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Autor: vito

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Maria Valtorta

LOS CUADERNOS
1945-1950
Traducción del italiano de
A. Carmen Massari Acquavella

CENTRO EDITORIALE VALTORTlANO
Todos lo derechos reservados.
Título original: I Quaderni dal 1945 al 1950.
© 1984 by Emilio Pisani.
© 1985 by Centro Editoriale Valtortiano srl.
Traducción del italiano de
A. Carmen Massari Acquavella
© 2005 by Centro Editoriale Valtortiano srl.
Viale Piscicelli 89-91 03036 Isola del Liri (Fr) – Italy
www.mariavaltorta.com

ISBN 978-88-7987-095-5

Fotocomposición e impresión:
Centro Editoriale Valtortiano srl.
Reprinted in Italy, 2009
LOS CUADERNOS
1945-1950

2 de enero de 1945
No tengo una visión particular. Pero al amanecer, mientras digo el Rosario, con
los misterios dolorosos porque es martes, Jesús me ilustra nuovamente sus
sufrimientos de los 4 primeros misterios. Y todas las torturas del Getsemaní, de la
flagelación - ese sufrimiento siempre atroz pero que, yo diría, es tanto más atroz
cuanto más se la ve -, de la coronación con el cerco de espinas, pasan ante mí y me
hacen sufrir por los sufrimientos de Jesús.
Del cuarto misterio he visto solamente a Jesús que, tambaleándose, iba subiendo
por una callejuela estrecha y mal empedrada que conduce a la Puerta Judicial, uno de
los consabidos altibajos de Jerusalén. Allí, para sobrepasar un fuerte desnivel, hay dos
toscos peldaños. Para Jesús, que estaba exhausto e iba cargado con la larga y pesada
cruz, subirlos significaba un esfuerzo enorme. Sudaba, le faltaba el aliento, parecía
estar a punto de desplomarse.
Luego no vi nada más.
10 de enero de 1945
Tan pronto como me despierto se me presenta una visión singular.
Veo un cuarto estrecho, largo, oscuro, con el techo bajo. En uno de los lados estrechos
hay una pequeña ventana; es la única. En el fondo de la pared opuesta hay una
puertecita entreabierta que deja ver un mísero pasillo, iluminado apenas por la escasa
luz que penetra por alguna ventanita que no veo. En ese cuarto, que más bien parece un
pasillo, hay una mesa larga y rústica; no es más que una tabla espesa y lisa, del color
natural de la madera que, ciertamente, se ha oscurecido por el uso prolongado; está
sostenida por cuatro pares de patas: son soportes cilíndricos dispuestos de esta manera
/ \ en los dos extremos y en la cuarta parte de la mesa. En la pared hay un Crucifijo
muy grande.
7
A esa mesa están sentados siete franciscanos: San Francisco, a quien se le ve
pálido y demacrado como siempre; fray Elía, alto, bello, joven, con ojos negros y
fieros y negros cabellos rizados... ¡ay! sus rasgos y, sobre todo, sus gestos tienen una
semejanza muy fea con los de Judas. También fray León es joven y no muy alto, pero
su rostro expresa bondad y jovialidad. Estos frailes están a uno y otro lado de San
Francisco. Luego, junto a León, está fray Maseo, un fraile corpulento, calmo, más bien
anciano. Además hay tres frailecillos, que me parecen novicios o conversos; están
siempre en silencio, con actitud tímida y casi incómoda y están vestidos aún más
pobremente que los otros cuatro, pues ni siquiera llevan manto. Están comiendo, en
platos de estaño, verduras hervidas (me parece que se trata de brócoles o de repollo) y
pan de un color ceniciento.
«¡Qué rico es este pan! Tiene uip sabor especial. No sé cómo decirlo, casi parece un dulce...»,
dice fray Elía.
Y fray Maseo le responde: «Eso es, ¡un dulce! Y, además, es jugoso como la carne. Nutre,
tonifica. Es un alimento tan completo como una comida entera».
Fray León prosigue: «¡¿Y qué decir de la santa Hostia?! Jamás he sentido un sabor como ése:
Es una levedad inconsútil que se disuelve en dulzura... ¡Oh! ¡es una dulzura paradisiaca!».
«Os haré conocer a la que hace este pan y estas hostias. No os fijéis en su aspecto: es
rozagante y alegre, mas bajo la sonrisa afable oculta su austeridad. Es una conversa que hace

el pan y se ocupa de la comida de las monjas. Mas sé con seguridad que es bien poco el
alimento que ingiere y que se trata siempre del que las otras rechazan, del que a las otras
repugna. Si escasea la comida, la deja para las que son más débiles física y espiritualmente y
para su hambre y su cansancio destina sólo lo que al hombre le asquea... ¡Tendríamos que
llamarla Juana Bautista! En este desierto suyo de verdadera enclaustrada - desierto en sí
misma, porque la clausura es desierto sólo si así se lo quiere, es decir, si en ella se sabe vivir
con el Solo - se alimenta solamente de langostas y de caracoles arrancados de las verduras del
huerto y luego asados en la llama. Y aun así ríe y canta como una alondra libre. Hela aquí».
Los frailes, llevados por la curiosidad, se vuelven hacia la puertecita entreabierta. Entra una
monja bella, joven (tendrá unos 30 años), robusta. Sonriendo, apoya sobre la mesa una jarra
de agua y una escudilla de madera. Lleva un hábito derecho, de color herrum8
bre, con amplias mangas; por delante y por detrás, el monjil le cae hasta el suelo. No
veo cordón alguno. Ni tampoco veo un cinturón, porque lleva un pequeño manto corto,
circular, que le llega a las caderas y que está ajustado al cuello por un trocito de
madera. La cabeza está fajada por las vendas que le estrechan la frente - cubriéndosela
hasta las cejas - y también las mejillas y que luego descienden por debajo del monjil.
Por encima lleva el velo negro puesto como un manto, de este modo ~ . Tiene un
rostro bello, redondo, la tez rosada; ojos negros, risueños y brillantes, y hermosos
dientes, sanos y fuertes. Su estatura es normal y su aspecto robusto.
«He aquí a Sor Amata Diletta de Jesús», dice Francisco. Y luego prosigue: «A mis
compañeros les gustaría saber qué sueles poner en tu pan, que es tan bueno, y cómo
haces las hostias para la santa Misa, que son diferentes de todas las demás».
La monja ríe y responde inmediatamente: «El aroma me lo da mi vendedor de especias».
«Pues, ¿de qué aroma se trata?».
«De la Caridad de Él, de Jesús, mi Señor, mi Esposo».
No veo nada más. La visión termina con el rostro de Sor Amata Diletta de Jesús, que
resplandece al decir estas palabras.
Mientras aún sigue hablando el P. Migliorini1, antes de la Comunión, también
habla el Maestro. Y su tono es tan imperioso que planto al sacerdote y me ocupo de
Jesús. Dicta:
«Yo soy tu Superior. ¿Sientes mi Gracia en ti? ¿Me sientes en tu corazón, sientes
que te apruebo? Y entonces, ¿qué pasa? ¿No soy acaso Yo el Superior de los
superiores? ¿No soy Yo tu Clausura? ¿Tu amor hacia Mí y mi Amor por ti no son
acaso barreras y cancelas?
¿Hay quien se empecina en la dureza de las necesidades? ¿Por qué lo hace? Lo hace por
soberbia y egoísmo. ¡Oh, santa Humildad que ya fue mía! ¡Oh, santa Pobreza que ya fue mía!
¡Oh, santa Caridad que soy Yo mismo!
A ti, que sufres, te he dado una luz: Sor Amata Diletta de Jesús, que es más tuya que de los
franciscanos».
__________________________________
1 Se trata del padre Romualdo M. Migliorini perteneciente a la orden de los
Siervos de María, director espiritual de la escritora desde 1942 hasta 1946. Para su
biografía, véase la nota 2 del 22 de abril en “Los cuadernos. 1943”.
9
Ayer por la noche Jesús me dictó esto para Sor Gabriella2:
«Ave, Maria Gabriella de mi Madre. No conozco un saludo más dulce.

Sí, es la “palabra de oro”. La coloco donde hay algún sufrimiento, algún sufrimiento que aún
conserva algo humano... que Yo quiero abolir. Por eso lo abraso con el oro encendido de mi
Caridad. A los que prefiero les doy como suerte no sólo la de ser amados sino también
temidos y no comprendidos, para que así se asemejen más a Mí y para que no amen más que
a Mí. Todo afecto que se da o se recibe, que humanamente se da y se recibe, es como una
molécula de impureza en la amalgama de una vara de oro.
Dirás que el oro nunca es puro. Se lo une siempre a otros metales para poder elaborarlo. Ya lo
sé. Añádele plata, o sea, llanto. Añádele platino, o sea, dolor. Pero nunca le añadas cobre, que
es rencor. Nunca le añadas estaño, que es cansancio. Nunca, nunca, nunca le añadas hierro ni
carbón, que representan el deseo de ser amada y el de ser comprendida. Si lo hicieras,
ensuciarías tu oro.
Cuando seas solamente oro, platino y plata, atraerás a todos hacia ti. Créeme,
Gabriella de María: les atraerás porque sólo cuando no se es más que una llama que
arde por arder, sin preocuparse por quién ni tampoco por qué se arde, sólo entonces
todo se vuelve para mirar la luz. ¿Y sabes por qué? Porque esa luz que arde del modo
que decía tu Francisco: “Sin deseo de ser amado”, refleja el Cielo y el Rostro de Dios,
se funde con el fuego que es Dios, ama todas las cosas en Dios, y por eso resplandece
de Dios. Ya no es un alma que ama; es Dios que ama en un alma. Yo puedo decírtelo:
entonces todo converge en nosotros. Converge “todo” lo bueno. También algo de lo
menos bueno y menos todavía de lo malvado. Mas siempre se vuelve con estupor.
¿Estás cansada? Heme aquí. Digo siempre: “Heme aquí” cuando alguien me
quiere a su lado. Sólo Yo, que aunque calle, sé, puedo aliviar el cansancio y aquietar el
dolor.
_______________________________
2 Se trata de Sor Gabriella cuyo nombre secular es Emma Federici, superiora en
Camaiore de la congregación de las Pobres hijas de los estigmas de San Francisco
(Stimmatine). Sor Gabriella está mencionada varias veces en este volumen. Su deseo
era fundar un instituto para acoger la vocación religiosa de mujeres cuyo nacimiento
no había sido reconocido legítimamente. Terminó por salir de la Congregación a la
que pertenecía, pero no logró realizar su misión y se la consideró una figura discutible.
Véase también los textos del 22 de junio y del 30 de diciembre en “Los cuadernos.
1944”.
10
¿Cuál es la guía para obrar, para obrar bien? Es el amor. Mi Juan era joven e
ignorante, hasta un poco tozudo, como dices, y perezoso como son por lo general los
orientales. Mas lo entendía todo enseguida porque amaba tanto que el amor suplía todo
lo que faltaba. No te preguntes nunca: “¿Podré hacer esto?”. Si te lo inspiro, quiere
decir que puedes hacerlo.
Lo demás te lo dirá el Amor.
Que mi paz sea contigo. Te digo aún: ¿querrías que te dijera: “Ven”? Mas Yo he caminado
hoy, mañana y también pasado mañana, por años... un paso tras otro, sosteniendo la Cruz,
cuesta arriba, arriba, arriba... Mira cuántos golpes... Mira cuánta Sangre...
Camina: hoy, mañana, y aún pasado mañana... las últimas horas serán las más angustiosas...
Mas luego... luego tu espíritu vendrá a descansar en las manos de tu Jesús».
16 de enero de 1945
A las 6 de la mañana.

Escribo a la luz de la bujía y no sé cómo estaré escribiendo. Pero no quiero
padecer lo que padecí ayer. Mientras estaba diciendo el “Veni Sancte Spiritus”, se me
aparece esta visión de modo tan prepotente que comprendo que es inútil insistir en rezar. Por lo tanto, sigo la visión y, al advertir que es tan compleja, comienzo a escribirla
como puedo con esta luz.
De seguro me encuentro en las catacumbas. ¿En cuál? ¿En qué siglo? No lo sé.
Estoy en una iglesia de las catacumbas hecha de este modo: [croquis]
Es decir, tiene forma rectangular y termina en una vasta aula circular en cuyo centro está el
altar constituido por una mesa rectangular, separada de la pared, cubierta por un verdadero
mantel, o sea, un paño de lino con un ancho dobladillo en los cuatro lados, pero sin encajes o
bordados.
En el muro del ábside está pintada una escena evangélica con el Buen Pastor. Por
cierto, no es una obra de arte. Se ve un sendero campestre que parece de fango
amarillo; más allá del sendero, a la derecha de quien mira, una mancha verdosa viene a
ser el prado; al borde del prado, siete ovejas - tan apiñadas que parecen un solo
11
bloque y de las que sólo se ve el hocico de las dos primeras, mientras las otras parecen
hatillos panzudos - van caminando por el sendero en dirección de quien mira. A su
lado, hacia el fondo, está el Buen Pastor, vestido de blanco y con un manto rojo
desteñido. Sobre los hombros lleva una ovejilla que sostiene por las patitas. El pintor,
o mosaiquista, hizo todo lo que pudo... pero por cierto no puede decirse que a Jesús se
le ve hermoso. Tiene el característico rostro de las pinturas y mosaicos de las primeras
épocas del cristianismo: un rostro achatado, más ancho que largo porque se le
representa de frente, con los cabellos lisos y untosos, demasiado oscuros y opacos. Ni
siquiera lleva barba. Pero, a pesar de su fealdad, tiene una mirada triste y amorosa que
atrae y en los labios la mueca de una sonrisa dolorosa que hace pensar.
En el punto señalado con unà pequeña cruz hay una abertura, pero es tan baja que
sólo un niño podría pasar por ella sin golpearse la cabeza. Por encima de la abertura,
una lápida de la altura de un hombre, indica un nicho. En la lápida está escrito el “Pax”
que se usaba en ese entonces y debajo, en latín: “Huesos del beato mártir Valente”. A
los lados de la inscripción hay dos grafitos: una ampolla y una hoja de palma.
Al fondo de la iglesia hay otra baja abertura, indicada con el círculo, y junto a ella
veo a cuatro excavadores muy robustos, armados de palas y picos. Cerca de ellos se
ven dos montones de arenisca de desmonte. Deduzco que es época de persecuciones y
que están listos para derribar la pared y ocultar la iglesia con esa avalancha y con los
montones de arenisca ya preparados.
La iglesia está iluminada, como de costumbre, por la trémula claridad
rojoamarillenta de las lámparas de aceite. Hacia el altar, la luz es más viva. En cambio,
hacia el fondo apenas es una claridad en la que se pierden los contornos de las
personas que, por lo general, están vestidas de oscuro.
Sobre el altar se ve el cáliz, aún cubierto. Pero la Misa ya debe de haber empezado. Ante el
altar está un viejecito de rostro ascético y palidísimo, que parece estar esculpido en antiguo
marfil. La tonsura se pierde en la calvicie, que deja en torno a la cabeza sólo una corona de
vaporosas canas que descienden hasta las orejas. Todo lo demás queda descubierto y la frente
parece inmensa. Y debajo de ella hay dos claros ojos celestes, mansos, tristes, pero límpidos
como los de un niño. La nariz es larga y fina, la boca presenta la caracterís12
tica arruga de vejez y en las mandíbulas hay muy pocos dientes. Es un rostro de santo, afilado
y austero. Lo veo bien porque está vuelto hacia mí, pues está celebrando el rito del otro lado
del altar. Lleva la casulla usada en esa época, es decir, en forma de pequeño manto y, por

encima, el palio y la estola.
Delante del altar (donde he puesto tres puntos) están arrodillados tres jóvenes. Los
que están en los extremos llevan la casaca de los diáconos, con las mangas anchas y
largas hasta más abajo del codo. El que está en el medio lleva ya la casulla, con las
mangas constituidas por una pequeña capa que va desde la espalda hasta los hombros;
tiene la estola en bandolera. Al ver la estola deduzco que no se trata de una escena de
los primeros tiempos, pues si bien me acuerdo no la vi en las primeras Misas. Pienso
que estamos al final del siglo II° o a pricipios del III°. Pero podría equivocarme porque
se trata de una idea mía y en cuanto a arqueología cristiana y a ceremonias de aquellos
tiempos soy una verdadera ignorante.
El Pontífice - creo que lo es, dado que lleva el palio - pasa por delante del altar para ponerse
frente a los tres jóvenes arrodillados. Impone las manos al primero y al tercero mientras
pronuncia plegarias en latín. Luego se coloca delante del que está en el medio, el que lleva la
estola en bandolera, y también a él le impone las manos; luego, con la ayuda de uno vestido
de diácono, moja los dedos en un vaso de plata y unge la frente y las palmas de las manos del
joven, le sopla en el rostro, o mejor, primero sopla y luego unge las manos, se las junta y las
ata con un borde de la estola del joven, que el ayudante ha desatado, y le pasa la otra parte
alrededor del cuello como si fuera un yugo. Luego le obliga a levantarse y tomándole las
manos atadas, le hace subir los tres peldaños que conducen al altar y le hace besar dicho altar
y también un voluminoso rollo atado con una cinta roja, que supongo que sea el Evangelio.
Luego lo besa a su vez, conduce consigo al joven hacia el lado opuesto y prosigue la Misa.
Ahora entiendo bien que la Misa ha comenzado desde no hace mucho tiempo porque poco
después llega al Evangelio (es una Misa casi igual a la nuestra y esto me confirma que
estamos por lo menos a finales del siglo II°). Canta el Evangelio el sacerdote neófito (en
efecto, creo que se trata de una ordenación sacerdotal). Vuelve otra vez ante el altar y los dos
que aún estaban arrodillados se levantan: uno coge una pequeña lámpara, el otro el rollo del
Evangelio, que le alcanza el que ya estaba sirviendo en el altar. El diácono lo desen13
rolla y lo abre en el punto exacto mientras está frente al nuevo sacerdote, a cuyo lado
está el que tiene la lámpara. El nuevo sacerdote es alto, moreno, de cabellos más bien
ondulados y rostro de rasgos típicamente romanos; tendrá unos treinta años y canta
con hermosa voz el Evangelio de Jesús y del joven que le pregunta qué debe hacer
para seguir al Señor1. Su voz decidida, sonora, bien entonada, colma la iglesia.
Mientras entona su canto firme, hay en su rostro una sonrisa luminosa y cuando llega
al «Anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos;
luego ven, y sígueme», su voz es un trino de gozo y de amor.
Besa el Evangelio y regresa hacia el Pontífice, que ha escuchado el Evangelio de
pie, vuelto hacia el pueblo y rezando con las manos juntas. Ahora el nuevo sacerdote
se arrodilla y el Pontífice pronuncia su homilía.
«El nuevo hijo de la Iglesia Apostólica Romana y hermano nuestro, bautizado en
el día natal del mártir Valente, ha querido tomar el nombre del mártir beato, mas con
la modificación que le ha dictado la humildad tomada del Evangelio; la humildad, que
es una de las raíces de la santidad. Y por eso ha querido ser llamado Valentino y no
Valente.
¡Mas, en verdad, es Valente! Mirad cuánto camino ha recorrido el pagano que tenía por
religión el vicio y la prepotencia. Vosotros le conocéis tal como es ahora, en el seno de la
Iglesia. Algunos de vosotros (especialmente los que fueron para él padres y madres que le
generaron verdaderamente porque con la palabra y el ejemplo le hicieron concebir por la
Santa Madre Iglesia, a fin de que ésta le diera a luz para el altar y para el Cielo) saben qué
era, no como el cristiano Valente sino como el pagano anterior, cuyo nombre ni siquiera él

mismo quiere recordar, como no queremos recordarlo nosotros.
El pagano ha muerto. Y el cristiano ha renacido del agua lustral. Y ahora es
vuestro sacerdote. ¡Cuánto camino ha recorrido! ¡Cuánto! Ha pasado de las orgías a
los ayunos; de los triclinios a la iglesia; de la dureza, de la impureza, de la avaricia, al
amor, a la castidad, a la generosidad absoluta.
Era un joven rico y un día encontró a Jesús, nuestro Señor bendito; fue llevado a
Él por el corazón de los santos que, aun sin palabras, ilustran a Cristo, pues Él se
revela a través del ánimo de sus
______________________________
1 Mateo 19, 16-30; Marcos 10, 17-27; Lucas 18, 18-30.
14
santos. Los ojos dulcísimos del Maestro se detuvieron en el rostro del pagano. Y el
pagano experimentó una seducción que ningún placer le había provocado hasta
entonces, una emoción nueva, cuyo nombre desconocía, que le daba una sensación
indescriptible. Era algo suave como la caricia de una madre; algo honesto como el olor
del pan apenas cocido; algo puro como el alba de primavera; algo sublime como un
sueño ultraterrenal.
¡Oh, espectros del mundo y del Olimpo pagano!, caéis cuando el Sol Jesús besa a
quien ha llamado. Os disolvéis como niebla. Huís como pesadillas demoniacas. ¿Qué
queda de vosotros, de vosotros que parecíais algo tan espléndido? Queda sólo un
montón de inmundas escorias mal quemadas, que aún expanden el mal olor de la corrupción.
El joven preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para seguirte y obtener la
vida eterna?”. Y el dulce Maestro divino con pocas palabras le impartió la enseñanza
de la Vida: “Sigue estos dictados”. ¡Oh, no podía decirle: “Sigue la Ley!”, porque el
pagano no la conocía. Entonces le dijo: “No mates, no robes, no jures en falso, no seas
lujurioso, honra a tus parientes y ama a Dios y al prójimo como a ti mismo”. ¡Eran
palabras nuevas, metas nunca imaginadas, horizontes infinitos plenos de luz, de su
luz !
El pagano no podía dar la respuesta propia del joven rico. No podía, porque en el
paganismo existen todos los pecados y todos esos pecados estaban en su corazón. Mas
quiso dar una respuesta. Y fue hacia un pobre viejo, hacia el Pontífice perseguido, y le
dijo llorando: “¡Dame la Luz, dame la Ciencia, dame la Vida! ¡Dale un alma a mi
cuerpo, a este cuerpo de bruto!”.
Y el pobre viejo, que soy yo, tomó el Evangelio y en él encontró la Luz, la Ciencia, la Vida
para el afligido mendigo. Lo encontré todo para él en el Evangelio de Jesús nuestro Señor. Y
pude darle el alma. Pude evocar a la vida el alma muerta y decirle: “He aquí tu alma.
Custódiala para la vida eterna”.
Entonces, vuelto cándido por el baño bautismal, se dio a buscar al Maestro bueno, volvió a
encontrarle y le dijo: “Ahora puedo decirte que hago lo que me has dicho. ¿Qué me falta aún
para seguirte?”. Y el Maestro bueno respondió: “Ve. Vende todo lo que tienes y dáselo a los
pobres. Sólo entonces serás perfecto y podrás seguirme”.
¡Oh, entonces Valentino superó al joven de Palestina! No se fue, pues era incapaz de
separarse de todos sus bienes, pero me los trajo
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para los pobres de Cristo y, ya libre del pesado yugo de las riquezas que impide seguir a
Jesús, me pidió el yugo luminoso, alado, paradisiaco del Sacerdocio.
Hele aquí. Bajo ese yugo, con las manos atadas, prisionero de Cristo, le habéis
visto subir a su altar. Ahora partirá para vosotros el Pan eterno y saciará vuestra sed

con el Vino divino. Mas tanto él como yo, para ser perfectos a los ojos del Maestro
bueno, deseamos una cosa aún. Deseamos hacernos pan y vino: deseamos inmolarnos,
partirnos, exprimirnos hasta la última gota, reducirnos a harina para ser hostias.
Deseamos vender la última, la única riqueza que nos queda: la vida, mi caduca vida de
viejo, su floreciente vida de joven.
¡Oh, Pontífice eterno, no nos desilusiones! ¡Concédenos el beato martirio!
Queremos escribir con sangre tu Nombre: Jesús, nuestro Salvador. Para nuestra estola,
qué la imperfección humana corrompe siempre, queremos otro bautismo: el de la
sangre. ¡Lo queremos para subir a Ti con la estola inmaculada y seguirte, oh Cordero
de Dios que quitas los pecados del mundo, que los has quitado con tu Sangre! Beato
mártir Valente, en cuya iglesia estamos, pídele al Pontífice eterno tu misma palma y tu
misma corona para tu Pontífice Marcello y para tu hermano sacerdote».
Y no se ve nada más.

26 de enero de 1945
A las 20.
Si no estuviéramos en tiempos de toque de queda, le habría mandado a llamar1,
pues hasta tal punto me aterrorizó la aparición del demonio. Se trataba de un verdadero
demonio, sin ningún disfraz especial. Era un enigmático personaje alto, delgado, con
la frente baja y estrecha, rostro afilado, ojos profundos y de mirada tan perversa,
irónica y falsa que poco faltó para que me pusiera a gritar pidiendo auxilio.
Estaba rezando en la oscuridad de mi cuarto mientras Marta2
_______________________________
1 La escritora se dirige a menudo al P. Migliorini, su director espiritual. Véase la
nota 1 del diario del 10 de enero de 1945.
2 Si no se lo aclara de otra manera, este nombre se refiere siempre a Marta Diciotti, cuyos
datos biográficos están en la nota 8 del diario del 10 de enero en “Los cuadernos. 1944”.
16
estaba en la cocina, y le rezaba precisamente al Corazón Inmaculado de María, cuando se me
apareció cerca de la puerta cerrada. Era una imagen oscura en medio de esa oscuridad pero, a
pesar de ello, pude ver todos los detalles de su cuerpo desnudo y feo, no por ser deforme sino
por un no sé qué feroz y serpentino que traslucía de todos sus miembros. No vi cuernos ni
cola ni pie bífido ni alas, todo eso con que le representan por lo general. Todo su aspecto
monstruoso estaba en la expresión. Si tuviera que definirla, diría: Falsedad, Ironía, Ferocidad,
Odio, Engaño. Eso era lo que decía su expresión engañosa y malvada. Se burlaba de mí y me
insultaba. Pero no osaba acercarse. Estaba allí, como clavado junto a la puerta. Permaneció
allí por unos diez minutos y luego se fue. Pero en tanto me invadían sudores fríos y candentes
al mismo tiempo.
Mientras me preguntaba consternada por qué había venido, Jesús me dijo:
«Porque tú le habías rechazado tan duramente en su principal elemento». (Mientras le
rezaba a María, se me presentó insistentemente la... no sé cómo definirla porque no es
una voz ni una idea ni un pensamiento y, sin embargo, es algo que dice: «Si tú no
hubieras estado aquí, habría sucedido algo. No sucedió gracias a ti. Porque eres muy
amada por el Señor». No sé si hago bien o mal, aunque me parece que hago bien si,
cuando oigo esto, digo: «Vete Satanás. No me tientes. Porque si es Jesús quien dice

estas cosas, lo acepto. Pero no debe decirlas ningún otro para provocar en mí la
complacencia hacia mí misma»). Por eso, Jesús dijo:
«Porque tú le habías rechazado tan duramente en su principal elemento: la soberbia. ¡Oh, si él
pudiera hacerte caer en ese pecado!
¿Le has visto bien? ¿No has notado cómo su aspecto, casi diría su soberanía o su autoridad de
padre, se evidencia y se trasluce en quienes le sirven aunque sea temporáneamente? No te
fijes si en una persona se te muestra con el aspecto repugnante de un animal sucio y
libidinoso, de un monstruo hinchado por el fermento, por la levadura de la lujuria. Esto
sucede porque esa pobre criatura es una pocilga llena de numerosos vicios y pecados y, entre
ellos, los pecados carnales son los mayores. Piensa en todos los que, de otras maneras, te han
llevado a sobresaltarte y a sufrir; piensa en los que, quizás por una hora, fueron instrumentos
de Satanás para atormentar un alma fiel, para causarle dolor, para llevarla a la desolación.
Mientras herían ¿no tenían acaso la misma expresión de cruel despecho que viste a la
perfección en él? ¡Oh, él se revela en sus siervos!
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Mas no temas. Si te quedas junto a Mí y a María, no puede hacerte mal. ¡Oh, te
odia desmesuradamente! Pero no tiene poder para dañarte. Si no quieres tu alma de
vuelta para darla a ti misma, si la dejas en el refugio de mi Corazón, ¿cómo quieres
que pueda hacerle mal a tu alma?
Escribe estas cosas y escribe también las otras visiones menores que has tenido. El
Padre debe conocerlas todas y conocerlas tiene una finalidad. Debes saber que está
llegando el tiempo de mi primavera, la primavera que otorgo a mis predilectos. En
primavera, las violetas y las prímulas constelan los prados. La coparticipación en mis
dolores constela en mis amigos los días de preparación para la Pasión.
Ve en paz. Para terminar de disipar tus restantes temores, te bendigo en el nombre
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».
Las otras visiones se produjeron hace ocho días a esta misma hora.
Vi a Jesús que, cargado con una enorme cruz, iba como hacia La Spezia (para que
Ud. entienda la dirección), pero no cogía Via Fratti. Iba en diagonal, siguiendo una
senda recta ideal de aquí hasta ese punto. Llevaba la túnica blanca y corta de Herodes
sobre la suya, roja, y caminaba agobiado por el dolor, sudado y sollozando. Sí, lloraba
de verdad. Y me decía, mientras yo estaba angustiada por verle llorar: «¿Ves? No
basta el dolor de los suplicios... también tengo otros, otros dolores más fuertes.
Compadéceme, alma. Tu Jesús está agobiado completamente por una suma de
desventuras demasiado fuertes».
Luego, el domingo por la noche, cuando casi me había adormecido rezando el
rosario de los siete dolores de María, la Madre me sacude llorando y diciéndome: «No
duermas. Llora conmigo. ¿No sabes que han matado a mi Hijo?». ¡Oh, cómo lloraba
mientras pronunciaba estas palabras!
En cambio, el martes por la noche tuve una enorme tristeza porque vi a mi madre... también
el I° de enero la vi así. Pero ahora me parecía más angustiada, más viva pero más angustiada.
Se lo explico mejor: el I° de enero la veía más o menos como el Día de Todos los Santos: sin
brillo, sola, absorta, como quien está asombrada de hallarse donde está y, al mismo tiempo,
apesadumbrada por ello. Me miraba pero seguía como atontada. En cambio, el martes me
parecía menos atontada aunque estaba siempre en ese lugar y siempre
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eran opacos su color y sus vestidos. Por el contrario, sus ojos tenían una expresión
más viva y parecía que quería decirme algo y no podía hacerlo. Era como una
invocación, una disculpa, un llamado... Si tuviera que traducir esa mirada, tendría que

deducir que me decía: «Perdóname y ayúdame. Aún tengo necesidad de ti, la tengo
aquí como la tenía cuando estaba allí. Ayúdame. Estoy tan sola... No tengo más que a
ti». Yo le decía: «¿Esto es lo que quieres decir, mamá?» y ella, moviendo la cabeza,
decía “sí, sí” mientras sonreía tristemente, muy tristemente. Lloré y me quedé triste
también yo. Vino otra vez. Le dije: «¿No bastan los sufragios?» y ella seguía diciendo
con movimientos de cabeza: “sí, sí”, pero al mismo tiempo me pedía algo que no
entendí. Le dije: «Ya sabes que te quiero» y, aunque ella asentía, mantenía siempre esa
mirada. «No conservo ningún rencor, mamá, y quisiera que estuvieras aquí todavía» y
ella sonreía, pero no estaba contenta. Sufrí. No la siento tranquila.
Esto es lo que tenía que decir y que nunca había escrito porque me parecía algo
sólo mío y tan triste, demasiado triste...

4 de febrero de 1945
Esta mañana he vuelto a pensar en su expresión cuando ayer le leía la visión.
Estaba Ud. pasmado. Se lo dije a Jesús, que estaba cerca de mí y Él me respondió:
«Doy las visiones por este motivo. No puedes imaginar el inmenso gozo con que me hago luz
para mis verdaderos amigos. Me concedo así a mi Romualdo, por amor, para su gozo, para
ayudarle y porque Yo le veo. Yo no tenía secretos para con Juan. No los tengo para con los
Juanes. Dile al anciano Juan que le otorgo mucha paz y buena pesca. Para ti no hay pesca. A
ti te confío solamente la tarea femenina de trenzar las redes con el hilo que te doy. Trabaja,
trabaja... Y no te enfades si no te queda tiempo para hacer nada más. Todo está en este
trabajo. Ni te enfades tampoco si no vengo a decirte: “Que la paz sea contigo”. Se saluda
cuando se llega o cuando se parte. Mas cuando se está presente siempre no se saluda. La
permanencia, mi permanencia, ya es paz en sí misma. Y para ti Yo no soy un huésped. Yo te
tengo en mis brazos y no te poso ni siquiera por un momento. ¡Tengo tanto por decirte de mi
tiempo mortal! Mas he aquí que hoy, para que te quedes satisfecha, te digo: “Que mi paz sea
contigo”».
19
11 de febrero de 1945
A las 20.
En medio de mis sufrimientos veo estos otros sufrimientos.
Hay una especie de pozo circular de varios metros cuadrados de superficie. Debe
de tener un diámetro de unos cuatro o cinco metros a lo más y una altura semejante; no
hay ventanas. En el robusto muro de casi un metro de espesor está empotrada una
pequeña y estrecha puerta de hierro. En el centro del techo hay una abertura circular de
medio metro de diámetro al máximo, que sirve para la aereación de dicho pozo. En su
piso de tierra batida el pozo presenta otra abertura, de la que llega el borbotear de
aguas profundas, como si allí cerca hubiera un río, y un notable hedor, como si allí
abajo pasara una cloaca que va a desembocar en el río. Es un lugar malsano, húmedo,
fétido. Los muros trasudan agua, el suelo está impregnado de materias repugnantes,

pues me doy cuenta de que el orificio del techo es el desaguadero de los deshechos de
la celda superior.
En esta cárcel horrible, envuelta en una densa penumbra que permite ver apenas lo
esencial, hay dos personas. Una está acostada en el húmedo suelo, cerca de la pared, y
está encadenada por un pie. No se mueve. La otra está sentada allí cerca, con la cabeza
entre las manos. Se trata de un viejo, pues veo que la parte alta de la cabeza es
completamente calva.
Arriba, en la otra celda, debe de haber más personas, porque oigo voces y traqueteo. Son
voces de hombre y de mujer. Son voces de niños y de viejos mezcladas con frescas voces
juveniles y sonoras voces de adultos.
De tanto en tanto cantan melancólicos himnos que, aun en su tristeza, tienen un dejo de
auténtica paz. Contra esas paredes espesas, las voces resuenan como en una sala armónica. Es
muy bello el himno que dice:
«Guíanos a tus frescas aguas.
Llévanos a tus huertos florecidos.
Concede tu paz a los mártires
Que esperan, que esperan en Ti.
En tu santa promesa
Hemos fundado nuestra fe.
¡Oh, Jesús Salvador!, no nos desilusiones,
20
porque hemos esperado en Ti.
Vamos gozosos al martirio
Para seguirte en el hermoso Paraíso.
Lo dejamos todo por esa Patria
Y lo único que queremos, lo único que queremos eres Tú».
Cuando este último canto se va extinguiendo lentamente, aparece una luz en el orificio y se
asoma, balanceándose, un brazo que sostiene una pequeña lámpara y tras él el rostro de un
hombre. Mira hacia abajo. Advierte que el hombre acostado no se mueve y que el otro que
tiene la cabeza entre las manos no ve la luz, y entonces llama: «¡Diomede! ¡Diomede! Ha
llegado la hora».
El que estaba sentado se levanta y, arrastrando su larga cadena, se sitúa debajo de la abertura.
Dice: «Que la paz sea contigo, Alejandro».
«Y contigo, Diomede».
«¿Tienes todo?».
«Sí, todo. Priscila ha osado venir, disfrazada de hombre. Se ha rapado para
parecer un sepulturero. Nos ha traído lo necesario para celebrar el Misterio. ¿Qué hace
Agapito?».
«Ya no se lamenta. No sé si duerme o si ha expirado. Quisiera poder ver... para
decir sobre su cuerpo las plegarias de los mártires».
«Espera. Te bajamos la lámpara. Será un gozo para él recibir el Misterio».
Con un cordón formado por cinturones anudados, bajan la lámpara hasta las manos de
Diomede que, ahora que le veo bien, es un anciano de rostro afilado y austero. Tiene pocos
cabellos, ojos que aún conservan una luminosa expresión y está muy pálido. Aun en su
mísera situación de prisionero encadenado en esa fétida cueva, tiene la majestad de un rey.
Desata la lámpara del cordón y va hacia su compañero. Se inclina. Le observa. Le toca. Y,
tras haber posado la lámpara en el suelo, abre los brazos en un amplio gesto de
conmiseración. Luego toma las manos ya casi rígidas del cadáver y las cruza sobre el pecho.

Son pobres manos amarillentas y esqueléticas de un viejo muerto de privaciones.
Se vuelve hacia el que está esperando cerca del orificio y dice: «Agapito ha
muerto. ¡Gloria al mártir de la pútrida fosa! ».
21
Los de la celda superior responden: «¡Gloria! ¡Gloria! Gloria al fiel en Cristo».
«Bajad lo necesario para el Misterio. No nos falta el altar. El sostén ya no lo forman sus
manos extendidas, pero lo hace su pecho inmóvil, que hasta la última hora palpitó por Jesús,
nuestro Señor».
Bajan una bolsa de tela preciosa y Diomede extrae de ella un pequeño paño de
lino, un pan achatado, un ánfora y un pequeño cáliz. Lo prepara todo sobre el pecho
del muerto, celebra y consagra diciendo de memoria las oraciones mientras los que
están arriba responden. Deben de ser los primeros tiempos de la Iglesia porque la Misa
es más o menos como la de Pablo en el Tullianum1.
Después de celebrar la Consagración, Diomede vuelve a vertir en el ánfora el vino del cáliz
(que tiene una ligera forma de jarra y que quizás han elegido así para esta función); pone el
Pan en la bolsa y lleva todo al punto donde el cordón está esperando para volver a llevar
arriba la bolsa. Y mientras ésta va siendo alzada con la debida precaución, Diomede absuelve
a sus compañeros. Entonces reinicia el canto con un coro casi exclusivamente de jóvenes
voces femeninas y, mientras tanto, los cristianos comulgan.
Cuando cesa el canto, Diomedes habla:
«Hermanos, comprendo que ha llegado la hora del circo y de la victoria eterna. Para Agapito
ya ha llegado. Para vosotros, será mañana. Sed fuertes, hermanos. El tormento durará sólo un
instante. La beatitud no tendrá pausas. Jesús está con vosotros. No os abandonará ni siquiera
cuando en vosotros ya las Especies estén consumidas. Él no abandona nunca a sus
confesores. Por el contrario, se queda con ellos para recibir sin vacilaciones el alma de cada
uno de ellos, lavada por el amor y la sangre. Id. En la hora de la muerte rezad por los
verdugos y por vuestro sacerdote. Por mi mano el Señor os da la última absolución. No
temáis. Vuestras almas son más cándidas que un copo de nieve que desciende del cielo».
«¡Adiós, Diomede!», «¡Oh tú, santo, asístenos con tus plegarias!», «Le diremos a Jesús que
venga por ti», «Vamos antes que tú para prepararte el camino», «Ruega por nosotros». Los
cristianos se asoman a turno al orificio, saludan, son saludados a su vez y desaparecen...
Al final vuelven a subir la pequeña lámpara y la oscuridad se
______________________________________
1 Véase el diario del 29 de febrero en “Los cuadernos. 1944”.
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hace aún mayor en ese antro en el que uno muere lentamente junto al que ya está
muerto, entre el hedor y el profundo borboteo de las aguas subterráneas. Arriba
vuelven a cantar los himnos lentos y suaves.
En cuanto a mí, no sé dónde se desarrolla la escena. Diría que acaece en Roma, en
tiempos de las persecuciones. Pero no sé en qué cárcel. Ni tampoco sé quién es este
sacerdote llamado Diomede, de tan venerable figura. Pero, por su misma tristeza, esta
visión me impresiona más que la del Tullianum.

12 de febrero de 1945
Más tarde dice Jesús:
«Debes acogerles a todos con infinita caridad y con sutil prudencia. Si te

encerraras en ti misma, aguzarías la curiosidad. Si les rechazaras, sería anticaridad. Ya
te lo he dicho: “Serás la ciudad buscada”. ¿No todos llegan con fines honestos? ¿Y con
eso? Tú eres prudente y eso es suficiente. ¿Temes perder tiempo? Pues, ¿quién es el
dueño del tiempo? Soy Yo. Y entonces ¿qué problemas puedes tener? Vamos, vamos,
no tengas miedo, ni inquietud, ni impaciencia. ¿Has visto cuántas veces Yo he tenido
que cambiar mi programa? Y se trataba de Mí... Hay que dar paz, paz y caridad para
todos y, en tercer lugar, hay que tener prudencia; es suficiente».
Le diré personalmente cuál es el origen de esta leccioncilla.
20 de febrero de 1945
Siento que Jesús quiere presentarse con el Evangelio que vivió y no sé cómo haré para
escribir tanto pues sufrí toda la noche para recordar la siguiente visión, de la que garabateé
como pude las palabras que escuché, para no olvidarlas.
Es tiempo de persecuciones, pero de una de las más grandes persecuciones,
porque los cristianos son torturados en masa y no individualmente. El lugar es la cávea
de un Circo (¿se la llama así?). En resumen, es un local que de seguro está situado bajo
las gradas del Circo y sirve como reparo para los gladiadores, los bestiarios, etc., en
fin, para todos los que trabajan en el Circo. Anticipo que me equivocaré los nombres
porque hace 35 años que no leo nada de historia
23
romana y por lo tanto...
Es un local amplio y oscuro, porque la luz entra solamente por una puerta que da a
un pasillo (que, a su vez, lleva seguramente al interior del Circo y puede que también
al exterior) y por una pequeña ventana, que más parece un tragaluz, que está al nivel
del suelo del Circo y por la que llega el rumor de la multitud. En este local amplio y
oscuro están amontonados numerosos cristianos de todas las edades, desde niños
pequeñísimos, todavía en los brazos de las respectivas madres (hay dos que, a pesar de
aparentar dos años más o menos, aún maman de los exhaustos senos), hasta viejos
decrépitos.
También hay gladiadores, ya vestidos con el yelmo y esa coraza que tendría que defender y,
en realidad, no defiende porque deja al descubierto partes vitales como la yugular y zonas del
abdomen vecinas al hígado y al bazo. Llevan esta armadura parcial sobre la piel desnuda y
tienen en la mano la corta y ancha daga, de forma semejante a la de la hoja del castaño. Son
hombres hermosísimos, no tanto en cuanto al rostro sino por el cuerpo robusto y armonioso
que, en cada movimiento, me permite ver el ágil vibrar de los músculos. Algunos muestran
las cicatrices de viejas heridas; en otros no se advierte ninguna huella de herida. Hablan entre
ellos y noto que deben de provenir de países sometidos a Roma (de seguro son prisioneros de
guerra), porque emplean solamente un latín espúreo, pronunciado con voz dura y gutural,
cuando se dirigen a los cristianos que, esperando la muerte, entonan sus dulces y tristes
himnos.
Veo a un gladiador de casi dos metros de altura, un verdadero coloso rubio como la miel, de
ojos claros entre azul y gris, de mirada mansa a pesar del reflejo metálico que produce en su
rostro la visera del yelmo. Se dirige a un anciano completamente vestido de blanco, muy
digno y austero; diría más aún: un anciano ascético al que todos los cristianos veneran con el
máximo respeto. «Padre blanco, tendré que matarte si las fieras no lo hacen. Tal es la orden.
Y me duele, porque en Panonia dejé a un viejo padre como tú».
«No te duelas, hijo. Tú me abres el Cielo. Y en mi larga vida, nadie me ha hecho
un don más hermoso que el que me haces».
«También en el Cielo, donde por cierto estará tu Dios como en el mío están nuestros dioses y

en el de Roma están los de los romanos, todavía hay muerte y lucha. ¿Acaso quieres sufrir
por el odio de los dioses como sufres aquí?».
«Mi Dios es uno solo. En su Cielo, reina con amor y justicia. Y el
24
que llega a su Cielo, conoce solamente el gozo eterno»,
«Ya les he oído decir esto a miles de cristianos durante esta persecución. Y le dije
a una doncella que me sonreía mientras yo estaba a punto de herirla con mi daga... y a
la que fingí matar pero que no maté para salvarla, porque era tierna y rubia como un
joven brezo de mis bosques... mas fue inútil... No pude sacarla fuera de aquí y el día
después... ese cuerpo de leche y de rosas fue arrojado a las serpientes...». El hombre
calla y su rostro refleja pesadumbre.
El viejo le pregunta: «¿Qué le dijiste, hijo?».
«Le dije: “¿Ves? No soy malo. Pero ésta es mi tarea. Soy un esclavo de guerra. Si
es verdad que tu Dios es justo, dile que se acuerde de Álbulo - en Roma me llaman así
- y que se manifieste con todo su bien”. Me dijo: “Sí”. Pero hace días que murió y aún
no ha venido nadie».
«Hasta que no se es cristiano, Dios se muestra sólo a través de sus siervos.
¡Cuántos de ellos te ha traído! Cada cristiano es un siervo de Dios, cada mártir es un
amigo y lo es hasta tal punto que vive entre los brazos de Dios».
«¡Oh sí! me ha traído a muchos... y no sólo yo, sino también Dacio e Ilírico y
otros de entre nosotros que compartimos esta triste suerte, hemos sido contagiados por
vuestro júbilo... y lo quisiéramos también nosotros... Vosotros estáis encadenados...
nosotros no. Pero ni siquiera nuestro aliento es libre. Si César lo quiere, encadenan
también nuestro aliento matándonos. ¿Te disgusta hablarnos de Dios?».
«Es mi único gozo en la tierra, hijo mío, y es un gozo inmenso. Que Jesús, mi Dios y
Maestro, te bendiga por este gozo. Álbulo, yo soy sacerdote y me he pasado la vida
predicando su nombre y llevando a Él tantas criaturas. Y ya no esperaba volver a tener este
gozo. Escucha...» y el viejo comienza a repetirles, tanto a él como a los demás gladiadores
que se han agrupado a su alrededor, la vida de Jesús desde el nacimiento hasta la muerte en la
cruz y a explicarles concisamente los dictámenes esenciales de la Fe. Está sentado sobre una
piedra que le sirve de banco y habla serenamente, solemnemente; hay un absoluto candor en
sus largos cabellos, en la barba mosaica, en la túnica y hay un absoluto ardor en la mirada y
en la palabra. Se interrumpe solamente dos veces para bendecir a dos grupos de cristianos
llevados a la arena para ser arrojados a los cocodrilos durante los juegos náuticos. Luego
vuelve a hablar circundado por esos
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robustos gladiadores - casi todos rubios y rubicundos - que le escuchan con la boca
abierta.
Ese doctor de la Iglesia se llama Crisóstomo. Mas entonces ¿qué nombre le
daremos a éste, que no se nombra?
Termina diciéndoles: «Esencialmente, esto es lo que hay que creer para recibir el
Bautismo y el Cielo».
Las voces sonoras de unos diez gladiadores retumban en la baja bóveda: «Lo creemos. Danos
a tu Dios».
«Aquí no tengo nada para rociaros, ni siquiera unas gotas de agua o de otro
líquido, y ha llegado mi hora. Pero ya vais a encontrar el modo... ¡No! ¡Me lo dice
Dios! Hay un líquido ya listo para vosotros».
El carcelero ordena: «¡Que todos los cristianos sean arrojados a los leones!».
Todos entran cantando en la arena; a la cabeza va el anciano sacerdote, los otros van detrás y,
entre ellos están las madres, que llevan a sus pequeños dormidos sobre el pecho.

¡Cuán grande es la multitud! ¡y qué luz, qué vocerío, cuántos colores! La arena
está repleta hasta lo inverosímil de gente de todas las clases sociales. En la zona en la
que pega el sol, están los de bajo rango, que son los más rumorosos; a la sombra están
los patricios. Togas y más togas, abanicos de avestruz, joyas, conversaciones irónicas
en voz baja. En el centro de la zona en penumbra, está el podio imperial con su
baldaquín purpúreo, su balaustrada, cubierta por lienzos y toda llena de flores y sus
muelles asientos para el descanso del César y de los patricios y cortesanos, que son sus
invitados. En los extremos de esta balaustrada humean dos trípodes de oro que
expanden exóticas esencias. A los cristianos se les empuja hacia la parte soleada.
Me he olvidado de algo. En el medio de la arena hay un... no sé cómo definirlo. Es una
construcción de mármol, de la que se elevan hacia el cielo sutiles e impalpables surtidores.
En la plataforma de esta construcción, de forma más bien oblonga y de unos dos metros de
altura, hay estatuillas de oro que representan a dioses y, delante de ellas, trípodes en los que
arde el incienso.
Pues bien, los cristianos están amontonados en la zona soleada. Le haré un
bosquejo como pueda. [croquis] Los leones irrumpen del punto X. En primer lugar,
solo, avanza el anciano sacerdote con los brazos abiertos. Dice: «¡Oh, romanos!, que la
paz y la bendición sean con
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mis hermanos y conmigo. Que por este gozo que nos dais al permitirnos confesarlo con
nuestra sangre, Jesús os conceda Luz y Vida eterna. Nosotros le rezamos para que así sea,
porque os estamos agradecidos por la púrpura eterna con la que nos vestís con...».
Un león, que se le ha acercado arrastrándose casi aplastado contra el suelo, se le
abalanza, le hace caer y le clava los dientes en el hombro. Y en un instante se
enrojecen la túnica y los cabellos blancos como la nieve.
Ésta es la señal para el feroz ataque. Las fieras se lanzan en tropel con furiosos saltos sobre el
rebaño de los mansos. Con un zarpazo, una leonesa arrebata a una madre uno de los niñitos
adormecidos y su arañazo es tan fuerte que arranca también parte del seno de la mujer y,
probablemente, desgarra su corazón, porque se desploma en la arena y muere. La fiera
defiende su tierna comida con zarpazos y golpes de cola y se la devora en un abrir y cerrar de
ojos. En la arena queda una pequeña mancha roja como única huella del mártir pequeñito,
mientras la fiera se levanta lamiéndose el hocico.
Pero, en comparación, los cristianos son numerosos y las fieras pocas. Puede que ya estén
saciadas pues, más que devorar, matan por matar. Derriban, degüellan, destripan, lamen un
poco y luego se van, pasan a otra presa.
La multitud se inquieta por la falta de reacción de los cristianos y porque las bestias no son lo
bastante feroces. Y por eso gritan: «¡A muerte! ¡A muerte! ¡A muerte también el intendente!
¡Éstos no son leones, son perros bien nutridos! ¡Muerte a los traidores de Roma y de César!».
El emperador imparte una orden y se hace volver a los animales a su antro. Entran
los gladiadores para dar el golpe de gracia. La multitud repite a gritos el nombre de los
preferidos: «Álbulo, Ilírico, Dacio, Hércules, Polifemo, Tracio» y aún otros más. No
se trata solamente de aquellos a quienes habló el anciano mártir, que ahora agoniza en
la arena con un pulmón casi puesto al descubierto por un zarpazo. Hay también otros,
que entran por otros accesos.
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Álbulo corre hacia el anciano sacerdote. La muchedumbre grita: «¡Hazle sufrir!
¡Álzale, que se pueda ver la herida! ¡Ánimo, Álbulo!». Pero, en cambio, Álbulo se
inclina para pedirle algo al anciano y, cuando éste le hace un gesto de asentimiento,
llama a esos compañeros que antes habían escuchado las palabras del viejo sacerdote.
No logro entender lo que hacen, si se hacen bendecir o si sucede otra cosa, porque

sus recios cuerpos forman una especie de techo sobre el viejo postrado. Pero por fin lo
entiendo cuando veo que una mano senil ya vacilante se alza sobre el grupo de cabezas
estrechadas la una a la otra y las rocía con la sangre que le colma la mano como si
fuera una copa. Luego vuelve a caer.
Rociados por esa sangre, los gladiadores se ponen de pie de golpe y levantan la
daga, que brilla a la luz. Gritan con fuerza: «Ave César, emperador. Los triunfadores
te saludan» y luego, veloces como un rayo, se precipitan hacia la construcción que está
en medio del circo, saltan sobre ella, derriban los ídolos y los trípodes, los pisotean.
La muchedumbre vocea como si estuviera enloquecida. Algunos querrían
defender al gladiador preferido; otros invocan una muerte atroz para los nuevos
cristianos. Por su parte, éstos han vuelto a la arena y están allí, alineados, serenos,
como magníficas estatuas de gigantes, con una sonrisa nueva en el rostro intrépido.
César está rodeado por sus patricios, que visten completamente de blanco, excepto algunos
que llevan una franja roja; se levanta. Es un hombre feo, obeso, cínico, coronado de flores y
vestido de púrpura. La multitud calla esperando su palabra. César (no sé quién es éste que
tiene un rostro lascivo y achatado) tiene a todos en suspenso por unos instantes y luego, con
el pulgar hacia abajo, exclama: «Que reciban la muerte por mano de sus compañeros».
Mientras tanto, los gladiadores no convertidos han degollado a los cristianos moribundos con
la exactitud con la que un carnicero degüella a los corderos. Y ahora se vuelven y con la
misma frialdad y exactitud les cortan la garganta a los compañeros, a la altura de la yugular.
Como un manojo de espigas que la hoz corta tallo por tallo, los diez cristianos nuevos,
rociados por la sangre del sacerdote mártir, se visten de púrpura eterna con su propia sangre y
caen boca arriba, con una sonrisa, mirando el cielo en el que ya amanece el día beato de todos
ellos.
No sé de qué Circo se trata. No sé qué época del cristianismo será. No tengo
datos. Veo y digo lo que veo. Nunca he pisado nin28
guna Arena o Circo o Coliseo; por eso, no puedo darle el menor indicio. Dada la
enorme multitud y la presencia del César, creo que se trata de Roma. Pero no lo sé de
seguro. En mi corazón queda la visión del viejo sacerdote mártir y de los últimos que
ha bautizado y nada más.

1° de marzo de 1945
¡Es un día cuyo recuerdo no puede perderse! El Rostro velado se ha descubierto. El
“Desconocido” se ha dado a conocer. El Maestro ha llamado a “María”... y María se ha
vuelto Juan. ¡Mi llanto ha sido enjugado por tu beso y tu promesa!... Mi espíritu “renace” por
tu voluntad.
La gente no lo sabe. Pero yo lo sé. Y Ud., Padre, lo sabe. ¿Cómo puedo dejar de
celebrar esta fecha?... La celebro al servicio de Dios, bendiciendo el peso y la pena de
este servicio porque... ¡oh!, esa hora del 1° de marzo de 1943 es tan grande que hasta
el peso de la cruz no es nada.

4 de marzo de 1945

Jesús me dice:
«Ten paciencia, alma mía, por la doble fatiga. Es tiempo de sufrimientos. ¡Ni
imaginas qué cansado estaba en los últimos días! ¿Ves? En el camino me apoyo en
Juan, en Pedro, en Simón, también en Judas... Así es. ¡Y Yo, de quien emanaba el
milagro tan sólo con rozar mi túnica, no pude mudar ese corazón! Pequeño Juan1, deja
que me apoye en ti para repetir las palabras ya dichas en los últimos días a esos
obtusos malvados en los que el anuncio de mi tormento resbalaba sin penetrar. Y deja
también que el Maestro haga sus horas de predicación en el triste llano del Agua
Especiosa2. Yo te bendeciré dos veces: por tu fatiga y por tu piedad. Cuento tus
esfuerzos, recojo tus lágrimas. A los esfuerzos realizados por amor de los
______________________________________
1 A menudo se llama a la escritora “pequeño Juan” porque, por su espiritualidad y
su misión, está cerca del gran evangelista Juan. Véase también el dictado del 15 de
junio en “Los cuadernos. 1944”.
2 En la obra “El Evangelio como me ha sido revelado”.
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hermanos se les otorgará la recompensa de los que se consumen para hacer que los hombres
conozcan a Dios. A tus lágrimas, derramadas por mi sufrimiento de la última semana, se les
concederá el premio del beso de Jesús. Escribe y recibe mi bendición».
8 de marzo de 1945
Por la noche.
Tras haber escrito buena parte de la última Cena1, me pregunto cómo puedo
entender hasta las cosas más oscuras mientras habla Jesús. Y me digo: «¿También a
los demás les habrá pasado lo mismo?». Defino “los demás” a los místicos y místicas
de estos 20 siglos de cristianismo, a los doctores, etc.
Oigo que una voz me habla y siento que un inmenso regocijo me invade. Sin
embargo, en esos momentos por cierto no estaba alegre porque sobre mí pesaba la
pena de las últimas horas de Jesús y esa pena me agobiaba hasta provocarme un
sufrimiento físico. La voz me dice: «¿Sabes quién soy?». Mas no lo sé. Siento
solamente esa paz y veo solamente una luz clara, lunar, bellísima, que define un
cuerpo, pero de modo tan inmaterial que no distingo quién es. «Soy Catalina».
Me digo: «¡Qué raro! La otra vez2 tenía una voz diferente. Ésta es una voz
cristalina, joven, aguda, pero no tiene nada que ver con la hermosa voz de la santa de
Siena».
«No soy la que imaginas. También ella es doctora por obra de la divina Sabiduría. Pero yo
soy Catalina de Alejandría, la mártir de Cristo, y te protejo. Y quiero decirte que también en
nosotros todo se transformaba en luz bajo la luz de Jesús. Nos hemos convertido en doctores
del Señor por obra sobrehumana y no por el estudio humano, para amarle así, para servirle
así, para alabarle así y para hacerle amar, servir y alabar a través de esta doctrina que
provenía de lo alto y que, aun siendo incomprensible para los humanos en las partes más
sublimes, era simple como las palabras de un niño si la oíamos estando con Él, el Esposo.
Adiós. Te he respuesto. Te amo. Eres una pequeña hermana. Que el Amor Trino sea
contigo».
____________________________

1 En la obra “El Evangelio como me ha sido revelado”.
2 Fue el 9 de noviembre de 1944. Véase “Los cuadernos. 1944”.
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La luz se desvanece y la voz calla. No sucede nada más. Me duermo contenta por
haber conocido a esta nueva amiga del Cielo.
19 de marzo de 1945
Le hablé de la visita poco agradable y de la profecía que tuve ayer noche. Y
cuando Ud. entró me notó una expresión “asustada” y así me lo dijo. No sé qué
reflejaba mi rostro pero por cierto estaba impresionada. Y con el pasar del tiempo el
susto no me pasa.
Como Ud. sabe, no es la primera vez que Satanás me importuna tentándome con una u otra
cosa. Y ahora que ya no tienta la carne, tienta el espíritu. Hace ya un año que, cada tanto, me
importuna. La primera vez lo hizo en los días tremendos para mí del mes de abril de 1944,
cuando me prometió su ayuda si yo le adoraba. La segunda vez fue cuando me asaltó con una
aguda, violenta y larga tentación el 4 de julio de 1944, induciéndome a imitar burlonamente
el lenguaje del Maestro para aniquilar a quien me había ofendido. La tercera fue cuando me
sugirió que publicara como mías las palabras que me habían sido dictadas, para recibir así
méritos y dinero. La cuarta fue en febrero de este año (me parece que ya estábamos en
febrero) cuando se me apareció (y era la primera vez que le veía, porque las otras sólo le
sentí) y me aterrorizó con su aspecto y su odio. La quinta fue ayer noche.
Éstas son las grandes manifestaciones de Satanás. Pero también le atribuyo todas las demás
cosas más pequeñas que me llegan de los otros y que quieren obligarme a envanecerme, a
sentirme satisfecha de mí misma o a buscar la falsedad de las apariencias o, si no, a
persuadirme de que soy sólo una enferma y que todo es fruto de mi turbación psíquica.
También las dificultades con mis parientes, con las autoridades y hasta con los camionistas1,
las atribuyo a Satanás. Hace lo que puede, y lo hace lo mejor que puede, con tal de molestarme y provocar en mí inquietud y rebelión y llevarme a la persuasión de que rezar es inútil y
de que todo es mentira.
Pero le confieso que ayer noche me turbó mucho. No es la primera vez que suscita en mí el
temor de haber sido engañada y de tener
________________________
1 Alude a los acontecimientos relacionados con el periodo bélico y que puede
decirse que se concluyeron en febrero de 1945. Véase el diario del 24 de abril, nota 1,
en “Los cuadernos. 1944”.
31
que dar cuentas de ello, un día, a Dios y a los hombres. Ud. bien sabe que éste es mi
terror... y que, aunque Jesús y Ud., Padre mío, me confortáis siempre, ese terror
resurge siempre. Pero hasta ahora se trataba de ideas “mías”, ideas instigadas por
Satanás pero pensadas por mí. En cambio, ayer noche fue una amenaza explícita,
directa.
Me dijo: «¡Sigue adelante, sigue adelante! Estoy esperando que llegue el
momento oportuno, el último momento. Y entonces lograré persuadirte de tal modo
que siempre le has mentido a Dios, a los hombres y a ti y que eres una embustera, que
te invadirá el terror y la desesperación de ser condenada. Y lo expresarás con tales pa-

labras que quien te asista pensará que haces una retractación final para poder ir a Dios
menos manchada por el pecado. Tú y los que estén contigo quedaréis persuadidos de
ello. Y morirás en esta situación... y los demás quedarán impresionados... Sí, te
espero... Espérame tú también. Nunca prometo sin mantener. Ahora tu conducta me
molesta desmesuradamente. Pero luego seré yo quien te moleste. Me vengaré de todo
lo que me estás haciendo... Me vengaré como sólo yo sé vengarme». Y se fue,
dejándome muy mal...
Luego vino la dulce Madre, apacible y amorosa, con su túnica blanca, y me sonrió y me
acarició. Mi Jesús me sonrió con su sonrisa más jubilosa. Pero tan pronto como me dejaron
sola, volví a caer en mi extenuación... Y aún dura. Cuando este pensamiento me acosa, siento
la tentación de decir: “No escribiré una palabra más, a pesar de cualquier presión”. Pero
luego reflexiono y me digo: “Eso es lo que quiere Satanás” y no obedezco a este deseo.
Es época de Pasión ¿no es verdad? Ya sea entre los que - por la idolatría tan
inculcada en los hombres, aun en los buenos - adoran al portavoz, al ídolo, olvidando
que éste sólo es un instrumento y que el que debe ser adorado es Dios; ya sea entre los
que me escarnecen, habrá quienes esperen - de igual modo aunque con fines diversos hechos maravillosos de parte mía, especialmente en este tiempo de Pasión. Quizás los
espere Ud. mismo, como algo natural en mi caso. En Ud. se trata de una espera justa.
En los otros se trata de escarnio o de idolatría. Y puedo asegurarle que prefiero el
escarnio a María Valtorta a la idolatría hacia ella. Esto me molesta de un modo
indescriptible. Me parece que me desnudan en medio de una plaza, que me despojan
de mi precioso secreto... ¿qué sé yo? La verdad es que me hace sufrir. El escarnio
causa menos mal si está dirigido a María Valtorta. Lo importante es que no dañe los
“dictados” y no los haga
32
considerar una burla o una locura...
Pero por encima del deseo más o menos santo y honesto de mucha gente, está la
voluntad, o mejor, la bondad de Dios, que escucha a su pobre María, a esa María que
ha rezado siempre y que sigue rezando y diciendo: «He aquí a tu “víctima”. Que
recaiga sobre mí todo lo que quieras, pero sin señales exteriores». Yo no habría querido ni siquiera esta manifestación de Dios en mí, yo... Mas Él ha querido que yo fuera
su fonógrafo... ¡paciencia! Pero no quiero nada más, no, no, no. Que me lleguen todas
las enfermedades, diagnosticables o no diagnosticables si no tienen características
conocidas. Que me lleguen todos los sufrimientos que me hagan padecer lo que Él
padeció. Que me llegue la agonía que me haga estar curvada sobre su agonía. Pero que
todo eso sea conocido sólo por Él, por Ud. - que es un padre para mí - y por mí y
basta.
Si en este tiempo de Pasión desilusiono al que idolatra y al que escarnece porque
no soy materialmente “la apasionada”, le aseguro que vivo igualmente mi pasión. Pero
más que el mayor sufrimiento físico del cuerpo transido y magullado por los golpes y
el cansancio del Gólgota, de la cabeza dolorida por el cerco cruel, de los estirones y
los calambres, del afán y la congestión de esta tortura, de la sed y la fiebre, de la
languidez y la excitación del suplicio, “pasión” significa siempre para mí lo que llamo
“mi Getsemaní”, es decir, la oscuridad que aumenta, densa de fantasmas y temores... el
temor y el terror del futuro y de Dios... y la cercanía del Odio y la ausencia del Amor.
Esto sí que lleva a la sed, a la fiebre, a las lágrimas de sangre, a los gemidos y el
agotamiento. Le aseguro que es algo tan fuerte como la hora que viví el año pasado
cuando Dios me dejó sola2. Y aún más; puedo decirle: «Es más fuerte», porque duele
igualmente a pesar de que Dios está conmigo.
Espero haberme explicado bien, aunque ciertas torturas se explican muy mal y se

comprenden peor, tanto por parte de quien es padre espiritual como de quien es
idólatra, de quien es curioso o estudioso o escarnecedor del... fenómeno. Pero los
últimos tres tendrían que experimentar por una hora lo que nosotros experimentamos...
Y también tendrían que probarlo los idólatras, que puede que sientan envidia. ¡Pero
no!, es mejor que no lo prueben. Los idólatras se escaparían quién sabe adónde por
temor de que se repitiera otro
_________________________
2 Véase “Los cuadernos. 1944”, desde el 9 de abril al 10 de mayo.
33
momento semejante y los curiosos, los estudiosos y los escarnecedores llegarían hasta
a maldecir a Dios... Por eso... impongamos el yugo a mis espaldas y quitemos el
veneno... ¡adelante!
Señor, que se haga tu voluntad y no la mía. He aquí a tu sierva y a tu víctima. Que
se haga de mí lo que Tú quieras. Pero, en nombre de tu bondad, te pido únicamente
que me des la fuerza para poder sufrir. No me dejes sola. «Quédate con nosotros,
porque atardece y el día ya ha declinado... »3.
Estoy muy agitada, en medio de una tormenta como éstas de marzo que alternan momentos
luminosos de sol a la oscuridad de las nubes borrascosas. Tengo la impresión de ser una
pequeña barca en medio de las olas enfurecidas; a veces estoy arriba, en la cresta de las olas y
en pleno sol, y otras estoy abajo, oprimida entre dos montañas de agua que parecen querer
sumergirme en un tenebroso abismo. Me parece que paso alternativamente de un océano
borrascoso al más plácido de los puertos y que, siempre alternativamente, me sumerjo en la
hiel y en la miel. ¡Cuán grande es mi sufrimiento desde ayer por la noche!
Hay momentos en que estoy en el Cielo gracias a las breves y dulces palabras y a las beatas
sonrisas de Jesús y María y por la fuerza que de ellas me deriva. Entonces digo: «¡Oh!, estoy
absolutamente segura de que no he sido engañada y que no soy una pecadora» (se entiende
que me refiero a los dictados y a las visiones). Pero luego hete aquí que vuelvo a precipitar en
el sombrío abismo en el que resuena el espantoso fragor de las palabras amenazadoras de
ayer por la noche. Y tras el Paraíso, ahora experimento el infierno. Luego vuelve a
socorrerme la bondad de Jesús y de María y mi pobre alma es alzada en el sol hacia el cielo,
en un estado de beatitud que me colma de dulzura. Y después nuevamente precipito en la
amargura, en la oscuridad, en el espanto. Tengo miedo... Ayúdeme a superar esta batalla.
Hoy he visto a una señora que me conoce desde niña y que me ha dado su amistad
materna por muchos años; luego, por una voluntad ajena a la mía, tuve que
abandonarla y ahora, por fin, he podido volver a acercarme a ella. La señora me ha
hablado de la Marina... y de mis dictados, de los que ha leído algunos fascículos.
Como si yo no
___________________________
3 Lucas 24, 29
34
supiera nada, le he preguntado qué diferencia nota entre las dos personas, de las cuales
una es conocida y la otra casi anónima, porque se la cree un servita o una señorita
enferma, etc... Me ha respondido que, según ella, los de la M... están escritos en trance,
mientras los otros son: «sublimes, pero atemorizan porque en lugar de hacer sentir la
misericordia de Dios hacen sentir su justicia. Pero reconoce que encierran palabras de
luminosa claridad y de una elevación espiritual que impresiona. Hay una maravillosa

oración a la Virgen». Y ha terminado diciendo: «Haz que te los den para leerlos. No
pude obtener otros pero, te digo la verdad, deseo obtenerlos».
No puedo decirle si cree o no que se trata de mí o si cree que no conozco los
dictados. Pero para mí ha sido como una gota de miel porque es una mujer religiosa y
culta, que siempre me ha parecido muy equilibrada. Por eso, su juicio y su deseo me
han confirmado que en los dictados las almas sienten a Dios.
¡Dios! ¡Dios!... Éste es mi dolor: Tener como único fin servirle y hacerle amar y
temer que Él me aborrezca. Pero es tiempo de Pasión... ¡Oh! Ayúdeme porque bajo la
calma aparente, soy una doliente herida.

20 de marzo de 1945
Habla el Padre Santísimo:
«Os parece dura la palabra que expresa la verdad. Querríais solamente palabras
misericordiosas. ¿Podéis reconocer que merecéis misericordia? ¿Acaso no es
misericordia también la Voz severa que os habla de castigo y os incita a arrepentiros?
¿Acaso os pentís?
Este deseo de oír solamente promesas de bondad, esta manía de recibir de Dios
sólo caricias, es la desviación de la Religión. Habéis convertido en epicureísmo
también este principio sublime que es la Religión referida al Dios verdadero.
Pretendéis deleite de ella pero no queréis dedicarle esfuerzo. Queréis descansar en la
cómoda transacción entre lo que os ordena la Religión y lo que os place. Y pretendéis
que Dios se avenga a esta adaptación. En otras épocas, este vicio espiritual se llamaba
“quietismo” y aún lo llaman así los doctores del espíritu. Yo soy más severo y lo llamo
epicureísmo del espíritu.
Querríais recibir de la Religión, de Dios, de su Palabra, sólo lo que acaricia los sentidos,
porque os habéis rebajado tanto que habéis
35
convertido en sensual hasta el espíritu. Por eso queréis ofrecerle sensaciones y
estremecimientos completamente humanos. Parecéis los enajenados de otras religiones que,
con oportunas ceremonias, provocan un estado psíquico anormal para gozar de los falsos
éxtasis de sus paraísos.
Ya no comprendéis la grande, la mayor misericordia de Dios. Y llamáis dureza,
espanto, amenaza, lo que es amor, consejo, invitación al arrepentimiento para obtener
gracias. Queréis palabras misericordiosas. ¿Decís que las queréis para que os den las
fuerzas para resurgir? No mintáis. Os gustarían porque son dulces. Pero igualmente,
para los labios de Dios, vuestro sabor sería amargo como el veneno.
¿De qué sirven las palabras misericordiosas, las visiones plenas de amor que se os brindan
desde hace un año como última prueba de elevación hacia Dios de vuestras almas
paganizantes? A muchos les sirve para deleite, a algunos para su ruina y a un pequeño
número tremendamente exiguo para la santificación. De este modo, continúa el destino de
Cristo: el de ser un signo de contradicción para muchos.
Hoy hablo Yo. ¡Oh culpables más culpables que los sodomitasl!, hablo para demostrar que mi
misericordia aún es infinita, visto que no os sepulta bajo una granizada de fuego.
Se ha dicho: “Castigas a los descarriados poco por vez, les reprendes por sus faltas y les
amonestas para que se aparten de la perfidia y crean en Ti”'. ¿No han ido aumentando poco a
poco estos periodos tremendos? ¿Os he dejado azotar de un modo infernal en una sola vez?
No es así. Hace decenas y decenas de años que el castigo va aumentando en cuanto al modo y

la duración, dándoos de tanto en tanto una milagrosa ayuda que os liberaba de él y que
usabais para preparar, por vuestra misma voluntad, un flagelo aún más cruel.
No mejorasteis nunca. ¡Oh, vosotros que escarnecéis a Dios!, siempre ha aumentado vuestra
maldad y vuestra falta de fe. ¿Y ahora qué he de hacer? Si no supiera cómo os he creado,
ahora me preguntaría si tenéis un alma, porque vuestras obras son peores que las de seres
bestiales. ¿Os disgusta oíroslo decir? ¡Pues no obréis de modo tal de merecer estas palabras!
En el Libro de la Sabiduría se leen estas palabras dirigidas a los Cananeos: “Aborrecías a los
antiguos habitantes de tu tierra santa
______________________________
1 Génesis 19, 24-25.
2 Sabiduría 12, 1-2.
36
porque sus obras, cumplidas con prácticas mágicas y ritos sacrílegos, eran
abominables ante Ti. Mataban sin piedad a sus pequeños, comían las entrañas de los
hombres y bebían la sangre en tu sacra tierra. Quisiste destruir a esos padres, verdugos
de almas indefensas...”3.
¡Oh generación de hombres de esta época!, ¿no os reconocéis en estos
antepasados vuestros? Yo sí que os reconozco. Respecto a ellos, vuestra perfidia ha
aumentado, se ha hecho más satánica. Pero seguís perteneciendo a esa ralea que
detesto. El satanismo se ha difundido tanto hasta convertirse casi en la religión de los
estados. Ya sea entre los grandes o entre los modestos, entre los cultos o entre los
ignorantes, y hasta en la casa de los ministros de Dios, se quiere conocer y se cree
conocer a través de magias que tienen un sello inconfundible: el sello de Satanás.
¿No realizáis los sacrificios de los cananeos? ¡Los hacéis aún peores! No inmoláis
las carnes sino vuestras almas y la de vuestros semejantes, conculcando el derecho de
Dios y la libertad del hombre. En efecto, habéis llegado hasta tal punto que, con la
burla o con la fuerza, quebrantáis las conciencias que aún saben mantenérseme fieles,
las arrojáis del trono de su fe, que las eleva a Mí, y las corrompéis con doctrinas
malditas o las matáis, porque haciéndolo creéis despojarlas de la fe. No; por el
contrario, de este modo las ataviáis con una fe incorruptible. Mas, que la maldición
recaiga sobre vosotros porque sembráis la corrupción para arrebatar fieles a Dios.
¿Y no os reconocéis en esos antepasados vosotras, generaciones de padres que sin piedad
matáis moralmente a vuestros hijos al comunicar a esos inocentes vuestra incredulidad,
vuestra sensualidad, toda la cohorte de racionalismo y de bestialidad de que estáis saturados y
que ahora, ahora, ahora que estos hijos ya no están sostenidos por ninguna columna
espiritual, termináis de matarles en lo que les queda, es decir, en la carne, pues permitís qué
de esa carne hagan mercancía como bestias lujuriosas, y es más, aprobáis satisfechos porque
ese mercado os permite satisfaceros y gozar con el sacrificio de vuestros hijos?
¡No, no exagera el Libro de la Sabiduría cuando os llama verdugos de almas
indefensas! Cuidáis más a la bestia que criáis para venderla y a la planta que cultiváis
para obtener los frutos, que a
______________________________
3 Sabiduría 12, 3-7.
37
vuestros hijos. Ellos son débiles mas no los fortificáis, pues no les dais ni la religión de Dios
ni, al menos, la de la honestidad cívica y del amor familiar.
Padres, ya no sois los tutores de los menores. Madres, para vuestras criaturas no

sois ángeles, sois ídolos. No cumplís el fin al que os he destinado. Abdicáis de
vuestros deberes y de vuestros derechos. Me causáis horror. Sois ídolos idólatras: sois
ídolos, porque carecéis de espíritu. Sois idólatras, porque adoráis lo que es todo menos
espíritu. Habéis adorado al hombre; habéis permitido que se llegara al culto del
cuerpo, que se volviera al culto del cuerpo, tal como lo practicaban los paganos
cuando Cristo les encontró, o los neo paganos, que son culpables de paganismo
doblemente, porque lo eran y porque siguieron siéndolo aún después de haber recibido
la verdadera religión.
Y además, en los lutos, en las alegrías, ¿qué hacéis? Practicáis la idolatría. Veneráis, adoráis
lo que es perecedero. No pensáis en el espíritu y en El que lo creó. Y eso “es un engaño para
la vida humana, pues los hombres, secundando la afición o la tiranía, dan a la piedra o al leño
o a la tela pintada el Nombre incomunicable”4. Yo, sólo Yo, soy Dios.
¿Os parece que os fustigo? Y entonces oíd: “Ni les bastó haber errado en el conocimiento de
Dios sino que, viviendo en la dura guerra de la ignorancia, llaman paz a tan graves males. Ya
inmolan a los hijos, ya hacen misteriosos sacrificios, ya transcurren las noches en orgías
infames. No conservan puros ni la vida ni los matrimonios. Por el contrario, uno mata al otro
por envidia o le humilla con adulterios. Todo es un caos de sangre, homicidios, robos,
fraudes, corrupción, deslealtad, desorden, perjurio, vejación de los buenos, olvido de Dios,
contaminación de las almas, inversión de los sexos, inconstancia en los matrimonios,
adulterios, libertinaje, porque el abominable culto a los ídolos es causa, principio y fin de
todos los males. O se dan a frenéticas juergas o vaticinan falsedades o viven en la injusticia y
perjuran sin vacilar pues, dado que confían en ídolos inanimados, no temen que el jurar en
falso pueda perjudicarles”5.
Mas, ¿se trata de la Sabiduría dictada un siglo antes de Cristo o de algo dictado en los
momentos actuales? ¿Y aún pretendéis pala_______________________________
4 Sabiduría 14, 21.
5 Sabiduría 14, 22-29.
38
bras de misericordia?
¿No habéis visto nunca a un pueblo que huye bajo una colosal granizada? Huye
veloz pero igualmente el granizo le azota porque los gruesos granos les persiguen por
doquier. Si tuviera que hablar según lo merecéis y os hablara como quien soy, como
Dios Padre, seríais como esas gentes azotadas por una colosal granizada.
Habla la Bondad y no entendéis. Habla la Justicia y la consideráis injusta. Tenéis
miedo y no os corregís. ¿Sois tontos o criminales? ¿Sois locos o endemoniados? Que
cada uno se examine. ¿Y por gentes como éstas se mandó a morir al Hijo del Padre?
En verdad, si fuera posible encontrar un error en Dios, se diría que ese Sacrificio
fue un error, porque su infinito valor es nulo para demasiada gente. Sí, digo que fue un
error. Un error que es testimonio de mi Naturaleza. Sí, ¡oh, hombres que, a pesar de
ser tan culpables, juzgáis que Yo no os trato con misericordia!, porque si Yo no fuera
Amor, no os habría concedido la Redención. Sí, porque si en verdad hubiera tenido
que obrar como vosotros, que pretendéis el 100 por 100 y hasta el 1000 por 100
cuando hacéis aun el mínimo bien, Yo no habría tenido que concederos la gracia
jamás. Porque desatendéis, burláis, convertís en desgracias, todas las formas de gracia,
empezando por la de la Sangre derramada por vosotros.
Hoy Jesús no habla y el pequeño Juan no ve. Hoy hablo Yo para deciros que hoy, como hace
dos años, mi Pensamiento es el mismo6; para deciros que si callo es porque sé que hablar es

inútil; para deciros que la palabra es amor, que el silencio es amor, que la severidad es amor.
Sólo vosotros sois desamor, en medio del amor soberano que conforma todo lo que proviene
de Dios. Y ésta es vuestra condena».
Me faltaba sólo este severo dictado para terminar de abrumarme...
_________________________________
6 Probablemente es una referencia al dictado del 23 de abril en “Los cuadernos.
1943”.

25 de marzo de 1945
Hablo con la Madre y me lamento diciéndole: «Pero de esta manera ya no puedo pensar en ti.
Escribo, escribo y escribo... y después me quedo como muerta e incapaz de decirte ni siquiera
un Avemaría.
39
Ya lo ves: ¡me quedo con el rosario en la mano, justo ahora que quería hacerte más compañía
en estos viernes de Cuaresma y de Pasión!».
Oigo su respuesta nítidamente: «No importa. Tú cantas el Evangelio de su Pasión
y lloras sobre sus dolores y le acompañas en ellos. Y, de este modo, enjugas mucho
más mis lágrimas que si me hicieras compañía directamente. ¡Oh, hija de la celeste
Jerusalén!, llora por los pecados del mundo y bendice al Señor, que quiso que fueras
estéril, que no probaras los gozos humanos, para merecer la gloria de ser el “pequeño
Juan”. Di junto conmigo: “He aquí a la doncella del Señor. Que se haga de mí lo que
Él desea”. Te bendigo y no te retengo. Te espero en el camino del Calvario. Ve».

29 y 30 de marzo de 1945
Mis gozos.
Estaba muy triste desde el mediodía del Jueves porque pensaba: “Mañana no
habrá Comunión”. Me causaba dolor quedarme sin mi Alimento, visto todo lo que
sufro siempre, especialmente el viernes, y lo que, por lo general, significa para mí el
viernes de Pasión desde hace 15 años. Pensaba: “Dos años atrás, el P. M. me trajo la
Comunión al amanecer del Viernes Santo. En ese entonces yo estaba mal y por eso él
podía hacerlo”. Le aseguro que habría deseado estar aún peor para poder recibirla. Este
sufrimiento, junto con el pesar por la reliquia de la Santa Cruz - que me fue quitada,
tras habérmela donado, por una que, con Satanás, contribuyó a hacerme sufrir - constituye mi pena secreta... mi pena más profunda.
Marta había salido para hacer la visita de las siete iglesias. Yo estaba sola.
Escribía. Y, mientras tanto, la desolación de María se fundía con el llanto de la pobre
María...
Detiene mi pena la gozosa aparición de mi Jesús, pero no ya martirizado y
sangrante, sino bellísimo, radiante en su túnica de cándido lino, tal como le veo en los
momentos más jubilosos de las visiones. Viene hacia mí como si proviniese de un
campo florecido y sonríe mientras sostiene algo bajo su manto blanco, que lleva cruzado sobre el pecho y las manos.
Me dice: «Pequeño Juan, en realidad quería decirte “pequeño escriba”, pero no te

lo digo porque si bien es cierto que eres un ser laico que, por no bastar los sacerdotes,
ilustras la verdad de mi tiem40
po mortal, por el contrario, no eres la criatura dura y feroz que eran los escribas de mi
época. Escucha, pequeño Juan. El Padre Migliorini no puede traerte la Comunión y
sufres por ello. Yo soy tu Sacerdote. Te he tenido doblada sobre mis torturas, sobre mi
agonía. Es justo que te dé un premio. Mira: hace muchos años, a esta misma hora Yo
me dirigía al Cenáculo para consumar la Pascua y distribuir la primera Eucaristía.
Pequeño Juan, ven y toma».
Deja abrir el manto y me muestra la píxide que lleva en la mano. Dice
solemnemente: «Yo soy el Pan vivo que desciende del Cielo. Quien coma este Pan, no
tendrá más hambre y vivirá eternamente. Éste es mi Cuerpo, que te doy en memoria de
Mí. Toma y come». Y me da una hostia muy grande. Digo que es grande porque tiene
el diámetro de una vieja moneda, o sea, de un escudo. Su sabor material y espiritual es
tan extraordinario que me colma de júbilo. Me acaricia y luego dice: «Ahora que has
recibido tu Alimento, escribe. Mañana volveré».
Y, en efecto, esta tarde, a la misma hora, vuelve a aparecer ante mí. Yo estaba mal
ya cuando Ud. se encontraba aquí; no lograba superar la crisis. Estaba pálida como una
muerta, envuelta en un sudor frío, jadeaba, tenía continuos mareos y se me ofuscaba la
vista. Sin embargo, escribía porque tenía que escribir... La Madre Dolorosa
demostraba gimiendo su tormento.
Por unos instantes Jesús me aparta de tanto dolor físico y de coparticipación. Mostrando
claramente el cáliz colmo de sangre roja, vigorosa, la definiría densa, casi en hervor - porque
borboteaba en espumantes burbujas como si apenas hubiera salido de una arteria - Jesús me
dice: «Ésta es mi Sangre, que he derramado por amor hacia vosotros. Toma y bebe». Me
avecina el cáliz a los labios mientras con la otra mano me acerca a éste.
Siento el frío metal contra mis labios y en mi nariz el olor de la sangre. Pero no
me causa repulsión. Adhiero mis labios al liso borde del cáliz de plata y bebo un sorbo
de esta Sangre divina, que presenta todas las características de nuestra misma sangre
en cuanto a fluidez, viscosidad y sabor, pero que al descender en mí provoca una
delicia que me eleva a las cimas más altas del gozo. Quisiera beber más y más...
porque cuanto más se bebe de esta Sangre, más se querría beber. Pero me detiene la
reverencia hacia Jesús y sólo contemplo esa Sangre amada, aspiro su intenso olor,
admiro el perfecto color rojo vivo. Jesús me hace beber otras dos veces... Luego se
va... y
41
en mí permanecen el sabor y la fragancia de esa Sangre de mi Jesús.
Casi no quería escribir esto aquí. Prefería hacerlo en una carta que no sabía bien si
entregársela enseguida a Ud. o dejarla para que fuera entregada después de mi muerte.
Porque, en verdad, ciertas cosas sublimes se expresan mal y se lo hace de mala gana.
Pero luego prevaleció la idea de escribir esto en un cuaderno y, por lo tanto, hacérselo
saber a Ud. inmediatamente.
Me siento rebosante de una delicia sobrenatural.
31 de marzo de 1945
A las 8.
Aún perdura esa delicia sobrenatural. En mi mente está presente siempre ese cáliz,
como si todavía lo estuviera viendo, y todavía siento en mi paladar el sabor inefable de

la Sangre de mi Dios... Éstas fueron mis Comuniones del Jueves y del Viernes Santo.
1° de abril de 1945
Pascua de Resurrección. A las 23.
Jesús dice lo siguiente para el Padre Migliorini, para Sor M. Gabriella y para mí:
«Antes de que terminara el día de la Resurrección, me mostré a las mujeres fieles y a los
amigos más queridos para que su júbilo fuera total, para que supieran que la prueba había
terminado y que el Señor había resurgido, para que su fe fuera confirmada con su paz y su
perdón. Antes de que termine este día, vengo a vosotros. Vengo a vosotros que habéis sabido
hacer una Betania y un Cenáculo de vuestro corazón y que habéis permanecido conmigo en la
Pasión.
Que la paz y la bendición sean con la una y la otra María. Que la paz y la bendición sean con
su Lázaro y el mío. Que la paz y la bendición sean con quien convive con ellos en el amor
hacia Mí. Creced amándome. Que la Sangre y la Palabra engendren en vosotros fuerzas
siempre renovadas. Venid sin temor a las Palmas heridas. Vosotros no tenéis necesidad de
tocar para creer. Pero tenéis necesidad de caricias para gustar anticipadamente el Cielo y mis
manos rebo42
san de caricias para mis amigos.
Os quise conmigo en la Pasión para que, conociéndola, la amarais cada vez más,
pues este conocimiento es fuerza y santificación. Gustad de él hasta obtener mi misma
fuerza también en los sufrimientos por amor de Dios y del hombre. Ahora venid
conmigo hacia el gozo que el mundo no puede experimentar, o sea, hacia mi gozo.
Que la paz y la bendición del Señor Resurgido sean con vosotros, ¡oh, amigos de
mis Betanias, las que Yo solo conozco!».
10 de abril de 1945
Dado que hace tres días que descanso de los dictados, abro la Biblia1 en un punto
cualquiera, tanto para leer algo que siga siendo palabras provenientes de Dios. El libro
se me abre en la pág. 769 y los ojos se detienen en los versículos 25-26-27-28-29-3031 del salmo 17 del libro 1° 2 . Y entonces el Señor habla:
«¿No es acaso lo que puedes decir de ti?
En un tiempo no merecías mi recompensa: Yo te amaba con mi perfección, mas tú
no me amabas con tu perfección porque, aunque en tu corazón albergaba la inclinación
hacia Mí, había en él afectos más fuertes que el que me dedicabas. No merecías mi
recompensa. Por cierto recuerdas ese tiempo y también Yo lo recuerdo. Acababas de
salir de tu colegio completamente perfumada con el perfume de Dios como una virgen
del Templo con los perfumes del incienso ritual. Y Yo ya te había elegido.
¿Quieres saber cuándo te elegí? En verdad, lo hice cuando se engendró en ti un alma, porque
no hay ningún destino humano que sea desconocido para la Mente eterna. Y mi pequeña
María - que mi Voluntad mantuvo viva a pesar de las infelices circunstancias de su
nacimiento, que la acompañaron durante los meses en que era sólo un ángel que mamaba fue mía cuando derramó sus primeras lágrimas ante el divino Depuesto de la cruz. Él te pidió
a Mí. Y Yo te di con una sonrisa complacida. Y ya en el Cielo, Él repitió su exhorta_____________________
1 El texto que emplea la escritora es la Sacra Bibbia, traducción y comentario del

Padre Eusebio Tintori O.F.M., editado por el Istituto Missionario Pia Società San
Paolo, 1942.
2 Según el texto de la Vulgata. En cambio, según el texto hebraico es el salmo 18,25-31.
43
ción en cuanto a ti: “Dejad que los niños vengan a Mí”. Y así lo dijo al Padre y al
Paráclito.
Sólo los labios de los niños quitan el dolor de sus heridas: labios de los que son
niños por edad y de los que lo son porque lo quieren ser. O sea, de los que por su
amor y por obediencia al Maestro, “se hacen semejantes a niños para obtener el Reino
de los Cielos”3. María, Virgen y Madre, Delicia de Dios, es la perfecta niña que vive
jubilosa en el Reino de los Cielos. Las almas “niñas” de personas adultas son tan raras
como perlas perfectamente redondeadas de asombroso grosor. Todos los adultos niños
poseen un alma así, como si aún no fuera profanada, que causa la delicia de Dios y el
alivio de Cristo. Y por eso el Hijo te ha querido ya desde entonces. Por cada lágrima
inocente derramada, recibiste un beso suyo; por cada beso, una gracia; por cada gracia,
una unión con el Divino Amor.
No es un error mirar hacia atrás para poder entonar el Magnificat y el Miserere.
Tú pudiste entonar el Magnificat desde que saliste del colegio. Pertenecías por entero a
Dios. En ti había un solo altar y un solo amor. El blanco lirio cuya corola se entreabría
apenas, rebosaba sólo de celestial rocío y de rayos divinos. Luego llegó el mundo y
con él llegaron muchos otros altares y muchos otros amores, es decir, los usurpadores
de “mi” lugar. Duraron hasta que Yo lo quise. También habría podido no quererlo.
Alguien dirá: “Fue un experimento peligroso”. No es verdad; era necesario. Los
apóstoles fueron humillados con la deslealtad hacia Cristo y durante ese periodo les
dominaron todas las formas de la corrupción humana y volvieron a ser aferrados,
zarandeados, acuciados por todo lo que turba al hombre. Entonces comprendieron que
todo lo que habían logrado mejorar no lo habían obtenido exclusivamente por su
proprio mérito, sino porque estaban con Jesús. Y, gracias a eso, en ellos quedó
destrozada totalmente la soberbia, esa fuerza que corrompe al hombre. Esto es lo que
debe hacerse con todos los que han sido elegidos para un destino especial, a fin de que
no pierdan tal elección al no merecer más mi amor. Los que usurparon mi lugar en ti
fueron cayendo uno a uno. Y únicamente tu Dios volvió a ser tu Rey, al que cantaste el
Miserere de tu sabio arrepentimiento.
Hija, ahora considera el pasado y el presente. Considera aquel tiempo en que florecían tantos
amores: hacia el hombre, hacia la
_______________________________
3 Mateo 18, 1-5; Marcos 10, 13-15; Lucas 18, 15-17.
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ciencia, hacia ti misma, y considera el tiempo actual, en el que no hay nada nuevo sino
un solo amor: el amor hacia Mí. Y entonces dime, dímelo con el alma; dímelo
escuchando solamente a tu alma, la única que posee una voz preciosa y verdadera. ¿No
lo tienes todo ahora? ¿No lo tienes todo desde que eres mía? Los tontos, que son
muchos, dirán: “¡Si no tiene nada! No tiene salud, no tiene alegría, no tiene riqueza”.
Pero tu alma, que ve con los ojos del espíritu, dice: “Ahora lo tengo todo, hasta lo que,
aun siendo santo, es superfluo”. Si puede llamarse superfluo todo lo que se aparta de lo
estrictamente necesario para elevarse a Dios.
Tienes una misión especial: la de portavoz, que es un don y que no se necesita

tener para ser predilectos. Pero además, tienes el consenso de Dios para tus deseos.
¿Por qué lo tienes? Pues, porque como dice el salmo: “El Señor me ha recompensado
según mi justicia, según la pureza de mis manos ante tus ojos”'.
Con los justos y los puros de corazón soy infinita y divinamente munífico. Soy
bueno con los débiles, soy perfectamente bueno con los que saben ser fuertes por amor
mío. Y, dado que soy Amor, debo esforzarme a Mí mismo para no ser débil también
con los que pecan. A éstos les concedo la misericordia de mi Hijo. A mis hijos les
concedo la profusión de mis dones. Y les salvo, les ilumino, les doy la libertad, les
fortifico cada vez más y, llevándoles de la mano, les conduzco por mi senda
inmaculada y les instruyo con mi Palabra, forjada en el Fuego del Divino Amor.
Así hago contigo, alma mía, que has puesto en Mí tu amor y toda tu confianza. No
temas, ¡oh, flor de Dios! Desde las microscópicas flores de los países sumidos en los
hielos hasta las flores gigantescas de los países tórridos, no hay una sola a la que Yo
deje sin rocío, sin la luz y el calor necesarios para su tierna vida. ¡Y son vegetales! Entonces, ¿qué cuidados dará su Creador a las flores de mis almas? No temas, ¡oh flor de
Dios, perlada con la sangre y el llanto del Hijo y de la Virgen! Te quiero mucho, por
estas gemas y por tu fidelidad. Canta por siempre el Magnificat.
El Padre, el Hijo y el Paráclito están contigo».
¡Oh, Señor, Señor! Si Tú lo dices, por cierto es verdad y, por lo tanto, todo eso habrá sido
necesario. Pero, ¡qué terrible fue para mí
____________________________
4 Salmo 18 (17), 25.
45
tu abandono del año pasado!' Tú lo ves, tú no ignoras las sensaciones de los corazones.
Hay heridas que duelen al más ligero roce, aun después de haber cicatrizado. A veces
hasta duelen por simpatía nerviosa cuando se las toca o se toca el miembro opuesto.
Los nervios cercenados duelen aún después de que la herida se ha cerrado. De este
modo tu abandono, aun ahora que has vuelto a cobijarme junto a tu corazón, es una
herida que sigue doliendo porque has cercenado el nervio que me unía a Ti. No te
pregunto por qué lo has hecho. Te digo solamente: «¡Sabes bien qué ha signicado para
mí tu abandono! ».
Hoy me he estremecido al escribir: 10 de abril, porque hoy hace un año que Tú
dejaste a tu mísera flor sin rocío, sin luz, sin calor. Por poco no me he muerto. Te lo he
dado todo, y si aún tuviera algo, te lo daría. Pero no me sometas más a pruebas
semejantes. Ya ves que mi mísero ser no puede soportarlas.
Es verdad, canto. ¡Canto mi Magnificat! Y también te digo: «No he merecido en absoluto que
Tú hicieras en mí “cosas excelsas”». De todos modos, mi canto estará mezclado por siempre
con el llanto; a igual que el niño que ha vivido una infancia desdichada no tiene la expresión
serena de los niños felices, en mí siempre está presente tu abandono del año pasado. ¡Tiene
razón Jesús! ¡Tiene razón María! Lo que no se soporta en “nuestra pasión” es tu abandono,
¡oh Padre!...
Mientras escribo esto, vuelve a encenderse la lucecilla que arde perennemente
delante de la imagen de Jesús. Es una estrellita que, junto con mi corazón, resplandece
ante mi Jesús crucificado. Hacía un año que estaba apagada... Mi celda, mi
tabernáculo, mi paraíso ya no tenían luz. ¡Eso me causaba tanta congoja!...
Recibí todo de tu amor. Pero también recibí mucho de tu rigor: tinieblas, soledad y lo que tu
Hijo ha definido “infierno”... Me quedé como un pajarillo que sólo por acaso logró huir de
sus torturadores. Tengo miedo... Por todas partes veo redes, prisiones, torturas... Señor, ten

piedad...
_________________________
5 Véase la nota 2 del diario del 19 de marzo de 1945
46
12 de abril de 1945
1
Dice Jesús:
«Escribe solamente esto. Los designios de Dios tienen una continuidad y una
necesidad misteriosa, santa, que sólo en la otra vida comprenderéis claramente. A
veces parecen tener una extraña incoherencia. Os parecen incoherentes, porque lo
miráis todo con ojos humanos. En cambio, cada variación de su acaecer es una
concatenación armónica y justa, de la que proviene el destino humano y sobrehumano
porque, según cómo el alma se adecúa al proyecto que le propone Dios, corresponde
una especie de beatitud o de condena o, simplemente, de dolorosa expiación en la otra
vida y de ayudas o abandonos divinos en ésta.
La pronta obediencia y la jubilosa adhesión al designio de Dios son la señal de la
formación espiritual de un corazón. En esta formación Jesucristo fue perfecto. Ya lo
era como Dios, lo fue también como hombre. Y, si como Dios no podía ser alcanzado
por las insidias del Tentador que inocula soberbia y desobediencia para arrebatar un
espíritu al amor de Dios, como Hombre cuando vino a la Tierra, bien pudo recibir las
numerosas exhortaciones del Tentador a la desobediencia. Considera, hija, a qué
obediencia debía someter a Sí mismo. Ya se había impuesto el humillante yugo para
Él, que era Dios, de asumir naturaleza humana. Y, con esa naturaleza, había tenido que
soportar todo lo que implica tal condición. Además, al final de ese doloroso camino
humano, veía la Cruz, la ignominiosa y atormentada muerte del crucifijo. No ignoraba
su futuro y no se sustrajo a él.
¡Cuántas veces los hombres, aun sabiendo que de lo que Dios les propone deriva
un bien para ellos y para sus semejantes, se niegan a dicha propuesta diciendo: “¿Por
qué debo dejar lo que me procura provecho para dedicarme a lo que es penoso? ¿En
favor de quién tendría que hacerlo?”. Pues, hijos míos, ¡tendríais que hacerlo por
amor!, por amor hacia Mí. El Padre no puede pediros nada que no sea para vuestro
bien, para un bien seguro, no fugaz. Si procedierais al amparo de la fe, no dudaríais del
Padre. Diríais: “Si me propone esto, lo hace seguramente por mi bien. Por eso, lo
haré”. Si procedierais al amparo del amor, diríais: “Él me ama. Lo amo”. Y si fuerais
píos y lo que os propone el Padre fuera beneficioso para el prójimo aunque implicara
un sacrificio para vosotros, lo aceptaríais ensegui47
da como lo aceptó mi Hijo para vuestro bien. Yo os daría luego un refulgente premio.
Por lo tanto, cuando consideres el aparente contraste de tu vida, o mejor, los
muchos contrastes de tu vida, y todo lo que tienes, di siempre: “Ese hecho, que
aparentemente está en disonancia con el siguiente y con mi momento actual, ha
preparado este otro hecho. Y tengo esto porque he aceptado aquello”. Considera que,
desde que has adoptado como norma no estéril de tu vida las palabras presentes en la
plegaria del Hijo: “Sea hecha tu voluntad”, no sólo no te has detenido sino que has
caminado, y luego has corrido y, al final, has volado hacia lo alto. Se acentuó tu
voluntad, tu ansia de conocer, de mejorar, y al final aumentó tu jubilosa obediencia,
pronta para mis designios.
No digo nada más. Quédate con nuestra bendición».

Creía que se trataba de Jesús y, en cambio, quien me dice esta mañana tan dulces palabras y
muestra tanta piedad por mi estado físico, es el Padre Eterno.

14 de abril de 1945
Dice el Espíritu Divino:
«He herido tu mente con la frase: “En la íntima unión con la Sabiduría está la inmortalidad”
(Sabiduría 8, 17). Ahora te explico esta verdad.
Comparemos el alma a una criatura cualquiera y la Sabiduría a un rey potente. Hasta que no
sea más que un súbdito de dicho rey o solamente un ser que ve a ese rey en viaje por la
Tierra, esta criatura será sólo una criatura cualquiera. Hoy vivirá satisfecha de su exiguo
bienestar; mañana temblará por temor al poderío exagerado; pasado mañana estará atareada
en cosas de escaso valor y el día después llorará porque verá dañados sus bienes. El rey
siempre es el mismo: rico, potente, seguro de sí. En cambio, la pobre criatura nunca está
segura. Mas, si el rey, desde lo alto de su carroza, baja la mirada hacia la criatura y, viéndola
pulcra aun en su pobreza, se enamora de ella y dice: “Quiero llevarla conmigo, instruirla para
que no haga mal papel junto a mí y luego, una vez que haya aprendido el arte de reinar,
quiero hacerla mi esposa” y así lo hace, ¿esa esposa no adquirirá acaso, gracias a esta
elección, las dotes de poder, de riqueza, de
48
seguridad de su esposo-rey?
Un alma pasa de la condición de súbdito a la de unión con el poder, cuando la
Sabiduría le dice: “Ven. Sé mía” y le enseña sus verdades, la hace su esposa y se
concede a ella en continuos y apasionados abrazos, revelando en el sublime tálamo
toda su perfección; cuando le abre sus cofres y le dice: “Toma mis joyas. Son para
engalanarte”; cuando su mano le tiende el cáliz del vino vital, que da pureza y vida
eterna, diciéndole: “Bebe de mi copa para quedar preservada de la corrupción y de la
muerte”. Entonces, si esta alma se mantiene fiel a su elección, alcanza la inmortalidad,
la verdadera inmortalidad, no la inmortalidad relativa que los hombres otorgan a otros
hombres.
¡Cuántos de los que en su época fueron llamados “inmortales” y así se lo
creyeron, ahora son sólo “desconocidos”, muertos aun para la memoria! La mayor
parte de los hombres hasta ignora que han vivido y entre los que les han oído nombrar
¿quiénes conocen exactamente sus obras? De seguro, las conoce sólo una exigua
minoría. La verdadera inmortalidad es la que es conocida por Dios y por sus
bienaventurados; es la que será proclamada en el día del Juicio Final ante los ojos de la
multitud resucitada. Es la que se conquista en la unión con la Sabiduría. Es la que se
conquista en la unión conmigo, porque quien convive conmigo y me ama, quien se
engalana con mis gemas, quien bebe de mis aguas, camina por las sendas de la santidad y conquista la inmortalidad al conquistar el Reino de Dios.
Yo no te abandono. Si el descanso del Hijo de Dios está en medio de los corazones que le
aman, mi gozo está en mantener junto a Mí a los que me aman. El Amor que se nutre de
amor, que se siente sumergir en ese amor porque puede volcar sólo en pocos las olas de su
bien, se expande, de modo constante y rebosante como un caudaloso río perenne, sobre las
almas que le son fieles, las abraza con sus dulcísimas ondas, las eleva, las transporta, las
lleva, en el vasto mar del conocimiento de Dios, hasta el golfo de la beatitud, o sea, hasta el
regazo del Padre Eterno.
Quédate tranquila, quédate en paz. Sobre las ondas, la flor no hace resistencia. Navega en el

azul que quita su sed, brilla a los rayos del sol en virtud del agua que la adorna, y va hacia el
mar abierto. Ve también tú del mismo modo. Te bendigo».
49
15 de abril de 1945
Ezequiel 37, 1-14.
Dice Jesús: «A igual que el Señor le preguntó a Ezequiel, Yo te pregunto: “¿Crees que estos
huesos revivirán?”».
Yo, como Ezequiel, te respondo: «Tú lo sabes, Señor Dios», dado que entiendo el significado
de la palabra “huesos”, que en este caso está usada en lugar de “hombres”. Es decir, entiendo
que Jesús no me pregunta si resucitarán los muertos en el último Día. Eso pertenece a la fe, y
sobre eso no hay ninguna duda. Pero Él llama “huesos” a la pobre humanidad actual, que es
sólo materia sin espíritu. Llego a entender esto porque, como ya le he explicado muchas
veces, cuando Dios se apodera de mí para convertirme en su portavoz, mi inteligencia se
dilata y se eleva a una potencia que es muy superior a la que le es consentida a los seres
humanos. Y por eso, “veo”, “oigo”, “comprendo”, según el espíritu.
Jesús sonríe porque ve que he comprendido su pregunta y explica:
«Así es. Ahora la humanidad es sólo huesos, restos calcinados, densos, muertos, hundidos en
los fétidos surcos de los vicios y las herejías. Ya no existe el espíritu, el espíritu que es vida
en la carne y en la eternidad, el espíritu que es lo que diferencia al hombre del animal. El
hombre se ha matado a sí mismo al matar la parte mejor de sí. ¿Es una máquina? ¿Es un
bruto? ¿Es un cadáver? Sí, es todo esto.
Es una máquina porque cumple su jornada mecánicamente, como un dispositivo que se
mueve porque debe hacerlo, visto que sus partes han sido puestas en movimiento. Pero lo
hace sin comprender la belleza de lo que hace. Del mismo modo, el hombre se levanta, se
acuesta, tras haber comido, trabajado, paseado, hablado, sin comprender nunca la belleza, o la
fealdad, de lo que hace. Y no lo comprende, simplemente porque, al estar privado del
espíritu, ya no distingue lo bello de lo feo, el bien del mal.
Es un bruto porque está satisfecho con dormir, comer, acumular grasa en su cuerpo y
provisiones en su cueva, ni más ni menos que como hace el animal, cuyo único fin en la vida
y cuya única alegría en la existencia son estas operaciones y que, por esta ley baja y brutal
que establece la necesidad de saquear para quedar saciado, lo justifica todo: los egoísmos y
los actos feroces.
Es un cadáver porque lo que permite decir que un hombre está vivo es la presencia del
espíritu en su carne. El hombre se convierte
50
en un cadáver cuando exhala su alma. En verdad, el hombre actual es un cadáver que
está en pie y se mueve por un sortilegio de la mecánica o del demonio. Pero no es más
que un cadáver.
Pues bien, Yo digo: “¡Oh, áridos huesos!, infundiré en vosotros e1 espíritu y
reviviréis. Haré que en vosotros vuelva a haber nervios y crezca la carne y otra vez os
cubriré de piel y os daré el espíritu y reviviréis y sabréis que Yo soy el Señor”. Sí, lo
haré. Vendrá el tiempo en que volveré a tener un pueblo de seres “vivos” y no de
cadáveres.
Mientras tanto, a los mejores, a los que no están muertos mas sólo están reducidos
a esqueletos por la falta del alimento espiritual, les doy el sustento de mi palabra. No
quiero que muráis de consunción. Ésta es la suculenta ambrosía que, dulcemente, os da
vigor. ¡Oh, nutríos con ella, hijos de mi amor y de mi sacrificio! ¿Por qué debo ver

que muchos tienen hambre y que, habiendo preparado el Salvador abundante
alimento para ellos, no ha sido alcanzado por los que tienen hambre? Nutríos, poneos
de pie, salid de los sepulcros. Sacudíos la inercia, apartaos de los vicios del siglo,
venid al conocimiento, venid a “reconocer” al Señor vuestro Dios.
Os lo he dicho al comienzo de esta obra y a mediados de esta trágica guerra1 y os lo repito:
“Ésta es una de las guerras preparatorias de la época del Anticristo”. Luego vendrá la era del
espíritu vivo. ¡Bienaventurados los que se preparen a recibirla!
No digáis: “Nosotros no estaremos allí”. No estaréis todos vosotros. Mas pensar solamente en
sí mismos significa estupidez y anticaridad. De padres ateos nacen hijos ateos. De padres
inertes nacen hijos inertes. ¡Y todos ellos, vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos, tendrán
una enorme necesidad de fuerza espiritual en esa hora! En el fondo, es una ley del amor
humano proveer al bien de los hijos y de los nietos. No os mostréis en lo que atañe al espíritu
inferiores a lo que atañe a las cosas terrenas y, del mismo modo en que dais a vuestros hijos
riquezas o consideráis cómo poder dárselas para que vivan días más felices que los que
vosotros habéis vivido, dedicaos a prepararles una herencia de fuerza espiritual que ellos
puedan modelar y multiplicar, para tener una gran cantidad de ella cuando los embates de las
últimas batallas del mundo y de Lucifer flagelen de modo tan feroz la Humanidad que los
hombres se preguntarán si no
______________________________
1 Véase, por ejemplo, en “Los cuadernos. 1943”, el diario del 4 y del 19 de junio
y del 21 de agosto; en “Los cuadernos. 1944”, el diario del 16 de mayo y del 12 de
septiembre.
51
sería mejor el Infierno.
¡Oh, el Infierno!: la Humanidad deberá vivirlo. Luego, para los que
permanecieron fieles al espíritu, vendrá el Paraíso, vendrá la Tierra que no es tierra: el
Reino de los Cielos».

20 de abril de 1945
Veo con insistencia los restos de un cuerpo humano carbonizado. Es un
espectáculo que inspira piedad y temor. Está tan consumido por las llamas que parece
una informe estatua de hierro extraída del fondo del mar. Aún se identifican en la
cabeza las líneas principales de la nariz, los pómulos y la barbilla, pero en ese rostro
faltan la redondez de las mejillas, la parte carnosa de la nariz, las orejas, los labios.
Todo está resecado o destruido. Por ejemplo, lo están las extremidades: tanto los
brazos como las piernas semejan ramos semicarbonizados, a los que el calor ha
mudado de aspecto: es como si la cera revistiese los tendones que, crispados por la
combustión, han hecho contraer y retorcer los pies y las manos. Naturalmente faltan
los cabellos y las cejas. No podría decir si ese mísero ser que yace echado sobre los
restos de un fuego que ya se ha apagado, fue un hombre o una mujer, si era joven o
maduro, rubio o moreno. En cuanto al lugar, parece que se trata de los suburbios de
una ciudad, un lugar donde ya empieza el campo, una zona desolada, pedregosa,
lúgubre.
Miro y remiro ese pobre cuerpo abandonado en semejante lugar y se me ocurre
preguntar: «¿Quién eres?».
Por muchas horas no me llega una respuesta. Pero ahora, aun encontrándome en

ese mismo lugar, lo veo animado por personas que visten a la antigua y que están
preparando una formidable hoguera con fajinas mezcladas con pequeños troncos
robustos, una hoguera sólida, apta para arder debidamente. Veo también que, de la
parte de la ciudad, está llegando un cortejo de soldados y gente del pueblo. No sé de
qué ciudad se trata, pero de seguro es una ciudad cercana al mar, que se ve brillar allá
en el fondo bajo el sol del mediodía.
En medio de este cortejo va una joven; es poco más que una adolescente. La
llevan a la hoguera. La hoguera estaba destinada a ella. Se dirige allí, tranquila, segura,
con la misma expresión soñadora, de paz suprema, que siempre he visto reflejada en el
rostro de los mártires.
52
Una mujer, cubierta por un velo, la sigue hasta el pie de la hoguera y allí la saluda.
Por sus formas más bien abundantes y por lo poco que se ve cuando alza el velo para
besar a la jovencita, se comprende que es anciana. No le dice ni una palabra.
Solamente la besa llorando. Intentan rechazarla y con dureza la obligan a alejarse
mientras ya las primeras llamas, encendidas en los brezos secos de las fajinas, lamen la
pila. Le dicen: «¿Por qué tienes interés en esta rebelde? ¿Eres pariente suya? Vete. No
se puede consolar a los enemigos de César». Con dignidad no exenta de altivez, la
anciana responde: «Soy Anastasia, una dama romana, y ella es mi hermana. Tengo
derecho a estar junto a ella como lo estuve junto a las hermanas de ayer. Dejadme aquí
o me apelaré al emperador».
Permiten que se quede y ella mira a la jovencita, hacia la que se elevan lenguas de
fuego y oleadas de humo que por momentos la envuelven. Ve que está serena y sonríe
a su sueño espiritual, insensible a las llamas que la devoran comenzando por los
cabellos, que arden en una humeante lengua de fuego, para pasar luego a sus
vestidos... hasta que, en lugar de la blanca túnica, abrasada por las llamas,
precisamente el instrumento del martirio le conforma un espléndido atavío de fuego
vivo que la oculta a la mirada de la multitud.
«Adiós, Irene. Acuérdate de mí cuando estés en paz», exclama Anastasia. Y, detrás del velo
de fuego, le responde la voz tranquila y juvenil: «Adiós. Ya estoy hablando de ti con...». Pero
no se oye nada más que el rugiente crepitar de las llamas...
Cuando comprenden que ha llegado la muerte, los soldados y los ejecutores de la sentencia se
alejan y dejan que sólo la hoguera cumpla la destrucción total.
Anastasia no se mueve. Firme en medio del ardor del fuego y del sol, que pega fuerte en esta
zona tan árida, espera... hasta que llegan las sombras del crepúsculo, en las cuales brilla
débilmente una que otra chispa que ha sobrevivido entre la leña de la hoguera y que parece
escribir palabras misteriosas, que narran en las sombras las glorias de la joven mártir.
Entonces, Anastasia se mueve. No va hacia la hoguera sino hacia una choza en
ruinas que está poco distante, perdida en medio de un campo desnudo. A la luz del
primer rayo de luna, entra decidida en un pequeño huerto abandonado, se inclina sobre
el pozo y llama. Su voz resuena con ecos brónceos en la cavidad del pozo. Le
responden varias voces. Luego, una tras otra, van surgiendo del pozo - que debe
53
de estar seco - algunas sombras.
«Venid. Ya no hay nadie. Venid antes de que la ultrajen. Ha muerto como un
ángel, tal como ha vivido. No he tocado las cenizas porque... le he dado todo, como el
Padre de mi alma me ha ordenado. Pero... ¡oh, es demasiado horrible ver reducido a
carbón un joven lirio!».
«Apártate, señora. Lo haremos nosotros por ti».
«No. Debo acostumbrarme a este suplicio. Él me lo ha dicho. Pero entonces no

estaré sola. Ella y las hermanas, en compañía de los ángeles, estarán a mi lado. Por
ahora, ¡oh, hermanos de Tesalónica!, quedaos vosotros conmigo».
Van hacia la hoguera, que ahora está apagada definitivamente: es sólo un montón de cenizas
desparramadas, sobre el que está posado el cuerpo carbonizado que he visto antes. Anastasia
llora quedamente mientras, con la ayuda de los cristianos, envuelve en un paño precioso el
cuerpo que las llamas han momificado. Luego lo depositan en una parihuela y el pequeño y
piadoso cortejo se encamina costeando el borde de la ciudad y llega a una hermosa casa, muy
amplia. Entran y, en el cementerio excavado en el jardín, depositan el cadáver, mientras uno
de ellos, de seguro un sacerdote, lo bendice en medio de los pausados cantos de los presentes.

24 de abril de 1945
Por lo pronto, hago esta primera observación, si no me la olvido.
El trozo del año pasado titulado “Sepultura de Jesús”', colocado en el índice de la Pasión, que
suprimimos porque nos parecía una superflua repetición, en cambio era útil para explicar
varias cosas a quienes tienen deseos de conocer (honestamente) todo lo que se refiere al
Señor y para explicárselo también a los que niegan la real muerte de Cristo. Hacia el final de
dicho trozo se describía el modo en que había sido embalsamado el Cuerpo y envuelto luego
en los paños. Y todo eso explicaba muchas cosas.
Paciencia, ya está hecho. Pero convénzase: cuando no estoy sostenida por Jesús,
soy una perfecta tonta, no veo nada, no comprendo nada. Por eso, es perfectamente
inútil venirme a preguntar algo des_____________________________
1 En la obra “El Evangelio como me ha sido revelado”.
54
pués de que mi deber ha terminado: no sé nada más, no entiendo la utilidad de un
trozo. Es la nada absoluta, la absoluta oscuridad.
Esta mañana, al amanecer, se me ha indicado la causa por la cual ese fragmento
fue colocado en el índice de los trozos. Y así, me he sorbido mi... medicina contra el
orgullo del juicio humano. Ahora, yo haría una acotación en una hoja adjunta para
explicar cómo fue preparado el Cadáver. De este modo, dicha inclusión resultaría una
útil aclaración para los deseosos de saber y para los que niegan.
Y ahora vayamos adelante.

4 de mayo de 1945
Esta mañana Jesús ha tenido una sonrisa también para mí1.
Mi desolación era tan completa que me había echado a llorar por varios motivos y
no era el menor el cansancio que me producía escribir y escribir con la convicción de
que tanta bondad de Dios y tanta fatiga del pequeño Juan eran completamente inútiles.
He invocado llorando a mi Maestro y, dado que por su inmensa bondad ha venido para
dedicarse todo Él a mí, le aclaré mi pensamiento. Se ha encogido de hombros como
queriendo decir “deja de lado el mundo y sus historias” y luego, acariciándome, me ha
dicho:

«¿Y entonces?, ¿no querrías ayudarme aún? ¿El mundo no quiere conocer mis
palabras? Pues bien, digámonoslas entre nosostros, por mi alegría al repetírselas a un
corazón fiel, por tu alegría al oírlas.
¡Las fatigas del apostolado!... ¡abaten más que las de cualquier otra tarea! Quitan la luz al día
más sereno y la dulzura al más dulce alimento. Todo se transforma en fango y cenizas, en
náusea e hiel. Pero, alma mía, éstas son las horas en que nosotros cargamos con el cansancio,
con las dudas, con la miseria de los hombres que se consumen por no poseer lo que nosotros
tenemos. Éstas son las horas en que hacemos más. Ya te lo dije el año pasado.
“¿A qué sirve?” se pregunta el alma sumergida en lo que sumerge el mundo, o sea, en las
ondas que envía Satanás. El mundo se ahoga. Pero el alma clavada con su Dios en la cruz no
se ahoga. Pierde la luz por un instante y queda sumergida bajo las olas nauseabundas
___________________________________
1 El episodio que precede este dictado termina con la siguiente frase: Nadie
responde y Jesús esboza una triste sonrisa de compasión, de modo que el presente
trozo queda relacionado con el anterior.
55
del cansancio espiritual, pero luego surge más fresca y más bella.
Tus palabras: “Ya no sirvo para nada”, son una consecuencia de dicho cansancio.
Nunca servirías para nada. Mas Yo soy siempre Yo y, por lo tanto, siempre servirás
para tu deber de portavoz. Naturalmente, Yo diría “Basta” si viera que mi don es
ocultado con avaricia como si se tratara de un gema preciosa y maciza, o es usado
imprudentemente, o que, con indolencia, no se intenta tutelarlo con esas garantías que
la maldad humana obliga a usar en estos casos para proteger ya sea el don, ya sea a la
criatura a través de la cual se otorga el don. Yo diría basta y esta vez sin volver atrás.
Diría basta para todos, excepto que para mi pequeña alma, que hoy parece una
florecilla bajo un aguacero.
¿Si te brindo estas caricias, puedes dudar de que te ame? ¡Ánimo! Me ayudaste en
tiempos de guerra. Ayúdame aún, ahora... ¡Hay tanto por hacer!».
Bajo la caricia de la afilada mano y de la sonrisa tan dulce de mi Jesús, cándido como
siempre cuando es completamente para mí, me he serenado.

15 de mayo de 1945
Esta noche se ha producido la aparición del horrible rostro del que Ud. está
enterado, tal como lo veo siempre. Y ahora estoy aterrorizada por ello.
17 de mayo de 1945
Dice Jesús:
«Estás mal y te dejo tranquila. Te hago observar solamente cómo puede cambiarlo todo sólo
una frase omitida o una palabra transcrita mal. Y tú, que escribes ahora, estás viva y puedes
reparar enseguida el error. Por lo tanto, piensa y considera de qué modo 20 siglos han podido
privar de algunas partes el Evangelio apostólico; partes que no son dañosas para la doctrina
pero que lo son para la fácil comprensión del Evangelio. Si nos remontamos a los orígenes,
descubrimos que el Evangelio es una obra surgida en el Desorden que explica muchas cosas y
que se presta a los hijos del Desorden para

56
muchas otras. Y ya ves qué fácil es caer en errores de transcripción.
Quédate tranquilo hoy, pequeño Juan. Eres una flor quebrada. Ya pasaré más tarde
a fortalecer tu tallo. Por hoy me sirven las lágrimas de tu herida. Dios está contigo».

20 de mayo de 1945
Por la noche dice el Amor eterno:
«No te he hablado directamente. Pero me has oído hablar por boca del Verbo, de
la Virgen, del Apóstol y así hablé a los que buscaban a Dios, a los que estudiaban la
doctrina de Dios, a los que necesitaban a Dios. Para ti era una corriente de dulzura en
medio de las ondas amargas de tu vida. Para los demás era algo incluido en lo mucho
que se recibe. Soy Espíritu de Amor. Pero también soy Justicia. Me entrego más a
quien más me es inmolado. A buen entendedor...
No hay que experimentar sensualidad en el amor espiritual. Las caricias de Dios no son dones
que podéis exigir. Son gracias que os son otorgadas. Y no hay que ser ávidos de ellas, como
si fuerais avaros que acumulan afanosamente grandes riquezas. Y no hay que ser como los
sátrapas, que transcurrían el tiempo mirando y remirando, sin ningún esfuerzo, las piedras
preciosas con que los súbditos colmaban sus cofres, mientras que los portadores habían
sudado sangre para arrancar las gemas de las vísceras del mar y de la tierra. Que cada uno
extraiga los purísimos diamantes de la Sabiduría con el propio esfuerzo. No incurráis en la
fácil desviación que lleva de la espiritualidad al sentimentalismo. Yo soy el Fortalecedor y
quiero que mis fieles tengan fortaleza. En religión, el sentimentalismo es como la creta y el
hierro de los pies de la estatua soñada por Nabucodonosor1. Basta que los golpee la
piedrecilla de una desilusión para que todo peligre. Y si la piedra es grande, los aniquila.
¡Sed fuertes, hijos! ¡Sed fuertes! La tierra es un campo de batalla. La
bienaventuranza está aquí, donde Yo estoy. Mas para alcanzarla... Es como una senda
de diaspro hecho astillas. Es una tortura. Y toda tortura es un mérito. Al Hijo de Dios
le tocó recorrer solamente ésa. ¿Acaso vosotros queréis una mejor? Renovaos en mi
Fuego».
_____________________________
1 Daniel 2, 31-36.
57
21 de mayo de 1945
Lunes de Pentecostés, a las 11.
La onda de dulzura que el Paráclito me había prometido ayer noche ha llegado y
la he recibido con lágrimas de alegría. Ha llegado con una caricia completamente
espiritual, con un soplo que era un beso ligerísimo que apenas me ha rozado la frente,
y ha provocado en mí un ímpetu de amor tan profundo que mi corazón, el corazón
concreto, ha sufrido por ello pero, al mismo tiempo, todo era dulzura y júbilo.
Contemporáneamente, la Voz sin voz del Paráclito me ha hablado y sigue hablándome
y me trae, para demostrarme el amor de Dios por mí, el lirio que me ha florecido1,
“su” lirio: del Paráclito y de Dios... Dice:
«De este modo eres amada... de este modo eres sostenida... (espera que yo haya escrito esto y
luego prosigue). Dios es tu fuerza. Observa cuán firme es el tallo... No le falta nada, ni

siquiera las hojas, que no son inútiles sino necesarias para proteger la flor. Dios es tu tallo.
Las virtudes divinas son tus hojas. Dios es tu finalidad. La flor está en la cima del tallo. Eres
como el largo pistilo que se asoma del cáliz níveo, circundado por las doradas llamas de los
estambres colmados de polen. Dios te ama así. Te ha creado hundiéndote en la tierra como el
bulbo en el cuadro del jardín, pero te ha dado un alma, que es el centro de tu vida y, tras
haber mortificado dicha alma haciéndole probar la agobiante oscuridad de la tierra, la ha llevado hacia arriba, hacia arriba, cada vez más arriba, protegiéndola con las virtudes que le ha
otorgado para defenderla hasta elevarla al cándido abrazo de la Corola eterna, o sea, de
nuestra Santísima Trinidad. De este modo te circunda nuestro amor: con el candor y el fuego,
con la paz y el regocijo. Observa: visto que eres “nuestra” pequeña María, la que es
completamente nuestra, tu espíritu, ese largo estilo encerrado en nuestro corazón, lleva
nuestro signo: es un signo único, marcado por tres separaciones que no lo dividen sino que,
por el contrario, hacen que su estigma sea tricúspide. ¡Oh María, pequeña María!...».
La Voz calla pero la reemplaza un coro resonante de angélicos hosannas
sobrepasado por la jubilosa y límpida voz de la Virgen, que canta el Magnificat... ¡Y
cómo lo canta! Nunca he oído este salmo
__________________________________
1 Véase el diario del 10 de mayo en “Los cuadernos. 1943”.
58
cantado de esta manera. Sólo Ella puede cantarlo así... No la veo. Veo solamente un inmenso
y refulgente esplendor. Pero sé que es Ella y me uno a su canto con el alma...

22 de mayo de 1945
Para Paola1. Dice María:
«Para ti no existirán sólo la sonrisa y las gracias de la Madre celeste sino aún más.
Su sonrisa y sus gracias velarán siempre sobre ti si sigues siendo la Paola de Jesús, la
que Jesús ha querido apartar de los sitios tan lejanos y tristes, envueltos en la niebla,
de los prados malsanos donde te consumías sin contento y sin provecho, para
conducirla a regiones luminosas, al alimento santo con el que te has corroborado el
alma sabiendo que existe la Vida, que nada está perdido, que nadie está separado para
los que se aman en el Señor. Ahora sabes cómo se encuentran las almas de los vivos y
las de los que “viven”, como del Cielo a la Tierra se tienden los incorpóreos brazos de
los espíritus para intercambiarse palabras y caricias para que sea menos triste vuestra
existencia y más feliz nuestra Morada. Ahora sabes qué es la bienaventurada
comunión de los espíritus, de los santos, de quienes, a pesar de haber mudado de
forma y de naturaleza, no han dejado de existir y que aman como no habrían podido
amar en la vida terrenal, porque aman en Dios.
Y no sólo yo, que soy la Madre de todos los hijos de mi Hijo, la Madre de todos los que
sienten necesidad de amor, me inclino sobre ti, ¡oh hija!, en esta hora. También lo hace otra
madre, tu madre, la que buscabas donde no podía estar, donde no podías encontrarla porque
fue buena y honesta y conoció lo más grande: el perdón. Hija mía, tu madre no está ausente:
mientras te bendigo, ella te besa para que tu corazón no esté triste en esta hora; para que, por
lo contrario, esté sereno.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo».
Este dictado de la Madre me ha llegado después de la carta que me anunciaba las
próximas bodas de Paola, y cuando yo acababa de terminar mi mensaje de felicidades

para la ocasión. Eran las 21 y 30. Para que escribiera este dictado, la Virgen, con
decisión e insis_______________________________
1 Se trata de Paola Belfanti. Véase también la nota siguiente.
59
tencia, me ha hecho interrumpir la carta a Giuseppee, que yo estaba empezando en ese
momento.
_____________________________
2 Se trata de Giuseppe Belfanti, padre de Paola y primo de la madre de la
escritora.

30 de mayo de 1945
(Hace 40 años que recibí la Confirmación por mano del Cardenal Andrea Ferrari).

31 de mayo de 1945
Corpus Domini.
Para Sor Gabriella. Dice Jesús:
«Paz y bendición para la Gabriella de mi Madre. Haz que el corazón se dilate cada vez más,
no sólo por la cruz de tu enfermedad sino por abrirse completamente a Mí. La invasión del
Amor es borrascosa porque el Amor no es sólo dulzura; es lo que ya ha sido cuando era
Carne, es decir, Dolor. He muerto por los treinta y tres años de dolorosa dulzura que implicó
hacer la voluntad de Dios. El Amor es un cauterio que quema para sanar al espíritu de la parte
humana que, como prolífica enfermedad, siempre intenta resurgir e instalarse en otras zonas
para provocar daños. Yo destruyo para crear. Y cuando están destruidos todos los lazos de lo
humano, el alma, ya desde la Tierra, disfruta de la libertad superior y bienaventurada de los
ángeles».
Luego... luego, cogida de una oreja como se hace con una alumna negligente, se
me obliga a escribir lo siguiente para la Señora A. P.1 que, en realidad, nunca me
había pedido nada directamente.
Dice Jesús:
«Por tu prudencia mereces la palabra que deseas y no pides. Que te sea dada y,
con ella, que recibas también paz y bendición. Con_________________________
1 Se trata de Angelina Panigadi, amiga de la escritora ya desde la infancia,
fallecida en 1960.
60
serva esta certidumbre como consuelo de tus últimos años: no hay ninguno entre
aquellos a quienes has estado cerca por vínculos de sangre, de afecto, de amistad, de
caridad hacia el prójimo, que pueda reprocharte por haber perjudicado su alma. Son

pocos los que pueden oírse decir esto. Persevera hasta el principio de la vida eterna en
Mí. Encontrarás a quien amaste juntamente con Dios. Que sean contigo la paz y mi
bendición; vive gozosa por mi amor».
Hacía ya cuatro días que Jesús me decía: «Escribe». Pero convertirme en distribuidora de
estos mensajes está tan... poco de acuerdo con mis sentimientos que, aun sintiéndome
contenta por esa señora amiga mía, no escribía. Me decía a mí misma: “Y si escribo ¿qué
pasa? El mensaje escrito quedará allí, porque de seguro yo no se lo voy a dar. Entonces, tanto
vale no escribirlo”.
Esta mañana he merecido un lindo reproche por el que se me decía:
«Si te he aconsejado que hagas una excepción en cuanto a esta alma y que la
llames a ti, es porque Yo veo en los corazones y conozco las necesidades. Te hago
presente el Evangelio, donde se lee: “¡Ay de los solos!”2. Aún estás demasiado sola.
Tienes la tutela de un sacerdote y ya esto es muchísimo, pues sirve para poner un sello
de seguridad en tu misión. Pero tienes a tu alrededor a tantos que no son precisamente
santos. Y, además, necesitas amigos, como los necesitaba Yo. Del mismo modo que
elegí a mis amigos, elijo a los tuyos, para que cuentes con ellos. Si quiero darle un
premio a esta persona que lo sabe todo perfectamente y que tiene la virtud rarísima de
saber callar; a esta persona que pudo haberse resentido y no lo hizo, pues no
manifestó resentimiento ni te lo hizo pesar y volvió tan pronto como le dijiste:
“Venga”; a esta persona que tiene un “gran” anhelo en el corazón y querría satisfacerlo
para ir al encuentro del “gran paso” más serena en su soledad, ¿por qué rehusas
hacerlo? Hace muchos meses3 te dije que estabas castigada por haber hecho más caso
a los demás que a tu Director, que hablaba en mi nombre. ¿Quieres volver a empezar?
¿No te basta el castigo? ¿No sabes que entre “los otros” que dicen lo contrario de lo
que Yo digo, también está tu yo? Claro que
________________________________
2 Qohèlet (Eclesiastés) 4, 10. Naturalmente, no es exacta la referencia al Evangelio, hecha por la escritora después de algún tiempo de haber escuchado el dictado.
3 Fue el 29 de junio de 1944. Véase “Los cuadernos. 1944”.
61
puede estar y está todas las veces en que te obstinas. Por eso mismo, escribe y luego
habla con el P. M. Primero obedéceme a Mí y luego a él. Y sé extraordinariamente
caritativa, caritativa de modo sobrenatural para con esta amiga que he vuelto a traerte
para tu bien».
3 de junio de 1945
Lo escribo porque debo decirle todo, pero son cosas tristes.
Ayer oí por radio la alocución del Santo Padre dirigida al Colegio de los Cardenales. Las
palabras de S. S. expresan su condena del nacionalsocialismo y su piedad hacia el pueblo
alemán. Es justo que lo haya hecho porque, si habla en nombre de la Misericordia, no debe
ensañarse con quienes ya han recibido su castigo, aunque estoy convencida de que los
alemanes siempre serán los mismos, a pesar de toda la piedad, de todos los castigos y de
todos los esfuerzos para mudar su psique. Eventualmente, aumentará su espíritu de venganza
y, si los demás Estados permiten que se rearmen, la próxima vez serán peores que ahora.
Pero la condena del nacionalsocialismo, que hoy es explícita, me lleva a recordar
el gran sufrimiento que, como portavoz, tuve en el mes de noviembre de 1943. En ese

entonces obtuve, con lágrimas y plegarias, que se modificara un dictado tremendo. Es
decir, tuve una copia integral del mismo, que está entre mis papeles secretos, y otra...
moderada, que figura en los dictados1. El reproche del Señor no recae sobre los
alemanes y sus aliados sino sobre quienes, siendo depositarios de la Sabiduría y de los
medios sobrenaturales de Dios, no los usan e inducen a las almas a pensar en una
complicidad o en una debilidad culpable. Es un reproche que muchos pronunciaron y
una conducta que resultó un arma en mano de los culpables para atemorizar y tener
subyugados a su poder...
Ayer todo esto se volvió a presentar a mi memoria... e hice eco a la Voz que
decía: “¡Demasiado tarde!”... Ésta es una de las tristezas.
La otra es mi breve sueño al amanecer... Fue un sueño espantoso. Me recordó las
previsiones que me turbaban mucho antes de la guerra y las revoluciones de 1915, etc.,
etc. hasta la actual y las
______________________________
1 Creemos que se trata del dictado del 30 de octubre de 1943 en “Los cuadernos.
1943”.
62
relativas consecuencias de las mismas. Hoy me parecía vivir, junto con toda la ciudad,
a la espera de un hecho espantoso. Y, en efecto, hemos tenido que huir en busca de un
refugio donde cobijarnos porque el cielo estaba atestado de pequeños y oscuros
aviones (parecían pequeños porque volaban muy alto), cuyas intenciones no se conocían. ¿Iban a arrojar gases?, ¿bombas? ¿iban a ametrallarnos? Todos huían. Las calles
se vaciaban. Yo trataba de escrutar el cielo, pero me decían: “¡Vamos, vamos, rápido,
al refugio!”, y todos gritaban: “Comienza el castigo”. Parecían aviones rusos. Yo
decía: “¡Pero si apenas acabamos de salir de una tormenta! ¿Aún no es suficiente?”.
Muchos me respondían: “Ésta acabará con todos. Ha llegado la hora también para la
Monarquía (ésa no es una profecía, porque lo saben hasta las piedras). Todos recibirán
su merecido”. Me desperté aterrorizada.
Cuando parecía que la grandeza de Italia iba a ser todavía mayor y que el rey
estaba a punto de ser coronado como emperador, yo soñaba siempre con las desgracias
que luego cayeron sobre nosotros: ataques, refugios, huidas, etc. y, entre los enemigos,
veía siempre a los rusos con sus pajarracos negros. También veía siempre que el rey, la
reina y sus parientes descendían, en una fuga afanosa, entre escombros y montones de
carbón mineral. No parecían huir de un ataque inminente sino porque no podían
permanecer más debido al odio del pueblo. Mamá se burlaba de mí porque yo decía
estas cosas... y yo lloraba por lo que veía. Lamentablemente, los hechos ya han
confirmado lo de la Monarquía... ¡Pero Señor!, ¿no basta aún?...
2 de julio de 1945
A las 12.
Sé lo que me has hecho, Señor, llevándome contigo en tu venida a Jerusalén y a
Betania, tan dulce en su melancolía y en su paz... Lo sé. Después de la visión del
sábado en el Getsemaní, la verdad resplandeció ante mí improvisamente... Y tuve un
sobresalto... pero no me detuve, porque te secundé en tu amoroso intento. Me llevabas
muy hacia lo alto, me ocupabas completamente por días enteros, y luego me sumergías
en la niebla de mis torpores para no hacerme pensar en el significado de esos días para
mí. Por todo el mes de junio, un mes de angustias para tu pobre María, me precipitaste

por
63
completo en tu torbellino para que el torbellino de mis recuerdos no me arrollase...
¡Gracias, Dios mío! Ya ves: por temor de destruir tu piadosa tarea, ni siquiera
escribí en ese entonces, cuando comprendí el motivo de esas horas tan embelesadoras
de las visiones... la visión de la Madre... del niño... tu amor hacia la Madre niña, tus
palabras que la evocaban, tus palabras al niño recogido por tu amor... Si yo hubiera
escrito que había entendido, habría significado que mi mirada había advertido el
tormento que tu amor, en cambio, envolvía en dulzuras para no hacérmelo ver y para
no hacérmelo sentir... Por eso callé.
Tú eres bueno; tu bondad es completa, total. Eres infinitamente bueno porque eres
Dios, eres perfectamente bueno como Hombre-Dios. Comprendes que los recuerdos
hacen mal, que ciertas cosas turban y no quieres que la muerte o la agitación turben a
tu portavoz, que ya está tan agotado, tan agotado... Por eso me has absorbido en Ti, en
tu pasado de Jesús de Nazaret, peregrino y maestro en la Tierra; lo hiciste para que yo
no pensara... para que no pensara en todas las fechas luctuosas para mí que se
acumulan en el mes de junio... A pesar de ello, me afligía el tormento... pero estaba
mitigado. Existían los sollozos de la pobre María, que en este mes de junio ha asistido
a las peores tormentas de su destino, las que la han despojado de los afectos más
grandes, para que no volviera a florecer sino en Ti... Existían esos sollozos, listos para
estallar... pero Tú los escondías bajo tu canto... y sólo se advertían si la María-alma
consideraba por un instante su parte humana.
¡Gracias, Dios mío! Hace diez años, a esta misma hora, mi papá estaba abandonando del
todo mi casa1... y Tú me has traído hasta aquí, en estos días, estrechándome a tu corazón.
Como haces siempre en las horas peores desde que soy tu “portavoz”... Lo hiciste cuando
murió mamá2, en los días más feroces de la guerra... y también ahora. Solamente el año
pasado, en abril y en junio3, me hiciste beber toda la amargura, debido a un designio tuyo
que, a mi parecer, lleva por nombre “reparación de los momentos desesperados y alivio para
los mismos”. Es así, me hiciste enloquecer para salvar a otros de la desesperación. ¿Quiénes
habrán sido salvados de este modo? ¿Dónde están ahora mis pobres hermanos desesperados?
___________________________
1 Se trata de Giuseppe Valtorta, fallecido el 30 de junio de 1935.
2 Se trata de Iside Fioravanzi, fallecida el 4 de octubre de 1943.
3 Ya aclarado en la nota 2 del diario del 19 de marzo de 1945.
64
Esta mañana he estado a punto de morir... Desde las siete hasta 2 las 12, es decir,
hasta ahora, he soportado una crisis cardiaca... Pero ya desde ayer me estaba
atenaceando la angina pectoris... Dado que no podía hacer más de lo que hice, te he
amado y he ofrecido tu Sangre y mis dolores por mi papá y por mis hermanos
desesperados.

8 de julio de 19451
¿Es que, acaso, los enemigos de Cristo no siguen atacando y rodeando de asechanzas a Cristo
ahora y siempre? ¿Acaso la Ciencia y la Herejía, el Odio y la Envidia, los enemigos de la

Humanidad, surgidos de la misma Humanidad como ramos envenenados de una planta sana,
no hacen todo esto para que la Humanidad muera, visto que la odian más aún de lo que odian
a Cristo, porque la odian activamente, privándola de su gozo al descristianizarla, mientras que
a Jesús no pueden quitarle nada porque Él es Dios y ellos son sólo polvo? Sí, lo hacen. Pero
Cristo se refugia en los corazones fieles y desde allí mira, desde allí habla, desde allí bendice
a la Humanidad y luego... y luego se dona a estos corazones y éstos... éstos, aun permaneciendo aquí, tocan el Cielo y su bienaventuranza y arden hasta experimentar un
delicioso tormento en todo lo que constituye su ser: en los sentidos y en los órganos, en los
sentimientos y en el pensamiento y, en fin, en el espíritu...
Nuestros compañeros son las lágrimas y las sonrisas, los gemidos y el canto, la
extenuación y, sin embargo, el imperioso deseo de vivir; más que compañeros son
nuestro mismo ser porque, así como los huesos están amalgamados con la carne, y las
venas y los nervios circulan bajo la piel y todo eso forma un solo hombre, del mismo
modo todas estas cosas están en nosotros, en nuestra pobre condición humana y han
nacido, han prendido en nosotros porque Jesús se ha dado a nosotros. Y en esos
momentos - que son sólo instantes, porque si fueran eternos moriríamos abrasados y
destrozados - ¿qué somos nosotros? Ya no somos hombres. Ya no somos los animales
dotados de razón que pueblan la Tierra. ¡Oh, Señor!, deja que lo diga
________________________________________
1 Para comprender el trozo siguiente, hay que tener presente que implica la
reflexión sobre un episodio en el que se habla de una multitud que se agolpa en torno a
Jesús, no sólo con el amor de los buenos sino también con la curiosidad de los
malvados.
65
una sola vez, no por soberbia sino para cantar tus glorias, porque tu mirada me quema
y me hace delirar... En esos momentos somos serafines. Y me asombra que no se
desprendan de nosotros llamas y calor a los que son sensibles las personas y la
materia, así como sucede en las apariciones de los condenados. Pues, si es verdad que
el fuego del Infierno es tal que basta el reflejo que emana de un condenado para hacer
arder el leño y fundir los metales, ¿qué es entonces tu fuego, oh Dios, que eres
totalmente infinito y perfecto?
No, no se muere de fiebre, no se arde por su causa, no nos consumimos de fiebre
provocada por los males de la carne. ¡Amor, tú eres nuestra fiebre! Y por amor
ardemos, morimos, nos consumimos; de amor y por amor se desgarran las fibras del
corazón, que no puede resistir a tanto sentimiento. Pero no me he expresado bien,
porque el amor es delirio, el amor es una cascada que rompe los diques y avanza
demoliendo todo lo que no es amor, el amor es el tumulto en la mente de sensaciones
absolutamente verdaderas, absolutamente presentes que, no obstante, la mano no
puede transcribir por lo veloz que es la mente en traducir en pensamiento el
sentimiento que experimenta el corazón. No es verdad que se muere. Se vive con una
vida diez veces más vida y con un doble aspecto, porque se vive como hombres y
como bienaventurados: con la vida de la Tierra y la vida del Cielo. ¡Oh, estoy segura
de que se alcanza y se supera la vida sin taras, sin menoscabos ni limitaciones que Tú,
Padre, Hijo y Espíritu Santo; Tú, Dios Creador, Uno y Trino, habías dado a Adán y
que es el preludio de la Vida después de la asunción a Ti; una Vida que se goza en el
Cielo tras un plácido pasaje del Paraíso terrestre al celestial y un recorrido en los
amorosos brazos de los ángeles, tal como fue el dulce sueño y la dulce asunción al
Cielo de María para ir a Ti, a Ti, a Ti!
Se vive la verdadera Vida. Y luego volvemos a encontrarnos aquí y, tal como estoy haciendo

ahora, nos asombramos, nos avergonzamos de haber ido tan lejos y decimos: “Señor, yo no
soy digno de tanta gracia: Perdóname, Señor”, y nos golpeamos el pecho porque tememos
haber cometido pecado de soberbia y se baja un espeso velo sobre el esplendor que, apiadado
de nuestros límites, no sigue brillando con consumado ardor, sino que se recoge en lo íntimo
de nuestro corazón, listo para volver a llamear en toda su potencia en un nuevo momento de
beatitud establecido por voluntad de Dios. Se baja el velo sobre el sagrario en el que arden los
fuegos, las luces, los amores de Dios... y agotados, pero regenerados, retomamos el cami66
no como... embriagados por el vino fuerte y suave, que no obnubila la razón y que, por
el contrario, nos impide dirigir los ojos y el pensamiento hacia lo que no es el Señor, o
sea, Tú, mi Jesús, eslabón de conjunción entre nuestra miseria y la Divinidad, medio
de redención para nuestra culpa, creador de bienaventuranza para nuestra alma; Tú,
Hijo, que con las manos heridas pones nuestras manos entre las manos espirituales del
Padre y del Espíritu para que estemos en Vosotros ahora y siempre. Amén.
Mas ¿adónde he ido mientras Jesús me encendía encendiendo a los ciudadanos de
Yuttá con su mirada plena de amor? Ud. habrá notado que ya no hablo de mí o que lo
hago muy rara vez. ¡Cuántas cosas podría decir! Pero el cansancio y la debilidad
física, que me oprimen inmediatamente después de los dictados, y el pudor espiritual,
que es más fuerte cuanto más avanzo, me persuaden, me obligan a callar. Pero hoy...
he ascendido demasiado a lo alto y es sabido que el aire de la estratosfera hace perder
el control... Yo he ido mucho más arriba que la estratosfera... y ya no he podido controlarme... Además, creo que si nosotros, los que estamos envueltos por estos
torbellinos de amor, calláramos siempre, terminaríamos por estallar como proyectiles,
o mejor, como calderas archicaldeadas y herméticas.
Perdóneme, Padre. Y ahora vayamos adelante.
9 de julio de 1945
Porque me apiado de sus ojos, Padre, vuelvo a leer lo que escribí ayer para aclarar
ciertas palabras escritas de modo incomprensible. Releer este texto me desconsuela...
¡es tan inferior a lo que sentía mientras describía mi estado de ánimo! Y sin embargo,
por el temor de expresarme mal y para que me ayudara a narrar lo que el Señor me
hacía sentir y me diera un poco de alivio - porque también es un sufrimiento, ¿sabe? llamé a mi San Juan. Le dije: “Conoces bien estas cosas. Las has experimentado.
Ayúdame”. Y no me faltó su presencia ni su sonrisa de eterno niño bueno ni sus
caricias. Pero ahora siento que mi pobre palabra es inferior, muy inferior al
sentimiento que yo experimentaba en esos momentos... Todo lo humano es paja; oro
es sólo lo sobrenatural. Pero el lenguaje humano ni siquiera puede describirlo.
67
16 de julio de 1945
Ahora tendría que decirle una cosa porque, si no, se me convierte en obsesión.
Hace unos 15 días, o tal vez más, que la Voz querida incita a mi corazón de este modo:
«Acuérdate de los hermanos separados. Acuérdate de que eres víctima también
por ellos. Acuérdate de que estaban sostenidos por tu amiga Gabriella della Trappa1.
Acuérdate de que el obstáculo de la guerra ha cesado. Acuérdate de que no sólo con la
plegaria se ayuda a las almas. Acuérdate de que Yo soy el Cristo de todos y que todos
los cristianos son de Cristo. Acuérdate de que tu misión va mucho más allá de la

sangre y los afectos. Eres la portadora de la Voz y la Voz se dirigía a todos. No puedes
negarla. Acuérdate de que me aman con mayor veneración - como tú misma has
intuido - en las otras confesiones que entre vosotros. Hay que hacer un solo paso para
formar un solo Redil bajo un único pastor. Y se necesita una mano que se tienda más
allá del arroyo que divide, para ayudarles a venir. La sed de Mí es muy intensa allí...».
Mas, ¿qué puedo hacer? Por esta reprensión que es como un taladro que no calla nunca en mi
mente, sólo puedo perder todo el sueño que me queda. Sólo puedo perder la tranquilidad,
porque no sé cómo hacer, porque me opongo a hacer, porque siento que no haciendo
desagrado a Jesús. Los únicos hermanos separados que conozco, de nombre, son los de la
Nashdom Abbey. ¿Cómo puedo hacer? ¿Qué tengo que decir? No sé hablar inglés. ¿Por qué
Jesús pretende de mí cosas tan superiores a mi capacidad y a mis tendencias? Ayúdeme Ud.
porque debe saber que, cuando Él quiere algo, lo quiere y basta; y no se calma hasta que no
se le satisface.
Dice Jesús: «Visto que falta unión entre los pueblos, que haya al menos unión
entre los cristianos, porque son inminentes los periodos anticristianos y es necesario
que se cumpla lo antedicho».
Muy bien... pero ¿cómo hay que hacerlo?... Por lo pronto, yo ofrezco todos mis
sufrimientos y dejo sólo una pizca para otros motivos. Pero parece que no es suficiente
y no puedo agregar otros su_______________________________
1 Se trata de sor Maria Gabriella Sagheddu, trapense de Grottaferrata (19141939), que se ofreció por la unidad de los cristianos y fue proclamada beata por el
papa Juan Pablo II el 25 de enero de 1983.
68
frimientos a los que son propios de la enfermedad. Entonces, ¿qué debo hacer?
21 de julio de 1945
Son las 11 y mi corazón padece un nuevo dolor. Le confieso que, aunque ya desde hacía días
iba percibiendo este nuevo dolor, hoy he llorado. Las lágrimas iban derramándose mientras
comía sin hacer tantos aspavientos, porque no me gusta dar demostraciones que a otros no les
interesan.
A través de un amigo suyo, mi tío1 me escribe su último saludo... También este
pariente ha muerto. Siempre había estado en mi corazón. ¡Estaba tan enfermo, tan
necesitado de todo!, en primer lugar de afecto, de alguien que acariciara sus profundas
heridas para quitarle esa acrimonia que le habían hecho nacer en el corazón sus
desventuras, demasiadas desventuras y demasiado dolorosas. ¡Y yo lograba cumplir
muy bien ese propósito! He sufrido también por él en estos meses en que me era
imposible comunicar con los del norte. Su carta del mes de junio me había dejado muy
contenta. Y enseguida pensé en hacerle un pequeño regalo... inmediatamente después,
sentí que iba a ser el último... Lo recibió... y creo que será la única flor afectuosa en su
cabezal fúnebre.
Las lágrimas siguen bañando mis ojos... ¡Señor!... no digo nada más. Tú ya sabes. Con este
nudo de mudo dolor en mi corazón, me recuesto para dar un poco de alivio a mi cuerpo, que
no quiere morir - mientras yo, en cambio, tengo tantos deseos de que llegue la muerte - y
pienso en sor M. Gabriella2. Siento que ella tiene ganas de una dulce, de una pequeña
compensación... No se convence de que hay más hiel que miel en el cáliz de Jesús.
Y, dado que advierto que se avecina la llegada de dos hermanas de su orden para
suplicar en su nombre una palabra, le digo a Jesús: «¿No hay nada para ella?, de modo

que no siga pidiéndome frecuentemente si hay algo para darle». Recibo una respuesta
tajante como un fusilazo: «No». Me quedo aniquilada por el efecto de ese “no” seco,
que impide toda respuesta... me vuelvo hacia otra parte y
___________________________
1 Se trata de Aristide Fioravanzi, hermano de la madre de la escritora, fallecido en
Bergamo el 14 de julio de 1945.
2 Véase la nota 2 del dictado del 10 de enero de 1945.
69
sollozo por mi tío, mientras Marta dormita. Y hete aquí que a las 16 llegan las monjas:
«¿No tiene nada que decirle a la Superiora?». Léase: nada que darle...
Habría tenido que agradecerle por Cancogni. Pero me siento abrumada por
demasiadas cosas y yo también digo: «No». Pienso en lo mal que se va a quedar. ¿Qué
puedo hacerle? Le escribiré una cartita de circunstancias apenas pueda. Pero el “no” de
Jesús ha sido tan terminante que creo que sor Gabriella no va a recibir nada por mucho
tiempo. Y eso me duele, porque me causan compasión las almas que no saben obrar
por sí mismas... sin dulzuras... pues se las reservan todas para la eternidad. ¿Es acaso
un modo de pensar con soberbia? Me lo pregunto y me parece que no. Es sólo la
verdad.
Padre, ¿por qué se me hace cada vez más ligero el velo que envuelve las almas y las cosas?
No quisiera que fuese así... En pocos meses, es la cuarta vez que digo: “Siento que éste o ésta
ha muerto” y luego resulta que es verdad. Así pasó con mi médico3, con la Soldarelli, con
Annalina, con mi tío... Pienso en ellos y siento que están vivos y luego, un día, digo: “Es
inútil que espere o que le escriba a él o a ella. Ha muerto”. Y han muerto verdaderamente.
Ve: en el caso de sor Giovannina yo sentía que no se había ido de Roma, que no se había
muerto, que no estaba paralizada o atontada o cualquier otra cosa, y sabía cuál era el
verdadero nombre de este silencio. En cambio, de estos otros, de los cuales podía y debía
creer que estaban vivos, sentí que habían muerto. Naturalmente, el hecho no es agradable
para nada...
... Jesús vuelve a adueñarse de mí para hablarme del Evangelio.
_______________________________
3 Se trata del doctor Lamberto Lapi, a cuya muerte se refiere el 29 noviembre de
1944 en “Los cuadernos. 1944”.

23 de julio de 1945
Por la noche.
Episodio de las mártires Flora y María de Córdoba.
Quizás para consolarme de la visión perdida1 y permitir que se
________________________________
1 Se refiere a una nota comprendida en unas páginas del cuaderno, que hemos
suprimido porque tratan episodios ya contenidos en la vasta obra sobre el Evangelio.
En dicha nota aclara que está obligada a resumir una visión en pocos renglones a
causa de la confusión que ha habido en casa esta mañana, por lo que no he podido
escribir mientras veía.
70

me pase la inquietud que me invade cuando, por inconvenientes absolutamente
humanos, no puedo ocuparme de mi tarea, ahora se me presenta nítidamente la extraña
visión de un subterráneo que, de seguro, es la prisión de algún castillo. Se trata de un
castillo musulmán, porque veo un desagradable individuo vestido de turco o de árabe,
aunque más bien me parece vestido como un turco de épocas pasadas, con un largo
caftán marrón, por debajo del cual asoma un atavío de tela brillante como seda, de
color rojo oscuro, y una especie de amplios pantalones ceñidos al tobillo. Calza
babuchas rojas sin taco, de cuero marroquí. En la cabeza lleva un sombrero marrón de
forma de cono truncado, con una faja de tela de color verde esmeralda arrollada a
modo de turbante. La prisión o, mejor dicho, el subterráneo - porque las ventanas están
a nivel del suelo - está hecho de este modo: por una empinada escalerilla se desemboca
en un bajo pasillo y, pasando por una arcada, se entra en un cuarto también bajo y,
además, oscuro como un sótano. En el medio de la habitación se ve un pesado bloque
de piedra en cuyo centro hay un grueso anillo de hierro. El suelo está apisonado. Tal es
el lugar que no logro describir absolutamente con un dibujo.
Conducen allí a una jovencita muy bella. Tiene las manos atadas a la espalda y la
empujan, casi hasta hacerla caer, por los 5 peldaños que llevan al pasillo que precede
este lúgubre cuarto, donde la espera paseando nerviosamente el personaje que he
descrito antes. En esa ocasión me he olvidado de decir que lleva un ancho cinturón que
le sujeta las ropas y en el que está ensartada una larga y curva cimitarra con una
empuñadura adornada de gemas y la vaina damasquinada en oro.
«Te lo pregunto por última vez: ¿quieres abandonar la religión de los perros hebreos y volver
a la santa fe del Profeta?».
«No».
«Piénsalo bien. Sabes que en tierra de Moros no se venera más que a uno solo, a
Mahoma, ¡el verdadero profeta de Alá! Y ya conoces la suerte que les espera a los
apóstatas».
«Ya lo sé. Mas permaneced fieles a vuestra fe, yo permaneceré fiel a la mía.
Vosotros sois fieles a la vuestra, que es falsa; yo soy fiel a la mía, que es verdadera».
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«Haré que te quiten la vida por medio de tormentos».
«Mas no me quitarás el Cielo y sus gozos».
«Perderás la salud, la vida, la alegría, lo perderás todo».
«Pero encontraré a Dios y a su Madre, la Virgen María, y a mi madre, que me engendró para
Dios».
El hombre patea el suelo con ira y ordena que la azoten con varas de hierro.
A la jovencita le arrancan los vestidos, queda desnuda hasta la cintura; las ropas se deslizan
por sus flancos y le cubren las manos, dado que no se las han desatado. Le rodean el cuello
con una soga como si fuera un collar y, tras haberla hecho arrodillar junto al pesado bloque,
atan la soga al anillo, de modo que su barbilla toca la dura piedra; luego, dos fornidos
verdugos, escogidos entre los de la escolta que la ha arrastrado hasta allí, comienzan a
azotarla ferozmente en los tiernos hombros, en el cuello, en la cabeza. Cada golpe origina una
ampolla sangrienta en las carnes blancas y delicadas. Cuando azotan la cabeza, la barbilla
golpea duramente contra la piedra y se hiere y, por consiguiente, los dientes baten entre sí y
le causan dolor. Como está arrodillada más bien lejos del bloque, con las manos atadas a la
espalda y obligada a estar encorvada casi en ángulo recto, no puede encontrar alivio de
ningún modo; y, además de los golpes, ya la misma posición es una tortura.
Pero el juez aún no está satisfecho y, mientras sigue controlando la tortura con los brazos
cruzados y como si estuviera contemplando un agradable espectáculo, ordena que aumenten
los golpes en la cabeza “para que sea más semejante a su maldito Cristo”, dice riendo

sarcásticamente.
Los verdugos golpean y golpean con las varas sutiles, casi flexibles - creo que son
de metal - que, tras haber silbado en el aire, caen de plano sobre la pobre cabeza. Los
cabellos se enredan en las varas y son arrancados a mechones; los que quedan van
enrojeciéndose por la sangre, pues la piel se resquebraja y deja ver el cráneo, mientras
la sangre cuela a lo largo del cuello, por detrás de las orejas, hasta el pecho desnudo y
se detiene en la cintura, donde la absorben las ropas.
«¡Basta!», ordena el juez.
La desatan, la vuelven a vestir, la depositan en el suelo porque está medio desvanecida.
El juez la zarandea con el pie y cuando la joven abre los ojos con
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una mirada mansa y dolorosa, como de cordero torturado, le dice: «¿Reniegas?».
«No». Ya no es el triunfal “no” de antes pero, aun en su debilidad, es una
afirmación segura.
«Ya se va a encargar tu hermano. Y será peor que yo. Llamadle y entregadla a él». Tras
haberle dado el último puntapié, el juez se va...
... y la visión se concluye en un lugar nuevo que, por cierto, también en este caso
es una prisión, porque hay patios con ventanas con poderosas rejas y, a través de ellas,
se oyen voces que blasfeman o dicen cosas triviales mezcladas con cantos cristianos.
Ahora la joven está con otra persona de su misma edad; ambas son conducidas a
una suntuosa sala, donde vuelvo a ver al juez anterior, que está circundado por otros
musulmanes, probablemente siervos o jueces de rango inferior.
«¡Pues bien, aún tengo que interrogaros! Es la última vez. ¿Qué es lo que
queréis?».
«Morir por Jesucristo».
«¡Morir por Jesucristo! Pero tú, Flora, ¿sabes qué quiere decir tortura?».
«Sé qué quiere decir Jesús».
«¿Sabéis que podría teneros por toda la vida entre las... (aquí escribo mujeres de
mala vida, pero él ha usado una palabra fea), así como lo habéis estado en estos días?
¿Qué llevaríais entonces a vuestro Cielo? Pues, llevaríais fango y suciedad».
Habla la otra joven: «Te engañas. La suciedad se queda aquí, contigo. Yo creo firmemente
que, por la gracia de nuestro Señor Jesucristo, de su Madre María Santísima, de la que llevo
el nombre, de todos los santos del Paraíso, el último de los cuales es mi hermano diácono,
que has hecho martirizar, una vez que hayamos subido al Cielo podremos hacer germinar la
semilla echada en tantos pobres corazones encerrados en una carne infame y redimir de este
modo a las desdichadas hermanas entre las cuales nos has hecho vivir esperando que nos
corrompieran y que se quebrara la firmeza de nuestra fe. Debes saber que, por el contrario,
hemos salido de allí aún más puras y firmes y más deseosas que nunca de morir para agregar
nuesta sangre a la sangre de Cristo y redimir a nuestras infelices compañeras».
«Llamad al verdugo. Que sean decapitadas».
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«Que el Dios verdadero te recompense por abrirnos el Cielo y que toque tu
corazón. Ven, Flora. Encaminémonos cantando».
Mientras salen, en medio de la escolta, cantan el Magnificat...
Jesús me dice: «Ahora has conocido la historia de las vírgenes y mártires Flora y María de
Córdoba, en la época en que España estaba en manos de los moros; era el siglo noveno. Son
santas mártires casi ignoradas. ¡Mas cuán felices son en el Cielo!».

28 de julio de 1945
Y ahora, para obedecerle, voy a referirme a la precipitada fuga de los espiritistas
que en junio quèrían que les alquilara una habitación y que, como se la negué, se...
alojaron en la casa de al lado para dedicarse a sus operaciones con el pretexto de que
ambos eran cartománticos y quirománticos. Y, a pesar de que me molestan estas dos
categorías, acepté el hecho hasta el 18 de julio, cuando los sufrimientos que me
acosaron esa noche, absolutamente semejantes a otros de ese tipo que experimenté
todas las veces en que estuve cerca de lugares o personas que se dedicaban a prácticas
espiritistas, me hicieron comprender que en esa casa se hacían sesiones espiritistas.
Entonces me dije y se lo dije también a Ud., Padre: «Les voy a dar su merecido y vamos a ver
quién tiene los cuernos más duros». Por lo tanto, esa noche me puse a practicar el exorcismo
según la fórmula de León 13, que me dieron los Redentoristas de Nápoles. Siempre me ha
parecido potente contra tempestades, bombas, caracteres... infernales y contra toda práctica
espiritista.
Entonces, heme allí, arrodillada a duras penas, con mi crucecita en la mano, con toda el alma
que se me escapaba del cuerpo para conducir la fórmula más allá de las dos paredes que me
separaban del antro de los médium. Luego me desplomé extenuada, como me sucede siempre
cuando lo hago; es como si toda la fuerza se me saliera del cuerpo dejándome desfallecida...
Seguí haciéndolo por tres noches: el 18, el 19 y el 20. Pero el 20 tuve que hacerlo sentada
porque estaba más muerta que viva.
Ayer la dueña de casa de los dos fulanos me dijo que uno de los dos, precisamente el que es
médium - pues el otro es su ayudante - tomó las de Villadiego «porque no ganaban más que
1.000 0 1.500 por día. ¿Qué son mil o mil quinientas liras?». En realidad, a mí me
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parece que ya son algo... Y cuando le hago notar que 500 o 750 liras diarias para cada
uno no son tan pocas, la señora añade: «También dijo que no se queda porque está
muy molesto, no por los rumores ni por las personas de la casa, porque nosotros ni
decimos esta boca es mía cuando el profesor (?!) está trabajando, sino por otras cosas
que no quiso explicar. Después quiso saber un montón de cosas: quién es Ud., qué
hace. Y cuando le dijimos: “Es una señorita enferma: lee, escribe, borda...”, respondió:
“No, yo sé qué es. Es una santa”». (Disculpe si, para reproducir exactamente lo que
dijo, tengo que escribir esta palabra). Esa buena gente no entendió qué relación tengo
con los trabajos del profesor (?!) ni de qué modo éste podía saber algo a mi respecto;
tanto es así que me preguntaron: «¿Pero Ud. le conoce?». Respondí: «No, gracias a
Dios». En cambio, he entendido perfectamente todas las correlaciones.
¡Muy bien!, se repite el episodio de 19301. Lo importante es que el médium ha
puesto pies en polvorosa y que el otro pronto hará lo mismo, como espero... así que en
el aire, finalmente limpio, ya no quedará ese olor de azufre que mis pulmones
espirituales no soportan. Ahora vamos a ver qué fastidios me causará Satanás para
vengarse... Por cierto, no es que me va a ir de rositas. Como Ud. bien sabe, en 1930 me
dijo por boca del médium que yo había ahuyentado: «Ud. me echa, pero hace mal.
Porque el que me expulsa, encontrará dolores y dificultades en su camino...». Y, en
efecto, nunca más volví a estar bien. Pero ellos tuvieron que irse a otro lado...
________________________________
1 Véase la “Autobiografía”, en las págs. 273-278.

29 de julio de 1945

Dice Jesús:
«Y esto es para la Marta pequeña1, que no debe lamentarse de que nunca hay una
palabra para ella y que debe estar segura de que su Señor la ama mucho, solícitamente,
y ha pensado en protegerla desde que la puso debajo de la tienda donde Él encuentra
reposo. Ya te amaba desde antes, porque el amor es su aliento. Pero cuando
_____________________________
1 Se trata de Marta Diciotti. Ese mismo día, fiesta de Santa Marta, la autora ha
escrito un episodio, perteneciente al Evangelio, cuya protagonista es Marta de Betania.
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creíste que te habías quedado sola, te amé como una familia entera y te doné la paz
poniéndote junto a María. No te lamentes si no hay palabras para ti. Viiviendo junto a
María, ya las tienes todas. Las cartas se escriben a los que están lejos, no a quienes
viven con nosotros. Y tú estás donde Yo vivo. Sé buena. Anima tu actividad de Marta
con la espiritualidad de María, que ha elegido la parte mejor2 y que, por haberla
elegido con dolor y con amor total y voluntario, ha recibido de Mí la parte superlativa.
Tú te apoyas en el corazón de María y María está apoyada sobre mi corazón. Por eso,
no te aflijas por demasiadas cosas, entre las que está el preguntarte si Yo pienso en ti.
Descansa en el corazón de quienes te aman y ten fe. Dios no abandona a los que
esperan en Él y practican la caridad. Que mi paz te acompañe».
En cambio, lo que sigue lo digo yo, me lo digo a mí misma, recordando...
Hace dos años llegaban, como hoy, mis parientes de Calabria3, a los que di
asistencia y afecto familiar y por quienes he emprendido la batalla más grande. Pero
no estoy en las mismas condiciones que la Marta de Lázaro. No estoy segura de tener
en las manos mi victoria, a pesar de todas las protestas de fe, etc., etc., que me escriben. De lo que estoy segura es de que sufrí mucho y sigo sufriendo y sufriré por esa
causa que empezó hace dos años. Dice Jesús: «Vale la pena perder una amistad para
salvar un alma»4. Está bien. Creo que ése es, justamente, mi caso. Y confieso que mi
disgusto es muy relativo. Creo que cuantos menos lazos tenga, estaré más libre de
volar hacia Jesús. Me refiero a los lazos del afecto humano. Siento que dichos lazos ya
están tan desfibrados por el desgaste de la mezquindad y la miseria humanas, que no
les queda más que una fibra ya deshilachada, una fibra que una nimiedad puede
romper. De este modo, mi amor hacia los parientes se despoja de todo lo que es carne
y sangre, o sea, de un placer egoísta, y se convierte en un amor espiritual áureo y
doloroso que, por amor de Jesús, no abandonará a estos espíritus. Dos años de íntimo
conocimiento han exprimido esta esencia del fruto de dicha vecindad...
______________________________
2 Lucas 10, 38-42.
3 Véase “Los cuadernos. 1944”, nota 1 del diario del 24 de abril.
4 Lo dice en el segundo de los dos episodios pertenecientes al ciclo del Segundo año de vida
pública de la vasta obra sobre el Evangelio.
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10 de agosto de 1945


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