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Autor: Sailer, Leonardo

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Segundo año de la vida pública de Jesús
141
Yendo hacia Arimatea con los discípulos y con José de Emaús.
-

Señor, ¿qué vamos a hacer de éste? - pregunta Pedro a Jesús señalando al hombre - de nombre José - que los sigue
desde que han dejado Emaús y que ahora escucha a los dos hijos de Alfeo y a Simón, que se ocupan de él de modo particular.
Ya lo he dicho: viene con nosotros hasta Galilea.
-¿Y luego?...
-Luego... se quedará con nosotros; ya verás...
-¿También él discípulo? ¿Con ese pasado?
-¿También tú fariseo?
-¡No! Pero... lo que me parece es que los fariseos nos vigilan demasiado...
-Y si lo ven con nosotros nos crearán dificultades. Es lo que quieres decir, ¿no? ¿Y entonces, por temor a que nos
molesten, tendríamos que dejar a un hijo de Abraham a merced de su desolación? No, Simón Pedro; es un alma que puede
perderse o salvarse según el tratamiento que se dé a su profunda herida.
-¿Pero, ¿no somos nosotros ya tus discípulos?...
Jesús mira a Pedro y sonríe con finura. Luego responde:
-Te dije un día, hace muchos meses: "Vendrán otros muchos discípulos". E1 campo de acción es vastísimo; los obreros,
debido a esta vastedad, serán siempre insuficientes... y, también, porque muchos acabarán como Jonás: perdiendo su vida en el
duro trabajo. Pero vosotros seréis siempre mis predilectos - termina Jesús, arrimando a sí a este Pedro apurado que con la
promesa se ha tranquilizado.
-Entonces viene con nosotros, ¿no?
-Sí. Hasta que su corazón recobre la salud. Está envenenado de tanta animadversión como ha tenido que tragar. Está
intoxicado.
Santiago, Juan y Andrés alcanzan al Maestro y se ponen también a escuchar.
No podéis evaluar el inmenso mal que un hombre puede hacer a su congénere con una actitud de hostil intransigencia.
Os ruego que recordéis que vuestro Maestro fue siempre muy benigno con los enfermos espirituales. Sé que opináis que mis
mayores milagros y principal virtud se manifiestan en las curaciones de los cuerpos. No, amigos... Acercaos también los que vais
delante y los rezagados; el camino es ancho y podemos andar en grupo.
Todos se arriman a Jesús, que prosigue:
-Mis principales obras, las que más testifican mi naturaleza y mi misión, las en que recae, dichosa, la mirada de mi
Padre, son las curaciones de los corazones, tanto cuando son sanadoras de uno o varios vicios capitales como cuando eliminan la
desolación que abate el ánimo, persuadido de estar bajo sanción divina y abandonado de Dios.
¿Qué es un alma, si pierde la seguridad de la ayuda de Dios? Es como una delgada correhuela: no pudiendo seguir
aferrada a la idea que constituía su fuerza y dicha, se arrastra por el polvo. Vivir sin esperanza es horroroso. La vida es bonita dentro de sus asperezas - sólo si recibe esta onda de Sol divino. El fin de la vida es ese Sol. ¿Es lóbrego el día humano?, ¿está
empapado de llanto y signado con sangre? Sí. Pero saldrá el Sol. Se acabarán, entonces, dolor y separaciones, asperezas y odios,
miserias y soledades de momentos angustiosos, de momentos de ofuscación. Luminosidad, entonces, canto y serenidad, paz y
Dios, Dios, que es el Sol eterno. Fijaos qué triste está la Tierra cuando hay eclipse. Si el hombre dijese para sí: "El Sol ha muerto",
¿no le parecería, acaso, vivir para siempre en un oscuro hipogeo, como emparedado, enterrado, difunto antes de haber muerto?
¡Ah..., pero el hombre sabe que más allá de ese astro que oculta al Sol, que hace fúnebre al mundo, sigue estando el radiante Sol
de Dios! Así es el pensamiento de la unión con Dios durante una vida. ¿Hieren los hombres?, ¿despojan a otros de sus bienes?,
¿calumnian? Sí. Pero Dios medica, reintegra, justifica... ¡y con medida colmada! ¿Dicen los hombres que Dios te ha rechazado?
Bueno, ¿y qué?; el alma que se siente segura piensa, debe pensar: "Dios es justo y bueno, ve las causas de las cosas y es más
benigno, más que el mejor de los hombres, infinitamente benigno; por tanto, no me rechazará si apoyo mi rostro lloroso sobre
su pecho y le digo: “Padre, sólo Tú me quedas; tu hijo está desconsolado y abatido; dame tu paz...”.
Ahora Yo, el Enviado, el enviado por Dios, recojo a aquellos a quienes el hombre ha confundido, o han sido arrastrados
por Satanás, y los salvo. Ésta es mi obra, ésta es verdaderamente mía. El milagro obrado en los cuerpos es potencia divina, la
redención de los espíritus es la obra de Jesucristo, el Salvador y Redentor. Pienso, y no yerro, que estos que han encontrado en
mí su rehabilitación ante los ojos de Dios y los propios serán mis discípulos fieles, los que podrán arrastrar con mayor fuerza a las
turbas hacia Dios, diciendo: "¿Vosotros pecadores? Yo también. ¿Vosotros descorazonados? Yo también. ¿Vosotros
desesperados? También yo. Ved cómo, a pesar de todo, el Mesías ha tenido piedad de mi miseria espiritual y me ha querido
sacerdote suyo; porque El es la Misericordia y quiere que se persuada de ello el mundo (y nadie es más capaz de persuadir que
quien tiene propia experiencia)".
Yo, ahora, a éstos los uno a mis amigos y a los que me adoraron desde el momento de mi nacimiento, es decir, a
vosotros y a los pastores; los uno, en particular, a los pastores, a los curados, a aquellos que, sin especial elección como la de
vosotros doce, han entrado en mi camino y habrán de seguirlo hasta la muerte. En Arimatea está Isaac. Me ha pedido esto José,
amigo nuestro. Tomaré conmigo a Isaac para que se una a Timoneo, cuando llegue. Si prestas fe a que en mí hay paz y razón de
toda una vida, podrás unirte a ellos; serán para ti buenos hermanos».

-¡Oh, Consolación mía! Es exactamente como Tú dices. Mis grandes heridas, tanto de hombre como de creyente, se van
curando cada hora que pasa. Hace tres días que estoy contigo, y ya me parece como si eso que, hace sólo tres días, era mi
tormento fuera un sueño que se va desvaneciendo. Lo hice, sí, pero, ante tu realidad, cuanto más va pasando el tiempo, más va
perdiendo sus extremos cortantes. Estas noches he pensado mucho. En Joppe tengo un pariente que es bueno (aunque haya
sido causa involuntaria de mi mal, pues por él conocí a aquella mujer). Que esto te diga si podíamos saber de quién era hija...
¿De la primera mujer de mi padre? Sí, lo habrá sido, pero no de mi padre; llevaba otro nombre y venía de lejos. Conoció a mi
pariente por unas transacciones de mercancías. Yo la conocí así. Mi pariente ambiciona mis negocios. Y se los voy a ofrecer,
porque sin dueño se perderían. Los adquirirá. Incluso por no sentir todo el remordimiento de haber sido causa de mi mal... Así
podré bastarme y seguirte tranquilo. Sólo te pido que me concedas la compañía de este Isaac que nombras; tengo miedo de
estar solo con mis pensamientos: son demasiado tristes todavía...
-Te daré su compañía. Tiene buen corazón. El dolor lo ha perfeccionado. Ha llevado su cruz durante treinta años. Sabe
lo que es el sufrimiento... Nosotros, entretanto, continuaremos. Nos alcanzaréis en Nazaret.
-¿No nos vamos a detener en casa de José?
José está probablemente en Jerusalén... El Sanedrín tiene mucho que hacer. De todas formas lo sabremos por Isaac. Si
está, le llevaremos nuestra paz; si no, nos quedaremos sólo a descansar una noche. Tengo prisa de llegar a Galilea. Allí hay una
Madre que sufre - porque tenéis que pensar que hay a quien le apremia causarle dolor - y quiero confortarla.

142
Con los doce hacia Samaria
Jesús está con sus doce apóstoles. El paraje sigue siendo montuoso; no obstante, siendo suficientemente cómodo el
camino, van todos en grupo hablando entre sí.
-Ahora que estamos solos podemos decirlo: ¿por qué tanta rivalidad entre dos grupos? - dice Felipe.
-¿Rivalidad? ¡No es sino soberbia! - rebate Judas de Alfeo.
-No. Yo digo que es sólo un pretexto para justificar de algún modo su conducta injusta con el Maestro. Bajo el velo de
celo por el Bautista, logran alejarlo sin disgustar demasiado al pueblo - dice Simón.
-Yo los desenmascararía.
-Nosotros, Pedro, haríamos muchas cosas que Él no hace.
-¿Por qué no las hace?
-Porque sabe que lo correcto es no hacerlas. Nosotros sólo debemos seguirlo, no nos corresponde guiarlo. Y debemos
estar contentos de ello. Es gran descanso el tener sólo que obedecer...
-Has hablado bien, Simón - dice Jesús, que iba delante, pensativo - Es así, como has dicho; obedecer es más fácil que
mandar. No lo parece, pero es así. Bueno, claro, es fácil cuando el espíritu es bueno, como también es difícil mandar para un
espíritu recto; porque, si no es recto, ordena cosas descabelladas, o peor que descabelladas. En ese caso es fácil mandar y
mucho más difícil obedecer. Cuando uno tiene la responsabilidad de ser el primero en un lugar o en un conjunto de personas,
debe tener siempre presentes la caridad y la justicia, la prudencia y humildad, la templanza y la paciencia, la firmeza - pero sin
testarudez -. Es difícil, sí. Vosotros, por el momento, sólo tenéis que obedecer: a Dios y a vuestro Maestro.
Tú, y no sólo tú, te preguntas por qué hago o no ciertas cosas; te preguntas por qué Dios permite o no tales cosas. Mira,
Pedro, y todos vosotros, amigos míos. Uno de los secretos del perfecto fiel consiste en no autoelevarse nunca a interpelar a
Dios. "¿Por qué haces esto?": pregunta uno poco formado a su Dios, y parece como si se pusiera a representar el papel de un
adulto experimentado ante un escolar para decir: "Esto no se hace, es una necedad, un error". ¿Quién puede superar a Dios?
Como podéis ver, ahora me rechazan so pretexto de celo por Juan. Esto os escandaliza, y quisierais que rectificase el
error y me pusiera en actitud polémica contra quienes expresan esta razón. No. No. Jamás. Ya habéis oído lo que el Bautista, por
boca de sus discípulos, ha dicho: "Es necesario que Él crezca y yo merme". Es decir, no hay nostalgias, no hay un aferrarse a la
propia posición. El santo no se apega a estas cosas, no trabaja con vistas al número de fieles "propios"; no tiene fieles propios;
trabaja para aumentarle a Dios el número de fieles. Sólo Dios tiene derecho a tener fieles. Por tanto, de la misma forma que Yo
no me duelo de que, de buena o mala fe, algunos permanezcan con el Bautista, él tampoco se aflige - ya le habéis oído - por el
hecho de que discípulos suyos vengan a mí; está desapegado de estas pequeñeces numéricas. Pone su mirada en el Cielo, como
Yo. No estéis, entonces, litigando entre vosotros sobre si es justo o no que los judíos me acusen de arrebatarle discípulos al
Bautista, o sobre si es justo o no que estas cosas se dejen decir. Disputas de este tipo son propias de mujeres charlatanas en
torno a una fuente. Los santos se ayudan, se dan y se intercambian los espíritus con jovial facilidad, sonrientes por la idea de
trabajar para el Señor.
Yo he bautizado, es más, os he puesto a bautizar, porque tan pesado es, ahora, el espíritu, que es necesario presentarle
formas materiales de piedad, de milagro y de enseñanza. Por causa de esta pesantez espiritual tendré que recurrir a la ayuda de
cosas materiales cuando quiera que obréis milagros. Pero, creedlo, no estará en el aceite, ni en el agua, ni en ceremonias, la
prueba de la santidad. Se acerca el momento en que una impalpable cosa, invisible, inconcebible para los materialistas, será
reina, la "restablecida" reina, pudiente en todo lo santo, santa en toda cosa santa. Por ella el hombre quedará restablecido
como "hijo de Dios" y obrará lo que Dios obra, porque tendrá a Dios consigo.
La Gracia: ésta es la reina que está volviendo. Entonces el bautismo será sacramento. Entonces el hombre hablará y
comprenderá el lenguaje de Dios, y la Gracia dará vida y Vida, dará poder de ciencia y de potencia; entonces... ¡oh! ¡entonces!...

Pero todavía no tenéis la madurez suficiente para comprender lo que os va a conceder la Gracia. Os ruego que ayudéis su venida
con una continua obra de formación de vosotros mismos, y que abandonéis las cosas inútiles propias de hombres mezquinos...
Allá se ve el límite de Samaria. ¿Creéis acertado que me acerque a hablar?
-¡Oh!!
Todos, quién más, quién menos, se muestran escandalizados.
-En verdad os digo que por todas partes hay samaritanos. Si no tuviera que hablar donde hubiera un samaritano, no
debería hacerlo en ningún lugar. Venid, pues. No voy a intentar hablar, pero no rechazaré hablar de Dios si me lo piden. Un año
ha terminado, empieza el segundo; está a caballo entre el principio y el final. A1 principio predominaba el Maestro, ahora, fijaos,
se revela el Salvador; el final tendrá el rostro del Redentor. Vamos. El río aumenta de caudal a medida que se acerca a la
desembocadura; como Yo, que aumento la obra de misericordia porque la desembocadura está ya cerca».
-¿Después de la Galilea vamos a ir a algún río caudaloso? ¿A1 Nilo? ¿A1 Éufrates?- comentan algunos en voz baja.
-Quizás es que vamos a tierra de gentiles... - responden otros.
-No cuchicheéis. Nos dirigimos a mi desembocadura, o sea, hacia el cumplimiento de mi misión. Prestadme mucha
atención, porque después os dejaré, y debéis continuar en mi nombre.

143
La samaritana Fotinai
-Yo me paro aquí. Id a la ciudad. Comprad los alimentos necesarios. Comeremos en este lugar.
-¿Vamos todos?
-Sí, Juan. Es bueno que estéis en grupo.
-¿Y Tú? ¿Te quedas solo?... Son samaritanos...
-No serán los peores de entre los enemigos del Cristo. ¡Hala, poneos en camino! Yo oraré mientras os espero. Por
vosotros y por éstos.
Los discípulos se van a regañadientes. Tres o cuatro veces se vuelven a mirar a Jesús, que se ha sentado en una paredilla
soleada al lado del bajo y ancho brocal de un pozo (un pozo grande, tan ancho que parece casi una cisterna). En verano deben
darle sombra unos árboles grandes que ahora están deshojados. No se ve el agua, pero en el suelo, junto al pozo, hay signos
claros de haberla sacado: pequeños charcos y círculos de jarros húmedos.
Jesús se sienta y se pone a meditar en su acostumbrada posición: los codos apoyados sobre las rodillas; las manos hacia
adelante, unidas; el cuerpo levemente curvado; la cabeza inclinada hacia abajo. Luego, sintiendo el calor de un agradable
solecillo, se deja caer el manto de la cabeza y de los hombros y lo tiene recogido sobre su regazo.
Alza la cabeza para sonreír a una multitud de pájaros reñidores que se están disputando una migota que se le ha caído a
alguien junto al pozo.
De improviso, llega una mujer. Los pájaros huyen. Viene al pozo con un ánfora vacía sujeta de una de las asas con la
mano izquierda; la derecha separa con gesto de sorpresa el velo, para ver quién es el hombre que está sentado allí.
Jesús sonríe a esta mujer de unos treinta y cinco o cuarenta años, alta, de facciones fuertemente marcadas pero
bonitas. Un tipo de mujer que nosotros diríamos casi español: palidez aceitunada; labios muy encendidos y más bien túmidos;
ojos grandes, casi demasiado, y negros, bajo cejas muy espesas; trenzas, que se transparentan a través del ligero velo, de color
negro corvino. También las formas, más bien modeladas y llamativas, reflejan un marcado tipo oriental, levemente flexuoso,
como el de las mujeres árabes. Lleva un vestido de rayas multicolores, bien ceñido a la cintura, tirante en las caderas y pecho
pingües, para pender luego, en una especie de orla ondulante, hasta el suelo. Muchos anillos en las manos carnosas y morenitas,
muchas pulseras en las muñecas que despuntan bajo las bocamangas de lino. En el cuello lleva un pesado collar, del que cuelgan
medallas (yo diría amuletos, pues son de las más variadas formas). Pesados pendientes, que brillan bajo el velo, caen hasta la
altura del cuello.
-La paz sea contigo, mujer. ¿Me das de beber? He andado mucho y tengo sed.
-¿Pero no eres judío? ¿Me pides de beber a mí, que soy samaritana? ¿Qué ha sucedido? ¿Hemos sido rehabilitados, o
es que vosotros estáis disgregados? Sin duda algo grande ha sucedido, cuando un judío habla amablemente con una samaritana.
De todas formas, debería responderte: "No te doy nada, para castigar en ti todas las injurias que los judíos desde hace siglos nos
infligen".
-Así es: un gran acontecimiento. Como consecuencia, muchas cosas han cambiado, y más aún van a cambiar. Dios ha
otorgado un gran don al mundo y por él muchas cosas han cambiado. Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice:
"Dame de beber", quizás tú misma le pedirías de beber y Él te daría agua viva.
-El agua viva está en las venas de la tierra. Este pozo la tiene... pero es nuestro - La mujer se muestra burlona y
arrogante.
-El agua es de Dios, como también es de Dios la bondad, y la vida misma. Todo es de un único Dios, mujer. Y todos los
hombres vienen de Dios: tanto los samaritanos como los judíos. ¿No es éste el pozo de Jacob? ¿Jacob no es cabeza de nuestra
estirpe? Si luego un error nos ha dividido, ello no cambia el origen.
-¿Error nuestro, ¿verdad? - pregunta, agresiva, la mujer.
-Ni nuestro ni vuestro. Error de alguien que había perdido de vista caridad y justicia. No te estoy ofendiendo, ni
tampoco a tu raza ¿Por qué quieres tú mostrarte ofensiva?

-Eres el primer judío al que oigo hablar así. Los otros... Pero, respecto al pozo, sí, es el de Jacob y tiene tanta agua y tan
clara que los de Sicar la preferimos a las otras fuentes. De todas formas, es muy profundo, y no tienes ni ánfora ni odre; ¿cómo
podrías sacar para mí agua viva? ¿Eres, acaso, más que Jacob, nuestro santo patriarca, que encontró esta abundante agua para
él, para sus hijos y sus hatos de ganado, y que nos la dejó como don y recuerdo suyo?
-Tú lo has dicho. Mira, quien bebe de esta agua seguirá teniendo sed; Yo, en cambio, tengo un agua que si uno la bebe
no vuelve a sentir sed. Pero es sólo mía y la doy a quien me la pide. En verdad te digo que quien reciba esta agua que Yo le dé
quedará saciado para siempre y no volverá a tener sed, porque mi agua se hará en él manantial seguro, eterno.
-¿Cómo? No entiendo. ¿Eres un mago? ¿Cómo puede un hombre transformarse en un pozo? El camello bebe y se
aprovisiona de agua en su voluminoso vientre, pero luego la consume y no le dura toda la vida. ¿Y Tú dices que tu agua dura
toda la vida?
-Más que eso: saltará hasta la vida eterna. Fluirá hasta la vida eterna en quien la beba, y producirá semillas de vida
eterna, porque es surtidor de salud.
-Dame de esa agua si es verdad que la posees. Me canso viniendo hasta aquí. La tendré y no volveré a sentir sed, y no
enfermaré jamás ni me haré vieja.
-¿
Sólo de eso te cansas?, ¿de nada más? ¿Sólo sientes necesidad de sacar agua para beber, para tu pobre cuerpo?
Reflexiona. Hay algo que vale más que el cuerpo: el alma. Jacob no dio a los suyos y a sí mismo sólo el agua de la tierra, sino que
se preocupó de darse, y de dar, la santidad, el agua de Dios.
-Vosotros nos llamáis paganos. Si eso es verdad, no podemos ser santos...
La mujer ha perdido su tono petulante e irónico y ahora se muestra sumisa y ligeramente confundida.
-Un pagano puede también ser virtuoso. Dios, que es justo, le premiará el bien realizado. No será un premio completo,
pero sí te digo que entre un fiel en culpa grave y un pagano sin culpa Dios mira con menos rigor al pagano. ¿Y por qué, si sabéis
que lo sois, no vais al verdadero Dios? ¿Cómo te llamas?
-Fotinai.
-Pues, respóndeme, Fotinai: ¿Te duele el no poder aspirar a la santidad por el hecho de ser pagana - como tú dices -,
por vivir - como digo Yo - en la ofuscación de un antiguo error?
-Me aflige.
-¿Y entonces, ¿por qué no vives, al menos, como una virtuosa pagana?
-¡Señor! ...
-Sí. ¿Puedes, acaso, negarlo? Ve a llamar a tu marido y vuelve aquí con él.
-No tengo marido...
La confusión de la mujer crece.
-Tú lo has dicho: no tienes marido. Has tenido cinco hombres y ahora tienes contigo otro que tampoco es marido tuyo.
¿Era necesario esto? También tu religión desaconseja la impudicia. También tenéis vosotros el Decálogo. ¿Por qué vives así,
Fotinai? ¿No te sientes cansada de este esfuerzo de ser la carne de tantos, en vez de la honesta esposa de uno solo? ¿No tienes
miedo de cuando decline tu vida, de cuando te encuentres sola con tus recuerdos, con la amargura de lo pasado, con tus
temores? Sí, también con tu miedo, tu miedo a Dios y a los espectros. ¿Dónde están tus hijos?».
La mujer baja del todo la cabeza y calla.
-No los tienes aquí en la Tierra. Sin embargo, sus almitas, a las que has impedido conocer el día de la luz, te acusan;
siempre. Joyas... bonitos vestidos... casa rica... una mesa bien surtida... Sí, pero vacío y lágrimas y miseria interior. En realidad
eres una desvalida, Fotinai; sólo con un arrepentimiento sincero, a través del perdón de Dios - y como consecuencia, el de tus
hijos - puedes volver a ser rica.
-Señor, veo que eres profeta. Me avergüenzo...
-¿Ante el Padre que está en los Cielos no sentías vergüenza cuando hacías el mal? Pero... no llores de humillación ante
el Hombre... Ven aquí, Fotinai, junto a mí. Yo te hablaré de Dios. Quizás no lo conocías bien y por eso... sí, por eso has cometido
tantos errores; si hubieras conocido bien al verdadero Dios, no te habrías rebajado de este modo, Él te habría hablado y
sostenido...
-Señor, nuestros padres adoraron en este monte. Vosotros decís que sólo en Jerusalén se puede adorar. Pero, como Tú
dices, Dios es sólo uno. Ayúdame a ver dónde y cómo debo hacerlo...
-Mujer, créeme, está llegando la hora en que ni en el monte de Samaria ni en Jerusalén será adorado el Padre. Vosotros
adoráis a quien no conocéis, nosotros a quien conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Recuerda a los Profetas. Pero
llega la hora - es ésta - en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; no ya con el rito antiguo
sino con el nuevo, exento de sacrificios y hostias de animales consumidos por el fuego: el rito del sacrificio eterno de la Hostia
inmaculada consumida por el Fuego de la Caridad: culto espiritual del Reino espiritual, que será comprendido por aquellos que
sepan adorar en espíritu y en verdad. Dios es Espíritu y debe ser adorado espiritualmente.
-Dices santas palabras. Yo sé - también nosotros sabemos alguna cosa - que el Mesías va a llegar pronto; el Mesías,
llamado también "el Cristo". Cuando venga nos enseñará todo. Aquí cerca está el que dicen que es su Precursor; muchos van a él
a oírle. Pero es muy severo. Tú eres bueno. Las almas menesterosas no sienten miedo de ti. Yo creo que el Cristo será bueno. Lo
llaman Rey de la paz... ¿Tardará mucho en venir?
-Te he dicho que su tiempo es éste.
-¿Cómo lo sabes? ¿Eres discípulo suyo? El Precursor tiene muchos discípulos; también los tendrá el Cristo.
-Soy Yo, el que te está hablando, el Cristo Jesús.
-¡Tú!... ¡Oh!...
La mujer, que se había sentado junto a Jesús, se levanta y hace ademán de huir.

-¿Por qué quieres huir, mujer?
-Porque me da horror estar a tu lado. Tú eres santo...
-Soy el Salvador. He venido aquí - y no era necesario - porque sabía que tu alma estaba cansada de vagar. Ya te produce
náuseas tu alimento... He venido a darte uno nuevo, que te quitará las náuseas y la hartura... Allí vuelven mis discípulos, con mi
pan, pero el solo hecho de haberte dado estas migas iniciales de tu redención ya me ha alimentado.
Los discípulos miran a la mujer de soslayo, más o menos prudentemente, pero ninguno habla. Ella se marcha olvidando
agua y ánfora.
-Mira, Maestro - dice Pedro -, nos han tratado bien. Aquí hay queso, pan reciente, aceitunas y manzanas. Coge lo que
quieras. Esa mujer ha hecho bien dejando el ánfora; así será más rápido, que no con nuestros pequeños odres. Bebemos y luego
los llenamos, y así no tendremos que pedir nada a los samaritanos, no tendremos ni siquiera que acercarnos a sus fuentes. ¿No
comes? He buscado pescado para ti, pero no había. Quizás te hubiera gustado más. Te veo cansado y pálido.
-Tengo un alimento que vosotros no conocéis. Comeré de ése. Repondrá ampliamente mis energías.
Los discípulos se miran con ademán de querer preguntar.
Jesús responde a sus calladas preguntas.
-Mi alimento consiste en hacer la voluntad del que me ha enviado y consumar la obra que me ha encomendado.
Cuando un sembrador esparce la semilla, ¿puede pensar que ya ha hecho todo, como si hubiera cosechado? Ciertamente no.
¡Cuánto tendrá que hacer todavía para poder decir: "Mi obra está cumplida"! Hasta ese momento no podrá descansar. Fijaos en
estos campos bajo el alegre sol de la hora sexta. Hace sólo un mes, incluso menos, la tierra estaba desnuda, oscura por el agua
de las lluvias. Fijaos ahora: abundantes tallitos de trigo, recién brotados, de un verde tenuísimo, que, bajo esta intensa luz,
parece todavía más claro, la hacen blanquecina con el sutil velo con que la cubren, que es la mies futura. Vosotros, viéndolo,
decís: "Dentro de cuatro meses será la cosecha. Los sembradores tomarán consigo a los segadores; porque, aunque uno sea
suficiente para sembrar su propio campo, muchos son necesarios para segarlo. Ambas partes están contentas: tanto el que ha
sembrado un pequeño saquito de trigo y ahora debe preparar los graneros para guardarlo, como los que en pocos días ganan de
qué vivir para algunos meses". De la misma forma, en el campo del espíritu, los que recojan lo que por mí fue sembrado se
alegrarán conmigo, y como Yo, porque les daré mi salario y el fruto debido. Les daré de qué vivir en mi Reino eterno. Vosotros
sólo tenéis que recoger. Yo he hecho la parte más dura del trabajo; no obstante, os digo: "Venid, cosechad en mi campo;
contento me siento de que os carguéis de manípulos de mi trigo. Una vez que hayáis recogido todo mi trigo, sembrado por mí
por todas partes, infatigable, quedará cumplida la voluntad de Dios, y Yo me sentaré al banquete de la celeste Jerusalén". Allí
vienen los samaritanos con Fotinai. Mostrad caridad para con ellos. Son almas que se acercan a Dios.

144
Los samaritanos invitan a Jesús a Sicar
Viene hacia Jesús un grupo de notables samaritanos guiados por Fotinai.
-Dios sea contigo, Rabí. Esta mujer nos ha dicho que eres un profeta y que no te desdeñas de hablar con nosotros. Te
rogamos que nos concedas tu presencia y que no nos niegues tu palabra, porque... sí, es verdad que hemos sido amputados de
Judá, pero no hay por qué decir que sólo Judá sea santo y todo el pecado esté en Samaria; también hay justos entre nosotros.
-Este concepto se lo he expresado Yo también a esta mujer. No me impongo, pero tampoco me muestro reluctante si
alguien me busca.
-Eres justo. La mujer nos ha dicho que Tú eres el Cristo. ¿Es verdad? Respóndenos en nombre de Dios.
-Lo soy. La hora mesiánica ha llegado. Israel ha sido reunido por su Rey; y no sólo Israel.
-Pero Tú serás para quienes... no están en error como estamos nosotros - observa un anciano de porte grave.
-Hombre, te veo como cabeza de todos los presentes, y leo en ti una honrada búsqueda de la Verdad. Escúchame ahora
tú que estás instruido en las lecturas sagradas. A mí me fue dicho lo mismo que el Espíritu dijo a Ezequiel cuando le confirió una
misión profética: "Hijo del hombre, Yo te envío a los hijos de Israel, a los pueblos rebeldes que se han alejado de mí... Son hijos
de dura cerviz y corazón indomable... Quizás te escuchen, aunque sin hacer luego caso de tus palabras, que son mías.
Efectivamente, se trata de una casa rebelde. Pero, al menos, sabrán que entre ellos hay un profeta. No les tengas miedo. No te
asusten sus argumentaciones, porque son incrédulos y subversivos... Refiéreles mis palabras, te presten o no oídos. Haz lo que
te digo, escucha lo que te digo para no ser rebelde como ellos. Por tanto, come todo alimento que Yo te ofrezca". Y he venido.
No me hago falsas ilusiones, no pretendo ser acogido como un triunfador; pero, puesto que la voluntad de Dios es mi deleite, la
cumplo. Si queréis, os manifiesto las palabras que el Espíritu ha depositado en mí.
-¿Cómo es posible que el Eterno haya pensado en nosotros?
-Porque es Amor, hijos.
-No hablan así los rabíes de Judá.
-Pero sí os habla así el Mesías del Señor.
Está escrito que el Mesías había de nacer de una virgen de Judá. Tú, ¿de quién y cómo naciste?
-En Belén Efratá, de María de la estirpe de David, por obra de espiritual concepción. Quered creerlo.
La bonita voz de Jesús es un tañido de alegre triunfo al proclamar la virginidad de su Madre.
-Tu rostro resplandece con intensa luz. No, Tú no puedes mentir. Los hijos de las tinieblas tienen tenebroso el rostro,
turbada la mirada. Tú eres luminoso; tu mirada tiene la limpieza de una mañana de Abril, tu palabra es buena. Entra en Sicar, te
lo ruego, y adoctrina a los hijos de este linaje. Luego te marcharás... y nos acordaremos de la Estrella que rayó nuestro cielo...

-¿Y si la siguierais?... ¿Por qué no?
-Pero si no podemos, ¿no.
Hablan mientras se dirigen a la ciudad.
-Somos los separados, al menos así se dice. Hemos nacido con esta fe y no sabemos si es justo dejarla. Además... - sí,
contigo podemos hablar, lo percibo - además también nosotros tenemos ojos para ver y cerebro para pensar. Cuando, por viajes
o exigencias comerciales, pasamos a vuestra tierra, todo lo que vemos no es suficientemente santo como para persuadirnos de
que Dios esté con vosotros los de Judá, ni tampoco con vosotros los galileos.
-En verdad te digo que el no haberos persuadido, el no haberos conducido de nuevo a Dios - no con ofensas y
maldiciones, sino con el ejemplo y la caridad - le será imputado al resto de Israel.
-¡Cuánta sabiduría tienes! ¿Estáis oyendo?
Todos asienten con un murmullo de admiración.
Entretanto, han llegado a la ciudad. Muchas otras personas se acercan mientras se dirigen a una de las casas.
-Escucha, Rabí. Tú, que eres sabio y bueno, resuélvenos una duda; de ello puede depender buena parte de nuestro
futuro. Tú, que eres el Mesías - restaurador, por tanto, del reino de David -, debes sentir alegría de restablecer la unión, con el
cuerpo del Estado, de este miembro desgajado; ¿no?
-Me preocupo no tanto de reagrupar las partes separadas de una entidad caduca cuanto de conducir de nuevo a Dios a
todos los espíritus, y me siento dichoso cuando restauro la Verdad en un corazón. Pero... expón tu duda.
-Nuestros padres pecaron. Desde entonces Dios detesta a las almas de Samaria. Por tanto, aunque siguiéramos la vía
del Bien, ¿qué beneficios obtendríamos? Siempre seremos unos leprosos ante los ojos de Dios.
-Como todos los cismáticos, vuestro pesar es eterno; vuestra insatisfacción, perenne. Te respondo también con
Ezequiel. "Todas las almas son mías", dice el Señor - tanto la del padre como la del hijo -, pero morirá sólo el alma que haya
pecado. Si un hombre es justo, si no es idólatra, si no fornica, si no roba y no practica la usura, si tiene misericordia de la carne y
del espíritu de los demás, será justo ante mis ojos y tendrá vida verdadera. ¿Si un justo tiene un hijo rebelde, éste tendrá la vida
por haber sido justo su padre? No, no la tendrá. Y, si el hijo de un pecador es justo, ¿morirá como su padre por ser hijo suyo?
No; vivirá con eterna vida por haber sido justo. No sería justo que uno cargase con el pecado del otro. El alma que haya pecado
morirá, la que no haya pecado no morirá. Pero, aun quien haya pecado podrá tener la verdadera vida si se arrepiente y se une a
la Justicia. El Señor Dios, el único y solo Señor, dice: "No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y tenga la Vida".
Para esto me ha enviado, ¡oh hijos errantes!, para que tengáis la verdadera vida. Yo soy la Vida. Quien cree en mí y en quien me
ha enviado tendrá la vida eterna, aunque hasta este momento haya sido un pecador».
-Hemos llegado a mi casa, Maestro. ¿No sientes horror de entrar?
-Sólo me produce horror el pecado.
-Entra entonces, haz aquí un alto en tu camino. Compartiremos el pan, y luego, si no te es molestia, nos distribuirás la
palabra de Dios; dicha por ti tiene otro sabor... Nosotros tenemos aquí un tormento: el de no sentirnos seguros de estar en la
verdad...
-Todo se calmaría si os atrevierais a ir abiertamente a la Verdad. Que Dios hable en vosotros, ciudadanos. Pronto
anochecerá. No obstante, mañana, a la hora tercera, os hablaré largamente, si lo deseáis. Idos y que la Misericordia os
acompañe.

145
El primer día en Sicar
Jesús está hablando, desde el centro de una plaza, a mucha gente, concentrada en torno a Él. Habla subido al banco de
piedra que hay junto a la fuente. También están alrededor los doce, con unas caras... que reflejan consternación, o
incomodidad, o que expresan claramente la repulsión hacia ciertos contactos. Especialmente Bartolomé y el Iscariote muestran
abiertamente su contrariedad: para evitar lo más posible la cercanía de los samaritanos, el Iscariote se ha puesto a caballo en
una rama de un árbol, como queriendo dominar la escena; Bartolomé ha ido a apoyarse en un portal de un ángulo de la plaza. El
prejuicio está vivo y activo en todos.
Jesús se manifiesta con total normalidad; es más, yo diría que se está esforzando en no apabullar a los presentes con su
majestuosidad, tratando, de todas formas, al mismo tiempo, de hacerla resaltar para eliminar en ellos todo género de duda.
Acaricia a dos o tres pequeñuelos, de los cuales pregunta el nombre; se interesa personalmente de un anciano ciego, al que,
también personalmente, le da el óbolo; responde a dos o tres cuestiones que le plantean acerca de asuntos no generales sino
privados.
Uno de estos asuntos es la pregunta de un padre acerca de su hija, que se ha escapado de casa por amor y que ahora
solicita perdón.
-Concédele tu perdón inmediatamente.
-¡He sufrido por ello, Maestro! Y sigo sufriendo. En menos de un año he envejecido diez.
-El perdón te aliviará.
-No puede ser. La herida permanece.
-Es verdad, pero en esa herida hay dos espinas que hacen daño: una, la innegable afrenta que te ha infligido tu hija; la
otra es el esfuerzo por desamarla. Quita, al menos, ésta. El perdón, que es la forma más alta del amor, la sacará. Piensa, pobre

padre, que es una hija que ha nacido de ti y que siempre tiene derecho a tu amor. Si la vieras con una enfermedad corporal y
supieras que si no la cuidases tú, tú en persona, moriría, ¿la dejarías morir? Ciertamente no. Pues piensa entonces que tú, tú en
persona, con tu perdón, puedes atajar su mal y conducirla a la restauración de la salud del instinto; porque mira, en ella ha
tomado predominio el lado más vil de la materia.
-Entonces... ¿piensas que debo perdonar?
-Debes hacerlo.
-¿Pero cómo voy a resistir el verla en casa después de lo que ha hecho; cómo voy a ser capaz de no maldecirla?
-Sí así fuera, no habrías perdonado. El perdón no está en el acto de abrirle de nuevo la puerta de casa, sino en abrirle de
nuevo el corazón. Sé bueno, hombre. ¿No vamos a tener para con nuestra hija la paciencia que tenemos con el novillo indócil?
Una mujer, por su parte, presenta la cuestión de si haría bien casándose con su cuñado para dar un padre a sus
huerfanitos.
-¿Piensas que sería un verdadero padre?
-Sí, Maestro. Son tres varones. Necesitan un hombre que los guíe.
-Hazlo entonces, y sé esposa fiel como lo fuiste con el primero.
-El tercero le pregunta que si, aceptando la invitación que ha recibido de ir a Antioquía, haría bien o mal.
-¿Por qué quieres ir?
-Porque aquí no dispongo de medios ni para mí ni para mis muchos hijos. He conocido a un gentil que me contrataría,
porque me ha visto hábil en el trabajo; ofrecería también trabajo a mis hijos. Pero no querría... - te parecerá extraño un
escrúpulo en un samaritano pero lo tengo -, no querría que perdiésemos la fe. ¿Es que ese hombre es un pagano, ¿sabes?
-¿Y qué quieres decir con ello? Mira, nada contamina si uno no quiere ser contaminado. Ve tranquilamente a Antioquía
y sé del Dios verdadero. Él te guiará, y serás incluso el benefactor de ese patrón que conocerá a Dios a través de tu honradez.
Luego comienza a hablar a todos los presentes.
-He oído la voz de muchos de vosotros, y en todos he visto un secreto dolor, un pesar del que ni siquiera quizás os dais
cuenta; he visto que lloráis en vuestros corazones. Esto se ha ido acumulando durante siglos, y no son capaces de disolverlo ni
las razones que a vosotros mismos os decís ni las injurias que os lanzan; antes bien, cada vez más se endurece y pesa como nieve
que se solidifica en hielo.
Yo no soy vosotros, como tampoco soy uno de los que os acusan. Soy Justicia y Sabiduría. Una vez más, para solución de
vuestro caso, os cito a Ezequiel. Él, proféticamente, habla de Samaria y de Jerusalén llamándolas hijas de un mismo seno,
llamándolas Oholá y Oholibá (Ezequiel 23).
La que primero cayó en la idolatría fue la primera, de nombre Oholá, porque ya antes había quedado privada de la
ayuda espiritual de la unión con el Padre de los Cielos. La unión con Dios significa siempre salvación. Confundió erróneamente la
verdadera riqueza, la verdadera potencia, la verdadera sabiduría, con la pobre riqueza, potencia y sabiduría de uno que era
inferior a Dios, y más pequeño que ella misma; fue seducida por la riqueza, potencia y sabiduría de éste hasta el punto de que se
hizo esclava del modo de vivir del que la había seducido. Buscando ser fuerte, vino a ser débil. Buscando ser más, vino a ser
menos. Por imprudente enloqueció. Cuando uno, imprudentemente, se coge una infección, mucho le cuesta luego librarse de
ella. Diréis: "¿Menos? No. Nosotros fuimos grandes". Sí, grandes, pero ¿cómo?, ¿a qué precio? No lo ignoráis. ¿Cuántas mujeres
también consiguen la riqueza al precio tremendo de su honor? Adquieren una cosa que puede terminar y pierden algo que no
tiene fin: el buen nombre.
Oholibá, viendo que a Oholá su propia locura le había producido riqueza, quiso imitarla, y enloqueció más que Oholá,
además con doble culpa, porque tenía consigo al Dios verdadero y no habría debido pisotear jamás la fuerza que de esta unión
le venía: duro, tremendo castigo ha recibido - y más grande aún será - la doblemente desquiciada y fornicadora Oholibá. Dios le
volverá la espalda - ya lo está haciendo - para ir a los que no son de Judá. No se puede acusar a Dios de ser injusto porque no se
imponga. A todos abre los brazos, invita a todos; pero, si uno le dice: "Vete", se va. Busca amor, invita a otros, hasta que
encuentra a alguien que dice: "Voy". Por eso os digo que podéis hallar alivio a vuestro tormento, debéis hallarlo, pensando en
estas cosas.
¡Oholá vuelve en ti! Dios te llama. La sabiduría del hombre está en saberse enmendar; la del espíritu, en amar al Dios
verdadero y su Verdad. No fijéis vuestra mirada ni en Oholibá, ni en Fenicia, ni en Egipto, ni en Grecia. Mirad a Dios. Ésa es la
Patria de todo espíritu recto, y es el Cielo. No hay muchas leyes, sino una sola: la de Dios. Por ese código se tiene la Vida. No
digáis: "Hemos pecado"; decid más bien: "No queremos volver a pecar". La prueba de que Dios os sigue amando la tenéis en
esto: os ha enviado a su Verbo a deciros: "Venid". Venid, os digo. ¿Os injurian?, ¿os han proscrito?... ¿Quiénes?: seres
semejantes a vosotros. Considerad que Dios es mayor que ellos, y que os dice: "Venid". Llegará un día en que exultaréis por no
haber estado en el Templo... Con la mente exultaréis, y aún mayor será el gozo de los espíritus, porque el perdón de Dios habrá
descendido a los hombres de corazón recto dispersos por Samaria. Preparad su venida. Venid al Salvador universal, vosotros,
hijos de Dios que ya no sabéis hallar el camino.
-Nosotros iríamos, al menos algunos; los que no nos aceptan son los de la otra parte.
-Pues, citando de nuevo al sacerdote y profeta, os digo: "Yo tomaré el leño de José, que Efraím tiene en su mano, con
las tribus de Israel a él unidas, y lo uniré al de Judá para hacer de ellos un solo tronco...". No, no es al Templo; venid a mí; Yo no
rechazo a nadie. Yo soy aquel que fue llamado el Rey dominador de todos. Soy el Rey de los reyes. ¡Oh, pueblos todos que
deseáis ser purificados, Yo os purificaré! ¡Rebaños sin pastor, o con pastores ídolos, Yo os congregaré, porque soy el Pastor
bueno! Os daré el único tabernáculo que voy a poner en medio de mis fieles. Este tabernáculo será fuente de vida, pan de vida,
luz, salvación, protección, sabiduría; será todo, porque será el Viviente dado en alimento a los muertos para que vivan; será el
Dios que se efunde con su santidad para santificar. Esto soy y seré. El tiempo del odio, de la incomprensión, del temor, queda
superado. ¡Venid! ¡Ven, pueblo de Israel, pueblo separado, pueblo afligido, pueblo lejano, pueblo estimado; infinitamente

apreciado por estar enfermo, debilitado; infinitamente amado porque una flecha te ha abierto las venas del corazón y te ha
desangrado, ha extraído de tus venas la unión vital con tu Dios! ¡Ven al seno de donde naciste, al pecho de que recibiste la vida;
todavía hay para ti dulzura y calor...! ¡Siempre! ¡Ven! ¡Ven a la Vida y a la Salud!

146
El segundo día en Sicar. Jesús se despide de los samaritanos
Dice Jesús a los samaritanos de Sicar:
-Tengo otros hijos a quienes evangelizar. Tengo que dejaros. Pero antes quisiera abriros, fúlgidos, los caminos de la
esperanza, y llevaros a ellos y deciros: "Caminad seguros, que la meta es cierta". Hoy no voy a citar al gran Ezequiel, sino al
discípulo predilecto de Jeremías, grandísimo profeta.
Baruc habla por vosotros. Realmente toma vuestras almas y habla por todas ellas al sublime Dios que está en los Cielos,
las vuestras - no me refiero sólo a las de los samaritanos, sino a todas vuestras almas, ¡oh, estirpes del pueblo elegido caídas en
múltiple pecado! -, y también las vuestras, pueblos gentiles que sentís que entre los muchos dioses a los que adoráis hay un Dios
desconocido, un Dios al que vuestra alma siente único y verdadero, y que, no obstante, debido a vuestra pesantez no podéis
buscarlo para conocerlo como el alma quisiera. A1 menos una ley moral os había sido dada, ¡oh gentiles, oh idólatras!; porque
sois hombres y el hombre tiene en sí una esencia que viene de Dios y que se llama espíritu y que tiene siempre voz y consejos
elevados y empuja a vida santa. Vosotros la habéis sometido a la esclavitud de una carne viciosa, rompiendo la ley moral
humana - la que teníais - y viniendo a ser pecadores incluso humanamente, rebajando el concepto de vuestras fes y rebajándoos
a vosotros mismos a un nivel animalesco que os hace inferiores a los brutos.
Y, a pesar de todo, oís, todos, y comprendéis más - y como consecuencia actuáis - en la medida en que aumenta vuestra
cognición de la Ley de una moral sobrenatural que el verdadero Dios os ha dado.
Baruc (Baruc 2,16-18 y Baruc 2, 24-26) ora así: "Señor, míranos desde tu santa morada. Vuelve hacia nosotros tus oídos.
Escúchanos. Abre tus ojos y piensa que no serán los muertos que están en los infiernos - cuyo espíritu está separado de sus
entrañas - los que rindan honor y justicia al Señor, sino el alma afligida por la dimensión de las desventuras, que camina
encorvada y débil, con los ojos hacia el suelo; el alma hambrienta de ti, ¡oh Dios!, es la que te rinde gloria y justicia". Ésta es la
oración que debéis tener en vuestros corazones humillados con noble humildad, que no es degradación e indolencia sino
conocimiento exacto de la propia mísera situación y santo deseo de hallar el medio de mejorar espiritualmente.
Y Baruc llora humildemente, y todo justo debe llorar con él, viendo y nombrando con su verdadero nombre las
desventuras que han hecho triste, dividido y vasallo a un pueblo fuerte. "No hemos hecho - dice - caso de tu voz y has cumplido
las palabras que habías manifestado a través de tus siervos, los Profetas... Y han sacado de sus sepulcros los huesos de nuestros
reyes y de nuestros padres, los han arrojado al ardor del sol, al crudo frío de la noche; los habitantes de la ciudad han muerto
entre atroces dolores, de hambre, a espada, de peste. Has reducido al estado presente el Templo en que se invocaba tu
Nombre, a causa de la iniquidad de Israel y Judá.
No digáis, hijos del Padre: "Tanto nuestro Templo como el vuestro han surgido y resurgido y se yerguen espléndidos".
No. Un árbol abierto desde su ápice hasta sus raíces por un rayo no puede pervivir; podrá vegetar míseramente, presentar un
conato de vida en algunos rebrotes que nazcan de raíces que se resistan a morir... no pasará de ser un conjunto de ramajes
infructíferos; jamás volverá a ser opulento árbol de copiosos frutos sanos y delicados. Pues bien, el proceso de fragmentación
incoado con la separación se acentúa cada vez más a pesar de que materialmente la construcción no parezca lesionada; antes
bien, bella y nueva. Destruye las conciencias que en ella moran. Llegará la hora en que, apagada toda llama sobrenatural, le
faltará al Templo - altar de precioso metal que para subsistir debe ser mantenido en continua fusión por el calor de la fe y de la
caridad de sus ministros -, le faltará lo que constituye su vida; entonces, gélido, apagado, ensuciado, lleno de cadáveres, pasará
a ser podredumbre acometida, para ruina suya, por cuervos llegados de otras regiones y por el alud del castigo divino.
Hijos de Israel, orad, llorando, conmigo, vuestro Salvador. Que mi voz sostenga las vuestras y penetre - pues mi voz
tiene este poder - hasta el trono de Dios. Quien ora con el Cristo, Hijo del Padre, es escuchado por Dios, Padre del Hijo.
Elevemos la antigua, justa oración de Baruc (3, 1-7): "Y ahora, Señor omnipotente, ¡oh Dios de Israel!, toda alma
angustiada, todo espíritu henchido de ansiedad, eleva a ti su grito. Abre tus oídos, Señor, y ten piedad. Eres un Dios
misericordioso; ten piedad de nosotros, porque hemos pecado en tu presencia. Eternamente, ocupas tu trono; ¿debemos
nosotros perecer para siempre? Señor omnipotente, Dios de Israel, escucha la oración de los muertos de Israel y de sus hijos,
que han pecado en tu presencia. Ellos no prestaron oídos a la voz del Señor su Dios. Se nos han adherido sus males. No te
acuerdes de la iniquidad de nuestros padres; acuérdate, más bien, de tu poder y tu Nombre... Ten piedad, para que invoquemos
este Nombre y nos convirtamos de la iniquidad de nuestros padres".
Orad así y convertíos verdaderamente, volviendo a la sabiduría verdadera, que es la de Dios y se encuentra en el Libro
de los mandamientos de Dios y en la Ley, que dura eternamente y que ahora Yo, Mesías de Dios, traigo de nuevo, en su simple e
inalterable forma, a los pobres del mundo, anunciándoles la buena nueva de la era de la Redención, del Perdón, del Amor, de la
Paz. Quien crea en esta palabra alcanzará vida eterna.
0s dejo, habitantes de Sicar, que habéis sido buenos con el Mesías de Dios. Os dejo con mi paz.
-¡Quédate más tiempo!
-¡Vuelve!
-¡Ninguno nos volverá a hablar como lo has hecho Tú.

-¡Bendito seas, Maestro bueno!
-¡Bendice a mi pequeñuelo!
-¡Santo, ruega por mí!
-¡Déjame conservar un ribete de tu indumento como bendición!
-¡Acuérdate de Abel!
-¡Y de mí, Timoteo!
-¡Y de mí, Yorái!
-De todos. De todos. La paz descienda sobre vosotros.
Lo acompañan hasta unos centenares de metros fuera de la ciudad, y luego, muy despacio, se vuelven...

147
Curación de una mujer de Sicar y conversión de Fotinai
Jesús va caminando solo, casi rozando un seto de cácteas que, burlándose de todas las demás plantas desnudas,
resplandecen bajo el sol con sus carnosas paletas espinosas, en las que hay todavía algún fruto al que el tiempo ha dado un color
rojo ladrillo, o en que ya ríe alguna flor precoz amarilla con pinceladas de color bermellón.
Los apóstoles, detrás, cuchichean. No creo que estén verdaderamente alabando al Maestro.
En un momento dado, Jesús se vuelve de repente y dice:
-Quien está pendiente del viento no siembra, quien está pendiente de las nubes no recoge nunca. Es un refrán antiguo,
pero Yo lo sigo. Como podéis ver, donde temíais adversos vientos y no queríais deteneros, he encontrado terreno y modo de
sembrar. Y, a pesar de "vuestras" nubes, que, conviene que lo oigáis, no está bien que las mostréis donde la Misericordia quiere
mostrar su sol, estoy seguro de haber cosechado ya.
-Sí, pero ninguno te ha pedido un milagro. ¿Es una fe en ti muy extraña!
-Tomás, ¿crees que el hecho de pedir milagros es lo único que prueba que hay fe? Te equivocas. Es todo lo contrario.
Quien quiere un milagro para poder creer patentiza que sin el milagro, prueba tangible, no creería. Sin embargo, quien, por la
palabra de otro, dice "creo" muestra la máxima fe.
-¡Así que entonces los samaritanos son mejores que nosotros!
-No estoy diciendo eso. Pero en su estado de minoración espiritual han mostrado tener una capacidad de comprender
a Dios mucho mayor que la de los fieles de Palestina. Esto os lo encontraréis muchas veces en vuestra vida. Os ruego que os
acordéis también de este episodio para saberos conducir sin prejuicios con las almas que se acerquen a la fe en el Cristo.
-De todas formas - perdona, Jesús, si te lo digo - ya te persigue mucho odio y dar pie a nuevas acusaciones creo que te
perjudica. Si los miembros del Sanedrín vinieran a saber que has tenido...
-¡Dilo, hombre!: "amor", porque esto es lo que he tenido y tengo, Santiago. Tú, que eres primo mío, comprenderás que
en mí no puede haber sino amor. Te he mostrado cómo en mí sólo hay amor, incluso para con quienes me eran enemigos en mi
familia y en mi tierra. Y, entonces, ¿no debía amar a éstos, que me han respetado a pesar de que no me conocían? Los
miembros del Sanedrín pueden hacer todo el mal que quieran, pero la consideración de este futuro mal no cerrará las esclusas
de mi amor omnipresente y omnioperante. Pero además es que, aunque lo hiciera, ello no impediría al odio del Sanedrín
encontrar motivos de acusación.
-Sí, pero, Maestro, pierdes tu tiempo en una ciudad idólatra, habiendo como hay muchos lugares en Israel que te
esperan. Dices que es necesario consagrar cada hora del día al Señor. ¿No son horas perdidas?
-Un día dedicado a reagrupar las ovejas extraviadas no es un día perdido, Felipe. Está escrito: "Hace muchas oblaciones
quien respeta la Ley... mas quien practica la misericordia ofrece un sacrificio". Está escrito: "Que tu ofrenda al Altísimo esté en
proporción de cuanto te ha dado; ofrece con mirada alegre según tus facultades". Yo lo hago, amigo, y el tiempo empleado en el
sacrificio no es un tiempo perdido. Practico la misericordia y uso de las facultades recibidas ofreciendo mi trabajo a Dios.
Tranquilos, por tanto. Además, el que, de vosotros, quería que hubieran pedido milagros para convencerse de que los de Sicar
creían en mí va a quedar satisfecho. Aquel hombre nos sigue, sin duda por algún motivo. Detengámonos.
Efectivamente, el hombre viene en dirección a ellos. Se le ve encorvado bajo la carga de un voluminoso fardo que lleva
malamente contrapesado sobre los hombros. A1 ver que el grupo de Jesús se ha detenido lo hace él también.
-Se ha parado porque ve que nos hemos dado cuenta de sus malas intenciones. ¡Son samaritanos!
-¿Estás seguro, Pedro?
-¡Sin duda!
-Pues entonces quedaos aquí. Yo me acerco.
-No, Señor, eso no. Si vas Tú, también yo.
-De acuerdo, ven.
Jesús se dirige hacia el hombre. Pedro trota a su lado, entre curioso y hostil. Llegados a pocos metros uno del otro,
Jesús dice:
-¿Hombre, qué quieres? ¿A quién buscas?

-A ti.
-Y ¿por qué no has venido a mí cuando estaba en la ciudad?
-No me atrevía... Si en presencia de todos me hubieras rechazado hubiera sufrido demasiado dolor y vergüenza.
-Podrías haberme llamado cuando me quedé solo con los míos.
-Mi deseo era acercarme a ti estando Tú solo, como Fotinai. También yo, como ella, tengo un motivo importante para
estar a solas contigo...
-¿Qué quieres? ¿Qué es lo que transportas con tanto esfuerzo sobre tus hombros?
-Es mi mujer. Un espíritu se ha adueñado de ella y la ha transformado en un cuerpo muerto y una inteligencia apagada.
Debo hasta darle la comida en la boca, vestirla, llevarla como a una niña pequeña. Ocurrió de improviso, sin previa
enfermedad... La llaman "la endemoniada". Todo esto me supone dolor, afanes, gastos. Mira.
El hombre pone en el suelo su fardo de inerte carne envuelta en un sayo (como un saco), y descubre un rostro de
mujer, todavía joven, que si no respirase se podría decir que estaba muerta: ojos cerrados, boca entreabierta: es el rostro de
una persona que ha expirado.
Jesús se agacha hacia la desdichada mujer que yace en el suelo, la mira, luego mira al hombre y le dice:
-¿Crees que puedo hacerlo?... ¿Por qué lo crees?
-Porque eres el Cristo.
-Pero tú no has visto nada que lo pruebe.
-Te he oído hablar. Me basta.
-¿Has oído, Pedro? ¿Qué piensas que debo hacer ante una fe tan genuina?
-Pues... Maestro... Tú... Yo... Bueno, decide Tú.
Pedro está des-concertado.
-Sí, ya he decidido. Hombre, mira.
Jesús coge la mano de la mujer y ordena:
-¡Vete de ella! ¡Lo quiero!
La mujer, que hasta ese momento había permanecido inerte, se contrae en una horrenda convulsión, primero muda,
luego acompañada de quejidos y gritos que terminan con uno más fuerte durante el cual, como quien se despierta de una
pesadilla, abre como platos los ojos que hasta ahora había mantenido cerrados. Luego se tranquiliza y, con cierto estupor, mira a
su alrededor; fija primero sus ojos en Jesús - el Desconocido que le sonríe... -; luego mira a la tierra del camino en que yace, y a
una mata nacida en el borde, en la que la cabezuela blanco-roja de las margaritas de los prados coloca perlas ya próximas a
abrirse en forma de radiado nimbo; mira al seto de cactáceas, al cielo - muy azul -; luego vuelve la mirada y ve a su marido... a
este marido suyo que, ansioso, la mira a su vez escudriñando todos sus movimientos. Sonríe y, recuperada completamente su
libertad, se pone en pie como impulsada por un resorte para refugiarse en el pecho de su marido. Éste, llorando, la acaricia y la
abraza.
-¿Cómo es que estoy aquí? ¿Por qué? ¿Quién es este hombre?
-Es Jesús, el Mesías. Estabas enferma y te ha curado. Dile que lo quieres.
-¡Oh..., sí! ¡Gracias!... Pero, ¿qué tenía? Mis niños... Simón... no recuerdo cosas de ayer, pero sí que recuerdo que tengo
hijos...
Jesús dice:
-No es necesario que te acuerdes de ayer. Acuérdate siempre del día de hoy. Sé buena. Adiós. Sed buenos y Dios estará
con vosotros.
Y Jesús, seguido por la bendiciones de los dos, se retira rápido.
Llegado adonde están los demás, que se habían quedado al pie del seto, no les dirige la palabra. Sí a Pedro:
-¿Y ahora, tú, que estabas seguro de que aquel hombre venía con malas intenciones, qué dices? ¡Simón, Simón!
¡Cuánto te falta todavía para ser perfecto! ¡Cuánto os falta! Tenéis, excepto una patente idolatría, todos los pecados de éstos, y
además soberbia en el juicio. Tomemos nuestro alimento. No podemos llegar antes de la noche a donde quería. Dormiremos en
algún henil, si es que no encontramos nada mejor.
Los doce, con el sabor en su corazón de la corrección recibida, se sientan sin hablar y se ponen a comer su comida. El
sol de este sereno día ilumina los campos, que descienden, formando suaves ondulaciones, hacia una llanura.
Después de comer, todavía permanecen un tiempo en el lugar, hasta que Jesús se pone en pie y dice:
-Venid, tú, Andrés, y tú, Simón; quiero ver si aquella casa es amiga o enemiga.
Y se pone en movimiento. Los otros permanecen en el lugar y guardan silencio, hasta que Santiago de Alfeo le dice a
Judas Iscariote:
-¿Pero esta que viene no es la mujer que estaba en Sicar?
-Sí, es ella. La reconozco por el vestido. ¿Qué querrá?
-Seguir su camino - responde Pedro con cara de malhumor.
-No. Nos está mirando demasiado, protegiéndose los ojos del sol con la mano.
La observan hasta que llega cerca de ellos y dice toda sumisa:
-¿Dónde está vuestro Maestro?
-Se ha ido. ¿Por qué preguntas por Él?
-Lo necesitaba...
-No se echa a perder con mujeres - responde Pedro cortante.
-Ya lo sé. Con mujeres, no; pero yo soy un alma de mujer que tiene necesidad de Él.
-Judas de Alfeo le aconseja a Pedro que la deje quedarse, y responde a la mujer: -Espera. Dentro de poco vuelve.

La mujer se retira a una curva del camino y allí se queda, en silencio. Los apóstoles se desinteresan de ella. Jesús al poco
tiempo regresa. Pedro dice a la mujer:
-Ahí está el Maestro. Dile lo que quieras. ¡Apúrate.
La mujer ni siquiera le responde; va a los pies de Jesús y se prosterna hasta tocar el suelo, y guarda silencio.
-Fotinai, ¿qué quieres de mí?
-Tu ayuda, Señor. Yo soy muy débil. No quiero pecar más. Esto se lo he dicho ya al hombre. Pero, ahora que he dejado
de pecar no sé nada más. Ignoro el bien. ¿Qué tengo que hacer? Dímelo Tú. Soy fango, pero tu pie pisa también el camino para
ir a las almas; pisa mi fango, pero ven a mi alma con tu consejo.
Llora.
-Seguirme como única mujer no es posible. Si verdaderamente quieres no pecar y conocer la ciencia de no pecar,
regresa a tu casa con espíritu de penitencia, y espera. Llegará el día en que tú, mujer, entre otras muchas, igualmente redimidas,
podrás estar al lado de tu Redentor y aprender la ciencia del Bien. Ve. No tengas miedo. Sé fiel a la voluntad que tienes ahora de
no pecar. Adiós.
La mujer besa la tierra, se alza y se retira caminando hacia atrás durante algunos metros; luego se vuelve hacia Sicar...
148

Jesús visita a Juan el Bautista en las cercanías de Enón
Es una clara noche de luna. Tan nítida, que el terreno aparece con todos sus detalles, y los campos, con el trigo nacido
pocos días antes, parecen alfombras de felpa verdeplata vareteadas con las listas oscuras de los senderos; velándolas están los
troncos de los árboles: del todo blancos por el lado de la Luna; del todo negros por el lado oeste.
Jesús va caminando seguro y solo. Avanza muy deprisa por su camino, hasta que se encuentra con un curso de agua
que desciende gorgoteando hacia la llanura en dirección norte-este. Remonta su curso hasta un lugar solitario al lado de una
escarpadura cubierta de vegetación espesa. Tuerce otra vez, trepando por un sendero, y llega a un refugio natural de la ladera
del collado.
Entra. Se inclina hacia un cuerpo extendido en el suelo, un cuerpo que casi ni se vislumbra a la luz de la luna, que
ilumina, sí, el sendero, pero no penetra en la cueva. Lo llama:
-Juan.
El hombre se despierta y se incorpora, todavía entre las nieblas del sueño. Pronto se da cuenta de quién es el que lo ha
llamado y se levanta bruscamente, para postrarse en tierra diciendo:
-¿Cómo es que viene a mí mi Señor?
-Para alegrar tu corazón y el mío. Anhelabas mi presencia, Juan; aquí estoy. Levántate. Vamos a salir a la luz de la luna.
Sentémonos a conversar en esta peña que hay junto a la cueva.
Juan obedece, se levanta y sale. Pero, una vez que Jesús se ha sentado, él, con la piel de oveja que mal cubre su
flaquísimo cuerpo, se pone de rodillas delante del Cristo echándose hacia atrás sus cabellos largos y desordenados que le
pendían por delante de los ojos, para ver mejor al Hijo de Dios.
El contraste es fortísimo: Jesús, de tez pálida, rubio, cabellos esponjosos y ordenados, corta barba en la parte baja del
rostro; el otro, todo él, una mata de pelos negrísimos, tras los cuales apenas si asoman dos ojos hundidos (yo diría febriles por el
fuerte brillo de su negro de azabache).
-Vengo a decirte "gracias". Has cumplido y cumples, con la perfección de la Gracia que hay en ti, tu misión de Precursor
mío. Cuando llegue la hora, entrarás en el Cielo, a mi lado, porque habrás merecido todo de Dios; pero ya durante la espera
tendrás la paz del Señor, amigo mío dilecto.
-Muy pronto entraré en la paz. Bendice, Maestro mío y Dios mío, a tu siervo para fortalecerlo en la última prueba. Sé
que está cercana, y que debo dar todavía un testimonio: el de la sangre. Tú tampoco desconoces - menos todavía que yo - que
mi hora está llegando. Tu venida aquí ha sido deseo de la misericordiosa bondad de tu corazón de Dios, para fortalecer al último
mártir de Israel y primero del nuevo tiempo. Dime sólo una cosa: ¿Voy a tener que esperar mucho hasta que vengas?
-No, Juan. No mucho más de cuanto transcurrió desde tu nacimiento hasta el mío.
-¡Bendito sea el Altísimo! Jesús... ¡Puedo llamarte así?
-Puedes, por sangre y por santidad. Este Nombre, pronunciado incluso por los pecadores, puede pronunciarlo el santo
de Israel. Para ellos significa salvación. Sea para ti dulzura. ¿Qué quieres de Jesús, tu Maestro y primo?
-Voy a la muerte. Me preocupo de mis discípulos como un padre lo hace con sus hijos. Mis discípulos... Tú, que eres
Maestro, sabes cuán vivo es nuestro amor por ellos. El único pesar de mi muerte es el temor a que se descarríen, como ovejas
sin pastor. Recógelos Tú. Te restituyo los tres tuyos, que, en espera de ti, han sido perfectos discípulos míos; en ellos, sobre todo
en Matías, habita realmente la Sabiduría. Tengo otros discípulos que irán a ti. Deja de todas formas que te confíe personalmente
a estos tres; son los tres preferidos.
-También Yo les profeso este amor. Ve tranquilo, Juan. No perecerán ni éstos ni los otros verdaderos discípulos que
tienes. Recojo tu herencia. La velaré como el tesoro más apreciado, recibido del perfecto amigo mío y siervo del Señor.
Juan se postra y se inclina profundamente hasta tocar el suelo y - cosa que parece imposible en un personaje tan
austero - solloza fuertemente, de alegría espiritual.
Jesús le pone una mano sobre la cabeza:

-Tu llanto, que es alegría y humildad, encuentra su correspondencia en un lejano canto, al son del cual tu pequeño
corazón saltó de júbilo. Aquel canto y este llanto son el mismo himno de alabanza al Eterno, que "ha hecho grandes cosas; Él,
que es poderoso en los espíritus humildes". Mi Madre también va a entonar de nuevo su canto, el mismo que en aquel
momento cantó. Pero, después, Ella recibirá la mayor de las glorias, como tú tras tu martirio. Te traigo su saludo. Todos los
saludos y todos los consuelos. Lo mereces. Aquí, sólo es la mano del Hijo del Hombre lo que está sobre tu cabeza; pero del Cielo
abierto desciende la Luz y el Amor para bendecirte, Juan.
-No merezco tanto. Soy tu siervo.
s
-Tú eres mi Juan. Aquel día, en el Jordán, Yo era el Mesías que e estaba manifestando; aquí, ahora, soy tu primo y tu
Dios, con el deseo de darte el viático de su amor de Dios y de pariente. Levántate, Juan. Démonos el beso de despedida.
-No merezco tanto... Lo he deseado siempre, durante toda la vida; sin embargo, no oso cumplir este gesto contigo: Tú
eres mi Dios.
-Yo soy tu Jesús. Adiós. Mi alma estará al lado de la tuya hasta la paz. Vive y muere en paz, por tus discípulos. Ahora
sólo puedo darte esto. En el Cielo te daré el céntuplo, porque has hallado toda gracia ante los ojos de Dios.
Lo ha puesto en pie y lo ha abrazado besándolo en las mejillas, recibiendo a su vez el beso de Juan, quien, tras ello,
vuelve a arrodillarse. Jesús le impone las manos y ora con los ojos levantados al cielo. Parece como si lo estuviera consagrando.
Jesús se manifiesta imponente.
El silencio se prolonga, así, durante un tiempo. Luego Jesús se despide con su dulce saludo.
-Mi paz esté siempre contigo - y emprende el mismo camino que había recorrido antes.

149
La visita a Juan el Bautista, motivo de instrucción a los apóstoles
-

Señor, ¿por qué no duermes durante la noche? Hoy me he levantado, he ido a tu sitio y lo he visto vacío - dice Simón

Zelote.
-¿Para qué me querías, Simón?
-Para dejarte mi manto. Temía que tuvieses frío: la noche estaba serena, pero muy fresca.
-¿Y tú no tenías frío?
-Yo, durante muchos años de miseria, me he acostumbrado a vestido, comida y vivienda insuficientes... ¡Ah..., qué
horror ese valle de los muertos! No era apropiado en esta ocasión, pero otra vez que bajemos a Jerusalén - es evidente que
volveremos, ¿no? - visita, mi Señor, esos lugares de muerte. Allí hay muchos desdichados... Y la miseria corporal no es la más
grave... Lo que allí más carcome y consume es la desesperación... ¿No crees, mi Señor, que somos demasiado duros con los
leprosos?
Pero antes de que responda Jesús a Simón Zelote, que está hablando en favor de sus antiguos compañeros, lo hace el
Iscariote. Dice:
-¿Y entonces propones dejarlos mezclados con el pueblo? ¡Si son leprosos peor para ellos!
-¡Lo único que faltaba para hacer de los hebreos mártires! ¡Hasta la lepra paseándose por las calles, con los soldados y
las otras cosas!... - exclama Pedro.
-Separarlos me parece una medida de justa prudencia - observa Santiago de Alfeo.
-Sí, pero con piedad. No sabes lo que es ser leproso. No puedes opinar sobre ello. Justo es cuidar de nuestros cuerpos,
pero ¿por qué no ejercitamos la misma justicia con las almas de los leprosos? ¿Quién les habla de Dios? ¡Y sólo Dios sabe cuán
grande es su necesidad de pensar en un Dios y en la paz, en la atroz desolación en que viven!
-Tienes razón, Simón. Iré a visitarlos, tanto en razón de la justicia como por enseñaros este acto de misericordia. Hasta
ahora he curado a los leprosos que se han cruzado en mi camino. Hasta este momento, o sea, hasta cuando me han echado de
Judá, me he dirigido a los grandes de Judá como a los más lejanos y necesitados de redención, para que colaborasen con el
Redentor. Pues bien, ahora dejo este propósito, convencido como estoy de su inutilidad. Iré a los más pequeños, no a los
grandes; a los míseros de Israel, y entre éstos a los leprosos del valle de los muertos. No pienso defraudar la fe que tienen en mí
estos hombres evangelizados por un leproso agradecido.
-¿Cómo has sabido que lo hice, Señor?
-De la misma forma que sé lo que de mí piensan amigos o enemigos, porque escruto su corazón.

Misericordia! Pero entonces, ¿sabes absolutamente todo de nosotros, Maestro? - grita Pedro.
-Sí. También que tú -y no sólo tú- querías alejar a Fotinai. ¿No sabes que no te es lícito alejar a un alma del bien? ¿No
sabes que para entrar en un territorio necesariamente se debe tener piedad, llena de dulzura, extensiva incluso a aquellos a
quienes la sociedad –que no es santa porque no está ensimismada en Dios - llama y juzga indignos de piedad? De todas formas,
no te turbes porque Yo sepa esto. Duélate sólo el que tu corazón tenga movimientos que Dios no aprueba, y esfuérzate por no
volver a tenerlos. Ya os lo he dicho: el primer año ha terminado, en éste seguiré adelante por mi camino, con nuevas formas;
vosotros también tenéis que progresar durante este segundo año; si no, sería inútil que me cansase evangelizándoos,
hiperevangelizándoos, a vosotros, mis futuros sacerdotes.

-¿Habías ido a orar, Maestro? Nos prometiste que nos enseñarías tus oraciones. ¿Lo piensas hacer este año?
-Lo haré. De todas formas, quiero enseñaros a que seáis buenos; la bondad es ya oración. Pero lo haré, Juan.
-¿Este año nos vas a enseñar también a hacer milagros? - pregunta el Iscariote.
-El milagro no se enseña, no es un juego malabar; el milagro viene de Dios y lo obtiene quien goza de gracia ante Dios.
Si aprendéis a ser buenos, gozaréis de gracia y obtendréis el don de milagros.
Sigues sin dar respuesta a nuestra pregunta. Lo ha preguntado Simón, lo ha preguntado Juan, y no nos has dicho a
dónde has ido esta noche. Salir tan solo, en una región pagana, puede ser peligroso.
-He ido a llevar dicha a un corazón recto, y, puesto que está abocado a la muerte, a recoger su herencia.
-¿Sí? ¿Era mucha?
-Mucha, Pedro, y de mucho valor, fruto del trabajo de un verdadero justo.
-Pues... no he visto tu bolsa más llena. ¿Son joyas? ¿Las llevas en el pecho?
-Sí, son joyas muy estimadas por mi corazón.
-Enséñanoslas, Señor.
-Las tendré cuando muera el que está para morir. Por el momento, dejándolas donde están, son útiles a ambos, a él y a
mí.
-¿Las has puesto a producir interés?
-¿Pero tú crees que lo único que tiene valor es el dinero! El dinero es la cosa más inútil y sucia que hay sobre la faz de la
Tierra; sólo sirve para la materia, para cometer delitos y para el infierno. Raramente el hombre lo usa para el bien.
-Entonces, si no es dinero, ¿qué es?
-Tres discípulos formados por un santo.
-¿Has estado donde Juan el Bautista? ¡Oh!, ¿por qué?
-¿Por qué!... Vosotros siempre me tenéis, y entre todos valéis menos que una sola uña del Profeta. ¿No era, acaso,
justo ir a llevarle al santo de Israel la bendición de Dios para fortalecerlo en orden al martirio?
-Pero, si es santo... no necesita fortalecimiento; ¡se basta a sí mismo!...
-Llegará el día en que "mis" santos serán conducidos ante los jueces y a la muerte. Serán santos, estarán en gracia de
Dios, tendrán el refrigerio de la fe, la esperanza y la caridad; sin embargo, ya oigo su grito, el de su espíritu: "¡Señor, ayúdanos
en esta hora!". Necesitan mi ayuda, mis santos, para ser fuertes en las persecuciones.
Pero... nosotros no seremos éstos, ¿no es verdad?, porque yo no tengo, de ninguna manera, capacidad de sufrir.
-Eso es cierto; no tienes la capacidad de sufrir; pero no has sido todavía bautizado, Bartolomé».
-Sí, lo he sido.
-Con agua. Te falta otro bautismo. Entonces sabrás sufrir.
-Soy ya viejo.
-Pasarán los años y, siendo mucho más viejo que ahora, serás más fuerte que un joven.
-Pero nos seguirás ayudando, ¿no?
-Estaré siempre con vosotros».
-Intentaré acostumbrarme al sufrimiento - dice Bartolomé.
-Yo oraré siempre, ya desde este momento, para obtener de ti esta gracia - dice Santiago de Alfeo.
-Yo soy viejo; sólo pido precederte y entrar contigo en la paz - dice Simón Zelote.
-Yo... no sé lo que preferiría, si precederte o estar a tu lado para morir juntos - dice Judas de Alfeo.
-A mí me dolería sobrevivirte, pero me consolaría predicándote a las gentes - profesa el Iscariote.
-Yo soy de la idea de tu primo - dice Tomás.
-Yo, sin embargo, pienso como Simón el Zelote - dice Santiago de Zebedeo.
-¿Y tú, Felipe?
-Bueno... no quiero pensar en ello. El Eterno me dará lo que sea mejor.
-¡Oh..., callad! ¡Parece como si el Maestro debiera morir pronto! ¡No me hagáis pensar en su muerte! - exclama Andrés.
-Es así, como has dicho, hermano mío. Eres joven y estás sano, Jesús; debes enterrarnos a todos los de más edad que
Tú.
-¿Y si me mataran?
-¡Que no te suceda jamás! ¡Te vengaría!
-¿Cómo? ¿Con venganza de sangre?
-¡Hombre, pues... incluso con sangre si me autorizas! Si no, cancelando las acusaciones lanzadas contra ti con mi
profesión de fe ante las gentes. El mundo te amará por mi infatigable predicación - termina Pedro.
-Es cierto. Así será. ¿Y tú, Juan? ¿Y tú, Mateo?
-Yo debo sufrir y esperar a haber lavado mi espíritu con abundancia de dolor - dice Mateo.
-Y yo... no sé. Yo quisiera morir inmediatamente para no verte sufrir; quisiera estar a tu lado para consolar tu agonía;
quisiera vivir mucho para servirte durante mucho tiempo; quisiera morir contigo para entrar contigo en el Cielo. Cualquier cosa
querría, porque te amo. Y yo, que soy el menor entre mis hermanos, pienso que todo esto me será posible con tal de que sepa
amarte a la perfección. ¡Jesús, aumenta tu amor! - dice Juan.
-Querrás decir: “Aumenta mi amor" - comenta el Iscariote -, porque somos nosotros quienes debemos amar cada vez
más...
-No. Digo: "Aumenta tu amor", porque nosotros amaremos en la medida en que Él nos encienda cada vez más con su
amor.
Jesús arrima hacia sí al puro y apasionado Juan, lo besa en la frente y le dice:

-Has revelado un misterio de Dios sobre la santificación de los corazones. Dios se efunde sobre los justos, y, en la
medida en que éstos se rinden a su amor, Él lo va aumentando, y así crece la santidad. Éste es el misterioso e inefable actuar de
Dios y de los espíritus; se cumple en los silencios místicos, y, su potencia, indescriptible con humanas palabras, crea
indescriptibles obras maestras de santidad. No es un error, sino palabra sabia, pedir que Dios aumente su amor en un corazón.

150
Jesús en Nazaret, en casa de su Madre. Ella deberá seguir a su Hijo
Jesús va caminando solo, raudo, por la vía de primer orden que pasa cerca de Nazaret. Entra en la ciudad y se dirige a
su casa, Cerca ya de ella ve a su Madre, que también se está dirigiendo a la casa, acompañada por su sobrino Simón, que va
cargado de haces de ramas secas. La llama:
-¡Mamá!
María se vuelve y exclama:
-¡Oh, Hijo mío bendito! - y ambos corren al recíproco encuentro. Simón imita a María y, dejados los haces de ramas en
el suelo, va hacia su primo, y lo saluda cordialmente.
-Mamá mía, aquí estoy; ¿estás contenta ahora?
-Mucho, Hijo mío. Pero... si sólo por mi súplica lo has hecho, te digo que ni a ti ni a mí nos es lícito seguir los dictámenes
de la sangre antes que la misión.
-No, mamá; he venido también para otras cosas.
-¿Es verdad lo que dicen, Hijo mío? Yo creía, quería creer, que no te odiasen tanto, que se tratase de voces
mentirosas...
Las lágrimas se patentizan en la voz y en los ojos de María.
-No llores, Mamá; no me des este dolor. Necesito tu sonrisa.
-Sí, Hijo mío, es verdad. Ves tantos rostros duros de enemigos, que necesitas sonrisas y mucho amor. No obstante, aquí,
¿ves?, aquí hay quien te ama por todos...
María, apoyándose levemente en su Hijo - quien, con el brazo sobre sus hombros, la lleva arrimada a sí -, camina
lentamente hacia la casa, tratando de sonreír para eliminar todo rastro de dolor en el corazón de Jesús.
Simón, igualmente, tras haber recogido sus haces de ramas, va caminando al lado de Jesús.
-Estás pálida, Mamá. ¿Te han causado mucho dolor? ¿Has estado enferma? ¿Has trabajado demasiado?
-No, Hijo, no. A mí no me han causado ningún dolor. Mi único padecimiento eras Tú, lejano y no amado. No, no, aquí
son todos muy buenos conmigo. Bueno, ya no me refiero a María y a Alfeo; ya sabes cómo son. E incluso Simón. Ya ves lo bueno
que es... pues siempre así. Ha sido mi socorro durante estos meses. Es él quien ahora se encarga de traerme la leña. Es muy
bueno. Y también José, ¿sabes? Muchos detalles de amabilidad con su María.
-Que Dios te bendiga, Simón, y también a José. Os perdono el que todavía no me améis como Mesías. ¡Oh, sí, llegaréis a
amarme en cuanto Cristo que soy! Pero, ¿cómo podría perdonaros el no amarla a Ella?
-Querer a María es un hecho de justicia y significa paz, Jesús. Pero también te queremos a ti, sólo que... tememos
demasiado por ti.
-Sí. Me queréis humanamente. Alcanzaréis el otro amor.
-Tú también, Hijo mío, estás pálido; y más delgado.
-Sí, también lo veo yo. Pareces como más mayor - observa Simón. Entran en la casa. Simón deja en su sitio los haces de
leña y, discretamente, se retira.
-Hijo, ahora que estamos solos, dime la verdad, toda. ¿Por qué te han expulsado?
María tiene sus manos en los hombros de su Jesús y fija la mirada en su rostro enflaquecido.
Jesús sonríe - una sonrisa dulce pero cansada - y dice:
-Por tratar de conducir al hombre a la honestidad, a la justicia, a la verdadera religión.
-Pero, ¿quién te acusa?, ¿el pueblo?
-No, Madre; los fariseos y escribas... excepto algún que otro justo que hay entre ellos.
-¿Qué has hecho para atraerte sus acusaciones?
-Decir la verdad. ¿No sabes que éste es el mayor error que uno puede cometer ante los hombres?
-¿Y qué han podido argüir para justificar sus acusaciones?
-Embustes. Los que ya sabes y otros.
-Díselos a tu Madre. Deposita todo tu dolor en mi pecho. El pecho de una madre está acostumbrado al dolor y se siente
feliz de beberlo hasta la hez si con ello lo elimina del corazón de su hijo. Dame tu dolor, Jesús. Ponte aquí, como cuando eras
pequeño; deposita toda tu amargura.
Jesús se sienta en una pequeña banqueta a los pies de su Madre y cuenta todo lo acaecido durante los meses pasados
en Judea; sin rencor, pero sin velo alguno.

María acaricia sus cabellos, con una heroica sonrisa en los labios, que combate contra el brillo de llanto de sus ojos
azules.
Jesús habla también de la necesidad de entrar en contacto con mujeres, para redimirlas, y de su dolor de no poderlo
hacer a causa de la malignidad humana.
María escucha anuente y decide:
-Hijo, no debes negarme lo que deseo. A partir de ahora iré contigo cuando Tú te alejes; en cualquier época o estación
del año, en cualquier lugar. Te defenderé de la calumnia. Bastará mi presencia para hacer caer el lodo. Y María vendrá conmigo;
lo desea ardientemente. El corazón de las madres es necesario junto al Santo; y también contra el demonio y el mundo.

151
En Caná en casa de Susana, que se hará discípula. El oficial del rey.
Jesús se dirige, quizás, hacia el lago. En cualquier caso, lo cierto es que llega a Caná y que se encamina hacia la casa de
Susana. Van con Él sus primos.
Jesús está en esta casa descansando y comiendo, adoctrinando con sencillez a los parientes o amigos de Caná: buenas
personas que lo escuchan como siempre debería ser. Jesús consuela además al marido de Susana, la cual parece estar enferma
como se deduce del hecho de que no esté presente y de que se hable insistentemente de su dolor.
En esto, entra un hombre bien vestido y se postra a los pies de Jesús.
-¿Quién eres? ¿Qué quieres?
Mientras el hombre está todavía suspirando y llorando, el dueño de la casa le tira de un extremo de la túnica a Jesús y
susurra:
-Es un oficial del Tetrarca, no te fíes demasiado.
-Habla. ¿Qué quieres de mí?
-Maestro, he sabido que habías vuelto. Te esperaba como se espera a Dios. Ven en seguida a Cafarnaúm. Mi hijo varón
yace enfermo; tanto, que sus horas están contadas. He visto a tu discípulo Juan. Por él he sabido que estabas viniendo hacia
aquí. Ven, ven enseguida, antes de que sea demasiado tarde.
-¿Cómo? ¿Tú, que eres siervo del perseguidor del santo de Israel, puedes creer en mí? ¿Cómo podéis creer en el Mesías
si no creéis en su Precursor?
-Es verdad. Vivimos en pecado de incredulidad y de crueldad. Pero, ¡ten piedad de este padre! Conozco a Cusa. He visto
a Juana antes y después del milagro. He creído en ti.
-¡Ya! Sois una generación tan incrédula y perversa que sin signos y prodigios no creéis. Os falta la primera cualidad que
se requiere para obtener milagros.
-¡Es verdad! ¡Todo eso es verdad! Pero ya ves que ahora creo en ti y te ruego que vengas, que vengas enseguida a
Cafarnaúm. Tendrás preparada una barca en Tiberíades para que puedas ir más rápido. Ven antes de que mi niño muera - y llora
desolado.
-Por ahora no iré a Cafarnaúm. Vuelve tú. Tu hijo, desde este momento, está curado y vive.
-¡Que Dios te bendiga, mi Señor! Yo creo. De todas formas, ven en otro momento a Cafarnaúm, a mi casa, que quiero
que toda mi casa te festeje.
-Iré. Adiós. La paz sea contigo.
El hombre sale rápido. Inmediatamente después se oye el trote de un caballo.
-¿Está curado de verdad ese muchacho? - pregunta el marido de Susana.
-¿Eres capaz de creer que Yo mienta?
-No, Señor, pero Tú estás aquí y el muchacho allá.
-Para mi espíritu no hay barreras ni distancias.
-¡Oh, mi Señor, entonces, Tú que cambiaste el agua en vino en mi boda transforma mi llanto en sonrisa: ¡cúrame a
Susana!
-¿Qué me das a cambio?
-La suma que quieras.
-No ensucio lo santo con la sangre del dios Riqueza. Es a tu espíritu al que pregunto qué me dará.
-Pues incluso a mí mismo si lo deseas.
-¿Y si te pidiera, sin palabras, un gran sacrificio?
-Mi Señor, te estoy pidiendo la salud corporal de mi esposa y la santificación de todos nosotros; creo que nada puedo
considerarlo excesivo si recibo esto.
-Vivísimo es tu amor hacia tu mujer. Si la devolviera a la vida, pero conquistándola Yo para siempre como discípula,
¿qué dirías?
-Que... que estás en tu derecho, y que... que imitaré a Abraham en la prontitud para el sacrificio.
-Bien has dicho. Oíd esto todos: la hora de mi sacrificio se acerca; como agua corre veloz, sin detenerse, hacia la
desembocadura. Debo cumplir todo mi deber. La dureza humana me impide el acceso a mucho terreno de misión. Mi Madre y
María de Alfeo vendrán conmigo a otros lugares, a las gentes que aún no me aman, o que no me amarán jamás. Mi sabiduría
sabe que las mujeres podrán ayudar al Maestro en este campo de misión impedido. He venido a redimir también a la mujer; en

el siglo futuro, en mi hora, las mujeres, símiles a sacerdotisas, servirán al Señor y a los siervos de Dios. Yo he elegido a mis
discípulos, pero para elegir a las mujeres, que no son libres, debo pedírselo a los padres y a los maridos. ¿Tú lo quieres?
-Señor, amo a Susana. Hasta ahora la he amado más como carne que como espíritu. Pero, influido por tu enseñanza,
algo ha cambiado en mí; ahora miro a mi mujer como alma además de como cuerpo. El alma es de Dios y Tú eres el Mesías Hijo
de Dios. No te puedo disputar tu derecho en lo que a Dios pertenece. Si Susana decide seguirte, no le opondré resistencia. Me
basta con que - te lo ruego - obres el milagro de sanarla a ella en su carne, y a mí en mis apetitos...
-Susana está curada. Vendrá dentro de pocas horas a manifestarte su gozo. Deja que su alma siga su impulso sin hablar
de cuanto ahora he dicho. Verás como su alma viene espontáneamente a mí, como la llama tiende a subir hacia arriba. No por
ello fenecerá su amor de esposa; antes al contrario, subirá al grado más alto, o sea, al de amar con la parte mejor: con el
espíritu.
-Susana te pertenece, Señor. Debía morir, y además lentamente, sufriendo fuertes espasmos. Una vez muerta, la habría
perdido verdaderamente, aquí en la Tierra. Siendo como Tú dices, la tendré todavía a mi lado para llevarme consigo por tus
caminos. Dios me la dio, Dios me la quita. ¡Bendito sea el Altísimo, en el dar y en el recibir!

152
María Salomé es recibida como discípula.
Jesús está en la casa de Santiago y Juan; lo capto por lo que dicen los presentes.
Acompañan a Jesús, además de estos dos apóstoles, Pedro y Andrés, Simón Zelote, el Iscariote y Mateo. A los demás no
los veo.
A Santiago y Juan se les ve felices: van y vienen, de su madre a Jesús y viceversa, como mariposas que no saben cuál flor
elegir de dos igualmente apreciadas. Y María Salomé, cada vez que van a ella, acaricia con fruición, feliz, a estos hijotes suyos,
mientras Jesús sonríe contento.
Deben haber comido ya, pues todavía hay cosas encima de la mesa. Santiago y Juan, a toda costa, quieren que Jesús
coma unos racimos de uva blanca en conserva, preparada por su madre y que deben saber dulce como la miel. ¿Qué no le
darían a Jesús?
Pero Salomé quiere ir más allá de las uvas y de las caricias, en dar y recibir. Pasado un rato, en que ha estado pensativa
mirando a Jesús y a Zebedeo, toma una decisión. Se acerca al Maestro, que está sentado, aunque con los hombros apoyados
contra la mesa, y se arrodilla delante de Él.
-¿Qué quieres, mujer?
-Maestro, has decidido que tu Madre y la de Santiago y Judas vayan contigo. También va contigo Susana, y lo hará, sin
duda, la gran Juana de Cusa. Todas las mujeres que te veneran irán contigo, si una sola lo hace. Yo también quisiera contarme
entre ellas. Tómame contigo, Jesús; te serviré con amor.
-Debes cuidar a Zebedeo. ¿Ya no lo quieres?
-¡Que si le quiero!... Pero te quiero más a ti. ¡Oh... no quiero decir que te quiera como hombre! Tengo ya sesenta años,
estoy casada desde hace casi cuarenta, y jamás he visto a hombre alguno aparte de mi marido. No voy a perder la cabeza ahora
que soy una anciana. No quiero decir tampoco que por ser vieja muera mi amor hacia mi Zebedeo. Pero Tú... Yo no sé hablar.
Soy una pobre mujer. Hablo como sé. Quiero decir que a Zebedeo lo quiero con todo lo que yo era antes; a ti te quiero con todo
lo que Tú me has sabido dar con tus palabras y las que me han referido Santiago y Juan. Es algo completamente distinto, sin
duda muy hermoso.
-Nunca será tan hermoso como el amor de un excelente esposo.
« ¡Oh, no! ¡Mucho más! No te lo tomes a mal, Zebedeo. Te sigo queriendo con toda mí misma. A Él, sin embargo, lo
quiero con algo que aun siendo todavía María ya no es María, la pobre María, tu esposa, sino que es más... ¡Oh..., no sé decir!
Jesús sonríe a esta mujer que no quiere ofender a su marido pero que al mismo tiempo no puede mantener escondido
su grande, nuevo amor. Zebedeo también sonríe, con gravedad, y se acerca a su mujer, la cual, todavía de rodillas, gira sobre sí
misma alternativamente hacia su esposo y hacia Jesús.
-¿Te das cuentas, María, de que vas a tener que dejar tu casa? ¡Para ti es muy importante! Tus palomas... tus flores... y
esta vid que da esa dulce uva de que tan orgullosa te sientes... y tus colmenas: las más renombradas del pueblo... y tendrás que
dejar ese telar en que has tejido tanta tela, tanta lana para tus amados... ¿Y tus sietecitos, los hijos de tus hijas?, ¿qué vas a
hacer sin ellos? (María de Salomé, además de Juan y Santiago, tenía hijas)
-Pero, mi Señor, ¿qué son las paredes de la casa, las palomas, las flores, la vid, las colmenas, el telar?... Son cosas
buenas, se les tiene cariño, sí ¡pero... son tan pequeñas comparadas contigo, comparadas con el amor a ti!... Los nietecitos... sí,
sentiré no poderlos dormir en mi regazo ni oír su voz cuando me llaman. ¡Pero Tú eres mucho más; sí, sí, eres más que todo eso
que me nombras! Y aun en el caso de que por mi debilidad lo estimase tanto como servirte y seguirte, o más, de todas formas
prescindiría de ello, no sin llanto femenino, para seguirte con la sonrisa en el alma. ¡Acéptame, Maestro. Decídselo vosotros,
Juan, Santiago... y tú, esposo mío. ¡Sed buenos, ayudadme todos!
.Bien, de acuerdo. Vendrás también tú con las otras mujeres. He querido hacerte meditar bien sobre el pasado y el
presente, sobre lo que dejas y lo que tomas. Ven, Salomé; estás preparada ya para entrar en mi familia.
-¡Preparada! Pero si soy menos que un párvulo... Tú me perdonarás los errores, me sujetarás de la mano. Tú... porque,
siendo tosca como soy, voy a sentir vergüenza ante tu Madre y ante Juana y ante todos, excepto ante ti, porque Tú eres el
Bueno y todo lo comprendes, de todo te compadeces, todo lo perdonas.

153
Las mujeres allegadas a los discípulos al servicio de Jesús.
-¿Qué te pasa, Pedro? Te veo disgustado - pregunta Jesús. Van por el campo, por un camino estrecho, bajo ramas
florecidas de almendros, que ya anuncian a los hombres que el tiempo peor ha terminado.
-Estoy pensando, Maestro.
-Ya te veo. Pero tu aspecto dice que no estás pensando en cosas agradables.
-De todas formas, Tú sabes todo sobre nosotros; ya sabes en lo que estoy pensando.
-Sí, sé en lo que estás pensando, como también Dios Padre conoce las necesidades del hombre, y, no obstante, quiere
que el hombre muestre la confidencia de exponer las propias necesidades y de pedir ayuda. Lo que sí te puedo decir es que
estando así, disgustado, yerras.
-¿No estimas menos a mi mujer?
-No, hombre, no, Pedro; ¿por qué iba a ser así? En el Cielo mi Padre tiene muchas moradas, como muchas son en la
tierra las misiones del hombre (todas benditas si se llevan a cabo santamente). ¿Podría, acaso, decir que detesta Dios a todas las
mujeres que no sigan a las Marías y a Susana?
-¡No, eso no! Mi mujer también cree en el Maestro, pero no sigue el ejemplo de las otras - dice Bartolomé.
-Ni tampoco la mía, ni mis hijas; no dejan la casa, pero siempre están dispuestas a abrir sus puertas al huésped, como
hicieron ayer - dice Felipe.
-Creo que lo mismo hará mi madre. No puede dejarlo todo... está sola» - dice el Iscariote.
-¡Cierto! ¡Cierto! Estaba tan triste porque pensaba que la mía fuese tan... tan poco... ¡Oh..., no sé explicarme!
-No la critiques, Pedro. Es una mujer honrada - dice Jesús.
-Es muy tímida. Su madre las hizo plegarse a todas, hijas y nueras, como a ramitas tiernas - dice Andrés.
-¡Pero en tantos años como ha estado conmigo debería haber cambiado!
-¡Ay, hermano! No es que tú seas muy dulce, ¿sabes? A un tímido le haces el efecto de una gruesa viga entre las
piernas. Mi cuñada es muy buena; el solo hecho de haber soportado con paciencia el mal carácter de su madre y el tuyo,
impositivo, lo demuestra.
Todos se echan a reír de esta conclusión de Andrés hecha tan a las claras, y de la cara de asombro de Pedro al sentirse
proclamar impositivo.
Jesús también se ríe a sus anchas. Luego dice:
-Las fieles que no se sientan dispuestas a dejar su casa por seguirme me servirán igualmente desde sus hogares. Si
todas hubieran querido venir conmigo, habría tenido que ordenar a algunas de ellas que se quedasen. Ahora que las mujeres se
van a agregar a nosotros debo preocuparme de ellas. No sería ni decente ni prudente que las mujeres se vieran sin morada
yendo de un lado para otro. Nosotros podemos echarnos a descansar en cualquier parte. La mujer tiene otras necesidades y
necesita un cobijo. Nosotros podemos estar en la misma yacija. Ellas no podrían estar entre nosotros, tanto por respeto como
por prudencia respecto a su constitución más delicada. No se debe nunca tentar a la Providencia ni a la naturaleza más allá de
los límites. Voy a hacer ahora de cada una de las casas amigas donde una de vuestras mujeres permanezca un cobijo para las
hermanas, hermanas de vuestras mujeres: de tu casa, Pedro; de la tuya, Felipe; de la tuya, Bartolomé; de la tuya, Judas. No
podemos imponer a las mujeres el infatigable ritmo que vamos a llevar nosotros. Las dejaremos en el lugar de encuentro del que
partiremos todas las mañanas para volver por la noche, y allí nos esperarán. Las instruiremos durante las horas de descanso. El
mundo no podrá murmurar respecto a si otras infelices criaturas vienen a mí, y tampoco se me impedirá escucharlas. Las
madres y las mujeres casadas que nos sigan serán constituidas defensoras de sus hermanas y de mí mismo contra la
maledicencia del mundo. Como veis, estoy haciendo un rápido viaje de saludo por los lugares en que tengo amigos o sé que los
tendré. Pero no lo hago por mí, sino por los discípulos más débiles: ellas, con su debilidad, serán soporte de nuestra fuerza y la
harán útil para muchas criaturas.
-Pero ahora vamos a Cesárea, has dicho. ¿Allí quién está?
-En todas partes hay criaturas que tienden al Dios verdadero. La primavera ya se anuncia en este candor rosado de
almendros florecidos. Los días del hielo han terminado. Dentro de pocos días tendré establecidos los lugares de alojamiento
para las discípulas; entonces proseguiremos nuestra marcha, esparciendo la palabra de Dios sin la preocupación por las
hermanas, sin miedo a la calumnia. Su paciencia y dulzura os servirán de lección. La hora que anunciará la rehabilitación está
llegando también para la mujer. En mi Iglesia habrá un gran florecimiento de vírgenes, esposas y madres santas.

154
Jesús en Cesárea Marítima habla a los galeotes. Las fatigas del apostolado
Jesús está en el centro de una plaza amplia, bastante bonita, que se prolonga en una calle muy ancha (casi es una
continuación de la plaza, hasta la orilla del mar). Una galera parece haber dejado hace poco el puerto y sale a mar abierto
impulsada por el viento y los remos, mientras que otra debe estar haciendo las maniobras para atracar, como se deduce del
hecho de que están plegando velas y de que los remos se mueven sólo por una banda para hacer virar a la nave en la posición

conveniente. El puerto, desde la plaza, no se ve, pero debe estar cerca. En los lados de la plaza hay series de casas grandes, con
las típicas paredes exteriores casi exentas de vanos; no hay ningún establecimiento de comercio.
-¿A dónde vamos ahora? Has querido venir aquí en vez de ir al lado oriental; éste es un lugar de paganos, ¿quién crees
que te va a escuchar? - dice Pedro en tono de desaprobación.
-Vamos allí, a aquel ángulo que se abre hacia el mar; allí voy a hablar.
-A las olas.
-También las olas han sido creadas por Dios.
Y van...
Ahora están justo en ese ángulo. Ven el puerto, donde está entrando lentamente la galera vista antes. Ahora la
amarran en el lugar destinado a ella. Algún marinero se da al ocio a lo largo de los espigones; algún vendedor de fruta se
arriesga a ir hacia la nave romana a vender su mercancía; nada más.
Jesús, arrimado de espaldas a una pared, da verdaderamente la impresión de que estuviera hablando a las olas. Los
apóstoles, poco satisfechos de la situación, están en torno a Él, parte en pie, parte sentados en piedras colocadas acá o allá con
la intención de que sirvan de banquetas.
-Insensato el hombre que, viéndose poderoso, sano, feliz, dice: "¿De qué tengo necesidad?, ¿de quién? De nadie tengo
necesidad. Nada me falta, me basto a mí mismo. Las leyes y decretos de Dios y de la moral, para mí, son nulos. Mi ley consiste
en hacer lo que está en mi mano, sin preocuparme de si beneficia o perjudica a los demás".
Uno de los vendedores se vuelve al oír esa voz sonora y se acerca hacia Jesús, que continúa diciendo:
-Así hablan el hombre y la mujer que no tienen ni sabiduría ni fe. Con ello muestran su mayor o menor poder, mas
denuncian su parentesco con el Mal.
Algunos hombres bajan de la galera y de otras barcas y se dirigen hacia Jesús.
-El hombre demuestra, no con las palabras sino con los hechos, que está emparentado con Dios y la virtud cuando
considera que la vida es más mudable que las olas del mar, ahora calmas, mañana furiosas. Del mismo modo, el bienestar y
poder de hoy pueden ser mañana miseria e impotencia. ¿Qué hará entonces el hombre que no vive unido a Dios? ¿Cuántos de
los que ahora están en esa galera un día vivían dichosos y gozaban de poder, y ahora son esclavos y se los considera reos! Reos:
por tanto, doblemente esclavos (de la ley humana, en vano burlada porque existe y castiga a sus transgresores, y de Satanás,
quien para siempre se apodera de los culpables que no llegan a odiar su culpa).
-¡Hola, Maestro! ¿Cómo por aquí? ¿Sabes quién soy?
-Que Dios sea contigo, Publio Quintiliano. ¿Ves como he veni-do?
-Y además al barrio romano. Ya no tenía esperanzas de volver a verte. Me alegra poder escucharte.
-Yo también me alegro. ¿Hay muchos en los remos en esa galera?
-Muchos. La mayoría son prisioneros de guerra. ¿Te interesan?
-Quisiera acercarme a esa nave.
-Ven. Abrid paso vosotros - ordena a los pocos que se habían acercado y que se apartan enseguida farfullando
improperios.
-Déjalos también a ellos. Estoy acostumbrado a que me apretuje la gente.
-Hasta aquí puedo, pero más no. Es una galera militar.
-Me es suficiente. Que Dios te lo pague.
Jesús reanuda su discurso. El romano, verdaderamente espléndido con el indumento que lleva, parece montar guardia
a su lado.
-Esclavos por un doloroso suceso, esclavos una sola vez, esclavos mientras dura la vida. Cada una de las lágrimas que
cae sobre sus cadenas, cada uno de los golpes descargados sobre sus carnes para huella escrita de un dolor, afloja los grilletes,
orna lo que no muere, abre finalmente para ellos la paz de Dios, que es amigo de sus pobres hijos infelices, a los que dará
copiosa alegría, puesto que aquí el dolor abundó.
En la obra muerta de la galera se ven hombres de la tripulación, que se han asomado y se han puesto a escuchar. A los
galeotes, naturalmente, no se les ve, pero oyen por todos los agujeros de las cuadernas la voz potente de Jesús, que se difunde
por el aire calmo de esta hora de baja marea. Publio Quintiliano se ha marchado requerido por un soldado.
-Quiero decirles a estos desdichados amados de Dios que se resignen en su dolor, que hagan de él llama que abra las
cadenas de la galera y de la vida, consumiendo en el deseo de Dios este pobre día que es la vida, día oscuro, borrascoso,
colmado de miedo y de fatigas, para entrar en el día de Dios, luminoso, sereno, ya sin miedos ni decaimientos. Basta con que
sepáis, vosotros, mártires de una penosa suerte, ser buenos en vuestro sufrimiento, basta con que aspiréis a Dios, para que
entréis en la gran paz, en la infinita libertad del Paraíso.
En esto, vuelve Publio Quintiliano con otros soldados; tras él unos esclavos traen una litera para la que los soldados
consiguen un sitio. «
-¿Quién es Dios? Estoy hablando a gentiles que no saben quién es Dios, a hijos de pueblos sometidos que no saben
quién es Dios. En vuestros bosques, vosotros galos, iberos, tracios, germanos, celtas, tenéis sólo una apariencia de Dios. El alma
tiende a la adoración, espontáneamente, porque se acuerda del Cielo. Pero no sabéis encontrar al Dios verdadero que ha puesto
un alma en vuestros cuerpos, un alma igual que la nuestra, israelitas, igual que la de los poderosos romanos que os han
subyugado, un alma que tiene los mismos deberes y derechos respecto al Bien y a la que el Bien, es decir, el Dios verdadero,
será fiel; sedlo igualmente vosotros respecto al Bien. El dios, o los dioses, a los que hasta ahora habéis adorado, aprendiendo su
nombre o sus nombres en las rodillas maternas; el dios en que ahora quizás ya no pensáis porque no sentís que os consuele en
nada vuestros sufrimientos, o al que quizás incluso odiáis o maldecís en vuestras jornadas desesperadas, ése, no es el Dios
verdadero. El Dios verdadero es Amor y Piedad. ¿Acaso eran esto vuestros dioses? No. Más bien manifestaban dureza, crueldad,

engaño, hipocresía, vicio, latrocinio... y ahora os han dejado sin ese mínimo consuelo de la esperanza de ser amados y la certeza
del descanso tras tanto sufrimiento. Esto sucede porque vuestros dioses no existen. Sin embargo, Dios, el Dios verdadero que es
Amor y Piedad, cuya segura existencia Yo os declaro, es Aquel que ha hecho los cielos, los mares, montes, bosques, plantas,
flores, animales... y al hombre; es Aquel que inculca al hombre victorioso la piedad y amor que Él mismo es hacia los pobres de
la tierra.
Y vosotros los poderosos, los dominadores, pensad que sois todos de una única planta. No os ensañéis con aquellos a
quienes la desventura ha puesto en vuestras manos; sed humanos con los que por un delito están amarrados al banco de la
galera. El hombre peca muchas veces. No hay ninguno exento de culpas más o menos celadas. Si pensarais esto, ¡cuán buenos
seríais para con los hermanos que, menos afortunados que vosotros, han recibido castigo por culpas en que también vosotros
habéis incurrido y que no os han sido castigadas! La justicia humana adolece gravemente de exactitud cuando juzga. ¡Ay, si lo
mismo fuera la justicia divina! Hay reos que no parecen tales, hay inocentes a los que se juzga reos; no indaguemos por qué:
¿sería acusación demasiado grave para el hombre injusto y lleno de odio hacia su semejante! Hay reos que efectivamente lo son,
pero que cometieron el delito movidos por fuerzas imperiosas que, en parte, aligeran la culpa. Sed humanos, por tanto, vosotros
que habéis sido colocados al frente de las galeras. Por encima de la justicia humana hay una Justicia divina que es mucho más
alta: la del Dios verdadero, la del Creador del rey y del esclavo, de la roca y del granito de arena. Él os mira, tanto a los que estáis
en los remos como a quienes tenéis el encargo de regirlos ¡ay de vosotros si arbitrariamente sois crueles!; Yo, Jesucristo, el
Mesías del Dios verdadero, os aseguro que Él, el día de vuestra muerte, os atará al banco de una galera eterna y pondrá en
manos de los demonios el látigo ensangrentado y seréis torturados y azotados como vosotros torturasteis; porque, si bien es ley
humana el castigo del reo, es necesario no exceder la medida. Sabed recordar esto. Quien hoy es poderoso mañana puede ser
un miserable; sólo Dios es eterno.
Quisiera cambiaros el corazón y, sobre todo, romper vuestras cadenas, devolveros la libertad y patria perdidas; pero,
hermanos galeotes que no veis mi rostro, hermanos galeotes cuyo corazón con todas sus heridas conozco, por la libertad y la
patria terrenas que no os puedo dar, ¡oh, pobres esclavos de los poderosos!, os daré una libertad y una patria más altas. Por
vosotros me he hecho prisionero, ausente estoy de mi patria, por vosotros me entregaré Yo mismo como rescate; para vosotros,
sí, también para vosotros, que no sois oprobio de la Tierra como os llaman, sino signo de vergüenza para el hombre que olvida la
medida del rigor de la guerra y de la justicia, haré una nueva ley sobre la Tierra y una dulce morada en el Cielo.
Recordad mi Nombre, hijos de Dios que lloráis: es el nombre del Amigo. Repetidlo en medio de vuestros padecimientos.
Estad seguros de que si me amáis me tendréis, aunque no nos veamos jamás en esta Tierra. Soy Jesucristo, el Salvador, el Amigo
vuestro. En nombre del Dios verdadero os consuelo. La paz descienda pronto sobre vosotros.
La gente, en su mayoría romanos, se ha agolpado en torno a Jesús, cuyos conceptos nuevos han producido el asombro
de todos.
-¡Por Júpiter, me has hecho pensar en cosas en las que nunca había pensado y que siento verdaderas!
Publio Quintiliano mira a Jesús, pensativo y cautivado al mismo tiempo.
Así es, amigo. Si el hombre usara su pensamiento, no llegaría a la comisión del delito.
-¡Por Júpiter, por Júpiter, qué palabras! ¡Tengo que recordarlas! ¿Has dicho: "si el hombre usase su pensamiento..."
...No llegaría a la comisión del delito.
-¡Pues claro!, ¡es verdad! ¡Por Júpiter! ¿Sabes que eres grande?
-Todo hombre que quisiera podría serlo como Yo, si fuera enteramente uno con Dios.
El romano continúa su serie de "¡por Júpiter!", a cuál más exclamativo.
Jesús por su parte le dice:
-¿Podría dar a esos galeotes algo que los consolara? Tengo dinero... Fruta, algo que los alivie; para que sepan que los
amo.
-Dámelo. Puedo hacerlo. Además ahí hay una dama muy poderosa. Voy a preguntárselo.
Publio se acerca a la litera y habla muy cerca de las cortinas en las que ha sido abierto apenas un resquicio. Vuelve.
-Tengo plenos poderes para ello. Me ocuparé yo mismo de la distribución, de forma que los esbirros no se aprovechen
abusivamente. Será la única vez que un soldado imperial ejercite la piedad con los esclavos de guerra.
-La primera, no la única. Llegará el día en que no habrá esclavos; pero ya antes mis discípulos habrán descendido a los
galeotes y esclavos para llamarlos hermanos.
Otra serie de “¡Por Júpiter!" recorre el ambiente calmo; mientras, Publio espera a tener suficiente fruta y vino para los
galeotes. Luego, antes de subir a la galera, le dice a Jesús al oído:
-Ahí dentro está Claudia Prócula. Quisiera oírte hablar en otra ocasión; ahora quiere preguntarte algo. Ve.
Jesús se acerca a la litera.
-¡Hola, Maestro!
La cortina apenas se abre un poco, dejando ver a una hermosa mujer de unos treinta años.
-Descienda sobre ti el deseo de la sabiduría.
-Has dicho que el alma tiene recuerdo del Cielo. ¿Es eterna, entonces, esa cosa que decís que poseemos?
-Es eterna. Por eso tiene recuerdo de Dios, del Dios que la ha creado.
-¿Qué es el alma?
-El alma constituye la verdadera nobleza del hombre. Tú eres gloriosa por ser de los Claudios; pues más lo es el hombre,
por ser de Dios. Por tus venas corre la sangre de los Claudios; poderosa familia, pero que tuvo origen y tendrá fin. Dentro del
hombre, por razón del alma, fluye la sangre de Dios, porque el alma es la sangre espiritual - siendo Dios Espíritu purísimo - del
Creador del hombre: de Dios eterno, potente, santo. El hombre es, pues, eterno, potente, santo, por el alma que hay en él y que
vive mientras está unida a Dios.

-Yo soy pagana, por tanto no tengo alma...
-La tienes, aunque sumida en letargo; despiértala a la Verdad y a la Vida.
-Adiós, Maestro.
-Que la Justicia te conquiste. Adiós.
-Como habéis podido ver, aquí también he tenido auditorio - dice Jesús a sus discípulos.
-Sí, pero, menos los romanos, ¿quién te habrá entendido? ¡Son bárbaros!
-¿Que quién?... Todos. Llevan consigo la paz. Se acordarán de mí mucho más que otros de Israel. Vamos a la casa que
nos ofrece la comida.
-Maestro, la mujer ésa es la misma que me habló aquel día que curaste a aquel enfermo; la he reconocido - dice Juan.
-Daos cuenta, pues, que también aquí había quien nos esperaba. Pero... no os veo muy conformes. Mucho habré hecho
el día que haya conseguido persuadiros de que he venido no sólo para los hebreos sino para todos los pueblos, y de que os he
preparado para todos ellos. Una cosa os digo: de vuestro Maestro recordad todo; no hay hecho alguno, por insignificante que
fuere, que no esté llamado a ser para vosotros, un día, regla en el apostolado.
Ninguno responde. Jesús sonríe - no sin tristeza - compasivo.
“Esta mañana me ha sonreído a mí también... (habla María Valtorta)
Estaba sumida en un desaliento tan completo, que me he echado a llorar por muchas cosas; entre ellas no la última el
cansancio de estar siempre escribiendo con la convicción de que tanta bondad de Dios y tanto esfuerzo del pequeño Juan (como
Jesus cariñosamente la llamaba) son completamente inútiles. Y, llorando, he invocado a mi Maestro, y, dado que por bondad
suya ha venido enteramente para mí, le he manifestado lo que había pensado.
Él se ha encogido de hombros, como queriendo decir: « ¡Bah..., déjale al mundo con sus historias!» y me ha acariciado
diciendo: « ¿Y entonces? ¿No quieres seguir ayudándome? ¿Que el mundo no quiere conocer mis palabras? Bueno, pues nos las
decimos entre nosotros dos; así nos alegraremos ambos: Yo, repitiéndolas a un corazón fiel; tú, oyéndolas. ¡Ah..., las fatigas del
apostolado!... ¡Abaten más que las de cualquier otro trabajo! Quitan la luz al más sereno de los días, dulzor al más dulce de los
manjares. Todo se transforma en ceniza y lodo, náusea y hiel. Y, sin embargo, alma mía, las horas en que tomamos sobre
nuestras espaldas el cansancio, la duda y miseria de los mundanos que mueren porque no poseen lo que nosotros tenemos son
las horas en que más hacemos. Ya te lo dije el año pasado. "¿En pro de qué?", se pregunta el alma sumergida bajo lo que
sumerge al mundo, es decir, las olas procedentes de Satanás. Y el mundo se ahoga, cosa que no le sucede al alma que está
clavada con su Dios en la cruz; ésta pierde, sí, durante un instante la luz y se hunde bajo la ola nauseabunda del cansancio
espiritual, pero luego vuelve a la superficie, más fresca y hermosa. El que digas: "Ya no valgo para nada positivo" es
consecuencia de este cansancio. Jamás valdrías, pero Yo soy siempre Yo, y, por tanto, serás siempre capaz de cumplir bien tu
misión de portavoz. Claro que, si viera que, cual pesada y preciosísima gema, escondieran mi don con avaricia, o lo usaran
imprudentemente, o, por desidia, no se tratara de tutelar con las necesarias garantías - por las maldades humanas - propias de
estos casos tanto el don como a la criatura a través de la cual es otorgado éste, Yo diría mi "¡basta!", y esta vez sin posibilidad de
vuelta atrás; "¡basta!" para todos, excepto para mi pequeña alma que hoy parece una florecilla bajo un aguacero. ¿Podrás,
acaso, con estas caricias mías, dudar de que te amo? ¡Venga! ¡Ánimo! Me ayudaste mientras la guerra, sígueme ayudando. Hay
mucho que hacer.
Y así me he calmado, experimentando la caricia de la larga mano y de esa sonrisa tan dulce de mi Jesús, cándido como
siempre cuando es enteramente para mí.

155
Curación de la niña romana en Cesárea
Dice Jesús:
-Pequeño Juan, (María Valtorta) ven conmigo, que quiero que escribas una lección para los consagrados de hoy.
Observa y escribe.
Jesús está todavía en Cesárea Marítima. Ya no es la plaza de ayer sino un lugar situado más en el interior de la ciudad,
desde el cual, no obstante, se ven todavía el puerto y las naves. Aquí hay muchos fondaques y establecimientos comerciales; si a
ello añadimos que en este espacio terroso hay, además, esteras extendidas en el suelo con mercancías varias, deduzco que se
trata de zona de mercados (quizás estaban cerca del puerto y de los almacenes por comodidad de navegantes y compradores de
las mercancías traídas por mar). Hay un fuerte runruneo e ir y venir de gente.
Jesús está esperando con Simón y sus primos a que los otros consigan las provisiones necesarias. Unos niños miran con
curiosidad a Jesús, el cual los acaricia dulcemente mientras habla con sus apóstoles. Dice Jesús:
-Me duele este descontento por el hecho de que Yo entable relaciones con los gentiles, pero no puedo hacer sino lo
que debo y debo ser bueno con todos. Esforzaos en ser buenos al menos vosotros tres y Juan; los otros os seguirán por
imitación.
-Pero ¿cómo se puede ser bueno con todos? A fin de cuentas, ellos nos desprecian y nos oprimen; no nos comprenden,
están llenos de vicios... - dice Santiago de Alfeo justificándose.
-¿Que cómo puede ser? ¿Tú estás contento de haber nacido de Alfeo y María?
-Sí, claro. ¿Por qué me preguntas esto?
-Y si Dios te hubiera preguntado antes de tu concepción, ¿habrías querido nacer de ellos?

-Pues claro. No comprendo...
-Y si en vez de ello hubieras nacido de un pagano, al oírte acusar de haber querido nacer de un pagano, ¿qué habrías
dicho?
-Habría dicho... habría dicho: "No tengo la culpa. He nacido de él, pero podría haber nacido de otro". Habría dicho:
"Vuestra acusación es injusta; si no obro el mal, ¿por qué me odiáis?"
-Tú lo has dicho. También éstos, que despreciáis por ser paganos, pueden decir lo mismo. No por méritos propios has
nacido de Alfeo, que es un verdadero israelita. Lo que tienes que hacer es agradecérselo al Eterno, nada más, porque te ha
otorgado un gran regalo, y, como signo de gratitud y con humildad, tratar de conducir al Dios verdadero a otros que no tienen
este don. Hay que ser bueno.
-¡Es difícil amar a quien no se conoce!
-No. Mira. Tú, pequeñuelo, ven aquí.
Se acerca un niño de unos ocho años, que estaba jugando en un ángulo con otros dos chiquillos. Es un niño robusto, de
pelo muy moreno aunque de tez blanquísima.
-¿Quién eres?
-Soy Lucio, Cayo Lucio de Cayo Mario, romano, hijo del decurión de guardia, que se quedó aquí después de la herida».
-¿Y ésos quiénes son?
-Isaac y Tobías; pero no se debe decir porque no se puede. Les pegarían.
-¿Por qué?
-Porque son hebreos y yo romano. No se puede.
-Pero tú vas con ellos... ¿Por qué?
-Porque somos amigos; jugamos siempre a los dados y al saltarel juntos; pero no deben vernos.
-¿Y a mí me querríais? Yo soy también hebreo, y no soy un niño. Fíjate, soy un maestro, como si dijéramos un
sacerdote.
-¡Qué más da! Si me quieres, te quiero; y te quiero, porque me quieres.
-¿Por qué lo sabes?
-Porque eres bueno y quien es bueno quiere a los demás.
-Ved, amigos: el secreto para amar es ser buenos; si se es bueno se ama, sin pensar si éste es o no de una determinada
fe.
Y Jesús, llevando de la mano al pequeño Cayo Lucio, va a donde los niños hebreos, que se habían escondido asustados
tras el atrio de una casa, a acariciarlos, y les dice:
-Los niños buenos son ángeles. Los ángeles tienen una sola patria: el Paraíso; una sola religión: la del único Dios; un solo
Templo: el corazón de Dios. Quereos como ángeles siempre.
-Pero, si nos ven nos pegan...
Jesús no responde; se limita a mover la cabeza con un sentimiento de amargura.
Una mujer alta y de buen tipo llama a Lucio. El niño deja a Jesús mientras grita:
-¡Es mi mamá! - y a la mujer le grita: « ¡Mira el amigo que tengo! ¡Es grande! ¡Es un maestro!...
La mujer no se marcha con su hijo, sino que se acerca a Jesús y le pregunta:
-¡Hola! ¿Eres el hombre de Galilea que ayer habló en el puerto?
-Soy Yo.
-Espérame aquí entonces. Tardo poco. Y se va con su pequeñuelo. Entretanto han llegado también los otros apóstoles,
excepto Mateo y Juan, y preguntan:
-¿Quién era?
-Una romana, creo - responden Simón y los demás.
-¿Y qué quería?
-Ha dicho que espere aquí. Lo sabremos.
Entretanto, algunas personas, curiosas, se han acercado y se ponen a esperar también.
Vuelve la mujer con otros romanos:
-¿Entonces eres Tú el Maestro? - pregunta uno que tiene apariencias de doméstico de una casa señorial. Habiéndole
sido confirmado, pregunta: « ¿Sentirías aversión por curar a una hijita de una amiga de Claudia? La niña está agonizando. Se
ahoga. El médico no sabe de qué se está muriendo. Ayer tarde estaba sana, esta mañana ya estaba agonizando.
-Vamos.
Andan un poco por una calle que lleva al lugar de ayer. Llegan al portal de una casa que parece habitada por romanos y
que está abierta de par en par.
-Espera un momento.
El hombre entra rápido. Casi inmediatamente se asoma de nuevo y dice:
-Ven.
Pero, sin darle ni siquiera tiempo a Jesús de entrar, sale de la casa una joven de aspecto señorial, aunque con una
angustia más que evidente. Lleva en brazos a una criaturita de pocos meses, como muerta, ya cárdena, como una persona que
se esté ahogando. Yo diría que tiene una difteria mortal y que está en los últimos instantes de su vida. La mujer busca amparo
en el pecho de Jesús como un náufrago en un escollo. Su llanto es tan grande, que no es capaz de hablar.
Jesús toma a la criaturita, que manifiesta pequeños movimientos convulsivos en las manitas céreas, con sus uñitas ya
violáceas. La alza. La cabecita queda colgando hacia atrás sin fuerza. La madre, perdida su soberbia de romana frente a un
hebreo, se ha deslizado hasta los pies de Jesús, al suelo, y llora con el rostro alzado, los cabellos medio desgreñados, los brazos

extendidos, estrujando la túnica y el manto de Jesús. Detrás y alrededor, mirando, hay romanos de la casa y mujeres hebreas de
la ciudad.
Jesús moja en su saliva su dedo índice derecho y lo mete en la boquita jadeante. Lo introduce hacia abajo. La niña
forcejea. Su tez se ennegrece aún más. La madre grita:
-¡No! ¡No! - y se contuerce como traspasada por un puñal. La gente contiene la respiración...
Pero el dedo de Jesús sale junto con un amasijo de membranas purulentas. La niña deja de forcejear. Luego, emite un
tierno gemido de llanto y se calma con inocente sonrisa, manoteando y moviendo los labios como un pajarillo cuando pía y agita
las alitas en espera del cebo.
-Toma, mujer. Dale la leche. Está curada.
La madre está en tal modo turbada, que coge a la pequeñuela y, así como estaba, en el suelo, la besa, la acaricia toda
para sí, le da el pecho, enajenada, olvidada de todo lo que no sea su hijita.
Un romano le pregunta a Jesús:
-Pero ¿cómo lo has conseguido? Soy el médico del Procónsul, soy docto, he tratado de quitar la obstrucción, pero
estaba muy abajo, demasiado abajo... Y Tú... así...
-Eres docto, pero no tienes contigo al Dios verdadero. ¡Sea Él en esto glorificado! ¡Adiós!
Y Jesús hace ademán de querer marcharse. Pero he aquí que un pequeño grupo de israelitas siente la necesidad de
intervenir:
-¿Cómo te has permitido acercarte a extranjeros? Son impuros, están corrompidos, quienquiera que se acerque a ellos
queda contaminado.
Jesús mira fijamente, severamente, a los tres, y dice:
-¡No eres tú Ageo, el hombre de Azoto que vino aquí el pasado Tisrí para negociar con el mercader que está al pie de los
muros del viejo fontanar? ¿Y tú no eres José de Rama, que vino también aquí - y tú sabes, como Yo, por qué - a consulta del
médico romano? ¿Y entonces? ¿No os sentís vosotros impuros?
-Un médico no es nunca extranjero. Cura el cuerpo, que es igual para todos.
-A mayor razón lo es el alma. Pero además, ¿Qué he curado Yo? El cuerpo inocente de un párvulo, medio con que
espero curar las almas no inocentes de los extranjeros. Como médico y Mesías, por tanto, puedo tratar con cualquiera.
-No puedes.
-¿No, Ageo? ¿Y tú por qué tratas con el mercader romano?
-Mi contacto con él es sólo a través de la mercancía y del dinero.
-Y entonces, dado que no tocas su carne, sino solamente lo que ha tocado su mano, no te parece que te contamines...
¡Oh, ciegos y crueles!
Escuchad todos. Precisamente en el libro del Profeta cuyo nombre lleva éste está escrito: "Plantea a los sacerdotes esta
cuestión sobre la Ley: “Si un hombre lleva carne santificada en el vuelo de su túnica y con él toca luego viandas, pan o aceite u
otros alimentos, ¿quedarán estas cosas santificadas?” (Ageo 2, 11 y siguientes). Y los sacerdotes respondieron: “No”. Entonces
Ageo dijo: `Si uno, impuro a causa de un muerto, toca una de estas cosas, ¿quedará contaminada?'. Y los sacerdotes
respondieron: `Si"'.
Por esta subrepticia, engañosa, incoherente manera de actuar ponéis obstáculo al Bien y lo condenáis y sólo aceptáis lo
que os produce algún beneficio; en ese caso cesan indignación, asco y aversión. Distinguís - si no os acarrea un perjuicio personal
- lo impuro, que hace a uno impuro, de lo que no lo es. ¿Cómo sois capaces, bocas mentirosas, de profesar que lo que ha sido
santificado por haber tocado carne santa o cosa santa no santifica lo que toca, y lo que ha tocado una cosa impura puede
convertir en impuro lo que toca?
¿No comprendéis que os contradecís, ministros embusteros de una Ley de Verdad de la que os aprovecháis? Vosotros la
retorcéis como si fuera una soga, según que os lo pida vuestro anhelo de obtener de ella algún provecho. Fariseos hipócritas,
que bajo pretexto religioso dais rienda suelta a vuestra rencorosa envidia humana, enteramente humana; profanadores de lo
que a Dios pertenece; insultadores y enemigos del Mensajero de Dios. En verdad, en verdad os digo que todo acto vuestro, toda
conclusión vuestra, todo movimiento vuestro tiene en la base todo un mecanismo astuto constituido por ruedas, resortes,
contrapesos, tirantes, que son vuestros egoísmos, pasiones, insinceridad, odios, anhelo de imponerse a los demás, envidias.
¡Deberíais avergonzaros! Codiciosos, cobardes, rencorosos, que vivís en el miedo orgulloso de que alguno, aun no
siendo de vuestra casta, os aventaje. ¡Mereced ser como ese que os infunde miedo y os produce ira! Como dice Ageo, de un
montón de veinte celemines hacéis uno de diez, y de cincuenta barriles veinte, y os quedáis con la diferencia, mientras que,
tanto por dar ejemplo a los demás como por el amor debido a Dios, deberíais no quitar sino añadir de lo vuestro al conjunto de
los celemines y barriles en pro de quien pasa hambre; y es así que merecéis que el viento abrasador, la herrumbre y el granizo
hagan infecundas toda obra de vuestras manos.
¿Quién de entre vosotros viene a mí? Éstos, estos que para vosotros son estiércol y desecho, estos supremos ignorantes
que ni siquiera saben que existe el verdadero Dios vienen a quien lleva en las palabras y en las obras a este Dios. Sin embargo,
vosotros... ¡Ah, os habéis hecho un nicho y en él estáis! Secos, fríos como ídolos que esperan incienso y adoración. Dado que os
creéis dioses, os parece inútil pensar en el verdadero Dios en el modo debido, y veis peligroso el que otros se propongan lo que
vosotros no os proponéis. En verdad, no podéis proponéroslo porque sois ídolos, y porque sois siervos del Ídolo. Pero quien
intenta puede, porque no obra él, sino Dios en él.
¡Idos! Referid a quien os ha enviado a pisarme los talones que detesto a los mercaderes que juzgan que el vender
mercancías, patria o Templo a quienes les ofrecen dinero no contamina. Decidles que siento repugnancia por los degenerados
cuyo único culto es la propia carne y sangre y juzgan que el trato con el médico extranjero para curación de éstas no contamina.
Decidles que la medida es igual, que no hay dos medidas. Decidles que Yo, el Mesías, el Justo, el Consejero, el Admirable, aquel

sobre quien descenderá el Espíritu del Señor en sus siete dones, aquel que no juzgará por lo que se presenta ante los ojos sino
por lo secreto de los corazones, aquel que no condenará por lo que oiga con los oídos sino por las voces espirituales que oiga en
el interior de cada hombre, aquel que se pondrá de la parte de los humildes y juzgará con justicia a los pobres, aquel que soy Yo,
porque esto soy Yo, ya está juzgando y castigando a los que en este mundo son sólo tierra; el soplo de mi respiro hará morir al
impío y devastará su guarida, mientras que para quienes, deseosos de justicia y fe, vengan a mi monte santo a saciarse de la
Ciencia del Señor, será Vida y Luz, Libertad y Paz. Esto es Isaías, ¿no es verdad? (11, 1 y siguientes)
¡El pueblo de mi propiedad! Enteramente viene de Adán y Adán viene de mi Padre; todo él es, por tanto, obra del
Padre, y a todos debo reunir en torno al Padre. Yo los conduzco a ti, Padre santo, eterno, potente; conduzco a ti a los hijos
errantes después de congregarlos con la voz del amor, bajo mi cayado pastoral, semejante al que Moisés levantó contra las
serpientes de muerte. Para que Tú tengas tu Reino y tu pueblo. Y no hago distinciones, porque en el fondo de todos los vivientes
veo un punto que resplandece más que el fuego: el alma, una chispa tuya, eterno Esplendor. ¡Oh, eterno deseo mío! ¡Oh,
voluntad incansable mía!
Esto quiero, en esto ardo: una tierra que por entero cante tu Nombre, una humanidad que te llame Padre, una
redención que a todos salve, una voluntad fortalecida que haga a todos obedientes a tu voluntad, un triunfo eterno que llene el
Paraíso de un hosanna sin fin... ¡Oh, multitud de los Cielos!... Sí, veo la sonrisa de Dios... y es el premio contra toda dureza
humana.
Mas los tres israelitas ya han huido bajo la granizada de reproches. Los otros, todos, romanos o hebreos, se han
quedado boquiabiertos. En cuanto a la mujer romana, con su pequeñuela ya satisfecha de leche y durmiendo plácidamente
sobre el regazo materno, está allí, en el mismo sitio de antes, casi a los pies de Jesús, y llora de alegría materna y de emoción
espiritual. Muchos lloran por el arrollador cierre de Jesús, que en este éxtasis parece llamear.
Y Jesús, bajando los ojos y el espíritu del Cielo a la tierra, ve a la gente, ve a la madre... y, al pasar, tras un gesto de adiós
a todos, roza con su mano a la joven romana, como para bendecirla por su fe. Y se marcha con los suyos, mientras la gente,
todavía estupefacta, permanece en el lugar...
(La joven romana, si no es una semejanza fortuita, es una de las romanas, Valeria y su hija Faustina, que estaban con
Juana de Cusa en el camino del Calvario. Pero, puesto que aquí nadie la ha llamado por su nombre, no puedo asegurarlo).

156
Analía, la primera de las vírgenes consagradas
Jesús está con Pedro, Andrés y Juan. Llama a la puerta de la casa de Nazaret. Su Madre abre en seguida. Su rostro, al ver
a su Jesús, se ilumina con refulgente sonrisa.
-Regresas en un momento oportuno, Hijo mío. Desde ayer tengo conmigo una paloma pura que te está esperando. Ha
venido de lejos. La persona que la ha acompañado no podía quedarse más tiempo. Yo, dado que ella solicitaba consejo, he dicho
lo que podía, pero sólo Tú, Hijo mío, eres Sabiduría. Bienvenidos de nuevo también vosotros. Entrad inmediatamente para
descansar y reponer fuerzas.
-Sí, quedaos aquí; voy sin demora con esta criatura que me está esperando.
Los tres sienten viva curiosidad, pero en modo diverso: Pedro, como si esperase poder ver a través de las paredes,
observa con el rabillo del ojo en todas las direcciones; Juan parece como si quisiera leer en el sonriente rostro de María el
nombre de la desconocida; Andrés, que está intensamente ruborizado, clava su mirada en Jesús con toda la fuerza de sus pupilas
y una muda súplica tiembla en su mirada y en sus labios.
Pero Jesús no detiene su atención en ninguno. Mientras los tres discípulos se deciden a entrar en la cocina, donde
María les ofrece comida y calor de lumbre, Jesús levanta la cortina que tapa la puerta que conduce al huerto jardín, y sale.
Un delicado sol da a las ramas enteramente florecidas del alto almendro del huerto un aspecto más esponjoso e irreal
del que ya de por sí tienen; es el único árbol florecido, el más alto de los árboles del huerto, pingüe con su vestido de seda
blanco-rosácea entre la desnuda pobreza de los otros (peral, manzano, higuera, parra, granado), estériles y desnudos; pomposo
con su velo espumoso y vivo que contrasta con la gris humildad monótona de los olivos... parece como si hubiera atrapado con
sus largas ramas una tenuísima nube perdida en el campo zarco del cielo, y que con sus vedijas se hubiera engalanado para decir
a todos: «Llega la primavera, tiempo de desposorio. Exultad, plantas y animales. Es el tiempo de los besos con el viento o las
abejas, ¡oh flores!; es la hora de los besos bajo las tejas o entre la densa vegetación, ¡oh pajarillos de Dios!, ¡oh cándidas ovejas!:
hoy besos, mañana prole, para perpetuar la obra del Creador Dios nuestro.
Jesús, erguido bajo el sol, con las manos cruzadas sobre el pecho, sonríe a la pura y serena gracia del huerto materno,
con sus cuadros plantados de azucenas que muestran ya sus primeros haces de hojas, con sus rosales aún desnudos y el olivo
tan de plata, con otras familias de flores desperdigadas entre los humildes cuadros de legumbres y verduras en brote; puro,
ordenado, delicado, parece espirar también él candor de virginidad perfecta.
-Hijo, ven a mi habitación. Te la traigo, porque al oír tantas voces ha huido a aquel extremo.
Jesús entra en la habitación materna, esa casta, castísima habitacioncita que oyó las palabras del angélico coloquio y
que emana, más aún que el huerto, la esencia virginal, angélica, santa, de la Mujer que en ella mora desde hace años y del
Arcángel que en ella veneró a su Reina. ¿Han pasado ya treinta años o ayer se produjo el encuentro? Hoy también se ve una
rueca con su blando y casi argentino copo de estambre, y en el huso hilo, y, encima de la repisa que está junto a la puerta, un
bordado plegado, entre un rollo de pergamino y un jarrón de cobre con una tupida ramita de almendro florecido; hoy también

palpita con un ligero vientecillo la cortina de rayas, la que cela el misterio de esta virginal morada; el lecho, ordenado, en su
ángulo, sigue teniendo ese aspecto delicado propio del de una niña que apenas haya llegado al umbral de la juventud. ¡Qué
sueños se producirán y se habrán producido en esa almohada de escaso grosor!...
La mano de María levanta lentamente la cortina. Jesús, que, en pie, de espaldas a la puerta, estaba contemplando ese
nido de pureza, se vuelve.
-Mira, Hijo mío, la traigo a ti; es una cordera y Tú eres su Pastor - y, dicho esto, María - que había entrado llevando de la
mano a una jovencita morenita, esbelta, que al verse en presencia de Jesús se ruboriza intensamente - se retira con delicadeza
dejando caer la cortina.
Paz a ti, niña.
-La paz... Señor...
La jovencita, muy emocionada, no puede seguir hablando, y se arrodilla rostro en tierra.
-Levántate. ¿Qué deseas de mí? No temas...
-No es miedo... pero... ahora, delante de ti, después de que lo he deseado tanto... todo lo que veía fácil y necesario
decirte... ya no me vienen las palabras... ya no me parece eso... Soy tonta... Perdóname, mi Señor...
-¿Estás pidiendo gracia para este mundo? ¿Necesitas un milagro? ¿Tienes que convertir a alguna alma? ¿No?
¿Entonces? ¿Ánimo, habla! Tanto valor como has tenido ¿y ahora te falta? ¿No sabes que Yo soy quien aumenta la fortaleza?
¿Sí? ¿Lo sabes? Pues entonces, ¡venga, habla!; como si Yo fuera un padre para ti. Veo que eres joven. ¿Cuántos años tienes?
-Dieciséis, Señor mío.
- ¿De dónde vienes?
-De Jerusalén.
-¿Cuál es tu nombre?
-Analía...
-El amado nombre de mi abuela y de muchas otras santas mujeres de Israel, y, formando uno solo con él, el de la
buena, fiel, amorosa y mansa esposa de Jacob. Te traerá buen augurio. Serás una esposa y madre ejemplar. ¿No? ¿Meneas la
cabeza? ¿Lloras? ¿Es que te han rechazado? ¿Tampoco es eso? ¿Ha muerto tu prometido? ¿No has sido elegida todavía?
La jovencita sigue meneando la cabeza en señal de negación. Jesús da un paso hacia ella, la acaricia y la fuerza a que
levante la cabeza y a que lo mire... La sonrisa de Jesús vence el estado de turbación de la muchacha, que ahora se siente más
segura y dice:
-Mi Señor, yo estaría casada y viviría feliz, y además por mérito tuyo. ¿No me reconoces, mi Señor? Soy la enferma de
tisis, la novia moribunda que curaste por la oración de tu Juan... Después de tu gracia, yo... mi cuerpo era distinto (sano en lugar
del otro, moribundo, que tenía antes); mi alma también era distinta... No sé, pero yo ya no me sentía yo... La alegría de estar
curada, la certeza, por tanto, de poder casarme - el hecho de no llegar al matrimonio era lo que de mi muerte me apenaba - no
duraron sino las primeras horas. Luego...
La jovencita se siente cada vez más segura, le vuelven las palabras y las ideas que había perdido en el estado de
turbación de verse sola con el Maestro...
-...Luego sentí que no debía ser sólo egoísta, pensar sólo: “Ahora seré feliz", sino que debía pensar en algo mayor e ir a
ti, a Dios, Padre tuyo y mío. Alguna pequeña cosa, pero que expresase mi gratitud. Pensé mucho y, cuando el sábado siguiente vi
a mi prometido, le dije: "Escucha, Samuel. Sin el milagro, yo, pasados unos meses, habría muerto, y me habrías perdido para
siempre. Quisiera ofrecerle a Dios un sacrificio - yo contigo - para decirle que lo alabo y le estoy agradecida". Y Samuel respondió
enseguida, porque me quiere: "Vamos al Templo juntos a inmolar la víctima". Pero no era eso lo que yo quería. Soy pobre,
aldeana, mi Señor; poco sé y menos aún puedo; pero, a través de la mano que habías depositado en mi pecho enfermo, algo
había llegado no sólo a mis pulmones horadados sino también adentro del corazón: a los pulmones, salud; al corazón, sabiduría.
Yo comprendía que el sacrificio de un cordero no era el que deseaba mi espíritu que te... que te amaba.
La muchacha calla y se sonroja tras esta profesión de amor.
-¡Sigue, sin miedo! ¿Qué quería tu espíritu?
-Sacrificarte algo que fuera digno de ti, ¡oh Hijo de Dios! Y entonces... y entonces yo pensaba que debería ser una cosa
espiritual, como corresponde a Dios, o sea, mi sacrificio de alargar la espera del matrimonio por amor a ti, mi Salvador. Gran
alegría comporta el matrimonio, ¿sabes? ¡Cuando hay amor es una cosa grande! ¡Un deseo, una ansiedad por casarse!... Pero yo
ya no era la misma de unos días antes. No era para mí ya lo más hermoso... Se lo dije a Samuel y él me comprendió. El también
ha decidido hacerse nazareo durante un año, a contar desde el día que debería haber sido la boda, o sea, el día siguiente de las
calendas de Adar. Entretanto se puso a buscarte para testificarte su amor por haberle restituido a su prometida, testificarte su
amor y conocerte. Y te encontró, pasados muchos meses, en Agua Especiosa. Yo también fui... Tu palabra terminó de cambiarme
el corazón. Ya no me es suficiente el voto de antes... Como ese almendro de ahí fuera, que bajo el sol cada vez más caluroso ha
vuelto a la vida tras meses de muerte, y ha florecido y luego dará hojas y luego frutos, así yo también he ido progresando en el
conocimiento de lo mejor. La última vez, ya segura de mí y de lo que quería - durante todos estos meses he estado meditando -,
la última vez que estuve en Agua Especiosa ya no estabas, te habían obligado a irte. Mucho lloré y oré, de forma que el Altísimo
me escuchó, persuadiendo a mi madre a mandarme aquí con un familiar que iba a Tiberíades para hablar con los cortesanos del
Tetrarca. El capataz me había dicho que aquí te encontraría. Encontré a tu Madre. Sus palabras, el simple hecho de escucharla y
de estar a su lado estos dos días, han hecho madurar completamente el fruto de tu gracia».
La muchacha se ha arrodillado como si estuviera ante un altar, con las manos cruzadas sobre el pecho.
-Bien, pero, exactamente ¿qué deseas?, ¿qué puedo hacer por ti?

- Señor, querría... querría una cosa muy importante, que solamente Tú, que das la vida y la salud, me la puedes otorgar,
pues pienso que lo que puedes dar lo puedes quitar... Yo quisiera que la vida que me has dado me la quitases antes de que
termine el año de mi voto...
-Pero, ¿por qué? ¿No te sientes agradecida a Dios por haber recuperado la salud?
-¡Mucho! ¡Infinitamente! Es por una sola cosa: porque viviendo por su gracia y por tu milagro he comprendido lo mejor.
-¿Que es...?
-Que es vivir como los ángeles, como tu Madre, mi Señor, como Tú... como vive tu Juan... Las tres azucenas, las tres
llamas blancas, las tres bienaventuranzas de la Tierra, Señor. Sí, porque creo que es una bienaventuranza el poseer a Dios y el
que Dios sea propiedad de los puros. Creo que quien es puro es un cielo con su Dios en el centro y los ángeles alrededor... ¡Oh,
mi Señor, yo desearía esto!... Poco te he oído, poco he oído a tu Madre, al discípulo y a Isaac, y no he conocido a otros que me
dijeran tus palabras, pero es como si mi espíritu te oyera siempre y fueras Tú su Maestro... He dicho, mi Señor...
-Analía, mucho es lo que pides y mucho es lo que das. Hija, has comprendido a Dios y la perfección a que la criatura
puede ascender para parecerse y agradar al Purísimo.
Jesús ha cogido entre sus manos la cabeza morena de la muchacha, que sigue arrodillada, y le está hablando inclinado
hacia ella.
-El que nació de una Virgen - porque no podía prepararse un nido no hecho de azucenas - se siente nauseado, hija, de la
triple libídine del mundo; se curvaría aplastado por tanta náusea si el Padre, que sabe de qué vive su Hijo, no interviniera con sus
amorosos auxilios para sostener a su alma angustiada. Los puros son mi alegría; tú me devuelves lo que el mundo me quita con
su inexhausta bajeza: ¡benditos seáis por ello el Padre y tú, niña! Ve tranquila. Algo intervendrá y hará eterno tu voto. Sé una de
las azucenas esparcidas por los sangrientos caminos del Cristo.
Mi Señor, quisiera también otra cosa...
-¿Cuál?
-No estar cuando llegue tu muerte... No podría ver morir a quien es mi Vida.
Jesús sonríe dulcemente y seca con su mano dos hilos de lágrimas que descienden por la carita morena de la muchacha.
-No llores. Las azucenas nunca están de luto. Reirás con todas las perlas de tu corona angélica cuando veas al Rey
coronado entrar en su Reino. Ve. Que el Espíritu del Señor te adoctrine entre una venida mía y la otra. Te bendigo con el fuego
del Eterno Amor.
Jesús se asoma al huerto y dice:
-¡Madre! Aquí tienes a una hijita toda para ti. Ahora es feliz. Sumérgela en tus candores, ahora y cada vez que vayamos
a la Ciudad Santa, para que sea nieve de pétalos ce-lestes esparcida sobre el trono del Cordero.
Y Jesús vuelve con los suyos mientras María se queda con la muchacha, acariciándola.
Pedro, Andrés y Juan lo miran con ademán interrogativo. El rostro resplandeciente de Jesús les manifiesta su alegría.
Pedro no se contiene y pregunta:
-¿Con quién has estado hablando tanto, Maestro mío? ¿Qué has oído para estar tan radiante de alegría?
-Con una mujer que está en el alba de la vida; con la mujer que será el alba de muchas otras que han de venir.
-¿Quiénes?
-Las vírgenes.
Andrés dice en voz baja para sí mismo:
-No es ella...
-No, no es ella. De todas formas, no te canses de orar, con paciencia y bondad. Cada palabra de tu oración es como un
reclamo, una luz en la noche; la sostienen y la guían.
-Pero, ¿a quién espera mi hermano?
-Espera a un alma, Pedro. Es una gran miseria que quiere transformar en una gran riqueza.
-¿Y dónde la ha encontrado Andrés, que no se mueve nunca, no habla nunca y no tiene nunca iniciativas?
-En mi camino. Ven conmigo, Andrés, vamos a donde Alfeo, a bendecirlo en compañía de sus muchos nietos. Vosotros
esperadme en casa de Santiago y Judas. Mi Madre necesita estar sola todo el día.
Y yendo así, unos a una parte otros a otra, el secreto envuelve la alegría de la primera consagrada a la virginidad por
amor a Cristo.

157
Instrucciones a las discípulas en Nazaret
Jesús sigue en su casa de Nazaret, y más exactamente en lo que fuera el taller de carpintería.
Con Él están los doce apóstoles y María, María madre de Santiago y Judas, Salomé, Susana y - cosa nueva - Marta (una
Marta muy apenada, con claros signos de llanto bajo sus ojos, una Marta desacoplada en este ambiente, tímida al verse muy
sola ante otras personas y, sobre todo, ante la Madre del Señor). María trata de armonizarla con las otras mujeres y de quitarle
ese sentido de molestia que ve que padece; pero, su ternura parece dilatar cada vez más el corazón de la pobre Marta. Rubor y
gotazas de llanto se alternan bajo ese velo, muy caído, que quiere cubrir dolor y desazón.
Entran Juan con Santiago de Alfeo.

-No estaba, Señor. Ha ido con su marido a casa de una amiga que la ha invitado. Eso han referido los domésticos - dice
Juan.
-Lo sentirá mucho, sin duda; de todas formas, ya recibirá tus instrucciones y te verá - concluye Santiago de Alfeo.
-Bien. No es el grupo de discípulas exactamente como lo había pensado. De todas formas, ya veis que en vez de Juana
está Marta, hija de Teófilo, hermana de Lázaro.
Los discípulos ya conocen a Marta. Mi Madre también. Tú, María, y tú, Salomé, quizás también, ya sabéis por vuestros
hijos quién es Marta, no tanto como mujer según los criterios de este mundo cuanto como criatura ante los ojos de Dios. Tú,
Marta, por tu parte, ya conoces a estas mujeres, que te consideran hermana y te van a querer mucho. Hermana e hija. Tú tienes
mucha necesidad de esto, buena Marta, para sentir - ¿por qué no? - la consolación humana de nobles afectos que Dios no sólo
no condena sino que los ha puesto en el hombre como apoyo del trabajo que la vida supone. Dios te ha traído justo en la hora
por mí elegida para poner la base, diría el cañamazo en que vais a bordar vuestra perfección de discípulas.
Discípulo quiere decir aquel que sigue la disciplina del Maestro, de su doctrina. Por tanto, en sentido amplio serán
llamados discípulos todos aquellos que ahora y en el transcurso de los siglos sigan mi doctrina. Y, para no dar muchos nombres
diciendo "discípulos de Jesús según la enseñanza de Pedro o de Andrés, de Santiago o Juan, de Simón o Felipe, de Judas o de
Bartolomé o de Tomás y Mateo", se utilizará un solo nombre, que los aglomerará bajo un único signo: "cristianos" (Cristo mismo
predice aquí y en otros lugares de esta Obra que a sus discípulos se les llamará “cristianos” (que será dado a los discípulos por
primera vez en Antioquía (Hechos 11, 26) o “católicos”) Pero entre el gran número de quienes se sujeten a mi disciplina ya he
elegido a los primeros, y luego a los segundos, y así se hará a lo largo de los siglos en memoria mía. De la misma forma que en el
Templo - y aún antes, desde Moisés - hubo un Pontífice, hubo sacerdotes, levitas y responsables de los distintos servicios,
funciones o tareas, hubo cantores, etc., así en mi Templo nuevo, que será tan grande y duradero como toda la Tierra, habrá
mayores y menores, todos útiles, todos amados por mí, y también mujeres, esa categoría nueva que Israel siempre ha
despreciado confinándola, destinada sólo a los cantos virginales en el Templo o a la instrucción de las vírgenes en el Templo y
nada más.
No argumentéis acerca de si ello era justo o no; en la religión cerrada de Israel y en el tiempo de ira, era justo. Todo el
deshonor recaía sobre la mujer, origen del pecado. En la religión universal de Cristo y en el tiempo del perdón todo esto cambia.
Toda la Gracia se ha reunido en una mujer y Ella la ha dado a luz al mundo para redención de éste. La mujer, por tanto, ya no
representa el desdén de Dios sino la ayuda de Dios. Por la Mujer, la amada del Señor, todas las mujeres pueden ser discípulas
del Señor, no sólo como la masa sino incluso como sacerdotisas menores, coadjutoras de los sacerdotes, a los cuales pueden
servir de gran ayuda, respecto a ellos mismos y respecto a los fieles y no fieles, respecto a aquellos que no serán conducidos a
Dios tanto por el rugido de la palabra santa cuanto por la sonrisa santa de una discípula mía.
Vosotras me habéis pedido seguirme, como me siguen los hombres. Ahora bien, sólo seguirme, escucharme o poner en
práctica es demasiado poco para lo que quiero de vosotras: os santificaríais, lo cual es grande, pero no me es suficiente. Soy Hijo
del Absoluto y de mis predilectos quiero lo absoluto. Quiero todo, porque he dado todo.
Además, no sólo existo Yo, también existe el mundo, esta cosa impresionante que es el mundo. Debería ser
impresionante en santidad: una santidad inmensa de la multitud de los hijos de Dios en número y en magnitud. Sin embargo, lo
impresionante del mundo es su iniquidad; su compleja iniquidad es verdaderamente inmensa, en el número de manifestaciones
y en la magnitud del vicio. Todos los pecados están asentados en el mundo, el cual, en vez de ser multitud de hijos de Dios, lo es
de hijos de Satanás. En el mundo está presente de forma especial el pecado de más claro signo de filiación satánica: el odio. El
mundo odia, y quien odia ve - y quiere hacérselo ver a quien no lo ve - el mal incluso en lo más santo. Si le preguntarais al
mundo para qué he venido Yo, no os diría: "Para hacer el bien, para redimir", sino que os diría: "Para corromper y usurpar"; y si
le preguntarais qué piensa de vosotras, las que me seguís, no os diría: "Le seguís para santificaros, para confortar al Maestro,
con santidad y pureza", sino que diría: "Le seguís porque estáis seducidas por ese hombre".
Así es el mundo. Os hablo de estas cosas para que calculéis todo antes de manifestaros al mundo como discípulas
elegidas, las primeras del linaje de las discípulas futuras, cooperadoras de los siervos del Señor.
Tomad el corazón en vuestras propias manos, ese corazón sensible de mujer, y decidle que vosotras, y él con vosotras,
habréis de soportar burlas y calumnias; que os escupirán y pisotearán; que todo esto lo recibiréis del mundo, del desprecio, de la
mentira, de la crueldad del mundo. Preguntadle si será capaz de recibir todas estas heridas sin gritar de indignación maldiciendo
a quienes lo hieren. Preguntadle si se siente con fuerzas de afrontar el martirio moral de la calumnia sin llegar a odiar a los
calumniadores y a la Causa por que será calumniado. Y, puesto que deberá beber el odio del mundo, que lo circundará,
preguntadle si va a saber emanar siempre amor; si, henchido de amargura de ajenjo, va a saber sacar dulzura; si, sufriendo todo
tipo de tortura de incomprensión, escarnio, murmuración, va a saber sonreír señalando con la mano al Cielo, su meta, a la que
queréis conducir a los demás (conducirlos por esa caridad de mujer, que es materna incluso en tierna edad, que es materna
incluso para con ancianos que podrían ser abuelos vuestros y que de hecho son niños espirituales, recién nacidos, incapaces de
comprender y conducirse por el camino, por la vida y la verdad y la sabiduría que he venido a dar con el ofrecimiento de mí
mismo: Camino, Vida, Verdad, Sabiduría divina). De todas formas, aunque me dijerais: "No me siento con fuerzas, Señor, para
desafiar al mundo entero por ti", os amaría igualmente.
Ayer una jovencita me ha pedido que la inmole antes de que se cumpla la hora de su matrimonio, porque siente que
me ama como se debe amar a Dios, o sea, con la totalidad de sí misma, hasta la perfección absoluta en la entrega. Y lo voy a
hacer. Le he ocultado la hora para que el alma no tiemble a causa del miedo; o, más que el alma, la carne. Su muerte será como
la de una flor que un atardecer cierra su corola pensando abrirla al día siguiente, pero que no la vuelve a abrir porque el beso de
la noche le ha aspirado la vida. Además, lo haré, según su deseo, de forma que su sueño de muerte preceda en pocos días al
mío; para no hacer esperar en el Limbo a esta primera virgen mía; para encontrarla enseguida en cuanto muera Yo.

¡No lloréis! Soy el Redentor... Fijaos cómo esta joven santa, que no se limitó al hosanna inmediatamente después del
milagro, sino que, cumplido éste, como moneda que puede producir intereses, ha sabido trabajarlo, pasando de la gratitud
humana a la sobrenatural, del deseo terreno al ultraterreno, mostrando poseer una madurez de espíritu superior a la de casi
todos - digo "casi", pues entre vosotros que me estáis oyendo hay niveles de perfección iguales e incluso superiores -; fijaos,
digo, cómo no me ha pedido seguirme, antes bien, ha manifestado su deseo de cumplir su evolución - de niña a ángel - en el
secreto de su casa. Bueno, pues, siento tanto amor por ella, que en las horas de amargura, causadas por lo que el mundo es,
evocaré a esta dulce criatura y bendeciré al Padre, que me enjuga con estas flores de amor y pureza las lágrimas y sudores de
Maestro de un mundo que no me recibe.
Bien, pues - si tenéis el coraje de perseverar como discípulas escogidas -, he aquí que os señalo la tarea que debéis
cumplir para justificar vuestra elección y presencia conmigo y con los santos del Seor.
Mucho podéis hacer en ayuda de vuestros semejantes y de los ministros del Señor. Ya se lo dejé entrever a María de
Alfeo hace muchos meses. ¡Cuánta necesidad de la mujer ante el altar de Cristo! Una mujer puede - mucho más y mejor que el
hombre - tratar las infinitas miserias del mundo, que luego pasarán al hombre para su completa curación. Se os abrirán muchos
corazones, especialmente femeninos, a vosotras, mujeres discípulas; los acogeréis como a amados hijos extraviados que vuelven
a la casa paterna y que no tienen el coraje de ponerse ante su padre; infundiréis nueva fuerza al culpable, aplacaréis al que
condena. Muchos se acercarán a vosotras buscando a Dios: los acogeréis como a fatigados peregrinos, diciendo: "Ésta es la casa
del Señor, Él vendrá enseguida", y, entretanto, los circundaréis de vuestro amor: si no llego Yo, llegará un sacerdote mío.
La mujer sabe amar, está hecha para el amor. Envileció, sí, el amor haciéndolo deseo del sentido, pero, en el fondo de
su carne, atrapado vive aún el verdadero amor, la gema de su alma: el amor que no sabe del lodo acre del sentido, el amor
hecho de alas y perfumes angélicos, de llama pura, de recuerdos de Dios y de su procedencia de Dios, de recuerdos de que es
obra creada por Él. La mujer es la obra maestra de la bondad junto a la obra maestra de la creación, que es el hombre: "Que
tenga Adán ahora una compañera para que no se sienta solo". La mujer no debe abandonar a Adán. Aprovechad, pues, esta
facultad de amar. Amad con ella al Cristo y, por El, al prójimo.
Sed plena caridad para con los culpables arrepentidos; decidles que no tengan miedo de Dios. ¿Cómo no habríais de
saber hacerlo vosotras, que sois madres y hermanas? ¿Cuántas veces vuestros pequeñuelos, vuestros hermanitos, estuvieron
enfermos y tuvieron necesidad del médico! Y tenían miedo. Pero vosotras, con caricias y palabras de amor, les quitasteis el
miedo; y ellos, con su manita en la vuestra, recibieron vuestros cuidados, perdido ya el terror que tenían. Los culpables son
vuestros hermanos e hijos enfermos que temen la mano del médico y su sentencia... No, no ha de ser así; vosotras que sabéis lo
bueno que es Dios decid que Dios es bueno y que no hay que tenerle miedo. A pesar de que, en tono firme y tajante, dirá: "No
volverás a hacer esto jamás", no arrojará de su presencia a aquel que consumó el hecho y enfermó, sino que le asistirá para
curarle.
Sed madres y hermanas con los santos, que también necesitan amor. Ellos se fatigarán, se consumirán en la
evangelización. Los desbordará la cantidad de cosas que tendrán que hacer. Ayudadlos vosotras con discreción y diligencia. La
mujer sabe trabajar, en la casa, sirviendo a las mesas, con las camas, en los telares y en todo aquello que es necesario para la
vida cotidiana. El futuro de la Iglesia será un continuo dirigirse de los peregrinos a los lugares de Dios; sed vosotras sus pías
hospederas, asumiéndoos los trabajos más humildes para dejar libres a los ministros de Dios para continuar la obra del Maestro.
Vendrán tiempos difíciles, sangrientos, crueles. Los cristianos - incluso los santos - vivirán horas de terror, de debilidad. El
hombre no es nunca muy fuerte en el sufrimiento; en cambio, la mujer posee respecto al hombre esta verdadera regalidad del
saber sufrir: enseñad esta cualidad al hombre, sosteniéndole en estas horas de temor, de abatimiento, de lágrimas, de
cansancio, de sangre. En nuestra historia tenemos ejemplos de magníficas mujeres que supieron cumplir actos de audacia
liberadora. Tenemos a Judit, a Yael. De todas formas - debéis creerlo - ninguna es mayor, por ahora, que la madre ocho veces
mártir (siete en sus hijos y una en sí misma) del tiempo de los Macabeos. Pero ha de venir otra, a la que seguirán muchas
mujeres heroínas del dolor y en el dolor, consuelo de mártires, mártires ellas mismas, ángeles de los perseguidos; mujeres que,
cual mudas sacerdotisas, predicarán a Dios con su modo de vivir y que, sin más consagración que la recibida del Dios-Amor,
serán verdaderamente personas consagradas y dignas de serlo.
Éstos son, a grandes rasgos, vuestros principales deberes. No voy a disponer de mucho tiempo para vosotras en
particular; os formaréis oyéndome, profundizaréis en vuestra formación bajo la guía perfecta de mi Madre.
Ayer, esta mano materna - Jesús coge con su mano la mano de María - ha conducido a mí a la niña de que os he
hablado, la cual me dijo que el solo hecho de escucharla y de estar unas pocas horas a su lado le había servido para madurar el
fruto de la gracia recibida, llevándolo a la perfección. No es la primera vez que mi Madre trabaja para el Cristo, su Hijo. Tú y tú,
primos míos además de discípulos, sabéis lo que María significa para la formación de las almas en Dios, y se lo podréis decir a
quienes - hombres o mujeres - sientan el temor de no haber sido preparados por mí para la misión, o de una insuficiente
preparación, cuando Yo ya no esté con vosotros.
Mi Madre estará con vosotros ahora y cuando Yo no esté; y después, una vez que me haya marchado definitivamente.
Ella os queda, y con Ella la Sabiduría en todas sus virtudes; seguid desde ahora todos sus consejos.
Ayer noche, ya solos, estando sentado al lado de mi Madre, como cuando era niño, con mi cabeza apoyada sobre ese
hombro suyo tan dulce y fuerte, me dijo - habíamos estado hablando de la jovencita que se había puesto en camino en las
primeras horas de la tarde llevándose en su corazón virginal un sol más radiante que el del firmamento: su secreto santo -, me
dijo: "¡Qué dulce es ser la Madre del Redentor!".
Sí, qué dulce es cuando la criatura que al Redentor se acerca es ya una criatura de Dios, una criatura en que la única
mancha es la de origen - la cual no puede ser lavada sino por mí - y todas las otras manchas de imperfección humana han sido
lavadas por el amor. Sí, dulce Madre mía, purísima Guía de las almas hacia tu Hijo, Estrella santa de orientación, Madre suave de
los santos, compasiva Criadora de los más pequeños, saludable Cura de los enfermos; sí, pero no siempre vendrán a ti estas

criaturas que no contrastan con la santidad: lepras y horrores y hedores y amasijo de serpientes en torno a cosas inmundas se
arrastrarán hasta tus pies, ¡oh Reina del género humano!, para gritarte: "¡Piedad! ^Socórrenos! ¡Llévanos a tu Hijo!". Entonces
habrás de poner esta cándida mano tuya sobre las llagas, inclinarte con tus ojos de paloma paradisíaca hacia las deformidades
infernales, aspirar el hedor del pecado, y no huir, antes al contrario, acoger en tu corazón a estos mutilados a causa de Satanás,
a estos abortos, a esta podredumbre humana, y lavarlos con el llanto, y traerlos a mí... Entonces dirás: "¡Qué difícil es ser la
Madre del Redentor!". Pero tú lo harás, porque eres la Madre... Beso y bendigo estas manos tuyas que tantas criaturas traerán a
mí. Cada una será una gloria mía; aunque, antes que mías, Madre santa, tuyas serán estas glorias.
Vosotras, amadas discípulas, seguid el ejemplo de mi Maestra, y de Santiago y Judas, y de todos aquellos que quieran
formarse en la gracia y en la sabiduría. Seguid su palabra: es la mía, pero más dulce; nada que añadir a ella, porque es la palabra
de la Madre de la Sabiduría.
Y vosotros, amigos míos, sabed tener de las mujeres la humildad y la constancia. Deponiendo la soberbia propia del
varón, no despreciéis a las mujeres discípulas, sino, más bien, templad vuestra fuerza - podría incluso añadir "vuestra dureza e
intransigencia" - en contacto con la dulzura de las mujeres; pero, sobre todo, aprended de ellas a amar, creer y sufrir por el
Señor, pues en verdad os digo que ellas, las débiles, serán las más fuertes en la fe, amor y audacia, en el sacrificio por su
Maestro, al que aman con total integridad de sí mismas, sin pedir ni pretender nada, satisfechas sólo de amar para darme
conforte y alegría.
Id ahora a vuestras casas o a las en que estáis alojados. Yo me quedo aquí con mi Madre. Dios sea con vosotros.
Se marchan todos excepto Marta.
-Quédate tú, Marta. Ya he hablado con tu sirviente. Hoy no hospeda Betania, sino la pequeña casa de Jesús. Ven.
Comerás con María y dormirás en el cuarto pequeño que está al lado del suyo. El espíritu de José, conforte nuestro, te
confortará mientras duermes, y mañana volverás a Betania más fuerte y más segura, a preparar también allí a mujeres
discípulas, en espera de la otra, que tú y Yo amamos más. No dudes, Marta. Nunca prometo en vano. Ahora bien, para
transformar un desierto lleno de víboras en un huerto paradisíaco, se requiere tiempo... El primer trabajo no se ve; parece como
si nada hubiera cambiado... y sin embargo, la semilla está ya depositada; todas las semillas. Luego vendrá la lluvia del llanto y las
abrirá... y los árboles buenos crecerán. ¡Ven! ¡No llores más!

158
En el lago de Genesaret con Juana de Cusa.
Jesús está en el lago, en la barca de Pedro, que va detrás de otras dos barcas: una de ellas, normal, de pesca, gemela de
la de Pedro; otra, graciosa, rica, de recreo, la de Juana de Cusa; pero la dueña no va en ella, sino que está a los pies de Jesús en
la tosca barca de Pedro. Yo diría que han coincidido en un punto de la orilla florida de Genesaret (hermosísima con la primera
manifestación de la primavera palestina, que esparce sus nubes de almendros en flor y deposita perlas de futuras flores en
perales y manzanos, granados, membrilleros...) todos, todos los más ricos y delicados árboles, en flores y frutos. Cuando la barca
acaricia una determinada zona de la orilla, bajo el sol ya aparecen los millones de capullos que están engrosándose en las ramas
en espera de florecer, mientras los pétalos de los almendros precoces revolotean, cual mariposas, en el aire quieto, hasta
posarse sobre las claras olas.
Las orillas - entre los tallitos de hierba nueva que parece seda de un color verde alegre - están rociadas de ojos de oro
de ranúnculos, de estrellas radiadas de pequeñas margaritas; junto a éstas, erguidas sobre su pedúnculo, como reinecitas
coronadas, sonríen leves, pacíficas como iris infantiles, las miosotas sutiles, celestes, delicadísimas, que parecen decir "sí, sí" al
Sol, al lago, a su hermana hierba, y que se sienten contentas de florecer (y de florecer ante los ojos cerúleos de su Señor).
En este comienzo de primavera, el lago no presenta todavía esa riqueza triunfante de los siguientes meses; no tiene
todavía ese fasto suntuoso - hasta sensual, diría - de los millares de rosales rígidos o flexuosos que forman mata en los jardines o
velo en los muros; de los millares de corimbos de los codesos y de las acacias; de los millares de filas de nardos en flor; de los
millares de estrellas enceradas de los agrios; de todo este entremezclarse de colores, de perfumes violentos, delicados,
embriagadores, que se presentan ante el frenesí humano de gozar y lo estimulan, un frenesí que profana, demasiado, este
rincón de la Tierra tan puro como es el lago de Tiberíades, lugar elegido desde el comienzo de los siglos para teatro del mayor
número de prodigios de Jesús, Señor nuestro.
Juana está mirando a Jesús, que está ensimismado en la gracia de su lago galileo. El rostro de ella sonríe repitiendo
como espejo fiel la sonrisa de Él.
En las otras barcas van hablando, aquí hay silencio; el único ruido es el rumor sordo de los pies desnudos de Pedro y
Andrés, que regulan las maniobras de la barca, y el suspiro del agua que la proa va abriendo, y que susurra su dolor en los lados
de la barca, para después transformarse en risa en la popa, cuando la herida se cierra formando una estela argentina que el sol
enciende como polvo diamantino.
Pasado este tiempo, Jesús deja su contemplación. Vuelve su mirada hacia su discípula. Le sonríe. Le pregunta:
-Hemos llegado casi, ¿no? Dirás que tu Maestro es un compañero muy poco afable, no te he dirigido ni una palabra.
-Pero las he leído en tu rostro, Maestro, y he oído todo lo que decías a las cosas que nos rodean.
-¿Y qué es lo que les decía?
-Amad, sed puras, sed buenas, porque venís de Dios y de su mano nada salió malo o impuro.
-Has leído bien.
-Señor mío, las hierbas lo hacen y los animales también; ¿por qué no lo hace el hombre, que es el más perfecto?

Porque el diente de Satanás ha entrado sólo en el hombre; su pretensión ha sido destruir al Creador en su mayor
prodigio, en el más semejante a Él.
Juana agacha la cabeza y medita. Da la impresión de ser una persona que no afronta algo o que vacila entre dos
tendencias opuestas. Jesús la observa. A1 final, levanta la cabeza y dice:
-Señor, ¿tendrías inconveniente en conocer a unas amigas mías paganas? Ya sabes que Cusa es de la Corte; y Herodes y
Herodías, sobre todo ella, que es la verdadera dueña de la Corte y a cuya voluntad se someten todos los deseos de Herodes,
por... moda, por mostrarse más refinados que los demás palestinos, para ser protegidos por Roma adorando a Roma y a todo lo
romano, se muestran complacientes con los romanos de la casa proconsular y casi nos los imponen. Verdaderamente debo decir
que no son mujeres peores que nosotras; también entre nosotras, en estas orillas, hay algunas que han caído muy bajo. ¿Y de
qué podemos hablar, si no hablamos por Herodías?... Cuando perdí a mi criatura y enfermé, fueron muy buenas conmigo.
Además no las había buscado. Luego la amistad ha seguido. Pero, si me dices que no es correcto, la disuelvo. ¿No? Gracias,
Señor. Anteayer estaba en casa de una de estas amigas. Por mi parte era una visita de amistad; por parte de Cusa era una visita
obligada. Era una orden del Tetrarca, que.., quisiera volver aquí y que no se siente demasiado seguro, y entonces... quiere
estrechar vínculos más interesados con Roma para tener cubiertas las espaldas. Bueno, incluso... ¿Tú eres pariente del Bautista,
verdad?; bueno, pues te ruego que le digas que no se fíe demasiado, que no abandone nunca las fronteras de Samaria, o, mejor,
si no siente repulsa, que se oculte allí un tiempo. La serpiente se acerca al cordero y el cordero tiene mucho de qué temer; de
todo. Que esté atento, Maestro. Que no se sepa que lo he dicho yo, porque significaría el fin de Cusa.
-No te preocupes, Juana. Le advertiré al Bautista a través de un medio eficaz, sin que perjudique a nadie.
-Gracias, Señor. Deseo servirte... lo que pasa es que no quisiera que ello creara extorsiones a mi marido. La verdad es
que... no siempre voy a poder ir contigo; algunas veces tendré que quedarme en casa porque él así lo desea, y es razonable.
-Sí, te quedarás, Juana; lo comprendo todo. No sigas hablando, que no es necesario.
-Pero, en los momentos de mayor peligro para ti, ¿me querrás a tu lado?
-Sí, Juana, por supuesto.
-¡Cuánto peso el tener que decir esto, y el hecho mismo de decirlo! Ahora me siento aliviada.
-Si tienes fe en mí, vivirás un consuelo continuo. Pero... me estabas hablando de una amiga tuya romana.
-Sí. Es amiga íntima de Claudia. Creo que incluso son parientes. Tendría interés en hablar contigo, por lo menos en
escucharte. Y no es ella sólo. Además, ahora que has curado a la niña de Valeria - la noticia ha llegado a la velocidad del
relámpago - su interés es mayor. La otra noche, en un banquete, había muchas voces a favor y muchas en contra de ti. Había
también algunos herodianos y saduceos - aunque lo negarían sí se lo preguntasen - y también mujeres... ricas y... y no honestas.
Estaba - siento decirlo porque sé que eres amigo de su hermano -, estaba María de Magdala, con su nuevo amigo y con otra
mujer, griega creo, tan licenciosa como ella. Ya sabes cómo hacen los paganos, ¿no? Las mujeres se sientan a la me-sa con los
hombres. Bueno esto es muy... muy... ¡Oh, qué situación más violenta! Mi amiga, que es una mujer delicada, me eligió como
compañero a mi propio marido, lo cual me significó un gran alivio. Pero las otras... Bien, pues se hablaba de ti, porque
impresionó el milagro que hiciste a Faustina. Los romanos mostraban admiración hacia ti como un gran médico y mago perdona, Señor -, pero los herodianos y saduceos escupían veneno contra tu Nombre. Y María... ¡qué horror, María!... Empezó
con burlas y luego... No, no quiero decirte esto. Estuve llorando toda la noche.
-¡Déjala! ¡Sanará!
-¡No, no, si está sana!
-En cuanto al cuerpo; lo demás está todo intoxicado. Pero sanará.
-Si Tú lo dices... Ya sabes cómo son las romanas... Sus palabras fueron: "No nos asustan las brujerías, ni creemos en
fábulas. Queremos juzgar por nosotras mismas"; y luego a mí me dijeron: "¿No podríamos oírle hablar?"
-Diles que al final de la luna de Sabat estaré en tu casa.
-Se lo diré, Señor. ¿Crees que se acercarán a ti?
-En ellas hay todo un mundo que rehacer. Lo primero es derribar, luego edificar. No es imposible. Ahí está tu casa,
Juana, el jardín; trabaja en ella para tu Maestro como te he dicho. Adiós, Juana. El Señor sea contigo. Yo te bendigo en su
nombre.
La barca se arrima. Juana dice en tono de ruego:
-¿Entonces no pasas siquiera?
-Ahora no. Debo reavivar las llamas. En unos pocos meses de ausencia casi se han apagado. Y el tiempo vuela.
La barca se detiene en el recodo que penetra en el jardín de Cusa. Unos domésticos acuden para ayudar a su señora a
bajar. La barca de Juana - ya Juan, Mateo, el Iscariote y Felipe la han dejado para subir a la de Pedro - está detrás de la de Pedro
en el embarcadero, la cual luego se separa lentamente y reanuda su navegación hacia la orilla opuesta.

159
Discurso en Guerguesa. La respuesta sobre el ayuno a los discípulos de Juan el Bautista.
Jesús está hablando en una ciudad que no he visto nunca; al menos eso me parece (téngase en cuenta que en cuanto al
estilo son todas más o menos iguales y, a primera vista, es difícil diferenciarlas). También aquí una calle bordea el lago, y hay
barcas sacadas a la orilla. Del otro lado de la calle están, alineadas, las casas, más o menos grandes. Aquí las colinas están mucho
más distantes, así que es una ciudad edificada en una riente llanura, que se prolonga por la orilla oriental del lago. La resguarda

del viento el baluarte de los montes. Bien templada, por tanto, por el sol, que aquí, más que en otros campos, aumenta la
floración de los árboles.
Parece que ya ha empezado Jesús su discurso, porque oigo:
-...Es verdad. Decís: "No te abandonaremos nunca porque sería abandonar a Dios". ¡Oh, pueblo de Guerguesa, recuerda
que nada hay más mutable que el pensamiento humano! Estoy convencido de que en este momento realmente pensáis así. Mi
palabra y el milagro realizado os han exaltado en este sentido y ahora sois sinceros en lo que decís. Pero quisiera recordaros un
episodio - mil podría citar, lejanos y cercanos -. Os cito éste sólo.
Josué, siervo del Señor, antes de morir, reunió en torno a sí a todas las tribus con sus ancianos, príncipes, jueces y
magistrados, y les habló en presencia del Señor, recordándoles a todos los beneficios y los prodigios operados por el Señor a
través de su siervo. Y, tras haber enumerado todas estas cosas, los invitó a repudiar a todos los dioses que no fueran el Señor, o,
cuanto menos, a ser auténticos en la fe, eligiendo con sinceridad o al verdadero Dios o a los dioses de Mesopotamia y de los
amorreos, de modo que hubiera una neta separación entre los hijos de Abraham y los paganizantes.
Es preferible siempre un error valiente a una hipócrita profesión y mezcla de fes: para Dios, infamia; para los espíritus,
muerte. Nada más fácil y común que esas mezcolanzas. La apariencia es buena, pero por debajo está la sustancia, que no es
buena. Aún hoy, hijos, aún hoy. Esos fieles que mezclan la observancia de la Ley con lo que la Ley prohíbe; esos desdichados que
caminan dando tumbos, como los borrachos, entre la fidelidad a la Ley y las ganancias de los negocios, y viven comprometidos
con quienes están al margen de la ley, de quienes esperan alguna ventaja; esos sacerdotes o escribas o fariseos que ya no tienen
por finalidad de la propia vida el servicio a Dios, sino que éste se ha convertido en una astuta política para triunfar sobre los
demás, se ha convertido en poder - y nada más contra sus semejantes - más honestos que ellos -, porque sirven no a Dios sino a
un poder que se presenta ante sus ojos fuerte y precioso para sus fines... ésos son sólo hipócritas que mezclan a nuestro Dios
con dioses extranjeros.
El pueblo respondió a Josué: "¡Jamás abandonaremos al Dios verdadero para servir a dioses extranjeros!". Y Josué les
dijo lo que Yo a vosotros hace un momento acerca del santo celo del Padre, acerca de su voluntad de ser amado con
exclusividad, con la totalidad de nosotros mismos, y acerca de su justicia cuando castiga a los embusteros.
-¡Castigar!... Sí, Dios, de la misma forma que puede favorecer, puede castigar. Antes de morir se puede recibir premio o
castigo. ¡Mira, pueblo hebreo, mira cómo Dios - después de haberte dado tanto liberándote de los faraones, conduciéndote
ileso a través del desierto y entre insidias de enemigos, permitiéndote que llegaras a ser una nación grande y temida y rica en
glorias - te ha castigado por tus culpas: una, dos, diez veces! ¡Mira en qué estado te encuentras! Y Yo, que veo que te estás
hundiendo en la más sacrílega de las idolatrías, veo también el abismo por el que te vas a despeñar por persistir en las mismas
culpas. Y por esto te llamo, pueblo que eres dos veces mío (por ser el Redentor y por haber nacido de ti). Esta llamada mía,
aunque sea severa, no es odio ni rencor ni intransigencia, es amor.
Josué dijo entonces: "Sois testigos de que habéis elegido al Señor", y todos respondieron: "Sí". Y Josué, que era sabio
además de valeroso, sabiendo cuán lábil es la voluntad del hombre, escribió en el libro todas las palabras de la Ley y de la alianza
y las puso en el templo; y puso también, en este santuario del Señor, en Siquem, que contenía a la sazón el Tabernáculo, una
voluminosa piedra como testimonio; luego dijo: "Esta piedra, que ha oído las palabras que habéis dirigido al Señor, quedará aquí
como testimonio, para que no podáis retractaros y mentir al Señor Dios vuestro".
El hombre, el rayo o la erosión de las aguas y del tiempo pueden siempre pulverizar una piedra por grande y dura que
sea. Pero Yo soy la Piedra angular y eterna y no puedo ser destruido. No le mintáis a esta Piedra viva, no la améis por el sólo
hecho de que realice prodigios; amadla porque por ella tocaréis el Cielo. Yo os quisiera más espirituales, más fieles al Señor. No
digo a mí. Mi única razón, aquí, es que soy la Voz del Padre. Ultrajándome, herís a aquel que me ha enviado. Yo soy el medio; Él,
el Todo. Recoged de mí y conservad en vosotros lo santo para alcanzar a este Dios. No améis sólo al Hombre, amad al Mesías del
Señor no por los milagros que hace, sino porque desea obrar en vosotros el milagro íntimo y sublime de vuestra santificación.
Jesús imparte su bendición y se encamina hacia una casa.
Ya casi en el umbral de la puerta, un grupo de ancianos lo detiene; lo saludan respetuosamente y dicen:
-¿Podemos preguntarte una cosa, Señor? Somos discípulos de Juan. Siempre habla de ti. Ha llegado a nuestros oídos la
fama de tus prodigios. Así que hemos querido conocerte. Ahora bien, oyéndote, se nos ha planteado una pregunta que
desearíamos proponerte.
-Exponedla. Si sois discípulos de Juan estaréis ya en el camino de la justicia.
-Has dicho, hablando de las idolatrías comunes en los fieles, que en medio de nosotros hay personas que trafican entre
la Ley y los que no siguen la Ley. Ahora bien, Tú también eres amigo de éstos últimos - sabemos, en efecto, que no rechazas a los
romanos -. ¿Entonces?
-No lo niego, pero ¿acaso podéis afirmar que lo haga para obtener de ellos algún provecho? Ni siquiera busco su
protección. ¿O podéis, acaso, afirmar lo contrario, porque los trate con benignidad?
-No, Maestro, estamos de ello más que seguros, pero el mundo no está hecho sólo de nosotros, que queremos creer
solamente en el mal que vemos y no en el de que se nos habla. Explícanos las razones que pueden fundar este acercamiento a
los gentiles; hazlo para instrucción nuestra y para que te podamos defender, si alguien te calumnia en nuestra presencia.
-Estos contactos son malos cuando la finalidad es humana, no lo son cuando la intención es llevarlos al Señor Dios
nuestro. Así actúo Yo. Si fuerais gentiles, podría detenerme a explicaros cómo todo hombre procede de un único Dios; pero sois
hebreos, y además discípulos de Juan; sois, por tanto, la flor de los hebreos, y no es necesario que os lo explique. Estáis, pues, ya
en condiciones de entender y creer que, siendo el Verbo de Dios, es mi deber llevar su Verbo a todos los hombres, hijos del
Padre universal.
-Pero no son hijos, porque son paganos...

-Por lo que se refiere a la Gracia no lo son; por su errada fe no lo son: esto es verdad; pero, hasta que no os haya
redimido, el hombre - incluyo al hebreo - ha perdido la Gracia, está privado de ella, porque la Mancha de origen es obstáculo
para que el rayo inefable de la Gracia descienda a los corazones. De todas formas, por la creación el hombre es siempre hijo. De
Adán, cabeza de toda la humanidad, proceden tanto los hebreos como los romanos; y Adán es hijo del Padre, que le dio su
semejanza espiritual.
-Es verdad. Otra pregunta, Maestro. ¿Por qué los discípulos de Juan hacen grandes ayunos y los tuyos no? No decimos
que Tú no tengas que comer - también el profeta Daniel, aun siendo grande en la corte de Babilonia, fue santo a los ojos de Dios,
y Tú eres superior a él -, pero ellos...
-La cordialidad obtiene muchas veces lo que no se consigue con el rigorismo. Algunos no se acercarían jamás al
Maestro, debe ser el Maestro quien vaya a ellos; otros sí se acercarían, pero se avergüenzan de hacerlo en público: también a
ellos debe ir el Maestro. Y, puesto que me dicen: "Sé huésped mío para poderte conocer", acepto, teniendo presente no el
placer de una mesa opulenta o el placer de los discursos - que a veces me resultan muy penosos - sino una vez más y siempre el
interés de Dios. Esto por lo que respecta a mí. Frecuentemente al menos una de las almas con las que tengo contacto de esta
manera se convierte - toda conversión significa una fiesta nupcial para mi alma, una gran fiesta en la que participan todos los
ángeles del Cielo, bendecida por el eterno Dios -, y mis discípulos, o sea, los amigos del Esposo, exultan con el Esposo y Amigo.
¿Os parecería lógico que mis amigos hicieran duelo mientras Yo exulto de gozo y estoy con ellos? Día llegará en que no me
tendrán. Entonces ayunarán, y mucho. A nuevos tiempos, nuevos métodos. Hasta ayer, hasta Juan el Bautista, era el tiempo de
la ceniza de la Penitencia; hoy - en mi hoy - se hace presente el dulce maná de la Redención, de la Misericordia, del Amor. Los
métodos anteriores no podrían vivir injertados en el mío, como tampoco se habría podido usar el mío entonces - sólo ayer porque la Misericordia todavía no estaba en la Tierra. Ahora sí que está. Ya no es el Profeta el que está en el mundo, sino el
Mesías, en quien Dios ha delegado todo. A cada tiempo las cosas que le son útiles. Nadie cose un pedazo de paño nuevo en un
vestido viejo, porque si lo hace - sobre todo al lavarlo - la tela nueva encoge y rompe la tela vieja, con lo cual el roto se hace
todavía mayor. De la misma forma, nadie mete vino nuevo en odres viejos, porque el vino rompe los odres, que no son capaces
de soportar la efervescencia del vino nuevo, los desgarra y se derrama. Por el contrario, el vino viejo, que ya ha sufrido todas las
mutaciones, hay que meterlo en odres viejos, y el nuevo en nuevos, para que a una fuerza se oponga otra igual. Esto es lo que
sucede ahora: la fuerza de la nueva doctrina aconseja métodos nuevos para difundirla, y Yo, conocedor como soy, los uso.
-Gracias, Señor. Ahora estamos satisfechos. Ruega por nosotros. Somos odres viejos. ¿Seremos capaces de contener tu
fuerza?
-Sí, porque habéis sido curtidos por Juan el Bautista, y porque sus oraciones, unidas a las mías, os darán la necesaria
capacidad. Marchaos con mi paz y decidle a Juan que lo bendigo.
-Pero Tú ¿qué piensas, que es mejor permanecer con Juan o ir contigo?
-Mientras haya vino viejo, bebedlo, si ya a vuestro paladar le gusta su sabor; después... el agua putrefacta que en todas
partes se encuentra os dará asco y entonces desearéis el vino nuevo.
-¿Crees que volverán a prender al Bautista?
-Sí. Sin duda. De todas formas ya le he enviado una misiva. Marchaos, marchaos, gozad de vuestro Juan mientras
podáis, y hacedlo feliz; luego me amaréis a mí, aunque os resultará trabajoso, porque nadie que haya gustado el vino viejo desea
de repente el vino nuevo, sino que dice: "El viejo era mejor". Efectivamente, Yo tendré sabores especiales, que os parecerán
ásperos. No obstante, vuestro paladar, de día en día, irá apreciando su sabor vital. Adiós, amigos. Que Dios esté con vosotros.

160
Encuentro con Gamaliel en el camino de Neftalí a Yiscala.
-¡Maestro! ¡Maestro! ¿Sabes quién nos precede? ¡E1 rabí Gamaliel! Está sentado con sus servidores en la sombra del
bosque, protegido del viento. Es una caravana. Están asando un cordero. ¿Y ahora qué hacemos?
-Pues lo que queríamos hacer, amigos. Nosotros vamos por nuestro camino...
-Pero Gamaliel es del Templo».
-Gamaliel no es malo. No tengáis miedo. Voy Yo adelante.
-¡Voy también yo! - dicen al unísono los dos primos, todos los galileos y Simón. Sólo el Iscariote y un poco menos Tomás
muestran pocas ganas de continuar el camino, pero siguen a los otros.
Unos metros todavía por un camino montañoso encajado entre las paredes boscosas del monte... Luego el camino gira
y llega a una especie de pequeña meseta, a la que atraviesa, ensanchándose, para luego volver a estrecharse y a hacerse
tortuoso bajo un techo de ramas entrelazadas. En el claro soleado del bosque, amparados por la sombra de las primeras hojas
de los árboles, hay, bajo una rica tienda, un nutrido número de personas, y otros que, en un ángulo, están girando el cordero
que tienen puesto sobre la llama.
¿Qué decir! ¡Gamaliel se cuida bien! Para un solo hombre que viaja - es decir, él - ha movilizado un regimiento de
servidores con no sé cuánto equipaje. Ahora está allí, sentado, en el centro de su tienda: un telón extendido apoyado en cuatro
palos dorados, una especie de baldaquino, bajo el cual hay unos asientos bajos cubiertos de cojines, y una mesa, que es una
superficie montada sobre caballetes taraceados, aparejada con un finísimo mantel sobre el que los servidores disponen una
valiosa vajilla. Gamaliel parece un ídolo: con las manos abiertas sobre las rodillas, rígido, hierático, parece una estatua. En torno
a él, los servidores se mueven y giran de un lado para otro como mariposas. Él está en otras cosas, está pensando: los párpados

semicierran sus ojos severos; cuando los abre, dos oscurísimos ojos profundos y llenos de pensamiento se muestran en toda su
severa belleza, a ambos lados de una nariz larga y fina, bajo una frente un poco calva de viejo, alta, signada por tres arrugas
paralelas, con una gruesa vena azulada que dibuja casi una V en el centro de la sien derecha.
Los sirvientes se vuelven por el rumor de los pasos de los que llegan; también Gamaliel, el cual, al ver a Jesús, que viene
el primero, hace un gesto de sorpresa y se pone en pie. Se acerca al límite de la tienda, pero no lo sobrepasa. Desde allí, con los
brazos recogidos sobre el pecho, se inclina con gran reverencia. Jesús responde de la misma forma.
-¿Estás aquí, Rabí? - dice Gamaliel.
-Aquí estoy, rabí - responde Jesús.
-¿Se te puede preguntar a dónde te diriges?
-Con gusto te respondo: vengo de Neftalí y voy a Yiscala.
-¿A pie? Largo y penoso es el camino por estos montes. Te vas a cansar demasiado.
-Créeme, si me aceptan y prestan oído a mis palabras, todo cansancio cesa.
-Concédeme entonces, por una vez, que sea yo quien te proporcione descanso. El cordero ya está preparado.
Habríamos dejado los restos a las aves, porque no acostumbro a llevármelos conmigo, así que no me supone ninguna dificultad
invitaros a ti y a los tuyos. Soy amigo tuyo, Jesús. No te considero inferior a mí; antes al contrario, mayor.
-Lo creo. Acepto.
Gamaliel habla con un sirviente, que parece el primero en autoridad. Éste transmite la orden: prolongan la tienda y
descargan de los muchos mulos que hay otros asientos para los discípulos de Jesús y otros objetos del servicio de mesa.
Traen las copas para la purificación de los dedos. Jesús, con la máxima majestuosidad, procede al rito mientras los
apóstoles - observados con el rabillo del ojo, agudamente, por Gamaliel - lo hacen más mal que bien, excepto Simón, Judas de
Keriot, Bartolomé y Mateo, más habituados a los refinamientos judaicos.
Jesús se ha puesto junto a Gamaliel, que está solo en uno de los lados de la mesa. Frente a Jesús, Simón Zelote.
Después de la oración de ofrecimiento, recitada por Gamaliel con lentitud solemne, los sirvientes trinchan el cordero y lo
distribuyen a los invitados, y llenan de vino las copas, o de agua de miel para quien lo prefiere.
-El azar nos ha reunido, Maestro. No me podía imaginar que te iba a encontrar, y menos aún dirigido a Yiscala.
-Me dirijo a todo el mundo.
-Sí. Eres el Profeta infatigable. Juan es el estable; Tú, el peregrino.
-Ello facilita a las almas el encontrarme.
-No diría yo lo mismo, porque si te mueves pierden tu pista.
-La pierden los enemigos, pero quienes desean acercarse a mí, porque aman la Palabra de Dios, me encuentran. No
todos pueden venir al Maestro; por lo cual, el Maestro, deseoso de todos, va a ellos, haciendo así el bien a los buenos y evitando
las conjuras de quienes le odian.
-¿Lo dices por mí? No te odio.
-No lo digo por ti. Pero, siendo justo y sincero como eres, podrás corroborar lo que acabo de decir.
-Sí, así es. De todas formas... es que nosotros los viejos te comprendemos mal.
-Sí. El viejo Israel me comprende mal. Por desgracia para él... y por propia voluntad.
-¡Nooo!
-Sí, rabí; no aplica su voluntad a entender al Maestro. Y quien se limita a eso todavía hace un mal relativo. Pero es que
otros aplican su voluntad a entender mal y a alterar mi palabra para dañar a Dios.
-¿A Dios? ¡Él está por encima de las insidias humanas!
-Sí, pero toda alma que se desvía, o que es desviada - y desviar es alterar mi palabra y mi obra a sí mismo o a los demás
- es un daño hecho a Dios en esa alma que se pierde: toda alma que se pierde es una herida infligida a Dios.
Gamaliel baja la cabeza y piensa con los ojos cerrados. Luego se aprieta la frente entre sus largos y delgados dedos con
un movimiento involuntario de aflicción. Jesús lo escudriña con su mirada. Gamaliel levanta la cabeza, abre los ojos, mira a Jesús
y dice:
-Pero Tú sabes que no soy uno de ellos.
-Lo sé, pero eres uno de los primeros.
-Sí, eso es verdad. Pero no es que no me aplique a entenderte. Lo que pasa es que tu palabra se detiene en mi mente y
no va más abajo. La mente la admira, cual palabra de hombre docto, pero el espíritu...
-Pero el espíritu no puede recibirla, Gamaliel, porque tiene demasiados estorbos; que además son cosas ya inservibles.
Viniendo de Neftalí, hace poco he pasado por un monte que sobresale de la cadena montañosa. He querido pasar por ese lugar
para contemplar la belleza de los dos lagos de Genesaret y Merón desde lo alto, como los ven las águilas y los ángeles del Señor,
para decir una vez más: "Gracias, Creador, por la belleza que nos concedes". Pues bien, mientras que toda la cadena es un fértil
florecer, macollar, poblarse de hojas los prados, pomares, campos y bosques, mientras los laureles desprenden su aroma junto a
los olivos, preparando ya la nieve de las mil flores, y el robusto roble parece hacerse más bueno porque se viste de las coronas
de las clemátides y madreselvas... allí no, allí no hay floración ni fertilidad, ni de hombre ni de la naturaleza: todo esfuerzo del
viento, todo esfuerzo de los hombres se malogra allí, porque las ruinas ciclópeas de la antigua Hatzor ocupan todo, y entre esas
voluminosas piedras no puede sino crecer la ortiga y el espino y anidar la serpiente. Gamaliel...
-Comprendo. También nosotros somos escombros... Comprendo la parábola, Jesús. Pero... no puedo... no puedo
cambiar de línea de actuación: las piedras están demasiado hincadas.
-Alguien en quien crees te dijo: "Las piedras se estremecerán cuando pronuncie mis últimas palabras". Pero, ¿por qué
esperar a las últimas palabras del Mesías? ¿No tendrás remordimientos por no haberme querido seguir antes? ¡Oh, las

últimas!... Tristes palabras, si se trata de un amigo que muere y que hemos ido a escuchar demasiado tarde. Y mis palabras son
más que las de un amigo.
-Tienes razón, pero no puedo. Espero ese signo para creer.
-No basta un rayo para remover un campo yermado; no lo recibe la tierra, sino sólo las piedras que la cubren. Trabaja al
menos en removerlas, Gamaliel; si no, si continúan así, en lo profundo de ti, el signo no te llevará a creer.
Gamaliel calla, absorto. 'La comida termina.
Jesús se levanta y dice:
-Te doy gracias, Dios mío, por esta comida y por haber podido hablar al sabio. Y gracias a ti, Gamaliel.
-Maestro, no te vayas así. Temo que estés enfadado conmigo.
-¡Oh!, ¡no! Debes creerme.
-Entonces, no vayas. Yo me estoy dirigiendo a la tumba de Hillel. ¿Desdeñarías venir conmigo? Nos llevará poco tiempo
porque tengo mulos y asnos para todos. Simplemente les quitamos los bastos. Los llevarán los sirvientes. Así te será más corto el
camino en el trecho más duro.
-No sólo no desdeño ir contigo, sino que me siento honrado de ello y de ir a visitar la tumba de Hillel. Vamos pues.
Gamaliel da unas órdenes y, mientras todos se ponen a trabajar para desmontar el comedor provisional, Jesús y el rabí
montan a caballo de una mula, y, al lado el uno del otro, avanzan por el camino escarpado, silencioso, en que suenan fuerte las
pezuñas herradas.
Gamaliel guarda silencio: sólo dos veces le pregunta a Jesús si va cómodo en la silla. Jesús responde y calla luego,
absorto en su pensamiento, hasta el punto de que no ve que Gamaliel, sujetando un poco a su mula, lo deja pasar adelante - la
largura de un cuello –para estudiar todos sus movimientos. Los ojos del anciano rabí están tan atentos y fijos, que parecen los de
un halcón al acecho de la presa. Pero Jesús no se da cuenta; va sereno, acompañando el paso ondulado de la cabalgadura;
piensa; y, no obstante, advierte todos los detalles de lo que le rodea. Alarga una mano para coger un péndulo racimo de codeso
de oro; sonríe a dos pajarillos que se están haciendo el nido en un tupido enebro; detiene la mula para escuchar a una curruca;
hace un gesto de asentimiento, como bendiciendo, al grito im-paciente con que una tórtola salvaje insta a su compañero al
trabajo.
-Quieres mucho a las plantas y a los animales, ¿no?
-Sí, mucho; es mi libro vivo. El hombre tiene siempre ante sus ojos los cimientos de la fe. El Génesis vive en la
naturaleza. Y quien sabe ver sabe también creer. ¿Puede, acaso, esta flor de tan delicado perfume y delicada materia de sus
colgantes corolas, y tan en con-traste con este espinado enebro y con aquella aulaga de punzantes hojas, haberse hecho sola? Y,
mira allí, ¿puede, acaso, haberse hecho así, solo, aquel petirrojo, con esa pincelada de sangre seca en su blando cuello? ¿Y
aquellas dos tórtolas?: ¿cómo van a haber podido pintarse ese collar de ónix sobre el velo de las plumas grises? ¿Y allí, esas dos
mariposas?: una, negra con su dibujo de grandes ojos de oro y rubí; blanca con rayas azules la otra: ¿dónde habrán encontrado
las gemas y cintas para sus alas? ¿Y este riachuelo?: es agua, sí, pero ¿de dónde proviene?, ¿cuál es la fuente primera del aguaelemento? ¡Ah, mirar quiere decir creer, si se sabe ver!
-Mirar quiere decir creer. Miramos demasiado poco al Génesis vivo que tenemos ante nuestros ojos.
-Demasiada ciencia, Gamaliel, y demasiado poco amor, y demasiada poca humildad.
Gamaliel suspira y menea la cabeza.
Bien, he llegado, Jesús. Allí está enterrado Hillel. Dejemos aquí las cabalgaduras y acerquémonos allí abajo. Un sirviente
se hará cargo de las mulas.
Se apean. Atan a un tronco las bestias. Se encaminan hacia un pequeño sepulcro que se destaca en la ladera del monte
al lado de un vasto edificio completamente cerrado.
-Aquí vengo a meditar, como preparación a las fiestas de Israel - dice Gamaliel señalando la casa.
-La Sabiduría te dé todas sus luces.
-Y aquí - y señala al sepulcro - para prepararme a la muerte: era un justo.
-Era un justo. Oro con gusto ante sus cenizas. Pero, Gamaliel, no sólo a morir debe enseñarte Hillel. Te debe enseñar a
vivir.
-¿Cómo, Maestro?
-“E1 hombre es grande cuando se humilla": era su lema preferido…
-¿Cómo lo sabes, si no lo has conocido?
-Lo he conocido... Y, además, aunque no hubiera conocido personalmente a Hillel el rabí, su pensamiento lo hubiera
conocido como de hecho lo conozco, porque nada ignoro del pensamiento humano.
Gamaliel inclina la cabeza y susurra:
-Sólo Dios puede decir esto.
-Dios y su Verbo. Porque el Verbo conoce al Pensamiento y el Pensamiento conoce al Verbo, y lo ama, comunicándose a
Él con sus tesoros para hacerlo partícipe de sí. El Amor estrecha los lazos y hace de Ellos una sola Perfección. Es la Tríada que se
ama y que divinamente se forma, se genera, procede y completa. Todo pensamiento santo ha nacido en la Mente perfecta y se
refleja en la mente del justo. ¿Puede, entonces, el Verbo ignorar los pensamientos de los justos, que son los pensamientos del
Pensamiento?
Oran largamente ante el sepulcro cerrado. Se llegan a ellos los discípulos y luego los sirvientes: los primeros, a caballo;
los otros, bajo el peso de los equipajes. Pero se detienen en los lindes del prado que precede al sepulcro. La oración termina.
-Adiós, Gamaliel. Sube como Hillel.
-¿Qué quieres decir?
-Sube. Él te precede porque ha sabido creer más humildemente que tú. A ti la paz.

161
Curación del nieto del fariseo Elí de Cafarnaúm
Jesús está llegando en barca a Cafarnaúm. El ocaso está muy próximo. Todo el lago es un cabrilleo amarillo-rojo.
Mientras las dos barcas realizan las maniobras para arrimarse a la orilla, Juan dice: -Voy enseguida a la fuente por agua
para que puedas calmar tu sed.
Y Andrés exclama:
-El agua aquí es buena.
-Sí, es buena, y vuestro amor me la hace todavía mejor.
-Yo llevo el pescado a casa. Las mujeres lo prepararán para la cena. ¿Nos vas a hablar después a nosotros y a ellos?
-Sí, Pedro.
-Ahora volver a casa es más agradable. Antes parecíamos un grupo de nómadas; ahora, con las mujeres, hay más orden,
más amor. ¡Y además... ver a tu Madre me quita inmediatamente el cansancio! No sé...
Jesús sonríe y guarda silencio.
La barca roza ya en la grava de la orilla. Juan y Andrés, vestidos solo con las camisolas cortas, saltan al agua y, ayudados
por los mozos, tiran de la barca hacia la orilla, y para bajar ponen una tabla como puente. El primero en hacerlo es Jesús, que
espera a que llegue a la orilla la segunda barca para unirse a todos los suyos. Luego se dirigen hacia la fuente caminando
despacio: es una fuente natural, un manantial que está un poco fuera del pueblo. Brota un agua fresca, abundante, argentina,
que va a caer a una pileta de piedra; es muy cristalina e invita a beber. Juan, que se ha adelantado corriendo con el ánfora,
vuelve ya y ofrece a Jesús el cántaro, que todavía gotea. Jesús bebe copiosamente.
-¡Cuánta sed tenías, Maestro mío! Y yo, estúpido de mí, no me había procurado agua.
-No tiene importancia, Juan; ahora ya todo ha pasado - y le hace una caricia.
Ya van a volverse cuando ven que llega, a toda la velocidad de que es capaz, Simón Pedro, que había ido a casa a llevar
su pescado.
-¡Maestro! ¡Maestro! -grita con el respiro entrecortado - El pueblo está revolucionado porque el único nieto de Elí el
fariseo se está muriendo. Le ha mordido una serpiente. Había ido, precisamente con su abuelo - aunque contra la voluntad de su
madre -, al olivar que tienen. Elí estaba vigilando unos trabajos mientras el niño jugaba al lado de las raíces de un viejo olivo; ha
metido la mano en un agujero esperando encontrar una lagartija y ha encontrado esa serpiente. El anciano está como
enloquecido. La madre del niño - que, dicho sea de paso, odia a su suegro, y con razón - le acusa de ser un asesino. El niño se
está enfriando por momentos. Son parientes, pero no se han querido; ¡y más allegados que ellos...!
-¡Mala cosa los odios entre familiares!
-Maestro, yo digo, de todas formas, que es que las serpientes no han querido a la serpiente, o sea, a Elí, y le han
matado a su serpientita. Siento que me haya visto, porque me ha gritado a mis espaldas preguntándome si estabas Tú. También
lo siento por el pequeño; era un niño hermoso y no tiene la culpa de ser nieto de un fariseo.
-Sí, no tiene culpa de ello...
Dirigen sus pasos hacia el pueblo. En esto, ven que viene hacia ellos mucha gente gritando y llorando, encabezados por
el anciano Elí.
-¡Ha dado con nosotros! ¡Regresemos!
-¿Por qué? Ese anciano está sufriendo.
-Recuerda que ese anciano te odia. Es uno de los primeros y más feroces acusadores tuyos ante el Templo.
-Lo que recuerdo es que soy la Misericordia.
E1 anciano Elí, despeinado, profundamente turbado, con todos sus indumentos en desorden, corre hacia Jesús, con los
brazos tendidos hacia adelante, y se derrumba a sus pies gritando:
-¡Piedad! ¡Piedad! ¡Perdón! No te vengues de mi dureza en el inocente. ¡Sólo Tú puedes salvarlo! Dios, tu Padre, te ha
traído aquí. ¡Yo creo en ti! ¡Te venero! ¡Te amo! ¡Perdón! He sido injusto, un embustero... Pero ya he recibido mi castigo. Estas
horas son ya suficiente castigo. ¡Socórreme! ¡Es el varón, el único hijo de mi hijo varón ya difunto! Y ella me acusa de haberlo
matado - y llora mientras golpea repetidas veces su cabeza contra el suelo.
-¡Ánimo! No llores de ese modo. ¿Es que quieres morir? No te podrás ocupar del crecimiento de tu nieto.
-¡Se está muriendo! ¡Se está muriendo! Quizás ya esté muerto. No te opongas a que muera yo también. Todo, menos
vivir en esa casa vacía. ¡Oh..., qué tristes mis últimos días!
-Elí, levántate. Vamos...
-¿Vienes? ¿Vienes Tú? ¿Pero sabes quién soy yo?
-Un desdichado. Vamos.
El anciano se pone en pie y dice:
-Te precedo. ¡Corre, corre, no te demores! -y se marcha veloz a causa de la desesperación que le punza el corazón.
-Pero, Señor, ¿crees que lo vas a cambiar con esto? ¡Oh..., es un milagro desperdiciado! ¡Deja que muera esa
serpientita! Se morirá también el viejo de un ataque al corazón, y... así uno menos se te cruzará en tu camino. Dios ha resuelto...
-¡Simón! En verdad te digo que ahora la serpiente eres tú.
Jesús rechaza severamente a Pedro, el cual se queda cabizbajo, pero sigue andando.

En la plaza más grande de Cafarnaúm hay una hermosa casa, delante de la cual hay mucha gente produciendo un
verdadero estrépito... Jesús se dirige a esta casa. Estando ya para llegar, el anciano sale por la puerta, que está abierta de par en
par, seguido de una mujer toda desgreñada que lleva estrechado entre sus brazos a una criaturita agonizante. El veneno ya
paraliza los órganos, ya está cercana la muerte. La manita herida pende con la señal del mordisco en la base del dedo pulgar. Elí
no hace sino gritar:
-¡Jesús! ¡Jesús!
Y Jesús, estrujado, rodeado por una multitud que se le echa materialmente encima, casi impedido en sus movimientos,
coge la manita y se la lleva a la boca, succiona en la herida, sopla ligeramente en la carita cérea de ojos entrecerrados y vítreos;
luego se endereza y dice:
-Ahora el niño se está despertando. No lo asustéis con esos rostros desencajados, que ya de por sí tendrá miedo por el
recuerdo de la serpiente.
Así es. El pequeño, cuyo rostro se sonrosa, abre la boca emitiendo un prolongado bostezo, se restriega los ojillos, los
abre y... se queda atónito al verse entre tanta gente. Luego le viene el recuerdo y trata de salir corriendo, dando un salto tan
repentino que se habría caído si Jesús no hubiera estado preparado para recibirlo en sus brazos.
-¡Tranquilo, tranquilo! ¿De qué tienes miedo? ¡Mira qué bonito sol! Allí está el lago; allí, tu casa; aquí, tu mamá y tu
abuelo.
-¿Y la serpiente?
-Ya no está. Estoy Yo.
-Tú. Sí...
El niño se para a pensar un poco. Luego - voz de la verdad inocente - dice:
-Me decía mi abuelo que te llamase "maldito", pero no lo quiero hacer; yo te quiero.
-¿Yo? ¿Yo he dicho esto? Este niño delira. No creas esto, Maestro. Yo te he respetado siempre. (Va desapareciendo el
miedo y reemerge el viejo modo de ser).
-Las palabras tienen y no tienen valor; las tomo por lo que valen. Adiós, pequeño; adiós, mujer; adiós, Elí. Quereos, y
queredme, si podéis.
Jesús se vuelve y se dirige hacia la casa en que reside.
-Maestro, ¿por qué no has hecho un milagro espectacular? Habrías debido mandar al veneno que saliera del niño,
mostrarte Dios. Sin embargo, te has limitado a succionar el veneno como un pobre hombre cualquiera - Judas de Keriot está
poco contento; quería una cosa espectacular.
También otros son de la misma opinión.
-Deberías haberle aplastado a ese enemigo con tu poder. ¿Has visto cómo enseguida ha vuelto a segregar veneno?
-No importa el veneno; considerad, más bien, que si hubiera actuado como queríais vosotros, habría dicho que me
ayudaba Belcebú. Esa alma suya en estado calamitoso puede admitir mi potencia de médico, pero no más. El milagro conduce a
la fe a quienes ya van por ese camino, mas en los que no tienen humildad - la fe prueba siempre la existencia de humildad en un
alma - conduce a blasfemar; mejor, por tanto, evitar incurrir en este peligro recurriendo a formas de vistosidad humana. Es la
miseria de los incrédulos, la incurable miseria; ninguna moneda la elimina, porque ningún milagro los lleva a creer ni a ser
buenos. No importa: Yo, mi misión; ellos, su adversa ventura.
-¿Y entonces por qué lo has hecho?
-Porque soy la Bondad, y para que no se pueda decir que he usado venganza con los enemigos o que he provocado a los
provocadores. Acumulo carbones sobre su cabeza, y ellos me los dan para que los acumule. Tranquilo, Judas de Simón. Tú trata
de no hacer como ellos basta. Y basta. Vamos con mi Madre; se alegrará al saber que he curado a un pequeñuelo.
162
Las conversiones humanas del fariseo Elí y de Simón de Alfeo
Jesús entra en una cocina muy espaciosa. Viene de una huerta que empieza a mostrar su fertilidad en todos los surcos.
Las dos Marías ancianas (María Cleofás y María Salomé) están guisando para la cena.
-¡Paz a vosotras!
-¡Oh! Jesús! ¡Maestro!
Las dos mujeres se vuelven y lo saludan: una de ellas tiene en las manos un pez grande al que estaba -abriendo; la otra
había descolgado del gancho un caldero lleno de verduras, porque quería ver cómo iba la cocción y todavía lo tiene en la mano.
Sus rostros, buenos, ajados, sudorosos de lumbre y trabajo, sonríen de alegría; su contento parece hacerlos más jóvenes y
hermosos.
-Dentro de nada está listo, Jesús. ¿Vienes cansado? ¡Tendrás hambre! -le dice su tía María, que usa con Él confidencia
familiar y que lo quiere creo que más que a sus propios hijos.
-No más de lo habitual. De todas formas... sí, claro, comeré con gusto esos buenos alimentos que las dos me habéis
preparado; como los demás, que ahí llegan.
-Tu Madre está en la habitación de arriba. ¿Sabes una cosa?... Ha venido Simón... ¡Esta noche estoy llena de contento!
Bueno..., no, no del todo; ya sabes cuándo estaría contenta del todo.
-Sí, lo sé.
Jesús arrima hacia sí a su tía, la besa en la frente y le dice:

-Conozco tu deseo y tu envidia no pecaminosa respecto a Salomé. Pero llegará el día en que, como ella, podrás decir:
"Todos mis hijos son de Jesús". Ahora subo donde mi Madre.
Sale, y sube la pequeña escalera exterior. Sale a una terraza que cubre una buena mitad del edificio; la otra mitad la
constituye una vasta estancia de la que provienen sonoras voces de hombre y, a intervalos, la dulce voz de María, la límpida voz
virginal, de doncella, no quebrada por los años, la misma voz que dijo: «He aquí la Sierva de Dios», y que cantaba la canción de
cuna a su Niño.
Jesús se acerca sin hacer ruido, sonriendo al oír a su Madre decir: «Mi morada es mi Hijo y no siento pena por faltar de
Nazaret; sólo cuando Él está lejos. Pero si está a mi lado... ¡oh, nada me falta! Y no temo por mi casa. Estáis vosotros...
-¡Mira! ¡Ahí está Jesús! - grita Alfeo de Sara, el cual, estando vuelto hacia la puerta, es el primero que ve a Jesús.
-Sí, aquí estoy. Paz a todos vosotros. ¡Mamá!
Besa a su Madre en la frente. Ella también lo besa. Luego se vuelve hacia los huéspedes que no esperaba ver ahí, y que
son: su primo Simón, Alfeo de Sara, el pastor Isaac y aquel José que Jesús había recogido en Emaús después del veredicto del
Sanedrín.
-Habíamos ido a Nazaret, y Alfeo nos dijo que había que venir aquí. Hemos venido. Alfeo nos ha querido acompañar, y
también Simón» explica Isaac.
-No daba crédito a mis ojos, al ver que venía aquí - dice Alfeo.
-Yo también quería saludarte, estar un poco contigo y con María - concluye Simón.
-Pues Yo también me siento muy contento de estar con vosotros. He hecho bien no quedándome más, como querían
los habitantes de Quedec. Había llegado a Quedec yendo de Guerguesa a Merón y desviándome luego hacia la otra parte.
-¿Vienes de allí!
-Sí. He vuelto a visitar los lugares en que ya había estado, e incluso he ido más lejos, hasta Yiscala.
-¡Cuánto camino!
-Pero, ¡cuánto he recogido! ¿Sabes, Isaac, que hemos estado con el rabí Gamaliel, que nos ha acogido con gusto y se ha
comportado muy bien con nosotros? También he visto al arquisinagogo de Agua Especiosa. Viene también él. Lo pongo en tus
manos. Bueno... y... y he conseguido otros tres discípulos...
Jesús sonríe abiertamente, dichoso.
-¿Quiénes son?
-En Corazín un anciano. Fui su benefactor en una ocasión, y el pobrecillo, que es un verdadero israelita sin recelos, para
manifestarme su amor me había preparado ese terreno como labra la tierra un perfecto arador. Otro es un niño de cinco años o
poco más, inteligente, gallardo; le había hablado ya también la primera vez que fui a Betsaida, y se acordaba mejor que los
mayores. El tercero es un exleproso; lo curé cerca de Corazín, declinada ya la tarde de un día lejano, y luego me despedí de él.
Bueno, pues he vuelto a verlo; va anunciándome por los montes de Neftalí, y, como pruebas de sus palabras, alza lo que le ha
quedado de sus manos, que están curadas pero sin algunas partes, y muestra sus pies, también curados pero deformes, con los
cuales camina mucho. La gente se da cuenta de lo enfermo que estaba por lo que de su cuerpo queda, y cree en sus palabras
sazonadas de lágrimas de agradecimiento. Me ha sido fácil hablar allí, porque ya había quien me había dado a conocer, quien
había conducido a otros a creer en mí; y he podido hacer muchos milagros. Mucho puede quien cree realmente...
Alfeo asiente en silencio, asiente continuamente con la cabeza. Simón, por su parte, sintiéndose implícitamente
reprendido, la baja; Isaac está jubiloso, abiertamente, por la alegría de su Maestro, que ahora se dispone a hablar del milagro
obrado poco antes en el pequeñuelo de Elí.
La cena ya está preparada y las mujeres, junto con María, aparejan la mesa en la habitación grande y llevan la comida,
para, luego, retirarse abajo. Se quedan sólo los hombres. Jesús ofrece, bendice y distribuye la parte de cada uno.
Pero, en cuanto empiezan a comer, sube Susana y dice:
-Está aquí Elí con algunos siervos y con muchos regalos. Quisiera hablar contigo.
-Voy enseguida; o, mejor, que suba.
Susana sale de la habitación y vuelve al poco rato con el anciano Elí, al que acompañan dos siervos que traen un cesto
de grandes dimensiones. Detrás, las mujeres - excepto María Santísima - ojean curiosas.
-Dios sea contigo, benefactor mío - saluda el fariseo.
-Y contigo, Elí. Entra. ¿Qué deseas? ¿Todavía no está bien tu nieto?
No, no, está muy bien! Salta por el huerto como un cabritillo. La cosa es que yo antes estaba tan aturdido, tan
desconcertado, que he faltado a mi deber. Quiero mostrarte mi gratitud. Te ruego que aceptes esta nadería que te ofrezco. Un
poco de comida para ti y los tuyos. Son productos de mis tierras. Y... quisiera... quisiera tenerte mañana en torno a mi mesa,
para darte una vez más las gracias y para rendirte homenaje ante unos amigos. Maestro, no rehúses aceptar; si no aceptaras,
pensaría que no me tienes afecto y que si has curado a Eliseo ha sido sólo por amor a él, no a mí.
-Gracias, pero no era necesario hacer regalos.
-Todos los grandes y doctos los aceptan. Es costumbre.
-Yo también. De todas formas, hay un presente, uno, que acepto con todo gusto; es más, lo busco.
-¿Cuál es?... Dímelo. Si puedo, te lo daré.
-Vuestro corazón. Vuestro pensamiento. Dádmelo. Es para vuestro bien.
-¡Sí, yo te lo consagro, Jesús bendito! ¿Lo puedes poner en duda? Me he comportado... sí... me he comportado
injustamente contigo. Pero ahora lo he visto. Supe de la muerte de Doras, que te había ofendido... ¿Por qué sonríes, Maestro?
-Estaba recordando un hecho.
-Pensaba que era desconfianza respecto a lo que estaba diciendo.

-No, no. Sé que te impresionó la muerte de Doras, incluso más que el milagro de esta tarde. Te digo de todas formas
que no temas a Dios, si realmente has comprendido y si realmente quieres de ahora en adelante ser amigo mío.
-Veo que eres un profeta verdaderamente. Yo... es verdad, temía más... fui a ti más por miedo a un castigo como el de
Doras - y esta tarde he dicho: "Éste es el castigo, y más atroz, porque no ha herido a la vieja encina en su propia vida sino en su
afecto, en su alegría de vivir, fulminándome la nueva encina en que yo me complacía" -, más por ello, que no por la desgracia
sucedida. Comprendía que hubiera sido justo como para Doras...
-Comprendías que habría sido justo, pero todavía no creías en quien es bueno.
-Tienes razón, pero ya no más. He comprendido. Entonces, ¿vienes mañana a mi casa?
-Elí, había decidido partir para el alba, pero, para que no puedas pensar en un desprecio mío hacia ti, lo pospongo un
día. Mañana estaré en tu casa.
-¡Oh, verdaderamente eres bueno! ¡Siempre lo recordaré!
-Adiós, Elí. Gracias por todo. Esta fruta es extraordinaria; estos pequeños quesos deben ser mantecosos; el vino, sin
duda, bonísimo. Pero, podías habérselo dado todo a los pobres en mi nombre».
-También hay para ellos, si quieres: debajo, en el fondo. Era la ofrenda para ti.
-Pues esto lo vamos a distribuir mañana juntos; antes o después del convite, como prefieras. Descansa plácidamente,
Elí.
-Tú también. Adiós.
Y se va con los siervos.
Pedro, que con toda una mímica en su rostro había extraído cuanto contenía la cesta para devolvérsela a los siervos,
pone ahora la bolsa en la mesa, delante de Jesús, y, como concluyendo todo un discurso, dice:
-Y será la primera vez que ese viejo búho da limosna.
-Cierto - confirma Mateo - Yo era avaro, pero él me superaba; ha duplicado sus bienes a base de usura.
-Bien, pero si cambia... ¿Es bonito, no es cierto? - dice Isaac.
-Bonito, sin duda; y tiene todas las apariencias de ser así – asiente Felipe y Bartolomé.
-El viejo Elí convertido! ¡Ja! ¡Ja! ». (Pedro ríe con gusto).
Simón, el primo de Jesús, que hasta ahora ha estado pensativo, dice:
-Jesús, quisiera... quisiera seguirte. No como ellos, pero sí al menos como las mujeres. Déjame que esté con mi madre y
la tuya. Todos te siguen... yo... yo soy un pariente... No pretendo un lugar entre ellos, pero sí al menos como buen amigo...
-¡Dios te bendiga, hijo mío! ¡Cuánto tiempo hacía que esperaba de ti esta palabra! - grita María de Alfeo.
-Ven. Ni rechazo ni fuerzo a nadie. Ni siquiera exijo todo a todos; tomo lo que me podéis dar. Es bueno que las mujeres
no estén siempre solas cuando vayamos a regiones desconocidas para ellas. Gracias, hermano.
-Voy a decírselo a María - dice la madre de Simón, y termina: “Está abajo, en su cuarto, orando. Se pondrá muy
contenta”....
Cae deprisa la tarde. Encienden una lámpara para bajar por escalera ya oscura en el crepúsculo; unos van hacia la
derecha, otros a la izquierda, para dormir.
Jesús sale y va a la orilla del lago. El pueblo, sereno todo. Desiertas las calles, desierta la orilla. Nadie en el lago, en esta
noche sin luna. Sólo estrellas en el cielo y murmullo de voces de la resaca contra los cantos de la orilla. Jesús sube a la barca, que
está en la ribera. Se sienta. Apoya en el borde un brazo, reclina sobre éste la cabeza y permanece en esa posición. No sé si está
pensando u orando.
Se llega hasta Él con mucha cautela Mateo:
-Maestro, ¿duermes? - pregunta en voz baja.
-No. Estoy pensando. Si no duermes, estate aquí conmigo.
-Me dio la impresión de que algo te turbaba y por eso he venido tras de ti. ¿No estás contento de tu jornada? Has
tocado el corazón de Elí, has conquistado como discípulo a Simón de Alfeo...
-Mateo, tú no eres ingenuo como Pedro y Juan; eres un hombre sagaz e instruido. Sé también franco. Dime: ¿Te
sentirías tú contento con estas conquistas?
-Bueno... Maestro... en cualquier caso, ellos son mejores que yo, y Tú aquel día me dijiste que te sentías muy dichoso
porque me había convertido...
-Sí. Pero tú estabas realmente convertido; tu evolución hacia el bien era genuina. Venías a mí sin maquinaciones, por
voluntad de espíritu. No es el caso de Elí... ni de Simón. El primero está tocado sólo superficialmente: el hombre-Elí ha recibido
una fuerte impresión, no el espíritu-Elí, que está igual que siempre; una vez que haya desaparecido la efervescencia que en él
han producido el milagro de Doras y el de su nieto, volverá a ser el Elí de ayer y de siempre. ¡Simón!... Simón también es todavía
sólo un hombre. Si me hubiera visto insultado en vez de celebrado, su reacción habría sido de compasión hacia mí y, como
siempre, me habría dejado. Esta tarde ha oído que un anciano, un niño, un leproso, saben hacer cosas que él no sabe hacer - él,
que es de la familia -, ha visto, además que el orgullo de un fariseo se ha plegado ante mí, y ha decidido: "Yo también". Pero no
son estas conversiones incitadas por consideraciones humanas las que me hacen feliz; antes bien, me desalientan. Quédate aquí
conmigo, Mateo. No se ve la Luna en el cielo, pero, por lo menos, brillan las estrellas. En mi corazón esta noche no hay sino
lágrimas. Sea tu compañía la estrella de tu afligido Maestro.
-Pues claro, Maestro. Si puedo... ¡No faltaría más! Lo que pasa es que yo soy siempre un gran desdichado, un pobre
inepto. He pecado demasiado como para poderte agradar. No sé hablar, no sé todavía pronunciar las palabras nuevas, puras,
santas; ahora que he dejado mi anterior lenguaje de fraude y lujuria. Y temo no ser capaz nunca de hablar contigo, ni de ti.
-No, Mateo; tú eres el hombre que lleva consigo toda su propia penosa experiencia de hombre; eres, por tanto, aquel
que, por haber mordido el barro y por saborear ahora la miel celestial, está en condiciones de referir a los demás los dos

sabores, y ofrecer su verdadero análisis, y comprender, comprender, y hacerlo comprender a tus semejantes de ahora y de
después. Y te creerán, precisamente por ser el hombre, el pobre hombre que por su voluntad viene a ser el hombre, el hombre
justo soñado por Dios. Deja que Yo, el Hombre-Dios, me apoye en ti, humanidad que amo hasta el punto de dejar el Cielo por ti y
de morir por ti.
-¡No, morir no! ¡No digas que por mí mueres!
-No sólo por ti, Mateo, sino por todos los Mateos de la tierra y de los siglos. Abrázame, Mateo. Besa a tu Cristo, por ti y
por todos. Alivia mi cansancio de Redentor incomprendido; Yo te he aliviado el tu yo de pecador. Enjuga mi llanto... porque mi
amargura, Mateo, se debe a ser comprendido por muy pocos.
-¡Oh..., Señor! ¡Sí! ¡Sí!...
Y Mateo, sentado junto a su Maestro, lo ciñe con un brazo... y lo consuela con su amor.

163
Comiendo en casa del fariseo Elí de Cafarnaúm
Hay muchas cosas que hacer hoy en casa de Elí. Siervos y siervos que van y vienen, y, entre ellos - granujilla feliz -, el
pequeño Eliseo. Aparecen dos personajes pomposos, y luego otros dos más; reconozco a los dos primeros: son los que habían
ido con Elí a casa de Mateo. A los otros dos no los conozco, pero sí oigo sus nombres: Samuel y Joaquín. El último en llegar es
Jesús, que viene con Judas Iscariote.
Grandes saludos recíprocos y luego la pregunta:
-¿Sólo con éste? ¿Y los otros?
-Están en la campiña. Regresan a la noche.
-Lo siento. Creía que fuera... Ayer por la tarde te invité sólo a ti, pero en ti estaban comprendidos todos los tuyos.
Ahora me viene el temor de que se hayan sentido ofendidos, o... o que se desdeñen de venir a mi casa... por animosidades del
pasado, claro». (El anciano ríe).
-¡No, no! Mis discípulos no conocen susceptibilidades de orgullo ni rencores incurables.
-¡Claro, claro! Muy bien. Entremos pues.
El consabido ceremonial de purificaciones para luego ir hacia la sala del convite, que da al vasto patio en que las
primeras rosas ponen ya una nota alegre.
Jesús acaricia al pequeño Eliseo, que está jugando en el patio y que del pasado peligro no tiene sino cuatro señales
rojas en la manita. Ya no le queda ni siquiera el recuerdo del miedo pasado; sí se acuerda, eso sí, de Jesús, y quiere besarlo y que
Jesús lo bese, con la espontaneidad de los niños; le habla entre su pelo, circundando con sus bracitos el cuello de Jesús,
confiándole que cuando sea mayor irá con Él; y pregunta:
-¿Me aceptas?
-Yo acepto a todos. Sé bueno y vendrás conmigo.
El niño se va dando brincos.
Se sientan a la mesa. Elí quiere ser tan perfecto, que pone a su lado a Jesús y al otro lado a Judas, el cual se encuentra
así entre Elí y Simón, como Jesús entre Elí y Urías.
Empieza la comida. A1 principio, temas de conversación un tanto vagos; luego, más interesantes; y, dado que las
heridas duelen y las cadenas pesan, sale la eterna cuestión de la esclavitud de Palestina respecto a Roma. No sé si es
fingimiento, no sé si hay mala intención o no, lo que sí sé es que los cinco fariseos se quejan de nuevos atropellos - que
catalogan de sacrílegos - por parte de los romanos, y que quieren interesar a Jesús en la discusión.
-¿Comprendes? ¿Quieren conocer con todo detalle nuestras ganancias! Y, como han visto que nos reunimos en las
sinagogas para hablar de esto y de ellos, pues amenazan con entrar en ellas sin respeto. ¡Temo que un buen día entren incluso
en las casas de los sacerdotes! - grita Joaquín.
-¿Y Tú qué dices? ¿No te disgusta?» pregunta Elí.
Jesús, interpelado directamente, responde:
-Como israelita, sí; como hombre, no.
-¿Por qué esta distinción? No comprendo. ¿Eres dos en uno?
-No. Pero en mí se dan la carne y la sangre, lo animal en pocas palabras, y el espíritu. El espíritu de israelita deferente
para con la Ley se resiente por estas profanaciones, mas la carne y la sangre no, porque no tengo el aguijón que os punza a
vosotros.
-¿Cuál?
-El interés. Decís que os reunís en las sinagogas para hablar también de negocios sin temor a oídos indiscretos, y teméis
no poder seguir haciéndolo - y, por tanto, no poder esconderle al fisco ni una miaja, con lo cual la tasación estaría en proporción
exacta al haber -. Yo no poseo nada. Vivo de la bondad del prójimo y amando al prójimo. No tengo objetos de oro, ni campos ni
viñas ni casas, aparte de la casita materna de Nazaret, que es tan pequeña y pobre, que el fisco ni la considera. Por eso no me
punza el temor a ser descubierto en declaración mendaz, ni a que tasen mis bienes y me castiguen. Sólo poseo la Palabra que
Dios me ha dado y que Yo doy, y ésta es una cosa tan alta, que en manera alguna puede verse afectada por el hombre.
-Pero, si estuvieras en nuestro lugar, ¿cómo te comportarías?
-Mirad, no os lo toméis a mal si os digo claramente lo que pienso, que es muy distinto de lo que pensáis vosotros. En
verdad os digo que Yo actuaría de distinta forma.

-¿Cómo?
-Sin lesionar la santa verdad, que es siempre una sublime virtud, aunque se aplique a cosas tan humanas como son los
impuestos.
-¿Y entonces? ¡Y entonces? ¡Nos desollarían! ¿No te das cuenta de que tenemos mucho y de que deberíamos dar
mucho?
-Vosotros lo habéis dicho: Dios os ha concedido mucho; en proporción, mucho debéis dar. ¿Por qué actuar mal - como
por desgracia sucede -, tanto que al final sea el pobre quien reciba tasación desproporcionada? La verdad es que sabemos que
en Israel hay muchos impuestos injustos, impuestos nuestros y que son para beneficio de los grandes, que ya tienen mucho, y
para desesperación de los pobres que deben pagarlos, estrujándose hasta pasar incluso hambre. La caridad para con el prójimo
no aconseja esto. Nosotros israelitas deberíamos preocuparnos porque nuestras espaldas soportasen el peso de1 pobre.
-¡Hablas así porque eres pobre!
-No, Urías; hablo así porque es lo justo. ¿Por qué Roma igualmente nos ha podido -y sigue pudiendo - esquilmar de esta
manera? Porque hemos pecado y porque los rencores nos dividen (el rico odia al pobre y el pobre al rico), y porque no hay
justicia y el enemigo se aprovecha de ello para subyugarnos.
-Has hecho alusión a más de un motivo... ¿Cuáles otros?
-Yo no iría contra la verdad alterando el carácter del local consagrado al culto, haciendo de él un seguro refugio de
cosas humanas.
-Nos estás censurando.
-No. Estoy respondiendo. Escuchad más bien vuestra conciencia. Sois maestros, por tanto...
-Pienso que ya sería hora de sublevarse, de rebelarse, de castigar al invasor y restablecer nuestro reinado.
-¡Cierto! ¡Cierto! Tienes razón, Simón. Pero aquí está el Mesías; debe hacerlo Él- responde Elí.
-Pero el Mesías, por ahora - perdona, Jesús - es sólo Bondad; anima a todo excepto a la insurrección. Actuaremos
nosotros y...
-Simón, escucha. Piensa en el libro de los Reyes. Saúl estaba en Guilgal; los filisteos en Mikmás; el pueblo tenía miedo,
se desbandaba; el profeta Samuel no venía. Saúl quiso adelantarse al siervo de Dios y ofreció por su cuenta el sacrificio. Piensa
en la respuesta que Samuel, que se presentó al improviso, dio al imprudente rey Saúl: "Te has comportado neciamente, no has
observado las órdenes que el Señor te había dado. Si no hubieses hecho esto, ahora el Señor habría establecido para siempre tu
reinado en Israel. Sin embargo, ahora tu reino no perdurará". Una acción intempestiva y soberbia no benefició ni al rey ni al
pueblo. Dios sabe la hora, no el hombre; Dios conoce los medios, el hombre no. Dejad actuar a Dios, mereciendo su ayuda con
una conducta santa. Mi Reino no es ni de rebelión ni de brutalidad, pero se establecerá; no será para pocos, será universal.
Dichosos los que a él se agreguen - no inducidos a error por mi apariencia humilde según el espíritu terreno -y me sientan el
Salvador. No temáis. Seré Rey, el Rey nacido de Israel, el que ha de extender su Reino sobre toda la Humanidad. Vosotros,
maestros de Israel, no interpretéis mal mis palabras, ni las de los Profetas que me anunciaron. Ningún reino humano, por muy
poderoso que sea, es ni universal ni eterno. Los Profetas dicen que el mío tendrá estas características. Que esto os dé luz acerca
de la verdad y espiritualidad de mi Reino. Ahora os dejo. De todas formas quisiera pedirle una cosa a Elí. Aquí está tu bolsa.
Simón de Jonás tiene alojada a una pobre gente proveniente de los más distintos lugares. Ven conmigo para darles el óbolo del
amor. La paz sea con todos vosotros.
-No te marches todavía - le ruegan los fariseos.
-Debo hacerlo; hay enfermos de la carne y del corazón que esperan consuelo. Mañana iré lejos. No quiero que ninguno
me vea partir y se sienta desilusionado.
-Maestro, soy viejo y estoy ya cansado. Ve Tú en nombre mío. Llevas contigo a Judas de Simón. Lo conocemos bien...
Haz como mejor creas. Que Dios te acompañe.
Jesús sale con Judas, el cual, en cuanto ponen pie en la plaza, dice:
-¡Vieja víbora! ¿Qué habrá querido decir?
-¡Pero hombre no te preocupes! O, mejor aún, piensa que ha querido alabarte.
-¡Imposible, Maestro! Esas bocas jamás alaban a quien hace el bien; quiero decir que nunca elogian con sinceridad. ¿Y
respecto a no venir?... Es porque siente repugnancia de los pobres y tiene miedo a que lo maldigan. Efectivamente, ha
atormentado mucho a los pobres de esta zona; lo puedo jurar sin temor. Por eso...
-Tranquilo, Judas, tranquilo. Déjale a Dios que juzgue.

164
El retiro en el monte para la elección de los Apóstoles.
Las barcas de Pedro y Juan surcan las aguas serenas del lago. Van seguidas - yo creo - de todas las embarcaciones de las
orillas de Tiberíades. Son muchísimas las barcas, más o menos grandes, que van y vienen, tratando de alcanzar o pasar a la barca
de Jesús para volverse a poner luego detrás. Ruegos, súplicas, clamor, peticiones... se entrecruzan sobre las azules olas.
Jesús, que lleva en su barca a María y a la madre de Santiago y Judas (mientras que en la otra barca están María Salomé
con su hijo Juan y Susana), promete, responde, bendice... incansablemente. «Volveré, sí, os lo prometo. Sed buenos. Recordad
mis palabras para unirlas a las que en otro momento os diré. La separación será breve. No seáis egoístas, he venido también

para los otros. ¡Calma, calma, que os vais a hacer daño! Sí, oraré por vosotros, siempre me tendréis a vuestro lado. El Señor sea
con vosotros. Sí, me acordaré de tus lágrimas; serás consolado. Ten esperanza, ten fe».
Así, avanzando, bendiciendo, prometiendo, la barca llega a la orilla. No es Tiberíades. Es un pueblecillo minúsculo: un
puñado de casas, pobres, casi abandonadas. Jesús y los suyos ponen pie en tierra. Las barcas regresan guiadas por los peones y
por Zebedeo. Las otras hacen lo mismo, aunque muchos de los que venían bajan y quieren a toda costa seguir a Jesús; entre
éstos veo a Isaac con los dos que le han sido confiados, o sea, José y Timoneo. No reconozco a otros de entre la mucha gente
que hay, de todas las edades (desde adolescentes a ancianos).
Los pocos habitantes del pueblecillo, andrajosos, para quienes Jesús había indicado que se dieran unas limosnas, se
quedan más o menos indiferentes a su paso. Jesús vuelve al camino principal, se detiene y dice:
-Separémonos ahora. Madre, tú con María y Salomé marchad a Nazaret. Susana puede volver a Caná. Regresaré
pronto.
-Ya sabéis lo que hay que hacer. ¡Que Dios sea con vosotras!
Y de su Madre se despide de forma especial, con una sonrisa llena; luego vuelve a sonreír cuando María, dando ejemplo
a las otras, se arrodilla para que Jesús la bendiga.
Las mujeres que van con Alfeo de Sara y con Simón se ponen en camino hacia sus ciudades.
Jesús se vuelve hacia los restantes:
-Os dejo. No es que os despida. Os dejo sólo un tiempo. Me retiro con éstos a aquellos desfiladeros que veis allá. Quien
me quiera esperar que se quede en esta llanura; el que no, que vuelva a su casa. Me retiro a orar porque es la vigilia de grandes
cosas. Quien ama la causa del Padre que ore unido en espíritu a mí. La paz sea con vosotros, hijos. Isaac, ya sabes lo que debes
hacer. Te bendigo, pequeño pastor.
Jesús sonríe al enjuto Isaac, ahora pastor de hombres reagrupados en torno a él.
Jesús se echa a andar dando las espaldas al lago, dirigiéndose con decisión hacia uno de los desfiladeros que hay entre
las colinas que van en líneas, yo diría casi paralelas, desde el lago hacia el Oeste. Entre las dos colinas rocosas, escabrosas,
abiertas a pico como un fiordo, desciende, con no poco ruido, un torrentillo espumoso; hacia arriba, el monte agreste, con
míseras plantas que crecen en todas las direcciones - como pueden - entre piedra y piedra. Un sendero de cabras acomete la
colina más abrupta; es precisamente el que toma Jesús.
Los discípulos le siguen fatigosamente, en fila india, en el más absoluto de los silencios. Sólo cuando Jesús se detiene
para que cojan respiro - en un lugar, un poco más ancho, de este sendero que asemeja a un arañazo en la riscosa ladera
intransitable - ellos se miran, aunque sin hablarse. Sus miradas dicen: « ¿Y a dónde nos lleva?». Pero no hablan, sólo se miran, y
cada vez con más desconsuelo a medida que ven que Jesús reemprende una y otra vez la marcha por la agreste garganta, llena
de cuevas, de resquebrajaduras en las peñas, de rocas por las que es difícil andar porque además hay espinos y mil otras matas
en que se enzarzan los pies, y que aferran los vestidos por todas partes y arañan, y dan en la cara. Incluso los más jóvenes, con
pesados fardos a las espaldas, han perdido el buen humor. Finalmente Jesús se para y dice:
-Aquí nos vamos a quedar una semana en oración... para prepararos a algo muy importante. Por eso he deseado un
lugar como éste, aislado, desierto, lejos de todo tránsito de caravanas y de todo lugar habitado. Aquí hay cuevas ya utilizadas
otras veces por otros hombres; nos servirán también a nosotros. Aquí hay agua fresca y abundante, aunque el terreno sea seco.
Tenemos pan y comida suficiente para el tiempo que vamos a estar. Los que el año pasado estuvieron conmigo en el desierto
saben cómo viví Yo; esto es un palacio respecto a aquel lugar, y además la estación - ya agradable - nos ahorrará las
inclemencias del hielo y del sol. Tened buen ánimo, pues. Quizás no volvamos a estar así, todos juntos y solos. Este tiempo que
vamos a pasar aquí debe uniros, haciendo de vosotros no ya doce hombres sino una sola institución.
-¿No decís nada? ¿No me preguntáis nada? Colocad en esa peña los pesos que lleváis y despeñad ese otro peso que
tenéis en el corazón: vuestra humanidad. Os he traído aquí para hablaros al espíritu, para nutriros el espíritu, para haceros
espíritu. No diré muchas palabras; ¡muchas os he dicho ya en aproximadamente un año que llevo con vosotros! Ahora ya basta.
Si tuviera que cambiaros con la palabra debería teneros diez, cien años, y aun así seríais siempre imperfectos.
Ha llegado el momento de que haga uso de vosotros, pero para ello os debo formar. Recurro a la medicina de la
oración, que es el arma por antonomasia. Siempre he orado por vosotros, ahora quiero que seáis vosotros mismos quienes
oréis. Todavía no os enseño mi oración, pero sí os doy a conocer ya el modo de orar y lo que es la oración: coloquio de hijos con
su Padre, de espíritus a Espíritu, abierto, cálido, confidencial, recogido, franco. La oración lo es todo: confesión, conocimiento de
nosotros mismos, llanto por nosotros mismos, promesa a nosotros mismos y a Dios, petición a Dios; todo hecho a los pies del
Padre. No puede hacerse en medio del bullicio, entre distracciones, a menos que se sea un coloso en la oración (y, aun así,
incluso los colosos se resienten de este choque y ruido del mundo en sus horas de oración). Vosotros no sois colosos, sois
pigmeos; sois sólo párvulos en el espíritu, parvos del espíritu. Aquí alcanzaréis la edad de la razón espiritual. Lo demás vendrá
después.
Por la mañana temprano, a la meridiana y al atardecer, nos reuniremos para orar juntos, con las antiguas palabras de Israel, y
para partir el pan; luego cada uno volverá a su cueva y estará en presencia de Dios y de su alma, en presencia de cuanto os he
dicho acerca de vuestra misión y en presencia de vuestras capacidades. Medíos, escuchad, decidid. Esta será la última vez que os
lo diga. Luego tendréis que ser perfectos, hasta donde podéis, sin cansancio ni humanidad; luego ya no seréis Simón de Jonás o
Judas de Simón, ni Andrés o Juan, Mateo o Tomás, sino que seréis mis ministros. Marchad. Cada uno solo. Yo estaré en aquella
cueva, siempre presente. No vengáis sin serio motivo. Tenéis que aprender a valeros por vosotros mismos y a estar solos.
Porque, en verdad os digo que hace un año estábamos para conocernos y dentro de dos estaremos para dejarnos. ¡Ay de
vosotros y ay de mí si no hubierais aprendido a valeros por vosotros mismos! Dios sea con vosotros.
Judas, Juan, llevad a mi cueva, a aquélla, las provisiones; deben durar, así que las distribuiré Yo.
-¡Serán pocas!... -objeta alguien.

-Lo suficiente para no morir. El vientre demasiado sacio carga el espíritu. Yo deseo elevaros, que no haceros lastre.

165
Elección de los doce Apóstoles
La alborada blanquea los montes y parece atenuar las escabrosidades de esta agreste ladera en que la única voz es la
del pequeño torrente espumante de su fondo; la cual, reflejada por los montes, llenos de cuevas, emite un rumor singular. Allí,
en el lugar en que se han instalado los discípulos, no se oye sino algún que otro cauto frú-frú entre el ramaje o las hierbas: de los
primeros pájaros que se despiertan, de los últimos animales nocturnos que van a su madriguera.
Un grupo de liebres o conejos montaraces, que están royendo una mata baja de moras, huyen porque los ha asustado
una piedra al caer, luego vuelven prudentemente, moviendo sus orejas para detectar todos los sonidos, y, viendo que todo está
en calma, regresan a su mata. El abundante rocío lava todas las hojas y las piedras; el bosque adquiere un intenso aroma de
musgo, poleo y mejorana.
Un petirrojo baja a posarse justo en el borde de una caverna a que hace de techo una gruesa lasca salediza; moviendo
la cabecita, bien erguido sobre sus patitas de seda, preparado para huir, se asoma hacia dentro, mira hacia el suelo y susurra
unos «chip» «chip» interrogativos, y... golosos, provocados por unas migas de pan que hay en la tierra; de todas formas, no se
decide a bajar sino cuando ve que le está precediendo un mirlo grande, que se acerca saltando al sesgo, cómico con esa actitud
suya de picaruelo y perfil de viejo notario al que, para serlo completo, le faltan sólo las gafas. Entonces baja también el petirrojo
y se coloca detrás de su señoría - muy corajinosa -, que cada cierto tiempo hinca el pico amarillo en la tierra húmeda en busca
de... arqueología alimenticia, para seguir adentrándose, después de emitir un «chop» o un silbido breve realmente de granuja. El
petirrojo llena su buche con las miguitas y se queda atónito al ver que el mirlo, penetrando seguro en la caverna silenciosa, sale
luego con una corteza de queso y la golpea una y otra vez contra una piedra para desmenuzarla y procurarse una opípara
comida. Luego el mirlo vuelve a entrar, da una ojeada y, no encontrando ya nada más, emite un brioso silbido burlón y alza el
vuelo, para terminar su canto en la copa de un roble que sumerge su cima en el azul matutino. También echa a volar el petirrojo,
a causa de un ruido que ha oído venir del interior de la caverna... y se posa sobre una ramita delgada que se mece en el vacío.
Jesús sale hasta la boca de la cueva y se pone a desmigajar un poco de pan, llamando muy suavemente a los pajarillos
con un silbido modulado que bien imita el gorjear de muchas avecillas. Después se separa de la cueva y va más arriba, y se
queda inmóvil contra una pared rocosa, para no asustar a estos amigos suyos que al poco rato descienden: primero el petirrojo,
luego otros de distintas especies. La inmovilidad de Jesús, o también su mirada - quiero pensar así porque tengo la experiencia
de que los animales, incluso los más desconfiados, se acercan a quienes por instinto sienten protectores, no enemigos -, hacen
que, pasado un poco de tiempo, a pocos centímetros de El, estén saltando ya los pajarillos, y que el petirrojo, ya saciado, vuele
hacia la parte alta de la roca en que está apoyado Jesús y se agarre a una delgadísima ramita de clemátide y se columpie por
encima de su rubia cabeza con deseos de posarse en ella o en uno de sus hombros... La comida ha terminado. El sol dora,
primero, la cima del monte; luego, las ramas más altas de los árboles; mientras que, hacia abajo, todavía todo recibe la pálida luz
del alba. Las avecillas vuelan, satisfechas, saciadas, bajo el sol, y cantan con la plenitud de sus pequeñas gargantas.
-Ahora a despertar a estos otros hijos míos» dice Jesús - y desciende - porque su cueva es la más alta -, y va entrando en
las distintas cuevas y llamando por su nombre a los doce, que duermen. Simón, Bartolomé, Felipe, Santiago, Andrés, responden
enseguida; Mateo, Pedro y Tomás se muestran más tardos en responder. Judas Tadeo, ya listo y bien despierto, va hacia Jesús
en cuanto lo ve asomarse a la entrada; el otro primo, sin embargo, y con él Judas Iscariote y Juan están profundamente
dormidos (tanto es así, que Jesús debe moverlos en su cama de hojas para que se despierten). Juan, que ha sido el último al que
Jesús ha ido a llamar, está tan profundamente dormido que no se centra bien respecto a quien es el que lo está llamando, y,
entre las nieblas del sueño interrumpido a mitad, susurra: «Sí, mamá, voy enseguida...». Pero luego se da la vuelta para el otro
lado... Jesús sonríe, se sienta en el rústico jergón hecho de follaje recogido en el bosque, se inclina y da un beso en la mejilla a su
Juan, que abre los ojos y se queda atónito al ver allí a Jesús. Se sienta como impulsado por un resorte y dice:
-¿Me necesitas? Aquí estoy.
-No. Te he despertado como a todos, pero creías que era tu madre; entonces te he dado un beso, como hacen las
madres.
Juan, sólo con la camisola interior (por haber utilizado como cobijas la túnica y el manto), se echa al cuello de Jesús, y
ahí se refugia, con la cabeza entre el hombro y la cara, diciendo:
-¡Tú eres mucho más que mi madre! La he dejado por ti, lo contrario no lo haría; ella me ha traído a este mundo, Tú me
has dado a luz para el Cielo. Yo esto lo sé.
-¿Qué otras cosas sabes más que los otros?
-Lo que me ha dicho el Señor en esta gruta. Jesús, no he ido ninguna vez a tu cueva, lo cual creo que habrá sido
interpretado por los compañeros como indiferencia y soberbia, pero no me importa lo que piensen. Sé que sabes la verdad. No
iba donde Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, pero lo que Tú eres en el seno del Fuego que es el Amor eterno de la Trinidad
Santísima, su Naturaleza, su Esencia, su verdadera Esencia - ¡la verdad es que no sé expresar todo lo que he comprendido en
esta tétrica cueva oscura que de tantas luces se ha llenado para mí; en esta fría caverna en que he ardido en un fuego que no
tenía forma sensible pero que ha entrado a mis adentros encendiéndolos con llama de dulce martirio; en este antro silencioso,

que me ha cantado verdades celestiales! -, lo que Tú eres, Segunda Persona del inefable Misterio que es Dios y que yo penetro
porque Dios me ha aspirado hacia sí, eso, lo he tenido siempre conmigo. Todos mis deseos, lágrimas, preguntas se han
derramado sobre tu pecho divino, Verbo de Dios. Y ninguna de las palabras, entre las tantas que te he escuchado, ha tenido la
amplitud de la que aquí me has dicho, Tú, Dios Hijo, Tú, Dios como el Padre, Tú, Dios como el Espíritu Santo, Tú, Tú que eres el
perno de la Tríada... ¡Oh, quizás es una blasfemia, pero me parece que es así, porque sin ti, amor del Padre y al Padre, faltaría el
Amor, el Divino Amor, y la Divinidad ya no sería Trina, y le faltaría el atributo más propio de Dios: su amor! ¡Oh, mucho tengo
aquí dentro, pero es como agua que gorgotea contra un dique sin poder salir... y me da la impresión de que fuera a morir por lo
violento y sublime de la convulsión que ha penetrado mi corazón desde que te he comprendido... Y por nada del mundo querría
verme despojado de ello... ¡Haz que muera de este amor, mi dulce Dios!
Juan sonríe y llora, agitado, de su amor encendido, abandonado sobre el pecho de Jesús, como si la llama lo dejase sin
fuerzas. Y Jesús, lleno también de amor, lo acaricia con ternura.
Juan se recobra en un repente de humildad que le hace suplicar:
-No les digas a los otros lo que te he manifestado, aunque ellos también habrán sabido vivir de Dios como yo he vivido
estos días; deja sobre mi secreto la piedra del silencio.
-Puedes estar seguro, Juan; ninguno sabrá de tu desposorio con el Amor. Vístete, ven, que tenemos que marcharnos.
Jesús sale y va al sendero donde ya esperan los otros. Los rostros muestran un aspecto más venerable, más recogido;
los ancianos parecen patriarcas, los jóvenes tienen traza de madurez, de dignidad, celada antes bajo la juventud. Judas Iscariote
mira a Jesús con una tímida sonrisa en su rostro signado por el llanto, y Jesús lo acaricia al pasar. Pedro no habla - cosa tan
extraña en él, que llama la atención más que cualquier otro cambio-; mira atentamente a Jesús con una dignidad nueva, que
parece despejarle más esa frente suya ya con entrantes, más severo esa mirada fina que antes brillaba todo de perspicacia.
Jesús lo llama a su lado, y lo tiene ahí, junto a sí, en espera de Juan, que por fin sale, con un rostro que no sé si decir que está
más pálido o más rojo (eso sí, encendido por una llama que, aun no mudando el color, es patente). Todos lo miran.
-Ven aquí, Juan, junto a mí; y tú, Andrés, y tú, Santiago de Zebedeo; también tú, Simón, y tú, Bartolomé, y Felipe y
vosotros, hermanos míos, y Mateo. Judas de Simón, aquí, frente a mí. Tomás, ven aquí. Sentaos. Tengo que hablaros.
Se sientan, apacibles como niños, todos un poco absortos en su mundo interior, y, a pesar de todo, más atentos que
nunca a Jesús.
-¿Sabéis lo que he hecho con vosotros? Todos lo sabéis. El alma se lo ha dicho a la razón. El alma, que ha sido reina
estos días, le ha enseñado a la razón dos grandes virtudes: la humildad y el silencio, hijo de la humildad y de la prudencia, que a
su vez son hijas de la caridad. Hace sólo ocho días, habríais venido a proclamar - cual hábiles niños cuyo deseo es dejar
asombrados a los demás, superar a su rival - vuestras capacidades, vuestros nuevos conocimientos; sin embargo, ahora calláis.
De niños habéis pasado a adolescentes, y sabéis que un tipo de proclamación como el que he mencionado podría hacerle
sentirse poco al otro, quizás menos favorecido por Dios, y por eso no habláis.
Sois como muchachas que han dejado de ser impúberes: ha nacido en vosotros el santo pudor de la metamorfosis que
os ha revelado el misterio nupcial de las almas con Dios. Estas cuevas el primer día os parecieron frías, hostiles, repelentes...
ahora las miráis como a perfumadas y luminosas cámaras nupciales. En ellas habéis conocido a Dios. Antes sabíais acerca de Él,
pero no lo conocíais en esa intimidad que hace de dos uno. Entre vosotros hay hombres que están casados desde hace años;
otros que tuvieron sólo falaces relaciones con mujeres; algunos que, por distintas causas, son castos. Mas los castos ahora saben
como los casados lo que es el amor perfecto; es más, puedo decir que ninguno como quien desconoce todo apetito carnal sabe
lo que es el amor perfecto, porque Dios se revela a los vírgenes en toda su plenitud, tanto por la propia delicia de darse a quien
es puro - reconociendo parte de sí mismo, Purísimo, en la criatura exenta de toda lujuria -, como para compensarle por cuan-to
se niega por amor a Él.
En verdad os digo que por el amor que os tengo y por la sabiduría que poseo, si no debiera llevar a cabo la obra del
Padre, querría teneros aquí, estar con vosotros, alejados de la gente; ciertamente haría de vosotros, solícito, grandes santos; ya
no tendríais momentos de desconcierto, o defecciones, caídas o perdidas de ritmo o vueltas atrás. Pero no puedo. Debo
continuar mi camino, y también vosotros. El mundo nos espera, este mundo profanado y profanador que necesita maestros y
redentores. Yo os he querido dar a conocer a Dios para que lo amarais mucho más que al mundo, el cual con todos sus afectos
no vale lo que una sola sonrisa de Dios. He querido que pudierais meditar sobre lo que es el mundo y sobre lo que es Dios para
que aspirarais a lo mejor. En este momento aspiráis sólo a Dios. ¡Oh, si pudiera dejaros fijos en esta hora, en esta aspiración!
Pero el mundo nos espera, e iremos a ese mundo que espera, por la santa Caridad, que, de igual modo que me ha enviado a mí
al mundo, os envía a vosotros por imperativo mío. Pero - os lo suplico - como se guarda una perla en un cofre, guardaos bien el
tesoro de estos días en que vuestra mirada y vuestros cuidados han estado dirigidos a vosotros mismos, de estos días en que os
habéis erguido, y procurado vestiduras nuevas, y habéis contraído esponsales con Dios... en vuestro corazón; como las piedras
del testimonio, elevadas por los Patriarcas a recuerdo de las alianzas con Dios, conservad y custodiad estos preciosos recuerdos
en vuestro corazón.
A partir de hoy ya no sois sólo los discípulos predilectos, sino que sois los apóstoles, cabezas de mi Iglesia; de vosotros
brotarán - y esto siempre - todas sus jerarquías; seréis llamados maestros, teniendo como Maestro a vuestro Dios en su triple
potencia, sabiduría y caridad.
No os he elegido porque seáis los que más lo merecéis, sino por un complejo de causas que no es necesario que
conozcáis ahora. Os he elegido en vez de a los pastores, que son mis discípulos desde mis primeros vagidos. ¿Por qué lo he
hecho? Porque era lo correcto. Entre vosotros hay galileos y judíos, instruidos y no instruidos, ricos y pobres; esto por el mundo,
para que no diga que he preferido a una sola categoría... Mas vosotros no daríais abasto a todo lo que hay que hacer, ni ahora ni
en el futuro.

Quizás no todos os acordéis de un punto del Libro. Os lo recuerdo. En el segundo libro de los Paralipómenos, capítulo
29, se narra cómo Ezequías, rey de Judá, hizo purificar el Templo, y cómo, una vez purificado, ordenó sacrificar por el pecado,
por el reino, por el santuario y por Judá; y cómo luego comenzaron las ofrendas individuales...; mas, no siendo suficientes los
sacerdotes para las inmolaciones, se recurrió a los levitas, consagrados con rito más breve que el de los sacerdotes.
Esto mismo haré Yo. Vosotros sois los sacerdotes, a quienes Yo, Pontífice eterno, he preparado larga y atentamente;
pero no dais abasto al trabajo, cada vez mayor, de inmolación de cada hombre en particular al Señor su Dios, por lo cual asocio a
vosotros a los discípulos, a los que siguen siendo, eso, discípulos: los que nos esperan al pie del monte, los que ya están más
arriba, los que ahora se encuentran esparcidos por la tierra de Israel y que llegará el momento en que lo estén por todas las
partes de la Tierra. Ellos recibirán encargos iguales - porque una es la misión -, pero ante los ojos del mundo estarán
encuadrados de forma distinta (no ante los ojos de Dios, que es justo, de forma que el discípulo oculto, ignorado por los
apóstoles y por sus compañeros, si vive santamente, llevando almas a Dios, será mayor que aquel otro apóstol, conocido, que de
apóstol no tiene sino el nombre y que rebaja su dignidad de apóstol al nivel de intereses humanos).
La tarea de los apóstoles y discípulos será siempre la de los sacerdotes y levitas de Ezequías: practicar el culto, derribar
las idolatrías, purificar los corazones y los lugares, predicar al Señor y su Palabra. No existe tarea más santa sobre la faz de la
tierra, ni tampoco dignidad más alta que la vuestra. Precisamente por esto es por lo que os dicho: "Escuchaos. Examinaos".
¡Ay del apóstol que caiga!: arrastrará consigo a muchos discípulos, y a su vez éstos arrastrarán a un número aún mayor
de fieles, y la ruina será cada vez mayor, cual alud en movimiento o círculo que va extendiéndose cada vez más en la superficie
de un lago cuando una y otra vez lanzan piedras al mismo punto.
¿Vais a ser todos perfectos? No. ¿Va a durar el espíritu de ahora? No. El mundo lanzará sus tentáculos para ahogar
vuestra alma. La victoria del mundo - que es hijo de Satanás en cinco de sus partes, siervo de Satanás en otras tres partes,
apático respecto a Dios en las otras dos - consiste en extinguir las luces en los corazones de los santos. Defendeos por vosotros
mismos contra vosotros, contra el mundo, la carne y el demonio; pero, sobre todo, defendeos de vosotros mismos. ¡Alerta,
hijos, contra la soberbia, la sensualidad, la doblez, la tibieza, el sopor espiritual, la avaricia! Cuando el yo inferior hable de
supuestas crueldades que le perjudican, y lloriquee, imponedle silencio diciendo: "Por un brevísimo tiempo de privación a que te
someto, te procuro para siempre el banquete extático que recibí en la cueva de la montaña al terminar la luna de Sabat".
Vamos. Vamos a donde los demás, que en gran número me esperan. Luego iré unas horas a Tiberíades. Vosotros,
predicándome, iréis a esperarme al pie del monte que está en el camino de Tiberíades al mar; os alcanzaré y subiré para
predicar. Tomad alforjas y mantos. La estancia aquí ha terminado, la elección se ha cumplido.

166
Los milagros después de la elección apostólica. Simón el Zelote y Juan predican por primera vez
Jesús desciende a media altura de la escarpada ladera y encuentra a muchos discípulos y a otros muchos que poco a
poco se han ido añadiendo, a quienes la necesidad de un milagro o el deseo de la pa labra de Jesús han conducido a este lugar
apartado del tránsito: han venido seguros, o por las indicaciones de la gente o por el instinto del alma. Pienso que sus ángeles,
los de estos hombres deseosos de Dios los guiaban al Hijo de Dios. No creo que al decir esto me ponga al nivel de la leyenda: en
efecto, si se piensa con qué pronta y astuta constancia Satanás conducía a los enemigos hacia Dios y hacia su Verbo en los
momentos en que el espíritu demoníaco podía mostrarles a los hombres una apariencia de culpa en Cristo, se podrá pensar
también - y más que lícito, es justo - que los ángeles no fueran inferiores a los demonios, y que llevaran a los espíritus no
demoníacos a Cristo.
Jesús se prodiga en favores (milagros y la propia palabra) para estas personas que le han esperado sin cansancio ni
temor. ¡Cuántos milagros! (una riqueza semejante a la de las flores que decoran los rodales del abrupto monte). Milagros
grandes, como el de un niño al que han extraído, con atroces quemaduras, de un pajar en llamas: es un amasijo de carne
quemada que gime lastimeramente bajo el lienzo con que lo han cubierto para ocultar su horrible aspecto; ya agoniza. Lo han
traído en una camilla. Jesús, infundiéndole su respiro, regenerando las zonas quemadas, lo devuelve a su estado precedente: las
quemaduras han desaparecido completamente; tanto es así que el jovencito se pone en pie, completamente desnudo, y corre
feliz hacia su madre, la cual, llorando de alegría, acaricia su carne totalmente sana, sin huellas de quemaduras, y besa sus ojos que deberían estar quemados y que, sin embargo, se muestran vivaces y resplandecientes de alegría - y su cabello, muy corto
pero no destruido (cual si una llamarada hubiera actuado como una navaja). También milagros pequeños, como el de un
viejecillo tosegoso que dice:
-No por mí, sino porque tengo que hacer de padre con mis nietecillos huérfanos y no puedo labrar la tierra teniendo
esta mucosidad que me ahoga aquí parada en la garganta»... 0 el milagro - no visible, aunque, sin duda, real - que provoca estas
palabras de Jesús: «Entre vosotros hay uno que llora con el alma y que no se atreve a decir de palabra: "Ten piedad". Mi
respuesta es: "Sea como pides. Toda la piedad. Para que sepas que soy la Misericordia". Lo único que por mi parte digo es que
seas generoso. Sé generoso con Dios, rompe toda atadura con el pasado, y, pues que sientes a Dios, ve a El con corazón libre,
con total amor». (No sé, entre la muchedumbre, a qué hombre o mujer van dirigidas estas palabras).
Jesús sigue diciendo:
-Éstos son mis apóstoles. Cada uno de ellos es otro Cristo, porque los he elegido tales. Dirigíos a ellos con confianza.
Conocen de mí todo lo de que tenéis necesidad para vuestras almas...
Los apóstoles miran a Jesús que más asustados no podrían, pero Jesús sonríe y prosigue:

«... Y la intensa luz astral y el copioso rocío reconfortante que darán a vuestras almas impedirán que languidezcáis en
las tinieblas; después vendré Yo y os daré plenitud de sol y de agua, toda la sabiduría para haceros sobrenaturalmente fuertes y
felices. Paz a vosotros, hijos. Otros me esperan, otros más infelices y pobres que vosotros. No os dejo solos, os dejo a mis
apóstoles: es como si confiara a los hijos de mi amor a los cuidados de las más amorosas y fiables nodrizas.
Jesús hace un gesto de despedida y bendición, y se pone en camino incidiendo en la masa de la muchedumbre, que no
quiere dejarlo partir; es entonces cuando se produce el último milagro, el de una ancianita semiparalizada. La había traído su
nieto. Pues bien, ahora agita jovialmente su brazo derecho, que antes estaba inerte, y grita:
-¡Me ha rozado con su manto al pasar y he quedado curada! Ni siquiera se lo había pedido, porque ya soy vieja... pero
ha tenido piedad incluso de mi secreto deseo y me ha curado con el manto, con un extremo del manto que apenas si me ha
tocado el brazo perdido! ¡Oh, qué gran Hijo ha tenido nuestro santo David! ¡Gloria a su Mesías! ¡Fijaos!, ¡fijaos!, la pierna
también, como el brazo, se mueve ligera... ¡Estoy como a los veinte años!
Gracias a que muchos de los presentes se arremolinan en torno a la viejecita, que proclama a voz en grito su dicha,
Jesús puede escabullirse, y, desde ese momento ya no le vuelven a interceptar el paso. Los apóstoles lo siguen.
Llegados casi al llano, a un espacio desierto, entre las matas de un espeso brezal que desciende hacia el lago, se
detienen un momento y Jesús dice:
-¡Os bendigo! Volved a vuestro trabajo y hacedlo hasta que regrese como he dicho.
Pedro, que hasta ese momento había estado callado, rompe a hablar:
-Pero, mi Señor, ¿qué has hecho? ¿Por qué has dicho que tenemos todo aquello de que tienen necesidad las almas? Es
verdad que nos has dicho muchas cosas, pero somos duros de mollera - al menos yo -, y... y de lo que te he oído me ha quedado
poco, realmente poco. Me pasa como a aquel que lo que le queda en el estómago después de una comida es la parte más
consistente; lo demás ya no está.
Jesús sonríe abiertamente:
-¿Y dónde está el resto de la comida?
-Bueno, pues... no sé. Lo que sé es que si como cositas delicadas, pasada una hora no siento nada en el estómago,
mientras que si como raíces pesadas o lentejas con aceite, sé que me cuesta digerirlo.
-Cuesta. Pues piensa que esas raíces y esas lentejas, que parece que te llenan más, son las que menos sustancia te
dejan: es todo paja que pasa sin aprovechar gran cosa. Sin embargo, los alimentos delicados, que ya no los sientes después de
una hora, pasado ese tiempo ya no están en el estómago, pero sí en tu sangre.
Una vez digerido un alimento, ya no está en el estómago, pero su sustancia está en la sangre y aprovecha más. Ahora os
parece, tanto a ti como a tus compañeros, que, de todo lo que os he ido diciendo, nada o muy poco os queda. Quizás - o sin
quizás - tenéis bien presentes los aspectos que se conforman más a vuestro modo particular de ser: los de carácter impulsivo,
los aspectos impulsivos; los de carácter meditativo, pues los aspectos meditativos; los afectuosos, los aspectos cargados de
amor. No. Creedme: todo está en vosotros, aunque os parezca que se haya perdido. La verdad es que lo habéis absorbido.
Vuestro pensamiento se irá desenvolviendo cual hilo multicolor, aportándoos las tonalidades suaves o severas, según las vayáis
necesitando. No temáis. Pensad también que Yo sé las cosas y que nunca os encargaría algo para lo que os viera incapaces.
Adiós, Pedro. ¡Venga, hombre, sonríe! ¡Ten fe! ¡Pon un buen acto de fe en la Sabiduría omnipresente! Adiós a todos. El Señor
queda con vosotros.
Y, rápido, los deja, todavía atónitos y turbados por todo lo que han oído que tienen que hacer.
-Lo que está claro es que hay que obedecer - dice Tomás.
-¡Sí... claro!... ¡Pobre de mí! Casi que le doy alcance corriendo... - comenta Pedro.
-No, no lo hagas; la obediencia es amor a Él - dice Santiago de Alfeo.
-Es elemental, y señal de santa prudencia, empezar ahora que todavía lo tenemos cercano y puede darnos un consejo si
nos equivocamos. Tenemos que ayudarle - aconseja Simón Zelote.
-Es verdad. Jesús está visiblemente cansado. Tenemos que aliviarle en lo que podamos; no basta con transportar los
talegos y preparar las camas y la comida; estas cosas las puede hacer cualquiera. Hay que ayudarle en su misión, como Él quiere
- confirma Bartolomé.
-Tú sabes hablar porque eres una persona instruida; pero yo... soy casi un completo ignorante... - dice en tono
quejumbroso Santiago de Zebedeo.
-¡Ay, Dios!, ¡están llegando los que estaban arriba! ¿Qué hacemos? - exclama Andrés.
Mateo interviene:
-Perdonad si yo, que soy el más mísero, doy un consejo, pero ¡no sería mejor orar al Señor en vez de estar aquí
plañendo por cosas que no se arreglan con lamentaciones? ¡Venga, Judas, tú que sabes tan bien la Escritura, di por todos la
oración de Salomón para obtener la Sabiduría. ¡Rápido, antes de que lleguen!
Y Judas Tadeo, con su hermosa voz de barítono, comienza:
-Dios de mis padres, Señor de misericordia que todo lo has creado... - etc., etc.,... hasta donde dice: «... por la Sabiduría
se salvaron todos los pue fueron gratos al Señor desde los orígenes.
Termina justo un instante antes de que la gente llegue, los circunde, los asalte con mil preguntas sobre el lugar a dónde
ha ido el Maestro, sobre cuándo piensa volver...; y - lo que es más difícil de conseguir - pretendiendo una respuesta satisfactoria
a la pregunta: «¿Cómo se las arregla uno para seguir al Maestro no con las piernas sino con el alma, por los caminos del Camino
que Él indica?».
Esta pregunta pone en apuro a los apóstoles. Se miran unos a otros. A1 final, Judas Iscariote responde:
-Siguiendo la perfección - como si fuera una respuesta que pudiera explicar todo (!).
Santiago de Alfeo, más humilde y sereno, piensa un poco y dice:

-La perfección a que alude mi compañero se alcanza obedeciendo a la Ley, porque la Ley es justicia y la justicia es
perfección.
Pero la gente no se da todavía por satisfecha y, por boca de uno de ellos que parece un dirigente, objeta:
-Nosotros somos pequeños como niños por lo que respecta al Bien. Los niños no conocen todavía el significado del Bien
y del Mal; no distinguen. Igualmente nosotros, en este Camino que Jesús indica estamos tan poco formados que somos
incapaces de distinguir. Conocíamos un camino, el viejo, el que se nos ha enseñado en las escuelas: ¿qué camino tan difícil, largo
y amedrentador! Ahora, por sus palabras, sentimos que es como aquel acueducto que se ve desde aquí: abajo está el camino de
los animales y del hombre; arriba, encima de los ligeros arcos, alto, inscrito en sol y azul cielo, cercano a las ramas más altas, con
su frufrú de viento y su canto de aves, hay otro, tan liso, limpio y luminoso, cuanto escabroso, sucio, oscuro es el inferior, un
camino para el agua límpida y sonorosa - esa agua que es bendición -,un camino para el agua que viene de Dios, acariciada por lo
que de Dios es: rayos de sol y de estrellas, frondas nuevas, flores, alas de golondrina. Quisiéramos subir a ese camino alto, el
suyo, pero no sabemos cómo, porque estamos aquí clavados, bajo el peso de toda la vieja construcción - y añade: «No sabemos
cómo hacer».
El que ha hablado es un joven de unos veinticinco años, moreno, de complexión recia, mirada inteligente, de aspecto
menos llano que la mayoría de los presentes. Está respaldado por otro más maduro.
Judas Iscariote, que, siendo alto, lo ve, susurra a sus compañeros:
-¡Rápido, hablad bien! Está Hermas con Esteban; a Esteban lo aprecia Gamaliel.
Ello termina de azorar a los apóstoles.
En fin, Simón Zelote responde:
-No habría arco si no hubiera base en el camino oscuro; ésta es matriz de aquél, que sobre ella se yergue y sube a ese
azul que anhelas. No pienses que las piedras hincadas en el suelo, que soportan el peso y no gozan de rayos ni vuelos, ignoran la
existencia de éstos, pues de vez en cuando una golondrina desciende con su piada hasta el barro y acaricia la base del arco, y
desciende también un rayo de sol, o de estrella, para expresar la gran belleza del firmamento. De la misma forma, en los siglos
pasados, de vez en cuando, ha descendido una palabra celeste portadora de promesa, un rayo celeste de sabiduría para
acariciar las piedras que estaban oprimidas por el enojo divino. Porque las piedras eran necesarias, y no son - ni fueron, ni serán
-jamás inútiles. Sobre ellas, lentamente, se ha elevado el tiempo y la perfección del conocimiento humano hasta alcanzar la
libertad del tiempo presente y la sabiduría del conocimiento sobrehumano.
Veo escrita en tu rostro la objeción; es la misma que todos hemos puesto antes de saber comprender que ésta es la
Nueva Doctrina, la Buena Nueva que ahora se predica a los que, por un proceso de retrogradación, en vez de hacerse adultos
paralelamente a la ascensión de las piedras del saber, se han ido entenebreciendo cada vez más, cual muro que se hunde en un
abismo ciego.
Para curarnos de esta enfermedad de oscurecimiento sobrenatural, tenemos que liberar valientemente la piedra basilar
de todas las otras que están encima. No tengáis miedo de demoler ese alto muro que - a pesar de serlo - no porta la savia pura
del manantial eterno. Volved a la base, que no debe ser cambiada porque es de Dios y es inmóvil. De todas formas, antes de
desechar las piedras probadlas una a una con el sonido de la palabra de Dios - porque no todas son desechables e inútiles-; si su
sonido no desentona, conservadlas, construid de nuevo con ellas; mas si es el sonido desacorde de la voz humana, o lacerante
de la voz satánica - y no podéis equivocaros porque si es voz de Dios es sonido de amor, si es voz humana es sonido del sentido,
si es satánica es voz de odio -, rompedlas. Y digo -rompedlas", porque es un acto de caridad el no dejar tras uno mismo semillas
u objetos portadores de mal que puedan seducir al viandante e inducirle a usarlos en perjuicio propio. Romped literalmente
toda cosa no buena que haya sido vuestra, en obras, escritos, enseñanzas o actos. Es mejor quedarse con poco, elevarse apenas
un codo, pero con buenas piedras, que no varios metros con piedras malas. Los rayos y las golondrinas descienden también
hasta las albarradas que apenas sobresalen del suelo, y las humildes florecillas de los lindazos con facilidad llegan a acariciar las
piedras bajas; mientras que las soberbias piedras, que, inútiles y ásperas, quieren elevarse, no reciben sino azote de espinos y
adhesiva ponzoña. Demoled para construir, para subir, probando la calidad de vuestras viejas piedras con la voz de Dios.
Hablas bien. ¡Pero, subir!... ¿Cómo? Te hemos dicho que somos incluso menos que los niños. ¿Quién nos ayudará a
subir a la enhiesta columna? Probaremos las piedras con el sonido de Dios, romperemos las menos buenas, pero, ¿cómo
podremos subir? ¿Sólo el hecho de pensarlo ya da vértigo! - dice Esteban.
Juan, que ha estado escuchando con la cabeza agachada, sonriendo para sí, levanta su rostro luminoso y toma la
palabra:
-¡Hermanos! Da vértigo el solo hecho de pensar en subir. Cierto. Pero ¿quién ha dicho que debemos afrontar la altura
directamente? Esto no sólo los niños sino ni siquiera los adultos pueden hacerlo; sólo los ángeles pueden lanzarse a los cielos,
pues están libres de todo peso material; y, de entre los hombres, sólo los héroes de la santidad pueden hacerlo.
Hoy todavía, en este mundo decaído, entre nosotros vive uno que sabe ser héroe de santidad como los antiguos ornato de Israel -, cuando los Patriarcas eran amigos de Dios y la palabra del Código era la única, la que toda criatura recta
obedecía. Juan, el Precursor, enseña cómo afrontar la altura directamente. Juan es un hombre. Pero la Gracia que el Fuego de
Dios le ha comunicado, purificándolo desde el vientre de su madre - de la misma forma que el Serafín purificó el labio del
Profeta - para que pudiera preceder al Mesías sin dejar hedor de culpa original por el camino regio del Cristo, ha dado a Juan
alas de ángel; luego la penitencia las ha hecho crecer, aboliendo al mismo tiempo el peso de humanidad que su naturaleza,
propia de los nacidos de mujer, todavía poseía. Por lo cual, Juan, desde su gruta donde predica la penitencia y desde su cuerpo
donde arde el espíritu desposado con la Gracia, se lanza, puede lanzarse a sí mismo, al ápice del arco, por encima del cual está
Dios, el altísimo Señor Dios nuestro; y puede, dominando los siglos pasados, el tiempo presente y el futuro, anunciar con voz de
profeta (y con ojo de águila capaz de clavar la mirada en el Sol eterno y reconocerlo): "Éste es el Cordero de Dios, el que quita
los pecados del mundo"; y morir tras este canto suyo sublime que será repetido no sólo durante el transcurso del tiempo

limitado sino también durante el tiempo sin fin, en la Jerusalén sempiterna y para siempre beata, para aclamar a la Segunda
Persona, para invocarla por las miserias humanas, para cantar sus alabanzas entre los fulgores eternos.
Pero el Cordero de Dios, el dulcísimo Cordero que ha dejado su luminosa morada del Cielo en que es Fuego de Dios en
abrazo de fuego - ¡oh, eterna generación del Padre que concibe con el pensamiento ilimitado y santísimo a su Verbo, y lo atrae
hacia sí produciendo una fusión de amor de que procede el Espíritu de Amor, en que se centran la Potencia y la Sabiduría! -, el
Cordero de Dios que ha dejado su purísima, incorpórea forma para cerrar dentro de carne mortal su pureza infinita, su santidad,
su naturaleza divina, sabe que no estamos todavía purificados por la Gracia, y que no podríamos - como esa águila que es Juan lanzarnos a las alturas, a ese ápice en que Dios Uno y Trino se encuentra. Nosotros somos los pajarillos de tejados y caminos;
golondrinas que tocan el cielo, pero se alimentan de insectos; calandrias que quieren cantar para imitar a los ángeles y que, ¡ay!,
respecto al canto de los ángeles, el suyo no es sino desentonado runrún de cigarra estiva. Esto lo sabe el dulce Cordero de Dios,
venido para quitar los pecados del mundo, porque, a pesar de no ser ya el Espíritu infinito del Cielo por haberse confinado a sí
mismo dentro de una carne mortal, su infinitud no ha quedado disminuida, y todo lo sabe, siendo siempre - como lo es - infinita
su sabiduría.
Así pues, Él nos enseña su camino, el camino del amor. Él es el amor que por misericordia hacia nosotros se hace carne.
Y es así que este Amor misericordioso nos crea un camino por el que pueden subir también los pequeñuelos; y Él mismo - no por
propia necesidad sino para enseñárnoslo - es el primero en recorrerlo. Él no tendría tan siquiera necesidad de abrir las alas para
fundirse de nuevo con el Padre. Su espíritu, os lo juro, está cerrado aquí, dentro de esta mísera tierra, pero está siempre con el
Padre, porque Dios todo lo puede, y Él es Dios. Camina dejando tras sí el perfume de su santidad, Y fuego de su amor. Observad
su camino: a pesar de llegar al ápice el arco, ¡cuán sosegado y seguro es! No es una recta sino una espiral. Es más largo, sí, pero
precisamente su sacrificio de amor se revela en esta distancia, demorándose por amor a nosotros los débiles, más largo, pero
más adecuado a nuestra miseria. La subida hacia el Amor, hacia Dios, es simple, como simple es el Amor; pero, al mismo tiempo,
es profunda, porque Dios es un abismo – inalcanzable, yo diría, si Él no se rebajase y nos diera la posibilidad de alcanzarlo, para
sentir el beso de las almas que lo aman - (mientras está hablando, Juan llora, aunque su boca sonríe, envuelto en el éxtasis de la
revelación que está haciendo de Dios). Largo es el sencillo camino del Amor, porque Dios es Profundidad sin fondo, en que uno
podría adentrarse cuanto quisiera; mas la Profundidad admirable llama a la profundidad miserable, llama con sus luces y dice:
"¡Venid a mí!" ¡Oh, invitación de Dios! ¡Oh, invitación de Padre!
¡Escuchad! ¡Escuchad! Del Cielo nos llegan palabras suavísimas de ese Cielo que está abierto porque Cristo ha abierto
de par en par sus puertas y ha puesto ante ellas, para que así las mantengan, a los ángeles de la Misericordia y el Perdón, a fin
de que, en espera de la Gracia, de él broten al menos las luces, perfumes, cantos y quietud, capaces de seducir santamente a los
corazones humanos, y sobre éstos se depositen. Habla la voz de Dios y la voz dice: “¿Vuestra puericia?... ¡Pero si es vuestra
mejor moneda! Yo quisiera que os hicierais enteramente niños para que poseyerais la humildad, sinceridad y amor de los
pequeñuelos, su confidente amor para con su padre. ¿Vuestra incapacidad?... ¡Pero si es mi gloria! ¡Venid! Ni siquiera os pido
que seáis vosotros mismos quienes comprobéis el sonido de las piedras buenas o malas. ¡Dádmelas a mí! Yo las elegiré, vosotros
os reconstruiréis. ¿La subida hacia la perfección?... ¡Oh, no, hijos míos! Poned vuestra mano en la de mi Hijo y Hermano vuestro,
ahora, así, y subid a su lado...".
¡Subir! ¡Ir a ti, eterno Amor! ¡Adquirir tu semejanza, o sea, el amor!... ¡Amar! ¡Éste es el secreto!... ¡Amar! ¡Darse...!
¡Amar! ¡Abolirse...! ¡Amar! Fundirse... ¿La carne?: nada; ¿el dolor?: nada; ¿el tiempo?: nada. Nada es el pecado mismo, si lo
disuelvo en tu fuego, ¡oh, Dios! Sólo es el Amor. ¡El Amor! El Amor que nos ha dado el Dios encarnado nos otorgará todo
perdón. Pues bien, amar es un acto que nadie sabe hacer mejor que los niños, y nadie es más amado que un niño.
¡Oh, tú, a quien no conozco, pero que quieres conocer el Bien para distinguirlo del Mal, para poseer el azul del cielo, el
sol celeste, todo aquello que signifique contento sobrenatural... ama y lo tendrás. Ama a Cristo. Morirás en la vida, pero
resucitarás en el espíritu. Con un nuevo espíritu, sin necesidad ya de usar piedras, serás eternamente un fuego que no muere. La
llama sube, no necesita ni peldaños ni alas para subir. Libera tu yo de toda construcción, pon en el Amor, y resplandecerás. Deja
que ello sea sin restricciones, más, atiza la llama echándole como pasto todo tu pasado de pasiones y conocimientos: quedará
consumido lo menos bueno, puro se hará el metal ya de por sí noble. Arrójate, hermano, al amor activo y gozoso de la Trinidad:
comprenderás lo que ahora te parece incomprensible porque comprenderás a Dios, que es el Comprensible (pero sólo para
quienes se dan sin medida a su fuego sacrificador). Quedarás finalmente fijo en Dios, en un abrazo de llama... y rogarás por mí,
el niño de Cristo que ha osado hablarte del Amor.
Se han quedado todos de piedra: apóstoles, discípulos, fieles... El interlocutor está pálido; Juan, por el contrario, está de
color púrpura, no tanto por el esfuerzo cuanto por el amor.
En fin, Esteban grita:
-¡Bendito tú! Dime: ¿Quién eres?
Y Juan, por su parte - con un gesto que me recuerda mucho a Virgen en el acto de la Anunciación - dice en tono bajo,
inclinándose como adorando a Aquel a quien nombra:
-Soy Juan. Estás viendo al menor de los siervos del Señor.
-Pero, ¿quién ha sido tu maestro antes?
-Nadie aparte de Dios. He recibido la leche espiritual de manos de Juan, el presantificado de Dios; me alimento del pan
de Cristo, Verbo de Dios; bebo el fuego de Dios que me viene del Cielo. ¡Gloria al Señor!
-Pues yo ya no me separo de vosotros, ni de ti, ni de éste, ni ninguno de vosotros! Recibidme.
-Cuando... Bueno, aquí entre nosotros el jefe es Pedro - y Juan toma a Pedro, que está atónito, y lo proclama así "el
primero". Pedro reacciona y se pone en el lugar que le corresponde diciendo:
-Hijo, puesto que se trata de una gran misión, es necesaria una severa reflexión. Éste es nuestro ángel. Él enciende,
pero es necesario saber si la llama va a poder durar en nosotros. Mídete a ti mismo, luego ven al Señor. Nosotros te abriremos

nuestro corazón como hermano nuestro queridísimo. Por el momento, si quieres conocer mejor nuestra vida, quédate; las
greyes de Cristo pueden crecer sin medida para ser separados - perfectos e imperfectos - los verdaderos corderos de los falsos
carneros.
Y con esto termina la primera manifestación apostólica.

167
Jesús concurre con las romanas en el jardín de Juana de Cusa.
Jesús, con la ayuda de un barquero que lo ha recibido en su pequeña barca, llega al espigón del jardín de Cusa. Lo ve un
jardinero y se apresura a abrirle la verja que intercepta a los extraños la entrada a la propiedad por la parte del lago. Es una verja
alta y resistente, oculta por un seto tupidísimo y también alto (de laurel y boj por la parte externa, la que da al lago; de rosas de
todos los colores por la parte interna, hacia la casa). Los espléndidos rosales cubren de flores las frondas broncíneas de los
laureles y bojes, se insinúan entre el ramaje, se asoman al otro lado, por el que, cuando rebasan de1 todo la verde barrera,
cuelgan sus florecidas ramas. Solamente en un punto, a la altura del paseo, la verja se muestra desnuda, y se abre para dar paso
a quien o viene del lago o a él va.
-Paz a esta casa y a ti, Yoanás. ¿Dónde está la señora?
-Allí, con sus amigas. Voy a llamarla. Hace tres días que te están esperando, porque temían llegar con retraso.
Jesús sonríe. El sirviente va corriendo a llamar a Juana. Mientras tanto, Jesús dirige sus pasos lentamente hacia el lugar
señalado, admirando el espléndido jardín - se podría decir la espléndida rosaleda - que Cusa ha dispuesto para su mujer. Rosas
de todos los olores, tamaños y formas, en esta ensenada del lago protegida, ríen ya, precoces y magníficas; hay también otras
flores, pero todavía no se han abierto y su presencia es mínima comparada con la abundancia de rosales.
Acude Juana. Ni siquiera se detiene a posar en el suelo un cestillo que tenía lleno de rosas hasta la mitad, ni a dejar las
tijeras con las que estaba cortando; corre así, ligera y graciosa con su rico vestido de sutil lana de un rosa tenuísimo, cuyos
repliegues están sujetos por pequeños discos y fíbulas de filigrana de plata en que brillan pálidos granates. Sobre sus cabe-los
negros y ondulados, una diadema en forma de mitra, también de plata y granates, sujeta un velo de lino cendalí ligerísimo, rosa
igualmente, que cae hacia atrás dejando descubiertas las orejas menudas que soportan el peso de unos pendientes similares a la
diadema, y que deja ver también la cara risueña y el esbelto cuello, en cuya base brilla un collar del mismo trabajo que los otros
ornatos preciosos.
Deja caer su cesto a los pies de Jesús y se arrodilla a besarle la túnica entre las rosas desparramadas.
-Paz a ti, Juana. Como ves, he venido.
-Y yo me alegro de ello. También mis amigas han venido. Pero ahora tengo la impresión de que he actuado mal
haciéndolo. ¡Cómo vais a poder entenderos! ¡Son completamente paganas!
Juana esta un poco turbada.
Jesús sonríe. Le pone una mano sobre la cabeza y dice:
-No temas. Nos entenderemos muy bien. Has actuado muy bien "haciéndolo". El encuentro abundará en bienes, como
tu jardín en rosas. Recoge ahora estas pobres flores que has dejado caer y vamos a donde tus amigas.
-¡Rosas hay muchas! Lo hacía por pasar el tiempo y también porque esas amigas son muy... voluptuosas... Les gustan las
flores como si fueran... no sé...
-¡A mí también me gustan! Fíjate, ya hemos encontrado un tema para entenderme con ellas. ¡Venga, recojamos estas
espléndidas rosas!
Jesús se agacha para dar ejemplo.
-¡Tú no, Tú no, Señor! Si es tu deseo... Mira... ya está.
Caminan hasta una pequeña pérgola hecha de un trenzado multicolor de rosas. A la entrada hay tres romanas, mirando
de hito en hito; son Plautina, Valeria y Lidia. La primera y la última permanecen quietas, pero Valeria se echa a correr y, en
llegando a la altura de Jesús, se inclina y dice:
-¡Salve, Salvador de mi pequeña Fausta!
-¡Paz y luz a ti y a tus amigas!
Las amigas se inclinan sin decir nada.
A Plautina la conocemos ya. Es alta, majestuosa; sus ojos negros son espléndidos, un poco imperiosos; su nariz, bajo
una frente lisa y blanquísima, es recta, perfecta; boca bien dibujada, aunque un poco túmida; el mentón, redondeado y
marcado: me recuerda a ciertas bellísimas estatuas de emperatrices romanas. Gruesos anillos lucen en sus preciosas manos;
anchos brazaletes ciñen sus brazos, en las muñecas y por encima de los codos, brazos verdaderamente estatuarios, que, bajo la
corta manga drapeada, aparecen blanco-rosados, lisos, perfectos.
Lidia, por el contrario, es rubia, más delgada y joven. Su belleza no es majestuosa como la de Plautina, pero tiene toda
la gracia de una juventud femenil aún un poco inmadura. Bueno, dado que estamos en tema pagano, podría decir que si Plautina
parece la estatua de una emperatriz, Lidia podría ser una Diana o una ninfa de gentil y púdico aspecto.
Valeria, ahora que ha superado la desesperación de cuando la vimos en Cesárea, se presenta en su belleza de joven
madre, de formas llenas aunque todavía muy juveniles, de mirada serena, propia de una madre que se siente feliz de poder
amantar a su hijo, y verlo crecer alimentado con su leche; de tez rosada y pelo castaño, tiene una sonrisa plácida y muy dulce.

Me da la impresión de que son damas de rango inferior al de Plautina, a la que, incluso con la mirada, veneran como a
una reina.
-¿Estabais recogiendo flores? Seguid, seguid. Podemos hablar mientras cogéis estas maravillosas obras del Creador que
son las flores, mientras las colocáis en estas copas preciosas con la habilidad de que Roma es maestra, para alargarles la vida ¡ay, demasiado breve! -... Si admiramos este capullo, que apenas si abre la sonrisa de sus pétalos amarillo-rosas, ¿cómo
podremos no lamentar el verlo morir? ¡Ah, cuán asombrados se quedarían los hebreos si me oyeran decir esto!... Y es que
también en esta criatura, en la flor, sentimos un algo que tiene vida, y nos duele presenciar su fin. Pero la planta es más sabia
que nosotros: sabe que en el lugar en que se ha producido cada una de las heridas de un tallo cortado nacerá un rebrote que
dará origen a una nueva rosa. Así pues, nuestra mente debe aprehender esta enseñanza y hacer del amor un poco sensual hacia
la flor estímulo para un pensamiento más alto.
-¿Cuál, Maestro? - pregunta Plautina, que está escuchando atenta y seducida por el pensamiento elegante del Maestro
hebreo.
-Éste: que de la misma forma que la planta, mientras su raíz reciba alimento del suelo, no muere porque se le mueran
algunos tallos, así la humanidad tampoco muere porque un ser se cierre al vivir terreno, sino que siempre germinan nuevas
flores; además, mientras que la flor -y éste es un pensamiento más alto aún, que nos mueve a bendecir al Creador - una vez
muerta no revive - lo cual es motivo de tristeza -, el hombre cuando duerme el último sueño no está muerto, sino que posee una
vida aún más fúlgida, pues recibe, en lo que constituye su parte mejor, de su Creador que lo formó, eterna vida y esplendor. Por
eso, Valeria, aunque tu hija hubiera muerto, no habrías perdido su caricia: tu criatura - separada, pero no olvidada de tu amor siempre habría besado tu alma. ¿Te das cuenta de que es dulce creer en la vida eterna? ¿Dónde está ahora tu hijita?
-Tapada en aquella cuna. Nunca me habría separado de ella, porque el amor por mi marido y mi hija eran los dos
motivos de mi vida; pero ahora, que sé lo que es verla morir, no la dejo ni por un instante.
Jesús se dirige hacia un asiento sobre el que ha sido colocada una especie de cunita de madera. Levanta la rica colcha
que por entero la cubre, para mirar a la pequeñuela durmiente, la cual, dulcemente se despierta al llegarle aire más puro. Sus
ojillos se abren sorprendidos. Una sonrisa angélica despega su boca, mientras sus manitas, antes cerradas, se abren ávidas de
aferrar los ondeantes cabellos de Jesús; un gorjeo de gorrioncillo signa el discurrir de un contenido en su pensamiento; en fin,
emite, como un trino, la grande y universal palabra:
-¡Mamá!
-Tómala, tómala - dice Jesús, apartándose para permitir que Valeria se incline hacia la cuna.
-¡Te va a molestar!... Voy a llamar a una esclava para que le dé un paseo por el jardín.
-¿Molestarme? ¡No! Nunca me molestan los niños. Son siempre mis amigos.
-¿Tienes hijos, o sobrinos, Maestro? - pregunta Plautina al observar con qué sonrisas Jesús provoca a la niña para que se
ría.
-No tengo ni hijos ni sobrinos, pero amo a los niños, al igual que aprecio las flores, porque son puros y sin malicia. Trae,
mujer, déjame a tu pequeñuela, que me resulta muy dulce apretar contra mi corazón a un angelito.
Y se sienta con la niñita; ella lo observa y despeina la barba de Jesús; luego encuentra más interés en las franjas del
manto y en el cordón de la túnica, a los cuales dedica un largo y misterioso discurso.
Plautina dice:
-Nuestra buena y sabia amiga, una de las pocas que no se desdeña de tratar con nosotras y que, al mismo tiempo, no se
corrompe con nosotras, te habrá dicho que nuestro deseo era verte y oírte para juzgarte por lo que eres, porque Roma no cree
en fábulas... ¿Por qué sonríes, Maestro?
-Después te lo digo. Prosigue.
-Porque Roma no cree en fábulas y quiere juzgar con ciencia y con conciencia antes de condenar o exaltar. Tu pueblo te
exalta y te calumnia con igual medida. Tus obras mueven a exaltarte; las palabras de muchos hebreos, a creerte poco menos que
un delincuente. Tus palabras son solemnes y sabias como las de un filósofo. Roma se siente muy atraída por las doctrinas
filosóficas, aunque reconozco que nuestros actuales filósofos no poseen una doctrina satisfactoria, incluso porque su forma de
vivir no está en consonancia con la doctrina.
-No pueden vivir en consonancia con su doctrina.
-Porque son paganos, ¿no es cierto?
-No. Porque son ateos.
-¿Ateos? ¡Pero si tienen sus dioses!...
-Ya ni siquiera esos, mujer. Te recuerdo a los antiguos filósofos, a los más grandes. También eran paganos, y, a pesar de
todo, ¡fíjate qué noble fue su vida!: a pesar de convivir con el error -porque el hombre gravita hacia el error-, cuando se
encontraron frente a los misterios más grandes, la vida y la muerte, cuando fueron puestos ante el dilema honestidad o
deshonestidad, virtud o vicio, heroísmo o cobardía, y vieron que si se volvían al mal sería en perjuicio de su patria y de los
ciudadanos, entonces, con voluntad de gigante, se deshicieron de los tentáculos de los nefastos pulpos y, libres y santos,
supieron querer el Bien a costa de cualquier cosa, este Bien que no es sino Dios.
-Se dice que eres Dios. ¿Es verdad?
-Yo soy el Hijo del verdadero Dios, hecho Carne sin dejar de ser Dios.
-Pero, ¿qué es Dios? A juzgar por ti, el mayor de los maestros.
-Dios es mucho más que un maestro. No rebajéis la idea sublime de la Divinidad encerrándola en los límites de la
sabiduría.
-La sabiduría es una divinidad. Nosotros tenemos a Minerva, que es la diosa del saber.

-También a Venus, diosa del placer. ¿Cómo podéis pensar que un dios, o sea, un ser superior a los mortales, tenga en
grado perfecto todos los aspectos denigrantes de los mortales? ¿Cómo podéis pensar que un ser eterno tenga eternamente esos
pequeños, mezquinos, humillantes placeres de quien tiene una hora de tiempo, y que a ello reduzca la finalidad de su vida? ¿No
pensáis en lo sucio que es ese Cielo al que llamáis Olimpo, donde fermentan los más acerbos extractos de la humanidad? Si
miráis a vuestro Cielo, ¿qué veis?: lujuria, delitos, odios, guerras, robos, crápula, celadas, venganzas. ¿Qué hacéis para celebrar
las fiestas de vuestros dioses?: orgías. ¿Qué culto les dais? ¿Dónde está la verdadera castidad de las consagradas a Vesta? ¿En
qué código divino se basan vuestros pontífices para juzgar? ¿Qué palabras pueden leer vuestros augures en el vuelo de las aves
o en el fragor del trueno? ¿Qué respuestas pueden dar a vuestros arúspices las sangrantes entrañas de los animales
sacrificados? Me acabas de decir hace un momento: "Roma no cree en historietas". Y entonces, ¿por qué creéis que doce pobres
hombres, haciendo dar una vuelta en torno a los campos a un cerdo, una oveja y un toro, e inmolándolos después, pueden
atraerse a Ceres, si tenéis infinitas deidades, que se odian entre sí, y además vengativas, según creéis? No. Dios es muy distinto
de eso, es eterno, único y espiritual.
-Pero Tú dices ser Dios, y eres carne.
-Hay un altar sin dios en la patria de los dioses. La sabiduría humana lo ha dedicado al Dios desconocido, porque los
sabios, los verdaderos filósofos, intuyeron que había algo más detrás del escenario historiado producido por esos eternos niños
que son los hombres cuyos espíritus están fajados por el error. Ahora bien, si esos sabios - que intuyeron que tras el engañoso
escenario había algo más, algo verdaderamente sublime y divino que ha hecho todo cuanto existe; de quien procede todo lo que
de bueno hay en el mundo -, si esos sabios quisieron un altar para el Dios desconocido, sentido por ellos como el verdadero
Dios, ¿cómo es que vosotros llamáis dioses a lo que no es dios, y afirmáis saber lo que en realidad no sabéis? Sabed pues, lo que
es Dios, para poderlo conocer y honrar. 'Dios es Aquel que con su pensamiento ha hecho de la Nada el Todo. ¿Tiene poder
persuasivo para vosotros la fábula de las piedras que se transforman en hombres?, ¿os satisface? En verdad, hay hombres más
duros y malos que una piedra y piedras más útiles que ciertos hombres. Valeria, ¿qué te resulta más dulce, mirando a esta hijita
tuya, pensar "Es un deseo de Dios hecho vida, creado y formado por Él, dotado por Él de una segunda vida imperecedera - de
forma que seguiré teniendo a mi pequeña Fausta, y además para toda la eternidad, si creo en el Dios verdadero", en vez de
decir: "Esta carne de rosa, estos cabellos más sutiles que hilo de araña, estas pupilas serenas proceden de una piedra"; o pensar:
"Soy semejante en todo a la loba o a la yegua; me uno carnalmente como los animales, animalescamente engendro y crío; esta
hija mía es fruto de mi instinto animalesco y es un animal como yo, y mañana, muerta ella y muerta yo, seremos dos cadáveres
que habrán de descomponerse y oler, y que nunca jamás se habrán de volver a ver"? Dime, tu corazón de madre, ¿cuál de los
dos razonamientos elegiría?
-Desde luego, el segundo no, Señor. Si hubiera sabido que Fausta no podía corromperse para siempre, mi dolor frente a
su agonía habría sido menos cruel, porque habría pensado: "He perdido una perla, pero sigue existiendo y la encontraré"
-Tú lo has dicho. Cuando he llegado aquí, vuestra amiga me ha manifestado su perplejidad ante vuestra gran pasión por
las flores, y temía que Yo me pudiera incomodar por ello; pero la he tranquilizado diciéndole: ¡A mí también me gustan, así que
nos entenderemos muy bien". Es más, quisiera elevar vuestra estima de las flores come hago con Valeria respecto a su hija, a
quien - estoy seguro - otorgará aún mayores atenciones ahora que sabe que tiene alma, que es un soplo de Dios que está dentro
de la carne generada por su madre; un alma que no muere, y que su madre, si cree en el Dios verdadero, volverá a encontrar en
el Cielo.
Pues de la misma forma ahora vosotras observad esta magnífica rosa: la púrpura que embellece las vestiduras
imperiales no es tan espléndida como este pétalo, que deleita no sólo los ojos, por su color, sino también el tacto, por su
suavidad, y el olfato por su perfume. Observad también esa otra... y ésa... y esa otra...: la primera es sangre emanada de un
corazón; la segunda, nieve reciente; la tercera, pálido oro; la última parece como si reflejase esta dulce cara infantil que me
sonríe apoyada sobre mi pecho. Se podría decir aún más: la primera se yergue rígida sobre un grueso tallo exento casi de
espinas, rojizas sus hojas, como salpicadas de sangre; la segunda tiene a lo largo del tallo raras espinas en forma de gancho y
opacas y pálidas hojas; la tercera es flexible como un junco, sus hojas son pequeñas y brillantes como si de cera verde se tratase;
la última, con tantas espinas como tiene, parece estar impidiendo cualquier tipo de asalto a su rósea corola: parece una lima de
agudísimas puntas.
Volved vuestro pensamiento hacia esta realidad, pensad: ¿quién lo ha hecho?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?; ¿qué era
este lugar en la noche de los tiempos? No era nada. Era una agitación informe de elementos. Dios dijo primero: "Quiero", y los
elementos se separaron para reunirse por familias. Luego tronó otro "quiero", y se dispusieron con orden: uno en otro (el agua
entre las tierras); uno sobre otro e1 aire y la luz sobre el planeta ya ordenado). Otro "quiero", y comenzaron a existir las plantas,
y luego las estrellas, y los animales, luego el hombre. Dios donó sin tacañería las flores y los astros, cual espléndidos juguetes,
para gozo del hombre, su predilecto, y por último le otorgó la alegría de procrear, no algo que muriese, sino algo que
sobreviviese a la muerte por el don de Dios que es el alma. Estas rosas son expresión de otros tantos deseos del Padre: su
infinito poder se despliega en infinidad de bellezas.
El flujo de mi palabra encuentra impedimento al chocar contra el compacto bronce de vuestra creencia. De todas
formas, espero que, para ser éste nuestro primer encuentro, ya algo nos hayamos entendido. Ahora es vuestra alma la que debe
trabajar con cuanto os he dicho.
¿Tenéis alguna pregunta que hacer? Si es así, hacedlas; estoy aquí para aclarar las cosas. La ignorancia no es motivo de
vergüenza; lo es, sí, el persistir en la ignorancia cuando se tiene a alguien dispuesto a aclarar las dudas.
Dicho esto, Jesús, como si fuera el más experto de los papás, sale de la pequeña pérgola sujetando a la niñita, que está
dando sus primeros pasitos y quiere ir hacia un surtidor que ondea bajo el sol.
Las damas permanecen en su sitio hablando entre sí en voz baja. Juana, en pugna con dos deseos, está en el umbral de
la pérgola... A1 final Lidia se decide - y tras ella las otras - y va a donde Jesús, que ríe porque la niñita pretende agarrar el


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