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sentencias de los padres del desierto .pdf



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Título: Microsoft Word - SENTENCIAS DE LOS PADRES DEL DESIERTO.doc
Autor: Juan Nuria

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SENTENCIAS

DE LOS PADRES DEL DESIERTO

ÍNDICE
I De la manera de adelantar en la vida espiritual según los Padres
II De la hesyquia
III De la compunción
IV Del dominio de sí
V De la impureza
VI El monje no debe poseer nada
VII De la paciencia y de la fortaleza
III No se debe hacer nada para ser visto
IX No hay que juzgar a nadie
X De la discreción
XI De la vigilancia
XII Se debe orar continuamente y con vigilancia
XIII Hay que practicar la hospitalidad y la misericordia con alegría
XIV De la obediencia
XV De la humildad
XVI De la paciencia
XVII De la caridad
XVIII De la clarividencia o contemplación
XIX De los santos ancianos que hacían milagros
XX De la extraordinaria vida de varios Padres
XXI Treinta y siete sentencias que envió el abad Moisés al abad Pemenio. Quien las
cumpla estará libre de pena
XXII Apotegmas resumidos que prueban la gran virtud de los Padres del Desierto

2

CAPÍTULO I

DE LA MANERA DE ADELANTAR EN LA VIDA ESPIRITUAL SEGÚN LOS PADRES

3

1.
Preguntó uno al abad Antonio: «¿Qué debo hacer para agradar a Dios?» El anciano le
respondió: «Guarda esto que re mando: donde quiera que vayas, ten siempre a Dios ante tus
ojos, en todo lo que hagas, busca la aprobación de las Sagradas Escrituras; y donde quiera
que mores, no cambies fácilmente de lugar. Guarda estas tres cosas y te salvarás».
2.
El abad Pambo preguntó al abad Antonio: «¿Qué debo hacer?». El anciano contestó:
«No confíes en tu justicia; no te lamentes del pasado y domina tu lengua y tu gula.
3.
Dijo San Gregorio: «De todo bautizado Dios exige tres cosas: una fe recta para el alma,
dominio de la lengua; castidad para el cuerpo».
4.
El abad Evagrio refiere este dicho de los Padres: «Una comida habitualmente escasa y
mal condimentada, unida a la caridad, lleva muy rápidamente al monje al puerto de la apatheia
1».
5.
Dijo también: «Anunciaron a un monje la muerte de su padre, y el monje dijo al
mensajero: "Deja de blasfemar; mi padre es inmortal"».
6.
El abad Macario dijo al abad Zacarías: «Dime, ¿cuál es el trabajo del monje?». «¿Y tú,
Padre, me preguntas eso?», le respondió. Y el abad Macario le dijo: «Tengo plena confianza en
ti, hijo mío Zacarías, pero hay alguien que me impulsa a interrogarte». Y contestó Zacarías:
«Para mí, Padre, es monje aquel que se hace violencia en todo».
7.
Decían del abad Teodoro de Fermo que aventajaba a todos en estos tres principios: no
poseer nada, la abstinencia y el huir de los hombres.
8.
El abad Juan el Enano dijo: «Me gusta que el hombre posea algo de rodas las virtudes.
Por eso, cada día al levantarte, ejercítate en todas las virtudes y guarda con mucha paciencia
el mandamiento de Dios, con temor y longanimidad, en el amor de Dios, con esfuerzo de alma
y cuerpo y con gran humildad. Sé constante en la aflicción del corazón y en la observancia, con
mucha oración y súplicas, con gemidos, guardando la pureza y los buenos modales en el uso
de la lengua y la modestia en el de los ojos. Sufre con paciencia las injurias sin dar lugar a la
ira. Sé pacífico y no devuelvas mal por mal. No te fijes en los defectos de los demás, ni te
exaltes a ti mismo, antes al contrario, con mucha humildad sométete a toda criatura,
renunciando a todo lo material y a lo que es según la carne, por la mortificación, la lucha, con
espíritu humilde, buena voluntad y abstinencia espiritual; con ayuno, paciencia, lágrimas,
dureza en la batalla, con discreción de juicio, pureza de alma, percibiendo el bien con paz y
trabajando con tus manos. Vela de noche, soporta el hambre y la sed, el frío y la desnudez, los
trabajos. Enciérrate en un sepulcro como si estuvieses muerto, de manera que a todas las
horas sientas que tu muerte está cercana».
9.
El abad José de Tebas dijo: «Tres clases de personas son gratas a los ojos de Dios:
primero los enfermos que padecen tentaciones y las aceptan con acción de gracias. En
segundo lugar, lo que obran con toda pureza delante de Dios, sin mezcla de nada humano. En
tercer lugar, los que se someten y obedecen a su Padre espiritual renunciando a su propia
voluntad».
10.
El abad Casiano cuenta del abad Juan que había ocupado altos puestos en su
congregación y que había sido ejemplar en su vida. Estaba a punto de morir y marchaba
alegremente y de buena gana al encuentro del Señor. Le rodeaban los hermanos y le pidieron
que les dejase como herencia una palabra, breve y útil, que les permitiese elevarse a la
perfección que se da en Cristo. Y él dijo gimiendo: «Nunca hice mi propia voluntad, y nunca
enseñé nada a nadie que no hubiese practicado antes yo mismo».
11.
Un hermano preguntó a un anciano: «¿Hay algo bueno para que yo lo haga y viva en
ello?». Y el anciano respondió: «Sólo Dios sabe lo que es bueno. Sin embargo, he oído decir
que un Padre había preguntado al abad Nisterós el Grande, el amigo del abad Antonio: "¿Cuál
es la obra buena para que yo la haga?". Y él respondió: "¿Acaso no son todas las obras
iguales"? La Escritura dice: "Abraham ejercitó la hospitalidad, y Dios estaba con él. Elías

4

amaba la hesyquia 2, y Dios estaba con él. David era humilde y Dios estaba con él". Por tanto,
aquello a lo que veas que tu alma aspira según Dios, hazlo, y guarda tu corazón».
12.
El abad Pastor dijo: «La guarda del corazón, el examen de si mismo y el
discernimiento, son las tres virtudes que guían al alma».
13.
Un hermano preguntó al abad Pastor: «¿Cómo debe vivir un hombre?». Y el anciano le
respondió: «Ahí tienes a Daniel, contra el que no se encontraba otra acusación, más que el
culto que daba a su Dios» (cf. Dn, 6, 56)
14.
Dijo también: «La pobreza, la tribulación y la discreción, son las tres obras de la vida
solitaria. En efecto, dice la Escritura: "Si estos tres hombres, Noé, Job y Daniel hubiesen
estado allí...". (cf. Ez 14, 1420). Noé representa a los que no poseen nada. Job a los que sufren
tribulación. Daniel a los discretos. Si estas tres se encuentran en un hombre, Dios habita en
él».
15.
El abad Pastor dijo: «Si el hombre odia dos cosas, puede liberarse de este mundo». Y
un hermano preguntó: «¿Qué cosas son esas?». Y dijo el anciano: «El bienestar y la
vanagloria».
16.
Se dice que el abad Pambo, en el momento de abandonar esta vida, dijo a los santos
varones que le acompañaban: «Desde que vine a este desierto, construí mi celda y la habité,
no recuerdo haber comido mi pan sin haberlo ganado con el trabajo de mis manos, ni de
haberme arrepentido de ninguna palabra que haya dicho hasta este momento. Y sin embargo,
me presento ante el Señor como si no hubiese empezado a servir a Dios».
17.
El abad Sisoés dijo: «Despréciate a ti mismo, arroja fuera de ti los placeres, libérate de
las preocupaciones materiales y encontrarás el descanso».
18.
El abad Chamé, a punto de morir, dijo a sus discípulos: «No viváis con herejes, ni os
relacionéis con poderosos, ni alarguéis vuestras manos para recibir, sino más bien para dar».
19.
Un hermano preguntó a un anciano: «Padre ¿cómo viene al hombre el temor de
Dios?». Y respondió el anciano: «Si el hombre practica la humildad y la pobreza y no juzga a
los demás, se apoderará de él el temor de Dios».
20.

Un anciano dijo: «Que el temor, la privación de alimento y el penthos 3 moren en ti».

21.
Dijo un anciano: «No hagas a otro lo que tú detestas. Si odias al que habla mal de ti, no
hables tampoco mal de los demás. Si odias al que te calumnia, no calumnies a los demás. Si
odias al que te desprecia, al que te injuria, al que te roba lo tuyo o te hace cualquier otro mal
semejante, no hagas nada de esto a tu prójimo. Basta guardar esta palabra para salvarse».
22.
Un anciano dijo: «La vida del monje es el trabajo, la obediencia, la meditación, el no
juzgar, no criticar, ni murmurar, porque escrito está: "Ama Yahveh a los que el mal detestan".
(Sal 96, 10). La vida del monje consiste en no andar con los pecadores, ni ver con sus ojos el
mal, no obrar ni mirar con curiosidad, ni inquirir ni escuchar lo que no le importa. Sus manos no
se apoderan de las cosas sino que las reparten. Su corazón no es soberbio, su pensamiento
sin malevolencia, su vientre sin hartura. En todo obra con discreción. En todo esto consiste el
ser monje».
23.
Dijo un anciano: «Pide a Dios que ponga en tu corazón la compunción y la humildad.
Ten siempre presentes tus pecados y no juzgues a los demás. Sométete a todos y no tengas
familiaridad con mujeres, ni con niños, ni con los herejes. No te fíes de ti mismo, sujeta la
lengua y el apetito y prívate del vino. Y si alguno habla contigo de cualquier cosa, no discutas
con él. Si lo que te dice está bien, di: "Bueno", Si está mal, di; "Tú sabrás lo que dices." Y no
disputes con él de lo que ha hablado. Y así tu alma tendrá paz».
Notas:
(1) APATHEIA: Impasibilidad. No consiste en la extinción de las pasiones, sino en su perfecto dominio en
aquel que está estrechamente unido a Dios.

5

(2) HESYQUIA: Tranquilidad, quietud, sea del alma pacificada, sea de la vida monástica en general, sea,
finalmente, de una vida más solitaria dentro o fuera el cenobitismo.
(3) PENTHOS: Duelo por la muerte de un pariente. Y de aquí, en sentido espiritual: tristeza causada por
el estado de muerte en que el alma se encuentra a consecuencia del pecado, sea del pecado propio o del
pecado del prójimo.

6

CAPÍTULO II

DE LA HESYQUIA

7

1.
El abad Antonio dijo: «Los peces que se detienen sobre la tierra firme, mueren. Del
mismo modo los monjes que remolonean fuera de su celda, o que pierden su tiempo con la
gente del mundo se apartan de su propósito de hesyquia (1). Conviene, pues, que lo mismo
que el pez al mar, nosotros volvamos a nuestra celda lo antes posible. No sea que
remoloneando fuera, olvidemos la guarda de lo de dentro».
2.
Dijo también: «El que permanece en la soledad y la hesyquia se libera de tres géneros
de lucha: la del oído, la de la palabra y la de la vista. No le queda más que un solo combate: el
del corazón».
3.
El abad Arsenio, cuando todavía estaba en palacio, oró al Señor diciendo: «Señor,
condúceme a la salvación». Y escuchó una voz que le dijo: «Arsenio, huye de los hombres y te
salvarás». Una vez incorporado a la vida monástica, oró de nuevo con las mismas palabras. Y
escuchó a la voz que decía: «Arsenio, huye, calla y practica la hesyquia; éstas son las raíces
para no pecar».
4.
El arzobispo Teófilo, de feliz memoria, vino un día con un juez al abad Arsenio. Y el
arzobispo le interrogó para escuchar una palabra de él. El anciano guardó un momento de
silencio, y le respondió: «Si os digo una palabra, ¿la cumpliréis?». Se lo prometieron así. Y el
anciano les dijo: «Si oís decir que Arsenio está en determinado lugar, ¡no vayáis allí!».
5.
Otra vez, el arzobispo quiso verle, envió antes a preguntar si le recibiría. El anciano
mandó que le respondieran: «Si vienes te recibiré. Pero si te recibo a ti, recibiré a todo el
mundo. Y entonces, ya no perteneceré más a este lugar». Ante estas palabras, el arzobispo
dijo: «Si voy a hacer que se marche, nunca jamás iré a ver a ese santo varón».
6.
El abad Arsenio llegó un día a un cañaveral, y el viento agitaba las cañas. El anciano
dijo a los hermanos: «¿Qué es eso que se mueve?». «Son las cañas», le respondieron.
«Ciertamente, si uno se encuentra en plena hesyquia y escucha el canto de un pájaro, su
corazón ya no poseerá esa hesyquia. Siendo esto así, ¿que será de vosotros con el ruido de
esas cañas».
7.
Se contaba del abad Arsenio que tenía su celda a treinta y dos millas de distancia, y
que rara vez salía de ella, pues otros se encargaban de traerle lo que necesitaba. Pero cuando
Scitia fue devastado, marchó de allí llorando y dijo: «El mundo ha perdido Roma y los monjes
han perdido Scitia».
8.
Una vez que el abad Arsenio se encontraba en Canope, vino de Roma una matrona
virgen, muy rica y temerosa de Dios, para verle. La recibió el arzobispo Teófilo y ella le pidió
que intercediese ante el anciano para que la recibiera. El arzobispo se llegó a él y le dijo: «Una
matrona ha venido de Roma y quiere verte». Pero el anciano no consintió en recibirla. Cuando
la dama recibió la respuesta, hizo preparar su cabalgadura diciendo: «Confío en Dios que he
de verle. En nuestra ciudad hay muchos hombres, pero yo he venido a ver no un hombre sino
un profeta». Y al llegar a la celda del anciano, por disposición divina, el anciano se encontraba
providencialmente fuera de ella. Y al verle la matrona se arrojó a sus pies. Pero él, indignado,
la levantó y le dijo mirándola fijamente: «Si quieres ver mi rostro ¡míralo!». Pero ella, llena de
confusión no le miró. El anciano continuó: «¿No has oído hablar de mis obras? Eso es lo que
hay que mirar. ¿Cómo te has atrevido a hacer una travesía tan larga? ¿No sabes que eres una
mujer y que una mujer no debe salir a ninguna parte? ¿Irás a Roma y dirás a las demás,
mujeres: "He visto a Arsenio", y convertirás el mar en un camino para que las mujeres vengan a
yerme?». Ella respondió: «Si Dios quiere que vuelva a Roma, no permitiré a ninguna mujer que
venga aquí. Pero ruega por mi y acuérdate siempre de mi». Arsenio le contestó: «Pide a Dios
que borre de mi corazón tu recuerdo». Al escuchar estas palabras ella se retiró llena de
turbación, y al llegar a Alejandría cayó enferma a causa de la tristeza. Se comunicó su
enfermedad al arzobispo, que vino para consolarla y le preguntó que le sucedía. Ella le dijo:
«¡Ojalá no hubiera ido allí! Dije al anciano: "Acuérdate de mí" y me respondió: "¡Pide a Dios
que borre de mi corazón tu memoria!". Y me muero por ello de tristeza». Y el arzobispo le dijo:
«¿No te das cuenta de que eres una mujer y que el enemigo combate a los santos por las

8

mujeres? Por eso te ha hablado así el anciano. Pero él rogará sin cesar por tu alma». De este
modo quedó curado el corazón de la buena mujer y volvió a su casa llena de alegría.
9.
Dijo el abad Evagrio: «Arranca de ti las múltiples afecciones, para que no se turbe tu
corazón y desaparezca la hesyquia».
10.
En Scitia, un hermano vino al encuentro del abad Moisés, para pedirle una palabra. Y
el anciano le dijo:«Vete y siéntate en tu celda; y tu celda te lo enseñará todo».
11.
El abad Moisés dijo:«El hombre que huye del hombre es semejante a la uva madura; el
que convive con los hombres, a la uva amarga».
12.
El abad Nilo dijo: «El que ama la hesyquia permanece invulnerable a las flechas del
enemigo; el que se mezcla con la muchedumbre, recibirá frecuentes heridas».
13.
El abad Pastor dijo: «El origen de los males es la disipación». Dijo también: «Es bueno
huir de las cosas corporales. Pues mientras uno está enfrascado en la lucha corporal, se
parece al hombre que permanece de pie junto a un lago muy profundo: el enemigo le
precipitará en él fácilmente en el momento que lo estime conveniente. Pero cuando se está
lejos de las cosas corporales, se parece al hombre lejos del pozo; si el enemigo le arrastra para
precipitarle en él, mientras tira de él con violencia, Dios le envía su ayuda».
14.
Abraham, discípulo de abad Sisoés, le decía en cierta ocasión: «Padre, has envejecido,
acerquémonos un poco al mundo habitado». Y el abad Sisoés le respondió: «Vayamos donde
no haya mujer». Y su discípulo le contestó: «Fuera del desierto, ¿dónde existe lugar donde no
haya mujer?». «Entonces, respondió el anciano, llévame al desierto».
15.
Una abadesa dijo: «Muchos de los que estaban sobre el monte perecieron, porque sus
obras eran las del mundo. Es mejor vivir con mucha gente y llevar, en espíritu, una vida
solitaria, que estar solo y vivir, en espíritu, con la multitud».
16.
Un anciano dijo: «El monje debe siempre procurarse la hesyquia para que pueda
despreciar las desgracias corporales, si llegan a producirse».
17.
Uno contó: «Tres amigos, llenos de celo, se hicieron monjes. Uno de ellos eligió
reconciliar a los que tenían pleitos, según lo que esta escrito: "Bienaventurados los que buscan
la paz" (Mat 59). El segundo se propuso visitar a los enfermos. El tercero se fue a poner en
práctica la hesyquia en la soledad. El primero, agotándose entre los pleitos de los hombres, no
podía pacificar a todos. Desalentado se fue donde el que ayudaba a los enfermos y lo encontró
también desanimado, incapa2 de cumplir el mandamiento divino. De común acuerdo fueron al
encuentro del que se había retirado al desierto, y le contaron sus tribulaciones y le rogaron que
les dijera a qué situación había llegado. Este quedó un momento en silencio, y llenando una
copa de agua les dijo: «Mirad este agua»; estaba turbia. Y poco después añadió: «Mirad ahora
cómo se ha vuelto transparente». Se inclinaron sobre el agua y vieron en ella su rostro como
un espejo. Y les dijo: «Esto sucede al que mora en medio de los hombres: el desorden no le
permite ver sus pecados, pero sí recurre a la hesyquia, sobre todo en el desierto, descubrirá
sus pecados».
Notas:
(1) HESYQUIA: Tranquilidad, quietud, sea del alma pacificada, sea de la vida monástica en general, sea,
finalmente, de una vida más solitaria dentro o fuera el cenobitismo.

9

CAPÍTULO III

DE LA COMPUNCIÓN
1.

10

1.
Se contaba del abad Arsenio que durante toda su vida, cuando se sentaba para el
trabajo manual, tenía un lienzo sobre el pecho, a causa de las lágrimas que corrían
continuamente de sus ojos.
2.
Un hermano rogó al abad Amonio: «Dime una palabra». El anciano le dijo: «Adopta la
mentalidad de los malhechores que están en prisión. Preguntan:
3.
"¿Dónde está el juez? ¿Cuándo vendrá?" y a la espera de su castigo lloran. También el
monje debe siempre mirar hacia arriba y conminar a su alma diciendo:
4.
"¡Ay de mí! ¿Cómo podré estar en pie ante el tribunal de Cristo? ¿Cómo podré darle
cuenta de mis actos?". Si meditas así continuamente, podrás salvarte».
5.
El abad Evagrio dijo: «Cuando estés en tu celda, recógete y piensa en el día de la
muerte. Represéntate ese cuerpo cuya vida desaparece: piensa en esta calamidad, acepta el
dolor y aborrece la vanidad de este mundo. Sé humilde y vigilante para que puedas siempre
perseverar en tu vocación a la hesyquia y no vacilarás. Acuérdate también del día de la
resurrección y trata de imaginarte aquel juicio divino, terrible y horroroso. Acuérdate de los que
están en el infierno. Piensa en el estado actual de sus almas, en su amargo silencio, en sus
crueles gemidos, en su temor y mortal agonía, en su angustia y dolor, en sus lágrimas
espirituales que no tendrán fin, y nunca jamás serán mitigadas. Acuérdate también del día de la
resurrección e imagínate aquel juicio divino, espantoso y terrible y en medio de todo esto la
confusión de los pecadores a la vista de Cristo y de Dios, en presencia de los ángeles,
arcángeles, potestades y de todos los hombres. Piensa en todos los suplicios, en el fuego
eterno, en el gusano que no muere, en las tinieblas del infierno, y más aún en el rechinar de los
dientes, terrores y tormentos. Recuerda también los bienes reservados a los justos, su
confianza y seguridad ante Dios Padre y Cristo su Hijo, ante los ángeles, arcángeles,
potestades y todo el pueblo. Considera el reino de los cielos con todas sus riquezas, su gozo y
su descanso. Conserva el recuerdo de este doble destino, gime y llora ante el juicio de los
pecadores, sintiendo su desgracia y teme no caer tú mismo en ese mismo estado. Pero
alégrate y salta de gozo pensando en los bienes reservados a los justos y apresúrate a gozar
con éstos y en alejarte de aquéllos. Cuidare de no olvidar nunca todo esto, tanto si estás en tu
celda como si estás fuera de ella, ni lo arrojes de tu memoria y con ello huirás de los sórdidos y
malos pensamientos».
6.
El abad Elías dijo: «Temo tres cosas: una el momento en que mi alma saldrá del
cuerpo; la segunda el momento de comparecer ante Dios; la tercera cuando se dicte sentencia
contra mí».
7.
El arzobispo Teófilo, de santa memoria, dijo al morir: «Dichoso tú, abad Arsenio, que
siempre tuviste presente esta hora».
8.
Se decía entre los hermanos que en el curso de una comida de hermandad, un
hermano se echó a reír en la mesa. Y al verlo, el abad Juan lloró y dijo: «¿Qué tendrá en su
corazón este hermano que se echa a reír cuando debería más bien llorar, puesto que come el
ágape?».
9.
El abad Jacobo dijo: «Así como una lámpara ilumina una habitación oscura, así el
temor de Dios, cuando irrumpe en el corazón del hombre, le ilumina y le enseña todas las
virtudes y mandamientos divinos».
10.
Preguntaron unos padres al abad Macario, el egipcio: «¿Por qué tu cuerpo está
siempre reseco, lo mismo cuando comes que cuando ayunas?». Y dijo el anciano: «Así como
el madero con el que se manejan los leños que arden en el fuego, acaba siempre por
consumirse, así también cuando un hombre purifica su espíritu en el temor de Dios, este temor
de Dios consume hasta sus huesos».
11.
Los ancianos del monte de Nitria enviaron a un hermano a Scitia, al abad Macario, para
rogarle que viniese donde ellos estaban. En caso de que él no viniera, que supiese que iría a
verle una gran muchedumbre, pues querían visitarle antes de su partida hacia el Señor.

11

Cuando llegó al monte, una gran multitud de hermanos se congregó junto a él. Y los ancianos
le pidieron una palabra para los hermanos. Entonces Macario, anegado en lágrimas, les dijo:
«Lloremos hermanos, dejemos que nuestros ojos se llenen de lágrimas, antes de que vayamos
allí donde nuestras lágrimas quemarán nuestros cuerpos». Y todos lloraron y se postraron
rostro en tierra diciendo: «Padre, ruega por nosotros».
12.
Viajando un día por Egipto, el .abad Pastor vio a una mujer que lloraba amargamente
junto a un sepultero y dijo: «Aunque le ofreciesen todo los placeres del mundo, no arrancaría
su alma del llanto. De la misma manera el monje debe llorar siempre por si mismo».
13.
Otra vez el abad Pastor atravesaba, con el abad Anub, la región de Diolcos, llegaron
cerca de los sepulcros y vieron a una mujer que se golpeaba violentamente y lloraba
amargamente. Se detuvieron un momento para contemplarla. Prosiguieron su camino y poco
después encontraron a una persona y el abad Pastor le preguntó: «¿Qué le sucede a esa
mujer para que llore de esa manera?». El otro respondió: «Ha perdido a su marido, a su hijo y a
su hermano». Entonces el abad Pastor dijo al abad Anub: «Te digo que si el hombre no
mortifica todos los deseos carnales y no consigue una aflicción como ésta, no puede llegar a
ser monje. Pues para esa mujer su alma y toda su vida están en el llanto».
14.
El abad Pastor dijo también: «La función del penthos es doble: cultiva y cuida» (cf. Gén
2, 15).
15.
Un hermano preguntó al abad Pastor: «¿Qué debo hacer?». El respondió: «Cuando
Abraham llegó a la tierra prometida compró un sepulcro, y por este sepulcro recibió en herencia
la tierra» (cf. Gén 23). Y el hermano le dijo: «¿Qué sepulcro es éste?». «Es, respondió el
anciano, el lugar del phentos y de las lágrimas».
16.
Atanasio, de santa memoria, rogó al abad Pambo que bajase al desierto de Alejandría.
Cuando llego allí, vio a una comediante y se puso a llorar. Los presentes le preguntaron por
qué lloraba, y él les dijo: «Dos cosas me han turbado: primero la perdición de esa mujer; en
segundo lugar, que no tengo tanto empeño en agradar a Dios como el que ésta tiene en
agradar a los hombres depravados».
17.
Un día el abad Silvano, sentado entre sus hermanos, entró en éxtasis y cayó rostro en
tierra. Y después de largo rato, se levantó llorando. Y los hermanos le preguntaron:«¿Qué te
sucede padre?». Y como insistiesen dijo: «He sido raptado al lugar del juicio y he visto a
muchos que vestían nuestro hábito que iban a los tormentos y a muchos hombres del mundo
que iban al Reino». Desde entonces, el anciano se entregó al penthos y no quería salir de su
celda. Y si le obligaban a salir, se cubría el rostro con su capucha diciendo: «¿Qué necesidad
hay de ver esta luz temporal, que no sirve para nada?».
18.
Sinclética, de santa memoria, dijo: «A los pecadores que se convierten les esperan
primero trabajos y un duro combate y luego una inefable alegría. Es lo mismo que ocurre a los
que quieren encender fuego, primero se llenan de humo y por las molestias del mismo lloran, y
así consiguen lo que quieren. Porque escrito está: "Yahveh tu Dios es un fuego devorador" (Dt
4, 24). También nosotros con lágrimas y trabajos debemos encender en nosotros el fuego
divino».
19.
El abad Hiperiguio dijo: «El monje que vela, trabaja día y noche con su oración
continua. El monje que golpea su corazón hace brotar de él lágrimas y rápidamente alcanza la
misericordia de Dios».
20.
Unos hermanos, en compañía de unos seglares acudieron al abad Félix y le rogaron
que les dijese una palabra. El anciano callaba. Como seguían insistiendo, les dijo: «¿Queréis
escuchar una palabra?». «Sí, padre», respondieron. Y el anciano dijo entonces: «Ahora ya no
hay palabra. Cuando los hermanos interrogaban a los ancianos y cumplían lo que éstos les
decían, Dios inspiraba a los ancianos lo que debían decir. Ahora, como preguntan y no hacen
lo que oyen, Dios ha retirado a los ancianos su gracia para que encuentren lo que deben
hablar, pues no hay quien lo ponga por obra». Al escuchar estas palabras, los hermanos
dijeron entre sollozos: «Padre, ruega por nosotros».

12

21.
Se contaba del abad Hor y del abad Teodoro que, estando cubriendo de barro el techo
de una celda, se dijeron el uno al otro: «¿Qué haríamos si Dios nos visitase ahora mismo?». Y
llorando abandonaron cada uno su trabajo y volvieron cada uno a su celda.
22.
Un anciano contó que un hermano quería convertirse, pero su madre se lo impedía.
Pero él no cesaba en su propósito y decía a su madre: «Quiero salvar mi alma». Después de
mucho resistirse, viendo que no podía impedir su deseo, la madre le dio el permiso. Hecho
monje vivió negligentemente. Murió su madre y poco después él enfermó de gravedad. Tuvo un
rapto y fue llevado al lugar del juicio y encontró a su madre entre los condenados. Ella se
extrañó al verle y le dijo: «¿Qué es esto, hijo? ¿También te han condenado a venir aquí? ¿Qué
ha sido de aquellas palabras que decías: "Quiero salvar mi alma?"». Confuso por lo que oía,
transido de dolor, no sabía qué responder a su madre. La misericordia de Dios quiso que
después de esta visión se repusiera y curara de su enfermedad. Y reflexionando sobre el
carácter milagroso de esta visión se encerró en su celda y meditaba sobre su salvación. Hizo
penitencia y lloró las faltas cometidas antes de su negligencia. Su compunción era tan intensa
que cuando le rogaban que aflojase un poco, no fuese que las muchas lágrimas perjudicasen
su salud, rechazaba el ser consolado y decía: «Si no he podido soportar el reproche de mi
madre, ¿cómo podré soportar mi vergüenza en el día del juicio en presencia de Cristo y de sus
santos ángeles?».
23.
Un anciano dijo: «Si fuese posible a las almas de los hombres morir de miedo, cuando
venga Cristo después de la resurrección, todo el mundo moriría de terror y espanto. ¿Qué será
el ver rasgarse los cielos y a Dios mostrando su ira y su indignación, y los ejércitos
innumerables de ángeles y a toda la humanidad reunida? Debemos pues vivir en
consecuencia, ya que Dios nos va a pedir cuentas de todos nuestros actos».
24.
Un hermano preguntó a un anciano: «Padre, ¿por qué mi corazón es duro y no temo al
Señor?». «A mi modo de ver, respondió el anciano, aquel que se reprocha a si mismo en su
corazón alcanzará el temor a Dios». Y le dijo el hermano: «¿Qué reproches?». El anciano le
respondió: «En toda ocasión el hombre debe recordar a su alma: acuérdate que tienes que
comparecer delante de Dios. O también: ¿qué tengo yo que ver con los hombres? Estimo que
si se persevera en estas disposiciones vendrá el temor de Dios».
25.
Un anciano vio a uno que se reía y le dijo: «Debemos dar cuenta de toda nuestra vida
ante el Señor de cielo y tierra, ¿y tú, ríes?»
26.
Dijo un anciano: «Así como siempre llevamos con nosotros, dondequiera que vayamos,
la sombra de nuestros cuerpos, del mismo modo debemos, en todo lugar, tener con nosotros
las lágrimas y la compunción».
27.
Un hermano pidió a un anciano: «Padre, dime una palabra». El anciano le dijo:
«Cuando Dios hirió a Egipto, no había ninguna casa donde no existiera el penthos 1».
28.
Un hermano preguntó a otro anciano: «¿Qué debo hacer?». Y le dijo el anciano:
«Debemos llorar siempre». Sucedió que murió un anciano y volvió en sí después de varias
horas. Y le preguntamos: «Padre ¿qué has visto allí?». Y él nos contó llorando: «Oí una
lúgubre voz que repetía sin cesar: "¡Ay de mi, ay de mí!". Eso es lo que nosotros debemos decir
siempre».
29.
Un hermano preguntó a un anciano: «¿Por qué mi alma desea las lágrimas como
aquellas que he oído decir derramaban los Padres antiguos, y no vienen y eso turba mi
alma?». Y el anciano respondió: «Los hijos de Israel tardaron cuarenta años en entrar en la
tierra de promisión. Las lágrimas son como una tierra de promisión: si llegas a ellas ya no
temerás la lucha. Por eso Dios quiso afligir al alma, para que siempre desee entrar en aquella
tierra».
Notas:
(1) PENTHOS: Duelo por la muerte de un pariente. Y de aquí, en sentido espiritual: tristeza causada por
el estado de muerte en que el alma se encuentra a consecuencia del pecado, sea del pecado propio o del
pecado del prójimo.

13

CAPÍTULO IV

DEL DOMINIO DE SÍ
1.

14

1.
Unos hermanos de Scitia quisieron ver al abad Antonio. Se embarcaron en una nave y
se encontraron en ella un anciano que también quería ir donde Antonio. Pero los hermanos no
lo sabían. Sentados en el barco hablaban de las sentencias de los Padres, de las Escrituras y
de sus trabajos manuales. El anciano guardaba silencio. Al llegar al puerto supieron que
también él iba en busca del abad Antonio. Cuando se presentaron, el abad Antonio les dijo:
«Buen compañero de viaje encontrasteis en este anciano». Y luego dijo al anciano: «Padre,
has encontrado unos buenos hermanos». Pero el anciano le respondió: «Son buenos pero su
habitación no tiene puerta. En su establo entra todo el que quiere y desata el asno». Esto lo
decía porque los hermanos hablaban de todo lo que pasaba por su cabeza.
2.
El abad Daniel contaba que el abad Arsenio pasaba la noche en vela. Después de
velar toda la noche, cuando al amanecer quería dormir, por las exigencias de la naturaleza,
decía al sueño: «Ven, siervo malo», y sentado dormía furtivamente un poco y en seguida se
levantaba.
3.

El abad Arsenio decía: «Al monje le basta dormir una hora, si es un luchador».

4.
El abad Daniel decía: «El abad Arsenio ha vivido muchos años con nosotros y cada
año le suministrábamos una escasa ración de alimentos. Y sin embargo, siempre que íbamos a
verle comíamos de ella».
5.
Decía también el abad Daniel, que el abad Arsenio no cambiaba más que una vez al
año el agua de las palmas, contentándose con añadir lo necesario el resto de las veces. Hacia
esteras con las palmas y las cosía hasta la hora de sexta. Le preguntaron los ancianos por qué
no cambiaba el agua de las palmas, que olía mal. Y les dijo: «A cambio de los perfumes y de
los ungüentos olorosos que usaba en el mundo, es preciso que utilice ahora este agua que
hiede».
6.
Y contó también: «Cuando el abad Arsenio sabía que los frutos de cada especie
estaban ya maduros, decía: "Traédmelos", y probaba una sola vez un poco de cada uno, dando
gracias a Dios».
7.
Se decía del abad Agatón que durante tres años se había metido una piedra en la
boca, hasta que consiguió guardar silencio.
8.
El abad Agatón viajaba un día con sus discípulos. Y uno de ellos encontró un saquito
de guisantes en el camino, y dijo al anciano: «Padre, si quieres lo cojo». Admirado Agatón, se
volvió y dijo: «¿Lo has colocado tú ahí?». «No», respondió el hermano. «Pues, ¡cómo, exclamó
el anciano, quieres llevarte lo que no has puesto!».
9.
Un día, un anciano vino al abad Aquilas, y viendo que arrojaba sangre por la boca, le
pregunto: «¿Qué es esto, padre?». Y dijo el anciano: «Una palabra de un hermano, que me ha
contristado y que estoy intentando guardarla dentro de mí sin devolvérsela. Y he rogado a Dios
que me la quitase, y se ha convertido en sangre dentro de mi boca. Y ya la he escupido y he
recobrado la paz y olvidado mi disgusto».
10.
Un día en Scitia, el abad Aquiles entro en la celda del abad Isaías y le encontró
comiendo. Había puesto sal y agua en su plato. Pero viendo que lo escondía detrás de una
brazada de palmas le dijo: «Dime, ¿qué comías». El abad Isaías respondió: «Perdóname,
Padre, estaba cortando palmas y he sentido calor, tomé unos granos de sal y los metí en la
boca. Pero como no pasaba la sal que había puesto en mi boca, me he visto obligado a echar
un poco de agua sobre la sal fina, para poder tragaría. Pero, ¡perdóname, Padre!». Y el abad
Aquiles dijo: «Venid a ver a Isaías comedor de sopa en Scitia. Si quieres tomar sopa, ¡vete a
Egipto!».
11.
El abad Ammoés estaba enfermo y tuvo que guardar cama muchos años. Pero nunca
se permitió examinar el interior de su celda para ver lo que tenía. Le traían muchas cosas,
como se hace con los enfermos, pero cuando su discípulo Juan entraba o salía, cerraba los
ojos para no ver lo que hacia. Sabía que Juan era un monje de toda confianza.

15

12.
El abad Benjamín, presbítero en las Celdas, fue un día a un anciano de Scitia y quiso
darle un poco de aceite. Este le dijo: «Mira donde está el vasito que me trajiste hace tres años:
donde lo pusiste allí sigue». Al oír esto, nos admiramos de la virtud del anciano.
13.
Se contaba lo siguiente del abad Dióscoro de Namisias: «Comía pan de cebada y de
harina de lentejas. Y cada año se ponía la observancia de una práctica concreta. Por ejemplo,
no ir en todo el año a visitar a nadie, o no hablar, o no tomar alimentos cocidos, o no comer ni
frutas ni legumbres. Y así procedía en todas sus obras. Y apenas terminada una cosa,
comenzaba otra, y siempre durante un año».
14.
El abad Evagrio dijo que un anciano le había dicho: «Aparto de milos deleites carnales
para evitar las ocasiones de ira. Pues sé muy bien que la cólera me combate con ocasión de
estos deleites, turbando mí espíritu y ahuyentando el conocimiento de Dios».
15.
Epifanio, obispo de Chipre, envió un día a decir al abad Hilarión: «Ven para que nos
veamos antes de morir». Se encontraron y mientras comían les trajeron un ave. El obispo se la
ofreció al abad Hilarión, pero el anciano le dijo: «Perdona, Padre, pero desde que vestí este
hábito no he comido carne». Epifanio le respondió: «Yo, desde que tomé este hábito, no he
permitido que nadie se acostara teniendo algo contra mí, ni he dormido nunca teniendo algo
contra alguno». E Hilarión le dijo: «Perdóname, tu práctica es mejor que la mía».
16.
Decían del abad Eladio que había vivido veinte años en su celda sin levantar los ojos
para ver el techo.
17.
El abad Zenón, caminando un día a Palestina, sintió cansancio, y se sentó para comer
junto a un campo de pepinos. Y su espíritu le empujaba diciendo: «Toma un pepino y cómelo.
¿Qué valor tiene un pepino?». Pero él respondió a su pensamiento diciendo: «Los ladrones son
llevados al suplicio. Pruébate a ti mismo para ver si puedes soportar los tormentos». Se levantó
y se puso cinco días a pleno sol y mientras se tostaba decía: «No puedo soportar los
tormentos». «Pues si no puedes soportarlos, no robes para comer», concluyó.
18.
Dijo el abad Teodoro: «La falta de pan extenúa el cuerpo del monje». Pero otro anciano
decía: «Las vigilias lo extenúan más».
19.
El abad Juan, que era de pequeña estatura decía: «Cuando un rey quiere tomar una
ciudad a los enemigos, primero les corta el agua y los víveres, para que agotados de hambre
capitulen. Lo mismo ocurre con las pasiones carnales: si el hombre vive en ayuno y hambre,
los enemigos que tientan su alma se debilitan».
20.
Dijo también: «Subía un día por el camino que lleva a Scitia, con un fardo de palmas. Vi
un camellero gritando, que me empujaba a la cólera. Abandoné mi carga y huí».
21.
El abad Isaac, presbítero de las Celdas, dijo: «Conozco a un hermano que, recogiendo
la cosecha en un campo, quiso comer una espiga de trigo. Y dijo al dueño del campo: "¿Puedo
comer una sola espiga?". Este, admirado, le respondió: "Padre, el campo es tuyo ¿y me
preguntas?"». Hasta tanto llegaba la delicadeza de este hermano.
22.
Un hermano preguntó al abad Isidoro, anciano de Scitia: «¿Por qué te temen tanto los
demonios?». Y el anciano respondió: «Desde que soy monje me he esforzado en impedir que
la cólera suba a mi garganta».
23.
Decía también que durante más de cuarenta años, en los cuales se había sentido
interiormente empujado al pecado, nunca había consentido ni a la concupiscencia, ni a la ira.
24.
El abad Casiano contaba que el abad Juan fue a visitar al abad Esio, que vivió durante
cuarenta años en la parte más alejada del desierto. Amaba mucho a Esio y con la confianza
que le confería este afecto le preguntó: «Vives hace mucho tiempo retirado y no es fácil que te
moleste ningún hombre, dime: ¿qué has conseguido?». Y él dijo: «Desde que vivo solo, nunca
me vio el sol tomar alimento». Y el abad Juan le contestó: «Ni a mi me ha visto jamás
encolerizado».

16

25.
Dijo también: «El abad Moisés nos contó esta historia que había escuchado al abad
Serapión: "En mi juventud vivía con mi abad Theonas. Comíamos juntos, y al final de la
comida, por instigación del diablo, robé un panecillo y lo comí a escondidas, sin que lo supiera
mi abad. Como seguí haciendo lo mismo durante algún tiempo, el vicio empezó a dominarme y
no tenía fuerzas para contenerme. Tan sólo me condenaba mí conciencia y me daba
vergüenza el confesárselo al anciano. Pero por una disposición de la misericordia de Dios,
unos hermanos vinieron a visitar al anciano buscando provecho para sus almas y le
preguntaron sobre sus propios pensamientos. El anciano respondió: "Nada hay tan perjudicial
para los monjes y alegra tanto a los demonios como el ocultar sus pensamientos a los Padres
espirituales". Luego les habló de la continencia. Mientras hablaba, yo me puse a pensar que
Dios había revelado al anciano lo que yo había hecho. Arrepentido, empecé a llorar, saqué del
bolsillo el panecillo que tenía la mala costumbre de robar y arrojándome al suelo pedí perdón
por el pasado y su oración para enmendarme en el futuro. Entonces el anciano me dijo: "Hijo
mío, sin que yo haya tenido necesidad de decir una sola palabra, tu confesión te ha liberado de
esa esclavitud; y acusándote tú mismo, has vencido al demonio que entenebrecía tu corazón
procurando tu silencio. Hasta ahora le habías permitido que te dominara sin contradecirle ni
resistirle de ninguna manera. En adelante, nunca más tendrá morada en ti, porque ha tenido
que salir de tu corazón a plena luz". Todavía estaba hablando el anciano cuando se hizo
realidad lo que decía: salió de mi pecho una especie de llama que llenó toda la casa de un olor
fétido, hasta tal punto que los presentes pensaron que se había quemado una buena cantidad
de azufre. Y el anciano dijo entonces: «Hijo mío, con esta señal, el Señor ha querido darnos
una prueba de la verdad de mis palabras y de la realidad de tu liberación"».
26.
Decían del abad Macario que cuando descansaba con los hermanos se había fijado
esta norma: si había vino, bebía en atención a los hermanos, pero luego por cada vaso de vino
pasaba un día sin probar agua. Y los hermanos, pensando que le daban gusto, le ofrecían vino.
Y el anciano lo tomaba con alegría para mortificarse después. Pero uno de sus discípulos que
conocía su norma, dijo a los hermanos: «Por amor de Dios, no le deis vino, que luego se
atormenta en su celda». Cuando los hermanos lo supieron nunca más le dieron vino.
27.
El abad Macario el mayor, decía en Scitia a los hermanos: «Después de la misa en la
iglesia, huid, hermanos». Y uno de ellos le preguntó: «¿Padre, dónde podremos huir más lejos
de este desierto?». El abad puso su dedo en la boca y dijo: «De esto, os digo, que tenéis que
huir». Y él entraba en su celda y cerrando la celda se quedaba solo.
28.
Dijo el abad Macario: «Si queriendo reprender a alguno, te domina la ira, satisface tu
propia pasión. Por salvar a tu prójimo, no debes perderte tu».
29.
El abad Pastor dijo: «Si Nabuzardán, el jefe de cocina, no hubiese venido, no se
hubiese incendiado el templo del Señor (cf. 2 Re 25,8). Del mismo modo, si la gula y la hartura
en el comer no penetran en el alma, nunca sucumbirá el espíritu en su lucha contra el
enemigo».
30.
Se decía del abad Pastor que cuando le invitaban a comer iba a disgusto y contra su
voluntad, para no desobedecer y contristar a sus hermanos.
31.
Le contaban al abad Pastor que había un monje que no bebía vino. Y él les respondió:
«El vino no convierte en absoluto a los monjes».
32.
Dijo el abad Pastor: «Así como el humo expulsa a las abejas para retirar la dulce miel
que han elaborado, así las comodidades corporales arrojan del alma el temor de Dios y le
roban toda obra buena».
33.
He aquí lo que un anciano contó del abad Pastor y de sus hermanos: «Vivían en
Egipto. Su madre deseaba verlos, pero no podía conseguirlo. Un día se presentó ante ellos,
cuando acudían a la iglesia. Al verla, volvieron a sus celdas y le dieron con la puerta en las
narices. Entonces ella, de pie ante la puerta, se puso a gritar y a llorar para moverles a
compasión. Al escucharla, el abad Anub acudió al abad Pastor y le dijo: "¿Qué podemos hacer
por esta anciana que llora ante la puerta?". El abad Pastor acudió a la puerta y desde dentro
escuchó sus lamentos, que verdaderamente movían a compasión. Y dijo: "¿Por qué lloras así,

17

anciana?". Ella, al oír su voz, redobló sus gritos y sus lamentos diciendo: "Deseo veros, hijos
míos. ¿Qué puede suceder porque os vea? ¿Acaso no soy vuestra madre? ¿No os amamanté
y mis cabellos no están ya completamente blancos?". Al oír su voz los monjes se conmovieron
profundamente. Y el anciano le dijo: "¿Prefieres vernos aquí o en el otro mundo?". Y ella
replicó: "Si no os veo aquí abajo, hijos míos, ¿os veré allí arriba?", y el abad Pastor le contestó:
"Si tienes valor para no vernos aquí abajo, nos verás allí arriba". Y la mujer se marchó alegre
diciendo: "Si es seguro que he de veros allá arriba, no quiero veros aquí".
34.
Se decía del abad Pior que comía caminando. Y al preguntarle uno por qué comía así,
respondió que no comía como el que realiza una ocupación sino como el que realiza una cosa
superflua. A otro que le hizo la misma pregunta le contestó: «Es para que mientras como el
alma no experimente ningún placer corporal».
35.
Decían del abad Pedro Pionita, que vivía en las Celdas, que no bebía vino. Cuando se
hizo viejo, le rogaban que tomase un poco. Como no aceptaba, se lo mezclaron con agua y se
lo presentaron. Y dijo: «Creedme, hijos, que lo considero un lujo». Y se condenaba a si mismo
por tomar ese agua teñida de vino.
36.
Se celebraron un día misas en el monte del abad Antonio, y se halló allí un poco de
vino. Uno de los ancianos llenó una copita y se la llevó al abad Sisoés y éste se la bebió.
Recibió una segunda copa y la bebió también. Pero cuando le trajeron la tercera, la rechazó
diciendo: «Alto, hermano, ¿acaso ignoras que existe Satanás?».
37.
Un hermano pregunto al abad Sisoés: «¿Qué debo hacer? Porque cuando voy a la
iglesia a menudo los hermanos me retienen por caridad para la comida». Y dijo el anciano: «Es
cosa peligrosa». Y su discípulo Abraham le preguntó entonces: «Si se acude a la iglesia el
sábado y el domingo y un hermano bebe tres copas, ¿es demasiado?». «No lo sería si no
existiese Satanás», respondió el anciano.
38.
A menudo, su discípulo decía al abad Sisoés: «Padre, vamos a comer». Pero él
contestaba: «Pero hijo mío, ¿no hemos comido?». «No, padre», replicaba el discípulo.
Entonces, el viejo decía: «Si no hemos comido, trae lo necesario y comamos».
39.
Un día el abad Sisoés decía con parrhesia: «Créeme; hace treinta años que no ruego a
Dios por mis pecados, sino que le digo en mi oración: "Señor Jesucristo, defiéndeme de mi
lengua". Pero hasta ahora, caigo por causa de ella y cometo pecado».
40.
El abad Silvano y su discípulo Zacarías llegaron un día a un monasterio y, antes de
despedirse, les hicieron tomar un poco de alimento. Y en el camino, encontraron agua y el
discípulo quiso beber, pero el abad Silvano le dijo: «Zacarías, hoy es ayuno». «Padre,
respondió Zacarías, ¿no hemos comido hoy?», y el anciano le contestó: «Aquella comida la
hicimos por caridad, pero ahora, hijo, guardaremos nuestro ayuno».
41.
Santa Sinclética dijo: «El estado que hemos elegido nos obliga a guardar la castidad
más perfecta. Porque los seglares piensan que guardan castidad, pero es necedad ya que
pecan con los otros sentidos, sus miradas son poco decentes y ríen desordenadamente».
42.
Dijo también: «Así como las medicinas amargas alejan a los animales venenosos, el
ayuno, con oración, arroja del alma los malos pensamientos».
43.
Decía también: «No te dejes seducir por los placeres de los ricos de este mundo, como
si estos goces encerraran alguna utilidad. Por ellos dan culto al arte culinario. Pero tú, estima
en más las delicias del ayuno y de una comida vulgar. Ni siquiera te sacies de pan, ni desees el
vino».
44.

El abad Sisoés decía: «Nuestra verdadera vocación es dominar la lengua».

45.
El abad Hiperiquio decía: «El león es terrible para los potros salvajes. Lo mismo el
monje experimentado para los pensamientos deshonestos».

18

46.
Decía también: «El ayuno es el freno del monje contra el pecado. El que lo abandona
es arrastrado por el deseo de la mujer como un fogoso caballo».
47.
Decía también: «Por el ayuno, el cuerpo desecado del monje eleva su alma de su
bajeza y seca las fuentes de los placeres».
48.
Dijo también: «El monje casto será honrado en la tierra y coronado por el Altísimo en el
cielo».
49.
El mismo dijo: «El monje que no retiene su lengua en los momentos de ira, tampoco
dominará las pasiones de la carne cuando llegue el momento».
50.
Decía también: «Es mejor comer carne y beber vino que comer la carne de los
hermanos murmurando de ellos».
51.
Decía también: «Que tu boca no pronuncie palabras malas, pues la viña no tiene
espinas».
52.
«La serpiente con sus insinuaciones arrojó a Eva del paraíso. Lo mismo ocurre al que
habla mal del prójimo: pierde el alma del que le escucha y no salva la suya».
53.
Un día de fiesta en Scitia, trajeron a un anciano un vaso de vino. El lo rechazo
diciendo: «Aparta de mi esta muerte». Y al ver esto los que comían con él tampoco bebieron.
54.
En otra ocasión trajeron un jarro de vino nuevo, para repartir un vaso a cada uno de los
hermanos. Y al entrar un hermano y ver que estaban bebiendo vino, huyó a una gruta y la gruta
se hundió. Al oír el ruido, acudieron los demás y encontraron al hermano tendido en tierra
medio muerto. Y comenzaron a reprenderle: «Te está bien empleado a causa de tu
vanagloria». Pero el abad le confortó diciendo: «Dejad en paz a mi hijo. Ha hecho una obra
buena. Y vive Dios, que mientras yo viva no se reedificará esta gruta para que el mundo sepa
que por causa de un vaso de vino se hundió la gruta de Scitia».
55.
Un día el presbítero de Scitia acudió a visitar al obispo de Alejandría. Y cuando volvió
le preguntaron los hermanos: «¿Qué pasa por la ciudad?». El respondió: «Creedme hermanos,
no he visto allí a nadie más que al obispo». Al oírle se admiraron y le dijeron: «¿Qué ha
sucedido con todo el resto de la población?». Pero el presbítero les reanimó diciendo: «Me he
dominado para no ver ningún rostro de hombre». Este relato aprovechó a los hermanos y se
guardaron de levantar sus ojos.
56.
Un anciano vino a visitar a otro anciano, y éste dijo a su discípulo: «Prepáranos unas
pocas lentejas». Y él las preparó. Luego le dijo: «Tráenos pan», y lo trajo. Y estuvieron
hablando de cosas espirituales hasta la hora de sexta del día siguiente. De nuevo el anciano
dijo a su discípulo: «Hijo, prepáranos unas pocas lentejas». Y el discípulo respondió: «Las
tengo preparadas desde ayer». Y levantándose se pusieron a comer.
57.
Un anciano vino al encuentro de uno de los Padres. Este preparó unas pocas lentejas y
dijo: «Recitemos el oficio y luego comeremos». Uno de ellos recitó todo el Salterio. El otro
recitó de memoria, y por su orden, dos de los profetas mayores. Al amanecer, el visitante se
marchó: se habían olvidado de comer.
58.
Un hermano tuvo hambre desde por la mañana. Luchó consigo mismo, para no comer
hasta la hora de tercia. A la hora de tercia se violentó para esperar hasta .sexta. Preparó su
pan y se sentó para comer. Pero enseguida se levantó diciendo: «Esperaré hasta la hora de
nona». A la hora de nona hizo su oración y vio la tentación del Diablo salir de si como una
humareda. Y dejó de sentir hambre.
59.
Un anciano cayó enfermo y no pudo tomar alimento durante muchos días. Su discípulo
le pidió permiso para prepararle algo que le reconfortase. Fue y le preparó una papilla con
harina de lentejas. Había allí colgado un vaso que contenía un poco de miel y otro lleno de
aceite de lino que olía muy mal y que sólo servia para la lámpara. El hermano se equivocó y en

19

vez de miel echó en la papilla el fétido aceite. Al gustarlo el anciano no dijo nada y siguió
comiendo en silencio. Y el hermano le insistía para que comiese más. Y el anciano haciéndose
violencia volvió a comer. Insistió el hermano por tercera vez, pero el anciano rehusó diciendo:
«De veras, hijo, no puedo más». El discípulo le animaba diciéndole: «Padre, está muy bueno,
voy a comer contigo». Y al probarlo, y comprender lo que había hecho, se arrojó rostro en
tierra, diciendo: «¡Ay de mi, padre!, te he asesinado, y me has cargado con este pecado porque
no has dicho nada». Y el anciano respondió: «No te angusties, hijo; si Dios hubiera querido que
comiese miel, tú hubieras puesto miel en esta papilla».
60.
Se contaba de un anciano que un día tuvo deseos de comer un pepino. Lo tomó y se lo
puso delante de sus ojos. Y aunque no sucumbió a su deseo, para dominarse hizo penitencia
por haberlo deseado con exceso.
61.
Un monje fue a visitar a su hermana que estaba enferma en un monasterio. Esta monja
era muy observante. Y no consintió en ver a ningún varón, ni quiso dar ocasión a su hermano
para que viniera en medio de las mujeres por causa de ella. Y mandó que le dijeran: «Vete,
hermano, y ruega por mi. Con la gracia de Cristo te veré en el Reino de los cielos».
62.
Un monje encontró a unas monjas en su camino. Y al verlas se apartó de la calzada.
Pero la abadesa le dijo: «Si fueses un monje perfecto, no nos hubieras mirado y no hubieras
sabido que éramos mujeres».
63.
Un día los hermanos fueron a Alejandría, llamados por el arzobispo Teófilo, para que
con su oración quedasen destruidos los templos paganos. Y mientras comían con él, les fue
servida carne de vaca, y la comieron sin saber lo que era. Y tomando un trozo el arzobispo se
la ofreció al anciano, que se sentaba a su lado, diciendo: «Come, Padre, que es un buen
pedazo». Pero los otros le respondieron: «Habíamos creído, hasta ahora, que se trataba de
legumbres. Pero si es carne no comeremos más». Y ninguno de ellos volvió a tomar nada.
64.
Un hermano trajo panes tiernos e invitó a su mesa a unos ancianos. Y después de
comer cada uno de ellos un panecillo, se detuvieron. El hermano, que conocía su gran
abstinencia, empezó a suplicarles con humildad: «Por amor de Dios, comed hoy hasta
saciaros». Y cada uno comió otros diez panes. Esto muestra que si comieron por amor de Dios
en esta ocasión, eran verdaderos monjes que iban muy lejos en su abstinencia.
65.
Un día, un anciano enfermó gravemente y sus entrañas arrojaban sangre. Y un
hermano trajo unas ciruelas pasas e hizo con ellas una compota y se la ofreció al anciano
diciendo: «Come, que tal vez esto te siente bien». El anciano mirándole lentamente le dijo: «De
verdad te digo que me gustaría que Dios me mantuviera treinta años con esta enfermedad». Y
no accedió, en modo alguno, a tomar un pequeño alimento a pesar de su grave enfermedad. El
hermano recogió lo que había traído y volvió a su celda.
66.
Otro anciano vivía muy dentro del desierto. Vino a visitarle un hermano y lo encontró
enfermo. Le lavó el rostro y preparó una comida con lo que él había traído. Al ver esto, dijo el
anciano: «Es verdad, hermano, había olvidado que los hombres encuentran consuelo en la
comida». El hermano le ofreció también un vaso de vino. El anciano al verlo se echó a llorar,
diciendo: «No esperaba que tuviese que beber vino antes de mi muerte».
67.
Un anciano había decidido no beber agua durante cuarenta días. Y cuando hacia calor
lavaba su jarra y la colocaba delante de sus ojos. Los hermanos le preguntaron por qué hacia
esto, y él les respondió: «Es para sufrir más viendo lo que tanto deseo sin gustarlo. Así
mereceré mayor recompensa del Señor».
68.
Un hermano viajaba con su madre, ya anciana. Llegaron a un río que la anciana no
podía atravesar. Su hijo tomó su manto, envolvió con él sus manos, para no tocar con ellas el
cuerpo de su madre y cargando con ella atravesó el río. Su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué
envolviste así tus manos?». Y él le respondió: «Porque el cuerpo de una mujer es fuego. Y si te
hubiera tocado me hubiera venido el recuerdo de otras mujeres».

20

69.
Un padre decía: «Conozco un hermano que ayunaba en su celda toda la semana de
Pascua. Y cuando la tarde del sábado venía para la sinaxis, se escapaba en seguida de la
comunión, para que los hermanos no le obligaran a comer con ellos. El sólo comía unas pocas
hierbas cocidas con sal y sin pan».
70.
Un día en Scitia, los hermanos fueron convocados para preparar las palmas. Uno de
ellos enfermó por su gran austeridad de vida, se puso a toser y a escupir sin quererlo sobre un
hermano suyo. Este estaba tentado a decirle: «Basta ya, no escupas sobre mi». Pero para
dominarse, tomó el salivazo y llevándoselo a la boca, lo tragó. Y se dijo a si mismo: «Una de
dos: o no digas a tu hermano lo que puede contristarle, o come lo que aborreces».

21

CAPÍTULO V

DE LA IMPUREZA

22

1.
El abad Antonio decía: «Pienso que en el cuerpo existen movimientos carnales
naturales. No operan si no se consiente en ellos, y se manifiestan en el cuerpo tan sólo como
un movimiento sin pasión. Hay otros movimientos en el cuerpo que se fomentan y alimentan
con la comida y la bebida y con ellas se excita el calor de la sangre para actuar. Y por eso dice
el Apóstol: "No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje" (Ef 5,18). Y también el
Señor en el Evangelio dice a sus discípulos: "Guardaos de que no se hagan pesados vuestros
corazones por el libertinaje y la embriaguez ». (Luc 21,34).
2.
«Finalmente se da otra especie de movimientos carnales entre los que luchan en la
vida monástica: provienen de las insidias y de la envidia del demonio».
3.
«Conviene pues saber que existen tres clases de movimientos carnales. Unos, de la
naturaleza; otros, de la abundancia en el comer; los terceros, del demonio».
4.
El abad Geroncio de Petra dijo: «Muchos de los que son tentados de deleites
corporales, aunque no pequen corporalmente, pecan de pensamiento. Y aunque conserven la
virginidad corporal, fornican en su alma. Por eso, carísimos, bueno es hacer lo que está escrito:
"Por encima de todo cuidado, guarda tu corazón"». (Prov. 5).
5.
El abad Casiano dijo: «El abad Moisés nos ha enseñado esto: "Es bueno no ocultar los
pensamientos, sino descubrirlos a los Padres espirituales que tienen discernimiento de espíritu,
pero no a los que sólo son ancianos por la edad. Porque muchos monjes, que fiándose
solamente de la edad manifestaron sus pensamientos a quienes no tenían experiencia, en vez
de consuelo encontraron desesperación"».
6.
Había un hermano muy celoso de su perfección. Turbado por el demonio impuro,
acudió a un anciano y le descubrió sus pensamientos. Este, después de oírle, se indignó y le
dijo que era un miserable, indigno de llevar el hábito monástico el que tenía tales
pensamientos. Al oír estas palabras, el hermano, desesperado, abandonó su celda y se volvió
al mundo. Pero por disposición divina se encontró con el abad Apolo. Este, al verle turbado y
muy triste, le preguntó: «Hijo mío, ¿cuál es la causa de una tristeza tan grande?». El otro,
avergonzado, al principio no le contestó nada. Pero ante la insistencia del anciano, por saber
de qué se trataba, acabó por confesar: «Me atormentan pensamientos impuros; he hablado con
tal monje y, según él, no me queda ninguna esperanza de salvación. Desesperado, me vuelvo
al mundo». Al oir esto el padre Apolo, como médico sabio, le exhortaba y le rogaba con mucha
fuerza: «No te extrañes, hijo mio, ni te desesperes. Yo también, a pesar de mi edad y de mí
modo de vivir soy muy molestado por esa clase de pensamientos. No te desanimes por estas
dificultades, que se curan, no tanto por nuestro esfuerzo como por la misericordia de Dios. Por
hoy, concédeme lo que te pido y vuelve a tu celda». El hermano así lo hizo. El abad Apolo se
encaminó a la celda del anciano que le había hecho caer en desesperación. Y quedándose
fuera, suplicó a Dios con muchas lágrimas: «Señor, tú que suscitas las tentaciones para
nuestro provecho, traslada la lucha que padece aquel hermano a este viejo, para que aprenda
por experiencia, en su vejez, lo que no le enseñaron sus muchos años, y se compadezca de
los que sufren esta clase de tentaciones». Terminada su oración, vio un etíope de pie junto a la
celda, que lanzaba flechas contra el viejo. Este, al ser atravesado por ellas, se puso a andar de
un lado a otro como si estuviese borracho. Y como no pudiese resistir, salió de su celda y por el
mismo camino que el joven monje se volvía al mundo. El abad Apolo, sabiendo lo que pasaba,
salió a su encuentro y le abordó diciendo: «¿Dónde vas, y cuál es la causa de tu turbación?».
El otro sintió que el santo varón había comprendido lo que le pasaba y por vergüenza no decía
nada. El abad Apolo le dijo: «Vuelve a tu celda y de ahora en adelante reconoce tu debilidad. Y
piensa en el fondo de tu corazón, o que el diablo te ha ignorado hasta ahora, o que te ha
despreciado porque no has merecido luchar contra él, como los varones virtuosos. ¿Qué digo
combates? Ni un sólo día has podido resistir sus ataques. Esto te sucede porque cuando
recibiste a ese joven atormentado por el enemigo común, en vez de reconfortarle en su
diabólico combate con palabras de consuelo, lo sumiste en la desesperación, olvidando el
sapientísimo precepto que nos manda: "Libra a los que son llevados a la muerte y retén a los
que son conducidos al suplicio". (Prov. 14,11). Y también has olvidado la palabra de nuestro
Salvador: "La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante" (Mar 12, 20).
Nadie podría soportar las insidias del enemigo, ni apagar o resistir los ardores de la naturaleza,

23

sin la gracia de Dios que protege la debilidad humana. Pidámosle constantemente para que por
su saludable providencia aleje de ti el azote que te ha enviado, pues es quien nos envía el
sufrimiento y nos devuelve la salud. Golpea y su mano cura, humilla y levanta; mortifica y
vivifica; hace bajar a los infiernos y los vuelve a sacar». (Cf. 1 Re 2). Dicho esto, el anciano se
puso en oración y el viejo se vio enseguida libre de sus tentaciones. Luego el abad Apolo le
aconsejó que pidiese a Dios una lengua sabia, para que supiera hablar cada palabra a su
tiempo.
7.
Uno preguntó al abad Siro de Alejandría sobre los pensamientos impuros. Y él le
respondió: «Si no tuvieses estos pensamientos no habría esperanza para ti, pues si no tienes
pensamientos es porque cometes actos impuros. Me explico: "Si uno no lucha de pensamiento
contra el pecado y no se opone a ellos con todas sus fuerzas, peca con su cuerpo. El que peca
con su cuerpo no sufre molestias de sus pensamientos"».
8.
Un anciano preguntó a un hermano: «¿No tienes costumbre de hablar con mujeres?».
Y dijo el hermano: «No. Pero los pintores antiguos y modernos son los que provocan mis
pensamientos así como algunos recuerdos me turban con imágenes de mujeres». El anciano le
dijo: «No temas a los muertos, pero huye de los vivos, es decir, del consentimiento y de los
actos pecaminosos. Y sobre todo, ora más».
9.
El abad Matoés contaba que un hermano le dijo que era peor la maledicencia que la
impureza. Yo le respondí: «Muy fuerte es tu afirmación». Y el hermano me dijo: «¿Por qué?». Y
le dije: «La maledicencia es un mal, pero se cura rápidamente pues el que la comete hace
penitencia diciendo: "He hablado mal", y se acabó. Pero la impureza lleva naturalmente a la
muerte».
10.
Decía el abad Pastor: «Como el guardaespaldas está junto al príncipe, preparado para
cualquier eventualidad, así también conviene que el alma esté siempre preparada contra el
demonio de la impureza».

11.
Un hermano vino un día al abad Pastor y le dijo: «Padre, ¿qué debo hacer? Tengo
tentaciones de impureza. He acudido al abad Ibistión y me ha dicho: "No debes permitir que
permanezcan en tu alma"». Y el abad Pastor le dijo: «El abad Ibistión vive arriba en el cielo con
los ángeles y no sabe que tú y yo somos combatidos por la impureza. Si el monje se mantiene
en el desierto reteniendo su lengua y su apetito, puede estar tranquilo, no morirá».
12.
Se cuenta de la abadesa Sara que durante trece años fue violentamente combatida por
el demonio de la impureza. Y jamás pidió en su oración verse libre de esa lucha. Solamente
decía: «Señor, dame fortaleza».
13.
Se contaba también de ella: un día, este mismo demonio le atacó más
encarnizadamente que otras veces, sugiriéndole pensamientos de las vanidades del mundo.
Pero ella, sin apartarse del temor de Dios y de sus propósitos de abstinencia, subió a la terraza
para orar. Y se le apareció corporalmente el espíritu de fornicación y le dijo: «Me has vencido,
Sara». Y ella respondió: «No te he vencido yo; ha sido Cristo, mi Señor».
14.
Un hermano fue atacado de impureza y la tentación era como un fuego que ardía, día y
noche, en su corazón. El luchaba sin condescender ni consentir con su pensamiento. Mucho
tiempo después, la tentación desapareció sin conseguir nada, gracias a la perseverancia del
hermano. Y enseguida una luz apareció en su corazón.
15.
Otro hermano fue atacado de impureza. Se levantó de noche y fue a visitar a un
anciano. Le contó sus pensamientos y el anciano le consoló. Confortado en ese consuelo
volvió a su celda. Y de nuevo el espíritu de fornicación volvió al ataque. Y de nuevo acudió al
anciano. Y la cosa se repitió muchas veces. El anciano no le desanimaba, sino que le decía lo
que le podía ser útil en su situación: «No cedas al diablo ni aflojes en tu lucha. Por el contrario,
a cada ataque del demonio, ven a buscarme y el demonio derrotado se alejará. Pues nada
alegra más al demonio que el que se oculten sus tentaciones. Y nada le molesta más que el
que le descubran sus pensamientos». Por once veces vino el hermano al anciano acusándose

24

de sus pensamientos. La última vez el hermano dijo al anciano: «Sé caritativo conmigo y dime
una palabra». Entonces el anciano le respondió: «Créeme hijo, si Dios permitiese que los
pensamientos que combaten mi alma pudiesen pasar a la tuya, no podría soportarlos y caerías
muy bajo». Dichas estas palabras, por la gran humildad del anciano, se apaciguó el espíritu de
impureza en el hermano.
16.
Otro hermano fue combatido de impureza. Luchó y redobló su abstinencia y durante
catorce años se guardó de consentir a sus malos deseos. Luego vino a la asamblea y
descubrió delante de todos lo que padecía. Y todos recibieron el mandato de socorrerle.
Hicieron penitencia y oraron a Dios por él durante una semana y se apaciguó su tentación.
17.
Un anciano decía de los pensamientos de impureza: «Eremita, ¿quieres salvarte
después de tu muerte? Vete, trabaja, vete, mortifícate, busca y encontrarás. Vigila, llama y se
te abrirá. En el mundo los atletas son coronados cuando se han curtido en la lucha y han
demostrado su fortaleza. A veces, uno lucha contra dos, y estimulado por los golpes logra la
victoria. ¿Has visto cuánta fuerza ha conseguido con sus ejercicios físicos en el gimnasio?
Pues bien, tú también mantente firme y fuerte y el Señor combatirá contigo contra tu enemigo».
18.
Del mismo tema de los pensamientos impuros dijo otro anciano: «Haz como el que
pasa por la calle o por delante de una taberna y percibe el olor de la cocina y de los asados. El
que quiere entra y come; el que no quiere sólo huele y se va. Haz tú lo mismo, rechaza ese mal
olor, levántate y ora diciendo: "Hijo de Dios, ayúdame". Haz esto mismo para ahuyentar los
otros pensamientos. Por otra parte no somos extirpadores de los pensamientos, sino
combatientes».
19.
Otro anciano decía de los pensamientos de impureza: «Los padecemos por
negligencia. Pues si consideramos que Dios habita en nosotros, no dejaríamos entrar nada
extraño en nuestra alma. Cristo, que mora en nosotros y vive con nosotros, es testigo de
nuestra vida. Por eso nosotros que lo llevamos con nosotros y le contemplamos, no debemos
descuidamos, sino santificarnos, como El es santo. Mantengámonos sobre la piedra, y el
maligno se estrellará contra ella. No temas, que no te puede vencer. Canta con valentía: "Los
que confían en Yahveh son como el monte Sión, que es inconmovible, estable para siempre"».
(Sal 124, 1).
20.
Un hermano preguntó a un anciano: «Si un monje cae en pecado, se angustia porque
de progresar en la virtud pasa a un estado peor y tiene que trabajar para levantarse. Al
contrario, el que viene del mundo, como parte de cero, siempre progresa». El anciano le
respondió: «El monje que sucumbe ante la tentación es como una casa que se derrumba. Y si
reconsidera su vocación, reedifica la casa destruida. Encuentra muchos materiales útiles para
el edificio, tiene los cimientos, piedras, arena y todas las otras cosas necesarias para la
construcción, y así rápidamente levanta la casa. El que ni ha cavado, ni ha echado los
cimientos, ni tiene nada de aquello que es necesario, ha de ponerse a la obra con la esperanza
de terminarla un día. Lo mismo sucede si el monje sucumbe a la tentación. Si se vuelve a Dios,
tiene toda la ayuda de la meditación de la ley divina, de la salmodia, del trabajo manual, de la
oración y otras muchas cosas que son fundamentales. Al contrario, el novicio, mientras
aprende todo esto, continúa en su estado primitivo».
21.
Un hermano atormentado por el espíritu impuro, fue a visitar a un anciano muy notable
y le rogaba, diciendo: «Hazme la caridad de rogar por mi, pues soy muy tentado de impureza».
El anciano oró al Señor. Pero el hermano volvió por segunda vez repitiendo las mismas
palabras. El anciano, por su parte, insistió en la oración al Señor diciendo: «Señor, revélame la
causa de la acción del diablo contra este hermano, porque te lo he pedido, y no ha encontrado
todavía la paz». Y el Señor le descubrió lo que le sucedía a aquel hermano. Vio al hermano
sentado y a su lado el espíritu de fornicación, y como si jugase con él. Y el ángel enviado en su
ayuda estaba en pie indignado contra el hermano, porque no se postraba ante Dios, antes se
complacía en sus pensamientos volcando en ellos toda su atención. El anciano comprendió
que la culpa era toda del hermano y le dijo: «Tú consientes en tus pensamientos». Y le enseñó
cómo debía resistir a aquellos pensamientos. E instruido el hermano por la doctrina de aquel
anciano y con la ayuda de su oración, encontró descanso para su tentación.

25

22.
En cierta ocasión el discípulo de un anciano notable fue tentado de impureza. El
anciano que veía su sufrimiento, le dijo: «¿Quieres que ruegue al Señor para que te libere de
esta lucha?». El discípulo le respondió: «Padre, veo que estoy padeciendo mucho, pero siento
también el fruto que saco de esta lucha. Por eso pide al Señor en tus oraciones que me dé la
fuerza para resistir». Y su abad le dijo: «Ahora veo, hijo mío, lo mucho que has adelantado y
que me has superado a mí».
23.
Se cuenta que un anciano bajó a Scitia, con su hijo que todavía no había sido
destetado, el cual, como se crió en el monasterio, no sabía que existieran mujeres. Cuando se
hizo hombre, los demonios le presentaban de noche figuras de mujeres, y él admirado se lo
comunicó a su padre. En cierta ocasión subió con su padre a Egipto y al ver mujeres le dijo:
«Estas son las que se me presentaban de noche en Scitia». Y el anciano le dijo: «Hijo, estos
son monjes que viven en el mundo. Usan un hábito distinto del de los ermitaños». Y se extrañó
el anciano de que los demonios le hubieran presentado imágenes de mujeres en Scitia, y
enseguida se volvieron a su celda.
24.
En Scitia, se encontraba un hermano muy probado por las tentaciones. El enemigo le
traía la memoria de una hermosa mujer y le atormentaba mucho. Y sucedió, por disposición
divina, que otro hermano bajó de Egipto a Scitia. Y hablando entre ellos le comunicó la muerte
de cierta persona. Era precisamente aquella mujer que turbaba al hermano. Al oírlo, tomó su
manto y de noche acudió al lugar donde la habían enterrado. Cayó la tumba, limpió con su
manto la sangre putrefacta de ella, y se volvió a su celda con ella. El olor era intolerable, pero
él ponía ante sí aquella podredumbre y combatía sus pensamientos, diciendo: «Mira lo que
tanto deseabas. Ya lo tienes, sáciate con ello». Y se impuso el tormento de ese hedor hasta
que cesó dentro de su alma aquella lucha.
25.
Una persona vino un día a Scitia para hacerse monje. Traía con él a su hijo que
acababa de ser destetado. Cuando el niño se hizo adulto, los demonios empezaron a atacarle y
a tentarle. Y dijo a su padre: «Voy a volver al mundo; pues no puedo dominar mis pasiones
carnales». Su padre le animaba, pero él volvió a la carga: «No puedo aguantar más; padre,
déjame marchar». Su padre le insistió: «Hijo, escúchame una vez más. Toma cuarenta panes y
hojas de palma para cuarenta días de trabajo. Vete al interior del desierto, estáte allí cuarenta
días y que se cumpla la voluntad de Dios». Obediente a su padre se fue al desierto, y
permaneció allí, trabajando y tejiendo palmas secas y comiendo pan seco. Después de veinte
días de hesyquia 1 vio una aparición diabólica. Se puso en pie delante de él una especie de
mujer etíope, de aspecto repugnante y fétido. Su hedor era tan insoportable que no lo podía
aguantar y la arrojó lejos de si. Y ella le dijo entonces: «Soy la que aparezco dulce en el
corazón de los hombres. Pero por tu obediencia y perseverante ascesis, Dios no me ha
permitido seducirte, sino que te di a conocer mi hedor». El se levantó y, dando gracias a Dios,
volvió a su padre y le dijo: «No quiero volver al mundo, padre. He visto la obra del diablo y he
sentido su hedor». Su padre, que había sabido lo ocurrido por una revelación, le dijo: «Si te
hubieras quedado allí cuarenta días y hubieras guardado mi mandato hasta el final, hubieras
visto cosas más extraordinarias».
26.
Un anciano moraba muy dentro del desierto. Tenía una pariente que hacia muchos
años deseaba verle. Ella se enteró del lugar donde moraba, y se puso en camino hacia el
desierto. Encontró a unos camelleros, se unió a ellos y con ellos se adentró en el desierto. Era
llevada por el diablo. Llegando a la puerta del anciano se dio a conocer, diciendo: «Soy yo, tu
pariente» y se quedó con él. Otro monje que moraba en la parte inferior del desierto, llenaba su
jarra de agua a la hora de la comida; y de pronto se cayó la jarra y se derramó el agua. Y por
inspiración de Dios, se dijo: «Iré al desierto y contaré a los ancianos esto que me ha sucedido
con el agua». Se puso en marcha y como se hiciese tarde durmió en un templo pagano que
había junto al camino. Y durante la noche oyó a los demonios que decían: «Esta noche
haremos caer a aquel monje en la impureza». Al oírlo, se afligió mucho y llegándose al anciano
lo encontró triste. Y le dijo: «¿Qué he de hacer, Padre? Lleno mí jarra de agua y a la hora de la
comida se derrama toda». El anciano le respondió: «Vienes a preguntarme por qué se te cae la
jarra. Y yo ¿qué debo hacer, pues esta noche he caído en la fornicación?». «Lo sabía», le
respondió el otro. «¿Tú, cómo lo sabes?», le dijo el anciano. «Dormía en un templo y oí a los
demonios hablar de ti», le contestó. Y el anciano dijo: «Me vuelvo al mundo». Pero el hermano
le suplicaba: «No, Padre, quédate aquí; despide a esa mujer. Lo que te ha ocurrido ha sido

26

obra del enemigo». El anciano le escuchó y se animó. Redobló su penitencia con muchas
lágrimas, hasta que recobró su estado anterior.
27.
Un anciano dijo: «El desprendimiento, el silencio y la meditación en secreto, engendran
pureza».
28.
Un hermano preguntó a un anciano: «Si alguno cae en tentación, ¿qué pasa con el
escándalo de los demás?». Y el anciano le contó esta historia: «Había un diácono muy
conocido en un monasterio de Egipto. Un magistrado, perseguido por el gobernador, vino con
toda su familia al monasterio. Bajo la acción del maligno el diácono pecó con la mujer del
magistrado y todos los hermanos se llenaron de vergüenza. El diácono fue a ver a un anciano y
le contó lo sucedido. El anciano tenía una celda interior oculta. Cuando la vio el diácono le dijo:
"Entiérrame aquí mismo vivo y no se lo digas a nadie". Y entró en aquella celda obscura e hizo
allí verdadera penitencia. Mucho tiempo después aconteció que no se produjo la crecida del
Nilo. Y mientras todos rezaban las letanías, le fue revelado a uno de los ancianos, que el agua
del río no subiría, si no venía a rezar con ellos el diácono que estaba escondido en la celda de
uno de los ancianos. Al oírlo, se admiraron mucho y fueron a sacarle del lugar donde estaba.
Oró y subió el agua. Y los que se habían escandalizado de él, quedaron después edificados de
su penitencia, y glorificaron a Dios».
29.
Dos hermanos fueron a la ciudad para vender lo que habían fabricado. En la ciudad se
separaron y uno de ellos cayó en la fornicación. Poco después llegó el otro hermano y le dijo:
«Hermano, regresemos a nuestra celda». «No voy», respondió el otro. «¿Por qué no,
hermano?». «Porque cuando me dejaste, dijo el otro, me vi tentado y pequé de impureza».
Pero su hermano, queriéndoselo ganar, se puso a decirle: «También a mí me ha sucedido lo
mismo, y después de dejarte he fornicado también. Pero volvamos y hagamos juntos
penitencia con toda nuestra fuerza, y Dios nos perdonará aunque seamos pecadores». Al
volver a su celda, contaron a los ancianos lo que les había ocurrido, y éstos les señalaron la
penitencia que debían cumplir. Uno de ellos, sin embargo, no hacia penitencia por si, sino por
el otro hermano, como si también él hubiera pecado. Viendo Dios su penitencia y su caridad, a
los pocos días descubrió a uno de los ancianos que por la gran caridad de aquel hermano, que
no había pecado, había perdonado al que había fornicado. Esto en verdad es dar su vida por el
hermano.
30.
Un hermano fue un día a decir a un anciano: «Padre, mi hermano me abandona para ir
no sé dónde y sufro por ello». El anciano le animaba: «Hermano, llévalo con paz, y Dios viendo
tu sufrimiento y tu paciencia, lo traerá de nuevo junto a ti. Sabes que la severidad y la dureza
no valen para hacer cambiar de idea a nadie. Pues el demonio no arroja al demonio. Más bien
será con benignidad como conseguirás atraerlo. Dios mismo atrae a sí a los hombres por la
persuasión». Y le contó lo que sigue: «Dos hermanos vivían en la Tebaida y habiendo uno de
ellos pecado de impureza dijo al otro: "Voy a regresar al mundo". El otro llorando le dijo: "No
permito, hermano, que te vayas, pierdas el fruto de tu trabajo y de tu virginidad". Pero el
primero no lo aceptó: "No me quedaré, me iré. O vienes conmigo y de nuevo volveré contigo o
déjame marchar y me quedaré en el mundo". El hermano fue a contar lo que le ocurría a un
anciano venerable. "Vete con él, le dijo el anciano, y Dios por causa de tus sufrimientos no
permitirá que sucumba". Y los dos hermanos volvieron al mundo. Llegaron a una aldea y
viendo Dios la pena de aquel que por caridad y afecto acompañaba a su hermano, arrancó del
otro su mal deseo. "Hermano, le dijo, volvamos al desierto. Supongamos que hubiese pecado
con una mujer, ¿qué hubiera sacado de ello?". Y volvieron indemnes a su celda».
31.
Un hermano tentado por el demonio fue a decir a un anciano: «Estos dos hermanos
viven juntos y se portan mal». El anciano se dio cuenta que el demonio le engañaba y mandó
llamar a los dos hermanos. Al llegar la noche, les preparó una esteta y los cubrió con una
manta, diciendo: «Los hijos de Dios tienen el alma grande y santa». Luego dijo a su discípulo:
«Encierra a este hermano solo en una celda, pues tiene el vicio del que acusa a los otros».
32.
Un hermano dijo a un anciano: «¿Qué debo hacer, pues me mata un pensamiento
vergonzoso? » El anciano le respondió: «Cuando una mujer quiere destetar a su hijo se frota
los senos con algo amargo, y cuando el niño viene a mamar, como de costumbre, siente ese
gusto amargo y se va. Tú también, pon algo amargo en tus pensamientos». Y el hermano le

27

preguntó: «¿Cuál es esa cosa amarga que debo poner?». «La meditación de la muerte y de los
tormentos preparados para los pecadores en el siglo venidero», dijo el anciano.
33.
Un hermano consultó a un anciano acerca de los pensamientos de impureza. Y el
anciano le respondió: «Nunca he tenido tentaciones en esa materia». Y el hermano
desalentado fue a contarlo a otro anciano: «Mira lo que me ha dicho aquel monje, y me ha
escandalizado porque lo que me ha dicho supera las fuerzas de la naturaleza». El anciano le
dijo: «No te ha dicho eso sin motivo este hombre de Dios. Vuelve a él, pídele perdón y que te
aclare el sentido de sus palabras». El hermano volvió arrepentido al anciano, hizo una metanía
2 y le dijo: «Perdóname, Padre, pues me porté como un tonto contigo y me marché sin
despedirme. Te ruego me expliques por qué no te has visto nunca combatido por la impureza».
El anciano le contestó: «Desde que soy monje nunca me he saciado de pan, ni de agua, ni de
sueño. Y el tormento de todas estas privaciones no me ha permitido sentir el apetito de la
impureza». El hermano se fue muy aprovechado de la respuesta del monje.
34.
Un hermano preguntó a un anciano: « ¿Qué debo hacer? Pienso continuamente cosas
impuras, que no me dejan ni una hora de descanso y mi alma está muy afligida». El anciano le
dijo: «Cuando los demonios siembren en tu corazón esos pensamientos, y tú te des cuenta, no
discutas en tu interior. Lo propio del demonio es sugerir el mal. Pero aunque no dejen de
molestarte no te pueden forzar. De ti depende el consentir o no». «Mas, ¿qué he de hacer?,
respondió el hermano, porque soy débil y me domina esta pasión». «Atiende a lo que voy a
decirte, respondió el anciano, ¿sabes lo que hicieron los madianitas? Adornaron a sus hijas con
sus mejores galas, y las expusieron delante de los israelitas, pero no obligaron a nadie a pecar
con ellas, sino los que quisieron cohabitaron con ellas. Los demás se indignaron y se vengaron
con la muerte de aquellos que quisieron inducirles a la fornicación. Así hay que combatir a la
impureza. Cuando empiece a hablar en el fondo de tu corazón no le respondas. Levántate, ora
y haz penitencia, diciendo: "¡Hijo de Dios, ten piedad de mi!"». Dijo el hermano: «Padre, hago
meditación, pero no siento la compunción del corazón, porque no entiendo el sentido de las
palabras». Y el anciano le dijo: «Sigue meditando. Oí al abad Pastor y a otros Padres estas
palabras: "El encantador no entiende las palabras que pronuncia, pero la serpiente las oye, las
entiende, se humilla y se somete al encantador". Hagamos lo mismo, aunque ignoremos el
sentido de las palabras que pronunciamos; los demonios las escuchan, se espantan y huyen».
35.
Decía un anciano: «Los pensamientos de impureza son frágiles como el papiro. Si
vienen sobre nosotros y los rechazamos sin consentir en ellos, se quiebran sin esfuerzo. Pero
si cuando se presentan nos deleitamos con ellos y consentimos, se hacen como el hierro y es
difícil destruirlos. Por eso es necesario tener discreción en nuestro pensar, para que sepamos
que para el que consiente no hay esperanza de salvación. En cambio para los que no
consienten les está reservada la corona».
36.
Dos hermanos combatidos de impureza, abandonaron el monasterio con intención de
contraer matrimonio. Pero luego se dijeron el uno al otro: «¿Qué hemos ganado abandonando
nuestro estado angélico por este estado de corrupción, al que seguirá el fuego y los tormentos?
Volvamos al desierto y hagamos penitencia de lo que hemos intentado hacer». De vuelta al
desierto, confesaron su falta y rogaron a los Padres que les impusieran una penitencia. Los
ancianos les encerraron un año entero y a cada uno se le daba la misma cantidad de pan y la
misma medida de agua, pues los dos parecían tener las mismas fuerzas. Al terminar su
penitencia salieron los dos. Y los Padres vieron que uno de ellos estaba pálido y muy triste; el
otro, en cambio, robusto y muy alegre. Y se admiraron porque los dos habían recibido la misma
cantidad de comida y de bebida. Y preguntaron al que estaba triste y abatido: «¿En qué
pensabas en tu celda?». Y respondió: «En el mal que había hecho y en el castigo que me
sobrevendría, y el temor hacia que la piel se adhiriese a mis huesos». Hicieron la misma
pregunta al otro y contestó: «Daba gracias a Dios por haberme librado de las miserias de este
mundo y de las penas del siglo venidero y por haberme devuelto a este estado angélico. Y me
llenaba de alegría al pensar continuamente en Dios». Los ancianos dijeron: «Ante Dios la
penitencia de los dos tiene el mismo valor».
37.
Un anciano cayó gravemente enfermo en Scitia, y los hermanos le servían. Y al ver el
trabajo que les daba, dijo: «Iré a Egipto para no molestar a estos hermanos». Pero el abad
Moisés le aconsejó: «No vayas porque caerás en la impureza». El anciano se entristeció y le

28

dijo: «Mi cuerpo está muerto, ¿y tú me dices esto?». Y se marchó a Egipto. Al conocer su
llegada, los habitantes de los alrededores le trajeron muchos presentes. Y vino también una
virgen fiel para servir al anciano enfermo. Poco después, sintiéndose mejor, pecó con ella y
ésta concibió. Los vecinos del lugar le preguntaron de quién era aquel niño y ella contestó: «Es
del viejo». Pero ellos no querían darle crédito. Y el anciano les dijo entonces: «Si, es mío.
Cuidad al niño cuando ella dé a luz». Después de nacer el niño y ya destetado, el anciano tomó
al niño sobre sus hombros y volvió a Scitia en un día de gran fiesta. Y entró en la iglesia ante
toda la multitud de los hermanos. Estos al verle se echaron a llorar. Y él les dijo: «Veis este
niño? Es hijo de mí desobediencia. Tened cuidado hermanos míos, que yo he hecho esto en mi
vejez, y rogad por mi». Y volviendo a su celda, se entregó a su antiguo modo de vida.
38.
Los demonios tentaron muy violentamente a un hermano. Tomando la forma de
hermosas mujeres, durante cuarenta días se esforzaron sin interrupción por hacerle cometer el
pecado. Pero como él resistió virilmente el combate, sin dejarse vencer en lo más mínimo,
Dios, que contemplaba aquella hermosa lucha, le concedió la gracia de no padecer en adelante
ninguna tentación carnal.
39.
Un anacoreta vivía en el Bajo Egipto, y era muy célebre porque vivía solo en su
monasterio, en un lugar desértico. Y por instigación del diablo, una mujer depravada que oyó
hablar de él dijo a unos jóvenes: «¿Qué me queréis dar y haré caer a vuestro anacoreta?». Y
ellos concertaron lo que le darían. Salió por la tarde y llegó a la celda simulando haberse
extraviado. Llamó, salió a abrir el ermitaño y al verla se turbó. Y le dijo: «¿Cómo has llegado
hasta aquí?». Ella respondió llorando: «Me he extraviado». Conmovido el monje la hizo pasar
al patio. Luego, él entró en su celda y cerró por dentro. Pero la infeliz gritaba: «Padre, unas
bestias feroces me devoran». El monje se turbó de nuevo, y temiendo el juicio de Dios, se
decía: «¿De dónde me viene esta desgracia?». Y abriendo la puerta la introdujo dentro. Y
empezó el diablo a tentarle con ella, como si le lanzara flechas al corazón. Y entendiendo el
anciano que las tentaciones venían del demonio, se decía a si mismo: «Los caminos del
enemigo son tinieblas; el Hijo de Dios es luz». Y levantándose encendió su lámpara. Pero
como la pasión le devoraba, dijo: «Los que hacen eso van al suplicio. Prueba, pues, si puedes
soportar el fuego eterno». Y puso su dedo sobre la llama. Este arde y quema, pero no lo siente,
por el fuego violento de su pasión carnal. Y continuó así hasta el amanecer quemando todos
sus dedos. Entre tanto la infeliz, al ver lo que hacia, atemorizada, se quedó como una piedra.
Por la mañana llegaron los jóvenes y preguntaron al monje: «¿Vino una mujer ayer noche?».
«Si, respondió, está durmiendo aquí». Entraron y la encontraron muerta. Y gritaron: «¡Padre,
está muerta!». Entonces, el monje apartó su manto y les mostró las manos, diciendo: «Mirad lo
que ha hecho conmigo esta hija de Satanás: me ha hecho perder todos mis dedos». Y les
contó lo sucedido y añadió: «Está escrito: no devuelvas mal por mal». Y poniéndose en oración
la resucitó. La mujer se convirtió y llevó una vida casta el resto de su vida.
40.
Un hermano se vio tentado de impureza, abandonó el desierto, llegó a cierta aldea de
Egipto, vio a la hija de un sacerdote pagano y se enamoró de ella, y dijo a su padre: «Dámela
por mujer». El le respondió: «No te la puedo dar sin consultar antes con mi dios». Y acudiendo
al demonio, al cual adoraba, le dijo: «Un monje ha acudido a mi, porque quiere casarse con mí
hija. ¿Se la doy por esposa?». Y el demonio le respondió: «Pregúntale si reniega de su Dios,
de su bautismo y de su profesión de monje». Y el sacerdote acercándose al hermano le dijo:
«Reniega de tu Dios, de tu bautismo y de tu estado de monje y te daré mi hija». El monje
accedió, y al punto vio una paloma que salía de su boca y subía al cielo. Volvió el sacerdote al
demonio y le dijo: «Ha prometido hacer aquellas tres cosas». Pero el demonio respondió: «No
le des como esposa a tu hija, pues su Dios no le ha abandonado y le sigue ayudando todavía».
El sacerdote volvió a decir al hermano: «No te puedo dar a mi hija, porque tu Dios te ayuda
todavía y no te ha abandonado». Al oír esto el hermano pensó: «Si Dios me demuestra tanta
bondad, habiendo yo, infeliz, renegado de El, de mi bautismo y de mi profesión de monje,
verdaderamente bueno es este Dios que me ayuda así ahora que soy tan perverso. Entonces,
¿por qué voy a apartarme de El?». Y volviendo en si, recobró la calma y volvió al desierto para
contar a un anciano venerable lo que le había sucedido. Y el anciano le dijo: «Quédate
conmigo en esta cueva, ayuna tres semanas seguidas, y yo rogaré a Dios por ti». El anciano
hizo penitencia por el hermano y oró a Dios diciendo: «Os ruego, Señor, que me deis esta alma
y que aceptéis su penitencia». Y Dios escuchó su oración. Al terminar la primera semana, el
anciano se presentó al hermano, y le preguntó: «¿Has visto algo?». Y el joven respondió: «Sí,

29

he visto una paloma arriba en el cielo, muy por encima de mi cabeza». Y el anciano le
aconsejó: «Vigila y ruega intensamente a Dios». Al final de la segunda semana volvió el
anciano a preguntar al hermano: « ¿Has visto algo?». «He visto la paloma que se acercaba a
mi cabeza»~ respondió el hermano. Y el anciano le recomendó el dominio de su mente y la
oración ferviente. Al terminar la tercera semana, volvió de nuevo el anciano para preguntarle:
«¿Has visto algo más?». Y le respondió el hermano: «Vila paloma posarse sobre mi cabeza.
Alargué la mano para cogerla, pero echó a volar y entró en mí boca». Entonces el anciano dio
gracias a Dios y dijo al hermano: «Dios ha aceptado tu penitencia. En adelante vigila y ten
cuidado de ti». El hermano le contestó: «Desde ahora me quedaré contigo hasta la muerte».
41.
Un anciano de Tebas contó lo que sigue: «Soy hijo de un sacerdote pagano. Siendo
niño iba al templo y veía a menudo a mi padre entrar allí para ofrecer sacrificios al ídolo. Y un
día, entré furtivamente detrás de él y vi a Satanás sentado y rodeado de todo su ejército de pie
ante él. Y uno de los jefes se acercó para adorarle. "¿De dónde vienes?", le preguntó Satanás,
y el demonio le respondió: "He estado en tal región y he provocado guerras y grandes
perturbaciones, con mucho derramamiento de sangre, y he venido a comunicártelo". Sarán le
preguntó: "¿Cuánto tiempo has empleado en esto?". "Treinta días", respondió el diablo. Y
Satanás mandó azotarlo, mientras decía: "¡Tanto tiempo para hacer esto!". Y otro demonio se
adelantó para adorarle, y Satanás le preguntó: "¿De dónde vienes?". "Del mar. He levantado
tempestades, hundido muchas naves y matado a muchos hombres, y he venido a contártelo",
respondió. "¿En cuánto tiempo?", preguntó Satanás. "En veinte días", le contestó. Y mandó
azotarlo, diciéndole: "En tantos días, ¿sólo hiciste esto?". Y un tercer demonio se postró para
adorarle. Y le dijo: "¿De dónde vienes?". "He estado en tal ciudad. En unas bodas he
provocado disputas y he hecho que se derramara mucha sangre. Además maté al esposo y he
venido a decírtelo". Y preguntó Sarán: "¿En cuánto tiempo?". "En diez días", contestó. Y
también fue azotado por haber tardado tanto tiempo. Se acercó a adorarle otro demonio, y
volvió a preguntar Satanás: "¿De dónde vienes?". "He estado en el desierto. Hace cuarenta
años que lucho contra un monje, y por fin esta noche le he hecho caer en impureza". Al oír
esto, Satanás se levantó, le abrazó y, quitándose su corona, se la colocó en la cabeza y le hizo
sentar en su mismo trono mientras le decía: "¡Bravo, has hecho una gran hazaña!". Cuando oí
y vi esto, me dije a mi mismo: "Ciertamente es una gran cosa el estado monacal"».
42.
Un anciano que había vivido casado en el mundo, después de su retiro al desierto se
veía frecuentemente tentado por el recuerdo de su mujer, y se lo contó a los Padres. Estos,
sabiendo que era esforzado y que hacia más de lo que se le pedía, le impusieron una tarea
capaz de debilitar su cuerpo hasta el punto que no pudiese levantarse. Por disposición de Dios,
vino un Padre para establecerse en Scitia. Pasó junto a la celda del anciano, la vio abierta y
pasó de largo admirándose de que nadie saliese a su encuentro. Volvió sobre sus pasos y
llamó diciendo: «No sea que esté enfermo el hermano que vive en esta celda». Luego entró y
lo encontró muy enfermo. Y le dijo: «¿Qué te pasa, Padre?». El otro le contó su historia: «He
vivido en el mundo y ahora el enemigo me atormenta con el recuerdo de mi mujer. Se lo conté
a los Padres y me han impuesto una serie de prácticas penosas. He querido cumplirlas en
obediencia plena, pero me faltan las fuerzas y sin embargo la tentación crece». A estas
palabras, el anciano se entristeció y le dijo: «En verdad, los Padres, como personas
autorizadas, tuvieron sus razones para imponerte estos trabajos que te agotan. Pero según mi
humilde entender, deja todo esto, toma algo de alimento a su tiempo y repara tus fuerzas. Reza
el oficio divino y abandónate en Dios, ya que con tus solas fuerzas no podrás triunfar. Nuestro
cuerpo es como un vestido. Si no se le cuida se echa a perder». El hermano hizo lo que se le
dijo, y pocos días después le dejó la tentación.
43.
Un anacoreta, muy avanzado en la vida espiritual, vivía hacia mucho tiempo cerca de
Antinoé. Y muchos se aprovechaban tanto de sus palabras como de sus ejemplos. Por eso el
diablo le envidiaba, como le ocurre con todos los varones virtuosos. Y bajo capa de piedad le
sugirió que no debía de ayudarse ni ser servido de los demás, sino que, al contrario, él debía
servir a los otros. Y el demonio le sugirió esta idea: «Ya que no ayudas a los demás por lo
menos sírvete a ti mismo. Vende en la ciudad las cestas que fabricas, compra lo que necesites
y vuelve a tu soledad para que no seas gravoso a nadie». Se lo sugería el diablo porque
envidiaba su hesychia, el mucho tiempo que consagraba a Dios y el provecho que muchos
sacaban de ello. Por eso el demonio tenía prisa en tenderle una trampa para hacerle caer. El
ermitaño, pensando que era una buena idea, se dispuso a salir de su monasterio. Y aunque

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todos le admiraban, sin embargo, desconocía esta clase de trampas. Mucho tiempo después
encontró una mujer y dada su falta de experiencia y cautela, le engañó y se enamoró de ella.
Se fue a un lugar retirado, con el diablo sobre sus pasos, y pecó junto a un río. Y pensó en la
alegría del enemigo con ocasión de su ruina, cayó en desesperación porque había ofendido tan
gravemente al Espíritu de Dios, y recordando a los santos ángeles y a tantos Padres
venerables, que aunque vivían en las ciudades habían triunfado del demonio, se afligió mucho
porque no podía parecerse a ninguno de ellos, olvidando que Dios da su fortaleza a los que se
convierten a El con devoción. En su ceguera, no viendo como curar su pecado, quiso arrojarse
al río para dar alegría completa al demonio. Por el intenso sufrimiento de su alma enfermó
también su cuerpo. Y si no le hubiera socorrido la misericordia de Dios, hubiera muerto sin
penitencia, con gran gozo del enemigo. Vuelto finalmente en si, se propuso llevar a cabo una
penosa penitencia rogando a Dios con llanto y lágrimas. Volvió al monasterio, clavó la puerta
de su celda y se puso a llorar a Dios con súplica incesante como se hace con los muertos. Su
cuerpo se debilitó a fuerza de velar y ayunar, pero él no mitigaba su penitencia, pues no tenía
la seguridad de que fuese suficiente. Los hermanos, tratando de ayudarle, venían a verle y
llamaban a la puerta, pero él les contestaba que no podía abrir: «He hecho voto de hacer
durante un año una vida de absoluta penitencia. Orad por mí», les decía. No sabía qué
responder sin que ellos se escandalizasen por lo ocurrido, ya que era tenido por todos como un
monje respetable y de gran virtud. Y durante todo el año practicó un riguroso ayuno y una dura
penitencia. Por Pascua, la noche misma de la Resurrección, tomó una candela nueva y la puso
en un cántaro nuevo. Lo tapó con una tapadera y se puso en oración desde el atardecer
diciendo: «Oh Dios, compasivo y misericordioso, que quieres salvar aun a los mismos paganos
para que vengan al conocimiento de la verdad, me refugio en ti, Salvador de los fieles. Ten
piedad de mí que tanto te ofendí, proporcioné un gozo grande al enemigo y he muerto por
obedecerle. Tú, Señor que te apiadas de los impíos y de los que carecen de misericordia, Tú
que mandas tener misericordia con el prójimo, ten piedad de mi abyección. Para Ti no hay
nada imposible y mira que mi alma es llevada como polvo al borde del infierno. Ten piedad de
mí, pues eres benigno y misericordioso con esta criatura tuya. Tú, que resucitarás los cuerpos
de los que ya no viven el día de la Resurrección, ¡escúchame, Señor, que mi corazón
desfallece y mi alma es muy desgraciada! Mi cuerpo, que tanto he manchado, está extenuado.
Ya no tengo fuerzas para vivir porque me falta la esperanza. Perdona este pecado por el cual
he hecho penitencia, pecado doble porque he desesperado. Devuélveme la vida, que estoy
arrepentido, y ordena a tu fuego encender esta lámpara. Para que seguro de tu misericordia y
de tu perdón por todo el resto de mi vida, guarde tus mandamientos, no me aparte de tu santo
temor y te sirva con mayor fidelidad que antes». Y orando con muchas lágrimas la noche
misma de la Resurrección del Señor, se levantó para ver si se había encendido la candela. Y
descubriendo el vaso vio que no se había encendido. Cayó de nuevo rostro en tierra, rogando a
Dios con estas palabras: «Sé, Señor, que la batalla la preparaste para que fuese coronado.
Pero no supe mantenerme firme, y teniendo en más los placeres de la carne, he preferido los
tormentos de los impíos. Perdóname, Señor, de nuevo confieso a tu bondad mi infamia, delante
de los ángeles y delante de todos los justos y la confesaré también delante de todos los
hombres si no fuera escándalo para ellos. Señor, ten piedad de mi para que pueda enseñar a
los demás, Señor, dame la vida». Repitió tres veces esta oración y fue escuchado. Y
levantándose encontró encendida la candela, con gran brillo. Y ebrio de esperanza, y
confortado de gozo su corazón, admiró la gracia de Dios que así le perdonaba sus pecados y
daba así satisfacción a su alma como se lo había pedido. Y decía: «Te doy gracias, Señor,
porque has tenido piedad de mi que no soy digno siquiera de vivir en este mundo, y que con
este nuevo y maravilloso milagro me has devuelto la confianza. Tú perdonas
misericordiosamente a las almas que has creado». Y perseverando en su oración amaneció el
día. Y alegrándose de este modo en el Señor se olvidó de la comida. El fuego de su lámpara se
mantuvo durante toda su vida, añadiéndole aceite cuando era necesario, y velando para que no
se apagase. Y de nuevo habitó en el Espíritu divino, y se hizo insigne ante los demás, dando
testimonio de su humildad por la confesión y acción de gracias a Dios con gran alegría.
Finalmente, unos días antes de su muerte tuvo revelación de su tránsito al Padre.
Notas:
(1) HESYQUIA: Tranquilidad, quietud, sea del alma pacificada, sea de la vida monástica en general, sea,
finalmente, de una vida más solitaria dentro o fuera el cenobitismo.
(2) METANÍA: Cambio de ideas, conversión, penitencia interior, gesto por el cual se da testimonio de su
arrepentimiento después de una falta o simplemente de un encuentro con otro, casi siempre postración.

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CAPÍTULO VI

EL MONJE NO DEBE POSEER NADA
1.

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1.
Un hermano había renunciado al mundo, distribuyó sus bienes a los pobres, pero se
reservó una pequeña parte. Vino el abad Antonio, que había tenido conocimiento de ello y le
dijo: «Si quieres hacerte monje, vete a ese pueblo, compra carne, cubre con ella tu cuerpo, y
vuelve». El hermano lo hizo así y los perros y los pájaros le desgarraron el cuerpo. De vuelta
ante el anciano, éste le preguntó si había hecho lo que le había mandado. Y al mostrarle su
cuerpo destrozado, san Antonio le dijo: «Los que renuncian al mundo y quieren tener dinero,
cuando los demonios les atacan los despedazan de este modo».
2.
Contó el abad Daniel que un día vino un magistrado al abad Arsenio trayéndole el
testamento de un senador, pariente suyo, que le dejaba una inmensa fortuna. Arsenio tomó el
testamento y quiso romperlo, pero el magistrado se echó a sus pies y le dijo: «Por favor te lo
pido, no lo rompas, que me va en ello la cabeza». El abad Arsenio respondió: «Yo he muerto
antes que él, puesto que él acaba de morir, ¿cómo pudo nombrarme su heredero?». Y le
devolvió el testamento sin aceptar nada.
3.
Un día, en Scitia, cayó enfermo el famoso abad Arsenio, y tuvo necesidad de una
insignificante cantidad de dinero. Y como no tenía nada en absoluto lo tomó de uno, como de
limosna, y exclamó: «Te doy gracias, Señor, porque por tu santo nombre me has hecho digno
de llegar a esta situación para que, sintiendo necesidad, pidiese limosna».
4.
Se contaba del abad Agatón que había empleado mucho tiempo en construir su celda
con sus discípulos. Cuando la terminó vinieron a instalarse en ella. Pero desde la primera
semana vio algo que no le resultaba útil, y dijo a sus discípulos lo que el Señor había dicho a
sus apóstoles: «Levantaos y vámonos de aquí». (Jn 14,31). Los discípulos se molestaron
mucho y dijeron: «Si tenias voluntad de marchar de aquí, ¿para qué nos hemos tomado tanto
trabajo y tanto tiempo en construir esta celda? La gente va a escandalizarse de nosotros y van
a decir: "Otra vez se van, nunca se asientan en un sitio"». Viéndoles tan abatidos les dijo:
«Aunque algunos se escandalicen otros se edificarán y dirán: "Dichosos estos que emigraron
por causa de Dios, despreciando todas las cosas. Por lo tanto os digo que el que quiera venir
que venga, yo me voy"». Ellos se echaron por tierra y le pidieron que les permitiera
acompañarles.
5.
El abad Evagrio contaba: «Un hermano que no tenía nada más que un Evangelio, lo
vendió para alimentar a los pobres. Y decía una sentencia digna de recordarse: "He vendido la
palabra misma que manda: vende lo que tienes y dáselo a los pobres"». (Mat 19,21).
6.
El abad Teodoro de Fermo tenía tres buenos códices. Fue a visitar al abad Macario y le
dijo: «Tengo tres códices y su lectura me aprovecha mucho. Los ancianos me los piden
también para leerlos y sacan provecho. Dime qué debo hacer». El anciano le dijo: «Buenas son
esas cosas, pero lo mejor de todo es no poseer nada». Y al oírlo, el abad Teodoro se fue,
vendió los tales códices y dio el dinero a los pobres.
7.
Contaba un Padre que el abad Juan el Persa, por su mucha virtud, había alcanzado
una profunda sencillez e inocencia. Vivía en Arabia, cerca de Egipto. Un día pidió prestado un
sólido y compró lino para trabajar. Vino un hermano y le suplicó: «Padre, dame un poco de lino
para que me haga una rúnica». Y se lo dio con alegría. Otro vino a pedirle otro poco de lino
para hacerse un vestido y se lo dio también. Otros muchos vinieron a pedirle y a todos les daba
con sencillez y alegría. Más tarde se presentó el dueño del dinero que había recibido prestado,
reclamando su moneda. Y le dijo el anciano: «Ahora te la traigo». Pero como no tenía nada que
devolver, se fue al abad Jacobo, el ecónomo, para pedirle un sólido. Y por el camino encontró
en el suelo un sólido, pero no lo tocó. Hizo oración y se volvió a su celda. Y de nuevo volvió el
hermano y empezó a enfadarse por causa del dinero prestado. Y le dijo: «Te lo devolveré». Se
puso de nuevo en camino y encontró la moneda en el mismo sitio de antes, y de nuevo hizo
oración y se volvió a su celda. Y de nuevo volvió a enfadarse el hermano, y el anciano le dijo:
«Espera todavía una vez más y te traeré tu dinero». Volvió al mismo sirio y encontró allí el
sólido. Hizo oración y lo tomó. Y acudió al abad Jacobo y le dijo: «Padre, al venir hacia aquí,
encontré esta moneda en el camino. Hazme la caridad de preguntar por los alrededores si
alguno la ha perdido y si aparece dueño entrégaselo» El ecónomo anunció durante tres días el
hallazgo pero nadie reclamó el sólido. Entonces Juan dijo al abad Jacobo: «Si nadie lo reclama
se lo daré a aquel hermano porque se lo debo. Pues cuando venia a tu celda para que me

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prestases dinero para pagar mi deuda, lo encontré en el camino». Y se admiró el abad Jacobo
de que, agobiado por su deuda, al encontrar la moneda en el camino no la tomase al punto
para devolverla a su acreedor. Pero todavía era más de admirar en él que si venia alguno y le
pedía algo prestado, no se lo daba él mismo, sino que decía al hermano que le pedía: «Vete, y
toma lo que te haga falta». Y cuando le devolvían lo que había prestado, decía: «Ponlo de
nuevo en su sitio». Y si no le devolvía nada el que había recibido el préstamo, el anciano nunca
se lo recordaba.
8.
Contaba uno de los Padres que una vez vino a la iglesia de las Celdas, en tiempos del
abad Isaac, un hermano vestido con un hábito muy corto. Y al verlo el anciano lo expulsó
diciendo: «Este es un lugar para monjes. Tú eres del mundo y no puedes quedarte aquí».
9.
El abad Isaac decía a los hermanos: «Nuestros Padres y el abad Pambo usaban
vestidos viejos y remendados. Ahora usáis vestidos lujosos: ¡Marchaos de aquí! Habéis
desertado de vuestra vida de monjes». Y al llegar el tiempo de la cosecha, les dijo: «No os
volveré a dar ningún consejo, porque no hacéis ningún caso».
10.
Contaba el abad Casiano que un hombre llamado Sinclético renunció al mundo y
repartió sus bienes entre los pobres. Pero guardó una parte para si, pues no quería abrazar la
perfecta humildad del renunciamiento total ni la regla de la vida común de los monasterios.
Basilio, de santa memoria, le dijo: «Has dejado de ser senador, pero no te has hecho monje».
11.
Un hermano preguntó al abad Pistamón: «¿Qué debo hacer? Se me hace muy duro
vender el trabajo de mis manos. » Y éste le respondió: «El abad Sisoés y todos los demás
vendían su trabajo. No hay ningún mal en ello. Pero cuando vendas, di primero el precio de la
mercancía, y si quieres bajarlo un poco es cosa tuya, pues así encontrarás paz». Y el hermano
repuso: «Si por otros medios consigo lo necesario para vivir, ¿te parece bien que me
despreocupe del trabajo manual?». El anciano le contestó: «Aunque tengas recursos, no
descuides el trabajo. Haz todo lo que puedas, pero con paz.
12.
Un hermano pidió al abad Serapión: «Dime una palabra». El anciano le dijo: «¿Qué
quieres que te diga? Has tomado lo que era de las viudas y los huérfanos, y lo has colocado en
tu ventana». En efecto, la había visto llena de libros.
13.
Preguntaron a santa Sinclética, de feliz memoria: «¿Es un bien no poseer nada?». Y
dijo ella: «Es un bien para los que son capaces de ello. Porque los que lo pueden soportar
padecen en su carne, pero poseen la paz del alma. Lo mismo que los vestidos de tela fuerte se
lavan y blanquean cuando se les pisa con los pies y se les retuerce con las manos, así el alma
fuerte se robustece cada vez más por la pobreza voluntaria».
14.
El abad Hiperequio dijo: «El tesoro del monje es la pobreza voluntaria. Atesora para ti,
hermano, en el cielo. Allí se te concederá un descanso sin fin».
15.
Había en Jerusalén un santo varón, llamado Filagrio, que trabajaba esforzadamente
para ganar su pan. Y mientras estaba en la plaza intentando vender el fruto de su trabajo, uno
perdió una bolsa que contenía mil piezas de oro. La encontró el anciano y la dejó en el mismo
lugar diciendo: «Pronto vendrá de nuevo por aquí el que la ha perdido». Y como era de esperar
volvió llorando. El anciano le tomó aparte y le devolvió su bolsa. El otro le rogaba que aceptase
una parte, pero el anciano se negó en redondo. Entonces se puso a gritar: «¡Venid y ved lo que
ha hecho este hombre de Dios!». Pero el anciano se escapó a escondidas y salió de la ciudad
para que no supiesen lo que había hecho y le honrasen por ello.
16.
Preguntó un hermano a un anciano: «¿Qué debo hacer para salvarme?». El anciano se
despojó de su túnica, se ciñó la cintura y levantó las manos al cielo, diciendo: «Así debe
desnudarse el monje de todas las cosas materiales, para crucificarse frente a las tentaciones y
los ataques del enemigo».
17.
Uno rogó a un anciano que aceptase dinero para las necesidades que pudieran
sobrevenirle. El no quería pues le bastaba con el producto de su trabajo manual. Pero el otro
insistía y le suplicaba que lo aceptase para atender a las necesidades de los pobres. Y el

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anciano le dijo: «Seria un doble oprobio para mi: recibir sin tener necesidad y recoger
vanagloria repartiendo lo que no es mío».
18.
Un día vinieron unos griegos a la ciudad de Ostracina para repartir limosnas. Reunieron
a los ecónomos de la iglesia para que les indicasen quiénes estaban en mayor necesidad. Los
llevaron a un leproso y quisieron darle dinero. Pero él no quiso recibirlo diciendo: «Tengo unas
pocas palmas. Las trenzo y hago esteras y con mi trabajo gano mi pan» Los llevaron entonces
a la celda de una viuda, que vivía con sus hijas. Llamaron a la puerta y acudió una de las hijas
que estaba desnuda. Su madre había salido a trabajar, pues era lavandera. Los griegos
ofrecieron a la hija vestidos y dinero, pero ella no lo quería aceptar, pues su madre le acababa
de decir: «Ten confianza, que Dios ha querido que encuentre trabajo para hoy y tendremos
nuestra comida». Llegó la madre y le rogaban que aceptase, pero no quiso. Y dijo: «Tengo a
Dios que cuida de mis necesidades, ¿y queréis quitármelo vosotros hoy?». Ellos al ver su fe,
dieron gloria a Dios.
19.
Un varón insigne vino de incógnito a Scitia trayendo dinero y pidió a un presbítero que
lo repartiese entre los hermanos. El presbítero le dijo: «Los hermanos no lo necesitan». Como
su insistencia resultase inútil puso la bolsa con las monedas de oro en la puerta de la iglesia. Y
el presbítero dijo: «El que tenga necesidad que tome lo que estime conveniente». Pero nadie
tocó el dinero, y algunos ni siquiera lo miraron. Y el anciano dijo al donante: «Dios ha aceptado
tu ofrenda. Vete y da tu dinero a los pobres». Y el buen hombre se marchó muy edificado.
20.
Uno ofreció dinero a un anciano y le dijo: «Toma esto para tus gastos, eres ya viejo y
estás enfermo». En efecto, estaba enfermo de lepra. Pero el anciano respondió: «¿Vienes
después de sesenta años a quitarme a mi proveedor? Tanto tiempo como hace que padezco
mí enfermedad y nunca me ha faltado nada. Dios me da lo necesario y me alimenta». Y no
quiso recibir nada.
21.
Los ancianos contaban que un hortelano trabajaba su huerto y todo lo que ganaba lo
distribuía en limosnas. Sólo guardaba lo necesario para alimentarse. Más tarde, Satanás se
infiltró en su corazón, diciendo: «Guarda para ti algún dinero, para que cuando envejezcas o
caigas enfermo puedas atender a tus necesidades». Y se puso a ahorrar llenando de monedas
de oro un cántaro. Cayó enfermo y se le engangrenó un pie. Gastó en médicos todo lo que
había guardado pero no le aprovechó nada. Vino más tarde un médico famoso y le dijo: «Si no
te cortan el pie se pudrirá». Y señalaron el día para la operación. Pero la noche anterior,
volviendo en sí, se arrepintió de lo que había hecho, gimió y lloró diciendo: «Acuérdate, Señor,
de mis buenas obras de otro tiempo, cuando trabajaba en mi huerta para socorrer a los pobres
». A estas palabras, se le apareció el ángel del Señor y le dijo: «¡He pecado, Señor!
Perdóname y no lo volveré a hacer». Entonces el ángel le tocó el pie y sanó al punto. Y
levantándose de madrugada se fue al campo a trabajar. El médico, según lo convenido, vino
con su instrumental para cortarle el pie. Y le dijeron: «Salió de mañana a trabajar en su
huerto». Extrañado el médico fue a la huerta donde su paciente estaba trabajando. Y viéndole
cavar la tierra glorificó a Dios que le había devuelto la salud.
22.
Un hermano preguntó a un anciano: «¿Me permites guardar dos monedas de oro para
el cuidado de mis enfermedades?». El anciano vio que su deseo era guardarlas, y le dijo:
«Bueno». Vuelto a su celda, el hermano se sintió intranquilo, y se preguntó: «¿Crees que el
anciano dijo la verdad o no?». Y volvió de nuevo a la celda del anciano y arrepentido le rogaba
insistentemente: «En el nombre del Señor, dime la verdad, pues estoy atribulado a causa de
ese dinero». El anciano le respondió: «Te he dicho que lo guardaras porque he visto que ese
era tu deseo. Sin embargo, no es bueno guardar más de lo que el cuerpo necesita. Si guardas
esas dos piezas de oro, en ellas pones tu esperanza, y si las pierdes, Dios no se ocupará de ti.
Depositemos en Dios nuestros cuidados, pues él cuida de nosotros».

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CAPÍTULO VII

DE LA PACIENCIA Y DE LA FORTALEZA
1.

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1.
El santo abad Antonio, estando en el desierto, cayó en la acedia 1 y a la vez sufría una
gran oscuridad en su alma. Y decía a Dios: «Quiero salvarme y no me lo permiten mis
pensamientos. ¿Qué debo hacer con esta tribulación, cómo me salvaré?». Y salió fuera. Y vio a
uno que se le parecía mucho, que estaba sentado trabajando. Luego se levantaba de su
trabajo y oraba. Y de nuevo se sentaba, tejía una estera de palmas y se levantaba otra vez a
orar. Era un ángel del Señor que había sido enviado a Antonio para corrección y salvaguarda.
Y oyó la voz del ángel que le decía: «¡Haz esto y te salvarás!». Y con estas palabras se llenó
de alegría y de confianza. Y obrando así, encontró la salvación que buscaba.
2.
Un hermano preguntó al abad Agatón: «Tengo que cumplir una orden, pero es en un
lugar en el que tendré que luchar mucho. Quiero ir allí para obedecer la orden, pero temo la
lucha». El anciano le dijo: «En tu lugar, Agatón cumpliría la orden y ganaría la guerra».
3.
El abad Amonio, decía: «He estado catorce años en Scitia, pidiendo día y noche al
Señor que me diese fuerza para vencer la ira».
4.
El abad Besarión decía: «He estado de pie sobre espinas cuarenta días y cuarenta
noches sin dormir».
5.
Un hermano, que vivía solo, se sitió turbado, y acudió al abad Teodoro de Fermo y le
contó su situación. El abad le dijo: «Vete, humilla tu mente, sométete y convive con otros».
Subió pues al monte para vivir con otros hermanos, y vuelto otra vez al anciano le dijo:
«Tampoco encuentro la paz viviendo con otros hermanos». Y le contestó el anciano: «Si no
encuentras la paz ni en la soledad, ni en la compañía de otros hermanos, ,por qué quisiste
hacerte monje? ¿No fue para sufrir penas? Dime, ¿cuánto tiempo hace que llevas este
hábito?». Y dijo el otro: «Ocho años». A lo que respondió el anciano: «Créeme, hace setenta
años que visto este hábito, y ni un solo día he podido encontrar descanso. Y tú, ¿quieres
conseguirlo en ocho?».
6.
Otro hermano le preguntó: «Si de pronto ocurriese una catástrofe, ¿te asustarías,
Padre?». Y dijo el anciano: «Aunque el cielo se derrumbase sobre la tierra, Teodoro no tendría
miedo». Había pedido intensamente a Dios que le quitase el miedo. Por eso le hizo aquella
pregunta el hermano.
7.
Se contaba del abad Teodoro y del abad Lucio de Nono de Alejandría que pasaron
cincuenta años animándose el uno al otro, diciendo: «Pasado el invierno nos iremos de aquí».
Y cuando llegaba el verano decían de nuevo: «Pasado el verano nos marcharemos». Y de este
modo durante toda su vida vivieron como Padres dignos de memoria eterna.
8.
Contaba el abad Pastor que el abad Juan, de pequeña estatura, había pedido al Señor
que le librase de todas sus pasiones. Lograda esta paz del alma, fue a un anciano y le dijo:
«He aquí un hombre tranquilo que no padece lucha ninguna». Pero el anciano le contestó:
«Vete y pide al Señor que te envíe batallas, porque el alma adelanta luchando». Y cuando
volvió a empezar la lucha, el abad Juan ya no pedía verse libre de ella, sino que decía: «Señor,
dame paciencia para soportar estas luchas».
9.
El abad Macario vino al encuentro del abad Antonio al monte. Llamó a la puerta, salió
Antonio y le preguntó: «¿Quién eres?». «Soy Macario», dijo. Antonio cerró la puerta dejándole
fuera. Y cuando hubo constatado su paciencia le abrió. Y alegrándose de su presencia, le dijo:
«Hace mucho tiempo que deseaba verte pues he oído grandes cosas de ti». Llegada la tarde,
el abad Antonio preparó unas palmas para él solo. Macario le dijo: «Dame y yo las prepararé
para trabajar». Pero Antonio le contestó: «No tengo preparadas más que éstas». Entonces
Macario se preparó él solo un gran montón. Y sentados largo tiempo hablaban de cosas útiles
para el alma, mientras tejían, y las esteras, por una ventana, caían a una gruta. Y al levantarse
por la mañana, Antonio vio la enorme cantidad de esteras que había fabricado el abad Macario
y lleno de admiración le besó las manos diciendo: «Una gran virtud sale de estas manos».
10.
Un día, Macario bajó a Scitia a un lugar llamado Terenuth. Entró a dormir en un templo,
donde desde antiguo había enterrados cadáveres de paganos. Y puso uno de los cuerpos
debajo de su cabeza para que le sirviera de almohada. Pero los demonios, celosos por su

37

audacia, quisieron asustarle y simularon llamar a una mujer: «¡Eh, señora, decían, yente al
baño con nosotros». Y otro demonio, como si fuera uno de los muertos, respondió: «No puedo,
tengo un peregrino sobre mi». Pero el anciano no se acobardó, sino que seguro de si mismo
golpeaba aquel cuerpo y le decía: «Levántate y vete si puedes». Al oír esto los demonios
gritaron: «Nos has vencido». Y huyeron avergonzados.
11.
El abad Matoés decía: «Prefiero un trabajo ligero, pero continuo, que un trabajo penoso
que se acabe enseguida».
12.
Se contaba que el abad Milo vivía en Persia con dos discípulos. Dos hijos del
emperador salieron de caza como tenían por costumbre y echaron sus redes cuarenta millas a
la redonda para matar todo lo que encontrasen dentro de ellas. Encontraron a un anciano con
dos discípulos dentro de la red y al verle velludo y con aspecto salvaje, se extrañaron y le
preguntaron: «¿Eres un hombre o un espíritu?». El respondió: «Soy un hombre, un pecador
que me he retirado aquí para llorar mis pecados. Adoro al Hijo de Dios vivo». Ellos le dijeron:
«No hay más dioses que el Sol, el Fuego y el Agua. Adórales, y ven a ofrecerles sacrificios».
Pero el anciano les respondió: «Estáis equivocados. Esas cosas son sólo criaturas. Pero os
ruego que os convirtáis, reconozcáis al verdadero Dios, creador de ellas y de todo lo demás».
Ellos se rieron de él y le decían: «¿A un condenado, a un crucificado, llamas tu verdadero
Dios?». «Sí, dijo; al que crucificó el pecado y destruyó la muerte, a ese llamo Hijo de Dios».
Entonces le torturaron junto con sus compañeros para obligarles a sacrificar. Después de
atormentarnos decapitaron a los dos hermanos, pero al anciano siguieron torturándole varios
días. Luego le pusieron de pie en cierto lugar y le arrojaban flechas, como si fuese un blanco, el
uno por delante y el otro por detrás. El anciano les anunció: «Puesto que os habéis puesto de
acuerdo para matar a un inocente, mañana, en un instante, a esta misma hora, vuestra madre
se quedará sin hijos y se verá privada de vuestro cariño. Os mataréis el uno al otro con
vuestras propias flechas». Ellos despreciando sus palabras salieron de caza al día siguiente.
Salió un ciervo de las redes y montaron en sus caballos en su persecución para cazarlo. Y
lanzando tras él sus flechas se atravesaron mutuamente el corazón y murieron como les había
anunciado el anciano.
13.

El abad Pastor decía: «En la tentación se conoce al monje».

14.
El abad Pastor contaba que el presbítero Isidoro de Scitia dijo un día a la asamblea de
los hermanos: «Hermanos, ¿no hemos venido aquí para trabajar? Y ahora veo que aquí no hay
trabajo. Por tanto, cojo mi tienda y voy a donde haya trabajo. Así encontraré la paz».
15.
Santa Sinclética dijo: «Si vives en un monasterio con otros, no mudes de lugar. Te
seria perjudicial. Porque así como una gallina, si deja de calentar y cubrir sus huevos, se
quedará sin pollitos, de la misma manera, el monje o la virgen dejan enfriar y morir su fe
trasladándose de un lugar a otro».
16.
Dijo también: «El diablo, cuando no ha podido turbar al alma tentándola de pobreza,
utiliza las riquezas para seducirla. Y cuando no lo consigue con afrentas y oprobios, usa la
alabanza y la gloria. Si con la hartura y los deleites corporales no consigue seducirla, intenta
derrotaría por las molestias que vienen contra nuestra voluntad. Envía enfermedades graves
contra el que ha de ser tentado, para que con ello se acobarden los monjes y se aparten del
amor de Dios. Pero aunque apalee tu cuerpo y lo incendie con fiebres intensas, aunque
además te atormente con sed intolerable, si por ser pecador padeces todo esto, acuérdate de
las penas del siglo venidero, del fuego eterno y de las angustias del juicio. Y así no te
desalentarás por las cosas que al presente te suceden, antes al contrario, alégrate porque te
ha visitado Dios. Y pon en tu boca aquellas celebérrimas palabras: "Me castigó, me castigó
Yahvé, pero a la muerte no me entregó" (Sal 117, 18). Si eres hierro, por el fuego aplicado
contra ti perderás la herrumbre. Y si eres justo y sufres todo esto, pasarás de una gran virtud a
otra mayor. Eres oro, pero el fuego te hará más puro. Se te ha dado el ángel de Satanás,
aguijón de tu carne (cf. Cor 12, 7). Salta de gozo, viendo que has merecido recibir un don
semejante al que recibió san Pablo. Si padeces fiebres, si sufres el rigor del frío, recuerda lo
que dice la Escritura: "Por el fuego y el agua atravesamos; mas luego nos sacaste para cobrar
aliento" (Sal 66, 12). Si te sucedió lo primero, espera lo segundo obrando en toda virtud. Grita
las palabras del profeta: "Yo soy pobre y desdichado" (Sal 68, 30). Por esta clase de

38

tribulaciones serás más perfecto, pues dice también: "En la angustia, Tú me abres la salida"
(Sal 4, 2). Entrenemos nuestras almas al máximo con esta clase de ejercicio, porque tenemos
ante nuestros ojos a nuestro enemigo».
17.
Dijo en otra ocasión: «Cuando las enfermedades vengan a molestarnos, no nos
entristezcamos porque los dolores y la debilidad nos impiden estar en pie para la oración y el
canto de los salmos en alta voz. Todas estas cosas nos son necesarias para destruir nuestros
deseos carnales. Porque los ayunos y la penitencia nos fueron impuestos por causa de
nuestros torpes deleites. Pero si la enfermedad reprime todo esto, la observancia de todos
estos trabajos se hace superflua. Como un medicamento fuerte y eficaz corta la enfermedad,
así la enfermedad del cuerpo mitiga los vicios. Y en esto consiste la virtud, en sobrellevar las
enfermedades con hacimiento de gracias a Dios. Si perdemos los ojos no nos entristezcamos
demasiado. Hemos perdido un instrumento de avidez, pero con los ojos del alma
contemplemos la gloria de Dios. ¿Nos quedamos sordos?, no nos aflijamos. Hemos perdido el
escuchar cosas vanas. ¿Se debilitan nuestras manos?, preparemos las del alma para luchar
contra las tentaciones del enemigo. ¿Ataca la enfermedad todo nuestro cuerpo? La salud del
hombre interior crece».
18.
Dijo también: «En el mundo, a los que cometen algún crimen los envían a la cárcel, aun
en contra de su voluntad. También nosotros encerrémonos por nuestros pecados, para que
este castigo voluntario nos aparte de las penas futuras. Si ayunas, no encuentres pretextos
para decir que debilitado caíste enfermo, pues también los que no ayunan contraen las mismas
enfermedades. ¿Has empezado una buena obra? No la abandones por los impedimentos del
enemigo. Tu paciencia aniquilará al enemigo. Porque los que empiezan a navegar, despliegan
las velas, y al principio encuentran viento favorable. Pero luego sopla un viento contrario. Pero
no por ello los marineros arrojan su cargamento al mar, ni abandonan la nave. Aguantan un
poco o luchan contra la tempestad y de nuevo encuentran el rumbo exacto. También nosotros,
cuando nos sintamos llevados por el espíritu contrario, despleguemos como vela la cruz y
realizaremos sin peligro la travesía de esta vida».
19.
Se decía que la bienaventurada Sara, abadesa y virgen, vivió sesenta años junto a un
río y nunca se inclinó para mirarlo.
20.
Decía el abad Hiperequio: «Que broten siempre de tu boca himnos espirituales y que la
meditación asidua alivie el peso de las tentaciones que te vengan. Un ejemplo claro de esto es
el caminante cargado con un pesado equipaje: cantando, olvida el cansancio del camino».
21.
Dijo también: «Conviene que nos armemos contra las tentaciones, porque vienen de
muchas clases. Así, cuando vengan demostraremos que estamos preparados para la lucha».
22.
Decía un anciano: «Cuando el hombre es tentado, se multiplican por todas partes sus
tribulaciones, para que se desanime y murmure». Y el anciano contó lo siguiente: «Vivía un
hermano en su celda y fue tentado. Cuando le veían nadie quería saludarle ni recibirle en su
celda. Si tenía necesidad de pan nadie se lo prestaba. Y sí volvía de la siega, nadie le invitaba
a tomar un refrigerio, como era costumbre. En plena canícula volvió un día de las faenas del
campo y no tenía nada de pan en su celda. Y en todas estas cosas daba gracias a Dios.
Viendo Dios su paciencia, le libró de la guerra de las tentaciones. Y he aquí que llamó a su
puerta uno que traía de Egipto un camello cargado de pan. Al verlo el hermano se echó a llorar,
diciendo: "¡Señor, no soy digno de sufrir un poco por ti!". Pasada la tentación los hermanos le
acogieron en sus celdas y asambleas, y le reconfortaron».
23.
Un anciano decía: «No avanzamos en la virtud porque no conocemos nuestras
limitaciones y porque no tenemos paciencia en las obras que emprendemos. Queremos
alcanzar la virtud sin esfuerzo alguno».
24.
«¿Qué debo hacer?, preguntó un hermano a un anciano, pues mis pensamientos me
impiden permanecer una hora seguida en mi celda». Y el anciano le contestó: «Vuelve a tu
celda, hijo mío, trabaja allí con tus manos, ruega a Dios sin cesar, arroja tus preocupaciones en
el Señor y que nadie te induzca a salir de allí». Y añadió: «Un joven del mundo, cuyo padre aún
vivía, quería hacerse monje. Se lo pidió insistentemente a su padre pero éste no consintió. Más

39

tarde, agobiado por unos íntimos amigos, accedió a regañadientes. Partió el joven y entró en
un monasterio. Y hecho monje empezó a cumplir con toda perfección todas las obligaciones del
monasterio, ayunando todos los días. Luego empezó a no tomar nada durante dos días y a
comer una sola vez por semana. Su abad al verle se maravillaba y bendecía a Dios por esta
abstinencia y este fervor. Poco tiempo después, el hermano empezó a suplicar al abad: "Por
favor, Padre, permíteme que vaya al desierto". "No pienses en ello, pues no puedes soportar
esa prueba, ni las tentaciones y artimañas del demonio. Y cuando te acometa la tentación no
tendrás allí a nadie para que te ayude en las tribulaciones que descargará contra ti el enemigo".
El insistió en que le dejara marchar. Viendo el abad que no podía retenerlo, después de hacer
oración, le dejó marchar. El hermano le pidió: "Padre, concédeme que me enseñen el camino
que debo seguir". El abad le señaló dos monjes del monasterio y partieron los tres. Caminaron
por el desierto un día y luego otro. Agotados por el calor se tumbaron en el suelo. Y mientras
dormían un poco, vino un águila que les tocó con sus alas, se les adelantó un poco y luego se
posó en tierra. Los monjes se despertaron, y al ver el águila dijeron al hermano: "Es tu ángel.
¡Levántate y síguele!". El hermano se despidió de ellos y se llegó hasta donde estaba el águila,
la cual enseguida reanudó su vuelo para posarse un estadio más allá. Y el hermano volvió a
seguirla, y el águila voló de nuevo y se posó no lejos de allí. Y esto se repitió durante tres
horas. El hermano siguió al águila hasta el momento en que giró a la derecha y desapareció. El
hermano, sin embargo, continuó su camino y vio tres palmeras, una fuente y una pequeña
gruta. "Este, exclamó, es el lugar que Dios me ha preparado". Entró y se acomodó. Comía
dátiles y bebía agua de la fuente. Y vivió allí seis años sin ver a nadie. Pero un día, se le
presentó el diablo bajo las apariencias de un abad viejo, de terrible aspecto. Al verlo el
hermano tuvo miedo y se postró en oración. Cuando se levantó le dijo al diablo: "Oremos otra
vez hermano". Cuando se levantaron preguntó el diablo: "¿Cuánto tiempo llevas aquí?". "Seis
años", le respondió. Y le dijo el demonio: "He sido tu vecino y hasta hace cuatro días no he
podido saber que vivías aquí. Tengo mi celda no muy lejos y hace once años que no salía de
ella hasta hoy, que supe que vivías tan cerca. Y me dije: 'Voy a ver a este hombre de Dios y
hablemos de lo que toca a la salvación de nuestras almas'. Y creo hermano que no ganamos
nada quedándonos en nuestras celdas, porque no recibimos el cuerpo y la sangre de Cristo y
temo que nos alejemos de El si nos apartamos de estos misterios. A tres millas de aquí hay un
monasterio con un sacerdote. Vayamos todos los domingos o cada dos semanas, recibamos el
cuerpo y la sangre de Cristo y volvamos a nuestras celdas". Le agradó al hermano esta
recomendación diabólica y llegado el domingo vino el diablo y dijo: "Vamos, ya es hora". Y se
fueron al citado monasterio donde había un sacerdote, entraron en la iglesia y se pusieron en
oración. Y al levantarse el hermano no vio al que le había traído, y pensó: "¿Dónde se habrá
ido? Tal vez se haya ido a hacer sus necesidades". Esperó un buen rato pero no volvió. Salió
fuera y como no conseguía encontrarlo, preguntó a los hermanos del monasterio: "¿Dónde está
el abad que ha entrado conmigo en la iglesia?". Pero ellos le respondieron: "No hemos visto a
nadie más que a ti". Entonces cayó en la cuenta el hermano que era el demonio, y pensó: "Mira
con cuanta astucia me ha sacado el diablo de mi celda. Pero no importa, pues he venido para
una buena obra. Recibo el cuerpo y la sangre de Cristo y me vuelvo a mi celda". Acabada la
misa, quiso volver a su ermita, pero el abad del monasterio le retuvo diciendo: "No te
dejaremos marchar hasta que hayas comido con nosotros". Y después de comer volvió a su
retiro. De nuevo se le presentó el diablo disfrazado como un joven de mundo que empezó a
examinarle de pies a cabeza, mientras decía: "¿Es éste? No, no es". Y el hermano le dijo:
"¿Por qué me miras así?". Y él le contestó: "Ya veo que no me conoces. Después de tanto
tiempo, ¿cómo ibas a conocerme? Soy hijo de un vecino de tu padre. ¿Tu padre no es fulano
de tal? ¿Y tu madre no se llama mengana? ¿Y tu hermana y tú no tenéis tal y tal nombre? ¿Y
los criados no son éste y aquél? Tu madre y tu hermana murieron hace tres años. Tu padre
acaba de morir y te ha nombrado heredero diciendo: '¿A quién dejaré mis bienes sino a mi hijo,
santo varón, que dejó el mundo para seguir a Dios? Dejo a él toda mi fortuna. Si alguno teme al
Señor y sabe donde está, dígale que venga a distribuir mis bienes entre los pobres para la
salvación de mi alma y de la suya'. Salió mucha gente a buscarte, pero no te encontraron. Yo
he venido aquí para cierto negocio y te he reconocido. No te demores, ve, vende todo y cumple
la voluntad de tu padre". El hermano contestó: "No es necesario que vuelva al mundo". "Si no
vienes, respondió el diablo, y esa fortuna se pierde, tendrás que dar cuenta delante de Dios.
¿Qué hay de malo en que vayas, repartas como buen administrador esos bienes entre los
pobres y necesitados para que no se dilapide entre meretrices y gente de mal vivir lo que
estaba destinado a los pobres? ¿Qué dificultad hay para que vayas, repartas las limosnas
según la voluntad de tu padre y para salvación de tu alma y vuelvas a tu celda?". Y el demonio

40

acabó por persuadir al hermano para que volviese al mundo. Le acompañó hasta la ciudad y
luego le abandonó. El hermano quiso entrar en su casa, creyendo que su padre estaba muerto,
pero en aquel momento el padre salía vivo de su casa. Al verlo no le reconoció y le preguntó:
"¿Quién eres tú?". El monje se turbó y no sabia qué responder. Su padre insistía para saber de
dónde venia y entonces lleno de confianza le dijo: "Soy tu hijo". Y el padre le preguntó: "¿Para
qué has vuelto?". Le dio vergüenza confesar la razón de su venida y le contestó: "He venido
por amor tuyo, porque estaba deseando verte". Y se quedó allí. Poco tiempo después cayó en
la fornicación. Castigado muy duramente por su padre, el infeliz no se arrepintió y se quedó en
el mundo. Por tanto, hermano, esto te digo: el monje nunca debe salir de su celda por
instigación de otro y bajo ningún pretexto».
25.
Unos hermanos preguntaron a uno de los famosos Padres del desierto: «Padre, ¿cómo
puedes estar aquí soportando este trabajo?». El anciano les dijo: «Todo el trabajo del tiempo
que llevo aquí no se puede comparar a un solo día de los tormentos que esperan al pecador en
la otra vida».
26.
Un anciano decía: «Los monjes antiguos no cambiaban fácilmente de residencia a no
ser por una de estas tres causas: sí alguno estaba en contra de ellos y a pesar de hacer todo lo
posible por darle gusto no podían aplacarle; si les ocurría el ser alabados por mucha gente, o si
caían en tentación de impureza».
27.
Un hermano dijo al abad Arsenio: «¿Qué debo hacer pues estoy afligido por este
pensamiento: sí no puedes ayunar ni trabajar, al menos visita a los enfermos, que esto es
digno de recompensa?». Conoció al anciano la insinuación diabólica, y le dijo: «Vete, come,
bebe y duerme, pero no salgas de tu celda». Sabía que la fidelidad a la celda lleva al monje a
la perfección. Tres días después el monje fue preso de acedia. Pero encontró unas pequeñas
palmas, las cortó y al día siguiente se puso a hacer con ellas una estera. Al sentir hambre se
dijo: «Ya quedan pocas palmas, las terminaré de tejer y entonces comeré». Y al terminar se
dijo de nuevo: «Leeré un poco y luego comeré». Y cuando terminó su lectura pensó:
«Recitemos algunos salmos y después comeré sin escrúpulos». Así, poco a poco, con la ayuda
de Dios fue progresando hasta conseguir llegar al cumplimiento de su obligación. Y adquirió
seguridad para vencer los malos pensamientos.
28.
Un hermano preguntó a un anciano: «¿Por qué soy presa de la acedia cuando estoy en
mi celda?». Y el anciano le dijo: «Porque todavía no has contemplado la esperanza de la
resurrección ni los tormentos del infierno; pues si llegases a ver esto, tu celda estaría llena de
gusanos y tú sumergido en ellos y no padecerías acedia».
29.
Los hermanos rogaban a un anciano que descansara de su rudo trabajo; pero él les
respondió: «Creedme, hijos, a la vista de los grandes y maravillosos dones de Dios, Abraham
se lamentó de no haber luchado más contra las dificultades».
30.
Un hermano dijo a un anciano: «Mi imaginación vaga de un lado para otro y estoy
atribulado». El anciano respondió: «Permanece en tu celda y tus pensamientos volverán a
estar en orden. Cuando una asna está atada, su borriquillo se mueve de aquí para allá, pero
vuelve siempre donde su madre, dondequiera que esté. Lo mismo ocurre con los pensamientos
de aquel que por amor a Dios aguanta con paciencia en su celda. Pueden vagar un poco pero
de nuevo vuelven a él».
31.
Un anciano moraba en el desierto y tenía el agua a doce millas de distancia de su
celda. Un día, al ir a buscar agua se desanimó, y dijo: «¿Qué necesidad tengo de tanto
trabajo? Vendré y me instalaré junto al agua». Apenas dijo estas palabras, se volvió y vio a uno
que le seguía y contaba sus pasos. «¿Quién eres?», le preguntó. Y el otro dijo: «Soy un ángel
del Señor y he sido enviado a contar tus pasos y darte la recompensa». Al oírlo el anciano se
animó de nuevo celo y puso su celda más lejos todavía del lugar del agua.
32.
Los Padres decían: «Si te viene una tentación en el lugar donde habitas, no abandones
el lugar en el tiempo de la tentación, porque si lo abandonas encontrarás ante ti, en todas
partes, lo que querías apartar. Ten paciencia hasta que pase la tentación, para que tu marcha
no sea ocasión de escándalo y pueda perjudicar a los que viven a tu alrededor».

41

33.
Un hermano que vivía en un cenobio era de temperamento inquieto y montaba
fácilmente en cólera. Y se dijo un día: «Me iré y viviré en un lugar solitario. Como no tendré
nadie con quien hablar ni a quien escuchar estaré tranquilo y se apaciguará mi ira». Se fue y
vivía en una gruta. Un día, después de llenar de agua su jarra, la colocó en el suelo y sucedió
que la jarra se vino abajo. La llenó una segunda vez y se cayó de nuevo. La llenó por tercera
vez y volvió a caerse. Ardiendo de ira, tomó el recipiente y lo rompió. Vuelto en si, cayó en la
cuenta de que había sido juguete del demonio de la ira y dijo: «A pesar de estar solo me ha
vencido. Volveré al cenobio, pues la lucha y la paciencia son necesarias en todas partes, pero,
sobre todo, lo que yo necesito es la ayuda de Dios». Y volvió a su monasterio.
34.
Un hermano preguntó a un anciano: «Padre, ¿qué debo hacer? No hago nada de lo
que debe hacer un monje. Soy negligente, como, bebo, duermo. Me acometen muchos
pensamientos torpes, paso de un trabajo a otro, de unos pensamientos a otros pensamientos».
El anciano le dijo: «Quédate en tu celda y haz lo que puedas procurando no perder la paz. Lo
poco que ahora haces equivale a los grandes trabajos del abad Antonio en el desierto; porque
creo en Dios que el que permanece en la celda por su amor, vigilando su conciencia, se
encuentra en la misma situación que Antonio».
35.
Le preguntaron a un anciano cómo debía obrar un monje fervoroso para no
escandalizarse al ver que algunos hermanos volvían al mundo. Y respondió: «El monje debe
observar cómo los perros cazan a las liebres. Uno de ellos ve una liebre y la sigue. Los otros,
que sólo han visto correr al perro, le siguen durante cierto tiempo, pero luego, cansados, se
vuelven. Sólo el perro que ha visto a la liebre la persigue hasta que la alcanza. La dirección de
su carrera no se modifica porque los otros se vuelvan atrás. No le importan ni los precipicios, ni
las selvas, ni las zarzas. Le arañan y pinchan las espinas, pero no descansa hasta que ha
logrado su presa. Así debe de ser el monje que busca a Nuestro Señor Jesucristo. Mira sin
cesar a la cruz y pasa por encima de todos los escándalos que encuentra, hasta llegar al
Crucificado».
36.
Decía un anciano: «Un árbol no puede dar fruto si se le trasplanta a menudo de un
lugar a otro. Tampoco el monje que emigra con frecuencia puede dar fruto abundante».
37.
Un hermano que estaba tentado de abandonar su monasterio se lo contó a su abad.
Este le contestó: «Vuelve a tu celda, haz oblación de tu cuerpo a las paredes de tu celda y no
salgas de ella. No te preocupes de tu tentación. Piensa lo que quieras, pero que tu cuerpo no
salga de la celda».
38.
Decía un anciano: «La celda de un monje es el horno de Babilonia, donde los tres
jóvenes encontraron al Hijo de Dios. Es también la columna de nube desde la que Dios habló a
Moisés».
39.
Durante nueve años un hermano fue atormentado por el deseo de abandonar su
monasterio. Cada mañana preparaba sus cosas como para marchar. Y cuando llegaba la tarde,
decía: «Mañana me marcho de aquí». Pero por la mañana pensaba: «Venzámonos un poco y
aguantemos hoy aquí por el Señor». Hizo esto día tras día durante nueve años, y entonces el
Señor le libró de su tentación.
40.
Un hermano sucumbió a una tentación, y en su abatimiento, abandonó la regularidad
monástica. Y aunque deseaba volver a empezar de nuevo su observancia regular, su estado
de ánimo se le impedía, y se decía: «¿Cuándo volveré a encontrarme como antes?». Y
desalentado no hacía nada para empezar a vivir como monje. Se llegó a un anciano y le contó
lo que le sucedía. El anciano, después de escucharle, le puso este ejemplo: «Un hombre tenía
una propiedad y por su negligencia se hizo improductiva llenándose de abrojos y espinas.
Quiso más tarde cultivarla, y dijo a su hijo: "Vete y rotura aquel campo". El hijo fue a la finca,
pero al ver tanto cardo y tanta espina, se desanimó y dijo: "¿Cuándo conseguiré dejar limpio
todo este campo?". Y se echó a dormir. Y esto lo repitió durante muchos días. Más tarde, vino
el padre para ver el trabajo y se encontró con que ni siquiera había empezado. Y preguntó a su
hijo: "¿Por qué no has hecho nada hasta ahora?". Y el joven le respondió: "Al llegar aquí y ver
tanto cardo y tanta espina, me sentí sin ánimos para empezar el trabajo y me eché a dormir". El
padre le dijo: "Hijo mío, limpia cada día el espacio que ocupes tumbado en el suelo. Tu trabajo

42

avanzará así poco a poco, sin que te desanimes". El joven lo hizo así y en poco tiempo quedó
limpio el campo. Tú también, hermano, trabaja poco a poco y no te dejes llevar del desaliento.
Dios por su infinita misericordia te volverá a tu primer estado». Al oír esto el hermano se fue y
con gran paciencia hizo lo que el anciano le había enseñado. Y encontró la paz avanzando en
la virtud por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo.
41.
Un anciano enfermaba a menudo. Pero un año no tuvo enfermedad alguna. Y él estaba
muy afligido y lloraba diciendo: «Dios me ha abandonado, no me ha visitado este año».
42.
Un anciano contaba que un hermano fue tentado durante nueve años. Tan angustiado
estaba que llegó a desesperar de su salvación y él mismo se condenaba: «He perdido mi alma
y, ya que estoy condenado, me vuelvo al mundo». Y en el camino oyó una voz que le decía:
«Las tentaciones que has padecido durante nueve años eran tus coronas. Vuelve a donde
estabas y te libraré de tus tentaciones». El hermano comprendió entonces que no hay que
desesperar por los pensamientos que a uno le vienen. Estos pensamientos son más bien
nuestra corona, sí sabemos llevarlos con paciencia.
43.
Un anciano que vivía en la Tebaida, en una cueva, tenía un aventajado discípulo. Por
la tarde, el anciano tenía la costumbre de instruirle enseñándole lo que convenía a su alma. Y
después de los consejos finales, oraban juntos y le enviaba a dormir. Un día, unos piadosos
seglares, que conocían la gran penitencia del anciano, vinieron a verle. Y después de ser
consolados por él se marcharon. Y por la tarde, después de su marcha, terminada la misa, el
anciano, según su costumbre fue a instruir al hermano. Pero mientras hablaba, se quedó
dormido. El hermano esperó pacientemente a que el anciano despertase para hacer la oración
acostumbrada, pero el anciano no despertaba. Después de una larga espera, el hermano fue
tentado de irse a dormir, pero se hizo violencia, resistió a la tentación y se quedó. Por segunda
vez le vino el deseo de irse a dormir, pero se mantuvo firme. Lo mismo le ocurrió hasta siete
veces, pero permaneció junto al anciano. A media noche despertó el anciano, y le encontró
sentado a su lado. «¿Te has quedado, le dijo, hasta ahora sin marcharte?». «Si, Padre, le
contestó, porque no me lo habías mandado». Y le dijo el anciano: «¿Por qué no me has
despertado?». «No me he atrevido, dijo el joven, por temor a molestarte». Se levantaron,
rezaron maitines y, terminada la oración, el anciano despidió al discípulo. Y al quedarse solo
tuvo una visión: vio un lugar glorioso y en él un trono y sobre el trono siete coronas. El anciano
preguntó: «¿De quién son esas coronas?». Y el que le mostraba la visión le dijo: «El lugar y el
trono son de tu discípulo. Se los ha concedido Dios por su fervorosa conducta. Las siete
coronas las ha conquistado esta noche». Al oír esto, el anciano quedó admirado y temblando
llamó a su discípulo y le mandó: «Dime lo que has hecho esta noche». Y el otro respondió:
«Perdóname, Padre, porque no he hecho nada». El anciano pensando que no se lo quería
decir por humildad, insistió: «No te dejaré en paz hasta que me digas lo que has hecho o lo que
has pensado esta noche». El hermano no tenía conciencia de lo que había hecho y no sabia
qué decir. Y de nuevo repitió al anciano: «Perdóname, Padre, no he hecho nada. Tan sólo que
he tenido siete veces deseos de irme a dormir, pero como no me habías despedido, como de
costumbre, no me fui». Al oír esto el anciano comprendió al punto que había sido coronado por
Dios cada una de las veces que había resistido a su deseo. Al hermano, para su mayor
provecho, no le dijo nada, pero lo contó a otros Padres espirituales para que sepamos que por
unos pensamientos de poca monta, Dios nos da una corona. Es bueno, pues, que el hombre se
haga violencia en todo por Dios, porque como escrito está: «El Reino de los cielos sufre
violencia y los violentos lo conquistan». (Mt 11,12).
44.
Un anciano anacoreta cayó enfermo. Como no tenía a nadie que le ayudara se
levantaba y comía lo poco que encontraba en su celda. Pasaron varios días sin que nadie
viniera a visitarle. Transcurridos treinta días sin recibir ayuda, el Señor envió un ángel para que
le sirviera. Y después de otros siete días, cayeron en la cuenta los Padres, y se dijeron:
«Vayamos y veamos, no sea que esté enfermo». Cuando llamaron a la puerta el ángel
desapareció. El anciano, desde dentro, gritó: «Alejaos de aquí, hermanos». Pero ellos,
levantando la cancela de la puerta, entraron y le preguntaron por qué gritaba. Y él les dijo: «He
estado enfermo durante treinta días sin que nadie me visitara, y hace siete días que el Señor
envió un ángel para que me sirviera, el cual se ha marchado cuando habéis llegado vosotros».
Y dicho esto, descansó en paz. Los hermanos se admiraron mucho y glorificaron a Dios,
diciendo: «Dios no abandona a los que esperan en El».

43

45.
Decía un anciano: «Si te sobrevienen enfermedades corporales no te desanimes,
porque si el Señor quiere debilitar tu cuerpo ¿por qué llevarlo a mal? ¿Acaso no piensa en ti en
toda ocasión y en cualquier circunstancia? ¿Puedes tú vivir sin El? Ten, pues, paciencia y
pídele lo que te conviene, es decir, hacer siempre su santa voluntad, y come con paciencia lo
que te den por caridad».
46.
Uno de los Padres contó lo que sigue: «Estando en Oxirinco, vinieron unos pobres, un
sábado por la tarde, para recibir el ágape. Se acostaron luego y uno de ellos sólo tenía una
estera. Había colocado la mitad debajo y con la otra mitad se tapaba, pues hacia mucho frío. Y
al salir al servicio, le oí que suspiraba y se quejaba de frío, pero se consolaba diciendo: "Señor,
¡te doy gracias! Cuántos ricos están en la cárcel cargados de cadenas o con los pies en el cepo
y no pueden hacer libremente sus necesidades. Pero yo soy como el emperador, extiendo mis
pies y voy donde me da la gana". Mientras decía estas palabras, yo estaba escuchándole. Y
entrando en la celda se lo conté a los hermanos que al oírlo se edificaron mucho».
47.
Un hermano preguntó a un anciano: «Si me vienen dificultades en un lugar donde no
tenga a nadie a quien acudir para descubrirle mi tentación, ¿qué debo hacer?». El anciano le
respondió; «Fíate de Dios, que él enviará su ángel y su gracia. El mismo será tu consuelo sí se
lo pides con amor». Y añadió: «He oído que en Scitia ocurrió algo de esto. Había allí un monje
que padecía continuas tentaciones. Y como no tenía cerca ninguna persona que le inspirase
confianza para abrirse con ella, una tarde preparó su melota 2 para marcharse. Pero esa
misma noche se le presentó la gracia de Dios bajo la forma de una doncella que le decía: "No
te vayas. Quédate aquí conmigo. No te sucederá ningún mal de todo eso que has oído". El
monje creyó en estas palabras, permaneció allí y al punto quedó curado su corazón».
Notas:
(1) ACEDIA: Postración, disgusto sin causa concreta que asalta frecuentemente al monje en su soledad.
(2) MELOTA: Entre los monjes antiguos, usaban una capa monástica de piel de oveja; la melota servía
también de cobertor o de estera sobre la cual e monje se tendía para dormir. Se utilizaba también para
envolver y transportar objetos.

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CAPÍTULO VIII

NO SE DEBE HACER NADA PARA SER VISTO
1.

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1.
El abad Antonio oyó contar que un monje joven había hecho un milagro en el camino.
Había visto a unos ancianos que caminaban fatigados y mandó a los onagros que vinieran y los
transportasen hasta la morada del abad Antonio. Los mismos ancianos se lo contaron al abad
Antonio y éste replicó: «Creo que ese monje es un navío sobrecargado de riquezas, pero no sé
si podrá llegar a puerto». Poco después el abad Antonio se echó de repente a llorar y
lamentarse arrancándose los cabellos. Y al verlo así sus discípulos le dijeron: «¿Por qué lloras,
Padre?» El anciano respondió: «Una gran columna de la Iglesia acaba de caer». Se refería a
aquel monje joven. Y añadió: «íd donde él y ved lo que ha sucedido». Los discípulos fueron y lo
encontraron sentado sobre una estera, llorando su pecado. Al ver a los discípulos de Antonio,
les dijo: «Decid al anciano que pida a Dios que me conceda diez días para reparar mi pecado».
Pero murió cinco días después.
2.
Unos monjes alabaron a un hermano delante del abad Antonio. Cuando éste fue a
visitarle, quiso probarlo viendo si soportaba una injuria. Y cuando vio que no, le dijo: «Te
pareces a una casa con una hermosa fachada, pero que por detrás está desvalijada por los
ladrones».
3.
Se decía del abad Arsenio y del abad Teodoro de Fermo que por encima de todo
aborrecían la vanagloria. El abad Arsenio no acudía fácilmente a las llamadas de sus visitantes.
El abad Teodoro sí acudía, pero era como una espada para él.
4.
El Padre Eulogio, presbítero, que había sido discípulo del arzobispo Juan, ayunaba dos
días seguidos y a veces lo alargaba toda la semana. No comía más que pan y sal y por eso era
alabado por los hombres. Se fue a Panefo, donde vivía el abad José, pensando encontrar allí
una mayor austeridad. El anciano le recibió con alegría y le preparó lo mejor que tenía para
mostrarle su afecto. Los discípulos de Eulogio le dijeron: «El Padre sólo come pan y sal». El
abad José siguió comiendo sin decir palabra. Eulogio y sus discípulos estuvieron tres días allí y
no les oyeron ni orar, ni cantar salmos, pues su trabajo espiritual era secreto, y se marcharon
desedificados. Por disposición divina se echó la niebla, se equivocaron de camino y se
encontraron de nuevo sin quererlo en el monasterio del anciano. Y antes de llamar le oyeron
cantar la salmodia. Siguieron un rato escuchando y luego llamaron a la puerta. El anciano les
recibió de nuevo con gran alegría y los que acompañaban a Eulogio tomaron una jarra, y como
hacia mucho calor se la ofrecieron para que bebiera. Era una mezcla de agua de mar y de
agua de río y no la pudo beber. Entrando dentro de sí, Eulogio hizo una metanía 1 y pidió al
anciano que le explicase su modo de proceder, diciéndole: «¿Qué significa todo esto, Padre?
¿Por qué antes no cantabas salmos, y empezasteis a hacerlo al marchar nosotros, y cuando
quise beber agua la encontré salada?». El anciano le respondió: «El hermano es algo distraído
y por error mezcló agua de mar». Pero Eulogio rogaba al anciano que le dijese la verdad. Y el
abad José le respondió: «Aquel vasito de vino es lo que pide la caridad. Este agua es la bebida
ordinaria de los hermanos». Y con estas palabras le enseñó a tener discreción en sus juicios y
apartó su espíritu de las consideraciones humanas. Y empezó a hacer vida común, comiendo
de todo lo que le presentaban. Aprendió también a obrar en secreto y dijo al anciano:
«Ciertamente vuestra conducta está lejos de toda hipocresía».
5.
El abad Zenón, discípulo del abad Silvano, decía: «No habites en un lugar famoso, ni
vivas con un hombre de gran reputación, ni pongas cimientos a la celda que te construyas».
6.
Un hermano se llegó al abad Teodoro de Fermo y durante tres días estuvo rogándole
que le dijese una palabra. Pero no le respondió y el hermano se marchó triste. Y el discípulo de
Teodoro le preguntó: «¿Por qué no le has hablado? Se ha marchado muy triste». Y el anciano
contestó: «Créeme, no le he dicho nada porque es un traficante que quiere gloriarse con las
palabras de los demás».
7.
Un hermano preguntó al abad Teodoro: «¿Me permites, Padre, que no tome pan
durante unos días?». El anciano le respondió: «Haces bien. Yo también lo hice». Y el hermano
añadió: «Voy a llevar unos guisantes al molino para hacer harina con ellos». Y el abad Teodoro
le dijo: «Si vas al molino haz pan para ti. ¿Pero qué necesidad tienes de ir?».
8.
Otro hermano se llegó también al abad Teodoro y empezó a hablar e inventar cosas de
las que no tenía ninguna experiencia. El anciano le dijo: «Todavía no has encontrado barco, ni

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has colocado en él tu equipaje, ni has empezado a navegar, y he aquí que ya has llegado a la
ciudad de destino. Cuando hayas puesto por obra todo eso de lo que me has estado hablando,
entonces podrás empezar a hablar de ello».
9.
Contaba el abad Casiano que un hermano fue a ver al abad Serapión y el anciano le
invitó a la oración de comunidad. Pero el hermano rehusó diciendo que era un pecador, indigno
de llevar el hábito de monje. El anciano quiso lavarle los pies, pero él repitiendo las mismas
palabras no se lo permitió. Entonces el anciano le dio de comer y le hizo con todo cariño esta
amonestación: «Hijo mío, si quieres adelantar en la vida espiritual quédate en tu celda, vigila y
trabaja con tus manos. Te conviene mucho más quedarte en la celda que salir de ella». Al oír
esto, el hermano se irritó, y su rostro mudó de color hasta el punto de que no lo pudo ocultar al
anciano. El abad Serapión le dijo entonces: «Hasta ahora decías: "Soy pecador" y te
considerabas indigno de vivir, y porque te avisé con caridad, ¿te enfadas de ese modo? Si de
verdad quieres ser humilde, aprende a soportar virilmente lo que te imponen los demás y no a
decir palabras odiosas contra ti mismo». Al oír esto el hermano se arrepintió ante el anciano y
se marchó muy aprovechado.
10.
Un día el gobernador de la provincia oyó hablar del abad Moisés, y se fue a Scitia para
verle. Le anunciaron su visita al anciano, pero él se marchó a los pantanos. Acudió allí el
gobeí4iador con los suyos y lo encontró y le dijo: «Dinos, anciano, ¿dónde está la celda del
abad Moisés?». Y éste le contestó: «¿Para qué queréis verle? Es un loco y un hereje». El
gobernador volvió a la iglesia y dijo a los clérigos: «He oído hablar muy bien del abad Moisés y
por eso he venido a verle. Pero hemos encontrado a un viejo que iba a Egipto y le hemos
preguntado donde estaba la celda del abad Moisés y nos ha contestado: "¿Para qué le
buscáis? Es un loco y un hereje"». Al oír esto se entristecieron los clérigos y le dijeron: «¿Qué
aspecto tenía ese viejo que os ha dicho esas cosas del abad Moisés?». «Era un viejo grande y
moreno que usaba un vestido muy viejo», respondieron los recién llegados. Y los hermanos les
contestaron: «Ese es el abad Moisés. Y como no quería recibiros por eso dijo eso de sí
mismo». Y el gobernador se marchó muy edificado.
11.
Un hermano preguntó al abad Matoés: «Si voy a un lugar para quedarme allí, ¿cómo
debo comportarme?». El anciano le respondió: «Donde quiera que estés no quieras hacerte
notar por ninguna cosa, diciendo por ejemplo: "No acudo a la asamblea de los hermanos, o no
como esto o aquello". Estas cosas te darán un vano honor, pero después tendrás muchas
molestias, pues la gente acude allí donde oye decir que suceden estas cosas».
12.
El abad Nisterós el Grande caminaba por el desierto con un hermano. Vieron una
serpiente y huyeron. «¿También tú tienes miedo, Padre?», dijo el hermano. Y el anciano le
respondió: «No tengo miedo, hijo, pero es bueno haber huido de la serpiente, porque así no he
tenido que escapar del demonio de la vanagloria».
13.
El gobernador de la provincia quiso un día visitar al abad Pastor, pero éste no lo
consentía. Entonces el juez detuvo al hijo de su hermana como si fuera un malhechor y le
metió en la cárcel diciendo: «Si viene el anciano a pedir que lo suelte, le pondré en libertad».
La madre del muchacho acudió a su hermano, el abad Pastor, y se puso a llorar delante de la
puerta de su celda. Pero éste no le dio respuesta alguna. Y ella movida por el dolor le
increpaba: «Si tienes un corazón de bronce y no te mueven mis súplicas, ten al menos
compasión de tu sangre». Pero él mandó decirle: «Pastor no engendró hijos». Y ella se
marchó. Al oír estas cosas el juez dijo: «Basta que diga una palabra y soltaré a su sobrino».
Pero el anciano hizo que le respondieran: «Examina la causa de acuerdo con la ley. Si merece
la muerte, muera. Si no la merece, haz lo que quieras».
14.
Dijo también el abad Pastor: «Enseña a tu corazón a cumplir lo que a otros enseñas
con tus palabras». Y añadió: «Los hombres cuando hablan parecen perfectos. Al cumplir lo que
dicen no lo son tanto».
15.
El abad Adelfio, que fue obispo de Nitópolis, subió al monte para visitar al abad Sisoés.
Y como tenía que marchar, el abad Sisoés le preparó de mañana la comida. Era día de ayuno,
y mientras ponían la mesa, llamaron a la puerta unos hermanos. El abad dijo a su discípulo:
«Dales un poco de papilla, porque vendrán cansados». Y el abad Adelfio intervino: «Que

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esperen un poco, para que no vayan diciendo que el abad Sisoés come desde la mañana». El
anciano le miró sorprendido y dijo al hermano: «Vete y dales la papilla». Al ver la papilla los
recién llegados dijeron: «¿Tenéis huéspedes? ¿O acaso el anciano come con vosotros?». Y el
hermano contestó: «Si». Y ellos, entristecidos, dijeron: «Que Dios os perdone el haber
permitido al anciano comer a esta hora. ¿No sabéis que lo expiará durante muchos días?». Al
oír esto el obispo hizo una metanía ante el anciano y le dijo: «Perdóname, Padre. He pensado
a la manera de los hombres. Tú has obrado según Dios». Y el abad Sisoés le contestó: «Si
Dios no glorifica al hombre, la gloria de los hombres no tiene ninguna consistencia».
16.
El abad Amón, de Raitún, dijo al abad Sisoés: «Cuando leo las Escrituras, me
preocupo de adornar mí pensamiento para estar preparado y poder responder a las
preguntas». El anciano le contestó: «Eso no es necesario. Cuida más bien de la pureza del
corazón, que ella dará seguridad a tus palabras».
17.
Un día el gobernador de la provincia vino a visitar al abad Simón. Entonces éste tomó
la correa que le servía de cinturón y subió a una palmera para podaría. Cuando llegaron los
visitantes le dijeron: «¿Dónde está el anciano que vive aquí como anacoreta?». Y él respondió:
«Aquí no hay ningún anacoreta». Y el gobernador al oír esto se volvió por donde había venido.
18.
En otra ocasión vino a visitarle otro gobernador. Los clérigos se adelantaron para
decirle: «Padre, prepárate, porque el gobernador ha oído hablar de ti y viene para pedirte la
bendición». Y él les dijo: «Bien, me prepararé». Se vistió de saco, tomó pan y queso, se sentó
a la puerta de su celda y se puso a comer. Llegó el gobernador con su escolta y al verle le
despreciaron diciendo: «¿Este es el ermitaño del que hemos oído decir tantas cosas?». Y al
punto, se dieron media vuelta y se volvieron a la ciudad.
19.
Santa Sinclética dijo: «Lo mismo que un tesoro descubierto enseguida desaparece, así
también cualquier virtud queda destruida cuando se hace notar o se hace pública. Como el
fuego deshace la cera, así también la alabanza hace perder al alma su vigor y la energía de las
virtudes».
20.
Decía también: «Como es imposible la coexistencia de la hierba y el grano, también es
imposible que den fruto para el cielo los que buscan la gloria humana».
21.
Un día de fiesta los hermanos de las Celdas comían juntos en la iglesia. Uno de ellos
dijo al que servia: «Yo no como nada cocido sino tan sólo sal». Y el sirviente llamó a otro
hermano y le dijo delante de todos: «Este hermano no come nada cocido, tráele sal». Y se
levantó un anciano y le dijo: «Más te valiera haber comido a solas carne en tu celda, que
escuchar estas palabras delante de tantos hermanos».
22.
Un hermano muy austero, que no comía más que pan, fue a visitar a un anciano. Y
llegaron también, muy a propósito, otros peregrinos. Y el anciano preparó para todos un poco
de papilla. Se pusieron a comer y aquel hermano tan austero tomó tan sólo un garbanzo
durante la comida. Y al levantarse de la mesa, el anciano le llamó aparte y le dijo: «Hermano,
cuando visites a alguno, no des a conocer allí tu modo de proceder. Si lo quieres guardar
quédate en tu celda y no salgas nunca de ella». El hermano obedeció al anciano y en adelante
hacia en todo vida común cuando se encontraba con otros hermanos.
23.
Dijo un anciano: «El cuidado por agradar a los hombres hace perder todo el
aprovechamiento espiritual y deja al alma seca y descarnada».
24.
Un anciano decía: «Si quieres ser libre, o huyes de los hombres, o te burlas del mundo
y de los hombres. Y para ello tendrás que hacerte el loco en muchas ocasiones».
Notas:
(1) METANÍA: Cambio de ideas, conversión, penitencia interior, gesto por el cual se da testimonio de su
arrepentimiento después de una falta o simplemente de un encuentro con otro, casi siempre postración

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CAPÍTULO IX

NO HAY QUE JUZGAR A NADIE
1.

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