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Autor: Sailer, Leonardo

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Glorificación de Jesús y María.
616
La mañana de la Resurrección. Oración de María.
Las mujeres reanudan sus labores con los ungüentos, que durante la noche, con el fresco del patio, se han solidificado
para formar una manteca densa.
Juan y Pedro piensan que es conveniente ordenar el Cenáculo, limpiando las piezas de la vajilla y luego poniendo todo
como si hubiera acabado de terminar la Cena.
-Él lo dijo - dice Juan.
-También había dicho: "¡No durmáis!". Había dicho: "No seas soberbio, Pedro. ¿No sabes que la hora de la prueba está
a las puertas?". Y... y dijo: "Me negarás..." - Pedro llora de nuevo, mientras dice con desmesurado dolor:
-¡Y lo he negado!
-¡Basta, Pedro! A1 presente, eres de nuevo tú. ¡Basta de ese tormento!
-Jamás, jamás bastará. Aunque me hiciera tan viejo como los primeros patriarcas, aunque viviera los setecientos o los
novecientos años de Adán y de sus primeros descendientes, jamás dejaría de tener este tormento.
-¿No esperas en su misericordia?
-Sí. Si no creyera en ello, sería como el Iscariote: un desesperado. Pero aunque Él de hecho me perdona desde el seno
del Padre a donde ha vuelto, yo no me perdono. ¡Yo! ¡Yo! Yo que dije: “No lo conozco”, porque en ese momento era peligroso
conocerlo, porque sentí vergüenza de ser discípulo suyo, porque tuve miedo a la tortura… Él iba a la muerte y yo... pensé en
salvar mi vida. Y para salvarla lo rechacé, como una mujer en pecado rechaza el fruto de su seno, peligroso de tener al lado,
después de darlo a luz y antes de que regrese su marido, desconocedor de los hechos. Soy peor que una adúltera… peor que...
Entra, atraída por los gritos, María Magdalena.
-No grites ese modo. María te oye. ¡Está verdaderamente agotada! No tiene fuerzas para nada. Todo le hace daño. Tus
gritos inútiles y descomedidos le traen de nuevo el tormento de lo que fuisteis...
-¿Ves? ¿Ves, Juan? Una mujer puede imponerme silencio. Y tiene razón. Porque nosotros, los varones consagrados al
Señor, hemos sabido sólo mentir o huir. Las mujeres se han comportado como es debido. Tú, poco más que una mujer por tu
gran juventud y pureza, has sabido permanecer. Nosotros, nosotros, los fuertes, los varones, hemos huido. ¡Oh, cómo debe
despreciarme el mundo! ¡Dímelo, dímelo, mujer! ¡Tienes razón! Pon tu pie en esta boca que ha mentido. En la suela de la
sandalia hay quizás algo de su Sangre. Y sólo esa Sangre mezclada con el barro del camino, puede dar un poco de perdón, poco
de paz a este hombre que abjuró. ¡Debo empezar a acostumbrarme al desprecio del mundo! ¿Qué soy yo? ¡Decidlo, venga: ¿qué
soy?
-Una gran soberbia - responde tranquila la Magdalena - ¿Dolor? También dolor. Pero, créeme, de diez partes de tu
dolor, cinco -por no ofenderte diciendo seis- son del dolor de ser un hombre que puede ser despreciado. ¡Y verdaderamente yo
te voy a despreciar, si sigues sólo gimiendo y entregándote a histerias, justo como hace una mujer necia! Lo hecho, hecho está. Y
no son los gritos descomedidos los que lo reparan y lo borran. Lo único que hacen es llamar la atención y mendigar una
compasión no merecida. Sé viril en tu arrepentimiento. No grites. Haz. Yo... tú sabes quién era yo... Pero, cuando comprendí que
era más despreciable que el vómito, no me entregué a convulsiones. Hice. Públicamente. Sin indulgencias conmigo misma y sin
pedir indulgencia. ¿Que el mundo me despreciaba? Tenía razón. Me lo había merecido. ¿Que el mundo decía: "Un nuevo
capricho de la prostituta"? ¿Que calificaba con nombre blasfemo mi seguimiento de Jesús? Tenía razón. El mundo se acordaba
de mi conducta precedente, y esa conducta justificaba todo pensamiento. ¿Y bien? ¿Qué? El mundo tuvo que convencerse de
que María la pecadora ya no existía. Con los hechos he convencido al mundo. Haz tú lo mismo, y calla.
-Eres severa, María - objeta Juan.
-Más conmigo que con los demás. Lo reconozco. No tengo la mano suave de la Madre. Ella es el Amor. Yo... ¡Oh, yo! He
quebrantado mi carnalidad con el azote de mi voluntad. Y más que lo haré. ¿Tú crees que me he perdonado el haber sido la
Lujuria? No. Pero sólo me lo digo a mí. Y me lo seguiré diciendo siempre. Consumida moriré en este secreto, doloroso recuerdo
de haber sido la corruptora de mí misma, en este inconsolable dolor de haberme profanado y de no haberle podido dar a Él otra
cosa sino un corazón pisoteado... ¿Ves?... he trabajado más que todas en los bálsamos... Y con más coraje que las otras le
quitaré la mortaja... ¡Oh, Dios, cómo estará ya! (María de Magdala, sólo de pensarlo, se pone pálida). Y lo cubriré con nuevos
bálsamos, quitando los que, sin duda, estarán completamente podridos en sus llagas sin número... Lo haré porque las otras
parecerán convólvulos después de un aguacero... Pero siento el dolor de hacerlo con estas manos mías que tantas caricias
lascivas han dado; de acercarme a su santidad con esta carne mía manchada... Quisiera... quisiera tener la mano de la Madre
Virgen para llevar a cabo la última unción...
María ahora llora quedo, sin convulsiones. ¡Qué distinta de la Magdalena teatral que siempre nos presentan! Es el
mismo llanto silencioso que tuvo el día de su perdón en la casa del fariseo.
-¿Dices que... las mujeres tendrán miedo? - le pregunta Pedro
-No miedo... Pero se turbarán ante su Cuerpo, que estará ya descompuesto... hinchado... negro. Y además, esto es
seguro, tendrán miedo de los soldados que están de guardia.
-¿Quieres que vaya yo? ¿Yo con Juan?
-¡Eso no! Nosotras vamos todas. Porque, de la misma forma que estuvimos todas ahí arriba, justo es que todas estemos
en torno a su lecho de muerte. Tú y Juan quedaos aquí. ¡Ella no se puede quedar sola!...

-¿No va Ella?
-¡No la dejamos ir!
-Está convencida de que va a resucitar... ¿Y tú?
-Yo, después de María, soy la que más cree. Siempre he creído que pudiera ser. Él lo decía. Y Él no miente nunca... ¡Él!...
¡Oh, antes lo llamaba Jesús, Maestro, Salvador, Señor... Ahora, ahora lo siento tan grande, que no sé, no me atrevo ya a darle un
nombre... ¿Que diré cuando lo vea?...
-¿Pero crees firmemente que va a resucitar?...
-¡Vaya, otro! ¡Diciéndoos una y otra vez que creo y oyéndoos decir una y otra vez que no creéis, voy a acabar no
creyendo tampoco yo! He creído y creo. He creído y le he preparado desde hace ya tiempo la túnica. Y para mañana, porque
mañana es el tercer día, la traeré aquí ya lista...
-Pero si dices que estará negro, hinchado, feo...
-Feo nunca. Feo es el pecado. ¿Negro?... ¡Pues sí, estará negro! ¿Y qué? ¿Lázaro no estaba ya descompuesto? Y, no
obstante, resucitó. Y recuperó la integridad de su carne. ¡Pero... sí, lo digo!: ¡Callaos incrédulos! También mi razón humana me
dice dentro: "Está muerto y no resucitará". Pero mi espíritu, "su" espíritu -porque he recibido de Él un nuevo espíritu- grita (y
parecen toques de trompetas de plata): "¡Resucita! ¡Resucita! ¡Resucita!". ¿Por qué me zarandeáis como a una barquichuela
contra el arrecife de vuestras dudas? ¡Yo creo! ¡Creo, mi Señor! Lázaro, lleno de aflicción, ha obedecido al Maestro y se ha
quedado en Betania... Yo, que sé quién es Lázaro de Teófilo, un fuerte, no un lebrato miedoso, puedo medir su sacrificio de
permanecer en la sombra y no junto al Maestro. Pero ha obedecido. Más heroico en esta obediencia que si, con armas, hubiera
arrancado a Jesús de las manos de los soldados. Yo he creído y creo. Y aquí estoy. En espera, como Ella. Pero, dejadme que me
vaya. El día nace. En cuanto se vea lo mínimo indispensable, iremos al Sepulcro...
Y la Magdalena se va, con su rostro quemado por el llanto, pero siempre fuerte.
Entra de nuevo donde María.
-¿Qué le pasaba a Pedro?
-Una crisis de nervios. Pero se le ha pasado.
-No seas dura, María. Pedro sufre.
-También yo. Y ya ves que no te he pedido ni tan siquiera una caricia. A él ya lo has medicado tú... Yo, sin embargo, lo
que pienso es que solamente tú, Madre mía, necesitas bálsamo. ¡Madre mía, santa, amada! Pero, ánimo... mañana es el tercer
día. Estaremos aquí dentro, cerradas, nosotras dos: sus enamoradas: Tú, la Enamorada santa, yo, la pobre enamorada... Pero,
como puedo, lo soy con todo mi ser. Y lo esperaremos... A ellos, a los que no creen, los dejaremos cerrados allí, con sus dudas. Y
aquí voy a poner muchas rosas... Hoy mandaré que se lleven el arca... Ahora pasaré por el palacio y daré esta indicación a Leví.
¡Fuera todas estas cosas horribles! No debe verlas nuestro Resucitado... Muchas rosas... Y tú te pondrás una túnica nueva... No
debe verte así. Te peinaré, te lavaré esta pobre cara que el llanto ha desfigurado. Eterna niña, yo te haré de madre... ¡Tendré, sí,
la bienaventuranza de dispensar cuidados maternos a una criatura más inocente que un recién nacido! ¡Mi querida María! - y,
con su exuberancia afectiva, la Magdalena estrecha contra su pecho la cabeza de María, que está sentada; y besa a María, la
acaricia, le coloca detrás de las orejas los livianos mechones de pelo desordenados, la enjuga, con el lino de su túnica, las
lágrimas, esas lágrimas que María sigue, sigue incesantemente vertiendo...
Entran las mujeres con lámparas y ánforas y recipientes de anchas bocas. María de Alfeo trae un mortero grande y
recio.
-No se puede estar fuera. Hace un poco de viento y apaga las lámparas - explica.
Se ponen en un lado. Encima de una mesa, estrecha pero larga, colocan todas sus cosas. Luego dan un último toque a sus
bálsamos, mezclando en el mortero, en un polvo blanco que sacan a puñados de un saquito, la ya de por sí densa manteca de las
esencias. Mezclan trabajando con ahínco. Luego llenan un recipiente de amplia boca. Lo ponen en el suelo. Repiten con otro la
misma operación. Perfumes y lágrimas caen sobre las resinas.
María Magdalena dice:
-No era ésta la unción que esperaba poderte preparar.
Porque es la Magdalena la que, más experta que las otras, ha estado regulando y dirigiendo la composición del perfume
(tan intenso que deciden abrir la puerta y entreabrir la ventana que da al jardín, que apenas empieza a vestirse de claridad).
Todas, después de la observación que la Magdalena ha hecho en voz baja, lloran más fuerte.
Han terminado. Todos los recipientes están llenos.
Salen con las ánforas vacías, el mortero que ya no hace falta y muchas lámparas. En la pequeña habitación quedan sólo
dos lámparas, temblorosas (parecen llorar también con el titileo de sus luces)...
Entran de nuevo las mujeres y cierran la ventana, porque el amanecer está fresco. Se ponen los mantos y toman
consigo unos talegos grandes, donde colocan los recipientes del bálsamo.
María se levanta y busca su manto. Pero todas se arremolinan en torno a Ella convenciéndola de que no vaya.
-No te tienes en pie, María. Hace dos días que no tomas alimento. Un poco de agua sólo.
-Sí, Madre. Lo haremos pronto y bien. Y volveremos enseguida.
-No temas. Lo embalsamaremos como a un rey. ¡Ya ves qué bálsamo tan valioso hemos hecho! ¡Y cuánto!...
-Y no dejaremos parte o herida alguna sin ungir. Y con nuestras manos lo colocaremos en su lugar. Somos fuertes, y
somos madres. Lo pondremos como a un niño en su cuna. Los otros no tendrán que hacer nada más que cerrar su lugar.
Pero María insiste:
-Es mi deber – dice - Siempre lo he cuidado yo. Sólo en estos tres años que ha estado en el mundo he cedido a otros la
función de cuidarlo cuando estaba lejos de mí. Ahora que el mundo lo ha rechazado y negado, de nuevo es mío; y yo de nuevo
soy su sierva.

Pedro, que con Juan se había acercado a la puerta, al oír estas palabras se aparta. Huye a algún rincón escondido para
llorar por su pecado. Juan permanece junto a la jamba de la puerta. Pero no dice nada. Quisiera también ir él, pero hace el
sacrificio de quedarse con la Madre.
María Magdalena lleva a María a su silla. Se arrodilla delante de Ella, abraza las rodillas de María, alza hacia Ella su
rostro doliente y enamorado y le promete:
-Él, con su Espíritu, todo lo sabe y todo lo ve. Pero a su Cuerpo, con besos, le expresaré tu amor, tu deseo. Yo sé lo que
es el amor. Sé qué aguijón, qué hambre significa amar, qué nostalgia de estar con quien para nosotros es nuestro amor. Y esto
sucede también en los amores viles, que parecen oro y son en realidad fango. Si, además, la pecadora puede saber lo que es el
amor santo a la Misericordia viviente, a quien los hombres no han sabido amar, entonces ella puede comprender mejor qué es
tu amor, Madre. Tú sabes que sé amar. Y sabes que Él dijo, en aquel atardecer de mi verdadero nacimiento, en las orillas de
nuestro lago sereno: “María sabe amar mucho”. Ahora este amor mío exuberante, como agua que rebosa de un pilón vencido,
como rosal en flor que sobrepasa un muro y de él pende, como llama que, encontrando yesca, más se enciende y aumenta, se
ha derramado en Él por entero, y de Él-Amor ha sacado nueva fuerza... ¡Oh, mi potencia de amar no ha podido sustituirlo en la
Cruz!... Pero lo que por Él no he podido hacer y padecer y sangrar y morir en vez de Él, en medio de las burlas de todos, dichosa,
dichosa, dichosa de sufrir en vez de Él; y, estoy segura de ello, el estambre de mi pobre vida habría sido consumido más por el
amor triunfal que por el patíbulo infame, y de las cenizas habría germinado la nueva, cándida flor de la nueva vida pura, virginal,
ignorante de todo lo que no es Dios-, todo esto que no he podido hacer por Él, por ti puedo hacerlo todavía.... Madre a la que
amo con todo mi corazón. Confía en mí. Yo que supe acariciar tan dulcemente sus pies santos en la casa de Simón el fariseo,
ahora, con esta alma que cada vez más se abre a la Gracia, sabré aún más dulcemente acariciar sus miembros santos, medicar
las heridas, embalsamarlo, más con mi amor, más con el bálsamo sacado de mi corazón exprimido por el amor y el dolor, que no
con el ungüento. Y la muerte no hincará su diente en esa carne que tanto amor ha dado y tanto amor recibe. Huirá la Muerte.
Porque el Amor es más fuerte que ella. El Amor es invencible. Y yo, Madre, con amor, con tu perfecto amor, con mi total amor,
embalsamaré a mi Rey de Amor.
María besa a esta apasionada que, por fin, ha sabido encontrar a quien tanta pasión merece. Y cede ante sus ruegos.
Las mujeres salen llevando consigo una lámpara, de forma que en la habitación queda sólo una. La última en salir es la
Magdalena, después de un último beso a la Madre, que se queda.
La casa está del todo oscura y silenciosa, y el camino todavía oscuro y solitario.
Juan pregunta:
-¿Verdaderamente no queréis que vaya con vosotras?
-No. Puedes hacer falta aquí. Adiós.
Juan vuelve donde María.
-No han querido que fuera con ellas… - dice quedo.
-No te atormentes. Ellas donde Jesús. Tú, conmigo. Juan, vamos a orar un poco juntos. ¿Dónde está Pedro?
-No lo sé. Por la casa. Pero no lo veo. Está... Lo creía más fuerte... También yo siento dolor, pero él...
-Él tiene dos dolores; Tú, uno sólo. Ven. Vamos a orar también por él.
Y María recita lentamente el Pater noster.
Luego acaricia a Juan:
-Ve donde Pedro. No lo dejes solo. Ha estado tanto en las tinieblas, durante estas horas, que no soporta quiera la leve
luz del mundo. Sé el apóstol de tu hermano zozobrante y angustiado. Comienza por él tu predicación. En tu camino – y será
largo- encontrarás siempre a hombres semejantes a él. Con tu compañero empieza el trabajo...
-¿Y qué diré?... No sé... Todo le hace llorar...
-Recuérdale el precepto de amor de Jesús. Dile que quien solamente teme no conoce todavía suficientemente a Dios,
porque Dios es Amor. Y si te dice: "Yo he pecado", respóndele que Dios ha amado tanto a los pecadores, que por ellos ha
enviado a su Unigénito. Dile que amor es la respuesta a tanto amor. Y el amor infunde confianza en el bonísimo Señor. Esta
confianza aleja el temor a su juicio, porque con ella reconocemos la Sabiduría y Bondad divinas, y decimos: "Yo soy una pobre
criatura. Pero Él lo sabe. Y me da a Cristo como garantía de perdón y columna en que apoyarme. Mi miseria queda vencida por
mí unión con Cristo". Es en el nombre de Jesús en el que todo se perdona... Ve, Juan. Dile eso. Yo me quedo aquí, con Jesús...
Juan sale cerrando tras sí la puerta, mientras María acaricia el Sudario.
María se pone de rodillas, como la noche anterior, cara a Cara con el velo de la Verónica. Y ora, y habla con su Hijo.
Fuerte para dar fuerza a los demás, cuando está sola se pliega bajo el peso de la quebrantadora cruz. Y, a pesar de ello, de
cuando en cuando, como una llama liberada del estorbo del celemín, su alma se alza hacia una esperanza que en Ella no puede
morir; es más, que con el paso de las horas va aumentando. Y manifiesta su esperanza también al Padre; su esperanza y su
súplica:
-¡Jesús, Jesús! ¿No vuelves todavía? Tu pobre Mamá ya no resiste sabiendo que estás muerto allí. Hablaste y ninguno te
comprendió. ¡Pero yo sí te he comprendido! "Destruid el Templo de Dios y lo reconstruiré en tres días.” Éste es el principio del
tercer día. ¡Oh mi Jesús! No esperes al final del día para volver a la vida, a tu Mamá, que necesita verte vivo para no morir
recordándote muerto; que necesita verte hermoso, sano, triunfante, para no morir recordándote en ese estado en que te
dejaron.
¡Oh, Padre! ¡Padre! ¡Dame a mi Hijo! Que yo lo vea de nuevo Hombre y no cadáver, Rey y no condenado. Sé que
después volverá contigo al Cielo. Pero yo lo habré visto curado de tanto mal; fuerte, después de tanta debilidad; triunfador,
después de tanta lucha; Dios, después de tanta humanidad padecida por los hombres. Y me sentiré feliz aun perdiéndolo de mi
lado. Sabré que está contigo, Padre santo, sabré que para siempre está fuera del Dolor. Pero ahora no puedo, no puedo olvidar

que está en un sepulcro, que está allí, matado por tanto dolor como le han causado, no puedo olvidar que Él, mi Hijo-Dios, esta
agregado a la suerte de los hombres en la oscuridad de un sepulcro, Él, tu Viviente.
Padre, Padre, escucha a tu sierva. Por aquel "sí"... No te he pedido nunca nada por mi obediencia a tus designios; era tu
Voluntad, y tu Voluntad era la mía; nada debía exigir por el sacrificio de la mía a Ti, Padre Santo. ¡Pero ahora, pero ahora, por
aquel "sí" que dije al Ángel mensajero, oh Padre, escúchame!
Él está libre de las torturas, porque todo lo ha consumado con la agonía de tres horas después de las vejaciones de la
mañana. Pero yo llevo tres días en esta agonía. Tú ves mi corazón y sientes sus latidos. Nuestro Jesús dijo que no caía una pluma
de ave sin que Tú la vieras; que no moría una flor en el campo sin que Tú consolaras su agonía con tu sol y tu rocío. ¡Oh, Padre,
yo muero de este dolor! Haz conmigo como con el ave al que recubres con nuevas plumas, como con la flor a la que calientas y
das de beber compasivo. Yo muero de frío por el dolor. Ya no tengo sangre en las venas. En el pasado, toda se hizo leche para
nutrir a tu Hijo e Hijo mío; ahora se ha hecho por entero llanto, porque ya no tengo Hijo. Me lo han matado, matado, Padre. ¡Y
Tú sabes de qué manera!
¡Estoy exangüe! He derramado mi sangre con Él en la noche del Jueves, en el Viernes funesto. Tengo frío como una
persona desangrada. Ni tengo ya Sol, porque Él ha muerto, mi Sol santo, el Sol mío bendito, el Sol nacido de mi seno para alegría
de su Mamá, para salud del mundo. Ni siento refrigerio, porque ya no lo tengo a Él, la más dulce de las fuentes para su Madre,
que bebía su palabra, que con la presencia de Él saciaba su sed. Soy como una flor en arena desecada.
Muero, muero, Padre santo. No me da miedo morir, porque Él también ha muerto. Pero... ¿y estos pequeñuelos?, ¿el
pequeño rebaño de mi Hijo?, tan débiles, tan asustadizos, tan volubles... ¿qué será de ellos, si nadie los sostiene? No soy nada,
Padre; pero, para los deseos de mi Hijo, soy como un cuerpo de ejército. Defiendo, defenderé su Doctrina y su herencia como
una loba defiende a sus lobeznos. Yo, cordera, me haré loba para defender lo que pertenece a mi Hijo y, por tanto, lo que te
pertenece a ti.
Tú lo has visto, Padre. Hace ocho días esta ciudad ha despojado sus olivos, sus casas, sus jardines, a los propios
habitantes, y se ha quedado ronca gritando: "Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en el nombre del Señor". Y,
mientras Él pasaba sobre alfombras de ramas, de vestidos, de telas, de flores, los habitantes de la ciudad, unos a otros, se
señalaban a Jesús y decían: "Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea. Es el Rey de Israel". Y, cuando aún no se habían ajado
esas ramas y la voz estaba todavía ronca de tanto grito de alabanza, transformaron su grito en acusaciones y maldiciones y en
peticiones de condena a muerte; de las ramas arrancadas para la exaltación hicieron palos para golpear a tu Cordero, y lo
conducían a la muerte. Si todo esto han hecho mientras Él estaba en medio de ellos y les hablaba y les sonreía y los miraba con
esa mirada suya que diluye el corazón y que hasta hace estremecerse a las piedras si en ellas recae, y los favorecía y
adoctrinaba, ¿qué harán cuando Él haya vuelto a ti?
Sus discípulos -ya lo has visto-, uno lo ha traicionado, los otros han huido. Bastó que le golpearan para que huyeran
como cobardes ovejas, y no han sabido estar a su lado mientras moría. Uno sólo, el más joven; ha permanecido. Ahora viene el
anciano. Pero ya ha sabido abjurar una vez. Cuando Jesús no esté ya aquí mirándolo, ¿sabrá permanecer en la Fe?
Yo no soy nada, pero en mí hay un poco de mi Hijo, y mi amor cubre de plenitud mi flaqueza y la anula. Me hago así útil
para la causa de tu Hijo, para su Iglesia, que no encontrará nunca paz y que necesita echar raíces profundas para no ser
desarraigada por los vientos. Yo seré la que la cuide. Como hortelana diligente, velaré para que crezca fuerte y derecha en su
amanecer. Luego no me preocupará morirme. Pero no puedo vivir si sigo más tiempo sin Jesús.
¡Oh, Padre que abandonaste al Hijo por el bien de los hombres, pero que luego lo confortaste, porque ciertamente lo
has recibido en tu seno después de la muerte, no me dejes más tiempo en este abandono. Yo lo padezco y lo ofrezco por el bien
de los hombres. Pero consuélame, ahora, Padre. ¡Padre, piedad! ¡Piedad, Hijo mío! ¡Piedad, divino Espíritu! ¡Acuérdate de tu
Virgen!
Después, prosternada, María parece orar con su postura, además de con su corazón: es verdaderamente un pobre ser
abatido: parece esa flor muerta de sed de que ha hablado.
No advierte tan siquiera la sacudida de un breve pero violento terremoto que hace gritar y huir al dueño y a la dueña de
la casa, mientras Pedro y Juan, pálidos como muertos, arrastran sus pasos hasta la entrada de la habitación. Pero, al ver a María
tan absorta en su oración, olvidada, lejana de todo lo que no es Dios, se retiran y cierran la puerta y vuelven, atemorizados, al
Cenáculo.

617
La Resurrección.
En el huerto todo es silencio y titileo del rocío. Encima, un cielo que va adquiriendo color zafiro cada vez más claro,
habiéndose despojado ya de su negroazul recamo de estrellas, que durante toda la noche había estado velando al mundo. El
alba rechaza, de oriente a occidente, estas zonas todavía oscuras, como hace la ola durante la marea alta, cuando ésta va
avanzando y cubriendo el oscuro litoral y sustituyendo el gris negro de la húmeda arena y del arrecife por el azul del agua
marina.
Algunas estrellitas se resisten todavía a morir, y parpadean, cada vez más débilmente bajo la onda de luz blancoverdosa del alba, láctea con tonalidades cenizosas, como las frondas de los olivos soñolientos que hacen de corona a aquel
montículo poco lejano. Y naufragan luego, sumergidas por la ola del alba, como tierra sobrepujada por el agua. Y ya hay una
menos... y luego otra menos... y otra, y otra: el cielo va perdiendo sus rebaños de estrellas... Ya sólo, en el extremo occidente,
hay tres; luego, dos; luego una, que sigue contemplando ese prodigio cotidiano que es el surgimiento de la aurora.

Y cuando un hilo rosicler dibuja una línea sobre la seda turquesa del cielo oriental, un suspiro de viento acaricia las
frondas y las hierbas, diciendo: "Despertaos. El día resucita". Pero sólo despierta a frondas y hierbas, que, bajo sus diamantes de
rocío, se estremecen, con un leve susurro acompañado de arpegios de gotas que caen; los pájaros todavía no se despiertan
entre las tupidas ramas de un altísimo ciprés que parece dominar como un señor en su reino; ni en la enredada maraña de un
seto de laurel que protege de la tramontana.
Los soldados que están de guardia, aburridos, enfriados, en varias posturas, vigilan el Sepulcro, cuya puerta ha sido
reforzada, en los bordes, con una gruesa capa de argamasa, como si fuera un contrafuerte. Sobre el fondo blanco opaco de la
argamasa resaltan las anchas rosetas de cera roja del sello del Templo, estampadas junte a otros sellos directamente en la
argamasa fresca.
Los soldados deben haber encendido un pequeño fuego durante la noche, porque hay en el suelo ceniza y tizones mal
quemados; y deben haber jugado y comido, porque hay todavía restos de comida diseminados, y pequeños huesos limpios,
usados, sin duda, para algún juego semejante a nuestro dominó o a nuestro infantil juego con canicas, jugados sobre un
rudimentario trazado dibujado en el sendero. Luego se han cansado y han abandonado todo para buscar posturas más o menos
cómodas, según fuera para dormir o para velar.
En el cielo, que ahora presenta en el Oriente un área enteramente rosada que se va extendiendo cada vez más por el
cielo sereno - donde todavía no hay rayos de sol-, aparece, procedente de profundidades desconocidas, un meteoro lleno de
resplandor. Y el meteoro baja -bola de fuego de irresistible resplandor- seguido de una estela rutilante, que quizás no es más
que el recuerdo de su fulgor en nuestra retina. Baja velocísimo hacía la Tierra, esparciendo una luz tan intensa, fantasmagórica,
aterradora dentro de su belleza, que la rosada de la aurora queda anulada, superada por esta incandescencia blanca.
Los soldados alzan, estupefactos, la cabeza (incluso porque con la luz llega un estampido potente, armónico, solemne,
que llena con su sonido toda la Creación). Viene de profundidades paradisíacas. Es el aleluya, el gloria angélico, que sigue al
Espíritu del Cristo en su regreso a su Carne gloriosa.
El meteoro se abate contra la piedra que inútilmente cierra el Sepulcro. La arranca de cuajo, la echa al suelo. Paraliza,
por el terror y el fragor, a los soldados puestos como carceleros del Dueño del Universo. Y, a su regreso a la Tierra, al igual que
había producido un terremoto cuando huyó de la Tierra, el Espíritu del Señor produce un nuevo terremoto. Entra en el oscuro
Sepulcro, el cual, con esta indescriptible luz, se llena de claridad; y mientras la luz permanece suspendida en el aire inmóvil, el
Espíritu se reinfunde en el inmóvil Cuerpo bajo la mortaja.
Todo esto (la aparición, el descenso, la entrada, la desaparición la Luz de Dios) ha sido rapidísimo: no en un momento,
sino en una fracción de momento.
E1 «Quiero» del divino Espíritu a su fría Carne no tiene sonido. Lo dice la Esencia a la Materia inmóvil. Pero ningún oído
humano percibe esa palabra. La Carne recibe ese imperativo y obedece con profundo respiro... Durante unos momentos, nada
más.
Debajo del sudario y de la sábana, la Carne gloriosa se recompone vestida de eterna belleza, se despierta del sueño de
la muerte, regresa de la "nada" en que estaba, vive después de haber estado muerta. Ciertamente el corazón se despierta y da
su primer latido, impulsa en las venas la helada sangre que quedaba y, inmediatamente, crea la medida total de sangre en las
arterias vaciadas, en los pulmones inmóviles, en el cerebro entenebrecido, y aporta nuevo calor, salud, fuerza, pensamiento.
Otro instante, y se produce un repentino movimiento bajo la pesada sábana. Tan repentino, que, desde el instante en
que El mueve las manos cruzadas, hasta el momento en que aparece, majestuoso, en pie, lleno de resplandor con su vestido de
inmaterial materia, sobrenaturalmente bello y majestuoso, con una gravedad que lo transforma y eleva sin anularle su
identidad, la vista casi no tiene tiempo de captar los momentos sucesivos. Y ahora la vista lo admira. ¡Qué distinto de como la
mente recuerda! Pulcro, sin heridas ni sangre; sólo resplandeciente, con el resplandor de la luz que mana a chorros de las cinco
llagas y rezuma por todos los poros de su epidermis.
Cuando da el primer paso y, al moverse, los rayos que irradian las Manos y los Pies lo aureolan de haces de luz: desde la
Cabeza, nimbada con un halo constituido por las innumerables pequeñas heridas de 1a corona, que ya no manan sangre sino
sólo fulgor, hasta el borde del vestido-, cuando, abriendo los brazos que tenía juntos en el pecho, descubre la zona de
luminosidad vivísima que pasa a través del vestido encendiéndolo con un sol a la altura del Corazón, entonces realmente es la
"Luz" que ha tomado cuerpo.
No la pobre luz de la Tierra, no la pobre luz de los astros, no la pobre luz del Sol. Es la Luz de Dios: todo el fulgor
paradisíaco reunido en un solo Ser, un fulgor que le da sus inconcebibles azules como pupilas, sus fuegos de oro como cabellos,
sus candores angélicos como vestido y colorido, y todo lo que constituye -y no es descriptible con palabra humana- el
supraeminente ardor de la Stma. Trinidad-que anula con su potencia ardiente todo fuego del Paraíso absorbiéndolo en sí para
generarlo nuevamente en cada instante del Tiempo eterno, Corazón del Cielo que atrae y difunde su sangre, las innumerables
gotas de su sangre incorpórea: los bienaventurados, los ángeles, todo lo que constituye el Paraíso: el amor de Dios, el amor a
Dios; todo esto es la Luz que es el Cristo Resucitado, que constituye el Cristo Resucitado.
Cuando se mueve, viniendo hacia la salida, y la vista puede ver más allá del fulgor, entonces aparecen ante mi vista dos
luminosidades hermosísimas (sólo como estrellas comparadas con el Sol): una hacia dentro y otra hacia afuera de la puerta,
postradas en acto de adoración a su Dios que pasa envuelto en su luz, espirando beatitud con su sonrisa; y sale. Abandona la
fúnebre gruta y vuelve a pisar la tierra, la cual se despierta de alegría y resplandece toda en su rocío, en los colores de las
hierbas y los rosales, en las infinitas corolas de los manzanos que se abren por un prodigio al recibir los primeros rayos del Sol,
que las besan, y ante la presencia del Sol eterno que bajo ellas camina.
Los soldados se han quedado paralizados donde estaban... Las fuerzas corrompidas del hombre no ven a Dios, mientras
que las fuerzas puras del universo -las flores, las hierbas, los pájaros- admiran y veneran al Poderoso, que pasa nimbado con su
propia Luz y rodeado de un nimbo de luz solar.

Su sonrisa, la mirada que deposita en las flores, en las frondas, o que se alza al cielo sereno, hace aumentar la belleza
de todo: y más suaves, y teñidos de un esfumado, sedoso colorido rosáceo, aparecen los millones de pétalos que forman una
espuma florecida sobre la cabeza del Vencedor; y más vivos aparecen los diamantes del rocío; y más azul el cielo, que refleja sus
Ojos refulgentes; y más festivo el Sol, que pone pinceladas de alegría en una nubecita movida por una brisa ligera que viene a
besar a su Rey con fragancias arrebatadas a los jardines y caricias de pétalos sedosos.
Jesús alza la Mano y bendice. Luego, mientras cantan más fuerte los pájaros y más intensamente el viento perfuma,
desaparece de mi vista, dejándome en un gozo que borra hasta los más leves recuerdos de tristezas y sufrimientos y las más
leves vacilaciones sobre el mañana...

618
Jesús resucitado se aparece a su Madre.
María ahora está postrada rostro en tierra. Parece un pobre ser abatido. Parece esa flor de que ha hablado, esa flor
muerta a causa de la sed.
La ventana cerrada se abre con un impetuoso golpeo de las recias hojas, y, bajo el primer rayo del Sol, entra Jesús.
María, que se ha estremecido con el ruido y que alza la cabeza para ver qué ráfaga de viento ha abierto la ventana, ve a
su radiante Hijo: hermoso, infinitamente más hermoso que cuando todavía no había padecido; sonriente, vivo, más luminoso
que el Sol, vestido con un blanco que parece luz tejida. Y lo ve avanzar hacia Ella.
María se endereza sobre sus rodillas y, uniendo las manos sobre el pecho, dice con un sollozo que es risa y llanto:
«Señor, mi Dios». Y se queda arrobada, contemplándolo con su rostro lavado todo en lágrimas, pero sereno ahora, sosegado por
la sonrisa y el éxtasis.
Pero El no quiere ver a su Madre de rodillas como una sierva. Y la llama tendiéndole las Manos, cuyas heridas emanan
rayos que hacen aún más luminosa su Carne gloriosa: « ¡Mamá!». Y no es esa palabra afligida de los coloquios y despedidas
anteriores a la Pasión, ni el lamento desgarrado del encuentro en el Calvario y de la agonía. Es un grito de triunfo, de alegría, de
liberación, de fiesta, de amor, de gratitud. Y se inclina hacia su Madre, que no osa tocarlo, y le pone sus Manos bajo los codos
doblados, la pone en pie, la aprieta contra su Corazón y la besa.
¡Oh, entonces María comprende que no es una visión, sino que es su Hijo realmente resucitado; que es su Jesús, el Hijo
que sigue amándola como Hijo! Y, con un grito, se le arroja al cuello y lo abraza y lo besa, riendo y llorando. Lo besa en la
Frente, donde ya no hay heridas; en la Cabeza, que ya no está despeinada ni sangra; en los Ojos fúlgidos; en las Mejillas ahora
sanas; en la Boca que ya no está hinchada. Y luego toma sus Manos y besa los dorsos y las palmas, en las radiosas heridas. Y, con
un impulso repentino, se agacha a sus Pies, retira el vestido resplandeciente que los cubre, y los besa.
Luego se levanta, lo mira, no se atreve...
Pero Él comprende y sonríe. Retira levemente su vestido en la parte del pecho y dice:
-¿Y esta llaga, Mamá, no la besas; esta que tanto te ha hecho sufrir y que sólo tú eres digna de besar? Bésame en el
Corazón, Mamá. Tu beso me borrará el último recuerdo de todo lo que significa dolor, y me dará ese gozo que todavía le falta a
mi Gozo de Resucitado.
Y toma entre sus manos la cara de su Madre y apoya los labios de Ella en los labios de la herida del Costado, de donde
manan chorros de luz vivísima. El rostro de María, sumergido en ese torrente de rayos, aparece aureolado por esa luz.
Ella besa, besa, mientras Jesús la acaricia. No se cansa de besar. Parece un sediento que ha pegado su boca a la fuente y
de la fuente esté bebiendo esa vida que se le escapaba.
Ahora Jesús habla.
-Todo ha terminado, Mamá. Ya no tienes que llorar por tu Hijo. La prueba está consumada. La Redención se ha
producido.
Mamá, gracias por haberme concebido, criado, ayudado en 1a vida y en la muerte.
He sentido llegar a mí tus oraciones, que han sido mi fuerza en el dolor, mis compañeras en mi viaje por este mundo y
más allá de este mundo; tus oraciones han estado conmigo en la Cruz y en el Limbo. Eran el incienso que precedía al Pontífice
que iba a llamar a sus siervos para llevarlos al templo que no muere: a mi Cielo. Tus oraciones han venido conmigo al Paraíso,
precediendo como voz angélica al cortejo de los redimidos guiados por el Redentor, para que los ángeles estuvieran preparados
para saludar al Vencedor que volvía a su Reino. El Padre y el Espíritu Santo las han oído y visto, y han sonreído como a 1a flor
más hermosa y al más dulce canto nacidos en e1 Paraíso. Las han conocido los Patriarcas y los nuevos Santos, los nuevos,
primeros, ciudadanos de mi Jerusalén. Y Yo te traigo el "gracias" de ellos, Mamá, junto con el beso de tus padres y su bendición,
y la de tu esposo de alma, José.
¡Todo el Cielo entona su hosanna para ti, Madre mía, Mamá santa! Un hosanna que no muere, que no es falso como el
que hace unos días la gente entonó para mí.
Ahora voy al Padre con mi figura humana. El Paraíso debe ver al vencedor en esa figura de Hombre con que ha vencido
al Pecado del Hombre. Pero luego regresaré. Tengo que confirmar en la Fe a quien no cree todavía y necesita creer para llevar a
otros a creer; debo fortalecer a los pequeños, que tendrán necesidad de mucha fortaleza para resistir al mundo.
Luego subiré al Cielo. Pero no te dejaré sola. Mamá, ¿ves ese velo? Aun dentro de mi abatimiento, he irradiado poder
milagroso para ti, para darte ese consuelo. Y para ti cumplo otro milagro. Tú me tendrás, en el Sacramento, real como cuando
me llevabas dentro de ti.

Nunca estarás sola. En estos días lo has estado. Pero mi Redención requería también este dolor tuyo. Mucho ha de
añadirse continuamente a la Redención, porque mucho será creado continuamente en el orden del Pecado. Llamaré a todos mis
siervos a esta coparticipación redentora. Y tú eres aquella que, por si sola, hará más que todos los santos juntos. Por eso, se
requería también este largo abandono.
A partir de ahora, ya no. Ya no estoy escindido del Padre. Tú ya no estarás escindida del Hijo. Y, teniendo al Hijo, tienes
a la Trinidad nuestra. Tú, Cielo viviente, serás portadora de la Trinidad en la Tierra, en medio de los hombres, y santificarás a la
Iglesia, tú, Reina del Sacerdocio y Madre de los Cristianos.
Luego Yo vendré a recogerte. Y ya no seré Yo en ti, sino que serás tú en mí, quien, en mi Reino, haga más hermoso el
Paraíso.
Ahora me marcho, Madre. Voy a hacer feliz a la otra María. Luego subo al Padre. Luego vendré a quien no cree.
Mamá, tu beso por bendición, y mi Paz a ti por compañía. Adiós.
Y Jesús desaparece en el sol, que desciende a chorros del cielo matutino y sereno.

619
Las pías mujeres al pie del Sepulcro.
Entretanto las mujeres, dejada ya la casa, caminan, sombras en la sombra, muy cerca del muro. Durante un rato
guardan silencio, bien arrebozadas y medrosas por tanto silencio y soledad. Luego, recobrando los ánimos a la vista de la calma
absoluta que hay en la ciudad, se reúnen en grupo y encuentran el valor para hablar.
-¿Estarán abiertas ya las puertas? - pregunta Susana.
-Claro que sí. Mira allí el primer hortelano que entra con las verduras.
-Va al mercado - responde Salomé.
-¿Nos dirán algo? - Es también Susana la que hace esta pregunta.
-¿Quién? - pregunta la Magdalena.
-Los soldados, en la puerta Judicial. Por esa puerta... entran pocos y, menos todavía, salen... Crearemos recelos...
-¿Y qué? Nos mirarán. Verán a cinco mujeres que van hacia el campo. Podríamos ser también personas que después de
la Pascua regresan a sus pueblos.
-Pero... Para no llamar la atención de algún malintencionado, ¿por qué no salimos por otra puerta y luego volvemos
siguiendo el muro bien pegadas a él?...
-Alargamos el camino.
-Pero estaremos más seguras. Pasamos por la puerta del Agua...
-Yo que tú, Salomé, pasaría por la puerta Oriental. ¡Así sería más larga la vuelta que tendrías que dar! Tenemos que
darnos prisa y volver pronto.
La que habla tan resueltamente es la Magdalena.
-Entonces otra, pero no la puerta Judicial. Esto sí, mujer... - le ruegan todas.
-De acuerdo. Pero entonces pasamos por casa de Juana. Nos insistió en que la advirtiéramos. Si hubiéramos ido
directamente, hubiéramos podido no pasar por su casa, pero, dado que queréis dar una vuelta más grande, pues vamos donde
ella...
-¡Sí! ¡Sí! Incluso por los soldados que están allí de guardia... Ella es conocida y se la teme...
-Yo sugeriría también pasar por casa de José de Arimatea. Es el dueño del sitio.
-¡Claro, y ahora formamos un cortejo para no llamar la atención! ¡Pero qué hermana más temerosa tengo! Mira, Marta,
más bien hacemos esto: yo me adelanto y observo; vosotras venís detrás con Juana; si hay peligro, me pongo en medio del
camino, de forma que me veáis; en ese caso, regresamos. Pero, os aseguro que los soldados, al ver esto -ya lo he previsto yo (y
enseña una bolsa llena de monedas)-nos dejarán hacer todo.
-Se lo decimos también a Juana. Tienes razón.
-Entonces marchaos. Y yo también.
-¿Vas sola, María? Voy contigo - dice Marta, temerosa por su hermana.
-No. Tú ve donde Juana con María de Alfeo. Salomé y Susana te esperan cerca de la puerta por la parte de fuera de las
murallas. Y luego venís por la vía principal todas juntas. Adiós.
Y María Magdalena corta otros posibles comentarios yéndose rauda con su bolsa de bálsamos y sus monedas en el
pecho.
Va tan rápida, que parece volar por el camino, que se hace más alegre con el primer rosicler de la aurora. Pasa la puerta
Judicial para ahorrar tiempo. Y nadie la para...
Las otras la ven alejarse. Luego vuelven las espaldas a la bifurcación de calles en que estaban y toman otra, estrecha y
oscura, que luego se abre, ya cerca del Sixto, para formar una calle más ancha y abierta, donde hay hermosas casas. Se separan:
Salomé y Susana siguen por esa misma calle; Marta y María de Alfeo llaman al portón herrado, y se ponen delante de la pequeña
ventana -un ventanillo- entreabierta por el portero.
Entran y van donde Juana, la cual, ya levantada y vestida toda de un morado oscurísimo que resalta aún más su palidez,
está trabajando también con unos bálsamos, junto con la nodriza y una criada.

-¿Habéis venido? Dios os lo pague. Pero, si no hubierais venido, habría ido yo... En busca de consuelo... Porque, después
de ese tremendo día, muchas cosas se han alterado. Y para no sentirme sola, debo ir a apoyarme en esa piedra y llamar y decir:
"Maestro, soy la pobre Juana... No me dejes sola también Tú...
Juana llora quedo, pero con mucha desolación, mientras Ester, la nodriza, hace vistosos gestos indescifrables detrás de
Juana mientras le coloca el manto.
-Yo me marcho, Ester.
-¡Dios te dé consuelo!
Salen del palacio para unirse a las compañeras. Es en este momento cuando se produce el breve y fuerte terremoto,
que hace cundir el pánico de nuevo entre los jerosolimitanos, aterrorizados todavía por los hechos acaecidos el viernes. Las tres
mujeres vuelven sobre sus pasos precipitadamente, y se quedan en el amplio vestíbulo, -en medio de las criadas y criados que
gritan e invocan al Señor, temerosas de nuevos temblores de tierra...
...La Magdalena, sin embargo, está ya en la entrada del caminito que lleva al huerto de José de Arimatea cuando la
sorprende el potente estampido, potente pero armónico, de este signo celeste. Al mismo tiempo, en la luz levemente rosada de
la aurora que va avanzando en el cielo -donde todavía en el Occidente resiste una tenaz estrella- y que va poniendo dorado el
aire hasta ahora levemente verdoso, se enciende una gran luz, que desciende como si fuera un globo incandescente,
brillantísimo, cortando en zigzag el aire sereno. Pasa muy cerca de María de Magdala (casi hace que se caiga al suelo). Ella se
pliega un poco susurrando: « ¡Mi Señor!», y luego, como un tallito tras el paso del viento, se endereza de nuevo y, más veloz,
corre hacia el huerto.
Entra en él rápidamente: va hacia el sepulcro de roca como un pájaro perseguido en busca de su nido. Pero, a pesar de
toda su prisa, no puede estar allí cuando el celeste meteoro hace de palanca y de llama en la argamasa con que está sellada y
reforzada la pesada piedra; ni cuando, con fragor final, la puerta de piedra cae produciendo una vibración que se une a la del
terremoto, el cual, a pesar de ser breve, es de una violencia tal, que echa por tierra a los soldados como muertos.
María, al llegar, ve a estos inútiles carceleros del Triunfador arrojados al suelo como un haz de espigas cortadas. María
Magdalena no relaciona el terremoto con la Resurrección, sino que, al ver ese espectáculo, cree que se trata del castigo de Dios
contra profanadores del Sepulcro de Jesús, y cae de rodillas diciendo:
-¡Ay, se lo han llevado!
Está verdaderamente desolada. Llora como una niña que hubiera venido a buscar a su padre, con la seguridad de
encontrarlo, y se hubiera encontrado vacía la casa.
Luego se alza y se marcha corriendo en busca de Pedro y Juan. Y, dado que ya sólo piensa en avisar a los dos, no se
acuerda de ir al encuentro de las compañeras, ni se acuerda de detenerse en el camino, sino que, veloz como una gacela, vuelve
a pasar por el camino recorrido antes, atraviesa la puerta Judicial y corre presurosa por las calles, que ahora tienen un poco más
de gente, para toparse contra el portón de la casa amiga y golpearlo y empujarlo furiosamente.
Le abre la dueña.
-¿Dónde están Juan y Pedro? - pregunta jadeante y angustiada María Magdalena.
-Allí - y la mujer señala hacia el Cenáculo.
María de Magdala entra y, nada más entrar, enfrente de los dos asombrados apóstoles, dice (y en su voz, mantenida
baja por piedad hacia la Madre, hay más angustia que si hubiera gritado):
-¡Se han llevado del Sepulcro al Señor! ¿Quién sabe dónde lo habrán puesto? - y por primera vez se tambalea y vacila y,
para no caerse, se agarra donde puede.
-¡Cómo! ¿Qué dices? - preguntan los dos.
Y ella, jadeante:
-Yo me adelanté... para comprar a los soldados que estaban de guardia... para que nos permitieran embalsamar. Ellos
están allí como muertos... El Sepulcro está abierto, la piedra por el suelo... ¿Quién? ¿Quién habrá sido? ¡Venid! Vamos
corriendo...
Pedro y Juan se encaminan. María los sigue a algunos pasos de distancia. Luego vuelve, agarra a la dueña de la casa, la
zarandea con violencia movida de su amor previsor y le dice junto a la cara con voz sibilante:
-Que no se te ocurra dejar pasar a nadie donde está Ella (y señala la puerta de la habitación de María). Recuerda que yo
mando en ti. Obedece y calla.
Y, dejándola verdaderamente sobrecogida, da alcance a los apóstoles, que con paso veloz van hacia el Sepulcro...
...Entretanto, Susana y Salomé, en llegando a las murallas, habiendo dejado a sus compañeras, se ven sorprendidas por
el terremoto. Atemorizadas, se refugian debajo de un árbol, y se quedan allí, con el dilema de si ir hacia el Sepulcro o si huir
hacia la casa de Juana: pero el amor vence al miedo y van hacia el Sepulcro.
Entran, todavía turbadas, en el huerto, y ven a los soldados, como muertos... Ven una gran luz salir del Sepulcro abierto.
Aumenta su turbación, y termina haciéndose completa cuando, cogidas de la mano para infundirse recíprocamente ánimos, se
asoman a la entrada y, en la oscuridad de la gruta sepulcral, ven a una criatura luminosa y hermosísima, dulcemente sonriente,
saludarlas desde el sitio donde está: apoyada en la parte derecha de la piedra de la unción, cuyo gris volumen, detrás de tanto
incandescente esplendor, se desvanece. Caen de rodillas, aturdidas por el estupor.
Pero el ángel les habla dulcemente:
-No tengáis miedo de mí. Soy el ángel del divino Dolor. He venido para experimentar la dicha de su final: ya no existe el
dolor del Cristo ni su anonadamiento en la muerte. Jesús de Nazaret, el Crucificado al que vosotras buscáis, ha resucitado. ¡Ya no
está aquí! Vacío está el lugar en que había sido colocado. Exultad conmigo. Id. Decidle a Pedro y decid a los discípulos que ha
resucitado y que os precede hacia Galilea. Allí lo veréis todavía, aunque por poco tiempo, según ha dicho.

Las mujeres caen rostro en tierra y, cuando lo alzan, huyen como si un castigo las persiguiera. Están aterrorizadas y
susurran:
-¡Ahora moriremos! ¡Hemos visto al ángel del Señor!
Ya en pleno campo se calman un poco, y se consultan recíprocamente. ¿Qué hacer? Si dicen lo que han visto, no las
creerán; si dicen que vienen de allí, pueden ser acusadas por los judíos de haber matado a los soldados que estaban de guardia.
No, no pueden decir nada; ni a los amigos ni a los enemigos...
Atemorizadas, enmudecidas, vuelven por otro camino hacia casa. Entran y se refugian en el Cenáculo. Ni siquiera piden
ver a María... Y allí piensan que lo que han visto ha sido un engaño del Demonio. Siendo, como son, humildes, juzgan que «no
puede ser que a ellas les haya sido concedido ver al enviado de Dios. Es Satanás el que ha querido atemorizarlas para alejarlas de
allí».
Lloran y oran como dos niñas asustadas por una pesadilla...
...El tercer grupo, el de Juana, María de Alfeo y Marta, visto que nada nuevo sucede, se decide a ir al lugar donde, sin
duda, están las compañeras esperando. Salen a las calles, donde ya hay gente, gente asustada que habla del nuevo terremoto y
lo relaciona con los hechos del viernes y ve incluso lo que no existe.
-¡Mejor, si están todos asustados! Quizás también lo estén los soldados de la guardia y no pongan objeciones - dice
María de Alfeo. Y van raudas hacia las murallas.
Pero, mientras ellas van allá, al huerto han llegado ya Pedro y Juan, seguidos por la Magdalena. Y Juan, más rápido, es el
primero en llegar al Sepulcro. Los soldados ya no están. Tampoco está ya el ángel.
Juan se arrodilla, temeroso y afligido, en la entrada totalmente abierta; se arrodilla para hacer un acto de veneración y
para captar algún indicio de las cosas que ve. Pero sólo ve, en el suelo, los paños de lino, puestos en un montón encima de la
Sábana.
-¡Pues verdaderamente no está, Simón! Es como lo había visto María. Ven, entra mira.
Pedro, jadeando por la gran carrera realizada, entra en el Sepulcro. Por el camino había dicho: «No me voy a atrever a
acercarme a ese sitio». Pero ahora sólo piensa en descubrir dónde puede estar el Maestro. E incluso lo llama, como si pudiera
estar escondido en algún rincón oscuro.
La oscuridad, en esta hora matutina, es todavía fuerte en el profundo Sepulcro cuya única fuente de luz es la pequeña
abertura de la puerta, en la que proyectan sombra ahora Juan y la Magdalena... Y Pedro tiene dificultad para ver, de forma que
tiene que ayudarse con las manos... Toca, temblando, la mesa de la unción y la siente vacía…
-¡No está, Juan! ¡No está!... ¡Ven también tú! Yo he llorado tanto, que casi no veo con esta poca luz.
Juan se pone de pie y entra. Mientras Juan hace esto, Pedro descubre el sudario, colocado en un rincón, bien doblado;
y, dentro del sudario, cuidadosamente enrollada, la sábana.
-Verdaderamente se lo han llevado. Los soldados estaban no por nosotros sino para hacer esto... Y nosotros les hemos
dejado actuar. Marchándonos, lo hemos permitido...
-¡Oh! ¿Dónde lo habrán puesto!
-Pedro... Pedro... ahora sí que ya no hay nada que hacer.
Los dos discípulos salen abatidos por completo.
-Vamos, mujer. Díselo tú a su Madre...
-Yo no me marcho. Me quedo aquí... Alguno vendrá... No, no me voy... Aquí hay todavía algo que de Él. Tenía razón su
Madre... Respirar el aire donde Él ha estado es el único consuelo que nos queda.
-El único consuelo... Ahora tú también te percatas de que esperar era una quimera... - dice Pedro.
María ni siquiera responde. Se deja caer al suelo, justo junto a la entrada, y llora mientras los otros se marchan
lentamente.
Luego levanta la cabeza y mira adentro, y, a través de las lágrimas, ve a dos ángeles, sentados el uno en la cabecera y el
otro en los pies de la piedra de la unción. Está tan aturdida la pobre María, en su más fiera batalla entre la esperanza que muere
y la fe que no quiere morir, que los mira alelada, sin asombro siquiera. Ya no tiene sino lágrimas la mujer fuerte que con
heroísmo ha resistido todo.
-¿Por qué lloras, mujer? - pregunta uno de los dos luminosos muchachos (porque su aspecto es el de dos hermosísimos
adolescentes).
-Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto.
María habla con ellos sin miedo. No pregunta: « ¿Quiénes sois?». Nada. Ya nada le causa estupor. Todo lo que puede
asombrar a una criatura ella ya lo ha sufrido. Ahora es sólo un ser quebrantado que llora sin fuerzas y sin reserva.
El jovencito angélico mira a su compañero y sonríe. Y el otro también. Y, resplandeciendo de júbilo angélico, ambos
miran afuera, hacia el huerto del todo florecido por los millones de corolas que se han abierto con el primer sol en los tupidos
manzanos del pomar.
María se vuelve para ver a quién miran. Y ve a un Hombre, hermosísimo, al que no sé como puede no reconocer
inmediatamente. Un Hombre que la mira con piedad y le pregunta:
-Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?
Es verdad que es un Jesús velado por su propia piedad hacia la criatura, a la que las demasiadas emociones han agotado
y podría morir a causa de la repentina alegría; pero de verdad me pregunto cómo puede no reconocerlo.
Y María, entre sollozos:
-¡Se me han llevado al Señor Jesús! Había venido a embalsamarlo en espera de que resucitara... He tenido recogido
todo mi coraje y mi esperanza, y mi fe, en torno a mi amor... y ahora ya no lo encuentro... No, más bien he puesto mi amor en
torno a la fe, a la esperanza y al coraje, para defenderlos de los hombres... ¡Pero todo es inútil! Los hombres me han robado a mi

Amor, y con Él me han arrebatado todo... ¡Oh, mi señor, si eres tú el que se lo ha llevado, dime dónde lo has puesto! Y yo iré por
Él... No se lo diré a nadie... Será un secreto entre tú y yo. Mira: soy la hija de Teófilo, la hermana de Lázaro, pero estoy de rodillas
delante de ti suplicándote, como una esclava. ¿Quieres que te compre su Cuerpo? Lo haré. ¿Cuánto quieres? Soy rica. Puedo
darte tanto oro y gemas como pesa su Cuerpo. Pero devuélvemelo. No te denunciaré. ¿Quieres golpearme? Hazlo. Haciéndome
verter sangre, si quieres. Si sientes odio hacia Él, descárgalo sobre mí. Pero devuélvemelo. ¡Oh, mi señor, no me hagas pobre de
esta manera, con esta indigencia! ¡Piedad de una pobre mujer!... ¿Por mí no quieres? Por su Madre, entonces. ¡Dime! Dime
dónde está mi Señor Jesús. Soy fuerte. Lo tomaré entre mis brazos y lo llevaré como a un niño a lugar seguro. Señor... señor... ya
lo ves... hace tres días que la ira de Dios se descarga sobre nosotros por lo que se hizo al Hijo de Dios... No añadas la Profanación
al Delito...
-¡María!
Jesús aparece radioso al llamarla. Se revela con su esplendor triunfante.
-¡Rabhuní!
El grito de María es verdaderamente "el gran grito" que cierra el ciclo de la muerte. Con el primero, las tinieblas del
odio fajaron a la Víctima con vendas fúnebres; con el segundo, las luces del amor aumentaron su esplendor. Y María, al emitir
este grito que llena el huerto, se alza y, presurosa, va a los pies de Jesús, a esos pies que quisiera besar.
Jesús, tocándola apenas con 1a punta de los dedos en la frente, la separa:
-¡No me toques! No he subido con esta figura todavía a mi Padre. Ve donde mis hermanos y amigos y diles que subo al
Padre mío y vuestro, a mi Dios y a vuestro Dios, y luego iré donde ellos.
Y Jesús, absorbido por una luz irresistible, desaparece.
María besa el suelo donde Él estaba y corre hacía la casa. Entra como un rayo -la puerta está entornada para dejar paso
al amo de la casa, que se dirige hacía la fuente-, abre la puerta de la habitación de María y se deja caer en el corazón de Ella,
gritando:
-¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado! - y llora llena de dicha.
Y, mientras acuden Pedro y Juan y del Cenáculo vienen las asustadas Salomé y Susana y escuchan lo que 1a Magdalena
dice, también vuelven de la calle María de Alfeo y Marta y Juana, las cuales, con respiro entrecortado, dicen que ellas también
han estado allí, y que han visto a dos ángeles que decían ser el Custodio del Hombre Dios y el Ángel de su Dolor, y que les han
dado la orden de decir a los discípulos que había resucitado. Y, al ver que Pedro menea la cabeza, insisten diciendo:
-Sí. Han dicho: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado, como dijo estando todavía
en Galilea. ¿No os acordáis? Dijo: “El Hijo del hombre debe ser entregado en manos de los pecadores y ser crucificado. Pero al
tercer día resucitará”.
Pedro menea la cabeza diciendo:
-¡Demasiadas cosas en estos días! Os han ofuscado.
La Magdalena alza la cabeza del pecho de María y dice:
-¡Lo he visto! Le he hablado. Me ha dicho que sube al Padre y luego viene. ¡Qué hermoso estaba! - y llora como nunca
ha llorado, ahora que ya no ha de torturarse a sí misma para hacer fuerza contra la duda procedente de todas partes.
Pero Pedro, y también Juan, se quedan muy dudosos. Se miran y sus ojos dicen: "¡Imaginación de mujeres!".
Entonces también Susana y Salomé se atreven a hablar. Pero la misma, inevitable diferencia en los detalles de los
soldados, que primero están como muertos y luego ya no están; y de los ángeles, que en un momento son uno y en otro dos, y
que no se han mostrado a los apóstoles; y de las dos versiones sobre el hecho de que Jesús va allí o que precede a los suyos
hacia Galilea... esto hace que la duda, es más, la persuasión de los apóstoles crezca cada vez más.
María, la Madre dichosa, calla, sujetando a la Magdalena... No comprendo el misterio de este silencio materno.
María de Alfeo dice a Salomé:
-Vamos a volver allá nosotras dos: Vamos a ver si estamos todas borrachas... - y se marchan rápidas. Las otras se
quedan --comedidamente no tomadas en consideración por los dos apóstoles- junto a María, que guarda silencio, absorta en un
pensamiento que cada uno interpreta a su manera y que ninguno comprende que es un éxtasis.
Vuelven las dos mujeres ya más bien ancianas:
-¡Es verdad! ¡Es verdad! Lo hemos visto. Nos ha dicho junto al huerto de Bernabé: “Paz a vosotras. No temáis. Id a decir
a mis hermanos que he resucitado y que vayan dentro de unos días a Galilea. Allí estaremos todavía un tiempo juntos”. Esto ha
dicho. María tiene razón. Hay que decírselo a los de Betania, a José, a Nicodemo, a los discípulos más leales, a los pastores. Hay
que ir, hay que hacer, hacer... ¡Oh! ¡Ha resucitado!... - lloran todas, felices.
-No estáis en vuestros cabales, mujeres. El dolor os ha ofuscado. La luz os ha parecido ángel; el viento, voz; el Sol,
Cristo. Yo no os critico. Os comprendo, pero sólo puedo creer en lo que he visto: el Sepulcro abierto y vacío, y los soldados que
habían sustraído el Cadáver y habían huido.
-¡Pero si lo dicen los propios soldados, que ha resucitado! ¡Si la ciudad está toda revuelta, y los príncipes de los
sacerdotes están locos de ira, porque los soldados, huyendo aterrorizados, han hablado! Ahora quieren que digan lo contrario y
les pagan por hacerlo. Pero ya se sabe. Y, si los judíos no creen en la Resurrección, no quieren creer, muchos otros creen...
-¡Mmm! ¡Las mujeres!...
Pedro se encoge de hombros y hace ademán de marcharse.
Entonces la Madre, que sigue teniendo sobre su corazón a la Magdalena (que llora como un sauce bajo un aguacero por
su desmesurada dicha), besándole sus rubios cabellos, alza su rostro transfigurado y dice una breve frase:
-Realmente ha resucitado. Yo le he tenido entre mis brazos y he besado sus Llagas - y luego reclina otra vez su cabeza
sobre los cabellos de la apasionada y dice: -Sí, la dicha es mayor aún que el dolor. Y no es más que un granito de arena respecto
a lo que será tu océano de dicha eterna. ¡Oh, bienaventurada que por encima de la razón has hecho hablar al espíritu!

Pedro ya no osa negar... y, con uno de esos virajes del Pedro antiguo, que ahora vuelve a aflorar, dice, y grita, como si
de los otros y no de él dependiera el retraso:
-¡Pues entonces, si es así, hay que comunicárselo a los otros; a los que están
dispersos por los campos... buscar... hacer... ¡Venga, moveos! Si realmente fuera allí... al menos que nos encuentre - y no se da
cuenta de que todavía está confesando que no cree ciegamente en la Resurrección.

620
Consideraciones sobre la Resurrección.
Dice Jesús (a María Valtorta):
-Las oraciones ardientes de María anticiparon algo mi Resurrección.
Yo había dicho: "Al Hijo del hombre lo matarán, pero al tercer día resucitará". Había muerto a las tres de la tarde del
viernes. Tanto si calculáis los días por su nombre como si calculáis las horas, no era el alba dominical la que debía verme
resucitar. En cuanto a horas, mi Cuerpo había estado sin vida treinta y ocho, en vez de setenta y dos; en cuanto a días, habría
debido, al menos, llegar la tarde de este tercer día para decir que había estado tres días en la tumba.
Pero María anticipó el milagro. Como cuando con su oración abrió los Cielos algunos años antes respecto a la época
fijada para dar al mundo su Salvación, así ahora Ella obtiene la anticipación de algunas horas para dar consuelo a su corazón
agonizante.
Y Yo, al rayar el alba del tercer día, bajé como sol que desciende, y con mi fulgor derretí los sellos humanos, tan inútiles
ante el poder de un Dios; con mi fuerza hice palanca para volcar la piedra inútilmente vigilada; con mi aparición creé un fulgor
que echó por tierra a los tres veces inútiles soldados que habían sido puestos de guardia para custodia de una muerte que era
Vida y que ninguna fuerza humana podía impedir que lo fuera.
Mucho más potente que vuestra corriente eléctrica, mi Espíritu entró como espada de Fuego divino a dar calor a los
fríos restos mortales de mi Cadáver, y al nuevo Adán el Espíritu de Dios le sopló la vida, diciéndose a sí mismo: "Vive. Lo quiero".
Yo, que había resucitado a los muertos cuando no era sino el Hijo del hombre, la Víctima designada para cargar con las
culpas del mundo, ¿no iba a poder resucitarme a mí mismo, ahora que era el Hijo de Dios, el Primero y el último, el Viviente
eterno, Aquel que tiene en sus manos las llaves de la Vida y la Muerte? Y mi Cadáver sintió que la Vida volvía a Él.
Mira: respiro profundamente, como un hombre que se despierte después del sueño producido por una enorme fatiga. Y
todavía no abro mis ojos. La sangre vuelve a circular, todavía poco rápida, en las venas, y devuelve el pensamiento a la mente. ¡Y
venía de tan lejos! Mira: como en un hombre herido y sanado por una fuerza milagrosa, la sangre vuelve a las venas vacías, llena
el Corazón, da calor a los miembros del Cuerpo, y las heridas se cierran, desaparecen cardenales y llagas, la fuerza vuelve. ¡Y
estaba tan herido! Interviene la Fuerza y Yo quedo curado, me despierto, vuelvo a la Vida. Estuve muerto. ¡Ahora vivo! ¡Ahora
me pongo en pie!
Me quito la mortaja, aparto de mí la capa de ungüentos. No los necesito para aparecer como Belleza eterna, como
eterna Integridad. Me visto con vestiduras que no son de esta Tierra, sino que las ha tejido quien es mi Padre, Él, que teje la seda
de las virginales azucenas. Estoy vestido de esplendor. Mi adorno son las llagas, que ya no -rezuman sangre sino que irradian luz,
esa luz que será el gozo de mi Madre y de los bienaventurados, y el terror, la visión insoportable de los malditos y de los
demonios en la Tierra y en el último día.
E1 ángel de mi vida de hombre y el ángel de mi dolor están postrados delante de mí y adoran mi Gloria. Están mis dos
ángeles. Uno, para gozarse en la visión de su Custodiado, que ahora ya no tiene necesidad de la angélica defensa. El otro, que ha
visto mis lágrimas, para ver mi sonrisa; que ha visto mi batalla, para ver mi victoria; que ha visto mi dolor, para ver mi dicha.
Y salgo al huerto lleno de capullos de flores y rocío. Y los manzanos abren sus corolas para formar un arco florecido
sobre mi cabeza de Rey. Las hierbas hacen de alfombra de gemas y de corolas a mi pie, que vuelve a pisar la Tierra redimida
después de haber sido alzado sobre ella para redimirla. Me saluda el primer sol, y el viento dulce de Abril, y la leve nube que
pasa, rosácea como mejilla infantil, y los pájaros entre las frondas. Soy su Dios. Me adoran.
Paso entre los soldados desvanecidos, símbolo de las almas en pecado mortal, que no oyen el paso de Dios.
¡Es Pascua, María! ¡Esto sí que es el "Paso del Ángel de Dios"! Su Paso de 1a muerte a la vida. Su Paso para dar Vida a
los que creen en su Nombre. ¡Es Pascua! Es la Paz que pasa por el mundo. La Paz ya sin el velo de la condición de hombre; libre,
completa en su restablecida eficiencia de Dios.
Y voy donde mi Madre. Muy justo es que vaya. Lo fue para mis ángeles, mucho más lo es para aquella que, además de
custodiadora mía y consuelo mío, fue la que me dio la vida. Antes incluso de volver al Padre con mi figura humana glorificada,
voy a mi Madre. Voy con el fulgor de mi figura paradisíaca y de mis Gemas vivas. Ella me puede tocar, Ella puede besarlas,
porque es la Pura, la Hermosa, la Amada, la Bendita, la Santa de Dios.
El nuevo Adán va donde la nueva Eva. El mal entró en el mundo a través de la mujer, y la Mujer lo ha vencido. El Fruto
de la Mujer ha desintoxicado a los hombres de la baba de Lucifer. Ahora, si ellos quieren, pueden salvarse. Ha salvado a la mujer
que tan frágil quedó después de la mortal herida.
Y después de a la Pura -a la que por derecho de santidad y maternidad es justo que vaya el Hijo-Dios- me presento a la
mujer redimida, a la que es cabeza, representante de todas las femeniles criaturas a que he venido a liberar de la presa de la
lujuria. Para que les diga a ellas que se acerquen a mí para curarse; que tengan fe en mí: que crean en mi Misericordia que
comprende y perdona; que para vencer a Satanás, que atormenta su carne, miren a mi Carne adornada con las cinco heridas.
No dejo que ella me toque. Ella no es la Pura, que puede tocar sin contaminar al Hijo que vuelve al Padre. Mucho debe
purificar todavía con la penitencia. Pero su amor merece este premio. Ella ha sabido resucitar por su voluntad del sepulcro de su

vicio; estrangular a Satanás, que la tenía apresada; desafiar al mundo por amor a su Salvador; ha sabido despojarse de todo lo
que no fuera amor; ha sabido ser sólo amor que se consume por su Dios. Y Dios la llama: "María". Oye cómo responde:
"¡Rabbuní!". En ese grito está su corazón.
A ella, que lo ha merecido, le doy el encargo de ser la mensajera de la Resurrección. Y una vez más sufrirá el escarnio,
leve escarnio, como si delirara. Pero no le importa nada a María de Magdala, a María de Jesús, el juicio de los hombres. Me ha
visto resucitado, y ello le produce una alegría que calma todo otro sentimiento.
¿Ves cómo amo a quien fue culpable, pero quiso salir de la culpa? Ni siquiera es a Juan al primero que me aparezco. Me
aparezco a la Magdalena. Juan había recibido ya de mí el grado de hijo. Podía recibirlo, porque era puro y podía ser hijo no sólo
espiritual, sino también dador y receptor -a la Pura y de la Pura de Dios- de los cui-dados o necesidades que están ligados a la
carne.
Magdalena, la resucitada a la Gracia, tiene la primera visión de la Gracia Resucitada.
Cuando me amáis hasta el punto de vencer todo por mí, Yo tomo vuestra cabeza y vuestro corazón enfermos entre mis
manos traspasadas y espiro en vuestro rostro mi Poder. Y os salvo, os salvo, amados hijos. Y de nuevo aparecéis hermosos,
sanos, libres, felices; volvéis a ser los amados hijos del Señor; hago de vosotros los portadores de mi Bondad en medio de los
indigentes seres humanos, aquellos que les dais a ellos testimonio de mi Bondad, para convencerlos de ella y de mí.
Tened, tened, tened fe en Mí. Tened amor. No temáis. Que os infunda seguridad en el Corazón de vuestro Dios todo lo
que ese Corazón ha padecido para salvaros.
Y tú, pequeño Juan (María Valtorta), sonríe después de haber llorado. Tu Jesús ya no sufre. Ya no hay ni Sangre ni
heridas, sino que hay luz, luz, luz y alegría y gloria. Que mi luz y mi alegría estén en ti hasta que llegue la hora del Cielo.

621
Aparición a Lázaro.
El sol de una serena mañana abrileña llena de visos los bosques de rosas y jazmines del jardín de Lázaro. Y los setos de
boj y de laurel, el penacho de una alta palmera que ondea leve en el linde del paseo, el tupidísimo laurel que está junto al
estanque de los peces, parecen lavados por una mano misteriosa, de tanto como el copioso rocío nocturno ha limpiado y regado
las hojas, tan brillantes y limpias ahora, que parecen cubiertas por un esmalte nuevo.
Pero la casa calla como si estuviera llena de muertos. Las ventanas están abiertas, pero ninguna voz llega de las
habitaciones (las cuales, con las cortinas cerradas, aparecen en penumbra), y tampoco ningún ruido.
Dentro, pasado el vestíbulo al que dan muchas puertas, todas abiertas - y es extraño ver sin ningún aparejo las salas que
normalmente se usan para banquetes más o menos numerosos-, hay un amplio patio enlosado, rodeado de un soportal en el
que hay, acá o allá, asientos. En éstos, e incluso sentados en el suelo, en esterillas o sobre el mismo mármol, hay numerosos
discípulos. Entre ellos, veo a los apóstoles Mateo, Andrés, Bartolomé, los hermanos Santiago y Judas de Alfeo, Santiago de
Zebedeo y los discípulos pastores con Manahén, además de a otros que no conozco. No veo ni al Zelote ni a Lázaro ni a
Maximino.
Por fin veo a este último, que entra con algunos criados y distribuye a todos pan con alimentos varios, o sea, con
aceitunas o queso, o miel, y también leche fresca para quien la quiere. Pero no hay ganas de comer, a pesar de que Maximino
exhorte a todos a hacerlo. Y es que la postración es profunda. Estos pocos días han excavado sus rostros, térreos a causa de la
rojez producida por el llanto. Especialmente los apóstoles y los que huyeron desde las primeras horas muestran un aspecto
deprimido; los pastores y Manahén, sin embargo, están menos postrados, o mejor: menos avergonzados, y Maximino aparece
sólo virilmente afligido.
Entra casi corriendo el Zelote y pregunta:
-¿Está aquí Lázaro?
-No. Está en su habitación. ¿Qué quieres?
-En el linde del sendero, junto a la Fuente del sol, está Felipe. Viene de la llanura de Jericó. Está agotado. No quiere
acercarse, porque... como todos, se siente pecador. Pero Lázaro lo convencerá.
Se levanta Bartolomé y dice:
-Voy también yo...
Van donde Lázaro, el cual, cuando lo llaman, sale -lleno de aflicción su rostro- de la habitación semioscura, donde ha
llorado y orado. Salen todos. Cruzan, primero, el jardín; luego, el pueblo por la parte que se dirige ya a las faldas del Monte de
los Olivos; luego llegan al extremo del pueblo, por la parte donde termina el rellano elevado en que está construido. Prosiguen
ya sólo por el camino montano que baja y sube formando escalones naturales por las montañas que descienden gradualmente
hacia la llanura, al este, y suben hacia la ciudad de Jerusalén, situada al oeste.
Ahí hay una fuente de amplia pila, en la que calman su sed ganados y hombres. El lugar se ve en esta hora solitario y
fresco, porque hay mucha sombra de tupidos árboles en torno a la cisterna llena de un agua pura que se va renovando
continuamente, descendiendo de algún manantial de montaña, un agua que al desbordarse mantiene húmedo el suelo.
Felipe está sentado en el borde más alto de la fuente, cabizcaído, despeinado, cubierto de polvo del camino, con unas
sandalias rotas que le cuelgan de los pies excoriados.
Lázaro lo llama con piedad:
-¡Felipe, ven a mí! Amémonos por amor a Él. Debemos estar unidos en su Nombre. ¡Hacer esto todavía es amarlo!

-¡Oh, Lázaro! ¡Lázaro! Yo huí... y ayer, más allá de Jericó, supe que había muerto... Yo... no puedo perdonarme el haber
huido...
-Todos lo hemos hecho. Menos Juan, que le ha sido fiel, y Simón, que nos ha reunido por orden suya, después de que
habíamos huido como cobardes. Y... de nosotros, apóstoles, ninguno le fue fiel - dice Bartolomé.
-¿Y te lo puedes perdonar?
-No. Pero pienso expiar, como puedo, no cayendo en el abatimiento estéril. Debemos unirnos entre nosotros. Unirnos a
Juan. Conocer las últimas horas de Jesús. Juan lo ha seguido siempre - responde a Felipe su compañero Bartolomé.
-Y no dejar que muera su Doctrina. Hay que predicársela al mundo. Mantener viva, al menos, la doctrina, dado que,
demasiado cargados de lastres y demasiado tardos, no hemos sabido tomar las medidas oportunas con tiempo para salvarlo de
sus enemigos - dice el Zelote.
-No podíais salvarlo. Nada podía salvarlo. Él me lo dijo. Lo repito otra vez - dice seguro Lázaro.
-¿Tú lo sabías, Lázaro? - pregunta Felipe.
-Lo sabía. Mi tortura ha sido el saber, desde el atardecer del sábado, por boca suya, cuál era su destino, y conocer los
detalles, y saber cómo íbamos a reaccionar nosotros...
-No: tú no. Tú sólo has obedecido y sufrido. Nosotros hemos actuado como cobardes. Tú y Simón sois los sacrificados a
la obediencia – corta, sin vacilación alguna Bartolomé.
-Sí. A la obediencia. ¡Oh, qué duro es oponer resistencia al amor por obediencia al Amado! Ten, Felipe. En mi casa están
casi todos los discípulos. Ven tú también.
-Me avergüenzo de que me vea el mundo, y mis compañeros...
-¡Todos somos iguales! - gime Bartolomé.
-Sí. Pero yo tengo un corazón que no se perdona.
-Eso es orgullo, Felipe. Ven. Él me dijo el atardecer del sábado: "Ellos no se perdonarán. Diles que Yo los perdono,
porque sé que no son ellos, libremente, los que obran; sino que los descarría Satanás". Ven.
Felipe llora más fuerte, pero cede. Y, encorvado como si en pocos días se hubiera hecho viejo, va al lado de Lázaro hasta
el patio donde todos lo están esperando. Y la mirada de él a sus compañeros y la de sus compañeros a él es la confesión más
clara del abatimiento total en que se encuentran.
Lázaro lo advierte y dice:
-Una nueva oveja del rebaño de Cristo, atemorizada por la presencia de los lobos, y que huyó después de la captura del
Pastor, ha sido recogida por el amigo de Jesús. A esta oveja dispersa, que ha conocido la amargura de la soledad, sin tener
siquiera el consuelo de llorar el común error entre los hermanos, le repito yo el testamento de amor de Jesús.
Él, lo juro ante la presencia de los coros celestiales, me dijo, entre otras muchas cosas que vuestra presente debilidad
no puede soportar (porque, verdaderamente, son de una desolación que desde hace diez días me laceran el corazón -y, si no
supiera que mi vida es útil a mi Señor, aun siendo tan pobre y deficiente como es, me abandonaría a la herida de este dolor de
amigo y discípulo que perdiéndolo a Él todo ha perdido-), me dijo: "Los miasmas de la corrompida Jerusalén sacarán de sus
cabales incluso a mis discípulos. Huirán e irán a ti". Efectivamente, como podéis ver, todos habéis venido. Todos, Podría decir.
Porque, menos Simón Pedro y el Iscariote, todos habéis venido a mi casa y a mi corazón de amigo. Dijo: "Reunirás, animarás a
mis ovejas dispersas, les dirás que las perdono. Te confío mi perdón para ellos. No se perdonarán el haber huido. Diles que no
caigan en el pecado mayor de desesperar de mi perdón".
Esto dijo. Y yo el perdón suyo os he transmitido. Y he sentido rubor de daros en su Nombre esta cosa tan santa, tan
suya, como es el Perdón, o sea, el Amor perfecto, porque perfectamente ama el que perdona al culpable. Este ministerio ha
confortado mi áspera obediencia... Porque hubiera querido estar allí, como María y Marta, mis dulces hermanas. Y, si Él fue
crucificado en el Gólgota por los hombres, yo aquí, os lo juro, estoy crucificado por la obediencia, y es un martirio muy
congojoso. Pero, si sirve para dar consuelo al Espíritu, si sirve para salvarle a sus discípulos hasta el momento en que Él los reúna
para perfeccionarlos en la fe, yo inmolo una vez más mi deseo de ir al menos a venerar su Cadáver antes de que el tercer día
muera.
Sé que dudáis. No debéis hacerlo. Yo conozco sus palabras del banquete pascual sólo por lo que vosotros me habéis
referido. Pero, cuanto más las pienso, más alzo, uno a uno, estos diamantes de sus verdades y más siento que esos diamantes
hacen segura referencia al mañana inmediato. El no puede haber dicho: "Voy al Padre y luego volveré" si verdaderamente no
fuera a volver. No puede haber dicho: "Cuando me volváis a ver os llenaréis de gozo" si hubiera desaparecido para siempre. Él
siempre dijo: "Resucitaré". Vosotros me dijisteis que dijo: "Sobre las semillas que han sido depositadas en vosotros está para
venir un rocío que las hará germinar, a todas, y luego vendrá el Paráclito, que las transformará en recios árboles". ¿No dijo eso?
¡Oh, no hagáis que esto se produzca sólo en el último de sus discípulos, en el pobre Lázaro, que sólo pocas veces estuvo con Él!
Cuando vuelva, haced que encuentre germinadas sus semillas rociadas con su Sangre.
En mí hay todo un resplandor de luz, todo un irrumpir de fuerzas desde la hora tremenda en que subió a la Cruz. Todo
se ilumina, todo nace y echa tallo. Ninguna palabra se me queda en su pobre significado humano, sino que todo lo que oí de su
boca o referido acerca de Él, ahora toma vida, y realmente mi landa yerma se transforma en fértil cuadro de jardín en que toda
flor lleva su Nombre y en que la savia extrae su vida de su Corazón bendito.
¡Yo creo, Cristo! Pero, porque éstos crean en ti, en todas tus promesas, en tu perdón, en todo lo que eres Tú, te ofrezco
mi vida. ¡Inmólala, pero haz que tu Doctrina no muera! Quebranta al pobre Lázaro, pero reúne a los miembros dispersos del
núcleo apostólico. Todo lo que Tú, quieras, en cambio de que se mantenga viva y para siempre tu Palabra, y a ella ahora y
siempre se acerquen aquellos que sólo por ti pueden alcanzar la vida eterna.
Lázaro está realmente inspirado. El amor lo transporta muy alto. Y su arrobo es tan fuerte, que eleva también a sus
compañeros: quién lo llama a la derecha, quién a la izquierda, como si fuera un confesor, un médico, un padre. El patio de la rica

casa de Lázaro me hace pensar, no sé por qué, en las moradas de los patricios cristianos en tiempos de persecución y de heroica
fe...
Está inclinado hacia Judas de Alfeo, que no logra encontrar una razón para calmar su angustia de haber dejado a su
Maestro y primo, cuando algo le hace erguirse de improviso. Mira a su alrededor y luego dice claramente:
-Voy Señor.
Es su palabra de diligente adhesión de siempre. Y sale, corriendo como detrás de alguien que lo amara y precediera.
Todos se miran asombrados, interrogativos unos con otros.
-¿Qué ha visto?
-¡Pero si no hay nada!
-¿Has oído una voz tú?
-Yo no.
-Yo tampoco.
-¿Y entonces? ¿Será que está otra vez enfermo Lázaro?
-Quizás... Ha sufrido más que nosotros, y a nosotros, cobardes, nos ha dado mucha fuerza. Quizás ahora ha caído en
estado de delirio.
-Sí, tiene la cara muy desmejorada.
-Y sus ojos ardían cuando hablaba.
-Será Jesús, que lo ha llamado al Cielo.
-Sí, Lázaro le acababa de ofrecer la vida... Lo ha recogido enseguida como a una flor... ¡Oh, pobres de nosotros! ¿Qué
haremos ahora?
Los comentarios son heterogéneos y dolorosos.
Lázaro cruza el vestíbulo, sale al jardín. Sigue corriendo, sonriendo, susurrando (y en su voz está su alma): «Voy, Señor».
Llega a una espesura de bojes que forman un verde rincón apartado y solitario (nosotros diríamos un cenador, verde), y cae de
rodillas, rostro en tierra, gritando:
-¡Oh, mi Señor!
Y es que Jesús, en su belleza de Resucitado, está en el límite de este verde rincón y le sonríe... y le dice:
-Todo está cumplido, Lázaro. He venido a decirte "gracias, amigo fiel". He venido a decirte que digas a los hermanos
que, inmediatamente, vayan a la casa de la Cena. Tú -otro sacrificio, amigo, por amor a mí-, tú quédate, por el momento, aquí...
Sé que ello te hace sufrir. Pero sé que eres generoso. María, tu hermana, está ya consolada, porque la he visto y me ha visto.
-Ya no sufres, Señor. Esto me compensa todos los sacrificios He... sufrido sabiendo que sufrías... y no estando...
-¡Estabas! Tu espíritu estaba al pie de mi Cruz, y estaba en la oscuridad de mi sepulcro. Tú me has llamado antes, como
todos los que me han amado totalmente, de las profundidades en que estaba. Ahora te he dicho: "Ven, Lázaro". Como en el día
de tu resurrección. Pero tú hacía ya muchas horas que me decías: "Ven". He venido. Y te he llamado. Para sacarte yo también de
las profundidades de tu dolor. Ve. ¡Paz y bendición a ti, Lázaro! Crece en mi amor. Volveré aún
Lázaro ha estado todo este tiempo de rodillas sin atreverse a hacer gesto alguno. La majestad del Señor, a pesar de
estar suavizada con el amor, es tal, que paraliza el modo habitual de actuar de Lázaro.
Pero Jesús, antes de desaparecer en un torbellino de luz que lo absorbe, da un paso y roza con su Mano la frente fiel.
Es entonces cuando Lázaro se despierta de su arrobamiento gozoso. Se alza y corre presurosamente donde sus
compañeros, con luminosidad de alegría en los ojos y luminosidad en la frente rozada por el Cristo, grita:
-¡Ha resucitado, hermanos! Me ha llamado. He ido. Lo he visto. Me ha hablado. Me ha dicho que os dijera que fuerais
inmediatamente a la casa de la Cena. ¡Id! ¡Id! Yo me quedo aquí, porque Él así lo quiere. Pero mi júbilo es completo...
Y Lázaro, en su alegría, llora mientras anima a los apóstoles a ser los primeros en ir donde Él manda ir.
-¡Id! ¡Id! ¡Os requiere! ¡Os quiere! No le tengáis miedo... ¡Oh, más que nunca ahora es el Señor, la Bondad, el Amor!
También los discípulos se levantan... Betania se vacía. Se queda Lázaro con su gran corazón consolado...

622
Aparición a Juana de Cusa.
En una rica estancia, donde malamente logra filtrarse la luz exterior, llora Juana, desmayados sus miembros, sentada en
un asiento junto a la baja cama cubierta con espléndidos cobertores. Llora con un brazo apoyado en el borde del lecho y la
frente sobre el brazo, estremecida por unos sollozos que deben romperle el pecho. Cuando, con la fatiga del llanto, levanta un
momento la cabeza, buscando aire, su cara está literalmente bañada en lágrimas, y se ve una vasta mancha húmeda en el
cobertor precioso. Luego vuelve a reclinar la cabeza sobre el brazo y vuelve a verse de ella solamente el cuello, delgado y
blanquísimo, la masa de sus cabellos morenos, los hombros -muy gráciles- y la parte superior del tronco. El resto se pierde en la
penumbra que anula al cuerpo envuelto en un vestido morado-oscuro.
Sin descorrer la cortina ni entreabrir la puerta, entra Jesús; sin ruido, se acerca a ella. Roza sus cabellos con la Mano y
pregunta con voz susurrante:
-¿Por qué lloras, Juana?
Y Juana, que debe creer que es su ángel el que le hace esta pregunta, y que no ve nada porque no levanta la cabeza del
borde de la cama, con un llanto aún más desolado, expresa la causa de su tormento:
-Porque no tengo ni siquiera el Sepulcro del Señor para ir a verter mi llanto y no estar sola...

-Pero si ha resucitado. ¿No te sientes feliz de ello?
-¡Oh, sí! Pero todas lo han visto, menos yo y Marta. Y Marta lo verá, sin duda, en Betania... porque aquélla es casa
amiga. La mía... la mía ya no lo es... Todo he perdido con su Pasión... He perdido a mi Maestro y también el amor de mi marido...
Y su alma... porque no cree... no cree... y se burla de mí... y me impone no venerar siquiera la memoria de mi Salvador... para
evitar su propio quebranto... Para él es más importante el interés humano... Yo... yo... yo no sé si seguir amándolo o si
despreciarlo; no sé si obedecerle como esposa o desobedecerle -como querría mi alma-, por el desposorio, mayor, del espíritu
con el Cristo a quien permanezco fiel... Yo... yo quisiera saber... ¿Y quién me aconseja, si ya la pobre Juana no puede ya llegar a
Él? ¡Oh... para mi Señor la Pasión ha terminado!... Para mí, ha comenzado el Viernes, y sigue... ¡Es que soy muy débil y no tengo
fuerza para llevar esta cruz!...
-¿Pero si Él te ayudara, querrías por Él llevarla?
-¡Sí! Si me ayuda, sí... Él sabe lo que es llevar solo la cruz... ¡Oh, piedad de mi desventura!...
-Sí. Yo sé lo que es llevar solo la cruz. Por eso he venido y estoy a tu lado. Juana, ¿comprendes quién es el que te está
hablando? ¿Dices que tu casa ya no es amiga de Cristo? ¿Por qué? Él, el esposo terreno, es como un astro cubierto por una nube
de miasmas humanos, pero tú sigues siendo Juana de Jesús. No te ha dejado el Maestro. Jesús no deja nunca a las almas que con
Él se desposan. Es siempre el Maestro, el Amigo, el Esposo... también ahora, que es el Resucitado. Alza la cabeza, Juana.
Mírame. En este momento de adoctrinamiento secreto, y más dulce que si me hubiera aparecido a ti como a las otras, te digo
cuál debe ser tu conducta futura. La que deberá ser la de muchas hermanas tuyas. Ama con paciencia y sumisión a tu turbado
esposo. Aumenta tu dulzura cuanto más alimente en sí amarguras de miedos humanos; aumenta tu luminosidad espiritual
cuanto más genere por sí mismo sombras de terrenos intereses. Sé fiel por dos. Y sé fuerte en tu desposorio del espíritu.
¡Cuántas, en el futuro, deberán elegir entre la voluntad de Dios y la del esposo! Pero serán grandes cuando, por encima del
amor y la maternidad, sigan a Dios. Tu pasión está comenzando. Sí. Pero ya ves que toda pasión termina en una resurrección...
Juana ha ido poco a poco levantando la cabeza. Sus sollozos se han ido espaciando más. Ahora mira, y ve, y se deja caer
de rodillas, adorando y susurrando:
-¡El Señor!
-Sí, el Señor. Ya ves que en este modo como he estado contigo no he estado con ninguna de ellas. Es que veo las
necesidades particulares y valoro el auxilio que ha de prestarse a las almas que de mí esperan ayuda. Sube a tu calvario de
esposa con la ayuda de mi caricia y de la de tu inocente. Ha entrado conmigo en el Cielo y me ha dado su caricia por ti. Yo te
bendigo, Juana. Ten fe. Te he salvado. Tú salvarás si tienes fe.
Juana ahora sonríe, y se atreve a preguntar:
-¿No vas donde los niños?
-Los he besado al amanecer, mientras todavía dormían en su camita. Han creído que era un ángel del Señor. A los
inocentes puedo besarlos cuando quiero. Pero no los he despertado para no turbarlos demasiado. Su alma conserva el recuerdo
de mi beso... y lo transmitirá, a su debido tiempo, a la mente. Nada mío se pierde. Tú sé siempre una madre para ellos. Y
siempre sé hija de mi Madre. No te separes nunca totalmente de Ella. Ella te recordará siempre, con suavidad materna, lo que
fue nuestra amistad. Y llévale los niños. Tiene necesidad de estar con niños para sentirse menos sola por la ausencia de su Hijo...
-Cusa no va a querer...
-Cusa te va a dejar actuar.
-¿Me va a repudiar, Señor?
Es un grito de nueva congoja.
-Es un astro eclipsado. Condúcelo de nuevo a la luz con tu heroísmo de esposa y de cristiana. Adiós. Aparte de a mi
Madre, no hables a otros de esta visita mía. Las revelaciones también han de manifestarse a quien, y cuando, conviene hacerlo.
Jesús le sonríe radioso, y en su fulgor desaparece.
Juana se alza, enajenada, con opuestos sentimientos de alegría y pena, entre el temor de haber soñado y la
certidumbre de haber visto. Pero lo que siente dentro le da seguridad. Va donde los niños, que están jugando tranquilos en la
terraza de arriba, y los besa.
-¿Ya no lloras, mamá? - pregunta tímidamente María, que ya no es la pobre niña menesterosa, sino una grácil y delicada
niñita, de vestido cuidado y pelito bien peinado; y Matías, moreno y esbelto, con su exuberancia de hombrecito, dice:
-Dime quién te hace llorar, que yo lo escarmiento.
Juana los recoge en un solo abrazo contra su pecho y, hablando sobre la cabecita castaña de María y los cabellos
morenos de Matías, dice:
-Ya no lloro. Jesús ha resucitado y nos bendice.
-¿Entonces ya no sangra? ¿Ya no tiene dolor? - pregunta María.
-¡No seas ignorante! Di: ¡ya no está muerto!, ¡entonces ahora es feliz!... Porque estar muerto debe ser triste... - dice
Matías.
-¿Entonces, mamá, ya no tenemos motivo para llorar? - pregunta María.
-No. Vosotros, inocentes, no. Alegraos con los ángeles.
-¡Los ángeles!... Esta noche, no sé en qué vigilia, he sentido una caricia y me he despertado diciendo: "¡Mamá!", pero
no te llamaba a ti. Llamaba a mi mamá muerta, porque esa caricia era más ligera y dulce que las tuyas, y he abierto un momento
los ojos. Pero he visto sólo una luz, muy grande, y he dicho: "Mi ángel me ha besado para consolarme por el gran dolor que
tengo por la muerte del Señor" - dice María.
-Yo también. Pero tenía mucho sueño, y he dicho: "¿Eres tú?". Pensaba en mi ángel de la guarda y quería decirle: "Ve a
besar a Jesús y a Juana, para que ya no tengan miedo". Pero no lo he conseguido. Me he vuelto a dormir, y he vuelto a soñar, y
me parecía que estaba en el Cielo contigo y María. Luego ha venido ese terremoto y me he despertado asustado. Pero Ester me
ha dicho: "No tengas miedo. Ya ha pasado". Y he seguido durmiendo.

Juana los besa de nuevo, y luego los deja con sus juegos serenos y va a la casa del Cenáculo.
Pregunta por María. Entra en su cuarto. Cierra la puerta y dice su gran noticia:
-Lo he visto. A ti te lo digo. Me
siento consolada y feliz. Ámame, porque Él ha dicho que debo estar unida a ti.
La Madre responde:
-Ya te he dicho que te quiero. Te lo he dicho el sábado. Ayer. Porque fue ayer... aunque parezca tan lejano de éste, de
luz y sonrisa, ese día de llanto y tinieblas.
-Sí... Ya dijiste -ahora lo recuerdo- lo que Él ahora me ha repetido. Dijiste: "Nosotras las mujeres tendremos que actuar,
porque nosotras hemos permanecido y los hombres han huido... Es siempre la mujer la que genera...". ¡Oh, Madre, ayúdame a
generar a Cusa: ¡Él ha huido de la Fe!... - Juana llora de nuevo.
María la toma entre sus brazos:
-Más fuerte que la fe es el amor. Es la virtud más activa. Con ella crearás el alma nueva de Cusa. No temas. Pero yo te
ayudaré.

623
Aparición a José de Arimatea, a Nicodemo y a Manahén.
Manahén, junto con los pastores, camina a buen paso por las laderas que de Betania llevan a Jerusalén. Un bonito
camino va directo hacia el Monte de los Olivos, y Manahén tuerce por él, tras haber dejado a los pastores, quienes quieren
entrar en pequeños grupos en la ciudad para ir al Cenáculo.
Poco antes -lo deduzco de lo que hablan- deben haber encontrado a Juan, que iba hacia Betania para llevar la noticia de
la Resurrección y la orden de que estuvieran todos en Galilea al cabo de unos días. Se dejan precisamente porque los pastores
quieren repetir personalmente a Pedro lo que le han dicho a Juan, es decir, que el Señor, en una aparición a Lázaro, ha dicho que
se reúnan en el Cenáculo.
Manahén sube por un camino secundario, hacia una casa que está en medio de un olivar: una bonita casa rodeada por
una franja de cedros del Líbano que descuellan con sus imponentes moles en el conjunto de los numerosos olivos del monte.
Entra con ademán seguro, y al criado que ha salido le dice:
-¿Dónde está tu señor?
-Allí, con José. Hace un rato que ha venido.
-Dile que estoy aquí.
El criado se marcha, para regresar con Nicodemo y José.
Las voces de los tres se entrelazan en un mismo grito:
-¡Ha resucitado!
Se miran, asombrados de saberlo los tres.
Luego Nicodemo toma a su amigo y lo lleva a una habitación interna de la casa. José los sigue.
-¿Has tenido el coraje de volver?
-Sí. Él lo ha dicho: "Al Cenáculo". Quiero verlo, ciertamente, quiero verlo ahora, glorioso, para quitarme el dolor del
recuerdo de Él atado y cubierto de inmundicias, como un delincuente a merced de la indignación de la gente.
-¡Oh, también nosotros quisiéramos verlo!... Y para que desapareciera de nosotros el horror del recuerdo de Él
torturado, de sus innumerables heridas... Pero Él se ha mostrado sólo a las mujeres - comenta José en tono bajo.
-Es justo. Ellas le han sido fieles siempre en estos años. Nosotros teníamos miedo. Su Madre lo dijo: "¡Bien pobre amor
el vuestro, si ha esperado a este momento para manifestarse!" - objeta Nicodemo.
-¡Pero, para desafiar a Israel -más opuesto a Él que nunca-, tendríamos mucha necesidad de verlo!... ¡Si tú supieras! Los
soldados han hablado... Ahora los Jefes del Sanedrín y los fariseos, a quienes ni tanta ira del Cielo ha convertido, van buscando a
quienes pueden tener noticia de su Resurrección para encarcelarlos. Yo he mandado al pequeño Marcial -un niño pasa más y
mejor desapercibido- a advertir a los de la casa de que estén sobreaviso. Del Tesoro de1 Templo han sacado dinero sagrado para
pagar a los soldados, para que digan que los discípulos han robado su Cuerpo y que lo que han dicho de la Resurrección antes no
era sino una mentira por miedo al castigo. La ciudad está en ebullición como un puchero. Y hay algunos, de entre los discípulos,
que dejan la ciudad por miedo... Me refiero a los discípulos que no estaban en Betania...
-Sí, necesitamos su bendición para tener valor.
-A Lázaro se le ha aparecido... Era casi la hora tercera. Lázaro se nos mostró transfigurado.
-¡Oh, Lázaro lo merece! Nosotros... - dice José.
-Sí. Nosotros estamos ahora recubiertos de duda y pensamientos humanos como por costras de una lepra mal curada...
Y sólo Él puede decir: "¡Quiero que quedéis limpios!". ¿Ya no nos hablará, ahora que ha resucitado, a nosotros, que somos los
menos perfectos? - pregunta Nicodemo.
-¿Y no hará ya milagros, por castigo al mundo, ahora que es el Resucitado de la muerte y de las miserias de la carne? pregunta José.
Pero sus preguntas sólo pueden tener una respuesta: la suya; y la suya no viene. Los tres están abatidos, y abatidos
permanecen.
Luego Manahén dice:

-Bueno, pues yo voy al Cenáculo. Si me matan, Él absolverá mi alma y lo veré en el Cielo; si no, lo veré aquí en la Tierra.
Manahén es una cosa tan inútil en el conjunto de sus seguidores, que, si cae, dejará el mismo vacío que deja una flor recogida en
un prado cuajado de corolas: ni siquiera se verá... - y se alza para marcharse.
Pero, mientras se está volviendo hacia la puerta, ésta se ilumina del divino Resucitado, el cual, abiertas las palmas en
gesto de abrazo, lo detiene diciendo:
-¡Paz a ti! ¡A vosotros, paz! Tú y Nicodemo quedaos donde estáis. José, si lo considera oportuno, puede marcharse. Aquí
me tenéis, y digo la palabra solicitada: "Quiero que quedéis limpios de todo lo que hay de impuro todavía en vuestra fe".
Mañana bajaréis a la ciudad. Iréis donde los hermanos. Esta noche he de hablar a los apóstoles, a ellos solos. Adiós. Y que Dios
esté siempre con vosotros. Manahén, gracias. Tú has creído más que éstos. Gracias por tanto, también a tu espíritu. A vosotros
gracias por vuestra piedad. Haced que se transforme en una cosa más alta con una vida de intrépida fe.
Jesús desaparece tras una incandescencia deslumbradora. Los tres están llenos de dicha, y desconcertados.
-¿Pero era Él? - pregunta José.
-¿Es que no has oído su voz? - responde Nicodemo.
-La voz... Puede tener voz también un espíritu... A ti, Manahén, que estabas tan cerca de Él, ¿qué te ha parecido?
-Un verdadero cuerpo. Hermosísimo. Respiraba. Sentía su aliento. Y despedía calor. Y además... he visto las Llagas.
Parecían acabadas de abrir. No manaban sangre, pero era carne viva. ¡Oh, dejad de dudar! No vaya a ser que os castigue. Hemos
visto al Señor. Quiero decir, a Jesús, glorioso de nuevo, como requiere su Naturaleza. Y… nos sigue queriendo... En verdad, si
ahora Herodes me ofreciera el reino, le diría: "Para mí es estiércol y polvo tu trono y tu corona. Lo que poseo no es superado por
nada. Poseo el gozoso conocimiento del Rostro de Dios".

624
Aparición a los pastores.
También ellos van a buen paso bajo los olivos. Y están tan seguros de su Resurrección, que hablan con la alegría propia
de los niños felices. Van directamente hacia la ciudad.
-Le decimos a Pedro que lo mire bien y que nos hable luego de la hermosura de su Rostro - dice Elías.
-Yo, por muy hermoso que esté ahora, no podré olvidar nunca su imagen de torturado - susurra Isaac.
-¿Y lo tienes presente en tu mente cuando lo han alzado en la Cruz? - pregunta Leví.
-¿Y vosotros?
-Yo perfectamente. Todavía había buena luz. Después, con mis envejecidos ojos, vi bien poco - dice Daniel.
-Yo, sin embargo, lo vi hasta que murió. Pero hubiera querido ser ciego para no ver» dice José.
-¡Bueno, ahora ha resucitado! Esto nos debe hacer felices - lo consuela Juan.
-Y el pensamiento de que no lo hemos dejado sino por cumplir un acto de caridad - añade Jonatán.
-Pero el corazón se ha quedado allí arriba. Para siempre - susurra Matías.
-Para siempre. Sí. Tú, que lo viste en el Sudario, di: ¿cómo es?¿Semejarte? - pregunta Benjamín.
-Como si hablara - responde Isaac.
-¿Vamos a ver ese velo? - preguntan muchos.
-La Madre se lo muestra a todos. Claro que lo veréis. Pero es una triste visión. Mejor sería ver... ¡Oh, Señor!
-Siervos fieles. Aquí me tenéis. Seguid el camino. Os espero dentro de unos días en Galilea. Una vez más deseo deciros
que os quiero. Jonás vive dichoso, con los otros, en el Cielo.
-¡Señor! ¡Oh, Señor!
-Paz a vosotros, de buena voluntad.
El Resucitado se funde con el rayo del vivo sol de mediodía. Cuando alzan la cabeza, ya no está; pero tienen la alegría de
haberlo visto en su actual figura: glorioso.
Se ponen en pie, transfigurados de alegría. En su humildad, no encuentran razón de haber merecido verlo, y dicen:
-¡A nosotros! ¡A nosotros! ¡Qué bueno es nuestro Señor! ¡Desde el nacimiento hasta su triunfo, siempre ha sido
humilde y bueno para con sus pobres siervos!
-¡Y qué hermoso estaba!
-¡Nunca ha estado tan hermoso! ¡Qué majestuosidad!
-¡Parece todavía más alto y más maduro en años!
-¡Es verdaderamente el Rey!
-Lo llamaban Rey pacífico, pero también es el Rey tremendo para los que deben temer su juicio.
-¿Has visto qué rayos emanaban de su Rostro?
-¡Y qué fulgores en sus miradas!
-No me atrevía a mirarlo. Y hubiera querido hacerlo, porque quizás sólo en el Cielo me será concedido verlo así. Y
quiero conocerlo para no tener miedo entonces.
-No debemos tener miedo si permanecemos como ahora, como siervos fieles suyos. Ya lo has oído: "Deseo deciros una
vez más que os quiero. Paz a vosotros, de buena voluntad". ¡Oh, ni una palabra sobrante! Pero en ese poco está, entero, el
consenso respecto a lo que hemos hecho hasta ahora y, entera, la más alta promesa para la vida futura. ¡Entonemos el canto de
la alegría, de nuestra alegría!:
,
"Gloria a Dios en lo alto del Cielo y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad.

Verdaderamente el Señor ha resucitado, como había dicho por boca de los profetas y con su palabra sin defecto.
Ha dejado con la Sangre todo aquello que, de corrupción, el beso de un hombre había estampado en Él; y, purificado ya
el altar, su Cuerpo ha asumido la inefable belleza de Dios.
Antes de subir al Cielo se ha mostrado a sus siervos, ¡aleluya! ¡Vayamos cantando, aleluya! ¡La eterna juventud de Dios!
¡Vayamos anunciando a las gentes que ha resucitado. ¡Aleluya! El Justo, el Santo ha resucitado, ¡aleluya, aleluya!
Del Sepulcro ha salido inmortal. Y el hombre justo con Él ha resucitado.
En el pecado, como en una gruta, encerrado estaba el corazón del hombre.
Él ha muerto para decir: “¡Alzaos!”. Y los que estaban dispersos se han alzado, ¡aleluya!
Abiertas las puertas de los Cielos a los elegidos, ha dicho: “Venid”. Nos conceda, por su santa Sangre, a nosotros subir
también. ¡Aleluya!".
Matías, el anciano ex discípulo de Juan Bautista, va a la cabeza cantando, como quizás en el pasado David cantaba a la
cabeza de su pueblo por los caminos de Judea. Los otros lo siguen, haciendo coro a cada "aleluya" con júbilo santo.
Jonatán, que forma parte del grupo, dice, cuando ya Jerusalén aparece a los pies de ellos desde el pequeño collado que
están bajando con paso veloz:
-Por su nacimiento perdí patria y casa, y con su muerte he perdido la otra casa, en que durante treinta años había
trabajado honradamente. Pero, aunque me hubieran quitado la vida por Él, habría muerto jubiloso, pues por Él la hubiera
perdido. No le tengo rencor a quien conmigo se muestra injusto. Mi Señor me ha enseñado con su muerte la perfecta
mansedumbre. Y no tengo preocupaciones por el mañana. Mi morada no está aquí. Está en el Cielo. Viviré en la pobreza, en esa
pobreza que tanto place a Él, y le serviré hasta la hora en que me llame... y... sí... le ofreceré también la renuncia... a mi ama...
Ésta es la espina más dura... Pero, ahora que he visto el dolor de Cristo y su gloria, no debe dolerme mi dolor, sino que sólo debo
esperar la celeste gloria. Vamos a decir a los apóstoles que Jonatán es el siervo de los siervos de Cristo.

625
Aparición a los discípulos de Emaús.
Por un camino montano dos hombres, de mediana edad, van andando rápido. A sus espaldas, Jerusalén, cuyas alturas
van desapareciendo cada vez más, detrás de las otras que, con continuas ondulaciones de cimas y valles, se subsiguen.
Van hablando. El más anciano dice al otro (tendrá, como mucho, treinta y cinco años):
-Créelo, ha sido mejor hacer esto. Yo tengo familia y tú también. El Templo no bromea. Está decidido realmente a poner
fin a estas cosas. ¿Tendrá razón? ¿No la tendrá? Yo no lo sé. Sé que tienen la idea clara de acabar para siempre con todo esto.
-Con este delito, Simón. Dale el nombre apropiado. Porque, al menos, delito es.
-Según. En nosotros el amor es levadura contra el Sanedrín. Pero quizás... ¡no sé!».
-Nada. El amor ilumina. No lleva al error.
-También el Sanedrín, también los sacerdotes y los jefes aman. Ellos aman a Yeohveh, a Aquel al que todo Israel ha
amado desde que fue estrechado el pacto entre Dios y los Patriarcas. ¡Entonces también para ellos el amor es luz y no lleva al
error!
-Lo suyo no es amor al Señor. Sí. Israel desde hace siglos está en esa Fe. Pero, dime: ¿puedes afirmar que sigue siendo
una Fe lo que os dan los jefes del Templo, los fariseos, los escribas, los sacerdotes? Ya ves tú mismo que con el oro sagrado
destinado al Señor ya se sabía o, al menos, se sospechaba que esto sucediera- con ese oro han pagado al Traidor y ahora pagan a
los soldados que estaban de guardia. A1 primero, para que traicionara al Cristo; a los segundos, para que mientan. ¡Oh, lo que
yo no sé es cómo la Potencia eterna se haya limitado a remover los muros y a rasgar el Velo! Te digo que hubiera querido que
bajo los escombros hubiera sepultado a los nuevos filisteos. ¡A todos!
-¡Cleofás! Te abandonas a la venganza.
-A la venganza. Porque, supongamos que Él fuera sólo un profeta, ¿es lícito matar a un inocente? ¡Porque era inocente!
¿Le has visto alguna vez cometer tan siquiera uno de los delitos de que lo acusaron para matarlo?
-No. Ninguno. Pero sí cometió un error.
-¿Cuál, Simón?
-El de no irradiar poder desde lo alto de su Cruz. Para confirmar nuestra fe y para castigo de los incrédulos sacrílegos.
Hubiera debido aceptar el desafío y bajar de la Cruz.
-Ha hecho más todavía, ha resucitado.
-¿Será verdad? ¿Resucitado, cómo? ¿Con el Espíritu solamente o con el Espíritu y la Carne?
-¡El espíritu es eterno! ¡No necesita resucitar! - exclama Cleofás
-Eso también lo sé yo. Lo que quería decir es que si ha resucitado sólo con su naturaleza de Dios, superior a cualquier
asechanza humana. Porque en estos días el hombre ha atentado contra su Espíritu con el terror. ¿Has oído lo que ha dicho
Marcos? Cómo, en el Getsemaní, donde Jesús iba a orar apoyado en una piedra, está todo lleno de sangre. Y Juan, que ha
hablado con Marcos, le ha dicho: "No dejes que pisen este lugar, porque es sangre sudada por el Hombre Dios". ¡Si sudó sangre
antes de la tortura, sin duda debió sentir terror ante ella!
-¡Pobre Maestro nuestro!...
Guardan silencio afligidos.
Jesús se llega a ellos, y pregunta:
-¿De qué hablabais? En el silencio, oía a intervalos vuestras palabras. ¿A quién han matado?

Es un Jesús celado tras la apariencia modesta de un pobre viandante apremiado por la prisa. Ellos no lo reconocen.
-¿Eres de otros lugares? ¿No te has detenido en Jerusalén? Tu túnica empolvada y las sandalias tan deterioradas nos
parecen las de un incansable peregrino.
-Lo soy. Vengo de muy lejos...
-Entonces estarás cansado. ¿Y vas lejos?
-Muy lejos, aún más lejos que de donde vengo.
-¿Tienes negocios? ¿Eres comerciante?
-Debo adquirir un sinnúmero de rebaños para el mayor de los señores. Debo ir por todo el mundo para elegir ovejas y
corderos; descender incluso a los rebaños agrestes, los cuales, una vez domesticados, serán incluso mejores que los que ahora
no son salvajes.
-Difícil trabajo. ¿Y has proseguido sin detenerte en Jerusalén?
-¿Por qué lo preguntáis?
-Porque pareces el único que ignora lo que en ella ha sucedido en estos días.
-¿Qué ha sucedido?
-Vienes de lejos y por eso quizás no lo sabes. Sin embargo, tu acento es galileo. Por tanto, aunque estés a las órdenes
de un rey extranjero o seas hijo de galileos expatriados, sabrás, si eres circunciso, que hacía tres años que en nuestra patria
había surgido un gran profeta de nombre Jesús de Nazaret, poderoso en obras y palabras ante Dios y ante los hombres, que
predicaba por toda la nación. Y decía que era el Mesías. Las suyas eran realmente palabras y obras de Hijo de Dios, que es lo que
decía ser. Pero sólo de Hijo de Dios. Todo Cielo... Ahora sabes por qué... Pero... ¿eres circunciso?
-Soy primogénito y estoy consagrado al Señor.
-¿Entonces conoces nuestra Religión?
-Ni una sílaba de ella ignoro. Conozco los preceptos y los usos. La Halasia, el Midrás y la Haggada me son conocidos
como los elementos del aire, el agua, el fuego y la luz, que son los primeros a que tienden la inteligencia, el instinto, la necesidad
del hombre, ya al poco de nacer del seno materno.
-Pues entonces sabes que Israel recibió la promesa del Mesías, pero de un Mesías como rey poderoso que habría de
reunir a Israel. Él, sin embargo, no era así...
-¿Y cómo era?
-No aspiraba a un poder terreno, sino que se decía rey de un reino eterno y espiritual. No ha reunido a Israel. Al
contrario, lo ha escindido, porque ahora Israel está dividido entre los que creen en Él y los que lo consideran un malhechor. En
realidad no tenía aptitud para rey porque quería sólo mansedumbre y perdón. ¿Cómo subyugar y vencer con estas armas?...
-¿Y entonces?
-Pues entonces los Jefes de los Sacerdotes y los Ancianos de Israel lo han apresado y lo han juzgado reo de muerte...
acusándolo, esto es verdad, de culpas no verdaderas. Su culpa era ser demasiado bueno y demasiado severo...
-¿Cómo podía ser las dos cosas al mismo tiempo?
-Podía porque era demasiado severo en decir las verdades a los jefes de Israel, y demasiado bueno en no obrar contra
ellos milagros muerte, fulminando a esos injustos enemigos suyos.
-¿Severo como el Bautista era?
-Bueno... no sabría decirte. Reprendía duramente a escribas y fariseos, especialmente al final, y amenazaba a los del
Templo como personas signadas por la ira de Dios. Pero luego, si uno era pecador y se arrepentía y Él veía en su corazón
verdadero arrepentimiento, -porque el Nazareno leía en los corazones mejor que un escriba en el texto- entonces era más dulce
que una madre.
-¿Y Roma ha permitido que fuera ejecutado un inocente?
-Lo condenó Pilatos... Pero no quería, y lo llamaba justo. Pero le amenazaron con denunciarlo ante César, y tuvo miedo.
En definitiva, fue condenado a la cruz y en ella murió. Y esto, junto con el temor a los miembros del Sanedrín, nos ha deprimido
mucho. Porque yo soy Clofé, hijo de Clofé, y éste es Simón, ambos de Emaús y parientes, porque yo soy el marido de su primera
hija, y éramos discípulos del Profeta.
-¿Y ahora ya no lo sois?
-Esperábamos que fuera Él el que liberaría a Israel, y también que con un prodigio confirmara sus palabras. ¡Pero!...
-¿Qué palabras había dicho?
-Te lo hemos dicho: "He venido al Reino de David. Soy el Rey pacífico" y así otras cosas. Decía: "Venid al Reino", pero
luego no nos dio el reino. Decía: “A1 tercer día resucitaré”. Hoy es el tercer día después de su muerte; es más, ya se ha cumplido,
porque ya ha pasado la hora novena, y no ha resucitado. Algunas mujeres y algunos soldados que estaban de guardia dicen que
sí, que ha resucitado. Pero nosotros no lo hemos visto. Ahora los soldados dicen que han dicho eso para justificar el robo del
cadáver llevado a cabo por los discípulos del Nazareno. Pero... ¡los discípulos!... Todos nosotros lo hemos abandonado por
miedo mientras vivía... Está claro que ahora que ha muerto no hemos robado su Cuerpo. Y las mujeres... ¿quién cree en ellas?
Nosotros íbamos hablando de esto. Y queríamos saber si Él se refería a resucitar sólo con el Espíritu de nuevo divino, o si
también con la Carne. Las mujeres dicen que los ángeles -porque dicen que han visto ángeles después del terremoto, y puede
ser, porque ya el viernes aparecieron los justos fuera de los sepulcros-, dicen que los ángeles dijeron que Él estaba como uno
que no hubiera muerto nunca. Y, en efecto, así les pareció verlo a las mujeres. Pero dos de nosotros, dos jefes, fueron al
Sepulcro, y, si bien lo han visto vacío, como las mujeres han dicho, a Él no lo han visto, ni allí ni en otro lugar. Y sentimos una
gran desolación porque ya no sabemos qué pensar.
-¡Qué necios y duros sois para comprender! ¡Qué lentos para creer en las palabras de los profetas! ¿Acaso no estaba
dicho esto? El error de Israel está en haber interpretado mal la realeza de Cristo. Por esto no han creído en Él, por esto le

temieron, por esto ahora vosotros dudáis. Arriba, abajo, en el Templo y en las aldeas, en todas partes, se pensaba en un rey
según la humana naturaleza. La reconstrucción del reino de Israel, en el pensamiento de Dios, no estaba limitada ni en el tiempo
ni en el espacio ni en cuanto al medio, como lo estaba en vosotros.
No en el tiempo: ninguna realeza, ni siquiera la más poderosa, es eterna. Tened presente a los poderosos Faraones que
oprimieron a los hebreos en tiempos de Moisés. ¡Cuántas dinastías acabadas... y de ellas no quedan sino momias sin alma en el
fondo de hipogeos ocultos! Y queda un recuerdo, si es que queda, de su poder de un hora (menos de una hora, si medimos sus
siglos en relación al Tiempo eterno). Este Reino es eterno.
En el espacio. Estaba escrito: reino de Israel. Porque de Israel ha venido el tronco de la raza humana; porque en Israel
está -voy a decirlo así- la semilla de Dios; y, por tanto, diciendo Israel, se quería decir: el reino de los creados por Dios. Pero la
realeza del Rey Mesías no está limitada al pequeño espacio de Palestina, sino que se extiende de Septentrión a Meridión, de
Oriente a Occidente, allá donde haya un ser que en la carne tenga un espíritu, o sea, allá donde haya un hombre. ¿Cómo habría
podido uno sólo centrar en sí a todos los pueblos enemigos entre sí y hacer de todos ellos un único reino sin hacer correr a ríos
la sangre y sin tener a todos subyugados con crueles opresiones de soldados? ¿Cómo, entonces, hubiera podido ser el rey
pacífico de que hablan los profetas?
En cuanto al medio: el medio humano, lo he dicho, es la opresión. El medio sobrehumano es el amor. El primero es
siempre limitado, porque los pueblos verdaderamente se alzan contra el opresor. El segundo es ilimitado porque el amor es
amado, o vejado si no es amado; pero, siendo una cosa espiritual, no puede nunca ser agredido directamente. Y Dios, el Infinito,
quiere medios que sean como Él. Quiere aquello que no es finito porque es eterno: el espíritu; lo que es del espíritu; lo que lleva
al Espíritu. El error ha sido el haber concebido en la mente una idea mesiánica equivocada en cuanto a los medios y en cuanto a
la forma.
¿Cuál es la realeza más alta? La de Dios. ¿No es verdad? Ahora bien -así es llamado y esto es el Mesías-, el Admirable, el
Emmanuel, el Santo, el Germen sublime, el Fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la paz, el que es Dios como Aquel de
quien viene ¿no tendrá una realeza semejante a la de Aquel que lo engendró? Sí, la tendrá. Una realeza del todo espiritual y del
todo eterna, invulnerable a robos y a sangre, una realeza que no conoce traiciones ni vejaciones: su Regiedumbre; esa que la
Bondad eterna concede también a los pobres seres humanos, para dar honor y gozo a su Verbo.
¿Pero no dijo, acaso, David que este Rey poderoso tiene bajo sus pies todo como escabel? ¿No narra Isaías toda su
Pasión? ¿No numera David -se podría decir- incluso las torturas? ¿Y no está escrito que Él es el Salvador y Redentor, que con su
holocausto salvará al hombre pecador?
¿Y no está precisado - y Jonás es signo de ello- que durante tres días iba a ser deglutido por el vientre insaciable de la
Tierra, y que luego sería expelido como el profeta por la ballena? ¿Y no dijo Él: "El Templo mío, o sea, mi Cuerpo, al tercer día
después de haber sido destruido, será reconstruido por mí (o sea, por Dios)"? ¿Y qué pensabais, que por magia Él iba a poner de
nuevo en pie los muros del Templo? No. No los muros. Él mismo. Y sólo Dios podía resucitarse a sí mismo. Él ha reedificado el
Templo verdadero: su Cuerpo de Cordero. Inmolado, como fue la orden y la profecía que recibió Moisés para preparar el "paso"
de la muerte a la Vida, de la esclavitud a la libertad, de los hombres hijos de Dios y esclavos de Satanás.
“¿Cómo ha resucitado?”, os preguntáis. Respondo: ha resucitado con su verdadera Carne, con su divino Espíritu dentro
de ella (de la misma forma que en toda carne mortal está el alma morando regiamente en el corazón). Así ha resucitado,
después de haber padecido todo para expiar todo y hacer reparación de la Ofensa primigenia y de las infinitas que cada día lleva
a cabo la Humanidad. Ha resucitado como estaba dicho bajo el velo de las profecías. Venido en su tiempo -os recuerdo a Daniel-,
en su tiempo fue inmolado. Y, oíd y recordad, en el tiempo predicho después de su muerte, la ciudad deicida será destruida.
Os aconsejo que leáis con el alma, no con la mente soberbia, a los profetas, desde el principio del Libro hasta las
palabras del Verbo inmolado. Recordad al Precursor que lo señalaba como Cordero. Traed a vuestra memoria cuál fue el destino
del simbólico cordero mosaico. Por esa sangre fueron salvados los primogénitos de Israel. Por esta Sangre serán salvados los
primogénitos de Dios, o sea, aquellos que con la buena voluntad se hayan consagrado al Señor. Recordad y comprended el
mesiánico salmo de David y al mesiánico profeta Isaías. Recordad a Daniel, traed a vuestra memoria, pero alzando ésta del fango
hacia el azul celeste, todas las palabras sobre la realeza del Santo de Dios, y comprended que otra señal más exacta no se os
podía dar; más fuerte que esta victoria sobre la Muerte, que esta Resurrección obrada por sí mismo.
Recordad que castigar desde lo alto de la Cruz a quienes en ella lo habían puesto hubiera sido disconforme a su
misericordia y a su misión. ¡Todavía Él era el Salvador, a pesar de ser el Crucificado escarnecido y clavado a un patíbulo!
Crucificados los miembros, pero libre la voluntad y el espíritu; y con la voluntad y el espíritu quiso seguir esperando, para dar a
los pecadores tiempo para creer y para invocar -no con grito blasfemo, sino con gemido de contrición- su Sangre.
Ahora ha resucitado. Todo ha cumplido. Glorioso era antes de su encarnación. Tres veces glorioso lo es ahora, que,
después de haberse anonadado durante tantos años en una carne, se ha inmolado a sí mismo, llevando la Obediencia hasta la
perfección de saber morir en la cruz para cumplir la Voluntad de Dios. Gloriosísimo, en unidad con la Carne glorificada, ahora
que sube al Cielo y entra en la Gloria eterna, dando comienzo al Reino que Israel no ha comprendido.
A ese Reino Él, con más instancia que nunca, con el amor y la autoridad de que está lleno, llama a las tribus del mundo.
Todos, como vieron y previeron los justos de Israel y los profetas, todos los pueblos verán al Salvador. Y no habrá ya Judíos o
Romanos, Escitas o Africanos, Iberos o Celtas, Egipcios o Frigios. El territorio del otro lado del Eufrates se unirá a las fuentes del
Río perenne. Los habitantes de las regiones hiperbóreas al lado de los númidas irán a su Reino, y caerán razas e idiomas. No
tendrán ya cabida ni las costumbres ni el color de la piel o los cabellos. Antes bien, habrá un pueblo inmenso, fúlgido y cándido,
y un solo lenguaje y un solo amor. Será el Reino de Dios. El Reino de los Cielos. Monarca eterno: el Inmolado Resucitado.
Súbditos eternos: los creyentes en su Fe. Aceptad creer, ara pertenecer a él.
-Ahí está Emaús, amigos. Yo voy más lejos. No se le concede un Alto en el camino al Viandante que tanto camino ha de
recorrer.

-Señor. Tienes más instrucción que un rabí. Si Él no hubiera muerto, diríamos que nos ha hablado. Quisiéramos seguir
oyéndote hablar de otras y más extensas verdades. Porque ahora, nosotros, que somos ovejas sin pastor, desconcertadas con la
tempestad del odio de Israel, ya no sabemos comprender las palabras del Libro. ¿Quieres que vayamos contigo? Fíjate, nos
seguirías instruyendo, cumpliendo así la obra del Maestro que nos ha sido arrebatado.
-¿Tanto tiempo lo habéis tenido y no os ha podido hacer completos? ¿No es ésta una sinagoga?
-Sí. Yo soy Cleofás, hijo de Cleofás el arquisinagogo, muerto en su alegría de haber conocido al Mesías.
-¿Y todavía no has alcanzado una fe sin ofuscaciones? Pero no es culpa vuestra. Todavía, después de la Sangre, falta el
Fuego. Y luego creeréis, porque comprenderéis. Adiós.
-¡Oh, Señor, ya se viene la tarde y el sol se comba hacia su ocaso. Estás cansado y sediento. Entra. Quédate con
nosotros. Y nos hablas de Dios mientras compartimos el pan y la sal.
Jesús entra y con la habitual hospitalidad hebraica le sirven bebidas y agua para los pies cansados.
Luego se sientan a la mesa y los dos le ruegan que ofrezca por ellos el alimento.
Jesús se levanta, teniendo el pan en las palmas. Alzando los ojos al cielo rojo del atardecer, da gracias por el alimento.
Se sienta. Parte el pan y pasa un trozo a cada uno de sus dos huéspedes. Y, al hacerlo, se manifiesta en lo que Él es: el
Resucitado. No es el fúlgido Resucitado que se ha aparecido a los otros predilectos suyos. Pero es un Jesús lleno de majestad,
con las llagas bien visibles en sus largas Manos: rosas rojas en el color marfil de la piel. Un Jesús bien vivo con su Carne
recompuesta, pero también bien divino en la majestuosidad de sus miradas y de todo su aspecto.
Los dos lo reconocen y caen de rodillas... Pero, cuando se atreven a levantar la cara, de Él no queda más que el pan
partido. Lo toman y lo besan. Cada uno toma su trozo y se lo mete, como reliquia, envuelto en un palio de lino, en el pecho.
Lloran, diciendo:
-¡Era Él! Y no lo hemos conocido. ¡Pero no sentías tú que te ardía el corazón en el pecho mientras nos hablaba y nos
hacía mención de las Escrituras?
-Sí. Y ahora me parece verlo de nuevo, a la luz que del Cielo proviene, la luz de Dios; y veo que Él es el Salvador.
-Vamos. Ya no siento ni cansancio ni hambre. Vamos a decírselo a los de Jesús que están en Jerusalén.
-Vamos. ¡Oh, si el anciano padre mío hubiera podido gozar de esta hora!
-¡No digas eso, hombre! Más que nosotros la ha gozado. Sin el velo que por piedad hacia nuestra debilidad carnal ha
sido usado, él, el justo Clofé, ha visto con su espíritu al Hijo de Dios volver al Cielo ¡Vamos! ¡Vamos! Llegaremos ya en plena
noche. Pero, si Él lo quiere, nos proporcionará la manera de pasar. ¡Si ha abierto las puertas de la muerte, podrá abrir las
puertas de las murallas! Vamos.
Y, en el ocaso del todo purpúreo, caminan con paso veloz hacia Jerusalén.

626
Llegada de los paganos y alusiones a otras apariciones.
La casa del Cenáculo está llena de gente. El vestíbulo, el patio, las habitaciones, menos el Cenáculo y la habitación
donde está María Virgen, presentan ese aspecto festivo y agitado de un lugar donde muchos se vuelven a encontrar, después de
un tiempo, para una fiesta. Están los apóstoles, menos Tomás; y también los pastores. Están las fieles mujeres, y, junto con
Juana, Nique, Elisa, Sira, Marcela y Ana. Hablan todos, en voz baja pero con visible y festiva agitación. Toda la casa está bien
cerrada, como por miedo; pero el miedo a lo de fuera no lesiona la alegría del interior.
Marta va y viene junto con Marcela y Susana, preparando las cosas para la cena de los "siervos del Señor", como ella
llama a los apóstoles. Las otras y los otros se hacen recíprocas preguntas, hacen partícipes unos a otros de sus impresiones,
alegrías, miedos... cual niños que esperan algo que los emociona y que, también un poco, los asusta.
Los apóstoles quisieran dar impresión de mayor serenidad que los demás, pero son los primeros en turbarse si un ruido
parece una llamada a la puerta de la calle o el abrirse de una ventana de par en par. El hecho incluso de que llegue Susana
presurosa con dos lámparas de varias boquillas para ayudar a Marta, que busca mantelerías, hace que Mateo retroceda
bruscamente y grite: « ¡El Señor!». Y esto hace, a su vez, que Pedro -visiblemente más inquieto que los demás- caiga de rodillas.
Una resuelta llamada a la puerta de la calle corta todas las palabras y pone en vilo los ánimos. Creo que todos los
corazones laten a gran velocidad.
Miran por el ventanillo y abren con un « ¡oh!» de estupor al ver al grupo, inesperado, de las damas romanas escoltadas
por Longinos y por otro que, como Longinos, viene vestido de oscuro. También todas las mujeres vienen arropadas en mantos
oscuros que les cubren incluso la cabeza; y se han quitado todas las joyas para llamar menos a atención.
-¿Podemos entrar un momento para manifestar nuestra alegría a la Madre del Salvador? - dice la más reverenciada de
todas, que es Plautina.
-Pasad. Está allí.
Entran en grupo, junto con Juana y María de Magdala, quien - esa es mi impresión- las conoce muy bien.
Longinos y el otro romano se quedan aislados - y es que los miran con un poco de recelo- en un ángulo del vestíbulo.
Las mujeres saludan con su: « ¡Ave, Dómina!». Luego se arrodillan y dicen:
-Si antes admirábamos la Sabiduría, ahora queremos ser hijas del Cristo. Esto te lo decimos a ti. Sólo tú puedes vencer la
desconfianza hebraica hacia nosotros. Vendremos a ti para ser instruidas mientras ellos (señalan a los apóstoles, que están
parados, en grupo, en la puerta) nos permitan considerarnos de Jesús.

Es Plautina la que ha hablado por todas.
María sonríe beatífica y dice:
-Pido al Señor que purifique mis labios como al Profeta (Isaías 6, 5-7) para poder dignamente hablar de mi Señor.
¡Benditas seáis, primicias de Roma!
-También Longinos querría... y el astero, que sintió un fuego dentro de su corazón cuando... cuando se abrieron la tierra
y el cielo al grito de Dios. Pero, si nosotras sabemos poco, ellos no saben nada aparte de que... que era el Santo de Dios y que no
quieren seguir estando en el Error.
-Les dirás a ellos que vayan a los apóstoles.
-Están allí. Pero los apóstoles los miran con recelo.
María se levanta y va hacia los soldados. Los apóstoles la ven ir hacia ellos y tratan de intuir su pensamiento.
-¡Dios os conduzca a su Luz, hijos! ¡Venid! Para conocer a los siervos del Señor. Éste es Juan, ya lo conocéis. Y éste es
Simón Pedro, el elegido por mi Hijo y Señor para ser cabeza de sus hermanos. Éste es Santiago y éste Judas, primos del Señor.
Éste es Simón, y éste Andrés, hermano de Pedro. Y éste es Santiago, hermano de Juan. Y éstos son Felipe, Bartolomé y Mateo.
Falta Tomás, todavía ausente pero lo nombro como si estuviera presente. Éstos son los que han sido elegidos para una misión
especial. Pero éstos, que están en la sombra con ademán humilde, son los primeros en el heroísmo del amor. Desde hace más
de seis lustros predican a Cristo. Ni persecuciones contra ellos, ni la condena contra el Inocente, han mellado su fe. Pescadores y
pastores. Vosotros, patricios. Pero, en el nombre de Jesús no hay ya distinciones. El amor en Cristo a todos iguala y hermana. Y
mi amor os llama hijos también a vosotros, que sois de otra nación. Es más, digo que os encuentro de nuevo tras haberos
perdido, porque en el momento del dolor estabais junto al Moribundo. Y no olvido tu piedad, Longinos; ni tus palabras, soldado.
Parecía que me hubieran quitado la vida. Pero lo veía todo. No tengo con qué recompensaros. La verdad es que para las cosas
santas no hay moneda, sino sólo amor y oración. Esta os daré, rogando a nuestro Señor Jesús que Él os lo pague.
-Ya hemos recibido la recompensa, Dómina. Por eso nos hemos atrevido a venir aquí todos juntos. Nos ha reunido un
común impulso. Ya la fe ha tendido su vínculo entre los corazones - dice Longinos.
Todos se acercan curiosos. Y hay quien, venciendo la reserva y quizás la repulsa del contacto pagano, dice:
-¿Qué es lo que habéis recibido?
-Yo una voz, la suya. Decía: "Ven a mí" - dice Longinos.
-Y yo oí: "Si me crees santo, cree en mí" - dice el otro soldado.
-Y nosotras - dice Plautina - mientras hablábamos de Él esta mañana, vimos una luz, ¡una luz! Tomó forma de rostro.
¡Oh, di tú cómo resplandecía! Era su rostro. Y nos sonrió con tanta dulzura que ya no tuvimos sino un deseo, el de venir a
deciros: "No nos rechacéis".
Se producen susurros y comentarios. Todos hablan, repitiendo cómo lo han visto.
Los diez apóstoles guardan silencio, apesadumbrados. Buscando una compensación y no aparecer como los únicos que
se hayan quedado sin su saludo, preguntan a las mujeres hebreas si no han recibido regalo pascual.
Elisa dice:
-Me ha quitado la espada del dolor de mi hijo muerto.
Y Ana:
-He oído su promesa sobre la eterna salvación de los míos.
Y Sira:
-Yo una caricia.
Y Marcela:
-Yo un resplandor y su Voz que decía: "Persevera".
-¿Y tú, Nique? - preguntan, porque guarda silencio.
-Ya había recibido - responden otros.
-No. He visto su Rostro, y me ha dicho: "Para que se imprima éste en tu corazón". ¡Qué hermoso era!
Marta va y viene, silenciosa y rápida, y calla.
-¿Y tú, hermana? ¡Nada a ti? Callas y sonríes. Demasiado dulcemente sonríes como para no haber recibido tu gozo dice la Magdalena.
-Es verdad. Tienes bajos los párpados, tu lengua está muda, pero brillan tanto tus ojos tras el velo de las pestañas, que
es como si cantaras una canción de amor.
-¡Habla! ¡Habla! Madre, ¿a ti te lo ha dicho?
La Madre sonríe y calla.
Marta, que está colocando la vajilla en la mesa, quiere mantener echado el velo sobre su feliz secreto. Pero su hermana
no le concede tregua. Entonces Marta, dichosa, dice ruborizándose:
-Me ha citado para la hora de la muerte y del desposorio cumplido... - y se le enciende el rostro con una rojez más viva y
una sonrisa de alma.

627
Aparición a los apóstoles en el Cenáculo.

Están recogidos en el Cenáculo. Debe haber anochecido ya hace un buen rato, porque no se oye ningún ruido de la calle
ni de la casa. Creo que incluso todos los que antes habían venido ya se han retirado, o a sus propias casas o a dormir, cansados
por tantas emociones.
Los diez, sin embargo, comidos unos pescados -quedan algunos todavía, en una bandeja que está encima de un
aparador-, conversan a la luz de una sola llama de la lámpara, la más cercana a la mesa. Están todavía sentados alrededor de
ésta. Su conversación es entrecortada. Está hecha casi de monólogos, porque parece como si cada uno, más que con su
compañero, hablara consigo mismo, mientras los otros lo dejan hablar, a lo mejor hablando a su vez de algo completamente
distinto. Pero estos temas inconexos, que me parecen como radios de una rueda desvencijada, se siente que pertenecen a un
único tema en torno al cual se centran, aunque estén tan desparpajados: Jesús.
-Mi temor es que Lázaro haya oído mal, y que las mujeres hubieran oído mejor que Él... - dice Judas de Alfeo.
-¿A qué hora ha dicho la romana que lo había visto? – pregunta Mateo.
Ninguno le responde.
-Mañana voy a Cafarnaúm - dice Andrés.
-¡Qué maravilla! ¡Hacer que salga precisamente en ese momento la litera de Claudia! - dice Bartolomé.
-Hemos hecho mal, Pedro, marchándonos inmediatamente esta mañana... Si nos hubiéramos quedado, lo habríamos
visto, como la Magdalena - suspira Juan.
-No comprendo cómo ha podido estar en Emaús y en el palacio al mismo tiempo. Y cómo aquí, con su Madre, y con la
Magdalena y con Juana, simultáneamente - dice, hablando para sí, Santiago de Zebedeo.
-No vendrá. No he llorado lo suficiente como para merecerlo... Tiene razón. Yo digo que me hace esperar tres días por
mis tres negaciones. ¿Cómo pude, cómo pude hacer eso?
-¡Qué transfigurado estaba Lázaro! Os digo que parecía un Sol. Yo creo que le ha sucedido como a Moisés después de
haber visto a Dios (Éxodo 34, 29-35). Y -¿verdad, vosotros que estabais allí?- inmediatamente después de haber ofrecido su vida!
- dice el Zelote.
Ninguno lo escucha.
Santiago de Alfeo se vuelve hacia Juan y dice:
-¿Cómo dijo a los de Emaús? Me parece que nos ha disculpado, ¿no es verdad? ¿No dijo que todo ha sucedido por
nuestro error de israelitas en el modo de entender su Reino?
Juan no le presta atención; se vuelve hacia Felipe, mira a éste Y dice... al aire, porque no habla a Felipe:
-A mí me basta con saber que ha resucitado. Y... y también que mi amor sea cada vez más fuerte. Ha ido en proporción,
¿no?, si os fijáis, al amor que hemos tenido: la Madre, María Magdalena, los niños, mi madre y la tuya, y luego Lázaro y Marta...
¿Cuándo a Marta? Yo digo que cuando entonó el salmo davídico (Salmo 23): "El Señor es mi pastor, nada me faltará. Me ha
puesto en lugar de abundantes pastos, me ha conducido a aguas de reposo. Ha llamado hacia sí al alma mía...". ¿Te acuerdas
cómo nos hizo estremecernos con ese inesperado canto? Y esas palabras se conectan con lo que ha dicho: "Ha llamado hacia sí
al alma mía". Efectivamente, Marta parece haber encontrado de nuevo su camino... Antes estaba como desconcertada, ¡ella, la
fuerte! Quizás en la propia llamada le ha dicho el lugar a donde quiere que vaya; es más, esto es seguro porque si la ha citado
ella debe saber dónde será. ¿Qué habrá querido decir con "desposorio cumplido?
Felipe, que lo ha mirado un momento y luego lo ha dejado monologar, gime: -No voy a saber qué decirle si viene...
Huí... y, siento que huiré. Antes por miedo a los hombres, ahora por miedo a Él.
-Dicen todos que es hermosísimo. ¡Pero es que puede ser más hermoso que lo que ya lo era? - se pregunta Bartolomé.
-Yo le diré: "Me perdonaste sin decirme palabra alguna cuando era publicano. Perdóname ahora con tu silencio, porque
mi vileza no merece tu palabra" - dice Mateo.
-Longinos dice que ha pensado: "¿Debo pedirle quedar curado o creer?". Pero su corazón ha dicho: "Creer", y entonces
la Voz ha dicho: "Ven a mí", y él ha sentido la voluntad de creer y la curación al mismo tiempo. Me lo ha dicho justo así - afirma
Judas de Alfeo.
-Yo no dejo de pensar en Lázaro, premiado inmediatamente después de su ofrecimiento... Yo también lo he dicho: "Mi
vida por tu gloria". Pero no ha venido - suspira el Zelote.
-¿Qué opinas, Simón? Tú, que eres culto, dime: ¿qué debo decirle para que comprenda que lo quiero y que le pido
perdón? ¿Y tú, Juan? Tú has hablado mucho con la Madre. Ayúdame. ¡No es piadoso dejar solo al pobre Pedro!
Juan se mueve a compasión hacia su descorazonado compañero y dice:
-Pues... pues yo le diría simplemente: "Te quiero". En el amor está incluido también el deseo de perdón y el
arrepentimiento. Pero... no sé. ¿Simón, tú qué crees?
Y el Zelote:
-Yo diría lo que era el grito de los milagros: "¡Jesús, ten piedad de mí!". Diría: “Jesús”. Es suficiente. ¡Porque es, con
creces, más que el Hijo de David!
-Es precisamente eso lo que pienso y lo que me hace temblar. ¡Oh, esconderé la cabeza!... Esta mañana también tenía
miedo de verlo y...
-...Y luego has sido el primero en entrar. No, no tengas ese miedo. Parece como si no lo conocieras - le anima Juan.
La habitación se ilumina vivamente, como a causa de un relámpago deslumbrador. Los apóstoles, temiendo que sea un
rayo, se tapan la cara. Pero al no oír ruido alzan la cabeza.
Jesús está en medio de la habitación, junto a la mesa. Abre los brazos diciendo:
-La paz sea con vosotros.
Ninguno responde. Quién más pálido, quién más rojo, todos lo miran fijamente, con miedo y embarazo; hechizados y, al
mismo tiempo, deseosos de huir.
Jesús da un paso hacia delante, incrementando su sonrisa.

-¡No temáis! Soy Yo. ¿Por qué tan turbados? ¿No queríais verme? ¿No había encargado que os dijeran que iba a venir?
¿No os lo había dicho ya en la noche pascual?
Ninguno se atreve a abrir la boca. Pedro ya llora, y Juan sonríe mientras que los dos primos, con los ojos brillantes y un
movimiento de palabra en los labios silenciosos, parecen dos estatuas que representen el deseo.
-¿Por qué en vuestros corazones pugnan tanto la duda y la fe, el amor y el temor? ¿Por qué todavía queréis ser carne y
no espíritu, y no queréis sólo con el espíritu ver, comprender, juzgar y obrar? ¿En la llamarada del dolor no se ha consumido
todo el viejo yo, y no ha surgido el nuevo yo de una vida nueva? Soy Jesús. Vuestro Jesús, resucitado, como Él había dicho.
Mirad. Tú que viste las heridas y vosotros que ignoráis mi tortura. Porque lo que sabéis es muy distinto del exacto conocimiento
que tiene Juan. Ven, tú el primero. Estás ya enteramente limpio. Tan limpio que puedes tocarme sin temor. El amor, la
obediencia, la fidelidad ya te habían purificado. Mi Sangre, la Sangre que te asperjó por entero cuando me bajaste del patíbulo,
acabó de purificarte. Mira. Son manos verdaderas, y verdaderas heridas. Observa mis pies. ¿Ves como es la señal del clavo? Sí,
soy Yo verdaderamente, no un fantasma. Tocadme. Los espectros no tienen cuerpo. Yo tengo verdadera carne en un verdadero
esqueleto.
Pone la Mano encima de la cabeza de Juan, que se ha atrevido a acercarse a Él:
-¿Sientes? Está caliente y pesa.
Espira su aliento en su rostro:
-Y esto es respiro.
-¡Oh, mi Señor! - Juan susurra suavemente.
-Sí. Vuestro Señor. Juan, no llores de temor y de deseo. Ven a mí. Sigo siendo el que te quiere. Vamos a sentarnos,
como siempre, a la mesa. ¿Os queda algo de comer? Pasádmelo, pues.
Andrés y Mateo, con movimientos propios de sonámbulo, toman de los aparadores el pan y el pescado y una bandeja
con un panal apenas mordido en un ángulo.
Jesús ofrece el alimento y come, y da a cada uno un poco de lo que come. Y los mira. Con mucha bondad. Pero también
con tanta majestuosidad, que ellos se quedan paralizados.
El primero que se atreve a hablar es Santiago, hermano de Juan:
-¿Por qué nos miras así?
-Porque quiero conoceros.
-¿No nos conoces todavía?
-Como vosotros no me conocéis a mí. Si me conocierais, sabríais quién soy y cómo os quiero, y encontraríais las
palabras para expresarme vuestro tormento. Vosotros calláis. Como frente a un extraño poderoso de quien tenéis miedo. Hace
poco hablabais... Hace ya casi cuatro días que habláis con vosotros mismos diciendo: “Le diré esto…”, diciendo a mi Espíritu:
"Vuelve, Señor; que yo te pueda decir esto". Ahora he venido, ¿y calláis? ¿Tan cambiado estoy, que ya no os parezco Yo? ¿O tan
cambiados estáis, que ya no me queréis?
Juan, que está sentado al lado de su Jesús, reacciona con su gesto habitual de apoyarle la cabeza sobre el pecho,
mientras susurra:
-Yo te quiero, mi Dios - pero se inmoviliza y por respeto al resplandeciente Hijo de Dios, se prohíbe a si mismo esta
concesión. Porque Jesús parece emanar luz, a pesar de tener una carne como la nuestra.
Pero Jesús lo acerca a su Corazón, y entonces Juan da rienda suelta a su gozoso llanto, y ello es la señal para el llanto de
todos. Pedro, que está dos sitios más allá de Juan, cae al suelo entre la mesa y el asiento y llora gritando:
-¡Perdón, perdón! Sácame de este nfierno en que estoy desde hace tantas horas. Dime que has visto la verdadera
realidad de mi error: no del espíritu, sino de la carne, que se impuso a mi corazón. Dime que has visto mi arrepentimiento... que
durará hasta la muerte. Pero Tú... dime que, como Jesús, no debo temerte... y yo, y yo... yo trataré de vivir de tal manera que
consiga también el perdón de Dios... y morir... sólo teniendo un gran purgatorio que cumplir.
-Ven aquí, Simón de Jonás.
-Tengo miedo.
-Ven aquí. No sigas siendo cobarde.
-No merezco acercarme a ti.
-Ven aquí. ¿Qué te ha dicho la Madre? "Si no lo miras en este sudario, no tendrás valor de mirarlo nunca más.” ¡Oh,
hombre corto para entender! ¡Ese Rostro no te dijo con su mirada dolorosa que te comprendía y te perdonaba? Pues ese trozo
de lino lo he dado para consuelo, para guía, para absolución, para bendición... ¿Pero qué ha hecho en vosotros Satanás, que os
ha cegado tanto? Ahora Yo te digo: si no me miras ahora, que sobre mi gloria tengo todavía extendido un velo para adecuarme a
vuestra debilidad, no podrás nunca jamás venir sin miedo a tu Señor. ¿Y qué te sucederá entonces? Por presunción pecaste.
¿Quieres ahora volver a pecar por obstinación? Ven, te digo.
Pedro va arrastrándose de rodillas, entre la mesa y los asientos cubriendo con sus manos el rostro bañado en lágrimas.
Jesús, poniéndole la Mano sobre la cabeza, lo para cuando está a sus pies. Pedro, con un llanto aún más fuerte, toma esa Mano
y la besa en medio de verdaderos sollozos sin freno. No sabe decir sino: « ¡Perdón! ¡Perdón!
Jesús se libera del apretujón y, haciendo palanca con su mano bajo el mentón del apóstol, obliga a Pedro a alzar la
cabeza y lo mira fijamente a los ojos, enrojecidos, acongojados por el arrepentimiento con sus fúlgidos Ojos serenos. Parece
querer perforarle el alma. Luego dice:
-Vamos, cancela en mí el oprobio de Judas. Bésame donde él besó. Lava con tu beso la señal de la traición.
Pedro alza la cabeza -simultáneamente, Jesús se inclina más-y roza la mejilla... luego reclina la cabeza en las rodillas de
Jesús ; permanece así... como un niño, anciano de edad, que ha hecho algo malo pero que es perdonado.
Los otros, ahora que ven la bondad de su Jesús, encuentran de nuevo un poco de coraje, y, como pueden, se acercan.

Primero, los primos... Quisieran decir muchas cosas, pero no logran decir nada; Jesús los acaricia y les infunde ánimo
con su sonrisa.
Se acercan Mateo y Andrés. Mateo dice:
-Como en Cafarnaúm...
Y Andrés:
-Yo, yo... yo te quiero.
Se acerca Bartolomé, gimiendo:
-No he sido sabio, sino necio. Éste es sabio - y señala al Zelote, a quien ya Jesús está sonriendo.
Santiago de Zebedeo se acerca y susurra a Juan:
-Díselo tú...
Jesús se vuelve y dice:
-Llevas cuatro noches diciéndolo y Yo cuatro noches llevo compadeciéndome de ti.
El último en acercarse es Felipe, encorvado todo. Pero Jesús le fuerza a levantar la cabeza y le dice:
-Para predicar a Cristo es necesario más valor.
Ahora están todos alrededor de Jesús. Poco a poco van cobrando nueva confianza. Hallan de nuevo aquello que habían
perdido o que temían haber perdido para siempre. Surge de nuevo la confianza, la tranquilidad, y, a pesar de que Jesús aparezca
tan majestuoso que infunda un nuevo respeto en sus apóstoles, ellos encuentran por fin el valor para hablar.
Es Santiago, el primo de Jesús, el que suspira:
-¿Por qué nos has hecho esto, Señor? Sabías que no somos nada y que todo viene de Dios. ¿Por qué no nos has dado la
fuerza de estar a tu lado?
Jesús lo mira y sonríe.
-Ya todo se ha verificado. Y nada más debes padecer. Pero no me pidas otra vez esta obediencia. He envejecido un
lustro por cada hora que pasaba, y tus sufrimientos, que el amor e igualmente Satanás aumentaban en mi imaginación en cinco
veces respecto a lo que ya de por sí eran, han consumido verdaderamente todas mis fuerzas. Sólo me ha quedado fuerza para
seguir obedeciendo, sujetando -como uno que se estuviera ahogando y tuviera las manos rotas- mi fuerza con la voluntad, como
con dientes hincados en una tabla, para no perecer... ¡Oh, no pidas esto otra vez a tu leproso!
Jesús mira a Simón el Zelote y sonríe.
-Señor, Tú sabes lo que quería mi corazón. Pero luego me ha faltado el ánimo... como si me lo hubieran arrancado los
canallas que te apresaron... y lo que me quedó fue un agujero por el que se escapaban todos mis pensamientos anteriores. ¿Por
qué has permitido esto, Señor? - pregunta Andrés.
-Yo... ¿Tú dices el corazón? Yo digo que era como uno que hubiera perdido la razón. Como quien ha recibido un golpe
de clava en la nuca. Cuando, ya de noche, me encontré en Jericó... ¡Oh! ¡Dios! ¡Dios!... ¿Pero es que puede un hombre perecer
así? Yo creo que así es la posesión. ¡Ahora comprendo qué es esta tremenda cosa!... - Felipe abre todavía desmesuradamente
sus ojos ante el recuerdo de lo que ha sufrido.
-Tiene razón Felipe. Yo miraba para atrás. Viejo soy y no pobre en conocimientos. Y dejé de saber todo lo que había
sabido hasta ese momento. Miraba a Lázaro, tan acongojado pero tan seguro, y me decía: "¿Cómo es posible que él sepa
encontrar todavía una razón y yo nada?" - dice Bartolomé.
-Yo también miraba a Lázaro. Y, dado que acabo de saber lo que Tú nos has explicado, no pensaba en el saber, sino que
decía: "¡Si al menos en el corazón fuera como él!"; y, sin embargo, yo sólo tenía dolor, dolor, dolor. Lázaro tenía dolor y paz...
¿Por qué a él tanta paz?
Jesús mira por turno, primero a Felipe, luego a Bartolomé, luego a Santiago de Zebedeo. Sonríe y calla.
Judas dice:
-Yo tenía la esperanza de ver lo que, sin duda, Lázaro veía. Por eso estaba siempre cerca de él... ¡Su rostro!... Un espejo.
Un poco antes del terremoto del Viernes, Lázaro tenía el aspecto de uno que muriera triturado. Luego, de repente, dentro de su
dolor, apareció majestuoso. ¿Recordáis cuando dijo: "El deber cumplido da paz"? Todos creímos que fuera solamente un
reproche a nosotros, o una aprobación de sí mismo. Ahora pienso que lo decía por ti. Lázaro era un faro en nuestras tinieblas.
¡Cuánto le has dado, Señor!
Jesús sonríe y calla.
-Sí. La vida. Y quizás con ella le has dado un alma diferente. Porque, en fin, ¿en qué es distinto de nosotros? Y, de todas
formas no es ya un hombre, es algo más que un hombre. Y, por lo que era en el pasado, hubiera debido ser menos perfecto de
espíritu aún que nosotros. Pero él se ha hecho, y nosotros... Señor, mi amor ha estado vacío como ciertas espigas. Sólo he dado
cascabillo - dice Andrés.
Y Mateo:
-Yo no puedo pedir nada. Porque ya mucho recibí con mi conversión. Pero, sí, yo también hubiera deseado tener lo que
ha recibido Lázaro: un alma dada por ti. Porque yo también pienso como Andrés...
-También Magdalena y Marta han sido faros. Será la raza. Vosotros no las habéis visto. Una era piedad y silencio. ¡La
otra! ¡Oh, si hemos sido todos como un haz en torno a la Bendita, ha sido porque María de Magdala nos ha envuelto con las
llamas de su valiente amor! Sí. He dicho: la raza. Pero debo decir: el amor. Nos han superado en el amor. Por eso han sido lo que
han sido - dice Juan.
Jesús sigue sonriendo y callando.
-Bueno, pero han recibido un gran premio...
-A ellos te apareciste.
-A los tres.

-A María inmediatamente después de haberte aparecido a tu Madre...
Es claro en los apóstoles la añoranza por estas apariciones de privilegio.
-María sabe ya desde hace muchas horas que has resucitado. Nosotros sólo ahora podemos verte...
-Ellas ya sin dudas. Nosotros, sin embargo... sólo ahora sentimos que nada ha terminado. ¿Por qué a ellas, Señor, si
todavía nos amas y no nos repudias? - pregunta Judas de Alfeo.
-Sí. ¿Por qué a las mujeres y especialmente a María? Incluso la has tocado en la frente, y ella dice que le parece llevar
una corona eterna. Y a nosotros, tus apóstoles, nada...
Jesús ya no sonríe. Su Rostro no está turbado, pero cesa su sonrisa. Mira serio a Pedro -que es el último que ha hablado,
y que ha ido recuperando el valor a medida que se le iba pasando el miedo- y dice:
-Tenía doce apóstoles. Los quería con todo mi Corazón. Yo los había elegido y, como una madre, había cuidado de su
desarrollo en mi Vida. No tenía secretos para ellos. Todo lo decía, todo lo explicaba, todo lo perdonaba. Lo que era humano, los
descuidos, las tozudeces... todo. Y tenía discípulos, pobres y ricos. Tenía conmigo a mujeres de oscuro pasado o de débil
constitución. Pero los predilectos eran los apóstoles.
Llegó mi hora. Uno me traicionó y me entregó a los verdugos. Tres se durmieron mientras Yo sudaba sangre. Todos,
menos dos, huyeron por cobardía. Uno, por miedo, a pesar de tener el ejemplo del otro, joven y fiel, renegó de mí. Y, por si no
fuera suficiente, entre los doce ha habido un suicida desesperado y uno que ha dudado tanto de mi perdón, que sólo a duras
penas y gracias a palabras maternas ha creído en la misericordia de Dios. De manera que, si hubiera mirado a esta grey mía, si la
hubiera mirado con ojos humanos, habría debido decir: "Menos Juan, fiel por amor, y Simón, fiel a la obediencia, ya no tengo
apóstoles". Esto es lo que habría debido decir mientras sufría en el recinto del Templo, en el Pretorio, por las calles, en la Cruz.
Tenía conmigo a mujeres... Y una, la más culpable en el pasado, ha sido, como Juan ha dicho, la llama que ha soldado las
fibras rotas de los corazones. Esa mujer es María de Magdala. Tú has renegado de mí y has huido, ella ha desafiado a la muerte
por estar a mi lado; insultada, ha destapado su cara, dispuesta a recibir esputos y golpes, pensando en asemejarse así más a su
Rey crucificado; vejada en el fondo de los corazones por su tenaz fe en mi Resurrección, ha sabido seguir creyendo; llena de
congoja, ha actuado; esta mañana, desolada, ha dicho: "De todo me despojo, pero dadme a mi Maestro". ¿Puedes atreverte
todavía a hacer la pregunta de por qué a ella?
Tenía discípulos pobres: unos pastores. Poco he estado con ellos, y, sin embargo, ¡cómo han sabido confesarme con su
fidelidad!
Tenía discípulas medrosas, como todas las mujeres hebreas. Y, sin embargo, han sabido dejar la casa y meterse entre la
marea de un pueblo que blasfemaba contra mí, para ofrecerme el auxilio que mis apóstoles me habían negado.
Tenía a paganas que admiraban al "filósofo". Para ellas era eso. Pero han sabido acomodarse a usos hebreos, ellas, las
poderosas romanas, para decirme, en la hora del abandono de un mundo de ingratos: "Nosotras somos para ti amigas".
Tenía la cara cubierta de esputos y sangre; lágrimas y sudor goteaban sobre las heridas; inmundicias y polvo me
creaban costras. ¿De quién fue la mano que me limpió? ¿Fue la tuya? ¿O la tuya? ¿O la tuya? Ninguna de vuestras manos. Este
estaba al lado de la Madre. Este reunía a las ovejas desperdigadas: vosotros. Y si mis ovejas estaban desperdigadas ¿cómo
podían socorrerme? Tú escondías tu cara por miedo al desprecio del mundo mientras el desprecio de todos cubría a tu Maestro,
a Él que era inocente.
Tenía sed. Sí. Has de saber también esto. Me moría de sed. No tenía ya sino fiebre y dolor. Ya la sangre había brotado
en el Getsemaní, extraída por el dolor de la traición, del abandono, de la abjuración, de los golpes que se abatían sobre mí; por
verme sumergido bajo las culpas infinitas y bajo el rigor de Dios... Y había brotado en el Pretorio... ¿Quién quiso darme una gota
para mi garganta reseca? ¿Una mano de Israel? No. La piedad de un pagano. La misma mano que, por decreto eterno, me abrió
el pecho para mostrar que el Corazón tenía ya una herida mortal: la que habían hecho en él el desamor, la cobardía, la traición.
Un pagano. Os recuerdo: "Tuve sed y me diste de beber". Ninguno que me aliviara en todo Israel. O por imposibilidad de
hacerlo, como mi Madre y las mujeres fieles, o por culpable voluntad de no hacerlo. Y un pagano encontró para el Desconocido
esa piedad que mi pueblo me había negado. Encontrará en el Cielo ese sorbo que me dio.
En verdad os digo que, si bien rechacé todo consuelo –porque cuando se es Víctima no hay que mitigar el destino-, no
quise rechazar al pagano. En lo que me ofreció sentí la miel de todo el amor que los Gentiles me darán como compensación de
la amargura que me dio Israel. No me calmó la sed, pero sí el desconsuelo. Por esto acepté ese sorbo ignorado, para atraer hacia
mí al que ya se inclinaba hacia el Bien. ¡Que el Padre lo bendiga por su piedad!
¿Ya no decís nada? ¿Por qué no preguntáis todavía por qué he actuado así? ¿No os atrevéis a preguntarlo? Yo os lo diré.
Os voy a manifestar todo lo relativo a los porqués de esta hora.
¿Quiénes sois vosotros? Mis continuadores. Sí. Lo sois a pesar de vuestro extravío. ¿Qué debéis hacer? Convertir al
mundo para Cristo. ¡Convertir! Es la cosa más delicada y difícil, amigos míos. El desdén, la repulsa, el orgullo, el celo exagerado
son deletéreos, venenosos, para ello. Pero, dado que nada ni nadie os habría convencido en orden a la bondad, a la
condescendencia, a la caridad, hacia los que están en las tinieblas, ha sido necesario -¿comprendéis?-, necesario ha sido el que
de una vez para siempre vierais quebrantado vuestro orgullo de hebreos, de varones, de apóstoles, para dar cabida solamente a
la verdadera sabiduría de vuestro ministerio; a la mansedumbre, paciencia, piedad, amor sin altanería ni repulsas.
Ya veis que todos aquellos a quienes mirabais o con desprecio o con orgullosa compasión os han superado en el creer y
en el obrar. Todos. La pecadora del pasado. Lázaro, impregnado de cultura profana, el primero que en mi Nombre ha perdonado
y guiado. Las mujeres paganas. La débil mujer de Cusa. ¿Débil? ¡Verdaderamente os supera a todos! Primera mártir de mi fe. Los
soldados de Roma. Los astores. El herodiano Manahén. Y hasta Gamaliel, el rabí. No te estremezcas, Juan. ¿Tú crees que mi
Espíritu estaba en las tinieblas? Todos. Para que en el futuro, recordando vuestro error, no cerréis el corazón a quien se acerque
a la Cruz.

Os digo esto, aunque sé que, a pesar de decirlo, no lo haréis sino cuando la Fuerza del Señor os pliegue como débiles
tallos a mi Voluntad, que es tener cristianos de toda la Tierra. He vencido a la Muerte, pero la Muerte es menos dura que el viejo
hebraísmo. De todas formas, os doblegaré.
Tú, Pedro, en vez de estar lloroso y abatido, tú que debes ser la Piedra de mi Iglesia, escúlpete estas amargas verdades
en el corazón. La mirra se usa para preservar de la corrupción. Úntate bien de mirra, pues. Y cuando sientas deseos de cerrar el
corazón y la Iglesia a uno de otra fe, recuerda que no Israel, no Israel, no Israel, sino Roma, me defendió y quiso tener piedad.
Recuerda que no tú, sino una pecadora, supo estar al pie de la Cruz y mereció verme antes. Y, para no merecer reproche, sé
imitador de tu Dios. Abre el corazón y la Iglesia diciendo: "Yo, el pobre Pedro, no puedo despreciar, porque si desprecio seré
despreciado por Dios, y mi error revivirá ante sus ojos". ¡Ah, si no te hubiera quebrantado así! Habrías venido a ser no pastor,
sino lobo.
Jesús se levanta. Majestuosísimo.
-Hijos míos, os hablaré otras veces durante el tiempo que estaré con vosotros. Entretanto, os absuelvo y perdono.
Después de la prueba, de esta prueba que, aun habiendo sido humillante y cruel, ha sido también saludable y necesaria,
descienda sobre vosotros la paz del perdón. Y, con ella en el corazón, volved a ser mis amigos fieles y fuertes. El Padre me ha
enviado al mundo. Yo os envío a vosotros al mundo para que continuéis mi evangelización. Miserias de todo tipo se acercarán a
vosotros pidiendo confortación. Sed buenos, pensando en vuestra miseria de cuando os quedasteis sin vuestro Jesús. Tened luz
en vosotros. En las tinieblas no es posible ver. Estad limpios para comunicar limpieza. Sed amor para amar. Luego vendrá Aquel
que es Luz, Purificación y Amor. Pero, entretanto, para prepararos a este ministerio, os comunico el Espíritu Santo. A quien
perdonéis los pecados les serán perdonados, a quien se los retengáis les serán retenidos. Que vuestra experiencia os haga justos
para juzgar. Que el Espíritu Santo os haga santos para santificar. Que el sincero deseo de superar vuestra deficiencia os haga
heroicos para la vida que os espera. Lo que todavía queda por deciros os lo diré cuando venga el ausente. Orad por él. Quedaos
con mi paz y sin angustia de dudas respecto a mi amor.
Jesús desaparece de la misma forma que había entrado. Deja entre Juan y Pedro un lugar vacío. Desaparece en medio
de un resplandor que de tan intenso hace cerrar los ojos. Y, cuando los ojos deslumbrados vuelven a abrirse, sólo encuentran
que la paz de Jesús se ha quedado ahí, llama que quema y cura y que consume las amarguras del pasado en un único deseo:
servir.

628
El regreso de Tomás y su incredulidad.
Los diez están en el patio de la casa del Cenáculo. Hablan entre sí y luego oran, y después siguen hablando.
Dice Simón Zelote:
-Estoy verdaderamente afligido por la desaparición de Tomás. No sé ya dónde buscarlo.
-Yo tampoco - dice Juan.
-Con sus familiares no está. Y nadie lo ha visto. ¿Y si lo hubieran capturado?
-Si así fuera, el Maestro no habría dicho: "Diré lo demás cuando esté el ausente".
-Es verdad. Yo, de todas formas, quiero ir todavía a Betania. Quizás está por aquellas montañas sin atreverse a
mostrarse.
-Ve, ve, Simón. Tú nos has reunido a todos y... reuniéndonos, nos has salvado, porque nos has llevado donde Lázaro.
¿Habéis oído qué palabras ha dicho el Señor respecto a Lázaro? Ha dicho: "el primero que en mi Nombre ha perdonado y
guiado". ¿Por qué no lo pone en el lugar del Iscariote? - pregunta Mateo.
-Porque no querrá dar al perfecto amigo el lugar del traidor - responde Felipe.
-He oído hace poco, cuando he estado dando una vuelta por los mercados y he hablado con vendedores de pescado,
que... sí, de ellos me puedo fiar, que los del Templo no saben qué hacer con el cuerpo de Judas. No sé quién habrá sido... pero
esta mañana, al alba, los guardianes del Templo han encontrado dentro del sagrado recinto su cuerpo putrefacto, todavía con la
soga en el cuello. Yo creo que habrán sido paganos los que lo hayan descolgado y lo hayan echado allá... ¡a saber cómo! - dice
Pedro.
-Sin embargo, a mí ayer tarde, en la fuente, me dijeron -más exactamente, oí decir- que, ya desde el atardecer de ayer,
han lanzado con hondas entrañas del traidor hasta incluso contra la casa de Anás. Sin duda, paganos. Porque ningún hebreo
habría tocado, después de más de cinco días, ese cuerpo. ¡Bien podrido que estaría! – dice Santiago de Alfeo.
-¡Algo horrible, ya desde el sábado!
Juan, al recordarlo, palidece.
-¿Pero cómo es que terminó en ese lugar? ¿Era suyo?
-¿Quién ha sabido algo alguna vez con exactitud de boca de Judas de Keriot! ¿Os acordáis de lo cerrado que era, y
complicado?
-Puedes decir "embustero", Bartolomé. Nunca era sincero. Durante tres años estuvo con nosotros, y nosotros, que todo
lo teníamos en común, ante él estábamos como ante la alta muralla de una fortaleza.
-¿De una fortaleza? ¡Simón! ¡Di de un laberinto! - exclama Judas Alfeo.
-¡Oye, un momento! ¡No hablemos de él! Me da la impresión de estar llamándolo y que vaya a venir a crearnos fastidio.
Yo quisiera cerrar su recuerdo de mí y de todos los corazones, sean hebreos o gentiles; si son hebreos, para no sentir la
vergüenza de que nuestra raza haya generado a este monstruo; si son gentiles, para que entre ellos no haya quien un día pueda
decirnos: "Fue uno de Israel su traidor". Yo soy un muchacho, y no debería hablar ante vosotros antes. Yo soy el último, y tú,

Pedro, eres el primero. Y aquí están el Zelote y Bartolomé, instruidos, y están los hermanos del Señor. Pero, mirad, yo quisiera
poner pronto a uno en el duodécimo puesto, uno que fuera santo, porque mientras vea ese puesto vacío en nuestro grupo, veré
la boca del infierno con sus hedores en medio de nosotros. Y tengo miedo de que nos extravíe...
-¡No, hombre, Juan! Te has quedado impresionado por la fealdad de su delito y de su cuerpo colgado...
-No, no. También la Madre dijo: "He visto a Satanás viendo a Judas de Keriot". ¡Oh, démonos prisa en buscar a un santo
al que poner en ese lugar!
-Oye, yo no elijo a nadie. Si Él, que era Dios, ha elegido a un Iscariote, ¿qué elegirá el pobre Pedro?
-Pues, a pesar de todo, si que tendrás que...
-No, amigo. Yo no elijo nada. Se lo pediré al Señor. ¡Basta ya de pecados cometidos por Pedro!
-Muchas cosas debemos pedir. La otra noche nos hemos quedado como alelados. Pero debemos buscar instrucción.
Porque... ¿Cómo nos las arreglaremos para comprender si una cosa es realmente pecado, o si no lo es? Ya ves cómo el Señor
habla sobre los paganos de forma distinta de como hablamos nosotros. Ya ves cómo disculpa más una cobardía o el hecho de
renegar, que la duda sobre su posible perdón... ¡Oh, yo tengo miedo de actuar equivocadamente - dice, desconsolado, Santiago
de Alfeo.
-Verdaderamente nos ha hablado mucho, y tengo la impresión de no saber nada. Desde hace una semana estoy
entontecido - confiesa, desconsolado, el otro Santiago.
-Yo también.
-Y yo.
-También yo.
Están todos en las mismas condiciones. Atónitos, se miran unos a otros y recurren a la consabida solución:
-Vamos donde Lázaro - dicen - Quizás allí encontramos al Señor. Y... Lázaro nos ayudará.
Llaman al portón. Guardan todos silencio y escuchan. Todos emiten una exclamación de estupor al ver entrar en el
vestíbulo a Elías junto con Tomás (un Tomás tan enajenado, que no parece él).
Sus compañeros se arremolinan en torno a él con gritos de júbilo:
-¿Sabes que ha resucitado y ha venido?
-¡Y te espera a ti para volver!
-Sí. Me lo ha dicho también Elías. Pero yo no lo creo. Yo creo en lo que veo. Y veo que para nosotros todo ha terminado.
Veo que estamos desperdigados. Veo que no existe ni siquiera un sepulcro conocido donde llorarle. Veo que el Sanedrín quiere
deshacerse de su cómplice -cuya sepultura decreta, como si se tratara de un animal inmundo, al pie del olivo donde se ha
ahorcado- y de los seguidores del Nazareno. A mí me echaron el alto el viernes, en las puertas, y me dijeron: "¿También tú eras
uno de lo suyos? Ya está muerto. Vuelve a tu oficio de batihoja". Y he huido...
-Pero ¿a dónde? ¡Te hemos buscado por todas partes!
-¿A dónde? Fui hacia la casa de mi hermana, a Rama; pero luego, para no sufrir el reproche de una mujer, no me atreví
a entrar. Así que di en vagar por las montañas de Judea y ayer terminé en Belén, en su gruta. ¡Cuánto lloré!... Me quedé dormido
entre los cascotes, y allí me encontró Elías, que no sé por qué había ido allí.
-¿Por qué? Pues porque en las horas de alegría o de dolor demasiado grandes, se va a donde más se siente a Dios. Yo
muchas veces en estos años había ido allí de noche, como un ladrón, para sentirme acariciar el alma por el recuerdo de su
vagido. Y luego me alejaba de allí con los primeros rayos del sol, para no ser apedreado; pero ya estaba consolado. Esta vez he
ido allí para decirle a ese lugar: "Me siento feliz", y para recoger de él todo lo que podía. Hemos decidido hacerlo así. Nosotros
queremos predicar su Fe. Y para ello nos darán fuerza un trozo de esas paredes, un puñado de esa tierra, una astilla de aquellos
postes. No somos santos como para atrevernos a tomar la tierra del Calvario...
-Tienes razón, Elías. También tendremos que hacerlo nosotros, y haremos. Pero... ¿Tomás?...
-Tomás dormía y lloraba. Le dije: "Despiértate y no llores más. Ha resucitado". No quería creerme. Pero insistí tanto,
que lo convencí. Aquí lo tenéis. Ahora está con vosotros y yo me retiro. Voy a reunirme con mis compañeros, que van a Galilea.
La paz a vosotros.
Elías se marcha.
-Tomás, ha resucitado; yo te lo digo. Ha estado con nosotros. Ha comido. Ha hablado. Nos ha bendecido. Nos ha
perdonado. Nos ha dado potestad de perdonar. ¡Oh! ¿Por qué no has venido antes?
Tomás continúa abatido, no reacciona; menea, testarudo, la cabeza.
-No creo. Habéis visto un fantasma. Estáis todos fuera de quicio; las primeras, las mujeres. Un hombre muerto, por sí
solo, no resucita.
-Un hombre, no; pero Él es Dios. ¿No lo crees?
-Sí. Creo que es Dios. Pero precisamente porque lo creo pienso y digo que, a pesar de toda su bondad, no puede ser tan
bueno como para venir a quienes lo han amado tan poco; y digo que, a pesar de toda su humildad, debe estar ya harto de
rebajarse en esta mísera carne nuestra. No. Estará, sin duda lo está, triunfante en el Cielo; y, quizás, se aparecerá como espíritu.
Digo "quizás": ¡no merecemos tampoco eso! Pero, ¿resucitado en carne y hueso?... No, no lo creo.
-¡Pero si lo hemos besado, lo hemos visto comer, hemos oído su voz, sentido su mano, visto sus heridas!
-Nada. Yo no creo. No puedo creer. Debería ver para creer. Si no veo en sus manos el agujero de los clavos y no meto
dentro el dedo, si no toco las heridas de los pies y si no meto la mano en donde la lanza abrió el costado, no creo. No soy ni un
niño ni una mujer. Quiero la evidencia. Lo que mi razón no puede aceptar lo rechazo. Y no puedo aceptar estas palabras
vuestras.
-¡Pero Tomás! ¿Te parece que te queramos engañar?

-¡No, almas de Dios! Dichosos vosotros, más bien, que sois tan buenos, que queréis llevarme a esa paz que con vuestra
ilusión habéis conseguido para vosotros. Pero... yo no creo en su Resurrección.
-¿No temes que te castigue? Ten en cuenta que oye y ve todo.
-Pido que me convenza. Yo tengo una razón, y, por tanto, hago uso de ella. Él, que es el Dueño de la razón humana, que
me enderece la mía si está desviada.
-Pero Él decía que la razón es libre.
-A mayor razón para que no la haga esclava de una sugestión colectiva. Yo os quiero, y quiero al Señor. Le serviré como
pueda, y estaré con vosotros para ayudaros a servirle. Predicaré su doctrina Pero no puedo creer si no veo.
Y Tomás, testarudo, sólo se presta oídos a sí mismo. Le hablan de todos los que lo han visto, y de cómo lo han visto. Le
aconsejan que hable con la Madre. Pero él menea la cabeza, estando sentado en su asiento de piedra (más piedra él que el
asiento). Testarudo como un niño, repite:
-Creeré si veo...
Ésta es la palabra clave de los desdichados que niegan aquello que, admitiendo que Dios todo lo puede, es tan dulce y
santo creer.

629
Aparición a los apóstoles, esta vez con Tomás. Jesús habla sobre el sacerdocio y los futuros sacerdotes.
Los apóstoles están recogidos en el Cenáculo. Alrededor de la mesa en que fue celebrada la Pascua. Pero, por respeto,
el sitio del centro, el de Jesús, está desocupado.
También los apóstoles, faltando quien los polarice y distribuya por voluntad propia y por elección de amor, se han
colocado de forma distinta. Pedro está todavía en su sitio. Pero en el sitio de Juan está ahora Judas Tadeo. Luego viene el más
anciano de los apóstoles, que no sé todavía quién es (“no sé todavía quién es”, considerada la fecha de la presente "visión", que
precede a casi todas las de la vida pública de Jesús); luego Santiago, hermano de Juan, casi en la esquina de la mesa por la parte
derecha, respecto a mí, que miro. Al lado de Santiago, pero en el lado corto de la mesa, está sentado Juan. Y después de Pedro
viene Mateo, y después de Mateo Tomás, luego uno cuyo nombre no sé, luego Andrés, luego Santiago, hermano de Judas
Tadeo, y otro cuyo nombre no sé, en los otros lados. El lado largo que está enfrente de Pedro aparece vacío, pues los apóstoles
están más arrimados en los asientos de lo que lo estaban en la Pascua.
Las ventanas están bien trancadas, y también las puertas. La lámpara, de la que están encendidos sólo dos mecheros,
esparce luz, tenue, sólo sobre la mesa. El resto de la amplia estancia está en la penumbra.
Juan, a cuyas espaldas hay un aparador, tiene el encargo de pasar a sus compañeros lo que desean de la parca comida
(compuesta de pescado, que está en la mesa, pan, miel y pequeños quesos frescos). Y es en el acto de volverse hacia la mesa,
para dar a su hermano el queso que le ha pedido, cuando Juan ve al Señor.
Jesús se ha aparecido de forma muy curiosa. La pared que está a espaldas de los comensales -una pared continua
excepto en el ángulo donde está la pequeña puerta-, en su centro, se ha iluminado, a una altura de un metro del suelo
aproximadamente, con una luz tenue y fosforescente, como la que emanan ciertos cuadraditos que son luminosos sólo en la
oscuridad de la noche. La luz, de una altura de casi dos metros, tiene forma oval, como si fuera un nicho. En la luminosidad,
como si avanzara desde detrás de velos de niebla luminosa, va emergiendo cada vez más netamente Jesús.
No sé si logro explicarme bien. Parece como si su Cuerpo fluyera a través del espesor de la pared, que no se abre, sino
que permanece compacta; pero el Cuerpo pasa igual. La luz parece la primera emanación de su Cuerpo, el anuncio de estarse
acercando. El Cuerpo, primero, está formado por leves líneas de luz (como veo en el Cielo al Padre y a los ángeles santos): es
inmaterial. Luego se va materializando cada vez más, hasta tomar, en todo, el aspecto de un cuerpo real, de su divino Cuerpo
glorificado.
Mi descripción ha sido larga, pero la cosa se ha producido en pocos segundos.
Jesús está vestido de blanco, como cuando resucitó y se apareció a su Madre. Hermosísimo, amoroso, sonriente. Tiene
los brazos extendidos a lo largo de los lados del Cuerpo, un poco separados de éste, con las Manos hacia abajo y con la palma
vuelta hacia los apóstoles. Las dos Llagas de las Manos parecen dos estrellas de diamantes, de las que salen dos rayos vivísimos.
No veo los Pies, pues están cubiertos por la túnica, tampoco veo el Costado. Pero a través de la tela de su vestido no terreno se
filtra luz en los lugares en que aquélla oculta las divinas Heridas. A1 principio parece que Jesús es sólo Cuerpo de candor lunar;
ahora, después de haberse concretado apareciendo fuera del halo de luz, tiene los colores naturales de sus cabellos, ojos y piel:
es Jesús, en fin, Jesús-Hombre-Dios; pero, ahora que ha resucitado, ha adquirido mayor solemnidad.
Juan lo ve cuando Él está ya así. Ningún otro se había percatado de la aparición. Juan se pone bruscamente de pie,
dejando caer sobre la mesa el plato de los pequeños quesos redondos. Apoyando las manos en el borde de la mesa, se inclina un
poco, oblicuamente, hacia ésta, como si un imán lo atrajera, y exhala un « ¡Oh!» quedo pero intenso.
Los otros, que habían alzado los ojos de sus platos al caer, ruidoso, el plato de los quesos y al ver la repentina reacción
de Juan, y que lo habían mirado asombrados al ver su postura extática, ahora siguen su mirada. Vuelven la cabeza o se vuelven
ellos, según la posición en que se encontraran respecto al Maestro, y ven a Jesús. Se ponen todos en pie, emocionados y
dichosos, y se apresuran a ir donde Él, que, acentuando su sonrisa se está acercando, caminando ahora sobre el suelo, como
todos los mortales.

Jesús, que antes miraba, fijamente, sólo a Juan -y yo creo que Juan se ha vuelto atraído por esa mirada que lo
acariciaba- mira a todos y dice:
-Paz a vosotros.
Ahora todos están a su alrededor, quién de rodillas a sus pies (entre éstos, Pedro y Juan -es más, Juan besa un borde de
la túnica y se la pone en la cara como buscando su caricia-), quién más atrás de pie, pero muy inclinado en actitud de reverencia.
Pedro, para llegar antes, ha dado un verdadero brinco por encima del asiento, saltándolo, sin esperar a que Mateo,
saliendo antes, dejara libre el sitio (hay que recordar que los asientos servían para dos personas simultáneamente).
El único que se queda un poco lejos, con gesto de embarazo, es Tomás. Se ha arrodillado al lado de la mesa, pero no se
atreve a ir más adelante, es más, parece como si intentara esconderse tras 1a esquina de la mesa.
Jesús, dando a besar sus Manos -con ardor santo y amoroso buscan estas Manos los apóstoles-, pasa su mirada sobre
las cabezas agachadas, como buscando al undécimo. Pero desde el primer momento lo ha visto (su gesto tiene sólo la finalidad
de dar tiempo a Tomás de recobrarse y acercarse).
Viendo que el incrédulo, avergonzado por su falta de fe, no se atreve a hacerlo, lo llama:
-Tomás, ven aquí.
Tomás alza la cabeza, confundido, casi llorando, pero no se atreve a ir. Baja de nuevo la cabeza.
Jesús da algunos pasos hacia él y vuelve a decir:
-Ven aquí, Tomás.
La voz de Jesús es más imperiosa que la primera vez.
Tomás se alza, retraído y confuso, y va hacia Jesús.
-¡Aquí está el que no cree si no ve! - exclama Jesús. Pero en su voz hay una sonrisa de perdón.
Tomás lo percibe, se decide a mirar a Jesús, y ve que verdaderamente sonríe; entonces gana coraje y se acerca más
deprisa.
-Ven aquí, bien cerca. Mira. Mete un dedo, si no te basta mirar, en las heridas de tu Maestro.
Jesús ha extendido las Manos y luego ha abierto la túnica en la parte del pecho, descubriendo el desgarro del Costado.
La luz no nace ya de las Heridas. No surge ya desde que, saliendo de su halo de luz lunar, ha empezado a caminar como un
Hombre mortal. Las Heridas se muestran en su cruenta realidad: dos agujeros irregulares, izquierdo hasta el pulgar, que
atraviesan, respectivamente, una muñeca y la base de una palma, y un largo corte, que en el lado superior tiene ligera forma de
acento circunflejo, en el Costado.
Tomás tiembla, mira, y no toca. Mueve los labios, pero no logra hablar claramente.
-Dame tu mano, Tomás - dice Jesús con mucha dulzura. Y toma con su derecha la mano derecha del apóstol, agarra el
índice y lo lleva al desgarrón de su Mano izquierda y lo introduce bien dentro para que sienta que la palma está traspasada, y
luego de la Mano lo pasa al Costado. Es más, ahora agarra los cuatro dedos de Tomás, por su base, por el metacarpo y pone
estos cuatro gruesos dedos en el desgarrón del Pecho, y los introduce -no se limita a apoyarlos en el borde- y los tiene ahí
dentro mientras mira fijamente a Tomás. Es una mirada severa, pero también dulce... mientras continúa:
-...Mete aquí tu dedo, pon los dedos, y la mano, si quieres, en mi Costado, no seas incrédulo, sino fiel.
Dice esto mientras hace lo que he dicho antes.
Tomás -parece que la proximidad del Corazón divino, al que casi toca, le ha infundido valor- logra por fin articular las
palabras y hablar; dice, cayendo de rodillas, con los brazos alzados y un estallido de llanto de arrepentimiento:
-¡Señor mío y Dios mío!
No sabe decir otra cosa.
Jesús lo perdona. Le pone la derecha sobre la cabeza y responde:
-¡Tomás, Tomás! Ahora crees porque has visto... ¡Bienaventurados los que crean en mí sin haber visto! Si os he de
premiar a vosotros y vuestra fe ha recibido la ayuda de la fuerza de la visión, ¿qué premio habré de darles a ellos?...
Luego Jesús pone el brazo en el hombro de Juan, mientras toma la mano de Pedro, y se acerca a la mesa. Se sienta en
su sitio. Ahora están sentados como en la noche pascual. Pero Jesús quiere que Tomás se siente después de Juan.
-Comed, amigos - dice Jesús.
Pero ya ninguno tiene hambre. La alegría los sacia, la alegría de la contemplación.
Entonces Jesús coge los quesitos que están esparcidos y los reúne en el plato; los corta, los distribuye, y el primer trozo
se lo da precisamente a Tomás, poniéndolo encima de un pedazo de pan y pasándolo por detrás de Juan. Vierte el vino de las
ánforas en la copa, y se lo pasa a sus amigos; esta vez el primero en ser servido es Pedro. Luego pide que le den panales; los
parte y da un trozo a Juan –esta vez a Juan el primero- con una sonrisa que es más dulce que la filamentosa y dorada miel que
escurre. Y esto, para animarlos, lo come también El: sólo prueba la miel.
Juan -es su gesto habitual- reclina su cabeza sobre el hombro de Jesús, quien lo arrima a su Corazón y habla teniéndolo
así.
-No debéis turbaros, amigos, cuando me aparezco a vosotros. Sigo siendo vuestro Maestro, que ha compartido con
vosotros alimento y sueño y que os ha elegido porque os ha amado. También ahora os quiero.
Jesús resalta mucho estas últimas palabras.
-Vosotros – prosigue - habéis estado conmigo en las pruebas... estaréis conmigo también en la gloria. No bajéis la
cabeza. En el anochecer del domingo, cuando vine a vosotros por primera vez después de mi Resurrección, os infundí el Espíritu
Santo... también sobre ti, que no estabas presente, descienda el Espíritu... ¿No sabéis que 1a infusión del Espíritu es como un
bautismo de fuego, porque el Espíritu es Amor, y e1 amor cancela las culpas? Vuestro pecado, por tanto, de deserción mientras
Yo moría, os queda condonado.
A1 decir esto, Jesús besa a Juan en la cabeza, a Juan, que no desertó. Y Juan llora de alegría.

-Os he dado la potestad de condonar los pecados. Pero no se puede dar lo que no se posee. Vosotros debéis, pues, estar
seguros de que esta potestad Yo la poseo perfecta y la uso por medio de vosotros, que debéis estar limpios en máximo grado
para poder limpiar a quien se acerque a vosotros manchado de pecado. ¿Cómo podría uno juzgar y limpiar, si fuera merecedor
de condena y estuviera él mismo sucio? ¿Cómo podría uno juzgar a otro, si tuviera vigas en su ojo y pesos infernales en su
corazón? ¿Cómo podría decir: "Yo te absuelvo en nombre de Dios" si, por sus pecados, no tuviese consigo a Dios?
Amigos, pensad en vuestra dignidad de sacerdotes.
Antes Yo estaba en medio de los hombres para juzgar y perdonar. Ahora me marcho con mi Padre. Vuelvo a mi Reino.
No soy despojado de la facultad de juicio; antes bien, toda ella está en mis manos, porque el Padre a mí me la ha confiado. Pero
tremendo juicio. Porque se producirá cuando ya no le será posible al hombre atraerse el perdón con años de expiación sobre la
Tierra. Todas las criaturas vendrán a mí con su espíritu cuando éste deje, por muerte material, la carne como despojo inútil. Y Yo
las juzgaré, una primera vez. Luego, la Humanidad volverá con su vestido de carne, que habrá tomado de nuevo por imperativo
celeste; volverá para ser separada en dos partes: los corderos con el Pastor; los cabros agrestes con su Torturador. Pero
¿cuántos serían los hombres que estarían con su Pastor, si después del lavacro del Bautismo no tuvieran ya a nadie que los
perdonara en Nombre mío?
Por eso creo a los sacerdotes. Para salvar a los salvados por mi Sangre. Mi Sangre salva. Pero los hombres siguen
cayendo en la muerte, siguen volviendo a caer en la Muerte. Es necesario que quien tenga la potestad los lave continuamente en
mi Sangre, setenta y setenta veces siete, para que no caigan en manos de la Muerte. Vosotros y vuestros sucesores lo haréis. Por
ello os absuelvo de todos vuestros pecados. Porque tenéis necesidad de ver, y la culpa, al quitarle al espíritu la Luz que es Dios,
ciega. Porque tenéis necesidad de comprender, y la culpa, al quitarle al espíritu la Inteligencia que es Dios, embrutece. Porque
tenéis un ministerio de purificación, y la culpa, al quitarle al espíritu la Pureza que es Dios, ensucia.
¡Gran ministerio este vuestro de juzgar y absolver en nombre mío!
Cuando vosotros consagréis para beneficio vuestro el Pan y el Vino y hagáis de ellos mi Cuerpo y mi Sangre, haréis una
grande, sobrenaturalmente grande y sublime cosa. Para cumplirla dignamente deberéis ser puros, porque tocaréis a Aquel que
es el Puro y os nutriréis de la Carne de un Dios. Puros de corazón, de mente, de miembros y de lengua deberéis ser, porque con
el corazón deberéis amar la Eucaristía, y no deberán ser mezclados con este amor celeste profanos amores que serían sacrilegio.
Puros de mente, porque deberéis creer y comprender este misterio de amor, y la impureza del pensamiento mata la Fe y el
Intelecto. Queda la ciencia del mundo, pero muere en vosotros la Sabiduría de Dios. Puros de miembros deberéis ser, porque a
vuestro interior descenderá el Verbo como descendió al seno de María por obra del Amor.
Tenéis el ejemplo vivo de cómo debe ser un seno que acoge al Verbo que se hace Carne. El ejemplo es la Mujer que me
llevó, la Mujer sin pecado original y sin pecado individual.
Observad cuán pura es la cima del Hermón, envuelta todavía en el velo de la nieve invernal. Desde el Monte de los
Olivos, parece un cúmulo de azucenas deshojadas o de espuma marina, elevándose como una ofrenda sobre el fondo del otro
candor, el de las nubes transportadas por el viento de Abril por los campos azules del cielo. Observad, si no, una azucena que
abra la boca de su corola para una sonrisa de fragancia. Pues bien, ambas purezas son menos vivas que la del seno que me fue
materno. Polvo transportado por los vientos ha caído sobre la nieve del monte y sobre la seda de la flor. El ojo humano no lo
percibe, de tan ligero como es; pero está, y deteriora el candor.
Y más aún: observad la perla más pura arrancada al mar, arrancada de su concha nativa, para adornar el cetro de un
rey. Es perfecta en su apretada textura iridiscente, que ignora el contacto profanador de carne alguna, pues que se ha formado
en el cuenco de la madreperla de la ostra, aislada en el fluido zafiro de las profundidades marinas. Y, a pesar de todo, es menos
pura que el seno que me tuvo. En su centro está el granito arenoso: un corpúsculo diminutísimo, pero terrestre. En Aquella que
es la Perla del Mar no existe partícula de pecado, ni siquiera el fomes del pecado. Perla nacida en el Océano de la Trinidad para
traer a la Tierra a la Segunda Persona, Ella es compacta en torno a su centro, que no es semilla de terrena concupiscencia, sino
centella del Amor eterno. Centella que, encontrando en Ella respuesta, ha generado los vórtices de la divina Exhalación que
ahora a sí llama y atrae a los hijos de Dios: Yo, el Cristo, Estrella de la Mañana.
Esta Pureza inviolada es la que os doy como ejemplo.
Y cuando, como vendimiadores en un tino, hundís las manos en el mar de mi Sangre y de él sacáis para limpiar las
vestiduras de los desdichados que pecaron, sed, además de puros, perfectos, para no mancharos con un pecado mayor, es más:
con pecados mayores, derramando y tocando con sacrilegio la Sangre de un Dios o faltando a la caridad y a la justicia negándola,
o dándola con un rigor que no es de Cristo -que fue bueno con los malos, para atraerlos a su Corazón, y tres veces bueno con los
débiles, para animarlos a la confianza-, usando de este rigor tres veces indignamente, al ir contra mi Voluntad, contra mi
Doctrina y contra la Justicia. ¿Cómo puede ser riguroso con los corderos un pastor ídolo?
¡Oh, muy amados míos, amigos a los que envío por los caminos del mundo para continuar la obra que Yo he empezado
y que será proseguida mientras dure el Tiempo, recordad estas palabras mías! Os las digo para que se las digáis a los que
consagréis para el ministerio en que Yo os he consagrado.
Veo... Miro el paso de los siglos... el tiempo y las turbas infinitas de los hombres que estarán -todos- ante mí... Veo...
matanzas y guerras, paces falaces y horrendas carnicerías, odio y latrocinio, sensualidad y orgullo. De tanto en tanto un oasis
verde: un período de retorno a la Cruz. Como obelisco que señala una onda pura entre 1as áridas arenas del desierto, mi Cruz después de que el veneno del mal haya infectado de rabia a los hombres- será alzada con amor, y alrededor de ella, plantadas
en los bordes de las aguas salubres, florecerán las palmeras de un período de paz y bien en el mundo. Los espíritus, como
ciervos y gacelas, como golondrinas y palomas, se acercarán a ese reposado, fresco, nutricio refugio para curarse de sus dolores
y recuperar la esperanza. Refugio que apretará sus ramas cual cúpula protectora de las tormentas y el fuerte sol, y mantendrá
alejados a serpientes y fieras con el Signo que le hace huir al Mal. Así mientras los hombres quieran.

Veo... Muchos hombres... mujeres, viejos, niños, guerreros, hombres de estudio, doctores, campesinos... Todos vienen
y pasan con su peso de esperanzas y dolores. Y veo que muchos vacilan porque el dolor es demasiado y la esperanza ha sido la
primera en caer de la carga, de la carga demasiado pesada, para hacerse añicos en el suelo... Y veo a muchos que caen en los
bordes del camino porque otros más fuertes los empujan, más fuertes o más afortunados respecto a su carga, leve. Y veo a
muchos que, sintiéndose abandonados por los que pasan, pisoteados incluso, sintiéndose morir, llegan incluso a odiar y a
maldecir.
¡Pobres hijos! En medio de todos éstos, maltratados por la vida, de estos que pasan o caen, mi Amor,
intencionadamente, ha diseminado a los samaritanos compasivos, a los médicos buenos, luces en la noche, voces en el silencio,
para que los débiles que caen encuentren una ayuda, vuelvan a ver la Luz, vuelvan a oír la Voz que dice: "Ten esperanza. No
estás solo. Sobre ti está Dios. Contigo está Jesús". He puesto, intencionadamente, a estas caridades operantes para que mis
pobres hijos no se me murieran en el espíritu y perdieran la morada paterna, y para que siguieran creyendo en mí-Caridad
viendo en mis ministros mi reflejo.
Pero, ¡oh dolor que me haces sangrar la Herida del Corazón como cuando fue abierta en el Gólgota! ¿Qué ven mis Ojos
divinos? ¿Acaso no hay sacerdotes entre las turbas infinitas que pasan? ¿Por esto sangra mi Corazón? ¿Están vacíos los
seminarios? ¿Mi divina propuesta no suena ya en los corazones? ¿El corazón del hombre ya no es capaz de oírla? No. En los
siglos habrá seminarios, y en ellos levitas. De ellos saldrán sacerdotes porque en la hora de su adolescencia mi propuesta habrá
sonado con voz celeste en muchos corazones y ellos la habrán seguido. Pero otras, otras, otras voces habrán venido después,
con la juventud y la madurez, y mi Voz habrá quedado achicada en esos corazones, mi Voz que habla durante los siglos a sus
ministros para que sean siempre lo que vosotros ahora sois: los apóstoles formados en la escuela de Cristo. La vestidura ha
quedado, pero el sacerdote ha muerto. En demasiados, durante los siglos, sucederá este hecho. Sombras inútiles y oscuras, no
serán una palanca que eleva, una cuerda que tira, una fuente que calma la sed, trigo que sacia el hambre, corazón que sirva d e
almohada, una luz en las tinieblas, una voz que repita lo que el Maestro le dice; sino que serán para la pobre Humanidad un peso
de escándalo, un peso de muerte, parásitos, una putrefacción... ¡Qué horror! ¡Los Judas más grandes del futuro Yo los tendré, de
nuevo y siempre, en mis sacerdotes!
Amigos, Yo me hallo en la gloria y a pesar de ello, lloro. Siento compasión de estas turbas infinitas, rebaños sin pastores
o con demasiado escasos pastores. ¡Una compasión infinita! Pues bien, juro por mi Divinidad que les daré el pan, el agua, la luz,
la voz que los elegidos para estas obras no quieren dar. Repetiré a lo largo de los siglos el milagro de los panes y los peces. Con
pocos, despreciables pececillos y con escasos mendrugos de pan -almas humildes y laicas- daré de comer a muchos, y quedarán

saciados, y sobrará para los que vengan después, porque "tengo compasión de este pueblo y no quiero que perezca.
Benditos los que merezcan ser eso. No benditos porque son eso, sino porque lo habrán merecido con su amor y
sacrificio. Y benditísimos aquellos sacerdotes que sepan mantenerse en su condición de apóstoles: pan, agua, luz, voz, descanso
y medicina para mis pobres hijos. Con una luz especial resplandecerán en el Cielo. Yo os lo juro, Yo que soy la Verdad.
Vamos a levantarnos, amigos. Venid conmigo para enseñaros todavía a orar. La oración es la que alimenta las fuerzas
del apóstol, porque lo funde con Dios.
Y aquí Jesús se levanta y va hacia la pequeña escalera.
Pero, cuando está al pie de la escalera, se vuelve y me mira (a María Valtorta). ¡Me mira! ¡Piensa en mí! Busca a su
pequeña "voz". ¡La alegría de estar con sus amigos no le hace olvidarse de mí! Me mira por encima de las cabezas de los
discípulos, y me sonríe. Alza la mano bendiciéndome y dice:
-La paz sea contigo.
Y la visión termina.

630
Enseñanzas a los apóstoles enviados al Getsemaní.
Los apóstoles se ponen sus mantos y preguntan:
-¿A dónde vamos, Señor?
Su forma de hablar ahora no es tan familiar como lo era antes de la Pasión. Mi impresión, si es que esto se puede decir,
es que hablan con el alma arrodillada. Más que la postura de su cuerpo -siempre levemente inclinado en señal de reverencia
ante el Resucitado-, más que su reserva en cuanto a tocarlo, más que su trémula alegría cuando Él los toca, acaricia o besa, o
cuando les dirige en particular la palabra, más que todo esto, lo que expresa que es su espíritu - más que su humanidad- el que
no puede ser como era en sus relaciones con el Maestro y el que informa con su nuevo sentimiento todos los actos de la
persona, lo que expresa esto es todo su aspecto, es un "algo" que no se puede describir y que, sin embargo, es perfectamente
manifiesto.
Antes era "el Maestro". El Maestro al que su fe creía Dios, pero sus sentidos consideraban... un hombre. Ahora es "el
Señor". Es Dios. No hay necesidad ya de hacer actos de fe para creerlo. La evidencia ha abolido esta necesidad. Él es Dios. Es el
Señor, al que el Señor ha dicho: "Siéntate a mi derecha" y lo ha proclamado con la palabra y con el prodigio de la Resurrección.
Dios como el Padre. Y es el Dios al que ellos han abandonado por miedo, después de haber recibido tanto de Él...

Lo miran siempre con esa mirada de veneración reverencial con que un verdadero creyente mira a la Hostia radiosa en
el ostensorio, o mira el Cuerpo de Cristo alzado por el sacerdote en el Sacrificio cotidiano. En su mirada, que quiere ver la amada
figura, aún más hermosa que antes, está también la expresión de quien no se atreve a ver, de quien no se atreve a detener su
mirada... El amor los incita a detenerse en su Amado. El temor hace bajar enseguida los párpados y la cabeza, como si un intenso
resplandor hubiera ofuscado su vista.
En efecto, aunque Jesús, el Resucitado Jesús, sea realmente Él, ya... ya no es Él. Si se le observa bien, es distinto. Iguales
son las facciones de su rostro, el color de los ojos y el pelo, la estatura, las manos, los pies... y, de todas formas, es distinto. Es
igual su voz, y son iguales sus gestos... pero es distinto. Es un verdadero cuerpo, tanto es así que ahora intercepta la luz del sol
poniente que entra, con su último rayo, en la estancia por la ventana abierta; proyecta tras sí la sombra de su alto cuerpo. Y, a
pesar de todo, es distinto. No se ha hecho reservado, distante, y, sin embargo, es distinto.
Una majestad nueva, continua, está presente donde tanto reinaba el humilde, modesto aspecto -a veces tan modesto,
que podría parecer abatido- del incansable Maestro. Desaparecida la demacración del último período, borrado ese aspecto de
cansancio físico y moral que lo envejecía, perdida esa mirada afligida, suplicante, que demandaba sin hablar: "¿Por qué me
rechazáis? Acogedme...", el Cristo Resucitado parece incluso más alto y fuerte, libre de todo peso, seguro, victorioso,
majestuoso, divino. Ni siquiera cuando se hacía poderoso en los momentos de poderosos milagros, o majestuoso en los
momentos sobresalientes de su magisterio, era como ahora, ya resucitado y glorificado. No emana luz. No. No emana luz como
en la transfiguración y como en las primeras apariciones después de la Resurrección. Y, de todas formas, parece luminoso. Es
verdaderamente el Cuerpo de Dios, con la belleza de los cuerpos glorificados. Y atrae e intimida al mismo tiempo.
Quizás son esas heridas, tan visibles en las manos y pies, las que infunden este respeto profundo; no lo sé. Lo que sé es
que los apóstoles se manifiestan de forma distinta, a pesar de que Cristo se muestre muy dulce con ellos y trate de crear
nuevamente ese ambiente de otros tiempos. Tan insistentes y habladores antes, ahora hablan poco. Y, si Él no responde, no
insisten. Si les sonríe a todos o a uno de ellos, cambian de color y no se atreven a responder a su sonrisa con una sonrisa. Si,
como hace ahora, tiende la mano para coger su manto blanco -desde que ha resucitado, siempre lleva una túnica blanca
esplendorosa, más brillante que si fuera de blanquísimo raso-ninguno de ellos se adelanta, como hacían antes, disputándose la
alegría y el honor de ayudarle. Parece como si tuvieran miedo a tocar sus vestiduras y su Cuerpo. Y debe decir Él, como hace
ahora:
-Ven, Juan. Ayuda a tu Maestro. Estas heridas son verdaderas heridas...: las manos heridas no son tan ágiles como
antes...
Juan obedece y ayuda a Jesús a ponerse el amplio manto; y lo hace con movimientos tan atentos y concentrados, que
parece estar vistiendo a un Pontífice, poniendo cuidado en no rozarle las Manos en que rojean los estigmas. Pero, a pesar del
cuidado que pone, choca 1a izquierda de Jesús y grita como si fuera él el chocado, y fija los ojos en el dorso de esa Mano
temiendo ver gotear otra vez sangre. ¡Está tan viva esa atroz herida!
Jesús le pone la derecha en la cabeza y dice:
-Tuviste más valor cuando me recibiste separado ya de la Cruz. Y entonces todavía goteaba sangre; tanta, que se te tiñó
de rojo incluso el pelo. Nuevo rocío de la noche sobre el nuevo amador. Me recogiste como racimo arrancado de la cepa... ¿Por
qué lloras? Yo te di mi rocío de Mártir. Tú, en mi Cabeza, esparciste tu rocío de piedad. Pero entonces podías llorar... No ahora.
¿Y tú, por qué lloras, Simón Pedro? Tú no me has chocado la Mano. Tú no me viste muerto...
-¡Ah, mi Dios! ¡Es por eso por lo que lloro! Por mi pecado.
-Te he perdonado, Simón de Jonás.
-Pero yo no me perdono. No. Nada hará terminar mi llanto. Ni siquiera tu perdón.
-Pero mi gloria, sí.
-Tú glorioso, yo pecador.
-Tú glorioso, después de ser mi pescador. Pesca grande, abundante, milagrosa, harás, Pedro. Y luego te diré: "Ven al
banquete eterno". Y ya no llorarás. Pero todos tenéis las lágrimas en las pupilas. Y tú, Santiago, hermano mío, estás ahí echado
en ese rincón como si hubieras perdido todos los bienes. ¿Por qué?
-Porque esperaba que... ¿Entonces sientes las Heridas? ¿Las sientes todavía? Esperaba que todo el dolor, para ti,
hubiera quedado anulado; que estuviera borrada toda señal. También por nosotros. Por nosotros, pecadores. ¡Esas Llagas!...
¡Qué dolor verlas!
-Sí. ¿Por qué no las has borrado? A Lázaro no le quedaron señales... ¡Son una... una censura esas Llagas! ¡Gritan con
tremenda voz! Son más fulgurantes y terribles que los rayos del Sinaí - dice Bartolomé.
-Gritan nuestra cobardía. Porque nosotros huimos mientras Tú las recibías... - dice Felipe.
-Y, cuanto más se miran, la conciencia más censura y echa en cara cobardía, necedad, incredulidad - dice Tomás.
-¡Por nuestra paz y la de este pueblo pecador, puesto que moriste y has resucitado para el perdón del mundo, borra
esas Llagas que acusan al mundo, Señor! - dice Andrés en tono de súplica.
-Son la Salud del mundo. En ellas está la Salud. Las ha abierto e1 mundo que odia, pero el Amor ha hecho de ellas
Medicina y Luz. En ellas ha quedado clavada la Culpa. En ellas quedaron colgados y sujetos todos los pecados de los hombres,
para que el Fuego del Amor los consumiera en el verdadero Altar. Cuando el Altísimo prescribió a Moisés el arca y el altar del
perfume, ¿no quiso que estuvieran perforados por anillos para ser alzados y llevados a donde quería el Señor? (Éxodo 25, 12-15;
30, 4; 37, 3-5.27) Yo, también perforado. Yo soy más que arca y altar, mucho más que arca y altar. He quemado el perfume de
mi caridad hacia Dios y el prójimo y he llevado el peso de todas las iniquidades del mundo. Y el mundo debe recordar esto. Para
recordar cuánto le ha costado a un Dios. Para recordar cómo lo ha amado un Dios. Para recordar lo que producen los pecados.
Para recordar que sólo en Uno está la salvación: en Aquel al que traspasaron. Si el mundo no viera rojear mis Llagas, en verdad
pronto olvidaría que por sus pecados un Dios se inmoló, olvidaría que verdaderamente morí en el más atroz de los tormentos,

olvidaría cuál es el bálsamo para sus heridas. Aquí está el bálsamo. Venid y besad. Cada beso es un aumento de purificación y
gracia para vosotros. En verdad os digo que purificación y gracia no son suficientes nunca, porque el mundo consume lo que el
Cielo infunde, y se hace necesario compensar con el Cielo y sus tesoros los descalabros del mundo. Yo soy el Cielo. Todo el Cielo
está en mí, y los tesoros celestes manan de las Llagas abiertas.
Ofrece las Manos para que las besen sus apóstoles. Y debe apretar Él, esas Manos heridas, contra las bocas ávidas y
temerosas, porque el temor a aumentar su dolor contiene a esos labios de apretar en las Heridas.
-No es esto lo que produce dolor, aunque sí produzca rigidez. ¡El dolor es otro!...
-¿Cuál, Señor? pregunta Santiago de Alfeo.
-El haber muerto por demasiados inútilmente... Pero, vamos; o, mejor, id adelante. Vamos al Getsemaní... ¿Qué pasa?
¿Tenéis miedo?
-No por nosotros, Señor... Es que los grandes de Jerusalén te odian más que antes.
-No temáis. Ni por vosotros, porque Dios os protege, ni por mí, porque han terminado para mí las opresiones de la
Humanidad. Yo voy donde mí Madre y luego me uno de nuevo a vosotros. Tenemos muchas cosas que cancelar, muchas cosas
horrendas del reciente pasado de pecado y odio; y lo haremos con el amor, con lo contrario de lo que fue pecado... ¿Veis?
Vuestro beso cancela y mitiga el dolor y la consecuencia de los clavos en las carnes vivas. De la misma forma, lo que haremos
cancelará las señales horrendas y santificará los lugares profanados por los pecados. Para que, al verlos, no os causen demasiado
dolor...
-¿También al Templo vamos?
El más encrespado de los temores se dibuja en el rostro de todos.
-No. Lo santificaría con mi Presencia. Y no puede; podía, pero no ha querido. No hay redención para él. Es un cadáver
que rápidamente se descompone. Dejémoslo a sus muertos. Que lleven a cabo su entierro. En verdad, los leones y los buitres
despedazarán sepulcro y cadáver, y no quedará ni siquiera el esqueleto del Gran Muerto que no quiso la Vida.
Jesús sube por 1a escalera y sale. Los demás, en silencio, hacen lo mismo. Pero, cuando ponen pie en el pasillo que hace
de atrio, Jesús ya no está. La casa está silenciosa y parece desierta. Todas las puertas cerradas.
Juan señala a la puerta que hay frente al Cenáculo y dice:
-María está allí. Está siempre allí. Como en un éxtasis continuo. Su cara resplandece con luz inefable. Es la alegría que
irradia su Corazón. Ayer me decía: "Considera, Juan, cuánta felicidad se ha esparcido por todos los reinos de Dios". Le pregunté:
"¿Qué reinos?". Yo pensaba que Ella supiera alguna maravillosa revelación sobre el reino del Hijo suyo, vencedor incluso sobre la
muerte. Me respondió: "En el Paraíso, en el Purgatorio, en el Limbo. Perdón a los purgantes. Todos los justos y los perdonados
subiendo al Cielo. El Paraíso poblado de bienaventurados. Dios glorificado en ellos. Nuestros antepasados y parientes allá arriba,
en el júbilo. Y felicidad también en este reino que es la Tierra, donde ahora resplandece el signo y se ha abierto la fuente que
vence a Satanás y cancela la Culpa y las culpas. Ya no sólo paz para los hombres de buena voluntad, sino que también redención
y nueva elección para el grado de hijos de Dios. Veo las turbas -¡oh, cuántas!- bajar a esta Fuente y hundirse en ella y salir
renovadas, hermosas, en vestido de boda, en vestido regio. Las bodas de las almas con la Gracia, la regiedumbre de ser hijos del
Padre y hermanos de Jesús".
Han salido, hablando, a la calle. Ahora se alejan, mientras se viene la noche.
No hay mucha gente por la calle, y más en esta hora, en que la gente se recoge en torno a las mesas para cenar.
Jerusalén, después del río de gente que la ha inundado durante la Pascua y que, pasadas las fiestas (¡tan trágicas este año!), la
ha dejado, parece aún más vacía de cuanto lo está habitualmente. Y Tomás lo observa; lo observa él y se lo hace notar a los
demás.
-Así es. Los extranjeros, aterrorizados, la han abandonado precipitadamente después del viernes, y quien todavía había
resistido al gran miedo de ese día huyó cuando el segundo terremoto, el que se produjo, sin duda, cuando el Señor salió del
Sepulcro. Y los no gentiles también han huido. Muchos, lo sé con certeza, ni siquiera comieron el cordero y tendrán que volver
para la Pascua suplementaria. Y también habitantes de este lugar huyeron y se alejaron: unos para llevarse a sus muertos, los
que habían perecido en el terremoto de la Parasceve; otros por miedo a la ira de Dios. La lección ha sido fuerte - dice el Zelote.
-Como debía ser. ¡Rayos, piedras, sobre todos los pecadores! - impreca Bartolomé.
-¡No digas eso! ¡No digas eso! Nosotros somos los que más merecemos los castigos del Cielo. Nosotros también somos
pecadores... ¿Os acordáis?, en este lugar... ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Diez?, ¿diez noches?... ¿o diez años?, ¿o diez horas?
¡Tan lejano y tan cercano me parece mi pecado, y esas horas, y esa noche... que nunca sé, que... estoy aturdido! ¡Nos sentíamos
tan seguros, tan belicosos, tan heroicos! ¿Y luego? ¿Y luego? ¡Ah!... - y Pedro se golpea con la mano la frente, y, llegados ya a la
placita, señala:
-¡Ahí... ahí yo ya tenía miedo!
-¡Basta ya, Simón! ¡Basta, Simón! Él te ha perdonado. Y antes de Él, María. ¡Basta! Te torturas - dice Juan.
-¡Ah, si así fuera! Tú, mira, tú, Juan, sostenme siempre. ¡Siempre! Jesús ha puesto en tus manos a su Madre porque
sabes guiar ¡Claro! Pero yo, un gusano cobarde y embustero, tengo más necesidad que María de ser guiado, porque tengo
escamas en las pupilas: no veo...
-En esa actitud, verdaderamente te van a aparecer las escamas. Te vas a quemar las pupilas. Y no estará el Señor para
curártelas... - le dice Juan, pasándole por los hombros un brazo para consolarlo.
-Me sería suficiente ver bien con el alma. Y además... los ojos no cuentan.
-¡¡Pero sí para muchos!! ¿Qué van a hacer, entonces, los enfermos? ¡Ya has visto lo desesperada que estaba ayer
aquella mujer! - dice Andrés.
-Sí, claro...
Se miran unos a otros a la cara, y luego todos juntos confiesan:

-Y ninguno de nosotros se sintió merecedor de imponerle las manos...
La humildad, causada por el recuerdo de sus comportamientos, los aplasta.
Pero Tomás dice a Juan:
-Pero tú hubieras podido hacerlo. Tú no huiste, no renegaste, no has tenido incredulidad...
-Yo también tengo mi pecado. Y, como el vuestro, es pecado contra el amor. Yo, junto al arco de la casa de Josué, agarré
por el cuello a Elquías, y lo habría estrangulado, porque vejaba a la Madre. ¡Y odié y maldije a Judas de Keriot! - dice Juan.
-¡Calla! No menciones ese nombre. Es el de un demonio, y tengo la impresión de que todavía no está en el infierno y
que merodea en torno a nosotros para hacernos pecar otra vez - dice, con verdadero terror, Pedro.
-No. ¡Vaya que si está en el infierno! Pero, aunque estuviera aquí, su poder ahora ha terminado. Tenía todo para ser
ángel y fue el demonio, y Jesús ha vencido al demonio - dice Andrés.
-Bien... Pero es mejor no nombrarlo. Yo tengo miedo. Ahora sé lo débil que soy. Respecto a ti, Juan, no te sientas
culpable ¡Todos maldecirán al hombre que traicionó al Maestro!
-Y justo es hacerlo - dice Judas Tadeo, que siempre ha tenido la misma idea respecto al Iscariote.
-No. María me ha dicho que basta sobre él el juicio de Dios, y que en nosotros debe haber un sólo sentimiento: de
agradecimiento por no haber sido nosotros los traidores. Y, si Ella no maldice, Ella, la Madre que ha visto las torturas de su Hijo,
¿habremos de hacerlo nosotros? Olvidemos...
-¡Es de necios! - exclama su hermano Santiago.
-Y, sin embargo, es la palabra del Maestro respecto a los pecados de Judas...
Juan calla y suspira.
-¿Qué? ¿Hay otros? Tú sabes... ¡Habla!
-Yo he prometido tratar de olvidar, y me esfuerzo en hacerlo. Respecto a Elquías... he transgredido... Pero ese día cada
uno de nosotros tenía su ángel y su demonio al lado, y no siempre escuchamos al ángel de luz...
Dice el Zelote:
-¿Sabes que Nahúm se ha quedado baldado, y a su hijo lo aplastó una pared o una parte de monte? Sí. El día de la
muerte. Lo encontraron más tarde. ¡Oh, mucho más tarde, cuando ya hedía! Le descubrió uno que venía a comerciar. Y Nahúm
estaba con otros de su clase y no sé qué le pasó, si fue una roca o si fue un ataque de algo. Lo que sé es que está como partido y
ni siquiera comprende. Parece un animal, echa baba y balbucea, y ayer, con la única mano sana, agarró por el cuello a su... amo,
que había ido donde él, y gritaba, gritaba: "¡Por ti! ¡Por ti!". Si no hubieran acudido los criados...
-¿Cómo lo sabes, Simón? - le preguntan al Zelote.
-He visto a José ayer - responde éste lacónicamente.
-Creo que el Maestro tarda en venir. Y estoy preocupado - dice Santiago de Alfeo.
-Volvemos para atrás... - propone Mateo.
-O nos paramos aquí en el puentecillo - dice Bartolomé.
Se paran. Pero Santiago de Zebedeo y el otro Santiago, Andrés y Tomás, vuelven sobre sus pasos y, pensativos, miran
hacia el suelo, miran a las casas.
Andrés, palideciendo, apunta con el dedo hacia la pared de una casa en que resalta, sobre el blanco de la cal, una
mancha rojo-parda, y dice:
-¡Es sangre! ¿Sangre del Maestro, quizás? ¿Perdía ya sangre aquí? ¡Decidme!
-¿Y qué podemos decirte nosotros, si ninguno lo siguió? - dice desconsolado Santiago de Alfeo.
-Pero mi hermano y, sobre todo, Juan lo siguieron...
-No inmediatamente. No inmediatamente. Me ha dicho Juan que lo siguieron desde la casa de Malaquías. Aquí no había
ninguno. Ninguno de nosotros... - dice Santiago de Zebedeo.
Miran hipnotizados la extensa mancha oscura que aparece sobre la pared blanca, a poca distancia del suelo, y Tomás
hace esta observación:
-Ni siquiera la lluvia la ha lavado. Ni siquiera la ha desconchado el granizo que ha caído con tanta fuerza en estos días...
Si supiera que es Sangre suya, levantaría el revoque de esa parte de la pared...
-Preguntémoselo a los de la casa. Quizás saben... - aconseja Mateo, que se ha unido a ellos.
-¡No! Podrían reconocernos como apóstoles suyos. Podrían ser enemigos del Cristo y... - responde Tomás.
-Y nosotros somos unos cobardes todavía... - termina Santiago de Alfeo con un gran suspiro.
Poco a poco, todos se han ido acercando a esa pared y miran... Pasa una mujer, una rezagada que vuelve de la fuente,
goteándole los cántaros de agua fresca. Los observa. Deja los cántaros en el suelo y les pregunta:
-¿Estáis mirando esa mancha de la pared? ¿Sois discípulos del Maestro? Me lo parecéis, aunque sean poco visibles
vuestras caras, y... aunque no os viera detrás del Señor cuando pasó por aquí, apresado para conducirlo a la muerte. Esto me
hace titubear, porque un discípulo que sigue al Maestro en las horas buenas, y se siente orgulloso de ser discípulo suyo, y mira
con severidad a los que no están dispuestos como él a dejar todo para seguir al Maestro, debe también seguir al Maestro en las
horas malas. Al menos, debería hacerlo. Y yo no os vi. No. No os vi. Y, si no os vi, señal es que yo, mujer de Sidón, seguí a aquel al
que sus discípulos israelitas no siguieron. Ya, pero yo recibí un don de Él. ¡A vosotros... a vosotros, acaso, no os había concedido
nunca ningún don? Me parece extraño, porque se lo concedía a gentiles y samaritanos, a pecadores e incluso a bandidos dándoles la vida eterna, si ya no podía dar la de la carne. ¿Es que no os quería? Señal es, entonces, de que erais peor que
inmundas áspides o hienas; aunque, la verdad es que creo que Él quería incluso a las víboras y a los chacales, no porque lo
fueran, sino por haber sido creados por su Padre. Eso es sangre. Sí. Es sangre. Sangre de una mujer de la ribera del gran mar. En
el pasado eran tierras filisteas, y todavía los hebreos desprecian algo a aquellos habitantes. Y, a pesar de todo, ella supo
defender al Maestro, hasta que su marido la mató dándole un golpe tan fuerte -después de haberle pegado-, que se le abrió la

cabeza y saltaron sangre y masa cerebral contra la pared de su casa, donde ahora lloran los huérfanos. Pero es que ella había
recibido un don: el Maestro había curado a su marido, inmundo por una enfermedad horrenda. Y ella quería al Maestro por eso.
Ha amado hasta morir por Él. Le ha precedido en el seno de Abraham, decís vosotros. También Analía le precedió, y habría
sabido morir igual ella, si la muerte no la hubiera visitado antes. Y también una madre, más arriba, lavó con su sangre la calle,
con la sangre de su vientre abierto por su hijo brutal, porque defendía al Maestro. Y una anciana murió de dolor, al ver pasar
herido y maltratado a Aquel que había devuelto los ojos a su hijo. Y un anciano, un pordiosero, murió, porque se irguió en
actitud de defensa y recibió en su cabeza la piedra que estaba destinada a la cabeza de vuestro Señor. Porque ¿vosotros lo
creíais vuestro Señor, no? Los valientes de un rey mueren en torno a él. Sin embargo, ninguno de vosotros ha muerto. Estabais
lejos de los que le pegaban. ¡Ah, no! Uno murió. Se quitó la vida. Pero no por dolor. No por defender al Maestro. Primero lo
vendió, luego indicó quién era con un beso, luego se suicidó. No tenía más perspectivas. No podía crecer ya en maldad. Era
perfecto. Como Belcebú. El mundo lo habría apedreado para eliminarlo de la faz de la Tierra. Yo creo que esta mujer piadosa,
que murió por evitar golpes al Mártir, y la anciana Ana, que murió por el dolor de verlo en esas condiciones, y el anciano
pordiosero y la madre de Samuel y la virgen que murió, y yo, que no sé subir al Templo porque siento pena de los corderos y
tórtolas que inmolan, ¡oh, sí, yo creo que habríamos tenido el valor de lapidarlo, y que no habríamos vacilado al verlo lacerado
por nuestras piedras!... Él lo sabía, y ha ahorrado al mundo la fatiga de matarlo; y, a nosotras, el ser verdugos para vengar al
Inocente...
Los mira con desprecio. Su desprecio se ha ido haciendo cada vez más visible, a medida que iba hablando. Sus ojos,
grandes y negros, mientras miran al grupo que no sabe, que no puede, reaccionar, tienen la dureza de los de una ave rapaz...
Emite, silbante entre dientes, la última palabra: « ¡Villanos!», y recoge sus cántaros y se marcha, contenta de haber escupido su
desdén contra los discípulos que han abandonado al Maestro...
Éstos están anihilados, cabizcaídos, enervados, desmayados sus brazos... aplastados bajo el peso de la verdad. Meditan
en las consecuencias de su cobardía... Guardan silencio... No se atreven a mirarse unos a otros. Incluso Juan y el Zelote, los dos
que son inocentes de esta culpa, están como los demás, quizás por el dolor de ver tan humillados a sus compañeros y por la
imposibilidad de medicar la herida provocada por las sinceras palabras de la mujer...
La calle ya está en penumbra. La Luna, ya en sus últimos días, se alza tarde, por lo cual el crepúsculo se entenebrece
rápido. El silencio es absoluto. Ni un ruido ni una voz humana. Y, en el silencio, el frufrú del Cedrón reina solo. De manera que,
cuando la voz de Jesús resuena, se sobresaltan cual si hubiera sido un sonido estremecedor, cuando en realidad es muy dulce al
decir:
-¿Qué hacéis en este lugar? Os esperaba entre los olivos... ¿Qué hacéis ahí contemplando cosas muertas cuando os
espera la Vida? Venid conmigo.
Jesús parece venir del Getsemaní hacia ellos. Se detiene al lado de ellos. Mira la mancha en que están todavía fijas las
miradas aterradas de los apóstoles, y dice:
-Esa mujer está ya en la paz. Y ha olvidado el dolor. ¿Inactiva respecto a sus hijos? No. Doblemente activa. Y los
santificará porque es lo único que pide a Dios.
Se encamina. Lo siguen en silencio.
Pero Jesús se vuelve y dice:
-¿Por qué os preguntáis en vuestro corazón: "¿Y por qué no pide conversión para su marido? No es santa, si lo
aborrece...". No lo aborrece. Perdonó desde el momento en que él la mataba. Pero es un alma que ha entrado en el Reino de la
Luz y ve con sabiduría y justicia, y ella ve que no hay conversión ni perdón para el marido. Por eso vuelve su oración hacia quien
puede recibir de su oración un bien. No es mi sangre, no. ¡Aunque de hecho perdí mucha también en esta calle!... Pero los pasos
de los enemigos la esparcieron, mezclada con tierra e inmundicias, y la lluvia la coló, disuelta, entre los estratos de tierra. Pero
queda mucha, visible todavía... Porque fluyó tanta, que ni pasos ni agua podrán cancelarla fácilmente. Iremos juntos y veréis mi
Sangre derramada por vosotros...
-¿A dónde? ¿A dónde quiere ir? ¿A1 lugar de su llanto? ¿A1 Pretorio? - se preguntan.
Y Juan dice:
-Pero Claudia se ha marchado dos días después del sábado, enojada, se dice, temerosa incluso de la presencia de su
marido... Me lo ha referido el astero. Claudia separa su responsabilidad de la de su consorte. Porque ella le había advertido de
no perseguir al Justo, pues que era mejor ser perseguido de los hombres que no del Altísimo, cuyo Mesías era el Maestro. Y no
están tampoco ni Plautina ni Lidia. Han seguido a Claudia a Cesárea. Y Valeria se ha marchado con Juana a Béter. Si estuvieran
ellas, podríamos entrar. Pero ahora... no sé... Falta también Longinos, al que Claudia ha querido en su escolta... - dice Juan.
-Irá al lugar donde viste la hierba mojada de sangre...
Jesús, que va delante, se vuelve y dice:
-A1 Gólgota. Allí hay tanta Sangre mía, que la tierra parece duro mineral ferroso. Y ya alguien os ha precedido...
-¡Pero es lugar impuro! - grita Bartolomé.
Jesús exterioriza una sonrisa compasiva y responde:
-Todo lugar de Jerusalén es impuro después del atroz pecado; y, sin embargo, vosotros no sentís incomodidad en estar,
aparte de la del miedo a la gente...
-Allí han muerto siempre los bandidos...
-Allí he muerto Yo. Y para siempre lo he santificado. En verdad os digo que, hasta el final de los siglos, no habrá lugar
alguno más santo que ése, y convergerán las muchedumbres de toda la Tierra y de todas las épocas para besar esa tierra. Y ya
alguien os ha precedido, sin temer vejaciones ni venganzas, sin temer contaminarse. Y quien os ha precedido tenía doble razón
para temer esto.
-¿Quién es, Señor? - pregunta Juan, al cual Pedro hurga con el codo en el costado para que pregunte.

-¡María de Lázaro! De la misma manera que recogió -recuerdo de júbilo que luego distribuyó a sus compañeras- las
flores pisadas por mis pies cuando entraba, antes de la Pascua, en su casa, ahora ha sabido subir al Calvario y escarbar con sus
manos en la tierra, dura por mi Sangre, y bajar con su carga y depositarla en el regazo de mi Madre. No ha tenido miedo. Y era
conocida como "la Pecadora" y como "la discípula". Ni tampoco la que ha recibido en su regazo esa tierra del lugar del Cráneo ha
creído contaminarse. Todo lo ha anulado mi Sangre, y santa es la tierra sobre la cual mi Sangre ha caído. Mañana, antes de la
sexta, subiréis al Gólgota. Yo me uniré a vosotros... Pero el que quiera ver mi Sangre, ahí la tiene.
Señala al pretil del puentecillo.
-Aquí mi boca golpeó, y salió sangre de ella... Mi boca sólo había pronunciado palabras santas y palabras de amor. ¿Por
qué, entonces, fue golpeada, y no hubo nadie que la medicara con un beso?...
Entran en el Getsemaní. Pero Jesús debe abrir antes una puerta que ahora impide el acceso al Huerto de los Olivos. Una
puerta nueva. Una valla fuerte, terminada en agudas puntas, alta, cerrada con una fuerte y novísima cerradura. Jesús tiene la
llave; una llave tan nueva, que resplandece como el acero; y abre la cerradura a la luz de la rama encendida que Felipe ha
prendido para ver, pues ya es del todo de noche.
-No estaba... ¿Por qué?... - musitan entre sí, observando la valla que aísla el Getsemaní.
-Está claro que Lázaro no ha querido ya a nadie aquí. Mira allí: piedras, ladrillos y cal. Ahora es madera, luego será un
muro...
Jesús dice:
-Venid. Os digo que no os ocupéis de cosas muertas... Mirad, aquí estabais... Y aquí me rodearon y me prendieron, y por
allí huisteis vosotros... Si hubiera estado esa valla entonces... habría impedido vuestra rápida fuga. ¡Pero cómo podía pensar
Lázaro -vehemente él en querer seguirme, vehementes vosotros en huir-, que huiríais? ¿Os hago sufrir? Primero he sufrido Yo. Y
quiero cancelar ese dolor. Bésame, Pedro...
-¡No, Señor! ¡No! ¡El gesto de Judas, aquí, a la misma hora, no, no!
-Bésame. Tengo necesidad de que repitáis con amor sincero el gesto insincero de Judas. Después seréis felices. Seremos
más felices. Yo y vosotros. Ven, Pedro. Besa.
Pedro no sólo besa. Lava con lágrimas la mejilla del Señor y se retira, cubriéndose la cara, y se sienta en el suelo para
llorar. Uno tras otro, los demás lo besan en el mismo sitio. Unos más otros menos, todos tienen lágrimas en su rostro...
-Y ahora vamos. Todos juntos. Esa noche os separé de mí, por pocas horas, después de haberos fortalecido con mi
Cuerpo; pero enseguida caísteis. Recordad siempre lo débiles que fuisteis, y que sin la ayuda de Dios no podríais permanecer ni
una hora en la justicia. Mirad, aquí dije que se velara. Se lo dije a aquellos que se creían los más fuertes; tan fuertes, que unos
habían pedido beber de mi cáliz, otro había proclamado que incluso a costa de morir no renegaría de mí. Y los dejé,
advirtiéndoles que oraran... Los dejé y se durmieron. Recordadlo, y enseñad que aquel del que Jesús se separa, si no mantiene
contacto de oración con Él, puede ser atrapado. Si no os hubiera despertado, verdaderamente os hubieran podido incluso matar
durante el sueño, y hubierais debido comparecer ante el juicio de Dios cargados de humanidad. Unos pasos más... Mirad. Baja la
rama, Felipe. ¡Mirad! El que quiera ver Sangre mía que mire. Aquí, en medio de la mayor angustia, como un agonizante, sudé
sangre. Mirad... Tanta, que la tierra está endurecida y, todavía, roja la hierba porque la lluvia no ha podido disolver los grumos
que se secaron entre tallos o corolas. Y allí me arrimé. Y aquí aleteó sobre mí el ángel del Señor para confortarme en mi voluntad
de hacer la Voluntad de Dios. Porque -recordad esto- si siempre quisierais hacer la Voluntad de Dios, en aquellos momentos en
que la criatura no puede continuar, viene Dios con su ángel para sostener al héroe agotado. En la hora de la angustia, no tengáis
miedo a caer en vileza o en abjuración si persistís en querer lo que Dios quiere. Dios os convertirá en gigantes de heroísmo si
permanecéis fieles a su Voluntad. ¡Recordadlo! ¡Recordadlo! Un día os dije que, después de la tentación en el desierto, los
ángeles me asistieron. Ahora sabed que también aquí, después de la extrema tentación, fui asistido por un ángel. Y lo mismo
sucederá con vosotros y con todos mis futuros fieles. Porque en verdad os digo que las ayudas que Yo he recibido las tendréis
vosotros también. Yo mismo os obtendría estas ayudas si no os las concediera ya de por sí el Padre en su amorosa justicia. Sólo
el dolor será siempre inferior al mío... Sentaos. Se alza en el Oriente la Luna. Nos dará luz. No creo que durmáis esta noche,
aunque sigáis siendo tan humanos y solamente humanos. No. No dormiréis porque ha entrado en vosotros un elemento activo
que antes no teníais. Es el remordimiento. Una tortura, es verdad. Pero sirve para pasar a estadios más altos, tanto en el bien
como en el mal. En Judas de Keriot -habiéndose alejado él de Dios- produjo la desesperación y la condenación. En vosotros, que
nunca os habéis apartado de la cercanía de Dios -os lo aseguro, porque no había en vosotros ni la voluntad ni la advertencia
plenas respecto a lo que hacíais-, el remordimiento producirá un arrepentimiento confiado que os llevará hacia la sabiduría y la
justicia. Quedaos donde estáis. Yo me separo hacia allá, a la distancia de un tiro de piedra, en espera del amanecer.
-¡No nos dejes, Señor! ¡Tú mismo has dicho lo que somos si estamos lejos de ti! - suplica Andrés, arrodillado, alargando
los brazos como pidiendo una piadosa limosna.
-Tenéis el remordimiento, que es un buen amigo en los buenos.
-¡No te vayas, Señor! Nos habías dicho que íbamos a orar juntos... - suplica Judas Tadeo, que ya no se atreve a
manifestarse con los gestos propios de un pariente hacia el Resucitado, sino que tiene un poco inclinado hacia adelante su alto
cuerpo en señal de veneración.
-¿Y no es la meditación la oración más activa? ¿Y no os he movido a la contemplación y meditación?, ¿no os he dado
tema de meditación desde que me llegué a vosotros por el camino, moviendo vuestro corazón con verdaderos actos de santos
sentimientos? Ésta es la oración, oh hombres: ponerse en contacto con el Eterno y con las cosas que sirven para llevar al espíritu
mucho más allá de la Tierra, y, a partir de la meditación de las perfecciones de Dios y de la miseria del hombre, del yo, suscitar
actos de voluntad amorosa, o reparadora, siempre adoradora.... aunque fuera una voluntad que surgiera de una meditación
sobre una culpa o un castigo. El mal y el bien sirven para el fin último, si se saben usar. Lo he dicho muchas veces. El pecado es
insanable quebranto sólo si no está seguido de arrepentimiento y reparación; en caso contrario, con la contrición del corazón se

hace fuerte argamasa para mantener compactos los cimientos de la santidad, cuyas piedras son las buenas resoluciones.
¿Podrías mantener unidas las piedras sin argamasa?, ¿sin esa sustancia de malo y pobre aspecto sin la cual las piedras pulidas,
los brillantes mármoles, no mantendrían su cohesión para formar el edificio?
Jesús hace ademán de marcharse.
Juan -su hermano y el otro Santiago y Pedro y Bartolomé le han dicho algo en voz baja- se alza y le sigue. Dice:
-Jesús, mi Dios. Esperábamos decir contigo la oración al Padre tuyo. Tu oración. Nos sentimos poco perdonados si no
nos concedes decirla contigo. Sentimos que nos es muy necesario...
-Donde dos están unidos en oración, Yo estoy en medio de ellos. Decid, pues, la oración y Yo estaré en medio de
vosotros.
-¡Ya no nos consideras dignos de orar contigo! - grita Pedro con fuerte llanto, con el rostro escondido entre la hierba, no
toda ella exenta de Sangre divina.
Santiago de Alfeo exclama:
-Nos sentimos infelices, herm... Señor.
Se controla enseguida, diciendo "Señor" en vez de "hermano" Y Jesús lo mira y dice.
-¿Por qué no me llamas hermano tú que eres de mi sangre? Soy hermano de todos los hombres, y de ti doblemente,
triplemente: como hijo de Adán, como hijo de David, como hijo de Dios. Termina tus palabras.
-Hermano, mi Señor, nos sentimos infelices y necios. Tú esto lo sabes. Y más necios nos hacen el abatimiento en que
nos encontramos. ¿Cómo podemos decir con el alma tu oración si no comprendemos su significado?
-¡Cuántas veces, como a muchachos menores de edad, os lo he explicado! Pero vosotros, más duros de cerviz que el
más distraído de los escolares de un pedagogo, no habéis retenido mis palabras.
-¡Es verdad! Pero ahora nuestra mente está clavada en nuestra tortura de no haberte entendido... ¡Oh, nada hemos
entendido! ¡Yo lo confieso por todos! Y todavía no te comprendemos bien, Señor. Pero, te lo ruego, saca la indulgencia para
nuestro mal del mismo mal que nos hace tardos de entendimiento. Cuando moriste, el gran rabí, al pie de tu Cruz, gritó la
verdad de la ofuscación de Israel. Y Tú, Dios omnipresente, liberado Espíritu de Dios de la cárcel de la Carne, oíste esas palabras:
"Siglos y siglos de ceguera espiritual cubren la vista interior"; y te rogó: "En este pensamiento prisionero de las fórmulas,
penetra Tú, Libertador". ¡Oh, mi adorado y adorable Jesús, Tú que nos has salvado de la Culpa original y has cargado sobre ti
nuestros pecados y los has consumido en el fuego de tu amor perfecto, toma, consume también nuestro intelecto de obstinados
israelitas; danos una mente nueva, virgen como la de un recién nacido; cancela los recuerdos de nuestra memoria para llenarnos
sólo de tu sabiduría. Muchas cosas del pasado han muerto en ese horrendo día. Han muerto contigo. Pero, ahora que has
resucitado, haz que nazca en nosotros una nueva mente. Créanos un corazón y una mente nuevos, Señor mío, y te
comprenderemos - suplica Juan.
-Esa tarea no es mía, sino de Aquel de quien os hablé en la última Cena. Todas mis palabras se pierden en el abismo de
vuestro pensamiento, total o parcialmente, o permanecen cerradas, y celadas en cuanto a su espíritu. El Paráclito, sólo Él,
cuando venga, extraerá de vuestro abismo mis palabras y os las abrirá para haceros comprender su espíritu.
-Pero Tú ya nos lo has infundido - objeta el Zelote.
Y Mateo, junto al Zelote, objeta:
-Pero dijiste que cuando fueras al Padre, Él, el Espíritu de Verdad, vendría.
-Decidme: ¿cuando un niño nace tiene infundida el alma?
-¡Claro que la tiene infundida! - responden todos.
-¿Pero esta alma tiene la Gracia de Dios?
-No. El Pecado original está en ella y la priva de la Gracia.
-¿Y el alma y la Gracia de dónde vienen?
-¡De Dios!
-¿Por qué entonces Dios no le da, sin más, un alma en gracia a la criatura?
-Porque Adán fue castigado, y nosotros en él. Pero, ahora que Tú ya eres el Redentor, será así.
-No. No será así. Los hombres nacerán siempre impuros respecto a su alma, alma que Dios ha creado y que la herencia
de Adán ha manchado. Pero, por un rito que en otra ocasión os explicaré, el alma infundida en el hombre será vivificada con la
Gracia, y el Espíritu del Señor tomará posesión de esa alma. En cuanto a vosotros, bautizados con agua por Juan, seréis
bautizados con el fuego de la Potencia de Dios. Y entonces verdaderamente el Espíritu de Dios estará en vosotros. Y será el
Maestro al que los hombres no podrán ni perseguir ni expulsar. Él, en vuestro interior, os expresará el espíritu de mis palabras y
os instruirá sobre muchas otras cosas. Yo os lo he infundido porque nada puede recibirse ni ser válido si no es por mis méritos:
recibir a Dios; tener validez la palabra de un delegado de Dios. Pero todavía no está en vosotros, como Maestro, el Espíritu de la
Verdad.
-Bien. Que así sea. En su momento vendrá. Pero, mientras tanto, haznos sentir tu perdón. Sé Maestro con nosotros,
Señor. Una vez más, una vez más, porque Tú dijiste que hay que perdonar setenta veces siete - insiste Juan, y termina:
-Tú, que eres la Luz eterna, no permitas que tus siervos permanezcan en las tinieblas - y -siempre Juan es el que
muestra más confianza y cariño-, al decirlo, tiene la intrepidez de tomar, entre las suyas, la Mano izquierda de Jesús, que pende
paralela al cuerpo y en la que la luna parece hacer aún más grande el desgarrón del clavo; y besa levemente la punta de los
dedos, de estos dedos que se han quedado un poco retraídos, justo como los de una persona que haya sido herida y ya se haya
curado pero que los nervios le quedan levemente contraídos.
-Venid. Vamos a subir más. Diremos juntos la oración – asiente Jesús, y deja su mano entre las de Juan mientras va
caminando hacia el límite más alto del Getsemaní, hacia el camino alto que va a Betania a través del Campo de los Galileos.

Aquí también se ve que se están llevando a cabo las obras de delimitación indicadas por Lázaro; es más, en este lugar,
más alejado de la casa del guarda del olivar, ya está levantada una tapia lisa y alta paralela al trazado serpenteante del seto y el
sendero que eran el límite del Getsemaní.
Jerusalén, abajo, sale lentamente de las tinieblas, incluso en sus zonas occidentales, porque la Luna está ahora en el
cenit y albea todas las cosas con su fino honcejo, brillante cual diamantada llama posada en la oscuridad del firmamento en que
titilan las corolas luminosas de un número incalculable de estrellas, de esas estrellas tan increíbles de los cielos de Oriente.
Jesús abre los brazos, tomando su habitual postura de oración y entona:
-Padre nuestro que estás en el Cielo.
Se para y comenta:
-El haberos perdonado os ha dado prueba de que es Padre. ¿Qué Señor que no fuera Padre vuestro no os habría
castigado, a vosotros que tenéis más deber que los demás de ser perfectos, a vosotros que tantas gracias habéis recibido y que,
como decís vosotros, sois tan negados para vuestra misión? Yo no os he castigado. El Padre no os ha castigado. Porque lo que
hace el Padre el Hijo lo hace, porque lo que hace el Hijo el Padre lo hace, pues que Nosotros somos una sola Divinidad unida en
el Amor. Yo estoy en el Padre y el Padre está conmigo. El Verbo está siempre junto a Dios, que no tiene principio. Y el Verbo
precede a todas las cosas, desde siempre, desde una eternidad cuyo nombre es siempre, desde un presente eterno junto a Dios,
y es Dios como Dios, pues que es el Verbo del Pensamiento divino.
Así pues, cuando me vaya, al orar así al Padre nuestro, al mío y vuestro (siendo así que somos hermanos: vosotros,
menores; Yo, primogénito), ved, sí, vedme siempre también a mí en el Padre mío y vuestro; ved, sí, ved al Verbo, que fue "el
Maestro" vuestro y que os amó hasta la muerte y más allá de la muerte, dejándoos en alimento y bebida a sí mismo para que
estuvierais en Mí, y Yo en vosotros, mientras dura el destierro, y luego Yo y vosotros estuviéramos en el Reino por el que os he
enseñado a orar: "Venga a nosotros tu Reino'', después de vuestra invocación para que vuestras obras santifiquen el Nombre del
Señor dándole gloria en la Tierra y en el Cielo. Sí, no sería para vosotros, ni para los que creerán como vosotros, el Reino de Dios
del Cielo, si antes no hubierais querido ese Reino de Dios en vosotros con la práctica real de la Ley de Dios y de mi palabra, que
es el perfeccionamiento de la Ley, pues que he dado, en el tiempo de la Gracia, la Ley de los elegidos, o sea, la de aquellos que
están más allá de las constituciones civiles, morales, religiosas del tiempo mosaico, que están ya en la Ley espiritual del tiempo
de Cristo.
Ya veis qué significa el tener a Dios cerca pero no tenerlo en vosotros; qué significa el tener la palabra de Dios pero no
tener la práctica real de esa palabra. Los mayores delitos se han llevado a cabo por este tener a Dios cerca pero no tenerlo en el
corazón; por este tener conocimiento de la palabra pero no la obediencia a ella. ¡Todo! Todo por esto. La cerrazón y los
desmanes, el deicidio, la traición, las torturas, la muerte del Inocente y de su Caín, todo, ha venido por eso. Y en realidad, ¿a
quien amé tanto cómo a Judas? Pero él no me tuvo a mí-Dios en su corazón, y es el condenado deicida, el infinitamente culpable
como israelita y como discípulo, como suicida y como deicida, además de por sus siete vicios capitales y todos sus otros pecados.
Ahora podéis tener en vosotros el Reino de Dios con más facilidad, porque Yo os lo he obtenido con mi muerte. Con mi
dolor os he comprado de nuevo. Recordadlo. Y que ninguno pisotee la Gracia, porque ha costado la vida y la Sangre de todo un
Dios. Esté, pues, el Reino de Dios en vosotros, oh hombres, por la Gracia; tanto en la Tierra respecto a la Iglesia, como en el Cielo
respecto al pueblo de los bienaventurados que, habiendo vivido con Dios en su corazón, unidos al Cuerpo de que Cristo es la
Cabeza, unidos a la Vid de que cada cristiano es un sarmiento, merecen descansar en el Reino de Aquel por quien todas las cosas
han sido hechas: Yo, Quien os habla, que me he entregado a mí mismo a la Voluntad paterna para que todo pudiera cumplirse.
Por lo que, sin hipocresía, puedo enseñaros que ha de decirse: "Hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo". Y
hasta los terruños y la hierba, las flores y las piedras de Palestina, y mis carnes heridas y todo un pueblo pueden decir cómo he
hecho la voluntad del Padre mío.
Haced lo que he hecho Yo, hasta el extremo, hasta la muerte de cruz, si así lo quiere Dios. Porque, recordad esto, Yo lo
he hecho y no hay discípulo que merezca más misericordia que Yo; y, a pesar de ello, Yo he encarnado el mayor de los dolores; a
pesar de ello, he obedecido con perpetuas renuncias. Vosotros lo sabéis. Y más lo comprenderéis en el futuro, cuando os
asemejéis a mí bebiendo un sorbo de mi cáliz... Traed constantemente a vuestra mente este pensamiento: "Por su obediencia al
Padre, Él nos ha salvado". Y, si queréis ser salvadores, haced lo que Yo he hecho. Quién conocerá la cruz, quién la tortura de los
tiranos, quién la tortura del amor, del destierro del Cielo al que tenderá hasta la más anciana edad antes de subir a él. Bueno,
pues que en todo se haga aquello que Dios quiera. Pensad que un suplicio de muerte y un suplicio de vida -cuando en realidad
quisierais morir para ir a donde Yo estaré- son iguales ante los ojos de Dios si se viven con alegre obediencia: son su Voluntad;
por tanto, son santos.
“Danos hoy nuestro pan de cada día". Día tras día, hora tras hora. Es fe, es amor, es obediencia, es humildad, es
esperanza el pedir el pan de un día y aceptarlo como es: hoy dulce, mañana amargo, mucho, poco, con especias o con ceniza.
Siempre es justo, así como es. Lo da Dios, que es Padre; por tanto, es bueno.
En otro momento os hablaré del otro Pan -saludable sería querer comerlo todos los días- y de orar al Padre para que lo
mantenga. Porque, ¡ay del día y de los lugares en que faltara por voluntad de hombres! Ahora -ya veis cuánto- los hombres son
poderosos en sus obras de tinieblas. Orad al Padre para que defienda su Pan y os lo dé. Cuanto más lo dé, más querrán las
tinieblas ahogar la Luz y la Vida, como hicieron en la Parasceve. La segunda Parasceve no tendría resurrección. Recordad esto
todos. El Verbo ya no podrá ser matado, pero sí se podría dar muerte a su doctrina y se podría ahogar en demasiados la libertad
y la voluntad de amarlo. Pero entonces Vida y Luz también terminarían para los hombres. ¡Ay de aquel día! Os sirva de ejemplo
el Templo. Recordad que he dicho: "es el gran Cadáver".
“Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos nuestros deudores".
Pecadores todos, sed dulces con los pecadores. Recordad mis palabras: "¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano
si antes no quitas la viga del tuyo?". El Espíritu que os he infundido, la orden que os he dado, os dan facultad para perdonar, en

nombre de Dios, los pecados del prójimo. Pero ¿cómo podríais hacerlo si a vosotros no os los perdona Dios? Hablaré en otra
ocasión de esto. Por el momento os digo: perdonad a quien os ofende, para ser perdonados y tener derecho a absolver o
condenar. Quien está libre de pecado puede hacerlo con plena justicia. El que no perdona y está en pecado y finge escándalo es
un hipócrita; el Infierno lo espera. Porque, si cabe misericordia para los tutelados, severo será el veredicto para sus tutores,
culpables de pecados iguales, o mayores aun, teniendo la plenitud del Espíritu como ayuda.
"No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal." Aquí tenéis la humildad, piedra básica de la perfección. En verdad
os digo que bendigáis a los que os humillan, porque os proporcionan lo necesario para, vuestro celeste trono.
No. La tentación no significa perdición, si el hombre, humildemente, está junto al Padre y le pide que no permita que
Satanás, el mundo y la carne lo venzan. Las coronas de los bienaventurados están adornadas de las gemas de las tentaciones
vencidas. No las busquéis, pero no seáis cobardes cuando lleguen. Con humildad y, por tanto, con fortaleza, gritad al Padre mío y
vuestro: “Líbranos del mal”; y venceréis al mal. Y santificaréis realmente el Nombre de Dios con vuestras acciones, como he
dicho al principio, porque los hombres al veros dirán: "Dios existe, porque éstos tienen una conducta tan perfecta, que viven
como deidades" y a Dios se acercarán, multiplicando así los ciudadanos del Reino de Dios.
Arrodillaos para que Yo os bendiga y mi bendición os abra la mente para meditar.
Se postran y los bendice, y desaparece como absorbido por la luz lunar.
A1 cabo de un breve rato, los apóstoles alzan la cabeza, extrañados de no oír más palabras, y ven que Jesús ha
desaparecido... Vuelven a caer rostro en tierra, envueltos en el temor, secular temor, de todo israelita que tenga la percepción
de haber estado en contacto con Dios, con Dios como está en el Cielo.

631
Enseñanzas a los apóstoles enviados al Gólgota y luego al Cenáculo.
Jerusalén ya arde bajo el sol meridiano. Un umbrío espacio abovedado ofrece descanso a la vista cegada por este sol
que incide sobre las paredes blancas de las casas y hace arder el suelo de las calles. Y lo blanco incandescente de las paredes y lo
oscuro de estas bóvedas hacen de Jerusalén una caprichosa pintura en blanco y negro, una alternancia violenta de luces y
penumbras -en contraste con la luz violenta, éstas parecen tinieblas-, una alternancia atormentadora como una obsesión,
porque quita la facultad de ver o por demasiada luz o por demasiada penumbra. Se camina con los ojos semicerrados, tratando
de apresurarse en las zonas de luz y calor y aminorando la marcha bajo las bóvedas, donde es necesario ir despacio porque el
contraste entre las luces y las tinieblas hace que incluso con los ojos abiertos no se vea nada.
Así caminan los apóstoles por esta ciudad desierta a causa de la hora meridiana; y sudan y se secan la cara y el cuello
con la prenda que cubre su cabeza; y resoplan...
Cuando tienen que salir de la ciudad, cesa para ellos el alivio de los tramos abovedados. El camino, que bordea las
murallas y se pierde hacia el norte y hacia el sur como una cinta cegadora de polvo incandescente, da la impresión de un terreno
de horno: sube de él un calor de horno, un calor que seca los pulmones. El torrentillo que discurre por fuera de las murallas lleva
un hilo de agua que fluye por el centro de un guijarral, de cantos blancos de sol como cráneos calcinados. Los apóstoles se
acercan presurosos a ese hilo de agua, y beben; sumergen en ella la prenda que llevan en la cabeza y se la ponen de nuevo,
chorreando, después de haberse lavado la cara. Se descalzan y chapotean con los pies en ese hilo de agua. Pero... es un alivio
bien chico, porque el agua está caliente como si hubiera salido de un caldero colgado sobre una llama. Y dicen:
-Está caliente y hay poca. Sabe a barro y a jabonera. Cuando baja tan escasa, retiene el sabor de las coladas de la
aurora.
Acometen la subida del Gólgota, del reseco Gólgota en que el sol ardiente ha secado la poca hierba que parecía pelusa
rala en el amarillento monte unos quince días antes. Ahora sólo los rígidos y escasísimos matojos de plantas espinosas, llenas de
espinas y exentas de hojas, elevan acá o allá sus dedos como de esqueletos desenterrados, de un verde que es amarillo por el
polvo del monte, verdaderamente semejantes a huesos recién sacados de la tierra. Sí, parecen realmente haces de huesos
calcinados plantados en el suelo. Hay uno que, después de unos dos palmos de palo derecho, forma bruscamente un codo que
termina en cinco palitos después de una especie de paleta. Parece justo la osambre de una mano extendida para agarrar a quien
pase y retenerlo en ese lugar de pesadilla.
-¿Queréis ir por el camino largo o por el corto? - pregunta Juan, que es el único que ya ha subido el monte.
-¡La más corta! ¡La más corta! ¡Vamos a darnos prisa, que aquí uno se muere de calor! - dicen todos, menos el Zelote y
Santiago de Alfeo.
-¡Vamos!
Las piedras del camino adoquinado están ardiendo, como lastras sacadas del fuego.
-¡No se puede continuar por aquí! ¡No se puede! - dicen al cabo de pocos metros.
-Y, a pesar de ello, el Señor subió hasta allá, hasta donde aquella zarza, y estaba ya herido y llevaba a cuestas la cruz observa Juan, que ha empezado a llorar desde que ha llegado al Calvario.
Continúan. Pero luego se echan al suelo agotados, jadeando. Las prendas mojadas en el río, que cubren sus cabezas,
están ya secas por el sol; en cambio las túnicas se manchan de sudor.
-¡Demasiado empinada y ardiente! - dice Bartolomé resoplando.
-¡Sí, demasiado! - confirma Mateo, que está congestionado.
-Por lo que respecta al sol, es igual todo. Pero para la subida vamos a tomar ese camino. Es más largo, pero menos
fatigoso. También Longinos lo tomó para poder hacer que el Señor subiera. ¿Veis ese lugar?, ¿allí, donde está esa piedra un poco

oscura? Allí se cayó el Señor, y lo creímos muerto, nosotros que mirábamos desde allí, al norte, allí, ¿veis?, donde está ese
entrante antes de que la ladera empiece a empinarse. No se movía. ¡Oh, el grito de su Madre! ¡Me resuena aquí! ¡No olvidaré
nunca ese grito! No olvidaré ni uno de sus gemidos... ¡Ah, hay cosas que le hacen a uno anciano en una hora y dan la medida del
dolor del mundo!... ¡Ánimo, venid! ¡Menos que vosotros se detuvo nuestro Mártir Señor! - exhorta Juan.
Se levantan algo aturdidos y lo siguen hasta donde el sendero de trazado en espiral corta a la calzada pavimentada, y lo
toman. Sí, es un camino menos empinado, pero... ¡en cuanto al sol!... Y el calor es todavía más intenso porque la ladera
bordeada por el sendero refleja su fuego contra los viandantes, ya quemados por el sol.
-¡¿Pero por qué hacernos subir por aquí a esta hora?! ¿No hubiera podido traernos al amanecer, en cuanto hubiera
habido la luz suficiente para ver dónde pisábamos? En realidad, como estábamos fuera de las murallas, hubiéramos podido venir
sin esperar a la apertura de las puertas.
Se quejan y refunfuñan entre sí.
Hombres, todavía y siempre hombres: ahora, después de la tragedia del Viernes Santo, que es tragedia de la humanidad
orgullosa y cobarde, más aún que tragedia de Cristo, siempre héroe, siempre victorioso, incluso en el morir; hombres como
antes, cuando los embriagaban los gritos de hosanna de las multitudes, y exultaban pensando en las fiestas y en los banquetes
suntuosos en casa de Lázaro... Sordos, ciegos, obtusos ante todos los signos y advertencias de cercana tempestad.
Santiago de Alfeo y el Zelote callan y lloran. Tampoco Andrés se queja después de las últimas palabras de Juan, quien
sigue hablando, recordando, y en su acto de recordar, pone amonestación fraterna y exhortación a no quejarse...
Dice:
-Él subió aquí a esta hora, y ya llevaba mucho tiempo caminando. ¿Podría decir que, desde que salió del Cenáculo, no
tuvo un momento de descanso? Y ese día hacía mucho calor. Se sentía el bochorno de la tormenta que se acercaba... y estaba
ardiendo de fiebre. Nique dice que cuando le aplicó el paño al rostro tuvo la sensación de tocar fuego. Debe estar aquí cerca el
lugar preciso en que se encontró con las mujeres... Nosotros, desde el lado opuesto no vimos el encuentro. Pero, a juzgar por lo
que me dijeron Nique y las otras. ¡Ánimo, vamos! Pensad que las romanas, acostumbradas a la litera recorrieron a pie este
camino, y habían estado al sol desde la mañana, desde la hora tercera, cuando fue condenado. ¡Oh, precedieron a todos, ellas,
las paganas. Enviaron incluso a esclavos para que avisaran a las otras que por algún motivo se habían ausentado...
Continúan... ¡Un martirio de fuego ese camino! Incluso se tambalean.
Pedro dice:
-Si Él no hace un milagro, nos vamos a desplomar por insolación.
-Sí, a mí el corazón me estalla en la garganta - confirma Mateo. Bartolomé ya no habla. Parece borracho. Juan lo agarra
de un codo y lo sostiene, como hizo con la Madre el Viernes cruento. Y dice para consolar:
-Dentro de poco hay algo de sombra. En el sitio a donde llevé a la Madre. Allí descansaremos.
Caminan, cada vez más lentamente...
Ya están apoyados en la roca en la que estuvo María. Y Juan lo dice. En efecto, hay un poco de sombra. Pero el aire está
inmóvil, y abrasa.
-¡Si hubiera, al menos un tallito de anís, una hoja de menta, un tallo de hierba! Tengo la boca como pergamino
arrimado al fuego. Pero no hay nada. ¡Nada! - gime Tomás, que tiene hasta hinchadas las venas del cuello y de la frente.
-Daría cuanto me queda de vida por una gota de agua - dice Santiago de Zebedeo.
Judas Tadeo rompe a llorar. Es un llanto fuerte. Y grita:
-¡Oh, pobre hermano mío, cuanto sufriste! ¡Dijo... dijo... ¿os acordáis?... que se moría de sed! ¡Ahora comprendo! ¡No
había comprendido la extensión de esas palabras! ¡Se moría de sed! ¡Y no hubo nadie que le diera, mientras todavía podía
beber, un sorbo de agua! ¡Y Él tenía fiebre, además del sol!
Juana le había llevado algo para aliviarlo... - dice Andrés.
-Ya no podía beber. Tampoco podía hablar... Cuando se encontró con su Madre, allí, a diez pasos de nosotros, sólo pudo
decir: "¡Mamá!", y no pudo darle un beso, ni siquiera a distancia, a pesar de que Simón de Cirene lo hubiera liberado de la cruz.
Tenía los labios endurecidos a causa de las heridas, abrasados... ¡Oh, yo veía bien, desde detrás de la fila de los legionarios!
Porque yo no pasé aquí. ¡Habría tomado su cruz, si me hubieran dejado pasar! Pero temían por mí... y a causa de la
muchedumbre, que quería apedrearnos. No podía hablar... ni beber... ni besar... ¡No podía ya casi ni mirar con sus ojos
doloridos, bajo las costras de sangre, de la sangre que bajaba de la frente!... Tenía rota la túnica por una rodilla, y se veía la
rodilla abierta y sangrante... Tenía las manos hinchadas y heridas... Tenía herido el mentón y una mejilla... La cruz había hecho
una llaga en el hombro, ya abierto por los azotes... Tenía herida la cintura, por las cuerdas... La sangre provocada por las espinas
goteaba por sus cabellos... Tenía...
-¡Calla! ¡Calla! ¡No es posible oírte! ¡Calla! ¡Te lo ruego y te lo mando! - grita Pedro, que asemeja a uno al que
estuvieran torturando.
-¡No es posible oírme! ¡No podéis oírme! ¡Pero yo tuve que presenciar sus atroces sufrimientos! ¿Y su Madre? ¿Y su
Madre, entonces?
Agachan la cabeza, llorando. Reanudan la marcha. Caminan... caminan... Ya no se quejan por sí mismos, sino que ahora
lloran todos por los dolores de Cristo.
Ya están en la cima. En el primer rellano: una plancha de fuego. La reverberación es tal, que parece como si vibrara la
tierra, a causa de ese fenómeno típico del sol cuando incide en las arenas encendidas de los desiertos.
-Venid. Vamos a subir por aquí. El centurión permitió que pasáramos aquí. También a mí. Me creyó hijo de María. Las
mujeres estaban allí. Y allí los pastores. Y allí los judíos...
Juan señala los lugares, y termina:

-Pero la turba estaba abajo, abajo; cubría la ladera, hasta el valle, hasta el camino, y estaba incluso en las murallas, y en
las terrazas cercanas a las murallas... había gente hasta donde alcanzaba la vista. Lo vi cuando el sol empezó a velarse; antes de
eso era como ahora... y no podía ver...
En efecto, Jerusalén, abajo, parece un espejismo trémulo. El exceso de luz hace de velo para el que quiere verla. Y Juan
dice:
-A otras horas -María de Lázaro lo ha dicho, pero yo desconocía el momento y el motivo de su venida- se ven los restos
negros de las casas quemadas por los rayos. Las casas de los más culpables... al menos de muchos de ellos... Aquí (Juan mide los
pasos, reconstruye la escena), aquí estaba Longinos, y aquí estábamos María y yo. Aquí estaba la cruz del ladrón arrepentido, y
ahí la otra. Aquí echaron a suerte la ropa. Allí cayó al suelo su Madre cuando Él murió... Desde aquí vi el lanzazo en el Corazón
(Juan se pone pálido como un muerto), porque aquí estaba su Cruz - y se arrodilla y adora, rostro en tierra, en la tierra que se ve
excavada en un espacio que correspondía a la tierra ensangrentada bajo la sombra del palo transversal de la cruz y alrededor del
tronco vertical de ella. Debe haber trabajado duro la Magdalena para excavar tanta tierra, y con una profundidad de al menos
un palmo largo, y en una tierra tan dura, mezclada con piedras y una serie de objetos de desecho, que hacen de ella una costra
compacta.
Todos se han arrojado al suelo, a besar esa tierra, que ahora se baña de lágrimas...
Juan es el primero en levantarse, y, amorosamente despiadado, va recordando cada uno de los momentos... Ya no
siente el sol... Ninguno lo siente... Habla, habla de cuando Jesús rechazó el vino mirrado, de cuando se desnudó y se ciñó el velo
materno, de cuando apareció tan atrozmente flagelado y herido, de cuando se extendió sobre la cruz y gritó por el primer clavo,
y luego ya no, para que no sufriera demasiado su Madre, y de cuando le desgarraron la muñeca y le dislocaron el brazo para
estirarlo hasta el punto requerido, también habla de cuando, clavado del todo, volvieron la cruz para remachar los clavos y el
peso de la cruz pesó sobre el Mártir, cuyo jadeo se oía, y de cuando dieron de nuevo la vuelta a la cruz y la levantaron mientras
la arrastraban, y ésta cayó secamente en el agujero y la calzaron; y describe el Cuerpo pendiendo hacia abajo desgarrando las
manos, y cómo la corona se descoloca y hace desgarros en la cabeza; y refiere las palabras al Padre de los Cielos, las palabras
que pedían perdón para los crucifixores, y que daban el perdón al ladrón arrepentido, y las palabras a su Madre y a Juan, y la
llegada de José y Nicodemo, tan abiertamente heroicos desafiando a todo un mundo, y el valor de María de Magdala, y el grito
de angustia al Padre que lo abandonaba; y habla de la sed y del vinagre con hiel, y de la última agonía y de cómo llamaba
débilmente a su "Mamá", y refiere las palabras de María, ya con el alma en la frontera de la vida por la congoja, la congoja... y la
resignación y abandono en Dios; y refiere, horrenda, la última convulsión y el grito que hizo temblar al mundo, y el grito de
María cuando lo vio muerto...
-¡Calla! ¡Calla! ¡Calla! - grita Pedro.
Parece traspasado él por la lanza. También los otros suplican:
-¡Calla! ¡Calla!...
Ya no tengo nada que decir. Ya el sacrificio había terminado. La sepultura... nuestra congoja, no suya. En ella sólo tiene
valor el dolor de la Madre. ¡Nuestra congoja! ¿Acaso merece compasión? Ofrezcámosela a Él, en vez de pedir piedad para
nosotros. Demasiado y siempre hemos evitado el dolor, las fatigas, los abandonos, dejando todas esas cosas para Él, sólo para
Él. Verdaderamente hemos sido unos discípulos indignos, que lo hemos amado por la alegría de ser amados, por el orgullo de
ser grandes en su reino; pero no supimos amarlo en el dolor... De ahora en adelante, no. Aquí, aquí debemos jurar -esto es un
altar, y alto-, ante el Cielo y ante la Tierra, que no volverá a ser así. Ahora, a Él la alegría; a nosotros, la cruz. Jurémoslo. Sólo así
daremos paz a nuestras almas. Aquí ha muerto Jesús de Nazaret, el Mesías, el Señor, para ser Salvador y Redentor. Muera aquí
ese hombre que somos nosotros y resucite el discípulo verdadero. ¡Alzaos! Juremos en el Nombre santo de Jesucristo que
queremos abrazar su doctrina hasta el punto de saber morir por la redención del mundo.
Juan parece un serafín. Con los movimientos se ha descubierto y la rubia cabeza resplandece bajo el sol. Ha subido a un
montón de objetos desechados (quizás las estacas de sostén de las cruces de los ladrones) y ha tomado involuntariamente la
postura (con los brazos abiertos) que tiene frecuentemente Jesús cuando enseña, y especialmente la postura que tenía en la
cruz.
Los otros lo miran, tan hermoso, tan ardoroso, tan joven (el más joven de todos) y tan maduro espiritualmente. El
Calvario le ha dado la edad perfecta... Lo miran y gritan:
-¡Lo juramos!
-Oremos, entonces, para que el Padre convalide nuestro juramento: "Padre nuestro que estás en el Cielo...".
El coro de las once voces se hace seguro, cada vez más seguro a medida que va adelante. Y Pedro se golpea el pecho
cuando dice: «perdónanos nuestras deudas», y todos se arrodillan cuando dicen la última súplica: «líbranos del mal».
Permanecen así, arrodillados y profundamente corvados, meditando...
Jesús está con ellos. No he visto ni cuándo ni por dónde ha aparecido. Se diría que por la parte inaccesible del monte.
Resplandece de amor en la intensa luz meridiana. Dice:
-El que permanece en mí no recibirá daño del Maligno. En verdad os digo que los que estén unidos a mí sirviendo al
Altísimo Creador, cuyo deseo es la salvación de todos los hombres, podrán expulsar demonios, hacer inocuos reptiles y venenos,
pasar por entre fieras y llamas sin recibir daño, hasta que Dios quiera que permanezcan en la Tierra sirviéndole.
-¿Cuándo has venido, Señor? - dicen, volviendo la cabeza pero permaneciendo de rodillas.
-Me ha llamado vuestro juramento. Y ahora, ahora que los pies de mis apóstoles han pisado este terreno, bajad rápidos
a la ciudad, al Cenáculo. A1 anochecer se marcharán las mujeres de Galilea con mi Madre. Tú y Juan iréis con ellas. Nos
congregaremos todos en Galilea, en el Tabor - dice al Zelote y a Juan.
-¿Cuándo, Señor?
-Juan lo sabrá y os lo dirá.

-¿Nos dejas, Señor? ¿No nos bendices? Tenemos mucha necesidad de tu bendición.
-Aquí y en el Cenáculo os la daré. ¡Postraos!
Los bendice. El fulgor del sol lo envuelve como en la Transfiguración. La diferencia es que aquí lo esconde. Jesús ya no
está.
Alzan la cabeza. Ya nada: sol y tierra quemada...
-¡Levantémonos y vamos! ¡Se ha marchado! - dicen con tristeza.
-¡Cada vez son más breves sus permanencias entre nosotros!
-Pero hoy parecía más contento que ayer por la noche. ¿No te lo ha parecido, hermano? - pregunta Judas Tadeo a
Santiago de Alfeo.
-Lo que le ha alegrado ha sido nuestro juramento. ¡Bendito tú Juan, que nos lo has hecho hacer! - dice Pedro abrazando
a Juan.
-Yo esperaba que hablara de su Pasión. ¿Por qué nos ha traído aquí para no decir nada luego? - dice Tomás.
-Se lo preguntaremos esta noche - dice Andrés.
-Sí. Ahora vámonos. El camino es largo y deseamos estar un poco con María antes de que se marche - dice Santiago de
Alfeo.
-¡Otra dulzura que termina! - suspira Judas Tadeo.
-¡Nos quedamos huérfanos! ¿Qué haremos?
Se vuelven hacia Juan y el Zelote y, con una miaja de envidia en la voz, dicen: -¡Vosotros, al menos, vais con la Madre!
Y os quedáis siempre con Ella.
Juan hace un gesto como para decir: «Así es».
Pero ellos, que no tienen envidia mala sino buena, confiesan inmediatamente:
-Pero es justo. Porque tú estabas
aquí con Ella, y tú has renunciado a estar por obediencia. Nosotros...
Empiezan a bajar. Pero en cuanto llegan al segundo rellano, el más bajo, ven a una mujer que sube allí bajo el sol por el
camino escarpado y que los mira de hito en hito sin decir nada, para dirigirse luego, con paso seguro, a la explanada más alta.
-¡Ya hay quien viene aquí! No es sólo María la que viene. Pero ¿qué hace? Llora y busca por el suelo. ¿Será una que
haya perdido algo aquel día? - se preguntan.
Pudiera ser, en efecto, porque no se ve quién es. El rostro de la mujer está completamente cubierto con un velo.
Tomás alza su potente voz:
-¡Mujer! ¿Qué has perdido?
-Nada. Busco el lugar de la cruz del Señor. Tengo un hermano que se está muriendo, y ya no está en la Tierra el Maestro
bueno... - llora en su velo - ¡Los hombres lo han echado de este mundo!
-Ha resucitado, mujer. Permanece para siempre.
-Sé que permanece para siempre. Porque es Dios, y Dios no perece. Pero ya no está entre nosotros. Un mundo no lo ha
recibido y Él se ha marchado. Un mundo ha renegado de Él. Hasta sus discípulos lo han abandonado como si fuera un bandido; y
Él... pues ha abandonado el mundo. Vengo a buscar un poco de su Sangre. Tengo fe en que esto curará a mi hermano. Más que
la imposición de las manos de sus discípulos, porque ya no creo que ellos puedan hacer prodigios después de haberle sido
infieles.
-El Señor ha estado aquí hace poco, mujer. Ha resucitado en alma y cuerpo y está todavía entre nosotros. El perfume de
su bendición está todavía en nosotros. Mira, aquí ha puesto sus pies hace un momento - dice Juan.
-No. Busco una gota de su Sangre. Yo no estaba aquí y no sé el lugar... - agachada, busca en el suelo.
Juan le dice:
-Éste era el punto de su cruz. Yo estaba.
-¿Estabas? ¿Como amigo o como crucifixor? Se dice que sólo uno de sus discípulos predilectos estaba al pie de la cruz, y
pocos otros discípulos fieles con él, aquí cerca. Pero no quisiera hablar con un crucifixor suyo.
-No lo soy, mujer. Mira, aquí, donde estaba la cruz, hay todavía tierra roja de sangre, a pesar de que hayan excavado.
Tanta fue la sangre que perdió, que penetró profundamente. Ten, y que tu fe se vea premiada.
Juan ha excavado con los dedos en el agujero donde estaba la cruz y ha extraído tierra rojiza. La mujer lo recoge en un
pequeño paño y, dando las gracias, se marcha rauda con su tesoro.
-Has hecho bien en no revelar quiénes somos...
-¿Por qué no has dicho quién eras?... -dicen los apóstoles (como siempre, el pensamiento humano es contrastante).
Juan los mira y no dice nada. Es el primero en encaminarse hacia abajo por la pronunciada cuesta del camino
adoquinado. Aunque sea más fácil bajar que subir, todavía el sol luce despiadado, de forma que cuando se ven al pie del Gólgota
están verdaderamente sedientos. Pero hay ovejas en el regato, y unos pastores con ellas. Vienen, sin duda, de algún aprisco
cercano; para el pasto, antes de que anochezca. El agua está turbia. Es imposible beberla.
La sed es tal, que Bartolomé se dirige a un pastor diciendo:
-¿Tienes un sorbo de agua en tu zaque?
El hombre los mira con severidad. No dice nada.
-Un poco de leche, entonces. Las ubres de tus animales están túrgidas. La pagaremos. Desearíamos líquido helado, pero
nos basta beber.
-No tengo ni agua ni leche para los que han abandonado a su Maestro. Os reconozco, no penséis que no. Os vi y oí una
vez en Betsur. Precisamente a ti, que pides... Pero no os vi cuando me encontré con los que bajaban al Crucificado. Sólo éste
estaba. No hubo agua para Él, me dijeron los que estuvieron en el monte. Tampoco para vosotros hay agua.

Silba a su perro, reúne a las ovejas y se marcha hacia el norte, en donde empiezan elevaciones cubiertas de olivos y, a
trechos, de hierba. Los apóstoles, abatidos, cruzan el puente y entran en la ciudad. Van pegados a las paredes, muy cubiertas sus
cabezas, hasta los ojos, un poco encorvados. Es que ahora las calles, habiendo pasado ya el calor de las primeras horas de la
tarde, vuelven a animarse con gente.
Pero deben cruzar toda la ciudad antes de llegar a la casa del Cenáculo, y demasiados son los que conocen a los
apóstoles como para que su paso pueda producirse sin incidentes. Y pronto sucede que llega a ellos el latigazo de una carcajada,
mientras un escriba -estaba convencida de que ya no iba a ver escribas, y me sentía contenta- grita a la gente (numerosa en este
estrecho cruce donde gorgotea una fuente):
-¡Ésos son! ¡Mirad! ¡Ahí tenéis a los restos del ejército del gran rey! Los
jabatos incapaces de pelear. Los discípulos del seductor. Desprecio y escarnio para ellos. ¡Y compasión, la compasión que se
siente por los locos!
Es el principio de una barahúnda de ultrajes. Hay quien grita
-¿Dónde estabais mientras Él sufría su pena?
-¿Convencidos ahora de que era un falso profeta?
-¡En vano lo habéis robado y escondido! La idea está apagada. El Nazareno está muerto. El Galileo ha sido fulminado
por Yeohveh. Y vosotros con Él.
También hay quien, con falsa piedad, dice:
-Dejadlos tranquilos. Han recapacitado y se han arrepentido; demasiado tarde, pero a tiempo de huir en el momento
justo.
Y hay quien enardece a la masa popular (en general compuesta por mujeres, que parecen propensas a ponerse de la
parte de los apóstoles), diciendo:
-A vosotros, a los que todavía dudáis de nuestra justicia: os sirva de luz lo que han hecho los más leales seguidores del
Nazareno. Si hubiera sido Dios, los habría fortalecido. Si ellos lo hubieran conocido como al verdadero Mesías, no habrían huido,
porque habrían pensado que una fuerza humana no podía vencer al Cristo. Sin embargo, Él ha muerto en la presencia del
pueblo. Y en vano ha sido robado su cadáver, tras haber agredido a los soldados que estaban de guardia y se habían dormido.
Preguntádselo a los soldados, si fue o no así. El ha muerto y su gente está desperdigada. Y grande es ante los ojos del Altísimo el
que libera el suelo santo de Jerusalén de los últimos vestigios suyos. ¡Maldición a los seguidores del Nazareno! ¡Echemos mano a
las piedras, oh pueblo santo, y sean lapidados éstos fuera de las murallas!
Es demasiado para la todavía poco estable valentía de los apóstoles. Ya se habían retirado bastante hacia las murallas
para no fomentar la algarada con un imprudente desafío a los acusadores. Pero ahora, más que la prudencia, lo que vence es el
miedo. Y vuelven las espaldas y se salvan huyendo en dirección a la puerta. Santiago 1e Alfeo y Santiago de Zebedeo, con Juan,
Pedro y el Zelote, más serenos y dueños de sí mismos, siguen a sus compañeros sin correr. Alguna piedra los alcanza antes de
salir por la puerta, y sobre todo, son alcanzados por muchas porquerías.
Los soldados que están de guardia y salen de sus sitios impiden que los sigan más allá de las murallas. Pero los apóstoles
corren, corren, y se refugian en el huerto de José, donde estaba el Sepulcro.
Hay serenidad y silencio en ese lugar. Suave es la luz bajo los árboles, que en esos días han echado hojas, todavía
escasas, pero tan esmeraldinas, que proyectan un velo de color suave bajo los robustos troncos. Se echan al suelo para calmarse
de las fuertes palpitaciones. En el fondo del huerto un hombre está cavando, y recalzando verduras, ayudado por un jovencito.
No los ve -se han escondido detrás de un seto- sino cuando, después de haber escrutado el cielo y dicho fuerte: «Ven, José, y
trae al burro para atarle a la noria», se dirige hacia ellos, a un rústico pozo escondido entre un grupo de zarzas que le dan
sombra.
-¿Qué hacéis? ¿Quiénes sois? ¿Qué queréis en el huerto de José de Arimatea? Y tú, necio, ¿por qué dejas abierta la
cancilla que José quiere que esté cerrada, ahora que la ha puesto? ¿No sabes que no quiere a nadie aquí donde fue sepultado el
Señor?
Digo la verdad: envuelta en la pena de asistir a la sepultura de Jesús y en el estupor de la Resurrección, nunca me había
percatado de si este huerto, además de la cerca de un seto verde de bojes y zarzas, tenía o no una cancilla; pero, en efecto, creo
que haya sido colocada hace poco porque está completamente nueva y la sostienen dos machones cuadrangulares cuyo
revoque no presenta señales de largo tiempo. José también, como Lázaro, ha cerrado los lugares santificados por Jesús.
Juan se alza, junto con el Zelote y Santiago de Alfeo, y, sin miedo, dice:
-Somos los apóstoles del Señor. Yo, Juan; éste, Simón, amigo de José; y éste, Santiago, hermano del Señor. El Señor nos
había llamado al Gólgota y habíamos ido. Nos dio la orden de ir a la casa donde está su Madre. La muchedumbre nos ha
acosado. Hemos entrado aquí en espera de la noche...
-Pero... ¿estás herido? ¡Y también tú! ¡Y tú! Venid que os cure ¿Tenéis sed?, ¿hambre? Tú, rápido, saca agua. La primera
agua es pura, luego los cangilones la ponen fangosa. Y da de beber. Y luego lava algunas lechugas de esas frescas y alíñalas con el
aceite que tenemos para fajar los injertos. No tengo más cosas que daros. No tengo casa aquí. Pero, sí esperáis, os llevo
conmigo...
-No. No. Tenemos que ir donde el Señor. Que Dios te lo pague.
Beben y se dejan curar. Todos tienen heridas en la cabeza. ¡Apuntan bien los judíos!
-Ve al camino tú y mira a ver sí hay alguno merodeando, pero sin levantar sospechas - le ordena el hortelano al
muchacho.
Éste vuelve y dice:
-Nadie, padre. El camino está desierto.
-Ve a dar una ojeada hacia la puerta y vuelve rápidamente.

Arranca unos tallos de anís y los ofrece, disculpándose por no tener más que legumbres, lechuga y esos anises; y es que
-dice- los árboles frutales han perdido las flores muy recientemente.
Vuelve el muchacho.
-Nadie, padre. El camino, fuera de la puerta, está vacío.
-Vamos entonces. Ata el burro al carro y echa encima las hierbas de la mondadura. Pareceremos hombres que vuelven
de los campos. Venid conmigo. Alargaréis el camino... pero es mejor que las pedradas.
-En todo caso, tendremos que entrar en la ciudad...
-Sí. Pero entraremos por otra parte, por callejuelas no expuestas. Venid seguros.
Cierra con una llave grande la sólida cancilla. Ofrece a los más mayores que suban al carro. Da azadas y rastrillos a los
otros. Carga a Tomás con un haz de mondadura y con un atado de hierba a Juan
Y se da a caminar seguro, orillando las murallas en dirección al sur.
-Pero, tu casa... Esto está desierto.
-La casa está allá, en el otro lado, y no se escapa. La mujer esperará. Primero sirvo a los siervos del Señor.
Los mira...
-¡Todos cometemos errores! ¡Yo también tuve miedo! Y todos somos odiados por su Nombre. También José. Pero ¿qué
importa? Dios está con nosotros. ¿La gente?... Odia y ama, ama y odia. ¡Además, lo que hoy hace lo olvida mañana! Claro... ¡si
no estuvieran esas hienas!... Son ellos los que incitan a la gente. Están enfurecidos porque ha resucitado ¡Si se presentara en un
pináculo del Templo para dar seguridad al pueblo de que ha resucitado! ¿Por qué no lo hace? Yo creo. Pero no todos saben
creer. Y ellos pagan bien a los que dicen al pueblo que su cadáver ha sido robado; que vosotros lo habéis robado, ya
descompuesto, y lo habéis sepultado o quemado en una gruta de Josafat.
Ya están en el lado sur de la ciudad, en el valle de Hinnón.
-Ahí está la Puerta de Sión. ¿Sabéis ir desde allí a la casa? Está a un paso.
-Sabemos. Que Dios esté contigo por tu bondad.
-Para mí seguís siendo los santos del Maestro. Hombres sois y hombre soy. Sólo Él es más que Hombre y pudo no
temblar. Sé comprender y compadecerme. Y digo que vosotros, hoy débiles, mañana seréis fuertes. La paz a vosotros.
Los libera de hierbas y herramientas agrícolas y se vuelve, mientras los apóstoles, rápidos como liebres, entran en la
ciudad y, por callejuelas periféricas, a hurtadillas, van hacia la casa del Cenáculo.
Pero las peripecias de ese día no han terminado todavía. Un grupo de legionarios dirigidos hacia la cercana taberna se
cruza con ellos. Uno de los legionarios los observa e indica su presencia a los otros. Y se ríen todos. Y, cuando estos pobres,
maltratados discípulos se ven obligados a pasar por delante de ellos, uno de los soldados que están apoyados en la puerta los
apostrofa:
-¡Hala... ¿no os ha lapidado el Calvario y han atinado los hombres?! ¡Por Júpiter! ¡Os creía más valientes! Y creía que no
teníais miedo a nada... porque como os habíais atrevido a subir allá... ¿No os han echado en cara las piedras del monte vuestra
cobardía? ¿Tanto valor habéis tenido que habéis subido? Siempre he visto a los culpables huir de los lugares que recuerdan la
culpa. La Némesis los sigue. Pero quizás a vosotros os ha llevado hasta allá arriba para haceros temblar de horror, hoy, porque
no quisisteis temblar de piedad entonces.
Una mujer -quizás es la dueña de la taberna- se asoma a la puerta y se ríe. Tiene una cara de fascinerosa que mete
miedo, y grita fuerte:
-¡Mujeres hebreas, mirad lo que brota de vuestras entrañas: cobardes perjuros que salen de sus madrigueras cuando el
peligro ha terminado! ¡El vientre romano sólo concibe héroes! ¡Venid, vosotros, a beber por la grandeza de Roma!¡Vino selecto
y hermosas jóvenes!... - se adentra, seguida por los soldados, en su antro oscuro.
Una hebrea mira -alguna mujer está en la calle, con las ánforas; ya se oye el gorgoteo de la fuente cercana a la casa del
Cenáculo- y siente compasión. Es una mujer anciana. Dice a sus compañeras:
-Han errado... Pero todo un pueblo ha errado.
Se acerca a los apóstoles y los saluda:
-La paz a vosotros. Nosotras no olvidamos... Sólo queremos saber si verdaderamente ha resucitado el Maestro.
-Ha resucitado. Lo juramos.
-Pues entonces no temáis. Él es Dios, y Dios vencerá. Paz a vosotros, hermanos. Y decid al Señor que perdone a este
pueblo.
-Y vosotras orad para que el pueblo a nosotros nos perdone y olvide el escándalo que hemos dado. Mujeres, a vosotras,
yo, Simón Pedro, os pido perdón.
Pedro llora...
-Somos madres y hermanas y esposas, hombre. Tu pecado es el de nuestros hijos, hermanos y maridos. ¡Que el Señor
tenga piedad de todos!
Los han acompañado a la casa estas mujeres compasivas, y ellas mismas llaman a la puerta cerrada. Abre la puerta
Jesús, llenando el espacio oscuro con su Cuerpo glorificado, y dice:
-Paz a vosotras por vuestra piedad.
Las mujeres están petrificadas por el estupor. Se quedan así, hasta que la puerta vuelve a cerrarse tras los apóstoles y el
Señor. Entonces vuelven en sí.
-¿Lo has visto? Era Él. ¡Qué hermoso! Más que antes. ¡Y vivo! ¡Ciertamente no era un fantasma! Un hombre verdadero.
¡La voz! ¡La sonrisa! Movía las manos. ¿Has visto qué rojas estaban las heridas? No, miraba que su pecho respiraba exactamente
igual que el de un vivo. ¡Que no nos vengan a decir que no es verdad! ¡Vamos! ¡Vamos a decirlo por las casas! No. Vamos a

llamar aquí para verlo otra vez. ¿Qué piensas tú? Es el Hijo de Dios, resucitado. ¡Ya es mucho el que se haya mostrado a
nosotras, pobres mujeres! Está con su Madre y las discípulas y los apóstoles. No. Sí...
Vencen las prudentes y el grupo se aleja.
Jesús, entretanto, ha entrado con sus apóstoles en el Cenáculo. Los observa. Sonríe. Ellos, antes de entrar en casa, se
han quitado las prendas que cubrían como vendas sus cabezas y se las han puesto como impone el uso normal. Las moraduras,
por tanto, no se ven. Se sientan, cansados y silenciosos; más afligidos que cansados.
-Habéis tardado - dice Jesús con dulzura.
Silencio.
-¿No me decís nada? ¡Hablad! Soy Jesús también ahora. ¡Ya ha cedido vuestra intrepidez de hoy?
-¡Oh, Maestro! ¡Señor! - grita Pedro cayendo de rodillas a los pies de Jesús - No ha cedido nuestra intrepidez. Pero nos
abate el constatar el daño que hemos causado a tu Fe. ¡Estamos machacados!
-Muere el orgullo, nace la humildad. Surge el conocimiento, crece el amor. No temáis. Estáis haciéndoos apóstoles
ahora. Esto es lo que Yo quería.
-¡Pero no vamos a poder hacer ya nada! ¡El pueblo, y tiene razón, se burla de nosotros! Hemos destruido tu obra.
¡Hemos destruido tu Iglesia!
Están llenos de angustia. Gritan, gesticulan...
Jesús está majestuosamente sereno. Dice, ayudando a sus palabras con el gesto:
-¡Tened paz! Ni el infierno
destruirá mi Iglesia. No hará perecer el edificio la inestabilidad de una piedra aún no bien asegurada. ¡Tened paz! Haréis, haréis
cosas bien hechas, porque ahora os conocéis humildemente en vuestra verdadera realidad, porque ahora poseéis una gran
sabiduría: la de saber que todo acto tiene muy vastas repercusiones, a veces imborrables, y que quien está arriba -recordad lo
que dije de la luz, que debe ponerse en un lugar alto para que sea vista, pero, precisamente porque todos la ven, debe tener una
llama pura-, que quien está arriba, más que quien no lo está, tiene el deber de ser perfecto. ¿Veis, hijos míos? Lo que, si lo hace
un fiel, pasa desapercibido o es excusable no pasa desapercibido y severo es el juicio del pueblo si lo hace un sacerdote. Pero
vuestro futuro borrará vuestro pasado. No os he dicho nada en el Gólgota, sino que he dejado que el mundo hablara. Yo os
consuelo. ¡Ánimo, no lloréis! Comed y bebed ahora, y dejad que os cure, así.
Toca levemente las cabezas heridas. Luego dice:
-Pero conviene que os alejéis de aquí. Por eso he dicho: "Id, orantes, al Tabor". Podréis estar en los pueblos cercanos y
subir a cada amanecer a esperarme.
-Señor, el mundo no cree que hayas resucitado - dice en tono bajo Judas Tadeo.
-Convenceré al mundo. Os ayudaré a vencer al mundo. Vosotros sedme fieles. No pido más. Y bendecid a quien os
humilla, porque os santifica.
Parte el pan, lo divide en partes, lo ofrece y distribuye:
-Éste es mi viático para los que os marcháis. Allí he preparado ya el alimento para mis peregrinos. Haced también esto
en el futuro con aquellos de entre vosotros que se pongan en viaje. Sed paternos con todos los fieles. Todo lo que Yo hago, o
hago que hagáis, hacedlo vosotros también. También el ir al Calvario, meditando y moviendo a meditar en la vía dolorosa,
hacedlo en el futuro. ¡Contemplad! Contemplad mi dolor. Porque por él, no por la presente gloria, os he salvado. Allí está Lázaro
con sus hermanas. Han venido a saludar a mi Madre. Id vosotros también, porque mi Madre se va a marchar pronto en el carro
de Lázaro. La paz a vosotros.
Se levanta y, rápidamente, sale.
-¡Señor! ¡Señor! - grita Andrés.
-¿Qué quieres, hermano? - le pregunta Pedro.
-Quería pedirle muchas cosas. Hablarle de los que piden curaciones... ¡No sé! ¡Cuando está en medio de nosotros ya no
sabemos decir nada! - y sale corriendo en busca del Señor.
-¡Es verdad! ¡Estamos como desmemoriados! - convienen en ello todos.
-¡Pues es muy bueno con nosotros! ¡Nos ha llamado "hijos" con una dulzura tal, que me ha abierto el corazón! exclama Santiago de Alfeo.
-¡Pero es tan... Dios, ahora!... Tiemblo cuando lo tengo cerca, como si estuviera junto al Santo de los Santos - dice Judas
Tadeo.
Vuelve Andrés:
-Ya no está. El espacio, el tiempo, las paredes, están bajo su dominio.
-¡Es Dios! ¡Es Dios! - dicen todos, y permanecen en actitud de gran veneración...

632
Apariciones a varias personas en distintos lugares.
I. A la madre de Analía.
Elisa, la madre de Analía, llora desconsoladamente en su casa, cerrada dentro de un cuarto de reducidas dimensiones,
donde hay una cama pequeña sin cobertores, que quizás es la de Analía. Tiene la cabeza relajada sobre los brazos, desmayados a
su vez, extendidos sobre la cama como para abrazarla por entero. El cuerpo pesa, desfallecido, sobre las rodillas. Lo único
vigoroso es su llanto.
Poca luz entra por la ventana abierta. El día ha renacido hace poco. Pero una luz viva brilla cuando entra Jesús.

Digo "entra" para expresar que está en el cuarto, mientras que antes no estaba. Y lo diré siempre así para significar sus
apariciones en lugares cerrados, sin repetirme respecto a cómo Él se descubre tras una gran luminosidad que recuerda a la de la
Transfiguración, tras un fuego blanco -se me permita la comparación- que parece licuar paredes y puertas para permitirle entrar
con su verdadero, respirador, sólido Cuerpo glorificado (un fuego, una luminosidad que se repliega sobre Él y lo oculta cuando se
marcha). Después, adquiere el aspecto hermosísimo de Resucitado, pero Hombre, verdaderamente Hombre, de una belleza
centuplicada respecto a la que ya tenía antes de la Pasión. Es Él, pero glorioso, Rey.
-¿Por qué lloras, Elisa?
No sé cómo la mujer no reconoce esa Voz inconfundible. Quizás el dolor la aturde. Responde como si hablara con un
pariente que, quizás, ha ido donde ella después de la muerte de Analía.
-¿Has oído ayer por la tarde a esos hombres? Él no era nada. Poder mágico, no divino. Y yo que me resignaba a la
muerte de mi hija figurándomela amada por un Dios, en paz... ¡Me lo había dicho!... - llora aún más fuerte.
-Pero muchos lo han visto resucitado. Sólo Dios puede resucitarse por sí mismo.
-Esto se lo dije yo también a los de ayer. Tú lo oíste. Me opuse a sus palabras, porque sus palabras significaban la
muerte de mi esperanza, de mi paz. Pero ellos -¿lo oíste?-, ellos dijeron: "No es más que una comedia de sus seguidores, para no
reconocer su falta de cordura. Él está muerto y bien muerto, y ya en estado de descomposición han robado su cadáver y lo han
destruido, y dicen que ha resucitado". Esto dijeron... Y también dijeron que por eso el Altísimo ha mandado el segundo
terremoto, para hacerles sentir su ira por su sacrílego embuste. ¡Oh, ya no tengo consuelo!
-Pero si vieras al Señor resucitado, con tus ojos, y lo palparas con tus manos, ¿creerías?
-No soy digna de ello... Pero ¡claro que creería! Me bastaría con verlo. No me atrevería a tocar sus Carnes, porque, si así
fuera, serían carnes divinas, y una mujer no puede acercarse al Santo de los Santos.
-¡Alza la cabeza, Elisa, y mira quién tienes delante!
La mujer alza la cabeza cana, alza la cara desfigurada por el llanto, y ve... Cae más aún su cuerpo, gravitando más en los
talones; se restriega los ojos; abre la boca, por un grito que quiere subir pero que el estupor estrangula en la garganta...
-Soy Yo. El Señor. Toca mi Mano. Bésala. Me has sacrificado tu hija. Lo mereces. Y halla de nuevo, en esta Mano, el beso
espiritual de tu hija. Está en el Cielo. Bienaventurada. Dirás esto a los discípulos, y se lo dirás este día.
La mujer está tan arrobada, que no se atreve a llevar a cabo ese gesto. Es Jesús mismo el que le aprieta la punta de sus
dedos contra los labios.
-¡Oh! ¡¡¡Verdaderamente has resucitado!!! ¡Feliz! ¡Soy feliz! ¡Bendito seas, Tú que me has consolado!
Se inclina para besarle los pies, y lo hace, y se queda así.
La luz sobrenatural envuelve en su esplendor a Cristo y la habitación queda vacía de Él; pero la madre tiene el corazón
lleno de inquebrantable certeza.
II. A María de Simón, en Keriot, con Ana, madre de Yoana, y el anciano Ananías.
Es la casa de Ana, madre de Yoana; la casa de campo donde Jesús, acompañado de la madre de Judas, obró el milagro
de la curación de Ana. También aquí una habitación, y una mujer que yace sobre un lecho; irreconocible ella, de tan desfigurada
como está a causa de una mortal angustia. Su rostro aparece consumido, devorado por la fiebre que enciende los pómulos,
salientes de tan ahondados como están los carrillos. Los ojos, dentro de un círculo negro, rojos de fiebre y llanto, están
semicerrados bajos los párpados hinchados. Donde no hay enrojecimiento de fiebre hay amarillez intensa, verdastra, como por
bilis esparcida en la sangre. Los brazos descarnados, las manos afiladas, están desmayados sobre las mantas que un veloz jadeo
levanta.
Junto a la enferma, que no es sino la madre de Judas, está la madre de Yoana, Ana, secando lágrimas y sudor, agitando
un abanico, cambiando en la frente y la garganta de la enferma paños impregnados en un vinagre aromatizado, acariciando a la
enferma las manos y los sueltos cabellos, esos cabellos que, en poco tiempo, han pasado a ser más blancos que negros y que
están esparcidos sobre la almohada o aglutinados por el sudor tras las orejas ahora transparentes. Y llora también Ana, diciendo
palabras de consuelo:
-¡Así no, María! ¡Así no! ¡Basta! Él... él ha pecado. Pero tú, tú sabes cómo el Señor Jesús...
-¡Calla! Ese Nombre... diciéndomelo a mí... se profana... ¡Soy la madre... del Caín… de Dios! ¡Ay!
El llanto quedo se transforma en extremo, lacerante sollozo. La mujer siente ahogarse, se agarra al cuello de su amiga,
que la socorre; un vómito bilioso le sale por la boca.
-¡Cálmate! ¡Cálmate, ¡María! ¡Así no! ¡Oh!, ¿qué puedo decirte para convencerte de que Él, el Señor, te quiere? ¡Te lo
repito! ¡Te lo juro por las cosas para mí más santas: por el Salvador y por mi hija! Él me lo dijo cuando lo condujiste a mí. Él tuvo
para ti palabras y detalles de un amor infinito. Tú eres inocente. Él te quiere. Estoy segura, segura estoy de que se entregaría
otra vez por darte paz, pobre madre mártir.
-¡Madre del Caín de Dios! ¿Oyes? El viento, ahí afuera... lo dice... Va por el mundo la voz... la voz del viento, y dice:
"María de Simón, madre de Judas, el que traicionó al Maestro y lo entregó a sus crucifixores". ¿Oyes? Todo lo dice... El arroyo,
ahí afuera... Las tórtolas... las ovejas... Toda la Tierra grita que soy yo... No, no quiero curarme. ¡Morir es lo que quiero!... Dios es
justo y no descargará su mano contra mí en la otra vida. Pero aquí, no. El mundo no perdona... no distingue... Me vuelvo loca
porque el mundo grita...: "¡Eres la madre de Judas!".
Vuelve a caer, exhausta, sobre la almohada. Ana la coloca y sale para llevarse los paños ya sucios...
María, con los ojos cerrados, exangüe después del esfuerzo realizado, gimiendo, dice:
-¡La madre de Judas!, ¡de Judas!, ¡de Judas!
Jadea. Luego continúa:
-Pero ¡qué es Judas? ¿Qué di a luz? ¿Qué es Judas? ¡Qué di...?

Jesús está en la habitación, que una trémula luz clarea (y es que todavía la luz del día es demasiado escasa como para
iluminar esta vasta habitación, en la que la cama está en el fondo, muy lejos de la única ventana que hay). Llama dulcemente:
-¡María! ¡María de Simón!
La mujer está casi en estado de delirio y no da relevancia a la voz. Está ausente, enajenada dentro de los torbellinos de
su dolor, y repite las ideas que obsesionan su cerebro, monótonamente, como el tictac de un péndulo:
-¡La madre de Judas! ¿Qué di a luz? El mundo grita: "¡La madre de Judas!"...
Jesús tiene dos lágrimas en el lagrimal de sus ojos dulcísimos. Me asombran mucho. No creía que Jesús pudiera llorar
después de su resurrección...
Se agacha. ¡La cama es tan baja para Él tan alto...! Pone la mano en la frente febril, apartando los paños impregnados
en vinagre, y dice:
-Un desdichado. Esto. Nada más. Si el mundo grita, Dios cubre el grito del mundo diciéndote: "Ten paz, porque Yo te
quiero". ¡Pobre madre, mírame! Recoge tu espíritu desorientado y ponlo en mis manos. ¡Soy Jesús!...
María de Simón abre los ojos como saliendo de una pesadilla y ve al Señor, siente su Mano en su frente, se lleva las
manos temblorosas a la cara y, gimiendo, dice:
-¡No me maldigas! Si hubiera sabido lo que engendraba, me habría
arrancado las entrañas para impedir que naciera.
-Y habrías pecado. ¡María! ¡Oh, María! No te apartes de tu justicia por el pecado de otro. Las madres que han cumplido
con su tarea no deben considerarse responsables del pecado de sus hijos. Tú has cumplido con tu deber, María. Dame tus
pobres manos. Pobre madre, tranquilízate.
-Soy la madre de Judas. Impura estoy como todo lo que ese demonio tocó. ¡Madre de un demonio! No me toques.
Forcejea tratando de evitar las Manos divinas, que quieren sujetarla.
Las dos lágrimas de Jesús le caen a la mujer en la cara, que otra vez está encendida de fiebre.
-Yo te he purificado, María. Tienes en ti mis lágrimas de piedad. Por ninguno he llorado desde que consumí mi dolor.
Pero por ti lloro con toda mi amorosa piedad.
Ha logrado tomarle las manos y se sienta, sí, realmente se sienta en el borde la cama, y tiene esas manos temblorosas
entre las suyas.
La piedad amorosa de sus fúlgidos ojos acaricia, envuelve, a la infeliz, que se calma y llora quedamente, y susurra:
-¿No me guardas rencor?
-Te tengo amor. He venido por esto. Ten paz.
-¡Tú perdonas! ¡Pero el mundo! ¡Tu Madre! Me odiará.
-Ella piensa en ti como en una hermana. El mundo es cruel. Es verdad. Pero mi Madre es la Madre del Amor, y es buena.
Tú no puedes ir por el mundo, pero Ella vendrá a ti cuando todo esté en paz. El tiempo pacifica...
-Hazme morir, si me quieres...
-Todavía un poco. Tu hijo no supo darme nada. Tú dame un tiempo de tu sufrimiento. Será breve.
-Mi hijo te dio demasiado... Te dio el horror infinito.
-Y tú el dolor infinito. El horror ha pasado. Ya no tiene utilidad Tu dolor sí; se une a estas llagas mías, y tus lágrimas y mi
Sangre lavan al mundo. Todo el dolor se une para lavar al mundo. Tus lágrimas están entre mi Sangre y el llanto de mi Madre, y
alrededor está todo el dolor de los santos que sufrirán por Cristo y por los hombres, por amor mío y amor a los hombres. ¡Pobre
María!
La recuesta dulcemente, le cruza las manos, la mira mientras se tranquiliza...
Vuelve Ana. Se queda atónita en la puerta.
Jesús, que de nuevo se ha alzado, la mira diciendo:
-Has obedecido a mi deseo. Para los obedientes, paz. Tu alma me ha comprendido. Vive en mi paz.
Baja de nuevo los ojos hacia María de Simón, que lo mira detrás de un fluir de lágrimas ahora más serenas; y le sonríe y
le dice todavía:
-Pon todas tus esperanzas en el Señor. El te dará todas sus consolaciones.
La bendice y hace ademán de marcharse.
María de Simón emite un grito apasionado:
-¡Se dice que mi hijo te traicionó con un beso! ¿Es verdad, Señor? Si es así, deja que yo lo lave besándote las Manos.
¡No puedo hacer otra cosa! No puedo hacer otra cosa para borrar... para borrar...
El dolor le vuelve, más fuerte.
Jesús, ¡oh!, no es que le dé a besar las Manos -esas Manos que quedan semicubiertas por la ancha manga de la cándida
túnica, que pende hasta la mitad del metacarpo y esconde las heridas-, lo que hace es que toma la cabeza de la mujer entre sus
manos y se agacha para rozar con los labios divinos la frente ardiente de esta mujer desdichadísima entre todas las mujeres. Y al
alzarse le dice:
-¡Mis lágrimas y mi beso! Ninguno ha recibido tanto de mí. Quédate, pues, con la paz de saber que entre tú y Yo no hay
sino amor.
La bendice y, cruzando rápidamente la habitación, sale detrás de Ana, que no se ha atrevido a entrar ni a hablar, sino
que sólo llora de emoción. Pero, una vez en el pasillo que lleva a la puerta de casa, Ana se atreve a hablar, a hacer la pregunta
que tiene en su corazón:
-¿Mi Yoana?
-Desde hace quince días goza en el Cielo. No lo he dicho ahí porque demasiado grande es el contraste entre tu hija y su
hijo.
-¡Es verdad! ¡Gran congoja! Creo que morirá de ello.

-No. No enseguida.
-Ahora tendrá más paz. La has consolado. ¡Tú, Tú que más que nadie...!
-Yo que más que nadie me compadezco de ella. Yo soy la divina Compasión. Soy el Amor. Te digo, mujer, que hubiera
bastado con que Judas me hubiera dirigido una mirada de arrepentimiento para que le hubiera obtenido el perdón de Dios...
¡Qué tristeza hay en el rostro de Jesús!
La mujer se siente impresionada por esta tristeza. Palabras y silencio luchan en sus labios, pero es mujer, y la curiosidad
la vence. Pregunta:
-Pero fue una... un... Sí, lo que quiero decir es que si ese desdichado pecó de repente o...
-Hacía meses que pecaba. Y tan fuerte era su voluntad de pecar, que ninguna palabra mía ni acto mío valieron para
frenarlo. Pero no le digas esto a ella...
-¡No se lo diré!... ¡Señor! Fíjate, cuando Ananías, que en la misma noche de la Parasceve había huido de Jerusalén sin
siquiera concluir la Pascua, entró aquí gritando: "¡Tu hijo ha traicionado al Maestro y lo ha entregado a sus enemigos! Con un
beso lo ha traicionado. Y yo he visto al Maestro cargado de golpes y esputos, flagelado, coronado de espinas, cargando con la
cruz, crucificado y muerto por obra de tu hijo. Y los enemigos del Maestro gritan nuestro nombre con un repugnante sentido de
triunfo. Y se narran las hazañas de tu hijo, que ha vendido al Mesías por menos de lo que cuesta un cordero y lo ha señalado
ante la gente armada con un beso de traición", María cayó al suelo, ennegrecida de repente. Y el médico dice que se esparció su
hiel y se rompió su hígado, quedando corrompida toda su sangre. Y... el mundo es malo... ella tiene razón... Tuve que traerla
aquí, porque en Keriot se acercaban a la casa para gritar: "¡Tu hijo deicida y suicida! ¡Se ha ahorcado! Belcebú ha atrapado su
alma, y hasta ha ido por el cuerpo Satanás". ¿Es verdad que ha sucedido este horrendo prodigio?
-No, mujer. Fue hallado muerto colgado de un olivo...
-¡Ah! Y gritaban: "Cristo ha resucitado y es Dios. Tu hijo ha traicionado a Dios. Eres la madre del traidor de Dios. Eres la
madre de Judas". De noche, con Ananías y un criado fiel, el único que me ha quedado, porque ninguno ha querido permanecer
al lado de ella... la traje aquí. Pero María oye esos gritos en el viento, en el rumor de la tierra, en todo.
-¡Pobre madre! Es horrendo, sí.
-¿Pero ese demonio no pensó en esto, Señor?
-Era una de las razones que yo usaba para pararlo. Pero no fue eficaz. Judas, que nunca había amado con verdadero
amor ni a su padre ni a su madre ni a ningún prójimo suyo, llegó a odiar a Dios.
-¡Sí, nunca había amado!
-Adiós, mujer. Que mi bendición te conforte para soportar los ultrajes del mundo por tu piedad con María. Besa mi
mano. A ti te la puedo enseñar; a ella le habría hecho demasiado daño el ver esto-Retira la manga, descubriendo así la muñeca
traspasada.
Ana emite un gemido mientras roza apenas con los labios la punta de los dedos.
Se oye el ruido de una puerta que se abre y un grito ahogado:
-¡El Señor!
Un hombre ya entrado en años se arrodilla y permanece postrado.
-Ananías, bueno es el Señor. Ha venido a confortar a tu pariente y también a nosotros - dice Ana, que quiere también
confortar al anciano en su demasiada gran emoción.
Pero el hombre no se atreve a hacer movimiento alguno. Llora mientras dice: -Somos de una sangre horrible. No puedo
mirar al Señor.
Jesús se acerca a él. Le toca la cabeza y dice las mismas palabras ya dichas a María de Simón:
-Los parientes que han cumplido con su deber no deben considerarse responsables del pecado de su pariente. ¡Ánimo,
Ananías! Dios es justo. La paz a ti y a esta casa. Yo he venido y tú irás a donde te envío. Para la Pascua suplementaria los
discípulos estarán en Betania. Irás a ellos y les dirás que el duodécimo día después de su muerte viste en Keriot al Señor, vivo y
verdadero, en Carne y Alma y Divinidad. Te creerán, porque ya mucho he estado con ellos. Pero los confirmará en la fe en mi
Naturaleza divina el saber que estoy en todas partes en el mismo día. Y antes, hoy mismo, irás a Keriot y le pedirás al
arquisinagogo que reúna al pueblo, y dirás en presencia de todos que Yo he venido aquí, y que recuerden las palabras de mi
despedida. Te dirán: "¿Por qué no ha venido a nosotros?". Responderás así: "El Señor me ha dicho que os diga que, si hubierais
hecho lo que Él os había dicho que hicierais respecto a la madre no culpable, se habría mostrado. Habéis faltado contra el amor
y el Señor no se ha mostrado por eso". ¿Lo harás?
-¡Es difícil esto, Señor! ¡Difícil de hacer! Todos nos consideran leprosos del corazón... No me escuchará el arquisinagogo
y no me dejará que hable al pueblo. Quizás me pegue... De todas formas, puesto que Tú lo quieres, lo haré.
El anciano no alza la cabeza; habla permaneciendo inclinado en actitud de postración profunda.
-¡Mírame, Ananías!
El hombre alza un rostro trémulo de veneración.
Jesús refulge y está hermoso como en el Tabor... La luz lo cubre, celando su aspecto y su sonrisa... Y vacío de Él se
queda el pasillo, sin que ninguna puerta se haya movido para abrirle paso.
Los dos adoran, siguen adorando, en adoración viviente convertidos por la divina manifestación.
III. A los niños de Yuttá con su mamá Sara.
Es el huerto de la casa de Sara. Los niños juegan bajo los frondosos árboles. El más pequeño se revuelca junto a una
tupida hilera de vides; los otros, más mayores, corren unos tras otros con gritos de golondrinas festivas, jugando a esconderse
tras los setos y las vides y a descubrirse.


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