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Dios y el Estado, de Mijail Bakunin .pdf



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DIOS
Y EL
ESTADO

Mijail Bakunin

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

INDICE

Preámbulo de la edición de Júcar………………………
Nota introductoria, de Max Nettlau ……………………
Prefacio, de Carlo Cafiero y Elisée Reclus …………….

3
7
11

Dios y el Estado…………………………………………
Dios y el Estado: Nota sobre Rousseau…………………
De la naturaleza histórica del Estado……………………

14
71
100

2

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

PREÁMBULO DE LA EDICIÓN
DE JÚCAR (1992)

La figura de Mijail Aleksandrovich Bakunin (20 de mayo de 1814 - 1 de
julio de 1876) es una de las más apasionantes -y apasionadas- de la historia
romántica de las revoluciones y del mundo. Luchador inagotable,
conspirador perpetuo, enamorado de la acción directa y de las sociedades
secretas -durante un tiempo juvenil repartió carnets de afiliado a sectas casi
imposibles-, el hombre de quien el prefecto de la policía republicana diría,
en los días de la Revolución francesa de 1848, «¡Que hombre! El primer
día de la revolución es un tesoro, pero al siguiente habría que fusilarlo»1,
porque su fogosidad combativa, su rechazo de cualquier síntoma de
autoritarismo, su negativa airada a pactos y componendas componían una
personalidad incontrolable a la que, además, su gigantesca figura y
electrizante oratoria conferían un gran poder de captación de masas, que le
hacían doblemente peligroso para los aspirantes al poder y al control social.
Bakunin tomó parte en cuantas revoluciones y revueltas estuvieron a su
alcance, y cuando no pudo participar directamente trató de ayudar de
alguna manera, o de provocar otras, en Rusia, en Polonia, en Alemania, en
Austria, en Francia, en Italia... Su nombre fue así adquiriendo un renombre
mítico entre el proletariado revolucionario, entre la burguesía asustada y
entre las policías de países variados, y ni éstas ni los ataques de sus
enemigos políticos, que quisieron hacerle pasar por agente zarista -entre
ellos, Karl Marx, que publicó el infundió, tal vez con sana intención por
entonces, en la Neue Rheinischa Zeitung, en 1848-, pudieron destruir su
enorme atractivo popular. Richard Wagner, el músico, con quien estuvo en
las barricadas de Dresde en 1849, decía que «todo era colosal en él, estaba
1

Una biografía clásica es la de E. H. Carr, Michael Bakunin, Londres, 1937; traducido al
castellano Bakunin, Grijalbo, Barcelona, 1970, 519 páginas; noticias menos detalladas, pero
interesantes, pueden verse en Los exiliados románticos, del mismo autor, Anagrama, Barcelona,
1969; en Los anarquistas, de Joll, Griajbo, Barcelona, 1968; menos específicos, Los anarquistas
rusos, de Paul Avrich, Alianza Editorial, Madrid, 1975; la fundamental obra de Franco Venturi,
Los populistas rusos, Revista de Occidente; y Edmund Wilson, Hacia la estación de Finlandia,
Alianza Editorial, Madrid, 1972. Todos ellos de fácil acceso. Para la influencia de Bakunin en
España, vid. Anselmo Lorenzo, El proletariado militante, Alianza Universal, Madrid, 1974.

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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

lleno de fuerza y exuberancia primitiva», y era una impresión que se
comunicaba a los demás. En Dresde fue detenido, condenado a muerte,
trasladado a Austria y luego a Rusia y a Siberia, de donde escapó por fin en
1861, regresando a Europa a través del Japón y los Estados Unidos, para
continuar sus actividades de agitación.
Capitaneó la oposición antiautoritaria y proudhoniana de la Asociación
Internacional de los trabajadores, la I Internacional, creando luego su
Alianza Internacional de la Democracia Socialista, que pretendía ser una
vanguardia revolucionaria dentro de la propia Internacional, frente al
sistema burocratista del Consejo General de Marx y Engels. El
enfrentamiento fue registrando victorias parciales de ambos bandos hasta
que Marx, viendo en peligro su posición, terminó la partida de un manotazo
al tablero, en el Congreso de La Haya de 1872, provocando la expulsión de
Bakunin por estafador y escisionista (produciendo de ese modo la
consiguiente escisión), y trasladando la sede del organismo a Nueva York,
donde iría muriendo dulcemente de aburrimiento (la rama bakuninista
duraría bastantes años más), en vista del escaso fruto de sus constantes
ataques, más personales que otra cosa, contra el ruso; ataques que los
seguidores de este último -véase el “Prefacio” de cafiero y Reclus, a guisa
de ejemplo, y la velada alusión de Nettlau en la “Nota introductoria”nunca perdonarán. El propio Bakunin les concedía menos importancia, y
todavía en 1870 ó 1871, escribía que Marx era persona «de una gran
inteligencia, profundamente cultivada, cuya vida hemos visto dedicada
enteramente a la más noble causa que puede existir hoy: la emancipación
de los trabajadores» o también que «aunque más joven que yo, Marx era ya
entonces ateo, docto materialista y socialista coherente...», aunque en 1872,
por ejemplo, dijese también que el folleto de Engels y Marx Las
pretendidas escisiones de la Internacional, dirigido contra él y los suyos, no
era «propiamente una espada [de Damocles], sino el arma habitual del
señor Marx: un montón de basura».
Agotado y envejecido, Bakunin se retiró por esa época a la casa de Carlo
Cafiero en Locarno, y en adelante apenas si tomó parte activa en otra cosa
más que en un abortado intento revolucionario en Bolonia, en el verano de
1874. Moriría en Berna dos años después.
Como es natural, Bakunin no dejó ningún texto teórico de altura en el
que expusiese con rigor y método suficientes su doctrina revolucionaria,
probablemente porque en su cabeza no existía tal doctrina rigurosa y
metódica, falto de tiempo, y de ganas, de elaborarla ni, mucho menos,
escribirla. Puede decirse que la acusación de Marx de que no tenía
fundamento teórico alguno, era justificada, pues su gran formación
filosófica, aunque desusada en un hombre de acción, era deficiente para un
teórico puro. Incluso este texto que aquí presentamos, Dios y el Estado,
pese a ser su obra más conocida y celebrada, forma parte de otra más
4

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

amplia e inacabada, L’Empire Knouto-Germanique et la Révolution
Sociale, y está a su vez incompleto. Podrá comprobarse que, aunque
muchas veces proponga argumentos potentes, ideas brillantes y que, en
suma, pueda extraerse perfectamente una conclusión que nos permite
estructurar con precisión su sistema de ideas -lo que, probablemente, fue el
motivo de su amplia e inmediata difusión a partir de 1882 en que salió por
primera vez a la luz-el trabajo de Bakunin está lleno también de retórica
agobiante, ingenuidades, reiteraciones, ideas peregrinas o meras hipótesis
que se asumen como si se tratara de axiomas científicos, arbitrariedades,
confusión... Dios y el Estado es, además, una dura requisitoria contra los
sistemas tradicionales de privilegio y algunas de sus sustentaciones
teóricas, y constituye la mejor presentación -o representación- de Bakunin,
como un espejo de su propia personalidad. Las circunstancias del
manuscrito, aclaradas en la “Nota introductoria” de Max Nettlau, biógrafo
de Bakunin e historiador anarquista, y las indicaciones polémicas de
Cafiero y Reclus, discípulos directos de Bakunin y primeros editores de
Dios y el Estado, nos ayudan a situar el libro en relación a la manera de ser
y hacer de su autor y en el contexto de su época y sus enseñanzas.
Para Bakunin un escrito tenía siempre un valor instrumental, la teoría
tenía que servir de auxiliar a la acción, y siempre había a la vista alguna
acción más atractiva que impedía la culminación definitiva de cualquiera
de los numerosos proyectos teóricos que comenzó en su vida. Dios y el
Estado, hay que insistir, es un buen ejemplo de todo ello: «deslavazado,
reiterativo, pobremente estructurado y lleno de digresiones y largas notas a
pie de página que tienden a amortiguar su impacto polémico», en palabras
de Paul Avrich, constituye, sin embargo, el intento más riguroso de su
autor.
La presente edición recoge, en una primera sección con ese título, el
texto de Dios y el Estado según fue publicado, por primera vez, por Cafiero
y Reclus en 1882 (es decir, las páginas 149 a 210 y 214 a 247 del
manuscrito original), incluyéndose el “Prefacio” escrito por ambos. A esa
sección se añade con el título de “Dios y el Estado: nota sobre Rousseau”,
que ocupa las páginas 286 a 340 del manuscrito original, de las que no
dispusieron los editores de la sección anterior, siendo recuperada por
Nettlau e incluida en el volumen primero de las Oeuvres, sin el resto del
libro. No recogemos aquí, por el contrario, el texto de las páginas 248 a 286
del manuscrito (de las que nace, precisamente, la “Nota sobre Rousseau”),
porque constituyen una digresión poco interesante, y sin mucho que ver
con el resto, sobre el filósofo francés Víctor Cousin (1792-1867) y su
doctrina del eclecticismo. Esta digresión se presenta en trece apartados
numerados, y el decimotercero se interrumpe en mitad de una frase, al igual
que la “Nota sobre Rousseau” que recogemos. La “Nota introductoria” de
Max Nettlau, que extraemos de la “Introducción” general al volumen
5

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

primero de las Oeuvres2 ofrece suficientes precisiones bibliográficas, y se
hacen, por otra parte, algunas aclaraciones complementarias al comienzo de
cada sección.
Finalmente, recogemos también un texto adicional, al que alude la
“Nota” de Nettlau, que abunda en las mismas ideas, temas y argumentos de
Dios y el Estado, aunque se escribiese independientemente, y se titula “De
la naturaleza histórica del Estado: el principio del Estado”, aunque hable,
otra vez más de Dios que del Estado.

2

Las Oeuvres de Michel Bakounine se publicaron en seis volúmenes en París, P. V. Stock
Editeur, entre 1895 y 1913. El primer tomo al cuidado de Max Nettlau y los restantes al de
James Guillaume, amigo y discípulo de Bakunin y animador de la Fédération Jurassienne de la
Internacional. No son completas, sino lo escrito en francés. Diego Abad de Santillán preparó
una edición en castellano (Barcelona, 1934) reeditada luego en Sudamérica. Numerosos textos
inéditos en los Archives Bakounune del Intennationaal Instituut voor Sociale Geschiedenis
Leiden (Holanda), 1961 y ss.

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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

NOTA INTRODUCTORIA*
Max Nettlau

Una vez más, Bakunin se propuso ofrecer al público el conjunto de sus
ideas, como siempre, por medio de un escrito ocasional que se fue
transformando en una obra larga. Para encontrar su origen, tenemos que
comenzar por examinar la acción política y literaria de Bakunin durante la
guerra franco-alemana de 1870-1871.
El 26 de junio de 1870 Bakunin volvió a Ginebra a Locarno, pasando por
Neuchâtel. Comenzó a exponer después de las primeras derrotas, sus ideas
sobre el método revolucionario que era preciso adoptar para, primero,
resistir la invasión, y, luego, hacer una revolución social. Sus puntos de
vista los presentó en forma de Cartas a un francés. Hacia la segunda
quincena de septiembre de 18703 se publicó en Neuchâte una edición esas
cartas, aunque resumidas y arregladas de manera que se presentasen como
un artículo de actualidad. El 9 de septiembre, Bakunin salió de Locarno
hacia Lyón, vía Berna. Abandonó Lyón tras los acontecimientos del 29 de
septiembre, llegando a Marsella al día siguiente. Pero volvamos, puesto que
quiero limitarme a anotar su actividad literaria de la época, a sus escritos.
Tenemos otras Cartas a un francés suyas, y un estudio inconcluso: El
despertar del pueblo, cuya última parte parece que fue escrita ya durante la
estancia en Marsella. Hay también el principio de una carta Esquiros,
exponiéndole las mismas ideas, y una carta a un amigo de Lyón (Palix),
escrita en los días en que abandonaba la ciudad. De todas formas en
Marsella logró todavía menos que en Lyón hacer prevalecer sus ideas sobre
la resistencia a la invasión mediante una revolución social hecha sobre
bases federalistas.
Veamos un extracto de una carta escrita a un amigo ruso el 23 de octubre
de 1870: «... cuando recibas esta carta estaré camino de Barcelona, o quizá
haya llegado ya. Tengo que irme de aquí porque no encuentro
absolutamente nada que hacer, y no creo que se pueda encontrar nada
bueno que hacer en Lyón... Querido, ya no tengo fe alguna en la
*

Parágrafo III de la “Introduction” al tomo I de Oeuvres de Michel Bakounine (Fédéralisme,
socialisme et antithéologisme. Lettres sur le patriotisme, Dieu et l’État). Paris, P. V. Stock
Éditeur, 1895. Reeditadas en facsímil por la misma casa en 1972
3

Me informan de que el manuscrito se escribió los días 25 y 26 de agosto y 2 de septiembre.

7

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

Revolución en Francia. Este pueblo ya no tiene nada de revolucionario... El
pueblo mismo se ha vuelto doctrinario, razonador y burgués como los
burgueses... Los burgueses son odiosos. Son tan feroces como estúpidos... y
como tienen sangre de policía en las venas... ¡se diría que son todos
alguaciles o fiscales generales en potencia!... Voy a responder a todas sus
infames calumnias con un librito en el que llamo a todas las cosas y a todas
las personas por su nombre... Dejo este país con el corazón lleno de
profunda desesperanza...»
En esta carta nos encontramos con el primer proyecto del libro del que
Dios y el Estado, publicado en 1882 por C. Cafiero y E. Reclus, es un
fragmento.
Bakunin no fue a España, sino, pocos días después de esta carta, a
Lorcano, vía Génova4. Allí tomó su proyecto una forma más precisa. En
carta a un amigo de Ginebra del 17 de noviembre, dice (en ruso) que ahora
ya no está escribiendo un folleto, sino un libro entero, y ha tomado medidas
para hacerlo publicar en Ginebra. Si bien la primera parte de ese nuevo
libro enlaza con las Cartas a un francés y los acontecimientos de Francia,
Bakunin se sitúa muy pronto en terreno filosófico, y se queda en él. En los
márgenes de su ejemplar del Curso de Filosofía positiva, de Auguste
Comte, están anotadas las fechas 10, 12, 17 y 18 de diciembre y de esos
estudios sale un largo manuscrito (inconcluso) cuyas páginas 82 a 256 se
conservan todavía. Este manuscrito, tras una discusión sobre la situación en
Francia (cuyo comienzo falta, de la página 1 a la 81) y algunas páginas
sobre el socialismo, toma en la página 107 el título Apéndice,
consideraciones filosóficas sobre el fantasma divino, sobre el mundo real y
sobre el hombre. Pese a haber sido escrito inicialmente como “Apéndice” a
las páginas 1 a 107 del manuscrito en cuestión, éste se cita varias veces en
las páginas del de Dios y el Estado como “Apéndice” al mismo, aunque le
sea posterior; habrá sido probablemente arreglado, por tanto, antes de su
publicación.
Finalmente y sin duda durante febrero y los primeros días de marzo de
1871, escribió Bakunin un manuscrito de 340 páginas que se conserva aún
hoy día, aunque repartido entre tres países distintos y a falta de tres
páginas.
La primera entrega de esta obra se imprimió en la Imprenta Cooperativa
de Ginebra, con el título La revolución social o la dictadura militar (páginas
1 a 138 del manuscrito), pero dado que la impresión era muy deficiente, se
compusieron en Neuchâtel dos fe de erratas y un nuevo título: El Imperio
Knuto-Germánico y la Revolución Social, siendo publicado el folleto a
finales de mayo de 1871.
4

Ver el relato de su salida de Marsella, publicado por Ch. Alerini, en el Bulletin de la
Fédération Jurassienne, del 1 de octubre de 1876.

8

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

También se habían compuesto en Ginebra las páginas 138 a 148 del
manuscrito (hasta el 20 de marzo) y esa parte se titulaba Sofismas
históricos de la escuela doctrinaria de los comunistas alemanes. Se
pretendía continuar publicando la obra, por entregas y folletos, en Neutâtel,
pero la falta de dinero impidió la edición y, en septiembre de 1871, se
abandonó el proyecto definitivamente. Bakunin envió entonces el
manuscrito de La Teología política de Mazzini y la Internacional a
Neuchâte, siendo publicado inmediatamente. En efecto, con una primera
carta publicada en italiano, en agosto de 1871, como suplemento al
Gazzetino Rosa, de Milán, y en Libertad, de Bruselas, en francés, Bakunin
había iniciado una ardiente polémica contra las ideas mazzinianas,
polémica que le absorbió durante ese invierno, junto con los asuntos de la
Internacional, la resistencia frente a las ambiciones de los autoritarios; y
extrajo muchos argumentos del libro inédito para la polémica.
Sólo después del desenlace feliz de la lucha por la libertad en la
Internacional, es decir, después del Congreso de Saint-Imier, en septiembre
de 1872, se puso de nuevo Bakunin a redactar esa segunda parte: Sofismas
históricos...; las páginas 3 a 75, de los últimos meses de 1872, se conservan
aún.
Las páginas 149 a 210 y 214 a 247 del manuscrito de un total de 3405 se
publicaron en Ginebra en 1882 con el título Dios y el Estado (una nueva
edición en París, 1893, en el taller de Révolte). Como los editores no tenían
interés en publicar una versión literal, corrigieron el texto en varios lugares
para ponerlo en un más correcto francés. El folleto, tal y como se editó, fue
luego traducido al italiano, castellano, rumano, inglés, alemán, holandés y
polaco.
Las páginas 248 a 340 estaban inéditas en francés6. (Hay también otras
24 páginas de una redacción anterior de las 248 a 279, y otras versiones
desechadas de algunas otras partes del manuscrito). Dado que esas páginas
constituyen la continuación que se creía perdida de Dios y el Estado, son
las que merecen ser publicadas prioritariamente, aunque resulten algo
decepcionantes; porque la falta de sentido de la proporción vuelve a
mostrarse en la primera parte, que es un resumen detallado de la filosofía
ecléctica burguesa de la primera mitad de este siglo.
Algún día se hará una edición de toda esta obra manuscrita junto con el
“Apéndice”, lo que dará fielmente el texto original de El Imperio KnutoGermánico y de Dios y el Estado; allí se insertará el resumen; aquí, puesto
que lo que quiero es insistir sobre todo en la parte teórica de la obra, doy
5

No he podido encontrar las páginas 211 a 213, aunque al menos una de esas páginas pasó
por las manos de los editores de Dios y el Estado. Dado que las páginas 149 a 210 y 214 a 247
se conservan en países distintos es explicable su extravío temporal o definitivo.
6
He publicado extractos, traducidos al inglés, en el periódico mensual anarquista de Londres
Liberty, mayo a septiembre de 1894.

9

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

los fragmentos teóricos más interesantes de este manuscrito, por desgracia
inconcluso.7
Para terminar; es preciso explicar por qué el manuscrito quedó
inacabado. Sus últimas partes se escribieron en marzo de 1871, en Locarno,
y el trabajo fue interrumpido por el viaje de una quincena de días que
Bakunin hizo a Florencia en esa época. Cuando regresó a Lorcano, en plana
Comuna, se traslado al Jura, a Sonvillier y al Locle, para ocuparse de la
revolución en Francia y no de aquel libro que se había vuelto tan puramente
teórico. Allí escribió también el manuscrito de tres conferencias que dio en
Sonvillier, en abril o mayo de 1871. Después de la Comuna volvió a
Locarno, pero, como ya dije, al no ver posibilidades de publicar la
continuación al primer folleto, renunció a terminar su manuscrito.
Así, pues, si bien Bakunin nunca consiguió presentar un conjunto de
ideas completamente elaborado, vemos que trató de hacer todo lo que pudo,
y que existen aún abundantes escritos inéditos en los que estudia a fondo
cuestiones aisladas de este volumen; por ejemplo, un manuscrito inacabado
de 36 páginas: De la naturaleza histórica del Estado. El principio del
Estado, etc. En general, esos escritos se dividen en textos que se dedican a
la propaganda de las ideas de la Internacional Antiautoritaria, textos de
polémica contra Marx y Mazzini, sobre las cuestiones eslavas y fragmentos
de la gran obra de la que forman parte los que se imprimen en este
volumen.
11 de noviembre de 1984
N.

7

Naturalmente, los datos biográficos de los dos párrafos anteriores, de la nota 6 y del último
párrafo que recogemos aquí, deben entenderse válidos solamente en el momento de escribir
Nettlau su “Introducción”. En 1913 se publicó el último de los seis volúmenes de las Oeuvres de
Michel Bakounine. (Nota del editor de la edición de 1979).

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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

PREFACIO*
Carlo Cafiero, Elisée Reclus

Uno de nosotros relatará en breve plazo la historia de la vida de Miguel
Bakunin, aunque sus líneas generales son ya suficientemente conocidas.
Amigos y enemigos saben que fue un hombre grande en pensamiento,
voluntad y perseverante energía; saben también con qué altivo desprecio
contemplaba las riquezas, el prestigio, la gloria, todas las ambiciones
torcidas que ocupan a la mayoría de los seres humanos. Noble ruso,
emparentado por matrimonio con la más alta aristocracia del imperio, fue
uno de los primeros en formar parte de la intrépida pléyade de rebeldes que
fueron capaces de despegarse de tradiciones, perjuicios, intereses raciales y
clasistas, despreciando su propia comodidad. Con ellos luchó en la dura
batalla de la vida, agravada por el encarcelamiento, el exilio, todos los
peligros y penalidades que los hombres sacrificados han de sobrellevar en
sus atormentadas existencias.
Una simple piedra con un nombre señala el lugar en el que fue
depositado el cuerpo de Bakunin en el cementerio de Berna.
Incluso hasta eso es quizá demasiado para honrar la memoria de un
trabajador que tuvo esa clase de vanidades en tan poca estima. Sus amigos,
naturalmente, se guardarán de dedicarle lápidas ostentosas o estatuas.
Saben con qué enorme carcajada les hubiera respondido si le hubiesen
hablado de una escultura conmemorativa erigida en su gloria; saben
también que la verdadera forma de honrar su muerte es continuar el trabajo
con el mismo ardor y perseverancia que le dedicaron. Es, sin duda, una
tarea difícil que exige todos nuestros esfuerzos, porque ninguno de los
revolucionarios de las generaciones actuales ha trabajado más
fervientemente que él en la causa de la revolución.
En Rusia, entre los estudiantes, en Alemania entre los insurgentes de
Dresde, en Siberia entre sus hermanos exiliados, en América, en Francia,
en Suiza, en Italia, entre todos los hombres ardientes, su influencia directa
ha sido considerable. La originalidad de sus ideas, la imaginación y
vehemencia de su oratoria, su incansable celo propagandístico, unidos
también a la majestad natural de su persona y a su poderosa vitalidad,
dieron a Bakunin acceso a todos los grupos revolucionarios, y sus esfuerzos
dejaron huellas en todas partes, incluso entre aquellos que, tras haberle
*

Este prefacio abría la primera edición de Dios y el Estado, publicada en París, en 1882, e
iba firmado por los dos editores

11

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

acogido, le arrojaron de entre ellos por diferencias en objetivos o métodos.
Su correspondencia fue extensísima; pasaba noches enteras preparando
cartas larguísimas a sus amigos del mundo revolucionario, y algunas de
esas cartas, escritas para fortalecer a los tímidos, despertar a los indolentes
y pergeñar planes de propaganda o rebelión, tomaron proporciones de
verdaderos volúmenes. Esas cartas explican, mejor que cualquier otra cosa,
el prodigioso trabajo de Bakunin dentro del movimiento revolucionario del
siglo. Los panfletos que publicó, en ruso, en francés, en italiano, son, por
importantes que resulten y por útiles que puedan haber resultado para
difundir las nuevas ideas, la parte menor del trabajo de Bakunin.
La presente memoria, Dios y el Estado, es en realidad un fragmento de
una carta o de un informe. Como la mayoría de los otros escritos de
Bakunin, está escrito con la misma incuria literaria, la misma falta de
proporción; y además se interrumpe bruscamente: hemos buscado en vano,
para descubrir el final del manuscrito. Bakunin no logró tener nunca el
tiempo necesario para terminar todas las tareas que emprendía. Todavía no
había terminado una obra, cuando ya había otras varias en marcha: “Mi
vida misma es un fragmento”, dijo a los que criticaban sus escritos. Sin
embargo, los lectores de Dios y el Estado no lamentarán que esta memoria
de Bakunin haya sido publicada, aunque sea incompleta. Las cuestiones
que analiza están tratadas con decisión y con gran vigor lógico. Bakunin
demuestra a sus opositores, a quienes se dirigen exclusivamente, la
oquedad de su creencia en la autoridad divina en que se basan todas las
autoridades temporales; les demuestra que todos los gobiernos tienen una
génesis puramente humana; y finalmente, sin detenerse a analizar las bases
del Estado ya condenadas por la moralidad pública, como la superioridad
física, la violencia, la nobleza, la riqueza, juzga la teoría que pretende
entronizar a la ciencia en el gobierno de las sociedades. En el supuesto de
que fuera incluso posible reconocer, en el conflicto de ambiciones e
intrigas, quiénes son unos falsarios y quiénes sabios verdaderos, y que
pudieran darse con un sistema de elección que no fallase a la hora de poner
el poder en manos de aquellos cuyo conocimiento es auténtico, ¿qué
garantía podemos tener de la sabiduría y honestidad de su gobierno? Y por
el contrario, ¿no podemos anticipar en los nuevos amos las mismas locuras
y los mismos crímenes que en los de tiempos pasados, o en los de hoy día?
La ciencia, ante todo, no es: se está haciendo. El sabio de hoy no es más
que el ignorante de mañana. Dejémosle que imagine por un instante que ha
alcanzado el final, y ya será suficiente razón para que descienda más abajo
que el niño recién nacido. Y, aunque pudiera conocer la verdad en su
misma esencia, se corrompería sin duda con los privilegios, y corrompería
a otros con el poder.
Para establecer su gobierno tendría que tratar de detener la vida de las
masas que se mueven bajo él, como todos los jefes de Estado, tendría que
12

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

mantenerlas en la ignorancia con objeto de salvaguardar el orden, y
envilecerlas progresivamente para poder gobernarlas desde un trono más y
más alto.
Por lo demás, desde que los doctrinarios hicieron su aparición, el “genio”
verdadero o supuesto ha estado intentando apoderarse del cetro del mundo,
y ya sabemos qué precio hemos pagado. Hemos visto en acción a esos
sabios: que cuanto más hayan estudiado, tanto más inflexibles son; cuanto
más tiempo hayan pasado examinando en todos sus aspectos un hecho
aislado, tanto más estrechas sus miras; sin experiencia alguna de la vida
porque nunca han conocido más horizonte que las paredes de su ratonera;
infantiles en sus pasiones y vanidades, porque fueron incapaces de
participar en batallas de verdad y nunca pudieron aprender la verdadera
proporción de las cosas. ¿No hemos asistido recientemente a la fundación
de toda una escuela de “pensadores” -también cortesanos miserables,
gentes de vida poco limpia- que han construido su cosmogonía completa
para su uso particular? Según ellos, se han creado mundos, desarrollado
sociedades, las revoluciones han dado vuelta a naciones enteras, se han
derrumbado imperios en medio de la sangre, la pobreza, la muerte y la
enfermedad han señoreado entre la humanidad, exclusivamente para que
pudiera surgir una elite de académicos, florecientes, a quien el resto de la
especie humana ha servido, apenas, de estiércol. Para tales editores de
Tiempo o Debates puedan disponer de ocio para “pensar”, las naciones
viven y mueren en la ignorancia; ¡los demás seres humanos están
destinados a morir para lograr la inmortalidad de esos señores!
Pero podemos estar tranquilos: ninguno de esos académicos tendrán la
audacia de Alejandro, ni cortará con su espada el nudo gordiano; ninguno
alzará la espada de Carlomagno. Gobernar sirviéndose de la ciencia es ya
algo tan imposible como haciéndolo del derecho divino, la riqueza o la
fuerza bruta. En adelante, todos los poderes estarán sometidos a la crítica
despiadada. Los hombres, en quienes ha despertado el sentimiento de
igualdad, ya no seguirán soportando ser gobernados; aprenderán a
gobernarse por sí mismos. Al precipitar desde las alturas de los cielos a
aquél de quien se reputaba que descendía todo poder, las sociedades
destronan también a quienes gobernaban en su nombre. Esa es la
revolución que se está produciendo ahora. Los estados se desmoronan,
dejando paso a un orden nuevo en el que, como le gustaba repetir a
Bakunin, «la justicia humana sustituirá a la justicia divina». Si se puede
citar algún nombre entre los de los revolucionarios que han tomado parte
en esta inmensa obra de renovación, ninguno puede destacarse con mayor
justicia que el de Miguel Bakunin.
Carlo CAFIERO
Elisée RECLUS
13

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

DIOS Y EL ESTADO

¿Quiénes tienen razón, los idealistas o los materialistas? Una vez
planteada así la cuestión, vacilar se hace imposible. Sin duda alguna los
idealistas se engañan y sólo los materialistas tienen razón. Sí, los hechos
están antes que las ideas; el ideal, como dijo Proudhon, no es más que una
flor de la cual son raíces las condiciones materiales de existencia. Toda la
historia intelectual y moral, política y social de la humanidad es un reflejo
de su historia económica.
Todas las ramas de la ciencia moderna, concienzuda y seria, convergen a
la proclamación de esa grande, de esa fundamental y decisiva verdad: el
mundo social, el mundo puramente humano, la humanidad, en una palabra,
no es otra cosa que el desenvolvimiento último y supremo -para nosotros al
menos relativamente a nuestro planeta-, la manifestación más alta de la
animalidad. Pero como todo desenvolvimiento implica necesariamente una
negación, la de la base o del punto de partida, la humanidad es al mismo
tiempo y esencialmente una negación, la negación reflexiva y progresiva de
la animalidad en los hombres; y es precisamente esa negación tan racional
como natural, y que no es racional más que porque es natural, a la vez
histórica y lógica, fatal como lo son los desenvolvimientos y las
realizaciones de todas las leyes naturales en el mundo, la que constituye y
crea el ideal, el mundo de las convicciones intelectuales y morales, las
ideas.
Nuestros primeros antepasados, nuestros adanes y vuestras evas, fueron,
si no gorilas, al menos primos muy próximos al gorila, omnívoros,
animales inteligentes y feroces, dotados, en un grado infinitamente más
grande que los animales de todas las otras especies, de dos facultades
preciosas: la facultad de pensar y la facultad, la necesidad de rebelarse.
Estas dos facultades, combinando su acción progresiva en la historia,
representan propiamente el “factor”, el aspecto, la potencia negativa en el
desenvolvimiento positivo de la animalidad humana, y crean, por
consiguiente, todo lo que constituye la humanidad en los hombres.
La Biblia, que es un libro muy interesante y a veces muy profundo
cuando se lo considera como una de las más antiguas manifestaciones de la
sabiduría y de la fantasía humanas que han llegado hasta nosotros, expresa

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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

esta verdad de una manera muy ingenua en su mito del pecado original.
Jehová, que de todos los buenos dioses que han sido adorados por los
hombres es ciertamente el más envidioso, el más vanidoso, el más feroz, el
más injusto, el más sanguinario, el más déspota y el más enemigo de la
dignidad y de la libertad humanas, que creó a Adán y a Eva por no sé qué
capricho (sin duda para engañar su hastío que debía de ser terrible en su
eternamente egoísta soledad, para procurarse nuevos esclavos), había
puesto generosamente a su disposición toda la Tierra, con todos sus frutos y
todos los animales, y no había puesto a ese goce completo más que un
límite. Les había prohibido expresamente que tocaran los frutos del árbol
de la ciencia. Quería que el hombre, privado de toda conciencia de sí
mismo, permaneciese un eterno animal, siempre de cuatro patas ante el
Dios eterno, su creador su amo. Pero he aquí que llega Satanás, el eterno
rebelde, el primer librepensador y el emancipador de los mundos.
Avergüenza al hombre de su ignorancia y de su obediencia animal; lo
emancipa e imprime sobre su frente el sello de la libertad y de la
humanidad, impulsándolo a desobedecer y a comer del fruto de la ciencia.
Se sabe lo demás. El buen Dios, cuya ciencia innata constituye una de las
facultades divinas, habría debido advertir lo que sucedería; sin embargo, se
enfureció terrible y ridículamente: maldijo a Satanás, al hombre y al mundo
creados por él, hiriéndose, por decirlo así, en su propia creación, como
hacen los niños cuando se encolerizan; y no contento con alcanzar a
nuestros antepasados en el presente, los maldijo en todas las generaciones
del porvenir, inocentes del crimen cometido por aquellos. Nuestros
teólogos católicos y protestantes hallan que eso es muy profundo y muy
justo, precisamente porque es monstruosamente inicuo y absurdo. Luego,
recordando que no era sólo un Dios de venganza y de cólera, sino un Dios
de amor, después de haber atormentado la existencia de algunos millares de
pobres seres humanos y de haberlos condenado a un infierno eterno, tuvo
piedad del resto y para salvarlo, para reconciliar su amor eterno y divino
con su cólera eterna y divina siempre ávida de víctimas y de sangre, envió
al mundo, como una víctima expiatoria, a su hijo único a fin de que fuese
muerto por los hombres. Eso se llama el misterio de la redención, base de
todas las religiones cristianas. ¡Y si el divino salvador hubiese salvado
siquiera al mundo humano! Pero no; en el paraíso prometido por Cristo, se
sabe, puesto que es anunciado solemnemente, que o habrá más que muy
pocos elegidos. El resto, la inmensa mayoría de las generaciones presentes
y del porvenir, arderá eternamente en el infierno. En tanto, para
consolarnos, Dios, siempre justo, siempre bueno, entrega la tierra al
gobierno de los Napoleón III, de los Guillermo I, de los Femando de
Austria y de los Alejandro de todas las Rusias.
Tales son los cuentos absurdos que se divulgan y tales son las doctrinas
monstruosas que se enseñan en pleno siglo XIX, en todas las escuelas
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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

populares de Europa, por orden expresa de los gobiernos. ¡A eso se llama
civilizar a los pueblos! ¿No es evidente que todos esos gobiernos son los
envenenadores sistemáticos, los embrutecedores interesados de las masas
populares?
Me he dejado arrastrar lejos de mi asunto, por la cólera que se apodera
de mí siempre que pienso en los innobles y criminales medios que se
emplean para conservar las naciones en una esclavitud eterna, a fin de
poder esquilmarlas mejor, sin duda alguna. ¿Qué significan los crímenes de
todos los Tropmann del mundo en presencia de ese crimen de lesa
humanidad que se comete diariamente, en pleno día, en toda la superficie
del mundo civilizado, por aquellos mismos que se atreven a llamarse
tutores y padres de pueblos? Vuelvo al mito del pecado original.
Dios dio la razón a Satanás y reconoció que el diablo lo había engañado
a Adán y a Eva prometiéndoles la ciencia y la libertad, como recompensa
del acto de desobediencia que les había inducido a cometer; porque tan
pronto como hubieron comido del fruto prohibido, Dios se dijo a sí mismo
(véase la Biblia): “He aquí que el hombre se ha convertido en uno de
nosotros, sabe del bien y del mal; impidámosle, pues, comer del fruto de la
vida eterna, a fin de que no se, haga inmortal como nosotros.”
Dejemos ahora a un lado la parte fabulesca de este mito y consideremos
su sentido verdadero. El sentido es muy claro. El hombre se ha
emancipado, se ha separado de la animalidad y se ha constituido como
hombre; ha comenzado su historia y su desenvolvimiento propiamente
humano por un acto de desobediencia y de ciencia, es decir, por la rebeldía
y por el pensamiento.
Tres elementos o, si queréis, tres principios fundamentales, constituyen
las condiciones esenciales de todo desenvolvimiento humano, tanto
colectivo como individual, en la historia: 1º la animalidad humana; 2º el
pensamiento, y 3º la rebeldía. A la primera corresponde propiamente la
economía social y privada; la segunda, la ciencia, y a la tercera, la libertad.
Los idealistas de todas las escuelas, aristócratas y burgueses, teólogos y
metafísicos, políticos y moralistas, religiosos, filósofos o poetas -sin
olvidar los economistas liberales, adoradores desenfrenados de lo ideal,
como se sabe-, se ofenden mucho cuando se les dice que el hombre, con
toda su inteligencia magnifica, sus ideas sublimes y sus aspiraciones
infinitas, no es, como todo lo que existe en el mundo, más que materia, más
que un producto de esa vil materia.
Podríamos responderles que la materia de que hablan los materialistas materia espontánea y eternamente móvil, activa, productiva; materia
química u orgánicamente determinada, y manifestada por las propiedades o
las fuerzas mecánicas, físicas, animales o inteligentes que le son inherentes
por fuerza- no tiene nada en común con la vil materia de los idealistas. Esta
última, producto de su falsa abstracción, es efectivamente un ser estúpido,
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Dios y el Estado

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inanimado, inmóvil, incapaz de producir la menor de las cosas, un caput
mortum, una rastrera imaginación opuesta a esa bella imaginación que
llaman Dios, ser supremo ante el que a materia, la materia de ellos,
despojada por ellos mismos de todo lo que constituye la naturaleza real,
representa necesariamente la suprema Nada. Han quitado a la materia la
inteligencia, la vida, todas las cualidades determinantes, las relaciones
activas o las fuerzas, el movimiento mismo sin el cual la materia no sería
siquiera pesada, no dejándole más que la imponderabilidad y la
inmovilidad absoluta en el espacio; han atribuido todas esas fuerzas,
propiedades y manifestaciones naturales, al ser imaginario creado por su
fantasía abstractiva; después, tergiversando los papeles, han llamado a ese
producto de su imaginación, a ese fantasma, a ese Dios que es la Nada:
“Ser supremo”. Por consiguiente han declarado que el ser real, la materia,
el mundo, es la Nada. Después de eso vienen a decirnos gravemente que
esa materia es incapaz de reducir nada, ni aun de ponerse en movimiento
por sí misma, y que, por consiguiente, ha debido ser creada por Dios.
En otro escrito* he puesto al desnudo los absurdos verdaderamente
repulsivos a que se es llevado fatalmente por esa imaginación de un Dios,
sea personal, sea creador y ordenador de los mundos; sea impersonal y
considerado como una especie de alma divina difundida en todo el
universo, del que constituiría el principio eterno; o bien como idea
indefinida y divina, siempre presente y activa en el mundo y manifestada
siempre por la totalidad de seres materiales y finitos. Aquí me limitaré a
hacer resaltar un solo punto.
Se concibe perfectamente el desenvolvimiento sucesivo del mundo
material, tanto como de la vida orgánica, animal, y de la inteligencia
históricamente progresiva, individual y social, del hombre en ese mundo.
Es un movimiento por completo natural de lo simple a lo compuesto, de
abajo arriba o de lo inferior a lo superior; un movimiento conforme a todas
nuestras experiencias diarias, y, por consiguiente, conforme también a
nuestra lógica natural, a las propias leyes de nuestro espíritu, que, no
conformándose nunca y no pudiendo desarrollarse más que con la ayuda de
esas mismas experiencias, no es, por decirlo así, más que la reproducción
mental, cerebral, o su resumen reflexivo.
El sistema de los idealistas nos presenta completamente lo contrario. Es
el trastorno absoluto de todas experiencias humanas y de ese buen sentido
universal y común que es condición esencial de toda entente humana y que,
elevándose de esa verdad tan simple tan unánimemente reconocida de que
dos más dos son cuatro, hasta las consideraciones científicas más sublimes
y más complicadas, no admitiendo por otra parte nunca nada que no sea
*

Se refiere a las Consideraciones filosóficas sobre el fantasma divino, sobre el mundo real y
sobre el hombre, publicado en castellano con el título Consideraciones filosóficas juntamente
con otros trabajos del autor (Editorial La Protesta, Buenos Aires, 1926). [N. de la E.]

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Dios y el Estado

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severamente confirmado por la experiencia o por la observación de las
cosas o de los hechos, constituye la única base seria de los conocimientos
humanos.
En lugar de seguir la vía natural de abajo arriba, de lo inferior a lo
superior y de lo relativamente simple a lo más complicado; en lugar de
acompañar prudente, racionalmente, el movimiento progresivo y real del
mundo llamado inorgánico al mundo orgánico, vegetal, después animal, y
después específicamente humano; de la materia química o del ser químico a
la materia viva o al ser vivo, y del ser vivo al ser pensante, los idealistas,
obsesionados, cegados e impulsados por el fantasma divino que han
heredado de la teología, toman el camino absolutamente contrario.
Proceden de arriba a abajo, de lo superior a lo inferior, de lo complicado a
lo simple. Comienzan por Dios, sea como persona, sea como sustancia o
idea divina, y el primer paso que dan es una terrible voltereta de las alturas
sublimes del eterno ideal al fango del mundo material; de la perfección
absoluta a la imperfección absoluta; del pensamiento al Ser, o más bien del
Ser supremo a la Nada. Cuándo, cómo y por qué el ser divino, eterno,
infinito, lo Perfecto absoluto, probablemente hastiado de sí mismo, se ha
decidido al salto mortale desesperado; he ahí lo que ningún idealista, ni
teólogo, ni metafísico, ni poeta ha sabido comprender jamás él mismo ni
explicar a los profanos.
Todas las religiones pasadas y presentes y todos los sistemas de filosofía
transcendentes ruedan sobre ese único o inicuo misterio8. Santos hombres,
legisladores inspirados, profetas, Mesías, buscaron en él la vida y no
hallaron más que la tortura y la muerte. Como la esfinge antigua, los ha
devorado, porque no han sabido explicarlo. Grandes filósofos, desde
Heráclito y Platón hasta Descartes, Spinoza, Leibnitz, Kant, Fichte,
Schelling y Hegel, sin hablar de los filósofos hindúes, han escrito montones
de volúmenes y han creado sistemas tan ingeniosos como sublimes, en los
cuales dijeron de paso muchas bellas y grandes cosas y descubrieron
verdades inmortales, pero han dejado ese misterio, objeto principal de sus
investigaciones trascendentes, tan insondable como lo había sido antes de
ellos. Pero puesto que los esfuerzos gigantes -como de los más admirables
genios que el mundo conoce y que durante treinta siglos al menos han
emprendido siempre de nuevo ese trabajo de Sísifo- no han culminado sino
en la mayor incomprensión aún de ese misterio, ¿podremos esperar que nos
será descubierto hoy por las especulaciones rutinarias de algún discípulo
pedante de una metafísica artificiosamente recalentadas y eso en una época
8

Lo llamo “inicuo”, porque, como creo haberlo demostrado en el “Apéndice”
[Consideraciones filosóficas] a que hice mención este misterio ha sido y continúa siendo
todavía la consagración de todos los horrores que se han cometido y que se cometen en el
mundo humano; y lo llamo “único”, porque todos los otros absurdos teológicos y metafísicos
que embrutecen el espíritu de los hombres no son más que sus consecuencias necesarias.

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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

en que todos los espíritus vivientes y serios se han desviado de esa ciencia
explicable, surgida de una transacción, históricamente explicable sin duda,
entre la irracionalidad de la fe y la sana razón científica?
Es evidente que este terrible misterio es inexplicable, es decir, que es
absurdo, porque lo absurdo es lo único que no se puede explicar. Es
evidente que el que tiene necesidad de él para su dicha, para su vida, debe
renunciar a su razón y, volviendo, si puede, a la ingenua, ciega, estúpida,
repetir con Tertuliano y con todos los creyentes sinceros estas palabras que
resumen la quintaesencia misma de la teología: Credoquia absurdum.
Entonces toda discusión cesa, y no queda más que la estupidez triunfante
de la fe. Pero entonces se promueve también otra cuestión: ¿Cómo puede
nacer en un hombre inteligente e instruido la necesidad de creer en ese
misterio?
Que la creencia en Dios creador, ordenador y juez, maldiciente, salvador
y bienhechor del mundo se haya conservado en el pueblo, y sobre todo en
las poblaciones rurales, mucho más aún que en el proletariado de las
ciudades, nada más natural. El pueblo desgraciadamente, es todavía muy
ignorante; y es mantenido en su ignorancia por los esfuerzos sistemáticos
de todos los gobiernos, que consideran esa ignorancia, no sin razón, como
una de las condiciones más esenciales de su propia potencia. Aplastado por
su trabajo cotidiano, privado de ocio, de comercio intelectual, de lectura, en
fin, de casi todos los medios y de una buena parte de los estimulantes que
desarrollan la reflexión en los hombres, el pueblo acepta muy a menudo,
sin crítica y en conjunto las tradiciones religiosas que, envolviéndolo desde
su nacimiento en todas las circunstancias de su vida, y artificialmente
mantenidas en su seno por una multitud de envenenadores oficiales de toda
especie, sacerdotes y laicos, se transforman en él en una suerte de hábito
mental moral, demasiado a menudo más poderoso que su buen sentido
natural.
Hay otra razón que explica y que legitima en cierto modo las creencias
absurdas del pueblo. Es la situación miserable a que se encuentra
fatalmente condenado por la organización económica de la sociedad en los
países más civilizados de Europa. Reducido, tanto intelectual y moralmente
como en su condición material al mínimo de una existencia humana,
encerrado en su vida como un prisionero en su prisión, sin horizontes, sin
salida, sin porvenir mismo, si se cree a los economistas, el pueblo debería
tener el alma singularmente estrecha y el instinto achatado de los burgueses
para no experimentar la necesidad de salir de ese estado; pero para eso no
hay más que tres medios, dos de ellos ilusorios y el tercero real. Los dos
primeros son el burdel y la iglesia, el libertinaje del cuerpo y el libertinaje
del alma; el tercero es la revolución social. De donde concluyo que esta
última únicamente, mucho más al menos que todas las propagandas
teóricas de los librepensadores, será capaz de destruir hasta los mismos
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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

rastros de las creencias religiosas y de los hábitos de desarreglo en el
pueblo, creencias y hábitos que están más íntimamente ligados de lo que se
piensa; que, sustituyendo los goces a la vez ilusorios y brutales de ese
libertinaje corporal y espiritual, por los goces tan delicados como reales de
la humanidad plenamente realizada en cada uno de nosotros y en todos, la
revolución social únicamente tendrá el poder de cerrar al mismo tiempo
todos los burdeles y todas las iglesias.
Hasta entonces, el pueblo, tomado en masa, creerá, y si no tiene razón
para creer, tendrá al menos el derecho.
Hay una categoría de gentes que, si no cree, debe menos aparentar que
cree. Son todos los atormentadores, todos los opresores y todos los
explotadores de la humanidad. Sacerdotes, monarcas, hombres de Estado,
hombres de guerra, financistas públicos y privados, funcionarios de todas
las especies, policías, carceleros y verdugos, monopolizadores, capitalistas,
empresarios y propietarios, abogados, economistas, políticos de todos los
colores, hasta el último comerciante, todos repetirán al unísono estas
palabras de Voltaire:
Si Dios no existiese habría que inventarlo. Porque, comprenderéis, es
precisa una religión para el pueblo. Es la válvula de seguridad.
Existe, en fin, una categoría bastante numerosa de almas honestas, pero
débiles, que, demasiados inteligentes para tomar en serio los dogmas
cristianos, los rechazan en detalle, pero no tienen ni el valor, ni la fuerza, ni
la resolución necesarios para rechazarlos totalmente. Dejan a vuestra crítica
todos los absurdos particulares de la religión, se burlan de todos los
milagros, pero se aferran con desesperación al absurdo principal, fuente de
todos los demás, al milagro que explica y legitima todos los otros milagros:
a la existencia de Dios. Su Dios no es el ser vigoroso y potente, el Dios
brutalmente positivo de la teología. Es un ser nebuloso, diáfano, ilusorio,
de tal modo ilusorio que cuando se cree palparle se transforma en Nada; es
un milagro, un ignis fatuus que ni calienta ni ilumina. Y, sin embargo,
sostienen y creen que si desapareciese, desaparecería todo con él. Son
almas inciertas, enfermizas, desorientadas en la civilización actual, que no
pertenecen ni al presente ni al porvenir, pálidos fantasmas eternamente
suspendidos entre el cielo y la tierra, y que ocupan entre la política
burguesa y el socialismo del proletariado absolutamente la misma posición.
No se sienten con fuerza ni para pensar hasta el fin, ni para querer, ni para
resolver, y pierden su tiempo y su labor esforzándose siempre por conciliar
lo inconciliable. En la vida pública se llaman socialistas burgueses.
Ninguna discusión con ellos ni contra ellos es posible. Están demasiado
enfermos.
Pero hay un pequeño número de hombres ilustres, de los cuales nadie se
atreverá a hablar sin respeto, y de los cuales nadie pensará en poner en
duda ni la salud vigorosa, ni la fuerza de espíritu, ni la buena fe. Baste citar
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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

los nombres de Mazzini, de Michelet, de Quinet, de John Stuart Mill.9
Almas generosas y fuertes, grandes corazones, grandes espíritus, grandes
escritores y, el primero, resucitador heroico y revolucionario de una gran
nación, son todos los apóstoles del idealismo y los adversarios apasionados
del materialismo, y por consiguiente también del socialismo, en filosofía
como en política.
Es con ellos con quienes hay que discutir esta cuestión.
Comprobemos primero que ninguno de los hombres ilustres que acabo
de mencionar, ni ningún otro pensador idealista un poco importante de
nuestros días, se ha ocupado propiamente de la parte lógica de esta
cuestión. Ninguno ha tratado de resolver filosóficamente la posibilidad del
salto mortale divino de las regiones eternas y puras del espíritu al fango del
mundo material. ¿Tienen temor a abordar esa insoluble contradicción y
desesperan de resolverla después que han fracasado los más grandes genios
de la historia, o bien la han considerado como suficientemente resuelta ya?
Es su secreto. El hecho es que han dejado a un lado la demostración teórica
de la existencia de un Dios, y que no han desarrollado más que las razones
y las consecuencias prácticas de ella. Han hablado de ella todos como de un
hecho universalmente aceptado y como tal imposible de convertirse en
objeto de una duda cualquiera, limitándose, por toda prueba, a constatar la
antigüedad y la universalidad misma de la creencia en Dios.
Esta unanimidad imponente, según la opinión de muchos hombres y
escritores ilustres, y para no citar sino los más renombrados de ellos, según
la opinión elocuentemente expresada de Joseph de Maistre y del gran
patriota italiano Giuseppe Mazzini, vale más que todas las demostraciones
de la ciencia; y si la idea de un pequeño número de pensadores
consecuentes y aun muy poderosos, pero aislados, le es contraria, tanto
peor, dicen ellos, para esos pensadores y para su lógica, porque el
consentimiento general, la adopción universal y antigua de una idea han
sido considerados en todos los tiempos como la prueba más victoriosa de
su verdad. El sentimiento de todo el mundo, una convicción que se
encuentra y se mantiene siempre y en todas partes, no podría engañarse.
Debe tener su raíz en una necesidad absolutamente inherente a la naturaleza
misma del hombre. Y puesto que ha sido comprobado que todos los
pueblos pasados y presentes han creído y creen en la existencia de Dios, es
evidente que los que tienen la desgracia de dudar de ella, cualquiera que
sea la lógica que los haya arrastrado a esa duda, son excepciones
anormales, monstruos.
9

Stuart Mill es, quizá, el único de quien es permitido poner en duda el idealismo serio, y eso
por dos razones: la primera es que si no es absolutamente el discípulo, es un admirador
apasionado, un adherente de la filosofía positiva de Comte, filosofía que, a pesar de sus
reticencias numerosas, es realmente atea; la segunda es que Stuart Mill es inglés, y en Inglaterra
proclamarse ateo es ponerse al margen de la sociedad, aun hoy mismo.

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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

Así, pues, la antigüedad y la universalidad de una creencia serían, contra
toda la ciencia y contra toda lógica, una prueba suficiente e irreductible de
su verdad. ¿Y por qué?
Hasta el siglo de Copérnico y de Galileo, todo el mundo había creído que
el Sol daba vueltas alrededor de la Tierra. ¿No se engañó todo el mundo?
¿Hay cosa más antigua y más universal que la esclavitud? La antropofagia
quizá. Desde el origen de la sociedad histórica hasta nuestros días hubo
siempre y en todas partes explotación del trabajo forzado de las masas,
esclavas, siervas o asalariadas, por alguna minoría dominante; la opresión
de los pueblos por la iglesia y por el estado. ¿Es preciso concluir que esa
explotación y esa opresión sean necesidades absolutamente inherentes a la
existencia misma de la sociedad humana? He ahí ejemplos que muestran
que la argumentación de los abogados del buen Dios no prueba nada.
Nada es en efecto tan universal y tan antiguo como lo inicuo y lo
absurdo, y, al contrario, son la verdad la justicia las que, en el
desenvolvimiento de las sociedades humanas, son menos universales y más
jóvenes; lo que explica también el fenómeno histórico constante de las
persecuciones inauditas de que han sido y continúan siendo objeto aquellos
que las proclaman, primero por parte de los representantes oficiales,
patentados e interesados de las creencias “universales” y “antiguas”, y a
menudo por parte también de aquellas mismas masas populares que,
después de haberlos atormentado, acaban siempre por adoptar y hacer
triunfar sus ideas.
Para nosotros, materialistas y socialistas revolucionarios, no hay nada
que nos asombre ni nos espante en ese fenómeno histórico. Fuertes en
nuestra conciencia, nuestro amor a la verdad, en esa pasión lógica que
constituye por sí una gran potencia, y al margen de la cual no hay
pensamiento; fuertes en nuestra pasión por la justicia y en nuestra fe
inquebrantable en el triunfo de la humanidad sobre todas las bestialidades
teóricas prácticas; fuertes, en fin, en la confianza y en el apoyo mutuos que
se prestan el pequeño número de los que comparten nuestras convicciones,
nos resignamos por nosotros mismos a todas las consecuencias de ese
fenómeno histórico, en el que vemos la manifestación de una ley social tan
natural, tan necesaria y tan invariable como todas las demás leyes que
gobiernan el mundo.
Esta ley es una consecuencia lógica, inevitable, del origen animal de la
sociedad humana; ahora bien, frente a todas las pruebas científicas,
psicológicas, históricas que se han acumulado en nuestros días, tanto como
frente a los hechos de los alemanes, conquistas de Francia, que dan hoy una
demostración tan brillante de ello, no es posible, verdaderamente, dudar de
la realidad de ese origen. Pero desde el momento que se acepta ese origen
animal del hombre, se explica todo. La historia se nos aparece, entonces,
como la negación revolucionaria, ya sea lenta, apática, adormecida, ya sea
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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

apasionada y poderosa del pasado. Consiste precisamente en la negación
progresiva de la animalidad primera del hombre por el desenvolvimiento de
su humanidad. El hombre, animal feroz, primo del gorila, ha partido de la
noche profunda del instinto animal para llegar a la luz del espíritu, lo que
explica de una manera completamente natural todas sus divagaciones
pasadas, y nos consuela en parte de sus errores presentes. Ha partido de la
esclavitud animal y después de atravesar su esclavitud divina, término
transitorio entre su animalidad y su humanidad, marcha hoy a la conquista
y a la realización de su libertad humana. De donde resulta que la
antigüedad de una creencia, de una idea, lejos de probar algo en su favor,
debe, al contrario, hacémosla sospechosa. Porque detrás de nosotros está
nuestra animalidad y ante nosotros la humanidad, y la luz humana, la única
que puede calentarnos e iluminarnos, la única que puede emanciparnos, nos
hace dignos, libres, dichosos, y la realización de la fraternidad entre
nosotros no está al principio, sino, relativamente a la época en que vive, al
fin de la historia. No miremos, pues, nunca atrás, miremos siempre hacia
adelante, porque adelante está nuestro sol y nuestra salvación; y si es
permitido, si es útil y necesario volver nuestra vista al estudio de nuestro
pasado, no es más que para comprobar lo que hemos sido y lo que no
debemos ser más, lo que hemos creído y pensado, y lo que no debemos
creer ni pensar más, lo que hemos hecho y lo que no debemos volver a
hacer.
Esto por lo que se refiere a la antigüedad. En cuanto a la universalidad
de un error, no prueba más que una cosa: la similitud, si no la perfecta
identidad de la naturaleza humana en todos los tiempos y bajo todos los
climas. Y puesto que se ha comprobado que los pueblos de todas las épocas
de su vida han creído, y creen todavía, en Dios, debemos concluir
simplemente que la idea divina, salida de nosotros mismos, es un error
históricamente necesario en el desenvolvimiento de la humanidad, y
preguntarnos por qué y cómo se ha producido en la historia, por qué la
inmensa mayoría de la especie humana la acepta aún como una verdad.
En tanto que no podamos darnos cuenta de la manera cómo se produjo la
idea de un mundo sobrenatural y divino y cómo ha debido fatalmente
producirse en el desenvolvimiento histórico de la conciencia humana,
podremos estar científicamente convencidos del absurdo de esa idea, pero
no llegaremos a destruirla nunca en la opinión de la mayoría. En efecto: no
estaremos en condiciones de atacarla en las profundidades mismas del ser
humano, donde ha nacido, y, condenados a una lucha estéril, sin salida y
sin fin, deberemos contentarnos siempre con combatirla sólo en la
superficie, en sus innumerables manifestaciones, cuyo absurdo, apenas
derribado por los golpes del sentido común, renacerá inmediatamente bajo
una forma nueva no menos insensata. En tanto que persista la raíz de todos
los absurdos que atormentan al mundo, la creencia en Dios permanecerá
23

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

intacta, no cesará de echar nuevos retoños. Es así como en nuestros días, en
ciertas regiones de la más alta sociedad, el espiritismo tiende a instalarse
sobre las ruinas del cristianismo.
No es sólo en interés de las masas, sino también en el de la salvación de
nuestro propio espíritu que debemos forzarnos en comprender la génesis
histórica de la idea de Dios, la sucesión de las causas que desarrollaron
produjeron esta idea en la conciencia de los hombres. Podremos decirnos y
creernos ateos: en tanto que no hayamos comprendido esas causas, nos
dejaremos dominar más o menos por los clamores de esa conciencia
universal de la que no habremos sorprendido el secreto; y, vista la debilidad
natural del individuo, aun del más fuerte ante la influencia omnipotente del
medio social que lo rodea, corremos siempre el riesgo de volver a caer
tarde o temprano, y de una manera o de otra, en el abismo del absurdo
religioso. Los ejemplos de esas conversiones vergonzosas son frecuentes en
la sociedad actual.
He señalado ya la razón práctica principal del poder ejercido aún hoy por
las creencias religiosas sobre las masas. Estas disposiciones místicas no
denotan tanto en sí una aberración del espíritu como un profundo
descontento del corazón. Es la protesta instintiva y apasionada del ser
humano contra las estrecheces, las chaturas, los dolores y las vergüenzas de
una existencia miserable. Contra esa enfermedad, he dicho, no hay más que
un remedio: la revolución social.
Entre tanto, otras veces he tratado de exponer las causas que presidieron
el nacimiento y el desenvolvimiento histórico de las alucinaciones
religiosas en la conciencia del hombre. Aquí no quiero tratar esa cuestión
de la existencia de un Dios, o del origen divino del mundo y del hombre,
más que desde el punto de vista de su utilidad moral y social, y sobre la
razón teórica de esta creencia no diré más que pocas palabras, a fin de
explicar mejor mi pensamiento.
Todas las religiones, con sus dioses, sus semidioses y sus profetas, sus
mesías y sus santos, han sido creadas por la fantasía crédula de los
hombres, no llegados aún al pleno desenvolvimiento y a la plena posesión
de sus facultades intelectuales; en consecuencia de lo cual, el cielo
religioso no es otra cosa que un milagro donde el hombre, exaltado por la
ignorancia y la fe, vuelve a encontrar su propia imagen, pero agrandada y
trastrocada, es decir, divinizada. La historia de las religiones, la del
nacimiento, de la grandeza y de la decadencia de los dioses que se
sucedieron en la creencia humana, no es nada más que el desenvolvimiento
de la inteligencia y de la conciencia colectiva de los hombres. A medida
que, en su marcha históricamente regresiva, descubrían, sea en sí mismos,
sea en la naturaleza exterior, una fuerza, una cualidad o un defecto
cualquiera, lo atribuían a sus dioses, después de haberlos exagerado,
ampliado desmesuradamente, como lo hacen de ordinario los niños, por un
24

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

acto de su fantasía religiosa. Gracias a esa modestia y a esa piadosa
generosidad de los hombres creyentes y crédulos, el cielo se ha enriquecido
con los despojos de la tierra y, por una consecuencia necesaria, cuanto más
rico se volvía el cielo, más miserable se volvía la tierra. Una vez instalada
la divinidad, fue proclamada naturalmente la causa, la razón, el árbitro y el
dispensador absoluto de todas las cosas: el mundo no fue ya nada, la
divinidad lo fue todo; y el hombre, su verdadero creador, después de
haberla sacado de la nada sin darse cuenta, se arrodilló ante ella, la adoró y
se proclamó su criatura y su esclavo.
El cristianismo es, precisamente, la religión por excelencia, porque
expone y manifiesta, en su plenitud, la naturaleza, la propia esencia de todo
sistema religioso, que es el empobrecimiento, el sometimiento, el
aniquilamiento de la humanidad en beneficio de la divinidad.
Siendo Dios todo, el mundo real y el hombre no son nada. Siendo Dios
la verdad, la justicia, el bien, lo bello, la potencia y la vida, el hombre es la
mentira, la iniquidad, el mal, la fealdad, la impotencia y la muerte. Siendo
Dios el amo, el hombre es el esclavo. Incapaz de hallar por sí mismo la
justicia, la verdad y la vida eterna, no puede llegar a ellas más que
mediante una revelación divina. Pero quien dice revelación, dice
reveladores, mesías, profetas, sacerdotes y legisladores inspirados por Dios,
mismo; y una vez reconocidos aquellos como representantes de la
divinidad en la Tierra, como los santos institutores de la humanidad,
elegidos por Dios mismo para dirigirla por la vía de la salvación, deben
ejercer necesariamente un poder absoluto. Todos los hombres les deben una
obediencia ilimitada y pasiva, porque contra la razón divina no hay razón
humana y contra la justicia de Dios no hay justicia terrestre que se
mantengan. Esclavos de Dios, los hombres deben serlo también de la
iglesia y del Estado, en tanto que este último es consagrado por la iglesia.
He ahí lo que el cristianismo comprendió mejor que todas las religiones
que existen o que han existido, sin exceptuar las antiguas religiones
orientales, que, por lo demás, no han abarcado más que pueblos concretos y
privilegiados, mientras que el cristianismo tiene la pretensión de abarcar la
humanidad entera; y he ahí lo que, de todas las sectas cristianas, sólo el
catolicismo romano ha proclamado y realizado con una consecuencia
rigurosa. Por eso el cristianismo es la religión absoluta, la religión última, y
la iglesia apostólica y romana la única consecuente, legítima y divina.
Que no parezca mal a los metafísicos y a los idealistas religiosos,
filósofos, políticos o poetas: la idea de Dios implica la abdicación de la
razón humana y de la justicia humana, es la negación más decisiva de la
libertad humana y lleva necesariamente a la esclavitud los hombres, tanto
en la teoría como en la práctica.
A menos de querer la esclavitud y el envilecimiento de los hombres,
como lo quieren los jesuitas, como lo quieren los monjes, los pietistas o los
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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

metodistas protestantes, no podemos, no debemos hacer la menor
concesión ni al dios de la teología ni al de la metafísica porque en ese
alfabeto místico, el que comienza por decir A deberá fatalmente acabar
diciendo Z, y el que quiere adorar a Dios debe, sin hacerse ilusiones
pueriles, renunciar bravamente a su libertad y a su humanidad.
Si Dios existe, el hombre es esclavo; ahora bien, el hombre puede y debe
ser libre: por consiguiente, Dios no existe.
Desafío a quienquiera que sea a salir de ese círculo, y ahora, escojamos.
¿Es necesario recordar cuánto y cómo embrutecen y corrompen las
religiones a los pueblos? Matan en ellos la razón, ese instrumento principal
de la emancipación humana, y los reducen a la imbecilidad, condición
esencial de su esclavitud. Deshonran el trabajo humano y hacen de él un
signo y una fuente de servidumbre. Matan la noción y el sentimiento de la
justicia humana, haciendo inclinar siempre la balanza del lado de los
pícaros triunfantes, objetos privilegiados de la gracia divina. Matan la
altivez y la dignidad, no protegiendo más que a los que se arrastran y a los
que se humillan. Ahogan en el corazón de los pueblos todo sentimiento de
fraternidad humana, llenándolo de crueldad divina.
Todas las religiones son crueles, todas están fundadas en la sangre,
porque todas reposan principalmente sobre la idea del sacrificio, es decir,
sobre la inmolación perpetua de la humanidad a la insaciable venganza de
la divinidad. En ese sangriento misterio, el hombre es siempre la víctima, y
el sacerdote, hombre también, pero hombre privilegiado por la gracia, es el
divino verdugo. Eso nos explica por qué los sacerdotes de todas las
religiones, los mejores, los más humanos, los más suaves, tienen casi
siempre en el fondo de su corazón -y si no en el corazón en su imaginación,
en espíritu (y ya se sabe la influencia formidable que una y otro ejercen
sobre el corazón de los hombres)- por qué hay, digo, en los sentimientos de
todo sacerdote algo de cruel y de sanguinario.
Todo esto, nuestros ilustres idealistas contemporáneos lo saben mejor
que nadie. Son hombres sabios que conocen la historia de memoria; y como
son al mismo tiempo hombres vivientes, grandes almas penetradas por un
amor sincero y profundo hacia el bien de la humanidad, han maldito y
zaherido todos estos efectos, todos estos crímenes de la religión con una
elocuencia sin igual. Rechazan con indignación toda solidaridad con el
Dios de las religiones positivas y con sus representantes pasados y
presentes sobre la Tierra.
El Dios que adoran o que creen adorar se distingue precisamente de los
dioses reales de la historia, en que no es un Dios positivo, ni determinado
de ningún modo, ya sea teológico, ya sea metafísicamente. No es ni el ser
supremo de Robespierre y de Rousseau, ni el Dios panteísta de Spinoza, ni
siquiera el Dios a la vez trascendente e inmanente y muy equívoco de
Hegel. Se cuidan bien de darle una determinación positiva cualquiera,
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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

sintiendo que toda determinación lo sometería a la acción disolvente de la
crítica. No dirán de él si es un Dios personal o impersonal, si ha creado o si
no ha creado el mundo; no hablarán siquiera de su divina providencia.
Todo eso podría comprometerlos. Se contentarán con decir: “Dios” y nada
más. Pero, ¿qué es su Dios? No es siquiera una idea, es una aspiración.
Es el nombre genérico de todo lo que les parece de, bueno, bello, noble,
humano. Pero, ¿por qué dicen entonces: “hombre”? ¡Ah! es que el rey
Guillermo de Prusia y Napoleón III y todos sus semejantes son igualmente
hombres; y he ahí lo que más les embaraza. La humildad real nos presenta
el conjunto de todo lo que hay de más sublime, de más bello y de todo lo
que hay de más vil y de más monstruoso en el mundo. ¿Cómo salir de ese
atolladero? Llaman a lo uno divino y a lo otro bestial, representándose la
divinidad y la animalidad como los dos polos entre los cuales se coloca la
humanidad. No quieren o no pueden emprender que esos tres términos no
forman más que uno y que si se los separa se los destruye.
No están fuertes en lógica, y se diría que la desprecian. Es eso lo que los
distingue de los metafísicos y deístas, y lo que imprime a sus ideas el
carácter de un idealismo práctico, sacando mucho menos sus inspiraciones
del desenvolvimiento severo de un pensamiento, que de las experiencias,
casi diré de las emociones, tanto históricas y colectivas como individuales
de la vida. Eso da a su propaganda una apariencia de riqueza y de potencia
vital, pero una apariencia solamente porque la vida misma se hace estéril
cuando es paralizada por una contradicción lógica.
La contradicción es ésta: quieren a Dios y quieren a la humanidad. Se
obstinan en poner juntos esos dos términos, que, una vez separados, no
pueden encontrarse de nuevo más que para destruirse recíprocamente.
Dicen de un tirón: “Dios y la libertad del hombre”; “Dios y la dignidad, la
justicia, la igualdad, la fraternidad y la prosperidad de los hombres”, sin
preocuparse de la lógica fatal conforme a la cual, si Dios existe todo queda
condenado a la no-existencia. Porque si Dios existe es necesariamente el
amo eterno, supremo, absoluto, y si ese amo existe el hombre es esclavo;
pero si es esclavo, no hay para él ni justicia ni igualdad ni fraternidad ni
prosperidad posibles. Podrán, contrariamente al buen sentido y a todas las
experiencias de la historia, reventarse a su Dios animado del más tierno
amor por la libertad humana: un amo, haga lo que quiera y por liberal que
quiera mostrarse, no deja de ser un amo y su existencia implica
necesariamente la esclavitud de todo lo que se encuentra por debajo de él.
Por consiguiente, si Dios existiese, no habría para él más que un solo
medio de servir a la libertad humana: dejar de existir.
Como celoso amante de la libertad humana y considerándolo como la
condición absoluta de todo lo que adoramos y respetamos en la humanidad,
doy vuelta a la frase de Voltaire y digo: si Dios existiese realmente, habría
que hacerlo desaparecer.
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Dios y el Estado

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La severa lógica que me dicta estas palabras es demasiado evidente para
que tenga necesidad de desarrollar más esta argumentación. Y me parece
imposible que los hombres ilustres a quienes mencioné, tan célebres y tan
justamente respetados, no hayan sido afectados por ella y no se hayan
percatado de la contradicción en que caen al hablar de Dios y de la libertad
humana a la vez. Para que lo hayan pasado por alto, a sido preciso que
hayan pensado que esa inconsecuencia o que esa negligencia lógica era
necesaria prácticamente para el bien mismo de la humanidad.
Quizá también, al hablar de la libertad como de una cosa que es para
ellos muy respetable y muy querida, la comprenden de distinto modo a
como nosotros la entendemos, nosotros, materialistas y socialistas
revolucionarios . En efecto; no hablan de ella sin añadir inmediatamente
otra palabra, la de autoridad, una palabra y una cosa que detestamos de
todo corazón.
¿Qué es la autoridad? ¿Es el poder inevitable de las leyes naturales que
se manifiestan en el encadenamiento y en la sucesión fatal de los
fenómenos, tanto del mundo físico como del mundo social? En efecto;
contra esas leyes, la rebeldía no sólo está prohibida, sino que es imposible.
Podemos desconocerlas o no conocerlas siquiera, pero no podemos
desobedecerlas, porque constituyen la base y las condiciones mismas de
nuestra existencia; nos envuelven, nos penetran, regulan todos nuestros
movimientos, nuestros pensamientos y nuestros actos; de manera que, aun
cuando las queramos desobedecer, no hacemos más que manifestar su
omnipotencia.
Sí, somos absolutamente esclavos de esas leyes. Pero no hay nada de
humillante en esa esclavitud. Porque la esclavitud supone un amo exterior,
un legislador que se encuentre al margen de aquel a quien ordena; mientras
que estas leyes no están fuera de nosotros, nos son inherentes, constituyen
nuestro ser, todo nuestro ser, tanto corporal como intelectual y moral; no
vivimos, no respiramos, no obramos, no pensamos, no queremos sino
mediante ellas. Fuera de ellas no somos nada, no somos. ¿De dónde
procedería, pues, nuestro poder y nuestro querer rebelamos contra ellas?
Frente a las leyes naturales no hay para el hombre más que una sola
libertad posible: la de reconocerlas y de aplicarlas cada vez más, conforme
al fin de la emanación o de la humanización, tanto colectiva como
individual que persigue. Estas leyes, una vez reconocidas, ejercen una
autoridad que no es discutida por la masa de los hombres. Es preciso, por
ejemplo, ser loco o teólogo, o por lo menos un metafísico, un jurista, o un
economista burgués para rebelarse contra esa ley según a cual dos más dos
suman cuatro. Es preciso tener fe para imaginarse que no se quemará uno
en el fuego y que no se ahogará en el agua, a menos que se recurra a algún
subterfugio fundado aun sobre alguna otra ley natural. Pero esas rebeldías,
o más bien esas tentativas esas locas imaginaciones de una rebeldía
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Dios y el Estado

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imposible no forman más que una excepción bastante rara; porque, en
general, se puede decir que la masa de los hombres, en su vida cotidiana, se
deja gobernar de una manera casi absoluta por el buen sentido, lo que
equivale a decir por la suma de las leyes generalmente reconocidas.
La gran desgracia es que una gran cantidad de leyes naturales ya
constadas como tales por la ciencia, permanezcan desconocidas para las
masas populares, gracias a los cuidados de esos gobiernos tutelares que no
existen, como se sabe, más que para el bien de los pueblos... Hay otro
inconveniente: la mayor parte de las leyes naturales inherentes al
desenvolvimiento de la sociedad humana, y que son también necesarias,
invariables, fatales, como las leyes que gobiernan el mundo físico, no han
sido debidamente comprobadas y reconocidas por la ciencia misma.
Una vez que hayan sido reconocidas primero por la ciencia y que la
ciencia, por medio de un amplio sistema de educación y de instrucción
populares, las hayan hecho pasar a la conciencia de todos, la cuestión de la
libertad estará perfectamente resuelta. Los autoritarios más recalcitrantes
deben reconocer que entonces no habrá necesidad de organización política
ni de dirección ni de legislación, tres cosas que, ya sea que emanen de la
voluntad del soberano, ya que resulten de los votos de un parlamento
elegido por sufragio universal y aun cuando estén conformes con el sistema
de las leyes naturales -lo que no tuvo lugar jamás y no tendrá jamás lugar-,
son siempre igualmente funestas y contrarias a la libertad de las masas,
porque les impone un sistema de leyes exteriores y, por consiguiente,
despóticas.
La libertad del hombre consiste únicamente en esto, que obedece a las
leyes naturales, porque las ha reconocido él mismo como tales y no porque
le hayan sido impuestas exteriormente por una voluntad extraña, divina o
humana cualquiera, colectiva o individual.
Suponed una academia de sabios, compuesta por los representantes más
ilustres de la ciencia; suponed que esa academia sea encargada de la
legislación, de la organización de la sociedad y que, sólo inspirándose en el
puro amor a la verdad, no le dicte más que leyes absolutamente conformes
a los últimos descubrimientos de la ciencia. Y bien, yo pretendo que esa
legislación y esa organización serán una monstruosidad, y esto por dos
razones: La primera, porque la ciencia humana es siempre imperfecta
necesariamente y, comparando lo que se ha descubierto con lo que queda
por descubrir, se puede decir que está todavía en la cuna. De suerte que si
quisiera forzar la vida práctica de los hombres, tanto colectiva como
individual, a conformarse estrictamente, exclusivamente con los últimos
datos de la ciencia, se condenaría a la sociedad y a los individuos a sufrir el
martirio sobre el lecho de Procusto, que acabaría pronto por dislocarlos y
por sofocarlos, pues la vida es siempre infinitamente más amplia que la
ciencia.
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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

La segunda razón es ésta: una sociedad que obedeciere a la legislación
de una academia científica, no porque hubiere comprendido su carácter
racional por sí misma (en cuyo caso la existencia de la academia sería
inútil), sino porque una legislación tal, emanada de esa academia, se
impondría en nombre de una ciencia venerada sin comprenderla, sería, no
una sociedad de hombres, sino de brutos. Sería una segunda edición de esa
pobre república del Paraguay que se dejó gobernar tanto tiempo por la
Compañía de Jesús. Una sociedad semejante no dejaría de caer bien pronto
en el más bajo grado del idiotismo.
Pero hay una tercera razón que hace imposible tal gobierno: es que una
academia científica revestida de esa soberanía digamos que absoluta,
aunque estuviere compuesta por los hombres más ilustres, acabaría
infaliblemente y pronto por corromperse moral e intelectualmente. Esta es
hoy, ya, con los pocos privilegios que se les dejan, la historia de todas las
academias. El mayor genio científico, desde el momento en que se
convierte en académico, en sabio oficial, patentado, cae inevitablemente y
se adormece. Pierde su espontaneidad, su atrevimiento revolucionario, y
esa energía incómoda y salvaje que caracteriza la naturaleza de los grandes
genios, llamados siempre a destruir los mundos caducos y a echar los
fundamentos de mundos nuevos. Gana sin duda en cortesía, sabiduría
utilitaria y práctica, lo que pierde en potencia de pensamiento. Se
corrompe, en una palabra.
Es propio del privilegio y de toda posición privilegiada el matar el
espíritu y el corazón de los hombres. El hombre privilegiado, sea política,
sea económicamente, es un hombre intelectual y moralmente depravado.
He ahí una ley social que no admite ninguna excepción, y que se aplica
tanto a las naciones enteras como a las clases, a las compañías como a los
individuos. Es la ley de la igualdad, condición suprema de la libertad y de
la humanidad. El objetivo principal de este libro es precisamente
desarrollarla y demostrar la verdad en todas las manifestaciones de la vida
humana.
Un cuerpo científico al cual se haya confiado el gobierno de la sociedad,
acabará pronto por no ocuparse absolutamente nada de la ciencia, sino de
un asunto distinto; y ese asunto, como sucede con todos los poderes
establecidos, será el de perpetuarse a sí mismo, haciendo que la sociedad
confiada a sus cuidados se vuelva cada vez más estúpida, y por
consiguiente más necesitada de su gobierno y de su dirección.
Pero lo que es verdad para las academias científicas es verdad
igualmente para todas las asambleas constituyentes y legislativas, aunque
hayan salido del sufragio universal. Este puede renovar su composición, es
verdad, pero eso no impide que se forme en unos pocos años un cuerpo de
políticos, privilegiados de hecho, o de derecho, y que, al dedicarse
exclusivamente a la dirección de los asuntos públicos de un país, acaban
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Dios y el Estado

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formando una especie de aristocracia o de oligarquía política. Ved si no los
Estados Unidos de América y Suiza.
Por tanto, nada de legislación exterior y de legislación interior, pues por
otra parte una es inseparable de la otra, y ambas tienden al sometimiento de
la sociedad y al embrutecimiento de los legisladores mismos.
¿Se desprende de esto que rechazo toda autoridad? Lejos de mí ese
pensamiento. Cuando se trata de zapatos, prefiero la autoridad del zapatero;
si se trata de una casa, de un canal o de un ferrocarril, consulto la del
arquitecto o del ingeniero. Para esta o la otra, ciencia especial me dirijo a
tal o cual sabio. Pero no dejo que se impongan a mí ni el zapatero, ni el
arquitecto ni el sabio. Les escucho libremente y con todo el respeto que
merecen su inteligencia, su carácter, su saber, pero me reservo mi derecho
incontestable de crítica y de control. No me contento con consultar una sola
autoridad especialista, consulto varias; comparo sus opiniones, y elijo la
que me parece más justa. Pero no reconozco autoridad infalible, ni aun en
cuestiones especiales; por consiguiente, no obstante el respeto que pueda
tener hacia la honestidad y la sinceridad de tal o cual individuo, no tengo fe
absoluta en nadie. Una fe semejante sería fatal a mi razón, la libertad y al
éxito mismo de mis empresas; me transformaría inmediatamente en un
esclavo estúpido y en un instrumento de la voluntad y de los intereses
ajenos.
Si me inclino ante la autoridad de los especialistas si me declaro
dispuesto a seguir, en una cierta medida durante todo el tiempo que me
parezca necesario sus indicaciones y aun su dirección, es porque esa
autoridad no me es impuesta por nadie, ni por los hombres ni por Dios. De
otro modo la rechazaría con honor y enviaría al diablo sus consejos, su
dirección y su ciencia, seguro de que me harían pagar con la pérdida de mi
libertad y de mi dignidad los fragmentos de verdad humana, envueltos en
muchas mentiras, que podrían darme.
Me inclino ante la autoridad de los hombres especiales porque me es
impuesta por la propia razón. Tengo conciencia de no poder abarcar en
todos sus detalles y en sus desenvolvimientos positivos más que una
pequeña parte de la ciencia humana. La más grande inteligencia no podría
abarcar el todo. De donde resulta para la ciencia tanto como para la
industria, la necesidad de la división y de la asociación del trabajo. Yo
recibo y doy, tal es la vida humana. Cada uno es autoridad dirigente y cada
uno es dirigido a su vez. Por tanto no hay autoridad fija y constante, sino un
cambio continuo de autoridad y de subordinaciones mutuas, pasajeras y
sobre todo voluntarias.
Esa misma razón me impide, pues, reconocer una autoridad fija,
constante y universal, porque no hay hombre universal, hombre que sea
capaz de abarcar con esa riqueza de detalles (sin la cual la aplicación de la
ciencia a la vida no es posible), todas las ciencias, todas las ramas de la
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Dios y el Estado

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vida social. Y si una tal universalidad pudiera realizarse en un solo hombre,
quisiera prevalerse de ella para imponemos su autoridad, habría que
expulsar a ese hombre de la sociedad, porque su autoridad reduciría
inevitablemente a todos los demás a la esclavitud y a la imbecilidad. No
pienso que la sociedad deba maltratar a los hombres de genio como ha
hecho hasta el presente. Pero no pienso tampoco que deba engordarlos
demasiado, ni concederles sobre todo privilegios o derechos exclusivos de
ninguna especie; y esto por tres razones: primero, porque sucedería a
menudo que se tomaría a un charlatán por un hombre de genio; luego,
porque, por este sistema de privilegios, podría transformar en un charlatán
a un hombre de genio, desmoralizarlo y embrutecerlo, y en fin, porque se
daría uno a sí mismo un déspota.
Resumo. Nosotros reconocemos, pues, la autoridad absoluta de la
ciencia, porque la ciencia no tiene otro objeto que la reproducción mental,
reflexiva y todo lo sistemática que sea posible, de las leyes naturales
inherentes a la vida tanto material como intelectual y moral del mundo
físico y del mundo social; esos dos mundos no constituyen en realidad más
que un solo y mismo mundo natural. Fuera de esa autoridad, la única
legítima, porque es racional y está conforme a la naturaleza humana,
declaramos que todas las demás son mentirosas, arbitrarias, despóticas y
funestas.
Reconocemos la autoridad absoluta de la ciencia, pero rechazamos la
infabilidad y la universalidad de los representantes de la ciencia. En nuestra
iglesia -séame permitido servirme un momento de esta expresión que por
otra parte detesto; la iglesia y el Estado mis dos bestias negras-, en nuestra
iglesia, como en la iglesia protestante, nosotros tenemos un jefe, un Cristo
invisible, la ciencia; y como los protestantes, consecuentes aún que los
protestantes, no quieren sufrir ni papas ni concilios, ni cónclaves de
cardenales infalibles, ni obispos, ni siquiera sacerdotes, nuestro Cristo se
distingue del Cristo protestante y cristiano en que este último es un ser
personal, y el nuestro es impersonal; el Cristo cristiano, realizado ya en un
pasado eterno, se presenta como un ser perfecto, mientras que la realización
y el perfeccionamiento de nuestro Cristo, de la ciencia, están siempre en el
porvenir, lo que equivale a decir que no se realizarán jamás. No
reconociendo la autoridad absoluta más que ciencia absoluta, no
comprometemos de ningún momento nuestra libertad.
Entiendo por las palabras “ciencia absoluta”, la única verdaderamente
universal que reproduciría idealmente el universo, en toda su extensión y
en todos sus detalles infinitos, el sistema o la coordinación de todas las
leyes naturales que se manifiestan en el desenvolvimiento incesante de los
mundos. Es evidente que esta ciencia, objeto sublime de todos los esfuerzos
del espíritu humano, no se realizará nunca en su plenitud absoluta. Nuestro
Cristo quedará, pues, eternamente inacabado, lo cual debe rebajar mucho el
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Dios y el Estado

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orgullo de sus presentantes patentados entre nosotros. Contra ese Dios hijo,
en nombre del cual pretenderían imponernos autoridad insolente y
pedantesca, apelaremos al Dios padre, que es el mundo real, la vida real de
lo cual El no es más que una expresión demasiado imperfecta y de quien
nosotros somos los representantes inmediatos, los seres reales, que viven,
trabajan, combaten, aman, aspiran, gozan y sufren.
Pero aun rechazando la autoridad absoluta, universal e infalible de los
hombres de ciencia, nos inclinamos voluntariamente ante la autoridad
respetable, pero relativa, muy pasajera, muy restringida, de los
representantes de las ciencias especiales, no exigiendo nada mejor que
consultarles en cada caso y muy agradecidos por las indicaciones preciosas
que quieran darnos, a condición de que ellos quieran recibirlas de nosotros
sobre cosas y en ocasiones en que somos más sabios que ellos; y en
general, no pedimos nada mejor que ver a los hombres dotados de un gran
saber, de una gran experiencia, de un gran espíritu y de un gran corazón
sobre todo, ejercer sobre nosotros una influencia natural y legítima,
libremente aceptada, y nunca impuesta en nombre de alguna autoridad
oficial cualquiera que sea, terrestre o celeste. Aceptamos todas las
autoridades naturales y todas las influencias de hecho, ninguna de derecho;
porque toda autoridad o toda influencia de derecho, y como tal oficialmente
impuesta, al convertirse pronto en una opresión y en una mentira, nos
impondría infaliblemente, como creo haberlo demostrado suficientemente,
la esclavitud y el absurdo.
En una palabra, rechazamos toda legislación, toda autoridad y toda
influencia privilegiadas, patentadas, oficiales y legales, aunque salgan del
sufragio universal, convencidos de que no podrán actuar sino en provecho
de una minoría dominadora y explotadora, contra los intereses de la
inmensa mayoría sometida.
He aquí en qué sentido somos realmente anarquistas.
Los idealistas modernos entienden la autoridad de una manera
completamente diferente. Aunque libre de las supersticiones tradicionales
de todas las religiones positivas existentes, asocian, sin embargo, a esa idea
de autoridad un sentido divino, absoluto. Esta autoridad no es la de una
verdad milagrosamente revelada, ni la de una verdad rigurosa y
científicamente demostrada. La fundan sobre un poco de argumentación
casi filosófica, y sobre mucha fe vagamente religiosa, sobre mucho
sentimiento ideal, abstractamente poético. Su religión es como un último
ensayo de divinización de lo que constituye la humanidad en los hombres.
Eso es todo lo contrario de la obra que nosotros realizamos. En vista de la
libertad humana, de la dignidad humana y de la prosperidad humana,
creemos deber quitar al cielo los bienes que ha robado a la tierra, para
devolverlos a la tierra; mientras que esforzándose por cometer un nuevo
latrocinio religiosamente heroico, ellos querrían al contrario, restituir de
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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

nuevo al cielo, a ese divino ladrón hoy desenmascarado -pasado a su vez a
saco por la impiedad audaz y por el análisis científico de los
librepensadores-, todo lo que la humanidad contiene de más grande, de más
bello, de más noble.
Les parece, sin duda, que, para gozar de una mayor autoridad entre los
hombres, las ideas y las cosas humanas deben ser investidas de alguna
sanción divina. ¿Cómo se anuncia esa sanción? No por un milagro, como
en las religiones positivas, sino por la grandeza o por la santidad misma de
las ideas y de las cosas: lo que es grande, lo que es bello, lo que es noble, lo
que es justo, es reputado divino. En este nuevo culto religioso, todo hombre
que se inspira en estas ideas, en estas cosas, se transforma en un sacerdote,
inmediatamente consagrado por Dios mismo. ¿Y la prueba? Es la grandeza
misma de las ideas que expresa, y de las cosas que realiza: no tiene
necesidad de otra. Son tan santas que no pueden haber sido inspiradas más
que por Dios.
He ahí, en pocas palabras, toda su filosofía: filosofía de sentimientos, no
de pensamientos reales, una especie de pietismo metafísico. Esto parece
inocente, pero no lo es, y la doctrina muy precisa, muy estrecha y muy seca
que se oculta bajo la ola intangible de esas formas poéticas, conduce a los
mismos resultados desastrosos que todas las religiones positivas; es decir, a
la negación más completa de la libertad y de la dignidad humanas.
Proclamar como divino todo lo que haya de grande, justo, noble, bello en
la humanidad, es reconocer, implícitamente, que la humanidad habría sido
incapaz por sí misma de producirlo; lo que equivale a decir que
abandonada a sí misma su propia naturaleza es miserable, inicua, vil y fea.
Henos aquí vueltos a la esencia de toda religión, es decir, a la denigración
de la humanidad para mayor gloria de la divinidad. Y desde el momento
que son admitidas la inferioridad natural del hombre y su incapacidad
profunda para elevarse por sí, fuera de toda inspiración divina, hasta las
ideas justas y verdaderas, se hace necesario admitir también todas las
consecuencias ideológicas, políticas y sociales de las religiones positivas.
Desde el momento que Dios, el ser perfecto y supremo se pone frente a la
humanidad, los intermediarios divinos, los elegidos, los inspirados de Dios
salen de la tierra para ilustrar, dirigir y para gobernar en su nombre a la
especie humana especie humana.
¿No se podría suponer que todos los hombres son igualmente inspirados
por Dios? Entonces no habría necesidad de intermediarios, sin duda. Pero
esta suposición es imposible, porque está demasiado contradicha por los
hechos. Sería preciso entonces atribuir a la inspiración divina todos los
absurdos y los errores que se manifiestan, y todos los horrores, las torpezas,
las cobardías y las tonterías que se cometen en el mundo humano. Por
consiguiente, no hay en este mundo más que pocos hombres divinamente
inspirados. Son los grandes hombres de la historia, los genios virtuosos
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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

como dice el ilustre ciudadano y profeta italiano Giuseppe Mazzini.
Inmediatamente inspirados por Dios mismo y apoyándose en el
consentimiento universal, expresado por el sufragio popular -Dio e Popo-,
están llamados a gobernar la sociedad humana.10
Henos aquí de nuevo en la iglesia y en el Estado. Es verdad que en esa
organización nueva, establecida, como todas las organizaciones políticas
antiguas, por la gracia de Dios, pero apoyada esta vez, al menos en la
forma, a guisa de concesión necesaria al espíritu moderno, y como en los
preámbulos de los decretos imperiales de Napoleón III, sobre la voluntad
(ficticia) del pueblo; la iglesia no se llamará ya iglesia, se llamará escuela.
Pero sobre los bancos de esa escuela no se sentarán solamente los niños:
estará el menor eterno, el escolar reconocido incapaz para siempre de sufrir
sus exámenes, de elevarse a la ciencia de sus maestros y de pasarse sin su
disciplina: el pueblo. El Estado no se llamará ya monarquía, se llamará
república, pero no dejará de ser Estado, es decir, una tutela oficial y
realmente establecida por una minoría de hombres competentes, de
hombres de genio o de talento, virtuosos, para vigilar y para dirigir la
conducta de ese gran incorregible y niño terrible: el pueblo.11 Los
10

Hace seis o siete años oí en Londres a Louis Blanc expresar más o menos esta idea: “La
mejor forma de gobierno -me dijo- sería la que llamase siempre para sus asuntos a los hombres
de genio virtuosos”.
11
Pregunté un día a Mazzini sobre las medidas que se tomarán para la emancipación del
pueblo una vez que su república unitaria triunfante haya sido definitivamente establecida. “La
primera medida, me dijo, será la fundación de escuelas para el pueblo”. -¿Y qué se enseñará al
pueblo en estas escuelas? -Los deberes del hombre, el sacrificio y la abnegación. -¿Pero dónde
se encontrará un número suficiente de profesores para enseñar esas cosas, que nadie tiene el
derecho ni el poder de enseñar si no predica con el ejemplo? El número de hombres que hallan
un goce supremo en el sacrificio y en la abnegación, ¿no es excesivamente limitado? Los que se
sacrifican al servicio de una gran idea, obedeciendo a una alta pasión, y satisfaciendo esa pasión
personal al margen de la cual la vida misma pierde todo valor a sus ojos, esos piensan
ordinariamente en otra cosa que en erigir su acción en doctrina; mientras que los que hacen de
ella una doctrina se olvidan muy a menudo de traducirla en acción, por la simple razón que la
doctrina mata la vida, mata la espontaneidad viviente de la acción. Los hombres como Mazzini,
en quienes la doctrina y la acción forman una unidad formidable, no son sino raras excepciones.
En el cristianismo también hubo grandes hombres, santos que han hecho realmente o que al
menos se han esforzado apasionadamente por hacer todo lo que le decían, y cuyos corazones,
desbordantes de amor, estaban llenos de desprecio por los goces y los bienes de este mundo.
Pero la inmensa mayoría de los sacerdotes católicos y protestantes que, por oficio, han
predicado y predican la doctrina de la castidad, de la abstinencia y de la renunciación, han
desconocido generalmente sus doctrinas con sus ejemplos. Esto tiene sus motivos, pues es a
consecuencia de una experiencia de varios siglos como se formaron en los pueblos de todos los
países estos proverbios: Libertino como un sacerdote; voraz como un sacerdote; ambicioso
como un sacerdote; ávido, interesado, avaro como un sacerdote. Se ha constatado, pues, que los
profesores de virtudes cristianas consagrados por la iglesia, los sacerdotes, en su inmensa
mayoría, han hecho todo lo contrario de lo que han predicado. Esa mayoría misma, la
universalidad de ese hecho prueban que no hay que atribuir la culpa a los individuos, sino a la
posición social imposible y contradictoria también en que esos individuos son colocados. Hay
en la posición del sacerdote cristiano una doble contradicción. Primero la de la doctrina de la
abstinencia y la de la renunciación con las tendencias y las necesidades positivas de la

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Dios y el Estado

Mijail Bakunin

naturaleza humana, tendencias y necesidades que en algunos casos individuales, siempre muy
raros, pueden ser continuamente rechazados, comprimidas y aún completamente aniquiladas por
la influencia constante de alguna poderosa pasión intelectual y moral; que, en ciertos momentos
de exaltación colectiva, pueden ser olvidadas, y olvidadas por algún tiempo, por una gran
cantidad de hombres a la vez; pero que son tan profundamente inherentes a la naturaleza
humana que acaban siempre por volver a ejercer sus derechos, de modo que, cuando se les
impide satisfacerse de una manera regular y normal, acaban siempre por buscar satisfacciones
malhechoras y monstruosas. Esta ley es una ley natural, y por consecuencia fatal, irresistible,
bajo la acción funesta de la cual caen inevitablemente todos los sacerdotes cristianos y
especialmente los de la iglesia católica romana. No puede afectar a los profesores de la escuela,
es decir, a los sacerdotes de la iglesia moderna, a menos que se les obligue también a ellos a
predicar la abstinencia y la renunciación cristianas.
Pero hay otra contradicción que es común a unos y a otros. Esa contradicción se relaciona
con el título y la posición misma del maestro. Un maestro que manda, que oprime y explota, es
un personaje muy lógico y por completo natural. Pero un maestro que se sacrifica por los que le
están subordinados por su privilegio divino y humano, es un ser contradictorio y absolutamente
imposible. Es la constitución misma de la hipocresía, tan bien personificada por el papa que,
aun diciéndose el último servidor de los servidores de Dios, en signo de lo cual, siguiendo el
ejemplo de cristo, hasta lava una vez al año los pies de doce mendigos de Roma, se proclama al
mismo tiempo, como vicario de Dios, el amo absoluto e infalible del mundo. ¿Tengo necesidad
de recordar que los sacerdotes de todas las iglesias, lejos de sacrificarse por los rebaños
confiados a sus cuidados, han sacrificado siempre a estos, los han explotado y mantenido en
estado de rebaños, en parte para satisfacer sus propias pasiones personales y en parte para servir
la omnipotencia de la iglesia? Las mismas condiciones, las mismas causas, producen siempre
los mismos efectos. Lo mismo sucederá, pues, a los profesores de escuela moderna divinamente
inspirados y patentados por el Estado. Se convertirán necesariamente, unos sin saberlo, otros
con pleno conocimiento de causa, en los enseñadores de la doctrina del sacrificio popular a la
potencia del Estado y en beneficio de las clases privilegiadas.
¿Será preciso, pues, eliminar de la sociedad toda enseñanza y abolir todas las escuelas? No,
de ningún modo, es preciso esparcir a manos llenas la instrucción en las masas, y transformar
todas las iglesias, todos esos templos dedicados a la gloria de Dios y al sometimiento de los
hombres, en otras tantas escuelas de emancipación humana. Pero ante todo, entendámonos: las
escuelas propiamente dichas, en una sociedad normal, fundada sobre la igualdad y sobre el
respeto a la libertad humana, no deberán existir más que para los niños y no para los adultos; y
para que se conviertan en escuelas de emancipación y no de sometimiento, habría que eliminar
ante todo esa ficción de Dios, el esclavizador eterno y absoluto, y habrá que fundar toda la
educación de los niños y la instrucción sobre el desenvolvimiento científico de la razón, no
sobre el de la fe; sobre el desenvolvimiento de la dignidad y de la independencia personales, no
sobre el de la piedad y la obediencia; sobre el culto a la verdad y a la justicia, y ante todo sobre
el respeto humano, que debe remplazar en todo y por todas partes al culto divino. El principio
de autoridad en la educación de los niños constituye el punto de partida natural; es legítimo y
necesario, cuando se aplica a los niños de baja edad, en el momento en que su inteligencia no
está aún de ninguna manera desarrollada; pero como el desenvolvimiento de todo, y por
consiguiente de la educación también, implica la negación sucesiva del punto de partida, este
principio debe aminorarse gradualmente a medida que la educación y la instrucción de los niños
avanza, para dejar plaza a su libertad ascendente. Toda educación racional no es en el fondo más
que esa inmolación progresiva de la autoridad en beneficio de la libertad, el objeto final de la
educación no debería ser más que el de formar hombres libres y llenos de respeto y amor hacia
la libertad ajena. Así, el primer día de la libertad escolar, si la escuela recibe a los niños en su
tierna edad, cuando comienzan a balbucear algunas palabras, debe ser el de mayor autoridad y el
de un ausencia casi completa de libertad; pero su último día debe ser el de mayor libertad y el de
la abolición absoluta de todo vestigio animal o divino de la autoridad.
El principio de autoridad, aplicado a los hombres que han pasado o llegado a la edad de la
mayoría, se transforma en una monstruosidad, en una negación flagrante de la humanidad, en

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profesores de la escuela y los funcionarios del Estado se harán
republicanos; pero no serán por eso menos tutores, pastores, y el pueblo
permanecerá siendo lo que ha sido eternamente hasta aquí: un rebaño.
Cuidado entonces con los esquiladores; porque allí donde hay un rebaño,
habrá necesariamente también esquiladores y aprovechadores del rebaño.
una fuente de esclavitud y de depravación intelectual y moral. Desgraciadamente, los gobiernos
paternales han mantenido a las masas populares en una ignorancia tan profunda, que sería
necesario fundar escuelas no sólo para los niños del pueblo sino para el pueblo mismo. Pero de
esas escuelas deberán ser eliminadas absolutamente las menores aplicaciones o manifestaciones
del principio de autoridad. No serán ya escuelas, sino academias populares, en las cuales no
podrá hablarse ya de escolares y de maestros, a donde el pueblo irá libremente a recibir, si lo
considere necesario, una enseñanza libre, y en las cuales, enriquecido por su experiencia, podrá
enseñar a su vez muchas cosas a los profesores que le proporcionarán los conocimientos que él
no tiene. Será, pues, una enseñanza mutua, un acto de fraternidad intelectual entre la juventud
instruida del pueblo.
La verdadera escuela para el pueblo y para todos los hombres hechos es la vida. La única
grande y omnipotente autoridad natural y racional a la vez, la única que podríamos respetar, será
la del espíritu colectivo y público de una sociedad fundada en la igualdad y en la solidaridad,
tanto como en la libertad y en el respeto humano y mutuo de todos sus miembros. Sí, he ahí una
autoridad de ningún modo divina, completamente humana, pero ante la cual nos inclinaremos de
todo corazón, seguros de que, lejos de someter, emancipará a los hombres. Será mil veces más
poderosa, estad seguros, que todas vuestras autoridades divinas, teológicas, metafísicas,
políticas y jurídicas, instituidas por la iglesia y por el Estado, más poderosa que vuestros
códigos criminales, que vuestros carceleros y que vuestros verdugos.
La potencia del sentimiento colectivo o del espíritu público hoy ya es algo muy serio. Los
hombres más capaces de cometer crímenes se atreven raramente a desafiarla, a afrontarla
abiertamente. Tratarán de engañarla, pero se guardarán bien de atacarla repentinamente, a
menos que se sientan apoyados por una minoría cualquiera. Ningún hombre, por poderoso que
se crea, tendrá nunca la fuerza para soportar el desprecio unánime de la sociedad; nadie podría
vivir sin sentirse sostenido por el sentimiento y la estima al menos de una parte cualquiera de
esa sociedad. Es preciso que un hombre sea impulsado por una inmensa y sincera convicción,
para que encuentre el valor de opinar y de marchar contra todos, y jamás un hombre egoísta,
depravado y cobarde tendrá ese valor.
Nada prueba mejor la solidaridad natural y fatal, esa ley de sociabilidad que une a todos los
hombres, que ese hecho que cada uno de nosotros puede comprobar cada día, sobre sí mismo y
sobre todos los hombres que conoce. Pero si esa potencia social existe, ¿por qué no ha bastado
hasta la hora actual para moralizar, para humanizar a los hombres? A esta cuestión, la respuesta
es muy simple: porque, hasta la hora actual, no ha sido humanizada ella misma; no ha sido
humanizada hasta aquí, porque la vida social de que es siempre la fiel expresión está fundada,
como se sabe, sobre el culto divino, no sobre el respeto humano; sobre la autoridad, no sobre la
libertad; sobre el privilegio, no sobre la igualdad; sobre la explotación, no sobre la fraternidad
de los hombres; sobre la iniquidad y la mentira, no sobre la justicia y la verdad. Por
consiguiente, su acción real, siempre en contradicción contra las teorías humanitarias que
profesa, ha ejercido constantemente una influencia funesta y depravante, no moral. No reprime
los vicios y los crímenes, los crea. Su autoridad es por tanto una autoridad divina, antihumana;
su influencia es malhechora y funesta. ¿Queréis tornarla bienhechora y humana? Haced la
revolución social. Haced que todas las necesidades sean realmente solidarias, que los intereses
materiales y sociales de cada uno estén de acuerdo con los deberes humanos de cada uno. Y
para eso no hay más que un medio: destruid todas las instituciones de la desigualdad; fundad la
igualdad económica y social de todos y sobre esa base se levantará la libertad, la moralidad, la
humanidad solidaria de todos.
Volveré otra vez sobre esta cuestión, la más importante del socialismo.

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El pueblo, en ese sistema, será el escolar y el pupilo eterno. A pesar de
su soberanía completamente ficticia, continuará sirviendo de instrumento a
pensamientos, a voluntades y por consiguiente también a intereses que no
serán los suyos. Entre esta situación y la que llamamos de libertad, de
verdadera libertad, hay un abismo. Habrá, bajo formas nuevas, la antigua
opresión y la antigua esclavitud, y allí donde existe la esclavitud, están la
miseria, el embrutecimiento, la verdadera materialización de la sociedad,
tanto de las clases privilegiadas, como de las masas.
Al divinizar las cosas humanas, los idealistas llegan siempre al triunfo
de un materialismo brutal. Y esto por una razón muy sencilla: lo divino se
evapora y sube hacia su patria, el cielo, y en la tierra queda solamente lo
brutal.
Sí, el idealismo en teoría tiene por consecuencia necesaria el
materialismo más brutal en la práctica; o, sin duda, para aquellos que lo
predican de buena fe -el resultado ordinario para ellos es ver atacado, de
esterilidad todos sus esfuerzos-, sino para los que se esfuerzan por realizar
sus preceptos en la vida, para la sociedad entera, en tanto ésta se deja
dominar por las doctrinas idealistas.
Para demostrar este hecho general y que puede parecer extraño al
principio, pero que se explica generalmente cuando se reflexiona más, las
pruebas históricas no faltan.
Comparad las dos últimas civilizaciones del mundo antiguo, la
civilización griega y la civilización romana. ¿Cuál es la civilización más
materialista, la más natural por su punto de partida y la más humana e ideal
en sus resultados? La civilización griega.
¿Cuál es al contrario la más abstractamente ideal en su punto de partida
que sacrifica la libertad material del hombre a la libertad ideal del
ciudadano, representada por la abstracción del derecho jurídico, y el
desenvolvimiento natural de la sociedad a la abstracción del Estado, y cuál
es la más brutal en sus consecuencias. La civilización romana, sin duda. La
civilización griega, como todas las civilizaciones antiguas, comprendida la
de Roma, ha sido exclusivamente nacional y ha tenido por base la
esclavitud. Pero a pesar de estas dos grandes faltas históricas, no ha
concebido menos y realizado la idea de la humanidad, y ennoblecido y
realmente idealizado la vida de los hombres; ha transformado los rebaños
humanos en asociaciones libres de hombres libres; ha creado las ciencias,
las artes, una poesía, una filosofía inmortales y las primeras nociones el
respeto humano por la libertad. Con la libertad política y social ha creado el
libre pensamiento. Y al final de la Edad Media, en la época del
Renacimiento, ha bastado que algunos griegos emigrados aportasen
algunos de sus libros inmortales a Italia para que resucitaran la vida, la
libertad, el pensamiento, la humanidad, enterrados en el sombrío calabozo
del catolicismo. La emancipación humana, he ahí el nombre de la
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civilización griega. ¿Y el nombre de la civilización romana? Es la
conquista con todas sus brutales consecuencias. ¿Y su última palabra? La
omnipotencia de los Césares. Es el envilecimiento y la esclavitud de las
naciones y de los hombres.
Y hoy aún, ¿qué es lo que mata, qué es lo que aplasta brutalmente,
materialmente, en todos los países de Europa, la libertad y la humanidad?
Es el triunfo del principio cesarista o romano.
Comparad ahora dos civilizaciones modernas: la civilización italiana y la
civilización alemana. La primera representa, sin duda, en su carácter
general, el materialismo; la segunda representa, al contrario, todo lo que
hay de más abstracto, de más puro y de más trascendente en idealismo.
Veamos cuáles son los frutos prácticos de una y de otra.
Italia ha prestado ya inmensos servicios a la causa de la emancipación
humana. Fue la primera que resucitó y que aplicó ampliamente el principio
de la libertad en Europa y que dio a la humanidad sus títulos de nobleza: la
industria, el comercio, la poesía, las artes, las ciencias positivas, el libre
pensamiento. Aplastada después por tres siglos de despotismo imperial y
papas, y arrastrada al lodo por su burguesía dominante, aparece hoy, es
verdad, muy decaída en comparación con lo que ha sido. Y sin embargo,
¡qué diferencia si se la compara con Alemania! En Italia, a pesar de esa
decadencia, que esperamos pasajera, se puede vivir y respirar
humanamente, libremente, rodeado de un pueblo que parece haber nacido
para la libertad. Italia -aun su burguesía- puede mostrados con orgullo
hombres como Mazzini y Garibaldi. En Alemania se respira la atmósfera
de una inmensa esclavitud política y social, filosóficamente explicada y
aceptada por un gran pueblo con una resignación y una buena voluntad
reflexivas. Sus héroes -hablo siempre de la Alemania presente, no de la
Alemania del porvenir; de la Alemania nobiliaria, burocrática, política y
burguesa, no de la Alemania proletaria- son todo lo contrario de Mazzini y
de Garibaldi: son hoy Guillermo I, el feroz e ingenuo representante del dios
protestante, son los señores Bismarck y Moltke, los generales Manteufel
Werder. En todas sus relaciones internacionales, Alemania desde que
existe, ha sido lenta, sistemáticamente invasora, conquistadora, ha estado
siempre dispuesta a extender sobre los pueblos vecinos su propio
sometimiento voluntario; y después que se ha constituido en potencia
unitaria, se convirtió en una amenaza, en un peligro para la libertad de toda
Europa. El nombre de Alemania, hoy, es la servilidad brutal y triunfante.
Para mostrar cómo el idealismo teórico se transforma incesante y
fatalmente en materialismo práctico, no hay más que citar el ejemplo de
todas las iglesias cristianas, y naturalmente, y ante todo, el de la iglesia
apostólica y romana. ¿Qué hay de más sublime, en el sentido ideal, de más
desinteresado, de más apartado de todos los intereses de esta tierra que la
doctrina de Cristo predicada por esa iglesia, y qué hay de más brutalmente
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Dios y el Estado

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materialista que la práctica constante de esa misma iglesia desde el siglo
octavo, cuando comenzó a constituirse como potencia? ¿Cuál ha sido y
cuál es aún el objeto principal de todos sus litigios contra los soberanos de
Europa? Los bienes temporales, las rentas de la iglesia, primero, y luego la
potencia temporal, los privilegios políticos de la iglesia. Es preciso hacer
justicia a esa iglesia, que ha sido la primera en descubrir en la historia
moderna la verdad incontestable, pero muy poco cristiana, de que la
riqueza y el poder económico y la opresión política de las masas son los
dos términos inseparables del reino de la idealidad divina sobre la tierra: la
riqueza que consolida y aumenta el poder que descubre y crea siempre
nuevas fuentes de riquezas, y ambos que aseguran mejor que el martirio y
la fe de los apóstoles, y mejor que la gracia divina, el éxito de la
propaganda cristiana. Es una verdad histórica que las iglesias protestantes
no desconocen tampoco. Hablo naturalmente de las iglesias independientes
de Inglaterra, de Estados Unidos y de Suiza, no de las iglesias sometidas de
Alemania. Estas no tienen iniciativa propia; hacen lo que sus amos, sus
soberanos temporales, que son al mismo tiempo sus jefes espirituales, les
ordenan hacer. Se sabe que la propaganda protestante, la de Inglaterra y la
de Estados Unidos sobre todo, se relaciona de una manera estrecha con la
propaganda de los intereses materiales, comerciales, de esas dos grandes
naciones; y se sabe también que esta última propaganda no tiene por objeto
de ningún modo el enriquecimiento y la prosperidad material de los países
en los que penetra, en compañía de la palabra de Dios, sino más bien la
explotación de esos países, en vista del enriquecimiento y de la prosperidad
material creciente de ciertas clases, muy explotadoras y muy piadosas a la
vez, en su propio país.
En una palabra, no es difícil probar, con la historia en la mano, que la
iglesia, que todas las iglesias, cristianas y no cristianas, junto a su
propaganda espiritualista, y probablemente para acelerar y consolidar su
éxito, no han descuidado jamás la organización de grandes compañías para
la explotación económica de las masas, del trabajo de las masas bajo la
protección con la bendición directas y especiales de una divinidad
cualquiera; que todos los Estados que, en su origen, como se sabe, no han
sido, con todas sus instituciones políticas y jurídicas y sus clases
dominantes y privilegiadas, nada más que sucursales temporales de esas
iglesias, no han tenido igualmente por objeto principal mas que esa misma
explotación en beneficio de las minorías laicas, indirectamente legitimadas
por la iglesia; y que en general la acción del buen Dios y de todos los
idealistas divinos sobre la tierra ha culminado por siempre y en todas
partes, en la fundación del materialismo próspero del pequeño número
sobre el idealismo fanático y constantemente excitado de las masas.
Lo que vemos hoy es una prueba nueva. Con excepción de esos grandes
corazones y de esos grandes espíritus extraviados que he nombrado,
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Dios y el Estado

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¿quiénes son hoy los defensores más encarnizados del idealismo?
Primeramente todas las cortes soberanas. En Francia fueron Napoleón III y
su esposa Eugenia; son todos sus ministros de otro tiempo, cortesanos y exmariscales, desde Rouher y Bazaine hasta Fleury y Pietri; son los hombres
y las mujeres de ese mundo imperial, que han idealizado también y salvado
a Francia. Son esos periodistas y esos sabios: los Cassagnac, los Girardin,
los Duvemois, los Veuillot, los Leverrier, los Dumas. Es en fin la negra
falange de los y de las jesuitas de toda túnica; es toda la nobleza y toda la
alta y media burguesía de Francia. Son los doctrinarios liberales y los
liberales sin doctrina: los Guizot, los Thiers, los Jules Favre, los Jules
Simon, todos defensores encarnizados de la explotación burguesa. En
Prusia, en Alemania, es Guillermo I, el verdadero demostrador actual del
buen Dios sobre la tierra; son todos los generales, todos sus oficiales
pomerianos y de los otros, todo su ejército que, fuerte en su fe religiosa,
acaba de conquistar Francia de la manera ideal que se sabe. En Rusia es el
zar y toda su corte; son los Muravief y los Berg, todos los degolladores y
los piadosos convertidores de Polonia. En todas partes, en una palabra, el
idealismo, religioso o filosófico -el uno no es sino la traducción más o
menos libre del otro-, sirve de bandera a la fuerza sanguinaria y brutal, a la
explotación material desvergonzada; mientras que, al contrario, la bandera
del materialismo teórico, la bandera roja de la igualdad económica y de la
justicia social, ha sido levantada por el idealismo práctico de las masas
oprimidas y hambrientas, que tienden a realizar la más grande libertad y el
derecho humano de cada uno en la fraternidad de todos los hombres sobre
la tierra.
¿Quiénes son los verdaderos idealistas -no los idealistas de la
abstracción, sino de la vida; no del cielo, sino de la tierra- y quiénes son los
materialistas?
Es evidente que el idealismo teórico o divino tiene condición esencial el
sacrificio de la lógica, de la razón humana, la renunciación a la ciencia. Se
ve, por otra parte, que al defender las doctrinas idealistas se halla uno
forzosamente arrastrado al partido de los opresores y de los explotadores de
las masas populares. He ahí dos grandes razones que parecían deber bastar
para alejar del idealismo todo gran espíritu, todo gran corazón. ¿Cómo es
que nuestros ilustres idealistas contemporáneos, a quienes, ciertamente, no
es el espíritu, ni el corazón, ni la buena voluntad lo que les falta, y que han
consagrado su existencia entera al servicio de la humanidad, cómo es que
se obstinan en permanecer en las filas de los representantes de una doctrina
en lo sucesivo condenada y deshonrada?
Es preciso que sean impulsados a ello por una razón muy poderosa. No
pueden ser ni la lógica ni la ciencia, porque la ciencia y la lógica han
pronunciado su veredicto contra la doctrina idealista. No pueden ser
tampoco los intereses personales, porque esos hombres infinitamente por
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Dios y el Estado

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encima de todo lo que tiene nombre de interés personal. Es preciso que sea
una poderosa razón moral. ¿Cuál? No puede haber más una: esos hombres
ilustres piensan, sin duda, que las teorías o las creencias idealistas son
esencialmente necesarias para la dignidad y la grandeza moral del hombre,
y que las teorías materialistas, al contrario, lo rebajan al nivel de los
animales.
¿Y si la verdad fuera todo lo contrario?
Todo desenvolvimiento, he dicho, implica la negación del punto de
partida. El punto de partida, según la escuela materialista, es material, y la
negación debe ser necesariamente ideal. Partiendo de la totalidad del
mundo real, o de lo que se llama abstractamente la materia, se llega
lógicamente a la idealización real, es decir, a la humanización, a la
emancipación plena y entera de la sociedad. Al contrario, y por la misma
razón, siendo ideal el punto de partida de la escuela idealista, esa escuela
llega forzosamente a la materialización de sociedad, a la organización de
un despotismo brutal y de una explotación inicua e innoble, bajo la forma
de la iglesia y del Estado. El desenvolvimiento histórico del hombre, según
la escuela materialista, es una ascensión progresiva; en el sistema idealista,
no puede haber más que una caída continua.
En cualquier cuestión humana que se quiera considerar, se encuentra
siempre esa misma contradicción esencial entre las dos escuelas. Por tanto,
como hice observar ya, el materialismo parte de la animalidad para
constituir la humanidad; el idealismo parte de la divinidad para constituir la
esclavitud y condenar a las masas a una animalidad sin salida. El
materialismo niega el libre albedrío y llega a la constitución de la libertad;
el idealismo, en nombre de la dignidad humana, proclama el libre albedrío
y sobre las ruinas de toda libertad funda la autoridad. El materialismo
rechaza el principio de autoridad porque lo considera, con mucha razón,
como el corolario de la animalidad y, al contrario, el triunfo de la
humanidad, que según él es el fin y el sentido principal de la historia, no es
realizable más que por la libertad. En una palabra, en toda cuestión
hallaréis a los idealistas en flagrante delito siempre de materialismo
práctico, mientras que, al contrario, veréis a los materialistas perseguir y
realizar las aspiraciones, los pensamientos más ampliamente ideales.
La historia, en el sistema de los idealistas, he dicho ya, no puede ser más
que una caída continua. Comienzan con una caída terrible, de la cual no se
vuelven a levantar jamás: por el salto mortale divino de las regiones
sublimes de la idea pura, absoluta, a la materia. observad aun en qué
materia: no en una materia eternamente activa y móvil, llena de
propiedades y fuerzas, de vida y de inteligencia, tal como se presenta a
nosotros en el mundo real; sino en la materia abstracta, empobrecida,
reducida a la miseria absoluta por el saqueo en regla de esos prusianos del
pensamiento, es decir, de esos teólogos y metafísicos que la desproveyeron
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Dios y el Estado

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de todo para dárselo a su emperador, a su Dios; en esa materia que, privada
de toda propiedad, de toda acción y de todo movimiento propios, no
representa ya, en oposición a la idea divina, más que la estupidez, la
impenetrabilidad, la inercia y la inmovilidad absolutas.
La caída es tan terrible que la divinidad, la persona o la idea divina, se
aplasta, pierde la conciencia de sí misma y no se vuelve a encontrar jamás.
¡Y en esa situación desesperada, es forzada aún a hacer milagros! Porque
desde el momento en que la materia es inerte, todo movimiento que se
produce en el mundo, aun en el material, es un milagro, no puede ser sino
el efecto de una intervención divina, de la acción de Dios sobre la materia.
Y he ahí que esa pobre divinidad, desgraciada y casi anulada por su caída,
permanece algunos millares de siglos en ese estado de desvanecimiento,
después se despierta lentamente, esforzándose siempre en vano por
recuperar algún vago recuerdo de sí misma; y cada movimiento que hace
con ese fin en la materia se transforma en una creación, en una formación
nueva, en un milagro nuevo. De este modo pasa por todos los grados de la
materialidad y de la bestialidad; primero gas, cuerpo químico simple o
compuesto, mineral, se difunde luego por la tierra como organismo vegetal
y animal, después se concentra en el hombre. Aquí parece volver a
encontrarse a sí misma, porque en cada ser humano arde una chispa
angélica, una partícula de su propio ser divino, el alma inmortal.
¿Cómo ha podido llegar a alojarse una cosa absolutamente inmaterial en
una cosa absolutamente material?, ¿cómo ha podido el cuerpo contener,
encerrar, paralizar, limitar el espíritu puro? He ahí una de esas cuestiones
que sólo la fe, esa afirmación apasionada estúpida de lo absurdo, puede
resolver. Es el más grande de los milagros. Aquí, no tenemos sino que
constatar los efectos, las consecuencias prácticas de ese milagro.
Después de millares de siglos de vanos esfuerzos para volver a sí misma,
la divinidad, perdida y esparcida en la materia que anima y que pone en
movimiento, encuentra un punto de apoyo, una especie de hogar para su
propio recogimiento. Es el hombre, es su alma mortal aprisionada
singularmente en un cuerpo mortal. Pero cada hombre considerado
individualmente es infinitamente restringido, demasiado pequeño para
encerrar la inmensidad; no puede contener más que una pequeña partícula,
inmortal como el todo, pero infinitamente más pequeña que el todo. Resulta
de ahí que el ser divino, el ser absolutamente inmaterial, el espíritu, es
divisible como la materia. He ahí un misterio del que es preciso dejar la
solución a la fe.
Si Dios entero puede alojarse en cada hombre, entonces cada hombre
sería Dios. Tendríamos una inmensa cantidad de dioses, limitado cada cual
por todos los otros y, sin embargo, siendo infinito cada uno; contradicción
que implicaría necesariamente la destrucción mutua de los hombres, la
imposibilidad de que hubiese más que uno. En cuanto a las partículas, esto
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Dios y el Estado

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es otra cosa: nada más racional, en efecto, que una partícula sea limitada
por otra, y que sea más pequeña que el todo. Sólo que aquí se presenta otra
contradicción. Ser limitado, ser más grande o más pequeño, son atributos
de la materia, no del espíritu. Del espíritu tal como lo entienden los
materialistas, sí, sin duda, porque, según los materialistas, el espíritu real
no es más que el funcionamiento del organismo por completo material del
hombre; y entonces la grandeza o la pequeñez del espíritu dependen en
absoluto de la mayor o menor perfección material del organismo humano.
Pero estos mismos atributos de limitación y de grandeza relativa no pueden
ser atribuidos al espíritu tal como lo entienden los idealistas, al espíritu
absolutamente inmaterial, al espíritu que existe fuera de toda materia. En él
no puede haber ni más grande ni más pequeño, ni ningún límite entre los
espíritus, porque no hay más que un espíritu: Dios. Si se añade que las
partículas infinitamente pequeñas y limitadas que constituyen las almas
humanas son al mismo tiempo inmortales, se colmará la contradicción.
Pero ésta es una cuestión de fe. Pasemos a otra cosa.
He ahí, pues, a la divinidad desgarrada, y arrojada por partes
infinitamente pequeñas en una inmensa cantidad de seres de todo sexo, de
toda edad, de todas las razas y de todos los colores. Esa es una situación
excesivamente incómoda y desgraciada para ella porque las partículas
divinas se conocen unas a otras poco, al principio de su existencia humana,
que comienzan por devorarse mutuamente. Por tanto, en medio de este
estado de barbarie y de brutalidad por completo animal, las partículas
divinas, las almas humanas, conservan como un vago recuerdo de su
divinidad primitiva, son invenciblemente arrastradas hacia su Todo; se
buscan, lo buscan. Esa es la divinidad misma, difundida y perdida en el
mundo material, que se busca en los hombres está de tal modo destruida
por esa multitud de prisiones humanas en que se encuentra repartida, que al
buscarse comete un montón de tonterías.
Comenzando por el fetichismo, se busca y se adora a sí misma, tan
pronto en una piedra, como en un trozo de madera, o en un trapo. Es muy
probable también que no hubiese salido nunca del trapo si la otra divinidad
que no se ha dejado caer en la materia, y que se ha conservado en el estado
de espíritu puro en las alturas sublimes del ideal absoluto, o en las regiones
celestes, no hubiese tenido piedad de ella.
He aquí un nuevo misterio. Es el de la divinidad que se escinde en dos
mitades, pero igualmente totales e infinitas ambas, y de las cuales una Dios padre- se conserva en las puras regiones inmateriales; mientras que la
otra -Dios hijo- se ha dejado caer en la materia. Vamos a ver al momento
establecerse relaciones continuas de arriba a abajo y de abajo a arriba entre
estas dos divinidades, separada una de otra; y estas relaciones, consideradas
como un solo acto eterno y constante, constituirán el Espíritu Santo.
Tal es, en su verdadero sentido teológico y metafísico, el grande, el
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Dios y el Estado

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terrible misterio de la trinidad cristiana. Pero dejemos lo antes posible estas
alturas y veamos lo que pasa en la tierra.
Dios padre, viendo, desde lo alto de su esplendor eterno, que ese pobre
Dios hijo, achatado y pasmado por su caída, se sumergió y perdió de tal
modo en la que, aun llegado al estado humano, no consigue encontrarse, se
decide, por fin, a ayudarlo. Entre esa inmensa cantidad de partículas a la
vez inmortales, divinas e infinitamente pequeñas en que el Dios hijo se
diseminó hasta el punto de no poder volver a recocerse, el Dios padre eligió
las que le agradaron más y las hizo sus inspirados, sus profetas, sus
“hombres de genio virtuosos”, los grandes bienhechores y legisladores de
la humanidad: Zoroastro, Buda, Moisés, Confucio, Licurgo, Solón,
Sócrates, el divino Platón, y Jesucristo, sobre todo, la completa realización
de Dios hijo, en fin, recogida y concentrada en una sola persona humana;
todos los apóstoles, San Pedro, San Pablo y San Juan, sobre todo;
Constantino el Grande, Mahoma; después Carlomagno, Gregorio VII,
Dante; según unos Lutero también, Voltaire y Rousseau, Roespierre y
Dantón, y muchos otros grandes y santos personajes históricos de los que
es imposible recapitular todos los nombres, pero entre los cuales, como
ruso, ruego que no se olvide a San Nicolás.
Henos aquí, pues, llegados a la manifestación de Dios sobre la tierra.
Pero tan pronto como Dios aparece, el hombre se anula. Se dirá que no se
anula del todo, puesto que él mismo es una partícula de Dios. ¡Perdón!
Admito que una partícula, una parte de un todo determinado, limitado, por
pequeña que sea la parte, sea una cantidad, un tamaño positivo. Pero una
parte, una partícula de lo infinitamente grande, comparada con él, es,
necesariamente, infinitamente pequeña. Multiplicad los millones y millones
por millones y millones; su producto, en comparación con lo infinitamente
grande, será infinitamente pequeño, lo infinitamente pequeño es igual a
cero. Dios es todo, por consiguiente el hombre y todo el mundo real con él,
el universo, no son nada. No saldréis de ahí.
Dios aparece, el hombre se anula; y cuanto más grande se hace la
divinidad, más miserable se vuelve la humanidad. He ahí toda la historia de
todas las religiones; he ahí el efecto de todas las inspiraciones y de todas
las legislaciones divinas. En historia el nombre de Dios es la terrible maza
histórica con la cual los hombres divinamente inspirados, los grandes
“genios virtuosos” han abatido la libertad, la dignidad, la razón y la
prosperidad de los hombres.
Hemos tenido primeramente la caída de Dios. Tenemos ahora una caída
que nos interesa mucho más: la del hombre, causada por la sola aparición o
manifestación de Dios en la tierra.
Ved, pues, en qué error profundo se encuentran nuestros queridos e
ilustres idealistas. Hablándonos de Dios, creen, quieren elevarnos,
emanciparnos, ennoblecernos y, al contrario, nos aplastan y nos envilecen.
45

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

Con el nombre de Dios se imaginan poder establecer la fraternidad entre
los hombres, y, al contrario, crean el orgullo, el desprecio; siembran la
discordia, el odio, la guerra, fundan la esclavitud. Porque con Dios vienen
necesariamente los diferentes grados de inspiración divina; la humanidad se
divide en muy inspirados, menos inspirados y en no inspirados de ningún
modo. Todos son igualmente nulos ante Dios, es verdad; pero comparados
entre sí, los unos son más grandes que los otros; y no solamente de hecho lo que no sería nada, porque una desigualdad de hecho se pierde por sí
misma en la colectividad, cuando no encuentra nada, ninguna ficción o
institución legal a la cual pueda engancharse-; no, los unos son más grandes
que los otros por el derecho divino de la inspiración: lo que constituye de
inmediato una desigualdad fija, constante, petrificada. Los más inspirados
deben ser escuchados y obedecidos por los menos inspirados. He ahí al fin
el principio de autoridad bien establecido, y con él las dos instituciones
fundamentales de la esclavitud: la Iglesia y el Estado.
De todos los despotismos el de los doctrinarios o de los inspirados
religiosos es el peor. Son tan celosos de la gloria de su Dios y del triunfo de
su idea, que no les queda corazón ni para la libertad, ni para la dignidad, ni
aun para los sufrimientos de los hombres vivientes, de los hombres reales.
El celo divino, la preocupación por la idea acaban por desecar en las almas
más tiernas, en los corazones más solidarios, las fuentes del amor humano.
Considerando todo lo que es, todo lo que se hace en el mundo, desde el
punto vista de la eternidad o de la idea abstracta, tratan con desdén las
cosas pasajeras; pero toda la vida de los hombres reales, de los hombres de
carne y hueso, no está compuesta más que de cosas pasajeras; ellos mismos
no son más que seres que pasan y que, una vez pasados, son reemplazados
por otros igualmente pasajeros, pero que no vuelven jamás en persona. Lo
que hay de permanente o de relativamente eterno en los hombres reales, es
el hecho de la humanidad que, al desenvolverse constantemente, pasa, cada
vez más rica, de una generación a otra. Digo relativamente eterno, porque
una vez destruido nuestro planeta -y puede por menos de perecer tarde o
temprano, pues todo lo que ha comenzado debe necesariamente terminar-,
una vez descompuesto nuestro planeta, para servir sin duda de elemento a
alguna formación nueva en el sistema del universo, el único realmente
eterno, ¿quién sabe lo que pasará con todo nuestro desenvolvimiento
humano? Por consiguiente, como el momento de esa disolución está
inmensamente lejos de nosotros, podemos considerar a la humanidad como
eterna, dada en relación a la vida humana, tan corta. Pero este mismo hecho
de la humanidad progresiva no es real y viviente más que en tanto que se
manifiesta y se realiza en tiempos determinados, en lugares determinados,
en hombres realmente vivos, y no en su ideal general.
La idea general es siempre una abstracción y por eso mismo, en cierto
modo, una negación de la vida real. En mi Apéndice Consideraciones
46

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

filosóficas he comprobado esta propiedad del pensamiento humano, y por
consiguiente, también de la ciencia, de no poder aprehender y nombrar en
los hechos reales más que su sentido general, sus relaciones generales, sus
leyes generales; en una palabra, lo que es permanente en sus
transformaciones continuas, pero jamás su aspecto material, individual, y,
por decirlo así, palpitante de realidad y de vida, pero por eso mismo
fugitivo, no la realidad misma; el pensamiento de la vida, no la vida. He ahí
su límite, el único límite verdaderamente infranqueable para ella, porque
está fundado sobre la naturaleza misma del pensamiento humano, que es el
único órgano de la ciencia.
Sobre esta naturaleza se fundan tres derechos incontestables y la gran
misión de la ciencia, pero también su impotencia vital y su acción
malhechora siempre que, por sus representantes oficiales, patentados, se
atribuye el derecho de gobernar la vida. La misión de la ciencia es ésta: Al
constatar las relaciones generales de las cosas pasajeras y reales y al
reconocer las leyes generales inherentes al desenvolvimiento de los
fenómenos, tanto del mundo físico como del mundo social, planta, por
decirlo así, los jalones inmutables de la marcha progresiva de la
humanidad, indicando a los hombres las condiciones generales cuya
observación rigurosa es necesaria y cuya ignorancia u olvido serán siempre
fatales. En una palabra, la ciencia es la brújula de la vida, pero no es la
vida. La ciencia es inmutable, impersonal, general, abstracta, insensible,
como las leyes de que no es más que la reproducción ideal, reflexiva o
mental, es decir, cerebral (para recordamos que la ciencia misma no es más
que un producto material de un órgano material, de la organización
material del hombre, del cerebro). La vida es fugitiva, pasajera, pero
también palpitante de realidad y de, individualidad, de sensibilidad, de
sufrimientos, de alegrías, de aspiraciones, de necesidades y de pasiones. Es
ella la que espontáneamente crea las cosas y todos los seres reales. La
ciencia no crea nada, constata y reconoce solamente las creaciones de la
vida. Y siempre que los hombres de ciencia, saliendo de su mundo
abstracto, se mezclan a la creación viviente en el mundo real, todo lo que
proponen o lo que crean es pobre, ridículamente abstracto, privado de
sangre y de vida, muerto nonato, semejante al humunculus creado por
Wagner, el discípulo pedante del inmortal doctor Fausto. Resulta de ello
que la ciencia tiene por misión única esclarecer la vida, no gobernarla.
El gobierno de la ciencia y de los hombres de ciencia aunque se llamen
positivistas, discípulos de Auguste Comte, o discípulos de la escuela
doctrinaria del comunismo alemán, no puede ser sino impotente, ridículo,
inhumano y cruel, opresivo, explotador, malhechor. Se puede decir que los
hombres de ciencia, como tales, lo que he dicho de los teólogos y de los
metafísicos: no tienen ni sentido ni corazón para los seres individuales y
vivientes. No se les puede hacer siquiera un reproche por ello, porque es la
47

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

consecuencia natural de su oficio. En tanto que hombres de ciencia no se
preocupan, no pueden interesarse más que por las generalidades, por las
leyes...
[Faltan tres páginas del manuscrito de Bakunin]12
... no son exclusivamente hombres de ciencia, son también más o menos
hombres de la vida.
Pero no hay que fiarse demasiado, y si se puede estar seguro poco más o
menos de que ningún sabio se atreverá a tratar hoy a un hombre como se
trata a un conejo, es de temer siempre que el gobierno de los sabios, si se le
deja hacer, querrá someter a los hombres vivos a experiencias científicas,
sin duda menos crueles pero que no serían menos desastrosas para sus
víctimas humanas. Si los sabios no pueden hacer experiencias sobre el
cuerpo de los hombres, no querrán nada mejor que hacerlas sobre el cuerpo
social, y he ahí lo que hay que impedir a toda cosa.
En su organización actual, monopolistas de la ciencia y que quedan,
como tales, fuera de la vida social, los sabios forman ciertamente una casta
aparte que ofrece mucha analogía con la casta de los sacerdotes. La
abstracción científica es su Dios, las individualidades vivientes y reales son
las víctimas, y ellos son los inmoladores consagrados y patentados.
La ciencia no puede salir de la esfera de las abstracciones. Bajo este
aspecto, es infinitamente inferior al arte, el cual tampoco tiene propiamente
que ver más que con los tipos generales y las situaciones generales, pero
que, por un artificio que le es propio, sabe encarnar en formas que aunque
no sean vivas, en el sentido de la vida real, no provocan menos en nuestra
imaginación el sentimiento o el recuerdo de esa vida; individualiza en
cierto modo los tipos y las acciones que concibe y, por esas
individualidades sin carne y sin hueso, y como tales permanentes e
inmortales, que tiene el poder de crear, nos recuerda las individualidades
vivientes, reales, que aparecen y que desaparecen ante nuestros ojos. El arte
es, pues, en cierto modo la vuelta de la abstracción a la vida. La ciencia es,
al contrario, la inmolación perpetua de la vida fugitiva, pasajera, pero real,
sobre el altar de las abstracciones eternas.
La ciencia es tan poco capaz de aprehender la individualidad de un
hombre como la de un conejo. Es decir, es tan indiferente para una como
para otra. No es que ignore el principio de la individualidad. La concibe
perfectamente como principio, pero no como hecho. Sabe muy bien que
12

En la edición echa por Reclus y Cafiero con el título Dieu et l´État, tal vez por
pluma del primero, una nota enlaza el final de lo conservado con el principio de la parte
siguiente: La parte perdida de esta frase podría ser así: “Si los hombres de ciencia no
tratan en sus investigaciones y experimentos a los hombres como a los animales, la
razón es que” no son... Guillaume deduce que Bakunin se ocupó en las hojas perdidas
de la vivisección (Nota del traductor).
48

Dios y el Estado

Mijail Bakunin

todas las especies animales, comprendida la especie humana, no tienen
existencia real más que en un número indefinido de individuos que nacen y
que mueren, haciendo lugar a individuos nuevos igualmente pasajeros.
Sabe que a medida que se eleva de las especies animales a las especies
superiores, el principio de la individualidad se determina más, los
individuos aparecen más completos y más libres. Sabe en fin que el
hombre, el último y el más perfecto animal de esta tierra, presenta la
individualidad más completa y más digna de consideración, a causa de su
capacidad de concebir y de concretar, de personificar en cierto modo en sí
mismo, y en su existencia tanto social como privada, la ley universal. Sabe,
cuando no está viciada por el doctrinarismo teológico, metafísico, político
o jurídico, o aun por un orgullo estrictamente científico, y cuando no es
sorda a los instintos y a las aspiraciones espontáneas de la vida, sabe (y ésa
es su última palabra), que el respeto al hombre es la ley suprema de la
humanidad, y que el grande, el verdadero fin de la historia, el único
legítimo, es la humanización y la emancipación, es la libertad , la
prosperidad real, la felicidad de cada individuo que vive en sociedad.
Porque, al fin de cuentas, a menos de volver a caer en la ficción liberticida
del bien público representado por el Estado, ficción fundada siempre sobre
la inmolación sistemática de las masas populares, es preciso reconocer que
la libertad y la prosperidad colectivas no son reales más que cuando
representan la suma de las libertades y de las prosperidades individuales.
La ciencia sabe todo eso, pero no va, no puede ir más allá. Al constituir
la abstracción su propia naturaleza, puede muy bien concebir el principio
de la individualidad real y viva, pero no puede tener nada que ver con
individuos reales y vivientes. Se ocupa de los individuos en general, pero
no de Pedro o de Santiago, no de tal o cual otro individuo, que no existen,
que no pueden existir para ella. Sus individuos no son, digámoslo aún, más
que abstracciones.
Por consiguiente, no son esas individualidades abstractas, sino los
individuos reales, vivientes, pasajeros, los que hacen la historia. Las
abstracciones no tienen piernas para marchar, no marchan más que cuando
son llevadas por hombres reales. Para esos seres reales, compuestos no sólo
de ideas sino realmente de carne y sangre, la ciencia no tiene corazón. Los
considera a lo sumo como carne de desenvolvimiento intelectual y social.
¿Qué le importan las condiciones particulares y la suerte fortuita de Pedro y
de Santiago? Se haría ridícula, abdicaría, se aniquilaría si quisiese ocuparse
de ellas de otro modo que como de un ejemplo en apoyo de sus teorías
eternas. Y sería ridículo querer que lo hiciera, porque no es ésa su misión.
No puede percibir lo concreto; no puede moverse más que en
abstracciones. Su misión es ocuparse de la situación y de las condiciones
generales de la existencia y del desenvolvimiento, sea de la especie
humana en general, sea de tal raza, de tal pueblo, de tal clase o categoría de
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