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La Filocalia .pdf



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La Filocalia

Introducción
En 1782 fue publicada por primera vez en Venecia, gracias al mecenazgo de Juan
Mavrogordato, príncipe rumano la recopilación de la Filocalia, en la cual han colaborado
Nicodemo el Hagiorita, monje del Monte Athos (1749-1809) y el obispo Macario de
Corinto (1731-1805). Se trataba de un voluminoso infolio de XVI-1207 páginas, divididas
en dos columnas. Su nombre retornaba aquel ya dado por Basilio Magno y Gregorio
Nazianzeno a una colección de pasajes de Orígenes por ellos elegidos.
La Filocalia es uno de los muchos textos o conjunto de obras patrísticas, de las cuales se
ocupó Nicodemo, justamente en su ansia por poner al alcance de todos, los grandes textos
de los Padres. De modo particular, él no se cansó de buscar aquello que pudiera servir para
transmitir a todos la doctrina de la oración continua y, mediante ella, el estímulo a
practicarla. Su genio, pero sobre todo su gran alma cristiana, formada en la escuela de las
ideas derivadas de las Escrituras y de la tradición, le había hecho intuir cómo, el respiro
profundo de la oración continua debe ser -más allá de las distintas formas que pueda
asumir - la expresión viva de una vida cristiana alimentada por los sacramentos y, a la vez,
un medio poderosísimo para la unión divina. Una oración, sin embargo, que como vemos
nace, avanza y alcanza su plenitud sólo mediante la constante disposición a la sobriedad
del corazón y del intelecto. La sobriedad es ese estado de vigilancia continua que mantiene
el alma en una especie de ayuno espiritual, no excitado por los pensamientos y por las
imaginaciones que producen pasiones, las que perjudican la oración y corrompen la
sanidad transmitida por los sacramentos, obstaculizando su potencia deificante justamente
por ello, la recopilación de Nicodemo llevará el nombre de Filocalia de los Padres
Nípticos, es decir, "sobrios."
La Filocalia conoce ahora su cuarta edición griega con los cinco volúmenes aparecidos en
Astir de Atenas en los años 1974-76. Sobre éstos se basa nuestra traducción.
Una obra que tiene prácticamente los mismos textos y un título de igual significado
(Dobrotolubiye), y que encontró gran acogida por las cristiandades eslavas, fue publicada
por el anciano Païssy Velichkovsky en 1793 y reimpresa en 1822. En realidad, en cuanto a
la obra de Païssy, no podemos hablar de una verdadera traducción de la recopilación de
Nicodemo. De hecho, mientras Macario y Nicodemo se ocupaban de los textos que habían
reunido en la Filocalia griega, Païssy también trabajaba en la recopilación y traducción
sustancialmente de los mismos textos colocándolos, sin embargo, en un orden distinto del
cronológico seguido por Nicodemo. Una vez publicada la Filocalia griega, Païssy continuó

Comentario [LT1]:

La Filocalia

con su trabajo, y es muy probable que lo haya comparado con la recopilación de
Nicodemo. La coincidencia es, sin embargo, singular y, por cierto, providencial. La
Filocalia eslava, que había sido destinada a promover el renacimiento espiritual ruso del
"Ochocientos," fue compuesta recurriendo espontáneamente a las mismas fuentes a las
cuales se habían dirigido Macario y Nicodemo. Sólo Linos pocos textos presentes en la
versión griega son omitidos en la edición eslava. El Peregrino ruso, ya bien conocido en
Occidente, llevaba consigo una vieja copia de la Filocalia de Païssy.
Entre 1876 y 1889, el obispo Teófano el Recluso, publicó una traducción en ruso que sería
más amplia, ocupando cinco volúmenes.
En nuestro siglo existe un gran resurgimiento del interés por la Filocalia, por ejemplo en
Rumania gracias, sobre todo, a la traducción completa de Dumitru Staniloae, en ocho
volúmenes, terminada en 1979. En Occidente hay actualmente en curso traducciones que
se proponen ser integrales, en francés (Abbaye de Bellefontaine, Bégrolles) y en inglés
(Faber and Faber, Londres), basadas en el texto griego.
Antonio el Grande
Antonio, el gran padre nuestro, el corifeo del coro de los ascetas, floreció bajo el reino de
Constantino el Grande, alrededor del año 330 desde el nacimiento de Dios. Fue
contemporáneo de gran Atanasio, quien de él escribió, posteriormente, una amplia
biografía
Él accedió al súmmun de la virtud y de la impasibilidad. Si bien inculto e iletrado, tuvo
como maestra, proveniente desde lo alto, esa sabiduría del Espíritu Santo que ha instruido a
los pescadores y a los infantes: iluminado por ella, el intelecto profirió muchas y variadas
advertencias sagradas y espirituales, concernientes a temas diversos, y dio a quien lo
interrogara, sabias respuestas, llenas de provecho para el alma; como se puede ver en
muchos pasajes del Gerontikon.
Además de lo antedicho, este hombre ilustre, nos ha dejado también los ciento setenta
capítulos que incluimos en el presente libro. Que ellos son el fruto genuino de esa mente
divinamente iluminada, nos lo es confirmado, entre otros, por el santo mártir Pedro de
Damasco. Pero la misma estructura de lenguaje quita toda duda y deja solamente una
posibilidad a aquellos que examinan minuciosamente los textos: se trata de escritos que se
remontan a aquella santa antigüedad.
No debe pues asombrarnos que la forma del discurso se desarrolle en la mayor simplicidad
de la homilía, en un estilo arcaico y descuidado: lo que, sin embargo, nos asombra es
cómo, a través de tal simplicidad llega a los lectores tanta salvación y provecho.
Cuanto más, en aquellos que lo leen florece la fuerza de la persuasión de estos escritos,
tanto más en ellos destila la dulzura y tanto más destilan, absolutamente, las buenas
costumbres y el rigor de la vida evangélica; ¡ciertamente conocerán su regocijo aquellos
que degustaren de esta miel con el paladar espiritual del intelecto!
Parece ser que Antonio el Grande, conocido también como "Antonio el Ermitaño" o "San
Antonio de Egipto," vivió entre los años 250 y 356, aproximadamente. De familia
cristiana, más bien rico, habiendo quedado huérfano de muy joven y con una hermana

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pequeña a su cargo, un día fue fuertemente golpeado por la palabra del Señor al joven rico:
Si quieres ser perfecto, ve, vende todo aquello que posees, dalo a los pobres y tendrás un
tesoro en los Cielos. Luego, ven y sígueme (Mt 19:21). Sintiéndose aludido, enseguida
empezó a vender lo que poseía y a darse a una vida de oración y penitencia en su misma
casa. Después de algún tiempo, confió a su hermana a una comunidad de vírgenes, y llevó
una vida de oración y penitencia en su misma casa. Después de algún tiempo, confió a su
hermana a una comunidad de vírgenes, y llevo una vida solitaria no lejos de su pueblo,
poniéndose bajo la guía de un anciano asceta de quien se alejara, luego, para retirarse en el
desierto, en una de las tumbas que se encontraban en aquella región.
Su ejemplo fue contagioso, y cuando se retiró al desierto de Pispir, el lugar no tardó en ser
invadido por cristianos. Lo mismo sucedió cuando sucesivamente se retiró cerca del litoral
del Mar Rojo. La vida consagrada al Señor, en soledad o en grupos, ya era una costumbre,
pero con Antonio, el fenómeno asumió dimensiones siempre más amplias, tanto que
podemos llamar a Antonio - según una conocida expresión de entonces, - "el padre de la
vida monástica."
También en Occidente su influencia fue grandísima, sobre todo gracias a la rápida difusión
de la Vida, escrita por Atanasio poco después de la muerte de Antonio. Atanasio había
conocido bien a Antonio en su juventud. La biografía que escribió debe ser considerada
como un documento histórico de peso, si bien, obviamente, al escribirla, el autor ha usado
procedimientos corrientes en la literatura de su tiempo, como el de poner en boca del
protagonista largos discursos nunca pronunciados de esa forma y extensión, pero en los
cuales se quiere recopilar, en una síntesis orgánica y vívida, las que fueron, efectivamente,
las ideas más trascendentes del protagonista, por él expuestas - o, más simplemente, por él
vividas - en las más variadas situaciones.
Se atribuyen a Antonio siete cartas escritas a los monjes, además de otras dirigidas a
diversas personas. De la Vita Antonii escrita por Atanasio existe una óptima traducción
italiana con un texto latino que la antecede, en las ediciones Mondadori/ Fundación
Lorenzo Valla, 1974, a cargo de Christine Mohrmann. Se puede también ver una reciente
traducción francesa de las Cartas de San Antonio en la colección Spiritualité Orientale N.
19, Abbaye de Bellefontaine.
Advertencias Sobre La Índole Humana Y La Vida Buena
Sucede que a los hombres se los llama, impropiamente, razonables. Sin embargo, no son
razonables aquellos que han estudiado los discursos y los libros de los sabios de un tiempo;
pero aquellos que tienen un alma razonable, y que están en condiciones de discernir entre
lo que está bien y lo que está mal, aquellos que huyen de todo lo que es maldad y que daña
el alma, mientras que se adhieren solícitamente a poner en práctica todo lo que es bueno y
útil al alma, y hacen todo esto con mucha gratitud respecto de Dios, solamente estos
últimos pueden ser llamados, en verdad, hombres razonables.
El hombre verdaderamente razonable tiene un solo deseo: creer en Dios y agradarle en
todo. En función de esto -y solamente de esto - formará su alma, de modo que sea del
agrado de Dios, dándole gracias por el modo admirable con que su providencia gobierna
todas las cosas, incluso los eventos fortuitos de la vida. Está, pues, fuera de lugar,
agradecer a los médicos por la salud del cuerpo aun cuando nos suministran fármacos
amargos y desagradables, y ser ingratos con respecto de Dios por las cosas que nos parecen

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penosas, sin reconocer que todo sucede de la forma debida, en nuestra ventaja, según su
Providencia.
Puesto que el conocimiento y la fe en Dios son la salvación y la perfección del alma.
Hemos recibido de Dios la continencia, la paciencia, la temperancia, la constancia, la
soportación, y otras virtudes similares a éstas, como excelentes y válidas fuerzas. Éstas,
con su resistencia y su oposición, acuden en nuestra ayuda frente a dificultades de esta
tierra. Si las ejercitamos y las mantenemos siempre prontas, nos ayudarán de tal modo que
nada de lo que nos suceda nos parecerá áspero, doloroso o intolerable. Nos alcanzará con
pensar que todo pertenece a la realidad humana, y es doblegado por las virtudes que están
en nosotros. Por cierto, que esto no lo pensarán los insensatos: éstos no creen que todo
evento es para bien, que sucede como debe suceder para ventaja nuestra, a fin de que las
virtudes resplandezcan y que recibamos de Dios la corona.
Considera cómo la posesión de bienes y el uso de riquezas son solamente una ilusión
efímera y reconoce que la vida virtuosa y grata a Dios es algo mejor que la riqueza. Si
haces de este pensamiento una meditación convencida y lo guardas en tu memoria, no
gritarás ni gemirás de dolor, no culparás a nadie, sino que por todo darás gracias a Dios,
viendo que los que son peores que tú, confían en la elocuencia y en las riquezas. Porque la
concupiscencia, la gloria y la ignorancia son las peores pasiones del alma.
El hombre razonable, al meditar sobre cómo debe actuar, evalúa lo que le conviene y lo
beneficia, y ve cómo algunas cosas son buenas para su alma y la mejoran, mientras que
otras le son extrañas. De este modo, él huye de lo que perjudica a su alma como realidad
extraña y que es capaz de alejarlo de la inmortalidad.
Cuanto más modesta es la vida de uno, tanto más éste es feliz. No tiene que preocuparse
por tantas cosas, tales como siervos, campesinos, ganado. Si nos precipitamos en estos
quehaceres, tropezaremos con las penas que de ellos surgen y nos lamentaremos de Dios:
con nuestra voluntaria concupiscencia, la muerte, como una planta, será regada y
permaneceremos perdidos en las tinieblas de la vida pecaminosa, impotentes de
conocernos a nosotros mismos
No debemos declarar que es imposible para el hombre conducir una vida virtuosa.
Debemos más bien decir que ésta no es fácil ni está al alcance de la mano de cualquiera.
Toman parte de una vida virtuosa todos aquellos que, de entre los hombres, son píos y
dotados de un intelecto amante de Dios: porque el intelecto ordinario y mundano es
también voluble, produce pensamientos ya sea buenos como malos, es mudable por
naturaleza y sus cambios tienden a la materia. Mientras, el intelecto ocupado por el amor
de Dios está al resguardo de la malicia que el hombre voluntariamente se procura por su
descuido
Los incultos y los rústicos consideran cosa risible los razonamientos y no quieren escuchar,
pues su falta de formación sería puesta en evidencia y querrían que todos fueran como
ellos. Es así que también en su forma de vivir y en sus modales, tratan de que todos sean
peores que ellos pues piensan que podrán pasar por irreprochables, gracias al pulular de los
mediocres.

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El alma debilitada va a la perdición, arrollada por la malicia que acarrea consigo la
disolución, la soberbia, la insaciabilidad, la ira, la desconsideración, la rabia, el homicidio,
el gemido, la envidia, la avaricia, la rapiña, los afanes, la mentira, la voluptuosidad, la
pereza. la tristeza, el miedo, la enfermedad, el odio, la acusación, la impotencia, la
aberración, la ignorancia, el engaño, el olvido de Dios. En éstas y otras cosas similares es
castigada el alma infeliz que se separa de Dios.
Aquellos que quieren practicar la vida virtuosa, pía, gloriosa, no deben hacer sus
elecciones basándose en costumbres artificiosas o en la práctica de una vida falsa. Por el
contrario, deben, tal como lo hacen los escultores y los pintores, demostrar con sus propias
obras si vida virtuosa y conforme a Dios, y rechazar como trampas todos los malos
placeres.
Comparado con las personas sensatas, el que es rico y noble pero falto de disciplina
espiritual y de toda virtud de vida, es un infeliz. Pero el que es pobre y esclavo en cuanto a
condiciones de vida, pero adornado de disciplina y de virtud, éste es feliz.
Como los extranjeros que se pierden en las calles, también aquellos que descuidan llevar
una vida virtuosa, parecen desviados por sus propias concupiscencias.
Son denominados plasmadores de hombres aquellos que saben cultivar a los incultos y les
hacen amar los razonamientos y la instrucción.
Del mismo modo, debemos denominar plasmadores de hombres a aquellos que convierten
a los desenfrenados a la vida virtuosa y grata a Dios: éstos replasman a los hombres. Pues
humildad y continencia significan felicidad y esperanza buena para las almas de los
hombres.
Es bueno, en verdad, para los hombres, conducir de la debida manera las costumbres y la
conducta de su vida. Cumplido con esto, se torna fácil conocer lo que concierne a Dios:
aquel que rinde culto a Dios con pleno corazón y fe, es apoyado por Él para que pueda
dominar su cólera y su concupiscencia que son las causas de todo mal.
Es llamado hombre aquel que es razonable o el que soporta ser corregido. Pero al
incorregible se lo debe llamar salvaje, porque su estado es propio de los salvajes. Y de
éstos hay que alejarse, porque al que convive con la malicia no le será nunca posible llegar
a estar entre los inmortales.
Cuando la racionalidad nos asiste verdaderamente, nos hace dignos de ser llamados
hombres. Si abandonados la racionalidad, nos diferenciamos de los brutos sólo en cuanto a
la estructura de nuestros miembros y por nuestra voz. Que el hombre bien dispuestos
admita que es inmortal y, en consecuencia, odiará toda baja concupiscencia que es para los
hombres la causa de su muerte.
Cada arte organiza la materia de la cual dispone y demuestra así su propio valor. Está el
que trabaja la madera o el que trabaja el bronce; otros, el oro o la plata. Y así nosotros
también, una vez que conocemos cómo conducir una vida honesta y una conducta virtuosa
y grata a Dios, debemos demostrar que somos hombres verdaderamente razonables en
cuanto a nuestra alma y no solamente por la estructura de nuestro cuerpo. El alma
verdaderamente razonable y amante de Dios reconoce enseguida todo lo que hay en la

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vida. Hace propicio a Dios con amor y a Él da gracias con verdad, porque es hacia Él que
se proyecta todo su esfuerzo y toda su capacidad reflexiva.
Los patrones dirigen las embarcaciones de acuerdo con una ruta, a fin de no estrellarse
contra alguna roca sobre o bajo el agua. Del mismo modo, quien ansía conducir una vida
virtuosa, debe escudriñar con cuidado lo que se debe hacer y aquello de lo que debe huir. Y
debe considerar la ventaja que surge al seguir las veraces y divinas leyes, apartando del
alma, con un corte neto, los malos deseos.
Los patrones y los aurigas cumplen con estudio y atención la tarea de la que se ocupan. De
la misma manera, es necesario que el que practica la vida recta y virtuosa ponga todo
estudio y preocupación en vivir de un modo conveniente y grato a Dios. El que realmente
lo desea y entiende que puede hacerlo, procede creyendo hacia la incorruptibilidad.
Considera libres no a aquellos que lo son en cuanto a su condición externa, sino a aquellos
cuyo modo de vivir y de actuar es libre. Porque no conviene llamar realmente libres a los
príncipes que son malvados o desenfrenados: éstos son esclavos de las pasiones de la
materia. La libertad y la felicidad del alma están constituidas por la límpida pureza y el
desprecio por las realidades temporales.
Recuerda que debes probarte continuamente: harás esto mediante la buena conducta y las
obras mismas. Del mismo modo, los enfermos reconocen o descubren a los médicos como
salvadores y bienhechores, no por sus palabras, sino por sus obras.
El alma razonable y virtuosa se da a conocer en su modo de mirar, de caminar, de hablar,
de sonreír, de discutir, de conversar... Ésta transforma y corrige todo de la manera más
digna. Y ello sucede porque el intelecto, ocupado por el amor de Dios es un custodio
sobrio, que obstaculiza el acceso a los malos y turbios pensamientos.
Examina lo que te concierne y considera que los jefes y los patrones tienen poder
solamente sobre tu cuerpo, pero no sobre tu alma: ten siempre presente este pensamiento.
Por este motivo, si ellos cometen homicidios, acciones equivocadas o injustas y dañinas
para el alma, no debes obedecerles, ni siquiera si someten tu cuerpo a los tormentos: Dios
ha creado el alma libre y dueña de sí misma para actuar bien o mal.
El alma razonable se aleja prestamente de los caminos por los cuales no le conviene
transitar: el de la altanería, el del desenfado, el del engaño, el de la envidia, el de la rapiña
y así sucesivamente. Todas éstas son obras de los demonios y de una determinación
malvada. Por el contrario, con celo y estudio perseverante, todo es posible para el hombre
que no permite que su concupiscencia sea libre de lanzarse sobre los malos placeres.
Los que conducen una vida modesta y alejada del lujo, no caen en los peligros ni necesitan
custodios sino que, venciendo la concupiscencia en todo, encuentran fácilmente el camino
que conduce a Dios.
A los hombres razonables no les es necesario ocuparse de múltiples discursos, sino sólo de
aquellos verdaderamente útiles y guiados por la voluntad de Dios. Es así que los hombres
se acercan de nuevo a la vida y a la luz eterna.

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El que busca la vida virtuosa y ocupada por el amor de Dios debe abstenerse de estimarse a
sí mismo y a toda gloria vacía y mentirosa, para aplicarse con buena disposición a esta
vida, y a una conveniente enmienda de su propio juicio: el intelecto estable y amante de
Dios es un medio de ascensión hacia Dios y camino hacia Él.
No trae ninguna ventaja el aprendizaje de los tratados si el alma no conduce una vida
aceptable y grata a Dios: causa de todos los males son la divagación, el engaño y la
ignorancia de Dios.
La meditación sobre la vida perfecta y el cuidado del alma hace a los hombres buenos y
amantes de Dios. Puesto que el que busca a Dios lo encuentra, vence en todo a la
concupiscencia y no se aparta nunca de la plegaria: tales hombres no temen a los
demonios.
Los que se dejan desviar de las esperanzas de esta vida y conocen solamente de palabra las
acciones que conducen a una vida perfecta, sufren algo parecido a la desgracia de aquellos
que, aun poseyendo los remedios y el instrumental de arte médico, no saben usarlos ni se
preocupan por aprender. En tal caso, no debemos acusar por los pecados en los que caemos
ni a nuestra constitución ni a otra cosa, sino sólo a nosotros mismos. Puesto que, si el alma
elige voluntariamente el descuido, es inevitablemente vencida.
Al que no sabe discernir entre el bien y el mal, no le es lícito juzgar a los buenos y a los
malos. Bueno es el hombre que conoce a Dios, y si el hombre no es bueno, no sabe nada ni
nunca será conocido: pues el medio de conocer a Dios es practicar el bien.
Los hombres buenos y amantes de Dios reprochan de frente, a los hombres, si éstos están
presentes, por el mal practicado. Pero no los insultan si están ausentes, ni siquiera lo
permiten a quien trate de decir algo.
Manténgase alejada de las conversaciones toda grosería: porque el pudor y moderación son
adornos propios de los hombres razonables más aun que de las vírgenes. El intelecto
ocupado por el amor a Dios es la luz que ilumina el alma, como el sol ilumina el cuerpo.
Frente a cualquier pasión que pueda sorprenderte, recuerda que para aquellos que tienen un
recto sentir y quieren disponer de sus propias cosas de la manera debida y segura, no es
considerada como deseable la posesión corruptible de las riquezas, sino que es preferible
atenerse a las glorias que son rectas y veraces. Éstas los hacen felices, mientras que las
riquezas pueden ser sustraídas y sujetas a rapiña por parte de los más fuertes; la virtud del
alma es la única posesión segura, inviolable y capaz de salvar después de la muerte a
aquellos que la han adquirido. Si tenemos sentimientos como éstos, las ilusiones de la
riqueza y de los otros placeres no podrán arrastrarnos.
No conviene que los hombres inestables e incultos pongan a prueba a los hombres que
viven razonablemente. Tales son los hombres aceptados por Dios: los que callan mucho, o
bien hablan poco y de cosas necesarias y gratas a Dios.
El que persigue la vida virtuosa y amante de Dios, cuida las virtudes del alma y las
considera como su propia posesión y su eterno regocijo. Se sirve de las realidades
temporales, según le es permitido y como Dios da y quiere: las usa con toda alegría y
gratitud, aunque observando absolutamente en todo su justa medida. Los manjares

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suntuosos dan placer a los cuerpos en cuanto a realidades materiales, mientras que el
conocimiento de Dios, la continencia, la bondad, la beneficencia, la piedad y la humildad
deifican el alma.
Los poderosos que fuerzan con su mano a ejercer actos equivocados y dañinos para el alma
no tienen, sin embargo, ningún dominio sobre el alma misma, que ha sido creada como
dueña de sí misma. Ellos atan el cuerpo, pero no la voluntad: el hombre razonable es su
dueño, gracias a Dios, su Creador. De este modo, éste es más fuerte que toda autoridad,
que todo sometimiento y que toda potencia.
Los que consideran como una desgracia la pérdida de las riquezas, de los hijos, de los
siervos o de cualquier otro bien, sepan que, primero, hay que sentirse contentos con lo que
Dios nos da, y luego, cuando hay que devolverlo, esto debe ser hecho con prontitud y
generosidad. Y no debemos enojarnos por esta privación o, mejor dicho, por esta
restitución, puesto que hemos hecho uso de cosas que no son nuestras y que debemos
restituir.
Es obra de hombre de bien no malvender nuestro libre juicio para atender la adquisición de
riquezas, aun si, por casualidad, nos encontráramos con una gran cantidad de las mismas.
Las realidades de esta vida son similares a un sueño y la riqueza no ofrece más que
apariencias inciertas y efímeras.
Quienes son verdaderamente hombres, tienen un celo tal de vivir según el amor de Dios y
la virtud, que su conducta virtuosa resplandece sobre los otros hombres Así como sucede
cuando se coloca un detalle púrpura sobre las partes blancas de los vestidos para adornarlos
y se destaca, poniéndose en evidencia, es así como los hombres deben practicar con
máxima y evidente solidez las virtudes del alma.
Los hombres deberán examinar la fuerza que poseen y de cuánta virtud interior disponen.
Y así se prepararán y resistirán a las pasiones que los asaltan, de acuerdo con la fuerza que
tienen y conforme con la naturaleza recibida como don de Dios. Por ejemplo contra la
belleza y cualquier concupiscencia perjudicial para el alma, existe la continencia; frente a
las fatigas y a la indigencia, está la constancia; frente a los insultos y el furor, está la
paciencia; y así en adelante.
Es imposible para el hombre volverse bueno y sabio en un instante: esto se logra con un
fatigoso ejercicio, un modo de vida oportuno, experiencia, tiempo, práctica y un gran deseo
de obrar el bien. El hombre bueno y amante de Dios, el hombre que verdaderamente
conoce a Dios, no cesa de hacer lo que agrada a Dios, sin poner límites. Pero de tales
hombres hay pocos.
No deben las personas poco dotadas, desesperando de sí mismas, descuidar la vida virtuosa
y dedicada a Dios, despreciándola como inaccesible e inalcanzable para ellas. Por el
contrario, ellas deberán ejercitar su fuerza y preocuparse por sí mismas. Puesto que,
aunque no pudiesen alcanzar el máximo de la virtud y de la salvación, con el ejercicio y el
deseo de lograrlo se volverán mejores, o por lo menos, no peores; y éste es un beneficio no
pequeño para el alma.
El hombre, por su parte racional, está unido a la inefable y divina potencia, mientras que su
parte corporal está emparentada con los animales. Y son pocos los hombres perfectos y

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razonables que se preocupan de tener un pensamiento acorde con su parentesco con el Dios
Salvador que se manifieste mediante las obras y la vida virtuosa. Los más, sin embargo,
dentro de la necedad de su alma abandonan ese divino e inmortal parentesco, para
acercarse al de la muerte, infeliz y efímera, propia del cuerpo. Como los brutos, tienen
sentimientos carnales y son afectos a la voluptuosidad; de tal modo se alejan de Dios y
arrastran el alma desde el Cielo hasta el Infierno, debido a su propio deseo.
El hombre razonable, que reflexiona sobre su comunión y su relación con Dios, no amará
nunca nada de lo terrenal o mezquino: tiene su intelecto vuelto hacia las cosas celestes y
eternas. Éste conoce cuál es la voluntad de Dios: salvar al hombre. Y tal deseo es para los
hombres causa de toda cosa buena y fuente de bondades eternas.
Cuando encuentres a alguien que contienda y contradiga la verdad y la evidencia, cesa toda
discusión y retírate, pues sus capacidades racionales se han endurecido como piedra.
Incluso los mejores vinos, de hecho, se estropean por el agua de calidad inferior. Del
mismo modo, los malos discursos corrompen al que lleva una vida y un pensamiento
virtuoso.
Si nos proponemos con solicitud y diligencia, huir de la muerte corporal, tanto más
debemos ser solícitos y escapar de la muerte del alma; pues el que quiere ser salvado, no
tiene otro impedimento más que la negligencia y el descuido de la propia alma.
El que se fatiga en comprender las cosas útiles y los buenos discurso, es considerado
desventurado. Pero en cuanto a los que, comprendiendo la verdad, impudentemente
discuten, tienen muerta la razón y su manera de ser es similar a la de las fieras. No conocen
a Dios, y su alma no es iluminada.
Dios, con su palabra, ha creado las especies animales para usos variados. Algunas son de
uso comestible, otras para prestar servicios. Luego ha creado al hombre, cual espectador de
éstas y de sus trabajos, en condición de conductor. Por lo tanto, los hombres deben
proponerse no morir como ciegos, sin haber comprendido a Dios y a sus obras, como
sucede con las bestias que no razonan. Es necesario que el hombre sepa que Dios todo lo
puede. No hay nada que pueda oponerse a quien todo lo puede. Él ha hecho de esto, que no
es todo, lo que Él quiere, y obra con su palabra para la salvación de los hombres.
Las cosas que están en el Cielo son inmortales, a raíz del bien que en ellas existe. Pero las
de la Tierra se han vuelto corruptibles, debido a la voluntaria malicia que está intrínseca en
ellas. Tal malicia proviene de los insensatos, de su descuido, y de su ignorancia de Dios.
La muerte, para los hombres que la comprenden, es sinónimo de inmortalidad. Pero para
los rústicos, que no la comprenden, significa muerte. Pero no es esta muerte que debemos
temer, sino la perdición del alma, que consiste en la ignorancia de Dios. Esto sí, es
verdaderamente terrible para el alma.
La malicia es una pasión proveniente de la materia; por lo tanto, no hay cuerpo privado de
malicia. Pero el alma racional, comprende esto, sacude el peso de la materia, que es la
malicia, y, librada de ese peso, conoce al Dios de todas las cosas y se mueve con respecto
al cuerpo, como si enfrentara a un enemigo y adversario, no concediéndole ninguna
ventaja. De esta manera, el alma es coronada por Dios, por haber vencido las pasiones de
la malicia y de la materia.

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La malicia, una vez conocida por el alma, es odiada como una bestia fétida; pero si es
ignorada, es amada por aquel que no la conoce, y ella, de este modo, lo retiene prisionero,
reduciendo a la esclavitud a su amante. Y éste, sintiéndose infeliz y miserable, no ve ni
entiende lo que le es útil; por el contrario, cree que está bien acompañado por la malicia y
se complace de ello.
El alma pura es buena y es, por lo tanto, iluminada y esclarecida por Dios. Es entonces que
el intelecto comprende el bien y produce razonamientos llenos de amor a Dios. Pero
cuando el alma es enlodada por la malicia, Dios se aleja de ella o, mejor dicho, el alma
misma se aparta de Dios, y entonces demonios salvajes penetran en el pensamiento y
sugieren al alma actos despreciables, tales como: adulterios, homicidios, rapiñas,
sacrilegios y cosas similares, cosas todas que son obra de los demonios.
Los que conocen a Dios están llenos de buenos pensamientos y, en su afán por las cosas
celestes, desdeñan las realidades de esta vida. Éstos no son queridos por muchos, ni sus
ideas son del agrado de muchos. Tanto es así, que no sólo son odiados, sino también objeto
de burla. Sin embargo, aceptan sufrir lo que sea, dentro de la indigencia en que se
encuentran, sabiendo que, si bien esto parece un mal para la mayoría, para ellos es un bien.
El que comprende las cosas celestes, cree en Dios y reconoce que toda criatura proviene de
su voluntad. El que no comprende, ni siquiera cree que el mundo es obra de Dios y que fue
hecho para la salvación del hombre.
Los que están llenos de malicia y aturdidos por la ignorancia, no conocen a Dios, pues su
alma no está en estado de sobriedad. Dios es inteligible pero no visible, y se manifiesta en
las cosas visibles, como el alma en el cuerpo. Como es imposible que el cuerpo subsista sin
el alma, así también, todo lo que se ve y existe, no puede subsistir sin Dios.
¿Para qué fue creado el hombre? Para que, considerando a las criaturas de Dios, contemple
y glorifique a quien todo esto creó para el hombre. El intelecto que acoge el amor de Dios,
es un bien invisible donado por Dios a quien es digno por su vida buena.
Es libre el que no es esclavo de los placeres. Por el contrario, gracias a su prudencia y
temperancia, domina su cuerpo y se conforma, con mucha gratitud, con lo que le es dado
por Dios, aunque fuera muy poco. Cuando hay sintonía entre el intelecto amante de Dios y
el alma, todo el cuerpo está en paz, aun sin quererlo. Porque si lo quiere el alma, todo
impulso corporal puede ser controlado.
Los que no están conformes con los bienes que actualmente poseen, sino que aspiran a
tener más, se someten voluntariamente a las pasiones que desordenan el alma, agregando
pensamientos y fantasías nefastos. Estos bienes acarrean males y son un verdadero
impedimento, así como lo son las túnicas demasiado largas que impiden correr. Así
también los afanes desmedidos por conseguir una riqueza excesiva, no permiten a las
almas ni luchar, ni salvarse.
Si nos sentimos forzados a hacer algo, y lo hacemos contra nuestra voluntad, encontramos
en ello una prisión y un castigo. Ama, pues, las condiciones actuales en que vives, porque
si tú las conllevas sin gratitud, te castigas a ti mismo sin darte cuenta. Hay un solo camino
para lograr esto: el desprecio por las realidades de esta vida.

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La Filocalia

Así como obtuvimos de Dios la vista para reconocer las cosas que se pueden ver, para
entender lo que es blanco y cual es la tinta de los colores oscuros, así también Dios nos ha
dado la racionalidad para discernir lo que es bueno para el alma. La concupiscencia, una
vez que ha sido separada del pensamiento, genera la voluptuosidad y no permite la
salvación del alma o su unión con Dios.
No constituye un pecado lo que se produce según natura; pero lo que implica una elección
voluntaria es malo No es pecado comer, pero lo es comer sin agradecer, sin decoro ni
continencia, cuando no se ayuda al cuerpo a permanecer vivo sin incurrir en mal
pensamiento alguno. Del mismo modo, no es pecado mirar puramente, pero que lo es
cuando se mira con envidia, con soberbia y avidez. También es pecado escuchar sin calma,
con cólera, y no moderar la lengua -reservada para dar gracias y para orar - usándola, por
el contrario, para la calumnia. También es pecado que las manos no trabajen para dar una
limosna, sino para matar y robar, Como éstos, hay otros ejemplos: cada miembro peca
cuando hace el mal en lugar del bien, contra la voluntad de Dios, actuando según su propia
determinación.
Sin dudas de que cada acción es observada por Dios, observa como tú, que eres hombre y
barro, puedes al mismo tiempo, observar hacia diversos puntos y comprender. ¡Cuánto más
Dios, quien lo ve todo, incluso un grano de mostaza, quien da vida a todo y a todos nutre
como quiere!
Cuando cierras la puerta de tu casa y estás solo, debes saber que esta contigo el ángel que
Dios ha reservado para cada hombre, y que los griegos llaman "numen tutelar." Éste,
insomne y no sujeto a engaño, está siempre contigo. Todo lo ve, y las tinieblas no son un
obstáculo para él. Debes saber que también está con él Dios, que está en todo lugar. No
hay, de hecho, lugar o materia donde Dios no se encuentre, porque Él es superior a todos y
a todos encierra en su mano.
Si los soldados juran su fe al César, porque él es quien los provee de alimentos, ¿ con
cuánto mayor celo no deberíamos nosotros rendir incesantemente gracias a Dios, con voces
que nunca se acallen y rendirnos gratos a Aquel que ha creado para el hombre todas las
cosas?
Los buenos sentimientos con respecto de Dios y la vida buena, son un fruto del hombre
que es grato a Dios. Pero los frutos de la tierra no maduran en una hora; es necesario que
haya tiempo, lluvias y cuidados. Del mismo modo, los frutos de los hombres resplandecen
con la práctica, el ejercicio, el tiempo, la constancia, la continencia y la soportación. Y si,
por causa de alguna de estas cosas, alguien te considera piadoso, no te creas a ti mismo
mientras habites tu cuerpo, y ninguna de tus cosas te parezca que es del gusto de Dios:
debes saber que no es fácil para el hombre custodiar hasta el final su impecabilidad.
Para los hombres, nada es tan precioso como la palabra: la palabra es tan poderosa que,
justamente con la palabra, servirnos a Dios y le agradecernos. Pero si usamos palabras no
buenas o injuriosas, condenamos nuestra alma. El hombre obtuso culpa a su propia
naturaleza o a otra cosa, atribuyéndole el motivo de su pecado, ¡mientras hace uso
voluntario de palabras o acciones indebidas!
Si nos preocupamos por cuidar los males de nuestro cuerpo, a fin de no ser criticados por
otros, tanto más necesario es estar alertas y curar las pasiones del alma - que serán

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La Filocalia

juzgadas ante la presencia de Dios - para no ser encontrados faltos de honor o aun
ridículos. Teniendo la libertad de elegir - si así lo deseamos - no llevar a cabo malas las
acciones a las que nos empuja la concupiscencia, podemos y tenemos la facultad de vivir
de modo grato a Dios, y nadie nunca podrá, si no lo querernos, obligarnos a realizar algo
malo. Y efectivamente es luchando como seremos dignos de Dios, y tendremos un modo
de vida similar al de los ángeles en los Cielos.
Eres esclavo de las pasiones si lo quieres y, si lo deseas eres libre y no te someterás a ellas.
Pues Dios te ha creado con esa libertad. Quien vence las pasiones de la carne es coronado
con la inmortalidad. Si no existieran las pasiones, tampoco existirían las virtudes, y ni
siquiera las coronas con las cuales Dios gratifica a los hombres dignos de ellas.
Los que no ven lo que les sienta y quieren indicar a otros lo que es bueno, tienen el alma
ciega y su capacidad de discernimiento se ha atrofiado. Por lo tanto, no hay que prestarles
atención, para no tropezar también nosotros, como los ciegos, con los mismos males.
No debemos montar en cólera con los que pecan, aunque su actuar es condenable y digno
de castigo. Debemos convertir a quien ha caído, por motivo de justicia, y castigarlo
también, si fuera oportuno, ya sea personalmente o por medio de otros. Pero no debemos
encolerizarnos ni enfurecernos, porque la cólera actúa sobre la justicia solo de forma
pasional, no con discernimiento. Del mismo modo, no debemos tolerar siquiera al que hace
misericordia sin motivo alguno. Debemos castigar a los malvados, por el bien y la justicia,
y no por nuestra pasión de cólera.
Sólo nuestra posesión del alma es segura e inviolable. Consiste en vivir virtuosamente,
agradando a Dios, con el conocimiento y con la práctica de las cosas buenas. La riqueza es
ciertamente una guía ciega y una consejera insensata. El que la usa mala y
voluptuosamente, envía a la perdición a su alma que se ha vuelto obtusa.
Es necesaria que los hombres no tengan nada superfluo o, si lo poseen, sepan con certeza
que todo lo que hay en esta vida es, por naturaleza, corruptible, que nos es quitado con
facilidad, y que se puede perder y romper. Por lo tanto, no se deben descuidar las
consecuencias que ello acarrea.
Debes saber que los dolores del cuerpo son propios del cuerpo por naturaleza, pues éste es
corruptible y material. Es preciso que el alma cultivada produzca respecto de tales
pasiones, constancia y tolerancia, con gratitud, y que no se lamente a Dios por el cuerpo
que le concedió.
Los que compiten en las Olimpíadas no ganan con la primera, segunda o tercera victoria,
sin cuando han ganado a todos aquellos que participan en la carrera. De tal modo, es
necesario que quien quiera recibir la corona de Dios ejercite su alma en la moderación, no
solamente en lo que respecta a las cosas del cuerpo, sino también con respecto a las
ganancias, a las rapiñas, a la envidia, a las voluptuosidades, a las glorias vanas, a las
palabras injuriosas, a los homicidios, y así sucesivamente.
No busquemos una vida buena y dedicada al amor a Dios por la alabanza humana.
Debemos elegir la vida virtuosa, persiguiendo la salvación de nuestra alma. Es necesario
que veamos, cada día, a la muerte frente a nosotros y que consideremos cuán inciertas son
las cosas humanas.

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La Filocalia

Está en nuestro poder vivir con moderación, mientras que no está en nuestro poder
enriquecernos. ¿Y entonces qué hacer? ¿Debemos arrastrar la condena sobre nuestra alma,
a cambio de la efímera ilusión de las riquezas, que no nos es permitido adquirir? ¿0 aunque
fuera por el deseo de poseerlas? ¡Corremos como verdaderos insensatos, ignorando que la
primera de las virtudes es la humildad, así como las primeras de todas las pasiones son la
gula y la concupiscencia por las cosas de la vida!
El que ha sido dotado de sensatez debe recordar incesantemente que, aceptando en esta
vida pequeñas fatigas de breve duración, podrá gozar después de la muerte de eterna
felicidad y delicias. Por tanto, el que lucha contra las pasiones y quiere recibir la corona de
Dios, si cae, no pierda el ánimo, que no permanezca en su caída, desesperando de sí
mismo; debe levantarse y combatir de nuevo y así alcanzará la corona. Hasta el último
suspiro deberá levantarse cuando cae: las fatigas del alma son las armas de las virtudes y se
tornan medios de salvación para ella.
Las contingencias de la vida hacen que los hombres y los luchadores dignos reciban la
corona de Dios. Es, pues, necesario que en su existencia ellos hagan morir sus miembros a
las realidades de esta vida: el que está muerto, no se preocupa más por las cosas de esta
vida.
No es propio del alma razonable y luchadora, el turbarse e intimidarse al presentarse las
pasiones, no queriendo ser objeto de burla por ser pusilánime. Efectivamente, el alma que
se deja turbar por las apariencias de esta vida se aparta de lo que la beneficia. Porque las
virtudes del alma preceden a los bienes eternos, mientras que las malicias voluntarias de
los hombres se convierten en causa de castigos.
El hombre razonable es combatido por los sentidos de la razón, que tiene en sí mismo
como pasiones del alma. Hay cinco sentidos en el cuerpo: la vista, el olfato, el oído, el
gusto y el tacto. Mediante estos cinco sentidos, el alma infeliz, cayendo en sus cuatro
pasiones, es hecha prisionera. Estas cuatro pasiones son: la vanagloria, el gozo, la cólera y
el miedo. Cuando el hombre, mediante la prudencia y la reflexión, con una lucha intensa,
domina las pasiones, no es más combatido: encuentra la paz del alma y recibe de Dios la
corona del vencedor.
Entre aquellos que se cobijan entre los albergues, algunos encuentran una cama; otros,
aunque no encuentran un lecho y duermen sobre el piso, ¡roncan como si durmieran en una
cama! Luego, al llegar el alba, dejan el albergue y se van, llevando consigo solamente lo
propio. Del mismo modo, todos aquellos que están en esta vida, tanto los que viven
modestamente, como los que gozan de riquezas y de gloria, se irán como de un albergue. Y
no se llevarán ninguna de las delicias de esta vida ni de sus riquezas, llevarán solamente
sus obras, buenas o malas, que hayan llevado a cabo a lo largo de su vida.
Si tú gozas de autoridad, no cedas fácilmente a la tentación de amenazar de muerte a
alguien, sabedor de que tú, por naturaleza, también estás destinado a morir, y que el alma
desviste al cuerpo como de una última túnica. Con clara conciencia de esto, ejercita la
humildad y, actuando bien, sé siempre del agrado de Dios. Pues el que no tiene compasión,
no posee ninguna virtud.
Es imposible, no hay ninguna salida para rehuir de la muerte. Sabiendo esto, los hombres
verdaderamente razonables, ejercitados en las virtudes, con un pensamiento amante de

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Dios, aceptan la muerte sin gemidos, sin temor ni luto; piensan que ella es inevitable y que
nos libera de los males de esta vida.
A los que olvidan el modo de vivir buenamente, agradando a Dios, a los que no tienen en
cuenta las doctrinas rectas y plenas del amor de Dios, a éstos no debemos odiarlos, sino
que debemos tener piedad de ellos, como de alguien que está privado de la capacidad de
discernimiento, como si estuviera ciego en su corazón y en su intelecto. Éstos aceptan el
mal como si fuera el bien y se precipitan hacia la perdición por ignorancia. ¡No conocen a
Dios estos infelicísimos, estos hombres con el alma insensata!
Evita hablar con muchos de la piedad y de la vida honesta. No lo digo por celos, sino
porque considero que parecerías ridículo a los insensatos: porque cada uno se alegra por lo
que le es afín, aunque este tipo de discurso tiene poca audiencia y más bien rara. Es mejor
no hablar sino de lo que Dios quiere para la salvación del alma.
El alma sufre junto al cuerpo, pero el cuerpo no sufre junto al alma Si, por ejemplo, el
cuerpo es sometido a cortes, también el alma sufre; cuando es vigoroso y sano, las pasiones
del alma también gozan. Pero si el alma reflexiona, no por ello reflexiona el cuerpo, que
queda relegado a sí mismo, porque el reflexionar es una pasión del alma, así como también
lo es la ignorancia, el orgullo, la incredulidad, la concupiscencia, el odio, la envidia, la
cólera, el descuido, la vanagloria, la negación y la percepción del bien. Este tipo de cosas
es tarea del alma.
Sé pío cuando reflexionas en las cosas de Dios. Sin envidia, sé bueno, demuestra buen
talante, sé humilde liberal según tus posibilidades, sociable, opuesto a los altercados. He
aquí como podemos agradar a Dios mediante tales cosas, no juzgando a nadie, no diciendo
de terceros: tal es un malvado y ha pecado. Debemos, más bien, buscar nuestros propios
males y observar por nosotros mismos nuestro modo de vida, a fin de comprender si es
grato a Dios. Qué nos importa si otro es malo?
El que es verdaderamente un hombre, se esfuerza por ser pío. Pero lo es el que no tiene
concupiscencia por lo que le es ajeno, y es ajeno al hombre todo lo que ha sido creado. Así
él, en cuanto imagen de Dios, despreciará todo. Pero el hombre es imagen de Dios cuando
vive con rectitud, en modo grato a Dios; no es posible serlo, si no nos separamos de las
realidades de esta vida. El que tiene un intelecto amante de Dios, conoce todo el provecho
y toda la piedad que Él mismo infunde en el alma. El hombre que ama a Dios no acusa a
nadie por lo que él mismo peca, y esto es indicio de un alma que se salva.
¡Cuántos buscan con la violencia los bienes efímeros y son agredidos por el apetito de
cometer obras perversas, ignorando la muerte y la ruina de su propia alma, y no
atendiendo, los infelices, lo que es mejor para ellos, sin pensar en lo que sufren los
hombres después de la muerte, por obra de la malicia!
La malicia es una pasión de la materia. Dios no es responsable de la malicia. Él ha dado a
los hombres conocimiento, ciencia, discernimiento entre el bien y el mal, y libertad. Pero
lo que genera las pasiones de la malicia son la negligencia y el descuido de los hombres.
Dios no es para nada responsable de todo ello. Los demonios se volvieron pérfidos por una
elección del pensamiento, y así sucede esto con la mayoría de los hombres.

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El hombre que convive con la piedad no permite que la malicia se insinúe en su alma; y
cuando no hay malicia, el alma se encuentra al abrigo de todo peligro y de todo daño. Las
personas de esta índole no están dominadas ni por un infausto demonio ni por el destino,
porque Dios las libera de los males y viven protegidas contra todo daño, tal como le sucede
a los dioses. Y si alguien alaba a un hombre como éste, él se ríe de quien lo hace; si se lo
critica, no se excusa con quien lo insulta, ya que no se excita por lo que de él se habla.
El mal acecha a la naturaleza como la herrumbre al cobre y la suciedad al cuerpo. Y sin
embargo, el herrero no ha inventado la herrumbre, ni nadie ha creado la suciedad; así,
tampoco Dios ha hecho la malicia. Él ha dado al hombre el conocimiento y el
discernimiento para que huya del mal sabiendo que de él solamente obtiene daño y castigo.
Ten cuidado pues de que no suceda que, viendo a alguien con poder y riquezas, tú, iluso
por el demonio, lo llames beato. Que acuda enseguida la muerte ante tus ojos, y entonces la
concupiscencia no te arrastrará a favor de lo que hay de malo en esta vida.
Nuestro Dios ha concedido la inmortalidad a aquellos que están en los Cielos mientras que
para aquellos que están en la Tierra ha creado la transformación. Le ha dado la vida y el
movimiento a todo, y, todo ha sido creado para beneficio del hombre. No te dejes arrastrar,
pues, por la ilusión que despliega el demonio a propósito de las vanidades de esta vida.
Cuando él insinúe en tu alma un ardiente y pérfido deseo, piensa de inmediato en los
bienes celestes y convéncete a ti mismo, diciéndote: "Si me lo propongo, tengo la
posibilidad de vencer también esta lucha desencadenada por la pasión, pero no ganaré si
quiero alcanzar el fin de mi deseo." No dejes de combatir esta lucha que puede salvar tu
alma.
La vida es la unión y la conjunción del intelecto, del alma y del cuerpo. La muerte, por otro
lado, no es la destrucción de las fuerzas conjuntas, sino la disolución de su recíproca
relación. Para Dios todas las cosas pueden ser salvadas, aun después de esta disolución.
El intelecto no es el alma, sino un don de Dios que salva el alma. El intelecto grato a Dios
previene el alma y le da consejo para que desprecie lo que es efímero, material, corruptible,
y ame los bienes eternos, incorruptibles, inmateriales, y para que el hombre camine en su
cuerpo penetrando y contemplando lo que está en los Cielos, lo que concierne a Dios y a
todas las cosas, mediante su intelecto. Y el intelecto amante de Dios es bienhechor del
alma humana y de su salvación.
El alma, no bien se encuentra en su cuerpo, es prestamente oscurecida y enviada a la
perdición por la tristeza y la voluptuosidad. La tristeza y la voluptuosidad son como
humores del cuerpo. Pero el intelecto amante de Dios se les opone, entristece el cuerpo y
salva el alma, como el médico que corta y quema las heridas infectas.
Todas las almas que no fueron guiadas por la racionalidad y gobernadas por el intelecto
para que éste aparte, detenga y gobierne las pasiones, es decir, la tristeza y la
voluptuosidad; todas estas almas, perecen como los animales sin razón, porque su
racionalidad es arrastrada por las pasiones, como un auriga cuyos caballos se le han
desbocado.
Constituye una gravísima enfermedad del alma, su destrucción y su perdición, el no
conocer a Dios, quien ha hecho todas las cosas para el hombre y le ha donado intelecto y

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La Filocalia

razón mediante los cuales el hombre, elevándose, se une a Dios, comprendiendo y
glorificándolo.
El alma está en el cuerpo, y en el alma está el intelecto, y en el intelecto, la razón.
Comprendido y glorificado mediante estas realidades, Dios convierte al alma en inmortal,
concediéndole incorruptibilidad y delicias eternas; porque Dios ha concedido el ser a
cuantos nacen, solamente por bondad.
Dios, bueno y sin celos, luego de haber creado al hombre libre, le ha dado el poder, si lo
quiere, de agradarle. Y place a Dios que en el hombre no haya malicia. Si entre los
hombres se alaban las buenas obras y las virtudes del alma santa y amante de Dios, y se
condenan las acciones viles y malvadas, ¿cómo no va a querer esto Dios, que quiere la
salvación del hombre?
Lo que es bueno para el hombre, lo recibe de Dios, en cuanto bueno. Justamente por ello él
ha sido creado por Dios. Pero el mal es sacado por el hombre de sí mismo, empujado por la
fuerza de la malicia, de la concupiscencia y de la obtusidad que están en él.
El alma desconsiderada, aun siendo inmortal y dueña del cuerpo, lo sirve mediante la
voluptuosidad, y no piensa que las delicias del cuerpo son dañinas para el alma. Ésta,
habiéndose vuelto estúpida y fatua, sólo se ocupa de regocijar el cuerpo.
Dios es bueno, el hombre es pérfido. Nada hay de malo en el Cielo ni nada hay de bueno
en la Tierra. Pero el hombre razonable elige lo mejor, conoce al Dios de todas las cosas, le
da gracias y le canta alabanzas; se horroriza de su cuerpo antes que de la muerte, y no
permite que las sensaciones malvadas consuman su obra, arruinándolo.
El hombre malvado ama la sensualidad y desprecia la justicia; no piensa en la
incertidumbre, en la inestabilidad ni en la breve duración de la vida; tampoco reflexiona
sobre la inexorabilidad de la muerte, que ninguna donación de dinero podría evitar. Y si un
viejo es vil e insensato, se encuentra inepto para cualquier uso, como un leño putrefacto.
Cuando hemos experimentado la tristeza, entonces somos sensibles a los placeres y a la
alegría. Por cierto, no bebe con gusto el que antes no ha experimentado sed; ni come de
buen agrado quien no ha sentido hambre; ni duerme con ganas quien no ha sentido un gran
sueño, ni es sensible al júbilo el que antes no se ha visto entristecido. Del mismo modo, no
podremos disfrutar de los bienes eternos, si no despreciamos lo que es efímero.
La razón está al servicio del intelecto: lo que el intelecto desea, la razón lo expresa.
El intelecto ve también todo lo que está en el Cielo, y nada lo nubla si no es el mero
pecado. Para el que es puro, nada es incomprensible, así como nada para la razón es
inexpresable.
A causa de su cuerpo, el hombre es mortal, pero por su intelecto y por su razón, es
inmortal. Callando, comprendes; si has comprendido, hablas. En el silencio, el intelecto
genera la palabra. Las palabras de agradecimiento ofrecidas a Dios, se convierten en
salvación para el hombre.

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La Filocalia

El que dice cosas irrazonables, no tiene intelecto. Porque habla entender nada. ¡Atiende
más bien a lo que debes hacer por la salvación de tu alma!
La razón unida al intelecto y útil para el alma es un don de Dios. Una razón llena de
tonterías busca las medidas del Cielo y de la Tierra y sus distancias, el tamaño de Sol y de
las estrellas, siendo todo ello una invención del hombre que persigue vanidades. En vano
busca, en su desenfado, cosas inconducentes, como el que quiere recoger agua con un
cedazo. No está al alcance de los hombres el conseguir tales cosas.
Nadie, al mirar al Cielo, puede comprender lo que hay allí, no siendo el hombre que se
preocupa por conducir una vida virtuosa y comprende y glorifica a Aquel que todo lo ha
hecho por la salvación y la vida del hombre. Un hombre así, un hombre noble, sabe con
certeza que nada existe sin Dios. Dios, como ser infinito, está por doquier y en todas las
cosas.
Así como el hombre sale del vientre materno, así el alma sale del cuerpo, desnuda. Ésta,
pura y luminosa; aquélla con las manchas propias de sus fallas; esta otra, negra por sus
muchas caídas. Por tanto, el alma razonable y amante de Dios, reflexionando y
considerando las penas que le llegarán después de la muerte, regula su vida en la piedad,
para que no sea condenada ni caiga en esas penas. Aquellos que no creen, los que viven
despreciablemente y pecan, menospreciado las cosas del más allá, ¡son hombres con un
alma insensata!
Así como una vez salido del vientre materno, te olvidas de lo que allí habita, así, una vez
salido del cuerpo, no recuerdas lo que está en el cuerpo.
Así como una vez salido del vientre materno, tu cuerpo se fortalece y crece, así, una vez
que has salido del cuerpo puro y sin mancha, serás más fuerte, incorruptible, y vivirás en el
Cielo.
Así como, una vez que el cuerpo ha sido formado en el vientre, es necesario que nazca a la
vida, del mismo modo una vez que el alma ha cumplido la norma establecida por Dios, es
necesario que salga del cuerpo.
Así como tratas a tu alma mientras se encuentra en tu cuerpo, del mimo modo ella te
tratará, una vez que ha salido de tu cuerpo. En efecto, el que aquí se ha servido de su
cuerpo para estar bien y entregarse a la lujuria, se ha tratado mal a sí mismo para los
momentos que siguen a su muerte. Puesto que, como un insensato, ha condenado su propia
alma.
Así como el cuerpo que ha salido del vientre materno incompleto no puede crecer, del
mismo modo, el alma que ha salido del cuerpo sin haber llevado a cabo el conocimiento de
Dios mediante una vida buena, no puede ser salvada o unirse a Dios.
El cuerpo unido al alma sale de la oscuridad del vientre a la luz. Pero el alma unida al
cuerpo permanece atada a las tinieblas del cuerpo. Es conveniente, pues, odiar y castigar al
cuerpo en su calidad de enemigo y adversario del alma. El exceso de comida y la gula
excitan en los hombres las pasiones de la malicia. Mientras que la continencia del vientre
humilla las pasiones y salva el alma.

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La Filocalia

En el cuerpo, la vista es dada a los ojos; en el alma, es dada por el intelecto. Y así como el
cuerpo privado de ojos está ciego y no ve el sol, la tierra toda, el mar centellante, y ni
siquiera puede gozar de la luz, del mismo modo el alma que no tiene un intelecto bueno y
un honesto modo de vida, está ciega y no contempla a Dios, creador y benefactor de todos,
no lo glorifica ni puede acceder al gozo de su incorruptibilidad y de los bienes eternos.
La ignorancia de Dios significa insensibilidad y fatuidad. El mal es generado por la
ignorancia, mientras que el bien surge en los hombres por el conocimiento de Dios y salva
el alma. En consecuencia, si no estás dispuesto a llevar a cabo tus deseos, si eres sobrio y
conoces a Dios, mantén tu intelecto dirigido hacia las virtudes. Pero si estás dispuesto a
cumplir con tus intenciones maliciosas, que están dirigidas a la voluptuosidad - ebrio,
debido a la ignorancia de Dios - , estás destinado a la perdición de los brutos, sin
considerar los males que te aquejarán después de la muerte.
Se denomina providencia a lo que sucede por decreto divino, como por ejemplo, el surgir
del sol o el atardecer de cada día y el fructificar de la tierra. Del mismo modo, se denomina
ley lo que sucede por decreto humano. Todo ha sido hecho para el hombre.
Todo lo que Dios hace, lo hace para el hombre, porque Él es bueno. Todo lo que el hombre
hace, lo hace para sí mismo, ya sea el bien como el mal. Para que tú no te asombres al
comprobar la prosperidad de los malvados, debes saber que, así como los gobiernos
mantienen a los verdugos, a quienes, aunque no alaban sus pésimas intenciones, ordenan
ajusticiar a aquellos que son dignos de castigo, del mismo modo Dios permite que los
malvados opriman a los vivos y así castiguen a los despiadados por su intermedio. Pero, al
final, éstos también serán enviados a juicio, por haber maltratado a los hombres, no en
calidad de ministros de Dios, sino para servir a sus propios instintos.
Los que rinden culto a los ídolos, si conocieran y vieran con el corazón a qué están
prestando culto, no errarían, alejados de la verdadera piedad, ¡infelices! Mas bien, viendo
el decoro, el orden y la providencia que Dios pone en todas las cosas, conocerían mejor a
Aquel que ha hecho estas cosas para el hombre.
El hombre puede matar, puesto que es malo e injusto. Dios, sin embargo, no cesa de donar
la vida, incluso a los indignos. Él está, de hecho, limpio de celos y es bueno por naturaleza,
por esto ha querido que el mundo fuera hecho, y fue hecho. Y fue hecho para el hombre y
para su salvación.
Es hombre el que ha comprendido que el cuerpo es corruptible y efímero. Éste también
entiende lo que es el alma, como ésta es divina, inmortal, inspiración de Dios, y como está
ligada al cuerpo para probarlo y para su deificación. Quien ha comprendido lo que es el
alma, vive de modo recto y grato a Dios, no obedece al cuerpo, sino que, mirando a Dios
con el intelecto, contempla y comprende los bienes eternos donados por Dios al alma.
Puesto que Dios es siempre bueno y sin celos, ha dado al hombre la libertad de elegir entre
el bien o el mal, donándole el conocimiento a fin de que, contemplando al mundo y lo que
éste contiene, conozca a Aquel que todo lo ha hecho para el hombre. Pero puede darse que
los impíos quieran no entender. También es posible que no crean, que se equivoquen, o
comprendan lo contrario de la verdad. Hasta este punto el hombre es libre de elegir frente
al bien y frente al mal.

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Es por orden de Dios que, al crecer la carne, el alma se llena de intelecto: esto sucede para
que el hombre elija, entre el bien y el mal, lo que le place más. Pero el alma que no elige el
bien no tiene intelecto. Porque todos los cuerpos tienen, sí, un alma, pero no se dice que
toda alma tenga intelecto. Por cierto, el intelecto amante de Dios, pertenece a los
prudentes, a los santos, a los justos, a los puros, a los buenos, a los misericordiosos y a los
píos. Y la presencia del intelecto constituye para el hombre una ayuda en su relación con
Dios.
Una sola cosa no es posible para el hombre: el ser inmortal. Le es posible unirse a Dios si
comprende que puede hacerlo. Es así como, queriendo, comprendiendo, creyendo y
amando, por la fuerza de un vivir honesto, el hombre llega a convivir con Dios.
El ojo contempla lo que le presenta. Sin embargo, el intelecto penetra lo invisible. El
intelecto amante de Dios es la luz del alma. El que posea un intelecto amante de Dios, tiene
el corazón iluminado y con su intelecto, ve a Dios.
Ningún hombre bueno es vil, pero el que no es bueno es del todo malo y amante del
cuerpo. La primera virtud del hombre es el desprecio de la carne. La separación de las
cosas efímeras y corruptibles - separación voluntaria, no debida a la indigencia - nos
convierte en herederos de los bienes eternos e incorruptibles.
El que está dotado de intelecto, se conoce a sí mismo, conoce lo que es, sabe que es un
hombre corruptible. El que se conoce a sí mismo, conoce todo, sabe que cada cosa es una
criatura de Dios y que ha sido creada para la salvación del hombre. El hombre tiene el
poder de comprender y creer rectamente. Un hombre así sabe con certeza que el que
desprecia las realidades de esta vida encontrará menos afanes y que, después de la muerte,
recibe de Dios delicias y reposo eternos.
Así como el cuerpo sin alma está muerto, así también el alma, sin la actividad del intelecto,
se encuentra ociosa y no puede recibir a Dios en herencia.
Dios escucha sólo al hombre. Sólo al hombre, Dios se muestra. Dios es amante de hombre,
donde él está, también está Dios. Sólo el hombre es un digno adorador de Dios. Por el
hombre, Dios se transfigura.
Dios ha hecho todo el cielo para el hombre y lo ha adornado de estrellas. Para el hombre ha
hecho la Tierra. Los hombres la trabajan para sí mismos Los que no se perciben de tal
providencia de Dios, tienen un alma insensata.
El bien es invisible como las realidades celestes. El mal es visible como las realidades
terrestres. Entre uno y otro, el hombre que tiene intelecto, elige lo que es mejor. Porque
sólo para el hombre son inteligibles Dios y sus criaturas.
El intelecto está en el alma, así como la naturaleza en el cuerpo. Y el intelecto es la
divinización del alma, mientras que la naturaleza es la difusión del cuerpo, La naturaleza
está en todo cuerpo, pero no en toda alma se halla el intelecto. Por tanto, no toda alma está
salvada.
El alma está en el mundo por cuanto allí fue generada; el intelecto está en el más allá, pues
allí fue ingenerado. El alma que comprende al mundo y quiere ser salvada, observa de

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continuo una ley inviolable, admitiendo para sí misma que la lucha y las pruebas las va a
tener que enfrentar aquí y ahora ¡no siendo posible comprar al juez! ya que ésta puede
perecer o salvarse nada más que por un pequeño y vil placer.
Dios ha creado la generación y la muerte sobre la Tierra. En el Cielo, providencia y
decreto. Pero todo fue hecho para el hombre y su salvación. Dios, quien no necesita de
ningún bien, ha creado para el hombre el Cielo y la Tierra y los elementos, deseando darle
por medio de éstos, el goce de todos los bienes.
Las realidades mortales están sujetas a las inmortales. Pero las inmortales sirven a las
mortales, es decir, los elementos al hombre, gracias al amor por el hombre y a la bondad
innata de Dios creador.
El que se empobreció y no puede causar ningún daño, no puede ser tenido en cuenta por
sus actos entre los píos hombres. El que puede perjudicar y no se sirve de su poder para el
mal, sino que es considerado con los más míseros por piedad hacia Dios, éste será
recompensado con bienes aquí y más allá de su muerte.
Por amor al hombre del Dios que nos ha creado, son numerosas las vías hacia la salvación
que convierten a las almas y las conducen al Cielo. Las almas de los hombres reciben,
efectivamente, recompensas por las virtudes y castigos por las transgresiones.
El Hijo está en el Padre, y el Espíritu Santo en el Hijo, y el Padre está en ambos. El hombre
conoce, por fe, todas las realidades invisibles e inteligibles. La fe es el voluntario
consentimiento del alma.
Aquellos que por alguna necesidad o contingencia se ven obligados a nadar en grandes
ríos, si están sobrios se salvan: si sucediera que las corrientes son violentas y fueran
arrastrados, si se aferran a algún arbusto que crece en la orilla, aún se pueden salvar. Pero
todos aquellos que se encuentran en estado de embriaguez, aunque en innumerables
ocasiones se hayan ejercitado perfectamente en la natación, al ser vencidos por el vino, son
sumergidos por la corriente y salen del mundo de los vivos. Del mismo modo el alma, al
incurrir en los remolinos y en las agitadas corrientes de la vida, si no se ha tornado sobria
respecto a la malicia de la materia y, por lo tanto, si no se conoce a sí misma, no sabe cómo
ella, divina e inmortal, ha sido ligada a la materia del cuerpo, que es efímera, expuesta a
múltiples sufrimientos y mortal. Así, el alma es arrastrada por la perdición de los placeres
carnales y, despreciándose, ebria de ignorancia, incapaz de ayudarse, perece y se encuentra
fuera del número de aquellos que se salvan. Muchas veces el cuerpo, como un río, nos
arrastra hacia placeres inconvenientes.
El alma razonable, manteniéndose inmóvil en su buena determinación, guía sus potencias
irascibles y concupiscibles, sus pasiones irracionales, como a caballos: venciéndolas,
acorralándolas y superándolas, ella es coronada y hecha digna de la victoria de los Cielos,
recibiendo del Dios que la ha creado este premio por su victoria y sus fatigas.
El alma verdaderamente razonable, viendo la suerte de los malos y el bienestar de los
impíos, no se turba al imaginar su goces en esta vida, como hacen los insensatos. Porque
bien sabe ésta cómo la suerte es inestable, la riqueza, incierta, la vida, efímera, y sabe
cómo la justicia no se deja corromper por donativos. Y un alma tal, tiene fe de no ser
descuidada por Dios, y de que el alimento necesario le será administrado.

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La vida del cuerpo y su goce entre grandes riquezas, teniendo poder mundano, es la muerte
del alma mientras que la fatiga, la resignación y la indigencia vivida agradeciendo, así
como la muerte del cuerpo, son vida y felicidad eterna para el alma.
El alma razonable que desprecia la creación material y la vida efímera, elige el regocijo
celeste y la vida eterna, recibiéndola de Dios, mediante un vivir honesto,
El que tiene el traje enlodado, ensucia la túnica de los que se le acercan. Del mismo modo,
los que tienen mala voluntad y una conducta no recta, frecuentando y diciendo cosas
inoportunas a otros de mentalidad más simple, ensucian su alma como con fango mediante
el oído.
La concupiscencia es el principio del pecado, mediante la cual el alma razonable se pierde.
Mientras que el amor es para el alma principio de la salvación y del Reino de los Cielos.
El cobre, si es descuidado y no es tratado con la debida atención, por no haber sido
utilizado por largo tiempo, es corrompido por la herrumbre que lo recubre y pierde su
belleza. También el alma ociosa, descuidando el vivir honesto y la conversión a Dios, se
aleja con sus malas acciones de la protección divina y, como el cobre por la herrumbre, así
es consumada por la malicia que sigue al descuido - a causa de la materia del cuerpo - y se
encuentra privada de belleza e inútil para la salvación.
Dios es bueno, exento de pasiones o cambios. Si se considera como razonable y verdadero
que Dios no está sujeto a cambios, no se entiende cómo Él se puede alegrar con los buenos,
despreciando a los malos, encolerizarse con los pecadores, y luego, si se le rinde culto,
tornarse propicio. Hay que decir, sin embargo, que Dios ni se alegra ni se enfurece, porque
alegría y tristeza son pasiones; ni tampoco se le puede rendir culto con dones, porque ésto
significaría que Él puede ser conquistado por el placer. No es lícito juzgar bien o mal al
Divino en base a las realidades humanas. Dios es solamente bueno, hace solamente el bien,
no daña nunca, porque tal es su naturaleza. Si nosotros somos buenos a semejanza suya,
nos unimos a Él. Si por no tomarlo como modelo, nos tornamos malos, nos separamos de
Dios. Viviendo virtuosamente, nos unimos a Dios. Si nos adherimos al mal, Él se convierte
en nuestro enemigo, pero no se encoleriza vanamente. Más bien, los pecados no permiten
que Dios resplandezca en nosotros, sino que nos unen a los demonios por punición. Si con
plegarias y obras de bien logramos desprendernos de los pecados, ésto no significa que con
nuestro culto inducimos a Dios a cambiar. En realidad, al sanar nuestra malicia con
nuestras buenas acciones, y al convertirnos al Divino, nuevamente gozamos de la divina
bondad; por eso, si decimos que Dios se retrae de los malos es como decir ¡que el sol se
esconde a quién le falta la vista!
El alma piadosa conoce al Dios del Universo. "La piedad" no es otra cosa que el hacer la
voluntad de Dios y así conocerlo, construyéndonos, sin envidia, moderados, humildes,
generosos según nuestras posibilidades, sociables, y extraños a las disputas y todo lo que es
grato a la divina voluntad
El conocimiento de Dios y el temor a Él nos curan de las pasiones de la materia. Así,
cuando la ignorancia de Dios se une al alma, las pasiones, que fueron descuidadas, pudren
el alma: ella es corrompida por la malicia, como una vieja herida. Pero Dios no es
responsable de esto, porque Él ha enviado a los hombres ciencia y conocimiento.

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Dios ha colmado al hombre de ciencia y conocimiento, se apresura a purificar las pasiones
y la malicia voluntaria y quiere transferir lo que es mortal a la inmortalidad, solamente a
causa de su bondad.
El intelecto que está en el alma pura y amante de Dios, en realidad ve al Dios increado,
invisible e inexpresable, el único puro para los puros de corazón.
Corona de la incorrupción, virtud y salvación del hombre es el llevar las desventuras de
buen ánimo y dando gracias. Además, el dominar la ira, la lengua, el vientre, los placeres,
constituye una enorme ayuda para el alma.
La providencia divina es aquella que tiene al mundo en sus manos. No existe ningún lugar
abandonado por la providencia. Es providencia la palabra perfecta de Dios, la que da forma
a la materia que constituye al mundo, y es creadora. y artífice de todas las cosas que son
hechas. No es posible que la materia se organice sin el poder descendiente de la Palabra,
que es imagen, intelecto, sabiduría y providencia de Dios.
La concupiscencia derivada del pensamiento, es la raíz de las pasiones congénitas de las
tinieblas. Y el alma que se encuentra en el pensamiento de concupiscencia se ignora a sí
misma, ignora ser inspiración de Dios y es llevada así al pecado, sin pensar ¡la insensata!
en los males que encontrará después de la muerte
La impiedad y el amor por la gloria son la suma e incurable enfermedad del alma, son la
perdición. Efectivamente, la concupiscencia del mal es la privación del bien. Y el bien es
hacer, sin avaricia, todo el bien que es grato al Dios del universo.
Sólo el hombre es capaz de recibir a Dios. Solamente a este ser vivo habla Dios. De noche,
por medio de los sueños; de día, por medio de la mente. Y por intermedio de todo, predice
y preanuncia los bienes futuros a los hombres dignos de Él.
Nada es difícil para quien cree y quiere comprender a Dios. Y si luego quieres también
contemplarlo, observa el orden y la providencia que hay en todas las cosas que por su
Palabra fueron hechas y creadas. Y todo es para el hombre.
Se llama santo a aquel que es puro de la malicia y de los pecados. Es por lo tanto un
grandísimo logro del alma, y que agrada a Dios, que en el hombre no haya malicia.
El "nombre" es el modo de indicar a uno con respecto a muchos. Es por lo tanto insensato
considerar que Dios - uno y solo - tenga otro nombre. "Dios," pues, indica a aquel que
existe sin principio, aquel que todo lo ha hecho por el hombre.
Si tienes conciencia de haber actuado malvadamente, elimina las malas acciones de tu
alma, aguardando los bienes que vendrán: Dios es ciertamente justo y amigo del hombre.
El hombre conoce a Dios y es por Él conocido si se preocupa de no separarse nunca de
Dios. No se separa de Dios el hombre bueno que en todo y por todo domina al placer: no
por el hecho de que dispone de poco placer, sino por su propia voluntad y continencia.
Beneficia al que te perjudica, y tendrás a Dios por amigo. No calumnies en nada a tu
enemigo. Ejercita el amor, la moderación, la tolerancia, la continencia, etc. Todo esto es

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conocimiento de Dios: siguiendo a Dios mediante la humildad y las virtudes similares. Sin
embargo éstas no son obras para cualquiera, sino para almas dotadas de intelecto.
Por cansa de aquellos que con desprecio se atreven a decir que las plantas y las hierbas
tienen alma, he escrito este capítulo, para conocimiento de los más simples. Las plantas
tienen la vida natural, pero no tienen alma. El hombre es definido como un animal
razonable, porque tiene un intelecto y es capaz de hacer ciencia. Los otros animales, ya sea
los que están sobre la tierra como los que están en el aire tienen voz, porque tienen espíritu
y alma. Y todo lo que crece y disminuye es un ser viviente, porque vive y crece. Sin
embargo, no tiene alma. Hay cuatro especies distintas de seres vivientes. Los unos son
inmortales y están dotados de un alma como los ángeles. Otros tienen intelecto, espíritu y
alma, como los hombres. Otros tienen espíritu y alma, como los animales. Otros tienen
solamente vida, como las planta. Y en las plantas la vida subsiste sin alma, espíritu,
intelecto, inmortalidad, Pero ni siquiera el resto puede existir sin vida. Cada alma, es decir
cada alma humana, es siempre móvil, y va de un lado a otro.
Cuando percibes fantasías respecto a algún placer, cuídate a ti mismo y no permitas que te
arrastren, sino que, poniéndote por arriba, recuerda la muerte y piensa cómo es mejor tener
la conciencia de haber logrado vencer este engaño del placer.
Así como en el engendramiento hay pasión, porque lo que accede a la vida tiene
corrupción, así en la pasión hay malicia. Por tanto no digas: Dios pudo eliminar la malicia.
Los que así hablan son obtusos y tontos. No convenía ciertamente que Dios quitara la
materia: y estas pasiones vienen de la materia. Pero Dios ha eliminado la malicia de los
hombres ventajosamente al darles intelecto, ciencia, conocimiento y discernimiento del
bien a fin de huir de la malicia, sabiendo cómo la misma nos perjudica. El hombre
insensato sigue la malicia y se vanagloria. Luego, como atrapado en una red, se debate,
capturado allí dentro. Y ni siquiera puede levantar la cabeza para ver y conocer a Dios, que
todo lo ha hecho para la salvación y la divinización del hombre.
Las realidades mortales son enemigas de sí mismas, porque conocen por anticipado este fin
de la vida que es la muerte. La inmortalidad, por el hecho de que es un bien, es un legado
del alma santa, mientras que la mortalidad, por el hecho de que es un mal, acompaña al
alma mísera e insensata.
Cuando, dando gracias, vas a descansar, si piensas en los beneficios y en la gran
providencia de Dios por ti, colmado por un pensamiento benéfico, te alegras más que
nunca, y el sueno de tu cuerpo se convierte en sobriedad del alma. Al cerrarse tus ojos,
verás la visión de Dios y tu silencio, impregnándose de bondad, continuamente proclama
glorias al Dios del universo, con toda el alma y toda tu fuerza. Porque una vez que la
malicia ha sido alejada del hombre, el rendimiento de gracias, aunque fuera eso sólo,
agrada a Dios más que todo precioso sacrificio.
A Él la gloria en los siglos de los siglos Amén.
Evagrio el Monje
Evagrio, este hombre sabio e insigne que floreció alrededor del año 380, fue promovido
por el gran Basilio a la dignidad de lector y, por el hermano de éste, Gregorio de Nisa, fue
ordenado diácono. Fue instruido en las Sagradas Palabras por Gregorio el Teólogo: por

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éste fue incluso nombrado archidiácono, cuando le fuera encargada la iglesia de
Constantinopla, según Icéforo Calisto, libro 11, capítulo 42. A continuación, abandonadas
las cosas del mundo, abrazó la vida monástica.
Siendo realmente sutil al entender y habilísimo en exponer lo que entendía, Evagrio ha
dejado muchos y variados escritos. De entre los mismos, han sido elegidos para este libro,
el presente discurso a los hesicastas y sus capítulos sobre el discernimiento de las pasiones
y de los pensamientos, en cuanto que son textos muy oportunos y de gran aplicación.
Las noticias a propósito de Evagrio nos fueron proporcionadas especialmente por Paladio
en la Historia lausíaca (texto griego e italiano en la edición, a cargo de Ch. Mohrmann y
C. J. Bartelink, Fundación L. Valla, A. Mondadori 1974). Su nacimiento se sitúa alrededor
del año 345 en Íbora en el Ponto. Tal como nos lo dice Nicodemo, fue promovido a lector
y luego a diácono.
Bastante tentado por la vida mundana, en momento de serio peligro para su castidad,
mientras se encontraba en Constantinopla, a continuación de un sueño premonitorio, partió
para Jerusalén. Allí vivió por un breve período en la casa de Melania la Anciana, ilustre
dama romana, quien había convocado a su alrededor, en el Monte de los Olivos una
comunidad monástica. Durante su estancia allí, muchas dudas asaltaron a Evagrio, con
respecto a su decisión de abandonar el mundo pero, apoyado por Melania y tomando como
una nueva señal divina una enfermedad que lo aquejara, partió hacia Egipto poco después.
Se estableció primeramente y por dos años, en el desierto de Nitria y luego en las Celdas,
donde vivió hasta su muerte que sobrevino aproximadamente en el año 399.
Profundamente convencido respecto del valor de la austera vida monástica en el desierto,
Evagrio la conoció - y la vivió - acudiendo a las fuentes, manteniéndose en frecuente
contacto con Macario el Grande, iniciador de la vida monástica en el desierto de Scete,
conociendo también al otro Padre Macario. El ambiente en el cual Evagrio vivió hasta su
muerte su vida monástica contrastó, por cierto, con la estructura intelectual de la cual
estaba dotado y con su gran cultura. No por ello dejó de sentir una profunda admiración
por la sabiduría práctica de esos santos ancianos, frecuentemente provenientes de familias
campesinas pobres. Y más aún: además de vivir esta vida del desierto, llegó a ser un
teórico de la misma. Seguidor de Orígenes, terminó, lamentablemente por extremizar
justamente las teorías más discutibles de su maestro. Esto echó una sombra sobre su figura,
a tal punto, que muchos de sus escritos nos fueron transmitidos al amparo de algún gran
nombre de ortodoxia más afirmada. El nombre de Evagrio fue envuelto en la condena del
origenismo y, por lo tanto, condenado por el Concilio de Constantinopla III (680-681), por
el Concilio Niceno II (787) y por el Concilio de Constantinopla IV (869-870)..
De Evagrio se puede encontrar traducido al francés el Tratado sobre la plegaría en Y.
Hausherr, Les leçons d'un contemplatif : le traité de l'oraíson d'Evagre le Pontique, Paris,
Beauchesne, 1960, y el Tratado práctico en la colección Sources Chrétíennes 170-171.
Tanto el Tratado sobre la plegaria como el Tratado práctico, se pueden encontrar
traducidos también al inglés, reunidos en un único volumen, en las ediciones Cistercians
Publications, Massachusetts, Spencer, 1970.
A Propósito Del Discernimiento De Las Pasiones Y De Los Pensamientos

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Entre los demonios que se oponen a la práctica de las virtudes, los primeros que adoptan
una actitud de guerra son aquellos que ostentan las pasiones por el buen comer, los que nos
insinúan el amor por el dinero, y los que nos estimulan a buscar la gloria que proviene de
los hombres. Todos los demás vienen detrás de éstos y reciben a los que han sido heridos
por ellos. Efectivamente, es poco probable que se caiga en manos del espíritu de la
fornicación si no se cayó antes por gula. Y no hay quien, habiendo sido turbado por la ira,
no se haya previamente encendido por los placeres de la buena mesa, por las riquezas o por
la gloria. Y no hay modo de huir del demonio de la tristeza, si no se soporta la privación de
todas estas cosas. Así como nadie puede huir del orgullo, primera camada del diablo; si no
se ha erradicado antes la raíz de todos los males, que es el amor por el dinero, si es verdad,
como dice Salomón, que la indigencia hace al hombre humilde (Pr 10:4).
En breve: no sucede que el hombre tropiece con el Demonio, si antes no ha sido herido por
esos tres males principales. Y también delante del Salvador, el Diablo antepuso estos tres
pensamientos: primeramente exhortándolo a convertir las piedras en panes, luego
prometiéndole el mundo si se postraba a sus pies, adorándolo, y como tercera cosa, lo
tienta con la posibilidad de que la gloria lo cubriría si, cayendo de las almenas del templo,
los ángeles lo recogen y lo salvan, como Hijo de Dios que es. Pero nuestro Señor,
mostrándose superior a todo esto, ordenó al Diablo que se alejara de Él, enseñándonos así
que no es posible rechazar al Diablo si no se desprecian estos tres pensamientos.
Todos los pensamientos demoníacos introducen en el alma conceptos relativos a objetos
sensibles, y el intelecto, compenetrándose de ellos, imprime en sí mismo las formas de
esos objetos. El alma reconoce, entonces, al demonio que se asocia al objeto mismo. Por
ejemplo: si en mi mente se presenta la fisonomía de quien me ha agraviado u ofendido, es
evidente que surgirán en mí pensamientos de rencor. Si surgiera el recuerdo de las riquezas
o de la gloria, recordaré claramente por el objeto, cuál es el motivo de mi angustia. Lo
mismo sucede con los otros pensamientos: por el objeto descubrirás quién es el que viene a
insinuarlos. Sin embargo, no quiero decir que todo recuerdo de tales objetos provenga de
los demonios. Porque es el intelecto mismo, accionado por el hombre, el que produce las
imágenes de los acontecimientos. Provienen de los demonios aquellos recuerdos que
suscitan la ira o la concupiscencia contra natura. Con motivo de la turbación que causan
estas potencias, el intelecto, mediante el pensamiento, comete adulterios y se embarca en
guerras, porque no puede acoger la imagen de Dios, su legislador. En efecto, esa
luminosidad se manifiesta al principio fundamental del alma en el tiempo de la plegaria, en
la medida en que ésta se despoje de los conceptos relativos a los objetos.
El hombre no puede rechazar los recuerdos pasionales si no presta atención a la
concupiscencia y a la cólera, disipando a la primera con ayunos, velando y durmiendo en el
suelo, y calmando a la segunda con actos de soportación, de paciencia, de perdón y de
misericordia. De las pasiones antedichas surgen casi todos los pensamientos demoníacos
que empujan al intelecto a la ruina y a la perdición. Pero es imposible superar estas
pasiones si no se desprecian totalmente los manjares, las riquezas y la gloria y aun el
propio cuerpo, con motivo de aquellos pensamientos que tan a menudo lo flagelan. Es
absolutamente necesario, pues, imitar a aquellos que se encuentran en el mar, en peligro, y
que echan por la borda los aparejos a causa de la violencia de los vientos y de las olas. Pero
llegados a este punto, debemos guardarnos de desprendernos de los aparejos para ser
mirados por los hombres, o habremos ya recibido nuestra merced, ya que otro naufragio
más terrible que el primero nos afligirá, y entonces soplará el viento contrario, el del
demonio de la vanagloria. Por tanto, también el Señor nuestro de los Evangelios,

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impulsando a nuestro intelecto que es el capitán del barco, nos dice: Mirad que no hagáis
vuestra justicia delante de los hombres, para ser visto por ellos: de otra manera no
tendréis merced de vuestro Padre que está en los Cielos (Mt 6:1). Y dice además: Y
cuando recéis, no seáis como los hipócritas; porque ellos gustan de orar en las sinagogas
y en los cantones de las calles, de pie para ser vistos por los hombres: por cierto os digo,
que ya tienen su pago (Mt 6:5-16).
Pero en este punto debemos prestar atención al médico de las almas y observar como él
cura la cólera con la limosna, y con la oración purifica el intelecto, y aún mas, diseca con
el ayuno la concupiscencia: de este modo surge el nuevo Adán, quien se renueva a imagen
de Aquel que lo ha creado, en el cual no existe - con motivo de la impasibilidad - ni macho
ni hembra, y - basados en la única fe - ni griego ni judío, ni circunciso ni incircunciso, ni
bárbaro ni escita, ni esclavo ni liberto, sino que todo está en Cristo.
Los Sueños
Debemos indagar cómo los demonios informan y configuran el principio fundamental de
nuestra alma en las fantasías que nos acechan en el sueño. Esto le sucede al intelecto ya sea
cuando ve con los ojos o cuando oye con los oídos o con cualquier percepción. A veces nos
llegan por medio de la memoria, que informa al principio fundamental del alma, moviendo
lo que ha recibido mediante el cuerpo. Me parece pues, que los demonios informan al
principio fundamental de nuestra alma, moviéndonos la memoria, pues el órgano es, en ese
momento, mantenido inactivo por el sueño. Debemos saber cómo se produce ese
movimiento de la memoria. ¿Será, acaso, por medio de las pasiones? Esto es evidente, pues
el que es puro y está libre de pasiones, no pasa por cosas similares. Sin embargo, existe un
movimiento de la memoria producido simplemente por nosotros mismos, o bien por las
santas potencias, en el cual encontramos a los santos y somos sus comensales. Pero
deberemos prestar atención: esas imágenes que el alma recibe conjuntamente con el
cuerpo, serán luego movidas por la memoria sin el cuerpo. Esto está claro por el hecho de
que a menudo pasamos por esto durante el sueño, mientras que el cuerpo está inmóvil.
Pues puede suceder que nos acordemos del agua ya sea que tengamos sed o no, y así
sucede que nos acordamos del oro ya sea con codicia o sin ella. Y los mismo sucede con el
resto. Sin embargo, el hecho de que encontremos dichas diferencias entre las variadas
fantasías, es un indicio de su artificiosidad.
Y aún más: debemos saber que los demonios se sirven también de objetos externos para
suscitar sus fantasías. Por ejemplo: del sonido de las olas, para alguien que se dedique a la
navegación.
Nuestra irascibilidad, cuando se mueve contra natura, coopera en mucho con los objetivos
que los demonios se prefijan, tornándose así utilísima para cualquiera de sus engaños. Por
tanto, éstos no se hacen rogar para accionarla, de día o de noche. Y cuando la ven
contenida por la humildad, en seguida la liberan con buenos pretexto, y así, tornándose
violenta, ésta sirve a sus pensamientos bestiales. Es necesario, pues, no excitarla con
ningún objeto, ni justo ni injusto, evitando poner en mano de quien nos sugestiona, un
arma funesta, como sé que muchos hacen, aferrándose más de lo necesario a fútiles
pretextos. Por cierto, dime, ¿por que eres tan combativo? ¿No has despreciado ya
manjares, riquezas y gloria? ¿Por qué crías a un perro, si has manifestado no poseer nada?
Si éste ladra y se echa sobre la gente, es claro que es porque uno tiene algo y quiere
defenderlo. Y estoy bien seguro de que un hombre así está alejado de la oración pura,

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porque sé que la irascibilidad destruye esta oración. Y me asombra que olvides también a
los santos, mientras David grita: Cesa en tu ira y deja la cólera (Sal 36:8). Y el Eclesiastés
recomienda: Aleja la cólera de tu corazón, y quita la maldad de tu carne (Qo 11:10),
mientras el Apóstol nos ordena elevar, en todo tiempo y lugar, manos puras sin iras ni
disputas (1 Tm 2:8). ¿Y por qué no aprendemos de la antigua y misteriosa costumbre de
echar fuera de casa a los perros en tiempo de oración? Ella nos demuestra, alegóricamente,
cómo no debe existir cólera en el que reza.
Y también se ha dicho: Hay cólera de dragones en su vino (Dt 32:33), ¡y sin embargo, los
nacireos se abstenían de tomar vino!
En cuanto al deber de no preocuparse por los trajes o manjares, considero superfluo
escribir con respecto a esto, ya que el Salvador mismo lo prohíbe en los Evangelios: no os
preocupéis por vuestra vida, por lo que comeréis, por lo que tomaréis o por lo que vestiréis.
Esto concierne a los gentiles y a los incrédulos, a los que rechazan la providencia del
Soberano, y reniegan del Creador, pero es cosa totalmente ajena a aquellos cristianos que
han creído que dos pajarillos que se venden por un cuarto están bajo el gobierno de los
santos ángeles.
Pero los demonios tienen también esta otra costumbre: después de acosarnos con
pensamientos impuros, nos infunden alguna preocupación a fin de que Jesús se retire,
debido al caudal de ideas que acuden a nuestra mente, y su Palabra se torne infructuosa,
sofocada por pensamientos de preocupación. Pero una vez que los hayamos depuesto y
habiendo depositado toda nuestra confianza en el Señor, conformándonos con las cosas
que tenemos, y pobres en cuanto a nuestro estilo de vida y por la ropa que nos cubre,
despojaremos cada día a los padres de la vanagloria. Si alguno se sintiere indecoroso por
tener un traje pobre, que dirija su mirada a san Pablo, quien esperó la corona de la justicia
en el frío y en la desnudez (2 Co 11:27). Puesto que el Apóstol ha llamado a este mundo
"teatro" y "estadio," vemos cómo es posible que uno, acompañado por pensamientos de
preocupación, corra hacia el premio de la suprema llamada de Dios (Flp 3:14) o luche
contra los principados las potencias, los dominadores cósmicos de las tinieblas de este
siglo (Ef 6:12). Aun entrenado en la observación de las realidades sensibles, no se cómo
esto es posible. Está claro que el que viste la túnica, se encontrará impedido de avanzar y
arrastrado aquí y allá, como el intelecto lo es por los pensamientos cargados de
preocupaciones, si creemos en la palabra que dice que el intelecto debe estar
constantemente atento a su tesoro. Se ha dicho, en efecto: Donde está tu tesoro, allí estará
tu corazón (Mt 6:21).
En cuanto a los pensamientos, algunos de ellos separan y otros, son separados. Es decir: los
malos separan a los buenos y, a su vez, los malos son separados por los buenos. Por lo
tanto, el Espíritu Santo atiende al primer pensamiento que nos acude y en base a éste, nos
juzga o nos recibe. Quiero decir esto: tengo un pensamiento de hospitalidad y seguramente
lo tengo hacia el Señor, pero como se acerca el Tentador, mi pensamiento es separado,
porque éste me sugiere brindar hospitalidad por amor a la gloria. Y más aún: tengo un
pensamiento de hospitalidad, pero para ser visto por los hombres. Y sin embargo, este mal
pensamiento puede ser rescindido al acudir un pensamiento mejor, el de pensar que es
mejor dirigir la virtud hacia el Señor e inducirnos a no hacer estas cosas por los hombres.
Después de mucha observación, hemos conocido cuál es la diferencia entre los
pensamientos provenientes de los ángeles, los provenientes de los hombres, y los que

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provienen de los demonios. Los primeros, los angélicos, observan las varias naturalezas de
las cosas y descubren las razones espirituales. Por ejemplo, la razón por la cual el oro fuera
creado, esto es, para ser distribuido en las zonas inferiores de la tierra mezclado con la
arena, y ser encontrado con mucho trabajo y fatiga. Y luego vemos cómo, una vez
encontrado, es lavado con agua, pasado por el fuego, entregado a las manos de los
artesanos, los cuales harán el candelabro de la tienda, el altar, los incensarios y las copas,
en las cuales ahora no bebe más - por gracia de nuestro Señor - el rey de Babilonia. Por
estos misterios arde el corazón de Cleofás. Pero el pensamiento que nos surge por obra de
los demonios, no sabe ni comprende todo esto, sino que nos sugiere, descaradamente, el
afán por la posesión del oro sensible, indicándonos todo el placer y la gloria que nos
colmarán al tenerlo.
En cuanto al pensamiento que proviene del hombre, el mismo no busca la posesión del oro,
ni se preocupa por entender su significado simbólico, sino que nos introduce en la mente su
forma desnuda, sin pasión ni codicia por poseerlo. Lo que decimos del oro, es válido
también para las otras cosas, cuando este pensamiento es místicamente ejercido según esa
regla.
Hay un demonio, denominado vagabundo, que se presenta a los hermanos sobre todo
durante el transcurrir del día. Éste pasea nuestro intelecto de ciudad en ciudad, de pueblo
en pueblo y de casa en casa. El intelecto entabla, al principio, simples diálogos. Luego se
entretiene por más tiempo con algún conocido y corrompe el estado interior de los que
encuentra, y luego, poco a poco, se va olvidando de su conocimiento de Dios, de las
virtudes y de su propia profesión. Es pues necesario que el solitario observe de donde viene
este demonio y a dónde éste quiere llegar. No es por casualidad que este demonio da todas
estas vueltas. Lo hace para corromper el estado interior del solitario. De este modo el
intelecto, enardecido por estas cosas, ebrio por todos los encuentros, inmediatamente se
tropieza con el demonio de la fornicación, o de la ira, o de la tristeza. Sentimientos que
masivamente destruyen el resplandor del estado interior.
Pero nosotros, si realmente nos proponernos reconocer la astucia de este demonio, no
debemos apresurarnos a gritar en contra de él, ni a meditar sobre lo sucedido, contando
como éste realiza estos encuentros en nuestros pensamientos y de que manera va
empujando el intelecto hacia la muerte. No soportando ser observado en su actuar, el
demonio huirá de nosotros y nada podremos saber de lo que queríamos aprender. Más bien
deberemos permitir que por uno o dos días, actúe a fondo, así podremos aprender bien sus
maquinaciones, y lo haremos fluir enfrentándolo con nuestras palabras. Y sucede que
cuando nos sentimos tentados, el intelecto está turbio y le resulta difícil ver lo que está
sucediendo. Debemos pues, actuar cuando el demonio se ha ido de la siguiente manera:
siéntate y trae a tu memoria lo sucedido, por dónde ha empezado todo, dónde has ido, y en
qué lugar te sentiste atraído por el espíritu de la fornicación, de la tristeza o de la ira, y
nuevamente recapitula lo sucedido. Examina todo muy bien y confíalo a tu memoria, así
podrás enfrentar al demonio cuando se acerque. Observa atentamente el escondrijo donde
él pretende llevarte y no lo sigas. Y si incluso quieres enfurecerlo, enfréntalo una y otra
vez, hablándole directamente. Se sentirá muy molesto ya que no tolera ser avergonzado.
Como demostración de que has sabido hablarle como es debido, verás que ese pensamiento
que te acechaba te abandonó por completo. Es imposible que permanezca si es
abiertamente enfrentado. Una vez que has vencido al demonio, seguirá una profunda
somnolencia, una especie de estado de muerte, con una gran pesadez en los párpados,

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continuados bostezos, un gran peso en las espaldas. Pero el Espíritu Santo hará que todo
esto se desvanezca luego de una intensa plegaria.
El odio contra los demonios nos ayuda mucho a conseguir la salvación y es conveniente
para la práctica de la virtud. Pero nosotros no estamos en condiciones de cultivarlo por
nosotros mismos como un brote cualquiera, ya que los espíritus amantes del placer lo
destruyen y lo conducen a ese amor habitual Este amor -o más bien, esta gangrena difícil
de curar - es curada por el médico de las almas abandonándonos a una prueba.
Efectivamente, permite que padezcamos de día o de noche, una situación horrorosa para el
alma, de tal modo que ella retorna a su odio original, aprendiendo a decir lo que David dijo
al Señor: De un odio perfecto los odié; se han convertido en enemigos para mí (Sal
138:22). Pues el que no peca con sus actos ni con sus pensamientos, odia con un odio
perfecto, lo cual es índice de una máxima primitiva impasibilidad.
¿Y qué decir de ese demonio que deja al alma insensible? Siento temor de escribir al
respecto. ¿No es increíble cómo el alma, cuando se encuentra con este demonio, sale de su
estado interior, se despoja del temor de Dios y de toda piedad, no considera más al pecado
como un pecado, ni actúa con responsabilidad, recordando al castigo y al juicio eterno
como una cosa de nada y verdaderamente se mofa del terremoto del fuego (Jb 41:20).
Reconoce a Dios, por cierto, pero no reconoce su mandamiento.
Golpeas tu pecho porque ves al alma moverse hacia el pecado, pero ella no percibe nada.
Tratas de convencerla con las Escrituras, mas ella no te escucha porque está obtusa. La
enfrentas con la vergüenza de los hombres, pero no te atiende ni te entiende, como si fuera
un cerdo que ha cerrado los ojos y se dirige hacia su recinto. A éste demonio nos llevan los
persistentes pensamientos de vanagloria. Y se ha dicho de él que si aquellos días no
hubieran sido abreviados, ninguna carne se hubiera salvado (Mt 24:22). Esto sucede a
aquellos que raramente frecuentan a sus hermanos. El motivo es evidente: este demonio,
frente a las desgracias de los demás, es decir las de aquellos que han sido acometidos por
las enfermedades o que tienen la desgracia de estar presos o encuentran una muerte
imprevista, huye en seguida, porque no bien el alma se ha conmovido y se llena de
compasión, se disipa el endurecimiento producido por el demonio. Pero esta posibilidad no
la tenemos a causa de la soledad en que vivimos o de la rara presencia, cercana a nosotros,
de personas que sufren. Es justamente para que podamos huir de este demonio que el Señor
nos recomienda, en los Evangelios, que visitemos a los enfermos y a los que están en la
cárcel. Estaba enfermo y me visitasteis (Mt 25:36), nos dice. Pero debemos tener presente
esto: si algún solitario, habiéndose tropezado con este demonio, no ha aceptado todavía
pensamientos impuros, ni ha abandonado su casa entregándose a la acedía, éste ha recibido
la tolerancia y la templanza, que han bajado de los Cielos y lo han bendecido por tal
impasibilidad. En cuando a aquellos que han hecho suya la profesión de ejercitar la piedad,
y eligen vivir junto a los mundanos, deben cuidarse de este demonio. Yo, en efecto, me
avergüenzo delante de todos ustedes y no quiero seguir diciendo o escribiendo a su
respecto.
El Demonio de la Tristeza
Todos los demonios enseñan al alma el amor por el placer: sólo el demonio de la tristeza se
abstiene de ello. Por el contrario, destruye todos los pensamientos insinuados por los otros
demonios, impidiendo al alma sentir cualquier placer, insensibilizándola con su tristeza. Es
cierto lo que se ha dicho: que los huesos del hombre triste se tornan áridos (Pr 17:22). Y

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sin embargo, si se lucha un poco, este demonio sirve para fortalecer al solitario. Lo
convence de no acercarse a ninguna de las cosas de este mundo ni a ningún placer. Si
persiste en su lucha, genera en él pensamientos que lo inducen a alejar su alma de este
tormento o lo fuerzan a huir de ese lugar. Tal es lo que ha pensado y sufrido el santo Job,
atormentado por este demonio: Ojalá pudiera echar mano a mí mismo u otro, a mi pedido,
así lo hiciera (Jb 30:24). Símbolo de este demonio es la víbora, animal venenoso. La
naturaleza le ha concedido, benevolentemente, el que pueda destruir los venenos de los
otros animales, pero si la tomamos en estado puro, destruye la vida misma. Es a este
demonio que san Pablo ha entregado el hombre de Corinto, que había pecado. Pero luego
se apresura a escribir a los Corintios: Os ruego que confirméis vuestro amor por él, para
que no sea consumido por la excesiva tristeza (Cf. 2Co 2:8-7).
Y sin embargo, este espíritu que aflige a los hombres es capaz de ser portador de un
arrepentimiento bueno. Y así también san Juan Bautista ha denominado "raza de víboras" a
aquellos que han sido heridos por este espíritu, y que se refugiaban en Dios, diciendo:
¿Quién os ha enseñado ha huir de la ira que vendrá? Dad, pues, frutos dignos de
arrepentimiento y no penséis decir dentro de vosotros: a Abraham tenemos por padre (Mt
3:7-9). Todo el que ha imitado a Abraham y se ha alejado de su tierra y de su parentela, se
ha vuelto más fuerte que este demonio.
Si alguno es dominado por la cólera, está dominado por los demonios. Y si alguien le sirve,
éste es extraño a la vida monástica, un extranjero en las vías de nuestro Salvador, dado que
el mismo Señor nos dice que Él muestra el camino a los humildes. Por tanto, cuando el
intelecto de los solitarios se refugia en la llanura de la mansedumbre, difícilmente puede
ser poseído, ya que no hay otra virtud que los demonios teman más que la misma. Ésta es
la virtud que había adquirido el gran Moisés, quien fuera conocido como el más manso de
los hombres. Y el santo David ha declarado que esta virtud es digna del recuerdo de Dios:
Acuérdate de David y de toda su mansedumbre (Sal 131:1). Y también el Salvador mismo
nos ha ordenado ser imitadores de su mansedumbre: Aprended de mí que soy manso y
humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas (Mt 11:29).
Si alguno ha renunciado a manjares y bebidas, pero excita su cólera con malos
pensamientos, ¡se asemeja a una nave que navega con un demonio como piloto! Con todas
nuestras fuerzas debemos cuidar de nuestro perro y enseñarle a destruir sólo los lobos, sin
devorar las ovejas, dando prueba de mansedumbre hacia todos los hombres.
La Vanagloria
De todos los pensamientos, el de la vanagloria es el que está compuesto por más
elementos. En efecto, abraza a casi toda la tierra y abre las puertas a todos los demonios,
tal como lo haría algún malvado traidor en una ciudad. Por tanto, humilla el intelecto del
solitario, llenándolo de discursos y objetos y corrompiendo las plegarias con las cuales él
trata de curar todas las heridas de su alma.
Todos los demonios una vez vencidos, hacen crecer este pensamiento y por su intermedio,
encuentran un nuevo acceso a las almas. Y es así como hacen que la última situación de las
almas sea peor que la precedente. De aquí nace también el pensamiento de la soberbia.
Esto es lo que ha hecho derrumbar de los cielos sobre la tierra el sello de la semejanza la
corona de la belleza (Ez 28:12). Rehúyela pues, no tardes, porque puede suceder que
entreguemos a otros nuestra vida, y nuestra riqueza a quien no tiene misericordia. Este

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demonio es ahuyentado por la oración continua y por el no hacer ni decir nada de lo que se
lleva a cabo por la maldita vanagloria.
Ni bien el intelecto de los solitarios alcanza una cierta impasibilidad, he aquí que adquiere
el caballo de la vanagloria y en seguida corre por las ciudades, llenándose sin medida de
alabanzas a su gloria. Pero, si por una disposición de la providencia, se encuentra con el
espíritu de la fornicación, quedando así encerrado en un chiquero, esto le enseñará a no
dejar más el lecho antes de haber obtenido una perfecta salud, y a no imitar a los enfermos
indisciplinados quienes, arrastrando los rastros de su enfermedad, se entregan
abusivamente a los viajes y a los baños, teniendo así recaídas. Por tanto, permanezcamos
sentados, cuidemos de nosotros mismos, de tal modo que, avanzando en nuestra virtud, no
permitamos que el mal resurja, y que, al retomar el conocimiento, nos aturda una multitud
de meditaciones. Y luego nuevamente, al levantarnos, veremos cuánto más clara es la luz
de nuestro Señor.
No puedo escribir sobre todas las astucias de los demonios; siento pudor al repasar todas
sus maquinaciones, temiendo por los lectores más simples. Escucha, sin embargo, las
astucias del demonio de la fornicación.
Cuando alguien logra tornarse impasible respecto a su concupiscencia, y sus malos
pensamientos tienden a enfriarse, es entonces que este demonio introduce imágenes de
hombres y mujeres que juguetean entre ellos, convirtiéndolo en solitario espectador de
cosas y actitudes procaces. Pero no es ésta una tentación que dure por mucho tiempo. La
oración continua y un régimen austero, la vigilia y el ejercicio de meditaciones espirituales,
disipan la tentación como a una nube sin agua. Por momentos este malvado hace de la
carne su presa, forzándola a sentir un ardor irracional, y se aferra a miles de otras cosas, a
las cuales no es necesario referirse públicamente ni poner por escrito.
Contra pensamientos de este tipo somos ayudados por el hervir de la cólera que se mueve
contra el demonio. Éste teme muchísimo esta cólera, que se agita contra los pensamientos
y destruye sus razonamientos. Y éste es el pensamiento de la Palabra: Irritáos y no pequéis
(Sal 4:4). Esta cólera es una medicina útil ofrecida al alma durante las tentaciones. A veces
sucede que el demonio de la ira imita al otro demonio, y esboza la forma de algún hijo, o
amigo, o pariente, en el momento de ser ultrajado por gente indigna, excitando así la cólera
del solitario, para que diga o haga algo malo contra las imágenes que se mueven en su
pensamiento. Es necesario atender por un instante a estas imágenes, cuidándonos de
arrancar pronto nuestra mente de ellas, a fin de no detenerla mucho tiempo, para que no se
inflame secretamente en tiempo de la oración. En estas tentaciones caen fundamentalmente
los coléricos y los que se dejan arrastrar fácilmente por sus impulsos. Éstos están alejados
de la plegaria pura y del conocimiento de nuestro Salvador, Jesucristo.
El Señor ha confiado los conceptos de este siglo al hombre, como las ovejas a un buen
pastor. Escrito está: A cada hombre ha puesto un concepto en su corazón, y ha unido a él, a
modo de ayuda, la concupiscencia y la ira. Por medio de la ira debe poner en fuga a los
pensamientos de los lobos y, mediante la concupiscencia, debe amar a las ovejas, aun
cuando se encuentre acorralado por las lluvias y los vientos. A todo esto el Señor ha
agregado también la ley, para que alimente a las ovejas; y un lugar verde, agua que
reconforta, y el salterio, la cítara, la vara y el bastón. Y así de este rebaño el pastor
obtendrá su nutrición, se vestirá y recogerá el heno de los montes. Se ha dicho: ¿Cuál es el
pastor que apacienta el ganado y no se nutre de su leche? (1 Co 9:7). Deberá el solitario

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custodiar de día y de noche su rebaño para que no sea devorado por las fieras o caiga en
manos de los ladrones. Pero si en un lugar selvático algo parecido sucediera, en seguida
deberá éste arrancar la presa de la boca del león o del oso. Por ejemplo, el concepto de
hermano es devorado por nosotros si lo alimentamos con vil concupiscencia; el del dinero
y el del oro, si lo albergamos unido a la avidez; y así en todo lo que se refiere a los
pensamientos relativos a los santos carismas, si los alimentamos en nuestra mente junto a
la vanagloria. Del mismo modo sucede respecto a todos los otros conceptos, si se tornan
presa de las pasiones. Y no alcanza con velar durante el día, debemos estar vigilantes
también de noche. Puede suceder que perdamos lo que es nuestro, aun con fantasías turbias
o malvadas. Vean lo que dice San Jacob: No te he traído ovejas devoradas por las fieras:
he resarcido los hurtos del día y de la noche, Y fui devorado por el calor del día y por el
hielo de la noche. El sueño se alejó de mis ojos (Gn 31:39 y ss).
Si posteriormente el gran cansancio generara en nosotros pereza, subirernos un poco más
por la piedra del conocimiento y tomaremos el salterio, haciendo vibrar sus cuerdas
mediante el conocimiento de las virtudes. Y nuevamente llevaremos nuestros rebaños por
el monte Sinaí, para que el Dios de nuestros Padres se dirija a nosotros de entre los
arbustos y nos regale con esas palabras que obran señales y prodigios.
La naturaleza racional, condenada a muerte por la malicia, ha sido resucitada por Cristo
mediante la contemplación de todos los siglos. Y el Padre resucita el alma que ha muerto
de muerte de Cristo, mediante su conocimiento. Y es ésto lo que dice Pablo: Si estamos
muertos con Cristo, creamos que también viviremos con Él.
Cuando el intelecto se ha despojado del hombre viejo, se reviste de lo que proviene de la
gracia, y es entonces que en el tiempo de la oración verá su propia estructura, símil de
algún modo, al zafiro o a la superficie celeste. Cosas éstas que las Escrituras indican como
el lugar de Dios, visto por los ancianos en el monte Sinaí.
De entre los demonios impuros, algunos tientan al hombre en cuanto hombre, otros lo
aturden como a un animal que ha perdido la razón. Los primeros, al acercarse, insinúan en
nosotros pensamientos de vanagloria, de soberbia, de envidia o de acusación: cosas éstas
que no perturban a ningún ser irracional. Los otros, sin embargo, se acercan excitando la
cólera o la concupiscencia contra natura. Y es que estas pasiones las tenemos en común
con los seres irracionales aunque estén escondidas por la naturaleza racional. Es por este
motivo que el Espíritu Santo, cuando se refiere a los pensamientos que acuden a los
hombres, dice: Yo he dicho: dioses sois, e hijos todos del Altísimo pero como hombres
moriréis, y caeréis como cae cualquier príncipe (Sal 81:6). ¿Y qué dice a aquellos que se
mueven en modo irracional? Nos dice: No seáis como el caballo y como el mulo que no
tienen entendimiento: que han de ser domados con freno y riendas para que obedezcan
(Sal 31:9). Y si el alma que peca, morirá (Ez 18:4), es evidente que los hombres mueren
como hombres y por los hombres son sepultados. Pero los animales sin razón, si mueren o
caen, son devorados por las aves de rapiña o por los cuervos. De ésto se ha dicho que las
crías de los unos invocan al Señor, y las de los otros, se bañan en sangre. El que tenga
oídos para oír, que oiga (Mt 11:15).
Cuando algún enemigo se acerque a ti, te hiera y tu quieras dirigir tu espada a su corazón,
tal como está escrito, haz como te decimos. Analiza en ti mismo el pensamiento que te ha
sido puesto. Mira qué cosa es, de qué elementos se compone y lo que precisamente aflige
más a tu mente. Te quiero decir esto: ¿te ha traído el enemigo el amor por el dinero? Tú

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haces una distinción entre el intelecto que ha recibido el pensamiento del oro, el
pensamiento mismo del oro y el oro en sí mismo y la pasión que nos lleva a amar el dinero.
Pregúntate a continuación: De entre todo esto, ¿qué cosa es pecado? ¿Quizás el intelecto?
¿Y cómo, entonces, es la imagen de Dios? Y entonces, ¿cómo se vincula al concepto del
oro? Nadie que tenga intelecto podría jamás afirmarlo. ¿Es quizás pecado el oro en sí
mismo? ¿Por qué entonces fue creado? Concluiremos pues que la causa del pecado es la
cuarta. No es un objeto que tenga una existencia en sí mismo, ni el concepto de un objeto,
sino que es un placer enemigo del hombre, generado por nuestra propia y libre voluntad, y
que fuerza al intelecto a servirse malamente de las criaturas de Dios. Y es a la ley de Dios a
quien le fuera confiado rescindir este placer.
Mientras indagas de este modo, el pensamiento será destruido, disolviéndose en su propia
contemplación. El demonio se alejará de ti, cuando tu mente sea llevada a lo alto por tal
conocimiento. Si, por lo contrario, no quieres servirte de tu espada, sino que quieres echar
mano de tu honda, saca una piedra de tu bolso de pastor y considera lo siguiente: ¿Cómo es
que los ángeles y los demonios se acercan a nuestro mundo y nosotros no nos acercamos a
sus mundos? Nosotros no podemos, por cierto, acercar más a los ángeles a Dios, si nos
proponemos hacer de los demonios seres aun más impuros. Y más aún: ¿como es que
Lucifer, que surge por la mañana, fue tirado a la tierra, y considera al mar como una
ampolla y a lo más profundo de los abismos como un prisionero de guerra? Y todo lo hace
hervir como en una olía encendida e hirviente (Jb 41:22 y ss) porque a todos quiere turbar
con su malicia y a todos dominar. La consideración de todas estas realidades hiere
verdaderamente al demonio y pone en fuga a todo su ejército. Pero esto lo pueden hacer
todos aquellos que se han purificado y ven las razones de las realidades creadas. Los que
están impuros no conocen la contemplación de tales razones y, aunque repitieran una
fórmula aprendida por otros, no serán escuchados, con motivo de todo el polvo y el
tumulto causado por las pasiones durante la batalla. Es absolutamente necesario, pues, que
toda la turba de filisteos permanezca inmóvil, para que sólo Goliat enfrente a nuestro
David.
De la misma manera nos serviremos de esta distinción entre las partes en guerra y la
imagen que se nos presenta contra todos los pensamientos impuros.
Cuando suceda que algún pensamiento impuro huya con toda rapidez, ¿deberemos buscar
la causa a fin de entender cómo ello se ha producido? En general, esto sucede ya sea
porque el objeto en cuestión falta, o porque se trata de un elemento dificil de obtener, o
porque estamos entrando en la región de la impasibilidad. Por estos motivos el enemigo no
puede vencernos. Si por ejemplo, a algún solitario se le ocurre que le sea confiada la guía
espiritual de la ciudad, es difícil que se detenga a fantasear a propósito de ello, por los
motivos que mencionáramos anteriormente. Pero si sucediera que alguno se convierte en
guía espiritual de una ciudad cualquiera, y su pensamiento no sufre alteraciones, esto
significa que ha alcanzado la beatitud de la impasibilidad.
No es necesario saber de estas cosas para tener prontitud y fuerza; para que podamos ver si
hemos cruzado el Jordán y estamos cerca de las palmeras o bien si estamos todavía en el
desierto y bajo los golpes de los extranjeros. Pues veo, por ejemplo, cómo el demonio del
amor al dinero es versátil y extraordinario en su capacidad de engaño. A menudo,
angustiado por nuestra total renuncia, finge ser ecónomo y amante de los pobres, recibe
libremente huéspedes que aún no se han acercado, da limosnas a los que carecen de alguna
cosa, visita las prisiones de la ciudad, rescata a los que han sido vendidos, nos sugiere

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unirnos a mujeres ricas... Quizás nos aconseje acercarnos a otros, ¡a aquellos que poseen
una bolsa bien abastecida! De este modo, se va desviando el alma; poco a poco, la rodea de
pensamientos provenientes del amor al dinero y la entrega al demonio de la vanagloria. Y
esto introduce una multitud de pensamientos que glorifican al Señor por nuestros negocios,
y manipula a algunos que, poco a poco, hablan de sacerdocio en lugar nuestro. Hace
pronósticos sobre la muerte del sacerdote a cargo, y predice que no podrá salvarse, debido
a todo lo mal que ha actuado.
Y así este mísero intelecto, atrapado por tales pensamientos, entra (mentalmente) en lucha
con aquellos que se le oponen, pronto a ofrecer dones a aquellos que lo aceptan y aprueban
sus buenos sentimientos. ¡Incluso imagina entregar a aquellos que se le sublevan, en manos
de los magistrados y echarlos de la ciudad! Finalmente, puesto que lleva dentro de sí estos
pensamientos y les da vueltas, hace que en seguida se presente el demonio de la soberbia,
quien, destellando ininterrumpidamente relámpagos y dragones alados en la celda, termina
por ocasionar la locura.
Pero nosotros, para conjurar la desgracia que tales pensamientos puedan producir,
¡queremos vivir dando gracias en nuestra pobreza! De hecho, nada hemos traído a este
mundo ni nada, por cierto, podremos llevar con nosotros. Siempre que tengamos con qué
comer y con qué cubrirnos, conformémonos con ello (1 Tm 6:7 y ss). Y recordemos a
Pablo, que declara: El amor por el dinero es la raíz de todos los males (1 Tm 6:10).
Todos los pensamientos impuros, cuando por causa de nuestras pasiones se entretienen en
nosotros, conducen el intelecto a la ruina y a la perdición. En efecto, así como la idea del
pan ronda constantemente al hambriento a causa de su hambre, y el pensamiento del agua
al sediento a causa de su sed, del mismo modo, también los pensamientos a propósito de
las riquezas, y las reflexiones sobre los turbios pensamientos producidos en nosotros por
los alimentos, se detienen dentro nuestro debido a las pasiones. Esto se manifiesta también
con los pensamientos de vanagloria y con todos los otros. Y no le será posible al intelecto,
sofocado por tales ideas, presentarse ante Dios, ni ceñir en su cabeza la corona de la
justicia. Justamente por haber sido arrastrado por tales pensamientos, aquel intelecto tres
veces infeliz del cual nos hablan los Evangelios, rechazó la increíble belleza del
conocimiento de Dios. Incluso aquel que, atado de pies y manos, fue echado a las tinieblas
exteriores, tenía el traje tejido por estos pensamientos y, debido a ello, el que lo había
invitado lo declaró indigno de tales nupcias. El traje de bodas es, pues, la impasibilidad del
alma razonable que ha renegado de las concupiscencias mundanas. La causa por la cual los
conceptos de los objetos sensibles, cuando se detienen en nosotros, corrompen el
conocimiento, fue ya mencionada en los "Capítulos a propósito de la oración."
Tres son los jefes de los demonios que se oponen a la práctica [de las virtudes]. Éstos son
seguidos por todo el campamento de filisteos. Ellos son los primeros que avanzan en las
batallas e inducen al alma a ser malvada por medio de pensamientos impuros. Los unos
difunden los deseos de la gula, otros nos insinúan el amor por el dinero, y otros nos excitan
para que busquemos la gloria que viene de los hombres. Si deseas, pues la oración pura,
rehúye la cólera; si amas la templanza, domina tu vientre y no le brindes pan hasta la
saciedad, y en cuanto al agua, manténla corta.
Sé vigilante en la oración y aleja de ti el rencor. No menoscabes las palabras del Espíritu
Santo y golpea con las manos de la virtud las puertas de las Escrituras. Así surgirá en ti la
impasibilidad del corazón y, en la oración, verás a tu intelecto resplandecer como un astro.

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Casiano el Romano
Nuestro santo padre Casiano el Romano vivió bajo el reinado de Teodosio el Pequeño,
alrededor del año 331. Hemos puesto en el presente volumen, de entre todos los discursos
fruto de sus fatigas, aquel relativo a los ocho pensamientos y los que nos hablan del
discernimiento, ya que de ellos emana abundante provecho y gracia. A ellos se remite
también el sapientísimo Focio, citando literalmente el código 197, páginas 265-66.
"También el segundo discurso está dirigido al mismo (es decir a Castor), y lleva como
título 'Discurso a propósito de los ocho pensamientos', girando alrededor de temas relativos
a las pasiones de la gula, de la fornicación, del amor al dinero, de la ira, de la tristeza, de la
pereza, de la vanagloria y de la soberbia. Estos tratados son utilísimos a aquellos que están
dispuestos a participar en la batalla ascética... Y además de éstos, fue leído un tercer
pequeño discurso... en el cual se nos enseña lo que significa el discernimiento, de cómo
esta virtud es la más grande de todas, dónde es generada, Y cómo, habitualmente, nos llega
desde lo más alto, etc..."
La Iglesia recuerda a este santo el día 29 de febrero, y lo celebra con testimonios de honor
y alabanzas.
Nacido en el año 360 en la ciudad de Dobrudja, en la desembocadura del Danubio, según
Genadio, De Viris illustribus, PL, 58, LXI, 1094, quien lo define de nacionalidad escita.
De familia poderosa, terminó siendo aún muy joven sus estudios clásicos. Junto con su
amigo Germán, al cual se sentía muy unido, se embarcó en un viaje hacia Oriente,
interesándose sobre todo en el testimonio cristiano que daban los monjes que poblaban
esos lugares.
Se detuvo en Palestina por unos dos años, en un monasterio de Belén. No consta, sin
embargo, que haya conocido personalmente a Gerólamo. Aparentemente, lo conoció y lo
estimó sólo por sus escritos. Después de dos años, Casiano y Germán se dirigieron a los
desiertos de Egipto, en particular a Escete y a Nitria. Volvieron ocho años después y
nuevamente partieron por tres años más.
En el 399 se dirigieron a Constantinopla, debiendo huir de Egipto a causa de su
"origenismo." Casiano fue admirador y partidario de Orígenes, particularmente en lo que
se refiere a su exégesis escriturística. Mantuvo, sin embargo, una posición equilibrada y
evitó seguirlo en ciertos aspectos más dudosos y menos ortodoxos. En Constantinopla,
Casiano fue ordenado diácono por Juan Crisóstomo, por el cual conservó siempre una
profunda devoción. Luego que Juan Crisóstomo fuera expulsado, también los dos amigos
se tuvieron que ir, y se dirigieron a Roma, al papa Inocencio I, para solicitar su ayuda en
favor del obispo perseguido. Desde ese momento se pierde el rastro de Germán, a quien
suponemos muerto en Roma.
Con toda probabilidad, Casiano fue ordenado presbítero en Roma. De allí se dirigió a
Marsella, en el año 415, donde fundó el monasterio de san Víctor y un monasterio
femenino, Murió alrededor del año 435.
Por medio de sus dos grandes obras, Instituciones cenobíticas y Colaciones espirituales,
Casiano transmitió a Occidente un conocimiento bastante exacto a propósito de la
institución monástica en Oriente y Occidente.

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La Filocalia

Durante el tiempo transcurrido en Marsella, Casiano intervino en las disputas doctrinales
relativas a la gracia y, poco dotado para este tipo de cosas, incurrió en formulaciones
erróneas o imprecisas, de carácter semipelagiano. Sin embargo, aun en este delicado tema,
su santidad y su tendencia hacia la dulzura y la sumisión, no fueron menos evidentes.
Casiano, no bien advirtió su error, se retiró y calló..
De las Instituciones y de las Colaciones de Casiano, existen varias traducciones en
distintos idiomas. En cuanto a las Instituciones, se puede ver la edición italiana a cargo de
P. M. Ernetti, Padva, 1957; la traducción francesa con el texto latino se encuentra en la
colección Sources Chrétiennes 109. Las Conferencias, en la edición italiana a cargo de O.
Lari, De. Paulinas, 1965; la traducción francesa con texto latino está en Sources
Chrétiennes 42-54-64.
Al Obispo Castor. Los Ocho Pensamientos Viciosos
Luego de haber hecho un primer discurso concerniente a la ordenación de los cenobitas,
nuevamente nos llenamos de coraje, debido a vuestras oraciones y nos disponemos a
escribir a propósito de los ocho pensamientos viciosos, es decir, los pensamientos de gula,
fornicación, amor al dinero, ira, tristeza, pereza, vanagloria y soberbia.
La Continencia del Estómago
Como primera cosa, hablaremos de la continencia del vientre, que se opone a la gula.
Diremos pues, cómo hacer los ayunos y cuál deberá ser la calidad y la cantidad de los
alimentos. No hablaremos de nosotros mismos, sino que mencionaremos lo que hemos
recibido de nuestros santos Padres Ellos no tenían una única regla para el ayuno ni una
única manera de comer los alimentos; ni siquiera nos han transmitido la indicación de una
medida, ya que no todos tienen la misma fuerza, ya sea por edad, por enfermedad, o por
una constitución física particularmente delicada. Hay, sin embargo, un único objetivo: huir
de la saciedad y evitar llenar nuestro estómago.
Un cierto ayuno diario ha sido considerado más ventajoso y más adecuado para
conducirnos a la pureza, que un ayuno que se arrastra por tres, cuatro días o aun una
semana. Se dice que el ayuno que se prolonga sin medida es seguido por un período de
exceso en las comidas. De tal modo, es posible que la abstinencia exagerada de alimentos
haga que el organismo pierda su vigor, tornándolo perezoso en su servicio espiritual, o que
el cuerpo, sintiéndose pesado por el exceso de comida, produzca en el alma pereza y
relajamiento.
Los Padres no consideraron apto para todos el ingerir verduras o legumbres, ni que todos
pudieran hacer uso, como alimento cotidiano, del pan duro. Se ha visto cómo uno que
come dos libras de pan sigue teniendo hambre, mientras que otro, comiendo solamente
una, o aun seis onzas, se siente satisfecho. Tal como se ha dicho anteriormente, lo que nos
han transmitido como regla para observar la continencia es solamente esto: que no nos
dejemos engañar por la saciedad del estómago, ni nos dejemos arrastrar por el placer de la
gula. En efecto, no solamente la variada calidad de los alimentos, sino también las distintas
cantidades de los mismos, pueden encender en nosotros las flechas inflamadas de la
fornicación. Más aún: no es solamente la ebriedad del vino la que embriaga nuestra mente,
sino que incluso la saciedad del agua o el exceso de cualquier comida la tornan aturdida y
somnolienta. El motivo que produjo la destrucción de los sodomitas, no fue la ebriedad

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producida por el vino o por los variados alimentos, sino por la saciedad del pan, tal como
dice el profeta.
La debilidad del cuerpo no nos impide alcanzar la pureza del corazón, si no ofrecemos a
nuestro cuerpo otra cosa que lo que la debilidad nos pide, y no lo que exige el placer.
Debemos utilizar alimentos tanto cuanto es necesario para mantenernos con vida, no lo que
nos induce a servir a los impulsos de la concupiscencia. Una toma moderada de alimentos,
según nuestro razonamiento, contribuye a la salud del cuerpo y no quita nada a la santidad.
La regla de continencia y la norma exacta que nos transmitieron los Padres, es la siguiente:
el que tome un alimento cualquiera, deberá detenerse cuando aún tiene apetito, sin esperar
la saciedad. Cuando el Apóstol nos dice que no debemos preocuparnos de la carne para
satisfacer nuestra concupiscencia (Rm 13:14), no trata de prohibirnos lo necesario para
mantenernos con vida, sino que intenta prohibir un tratamiento que nos induzca a la
voluptuosidad.
Además, para lograr una pureza perfecta del alma, no es suficiente con abstenerse de
alimentos, sino que otras virtudes son necesarias. Mucho beneficia a la humildad la
obediencia en el trabajo y la fatiga del cuerpo, así como beneficia el mantenerse lejos del
amor por el dinero, lo que no significa sólo no tener dinero, sino también evitar desearlo
ansiosamente: esto es lo que guía al alma realmente a la pureza. El abstenerse de la cólera,
de la tristeza, de la vanagloria, de la soberbia, son todas cosas que producen la pureza
global del alma. En cuanto a esa particular pureza del alma, fruto de la templanza, la
misma se obtiene con la continencia y con el ayuno. Porque es imposible luchar en nuestra
mente con el espíritu de la fornicación, teniendo el estómago lleno. Por lo tanto, nuestra
primera lucha será por lograr la continencia del estómago y el doblegamiento de nuestro
cuerpo, no solamente mediante nuestro ayuno, sino también velando con la fatiga, la
lectura y con el recogimiento de nuestro corazón, temerosos de la gehena y deseosos de
acceder al Reino de los Cielos.
EL Espíritu de la Fornicación
Nuestra segunda lucha es contra el espíritu de la fornicación y de la concupiscencia de la
carne, que, desde la más temprana edad del hombre, empiezan a atormentarlo. Ésta es una
gran lucha, ardua y doble, porque mientras los otros vicios declaran una guerra. al alma,
solamente éste se presenta bajo una doble forma que acecha al alma y al cuerpo: por tanto
la batalla es doble. El solo ayuno del cuerpo no es suficiente para adquirir la perfecta
templanza y la verdadera castidad, si no hay también contricción del corazón, una
perseverante oración a Dios, una asidua meditación de las Escrituras, una dura fatiga y
trabajo manual: estas cosas tienen el poder de contrarrestar los impulsos inquietos del
alma, apartándola de turbias fantasías. Sin embargo, lo que más beneficia es la humildad
del alma, sin la cual no se puede salir ni de la fornicación ni de las otras pasiones.
Por lo tanto, es fundamental ser vigilantes y apartar nuestro corazón de los pensamientos
sórdidos. Pues es del corazón, según la Palabra del Señor, de donde provienen los malos
razonamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, y cosas de la calle. Y el
ayuno nos ha sido prescrito, no solamente para tratar duramente al cuerpo, sino para ayudar
a la sobriedad del intelecto, para que éste no se oscurezca por el exceso de alimento y no
pierda su fuerza en la vigilancia de sus pensamientos. Debemos ser solícitos, pues, no sólo
en el ayuno corporal, sino que debemos prestar atención a nuestros pensamientos y ejercer
la meditación espiritual: sin todo esto, es imposible llegar a la cima de la verdadera

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castidad y pureza. Es pues necesario -como dice el Señor - que purifiquemos antes la parte
interior del vaso y del plato, para que se torne puro también su exterior (Mt 23:26). Así es
como, si nos preocupamos -como dice el Apóstol - por luchar según las reglas para recibir
la corona, no presumamos de haber vencido al espíritu impuro de la fornicación con
nuestra capacidad y ascesis: la ayuda de Dios nuestro Señor es invalorable. El hombre no
cesa de estar en lucha con este espíritu, hasta que no cree en verdad que no es por su prisa
ni por su fatiga, sino por la protección y la ayuda de Dios, que nos alejamos de este vicio y
accedemos a la cima de la castidad. Se trata, de hecho de una cosa que supera a la
naturaleza, y aquel que pisotea los estímulos de la carne y sus voluptuosidades, se sale de
alguna manera de su cuerpo.
Por este motivo es imposible que el hombre vuele, por así decirlo, con alas propias hacia
ese excelso y celeste premio de santidad, y se torne en imitador de los ángeles, a menos
que la gracia de Dios lo eleve de la tierra y del fango. Los hombres, atados a la carne, con
ninguna otra virtud imitan mejor a los ángeles, seres espirituales, que con la virtud de la
templanza. Se debe a ella que, mientras aún están y viven sobre la Tierra, los hombres
tienen su Ciudadanía en los Cielos, como dice el Apóstol.
La demostración de la perfecta posesión de esta virtud ocurre cuando el alma, durante el
sueño, no atiende a alguna imagen de turbia fantasía. En efecto, aunque este tipo de actitud
no es considerada como pecado, es síntoma de que el alma se encuentra enferma y no se ha
alejado de la pasión. Y por esto debemos creer que las turbias fantasías que nos aquejan
durante el sueño, denotan el descuido precedente y la enfermedad que está en nosotros;
porque la enfermedad escondida en las zonas recónditas de nuestra alma, se torna
manifiesta al sobrevenir el flujo durante el relajamiento del sueño. Y así es como el médico
de nuestras almas ha colocado el fármaco en las zonas más recónditas de la misma: porque
conocía las causas de la dolencia. Nos dice: El que mira a una mujer para desearla, ya ha
cometido con ella adulterio en su corazón (Mt 5:28). Y con esto no está corrigiendo los
ojos curiosos y malvados, sino más bien al alma que está adentro y que usa malamente sus
ojos, recibidos de Dios para el bien. También por este motivo el sabio proverbio no nos
dice que pongamos toda nuestra vigilancia en custodiar nuestros ojos, sino que dice: pon
toda tu vigilancia en custodiar tu corazón (Pr 4:23), aplicando a éste el cuidado de la
vigilancia, pues es el corazón el que se servirá luego de los ojos para lo que realmente
desea.
Custodiaremos, pues, así nuestro corazón, cuando, por ejemplo, se forma en nuestra mente
la imagen de una mujer, producida por la astucia diabólica, aunque se trate de nuestra
madre, o de una hermana o de cualquier otra mujer pía, ahuyentémosla de nuestro corazón
enseguida, para que no suceda que, si nos entretenemos mucho en tal memoria, el Seductor
que nos empuja hacia el mal, a partir de estas imágenes, haga a posteriori resbalar y
precipitar nuestra mente en pensamientos turbios y perniciosos. El mandamiento mismo
que Dios había dado al primer hombre ordenaba cuidarse de la cabeza de la serpiente, es
decir, de la primera aparición de los pensamientos peligrosos, mediante los cuales trata de
meterse dentro de nuestras almas. Si acogemos su cabeza, es decir, el primer estímulo del
pensamiento, terminaremos por aceptar el resto del cuerpo de la serpiente, esto es, daremos
nuestro consentimiento al placer. Y después de esto, el llevará nuestra mente a realizar la
acción ilícita.
Nos conviene, sin embargo, como está escrito, matar cada mañana todos los pecadores de
la tierra (Sal 100:8), es decir, discernir con la luz del conocimiento y destruir los

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pensamientos pecadores en la tierra de nuestro corazón, como enseña el Señor, y cuando
los hijos de Babilonia, es decir, los malos pensamientos, son aún niños, hay que abatirlos y
deshacerlos contra la piedra que es Cristo. Porque si, gracias a nuestra indulgencia, se
convierten en adultos, no podrán ser vencidos sin grandes gemidos y fatiga.
Y además de lo dicho por las Sagradas Escrituras, es bueno recordar lo dicho por los santos
Padres. Nos dice san Basilio, obispo de Cesarea de Capadocia: "Aunque no conozca mujer,
no soy virgen. A tal punto sabía que el don de la virginidad no se consigue mediante la
simple abstención corporal de la mujer, sino por la santidad y pureza del alma que suele
actuar en el temor de Dios. Y los santos Padres dicen también que no podemos adquirir
perfectamente la virtud de la castidad, si antes no poseemos en nuestro corazón la
verdadera humildad, ni nos hacemos dignos del verdadero conocimiento hasta tanto la
pasión de la fornicación no sea arrinconada en un lugar recóndito de nuestra alma.
Para demostrar la obra de la templanza, recordaremos alguna expresión alusiva dicha por el
Apóstol, y con esto terminaremos nuestro discurso: Buscad la paz con todo, sin la cual
nadie verá al Señor (Hb 12:14). Y es claro que habla de esto cuando agrega: Ningún
fornicador o contaminado como Esaú (Hb 12:16), etc. Justamente porque la obra de la
santificación es celestial y angélica, combate a los pesados ataques de los adversarios. Y
por esto debemos ejercitarnos no solamente en la continencia del cuerpo, si no también en
la contrición de nuestro corazón y en continuas postraciones con gemidos: de este modo
apagaremos, con el rocío de la presencia del Espíritu Santo, las brasas de nuestra carne,
que el rey de Babilonia enciende cada día, excitando nuestra concupiscencia.
Además de todo esto, el arma más poderosa que nos ha sido dada para la batalla es la
vigilia según Dios. Así como la custodia durante el día prepara la santidad de la noche. así
la vigilia nocturna según Dios, predispone el alma a la pureza durante el día.
El Amor por el Dinero
La tercera batalla es contra el espíritu del amor por el dinero, espíritu que es extraño a la
naturaleza, y que en el monje tiene su origen en la falta de fe. Es así como los impulsos de
las otras pasiones, es decir, de la ira y de la concupiscencia, parecen partir del cuerpo
mismo, y de alguna manera, su principio está en la naturaleza misma: por este motivo son
vencidos después de mucho tiempo. Sin embargo, el mal del amor por el dinero viene
desde lo externo, y puede ser eliminado fácilmente si estamos atentos y solícitos. Pero si se
lo descuida, se convierte en una pasión más letal que las otras, y difícil de sacar. Es, como
dice el Apóstol, la raíz de todos los males.
Observemos cómo las actitudes naturales del cuerpo se pueden notar no solamente en los
niños que aun no tienen conocimiento del bien y del mal, sino también en los niños más
pequeños, aun lactantes, en los cuales no hay trazas de voluptuosidad y que, sin embargo,
muestran en su carne, sus actitudes naturales. Del mismo modo, podemos ver en los niños
la reacción de la ira, cuando los vemos excitados contra el que los ha entristecido. Y todo
esto no lo digo por acusar a la naturaleza de ser causa de pecado -nunca se sabe - sino que
lo digo para demostrar cómo la ira y la concupiscencia, que el Creador había unido al
hombre para bien, parecen de alguna manera -a causa de la negligencia - ir contra la
naturaleza, a partir de lo que es simplemente parte de la naturaleza del cuerpo. El
movimiento del cuerpo fue dado por el Creador al hombre no para la fornicación, sino para
la generación de sus hijos y la supervivencia de la especie. Y la reacción de la ira fue

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sembrada en nosotros para nuestra salvación, para que la accionáramos contra el mal, no
para convertirnos en simples bestias contra el que pertenece a nuestra misma estirpe.
No es la naturaleza la pecadora, aunque hagamos un mal uso de nuestras potencias;
tampoco deberemos acusar a quien nos ha plasmado; como tampoco al que nos ha dado el
hierro para sus usos necesarios y ventajosos, si el que luego lo toma se sirve de él para
matar. Hemos dicho todo esto para demostrar cómo el origen de la pasión por el amor al
dinero no deriva de un movimiento natural, sino de una voluntad pésima y corrupta.
Este mal, cuando encuentra el alma tibia e incrédula, encontrándose ésta al principio de su
alejamiento del mundo, le sugiere pretextos aparentemente razonables para retener alguna
cosa más de lo que posee. Le hace imaginar al monje una larga vejez y enfermedades
físicas, haciéndole calcular que lo que el convento podrá ofrecerle no será suficiente como
para proporcionarle algún consuelo, no solamente a quien esté enfermo, sino a quien esté
sano, e incluso que no le será posible obtener ninguno de esos cuidados que es justo
administrar a los enfermos, sino que resultará en un abandono total, por lo que si no se ha
puesto de lado algún dinerillo, allí se morirá como un miserable. Finalmente, sugiere que
ni siquiera es posible permanecer por largo tiempo en el monasterio, debido a la pesadez de
los trabajos y a la severidad del superior. Cuando el mal haya seducido con estos
pensamientos la mente, para hacerle retener por lo menos un dinerillo, convencerá al
monje de la necesidad de aprender, a escondidas del abad, un trabajo manual con el cual
aumentar el dinero por el que se preocupa. Y finalmente, con oscuras esperanzas, desvía al
desventurado, haciéndolo pensar en una ganancia proveniente de su trabajo, y en el alivio y
en la seguridad que de ello se desprende. Y así, luego de haberse entregado por entero al
pensamiento de la ganancia, no medita en nada de lo equivocado: ni en la locura de la ira,
cuando sufre por algún perjuicio, ni en la tiniebla de la tristeza en la que cae si pierde la
posibilidad de obtener alguna ganancia. Así como para otros el estómago es dios, así el oro
es el dios para éste. Por tanto, el bienaventurado Apóstol, conociendo todo esto, ha
denominado a esta pasión no solamente la raíz de todos los males, sino también "idolatría."
Consideremos pues a cuánta malicia este mal induce al hombre, que logra arrastrarlo
incluso hasta la idolatría. De hecho, el que ama el dinero, ha apartado su intelecto del amor
a Dios, y lo deposita en los ídolos del hombre esculpidos en oro.
Ante todos estos pensamientos, el cristiano se halla obnubilado, empeora cada vez más, y
se aparta de la obediencia: además se irrita, se indigna contra todo aquello que cree no
merecer, murmura por el trabajo que debe hacer, contradice, y puesto que ya no observa
ningún sentido de respeto, se dirige como un caballo salvaje hacia el precipicio. No se
conforma siquiera con el alimento cotidiano que recibe; por el contrario, asegura que no
puede soportar más. Afirma que Dios no se encuentra solamente allí, que su salvación no
está radicada allí, y que si no abandona el monasterio, se pierde. Y así, teniendo como
colaborador de estos pensamientos corruptos al dinero que ha apartado, y gracias a éste,
sintiéndose liviano como si tuviera alas, empieza a considerar salir del monasterio, para
terminar sintiendo soberbia y aspereza hacia todo lo que ha profesado, como un forastero,
un extranjero; y si ve en el monasterio algo que necesita ser corregido, lo descuida, lo
desprecia, y critica todo lo que se hace. Luego, busca cualquier pretexto para encolerizarse
o entristecerse, a fin de no parecer una persona ligera, que se va del monasterio por
cualquier motivo. Y si, con insinuaciones y palabras vanas, puede engañar a alguien y
hacerlo salir del monasterio, no se detiene ni siquiera frente a esto, pues quiere asociarlo en
su caída.

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Así, el que ama el dinero, encendido por el fuego de sus propias riquezas, no podrá nunca
tener paz en el monasterio, ni vivir aceptando una regla. Y cuando el Demonio, como un
lobo, lo secuestra y lo aparta del rebaño, lo deja para que sea devorado. Entonces, lo
empuja a hacer en su celda aquellos trabajos que en el convento descuidaba y no hacía en
las horas establecidas. Y no le permite observar ni las oraciones habituales, ni la costumbre
del ayuno, ni el canon de la vigilia, pues, luego de haberlo unido indisolublemente al amor
por el dinero, lo convence para que ponga todo su empeño en el trabajo manual.
Tres son las formas bajo las cuales se presenta esta enfermedad, y todas están igualmente
prohibidas por las Sagradas Escrituras y por las doctrinas de los Padres. Una de ellas
induce a que estos míseros posean y acumulen lo que ni siquiera tenían cuando vivían en el
mundo. La otra hace que aquel que, de una vez por todas, había abandonado las riquezas,
se arrepienta, y le sugiere tratar de recuperar lo que había ofrecido a Dios; la tercera, luego
ole haber atado al cristiano con la falta de fe y la tibieza, no le permite deshacerse del todo
de las cosas del mundo: le insinúa el temor al hambre y la falta de fe en la Providencia,
haciéndole transgredir las promesas hechas cuando hubo dejado su vida anterior.
De las tres formas de este mal encontramos ejemplos, como se ha dicho, ya condenados en
las Sagradas Escrituras. Guejazí, por ejemplo, queriendo adquirir para sí mismo riquezas
que antes no poseía, perdió la gracia profética que el maestro quería dejarle en herencia.
Más bien, en lugar de heredar bendiciones, heredo una lepra perpetua, a causa de las
maldiciones del profeta. Y Judas, queriendo obtener el dinero que en un primer momento
rechazó para seguir a Cristo, no sólo se alejó del coro de los Apóstoles por haber
traicionado al Señor, si no que destruyó su vida física con una muerte violenta. Ananías y
Safira, por haber conservado algo de lo que ya poseían, fueron castigados con la muerte,
mediante sentencia apostólica . Y el gran Moisés, el del Deuteronomio, místicamente
exhorta a aquellos que prometen dejar el mundo y que, debido al temor infundido por la
falta de fe, permanecen apegados a las cosas terrenas: Si alguno se encuentra temeroso y
tiene miedo en su corazón, que vuelva a su casa, para que no induzca al temor el corazón
de sus hermanos (Dt 20:8).
¿Hay algo más seguro y claro que este testimonio? ¿No aprenderemos, pues, de estas
cosas, nosotros que hemos dejado el mundo, renunciando perfectamente a todo y saliendo
victoriosos de la batalla, antes que atender a un principio ya blando y débil que termina por
apartar a los otros de la perfección evangélica e inducirlos al miedo? Hay algunos que
interpretan mal lo que las Escrituras dicen bien: Hay mayor felicidad en dar que en recibir
(Hch 20:35), y se esfuerzan por alterar el sentido de lo que se dice, engañándose a sí
mismos, y siguiendo su propia pasión por el dinero. Hacen lo mismo con las enseñanzas
del Señor: Si quieres ser perfecto, ve y vende lo que posees, dáselo a los pobres, y tendrás
un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme (Mt 19:21): en realidad, consideran que mejor
que ser pobre es disponer de la propia riqueza y acudir a la propia abundancia para dar a
los pobres. Deberán éstos saber que no se han apartado aún del mundo ni han entrado en la
perfección monástica, mientras se avergüencen de aceptar en nombre de Cristo la pobreza
del Apóstol, sirviendo a sí mismos y a los necesitados con el trabajo de sus propias manos,
para llevar a cabo con hechos la profesión monástica y ser glorificados con el Apóstol.
Luego de haber dispersado su antigua riqueza, que combatan junto con Pablo la buena
batalla, en el hambre y en la sed, en el frío y en la desnudez El Apóstol mismo, si hubiera
sabido que conservar su antigua riqueza es más necesario para la perfección, no hubiera
despreciado su propia dignidad, dado que afirma que, es por nacimiento de distinta
condición y de ciudadanía romana. Y aquella gente de Jerusalén, que vendía sus propias

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casas y sus propios campos y ponía lo recaudado a los pies de los apóstoles, no lo hubiera
hecho si considerase que era más feliz al nutrirse con sus propias riquezas antes que con su
propia fatiga o con las ofertas de los gentiles. Y el mismo Apóstol nos habla muy
claramente a propósito de aquellos cuando, escribiendo a los romanos, dice: Ahora voy a
Jerusalén para el servicio de los santos, por que Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer
una colecta en favor de los pobres de entre los santos de Jerusalén (Rm 15:25-26).
Y él mismo, tantas veces sometido a cadenas y prisiones, a la molestia de los viajes y por
esto impedido, como es obvio, de proveerse con sus propias manos, nos enseña cómo, ante
estas necesidades, fue socorrido por los hermanos venidos desde Macedonia, y nos dice: Y
de hecho los hermanos provenientes de Macedonia proveyeron a mis necesidades (2 Co
11:9). Y a los filipenses escribe: Lo sabéis también vosotros, oh filipenses, que... al salir de
Macedonia, ninguna iglesia tuvo que ver conmigo en materia de dar y tener, a no ser por
vosotros solamente. Porque también en Tesalónica y una o dos veces más, me habéis
mandado de lo que tenía necesidad (Flp 4:15 y ss). Por lo tanto, a juicio de quien ama el
dinero, ¡aquellos serán más amados por el Apóstol, pues le han provisto en sus necesidades
con sus propios haberes! Esperemos que nadie llegará a tal extremo de locura como para
osar afirmar esto.
Si queremos, pues, obedecer el mandamiento evangélico y a toda aquella Iglesia que desde
el principio ha tenido su fundamento en los Apóstoles, no atendamos a nuestras ideas
personales ni entendamos malamente lo que ha sido bien dicho. Más bien rechacemos
nuestro sentimiento tibio e incrédulo y recibamos los Evangelios rigurosamente. Porque así
podremos seguir los pasos de los santos Padres y no faltar a la disciplina del convento.
Sólo así podremos renunciar verdaderamente a este mundo. Es bueno llegados a este
punto, recordar las palabras de un santo. Se trata de lo que san Basilio, obispo de Cesarea
de Capadocia, dijo a un senador que había renunciado al mundo, pero con tibieza, y que
retenía aún algo de sus propias riquezas. "Has destruido al senador y no has sido el
cristiano."
Es necesario que pongamos todo nuestro celo en eliminar de nuestra alma la raíz de todos
los males que es el amor por el dinero, porque sabemos con toda certeza que, si permanece
la raíz, las ramas brotarán sin dificultad.
No es fácil practicar esta virtud si no permanecemos en el convento; efectivamente, allí
nada nos preocupa con relación a las exigencias más absolutas. Si tenemos bien presente
las condenas de Ananías y de Safira, temblaremos al pensar que retendremos algo de lo
que un tiempo poseíamos. Del mismo modo, temerosos frente al ejemplo de Guejazí, quien
contrajo una lepra perpetua por su amor al dinero, guardémonos de acumular riquezas que
ni siquiera en el mundo poseíamos. Y si pensamos en Judas, quien termina ahorcado,
temblemos ante la idea de retomar lo que con nuestra renuncia habíamos despreciado.
Y continuamente deberemos tener ante nuestros ojos el incierto momento de la muerte,
para que el Señor nuestro no se nos acerque cuando no lo esperamos y encuentre nuestra
conciencia manchada por el amor al dinero. Él nos dirá, entonces, lo que en el Evangelio
dijo al rico: ¡Necio!, esta noche misma te será pedida tu alma; lo que has preparado,
¿para quién será? (Lc 12:20).
La Ira

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Nuestra cuarta lucha es contra el espíritu de la ira. Es necesario que, junto con Dios,
eliminemos desde lo más profundo de nuestra alma este veneno mortífero. Porque mientras
se encuentre instalado en nuestro corazón y enceguezca los ojos de éste con tenebrosas
tinieblas, no podremos ni adquirir el discernimiento necesario, ni alcanzar el conocimiento
espiritual, ni poseer una buena voluntad total, ni convertirnos en partícipes de la verdadera
vida. Y nuestro intelecto no será capaz de recibir la contemplación de la luz divina y veraz.
Pues está escrito: Mi ojo fue alterado por el furor (Sal 6:7). Ni tampoco participaremos de
la divina sabiduría, aunque todos nos consideren como sumamente sabios por nuestras
ideas, pues se ha dicho: El enojo reside en el corazón de los necios (Qo 7:9). Y no
podremos siquiera adquirir los saludables consejos del discernimiento, aunque fuésemos
considerados por todos personas prudentes, ya que se ha escrito: La ira pierde también a
los prudentes (Pr 15:1). Y ni siquiera tendremos la fuerza de prestar atención y tratar de
dejarnos gobernar por la justicia con corazón sobrio, pues: La ira del hombre no obra la
justicia de Dios (St 1:20). Finalmente, no podremos tener aquel comportamiento y aquel
decoro que todos alaban, pues está escrito: El hombre colérico está privado de decoro (Pr
11:25).
El que quiera acceder a la perfección y desee combatir según las reglas en la lucha
espiritual, no deberá ceder ante la cólera y el furor. Deberá escuchar lo que le ordena el
vaso de elección: Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de
maldad desaparezca de entre vosotros (Ef 4:31). Y si dice "toda," significa que no se nos
deja ningún pretexto para enfurecemos, como si hubiera alguna necesidad o razón para
hacerlo. El que quiera corregir a algún hermano caído en una transgresión, o quiera
castigarlo, que tenga cuidado respecto a sí mismo, liberándose de toda turbación, para que
no suceda que, al querer curar a otro, atraiga sobre sí la enfermedad y recaiga sobre él
aquel dicho evangélico que dice: Médico, cúrate a ti in mismo (Lc 4:23). Y también: ¿Por
qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no observas la viga que se encuentra en tu
ojo? (Mt 7:3) Efectivamente, la reacción de la ira, al hervir dentro del alma, enceguece los
ojos de la misma, no permitiéndole ver el sol de la justicia. Si nos ponemos sobre los ojos
láminas, ya sean de oro o de plomo, éstas impedirán nuestra visión y, por cierto, el valor de
las laminas de oro no disminuye nuestra ceguera. Y así es que, si por una causa cualquiera
- razonable o irrazonable - la ira se enciende, nuestra visión es oscurecida.
De la ira nos servimos según natura solamente cuando la dirigimos en contra de los
pensamientos pasionales y voluptuosos. Así nos enseña el profeta cuando dice: Temblad y
no pequéis (Sal 4:4), es decir: Incurrid en la ira contra vuestras pasiones y contra los malos
pensamientos, y no pequéis tratando de llevar a cabo lo que éstos os sugieren. Esto está
sustentado por lo que se agrega: De lo que acostumbráis decir en vuestros corazones,
arrepentíos en vuestros lechos (Sal 4:4). Esto es, cuando acuden a vuestro corazón los
malos pensamientos, deberéis echarlos con ira y, luego de haberlo hecho, al encontraros en
el lecho donde vuestra alma reposa, arrepentíos para convertiros. Incluso el bienaventurado
Pablo habla así, sirviéndose del testimonio del profeta y agrega: No se ponga el sol
mientras estéis airados, ni deis ocasión al Diablo (Ef 4:26 y ss). Esto significa que el sol
de justicia, Cristo, no se oculte de vuestros corazones, por haberlo indignado debido al
consentimiento dado a los pensamientos malvados; no suceda que, habiéndose alejado de
Cristo, el Diablo ocupe su lugar en nosotros. Respecto de este sol, Dios nos habla mediante
el profeta, diciéndonos: Para vosotros, los que teméis mi nombre, brillará el sol de justicia
con la salud en sus rayos (Ml 4:2). Si tomamos esto al pie de la letra, significa que no
podemos permitirnos conservar la ira ni siquiera hasta el momento en que el sol se pone.
¿Que decir entonces? Algunos, por la aspereza y la locura que implica este estado pasional,

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conservan la ira no sólo hasta el momento en que se pone el sol, sino que la mantienen por
varios días, aun callando y no expresándola en palabras, y alimentan en su perjuicio el
veneno del rencor con su propio silencio. Ignoran que debemos abstenernos no solamente
de manifestar nuestra ira mediante nuestros actos, sino evitar que se manifieste en nuestro
pensamiento, evitando que el intelecto, oscurecido por las tinieblas del rencor, se aparte de
la luz del conocimiento y del discernimiento, y se vea privado del Espíritu Santo.
Y por este motivo, el Señor recomienda en los Evangelios dejar la ofrenda sobre el altar y
reconciliarnos con nuestro hermano, pues no es posible que nuestra ofrenda le sea grata si
se encuentran escondidos en nosotros la cólera y el rencor. E incluso el Apóstol, cuando
nos pide rezar incesantemente y levantar en todo lugar nuestras manos en alabanza, sin ira
ni discusiones, nos enseña justamente esto: o que no recemos nunca, sintiéndonos
culpables respecto del mandamiento apostólico, o bien que seamos observantes en
obedecer el mandamiento, debiendo hacerlo sin ira y sin rencores, Y sin embargo, puede
suceder que, después de haber entristecido o turbado a nuestros hermanos, no demos
ninguna importancia a la cosa y digamos que no fue por culpa nuestra si éstos se han
entristecido, pero el médico de las almas, queriendo desterrar del corazón cualquier
pretexto para el alma, no solamente nos ordena dejar la ofrenda y reconciliarnos con el
hermano, si nos sucediera que nos hemos enojado con él -aun en el caso en que nuestro
hermano tuviera algún motivo de tristeza respecto a nosotros, justa o injustamente -, aun
así es nuestro deber cuidar de él, pidiéndole disculpas. Y sólo entonces brindaremos
nuestra ofrenda.
Pero, ¿por qué insistimos tanto con los preceptos evangélicos? También de la Ley antigua
nos llegan enseñanzas. Ésta, que parece tener más condescendencia que rigor, nos dice: No
odies a tu hermano en tu corazón (Lv 19:17); y aun: Los caminos de quien guarda rencor
conducen a la muerte (Pr 12:28).
En este caso, no solamente prohibe el pecado en los actos, sino que censura también en los
pensamientos. Es conveniente, pues, para quien sigue las leyes divinas, luchar con todas
sus fuerzas contra el espíritu de la ira y contra el mal escondido en nosotros, y no buscar el
desierto y la soledad porque guardamos cólera contra los hombres, como si allí no hubiera
nadie que nos empujara hacia la ira, y como si en la soledad fuera más fácil realizar la
virtud de la paciencia. Esto significaría que queremos alejarnos de los hermanos por
soberbia, rehusando acusarnos a nosotros mismos, y no queriendo atribuir a nuestro propio
descuido las causas de nuestra turbación. Lo que es importante para nuestra paz y
corrección, no se logra por medio de la paciencia de nuestro prójimo respecto de nosotros,
sino por nuestra tolerancia respecto de nuestro prójimo. Cuando, al huir de la lucha de la
paciencia, buscamos el desierto y la soledad, todas aquellas pasiones que aún no han
sanado y que llevamos con nosotros, las encontraremos luego escondidas antes que
eliminadas. El desierto y la soledad son, para aquellos que no se han liberado de las
pasiones, una forma no solamente de conservarlas, sino también de esconderlas, no
pudiendo descubrir de cuál pasión estarnos aquejados. Y lo que es peor, nos sugieren
fantasías respecto de supuestas virtudes y nos convencen de haber alcanzado la perfección
de la paciencia y de la humildad, ¡hasta que alguien llega a sacudir nuestra cólera,
sometiéndonos a prueba! Y cuando sobreviene una ocasión cualquiera que sacuda y
atormente al que se encuentra en esta situación, de inmediato las pasiones escondidas, las
que no notamos anteriormente, como caballos desenfrenados, se lanzan, al galope, y
nutridas por la hesichía y el ocio, arrastran aún más salvaje y violentamente a su caballero.

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La Filocalia

Las pasiones, cuando no son sometidas a prueba por parte de los hombres, se tornan aún
más salvajes en nosotros. Y así, luego de haber descuidado el ejercicio y a causa de la
soledad, perdemos incluso esa sombra de tolerancia y de paciencia que aparentábamos
tener cuando estábamos entre nuestros hermanos. Como las bestias venenosas que habitan
el desierto o sus propias madrigueras, y manifiestan su furor cuando aferran a quien se
acerca, así los hombres pasionales, que se hallan en un estado de hesichía no por actitud
virtuosa sino a la fuerza, es decir, debido a su soledad, vomitan su veneno cuando alcanzan
a alguien que se les acerca y los provoca. Por este motivo es necesario que aquellos que
buscan la perfecta humildad, pongan buen cuidado en no irritarse no sólo contra los
hombres, sino tampoco contra las bestias ni los objetos inanimados. Recuerdo que cuando
vivía en el desierto, me encolerizaba contra el báculo y me desahogaba contra él, ¡ya
porque era grueso o porque era delgado! Otras veces, me enfurecía contra un árbol cuando,
queriendo cortarlo, no lo lograba en seguida. O bien contra el pedernal, cuando, al tratar de
prender el fuego, la chispa no saltaba de inmediato. La ira se encontraba en mí en un
estado tal de excitación, ¡que llegaba a desahogada contra los objetos insensibles!
Si queremos alcanzar la beatitud proclamada por el Señor, debemos prohibirnos la ira no
solamente en nuestros actos, como se ha dicho, sino también en nuestro pensamiento. Pues
no es suficiente con dominar la lengua en un momento de cólera y controlar la salida de
nuestra boca de palabras enfurecidas, sino que deberemos purificar nuestro corazón del
rencor, evitando tener en nuestra mente malos pensamientos contra nuestro hermano. La
doctrina evangélica nos recomienda eliminar de raíz los pecados, antes que cortar
solamente sus frutos. Porque Si se elimina del corazón la raíz de la cólera, el pecado no se
convertirá en odio ni envidia. El que odia a su hermano ha sido declarado homicida, tal
como está escrito. Lo mata con el estado de odio que lleva en su alma; los hombres no ven
la sangre del hermano derramada mediante una puñalada, pero Dios lo ve muerto en la
mente y por la íntima disposición al odio del otro; y Él atribuirá a cada uno las coronas o
los castigos, no solamente por las acciones, sino también por los pensamientos y
determinaciones, tal como lo dice por medio de su profeta: Vengo a recoger sus obras y sus
pensamientos. También el Apóstol dice: los pensamientos que mutuamente disculpan o
acusan. El día en que Dios juzgue las cosas secretas de los hombres... (Rm 2:15 y ss).
Pero el Señor mismo nos enseña en los Evangelios cómo apartar toda ira: Todo aquel que
se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal (Mt 5:22). Éste es el texto de los
manuscritos más rigurosos; la palabra, "en vano" ha sido agregada luego para indicar cuál
es la voluntad de las Escrituras. El Señor nos exige que eliminemos la raíz e incluso la
chispa de la ira, sin guardar en nosotros ningún pretexto para sentirla, y que no caigamos
en la locura del furor irrazonable, aunque en un principio nos hayamos conmovido con
razón. La mejor cura para este mal es la siguiente: que crearnos que no nos es permitido
indignarnos ni por lo que es justo ni por lo que es injusto. Puesto que el espíritu de la ira
obnubila la mente, no podremos encontrar ni la luz de discernimiento, ni la solidez de una
voluntad firme, y el gobierno de la justicia; ni siquiera será posible que nuestra alma se
convierta en el templo del Espíritu Santo, si nos domina el espíritu de la ira que nubla
nuestra mente.
Concluyendo, debemos tener siempre presente la hora incierta de nuestra muerte,
cuidándonos de caer en la ira. Y debemos saber que, si estamos dominados por ésta y por
el odio, de nada nos servirá la templanza, el desapego de toda realidad material, los ayunos
y las vigilias, sino que, por el contrario, nos encontraremos sometidos a juicio.

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La Filocalia

La Tristeza
Nuestra quinta batalla es contra el espíritu de la tristeza que oscurece el alma y no le
permite ninguna contemplación espiritual, impidiéndole toda obra buena. Cuando nuestro
espíritu malvado aferra el alma y la obnubila, no le permite cumplir sus oraciones con
buena disposición de ánimo ni perseverar en el provecho que traen las sagradas lecturas, no
permite que el hombre sea humilde y tierno hacia sus hermanos, en pocas palabras, le
genera odio por cualquier tipo de actividad y por la promesa misma de la vida. Quiero
decir esto: la tristeza, confundiendo todas las saludables decisiones del alma, aflojando su
vigor y su constancia, la vuelve estúpida y la paraliza, sostenida por el pensamiento de la
desesperación. Por tanto, si estamos dispuestos a combatir la batalla espiritual y, junto a
Dios, vencer a los espíritus de la malicia, deberemos custodiar nuestro corazón con toda
posible vigilancia contra el espíritu de la tristeza. Así como la polilla roe el traje, y el
gusano la madera, así la tristeza carcome el alma del hombre. Ésta induce a retirarse de
toda buena conversación y no nos permite aceptar una buena palabra de consejo, ni
siquiera de amigos sinceros, ni a su vez darles una respuesta buena o pacífica; por el
contrario, envuelve toda el alma colmándola de amargura y de tedio. También le sugiere
rehuir de los hombres, como si éstos fueran culpables de su turbación. No le permite
reconocer que su mal lo lleva dentro y que no le viene del exterior; se manifiesta cuando,
estimulada por las tentaciones, es llevada a la superficie. Nunca un hombre causará daño a
otro si no lleva en sí mismo las causas de las pasiones. Por este motivo, Dios, creador de
todas las cosas y médico de las almas, Él, que es el único que conoce con precisión las
heridas del alma, no nos manda abandonar nuestras relaciones con los hombres, sino que
eliminemos en nosotros mismos las causas de la malicia y reconozcamos que la salud del
alma no se practica por la separación nuestra de los hombres, sino cuando vivimos y nos
ejercitamos junto a los virtuosos.
Cuando abandonamos a los hermanos con un pretexto cualquiera - ¡razonable, por
supuesto! - no hemos eliminado las ocasiones que producen la tristeza, las hemos
solamente cambiado por otras, porque el mal que se ha instalado dentro de nosotros las
renueva sirviéndose incluso de objetos diversos. Por tanto, toda nuestra guerra deberá ser
llevada a cabo contra nuestras pasiones íntimas. Una vez que, con la gracia y la ayuda de
Dios, las hayamos echado de nuestro corazón podremos vivir fácilmente, no digo con los
hombres, sino también con las bestias salvajes, según lo dicho por el bienaventurado Job:
Estarán en paz contigo las bestias salvajes (Jb 5:23).
Antes que nada, deberemos luchar contra el espíritu de la tristeza que empuja el alma a la
desesperación, a fin de echarlo de nuestro corazón. Porque es éste el espíritu que no ha
permitido a Caín arrepentirse después del asesinato de su hermano, ni a Judas después de la
traición al Señor. Practicaremos solamente esa tristeza que es necesaria para la conversión
de nuestros pecados, unida a una buena esperanza. Y de ésta el Apóstol nos dice: La
tristeza según Dios produce una conversión saludable de la que no nos arrepentiremos (2
Co 7:10). Porque la tristeza según Dios al nutrir al alma con la esperanza de la conversión,
se halla mezclada con la alegría. Por tanto, el hombre se torna dispuesto y obediente en
cada obra buena; se torna afable, humilde, manso, paciente, capaz de soportar toda buena
fatiga y toda aflicción, todo lo que es según Dios. Y por esto se reconocen en el hombre los
frutos del Espíritu Santo, es decir, la alegría, el amor, la paz, la paciencia, la bondad, la fe,
la continencias. De la tristeza contraria reconoceremos los frutos de un espíritu malo que
son: el tedio, la intolerancia, la cólera, el odio, la contradicción, la desesperación, la pereza
en la oración.

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La Filocalia

De una tristeza tal, deberemos huir como de la fornicación, del amor al dinero, de la cólera
y otras pasiones. Esa tristeza se cura con la oración, la esperanza en Dios, la meditación de
las divinas palabras y viviendo con hombres píos.
La Acidia
Nuestra sexta lucha es contra el espíritu de la acidia, que está unido al espíritu de la tristeza
y con él colabora, siendo éste un terrible y pesado demonio, siempre pronto a ofrecer una
batalla a los monjes. Cae sobre el monje en la hora sexta produciéndole desasosiego y
escalofríos, causándole odios hacia el lugar donde se encuentra y contra los hermanos que
viven con él, así como respecto de su trabajo y de la lectura misma de las divinas
Escrituras. Le insinúa también el pensamiento de cambiar de lugar y la idea de que, si no
cambia y no se muda, todo será fatiga y tiempo perdido. Además de esto, le dará hambre
alrededor de la hora sexta, un hambre tal como no le sucede después de tres días de ayuno,
de un largo viaje o de una gran fatiga. Luego hará que surjan pensamientos varios, tales
como que no podrá nunca liberarse de tal mal o de tal peso, si no sale frecuentemente
visitando a tal hermano, para obtener una ventaja, se entiende, o visitando a los enfermos.
Cuando el monje no se encuentra atado por estos pensamientos, lo sumerge entonces en un
sueño profundo, tornándose el sentimiento aun más violento y fuerte en contra de él, y no
podrá ser ahuyentado si no es por medio de la oración, evadiendo el ocio, con la
meditación de las divinas palabras y con la resistencia a las tentaciones. Porque si este
espíritu no encuentra al monje defendido por estas armas, lo golpea con sus flechas y lo
torna inestable, lo agita, lo torna indolente y ocioso, induciéndolo a recorrer varios
monasterios, no preocupándose, no buscando otra cosa más que lugares donde se coma y
se beba bien. Porque la mente del acidioso no piensa más que en esto o en la excitación
que proviene de estas cosas. Y llegado a este punto, el demonio lo envuelve en asuntos
mundanos, y poco a poco lo engancha mediante estas peligrosas ocupaciones, hasta que el
monje rechaza del todo su profesión monástica.
El divino Apóstol, sabiendo cuán pesado es este mal, y queriendo, cual médico sabio,
erradicarlo completamente de nuestras almas, nos muestra sobre todo las causas que lo
originaron y nos habla así: Os rogamos hermanos, en el nombre del Señor nuestro
Jesucristo, manteneros alejados de todo hermano que no cambie por la disciplina y
siguiendo la tradición que habéis recibido de nosotros. Vosotros sabéis cómo imitarnos,
puesto que no nos hemos portado desordenadamente entre vosotros: no hemos comido
gratuitamente el pan de nadie, sino que hemos trabajado día y noche con fatiga y afán
para no ser una carga para vosotros; no porque tuviésemos potestades para no trabajar,
sino con el fin de darles un modelo a imitar. Cuando estuvimos entre ustedes les pedimos
esto: si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. Sentimos que algunos de entre
vosotros caminan indisciplinadamente, sin hacer nada, pero inmiscuyéndose en todo. A
éstos nos dirigimos y les recomendamos en Cristo Jesús que coman de su pan, trabajando
con tranquilidad (2 Ts 3:6-12).
Sabemos con cuanta sabiduría el Apóstol nos muestra las causas del tedio. Llama "sin
disciplina" a los que no trabajan; pone en evidencia con esta sola palabra una gran malicia,
porque el que lo hace no teme a Dios, no considera a su hermano al hablar y es presto al
insulto: es decir, no sabe estar en paz y es esclavo del tedio. El Apóstol nos ordena
mantenernos alejados de tales personas, es decir, separarnos como de un mal contagioso. Y
no según la tradición que han recibido de nosotros (2 Ts 3,6), y con esta expresión indica
cómo aquellos son soberbios, discruptores y malos difusores de las tradiciones apostólicas.

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La Filocalia

Aun dice: No hemos comido gratuitamente pan de nadie, sino que hemos trabajado día y
noche con fatiga y afán (2Ts 3:8).
El Doctor de las gentes, el heraldo del Evangelio, aquel que ha sido raptado hasta el tercer
cielo, aquel que dice cómo el Señor ha establecido que aquellos que anuncian el Evangelio
viven del Evangelio, trabaja de día y de noche para no ser una carga para nadie (2Ts 3:8).
¿Qué haremos nosotros, que frente al trabajo nos mostramos tediosos y buscamos el reposo
del cuerpo? Nosotros, a quienes no nos ha sido confiado el anuncio del Evangelio ni la
preocupación de las iglesias, sino apenas el cuidado de nuestra alma. Y el Apóstol agrega:
mostrando claramente el daño causado por el ocio: ...sin hacer nada pero inmiscuyéndose
el todo (2Ts 3:11). Del ocio viene la curiosidad, de la curiosidad, la falta de disciplina y de
ésta toda malicia. Pero el Apóstol nuevamente prevé una cura para éstos y agrega: A éstos
recomendamos que coman de su pan trabajando con tranquilidad (2Ts 3:12). Y de modo
aún más impresionante, agrega: El que no
quiera trabajar, que tampoco coma (2Ts 3:10).
Los santos Padres que viven en Egipto, adiestrados por estos preceptos apostólicos, no
permiten a los cristianos permanecer ociosos en ningún momento, sobre todo si se trata de
jóvenes. Porque saben que sometiéndose al trabajo alejan el tedio, obtienen su propia
comida y ayudan a los necesitados. Éstos no trabajan sólo para obtener su propia comida,
sino para proveer a los extranjeros, a los pobres y a los presos con su propio trabajo; a
causa de su propia fe, las buenas obras que hacen se convierten en un sacrificio santo, grato
a Dios.
También dicen esto los Padres: "El que trabaja, no tiene a menudo más que un solo
demonio a quien combatir y por el cual está oprimido, mientras que el ocioso está
atormentado por miríadas de malos espíritus.
Pero es bueno agregar también una palabra del padre Moisés, hombre de probadísima
virtud entre los Padres. Me refiero a una palabra que recibí de él. En un breve período
transcurrido por mí en el desierto, fui atormentado por el tedio, por lo que acudí a su
consejo contándole lo que me había ocurrido. Habiéndome el tedio reducido a los
extremos, logré superarlo acudiendo a san Pablo. El padre Moisés me contestó así: "Ten
coraje. No te has liberado, sino que te le has entregado totalmente como esclavo. Debes
saber que, puesto que has desertado, te hará una guerra aún más grave, si de ahora en
adelante no te dedicas a combatirlo con celo por medio de la paciencia, de la oración y del
trabajo manual."
La Vanagloria
Nuestra séptima lucha es contra el espíritu de la vanagloria. Ésta es una pasión multiforme,
muy sutil, y no la reconoce ni siquiera aquel que por ella ha sido tentado. En efecto, los
asaltos de las otras pasiones son mucho más manifiestos, por lo que la lucha contra ellos es
más fácil pues el alma reconoce al adversario y lo rechaza enseguida mediante la
resistencia y la oración. Pero la malicia de la vanagloria, justamente por ser multiforme es
difícil de ser distinguida. En cualquier ocupación, usando la voz y la palabra o aun
callando, en el trabajo o en la vigilia, en los ayunos o en la oración, en la lectura, en la
hesichía, en la paciencia; en todo esto trata de abatir con sus flechas al soldado de Cristo.
A quien la vanagloria no logra seducir con el lujo de los vestidos, trata de tentarlo por

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La Filocalia

medio de una prenda vil. Y al que no puede agrandar con honores, lo induce a la tontería,
haciéndole soportar cualquier cosa que parezca un deshonor. Al que no puede ser
persuadido a vanagloriarse con la sabiduría de los discursos, lo atrapa con el lazo de la
hesichía, como si se hubiera dedicado al recogimiento. Al que no puede convencer con la
suntuosidad de los alimentos, lo debilita con el ayuno para que obtenga alabanzas.
En una palabra, cualquier trabajo, cualquier ocupación brinda a este pésimo demonio una
ocasión para promover batalla. ¡Y además de esto, sugiere también fantasías de
ordenaciones clericales! Recuerdo a un cierto anciano, cuando vivía en Escete, quien al
dirigirse a visitar a un hermano en su celda, acercándose a su puerta, sintió que éste estaba
hablando. El anciano, pensando que estaba meditando las Sagradas Escrituras, se detuvo a
escuchar. Y oyó que aquel, tornándose insensato por la vanagloria, ¡se imaginaba haber
sido ordenado diácono, y que estaba despidiendo a los catecúmenos! Oyendo esto, el
anciano empujó la puerta y entró. El hermano se adelantó y se arrodilló según la usanza,
tratando de saber si el anciano había estado un buen tiempo detrás de la puerta. Pero el
anciano le contestó sonriendo: Llegué cuanto tú estabas despidiendo a los catecúmenos."
Ante estas palabras, el hermano cayó a los pies del anciano, suplicándole que rogara por él,
a fin de ser liberado de este engaño.
He recordado este hecho para demostrar a qué grado de insensatez este demonio conduce
al hombre. El que quiera combatirlo con perfección, y llevar firmemente la corona de la
justicia, usará de todo su celo para vencer a este demonio polimorfo. Y que tenga siempre
bien presente lo dicho por David: El Señor ha dispersado los huesos de aquellos que
gustan a los hombres (Sal 52:5). Y que no haga nada mirando a su alrededor, con el fin de
obtener las alabanzas de los hombres. Que busque solamente la merced que viene de Dios;
que siempre rechace aquellos pensamientos de autoelogio que provienen de su corazón,
que se anule frente a Dios, y podrá así, con su ayuda, liberarse del espíritu de la vanagloria.
La Soberbia
La octava lucha es contra el espíritu de la soberbia. Es un espíritu terrible el más salvaje de
todos los precedentes. Combate sobre todo a los perfectos, y trata de derrocar, sobre todo, a
aquello, que han alcanzado el ápice de la virtud. Como un morbo contagioso y pernicioso,
no destruye solamente una parte del cuerpo, sino el cuerpo entero; así, la soberbia no
destruye solamente una parte del alma sino el alma entera. Cada una de las otras pasiones,
aun turbando el alma, combate a la sola virtud que se le opone, y solamente ésta se
esfuerza en vencerla. Por tal motivo, oscurece solamente en parte al alma y la turba. Pero
la pasión de la soberbia oscurece el alma toda y la arrastra a una caída extrema.
Para entender mejor cuanto se ha dicho, observemos lo siguiente: la gula se esfuerza por
corromper la continencia; la fornicación tiende a corromper la templanza; el amor por el
dinero está en contra de la pobreza; la cólera, contra la humildad; así, cada uno de los
distintos vicios trata de corromper la virtud opuesta. Pero el vicio de la soberbia, cuando
domina al alma mísera, como un tirano feroz que ha ocupado una grande y excelsa ciudad,
la abate completamente desde sus cimientos.
Testimonio de todo esto es aquel mismo ángel que cayó del cielo por causa de su soberbia:
creado por Dios y adornado de toda virtud y sabiduría, no quiso atribuir todos sus dones a
la gracia del Soberano, sino a su propia naturaleza. Y hasta llegó a concebir la idea de ser
igual a Dios. Y el Profeta, confrontando este pensamiento, le dijo: Has dicho en tu corazón:

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