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Autor: Sailer, Leonardo

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Tercer año de la vida pública de Jesús
313
Preparativos para salir de Nazaret, después de la visita de Simón de Alfeo con su familia. Durante el tercer
año, Jesús será el Justo.
Juan, Santiago, Mateo y Andrés han llegado ya a Nazaret, y. mientras esperan a Pedro, pasean por el huerto de Nazaret,
jugando con Margziam o hablando entre ellos. No veo a ningún otro, como si Jesús faltara en este momento de casa y María
estuviera ocupada en algunas labores (por el humo del horno, yo diría que está allí dentro. haciendo el pan).
A los cuatro apóstoles se les ve contentos de estar en casa del Maestro, y lo exteriorizan. Hasta tres veces les dice
Margziam:
-¡Pero no os riáis de esa forma!
Y, la tercera vez, Mateo nota la recomendación y pregunta:
-¿Por qué, chico? ¿No es justo sentirse contentos de estar aquí? Tú has disfrutado de este sitio, ¿no? Pues ahora
nosotros - y le da afablemente un cachetito. Margziam lo mira muy serio. Pero sabe callar.
Regresa Jesús con sus primos Judas y Santiago, los cuales saludan efusivamente a los compañeros, de los que han
estado separados muchos días. María de Alfeo asoma la cabeza desde el interior del horno, toda colorada y llena de harina, y
sonríe a sus hijotes.
El último en regresar es el Zelote, que dice:
-He hecho todo, Maestro. Dentro de poco, Simón estará aquí.
-¿Qué Simón? ¿Mi hermano o Simón de Jonás?
-Tu hermano, Santiago. Viene a saludarte con toda la familia.
Efectivamente, pasados pocos minutos, unos golpes en la puerta y una densa parlería anuncian la llegada de la familia
de Simón de Alfeo, que es el primero en entrar, llevando de la mano a un niñito de unos ocho años; tras él, Salomé, rodeada por
su nidada. María de Alfeo se apresura a salir del cuarto del horno y besa a sus nietos, contenta de verlos ahí.
-¿Te marchas, entonces, otra vez? - pregunta Simón, mientras sus hijos estrechan amistad con Margziam, el cual, me
parece, conoce bien sólo a Alfeo, el curado.
-Sí, es hora.
-Tendrás todavía días lluviosos.
-No importa. Los días nos van acercando a la primavera.
-¿Vas a Cafarnaúm?
-Sí, iré también allí. Pero no enseguida. Ahora atravesaré la Galilea e iré allende sus confines.
-Cuando estés en Cafarnaúm y yo lo sepa, iré a verte. Te llevaré a tu Madre y a la mía.
-Te quedaré agradecido. Entretanto no la desatiendas. Se queda completamente sola. Tráele a los niños. Aquí puedes
estar seguro de que no se vician...
Simón se pone como la brasa por la alusión de Jesús a sus pensamientos pasados y por la ojeada que le ha lanzado su
mujer como diciendo: «¿Has oído? Te está bien empleado». Y Simón cambia de tema diciendo:
-¿Dónde está tu Madre?
-Está haciendo el pan. Ahora vendrá...
Pero los hijos de Simón no esperan y van al horno detrás de su abuela. Y una niñita, poco mayor que el curado Alfeo,
sale casi inmediatamente, diciendo:
-María está llorando. ¿Por qué? ¡Eh, Jesús!, ¿por qué llora tu Madre?
-¿Está llorando? ¡Oh, querida mía! Voy con ella - dice Salomé solícita.
Y Jesús explica:
-Llora porque me marcho... Pero vendrás a hacerle compañía, ¿no? Te enseñará a bordar y tú alegrarás sus días. ¿Me lo
prometes?
-Vendré también yo, ahora que mi padre me deja - dice Alfeo mientras se come un bollito caliente que le acaban de dar.
Pero, aunque el bollo esté tan caliente que casi no puede ser sujetado con los ledos, creo que está helado respecto al calor de
vergüenza que asalta a Simón de Alfeo por las palabras de su hijito. A pesar de ser una mañana de invierno más bien fresca
b
(debido a un ligero cierzo que arre las nubes del cielo pero raspa la piel), Simón se cubre de abundante sudor, como si fuera
pleno verano...
Jesús hace como que no se da cuenta y los apóstoles aparentan m gran interés por lo que están contando los hijos de
Simón; así se concluye el incidente, y Simón puede reponerse y preguntar a Jesús que por qué no están todos los apóstoles.
-Simón de Jonás está para llegar. Los demás me alcanzarán en el momento oportuno. Ya está determinado.
-¿Todos?
-Todos.
-¿También Judas de Keriot?
-También él...
-Jesús, ven un momento conmigo - le solicita su primo Simón. Y, separados ya hacia el fondo del huerto, Simón
pregunta:
-¿Pero sa- bien quién es Judas de Simón?

-Es un hombre de Israel. Nada más. Nada menos.
-¡No querrás decirme que es...!
Ya está para acalorarse y levantar la voz.
Pero Jesús lo calma interrumpiéndole y poniéndole una mano en un hombro mientras le dice:
-Es como lo hacen las ideas imperantes y los que entran en contacto con él. Porque, por ejemplo, si aquí (y recalca
mucho las palabras) hubiera encontrado solamente corazones justos y mentes inteligentes, no habría sentido interés en pecar.
Pero no los ha encontrado. Por el contrario, ha encontrado un elemento totalmente humano, y en él ha asentado sin ninguna
dificultad su yo muy humano, que me sueña, me ve, trabaja por mí, como rey de Israel, en el sentido humano del término; de la
misma forma que me sueñas y me quisieras ver tú, y estarías dispuesto a trabajar tú, y contigo José, tu hermano, y, con vosotros
dos, Leví, arquisinagogo de Nazaret, y Matatías y Simeón y Matías y Benjamín, y Jacob, y, menos tres o cuatro, todos vosotros de
Nazaret. Y no sólo los de Nazaret... Encuentra dificultades para formarse porque todos vosotros contribuís a deformarlo. Cada
vez más. Es el más débil de mis apóstoles. Pero, por ahora, no es sino un débil. Tiene impulsos buenos, deseos rectos, amor por
mí (desviado en cuanto a la forma, pero amor en todo caso). Vosotros no le ayudáis a separar estas partes buenas de las partes
no buenas que forman suyo; antes al contrario, agraváis éstas cada vez más añadiendo vuestras incredulidades y limitaciones
humanas. Pero vamos a casa. Los demás han entrado ya...
Simón lo sigue un poco apesadumbrado. Están ya casi en la puerta, cuando para a Jesús y dice:
-Hermano mío, ¿estás airado conmigo?
-No. Es que intento formarte también a ti, como formo a todos los demás discípulos. ¿No has dicho que quieres ser
discípulo?
-Sí, Jesús. Pero las otras veces no hablabas así, ni siquiera cuando corregías. Eras más dulce...
-¿Y para qué ha servido? Antes lo era. Hace dos años que lo soy... Unos, a costa de mi paciencia y bondad, os habéis
emperezado, otros habéis afilado colmillos y garras. El amor os ha servido para dañarme. ¿No es así?...
-Es así. Es verdad. Pero, ¿vas a seguir siendo bueno?
-Seré justo. Y aun así seré como no merecéis, vosotros de Israel que no queréis reconocer en mí al Mesías prometido.
Entran en la pequeña habitación, tan abarrotada de personas, que muchos han terminado en la cocina o en el taller de
José. Y éstos son los apóstoles, menos los dos hijos de Alfeo, que se han quedado con su madre y su cuñada. A ellas ahora se
añade María, que entra llevando de la mano al pequeño Alfeo. El rostro de María presenta claros signos de haber llorado.
Pero, mientras María está para responder a Simón, que le asegura que irá a su casa todos los días, por la callejuela
serena avanza un carrito, con tanto sonido de cascabeles, que llama la atención de los hijos de Zebedeo por la bulla que hace,
y... mientras afuera llaman, -contemporáneamente, dentro abren. Aparece el rostro alegre de Simón Pedro, que ha llamado con
e1 mango de la tralla y está todavía sentado en el carro... A su lado, tímida pero sonriente, Porfiria, sentada encima de cajas de
tamaño decreciente como si fuera un trono.
Margziam sale corriendo y trepa al carro para saludar a su madre adoptiva. Salen también los demás, entre los cuales
Jesús.
-Maestro, aquí estoy. He traído a mi mujer; con este vehículo, porque es una mujer que resiste poco caminando. María,
el Señor esté contigo. También contigo, María de Alfeo. Mira a todos, mientras baja de su vehículo y ayuda a bajar a su mujer, y
saluda conjuntamente al grupo.
Quisieran ayudarle a descargar el carrito, pero él se opone enérgicamente. «Después, después» dice. Y, ni corto ni
perezoso, se acerca a la ancha puerta del taller de José y la abre de par en par, tratando de hacer entrar el carrito como está. No
pasa, naturalmente. Pero la maniobra sirve para atraer la atención de los que han venido de visita y hacer comprender que
sobra gente... Efectivamente, Simón de Alfeo se despide con toda su familia...
-Oh, ahora que estamos solos, vamos a preocuparnos de nosotros...-dice Simón de Jonás haciendo retroceder al burrito,
que, cubierto como está de cascabeles, hace bulla por diez; tanto que Santiago de Zebedeo no puede contenerse de preguntar,
riendo: «¿Y dónde lo has encontrado tan enjaezado?».
Pero Pedro está concentrado en coger las cajas que había en el carro y pasárselas a Juan y Andrés, que se quedan
asombrados, pues creían que iban a sentir peso y, sin embargo, las cajas son ligeras; y lo comentan...
-¡Venga, id para el huerto y no os quedéis ahí como chorlitos! - ordena Pedro, mientras, a su vez, baja con una cajita
que sí que pesa, para colocarla en un rincón de la habitación.
-Y ahora el burro y el carro. ¿El burro y el carro? ¿El burro y el carro!... ¡Esto es lo difícil!... Y tiene que entrar todo en
casa...
-Por el huerto, Simón - dice en voz baja María - Hay una valla en el seto del fondo. No lo parece, porque está cubierta de
ramajes... Pero está. Sigue el sendero que va bordeando la casa, entre esta casa y el huerto vecino. Yo voy a mostrarte dónde
está la valla... ¿Quién viene a apartar las matas que la cubren?
-Yo. Yo.
Todos se dirigen presurosos hacia el fondo del huerto. Entretanto, Pedro se marcha con su rumoroso cargamento y
María de Alfeo cierra la puerta... Trabajando con un hocino, queda libre el rústico vallado y abren un paso por el que entran
burro y carro.
-¡Bueno, bien! Y ahora quitamos todo esto. Me han roto los oídos - y Pedro se apresura a cortar los lazos que
mantienen sujetos los cascabeles a los jaeces.
-¿Y por qué los has tenido, entonces? - pregunta Andrés.
-Para que toda Nazaret me oyera llegar. Y lo he conseguido... Ahora los quito para que nadie de Nazaret nos oiga partir.
Lo mismo, he metido vacías las cajas... Nos marcharemos con las cajas llenas, y nadie, si es que alguien nos ve, se sorprenderá de

ver a una mujer sentada a mi lado en las cajas. El que ahora está lejos se las da de tener tino y sentido práctico. Bueno, pues,
cuando quiero, también lo tengo yo...
-Perdona, hermano. ¿Para qué es necesario todo esto? - pregunta Andrés, que ha dado de beber al burro y lo ha llevado
al lado de la tosca leñera que hay junto al horno.
-¿Para qué? ¡No sabes nada!... ¡Maestro, no saben todavía nada!
-No, Simón. Estaba esperándote a ti para hablar. Venid todos al taller. Las mujeres están bien donde están. Lo que has
hecho ha estado bien hecho, Simón de Jonás.
Van al taller. Porfiria con el niño y las dos Marías se han quedado en casa.
-He querido que vinierais porque tenéis que ayudarme a mandar fuera de aquí, muy lejos, a Juan y a Síntica. Lo tengo
decidido desde los Tabernáculos. Como habéis podido constatar, no era posible tenerlos con nosotros, ni siquiera aquí, sin poner
en peligro su paz. Como siempre, Lázaro de Betania me ayuda en esta obra. Ellos ya lo saben. Simón Pedro lo sabe desde hace
pocos días. Vosotros lo sabéis ahora. Esta noche dejaremos Nazaret. Aunque en lugar de la primera luna tuviéramos agua y
viento. Ya deberíamos haber partido, pero supongo que es que Simón de Jonás habrá tenido dificultades para encontrar el
medio de transporte...
-¡No lo sabes bien! Ya perdía la esperanza de encontrarlo. Pero, al final, lo he podido conseguir de un ruin griego... Será
útil...
-Sí. Será útil, especialmente para Juan de Endor.
-¿Dónde está, que no se le ve? - pregunta Pedro.
-En su habitación, con Síntica.
-Y... ¿cómo ha recibido la cosa? - pregunta otra vez Pedro.
-Con mucho dolor. También la mujer...
-Y también Tú, Maestro. En tu frente hay una arruga que no tenías. Y tienes mirada grave y triste - observa Juan.
-Es verdad. Estoy muy apenado... Pero, hablemos de lo que tenemos que hacer. Escuchadme bien, porque luego nos
tendremos que separar. Partimos esta noche, a mitad de la primera vigilia. Nos marcharemos como quien huye... porque son
culpables. Sin embargo, nosotros no vamos con intención de hacer ningún mal, ni huimos por haberlo hecho; nos vamos para
impedir que algún otro lo haga a quien no tendría la fuerza para soportarlo. Partiremos pues... Iremos por el camino de Sefori...
Haremos un alto a mitad de camino, en una casa, para partir al alba. Es una casa que tiene muchos pórticos para los animales.
En ella hay pastores amigos de Isaac. Los conozco. Me darán hospedaje sin pedir nada. Luego tenemos que llegar a Yiftael,
necesariamente ese mismo día aunque sea de noche; allí pernoctaremos. ¿Crees que podrá el animal?
-¡Y mucho más! Ese griego deshonesto me lo ha hecho pagar, pero me ha dado un animal bueno y fuerte.
-Está bien. A1 día siguiente por la mañana iremos a Tolemaida y nos separaremos. Vosotros, guiados por Pedro, que es
vuestro jefe, y al cual debéis obedecer ciegamente, iréis por mar hasta Tiro. Allí encontraréis una nave preparada para zarpar en
dirección a Antioquía. Subiréis y daréis esta carta al patrón de la nave para que la vea. Es de Lázaro de Teófilo. Vosotros pasáis
por dependientes suyos enviados a sus tierras de Antioquía, o mejor, a sus jardines de Antigonio. Esto sois para todos. Sabed
mostraos atentos, serios, prudentes y silenciosos. Cuando lleguéis a Antioquía, id enseguida a ver a Felipe, el administrador de
Lázaro, y le dais esta carta...
-Maestro, él me conoce - dice el Zelote.
-Muy bien.
-¿Cómo va a creer que soy un subordinado?
-Para Felipe no hace falta. Sabe que debe recibir y hospedar a dos amigos de Lázaro y ayudarlos en todo. Así está
escrito. Vosotros los habéis acompañado. Nada más. Él os llama: "sus queridos amigos de Palestina". Y es lo que sois,
congregados por la fe y por la acción que lleváis a cabo. Descansaréis hasta que la nave, acabadas sus operaciones de descarga y
carga, vuelva para Tiro. De Tiro, con la barca, vendréis a Tolemaida y desde allí vendréis a reuniros conmigo a Akzib...
-¡Por qué no vienes con nosotros? - suspira Juan.
-Porque me quedo a orar por vosotros, y especialmente por estos dos pobres. Me quedo para orar. Así empieza mi
tercer año de vida pública. Empieza con una partida bien triste; como el primero y el segundo. Empieza con una intensa oración
y penitencia, como el primero... Porque éste tiene las dificultades dolorosas del primero, y más aún. Entonces me preparaba
para convertir al mundo. Ahora me preparo para una obra sin duda más vasta y potente. Pero, escuchadme atentamente: habéis
de saber que, si en el primero fui el Hombre-Maestro, el Sabio que llama a la Sabiduría con humanidad perfecta e intelectual
perfección, y en el segundo fui el Salvador y Amigo, el Misericordioso que pasa acogiendo, perdonando, compadeciéndose,
soportando, en el tercero seré el Dios Redentor y Rey, el Justo. No os asombréis, pues, si veis en mí formas nuevas, si en el
Cordero veis el súbito fulgor del Fuerte. ¿Qué ha respondido Israel a mi invitación de amor? ¿Qué ha respondido ante mis brazos
abiertos a él y mis palabras: "Ven, Yo amo y perdono"? Ha respondido con embotamiento y dureza de corazón voluntarios y
cada vez mayores, con el embuste, con la insidia. Pues bien, así sea. Lo había llamado - sin excluir clase alguna al hacerlo plegando mi frente hasta el polvo: Israel ha escupido encima de la Santidad que se humillaba. Le había invitado a santificarse:
me ha respondido entregándose al demonio. He cumplido mi deber en todo: ha llamado "pecado" a mi deber. He callado: ha
llamado "prueba de culpabilidad" mi silencio. He hablado: ha llamado "blasfemia" mi palabra. ¡Basta ya! No me ha dado respiro,
no me ha concedido una sola alegría. Y la alegría para mí era nutrir y formar en la vida del espíritu a los recién nacidos a la
Gracia. Les tienden insidias y debo arrancármelos de mi pecho, produciendo en ellos y en mí el espasmo de padres e hijos
arrancados el uno al otro, para ponerlos a salvo del maligno Israel. Los poderosos de Israel, que se llaman a sí mismos
"santificadores" haciendo alarde de serlo, me impiden, quisieran impedirme, salvar y gozar de mis salvados. Hace ya muchos
meses que tengo a un Leví publicano como amigo y a mi servicio: el mundo puede constatar si Mateo es motivo de escándalo o
de emulación. Pero la acusación no cesa. Como no cesará tampoco para María de Lázaro ni para los otros muchos a quienes

salvaré. ¡Basta ya! Yo recorro mi camino, cada vez más áspero y regado de llanto... Yo camino... Ninguna de mis lágrimas caerá
inútilmente. Elevan su grito a mi Padre... Después elevará su grito otro humor mucho más poderoso. Yo camino. El que me ame
que me siga y se haga viril, porque llega la hora severa. No me detengo. Nada me detiene. Tampoco ellos se detendrán... Pero,
¡ay de ellos! ¡Ay de ellos! ¡Ay de aquellos para quienes el Amor se hace Justicia!... El signo del nuevo tiempo será una Justicia
severa para todos los que se obstinan en su pecado contra las palabras del Señor y la acción del Verbo del Señor...
Jesús parece un arcángel castigador. Yo diría que tanto resplandecen sus ojos, que lanza fuego contra la pared
humosa... Hasta su voz, que tiene tonos agudos de bronce y plata golpeados con violencia, parece resplandecer.
Los ocho apóstoles se han puesto pálidos y están casi encogidos de temor. Jesús los mira... con piedad y amor. Dice:
r
-No os lo digo a vosotros, amigos míos. No son para vosotros estas amenazas. Vosot os sois mis apóstoles, Yo os he
elegido.
La voz es ahora dulce y profunda. Termina:
-Vamos allí. Hagámosles ver a los dos perseguidos - y os recuerdo que piensan que parten para prepararme el
camino a Antioquía - que los amamos más que a nosotros mismos. Venid...

314
La cena en la casa de Nazaret. La dolorosa partida
Y ya llegó la noche. Otra noche de despedida para la casita de Nazaret y sus habitantes. Otra cena durante la cual la
pena quita las ganas de comer a las bocas y pone taciturnas a las personas.
Están sentados a la mesa Jesús, Juan y Síntica, Pedro, Juan, Simón y Mateo. Los demás no han podido: ¡es tan pequeña
la mesa de Nazaret! ¡Hecha realmente para una pequeña familia de justos, que, al máximo, pueden invitar a sentarse al
peregrino y al afligido, para ofrecerles un alivio más de amor que de alimento! A1 máximo, esta noche, se hubiera podido sentar
a la mesa Margziam, porque es un niño, y muy menudito, que ocupa poco sitio... Pero Margziam, muy serio y silencioso, está
comiendo en un rincón, sentado en una banquetita, a los pies de Porfiria - para quien la Virgen ha reservado su silla del telar -,
que, sumisa y silenciosa, come la comida que le han dado, mirando con ojos compasivos a los dos que están para partir. Estos
tratan de tragar sus bocados con la cabeza muy baja para esconder el rostro excoriado por las lágrimas. Los demás, o sea, los dos
hijos de Alfeo, Andrés y Santiago de Zebedeo, se han instalado en la cocina, junto a una especie de hintero. Pero se les ve por la
puerta abierta.
María Santísima y María de Alfeo van y vienen sirviendo a éstos y a aquéllos, maternales, acongojadas, tristes. Y, si
María santísima acaricia con su sonrisa - muy dolorosa esta noche - a aquellos a quienes se acerca, María de Alfeo, menos
reservada y más campechana, une a la sonrisa el acto y la palabra, y más de una vez anima, añadiendo una caricia o incluso un
beso, según quién sea la persona favorecida, a éste o a aquél a nutrirse tomando los alimentos más apropiados para su físico y
para el próximo viaje. Tanto se aplica a convencer al exhausto Juan - que en estos días de espera está aún más demacrado - para
que coma esto o aquello, alabando su sabor y sus propiedades salutíferas, que deduzco que, por amor compasivo hacia él, le
daría de comer a sí misma. Pero, a pesar de sus... seducciones, los alimentos se quedan casi intactos en el plato de Juan, y María
de Alfeo se aflige por ello como una madre que ve que su lactante rechaza el pezón.
-¡Pero así no puedes partir, hijo! - exclama. Y, movida por la maternidad de su alma, no reflexiona que Juan de Endor
tiene más o menos su edad y que el nombre de hijo está mal dado. Pero ella ve en él sólo una criatura que sufre, y por ello, no
encuentra sino este nombre para consolarlo... - Te va a hacer daño viajar con el estómago vacío en esa carreta tambaleante con
el frío húmedo de la noche. Y, además, ¡a saber cómo comeréis durante este horrible y largo viaje!... ¡Eterna piedad! ¡Por mar
tantas millas! Yo me moriría de miedo. Y costeando tierras fenicias. ¡Y luego!... ¡peor todavía! Claro, el patrón de la nave será
filisteo, o fenicio, o de alguna otra nación infernal... y no tendrá piedad con vosotros... ¡Venga, hombre, ahora que tienes todavía
a tu lado a una madre que te quiere!... Come: sólo un trocito de este pescado bonísimo... Aunque sólo sea por contentar a
Simón de Jonás, que lo ha preparado en Betsaida con mucho amor y hoy me ha enseñado a cocinarlo de esta manera, para ti y
para Jesús, para que os dé muchas fuerzas. ¿No te apetece realmente?... Entonces... ¡Ah, esto si que te lo comerás! - y va ligera
hacia la cocina y vuelve con una bandeja repleta de una humeante polentita. No sé lo que es... Ciertamente un tipo de harina, o
de granos cocidos en leche hasta deshacerlos: «Mira, esto lo he hecho yo, porque me he acordado de que un día hablaste de
ello como de un dulce recuerdo le tu niñez... Es rico y bueno. ¡Venga, un poco!».
Juan se deja meter en el plato alguna cucharada de este blando manjar, y trata de tragarlo; pero las lágrimas
descienden para mezclar su sal con el alimento mientras pliega aún más su rostro hacia el plato.
Los otros reciben con muchos signos de alegría este alimento (quizás una gollería). Sus rostros se han iluminado al
verlo. Margziam se ha puesto de pie... pero luego ha sentido la necesidad de preguntarle a María Santísima:
-¿Lo puedo comer? Faltan todavía cinco días para el final del voto...
-Sí, hijo mío. Lo puedes comer - dice María con una caricia.
Pero el niño vacila todavía. Entonces María, para calmar los escrúpulos del pequeño discípulo, consulta a su Hijo:
-Jesús, Margziam pregunta si puede comer la cebada monda… por la miel, que hace que sea un plato dulce, ¿sabes?...
-Sí, sí, Margziam. Esta noche te dispenso Yo de tu sacrificio, a condición de que Juan se coma también su cebada con
miel. ¿Ves cómo lo desea el niño? Pues ayúdale a conseguir esto.
Y Jesús, que está al lado de Juan, le toma la mano y se la sujeta mientras éste se esfuerza, obediente, en terminar su
cebada.

María de Alfeo ahora está más contenta. Y vuelve al asalto con un buen plato de peras cocidas en el horno, humeantes.
Entra, del huerto, con su bandeja y dice:
-Llueve. Empieza ahora. ¡Qué pena!
-¡No, mujer, no! ¡A1 revés! ¡Es mejor! Así no habrá nadie por las calles. Cuando uno se marcha, los saludos hacen
siempre daño... Mejor correr con el viento en la vela y sin encontrar bajos o escollos que le hagan detenerse a uno y moverse
lentamente; y los curiosos son exactamente eso: bajos y escollos... - dice Pedro, que en toda acción ve la vela y la navegación.
-Gracias, María. Pero no como más - dice Juan, tratando de rechazar la fruta.
-¡Ah, esto no! Las ha cocido María. ¿No querrás despreciar la comida hecha por ella? ¡Mira qué bien las ha preparado!
Con sus especias en el agujerito... con su mantequilla en la parte baja... Deben ser un manjar regio. Almíbar. Para cocerlas tan
doradas, se ha dorado también ella en el fuego del horno. Vienen bien para la garganta, para la tos... Dan calor y son
medicinales. María dile cuánto bien le hacían a mi Alfeo cuando estaba enfermo. Pero las quería hechas por ti. ¡Sí, claro! ¡Tus
manos son santas y dan salud!... ¡Benditos los alimentos que preparas tú!... Estaba más tranquilo mi Alfeo después de comer
esas peras... respiraba con más suavidad... ¡Pobre marido mío!... - y María aprovecha la oportunidad de la evocación para poder
por fin llorar, y salir a llorar.
Quizás es un mal pensamiento mío, pero creo que, sin la pena por los dos que parten, para el "pobre Alfeo" no habría
habido ni una lágrima de la consorte, esa noche... María de Alfeo estaba llena de llanto por Juan y Síntica, y por Jesús, Santiago y
Judas, que se marchan; tan llena, que abrió una salida al llanto para no ahogarse.
María toma su lugar ahora, pone delicadamente una mano en el hombro de Síntica, que está frente a Jesús, entre
Simón y Mateo.
-¡Venga, ánimo, comed! ¿Queréis marcharos añadiendo a mi angustia la de que os habéis marchado casi en ayunas?
-Yo he comido, Madre - dice Síntica mientras levanta su cara cansada y signada por el llanto de varios días. Y luego la
baja hacia el hombro en que está la mano de María, y roza la mejilla contra la mano menuda para recibir su terneza. María le
acaricia con la otra mano los cabellos y acerca hacia sí la cabeza de Síntica, cuya cara ahora está apoyada en el pecho de María.
-Come, Juan. Te vendrá muy bien. No te puedes enfriar. Tú, Simón de Jonás, te encargarás de darle la leche caliente con
miel todas las noches, o, al menos, agua muy caliente con miel. Acuérdate.
-También yo me ocuparé de ello, Madre. Puedes estar segura - dice Síntica.
-Efectivamente, estoy segura. Pero lo harás a partir de que te instales en Antioquía. Por ahora se encargará Simón de
Jonás. Y acuérdate, Simón, de darle mucho aceite de oliva. Por eso te he dado esa orza. Cuida de que no se rompa. Y, si le ves
más cerrado de respiración, haz como te he dicho con el otro frasco de bálsamo. Tomas la cantidad suficiente para untarle el
pecho, la espalda y la parte de los riñones, y lo calientas hasta que lo puedas tocar sin quemarte; luego le untas y le recubres
enseguida con esas fajas de lana que te he dado. Lo he preparado concretamente para eso. Tú, Síntica, recuerda su composición.
Para volver a hacerlo. Siempre tendrás lirios, alcanfor y díctamo, resinas, claveles, laurel, artemisias y todo lo demás. He oído
que Lázaro tiene en Antigonio jardines de esencias.
-Y además magníficos - dice el Zelote, que los ha visto. Y añade: «No doy ningún consejo. Pero digo que para Juan ese
lugar debería ser saludable, para el espíritu y para el cuerpo; incluso más que Antioquía. Está protegido del viento. Tiene una
brisa ligera que viene de los bosquecillos de árboles de resinas arraigados en las laderas de un pequeño collado que hace de
barrera al viento del mar, pero que permite a las sales marinas beneficiosas extenderse hasta allí. Es un lugar sereno, silencioso,
y, no obstante, alegre, por las mil flores y los mil pájaros que viven allí en paz... Bueno, bien, vosotros veréis lo que más os hace
al caso. ¡Síntica es muy juiciosa! Porque en estas cosas es mejor ponerse en manos de las mujeres. ¿No es verdad?
-Por eso Yo confío a mi Juan al buen juicio y al buen corazón de Síntica - dice Jesús.
-Y yo también - dice Juan de Endor - Yo... yo... yo no tengo ya ninguna energía... y... ya jamás serviré para nada...
-¡Juan, no digas eso! Si el otoño desnuda los árboles, no se puede concluir que no tengan ya vitalidad; al contrario,
trabajan, con celada energía, para preparar el triunfo de los próximos frutos. Tú eres lo mismo. Ahora te ves empobrecido por el
viento frío de este dolor, pero, en realidad, en lo profundo de ti, trabajas ya para los ministerios nuevos. Tu propio dolor te
servirá de acicate para la acción. Estoy segura. Entonces serás tú, siempre tú, el que me ayudarás a mí, que soy una pobre mujer
que todavía tiene mucho que aprender para llegar a ser algo para Jesús.
-¿Pero qué crees que puedo ser ya? Ya nada tengo que hacer... ¡Estoy acabado!
-No. ¡No está bien decir eso! Sólo el que muere puede decir: "Como hombre estoy acabado". Otro no puede decirlo.
¿Crees que no tienes ya nada que hacer? Todavía te queda lo que un día me dijiste: cumplir el sacrificio. ¿Y cómo, sino con el
sufrimiento? Juan, es necio citarte a los sabios a ti, que eres un pedagogo; pero te recuerdo a Gorgias de Leontina (o Leontine).
Enseñaba que sólo con los dolores y sufrimientos se expía en esta vida y en la otra. Y te recuerdo también a nuestro gran
Sócrates: "Desobedecer a quien es superior a nosotros, sea dios u hombre, es un mal y una vergüenza". Ahora bien, si éste era
un justo modo de actuar ante una injusta sentencia emanada de hombres injustos, ¿qué no será, ante una orden emanada del
Hombre santísimo y de nuestro Dios? Obedecer, por el solo hecho ya de que es obedecer, es una cosa grande; grandísima será,
entonces, prestar obediencia a una orden santa que juzgo - y tú conmigo debes juzgarla igual - gran misericordia. Tú siempre
dices que tu vida se acerca a su fin, y todavía no sientes haber anulado tu deuda con la Justicia. ¿Por qué no juzgas, entonces,
este gran dolor como un medio para anular la deuda, y además para hacerlo en el breve tiempo que te queda? ¡Un gran dolor
para conseguir una gran paz! Créeme: vale la pena sufrirlo. Lo único importante en la vida es llegar a la muerte habiendo
conquistado la Virtud.
-Me das ánimos, Síntica... Hazlo siempre.
-Lo haré. Lo prometo aquí. Pero tú facilítamelo, como hombre y como cristiano.
La cena ha terminado. María recoge las peras que han quedado, las mete en un recipiente y se las da a Andrés, que
sale, para volver luego diciendo:

-Llueve cada vez más. Yo diría que es mejor...
-Sí. Esperar siempre es más angustioso. Voy enseguida a preparar el burro. Venid también vosotros, con los arcones y
todo lo demás. Tú también, Porfiria, ¡rápidamente! Eres tan paciente, que te has conquistado al asno y se deja vestir (dice
exactamente esto) sin resistirse. Después se encargará Andrés, que te asemeja. ¡Venga, todos fuera!
Y Pedro incita a todos a que salgan de la habitación y de la cocina, excepto a María, a Jesús, a Juan de Endor y a Síntica.
-¡Maestro! ¡Oh, Maestro, ayúdame! ¡Llegó el momento de... sentir que se me desgarra el corazón! ¡Ha llegado, sí, el
momento! ¿Por qué, Jesús bueno, no has hecho que muriese aquí, una vez experimentada la congoja de mi condena y hecho el
esfuerzo de aceptarla?
Y Juan cae en el pecho de Jesús, llorando angustiosamente.
María y Síntica tratan de calmarlo. María, a pesar de que siempre es tan reservada, lo separa de Jesús, lo abraza y le
dice:
-Hijo amado, hijo mío predilecto...
Síntica, entretanto, se arrodilla a los pies de Jesús y dice:
-Bendíceme, conságrame, para quedar fortalecida. Señor, Salvador, Rey, yo, aquí, en presencia de tu Madre, juro y
profeso que seguiré tu doctrina y te serviré hasta el último respiro. Juro y profeso que me dedicaré a tu doctrina y a los
seguidores de ella, por amor a ti, Maestro y Salvador. Juro y profeso que mi vida no tendrá ninguna otra finalidad, y que todo lo
que significa mundo y carne ha muerto definitivamente para mí. Y espero, con la ayuda de Dios y de las oraciones de tu Madre,
vencer al Demonio, para que no me arrastre al error y no ser condenada en la hora de tu Juicio. Juro y profeso que no me
doblegarán ni las seducciones ni las amenazas y que no tendré memoria lábil, a menos que Dios permita que suceda de otra
forma. Pero espero en Él y creo en su bondad, por lo cual estoy segura de que no me dejará a merced de fuerzas oscuras más
fuertes que las mías. Consagra a tu sierva, oh Señor, para que se sienta defendida de las insidias de todos los enemigos.
Jesús extiende las manos sobre su cabeza, con las palmas abiertas, como hacen también los sacerdotes, y ora por ella.
María lleva a Juan al lado de Síntica y le hace arrodillarse, y dice:
-También a él, Hijo mío, para que te sirva con santidad y paz.
Y Jesús repite el acto sobre la cabeza inclinada del pobre Juan. Luego lo levanta y hace levantarse a Síntica, pone las
manos de ellos en las de María, y dice:
-Que sea ella la última que os acaricia, aquí – y sale rápidamente para ir no sé a dónde.
-¡Madre, adiós! ¡No olvidaré nunca estos días! - gime Juan.
-Yo tampoco te olvidaré, amado hijo.
-Igual yo, Madre... Adiós. Déjame besarte una vez más... ¡Después de tantos años, me había saciado de besos
maternos!... Pero ahora ya no... - Síntica llora en los brazos de María, que la besa.
Juan da rienda suelta a su llanto. María lo abraza también a él; ahora tiene - verdadera Madre de los cristianos - a los
dos entre sus brazos, y toca apenas, con sus labios purísimos, la mejilla rugosa de Juan: un beso pudoroso, pero amorosísimo.
Con el beso queda el llanto de la Virgen en la flaca mejilla...
Entra Pedro:
-Está preparado. Venga, vamos... - y no dice nada más, porque está emocionado.
Margziam, que sigue a su padre como la sombra al cuerpo, se echa al cuello de Síntica y la besa; luego abraza a Juan y lo
besa, lo besa... Pero llora también él.
Salen: María, llevando de la mano a Síntica; Marziam de la mano de Juan.
-Nuestros mantos... - dice entre lágrimas Síntica, y hace ademán de entrar en las habitaciones.
-¡Están aquí, están aquí! ¡Tomad, rápido!... - Pedro se muestra rudo para no dejar ver su emoción; pero, detrás de los
.
dos que ahora se arropan en sus mantos se enjuga las lágrimas con el dorso de la mano...
A1 otro lado del seto, el farolillo trémulo del carro dibuja un cerco amarillo en el ambiente oscuro... Se oye el susurro de
la lluvia entre el ramaje de los olivos, y su choque contra el pilón rebosante de agua... Una paloma, despertada por la luz de las
lámparas que llevan los apóstoles amparadas bajo los mantos, bajas, para iluminar los senderos llenos de charcos, zurea
quejumbrosamente...
Jesús ya está al pie del carrito, sobre el cual ha sido extendida como techo una manta.
-¡Venga, venga, que llueve recio - incita Pedro. Y, mientras Santiago de Zebedeo sustituye a Porfiria en los ramales, él,
sin muchas ceremonias, levanta del suelo a Síntica y la pone en el carro, y, todavía más expeditivamente, agarra a Juan de Endor
y lo mete encima del carro; sube él, y da un fustazo tan enérgico al pobre burro, que éste, casi llevándose por delante a
Santiago, empieza a correr inmediatamente. Y Pedro insiste hasta que llegan al camino propiamente dicho, bastante lejos de las
casas... Un último grito de despedida sigue a los que parten, que lloran inconteniblemente...
Pedro para luego al burro fuera de Nazaret, para esperar a Jesús y a los demás, que no tardan en darles alcance
caminando ligeros bajo la lluvia que arrecia.
Toman un camino entre las huertas, para ir de nuevo hacia el norte de la ciudad sin cruzarla. Pero Nazaret está oscuro y
duerme bajo el agua gélida de la noche de invierno... y creo que ni los que están despiertos oyen el chocar de los cascos del
asno, poco perceptibles contra el suelo de tierra empapado...
La comitiva avanza con el máximo silencio. Sólo se oyen los sollozos de los dos discípulos, mezclados con el rumor de la
lluvia entre las frondas de los olivares.

315

El viaje hacia Yiftael y las reflexiones de Juan de Endor
Debe haber llovido toda la noche. Pero con el alba ha venido un viento seco que ha repelido las nubes hacia el sur, más
allá de las colinas de Nazaret. Por ello, un tímido sol invernal se atreve a asomarse y a encender con su rayo un diamante en
cada hoja de los olivos; mas es vestido de gala que pronto pierden, porque el viento agita sus frondas y las desnuda, y parecen
llorar esquirlas de diamante que se desvanecen entre la hierba aljofarada o en el camino lodoso.
Pedro, con la ayuda de Santiago y Andrés, prepara carro y burro. No se ve a los otros todavía. Luego salen uno tras otro
quizás de una cocina (porque dicen a los tres que ya estaban fuera:
-Id ahora vosotros a tomar algo - y los tres entran, para salir poco después, esta vez con Jesús.
-He vuelto a poner la cubierta, por el viento - explica Pedro. Si estás decidido a ir a Yiftael, tendremos de frente el
viento... y punza. No comprendo por qué no cogemos el camino que va a Sicaminón, luego el del litoral... Es más largo, pero
menos escabroso. ¿Has oído lo que decía ese pastor al que he logrado tirar de la lengua? Ha dicho: "Yotapata, durante los meses
de invierno, queda aislada. Sólo hay un camino para llegar a ella. Y no se va con corderos, no... No se debe llevar nada en las
espaldas, porque hay pasos que se salvan más con las manos que con los pies... Y los corderos no pueden nadar... Hay dos ríos,
llenos muchas veces, y hasta el propio camino es un torrente que corre por un fondo de rocas. Yo voy allí después de los
Tabernáculos, y en plena primavera, y vendo bien, porque entonces la gente se aprovisiona para meses". Eso ha dicho... Y
nosotros... con este cacharro... (y da una patada a la rueda del carrito)... y con este burro... ¡Mmmm!...
-El camino que va de Sefori a Sicaminón era mejor. Pero lo utiliza mucha gente... Recuerda que conviene no dejar rastro
de Juan...
-El Maestro tiene razón. Podríamos encontrar incluso a Isaac con otros discípulos... ¡Y en Sicaminón ya no digamos!... observa el Zelote.
-Pues nada... vamos...
-Voy a llamar a esos dos... - dice Andrés.
Y mientras Andrés hace esto Jesús se despide de una anciana y de un niño, que salen de un aprisco con unos cubos de
leche. Llegan también unos pastores, barbados. Jesús les agradece la hospitalidad ofrecida en la noche de lluvia.
Juan y Síntica ya están en el carro, que ahora, guiado por Pedro, emboca el camino. Jesús acelera el paso para seguirlo;
a su lado el Zelote y Mateo; detrás de Él, Andrés, Santiago, Juan y los dos hijos de Alfeo.
El viento corta la cara e hincha los mantos. La cobertura extendida sobre los arcos del carro cruje como una vela, a
pesar de que la lluvia de la noche la haya hecho más pesada.
-¡Bueno, hombre, pues se secará pronto! - susurra Pedro mirándola - ¡Basta con que a este pobre hombre no se le
sequen los pulmones!... Espera, Simón de Jonás... Se hace así - Y para el burro, se quita el manto, sube al carro y arropa muy
bien a Juan.
-¿Pero por qué? Ya tengo el mío...
-Porque yo, tirando del asno, tengo ya tanto calor como si estuviera en un horno de pan. Y además estoy habituado a
estar desnudo en la barca, y cuanto más tormenta más desnudo. El frío es para mí un acicate y me hace más ágil. ¡Venga,
arrópate bien! María me ha dado en Nazaret tantas recomendaciones, tantas, que, si te pones malo, no voy a poder
presentarme a ella jamás...
Baja del carro y coge otra vez los ramales e incita al asno para que camine. Pero pronto debe pedir ayuda a su hermano
y a Santiago, para ayudar al burro a salir de un sitio cenagoso en que se ha hundido la rueda. Y así van, empujando por turnos el
carro para facilitar la labor al burro, que hinca sus robustas patas en el fango y tira - ¡pobre animal! -, resoplando afanoso y
espurreando ávido (es que Pedro lo estimula a caminar ofreciéndole unos pedazos de pan y unos tronchos de manzana, que le
concede sólo cuando hacen un alto en el camino).
-Eres un engañador, Simón de Jonás - dice bromeando Mateo, que observa la maniobra.
-No. Aplico con dulzura al animal a su deber. Si no hiciera esto, tendría que usar la tralla, y eso me duele. Si no pego a la
barca cuando hace caprichos, y es de madera, ¿por qué debería pegar a éste, que es de carne? Ahora mi barca es éste... está en
el agua... ¡vaya que si está en el agua! Por tanto, lo trato como a la barca. ¡Yo no soy Doras, eh! ¿Sabéis que quería llamarlo
Doras, antes de comprarlo? Pero luego oí su nombre y me gustó. Se lo he dejado...
-¿Cómo se llama? - preguntan curiosos.
-¡Adivinad! - y Pedro se ríe bajo su barba.
Salen los más extraños nombres, y los de los más cafres fariseos o saduceos, etc. etc. Pero Pedro siempre menea su
cabeza... Se dan por vencidos.
-¡Se llama Antonio! ¿No es un nombre bonito? ¡Ese maldito romano! ¡Se ve que el griego que me lo vendió también
tenía sus resentimientos contra Antonio!
Todos ríen, mientras Juan de Endor explica:
-Será uno de los que obtuvo la libertad previo pago de una talla, después de la muerte de César. ¿Es viejo?
-Tendrá setenta años... y debe haber hecho todos los tipos de trabajos... Ahora tiene un hospedaje en Tiberíades...
Llegan al trivio de Sefori con el camino de Nazaret Tolemaida. Nazaret-Sicaminón, Nazaret-Jotapata (hago la
observación de que la J la pronuncian como una "ye" muy sonora). El hito consular tiene escritas las tres indicaciones de
Tolemaida, Sicaminón y Yotapata.
-¿Entramos en Sefori, Maestro?
-Es inútil. Vamos a Yiftael. Sin detenernos. Comeremos mientras andamos. Es preciso estar allí antes de que anochezca.

Marchan y marchan, atravesando dos torrentillos bien cargados, afrontando las primeras pendientes de un sistema de
montes en dirección norte-sur, pero que forman al norte un nudo escabroso que luego se resuelve hacia el este.
-Allí está Yiftael - dice Jesús.
-No veo nada - observa Pedro.
-Está a septentrión. Por la parte nuestra hay pendientes a pico, y lo mismo a oriente y a poniente.
-De modo que hay que rodear todo aquel monte, ¿no?
-No. Hay un camino junto al monte más alto, al pie de él, en el valle. Acorta mucho, aunque es un camino muy
empinado.
-¿Has estado allí alguna vez?
-No. Pero lo sé.
¡Verdaderamente es un camino empinado! Tanto que, llegados a él se sienten desfallecer: parece como si uno, de tanto
como se reduce la luz en el fondo de este valle, tan horrendo y escarpado que me hace pensar en las dantescas simas del octavo
círculo, descendiera veloz al encuentro de la noche. Es un camino verdaderamente ahondado en el volumen rocoso; tan lleno de
desniveles, que está dispuesto casi en escalones; un camino estrecho, agreste, encajado entre un torrente rabioso y una
pendiente aún más rabiosa, que continúa, con empinada subida, hacia el norte.
La luz aumenta a medida que se sube, pero, como contrapartida, aumenta también el cansancio; tanto que aligeran de los
talegos personales el carro, y baja también Síntica para que el carrito vaya lo más ligero posible. Juan de Endor, que después de
aquellas pocas palabras no había vuelto a abrir la boca sino para toser, querría bajarse también. No se lo conceden, así que se
queda donde estaba, mientras todos empujan el carro y tiran del asno, y sudan cada vez que hay un desnivel. Pero ninguno se
queja. A1 contrario, todos tratan de mostrarse satisfechos del ejercicio para no humillar a los dos por los que lo hacen (los cuales
ya más de una vez han expresado su pesar por este esfuerzo).
El camino hace un ángulo recto, y luego otro ángulo, más corto, que termina en una ciudad acoclada en lo alto de una
ladera, o empinada que, como dice Juan de Zebedeo, da la impresión de que vaya a deslizarse hacia abajo con sus casas.
-Sin embargo, es muy sólida. Todo un bloque con la roca.
-Como Ramot entonces... - dice Síntica recordándose.
-Más todavía. Aquí la roca es parte de las casas, no sólo base de ellas. Recuerda más a Gamala. ¿Os acordáis?
-Sí, y también de aquellos cerdos... - dice Andrés.
-De allí justamente partimos para Tariquea, el Tabor y Endor...- recuerda Simón Zelote.
-Estoy destinado a daros recuerdos penosos y grandes trabajos... - suspira Juan de Endor.
-¡De ninguna manera! Tú nos has dado una amistad fiel. Nada más, amigo - dice impetuosamente Judas de Alfeo. Y todos
se unen a él para confirmar más claramente.
-De todas formas... alguno no me ha amado... Ninguno me lo dice... Pero yo sé meditar, sé reunir en un solo cuadro los
hechos diseminados. Esta partida, no, no estaba prevista, y la decisión no es espontánea...
-¿Por qué hablas así, Juan? - pregunta dulcemente afligido Jesús.
-Porque es verdad. Alguno no me ha aceptado. He sido elegido yo, no otros, ni siquiera los grandes discípulos, para ir lejos.
-¿Y entonces Síntica? - pregunta Santiago de Alfeo entristecido por esta luz que viene a la mente del hombre de Endor.
-Síntica viene para no trasladarme a mí solo... para celarme compasivamente la verdad...
-¡No, Juan!...
-Sí, Maestro. Fíjate, podría hasta decirte el nombre de mi torturador. ¿Sabes dónde lo leo? ¡Me basta mirar a estas ocho
personas buenas para leerlo! ¡Me basta reflexionar en la ausencia de los otros para leerlo! El hombre por quien Tú me
encontraste es el mismo que quisiera que Belcebú me encontrara. Y me ha conducido a este momento - y a ti también, Maestro,
porque Tú también sufres come yo, o quizás más que yo - y me ha conducido a este momento para hacerme caer de nuevo en la
desesperación y en el odio. Porque es malo, es cruel, es envidioso... y más cosas. El alma oscura en medio de tus siervos
luminosísimos es Judas de Keriot...
-No hables así, Juan. No falta sólo él. Todos, excepto el Zelote, que no tiene familia, faltaron durante las Encenias. De
Keriot, y menos aún en este período, no se viene en pocas etapas. Son casi doscientas millas de camino. Y era justo que fuera a
casa de su madre, como Tomás. También he prescindido de Natanael, porque es anciano, y de Felipe, para que acompañara a
Natanael...
-Sí. Faltan otros tres. Pero... ¡Oh, Jesús bueno!... Tú conoces los corazones porque eres el Santo. Pero no eres el único que
los conoce También los perversos conocen a los perversos, porque se reconocen en ellos. Yo fui perverso, y me he visto de
nuevo, en mis peores instintos, en Judas. De todas formas, lo perdono. Solamente por una cosa le perdono el que me mande a
morir tan lejos: porque precisamente por él vine a ti. Y que Dios le perdone todo lo demás... todo lo demás.
Jesús no intenta rebatir... Calla. Los apóstoles se miran unos a otros mientras a fuerza de brazos empujan al carro por el
camino resbaladizo.
Está ya cerca la noche cuando llegan a la ciudad. Allí, desconocidos entre desconocidos, se alojan en una posada
construida en el extremo sur del pueblo, el extremo sur: un risco, cuya pared está tan cortada a pico y es tan profunda, que
lanzar hacia abajo la mirada por ella hace venir vértigo; mientras en el fondo - ruido, sólo ruido, en la sombra de pez que ya viste
al valle - ruge un torrente.

316

Jesús se despide de Juan de Endor y de Síntica
A1 día siguiente, perseguidos por un tiempo lluvioso y frío que dificulta la marcha, reanudan el viaje por el mismo
camino (el único, por lo demás, de este pueblo que parece un nido de águila en la cima de un pico solitario).
Tiene que bajar del carro también Juan de Endor, porque el camino cuesta abajo es todavía más peligroso que cuesta
arriba, y, aunque el burro por sí solo no correría peligro, el peso del carro, fuertemente empujado hacia adelante por el desnivel,
hace que el pobre animal vaya muy mal. Como van también mal sus conductores, que hoy tienen que sudar no ya para empujar
sino para retener el vehículo, que podría despeñarse, provocando alguna desgracia o, por lo menos, pérdida de la carga. El
camino es, así, horrible hasta llegar a un tercio, aproximadamente, de su longitud (el último tercio respecto al valle). Y se bifurca:
un ramal, más cómodo y llano, va hacia el oeste.
Se paran a descansar y se secan el sudor. Pedro premia al borrico, que tiembla todo, de jadeo, y que sacude las orejas
resoplando, ciertamente absorto en una profunda meditación sobre la dolorosa condición de los asnos y sobre los caprichos de
los hombres que escogen estos caminos. A1 menos también Simón de Jonás atribuye a estas consideraciones la expresión
pensativa del animal, y, para subirle los ánimos, le cuelga al cuello una saca de habas forrajeras, y, mientras el asno quebranta el
duro alimento con ávido placer, también los hombres comen pan y queso y beben la leche de que sus odres están llenos.
Termina la comida. Pero Pedro quiere dar de beber a «mi Antonio, que merece los honores más que César» dice. Y va
con un cubo que tiene en el carro a coger agua a un torrente que discurre hacia el mar.
-Ahora podemos reanudar la marcha... Iremos incluso al trote, porque pienso que detrás de aquel collado es todo
llanura... Pero nosotros no podemos trotar. De todas formas, caminaremos ligero. ¡Venga, Juan y tú, mujer, montad y vamos!
-Yo también subo, Simón, y guío Yo. Todos los demás seguidnos... -dice Jesús en cuanto suben los dos.
-¿Por qué? ¿Te encuentras mal? ¡Estás muy pálido!...
-No, Simón. Quiero hablar a solas con ellos... - y señala a los dos que, como Él, están pálidos también, intuyendo que ha
llegado el momento del adiós.
-Ah! Bien. Sube, sube. Nosotros te seguimos.
Jesús se sienta en la tabla que hace de asiento para el conductor y dice:
-Ven aquí a mi lado, Juan. Y tú, Síntica, acércate...
Juan se sienta a la izquierda del Señor. Síntica a sus pies, casi en el borde del carro, de espaldas al camino, con la cara
alzada hacia Jesús. Colocada así, sentada sobre los talones, relajada como si soportara un peso agotador, abandonadas las
manos en su regazo y unidas para mantenerlas quietas, porque tiemblan, la cara cansada, sus bellísimos ojos de color negrovioleta como empañados por el mucho llanto vertido, bajo la sombra de su velo y su manto - muy cubierta con ambos -, parece
una Piedad desolada. ¡Y Juan...! Creo que si al final del camino le esperara el patíbulo estaría menos turbado.
El asno se pone al paso, tan obediente y juicioso que no obliga a Jesús a estrecha vigilancia. Y Jesús aprovecha de ello
para abandonar los ramales y coger la mano de Juan y poner la otra en la cabeza de Síntica.
-Hijos míos, os agradezco toda la alegría que me habéis procurado. Este año ha estado para mí tachonado de flores de
alegría, porque he podido tomar vuestras almas y ponérmelas delante, para no ver las cosas feas del mundo, y perfumarme el
aire viciado por el pecado del mundo e infundirme dulzura y confirmarme en la esperanza de que mi misión no es inútil.
Margziam, tú, Juan mío, Hermasteo, tú, Síntica, y María de Lázaro, y Alejandro Misax, y otros más... Las flores triunfales del
Salvador, al que sólo sienten como tal los rectos de corazón... ¿Por qué meneas la cabeza, Juan?
o
-Porque eres bueno y me pones entre los rectos de corazón. Per yo siempre tengo en mi pensamiento mi pecado...
-Tu pecado es el fruto de una carne azuzada por dos malvados. Tu rectitud de corazón es el substrato de tuyo honesto,
deseoso de cosas honestas, desgraciado porque estas cosas te fueron arrebatadas por la muerte o la maldad, mas no por ello
menos vivo aun bajo el cúmulo de tanto dolor. Fue suficiente que la voz del Salvador se filtrara en las profundidades donde tu yo
se marchitaba, para que saltaras y te pusieras en pie, liberándote de todo peso, para venir a mí. ¿No es así? Pues entonces eres
recto de corazón; mucho, mucho más recto que otros que no tienen tu pecado, pero que tienen otros mucho peores, que son
pecados meditados y conservados vivos obstinadamente... Benditos seáis, pues, vosotros, mis flores de mi triunfo de Salvador
en este mundo, tardo en comprender y enemigo, que da de beber amargura y aversión al Salvador, habéis representado el
amor. ¡Gracias! En las horas más penosas que he vivido este año, os he tenido presentes para recibir de vosotros consuelo y
apoyo; en las horas más penosas que viviré, os tendré todavía más presentes. Hasta la muerte. Y estaréis conmigo eternamente.
Os lo prometo.
Os confío mis más estimados intereses, o sea, la preparación de mi Iglesia de Asia Menor. Allí no puedo ir porque aquí,
en Palestina, está mi lugar de misión, y porque la mentalidad reaccionaria de los importantes de Israel me perjudicaría con todos
los medios si fuera a otro lugar distinto. ¡Ya quisiera tener otros Juanes y otras Sínticas para otros países, de modo que mis
apóstoles encontraran arada la tierra para esparcir la semilla en la hora que ha de llegar!
Sed dulces y pacientes, y al mismo tiempo fuertes para penetrar y soportar. Encontraréis cerrazón y escarnio. No os
descorazonéis por ello. Pensad esto: "Comemos el mismo pan y bebemos el mismo cáliz que bebe nuestro Jesús". No sois más
que vuestro Maestro y no podéis pretender mejor suerte que la suya. La mejor suerte es ésta: compartir lo que es del Maestro.
Doy una sola orden: que no os desaniméis, que no pretendáis daros una respuesta acerca de esta lejanía, que no es un
r
destierro como quiere pensar Juan, sino que es, antes al contrario, un poneros a las pue tas de la Patria antes que a todos los
demás, como a siervos más formados que ningún otro. El Cielo desciende para vosotros, como materno velo, y el Rey de los
Cielos ya os acoge en su seno, os protege bajo sus alas de luz y amor, como a los primogénitos de la inconmensurable nidada de
los siervos de Dios, del Verbo de Dios, que en nombre del Padre y del eterno Espíritu os bendice para ahora y para siempre.

Y orad por mí, el Hijo del hombre que se está acercando a todas sus torturas de Redentor. ¡Oh, verdaderamente mi
Humanidad está para conocer todas las más amargas experiencias, que van a triturarla!... Orad por mí. Tendré necesidad de
vuestras oraciones...
(“Orad, por mí”…Para evitar malas interpretaciones, explico: Orar es acordarse de un ser, bien Dios, bien sea el prójimo.
Acordarse de uno quiere decir amarlo, Jesús tenía deseos de amor y consuelo por todo el odio que lo rodeaba. También ahora,
tiene deseos de que los hombres se acuerden de orar porque el mundo lo ame para obtener salud. Tendré necesidad de vuestras
oraciones: necesidad no como puede tenerla un hombre cualquiera para sus más variadas necesidades, sino para sentir en su
espíritu el consuelo del amor de sus discípulos, expresado con la oración, “a Él” y “para El".
Estas dos observaciones de María Valtorta pueden valer también para otros pasos de la Obra en que Jesús pide amor y
oración para Él)
Serán caricias... Serán profesiones de amor... Serán ayudas, para no llegar a decir: "La Humanidad está hecha sólo de
demonios"...
-¡Adiós, Juan! Vamos a darnos el beso del adiós... No llores de ese modo... Aun a costa de arrancarme jirones de carne,
te habría tenido conmigo, si no hubiera visto todo el bien que esta separación producirá para ti y para mí. Eterno bien...
Adiós, Síntica. Sí, besa si quieres mis manos, pero piensa que si la diversidad de sexo me veda besarte como a una
hermana, a tu alma sí le doy mi beso fraterno...
Y esperadme, con vuestro espíritu. Iré. Me tendréis cerca de vuestros trabajos y de vuestras almas. Sí, porque, si bien el
amor por el hombre ha encerrado mi naturaleza divina en carne mortal, no ha podido limitar su libertad. Libre soy de ir, como
Dios, a quien merece tener consigo a Dios.
Adiós, hijos míos. El Señor está con vosotros...
Y se deshace del abrazo convulso de Juan, que circunda con fuerza sus espaldas, y de Síntica, que se ha agarrado a sus
rodillas; y salta del carro, hace un gesto de saludo a sus apóstoles, y se echa a correr por el camino ya recorrido, rápido como
ciervo perseguido. E1 asno, al sentir caer del todo los ramales que antes estaban encima de las rodillas de Jesús, se ha parado; y
también, atónitos, los ocho apóstoles, mirando al Maestro que se aleja cada vez más.
-Lloraba... -susurra Juan.
-Y estaba pálido como un muerto... - dice en voz baja Santiago de Alfeo.
-Ni siquiera ha tomado su talego... Ahí está en el carro... - observa el otro Santiago.
-¿Y ahora cómo se las va a componer? - se pregunta Mateo.
Judas de Alfeo lanza toda su poderosa voz:
-¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!...
Pero un recodo del camino absorbe dentro del verde de sus plantas al Maestro, sin que Él se vuelva siquiera a mirar
quién lo llama...
-Se ha marchado... Lo único que podemos hacer es ponernos en marcha también nosotros... - dice Pedro desolado
mientras monta en el carro y coge los ramales para arrear al burro.
Y el carro se pone en camino, con su chirrido, acompañado del rítmico sonido de los cascos herrados y del angustioso
llanto de los dos, que, abatidos en el fondo del carro, gimen:
-No lo volveremos a ver: Nunca, nunca...

317
La oración de Jesús por la salvación de Judas Iscariote
Jesús está de nuevo al pie del macizo sobre el que se alza Yiftael. No en la calzada - llamémosla así - o camino de
herradura recorrido antes con el carro, sino en una senda, tan empinada, que se diría ser para cabras monteses, toda formada
de grandes lascas, toda ella grietas profundas, pegada contra el monte, yo diría que excavada en la pared vertical del monte,
como si éste hubiera sido rayado por una enorme uñarada. La limita un tajo que se abre a pico a nuevas profundidades, en cuyo
fondo espuma rabioso un torrente.
Pisar en falso ahí significa despeñarse sin esperanza, rebotando de una mata a otra, matas de zarzas y de otras plantas
agrestes, nacidas no sé cómo entre las fisuras de la roqueda y sin la disposición vertical propia de las plantas, sino oblicua, o
incluso horizontal, porque a ello las constriñe su lugar de arraigamiento. Pisar en falso ahí significa la laceración a causa de todos
los peines espinosos de estas plantas; quedar deslomado por los golpes contra los troncos rígidos que se asoman hacia el
abismo. Pisar en falso ahí significa desgarraduras con las piedras aguzadas que sobresalen de las paredes del tajo. Pisar en falso
ahí significa llegar sangrando y quebrantado a las aguas espumosas del rabioso torrente, y ahogarse, y yacer sumergido en un
lecho de escollos puntiagudos, a merced de los ramalazos de las violentas aguas. Mas, a pesar de ello, Jesús recorre este
sendero, este arañazo en roca, más peligroso aún por la humedad que sube del torrente, evaporándose; que rezuma de la pared
superior; que gotea de las plantas nacidas en esta pared superior vertical (yo diría casi levemente cóncava).
Va lentamente, estudiando dónde pone el pie sobre las aguzadas piedras, algunas removidas. A veces, el sendero se
estrecha tanto que se ve obligado a apretarse contra la pared. Para pasar puntos sobremanera peligrosos, debe agarrarse a las
ramas colgantes de la pared. Rodea así el lado oeste y llega al lado sur, que es el lado en que el monte, después de un descenso
a plomada desde la cima, se hace más cóncavo, y da más respiro en anchura al sendero, aunque se lo quita en altura: tanto que,
en ciertos puntos, Jesús tiene que caminar agachado para no golpear la cabeza contra las rocas.

Quizás tiene intención de detenerse al llegar a un lugar en que el sendero termina bruscamente como por rocas
desprendidas. Pero observa, y ve que hay debajo una caverna - más que una caverna una grieta del monte -, y desciende a ella
por entre las rocas caídas. Entra. Una grieta al principio; dentro, una amplia gruta (como si el monte hubiera sido excavado
mucho tiempo atrás a golpe de pico, no sé con qué finalidad). Se ve claramente dónde se han asociado a las curvas naturales de
la roca las producidas por los hombres, 1os cuales, en el lado opuesto a la hendidura de entrada, abrieron con una estrecha
galería, en cuyo fondo hay una franja de luz y una lejana vista de bosques que indican que la galería penetra de sur a este
cortando el espolón del monte.
Jesús se mete por esa galería semioscura y estrecha, y la recorre hasta llegar a la abertura, situada por encima del
camino que sigue con los apóstoles y el carro para subir a Yiftael. Los montes que rodean el lago de Galilea están frente a Él,
allende el valle; en dirección nordeste resplandece el gran Hermón vestido de nieve. Hay, excavada en la ladera del monte - aquí
no tan vertical, ni hacia arriba ni hacia abajo -, una escalerita primitiva que conduce al camino de herradura del valle y también a
la cima donde está Yiftael.
Jesús se muestra satisfecho de su exploración. Vuelve para atrás al interior de la vasta caverna, y busca un sitio
resguardado. Allí amontona hojarasca que el viento ha empujado hacia dentro del antro: una bien mísera yacija, un velo de
hojas secas entre su cuerpo y el suelo desnudo y gélido... Se deja caer encima, y se queda así, inmóvil, extendido, con las manos
debajo de la cabeza, los ojos fijos en la bóveda rocosa, absorto, yo diría aturdido, como quien hubiera soportado un esfuerzo o
un dolor superior a sus fuerzas.
Luego, lágrimas lentas, sin sollozos, empiezan a descender de sus ojos, y caen a ambos lados de la cara para perderse
entre sus cabellos, hacia las orejas, y terminar ciertamente entre la hojarasca... Llora así, largamente, y sin decir nada ni hacer
ningún movimiento… Luego se sienta y con la cabeza entre las rodillas, alzadas y ceñidas con sus manos entrelazadas, llama, con
toda su alma, a su lejana Madre:
-¡Madre! ¡Madre! ¡Madre mía! ¡Mi eterna dulzura! ¡Oh, Mamá, cuánto quisiera tenerte a mi lado! ¿Por qué no te tengo
siempre, único consuelo de Dios?
Solamente la gruta hueca responde a sus palabras, a sus sollozos, con un susurro de imperfecto eco; y parece que ella
misma llore y solloce también, con sus salientes, sus rocas, y las pocas y todavía pequeñas estalactitas que en un ángulo penden
(quizás el más sujeto a labor de aguas internas).
E1 llanto de Jesús continúa, aunque ahora más tranquilo - como si el simple hecho de haber invocado a su Madre lo
hubiera consolado, y, lentamente, se transforma en un monólogo.
-Han partido... ¿Y por qué? ¿Y por quién? ¿Por qué he tenido que dar este dolor, y a mí mismo también, si ya el mundo
me llena de dolor mis jornadas?... ¡Judas!...
¿Quién sabrá a dónde vuela ahora el pensamiento de Jesús, que levanta la cabeza de las rodillas y mira hacia adelante
con ojos dilatados y el rostro tenso propio de quien está absorto en espectáculos espirituales futuros o en gran meditación! Ya
no llora, pero sufre visiblemente. Luego parece responder a un interlocutor invisible. Para hacerlo se yergue en pie.
-Soy hombre, Padre. Soy el Hombre. La virtud de la amistad, herida y arrancada de mí, se lamenta y se retuerce
dolorosamente... Sé que debo sufrir todo. Lo sé. Como Dios, lo sé, y, como Dios, lo quiero por el bien del mundo. También como
hombre lo sé, porque mi espíritu divino lo comunica a mi humanidad. Y también como hombre lo quiero, por el bien del mundo.
¡Pero, qué dolor, oh Padre mío! Esta hora es mucho más penosa que la que viví con mi espíritu y el tuyo en el desierto... Y es
mucho más fuerte la tentación presente de no amar y no soportar a mi lado a ese ser legamoso y tortuoso que tiene por nombre
Judas, causa del mucho dolor que hasta la saciedad como y bebo y que tortura las almas a las que Yo había dado paz.
(“Y es mucho más fuerte la tentación presente...” María Valtorta comenta esta expresión con la siguiente nota autógrafa
en una copia mecanografiada: Lucha entre las dos naturalezas unidas en Cristo. Como Dios, no podía sino amar. Como Hombre,
no podía no sentir rechazo por el falso discípulo. Aviándose hacia la meta de su misión redentora, ad-vertía la preparación a ese
abandono paterno que sería total en las horas de la Pasión. El gran Solitario y gran Desconocido, como era el Verbo encarnada,
venido a vivir en medio de los hombres, se sintió siempre "solo y desconocido". Sólo su Madre lo conoció verdaderamente y fue su
perfecta compañera. En los demás, a medida que iba acercándose la hora redentora, iba aumentando la incomprensión, el odio o
el abandono. La pasión incruenta, pero pasión al cabo. Y, respecto a la oración que sigue, aproximadamente una página después,
María Valtorta hace esta observación: Que no sorprenda a los supercríticos esta oración al Padre. Es evangelio que Cristo fue
tentado "como Hombre" en el desierto y que sufrió hasta sudar sangre en su lucha de Hombre, puro hombre, ya no sostenido por
la Divinidad, en el Getsemaní, en la noche del Jueves Santo. Ésta es otra de sus horas de "auténtico" Hombre, de totalmente
hombre, sujeto al amor y al dolor humanos, en Él perfectos porque era perfecto entre todos los hombres)
-Padre, siento que te vas haciendo riguroso con tu Hijo a medida que me voy acercando al final de esta expiación mía por
el género humano. Se va alejando de mí cada vez más tu suavidad, y aparece severo tu rostro a mi espíritu, que cada vez se ve
más apartado hacia las profundidades, donde la humanidad, padeciendo tu castigo, gime desde milenios. Me era suave el
sufrimiento; suave el camino al principio de la existencia; suave, también, cuando, de hijo del carpintero, pasé a ser Maestro del
mundo, arrancándome de una Madre para darte a ti, Padre, al hombre caído. Me fue suave también, respecto a este momento,
la lucha con el Enemigo en la Tentación del desierto. La afronté con el ardimiento del héroe que cuenta con todas sus fuerzas...
¡Oh, Padre mío!... que ahora mis fuerzas están debilitadas por la falta de amor de demasiados y el conocimiento de demasiadas
cosas...
Yo sabía que Satanás, una vez terminada la tentación, se marcharía; y así fue. Y los ángeles vinieron a consolar de ser
hombre al Hijo tuyo, de ser objeto de la tentación del Demonio. Pero ahora no cesará, una vez pasada la hora en que e1 Amigo
sufre por los amigos enviados a un país lejano, y por el amigo perjuro que lo perjudica de cerca y de lejos. No cesará. No vendrán
tus ángeles a consolarme en este momento, ni pasado este momento. Antes al contrario, vendrá el mundo con todo su odio, su

burla, su incomprensión; vendrá y estará cada vez más cerca y será cada vez más tortuoso y legamoso el perjuro, el traidor, el
vendido a Satanás. ¡Padre!...
Es verdaderamente un grito de congoja, de espanto, de invocación; y Jesús se estremece y me trae a la mente la hora del
Getsemaní.
¡Padre! Lo sé. Lo veo... Mientras Yo aquí sufro y seguiré sufriendo, y te ofrezco mi sufrimiento por su conversión y por los
que me han sido arrebatados de mis brazos y están marchando a su destino con el corazón traspasado, él se está vendiendo
para ser mayor que Yo. ¡El Hijo del hombre!
¿Soy Yo, no es verdad, el Hijo del hombre? Sí. Pero no soy el único que lo es. La Humanidad, la Eva fecunda ha generado
a sus hijos, si Yo soy Abel, el Inocente, no falta Caín entre la prole de la Humanidad. Y, si soy el Primogénito, porque soy como
habrían debido ser los hijos del hombre, sin mancha ante tus ojos, él, el engendrado en pecado, es el primero de lo que vinieron
a ser después de que mordieron el fruto envenenado. Ahora, no contento con tener dentro de los fómites repugnantes y
blasfemos de la mentira, la anticaridad, la sed de sangre, la avidez de dinero, la soberbia y la lujuria, se hace como el demonio
para ser - hombre que podía hacerse ángel - el hombre que se convierte en demonio... "Y Lucifer quiso ser como Dios; por ello,
fue expulsado del Paraíso, y, transformado en demonio, habitó el Infierno.”
¡Pero, Padre! ¡Oh, Padre mío! Yo lo amo... lo amo todavía. Es un hombre... Es uno de aquellos por quienes te dejé... Por
mi humillación, sálvalo... ¡concédeme redimirlo, Señor Altísimo! ¡Sé que es incongruente lo que pido, Yo, que conozco todo
cuanto existe!... Pero, Padre mío, no veas en mí por un instante a tu Verbo. Contempla sólo mi humanidad de Justo... y deja que
Yo, por un instante, pueda ser sólo "el Hombre" en gracia tuya, el Hombre que no conoce el futuro, que puede forjarse
ilusiones... el Hombre que, no conociendo el ineluctable sino, puede orar, con esperanza absoluta, para arrancar el milagro. ¡Un
milagro! ¡Un milagro a Jesús de Nazaret, a Jesús de María de Nazaret, nuestra eterna Amada! ¡Un milagro que viole lo signado y
lo anule! ¡La salvación de Judas! Ha vivido a mi lado, ha bebido mis palabras, ha compartido conmigo el alimento, ha dormido
sobre mi pecho... ¡No sea él, no, no sea él mi demonio!...
No te pido no ser traicionado... Debe suceder, y sucederá... para que, por mi dolor de ser traicionado, sean anuladas
todas las mentiras; por mi dolor de ser vendido, quede expiada toda avaricia; por mi congoja de ser blasfemado, reparadas
todas las blasfemias; y, por la congoja de no ser creído, reciban la fe aquellos que no la tienen ahora o en el futuro; para que, por
mi tortura, queden purificados todos los pecados de la carne... ¡Pero, te lo ruego: no él, no él, Judas, mi amigo, mi apóstol!
Yo querría que ninguno traicionara... Ninguno... Ni siquiera el más lejano habitante de los hielos hiperbóreos o de los
fuegos de la zona tórrida... Yo quisiera que sólo Tú fueras el Sacrificador... como otras veces lo fuiste, quemando los holocaustos
con tu fuego... Mas, dado que debo morir a manos del hombre - y más que el verdugo real será verdugo el amigo traidor, el
corrompido que portará en sí ese hedor de Satanás que ya está aspirando, buscando ser como Yo en cuanto al poder... así
piensa en su orgullo y ansia -, dado que debo morir a manos del hombre, Padre, otorga que no sea e1 Traidor aquel a quien he
llamado amigo y he amado como tal.
Multiplica, Padre mío, mis torturas, pero dame el alma de Judas... Pongo esta oración sobre el altar de mi Persona
víctima... ¡Padre, acógela!...
¡El Cielo está cerrado y mudo!... ¿Es éste el horror que tendré conmigo hasta la muerte? ¡El Cielo está mudo y cerrado!...
¿Será éste el silencio y la mazmorra en que exhalaré mi espíritu? ¡El Cielo está cerrado y mudo!... ¿Será ésta la suprema tortura
del Mártir?...
Padre, hágase tu Voluntad y no la mía... Pero, por mis penas, ¡oh, al menos esto!, por mis penas, da paz e ingenuidad al
otro mártir de Judas, a Juan de Endor, Padre mío... Él realmente es mejor que muchos. Ha recorrido un camino como pocos
saben ni sabrán. Para él ya se ha cumplido todo de la Redención. Dale, pues, tu paz plena y completa, para que Yo lo tenga en mi
Gloria cuando también para mí todo se haya cumplido para honrarte y obedecerte...
¡Padre mío!...
Jesús, lentamente, ha ido arrodillándose. Ahora llora rostro en tierra, ora mientras la luz del breve día invernal muere
precoz en el antro oscuro, y el grito del torrente parece ganar voz cuanto más aumenta la sombra en el valle...

318
En barca de Tolemaida a Tiro
La ciudad de Tolemaida da la impresión de que va a ser aplastada por un cielo bajo, de plomo, sin una rendija azul, sin
una sola variación en su lóbrego aspecto. No. Ni una nube o un cirro o un nimbo que surquen aislados la capa cerrada del
firmamento. Es una única bóveda cóncava y pesada como una tapa que fuera a ser abatida sobre una caja; una enorme tapa de
estaño sucio, fuliginoso, opaco, agobiante. Las casas blancas de la ciudad parecen de yeso, un yeso áspero, crudo, desolado, bajo
esta luz... y el verde de las plantas siempre verdes parece empañado, triste; los rostros de las personas, lívidos y espectrales; los
colores de los vestidos, apagados. La ciudad se ahoga en el cargante siroco.
El mar responde al cielo con su mismo aspecto de muerte. Un mar sin límites, quieto, desierto. No es siquiera plomizo,
sería errado definirlo así. Es una extensión ilimitada, diría incluso sin repliegues, de una sustancia oleaginosa, gris como deben
ser los lagos de petróleo crudo, o, mejor, si fuera posible, los lagos de una plata mezclada con hollín, con ceniza, para formar una
pomada. Tiene un especial brillo de lasca cuarzosa, y, no obstante, se ve tan muerto y paco, que no parece brillar. Su resplandor
no se advierte sino con la molestia que sufren los ojos, deslumbrados por este cabrilleo de madreperla negruzca que cansa y no
alegra. No se ve ni una sola ola hasta donde alcanza la vista. La mirada llega al horizonte, donde el muerto mar toca el cielo

muerto, sin ver movimiento alguno de ola, aunque, por su subyacente ondeo, apenas sensible en la superficie con el cabrilleo
sucio de las aguas, se comprende que no son aguas solidificadas. Tan muerto, que en la orilla las aguas están detenidas como
agua de un pilón, sin el más mínimo indicio de ola o resaca. Y la arena está claramente marcada de humedad a poco más de un
metro del agua, confesando así que no ha habido movimiento de olas en la orilla desde hace muchas horas. Es la calma chicha
absoluta.
Las naves, pocas, que hay en el puerto están completamente inmóviles. Tan inmóviles, que parecen clavadas en una
materia sólida. Los pocos paños tendidos en los altos puentes - enseñas o indumentos, no lo sé - penden inmóviles.
Por una callecita del barrio popular del puerto, vienen hacia la marina los apóstoles con los dos que van a Antioquía. No
sé qué ha sido del burro y el carro. No están ya. Pedro y Andrés llevan un arcón, Santiago y Juan el otro; Judas de Alfeo, por su
parte, se ha liado a los hombros el telar, desmontado; Mateo, Santiago de Alfeo y Simón Zelote van cargados con los talegos de
todos, incluido el de Jesús. Síntica lleva en la mano solamente un cesto con comida. Juan de Endor no lleva nada. Caminan
deprisa por entre la gente que, en general, regresa de los mercados con las compras, o que, si son gente de mar, se apresura en
dirección al puerto, para cargar o descargar las naves, o repararlas, según las necesidades.
Simón de Jonás camina seguro. Debe saber ya a dónde ir porque no mira a los lados. Todo colorado, sujeta de su parte el
arcón, por una lazada de la cuerda, puesta como asidero; Andrés, de su parte, hace lo propio. Y se ve, tanto en ellos como en los
compañeros Santiago y Juan, el esfuerzo del peso que llevan, porque se les ponen turgentes los músculos de las pantorrillas y de
los brazos (y es que, para estar más libres, llevan sólo la prenda de debajo, corta y sin mangas); en todo, semejantes a los mozos
de cuerda, que, ágiles, van de los fondaques a las naves, o viceversa, para sus operaciones. Por tanto, pasan completamente
desapercibidos.
Pedro no va al muelle grande, sino a otro más pequeño, a través de una pasarela chirriante: es un andén construido en
forma de arco, que delimita como un segundo embarcadero, mucho más pequeño, para las barcas de pesca. Mira y da una voz.
Responde un hombre, alzándose del fondo de una barca fuerte y bastante grande.
-¡Estás decidido a zarpar de verdad? Ten en cuenta que la vela hoy no sirve. Tendrás que ir a fuerza de remos.
-Así me caliento y se me abre el apetito.
-¿Pero sabes de verdad navegar?
-¿Pero qué dices, hombre? No sabía decir "mamá" y ya mi padre me había puesto en la mano la sondaleza y las cuerdas
de las velas. He amolado con ellas los dientes de leche...
-Es porque... ¿sabes?... esta barca es todo lo que poseo, ¿sabes?...
-Ya desde ayer me lo estás diciendo. ¿No sabes otra canción?
-Lo que sé es que si te vas a pique pierdo todo y...
-¡Yo sí que pierdo todo, que me dejo la piel ahí, no tú!
-Pero esto es mi bien, mi pan, la alegría mía y de mi mujer, y es la dote de mi niña, y...
-¡Uf! ¡Mira, no me pinches más los nervios, que tienen ya un calambre... un calambre... mucho peor que el de los
nadadores! Te he dado tanto, que podría decir: "he comprado la barca". No te he regateado lo que me has pedido. Tú eres un
barquero largo de uñas, hombre. Te he demostrado que conozco el remo y la vela mejor que tú. Ya todo estaba acordado.
Ahora, si la ensalada de puerros que has cenado ayer - que te huele la boca como una sentina - te ha dado una pesadilla y ahora
te arrepientes, me importa un bledo. El acuerdo se ha efectuado delante de dos testigos, uno tuyo, otro mío, y es suficiente.
Baja de ahí, cangrejo peludo, y déjame entrar.
-Pero yo... al menos una garantía... Si mueres, ¿quién me paga la nave?
-¿La nave? ¿Llamas nave a esta calabaza despulpada? ¡Miserable! ¡Soberbio! De todas formas, te voy a calmar, para que
te decidas: te voy a dar otras cien dracmas. Con éstas y con lo que has pedido como alquiler te construyes otros tres topos de
éstos... Bueno, no... de dinero nada. Serías capaz incluso de llamarme loco, y luego pedirme más todavía, a la vuelta. ¡Porque
vuelvo, eh, puedes estar seguro! A lo mejor para quitarte la barba a tortazos, si me has dado una barca con los fondos
defectuosos. Te dejo como seña el burro y el carro... ¡No! ¡Tampoco eso! No dejo en tus manos a mi Antonio. Te creo capaz de
cambiar de oficio y pasarte de barquero a carretero, y escaparte en mi ausencia. Mi Antonio vale diez veces lo que tu barca.
Mejor te dejo el dinero. Pero ten en cuenta que son como seña, y tú me lo devuelves a mi regreso. ¿Está bien claro? ¡Eh, los de
esa nave! ¿Quién es de Tolemaida?
En una nave cercana se asoman tres caras:
-Nosotros.
-Venid aquí...
-No, no, no hace falta. Nos arreglamos entre nosotros - suplica el barquero.
Pedro lo mira indagador, razona para sí, y, viendo que el hombre baja de la barca y se apresura a cargar el telar que
Judas había dejado en el suelo, susurra:
-¡Comprendo!
Luego grita a los de la nave:
-¡Ya no hace falta. Quedaos ahí - y extrae de una bolsa pequeña unas monedas, las cuentas, las besa y dice: « ¡Adiós,
amigas!» y se las da al barquero.
-¿Por qué las has besado? - pregunta éste extrañado.
-Un... rito. ¡Adiós, ladrón! Arriba, vosotros; tú, al menos, sujeta la barca. Ya las contarás. Verás que están justas. No
quiero tenerte como compañero en el infierno, ¡eh! Yo no robo... ¡Aaarriba! ¡Aaarriba!
Y embarca el primer baúl. Luego ayuda a los otros a estibar el suyo, los talegos y todo, equilibrando el peso y colocando
los objetos de forma que pueda estar libre para las maniobras; y, después de las cosas, las personas.
-¿Ves como sé, vampiro? Suelta ahora y ve a tu destino.

Y, junto con Andrés, hinca el remo contra el andén para separar la barca.
Una vez tomada la dirección de la corriente, deja el timón a Mateo mientras le dice:
-Bueno, tú, para sacarnos los hígados, venías a pescarnos cuando pescábamos, y sabes llevar el timón pasablemente.
Luego se sienta en la proa, dando la espalda a la proa, en el primer banco, con Andrés a su lado. Frente a él están
sentados Santiago y Juan de Zebedeo, que bogan con ritmo regular y poderoso.
La barca avanza - sin tirones, rápida, a pesar de ir bastante cargada - muy cerca del flanco de las naves grandes, desde
cuya borda descienden palabras de alabanza por la perfecta boga. Luego, superados los espigones, el mar abierto... Tolemaida,
al estar construida a orillas del mar y teniendo su puerto en el sur de la ciudad, desfila toda ante los ojos del grupo que parte. En
la barca el silencio es absoluto. Sólo se oyen los chirridos de los remos en los toletes.
Pasado un buen rato, habiendo ya dejado atrás Tolemaida, Pedro dice:
-Pero si hubiera un poco de viento... ¡Pero nada! ¡Ni un hilo!...
-¡Con tal de que no llueva!... - dice Santiago de Zebedeo.
-¡Mmm! Tiene muchas ganas de llover...
Silencio y cansancio de remos durante largo tiempo.
Luego Andrés pregunta:
-¿Por qué has besado las monedas?
-Porque se saluda a quien parte para siempre. No las volveré a ver. Y lo siento. Hubiera preferido dárselas a algún
necesitado... ¡Paciencia!... La barca la verdad es que es buena y fuerte y está bien construida. Es la mejor de Tolemaida. Por eso
he cedido a las pretensiones de su dueño. También para evitar muchas preguntas sobre el lugar adonde vamos. Por eso le he
dicho: "A comprar al Jardín blanco"... ¡Ay, ay, ay, que empieza a llover! Cubríos, vosotros que podéis hacerlo. Tú, Síntica, dale el
huevo a Juan. Es la hora... Y a mayor razón porque con un mar así no se revuelve nada en el estómago... ¿Y que me estará
haciendo Jesús? ¿Qué estará haciendo? ¡Sin vestidos, sin dinero! ¿Y dónde estará ahora?
-Sin duda, orando por nosotros - responde Juan de Zebedeo.
-Sí, pero ¿dónde?...
Ninguno puede decir dónde. Y la barca da bordadas, con dificultad, pesada, bajo el cielo de plomo, en un mar de betún
cinéreo, en medio de un sirimiri fino como niebla y latoso como cosquillas prolongadas. Los montes, que tras una zona de
llanura vuelven a arrimarse al mar, se acercan, lívidos en el ambiente neblinoso. El mar, de cerca, sigue produciendo molestia a
los ojos con su extraña fosforescencia; más lejos, se pierde en un velo brumoso.
-En aquel pueblo nos detendremos para descansar y comer - dice Pedro, que boga incansablemente. Los demás
asienten.
Llegan al pueblo: un pequeño conglomerado de casas de pescadores al abrigo del espolón de un monte que penetra en
el mar.
-Aquí no se desembarca. No se toca fondo... - dice Pedro entre dientes - Bien, pues comeremos aquí donde estamos.
Y así es: los bogadores comen con buen apetito; los dos exiliados, sin ganas. La lluvia, alternativamente, sigue o se para.
No se ve a gente en el pueblo; como si estuviera deshabitado. Pero, vuelos de palomas de una casa a otra y ropa
tendida en las azoteas dicen que hay gente. En fin, aparece en la orilla un hombre semidesnudo que va hacia una barquita
sacada al margen.
-¡Eh! ¡Tú, hombre! ¿Eres pescador? - grita Pedro haciendo embudo con las manos.
-Sí.
El sí llega débil por la distancia.
-¿Qué tiempo hará?
-Mar tendida dentro de poco. Si no eres de aquí, te aconsejo que vayas enseguida más allá del cabo. Allá la ola es más
calma, sobre todo si vas bordeando la orilla. Puedes, porque es profundo el mar. Pero ve sin demora...
-Sí. ¡Paz a ti!
-¡Paz y suerte a vosotros!
-Ánimo, entonces - dice Pedro a sus compañeros - Y que Dios esté con nosotros.
-Está ciertamente con nosotros. Jesús ciertamente ora por nosotros - responde Andrés mientras se pone de nuevo a
remar.
Pero la ola tendida, en efecto, ya se ha formado, y repele y aspira la pobre barca cada vez que viene; mientras tanto, la
lluvia se hace cada vez más tupida... y un viento rítmico se agrega para torturar a los pobres navegantes. Simón de Jonás lo
gratifica con todos los más pintorescos epítetos, porque es un viento malo que no puede ser usado para la vela y que trata de
empujar a la barca contra los escollos de1 cabo ya cercano. La barca navega con dificultad en la curva de este pequeño golfo,
más oscuro que la tinta. Reman, reman, con dificultad, rojos, sudados, apretando los dientes, sin desaprovechar ni una miaja de
fuerza en palabras. Los otros, sentados frente a ellos - yo los veo de espaldas - callan, mudos, bajo la tediosa lluvia. Juan y
Síntica, en el centro (junto al mástil de la vela); detrás de ellos, los hijos de Alfeo; últimos, Mateo y Simón, que luchan por
mantener derecho el timón a cada golpe de ola.
Doblar el cabo es empresa fatigosa. Por fin lo hacen... Los remadores, que deben estar extenuados, pueden gozar de un
poco de paz. Se consultan sobre si refugiarse en un pueblecillo de allende el cabo. Pero se impone la idea de que «se debe
obedecer al Maestro incluso contra lo sensato. Y Él dijo que se debe llegar a Tiro todo en una jornada». Y continúan...
El mar se calma al improviso. Notan el fenómeno. Alfeo dice:
-El premio de la obediencia.
-Sí, Satanás se ha marchado porque no ha logrado hacernos desobedecer - confirma Pedro.
-De todas formas llegaremos a Tiro de noche. Esto nos ha retrasado mucho... -dice Mateo.

-No importa. Iremos a dormir, y mañana buscaremos la nave - responde Simón Zelote.
-¿Y la encontraremos?
-Jesús lo ha dicho. Por tanto, la encontraremos - dice seguro el Tadeo.
-Podemos izar la vela, hermano - observa Andrés - Ahora hay viento bueno. Iremos raudos.
La vela, efectivamente, se hincha, no mucho, pero lo suficiente como para que sea mucho menos necesario remar; y la
barca se desliza, como aligerada, hacia Tiro, cuyo promontorio - mejor: cuyo istmo - albea allá, al norte, con las últimas luces del
día.
Y la noche cae rápida. Y parece extraño, después de tanta lobreguez de cielo, ver asomarse las estrellas a través de un
imprevisto claro, y titilar resplandecientes los astros de la Osa, mientras el mar se ilumina con los serenos rayos de luna, tan
blancos que casi parece rayar el alba, después de un día penoso, sin el intervalo de la noche...
Juan de Zebedeo alza la cabeza al cielo, mira y sonríe, y, al improviso, abre su boca al canto, acompañando el
movimiento del remo con la estrofa y ritmando ésta con el remo:
“Ave, Estrella de la Mañana,
Jazmín de la noche,
Luna de oro de mi Cielo,
Madre santa de Jesús.
Espera en ti el navegante,
Te sueña el que sufre y muere,
¡Ilumina, Estrella santa y pía,
a quien te ama, oh María!..."
Canta feliz, a pleno pulmón, con voz de tenor.
-¿Pero qué haces? Estamos hablando de Jesús ¿y tú hablas de María? - pregunta su hermano.
-Él está en Ella y Ella en Él. Pero si Él está aquí es porque ha estado antes Ella... Déjame cantar...
Y pone ahínco y arrastra a los demás...
Llegan así a Tiro. La arribada es cómoda en el puertecito más pequeño, el que está al sur del istmo, velado por lámparas
que cuelgan de muchas barcas. Los que están allí no niegan su ayuda a los recién llegados.
Pedro y Santiago de Zebedeo se quedan en la barca para vigilar los baúles. Mientras tanto, los otros, con un hombre de
otra barca, se dirigen al hospedaje para descansar.

319
Partida de Tiro en la nave del cretense Nicomedes
Tiro se despierta entre ráfagas de mistral. El mar es todo un cabrilleo de olitas, azul-blanco, esplendor agitado bajo un
cielo azul y altos cirros blancos en movimiento (como abajo se mueve la espuma de las olas). El sol goza de su jornada de cielo
claro después de tanta oscuridad de mal tiempo.
-Entendido - dice Pedro poniéndose en pie en la barca, donde ha dormido - Es hora de moverse. Y "él" (y señala al mar
que entra inquieto incluso en el puerto) nos ha proporcionado el agua lustral... ¡Mmm! Vamos a consumar la segunda parte del
sacrificio... Dime, Santiago... ¿No te da la impresión realmente de que estamos llevando a dos víctimas al sacrificio? A mí sí.
-También a mí, Simón. Y... le agradezco al Maestro la estima en que nos tiene, pero.., no hubiera querido ser yo el que
viera tanto dolor; y nunca me habría imaginado que habría visto esto...
-Tampoco yo... Pero... ¿Sabes? Digo que el Maestro no lo habría hecho si el Sanedrín no hubiera metido el hocico...
-Ya lo ha dicho... Pero ¿quién habrá informado al Sanedrín? Esto es lo que querría saber...
-¿Quién? ¡Dios eterno, hazme guardar silencio, haz que no piense! Es un voto que he hecho, para quitarme esta
sospecha que me trepana. Ayúdame, Santiago, a no pensar. Habla de otra cosa completamente distinta.
-Pero ¿de qué? ¿Del tiempo?
-Sí, por ejemplo.
-Es que no entiendo de mar...
-Yo creo que vamos a bailar - dice Pedro mirando al mar.
-¡No, hombre, no! Un poco de oleaje. Una cosa amena, nada más... Más feo estaba ayer. Desde encima de la nave será
bonito este mar agitado. A Juan le va a gustar... Hará que se ponga a cantar. ¿Cuál será la nave?
Se pone de pie también Santiago, y observa las naves que están en la otra parte; visibles, con sus altas superestructuras,
sobre todo cuando la ola alza la barquita de ellos con un movimiento de sube y baja. Miran, estudiando las distintas naves,
haciendo pronósticos... El puerto se anima.
Pedro pregunta a un barquero, o algo parecido, que trajina en el muelle:
-¿Sabes si está en el puerto, en aquel puerto de allí, la nave de... espera que leo este nombre (y saca del cinturón un
pergamino atado)... aquí está: Nicomedes Filadelfio de Filipo, cretense de Paleocastro...
-¡El gran navegante! ¿Quién no lo conoce? Creo que lo conocen no sólo desde el Golfo de las Perlas hasta las Columnas
de Hércules, sino incluso hasta los mares fríos, aquellos de que se dice que durante meses enteros es de noche! ¿Cómo es que
no lo conoces, tú que eres marinero?

-No. No lo conozco, pero pronto lo conoceré, porque lo busco de parte de nuestro amigo Lázaro de Teófilo, que fue
gobernador en Siria.
-¡Ah! Cuando yo navegaba - ahora soy viejo - en Antioquía estaba él... Hermosos tiempos... ¿Tu amigo? ¿Y buscas a
Nicomedes el cretense? Ve seguro entonces. ¿Ves aquella nave de allí, la más alta, con esos estandartes al viento? Es la suya.
Zarpa antes de la hora sexta. ¡No le teme al mar! ...
-Efectivamente, no hay por qué tenerle miedo. No es nada del otro mundo - observa Santiago. Pero un rudo embate de
una ola le demuestra lo contrario, mojando a los dos de los pies a la cabeza.
-Ayer, demasiado quieto; hoy, demasiado agitado. ¡Caramba, qué loco! Prefiero el lago... - refunfuña Pedro mientras se
seca la cara.
-Os aconsejo que entréis en las dársenas. Van todos, ¿veis?
-Pero nosotros tenemos que partir. Tenemos que marcharnos con la nave de... de... espera: Nicomedes, y todo lo
demás - dice Pedro, que no logra recordar los nombres extraños del cretense.
-¡No querréis cargar la barca en la nave!
-¡No, claro!
-Entonces en las dársenas hay sitio para la custodia, y hombres de guardia hasta el regreso. Una moneda al día hasta el
regreso. Porque supongo que volveréis...
-¡Claro, claro! Vamos y volvemos... una vez visto el estado de los jardines de Lázaro.
-¡Ah!, ¿sois sus administradores?
-Y más que eso...
-Bien. Venid conmigo. Os enseño el sitio. Está pensado precisamente para los que dejan, como vosotros, las barcas...
-Espera... Ahí están los otros. Te alcanzamos enseguida.
Y Pedro salta al andén del puerto y corre al encuentro de los compañeros, que están viniendo.
-¿Has dormido bien, hermano? - pregunta solícito Andrés.
-Como un niño en la cuna. Y no me han faltado ni el meneo ni la canción...
-Me parece que tampoco te ha faltado el chapuzón - dice sonriendo el Tadeo.
-Tampoco. El mar es... tan bueno, que me ha lavado la cara para quitarme el sueño.
-Un poco rudo, me parece - objeta Mateo.
-¡Si supierais con quién vamos! ¡Uno conocido hasta por los peces de los hielos!
-¿Ya lo has visto?
-No. Pero me ha hablado de él uno que me dice que hay un sitio para las barcas, un depósito... Venid, vamos a
descargar los arcones y nos ponemos en marcha, porque Nicodemo, no, Nicomedes el cretense, parte dentro de poco.
-En el canal de Chipre sí que vamos a bailar bien - dice Juan de Endor.
-¿Sí? - pregunta, preocupado, Mateo.
-Sí. Pero Dios nos ayudará.
Ya están otra vez al pie de la barca.
-Aquí estamos, hombre. Ahora descargamos estas cosas y luego vamos allí, dado que eres tan bueno.
-Nos ayudamos unos a otros... - dice el hombre de Tiro.
-¡Sí, claro! Nos ayudamos, nos deberíamos ayudar. Nos deberíamos amar unos a otros, porque ésta es la Ley de Dios...
-Me dicen que en Israel ha surgido un nuevo Profeta que predica esto. ¿Es verdad?
-¡Vaya que si es verdad! ¡Esto y otras cosas! ¡Y qué milagros hace! Ánimo, Andrés, aúpa, aúpa, más a la derecha. Venga,
mientras la ola levanta la barca... ¡Eso es! ¡Ya está...! Te estaba diciendo, hombre: ¡y qué milagros! Muertos que resucitan,
enfermos que quedan curados, ciegos que recuperan la vista, ladrones que se convierten, y hasta... ¿Ves? Si estuviera aquí, diría
al mar: "Detente" y el mar se calmaría... ¿Puedes, Juan? Espera, voy yo. Vosotros sujetad fuerte y bien pegado... ¡Arriba!,
¡arriba!... Un poco más... Tú, Simón, agarra el asa... ¡Cuidado con la mano, Judas! ¡Arriba!, ¡arriba!, gracias, hombre... ¡Cuidado,
no os caigáis al agua, vosotros los de Alfeo!... ¡Arriba!... ¡Eso es! ¡Loado sea Dios! Ha sido menor el trabajo para meterlas abajo
que para sacarlas arriba... Yo es que tengo los brazos deshechos del ejercicio de ayer... Volviendo a lo que decía del mar...
-Pero, ¿y es verdad eso?
-¡Verdad! ¡Lo he visto yo!
-¡Sí!... Pero ¿dónde?
-En el lago de Genesaret. Sube a la barca, que te explico mientras vamos allí... - y se marcha, con el hombre y con
Santiago, remando por el canal que conduce a las dársenas.
Y Pedro se queja de incapacidad... - observa el Zelote.
-Sin embargo, tiene el arte de explicar las cosas así, con sencillez; y hace más que todos.
-Lo que me gusta mucho de él es su honestidad - dice el hombre de Endor.
-Y su constancia - añade Mateo.
-Y su humildad. ¡Fijaos cómo no se ensoberbece sabiendo que es el "jefe"! Trabaja más que ninguno. Se preocupa más
de nosotros que de sí mismo... - dice Santiago de Alfeo.
-Y así es virtuoso, como él entiende. Un hermano bueno. Ni más ni menos... - termina Síntica
-¿Así que está decidido? ¿Pasáis por hermanos? - pregunta después de un rato el Zelote a los dos discípulos.
-Sí. Es mejor. Y no es mentira. Es una verdad espiritual. Es mi hermano mayor. No de las mismas nupcias, pero sí de un
único padre: el Padre es Dios; las nupcias distintas, Israel y Grecia. Y Juan es mayor que yo, y se ve, en edad y como discípulo
más antiguo que yo (eso no se ve, pero es así). Ahí vuelve Simón...
-Ya está todo hecho. Vamos...

Se cargan con los arcones y, por el istmo estrecho, pasan al otro puerto. El hombre de Tiro los acompaña - tiene ya
experiencia - por las callejuelas que forman las balas de mercancías apiladas bajo vastísimas cubiertas; los acompaña hasta la
poderosa nave del cretense, que está haciendo las maniobras de la ya próxima partida, y da una voz a los marineros para que
vuelvan a echar la pasarela que habían alzado.
-No se puede. Terminada la carga - grita el contramaestre.
-Debe entregar en mano unas cartas - dice el hombre señalando a Simón de Jonás.
-¿Cartas? ¿De quién?
-De Lázaro de Teófilo, el que fue gobernador de Antioquía.
-¡Ah! Voy a decírselo al patrón.
Simón dice al otro Simón y a Mateo:
-Ahora os toca a vosotros. No soy hábil para tratar con estas personas...
-No. Tú eres el jefe. Actúas, y sabes actuar. Nosotros, eso sí, te ayudaremos, si hace falta. Pero no hará falta.
-¿Dónde está el hombre de las cartas? Que suba» dice, asomándose por la obra muerta, un hombre moreno como un
egipcio, delgado, guapo, esbelto, severo, de cuarenta años o poco más. Y manda que echen de nuevo la pasarela.
Simón de Jonás, que se ha puesto túnica y manto mientras esperaba la respuesta, sube todo digno. Detrás de él, el
Zelote y Mateo.
-La paz a ti, hombre - saluda gravemente Pedro.
El cretense responde al saludo y pregunta:
-¿La carta dónde está?
-Es ésta.
El cretense rompe el sello, desenrolla y lee.
-¡Bienvenidos sean los enviados de la familia de Teófilo! Los cretenses no olvidan su bondad y buen trato. Pero agilizad
la operación. ¿Tenéis mucho que cargar?
-Lo que ves en el andén.
-¿Y cuántos sois...?
-Diez.
-Bien. Prepararemos un sitio para la mujer. Vosotros os arreglareis como mejor podáis. Apresuraos. Hay que zarpar y
llegar a alta mar antes de que el viento aumente, lo cual sucederá después de la hora sexta.
Y ordena, con silbidos lacerantes, cargar y estibar los arcones. Luego suben los apóstoles y los dos discípulos. Se alza la
pasarela, se cierra la obra muerta, se sueltan las amarras, se izan las velas. Y la nave empieza su marcha. Bascula fuertemente al
salir del puerto. Luego, las velas, muy hinchadas por el viento, se ponen tirantes y crujen. Y, con un amplio cabeceo, la nave sale
a alta mar y huye rauda en dirección a Antioquía...
A pesar de la violencia del viento, Juan y Síntica, cerca el uno del cro, agarrados a un aparejo, en la popa, observan
cómo la costa se va alejando, la tierra de Palestina, y lloran...

320
Prodigios en la nave en medio de una tempestad
El Mediterráneo es una planicie borrascosa de aguas verdeazules que se embisten entre sí formando altísimas olas con
cresta de espuma. Hoy no hay niebla de calina, no. Pero el agua marina, pulverizada por los continuos embates de unas olas
contra otras, se transforma en líquidas partículas saladas, que abrasan, que traspasan incluso los vestidos, enrojecen los ojos,
queman las gargantas, y parecen esparcirse como un velo de polvos de tocador salinos por todas partes, tanto en el aire,
haciéndola opaca como por una niebla sutil, como encima de las cosas, que parecen asperjadas con una harina brillante: los
diminutos cristales salinos. Esto no sucede en los lugares a donde llegan los embates de las olas, o sus vigorosas mojaduras, que
lavan el puente de un lado al otro, y se precipitan hacia dentro, saltando por encima de una parte de la obra muerta, para volver
a caer al mar, con estrépito de cascada, por los vanos de la parte opuesta. Y la nave se alza y se hunde, pajuela a merced del
océano, reducida a una nada respecto a éste, y cruje y se queja desde las sentinas a lo más alto de los mástiles... El mar es
realmente el amo y la nave su juguete...
Aparte de los que están maniobrando, no hay ya nadie en el puente. Ni ninguna mercancía. Sólo los botes de
salvamento. Los hombres de la tripulación (el primero de todos el cretense Nicomedes), completamente desnudos,
bamboleándose como se bambolea la nave, corren acá o allá, a protegerse o a hacer maniobras, que son difíciles porque el
puente está continuamente inundado y resbaladizo. Las escotillas, trancadas, no permiten ver lo que sucede bajo cubierta. Pero,
ciertamente, no creo que ahí dentro estén muy tranquilos...
No logro hacerme una idea de dónde están, porque alrededor sólo hay mar, y una costa lejana, que se ve muy
montañosa, con verdaderos montes, no colinas. Yo diría que ya ha pasado más de una jornada de navegación, porque se ve
claramente que son horas de la mañana, dado que el sol, que aparece y desaparece tras nimbos muy densos, viene todavía de
oriente. Creo que la nave, a pesar del zarandeo a que se ve sometida, avanza muy poco. Y el mar parece ponerse cada vez más
feo.
Con una terrible, fragorosa avalancha, se rompe un trozo de mástil - desconozco el nombre exacto de esta parte de la
arboladura -, y al caer, arrastrado ahora por una avalancha de agua que irrumpe en el puente junto con un verdadero torbellino
de viento, abate un trozo del casco.

Los que están debajo deben tener la sensación de estar naufragando... Como demostración de esto, después de unos
momentos, se ve que se entreabre el portillo de una escotilla y aparece la cabeza entrecana de Pedro. Mira, ve, vuelve a cerrar a
tiempo de impedir a un torrente de agua descender por la escotilla entreabierta. Pero luego, en un momento de ausencia de
ola, vuelve a abrir y salta afuera. Se agarra a los soportes y observa ese infierno en que se ha convertido el mar; silba como todo
comentario, y masculla algunas palabras.
Lo ve Nicomedes:
-¡Fuera! ¡Fuera! – grita - ¡Cierra ese portillo! ¡Si la nave se carga, se va a pique! ¡Ya es mucho si no me veo obligado a
deshacerme de la carga!... ¡Jamás he visto una tempestad como ésta! ¡Vete, te digo! No quiero hombres de tierra
estorbándome. Éste no es sitio para jardineros, y...
No puede seguir, porque otra ola barre el puente, cubriendo a los que están en él.
-¿Lo ves? - grita a Pedro, que chorrea agua.
-Lo veo. Pero esto no me altera. No sólo sé vigilar jardines. He nacido en el agua. De lago, es verdad... ¡Pero también el
lago!... Antes de... cultivador fui pescador y conozco...
Pedro está tranquilísimo y sabe acompañar las oscilaciones a la perfección con sus piernas separadas, y musculosas.
El cretense lo observa mientras se mueve para acercarse a él.
-¿No tienes miedo? - le pregunta.
-¡En absoluto!
-¿Y los otros?»
-Tres son pescadores como yo, o sea, lo eran... Los otros, excepto e1 enfermo, son fuertes.
-¿También la mujer?... ¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡Sujétate!
Otra avalancha de agua señorea en el puente.
Pedro espera a que pase y luego dice:
-Este frescor me habría hecho falta este verano... ¡Paciencia! ¿Decías que qué hace la mujer? Reza... y tú también
deberías ponerte a rezar. Pero, ¿dónde estamos hora exactamente? ¿En el canal de Chipre?
-¡Si así fuera!... Me arrimaría a la isla y esperaría a que se calmaran los elementos. Apenas si estamos a la altura de
Colonia Julia, o Bertius si lo prefieres. Y ahora viene lo feo... Aquellas son las montañas del Líbano.
-¿Y no podrías entrar allí, en aquel pueblo?
-El puerto no es bueno y hay bajíos y escollos. No se puede.¡Cuidado!...
Otro torbellino y otro pedazo de mástil que se va; pero antes ha caído sobre un hombre, que, si no es arrastrado por las
aguas, es sólo porque la ola lo lleva contra un obstáculo.
-¡Ve abajo! ¡Ve abajo! ¿Ves?
-Ya veo, ya veo... ¿Pero aquel hombre?...
-Si no está muerto, volverá en sí. ¡Ya ves que no puedo atenderlo!...
Efectivamente, el cretense debe estar atento a todo por la vida de todos.
-Déjamelo a mí. Le atenderá la mujer...
-¡Lo que quieras, pero vete!...
Pedro se arrastra hasta el hombre inmóvil. Lo agarra por un pie tirando, lo acerca a sí. Lo mira, silba... Masculla:
-Tiene la cabeza abierta como una granada madura. Aquí haría falta el Señor... ¡Si estuviera Él! ¡Señor Jesús! Maestro
mío, ¿por qué nos has dejado?
Un gran dolor acompaña a su voz...
Se carga al moribundo a hombros. Se llena de sangre. Vuelve a la escotilla.
El cretense le grita:
-Esfuerzo inútil. Nada que hacer. ¿No lo ves? ...
Pero Pedro, yendo cargado, le hace un gesto como diciendo: «Veremos» y se arrima contra un palo para resistir una nueva ola.
Abre la escotilla y grita:
-¡Santiago, Juan! ¡Aquí! - y con la ayuda de ellos descuelga al herido y baja también él; luego tranca el portillo.
A la luz humeante de lámparas suspendidas ven a Pedro lleno de sangre:
-¿Estás herido? - preguntan.
-Yo no. Es sangre de éste... Pero... poneos a rezar, porque... Síntica, mira aquí un momento. Una vez me dijiste que
sabías curar heridos. Mira esta cabeza...
Síntica deja de sujetar a Juan de Endor, que está bastante mal, para acercarse a la mesa sobre la que han extendido al
desdichado, y mira...
-¡Una herida fea! La he visto dos veces, en dos esclavos: uno por un golpe del amo; el otro por un golpe de una piedra
grande en Caprarola. Haría falta agua, mucha agua, para limpiar y cortar la hemorragia...
-¡Si solamente quieres agua!... ¡Hay incluso demasiada! Ven, Santiago, con la artesa. Es mejor entre dos.
Van y vuelven, chorreando. Y Síntica, con paños empapados en agua, lava y aplica compresas en la nuca... Pero la herida
es fea. Desde la sien hasta la nuca el hueso está al descubierto. No obstante, el hombre abre de nuevo los ojos, vagarosos. Está
estertoroso. Se apodera de él el miedo instintivo de morir.
-¡Tranquilízate! Ahora te curas - le dice, maternal, la griega para consolarlo (se lo dice en griego, porque él habla en
griego).
El hombre, a pesar de estar aturdido, la mira con asombro y con un atisbo de sonrisa al oír la lengua natal, y busca la
mano de Síntica... el hombre, que es niño en cuanto siente el sufrimiento, y busca a la mujer, que es siempre madre en esos
casos.

-Voy a probar con el ungüento de María - dice Síntica cuando la sangre mana menos.
-Pero es para los dolores... - objeta Mateo, pálido como un muerto, no sé si por el mar o por la sangre, o si por las dos
cosas.
-¡Lo ha hecho María con sus manos! Yo lo uso orando... Orad también vosotros. Mal no puede hacer. El aceite es
siempre medicamentoso...
Va al talego de Pedro, saca un recipiente - yo diría que es de bronce -, lo abre, toma un poco de ungüento y lo calienta
sobre una lámpara en la misma tapadera de la vasija. Lo vierte encima de un paño, doblado varias veces, y lo aplica en la cabeza
herida. Luego, con unos pedazos de tela hechos tiras, hace un vendaje apretado. Pone un manto plegado debajo de la cabeza
del herido, que parece adormecerse, y se sienta junto a él para orar; también los demás oran.
Arriba se sigue abatiendo la furia de los elementos sobre la nave, que se hunde y se empina sin tregua. Pasado un rato,
se abre el portillo y entra presuroso un marinero.
-¿Qué pasa? - pregunta Pedro.
-Que estamos en peligro. Vengo por los inciensos y las oblaciones para un sacrificio...
-¡Olvídate de esas historias!
-¡Nicomedes quiere sacrificar a Venus! Estamos en su mar...
-Que está desenfrenado, como ella - barbota en voz baja Pedro, luego dice más fuerte: «Venid vosotros. Vamos al
puente. Quizás tenemos que intervenir... ¿Tienes miedo de quedarte con el herido y con estos dos?
Los dos son Mateo y Juan de Endor, que están hechos unos guiñapos por el mal de mar.
-No, no. Id, id - responde Síntica.
De camino hacía el puente se topan con el cretense, que está tratando de encender los inciensos, y que arremete
furioso contra ellos, para mandarlos dentro de nuevo, gritando:
-¿Pero no veis que sin milagro naufragamos? ¡La primera vez! ¡La primera vez desde que navego!
-¡Vas a ver como ahora dice que somos nosotros los del maleficio! - susurra Judas de Alfeo.
En efecto, el hombre grita más fuerte:
-¡Malditos israelitas, ¿qué lleváis con vosotros? ¡Perros hebreos, me habéis traído el maleficio! Fuera, que voy a
sacrificar a Venus naciente...
-No, de ninguna manera. Sacrificamos nosotros...
-¡Fuera! Sois paganos, sois demonios, sois...
-¡Escucha! Te juro que si nos dejas verás el prodigio.
-No. ¡Fuera! - y enciende los inciensos, y tira al mar, como mejor puede, unos líquidos, que primero ha ofrecido y
gustado, y unos polvos que no sé lo que son. Pero las olas apagan los inciensos, y, en vez calmarse, el mar se pone más furioso y
se lleva todos los aparejos del rito, y por poco, también al propio Nicomedes...
-¡Buena respuesta te da tu diosa! Ahora a nosotros. También nosotros tenemos Una, más pura que ésta, hecha de
espuma, y además... Canta, Juan, como ayer; nosotros te acompañamos; ¡vamos a ver qué sucede!
-¡Sí, vamos a ver! Pero, sí sucede algo peor, os arrojo al mar como víctimas propiciatorias.
-Bien. ¡Ánimo, Juan!
Y Juan entona su canción, acompañado por todos los demás, incluso Pedro, que normalmente no canta, porque
desafina. El cretense, con los brazos cruzados y una sonrisa entre colérica e irónica en su rostro, los mira. Luego, terminada la
canción, oran con los brazos abiertos. Debe ser el "Pater noster", pero está recitado en hebreo y no entiendo nada. Luego
cantan más fuerte. Y siguen así, alternativamente, sin miedo, sin interrupción, a pesar de los embates que reciben de las olas. Ni
siquiera se sujetan a los soportes, y, no obstante, están seguros, como si formaran un bloque con la madera del puente. Y las
olas realmente disminuyen de violencia poco a poco. No cesan del todo, y tampoco el viento, pero ya no es la furia de antes; de
hecho las olas ya no llegan al puente.
La cara del cretense es todo un poema de estupor... Pedro lo mira de reojo y sigue orando. Juan sonríe, y canta más
fuerte... Los otros lo acompañan, y van triunfando cada vez más netamente sobre el fragor, a medida que el mar para volver a su
movimiento regular, y el viento para soplar normalmente, se van aplacando.
-¿Y ahora... qué tienes que decir?
-¿Pero, qué habéis dicho? ¿Qué fórmula es?
-La del Dios verdadero y de su santa Sierva. Puedes izar las velas y arreglar todos los desperfectos, esto... ¿Aquello no es
una isla?
-Sí. Es Chipre... Y en el canal el mar está todavía más calmo... ¡Extraño! Pero, ¿esa estrella a la que adoráis quién es? En
todo caso Venus, ¿no?
-Veneráis, se dice; se adora sólo a Dios. Pero nada de Venus. Es María. María de Nazaret, María hebrea, la Madre de
Jesús, Mesías de Israel.
-¿Y eso otro qué era? No era hebreo eso...
-No, era nuestro dialecto, el de nuestro lago, de nuestra patria. Pero no te lo podemos decir a ti, que eres pagano. Es
una oración a Yeohveh. Sólo los creyentes la pueden conocer. Hasta luego, Nicomedes. Y no te preocupes por lo que ha ido al
fondo. Un... sortilegio me-nos para poderte atraer una desgracia. Hasta luego, ¡eh! ¿Eres de sal?
-No... Pero... Perdonad... Antes os he insultado.
-No importa. Son efectos del... del culto de Venus... Vamos, muchachos, a donde los demás... - y, sonriendo feliz, Pedro
se encamina hacia la escotilla.
El cretense los sigue:
-¡Eh! ¿Y el hombre? ¿Muerto?

-¡No, hombre, no! Quizás te le devolvemos pronto sano... Otro juego de nuestros... maleficios...
-¡Perdonad! ¡Perdonad! Decidme: ¿dónde se pueden aprender, para gozar de su ayuda? Yo pagaría por esto...
-¡Adiós, Nicomedes! Es un trato largo y... no permitido. No se deben dar las cosas sagradas a los paganos. ¡Adiós! ¡Que
te vaya bien, amigo! ¡Que te vaya bien!
Y Pedro, seguido de los demás, baja adentro, sonriente. También sonríe el mar calmado, con un viento mistral armónico
que favorece la navegación, mientras declina el sol y, a oriente, se dibuja un huso de luna tendente a su plenitud...

321
Arribo a Seleucia. Se despiden de Nicomedes
En una bellísima puesta de sol, se delinea la ciudad de Seleucia como un voluminoso aglomerado blanco en el límite de
las aguas azules del mar calmo y risueño (todo un jugueteo de olitas bajo un cielo que funde su cobalto sin nubes con la púrpura
del ocaso). La nave, desplegadas sus velas, enfila veloz hacia la ciudad lejana, y tanto inciden en ella los esplendores del sol
poniente, que parece incendiarse, con fuego de alegría por la fiesta de la llegada ya cercana.
En el puente de la nave, entre los marineros, que ya ni trajinan ni están inquietos, están los pasajeros, que ven
acercarse la meta. Sentado junto a Juan de Endor (más macilento aún que cuando partió), se ve al marinero herido. Todavía
tiene fajada la cabeza con una venda ligera; su tez, pálida-marfil por la gran cantidad de sangre que ha perdido. Pero sonríe y
habla con sus salvadores, o con los compañeros que, pasando, se congratulan con él de verlo en el puente.
También el cretense se percata de su presencia. Deja por un momento su puesto, poniéndolo en manos del jefe de la
tripulación, para ir a saludar a su «óptimo Demetes», que ha vuelto al puente por primera vez después de sufrir la herida. «Y
gracias a todos vosotros» dice a los apóstoles. «No tenía ninguna esperanza de que sobreviviera, después del golpe de ese
pesado travesaño y del hierro que lo hacía todavía más pesado. Verdaderamente, Demetes, éstos te han dado de nuevo a la
vida, porque estabas ya dos veces muerto. La primera, yaciendo como una mercancía en el puente, donde habrías perecido por
la sangre que salía y por las olas, que te hubieran llevado al mar; habrías descendido al reino de Neptuno, a hacer compañía a
nereidas y tritones. La segunda, por haberte curado con esos maravillosos ungüentos. ¡Déjame, pues, ver la herida!
El hombre se suelta la venda y muestra la cicatriz: bien cerrada, es como una señal roja desde la sien hasta la nuca,
hasta el límite de los cabellos, que se ven cortados (quizás los cortó Síntica para que no entrasen en la herida).
Nicomedes toca apenas, levemente, la señal:
-¡También está soldado el hueso! ¡Te ha mostrado su amor Venus marina! Ha querido tenerte sólo en la superficie del
mar y en las riberas de Grecia. Séate, pues, propicio Eros, ahora que ponemos pie en tierra, y contribuya a quitarte el recuerdo
de la desgracia y el terror de Tánatos, que a te tenía en sus manos.
La cara de Pedro, al oír todas estas filigranas mitológicas, es todo un panorama de impresiones: apoyado en un mástil,
con las manos detrás de la espalda, no habla; pero todo en él habla para aplicar un epíteto incisivo al pagano Nicomedes y a su
paganismo, y para expresar su asco por todo lo que significa gentilismo.
No menos los otros... Judas de Alfeo tiene la cara de los momentos peores; su hermano se da la vuelta mostrando un
gran interés por el mar. Santiago de Zebedeo y Andrés optan por dejar plantados a todos y bajar por los talegos y el telar. Mateo
manosea su cinturón; el Zelote también se ocupa exageradamente de sus sandalias como si fueran una cosa nueva. Juan de
Zebedeo se extasía mirando al mar.
Son tan manifiestos el desprecio y el tedio de los ocho - y no lo es menos el mutismo de los dos discípulos que están
sentados junto al herido -, que el cretense se da cuenta y presenta disculpas:
-Mirad, es nuestra religión. Como vosotros creéis en la vuestra, yo y todos nosotros creemos en la nuestra...
Ninguno responde, y el cretense opta por dejar en paz a sus dioses y bajar del Olimpo a la tierra, o mejor, al mar, a la
nave, e invita a los apóstoles a ir a la proa para ver bien la ciudad que ya se va acercando.
-Ahí tenéis, ¿veis? ¿Habéis estado alguna vez aquí?
-Yo una vez, pero viniendo por tierra - dice el Zelote, serio y seco. «
-¡Ah, bien! Entonces, al menos sabes que el verdadero puerto de Antioquía es Seleucia, en la costa, en la
desembocadura del Oronte, que también se presta gentilmente a acoger a las naves, y, cuando las aguas son profundas, puede
ser remontado por embarcaciones ligeras hasta Antioquía. Estáis viendo Seleucia, la más grande; la otra, orientada al sur, no es
una ciudad, sino ruinas de un lugar devastado. Engañan: es sólo una ciudad muerta. Aquella cadena montañosa es el Pierio que
da a la ciudad el nombre de Seleucia Pieria. Aquel pico más hacia dentro, después de la llanura, es el monte Casio, que domina
como un gigante la llanura de Antioquía. La otra cadena, al norte, es la del Amán. ¡Ya veréis qué obras han hecho los romanos en
Seleucia y Antioquía! Mayores ya no podían. Un puerto de tres fondeaderos, que es uno de los mejores; y canales, y rompeolas,
y diques. Tanto no se ve en Palestina. Pero Siria es mejor que otras provincias del Imperio...
Sus palabras caen en un silencio glacial. Hasta Síntica, que por ser griega es menos quisquillosa que los demás, aprieta
los labios y su rostro adquiere más que nunca la expresividad de un rostro esculpido en una medalla o un bajorrelieve: un rostro
de diosa, desdeñosa de los contactos terrenos.
El cretense se da cuenta y se disculpa:
-¡En el fondo, yo gano con los romanos!...
La respuesta de Síntica es tajante cual golpe de sable: «Y el oro hace perder el filo a la espada del honor nacional y de la
libertad», y lo dice de tal forma y con un latín tan puro que el otro se queda paralizado...
Luego se atreve a preguntar:

-¿Pero no eres griega?
-Soy griega. Pero tú amas a los romanos. Te hablo en la lengua de tus amos, no en la mía, la de la Patria mártir.
El cretense está desconcertado, y los apóstoles mudamente entusiastas por la lección dada al elogiador de Roma, el
cual opta por cambiar de tema: pregunta que de qué se van a servir para ir de Seleucia a Antioquía.
-De las piernas, hombre - responde Pedro.
-Pero ya está anocheciendo. Cuando pongáis pie en tierra será de noche...
-Habrá un sitio donde dormir.
-¡Sí, claro! Pero también podríais dormir aquí hasta mañana.
Judas Tadeo, que ha visto que han traído ya todo lo necesario para un sacrificio a los dioses, que quizás se hará a la
llegada al puerto, dice:
-No hace falta. Te agradecemos tu bondad. Pero preferimos viajar. ¿No, Simón?
-Sí, sí. También nosotros tenemos que hacer nuestras oraciones y... o tú y tus dioses o nosotros y nuestro Dios.
-Como os parezca mejor. Quería hacer algo que fuera grato al hijo de Teófilo.
-También nosotros al Hijo de Dios, convenciéndote de que hay un solo Dios. Pero eres un escollo que no cede. Como
ves, estamos a la par. Pero quién sabe si un día nos encontraremos y tú para entonces -eras menos tenaz... - dice serio el Zelote.
Nicomedes hace un gesto que es como decir: « ¡A saber cuándo!»: es un gesto de irónico desinterés acerca de la
invitación a reconocer al Dios verdadero y a abandonar al falso. Luego va a su puesto de piloto, porque el puerto está cerca.
-Vamos a bajar a coger los arcones. Nosotros solos. Quiero alejarme cuanto antes de este hedor pagano - dice Pedro. Y
bajan todos, menos Síntica y Juan.
Ellos, los dos exiliados, están cerca el uno del otro, mirando a los espigones, que se van acercando cada vez más.
-Síntica, otro paso hacia lo desconocido, otra escisión respecto al dulce pasado, otra agonía, Síntica... Yo no puedo
más...
Síntica le coge la mano. Está muy pálida, afligida, pero sigue siendo la mujer fuerte que sabe infundir fuerza.
-Sí, Juan, otra escisión, otra agonía. Pero no digas: otro paso hacia lo desconocido... No es justificable. Conocemos
nuestra misión aquí. Jesús la ha declarado. Así que nosotros no vamos hacia lo desconocido; antes al contrario, cada vez nos
fundimos más con lo que conocemos, con la voluntad de Dios. Tampoco es justificable decir: "otra escisión". Nos unimos a su
voluntad. La escisión separa, nosotros nos unimos. Por tanto no nos escindimos. Únicamente nos desprendemos de todas las
delicias sensibles de nuestro amor a Él, nuestro Maestro, reservándonos las delicias suprasensibles, trasladando el amor y el
deber a un plano ultraterreno. ¿Estás convencido de que es así? ¿Sí? Entonces no debes decir tampoco: "otra agonía". Agonía
presupone muerte próxima. Pero nosotros, alcanzando las alturas espirituales para morada, aire y alimento nuestros, no
morimos; antes al contrario, "vivimos". Porque lo espiritual es eterno. Por tanto, ascendemos a una vida más viva, anticipación
de la Vida grande de los Cielos. ¡Ánimo, pues! Olvídate de que eres el hombre-Juan y recuerda que eres el destinado al Cielo.
Razona, obra, piensa y espera únicamente como ciudadano de esta Patria inmortal...
Vuelven los otros con sus cargas, precisamente en el momento en que la nave está entrando, majestuosa, en el vasto
puerto de Seleucia.
-Y ahora desaparecemos lo antes posible y vamos a la primera posada que veamos. Tiene que haber alguna aquí cerca.
Y mañana... o en barca o en carro, iremos a nuestro destino.
Entre secos silbidos de mando, la nave atraca, y echan la pasarela. Nicomedes se acerca a los que están para partir.
-Adiós, hombre. Y gracias - dice Pedro por todos.
-Adiós, hebreos. Gracias también de mi parte. Si seguís esa calle, encontraréis en seguida alojamiento. Adiós.
Los apóstoles bajan por esa parte; él se marcha por la otra, hacia su altar. Y, mientras Pedro y los demás, cargados
como faquines, van a descansar, el pagano comienza su inútil rito...

322
Partida de Seleucia en un carro y llegada a Antioquía.
-En los mercados encontraréis seguro un carro. Pero, si queréis el mío, os lo dejo, en recuerdo de Teófilo. Si vivo
tranquilo, se lo debo a él. Me defendió, porque era justo. Ciertas cosas no se olvidan - dice el anciano posadero, erguido
enfrente de los apóstoles bajo el primer sol de la mañana.
-Es que tú estarías sin tu carro varios días... Y, además, ¿quién lo guía? Yo con un burro... todavía... ¡pero con un
caballo!...
-¡Es igual! No te voy a dar un potro indómito. Te doy un prudente caballo de tiro, bueno como un cordero. Llegaréis
pronto y sin fatigaros. Para la hora novena estaréis en Antioquía; mucho más considerando que el caballo conoce muy bien el
camino y va solo. Me lo devolverás cuando quieras, sin interés por mi parte, si no es el de hacer una cosa grata al hijo de Teófilo.
Decidle que todavía le debo muchas cosas, y que lo recuerdo y me siento siervo suyo.
-¿Qué hacemos? - pregunta Pedro a sus compañeros.
-Lo que te parezca mejor. Tú juzga y nosotros obedecemos...
-¿Probamos con el caballo? Por Juan lo digo... y también para abreviar... Me siento como si estuviera llevando a uno a la
muerte y estoy deseando acabar todo esto lo antes posible...
-Tienes razón - dicen todos.
-Entonces, hombre, acepto.

-Y yo ofrezco con alegría. Voy a aparejar el vehículo.
El hospedero se marcha. Pedro da rienda suelta a su pensamiento:
-He consumido en estos pocos días la mitad del tiempo de vida que tenía. ¡Una pena!... ¡Una pena!... Habría querido
tener el carro de Elías, el manto que cogió Eliseo, cualquier cosa rápida para abreviar el tiempo... Pero, sobre todo, habría
deseado, a costa de morir, dar a esos pobres algo que los consolase, que les hiciera olvidar, que les... ¡No sé! Algo, en definitiva,
que no les hiciera sufrir tanto... Pero, si logro saber quién es la causa principal de este dolor, dejo de ser Simón de Jonás si no lo
retuerzo como a un paño empapado. No digo matarlo, ¡no!, pero sí exprimirlo, como él ha exprimido la alegría y la vida a esos
dos pobrecillos...
-Tienes razón. Es una gran pena. Pero Jesús dice que se debe perdonar las ofensas... - dice Santiago de Alfeo.
-Si me las hubieran hecho a mí, debería perdonar. Y podría. Estoy sano y fuerte, y si alguien me ofende tengo fuerza
para reaccionar incluso contra el dolor. ¡Pero, el pobre Juan! No, no puedo perdonar la ofensa contra el redimido del Señor,
contra uno que muere afligido de esta forma...
-Yo pienso en el momento en que lo dejemos del todo... - suspira Andrés.
-Yo también. Es un pensamiento fijo y que aumenta a medida que se acerca el momento... - susurra Mateo.
-Hagámoslo pronto, por piedad - dice Pedro.
-No, Simón. Perdona si te observo que te equivocas deseando eso. Tu amor al prójimo se está transformando en un
amor desviado, y esto no debe suceder en ti, que siempre has sido recto - dice sereno el Zelote, poniendo una mano en el
hombro de Pedro.
-¿Por qué, Simón? Eres culto y bueno. Muéstrame mi error, y yo, si así lo veo, te diré: tienes razón.
- Tu amor se está haciendo malsano, porque está para transformarse en egoísmo.
-¿Cómo? ¿Me aflijo por ellos y soy egoísta?
-Sí, hermano, porque tú, por exceso de amor - todo exceso es desorden y, por tanto, induce al pecado - te envileces.
Quieres no sufrir tú de ver sufrir. Eso es egoísmo, hermano en el nombre del Señor.
-¡Es verdad! Tienes razón. Y te agradezco esta advertencia. Así se debe hacer entre buenos compañeros. Bien. Entonces
ya no tendré prisa... Pero, decid la verdad, ¿no es un acto de piedad?
-Lo es, lo es... -dicen todos.
-¿De qué forma los vamos a dejar?
-Propondría hacerlo cuando nos haya recibido Felipe, pero quedándonos quizás ocultos un tiempo en Antioquía y
preguntándole a Felipe cómo se van adaptando... - sugiere Andrés.
-No. Sería hacerles sufrir demasiado con una separación tan brusca - dice Santiago de Alfeo.
-Entonces... sigamos a medias el consejo de Andrés. Quedémonos en Antioquía, pero no en casa de Felipe, y durante
unos días vamos a verlos, cada vez menos, cada vez menos, hasta que... no volvemos - dice el otro Santiago.
-Dolor renovado una y otra vez, y cruel desilusión. No. No se debe hacer - dice Judas Tadeo.
-¿Qué hacemos, Simón?
-¡Ah!, por lo que a mí respecta, quisiera estar en su lugar más bien que tener que decir: "Me despido de vosotros" - dice
Pedro abatido.
-Propongo una cosa. Vamos con ellos a casa de Felipe. Nos quedamos allí. Luego, siguiendo todavía juntos, vamos a
Antigonio. Es un lugar ameno... Y allí también estamos un tiempo. Una vez que ellos se hayan aclimatado, nos retiramos, con
dolor pero con virilidad. Yo diría esto. A menos que Simón-Pedro tenga órdenes distintas del Maestro - dice Simón Zelote.
-¿Yo? No. Me dijo: "Haz todo, bien, con amor, sin pereza y sin prisa, y de la forma que juzgues mejor". Hasta ahora creo
que lo he hecho. ¡Está eso de que dije que era pescador!... Pero, si no lo hubiera dicho no me habría dejado estar en el puente.
-No te crees escrúpulos tontos, Simón. Son puntadas del demonio para turbarte - conforta Judas Tadeo.
-¡Verdaderamente es así! Creo que está alrededor de nosotros como no lo ha estado jamás, poniéndonos obstáculos y
creándonos miedos para movernos a actos viles - dice Juan apóstol, y concluye en voz baja: «Creo que quería inducir a la
desesperación a ellos dos reteniéndolos en Palestina... y ahora que se escapan de su asechanza se venga en nosotros... Me lo
siento alrededor como una serpiente escondida entre la hierba... Y ya hace meses que me lo siento alrededor así... Mirad, ahí
vienen el hospedero por un lado y Juan y Síntica por el otro. Os diré el resto cuando estemos solos, si os interesa.
En efecto, por un lado del patio viene el carro, un carro sólido al que está unido un robusto caballo guiado por el
hospedero; por el otro, vienen hacia ellos los dos discípulos.
-¿Es hora de marcharnos? - pregunta Síntica.
-Sí. Es la hora. ¿Estás cubierto bien, Juan? ¿Van mejor tus dolores?
-Sí. Estoy envuelto en lana y la unción con el ungüento me ha hecho bien.
-Entonces sube, que ahora subimos también nosotros.
...Y, ultimada la carga, todos ya en el carro, salen por la amplia puerta, después de repetidos aseguramientos del
hospedero de que e1 caballo es dócil. Cruzan una plaza que les ha sido indicada y entran por una calle que bordea los muros de
la ciudad, hasta que salen por una puerta; después siguen el curso de un profundo canal y luego el propio río. Es un camino
bonito y bien mantenido, que va en dirección norte-este, pero siguiendo los meandros del río. Por el otro lado hay montes muy
verdes, con sus pendientes, sus concavidades, sus barrancas; y ya se ven en los matorrales del monte bajo, en los lugares más
expuestos al sol, llenarse las gemas de mil arbustos.
-¡Cuántos arrayanes! -exclama Síntica.
-¡Y laurel! - añade Mateo.
-Cerca de Antioquía hay un lugar sagrado dedicado a Apolo - dice Juan de Endor.
-Quizás el viento ha traído las semillas hasta aquí...

-Quizás. Pero éste es un lugar todo lleno de plantas hermosas - dice el Zelote.
-Tú, que has estado aquí, ¿crees que pasaremos por Dafne?
-Por fuerza. Veréis uno de los valles más bonitos del mundo. Aparte del culto obsceno y degenerado en orgías que cada
vez son más asquerosas, es un valle de paraíso terrenal, y si en él entra la Fe se transformará en un paraíso verdadero. ¡Cuánto
bien podréis hacer aquí! Os deseo corazones fértiles como fértil es el suelo... - dice el Zelote para suscitar en los dos discípulos
pensamientos consoladores.
Pero Juan agacha la cabeza y Síntica suspira.
E1 caballo trota cadencioso. Pedro, estando todo centrado en el esfuerzo de guiar, aunque el animal va seguro sin
necesidad de guía o estímulo, no habla. Así que el camino discurre bastante rápidamente. Llegan a un puente y se detienen para
comer y para que el caballo descanse. El sol está en su culmen; vese toda la hermosura de la bellísima naturaleza.
-De todas formas... prefiero estar aquí antes que en el mar... - dice Pedro observando en derredor.
-¡Pero qué tempestad!
-El Señor ha orado por nosotros. Lo he sentido cerca cuando orábamos en el puente de la nave. Cerca como si estuviera
en medio de nosotros... - dice sonriendo Juan.
-¿Y dónde estará? No estoy tranquilo pensando que no tiene ropa... ¿Y si se moja? ¿Y qué come? Es capaz de hacer
ayuno...
-Puedes estar convencido de que lo hace, para ayudarnos a nosotros - dice con seguridad Santiago de Alfeo.
-Y también por otros motivos. Nuestro hermano está muy afligido desde hace un tiempo. Creo que se mortifica
continuamente para vencer al mundo - dice Judas Tadeo.
-Querrás decir: a1 demonio que hay en el mundo – dice Santiago de Zebedeo.
-Es lo mismo.
-No lo va a conseguir. Tengo el corazón oprimido por mil miedos... - suspira Andrés.
-¡Ahora que nosotros estarnos lejos, todo irá mejor! – dice, no sin aflicción, Juan de Endor.
-No pienses eso. Tú y ella no erais nada respecto a las "grandes culpas" del Mesías según los grandes de Israel - dice
resueltamente Judas Tadeo.
-¿Estás seguro? Yo, dentro de mi sufrimiento, tengo en el corazón también la espina de haber sido con mi llegada causa
de mal para Jesús. Si estuviera seguro de que no es así, sufriría menos - dice Juan de Endor.
-¿Me crees veraz, Juan? - pregunta Judas Tadeo.
-¡Sí que lo creo!
-Pues bien, entonces, en nombre de Dios y mío, te aseguro que tú has dado sólo una pena a Jesús: la de tener que
mandarte aquí en misión. En todas las otras penas suyas, pasadas, presentes y futuras, tú no estás implicado.
La primera sonrisa, después de tantos días de lóbrega melancolía ilumina el rostro asendereado de Juan de Endor, que
dice:
-¡Qué alivio me das! E1 día me parece más luminoso, más ligero mi mal, más consolado el corazón. ¡Gracias, Judas de
Alfeo! ¡Gracias!
Vuelven a subir al carro, y pasando por el puente, toman la otra orilla del río, el otro camino, que va derecho hacia
Antioquía, a través de una zona fertilísima.
-¡Allí está! En aquel valle poético está Dafne, con su templo y sus bosquecillos. Y allá, en aquella llanura, se ve
Antioquía, y sus torres que se alzan sobre las murallas. Entraremos por la puerta que hay al lado del río. La casa de Lázaro no
está muy lejos de las murallas. Las casas más bonitas han sido vendidas. Queda ésta, que fue lugar de parada tanto para el
personal de Teófilo como para sus clientes, con muchas caballerizas y graneros. Ahora vive en ella Felipe. Un buen viejo. Un fiel
de Lázaro. Os encontraréis bien. Y, juntos, iremos a Antigonio, donde estaba la casa en que vivían Euqueria y sus hijos, que
entonces eran niños...
-Muy fortificada esta ciudad, ¿eh?- observa Pedro, que respira tranquilo ahora que ve que su primer intento como
auriga ha ido bien.
-Mucho. Murallas de altura y anchura grandiosas. Más de cien torres, que, como veis, parecen gigantes enhiestos
encima de las murallas, y fosos infranqueables al pie de ellas. El Silpio también contribuye con sus cimas a la defensa, y hace de
contrafuerte de las murallas en la parte más débil... Ahí está la puerta. Es mejor que pares y entres sujetando el bocado. Yo te
guío porque sé el camino...
Pasan la puerta, vigilada por romanos.
Juan apóstol dice:
-Quién sabe si está aquí ese soldado de la puerta de los Peces... Jesús se alegraría de saberlo...
-Lo buscaremos. Pero ahora camina raudo - ordena Pedro, turbado por la idea de ir a una casa desconocida.
Juan obedece sin decir nada; se limita a mirar atentamente a todos los soldados que ve.
Un camino corto, luego una casa sólida y sencilla, o sea, un alto muro sin ventanas. Solamente un portal en el centro del
muro.
-Aquí es. Para - dice el Zelote.
-¡Anda, Simón, habla tú ahora!
-¡Sí, hombre, si ello te agrada, hablo yo! - y el Zelote llama al recio portalón.
Simón se presenta como un enviado de Lázaro. Entra solo. Sale con un anciano alto y de noble porte, que se prodiga en
profundas reverencias y da a uno del servicio la orden de abrir el portón para permitir entrar al carro; luego se disculpa por
hacerles pasar a todos por esa puerta, en vez de por la puerta de casa.

El carro se para en un vasto patio con pórticos, bien cuidado, con cuatro recios plátanos en los cuatro ángulos y otros
dos en el centro que amparan un pozo y un pilón para abrevar a los caballos.
-Preocúpate del caballo - ordena el administrador a su subordinado. Y dice a los que recibe como huéspedes: «Por
favor, venid. Bendito sea el Señor, que me manda siervos suyos y amigos de mi jefe. Ordenad, que vuestro siervo escucha».
Pedro se pone colorado, porque especialmente a él van esas palabras y esas reverencias, y no sabe qué decir...
Le ayuda el Zelote.
-Los discípulos del Mesías de Israel, de que te habla Lázaro de Teófilo, que a partir de ahora vivirán en tu casa para
servir al Señor, no necesitan sino descansar. ¿Nos enseñas dónde pueden habitar?
-Siempre tenemos preparadas habitaciones para peregrinos, como era costumbre de mi ama. Venid, venid...
Y, seguido por todos, entra en un pasillo y luego en un pequeño patio. A1 final de este patio está la verdadera casa.
Abre la puerta. Va por un vestíbulo. Tuerce a la derecha. Una escalera. Suben. Otro pasillo con habitaciones a los lados.
-Aquí tenéis. Que sea agradable vuestra permanencia. Voy a decir que traigan agua y ropa. Dios sea con vosotros - dice
el anciano, y se marcha.
Abren las contraventanas de las habitaciones que eligen. Las murallas y fuertes de Antioquía están frente a las ventanas
de un lado; el tranquilo patio ornado de rosales trepadores, por ahora pobres a causa del período del año en que están, se ve
por las del otro lado.
Y, después de tanto caminar, por fin una casa, una habitación, un lecho... Para algunos, sólo una etapa; para otros,
meta...

323
La visita a Antigonio
-Mi hijo Tolmái ha venido para los mercados. Hoy, a la sexta, regresa a Antigonio. El día está templado. ¿Queréis ir,
según vuestro deseo? - pregunta el anciano Felipe mientras sirve a los huéspedes leche humeante.
-Iremos, seguro. ¿Cuándo has dicho?
-A la sexta. Podréis volver mañana, si queréis; o, si no, si preferís, en la víspera del sábado, al caer de la tarde, cuando
vienen para las funciones del sábado todos los subalternos hebreos o los que han entrado en la fe.
-Lo haremos así. Y se podría incluso elegir ese lugar para que vivieran éstos.
-Será un placer en todo caso, aunque los pierda. Porque es un lugar salubre. Y podríais hacer mucho bien con los
subalternos, algunos de los cuales son todavía los que dejó el amo. Otros provienen de la bondad de la bendita ama, que los
rescató de amos crueles. Por eso no son todos israelitas. Pero ahora ya no son tampoco paganos. Hablo de las mujeres. Los
hombres, todos, están circuncidados. No sintáis aversión... Pero están todavía muy lejos de la justicia de Israel. Los santos del
Templo, que son perfectos, se escandalizarían de ellos...
-¡Ah, ya! ¡Ya! ¡Ya!... ¡Bueno, bien! Ahora podrán progresar aspirando sabiduría y bondad de los enviados del Señor...
¿Estáis oyendo cuántas cosas que hacer tenéis aquí? - termina Pedro, dirigiéndose a los dos.
-Lo haremos. No defraudaremos al Maestro - promete Síntica. Y sale para preparar lo que cree oportuno.
Juan de Endor pregunta a Felipe:
-¿Piensas que en Antigonio voy a poder hacer un poco de bien también a otros, enseñando como pedagogo?
-Mucho bien. El anciano Plauto ha muerto ya hace tres lunas y los niños de los gentiles no tienen escuela. En cuanto a
los hebreos, no hay maestro, porque todos los nuestros huyen de ese lugar que está cerca de Dafne. Se necesita uno que sea...
que sea... como era Teófilo... Sin rigideces para... para...
-Sí, en fin, sin fariseísmo, quieres decir - concluye Pedro expeditivo.
-Eso... sí... No quiero criticar... Pero pienso... Maldecir no sirve para nada. Mejor sería ayudar... Como hacía la ama, que
con su sonrisa conducía a la Ley más y mejor que un rabí.
-¡Ahora comprendo por qué me ha enviado aquí el Maestro! Soy exactamente el hombre con los requisitos precisos...
¡Haré su voluntad! ¡Hasta el último respiro! Ahora creo, creo con firmeza que es exclusivamente una misión de predilección ésta
mía. Voy a decírselo a Síntica. Vais a ver como nos quedamos allí... Voy, voy a decírselo - y sale, animado como hacía tiempo no
lo estaba.
-¡Altísimo Señor, te doy las gracias y te bendigo! Sufrirá todavía, pero no como antes... ¡Ah, qué alivio! - exclama Pedro.
Y luego siente el deber de explicar a Felipe un poco, de la forma que puede, el por qué de su alegría: «Debes saber que los...
"rígidos" de Israel - tú los llamas "rígidos" - persiguen a Juan.
-¡Ah, comprendo! Perseguido político como... como... - y mira al
Zelote.
-Sí, como yo y más; por otros motivos también. Porque, además de por la casta distinta, los irrita por ser del Mesías. Por
lo cual, dicho sea de una vez por todas, él y ella quedan confiados a tu fidelidad... ¿Comprendes?
-Comprendo. Y sabré cómo moverme.
-Ante los demás, ¿cómo los vas a llamar?
-Dos pedagogos recomendados por Lázaro de Teófilo, él para los
niños, ella para las niñas. Veo que tiene
bordados y telares... Gente extranjera hace y vende muchas labores femeninas en Antioquía. Pero son labores toscas y
recargadas. Ayer he visto una labor suya que me ha recordado a la buena ama mía... Serán labores muy solicitadas...
-Una vez más, alabado sea el Señor - dice Pedro.
-Sí. Esto disminuye en nosotros el dolor de la ya próxima despedida.

-¿Ya os queréis marchar?
-Tenemos que marcharnos. La tormenta nos ha hecho perder tiempo. Para los primeros días de Sabat tenemos que
estar con el Maestro. Nos está esperando, porque ya vamos con retraso – explica Judas Tadeo.
Se separan y va cada uno a sus incumbencias: Felipe a donde lollama una mujer; los apóstoles al sol, en la azotea.
-Podríamos partir el día siguiente del sábado. ¿Qué os parece? - pregunta Santiago de Alfeo.
-¡Por mí!... ¡Fíjate tú! Todos los días me levanto con el tormentode Jesús solo, sin ropa, desatendido, y todas las noches
me acuesto
con el mismo tormento. De todas formas, hoy lo decidimos.
-Decidme. ¿Creéis que el Maestro sabía todo esto? Hace días que
me pregunto cómo
sabía que
encontraríamos al cretense; cómo ha visto con anticipación el trabajo de Juan y Síntica; cómo, cómo... en definitiva, muchas
cosas - dice Andrés.
-Verdaderamente creo que el cretense tiene épocas fijas de estancia en Seleucia. Quizás Lázaro se lo dijo a Jesús, y Él, por
ello, decidió la partida sin esperar a la Pascua... - explica el Zelote.
-¡Sí! ¡Eso! ¿Y Juan cómo va a celebrar la Pascua? - pregunta Santiago de Alfeo.
-Pues como todos los israelitas... - dice Mateo.
-No. Sería caer en la boca del lobo».
-¿Pero qué dices, hombre? Entre tanta gente, ¿quién lo va a descubrir?
-El Iscar... ¡Oh, ya hablé! No penséis en ello. Es un capricho de mi mente...
Pedro está colorado, afligido por haber hablado.
Judas de Alfeo le pone una mano en el hombro, sonriendo con su sonrisa grave, y dice:
-¡Bueno, hombre! Todos pensamos lo mismo... Pero mejor no decírselo a ninguno. Bendigamos, más bien, al Eterno, que
ha desviado la mente de Juan de este pensamiento.
Todos, abstraídos, guardan silencio. Pero para ellos, verdaderos israelitas, es una preocupación el cómo va a poder
celebrar la Pascua en Jerusalén el discípulo exiliado... y vuelven sobre el tema.
-Yo creo que Jesús proveerá. Quizás Juan lo sabe. Basta preguntárselo - dice Mateo.
-No lo hagáis. No creéis deseos y espinas donde apenas si se acaba de establecer la paz - suplica Juan apóstol.
-Sí. Es mejor preguntárselo al Maestro mismo - confirma Santiago de Alfeo.
-¿Cuándo lo veremos? ¿Qué pensáis vosotros? - pregunta Andrés.
-Si partimos el día siguiente del sábado, para el final de la luna estaremos seguro en Tolemaida... - dice Santiago de
Zebedeo.
-Si encontramos nave... - observa Judas Tadeo.
Y su hermano añade:
-Y si no hay tempestad.
-Por lo que se refiere a la nave, siempre hay alguna que parte para. Y, pagando, haremos que se haga escala en
Tolemaida aunque la nave vaya para Joppe. ¿Tienes todavía? - pregunta el Zelote a Pedro.
-Sí. Contando incluso con que me ha pelado bien ese ladrón del cretense, a pesar de todas sus declaraciones de querer
favorecer a Lázaro. Pero tengo que pagar la permanencia de la barca y la de Antonio... Y no toco los denarios que me han dado
para Juan y Síntica. Sagrados. Los dejo intactos, a costa incluso de no comer.
-Haces bien. Ese hombre está muy enfermo. Él cree que podrá ejercer la función de pedagogo. Yo creo que su única
función será la de enfermo, pronto... - juzga el Zelote.
-Sí, también yo creo eso. Síntica, más que labores, tendrá que hacer ungüentos - confirma Santiago de Zebedeo.
-¿Ese ungüento, eh? ¡Qué prodigio! Síntica me ha dicho que quiere hacer más y usarlo para poder entrar en familias de
aquí» dice Juan.
-¡Buena idea! Un enfermo que se cura es siempre un discípulo conquistado, y con él los suyos - proclama Mateo.
-¡Ah, no, eso no! - exclama Pedro.
-¿Cómo? ¿Quieres decir que el milagro no arrastra hacia el Señor? - le pregunta Andrés, y también dos o tres más.
-Sois unos niñitos! ¡Parece que acabáis de bajar del Cielo! ¿Pero no veis lo que le hacen a Jesús? ¿Se ha convertido Elí de
Cafarnaúm? ¿Y Doras? ¿Y Oseas de Corazín? ¿Y Melquías de Betsaida? ¿Y - perdonad los de Nazaret - y toda Nazaret por los
cinco, seis, diez milagros cumplidos, hasta el último, el de vuestro sobrino? - pregunta Pedro.
Ninguno replica, porque es la amarga verdad...
-No hemos encontrado todavía al soldado romano. Jesús ya lo había dado a entender... - dice Juan después de un poco.
-Se lo diremos a los que se quedan. Es más, será otra misión más en su vida - responde el Zelote.
-Vuelve Felipe:
-Mi hijo está ya listo. Se ha dado prisa. Está con su madre, que prepara regalos para los nietos.
(Mi hijo: así llama a Tolmái el anciano Felipe, abuelo suyo, padre de su padre José. Los hebreos llamaban hijo también al
nieto, de la misma forma que a los abuelos los llamaban padre y madre; y extendían la calificación de hermano o hermana a l os
primos y cuñados. En la Obra valtortiana se encuentran los dos modos de llamar a los distintos grados de parentesco: el de lo s
tiempos de Jesús y el de nuestros tiempos)
-¿Es buena tu nuera, no?
-Buena. Ha sido consuelo mío en la pérdida de mi José. Es como una hija. Era sierva de Euqueria. La educó ella. Venid a
reponer fuerzas antes de poneros en marcha. Los otros ya lo están haciendo...
...Y, precedidos por el carro de Tolmái, nieto de Felipe, trotan hacia Antigonio...
Llegan pronto a esta pequeña ciudad. Sepultada en la feracidad de sus jardines, protegida de las corrientes por las
cadenas de montes que tiene alrededor - suficientemente lejanas para no ahogarla, pero suficientemente cercanas para

protegerla y derramar sobre ella los efluvios de sus bosques de árboles resinosos y esenciales -, toda llena de sol, alegra la vista y
el corazón con sólo cruzarla.
Los jardines de Lázaro están al sur de la ciudad. Están precedidos por un paseo, por ahora sin frondas, a lo largo del cual
están las casas de los que trabajan en los jardines. Son casitas bajas, pero bien cuidadas. A sus puertas se asoman caras de niños
que observan curiosos, y de mujeres que saludan sonriendo. Las razas distintas se manifiestan en la diversidad de los rostros.
Tolmái, en cuanto traspasan la cancilla donde empieza la propiedad, hace un especial chasquido de tralla al ir pasando
por delante de todas las casas; debe ser como una señal. Y los que viven en ellas, tras haber observado, entran de nuevo y luego
vuelven a salir, cierran las puertas y empiezan a caminar por el paseo, detrás de los dos carros, que van al paso y luego se paran
en el centro de una confluencia de senderos (dirigidos, como los radios de una rueda, en todas las direcciones, entre muchos
campos dispuestos en cuadros, cuáles desnudos, cuáles de un verde perenne, custodiados por laureles, por acacias o árboles
semejantes, o por otros árboles que a través de los tajos incididos en su tronco rezuman leche olorosa y resinas). En el ambiente
hay un olor mixto de aromas balsámicos, resinosos, fragantes. Panales por todas partes. Y pilones para el riego, en que beben
palomas blanquísimas. Y, en zonas especiales, de tierra desnuda, recientemente cavada, escarban gallinitas también blancas
custodiadas por muchachas.
Tolmái restalla la tralla repetidas veces, hasta que todos los súbditos del pequeño reino se reúnen en torno a los llegados.
Entonces empieza su discursito:
-Escuchad. Felipe, jefe nuestro y padre de mi padre, manda y recomienda a estos santos de Israel, venidos aquí por
voluntad de nuestro patrón. Que Dios esté siempre con él y con su casa. Mucho nos quejábamos porque aquí faltaba la voz de
los rabíes santos. He aquí que la bondad del Señor y de nuestro patrón, lejano pero que mucho nos ama - Dios le compense el
bien que ofrece a sus siervos -, nos procuran lo que nuestro corazón soñaba. En Israel ha aparecido Aquel que había sido
prometido a las gentes. Ya nos lo habían dicho durante las Fiestas en el Templo y en la casa de Lázaro. Pero ahora realmente ha
llegado para nosotros el tiempo de la gracia, porque el Rey de Israel ha pensado en sus siervos más pequeños y ha enviado a sus
ministros a portarnos sus palabras. Éstos son sus discípulos, y dos de ellos vivirán en medio de nosotros, aquí o en Antioquía,
enseñando la Sabiduría para ser instruidos en orden al Cielo, y también la otra que se necesita para la tierra. Juan, pedagogo y
discípulo de Cristo, enseñará a nuestros niños estas dos sabidurías; Síntica, discípula y maestra con la aguja, enseñará la ciencia
del amor a Dios y el arte del trabajo femenil a las muchachas. Recibidlos como bendición del Cielo, y amadlos como los ama
Lázaro de Teófilo y Euqueria - gloria a sus almas y paz - y como los aman las hijas de Teófilo, Marta y María, nuestras amadas
señoras y discípulas de Jesús de Nazaret, el Rabí de Israel, el Prometido, el Rey.
El pequeño pueblo de hombres, vestidos con cortas túnicas, de manos terrosas que sostienen utensilios de jardinería, de
mujeres, de niños de todas las edades, escucha asombrado. Luego bisbisean. En fin, saludan con una profunda reverencia.
Tolmái empieza las presentaciones:
-Simón de Jonás, el jefe de los enviados del Señor; Simón el Cananeo, amigo de nuestro señor; Santiago y Judas,
hermanos del Señor; Santiago y Juan, Andrés y Mateo.
Y luego, a los apóstoles y discípulos:
-Ana, mi mujer, de la tribu de Judá, como, por lo demás, mi madre, porque somos puros, venidos con Euqueria de Judá.
José, el varón consagrado al Señor, y Teoqueria, primogénita, que en el nombre lleva e1 recuerdo de los justos señores, sabia
hija y amante de Dios como una verdadera israelita. Nicolái y Dositeo. Nicolái es nazireo. Dositeo es el tercero de los hijos; ya
lleva casado (y un fuerte suspiro acompaña el anuncio de esto) varios años con Hermiona. Ten aquí, mujer...
Se adelanta una jovencísima morenita con un lactante en brazos.
-Ésta es. Es hija de un prosélito y de una griega. Mi hijo la vio en Alejandrocena de Fenicia cuando fue para unas
compraventas... y la quiso para sí... y Lázaro no se opuso, antes al contrario me dijo: "Mejor así que al mal". Y no es ningún mal.
Pero yo quería sangre de Israel...
La pobre Hermiona está con la cabeza agachada como una acusa-da. Dositeo está visiblemente agitado y se ve que sufre.
Ana, la madre y suegra, mira con ojos entristecidos...
Juan, a pesar de ser el más joven, siente la necesidad de elevar los espíritus humillados y dice:
-En el Reino del Señor no hay ya griegos o israelitas, romanos o fenicios, sino solamente hijos de Dios. Cuando, a través de
estos que han venido, conozcas la Palabra de Dios, sentirás elevarse tu corazón a nuevas luces, y ésta ya no será "la extranjera"
sino la discípula, como tú y como todos, del Señor nuestro Jesús.
Hermiona levanta la humillada cabeza y sonríe con gratitud a Juan. En los rostros de Dositeo y de Ana se ve la misma
expresión de agradecimiento.
Tolmái responde austero:
-Y Dios quiera que sea así, porque, aparte del origen, nada tengo que recriminar a mi nuera. El que está en sus brazos es
Alfeo, el último nacido, que del padre de ella, prosélito, ha tomado el nombre. La pequeña de los ojos de cielo bajo los rizos de
ébano es Mírtica, del nombre de la madre de Hermiona, y éste, el primogénito, es Lázaro, porque así lo quiso el señor nuestro, y
el otro es Hermas.
-El quinto se debe llamar Tolmái y la sexta Ana, para decir al Señor y al mundo que tu corazón se ha abierto a nuevas
comprensiones - dice otra vez Juan.
Tolmái se inclina sin decir nada. Luego reanuda las presentaciones:
-Éstos son dos hermanos de Israel: Miriam y Silvano, de la tribu de Neftalí. Y éstos son Elbónides Danita y Simeón judío.
Luego, aquí están los prosélitos, que eran romanos, o, al menos, de romanos, caridad de Euqueria hecha obra, arrancados por
ella al yugo y a gentilidad: Lucio, Marcelo, Solón, hijo de Elateo.
-Nombre griego - observa Síntica.

-De Tesalónica. Esclavo de un siervo de Roma - el desprecio es manifiesto al decir "siervo de Roma" - Euqueria lo tomó,
junto con el padre agonizante, en un momento confuso; si el padre murió pagano, Solón es prosélito... Priscila ven aquí adelante
con tus hijos...
Una mujer alta y delgada, de rostro aquilino, se adelanta empujando a una niña y a un niño; cogidas de la falda lleva a dos
rapazuelos.
-Ésta es la mujer de Solón, que fue liberta de una romana ya difunta, y Mario, Cornelia, María y Martila, gemelas. Priscila
es experta en esencias. Amiclea, ven con tus hijos. Ésta es hija de prosélitos. Y prosélitos son los dos niños, Casio y Teodoro.
Tecla, no te escondas. Es la mujer de Marcelo. Su dolor es que es estéril. También hija de prosélitos. Éstos son los colonos. Ahora
a los jardines. Venid.
Y los guía por la vasta propiedad, seguido de los jardineros, que explican los cultivos y trabajos, mientras las muchachas
vuelven a sus gallinitas, que han aprovechado la ausencia de las guardianas para irse a otros lugares sobrepasando los límites
establecidos.
Tolmái explica:
-Se las trae aquí para limpiar la tierra de larvas antes de la siembra de los cultivos anuales.
Juan de Endor sonríe a las gallinitas, que cloquean, y dice:
-Parecen las que tenía yo... - y se agacha para echar miguitas de pan que tenía en el talego, hasta que se ve rodeado de
polluelas, y ríe porque una de ellas, petulante, le arrebata el pan de los dedos.
-¡Menos mal! - exclama Pedro dando con el codo a Mateo y señalando a Juan, que juega con los pollos, y a Síntica, que
está hablando griego con Solón y Hermiona.
Luego vuelven hacia la casa de Tolmái, que explica:
-Éste es el sitio. Pero, si queréis enseñar, se puede hacer un lugar. ¿Os quedáis aquí o...?
-¡Sí, Síntica! ¡Aquí! ¡Es más bonito! Antioquía me ahoga de recuerdos... - ruega quedamente Juan a su compañera.
-¡Sí, hombre, claro! Como quieras. Basta con que tú estés bien. Para mí todo es igual. No miro ya hacia atrás... sólo
adelante, adelante... ¡Ánimo, Juan! Aquí estaremos bien. Niños, flores, palomas y gallinas para nosotros, pobres criaturas. Y para
nuestra alma el gozo de servir al Señor. ¿Qué opináis vosotros? - pregunta volviéndose a los apóstoles.
-Pensamos como tú, mujer.
-Pues ya está dicho.
-Muy bien. Nos iremos contentos...
-¡Oh, no os marchéis! ¡No os volveré a ver! ¿Por qué tan pronto? ¿Por qué?... - Juan vuelve a su dolor.
-¡No nos marchamos ahora! Estamos aquí hasta... hasta que seas...
Pedro no sabe expresar lo que será Juan, y, para que no se vea que también él está repleto de lágrimas, abraza a Juan,
que está llorando, y trata de consolarlo así.

324
Las pláticas de los ocho apóstoles antes de dejar Antioquía. El adiós a Juan de Endor y a Síntica
Los apóstoles están otra vez en la casa de Antioquía; con ellos, los dos discípulos y todos los hombres de Antigonio, no
vestidos ya con túnicas cortas y de trabajo, sino con indumentos largos, festivos. De esto deduzco que es sábado.
Felipe ruega a los apóstoles que hablen al menos una vez a todos, antes de su ya inminente partida.
-¿Sobre qué?
-Sobre todo lo que queráis. Habéis oído estos días lo que hemos dicho. De acuerdo con ello, decidid.
Los apóstoles se miran unos a los otros. ¿Quién debe hablar? ¡Pedro, es natural! ¡Es el jefe! Pero Pedro no querría hablar
y defiere a Santiago de Alfeo o a Juan de Zebedeo el honor de hacerlo. Sólo cuando los ve irremovibles se decide a hablar.
-Hoy hemos oído en la sinagoga explicar el capítulo 52 de Isaías. El comentario que se ha hecho ha sido docto según el
mundo, pero deficiente según la Sabiduría. De todas formas no se debe recriminar al comentador, que ha dado lo que podía con
esa sabiduría suya que carece de la parte mejor: el conocimiento del Mesías y del tiempo nuevo que Él ha traído. No obstante,
no hagamos críticas, sino oraciones para que llegue al conocimiento de estas dos gracias y las pueda aceptar sin obstáculo. Me
habéis dicho que durante la Pascua oísteis hablar del Maestro con fe y también con menosprecio. Y que solamente por la gran fe
que llena los corazones de la casa de Lázaro, todos los corazones, habíais podido resistir a la desazón que las acusaciones de
otros metían en el corazón; mucho más si se considera que estos otros eran precisamente los rabíes de Israel. Pero ser doctos
no quiere decir ser santos ni poseer la Verdad. La Verdad es ésta: Jesús de Nazaret es el Mesías prometido, el Salvador de que
hablan as Profetas, de los cuales el último descansa desde hace poco en el seno de Abraham después del glorioso martirio
sufrido por la justicia. Juan el Bautista - y aquí están presentes los que oyeron esas palabras - dijo: "Éste es el Cordero de Dios
que quita los pecados del mundo". Sus palabras fueron creídas por los más humildes de entre los que se hallaban presentes,

porque la humildad ayuda a llegar a la Fe, mientras que a los soberbios les es difícil el camino - cargados como están de lastre para llegar a la cima del monte donde vive, casta y luminosa, la Fe. Estos humildes, porque tales eran y por haber creído, han
merecido ser los primeros en el ejército del Señor Jesús. Podéis ver, pues, cuán necesaria es la humildad para tener fe solícita, y
cuánto es premiado el saber creer, incluso cuando las apariencias se presentan contrarias. Os exhorto y estimulo a tener estas
dos cualidades en vosotros; entonces seréis del ejército del Señor y conquistaréis el Reino de los Cielos... A ti, Simón Zelote. Yo
he terminado. Continúa tú.
El Zelote, cogido tan al improviso y tan claramente indicado como segundo orador, tiene que salir adelante sin demoras ni
quejas. Y dice:
-Voy a continuar la plática de Simón Pedro, cabeza de todos nosotros por voluntad del Señor. Voy a continuar sin dejar el
tema del capítulo 52 de Isaías, visto por uno que conoce la Verdad encarnada, de la que es siervo para siempre. Está escrito:
"¡Levántate, revístete de -tu fuerza, oh Sión, vístete de fiesta, ciudad del Santo!". Así verdaderamente debería ser. Porque,
cuando una promesa se cumple, cuando una paz se establece, cuando cesa una condena y cuando viene el tiempo de la alegría,
los corazones y las ciudades deberían vestirse de fiesta y levantar las frentes abatidas, sintiendo que ya no son personas odiadas,
derrotadas, golpeadas, sino amadas y liberadas. No estamos aquí haciendo un proceso a Jerusalén. La caridad, primera entre
todas las virtudes, lo prohíbe. Dejemos, pues, de observar el corazón de los demás y miremos al nuestro. Revistamos de fuerza
nuestro corazón con esa fe de que ha hablado Simón, y vistámonos de fiesta, porque nuestra fe secular en el Mesías ahora se
corona con la realidad de la cosa. El Mesías, el Santo, el Verbo de Dios está realmente entre nosotros. Y tienen prueba de ello no
sólo las almas, que reciben palabras de Sabiduría que las fortalecen e infunden santidad y paz, sino también los cuerpos, que por
obra del Santo, al cual el Padre todo concede, se ven liberados de las más atroces enfermedades, e incluso de la muerte; para
que las tierras y los valles de nuestra patria de Israel queden llenos de las alabanzas al Hijo de David y al Altísimo, que ha enviado
a su Verbo, como había prometido a los Patriarcas y Profetas. El que os habla estaba leproso, destinado a morir, transcurriendo
primero años de cruel angustia, en la soledad de fiera que es propia de los leprosos. Un hombre me dijo: "Ve a Él, al Rabí de
Nazaret, y serás curado". Tuve fe. Fui. Quedé curado. En el cuerpo. En el corazón. En el primero desapareció la enfermedad que
separa de los hombres; en el segundo, el rencor que separa de Dios. Y con un corazón nuevo, pasé, de proscrito, enfermo.
inquieto, a ser su siervo, llamado a la feliz misión de ir a los hombres y amarlos en nombre suyo e instruirlos en la única cosa que
es necesario conocer: que Jesús de Nazaret es el Salvador y que son bienaventurados los que creen en Él. Habla tú ahora,
Santiago de Alfeo.
-Yo soy el hermano del Nazareno. Mi padre y su padre eran hermanos nacidos del mismo seno. Y, no obstante, no puedo
llamarme hermano, sino siervo. Porque la paternidad de José, hermano de mi padre, fue una paternidad espiritual, y en verdad
os digo que el verdadero Padre de Jesús, Maestro nuestro, es el Altísimo al que nosotros adoramos. El cual ha permitido que la
Segunda Persona de su Divinidad Una y Trina se encarnara y viniera a la tierra, permaneciendo de todas formas siempre unida
con aquellas que viven en el Cielo. Porque ello lo puede hacer Dios, el infinitamente Potente. Y lo hace por el Amor, que es su
naturaleza. Jesús de Nazaret es nuestro hermano, ¡oh hombres!, porque ha nacido de mujer y es semejante a nosotros por su
humanidad. Es nuestro Maestro porque es el Sabio, es la Palabra misma de Dios que ha venido a hablarnos para hacernos de
Dios. Y es nuestro Dios, siendo uno con el Padre y con el Espíritu Santo, con los cuales está siempre en unión de amor, potencia y
naturaleza. Sea propiedad vuestra también esta verdad, que con manifiestas pruebas fue concedido conociera el Justo que fue
pariente mío. Y contra el mundo, que tratará de separaros de Cristo diciendo: "Es un hombre cualquiera", responded: "No. Es el
Hijo de Dios, es la Estrella nacida de Jacob, es el Cayado que se eleva en Israel, es el Dominador": no dejéis que ninguna cosa os
disuada. Ésta es la Fe. A ti, Andrés.
-Ésta es la Fe. Yo soy un pobre pescador del lago de Galilea, y en las silenciosas noches de pesca, bajo la luz de los astros,
tenía mudos coloquios conmigo mismo. Decía: "¿Cuándo vendrá? ¿Viviré todavía? Faltan todavía muchos años, según la
profecía". Para el hombre, de vida limitada, unas pocas decenas de años son siglos... Me preguntaba: "¿Cómo vendrá? ¿Dónde?
¿De quién?". Y mi embotamiento humano me hacía soñar regios esplendores, regias moradas y cortejos y poder, e irresistible
majestad... Y decía: “¿Quién podrá mirar a este gran Rey?". Lo imaginaba manifestándose en modo más aterrorizador que el
propio Yeohveh en el Sinaí. Me decía: "Los hebreos, allí, vieron al monte lanzando resplandores, pero no quedaron reducidos a
cenizas parque el Eterno estaba más allá de los nimbos. Pero aquí nos mirará con ojos mortíferos y moriremos...". Era discípulo
del Bautista. Y en las pausas de la pesca iba donde él, con otros compañeros. Era un día de esta luna... Las márgenes del Jordán
estaban llenas de gente que temblaba al oír las palabras del Bautista. Yo había visto a un joven hermoso y calmo venir hacia
nosotros por un sendero. Humilde la túnica, dulce el aspecto. Parecía pedir amor y dar amor. Sus ojos azules se posaron un
momento en mí, y experimenté una cosa que no he vuelto a experimentar jamás. Me pareció como si me acariciaran el alma,
como si alas de ángel me rozaran apenas. Por un momento, me sentí tan lejos de la tierra, tan distinto, que dije: "¡Ahora muero!
Es la convocatoria de Dios a mi espíritu". Pero no morí. Me quedé hechizado contemplando al joven desconocido, que, a su vez,
había fijado su mirada azul en el Bautista. Y el Bautista se volvió, se apresuró a ir a Él, se inclinó ante Él. Se hablaron. Y, dado que
la voz de Juan era un trueno continuo, las misteriosas palabras llegaron hasta mí, que estaba escuchando, deseando
vehementemente saber quién era el joven desconocido. Mi alma lo sentía distinto de todos. Decían: "Yo debería ser bautizado
por Ti...". "Deja, ahora. Conviene cumplir toda justicia"... Juan ya había dicho: "Vendrá uno al que no soy digno de desatar las
correas de las sandalias". Había dicho ya: "En medio de vosotros, en Israel, hay uno que no conocéis. Tiene ya en su mano el
aventador y limpiará su era y quemará la paja con el fuego inextinguible". Yo tenía ante mí a un joven común, de aspecto manso
y humilde, y, no obstante había oído que era Aquel al que ni siquiera el Santo de Israel, el último profeta, el Precursor, era digno
de desatarle las sandalias. Había oído que era Aquel al que no conocíamos. Pero no sentí miedo de Él. Es más, cuando Juan,
pasado el superextasiante trueno de Dios, pasado el inconcebible esplendor de la Luz en forma de paloma de paz, dijo: "Éste es
el Cordero de Dios", yo, con la voz del alma, jubiloso por haber presentido al Rey Mesías en el joven manso y humilde de

aspecto, grité con la voz del espíritu: "¡Creo!". Por esta fe soy su siervo. Sedlo vosotros también y tendréis paz. Mateo, a ti el
narrar las otras glorias del Señor.
-Yo no puedo usar las palabras límpidas de Andrés. Él era un justo; yo, un pecador. Por eso mi palabra no tiene notas
festivas, aunque no le falta la paz confidencial de un salmo. Era un pecador, un gran pecador. Vivía en el error completo. Me
había endurecido en el error y no sentía desazón. Si alguna vez los fariseos o el arquisinagogo me herían con sus insultos o
reprensiones, recordándome al Dios Juez implacable, experimentaba un momento de terror... y luego me arrellanaba en la necia
idea: "Total ya soy un réprobo. Gocemos, pues, sentidos míos, mientras podamos hacerlo". Y, más que nunca, me hundía en el
pecado. Hace dos primaveras, vino un Desconocido a Cafarnaúm. También para mí era un desconocido. Lo era para todos,
porque estaba en los comienzos de su misión. Solamente unos pocos hombres lo conocían por lo que Él era realmente. Estos
que veis y otros pocos. Me asombró su espléndida virilidad, más casta que la castidad de una virgen. Esto fue lo primero que me
impresionó. Lo veía con porte grave, y, a pesar de ello, dispuesto a escuchar a los niños que iban a El como las abejas a la flor; su
único entretenimiento eran sus juegos inocentes y sus palabras sin malicia. Luego me impresionó su poder. Hacía milagros. Dije:
"Es un exorcista. Un santo". Pero me sentía tan ignominioso a su lado, que me apartaba de Él. Él me buscaba. Ésa era mi
impresión. No había vez que pasara cerca de mi banco que no me mirase con su mirada dulce y un poco triste. Y cada vez se
producía como un sobresalto de la conciencia entorpecida, la cual no volvía ya al mismo nivel de torpor. Un día - la gente
magnificaba siempre su palabra - sentí deseos de oírle. Escondiéndome detrás de una esquina de una casa le oí hablar a un
pequeño grupo de hombres. Hablaba con sencillez, sobre la caridad, que es como indulgencia por nuestros pecados... Desde
aquella tarde yo, el exigente y duro de corazón, quise conseguir de Dios el perdón de muchos pecados. Hacía las cosas en
secreto... Pero Él sabía que era yo, porque lo sabe todo. Otra vez, le oí explicar precisamente el capítulo 52 de Isaías: decía que
en su Reino, en la Jerusalén celestial, no estarían los impuros ni los incircuncisos de corazón, y prometía que aquella Ciudad
celeste - cuyas bellezas expresaba con tan persuasiva palabra, que me vino nostalgia de ella - sería de quien a Él fuera. Y luego,...
y luego... ¡oh, aquel día no fue una mirada de tristeza, sino de mando! Me desgarró el corazón, puso mi alma al desnudo, la
cauterizó, tomó en su poder a esta pobre alma enferma, la atormentó con su amor exigente... y mi alma fue nueva. Fui a Él con
arrepentimiento y deseo. No esperó a que le dijera: "¡Señor, piedad!". Dijo Él: "¡Sígueme!". El Manso había vencido a Satanás en
el corazón del pecador. Que esto os diga, si alguno de vosotros tiene culpas que le turban, que es el Salvador bueno y que no
hay que apartarse de Él, sino que, cuanto más pecador es uno, más debe ir a El con humildad y arrepentimiento para ser
perdonado. Santiago de Zebedeo, habla tú.
-Verdaderamente no sé qué decir. Habéis hablado y dicho lo que yo habría dicho. Porque la verdad es ésta y no puede
cambiar. Yo también estaba, con Andrés, en el Jordán, pero no me di cuenta de Él sino cuando me lo indicó la mención del
Bautista. Yo también creí inmediatamente, y, cuando se marchó, después de su luminosa manifestación, me quedé como uno al
que de una cima llena de sol lo llevan a una oscura cárcel. Sentía un incontenible deseo de volver a encontrar el sol. El mundo
carecía totalmente de luz, después de habérseme presentado la Luz de Dios y luego haber desaparecido de mi presencia. Estaba
solo entre los demás hombres. Mientras comía tenía hambre. Durante el sueño velaba con la parte mejor de mí mismo. Dinero,
oficio, afectos, todo había pasado a un segundo lugar respecto a este deseo incontenible de El; había quedado lejos, sin
atractivo. Cual niño que ha perdido a su madre, gemía: "¡Vuelve, Cordero del Señor! ¡Altísimo, como enviaste a Rafael a guiar a
Tobías, envía a tu ángel a guiarme a los caminos del Señor para que lo encuentre, lo encuentre, lo encuentre!". Y, a pesar de
todo, cuando, después de decenas de días de inútil espera y de búsqueda ansiosa - que, por su inutilidad, nos hacía sentir más
cruel la perdida de nuestro Juan, que había sido arrestado por primera vez -, se nos presentó por el sendero, viniendo del
desierto, no lo reconocí inmediatamente. Llegado a este punto, quiero, hermanos en el Señor, enseñaros otro camino para ir a
Él y reconocerlo. Simón de Jonás ha dicho que hace falta fe y humildad para reconocerlo. Simón Zelote ha confirmado la
absoluta necesidad de la fe para reconocer en Jesús de Nazaret a Aquel que es, en el Cielo y en la tierra, según cuanto ha sido
dicho. Y Simón Zelote necesitaba una fe muy grande, para esperar incluso para su cuerpo inevitablemente enfermo. Por eso
Simón Zelote dice que fe y esperanza son los medíos para poseer al Hijo de Dios. Santiago, hermano del Señor, habla del poder
de la fortaleza para conservar lo hallado. La fortaleza, que impide que las insidias del mundo y de Satanás socaven nuestra fe.
Andrés muestra toda la necesidad de unir a la fe una santa sed de justicia, tratando de conocer y retener la verdad, cualquiera
que fuere la boca santa que la anuncie, no por un orgullo humano de ser doctos, sino por el deseo de conocer a Dios. Quien se
instruye en las verdades encuentra a Dios. Mateo, que fue pecador, os indica otro camino por el que se alcanza a Dios:
despojarse de la sensualidad por espíritu de imitación, yo diría que por reflejo de Dios, que es Pureza infinita. El, el pecador, se
siente impresionado, lo primero, por la "virilidad casta" del Desconocido que había ido a Cafarnaúm, y, casi como si ésta tuviera
el poder de resucitar su muerta continencia, se veda a sí mismo, lo primero, el sentido carnal, liberando así de obstáculos el
camino para la llegada de Dios y para la resurrección de las otras virtudes muertas. De la continencia pasa a la misericordia, de
ésta a la contrición, de la contrición a la superación de todo sí mismo y a la unión con Dios. "Sígueme.” "Voy.” Pero su alma
había dicho ya: "Voy", y el Salvador había dicho ya: "Sígueme", desde la primera vez que la virtud del Maestro había atraído la
atención del pecador. Imitad. Porque toda experiencia ajena, aunque fuera penosa, es guía para evitar el mal y encontrar el bien
en aquellos que tienen buena voluntad. Yo, por mi, digo que, cuanto más se esfuerza el hombre en vivir para el espíritu, más
apto es para reconocer al Señor; y la vida angélica favorece esto al máximo. Entre nosotros, discípulos de Juan, el que lo
reconoció, después de la ausencia, fue el alma virgen. Él, más incluso que Andrés, lo reconoció, a pesar de que la penitencia
hubiera cambiado el rostro del Cordero de Dios. Por eso digo: "Sed castos para poderlo reconocer". Judas, ¿quieres hablar tú
ahora?
-Sí. Sed castos para poderlo reconocer. Pero sedlo también para poderlo conservar en vosotros con su Sabiduría, con su
Amor, con todo É1 mismo. Sigue diciendo Isaías en el capítulo 52: "No toquéis lo impuro,... purificaos los que lleváis los vasos del
Señor". Verdaderamente, toda alma que se hace discípula suya es semejante a un vaso colmado del Señor, y el cuerpo que la
contiene es como el portador del vaso consagrado al Señor. No puede Dios estar donde hay impureza. Mateo ha dicho cómo el

Señor estaba explicando que nada que fuera impuro o que estuviera separado de Dios habitará en la Jerusalén celeste. Sí. Pero
es necesaria no ser impuros aquí abajo, y no estar separados de Dios, para poder entrar en ella. Desdichados aquellos que
aplazan a la última hora su arrepentimiento. No siempre tendrán tiempo de hacerlo. De la misma manera que los que ahora lo
calumnian no tendrán tiempo de hacer nuevo su corazón en el momento de su triunfo, siendo así que no gozarán de los frutos
de este. Quienes esperan ver en el Rey santo y humilde un monarca terreno, y, más aún, quienes temen ver en El un monarca
terreno, no estarán preparados para aquella hora; engañados y defraudado su pensamiento, que no es el pensamiento de Dios
sino un pobre pensamiento humano, pecarán cada vez más. La humillación de ser el Hombre pesa sobre Él. Debemos tener
presente esto. Isaías dice que todos nuestros pecados tienen mortificada a la Persona Divina bajo una apariencia común. Cuando
pienso que el Verbo de Dios tiene alrededor de sí, como una costra sucia, toda la miseria de la Humanidad desde que ésta existe,
pienso con profunda compasión y con profunda comprensión en el sufrimiento que debe producirle ello a su alma sin culpa: la
repulsa de una persona sana que fuera recubierta con los andrajos y las porquerías de un leproso. Es verdaderamente el
traspasado por nuestros pecados, el llagado por todas las concupiscencias del hombre. Su alma, que vive entre nosotros, debe
temblar con los contactos como por escalofrío de fiebre. Y, no obstante, no dice nada. No abre la boca para decir: "Me producís
horror". La abre solamente para decir: "Venid a mí, que os quite vuestros pecados". Es el Salvador. En su infinita bondad, ha
querido velar su irresistible belleza. Esa belleza que, si se hubiera presentado cual es en el Cielo, nos habría reducido a cenizas,
como ha dicho Andrés. Esa belleza ahora se ha hecho atractiva, como de manso Cordero, para poder acercarse a nosotros y
salvarnos. Su opresión, su condena durará hasta que, consumido por el esfuerzo de ser el Hombre perfecto en medio de los
hombres imperfectos, sea elevado por encima de la multitud de los rescatados, en el triunfo de su realeza santa. ¡Dios que
conoce la muerte, para salvarnos a la Vida!... Que estos pensamientos os hagan amarlo sobre todas las cosas. El es el Santo. Yo
lo puedo decir, yo que con Santiago he crecido con E1. Y lo digo y lo diré, dispuesto a dar mi vida para firmar esta confesión;
para que los hombres crean en El y tengan la Vida eterna. Juan de Zebedeo, te toca hablar a ti.
-¡Qué hermosos en los montes los pies del mensajero! Del Mensajero de paz, de Aquel que anuncia la felicidad y predica
la salud, de Aquel que dice a Sión: "¡Reinará tu Dios!". Y estos pies van, incansables, desde hace dos años, por los montes de
Israel, convocando a las ovejas de la grey de Dios para reunirlas, confortando, sanando, perdonando, dando paz. Su paz.
Verdaderamente me resulta extraño el no ver estremecerse de alegría los montes y exultar las aguas de la patria, bajo la caricia
de su pie. Pero lo que más me asombra es el no ver a los corazones estremecerse de alegría y exultar diciendo: "¡Gloria al Señor!
¡El Esperado ha venido! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!". Aquel que derrama gracias y bendiciones, paz y salud, y
llama para el Reino abriéndonos el camino que a Él conduce; Aquel, sobre todo, que espira amor de cada una de sus acciones o
palabras, de cada mirada, de cada respiro. ¿Qué es este mundo, pues, para estar ciego a la Luz que vive en medio de nosotros?
¿Qué losas, más espesas que la piedra que cierra las puertas de los sepulcros, le muran la vista del alma para no ver esta Luz?
¿Qué montañas de pecados tiene encima de sí para estar tan oprimido, separado, cegado, ensordecido, encadenado, paralizado,
de forma que permanece pasivo ante el Salvador? ¿Qué es el Salvador? Es la Luz fundida con el Amor. La boca de mis hermanos
ha cantado las alabanzas del Señor, ha recordado sus obras, ha indicado las virtudes que deben practicarse para llegar a su
camino. Yo os digo: amad. No hay virtud mayor ni más semejante a su Naturaleza. Si amáis, practicaréis todas las virtudes sin
esfuerzo, empezando por la castidad. Y no os será gravoso el ser castos, porque amando a Jesús no amaréis a nadie
inmoderadamente. Seréis humildes porque veréis en É1 sus infinitas perfecciones con ojos amantes, por lo cual no os
ensoberbeceréis de las vuestras, mínimas. Seréis creyentes. ¿Quién no cree en aquel a quien ama? Sentiréis la contrición del
dolor que salva, porque será recto vuestro dolor, es decir será un dolor por la pena causada a Él, no por la pena por vosotros
merecida. Seréis fuertes. ¡Oh, sí! ¡Cuando uno está unido a Jesús, es fuerte! Fuerte contra todo. Estaréis llenos de esperanza,
porque no dudaréis del Corazón de los corazones, que os ama con la totalidad de sí mismo. Seréis sabios. Seréis todo. Amad a
Aquel que anuncia la felicidad verdadera, que predica la salud, que va, incansable, por los montes y los valles convocando al
rebaño para reunirlo; a Aquel en cuyo camino está la Paz, como también hay paz en su Reino, que no es de este mundo, sino
que es verdadero, como verdadero es Dios. Abandonad cualquier camino que no sea el suyo. Liberaos de toda tiniebla. Id a la
Luz. No seáis como el mundo, que no quiere ver la Luz, que no quiere conocerla. Vosotros id a nuestro Padre, que es el Padre de
las luces, que es Luz sin medida, a través del Hijo, que es la Luz del mundo, para gozar de Dios en el abrazo del Paráclito, que es
fulgor de las Luces en una sola beatitud de amor, que a los Tres centra en Uno. ¡Infinito océano del Amor, sin tempestades, sin
tinieblas, acógenos! ¡A todos! A los inocentes y a los convertidos. ¡A todos! ¡En tu paz! ¡A todos! Para toda la eternidad. A todos
los que habitamos sobre la tierra, para que te amemos a ti, Dios, y al prójimo como tú quieres. A todos, en el Cielo, para que
sigamos amando, siempre, no sólo a ti y a los celestes habitantes, sino también, y todavía, a los hermanos que militen en la
tierra en espera de la paz, y, cual ángeles de amor, los defendamos y apoyemos en las batallas y tentaciones, para que después
puedan estar contigo en tu paz, para gloria eterna del Señor nuestro Jesús, Salvador, Amador del hombre, hasta el límite sin
límite del anonadamiento sublime.
Como siempre, Juan, ascendiendo en sus vuelos de amor, lleva consigo a las almas a lugares de amor levísimo y silencio
místico. Debe pasar un rato antes de que retorne la palabra a los labios del auditorio. El primero en hablar es Felipe, dirigiéndose
a Pedro:
-¿Y Juan, el pedagogo, no habla?
-Os hablará por nosotros continuamente. Ahora dejadlo en su paz, y dejadnos también a nosotros un buen rato con él. Tú,
Saba, haz lo que te he dicho antes; y tú también, buena Berenice...
Salen todos. Se quedan en la amplia sala los ocho con los dos. Hay un silencio grave: Están todos un poco pálidos: los
apóstoles, porque saben lo que está para producirse; los dos discípulos, porque lo presienten.
Pedro abre sus labios, pero encuentra sólo esta palabra: «Oremos», y entona el "Pater noster". Luego - está
verdaderamente pálido, quizás más que en el momento de la muerte -, yendo a ponerse entre los dos y colocando una mano
sobre sus hombros, dice:

-Es la hora de la despedida, hijos. ¿Qué le digo al Señor en nombre vuestro? ¿A Él, que ciertamente estará ansioso de
saber de vuestra santidad?
Síntica cae de rodillas y se cubre el rostro con las manos. Juan la imita. Pedro los tiene a sus pies, y, mecánicamente, los
acaricia mientras se muerde los labios para no ceder a la emoción.
Juan de Endor alza su acongojado rostro y dice:
-Dirás al Maestro que nosotros hacemos su voluntad...
Y Síntica:
-Y que nos ayude a cumplirla hasta el final...
El llanto impide frases más largas.
-Bien. Démonos el beso de despedida. Esta hora debía llegar...
También Pedro se corta, ahogado por un nudo de llanto.
-Antes bendícenos - suplica Síntica.
-No. No yo. Mejor uno de los hermanos de Jesús...
-No. Tú eres el jefe. Nosotros los bendeciremos con el beso. Bendícenos a todos, a nosotros que nos marchamos y a ellos
que se quedan - dice Judas Tadeo, poniéndose el primero de rodillas.
Y Pedro, el pobre Pedro - que ahora está rojo por el esfuerzo de mantener firme la voz y por la emoción de bendecir, con
las manos extendidas hacia el pequeño núcleo arrodillado a sus pies - pronuncia, con voz aún más áspera por el llanto, casi de
viejo, la bendición mosaica... Luego se agacha, besa en la frente a la mujer, como si fuera una hermana; levanta y abraza,
besándolo fuerte, a Juan, y... se marcha valientemente de la habitación, mientras los otros imitan su acto para con los dos que
se quedan...
Afuera, el carro está ya preparado. Sólo están presentes Felipe y Berenice, y el siervo, que sujeta el caballo. Pedro ha
subido ya al carro...
-Dirás al amo que esté tranquilo respecto a sus recomendados - dice Felipe a Pedro.
-Dirás a María que siento la paz de Euqueria desde que ella es discípula - dice en voz baja Berenice al Zelote.
-Le diréis al Maestro, a María, a todos, que los amamos, y que... ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Oh, no los volveremos a ver! ¡Adiós,
hermanos! Adiós...
Corren afuera, al camino, los dos discípulos... Pero el carro, que ha partido al trote, ya ha doblado la esquina... Ha
desaparecido...
-¡Síntica!
-¡Juan!
-¡Estamos solos!
-¡Dios está con nosotros!... Ven, pobre Juan. El sol declina. Te sienta mal estar aquí...
-Para mí el Sol se ha puesto para siempre... Sólo volverá a salir en el Cielo.
Y entran donde antes estaban con los demás, se dejan caer sobre una mesa y se entregan, ya sin freno, al llanto...
Dice Jesús:
«Y el tormento causado por un hombre, sólo querido por el hombre malo, quedó consumado, deteniéndose como un
curso de agua en un lago después de haber realizado su recorrido...
Te hago notar cómo también Judas de Alfeo, a pesar de estar más nutrido de sabiduría que los demás, da al texto de
Isaías, sobre mis sufrimientos de Redentor, una explicación humana. Y así era todo Israel, que se negaba a aceptar la realidad
profética y contemplaba las profecías sobre mis dolores como alegorías y símbolos. Fue el gran error, por el que, en la hora de la
Redención, bien pocos en Israe1 supieron ver todavía al Mesías en el Condenado.
La Fe no es sólo una corona de flores. Tiene espinas también. Y es santo aquel que sabe creer tanto en las horas de gloria
como en las horas trágicas; y sabe amar, tanto si Dios lo cubre de flores, como si lo coloca sobre espinas.

325
Los ocho apóstoles se reúnen con Jesús cerca de Akcib.
Jesús - un Jesús muy delgado y pálido, muy triste, atormentado yo diría - está en la cima, exactamente en la cima más alta
de un montecito, que es sede de un pueblo. Pero Jesús no está en el pueblo (que está en la cima, sí, pero vuelto hacia la ladera
sureste), sino en una pequeña prominencia, la más alta, que mira hacia el noroeste (la verdad es que más oeste que norte).
Jesús, dado que mira desde varios lados, ve una cadena ondulada de montes, que en los extremos noroeste y suroeste
introduce sus últimos ramales en el mar: al suroeste, con el Carmelo, que se difumina a lo lejos en este día claro; al noroeste,
con un cabo cortante como un espolón de nave, muy parecido a nuestras Apuanas, por las venas rocosas que albean bajo el sol.
Por las laderas de esta cadena ondulada de montes descienden torrentes y regatos (todos bien colmados de aguas en esta
estación del año) que por la llanura costera corren a introducirse en el mar. Cerca de la amplia bahía de Sicaminón, el más
exuberante de ellos, el Kisón, desemboca en el mar, tras haber formado casi un pequeño lago en la confluencia con otro
riachuelo, poco antes de la desembocadura. El sol meridiano del claro día extrae de los cursos de agua reflejos de topacios o
zafiros, mientras que el mar es un inmenso zafiro veteado de livianos collares de perlas.
La primavera del sur se perfila ya con las nuevas hojas, que, de las abiertas gemas, brotan, tiernas, brillantes, tan nuevas,
tan desconocedoras de polvo y tempestades, de mordeduras de insectos y de contactos de hombre, que yo diría virginales. Y las
ramas de los almendros son ya borlas de espuma blanco-rosada; tan blandas, tan livianas, que da la impresión de que vayan a

desprenderse del tronco natal y navegar, cual pequeñas nubes, por el aire sereno. También los campos de la llanura, no vasta
pero sí fértil, comprendida entre los dos cabos, el del noroeste y el del suroeste, muestra un tierno verdear de cereales, que
quitan toda tristeza a los campos, poco antes desnudos.
Jesús mira. Desde el punto en que se encuentra, ve tres caminos: el que sale del pueblo y va a terminar ahí (es un
caminito sólo para personas) y otros dos, que van hacia abajo, desde el pueblo, y se bifurcan en opuestas direcciones: hacia el
noroeste, hacia el suroeste.
¡Qué Jesús tan desmejorado' Signado por la penitencia mucho más que cuando ayunó en el desierto: entonces era el
hombre empalidecido, pero todavía joven y vigoroso; ahora es el hombre consumido por un complejo sufrir que deprime tanto
las fuerzas físicas como las morales. Sus ojos están muy tristes, una tristeza dulce y grave al mismo tiempo. Las mejillas,
enflaquecidas, hacen realzar aún más la espiritualidad del perfil, de la frente alta, de la nariz larga y derecha, de esa boca cuyos
labios carecen absolutamente de sensualidad. Un rostro angélico, de tanto como excluye la materialidad. Tiene la barba más
larga que de costumbre, crecida incluso en los carrillos hasta confundirse con los cabellos, que le caen sobre las orejas; de forma
que de su rostro son visibles solamente la frente, los ojos, la nariz y los pómulos, flacos y de un color marfil sin sombra de róseo.
Tiene los cabellos peinados rudimentariamente, cabellos que se han vuelto opacos y conservan, para recuerdo del antro en que
ha estado, muchos pequeños fragmentos de hojas secas y de palitos que se han quedado enredados en la larga cabellera. Y la
túnica y el manto, arrugados y polvorientos, denuncian también el lugar agreste en que han sido vestidos y usados sin tregua.
Jesús mira... El sol del mediodía lo calienta, y da la impresión de que ello le es agradable, porque evita la sombra de
algunos robles para ir bien al sol; pero, a pesar de que sea un sol neto, resplandeciente, no enciende reflejos en su s cabellos
polvorientos ni en sus ojos cansados, ni da color a su rostro enflaquecido.
No es el sol lo que lo conforta y aviva su color; es el ver a sus queridos apóstoles, que suben, gesticulando y mirando hacia
el pueblo por el camino que viene del noroeste, el más llano. Entonces se produce la metamorfosis: la mirada se le aviva; el
rostro parece perder en parte su aspecto demacrado, por una leve coloración rosada que se extiende sobre las mejillas, y más
por la sonrisa que lo ilumina. Abre los brazos - los tenía cruzados - y exclama: «¡Mis amados!». Lo dice alzando la cara,
extendiendo su mirada sobre las cosas, como queriendo comunicar su alegría a las hierbas y a los árboles, al cielo sereno, al aire,
que ya sabe a primavera.
Recoge el manto ciñéndoselo bien al cuerpo, para que no se quede enganchado en las matas, y baja raudo, por un atajo,
al encuentro de ellos, que suben y que todavía no lo han visto. Cuando la distancia puede ser salvada por la voz, los llama para
detener su marcha en dirección al pueblo.
Oyen la llamada lejana. Quizás desde el punto en que están no pueden ver a Jesús, cuyo indumento oscuro se confunde
con la espesura del bosque que cubre la ladera. Miran a su alrededor, gesticulan... Jesús los llama de nuevo... Por fin, un claro
del bosque lo muestra a sus ojos, bajo el sol, con los brazos un poco extendidos, como queriéndolos abrazar ya. Entonces se oye
un fuerte grito, que se refleja en la abrupta ladera:
-¡El Maestro! - y, dejando el camino, empieza una gran carrera hacia arriba por las escarpaduras, arañándose, tropezando,
jadeando, sin sentir el peso de los talegos ni la fatiga del paso... llevados de la alegría de verlo de nuevo.
Naturalmente, los primeros en llegar son los más jóvenes y los más ágiles, es decir, los dos hijos de Alfeo, de paso seguro,
propio de quien ha nacido en las colinas, y Juan y Andrés, que corren como dos cervatillos, sonriendo felices. Y caen a sus pies,
amorosos y reverentes, felices, felices, felices... Luego llega Santiago de Zebedeo. Los últimos en llegar, casi juntos, son los tres
menos expertos en carreras y en montañas: Mateo y el Zelote y, el último, el último de todos, Pedro.
Pero se abre paso - ¡vaya que si se abre paso! - para llegar al Maestro. Los primeros que han llegado están abrazados a
sus piernas y no se cansan de besarle las vestiduras o las manos, que El les ha dejado abandonadas. Coge enérgicamente a Juan
y a Andrés, que están agarrados a las vestiduras de Jesús como ostras a un escollo, y jadeante por el esfuerzo realizado, los
aparta lo suficiente como para poder caer también él a los pies de Jesús, y dice:
-¡Oh, Maestro mío! ¡Ahora vuelvo a vivir, por fin! Ya no podía más. He envejecido y adelgazado como por una mala
enfermedad. Mira como es verdad, Maestro... - y alza la cara para que Jesús lo mire. Pero, al hacerlo, ve en él el cambio de
Jesús, y se pone en pie gritando: « ¿Maestro? ¿Pero qué has hecho? ¡Necios! ¡Pero mirad! ¿No veis nada vosotros? ¡Jesús ha
estado enfermo!... ¡Maestro, Maestro mío, ¿qué has tenido? ¡Díselo a tu Simón!».
-Nada, amigo.
-¿Nada? ¿Con esa cara? ¡Entonces es que alguien te ha tratado mal!
-¡No, hombre, Simón!
-¡Imposible! ¡O enfermo o has sufrido persecución! ¡Que tengo ojos, eh!...
-Yo también los tengo. Y, efectivamente, te veo enflaquecido y más viejo. Entonces tú ¿por qué estás así? - pregunta
sonriendo el Señor a su Pedro, el cual lo observa atentamente como si quisiera leer la verdad en el pelo, en la piel, en la barba
de Jesús.
-¡Pero yo he sufrido! No lo niego. ¿Crees que ha sido placentero ver tanto dolor?
-¡Tú lo has dicho! Yo también he sufrido por el mismo motivo...
-¿Sólo por eso, realmente, Jesús? - pregunta, enternecido y afectuoso, Judas de Alfeo.
-Por el dolor, sí, hermano mío. El dolor causado por tener que mandar a otro sitio...
-Y por el dolor de haberte visto obligado a ello por...
-¡Por favor!... ¡Silencio! Prefiero el silencio ante mi herida a cualquier palabra que quiera consolarme diciéndome: "Sé
por qué has sufrido". Y, además, sabedlo todos, he sufrido por muchas cosas, no solo por ésta. Y, si Judas no me hubiera
interrumpido, os lo habría dicho - Jesús se muestra severo al decir esto. Todos se intimidan.
Pedro es el primero en reaccionar, y pregunta:
-¿Y dónde has estado, Maestro? ¿Qué has hecho?

-He estado en una gruta... orando... meditando... fortaleciendo mi espíritu, obteniendo fortaleza para vosotros en
vuestra misión, para Juan y Síntica en su sufrimiento.
-¿Pero dónde, dónde? ¡Sin vestidos, sin dinero! ¿Cómo te las has arreglado?
Simón está nervioso.
-En una gruta no necesitaba nada.
-Pero, ¿y la comida?, ¿y el fuego?, ¿y la cama?, ¿y...? ¡Bueno, todo! Yo te imaginaba - era mi esperanza -, al menos,
huésped, como un peregrino que hubiera perdido el camino, en Yiftael, o en otra parte... en definitiva, en una casa. Eso me
tranquilizaba un poco. ¡Pero, de todas formas...! Decid vosotros si no era mi tormento el pensamiento de que Él estaba sin ropa,
sin comida, sin medios para procurársela, sin, sobre todo esto, sin voluntad de procurársela. ¡Jesús, no debías haberlo hecho! ¡Y
no me lo volverás a hacer, nunca! De ahora en adelante, no te dejaré ni por una hora. Me coseré a tu túnica, para seguirte como
una sombra, quieras o no. Sólo si muero seré separado de ti.
-O si muero Yo.
-¡Tú no! Tú no debes morir antes que yo. No digas eso. ¿Quieres entristecerme del todo?
-No. Es más, quiero alegrarme contigo, con todos, en esta hermosa hora que me trae de nuevo a mis amados, predilectos
amigos. ¿Veis? Ya estoy mejor, porque vuestro amor sincero me alimenta, me da calor, me consuela de todo.
Y los acaricia, uno a uno, mientras sus rostros resplandecen con una sonrisa dichosa y sus ojos brillan y tiemblan los
labios por la emoción de estas palabras, preguntando:
-¿De verdad, Señor?
-¿Es realmente así?
-¿Tanto nos quieres?
-Sí. Os quiero mucho. ¿Habéis traído comida?
-Sí. Presentía que estabas exhausto y la he comprado por el camino. Tengo pan, carne asada, leche, queso y manzanas, y
una borracha con vino generoso y huevos para ti, si es que no se han roto...
-Bien, entonces vamos a sentarnos aquí, bajo este buen sol, y vamos a comer. Mientras comemos me habláis...
Se sientan al sol en un risco. Pedro abre su talego y observa sus tesoros:
-¡Todo salvo! – exclama - Incluso la miel de Antigonio. ¡Pero hombre! ¡Si ya lo he dicho yo! Al regreso, aunque nos
hubiéramos metido en una cuba para rodar impulsados por un loco, o en un bote sin remos, hasta incluso con agujero, y además
en una tempestad, habríamos llegado sanos y salvos... ¡Pero a la ida! Cada vez me convenzo más de que era el demonio el que
nos ponía obstáculos, para no dejarnos ir con esos dos pobrecitos...
-Si, claro, ahora ya no tenía objeto... - confirma el Zelote.
-Maestro, ¿has hecho penitencia por nosotros? - pregunta Juan, que se olvida de comer por contemplar a Jesús.
-Sí, Juan. Os he seguido con el pensamiento. He sentido vuestros peligros y aflicciones. Os he ayudado como he
podido...
-¡Yo lo he sentido! Y os lo dije, ¿os acordáis?
-Sí, es verdad - confirman todos.
-Ahora me estáis devolviendo lo que os he dado.
-¿Has ayunado, Señor? - pregunta Andrés.
-¿Qué remedio! - le responde Pedro - Aunque hubiera querido comer, sin dinero, en una gruta, ¿cómo querías que
comiera?
-¡Por causa nuestra! ¡Cuánto me apena esto! - dice Santiago de Alfeo.
-¡Oh, no! ¡No os aflijáis! No solamente por vosotros. También por todo el mundo. He hecho lo que cuando empecé la
misión. En aquella ocasión, al final, fui socorrido por los ángeles; ahora me socorréis vosotros. Y, creedme, para mí es doble
alegría. Porque en los ángeles es inderogable el ministerio de caridad, pero en los hombres es menos fácil de encontrar.
Vosotros lo estáis ejerciendo. Y habéis pasado, por amor a mí, de hombres a ángeles, habiendo elegido la santidad por encima
de toda otra cosa. Por tanto, me hacéis feliz como Dios y como Hombre-Dios. Porque me dais aquello que es de Dios: la Caridad,
y me dais aquello que es del Redentor: vuestra elevación a la Perfección. Esto me viene de vosotros, y alimenta más que
cualquier otro alimento. También en aquel entonces, en el desierto, fui nutrido de amor después del ayuno. Y ello me confortó.
¡Lo mismo ahora, lo mismo ahora! Todos hemos sufrido. Yo y vosotros. Pero no ha sido un sufrimiento inútil. Creo, sé, que este
sufrimiento os ha favorecido más que todo un año de instrucción. El dolor, la meditación sobre el mal que un hombre puede
hacer a su semejante, la piedad, la fe, la esperanza, la caridad que habéis debido ejercer, y además solos, os han madurado,
como niños que se hacen hombres...
-¡Oh, sí! Me he hecho viejo. No volveré a ser el Simón de Jonás que era al partir. He comprendido lo dolorosa y fatigosa
que es nuestra misión, a pesar de ser hermosa... - suspira Pedro.
-Bueno, pues ahora estamos aquí, juntos. Referid...
-Habla tú, Simón. Sabes hacerlo mejor que yo - dice Pedro al Zelote.
-No. Tú, como jefe competente que eres, habla por todos - responde.
Y Pedro empieza, diciendo como preliminar:
-Pero ayudadme.
Narra con orden hasta la partida de Antioquía. Luego comienza la narración del regreso:
-Sufríamos todos, ¿eh? Nunca olvidaré las últimas voces de los dos...
Pedro se seca con el dorso de la mano dos lagrimones que ruedan al improviso...
-Me parecieron el último grito de uno que se estuviera ahogando... ¡En fin! Bueno, hablad vosotros... yo no puedo... - y se
levanta y se aparta un poco para controlar su emoción.

Continúa Simón Zelote:
-Ninguno habló durante mucho camino... No podíamos hablar... La garganta estaba tan hinchada de llanto que nos
dolía... Y no queríamos llorar... porque si hubiéramos empezado, aunque hubiera sido uno sólo, ya no habría tenido solución.
Llevaba los ramales yo, porque Simón de Jonás, para que no se viera que sufría, se había puesto en el fondo del carro a hurgar
en los talegos. Nos detuvimos en un pueblecito a mitad de camino entre Antioquía y Seleucia. A pesar de que la luna fuera cada
vez más clara a medida que la noche avanzaba, no conociendo bien el lugar, nos detuvimos allí. Y nos quedamos adormilados
ahí, entre nuestras cosas. No comimos, ninguno, porque... no podíamos. Pensábamos en ellos dos... Con la primera luz del alba,
pasamos el puente y llegamos antes de la hora tercera a Seleucia. Restituimos el carro y el caballo al hospedero y - era un
hombre muy bueno - le pedimos consejo respecto a la nave. Dijo: "Voy yo al puerto. Me conocen y conozco gente". Y así hizo.
Encontró tres naves que estaban para zarpar para estos puertos. Pero en una de ellas había ciertos... seres que no quisimos
tener cerca. Nos lo dijo el hombre, que lo había sabido por el jefe de la nave. La segunda era de Ascalón, y no quería hacer escala
para nosotros en Tiro, a menos que hubiéramos dado una suma que ya no teníamos. La tercera era una goleta bien mísera,
cargada de madera bruta. Una barca pobre, con pocos tripulantes, y creo que con mucha miseria. Por eso, a pesar de que se
dirigía a Cesárea, aceptó detenerse en Tiro, previo desembolso de una jornada de comida y paga para toda la tripulación. Nos
venía bien. Yo, verdaderamente, y conmigo Mateo, teníamos un poco de miedo. Es época de tempestades... Y ya sabes lo que
encontramos a la ida. Pero Simón Pedro dijo: "No sucederá nada". Y subimos a la barca. Iba tan suave y veloz que parecía que los
ángeles fueran las velas de la nave. Empleamos para llegar a Tiro menos de la mitad del tiempo tardado a la ida; y en Tiro el
patrón fue tan bueno, que nos concedió remolcar la barca hasta cerca de Tolemaida. Bajaron a la barca Pedro, Andrés y Juan,
para las maniobras. Pero era muy simple... No como a la ida... En Tolemaida nos separamos. Estábamos tan contentos, que,
antes de bajar todos a la barca, donde estaban ya nuestras cosas, les dimos más dinero del convenido. En Tolemaida nos hemos
detenido un día, y luego hemos venido aquí... Pero nunca olvidaremos el dolor sufrido. Simón de Jonás tiene razón.
-¿No tenemos también razón ai decir que el demonio nos ponía obstáculos sólo a la ida? - preguntan más de uno.
-Tenéis razón. Ahora escuchad. Vuestra misión ha terminado. Volvemos hacia Yiftael, a esperar a Felipe y Natanael. Y hay
que hacerlo pronto. Luego vendrán los demás. Entretanto, evangelizaremos aquí, en los confines de Fenicia y en la propia
Fenicia. Pero todo lo ocurrido ha quedado para siempre sepultado en nuestros corazones. No se dará respuesta a ninguna
pregunta.
-¿Ni siquiera a Felipe y Natanael? Saben que hemos venido contigo.
-Hablaré Yo. He sufrido mucho, amigos, y vosotros lo habéis visto. He pagado con mi sufrimiento la paz de Juan y Síntica.
Haced que mi sufrimiento no sea inútil. No carguéis mis hombros con un peso más. ¡Tengo ya muchos!... Y su peso crece cada
día que pasa, cada hora que pasa... Decid a NatanaeI que he sufrido mucho. Decídselo a Felipe. Y que sean buenos. Decídselo a
los otros dos. Pero no digáis más. Decir que habéis entendido que he sufrido, y que os lo he confirmado, es una verdad. No hace
falta más.
Jesús habla cansado... Los ocho lo miran apenados, y Pedro, que está detrás de Él, se atreve incluso a acariciarle la
cabeza. Jesús la alza y mira a su honesto Simón con una sonrisa de tristeza afectuosa.
-¡No, no puedo verte así! Me parece, tengo la sensación de que la alegría de nuestra unión haya terminado, y que de ella
quede la santidad, sólo la santidad. Entretanto... vamos a Akcib. Te cambiarás de túnica, te rasurarás los carrillos, ordenarás tus
cabellos. ¡Así no, así no! No puedo verte así... Me pareces... uno que hubiera logrado huir de manos crueles, o que le hubieran
maltratado, o una persona al límite de sus fuerzas... Me pareces Abel de Belén de Galilea, liberado de sus enemigos...
-Sí, Pedro. Pero el maltratado es el corazón de tu Maestro... y no se curará nunca... Es más, será herido cada vez más.
Vamos...
Juan suspira:
-Lo siento... hubiera deseado contar a Tomás, que tanto quiere a tu Madre, el milagro de la canción y del ungüento...
-Un día lo contarás... No ahora. Todo manifestaréis un día. Entonces podréis hablar. Yo mismo os diré: "Id a decir todo lo
que sabéis". Pero, entretanto, sabed ver en el milagro la verdad, ésta: el poder de la fe. Tanto Juan como Síntica han calmado el
mar y curado al hombre no por las palabras, no por el ungüento, sino por la fe con que han usado el nombre de María y el
ungüento hecho por Ella. Y otra cosa: ello se produjo porque en torno a su fe estaba la vuestra, la de todos vosotros, y vuestra
caridad. Caridad hacia el herido. Caridad hacia el cretense. A1 primero le quisisteis conservar la vida; al otro quisisteis darle la fe.
Pero si aun es fácil curar los cuerpos, cosa muy dura es curar los espíritus... No hay morbo más difícil de erradicar que el
espiritual... - y Jesús suspira fuerte.
Están a la vista de Akcib. Pedro se adelanta con Mateo para encontrar alojamiento. Le siguen los demás, compactos en
torno a Jesús. El sol declina rápidamente mientras entran en el pueblo...

326
Un alto en Akcib
-Señor, esta noche he estado pensando... ¿Por qué quieres venir tan lejos, para luego volver a los confines fenicios? Deja
que vaya yo con otro. Venderé a Antonio... Lo siento... pero ahora ya no hace falta y llamaría la atención. Me toparé con Felipe y
Bartolomé. Sólo pueden recorrer ese camino, así que los encontraré, sin duda. Y puedes estar seguro de que no hablaré. No
quiero causarte dolores... Tú descansas aquí, con los demás, nos ahorramos todos ese camino de Yiftael... y tardamos menos» dice Pedro mientras salen de la casa donde han dormido. Y parecen menos demacrados, porque tienen túnicas frescas, y las
barbas y los cabellos han sido arreglados por mano experta.

-Tu idea es buena. No te impido hacerlo. Bien, ve con quien quieras de tus compañeros.
-Entonces con Simón. Señor, bendícenos.
Jesús los abraza diciendo:
-Con un beso. Id.
Los miran mientras se marchan, descendiendo raudos hacia la llanura.
-¡Qué bueno es Simón de Jonás! Estos días lo he apreciado como nunca lo había hecho - dice Judas Tadeo.
-También yo - dice Mateo - Nunca egoísta, nunca soberbio, nunca exigente.
-No se ha aprovechado nunca del hecho de ser el jefe. ¡A1 contrario! Parecía el último de nosotros, y, no obstante,
conservaba su puesto - añade Santiago de Alfeo.
-A nosotros esto no nos asombra. Lo conocemos desde hace años. Fogoso, pero todo corazón. ¡Y además tan honesto...! dice Santiago de Zebedeo.
-Mi hermano, a pesar de ser rudo, es bueno. Y, desde que está con Jesús, se ha hecho doblemente bueno. Yo tengo un
carácter completamente distinto, y... algunas veces se ponía nervioso, pero era porque comprendía que yo sufría por ese
carácter; se inquietaba por mi bien. Uno, una vez que lo comprende, se lleva bien con él - dice Andrés.
-Estos días nos hemos entendido siempre y hemos sido un corazón solo - afirma Juan.
-¡Sí, sí! Yo también lo he percibido. Durante toda una luna, y en momentos incluso de verdadera tensión, no hemos tenido
nunca malos humores... Mientras que otras veces... no sé por qué... monologa Santiago de Zebedeo.
-¿Por qué? ¡Pues es fácil de entender! Porque tenemos intención recta. No somos perfectos, pero sí rectos. Por eso
aceptamos el bien que uno propone; o descartamos el mal, cuando uno de nosotros nos lo indica como tal y antes no lo
habíamos intuido nosotros solos. ¿Por qué? ¡Es fácil responder! Porque nosotros ocho tenemos solo un pensamiento: hacer las
cosas de forma que Jesús se sienta contento. ¡Eso es todo! - exclama Judas Tadeo.
-No creo que los otros tengan un pensamiento distinto - dice, conciliador, Andrés.
-No. No Felipe, ni Bartolomé, aunque sea muy anciano y muy Israel... Y tampoco Tomas, a pesar de que sea más hombre
que espíritu. Sería injusto con ellos si los acusara de... Jesús, tienes razón. Perdona. Pero, si supieras lo que me produce el verte
sufrir. ¡Y por él! Yo soy discípulo tuyo, como todos los otros. Pero, además, soy hermano y amigo tuyo, y llevo en mis venas la
fogosa sangre de Alfeo. Jesús, no me mires tan severo y tan triste. Tú eres el Cordero y yo... el león. Créeme que a duras penas
logro sujetarme para no romper de un zarpazo la red de calumnias que te circunda, y para no abatir el cobijo en que se cela el
verdadero enemigo. Quisiera ver la realidad de su rostro espiritual, al cual doy un nombre... aunque quizás calumnio al hacerlo;
y lo marcaría con una señal, si lograse conocer su realidad sin riesgo de error... que le quitaría para siempre las ganas de dañarte
- dice vehementemente Judas Tadeo, que se ha contenido, al principio de su intervención, por una mirada de Jesús.
Santiago de Zebedeo le responde:
-¡Deberías marcar a la mitad de Israel!... Pero Jesús seguirá adelante igual. Ya has visto estos días que nada puede contra
Jesús. ¿Qué hacemos ahora Maestro? ¿Has hablado aquí?
-No. Hacía menos de un día que había llegado a estas laderas. Dormí en el bosque.
-¿Porque no te recibieron?
-Su corazón rechazó al Peregrino... No tenía dinero...
-¡Entonces son corazones de piedra! ¿De qué tenían miedo?
-De que fuera un bandido... Pero no importa. El Padre que está en los Cielos hizo que encontrara una cabra, perdida o que
había huido. Venid, os la muestro. Vive en la espesura con su cabritillo. No huyó al verme llegar. Es más, me dejó exprimir su
leche en mi boca... como si fuera una criatura suya Yo también. Y dormí al lado de ella, con el cabritillo casi en mi corazón. ¡Dios
es bueno con su Verbo!
Van hacia el lugar del día anterior, a un boscaje espeso y espinoso. En su centro hay un roble secular, que no sé cómo
puede vivir con esa base tan hendida: como si el terreno se hubiera abierto y hubiera desgajado su tronco poderoso, fajado todo
de verdes hiedras y de espinos por ahora carentes de hojas. Allí cerca está pastando la cabra con su cabritillo. A1 ver a tantos
hombres, apunta hacia ellos los cuernos en señal de defensa. Pero luego reconoce a Jesus y se calma. Le echan unas cortezas de
pan y se retiran.
-Ahí dormí - explica Jesús - Y hubiera seguido allí, si no hubierais venido. Ya tenía hambre. El objetivo del ayuno estaba
terminado... No era necesario insistir por otras cosas que ya no se pueden cambiar...
Jesús está de nuevo triste... Los seis se intercambian breves miradas, pero no dicen nada.
-¿Y ahora? ¿A dónde vamos?
-Nos quedamos aquí, por hoy. Mañana bajaremos a predicar en el camino de Tolemaida. Luego iremos hacia los confines
fenicios, para regresar aquí antes del sábado.
Y, lentamente, regresan al pueblo.

327
En los confines de Fenicia. Palabras de Jesús sobre la igualdad de los pueblos. Parábola de la levadura
El camino que de Fenicia viene hacia Tolemaida es hermoso. Corta, muy derecha, la llanura que hay entre el mar y los
montes. Y es muy transitado (por cómo está mantenido). A menudo cortado por caminos menores - que de los pueblos del
interior van hacia los de la costa -, ofrece numerosos cruces, cabe los cuales generalmente hay una casa, un pozo y un
rudimentario taller de herrador para los cuadrúpedos que puedan necesitar herraduras.

Jesús, con los seis que se han quedado con El, recorre un buen trecho de camino, por lo menos dos kilómetros, viendo
siempre las mismas cosas. A1 final se detiene junto a una de estas casas con pozo y taller de herrador, en una bifurcación, junto
a un torrente por encima del cual pasa un puente, que, siendo fuerte pero de una anchura que apenas si da para el paso de un
carro, hace que tengan que detenerse los que van o los que vienen, porque las dos corrientes opuestas no podrían pasar al
mismo tiempo. Y ello da ocasión a los transeúntes (de razas diversas, por lo que logro entender, o sea, fenicios e israelitas en el
verdadero sentido de la palabra, que se odian recíprocamente), de aunarse en una única intención: imprecar contra Roma...
Pero sin Roma no tendrían ni siquiera ese puente, y con el torrente colmado no sé cómo habrían podido pasar. ¡Pero bueno... al
opresor siempre se le odia, aunque haga cosas útiles!
Jesús se para junto al puente, en el ángulo lleno de sol en que está la casa. El maloliente taller de herrador está en el lado
de la casa paralelo al torrente; en él se están forjando herraduras para un caballo y dos asnos, que las han perdido. El caballo
está enganchado a un carro romano. En el carro hay unos soldados que, poniendo caras burlonas a los hebreos que imprecan, se
lo pasan bien. Y, a un viejo narigudo, más avieso que todos los otros, una verdadera boca viperina, que creo que con mucho
gusto mordería a los romanos con tal de envenenarlos, le tiran encima un puñado de estiércol equino...
¡Se puede uno imaginar lo que sucede! El viejo hebreo sale corriendo y gritando como si le hubieran infectado de lepra, y
a él se agregan en coro otros hebreos. Los fenicios gritan irónicos:
-¿Os gusta el nuevo maná? Comed, comed, para tener energías para gritar contra estos que son demasiado buenos con
vosotros, víboras hipócritas.
Los soldados sueltan burlonas risotadas... Jesús calla.
El carro romano, por fin, se pone en marcha, saludando al herrador con el grito:
-¡Salve, Tito, y próspera permanencia!
El hombre, vigoroso, anciano, de cuello toroso, desbarbado el rostro, ojos negrísimos a los lados de una nariz fuerte y
bajo la cubierta de una frente saliente y amplia, un poco pelada en las sienes por falta de cabellos (los cuales, donde están, son
cortos y muy crespos), alza el pesado martillo con un gesto de despedida, y de nuevo se vuelve hacia el yunque, donde un joven
ha puesto un hierro candente, mientras otro muchacho está quemando el casco de un burrito, reglándolo para el herrado ya
próximo.
-Casi todos estos herradores que están por los caminos son romanos; soldados que se han quedado aquí una vez
terminado su servicio. Y ganan bien... Nunca tienen impedimentos para atender a las caballerías... Y un asno se puede desherrar
también antes de la puesta del sol del sábado, o en tiempos de Encenias... - observa Mateo.
-E1 que herró a Antonio estaba casado con una hebrea - dice Juan.
-Hay más mujeres necias que sensatas - sentencia Santiago de Zebedeo.
-¿Y los hijos, de quién son? ¿De Dios o del paganismo? - pregunta Andrés.
-Son del cónyuge más fuerte, generalmente - responde Mateo - Y, basta con que la mujer no sea apóstata, para que sean
hebreos, porque el hombre, estos hombres, dejan libertad. No son muy... fanáticos ni siquiera de su Olimpo. Me parece que ya
no creen en ninguna otra cosa, si no es en la necesidad de ganar dinero. Están llenos de hijos.
-Pero son uniones abyectas. Sin una fe, sin una verdadera patria... mal vistos por todos... - dice Judas Tadeo.
-No. Te equivocas. Roma no los desprecia. Es más, siempre los ayuda. Sirven más así que cuando llevaban las armas.
Desvirtuando la sangre, se introducen en nosotros más que con la violencia. La que sufre, si es que sufre, es la primera
generación. Luego se dispersan... el mundo olvida... - dice Mateo, que parece muy práctico.
-Sí, son los hijos los que sufren. ¡Pero, hay que ver también las mujeres hebreas, unidas en matrimonio así!... Por ellas
mismas y por sus hijos... Me dan pena. Nadie les habla ya de Dios. Mas no será así en el futuro. Entonces no permanecerán estas
separaciones de personas y de naciones, porque las almas estarán unidas en una sola Patria: la mía - dice Jesús, que hasta ahora
ha estado silencioso.
-¡Pero entonces ya habrán muerto!... - exclama Juan.
-No. Habrán sido congregadas en mi Nombre. No serán ya romanos o libios, griegos o pónticos, iberos o galos, egipcios o
hebreos, sino almas de Cristo. Y ¡ay de aquellos que quieran distinguir a las almas - todas igualmente amadas por mí y por las
cuales habré sufrido de igual modo - según sus patrias terrenas! Quien así lo hiciere demostraría que no ha comprendido la
Caridad, que es universal.
Los apóstoles sienten la velada corrección y agachan la cabeza y guardan silencio...
E1 fragor del hierro batido en el yunque ha callado; ya amainan los golpes en el último casco asnal. Jesús aprovecha para alzar la
voz y ser oído por la gente. Parece como si continuara hablando a sus apóstoles, en realidad habla a los transeúntes, y quizás
también a los habitantes de la casa, mujeres ciertamente, porque reclamos de femeniles voces recorren el aire tibio.
-Aunque parezca que no exista, siempre hay en los hombres un parentesco: el de proceder de un único Creador. Porque,
aunque luego estos hijos de un único Padre se hayan separado, no por ello ha cambiado el vínculo de origen, de la misma forma
que no cambia la sangre de un hijo cuando repudia la casa paterna. Después de que el delito lo hiciera fugitivo por el vasto
mundo, siguió circulando la sangre de Adán por las venas de Caín; y, por las venas de los hijos nacidos después del dolor de Eva,
que lloraba a su hijo asesinado, circulaba la misma sangre que hervía en las del lejano Caín.
Lo mismo, y con razón más pura, se diga de la igualdad entre los hijos del Creador. ¿Descarriados? Sí. ¿Exiliados? Sí.
¿Apóstatas? Sí. ¿Culpables? Sí. ¿Que hablan lenguas y creen fes que para nosotros son detestables? Sí. ¿Contaminados por
uniones con paganos? Sí. Pero su alma procede de Uno solo, y es siempre esa alma, aunque esté lacerada, descarriada, exiliada,
contaminada... Aunque sea motivo de dolor para el Padre Dios, sigue siendo un alma creada por Él.
Los hijos buenos de un Padre bonísimo deben tener sentimientos buenos. Buenos hacia su Padre, buenos hacia sus
hermanos, al margen de lo que éstos hayan venido a ser, porque son hijos del Mismo. Buenos hacia su Padre, tratando de
consolar su dolor conduciendo de nuevo a Él a los hijos, que son su dolor o porque son pecadores o porque son apóstatas o

porque son paganos. Buenos hacia ellos, porque tienen esa alma que procede del Padre cerrada en un cuerpo culpable, o
manchada, u obnubilada por una religión errada, pero sigue siendo alma del Señor e igual que la nuestra.
Recordad, vosotros los de Israel, que no hay ninguno - aunque fuera el idólatra más lejano de Dios con su idolátrica
religión, o el más pagano de los paganos, o el más ateo de los hombres -, no hay ninguno que esté absolutamente privado de
una huella de su origen. Recordad, vosotros los que habéis errado separándoos de la justa religión, descendiendo a connubios
de sexos que nuestra religión condena, recordad que, aunque os parezca que todo lo que era Israel haya muerto en vosotros
sofocado por el amor a un hombre de distinta fe y raza, muerto no está. Hay uno que vive todavía, y es Israel. Y tenéis la
obligación de soplar en este fuego que muere, debéis alimentar la chispa que subsiste por voluntad de Dios, para hacerla crecer
por encima del amor carnal. Éste cesa con la muerte. Pero vuestra alma no cesa con la muerte. Recordadlo. Y vosotros, vosotros,
quienesquiera que seáis, que veis y muchas veces os causa horror el ver esos híbridos connubios de una hija de Israel con un
hombre de distinta raza y fe, recordad que tenéis la obligación, el deber, de ayudar caritativamente a esa hermana extraviada a
volver a los caminos del Padre.
Ésta es la nueva Ley, santa y grata al Señor: que los seguidores del Redentor rediman dondequiera haya necesidad de
redención, para que Dios sonría por las almas que vuelven a la Casa paterna, y para que no quede convertido en estéril o
demasiado escaso el sacrificio del Redentor.
Para hacer fermentar mucha harina, la mujer de casa toma un trocito de la masa hecha la semana anterior. ¡Una cantidad
mínima separada de la voluminosa masa! La sepulta en el montón de harina y mantiene todo ello al amparo de hostiles vientos,
en el calorcillo próvido de la casa.
Haced vosotros lo mismo, verdaderos discípulos del Bien; haced vosotros lo mismo, criaturas que os habéis alejado del
Padre y de su Reino. Dad vosotros, los primeros, una pequeña porción de vuestra levadura para ser añadida a las segundas y
reforzarlas; ellas la unirán a la molécula de justicia que en ellas subsiste. Y, tanto vosotros como ellas, mantened al amparo de
los vientos hostiles del Mal, en el calor de la Caridad - señora vuestra, o tenaz superviviente en vosotros, aunque esté ya
languideciendo: según lo que seáis -, la levadura nueva. Y cerrad bien las paredes de la casa, de la correligión, en torno a lo que
fermenta en el corazón de una correligionaria extraviada; que se sienta amada todavía por Israel, todavía hija de Sión y hermana
vuestra, para que fermenten todos los buenos deseos y venga a las almas y para las almas, para todas, el Reino de los Cielos.
-¿Pero quién es? ¿Pero quién es? - se pregunta la gente, que ya no siente la prisa de pasar, a pesar de que el puente haya
quedado libre; ni de proseguir, si ya lo ha atravesado.
-Un rabí.
-Un rabí de Israel.
-¿Aquí? ¿En los confines de Fenicia? ¡Es la primera vez que sucede!
-Pues es así. Aser me ha dicho que es el que llaman el Santo.
-Entonces quizás se refugia entre nosotros porque allá lo persiguen.
-¡Menudos reptiles son!
-¡Está bien que venga a nuestra tierra! Hará prodigios...
Entretanto, Jesús ha puesto tierra de por medio, por un sendero que atraviesa los campos. Y se marcha...

328
En Alejandrocena donde los hermanos de Hermiona
Llegan de nuevo a la vía, tras una larga vuelta por los campos y habiendo atravesado el torrente por un puentecito de
tablas crujientes, que solamente puede ser utilizado para el paso de personas: una pasarela más que un puente.
La marcha prosigue por la llanura, que se va estrechando al aproximarse las colinas al litoral, tanto que, después de otro
torrente, con su indispensable puente romano, la vía de llanura se transforma en camino de montaña, bifurcándose en el puente
con otro menos empinado que se prolonga hacia el nordeste por un valle, mientras que éste, el que ha elegido Jesús, según la
indicación del cipo romano: "Alejandrocena - m. Vª", es verdaderamente una escalera en el monte rocoso y empinado, que
hunde su testera puntiaguda en el Mediterráneo, el cual se va ofreciendo cada vez más a la vista a medida que se sube. Sólo
viandantes y asnos recorren esa vía, esas gradas, como sería mejor decir. Pero, quizás porque acorta mucho, es una vía muy
transitada; y la gente observa con curiosidad al grupo tan insólito galileo que la recorre.
-Éste debe ser el cabo de la Tempestad - dice Mateo señalando al promontorio que penetra en el mar.
-Sí, ahí abajo está el pueblo desde el que nos habló el pescador - confirma Santiago de Zebedeo.
-¿Pero quién habrá hecho este camino?
-¿Quién sabe desde cuándo estará? Quizás es obra fenicia...
-Desde la cima veremos Alejandrocena, allende la cual está el cabo Blanco. ¡Verás mucho mar, Juan mío! - dice Jesús
ciñendo con un brazo los hombros del apóstol.
-Me sentiré feliz. Pero... dentro de poco es de noche. ¿Dónde vamos a pararnos?
-En Alejandrocena. ¿Ves? El camino ya desciende. Abajo es llanura, hasta la ciudad que se ve allí.
-Es la ciudad de aquella mujer de Antigonio... ¿Cómo podríamos cumplir su deseo? - dice Andrés.
-¿Sabes, Maestro? Nos dijo: "Id a Alejandrocena. Mis hermanos son propietarios de almacenes allí y son prosélitos.
Proveed a que sepan del Maestro. También somos hijos de Dios nosotros..." y lloraba porque la soportan poco como nuera... de
manera que sus hermanos nunca van a visitarla y ella no tiene noticias de ellos... - explica Juan.
-Buscaremos a los hermanos de la mujer. Si nos acogen como a peregrinos, tendremos modo de cumplir su deseo...

-Pero, ¿y cómo hacemos para decir que la hemos visto?
-Trabaja para Lázaro. Nosotros somos amigos de Lázaro - dice Jesús.
-Es verdad. Hablas Tú...
-Sí. Pero acelerad el paso para encontrar la casa. ¿Sabéis dónde es?
-Sí. Cerca del Castro. Tienen muchos contactos con los romanos. Les venden muchas cosas.
-Bien.
Recorren velozmente la calzada, toda llana, bonita: una verdadera vía consular, que enlaza con las del interior (o, mejor:
prosigue hacia el interior tras haber proyectado su ramal rocoso, dispuesto en gradas, a lo largo de la costa, dominando el
promontorio).
Alejandrocena es una ciudad más militar que civil. Debe tener una importancia estratégica que no conozco. Agazapada
como está entre dos promontorios montañosos, parece un centinela puesto ahí para vigilar ese trecho de mar. Ahora que el ojo
puede mirar a ambos cabos, se ve que en ellos abundan las torres militares, que forman cadena con las del llano, de la ciudad,
donde, orientado hacia la marina, impera el majestuoso Castro.
Entran en la ciudad, después de haber atravesado otro torrente, pequeño, sito a las propias puertas de ésta. Se dirigen
hacia la mole adusta de la fortaleza, mirando, curiosos, alrededor, y siendo observados con curiosidad. Los soldados son muy
numerosos, y - parece -- en buenas relaciones con los habitantes de la ciudad, cosa que hace mascullar a los apóstoles:
-¡Gente fenicia! ¡Sin honor!
Llegan a los almacenes de los hermanos de Hermiona cuando los últimos marchantes salen cargados con los más variados
tipos de mercancías, que van desde tejidos a vajillas, desde vajillas a heno y cereales, o aceite y otros alimentos. Olor de cueros,
especias, almiares, lana basta, llena el amplio atrio por el que se accede al patio, vasto como una plaza, bajo cuyos pórticos
están los distintos depósitos.
Acude un hombre barbudo y moreno.
-¿Qué queréis? ¿Víveres?
-Sí... y también alojamiento, si no te desdeñas de hospedar peregrinos. Venimos de lejos. Nunca hemos estado aquí.
Acógenos en nombre del Señor.
El hombre mira atentamente a Jesús, que habla por todos. Lo escruta... Luego dice:
-A decir verdad, no doy alojamiento. Pero Tú me caes bien. ¿Eres galileo, no es verdad? Mejores los galileos que los
judíos. Demasiada arrogancia en ellos. No nos perdonan el tener sangre no pura. Más les valdría tener el alma pura. Ven, entra
aquí, que vuelvo enseguida. Cierro, que ya es de noche.
Efectivamente, la luz ya es crepuscular, y más aún en el patio dominado por el poderoso Castro.
Entran en una estancia. Se sientan, fatigados, en asientos desperdigados acá o allá...
Vuelve el hombre con otros dos, uno más viejo, el otro más joven, y señala a los huéspedes, los cuales se levantan y saludan.
Dice:
-Éstos son. ¿Qué pensáis vosotros? A mí me parecen honrados...
-Sí. Has hecho bien - dice el más viejo al hermano, y luego, vuelto hacia los huéspedes (mejor: hacia Jesús, que aparece
claramente como el jefe), pregunta:
-¿Cómo os llamáis?
-Jesús de Nazaret, Santiago y Judas también de Nazaret, Santiago y Juan de Betsaida, y también Andrés, y Mateo de
Cafarnaúm.
-¿Cómo es que estáis por aquí? ¿Os persiguen?
-No. Evangelizamos. Hemos recorrido más de una vez Palestina, desde Galilea a Judea, desde un mar al otro. Hemos
estado incluso en Transjordania, en Auranítida. Ahora hemos venido aquí... a adoctrinar.
-¿Un rabí aquí? ¡Asombroso!, ¿no es verdad, Felipe y Elías?» pregunta el más anciano.
-Mucho. ¿De qué casta eres?
-De ninguna. Soy de Dios. Creen en mí los buenos del mundo. Soy pobre, amo a los pobres, pero no desprecio a los ricos;
a éstos les enseño el amor a la misericordia y el desapego de las riquezas; a los pobres, a amar su pobreza confiando en Dios,
que no deja perecer a ninguno. Entre los amigos ricos y discípulos míos está Lázaro de Betania...
-¿Lázaro? Una hermana nuestra está casada con uno que vive al servicio suyo.
-Lo sé. También he venido para esto, para deciros que ella os manda saludos y que os quiere.
-¿La has visto?
-Yo no. Estos que están conmigo, enviados por Lázaro a Antigonio.
-¡Oh! ¡Contadnos! ¿Qué hace Hermiona? ¿Vive feliz verdaderamente?
-Su marido y su suegra la quieren mucho. El suegro la respeta... - dice Judas Tadeo.
-Pero no le perdona la sangre materna. Dilo.
-Pronto se la perdonará. Nos ha hecho grandes alabanzas de ella. Y tiene cuatro niños muy guapos y buenos. Ello la hace
feliz. A vosotros os tiene siempre en su corazón. Nos dijo que viniéramos a traeros al Maestro divino.
-Pero... cómo... ¿Eres el... eres ese que llaman el Mesías, Tú?
-Lo soy.
-Eres verdaderamente el...? Nos dijeron en Jerusalén que eres, que te llaman, el Verbo de Dios. ¿Es verdad?
-Sí.
-¿Pero lo eres para aquellos de allí o para todos?
-Para todos. ¿Podéis creer que lo soy?
-Creer no cuesta nada, mucho más cuando se espera que la cosa creída pueda quitar lo que hace sufrir.

-Es verdad, Elías. Pero no hables así. Es un pensamiento muy impuro, mucho más que la mezcla de sangre. Alégrate no en
la esperanza de que caiga lo que hace que sufras como hombre el desprecio de los demás; alégrate, más bien, por la esperanza
de conquistar el Reino de los Cielos.
-Tienes razón. Soy un medio pagano, Señor...
-No te deprimas por ello. También te amo a ti. Por ti también he venido.
-Estarán cansados, Elías. Los estás entreteniendo en hablar. Vamos a cenar y luego los llevamos a que descansen. Aquí no
hay mujeres... Ninguna de Israel ha querido venir con nosotros, y nosotros queríamos una de ellas... Perdona, pues, si la casa te
parece fría y desnuda.
-Vuestro corazón me la hará parecer adornada y cálida.
-¿Cuánto tiempo vas a estar aquí?
-No más de un día. Quiero ir hacia Tiro y Sidón, y quisiera estar en Akcib antes del sábado.
-¡No puedes, Señor! ¡Sidón está lejos!
-Mañana quisiera hablar aquí.
-Nuestra casa es como un puerto. Sin salir de ella, tendrás el auditorio que quieras; mucho más, siendo mañana día de
mercado grande.
-Vamos, pues, y que el Señor os pague vuestra caridad.

329
En el mercado de Alejandrocena. La parábola de los obreros de la viña.
El patio de los tres hermanos está la mitad en sombra, la mitad luminoso de sol. Está lleno de gente que va y viene para
sus compras, mientras que fuera del portón, en la placita, vocea el mercado de Alejandrocena en medio de un confuso ir y venir
de adquisidores y compradores, de asnos, de ovejas, de corderos, de volatería; porque se comprende que aquí tienen menos
remilgos y llevan al mercado también a los pollos, sin miedo a ningún tipo de contaminación. Rebuznos, balidos, cacareos de
gallinas y triunfales quiquiriquíes de gallitos se mezclan con las voces de los hombres, formando un alegre coro que, de vez en
cuando, adquiere notas agudas y dramáticas por algún altercado.
También dentro del patio de los hermanos hay bullicio, y no falta algún que otro altercado, o por el precio o porque un
marchante ha tomado lo que otro para sus adentros había elegido. No falta el quejido lastimero de los mendigos que, en la
plaza, cerca del portón, recitan la letanía de sus miserias con una cadencia cantora y triste como un aúllo de moribundo.
Soldados romanos, con aire de dueños, van y vienen por el fondac y la plaza; supongo que en servicio, porque los veo
armados y nunca solos, en medio de los fenicios, que también van todos armados.
Jesús pasea arriba y abajo por el patio, con los seis apóstoles, como esperando el momento adecuado para hablar. Luego
sale a la plaza un momento. Pasa cerca de los mendigos y les da una limosna. La gente se distrae unos minutos a mirar al grupo
galileo y se pregunta quiénes serán esos extranjeros. Hay quien informa de quiénes son los huéspedes de los tres hermanos,
porque les ha pedido a éstos información.
Un rumor sigue los pasos de Jesús, que va tranquilo, acariciando a los niños que encuentra en su camino. En el rumor no
faltan risitas irónicas y epítetos poco halagüeños para los hebreos, como tampoco falta el honesto deseo de oír a este «Profeta»,
a este «Rabí», a este «Santo», a este «Mesías» de Israel (sí, se lo señalan unos a otros con tales nombres, según su grado de fe y
su rectitud de corazón). Oigo a dos madres:
-¿Pero es verdad?
-Me lo ha dicho Daniel, precisamente a mí. Y él ha hablado en Jerusalén con gente que ha visto los milagros del Santo.
-Sí, de acuerdo. ¿Pero será el mismo hombre?
-Me ha dicho Daniel que no hay duda de que es Él, por lo que dice.
-Entonces... ¿qué piensas... me concederá la gracia aunque sea sólo prosélito?
-Yo diría que sí... Inténtalo. Quizás no vuelve. ¡Inténtalo, inténtalo! ¡Mal no te hará, eso está claro!
-Sí - dice la mujercita, y, dejando plantado a un vendedor de loza con el que estaba contratando unos cuencos, se
marcha. Vendedor que ha oído la conversación de las dos, y ahora, defraudado, enfadado por el buen trato que se ha esfumado,
se abalanza contra la mujer que queda y la cubre de improperios cuales: «Maldita neófita. Sangre de hebrea. Mujer vendida»
etc., etc.
Oigo a dos hombres, barbudos y de porte grave:
-Me gustaría oírlo hablar. Dicen que es un gran Rabí.
-Un Profeta debes decir. Mayor que el Bautista. ¡Me ha dicho Elías unas cosas! ¡Unas cosas! Él las sabe porque tiene una
hermana que está casada con uno que vive al servicio de un rico de Israel, y, para saber de ella, va a preguntar a los compañeros
de servicio. Este rico es muy amigo del Rabí...
Un tercero, un fenicio quizás, que, estando cerca, ha oído la conversación, asoma su cara enjuta, satírica, entre los dos, y,
con sardónica risotada, dice:
-¡Pues vaya santidad! ¡Aderezada con riquezas! ¡Por lo que yo sé, el santo debería vivir en pobreza!
-Calla, Doro, mala lengua. Tú, pagano, no eres digno de juzgar estas cosas.
-¡Ah, vosotros sí sois dignos, especialmente tú, Samuel! Mejor sería que me pagaras esa deuda.
-¡Ten, y no sigas dando vueltas alrededor de mí, vampiro de cara de fauno!...
Oigo a un anciano semiciego, que está acompañado de una muchachita y que pregunta:

-¿Dónde está, dónde está el Mesías? - y la niña: « ¡Dejad paso al viejo Marcos! ¡Por favor, decidle al viejo Marcos dónde
está el Mesías!».
Las dos voces - la senil, feble y trémula; la niña, argentina y segura - se expanden en vano por la plaza, hasta que otro
hombre dice:
-¿Buscáis al Rabí? Ha vuelto hacia la casa de Daniel. Ahí está, parado, hablando con los mendigos.
Oigo a dos soldados romanos:
-Debe ser ese al que persiguen los judíos. ¡Menudos bichos, ésos! A simple vista se ve que es mejor que ellos.
-¡Eso es lo que los fastidia!
-Vamos a decírselo al alférez. Ésa es la orden.
-¡Disparatada, Cayo! Roma se guarda de los corderos, y soporta, diría incluso que acaricia, a los tigres.
-¡No creo, Escipión! ¡A Poncio matar le es fácil!
-Sí... pero no cierra su casa a las hienas rastreras que lo adulan.
-¡Política, Escipión! ¡Política!.
-Vileza, Cayo, y necedad. De éste debería hacerse amigo. Ganaría una ayuda para mantener obediente a esta gentuza
asiática. No sirve bien a Roma Poncio desatendiendo a este hombre bueno y adulando a los malos.
-No critiques al Procónsul. Somos soldados. El superior es sagrado como un dios. Hemos jurado obediencia al divino César
y el Procónsul lo representa.
-Eso está bien en lo que respecta al deber hacia la Patria, sagrada e inmortal, pero no para el juicio interno.
-Pero la obediencia viene del juicio. Si tu juicio se rebela contra una orden y la critica, ya no obedecerás totalmente. Roma
se apoya en nuestra obediencia ciega para tutelar sus conquistas.
-Pareces un tribuno, y es correcto lo que dices. Pero te hago una observación: Roma es reina, pero nosotros no somos
esclavos, sino súbditos. Roma no tiene, no debe tener, ciudadanos esclavos, y esclavitud es imponer silencio a la razón de los
ciudadanos. Yo digo que mi razón juzga que Poncio hace mal no ocupándose de este israelita... llámalo Mesías, Santo, Profeta,
Rabí, lo que quieras. Y siento que puedo decirlo porque, diciéndolo, no viene a menos ni mi fidelidad a Roma, ni mi amor; es
más, si deseo esto es porque siento que Él, enseñando respeto a las leyes y a los Cónsules, como hace, ayuda al bienestar de
Roma.
-Eres culto, Escipión... Llegarás lejos. ¡Ya vas adelante! Yo soy un pobre soldado. Pero, ¿ves, mientras, allí? La gente se ha
amontonado en torno al Hombre. Vamos a decírselo a los jefes militares...
Efectivamente, cerca del portón de los tres hermanos, hay un montón de gente alrededor de Jesús, al cual se le ve bien
por su alta estatura. Luego, de repente, se eleva un grito y la gente se agita. Otros, que estaban en el mercado, acuden
corriendo, y algunos del remolino de gente corren hacia la plaza e incluso más allá de la plaza. Preguntas... respuestas...
-¿Qué ha pasado? ¿Qué sucede?
-¡El Hombre de Israel ha curado a Marcos, el anciano! El velo de sus ojos se ha disipado.
Jesús, entretanto, ha entrado en el patio, seguido de una cola de gente. Renqueando, al final, viene uno de los mendigos:
un renco que se arrastra más con las manos que con las piernas. Pero, si las piernas están torcidas y carecen de fuerza - por lo
cual, sin los bastones, no andaría -, la voz, por el contrario, es bien vigorosa. Parece una sirena que desgarra el aire luminoso de
la mañana:
-¡Santo! ¡Santo! ¡Mesías! ¡Rabí! ¡Piedad de mí! - grita desgañitándose y sin tregua.
Se vuelven dos o tres personas:
-¡No malgastes energías! Marcos es hebreo, tú no. ¡Para los israelitas verdaderos hace milagros, no para los hijos de
perro!
-Mi madre era hebrea...
-Y Dios la ha castigado dándole a ti, un monstruo, por su pecado. ¡Fuera, hijo de loba! Vuelve a tu sitio, lodo en el lodo...
El hombre se pega a la pared, acobardado, atemorizado ante los amenazadores puños levantados...
Jesús se detiene, se vuelve, mira. Ordena:
-¡Hombre, ven aquí!
El hombre lo mira, mira a los que lo amenazan... y no se atreve a avanzar.
Jesús se abre paso entre la pequeña muchedumbre y se acerca a él. Lo toma de la mano (o sea: le pone la mano en el
hombro) y dice:
-No tengas miedo. Ven aquí delante conmigo - y, mirando a los despiadados, dice severo: «Dios es de todos los hombres
que lo buscan y que son misericordiosos».
Comprenden la alusión, y ahora son ellos los que se quedan al final; más aún, los que se quedan parados donde están.
Jesús se vuelve de nuevo. Los ve allí, confusos, casi decididos a marcharse, y les dice:
-No, venid también vosotros. Os vendrá bien también a vosotros, para enderezar y fortalecer vuestra alma, de la misma
forma que enderezo y fortalezco a éste porque ha sabido tener fe. Hombre, Yo te lo digo, queda curado de la enfermedad.
Y quita la mano del hombro del renco, tras haber experimentado éste como una sacudida.
El hombre se yergue, seguro, sobre sus propias piernas, arroja las muletas ya consumidas por el uso, y grita:
-¡El me ha curado! ¡Bendito sea el Dios de mi madre! - y se arrodilla para besar los bordes de la túnica de Jesús.
El tumulto de quien quiere ver, o ya ha visto y ahora comenta, alcanza su culmen. En el profundo atrio, que de la plaza
conduce al patio, las voces resuenan con sonoridad de pozo y producen eco contra las murallas del Castro.
Los soldados deben temer que se haya producido una reyerta - debe ser fácil en estos lugares, con tantos contrastes de
razas y fes, de forma que acude un pelotón y se abre paso rudamente preguntando que qué sucede.
-¡Un milagro, un milagro! Jonás, el renco, ha sido curado. Ahí está, al lado del Hombre galileo.

Los soldados se miran unos a otros. No hablan hasta que no ha pasado toda la muchedumbre (detrás se ha agregado más
gente, de la que había en los locales del fondac y en la plaza, donde ahora se ve solamente a los vendedores, enojadísimos por el
imprevisto reclamo, que hace fracasar el mercado de ese día). Luego, al ver pasar a uno de los tres hermanos, preguntan:
-Felipe, ¿sabes lo que piensa hacer ahora el Rabí?
-Va a hablar, a adoctrinar. ¡Y además en mi patio! - dice Felipe todo alborozado.
Los soldados se consultan. ¿Quedarse? ¿Marcharse?
-El alférez nos ha dicho que vigilemos...
-¿A quién? ¿A1 Hombre? Por Él podríamos ir a jugarnos a los dados un ánfora de vino de Chipre - dice Escipión, el soldado
que antes defendía a Jesús ante su compañero.
-¡A mí me parece que es Él el que necesita ser protegido, no el derecho de Roma! ¿No lo veis? Ninguno de nuestros dioses
tiene un aspecto tan manso, y al mismo tiempo tan viril. Esta gentuza no es digna de Él. Y los indignos son siempre malos. Vamos
a quedarnos a protegerlo. Si hace falta le guardamos las espaldas, y se las acariciamos a estos bribones - dice, medio sarcástico,
medio admirado, otro.
-Bien dices, Pudente. Es más, para que Prócoro, el alférez, que siempre está soñando complots contra Roma y... ascensos
para él, por gracia y mérito de su solícita vigilancia por la salud del divino César y de la diosa Roma, madre y señora del mundo,
se convenza de que aquí no va a conquistar brazalete o corona, ve a llamarlo, Acio.
Un soldado joven se marcha corriendo, y corriendo vuelve, diciendo:
-Prócoro no viene, manda al triario Aquila...
-¡Bien! ¡Bien! Mejor él que el propio Cecilio Máximo. Aquila ha servido en África, en Galia, y estuvo en las crueles selvas
que nos arrebataron a Varo y a sus legiones. Conoce a griegos y bretones y tiene buen olfato para distinguir... ¡Salve! ¡Aquí
tenemos al glorioso Aquila! ¡Ven, enséñanos, a nosotros, míseros, a comprender el valor de los seres!
-¡Viva Aquila, maestro de soldados! - gritan todos, dándole afectuosos zarandeos al viejo soldado, marcado de cicatrices
en el rostro (y, como el rostro, así tiene sus brazos y pantorrillas desnudos).
É1 sonríe bonachón y exclama:
-¡Viva Roma, maestra del mundo; no yo, que soy un pobre soldado! ¿Qué sucede, pues?
-Vigilar a ese hombre alto y rubio como el más claro cobre.
-Bien. Pero, ¿quién es?
-El Mesías, según dicen. Se llama Jesús y es de Nazaret. Es aquel, ¿ya sabes, no?, por el que se comunicó aquella orden...
-¡Mmm! Bien... pero me parece que perseguimos nubes.
-Dicen que quiere hacerse rey y suplantar a Roma. El Sanedrín, los fariseos, saduceos y herodianos, lo han denunciado
ante Poncio. Ya sabes que los hebreos tienen esta obsesión en la cabeza y, de vez en cuando, aparece un rey...
-Sí, sí... ¡Pero si es por este hombre!... De todas formas, vamos a oír lo que dice. Creo que se dispone a hablar.
-He sabido por el soldado, que está con el centurión, que Publio Quintiliano le ha hablado de Él como de un filósofo
divino...
-Las mujeres imperiales se muestran entusiastas... - dice otro soldado, joven.
-¡Claro! También yo me sentiría entusiasta de El si fuera una mujer, y querría tenerlo en mi cama... - dice, riéndose
abiertamente, otro soldado joven.
-¡Cállate, impúdico! ¡La lujuria te come! - dice otro bromeando.
-¿Y tú no, Fabio? Ana, Sira, Alba, María...
-Silencio, Sabino. Está hablando y quiero escuchar - ordena el triario. Y todos guardan silencio.
Jesús ha subido encima de una caja que está colocada contra una pared. Todos, por tanto, lo pueden ver bien. Ya se ha
esparcido por el aire su dulce saludo, seguido luego por las palabras: «Hijos de un único Creador, escuchad», para proseguir, en
el atento silencio de la gente:
-El tiempo de la Gracia para todos ha llegado, no sólo para Israel, sino para todo el mundo. Hombres hebreos que estáis
aquí por diversas razones, prosélitos, fenicios, gentiles, todos: oíd la Palabra de Dios, comprended la Justicia, conoced la Caridad.
Teniendo Sabiduría, Justicia y Caridad, dispondréis de los medios para llegar al Reino de Dios, a ese Reino que no es una
exclusividad de los hijos de Israel, sino que es de todos aquellos que amen de ahora en adelante al verdadero, único Dios, y
crean en la palabra de su Verbo.
Escuchad. He venido de muy lejos, no con miras de usurpador, ni con la violencia del conquistador. He venido sólo para
ser el Salvador de vuestras almas. Los dominios, las riquezas, los cargos, no me seducen. Para mí no son nada; son cosas a las
que ni siquiera miro. Es decir, las miro con conmiseración, porque me producen compasión, siendo como son cadenas para
apresar a vuestro espíritu, impidiéndole así acercarse al Señor eterno, único, universal, santo y bendito. Las miro y me acerco a
ellas como a las más grandes miserias. Y trato de liberarlas del lisonjero y cruel engaño que seduce a los hijos de los hombres,
para que puedan usarlas con justicia y santidad, no como crueles armas que hieren y matan al hombre (y lo primero, siempre, al
espíritu de aquel que las usa no santamente).
Pero, en verdad os digo, me es más fácil curar a un cuerpo deforme que a un alma deforme; me es más fácil dar luz a las
pupilas apagadas, salud a un cuerpo agonizante, que luz a los espíritus y salud a las almas enfermas. ¿Por qué? Porque el
hombre ha perdido de vista el verdadero fin de su vida, y se ocupa de lo transitorio.
El hombre no sabe, o no recuerda, o, recordando, no quiere prestar obediencia a esta santa orden del Señor - y hablo
también para los gentiles que me escuchan - de hacer el bien, que es bien en Roma como lo es en Atenas, en Galia o en África,
porque la ley moral existe bajo todos los cielos y en todas las religiones, en todo corazón recto. Y las religiones, desde la de Dios
hasta la de la moral individual, dicen que la parte mejor de nosotros sobrevive, y que según como haya obrado en la tierra así
será su suerte en la otra vida. Fin, pues, del hombre es la conquista de la paz en la otra vida; no las comilonas, la usura, el abuso

de la fuerza, el placer, aquí, por poco tiempo, para pagarlos eternamente con muy duros tormentos. Pues bien, el hombre no
sabe, o no recuerda, o no quiere recordar esta verdad. Si no la sabe, es menos culpable; si no la recuerda, es bastante culpable,
porque hay que tener encendida la verdad, cual antorcha santa, en las mentes y en los corazones; pero, si no la quiere recordar,
y, cuando resplandece, cierra los ojos para no verla, aborreciéndola como a la voz de un orador pedante, entonces su culpa es
grave, muy grave.
Y, no obstante, Dios perdona esta culpa, si el alma repudia su comportamiento malo y se propone perseguir durante el
resto de la vida el fin verdadero del hombre, que es conquistarse la paz eterna en el Reino del Dios verdadero. ¿Habéis seguido
hasta ahora un camino malo? ¿Abatidos, pensáis que es tarde para tomar el camino recto? ¿Desconsolados, decís: "¡No sabía
nada de esto! Ahora me veo ignorante e inhábil"? No. No penséis que es como con las cosas materiales, y que hace falta mucho
tiempo y fatiga para rehacer de nuevo, con santidad, lo ya hecho. La bondad del eterno, verdadero Señor Dios, es tal que,
ciertamente, no os hace recorrer hacia atrás la vida vivida para colocaros de nuevo en la bifurcación en que vosotros, errando,
dejarais el recto sendero para seguir el malo; es tanta que, desde el momento en que decís: "Quiero ser de la Verdad", o sea, de
Dios, porque Dios es Verdad, Dios, por un milagro enteramente espiritual, infunde en vosotros la Sabiduría, siendo así que ya no
sois ignorantes sino poseedores de la ciencia sobrenatural, igual que los que desde años antes la poseen.
Sabiduría es desear tener a Dios, amar a Dios, cultivar el espíritu, tender al Reino de Dios repudiando todo lo que es
carne, mundo y Satanás. Sabiduría es obedecer a la ley de Dios, que es ley de caridad, de obediencia, de continencia, de
honestidad. Sabiduría es amar a Dios con todo el propio ser, amar al prójimo como a nosotros mismos. Estos son los dos
elementos indispensables para ser sabios con la Sabiduría de Dios. Y en el prójimo están incluidos no sólo los que tienen nuestra
misma sangre o raza o religión, sino todos los hombres, ricos o pobres, sabios o ignorantes, hebreos, prosélitos, fenicios, griegos,
romanos...
Jesús se ve interrumpido por un grito amenazador de algunos exaltados. Los mira y dice:
-Sí. Esto es el amor. Yo no soy un maestro servil. Digo la verdad porque debo hacerlo así para sembrar en vosotros lo
necesario para la Vida eterna. Os guste o no, tengo que decíroslo, para cumplir mi deber de Redentor; os toca a vosotros cumplir
con el vuestro de personas necesitadas de Redención. Amar al prójimo, pues. Todo el prójimo. Con un amor santo. No amarlo
con deshonesto concubinato de intereses, de forma que es "anatema" el romano, fenicio o prosélito - o viceversa -, mientras no
hay de por medio sensualidad o dinero; y luego, si surgen en vosotros el deseo carnal o de la ganancia, ya no es "anatema"...
Se oye otra vez el rumor de la gente. Los romanos, por su parte, en su sitio en el atrio, exclaman: « ¡Por Júpiter! ¡Habla bien
éste!». Jesús deja que se calme el rumor y prosigue:
-Amar al prójimo como querríamos ser amados nosotros. Porque no nos agrada ser maltratados, vejados, o que nos
roben o subyuguen, ni ser calumniados o que nos traten groseramente. La misma susceptibilidad, nacional o individual, tienen
los demás. No nos hagamos, pues, recíprocamente, el mal que no quisiéramos recibir nosotros. Sabiduría es prestar obediencia
a los diez preceptos de Dios:
"Yo soy el Señor tu Dios. No tengas otro Dios aparte de mí. No tengas ídolos, no les rindas culto.
No tomes el Nombre de Dios en vano. Es el Nombre del Señor tu Dios, y Dios castigará a quien lo use sin razón o por
imprecación o para convalidar un pecado.
Acuérdate de santificar las fiestas. El sábado está consagrado al Señor, que descansó en sábado de la Creación y le ha
bendecido y santificado.
Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas en paz largamente sobre la tierra y eternamente en el Cielo.
No matarás.
No cometerás adulterio. No robarás.
No hablarás con falsedad contra tu prójimo.
No desearás la casa, la mujer, el siervo, la sierva, el buey, el asno, ni nada que pertenezca a tu prójimo".
Ésta es la Sabiduría. Quien esto hace es sabio y conquista la Vida y el Reino que no tienen fin. Desde hoy, pues, proponeos
vivir según la Sabiduría, anteponiéndola a las pobres cosas de la tierra.
¿Qué decís? Hablad. ¿Decís que es tarde? No. Escuchad una parábola.
Un amo de una viña, al amanecer de un día, salió para contratar obreros para su viña, y ajustó con ellos un denario al día.
Salió de nuevo a la hora tercera, y, pensando que eran pocos los jornaleros contratados, viendo en la plaza a otros
desocupados en espera de que los contratara, los tomó y dijo: "Id a mi viña, que os daré lo que he prometido a los otros". Y
éstos fueron.
Habiendo salido a la hora sexta y a la hora nona, vio todavía a otros y les dijo: "¿Queréis trabajar para mí? Doy un denario
al día a mis jornaleros". Aceptaron y fueron.
Salió, en fin, a la hora undécima. Vio a otros, que, ya declinando el sol, estaban inactivos: "¿Qué hacéis aquí, tan ociosos?
^No os da vergüenza estar sin hacer nada todo el día?", les preguntó.
"Nadie nos ha contratado. Hubiéramos querido trabajar y ganarnos el pan. Pero nadie nos ha llamado a su viña".
"Bien, pues yo os llamo a mi viña. Id y recibiréis el salario de los demás". Eso dijo porque era un buen patrón y sentía
piedad del abatimiento de su prójimo.
Llegada la noche, terminados los trabajos, el hombre llamó a su administrador, y dijo: "Llama a los jornaleros y paga su
salario, según lo que he fijado, empezando por los últimos, que son los más necesitados, porque no han tenido durante el día el
alimento que los otros una o varias veces han tenido, y, además, son los que, agradeciendo mi piedad, más han trabajado; los he
observado; licéncialos, que vayan a su merecido descanso y gocen con su familia de los frutos de su trabajo". Y el administrador
hizo como el patrón le ordenaba, y dio a cada uno un denario.
Habiendo llegado al final aquellos que llevaban trabajando desde la primera hora del día, se asombraron al recibir
también un solo denario, y manifestaron sus quejas entre sí y ante el administrador, el cual dijo: "He recibido esta orden. Id a

quejaros al patrón, no vengáis a quejaros a mí". Y fueron y dijeron: "¡No eres justo! Hemos trabajado doce horas, primero en
medio del aguazo, luego bajo el sol de fuego, y luego otra vez con la humedad del anochecer, ¡y tú nos has dado lo mismo que a
esos haraganes que han trabajado sólo una hora!... ¿Por qué?". Y especialmente uno de ellos levantaba la voz juzgándose
traicionado y explotado indignamente.
"Amigo, ¿y en qué te he perjudicado? ¿Qué he pactado contigo al alba? Una jornada de continuo trabajo y, como salario,
un denario. ¿No es verdad?".
"Sí. Es verdad. Pero tú has dado lo mismo a ésos, por mucho menos trabajo...".
"¿Has aceptado este salario porque te parecía bueno?"
"Sí. He aceptado porque los otros daban incluso menos".
"¿Te he maltratado aquí?”
"No, en conciencia no".
"Te he concedido reposo a lo largo de la jornada, y comida, ¿no es verdad? Te he dado tres comidas. Y la comida y el
descanso no habían sido pactados. ¿No es verdad?".
"Sí, no estaban acordados.”
"Entonces, ¿por qué los has aceptado?”
"Hombre, pues... Tú dijiste: `Prefiero así, para evitar que os canséis volviendo a vuestras casas'. No dábamos crédito a
nuestros oídos... Tu comida era buena, era un ahorro, era...".
"Era una gracia que os daba gratuitamente y que ninguno podía pretender. ¿No es verdad?".
"Es verdad."
"Por tanto, os he favorecido. ¿Por qué os quejáis entonces? Debería quejarme yo de vosotros, que, habiendo
comprendido que tratabais con un patrón bueno, trabajabais perezosamente, mientras que éstos, que han llegado después de
vosotros, habiendo gozado del beneficio de una sola comida - y los últimos de ninguna -, han trabajado con más ahínco,
haciendo en menos tiempo el mismo trabajo que habéis hecho vosotros en doce horas. Os habría traicionado si os hubiera
reducido a la mitad el salario para pagar también a éstos.
No así. Por tanto, coge lo tuyo y vete. ¿Pretendes venir a imponerme en mi casa lo que a ti te parece? Hago lo que quiero
y lo que es justo. No quieras ser malo y tentarme a la injusticia. Yo soy bueno".
¡Oh, vosotros todos, que me escucháis! En verdad os digo que el Padre Dios propone a todos los hombres el mismo pacto
y les promete la misma retribución. A1 que con diligencia se pone a servir al Señor, Él lo tratará con justicia, aunque fuere poco
su trabajo debido a la muerte cercana. En verdad os digo que no siempre los primeros serán los primeros en el Reino de los
Cielos, y que allí veremos a últimos ser primeros y a primeros ser últimos. Allí veremos a hombres no pertenecientes a Israel más
santos que muchos de Israel. He venido a llamar a todos, en nombre de Dios. Pero, si muchos son los llamados, pocos son los
elegidos, porque pocos desean la Sabiduría. No es sabio el que vive del mundo y de la carne y no de Dios. No es sabio ni para la
tierra ni para el Cielo: en la tierra se crea enemigos, castigos, remordimientos, y pierde el Cielo para siempre.
Repito: sed buenos con el prójimo, quienquiera que sea. Sed obedientes, dejando a Dios la tarea de castigar a quien
manda injustamente. Sed continentes sabiendo resistir a la sensualidad; honrados, sabiendo resistir al oro; coherentes,
calificando de anatema a aquello que se lo merece, y no cuando os parece y luego estrecháis contactos con el objeto que antes
habíais maldecido como idea. No hagáis a los demás lo que no querríais para vosotros, y entonces...
-¡Vete, profeta molesto! ¡Nos has fastidiado el mercado!... ¡Nos has arrebatado los clientes!... - gritan los vendedores
irrumpiendo en el patio... Y los que habían hecho alboroto en el patio cuando Jesús había empezado a enseñar - no todos
fenicios: también hay hebreos, que están en esta ciudad por un motivo que desconozco - se unen a los vendedores para insultar
y amenazar, y sobre todo, para obligar a abandonar el lugar...
Jesús no gusta porque no aconseja en orden al mal... Cruza los brazos y mira, triste, solemne.
La gente, dividida en dos partidos, se enzarza, defendiendo u ofendiendo al Nazareno. Improperios, alabanzas,
maldiciones, bendiciones, gritos de: «Tienen razón los fariseos. Eres un vendido a Roma, amigo de publicanos y meretrices», o
de: « ¡Callad, lenguas blasfemas! ¡Vosotros sois los vendidos a Roma, fenicios del infierno!», «¡Sois diablos!», «¡Que os trague el
infierno!», «¡Fuera! ¡Fuera!», « ¡Fuera vosotros, ladrones que venís a mercadear aquí, usureros!» etcétera, etcétera.
Intervienen los soldados diciendo: « ¡De amotinador nada! ¡Es Él la víctima!». Y con las lanzas echan fuera del patio a
todos y cierran el portón.
Se quedan con Jesús los tres hermanos prosélitos y los seis apóstoles.
-¿Pero cómo se os ha ocurrido hacerle hablar? - pregunta el triario a los tres hermanos.
-¡Muchos hablan! - responde Elías.
-Sí. Y no pasa nada porque enseñan lo que gusta al hombre. Pero este no enseña eso. Y es indigesto...
El viejo soldado mira atentamente a Jesús, que ha bajado de su sitio y está callado, como abstraído.
Fuera, la gente sigue enzarzada. Tanto que, del recinto militar salen otros soldados y con ellos el propio centurión. Instan
para que les abran, mientras otros se quedan a rechazar tanto a quien grita: « ¡Viva el Rey de Israel!», como a quien lo maldice.
El centurión, inquieto, da unos pasos adelante. Arremete coléricamente contra el viejo Aquila:
-¡Así tutelas a Roma tú? ¡Dejando aclamar a un rey extranjero en la tierra dominada?
El viejo saluda con reciedumbre y responde:
-Enseñaba respeto y obediencia y hablaba de un reino que no es de esta tierra. Por eso lo odian. Porque es bueno y
respetuoso. No he hallado motivo para imponer silencio a quien no iba contra nuestra ley.
El centurión se calma, y barbota:

-Entonces es una nueva sedición de esta fétida gentuza... Bien. Dadle a este hombre la orden de marcharse
inmediatamente. No quiero problemas aquí. Cumplid esto y, en cuanto esté libre el trayecto, escoltadlo hasta fuera de la ciudad.
Que vaya a donde quiera. A los infiernos, si quiere. Pero que se vaya de mi jurisdicción. ¿Entendido?
-Sí. Lo haremos.
El centurión da media vuelta, con grandes resplandores de coraza y ondeos de manto purpurino, y se marcha sin ni
siquiera mirar a Jesús. Los tres hermanos dicen a Jesús:
-Lamentamos...
-No tenéis la culpa vosotros. No temáis. No os ocasionará ningún mal, Yo os lo digo...
Los tres cambian de color... Felipe dice:
-¿Cómo es que sabes que tenemos este temor?
Jesús sonríe dulcemente (un rayo de sol en su rostro triste):
-Conozco lo que hay en los corazones y en el futuro.
Los soldados se han puesto al sol, a esperar; y no pierden ojo, más o menos solapadamente, mientras hacen
comentarios...
-¿Podrán querernos a nosotros, si odian incluso a ése, que no los subyuga?
-Y que hace milagros, debes decir...
-¡Por Hércules! ¿Quién de nosotros ha sido el que ha venido avisar de que estaba el sospechoso y había que vigilarlo?
-¡Ha sido Cayo! H
-¡El cumplidor! Ya hemos perdido el rancho y perder el beso de una muchacha!... ¡Ah, sí!
-¡Epicúreo! ¿Dónde está la bella?
-¡Está claro que a ti no te lo digo, amigo!
-Detrás del alfarero, en los Cimientos. Lo sé, unas noches...dice otro.
El triario, como paseando, va hacia Jesús. Se mueve alrededor de Él, mirándolo insistentemente. No sabe qué decir… Jesús
le sonríe para infundirle ánimo. El hombre no sabe qué hacer…Pero se acerca más.
Jesús, señalando las cicatrices, dice:
-¿Son todas heridas? Se ve que eres un hombre valeroso y fiel...
El viejo soldado se pone como la púrpura por el elogio.
-Has sufrido mucho por amor a tu patria y a tu emperador... ¿No querrías sufrir algo por una patria más grande: el
Cielo?; ¿por un eterno emperador: Dios?
El soldado mueve la cabeza y dice:
-Soy un pobre pagano. De todas formas, quién sabe si no llegaré también yo a la hora undécima. Pero, ¿quién me
instruye? ¡Ya ves!... Te echan. ¡Éstas heridas sí que hacen daño, no las mías!... Al menos yo se las he devuelto a los enemigos.
Pero Tú, a quién te hiere, ¿que le das?
-Perdón, soldado. Perdón y amor.
-Tengo razón yo. La sospecha sobre ti es estúpida. Adiós, galileo.
-Adiós, romano.
Jesús se queda solo, hasta que vuelven los tres hermanos y los discípulos, con comida: los hermanos ofrecen a los
soldados; los discípulos, a Jesús. Éstos comen, inapetentes, al sol, mientras los soldados comen y beben alegremente.
Luego un soldado sale a dar una ojeada a la plaza silenciosa.
-Podemos ponernos en marcha – grita - Se han ido todos. Sólo están las patrullas.
Jesús se pone en pie dócilmente. Bendice y conforta a los tres hermanos, y les da una cita para la Pascua en el
Getsemaní. Luego sale, encuadrado entre los soldados. Le siguen sus discípulos, apesadumbrados. Y recorren las calles vacías,
hasta la campiña.
-Salve, galileo - dice el triario.
-Adiós, Aquila. Te ruego que no hagáis ningún mal a Daniel, Elías y Felipe. Sólo Yo soy el culpable. Díselo al centurión.
-No digo nada. A estas horas ya ni se acuerda de esto. Y los tres hermanos nos proveen bien, especialmente de ese vino
de Chipre que el centurión prefiere a la propia vida. Quédate tranquilo. Adiós.
Se separan. Los soldados franquean, de regreso, las puertas, mientras Jesús y los suyos se encaminan por la campiña
silenciosa, en dirección este.

330
Santiago y Juan "hijos del trueno". Hacia Akcib con el pastor Anás.
Jesús va caminando por una zona muy montañosa. No son montes altos, pero es un continuo subir y bajar de collados, y
un fluir de torrentes (alegres en esta estación fresca y nueva; límpidos como el cielo; niños como las primeras hojas, cada vez
más numerosas, sobre las ramas). Mas, a pesar de que la estación del año sea tan bella y alegre que podría aliviar el corazón, no
parece que Jesús esté muy aliviado de espíritu, y menos que Él lo están los apóstoles. Caminan, muy callados, por el fondo de un
valle. Solamente pastores y greyes se presentan ante sus ojos. Pero Jesús ni tan siquiera da muestras de verlos.
Lo que capta la atención de Jesús es el suspiro desconsolado de Santiago de Zebedeo, y sus improvisas palabras, fruto
de un pensamiento amargo... Santiago dice:

-¡Derrotas y más derrotas!... Parecemos como malditos...
Jesús le pone la mano en el hombro: «
-¿No sabes que ése es el sino de los mejores?
-¡Sí, sí! ¡Lo sé desde cuando estoy contigo! Pero, de vez en cuando sería necesario algo distinto - y antes lo teníamos para confortar el corazón y la fe...
-¿Dudas de mí, Santiago?
¡Cuánto dolor tiembla en la voz del Maestro!
-¡No, no!...
La verdad es que no es muy seguro el "no".
-Pero dudar, dudas. ¿De qué, entonces? ¿Ya no me amas como antes? ¿Ver que me echan de un lugar, o que se burlan
de mí, o, sencillamente, que no me prestan atención en estos confines fenicios, ha debilitado tu amor?
Hay un llanto tembloroso en las palabras de Jesús, a pesar de que no haya sollozos ni lágrimas: es verdaderamente su
alma la que llora.
-¡Eso no, Señor mío! Es más, mi amor a ti crece a medida que te veo menos comprendido, menos amado, más postrado,
más afligido. Y, por no verte así, por poder cambiar el corazón a los hombres, solícito daría mi vida en sacrificio. Debes creerme.
No me tritures el corazón, ya tan afligido, con la duda de que piensas que no te amo. Si no... Si no, romperé todos los cánones.
Volveré para atrás y me vengaré de los que te causan dolor, para demostrarte que te amo, para quitarte esta duda. Y, si me
atrapan y me matan, no me importará lo más mínimo. Me conformaré con haberte dado una prueba de amor.
-¡Oh, hijo del trueno! ¿De dónde tanta impetuosidad? ¿Es que quieres ser un rayo exterminador?
Jesús sonríe por la fogosidad y los propósitos de Santiago.
-¡A1 menos, te veo sonreír! Ya es un fruto de estos propósitos míos. ¿Tú que opinas, Juan? ¿Debemos llevar a cabo mi
pensamiento para confortar al Maestro, abatido por tantas reacciones contrarias?
-¡Sí, sí! Vamos nosotros. Hablamos de nuevo. Y si lo vuelven a insultar, llamándolo rey de palabras, rey hazmerreír, rey
sin dinero, rey loco, repartimos palos a diestro y siniestro, para que se den cuenta de que el rey tiene también un ejército de
fieles y que estos fieles no permiten burlas. La violencia es útil en ciertas cosas. ¡Vamos, hermano! - le responde Juan (y ahora,
tan colérico como se manifiesta, no parece él, que siempre es dulce).
Jesús se mete entre los dos, los aferra por los brazos para detenerlos y dice:
-¿Pero los estáis oyendo? ¿Y Yo qué he predicado durante tanto tiempo? ¡Sorpresa de las sorpresas! ¡Hasta incluso
Juan, mi paloma, se me ha transformado en gavilán! Miradlo, vosotros, qué feo está, tenebroso, hosco, desfigurado por el odio.
¡Qué vergüenza! ¿Y os asombráis porque unos fenicios reaccionen con indiferencia, y de que haya hebreos que tengan odio en
su corazón, y de que unos romanos me conminen a marcharme, cuando vosotros sois los primeros que no habéis entendido
todavía nada después de dos años de estar conmigo, cuando vosotros os habéis llenado de hiel por el rencor que tenéis en el
corazón, cuando arrojáis de vuestros corazones mi doctrina de amor y perdón, la echáis afuera como cosa estúpida, y acogéis
por buena aliada a la violencia? ¡Oh, Padre santo! ¡Esta si que es una derrota! En vez de ser como gavilanes que se afilan rostro y
garfas, ¿no sería mejor que fuerais ángeles que orasen al Padre para que confortara a su Hijo? ¿Cuándo se ha visto que un
temporal beneficie con sus rayos y granizadas? Pues bien, para recuerdo de este pecado vuestro contra la caridad, para
recuerdo de cuando vi aflorar en vuestra cara el animal-hombre en vez del hombre-ángel que quiero ver siempre en vosotros, os
voy a apodar "los hijos del trueno".
Jesús está semiserio mientras habla a los dos inflamados hijos de Zebedeo. Pero el reproche, al ver el arrepentimiento
de ellos, pasa, y, con cara luminosa de amor los estrecha contra su pecho diciendo:
-Nunca más, feos de esta forma. Y gracias por vuestro amor. Y también por el vuestro, amigos - dice, dirigiéndose a
Andrés, Mateo y los dos primos.
-Venid aquí, que quiero abrazaros también a vosotros. ¿No sabéis que, aunque no tuviera nada más que la alegría de
hacer la voluntad de mi Padre y vuestro amor, sería siempre feliz, aunque todo el mundo me abofetease? Estoy triste, mas no
por mí, por mis derrotas, como vosotros las llamáis; estoy triste por piedad hacia las almas que rechazan la Vida. Bien, ahora
estamos todos contentos, ¿no es verdad?, niños grandes, que es lo que sois. Ánimo, entonces. Id donde esos pastores que están
ordeñando el rebaño. Pedid un poco de leche en nombre de Dios. No tengáis miedo - dice al ver la mirada desolada de los
apóstoles.
-Obedeced con fe. Recibiréis leche y no palos, aunque el hombre sea fenicio.
Y los seis se dirigen hacia el hombre indicado, mientras Jesús los espera en el camino. Y ora, entretanto, este Jesús triste
al que ninguno quiere...
Vuelven los apóstoles con un pequeño cubo de leche, y dicen:
-Ha dicho el hombre que vayas allí, que tiene que decirte algo y no puede dejar las cabras a los zagales, porque son
antojadizas e imprevisibles.
Jesús dice:
-Vamos entonces allí, a comer nuestro pan.
Y suben todos a lo alto de la escarpa, desde donde se asoman, prominentemente, las caprichosas cabras.
Te agradezco la colodra de leche que me has dado. ¿Qué deseas de mí?
-Tú eres el Nazareno, ¿verdad? ¿El que hace milagros?
-Soy el que predica la Bienaventuranza eterna. Soy el Camino para ir al Dios verdadero; la Verdad que se da; la Vida que
os vivifica. No soy el hechicero que hace prodigios. Éstos son las manifestaciones de mi bondad y de vuestra debilidad, que tiene
necesidad de pruebas para creer. Pero, ¿qué deseas de mí?
-Mira... ¿Hace dos días estabas en Alejandrocena?
-Sí. ¿Por qué?

-Yo también estaba, con mis cabritillos. Cuando he comprendido que iba a producirse una riña, he desaparecido,
porque es costumbre suscitarlas para robar lo que hay en los mercados. Son ladrones todos: los fenicios... y también los otros.
No debería decirlo, porque soy de padre prosélito y de madre siria, y yo mismo soy prosélito. Pero es la verdad. Bien. Volvamos
a lo que estaba diciendo. Me había metido en una caballeriza, con mis animales, esperando a que llegara el carro de mi hijo. A1
atardecer, al salir de la ciudad, encontré a una mujer que lloraba con una hijita suya en los brazos. Había recorrido ochos millas
para llegar a ti, porque está fuera, en los campos. Le pregunté que qué le sucedía. Es prosélito. Había venido para vender y
comprar. Había oído hablar de ti, y le había nacido la esperanza en el corazón. Había ido corriendo a casa, había tomado en
brazos a la niña. ¡Pero con un peso se anda despacio! Cuando llegó a los almacenes de los hermanos, ya no estabas. Ellos, los
hermanos, le dijeron: "Lo han echado. Pero ayer por la tarde nos dijo que haría de nuevo un alto en Tiro". Yo - también yo soy
padre - le dije: "Pues entonces ve a Tiro". Pero ella me respondió: "¿Y si, después de todo lo que ha sucedido, pasa por otros
caminos para volver a Galilea?". Le dije: "Mira. O ese confín o el otro. Yo pastoreo entre Rohob y Lesemdán, justamente en el
camino que hace de confín entre aquí y Neftalí. Si lo veo, se lo digo; palabra de prosélito". Y te lo he dicho.
-Y que Dios te recompense por ello. Iré a ver a esa mujer. Tengo que volver a Akcib.
-¿Vas a Akcib? Entonces podemos ir juntos, si no desdeñas a un pastor.
-No desdeño a nadie. ¿Por qué vas a Akcib?
-Porque allí tengo los corderos. A no ser que... ya no los tenga...
-¿Por qué?
-Porque hay una enfermedad... No sé si ha sido una hechicería o qué. Sé que mi lindo rebaño se me ha enfermado. Por
eso he traído aquí las cabras, que están todavía sanas, para separarlas de las ovejas. Aquí estarán con dos hijos míos. Ahora
están en la ciudad, para hacer las compras. Vuelvo allá... para ver morir a mis lindas ovejas lanosas...
El hombre suspira... Mira a Jesús y se disculpa:
-Hablarte a ti, siendo quien eres, de estas cosas, y afligirte, estando ya afligido de cómo te tratan, es una necedad. Pero
las ovejas son afecto y dinero, ¿sabes?, para nosotros...
-Comprendo. Pero se pondrán buenas. ¿No las has llevado a que las vea una persona entendida?
-Todos me han dicho lo mismo: "Mátalas y vende sus pieles. No hay otra posibilidad", e incluso me han amenazado si
las saco... Tienen miedo de que las suyas se cojan la enfermedad. Así que las tengo que tener encerradas... y aumenta la
mortalidad. Son malos, ¿sabes?, los de Akcib...
Jesús dice simplemente:
-Lo sé.
-Yo digo que me las han embrujado...
-No. No creas esas historias... ¿En cuanto vengan tus hijos te pones en marcha?
-Inmediatamente. De un momento a otro llegarán. ¿Éstos son tus discípulos? ¿Son sólo éstos?
-No. Tengo otros más.
-¿Y por qué no vienen aquí? Una vez, cerca de Merón, me encontré con un grupo de ellos. A la cabeza del grupo había
un pastor. Decía serlo. Uno alto, fuerte, de nombre Elías. Fue en Octubre, me parece. Antes o después de los Tabernáculos.
¿Ahora te ha abandonado?
-Ningún discípulo me ha abandonado.
-Me habían dicho que...
-¿Qué te habían dicho?
-Que Tú... que los fariseos... En fin, que los discípulos te habían abandonado por miedo, y porque Tú eras un...
-Demonio. Dilo tranquilamente. Lo sé. Doble mérito para ti, que crees igualmente.
-¿Y por este mérito no podrías?... Quizás estoy pidiendo una cosa sacrílega...
-Dila. Si es una cosa mala, te lo digo.
-¿No podrías, al pasar, bendecir a mi rebaño? - se le ve lleno de ansiedad al hombre...
-Bendeciré a tu rebaño. A éste... - y alza la mano bendiciendo a las cabritas desperdigadas,...y al de las ovejas.
-¿Crees que mi bendición las salvará?
-De la misma forma que salvas a los hombres de las enfermedades, podrás salvar a los animales. Dicen que eres el Hijo
de Dios. Las ovejas las ha creado Dios. Por tanto son cosas del Padre. Yo... no sabía si era una cosa respetuosa el pedírtelo. Pero,
si se puede, hazlo, Señor, y llevaré al Templo grandes ofrendas de alabanza; o, mejor: te lo doy a ti, para los pobres, que será
mejor.
Jesús sonríe y calla.
Llegan los hijos del pastor. Poco después, Jesús con los suyos y el viejo se ponen en marcha. Dejan a los zagales
custodiando las cabras. Caminan raudos porque quieren llegar pronto a Quedes, para dejarla también enseguida, con intención
de tomar la vía que del mar va hacia el interior. Debe ser la misma que recorrieron yendo a Alejandrocena, la que se bifurca a los
pies del promontorio. A1 menos yo lo entiendo así, por lo que conversan el pastor y los discípulos. Jesús va adelante, solo.
-¿No nos encontraremos con otros problemas? - pregunta Santiago de Alfeo.
-Quedes no depende de aquel centurión. Está fuera de los confines fenicios. A los centuriones basta con no pincharlos,
y se desinteresan de religión.
-Y además no nos vamos a detener...
-¿Vais a aguantar más de treinta millas en un día? - pregunta el pastor.
-¡Sí, hombre! ¡Somos peregrinos perpetuos!
Caminan ininterrumpidamente... Llegan a Quedes. La atraviesan sin ningún contratiempo. Toman la vía directa. En el
mojón está indicada Akciba. El pastor lo señala diciendo:

-Mañana llegaremos. Esta noche venís conmigo. Conozco labriegos de estos valles, pero muchos están dentro de los
confines fenicios... ¡Bueno!, pues pasaremos los confines. Seguro que no nos van a descubrir inmediatamente... ¡Lo que es la
vigilancia!... ¡Mejor sería que vigilasen a los bandidos!...
El sol declina, y los valles ciertamente no contribuyen a mantener la luz, menos aún siendo boscosos. Pero el pastor
conoce muy bien la zona y va seguro.
Llegan a un pueblecito muy pequeño, verdaderamente un puñado de casas.
-Vamos a ver si nos dan posada. Aquí son israelitas. Estamos justamente en los confines. Si no nos reciben, vamos a otro
pueblo, que es fenicio.
-No tengo prejuicios, hombre.
Llaman a una casa.
-¿Tú, Anás? ¿Con amigos? Ven, ven, y que Dios sea contigo - dice una mujer muy anciana.
Entran en una amplia cocina alegrada por una lumbre. Alrededor de la mesa está reunida una numerosa familia de
todas las edades, pero que hace sitio amablemente a los que, al improviso, acaban de llegar.
-Éste es Jonás. Ésta es su esposa, y sus hijos y nietos y nueras. Una familia de patriarcas fieles al Señor - dice el pastor
Anás a Jesús. Y luego, volviéndose hacia el anciano Jonás: «Y éste que está conmigo es el Rabí de Israel, al que deseabas conocer.
-Bendigo a Dios por ser hospitalario y por tener sitio esta noche. Y, pidiendo bendición, bendigo al Rabí que ha venido a
mi casa.
Anás explica que la casa de Jonás es casi una posada para los peregrinos que del mar van hacia el interior.
Se sientan todos en la caliente cocina. Las mujeres sirven a los llegados. El respeto que hay es tal, que incluso paraliza.
Pero Jesús resuelve la situación rodeándose, nada más terminar la cena, de los muchos niños presentes, e interesándose por
ellos, los cuales en seguida fraternizan. Detrás de ellos, durante el breve espacio de tiempo que separa la cena del descanso,
encuentran valor los hombres de la casa y narran lo que han sabido del Mesías, y preguntan cosas nuevas. Jesús, benigno,
rectifica, confirma, explica, en serena conversación, hasta que peregrinos y familiares se van a descansar, tras haberlos
bendecido Jesús a todos.

331

La fe de la mujer cananea y otras conquistas. Llegada a Akcib.
-¿El Maestro está contigo? - pregunta el viejo campesino Jonás a Judas Tadeo, que entra en la cocina, donde la lumbre
ya resplandece para calentar la leche y el lugar, que está un poco frío en estas primeras horas de una bellísima mañana de
finales de Enero, creo, o primeros de Febrero; bellísima, pero bastante punzante.
-Habrá salido a orar. Sale frecuentemente al alba, cuando sabe que puede estar solo. Regresará pronto. ¿Por qué lo
preguntas?
-Lo he preguntado también a los otros, que se han desperdigado para buscarlo, porque hay una mujer allí, con mi
esposa. Es una del pueblo de allende el confín. La verdad no sabría decir cómo ha podido saber que está aquí el Maestro. Pero lo
sabe. Y quiere hablar con Él.
-Bien. Hablará con Él. Quizás es la mujer que Él está esperando, con una hijita enferma. La habrá guiado aquí su espíritu.
-No. Está sola. No tiene hijos consigo. Los pueblos están tan cercanos... por eso la conozco... y el valle es de todos. Yo,
además, pienso que para servir al Señor no hace falta ser crueles con los vecinos si son fenicios. Estaré equivocado, pero...
-El Maestro también dice siempre que tenemos que ser compasivos con todos.
-Él lo es, ¿no es verdad.
-Lo es.
-Me ha dicho Anás que también esta vez lo han tratado mal. ¡Mal, siempre mal!... En Judea, en Galilea, en todos los
lugares. ¿Por qué, me pregunto yo, Israel es tan malo con su Mesías? Me refiero a los principales de Israel. Porque el pueblo lo
ama.
-¿Cómo sabes estas cosas?
-Vivo aquí, lejos; pero soy un fiel israelita. ¡Basta ir para las fiestas de precepto al Templo para saber todo lo bueno y
todo lo malo! Y el bien se sabe menos que el mal. Porque el bien es humilde y no hace autoalabanza. Deberían proclamarlo los
que han sido agraciados. Pero pocos son los agradecidos después de recibir una gracia. El hombre acepta el beneficio y lo
olvida... El mal, sin embargo, toca fuerte sus trompetas y hace escuchar sus palabras incluso a quienes no quieren oírlas.
¡Vosotros, sus discípulos, no sabéis cuánto abundan en el Templo las críticas y acusaciones contra el Mesías! Los escribas ya sólo
tratan de esto en sus lecciones. Yo creo que se han hecho un libro de lecciones sobre cómo acusar al Maestro, y de hechos que
presentan como objetos de acusación verosímiles. Y se necesita una conciencia muy recta, firme y libre, para saber resistir y
juzgar con cordura. ¿Él está al corriente de todas estas maniobras?
-De todas. Y también nosotros, más o menos, las conocemos. Pero Él no se intranquiliza. Continúa su obra, y los
discípulos o las personas que creen en Él aumentan cada día que pasa.
-Dios quiera que perseveren hasta el final. Pero el hombre es de pensamiento mudable. Y débil... Está viniendo el
Maestro hacia la casa, con tres discípulos.
Y el viejo sale afuera, seguido por Judas Tadeo, para venerar a Jesús, que, lleno de majestad, viene hacia la casa.

-La paz sea contigo hoy y siempre, Jonás.
-Gloria y paz contigo, Maestro, siempre.
-Paz a ti, Judas. ¿Andrés y Juan no han vuelto todavía?
-No. Y no los he oído salir. A ninguno. Estaba cansado y dormía profundamente.
-Entra, Maestro. Entrad. El ambiente está fresco esta mañana. En el bosque debía hacer mucho frío. Ahí hay leche
caliente para todos.
Están bebiendo la leche, y - excepto Jesús - mojando en ella unos recios trozos de pan, cuando he aquí que llegan
Andrés y Juan, junto con Anás, el pastor.
-¡Ah! ¿Estás aquí? Volvíamos para decir que no te habíamos encontrado... - exclama Andrés.
Jesús dirige su saludo de paz a los tres, y añade:
-Pronto. Tomad vuestra parte y pongámonos en marcha. Quiero estar, antes de que anochezca, al menos en las faldas
del monte de Akcib. Esta noche empieza el sábado.
-¿Y mis ovejas? - pregunta, perplejo, el pastor.
Jesús sonríe y responde:
-Estarán curadas después de la bendición.
-¡Pero yo estoy a oriente del monte! Tú vas hacia poniente para ir a ver a esa mujer...
-Déjalo en manos de Dios y Él a todo proveerá.
Terminado el desayuno, los apóstoles suben por los talegos de viaje, preparándose para partir.
-Maestro... ¿no vas a escuchar a esa mujer que está allí?
-No tengo tiempo, Jonás. El camino es largo, y además Yo he venido para las ovejas de Israel. Adiós, Jonás. Que Dios te
recompense por tu caridad. Mi bendición a ti y a todos tus parientes. Vamos.
El viejo, entonces, se pone a gritar con todas sus fuerzas:
-¡Hijos! ¡Mujeres! ¡El Maestro se marcha! ¡Venid!
Y, como responde a la voz de la clueca que los llama una nidada de pollitos desperdigados por un pajar, de todas las
partes de la casa acuden mujeres y hombres, ocupados en sus labores o todavía medio dormidos, y niños semidesnudos con su
carita sonriente recién salida del sueño... Se apiñan en torno a Jesús, que está en medio de la era, las madres envuelven en sus
amplias faldas a los niños para protegerlos del aire, o los estrechan entre sus brazos hasta que una criada llega con los vestiditos,
que enseguida son empleados.
Pero viene también una que no es de la casa. Una pobre mujer que llora. Se la ve abochornada. Camina encorvada, casi
arrastrándose. Llegada cerca del grupo en cuyo centro está Jesús, se pone a gritar:
-¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David! Mi hija vive malamente atormentada por el demonio, que le hace hacer cosas
vergonzosas. Ten piedad, porque sufro mucho y todos se burlan de mí por esto. Como si mi hija tuviera la culpa de hacer lo que
hace... Ten piedad, Señor, Tú que lo puedes todo. Alza tu voz y tu mano y ordena al espíritu inmundo que salga de Palma. Sólo
tengo a esta criatura, y soy viuda... ¡Oh, no te vayas! ¡Piedad!...
Jesús, efectivamente, una vez que ha terminado de bendecir a cada uno de los componentes de la familia, después de
haber amonestado a los adultos por haber hablado de su venida - ellos se disculpan diciendo: « ¡Créenos, Señor, no hemos
hablado!» - se marcha, inexplicablemente duro para con la pobre mujer, que se arrastra sobre sus rodillas, tendidos los brazos
en actitud de congojosa súplica, ,mientras dice:
-¡Yo, yo te vi ayer cuando pasabas el torrente, y oí que te llamaban: "Maestro". He venido siguiéndoos, ocultándome
entre las matas. Oía lo que iban diciendo éstos. He comprendido quién eres... Y esta mañana, todavía de noche, he venido a
ponerme aquí a la puerta como un perrito; hasta que se ha levantado Sara y me ha invitado a entrar. ¡Señor, piedad! ¡Piedad de
una madre y de una niña!
Pero Jesús camina ligero, sordo a toda apelación.
Los de la casa dicen a la mujer:
-¡Resígnate! No te quiere escuchar. Ya ha dicho que ha venido para los de Israel...
Pero ella se pone en pie desesperada, y al mismo tiempo llena de fe, y responde:
-No. Suplicaré tanto, que me escuchará.
Y se echa a seguir al Maestro suplicando a gritos sin parar. Sus súplicas hacen que salgan a las puertas de las casas del
pueblo todos los que están despiertos, los cuales, como los de la casa de Jonás, se ponen a seguir a la mujer para ver en qué
termina la cosa.
Los apóstoles, por su parte, se miran recíprocamente con estupor, y susurran:
-¿Pero por qué hace esto? ¡No lo ha hecho nunca! ...
Y Juan dice:
-En Alejandrocena ha curado incluso a aquellos dos.
-Pero eran prosélitos - responde Judas Tadeo. ¿Y esta a la que va a curar ahora?
-También es prosélito - dice el pastor Anás.
-¿Y cuántas veces ha curado también a gentiles o a paganos? ¿Y la niña romana, entonces?... - dice desconsolado
Andrés, que no logra tranquilizarse ante la dureza de Jesús hacia la mujer cananea.
-Yo os digo lo que pasa - exclama Santiago de Zebedeo - Lo que pasa es que el Maestro está indignado. Su paciencia se
acaba ante tantos asaltos de maldad humana. ¿No veis cómo ha cambiado? ¡Tiene razón! De ahora en adelante se dedicará sólo
a los que conoce convenientemente. ¡Y hace bien!
-Sí. Pero, mientras tanto, ésta viene aquí detrás de nosotros gritando, y la sigue una buena cola de gente. Si quiere
pasar inadvertido, ha encontrado la manera de llamar la atención hasta de los árboles... - se queja Mateo.

-Vamos a decirle que la despida... ¡Fijaos aquí qué lindo cortejo tenemos a nuestras espaldas! ¡Si llegamos así a la vía
consular, estamos frescos! Y ésta, si no le dice que se marche, no nos deja... - dice, molesto, Judas Tadeo, el cual, además, se
vuelve y conmina a la mujer:
-¡Calla y vete!
Y lo mismo hace Santiago de Alfeo, solidario con su hermano. Pero ella no se impresiona por las amenazas y órdenes y
sigue suplicando.
-Vamos a decirle al Maestro que la eche Él, dado que no quiere concederle lo que pide. ¡Así no se puede seguir! - dice
Mateo, mientras Andrés susurra: «¡Pobrecilla!», y Juan repite sin tregua: «No comprendo... no comprendo...». Juan está
confundido por el modo de actuar de Jesús.
Mas ya, acelerando el paso, han alcanzado al Maestro, que camina raudo como un perseguido.
-¡Maestro! ¡Dile a esa mujer que se vaya! ¡Es un escándalo! ¡Viene gritando detrás de nosotros! ¡Nos señala ante todos!
El camino se va poblando cada vez más de gente... y muchos se ponen detrás de ella. Dile que se marche.
-Decídselo vosotros. Yo ya le he respondido.
-No nos escucha. ¡Díselo Tú, hombre! Y además severamente.
Jesús se detiene y se vuelve. La mujer interpreta ello como signo de gracia; acelera el paso y alza el tono, ya agudo, de
la voz; su rostro palidece por la aumentada esperanza.
-Calla, mujer. Vuelve a casa. Ya lo he dicho: "He venido para las ovejas de Israel". Para curar a las enfermas y buscar a
las perdidas. Tú no eres de Israel.
Pero la mujer ya está a sus pies y se los besa, adorándolo, sujetándolo fuerte por los tobillos como si fuera una náufraga
que hubiera encontrado un escollo de salvación, y gime:
-¡Señor, ayúdame! Tú lo puedes, Señor. Dale una orden al demonio,
Tú que eres santo... Señor, Señor, Tú eres el amo de todo: de la gracia y del mundo. Todo está sometido a ti, Señor. Yo lo sé. Lo
creo. Toma, pues, tu poder y úsalo para mi hija.
-No está bien tomar el pan de los hijos de la casa y arrojarlo a los perros de la calle.
-Yo creo en ti. Creyendo, he pasado de ser perro de la calle a ser perro de la casa. Ya te he dicho que he venido antes
del alba a acurrucarme a la puerta de la casa donde estabas, y, si hubieras salido, habrías tropezado en mí. Pero has salido por el
otro lado y no me has visto. No has visto a este pobre perro lacerado, hambriento de tu gracia, que esperaba entrar,
arrastrándose, adonde Tú estabas, para besarte los pies así, pidiéndote que no la arrojaras de tu presencia...
-No está bien echar el pan de los hijos a los perros - repite Jesús.
-Pero los perros entran en la habitación donde come el amo con sus hijos, y comen lo que cae de la mesa, o los
desperdicios que les dan los de la familia, lo que ya no sirve. No te pido que me trates como a una hija, no te pido que me invites
a sentarme a tu mesa; te pido al menos las migas...
Jesús sonríe. ¡Cómo se transfigura su rostro con esta sonrisa de gozo!...
La gente, los apóstoles, la mujer, lo miran admirados... sintiendo que está para suceder algo.
Y Jesús dice:
-¡Oh, mujer! ¡Grande es tu fe! Con tu fe consuelas mi espíritu. Ve, pues, y te suceda como quieres. Desde este
momento, el demonio ha salido de tu hijita. Ve en paz. Y, de la misma forma que, como perro extraviado, has sabido querer ser
perro de casa, sabe ser hija en el futuro, sentada a la mesa del Padre. Adiós.
-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ¡Señor!... Quisiera echarme a correr, para ver a mi Palma amada... ¡Quisiera estar contigo,
seguirte! ¡Bendito! ¡Santo!
-Ve, ve, mujer. Ve en paz.
Y Jesús reanuda su camino, mientras la cananea, más ligera que una niña, regresa corriendo por el mismo camino que
había venido; tras ella la gente, curiosa de ver el milagro...
-¿Pero, por qué, Maestro, la has hecho suplicar tanto, si luego la ibas a escuchar? - pregunta Santiago de Zebedeo.
-Por causa tuya y de todos vosotros. Esta no es una derrota, Santiago. Aquí no me han expulsado, no se han burlado de
mí, no me han maldecido... Sirva ello para levantar vuestro espíritu abatido. Yo ya he recibido mi dulcísimo alimento. Y bendigo
a Dios por ello. Y ahora vamos a ver a esta otra que sabe creer y esperar con fe segura.
-¿Y mis ovejas, Señor? Dentro de poco tendría que tomar un camino distinto del tuyo para ir a mi pastura... - Pregunta
de nuevo el pastor Anás.
Jesús sonríe, pero no responde.
Es bonito andar, ahora que el sol calienta el aire y hace brillar como esmeraldas las hojitas nuevas de los bosques y la
hierba de los prados, transformando en engastes los cálices de las flores para las gotas de rocío que brillan en los aros radiados
multicolores de las florecillas del campo. Jesús camina, sonriente. Los apóstoles, en seguida animados de nuevo, lo siguen
sonrientes...
Llegan a la desviación. El pastor Anás, afligido, dice:
-Y aquí tendría que dejarte... ¿Entonces no vienes a curar a mis ovejas? Yo también tengo fe, y soy prosélito... ¿Me
prometes, al menos, que vendrás después del sábado?
-¡Anás! ¿Pero no has comprendido todavía que tus ovejas están curadas desde que alcé mi mano hacia Lesemdán? Ve,
pues, tú también a ver el milagro y a bendecir al Señor.
Creo que la mujer de Lot, después de su petrificación en sal, no sería distinta del pastor, que se ha quedado en la
posición en que estaba, un poco encorvado e inclinado, con la cabeza vuelta hacia arriba para mirar a Jesús, un brazo
semiextendido a media altura... Parece una estatua. Podría tener debajo el cartel: "El suplicador". Mas luego vuelve en sí, se
postra y dice:


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