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Autor: Sailer, Leonardo

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1
Dios quiso un seno sin mancha
Dice Jesús:
"Hoy escribe esto sólo. La pureza tiene un valor tal, que un seno de criatura pudo contener al Incontenible, porque
poseía la máxima pureza posible en una criatura de Dios.
La Santísima Trinidad descendió con sus perfecciones, habitó con sus Tres Personas, cerró su Infinito en pequeño
espacio- no por ello se hizo menor, porque el amor de la Virgen y la voluntad de Dios dilataron este espacio hasta hacer de él un
Cielo – y se manifestó con sus características:
El Padre, siendo Creador nuevamente de la Criatura como en el sexto día y teniendo una "hija" verdadera, digna, a su
perfecta semejanza. La impronta de Dios estaba estampada en María tan nítidamente, que sólo en el Primogénito del Padre era
superior. María puede ser llamada la "segundogénita" del Padre, porque, por perfección dada y sabida conservar, y por dignidad
de Esposa y Madre de Dios y de Reina del Cielo, viene segunda después del Hijo del Padre y segunda en su eterno Pensamiento,
que ab aeterno en Ella se complació.
El Hijo, siendo también para Ella "el Hijo" enseñándole, por misterio de gracia, su verdad y sabiduría cuando aún era
sólo un Embrión que crecía en su seno.
El Espíritu Santo, apareciendo entre los hombres por un anticipado Pentecostés, por un prolongado Pentecostés, Amor
en "Aquella que amó", Consuelo para los hombres por el Fruto de su seno, Santificación por la maternidad del Santo.
Dios, para manifestarse a los hombres en la forma nueva y completa que abre la era de la Redención, no eligió como
trono suyo un astro del cielo, ni el palacio de un grande. No quiso tampoco las alas de los ángeles como base para su pie. Quiso
un seno sin mancha.
Eva también había sido creada sin mancha., Mas, espontáneamente, quiso corromperse. María, que vivió en un mundo
corrompido – Eva estaba, por el contrario, en un mundo puro – no quiso lesionar su candor ni siquiera con un pensamiento

vuelto hacia el pecado. Conoció la existencia del pecado y vio de él sus distintas y horribles manifestaciones, las vio todas,
incluso la más horrenda: el deicidio. Pero las conoció para expiarlas y para ser, eternamente, Aquella que tiene piedad de los
pecadores y ruega por su redención.
Este pensamiento será introducción a otras santas cosas que daré para consuelo tuyo y de muchos".

2
Joaquín y Ana hacen voto al Señor

Veo un interior de una casa. Sentada a un telar hay una mujer ya de cierta edad. Viéndola con su pelo ahora entrecano,
antes ciertamente negro, y su rostro sin arrugas pero lleno de esa seriedad que viene con los años, yo diría que puede tener de
cincuenta a cincuenta y cinco años, no más.
Al indicar estas edades femeninas tomo como base el rostro de mi madre, cuya efigie tengo, más que nunca, presente
estos días que me recuerdan los últimos suyos cerca de mi cama... Pasado mañana hará un año que ya no la veo... Mi madre era
de rostro muy fresco bajo unos cabellos precozmente encanecidos. A los cincuenta años era blanca y negra como al final de la
vida. Pero, aparte de la madurez de la mirada, nada denunciaba sus años. Por eso, pudiera ser que me equivocase al dar un
cierto número de años a las mujeres ya mayores.
Ésta, a la que veo tejer, está en una habitación llena de claridad. La luz penetra por la puerta, abierta de par en par, que
da a un espacioso huerto – jardín. Yo diría que es una pequeña finca rústica, porque se prolonga onduladamente sobre un suave
columpiarse de verdes pendientes. Ella es hermosa, de rasgos sin duda hebreos. Ojos negros y profundos que, no sé por que, me
recuerdan al del Bautista. Sin embargo, estos ojos, además de tener gallardía de reina, son dulces, como si su centelleo de águila
estuviera velado de azul Ojos dulces, con un trazo de tristeza, como de quien pensara nostálgicamente en cosas perdidas. El
color del rostro es moreno, aunque no excesivamente. La boca, ligeramente ancha, está bien proporcionada, detenida en un
gesto austero pero no duro. La nariz es larga y delgada, ligeramente combada hacia abajo: una nariz aguileña que va bien con
esos ojos. Es fuerte, mas no obesa. Bien proporcionada. A juzgar por su estatura estando sentada, creo que es alta.
Me parece que está tejiendo una cortina o una alfombra. Las canillas multicolores recorren, rápidas, la trama marrón
oscura. Lo ya hecho muestra una vaga entretejedura de grecas y flores en que el verde, el amarillo, el rojo y el azul oscuro se
intersecan y funden como en un mosaico. La mujer lleva un vestido sencillísimo y muy oscuro: un morado - rojo que parece
copiado de ciertas trinitarias.
Oye llamar a la puerta y se levanta. Es alta realmente. Abre.
Una mujer le dice:
- Ana, ¿me dejas tu ánfora? Te la lleno.
La mujer trae consigo a un rapacillo de cinco años, que se agarra inmediatamente al vestido de Ana. Ésta le acaricia
mientras se dirige hacia otra habitación, de donde vuelve con una bonita ánfora de cobre. Se la da a la mujer diciendo:
- Tú siempre eres buena con la vieja Ana. Dios te lo pague, en éste y en los otros hijos que tienes y que tendrás.
¡Dichosa tú!.
Ana suspira.
La mujer la mira y no sabe qué decir ante ese suspiro. Para apartar la pena, que se ve que existe, dice: - Te dejo a Alfeo,
si no te causa molestias; así podré ir más deprisa y llenarte muchos cántaros.
Alfeo está muy contento de quedarse, y se ve el porqué una vez que se ha ido la madre: Ana le coge en brazos y lo lleva
al huerto, lo aupa hasta una pérgola de uva de color oro como el topacio y dice:
- Come, come, que es buena» - y le besa en la carita embadurnada del zumo de las uvas que está desgranando
ávidamente.
Luego, cuando el niño, mirándola con dos ojazos de un gris azul oscuro todo abiertos, dice:
-¿Y ahora qué me das? - se echa a reír con ganas, y, al punto, parece más joven, borrados los años por la bonita
dentadura y el gozo que viste su rostro. Y ríe y juega, metiendo su cabeza entre las rodillas y diciendo:
-¿Qué me das si te doy... si te doy?... ¡Adivina! - Y el niño, dando palmadas con sus manecitas, todo sonriente, dice:
-¡Besos, te doy besos, Ana guapa, Ana buena, Ana mamá!....
Ana, al sentirse llamar "Ana mamá", emite un grito de afecto jubiloso y abraza estrechamente al pequeñuelo, diciendo:
- ¡0h, tesoro! ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor! - Y por cada "amor" un beso va a posarse sobre las mejillitas rosadas.
Luego van a un bazar y de un plato bajan tortitas de miel.
- Las he hecho para ti, hermosura de la pobre Ana, para ti que me quieres. Dime, ¿cuánto me quieres? Y el niño,
pensando en la cosa que más le ha impresionado, dice:
- Como al Templo del Señor.
Ana le da más besos: en los ojitos avispados, en la boquita roja. Y el niño se restriega contra ella como un gatito.

La madre va y viene con un jarro colmado y ríe sin decir nada. Les deja con sus efusiones de afecto.
Entra en el huerto un hombre anciano, un poco más bajo que Ana, de tupida cabellera completamente cana, rostro
claro, barba cortada en cuadrado, dos ojos azules como turquesas, entre pestañas de un castaño claro casi rubio. Está vestido de
un marrón oscuro.
Ana no lo ve porque da la espalda a la puerta. El hombre se acerca a ella por detrás diciendo:
- ¿Y a mí nada?
Ana se vuelve y dice:
-¡Oh, Joaquín! ¿Has terminado tu trabajo?
Mientras tanto el pequeño Alfeo ha corrido a sus rodillas diciendo:
- También a ti, también a ti- y cuando el anciano se agacha y le besa, el niño se le ciñe estrechamente al cuello
despeinándole la barba con las manecitas y los besos.
También Joaquín trae su regalo: saca de detrás la mano izquierda y presenta una manzana tan hermosa que parece de
cerámica, y, sonriendo, al niño que tiende ávidamente sus manecitas le dice:
- Espera, que te la parto en trozos. Así no puedes. Es más grande que tú - y con un pequeño cuchillo que tiene en el
cinturón (un cuchillo de podador) parte la manzana en rodajas, que divide a su vez en otras más delgadas; y parece como si
estuviera dando de comer en la boca a un pajarillo que no ha dejado todavía el nido, por el gran cuidado con que mete los trozos
de manzana en esa boquita que muele incesantemente.
-¡Te has fijado qué ojos, Joaquín! ¿No parecen dos porcioncitas del Mar de Galilea cuando el viento de la tarde empuja
un velo de nubes bajo el cielo?.
Ana ha hablado teniendo apoyada una mano en el hombro de su marido y apoyándose a su vez ligeramente en ella:
gesto éste que revela un profundo amor de esposa, un amor intacto tras muchos años de vínculo conyugal.
Joaquín la mira con amor, y asiente diciendo:
-¡Bellísimos! ¿Y esos ricitos? ¿No tienen el color de la mies secada por el sol? Mira, en su interior hay mezcla de oro y
cobre.
-¡Ah, si hubiéramos tenido un hijo, lo habría querido así, con estos ojos y este pelo!.... - Ana se ha curvado, es más, se
ha arrodillado, y, con un fuerte suspiro, besa esos dos ojazos azul - grises.
También suspira Joaquín, y, queriéndola consolar, le pone la mano sobre el pelo rizado y canoso, y le dice:
- Todavía hay que esperar. Dios todo lo puede. Mientras se vive, el milagro puede producirse, especialmente cuando se
le ama y cuando nos amamos». Joaquín recalca mucho estas últimas palabras.
Mas Ana guarda silencio, descorazonada, con la cabeza agachada, para que no se vean dos lágrimas que están
deslizándose y que advierte sólo el pequeño Alfeo, el cual, asombrado y apenado de que su gran amiga llore como hace él
alguna vez, levanta la manita y enjuga su llanto.
-¡No llores, Ana! Somos felices de todas formas. Yo por lo menos lo soy, porque te tengo a ti.
- Yo también por ti. Pero no te he dado un hijo... Pienso que he entristecido al Señor porque ha hecho infecundas mis
entrañas...
-¡Oh, esposa mía! ¿En qué crees tú, santa, que has podido entristecerlo? Mira, vamos una vez más al Templo y por esto,
no sólo por los Tabernáculos, hacemos una larga oración... Quizás te suceda como a Sara... o como a Ana de Elcana: esperaron
mucho y se creían reprobadas por ser estériles, y, sin embargo, en el Cielo de Dios, estaba madurando para ellas un hijo santo.
Sonríe, esposa mía. Tu llanto significa para mí más dolor que el no tener prole... Llevaremos a Alfeo con nosotros. Le diremos
que rece. Él es inocente... Dios tomará juntas nuestra oración y la suya y se mostrará propicio.
- Sí. Hagamos un voto al Señor. Suyo será el hijo; si es que nos lo concede... ¡Oh, sentirme llamar "mamá"!.
Y Alfeo, espectador asombrado e inocente, dice:
-¡Yo te llamo "mamá"!.
- Sí, tesoro amado... pero tú ya tienes mamá, y yo... yo no tengo niño....
La visión cesa aquí.

3
En la fiesta de los Tabernáculos. Joaquín y Ana poseían la Sabiduría.
Antes de proseguir hago una observación.
La casa no me ha parecido la de Nazaret, bien conocida. Al menos la habitación es muy distinta. Con respecto al huerto
- jardín, debo decir que es también más amplio; además, se ven los campos, no muchos, pero... los hay. Después, ya casada
María, sólo está el huerto (amplio, eso sí, pero sólo huerto). Y esta habitación que he visto no la he observado nunca en las otras
visiones. No sé si pensar que por motivos pecuniarios los padres de María se hubieran deshecho de parte de su patrimonio, o si
María, dejado el Templo, pasó a otra casa, que quizás le había dado José. No recuerdo si en las pasadas visiones y lecciones
recibí alguna vez alusión segura a que la casa de Nazaret fuera la casa natal.

Mi cabeza está muy cansada. Además, sobre todo por lo que respecta a los dictados, olvido enseguida las palabras,
aunque, eso sí, me quedan grabadas las prescripciones que contienen, y, en el alma, la luz. Pero los detalles se borran
inmediatamente. Si al cabo de una hora tuviera que repetir lo que he oído, aparte de una o dos frases de especial importancia,
no sabría nada más. Las visiones, por el contrario, me quedan vivas en la mente, porque las he tenido que observar por mi
misma. Los dictados los recibo. Aquéllas, por el contrario, tengo que percibirlas; permanecen, por tanto, vivas en el
pensamiento, que ha tenido que trabajar para advertir sus distintas fases.
Esperaba un dictado sobre la visión de ayer, pero no lo ha habido.
Empiezo a ver y escribo.
Fuera de los muros de Jerusalén, en las colinas, entre los olivos, hay gran multitud de gente. Parece un enorme
mercado, pero no hay ni casetas ni puestos de venta ni voces de charlatanes y vendedores ni juegos. Hay muchas tiendas hechas
de lana basta, sin duda impermeables, extendidas sobre estacas hincadas en el suelo. Atados a las estacas hay ramos verdes,
como decoración y como medio para dar frescor. Otras, sin embargo, están hechas sólo de ramos hincados en el suelo y atados
así
; éstas crean como pequeñas galerías verdes. Bajo todas ellas, gente de las más distintas edades y condiciones y un
rumor de conversación tranquilo e íntimo en que sólo desentona algún chillido de niño.
Cae la tarde y ya las luces de las lamparitas de aceite resplandecen acá y allá por el extraño campamento. En tomo a
estas luces, algunas familias, sentadas en el suelo, están cenando; las madres tienen en su regazo a los más pequeños, muchos
de los cuales, cansados, se han quedado dormidos teniendo todavía el trozo de pan en sus deditos rosados, cayendo su cabecita
sobre el pecho materno, como los polluelos bajo las alas de la gallina. Las madres terminan de comer como pueden, con una
sola mano libre, sujetando con la otra a su hijito contra su corazón. Otras familias, por el contrario, no están todavía cenando.
Conversan en la semioscuridad del crepúsculo esperando a que la comida esté hecha. Se ven lumbres encendidas,
desperdigadas; en torno a ellas trajinan las mujeres. Alguna nana muy lenta, yo diría casi quejumbrosa, mece a algún niño que
halla dificultad para dormirse.
Encima, un hermoso cielo sereno, azul cada vez más oscuro hasta semejar a un enorme toldo de terciopelo suave de un
color negro - azul; un cielo en el que, muy lentamente, invisibles artífices y decoradores estuvieran fijando gemas y lamparitas,
ya aisladas, ya formando caprichosas líneas geométricas, entre las que destacan la Osa Mayor y Menor, que tienen forma de
carro con la lanza apoyada en el suelo una vez liberados del yugo los bueyes. La estrella Polar ríe con todos sus resplandores.
Me doy cuenta de que es el mes de Octubre.
Aparece en la escena Ana. Viene de una de las hogueras con algunas cosas en las manos y colocadas sobre el pan, que
es ancho y plano, como una torta de las nuestras, y que hace de bandeja. Trae pegado a las faldas a Alfeo, que va parla que te
parla con su vocecita aguda. Joaquín está a la entrada de su pequeña tienda (toda de ramajes). Habla con un hombre de unos
treinta años, al que saluda Alfeo desde lejos con un gritito diciendo: «Papá». Cuando Joaquín ve venir a Ana se da prisa en
encender la lámpara.
Ana pasa con su majestuoso caminar regio entre las filas de tiendas; regio y humilde. No es altiva con ninguno. Levanta
a un niñito, hijo de una pobre, muy pobre, mujer, el cual ha tropezado en su traviesa carrera y ha ido a caer justo a sus pies.
Dado que el niñito se ha ensuciado de tierra la carita y está llorando, ella le limpia y le consuela y, habiendo acudido la madre
disculpándose, se lo restituye diciendo:
-¡Oh, no es nada! Me alegro de que no se haya hecho daño. Es un niño muy majo. ¿Qué edad tiene?».
- Tres años. Es el penúltimo. Dentro de poco voy a tener otro. Tengo seis niños. Ahora querría una niña... Para una
mamá es mucho una niña....
-¡Grande ha sido el consuelo que has recibido del Altísimo, mujer! - Ana suspira.
La otra mujer dice:
- Sí. Soy pobre, pero los hijos son nuestra alegría, y ya los más grandecitos ayudan a trabajar. Y tú, señora - todos los
signos son de que Ana es de condición más elevada, y la mujer lo ha visto - ¿Cuántos niños tienes?
- Ninguno.
-¿Ninguno! ¿No es tuyo éste?
- No. De una vecina muy buena. Es mi consuelo...
-¡Oh! - La mujer pobre la mira con piedad.
Ana la saluda con un gran suspiro y se dirige a su tienda.
- Te he hecho esperar, Joaquín. Me ha entretenido una mujer pobre, madre de seis hijos varones, ¡fíjate! Y dentro de
poco va a tener otro hijo.
Joaquín suspira.
El padre de Alfeo llama a su hijo, pero éste responde: «Yo me quedo con Ana. Así la ayudo.
Todos se echan a reír.
- Déjalo. No molesta. Todavía no le obliga la Ley. Aquí o allí... no es más que un pajarito que come- dice Ana, y se sienta
con el niño en el regazo; le da un pedazo de torta y, creo, pescado asado. Veo que hace algo antes de dárselo. Quizás le ha
quitado la espina. Antes ha servido a su marido. La última que come es ella.
La noche está cada vez más poblada de estrellas y las luces son cada vez más numerosas en el campamento. Luego
muchas luces se van poco a poco apagando: son los primeros que han cenado, que ahora se echan a dormir. Va disminuyendo
también lentamente el rumor de la gente. No se oyen ya voces de niños. Sólo resuena la vocecita de algún lactante buscando la
leche de su mamá. La noche exhala su brisa sobre las cosas y las personas, y borra penas y recuerdos, esperanzas y rencores.
Bueno, quizás estos dos sobrevivan, aun cuando hayan quedado atenuados, durante el sueño, en los sueños.
Ana está meciendo a Alfeo, que empieza a dormirse en sus brazos. Entonces cuenta a su marido el sueño que ha tenido:

- Esta noche he soñado que el próximo año voy a venir a la Ciudad Santa para dos fiestas en vez de para una sola. Una
será el ofrecimiento de mi hijo al Templo... ¡Oh! ¡Joaquín!...
- Espéralo, espéralo. Ana. ¿No has oído alguna palabra? ¿El Señor no te ha susurrado al corazón nada?
- Nada. Un sueño sólo...
- Mañana es el último día de oración. Ya se han efectuado todas las ofrendas. No obstante, las renovaremos
solemnemente mañana. Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor. Yo sigo pensando que te sucederá como a Ana de Elcana.
- Dios lo quiera... ¡Si hubiera, ahora mismo, alguien que me dijera: "Vete en paz. El Dios de Israel te ha concedido la
gracia que pides"!...
- Si ha de venir la gracia, tu niño te lo dirá moviéndose por primera vez en tu seno. Será voz de inocente y, por tanto,
voz de Dios.
Ahora el campamento calla en la oscuridad de la noche. Ana lleva a Alfeo a la tienda contigua y lo pone sobre la yacija
de heno junto a sus hermanitos, que ya están dormidos. Luego se echa al lado de Joaquín. Su lamparita también se apaga, una
de las últimas estrellitas de la tierra. Quedan, más hermosas, las estrellas del firmamento, velando a todos los durmientes.
Dice Jesús:
- Los justos son siempre sabios, porque, siendo como son amigos de Dios, viven en su compañía y reciben instrucción de
Él, de Él que es Infinita Sabiduría.
Mis abuelos eran justos; poseían, por tanto, la sabiduría. Podían decir con verdad cuanto dice la Escritura cantando las
alabanzas de la Sabiduría en el libro que lleva su nombre: "Yo la he amado y buscado desde mi juventud y procuré tomarla por
esposa".
Ana de Aarón era la mujer fuerte de que habla el Antepasado nuestro. Y Joaquín, de la estirpe del rey David, no había
buscado tanto belleza y riqueza cuanto virtud. Ana poseía una gran virtud. Toda las virtudes unidas como ramo fragante de
flores para ser una única, bellísima cosa, que era la Virtud, una virtud real, digna de estar delante del trono de Dios.
Joaquín, por tanto, había tomado por esposa dos veces a la sabiduría "amándola más que a cualquier otra mujer": la
sabiduría de Dios contenida dentro del corazón de la mujer justa. Ana de Aarón no había tratado sino de unir su vida a la de un
hombre recto, con la seguridad de que en la rectitud se halla la alegría de las familias. Y, para ser el emblema de la "mujer
fuerte", no le faltaba sino la corona de los hijos, gloria de la mujer casada, justificación del vínculo matrimonial, de que habla
Salomón; como también a su felicidad sólo le faltaban estos hijos, flores del árbol que se ha hecho uno con el árbol cercano
obteniendo copiosidad de nuevos frutos en los que las dos bondades se funden en una, pues de su esposo nunca había recibido
ningún motivo de infelicidad.
Ella, ya tendente a la vejez, mujer de Joaquín desde hacía varios lustros, seguía siendo para éste "la esposa de su
juventud, su alegría, la cierva amadísima, la gacela donosa", cuyas caricias tenían siempre el fresco encanto de la primera noche
nupcial y cautivaban dulcemente su amor, manteniéndolo fresco como flor que el rocío refresca y ardiente como fuego que
siempre una mano alimenta. Por tanto, dentro de su aflicción, propia de quien no tiene hijos, recíprocamente se decían
"palabras de consuelo en las preocupaciones y fatigas".
Y la Sabiduría eterna, llegada la hora, después de haberlos instruido en la vida, los iluminó con los sueños de la noche,
lucero de la mañana del poema de gloria que había de llegar a ellos, María Santísima., la Madre mía. Si su humildad no pensó en
esto, su corazón sí se estremeció esperanzado ante el primer tañido de la promesa de Dios. Ya de hecho hay certeza en las
palabras de Joaquín: "Espéralo, espéralo... Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor". Soñaban un hijo, tuvieron a la Madre de
Dios.
Las palabras del libro de la Sabiduría parecen escritas para ellos: "Por ella adquiriré gloria ante el pueblo... por ella
obtendré la inmortalidad y dejaré eterna memoria de mí a aquellos que vendrán después de mí". Pero, para obtener todo esto,
tuvieron que hacerse reyes de una virtud veraz y duradera no lesionada por suceso alguno. Virtud de fe. Virtud de caridad.
Virtud de esperanza. Virtud de castidad. ¡Oh, la castidad de los esposos! Ellos la vivieron, pues no hace falta ser vírgenes para ser
castos. Los tálamos castos tienen por custodios a los ángeles, y de tales tálamos provienen hijos buenos que de la virtud de sus
padres hacen norma para su vida.
Mas ahora ¿dónde están? Ahora no se desean hijos, pero no se desea tampoco la castidad. Por lo cual Yo digo que se
profana el amor y se profana el tálamo.

4.
Ana, con una canción, anuncia que es madre. En su seno está el alma inmaculada de María.
Veo de nuevo la casa de Joaquín y Ana. Nada ha cambiado en su interior, si se exceptúan las muchas ramas florecidas,
colocadas aquí y allá en jarrones (sin duda provienen de la podadura de los árboles del huerto, que están todos en flor: una nube
que varía del blanco nieve al rojo típico de ciertos corales).
También es distinto el trabajo que está realizando Ana. En un telar más pequeño, teje lindas telas de lino, y canta
ritmando el movimiento del pie con la voz. Canta y sonríe... ¿A quién? A sí misma, a algo que ve en su interior.
El canto, lento pero alegre, que he escrito aparte para seguirla, porque le repite una y otra vez, como gozándose en él, y
cada vez con más fuerza y seguridad, como la persona que ha descubierto un ritmo en su corazón y primero lo susurra
calladamente, y luego, segura, va más expedita y alta de tono, dice (y lo transcribo porque, dentro de su sencillez, es muy
dulce):-¡Gloria al Señor omnipotente que ha amado a los hijos de David!

¡Gloria al Señor!
Su suprema gracia desde el Cielo me ha visitado.
El árbol viejo ha echado nueva rama y yo soy bienaventurada.
Por la Fiesta de las Luces echó semilla la esperanza;
ahora de Nisán la fragancia la ve germinar.
Como el almendro, se cubre de flores mi carne en primavera.
Su fruto, cercano ya el ocaso, ella siente llevar.
En la rama hay una rosa, hay uno de los más dulces pomos.
Una estrella reluciente, un párvulo inocente.
La alegría de la casa, del esposo y de la esposa.
Loor a Dios, a mi Señor, que piedad tuvo de mí.
Me lo dijo su luz: "Una estrella te llegará".
¡Gloria, gloria! Tuyo será este fruto del árbol,
primero y extremo, santo y puro como don del Señor.
Tuyo será. ¡Que por él venga alegría y paz a la tierra!
¡Vuela, lanzadera! Aprieta el hilo para la tela del recién nacido.
¡Él nace! Laudatorio a Dios vaya el canto de mi corazón».
Entra Joaquín en el momento en que ella iba a repetir por cuarta vez su canto.
- ¿Estás contenta, Ana? Pareces un ave en primavera. ¿Qué canción es ésta? A nadie se la he oído nunca. ¿De dónde
nos viene?
- De mi corazón, Joaquín.
Ana se ha levantado y ahora se dirige hacia su esposo, toda sonriente. Parece más joven y más guapa.
- No sabía que fueras poetisa - dice su marido mirándola con visible admiración. No parecen dos esposos ya mayores.
En su mirada hay una ternura de jóvenes cónyuges.
- He venido desde la otra parte del huerto oyéndote cantar. Hacía años que no oía tu voz de tórtola enamorada.
¿Quieres repetirme esa canción?
- Te la repetiría aunque no lo pidieras. Los hijos de Israel han encomendado siempre al canto los gritos más auténticos
de sus esperanzas, alegrías y dolores. Yo he encomendado al canto la solicitud de anunciarme y de anunciarte una gran alegría.
Sí, también a mí, porque es cosa tan grande que, a pesar de que yo ya esté segura de ella, me parece aún no verdadera...
Y empieza a entonar de nuevo la canción. Pero cuando llega al punto: "En la rama hay una rosa, hay uno de los más
dulces pomos, una estrella"..., su bien entonada voz de contralto primero se oye trémula y luego se rompe; se echa a llorar de
alegría, mira a Joaquín y, levantando los brazos, grita:
-¡Soy madre, amado mío! - y se refugia en su corazón, entre los brazos que él ha tendido para volver a cerrarlos en
torno a ella, su esposa dichosa. Es el más casto y feliz abrazo que he visto desde que estoy en este mundo. Casto y ardiente,
dentro de su castidad.
Y la delicada reprensión entre los cabellos blanco - negros de Ana:
-¿Y no me lo decías?
- Porque quería estar segura. Siendo vieja como soy... verme madre... No podía creer que fuera verdad... y no quería
darte la más amarga de las desilusiones. Desde finales de diciembre siento renovarse mis entrañas profundas y echar, como
digo, una nueva rama. Mas ahora en esa rama el fruto es seguro... ¿Ves? Esa tela ya es para el que ha de venir.
-¿No es el lino que compraste en Jerusalén?
- Sí. Lo he hilado durante la espera... y con esperanza. Tenía esperanza por lo que sucedió el último día mientras oraba
en el Templo, lo más que puede una mujer en la Casa de Dios, ya de noche. ¿Te acuerdas que decía: "Un poco más, todavía un
poco más?" ¡No sabía separarme de allí sin haber recibido gracia! Pues bien, descendiendo ya las sombras, desde el interior del
lugar sagrado al que yo miraba con arrobo para arrancarle al Dios presente su asentimiento, vi surgir una luz. Era una chispa de
luz bellísima. Cándida como la luna pero que tenía en sí todas las luces de todas las perlas y gemas que hay en la tierra. Parecía
como si una de las estrellas preciosas del Velo, las que están colocadas bajo los pies de los querubines, se separase y adquiriese
esplendor de luz sobrenatural...Parecía como si desde el otro lado del Velo sagrado, desde la Gloria misma, hubiera salido un
fuego y viniera veloz hacia mí, y que al cortar el aire cantara con voz celeste diciendo: "Recibe lo que has pedido". Por eso canto:
"Una estrella te llegará". ¿Y qué hijo será éste, nuestro, que se manifiesta como luz de estrella en el Templo y que dice "existo"
en la Fiesta de las Luces? ¿Será que has acertado al pensar en mí como una nueva Ana de Elcana? ¿Cómo la llamaremos a esta
criatura nuestra que, dulce como canción de aguas, siento queme habla en el seno con su corazoncito, latiendo, latiendo, como
el de una tortolita entre los huecos de las manos?».
- Si es varón, le llamaremos Samuel; si es niña, Estrella, la palabra que ha detenido tu canto para darme esta alegría de
saber que soy padre, la forma que ha tomado para manifestarse entre las sagradas sombras del Templo.
- Estrella. Nuestra Estrella, porque... no lo sé, pero creo que es una niña. Pienso que unas caricias tan delicadas no
pueden provenir sino de una dulcísima hija. Porque no la llevo yo, no me produce dolor; es ella la que me lleva por un sendero
azul y florido, como si ángeles santos me sostuvieran y la tierra estuviera ya lejana... Siempre he oído decir a las mujeres que el
concebir y el llevar al hijo en el seno supone dolor, pero yo no lo siento. Me siento fuerte, joven, fresca; más que cuando te
entregué mi virginidad en la lejana juventud. Hija de Dios, porque es más de Dios que nuestra, siendo así que nacerá de un
tronco aridecido, que no da dolor a su madre; sólo le trae paz y bendición: los frutos de Dios, su verdadero Padre.

- Entonces la llamaremos María. Estrella de nuestro mar, perla, felicidad, el nombre de la primera gran mujer de Israel.
Pero no pecará nunca contra el Señor, que será el único al que dará su canto, porque ha sido ofrecida a Él como hostia antes de
nacer.
- Está ofrecida a Él, sí. Sea niño o niña nuestra criatura, se la daremos al Señor, después de tres años de júbilo con ella.
Nosotros seremos también hostias, con ella, para la gloria de Dios.
No veo ni oigo nada más.
Dice Jesús:
- La Sabiduría, tras haberlos iluminado con los sueños de la noche, descendió; Ella, que es "emanación de la potencia de
Dios, genuino efluvio de la gloria del Omnipotente", y se hizo Palabra para la estéril. Quien ya veía cercano su tiempo de redimir,
Yo, el Cristo, nieto de Ana, casi cincuenta años después, mediante la Palabra, obraría milagros en las estériles y en las enfermas,
en las obsesas, en las desoladas; los obraría en todas las miserias de la tierra.
Pero, entretanto, por la alegría de tener una Madre, he aquí que susurro una arcana palabra en las sombras del Templo
que contenía las esperanzas de Israel, del Templo que ya estaba en la frontera de su vida. En efecto, un nuevo y verdadero
Templo, no ya portador de esperanzas para un pueblo, sino certeza de Paraíso para el pueblo de toda la tierra, y por los siglos de
los siglos hasta el fin del mundo, estaba para descender sobre la tierra. Esta Palabra obra el milagro de hacer fecundo lo que era
infecundo, y de darme una Madre, la cual no tuvo sólo óptimo natural, como era de esperarse naciendo de dos santos, y no tuvo
sólo un alma buena, como muchos también la tienen, y continuo crecimiento de esta bondad por su buena voluntad, ni sólo un
cuerpo inmaculado... Tuvo, caso único entre las criaturas, inmaculado el espíritu.
Tú has visto la generación continua de las almas por Dios. Piensa ahora cuál debió ser la belleza de esta alma que el
Padre había soñado antes de que el tiempo fuera, de esta alma que constituía las delicias de la Trinidad, Trinidad que
ardientemente deseaba adornarla con sus dones para donársela a sí misma. ¡Oh, Todo Santa que Dios creó para sí, y luego para
salud de los hombres! Portadora del Salvador, tú fuiste la primera salvación; vivo Paraíso, con tu sonrisa comenzaste a santificar
la tierra.
¡Oh, el alma creada para ser alma de la Madre de Dios!... Cuando, de un más vivo latido del trino Amor, surgió esta
chispa vital, se regocijaron los ángeles, pues luz más viva nunca había visto el Paraíso. Como pétalo de empírea rosa, pétalo
inmaterial y preciado, gema y llama, aliento de Dios que descendía a animar a una carne de forma muy distinta que a las otras,
con un fuego tan vivo que la Culpa no pudo contaminarla, traspasó los espacios y se cerró en un seno santo.
La tierra tenía su Flor y aún no lo sabía. La verdadera, única Flor que florece eterna: azucena y rosa, violeta y jazmín,
helianto y ciclamino sintetizados, y con ellas todas las flores de la tierra fusionadas en una Flor sola, María, en la cual toda virtud
y gracia se unen.
En Abril, la tierra de Palestina parecía un enorme jardín. Fragancias y colores deleitaban el corazón de los hombres. Sin
embargo, aún ignorábase la más bella Rosa. Ya florecía para Dios en el secreto del claustro materno, porque mi Madre amó
desde que fue concebida, mas sólo cuando la vid da su sangre para hacer vino, y el olor de los mostos, dulce y penetrante, llena
las eras y el olfato, Ella sonreiría, primero a Dios y luego al mundo, diciendo con su superinocente sonrisa: "Mirad: la Vid que os
va a dar el Racimo para ser prensado y ser Medicina eterna para vuestro mal está entre vosotros".
He dicho que María amó desde que fue concebida. ¿Qué es lo que da al espíritu luz y conocimiento? La Gracia. ¿Qué es
lo que quita la Gracia? El pecado original y el pecado mortal. María, la Sin Mancha, nunca se vio privada del recuerdo de Dios, de
su cercanía, de su amor, de su luz, de su sabiduría. Ella pudo por ello comprender y amar cuando no era más que una carne que
se condensaba en torno a un alma inmaculada que continuaba amando.
Más adelante te daré a contemplar mentalmente la profundidad de las virginidades en María. Te producirá un vértigo
celeste semejante a cuando te di a considerar nuestra eternidad. Entre tanto; piensa cómo el hecho de llevar en las entrañas a
una criatura exenta de la Mancha que priva de Dios le da a la madre, que, no obstante, la concibió en modo natural, humano,
una inteligencia superior, y la hace profeta, la profetisa de su hija, a la que llama "Hija de Dios". Y piensa lo que habría sido si de
los Primeros Padres inocentes hubieran nacido hijos inocentes, como Dios quería.
Éste, ¡oh, hombres que decís que vais hacia el "superhombre", y que de hecho con vuestros vicios estáis yendo
únicamente hacia el super-demonio!, éste habría sido el medio que conduciría al "superhombre": saber estar libres de toda
contaminación de Satanás, para dejarle a Dios la administración de la vida, del conocimiento, del bien; no deseando más de
cuanto Dios os hubiera dado, que era poco menos que infinito, para poder engendrar, en una continua evolución hacia lo
perfecto, hijos que fueran hombres en el cuerpo y, en el espíritu, hijos de la Inteligencia, es decir, triunfadores, es decir, fuertes,
es decir, gigantes contra Satanás, que habría mordido el polvo muchos miles de siglos antes de la hora en que lo haga, y con él
todo su mal.

5
Nacimiento de la Virgen María. Su virginidad en el eterno pensamiento del Padre.
Veo a Ana saliendo al huerto - jardín. Va apoyándose en el brazo de una pariente (se ve porque se parecen). Está muy
gruesa y parece cansada, quizás también porque hace bochorno, un bochorno muy parecido al que a mí me hace sentirme
abatida.
A pesar de que el huerto sea umbroso, el ambiente es abrasador y agobiante. Bajo un despiadado cielo, de un azul
ligeramente enturbiado por el polvo suspendido en el espacio, el aire es tan denso, que podría cortarse como una masa blanda y

caliente. Debe persistir ya mucho la sequía, pues la tierra, en los lugares en que no está regada, ha quedado literalmente
reducida a un polvo finísimo y casi blanco. Un blanco ligeramente tendente a un rosa sucio. Sin embargo, por estar humedecida,
es marrón oscura al pie de los árboles, como también a lo largo de los cortos cuadros donde crecen hileras de hortalizas, .y en
torno a los rosales, a los jazmines o a otras flores de mayor o menor tamaño (que están especialmente a lo largo de todo el
frente de una hermosa pérgola que divide en dos al huerto hasta donde empiezan las tierras, ya despojadas de sus mieses). La
hierba del prado, que señala el final de la propiedad, está requemada; se ve rala. Sólo permanece la hierba más verde y tupida
en los márgenes del prado, donde hay un seto de espino blanco silvestre, ya todo adornado de los rubíes de los pequeños frutos;
en ese lugar, en busca de pastos y de sombra, hay unas ovejas con su zagalillo.
Joaquín, con otros dos hombres como ayuda, está dedicado a las hortalizas y a los olivos. A pesar de ser anciano, es
rápido y trabaja con gusto. Están abriendo unas pequeñas protecciones de las lindes de una parcela para proporcionar agua a las
sedientas plantas. Y el agua se abre camino borboteando entre la hierba y la tierra quemada, y se extiende en anillos que, en un
primer momento, parecen como de cristal amarillento para luego ser anillos oscuros de tierra húmeda en torno a los sarmientos
y a los olivos colmados de frutos.
Lentamente, Ana, por la umbría pérgola, bajo la cual abejas de oro zumban ávidas del azúcar de los dorados granos de
las uvas, se dirige hacia Joaquín, el cual, cuando la ve, se apresura a ir a su encuentro.
-¿Has llegado hasta aquí?.
- La casa está caliente como un horno».
- Y te hace sufrir».
- Es mi único sufrimiento en este último período mío de embarazo. Es el sufrimiento de todos, de hombres y de
animales. No te sofoques demasiado, Joaquín.
- El agua que hace tanto que esperamos, y que hace tres días que parece realmente cercana, no ha llegado todavía. Las
tierras arden. Menos mal que nosotros tenemos el manantial cercano, y muy rico en agua. He abierto los canales. Poco alivio
para estas plantas cuyas hojas ya languidecen cubiertas de polvo. No obstante, supone ese mínimo que las mantiene en vida. ¡Si
lloviera!...
Joaquín, con el ansia de todos los agricultores, escudriña el cielo, mientras Ana, cansada, se da aire con un abanico
(parece hecho con una hoja seca de palma traspasada por hilos multicolores que la mantienen rígida).
La pariente dice:
- Allí, al otro lado del Gran Hermón, están formándose nubes que avanzan velozmente. Viento del norte. Bajará la
temperatura y dará agua.
- Hace tres días que se levanta y luego cesa cuando sale la Luna. Sucederá lo mismo esta vez - Joaquín está desalentado.
- Vamos a casa. Aquí tampoco se respira; además, creo que conviene volver - dice Ana, que ahora se le ha puesto de
improviso pálida la cara.
-¿Sientes dolor?
- No. Siento la misma gran paz que experimenté en el Templo cuando se me otorgó la gracia, y que luego volví a sentir
otra vez al saber que era madre. Es como un éxtasis. Es un dulce dormir del cuerpo, mientras el espíritu exulta y se aplaca con
una paz sin parangón humano. Yo te he amado, Joaquín, y, cuando entré en tu casa y me dije: "Soy esposa de un justo", sentí
paz, como todas las otras veces que tu próvido amor se prodigaba en mí. Pero esta paz es distinta. Creo que es una paz como la
que debió invadir, como una deleitosa unción de aceite, el espíritu de Jacob, nuestro padre, después de su sueño de ángeles. O
semejante, más bien, a la gozosa paz de los Tobías tras habérseles manifestado Rafael. Si me sumerjo en ella, al saborearla,
crece cada vez más. Es como si yo ascendiera por los espacios azules del cielo... y, no sé por qué, pero, desde que tengo en mí
esta alegría pacífica, hay un cántico en mi corazón: el del anciano Tobit. Me parece como si hubiera sido compuesto para esta
hora... para esta alegría... para la tierra de Israel que es su destinataria... para Jerusalén, pecadora, mas ahora perdonada...
bueno... no os riáis de los delirios de una madre... pero, cuando digo: "Da gracias al Señor por tus bienes y bendice al Dios de los
siglos para que vuelva a edificar en ti su Tabernáculo", yo pienso que aquel que reedificará en Jerusalén el Tabernáculo del Dios
verdadero, será este que está para nacer... y pienso también que, cuando el cántico dice: "Brillarás con una luz espléndida, todos
los pueblos de la tierra se postrarán ante ti, las naciones irán a ti llevando dones, adorarán en ti al Señor y considerarán santa tu
tierra, porque dentro de ti invocarán el Gran Nombre. Serás feliz en tus hijos porque todos serán bendecidos y se reunirán ante
el Señor. ¡Bienaventurados aquellos que te aman y se alegran de tu paz!...", cuando dice esto, pienso que es profecía no ya de la
Ciudad Santa, sino del destino de mi criatura, y la primera que se alegra de su paz soy yo, su madre feliz...
El rostro de Ana, al decir estas palabras, palidece y se enciende, como una cosa que pasase de luz lunar a vivo fuego, y
viceversa. Dulces lágrimas le descienden por las mejillas, y no se da cuenta, y sonríe a causa de su alegría. Y va yendo hacia casa
entre su esposo y su pariente, que escuchan conmovidos en silencio.
Se apresuran, porque las nubes, impulsadas por un viento alto, galopan y aumentan en el cielo mientras la llanura se
oscurece y tirita por efectos de la tormenta que se está acercando. Llegando al fibra! de la puerta, un primer relámpago lívido
surca el cielo. El ruido del primer trueno se asemeja al redoble de un enorme bombo ritmado con el arpegio de las primeras
gotas sobre las abrasadas hojas.
Entran todos. Ana se retira. Joaquín se queda en la puerta con unos peones que le han alcanzado, hablando de esta
agua tan esperada, bendición para la sedienta tierra. Pero la alegría se transforma en temor, porque viene una tormenta
violentísima con rayos y nubes cargadas de granizo.
- Si rompe la nube, la uva y las aceitunas quedarán trituradas como por rueda de molino. ¡Pobres de nosotros!».
Joaquín tiene además otro motivo de angustia: su esposa, a la que le ha llegado la hora de dar a luz al hijo. La pariente
le dice que Ana no sufre en absoluto. Él está, de todas formas, muy inquieto, y, cada vez que la pariente u otras mujeres (entre
las cuales está la madre de Alfeo) salen de la habitación de Ana para luego volver con agua caliente, barreños y paños secados a

la lumbre, que, jovial, brilla en el hogar central en una espaciosa cocina, él va y pregunta, y no le calman las explicaciones
tranquilizadoras de las mujeres. También le preocupa la ausencia de gritos por parte de Ana. Dice:
- Yo soy hombre. Nunca he visto dar a luz. Pero recuerdo haber oído decir que la ausencia de dolores es fatal....
Declina el día antes de tiempo por la furia de la tormenta, que es violentísima. Agua torrencial, viento, rayos... de todo,
menos el granizo, que ha ido a caer a otro lugar.
Uno de los peones, sintiendo esta violencia, dice:
- Parece como si Satanás hubiera salido de la Gehena con sus demonios. ¡Mira qué nubes tan negras! ¡Mira qué
exhalación de azufre hay en el ambiente, y silbidos y voces de lamento y maldición! Si es él, ¡está enfurecido esta noche!.
El otro peón se echa a reír y dice:
- Se le habrá escapado una importante presa, o quizás Miguel de nuevo le habrá lanzado el rayo de
Dios, y tendrá cuernos y cola cortados y quemados.
Pasa corriendo una mujer y grita:
-¡Joaquín! ¡Va a nacer de un momento a otro! ¡Todo ha ido rápido y bien!
Y desaparece con una pequeña ánfora en las manos.
Se produce un último rayo; tan violento, que lanza contra las paredes a los tres hombres. En la parte delantera de la
casa, en el suelo del huerto, queda como recuerdo un agujero negro y humeante. Luego, de repente, cesa la tormenta. De
detrás de la puerta de Ana viene un vagido (parece el lamento de una tortolita en su primer arrullo). Mientras, un enorme arco
iris extiende su faja semicircular por toda la amplitud del cielo. Surge, o por lo menos lo parece, de la cima del Hermón (la cual,
besada por un filo de sol, parece de alabastro de un blanco - rosa delicadísimo), se eleva hasta el más terso cielo septembrino y,
salvando espacios limpios de toda impureza, deja debajo las colinas de Galilea y un terreno llano que aparece entre dos
higueras, que está al Sur, y luego otro monte, y parece posar su punta extrema en el extremo horizonte, donde una abrupta
cadena de montañas detiene la vista.
-¡Qué cosa más insólita!
-¡Mirad, mirad!
- Parece como si reuniera en un círculo a toda la tierra de Israel, y... ya... ¡fijaos!, ya hay una estrella y el Sol no se ha
puesto todavía. ¡Qué estrella! ¡Reluce como un enorme diamante!...
-¡Y la Luna, allí, ya llena y aún faltaban tres días para que lo fuera! ¡Fijaos cómo resplandece!.
Las mujeres irrumpen, alborozadas, con un "ovillejo" rosado entre cándidos paños.
¡Es María, la Mamá! Una María pequeñita, que podría dormir en el círculo de los brazos de un niño; una María que al
máximo tiene la longitud de un brazo, una cabecita de marfil teñido de rosa tenue, y unos labiecillos de carmín que ya no lloran
sino que instintivamente quieren mamar (tan pequeñitos, que no se ve cómo van a poder coger un pezón), y una naricita
diminuta entre dos carrillitos redondetes. Si la estimulan abre los ojitos: dos pedacitos de cielo, dos puntitos inocentes y azules
que miran, y no ven, entre sutiles pestañas de un rubio tan tenue que es casi rosa. También el vello de su cabeza redondita tiene
una veladura entre rosada y rubia como ciertas mieles casi blancas.
Tiene por orejas dos conchitas rosadas y transparentes, perfectas; y por manitas... ¿qué son esas dos cositas que
gesticulan y buscan la boca? Cerradas, como están, son dos capullos de rosa de musgo que hubieran hendido el verde de los
sépalos y asomaran su seda rosa tenue; abiertas, como están ahora, dos joyeles de marfil apenas rosa, de alabastro apenas rosa,
con cinco pálidos granates por uñitas. ¿Cómo podrán ser capaces de secar tanto llanto esas manitas?
¿Y los piececitos? ¿Dónde están? Por ahora son sólo pataditas escondidas entre los lienzos. Pero, he aquí que la
pariente se sienta y la destapa... ¡Oh, los piececitos! De la largura aproximada de cuatro centímetros, tienen por planta una
concha coralina; por dorso, una concha de nieve veteada de azul; sus deditos son obras maestras de escultura liliputiense,
coronados también por pequeñas esquirlas de granate pálido. Me pregunto cómo podrán encontrarse sandalias tan pequeñas
que valgan para esos piececitos de muñeca cuando den sus primeros pasos, y cómo podrán esos piececitos recorrer tan áspero
camino y soportar tanto dolor bajo una cruz. Pero esto ahora no se sabe. Se ríe o se sonríe de cómo menea los brazos y las
piernas, de sus lindas piernecitas bien perfiladas, de los diminutos muslos, que, de tan gorditos como son, forman hoyuelos y
aritos, de su barriguita (un cuenco invertido), de su pequeño tórax, perfecto, bajo cuya seda cándida se ve el movimiento de la
respiración y se oye ciertamente, si, como hace el padre feliz ahora, en él se apoya la boca para dar un beso, latir un
corazoncito... Un corazoncito que es el más bello que ha tenido, tiene y tendrá la tierra, el único corazón inmaculado de hombre.
¿Y la espalda? Ahora la giran y se ve el surco lumbar y luego los hombros, llenitos, y la nuca rosada, tan fuerte, que la cabecita se
yergue sobre el arco de las vértebras diminutas, como la de un ave escrutadora en torno a sí del nuevo mundo que ve, y emite
un gritito de protesta por ser mostrada en ese modo; Ella, la Pura y Casta, ante los ojos de tantos, Ella, que jamás volverá a ser
vista desnuda por hombre alguno, la Toda Virgen, la Santa e Inmaculada. Tapad, tapad a este Capullo de azucena que nunca se
abrirá en la tierra, y que dará, más hermosa aún que Ella, su Flor, sin dejar de ser capullo. Sólo en el Cielo la Azucena del Trino
Señor abrirá todos sus pétalos. Porque allí arriba no existe vestigio de culpa que pudiera involuntariamente profanar ese candor.
Porque allí arriba se trata de acoger, a la vista de todo el Empíreo, al Trino Dios - Padre, Hijo, Esposo - que ahora, dentro de
pocos años, celado en un corazón sin mancha, vendrá a Ella.
De nuevo está envuelta en los lienzos y en los brazos de su padre terreno, al que asemeja. No ahora, que es un
bosquejo de ser humano. Digo que le asemeja una vez hecha mujer. De la madre no refleja nada; del padre, el color de la piel y
de los ojos, y, sin duda, también del pelo, que, si ahora son blancos, de joven eran ciertamente rubios a juzgar por las cejas. Del
padre son las facciones — más perfectas y delicadas en Ella por ser mujer, ¡y qué Mujer!; también del padre es la sonrisa y la
mirada y el modo de moverse y la estatura. Pensando en Jesús como lo veo, considero que ha sido Ana la que ha dado su
estatura a su Nieto, así como el color marfil más cargado de la piel; mientras que María no tiene esa presencia de Ana (que es

como una palma alta y flexible), sino la finura del padre. También las mujeres, mientras entran con Joaquín donde se encuentra
la madre feliz para devolverle a su hijita, hablan de la tormenta y del prodigio de la Luna, de la estrella, del enorme arco iris.
Ana sonríe ante un pensamiento propio:
- Es la estrella – dice Su signo está en el cielo. ¡María, arco de paz! ¡María, estrella mía! ¡María, Luna pura! ¡María, perla
nuestra!.
- ¿María la llamas?.
- Sí. María, estrella y perla y luz y paz...
- Pero también quiere decir amargura... ¿No temes acarrearle alguna desventura?
- Dios está con Ella. Es suya desde antes de que existiera. El la conducirá por sus vías y toda amargura se transformará
en paradisíaca miel. Ahora sé de tu mamá... todavía un poco, antes de ser toda de Dios....
Y la visión termina en el primer sueño de Ana madre y de María recién nacida.
Dice Jesús:
- Levántate y apresúrate, pequeña amiga. Siento ardiente deseo de llevarte conmigo al azul paradisíaco de la
contemplación de la Virginidad de María. Saldrás de él con el alma fresca como si tú también hubieras sido recientemente
creada por el Padre, una pequeña Eva antes de conocer carne; saldrás con el espíritu lleno de luz, pues te habrás abismado en la
contemplación de la obra maestra de Dios; con todo tu ser repleto de amor, pues habrás comprendido cómo sabe amar Dios.
Hablar de la concepción de María, la Sin Mancha, significa sumergirse en lo azul, en la luz, en el amor.
Ven y lee sus glorias en el Libro del Antepasado: "Dios me poseyó al inicio de sus obras, desde el principio, antes de la
creación. Ab aeterno fui erigida, al principio, antes de que la tierra fuera hecha; aún no existían los abismos, y yo ya había sido
concebida. Aún no manaba agua de los manantiales, aún no se elevaban con su pesada mole los montes, aún las colinas no eran
para el Sol collares... y yo ya había nacido. Dios no había hecho todavía la tierra ni los ríos ni las columnas del mundo, y yo ya
existía. Cuando preparaba los cielos, yo estaba presente, cuando con ley inmutable clausuró el abismo bajo la bóveda, cuando
fijó arriba la bóveda celeste y colgó de ella las fuentes de las aguas, cuando al mar le establecía sus confines y daba leyes a las
aguas, cuando daba leyes a las aguas de no sobrepasar su límite, cuando echaba los fundamentos de la tierra, yo estaba con Él
ordenando todas las cosas. Siempre alegre jugueteaba ante Él continuamente, jugueteaba en el universo...". Las habéis aplicado
a la Sabiduría, pero hablan de Ella: la hermosa Madre, la santa Madre, la Virgen Madre de la Sabiduría, que soy Yo, el que te
habla.
He querido que escribieras, como encabezamiento del libro que habla de Ella, el primer verso de este himno, para que
fuera confesado y conocido el consuelo y la alegría de Dios; la razón de la constante, perfecta, íntima alegría de este Dios Uno y
Trino que os sostiene y ama y que del hombre recibió tantos motivos de tristeza; la razón de que perpetuara la raza aun cuando
ésta, con la primera prueba, había merecido la destrucción; la razón del perdón que habéis recibido.
Que María le amara... ¡Oh, bien merecía la pena crear al hombre y dejarlo vivir y decretar perdonarlo, para tener a la
Virgen bella, a la Virgen santa, a la Virgen inmaculada, a la Virgen enamorada, a la Hija dilecta, a la Madre purísima, a la Esposa
amorosa! Mucho os ha dado, y más aún os habría dado, Dios, con tal de poseer a la Criatura de sus delicias, al Sol de su sol y Flor
de su jardín. Y mucho os sigue dando por Ella, a petición de Ella, para alegría de Ella, porque su alegría se vierte en la alegría de
Dios y la aumenta con destellos que llenan de resplandores la luz, la gran luz del Paraíso, y cada resplandor es una gracia para el
universo, para la raza del hombre, para los mismos bienaventurados, que responden con un esplendoroso grito de aleluya a
cada milagro que sale de Dios, creado por el deseo del Dios Trino de ver la esplendorosa sonrisa de alegría de la Virgen.
Dios quiso poner un rey en ese universo que había creado de la nada. Un rey que, por naturaleza material, fuera el
primero entre todas las criaturas creadas con materia y dotadas de materia. Un rey que, por naturaleza espiritual, fuera poco
menos que divino, fundido con la Gracia, como en su inocente primer día. Pero la Mente suprema, que conoce la totalidad de
los hechos más lejanos en el tiempo, la Mente cuya vista ve incesantemente todo cuanto era, es y será, y que, mientras
contempla el pasado y observa el presente, hunde su mirada en el extremo futuro, no ignorando cómo será el morir del último
hombre, sin confusión ni discontinuidad, esa Mente no ignoró nunca que ese rey, creado para ser semidivino a su lado en el
Cielo, heredero del Padre, cuando llegara como adulto a su Reino después de haber vivido en la casa de su madre — la tierra con
la que fue hecho —, durante su niñez de párvulo del Eterno en su jornada sobre la tierra, cometería hacia sí mismo el delito de
matarse en la Gracia y el latrocinio de despojarse del cielo.
¿Por qué lo creó entonces? Sin duda muchos se hacen esta pregunta. ¿Habríais preferido no existir? ¿No merece ser
vivida esta jornada incluso por sí misma, a pesar de ser tan pobre y desnuda, y tan severa a causa de vuestra maldad, para
conocer y admirar la Belleza infinita que la mano de Dios ha sembrado en el universo?
¿Para quién, si no, habría hecho estos astros y planetas que pasan como saetas, como flechas, rayando la bóveda del
firmamento, o van — y parecen lentos —, van majestuosos con su paso veloz de bólidos, regalándoos luces y estaciones, y
dándoos, eternos, inmutables aunque siempre mutables, a leer en el cielo una nueva página, cada noche, cada mes, cada año,
como queriendo deciros: "Olvidaos de la cárcel, abandonad esa imagen vuestra llena de cosas oscuras, podridas, sucias,
venenosas, mentirosas, blasfemas, corruptoras, y elevaos, al menos con la mirada, a la ilimitada libertad de los firmamentos;
haceos un alma azul mirando tanta limpidez de cielo, haceos con una reserva de luz que podáis llevar a vuestra oscura cárcel;
leed la palabra que escribimos cantando en coro nuestra melodía sideral, más armoniosa que si proviniera de un órgano de
catedral, la palabra que escribimos resplandeciendo, la palabra que escribimos amando, porque siempre tenemos presente a
Aquel que nos dio la alegría de existir, y le amamos por habernos dado este existir, este resplandecer, este movemos, este ser
libres y bellos en medio de este cielo delicado allende el cual vemos un cielo aún más sublime, el Paraíso; a Aquel cuyo precepto
de amor en su segunda parte cumplimos al amaros a vosotros, prójimo universal nuestro, al amaros proporcionándoos guía y
luz, calor y belleza. Leed la palabra que decimos, la palabra a la que ajustamos nuestro canto, nuestro resplandecer, nuestro reír:
Dios"?

¿Para quién habría hecho ese líquido azul: para el cielo, espejo; para la tierra, camino; sonrisa de aguas; voz de olas;
palabra, también, que, con frufrú de roce de seda, con risitas de muchachas serenas, con suspiros de ancianos que recuerdan y
lloran, con bofetadas de violentos, y con envites y bramidos y estruendos, siempre habla y dice: "Dios"? El mar es para vosotros,
como lo son el cielo y los astros. Y con el mar los lagos y los ríos, los estanques y los arroyos, y los manantiales puros, que sirven,
todos, para transportaros, para nutriros, para apagar vuestra sed y limpiaros, y que os sirven, sirviendo al Creador, sin salir a
sumergiros, como merecéis.
¿Para quién habría hecho las innumerables familias de los animales, que son flores que vuelan cantando, que son
siervos que trabajan, que corren, que os alimentan, que os recrean a vosotros, los reyes?
¿Para quién habría hecho las innumerables familias de las plantas y de las flores, que parecen mariposas, que parecen
gemas e inmóviles avecillas; de los frutos, que parecen collares de oro y piedras preciosas o cofres de gemas? Son alfombra para
vuestros pies, protección para vuestras cabezas, recreo, beneficio, alegría para la mente, para los miembros del cuerpo, para la
vista y el olfato.
¿Para quién, si no, habría hecho los minerales en las entrañas de la Tierra y las sales disueltas en manantiales de álgidas
aguas o de agua hirviendo: los azufres, los yodos, los bromos?... Ciertamente, para que los gozara uno que no fuera Dios, sino
hijo de Dios. Uno: el hombre.
Nada le faltaba a la alegría de Dios, nada necesitaba Dios. El se basta a sí mismo. No tiene sino que contemplarse para
deleitarse, nutrirse, vivir y descansar. Toda la creación no ha aumentado ni en un átomo su infinidad de alegría, de belleza, de
vida, de potencia. He aquí que todo lo ha hecho para la criatura a la que ha querido poner como rey de la obra de sus manos:
para el hombre.
Aunque sólo fuera por ver una obra divina de tal magnitud y por manifestarle reconocimiento a Dios, que os la otorga,
merecería la pena vivir. Y debéis sentir gratitud por el hecho de vivir. Gratitud que deberíais haber tenido aunque no hubierais
sido redimidos sino al final de los siglos, porque, a pesar de que hayáis sido, en los Primeros, y ahora aun individualmente,
prevaricadores, soberbios, lujuriosos, homicidas, Dios os concede todavía gozar de lo bello del universo, de lo bueno del
universo, y os trata como si fuerais personas buenas, hijos buenos a los cuales todo se enseña y todo se concede para hacerles
más suave y sana la vida. Cuanto sabéis, lo sabéis por luz de Dios. Cuanto descubrís, lo descubrís porque Dios os lo señala. Esto,
en el Bien. Los otros conocimientos y descubrimientos que llevan el signo del mal vienen del Mal supremo: Satanás.
La Mente suprema, que nada ignora, antes de que el hombre fuese, sabía que sería ladrón y homicida de sí mismo. Y,
dado que la Bondad eterna no conoce límites en su ser buena, antes de que la Culpa fuera, pensó el medio para anular la Culpa.
El medio, Yo; el instrumento para hacer del medio un instrumento operante, María. Y la Virgen fue creada en el pensamiento
sublime de Dios.
Todas las cosas han sido creadas para mí, Hijo dilecto del Padre. Yo-Rey habría debido tener bajo mi pie de Rey divino
alfombras y joyas como palacio alguno jamás tuviera, y cantos y voces, y tantos siervos y ministros en torno a Mí como soberano
alguno jamás tuviera, y flores y gemas, y todo lo sublime, lo grandioso, lo fino, lo delicado que es posible extraer del
pensamiento de todo un Dios. Mas Yo debía ser Carne además de Espíritu. Carne para salvar a la carne. Carne para sublimar la
carne, llevándola al Cielo muchos siglos antes de la hora. Porque la carne habitada por el espíritu es la obra maestra de Dios, y
para ella había sido hecho el Cielo. Para ser Carne tenía necesidad de una Madre. Para ser Dios tenía necesidad de que el Padre
fuese Dios.
He aquí que entonces Dios se crea a su Esposa y le dice: "Ven conmigo. Junto a mí ve cuanto Yo hago para el Hijo
nuestro. Mira y regocíjate, eterna Virgen, Doncella eterna, y tu risa llene este empíreo y dé a los ángeles la nota inicial y al
Paraíso le enseñe la armonía celeste. Yo te miro, y te veo como serás, ¡oh, Mujer inmaculada que ahora eres sólo espíritu: el
espíritu en que Yo me deleito! Yo te miro y doy al mar y al firmamento el azul de tu mirada; el color de tus cabellos, al trigo
santo; el candor, a la azucena; el color rosa como tu epidermis de seda, a la rosa; de tus dientes delicados copio las perlas; hago
las dulces fresas mirando tu boca; a los ruiseñores les pongo en la garganta tus notas y a las tórtolas tu llanto. Leyendo tus
futuros pensamientos, oyendo los latidos de tu corazón, tengo el motivo guía para crear. Ven, Alegría mía, séante los mundos
juguete hasta que me seas luz danzarina en el pensamiento, sean los mundos para reír tuyo. Tente las guirnaldas de estrellas y
los collares de astros, ponte la luna bajo tus nobles pies, adórnate con el chal estelar de Galatea. Son para ti las estrellas y los
planetas. Ven y goza viendo las flores que le servirán a tu Niño como juego y de almohada al Hijo de tu vientre. Ven y ve crear las
ovejas y los corderos, las águilas y las palomas. Estate a mi lado mientras hago las cuencas de los mares y de los ríos, y alzo las
montañas y las pinto de nieve y de bosques; mientras siembro los cereales y los árboles y las vides, y hago el olivo para ti,
Pacífica mía, y la vid para ti, Sarmiento mío que llevarás el Racimo eucarístico. Camina, vuela, regocíjate, ¡oh, Hermosa mía!, y
que el mundo universo, que en diversas fases voy creando, aprenda de ti a amarme, Amorosa, y que tu risa le haga más bello,
Madre de mi Hijo, Reina de mi Paraíso, Amor de tu Dios". Y, viendo a quien es el Error y mirando a la Sin Error, dice: "Ven a mí,
tú que cancelas la amargura de la desobediencia humana, de la fornicación humana con Satanás y de la humana ingratitud.
Contigo me tomaré la revancha contra Satanás".
Dios, Padre Creador, había creado al hombre y a la mujer con una ley de amor tan perfecta, que vosotros no podéis ni
siquiera comprender sus perfecciones; vuestra mente se pierde pensando en cómo habría venido la especie si el hombre no la
hubiera obtenido con la enseñanza de Satanás.
Observad las plantas de fruto y de grano. ¿Obtienen la semilla o el fruto mediante fornicación, mediante una
fecundación por cada cien uniones? No. De la flor masculina sale el polen y, guiado por un complejo de leyes meteóricas y
magnéticas, va hacia el ovario de la flor femenina. Éste se abre y lo recibe y produce; no como hacéis vosotros, para
experimentar al día siguiente la misma sensación, se mancha y luego lo rechaza. Produce, y hasta la nueva estación no florece, y
cuando florece es para reproducirse

Observad a los animales. Todos. ¿Habéis visto alguna vez a un macho y a una hembra ir el uno hacia el otro para estéril
abrazo y lascivo comercio? No. Desde cerca o desde lejos, volando, arrastrándose, saltando o corriendo, van, llegada la hora, al
rito fecundativo, y no se substraen a él deteniéndose en el goce, sino que van más allá de éste, van a las consecuencias serias y
santas de la prole, única finalidad que en el hombre, semidiós por el origen de gracia, de esa Gracia que Yo he devuelto
completa, debería hacer aceptar la animalidad del acto, necesario desde que descendisteis un grado hacia los brutos.
Vosotros no hacéis como las plantas y los animales. Vosotros habéis tenido como maestro a Satanás, lo habéis querido
y lo queréis como maestro. Y las obras que realizáis son dignas del maestro que habéis querido. Mas si hubieseis sido fieles a
Dios, habríais recibido la alegría de los hijos santamente, sin dolor, sin extenuaros en cópulas obscenas, indignas, ignoradas
incluso por las bestias, las bestias sin alma racional y espiritual.
Dios quiso oponer, frente al hombre y a la mujer pervertidos por Satanás, al Hombre nacido de una Mujer
suprasublimada por Dios hasta el punto de generar sin haber conocido varón: Flor que genera Flor sin necesidad de semilla; sólo
por el beso del Sol en el cáliz inviolado de la Azucena-María.
¡La revancha de Dios!...
Echa resoplidos de odio, Satanás, mientras Ella nace. ¡Esta Párvula te ha vencido! Antes de que fueras el Rebelde, el
Tortuoso, el Corruptor, eras ya el Vencido, y Ella es tu Vencedora. Mil ejércitos en formación nada pueden contra tu potencia,
ceden las armas de los hombres contra tus escamas, ¡oh, Perenne!, y no hay viento capaz de llevarse el hedor de tu hálito. Y sin
embargo este calcañar de recién nacida, tan rosa que parece el interior de una camelia rosada, tan liso y suave que comparada
con él la seda es áspera, tan pequeño que podría caber en el cáliz de un tulipán y hacerse un zapatito de ese raso vegetal, he
aquí que te comprime sin miedo, te confina en tu caverna. Y su vagido te pone en fuga, a ti que no tienes miedo de los ejércitos;
y su aliento libera al mundo de tu hedor. Estás derrotado. Su nombre, su mirada, su pureza son lanza, rayo, losa que te
traspasan, que te abaten, que te encierran en tu madriguera de Infierno, ¡oh, Maldito, que le has arrebatado a Dios la alegría de
ser Padre de todos los hombres creados!
Se demuestra inútil ahora el haber corrompido a quienes habían sido creados inocentes, conduciéndolos a conocer y a
concebir por caminos sinuosos de lujuria, privándole a Dios, en su criatura dilecta, de ser Él quien distribuyera magnánimamente
los hijos según reglas que, si hubieran sido respetadas, habrían mantenido en la tierra un equilibrio entre los sexos y las razas
que hubiera podido evitar guerras entre los hombres y desgracias en las familias.
Obedeciendo, habrían conocido también el amor. Es más, sólo obedeciendo lo habrían conocido y lo habrían poseído.
Una posesión llena y tranquila de esta emanación de Dios, que de lo sobrenatural desciende hacia lo inferior, para que la carne
también se goce santamente en ella, la carne que está unida al espíritu y que ha sido creada por el Mismo que le creó el espíritu.
¿Ahora, ¡oh, hombres!, vuestro amor, vuestros amores, qué son? O libídine vestida de amor o miedo incurable de
perder el amor del cónyuge por libídine suya y de otros. Desde que la libídine está en el mundo, ya nunca os sentís seguros de la
posesión del corazón del esposo o de la esposa; y tembláis y lloráis y enloquecéis de celos, asesináis a veces para vengar una
traición, os desesperáis otras veces u os volvéis abúlicos o dementes.
Eso es lo que has hecho, Satanás, a los hijos de Dios. Estos que tú has corrompido habrían conocido la dicha de tener
hijos sin padecer dolor, la dicha de nacer y no tener miedo a morir. Mas ahora has sido derrotado en una Mujer y por la Mujer.
De ahora en adelante quien la ame volverá a ser de Dios, venciendo a tus tentaciones para poder mirar a su inmaculada pureza.
De ahora en adelante, no pudiendo concebir sin dolor, las madres la tendrán a Ella como consuelo. De ahora en adelante será
guía para las esposas y madre para los moribundos, por lo que dulce será el morir sobre ese seno que es escudo contra ti,
Maldito, y contra el juicio de Dios.
María, (se dirige aquí a María Valtorta) pequeña voz, has visto el nacimiento del Hijo de la Virgen y el nacimiento de la
Virgen al Cielo. Has visto, por tanto, que los sin culpa desconocen la pena del dar a luz y la pena del morir. Y, si a la
superinocente Madre de Dios le fue reservada la perfección de los dones celestes, igualmente, si todos hubieran conservado la
inocencia y hubieran permanecido como hijos de Dios en los Primeros, habrían recibido el generar sin dolores (como era justo
por haber sabido unirse y concebir sin lujuria) y el morir sin aflicción.
La sublime revancha de Dios contra la venganza de Satanás ha consistido en llevar la perfección de la dilecta criatura a
una superperfección que anulara, al menos en una, cualquier vestigio de humanidad susceptible de recibir el veneno de Satanás,
por lo cual el Hijo vendría no de casto abrazo de hombre sino de un abrazo divino que, en el éxtasis del Fuego, arrebola el
espíritu.
¡La Virginidad de la Virgen!...
Ven. Medita en esta virginidad profunda que produce al contemplarla vértigos de abismo! ¿Qué es, comparada con ella,
la pobre virginidad forzada de la mujer con la que ningún hombre se ha desposado? Menos que nada. ¿Y la virginidad de la
mujer que quiso ser virgen para ser de Dios, pero sabe serlo sólo en el cuerpo y no en el espíritu, en el cual deja entrar muchos
pensamientos de otro tipo, y acaricia y acepta caricias de pensamientos humanos? Empieza a ser una sombra de virginidad. Pero
bien poco aún. ¿Qué es la virginidad de una religiosa de clausura que vive sólo de Dios? Mucho. Pero nunca es perfecta
virginidad comparada con la de mi Madre.
Hasta en el más santo ha habido al menos un contubernio: el de origen, entre el espíritu y la Culpa, esa unión que sólo
el Bautismo disuelve. La disuelve, sí, pero, como en el caso de una mujer separada de su marido por la muerte, no devuelve la
virginidad total como era la de los Primeros antes del pecado. Una cicatriz queda, y duele, recordando así su presencia, cicatriz
que puede siempre en cualquier momento traducirse de nuevo en una llaga, como ciertas enfermedades agudizadas
periódicamente por sus virus. En la Virgen no existe esta señal de un disuelto ligamen con la Culpa. Su alma aparece bella e
intacta como cuando el Padre la pensó reuniendo en Ella todas las gracias.

Es la Virgen. Es la Única. Es la Perfecta. Es la Completa. Pensada así. Engendrada así. Que ha permanecido así. Coronada
así. Eternamente así. Es la Virgen. Es el abismo de la intangibilidad, de la pureza, de la gracia que se pierde en el Abismo de que
procede, es decir, en Dios, Intangibilidad, Pureza, Gracia perfectísimas.
Así se ha desquitado el Dios Trino y Uno: Él ha alzado contra la profanación de las criaturas esta Estrella de perfección;
contra la curiosidad malsana, esta Mujer Reservada que sólo se siente satisfecha amando a Dios; contra la ciencia del mal, esta
Sublime Ignorante. Ignorante no sólo en lo que toca al amor degradado, o al amor que Dios había dado a los cónyuges, sino más
todavía: en Ella se trata de ignorancia del fomes, herencia del Pecado. En Ella sólo se da la gélida e incandescente sabiduría del
Amor divino. Fuego que encoraza de hielo la carne para que sea espejo transparente en el altar en que un Dios se desposa con
una Virgen, y no por ello se rebaja, porque su perfección envuelve a Aquella que, como conviene a una esposa, es sólo inferior
en un grado al Esposo, sujeta a Él por ser Mujer, pero, como Él, sin mancha».

6.
Purificación de Ana y ofrecimiento de María, que es la Niña perfecta para el reino de los Cielos.
Veo a Joaquín y a Ana, junto a Zacarías y a Isabel, saliendo de una casa de Jerusalén de amigos o familiares. Se dirigen
hacia el Templo para la ceremonia de la Purificación.
Ana lleva en brazos a la Niña, envuelta toda en fajos, toda envuelta en un amplio tejido de lana ligera, pero que debe
ser suave y caliente. ¡Con cuánto cuidado y amor lleva a su criaturita! De vez en cuando levanta el borde del fino y caliente
tejido para ver si María respira a gusto, y luego vuelve a taparla para protegerla del aire helador de un día sereno pero frío, de
pleno invierno.
Isabel lleva unos paquetes en las manos. Joaquín lleva de una cuerda a dos corderos blanquísimos bien cebados, ya más
carneros que corderos. Zacarías no lleva nada. ¡Qué apuesto con ese vestido de lino que un grueso manto de lana, también
blanca, deja entrever! Es un Zacarías mucho más joven que el que se veía en el nacimiento del Bautista, entonces ya en plena
edad adulta. Isabel es una mujer madura, pero todavía de apariencia fresca; cada vez que Ana mira a la Niña, se curva extasiada
hacia esa carita dormida. También Isabel está guapísima con su vestido de un azul tendente al morado oscuro y con el velo que
le cubre la cabeza y cae sobre los hombros y sobre el manto, que es más oscuro que el vestido.
¿Y Joaquín y Ana? ¡Ah..., solemnes con sus vestidos de fiesta! Contrariamente a lo normal, él no lleva la túnica marrón
oscura, sino un largo vestido de un rojo oscurísimo (hoy diríamos: rojo S. José). Las orlas de su manto son bonitas y muy nuevas.
En la cabeza lleva también una especie de velo rectangular, ceñido con una cinta de cuero. Todo nuevo y fino.
Ana... ¡oh!, hoy no viste de oscuro. Lleva un vestido de un amarillo muy tenue, casi color marfil viejo, ceñido en la
cintura, cuello y muñecas, con una gruesa cinta que parece de plata y oro. Su cabeza está cubierta por un velo ligerísimo y como
adamascado, sujeto a la frente con un aro sutil, valioso. En el cuello lleva un collar de filigrana; en las muñecas, pulseras. Parece
una reina, incluso por la dignidad con que lleva el vestido, y especialmente el manto, amarillo tenue, orlado con una greca en
bordadura muy bonita, también amarilla.
- Me pareces como en el día de tu boda. Entonces yo era poco más que una niña. Todavía me acuerdo de lo guapa y
dichosa que se te veía - dice Isabel.
- Pues más feliz me siento ahora... Y he querido ponerme el mismo vestido para este rito. Lo había conservado siempre
para esto... aunque ya, para esto, no tenía esperanzas de ponérmelo.
- El Señor te ha amado mucho... - dice suspirando Isabel.
- Por eso precisamente le doy lo que más quiero. Esta flor mía.
-¿Y vas a tener fuerzas para arrancártela de tu seno cuando llegue el momento?.
- Sí, porque recordaré que no la tenía y que Dios me la dio. En todo caso me sentiré más feliz que entonces. Y, sabiendo
que está en el Templo, me diré: "Está orando ante el Tabernáculo, está rezando al Dios de Israel, y también por su madre". Ello
me dará paz. Y más paz todavía al decir: "Ella es toda suya. Cuando estos dos felices ancianos, que la recibieron del Cielo, ya no
estén en este mundo, Él, el Eterno, seguirá siendo su Padre". Créeme, tengo la firme convicción de que esta pequeñuela no es
nuestra. Yo ya no podía hacer nada... Él la puso en mi seno como don divino para enjugar mi llanto y confortar nuestras
esperanzas y oraciones. Por tanto, es suya. Nosotros somos los encargados, felices encargados, de cuidarla... ¡y que por ello sea
bendito!.
Llegan a los muros del Templo.
- Mientras vais a la Puerta de Nicanor, yo voy a advertir al sacerdote. Luego os alcanzo - dice Zacarías; y desaparece tras
un arco que introduce a un amplio patio circundado de pórticos.
La comitiva continúa adentrándose por las sucesivas terrazas (porque — no sé si lo he dicho alguna vez — el recinto del
Templo no es una superficie plana, sino que sube escalonadamente en niveles cada vez más altos; a cada uno de ellos se accede
mediante escalinatas, y en todos hay patios y pórticos y portones labradísimos, de mármol, bronce y oro).
Antes de llegar al lugar establecido, se paran para desenvolver las cosas que traen, o sea, tortas — me parece — muy
untadas, anchas y finas, harina blanca, dos palomas en una jaulita de mimbre y unas monedas grandes de plata, tan pesadas que
era una suerte que en aquella época no hubiera bolsillos, porque los habrían roto.
Ahí está la bonita Puerta de Nicanor; es por entero un bordado en pesado bronce laminado de plata. Ya está allí
Zacarías, al lado de un sacerdote que está todo pomposo con su vestido de lino.

Asperjan a Ana con agua lustral — supongo — y luego le indican que se dirija hacia el ara del sacrificio. Ya no lleva a la
Niña en brazos. La ha tomado en brazos Isabel, que se ha quedado a este lado de la Puerta.
Joaquín, sin embargo, entra siguiendo a su mujer, y llevando tras sí un desgraciado cordero que va balando. Y yo... hago
como para la purificación de María: cierro los ojos para no ver ningún tipo de degüello.
Ana ya está purificada.
Zacarías dice en voz baja unas palabras a su compañero de ministerio, el cual, sonriendo, da señales de asentimiento y
luego se acerca al grupo, rehecho de nuevo, y, congratulándose con la madre y el padre por su gozo y por su fidelidad a las
promesas, recibe el segundo cordero, la harina y las tortas.
- Entonces ¿esta hija está consagrada al Señor? Que su bendición os acompañe a Ella y a vosotros. Mirad, ahí viene Ana.
Va a ser una de sus maestras. Ana de Fanuel, de la tribu de Aser. Ven, mujer. Esta pequeñuela ha sido ofrecida al Templo como
hostia de alabanza. Tú serás para ella maestra. A tu amparo crecerá santa.
Ana de Fanuel, ya completamente encanecida, hace mimos a la Niña, que ya se ha despertado y que observa toda esa
blancura con esos inocentes y atónitos ojos suyos, y todo ese oro que el sol enciende.
La ceremonia debe haber terminado. No he visto ningún rito especial para el ofrecimiento de María. Quizás era
suficiente con decírselo al sacerdote, y sobre todo a Dios, en el lugar santo.
- Querría dar mi ofrenda al Templo e ir al lugar en que el año pasado vi la luz - dice Ana.
Ana de Fanuel va con ellos. No entran en el Templo propiamente dicho. Es natural que, siendo mujeres y tratándose de
una niña, no vayan ni siquiera a donde fue María para ofrecer a su Hijo. Pero, eso sí, desde muy cerquita de la puerta, que está
abierta de par en par, miran hacia el semioscuro interior del que vienen dulces cantos de niñas y en el que brillan ricas lámparas,
que expanden luz de oro sobre dos cuadros de flores de cabecitas veladas de blanco, dos verdaderos cuadros de azucenas.
- Dentro de tres años estarás ahí, Azucena mía - le promete Ana a María, que mira como embelesada hacia el interior y
sonríe al oír el lento canto.
- Parece como si entendiera - dice Ana de Fanuel - ¡Es una niña muy bonita! La querré como si fuera fruto de mis
entrañas. Te lo prometo, madre. Si la edad me lo concede.
- Te lo concederá, mujer - dice Zacarías - La recibirás entre las niñas consagradas. Yo también estaré presente. Quiero
estar ese día para decirle que pida por nosotros desde el primer momento... - y mira a su mujer, la cual, habiendo comprendido,
suspira.
La ceremonia ha concluido. Ana de Fanuel se retira, mientras los otros, hablando entre sí, salen del Templo.
Oigo a Joaquín que dice:
-¡No sólo dos, y los mejores, sino que habría dado todos mis corderos por este gozo y para alabar a Dios!
No veo nada más.
Dice Jesús:
- Salomón pone en boca de la Sabiduría estas palabras: "Quien sea niño venga a mí". Y verdaderamente, desde la roca,
desde los muros de su ciudad, la eterna Sabiduría le decía a la eterna Niña: "Ven a mí". Se consumía por tenerla. Pasado un
tiempo, el Hijo de la Doncella purísima dirá: "Dejad que los niños vengan a mí, porque el Reino de los Cielos es de ellos, y quien
no se haga como ellos no tendrá parte en mi Reino". Las voces se buscan recíprocamente y, mientras la voz proveniente del
Cielo grita a la pequeñuela María: "Ven a mí", la voz del Hombre dice: "Venid a mí si sabéis ser niños", y al decirlo piensa en su
Madre.
Os doy el modelo en mi Madre.
Ella es la perfecta Niña con corazón de paloma sencillo y puro, Aquélla a quien ni los años ni el contacto con el mundo
enrudecen bárbaramente, corrompiendo su espíritu o haciéndole tortuoso o mentiroso. Porque Ella no lo quiere. Venid a mí
mirando a María.
Tú, que la ves, dime: ¿su mirada de infante es muy distinta de la que viste al pie de la Cruz; o en el júbilo de
Pentecostés; o en la hora en que los párpados cubrieron su ojo de gacela para el último sueño? No. Aquí se trata de la mirada
incierta y atónita del infante; luego se tratará de esa mirada atónita y ruborosa de la Virgen de la Anunciación, o beata como la
de la Madre de Belén, o adoradora, como la de mi primera, sublime Discípula; luego será la mirada lastimera de la Torturada del
Gólgota, o radiante, como en la Resurrección y en Pentecostés; luego será esa mirada velada: la del extático sueño de la última
visión. Pero, ya se abra para ver por primera vez, ya se cierre, cansado, con la última luz, habiendo visto tanto gozo y tanto
horror, este ojo es ese apacible, puro, sosegado trocito de cielo que resplandece siempre igual bajo la frente de María. Ira,
mentira, soberbia, lujuria, odio, curiosidad, no lo ensucian jamás con sus fumosas nubes.
Es la mirada que mira a Dios con amor, ya llore, ya ría, y que por amor a Dios acaricia y perdona, y todo lo soporta; el
amor a su Dios le ha hecho inmune a los asaltos del Mal, que muchas veces se sirve del ojo para penetrar en el corazón; es el ojo
puro, tranquilizante, bendecidor que tienen los puros, los santos, los enamorados de Dios.
Ya lo dije: "El ojo es luz de tu cuerpo. Si el ojo es puro, todo tu cuerpo estará iluminado; mas si el ojo es túrbido, toda tu
persona estará en las tinieblas". Los santos han tenido estos ojos, que son luz para el espíritu y salvación para la carne, porque,
como María, durante toda su vida sólo han mirado a Dios; o, más aún, han tenido recuerdo de Dios.
Ya te explicaré, pequeña voz, el sentido de estas palabras mías.

7
María niña con Ana y Joaquín. En sus labios ya está la Sabiduría del Hijo.

Sigo viendo todavía a Ana. Desde ayer por la tarde la veo así: sentada donde empieza la pérgola umbrosa; dedicada a
un trabajo de costura. Está vestida de un solo color gris arena; es un vestido muy sencillo y suelto, quizás por el mucho calor que
parece que hace.
En el otro extremo de la pérgola se ve a los dalladores segando el heno; heno que no debe ser de mayo. Efectivamente,
la uva ya está detrás coloreándose de oro, y un grueso manzano muestra entre sus oscuras hojas sus frutos, que están tomando
un color de lúcida cera amarilla y roja; y además el campo de trigo es ya sólo un rastrojal en que ondean ligeras las llamitas de
las amapolas y los lirios se elevan, rígidos y serenos, radiados como una estrella, azules como el cielo de oriente.
De la pérgola umbrosa sale caminando una María pequeñita, que, no obstante, es ya ágil e independiente. Su breve
paso es seguro y sus sandalitas blancas no tropiezan en los cantos. Tiene ya esbozado su dulce paso ligeramente ondulante de
paloma, y está toda blanca, como una palomita, con su vestidito de lino que le llega a los tobillos, amplio, fruncido en torno al
cuello con un cordoncito de color celeste, y con unas manguitas cortas que dejan ver los antebrazos regordetes. Con su pelito
sérico y rubio-miel, no muy rizado pero sí todo él formando suaves ondas que en el extremo terminan en un leve ensortijado,
con sus ojos de cielo y su dulce carita tenuemente sonrosada y sonriente, parece un pequeño ángel. El vientecillo que le entra
por las anchas mangas y le hincha por detrás el vestidito de lino contribuye también a darle aspecto de un pequeño ángel
cuando despliega las alas para el vuelo.
Lleva en sus manitas amapolas y lirios y otras florecillas que crecen entre los trigos y cuyo nombre desconozco. Se dirige
hacia su madre. Cuando está ya cerca, inicia una breve carrera, emitiendo una vocecita festiva, y va, como una tortolita, a
detener su vuelo contra las rodillas maternas, abiertas un poco para recibirla. Ana ha depositado al lado el trabajo que estaba
haciendo para que Ella no se pinche, y ha extendido los brazos para ceñirla.
Hasta este punto, ayer por la tarde; hoy por la mañana se ha vuelto a presentar y continúa así:
-¡Mamá! ¡Mamá!.
La tortolita blanca está toda en el nido de las rodillas maternas, apoyando sus piececitos sobre la hierba corta, y la
carita en el regazo materno. Sólo se ve el oro pálido de su pelito sobre la sutil nuca que Ana se inclina a besar con amor.
Luego la tortolita levanta su pequeña cabeza y entrega sus florecillas: todas para su mamá. Y de cada flor cuenta una
historia creada por Ella.
Ésta, tan azul y tan grande, es una estrella que ha caído del cielo para traerle a su mamá el beso del Señor... ¡Que bese
en el corazón, en el corazón, a esta florecilla celeste, y percibirá que tiene sabor a Dios!...
Y esta otra, de color azul más pálido, como los ojos de su papá, lleva escrito en las hojas que el Señor quiere mucho a su
papá porque es bueno.
Y esta tan pequeñita, la única encontrada de ese tipo (una miosota), es la que el Señor ha hecho para decirle a María
que la quiere.
Y estas rojas, ¿sabe su mamá qué son? Son trozos de la vestidura del rey David, empapados de sangre de los enemigos
de Israel, y esparcidos por los campos de batalla y de victoria. Proceden de esos limbos de regia vestidura hecha jirones en la
lucha por el Señor.
En cambio ésta, blanca y delicada, que parece hecha con siete copas de seda que miran al cielo, llenas de perfumes, y
que ha nacido allí, junto al fontanar, se la ha cogido su papá de entre las espinas, está hecha con la vestidura que llevaba el rey
Salomón cuando, el mismo mes en que nació esta Niña descendiente suya, muchos años, ¡oh, cuántos, cuántos antes; muchos
años antes, él, con la pompa cándida de sus vestiduras, caminó entre la multitud de Israel ante el Arca y ante el Tabernáculo, y
se regocijó por la nube que volvía a circundar su gloria, y cantó el cántico y la oración de su gozo.
- Yo quiero ser siempre como esta flor, y, como el rey sabio, quiero cantar toda la vida cánticos y oraciones ante el
Tabernáculo» termina así la boquita de María.
-¡Tesoro mío! ¿Cómo sabes estas cosas santas? ¿Quién te las dice? ¿Tu padre?
- No. No sé quién es. Es como si las hubiera sabido siempre. Pero quizás me las dice alguien, alguien a quien no veo.
Quizás uno de los ángeles que Dios envía a hablarles a los hombres buenos. Mamá, ¿me sigues contando alguna otra historia?....
-¡Oh, hija mía! ¿Cuál quieres saber?.
María se queda pensando; seria y recogida como está, habría que pintarla para eternizar su expresión. En su carita
infantil se reflejan las sombras de sus pensamientos. Sonrisas y suspiros, rayos de sol y sombras de nubes pensando en la
historia de Israel. Luego elige:
- Otra vez la de Gabriel y Daniel, en que está la promesa del Cristo.
Y escucha con los ojos cerrados, repitiendo en voz baja las palabras que su madre le dice, como para recordarlas mejor.
Cuando Ana termina, pregunta:
-¿Cuánto falta todavía para tener con nosotros al Emmanuel?
- Treinta años aproximadamente, querida mía.
-¡Cuánto todavía! Y yo estaré en el Templo... Dime, si rezase mucho, mucho, mucho, día y noche, noche y día, y deseara
ser sólo de Dios, toda la vida, con esta finalidad, ¿el Eterno me concedería la gracia de dar antes el Mesías a su pueblo?.
- No lo sé, querida mía. El Profeta dice: "Setenta semanas". Yo creo que la profecía no se equivoca. Pero el Señor es tan
bueno — se apresura a añadir Ana, al ver que las pestañas de oro de su niña se perlan de llanto — que creo que si rezas mucho,
mucho, mucho, se te mostrará propicio.
La sonrisa aparece de nuevo en esa carita ligeramente alzada hacia la madre, y un ojalito de sol que pasa entre dos
pámpanas hace brillar las lágrimas del ya cesado llanto, cual gotitas de rocío colgando de los tallitos sutilísimos del musgo alpino.
- Entonces rezaré y me consagraré virgen para esto.
- Pero, ¿sabes lo que quiere decir eso?

- Quiere decir no conocer amor de hombre, sino sólo de Dios. Quiere decir no tener ningún pensamiento que no sea
para el Señor. Quiere decir ser siempre niña en la carne y ángel en el corazón. Quiere decir no tener ojos sino para mirar a Dios,
oídos para oírle, boca para alabarle, manos para ofrecerse como hostias, pies para seguirle velozmente, corazón y vida para
dárselos a El.
-¡Bendita tú! Pero entonces no tendrás nunca niños, ¿sabes? ; y a ti te gustan mucho los niños y los corderitos y las
tortolitas. Un niño para una mujer es como un corderito blanco y crespo, como una palomita de plumas de seda y boca de coral:
se le puede amar, besar; se puede oír que nos llama "mamá".
- No importa. Seré de Dios. En el Templo rezaré. Y quizás un día vea al Emmanuel. La Virgen que debe ser Madre suya,
como dice el gran Profeta, ya debe haber nacido y estar en el Templo... Yo seré compañera suya... y sierva suya. ¡Oh, sí! Si
pudiera conocer, por luz de Dios, a esa mujer bienaventurada, querría servirla. Luego Ella me traería a su Hijo, me conduciría
hacia su Hijo y así le serviría también a Él. ¡Fíjate, mamá!... ¡¡Servir al Mesías!!... - María se siente sobrepujada por este
pensamiento que la sublima y la deja anonadada al mismo tiempo. Con las manitas cruzadas sobre su pecho y la cabecita un
poco inclinada hacia adelante, y encendida de emoción, parece una infantil reproducción de la Virgen de la Anunciación que yo
vi. Y sigue diciendo:
-¿Pero, el Rey de Israel, el Ungido de Dios, me permitirá servirle?.
- No lo dudes. ¿No dice el rey Salomón: "Sesenta son las reinas y ochenta las otras esposas y sin número las doncellas"
En ello puedes ver que en el palacio del Rey serán sin número las doncellas vírgenes que servirán a su Señor.
-¡Oh! ¿Lo ves como debo ser virgen? Debo serlo. Si Él por madre quiere una virgen, es señal de que estima la virginidad
por encima de todas las cosas. Yo quiero que me ame a mí, su sierva, por esa virginidad que me hará un poco similar a su dilecta
Madre... Esto es lo que quiero... Querría también ser pecadora, muy pecadora, si no temiera ofender al Señor... Dime, mamá,
¿puede una ser pecadora por amor a Dios?.
- Pero, ¿qué dices, tesoro? No entiendo.
- Quiero decir: pecar para poder ser amada por Dios hecho Salvador. Se salva a quien está perdido, ¿no es verdad? Yo
querría ser salvada por el Salvador para recibir su mirada de amor. Para esto querría pecar, pero no cometer un pecado que le
disgustase. ¿Cómo puede salvarme si no me pierdo?
Ana está atónita. No sabe ya qué decir.
Viene en su ayuda Joaquín, el cual, caminando sobre la hierba, se ha ido acercando, sin hacer ruido, por detrás del seto
de sarmientos bajos.
- Te ha salvado antes porque sabe que le amas y quieres amarle sólo a Él. Por ello tú ya estás redimida y puedes ser
virgen como quieres - dice Joaquín.
-¿Sí, padre mío?- María se abraza a sus rodillas y le mira con las claras estrellas de sus ojos, muy semejantes a los
paternos, y muy dichosos por esta esperanza que su padre le da.
- Verdaderamente, pequeño amor. Mira, yo te traía este pequeño gorrión que en su primer vuelo había ido a posarse
junto a la fuente. Habría podido dejarlo, pero sus débiles alas no tenían fuerza para elevarlo en nuevo vuelo, ni sus patitas de
seda para fijarlo a las musgosas piedras, que resbalaban. Se habría caído en la fuente. No he esperado a que esto sucediera. Lo
he cogido y ahora te lo regalo. Haz lo que quieras con él. El hecho es que ha sido salvado antes de caer en el peligro. Lo mismo
ha hecho Dios contigo. Ahora, dime, María: ¿he amado más al gorrión salvándolo antes, o lo habría amado más salvándolo
después?
- Ahora lo has amado, porque no has permitido que se hiciera daño con el agua helada.
- Y Dios te ha amado más, porque te ha salvado antes de que tú pecaras.
- Pues entonces yo le amaré completamente, completamente. Gorrioncito bonito, yo soy como tú. El Señor nos ha
amado de la misma manera, salvándonos... Ahora voy a criarte y luego te dejaré suelto. Tú cantarás en el bosque y yo en el
Templo las alabanzas del Señor, y diremos: "Envía a tu Prometido, envíaselo a quien espera". ¡Oh, papá mío! ¿Cuándo me vas a
llevar al Templo?
- Pronto, perla mía. Pero, ¿no te duele dejar a tu padre?
-¡Mucho! Pero tú vendrás... y, además, si no doliese, ¿qué sacrificio sería?
-¿Y te vas a acordar de nosotros?
- Siempre. Después de
la oración por el Emmanuel rezaré por vosotros. Para que Dios os haga dichosos y os dé una larga vida... hasta el día en que Él
sea Salvador. Luego diré que os tome para llevaros a la Jerusalén del Cielo.
La visión me cesa con María estrechada en el lazo de los brazos de su padre...
Dice Jesús:
- Llegan ya a mis oídos los comentarios de los doctores de los tiquismiquis: "¿Cómo puede hablar así una niña que no ha
cumplido aún tres años? Es una exageración". Pero no piensan que ellos, alterando mi infancia con actos propios de adultos, dan
de mí una imagen monstruosa.
La inteligencia no llega a todos de la misma manera y al mismo tiempo. La Iglesia ha establecido los seis años como la
edad de responsabilidad de las acciones, porque esa es la edad en que incluso un niño retrasado puede distinguir, al menos
rudimentariamente, el bien y el mal. Pero hay niños que mucho antes son capaces de discernir, entender y querer, con una
razón ya suficientemente desarrollada. Que las pequeñas Imelda Lambertini, Rosa de Viterbo, Nellie Organ, Nennolina os
proporcionen una base para creer, ¡oh, doctores difíciles!, que mi Madre podía pensar y hablar así. Sólo he considerado cuatro
nombres al azar entre los millares de niños santos que, después de haber razonado como adultos en la tierra durante más o
menos años, han venido a poblar mí Paraíso.
¿Qué es la razón? Un don de Dios. Él, por tanto, puede darla con la medida que quiera, a quien quiera y cuando quiera.
Es, además, una de las cosas que más os asemejan a Dios, Espíritu inteligente y que razona. La razón y la inteligencia fueron

gracias otorgadas por Dios al Hombre en el Paraíso Terrenal. ¡Y qué vivas estaban cuando la Gracia moraba, aún intacta y
operante, en el espíritu de los dos Primeros!
En el libro de Jesús Bar Sirac está escrito: "Toda sabiduría viene del Señor Dios y con Él ha estado siempre, incluso antes
de los siglos". ¿Qué sabiduría, pues, habrían tenido los hombres si hubieran conservado su filiación para con Dios?
Vuestras lagunas de inteligencia son el fruto natural de haber venido a menos en la Gracia y en la honestidad.
Perdiendo la Gracia, habéis alejado de vosotros, durante siglos, la Sabiduría. Cual estrella fugaz que se oculta tras nebulosidades
de kilómetros, la Sabiduría no ha seguido llegándoos con sus netos destellos, sino sólo a través de neblinas cada vez más
oprimentes a causa de vuestras prevaricaciones.
Luego ha venido el Cristo y os ha vuelto a dar la Gracia, don supremo del amor de Dios. Pero ¿sabéis custodiar limpia y
pura esta gema? No. Cuando no la rompéis con la voluntad individual de pecar, la ensuciáis con continuas culpas menores, con
debilidades, o gravitando hacia el vicio (y ello, a pesar de no significar una verdadera unión con el septiforme vicio, debilita la luz
de la Gracia y su actividad). Luego, además, siglos y siglos de corrupciones, que, deletéreas, repercuten en lo físico y en la
mente, han ido debilitando la magnífica luz de la inteligencia que Dios había dado a los Primeros.
Pero María era no sólo la Pura, la nueva Eva recreada para alegría de Dios, era la super-Eva, era la Obra Maestra del
Altísimo, era la Llena de Gracia, era la Madre del Verbo en la mente de Dios.
"Fuente de la Sabiduría" dice Jesús Bar Sirac "es el Verbo". ¿Y el Hijo no va a haber puesto su sabiduría en los labios de
su Madre?
Si a un Profeta que debía decir las palabras que el Verbo, la Sabiduría, le confiaba para transmitírselas a los hombres, le
fue purificada la boca con carbones encendidos, ¿no va a haber depurado y elevado el Amor el habla de esa su Esposa niña que
debía llevar en sí la Palabra, a fin de que no hablase primero como niña y luego como mujer, sino sólo y siempre como criatura
celeste fundida con la gran luz y sabiduría de Dios?
El milagro no está en el hecho de que María, como luego Yo, mostrara en edad infantil una inteligencia superior. El
milagro está en el hecho de contener a la Inteligencia infinita, que en Ella moraba, en los diques convenientes para no pasmar a
las multitudes y para no despertar la atención satánica.
En otra ocasión seguiré hablando de esto, que está en relación con ese "recordarse" que los santos tienen de Dios.

8
María recibida en el Templo. En su humildad, no sabía que era la Llena de Sabiduría.

Veo a María caminando entre su padre y su madre por las calles de Jerusalén.
Los que pasan se paran a mirar a la bonita Niña vestida toda de blanco nieve y arrollada en un ligerísimo tejido que, por
sus dibujos, de ramas y flores, más opacos que el tenue fondo, creo que es el mismo que tenía Ana el día de su Purificación. Lo
único es que, mientras que a Ana no le sobrepasaba la cintura, a María, siendo pequeñita, le baja casi hasta el suelo,
envolviéndola en una nubecita ligera y lúcida de singular gracia.
El oro de la melena suelta sobre los hombros, mejor: sobre la delicada nuca, se transparenta a través del sutilísimo
fondo, en las partes del velo no adamascadas. Éste está sujeto a la frente con una cinta de un azul palidísimo que tiene,
obviamente hecho por su mamá, unas pequeñas azucenas bordadas en plata.
El vestido, como he dicho, blanquísimo, le llega hasta abajo, y los piececitos, con sus pequeñas sandalias blancas,
apenas se muestran al caminar. Las manitas parecen dos pétalos de magnolia saliendo de la larga manga. Aparte del círculo azul
de la cinta, no hay ningún otro punto de color. Todo es blanco. María parece vestida de nieve.
Joaquín lleva el mismo vestido de la Purificación. Ana, en cambio, un oscurísimo morado; el manto, que le tapa incluso la cabeza,
es también morado oscuro; lo lleva muy bajo, a la altura de los ojos, dos pobres ojos de madre rojos de llanto, que no quisieran
llorar, y que no quisieran, sobre todo, ser vistos llorar, pero que no pueden no llorar al amparo del manto. Éste protege, por una
parte, de los que pasan; también, de Joaquín, cuyos ojos, siempre serenos, hoy están también enrojecidos y opacos por las
lágrimas (las que ya han caído y las que aún siguen cayendo). Camina muy curvado, bajo su velo a guisa casi de turbante que le
cubre los lados del rostro.
Joaquín está muy envejecido. Los que le ven deben pensar que es abuelo o quizás bisabuelo de la pequeñuela que lleva
de la mano. El pobre padre, a causa de la pena de perderla, va arrastrando los pies al caminar; todo su porte es cansino y le hace
unos veinte años más viejo de lo que en realidad es; su rostro parece el de una persona enferma además de vieja, por el mucho
cansancio y la mucha tristeza; la boca le tiembla ligeramente entre las dos arrugas — tan marcadas hoy — de los lados de la
nariz.
Los dos tratan de celar el llanto. Pero, si pueden hacerlo para muchos, no pueden para María, la cual, por su corta
estatura, los ve de abajo arriba y, levantando su cabecita, mira alternativamente a su padre y a su madre. Ellos se esfuerzan en
sonreírle con su temblorosa boca, y aprietan más con su mano la diminuta manita cada vez que su hijita los mira y les sonríe.
Deben pensar: «Sí. Otra vez menos que veremos esta sonrisa».
Van despacio, muy despacio. Da la impresión de que quieren prolongar lo más posible su camino. Todo es ocasión para
detenerse... Pero, ¡siempre debe tener un fin un camino!... Y éste está ya para acabarse. En efecto, allí, en la parte alta de este
último tramo en subida, están los muros que circundan el Templo. Ana gime, y estrecha más fuertemente la manita de María.

-¡Ana, querida mía, aquí estoy contigo! - dice una voz desde la sombra de un bajo arco echado sobre un cruce de calles.
Isabel estaba esperando. Ahora se acerca a Ana y la estrecha contra su corazón, y, al ver que Ana llora, le dice: - Ven, ven un
poco a esta casa amiga; también está Zacarías.
Entran todos en una habitación baja y oscura cuya luz es un vasto fuego. La dueña, que sin duda es amiga de Isabel, si
bien no conoce a Ana, amablemente se retira, dejando a los llegados libertad de hablar.
- No creas que estoy arrepentida, o que entregue con mala voluntad mi tesoro al Señor — explica Ana entre lágrimas —
... Lo que pasa es que el corazón... ¡oh, cómo me duele el corazón, este anciano corazón mío que vuelve a su soledad, a esa
soledad de quien no tiene hijos!... Si lo sintieras...
- Lo comprendo, Ana mía... Pero tú eres buena y Dios te confortará en tu soledad. María va a rezar por la paz de su
mamá, ¿verdad?.
María acaricia las manos maternas y las besa, se las pone en la cara para ser acariciada a su vez, y Ana cierra entre sus
manos esa carita y la besa, la besa... no se sacia de besarla.
Entra Zacarías y saluda diciendo:
- A los justos la paz del Señor.
- Sí — dice Joaquín —, pide paz para nosotros porque nuestras entrañas tiemblan, ante la ofrenda, como las de nuestro
padre Abraham mientras subía el monte; y nosotros no encontraremos otra ofrenda que pueda recobrar ésta; ni querríamos
hacerlo, porque somos fieles a Dios. Pero sufrimos, Zacarías. Compréndenos, sacerdote de Dios, y no te seamos motivo de
escándalo.
- Jamás. Es más, vuestro dolor, que sabe no traspasar lo lícito, que os llevaría a la infidelidad, es para mí escuela de
amor al Altísimo. ¡Ánimo! La profetisa Ana cuidará con esmero esta flor de David y Aarón. En este momento es la única azucena
que David tiene de su estirpe santa en el Templo, y cual perla regia será cuidada. A pesar de que los tiempos hayan entrado ya
en la recta final y de que deberían preocuparse las madres de esta estirpe de consagrar sus hijas al Templo — puesto que de una
virgen de David vendrá el Mesías — no obstante, a causa de la relajación de la fe, los lugares de las vírgenes están vacíos.
Demasiado pocas en el Templo; y de esta estirpe regia ninguna, después de que, hace ya tres años, Sara de Elíseo salió
desposada. Es cierto que aún faltan seis lustros para el final, pero bueno, pues esperemos que María sea la primera de muchas
vírgenes de David ante el Sagrado Velo. Y... ¿quién sabe?.... — Zacarías se detiene en estas palabras y... mira pensativo a María.
Luego prosigue diciendo: - También yo velaré por Ella. Soy sacerdote y ahí dentro tengo mi influencia. Haré uso de ella para este
ángel. Además, Isabel vendrá a menudo a verla...
-¡Oh, claro! Tengo mucha necesidad de Dios y vendré a decírselo a esta Niña para que a su vez se lo diga al Eterno.
Ana ya está más animada. Isabel, buscando confortarla aún más, pregunta:
-¿No es éste tu velo de cuando te casaste?, ¿o has hilado más muselina?.
- Es aquél. Lo consagro con Ella al Señor. Ya no tengo ojos para hilar... Además, por impuestos y adversidades, las
posibilidades económicas son mucho menores... No me era lícito hacer gastos onerosos. Sólo me he preocupado de que tuviera
un ajuar considerable para el tiempo que transcurra en la Casa de Dios y para después... porque creo que no seré yo quien la
vista para la boda... Pero quiero que sea la mano de su madre, aunque esté ya fría e inmóvil, la que la haya ornado para la boda
y le haya hilado la ropa y el vestido de novia.
-¡Oh, por qué tienes que pensar así?.
- Soy vieja, prima. Jamás me he sentido tan vieja como ahora bajo el peso de este dolor. Las últimas fuerzas de mi vida
se las he dado a esta flor, para llevarla y nutrirla, y ahora... y ahora... el dolor de perderla sopla sobre las postreras y las dispersa.
- No digas eso. Queda Joaquín.
- Tienes razón. Trataré de vivir para mi marido.
Joaquín ha hecho como que no ha oído, atento como está a lo que le dice Zacarías; pero sí que ha oído, y suspira
fuertemente, y sus ojos brillan de llanto.
- Estamos entre tercia y sexta. Creo que sería conveniente ponernos en marcha» dice Zacarías.
Todos se levantan para ponerse los mantos y comenzar a salir.
Pero María se adelanta y se arrodilla en el umbral de la puerta con los brazos extendidos, un pequeño querubín
suplicante:
-¡Padre, Madre, vuestra bendición!.
No llora la fuerte pequeña; pero los labiecitos sí tiemblan, y la voz, rota por un interno sollozo, presenta más que nunca
el tembloroso gemido de una tortolita. La carita está más pálida y el ojo tiene esa mirada de resignada angustia que — más
fuerte, hasta el punto de llegar a no poderse mirar sin que produzca un profundo sufrimiento — veré en el Calvario y ante el
Sepulcro.
Sus padres la bendicen y la besan. Una, dos, diez veces. No se sacian de besarla... Isabel llora en silencio. Zacarías,
aunque quiera no dar muestras de ello, está también conmovido.
Salen. María entre su padre y su madre, como antes; delante, Zacarías y su mujer...
Ahora están dentro del recinto del Templo.
- Voy a ver al Sumo Sacerdote. Vosotros subid hasta la Gran Terraza.
Atraviesan tres atrios y tres patios superpuestos... Ya están al pie del vasto cubo de mármol coronado de oro. Cada una
de las cúpulas, convexas como una media naranja enorme, resplandece bajo el sol, que cae a plomo, ahora que es
aproximadamente mediodía, en el amplio patio que rodea a la solemne edificación, y llena el vasto espacio abierto y la amplia
escalinata que conduce al Templo. Sólo el pórtico que hay frente a la escalinata, a lo largo de la fachada, está en sombra, y la
puerta, altísima, de bronce y oro, con tanta luz, aparece aún más oscura y solemne.

Por el intenso sol, María parece aún más de nieve. Ahí está, al pie de la escalinata, entre sus padres. ¡Cómo debe latirles
el corazón a los tres! Isabel está al lado de Ana, pero un poco retrasada, como medio paso.
Un sonido de trompetas argentinas y la puerta gira sobre los goznes, los cuales, al moverse sobre las esferas de bronce,
parecen producir sonido de cítara. Se ve el interior, con sus lámparas en el fondo. Un cortejo viene desde allí hacia el exterior.
Es un pomposo cortejo acompañado de sonidos de trompetas argénteas, nubes de incienso y luces.
Ya ha llegado al umbral; delante, el que debe ser el Sumo Sacerdote: un anciano solemne, vestido de lino finísimo,
cubierto con una túnica más corta, también de lino, y sobre ésta una especie de casulla, recuerda en parte a la casulla y en parte
al paramento de los Diáconos, multicolor: púrpura y oro, violáceo y blanco se alternan en ella y brillan como gemas al sol; y dos
piedras preciosas resplandecen encima de los hombros más vivamente aún (quizás son hebillas con un engaste precioso); al
pecho lleva una ancha placa resplandeciente de gemas sujeta con una cadena de oro; y colgantes y adornos lucen en la parte de
abajo de la túnica corta, y oro en la frente sobre la prenda que cubre su cabeza (una prenda que me recuerda a la de los
sacerdotes ortodoxos, con su mitra en forma de cúpula en vez de en punta como la mitra católica).
El solemne personaje avanza, solo, hasta el comienzo de la escalinata, bajo el oro del sol, que le hace todavía más
espléndido. Los otros esperan, abiertos en forma de corona, fuera de la puerta, bajo el pórtico umbroso. A la izquierda hay un
cándido grupo de niñas, con Ana, la profetisa, y otras maestras ancianas.
El Sumo Sacerdote mira a la Pequeña y sonríe. ¡Debe parecerle bien pequeñita al pie de esa escalinata digna de un
templo egipcio! Levanta los brazos al cielo para pronunciar una oración. Todos bajan la cabeza como anonadados ante la
majestad sacerdotal en comunión con la Majestad eterna.
Luego... una señal a María, y Ella se separa de su madre y de su padre y sube, sube como hechizada. Y sonríe, sonríe a la
zona del Templo que está en penumbra, al lugar en que pende el preciado Velo... Ha llegado a lo alto de la escalinata, a los pies
del Sumo Sacerdote, que le impone las manos sobre la cabeza. La víctima ha sido aceptada. ¿Alguna vez había tenido el Templo
una hostia más pura?
Luego se vuelve y, pasando la mano por el hombro de la Corderita sin mancha, como para conducirla al altar, la lleva a
la puerta del Templo y, antes de hacerla pasar pregunta:
- María de David, ¿conoces tu voto?
Ante el «sí» argentino que le responde, él grita:
- Entra, entonces. Camina en mi presencia y sé perfecta.
Y María entra y desaparece en la sombra, y el cortejo de las vírgenes y de las maestras, y luego de los levitas, la ocultan
cada vez más, la separan... Ya no se la ve...
La puerta se vuelve, girando sobre sus armoniosos goznes. Una abertura, cada vez más estrecha, permite todavía ver al
cortejo, que se va adentrando hacia el Santo. Ahora es sólo una rendija. Ahora ya nada. Cerrada.
Al último acorde de los sonoros goznes responde un sollozo de los dos ancianos y un grito único: « ¡María! ¡Hija!».
Luego dos gemidos invocándose mutuamente: « ¡Ana, Joaquín!». Luego, como final: «Glorifiquemos al Señor, que la recibe en
su Casa y la conduce por sus caminos».
Y todo termina así.
Dice Jesús:
El Sumo Sacerdote había dicho: "Camina en mi presencia y sé perfecta". El Sumo Sacerdote no sabía que estaba
hablándole a la Mujer que, en perfección, es sólo inferior a Dios. Mas hablaba en nombre de Dios y, por tanto, su imperativo era
sagrado. Siempre sagrado, pero especialmente a la Repleta de Sabiduría.
María había merecido que la "Sabiduría viniera a su encuentro tomando la iniciativa de manifestarse a Ella", porque
"desde el principio de su día Ella había velado a su puerta y, deseando instruirse, por amor, quiso ser pura para conseguir el
amor perfecto y merecer tenerla como maestra".
En su humildad, no sabía que la poseía antes de nacer y que la unión con la Sabiduría no era sino un continuar los
divinos latidos del Paraíso. No podía imaginar esto. Y cuando, en el silencio del corazón, Dios le decía palabras sublimes, Ella,
humildemente, pensaba que fueran pensamientos de orgullo, y elevando a Dios un corazón inocente suplicaba: "¡Piedad de tu
sierva, Señor!".
En verdad, la verdadera Sabia, la eterna Virgen, tuvo un solo pensamiento desde el alba de su día: "Dirigir a Dios su
corazón desde los albores de la vida y velar para el Señor, orando ante el Altísimo", pidiendo perdón por la debilidad de su
corazón, como su humildad le sugería creer, sin saber que estaba anticipando la solicitud de perdón para los pecadores que
haría al pie de la Cruz junto con su Hijo moribundo.
"Luego, cuando el gran Señor lo quiera, Ella será colmada del Espíritu de inteligencia", y entonces comprenderá su
sublime misión. Por ahora no es más que una párvula que, en la paz sagrada del Templo, anuda, "reanuda", cada vez de forma
más estrecha, sus coloquios, sus afectos, sus recuerdos, con Dios.
Esto es para todos.
Pero, para ti, pequeña María (se dirige aquí a María Valtorta), ¿no tiene ninguna cosa particular que decir tu Maestro?
"Camina en mi presencia, sé por tanto perfecta". Modifico ligeramente la sagrada frase y te la doy por orden. Perfecta en el
amor, perfecta en la generosidad, perfecta en el sufrir.
Mira una vez más a la Madre. Y medita en eso que tantos ignoran, o quieren ignorar, porque el dolor es materia
demasiado ingrata para su paladar y para su espíritu. El dolor. María lo tuvo desde las primeras horas de la vida. Ser perfecta
como Ella era poseer también una perfecta sensibilidad. Por eso, el sacrificio debía serle más agudo; mas, por eso mismo, más
meritorio. Quien posee pureza posee amor, quien posee amor posee sabiduría, quien posee sabiduría posee generosidad y
heroísmo, porque sabe el porqué de por qué se sacrifica.
¡Arriba tu espíritu, aunque la cruz te doble, te rompa, te mate! Dios está contigo».

9
La muerte de Joaquín y Ana fue dulce, después de una vida de sabia fidelidad a Dios en las pruebas.
Dice Jesús:
- Como un rápido crepúsculo de invierno en que un viento de nieve acumule nubes en el cielo, la vida de mis abuelos
conoció rápida la noche, una vez que su Sol se había quedado fijo resplandeciendo ante la sagrada Cortina del Templo.
Pero, ¿acaso no fue dicho: "La Sabiduría inspira vida a sus hijos, toma bajo su protección a los que la buscan... Quien la
ama ama la vida, y quien está en vela por ella gozará de su paz. Quien la posee heredará la vida... Quien la sirve rendirá
obediencia al Santo, y a quien la ama Dios lo ama mucho... Si cree en ella la tendrá como herencia y le será como tal confirmada
a su posteridad porque lo acompaña en la prueba. En primer lugar le elige, luego enviará sobre él temores, miedos y pruebas, le
atormentará con el flagelo de su disciplina, hasta haberle probado en sus pensamientos y poder fiarse de él. Mas luego le dará
estabilidad, volverá a él por recto camino y le alegrará. Le descubrirá sus arcanos, pondrá en él tesoros de ciencia y de
inteligencia en la justicia"?
Sí, todo esto fue dicho. Los libros sapienciales son aplicables a todos los hombres, que en ellos tienen un espejo de sus
comportamientos y una guía. Mas dichosos aquellos que puedan ser reconocidos como amantes espirituales de la Sabiduría.
Yo me circundé de una parentela mortal de sabios. Ana, Joaquín, José, Zacarías y, más aún, Isabel y luego el Bautista,
¿no son, acaso, verdaderos sabios? Y eso sin hablar de mi Madre, en la cual la Sabiduría había hecho morada.
Desde la juventud hasta la tumba, la Sabiduría había inspirado a mis abuelos la manera de vivir de forma grata a Dios; y,
como un toldo que protege de la violencia de los elementos, los había protegido del peligro de pecar. El santo temor de Dios es
base del árbol de la sabiduría, que, a partir de aquél, se desarrolla impetuoso con todas sus ramas para alcanzar con su copa el
amor tranquilo en su paz, el amor pacífico en su seguridad, el amor seguro en su fidelidad, el amor fiel en su intensidad, el amor
total, generoso, activo de los santos.
"Quien la ama ama la vida y recibirá en herencia la Vida" dice el Eclesiástico. Pues bien, esto se funde con mi: 'Aquel
que pierda la vida por amor mío, la salvará". Porque no se habla de la pobre vida de esta tierra, sino de la eterna; no de las
alegrías de una hora, sino de las inmortales.
Joaquín y Ana la amaron en ese sentido. Y ella estuvo con ellos en las pruebas.
¡Cuántas, vosotros, que, pensando que no sois completamente malvados, querríais no tener que llorar ni sufrir nunca!
¡Cuántas pruebas sufrieron estos dos justos que merecieron tener por hija a María! La persecución política que los arrojó de la
tierra de David, empobreciéndolos excesivamente. La tristeza de ver caer en la nada los años sin que una flor les dijese: "Yo os
continuaré". Y luego la congoja por haberla tenido a una edad en que ciertamente no la iban a ver hacerse mujer. Y, más tarde,
el tener que arrancarse de su corazón esta flor para depositarla sobre el altar de Dios. Y el vivir en un silencio más oprimente
aún que el primero, ahora que se habían acostumbrado al gorjeo de su tortolita, al rumor de sus pasitos, a las sonrisas, a los
besos de su criatura; y esperar en el recuerdo la hora de Dios. Y más, y más todavía: enfermedades, calamidades por la
intemperie, abusos de los poderosos... muchos golpes de ariete contra el débil castillo de su modesta prosperidad. Y no acaba
aquí todo: el dolor de esa criatura lejana, que se quedaba sola y pobre, y que, a pesar de todas las atenciones y todos los
sacrificios, no tendría sino un resto del bien paterno. ¿Y cómo podía encontrarlo, si durante años todavía quedaría yermo,
cerrado, esperándola? Temores, miedos, pruebas y tentaciones. Y fidelidad, fidelidad, fidelidad, siempre, a Dios.
La tentación más fuerte: no negarse el consuelo de su hija en torno a su vida ya declinante. Pero, los hijos son de Dios
antes que de los padres. Todos los hijos pueden decir lo que Yo le dije a mi Madre: "¿No sabes que debo ocuparme de los
intereses del Padre de los Cielos?". Y todas las madres y todos los padres deben aprender la actitud a guardar en estos casos,
mirando a María y a José en el Templo, a Ana y a Joaquín en la casa de Nazaret, cada vez más vacía y triste, aunque, no obstante,
en ella una cosa no disminuyese nunca, sino que, al contrario, crecía cada vez más: la santidad de dos corazones, la santidad de
una unión matrimonial.
¿Qué luz le queda a Joaquín, enfermo; qué luz le queda a su dolorida esposa en las largas y silenciosas tardes propias de
ancianos que se sienten morir? Los vestiditos, las primeras sandalitas, los pobres juguetitos de su criatura lejana, y los
recuerdos, los recuerdos, los recuerdos. Y, con éstos, una paz que proviene del poder decir: "Sufro, pero he cumplido mi deber
de amor hacia Dios".
Pues bien, he aquí que se produce una alegría sobrehumana de celestial brillo, no conocida por los hijos de este mundo,
y que no se opaca por el hecho de que un grave párpado descienda sobre dos ojos que mueren, sino que en la postrera hora
resplandece más, e ilumina verdades que habían estado dentro durante toda la vida, cerradas como mariposas en su capullo,
que daban señales de estar dentro de ellos sólo por unos suaves movimientos de ligeros destellos, mientras que ahora abren sus
alas de sol mostrando las palabras que las decoran. Y la vida se apaga en el conocimiento de un futuro beato para ellos y para su
estirpe, bendiciendo a su Dios.
Así fue la muerte de mis abuelos, como era justo que fuera por su vida santa. Por la santidad merecieron ser los
primeros depositarios de la Amada de Dios, y, sólo cuando un Sol mayor se mostró en su vital ocaso, ellos intuyeron la gracia
que Dios les había concedido.
Por la santidad que tuvieron, Ana no padeció la tortura propia de la puérpera, sino que experimentó el éxtasis de quien
llevó a la Sin Culpa. No sufrieron la angustia de la agonía, sino que fueron languidez que se apaga, como dulcemente se apaga

una estrella cuando el Sol sale con la aurora. Y, si bien no experimentaron el consuelo de tenerme como Encamada Sabiduría,
como me tuvo José, Yo, no obstante, estaba allí, invisible Presencia que decía sublimes palabras, inclinado hacia su almohada
para adormecerlos en la paz en espera del triunfo.
Hay quien dice: "¿Por qué no debieron sufrir al generar y al morir, puesto que eran hijos de Adán?". A éste le respondo:
"Si el Bautista, hijo de Adán y concebido con la culpa de origen, fue presantificado en el seno de su madre porque Yo le visité,
¿ninguna gracia va a haber recibido la madre santa de la Santa sin Mancha, de la Preservada por Dios que llevó consigo a Dios en
su espíritu casi divino y en el corazón embrional, y que no se separó nunca de Él desde que fue pensada por el Padre, desde que
fue concebida en un seno, hasta que retornó a poseer a Dios plenamente en el Cielo para una eternidad gloriosa?". A éste le
respondo: "La recta conciencia proporciona una muerte serena y las oraciones de los santos os obtienen tal muerte".
Joaquín y Ana tenían toda una vida de recta conciencia a sus espaldas, y ésta se alzaba como sosegado panorama y los
guió hasta el Cielo; y tenían a la Santa en oración por ellos, sus padres lejanos, ante el Tabernáculo de Dios. Dios, Bien supremo,
era antes que ellos, pero Ella amaba a sus padres, como querían la ley y el sentimiento, con un amor sobrenaturalmente
perfecto.

10
Cántico de María. Ella recordaba cuanto su espíritu había visto en Dios.
Hasta ayer por la tarde, viernes, no se me ha iluminado la mente para ver. Y he visto solamente esto. He visto a una
María muy joven, una María de como mucho doce años, cuyo rostro no presenta ya esas redondeces propias de la infancia, sino
que devela los futuros contornos de la mujer en el perfil oval que ya se va alargando. Por lo que respecta al pelo, ya no es aquel
que caía suelto sobre el cuello con sus ligeros rizos, sino que está recogido en dos gruesas trenzas de un oro palidísimo, de lo
claro que es el pelo, parece como si estuviera mezclado con plata, que siguiendo los hombros bajan hasta las caderas. El rostro
aparece más pensativo, más maduro, aunque siga siendo el rostro de una niña, de una hermosa y pura niña que, toda vestida de
blanco, cose en una habitacioncita muy pequeña y también toda blanca, por cuya ventana abierta de par en par se ve el edificio
imponente y central del Templo, y toda la bajada de las escalinatas de los patios, de los pórticos, y, al otro lado de la muralla, la
ciudad con sus calles y casas y jardines, y, al fondo, la cima protuberante y verde del Monte de los Olivos.
Cose y canta en voz baja. No sé si se trata de un canto sacro. Dice:
«Como una estrella dentro de un agua clara
me resplandece una luz en el fondo del corazón.
Desde la infancia, de mí no se separa
y dulcemente me guía con amor.
En lo más hondo del corazón hay un canto.
¿De dónde venir podrá?
¡Oh, hombre, tú lo ignoras!
De donde descansa el Santo.
Yo miro mi estrella clara
y no quiero cosa que no sea,
aunque fuera la más dulce y estimada,
esta dulce luz que es toda mía.
Me trajiste de los altos Cielos,
Estrella, al interior de un seno de madre.
Ahora vives en mí; mas allende los velos
te veo, rostro glorioso del Padre.
¿Cuándo a tu sierva darás el honor
de ser humilde esclava del Salvador?
Manda, del Cielo mándanos al Mesías.
Acepta, Padre Santo, la ofrenda de María».
María calla, sonríe y suspira, y luego se pone de rodillas en oración. Su carita es toda una luz. Alta, elevada hacia el azul
terso de un bonito cielo estival, parece como si aspirase toda su luminosidad y la irradiara. O, más exactamente, parece como si
de su interior un escondido Sol irradiase sus luces y encendiera la nieve apenas rosada de la carne de María y se vertiera,
llegando a las cosas y al Sol que resplandece sobre la tierra, bendiciendo y prometiendo abundancia de bienes.
Estando María a punto de ponerse en pie después de su amorosa oración, permaneciendo en su rostro una luminosidad
de éxtasis, entra la anciana Ana de Fanuel y se detiene atónita, o, por lo menos, admirada del acto y del aspecto de María.
La llama: «María», y la Niña se vuelve con una sonrisa, distinta pero como siempre muy bonita, y saluda diciendo: «Ana,
paz a ti».
-¿Estabas orando? ¿No te es suficiente nunca la oración?.
- La oración me sería suficiente. Pero yo hablo con Dios. Ana, tú no puedes saber qué cercano a mí lo siento; más que
cercano, en el corazón. Dios me perdone tal soberbia. Es que yo no me siento sola. ¿Ves? Allí, en aquella casa de oro y de nieve,
detrás de la doble Cortina, está el Santo de los Santos, y jamás ojo alguno, aparte del del Sumo Sacerdote, puede detenerse en el
Propiciatorio, sobre el que descansa la gloria del Señor. Mas yo no tengo necesidad de mirar con toda el alma veneradora a ese
doble Velo bordado, que palpita con las ondas de los cantos virginales y de los levitas y que huele a preciosos inciensos, como

para perforar su cohesión y ver así la luz irradiada por el Testimonio. ¡Pero sí que miro! No temas que no mire con ojo venerador
como todo hijo de Israel. No temas que el orgullo me ciegue haciéndome pensar esto que ahora te digo. Yo miro, y no hay
ningún humilde siervo en el pueblo de Dios que mire más humildemente la Casa de su Señor que como yo la miro, convencida
como estoy de ser la más pequeña de todos. Pero, ¿qué es lo que veo? Un velo. ¿Qué pienso al otro lado del Velo? Un
Tabernáculo. ¿Y en él? Mas si miro a mi corazón, he aquí que veo a Dios resplandecer en su gloria de amor y decirme: "Te amo",
y yo le digo: "Te amo", y me deshago y me rehago con cada uno de los latidos del corazón en este beso recíproco... Estoy entre
vosotras, mis queridas maestras y compañeras, pero un círculo de fuego me aísla de vosotras. Dentro de ese círculo, Dios y yo. Y
os veo a través del Fuego de Dios y así os amo... mas no puedo amaros según la carne, como jamás podré amar a nadie según la
carne, sino sólo a Este que me ama, y según el espíritu. Conozco mi destino. La Ley secular de Israel quiere de toda niña una
esposa y de toda esposa una madre. Pero yo, no sin obedecer a la Ley, obedezco a la Voz que me dice: "Yo te quiero para mí", y
permaneceré siempre virgen. ¿Cómo podré hacerlo? Esta dulce, invisible Presencia que está conmigo me ayudará, porque ella
desea eso. Yo no temo. Ya no tengo ni padre ni madre... y sólo el Eterno sabe cómo en ese dolor se quemó cuanto yo tenía de
humano. Ardió con dolor atroz. Ahora sólo tengo a Dios. A Él, por tanto, le presto obediencia ciegamente... Lo habría hecho
incluso contra el padre y la madre, porque la Voz me enseña que quien quiere seguirla debe pasar por encima del padre y de la
madre, amorosas patrullas de ronda en torno a los muros del corazón filial, al que quieren conducir a la alegría según sus
caminos... y no saben que hay otros caminos de infinita alegría. Yo les habría dejado los vestidos y el manto, con tal de seguir la
Voz que me dice: "¡Ven, dilecta mía, esposa mía!". Les habría dejado todo; y las perlas de las lágrimas — porque habría llorado
por tener que desobedecer —, y los rubíes de mi sangre — que hasta a la muerte habría desafiado por seguir la Voz que llama —
les habrían dicho que hay algo más grande que el amor de un padre y una madre, y más dulce: la Voz de Dios. Pero ahora su
voluntad me ha dejado libre incluso de este lazo de piedad filial. Ya de por sí no habría habido lazo. Eran dos justos, y Dios,
ciertamente, hablaba en ellos como me habla a mí. Habrían seguido la justicia y la verdad. Cuando pienso en ellos, pienso que
están en la quietud de la espera entre los Patriarcas, y acelero con mi sacrificio la venida del Mesías para abrirles las puertas del
Cielo. En la tierra yo me rijo, o sea, es Dios quien rige a su pobre sierva diciéndole sus preceptos, y yo los cumplo, porque
cumplirlos es mi alegría. Cuando llegue la hora, le diré a mi esposo mi secreto... y él lo acogerá en su interior.
- Pero, María... ¿con qué palabras lo vas a persuadir? Tendrás en contra el amor de un hombre, la Ley y la vida.
- Tendré conmigo a Dios... Dios abrirá a la luz el corazón de mi esposo... la vida perderá sus aguijones de sentido para
ser pura flor con perfume de caridad. La Ley... Ana, no me llames blasfema. Yo creo que la Ley pronto va a sufrir un cambio.
Pensarás: "¿quién puede cambiarla, si es divina?". Sólo quien la puede mutar: Dios. El tiempo está más próximo de lo que
pensáis, yo os lo digo. Leyendo a Daniel, una gran luz que venía del centro del corazón se me ha iluminado, y la mente ha
comprendido el sentido de las arcanas palabras. Serán abreviadas las setenta semanas por las oraciones de los justos. ¿Será
cambiado el número de los años? No. La profecía no miente; mas, la medida del tiempo profético no es el curso del Sol, sino el
de la Luna, y por ello os digo: "Cercana está la hora que oirá el vagido del Nacido de una Virgen". ¡Oh, si esta Luz que me ama
quisiera decirme — pues muchas cosas me dice — dónde está la mujer feliz que dará a luz el Hijo a Dios y el Mesías a su pueblo!
Caminando descalza recorrería la tierra; ni frío y hielo, ni polvo y canícula, ni fieras y hambre me serían obstáculo para llegar a
Ella y decirle: "Concédele a tu sierva y a la sierva de los siervos del Cristo vivir bajo tu techo. Haré girar la rueda del molino y la
prensa; como esclava ponme en el molino; como pastora, a tu rebaño; o para lavar los pañalitos a tu Nacido; ponme en tus
cocinas, en tus hornos... donde tú quieras, pero recíbeme. ¡Que yo lo pueda ver, que pueda oír su voz, recibir su mirada!". Y, si
no me admitiese, yo viviría, mendiga, a su puerta, de limosnas y escarnios, al raso o bajo el sol intenso, con tal de oír la voz del
Mesías niño y el eco de su risa, y luego verle pasar... y, quizás, un día recibiría de Él el óbolo de un pan... ¡Oh, aunque el hambre
me desgarrara las entrañas y desfalleciera después de tanto ayuno, yo no me comería ese pan! Lo tendría como un saquito de
perlas contra mi corazón y lo besaría para sentir el perfume de la mano del Cristo, y ya no tendría ni hambre ni frío, porque su
contacto me proporcionaría éxtasis y calor, éxtasis y alimento...
-¡Tú deberías ser la Madre del Cristo, tú que le amas de esa forma! ¿Por eso es por lo que quieres permanecer virgen?
-¡Oh, no! Yo soy miseria y polvo. No oso levantar la mirada hacia la Gloria. Por eso es por lo que prefiero mirar dentro
de mi corazón más que mirar al doble Velo, tras el cual sé que está la invisible Presencia de Yeohveh. Allí está el Dios terrible del
Sinaí. Aquí, en mí, veo al Padre nuestro, veo un amoroso Rostro que me sonríe y bendice, porque soy pequeña como un pajarillo
que el viento sujeta sin sentir su peso, y débil como tallito de muguete silvestre que sólo sabe florecer y perfumar, y no opone
más resistencia al viento que la de su perfumada y pura dulzura. ¡Dios, mi viento de amor! No, no es por eso, sino porque al
Nacido de Dios y de una Virgen, al Santo del Santísimo no le puede gustar sino lo que en el Cielo ha elegido como Madre y lo que
en la tierra le habla del Padre celestial: la Pureza. Si la Ley meditara en esto, si los rabíes, que la han multiplicado con todas las
sutilezas de su enseñanza, volviendo la mente a horizontes más altos, se sumergieran en lo sobrenatural, dejando de lado lo
humano y la ganancia que pretenden olvidando el Fin supremo, deberían, sobre todo, volver su enseñanza a la Pureza, para que
el Rey de Israel, cuando venga, la encuentre. Con el olivo del Pacífico, con las palmas del Triunfador, esparcid azucenas y
azucenas y azucenas... ¡Cuánta Sangre tendrá que derramar para redimirnos el Salvador! ¡Cuánta! De los miles de heridas que
Isaías vio en el Hombre de dolores, cae, cual rocío de un recipiente poroso, una lluvia de Sangre. ¡Que no caiga en el lugar de la
profanación y la blasfemia esta Sangre divina, sino en copas de fragante pureza que la acojan y recojan, para luego esparcirla
sobre los enfermos del espíritu, sobre los leprosos del alma, sobre los muertos a Dios! ¡Dad azucenas, azucenas dad para
enjugar, con la cándida vestidura de los pétalos puros, los sudores y las lágrimas del Cristo! ¡Dad azucenas, azucenas dad para el
ardor de su fiebre de Mártir! ¡Oh, ¿dónde estará esa Azucena que te lleva dentro; dónde, la que aplacará la quemazón que
padeces; dónde, la que se pondrá roja con tu Sangre y morirá por el dolor de verte morir; dónde, la que llorará ante tu Cuerpo
desangrado?! ¡Oh, Cristo, Cristo, suspiro mío!....
María queda en silencio, llorando y abatida.
Ana está un rato en silencio. Luego, con su voz blanca de anciana conmovida, dice:

-¿Tienes algo más que enseñarme, María?
María se estremece. Debe haber creído, en su humildad, que su maestra la haya reprendido y dice: -¡Perdón! Tú eres
maestra, yo soy una pobre nada. Es que esta Voz me sube del corazón. Yo la tengo bien vigilada, para no hablar; pero, cual río
que por el ímpetu de la ola rompe las presas, ahora me ha prendido y se ha desbordado. No tengas en cuenta mis palabras y
mortifica mi presunción. Las arcanas palabras deberían estar en el arca secreta del corazón al que Dios, en su bondad, favorece.
Lo sé. Pero, tan dulce es esta invisible Presencia, que me embriaga... ¡Ana, perdona a tu pequeña sierva!.
Ana la estrecha contra sí, y todo el viejo rostro rugoso tiembla y brilla de llanto. Las lágrimas se insinúan entre las
arrugas como agua por terreno accidentado que se transforma en un trémulo regatillo. No obstante, la anciana maestra no
suscita risa, sino que, al contrario, su llanto promueve la más alta veneración.
María está entre sus brazos, su carita contra el pecho de la anciana maestra, y todo termina así.
Dice Jesús:
- María tenía el recuerdo de Dios. Soñaba con Dios. Creía soñar. No hacía sino ver de nuevo cuanto su espíritu había
visto en el fulgor del Cielo de Dios, en el instante en que había sido creada para ser unida a la carne concebida en la tierra.
Condividía con Dios, si bien de forma mucho menor, por exigencia de justicia, una de las propiedades de Dios: la de recordar, ver
y prever, por el atributo de una inteligencia no lesionada por la Culpa, y, por tanto, poderosa y perfecta.
El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Una de las semejanzas está en la posibilidad, para el espíritu,
de recordar, ver y prever. Esto explica la facultad de leer el futuro, facultad que viene, muchas veces y directamente, por
voluntad divina, otras por el recuerdo, que se alza, como Sol en una mañana, iluminando un cierto punto del horizonte de los
siglos precedentemente visto desde el seno de Dios.
Son misterios demasiado altos como para que podáis comprenderlos plenamente. Eso sí, reflexionad.
¿Esa Inteligencia suprema, ese Pensamiento que lo sabe todo, esa Vista que lo ve todo, que os crea con un movimiento
de su voluntad y con el hálito de su amor infinito, haciéndoos hijos suyos por origen e hijos suyos por destino, podrá daros algo
que sea distinto de Él? Os lo da en proporción infinitesimal, porque la criatura no podría contener al Creador, mas esa parte es,
en su infinitesimal, perfecta y completa.
¡Cuán grande el tesoro de inteligencia que dio Dios al hombre, a Adán! La culpa lo ha menoscabado, mas mi Sacrificio lo
reintegra y os abre los fulgores de la Inteligencia, sus ríos, su ciencia. ¡Oh, sublimidad de la mente humana unida por la Gracia a
Dios, copartícipe de la capacidad de Dios de conocer!... De la mente humana unida por la Gracia a Dios.
No hay otro modo; que lo tengan presente los que anhelan conocer secretos ultrahumanos. Toda cognición que no
venga de alma en gracia — y no está en gracia aquel que se manifiesta contrario a la Ley divina, cuyos preceptos son muy claros
— sólo puede venir de Satanás, y difícilmente corresponde a verdad por lo que se refiere a cuestiones humanas, y nunca
responde a verdad por lo que respecta a lo sobrehumano, porque el Demonio es padre de la mentira y a quien arrastra consigo
lo lleva por el sendero de la mentira. No existe ningún otro método para conocer la verdad, sino el que viene de Dios. Y Dios
habla y dice o hace recordar, del mismo modo como un padre a un hijo le hace recordar la casa paterna y dice: "¿Te acuerdas
cuando conmigo hacías esto, veías aquello, oías aquello otro? ¿Te acuerdas cuando yo te despedía con un beso? ¿Te acuerdas
cuando me viste por primera vez, cuando viste el fulgurante sol de mi rostro en tu alma virgen, instantes antes creada y aún
exenta — puesto que acababa de salir de mí — de la debilidad que después te consumiera? ¿Te acuerdas de cuando
comprendiste en un latido de amor lo que es el Amor y cuál es el misterio de nuestro Ser y Proceder?". Y cuando la capacidad
limitada del hombre en gracia no llega a comprender, entonces el Espíritu de ciencia habla y enseña.
Pero para poseer al Espíritu es necesaria la Gracia. Y para poseer la Verdad y la Ciencia es necesaria la Gracia. Y para
tener consigo al Padre es necesaria la Gracia, Tienda en que las tres Personas hacen morada, Propiciatorio en que reside el
Eterno y habla, no desde dentro de la nube, sino mostrando su Rostro al hijo fiel. Los santos tienen el recuerdo de Dios, de las
palabras oídas en la Mente creadora y resucitadas por la Bondad en su corazón para elevarlos como águilas en la contemplación
de la Verdad, en el conocimiento del Tiempo.
María era la Llena de Gracia. Toda la Gracia Una y Trina estaba en Ella. Toda la Gracia Una y Trina la preparaba como
esposa para la boda, como tálamo para la prole, como divina para su maternidad y para su misión. Ella es la que cierra el ciclo de
las profetisas del Antiguo Testamento y abre el de los "portavoces de Dios" en el Nuevo Testamento.
Verdadera Arca de la Palabra de Dios, mirando en su interior eternamente inviolado, descubría, trazadas por el dedo de
Dios sobre su corazón inmaculado, las palabras de ciencia eterna, y recordaba, como todos los santos, haberlas oído ya al ser
generada con su espíritu inmortal por Dios Padre, creador de todo lo que tiene vida. Y, si no recordaba todo de su futura misión,
era porque en toda perfección humana Dios deja algunas lagunas, por ley de una divina prudencia que es bondad y mérito para
y hacia la criatura.
María, segunda Eva, tuvo que conquistarse su parte de mérito de ser la Madre del Cristo; con una fiel, buena voluntad.
Esto quiso también Dios en su Cristo para hacerle Redentor.
El espíritu de María estaba en el Cielo. Su parte moral y su carne estaban en la tierra, y tenían que pisotear tierra y
carne para llegar hasta el espíritu y unirlo al Espíritu en un abrazo fecundo.
Nota mía. Todo el día de ayer había estado pensando que vería la noticia de la muerte de los padres, y, además — por
qué, no lo sé —, dado por Zacarías. Igualmente pensaba, a mi manera, cómo trataría Jesús el punto del «recuerdo de Dios por
parte de los santos». Esta mañana, cuando empezó la visión, he dicho: «Eso es, ahora le dirán que es huérfana». Y ya sentía
encogido mi corazón porque... se trataba de oír y ver la misma tristeza mía de estos días. Sin embargo, no hay nada de cuanto
había pensado ver y oír; pero es que ni una palabra por equivocación. Esto me consuela porque me dice que verdaderamente no
hay nada mío, ni siquiera una honesta sugestión respecto a un determinado punto. Todo viene realmente de otra fuente. Mi
continuo miedo cesa... hasta la próxima vez, porque este miedo de ser engañada y de engañar me acompañará siempre.

11
María confía su voto al Sumo Sacerdote.
3 de septiembre de 1944.
¡Qué noche de infierno! Verdaderamente parecía como si los demonios hubieran salido a la Tierra a pasear. Cañonazos,
truenos, relámpagos, peligro, miedo, sufrimiento por estar en una cama que no es mía... (estaban en la Segunda Guerra Mundial
y la guerra se desarrollaba cerca de su pueblo) Y, en medio, como una flor toda blanca y suave entre fogonazos y angustias, la
presencia de María, un poco más adulta que en la visión de ayer, pero todavía jovencita, con sus trenzas rubias sobre los
hombros, su vestido blanco y su mansa, recogida sonrisa, una sonrisa interior, vuelta al misterio glorioso que lleva dentro de su
corazón. Paso la noche comparando su aspecto dulce con la crueldad que hay en el mundo, y evocando sus palabras de ayer por
la mañana, canto de caridad viva, en contraste con el odio que hace que los hombres se despedacen...
Pues bien, esta mañana, de nuevo en el silencio de mi habitación, presencio esta escena.
María sigue estando en el Templo, y ahora sale del Templo propiamente dicho entre otras vírgenes.
Debe haberse llevado a cabo alguna ceremonia, pues un olor a inciensos se esparce por la atmósfera toda roja de un
hermoso ocaso, que yo diría que es de otoño avanzado, porque un cielo ya dulcemente cansado, como lo está en un octubre
sereno, se arquea sobre los jardines de Jerusalén, en los que el amarillo ocre de las hojas que pronto caerán dispone manchas
dorado-rojizas entre el verde-plata de los olivos.
La comitiva — mejor sería llamarla enjambre — cándida de las vírgenes cruza el patio posterior, sube la escalinata,
atraviesa un pórtico, entra en otro patio menos suntuoso, cuadrado, que como aperturas no tiene sino la que sirve para acceder
a él. Debe ser el patio dedicado a acoger las pequeñas moradas de las vírgenes reservadas para el Templo, porque cada una de
las jovencitas se dirige a su celda como una palomita a su nido, y asemejan verdaderamente a una bandada de palomas
separándose tras haberlas tenido agrupadas. Muchas — podría decir todas — hablan entre sí antes de dejarse, en voz baja pero
al mismo tiempo festiva. María guarda silencio. Sólo las saluda con afecto antes de separarse; luego se dirige a su habitacioncita,
que está en una de las esquinas a la derecha.
Se llega hasta Ella una maestra anciana, aunque no tanto como Ana de Fanuel.
- María, el Sumo Sacerdote te espera.
María la mira con cierto asombro, pero no hace preguntas. Se limita a responder:
- Voy inmediatamente.
No sé si la espaciosa sala en que entra es de la casa del Sacerdote o forma parte de los aposentos de las mujeres que
están dedicadas al Templo. Sé que es vasta y luminosa, puesta con gusto, y que en ella, además del Sumo Sacerdote (que con las
vestiduras que lleva aparece muy elegante), están Zacarías y Ana de Fanuel.
María se inclina profundamente en el umbral de la puerta y no entra hasta que el Sumo Sacerdote no le dice: «Pasa,
María. No temas». Ella se yergue y alza la cara, y entra lentamente, no por desgana, sino por un algo de involuntaria solemnidad
que la hace parecer más mujer.
Ana le sonríe para animarla y Zacarías la saluda con un: «Paz a ti, prima».
El Pontífice la observa atentamente. Luego le dice a Zacarías:
- Es patente en Ella la estirpe de David y Aarón.
- Hija, conozco tu gracia y tu bondad. Sé que cada día has ido creciendo en ciencia y gracia ante los ojos de Dios y de los
hombres. Sé que la voz de Dios susurra a tu corazón las más dulces palabras. Sé que eres la Flor del Templo de Dios y que un
tercer querubín está ante el Testimonio desde que tú llegaste; y quisiera que tu perfume siguiera subiendo con los inciensos
cada nuevo día. Pero, la Ley se expresa en modo distinto. Tú ya no eres una niña, sino una mujer. Y en Israel todas las mujeres
deben casarse para ofrecer a su hijo varón al Señor. Tú seguirás el precepto de la Ley. No temas, no te ruborices. No me olvido
de tu ofrecimiento. De hecho ya te la tutela la Ley al ordenar que todo hombre reciba de su estirpe la mujer; pero, aunque no
fuera así, yo lo haría, para no corromper tu magnífica sangre. ¿No conoces, María, a alguno de tu estirpe que pudiera ser tu
marido?.
María levanta su cara, todo roja de pudor, y, con un primer titileo de llanto, que resplandece orlando los párpados, y
con voz temblorosa, responde:
- Ninguno.
- No puede conocer a ninguno, puesto que entró aquí siendo niña, y la estirpe de David está demasiado castigada y
demasiado dispersa como para que las distintas ramas puedan reunirse y formar con sus frondas la copa de la palma regia - dice
Zacarías.
- Entonces le dejaremos a Dios que elija.

Las lágrimas, contenidas hasta ese momento, brotan y descienden hasta la trémula boca. María dirige una mirada
suplicante a su maestra.
Ana la socorre diciendo:
- María se ha prometido al Señor para gloria de Dios y para la salvación de Israel. Era sólo una niña que apenas sabía
pronunciar y ya se había ligado con un voto.
- Se debe a esto entonces tu llanto. No es por resistencia a la Ley.
- Es por esto... no por otro motivo. Yo te obedezco, Sacerdote de Dios.
- Esto confirma cuanto de ti me ha sido referido siempre. ¿Desde hace cuántos años eres virgen consagrada?.
- Yo creo que desde siempre. Antes de venir a este Templo ya me había ofrecido al Señor.
- Pero, ¿no eres tú la Niña que vino hace doce inviernos a pedirme entrar?.
- Sí.
- Y ¿cómo, entonces, puedes decir que ya eras de Dios?
- Si miro hacia atrás yo me veo ya consagrada... No tengo memoria de la hora en que nací, ni de cómo empecé a amar a
mi madre y a decirle a mi padre: "¡Oh, padre, yo soy tu hija!"... Pero sí recuerdo, aunque no a partir de cuándo, haber dado mi
corazón a Dios. Quizás fue con el primer beso que supe dar, con la primera palabra que supe pronunciar, con el primer paso que
supe dar... Sí, eso es, creo que mi primer recuerdo de amor lo encuentro junto a mi primer paso seguro... Mi casa... Mi casa tenía
un jardín lleno de flores... un huerto de árboles frutales y campos cultivados... y había un manantial allí, en el fondo, al pie del
monte, que manaba de una roca ahuecada en forma de gruta... estaba llena de hierbas largas y finas que pendían de todas
partes asemejando cascaditas verdes, y parecía como si llorasen porque las livianas hojitas, que en su espesura parecían un
bordado, tenían, todas, una gotita de agua que al caer sonaba como un cascabelito diminuto. Y también cantaba el manantial. Y
había aves en los olivos y en los manzanos de la pendiente que estaba hacia arriba del manantial, y palomas blancas venían a
lavarse en la balsa límpida de la fuente... Ya no me acordaba de todo esto porque había puesto todo mi corazón en Dios y,
aparte de mi padre y de mi madre, a quienes amé en vida y después de muertos, todas las demás cosas de la tierra habían
desaparecido de mi corazón... Pero tú me haces pensar en ello, Sacerdote... Debo buscar el momento en que me di a Dios... y
vuelven a la mente las cosas de los primeros años... Me gustaba esa gruta porque en ella oía una Voz, más dulce que el canto del
agua y de los pájaros, que me decía: "Ven, dilecta mía". Me gustaban esas hierbas diamantinas con sus gotas sonoras porque en
ellas veía el signo de mi Señor y me perdía diciéndome: "¿Ves qué grande es tu Dios, alma mía! El mismo que ha hecho los
cedros del Líbano para el aquilón ha hecho estas hojitas que ceden bajo el peso de un mosquito para alegría de tu ojo y para que
protejan tu piececito". Me gustaba aquel silencio de cosas puras: el viento leve, el agua de plata, la pulcritud de las palomas...
me gustaba esa paz que amparaba la gruta, descendiendo de los manzanos y de los olivos, ya enteramente en flor, ya repletos
de frutos... Y, no sé... me parecía que la Voz me dijese a mí, justamente a mí: "Ven, tú, aceituna especiosa; ven, tú, dulce pomo;
ven, tú, fuente sigilada; ven, tú, paloma mía"... Dulce era el amor de mi padre y de mi madre... dulce su voz cuando me
llamaba... ¡Ah, pero ésta, ésta...! ¡Oh!, yo creo que así la oiría en el Paraíso Terrenal aquella que fue culpable, y no sé cómo
pudo preferir un silbido a esta Voz de amor, cómo pudo apetecer otro conocimiento que no fuera Dios... Aún con el sabor a
leche materna en los labios, pero con el corazón ebrio de miel celestial, yo dije entonces: "Sí, voy. Tuya. Y mi carne no tendrá
otro señor aparte de Ti, Señor, de la misma forma que mi espíritu no tiene otro amor"... Y al decir esto me parecía estar
repitiendo cosas ya dichas precedentemente y estar cumpliendo un rito que ya había sido cumplido, y no me resultaba extraño
el Esposo elegido, puesto que yo ya conocía su ardor y mi vista se había formado bajo su luz y mi capacidad de amar había
hallado cumplimiento entre sus brazos. ¿Cuándo?... No lo sé. Yo diría que más allá de la vida, porque tengo la impresión de que
siempre ha sido mío, y de que yo siempre he sido suya, y de que yo existo porque Él me ha querido para sí, para alegría de su
Espíritu y del mío... 'Ahora obedezco, Sacerdote; pero, dime tú cómo debo actuar... No tengo ni padre ni madre. Sé tú mi guía.
- Dios te dará el esposo, y será santo, dado que en Dios te abandonas. Lo que harás será manifestarle tu voto.
-¿Y aceptará?
- Espero que sí. Ora, hija, para que él pueda comprender tu corazón. Ahora puedes marcharte. Que Dios te acompañe
siempre.
María se retira con Ana y Zacarías se queda con el Pontífice.
La visión cesa aquí.

12.
José designado para esposo de la Virgen.
Veo una rica sala, con un suelo bonito, cortinas, alfombras y muebles taraceados. Debe formar parte del Templo
todavía. Se deduce que hay sacerdotes (entre los cuales Zacarías) y muchos hombres de las más diversas edades, o sea, de los
veinte a los cincuenta años aproximadamente.
Están hablando unos con otros, bajo pero animadamente. Se los ve inquietos por algo que desconozco. Todos están
vestidos de fiesta, con vestidos nuevos o, al menos, recién lavados, como si estuvieran ataviados para una celebración. Muchos
se han quitado el paño con que se cubren la cabeza, otros todavía lo tienen puesto, especialmente los ancianos, mientras que
los jóvenes muestran sus cabezas descubiertas: unas rubio-oscuras, otras moreno-oscuras, algunas negrísimas, una — sólo ella
— rojo-cobre. Las cabelleras son generalmente cortas, pero algunas de ellas llegan hasta los hombros. No deben conocerse
todos entre sí porque se están observando con curiosidad. Pero parecen relacionados pues se ve que los apremia un
pensamiento común.

En una de las esquinas veo a José. Está hablando con un anciano de aspecto robusto y vigoroso. José tendrá unos
treinta años. Es un hombre apuesto; pelo corto, más bien rizado, de un castaño oscuro como el de la barba y el bigote, que velan
un mentón bien conformado y suben hacia las mejillas moreno-rojizas, no aceitunadas como en el caso de otras personas
morenas; tiene ojos oscuros, buenos y profundos, muy serios, incluso yo diría que un poco tristes. Sin embargo, cuando sonríe
— como está haciendo en este momento —aparecen alegres y juveniles. Está vestido todo de marrón claro, de forma muy
simple pero muy ordenada.
Entra un grupo de jóvenes levitas. Se disponen entre la puerta y una mesa larga y estrecha que está cerca de la pared
en cuyo centro se encuentra la puerta, la cual queda abierta de par en par; sólo una cortina tensa, que pende hasta unos veinte
centímetros del suelo, sigue cubriendo el vano.
La curiosidad se acentúa. Y más aún cuando una mano separa la cortina para dejar paso a un levita que lleva en los
brazos un haz de ramas secas sobre el cual ha sido depositada delicadamente una ramilla florecida, una ligera espuma de
pétalos blancos que apenas muestran un rosáceo esfumado que desde el centro se irradia, atenuándose cada vez más, hasta el
extremo de los livianos pétalos. El levita deposita el haz de ramas encima de la mesa con exquisito cuidado para no lesionar el
milagro de esa rama en flor en medio de tanta hojarasca.
Un murmullo recorre la sala. Los cuellos se alargan, las miradas se hacen más penetrantes, como para poder ver.
Zacarías, con los sacerdotes, también trata de ver, estando como está más cerca de la mesa, pero no ve nada.
José, desde su esquina, apenas dirige los ojos hacia el haz de ramas, y, cuando su interlocutor le dice algo, él hace un
gesto denegatorio como de quien dice: «¡Imposible!», y sonríe.
Un toque de trompeta desde el otro lado de la cortina. Todos guardan silencio y se disponen en perfecto orden mirando
hacia la puerta, ahora enteramente abierta, dado que a la cortina la hacen deslizarse sobre sus anillos. Rodeado de otros
ancianos, entra el Sumo Pontífice. Todos se postran. El Pontífice se acerca a la mesa y, en pie, comienza a hablar:
- Hombres de la estirpe de David, que habéis convenido en este lugar por convocatoria mía, escuchad. El Señor ha
hablado, ¡gloria a Él! De su Gloria un rayo ha descendido y, como sol de primavera, ha dado vida a una rama seca, y ésta ha
florecido milagrosamente cuando ninguna rama de la tierra hoy está en flor, hoy, último día de las Luminarias, cuando aún no se
ha derretido la nieve caída sobre las alturas de Judá y es lo único cándido que hay entre Sión y Betania. Dios ha hablado
haciéndose padre y tutor de la Virgen de David, que no tiene tutor alguno aparte de Dios. Santa doncella, gloria del Templo y de
la estirpe, ha merecido la palabra de Dios para conocer el nombre del esposo grato al Eterno. ¡Muy justo debe ser para haber
sido elegido por el Señor para tutelar a su amada Virgen! Por ello nuestro dolor de perderla se aplaca, y cesa toda preocupación
acerca de su destino como esposa. Y a aquel que ha sido señalado por Dios le confiamos, plenamente seguros, la Virgen que
posee la bendición de Dios y la nuestra. El nombre del prometido es José de Jacob, betlemita, de la tribu de David, carpintero en
Nazaret de Galilea. José, acércate; el Sumo Sacerdote te lo ordena.
Gran murmullo. Cabezas que se vuelven, ojos y manos que señalan, expresiones de desilusión y expresiones de alivio.
Alguno, especialmente entre los viejos, debe haberse sentido contento de no haber sido destinado para ello.
José, muy colorado y visiblemente turbado, se abre paso. Ya está ante la mesa, frente al Pontífice, al cual ha saludado
con reverencia.
- Venid todos y mirad el nombre grabado en la rama. Coja cada uno su ramilla, para asegurarse de que no hay trampa.
Los hombres obedecen. Miran la ramilla que delicadamente tiene el Sumo Sacerdote; cada uno coge la suya: unos la
rompen, otros la guardan. Todos miran a José: hay quien mira y calla, otros lo felicitan. El anciano con el que antes estaba
hablando dice:
-¿No te lo había dicho, José? ¡Quien menos se siente seguro es el que vence la partida!. Ya han pasado todos.
E1 Sumo Sacerdote da a José la ramilla florecida, y, poniéndole la mano en el hombro, le dice:
- No es rica, y tú lo sabes, la esposa que Dios te dona, pero posee todas las virtudes. Hazte cada día más digno de Ella.
En Israel no hay flor alguna tan linda y pura como Ella. Salid todos ahora. Que se quede José; y tú, Zacarías, pariente, trae a la
prometida.
Salen todos, excepto el Sumo Sacerdote y José. Vuelven a correr la cortina, cubriendo así la puerta.
José está todo humilde junto al majestuoso Sacerdote. Una pausa silenciosa y éste le dice:
- María debe manifestarte un voto que ha hecho. Ayúdala en su timidez. Sé bueno con la mujer buena.
- Pondré mi virilidad a su servicio y ningún sacrificio por Ella me pesará. Estáte seguro de ello.
Entra María con Zacarías y Ana de Fanuel.
- Ven, María - dice el Pontífice - Éste es el esposo que Dios te ha destinado. Es José de Nazaret. Regresarás, por tanto, a
tu ciudad. Ahora os voy a dejar. Que Dios os dé su bendición. Que el Señor os mire y os bendiga, os muestre su rostro y tenga
siempre piedad de vosotros. Que vuelva a vosotros su rostro y os dé la paz.
Zacarías sale escoltando al Pontífice. Ana felicita al prometido y luego también sale.
Los dos prometidos están el uno enfrente del otro. María, toda colorada, tiene la cabeza agachada. José, también
ruborizado, la observa buscando las primeras palabras que decir.
Al fin las encuentra y una sonrisa ilumina su rostro. Dice:
- Te saludo, María. Te vi cuando eras una niña de pocos días... Yo era amigo de tu padre y tengo un sobrino de mi
hermano Alfeo que era muy amigo de tu madre, su pequeño amigo, pues ahora no tiene más que dieciocho años, y, cuando tú
todavía no habías nacido, siendo sólo un niñito, ya alegraba las tristezas de tu madre, que lo quería mucho. No nos conoces
porque viniste aquí siendo muy pequeñita. Pero en Nazaret todos te quieren y piensan en ti, y hablan de la pequeña María de
Joaquín, cuyo nacimiento fue un milagro del Señor, que hizo verdecer a la estéril... Yo me acuerdo de la tarde en que naciste...
Todos la recordamos por el prodigio de una gran lluvia que salvó los campos, y de una violenta tormenta durante la cual los

rayos no quebraron ni siquiera un tallito de brezo silvestre, tormenta que terminó con un arco iris de dimensiones y belleza no
vistas nunca más. Y... ¿quién no recuerda la alegría de Joaquín? Te mecía enseñándote a los vecinos... Considerándote una flor
venida del Cielo, te admiraba, y quería que todos te admirasen. ¡Oh, dichoso y anciano padre que murió hablando de su María,
tan bonita y buena y que decía palabras llenas de gracia y de saber!... ¡Tenía razón al admirarte y al decir que no existe ninguna
más hermosa que tú! ¿Y tu madre? Llenaba con su canto el ángulo en que estaba tu casa. Parecía una alondra en primavera
durante la gestación, y luego, cuando te amamantaba. Yo hice tu cuna, una cunita toda de entalladuras de rosas, porque así la
quiso tu madre. Quizás esté todavía en la casa, ahora cerrada... Yo soy viejo, María. Cuando naciste, yo ya hacía mis primeros
trabajos. Ya trabajaba... ¡Quién me iba a decir que te hubiera tenido por esposa! Quizás hubieran muerto más felices los tuyos,
porque éramos amigos. Yo enterré a tu padre, llorándole con corazón sincero porque fue para mí maestro bueno durante la
vida.
María levanta muy despacio el rostro, sintiéndose cada vez más segura al oír cómo le habla José, y cuando alude a la
cuna sonríe levemente, y cuando José habla de su padre le tiende una mano y dice:
- Gracias, José - Un "gracias" tímido y delicado.
José toma entre sus cortas y fuertes manos de carpintero esa manita de jazmín, y la acaricia con un afecto que pretende
inspirar cada vez más tranquilidad. Quizás espera otras palabras, pero María vuelve a guardar silencio. Entonces continúa
hablando él:
- La casa, como sabes, está intacta, menos la parte que fue derribada por orden consular para transformar en calle el
sendero para los convoyes de Roma. Pero las parcelas de cultivo, las que te han quedado — porque ya sabes... la enfermedad de
tu padre consumió mucho tus haberes — están un poco abandonadas. Hace ya más de tres primaveras que los árboles y las
cepas no conocen podadera de hortelano, y la tierra está sin cultivar y, por tanto, dura. Pero los árboles que te vieron cuando
eras pequeñita están todavía allí, y, si me lo permites, yo me ocuparé inmediatamente de ellos.
- Gracias, José. Pero, ya trabajas...
- Trabajaré en tu huerto durante las primeras y las últimas horas del día. Ahora el tiempo de luz se va alargando cada
vez más. Para la primavera quiero que todo esté en orden, para alegría tuya. Mira, ésta es una ramilla del almendro que está
frente a la casa. Quise coger ésta... — se puede entrar por cualquier parte por el seto destruido, pero ahora le haré de nuevo
sólido y fuerte —, quise coger ésta pensando que si yo hubiera sido el elegido — no lo esperaba porque soy consagrado
nazareno, y he obedecido porque se trataba de una orden del Sacerdote, no por deseos de casamiento —, pensando, te decía,
que el tener una flor de tu jardín te habría alegrado. Aquí la tienes, María. Con ella te doy mi corazón, que, como ella, hasta
ahora, ha florecido sólo para el Señor, y que ahora florece para ti, esposa mía.
María coge la ramita. Se la ve emocionada, y mira a José con una cara cada vez más segura y radiante. Se siente segura
de él. Cuando él dice: «Soy consagrado nazareno», su rostro se muestra todo luminoso y encuentra fuerzas para decir:
- Yo también soy toda de Dios, José. No sé si el Sumo Sacerdote te lo ha dicho...
- Me ha dicho sólo que tú eres buena y pura y que debes manifestarme un voto tuyo, y que fuera bueno contigo. Habla,
María. Tu José desea hacerte feliz en todos tus deseos. No te amo con la carne. ¡Te amo con mi espíritu, santa doncella que Dios
me otorga! Debes ver en mí un padre y un hermano, además de un esposo. Ábrete a mí como con un padre, abandónate en mí
como con un hermano.
- Ya desde la infancia me consagré al Señor. Sé que esto no se hace en Israel, pero yo sentía una Voz que me pedía mi
virginidad en sacrificio de amor por la venida del Mesías. ¡Hace mucho tiempo que Israel lo espera!... ¡No es demasiado el
renunciar por esto a la alegría de ser madre!.
José la mira fijamente, como queriendo leer en su corazón, y luego coge las dos manitas que tienen todavía entre los
dedos la ramita florecida, y dice:
- Pues yo también uniré mi sacrificio al tuyo, y amaremos tanto con nuestra castidad al Eterno, que Él dará antes a la
Tierra al Salvador, permitiéndonos ver su Luz resplandecer en el mundo. Ven, María. Vamos ante su Casa y juremos amarnos
como lo hacen los ángeles entre sí. 'Luego iré a Nazaret a prepararlo todo para ti, en tu casa si quieres ir a ella, en otra parte si
así lo deseas.
- En mi casa... En el fondo había una gruta... ¿Todavía está?.
- Está, pero ya no es tuya... Yo, de todas formas, te haré otra gruta donde estarás fresca y tranquila en las horas más
calurosas. La haré lo más parecida posible. Y... dime, ¿quién quieres que esté contigo?
- Nadie. No tengo miedo. La madre de Alfeo, que siempre viene a verme, me hará compañía un poco durante el día, y
por la noche prefiero estar sola. Ningún mal me puede suceder.
- Bueno, y ahora estoy yo... ¿Cuándo debo venir a recogerte?.
- Cuando tú quieras, José.
- Pues entonces vendré cuando la casa esté en orden. No pienso tocar nada. Quiero que encuentres todo como lo dejó
tu madre, pero quiero también que esté llena de luz y bien limpia para acogerte sin tristeza. Ven, María. Vamos a decirle al
Altísimo que le bendecimos.
Y no veo nada más. Me queda, eso sí, en el corazón el sentido de seguridad que experimenta María...

13.
Esponsales de la Virgen y José, que fue instruido por la Sabiduría para ser custodio del Misterio.

¡Qué guapa está María, rodeada de sus amigas y sus maestras jubilosas, vestida para los esponsales! Entre aquéllas está
también Isabel.
Va toda vestida de blanquísimo lino, tan seríceo y fino que parece de preciosa seda. Ciñe su grácil cintura un cinturón
burilado de oro y plata, hecho todo de medallones unidos por delgadas cadenas — cada uno de los medallones es una filigrana
engastada en la pesada plata bruñida por el tiempo — y, quizás porque es demasiado largo para Ella, que todavía es una
delicada jovencita, le pende por delante con los tres últimos medallones, cayendo entre los pliegues del vestido amplísimo, que
a su vez termina en una pequeña cola debido a su largura. Calzan sus piececitos unas sandalias de piel blanquísima con hebillas
de plata.
El vestido está sujeto al cuello por una cadenita de rosetas de oro y de filigrana de plata, que presentan en pequeño el
mismo motivo del cinturón. La cadenita pasa a través de los anchos ojales del amplio cuello del vestido, acortándolo, por tanto,
en frunces que forman como una pequeña puntilla. El cuello de María sobresale entre ese candor fruncido, con la gracia de un
tierno tallo fajado con una gasa preciada, y así parece aún más grácil y blanco: un tallito de azucena culminado por su rostro de
lirio, el cual, por la emoción, se ve aún más pálido y más puro: un rostro de hostia purísima.
El pelo ya no le pende sobre los hombros. Está graciosamente dispuesto en nudo de trenzas. Unas valiosas horquillas de
plata bruñida, con un trabajo de filigrana que cubre enteramente la parte superior del arco, sujetan las trenzas. El velo materno
se apoya sobre ellas y desciende, formando lindos pliegues, por debajo del estrecho aro que lleva ajustado a la frente
blanquísima; desciende hasta las caderas, porque María no tiene la altura de su madre y el velo le llega más abajo de ellas,
mientras que a Ana le llegaba sólo a la cintura.
No lleva anillos en las manos; en las muñecas, unas pulseras. Pero estas muñecas son tan delgadas, que las pesadas
pulseras maternas se apoyan sobre el dorso de las manos y quizás, si sacudiera las manos, se caerían al suelo.
Las compañeras la miran absortas desde todos los puntos, y con maravilla. Con sus preguntas y con sus frases de
admiración crean un festivo trinar de gorrioncillos.
-¿Son de tu madre?
- Antiguas, ¿verdad?
-¡Qué bonito, Sara, ese cinturón!
-¿Y este velo, Susana? ¡Mira que finura! ¡Fíjate estas azucenas tejidas en el velo!
- ¡Déjame ver las pulseras, María! ¿Eran de tu madre?
- Las llevó ella, pero son de la madre de Joaquín, mi padre.
-¡Oh, mira! Tienen el sigilo de Salomón entrelazado con sutiles ramitas de palma y olivo, y entre ellas hay azucenas y
rosas. ¡Oh! ¿Quién habrá realizado un trabajo tan perfecto y minucioso?
- Son de la casa de David - explica María - Hace ya siglos que las llevan las mujeres de esta estirpe cuando se van a casar,
y van pasando a las herederas.
-¡Ah, ya! Tú eres hija heredera...
-¿Te han traído todo de Nazaret?
- No. Cuando murió mi madre, mi prima se llevó a su casa el ajuar para conservarlo sin que se dañase. Ahora me lo ha
traído.
-¿Dónde está? ¿Dónde está? Enséñanoslo a las amigas.
María no sabe qué hacer... Quisiera ser amable, pero no querría remover todas las cosas, que están ordenadas en tres
pesados baúles.
Vienen en su ayuda las maestras:
- El novio está para llegar. No es el momento de crear confusión. Dejadla. Que la cansáis. Id a prepararos».
El gárrulo enjambre se aleja un poco enfadado. María puede así gozar en paz de la compañía de sus maestras, las cuales
le dirigen palabras de alabanza y bendición.
Isabel también se ha acercado, y, dado que María, emocionada, llora porque Ana de Fanuel la llama hija y la besa con
un afecto verdaderamente maternal, le dice:
- María, tu madre no está presente, pero sí está presente. Su espíritu se regocija junto al tuyo, y, mira, las cosas que
llevas te traen de nuevo su caricia. En ellas sientes aún el sabor de sus besos. Un día ya lejano, el día en que viniste al Templo,
me dijo: "Le he preparado los vestidos y el ajuar para cuando se case, porque quiero ser yo la que le haya hilado las telas y le
haya hecho los vestidos, para no estar ausente en el día de su alegría". Mira, al final, cuando yo la asistía, ella quería todas las
noches acariciar tus primeros vestidos y este que llevas ahora, y decía: "Aquí siento el olor de jazmín de mi pequeñuela, aquí
quiero que Ella sienta el beso de su mamá". ¡Cuántos besos dio a este velo que cubre tu frente! ¡Más besos que hilos tiene!... Y,
cuando uses estas telas hiladas por ella, piensa que más que la estambre los ha hecho el amor de tu madre. Y estas joyas... Tu
padre las salvó para ti incluso en los momentos difíciles, para que te embellecieran, como corresponde a una princesa de David,
en este momento. Alégrate, María. No estás huérfana; los tuyos están contigo, y quien va a ser tu marido es tan perfecto, que es
para ti padre y madre...
-¡Oh, sí! ¡Eso es verdad! No puedo quejarme de él, ciertamente. En menos de dos meses ha venido dos veces, y hoy
viene por tercera vez, desafiando a las lluvias y al tiempo ventoso, declarándose sujeto a mí... Fíjate: ¡sujeto a mí! ¡Yo, que soy
una pobre mujer, y mucho más joven que él! Y no me ha negado nada. Es más, ni siquiera espera a que yo pida. Parece como si
un ángel le dijera lo que deseo, y me lo dice él antes de que yo hable. La última vez me dijo: "María, creo que preferirás estar en
tu casa paterna. Dado que eres hija heredera, lo puedes hacer, si lo ves oportuno. Yo iré a tu casa. Solamente para observar el
rito, tú vas durante una semana a casa de Alfeo, mi hermano. María te quiere ya mucho. De allí partirá la tarde de la boda el
cortejo que te llevará a casa". ¿No es amable por su parte? No le ha importado ni siquiera el dar pie a la gente para decir que él

no tiene una casa que me guste... A mí me hubiera gustado en todo caso, por estar él, que es tan bueno, en ella. Pero sin duda
prefiero la mía... por los recuerdos... ¡Oh, José es bueno!
-¿Qué dijo del voto? Todavía no me has comentado nada.
- No puso ninguna objeción. Es más, conocidas las razones del mismo, dijo: "Uniré mi sacrificio al tuyo".
-¡Es un joven santo!- dice Ana de Fanuel.
E1 "joven santo" entra en este momento, acompañado de Zacarías.
Su figura es, literalmente hablando, espléndida. Todo de amarillo oro, parece un soberano oriental. Bolsa y puñal
penden de un espléndido cinturón: aquélla, de tafilete bordado en oro; el puñal, en una vaina con guarniciones bordadas en oro,
también de tafilete. Cubre su cabeza un turbante, la típica faja de tela como la llevan todavía ciertos pueblos de África, los
beduinos por ejemplo; lo sujeta en torno un valioso arito de oro, delgado, que ciñe unos ramitos de mirto. Viste
majestuosamente un manto completamente nuevo con muchas franjas. Está radiante de alegría. En las manos lleva unos
ramitos de mirto en flor.
Saluda diciendo:
-¡A ti la paz, mi prometida! Paz a todos.
Recibido el saludo de respuesta, dice:
- Vi tu alegría el día en que te di la ramita de tu huerto. He pensado traerte este mirto que procede de la gruta que
tanto estimas. Quería haberte traído las rosas que están enfrente de tu casa, las primeras que están floreciendo ahora; pero las
rosas no duran varios días de viaje... Habría llegado trayendo sólo espinas, y yo a ti, dilecta mía, te quiero ofrecer sólo rosas, y
quiero sembrar tu camino de flores blandas y perfumadas, para que apoyes tu pie sobre ellas y no encuentres ni inmundicias ni
asperezas.
-¡Oh, gracias, hombre de corazón bueno! ¿Cómo has logrado que llegara fresco?.
- He atado a la silla un recipiente y he metido dentro estas ramitas con las flores todavía en capullo. Durante el viaje han
florecido. Tómalas, María. Que tu frente se enguirnalde de pureza, símbolo de la mujer prometida; aunque siempre será mucho
menor que la pureza que hay en tu corazón.
Isabel y las maestras engalanan a María con la florida guirnaldita que se forma al fijar en el precioso aro los ramitos
cándidos del mirto, e intercalan unas pequeñas, cándidas rosas, que había en un jarrón encima de un arca.
María hace ademán de coger su amplio manto cándido para colocárselo prendido a los hombros. Pero su prometido le
precede en el gesto y le ayuda a fijar con dos hebillas de plata, en los hombros, este amplio manto suyo. Las maestras disponen
los pliegues con amor y gracia.
Todo está preparado. Mientras esperan a no sé qué, José dice (lo dice apartándose un poco con María):
- He pensado este tiempo en tu voto. Ya te dije que lo comparto. Pero, cuanto más pienso en ello, más me doy cuenta
de que no es suficiente el nazireato temporal, aunque se vaya renovando. Yo te he comprendido, María. No merezco todavía la
palabra de la Luz, pero sí me llega un murmullo de su voz, y ello me pone en condiciones de leer tu secreto, al menos en sus
líneas maestras. Soy un pobre ignorante, María. Soy un pobre obrero. Ni sé de letras ni tengo tesoros, mas a tus pies pongo mi
tesoro, para siempre. Mi castidad absoluta, para ser digno de estar a tu lado, Virgen de Dios, "hermana mía, novia, cerrado
huerto, fuente sellada", como dice el Antepasado nuestro, que quizás escribió el Cantar viéndote a ti... Yo seré el guardián de
este huerto de perfumes en que se dan las más preciadas frutas, donde mana una vena de agua viva con ímpetu suave: ¡tu
dulzura, prometida mía, que con tu candor — ¡oh, llena de hermosura! — me has conquistado el espíritu! ¡Oh, tú, más hermosa
que una aurora; Sol, que resplandeces porque te resplandece el corazón; oh, toda amor para con tu Dios y para con el mundo al
que quieres dar el Salvador con tu sacrificio de mujer! ¡Ven, mi amada!
Y coge delicadamente su mano para guiarla hacia la puerta.
Los siguen todos los demás. Afuera se añaden las joviales compañeras, enteramente de blanco todas ellas y con velos.
Van por patios y pórticos, entre la muchedumbre observadora, hasta llegar a un punto que ya no pertenece al Templo;
parece, más bien, una sala dada para el culto, como se deduce de la existencia en ella de lámparas y rollos de pergaminos como
en las sinagogas. Los novios caminan hasta llegar frente a un alto atril (casi una cátedra), y esperan. Los demás, perfectamente
en orden, se ponen detrás de ellos. Otros sacerdotes y gente simplemente curiosa se agolpan en el fondo de la sala.
Entra, solemne, el Sumo Sacerdote. Rumor de los curiosos:
-¿Es él el que los casa?
- Sí, porque es de casta real y sacerdotal. La novia es flor de David y Aarón, y virgen del Templo; el novio, de la tribu de
David.
El Pontífice pone la mano derecha de la novia en la del novio y los bendice solemnemente:
- El Dios de Abraham, Isaac y Jacob esté con vosotros. Que El os una y se cumpla en vosotros su bendición, dándoos su
paz y una numerosa descendencia con larga vida y muerte beata en el seno de Abraham.
Luego se retira, solemne como había entrado.
Se lleva a cabo la promesa recíproca. María es la prometida-esposa de José.
Todos salen y, en perfecto orden, van a una sala, en la cual se redacta el contrato de matrimonio, donde se dice que
María, hija heredera de Joaquín de David y Ana de Aarón, da como dote a su prometido-esposo su casa y bienes anejos y su
ajuar personal así como cualquier otro bien heredado de su padre.
Todo queda cumplido.
Los esposos salen al patio, lo atraviesan, van hacia la salida, que está cerca de la sección de las mujeres dedicadas al
Templo. Los está esperando un carro cómodo y voluminoso. Va provisto de una cortina protectora. En él ya están colocados los
pesados baúles de María.

Despedidas, besos y lágrimas, bendiciones, consejos, recomendaciones... María sube con Isabel y se pone en el interior
del carro; en la parte de delante se ponen José y Zacarías. Se han quitado los mantos de fiesta y se han arrollado en unas capas
oscuras.
El carro se pone en marcha, al trote pesado de un caballazo oscuro. Los muros del Templo se alejan, y luego los de la
ciudad. Ya se ve el campo, nuevo, fresco, florido bajo los primeros soles de la primavera, con los trigos ya alzados un buen
palmo del suelo, que parecen esmeraldas transformadas en hojitas ondulantes bajo una brisa ligera con sabor a flores de
melocotonero y manzano, con sabor a tréboles en flor y a hierbabuenas silvestres.
María llora en voz baja, al amparo de su velo, y, de vez en cuando, corre un poco la cortina y mira una vez más al
Templo lejano, a la ciudad dejada...
La visión cesa así.
Dice Jesús:
-¿Qué dice el libro de la Sabiduría al cantar sus alabanzas?: "En la sabiduría está presente, efectivamente, el espíritu de
inteligencia, santo, único, múltiple, sutil". Y continúa enumerando sus dotes, para terminar el período con estas palabras: "...
que todo lo puede, todo lo prevé; que comprende a todos los espíritus, inteligente, puro, sutil. La sabiduría penetra con su
pureza, es vapor de la virtud de Dios... por ello en ella no hay nada impuro... imagen de la bondad de Dios. Es única y, no
obstante, lo puede todo; es inmutable y da vida nueva a todas las cosas; se comunica a las almas santas; forma a los amigos de
Dios y a los profetas".
Ya has visto cómo José, no por cultura humana, sino por instrucción sobrenatural, sabe leer en el libro sellado de la
Virgen sin mancha; y cómo se acerca extremamente a las verdades proféticas con ese su "ver" un misterio sobrehumano donde
los demás veían únicamente una gran virtud. Impregnado de esta sabiduría, que es vapor de la virtud de Dios y emanación cierta
del Omnipotente, se conduce con espíritu seguro por el mar de este misterio de gracia que es María, se armoniza con Ella con
espirituales contactos — en que se hablan, más que los labios, los dos espíritus en el sagrado silencio de las almas — donde sólo
Dios oye voces que perciben también los que le son gratos por servirle con fidelidad y por estar llenos de Él.
La sabiduría del Justo, que aumenta por la unión con la Toda Gracia y por la cercanía a Ella, le prepara a penetrar en los
secretos más altos de Dios y a poderlos tutelar y defender de insidias humanas y demoníacas. Y contemporáneamente lo va
renovando. Del justo hace un santo; del santo, el custodio de la Esposa y del Hijo de Dios.
Sin quitar el sello de Dios, él, el casto, que ahora lleva su castidad a heroísmo angélico, puede leer la palabra de fuego
escrita sobre el diamante virginal por el dedo de Dios, y en él lee aquello que su prudencia no dice, y que es mucho más grande
que lo que leyó Moisés en las tablas de piedra. Y a fin de que ningún ojo profano alcance este Misterio, él se pone, como sello
sobre el sello, como arcángel de fuego, a la entrada del Paraíso, dentro del cual el Eterno encuentra sus delicias "paseando al
fresco del atardecer" y hablando con Aquella que es su amor, bosque de azucena en flor, aura perfumada de aromas, viento
suave de frescura matutina, hermosa estrella, delicia de Dios. La nueva Eva está allí, en su presencia. No es hueso de sus huesos
ni carne de su carne; sí, compañera de su vida, Arca viva de Dios. Él la recibe para tutelarla, y a Dios debe restituírsela, pura
como la ha recibido.
"Desposada con Dios" estaba escrito en ese libro místico de inmaculadas páginas... Y cuando la duda, sibilante, en la
hora de la prueba, le sugirió su tormento, él, como hombre y como siervo de Dios, sufrió, como ninguno, por causa del temido
sacrilegio. Pero ésta fue la prueba futura. Ahora, en este tiempo de gracia, él ve y se pone a sí mismo al servicio más auténtico
de Dios. Luego vendrá la tempestad de la prueba, como para todos los santos, para ser probados y venir así a ser ayudantes de
Dios.
¿Qué se lee en el Levítico? "Di a Aarón, tu hermano, que no entre en cualquier tiempo en el santuario que está detrás
del Velo, ante el Propiciatorio que cubre al Arca, para no morir — pues Yo apareceré en la nube sobre el oráculo —, si no hace
antes estas cosas: ofrecerá un novillo por el pecado y un carnero como holocausto; llevará la túnica de lino y con calzones de
lino cubrirá su desnudez".
Y verdaderamente José entra, cuando Dios quiere y cuanto Dios quiere, en el santuario de Dios; y traspasa el velo que
cela el Arca sobre la cual está suspendido el Espíritu de Dios; y se ofrece a sí mismo y ofrecerá al Cordero, holocausto por el
pecado del mundo, expiación de tal pecado? Y esto lo hace, vestido de lino, mortificados los miembros viriles para abolir su
sensualidad, la cual, una vez, al inicio de los tiempos, triunfó, lesionando el derecho de Dios sobre el hombre; mas ahora será
conculcada en el Hijo, en la Madre y en el padre adoptivo, para restituir a los hombres a la Gracia y devolverle a Dios su derecho
sobre el hombre. Esto lo hace con su castidad perpetua.
¿No estaba José en el Gólgota? ¿Os parece que no está en el número de los corredentores? En verdad os digo que fue
el primero de ellos, y que grande es, por tanto, ante los ojos de Dios. Grande por el sacrificio, la paciencia, la constancia y la fe.
¿Qué fe será mayor que ésta, que creyó sin haber visto los milagros del Mesías?
Sea alabado mi padre adoptivo, ejemplo para vosotros de aquello que en vosotros más falta: pureza, fidelidad y
perfecto amor. Gloria al magnífico lector del Libro sellado, que fue instruido por la Sabiduría para saber comprender los
misterios de la Gracia y que fue elegido para tutelar la Salvación del mundo contra las insidias de todos los enemigos.

14
Los Esposos llegan a Nazaret.
El más azul de los cielos de un apacible febrero se extiende sobre las colinas de Galilea. Las suaves colinas que no he
visto nunca en este ciclo de la Virgen niña, y que me son ya tan familiares al ojo como si hubiera nacido entre ellas.

La calzada principal, refrescada por lluvia reciente, caída quizás la noche anterior, no tiene polvo, mas tampoco barro.
Presenta aspecto compacto y limpio, como si fuera una calle de ciudad, y avanza, sinuosa, entre dos hileras de espino albar en
flor: una nevada con sabor amargoso y a bosque, interrumpida una y otra vez por las monstruosas aglomeraciones de los cactus,
con sus hojas carnosas en forma de paleta, erizadas de pinchos y decoradas con los enormes granates de sus originales frutos,
crecidos sin tallo sobre las hojas, las cuales, por su color y forma, evocan siempre en mí profundidades marinas y bosques de
corales y medusas, u otros animales de los mares profundos.
Las hileras de espino sirven como cercas de las propiedades privadas, por lo cual se extienden en todas las direcciones
formando un caprichoso trazado geométrico de curvas y de ángulos, de rombos, cuadrados, semicírculos, triángulos con las más
inverosímiles formas agudas u obtusas; es un trazado enteramente asperjado de blanco: como una cinta llena de fantasía que
hubieran extendido así, por diversión, a lo largo de los campos; sobre ella vuelan, pían, cantan, a centenares, pajaritos de toda
especie, sintiendo la alegría del amor y dedicados a rehacer sus nidos. Al otro lado de las hileras de espino están los campos, con
los trigos todavía verdes, pero aquí ya más altos que en los campos de Judea, y prados llenos de flores, y en ellos — como
contrapunto de las ligeras nubecillas del cielo, que el ocaso tiñe de rosa o de un lila tenue o violeta o de un opalino colorado
de azul o de un naranja-coral —, a centenares, las nubes vegetales de los árboles frutales, blancas, rosadas, rojas, en todas las
tonalidades del blanco, rosa y rojo.
Con el suave viento de la tarde, caen revoloteando de los árboles florecidos los primeros pétalos: parecen bandadas de
mariposas buscando polen en las flores del campo. Entre árbol y árbol, festones de vid aún desnuda: sólo en la parte alta de los
festones, en la parte donde más da el sol, las primeras hojitas se abren, inocentes, extrañadas, palpitantes.
El Sol se pone, sereno, en el cielo — ¡qué apacible con ese azul suyo que la luz hace aún más claro! — y a lo lejos titilan,
reflejándolo, las nieves del Hermón y de otras cumbres lejanas.
Un carro avanza por la calzada, el carro que lleva a José y a María y a los primos de Ella; el viaje está tocando a su fin.
María mira con el ojo ansioso de quien quiere conocer, o mejor, reconocer, aquello que ya un día vio, pero no lo
recuerda, y sonríe cuando una sombra de recuerdo vuelve y se posa, como una luz, en esta o aquella cosa, en este o aquel
punto. Isabel le ayuda a recordar, y también Zacarías y José, señalando esta o aquella cumbre, esta o aquella casa.
Casas, sí. Porque Nazaret ya aparece extendida sobre la ondulación de su colina. Recibiendo por la izquierda el Sol ya
ocultándose, muestra, con pinceladas de rosa, el color blanco de sus casitas, anchas y bajas, culminadas por una terraza. Algunas
de ellas, al darles el sol de lleno, parecen, de lo rojas que se han puesto las fachadas, estar al lado de un fuego. Y el sol enciende
también el agua de los bajos pozos, que no tienen casi brocal, de donde suben, chirriando, los cubos para la casa o los odres
para la huerta.
Niños y mujeres se acercan al borde de la calzada, queriendo ver el interior del carro, y saludan a José, que es muy
conocido en el lugar. Pero luego se muestran titubeantes y tímidos ante las otras tres personas.
Sin embargo, dentro ya de la pequeña ciudad, no hay titubeos ni temor. Mucha, mucha gente de todas las edades está
a la entrada del pueblo bajo un rústico arco hecho con flores y ramas, y nada más que el carro aparece por detrás del recodo de
la última casa de campo, que está colocada oblicuamente, se produce un verdadero gorjeo de voces agudas y un agitarse de
ramas y flores. Son las mujeres, las chiquillas y los niños de Nazaret que saludan a la novia. Los hombres, más contenidos, están
detrás de este seto agitado y gorjeante, y saludan con gravedad.
María, ahora que la cortina ha sido quitada, dejando al descubierto el carro — lo habían hecho ya antes de llegar al
pueblo, porque el sol ya no molestaba, y para permitirle a María el ver bien su tierra natal — aparece en su belleza de flor.
Blanca y rubia como un ángel, sonríe con bondad a los niños, que le echan flores y besos, a las jóvenes de su edad, que la llaman
por el nombre, a las mujeres casadas, a las madres, a las ancianas, que la bendicen con sus voces cantadoras. Inclina su cabeza
ante los hombres, y especialmente ante uno de ellos, que quizás es el rabino o la personalidad principal del pueblo.
El carro prosigue por la calle principal a paso lento, seguido de la muchedumbre por un buen trecho, muchedumbre
para la que esta llegada es un acontecimiento.
- Esa es tu casa, María- dice José señalando con el látigo una casita que está justo en la base de una ondulación de la
colina, y que tiene en la parte de atrás un hermoso y amplio huerto, exuberante, que termina en un pequeño olivar. Más allá, la
consabida cerca de espino albar y cácteas señala el límite de la propiedad. Las tierras, que fueron de Joaquín, están al otro
lado...
- Te ha quedado poco, ¿ves?- dice Zacarías - La enfermedad de tu padre fue larga y económicamente cara. Y caros
fueron también los gastos para reparar el daño que hizo Roma. ¿Lo ves? La calle le ha cortado a la casa sus tres principales
habitaciones. Se ha quedado más pequeña. Para ampliarla sin gastos excesivos, se cogió una parte del monte que forma una
gruta; Joaquín tenía en ese lugar las provisiones y Ana sus telares. Haz con esto lo que creas más oportuno.
-¡Que sea poco no importa! Siempre me será suficiente. Me pondré a trabajar...
- No, María — es José quien habla — Yo seré quien trabaje. Tú sólo tejerás y coserás las cosas de la casa. Soy joven y
fuerte, y soy tu esposo. No me atormentes viéndote trabajar.
- Haré como tú quieras.
- Sí, en esto yo quiero. Para todas las demás cosas tu deseo es ley, pero en esto no.
Ya han llegado. El carro se detiene.
Dos mujeres y dos hombres, respectivamente de unos cuarenta y cincuenta años, están a la puerta, y muchos niños y
jovencitos están con ellos.
- Dios te dé paz, María - dice el hombre más anciano. Una de las mujeres se acerca a María, la abraza y la besa.
- Es mi hermano Alfeo, y María, su mujer, y éstos son sus hijos. Han venido expresamente para recibirte y felicitarte y
decirte que su casa es tuya, si así lo deseas - dice José.

- Sí, ven, María, si te resulta penoso vivir sola. El campo es bonito en primavera y nuestra casa está en medio de campos
floridos. Tú serás su más hermosa flor - dice María de Alfeo.
- Gracias, María. Yo iría con mucho gusto, y alguna vez iré; iré, sin duda, para la boda... Pero, deseo vivamente ver,
reconocer mi casa. La dejé siendo muy pequeña y se me ha desdibujado su imagen... Ahora esta imagen la encuentro de nuevo...
y me parece como si encontrara de nuevo a mi madre perdida, a mi padre amado, el eco de las palabras de ellos... y el aroma de
su último respiro. Siento como si ya no fuera huérfana, porque me abrazan de nuevo estas paredes... Compréndeme, María Aparece un poco el llanto en la voz de María, y también en sus pestañas.
María de Alfeo responde:
- Querida mía, como tú quieras. Quiero que me sientas hermana y amiga y un poco madre incluso, porque soy mucho
más mayor que tú.
La otra mujer, que se ha acercado entretanto, dice:
- María, quiero saludarte. Soy Lía, la amiga de tu madre. Te vi nacer. Este es Alfeo, sobrino de Alfeo y muy amigo de tu
madre. Lo que hice por tu madre, si quieres, lo haré por ti. Mira, mi casa es la que está más cerca de la tuya y tus parcelas de
terreno son ahora nuestras. Pero, si quieres venir hazlo cuando te apetezca, en cualquier momento. Abrimos un paso en el
cercado y así estaremos juntas, sin dejar de estar cada una en su casa. Este es mi marido.
- Os doy las gracias a todos y por todo; por todo el amor que habéis tenido a los míos, y por todo el amor que me tenéis
a mí. Que Dios todopoderoso os bendiga por ello.
Descargan los pesados baúles y los meten en la casa. Entran. Reconozco ahora que es la casita de Nazaret, como será
luego, durante la vida de Jesús.
José toma de la mano — un gesto habitual en él — a María, y entra así. Pero en el umbral de la puerta le dice:
- Ahora, aquí, en el umbral de esta puerta, quiero de ti una promesa: que cualquier cosa que te suceda, o cualquier cosa
que necesites, tu único amigo, la única persona en quien pienses para solicitar ayuda, sea yo, y que, bajo ningún motivo, debas
sufrir sola ninguna pena. Yo estoy a tu entera disposición, y para mí será una satisfacción el hacerte feliz el camino, y, dado que
la felicidad no siempre está en nuestra mano, al menos, hacértelo tranquilo y seguro.
- Te lo prometo, José.
La siguiente cosa es abrir puertas y ventanas... El último sol entra curioso.
María se ha quitado el manto y el velo. Menos las flores de mirto, todavía va vestida como en los esponsales. Sale al
huerto, que presenta un aspecto exuberante. Mira, sonríe, y, todavía de la mano de José, da un paseo. Se la ve como quien
volviera a tomar posesión de un lugar perdido.
José le muestra el resultado de sus trabajos:
- Mira, aquí he cavado para recoger el agua de la lluvia, porque estas cepas están siempre sedientas. A este olivo le he
vuelto a cortar las ramas más viejas para darle vigor; y he plantado estos manzanos, porque dos estaban muertos; y luego, allí he
plantado unas higueras. Cuando crezcan resguardarán a la casa del sol excesivo y de las miradas curiosas. La pérgola es la misma
que había; lo único que he hecho ha sido cambiar los palos que estaban deteriorados, y también una labor de poda. Espero que
dé muchas uvas. Y aquí, mira - y la lleva, orgulloso, hacia el terreno en pendiente que resguarda la casa por detrás y que es límite
del huerto por el lado de tramontana - y. aquí he excavado una pequeña gruta, y la he reforzado, y, cuando agarren estas
plantas, será casi igual que la que tenías. Falta el manantial... pero, espero hacer llegar aquí desde el manantial un regatillo.
Pienso trabajar durante las largas tardes de verano cuando venga a verte...
-¿Cómo es eso? - dice Alfeo. « ¿No vais a celebrar la boda este verano?
- No. María quiere tejer los paños de lana, que es lo único que le falta a su ajuar. Y a mí eso me satisface. María es tan
joven, que el esperar un año o más no es nada. Entretanto se ambienta a la casa...
-¡Bueno! Tú siempre has sido un poco distinto de los demás, y lo sigues siendo. No sé quién pudiera no tener prisa en
tener por esposa a una flor como María, ¡y tú metes meses por medio!...
- Alegría muy esperada, alegría más intensamente gustada - responde José con una sonrisa sutil.
El hermano se encoge de hombros y dice:
-¿Y entonces? Según tus planes, ¿cuándo vas a pensar en la boda?
- Cuando María cumpla dieciséis años. Después de la fiesta de los Tabernáculos. ¡Dulces serán las tardes de invierno
para los recién casados!... - Y sigue sonriendo mirando a María: una sonrisa que conlleva un pacto secreto y delicado; de una
castidad fraterna consoladora.
Luego continúa caminando y explicando:
- Ésta es la habitación grande que había en el monte. Si te parece bien, cuando venga, instalaré en ella mi taller. Está
unida, pero no forma parte de la casa. Así no molestaré con los ruidos, o creando otros trastornos. No obstante, si no quieres
que sea así...
- No, José; así está muy bien.
Vuelven a entrar en la casa. Encienden las lámparas.
- María está cansada - dice José - Dejémosla tranquila con sus primos.
Saludos de todos los que se marchan... José se queda todavía unos minutos y habla con Zacarías en voz baja.
- Tu primo te deja a Isabel durante un poco. ¿Contenta? Yo sí, porque te ayudará a... ser una perfecta ama de casa; con
ella podrás colocar como quieras tus cosas y tu ajuar, y yo vendré todas las tardes a ayudarte; con ella podrás conseguir lana y
todo lo que necesites, y yo me encargaré de los gastos. Acuérdate de que has prometido que recurrirías a mí para todo. Adiós,
María. Duerme el primer sueño de señora en esta casa tuya, y que el ángel de Dios te lo haga sereno. Que el Señor sea siempre
contigo.
- Adiós, José. Queda tú también bajo las alas del ángel de Dios.

- Gracias, José, por todo. En la medida en que pueda, te pagaré por tu amor, con el mío.
José saluda a los primos y sale.
Y con él cesa la visión.

15
Como conclusión del Pre-Evangelio.
6 de Septiembre de 1944.
Dice Jesús:
- El ciclo ha terminado. Y con él, tan dulce y delicado como ha sido, tu Jesús te ha mantenido (habla a María Valtorta),
sin movimientos bruscos, al margen de la agitación de estos días. Como a niño envuelto en blandos paños de lana y depositado
sobre mullidos almohadones, a ti te han envuelto estas beatas visiones, para que no sintieras, con el consiguiente terror, la
crueldad de los hombres que se odian en vez de amarse. No serías capaz ya de soportar ciertas cosas, y no quiero que mueras
por causa de ello: Yo cuido a mi "portavoz".
Está para desaparecer del mundo ya la causa de todas las desesperaciones que han torturado a las víctimas. Por tanto,
María, también cesa para ti el tiempo de este tremendo sufrimiento por demasiadas causas tan en contraposición con tu modo
de sentir. No terminará tu sufrir: eres víctima; pero, parte de él, ésta, cesa. Después llegará el día en que Yo te diga, como a
María de Magdala moribunda: "Descansa. Ahora es tiempo de descanso para ti. Dame tus espinas. Ahora es tiempo de rosas.
Descansa y espera. Te bendigo, mujer bendita".
Esto es lo que te decía — y era una promesa y tú no la entendiste — cuando llegaba, el tiempo en que habías de ser
sumergida, revolcada, en espinas, encadenada, colmada de espinas hasta en los más hondos recovecos de tu ser... Esto es lo que
ahora te repito, con una alegría como sólo el Amor puede experimentar — y Yo soy el Amor — cuando puede hacer cesar un
dolor en su dilecto amado. Esto es lo que te digo ahora, ahora que ese tiempo de sacrificio cesa. Y Yo, que sé, por el mundo que
no sabe, por Italia, por Viareggio, por esta pequeña población, a donde tú me has portado — medita el sentido de estas palabras
- Yo te expreso mi agradecimiento, como corresponde a las víctimas por su sacrificio.
Cuando te mostré a Cecilia (Santa Cecilia), virgen-esposa, te dije que ella se había echado mis perfumes, y con ellos
atrajo a su marido, a su cuñado, a sus domésticos, a sus familiares, a sus amigos. Tú has hecho — no lo sabes, pero te lo digo Yo,
Yo que conozco las cosas — el papel de Cecilia en medio de este mundo enloquecido. Te has saturado de Mí, de mi palabra, has
llevado mis deseos a las personas, y las mejores han comprendido, y siguiéndote a ti, que eres víctima, muchísimas otras
víctimas han surgido. Si tu patria, y los lugares que tú más quieres, no han sido completamente destruidos, ha sido porque
muchas hostias han sido sacrificadas a raíz de tu ejemplo y de tu ministerio.
Gracias, mujer bendita. Continúa así. Tengo gran necesidad de salvar a la Tierra, de volver a comprar la Tierra; las
monedas sois vosotras, las víctimas.
La Sabiduría que ha instruido a los santos, y que te instruye a ti con un magisterio directo, te eleve cada vez más en la
comprensión de la Ciencia de vida y en practicarla. Levanta tú también tu pequeña tienda ante la casa del Señor. Te digo más
aún: hinca las estacas que sostienen tu misma morada en la morada de la Sabiduría y mora en ella sin jamás dejarla. Descansarás
así, protegida por el Señor, que te ama, como ave entre ramas florecidas, y Él será tu amparo ante cualquier tipo de intemperie
espiritual y estarás en la luz de la gloria de Dios de donde descenderán para ti palabras de paz y verdad.
Puedes ir en paz. Te bendigo, mujer bendita».
Inmediatamente después dice María (la Virgen):
- A María el regalo de Mamá por su fiesta. Una cadena de regalos. Y si hay alguna espina entre ellos, no te quejes al
Señor, que te ha amado como a bien pocos ama.
Te dije al principio: "Escribe acerca de mí. De todo lo que sufras recibirás consuelo". ¿Ves como ha sido verdad? Te
estaba reservado este regalo para este tiempo de agitación, porque no sólo cuidamos el espíritu, sino que sabemos también
cuidar la materia, que no es reina, sino sierva útil al espíritu en el cumplimiento de su misión.
Sé agradecida al Altísimo, que, incluso en el sentido afectuosamente humano, es verdaderamente Padre tuyo, que te
acuna con éxtasis suaves para ocultarte lo que te asustaría.
Ámame cada vez más. Te he conducido conmigo al secreto de mis primeros años. Ahora ya sabes todo acerca de Mamá.
Ámame como hija y como hermana en el destino victimal. Y ama a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, con perfección
de amor.
La bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu pasa por mis manos; recibe el perfume de mi materno amor hacia ti, a ti
desciende y en ti se deposita. Sé sobrenaturalmente devota.

16.
La Anunciación.
Lo que veo. María, muchacha jovencísima (al máximo quince años a juzgar por su aspecto), está en una pequeña
habitación rectangular; verdaderamente, una habitación de jovencita. Contra una de las dos paredes más largas, está el lecho:
una cama baja, sin armadura, cubierta por gruesas esteras o tapetes — diríase que éstos están extendidos sobre una tabla o

sobre un entramado de cañas porque están muy rígidos y sin pliegues como los de nuestras camas —. Contra la otra pared, un
estante con una lámpara de aceite, unos rollos de pergamino y una labor de costura — parece un bordado — cuidadosamente
doblada.
A uno de los lados del estante, hacia la puerta, que da al huerto, abierta ahora, aunque tapada por una cortina que se
mueve movida por un ligero vientecillo, en un taburete bajo está sentada la Virgen. Está hilando un lino candidísimo y suave
como la seda. Sus manitas, sólo un poco más oscuras que el lino, hacen girar rápidamente el huso. Su carita juvenil, preciosa,
está ligeramente inclinada y ligeramente sonriente, como si estuviera acariciando o siguiendo algún dulce pensamiento.
Hay un gran silencio en la casita y en el huerto. Y mucha paz, tanto en la cara de María como en el espacio que la rodea.
Paz y orden. Todo está limpio y ordenado. La habitación, de humildísimo aspecto y mobiliario, casi desnuda como una celda,
tiene un aire austero y regio, debido a su gran limpieza y a la cuidadosa colocación de la cobertura del lecho, de los rollos, de la
lámpara y del jarroncito de cobre que está cerca de ésta con un haz de ramitas floridas dentro, ramitas de melocotonero o de
peral, no lo sé; lo que sí está claro es que son de árboles frutales, de un blanco ligeramente rosado.
María comienza a cantar en voz baja. Luego alza ligeramente la voz. No llega al pleno canto, pero su voz ya vibra en la
habitación, sintiéndose en aquélla una vibración del alma. No entiendo la letra, que sin duda es en hebreo, pero, dado que, de
vez en cuando repite "Yeohveh", intuyo que se trata de algún canto sagrado, acaso un salmo. Quizás María recuerda los cantos
del Templo. Debe tratarse de un dulce recuerdo. Efectivamente, deja sobre su regazo sus manos, y con ellas el hilo y el huso, y
levanta la cabeza para apoyarla en la pared, hacia atrás. Su rostro está encendido de un lindo rubor; los ojos, perdidos tras algún
dulce pensamiento, brillantes por un golpe de llanto, que no los rebosa pero sí los agranda. Y, a pesar de todo, loa ojos ríen,
sonríen ante ese pensamiento que ven y que los abstrae de lo sensible. Resaltando de su vestido blanco sencillísimo, circundado
por las trenzas, que lleva recogidas como corona en torno a la cabeza, el rostro rosado de María parece una linda flor.
El canto pasa a ser oración:
- Señor Dios Altísimo, no te demores más en mandar a tu Siervo para traer la paz a la tierra. Suscita el tiempo propicio y
la virgen pura y fecunda para la venida de tu Cristo. Padre, Padre santo, concédele a tu sierva ofrecer su vida para esto.
Concédeme morir tras haber visto tu Luz y tu Justicia en la Tierra, sabiendo que la Redención se ha cumplido. ¡Oh, Padre Santo,
manda a la Tierra el Suspiro de los Profetas! Envía el Redentor a tu sierva. Que cuando cese mi día se me abra tu Casa por haber
sido abiertas sus puertas por tu Cristo para todos aquellos que en ti hayan esperado. Ven, ven, Espíritu del Señor. Ven a los fieles
tuyos que te esperan. ¡Ven, Príncipe de la Paz!...
María se queda así ensimismada...
La cortina late más fuerte, como si alguien la estuviera aventando con algo o quisiera descorrerla. Y una luz blanca de
perla fundida con plata pura hace más claras las paredes tenuemente amarillentas, hace más vivos los colores de las telas, más
espiritual el rostro alzado de María. En la luz se prosterna el Arcángel. La cortina no ha sido descorrida ante el misterio que se
está verificando; es más, ya no late: pende, rígida, pegada a las jambas, separando, como una pared, el interior del exterior.
El Arcángel necesariamente debe adquirir un aspecto humano; pero es un aspecto ultra-humano. ¿De qué carne está
compuesta esta figura bellísima y fulgurante? ¿Con qué sustancia la ha materializado Dios para hacerla sensible a los sentidos de
la Virgen? Sólo Dios puede poseer estas substancias y usarlas de esa manera perfecta. Es un rostro, es un cuerpo, son ojos, boca,
cabellos y manos como las nuestras; pero no se trata de nuestra opaca materia: es una luz que ha tomado color de carne, de
ojos, de cabellera, de labios, una luz que se mueve y sonríe y mira y habla.
-¡Salve, María, llena de Gracia, salve! - La voz es un dulce arpegio como de perlas chocadas contra un metal precioso.
María se estremece y baja la mirada. Su estremecimiento aumenta cuando ve a la fúlgida criatura arrodillada
aproximadamente a un metro de distancia de Ella, con las manos cruzadas sobre el pecho, mirándola con una veneración
infinita.
María, repentinamente, se pone en pie y aprieta su cuerpo contra la pared. Palidece y se ruboriza alternativamente. Su
rostro expresa estupor y turbación. Inconscientemente aprieta sus manos contra el pecho escondiéndolas en las anchas
mangas. Se recoge sobre sí misma como queriendo esconder lo más posible su cuerpo: un acto de delicado pudor.
- No. No temas. ¡El Señor está contigo! ¡Bendita tú entre todas las mujeres!.
A pesar de estas palabras, María sigue temiendo. ¿De dónde viene ese ser extraordinario? ¿Es un enviado de Dios, o del
Engañador?
-¡No temas, María! - insiste el Arcángel - Yo soy Gabriel, el Ángel de Dios. Mi Señor me ha enviado a ti. No temas,
porque has hallado gracia ante Dios. Tú concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre "Jesús". Será
grande, será llamado Hijo del Altísimo, y verdaderamente lo será. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará
para siempre en la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin nunca. Comprende, santa Virgen amada del Señor, Hija bendita suya,
llamada a ser Madre de su Hijo, comprende qué Hijo vas a engendrar.
-¿Cómo puede suceder esto si yo no conozco hombre? ¿Acaso el Señor ya no acoge el ofrecimiento de su sierva? ¿Es
que ya no quiere que sea virgen por amor a Él?.
- No vas a ser madre por obra de varón, María. Tú eres la eterna Virgen, la Santa de Dios. El Espíritu Santo descenderá
sobre ti y la potencia del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, Santo se llamará el que nacerá de ti, e Hijo de Dios. Todo lo
puede el Señor, Dios nuestro. Isabel, la estéril, en su vejez ha concebido un hijo que será el Profeta de tu Hijo, el que preparará
sus caminos. El Señor la ha liberado de su oprobio y su memoria quedará en las gentes unida a tu nombre, como el nombre de
su hijo al de tu Hijo Santo, y hasta el final de los siglos las gentes os llamarán bienaventuradas por la gracia del Señor que habéis
recibido, y a ti especialmente, María, porque habrán recibido la Gracia por medio de ti. Isabel está ya en su sexto mes, y su peso,
paradójicamente, la regocija, y más aún la regocijará cuando conozca el motivo de tu gozo. Para Dios nada es imposible, María,
llena de Gracia. ¿Qué debo responderle a mi Señor? No te turbe ningún tipo de pensamiento. Él tutelará tus intereses si te
pones en sus manos. ¡El mundo, el Cielo, Dios eterno esperan tu respuesta!.

María, cruzando a su vez sus manos sobre el pecho e inclinándose con gesto reverente dice:
- He aquí la esclava de Dios. Hágase de mí según su palabra.
El Ángel resplandece de alegría y se pone en actitud adorante, puesto que, sin duda, ve al Espíritu de Dios descender
sobre la Virgen, inclinada en gesto de adhesión; luego desaparece sin mover la cortina, dejándola cerrada cubriendo el Misterio
santo.

17
La desobediencia de Eva y la obediencia de María.
Dice Jesús:
-¿No se lee en el Génesis que Dios hizo al hombre dominador de todo lo que había sobre la tierra, es decir, de todo
excepto de Dios y de sus ángeles ministros? ¿No se lee que hizo a la mujer como compañera del hombre en la alegría y en el
dominio sobre todos los seres vivos? ¿No se lee que de todo podían comer excepto del árbol de la ciencia del Bien y del Mal?
¿Por qué? ¿Cuál es el sentido que subyace en las palabras "para que domine"; cuál, en el árbol de la ciencia del Bien y del Mal?
¿Os habéis preguntado alguna vez esto, vosotros, que os hacéis tantas preguntas inútiles y que no sabéis preguntarle nunca a
vuestra alma acerca de las celestes verdades?
Vuestra alma, si estuviera viva, os las manifestaría. Esa alma que, cuando está en gracia, es como una flor entre las
manos de vuestro ángel; esa alma que, cuando está en gracia, es como una flor besada por el sol y asperjada por el rocío, besada
y asperjada por el Espíritu Santo, que le da calor y la ilumina, que la riega y la adorna de celestes luces. ¡Cuántas verdades os
manifestaría vuestra alma, si supierais conversar con ella, si la amarais como a quien os proporciona la semejanza con Dios, que
es Espíritu, como espíritu es vuestra alma! ¡Qué gran amiga tendríais, si amarais a vuestra alma en vez de odiarla hasta matarla;
qué grande, sublime amiga con quien hablar de cosas celestes; vosotros que tenéis tanta avidez de hablar y os destruís los unos
a los otros con amistades que, aun no siendo indignas (alguna vez lo son), sí son casi siempre inútiles, y se os transforman en un
bullicio vano o nocivo de palabras y sólo palabras, todas terrenas!
¿No dije Yo: "Quien me ama observará mi palabra y el Padre mío le amará e iremos a él y haremos morada en él"? El
alma que está en gracia posee el amor y, poseyéndolo, posee a Dios, o sea, al Padre que la conserva, al Hijo que la instruye, al
Espíritu que la ilumina. Posee, por tanto, el Conocimiento, la Ciencia, la Sabiduría. Posee la Luz. Imaginaos, pues, qué
conversaciones más sublimes podría establecer con vosotros vuestra alma, que son las conversaciones que han llenado los
silencios de las cárceles, los silencios de las celdas, los silencios del yermo, los silencios de las habitaciones de los enfermos
santos; las que han confortado a los presos que en la cárcel esperaban el martirio, a los cenobitas, que habían elegido el claustro
en pos de la Verdad, a los eremitas, que anhelaban conocer anticipadamente a Dios, a los enfermos, para que soportaran o,
mejor dicho, amaran su cruz.
Si supierais preguntar a vuestra alma, ella os diría que el significado verdadero, exacto, vasto cuanto la creación, de la
palabra "domine" es éste: "Para que el hombre domine todo: sus tres estratos (el inferior, animal; el estrato intermedio, moral;
el estrato superior, espiritual), y oriente los tres hacia un único fin: poseer a Dios". Poseerlo mereciéndolo con este férreo
dominio que tiene sujetas todas las fuerzas del yo haciéndolas esclavas de esta única finalidad: merecer poseer a Dios. Vuestra
alma os diría que Dios había prohibido el conocimiento del Bien y del Mal, porque el Bien lo había donado con generosidad y
gratuitamente a sus criaturas, y el Mal no quería que lo conocierais, porque es un fruto dulce al paladar, pero que, una vez que
baja con su jugo a la sangre, ocasiona una fiebre que mata y produce ardiente sequedad en la garganta, por lo cual, cuanto más
se bebe de su jugo traidor, más sed de él se tiene.
Vuestra objeción será: "¿Y por qué lo ha puesto?". ¿Por qué! El Mal es una fuerza que ha nacido sola, como ciertos
males monstruosos en el más sano de los cuerpos.
Lucifer era un ángel, el más hermoso de los ángeles. Espíritu perfecto. Sólo Dios era superior a él. Pues bien, con todo,
en su ser luminoso nació un vapor de soberbia, y Lucifer no lo dispersó, sino que, por el contrario, lo condensó dándole vida en
su interior. De esta incubación nació el Mal. Este ya existía antes del hombre. Dios había arrojado fuera del Paraíso al Incubador
maldito del Mal, al que ensuciaba el Paraíso. Pero ha seguido siendo y es el eterno Incubador del Mal, y, no pudiendo seguir
ensuciando el Paraíso, ha ensuciado la Tierra.
Ese metafórico árbol pone en evidencia esta verdad. Dios había dicho al hombre y a la mujer: "Conoced todas las leyes y
los misterios de la creación. Pero no pretendáis usurparme el derecho de ser el Creador del hombre. Para propagar la estirpe
humana bastará el amor mío que circulará por vosotros, y, sin libídine sensual, sólo por latido de caridad, dará vida a los nuevos
hombres como Adán de la estirpe. Todo os lo doy; sólo me reservo este misterio de la formación del hombre".
Satanás quiso quitarle al hombre esta virginidad intelectual y, con su lengua serpentina, hechizó y halagó miembros y
ojos de Eva, suscitando en ellos reflejos y sutilezas que antes no tenían porque no estaban intoxicados de Malicia.
Ella "vio", y, viendo, quiso probar. Había sido despertada la carne. ¡Ah, si hubiera llamado a Dios¡ Si hubiera corrido a
decirle: "¡Padre, estoy enferma; la serpiente me ha halagado y me siento turbada!". El Padre la habría purificado, la habría
curado con su aliento, pues lo mismo que le había infundido la vida podía infundirle de nuevo la inocencia, quitándole el
recuerdo del tóxico serpentino, es más, introduciendo en ella una repugnancia hacia la Serpiente (como les sucede a los que han
sufrido una enfermedad, que, una vez curados, sienten hacia ella una instintiva repugnancia). Pero no, Eva no va al Padre, Eva
vuelve donde la Serpiente. Esa sensación le es dulce. "Viendo que el fruto del árbol se podía comer y que era bonito y de
aspecto agradable, lo cogió y comió de él".

Y "comprendió". Ya la malicia había penetrado y le mordía las entrañas. Vio con ojos nuevos y oyó con oídos nuevos los
usos y la voz de las bestias; y los deseó febrilmente.
Inició sola el pecado. Lo consumó con su compañero. Por eso sobre la mujer pesa una condena mayor. Por ella el
hombre se hizo rebelde a Dios, y por ella conoció la lujuria y la muerte. Por ella perdió el dominio sobre sus tres reinos: el del
espíritu, porque permitió que el espíritu desobedeciera a Dios; el de lo moral, porque permitió que las pasiones le sometieran a
su señorío; el de la carne, porque la rebajó a las leyes instintivas de las bestias. "La Serpiente me ha seducido" dice Eva. "La
mujer me ha ofrecido el fruto y yo he comido de él" dice Adán. Y el triple, desenfrenado apetito, desde entonces, tiene entre sus
garras los tres reinos del hombre.
Sólo la Gracia logra aflojar la presa de este monstruo despiadado; y, si vive, si está vivísima, si la voluntad del hijo fiel la
mantiene cada vez más viva, llega incluso a estrangular al monstruo. Ya no habrá nada que temer: ni a los tiranos internos (o
sea, la carne y las pasiones), ni a los tiranos externos (el mundo y los que en el mundo tienen poder), ni a las persecuciones, ni a
la muerte. Es como dice el apóstol Pablo: "Nada de esto yo temo, y no considero ya mía mi vida, con tal de cumplir mi misión y
llevar a cabo el ministerio recibido del Señor Jesús para dar testimonio del Evangelio de la Gracia de Dios"».
Dice María (la Virgen):
- Gozoso — pues, efectivamente, cuando comprendí la misión a que Dios me llamaba, mi corazón se llenó de gozo — mi
corazón se abrió como una azucena en capullo y vertió la sangre que habría de ser terreno para la Semilla del Señor.
Alegría de ser madre.
Me había consagrado a Dios desde mi más tierna edad, porque la luz del Altísimo me había iluminado acerca de la causa
del mal del mundo; yo deseé, por lo que de mí dependía, borrar de mí la huella de Satanás.
No sabía que no tenía mancha. No podía pensarlo. El solo hecho de pensarlo habría sido presunción y soberbia porque,
habiendo nacido de padre y madre humanos, no me era lícito pensar que justamente yo era la Elegida para ser la Sin Mancha.
El Espíritu de Dios me había instruido acerca del dolor del Padre ante la corrupción de Eva, que había aceptado
degradarse — siendo una criatura de gracia — a un nivel de criatura inferior. Yo tenía la intención de suavizar ese dolor,
poniendo de nuevo mi carne en la situación de pureza angélica, conservándome intacta de pensamientos, deseos y contactos
humanos. Sólo para Él sería mi latido de amor; sólo para El, mi ser. No había en mí sed camal, pero sí sentía el sacrificio de no ser
madre.
La maternidad, exenta de lo que ahora la humilla, le había sido concedida por el Padre creador también a Eva. ¡Dulce y
pura maternidad sin el peso del sentido! ¡Yo la experimenté! ¡Cuán grande la pérdida de Eva, renunciando a esta riqueza! Mayor
que la pérdida de la inmortalidad. No, no creáis que es una exageración. Mi Jesús, y con Él yo, su Madre, conocimos la languidez
de la muerte. Yo, el dulce languidecer de quien, cansado, se duerme; Él, ese languidecer atroz de quien muere por haber sido
condenado. A nosotros, pues, también nos vino la muerte. Sin embargo, la maternidad exenta de cualquier tipo de violación me
vino solamente a mí, la nueva Eva, para que yo pudiera manifestarle al mundo cuan dulce era el destino de la mujer, llamada a
ser madre sin el dolor de la carne. El deseo de esta pura maternidad, siendo, como es, la gloria de la mujer, podía estar, y estaba,
en la Virgen toda de Dios. Añadid a vuestra consideración el honor en que era tenida la mujer madre en el pueblo israelita, y
comprenderéis mejor la naturaleza del sacrificio cumplido al consagrarme a esta privación.
Ahora a su sierva el eterno Bueno le ofrecía este don, sin privarme del candor de que yo me había vestido para ser flor
en su trono. Por ello exultaba, con el doble gozo de ser madre de un hombre y de ser Madre de Dios.
Alegría porque a través de mí se restablecía la paz entre el Cielo y la Tierra.
¡Oh... haber deseado esta paz por amor a Dios y por amor al prójimo, y saber que por medio de mí, pobre esclava del
Poderoso, aquélla venía al mundo! ¡Decir: "Hombres, no lloréis más. Yo traigo conmigo el secreto que os hará felices. No os lo
puedo manifestar, porque está sellado en mí, en mi corazón, de la misma forma que el Hijo dentro del intacto seno. Ya os lo
traigo, ya cada hora que pasa está más cercano el momento en que le veréis y sabréis su Nombre santo"!
Alegría de haber hecho feliz a Dios: alegría del creyente que ve feliz a su Dios.
¡Oh... haber quitado del corazón de Dios la amargura de la desobediencia de Eva, de la soberbia de Eva, de su
incredulidad!
Mi Jesús ha explicado con qué culpa se manchó la Pareja primera. Yo he anulado esa culpa recorriendo en sentido
inverso, para ascender, las etapas de su descenso.
El principio de la culpa estuvo en la desobediencia: "No comáis y no toquéis de ese árbol", había dicho Dios. Pero el
hombre y la mujer, los reyes de la creación, que podían tocar todo y comer todo excepto aquello — porque Dios quería hacerlos
sólo inferiores a los ángeles — no tomaron en consideración ese veto.
El árbol: el medio para probar la obediencia de los hijos.
¿Qué es la obediencia al mandato divino? Es un bien porque Dios no ordena sino el bien. ¿Qué es la desobediencia? Es
un mal porque pone al corazón en las disposiciones de rebelión sobre las cuales Satanás puede obrar.
Eva va al árbol, a ese árbol del que vendría: alejándose, su bien; acercándose, su mal. La arrastra a él la curiosidad
ingenua de ver qué es lo que podía tener en sí de especial; la arrastra la imprudencia, que hace que le parezca inútil el mandato
divino, dado que ella es fuerte y pura, reina del Edén, donde todo le presta obediencia, donde nada podrá causarle mal alguno.
Su presunción la pierde. La presunción es ya levadura de soberbia.
En el árbol encuentra al Seductor, el cual, a su inexperiencia, a su tan hermosa y virgen inexperiencia, a esa
inexperiencia que no supo tutelar, le canta la canción de la mentira: "¿Tú crees que aquí hay mal? No. Dios te lo ha dicho porque
quiere teneros bajo la esclavitud de su poder. ¿Creéis que sois reyes? No tenéis ni siquiera la libertad de las fieras. Ellas tienen
concedido el amarse con amor verdadero, vosotros no. A las fieras se les ha concedido el ser creadoras como Dios. Ellas
engendrarán hijos y verán a su gusto crecer la familia, vosotros no. A vosotros os ha sido negado este contento. ¿En razón de
qué, pues, que seáis hombre y mujer, para tener que vivir de ese modo? Sed dioses. ¿No sabéis qué alegría supone el ser dos en

una sola carne creadora de una tercera, de muchas otras terceras! No creáis en las promesas de Dios acerca del gozo de una
descendencia viendo a vuestros hijos crearse nuevas familias, dejando por ellas padre y madre. Os ha dado un simulacro de vida.
La verdadera vida está en conocer las leyes de la vida. Entonces seréis como dioses y podréis decirle a Dios: 'Somos tus iguales'".
Y la seducción continuó, porque no hubo voluntad de interrumpirla, sino, más bien, de continuarla, y de conocer
aquello que no le pertenecía al hombre. He aquí pues que el árbol prohibido vino a ser, para la raza, realmente mortal, porque
de sus ramos pendía el fruto del amargo saber que venía de Satanás; y la mujer vino a ser hembra, y, con la levadura del
conocimiento satánico en el corazón, fue a Adán a corromperlo. Humillada así la carne, corrompida la parte moral, degradado el
espíritu, conocieron el dolor y la muerte: del espíritu privado de la Gracia; de la carne privada de la inmortalidad. Y la herida de
Eva engendró el sufrimiento, que no se calmará hasta la extinción de la última pareja de la tierra.
Yo recorrí en sentido inverso el camino de los dos pecadores. Obedecí. Obedecí en todos los modos. Dios me había
pedido ser virgen. Obedecí. Habiendo amado la virginidad, que me hacía pura como la primera de las mujeres antes de conocer
a Satanás, Dios me pidió ser esposa. Obedecí, llevando al matrimonio a la pureza que tuvo, a ese grado de pureza que Dios tenía
en su pensamiento cuando creó a los dos Primeros. Convencida de mi destino de soledad en el matrimonio y de desprecio del
prójimo por mi esterilidad santa, ahora Dios me pedía ser Madre. Obedecí. Creí que ello era posible y que esa palabra venía de
Dios, porque la paz iba entrando en mí al oírla. No pensé: "Lo he merecido". No me dije a mí misma: "Ahora el mundo me
admirará, porque soy semejante a Dios dando ser a la carne de Dios". No. Me anonadé en la humildad.
La alegría brotó de mi corazón como un tallo de rosa florecida. Pero enseguida se adornó de punzantes espinas y quedó
abrazada por la maraña del dolor, como esas ramas envueltas en campanillas de enredadera. El dolor del dolor de mi esposo:
ésta era la angustia dentro de mi gozo. El dolor del dolor de mi Hijo: éstas eran las espinas de mi gozo.
Eva quiso el disfrute, el triunfo, la libertad: yo acepté el dolor, el anonadamiento, la esclavitud. Renuncié a mi vida
tranquila, a la estima de mi esposo, a la propia libertad. No me quedé con nada. Me hice la Esclava de Dios en la carne, en la
parte moral, en el espíritu, confíándome a Él, no sólo respecto a la concepción virginal, sino también a la defensa de mi honor, a
la consolación de mi esposo, al medio con que conducirlo a él también a la sublimación del matrimonio, de manera que los dos
fuéramos quienes devolvieran al hombre y a la mujer la dignidad perdida.
Abracé la voluntad del Señor por mí, por mi esposo, por mi Hijo. Dije "sí" por los tres, segura como estaba de que Dios
no faltaría a su promesa de socorrerme en mi dolor de esposa que se ve juzgada culpable, en mi dolor de madre que ve que
engendra para entregar a su Hijo al dolor.
"Sí" dije. Sí, y basta. Ese "sí" ha anulado el "no" que Eva opuso al mandato divino. "Sí, Señor, como Tú quieras. Conoceré
lo que Tú quieras. Viviré como Tú quieras. Estaré gozosa si Tú lo quieres. Sufriré por lo que Tú quieras. Sí, siempre sí, mi Señor,
desde el momento en que tu rayo me hizo Madre hasta el momento en que me llamaste a ti. Sí, siempre sí. Todas las voces de la
carne, todas las pasiones de lo moral, bajo el peso de este sí mío perpetuo. Y encima, como encima de un pedestal de diamante,
mi espíritu, al cual le faltan las alas para volar a ti, pero es señor de todo el yo, domado y siervo tuyo, siervo en la alegría, siervo
en el dolor. ¡Sonríe, oh Dios! ¡Alégrate! La culpa ha sido vencida, cancelada, destruida; yace bajo mi talón, ha sido lavada en mi
llanto, destruida por mi obediencia. De mi seno nacerá el Árbol nuevo que dará el Fruto que conocerá todo el Mal por haberlo
padecido en sí y dará todo el Bien. A éste sí podrán acercarse los hombres, y yo me sentiré feliz de que cojan de él, aunque no
piensen que de mí nace. Con tal de que el hombre se salve y Dios sea amado, hágase de su esclava lo mismo que de la base de
terreno en que un árbol crece: escalón para subir".
María, hay que saber ser siempre escalón para que los demás suban a Dios. Si nos pisan, no importa, con tal de que
logren ir a la Cruz. Es el nuevo árbol que posee el fruto del conocimiento del Bien y del Mal, porque le dice al hombre lo que está
mal y lo que está bien, para que sepa elegir y vivir; y sabe, al mismo tiempo, hacer de sí elixir para curar a los que se han
intoxicado con el mal que quisieron gustar. Nuestro corazón bajo los pies de los hombres, con tal de que el número de los
redimidos crezca y que la Sangre de mi Jesús no sea derramada sin fruto. Este es el destino de las esclavas de Dios. Mas luego
mereceremos recibir en nuestro seno la Hostia santa, y, a los pies de la Cruz, embebida en su Sangre y en nuestro llanto, decir:
"He aquí, oh Padre, la Hostia inmaculada que te ofrecemos para salud del mundo. Míranos, oh Padre, fundidas con Ella, y por
sus méritos infinitos danos tu bendición".
Y yo te doy una caricia. Descansa, hija (María Valtorta). El Señor está contigo.
Dice Jesús:
- Las palabras de mi Madre deberían disolver cualquier vacilación de pensamiento, incluso en los más atrapados por las
fórmulas.
Había dicho: "metafórico árbol"; ahora diré: "simbólico árbol". Quizás así entenderéis mejor. Su símbolo es claro: de
cómo los dos hijos de Dios actuasen respecto a él, se comprendería la medida de su tendencia al Bien y al Mal. Cual agua regia
que prueba el oro, cual balanza del orfebre que pesa los quilates del oro, ese árbol; que vino a ser una "misión" a causa del
mandato divino respecto a él, dio la medida de la pureza del metal de Adán y de Eva.
Llega ya a mis oídos vuestra objeción: "¿No fue excesiva la condena y pueril el medio que condujo a ella?".
No lo fue. Una desobediencia actualmente en vosotros, que sois sus herederos, es menos grave de lo que lo fue en
ellos. Vosotros estáis redimidos por Mí, pero el veneno de Satanás, como ciertos morbos que no desaparecen nunca totalmente
de la sangre, está siempre pronto para reactivarse. Ellos, los dos progenitores, eran posesores de la Gracia sin haber tenido
nunca el más mínimo contacto con la Desgracia. Por tanto, eran más fuertes, estaban más respaldados por esa Gracia que
generaba inocencia y amor. Infinito era el don que Dios les había dado; mucho más grave, por tanto, su caída poseyendo ese
don.
También el fruto ofrecido, y comido, era simbólico. Era el fruto de una experiencia voluntariamente llevada a cabo por
instigación satánica contra el imperativo de Dios. Yo no les había prohibido a los hombres el amor. Quería únicamente que se

amaran sin malicia; de la misma forma que Yo los amaba con mi santidad, ellos habrían de amarse en santidad de afectos, de
afectos limpios de toda libídine.
No se debe olvidar que la Gracia es foco de luz, y, que quien la posee conoce aquello que es útil y bueno conocer. La
Llena de Gracia conoció todo, porque la Sabiduría la instruía (la Sabiduría, que es Gracia), y supo guiarse a sí misma santamente.
Eva conocía, por tanto, aquello que le era bueno conocer; no más de eso. Porque es inútil conocer lo que no es bueno. No tuvo
fe en las palabras de Dios y no fue fiel a su promesa de obediencia. Prestó fe a Satanás, infringió la promesa, quiso conocer lo no
bueno, lo amó sin remordimiento, transformó en cosa corrompida, envilecida, ese amor que Yo había otorgado tan santo.
Ángel caído, se revolcó en barro y paja, mientras que podía haber corrido dichosa entre las flores del Paraíso Terrenal y ver
florecer a su alrededor la prole, de la misma forma que un árbol se cubre de flores sin combar su copa y meterla en el pantano.
No seáis como esos niños estúpidos de que hablo en el Evangelio, los cuales oían cantar y se tapaban los oídos, oían
tocar y no bailaban, oían llorar y querían reír. No seáis mezquinos ni negadores. Aceptad la Luz, aceptadla sin malicia, sin
testarudez, sin ironía o incredulidad. Y ya basta sobre esto.
Para que entendáis cuánto debéis sentiros agradecidos a Aquel qué murió para levantaros y orientaros de nuevo al
Cielo y para vencer la concupiscencia de Satanás, he querido hablaros, en este tiempo de preparación a la Pascua, de este
primer eslabón de la cadena con que el Verbo del Padre, el Cordero Divino, fue llevado a la muerte, al matadero. Os he querido
hablar de ello porque al presente el noventa por ciento de vosotros está, como Eva, intoxicado por el hálito y por la palabra de
Lucifer, y no vivís para amaros sino para saciaros de sensualidad, no vivís para el Cielo sino para el barro; ya no sois criaturas
dotadas de alma y razón, sino perros sin alma y sin razón. Habéis matado el alma, habéis depravado la razón. En verdad os digo
que las bestias, en sus amores, son más honestas que vosotros.

18
María anuncia a José la maternidad de Isabel y confía a Dios la justificación de la suya.
Ante mi vista la casita de Nazaret, y María dentro, jovencita, como cuando el Ángel de Dios se le apareció. El solo hecho
de ver, ya me llena el alma del perfume virginal de esa morada; del perfume angélico aún presente en esa estancia en que el
Ángel agitó sus alas de oro; del perfume divino, que se ha concentrado enteramente en María para hacer de Ella una Madre y
que ahora de Ella revierte.
Las sombras empiezan a invadir la estancia a la que antes había descendido tanta luz de Cielo. Está anocheciendo.
María, de rodillas al lado de su lecho, ora con las manos cruzadas sobre el pecho y con el rostro muy inclinado hacia el
suelo. Lleva el mismo vestido del momento del Anuncio. Todo está como entonces. La ramita florecida en su jarrón, los muebles
en el mismo orden. La única variación es que la rueca y el huso están apoyados en un rincón: con su penacho de estambre,
aquélla; con su brillante hilo envuelto en torno, éste.
María deja de rezar y se pone en pie, con el rostro encendido como por una llama. La boca sonríe, pero el llanto hace
brillar sus ojos azules. Coge la lámpara de aceite y con una piedra de chispa la enciende. Mira si todo está ordenado en la
habitación. Endereza la cobija de la cama, que se había torcido. Añade agua al jarrón de la ramita florecida y le saca de la
habitación, al fresco de la noche. Luego entra otra vez. Coge el bordado que estaba doblado encima del mueble de anaqueles, y
la lámpara encendida, y, cerrando la puerta, sale.
Da unos pasos por el huertecillo bordeando la casa, luego entra en la habitación donde vi que Jesús se despidió de
María. La reconozco, a pesar de que falten ahora algunos objetos del mobiliario que entonces había. María se marcha a otra
pequeña habitación cercana a ésta, llevando la lámpara consigo, y yo me quedo, me quedo con la sola compañía de su labor
depositada en la esquina de la mesa. Oigo ir y venir el paso leve de María; le oigo agitar agua, como quien estuviera lavando
algo. Luego, romper unas ramitas. Comprendo que se trata de leña rota por el sonido que hace. Oigo que enciende el fuego.
Vuelve. Sale al jardincito. Vuelve a entrar; trae unas manzanas y verdura. Deja las manzanas en la mesa, en una bandeja
de metal grabado (creo que se trata de cobre burilado). Vuelve a la cocina (está claro que allí está la cocina). Ahora la llama de
la lumbre se proyecta alegre desde la puerta abierta hasta aquí dentro, representando una danza de sombras en las paredes.
Pasa un rato y María regresa con un pan pequeño y oscuro y un cuenco de leche caliente. Se sienta. Moja unas rodajas
de pan en la leche. Come tranquila y despacio. Luego, dejando la mitad del tazón de leche, entra de nuevo en la cocina y vuelve
con las verduras, les echa un poco de aceite y se las come con el pan. Para la sed, bebe la leche. Luego coge una manzana y se la
come. Una cena de niña.
María piensa mientras come, y sonríe ante un íntimo pensamiento. Levanta la mirada, recorre con ella las paredes;
parece como si les comunicase un secreto suyo. De vez en cuando, sin embargo, se pone seria, casi triste; pero luego le torna la
sonrisa.
Se oye llamar a la puerta. María se levanta y abre. Entra José. Se saludan. José se sienta en un taburete, de la otra parte
de la mesa, frente a María.
José es un hombre apuesto, en la plenitud de la vida. Tendrá unos treinta y cinco años como mucho. Su pelo castaño
oscuro y su barba del mismo color le enmarcan un rostro proporcionado con dos dulces ojos castaños casi negros. Su frente es
amplia y lisa; su nariz, delgada, ligeramente arqueada; carrillos más bien llenos, de un moreno no aceitunado, incluso rosado en
los pómulos. No es muy alto, sí de complexión fuerte y bien proporcionado.
Antes de sentarse se ha quitado el manto, que — es el primero que veo hecho de esa manera — es circular y se lleva
sujeto al cuello con un ganchito o algo parecido, y tiene capucha. Es de color marrón claro y parece hecho de una tela
impermeable de lana basta. Parece un manto de montañés, bueno para resguardar de las inclemencias del tiempo.

También antes de sentarse, le ha ofrecido a María dos huevos y un racimo de uvas, un poco arrugadas pero bien
conservadas. Y sonríe diciendo:
- Me las han traído de Cana. Los huevos me los ha dado el Centurión por un trabajo que le hice a un carro suyo — se
había roto una rueda y el que trabaja para ellos estaba enfermo... —. Son frescos. Los ha cogido de su gallinero. Bébetelos. Te
vendrán bien.- Mañana, José. Acabo de comer.
- Las uvas sí te las puedes comer. Son buenas. Dulces como la miel. Las he traído despacio para no estropearlas.
Cómetelas. Tengo más. Te las traigo mañana en una cesta. Esta noche no podía porque vengo directamente de casa del
Centurión.
- Entonces, no has cenado todavía».
- No. Pero no importa.
María se levanta inmediatamente y va a la cocina. Vuelve con leche, aceitunas y queso.
- No tengo otra cosa- dice - Cómete un huevo.
José no quiere. Los huevos son para María. Come con gusto su pan con queso y se bebe la leche, que está todavía tibia.
Luego acepta una manzana. La cena ha terminado.
María coge su bordado — primero ha despejado la mesa de las cosas de la cena con la ayuda de José, que se ha
quedado en la cocina incluso cuando Ella vuelve aquí. Le oigo mover las cosas poniendo todo en su sitio. Atiza el fuego de nuevo
porque la noche está fresca. Cuando vuelve, María le da las gracias.
Se ponen a hablar. José cuenta cómo ha pasado el día. Habla de sus sobrinitos. Se interesa por el trabajo de María y por sus
flores. Le promete que le traerá unas flores muy bonitas que el Centurión le ha ofrecido. - Nosotros no tenemos esas flores. Las
han traído de Roma. Me ha prometido que, apenas hayan germinado, me dará las plantas. Ahora, cuando la Luna sea propicia,
te las planto. Tienen colores bonitos y un perfume muy bueno. Las he visto el verano pasado, porque florecen en verano.
Perfumarán toda tu casa. Los árboles los podaré más tarde, con la Luna favorable. Es ése el momento.
María sonríe y de nuevo le da las gracias. Silencio. José fija su mirada en la rubia cabeza de María inclinada hacia su
trabajo de bordado. Es una mirada de amor angelical. Sin duda alguna, si un ángel amara a una mujer con amor de esposo, la
miraría así.
María, como quien hubiese tomado una decisión, pone en su regazo el bordado y dice:
- José, yo también tengo algo que decirte. Nunca recibo nada, pues tú sabes qué retirada vivo. Pero, hoy he recibido
una noticia. He tenido noticia de que nuestra parienta Isabel, mujer de Zacarías, va a tener pronto un hijo...
José abre enormemente los ojos y dice:
-¿A su edad?
- A su edad - responde sonriendo María - El Señor todo lo puede, y ahora ha querido darle esta alegría a nuestra
parienta.
-¿Cómo lo has sabido? ¿Es segura esta noticia?.
- Ha venido un mensajero; y es uno que no puede mentir. Yo quisiera ir donde Isabel, para servirla y decirle que exulto
con ella. Si tú lo permites...
- María, tú eres mi señora y yo tu siervo. Todo lo que haces está bien hecho. ¿Cuándo quisieras partir?
- Lo antes posible. Pero estaré fuera algunos meses.
- Y yo contaré los días esperándote. Ve tranquila. Me ocuparé de la casa y de tu huertecito. Cuando vuelvas encontrarás
tus flores tan bonitas como si tú misma las hubieras estado cuidando. Sólo una cosa... Espera. Antes de la Pascua tengo que ir a
Jerusalén, para comprar unas cosas para mi trabajo. Si esperas unos días, te acompaño hasta allí; no más lejos, porque debo
volver rápidamente; pero hasta allí podemos ir juntos. Estoy más tranquilo si no pienso que vas sola por los caminos. Para la
vuelta, házmelo saber, y así saldré a tu encuentro.
- Eres muy bueno, José. Que el Señor te recompense con sus bendiciones y mantenga lejos de ti el dolor. Le pido
siempre por esto.
Los dos castos esposos se sonríen angelicalmente. Silencio de nuevo durante un tiempo.
Luego José se pone en pie. Se pone el manto, se pone la capucha, se despide de María, que también se ha levantado, y
sale.
María le sigue con la mirada y con un suspiro como de pena. Luego levanta los ojos al cielo. Está, sin duda, orando.
Cierra la puerta con cuidado. Dobla el bordado. Va a la cocina. Apaga, o cubre, la lumbre. Mira a ver si todo está como debe.
Coge la lámpara y sale, cerrando la puerta. Con su mano protege la llamita, temblorosa en el viento fresquito de la noche. Entra
en su habitación y sigue orando.
La visión cesa así.
Dice María:
- Hija mía querida, cuando, terminado el éxtasis que me había henchido de inefable alegría, regresé a los sentidos de la
Tierra, el primer pensamiento que, punzante como espina de rosas, hirió mi corazón envuelto en las rosas del Divino Amor,
desposado conmigo unos instantes antes, fue José.
Yo ya amaba entonces a este santo y providente custodio mío. Desde el momento en que la voluntad de Dios, a través
de la palabra de su Sacerdote, quiso que fuera esposa de José, pude ir conociendo y apreciando la santidad de este Justo. Unida
a él, sentí cesar mi estado de desorientación por mi orfandad, y dejé de añorar el perdido amparo del Templo. Él era tan dulce
como el padre que había perdido. Junto a él me sentía tan segura como junto al Sacerdote. Toda vacilación había cesado; es
más, había quedado olvidada — efectivamente, mucho se habían alejado de mi corazón de virgen las vacilaciones, porque había

comprendido que no tenía motivo alguno de vacilar, que no tenía nada que temer respecto a José —. Mi virginidad, confiada a
José, estaba más segura que un niño en brazos de su madre.
¿Cómo decirle ahora que era Madre? Trataba de encontrar las palabras con que anunciárselo. Difícil búsqueda. No
quería yo, en efecto, alabarme por el don divino recibido, y no podía justificar mi maternidad en ningún modo sin decir: "El
Señor me ha amado entre todas las mujeres y de mí, su sierva, ha hecho su Esposa". Tampoco quería engañarle, ocultándole mi
estado.
Pero, mientras oraba, el Espíritu que me llenaba me había dicho: "Guarda silencio. Déjame a mí la tarea de justificarte
ante tu esposo". ¿Cuándo? ¿Cómo? No lo había preguntado. Siempre me había abandonado en Dios, como una flor se abandona
a la ola que la lleva. Jamás el Eterno me había dejado sin su ayuda. Su mano me había sujetado, protegido, guiado hasta aquí;
esta vez, pues, también lo haría.
Hija mía, ¡qué hermosa y confortante es la fe en nuestro eterno y buen Dios! Nos pone entre sus brazos como si fueran
una cuna; nos lleva, como una barca, al radiante puerto del Bien; da calor a nuestro corazón, nos consuela, nos nutre, nos
proporciona descanso y júbilo, nos ilumina y nos guía. La confianza en Dios lo es todo, y Dios da todo a quien tiene confianza en
Él: se da El mismo.
Aquella tarde llevé hasta la perfección mi confianza de criatura. Ahora podía hacerlo, porque Dios estaba en mí. Antes,
mi confianza era la de una pobre criatura como era; siempre una nada, aunque fuera la Tan Amada que era la Sin Mancha. Pero
ahora poseía la confianza divina porque Dios era mío: ¡mi Esposo, mi Hijo! ¡Oh, gran gozo! Ser Una con Dios. No para gloria mía,
sino para amarle en una unión total y poderle decir: "Tú, Tú solo, que estás en mí, actúa con tu divina perfección en todas las
cosas que yo haga".
Si Él no me hubiera dicho: "¡Calla!", quizás habría osado, con el rostro en tierra, decirle a José: "El Espíritu ha penetrado
en mí y llevo la Semilla de Dios". Él me habría creído, porque me estimaba y además porque, como todos los que nunca mienten,
no podía creer que otro mintiera. Sí, con tal de no causarle un dolor subsiguiente, yo habría vencido la reticencia a
proporcionarme a mí misma esa alabanza. Mas, presté obediencia al mandato divino.
A partir de ese momento, y durante meses, sentí esa primera herida que me ensangrentaba el corazón. Ese fue el
primer dolor de mi destino de Corredentora. Lo ofrecí y lo sufrí para expiar, y para daros una norma de vida en momentos
análogos a éste, de sufrimiento por deber guardar silencio o por un hecho que da una mala imagen de vosotros a quien os ama.
Confiadle a Dios la tutela de vuestro buen nombre y de vuestros intereses afectivos. Mereced, con una vida santa, la
tutela de Dios, y... caminad seguros. Podrá el mundo entero ponerse en contra de vosotros; Él os defenderá ante quien os ama,
y hará brillar la verdad.

19
María y José camino de Jerusalén.
Asisto al momento de la partida para ir donde Sta. Isabel. José ha venido a recoger a María con dos borriquillos grises:
uno para él, el otro para María. Los dos animalitos llevan la acostumbrada albardilla; una de ellas agrandada, por un arnés, que
sólo luego comprendo que ha sido hecho para llevar la carga (es una especie de portaequipajes), sobre el cual José asegura una
pequeña arca de madera — un pequeño baúl, diríamos ahora — que le ha traído a María para que pueda colocar en ella sus
indumentos sin peligro de que el agua los moje.
Le oigo a María agradecer mucho a José este regalo providente, donde ordena todo lo que llevaba en un talego que
había preparado antes.
Cierran la puerta de casa y se ponen en camino. Está naciendo el día; efectivamente, veo que la aurora tenuemente empieza a
rosear a Oriente. Nazaret duerme todavía. Los dos viajeros madrugadores encuentran en su camino únicamente a un pastor, el
cual va arreando a las ovejas para que avancen; y las ovejas van trotando, chocándose unas contra otras balando. Los
corderitos son los que más balan, con sonido agudo y ligero; quisieran buscar, incluso mientras caminan, la mama materna. Pero
las madres van deprisa al pasto y los invitan con su balido, más fuerte, a que también troten.
María mira y sonríe. Se ha detenido para dejar pasar al rebaño, y se inclina desde su albardilla y acaricia a estos mansos
animalitos que pasan rozando al borriquillo. Cuando llega el pastor, con un corderillo recién nacido en sus brazos, y se para
saludar, María ríe acariciando en el morrito rosado al corderito, que bala como un desesperado, y dice:
- Está buscando a su mamá. Ésta es la mamá, aquí está. No te abandona, no, pequeñuelo. Efectivamente, la oveja
madre se restriega contra el pastor y se pone de manos para lamer en el morrito a su hijo.
Pasa el rebaño con rumor de agua entre frondas, dejando tras sí el polvo que han levantado las veloces pezuñitas, y
todo un bordado de pisadas sobre la tierra del camino.
José y María reanudan la marcha. José lleva su capa; María va arropada con una especie de toquilla de rayas porque la
mañana está muy fresca.
Ya están en el campo y van el uno al lado del otro. Hablan raras veces. José piensa en sus asuntos y María sigue sus
propios pensamientos, y, recogida en sí, sonríe ante éstos y ante las cosas cuando, saliendo de su concentración, dirige la mirada
hacia lo que la rodea. De vez en cuando mira a José, y un velo de seriedad triste le nubla la cara; luego le torna la sonrisa, incluso
al mirar a este esposo suyo providente, que habla poco pero que si lo hace es para preguntarle si va cómoda y si no necesita
nada.

Ahora ya han afluido otras personas a los caminos, especialmente en las cercanías de algún pueblo o dentro de él. Pero
ninguno de los dos hace mucho caso de las personas que se cruzan con ellos. Van en sus burritos trotadores en medio de un
gran rumor de cascabeles. Se detienen sólo una vez, a la sombra de un bosquecillo, para comer un poco de pan y aceitunas y
beber en una fuente que baja de una cuevecilla, y, otra vez, para protegerse de un chaparrón violento que rompe al improviso
de un nubarrón oscurísimo.
Están al amparo del monte, contra un saliente de una roca que los protege de lo más intenso del agua. Pero José quiere
a toda costa que María se ponga su capa de lana impermeable, por la que el agua resbala sin mojar. María se ve obligada a ceder
ante la premurosa insistencia de su esposo, el cual para tranquilizarla en lo que toca a su propia inmunidad, se pone sobre la
cabeza y sobre los hombros una mantita parda que cubría la albardilla. La manta del burro probablemente. Ahora María,
enmarcada su cara con la capucha y cubierta por entero con la capa marrón que lleva sujeta al cuello, parece un frailecito.
El chaparrón amaina, aunque se transforma en una lluvia fastidiosa y fina. Los dos reanudan la marcha por el camino
todo lleno de barro. De todas formas, es primavera, y, pasado un poco de tiempo, torna el sol a hacer más cómoda la marcha.
Los dos burritos trotan de mejor gana por el camino.
No veo nada más porque la visión cesa aquí.

20
Salida de Jerusalén. El aspecto beatífico de María. Importancia de la oración para María y José.
Estamos en Jerusalén. La conozco bien ya con sus calles y sus puertas.
Los dos esposos lo primero que hacen es dirigirse hacia el Templo. Reconozco la cuadra donde José dejó el burro el día
de la Presentación en el Templo. También ahora deja allí — primero les ha dado de comer — a los dos burros, y con María va a
adorar al Señor.
Salen. Van a una casa de personas conocidas según parece; allí comen y beben algo. María se pone a descansar hasta
que vuelve José con un viejecillo.
- Este hombre va por el mismo camino que tú. Deberás recorrer bien poco camino sola para llegar donde tu parienta.
Fíate de él, que le conozco.
Vuelven a subirse a los burros. José acompaña a María hasta la Puerta (no la puerta por la que entraron; otra) y allí se
despiden...
María va sola con el viejecillo, que habla por todo lo que no hablaba José, y que se interesa de mil cosas. María contesta
pacientemente.
Ahora, en la parte de delante de la albardilla lleva el baulillo (hasta entonces lo había llevado siempre José en su
burrito), y ya no tiene la capa; tampoco lleva su toquilla, la cual está ahora doblada encima del baúl. Está guapísima con su
vestido azul oscuro y con su velo blanco que la protege del sol. ¡Qué guapa está!
El viejecillo debe ser un poco sordo, porque, para que la oyera, María ha tenido que hablar bien fuerte; Ella, que habla
siempre bajo. Ahora está ya cansado; ha agotado todo su repertorio de preguntas y de noticias y se ha quedado transpuesto
sobre el burro, dejándose guiar por él, que conoce bien el camino.
María aprovecha esta tregua para recogerse en sus pensamientos y para orar. Debe ser una oración la que Ella va
cantando en voz baja, mirando al cielo azul y con los brazos sobre el pecho y con rostro iluminado y beato por la emoción
interior.
No veo más cosas.
Y también ahora, cuando la visión se me detiene, como ayer, queda presente conmigo la Madre, tan nítidamente visible
a mi interna vista, que le puedo describir el color rosado tenue del carrillo que bien poco tiene de grueso y sí de dulcemente
blando; le puedo describir el rojo vivo de su pequeña boca y el brillar dulce de sus ojos azulinos entre el rubio oscuro de las
pestañas.
Le puedo decir cómo sus cabellos, divididos por el medio de la cabeza, caen esponjosos con tres ondulaciones por cada
parte hasta tapar la mitad de sus pequeñas orejas rosadas, y desaparecen con su oro pálido y brillante bajo el velo que le cubre
la cabeza (en efecto, la veo cubierta con su manto, vestida con su vestido de seda paradisíaca, y con su manto fino como un
velo, aunque opaco, de la misma tela que el vestido).
Le puedo decir que su vestido está como ceñido al cuello por una vaina atravesada por un cordón cuyos extremos se
anudan por delante en la base del cuello; y que el vestido está recogido en torno a la cintura por un cordón más grueso, también
de seda blanca, del que penden lateralmente dos borlas.
Le puedo incluso decir que el vestido, estando ceñido al cuello y a la cintura, forma sobre el pecho siete pliegues
ondulados y esponjosos, único ornato del castísimo indumento.
Le puedo expresar la castidad que emana de todo el aspecto de María, de esas formas suyas tan delicadas y armoniosas
que la hacen tan angélicamente mujer.
Y, cuanto más la miro, más sufro pensando en cuánto la hicieron sufrir, y me pregunto cómo pudieron no tener piedad
de Ella, tan mansa y gentil, tan delicada incluso en su aspecto físico. Mirándola, llegan de nuevo a mis oídos todos los gritos del
Calvario — que también iban contra Ella —, todos los escarnios y burlas, todas las maldiciones por ser la Madre del Condenado.
La veo bella y tranquila, ahora; pero, su aspecto actual no me borra el recuerdo de su trágico rostro de aquellas horas de agonía,
ni el de su rostro desolado en la casa de Jerusalén, después de la muerte de Jesús. Y quisiera poderla acariciar y besarle esa
mejilla tan delicadamente rosada y suave, para hacer desaparecer con mi beso ese recuerdo de llanto que, igual que en mí,
ciertamente está en Ella.

No puede imaginarse qué paz me da el tenerla cerca. Creo que morir viéndola tiene que ser tan dulce como la más
dulce hora de vida; más dulce aún. Durante este tiempo en que no la veía así — toda para mí — he sufrido su ausencia como se
sufre por la ausencia de una madre. Experimento de nuevo la inefable alegría que me acompañó en el mes de diciembre y al
principio de enero. Y me siento feliz. Feliz, a pesar de que el haber visto el suplicio de la Pasión extienda un velo de dolor sobre
toda dicha mía.
Es difícil decir y hacer comprender lo que siento y lo que se ha producido desde el 11 de febrero, desde la tarde en que
vi sufrir a Jesús en su Pasión. Ha sido una visión que me ha cambiado radicalmente. Ya muriese ahora, ya dentro de cien años,
esa visión permanecería siempre igual en su intensidad y en sus efectos. Antes pensaba en los dolores de Cristo; ahora los vivo,
porque me basta una palabra, una mirada a una imagen, para volver a sufrir cuanto sufrí aquella tarde y para horrorizarme ante
aquellos suplicios y angustiarme por aquel padecimiento suyo desolado; y, aunque nada lo recuerde, el recuerdo y su suplicio
están vivos en mí.
María empieza a hablar y yo me callo.
Dice María:
- Voy a hablar poco porque estás muy cansada, pobre hija mía. Sólo quiero que pongas — como también quien lee — tu
atención en la costumbre constante de José y mía de reservar siempre el primer puesto a la oración. Ni el cansancio ni la prisa ni
los pesares ni las ocupaciones impedían la oración; antes al contrario, la favorecían.
Era siempre la reina de nuestras ocupaciones. Nuestro refrigerio, nuestra luz, nuestra esperanza. Si en las horas tristes
era consuelo, en las felices canto; pero siempre, la amiga constante de nuestra alma: era la que nos desligaba de la tierra, del
destierro, y nos mantenía en suspensión hacía el Cielo, la Patria.
No sólo yo — que ya tenía dentro de mí a Dios y me bastaba con mirarme dentro para adorar al Santo de los santos —
me sentía unida a Dios cuando oraba, sino que también lo sentía José, porque nuestra oración era adoración verdadera de todo
el ser, que se fundía con Dios adorándole y recibiendo a su vez su abrazo.
Fijáos que ni siquiera yo, que ya tenía en mí al Eterno, me sentí exenta de prestar veneración al Templo. La más alta
santidad no exime de sentirse una nada respecto a Dios y de humillar esta nada, puesto que Él nos lo permite, en un continuo
grito de júbilo a su gloria.
¿Sois débiles, pobres, imperfectos? Invocad la santidad del Señor: "¡Santo, Santo, Santo!". Invocad al Santo bendito
para que socorra vuestra miseria. Vendrá, transfundiéndoos su santidad. ¿Sois santos, ricos de méritos ante sus ojos? Invocad
igualmente la santidad del Señor, la cual, siendo infinita, aumentará cada vez más la vuestra. Los ángeles, seres que están por
encima de las debilidades de la humanidad, no cesan un instante de cantar su "Sanctus", y su belleza sobrenatural crece con
cada acto de invocación de la santidad de nuestro Dios. Imitad, pues, a los ángeles.
No os despojéis nunca del amparo de la oración. Contra ella se despuntan las armas de Satanás, las malicias del mundo,
los apetitos de la carne, las soberbias de la mente. No bajéis jamás esta arma, por la cual los Cielos se abren, lloviendo así gracias
y bendiciones.
La tierra tiene necesidad de un baño de oraciones para purificarse de las culpas que atraen los castigos de Dios. Y, dado
que pocos oran, esos pocos deben orar como si fueran muchos, multiplicar sus oraciones vivas para obtener con ellas esa suma
necesaria para conseguir gracia; y las oraciones viven cuando están sazonadas con verdadero amor y sacrificio.
Que tú, hija, sufras, además de por tu sufrimiento, por el mío y el de mi Jesús, es bueno, es meritorio y grato a Dios.
Tengo en gran estima tu amor compasivo. ¿Querías besarme? Besa las llagas de mi Hijo. Úngelas con el bálsamo de tu amor. Yo
sentí espiritualmente el agudo dolor de los azotes y de las espinas y la tortura de los clavos y de la cruz. Mas, de la misma forma,
siento espiritualmente todas las caricias hechas a mi Jesús, y son otros tantos besos que yo recibo. Bueno, ven de todas formas;
verdad es que soy la Reina del Cielo, pero sigo siendo la Madre...
Y yo me siento bendecida.

21
La llegada de María a Hebrón y su encuentro con Isabel.
Me encuentro en un lugar montañoso. No son grandes montañas, pero tampoco puede decirse que sean simples
colinas. Tienen cimas y sinuosidades ya propias de las verdaderas montañas, como las que se ven en nuestros Apeninos toscoumbrianos. La vegetación es tupida y bonita. Abunda el agua fresca que mantiene verdes los pastos y fértiles los huertos, casi
todos plantados de manzanos, higueras y vid; esta última, en torno a las casas. Debe ser primavera, como se deduce de que las
uvas sean ya de un cierto volumen, como semillas de veza; y de que las flores de los manzanos asemejen a numerosas bolitas de
color verde intenso; así como del hecho de que en lo alto de las ramas de las higueras hayan aparecido ya los primeros frutos,
todavía en estado embrional, pero ya bien definidos. Y los prados son una verdadera alfombra esponjosa y de mil colores en que
pacen, o descansan, las ovejas: manchas blancas sobre el fondo de esmeralda de la hierba.
María sube en su burrito por una vía que está en bastante buen estado, y que debe ser de primer orden. Sube, porque,
efectivamente, el pueblo, de aspecto bastante ordenado, está más arriba. Mi interno consejero me dice:
- Este lugar es Hebrón». Usted me hablaba de Montana. Yo no sé qué hacer. A mí se me indica con este nombre. No sé
si será «Hebrón» toda la zona o sólo el pueblo. Yo oigo esto, y esto es lo que digo.
María está entrando en el pueblo. Atardece. Algunas mujeres, en las puertas de las casas, observan la llegada de la
forastera y chismean entre sí. La siguen con la mirada y no se quedan tranquilas hasta que la ven detenerse delante de una de
las casas más lindas, situada en el centro del pueblo y que tiene delante un huerto-jardín, y detrás y alrededor un huerto de

árboles frutales bien cuidado, que se extiende luego dando lugar a un vasto prado que sube y baja por las sinuosidades del
monte, para terminar en un bosque de altos árboles, tras el cual no sé qué más hay. Todo ello cercado por un seto de morales o
rosales silvestres. No lo distingo bien porque — no sé si usted lo tiene presente — tanto la flor como el ramaje de estas matas
espinosas son muy semejantes, y mientras no aparece el fruto en las ramas es fácil confundirse. En la parte delantera de la casa,
es decir, por el lado paralelo al pueblo, la propiedad está cercada por un pequeño muro blanco, a lo largo de cuya parte alta hay
ramas de verdaderos rosales, todavía sin flores, aunque ya llenas de capullos. En el centro, una cancilla de hierro, cerrada. Se
comprende que se trata de la casa de una de las personalidades del pueblo, y de gente que vive desahogadamente, pues,
efectivamente, todo en ella da signos, si no de riqueza y de pompa, sí, sin duda, de bienestar. Y mucho orden.
María se baja del burrito y se acerca a la puerta de hierro. Mira por entre las barras. No ve a nadie. Entonces trata de
que la oigan. Una mujercita (la más curiosa de todas, que la ha seguido) le hace señales para que se fije en un extraño objeto
que sirve para llamar: dos piezas de metal dispuestas en equilibrio en una especie de yugo, las cuales, moviendo el yugo con una
gruesa cuerda, chocan entre sí haciendo el sonido de una campana o de un gong.
María tira de la cuerda, pero lo hace de forma tan delicada que el sonido es sólo un ligero tintineo que nadie oye.
Entonces la mujercita, una viejecilla toda ella nariz y barbilla puntiaguda, y con una lengua que vale por diez juntas, se agarra a la
cuerda y se pone a tirar, a tirar, a tirar. Una llamada que despertaría a un muerto.
- Se hace así, mujer. Si no, ¿cómo va a querer que la oigan? Sepa que Isabel es anciana, y también Zacarías. Y ahora,
además de sordo, está mudo. Los dos sirvientes son también viejos, ¿sabe? ¿Ha venido alguna otra vez? ¿Conoce a Zacarías?
¿Es usted...?.
Aparece un viejecillo renco que salva a María de este diluvio de informaciones y preguntas. Debe ser jardinero o
labrador. Lleva en la mano un pequeño rastrillo y una hoz atada a la cintura. Abre. María entra mientras le da las gracias a la
mujer, pero... ¡ay!, la deja sin respuesta. ¡Qué desilusión para la curiosa!
Nada más entrar, dice:
- Soy María de Joaquín y Ana, de Nazaret. Prima de vuestros señores.
E1 viejecillo inclina la cabeza y saluda, luego da una voz:
-¡Sara! ¡Sara!.
Y abre otra vez la verja para coger el borriquillo, que se había quedado afuera porque María, para librarse de la
pegajosa mujercita, se había colado dentro muy rápida, y el jardinero, tan rápidamente como Ella, había cerrado la verja delante
de las narices de la chismosa. Pasa al burro y, mientras lo hace, dice:
-¡Ah... gran dicha y gran desgracia para esta casa! El Cielo ha concedido un hijo a la estéril. ¡Bendito sea por ello el
Altísimo! Pero Zacarías volvió de Jerusalén mudo hace ya siete meses. Se hace entender con gestos, o escribiendo. ¿Ha tenido
noticia de ello? Mi señora, en medio de esta alegría y este dolor, la ha echado mucho de menos. Siempre hablaba de usted con
Sara. Decía: "¡Si estuviese aquí conmigo mi pequeña
María... ! Si hubiera seguido hasta ahora en el Templo, habría enviado a Zacarías a traerla. Pero el Señor ha querido que fuese la
esposa de José de Nazaret. Sólo Ella podría consolarme en este dolor y ayudarme a rezar a Dios, porque todo en Ella es bondad.
En el Templo todos la echan de menos y están tristes. La pasada fiesta, cuando fui con Zacarías la última vez a Jerusalén a dar
gracias a Dios por haberme dado un hijo, oí de sus maestras estas palabras: "Al Templo parecen faltarle los querubines de la
Gloria desde que la voz de María no suena ya entre estas paredes". ¡Sara! ¡Sara! Mi mujer es un poco sorda. Ven, ven, que te
llevo yo».
En vez de Sara, aparece, en la parte alta de una escalera adosada a un lado de la casa, una mujer ya muy anciana, ya
llena de arrugas, con el pelo muy canoso — pero que ha debido ser negrísimo, a juzgar por lo negras que tiene las pestañas y las
cejas y por el color moreno de su cara —. Contrasta en modo extraño, con su visible vejez, su estado, ya muy patente, a pesar de
la ropa amplia y suelta que lleva. Mira protegiéndose los ojos de la luz con la mano. Reconoce a María. Levanta los brazos hacia
el cielo con una exclamación de asombro y de alegría, y se apresura, en la medida en que puede, hacia abajo al encuentro de la
recién llegada. Y María — cuyos movimientos son siempre moderados — esta vez se echa a correr rápida como un cervatillo y
llega al pie de la escalera al mismo tiempo que Isabel. Y recibe en su pecho con viva efusión de afecto a su prima, que, al verla,
llora de alegría.
Permanecen abrazadas un momento. Luego Isabel se separa con una exclamación de dolor y alegría al mismo tiempo, y
se lleva las manos al abultado vientre. Agacha la cabeza, palideciendo y sonrojándose alternativamente. María y el sirviente
extienden los brazos para sujetarla, pues ella vacila como si se sintiera mal.
Pero Isabel, después de un minuto de estar como recogida dentro de sí, alza su rostro, tan radiante que parece
rejuvenecido, mira a María sonriendo con veneración como si estuviera viendo un ángel y se inclina en un intenso saludo
diciendo:
-¡Bendita tú entre todas las mujeres! ¡Bendito el Fruto de tu vientre! (lo dice así, dos frases bien separadas) ¿Cómo he
merecido que venga a mí, sierva tuya, la Madre de mi Señor? Sí, ante el sonido de tu voz, el niño ha saltado en mi vientre como
jubiloso, y cuando te he abrazado el Espíritu del Señor me ha dicho una altísima verdad en el corazón. ¡Dichosa tú, porque has
creído que a Dios le fuera posible lo que posible no aparece a la humana mente! ¡Bendita tú, que por tu fe harás realidad lo que
te ha sido predicho por el Señor y fue predicho a los Profetas para este tiempo! ¡Bendita tú, por la Salud que engendras para la
estirpe de Jacob! ¡Bendita tú, por haber traído la Santidad a este hijo mío que siento saltar de júbilo en mi vientre como
cabritillo alborozado porque se siente liberado del peso de la culpa, llamado a ser el precursor, santificado antes de la Redención
por el Santo que se está desarrollando en ti!.
María, con dos lágrimas como perlas, que le bajan desde los risueños ojos hasta la boca sonriente, el rostro alzado hacia
el cielo, levantados también los brazos, en la posición que luego tantas veces tendrá su Jesús, exclama:

- El alma mía magnifica a su Señor – y continúa el cántico como nos ha sido transmitido. Al final, en el versículo: «Ha
socorrido a Israel, su siervo etc», recoge las manos sobre el pecho y se arrodilla muy curvada hacia el suelo adorando a Dios.
El sirviente, cuando había visto que Isabel no se sentía mal y que quería manifestar su pensamiento a María, se había
retirado prudentemente; ahora vuelve del huerto acompañado de un anciano de aspecto majestuoso, de barba y pelo
enteramente blancos, el cual, con vistosos gestos y sonidos guturales, saluda desde lejos a María.
- Zacarías está llegando - dice Isabel tocando en el hombro a la Virgen, que está orando absorta - Mi Zacarías está
mudo. Está bajo sanción divina por no haber creído. Ya te contaré luego. Ahora espero en el perdón de Dios porque has venido
tú; tú, llena de Gracia.
María se levanta. Va hacia Zacarías. Se inclina hasta el suelo ante él. Le besa la orla de la vestidura blanca que le cubre
hasta los pies. Esta vestidura es muy amplia y está sujeta a la cintura por una ancha franja bordada.
Zacarías, con gestos, da la bienvenida a María, y juntos van donde Isabel. Entran todos en una vasta habitación, muy
bien puesta, de la planta baja. Ofrecen asiento a María y mandan que le sirvan una taza de leche recién ordeñada — todavía
tiene la espuma — y unas pequeñas tortas.
Isabel da órdenes a la sirvienta, quien, embadurnadas de harina todavía las manos y el pelo más blanco de cuanto en
realidad lo es, por la harina que tiene, por fin ha hecho acto de presencia. Quizás estaba haciendo el pan. Da órdenes también al
sirviente — al que oigo llamar Samuel — para que lleve el baulillo de María a la habitación que le indica. Todos los deberes de
una señora de casa para con su huésped.
Entretanto, María responde a las preguntas que Zacarías le hace escribiendo con un estilo en una tablilla encerada. Por
las respuestas, comprendo que le está preguntando por José y por cómo se encuentra siendo su prometida. Y comprendo
también que a Zacarías le es negada toda luz sobrenatural acerca de la gravidez de María y su condición de Madre del Mesías. Es
Isabel quien, acercándose a su marido y poniéndole con amor una mano en el hombro, como para hacerle una casta caricia, le
dice:
- María también es madre. Regocíjate por su felicidad - Y no dice nada más. Mira a María; y María la mira, pero no la
invita a decir nada más, por lo cual guarda silencio.
¡Dulce, dulcísima visión que me cancela el horror que me quedó al ver el suicidio de Judas!
Ayer por la tarde, antes del sopor, vi el llanto de María, inclinada hacia la piedra de la unción, sobre el cuerpo sin vida
del Redentor. Estaba a su lado derecho, dando la espalda a la boca de la gruta sepulcral. La luz de las antorchas iluminaba su
cara y me hacía ver su pobre rostro devastado por el dolor, lavado por el llanto. Cogía la mano de Jesús, la acariciaba, se la
calentaba en sus mejillas, la besaba, extendía los dedos... besaba uno a uno estos dedos ya inmóviles. Luego acariciaba el rostro
de Jesús, se inclinaba a besar la boca abierta, los ojos semicerrados, la frente herida. La luz rojiza de las antorchas daba un
aspecto más vivo aún a las llagas de todo ese cuerpo torturado y hacía más verídica la crudeza del suplicio padecido y la realidad
de su estar muerto.
Y así me quedé contemplando mientras permaneció lúcida mi inteligencia. Luego, despertada del sopor, he orado y me
tranquilicé para dormir verdaderamente. Entonces me comenzó la visión que he descrito. Pero la Madre me dijo: «No te
muevas. Únicamente mira. Mañana escribirás». Durante el sueño he vuelto a soñar todo. Me he despertado a las 6'30 y he
vuelto a ver cuanto ya había visto despierta y en sueño. He escrito mientras veía. Luego ha venido usted (el sacerdote con quien
ella consultaba y a quien daba los escritos) y le he podido preguntar si tenía que meter lo que sigue. Son pequeños cuadros
separados que tratan del tiempo de permanencia de María en casa de Zacarías.

22
Las jornadas en Hebrón. Los frutos de la caridad de María hacia Isabel.
Veo a María cosiendo sentada en la sala de la planta baja. Parece que es por la mañana. Isabel va y viene, ocupándose
de la casa. Cada vez que entra, se acerca a depositar una caricia en la rubia cabeza de María, más rubia aún ahora por el
contraste con las paredes; más bien oscuras, y bajo el rayo del luminoso sol que entra por la puerta abierta que da al jardín.
Isabel se inclina a mirar el trabajo de María — es el bordado que tenía en Nazaret — y alaba su belleza.
- Tengo también lino para hilar - dice María.
-¿Para tu Niño?
- No. Lo tenía ya cuando todavía no pensaba que... - María no acaba la frase, pero yo entiendo: «... cuando todavía no
pensaba que iba a ser Madre de Dios.
- Pero ahora tendrás que usarlo para Él. ¿Es bonito? ¿Es fino? Ya sabes que los niños necesitan una tela suavísima.
- Sí, lo sé.
- Yo había empezado... Tarde, porque quería estar segura de que no era un engaño del Maligno; a pesar de que... sentía
en mí una alegría, tal, que, no, no podía provenir de Satanás. Luego... he sufrido mucho. Soy vieja, María, para encontrarme en
este estado. "He sufrido mucho. Tú no sufres...
- Yo no. Nunca me he sentido tan bien.
-¡Ya! ¡Claro! En ti no hay mancha, si Dios te ha elegido para ser Madre suya. Por tanto, no estás sujeta a los sufrimientos
de Eva. El Fruto concebido en ti es santo.
- Es como si tuviera un ala en el corazón y no un peso; es como llevar dentro todas las flores y todas las avecillas que
cantan en primavera, y toda la miel y todo el sol... ¡Oh, me siento dichosa!.

-¡Bendita eres! Yo también, desde que te he visto, he dejado de sentir peso, cansancio y dolor. Me siento nueva, joven,
liberada de las miserias de mi carne de mujer. Mi hijo saltó primero dichoso ante el sonido de tu voz, luego se tranquilizó
gozoso. Y me parece como si lo llevase dentro en una cuna viva, y como si le viera dormir completamente satisfecho y dichoso, y
respirar como un pajarito feliz bajo el ala de su madre... Ahora me voy a poner manos a la obra. No sentiré ya el peso. Veo poco,
pero...
-¡Deja, Isabel! Me encargo yo de hilar y tejer para ti y para tu niño. Yo soy rápida y veo bien.
- Pero tendrás que ocuparte del tuyo....
-¡Bueno, hay tiempo de sobra!... Primero me ocuparé de ti, que ya vas a tener pronto al pequeñuelo; luego de mi Jesús.
Decirle lo dulce de la expresión y voz de María, decirle cómo se adornaran sus ojos de un suave, dichoso llanto, cómo
Ella sonríe al pronunciar este Nombre, mirando al cielo luminoso y azul, es superior a las posibilidades humanas. Parece como si
el éxtasis la arrobara por el solo hecho de pronunciar «Jesús».
Isabel dice:
-¡Qué nombre más hermoso! ¡El Nombre del Hijo de Dios, Salvador nuestro!.
-¡Oh..., Isabel! - María revela una expresión tristísima y ha aferrado las manos que su parienta tenía cruzadas sobre el
vientre abultado - Dime, tú que, cuando yo llegué, fuiste investida del Espíritu del Señor y que profetizaste lo que el mundo
ignora. Dime, ¿qué tendrá que hacer para salvar al mundo mi Criatura? Los Profetas... ¡Oh!... ¡Los Profetas que hablan del
Salvador!... Isaías... ¿recuerdas Isaías! "Él es el Varón de los dolores. Por sus moretones recibimos la salud. Él ha sido traspasado
y está llagado por nuestras iniquidades... Plugo al Señor quebrantarlo con dolores... Tras la condena fue levantado..." ¿De qué
elevación habla? Le llaman Cordero, y yo pienso... yo pienso en el cordero pascual, el cordero mosaico, y concateno esto con la
serpiente que Moisés levantó en una cruz. ¡Isabel!... ¡Isabel! ¿Qué le harán a mi Criatura? ¿Qué tendrá que sufrir para salvar al
mundo? - María se echa a llorar.
Isabel la quiere consolar diciendo:
- María, no llores. Es tu Hijo, pero también es Hijo de Dios. Dios se preocupará de su Hijo y de ti, que eres su Madre. Si
bien es cierto que muchos lo tratarán cruelmente, también lo es que otros muchos lo amarán. ¡Muchos!... Por los siglos de los
siglos. El mundo dirigirá su mirada al que de ti nacerá y, junto con El, te bendecirá a ti, que eres Manantial de redención. ¡La
suerte de tu Hijo! Proclamado Rey de toda la creación. Piensa en esto, María. Rey, por haber rescatado toda la creación; como
tal, será su Rey universal. Y también en la tierra, en el tiempo, será amado. El que nacerá de mí precederá al tuyo y lo amará. Se
lo dijo el ángel a Zacarías. Él me lo escribió... ¡Qué dolor ver mudo a mi Zacarías! De todas formas, espero que cuando nazca el
niño el padre sea liberado de este castigo. Pide tú por ello, tú que eres la Sede de la Potencia de Dios y la Causa de la alegría del
mundo. Yo, para obtener esto, como puedo hago ofrenda de mi criatura al Señor, porque es suya, pues Él se la ha prestado a su
sierva para proporcionarle la alegría de ser llamada "madre". Es el testimonio de cuanto Dios me ha hecho. Quiero que se llame
Juan. ¿No es él, mi niño, acaso, una gracia? Y ¿no es Dios quien me la ha dado?.
- Y Dios — yo también estoy convencida de ello — te concederá esa gracia. Yo oraré... contigo.
-¡Siento tanto dolor viéndolo mudo!... - Isabel llora - Cuando escribe, pues ya no puede hablarme, es como si montes y
mares estuvieran entre mí y mi Zacarías. Después de tantos años de dulces palabras, ahora sólo silencio de su boca... sobre todo
ahora, que sería verdaderamente hermoso hablar del que ha de venir. Incluso yo misma evito hablar para no verlo cómo se
fatiga respondiéndome con gestos. ¡He llorado tanto... ! ¡Cuánto te he echado de menos! El pueblo mira, chismorrea y critica. El
mundo es así. Cuando se padece una pena o se tiene una alegría, tenemos necesidad de alguien capaz de comprender, no de
criticar. Ahora es como si toda la vida fuera mejor. Estoy alegre desde que llegaste; siento que mi prueba pronto quedará
superada y que pronto mi dicha será completa. Será así, ¿no es verdad? Yo me resigno a todo, pero... ¡si Dios perdonara a mi
marido! ¡Oh, poder oírle orar de nuevo!...
María la acaricia y la anima, y le propone, para distraerla, salir un poco al soleado jardín.
Caminan bajo una pérgola bien cuidada, hasta una torrecilla rural, en cuyos agujeros hacen sus nidos las palomas.
María les echa comida sonriendo, pues se le han echado encima arrullando intensamente. Su revoloteo dibuja en torno
a Ella círculos iridiscentes. Se le posan sobre la cabeza, sobre los hombros, en los brazos y en las manos, alargando los picos
rosados para arrebatarle los granitos de la concavidad de las manos, picoteando con gracia los róseos labios de la Virgen, y los
dientes, que le brillan con el sol. María saca de un saquito el blondo trigo, y ríe en medio de ese carrusel de avidez impetuosa.
-¡Cuánto te quieren! - dice Isabel - Pocos días llevas con nosotros y ya te quieren más que a mí, que las he cuidado
siempre.
El paseo continúa hasta llegar a un recinto cerrado en el fondo del huerto. Hay unas veinte cabritas con sus cabritillos.
-¿Has vuelto del pasto? - pregunta María a un pastorcillo acariciándolo.
- Sí, porque mi padre me ha dicho: "Vete a casa, que dentro de poco va a llover y hay ovejas que pronto van a parir.
Preocúpate de que tengan hierba seca y cama de paja preparada". Viene por allí - Y señala hacia más allá del bosque, de donde
llega un trémulo balitar.
María acaricia a un cabritillo que se restriega en ella, rubio como un niño. Y ella e Isabel beben la leche recién ordeñada
que el pastorcillo les ofrece.
Llegan las ovejas con un pastor hirsuto como un oso. Debe ser, no obstante, un buen hombre porque lleva sobre sus
hombros una oveja quejumbrosa. La deja en el suelo despacio; explica que está para dar a luz un cordero, que no podía caminar
sino con dificultad, que se la ha puesto sobre los hombros y que se ha dado una buena carrera para llegar a tiempo. Y el niño
conduce al redil a la oveja, que va cojeando a causa de los dolores.
María se ha sentado en una piedra y juega con los cabritillos y los corderos, ofreciendo a sus rosados morritos flores de
trébol. Un cabritillo blanco y negro le pone las patitas sobre un hombro y le olisquea los cabellos. «No es pan» dice María riendo.
«Mañana te traigo una corteza. Ahora tranquilo».

También Isabel, ya sosegada, ríe.
"Veo a María hilando premurosamente bajo la pérgola en que la uva aumenta de volumen. Debe haber pasado ya un
poco de tiempo, pues las manzanas comienzan a tomar color rojo en los árboles, y las abejas zumban cerca de las flores de la
higuera ya formadas.
Isabel está verdaderamente gruesa y camina pesadamente. María la mira con atención y amor. También a María, que se
ha levantado para recoger el huso, que se le ha caído lejos, se la ve más llena a la altura de los costados, y su expresión ha
cambiado. Ahora es más madura. Antes era niña, ahora es mujer.
Está anocheciendo y las mujeres entran en casa; en la habitación se encienden las lámparas. En espera de la cena,
María teje.
-¿No te cansa nunca? - pregunta Isabel señalando el telar.
- No, tenlo por seguro.
- A mí este calor me deja sin fuerzas. No he vuelto a tener dolores, pero ahora el peso es grande para mis riñones, que
ya son viejos».
-¡Ánimo! Pronto serás liberada de ese peso. ¡Qué feliz te sentirás entonces! Yo ardo en deseos de ser madre. ¡Mi Niño,
mi Jesús! ¿Cómo será?
- Tan guapo como tú, María.
-¡Oh, no! ¡Más guapo! Él es Dios, yo soy su sierva. Me refería a si será rubio o moreno, si tendrá los ojos como el cielo
sereno o como los de los ciervos de las montañas. Yo me le imagino más hermoso que un querubín, de cabellos rizados y color
oro; los ojos del color de nuestro mar de Galilea cuando las estrellas empiezan a asomarse al confín del cielo; una boquita
pequeñina y roja como el corte de una granada apenas abierta por el sol que la madura; sus mejillas, un rosáceo como éste de
esta pálida rosa; dos manitas que, de lo pequeñitas y lindas que serán, podrán estar dentro de la corola de una azucena; dos
piececitos que podrían caberme en el hueco de la mano, más delicados y lisos que un pétalo de flor. Mira, yo pongo en la idea
que me he hecho de El todo lo que de hermoso me sugiere la tierra. Ya oigo su voz. Cuando llore — un poco llorará por hambre
o por sueño mi Niño, y ello causará siempre un gran dolor a su Mamá, que no podrá, no, no podrá oírle llorar sin sentirse
traspasar el corazón cuando llore, su voz será como ese balido que ahora oímos, de corderito de pocas horas que está buscando
la mama y el calor de la lana materna para dormir. En la risa, en esa risa que llenará de cielo mi corazón, enamorado de mi
Criatura — puedo estar enamorada de Él porque es mi Dios, y amarle con amor de enamorada no es contravenir a mi
consagrada virginidad —, en la risa, su voz será como el zurear jubiloso de este pichoncito, contento porque ha comido,
satisfecho en el nido calentito. Pienso en Él dando sus primeros pasos... un pajarillo saltando en un prado florido. El prado será
el corazón de su Mamá, que estará bajo sus piececitos de rosa con todo su amor para que no encuentre nada que le produzca
dolor. ¡Cuánto le voy a querer a mi Niño, a mi Hijo! ¡Y también José lo amará!
- Sí, pero tendrás que decírselo también a José.
Se le nubla el rostro a María, que suspira.
- Tendré que decírselo... Yo habría querido que se lo dijera el Cielo, porque es muy difícil de decir.
-¿Quieres que se lo diga yo? Lo llamamos para la circuncisión de Juan...
- No. Mira, he dejado en manos de Dios la tarea de instruirle, y lo hará, acerca del feliz destino de nutricio del Hijo de
Dios. El Espíritu me dijo aquella tarde: "Guarda silencio. Déjame a mí la tarea de justificarte". Y lo hará. Dios no miente nunca. Es
una gran prueba, pero con la ayuda del Eterno será superada. De mi boca, ninguno, aparte de ti, a quien el Espíritu se lo ha
revelado, debe saber lo que la benevolencia del Señor ha hecho a su sierva.
- He guardado silencio siempre, incluso con Zacarías, que hubiera exultado de gozo si lo hubiera sabido. Él cree que eres
madre según la naturaleza.
- Sí, lo sé. Así lo he querido por prudencia. Los secretos de Dios son santos. El ángel del Señor no le ha revelado a
Zacarías mi maternidad divina. Habría podido hacerlo, si Dios hubiese querido, porque Dios sabía que ya era inminente el
momento de la Encarnación de su Verbo en mí. Pero Dios le ha tenido escondida esta luz de gozo a Zacarías, que no aceptaba,
por considerarlo imposible, vuestra paternidad y maternidad tardías. Me he puesto en sintonía con la voluntad de Dios, y, ya
ves, tú has sentido el secreto que vive en mí, y él no ha advertido nada. Hasta que no se desprenda el diafragma de su
incredulidad ante la potencia de Dios, se verá separado de las luces sobrenaturales.
Isabel suspira y guarda silencio.
Entra Zacarías. Ofrece unos rollos a María. Es la hora de la oración de la cena. María reza en voz alta en vez de Zacarías.
Luego se sientan a la mesa.
- Cuando te marches, ¡cómo echaremos de menos el no tener quien ore en lugar de nosotros! - dice Isabel mirando a su
mudo.
- Tú rezarás para ese entonces, Zacarías - dice María.
Él menea la cabeza y escribe: «No podré volver a orar en representación de otros. Me he hecho indigno de ello desde
que dudé de Dios».
- Zacarías, tú rezarás. Dios perdona.
El anciano se enjuga una lágrima y suspira.
Terminada la cena, María vuelve al telar.
-¡Vale ya! - dice Isabel - Es demasiado cansancio.
- Está próxima la hora, Isabel. Quiero hacerle a tu niño un equipo digno del predecesor del Rey de la estirpe de David.
Zacarías escribe: « ¿De quién nacerá Él, y dónde?».
María responde:
- Donde han dicho los Profetas, y de quien elija el Eterno. Todo lo que nuestro Señor altísimo hace está bien hecho.

Zacarías escribe: « ¡Entonces, en Belén! En Judea. Mujer, iremos a venerarlo. Tú también vendrás con José a Belén».
Y María, inclinando hacia su telar la cabeza, dice:
- Iré.
La visión cesa así.
Dice María:
- El primer acto de caridad para con el prójimo ha de ejercitarse con el prójimo. No veas en esto un juego de palabras.
La caridad se tiene hacia Dios y hacia el prójimo. En la caridad hacia el prójimo está comprendida también la que tiene por
objeto nosotros mismos. Pero, si nos amamos más que a los demás, ya no somos caritativos, somos egoístas. Incluso en las
cosas lícitas debemos ser tan santos, que demos siempre prioridad a las necesidades de nuestro prójimo. Estad seguros, hijos,
de que Dios completa la deficiencia de los generosos con medios de su potencia y bondad.
Esta certeza me impulsó a ir a Hebrón para ayudar en su estado a mi parienta. Pues bien, a este detalle mío de ayuda
humana, Dios, dando sin medida como El hace, añadió un inesperado don de ayuda sobrenatural. Yo había ido para aportar
ayuda material; Dios santificó mi recta intención haciendo, de la misma, santificación del fruto del vientre de Isabel y anulando,
a través de esta santificación, por la cual el Bautista fue presantificado, el sufrimiento físico de esta madura hija de Eva que
había concebido a una edad inusitada.
Isabel, mujer de fe intrépida y de confiado abandono a la voluntad de Dios, mereció comprender el misterio encerrado
en mí. El Espíritu le habló a través de ese vuelco de su vientre. El Bautista pronunció su primer discurso de Anunciador del Verbo
a través de los velos y los diafragmas de venas y de carne que lo separaban de su santa madre, y que a la vez la unían a ella.
No oculté mi condición de Madre del Señor a esta mujer que merecía saberlo, a quien además la Luz se había
manifestado. Ocultarla habría sido negarle a Dios la alabanza que era justo darle, el sentimiento de alabanza que yo llevaba en
mí y que, no pudiéndolo manifestar a nadie, lo manifestaba a la hierba, a las flores, a las estrellas, al sol, a los canoros pájaros, a
las pacientes ovejas, a las aguas cantarinas y a la luz de oro que me besaba descendiendo del cielo. Pero, orar dos juntos es más
dulce que decir uno solo su oración. Yo hubiera querido que el mundo entero hubiera conocido mi destino; no por mí, sino
porque todos se hubiesen unido a mí para alabar a mi Señor.
La prudencia me prohibió revelarle a Zacarías la verdad. Habría significado ir más allá de la obra de Dios, y, si bien era
cierto que yo era su Esposa y Madre, seguía siendo su Sierva y no debía — porque Él me había amado sin medida — permitirme
colocarme en su lugar y sobrepasar un decreto suyo.
Isabel, en su santidad, comprendió y guardó silencio, porque el que es santo es siempre sumiso y humilde.
El don de Dios debe hacernos cada vez mejores. Cuanto más recibimos de Él, más debemos dar, porque cuanto más
recibimos, más es signo de que Él está en nosotros y con nosotros, y cuanto más está en nosotros y con nosotros, más debemos
esforzarnos en alcanzar su perfección.
Ello explica por qué yo, posponiendo mi labor, trabajé para Isabel. No me dejé llevar del miedo de la falta de tiempo.
Dios es dueño del tiempo, y provee a las necesidades de quien en El espera, incluso en las cosas ordinarias. El egoísmo no
acelera, retarda; la caridad no retarda, acelera: tenedlo siempre en cuenta.
¡Cuánta paz en la casa de Isabel! Si no hubiera tenido la preocupación de José y esa, esa, esa preocupación de que mi
Niño era el Redentor del mundo, me habría sentido feliz. Pero ya la Cruz extendía su sombra sobre mi vida, ya me era sonido
fúnebre la voz de los Profetas...
Yo me llamaba María. La amargura siempre se mezclaba con las dulzuras que Dios vertía en mi corazón, amargura que
fue cada vez más en aumento, hasta la muerte de mi Hijo. Y, no obstante, cuando Dios nos destina a ser víctimas por su honor,
¡oh, qué dulce es ser trituradas en el molino, como el trigo, para hacer de nuestro dolor el pan que consolide a los débiles y los
haga capaces de obtener el Cielo!

23.
Nacimiento de Juan el Bautista. Todo sufrimiento se aplaca sobre el seno de María.
En medio de las cosas repugnantes que nos ofrece el mundo de ahora, baja del Cielo, y no sé cómo puede hacerlo, dado
que yo soy como una ramita seca a merced del viento en estos continuos choques contra la maldad humana, tan discordante
con lo que vive en mí, baja del Cielo, digo, esta visión de paz.
Continúa la casa de Isabel. Es una hermosa tarde de verano, aún clara con un último sol, y de todas formas ya adornada
en el cielo por un arco falcado de luna, que parece una coma de plata en una vasta tela azul intenso de fina seda.
Los rosales huelen fuertemente, y las abejas, gotas de oro zumbadoras, dan sus últimos vuelos en el aire quieto y
caliente de la tarde. De los prados viene un gran olor de heno secado al sol, un olor casi de pan, de pan caliente, recién hecho.
Quizás viene también de los muchos lienzos que están tendidos por todas partes para secarse y que ahora Sara está plegando.
María pasea dándole el brazo a su prima. Muy despacito van y vienen, bajo el emparrado semioscuro.
María está pendiente de todo y, a pesar de estar dedicada a Isabel, se da cuenta de que Sara está atareada en doblar un
largo lienzo que ha quitado de un seto.
- Espérame aquí, sentada - le dice a su parienta; y va a ayudar a la anciana sirvienta, estirando la tela para alisarla, y
doblándola con cuidado.
- Se siente todavía el sol, están calientes - dice sonriendo; y, para que se sienta contenta la mujer, añade:

- Esta tela después de tu blanqueo ha quedado más bonita que nunca. Nadie tiene tanta maña como tú - Sara se
marcha toda contenta con su carga de fragantes telas.
María vuelve con Isabel y dice:
- Otros poquitos pasos. Te vendrán bien - Y, dado que Isabel está cansada y no le apetece moverse, le dice:
- Vamos sólo a ver si todas tus palomas están en sus nidos y si el agua de su pilón está limpia. Luego nos volvemos a
casa.
Las palomas deben ser las predilectas de Isabel. Llegadas ante la rústica torrecilla donde ya se han recogido todas las
palomas (las hembras están en los nidos; los machos, delante de éstos y no se mueven, pero en viendo a las dos mujeres las
saludan con su arrullo), Isabel se emociona. La debilidad de su estado la vence y le produce temores que le hacen llorar. Se los
manifiesta a su prima:
- Si yo muriese... ¡pobres palomitas mías! Tú no permanecerás aquí. Si te quedaras en mi casa, no me importaría
morirme. He gozado de la máxima alegría que una mujer puede recibir, una alegría que ya me había resignado a no conocer
nunca. Ni de la misma muerte puedo presentarle quejas al Señor, porque Él, ¡bendito sea!, me ha colmado de su benevolencia.
Pero, está Zacarías... y estará el niño: uno, viejo, que se encontraría como perdido en un desierto sin su mujer; el otro, tan
pequeñito, que sería como una flor destinada a morir helada, por no tener a su mamá. ¡Pobre niño, sin las caricias de su
madre!...
- Pero, ¿por qué estás tan triste? Dios te ha dado la alegría de ser madre, y no te la va a quitar cuando llega a su
plenitud. El pequeño Juan tendrá todos los besos de su mamá y Zacarías gozará de todos los cuidados de su fiel esposa hasta la
más avanzada ancianidad. Sois dos ramas de un mismo árbol. No morirá uno dejando al otro solo.
- Tú eres buena y quieres consolarme, pero yo soy muy anciana para tener un hijo, y ahora que estoy para darlo a luz
tengo miedo!
-¡Oh, no! ¡Está aquí Jesús! Donde está Jesús no se debe tener miedo. Mi Niño te quitó el dolor cuando era como un
capullo recién formado; tú lo dijiste. Ahora, que cada vez va desarrollándose más y que vive ya como criatura mía; ahora, que
siento palpitar su corazón en mi garganta y es como si tuviera posado en ella un pajarito de nido con un corazoncito de suave
palpitar, alejará de ti todo peligro. Debes tener fe.
- La tengo. Pero, si yo muriese... no dejes a Zacarías inmediatamente. Sé que piensas en tu casa, pero, quédate un poco,
para ayudarle a mi marido en el momento del primer dolor.
- Me quedaré, para complacerme en la alegría de ambos, y sólo te dejaré cuando estés fuerte y te sientas aliviada.
Estate tranquila, Isabel; todo irá bien. En tu casa no faltará nada mientras dure tu dolor. Zacarías será servido por la más
amorosa de las siervas, y tus flores y tus palomas estarán cuidadas y a unas y a otras las encontrarás avivadas y bonitas para
recibir cálidamente a la dueña cuando vuelva. Regresemos a casa ahora, te estás poniendo pálida...
- Sí, me parece que tengo otra vez dolores. Quizás haya llegado la hora. María, ora por mí.
- Te sostendré con la oración hasta que tus dolores se transformen en gozo.
Y las dos mujeres entran despacio en la casa. Isabel se retira a sus habitaciones. María, hábil y previsora, da órdenes y
prepara todo lo que puede necesitarse, y trata de confortar a Zacarías, que está preocupado.
En la casa que vela esta noche, con voces nuevas, de mujeres llamadas para ayudar, María está en pie, vigilante como
un faro en una noche de tormenta. Toda la casa gravita sobre Ella, que, dulce y sonriente, provee a todo; y ora. Cuando no se le
llama para esto o aquello, se recoge en oración. Está en la habitación en que se reunían siempre para las comidas y el trabajo.
Con Ella está Zacarías, paseando turbado. Ya han orado juntos. María luego ha seguido orando; incluso ahora, que el
anciano, cansado, se ha sentado en su sillón junto a la mesa y se ha quedado en silencio, soñoliento. Cuando ve que está
dormido del todo — la cabeza sobre los brazos cruzados apoyados en la mesa —, Ella se desata las sandalias para hacer menos
ruido, y camina descalza; luego, con menos rumor del que puede hacer una mariposa volando por una habitación, coge el manto
de Zacarías y se lo extiende encima al anciano con una suavidad tal, que éste continúa durmiendo bajo el calorcito de la lana
protectora del fresco nocturno, que entra a ondas por la puerta, frecuentemente abierta. Luego sigue orando; cada vez con más
intensidad; de rodillas, con los brazos levantados, cuando el quejido de Isabel, que sufre, se agudiza.
Sara entra y la llama con señas. María sale con sus pies descalzos al jardín.
- La señora la llama - dice.
- Voy.
María va por el lado externo de la casa, sube la escalera... Parece un ángel blanco moviéndose en la noche quieta llena
de astros. Entra en la habitación de Isabel.
-¡Oh! ¡María! ¡María! ¡Cuánto dolor! ¡No puedo más, María! ¡Cuánto dolor hay que padecer para ser madre!.
María la acaricia con amor y la besa.
-¡María! ¡María! ¡Deja que ponga mis manos sobre tu vientre!.
María coge esas dos manos rugosas e hinchadas, las pone sobre su abdomen ya algo abultado y las mantiene apretadas
con sus manitas lisas y gráciles. Y ahora, que están las dos solas, habla en tono suave y dice:
- Jesús está aquí, oyéndote y viéndote. Ten confianza, Isabel. Su corazón santo late con más fuerza, porque está
actuando para bien tuyo. Lo siento latir como si lo tuviera entre una mano y otra. Yo entiendo las palabras de mi Niño hechas de
latidos. Ahora me está diciendo: "Dile a la mujer que no tema. Todavía un poco de dolor. Luego, con el primer sol, entre las
tantas rosas que esperan ese rayo matutino para abrir sus pétalos sobre su tallo, su casa tendrá la rosa más bonita, Juan, mi
Precursor".
Isabel apoya también la cara en el vientre de María y llora silenciosamente.
María está un
tiempo así, pues parece que el dolor va pasando a una fase de relajación reparadora. Luego indica a todos que estén tranquilos.
Ella permanece en pie, blanca y hermosa bajo el tenue claror de una lámpara de aceite, como un ángel al lado de quien sufre.

Ora. La veo mover los labios. De todas formas, aun cuando no se los viese mover, comprendería que está orando por la
expresión arrobada del rostro.
El tiempo pasa. Le vuelve el dolor a Isabel. María la besa de nuevo y se retira. Baja rápida a la luz de la luna y corre a ver
si el anciano duerme todavía. Duerme, gimiendo en el sueño. María hace un gesto de piedad. Se pone de nuevo a orar.
Pasa el tiempo. El anciano sale bruscamente de su sueño y levanta su rostro, confuso, como de quien no recordase bien
por qué estaba ahí. Luego recuerda, hace un gesto y profiere una exclamación gutural, y escribe: «¿No ha nacido todavía?».
María indica que no, y Zacarías: «¡Cuánto dolor! ¡Pobre esposa mía! ¿Lo logrará sin morir a cambio?».
María coge la mano del anciano tratando de infundirle ánimo:
- Para el alba, dentro de poco, el niño ya habrá nacido. Todo irá bien. Isabel es fuerte. ¡Qué bonito va a ser este día —
pues está cercana la aurora — en que tu niño va a ver la luz! ¡El más bello de tu vida! Grandes gracias te tiene reservadas el
Señor, y tu hijo es su anunciador.
Zacarías menea tristemente la cabeza y señala a su boca muda. Quisiera decir muchas cosas, pero no puede.
María se da cuenta de ello y responde:
- El Señor hará completa tu alegría. Cree en Él completamente, espera infinitamente, ama totalmente. El Altísimo te
escuchará más de lo que pudieras esperar. Él quiere esta fe tuya total como purificación de tu pasada desconfianza. Di en tu
corazón conmigo: "Creo". Dilo a cada uno de los latidos de tu corazón. Los tesoros de Dios se abren para quien cree en Él y en su
poderosa bondad.
La puerta está entornada y la luz comienza a penetrar por ella. María la abre. El alba ha puesto toda blanca la tierra
aljofarada de rocío. Se percibe un fuerte olor de tierra húmeda y hierba, y los primeros silbos de pájaros se llaman de rama a
rama.
El anciano y María salen a la puerta. Están pálidos por la noche pasada en vela; la luz del alba los pone aún más pálidos.
María calza de nuevo sus sandalias y va al pie de la escalera, atenta a ver si se oye algo. Una mujer se asoma, María hace unos
gestos y vuelve. Todavía nada.
Luego va a una habitación y regresa con leche caliente. Se la da a beber al anciano. Después va donde las palomas, y
desaparece de nuevo en esa habitación; quizás es la cocina. Se mueve aquí y allá, está atenta a todo. Se la ve tan ágil y tan
serena, que parece como si hubiera dormido el mejor de los sueños.
Zacarías pasea arriba y abajo nerviosamente por el jardín. María lo mira con piedad. Luego entra otra vez en la misma
habitación y, arrodillada junto a su telar, ora intensamente, pues la queja de la sufriente se hace más aguda. Se curva hasta el
suelo para suplicarle al Eterno. Zacarías vuelve, entra y la ve postrada en ese modo; el pobre anciano llora. María se alza y le
coge de la mano. Es mucho más joven que él, pero parece Ella la madre de esa vejez desolada sobre la que extiende sus
consuelos.
Permanecen así, el uno al lado del otro, bajo este sol que pone rosáceo el aire de la mañana. Estando así, llega a sus
oídos el jubiloso anuncio:
-¡Ha nacido! ¡Ha nacido! ¡Un niño! ¡Oh, padre dichoso! ¡Un niño lozano como una rosa, bonito como el Sol, fuerte y
bueno como la madre! ¡Alégrate, padre bendecido por el Señor, que te ha dado un hijo para que lo ofrezcas a su Templo! ¡Gloria
a Dios, que ha concedido posteridad a esta casa! ¡Benditos seáis tú y el hijo que te ha nacido! ¡Que su linaje perpetúe tu nombre
por los siglos de los siglos, generación tras generación, y permanezca siempre en alianza con el Señor eterno!
María, llorando de alegría, bendice al Señor. Luego, los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traído al padre para
que lo bendiga. Zacarías no va con Isabel; coge al niño, que grita como un desesperado. Pero no va donde su esposa.
María sí que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada más que María lo ha cogido en
brazos. La comadre, que va tras Ella, se percata de este hecho.
- Mujer — dice a Isabel — tu hijo se ha callado enseguida, cuando ella lo ha cogido en sus brazos. ¡Mira qué tranquilo
duerme; y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ¡Mira, ahora parece un pichoncito!
María deposita a la criatura junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris.
- La rosa ha nacido — le dice con voz suave — y tú vives. Zacarías está dichoso.
-¿Habla?
- Todavía no. Pero, espera en el Señor. Ahora descansa. Yo estoy contigo.
Dice María:
- Mi presencia había santificado al Bautista, pero no había cancelado a Isabel la condena proveniente de Eva. "Darás a
luz con dolor" había dicho el Eterno.
Sólo yo, sin mancha y sin haber tenido unión matrimonial humana, quedé exenta de engendrar con dolor. La tristeza y
el dolor son los frutos de la culpa. Yo, que era la Inculpable, tuve que conocer también el dolor y la tristeza, porque era la
Corredentora. Pero no conocí el tormento del generar; no, este tormento no lo conocí.
Y, no obstante, créeme, hija, no hubo, ni habrá jamás tormento puerperal semejante al mío de Mártir de una
Maternidad espiritual cumplida en el más duro lecho, el de mi cruz, al pie del patíbulo del Hijo que se me moría. ¿Qué madre se
verá obligada a generar de esa manera? ¿Qué madre se verá obligada a amalgamar el suplicio del desgarro de sus entrañas por
los estertores de su Hijo moribundo, con el suplicio de sentírsele retorcer las entrañas al tener que superar el horror de deber
decir: "Os amo; venid a mí, que soy Madre vuestra" a los que estaban matando a ese Hijo nacido del más sublime amor que
jamás haya visto el Cielo, del amor de un Dios con una virgen, del beso de Fuego, del abrazo de Luz, que se hicieron Carne, y que
del vientre de una mujer hicieron el Tabernáculo de Dios?
-¡Cuánto dolor para ser madre! - dice Isabel. - ¡Mucho! Sí, pero insignificante, comparado con el mío.
- Déjame poner las manos en tu vientre". ¡Ah, si cuando sufrís me pidierais siempre esto!
Yo soy la eterna Portadora de Jesús. Él está dentro de mi pecho, como tú lo viste el año pasado, cual Hostia en el
ostensorio. Quien a mí viene, a Él lo encuentra; quien en mí se apoya, a Él lo toca; quien a mi se dirige, con Él habla. Yo soy su


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