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Autor: Sailer, Leonardo

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Primer año de la vida pública de Jesús
44

Adiós a la Madre y salida de Nazaret. Llanto y oración de la Corredentora.
El interior de la casa de Nazaret. Veo una habitación. Parece un comedor, donde la Familia come o está en las horas de
descanso. Es una estancia muy reducida. Tiene una sencilla mesa rectangular frente a una especie de arquibanco que está
pegando a una de las paredes: éste es el asiento de uno de los lados. En las otras paredes hay: un telar y un taburete; otros dos
taburetes y un bazar, que tiene encima algunas lamparitas de aceite y otros objetos. Una puerta da a un pequeño huerto. Debe
estar atardeciendo, pues no hay son un recuerdo de sol sobre la copa de un alto árbol que apenas verdece con las primeras
hojas.
Jesús está sentado a la mesa. Está comiendo. María le sirve, yendo y viniendo por una puertecita que supongo conduce
al lugar donde está el fuego, cuyo resplandor se ve desde la puerta entreabierta.
Jesús le dice a María dos o tres veces que se siente... y que también coma Ella. Pero Ella no quiere; menea la cabeza
sonriendo tristemente, y trae, primero, unas verduras hervidas — me parece una sopa —; después, unos peces asados; luego,
un queso más bien blando (como de oveja, fresco) de forma redondeada (semeja a esas piedras que se ven en los torrentes),y
unas aceitunas pequeñas y oscuras. El pan, en pequeños moldes circulares (de la anchura de un plato común) y poco alto, está
ya en la mesa. Es más bien oscuro, como si no se le hubiera separado el salvado. Jesús tiene delante un ánfora con agua y una
copa; come en silencio, mirando a la Madre con doloroso amor.
María — se ve claramente — está apenada. Va, viene... para que no se le note. Enciende — aunque haya todavía luz
suficiente — una lamparita y la pone junto a Jesús (al alargar el brazo acaricia disimuladamente la cabeza de su Hijo), abre una
bolsa de color castaño — que a mí me parece hecha de esos paños de lana virgen tejidos a mano y, por tanto, impermeable —,
comprueba si está vacía, sale al huertecito, va hasta el otro lado de éste, a una especie de despensa, de donde sale con unas
manzanas ya más bien rugosas – conservadas desde el verano — y las mete en la bolsa; después coge un pan y mete también un
pequeño queso, aunque Jesús no quiera y diga que ya tiene suficiente.
María se acerca a la mesa de nuevo, por la parte más estrecha, a la izquierda de Jesús. Le mira mientras come. Le mira
con verdadera congoja, con adoración, con el rostro aún más pálido de lo normal y como más envejecido por la pena, con los
ojos agrandados por una sombra que los marca, indicio de lágrimas vertidas; parecen, incluso, más claros que de costumbre,
como lavados por el llanto que ya está casi apareciendo en ellos: ojos de dolor, cansados.
Jesús, que come despacio, claramente sin ganas, por complacer a su Madre, y que está más pensativo de lo habitual,
levanta la cabeza y la mira. Se encuentra con una mirada llena de lágrimas, y baja la cabeza para que no se sienta cohibida,
limitándose a cogerle la delicada mano que tiene apoyada en el borde de la mesa. La toma con la mano izquierda y se la lleva a
la cara; Jesús apoya en ella su mejilla como rozándola un momento para sentir la caricia de esa pobre mano temblorosa, y la
besa en el dorso con gran amor y respeto.
Veo a María llevándose la mano libre, la izquierda, hacia la boca, como para ahogar un sollozo; luego se seca con los
dedos una lágrima grande que ha rebasado el borde del párpado y estaba regando la mejilla.
Jesús continúa comiendo. María sale rápidamente al huertecillo, donde ya hay poca luz... y desaparece. Jesús apoya el
codo izquierdo sobre la mesa, y sobre la mano la frente, deja de comer y se sumerge en sus pensamientos.
Luego un momento de atención... Se levanta de la mesa. Sale Él también al huerto, mira a uno y otro lado y se dirige
hacia la derecha respecto al lado de la casa, entra por una abertura de una pared rocosa, dentro de lo que reconozco como el
taller de carpintero; esta vez todo ordenado, sin tablas, sin virutas, sin fuego encendido; el banco de carpintero y las
herramientas, todas en su sitio, nada más.
Replegada sobre sí, en el banco, María llora. Parece una niña. Tiene la cabeza apoyada en el brazo izquierdo doblado, y
llora, en voz baja pero con mucho dolor. Jesús entra despacio y se le acerca con tanta delicadeza, que Ella comprende que está
allí sólo cuando su Hijo le deposita la mano sobre la cabeza inclinada, llamándola "Mamá" con voz de amorosa reprensión.
María levanta la cabeza y mira a Jesús entre un velo de llanto, y se apoya, con las dos manos unidas, en su brazo
derecho. Jesús con un extremo de su ancha manga le seca la cara y la abraza, la estrecha contra su pecho, la besa en la frente.
Jesús tiene aspecto majestuoso, parece más viril de lo habitual, y María más niña, salvo en la cara marcada por el dolor.
- Ven, Mamá - le dice Jesús, y, apretándola estrechamente con el brazo derecho, se encamina de nuevo hacia el huerto;
allí se sienta en un banco que está apoyado en la pared de la casa. El huerto está silencioso y ya oscuro. Hay sólo un hermoso
claro de luna y la luz que sale de la estancia. La noche está serena.
Jesús le habla a María. No percibo al principio las palabras, apenas susurradas, a las que María asiente con la cabeza.
Después oigo:
- Y di a la familia..., a las mujeres de la familia, que vengan. No te quedes sola. Estaré más tranquilo, Madre, y tú sabes
la necesidad que tengo de estar tranquilo para cumplir mi misión. Mi amor no te faltará. Vendré frecuentemente y, cuando esté
en Galilea y no pueda acercarme a casa, te avisaré; entonces vendrás tú adonde este Yo. Mamá, esta hora debía llegar. Empezó
aquí, cuando el Ángel se te apareció; ahora se cumple y debemos vivirla, ¿no es verdad, Mamá? Después vendrá la paz de la
prueba superada, y la alegría. Antes es necesario atravesar este desierto, como los antiguos Padres para entrar en la Tierra
Prometida. Pero el Señor Dios nos ayudará como hizo con ellos, y su ayuda será como maná espiritual para nutrir nuestro
espíritu en el esfuerzo de la prueba. Digamos juntos al Padre nuestro...». Jesús se levanta y María con Él, y levantan la cara al
cielo. Dos hostias vivas que resplandecen en la oscuridad.

Jesús dice lentamente, pero con voz clara y remarcando las palabras, la oración del Señor. Hace mucho hincapié en las
frases: «venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad», distanciando mucho estas dos frases de las otras. Ora con los brazos
abiertos (no exactamente en cruz, sino como los sacerdotes cuando dicen: «El Señor esté con vosotros»), María tiene las manos
juntas.
Entran de nuevo en casa, y Jesús — a quien no he visto nunca beber vino — echa en una copa un poco de vino blanco
de un ánfora de la despensa y la lleva a la mesa; coge de la mano a María y la obliga a sentarse junto a Él y a beber de ese vino
(en que moja una rebanada de pan que le ofrece). Tanto insiste, que María cede. El resto lo bebe Jesús. Luego estrecha a su
Madre contra su costado, y así la sujeta, contra su persona, en el lado del corazón. Ni Jesús ni María están reclinados, sino
sentados como nosotros. No hablan más. Esperan. María acaricia la mano derecha de Jesús y sus rodillas. Jesús acaricia el brazo
y la cabeza de María.
Jesús se levanta y con Él María, se abrazan y se besan amorosamente una y otra vez; y una y otra vez parece que
quieren despedirse, pero María vuelve a estrechar contra su pecho a su Hijo. Es la Virgen, pero es una madre a fin de cuentas,
una madre que debe separarse de su hijo y que sabe a dónde conduce esa separación. Que ya no se me venga a decir que María
no ha sufrido. Antes lo creía poco, ahora no lo creo en absoluto.
Jesús coge el manto (azul oscuro), se lo echa a los hombros y con él se cubre la cabeza a manera de capucha. Luego se
pone en bandolera la bolsa, de forma que no le obstaculice el camino. María le ayuda, nunca termina de ajustarle la túnica y el
manto y la capucha, y, mientras, lo vuelve a acariciar.
Jesús va hacia la puerta después de trazar un gesto de bendición en la estancia. María lo sigue y, en la puerta, ya
abierta, se besan una vez más.
La calle está silenciosa y solitaria, blanca de luna. Jesús se pone en camino. Dos veces se vuelve aún a mirar a su Madre,
que está apoyada en la jamba, más blanca que la Luna, toda reluciente de llanto silencioso. Jesús se va alejando por la callejuela
blanca. María continúa llorando apoyada en la puerta. Y Jesús desaparece en una equina de la calle.
Ha empezado su camino de Evangelizador, que terminará en el Gólgota. María entra llorando y cierra la puerta.
También para Ella ha comenzado el camino que la llevará al Gólgota. Y por nosotros...
Dice Jesús:
- Éste es el cuarto dolor de María, Madre de Dios: el primero fue la presentación en el Templo; el segundo, la huida a
Egipto; el tercero, la muerte de José; el cuarto, mi separación de Ella.
Conociendo el deseo del Padre, te dije ayer por la noche que voy a acelerar la descripción de "nuestros" dolores para
que se den a conocer. Pero, como ves, ya algunos de mi Madre habían sido ilustrados. He explicado antes que la Presentación la
permanencia en Egipto, porque había necesidad de hacerlo ese día. Yo sé las cosas. Y tú comprendes.
Mi proyecto es alternar tus contemplaciones, y mis consiguientes explicaciones, con los dictados propiamente dichos,
para aliviarte a ti y a tu espíritu dándote la beatitud de ver, y también porque así queda clara la diferencia estilística entre tu
forma de redactar y la mía.
Además, ante tantos libros que hablan de mí y que, tocando y retocando, cambiando y acicalando, se han transformado
en irreales, tengo el deseo de dar a quien en mí cree una visión devuelta a la verdad de mi tiempo mortal. No salgo disminuido;
antes al contrario, magnificado en mi humildad, que se hace pan para vosotros para enseñaros a ser humildes y semejantes a
mí, que fui hombre como vosotros y que llevé en mi aspecto humano la perfección de un Dios. Debía ser Modelo vuestro, y los
modelos deben ser siempre perfectos.
No mantendré en las contemplaciones una línea cronológica correspondiente a la de los Evangelios. Tomaré los puntos
que considere más útiles en ese día para ti o para otros, siguiendo una línea mía de enseñanza y bondad.
La enseñanza que proviene de la contemplación de mi separación se dirige especialmente a los padres e hijos a quienes
la voluntad de Dios llama a la recíproca renuncia por un amor más alto; en segundo lugar está dirigida a todos aquellos que se
encuentran frente a una renuncia penosa (¡y cuántas encontráis en la vida!). Son espinas en la Tierra que traspasan el corazón;
lo sé. Pero para quien las acoge con resignación — mirad, no digo: "para quien las desea y las acoge con alegría" (esto ya es
perfección), digo "con resignación
— se transforman en eternas rosas. Pero pocos las acogen con resignación. Como burritos tozudos, os resistís obstinadamente a
la voluntad del Padre, aunque no tratéis de herir con patadas y mordiscos espirituales, o sea, con rebelión y blasfemias contra el
buen Dios.
Y no digáis: "Pero si yo sólo tenía este bien y Dios me lo ha quitado; sólo este afecto, y Dios me lo ha arrancado".
También María, mujer noble, amorosa hasta la perfección (porque en la Toda Gracia también las formas afectivas y sensitivas
eran perfectas), sólo tenía un bien y un amor en la tierra: su Hijo. No le quedaba más que Él: los padres, muertos desde hacía
tiempo; José, muerto desde hacía algunos años. Sólo quedaba Yo para amarla y hacerle sentir que no estaba sola. Los parientes,
por causa mía, desconociendo mi origen divino, le eran un poco hostiles, como hacia una madre que no sabe imponerse a su hijo
que se aparta del común buen juicio o que rechaza un matrimonio propuesto que podría honrar a la familia e incluso ayudarla.
Los parientes, voz del sentido común, del sentido humano —vosotros lo llamáis sensatez, pero no es más que sentido
humano, o sea, egoísmo — habrían querido que yo hubiera vivido estas cosas. En el fondo era siempre el miedo de tener un día
que soportar molestias por mi causa; que ya osaba expresar ideas — según ellos demasiado idealistas — que podían poner en
contra a la sinagoga. La historia hebrea estaba llena de enseñanzas sobre la suerte de los profetas. No era una misión fácil la del
profeta, y frecuentemente le ocasionaba la muerte a él mismo y disgustos a la parentela. En el fondo, siempre el pensamiento
de tener que hacerse cargo un día de mi Madre.
Por ello, el ver que Ella no me ponía ningún obstáculo y parecía en continua adoración ante su Hijo, los ofendía. Este
contraste habría de crecer durante los tres años de ministerio, hasta culminar en abiertos reproches cuando, estando yo entre

las multitudes, se llegaban hasta mí, y se avergonzaban de mi manía — según ellos — de herir a las castas poderosas.
Reprensión a mí y a Ella; ¡pobre Mamá!
Y, no obstante, María, que conocía el estado de ánimo de sus parientes — no todos fueron como Santiago, Judas o
Simón, ni como la madre de estos, María de Cleofás — y que preveía el estado de ánimo futuro; María, que conocía su suerte
durante esos tres años, y la que le esperaba al final de los mismos y la suerte mía, no opuso resistencia como hacéis vosotros.
Lloró. Y ¿quién no habría llorado ante una separación de un hijo que la amaba como Yo la amaba; ante la perspectiva de los
largos días, vacíos de mi presencia, en la casa solitaria; ante el futuro del Hijo destinado a chocar contra la malevolencia de quien
era culpable y se vengaba de serlo agrediendo al Inculpable hasta matarlo?
Lloró porque era la Corredentora y la Madre del género humano renacido a Dios, y debía llorar por todas las madres
que no saben hacer de su dolor de madres una corona de gloria eterna.
¡Cuántas madres en el mundo a quienes la muerte arranca de los brazos una criatura! ¡Cuántas madres a quienes un
querer sobrenatural arrebata de su lado a un hijo! Por todas sus hijas, como Madre de los cristianos, por todas sus hermanas,
en el dolor de madre despojada, ha llorado María. Y por todos los hijos que, nacidos de mujer, están destinados a ser apóstoles
de Dios o mártires por amor a Dios, por fidelidad a Dios, o por crueldad humana.
Mi Sangre y el llanto de mi Madre son la mixtura que fortalece a estos signados para heroica suerte; la que anula en
ellos las imperfecciones, o también las culpas cometidas por su debilidad, dando, además del martirio — en cualquier caso,
enseguida — la paz de Dios y, si sufrido por Dios, la gloria del Cielo.
Las lágrimas de María las encuentran los misioneros como llama que calienta en las regiones donde la nieve impera, las
encuentran como rocío allí donde el sol arde. La caridad de María las exprime.
Estas han brotado de un corazón de lirio. Tienen, por ello: de la caridad virginal desposada con el Amor, el fuego; de la
virginal pureza, la perfumada frescura, semejante a la del agua recogida en el cáliz de un lirio después de una noche de rocío.
Las encuentran los consagrados en ese desierto que es la vida monástica bien entendida: desierto, porque no vive más
que la unión con Dios, y cualquier otro afecto cae, transformándose únicamente en caridad sobrenatural hacia los parientes, los
amigos, los superiores, los inferiores.
Las encuentran los consagrados a Dios en el mundo, en el mundo que no los entiende y no los ama, desierto también
para ellos, en el que viven como si estuvieran solos: ¡muy grande es, en efecto, la incomprensión que sufren, y las burlas, por mi
amor!
Las encuentran mis queridas "víctimas", porque María es la primera de las víctimas por amor a Jesús. A sus discípulas
Ella les da con mano de Madre y de Médico, sus lágrimas, que confortan y embriagan para más alto sacrificio.
¡Santo llanto de mi Madre!
María ora. Porque Dios le dé un dolor, no se niega a orar. Recordadlo. Ora junto con Jesús. Ora al Padre nuestro y
vuestro.
El primer "Pater noster" fue pronunciado en el huerto de Nazaret para consolar la pena de María, para ofrecer
"nuestras" voluntades al Eterno en el momento en que comenzaba para estas voluntades el período de una renuncia cada vez
mayor, que habría de culminar en la renuncia de la vida para Mí y de la muerte de un Hijo para María.
Y, aunque nosotros no tuviéramos nada que necesitara el perdón del Padre, por humildad incluso, nosotros, los Sin
Culpa, pedimos el perdón del Padre para afrontar, perdonados (absueltos incluso de un suspiro), dignamente nuestra misión.
Para enseñaros que cuanto más se está en gracia de Dios más bendecida y fructuosa resulta la misión; para enseñaros el respeto
a Dios y la humildad. Ante Dios Padre aun nuestras dos perfecciones de Hombre y de Mujer se sintieron nada y pidieron perdón,
como también pidieron el "pan de cada día".
¿Cuál era nuestro pan? ¡Oh!, no el que amasaron las manos puras de María, cocido en el pequeño horno, para el cual
yo muchas veces había recogido haces y manojos de leña — que es también necesario mientras se está en esta Tierra —, no ese
pan, sino que "nuestro" pan cotidiano era el de llevar a cabo, día a día, nuestra parte de misión. Que Dios nos la diera cada día,
porque llevar a cabo la misión que Dios da es la alegría de "nuestro" día, ¿no es verdad, pequeño Juan? ¿No lo dices también tú,
que te parece vacío el día, como si no hubiera existido, si la bondad del Señor te deja, un día, sin tu misión de dolor?
María ora con Jesús. Es Jesús quien os justifica, hijos. Soy Yo quien hace aceptables y fructuosas vuestras oraciones ante
el Padre. Yo he dicho: "Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, Él os lo concederá", y la Iglesia acredita sus oraciones
diciendo: "Por Jesucristo Nuestro Señor".
Cuando oréis, uníos siempre, siempre, siempre a mí. Yo rogaré en voz alta por vosotros, cubriendo vuestra voz de
hombres con la mía de Hombre – Dios. Yo pondré sobre mis manos traspasadas vuestra oración y la elevaré al Padre. Será hostia
de valor infinito. Mi voz, fundida con la vuestra, subirá como beso filial al Padre, y la púrpura de mis heridas hará preciosa
vuestra oración. Estad en mí si queréis tener al Padre en vosotros, con vosotros, para vosotros.
Has terminado la narración diciendo: "Y por nosotros...", y querías decir: "Por nosotros que somos tan ingratos hacia
estos Dos que han subido el Calvario por nosotros". Has hecho bien en poner esas palabras. Ponlas cada vez que te muestre un
dolor nuestro. Que sea como la campana que suena y que llama a meditar y a arrepentirse.
Nada más. Descansa. La paz esté contigo".

45
Predicación de Juan el Bautista y Bautismo de Jesús. La manifestación divina.

Veo una llanura despoblada de vegetación y de casas. No hay campos cultivados, y muy pocas y raras plantas reunidas
aquí o allá en matas — vegetales familias — en los sitios en que el suelo está por debajo menos quemado. Imagine que este
terreno quemado y baldío está a mi derecha — teniendo yo el norte a mis espaldas — y se prolonga hacia el Sur respecto a mí.
A la izquierda veo un río de orillas muy bajas, que corre lentamente también de Norte a Sur. Por el movimiento
lentísimo del agua comprendo que no debe haber desniveles en su lecho y que fluye por una llanura tan achatada que
constituye una depresión. El movimiento es apenas suficiente para que el agua no se estanque formando un pantano. (El agua
es poco profunda, tanto que se ve el fondo; a mi juicio, no más de un metro, como mucho uno y medio. Tiene la anchura del
Arno hacia S. Miniato-Empoli: yo diría que unos veinte metros. Pero no tengo buen ojo para calcular con exactitud). Es de un
azul ligeramente verde hacia las orillas, donde, por la humedad del suelo, hay una faja tupida de hierba que alegra la vista,
cansada de la desolación pedregosa y arenosa de cuanto se le extiende delante.
Esa voz íntima que le he explicado que oigo y me indica lo que debo notar y saber me advierte que estoy viendo el valle
del Jordán Lo llamo valle porque se emplea esta palabra para indicar el lugar por donde corre un río, pero en este caso es
impropio llamarlo así porque un valle presupone montes y yo aquí no veo montes cercanos. Pero, en fin, estoy en el Jordán, y el
espacio desolado que observo a mi derecha es el desierto de Judá. Si es correcto llamarlo desierto en el sentido de un lugar
donde no hay casas ni trabajo humano, no lo es según el concepto que nosotros tenemos de desierto. Aquí no se ven esas
arenas onduladas que nosotros nos pensamos, sino sólo tierra desnuda, con piedras y detritus esparcidos; es como los terrenos
aluviales después de una crecida. En la lejanía, colinas.
Además, junto al Jordán hay una gran paz, un algo especial, superior a lo común, como lo que se nota en las orillas del
Trasimeno. Es un lugar que parece guardar memoria de vuelos de ángeles y voces celestes. No sé bien decir lo que experimento,
pero me siento en un lugar que habla al espíritu.
Mientras observo estas cosas, veo que la escena se puebla de gente a lo largo de la orilla derecha — respecto a mí —
del Jordán. Hay muchos hombres, vestidos de diversas formas. Algunos parecen gente del pueblo, otros ricos; no faltan algunos
que parecen fariseos por el vestido ornado de ribetes y galones.
Entre todos ellos, en pie sobre una roca, un hombre a quien, aunque sea la primera vez que lo veo, lo reconozco
enseguida como el Bautista. Habla a la multitud, y le aseguro que no son palabras dulces. Jesús llamó a Santiago y a Juan "los
hijos del trueno"... ¿Cómo llamar entonces a este vehemente orador? Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha,
terremoto... ¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos!
Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida, extirpando de ellos los obstáculos y
enderezando los pensamientos. Es un hablar vertiginoso y rudo. El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de
los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos.
Mientras lo escucho — no repito las palabras porque son las mismas que citan los evangelistas, pero ampliadas en
impetuosidad - veo que mi Jesús se acerca a lo largo de un senderillo que va por el borde de la línea herbosa y umbría que
sigue el curso del Jordán. Este rústico camino (más sendero que camino) parece dibujado por las caravanas y las personas que
durante años y siglos lo han recorrido para llegar a un punto donde, por ser menos profundo el fondo del río es fácil vadearlo. El
sendero continúa por el otro lado del río y se pierde entre la hierba de la orilla opuesta.
Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Se aproxima sin que se note y va escuchando la
voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y a prepararse a
quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús de los demás. Parece un hombre común por su vestir; un
señor en el porte y la hermosura, mas ningún signo divino lo distingue de la multitud.
Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial. Se vuelve y detecta inmediatamente su
fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros
del grupo apoyándose en el tronco de un árbol.
Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azul tan dulce; Juan con su ojo severo,
negrísimo, lleno de relámpagos. Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos — es el único parecido —, son muy distintos
en todo lo demás. Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, atavío sencillo pero
majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); negra barba
rala que le cubre casi todo el rostro, sin impedir con su velo que se noten los carrillos ahondados por el ayuno; negros ojos
febriles; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que lo cubre. Juan está semidesnudo,
con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso cayendo apenas bajo los
costados delgados y dejando descubiertas las costillas en la parte derecha, esas costillas cubiertas por el único estrato de tejidos
que es la piel curtida por el aire. Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.
Juan, después de escudriñarlo con su ojo penetrante, exclama:
- He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?.
Jesús responde lleno de paz:
- Para cumplir el rito de penitencia.
- Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a ti para ser santificado, ¿y Tú vienes a mí?
Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante Él, responde:
- Deja que se
haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito sea inicio para un más alto misterio y se anuncie a los hombres que
la Víctima está en el mundo.
Juan lo mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla. Allí Jesús se quita el manto, la túnica y
la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que lo bautiza
vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que a mí me parece
como una concha o una media calabaza secada y vaciada.

Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en el candor de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la
mirada.
Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración, Juan lo señala ante las turbas y testifica
que lo ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor.
Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y sólo tengo presente esta figura de luz que resalta sobre el fondo de
hierba de la ribera.
Dice Jesús:
- Juan no tenía necesidad del signo para sí mismo. Su espíritu, presantificado desde el vientre de su madre, poseía esa
vista de inteligencia sobrenatural que habrían poseído todos los hombres sin la culpa de Adán.
Si el hombre hubiera permanecido en gracia, en inocencia, en fidelidad para con su Creador, habría visto a Dios a través
de las apariencias externas. En el Génesis se lee que el Señor Dios hablaba familiarmente con el hombre inocente y que éste no
desfallecía ante aquella voz y no se equivocaba al discernirla. Era destino del hombre ver y entender a Dios, justamente como
un hijo con su padre. Después vino la culpa, y el hombre ya no se ha atrevido a mirar a Dios, ya no ha sabido ni ver ni
comprender a Dios. Y cada vez lo sabe menos.
Pero Juan, mi primo Juan, quedó limpio de la culpa cuando la Llena de Gracia se inclinó amorosa a abrazar a Isabel, un
tiempo estéril, entonces fecunda. El pequeñuelo saltó de júbilo en su seno, sintiendo caérsele de su alma la escama de la culpa,
como costra que cae de una llaga que sana. El Espíritu Santo, que había hecho de María la Madre del Salvador, comenzó su obra
de salvación, a través de María, vivo Sagrario de la Salvación encarnada, sobre este niño que había de nacer destinado a unirse a
mí, no tanto por la sangre, cuanto por la misión que hizo de nosotros como los labios que forman la palabra. Juan los labios, Yo
la Palabra. Él el Precursor en el Evangelio y en la suerte del martirio; Yo, quien perfeccionaba, con mi divina perfección, el
Evangelio comenzado por Juan y el martirio por la defensa de la Ley de Dios.
Juan no tenía necesidad de ningún signo. Pero la cerrazón de los demás lo requería. ¿En qué habría fundado Juan su
aserción, sino sobre una prueba innegable que los ojos y oídos de los tardos hubieran percibido?
Tampoco Yo tenía necesidad de bautismo. Pero la sabiduría del Señor había juzgado que ése era el momento y el modo
del encuentro. E induciendo a Juan a salir de su cueva del desierto y a mí a salir de mi casa, nos unió en esa hora para abrir sobre
mí los Cielos de donde habría de descender Él mismo, Paloma divina, sobre aquel que bautizaría a los hombres con tal Paloma, y
el anuncio, más potente que el angélico, porque provenía del Padre mío: "Éste es mi Hijo muy amado con quien me he
complacido". Para que los hombres no tuvieran disculpas o dudas en seguirme o en no seguirme.
Las manifestaciones del Cristo han sido muchas. La primera, después del Nacimiento, fue la de los Magos; la segunda,
en el Templo; la tercera, en las orillas del Jordán. Después vinieron las infinitas otras que te daré a conocer (porque mis milagros
son manifestaciones de mi naturaleza divina) hasta las últimas de la Resurrección y Ascensión al Cielo.
Mi patria quedó llena de mis manifestaciones. Como semilla esparcida los cuatro puntos cardinales, llegaron a todo
estrato y lugar de la vida: a los pastores, a los poderosos, a los doctos, a los incrédulos, a los pecadores, a los sacerdotes, a los
dominadores, a los niños, a los soldados, a los hebreos, a los gentiles. También al presente se repiten. Pero — como entonces —
el mundo no las acoge. No sólo esto, sino que no acoge las actuales y olvida las pasadas. Pues bien, Yo no desisto. Yo me repito
para salvaros, para conduciros a la fe en mí.
¿Sabes, María, lo que haces; es más, lo que hago mostrándote el Evangelio? Es un intento más fuerte de atraer a los
hombres hacia mí. Tú has deseado esto con ardientes oraciones. Ya no me limito a la palabra. Los cansa y los separa. Es un
pecado, pero es así. Recurro a la visión, y además de mi Evangelio, y la explico para hacerla más clara y atrayente.
A ti te doy el consuelo de ver. A todos doy el modo de desear conocerme. Y, si no sirviera aún, y cuales crueles niños
arrojasen el don sin comprender su valor, a ti te quedará mi don y a ellos mi enojo. Podré, una vez más, pronunciar la antigua
recriminación: "Hemos tocado y no habéis bailado, hemos entonado lamentos y no habéis llorado".
Pero no importa, dejemos que los inconvertibles acumulen sobre su cabeza los tizones ardientes y volvámonos hacia
las ovejas que tratan de conocer al Pastor, que soy Yo; y tú el cayado que las conduce a mí».

46.
Jesús tentado por Satanás en el desierto. Cómo se vencen las tentaciones.
Ante mí la soledad pedregosa que había contemplado a mi izquierda en la visión del bautismo de Jesús en el Jordán.
Pero debo haberme adentrado mucho en ella, porque no veo en absoluto el hermoso río lento y azul, ni la vena de hierba que
sigue su curso por las dos orillas, como alimentada por aquella arteria de agua. Aquí, sólo soledad, pedruscos, tierra tan
abrasada, que ha quedado reducida a polvo amarillento que de vez en cuando el viento levanta en pequeños remolinos que
parecen hálito de boca febril por lo seco y calientes que están; muy molestos por el polvo que con ellos penetra en la nariz y en
la faringe. Muy raros, algún pequeño matorral espinoso, que ha resistido — quién sabe por qué — en aquella desolación:
parecen los restos de mechones de cabellos en la cabeza de un calvo. Arriba, un cielo despiadadamente azul; abajo, el terreno
árido; en torno, rocas y silencio. Esto es lo que veo, por lo que a la naturaleza se refiere.
Apoyado en una roca que, por su forma, crea una covacha, y sentado en una piedra que ha sido arrastrada hasta la
oquedad, está Jesús. Se resguarda así del sol ardiente. Y el interno consejero me indica que esa piedra, en la que ahora está
sentado, es también su reclinatorio y su almohada cuando descansa breves horas envuelto en su manto bajo la luz de las
estrellas y el aire frío de la noche. Ahí cerca está la bolsa que le vi tomar antes de salir de Nazaret: todo su haber; por lo flácida
que aparece, comprendo que está vacía de la poca comida que en ella había puesto María.

Jesús está muy delgado y pálido. Está sentado, con los codos apoyados en las rodillas y los antebrazos hacia fuera, con
las manos unidas y entrelazadas por los dedos. Medita. De vez en cuando, levanta la mirada y la dirige a su alrededor y mira al
Sol, que está alto, casi a plomada, en el cielo azul. De vez en cuando, y especialmente después de dirigir la mirada en torno a sí y
alzarla hacia la luz solar, como con vértigo, cierra los ojos y se apoya en la peña que le sirve de cobijo.
Veo aparecer el feo hocico de Satanás. No se presenta de la forma con que nos lo imaginamos: con cuernos, rabo, etc.
etc. Parece un beduino envuelto en su vestido y en su gran manto, que se asemeja a un disfraz de dominó. En la cabeza, el
turbante, cuyas faldas blancas caen sobre los hombros y a ambos lados de la cara para protegerlos. De manera que, de la cara,
puede verse un pequeño triángulo muy moreno, de labios delgados y sinuosos, de ojos negrísimos y hundidos, llenos de
destellos magnéticos. Dos pupilas que te leen en el fondo del corazón, pero en las que no lees nada o una sola palabra: misterio.
Lo opuesto del ojo de Jesús, también muy magnético y fascinante, que te lee en el corazón, pero en el que tú lees también que
en su corazón hay amor y bondad hacia ti. El ojo de Jesús es una caricia en el alma. Este es como un doble puñal que te perfora y
quema.
Se acerca a Jesús:
-¿Estás sólo?
Jesús lo mira y no responde.
-¿Cómo es que estás aquí? ¿Te has perdido?.
Jesús vuelve a mirarlo y calla.
- Si tuviera agua en la cantimplora, te la daría, pero yo también estoy sin ella. Se me ha muerto el caballo y me dirijo a
pie al vado. Allí beberé y encontraré a alguien que me dé un pan. Sé el camino. Ven conmigo. Te guiaré.
Jesús ya ni siquiera alza los ojos.
-¿No respondes? ¿Sabes que si te quedas aquí mueres? Ya se levanta el viento. Va a haber tormenta. Ven».
Jesús aprieta las manos en muda oración.
-¡Ah, entonces eres Tú! ¡Hace mucho que te busco! Y hace mucho que te vengo observando. Desde el momento en que
fuiste bautizado. ¿Llamas al Eterno? Está lejos. Ahora estás en la tierra, entre los hombres. Y sobre los hombres reino yo. Pero,
me das pena y quiero ayudarte, porque eres bueno y has venido a sacrificarte por nada. Los hombres te odiarán por tu bondad.
No entienden más que de oro, comida y sensualidad. Sacrificio, dolor, obediencia, son para ellos palabras más muertas que esta
tierra que tenemos a nuestro alrededor. Son aún más áridos que este polvo. Sólo la serpiente y el chacal pueden esconderse
aquí, esperando morder o despedazar a alguno. Vámonos. No merece la pena sufrir por ellos. Los conozco más que Tú.
Satanás se ha sentado frente a Jesús, lo escudriña con su mirada tremenda y sonríe con su boca de serpiente. Jesús
sigue callado y ora mentalmente.
Tú desconfías de mí. Haces mal. Yo soy la sabiduría de la Tierra. Puedo ser maestro tuyo para enseñarte a triunfar. Mira:
lo importante es triunfar. Luego, cuando uno se ha impuesto, cuando ha engatusado al mundo, puede conducir a éste a donde
quiera. Pero primero hay que ser como les gusta a ellos, como ellos. Seducirlos haciéndoles creer que los admiramos y seguimos
su pensamiento.
Eres joven y atractivo. Empieza por la mujer, Siempre se debe comenzar por ella. Yo me equivoqué induciendo a la
mujer a la desobediencia. Debería haberla aconsejado de otra forma. Habría hecho de ella un instrumento mejor y habría
vencido a Dios. Actué precipitadamente. ¡Pero Tú...! Yo te enseño porque un día deposité en tí mi mirada con júbilo angélico y
aún me queda un resto de aquel amor, escúchame y usa mi experiencia: búscate una compañera. Adonde Tú no llegues, ella
llegará. Eres el nuevo Adán, debes tener tu Eva.
Además, ¿cómo podrás comprender y curar las enfermedades de la sensualidad si no sabes lo que son? ¿No sabes que
es ahí donde está el núcleo del que nace la planta de la codicia y del afán de poder? ¿Por qué el hombre quiere reinar? ¿Por qué
quiere ser rico, potente? Para poseer a la mujer. Ésta es como la alondra. Tiene necesidad de algo que brille para sentirse
atraída. El oro y el poder son las dos caras del espejo que atraen a las mujeres y las causas del mal en el mundo. Mira: detrás de
mil delitos de distinta naturaleza, hay al menos novecientos que tienen raíz en el hambre de posesión de la mujer o en la
voluntad de una mujer consumida por un deseo que el hombre aún no satisface, o ya no satisface. Ve a la mujer, si quieres
saber qué es la vida. Sólo después sabrás atender y curar los males de la Humanidad.
¡Es bonita la mujer! No hay nada más hermoso en el mundo. El hombre tiene el pensamiento y la fuerza. ¡Pero la
mujer!... Su pensamiento es un perfume, su contacto es caricia de flores, su gracia es como vino que entra, su debilidad es como
madeja de seda o rizo de niño en las manos del hombre, su caricia es fuerza que se vierte en la nuestra y la enciende. El dolor, la
fatiga, la aflicción, quedan anulados cuando se está junto a una mujer y ella entre nuestros brazos como un ramo de flores.
Pero, ¡qué tonto soy! Tú tienes hambre y te hablo de la mujer. Tu vigor está exhausto Por ello, esta fragancia de la
Tierra, esta flor de la creación, este fruto que da y suscita amor, te parece sin importancia. Pero, mira estas piedras: ¡qué
redondeadas son y qué pulidas están, doradas bajo el Sol que cae!; ¿no parecen panes? Tú, Hijo de Dios, no tienes más que decir
"quiero", para que se transformen en oloroso pan como el que ahora están sacando del horno las amas de casa para la cena de
sus familiares. Y estas acacias tan secas, si Tú quieres, ¿no pueden llenarse de dulces pomos, de dátiles de miel? ¡Sáciate, oh Hijo
de Dios! Tú eres el Dueño de la Tierra. Ella se inclina para ponerse a tus pies y quitarte el hambre.
¿Ves cómo te pones pálido y te tambaleas con solo oír nombrar el pan? ¡Pobre Jesús! ¿Estás tan débil, que ya no
puedes ni siquiera dominar el milagro? ¿Quieres que lo haga yo en tu lugar? No estoy a tu altura, pero algo puedo. Me quedaré
falto de fuerzas durante un año, las reuniré todas, pero te quiero servir porque Tú eres bueno y siempre me acuerdo que eres mi
Dios, aunque me haya hecho indigno de llamarte tal. Ayúdame con tu oración para que pueda....
- Calla. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que viene de Dios.
El demonio siente una sacudida de rabia. Le rechinan los dientes y aprieta los puños; de todas formas, se contiene y
transforma su mueca en sonrisa.

- Comprendo, Tú estás por encima de las necesidades de la Tierra y te da repugnancia el servirte de mí. Me lo he
merecido. 'Ven, entonces, y ve lo que hay en la Casa de Dios, ve cómo incluso los sacerdotes no rehúsan hacer transacciones
entre el espíritu y la carne; porque, al fin y al cabo, son hombres y no ángeles. Cumple un milagro espiritual. Yo te llevo al
pináculo del Templo, Tú transfigúrate en belleza allí arriba, y luego llama a las cohortes de ángeles y di que hagan de sus alas
entrelazadas alfombra para tus pies y te porten así al patio principal. Que te vean y se acuerden de que Dios existe. De vez en
cuando es necesario manifestarse, porque el hombre tiene una memoria muy frágil, especialmente en lo espiritual. Tú sabes qué
dichosos se sentirán los ángeles de proteger tu pie y servirte de escalera cuando bajes.
-"No tientes al Señor tu Dios", está escrito.
- Comprendes que tu aparición tampoco mudaría las cosas y el Templo continuaría siendo un mercado y un lugar de
corrupción. Tu divina sabiduría sabe que los corazones de los ministros del Templo son un nido de víboras, que se devoran, y
devoran, con tal de aumentar su poder. Sólo los doma el poder humano.
Ven entonces. Adórame. Yo te daré la Tierra. Alejandro, Ciro, Cesar, todos los mayores dominadores pasados o vivos
serán semejantes a jefes de mezquinas caravanas respecto a tí, que tendrás a todos los reinos de la Tierra bajo tu cetro, y con los
reinos todas las riquezas, todas las cosas bellas de la tierra, y mujeres y caballos y soldados y templos. Podrás poner en alto en
todas partes tu Signo, cuando seas Rey de los reyes y Señor del mundo. Entonces te obedecerá y venerará el pueblo y el
sacerdocio. Todas las castas te honrarán y servirán, porque serás el Poderoso, el Único, el Señor.
¡Adórame aunque sólo sea un momento! ¡Quítame esta sed que tengo de ser adorado! Es la que me ha perdido, pero
ha quedado en mí y me quema. Las llamaradas del infierno son aire fresco de la mañana respecto a este ardor que me quema
por dentro. Es mi infierno, esta sed. ¡Un momento, un momento sólo, Cristo, Tú que eres bueno! ¡Un momento, aunque sólo
sea, de gozo, al eterno Atormentado! Hazme sentir lo que quiere decir ser dios, y me tendrás devoto, obediente como siervo,
durante toda la vida, en todas tus empresas. ¡Un momento! ¡Un solo momento, y no te atormentaré más!
Satanás cae de rodillas, suplicando.
.
Jesús, por el contrario, se ha levantado. Ha adelgazado en estos días de ayuno y parece aún más alto. Su rostro tiene un
terrible aspecto de severidad y potencia, sus ojos son dos zafiros abrasadores, su voz es un trueno que resuena en la oquedad
de la roca y se esparce por el pedregal y el llano desolado cuando dice:
- Vete, Satanás. Está escrito: "Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás".
Satanás, con un alarido de condenado desgarro y de odio indescriptible, sale corriendo (tremendo ver su furiosa,
humeante persona). Y desaparece con un nuevo alarido de maldición.
Jesús se sienta cansado, apoyando hacia atrás la cabeza contra la roca. Parece exhausto. Suda. Pero seres angélicos
vienen a mover suavemente el aire con sus alas en el ambiente de bochorno de la cueva, purificándolo y refrescándolo. Jesús
abre los ojos y sonríe. No lo veo comer. Yo diría que se nutre del aroma del Paraíso, obteniendo así nuevas fuerzas.
El Sol desaparece por el poniente. Jesús toma su vacío talego y, acompañado por los ángeles que producen una tenue
luz suspendidos sobre su cabeza mientras la noche cae rapidísima, se dirige hacia el este, mejor dicho, hacia el nordeste. Ha
recuperado su expresión habitual, el paso seguro. Sólo queda, como recuerdo del largo ayuno, un aspecto más ascético en su
rostro delgado y pálido y en sus ojos, absortos en una alegría que no es de esta Tierra.
Dice Jesús (a María Valtorta):
- Ayer estabas sin tu fuerza, que es mi voluntad; eras, por tanto, un ser semivivo. He permitido reposar a tus miembros,
te he sometido al único ayuno que te pesa: el de mi palabra. ¡Pobre María! Has pasado el Miércoles de Ceniza. En todo sentías
el sabor de la ceniza, porque estabas sin tu Maestro. No se me sentía, pero estaba.
Esta mañana, puesto que el ansia es recíproca, te he susurrado en tu duermevela: "Agnus Dei qui tollis peccata mundi,
dona nobis pacem" (Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, danos la paz), y te lo he hecho repetir muchas veces y
muchas te lo he repetido. Has creído que iba a hablar sobre esto. No. Primero estaba el punto que te he mostrado y que te voy a
comentar. Luego, esta noche, te ilustro este otro.
Has visto que Satanás se presenta siempre con apariencia benévola, con aspecto común. Si las almas están atentas y,
sobre todo, en contacto espiritual con Dios, advierten ese aviso que las hace cautelosas y las dispone a combatir las insidias
demoníacas. Pero si las almas no están atentas a lo divino, separadas por una carnalidad oprimente y ensordecedora, sin la
ayuda de la oración que une a Dios y vierte su fuerza como por un canal en el corazón del hombre, entonces difícilmente se dan
cuenta de la celada, y caen en ella, y luego es muy difícil liberarse.
Las dos vías más comunes que Satanás toma para llegar a las almas son la sensualidad y la gula. Empieza siempre por la
materia; una vez que la ha desmantelado y subyugado, pasa a atacar a la parte superior: primero, lo moral (el pensamiento con
sus soberbias y deseos desenfrenados); después, el espíritu, quitándole no sólo el amor — que ya no existe cuando el hombre ha
substituido el amor divino por otros amores humanos — sino también el temor de Dios. Es entonces cuando el hombre se
abandona en cuerpo y alma a Satanás, con tal de llegar a gozar de lo que desea, de gozar cada vez más.
Has visto cómo me he comportado Yo. Silencio y oración. Silencio. Efectivamente, si Satanás lleva a cabo su obra de
seductor y se nos acerca, se le debe soportar sin impaciencias necias ni miedos mezquinos. Pero reaccionar: ante su presencia,
con entereza; ante su seducción, con la oración.
Es inútil discutir con Satanás. Vencería él, porque es fuerte en su dialéctica. Sólo Dios puede vencerlo. Entonces, recurrir
a Dios, que hable por nosotros, a través de nosotros. Mostrar a Satanás ese Nombre y ese Signo, no tanto escritos en un papel o
grabados en un trozo de madera, cuanto escritos y grabados en el corazón. Mi Nombre, mi Signo. Rebatir a Satanás únicamente
cuando insinúa que es como Dios, rebatirle usando la palabra de Dios; no la soporta.
Luego, después de la lucha, viene la victoria, y los ángeles sirven y defienden del odio de Satanás al vencedor; lo
confortan con los rocíos celestes, con la gracia que vierten a manos llenas en el corazón del hijo fiel, con la bendición que
acaricia al espíritu.

Hace falta tener la voluntad de vencer a Satanás, y fe en Dios y en su ayuda; fe en la fuerza de la oración y en la bondad
del Señor. En ese caso Satanás no puede causar ningún daño.

47
El encuentro con Juan y Santiago.
Juan de Zebedeo es el puro entre los discípulos.
Veo a Jesús caminando a lo largo de la faja verde que sigue el curso del Jordán. Ha vuelto, aproximadamente, al lugar
que vio su bautismo, cerca del vado que parece fuera muy conocido y frecuentado, para pasar a la otra margen, hacia la Perea.
Pero el lugar, hace poco tan colmado de gente, ahora se ve desierto. Sólo algún viandante, a pie o montado en asnos o caballos,
lo recorre. Jesús parece no darse cuenta siquiera. Continúa por su camino subiendo hacia el norte, como absorto en sus
pensamientos.
Cuando llega a la altura del vado, se cruza con un grupo de hombres de distintas edades que discuten animadamente
entre ellos y luego se separan, parte yendo hacia el sur, parte subiendo hacia el norte. Entre los que se dirigen hacia el norte veo
a Juan y a Santiago.
Juan es el primero que ve a Jesús y lo señala mostrándoselo al hermano y a los compañeros. Hablan un poco entre ellos,
y Juan se echa a andar deprisa para alcanzar a Jesús. Santiago le sigue más despacio. Los demás no hacen mayor caso; caminan
lentamente, en animada conversación.
Juan, cuando llega a no más de unos dos o tres metros detrás de Jesús, grita:
-¡Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo!
Jesús se vuelve y lo mira. Los dos están a pocos pasos el uno del otro. Se observan. Jesús con su aspecto serio e
indagador. Juan con su ojo puro y risueño en ese hermoso rostro suyo juvenil como de niña. Se le pueden echar veinte años, y
en su cara sonrosada no hay más signos que el de una pelusa rubia que parece un velo de oro.
-¿A quién buscas? - pregunta Jesús.
- A ti, Maestro.
-¿Cómo sabes que soy maestro?
- Me lo ha dicho el Bautista.
- Y entonces ¿por qué me llamas Cordero?
- Porque le he oído a él llamarte así un día en que Tú pasabas, hace poco más de un mes.
-¿Qué quieres de mí?
- Que nos digas palabras de vida eterna y que nos confortes.
-¿Quién eres?
- Juan de Zebedeo, y éste es Santiago, mi hermano. Somos de Galilea, pescadores. Somos, además, discípulos de Juan.
Él nos decía palabras de vida y nosotros le escuchábamos, porque queremos seguir a Dios y, con la penitencia, merecer el
perdón, preparando los caminos del corazón a la venida del Mesías. Tú lo eres. Juan lo dijo, porque vio el signo de la Paloma
posarse sobre ti. A nosotros nos lo dijo: "He ahí el Cordero de Dios". Yo te digo: Cordero de Dios que quitas los pecados del
mundo, danos la paz, porque ya no tenemos a nadie que nos guíe y nuestra alma está turbada.
-¿Dónde está Juan?».
- Herodes lo ha apresado. Está en prisión, en Maqueronte. Los más fieles de entre los suyos han intentado liberarlo,
pero no se puede. Nosotros volvemos de allí. Déjanos ir contigo, Maestro. Muéstranos dónde vives.
- Venid. Pero ¿sabéis lo que pedís? Quien me siga tendrá que dejar todo; casa, familia, modo de pensar, e incluso la
vida. Yo os haré mis discípulos y amigos, si queréis. Pero no tengo riquezas ni seguridades. Soy pobre hasta no tener ni dónde
reclinar la cabeza, y lo seré aún más; más perseguido que una oveja perdida, por los lobos. Mi doctrina es todavía más severa
que la de Juan, porque prohíbe incluso el resentimiento. No se dirige tanto hacia lo externo cuanto hacia el espíritu. Tendréis
que renacer, si queréis ser míos. ¿Queréis hacerlo?
- Sí, Maestro, Tú sólo tienes palabras que nos dan luz, que descienden y, donde había tinieblas de desolación por
carecer de guía, proporcionan claror de sol.
- Venid, entonces. Vamos. Os adoctrinaré por el camino.
Dice Jesús:
- El grupo que se cruzó conmigo era numeroso, pero sólo uno me reconoció: el que tenía alma, pensamiento y carne,
limpios de toda lujuria.
Insisto sobre el valor de la pureza. La castidad es siempre fuente de lucidez de pensamiento. La virginidad afina y
conserva la sensibilidad intelectiva y afectiva hasta la perfección, perfección que sólo quien es virgen experimenta.
Virgen se es de muchas formas. A la fuerza — y esto especialmente para las mujeres —, cuando no se ha sido elegido
para casarse. Debería ser así también para los hombres, pero no lo es, lo cual está mal, porque de una juventud ensuciada
prematuramente por la lascivia sólo podrá salir un cabeza de familia enfermo en el sentimiento y, frecuentemente, también en
la carne.
Existe la virginidad conscientemente querida, o sea, la de quienes, en un arrebato del corazón, se consagran al Señor.
¡Hermosa virginidad! ¡Sacrificio agradable a Dios! Pero no todos, luego, saben permanecer en ese candor suyo de lirio enhiesto
sobre el tallo, orientado hacia el cielo, que no sabe del fango del suelo, abierto sólo al beso del sol de Dios y de sus rocíos.

Muchos permanecen fieles materialmente al voto en sí. Pero infieles con el pensamiento, que añora y desea lo que ha
sacrificado. Éstos son vírgenes sólo a medias. Si la carne está intacta, el corazón no lo está. Este corazón fermenta, hierve, libera
humos de sensualidad, tanto más refinada y saboreada cuanto más es creación del pensamiento que acaricia, alimenta y
aumenta continuamente imágenes de satisfacciones ilegítimas; ilícitas incluso para el libre, más que ilícitas para el consagrado.
Viene entonces la hipocresía del voto. Hay apariencia, la sustancia falta. Y en verdad os digo que entre quien viene a mí
con el lirio roto por la imposición de un tirano, y quien viene con el lirio no materialmente quebrado, pero sí sucio de babas por
la regurgitación de una sensualidad acariciada y cultivada para llenar de ella las horas de soledad, Yo llamo "virgen" al primero y
"no virgen" al segundo. Y al primero le doy corona de virgen y doble corona de martirio con causa en la carne herida y en el
corazón llagado por la mutilación no querida.
E1 valor de la pureza es tal que — lo has visto — Satanás se preocupaba ante todo de inducirme a la impureza. Él sabe
bien que la culpa sensual desmantela el alma y la hace fácil presa para las otras culpas. La atención de Satanás se dirigió a este
punto capital para vencerme.
El pan, el hambre, son las formas materiales para la alegoría del apetito, de los apetitos que Satanás explota para sus
fines. ¡Bien distinto es el alimento que él me ofrecía para hacerme caer como ebrio a sus pies! Después vendría la gula, el
dinero, el poder, la idolatría, la blasfemia, la abjuración de la Ley divina. Mas el primer paso para poseerme era éste: el mismo
que usó para herir a Adán.
El mundo se burla de los puros. Los culpables de impudicia los agreden. Juan el Bautista es una víctima de la lujuria de
dos obscenos. Pero si el mundo tiene todavía un poco de luz, se debe a los puros del mundo. Son ellos los siervos de Dios y
saben entender a Dios y repetir las palabras de Dios. Yo he dicho: "Bienaventurados los puros de corazón, porque verán a Dios",
incluso desde la tierra. Ellos, a quienes el humo de la sensualidad no turba el pensamiento, "ven" a Dios y lo oyen y le siguen, y
lo manifiestan a los demás.
Juan de Zebedeo es puro. Es el puro entre mis discípulos. ¡Qué alma de flor en cuerpo de ángel! Me llama con las
palabras de su primer maestro y me pide que le dé paz. Mas la paz la tiene en sí por su vida pura, y Yo lo he amado por esta
pureza suya, a la que he confiado las enseñanzas, los secretos, la más querida Criatura que tuviera.
Ha sido mi primer discípulo, mi amante (en el buen sentido de la palabra) desde el primer instante en que me vio. Su
alma se había fundido con la mía desde el día en que me había visto pasar a lo largo del Jordán y había visto que el Bautista me
señalaba. Aunque no se hubiera cruzado conmigo luego, a mi regreso del desierto, me habría buscado hasta encontrarme;
porque quien es puro es humilde y está deseoso de instruirse en la ciencia de Dios, y va, como el agua al mar, hacia los que
reconoce maestros en la doctrina celeste.
No he querido que hablases tú sobre la tentación sensual de tu Jesús. Aunque tu voz interior te había hecho entender el
motivo de Satanás para moverme a la carne, he preferido hablar de ello Yo. Y no pienses nada más. Era necesario hablar de ello.
Ahora pasa adelante. Deja la flor de Satanás en la arena. Ven tras Jesús, como Juan. Caminarás entre las espinas, pero
encontrarás por rosas las gotas de sangre de Quien por ti las vertió para vencer también en ti a la carne.
Prevengo también una observación. Dice Juan en su Evangelio hablando del encuentro conmigo: "Y al día siguiente".
Parece, por eso, que el Bautista me hubiera indicado al día siguiente del bautismo, y que inmediatamente Juan y Santiago me
hubieran seguido. Ello contrasta con lo que dijeron los otros evangelistas acerca de los cuarenta días pasados en el desierto.
Leedlo así: "(Una vez acaecido el arresto de Juan) un día después, los dos discípulos de Juan Bautista, a los cuales me había
señalado diciendo: 'He ahí el Cordero de Dios', viéndome de nuevo, me llamaron y me siguieron". Después de mi regreso del
desierto.
Y juntos volvimos a las orillas del lago de Galilea, donde me había refugiado para empezar desde allí mi evangelización,
y los dos hablaron de mí — después de haber estado conmigo durante todo el camino y una jornada entera en la casa
hospitalaria de un amigo de mi casa, de la parentela — a los otros pescadores. Pero la iniciativa fue de Juan, a quien la voluntad
de penitencia había hecho de su alma, ya de por sí cristalina por su pureza, una obra maestra de pulcritud en que la Verdad se
espejeaba nítidamente, dándole también la santa audacia de las personas puras y generosas, que no tienen miedo nunca a dar
un paso al frente donde ven que está Dios, donde ven que hay verdad, doctrina, caminos de Dios.
¡Cuánto le amé por esta característica suya sencilla y heroica!»!

48
Juan y Santiago refieren a Pedro su encuentro con el Mesías.
Una serenísima aurora sobre el Mar de Galilea. Cielo y agua presentan destellos rosáceos, poco diferentes de los que
resplandecen tenues entre los muros de los pequeños huertos del pueblecito lacustre, huertos desde los que se alzan y se
asoman, volcándose casi sobre las callecitas, copas despeinadas y vaporosas de árboles frutales.
El pueblecito comienza a despertarse, con alguna mujer que va a la fuente o a una pila a lavar y algunos pescadores que
descargan las cestas de pescado y, con vocerío, contratan con mercaderes venidos de fuera, o llevan pescado a sus casas. He
dicho pueblecito, pero no es tan pequeño; es, más bien, humilde (al menos por el lado que estoy viendo); pero es vasto,
dilatado en su mayor parte a lo largo del lago.
Juan sale de una callecita y va presuroso hacia el lago. Santiago le sigue, pero con mucha más calma. Juan mira las
barcas que han llegado ya a la orilla, pero no ve la que busca. Sí la ve a todavía algunos cientos de metros de la orilla, ocupada
en las maniobras para regresar; y grita fuerte con las manos en la boca un prolongado «¡o-e!», que debe ser el reclamo usado. Y
luego, cuando ve que le han oído, agita los brazos con llamativos gestos que indican: « ¡Venid, venid!».

Los hombres de la barca, imaginándose quién sabe qué, agarran los remos y la hacen avanzar más deprisa que con la
vela (de hecho la amainan, quizás para agilizar la operación). Llegados a unos diez metros de la orilla, Juan no aguarda más. Se
quita el manto y la túnica larga, las arroja al arenal, se quita las sandalias, se arremanga la segunda prenda, casi a la altura de la
ingle, sujetándola con una mano, se mete en el agua, y va al encuentro de los que llegan.
-¿Por qué no habéis venido, vosotros dos? - pregunta Andrés. Pedro, con gesto de malhumor, no dice nada.
- Y tú, ¿por qué no has venido conmigo y con Santiago? - le responde Juan a Andrés.
- He ido a pescar. No tengo tiempo que perder. Tú has desaparecido con ese hombre...
- Te había sugerido claramente que vinieras. Es Él en persona. ¡Si vieras qué palabras!... Hemos estado con Él todo el día
y por la noche hasta tarde. Ahora hemos venido a deciros: "Venid".
-¿Es Él? ¿Estás completamente seguro? Apenas si le vimos entonces, cuando nos le mostró el Bautista.
- Es Él. No lo ha negado.
- Cualquiera puede decir lo que le viene bien para imponerse a los crédulos. No es la primera vez... - murmura Pedro
malhumorado.
-¡Oh, Simón, no hables así! ¡Es el Mesías! ¡Sabe todo! ¡Te oye! - Juan está dolorido y consternado por las palabras de
Simón Pedro.
-¡Ya! ¡El Mesías! ¡Y se manifiesta precisamente a ti, a Santiago y a Andrés! ¡Tres pobres ignorantes! ¡Requerirá algo muy
distinto el Mesías! ¡Y me oye! ¡Pobre muchacho! Los primeros soles de primavera te han hecho daño. ¡Venga, ven a trabajar!
Será mejor. Y déjate de fábulas.
- Te digo que es el Mesías. Juan decía cosas santas, pero éste habla como Dios. No puede, si no es el Cristo, decir
semejantes palabras.
- Simón, yo no soy un muchacho. Tengo mis años y soy — lo sabes — reflexivo y de carácter sosegado. He hablado
poco, pero he escuchado mucho durante estas horas que hemos estado con el Cordero de Dios, y te digo que verdaderamente
no puede ser sino el Mesías. ¿Por qué no creer? ¿Por qué no querer creerlo? Tú lo puedes hacer porque no lo has escuchado.
Pero yo creo. ¿Que somos pobres e ignorantes?: Él bien dice que ha venido para anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, del
Reino de Paz, a los pobres, a los humildes, a los pequeños, antes que a los grandes. Ha dicho: "Los grandes tienen ya sus delicias,
no envidiables respecto a las que Yo vengo a traer. Los grandes ya tienen la forma de llegar a comprender por la sola eficacia de
la cultura. Mas Yo vengo a los 'pequeños' de Israel y del mundo, a los que lloran y esperan, a los que buscan la Luz y tienen
hambre del verdadero Maná, y no reciben de los doctos luz y alimento, sino solamente peso, oscuridad, cadenas y desprecio. Y
llamo a los 'pequeños'. Yo he venido a invertir el orden del mundo. Porque quitaré valor a lo que ahora se considera grande y se
lo daré a lo que ahora se desprecia. Quien quiera verdad y paz, quien quiera vida eterna, venga a mí. Quien ama la Luz, venga.
Yo soy la Luz del mundo". ¿No se ha expresado así, Juan? - Santiago ha hablado de forma serena pero conmovida.
--Sí. Y ha dicho: "El mundo no me amará. No me amará la alta sociedad, porque está corrompida con vicios e idólatra
comercio. El mundo, más aún, no me querrá, porque siendo hijo de la Tiniebla no ama la Luz. Pero la Tierra no está hecha sólo
de alta sociedad. En ella están también los que, a pesar de encontrarse mezclados con el mundo, no son del mundo, y también
algunos que son del mundo porque han quedado apresados en él como peces en la red"; se ha expresado así porque
hablábamos en la orilla del lago y aludía a las redes que arrastraban con peces hasta la orilla. Ha dicho incluso: "Ved. Ninguno de
esos peces quería caer en la red. Asimismo, los hombres, intencionalmente, no querrían caer en manos de Satanás,
ni siquiera los más malvados, porque éstos, por la soberbia que los ciega, no creen no tener derecho a hacer lo que hacen; su
verdadero pecado es la soberbia, sobre él nacen todos los demás. Menos aún, entonces, quienes no son completamente
malvados quisieran ser de Satanás, pero van a parar a él por ligereza y por un peso (la culpa de Adán) que los arrastra al fondo.
Yo he venido a quitar esa culpa y a dar, en espera de la hora de la Redención, una fuerza tal a quienes crean en mí, que será
capaz de liberarlos del lazo que los tiene sujetos y de hacerlos libres para seguirme a mí, Luz del mundo".
- Entonces, si es eso exactamente lo que ha dicho, hay que ir donde Él enseguida». — Pedro, con sus impulsos tan
genuinos que tanto me gustan, ha tomado enseguida una decisión y ya se pone manos a la obra dándose prisa en ultimar las
operaciones de descarga, porque, entre tanto, la barca ha llegado ya a la orilla y los peones casi la han sacado ya a lo seco,
descargando redes, cuerdas y velamen.
- Y tú, Andrés, necio, ¿por qué no has ido con éstos?.
-¡Pero... Simón! Me has reprendido porque no los había convencido de venir conmigo... Toda la noche has estado
refunfuñando ¡¿y ahora me echas en cara el no haber ido?!....
- Tienes razón... Pero yo no lo había visto... tú sí... y deberías haberte dado cuenta que no es como nosotros... ¡Algo
especial tendrá!....
-¡Oh!, sí — dice Juan —. ¡Tiene un rostro..., y unos ojos...! ¡¿Verdad, Santiago, qué ojos?! ¡Y una voz...! ¡Ah, qué voz!
Cuando habla te parece soñar con el Paraíso.
-¡Rápido!, ¡rápido!, vamos donde Él. Vosotros — habla a los peones — llevad todo a Zebedeo y decidle que se encargue
él de ello. Nosotros volveremos esta noche para pescar».
Se visten de forma adecuada todos y se encaminan. Pero Pedro, después de algunos metros, se detiene, coge a Juan
por un brazo, y pregunta:
- Has dicho que sabe todo y que oye todo....
- Sí. Imagínate que cuando nosotros, viendo la Luna alta, dijimos: "¿Quién sabe lo que estará haciendo Simón?", Él
contestó: "Está echando la red y no sabe resignarse a tener que estar haciéndolo solo, porque vosotros no habéis salido con la
barca gemela en una noche tan buena como ésta para pescar... No sabe que dentro de poco ya no pescará sino con otras redes y
no conseguirá sino otros peces".

-¡Misericordia divina! ¡Es exactamente así! Entonces, habrá oído también... también que lo he llamado poco menos que
mentiroso... No puedo ir a Él.
-¡Oh!, es muy bueno. Ciertamente sabe que has pensado de esa forma. Ya lo sabía. Efectivamente, cuando lo dejamos,
diciendo que veníamos aquí, adonde tú estabas, respondió: "Id, pero no os dejéis vencer por las primeras palabras de burla.
Quien quiera venir conmigo debe saber no dejarse avasallar por los escarnios del mundo y por las prohibiciones de los parientes;
porque Yo estoy por encima de la sangre y de la sociedad, y sobre ellos triunfo. Y quien esté conmigo triunfará eternamente". Y
añadió: "Sabed hablar sin miedo. Quien os va a oír vendrá, porque es hombre de buena voluntad".
-¿Ha dicho eso? Entonces voy. Habla, habla más de Él mientras vamos. ¿Dónde está?
- En una casa pobre; deben de ser personas amigas suyas.
-¿Pero es pobre?
- Un obrero de Nazaret. Así dijo.
- Y ¿cómo vive ahora, si ya no trabaja?.
- No lo hemos preguntado. Quizá le ayudan los parientes.
- Sería mejor llevar algo de pescado, pan, o fruta..., algo. ¡Vamos a consultar a un rabí — porque es como un rabí, y más
que un rabí — con las manos vacías!... Nuestros rabinos no quieren que se actúe así....
- Pero Él quiere. No teníamos más que veinte denarios entre yo y Santiago, y se los ofrecimos, como es costumbre para
con los rabinos. No los quería, pero ya que insistíamos, dijo: "Dios os lo pague en bendiciones de los pobres. Venid conmigo". Y
enseguida los distribuyó entre algunos pobres que Él sabía dónde vivían; y a nosotros, que preguntábamos: "Y para ti, Maestro,
¿no guardas nada?", nos respondió: "La alegría de hacer la voluntad de Dios y de servir a su gloria". Dijimos también: "Tú nos
llamas, Maestro, pero nosotros somos todos pobres. ¿Qué debemos traerte?". Respondió con una sonrisa que realmente hace
saborear el Paraíso: "Un gran tesoro quiero de vosotros"; y nosotros: "¿Y si no tenemos nada?"; y Él: "Tenéis un tesoro que tiene
siete nombres y que incluso el más mísero puede poseer y el rey más rico no; lo tenéis y lo quiero. Oíd sus nombres: caridad, fe,
buena voluntad, recta intención, continencia, sinceridad, espíritu de sacrificio. Esto quiero Yo de quien me sigue, esto sólo, y en
vosotros existe, duerme como la semilla bajo los terrones invernales, pero el sol de mi primavera la hará nacer como espiga
septenaria"
Eso dijo.
-¡Ah!, esto me asegura que es el Rabí verdadero, el Mesías prometido. No es duro para con los pobres, no pide dinero...
Es suficiente para llamarle el Santo de Dios. Vamos con toda confianza.
Y todo termina.

49.
El encuentro con Pedro y Andrés
después de un discurso en la sinagoga.
Juan de Zebedeo, grande también en la humildad.
Jesús camina solo por una vereda que corta dos parcelas de cultivo. Juan se dirige hacia Él por un sendero
completamente distinto que hay entre las tierras; al final le alcanza, pasando por una abertura del seto.
'
Juan, tanto en la visión de ayer como en la de hoy, es muy joven. Tiene un rostro sonrosado e imberbe, de hombre
apenas hecho. Siendo, además, rubio, no se ve en él ni una señal de bigote o de barba, sino sólo el color rosáceo de las mejillas
lisas, el rojo de los labios y la luz risueña de su hermosa sonrisa y mirada pura (no tanto por su color turquesa oscuro cuanto por
la limpieza del alma virgen que en ella puede verse). Los cabellos rubio-castaños, largos y esponjosos, mecen al ritmo de su paso,
que es tan veloz que parece que corriera.
Llama, cuando está para pasar el seto:
-¡Maestro!
Jesús se detiene y se vuelve sonriendo.
-¡Maestro, suspiraba por ti! Me han dicho en la casa donde estás que habías venido hacia la campiña... Pero no
exactamente a dónde. Y temía no verte - Juan habla levemente inclinado, por respeto. Y, no obstante, se le ve lleno de
confidente afecto en su actitud y en la mirada, que alza hacia Jesús, con la cabeza ligeramente en dirección al hombro.
- He visto que me buscabas y he venido hacia ti.
-¿Me has visto? ¿Dónde estabas, Maestro?
- Allí - y Jesús indica un grupo de árboles lejanos que, por el color del ramaje, yo diría que son olivos - Estaba allí, orando
y pensando en lo que voy a decir esta tarde en la sinagoga. Pero lo he dejado enseguida, nada más verte.
-¿Y cómo has podido verme si yo apenas distingo ese lugar, escondido detrás de aquel promontorio?
- Y, sin embargo, ya ves que he salido a tu encuentro porque te he visto. Lo que no hace el ojo lo hace el amor».
- Sí, lo hace el amor. Entonces, me amas, ¿no, Maestro?
- Y tú, ¿me amas, Juan, hijo de Zebedeo?
- Mucho, Maestro. Tengo la impresión de haberte amado siempre. Antes de conocerte, mi alma te buscaba, y, cuando
te he visto, ella me ha dicho: "He ahí a quien buscas". Yo creo que te he encontrado porque mi alma te ha sentido.
- Tú lo dices, Juan, y es así. Yo también he venido hacia ti porque mi alma te ha sentido. ¿Durante cuánto tiempo me
amarás?

- Siempre, Maestro. Ya no quiero amar a nadie que no seas Tú.
- Tienes padre y madre, hermanos, hermanas; tienes la vida, y, con la vida, la mujer y el amor. ¿Serás capaz de dejarlo
todo por mí?
- Maestro... no sé... pero me parece, si no es soberbia el decirlo, que tu predilección será, para mí, padre, madre,
hermanos, hermanas e incluso mujer. De todo, sí, de todo me consideraré saciado, si Tú me amas.
-¿Y si mi amor te comporta sufrimientos y persecuciones?
- Será como nada, Maestro, si Tú me amas.
- Y el día que Yo debiera morir...
-¡No! Eres joven, Maestro... ¿Por qué morir?
- Porque el Mesías ha venido para predicar la Ley en su verdad y para llevar a cabo la Redención. Y el mundo aborrece la
Ley y no quiere redención. Por eso persigue a los mensajeros de Dios.
-¡Oh, que esto no suceda! ¡No le manifiestes este pronóstico de muerte a quien te ama!... Pero, aunque tuvieras que
morir, yo te amaría de todas formas. Deja que te ame - Juan tiene una mirada suplicante. Más humilde que nunca, camina al
lado de Jesús y parece como si mendigara amor.
Jesús se detiene. Lo mira, lo taladra con la mirada de sus ojos profundos, y, poniéndole la mano sobre su cabeza
inclinada, le dice:
- Quiero que me ames.
-¡Oh, Maestro! - Juan se siente feliz. Aunque sus pupilas brillen de llanto, ríe con esa joven boca suya bien dibujada;
toma la mano divina, la besa en el dorso y la aprieta contra su corazón.
Continúan su camino.
- Has dicho que me buscabas...
- Sí. Para anunciarte que mis amigos quieren conocerte... y porque... ¡oh, qué ganas tenía de estar de nuevo contigo! Te
he dejado hace pocas horas... y ya no podía seguir sin ti.
- Entonces, ¿has sido un buen anunciador del Verbo?
- También Santiago, Maestro, ha hablado de ti de manera... convincente.
- De forma que incluso quien desconfiaba – y no es culpable, porque la prudencia era la causa de su reserva – se ha
persuadido. Vamos a confirmarlo del todo.
- Tenía un poco de miedo...
-¡No! ¡No miedo a mí! He venido por los buenos y más aún por quien está en el error. Yo quiero salvar, no condenar.
Con los honestos seré todo misericordia.
-¿Y con los pecadores?
- También. Por deshonestos entiendo los que lo son espiritualmente, y con hipocresía fingen ser buenos, mientras que
realizan obras malvadas. Y hacen esas cosas, y de esa forma, para obtener algún beneficio propio y sacar algún provecho del
prójimo. Con éstos seré severo.
- Simón entonces puede sentirse seguro. Es auténtico como ningún otro.
- Así me gusta, y así quiero que seáis todos.
- Simón quiere decirte muchas cosas.
- Lo escucharé después de hablar en la sinagoga. He dicho que se avise no sólo a los ricos y a los sanos sino también a
los pobres y a los enfermos. Todos tienen necesidad de la Buena Nueva.
E1 poblado está cercano. Algunos niños juegan en la calle; uno, corriendo, se choca con las piernas de Jesús, y, se
hubiera caído, si Él no lo hubiese aferrado con solicitud. El niño llora de todas formas, como si se hubiera hecho daño, y Jesús,
sujetándolo, le dice:
-¿Un israelita que llora? ¿Qué habrían debido hacer los miles y miles de niños que se hicieron hombres atravesando el
desierto siguiendo a Moisés? Pues bien, más por ellos que por los otros — porque el Altísimo ama a los inocentes y cuida
providentemente de estos angelitos de la tierra, de estas avecillas sin alas, como de los pájaros del bosque y de los aleros —
justamente por éstos envió tan dulce maná. ¿Te gusta la miel? ¿Sí? Bueno, pues si eres bueno comerás una miel más dulce que
la de tus abejas.
-¿Dónde? ¿Cuándo?
- Cuando, después de una vida de fidelidad para con Dios, vayas a Él.
- Sé que no iré a Él si no viene el Mesías. Mamá me dice que por ahora cada uno de nosotros, israelitas, somos como
Moisés y morimos teniendo ante nuestros ojos la Tierra Prometida. Dice que nos damos a la espera de entrar en ella y que sólo
el Mesías hará que entremos.
-¡Pero qué israelita tan genial! Pues bien, Yo te digo que cuando mueras entrarás enseguida en el Paraíso, porque el
Mesías, para entonces, habrá abierto ya las puertas del Cielo. Pero tienes que ser bueno.
-¡Mamá! ¡Mamá! - El niño se desata de los brazos de Jesús y corre hacia una joven esposa que regresa con un ánfora de
cobre.
-¡Mamá! El nuevo Rabí me ha dicho que iré inmediatamente al Paraíso cuando muera, y que comeré mucha miel... pero
si soy bueno. ¡Seré bueno!
-¡Dios lo quiera! Perdona, Maestro, si te ha molestado. ¡Está lleno de vitalidad!
- La inocencia no molesta, mujer. Dios te bendiga, porque eres una madre que cría a los hijos en el conocimiento de la
Ley.
La mujer se sonroja ante esta alabanza y responde:
- Que Dios te bendiga también a ti - y desaparece con su pequeño.

-¿Te gustan los niños, Maestro?
- Sí, porque son puros... y sinceros... y amorosos.
-¿Tienes sobrinos, Maestro?
- No tengo sino... una Madre... Pero en Ella están presentes la pureza, la sinceridad, el amor de los niños más santos,
junto a la sabiduría, justicia y fortaleza de los adultos. En mi Madre tengo todo, Juan.
-¿Y la has dejado?
- Dios está por encima incluso de la más santa de las madres.
-¿La conoceré yo?
- La conocerás.
-¿Y me querrá?
- Te amará porque Ella ama a quien ama a su Jesús.
-¿Entonces no tienes hermanos?
- Tengo algunos primos por parte del marido de mi Madre. Pero todo hombre es para mí un hermano y para todos he
venido. Henos aquí delante de la sinagoga. Yo entro; tú vendrás después con tus amigos.
Juan se va y Jesús entra en una estancia cuadrada que tiene el típico aparato de luces colocadas en triángulo y de atriles
con rollos de pergamino. Ya hay una multitud que espera y ora. También Jesús ora. La multitud bisbisea y hace comentarios
detrás de Él. Jesús se inclina para saludar al jefe de la sinagoga y luego pide un rollo, tomado al azar.
Jesús empieza la lección. Dice:
- El Espíritu me mueve a leer esto para vosotros. Al principio del séptimo libro de Jeremías se lee: "Esto dice el Señor de
los ejércitos, el Dios de Israel: 'Enmendad vuestros hábitos y Vuestros sentimientos, y entonces habitaré con vosotros en este
lugar, No os hagáis falsas ilusiones con esas palabras vanas que repetís: aquí está el Templo del Señor, el Templo del Señor, el
Templo del Señor. Porque si vosotros mejoráis vuestros hábitos y sentimientos, si hacéis justicia entre el hombre y su prójimo, si
no oprimís al extranjero, al huérfano y a la viuda, si no esparcís en este lugar la sangre inocente, si no seguís a los dioses
extranjeros, para desventura vuestra, entonces Yo habitaré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para
siempre".
Oíd, vosotros, de Israel. Yo vengo a iluminaros las palabras de luz que vuestra alma ofuscada ya no sabe ni ver ni
entender. Oíd. Mucho llanto cae sobre la tierra del pueblo de Dios: lloran los ancianos al recordar las antiguas glorias, lloran los
adultos bajo el peso del yugo, lloran los niños sin porvenir de gloria. Mas la gloria de la Tierra no es nada respecto a una gloria
que ningún opresor, aparte de Satanás y la mala voluntad, puede arrebatar.
¿Por qué lloráis? ¿Cómo es que el Altísimo, que siempre fue bueno para con su pueblo, ahora ha vuelto hacia otro lugar
su mirada y niega a sus hijos la visión de su Rostro? ¿Ya no es el Dios que abrió el mar y por él hizo pasar a Israel y por arenas lo
condujo y nutrió, y lo defendió contra los enemigos y, para que no perdiese la pista del camino del Cielo, como dio a los cuerpos
la nube, les dio la Ley a las almas? ¿Ya no es el Dios que dulcificó las aguas y proporcionó el maná a los que estaban extenuados?
¿Ya no es el Dios que quiso estableceros en esta tierra y estrechó con vosotros una alianza de Padre a hijos? Y entonces, ¿por
qué ahora el pueblo extranjero os ha abatido?
Muchos entre vosotros murmuran: "¡Y, sin embargo, aquí está el Templo!". No basta tener el Templo e ir a él a rezar a
Dios. El primer templo está en el corazón de cada hombre y en él se debe llevar a cabo una santa oración. Pero no puede ser
santa si antes el corazón no se enmienda, y con el corazón los hábitos, los afectos, las normas de justicia respecto a los pobres,
respecto a los siervos, respecto a los parientes, respecto a Dios.
Mirad. Yo veo ricos de duro corazón que depositan pingües ofrendas en el Templo, pero no saben decirle al pobre:
"Hermano, toma un pan y un denario. Acéptalo. De corazón a corazón. Que esta ayuda no te humille a ti, y no me ensoberbezca
a mí el dártela". Veo que hay quien ora y se lamenta ante Dios de que no lo escucha prontamente; y después, al mísero — en
ocasiones, de su propia sangre — que le dice: "Escúchame", le responde con corazón de piedra: "No". Veo que lloráis porque
quien os domina desangra vuestra bolsa. Pero luego vosotros sacáis la sangre a quien odiáis, y no os horroriza el vaciar un
cuerpo de sangre y de vida.
¡Oh, israelitas! El tiempo de la Redención ha llegado. Mas, preparad sus vías en vosotros con la buena voluntad. Sed
honestos, buenos; amaos los unos a los otros. Ricos, no despreciéis; comerciantes, no cometáis fraudes; pobres, no envidiéis.
Sois todos de una sangre y de un Dios. Todos estáis llamados a un destino. No os cerréis con vuestros pecados el Cielo que el
Mesías os va a abrir. ¿Que hasta ahora habéis errado? Ya no más. Caiga todo error.
Simple, buena, fácil es la Ley que vuelve a los diez mandamientos iniciales; pero deben estar inmersos en luz de amor.
Venid. Yo os mostraré cuáles son: amor, amor, amor. Amor de Dios a vosotros, de vosotros a Dios. Amor entre vosotros. Siempre
amor, porque Dios es Amor y son hijos del Padre los que saben vivir el amor. Yo estoy aquí para todos y para dar a todos la luz
de Dios. He aquí la Palabra del Padre que se hace alimento en vosotros. Venid, gustad, cambiad la sangre del espíritu con este
alimento. Todo veneno desaparezca, toda concupiscencia muera. Se os ofrece una gloria nueva, la eterna; la alcanzarán los que
hagan de la Ley de Dios estudio verdadero de su corazón. Empezad por el amor. No hay nada más grande. Cuando sepáis amar,
sabréis ya todo, y Dios os amará; y amor de Dios quiere decir ayuda contra toda tentación.
La bendición de Dios descienda sobre quien le eleva un corazón lleno de buena voluntad.
Jesús ha terminado de hablar. Se oye el bisbiseo de la gente. Después de himnos muy salmodiados, la asamblea se
disuelve.
Jesús sale a la placita. En la puerta están Juan y Santiago con Pedro y Andrés.
- La paz esté con vosotros - dice Jesús; y añade - Éste es el hombre que para ser justo necesita no juzgar sin conocer
primero, pero que es honesto reconociendo su equivocación. Simón, ¿has querido verme? Aquí me tienes. Y tú, Andrés, ¿por
qué no has venido antes?

Los dos hermanos se miran turbados. Andrés susurra:
- No me atrevía...
Pedro, rojo, no habla. Pero cuando oye que Jesús le dice al hermano: « ¿Hacías algo malo viniendo? Sólo el mal no se
debe osar hacer», interviene con franqueza:
- He sido yo. Él quería traerme inmediatamente hacia ti. Pero yo... yo he dicho... Sí, he dicho: "No creo", y no he
querido. ¡Oh, ahora me siento mejor!...
Jesús sonríe y dice:
- Por tu sinceridad, te manifiesto que te amo.
- Pero yo... yo no soy bueno... no soy capaz de hacer lo que has dicho en la sinagoga. Soy iracundo y, si alguno me
ofende... ¡bueno!... Soy codicioso y me gusta tener dinero... y al vender el pescado... bueno... no siempre... no siempre he
estado limpio de fraude. Y soy ignorante. Y tengo poco tiempo para seguirte y recibir así la luz. ¿Qué puedo hacer? Quisiera ser
como Tú dices... pero...
- No es difícil, Simón. ¿Conoces un poco la Escritura? ¿Sí? Pues bien, piensa en el profeta Miqueas. Dios quiere de ti lo
que dice Miqueas. No te pide que te arranques el corazón, ni que sacrifiques los afectos más santos. Por ahora no te lo pide. Un
día tú le darás a Dios, sin que te lo demande, incluso a ti mismo. Pero Él espera a que un sol y un rocío, de ti, sutil tallo de
hierba, hagan palma robusta y gloriosa. Por ahora te pide esto: practicar la justicia, amar la misericordia, poner toda la atención
en seguir a tu Dios. Esfuérzate en hacer esto y quedará cancelado el pasado de Simón, y tú serás el hombre nuevo, el amigo de
Dios y de su Cristo. No serás ya Simón, sino Cefas, piedra segura en que me apoyaré.
-¡Esto me gusta! Esto lo entiendo. La Ley es así... es así... mira, ¡yo ya no sé practicarla de la forma que la presentan los
rabinos!... Pero esto que Tú dices, sí. Me parece que lo lograré. Tú me vas a ayudar, ¿no? ¿Resides en esta casa?... Conozco al
dueño.
- Estoy aquí. Pero voy a ir a Jerusalén, y después predicaré por Palestina. Para esto he venido. De todas formas, volveré
aquí frecuentemente.
- Vendré a oírte de nuevo. Quiero ser tu discípulo. Un poco de luz entrará en mi cabeza.
- En el corazón sobre todo, Simón, en el corazón. Y tú, Andrés, ¿no hablas?
- Escucho, Maestro.
- Mi hermano es tímido.
- Será un león. Está anocheciendo. Que Dios os bendiga y os conceda buena pesca. Id.
- La paz sea contigo.
Se van.
Nada más salir, Pedro observa:
-¿Qué habrá querido decir antes, con eso de que pescaré con otras redes, y otro tipo de peces?
-¿Por qué no se lo has preguntado? Querías decir muchas cosas, y luego casi ni hablas.
- Me daba... vergüenza. ¡Es tan distinto de los demás rabinos!
- Ahora va a Jerusalén... - Esto lo expresa Juan con anhelo y nostalgia grandes - Yo quería pedirle que me dejara ir con
Él... pero no me he atrevido...
- Vete a decírselo, muchacho - responde Pedro - Nos hemos despedido de Él así, sin más... sin ni siquiera una palabra de
afecto... Al menos, que sepa que lo admiramos. Ve, ve. Yo me encargo de comunicárselo a tu padre.
-¿Voy, Santiago?
- Ve.
Juan se echa a correr... y, también corriendo, vuelve lleno de júbilo.
- Le he dicho: "¿Quieres que vaya contigo a Jerusalén?". Me ha respondido: "Ven, amigo". ¡Ha dicho "amigo"! Mañana a
esta hora vendré aquí. ¡Ah! ¡A Jerusalén con Él!...
La visión termina.
Respecto a esta visión, me dice esta mañana (14 de Octubre) Jesús:
- Quiero que tú y todos os fijéis en la actitud de Juan, en un aspecto que siempre pasa desapercibido. Lo admiráis
porque es puro, amoroso, fiel. Pero no os dais cuenta de que fue grande también en humildad. Él, primer artífice de que Pedro
viniera a mí, modestamente, calla este detalle. El apóstol de Pedro y, por tanto, el primero de mis apóstoles, fue Juan; primero
en reconocerme, primero en dirigirme la palabra, primero en seguirme, primero en predicarme. Y, sin embargo, ¿veis lo que
dice?; "Andrés, hermano de Simón, era uno de los dos que habían oído las palabras de Juan [el Bautista] y habían seguido a
Jesús. El primero con quien se encontró fue su hermano Simón, al cual le dijo: "Hemos encontrado al Mesías', y lo condujo a
donde estaba Jesús".
Justo, además de bueno, sabe que Andrés se angustia por tener un carácter cerrado y tímido, sabe que querría hacer
muchas cosas pero que no logra hacerlas, y desea para él, en la posteridad, el reconocimiento de su buena voluntad. Quiere que
aparezca Andrés como el primer apóstol de Cristo respecto a Simón, a pesar de que la timidez y la dependencia respecto a su
hermano le hubieran creado un sentimiento de derrota en el apostolado.
¿Quiénes, entre los que hacen algo por mí, saben imitar a Juan y no se autoproclaman insuperables apóstoles,
pensando que su éxito proviene de un complejo de cosas, que no son sólo santidad, sino también audacia humana, fortuna, y la
circunstancia de estar junto a otros menos audaces y afortunados, pero quizás más santos que ellos?
Cuando tengáis algún éxito en el campo del bien, no os gloriéis de ello como si fuera mérito sólo vuestro. Alabad a Dios,
señor de los apostólicos obreros, y tened ojo limpio y corazón sincero para ver y dar a cada uno la alabanza que le corresponde.
Ojo límpido para discernir a los apóstoles que cumplen holocausto, y que son las primeras, verdaderas palancas en el trabajo de
los demás. Sólo Dios los ve a éstos que, tímidos, parece que no hacen nada, y son, sin embargo, los que le roban al Cielo el

fuego de que están investidos los audaces. Corazón sincero en cuanto a decir: "Yo actúo, pero éste ama más que yo, ora mejor
que yo, se inmola como yo no sé hacer y como Jesús ha dicho: "... dentro de la propia habitación con la puerta cerrada para orar
en secreto". Yo, que intuyo su humilde y santa virtud, quiero darla a conocer y decir: 'Yo soy instrumento activo; éste, fuerza que
me imprime movimiento; porque, injertado como está en Dios, me es canal de celeste fuerza".
Y la bendición del Padre, que desciende para recompensar al humilde que en silencio se inmola para dar fuerza a los
apóstoles, descenderá también sobre el apóstol que sinceramente reconoce la sobrenatural y silenciosa ayuda que le viene a él
del humilde, y el mérito de éste, que la superficialidad de los hombres no nota.
Aprended todos.
¿Es mi predilecto? Sí. Pero, ¿no tiene también esta semejanza conmigo? Puro, amoroso, obediente, mas también
humilde. Yo me miraba en él y en él veía mis virtudes. Lo amaba, por ello, como un segundo Yo. Veía la mirada del Padre
depositada en él, reconociéndolo como un pequeño Cristo. Y mi Madre me decía: "Siento en él un segundo hijo. Me parece
verte a ti, reproducido en un hombre".
¡Oh..., la Llena de Sabiduría cómo te conoció dilecto mío! Los dos azules de vuestros corazones de pureza se fundieron
en un único velo para protegerme amorosamente, y vinieron a ser un solo amor, antes incluso de que Yo diera a la Madre a Juan
y a Juan a la Madre. Se habían amado porque habían reconocido su mutua similitud: hijos y hermanos del Padre y del Hijo.

50
En Betsaida, en casa de Pedro. Encuentro con Felipe y Natanael
Juan llama a la puerta de la casa donde hospedan a Jesús. Se asoma una mujer y, viendo quién es, avisa a Jesús.
Se saludan con un gesto de paz.
Y luego:
- Has venido solícito, Juan - dice Jesús.
- He venido a comunicarte que Simón Pedro te ruega que pases por Betsaida. He hablado de ti a muchos... No hemos
pescado esta noche; orado sí, como sabemos hacerlo, renunciando con ello al lucro porque... el sábado todavía no había
terminado. Luego, esta mañana, hemos ido por las calles hablando de ti. Hay gente que quisiera oírte... ¿Vienes, Maestro?.
- Voy. Aunque debiera ir a Nazaret antes que a Jerusalén.
- Pedro te llevará desde Betsaida a Tiberíades, con su barca. Llegarás incluso antes.
- Vamos, entonces.
Jesús coge manto y bolsa. Pero Juan le toma esta última. Y, después de saludar a la dueña de casa, se marchan.
La visión me muestra la salida del pueblo y el comienzo del viaje hacia Betsaida. Pero no oigo la conversación, e incluso
la visión se interrumpe hasta la entrada de Betsaida. Comprendo que se trata de esta ciudad porque veo a Pedro, Andrés y
Santiago, y con ellos algunas mujeres, esperando a Jesús donde empiezan las casas.
- La paz sea con vosotros. Aquí me tenéis.
- Gracias, Maestro, en nombre nuestro y de los que esperan. No es sábado, pero ¿no les vas a hablar a los que esperan
tus palabras?
- Sí, Pedro. Lo haré. En tu casa.
Pedro se muestra jubiloso:
- Ven, entonces: ésta es mi mujer, ésta es la madre de Juan, éstas son amigas de ellas. Pero también te esperan otros:
parientes y amigos nuestros.
- Diles que partiré esta noche y que antes les hablaré.
No he dicho que, habiendo salido de Cafarnaúm cuando se estaba poniendo el sol, los he visto llegar a Betsaida por la
mañana.
- Maestro... te ruego que te quedes una noche en mi casa. Es largo el camino hacia Jerusalén, aunque te lo abrevie
hasta Tiberíades con mi barca. Mi casa es pobre, pero honesta y amiga. Quédate con nosotros esta noche.
Jesús mira a Pedro y a todos los demás que esperan. Los mira escrutador. Sonríe y dice: «Sí».
Nueva alegría de Pedro.
Algunos miran desde las puertas y se hacen señas. Un hombre llama por el nombre a Santiago y le habla en voz baja
señalando a Jesús. Santiago asiente y el hombre va a hablar aparte con otros que están parados en un cruce de caminos.
Entran en la casa de Pedro. Una cocina amplia y humosa. En un rincón, redes, sogas y cestas para pesca; en medio, el
hogar ancho y bajo, por ahora apagado. Por las dos puertas, una frente a otra, se ve el camino y el huerto, pequeño, con la
higuera y la vid; más allá del camino, el celeste ondear del lago; más allá del huerto, la pared oscura de otra casa.
- Te ofrezco cuanto tengo, Maestro, y de la forma que sé hacerlo...
- No podrías ni mejor ni más, porque me lo ofreces con amor.
Le dan a Jesús agua para refrescarse y luego pan y aceitunas. Jesús come un poco (en realidad para que vean que lo
acepta) y luego, con un gesto de agradecimiento, indica que no quiere más.
Unos niños curiosean desde el huerto y el camino. No sé si son o no lujos de Pedro. Sólo sé que él mira severamente a
estos niños impetuosos, para que no se acerquen. Jesús sonríe y dice:
- Déjalos.

- Maestro, ¿quieres descansar? Ahí está mi habitación, allí la de Andrés. Elige. No haremos ruido mientras estés
reposando.
-¿Tienes una terraza?
- Sí; y la vid, aunque esté todavía casi sin hojas, da un poco de sombra.
- Llévame a la terraza. Prefiero descansar arriba. Pensaré y oraré
- Como quieras. Ven.
Desde el huertecillo, una pequeña escalera sube hasta el tejado, que es una terraza rodeada por una pared baja.
También aquí hay redes y sogas. ¡Cuánta luz de cielo y cuánto azul de lago!
Jesús se sienta en un taburete con la espalda apoyada en el murete. Pedro trata de ingeniárselas extendiendo una vela
por encima y al lado de la vid para hacer un sitio donde poder uno resguardarse del sol. Se siente brisa y silencio. Jesús se deleita
en ello.
- Yo me voy, Maestro.
- Vete. Tú y Juan id a decir que a la hora de la puesta del Sol hablaré aquí.
Jesús se queda solo y ora durante mucho tiempo. Aparte de dos parejas de palomas que van y vienen desde los nidos, y
un trinar de gorriones, no hay ruido o ser vivo alrededor de Jesús orante. Las horas pasan calmas y serenas.
Después Jesús se levanta, da alguna vuelta por la terraza, mira al lago, mira y sonríe a unos niños que juegan en la calle
y que le sonríen, mira a la calle, hacia la placita que está a unos cien metros de la casa. Luego baja. Se asoma a la cocina:
- Mujer, voy a pasear por la orilla.
Sale y, efectivamente, va a la orilla, con los niños. Les pregunta:
-¿Qué hacéis?
- Queríamos jugar a la guerra. Pero él no quiere y entonces se juega a la pesca.
El "él" que no quiere es un niño — ya un hombrecito — de constitución menuda, pero de rostro luminosísimo. Quizás
sabe que, siendo grácil como es, se llevaría palos de los demás haciendo "la guerra" y por ello sostiene la paz.
Pero Jesús aprovecha la ocasión para hablarles a esos niños:
- Él tiene razón. La guerra es pena impuesta por Dios para castigo de los hombres, y signo de que el hombre ha venido a
menos en su condición de verdadero hijo de Dios. Cuando el Altísimo creó el mundo, hizo todas las cosas: el Sol, el mar, las
estrellas, los ríos, las plantas, los animales, pero no hizo los armas. Creó al hombre y le dio ojos para que tuviera miradas de
amor, bocas para pronunciar palabras de amor, oído para oírlas, manos para socorrer y acariciar, pies para correr con rapidez
hacia el hermano necesitado, y corazón capaz de amar. Dio al hombre inteligencia, palabra, afectos, gustos. Pero no le dio el
odio. ¿Por qué? Porque el hombre, criatura de Dios, debía ser amor, como Amor es Dios. Si el hombre hubiera permanecido
como tal criatura, habría permanecido en el amor, y la familia humana no habría conocido guerra ni muerte.
- Pero él no quiere hacer la guerra porque pierde siempre» (efectivamente, yo había adivinado).
Jesús sonríe y dice:
- No se debe no querer lo que a nosotros nos lesiona porque nos lesione. Se debe no querer una cosa cuando lesiona a
todos. Si uno dice: "No quiero esto porque me produce una pérdida", es egoísta. Sin embargo, el buen hijo de Dios dice:
"Hermanos, yo sé que vencería, pero os digo: no hagamos esto porque significaría un daño para vosotros". ¡Cómo ha
comprendido éste el precepto principal! ¿Quién me lo sabe decir?.
En coro, las once bocas dicen:
- Amarás a tu Dios con todo tu ser y a tu prójimo como a tí mismo".
-¡Sois unos niños excelentes! ¿Vais todos al colegio?
- Sí.
-¿Quién es el más listo?
- Él (es el niño grácil que no quiere jugar a la guerra).
-¿Cómo te llamas?
- Joel.
-¡Gran nombre! Joel habla así: "... el débil diga: "¡Soy fuerte!". Pero ¿fuerte en qué? En la ley del Dios verdadero, para
estar entre los que Él en el valle de la Decisión juzgará como santos suyos. Mas el juicio está próximo; no en el valle de la
Decisión, sino en el monte de la Redención. Allí, entre Sol y Luna oscurecidos de horror, y estrellas temblando llanto de piedad,
serán discernidos los hijos de la Luz de los hijos de las Tinieblas. Y todo Israel sabrá que su Dios ha venido. Dichosos los que lo
hayan reconocido: recibirán en su corazón miel, leche y aguas claras y las espinas se les transformarán en eternas rosas. ¿Quién
de vosotros quiere estar entre aquéllos a los que Dios juzgue santos?.
-¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!.
-¿Amaréis entonces al Mesías?
-¡Sí! ¡Sí! ¡A ti! ¡A ti! ¡Te amamos a ti! ¡Sabemos quién eres! Lo han dicho Simón y Santiago y también nuestras madres.
¡Llévanos contigo!.
- En verdad os tomaré conmigo si sois buenos. Nunca más, palabras feas; nunca más, abusos; nunca más, riñas; nunca
más, malas respuestas a los padres. Oración, estudio, trabajo, obediencia; y Yo os amaré y os acompañaré en vuestro camino.
Los niños están todos en círculo alrededor de Jesús. Parece una corola policroma ceñida en torno a un largo pistilo azul
oscuro.
Un hombre bastante anciano se ha acercado, curioso. Jesús se vuelve para acariciar a un niño que le está tirando del
vestido, y lo ve. Detiene en él intensamente su mirada. El anciano se limita a saludar ruborizándose.
-¡Ven! ¡Sígueme!
- Sí, Maestro.

Jesús bendice a los niños y, al lado de Felipe (lo llama por el nombre), vuelve a casa. Se sientan en el huertecillo.
-¿Quieres ser mi discípulo?
- Lo quiero—y no oso esperar serlo.
- Yo te he llamado.
- Lo soy, entonces. Heme aquí.
-¿Tenías conocimiento de mí?
- Me ha hablado de ti Andrés. Me ha dicho: "Aquel por quien tú suspirabas ha venido". Porque Andrés sabía que yo
suspiraba por el Mesías.
- No queda frustrada tu espera. Él está delante de ti.
-¡Mi Maestro y mi Dios!
- Eres un israelita de recta intención. Por esto me manifiesto a ti. Otro amigo tuyo — como tú, sincero israelita —
espera. Ve a decirle: "Hemos encontrado a Jesús de Nazaret, hijo de José, de la estirpe de David, aquel de quien hablaron Moisés
y los profetas". Ve.
Jesús se queda solo hasta que vuelve Felipe con Natanael - Bartolomé.
- He aquí un verdadero israelita en quien no hay engaño. La paz sea contigo, Natanael.
-¿Cómo me conoces?
- Antes de que Felipe fuera a llamarte, te he visto debajo de la higuera.
-¡Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel!
-¿Porque he dicho que te he visto pensando debajo de la higuera, crees? Cosas mucho más grandes que éstas verás. En
verdad os digo que los Cielos están abiertos y vosotros, por la fe, veréis a los ángeles bajar y subir sobre el Hijo del Hombre: Yo,
quien te está hablando.
¡Maestro! ¡Yo no soy digno de tanto favor!
- Cree en mí y serás digno del Cielo. ¿Quieres creer?
- Quiero, Maestro.
La visión se detiene... Y continúa en la terraza, que está llena de gente. Otras personas están en el huertecillo de Pedro.
Jesús habla.
- Paz a los hombres de buena voluntad. Paz y bendición a sus casas, mujeres y niños. La gracia y la luz de Dios reinen en
ellas y en los corazones que las habitan.
Deseabais oírme. La Palabra habla. Habla a los honestos con alegría, habla a los deshonestos con dolor, habla a los
santos y a los puros con gozo, habla a los pecadores con piedad. No se niega. Ha venido para derramarse como río que riega
tierras necesitadas de agua y que de él reciben alivio de olas y nutrición de limo.
Vosotros queréis saber qué se requiere para ser discípulos de la Palabra de Dios, del Mesías, Verbo del Padre, que viene
a reunir a Israel para que oiga una vez más las palabras del Decálogo santo e inmutable y se santifique en ellas para estar limpio,
en la medida en que el hombre puede hacerlo de por sí, para la hora de la Redención y del Reino.
Mirad. Yo digo a los sordos, a los ciegos, a los mudos, a los leprosos, a los paralíticos, a los muertos: "Levantaos, sanad,
resucitad, caminad, ábranse en vosotros los ríos de la luz, de la palabra, del sonido, para que podáis ver, oír, hablar de mí". Pero,
más que a los cuerpos, esto se lo digo a vuestros espíritus. Hombres de buena voluntad, venid a mí sin temor. Si el espíritu está
lesionado, Yo le devuelvo la salud. Si está enfermo, lo curo; Si muerto, lo resucito. Quiero sólo vuestra buena voluntad.
¿Es difícil esto que os pido? No. No os impongo los cientos de preceptos de los rabinos. Os digo: seguid el Decálogo. La
Ley es una e inmutable. Muchos siglos han pasado desde la hora en que fue promulgada, hermosa, pura, fresca, como criatura
recién nacida, como rosa recién abierta en el tallo. Simple, sin mancha, ligera de seguir.
Durante los siglos, las culpas y las inclinaciones la han complicado con leyes y más leyes menores, pesos y restricciones,
demasiadas cláusulas penosas. Yo os conduzco de nuevo a la Ley como ésta era cuando el Altísimo la dio. Pero, os lo ruego por
vuestro bien, recibidla con el corazón sincero de los verdaderos israelitas de entonces.
Vosotros susurráis — más en vuestro corazón que con los labios — que la culpa está arriba, más que en vosotros, gente
humilde. Lo sé. En el Deuteronomio está dicho todo lo que debe hacerse, y no era necesario más. Pero no juzguéis a quien
actuó no para sí, sino para los demás. Vosotros haced lo que Dios dice. Y, sobre todo, esforzaos en ser perfectos en los dos
preceptos principales. Si amáis a Dios con todo vuestro ser, no pecaréis, porque el pecado produce dolor a Dios. Quien ama no
quiere causar dolor. Si amáis al prójimo como a vosotros mismos, sólo podréis ser hijos respetuosos para con los padres,
esposos fieles a los consortes, hombres honestos en las transacciones, sin violencias para con los enemigos, sinceros a la hora de
testificar, sin envidia de quien posee, sin deseos de lujuria hacia la mujer del prójimo. No queriendo hacer a los demás lo que no
querríais que se os hiciera a vosotros, no robaréis, no mataréis, no calumniaréis, no entraréis como los cucos en el nido de los
demás.
Pero incluso os digo: "Portad a perfección vuestra obediencia a loe dos preceptos de amor: amad también a vuestros
enemigos".
¡Oh, si sabéis amar como Él, cómo os amará el Altísimo, que ama al hombre — transformado en enemigo suyo por la
culpa original y por los pecados individuales — hasta el punto de enviarle el Redentor, el Cordero que es su Hijo, Yo, quien os
está hablando, el Mesías, prometido para redimiros de toda culpa!
Amad. El amor sea para vosotros escalera por la cual, hechos ángeles, subáis (como vio Jacob) hasta el Cielo, oyendo al
Padre decir a todos y a cada uno: "Yo seré tu protector dondequiera que vayas, y te traeré de nuevo a este lugar: al Cielo, al
Reino Eterno".
La paz esté con vosotros.

La gente manifiesta su conmovida aprobación y se va lentamente. Se quedan Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe y
Bartolomé.
-¿Te vas mañana, Maestro?
- Mañana al amanecer, si no te desagrada.
- Desagradarme el que te vayas, sí, pero la hora no; es incluso propicia.
-¿Vas a ir a pescar?
- Esta noche, cuando salga la Luna.
- Has hecho bien, Simón Pedro, en no pescar durante la pasada noche. Todavía no había terminado el sábado.
Nehemías, en sus reformas, quiso que en Judá se respetara el sábado. Ahora también demasiada gente en sábado prensa en los
lagares, transporta haces, carga vino y fruta, y vende y compra pescado y corderos. Tenéis seis días para esto. El sábado es del
Señor. Sólo una cosa podéis hacer en sábado: el bien a vuestro prójimo, pero sin ningún tipo de afán de lucro. Quien viola por
lucro el sábado sólo puede obtener de Dios el castigo. ¿Gana algo?: lo perderá con creces en los otros seis días. ¿No lo gana?: se
ha esforzado en vano el cuerpo, no concediéndole ese reposo que la Inteligencia ha establecido para él, airándose el espíritu por
haber trabajado inútilmente, llegando incluso a proferir imprecaciones. Sin embargo, el día de Dios debe transcurrirse con el
corazón unido a Dios en dulce oración de amor. Hay que ser fieles en todo.
- Pero... los escribas y doctores, que son tan severos con nosotros... no trabajan durante el sábado. Ni siquiera le dan al
prójimo un pan por evitar el trabajo de dárselo... y, sin embargo, fían préstamos abusivos aun en sábado, ¿Se puede hacer esto
en sábado porque no sea trabajo material?
- No. Nunca. Ni durante el sábado ni durante los otros días. Quien presta abusivamente es deshonesto y cruel.
- Los escribas y fariseos, entonces...
- Simón no juzgues. Tú no lo hagas.
- Pero tengo ojos para ver...
-¿Sólo el mal está ante nuestros ojos, Simón?.
- No, Maestro.
- Entonces, ¿por qué mirar sólo el mal?
- Tienes razón, Maestro.
- Entonces mañana al amanecer partiré con Juan».
- Maestro...
- Simón, ¿qué te sucede?
- Maestro... ¿vas a Jerusalén?
- Ya lo sabes.
- Yo también voy a Jerusalén para la Pascua... y también Andrés y Santiago....
-¿Y entonces?... Quieres decir que desearías venir conmigo ¿no? ¿Y la pesca? ¿Y la ganancia? Me has dicho que te gusta
tener dinero, y Yo me ausentaré durante muchos días. Primero voy donde mi Madre, y a Jerusalén a la vuelta. Me quedaré allí
predicando. ¿Cómo te las arreglarás?...
Pedro se muestra dudoso, vacilante... pero al final se decide:
- Por mí... voy contigo. ¡Te prefiero a ti antes que al dinero!
- Yo también voy».
- También yo.
- Y nosotros también, ¿verdad, Felipe?
- Venid, pues. Me serviréis de ayuda».
-¡Oh!... — Pedro se emociona ante esta idea —. ¿En qué te podemos ayudar?
- Os lo diré. Para actuar bien sólo tendréis que hacer cuanto os diga. El obediente siempre actúa bien. Ahora oraremos y
luego cada uno irá a realizar sus cometidos.
-¿Y Tú, Maestro?
- Oraré más. Soy la Luz del mundo, pero también soy el Hijo del hombre. Por ello siempre tengo que beber de la Luz
para ser el Hombre que redime al hombre. Oremos.
Jesús dice un salmo. El que comienza: «Quien reposa en la ayuda del Altísimo vivirá bajo la protección del Dios del Cielo.
Dirá al Señor: "Tú eres mi protector, mi refugio. Es mi Dios, en Él está mi esperanza. Él me libró del lazo de los cazadores y de las
palabras agresivas" etc. etc.». Lo encuentro en el libro 4°. Es el segundo del libro 4°, me parece que es el núm. 90 (Salmos 91).

51
María manda a Judas Tadeo a invitar a Jesús a las bodas de Cana.
Veo la cocina de Pedro. En ella, además de Jesús, están Pedro y su mujer, y Santiago y Juan. Parece que acaban de
terminar de cenar y que están conversando. Jesús muestra interés por la pesca.
Entra Andrés y dice:
- Maestro, está aquí el dueño de la casa en que vives, con uno que dice ser tu primo.
Jesús se levanta y va hacia la puerta, diciendo que pasen. Y, cuando a la luz de la lámpara de aceite y de la lumbre ve
entrar a Judas Tadeo, exclama:

-¿Tú, Judas?
- Yo, Jesús.
Se besan. Judas Tadeo es un hombre apuesto, en la plenitud de la hermosura viril. Es alto — si bien no tanto como Jesús
—, de robustez bien proporcionada, moreno, como lo era San José de joven, de color aceitunado, no térreo; sus ojos tienen algo
en común con los de Jesús, porque son de tono azul pero con tendencia al violáceo. Tiene barba cuadrada y morena, cabellos
ondulados, menos rizados que los de Jesús, morenos como la barba.
- Vengo de Cafarnaúm. He ido allí en barca, y he venido también en barca para llegar antes. Me envía tu Madre. Dice:
"Susana se casa mañana. Te ruego, Hijo, que estés presente en esta boda". María participa en la ceremonia y con ella mi madre
y los hermanos. Todos los parientes están invitados. Sólo Tú estarías ausente. Los parientes te piden que complazcas en esto a
los novios.
Jesús se inclina ligeramente abriendo un poco los brazos y dice:
- Un deseo de mi Madre es ley para mí. Pero iré también por Susana y por los parientes. Sólo... lo siento por vosotros... y mira a Pedro y a los otros - Son mis amigos - explica a su primo. Y los nombra comenzando por Pedro. Por último dice: - Y éste
es Juan - y lo dice de una forma muy especial, que mueve a Judas Tadeo a mirar más atentamente, y que hace ruborizarse al
predilecto. Jesús termina la presentación diciendo: - Amigos, éste es Judas, hijo de Alfeo, mi primo hermano, según dice la
usanza, porque es hijo del hermano del esposo de mi Madre; un buen amigo mío en el trabajo y en la vida.
- Mi casa está abierta para ti como para el Maestro. Siéntate.
Luego, dirigiéndose a Jesús, Pedro dice:
-¿Entonces? ¿Ya no vamos contigo a Jerusalén?.
- Claro que vendréis. Iré después de la fiesta. Únicamente que ya no me detendré en Nazaret.
- Haces bien, Jesús, porque tu Madre será mi huésped durante algunos días. Así hemos quedado, y volverá a mi casa
también después de la boda - esto dice el hombre de Cafarnaúm.
- Entonces lo haremos así. Ahora, con la barca de Judas, Yo iré a Tiberíades y de allí a Cana, y con la misma barca volveré
a Cafarnaúm con mi Madre y contigo. El día siguiente después del próximo sábado te acercas, Simón, si todavía quieres, e
iremos a Jerusalén para la Pascua.
-¡Sí que querré! Incluso iré el sábado para oírte en la sinagoga.
-¿Ya predicas, Jesús? - pregunta Judas.
- Sí, primo.
-¡Y qué palabras! ¡No se oyen en boca de otros!.
Judas suspira. Con la cabeza apoyada en la mano y el codo sobre la rodilla, mira a Jesús y suspira. Parece como si
quisiera hablar y no se atreviera.
Jesús lo anima para que hable:
-¿Qué te pasa, Judas? ¿Por qué me miras y suspiras?.
- Nada.
- No. Nada no. ¿Ya no soy el Jesús que tú estimabas? ¿Aquel para quien no tenías secretos?
-¡Sí que lo eres! Y cómo te echo de menos, a ti, maestro de tu primo más mayor...
-¿Entonces? Habla.
- Quería decirte... Jesús... sé prudente... tienes una Madre... que aparte de ti no tiene nada... Tú quieres ser un "rabí"
distinto de los demás y sabes, mejor que yo, que... las castas poderosas no permiten cosas distintas de las usuales, establecidas
por ellos. Conozco tu modo de pensar... es santo... Pero el mundo no es santo... y oprime a los santos... Jesús... ya sabes cuál ha
sido la suerte de tu primo Juan... Lo han apresado y si todavía no ha muerto es porque ese repugnante Tetrarca tiene miedo del
pueblo y del rayo divino. Asqueroso y supersticioso, como cruel y lascivo. ¿Qué será de ti? ¿Qué final te quieres buscar?
- Judas, ¿me preguntas esto tú, que conoces tanto acerca de mi pensamiento? ¿Hablas por propia iniciativa? No. ¡No
mientas! Te han mandado — no mi Madre, por supuesto — a decirme esto...
Judas baja la cabeza y calla.
- Habla, primo.
- Mi padre... y con él José y Simón... sabes... por tu bien... por afecto hacia ti y María... no ven con buenos ojos lo que te
propones hacer... y... y querrían que Tú pensaras en tu Madre...
-¿Y tú qué piensas?
- Yo... yo.
- Tú te debates entre las voces de arriba y de la Tierra. No digo de abajo, digo de la Tierra. También vacila Santiago, aún
más que tú. Pero Yo os digo que por encima de la Tierra está el Cielo, por encima de los intereses del mundo está la causa de
Dios. Necesitáis cambiar de modo de pensar. Cuando sepáis hacerlo seréis perfectos.
- Pero... ¿y tu Madre?
-Judas, sólo Ella tendría derecho a recordarme mis deberes de hijo, según la luz de la Tierra, o sea, mi deber de trabajar
para Ella, para hacer frente a sus necesidades materiales, mi deber de asistencia y consolación estando cerca de mi Madre. Y Ella
no me pide nada de esto. Desde que me tuvo, Ella sabía que habría de perderme, para encontrarme de nuevo con más amplitud
que la del pequeño círculo de la familia. Y desde entonces se ha preparado para esto. No es nueva en su sangre esta absoluta
voluntad de donación a Dios. Su madre la ofreció al Templo antes de que Ella sonriera a la luz. Y Ella — me lo ha dicho las
innumerables veces que me ha hablado de su infancia santa teniéndome contra su corazón en las largas noches de invierno, o
en las claras de verano llenas de estrellas — y Ella se ofreció a Dios ya desde aquellas primeras luces de su alba en el mundo. Y
más aún se ofreció cuando me tuvo, para estar donde Yo estoy, en la vía de la misión que me viene de Dios. Llegará un
momento en que todos me abandonen. Quizás durante pocos minutos, pero la vileza se adueñará de todos, y pensaréis que

hubiera sido mejor, por cuanto se refiere a vuestra seguridad, no haberme conocido nunca. Pero Ella, que ha comprendido y que
sabe, Ella estará siempre conmigo. Y vosotros volveréis a ser míos por Ella. Con la fuerza de su amorosa, segura fe, Ella os
aspirará hacia sí, y, por tanto hacia mí, porque Yo estoy en mi Madre y Ella en mí, y Nosotros en Dios. Esto querría que
comprendierais vosotros todos, parientes según el mundo, amigos e hijos según lo sobrenatural. Tú, y contigo los otros, no
sabéis quién es mi Madre. Si lo supierais, no la criticaríais en vuestro corazón por no saberme tener sujeto a Ella, sino que la
veneraríais como a la Amiga más íntima de Dios, la Poderosa que todo lo puede en orden al corazón del Eterno Padre, que todo
lo puede en orden al Hijo de su corazón. Ciertamente iré a Cana. Quiero hacerla feliz. Comprenderéis mejor después de esta
hora.
Se le ve a Jesús majestuoso y persuasivo. Judas lo mira atentamente. Piensa. Dice:
- Yo también, sin duda, iré contigo, con estos, si me aceptas... porque siento que dices cosas justas. Perdona mi ceguera
y la de mis hermanos. ¡Eres mucho más santo que nosotros!...
- No guardo rencor a quien no me conoce. Ni siquiera a quien me odia. Pero me duele por el mal que a sí mismo se
hace. ¿Qué tienes en esa bolsa?
- La túnica que tu Madre te manda. Mañana será una gran fiesta. Ella piensa que su Jesús la necesita para no causar
mala impresión entre los invitados. Ha estado hilando incansable desde las primeras luces hasta las últimas, diariamente, para
prepararte esta túnica. Pero no ha ultimado el manto. Todavía le faltan las orlas. Se siente desolada por ello.
- No hace falta. Iré con éste, y aquél lo reservaré para Jerusalén. El Templó es más que una boda. Ella se alegrará».
- Si queréis estar para el alba en el camino que lleva a Cana, os conviene levar anclas enseguida. La Luna sale, la travesía
será buena - dice Pedro.
- Vamos entonces. Ven, Juan. Te llevo conmigo. Simón Pedro, Santiago, Andrés, ¡adiós! Os espero el sábado por la
noche en Cafarnaúm. ¡Adiós!, mujer. Paz a ti y a tu casa.
Salen Jesús con Judas y Juan. Pedro los sigue hasta la orilla y colabora en la operación de partida de la barca.
Y la visión termina.

52
Las bodas de Caná. El Hijo, no sujeto ya a la Madre, lleva a cabo para Ella el primer milagro.
Veo una casa. Una característica casa oriental: un cubo blanco más ancho que alto, con raras aberturas, terminada en
una azotea que está rodeada por un pequeño muro de aproximadamente un metro de alto y sombreada por una pérgola de vid
que trepa hasta allí y extiende sus ramas sobre más de la mitad de esta soleada terraza que hace de techo. Una escalera exterior
sube a lo largo de la fachada hasta una puerta, que se abre a mitad de altura. En el nivel de la calle hay unas puertas bajas y
distanciadas, no más de dos por cada lado, que dan a habitaciones también bajas y oscuras. La casa se alza en medio de una
especie de era (más espacio amplio herboso que era) que tiene en el centro un pozo. Hay higueras y manzanos. La casa mira
hacia el camino, pero no está situada en él; está un poco hacía dentro, y un sendero, entre la hierba, la une a aquél, que parece
camino de primer orden.
Se diría que la casa está en la periferia de Cana: casa de propietarios campesinos que viven en medio de su finca. El
campo se extiende tras la casa con sus lejanías verdes y apacibles. Hay un bonito sol y un azul tersísimo de cielo. En principio no
veo nada más. La casa está sola.
Después veo a dos mujeres, con largos vestidos y un manto que hace también de velo. Vienen por el camino y luego por
el sendero. Una es más anciana: cincuenta años aproximadamente, y viste de oscuro: un color pardo-marrón como de lana
natural. La otra está vestida de un color más claro: un vestido amarillo pálido y manto azul, y aparenta unos treinta y cinco años.
Es muy hermosa, esbelta, y tiene un porte lleno de dignidad, a pesar de ser toda gentileza y humildad. Cuando está más cerca,
noto el color pálido del rostro, los ojos azules y los cabellos rubios que pueden verse sobre la frente bajo el velo. Reconozco a
María Santísima. Quién pueda ser la otra, que es morena y más anciana, no lo sé. Hablan entre ellas. La Virgen sonríe. Cerca ya
de la casa, alguien, encargado de ver quiénes iban llegando, lo comunica, y salen a su encuentro hombres y mujeres—todos
vestidos de fiesta — que las acogen con gran alegría, especialmente a María Santísima.
La hora parece matutina, yo diría que hacia las nueve — quizás antes — porque el campo tiene todavía ese aspecto
fresco de las primeras horas del día por el rocío que hace aparecer más verde a la hierba y por el aire aún exento de polvo. La
estación me parece primaveral pues la hierba de los prados no está quemada por el verano y el trigo de los campos está aún
tierno y sin espiga, todo verde. Las hojas de la higuera y del manzano también están verdes, y todavía tiernas, y también las de la
parra. Pero no veo flores en el manzano; y no veo fruta, ni en el manzano, ni en la higuera, ni en la vid. Señal de que el manzano
ha florecido ya, pero hace poco tiempo, y los pequeños frutos todavía no se ven.
María, agasajada por un anciano que la acompaña — parece el dueño de la casa — sube la escalera exterior y entra en
una amplia sala que parece ocupar toda o buena parte de la planta alta.
Creo comprender que los recintos de la planta baja son las habitaciones propiamente dichas, las despensas, los
trasteros y las bodegas; mientras que ésta sería el recinto reservado para usos especiales, como fiestas de carácter excepcional,
o para trabajos que requieran mucho espacio, o también para colocar holgadamente productos agrícolas. Si de fiestas se trata,
lo vacían completamente y lo adornan, como hoy, con ramas verdes, esterillas y mesas ricamente surtidas de viandas. En el
centro, suntuosamente provista de manjares, hay una de estas mesas; encima, ya preparado, ánforas y platos colmados de
fruta. A lo largo de la pared de la derecha, respecto a mí que miro, otra mesa, aderezada, aunque menos ricamente. A lo largo
de la pared izquierda, una especie de largo aparador y encima de él platos con quesos y otros manjares (me parecen tortas

cubiertas de miel, y dulces). En el suelo, junto a esta misma pared, otras ánforas y tres grandes recipientes con forma de jarra de
cobre (más o menos; son una especie de tinajas).
María escucha benignamente a todos; después, se quita el manto y ayuda, bondadosa, a terminar los preparativos del
banquete. La veo ir y venir, poniendo en orden los divanes, derechas las guirnaldas de flores, mejorando el aspecto de los
fruteros, comprobando si en las lámparas hay aceite. Sonríe y habla poquísimo y en voz muy baja, pero escucha mucho y con
mucha paciencia.
Un gran rumor de instrumentos musicales viene del camino (realmente poco armónicos). Todos, menos María, corren
afuera. Veo entrar a la novia, toda adornada y feliz, rodeada de parientes y amigos, al lado del novio, que ha sido el primero en
salir presuroso a su encuentro.
Y en este momento la visión sufre un cambio. Veo, en vez de la casa, un pueblo. No sé si es Cana u otra aldea cercana. Y
veo a Jesús con Juan y otro, que me parece que es Judas Tadeo (pero podría equivocarme respecto al segundo). Por lo que
respecta a Juan, no me equivoco. Jesús está vestido de blanco y tiene un manto azul marino. Al oír el sonido de los
instrumentos, el compañero de Jesús pregunta algo a un hombre de condición sencilla y transmite la respuesta a Jesús.
- Vamos a darle una satisfacción a mi Madre - dice entonces Jesús sonriendo. Y se encamina por las tierras, con sus dos
compañeros, hacia la casa. Me he olvidado de decir que tengo la impresión de que María es o pariente o muy amiga de los
parientes del novio, porque se ve que los trata con familiaridad.
Cuando Jesús llega, la persona de antes, puesta como centinela, avisa a los demás. El dueño de la casa, junto con su
hijo, el novio, y con María, baja al encuentro de Jesús y lo saluda respetuosamente. Saluda también a los otros dos. El novio hace
lo mismo.
Pero lo que más me gusta es el saludo lleno de amor y de respeto de María a su Hijo, y viceversa. No grandes
manifestaciones externas. Pero la palabra de saludo: «La paz está contigo» va acompañada de una mirada de tal naturaleza, y
una sonrisa tal, que valen por cien abrazos y cien besos. El beso tiembla en los labios de María pero no lo da. Sólo pone su mano
blanca y menuda sobre el hombro de Jesús y apenas le toca un rizo de su larga cabellera: una caricia de púdica enamorada.
Jesús sube al lado de su Madre; detrás, los discípulos y los dueños de la casa. Entra en la sala del banquete, donde las
mujeres se ocupan de añadir asientos y cubiertos para los tres invitados, inesperados según me parece. Yo diría que era dudosa
la venida de Jesús y absolutamente imprevista la de sus compañeros.
Oigo con nitidez la voz llena, viril, dulcísima del Maestro decir al poner pie en la sala:
-La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobre todos vosotros - saludo global y lleno de majestad para
todos los presentes. Jesús domina con su aspecto y estatura a todos. Es el invitado, y además fortuito, pero parece el rey del
convite; más que el novio, más que el dueño de la casa. A pesar de ser humilde y condescendiente, es Él quien se impone.
Jesús toma asiento en la mesa del centro, con el novio, la novia, los parientes de los novios y los amigos más notables. A
los dos discípulos, por respeto al Maestro, se les coloca en la misma mesa.
Jesús está de espaldas a la pared en que están las tinajas y los aparadores. Por ello, no lo ve, como tampoco ve el afán
del mayordomo con los platos de asado que van siendo introducidos por una puertecita que está junto a los aparadores.
Observo una cosa: menos las respectivas madres de los novios y menos María, ninguna mujer está sentada en esa
mesa. Todas las mujeres están — y meten bulla como si fueran cien — en la otra mesa que está pegando a la pared, y se las sirve
después de que se ha servido a los novios y a los invitados importantes. Jesús está al lado del dueño de la casa. Tiene enfrente a
María, que está sentada al lado de la novia.
El banquete comienza. No falta el apetito, ni tampoco la sed. Los que comen y beben poco son Jesús y su Madre, la
cual, además, habla poquísimo. Jesús habla un poco más. Pero, a pesar de ser parco de palabras, no se manifiesta ni enfadado ni
desdeñoso. Es un hombre afable, pero no hablador. Si le consultan algo, responde; si le hablan, se interesa, expone su parecer,
pero después se recoge en sí como quien está habituado a meditar. Sonríe, nunca ríe. Y, si oye alguna broma demasiado
irreflexiva, hace como si no escuchara. María se alimenta de la contemplación de su Jesús, como Juan, que está hacia el fondo
de la mesa y atentísimo a los labios de su Maestro.
María se da cuenta de que los criados cuchichean con el mayordomo y de que éste está turbado, y comprende lo que
de desagradable sucede.
- Hijo - dice bajo, llamando la atención de Jesús con esa palabra - Hijo, no tienen más vino.
- Mujer, ¿qué hay ya entre tú y Yo? - Jesús, al decir esta frase, sonríe aún más dulcemente, y sonríe María, como dos
que saben una verdad, que es su gozoso secreto y que ignoran todos los demás.
Jesús me explica el significado de la frase:
- Ese "ya", que muchos traductores omiten, es la clave de la frase y explica su verdadero significado.
Yo era el Hijo sujeto a la Madre hasta el momento en que la voluntad del Padre me indicó que había llegado la hora de
ser el Maestro. Desde el momento en que mi misión comenzó, ya no era el Hijo sujeto a la Madre, sino el Siervo de Dios. Rotas
las ligaduras morales hacia la que me había engendrado, se transformaron en otras más altas, se refugiaron todas en el espíritu,
el cual llamaba siempre "Mamá" a María, mi Santa. El amor no conoció detenciones, ni enfriamiento, más bien habría que decir
que jamás fue tan perfecto como cuando, separado de Ella como por una segunda filiación, Ella me dio al mundo para el mundo,
como Mesías, como Evangelizador. Su tercera, sublime, mística maternidad, tuvo lugar cuando, en el suplicio del Gólgota, me
dio a luz a la Cruz, haciendo de mí el Redentor del mundo.
"¿Qué hay ya entre tú y Yo?". Antes era tuyo, únicamente tuyo. Tú me mandabas, yo te obedecía. Te estaba "sujeto".
Ahora soy de mi misión.
¿Acaso no lo he dicho?: "Quien, una vez puesta la mano en el arado, se vuelve hacia atrás a saludar a quien se queda,
no es apto para el Reino de Dios". Yo había puesto la mano en el arado para abrir con la reja no la tierra sino los corazones, y

sembrar en ellos la palabra de Dios. Sólo levantaría esa mano una vez arrancada de allí para ser clavada en la Cruz y abrir con mi
torturante clavo el corazón del Padre mío, haciendo salir de él el perdón para la Humanidad.
Ese "ya", olvidado por la mayoría, quería decir esto: "Has sido todo para mí, Madre, mientras fui únicamente el Jesús de
María de Nazaret, y me eres todo en mi espíritu; pero, desde que soy el Mesías esperado, soy del Padre mío. Espera un poco
todavía y, acabada la misión, volveré a ser todo tuyo; me volverás a tener entre los brazos como cuando era niño y nadie te
disputará ya este Hijo tuyo, considerado un oprobio de la Humanidad, la cual te arrojará sus despojos para cubrirte incluso a ti
del oprobio de ser madre de un reo. Y después me tendrás de nuevo, triunfante, y después me tendrás para siempre, tú
también triunfante, en el Cielo. Pero ahora soy de todos estos hombres. Y soy del Padre que me ha mandado a ellos".
Esto es lo que quiere decir ese pequeño, y tan denso de significado, "ya".
María ordena a los criados:
- Haced lo que El os diga - María ha leído en los ojos sonrientes del Hijo el asentimiento, revestido de una gran
enseñanza para todos los "llamados".
Y Jesús ordena a los criados:
- Llenad de agua los cántaros.
Veo a los criados llenar las tinajas de agua traída del pozo (oigo rechinar la polea subiendo y bajando el cubo que
gotea). Veo al mayordomo echarse en la copa un poco de ese líquido con ojos de estupor, probarlo con gestos de aún más vivo
asombro, degustarlo y hablarles al dueño de la casa y al novio (estaban cercanos).
María mira una vez más al Hijo y sonríe; luego, tras una nueva sonrisa de Jesús, inclina la cabeza, ruborizándose
tenuemente; se siente muy dichosa.
Un murmullo recorre la sala, las cabezas se vuelven todas hacia Jesús y María; hay quien se levanta para ver mejor,
quien va a las tinajas... Silencio, y, después, un coro de alabanzas a Jesús.
Pero El se levanta y dice una frase:
- Agradecédselo a María - y se retira del banquete. Los discípulos lo siguen. En el umbral de la puerta vuelve a decir:
- La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobré vosotros - y añade: - Adiós, Madre.
La visión cesa.
Jesús me instruye así:
- Cuando dije a los discípulos: "Vamos a hacer feliz a mi Madre", había dado a la frase un sentido más alto de lo que
parecía. No la felicidad de verme, sino de ser Ella la iniciadora de mi actividad taumatúrgica y la primera benefactora de la
Humanidad. Recordadlo siempre: mi primer milagro se produjo por María; el primero: símbolo de que es María la llave del
milagro. Yo no niego nada a mi Madre. Por su oración anticipo incluso el tiempo de la gracia. Yo conozco a mi Madre, la segunda
en bondad después de Dios. Sé que concederos una gracia es hacerla feliz, porque es la Toda Amor. Por esto, sabiéndolo, dije;
"Vamos a hacerla feliz".
Además quise mostrar al mundo su potencia junto a la mía. Destinada a unirse a mí en la carne — puesto que fuimos
una carne: Yo en Ella, Ella en torno a mí, como pétalos de azucena en torno al pistilo oloroso y colmo de vida —, destinada a
unirse a mí en el dolor — puesto que estuvimos en la cruz Yo con la carne y Ella con su espíritu, de la misma forma que la
azucena perfuma tanto con la corola como con la esencia que de ésta se desprende —, era justo unirla a mí en la potencia que
se muestra al mundo.
Os digo a vosotros lo que les dije a aquellos invitados: "Dad gradas a María. Por Ella os ha sido dado el Dueño del
milagro y por Ella tenéis mis gracias, especialmente el perdón".

53
Los mercaderes expulsados del Templo.
Veo a Jesús entrando con Pedro, Andrés, Juan y Santiago, Felipe y Bartolomé, en el recinto del Templo.
Dentro y fuera hay una grandísima muchedumbre. Son peregrinos que, desde todas las partes de la ciudad, llegan en
grupos. Desde lo alto de la colina en que está construido el Templo, se ven las calles de la ciudad, estrechas y retortijadas, y un
hormiguear de gente. Parece como si entre el blanco crudo de las casas se hubiera extendido una cinta en movimiento de mil
colores. Sí, la ciudad tiene el aspecto de un juguete singular hecho de cintas multicolores entre dos hilos blancos, convergente
todo hacia el punto en que resplandecen las cúpulas de la Casa del Señor.
Pero luego, dentro, hay... una verdadera verbena. Ha quedado anulado cualquier tipo de recogimiento de lugar
sagrado. Hay quien corre y quien llama, quien contrata los corderos y grita y lanza maldiciones por el precio desorbitado de las
cosas, quien empuja hacia los recintos a los pobres animales, que balan (los recintos son lugares toscamente separados con
cuerdas o estacas, en cuya entrada está el mercader, o propietario, a la espera de los compradores). Leñazos, balidos,
blasfemias, unos que llaman a otros, insultos a los peones que no se muestran solícitos en las operaciones de reagrupamiento y
selección de los animales y a los compradores que regatean el precio o que se van, mayores insultos a quienes, previsores, han
traído su propio cordero.
Alrededor de los bancos de los cambistas, otro griterío. Se entiende que — no sé si en todo momento o durante la
Pascua — el Templo funcionaba como... Bolsa (y además bolsa negra). El valor de las monedas no era fijo. Había un precio legal
— ciertamente lo habría — pero los cambistas imponían otro, apropiándose de una cantidad arbitraria por el cambio de las
monedas. ¡Y no se andaban con chiquitas en las operaciones de usura!... Cuanto más pobre era uno, y venía de más lejos, más lo
pelaban: más a los viejos que a los jóvenes; y a los que provenían de fuera de Palestina, más que a los viejos.

Algunos pobres viejecitos miran una y otra vez su dinerillo ahorrado durante todo el año quién sabe con cuánto
esfuerzo, se lo sacan y se lo vuelven a meter junto al pecho cien veces, yendo de uno a otro cambista, y quizás terminan
volviendo al primero, que se venga de su inicial deserción aumentando la prima del cambio... y las monedas de valor abandonan,
entre suspiros, las manos del propietario y pasan a las garras del usurero para ser cambiadas por monedas de menos valor.
Luego otra tragedia de selección, de cuentas y de suspiros ante los vendedores de corderos, quienes a los viejos medio ciegos les
encasquetan los corderos más míseros.
Veo que vuelven dos viejos, él y ella, empujando a un pobre corderito que los sacrificadores han debido encontrar
defectuoso. Se entrecruzan, por un lado, malos modales y palabrotas; por otro, llanto y ruegos; y el vendedor no se conmueve.
- Para lo que queréis gastar, galileos, es incluso demasiado lo que os he dado. ¡Marchaos o añadís otros cinco denarios
por uno mejor!
- ¡Por el amor de Dios! ¡Somos pobres y viejos! ¿Quieres impedirnos celebrar la Pascua, que es quizás la última? ¿No te
es suficiente lo que has pedido por un animal pequeño?.
- Dejad paso, zarrapastrosos. Viene hacia mí José, el Anciano. Me honra con su preferencia. ¡Dios sea contigo! ¡Ven,
escoge!
José, el Anciano — así le llaman —, o sea, el de Arimatea, entra en el recinto y toma un magnífico cordero. Pasa vestido
pomposamente, soberbio, sin mirar a estos dos pobrecillos que gimen a la puerta, o digamos más bien entrada, del recinto. Casi
los choca, especialmente al salir con un hermoso cordero que bala.
Mas Jesús se encuentra también ya cerca. También ha hecho su compra; y Pedro, que probablemente ha llevado a cabo
el trato en lugar de Él, trae un cordero bastante normal.
Pedro querría ir enseguida hacia el lugar donde se sacrifica, pero Jesús se desvía a la derecha, hacia los dos viejecitos
asustados, llorosos, indecisos, medio arrollados por la muchedumbre e insultados por el vendedor.
Jesús, tan alto que la cabeza de los dos abuelitos le llega a la altura del corazón, pone una mano sobre el hombro de la
mujer y pregunta: « ¿Por qué lloras, mujer?».
La viejecita se vuelve y ve a este joven alto, solemne con su hermoso vestido blanco y con su manto también de nieve
todo nuevo y limpio. Debe creer que es un doctor, por el vestido y el aspecto, y, asombrada — porque los doctores y los
sacerdotes no hacen caso de la gente, ni tutelan a los pobres contra la avidez de los mercaderes —, le cuenta por qué lloran.
Jesús se dirige al hombre de los corderos diciéndole:
- Cambia este cordero a estos fieles; no es digno del altar. Como tampoco es digno que tú te aproveches de dos
viejecitos porque son débiles y están indefensos.
-¿Y Tú quién eres?
- Un justo.
-Tu acento y el de tus compañeros dicen que eres galileo. ¿Puede, acaso, haber en Galilea un justo?
- Haz lo que te digo y sé justo tú.
-¡Oíd! ¡Oíd al galileo defensor de los de su condición! ¡Quiere enseñarnos a nosotros, los del Templo! - El hombre se ríe
y se burla, imitando sarcásticamente la cadencia galilea, que es más cantarina y de mayor dulzura que la judía; al menos, así me
parece.
Se forma un corro de gente, y otros mercaderes y cambistas salen en defensa de su colega contra Jesús.
Entre los presentes hay dos o tres rabíes irónicos. Uno de ellos pregunta:
-¿Eres doctor? - lo pregunta de una forma que haría perder la paciencia a Job.
- Tú lo has dicho.
- ¿Qué enseñas?
- Enseño esto: a hacer la Casa de Dios casa de oración y no un lugar de usura y de mercado. Esto enseño.
Se le ve terrible a Jesús. Parece el arcángel puesto en el umbral del Paraíso perdido. No tiene espada llameante en las
manos, pero tiene rayos en los ojos, y fulmina a los burladores y a los sacrílegos. No tiene nada en la mano, sólo su santa ira. Y
con ésta, caminando veloz e imponente entre banco y banco, desbarata las monedas tan meticulosamente apiladas por tipos;
vuelca mesas grandes y pequeñas, y todo cae, con estruendo, al suelo, entre un gran ruido de metales y tablas que chocan y
gritos de ira, de pánico y de aprobación. Luego, arrancando de las manos a los mozos de los ganaderos unas sogas con que
sujetaban bueyes, ovejas y corderos, hace de ellas un azote bien duro, en que los nudos para formar los lazos corredizos son
flagelos, y lo levanta y lo voltea y lo baja, sin piedad.
El inesperado granizo golpea cabezas y espaldas. Los fieles se apartan admirando la escena; los culpables, perseguidos
hasta la muralla externa, se echan a correr dejando por el suelo dinero y detrás animales grandes y pequeños en medio de un
gran enredo de piernas, de cuernos, de alas. Se huye corriendo, o volando. Mugidos, balidos, chillidos de pichones y tórtolas,
junto a carcajadas y gritos de fieles detrás de los prestamistas dados a la fuga, ahogan incluso el lamentoso coro de los corderos,
degollados ciertamente en otro patio.
Acuden sacerdotes, rabíes y fariseos. Jesús está todavía en medio del patio, de vuelta de su persecución. El azote está
todavía en su mano.
-¿Quién eres? ¿Cómo te permites hacer esto, turbando las ceremonias prescritas? ¿De qué escuela provienes? Nosotros
no te conocemos, ni sabemos quién eres.
- Yo soy Él que puede. Todo lo puedo. Destruid este Templo verdadero y Yo lo levantaré de nuevo para dar gloria a Dios.
No turbo la santidad de la Casa de Dios y de las ceremonias, sois vosotros los que la turbáis permitiendo que su morada se
transforme en sede de usureros y mercaderes. Mi escuela es la escuela de Dios. La misma que tuvo todo Israel por boca del
Eterno que habló a Moisés. ¿No me conocéis? Me conoceréis; ¿No sabéis de dónde vengo? Lo sabréis.

Y, volviéndose hacia el pueblo, sin preocuparse ya más de los sacerdotes, alto, vestido de blanco, el manto abierto y
fluente tras los hombros, con los brazos abiertos como un orador en lo más vivo de su discurso, dice:
- ¡Oíd, vosotros de Israel! En el Deuteronomio está escrito: "Constituirás jueces y magistrados en todas las puertas... y
ellos juzgarán al pueblo con justicia, sin propender a parte alguna. No tendrás acepción de personas, no aceptarás donativos,
porque los donativos ciegan los ojos de los sabios y alteran las palabras de los justos. Con justicia seguirás lo que es justo para
vivir y poseer la tierra que el Señor tu Dios te dé.
¡Oíd, oh vosotros de Israel! Dice el Deuteronomio: "Los sacerdotes y los levitas y todos los de la tribu de Leví no tendrán
parte ni herencia con el resto de Israel, porque deben vivir con los sacrificios del Señor y con las ofrendas hechas a Él; nada
tendrán entre las posesiones de sus hermanos, porque el Señor es su herencia".
¡Oíd, oh vosotros de Israel! Dice el Deuteronomio: "No prestarás con interés a tu hermano ni dinero ni trigo ni cualquier
otra cosa. Podrás prestar con interés al extranjero; mas a tu hermano le prestarás, sin interés, aquello de que tenga necesidad.
Esto ha dicho el Señor.
Ahora bien, vosotros mismos veis que sin justicia hacia el pobre sojuzga en Israel. No hacia el justo, sino hacia el fuerte
se propende, y ser pobre, ser pueblo, quiere decir ser oprimido. ¿Cómo puede el pueblo decir: "Quien nos juzga es justo" si ve
que sólo a los poderosos se les respeta y escucha, mientras que el pobre no tiene quien lo escuche? ¿Cómo puede el pueblo
respetar al Señor si ve que no lo respetan los que más deberían hacerlo? ¿Es respeto al Señor la violación de su mandamiento?
¿Y por qué entonces los sacerdotes en Israel tienen posesiones y aceptan donativos de publícanos y pecadores, los cuales actúan
así para que les sean benignos los sacerdotes, de la misma forma que éstos actúan así para tener ricas arcas?
Dios es la herencia de sus sacerdotes. Para ellos, Él, el Padre de Israel, es como en ningún caso, Padre, y pone los
medios para que reciban el alimento como es justo; pero no más de lo que sea justo. No ha prometido a sus siervos del
Santuario bolsa y posesiones. En la eternidad, por su justicia, tendrán el Cielo, como lo tendrán Moisés y Elías y Jacob y
Abraham, pero en esta tierra no deben tener más que vestido de lino y diadema de oro incorruptible: pureza y calidad, y que el
cuerpo sea siervo del espíritu que es siervo del Dios verdadero, y no sea el cuerpo señor del espíritu, y contra Dios.
Se me ha preguntado con qué autoridad hago esto. ¿Y ellos?, ¿con qué autoridad profanan el mandamiento de Dios, y a
la sombra de los sagrados muros permiten usura contra los hermanos de Israel, que han venido para cumplir el mandato divino?
Se me ha preguntado de qué escuela provengo, y he respondido: "De la escuela de Dios". Sí, Israel. Yo vengo y te llevo de nuevo
a esta escuela santa e inmutable.
Quien quiera conocer la Luz, la Verdad, la Vida, quien quiera volver a oír la Voz de Dios que habla a su pueblo, venga a
mí. Seguisteis a Moisés a través de los desiertos, ¡oh, vosotros de Israel! Seguidme; que Yo os conduzco, a través de un desierto,
sin duda, más dificultoso, hacia la verdadera Tierra beata. Por mar abierto al mandato de Dios, a ella os llevo. Alzando mi Signo,
os curo de todo mal.
Ha llegado la hora de la Gracia. La esperaron los Patriarcas, murieron esperándola. La predijeron los Profetas y
murieron con esta esperanza. La soñaron los justos y murieron confortados por este sueño. Ha surgido ahora.
Venid. "El Señor va a juzgar de un momento a otro a su pueblo y será misericordioso para con sus siervos", como
prometió por boca de Moisés.
La gente, arracimada en torno a Jesús, se ha quedado a escucharlo estupefacta. Luego comenta las palabras del nuevo
Rabí y hace preguntas a sus compañeros.
Jesús se dirige hacia otro patio, separado de éste por un pórtico. Los amigos lo siguen y la visión termina.
54
El encuentro con Judas de Keriot y con Tomás. Simón Zelote curado de la lepra.
Jesús está junto a sus seis discípulos. Tanto el otro día como hoy, no he visto a Judas Tadeo, que también había
expresado su deseo de ir a Jerusalén con Jesús.
Deben ser todavía las fiestas pascuales, porque continúa habiendo mucho gentío por la ciudad. Anochece. Muchos se
apresuran hacia las casas.
También Jesús se dirige a la casa en que lo hospedan. No es la del Cenáculo — que está más en la ciudad, aunque en las
afueras —. Esta es una casa de campo en el pleno sentido de la palabra, entre tupidos olivos. Desde la pequeña y agreste
explanada que tiene delante, se ven descender colina abajo, en escalones, los árboles, deteniéndose a la altura de un pequeño
torrente escaso de agua, que discurre por el valle situado entre dos colinas poco altas: en la cima de una colina está el Templo;
en la otra colina, sólo olivos y más olivos. Jesús está en la parte baja de la ladera de este delicado alcor que sube sin asperezas:
serenos árboles, todo manso.
- Juan, hay dos hombres que esperan a tu amigo - dice un hombre anciano, que debe ser el agricultor o el propietario
del olivar. Yo diría que Juan lo conoce.
- ¿Dónde están? ¿Quiénes son?
- No lo sé. Uno, sin duda, es judío. El otro... no sabría decirte. No se lo he preguntado.
-¿Dónde están?
- Esperando en la cocina y... y... sí... bueno... hay también uno lleno de llagas... Le he dicho que se estuviera allí
porque... no quisiera que estuviera leproso... Dice que quiere ver al Profeta que ha hablado en el Templo.
Jesús, que hasta ese momento había estado callado, dice:
- Vamos primero adonde éste. Di a los otros que vengan, si quieren. Hablaré aquí, en el olivar, con ellos - Y se dirige
hacia el punto indicado por el hombre.
- ¿Y nosotros? ¿Qué hacemos? - pregunta Pedro.

- Venid, si queréis.
Un hombre todo cubierto y embozado está apoyado en el pequeño, rústico muro que sostiene un escalón del terreno,
el más cercano al límite de la propiedad. Debe haber subido hasta allí por un senderillo que sigue el curso del torrente y conduce
a ese lugar.
Cuando ve a Jesús venir hacia él, grita:
- ¡Atrás, atrás! ¡Pero ten piedad! - Y descubre su torso dejando caer el vestido. Si el rostro aparece cubierto de costras,
el tronco es un recamado de llagas: unas ya convertidas en agujeros profundos, otras simplemente como rojas quemaduras,
otras blanquecinas y brillantes como si tuvieran encima un cristalito blanco.
-¡Estás leproso! ¿Qué quieres de mí?
- ¡No me maldigas! ¡No me apedrees! Me han dicho que anteayer tarde te has manifestado como Voz de Dios y
Portador de la Gracia. Me han dicho que has asegurado que alzando tu signo sanas todo mal. Álzalo sobre mí. Vengo de los
sepulcros... Allí... Me he arrastrado como una serpiente entre los arbustos del torrente para llegar hasta aquí sin ser visto. He
esperado a que anocheciera para hacerlo, porque en la penumbra se me identificaba menos. He osado... he encontrado a éste,
de la casa, que es rico en bondad. No me ha matado. Sólo me ha dicho: "Espera apoyado en el muro". Ten Tú también piedad».
Y dado que Jesús se acerca — Él solo, porque los seis discípulos y el propietario del lugar, con los dos desconocidos, se
han quedado lejos y muestran claramente repulsa — insiste:
- ¡No más adelante! ¡No más! ¡Estoy infectado!
Pero Jesús prosigue. Lo mira con tanta piedad, que el hombre se echa a llorar y se arrodilla hasta casi tocar con el rostro
en el suelo y gime:
-¡Tu signo! ¡Tu signo!
- Será alzado en su hora. Pero a ti te digo: "Levántate. Queda curado. Lo quiero. Y tú séme signo en esta ciudad que
debe conocerme. ¡Levántate, digo! ¡Y no peques, en reconocimiento hacia Dios!".
El hombre se levanta lentamente. Parece surgir de las hierbas altas y florecidas como de un sudario... y está curado. Se
mira con los últimos restos de luz. Está curado. Grita:
-¡Estoy limpio! ¡Oh!, ¿qué debo hacer ahora por ti?.
- Obedecer a la Ley. Vete al sacerdote. Sé bueno en el futuro. Ve.
El hombre hace amago de echarse a los pies de Jesús, pero se acuerda que todavía es impuro, según la Ley, y se
contiene. Eso sí, se besa las manos y manda el beso a Jesús, y llora de alegría.
Los otros se han quedado de piedra. Jesús vuelve la espalda al hombre que ha sido curado y, sonriendo, los hace volver
en sí:
- Amigos, no era más que una lepra de la carne, veréis caer la lepra de los corazones. ¿Sois vosotros los que me buscáis?
- dice a los dos desconocidos - Aquí estoy. ¿Quiénes sois?
- Te hemos oído la otra tarde... en el Templo. Te hemos buscado por la ciudad. Uno que dice ser pariente tuyo nos ha
informado de que estabas aquí.
- ¿Por qué me buscáis?
- Para seguirte, si nos aceptas, porque Tú tienes palabras de verdad.
- ¿Seguirme? ¿Pero sabéis hacia dónde voy?
- No, Maestro, pero ciertamente a la gloria.
- Sí. Pero a una gloria no de la tierra. A una gloria que tiene su sede en el Cielo y que se conquista con virtud y sacrificio.
¿Por qué queréis seguirme? - vuelve a preguntar.
- Para tener parte en tu gloria.
- ¿Según el Cielo?
- Sí, según el Cielo.
- No todos pueden llegar. Porque Satanás insidia, más que a los demás, a los que desean el Cielo, y sólo quien sabe
fuertemente querer resiste. ¿Por qué seguirme, si seguirme a mí quiere decir lucha continua con el enemigo que está en
nosotros, con el mundo enemigo, y con el Enemigo, que es Satanás?
- Porque así lo quiere nuestro espíritu, que ha quedado conquistado por ti. Eres santo y poderoso. Queremos ser tus
amigos.
- ¡¡¡Amigos!!!.... - Jesús se calla y suspira. Después mira fijamente a quien ha estado hablando, que ahora ha echado
hacia atrás el manto que cubría su cabeza. Es Judas de Keriot. - ¿Quién eres, tú que hablas mejor que un hombre del pueblo?.
- Judas soy, de Simón. De Keriot soy. Pero soy del Templo... o... estoy en el Templo. Espero al Rey de los judíos y sueño
con Él. Te he sentido Rey en la palabra. Rey te he visto en el gesto. Tómame contigo.
- ¿Tomarte? ¿Ahora? ¿Enseguida? No.
- ¿Por qué, Maestro?
- Porque es mejor sopesarse a sí mismo antes de tomar caminos muy escarpados.
- ¿No crees en mi sinceridad?
- Lo has dicho. Creo en tu impulso. Pero no creo en tu constancia. Piénsalo, Judas. Yo ahora me iré y volveré para
Pentecostés. Si estás en el Templo, me verás. Sopésate a ti mismo. ¿Y tú quién eres? - le pregunta al segundo desconocido.
- Otro que te vio. Querría estar contigo. Pero ahora me da miedo.
- No. La presunción es perdición. El temor puede ser obstáculo, pero si viene de la humildad es una ayuda. No temas.
También tú piensa, y cuando vuelva...
- ¡Maestro, eres muy santo! Tengo miedo de no ser digno. No de otra cosa. Porque respecto a mi amor no temo...

- ¿Cómo te llamas?
- Tomás, llamado Dídimo.
- Recordaré tu nombre. Vete en paz.
Jesús se despide de ellos y se retira a la acogedora casa para cenar.
Los seis que están con Él quieren saber muchas cosas.
-¿Por qué, Maestro, has hecho diferencia entre los dos?... Porque una diferencia ha habido. Los dos tenían el mismo
impulso... – pregunta Juan.
- Amigo, un impulso, aun siendo el mismo, puede tener distinto contenido y causar distinto efecto. Es cierto que los dos
tienen el mismo impulso. Pero uno no es igual que el otro en el fin. Y el que parece el menos perfecto es el más perfecto, porque
no lleva germen de gloria humana. Me ama porque me ama.
- ¡También yo!
- Y yo también.
- Y yo.
- Y yo.
- Y yo.
- Y yo.
- Lo sé. Os conozco por lo que sois.
- ¿Entonces somos perfectos?
- ¡Oh, no! Pero, como Tomás, lo seréis si permanecéis en vuestra voluntad de amor. ¡¿Perfectos?! ¡Oh, amigos!, ¿y
quién es perfecto sino Dios?
-¡Tú lo eres!
- En verdad os digo que no por mí soy perfecto, si creéis que Yo soy un profeta. Ningún hombre es perfecto. Pero Yo soy
perfecto porque el que os habla es el Verbo del Padre. Parte de Dios, su Pensamiento que se hace Palabra, Yo tengo la
Perfección en mí. Y tal me debéis creer, si creéis que Yo soy el Verbo del Padre. Y, no obstante, ¿lo veis, amigos?, Yo quiero ser
llamado el Hijo del hombre, porque me anonado cargándome todas las miserias del hombre, para llevarlas — mi primer patíbulo
— y anularlas después ("llevarlas", no "tenerlas"). ¡Qué peso, amigos! Pero lo porto con alegría. Mi alegría es portarlo, porque,
siendo el Hijo de la humanidad, haré a la humanidad hija de Dios. Como el primer día.
Jesús habla dulcemente, sentado ante la sobria mesa, gesticulando serenamente con las manos sobre la mesa, el rostro
un poco inclinado, iluminado de abajo a arriba por la lamparita de aceite que está colocada encima de la mesa. Sonríe
levemente. Es Maestro ya sólo por su aspecto grandioso, y muy amigo en el trato. Los discípulos lo escuchan atentos.
- ¿Maestro... por qué tu primo, aún sabiendo dónde habitas, no ha venido?.
- ¡Pedro mío!... Tú serás una de mis piedras, la primera. Pero no todas las piedras son fáciles de usar. ¿Has visto los
mármoles del palacio pretorio?: arrancados fatigosamente del seno montano, ahora son parte del Pretorio. Mira por el contrario
esos cantos que resplandecen allí, bajo el rayo de luna, entre las aguas del Cedrón. Procedentes de aquéllos, ahora están en el
lecho del torrente, y si uno los quiere, ¿ves?, enseguida se dejan coger. Mi primo es como las primeras piedras de que hablo... El
seno del monte, que es la familia, me lo disputa.
- Yo quiero ser en todo como los cantos del torrente. Por ti estoy dispuesto a dejarlo todo: casa, esposa, pesca,
hermanos. Todo, Rabí, por ti.
- Lo sé, Pedro. Por esto te amo. Pero también Judas vendrá.
- ¿Quién? ¿Judas, de Keriot? Por mí que no venga. Es un señorito, pero... prefiero... me prefiero incluso a mí mismo...
Todos se echan a reír de la salida de Pedro.
-¿A qué viene esa risa? Quiero decir que prefiero un galileo genuino, tosco, pescador, pero sin fraude, a... a los de
ciudad que... no sé... Bueno, el Maestro entiende lo que quiero decir.
- Sí, entiendo, pero no juzgues. Tenemos necesidad los unos de los otros en la tierra, y los buenos están mezclados con
los malvados como las flores en el campo. La cicuta está al lado de la salutífera malva.
- Yo quisiera preguntar una cosa....
- ¿Qué, Andrés?
- Juan me ha hablado del milagro hecho en Caná... Teníamos gran esperanza de que hicieras uno en Cafarnaúm... y has
dicho que no hacías un milagro sin haber cumplido antes la Ley. ¿Por qué, entonces, en Caná? Y, ¿por qué aquí y no en tu
tierra?.
- Toda obediencia a la Ley es unión con Dios y por tanto aumento de nuestra capacidad. El milagro es la prueba de la
unión con Dios, de la presencia benévola y complaciente de Dios. Por ello he querido cumplir con mi deber de israelita antes de
comenzar la serie de prodigios.
- Pero la Ley no te obligaba a ti.
- ¿Por qué? Como Hijo de Dios, no; como hijo de la Ley, sí. Israel, por ahora, sólo me conoce como esto segundo...
Incluso más adelante casi todo Israel me conocerá sólo así, más aún, como menos todavía. Pero no quiero escandalizar a Israel y
obedezco a la Ley.
- Eres santo.
- La santidad no dispensa de la obediencia. Más aún, la perfecciona. Además de todo, hay que dar ejemplo. ¿Qué dirías
de un padre, de un hermano mayor, de un maestro, de un sacerdote que no dieran buen ejemplo?
- ¿Y Caná entonces?
- Caná era el gozo de mi Madre que había que llevar a cabo. Caná es el anticipo que se debe a mi Madre. Ella es la
Anticipadora de la Gracia. Aquí honro a la Ciudad Santa, haciendo de ella, públicamente, la iniciadora de mi poder de Mesías.

Allí, en Caná, sin embargo, honraba a la Santa de Dios, a la Toda Santa. Por Ella el mundo me tiene. Es justo que para Ella sea mi
primer prodigio en el mundo.
Llaman a la puerta. Es Tomás nuevamente. Entra y se echa a los pies de Jesús.
- Maestro... no puedo esperar a tu retorno. Permíteme quedarme contigo. Estoy lleno de defectos, pero tengo este
amor, solo, grande, verdadero, mi tesoro. Es tuyo, es para ti. Déjame, Maestro...
Jesús le pone la mano sobre la cabeza.
- Quédate, Dídimo. Sígueme. Bienaventurados los que tienen voluntad sincera y tenaz. Benditos vosotros. Me sois más
que parientes, porque me sois hijos y hermanos, no según la sangre, que muere, sino según la voluntad de Dios y vuestra
voluntad espiritual. Y Yo digo que no tengo pariente más cercano que quien hace la voluntad del Padre mío, y vosotros la hacéis,
porque queréis el bien.

55

Un encargo confiado a Tomás.
Estamos todavía en el mismo lugar: la baja y ancha cocina, oscura en sus paredes ahumadas, apenas iluminada por la
llamita de aceite puesta encima de la rústica mesa, larga y estrecha, a la que están sentadas ocho personas: Jesús y los seis
discípulos, más el dueño de la casa; cuatro por cada lado.
Jesús, aún vuelto de espaldas en su taburete — porque aquí no hay más que taburetes sin respaldo, de tres patas (cosas
de campo) — está hablando todavía con Tomás. La mano de Jesús ha bajado desde la cabeza de Tomás a su hombro. Jesús dice:
- Levántate, amigo. ¿Has cenado ya?.
- No, Maestro. He recorrido pocos metros con el otro que estaba conmigo, luego le he dejado y me he vuelto para atrás
diciéndole que quería hablar con el leproso curado... He dicho esto porque pensaba que rehuiría de acercarse a un impuro. He
acertado. Pero yo te buscaba a ti, no al leproso... Quería decirte: "¡Acéptame!"... He estado dando vueltas arriba y abajo por el
olivar, hasta que un joven me ha preguntado qué hacía. Debe haber creído que era una persona malintencionada... Estaba cerca
de una pilastra, en donde empieza la propiedad.
El dueño de la casa sonríe. Aclara:
- Es mi hijo - y añade – Está de guardia en el molino. Tenemos todavía en las cuevas, debajo del molino, casi toda la
cosecha del año. Ha sido muy buena. Nos ha dado mucho aceite. En tiempos de aglomeraciones siempre se unen malandrines
para desvalijar los lugares no custodiados. Hace ocho años, precisamente durante la Parasceve, nos robaron todo. Desde
entonces, una noche cada uno, montamos buena guardia. Su madre ha ido a llevarle la cena.
- "¿Qué quieres?" me ha dicho, con un tono tal que, para salvar mi espalda de su bastón, le he explicado en seguida:
"Busco al Maestro, que está viviendo aquí". Entonces me ha respondido: "Si es verdad lo que dices, ven a la casa". Y me ha
acompañado hasta aquí. Es él quien ha llamado a la puerta, y no se ha marchado hasta que ha oído mis primeras palabras».
- ¿Vives lejos?
- Estoy en la otra punta de la ciudad, cerca de la Puerta Oriental.
- ¿Estás solo?
- Estaba con los parientes. Pero se han marchado a donde otros familiares que están en el camino de Belén. Yo me he
quedado para buscarte día y noche hasta que te hubiera encontrado.
Jesús sonríe y dice:
- Entonces, ¿no te espera nadie?
- No, Maestro.
- El camino es largo, está oscura la noche, las patrullas romanas están por la ciudad. Yo te digo: si quieres, quédate con
nosotros.
- ¡Oh..., Maestro! - Se le ve feliz a Tomás.
- Haced un hueco vosotros. Y dadle todos algo al hermano - Por su parte, Jesús le da la porción de queso que tenía
delante. Explica a Tomás:
- Somos pobres y la cena casi se ha terminado. Pero hay mucho corazón en quien da - Y a Juan, que está sentado a su
lado, le dice:
- Cédele el puesto al amigo.
Juan se levanta enseguida y va a sentarse en la esquina de la mesa, cerca del dueño de la casa.
- Siéntate, Tomás. Come - Y luego dice a todos - Esto haréis siempre, amigos, por ley de caridad. La Ley de Dios, ya de
por sí, protege al peregrino. Pero ahora, en mi nombre, lo deberéis amar más aún. Cuando uno en nombre de Dios os pida un
pan, un sorbo de agua, un lugar donde cobijarse, en nombre de Dios debéis dárselo. Y Dios os recompensará. Esto debéis
hacerlo con todos. También con los enemigos. Ésta es la Ley nueva. Hasta ahora se os había dicho: "Amad a los que os aman y
odiad a los enemigos". Yo os digo: "Amad también a los que os odian". ¡Si supierais cómo os amará Dios si amáis como Yo os
digo! Y si uno dijere: "Quiero ser compañero vuestro en servir al Señor Dios verdadero y en seguir a su Cordero", entonces
debéis quererlo más que a un hermano de sangre, porque estaréis unidos por un vínculo eterno: el del Cristo.
- Pero, ¿si te topas con uno que no es sincero? Decir: "Quiero hacer esto o aquello" es fácil. Pero no siempre la palabra
refleja la verdad - dice Pedro más bien enfadado. No sé, no se le ve con su habitual humor jovial.

- Pedro, escucha. Hablas con sensatez y justicia. Pero, mira: mejor es pecar de bondad y de confianza que de
desconfianza y dureza. Si haces el bien a un indigno, ¿qué mal te acarreará ello? Ninguno. Antes bien, el premio de Dios para ti
permanecerá siempre activo, mientras que él recibirá el demérito de haber traicionado tu confianza.
- ¿Ningún mal, ¡eh!? A veces quien es indigno no se conforma con la ingratitud, sino que va más allá, y llega incluso a
difamar, a dañar el patrimonio y la vida misma.
- Cierto. Pero ¿esto disminuirá tu mérito? No. Aunque todo el mundo creyera las calumnias, aunque te quedaras en la
ruina más que Job, aunque el cruel te quitase la vida, ¿qué cambiaría a los ojos de Dios? Nada. O, más bien, sí, habría un cambio,
pero en favor tuyo. Dios, a los méritos de la bondad, uniría los méritos del martirio intelectual, financiero, físico...
- ¡Bien, bien! Será así - Pedro no habla más. Malhumorado como está, tiene la cabeza apoyada en la mano.
Jesús se dirige a Tomás:
- Amigo, antes te he dicho, en el olivar: "Cuando vuelva por aquí, si todavía quieres, serás mío". Ahora te digo: "¿Estás
dispuesto a hacer un favor a Jesús?".
- Sin duda.
- ¿Y si este favor puede comportar un sacrificio?
- Servirte no es ningún sacrificio. ¿Qué quieres?
- Quería decirte... Pero, tú tendrás cosas que resolver, afectos...
- ¡Nada, nada! ¡Te tengo a ti! Habla.
- Escucha. Mañana, al alba, el leproso dejará los sepulcros para encontrar a alguien que ponga al sacerdote en
conocimiento de lo sucedido. Tú lo primero que harás será ir a los sepulcros. Es caridad. Y dirás fuerte: "Tú, que ayer has
quedado limpio, sal fuera. Me manda a ti Jesús de Nazaret, el Mesías de Israel, el que te ha curado". Haz que el mundo de los
"muertos-vivos" conozca mi Nombre y arda de esperanzas, y que quien a la esperanza una la fe venga a mí, para que le cure. Es
la primera forma de la limpieza que Yo traigo, la primera forma de la resurrección de que soy dueño. Un día otorgaré una
limpieza mucho más profunda... Un día los sepulcros sellados arrojarán a los muertos verdaderos, que aparecerán para reír, a
través de sus cuencas vacías y sus mandíbulas descarnadas, por el lejano júbilo — oído no obstante por los esqueletos — de los
espíritus liberados del Limbo de espera. Aparecerán para sonreírle a esta liberación y para conmoverse sabiendo a qué la
deben... Tú ve. Él se acercará ti. Harás lo que él te pida que hagas. Le ayudarás en todo, como si fuera un hermano para ti. Y le
dirás también: "Cuando estés completamente purificado, iremos juntos por el camino del río, más allá de Doco y Efraím. Allí el
Maestro Jesús te espera, y me espera, para decirnos en qué le debemos servir".
- Así lo haré. ¿Y el otro?
- ¿Quién? ¿El Iscariote?
- Sí, Maestro.
- Para él todavía vale mi consejo. Déjale decidir por sí mismo, y durante un largo tiempo. E incluso trata de no verte con
él.
- Estaré con el leproso. Por el valle de los sepulcros sólo andan los impuros o quien por piedad tiene contacto con ellos.
- Pedro masculla unas palabras.
Jesús oye.
- Pedro, ¿qué te pasa? ¿Callas o murmuras? Pareces descontento. ¿Por qué?
- Me siento descontento. Nosotros somos los primeros y Tú no nos ofreces un milagro. Nosotros somos los primeros y
Tú sientas a tu lado a un extraño. Nosotros somos los primeros y Tú le confías a él una misión y no a nosotros. Nosotros somos
los primeros y... sí, exactamente, y parecemos los últimos. ¿Por qué los esperas en el camino del río? Para confiarles alguna
misión, claro. ¿Por qué a ellos y no a nosotros?.
Jesús lo mira. No se muestra airado. Hasta incluso sonríe como se le sonríe a un muchacho. Se levanta, va lentamente
hacia Pedro, le pone la mano en el hombro y dice sonriendo:
-¡Pedro, Pedro, eres un niño grande, un niño mayor! - y a Andrés, que está sentado junto a su hermano, le dice:
- Ponte donde Yo estaba sentado - y se sienta al lado de Pedro, lo coge del hombro y le habla, estrechándole contra su
costado:
- Pedro, a ti te parece que Yo cometo injusticia, pero no es injusticia lo que hago; antes bien, es una prueba de que sé lo
que valéis. Mira. ¿Quién necesita pruebas? Quien todavía no está seguro. Ahora bien, Yo os sabía tan seguros de mí, que no he
sentido la necesidad de daros pruebas de mi poder. Aquí, en Jerusalén, hacen falta pruebas; aquí, donde el vicio, la irreligión, la
política, tantas cosas del mundo, ofuscan los espíritus hasta el punto de que no pueden ver la Luz que pasa. Pero allí, en nuestro
hermoso lago, tan puro bajo un cielo puro, allí entre gente honesta y deseosa de bien, no son necesarias las pruebas. Tendréis
milagros. A ríos derramaré sobre vosotros las gracias. Pero, mira lo que os he estimado, Yo os he tomado conmigo sin exigir
pruebas y sin sentir la necesidad de daros pruebas, porque sé quiénes sois. Amados, muy amados, y muy fieles a mí.
Pedro se calma:
- Perdóname, Jesús.
- Sí, te perdono porque tu gesto de enojo es amor. Pero acaba con la envidia, Simón de Jonás. ¿Sabes qué es el corazón
de tu Jesús? ¿Has visto alguna vez el mar, el verdadero mar? ¿Sí? Pues bien, ¡mi corazón es mucho más amplio que el ancho
mar! Y en él hay lugar para todos, para toda la Humanidad. Y el más pequeño tiene, como el más grande, un lugar. Y el pecador,
como el inocente, encuentra amor en él. A éstos les encargo una misión. Seguro. ¿Me quieres prohibir el darla? Yo os he elegido,
no vosotros. Por tanto puedo, libremente, juzgar cómo emplearos. Y si a éstos los dejo aquí con una misión — que también
puede ser una prueba, como puede ser misericordia el espacio de tiempo dejado al Iscariote — ¿puedes reprochármelo? ¿Sabes
si a ti no te reservo una más grande? ¿Y no es la más hermosa la de oír que te digo: "Tú vendrás conmigo"?
-¡Es cierto, es cierto! ¡Soy un animal! Perdón...

- Sí, todo, todo el perdón. ¡Oh, Pedro!... Pero os ruego a todos: no discutáis nunca por los méritos o por los puestos.
Habría podido nacer rey; he nacido pobre, en un establo. Podría haber sido rico; he vivido del trabajo, y ahora de la caridad. Y,
no obstante, creedlo amigos, no hay nadie más grande que Yo a los ojos de Dios; que Yo que estoy aquí: siervo del hombre.
- ¿Siervo Tú? ¡No, jamás!
- ¿Por qué, Pedro?
- Porque yo te serviré.
- Aunque me sirvieras como una madre sirve a su pequeñuelo, Yo he venido para servir al hombre. Seré su Salvador.
¿Qué servicio puede ser comparado a éste?
- ¡Maestro, Tú lo explicas todo, y lo que parecía oscuro se torna claro enseguida!
- ¿Contento ahora, Pedro? Entonces déjame terminar de hablar con Tomás. ¿Estás seguro de reconocer al leproso? No
hay ningún otro curado, pero podría haberse ido ya, a la luz de las estrellas, para tratar de encontrar un viandante solícito. Y
quizás otro, por el ansia de entrar en la ciudad, ver a los familiares... podría ocupar su puesto. Escucha su retrato. Yo estaba
cerca de él y a la luz del crepúsculo lo he visto bien. Es alto y delgado. Piel oscura como de mestizo, ojos profundos y negrísimos
bajo unas cejas de nieve, cabellos blancos como el lino y tirando a rizados, nariz larga, chata hacia la punta como la de los libios,
labios gruesos, especialmente el inferior, y salientes. Es tan aceitunado, que el labio tiende al violáceo. En la frente le ha
quedado una antigua cicatriz, que será la única mácula, ahora, limpio como estará de costras y de porquería.
- Es un viejo, si es todo blanco.
- No, Felipe. Lo parece, pero no lo es. La lepra lo ha hecho cano.
- ¿Qué es? ¿Tiene mezcla de razas?
- Tal vez, Pedro. Tiene parecido con los pueblos de África.
- ¿Será israelita, entonces?
- Ya lo sabremos. ¿Y sí no lo fuera?
- ¡Ah!, si no lo fuera, se marcharía. Ya está bien con haber merecido que se le cure.
- No, Pedro. Aunque fuera un idólatra, no lo rechazaré. Jesús ha venido para todos. Y en verdad te digo que los pueblos
de las tinieblas precederán a los hijos del pueblo de la Luz...
Jesús suspira. Luego se levanta. Da gracias al Padre con un himno y bendice.
La visión cesa así.
Como inciso, hago notar que mi interno consejero me ha dicho, ya desde ayer por la noche cuando veía al leproso: «Es
Simón, el apóstol. Verás cuando él y Judas Tadeo van al Maestro». Esta mañana, después de la Comunión (es viernes) abro el
misal y veo que precisamente hoy es la vigilia de la fiesta de los santos Simón y Judas, y que el Evangelio de mañana habla
precisamente de la caridad, casi repitiendo las palabras que oí antes en la visión. Pero a Judas Tadeo, por ahora, no lo he visto.

56
Simón Zelote y Judas Tadeo unidos en común destino.
¡Sois hermosas, en verdad, riberas del Jordán, así cual erais en tiempos de Jesús! Os veo y me complazco en vuestra
majestuosa paz verde - azul, con rumor de aguas y de frondas de tono dulce como una melodía.
Me encuentro en una calzada bastante amplia y bien conservada. Debe ser una carretera vecinal de primer orden, más
bien una calzada militar, trazada por los romanos para unir las distintas regiones con la capital. Sigue a poca distancia el curso
del río, pero no exactamente por la orilla; la separa de éste una franja de bosque, que creo cumple la función de afianzar las
márgenes y oponer resistencia a las aguas durante las crecidas. Al otro lado de la calzada continúa la floresta, de modo que la vía
parece una galería natural a la que hacen de techo, entrelazadas, las frondosas ramas: benéfico alivio para los viandantes en
estos países de mucho sol.
El río — y, por tanto, la calzada — traza, en el punto en que me encuentro, un arco suave, de manera que veo proseguir
la rampa frondosa como una muralla verde colocada para cerrar una concavidad de aguas quietas. Parece casi un lago de un
parque señorial. Pero el agua no es la quieta agua de un estanque; discurre, aunque lentamente. Prueba de ello es el murmullo
que hace contra los primeros cañizares, los más audaces, que han crecido justo abajo, en el terreno guijarroso; y la ondulación
de las largas cintas de sus hojas, colgando a ras del agua que las mueve. También un grupo de sauces, de flexibles ramas
suspendidas, le han confiado al río el extremo de su verde cabellera, y éste parece peinarla con gracia de caricia, extendiéndola
con dulzura en la dirección de su corriente.
Silencio y paz en la hora matutina. Sólo cantos y reclamos de aves, susurro de aguas y frondas, y un intenso brillar de
rocío sobre la hierba verde y alta que está entre los árboles y que el sol estival aún no ha endurecido o dorado, tierna y nueva
por haber nacido después de la primaveral efusión de aguas que ha nutrido la tierra, en lo profundo, de humedad y de
substancias buenas.
Tres viandantes están parados en esta curva de la calzada, justamente en un ápice del arco. Miran hacia arriba y hacia
abajo; al Sur, donde está Jerusalén; al Norte, donde está Samaría. Escrutan entre las columnatas de los árboles para ver si llega
alguno esperado. Son Tomás, Judas Tadeo y el leproso curado. Están hablando.
- ¿Ves algo?
- Yo no.
- Yo tampoco.

- Y, sin embargo, éste es el lugar.
- ¿Estás seguro?
- Seguro, Simón. Uno de los seis, mientras el Maestro se alejaba entre las aclamaciones de la muchedumbre después del
milagro de un mendigo lisiado curado en la puerta de los Peces, me dijo: "Nosotros ahora nos vamos de Jerusalén. Espéranos a
cinco millas entre Jericó y Doco, a la altura de la curva del río, en la calzada flanqueada de árboles". Ésta. Dijo también: "Allí
estaremos, dentro de tres días, al amanecer". Es el tercer día, y aquí nos ha encontrado la cuarta vigilia.
- ¿Vendrá? Quizás hubiera sido mejor haberle seguido desde Jerusalén.
- Todavía no podías ir entre la muchedumbre, Simón.
- Si mi primo os dijo que vinierais aquí, aquí vendrá. Siempre mantiene lo que promete. Debemos esperar.
- ¿Has estado siempre con Él?
- Siempre. Desde que volvió a Nazaret fue conmigo un buen compañero. Siempre juntos. Somos de la misma edad, yo
un poco mayor. Y además yo era el preferido de su padre, hermano del mío. También su Madre me quería mucho. He crecido
más con Ella que con la mía.
- Te quería... ¿Ya no te quiere lo mismo?
- ¡Oh, sí!, pero nos hemos desligado un poco desde que El se ha hecho profeta. A mi familia no le gusta.
- ¿Qué familia?
- Mi padre y los dos mayores. El otro está en duda... Mi padre es muy anciano y no he tenido corazón para llevarle la
contraria. Pero ahora... Ya no más. Ahora yo voy a donde me llevan el corazón y la mente. Voy con Jesús. No creo ofender a la
Ley actuando así. Y... si no fuera justo lo que quiero hacer, Jesús me lo diría. Haré lo que Él dice. ¿Le es lícito a un padre ponerle
obstáculos a un hijo en el camino del bien? Si yo siento salvación en ello, ¿por qué impedirme conseguirla? ¿Por qué los padres
algunas veces nos son enemigos?
Simón suspira como por tristes recuerdos y baja la cabeza, pero no habla.
Sin embargo, Tomás responde:
- Yo ya he superado la dificultad. Mi padre me ha escuchado y me ha comprendido. Me ha bendecido diciendo: "Ve.
Que esta Pascua signifique para ti liberación de la esclavitud de una espera. Dichoso tú que puedes creer. Yo espero. Más si es Él
— y lo sabrás siguiéndolo — vuelve a tu anciano padre para decirle: 'Ven. Israel ya tiene al Esperado".
- Eres más afortunado que yo. ¡Y pensar que hemos vivido a su lado!... Y no creemos, ¡nosotros los de la familia!... ¡Y
decimos, o sea, ellos dicen: "Ha perdido el juicio"!....
- Mirad, mirad un grupo de personas - exclama Simón - ¡Es Él, es Él! ¡Reconozco su cabeza rubia! ¡Oh! ¡Venid!
¡Corramos!.
Se echan a andar velozmente hacia el Sur. Los árboles, ahora que han llegado al punto culminante del arco, ocultan el
resto de la calzada, de manera que los dos grupos se encuentran casi uno frente al otro cuando menos se lo esperan. Jesús
parece que sube del río, porque está entre los árboles de la orilla.
- ¡Maestro!
- ¡Jesús!
- ¡Señor!
Los tres gritos del discípulo, del primo, del curado, resuenan adoradores y festivos.
- ¡Paz a vosotros! - De nuevo la hermosa, inconfundible voz, llena, sonora, serena, expresiva, neta, viril, dulce e incisiva ¿Tú también, Judas, primo mío?
Se abrazan. Judas llora.
- ¿Por qué este llanto?
- ¡Jesús... yo quiero estar contigo!
- Te he esperado siempre. ¿Por qué no has venido?
Judas baja la cabeza y calla.
- ¡No han querido! ¿Y ahora?
- Jesús, yo... yo no puedo obedecerlos a ellos. Quiero obedecerte sólo a ti.
- Yo no te he mandado nada.
- No, Tú no. ¡Pero es tu misión la que manda! Es Aquel que te ha enviado quien habla aquí, en el centro de mi corazón, y
me dice: "Ve a Él". Es Aquella que te ha engendrado y que ha sido para mí maestra suave quien, con su mirada de paloma, me
dice, sin usar palabras: "¡Sé de Jesús!". ¿Puedo no tener en cuenta esa voz excelsa que me traspasa el corazón? ¿Esa oración de
santa que ciertamente me suplica para mi bien? ¿Sólo porque soy primo por parte de José, no debo conocerte por lo que eres,
mientras que el Bautista te ha conocido — y no te había visto jamás — aquí, en las orillas de este río y te ha proclamado
"Cordero de Dios"? Y yo, yo que he crecido contigo, yo que me he hecho bueno siguiéndote a ti, yo que he venido a ser hijo de la
Ley por mérito de tu Madre y que de Ella he aspirado no los seiscientos trece preceptos de los rabíes, además de la Escritura y
las oraciones, sino el espíritu de éstas... ¿Es que no voy a ser capaz de nada?
- ¿Y tu padre?
-¿Mi padre? No le falta pan ni asistencia, y además... Tú me das ejemplo. Tú has pensado en el bien del pueblo más que
en el pequeño bien de María. Y Ella está sola. Dime Tú, Maestro mío, ¿no es lícito, acaso, sin faltarle al respeto, decirle a un
padre: "Padre, yo te quiero. Pero, por encima de ti está Dios, y a Él lo sigo"?.
- Judas, pariente y amigo mío, Yo te lo digo: vas muy adelante en el camino de la Luz. Ven. Sí, es lícito hablarle al padre
así cuando es Dios quien llama. Nada está por encima de Dios. Incluso las leyes de la sangre cesan, o sea, se subliman, porque
con nuestras lágrimas los ayudamos más a los padres, a las madres, y por algo más eterno que no lo cotidiano del mundo. Los

llevamos con nosotros al Cielo y, por la misma vía del sacrificio de los afectos, a Dios. Quédate pues, Judas. Te he esperado y me
siento contento de volverte a tener, amigo de mi vida nazarena.
Se le ve conmovido a Judas.
Jesús se vuelve hacia Tomás:
- Has obedecido fielmente. Primera virtud del discípulo.
- He venido para serte fiel.
- Y lo serás. Yo te lo digo. Ven, tú que estás como avergonzado en la sombra. No temas.
- ¡Señor mío! - El ex leproso está a los pies de Jesús.
- Levántate. ¿Tu nombre?
- Simón.
- ¿Tu familia?
- Señor... era poderosa... yo también tenía poder... Pero odios de sectas y... y errores de juventud lesionaron su poder.
Mi padre... ¡Oh, debo hablar contra él, que me ha costado lágrimas, no precisamente celestes! ¡Ya lo ves, ya has visto qué regalo
me ha dado!
- ¿Era leproso?
- No lo era, como tampoco yo. Tenía una enfermedad que se llama de otra forma, y que nosotros los de Israel la
incluimos en las distintas lepras. Él — entonces dominaba todavía su casta — vivió y murió como poderoso en su casa. Yo... si no
me hubieras salvado, habría muerto en los sepulcros.
- ¿Estás solo?
- Solo. Tengo un siervo fiel que cuida de lo que me queda. Le he instruido al respecto.
- ¿Tu madre?
- Murió. El hombre parece sentirse violento.
Jesús le observa atentamente.
- Simón, me dijiste: "¿Qué debo hacer por ti?". Ahora te digo: "¡Sígueme!".
- ¡Enseguida, Señor!... Pero... pero yo... déjame que te diga una cosa. Soy, me llamaban "zelote" por la casta, y
"cananeo" por madre. Ya ves que soy oscuro, en mí tengo sangre de esclava. Mi padre no tenía hijos de su mujer y me tuvo de
una esclava. Su mujer, una buena mujer, me crió como a un hijo y me cuidó en infinitas enfermedades, hasta que murió...
- No hay esclavos o libertos a los ojos de Dios. A sus ojos, una sola es la esclavitud: el pecado. Y Yo he venido a hacerla
desaparecer. Os llamo a todos, porque el Reino es de todos. ¿Eres culto?
- Soy culto. Tenía incluso un lugar entre los grandes, mientras el mal permaneció velado bajo el vestido. Pero cuando
subió al rostro... no daban crédito a sus ojos mis enemigos al ver que podían usarlo para confinarme entre los "muertos",
aunque — como dijo un médico romano de Cesárea que consulté — la mía no fuera lepra verdadera, sino serpigo hereditario,
por lo que era suficiente que no procreara para no propagarlo. ¿Puedo no maldecir a mi padre?
- Debes no maldecirlo. Te ha hecho todo tipo de mal...
- ¡Sí! Dilapidador, vicioso, cruel, sin corazón ni afecto. Me ha negado la salud, las caricias, la paz, me ha sellado con un
nombre despreciable y con una enfermedad oprobiosa... De todo se ha adueñado. Incluso del futuro del hijo. Me ha arrebatado
todo: incluso la alegría de ser padre.
- Por eso te digo: "¡Sígueme!". A mi lado, siguiéndome, encontrarás Padre e hijos. Levanta la mirada, Simón. Allí el
verdadero Padre te sonríe. Observa los espacios de la tierra, los continentes, las regiones. Hay hijos e hijos; hijos del alma para
los que no tienen hijos. Te esperan a ti, y muchos como tú esperan. Bajo mi signo ya nadie será abandonado. En mi signo ya no
hay soledades ni diferencias. Es signo de amor y da amor. Ven, Simón, tú que no has tenido hijos. Ven, Judas, tú que pierdes al
padre por mi amor. Os uno en el destino.
Él los tiene cerca a los dos. Tiene las manos sobre sus hombros, como para una toma de posesión, como para imponer
un yugo común. Luego dice:
- Os uno. Pero ahora os separo. Tú, Simón, te quedarás aquí con Tomás. Prepararás con él los caminos de mi retorno.
Dentro de no mucho volveré, y quiero que muchos me estén esperando. Decidles a los enfermos (tú lo puedes decir) que Aquel
que cura viene. Decidles a los que esperan que el Mesías está entre su pueblo. Decidles a los pecadores que hay quien perdona
para dar la fuerza necesaria para subir..
- Pero ¿seremos capaces?
- Sí. Sólo tenéis que decir: "Él ha llegado. Os llama. Os espera, Viene para liberaros. Estad aquí preparados para verlo". Y
a las palabras unid el relato de lo que sabéis. Y tú, Judas, primo, ven conmigo y con éstos. Tú de todas formas te quedarás en
Nazaret.
- ¿Por qué, Jesús?
- Porque debes prepararme mi camino en mi tierra. ¿Consideras pequeña esta misión? En verdad no hay una más
grave... – Jesús suspira.
- ¿Y lo lograré?
- Sí y no. Pero todo será suficiente para quedar justificados.
- ¿De qué? ¿Y ante quién?
- Ante Dios. Ante la propia tierra. Ante la familia. No podrán censurarnos por haber ofrecido el bien. Y si la patria y la
familia lo desdeñan, nosotros no tendremos culpa de su daño.
- ¿Y nosotros?
- ¿Vosotros, Pedro? Volveréis a las redes.
- ¿Por qué?

- Porque pienso instruiros lentamente y tomaros conmigo cuando os vea preparados.
- Pero, entonces, ¿te veremos?
- Claro. Iré frecuentemente. Os avisaré, si no, cuando esté en Cafarnaúm. Ahora despedíos, amigos, y vamos. Os
bendigo a vosotros que os quedáis. Mi paz con vosotros.

57
En Nazaret con Judas Tadeo y con otros seis discípulos.
Jesús llega con su primo y los seis discípulos a las proximidades de Nazaret. Desde lo alto del alcor en que se encuentran
se ve — blanca entre el verde — la pequeña, linda ciudad subir y bajar por las laderas en que está construida (un dulce ondular
de laderas: en unos lugares apenas perceptible; en otros, más marcado).
- Hemos llegado, amigos. Ved allí mi casa. Sale humo de ella. Mi Madre está dentro. Quizás esté haciendo el pan. No os
digo que os quedéis, porque pienso que estaréis deseando llegar a casa. Pero si queréis partir conmigo el pan, y conocer a
Aquella que Juan conoce, os digo: "¡Venid!".
Los seis, que ya estaban tristes por la separación inminente, se ponen de nuevo del todo contentos y aceptan de
corazón.
- Vamos, entonces.
Bajan a buen paso la pequeña colina y toman la calzada principal. Anochece. Todavía hace calor, pero ya las sombras
descienden sobre los labrantíos, donde las mieses comienzan a madurar.
Entran en el pueblo. Mujeres que van y vienen de la fuente, hombres a la puerta de los minúsculos talleres o en los
huertos saludan a Jesús y a Judas.
Los niños se apiñan en torno a Jesús.
- ¿Has vuelto?
- ¿Ahora te quedas aquí?
- Se me ha roto otra vez la rueda de la carretilla.
- ¿Sabes, Jesús? Tengo una nueva hermana y le han puesto de nombre María.
- El maestro me ha dicho que sé todo y que soy un verdadero hijo de la Ley.
- Sara no está porque tiene a su mamá muy enferma. Llora porque tiene miedo.
- Mi hermano Isaac se ha casado. Han hecho una gran fiesta.
Jesús escucha, acaricia, encomia, promete ayuda.
Así llegan a casa. Y en el umbral de la casa está ya María, avisada por un muchachito premuroso.
- ¡Hijo mío!
- ¡Mamá!
Los dos están el uno entre los brazos del otro. María, que es mucho más baja que Jesús, tiene la cabeza apoyada en la
parte más alta del pecho del Hijo, y está cerrada en el círculo de sus brazos. El la besa sobre el pelo rubio. Entran en casa.
Los discípulos, incluido Judas, se quedan afuera, para que se sientan libres en estas primeras muestras de afecto.
- ¡Jesús! ¡Hijo mío! - María habla con voz trémula como la de quien tiene las lágrimas en la garganta.
- ¿Por qué, Mamá, estás así?
- ¡Hijo! Me han dicho... En el Templo aquel día había galileos, nazarenos... Han vuelto... y han contado... ¡Hijo!....
- ¡Pero tú, Mamá, ya ves que estoy bien! No he sufrido ningún mal. Sólo ha sido glorificado Dios en su Casa.
- Sí. Lo sé, Hijo de mi corazón. Sé que ha sido como el toque que llama a los que duermen. Y por la gloria de Dios yo me
alegro... me alegro de que este pueblo mío se despierte a Dios... Yo no te lo reprocho... no te pongo obstáculos... te
comprendo... y... y estoy contenta... pero te he engendrado, yo, ¡Hijo mío!....
María está todavía en el círculo de los brazos de Jesús y ha hablado teniendo las manos abiertas y apoyadas sobre el
pecho del Hijo, con la cabeza alzada hacia Él, los ojos más brillantes por el llanto que está para rebosarlos; y ahora calla,
volviendo a apoyar la cabeza en el pecho de su Hijo. Parece una tortolita gris, vestida como está de pardo - grisáceo, amparada
por dos fuertes alas de candor, porque Jesús está todavía con su vestidura y manto blancos.
- ¡Mamá! ¡Pobre Mamá! ¡Mi querida Mamá!... - Jesús la vuelve a besar. 'Luego dice: «Bueno, ¿ves? Estoy aquí y no
estoy solo. Me he traído a mis primeros discípulos, y otros están en Judea. También el primo Judas está conmigo y me sigue...
- ¿Judas?
- Sí, Judas. Sé por qué te asombras. Claro, entre los que han referido el hecho estaban Alfeo y sus hijos... y no yerro
diciendo que me han criticado. Pero no tengas miedo. Hoy así, mañana de otra forma. Al hombre se le debe cultivar como a la
tierra, y donde hay espinos salen rosas. Judas, a quien tú amas, está ya conmigo.
- ¿Dónde está ahora?
- Ahí afuera con los otros. ¿Tienes pan para todos?
- Sí, Hijo. María de Alfeo está sacándolo del horno. María es muy buena conmigo, especialmente ahora.
- Dios la glorificará - Sale a la puerta y llama:
- ¡Judas! ¡Aquí está tu madre! ¡Amigos, venid!
Entran y saludan. Judas besa a María y luego corre a buscar a su madre.
Jesús nombra a los cinco: Pedro, Andrés, Santiago, Natanael, Felipe; porque Juan, a quien María ya conocía, la ha
saludado inmediatamente después de Judas, inclinándose y recibiendo su bendición.

María los saluda y los invita a sentarse. Es la señora de la casa y, aun adorando con la mirada a su Jesús — parece que el
alma continúe hablando, por los ojos, con el Hijo — se ocupa de los huéspedes. Querría llevar agua para que repusieran fuerzas.
Pero Pedro salta:
- No, Mujer. No puedo permitirlo. Tú siéntate junto a tu Hijo, Madre santa. Voy yo. Ahora vamos al huerto, a
refrescarnos.
Acude María de Alfeo, roja y llena de harina, y saluda a Jesús, el cual la bendice; luego conduce a los seis al huerto, a la
pila, y vuelve feliz.
- ¡Oh, María! - le dice a la Virgen - Judas me lo ha dicho. ¡Qué contenta estoy! Por Judas y por ti, cuñada mía. Sé que los
otros me reprobarán. Pero no me importa. Seré feliz el día en que sepa que todos son de Jesús. Nosotras, madres, sabemos...
sentimos lo que es bueno para los hijos. Y yo siento que el bien de los míos eres Tú, Jesús.
Jesús le acaricia la cabeza sonriéndole.
Vuelven los discípulos y María de Alfeo sirve pan fragante, aceitunas y queso. Trae una pequeña ánfora de vino tinto.
Jesús llena los vasos de sus amigos. Es siempre Jesús quien ofrece, y luego distribuye.
Un poco azorados al principio, los discípulos se sienten más seguros y hablan de sus casas, del viaje a Jerusalén, de los
milagros acaecidos. Se sienten llenos de celo y de afecto, y Pedro trata de hacer de María una aliada para obtener que Jesús los
tome enseguida sin previa espera en Betsaida.
Ella, con una suave sonrisa los exhorta:
- Haced todo lo que Él dice. Esta espera os granjeará más beneficios que una unión inmediata. Mi Jesús todo lo que
hace lo hace bien.
La esperanza de Pedro muere. Pero se resigna con elegancia. Sólo pregunta:
-¿Durará mucho la espera?
Jesús lo mira sonriéndole, pero no dice nada más.
María interpreta esa sonrisa como un signo benévolo, y dice:
- Simón de Jonás, Él sonríe... por eso yo te digo: ligero como vuelo de golondrina será el tiempo de tu espera obediente.
- Gracias, Mujer.
- ¿No hablas, Judas? ¿Y tú, Juan?
- Te miro, María.
- Yo también.
- También yo os miro y... ¿Sabéis?... me viene a la mente una hora lejana. También entonces tenía siempre tres pares de
ojos fijos en mi rostro con amor. ¿Te acuerdas, María, de mis tres discípulos?
- ¡Ah, que si me acuerdo!... ¡Es cierto! También ahora tres, de la misma edad más o menos, te miran con todo su amor.
Y éste, Juan, creo, me parece el Jesús de entonces, tan rubio y rosado, y el más joven.
Los otros se muestran deseosos de saber. Recuerdos y anécdotas fluyen con el tiempo en las palabras. Cae la noche.
- Amigos, Yo no tengo habitaciones. Pero allí está el taller donde trabajaba. Si queréis cobijaros allí... Sólo están los
bancos.
- Cama cómoda para pescadores habituados a dormir en estrechos tablones. Gracias, Maestro. Dormir bajo tu techo es
honor y santificación.
Se retiran despidiéndose efusivamente. También Judas se retira con su madre; van a su casa.
En esta habitación quedan Jesús y María, sentados sobre el arca, a la luz de la lamparita, un brazo en el hombro del
otro, y Jesús cuenta, y María escucha, dichosa, trémula, contenta...

58.
Curación de un ciego en Cafarnaúm.
Estío. El Sol declina con gran belleza. Ha puesto al rojo vivo todo el Occidente, y el lago de Genesaret es una enorme
lámina incandescente bajo el cielo encendido.
Veo las calles de Cafarnaúm apenas empezando a poblarse de gente: mujeres que van a la fuente, hombres, pescadores
preparando las redes y las barcas para la pesca nocturna, niños que corren jugando por las calles, asnos yendo con cestos hacia
la campiña, quizás para coger verduras.
Jesús se asoma a una puerta que da a un pequeño patio todo sombreado por una vid y una higuera; más allá, un
caminito pedregoso que bordea el lago. Es la casa de la suegra de Pedro, porque éste está en la orilla con Andrés; prepara en la
barca las cestas para el pescado, y las redes; coloca asientos y rollos de cuerdas, todo lo que se necesita para la pesca, en
definitiva, y Andrés le ayuda, yendo y viniendo de la casa a la barca.
Jesús le pregunta a un apóstol:
-¿Tendremos buena pesca?.
- Es el tiempo propicio. El agua está tranquila y habrá claro de luna. Los peces subirán a la superficie desde las capas
profundas y mi red los arrastrará.
- ¿Vamos solos?.
- ¡Maestro! ¿Cómo crees que podemos ir solos con este sistema de redes?.

- No he ido nunca a pescar y espero que tú me enseñes.
Jesús baja despacito hacia el lago y se detiene en la orilla de arena gruesa y guijarrosa, cerca de la barca.
- Mira, Maestro: se hace así. Yo salgo al lado de la barca de Santiago de Zebedeo, y se va hasta el punto adecuado, así,
emparejados. Después se echa la red. Un extremo lo tenemos nosotros; Tú lo quieres tener ¿no?, eso me has dicho.
- Sí, si me explicas lo que tengo que hacer.
- No hay más que vigilar el descenso, que la red baje despacio y sin formar nudos; lentamente, porque estaremos en
aguas de pesca y un movimiento demasiado brusco puede alejar a los peces; y sin nudos para no cerrar la red, que se debe abrir
como una bolsa, o una vela, si lo prefieres, hinchada por el viento. Luego, cuando toda la red haya bajado, remaremos despacio,
o iremos con vela según la necesidad, describiendo un semicírculo sobre el lago, y cuando la vibración de la cabilla de seguridad
nos diga que la pesca es buena, nos dirigiremos a tierra firme, y allí, casi en la orilla — no antes, para no correr el riesgo de ver
huir la pesca; no después, para no dañar ni a los peces ni la red con las piedras — sacamos la red. En ese momento hace falta
tacto, porque las barcas deben acercarse tanto que desde una se pueda retirar el extremo de la red dado a la otra, pero no
chocarse para no aplastar la bolsa llena de pescado, atención, Maestro, es nuestro pan. Ojo a la red; que no se descomponga
con las sacudidas de los peces. Defienden su libertad con fuertes coletazos, y si son muchos... entiendes... son animales
pequeños, pero cuando se juntan diez, cien, mil, adquieren una fuerza como la de Leviatán.
- Como sucede con las culpas, Pedro. En el fondo, una no es irreparable. Pero si uno no tiene cuidado en limitarse a esa
una y acumula, acumula, acumula, sucede que al final esa pequeña culpa (quizás una simple omisión, una simple debilidad) se
hace cada vez más grande, se transforma en un hábito, se hace vicio capital. Algunas veces se empieza por una mirada
concupiscente, y se termina consumando un adulterio. Algunas veces se comienza por una falta de caridad de palabra hacia un
pariente, y se termina en un acto violento contra el prójimo. ¡Ay si se empieza y se deja que las culpas aumenten de peso con su
número!... Llegan a ser peligrosas y opresoras como la misma Serpiente infernal, y arrastran al abismo de la Gehena.
- Tienes razón, Maestro... Pero, ¡somos tan débiles...!.
- Vigilancia y oración para ser fuertes y obtener ayuda, y firme voluntad de no pecar, luego una gran confianza en la
amorosa justicia del Padre.
- ¿Dices que no será demasiado severo para con el pobre Simón?
- Con el Simón viejo podía ser severo, pero con mi Pedro, el hombre nuevo, el hombre de su Cristo... no, Pedro. Él te
ama y continuará amándote.
- ¿Y yo?
- También tú, Andrés, y lo mismo Juan y Santiago, Felipe y Natanael. Sois mis primeros elegidos.
- ¿Vendrán otros? Está tu primo. Y en Judea...
- ¡Oh... muchos! Mi Reino está abierto a todo el género humano, y en verdad te digo que más abundante que la más
copiosa de tus pescas será la mía en las noches de los siglos...: que cada siglo es una noche en la cual es guía y luz, no la pura luz
de Orion o la de la Luna marinera, sino la palabra de Cristo y la Gracia que vendrá de Él; noche que conocerá la aurora de un día
sin ocaso, de una luz en que todos los fieles vivirán, de un Sol que revestirá a los elegidos y los hará hermosos, eternos, felices
como dioses, dioses menores, hijos del Padre Dios, similares a mí... Ahora no podéis entender. Pero en verdad os digo que
vuestra vida cristiana os concederá una semejanza con vuestro Maestro, y resplandeceréis en el Cielo por sus mismos signos.
Pues bien, Yo obtendré, a pesar de la sorda envidia de Satanás y la flaca voluntad del hombre, una pesca más abundante que la
tuya.
- ¿Pero seremos nosotros solos tus apóstoles?
- ¿Celoso, Pedro? No. No lo seas. Vendrán otros, y en mi corazón habrá amor para todos. No seas avaro, Pedro. Tú no
sabes todavía Quién es el que te ama. ¿Has contado alguna vez las estrellas? ¿Y las piedras del fondo de este lago? No. No
podrías. Pues aún menos podrías contar los latidos de amor de que es capaz mi corazón. ¿Has podido alguna vez contar cuántas
veces este mar puede besar la orilla con su ósculo de ola en el curso de doce lunas? No. No podrías. Pues aún menos podrías
contar las olas de amor que de este corazón se derraman para besar a los hombres. Estate seguro, Pedro, de mi amor.
Pedro toma la mano de Jesús y la besa. Se le ve conmovido.
Andrés mira y no se atreve. Pero Jesús le pone la mano entre el pelo y dice:
- También a ti te quiero mucho. En la hora de tu aurora verás reflejado en la bóveda del cielo — lo verás sin tener que
alzar los ojos — a tu Jesús, que te sonreirá para decirte: "Te amo. Ven", y el paso a la aurora te será más dulce que la entrada en
una cámara nupcial...
¡Simón! ¡Simón! ¡Andrés! Voy... - Juan corre jadeante hacia ellos - ¡Maestro! ¿Te he hecho esperar? - Juan mira a Jesús
con ojos afectivos.
Pedro interviene:
- Verdaderamente empezaba a pensar que quizás ya no venías. Prepara pronto tu barca. ¿Y Santiago?....
- Eso... nos hemos retrasado por un ciego. Creía que Jesús estaba en nuestra casa y ha ido allí. Le hemos dicho: "No está
aquí. Quizás mañana te curará. Espera". Pero no quería esperar. Santiago decía: "Has esperado mucho la luz, ¿qué te supone
esperar otra noche?". Pero no atiende a razones...
- Juan, si tú estuvieras ciego, ¿tendrías prisa de volver a ver a tu madre?
- ¡Claro!
- ¿Y entonces?... ¿Dónde está el ciego?
- Está viniendo con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no lo deja. Pero viene despacio, porque la orilla es pedregosa
y él se tropieza... Maestro, ¿me perdonas el haberme comportado con dureza?
- Sí. Pero en reparación ve a ayudarle al ciego y tráemele.
Juan se marcha corriendo.

Pedro hace un ligero movimiento de cabeza, pero calla. Mira al cielo, que tiende a hacerse azul después de tanto color
cobre, mira al lago y a otras barcas que ya han salido a pescar, y suspira.
- ¿Simón?
- ¿Maestro?
- No tengas miedo. Tendrás una pesca abundante aunque salgas el último.
- ¿También esta vez?
- Todas las veces que tengas caridad. Dios te concederá la gracia de la abundancia.
- Ahí llega el ciego.
El pobrecito camina entre Santiago y Juan. Tiene entre las manos un bastón, pero no lo usa ahora. Va mejor dejándose
conducir por los dos discípulos.
- Aquí está el Maestro, frente a ti.
El ciego se arrodilla:
- ¡Señor mío! ¡Piedad!.
-¿Quieres ver? Levántate. ¿Desde cuándo estás ciego?
Los cuatro apóstoles se agrupan alrededor de los dos.
- Desde hace siete años, Señor. Antes veía bien y trabajaba. Era herrero en Cesárea Marítima. Ganaba bastante.
Siempre tenían necesidad de mi trabajo en el puerto y en los mercados (que eran muchos). Pero, forjando un hierro en forma de
ancla — y puedes hacerte una idea de lo rojo que estaba si piensas que no ofrecía resistencia a los golpes — saltó un fragmento
incandescente y me quemó el ojo. Ya los tenía enfermos por el calor de la fragua. Perdí este ojo, y el otro también se apagó al
cabo de tres meses. He terminado los ahorros y ahora vivo de la caridad...
- ¿Estás solo?
- Tengo esposa y tres hijos muy pequeños... de uno no conozco ni siquiera su cara... y tengo también a mi madre, que es
ya anciana. No obstante, ahora es ella y mi mujer quienes ganan un poco de pan, y con esto y el óbolo que llevo yo, no nos
morimos de hambre. ¡Si Tú me curases!... Volvería al trabajo. No pido más que trabajar como un buen israelita y ofrecer un pan
a quienes amo.
-¿Y has venido a mí? ¿Quién te lo ha dicho?
- Un leproso que curaste al pie del Tabor, cuando volvías al lago después de aquel discurso tan hermoso.
- ¿Qué te ha dicho?
- Que Tú lo puedes todo. Que eres salud de los cuerpos y de las almas. Que eres luz para las almas y para los cuerpos,
porque eres la Luz de Dios. Él, el leproso, había osado mezclarse entre la muchedumbre, con el riesgo de ser apedreado,
completamente envuelto en un manto, porque te había visto pasar hacia el monte y tu rostro le había encendido una esperanza
en el corazón. Me dijo: "Vi en ese rostro algo que me dijo: "Ahí hay salud ¡Ve!". Y fui". Me repitió tu discurso y me dijo que Tú le
curaste tocándolo, sin repugnancia, con tu mano. Volvía de los sacerdotes después de la purificación. Yo lo conocía, porque le
había servido cuando tenía un almacén en Cesárea. Y ahora he venido, por ciudades y pueblos, preguntando por ti. Y te he
encontrado... ¡Piedad de mí!
- Ven. ¡Demasiado viva es todavía la luz para uno que sale de la oscuridad!
- Entonces, ¿me curas?
Jesús lo conduce hacia la casa de la suegra de Pedro, a la luz atenuada del huertecillo, se lo pone delante, pero de forma
que los ojos curados no sufran el primer impacto del lago aún todo jaspeado de luz. El hombre se deja llevar tan dócilmente, sin
preguntar siquiera, que parece un niño dulcísimo.
- ¡Padre! ¡Tu luz a este hijo tuyo! - Jesús tiene extendidas las manos sobre la cabeza del hombre, que está de rodillas.
Permanece así un momento. Luego se moja la punta de los dedos con saliva y toca apenas con su mano derecha los ojos, que
están abiertos pero no tienen vida.
Pasa un momento. El hombre parpadea y se restriega los ojos, como uno que saliera del sueño y los tuviera
obnubilados.
- ¿Qué ves?
- ¡Oh!... ¡Oh!... ¡Oh, Dios Eterno! ¡Me parece... me parece... oh... que veo... te veo el vestido... es rojo, ¿no es verdad?, y
una mano blanca... y un cinturón de lana!... ¡Oh, Jesús bueno... veo cada vez mejor cuanto más me habitúo a ver!... La hierba del
suelo... y eso es un pozo, ¡claro!, y allí hay una vid...
- Levántate, amigo.
El hombre, que llora y ríe al mismo tiempo, se alza y, pasado un instante de lucha entre el respeto y el deseo, levanta la
cara y encuentra la mirada de Jesús, un Jesús sonriente de piedad, de una piedad que es toda amor. ¡Debe ser muy bonito
recuperar la vista y ver como primer Sol ese rostro! El hombre emite un grito y tiende los brazos; es un acto instintivo. Pero
enseguida se frena.
Es Jesús quien abriendo los suyos arrima a sí al hombre, que es mucho más bajo que Él.
- Ve a tu casa, ahora – le dice Jesús - y sé feliz y justo. Ve con mi paz.
- ¡Maestro, Maestro! ¡Señor! ¡Jesús! ¡Santo! ¡Bendito! La luz... Pero si veo... veo todo... Ahí, el lago azul y el cielo sereno
y los últimos rayos de sol y el primer atisbo de luna... Pero el azul más hermoso y sereno lo veo en tus ojos; y en ti veo la belleza
del Sol más verdadero, y resplandecer lo puro de la Luna más santa. ¡Astro de los que sufren, Luz de los ciegos, Piedad que vives
y obras!
- Yo soy Luz de los espíritus. Sé hijo de la Luz.
- Siempre, Jesús. Cada vez que mis párpados se abran o cierren sobre mis pupilas renacidas, renovaré este juramento.
¡Benditos seáis Tú y el Altísimo!.

- ¡Bendito sea el Altísimo Padre! Adiós.
Y el hombre parte dichoso, seguro, mientras Jesús y los estupefactos apóstoles bajan a dos barcas y comienzan la
maniobra de la navegación.

59
Curación de un endemoniado en la sinagoga de Cafarnaúm.
Veo la sinagoga de Cafarnaúm. Ya está llena de gente que está esperando. Algunos en la puerta miran furtivamente a la
plaza, todavía soleada aunque esté cayendo la tarde.
Por fin un grito: « ¡Ha llegado el Rabí!». Toda la gente se vuelve hacia la puerta, los más bajos se ponen de puntillas o
tratan de pasar adelante. Se produce algún pequeño altercado y hay algunos empujones a pesar de las amonestaciones de los
encargados de la sinagoga y personalidades de la ciudad.
- La paz esté con todos aquellos que buscan la Verdad - Jesús está en el umbral de la puerta y saluda bendiciendo con
los brazos tendidos hacia delante. La luz vivísima de la plaza soleada recorta su alta figura aureolándola de luz. Ha dejado el
cándido vestido y viste el color azul oscuro que lleva normalmente. Avanza entre la muchedumbre, que se abre y cierra en torno
a El como las olas en torno a una nave.
- ¡Estoy enfermo, cúrame! - gime un joven, que, por el aspecto, yo diría que está tísico, agarrándolo a Jesús por el
vestido.
Jesús le pone la mano en la cabeza y dice:
- Ten confianza. Dios te escuchará. Déjame ahora que hable al pueblo, luego volveré.
El joven lo suelta y se tranquiliza.
- ¿Qué te ha dicho? - le pregunta una mujer con un niño en brazos.
- Me ha dicho que después de hablar al pueblo volverá.
- ¿Te cura entonces?
- No lo sé. Me ha dicho: "Ten confianza". Yo confío.
- ¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho? - La muchedumbre está deseosa de saber. Entre el pueblo se repite la respuesta de
Jesús.
- Entonces yo voy por mi niño.
- Y yo traigo aquí a mi padre anciano.
- ¡Si Ageo quisiera venir! Yo lo intento... pero no vendrá.
Jesús ha llegado a su puesto. Saluda al jefe de la sinagoga, el cual le devuelve el saludo (es un hombre pequeño, grueso
y bastante anciano). Para hablarle, Jesús se inclina. Parece una palma plegándose hacia un arbusto más ancho que alto.
- ¿Qué quieres que te dé? - pregunta el jefe de la sinagoga.
- Lo que te parezca bien, o si no al azar. El Espíritu guiará.
- Pero... ¿y estarás preparado?
- Estoy preparado. Venga, al azar. Repito: el Espíritu del Señor guiará la mano para el bien de este pueblo.
El jefe de la sinagoga alarga un brazo hacia el montón de rollos, toma uno, lo abre y se detiene en un punto concreto.
«Esto» dice.
Jesús toma el rollo y lee el punto señalado: «Josué: "¡Levántate y santifica al pueblo!, y diles: "Santificaos para mañana
porque, afirma el Señor Dios de Israel, la maldición está entre vosotros, ¡oh, Israel!; tú no podrás hacer frente a tus enemigos
hasta que sea extirpado de ti quien se ha contaminado con tal delito"
Se detiene, lo enrolla y lo devuelve.
La muchedumbre está atentísima. Sólo bisbisea alguno: « ¡Verás lo que oímos contra los enemigos!». «¡Es el Rey de
Israel, el Prometido, y recoge a su pueblo!».
Jesús extiende los brazos en la posición típica de los oradores. El silencio es completo.
- Quien ha venido para santificaros se ha levantado. Ha dejado la intimidad de la casa en que se ha preparado para esta
misión. Se ha purificado para daros ejemplo de purificación, se ha colocado en su lugar ante los poderosos del Templo y ante el
pueblo de Dios y ahora está entre vosotros: soy Yo. No como, con mente obnubilada e inquietud en el corazón, algunos de entre
vosotros piensan y esperan. Más alto y más grande es el Reino del cual Yo soy el Rey futuro y al cual os llamo.
Os llamo, ¡oh vosotros de Israel!, antes que a cualquier otro pueblo, porque vosotros sois los que en los padres de los
padres recibisteis la promesa de esta hora y la alianza con el Señor Altísimo. Mas no se formará este Reino con turbas de
soldados ni con crueldades sangrientas, y en él no tendrán cabida ni los violentos, ni los déspotas, ni los soberbios, ni los
iracundos, ni los envidiosos, o los lujuriosos, o los avaros; sí los buenos, los mansos, los continentes, los misericordiosos, los
humildes, los que se muestran amantes del prójimo y de Dios, los pacientes.
¡Israel! No estás llamado a combatir contra los enemigos de fuera, sino contra los enemigos de dentro, contra los que
están en cada uno de tus corazones, en el corazón de los miles y miles de hijos tuyos. Alejad de todos y cada uno de vuestros

corazones la maldición del pecado, si queréis que mañana Dios os reúna y os diga: "Pueblo mío, tuyo es el Reino que ya nunca
será derrotado, ni invadido, ni insidiado por enemigos".
Mañana. ¿Cuál mañana? ¿Dentro de un año, dentro de un mes? ¡Oh, no busquéis, no busquéis conocer el futuro con
sed malsana, con medios que saben a brujería culpable! Dejad a los paganos el espíritu pitón. Dejad al Dios Eterno el secreto de
su tiempo. Vosotros venid a purificaros en la verdadera penitencia desde mañana, el mañana que nacerá después de esta hora
de la tarde y de la que vendrá de la noche, el mañana que surgirá con el canto del gallo.
Arrepentíos de vuestros pecados para que seáis perdonados y estéis preparados para el Reino. Alejad de vosotros la
maldición de la culpa. Cada uno tiene la suya. Cada uno tiene eso que es contrario a los diez mandamientos de salvación eterna.
Examinaos cada uno con sinceridad y encontraréis el punto en que habéis errado. Humildemente arrepentíos de ello con
sinceridad. Desead arrepentiros. No de palabra (de Dios nadie se burla, no se le engaña), sino con la voluntad firme que os lleve
a cambiar de vida, a volver a la Ley del Señor. El Reino de los Cielos os espera. Mañana.
¿Mañana?, os preguntáis. La hora de Dios, aunque venga al final de una vida longeva como la de los Patriarcas, es
siempre un mañana solícito. La eternidad no tiene como medida de tiempo el lento discurrir de la clepsidra. Esas medidas de
tiempo que vosotros llamáis días, meses, años, siglos, son latidos del Espíritu Eterno que os mantiene en vida. Mas vosotros sois
eternos en vuestro espíritu, y debéis tener para el espíritu el mismo método de medida del tiempo que tiene vuestro Creador.
Debéis decir, por tanto: "Mañana será el día de mi muerte"; que no es tal muerte para el fiel, sino reposo de espera, en espera
del Mesías que abra las puertas del Cielo.
En verdad os digo que entre los presentes sólo veintisiete deberán esperar cuando mueran. Los otros serán juzgados ya
antes de la muerte, y ésta será el paso inmediato a Dios o a Satanás, porque el Mesías ha venido, está entre vosotros, y os llama
para daros la Buena Nueva, para instruiros en la Verdad, para llevaros al Cielo.
¡Haced penitencia! El "mañana" del Reino de los Cielos es inminente. Que os encuentre limpios para pasar a ser
poseedores del eterno día.
La paz sea con vosotros.
Se levanta a rebatirle un israelita togado y de barba abundante. Habla así:
- Maestro, cuanto dices me parece en contraste con lo que está escrito en el libro segundo de los Macabeos, gloria de
Israel. En él puede leerse: "Efectivamente, es signo de gran benevolencia el no permitir a los pecadores que sigan durante largo
tiempo sus caprichos, sino pasar enseguida al castigo. El Señor no hace como con las otras naciones, que las espera con
paciencia, para castigarlas en el día del juicio, colmada ya la medida de los pecados". Sin embargo Tú hablas como si el Altísimo
pudiera ser muy tardo a la hora de castigarnos, esperándonos, como a los otros pueblos, para el tiempo del Juicio, cuando esté
colmada la medida de los pecados. Verdaderamente los hechos te desmienten. Israel sufre el castigo, como dice el historiógrafo
de los Macabeos. Si fuera como Tú dices, ¿no habría desacuerdo entre tu doctrina y la contenida en la frase que te he
mencionado?
- No sé quién eres (*), pero quienquiera que seas te respondo. No hay desacuerdo en la doctrina, sino en el modo de
interpretar las palabras. Tú las interpretas según el modo humano, Yo según el del espíritu. Tú, representante de la mayoría, ves
todo con referencia a lo presente y caduco. Yo, representante de Dios, todo lo explico, y aplico, a lo eterno y sobrenatural. Sí,
Yeohveh os ha castigado en lo temporal, en la soberbia y en la justicia de ser un "pueblo" según la tierra. Pero, ¡cuánto os ha
amado y cuánta paciencia tiene con vosotros — más que con cualquier otro — concediéndoos el Salvador, su Mesías, para que
lo escuchéis y os salvéis antes de la hora de la ira divina! No quiere que seáis pecadores. Pero, si os ha castigado en lo caduco,
viendo que la herida no se cura, antes al contrario insensibiliza cada vez más vuestro espíritu, he aquí que os manda no castigo
sino salvación. Os manda a Aquel que os cura y os salva, Yo, quien os está hablando.
- ¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú...
¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿por orden de quién hablas?
- Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el
Redentor. Ya le habéis oído decir a su Precursor: "Preparad el camino del Señor... El Señor Dios viene... Como un pastor
apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua". Entre vosotros están los que han oído del Precursor
estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oído una voz que hablaba
diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía.
- Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero
algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error. Nosotros no te conocemos.
- Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo
casa en Nazaret. Esto según el mundo. Según Dios soy su Mensajero. Mis discípulos lo saben.
- ¡Oh, ellos!... Pueden decir lo que quieran, o lo que Tú les hagas decir.
- Hablará otro, que no me ama, y dirá quién soy. Espera que llame a uno de los presentes.
Jesús mira a la muchedumbre (asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas), la mira,
buscando a alguno con sus ojos de zafiro, y dice con fuerte voz:
- ¡Ageo! ¡Pasa adelante! ¡Te lo ordeno!
Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una
mujer.
- ¿Conoces a este hombre?
- Sí. Es Ageo de Malaquías, de aquí, de Cafarnaúm, poseído por un espíritu malvado que lo arrastra a repentinos y
furiosos estados de locura.
- ¿Todos lo conocen?
La multitud grita:

-¡Sí, sí!
- ¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?
La multitud grita:
- No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella.
- Mujer, acércamelo.
La mujer lo empuja y lo arrastra, y el pobrecillo tiembla aún más fuerte.
El jefe de la sinagoga le advierte a Jesús:
- ¡Ten cuidado! El demonio está para atormentarlo de un momento a otro... y entonces se lanza hacia uno, araña y
muerde.
La gente deja paso comprimiéndose contra las paredes.
Los dos están ya frente a frente. Un instante de lucha interior. Parece que el hombre, acostumbrado al mutismo,
encuentra dificultad en hablar; gime... la voz se forma en palabras:
- ¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús de Nazaret? ¿Por qué has venido a atormentarnos? ¿Por qué has venido a
exterminamos, Tú, Señor del Cielo y de la Tierra? Sé quién eres: el Santo de Dios. Ninguno, en la carne, fue más grande que Tú,
porque tu carne de hombre encierra el Espíritu del Vencedor Eterno. Ya me has vencido en...
- ¡Calla! Sal de este hombre. Te lo ordeno.
Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre. Se revuelve entre convulsiones, como si hubiera alguien que
lo maltratase con bruscos golpes y empujones; chilla con voz deshumana, echa espuma y luego cae arrojado al suelo para
levantarse sorprendido y curado.
- ¿Has oído? ¿Qué respondes ahora? - le pregunta Jesús a su opositor.
El hombre togado y de abundante barba se encoge de hombros y, vencido, se va sin responder. La multitud se mofa de
él y aplaude a Jesús.
- ¡Silencio, el lugar es sagrado! - dice Jesús, y ordena: - Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios.
Viene el enfermo. Jesús lo acaricia:
- ¡Has tenido fe! Queda curado. Vete en paz y sé justo.
El joven lanza un grito. ¡Quién sabe lo que siente! Se postra a los pies de Jesús y los besa con agradecimiento:
-¡Gracias por mí y por mi madre!
Vienen otros enfermos: un niño con las piernecitas paralizadas. Jesús lo coge en brazos, lo acaricia y lo pone en el
suelo... y lo deja. Y el niño no se cae, sino que corre hacia su mamá, la cual lo recibe, llorando, en su corazón y bendice a voz en
grito a «el Santo de Israel». Viene un viejecito ciego, guiado por su hija. También él queda curado con una caricia en las órbitas
enfermas.
La muchedumbre rompe a bendecir a Jesús.
El se hace paso sonriendo y, aunque es alto, no lograría hacer una fisura en la multitud si Pedro, Santiago, Andrés y Juan
no lo intentaran generosamente por su parte, y se abrieran un canal desde su ángulo hasta Jesús, y después lo protegieran hasta
la salida a la plaza, donde ya no hay sol.
(*) "No sé quién eres": una afirmación de este tipo en boca de Jesús recibe, como nota en una copia mecanografiada, la
siguiente explicación de María Valtorta: "Cristo, como Dios y como Santo de los santos, penetraba en las conciencias, y de éstas
veía y conocía sus escondidos secretos (introspección perfecta); como Hombre conocía sólo según el modo humano personas y
lugares, cuando el Padre suyo y su propia naturaleza divina no juzgaban útil el conocimiento de los lugares y personas sin
preguntar. De forma análoga, las palabras ¡Ageo! ¡Pasa adelante!..., tienen la siguiente nota: "Aquí, debiendo dar prueba al
fariseo de su omnisciencia divina, llama por su nombre al desconocido Ageo, del que sabe que está endemoniado, mientras que
en la página precedente, como Hombre, había dicho al fariseo: "No sé quién eres". Otra explicación sobre las "ignorancias" de
Jesús la encontramos a propósito de una serie de preguntas que Él hace a Analía: "Jesús sabía y recordaba, pero quería que las
almas se abrieran con la máxima libertad y confianza. Una tercera explicación se halla en una larga nota de María Valtorta a
propósito de la afirmación de Jesús: "No sé quién es": "Y el Padre eterno, para probar los corazones y separar a los hijos de Dios,
de la Luz, de los hijos de la carne y de las tinieblas, permitía, en presencia de los apóstoles, de los discípulos y muchedumbres,
algunas lagunas en el omnímodo conocimiento de su Hijo, similares a estas preguntas y respuestas: "¿Quién es éste? No lo
conozco...". Y ello lo permitía por los hombres, y también por su Hijo amado, para prepararlo a la gran oscuridad de la hora de
las tinieblas, al abandono del Padre: horas tremendas en que Jesús fue el Hombre, y, además, un Hombre rechazado por el
Padre, habiendo venido a ser "Anatema por nosotros"... Por tanto, las referencias de "ignorancias" de Jesús no están en
contradicción con las frecuentes declaraciones de su "omnisciencia".

60
Curación de la suegra de Simón Pedro.
Pedro le está hablando a Jesús. Dice:
- Maestro, quisiera rogarte que vengas a mi casa. No me atreví a decírtelo el sábado pasado. Pero... querría que
vinieras.
- ¿A Betsaida?
- No, aquí... a casa de mi mujer; la casa natal, quiero decir.

- ¿Por qué este deseo, Pedro?
- Por muchas razones... y, además, hoy me han dicho que mi suegra está enferma. Si quisieras curarla, quizás te...
- Termina, Simón.
- Quería decir... si te la presentasen, ella dejaría... sí, en definitiva, ya sabes, una cosa es oír hablar de uno y otra cosa es
verlo y oírlo; y si esta persona, además, cura, pues entonces....
- Entonces cesa incluso el odio, quieres decir.
- No, odio no. Pero, ya sabes... el pueblo está dividido en muchos pareceres, y ella... no sabe a quién hacer caso. Ven,
Jesús.
- Voy. Vamos. Advertidles a los que esperan que les hablaré desde tu casa.
Van hasta una casa baja, aún más baja que la de Pedro en Betsaida, y situada aún más cerca del lago, del que está
separada por una faja de orilla guijarrosa; y creo que durante las borrascas las olas van a morir contra los muros de la casa, que
es baja pero muy ancha, de forma que da la impresión de que estuviera habitada por varias personas.
En el huerto que se abre en la parte delantera de la casa, hacia el lago, no hay más que una vid vieja y nudosa,
extendida sobre una rústica pérgola y una vieja higuera plegada completamente hacia la casa por los vientos del lago. El ramaje
del árbol, como cabellera des- peinada, apenas roza sus muros y llama a los postigos de las pequeñas ventanas, cerrados como
protección del vivo sol que incide sobre la casita. Sólo se ve esta higuera y esta vid y un pozo bajo con su brocal verdoso.
- Entra, Maestro.
Algunas mujeres están en la cocina: dedicadas unas a remendar las redes; otras, a preparar la comida. Saludan a Pedro
y luego se inclinan, confusas, ante Jesús, mirándolo de soslayo con curiosidad.
- Paz a esta casa. ¿Cómo está la enferma?.
- Habla, tú que eres la nuera más mayor - le dicen tres mujeres a una que se está secando las manos con el borde del
vestido.
- La fiebre es fuerte, muy fuerte. Hemos llamado al médico, pero dice que es demasiado anciana para poder sanar y que
cuando ese mal de los huesos va al corazón y da fiebre, especialmente a esa edad, la persona muere. Ya no come... Yo trato de
prepararle comidas apetitosas; como ahora, ¿ves, Simón? Estaba preparándole esa sopa que le gustaba tanto. He escogido el
pescado mejor, de los cuñados. Pero no creo que pueda comérsela. Y además... ¡está tan inquieta! Se queja, grita, llora,
impreca...
- Tened paciencia como si fuera vuestra madre y Dios os otorgará el mérito, elevadme donde ella.
- Rabí... Rabí... no sé si querrá verte. No quiere ver a nadie. Yo no me atrevo a decirle "ahora te traigo aquí al Rabí".
Jesús sonríe sin perder la calma. Se vuelve hacia Pedro:
- Te toca a ti, Simón. Eres hombre, y el más mayor de los yernos según me has dicho. Ve.
Pedro hace una mueca significativa... Obedece; cruza la cocina, entra en una habitación y, a través de la puerta, cerrada
tras él, lo siento conversar con una mujer. Asoma la cabeza y una mano y dice:
- Ven, Maestro, date prisa - y añade, más bajo, apenas inteligiblemente - Antes de que cambie de idea.
Jesús cruza rápido la cocina y abre de par en par la puerta. Erguido, en el umbral, pronuncia su dulce y solemne saludo:
- La paz sea contigo.
Entra, a pesar de no haber recibido respuesta. Va junto a una yacija baja en la que está echada una mujer pequeña,
toda gris, flaca, jadeante a causa de la fiebre alta que le enrojece el rostro consumido.
Jesús se inclina hacia el camastro, le sonríe a la viejecita y le dice:
-¿Te encuentras mal?
- ¡Me muero!
- No. No te mueres. ¿Puedes creer que Yo te puedo curar?
- ¿Y por qué habrías de hacerlo? No me conoces.
- Por Simón, que me lo ha pedido... y también por ti, para darle tiempo a tu alma de ver y amar la Luz.
- ¿Simón? Mejor sería si... ¿Cómo es que Simón ha pensado en mí?
- Porque es mejor de lo que tú te piensas. Yo lo conozco y lo sé. Lo conozco y es para mí un placer acoger lo que me
pide.
- Entonces, ¿piensas curarme? ¿Ya no moriré?
- No, mujer. Por ahora no morirás. ¿Puedes creer en mí?
- Creo, creo. ¡Me basta con no morir!
Jesús sonríe de nuevo, le coge la mano de hinchadas venas y llena de arrugas, la cual desaparece en la suya, juvenil; se
pone derecho tomando el aspecto de cuando hace un milagro y grita:
-¡Queda curada! ¡Lo quiero! ¡Levántate! - y le suelta la mano, cayendo sin que la anciana se queje, mientras que antes,
aunque Jesús se la hubiera tomado con mucha delicadeza, el solo hecho de moverla le había costado un quejido a la enferma.
Un tiempo breve de silencio; luego, la anciana exclama fuerte:
- ¡Oh! ¡Dios de los padres! ¡Si yo ya no tengo nada! ¡Pero si estoy curada! ¡Venid! ¡Venid!.
Acuden las nueras.
- ¡Mirad! - dice la anciana - ¡Me muevo y ya no siento dolores! ¡Y ya no tengo fiebre! Tocad, veréis qué fresca estoy. Y el
corazón ya no parece el martillo del herrero. ¡Ah! ¡Ya no me muero! — ¡ni siquiera una palabra para el Señor!.
Pero Jesús no se lo toma a mal. Le dice a la nuera más mayor:
- Vestidla. Que se levante. Puede hacerlo - Y se encamina hacia la puerta.
Simón, desconsolado, se dirige a la suegra:
- El Maestro te ha curado, ¿no le dices nada?

- ¡Pues claro! No me daba cuenta. Gracias. ¿Qué puedo hacer para decirte gracias?
- Ser buena, muy buena. Porque el Eterno fue bueno contigo. Y, si no te importa demasiado, déjame descansar hoy en
tu casa. He llegado esta mañana al alba después de recorrer durante la semana todos los pueblos cercanos. Estoy cansado.
- ¡Claro! ¡Claro! Quédate si quieres - Pero no se la ve con mucho entusiasmo al decir esto.
Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sentarse.
- ¡Maestro!....
- ¿Pedro mío?
- Estoy desolado.
Jesús hace un gesto como queriendo significar: « ¡Bah!, no te preocupes». Luego dice:
- No es la primera, ni será la última que no siente inmediata gratitud. Pero no pido gratitud. Me conformo con
proporcionarles a las almas un modo de salvarse. Yo cumplo con mi deber. Ellas que cumplan con el suyo.
- ¿Ha habido otros así? ¿Dónde?
- ¡Qué curioso eres, Simón! Pero, deseo darte gusto, a pesar de que no me satisfacen las curiosidades inútiles. En
Nazaret. ¿Te acuerdas de la madre de Sara? Estaba muy enferma cuando llegamos a Nazaret y nos dijeron que la niña estaba
llorando. Fui a ver a la mujer, para que la niña, que es buena y dócil, no se quedara huérfana y acabara siendo una hijastra...
Quería curarla... Pero en el momento en que iba a poner pie en la casa, su marido y un hermano me echaron, diciendo: "¡Fuera,
fuera! No queremos problemas con la sinagoga". Para ellos, para demasiados, soy ya un rebelde... De todas formas la curé... por
sus niños. Y a Sara, que estaba en el huerto, acariciándola, le dije: "Curo a tu madre. Ve a casa. No llores más". La mujer quedó
curada en ese mismo momento y la niña se lo dijo, así como al padre y al tío... Y se le castigó por haber hablado conmigo. Lo sé
porque la niña vino corriendo detrás de mí cuando me marchaba del pueblo... Pero no importa.
- Yo la volvía a poner enferma.
- ¡Pedro! - Jesús se muestra severo - ¿Es esto lo que te enseño a ti y a los otros? ¿Qué has oído de mis labios desde la
primera vez que me has escuchado? ¿De qué he hablado siempre, como condición primera para ser verdaderos discípulos míos?
- Es verdad, Maestro. Soy un verdadero animal. Perdóname. Pero... ¡no puedo soportar el que no te quieran!
- ¡Oh, Pedro, verás faltas de amor mucho mayores! ¡Te llevarás muchas sorpresas, Pedro! Personas que el mundo
llamado "santo" desprecia como publícanos, y que, sin embargo, serán ejemplo para el mundo, y ejemplo no seguido por los que
los desprecian; paganos que estarán entre mis mayores fieles; meretrices que se vuelven puras, por voluntad y penitencia;
pecadores que se enmiendan...
- Mira: que se enmiende un pecador... todavía. ¡Pero una meretriz y un publicano!...
- ¿No lo crees?
- Yo no.
- Estás equivocado, Simón. Pero, mira, viene tu suegra.
- Maestro... Te ruego que compartas mi mesa.
- Gracias, mujer. Dios te lo pague.
Entran en la cocina y se sientan a la mesa, y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en
sopa y asado.
- Perdonad, pero no tengo más que esto - dice. Y, para no perder la costumbre, le dice a Pedro:
- ¡Demasiado hacen, incluso, tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos
hubiera servido para hacer más rica a mi hija... Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas.
- Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas.
- Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo. Al menos esa pobre
hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer.
- Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?
- Yo no lo critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que haces el vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un
sacerdote. Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil.
- Porque está Él, que si no...
- Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí. Por lo que oigo, ya antes
pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora.
- ¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no...
- Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿qué más te da estar o no estar en
esta casa?
Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.
- Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero... ¿y éstos? - alude a Juan y a Santiago, sus socios.
- ¿No pueden venir también ellos?
- Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo,
Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades.
- Quizás venga también Zebedeo - dice Pedro.
- Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos.
- ¿Está aquí Jesús de Nazaret? - pregunta un niño asomándose a la puerta.
- Está aquí. Pasa.
Entra un niño, al cual reconozco como uno de los de las primeras visiones de Cafarnaúm, concretamente el que
prometió ser bueno después de tropezarse con las piernas de Jesús... para comer la miel del Paraíso.
- Pequeño amigo, pasa - dice Jesús.

El niño, un poco atemorizado por tanta gente como lo mira, se tranquiliza y corre donde Jesús, que lo abraza y se lo
coloca sobre las rodillas, y le da un trozo de su pescado en una rodaja de pan.
- Mira, Jesús, esto es para ti. También hoy esa persona me ha dicho: "Es sábado. Llévale esto al Rabí de Nazaret y dile a
tu amigo que ore por mí". ¡Sabe que eres mi amigo!... — el niño ríe feliz y come su pan y su pescado.
- ¡Sí señor!, Santiago. Le dirás a esa persona que mis oraciones por él suben al Padre.
- ¿Es para los pobres? - pregunta Pedro.
- Sí.
- ¿Es el donativo de costumbre? Veamos.
Jesús le da la bolsa. Pedro vuelca las monedas y cuenta.
- ¡También esta vez la misma fuerte suma! ¿Pero quién es esta persona? Di, niño, ¿quién es?
- No lo debo decir y no lo diré.
- ¡Qué desconsiderado! ¡Vamos, que si eres bueno te doy fruta!
- Yo no lo diré, ni aunque me insultes, ni aunque me acaricies.
- ¡Mirad qué lengua!
- Santiago tiene razón, Pedro. Mantiene la palabra dada; déjalo en paz.
- Tú, Maestro, ¿sabes quién es esta persona?
Jesús no responde. Se ocupa del niño, al cual le da otro trozo de pescado asado, bien limpio de espinas. Pero Pedro
insiste y Jesús debe responder.
- Yo sé todo, Simón.
- ¿Y nosotros no podemos saberlo?
- ¿Y tú no te curarás nunca de tu defecto? - Jesús reprende pero sonríe. Y añade - Pronto lo sabrás; porque, si el mal
querría estar oculto y no siempre puede permanecer escondido, el bien, aunque quiera estarlo para ser meritorio, es
descubierto un día para gloria de Dios, cuya naturaleza resplandece en un hijo suyo; la naturaleza de Dios: el amor. Esta persona
lo ha comprendido, porque ama a su prójimo. Ve, Santiago. Llévale mi bendición.

61
Jesús agracia a los pobres después de exponer la parábola del caballo amado por el rey.
Jesús se ha subido a un montón de cestos y corderías a la entrada del huerto de la casa de la suegra de Pedro. El huerto
está abarrotado de gente, y además hay más gente en la orilla guijarrosa del lago, parte sentada en el suelo, parte en las barcas
sacadas a tierra. Da la impresión de que esté hablando ya desde hace algo de tiempo, porque el discurso está empezado. Yo
oigo:
- ... Seguro que muchas veces en vuestro corazón habréis pensado así, pero no es así. El Señor no se ha mostrado falto
de benignidad para con su pueblo, a pesar de que éste le haya sido infiel miles y miles de veces.
Escuchad esta parábola. Os ayudará a entender.
Un rey tenía muchos y muy espléndidos caballos en sus caballerizas, pero a uno de ellos lo estimaba especialmente. Lo
había soñado aún antes de tenerlo. Una vez conseguido, lo había puesto en un lugar de delicias, adonde iba con el ojo y con el
corazón, mimando a ese predilecto suyo, soñando con hacer de él la maravilla de su reino. Y cuando el caballo, rebelándose a las
órdenes, había desobedecido y había huido yendo a otro dueño, aun con dolor y rigor, el rey había prometido al rebelde perdón
después del castigo. Y, fiel a esto, incluso desde lejos cuidaba de su predilecto con solicitud, mandándole dones y guardianes
que le mantuvieran su recuerdo en el corazón.
Pero el caballo, aunque sufriera por su destierro, no era constante, como lo era el rey, en amar y en desear el perdón
completo: a veces era bueno, a veces malo, y lo bueno no superaba a lo malo; es más, sucedía lo contrario. No obstante, el rey
tenía paciencia y con reprensiones y caricias trataba de hacer de su más estimado caballo un dócil amigo. Cuanto más pasaba el
tiempo, más reacio se volvía el animal. Deseaba vivamente a su rey, lloraba por el látigo de los otros dueños, pero no quería ser
verdaderamente de su rey. No tenía la voluntad de serlo. Derrengado, angustiado, gimiendo, no decía: "Lo que soy es por culpa
mía", sino que le echaba la culpa a su rey.
Éste, después de haber intentado todo, recurrió a su última prueba. "Hasta ahora — dijo — he mandado mensajeros y
amigos. Ahora mandaré a mi propio hijo. Él tiene mi mismo corazón y hablará con mi mismo amor y tendrá para con él caricias y
dones como los míos, es más, aún más dulces, porque mi hijo es yo mismo pero sublimado por el amor". Y mandó al hijo.
Ésta es la parábola. Ahora decid: ¿os parece que ese rey quería a su animal preferido?
La gente dice a una voz:
- Infinitamente lo quería.
- ¿Podía el animal quejarse de su rey por todo el mal que había sufrido por haberlo dejado?
- No, no podía - responde la multitud.
- Responded también a esto: ese caballo ¿cómo os parece que habrá acogido al hijo de su rey, que venía para
rescatarlo, curarlo y llevarlo de nuevo al lugar de delicias?
- Con alegría, es natural, con gratitud y afecto.
- Y si el hijo del rey le ha referido al caballo: "Yo he venido para esto y esto, pero tú ahora debes ser bueno, obediente,
lleno de buena voluntad, fiel a mí", ¿qué decís que habrá respondido el caballo?

- ¡Eso ni se pregunta! Habrá contestado — ahora que sabía lo que le costaba estar segregado del reino — que quería ser
como decía el hijo del rey.
- Entonces, según vosotros, ¿cuál era el deber de ese caballo?
- Ser aun más bueno de lo que se le pedía, más afectuoso, más dócil, para que le fuera perdonado el mal pasado, por
gratitud por el bien recibido.
¿Y si no hubiera actuado así?
- Merecería la muerte, porque sería peor que una fiera salvaje.
- Amigos, habéis juzgado bien. Comportaos vosotros como querríais que hubiera actuado ese caballo. Vosotros,
hombres, criaturas predilectas del Rey de los Cielos, Dios, Padre mío y vuestro; vosotros, a quienes, después de los Profetas,
Dios envía a su propio Hijo, sed, ¡oh! sed — os lo pido por lo que más queráis, por vuestro bien, y porque os amo como sólo un
Dios puede amar, ese Dios que está en mí para obrar el milagro de la Redención —, sed al menos como juzgáis que debe ser ese
animal. ¡Ay de quien se rebaja a sí mismo, hombre, a un grado inferior al animal! Si podía haber disculpa todavía para aquellos
que hasta el momento presente pecaban — porque demasiado tiempo y demasiado polvo del mundo han transcurrido desde
que la Ley fue dada, y sobre ésta el polvo se ha posado —, ahora ya no. Yo he venido para traeros de nuevo la palabra de Dios. El
Hijo del hombre está entre los hombres para llevarlos de nuevo a Dios. Seguidme. Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida.
El murmullo de costumbre entre la multitud...
Jesús les ordena a los discípulos:
- Haced que los pobres pasen hacia adelante. Tengo para ellos una rica ofrenda de una persona que se encomienda a
ellos para obtener perdón de Dios.
Pasan adelante tres viejecitos andrajosos, dos ciegos y un tullido, y luego una viuda con siete niños macilentos.
Jesús los mira fijamente uno por uno, sonríe a la viuda y especialmente a los huerfanitos, es más, le ordena a Juan:
- Que a éstos se les ponga allí, en el huerto, quiero hablar con ellos - mas toma aspecto severo, con fuego en los ojos,
cuando se presenta a Él un hombre entrado en años; pero no dice nada, por el momento.
Llama a Pedro y le pide la bolsa recibida poco antes y otra llena de monedas más pequeñas (varios donativos recogidos
entre las buenas personas). Vuelca todo sobre el banco que hay cerca del pozo. Cuenta y divide. Hace seis partes: una muy
grande, toda de monedas de plata; cinco más pequeñas, con mucho bronce y sólo alguna moneda grande. Llama luego a los
pobrecitos enfermos y pregunta:
- ¿No tenéis nada que decirme?
Los ciegos callan, el tullido dice:
- Que Aquel del que Tú vienes te proteja». Nada más.
Jesús le pone en la mano sana el óbolo.
El hombre dice:
- Dios te lo pague, pero yo de ti, más que esto, quisiera la curación.
- No la has pedido.
- Soy pobre, un gusano que los grandes pisotean, no podía imaginarme que tuvieras piedad de un mendigo.
- Yo soy la Piedad que se inclina hacia toda miseria que la llama. No rechazo a nadie. No pido más que amor y fe para
decir: "te escucho".
- ¡Oh!, ¡Señor mío! ¡Yo creo y te amo! ¡Sálvame entonces! ¡Cura a tu siervo!
Jesús pone su mano sobre la encorvada espalda, la desliza como haciendo una caricia y dice:
- Quiero que quedes curado.
El hombre se endereza, ágil e íntegro, pronunciando infinitas bendiciones.
Jesús da el óbolo a los ciegos y espera un instante antes de permitirles que se marchen... después les deja que se vayan.
Llama a los viejos. Al primero le da una limosna, lo anima y le ayuda a ponerse las monedas en el cinturón.
Se interesa, piadoso, de las desventuras del segundo, que le habla de la enfermedad de una hija:
- ¡Ella es lo único que tengo! Y ahora se me muere. ¿Qué será de mí? ¡Oh!, ¡si Tú vinieras! Ella no puede, no se tiene en
pie. Querría... pero no puede. ¡Maestro, Señor, Jesús, piedad de nosotros!
- ¿Dónde estás, padre?
- En Corazín. Pregunta por Isaac de Jonás, llamado "el Adulto". ¿Verdaderamente vendrás? ¿No te olvidarás de mi
desventura? ¿Y me curarás a mi hija?.
- ¿Puedes creer que la puedo curar?
- ¡Oh, claro que lo creo!... Por eso te hablo de ella.
- Vete a casa, padre. Tu hija estará en la puerta para recibirte.
- ¡Pero si está en cama y no puede levantarse desde hace tres!... ¡Ah, comprendido! ¡Gracias, Rabbuní! ¡Benditos seáis
Tú y quien te ha enviado! ¡Gloria a Dios y a su Mesías!
El anciano se va llorando, renqueando, lo más rápido que puede; pero, ya casi fuera del huerto dice:
- Maestro, ¿vendrás, de todas formas, a mi pobre casa? Isaac te espera para besarte los pies, lavártelos con el llanto y
ofrecerte el pan del amor. Ven, Jesús. Les hablaré de ti a los habitantes de mi ciudad.
- Iré. Vete en paz y sé feliz.
Se acerca el tercer anciano, que parece el más andrajoso. A Jesús sólo le queda el montón grande de monedas. Grita:
- Mujer, ven con tus pequeños.
La mujer, joven, macilenta, se acerca bajando la cabeza. Parece una gallina triste entre su triste pollada.
- ¿Desde cuándo eres viuda, mujer?
En la luna de Tisrí se cumplirán tres años.

- ¿Cuántos años tienes?
- Veintisiete.
- ¿Son todos tus hijos?
- Sí, Maestro, y... ya no tengo nada. Todo acabado... ¿Cómo puedo trabajar si ninguno me acepta, con todas estas
criaturas?
- Dios no abandona ni siquiera al gusano que ha creado. No te abandonará, mujer. ¿Dónde estás?
- En el lago. A tres estadios fuera de Betsaida. Él me dijo que viniera... Mi marido murió en el lago; era pescador... - "Él"
es Andrés, que se pone colorado y desearía desaparecer de la vista.
- Has hecho bien, Andrés, en decir a esta mujer que viniera a mí.
Andrés se siente más seguro y susurra:
- El hombre era mi amigo, era bueno; murió en la tempestad, perdiendo también la barca.
- Ten, mujer. Esto te ayudará durante mucho tiempo, y luego saldrá otro sol sobre tu día. Sé buena, educa en la Ley a
tus hijos y no te faltará la ayuda de Dios. Te bendigo a ti y a tus pequeños - y los acaricia uno a uno con gran piedad.
La mujer se marcha con su tesoro apretado contra el corazón.
- ¿Y a mí? - pregunta el último anciano.
Jesús lo mira y calla.
- ¿Nada para mí? ¡No eres justo! A ella le has dado seis veces más que a los demás, y a mí nada. ¡Ya... era mujer!
Jesús lo mira y calla.
- ¡Mirad todos si hay justicia! Vengo desde lejos, porque me han dicho que aquí se da dinero, y después, eso, veo que
hay quien tiene demasiado y a mí nada. ¡Un pobre viejo que está enfermo! ¡Y quiere que crean en Él!...
Anciano, ¿no te avergüenzas de mentir de ese modo? La muerte te pisa los talones y mientes y tratas de robar a quien
tiene hambre. ¿Por qué quieres robar a los hermanos el óbolo que Yo he recibido para distribuirlo con justicia?
- Pero si yo...
- ¡Calla! Habrías debido comprender por mi silencio y por mi acción que te había conocido, y seguir mi ejemplo de
silencio. ¿Por qué quieres que te ponga en evidencia?.
- Yo soy pobre.
- No. Eres un avaro y un ladrón. Vives para el dinero y para la usura.
- Jamás he prestado con usura. Dios me es testigo.
- ¿Y no es usura de lo más cruel el robar a quien verdaderamente está necesitado? Vete. Arrepiéntete. Para que Dios te
perdone.
- Te juro...
- ¡Calla! ¡Te lo ordeno! Está escrito: "No jures lo falso". Si no alimentara un respeto hacia tu canicie, te registraría y en el
pecho encontraría la bolsa llena de oro: tu verdadero corazón. ¡Vete de aquí!
Pero ya el viejo, desenmascarado, viéndose descubierto en su secreto, se marcha sin necesidad de la voz de trueno de
Jesús.
La multitud lo amenaza y vitupera, lo insulta como ladrón.
- ¡Callad! Si él ha actuado mal, no queráis también vosotros comportaros mal. Él comete una falta contra la sinceridad:
es un deshonesto. Vosotros, insultándolo, faltáis a la caridad. Al hermano que comete una falta no se le insulta. Cada uno tiene
su pecado. Nadie es perfecto excepto Dios. He tenido que avergonzarlo porque nunca es lícito ser un ladrón y, sobre todo, si es
con los pobres. Pero sólo el Padre sabe lo que he sufrido por tener que hacerlo. También vosotros debéis sentir dolor por ello,
viendo que uno de Israel falta a la Ley, tratando de defraudar al pobre y a la viuda. No seáis codiciosos. Sea el alma vuestro
tesoro, no el dinero. No seáis perjuros. Sea vuestro lenguaje puro y honesto, como también vuestras acciones. La vida no es
eterna, la hora de la muerte llega. Vivid de modo que en la hora de la muerte la paz pueda estar en vuestro espíritu, la paz de
quien ha vivido como justo. Id a vuestras casas...
- ¡Ten piedad, Señor! Este hijo mío es mudo por un demonio que lo maltrata.
- Y este hermano mío es como un animal inmundo, se revuelca en el fango y come excrementos. Un espíritu maligno le
mueve a hacer estas cosas, contra su voluntad hace cosas inmundas.
Jesús se dirige hacia estas personas que le están suplicando, alza los brazos y ordena:
- Salid de éstos. Dejad a Dios sus criaturas.
Entre chillidos y una gran confusión quedan curados los dos infelices. Las mujeres con las que iban se postran
bendiciendo.
- Id a vuestras casas y tened sentimientos de gratitud hacia Dios. Paz a todos. Idos, pues.
La muchedumbre se marcha comentando los hechos. Los cuatro discípulos se arriman al Maestro.
- Amigos, en verdad os digo que en Israel se dan todos los pecados y los demonios han hecho morada en él. Y no son
sólo las posesiones diabólicas las que hacen que enmudezcan los labios, ni son sólo ellas las que impulsan a vivir como brutos,
comiendo asquerosidades; las más verdaderas y numerosas son las que hacen a los corazones mudos respecto a la honestidad y
al amor y hacen de ellos una sentina de vicios inmundos. ¡Oh, Padre mío! - Jesús, abatido, se sienta.
- ¿Estás cansado, Maestro?
- No cansado, Juan mío, sino desolado por el estado de los corazones y por la poca voluntad de enmendarse. Yo he
venido... pero el hombre... el hombre... ¡Oh, Padre mío!...
- Maestro, yo te amo, todos nosotros te amamos...
- Lo sé. ¡Pero sois tan pocos... y mi deseo de salvar es tan grande!

Jesús ha abrazado a Juan y tiene la cabeza sobre la del discípulo. Está triste. Pedro, Andrés, Santiago, en torno a Él, lo
miran con amor y tristeza.

62.
Los discípulos buscan a Jesús, que está orando en la noche.
Veo a Jesús mientras sale de la casa de Pedro en Cafarnaúm haciendo el menor ruido posible. Se comprende que ha
pernoctado allí para contentar a su Pedro.
Todavía es plena noche. Todo el cielo es un recamado de estrellas. El lago apenas refleja este brillar tembloroso. Más
que verlo se le adivina a este lago calmo que duerme bajo las estrellas, por el leve rumor del agua entre los cantos de la orilla.
Jesús deja entornada la puerta, como estaba, mira al cielo, al lago, al camino. Piensa un momento y luego se pone en
marcha, no bordeando el lago, sino hacia el pueblo; lo recorre en parte en dirección a la campiña, entra en ésta, camina, se
adentra, toma un senderito que se dirige hacia las primeras ondulaciones de un terreno de olivos, penetra en esta paz verde y
silenciosa y allí se postra en oración.
¡Ardiente oración! Ora de rodillas. Luego, como fortificado, se pone en pie, y sigue orando, con el rostro hacia el cielo,
un rostro espiritual, aún más espiritualizado por la luz naciente que proviene de una serena alba estival. Ora, en este momento,
sonriendo, mientras que antes suspiraba fuertemente como a causa de una pena moral. Ora con los brazos abiertos. Parece una
viva cruz, alta, angélica, por su gran dulzura. Parece bendecir los campos todos, el día que nace, las estrellas que van
desapareciendo, el lago que se manifiesta...
- ¡Maestro te hemos buscado mucho! Cuando hemos vuelto con el pescado, desde afuera, hemos visto la puerta
entornada, y hemos pensado que habrías salido. Pero no te encontrábamos. Al final, un campesino que estaba cargando sus
cestas para llevarlas a la ciudad, nos ha dicho dónde estabas. Nosotros te llamábamos: "¡Jesús, Jesús!", y él ha dicho: "¿Buscáis
al Rabí que habla a las multitudes? Ha ido por aquel sendero, hacia arriba, hacia el monte. Debe estar en el olivar de Miqueas,
porque va allí frecuentemente; lo he visto otras veces". Tenía razón. ¿Por qué has salido tan temprano, Maestro? ¿Por qué no
has descansado? Quizás la cama no te resultaba cómoda...
- No, Pedro, la cama era cómoda, y la habitación bonita. Pero Yo frecuentemente hago esto, para confortar mi espíritu y
para unirme al Padre. La oración es una fuerza para uno mismo y para los demás. Todo se obtiene con la oración. Si no el don,
que no siempre el Padre concede — y no se debe pensar que ello es falta de amor, sino creer siempre que es algo requerido por
un Orden que, para bien, rige la suerte de cada uno de los hombres —, sí ciertamente la oración da paz y equilibrio para poder
resistir a tantas cosas que nos asaltan, sin salirse del sendero santo. Mira, Pedro, lo que nos circunda fácilmente ofusca la mente
y agita el corazón, y en una mente ofuscada y en un corazón agitado, ¿cómo puede sentirse a Dios?
- Es cierto. ¡Pero nosotros no sabemos orar! No sabemos decir las hermosas palabras que Tú pronuncias.
- Decid las que sabéis, como las sabéis. No son las palabras, son los movimientos que las acompañan los que hacen
agradables las oraciones al Padre.
- Nosotros querríamos orar como Tú oras.
- Os enseñaré también a orar. Os enseñaré la oración más santa. Pero, para que no sea una vana fórmula en vuestros
labios, quiero que vuestro corazón tenga ya en sí al menos un mínimo de santidad, de luz, de sabiduría... Por ello os instruyo.
Después os enseñaré esa santa oración. Pero... me buscabais; ¿queríais algo de mí?.
- No, Maestro, pero sí hay muchos que desean mucho de ti. Ya había gente que iba hacia Cafarnaúm: eran pobres,
enfermos, gente que sufre, hombres de buena voluntad con el deseo de instruirse. Y, dado que nos preguntaban por ti, les
hemos dicho: "El Maestro está cansado y duerme. Marchaos. Venid el próximo sábado".
- No, Simón. Eso no se dice. No hay solamente un día para la piedad. Yo todos los días de la semana soy el Amor, la Luz,
la Salud.
- Pero... hasta ahora has venido hablando sólo los sábados.
- Porque aún no era conocido; pero, a medida que lo sea, todos los días serán días de efusión de Gracia y de gracias. En
verdad te digo que llegará un momento en que ni siquiera el espacio de tiempo que se le concede al gorrión para descansar
sobre una rama y saciarse de semillas se le dejará al Hijo del hombre para su descanso y alimentación.
- ¡Pero entonces te pondrás enfermo, y eso nosotros no lo permitiremos! No debe hacerte infeliz tu bondad.
- ¿Y tú crees que esto me puede hacer infeliz? ¡Oh, si el mundo entero viniera a mí para escucharme, para llorar sus
pecados y sus sufrimientos en mi corazón, para obtener la salud del alma y del cuerpo, y Yo me consumara en hablarle, en
perdonarlo, en infundir mi poder, entonces sería tan feliz, Pedro, que ya no echaría de menos ni siquiera el Cielo en que estaba
en el Padre!... ¿De dónde eran éstos que venían a mí?
- De Corazín, de Betsaida, de Cafarnaúm, y hasta había quien había venido de Tiberíades y de Guerguesa, y de los
muchos pueblecitos esparcidos entre una y otra ciudad.
- Id a ellos y decidles que iré a Corazín, a Betsaida y a los pueblos que están entre ambas ciudades.
- ¿Por qué no Cafarnaúm?

- Porque Yo soy para todos y todos me deben tener, y además... me está esperando el anciano Isaac... Su esperanza no
debe quedar defraudada.
- ¿Tú nos esperas aquí, entonces?
- No. Me voy, y vosotros os quedáis en Cafarnaúm para encaminar hacia mí a las multitudes; Yo iré después.
- Nos quedamos solos... — se le va afligido a Pedro.
- No te entristezcas. Que la obediencia te alegre, y con ella la persuasión de serme un discípulo útil. Y contigo y como tú
estos otros.
Pedro y Andrés con Santiago y Juan recobran la serenidad. Jesús los bendice y se separan.

63
El leproso curado cerca de Corazín.
Con una precisión de fotografía perfecta, tengo delante de la vista espiritual, desde esta mañana, todavía antes del
alba, a un pobre leproso.
Es verdaderamente un despojo de hombre. No sabría decir qué edad tiene por lo mucho que le ha devastado la
enfermedad. Esquelético, semidesnudo, muestra su cuerpo reducido al estado de una momia corroída. Las manos y los pies
están retorcidos e incompletos (de manera que son pobres extremidades que ya no parecen ni siquiera humanas): las manos
tienen aspecto de garra y están retorcidas, asemejan en algo a la pata de un monstruo alado; los pies parecen casi pezuñas de
buey por lo mutilados y desfigurados que están.
¡Y la cabeza?... Creo que una persona a la que no se la haya sepultado y que haya quedado momificada por el sol y por
el viento tendrá una cabeza semejante a ésta. Le quedan pocos mechones de cabellos esparcidos salteadamente, pegados al
cutis amarillento y costroso como por polvo secado sobre una calavera. Los ojos los tiene apenas entreabiertos, ahondadísimos;
los labios y la nariz, mordisqueados por el mal, muestran ya los cartílagos y las encías; las orejas son dos embrionarios restos de
aurículas; recubre todo una piel apergaminada, amarilla como ciertos caolines, bajo la cual se destacan terriblemente los
huesos; parece como si la función de esta piel fuera la de mantener reunidos estos pobres huesos dentro de su repelente saco
repleto de costurones de cicatrices o laceraciones de llagas en putrefacción. ¡Una ruina!
Pienso exactamente en una Muerte vagante por la tierra, con el esqueleto recubierto por una piel apergaminada,
envuelta en un asqueroso manto todo hecho jirones, y con un nudoso bastón en la mano, ciertamente arrancado a algún árbol,
en vez de la guadaña.
Está a la entrada de una cueva situada en un lugar apartado, una verdadera cueva, tan destruida que no puedo decir si
originariamente era un sepulcro o una cabaña para leñadores, o restos de alguna casa derruida. Dirige su mirada hacia la
calzada, a unos ciento y pico metros de su antro, una vía principal polvorienta, aún llena de sol. No hay nadie en ella. Hasta
donde alcanza la vista, sólo sol, polvo y soledad en la calzada. Mucho más arriba, al noroeste, debe haber un pueblo, o ciudad.
Veo las primeras casas. Estará al menos a un kilómetro de distancia.
El leproso mira, y suspira. Luego coge una escudilla desportillada y la llena en un arroyuelo. Bebe. Se adentra en una
maraña de arbustos, detrás del antro; se agacha; le arranca al suelo algunas matas de achicoria silvestre. Vuelve al arroyuelo, las
limpia quitándoles el polvo más grueso con la escasa agua que aquél porta, y se las come despacio, llevándoselas con dificultad a
la boca con sus destrozadas manos. Deben estar duras como palos. Trata de masticarlas con gran esfuerzo y muchas las escupe
sin poderlas tragar, a pesar de que trate de ayudarse bebiendo sorbos de agua.
- ¿Dónde estás, Abel? - grita una voz.
El leproso se sobresalta. En sus labios se dibuja un simulacro de sonrisa. Pero están tan desfigurados esos labios, que
también es informe este espectro de sonrisa. Responde con una voz extraña, estridente (me viene a la mente el grito de unas
aves cuyo exacto nombre ignoro):
- ¡Estoy aquí! Creía que ya no vendrías. Pensaba que te había sucedido algo malo y estaba triste... Si me llegases a faltar
también tú, ¿qué le quedaría al pobre Abel? - Diciendo esto, camina hacia la calzada, se ve que hasta donde puede según la Ley,
porque a mitad de recorrido se para.
Por el camino se acerca un hombre que de tan ligero como va casi corre.
- ¿Pero eres realmente tú, Samuel? Si no eres la persona a quien espero, quienquiera que seas, no me hagas nada malo.
- Soy yo, Abel, y no otro. Y sano. Mira cómo corro. Llego tarde, lo sé. Y lo sentía por ti. Pero cuando sepas... ¡oh!, te
sentirás dichoso. Y te he traído no sólo los consabidos mendrugos de pan, sino un pan entero reciente y bueno, para ti solo, y
tengo también pescado bueno, y un queso. Todo para ti. Quiero que hagas una fiesta, mi pobre amigo, para prepararte a una
fiesta más grande.
- ¿Pero cómo es que te has vuelto tan rico? No entiendo...
- Ahora te contaré.
- Y sano. ¡No pareces el mismo!
- Escucha, pues. He sabido que en Cafarnaúm estaba ese Rabí que es santo, y he ido...
- ¡Párate, párate! Estoy infectado.
- ¡No importa! Ya no tengo miedo a nada». El hombre, que es el pobre tullido a quien Jesús curó y socorrió con una
limosna en el huerto de la suegra de Pedro, ha llegado, efectivamente, con su paso veloz, hasta pocos pasos del leproso.
Hablaba mientras caminaba, y reía dichoso.
Pero el leproso insiste:

- Párate, en nombre de Dios. Si te ve alguien...
- Me paro. Mira: pongo aquí las provisiones. Come mientras sigo hablando - El hombre coloca encima de una
voluminosa piedra un paquete, y lo abre. Luego se retira unos pasos. El leproso se acerca y se lanza sobre el alimento inusitado.
- ¡Oh, cuánto tiempo hace que no comía así! ¡Qué bueno está! Y pensar que creía que me habría ido a descansar con el
estómago vacío. Ninguna persona piadosa hoy... ni siquiera tú... Había masticado un poco de achicoria...
- ¡Pobre Abel! Ya lo pensaba yo. Pero me decía: "Bueno. Ahora estará triste, ¡pero después se sentirá dichoso!".
- Dichoso, sí, por esta buena comida. Pero luego...
- ¡No! Serás feliz para siempre.
El leproso hace un gesto con la cabeza.
- Mira, Abel. Si puedes tener fe, serás feliz.
- ¿Fe en quién?
- En el Rabí, en el Rabí que me ha curado a mí.
- ¡Yo estoy leproso y en grado extremo! ¿Cómo puede curarme?
- ¡Lo puede! Es santo.
- Sí, también Elíseo curó a Naamán el leproso... lo sé... Pero yo... yo no puedo ir al Jordán.
- Serás curado sin necesidad de agua. Escucha: Este Rabí es el Mesías, ¿entiendes? ¡El Mesías! Es el Hijo de Dios. Y cura
a todos aquellos que tienen fe. Dice: "Quiero", y los demonios huyen, y los miembros del cuerpo se enderezan, y los ojos ciegos
ven.
- ¡Oh, vaya que si tendría fe yo! ¿Pero cómo puedo ver al Mesías?
- Exacto... he venido para esto. Él está allí, en aquel pueblo. Sé dónde está esta noche. Si quieres... Yo dije: "Se lo digo a
Abel, y si Abel siente que tiene fe lo conduzco hacia el Maestro".
- ¿Estás loco, Samuel? Si me acerco a las casas me apedrearán.
- No a las casas. Pronto será de noche. Te conduciré hasta aquel bosquecito y luego iré a llamar al Maestro. Lo llevaré
hasta ti...
- ¡Ve, ve inmediatamente! Voy yo solo por mi cuenta hasta aquel punto. Iré caminando por el lecho del regato, por
entre las matas; pero tú ve, ve... ¡Oh, ve, buen amigo! ¡Si supieras qué es tener este mal y qué significa esperar curarse!... - El
leproso ya ni siquiera se preocupa de la comida. Llora y gesticula implorándole al amigo.
- Me voy y tú vas hasta el bosque - El ex tullido se marcha corriendo.
Abel baja con dificultad al lecho del regato que bordea la calzada, todo lleno de matas crecidas en el fondo seco. En el
centro apenas si hay un hilo de agua. Cae la noche mientras el infeliz se desliza entre los grupos de matorrales, siempre alerta
por si oye algún paso. Dos veces se extiende a lo largo contra el suelo del fondo: la primera, por un hombre a caballo que recorre
al trote la calzada; la segunda, por tres hombres, cargados de heno, que van en dirección al pueblo. Después prosigue.
Pero, antes que él, llega Jesús con Samuel al bosquecito.
- Dentro de poco estará aquí. Camina lento, por las llagas. Ten paciencia.
- No tengo prisa.
- ¿Lo vas a curar?
- ¿Tiene fe?
- ¡Oh!... se estaba muriendo de hambre, veía esa comida después de años de abstinencia, y, no obstante, ha dejado
todo después de unos pocos bocados para venir rápidamente.
- ¿Cómo lo has conocido?
- Mira... yo vivía de limosnas después de mi desventura y recorría los caminos para desplazarme a uno u otro lugar. Por
aquí pasaba cada siete días. Conocí a ese pobre hombre un día que, llevado del hambre, se había acercado en busca de algo
hasta el camino que conduce al pueblo, bajo una tormenta que haría huir incluso a los lobos. Estaba hurgando entre la basura
como un perro. Yo tenía algo de pan duro en el talego — el óbolo de algunas personas buenas — y lo compartí con él. Desde
entonces somos amigos y todas las semanas lo abastezco. Con lo que tengo... Si mucho, mucho; si poco, poco. Hago lo que
puedo, como si fuese un hermano mío. Desde la tarde que me curaste — ¡bendito seas! — pienso en él... y en ti.
- Eres bueno, Samuel; por eso la gracia te ha visitado. Quien ama merece todo de Dios... Ahí hay algo entre los ramajes.
- ¿Eres tú, Abel?
- Soy yo.
- Ven. El Maestro te espera aquí, bajo el nogal.
El leproso sale del regato, sube hasta la orilla, continúa, se adentra en el prado. Jesús, apoyada la espalda en un altísimo
nogal, lo espera.
- ¡Maestro, Mesías, Santo, ten piedad de mí! - y se arroja entre la hierba a los pies de Jesús. Con el rostro en tierra dice
- ¡Oh, Señor mío! ¡Si Tú quieres, puedes limpiarme! - Y luego se atreve a alzarse de rodillas y alarga los esqueléticos brazos, con
sus retorcidas manos, y mueve hacia adelante el rostro huesudo, devastado... Las lágrimas bajan desde las órbitas enfermas
hasta los labios comidos por la lepra.
Jesús lo mira con mucha piedad; mira a este espectro humano, que el mal horrendo está devorando y que sólo una
verdadera caridad puede aguantar cerca, por lo repugnante de su estado y por el mal olor que despide. Y a pesar de todo Jesús
le tiende una mano, su hermosa, sana mano derecha, como para acariciarle.
Éste, sin alzarse, se echa hacia atrás, sobre los talones, y grita:
- ¡No me toques! ¡Piedad de ti!
Pero Jesús da un paso hacia adelante. Solemne, bueno, dulce, posa sus dedos sobre la cabeza comida por la lepra y
dice, con voz suave, toda amor y no por ello no llena de poder:

- ¡Lo quiero! ¡Queda limpio! - La mano aún permanece unos minutos sobre la pobre cabeza. - Levántate. Ve al
sacerdote. Cumple cuanto la Ley prescribe. Y no digas lo que he hecho contigo, sé sólo bueno, no peques nunca más. Te
bendigo.
- ¡Oh! ¡Señor! ¡Abel! ¡Si estás completamente sano! - Samuel, que ha visto la metamorfosis de su amigo, grita de
alegría.
- Sí, está sano. Se lo ha merecido por su fe. Adiós. La paz sea contigo.
- ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Yo no te dejo! ¡No puedo dejarte!.
- Cumple lo que requiere la Ley. Después nos veremos de nuevo. Por segunda vez, descienda sobre ti mi bendición.
Jesús se pone en camino haciéndole una seña a Samuel de que se quede. Y los dos amigos lloran de alegría mientras, a
la luz de un cuarto de luna, vuelven a la cueva para estar por última vez en aquella madriguera de desventura.

64
El paralítico curado en Cafarnaúm.
Veo las orillas del lago de Genesaret, y también las barcas de los pescadores sacadas a tierra; en la orilla, apoyados en
ellas, están Pedro y Andrés, dedicados a reparar las redes que los peones les llevan goteando después de quitar los detritos que
habían quedado aprisionados en éstas aclarándolas en el lago. A una distancia de unos diez metros, Juan y Santiago, centrados
en su barca, tratan de poner orden en ella, ayudados por un peón y por un hombre de unos cincuenta o cincuenta y cinco años,
que creo que es Zebedeo, porque el peón le llama 'jefe" y porque es parecidísimo a Santiago.
Pedro y Andrés, de espaldas a la barca, se dedican silenciosos a volver a atar cuerdas y corchos señalizadores. Sólo de
vez en cuando se intercambian algunas palabras acerca de su trabajo, el cual, por lo que puedo entender, ha sido infructuoso.
Pedro se queja de ello, no porque su bolsa esté vacía, ni por la inutilidad del esfuerzo, sino que dice:
- Lo siento porque... ¿cómo vamos a arreglárnoslas para dar algo de comer a esos pobrecillos? A nosotros sólo nos
llegan raros donativos, y yo no toco esos diez denarios y siete dracmas que hemos recogido en estos cuatro días. El Maestro, y
sólo El, me debe indicar para quién y cómo se han de distribuir esas monedas. ¡Y hasta el sábado El no vuelve! ¡Si hubiera tenido
buena pesca!... El pescado más menudo lo habría cocinado y se lo habría dado a esos pobres... y, si alguien de mi casa se hubiera
quejado, no me hubiera importado: los sanos pueden ir a buscarlo, ¡pero los enfermos...!.
- ¡Y además ese paralítico!... Ya han recorrido mucho camino para traerlo aquí... - dice Andrés.
- Mira, hermano, yo pienso... que no podemos estar divididos. No sé por qué el Maestro no nos quiere tener
permanentemente con Él. Al menos... no vería a estos pobrecillos a los que no puedo socorrer y, aunque los viera, podría
decirles: "Él está aquí".
- ¡Aquí estoy!— Jesús ha venido caminando despacio por la arena blanda.
Pedro y Andrés se estremecen. Se les escapa un grito:
-¡Oh! ¡Maestro! - y llaman a Santiago y a Juan - ¡El Maestro! ¡Venid!.
Los dos acuden, y todos se arriman a Jesús. Uno le besa la túnica, otro las manos; Juan osa pasarle un brazo alrededor
de la cintura y apoyar la cabeza sobre su pecho; Jesús lo besa en el pelo.
- ¿De qué hablabais?
- Maestro... estábamos diciendo que te íbamos a necesitar.
- ¿Para qué, amigos?
- Para verte y amarte viéndote, y, además, por algunos pobres y enfermos; te esperan desde hace dos días o más... Yo
he hecho lo qué podía. Los he alojado allí ¿ves aquella cabaña en aquel terreno baldío? Allí reparan las barcas los carpinteros de
ribera. Allí he procurado cobijo a un paralítico, a uno que tiene mucha fiebre y a un niño que se está muriendo en brazos de su
madre: no podía mandarlos a buscarte.
- Has hecho bien. Pero, ¿cómo te las has arreglado para socorrerlos? ¿Quién los ha guiado?, ¡me has dicho que son
pobres!...
- Claro, Maestro. Los ricos tienen carros y caballos; los pobres, sólo las piernas. No pueden seguirte diligentemente. He
hecho lo que he podido. Mira: esto es lo poco que he recaudado, pero no he tocado ni una perra; Tú lo harás.
- Pedro, tú también podías haberlo hecho. Ciertamente... Pedro mío, siento que por mí sufras reprensiones o fatigas.
- No, Señor, no debes afligirte por eso. A mí eso no me duele. Sólo siento el no haber podido tener una mayor caridad.
Pero, créeme, he hecho, todos hemos hecho cuanto hemos podido.
- Lo sé. Sé que has trabajado y sin intereses personales. Aunque haya faltado la comida, tu caridad no, y es viva, activa,
santa a los ojos de Dios.
Algunos niños, entretanto, han llegado corriendo y gritan:
- ¡El Maestro! ¡Está el Maestro! ¡Jesús! ¡Ha venido Jesús! - Y se le arriman. Él los acaricia, sin dejar por ello de hablar con
los discípulos.
- Simón, entro en tu casa. Tú y vosotros id a comunicar que he venido; después traedme a los enfermos.
Los discípulos salen, rápidos, en distintas direcciones. Toda Cafarnaúm ya sabe, no obstante, que Jesús ha llegado; lo
sabe por los niños, que parecen abejas que en enjambre dejan la colmena hacia las distintas flores: en este caso, las casas, las

calles, las plazas. Van, vienen, jubilosos, llevando la noticia a las mamás, a los transeúntes, a los viejos que están sentados
tomando el sol; y luego vuelven para que, una vez más, los acaricie Aquél que los ama, y uno, audaz, dice:
- Háblanos a nosotros, habla hoy para nosotros, Jesús. Te queremos y somos mejores que los mayores.
Jesús le sonríe al pequeño psicólogo y promete que hablará para ellos. Luego, siguiéndole los pequeños, se dirige a la
casa, donde entra saludando con su fórmula de paz: «La paz descienda sobre esta casa».
La gente se apiña en la estancia grande posterior, empleada para las redes, maromas, cestos, remos, velas y
provisiones. Se ve que Pedro la ha puesto a disposición de Jesús, amontonando todo en un rincón para dejar espacio libre. El
lago no se ve desde aquí, sólo se oye el rumor lento de sus olas; y se ve sólo la pequeña tapia verdosa del huerto, con su vieja vid
y su frondosa higuera. Hay gente hasta incluso en la calle; no cabiendo en la sala, ocupan el huerto; no cabiendo en el huerto, se
quedan afuera.
Jesús empieza a hablar. En primera fila — se han abierto paso sirviéndose de su actitud avasalladora y del temor que
siente hacia ellos la plebe — hay cinco personas... de elevada condición social; mantos púrpura bordados en oro, riqueza de
vestidos y soberbia denuncian que son fariseos y doctores. Sin embargo, Jesús quiere tener en torno a sí a sus pequeños: una
corona de caritas inocentes, ojos luminosos y sonrisas angelicales, mirando hacia arriba, a Él. Jesús habla, acariciando cada cierto
rato la cabecita rizada de un niño que se ha sentado a sus pies y tiene apoyada la cabeza en las rodillas de Él, sobre el bracito
doblado. Jesús está sentado encima de un gran montón de cestos y redes.
- Mi amado ha bajado a su jardín, al pensil de los aromas, a deleitarse entre los jardines y a recoger lirios... él, que se
sacia entre los lirios - dice Salomón de David de quien provengo Yo, Mesías de Israel.
¡Mi jardín! ¿Qué jardín más hermoso y más digno de Dios que el Cielo, donde son flores los ángeles creados por el
Padre?... Y, sin embargo, otro jardín ha querido el Hijo unigénito del Padre, el Hijo del hombre, porque por el hombre Yo tengo
carne, sin la cual no podría redimir las culpas de la carne del hombre; un jardín que habría podido ser poco inferior al celeste, si
desde el Paraíso terrestre se hubieran propagado, como dulces abejas desde una colmena, los hijos de Adán, los hijos de Dios,
para poblar la tierra de santidad destinada toda al Cielo. Pero el Enemigo sembró tribulaciones y espinas en el corazón de Adán,
y tribulaciones y espinas desde este corazón se derramaron sobre la tierra, no ya jardín, sino selva áspera y cruel en que se
estanca la fiebre y anida la serpiente.
Pero el Amado del Padre tiene todavía un jardín en esta tierra en que impera Satanás: el jardín al que va a saciarse de
su alimento celeste: amor y pureza; el pensil del que coge las flores que aprecia, en las cuales no hay mancha de sentido, de
avaricia, de soberbia: éstos — Jesús acaricia a todos los niños que puede, pasando su mano sobre la corona de cabecitas atentas
(una única caricia que apenas los toca y les hace sonreír de alegría) —; éstos son mis lirios.
No tuvo Salomón, en su riqueza, vestidura más hermosa que el lirio que perfuma la hoya, ni diadema de más aérea y
espléndida gracia que la que tiene el lirio en su cáliz de perla. Y, no obstante, para mi corazón no hay lirio que valga lo que uno
de éstos; no hay jardín, no hay jardín de ricos, todo cultivado de lirios, que me valga cuanto uno sólo de estos puros, inocentes,
sinceros, sencillos párvulos.
¡Oh hombres, oh mujeres de Israel, oh vosotros, grandes y humildes por riqueza o por cargo, oíd! Vosotros estáis aquí
porque queréis conocerme y amarme. Pues bien, debéis saber cuál es la condición primera para ser míos. Mirad que no os digo
palabras difíciles, ni os pongo ejemplos aún más difíciles; os digo: tomad a éstos como ejemplo.
¿Quién hay, entre vosotros, que no tenga en casa en la edad de la puericia, de la niñez, a un hijo, a un nieto o sobrino, a
un hermano? ¿No es un descanso, un alivio, un motivo de unión entre esposos, entre familiares, entre amigos, uno de estos
inocentes, cuya alma es pura como alba serena, cuyo rostro aleja las nubes y crea esperanzas, cuyas caricias secan las lágrimas e
infunden fuerza vital? ¿Por qué tienen tanto poder ellos, que son débiles, inermes, ignorantes todavía?: porque tienen en sí a
Dios, tienen la fuerza y la sabiduría de Dios, la verdadera sabiduría: saben amar y creer, creer y querer, vivir en este amor y en
esta fe. Sed como ellos: sencillos, puros, amorosos, sinceros, creyentes.
No hay sabio en Israel que sea mayor que el más pequeño de éstos, cuya alma es de Dios y de cuya alma es el Reino.
Benditos del Padre, amados del Hijo del Padre, flores de mi jardín, mi paz esté con vosotros y con quienes os imiten por mi
amor.
Jesús ha terminado.
- ¡Maestro! - grita Pedro entre la muchedumbre - aquí están los enfermos. Dos pueden esperar a que salgas, pero a éste
lo está estrujando la multitud y, además... ya no aguanta más, y no podemos pasar. ¿Le digo que vuelva otra vez?
- No. Descolgadlo por el techo.
- ¡Es verdad! ¡Enseguida!.
Se oye caminar arrastrando los pies sobre el techo bajo de la estancia, la cual, no formando realmente parte de la casa,
no tiene encima la terraza unida con cemento, sino sólo un tejaducho de haces de ramas cubiertas con placas similares a la
pizarra. No sé qué piedra era. Hacen una abertura, y, con unas cuerdas, descuelgan la pequeña camilla en la que está el
enfermo; la descuelgan justo delante de Jesús; la gente se apiña aún más, para ver.
- Has tenido una gran fe, como también quien te ha traído.
- ¡Oh! ¡Señor! ¿Cómo no tenerla en ti?.
- Pues bien, Yo te digo: hijo — el hombre es muy joven —, te son perdonados todos tus pecados.
El hombre lo mira llorando... quizás se queda un poco contrariado porque esperaba la curación del cuerpo.
Los fariseos y doctores murmuran, arrugando nariz, frente y boca con desprecio.
- ¿Por qué murmuráis, con los labios y, sobre todo, en el corazón? Según vosotros, ¿es más fácil decirle al paralítico:
"Tus pecados te son perdonados", o: "Levántate, toma la camilla y anda"? Vosotros pensáis "sólo Dios puede perdonar los
pecados". Pero no sabéis responder cuál es la cosa más grande, porque a este hombre, maltrecho en todo su cuerpo, y que ha
gastado los haberes sin resultado alguno, sólo lo puede curar Dios. Pues bien, para que sepáis que Yo lo puedo todo, para que

sepáis que el Hijo del hombre tiene poder sobre la carne y sobre el alma, en la tierra y en el Cielo, Yo le digo a éste: levántate,
toma tu camilla y anda. Ve a tu casa y sé santo.
El hombre se estremece, grita, se levanta, se echa a los pies de Jesús, los besa y acaricia, llora y ríe, y con él los
familiares y la multitud, la cual, luego, se abre para dejarlo pasar y lo sigue jubilosa (la muchedumbre, no los cinco rencorosos
que se marchan engreídos y duros como estacas).
Así, puede entrar la madre con el pequeñuelo: un niño todavía lactante, esquelético. Lo acerca. Dice solamente:
- Jesús, Tú los amas. Lo has dicho. ¡Que este amor y tu Madre...!- ... y se echa a llorar.
Jesús toma al lactante — realmente moribundo —, se lo pone contra el corazón, lo tiene un momento con la boca en la
carita cérea de labiuchos violáceos y párpados ya caídos. Un momento lo tiene así... y, cuando lo separa de su barba rubia, la
carita tiene color rosáceo, la boquita expresa una sonrisa indecisa de infante, los ojitos miran alrededor vivarachos y curiosos, las
manitas, antes cerradas y caídas, gesticulan entre el pelo y la barba de Jesús, que ríe.
- ¡Oh, hijo mío! - grita, dichosa, la mamá.
- Toma, mujer. Sé feliz y buena.
Y la mujer toma al niño renacido y lo estrecha contra su pecho, y el pequeño reclama inmediatamente sus derechos de
alimento: hurga, abre, encuentra... y mama, mama, mama, ávido y feliz.
Jesús bendice a los presentes. Pasa entre ellos. Va a la puerta, donde está el enfermo que tenía mucha fiebre.
- ¡Maestro! ¡Sé bueno!.
- Y tú también. Usa la salud en la justicia - Lo acaricia y sale.
Vuelve a la orilla, seguido, precedido, bendecido por muchos que le suplican:
- Nosotros no te hemos oído. No podíamos entrar. Háblanos también a nosotros.
Jesús hace un gesto de aceptación y, dado que la multitud lo oprime hasta casi ahogarlo, monta en la barca de Pedro.
No es suficiente. El asedio es sofocante.
- Mete la barca en el mar y sepárate bastante.

65
La pesca milagrosa y la elección de los primeros cuatro apóstoles.
Jesús está hablando:
- Cuando en primavera todo florece, el hombre del campo dice contento: "Obtendré mucho fruto", y se regocija su
corazón por esta esperanza. Pero, desde la primavera al otoño, desde el mes de las flores al de la fruta, ¡cuántos días, cuántos
vientos y lluvias y sol y temporales vendrán! A veces la guerra, o la crueldad de los poderosos, o enfermedades de las plantas, o
del campesino. Así es que los árboles, que prometían mucho fruto, — al no cavárselos o recalzarlos, regarlos, podarlos,
sujetarlos o limpiarlos — se ponen mustios y mueren totalmente, o muere su fruto.
Vosotros me seguís. Me amáis. Vosotros, como plantas en primavera, os adornáis de propósitos y amor.
Verdaderamente Israel en esta alba de mi apostolado es como nuestros dulces campos en el luminoso mes de Nisán. Pero,
escuchad. Como quemazón de sequía, vendrá Satanás a abrasaros con su hálito envidioso de mí. Vendrá el mundo con su viento
helado a congelar vuestro florecer. Vendrán las pasiones como temporales. Vendrá el tedio como lluvia obstinada. Todos los
enemigos míos y vuestros vendrán para hacer estéril lo que debería brotar de esta tendencia santa vuestra a florecer en Dios.
Yo os lo advierto, porque sé las cosas.
Pero, ¿entonces todo se perderá cuando Yo, como el agricultor enfermo — más que enfermo, muerto —, ya no pueda
ofreceros palabras y milagros? No. Yo siembro y cultivo mientras dura mi tiempo; crecerá y madurará en vosotros, si vigiláis
bien.
Mirad esa higuera de la casa de Simón de Jonás. Quien la plantó no encontró el punto justo y propicio. Trasplantada
junto a la húmeda pared de septentrión, habría muerto si no hubiera deseado tutelarse a sí misma para vivir. Y ha buscado sol y
luz. Vedla ahí: toda retorcida, pero fuerte y digna, bebiendo de la aurora el sol con el que se procura el jugo para sus cientos y
cientos de dulces frutos. Se ha defendido por sí misma. Ha dicho: "El Creador me ha proyectado para alegrar y alimentar al
hombre. ¡Yo quiero que mi deseo acompañe al suyo!". ¡Una higuera! ¡Una planta sin habla! ¡Sin alma! Y vosotros, hijos de Dios,
hijos del hombre, ¿vais a ser menos que esa leñosa planta?
Vigilad bien para dar frutos de vida eterna. Yo os cultivo y al final os daré la savia más poderosa que existe. No hagáis,
no hagáis que Satanás ría ante las ruinas de mi trabajo, de mi sacrificio y también de vuestra alma. Buscad la luz. Buscad el sol.
Buscad la fuerza. Buscad la vida. Yo soy Vida, Fuerza, Sol, Luz de quien me ama. Estoy aquí para llevaros al lugar del que
provengo. Hablo aquí para llamaros a todos e indicaros la Ley de los diez mandamientos que dan la vida eterna. Y con consejo
amoroso os digo: "Amad a Dios y al prójimo"; es condición primera para cumplir cualquier otro bien, es el más santo de los diez
santos mandamientos. Amad. Aquellos que amen en Dios, a Dios y al prójimo y por el Señor Dios tendrán en la Tierra y en el
Cielo la paz como tienda y corona.
La gente, después de la bendición de Jesús, se aleja, pero como no queriendo marcharse. No hay ni enfermos ni pobres.
Jesús dice a Simón:
- Llama a los otros dos. Vamos a adentramos en el lago para echar la red.
- Maestro, tengo los brazos deshechos de echar y subir la red durante toda la noche para nada. El pescado está en zona
profunda, quién sabe dónde.


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