedimento más a la creencia en la virtud y la perfectibilidad nacionales. El experimento cedió terreno al destino como premisa de la vida
nacional.
58
Proclama del Día de Acción de Gracias, 1982. Este es un viejo sentimiento
de Reagan repetido a menudo; véase, por ejemplo, el New York Times, 1.° de
abril de 1976.

» White-Jacket, ch. 36.
60

Citado en R. W. B. Lewis, The American Adam (Chicago, 1955), 159.

Todo esto, desde luego, fue provocado y fortalecido por recientes
empleos del poder nacional. Todas las naciones sucumben a las fantasías
de superioridad innata. Cuando actúan en función de estas fantasías,
como hicieron los españoles en el siglo XVI, los franceses en el xvn, los
ingleses en el XVIII, los alemanes, japoneses, rusos y americanos en el xx,
tienden a convertirse en amenazas internacionales. La alucinación americana echó raíces durante las largas vacaciones fuera del mundo de la
realidad. Cuando América volvió a entrar en este mundo, un poder
abrumador confirmó la alucinación.
Así, la teoría de la nación elegida, la nación redentora, casi se
convirtió en el credo oficial. Sin embargo, mientras la contra-tradición
prosperaba, la tradición no expiró totalmente. Algunos continuaron considerando la idea del imperio feliz de sabiduría perfecta y virtud perfecta
como el sueño engañoso de una edad de oro, preguntándose, quizá, por
qué el Todopoderoso habría de señalar a los americanos. «El Todopoderoso», afirmaba enfáticamente Lincoln en su segundo discurso inaugural,
«tiene sus propios propósitos». Sabía claramente lo que decía, porque
poco después escribió a otro ironista, Thurlow Weed: «A los hombres
no les halaga que se les demuestre que ha habido una diferencia de propósito entre el Todopoderoso y ellos. Pero negarlo, ... es negar la existencia de un Dios que gobierna el mundo» ".
Después de la guerra, Walt Whitman, antes el jubiloso poeta de la
fe democrática, veía un futuro oscuro y amenazador. El experimento
estaba en peligro. Esos Estados habían entrado en una batalla, con
avances y retiradas, entre las convicciones y aspiraciones de la democracia, y la tosquedad, el vicio y los caprichos del pueblo. «América,
comprendió Whitman, bien podía resultar el más tremendo fracaso de
la época»s2. Emerson también perdió su primitiva confianza en el experimento. «Es una democracia desordenada», dijo en su último discurso en público; «el triunfo de las mediocridades, deshonestidades y
tonterías» 63.
Hay una descriptiva adecuación en el hecho de que una cuarta generación de Adams expresase las mayores dudas de que la providencia,
al colonizar América, hubiese iniciado, después de todo, un gran plan
para emancipar a la humanidad. Para Henry Adams> el fracaso del embargo de Jefferson marcó el fin de la inocencia. «América empezó lentamente a luchar, bajo la conciencia del dolor», escribió, «para llegar a
la convicción de que debe soportar las cargas comunes de la humanidad,
y combatir con las armas de otras razas en la misma arena sangrienta;
que no puede seguir ilusionándose por mucho tiempo con las esperanzas de eludir las leyes de la Naturaleza y los instintos de la vida» M.
Así reafirmó, un siglo más tarde, la conclusión de su bisabuelo de que
no había ninguna providencia especial para los americanos.
61
Lincoln, Segunda Alocución de Investidura; Lincoln a Weef, 15 de marzo
de 62
1865, en Works, VIII, 333.
Democratic Vistas, en Complete Poetry and Collected Prose (Libraty of America), 930.
63
«The Fortune of the Republic.»
64
Henry Adams, History of the United States Duríng the Administraron of
Thomas Jefferson and James Madison (Nueva York, 1889-1891), IV, 289.

36"

Sus compatriotas se resistieron a aceptar esa conclusión. «Vosotros,
los americanos, os creéis exentos de la operación de las leyes generales»,
gruñía el cínico Barón Jacobi en Democracy de Adams*5. Pero el hermano de Henry, Brooks, haciendo malabarismos con ecuaciones de energía, centralización y velocidad social, dudaba de que alguna nación
estuviese exenta de la ley de la civilización y la decadencia. Henry, apoderándose de la pista de su hermano, trató de continuar la idea «hasta
el límite de sus posibilidades», un punto que, predijo, llegaría en el año
1921 tó —el año, como me recuerda el profesor James A. Reíd, H'.'; que
' dio a la República a Warren G. Harding. Henry Adams terminó siendo
un milenarista al revés, convencido de que la ciencia y la tecnología
estaban lanzando el planeta hacia un apocalipsis no redimido por un
Día del Juicio.
«Al ritmo de aumento de la velocidad y el impulso, calculado sobre
la base de los últimos cincuenta años —escribía Brooks en 1901—, la
sociedad actual debe romperse su maldita crisma en un tiempo definido,
pero remoto, que no pasará de cincuenta años más.» Era una extraña sensación, pensaba, «esta secreta creencia de que uno está al borde de
la mayor catástrofe del mundo. Pues significa la caída de Europa Occidental, igual que cayó en el siglo iv» 67. Empezó a verse como San Agustín, un San Agustín fracasado, por supuesto («aspiro a ser vinculado
estrechamente con San Agustín... Mi idea de lo que debe demostrarse
más allá de mis facultades. Sólo San Agustín lo comprendió»). San Agustín tenía el consuelo de la Ciudad de Dios. El segundo principio de la
termodinámica sólo dejaba cabida para la Ciudad del Caos. Estados Unidos, como todo lo demás, estaba acabado. Al fin, también Adams abandonó el experimento por el destino, pero el destino era para él no sólo
manifiesto sino también maligno. «Nadie en ninguna parte —escribió
pocas semanas antes del estallido de la Primera Guerra Mundial—,
... espera un futuro. La vida es como la del siglo iv, sin San Agustín»68.
El siempre sensato William James conservó la fe experimental. Aborrecía los fatalismos y absolutos que implicaba «el ídolo de un destino
nacional... que por alguna razón inescrutable se ha vuelto infamé no
creer o rechazar». Se nos ha ordenado, decía James, «ser misioneros
de la civilización... Debemos sembrar nuestros ideales, plantar nuestro
orden, imponer nuestro Dios. Las vidas individuales no son nada. Nuestro deber y nuestro destino nos llaman, y la civilización debe continuar.
¿Puede haber una acusación más irrecusable de todo ese ídolo inflado
denominado la civilización moderna?» La apoteosis de América había
llegado demasiado rápidamente «para que la vieja naturaleza americana
no sintiese el choque». No estamos seguros de lo que James entendía
65

Henry Adams, Democracy (1880), cap. 4.
«The Rule of Phase Applied to Hisiory», en Henry Adams, The Tendency
of History (Nueva York, 1919), 172.
61
Henry a Brooks Adarns, 23 de noviembre de 1909 y 7 de mayo de 1901,
en Henry Adams and His Fríends: A Collection of His Unpublisbe¿ Letters, ed. a
cargo de H. D. Cater (Boston, 1947), 502, 508.
« Henry Adams a H. O. Taylor, 22 de noviembre de 1909; a C. M. Gaskell,
1." de junio de 1914; y a Ferris Greenslet, después del 22 de diciembre de 1915,
en The Letíers of Henry Adams, 1892-1918, ed, a cargo de W. C. Ford (Boston, 1938),
526, 625, 635; y The Education of Henry Adams (Boston, 1918), ch. xxxiv.
66

37

por «la vieja naturaleza americana»; pero él rechazaba de plano la suposición de que los motivos americanos eran, por definición, puros,
y de que Estados Unidos gozaba de una inmunidad divina a la tentación
y la corrupción. «Los impulsos angélicos y las ansias depredatorias —escribió precisamente— dividen nuestro corazón exactamente como dividen
el corazón de otros países» ".

VIII
Así, la guerra entre el realismo y el mesianismo, entre el experimento
y el destino, continuó hasta nuestros días. Ninguna crítica reciente de
la contra-tradición fue más efectiva que la de Reinhold Niebuhr con
su devastadora polémica contra la idea de la «salvación por la historia» 70.
Los Estados Unidos encarnaban las ilusiones de la cultura liberal, suponía
Niebuhr, porque «teníamos una versión religiosa de nuestro destino
nacional que interpretaba el significado de nuestra nacionalidad como
el esfuerzo de Dios para dar un nuevo comienzo a la historia de la humanidad». Los puritanos habían pasado gradualmente del énfasis en
el favor divino demostrado a la nación, al énfasis en la virtud presuntamente adquirida mediante el favor divino. Niebuhr definía el mesianismo como «una expresión corrupta de la búsqueda por el hombre de
lo supremo dentro de las vicisitudes y azares del tiempo», y prevenía
contra «el profundo estrato de conciencia mesiánica en la mente de
América». El mito de la inocencia fue fatal para la sabiduría y la prudencia. «Las naciones, como los individuos, que son completamente inocentes en su propia estimación, son insufribles en sus contactos humanos.» Que la nación justa comprenda el juicio divino que espera a la
pretensión humana, y nunca olvide «la profundidad del mal en el que
los individuos y las comunidades pueden hundirse, particularmente cuando tratan de desempeñar el papel de Dios en la historia» 71. Así, en una
suprema ironía de la historia americana, Niebuhr usó la religión para
refutar la versión religiosa del destino nacional.
Los hombres eran corruptibles, los Estados perecederos: como todas
las otras naciones, América estaba siempre en tiempo de prueba. Si
algunos líderes políticos eran mesianistas, otros veían un experimento
conducido sin la garantía divina por mortales de limitada sabiduría
y poder. El segundo Roosevelt consideraba la vida como incierta y el
destino nacional en peligro. La República aún exigía «una experimentación audaz y persistente. Es de sentido común adoptar un método y ponerlo a prueba: si fracasa, admitirlo francamente y ensayar otro. Pero
sobre todo, ensayar algo» n. John F. Kennedy combinaba una premonición del momento maquiavélico con una antigua religión que comprendía
los límites del esfuerzo humano. «Antes de que mi mandato haya terminado —dijo en su primer mensaje anual— tendremos que someter
69
70
71

F. O. Matthiessen, The James Family (Nueva York, 1961), 624-627, 631.
Reinhold Niebuhr, Faith and History (Nueva York, 1949), 31.
Reinhold Ni-ebuhr, The Irorty of American History (Nueva York, 1952), 4, 42,
69-70, 85, 173.
72
Franklin D. Roosevelt, Public Papers... 1928-1932 (Nueva York, 1938), 646.

a prueba nuevamente si una nación organizada y gobernada como la nuestra puede durar. El resultado no es en modo alguno seguro» n.
Esto recordaba el estado de ánimo de los Padres Fundadores. Pero
h creencia en la rectitud nacional y el destino providencial permanece
fuerte *. No podemos por menos que pensar que esta creencia ha alentado los excesos americanos en el mundo y que la República ha perdido
mucho al olvidar lo que James llamaba «la vieja naturaleza americana».
Ya que el mesianismo es una ilusión. Ninguna nación es sagrada y única,
ni Estados Unidos ni ninguna otra. Todas las naciones están cerca de
Dios. América, como todos los países, tiene intereses reales y ficticios,
preocupaciones generosas y egoístas, motivos honorables y sórdidos. La
Providencia no ha separado a los americanos de estirpes menores. También nosotros formamos parte del tejido sin costura de la historia.
Sin embargo, conservamos una ventaja notable sobre la mayoría de
las naciones, una ventaja enteramente secular que nos otorgaron aquellos
asombrosos Padres Fundadores. Pues ellos nos legaron patrones por los
cuales fijar nuestro rumbo y juzgar nuestras realizaciones, y, como eran
hombres excepcionales, ni siquiera el segundo principio de la termodinámica ha vuelto anticuados esos patrones. La Declaración de Independencia y la Constitución establecen objetivos, implican adhesiones y miden fracasos. Los hombres que firmaron la Declaración, decía Lincoln,
«pretendían establecer una máxima modelo para una sociedad libre que
fuese conocida por todos y venerada por todos; que fuese tenida en
cuenta constantemente, que se tratase constantemente de realizarla y,
aunque no se la alcanzase perfectamente, hubiese una constante aproximación a ella, y de este modo una constante difusión y profundización
de su influencia y aumentase la felicidad y el valor de la vida para todas
las personas de todos los colores en todas partes» 74 . Mientras que la
Declaración establecía fines, la Constitución prescribía medios. Los valores encarnados en estos notables documentos constituyen lo que Gunnar Myrdal ha llamado el «Credo Americano»: «Las escuelas los enseñan, las iglesias los predican. Los tribunales pronuncian sus decisiones
judiciales en sus términos». El conflicto entre el credo y la realidad ha
sido un motivo poderoso en la búsqueda de justicia. «América —decía
Myrdal— está continuamente luchando por su alma» 75.
Charles Dickens no era ningún admirador de los Estados Unidos,
pero hasta este escéptico estaba impresionado por el poder que América
podía extraer del ejercicio de vivir a la altura de sus propias mejores
73

John F. Kennedy, Public Papen... 1961 (Washington, 1962), 19.
Discurso pronunciado en Springfield, Illinois, el 26 de junio de 1857, en
Works, II, 406.
75
Gunnar Myrdal, An American Dilemma (Nueva York, 1944), 4.
* Pero quizá no tan fuerte como la gente piensa a veces, al menos a juzgar por
un reciente examen de ochenta miembros del 96" Congreso (1979-81). Al serles presentada la afirmación «Dios ha bendecido a América más que a otras naciones», el
38 por 100 juzgaron falsa la declaración y sólo el 32 por 100 la consideraron verdadera.
Preguntados si Dios había elegido a América á fin de que fuese «una luz para el
mundo», el 49 por 100 dijo «no verdadera», sólo el 7 por 100 «verdadera». Preguntados cuan cerca estaba América de satisfacer las normas de Dios, el 7 por 100 dijo
«muy cerca», y el 57 por 100 dijo que «estaba muy lejos de realizar las expectativas
de Dios». P. L. Benson y D. L. Williams, Religión en Capítol Hill: Mytbs and Realities (San Francisco, 1982), 95-97.
74

normas. Mark Tapley, el sirviente de Martin Chuzzlewit, se preguntaba
en el viaje de vuelta a Gran Bretaña cómo pintaría, si fuera un artista,
el águila americana. Su amo respondió:
—Tan semejante a un águila como pudieras, supongo.
—No —dijo Mark—. Esto no me serviría, señor. Quisiera • dibujarla como un
murciélago, por su corla vista; como un gallo, por su jactancia; como una urraca, por
su honestidad; como un pavo real, por su vanidad; como un avestruz, por poner la
cabeza en el lodo y pensar que nadie los ve...»
—Y como un ave Fénix, por su poder de resurgir de las cenizas de sus defectos
y vicios, ¡y elevarse de nuevo en el cielo! —dijo Martin—. Bien, Mark. Esperemos
que así sea".

Esperemos todos que así sea. Pues los americanos pueden enorgullecerse de su nación, no como ellos pretenden, por tener una misión de
Dios y un destino sagrado, sino por realizar sus valores más profundos
en un mundo enigmático. América sigue siendo un experimento. Sólo
trabajando duramente en el experimento alcanzará su destino. El resultado no es en modo alguno seguro. Subsiste la posibilidad de que la
república termine como Gatsby en la emblemática fábula de F. Scott
Fitzgerald. Gatsby, que había recorrido un camino tan largo y cuyo
«sueño debe de haberle parecido tan cercano que no podía dejar de
alcanzarlo. No sabía que ya estaba detrás de él, otra vez en alguna parte
de esa vasta oscuridad que estaba fuera de la ciudad, donde los oscuros
campos de la república se extendían en la noche.
«Gatsby creía en la luz verde, en el prgásmico futuro que año tras
año retrocede ante nosotros. Nos elude, pues, pero eso no importa; mañana correremos más rápidamente, extenderemos más nuestros brazos...
Y una bella mañana...
«Así seguimos latiendo, como barcas contra la corriente, llevados
incesantemente hacia atrás, al pasado» ".

74
77

Charles Dickens, Martin Chuzzlewii, en. 34.
F. Scott Fitzgerald, The Great Gatsby, ch. 9.
40


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