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Varios Autores Sentencias de los Padres del Desierto .pdf



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Título: Varios-Autores_Sentencias-de-los-Padres-del-Desierto
Autor: Varios-Autores_Sentencias-de-los-Padres-del-Desierto

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SENTENCIAS DE LOS

PADRES
DEL

DESIERTO

CONTENIDO
I.DE LA MANERA DE ADELANTAR EN LA VIDA ESPIRITUAL SEGÚN LOS PADRES .1
II. DE LA HESYQUIA ........................................................................................................5
III. DE LA COMPUNCIÓN ................................................................................................8
IV. DEL DOMINIO DE SÍ ...................................................................................................9
V. DE LA IMPUREZA ......................................................................................................19
VI. EL MONJE NO DEBE POSEER NADA ....................................................................34
VII. DE LA PACIENCIA Y DE LA FORTALEZA ...............................................................39
VIII. NO SE DEBE HACER NADA PARA SER VISTO ...................................................52
IX. NO HAY QUE JUZGAR A NADIE .............................................................................57
X. DE LA DISCRECIÓN .................................................................................................60
XI. DE LA VIGILANCIA ...................................................................................................83
XII. SE DEBE ORAR CONTINUAMENTE Y CON VIGILANCIA.....................................92
XIII. HAY QUE PRACTICAR LA HOSPITALIDAD Y LA MISERICORDIA CON ALEGRÍA95
XIV. DE LA OBEDIENCIA .............................................................................................100
XV. DE LA HUMILDAD .................................................................................................106
XVI. DE LA PACIENCIA ................................................................................................123
XVII. DE LA CARIDAD ..................................................................................................128
XVIII. DE LA CLARIVIDENCIA O CONTEMPLACIÓN .................................................133
XIX. DE LOS SANTOS ANCIANOS QUE HACÍAN MILAGROS ..................................150
XX. DE LA EXTRAORDINARIA VIDA DE VARIOS PADRES .......................................155
XXI. TREINTA Y SIETE SENTENCIAS QUE ENVIÓ EL ABAD MOISES AL ABAD
PEMENIO. QUIEN LAS CUMPLA ESTARÁ LIBRE DE PENA .....................................165
XXII. APOTEGMAS RESUMIDOS QUE PRUEBAN LA GRAN VIRTUD DE LOS SANTOS
PADRES DEL DESIERTO ............................................................................................173

1

I.DE LA MANERA DE ADELANTAR EN LA VIDA ESPIRITUAL SEGÚN
LOS PADRES
1. Preguntó uno al abad Antonio: «¿Qué debo hacer para agradar a Dios?» El
anciano le respondió: «Guarda esto que re mando: donde quiera que vayas, ten
siempre a Dios ante tus ojos, en todo lo que hagas, busca la aprobación de las
Sagradas Escrituras; y donde quiera que mores, no cambies fácilmente de lugar.
Guarda estas tres cosas y te salvarás».
2. El abad Pambo preguntó al abad Antonio: «¿Qué debo hacer?». El anciano
contestó: «No confíes en tu justicia; no te lamentes del pasado y domina tu lengua y
tu gula.
3. Dijo San Gregorio: «De todo bautizado Dios exige tres cosas: una fe recta
para el alma, dominio de la lengua; castidad para el cuerpo».
4. El abad Evagrio refiere este dicho de los Padres: «Una comida
habitualmente escasa y mal condimentada, unida a la caridad, lleva muy
rápidamente al monje al puerto de la apatheia 1».
5. Dijo también: «Anunciaron a un monje la muerte de su padre, y el monje
dijo al mensajero: "Deja de blasfemar; mi padre es inmortal"».
6. El abad Macario dijo al abad Zacarías: «Dime, ¿cuál es el trabajo del
monje?». «¿Y tú, Padre, me preguntas eso?», le respondió. Y el abad Macario le dijo:
«Tengo plena confianza en ti, hijo mío Zacarías, pero hay alguien que me impulsa a
interrogarte». Y contestó Zacarías: «Para mí, Padre, es monje aquel que se hace
violencia en todo».
7. Decían del abad Teodoro de Fermo que aventajaba a todos en estos tres
principios: no poseer nada, la abstinencia y el huir de los hombres.
8. El abad Juan el Enano dijo: «Me gusta que el hombre posea algo de todas
las virtudes. Por eso, cada día al levantarte, ejercítate en todas las virtudes y guarda
con mucha paciencia el mandamiento de Dios, con temor y longanimidad, en el
amor de Dios, con esfuerzo de alma y cuerpo y con gran humildad. Sé constante en
la aflicción del corazón y en la observancia, con mucha oración y súplicas, con
gemidos, guardando la pureza y los buenos modales en el uso de la lengua y la
modestia en el de los ojos. Sufre con paciencia las injurias sin dar lugar a la ira. Sé
pacífico y no devuelvas mal por mal. No te fijes en los defectos de los demás, ni te
APATHEIA: Impasibilidad. No consiste en la extinción de las pasiones, sino en su perfecto dominio en
aquel que está estrechamente unido a Dios.
1

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exaltes a ti mismo, antes al contrario, con mucha humildad sométete a toda criatura,
renunciando a todo lo material y a lo que es según la carne, por la mortificación, la
lucha, con espíritu humilde, buena voluntad y abstinencia espiritual; con ayuno,
paciencia, lágrimas, dureza en la batalla, con discreción de juicio, pureza de alma,
percibiendo el bien con paz y trabajando con tus manos. Vela de noche, soporta el
hambre y la sed, el frío y la desnudez, los trabajos. Enciérrate en un sepulcro como si
estuvieses muerto, de manera que a todas las horas sientas que tu muerte está
cercana».
9. El abad José de Tebas dijo: «Tres clases de personas son gratas a los ojos de
Dios: primero los enfermos que padecen tentaciones y las aceptan con acción de
gracias. En segundo lugar, lo que obran con toda pureza delante de Dios, sin mezcla
de nada humano. En tercer lugar, los que se someten y obedecen a su Padre espiritual
renunciando a su propia voluntad».
10. El abad Casiano cuenta del abad Juan que había ocupado altos puestos en
su congregación y que había sido ejemplar en su vida. Estaba a punto de morir y
marchaba alegremente y de buena gana al encuentro del Señor. Le rodeaban los
hermanos y le pidieron que les dejase como herencia una palabra, breve y útil, que les
permitiese elevarse a la perfección que se da en Cristo. Y él dijo gimiendo: «Nunca
hice mi propia voluntad, y nunca enseñé nada a nadie que no hubiese practicado
antes yo mismo».
11. Un hermano preguntó a un anciano: «¿Hay algo bueno para que yo lo
haga y viva en ello?». Y el anciano respondió: «Sólo Dios sabe lo que es bueno. Sin
embargo, he oído decir que un Padre había preguntado al abad Nisterós el Grande, el
amigo del abad Antonio: "¿Cuál es la obra buena para que yo la haga?". Y él
respondió: "¿Acaso no son todas las obras iguales"? La Escritura dice: "Abraham
ejercitó la hospitalidad, y Dios estaba con él. Elías amaba la hesyquia 2, y Dios estaba
con él. David era humilde y Dios estaba con él". Por tanto, aquello a lo que veas que
tu alma aspira según Dios, hazlo, y guarda tu corazón».
12. El abad Pastor dijo: «La guarda del corazón, el examen de si mismo y el
discernimiento, son las tres virtudes que guían al alma».
13. Un hermano preguntó al abad Pastor: «¿Cómo debe vivir un hombre?». Y
el anciano le respondió: «Ahí tienes a Daniel, contra el que no se encontraba otra
acusación, más que el culto que daba a su Dios» (cf. Dn, 6, 56)

HESYQUIA: Tranquilidad, quietud, sea del alma pacificada, sea de la vida monástica en general, sea,
finalmente, de una vida más solitaria dentro o fuera el cenobitismo.
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14. Dijo también: «La pobreza, la tribulación y la discreción, son las tres obras
de la vida solitaria. En efecto, dice la Escritura: "Si estos tres hombres, Noé, Job y
Daniel hubiesen estado allí...". (cf. Ez 14, 1420). Noé representa a los que no poseen
nada. Job a los que sufren tribulación. Daniel a los discretos. Si estas tres se
encuentran en un hombre, Dios habita en él».
15. El abad Pastor dijo: «Si el hombre odia dos cosas, puede liberarse de este
mundo». Y un hermano preguntó: «¿Qué cosas son esas?». Y dijo el anciano: «El
bienestar y la vanagloria».
16. Se dice que el abad Pambo, en el momento de abandonar esta vida, dijo a
los santos varones que le acompañaban: «Desde que vine a este desierto, construí mi
celda y la habité, no recuerdo haber comido mi pan sin haberlo ganado con el trabajo
de mis manos, ni de haberme arrepentido de ninguna palabra que haya dicho hasta
este momento. Y sin embargo, me presento ante el Señor como si no hubiese
empezado a servir a Dios».
17. El abad Sisoés dijo: «Despréciate a ti mismo, arroja fuera de ti los
placeres, libérate de las preocupaciones materiales y encontrarás el descanso».
18. El abad Chamé, a punto de morir, dijo a sus discípulos: «No viváis con
herejes, ni os relacionéis con poderosos, ni alarguéis vuestras manos para recibir, sino
más bien para dar».
19. Un hermano preguntó a un anciano: «Padre ¿cómo viene al hombre el
temor de Dios?». Y respondió el anciano: «Si el hombre practica la humildad y la
pobreza y no juzga a los demás, se apoderará de él el temor de Dios».
20. Un anciano dijo: «Que el temor, la privación de alimento y el penthos 3
moren en ti».
21. Dijo un anciano: «No hagas a otro lo que tú detestas. Si odias al que habla
mal de ti, no hables tampoco mal de los demás. Si odias al que te calumnia, no
calumnies a los demás. Si odias al que te desprecia, al que te injuria, al que te roba lo
tuyo o te hace cualquier otro mal semejante, no hagas nada de esto a tu prójimo.
Basta guardar esta palabra para salvarse».
22. Un anciano dijo: «La vida del monje es el trabajo, la obediencia, la
meditación, el no juzgar, no criticar, ni murmurar, porque escrito está: "Ama Yahveh
a los que el mal detestan". (Sal 96, 10). La vida del monje consiste en no andar con los
pecadores, ni ver con sus ojos el mal, no obrar ni mirar con curiosidad, ni inquirir ni
3

PENTHOS: Duelo por la muerte de un pariente. Y de aquí, en sentido espiritual: tristeza causada por el estado de muerte en
que el alma se encuentra a consecuencia del pecado, sea del pecado propio o del pecado del prójimo.

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escuchar lo que no le importa. Sus manos no se apoderan de las cosas sino que las
reparten. Su corazón no es soberbio, su pensamiento sin malevolencia, su vientre sin
hartura. En todo obra con discreción. En todo esto consiste el ser monje».
23. Dijo un anciano: «Pide a Dios que ponga en tu corazón la compunción y
la humildad. Ten siempre presentes tus pecados y no juzgues a los demás. Sométete a
todos y no tengas familiaridad con mujeres, ni con niños, ni con los herejes. No te fíes
de ti mismo, sujeta la lengua y el apetito y prívate del vino. Y si alguno habla contigo
de cualquier cosa, no discutas con él. Si lo que te dice está bien, di: "Bueno", Si está
mal, di; "Tú sabrás lo que dices." Y no disputes con él de lo que ha hablado. Y así tu
alma tendrá paz».

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II. DE LA HESYQUIA
1. El abad Antonio dijo: «Los peces que se detienen sobre la tierra firme,
mueren. Del mismo modo los monjes que remolonean fuera de su celda, o que
pierden su tiempo con la gente del mundo se apartan de su propósito de hesyquia 4.
Conviene, pues, que lo mismo que el pez al mar, nosotros volvamos a nuestra celda lo
antes posible. No sea que remoloneando fuera, olvidemos la guarda de lo de dentro».
2. Dijo también: «El que permanece en la soledad y la hesyquia se libera de
tres géneros de lucha: la del oído, la de la palabra y la de la vista. No le queda más
que un solo combate: el del corazón».
3. El abad Arsenio, cuando todavía estaba en palacio, oró al Señor diciendo:
«Señor, condúceme a la salvación». Y escuchó una voz que le dijo: «Arsenio, huye de
los hombres y te salvarás». Una vez incorporado a la vida monástica, oró de nuevo
con las mismas palabras. Y escuchó a la voz que decía: «Arsenio, huye, calla y
practica la hesyquia; éstas son las raíces para no pecar».
4. El arzobispo Teófilo, de feliz memoria, vino un día con un juez al abad
Arsenio. Y el arzobispo le interrogó para escuchar una palabra de él. El anciano
guardó un momento de silencio, y le respondió: «Si os digo una palabra, ¿la
cumpliréis?». Se lo prometieron así. Y el anciano les dijo: «Si oís decir que Arsenio
está en determinado lugar, ¡no vayáis allí!».
5. Otra vez, el arzobispo quiso verle, envió antes a preguntar si le recibiría. El
anciano mandó que le respondieran: «Si vienes te recibiré. Pero si te recibo a ti,
recibiré a todo el mundo. Y entonces, ya no perteneceré más a este lugar». Ante estas
palabras, el arzobispo dijo: «Si voy a hacer que se marche, nunca jamás iré a ver a ese
santo varón».
6. El abad Arsenio llegó un día a un cañaveral, y el viento agitaba las cañas.
El anciano dijo a los hermanos: «¿Qué es eso que se mueve?». «Son las cañas», le
respondieron. «Ciertamente, si uno se encuentra en plena hesyquia y escucha el canto
de un pájaro, su corazón ya no poseerá esa hesyquia. Siendo esto así, ¿que será de
vosotros con el ruido de esas cañas».
7. Se contaba del abad Arsenio que tenía su celda a treinta y dos millas de
distancia, y que rara vez salía de ella, pues otros se encargaban de traerle lo que
necesitaba. Pero cuando Scitia fue devastado, marchó de allí llorando y dijo: «El
mundo ha perdido Roma y los monjes han perdido Scitia».
4

HESYQUIA: Tranquilidad, quietud, sea del alma pacificada, sea de la vida monástica en general, sea, finalmente, de una vida
más solitaria dentro o fuera el cenobitismo.

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8. Una vez que el abad Arsenio se encontraba en Canope, vino de Roma una
matrona virgen, muy rica y temerosa de Dios, para verle. La recibió el arzobispo
Teófilo y ella le pidió que intercediese ante el anciano para que la recibiera. El
arzobispo se llegó a él y le dijo: «Una matrona ha venido de Roma y quiere verte».
Pero el anciano no consintió en recibirla. Cuando la dama recibió la respuesta, hizo
preparar su cabalgadura diciendo: «Confío en Dios que he de verle. En nuestra
ciudad hay muchos hombres, pero yo he venido a ver no un hombre sino un profeta».
Y al llegar a la celda del anciano, por disposición divina, el anciano se encontraba
providencialmente fuera de ella. Y al verle la matrona se arrojó a sus pies. Pero él,
indignado, la levantó y le dijo mirándola fijamente: «Si quieres ver mi rostro
¡míralo!». Pero ella, llena de confusión no le miró. El anciano continuó: «¿No has
oído hablar de mis obras? Eso es lo que hay que mirar. ¿Cómo te has atrevido a hacer
una travesía tan larga? ¿No sabes que eres una mujer y que una mujer no debe salir a
ninguna parte? ¿Irás a Roma y dirás a las demás, mujeres: "He visto a Arsenio", y
convertirás el mar en un camino para que las mujeres vengan a yerme?». Ella
respondió: «Si Dios quiere que vuelva a Roma, no permitiré a ninguna mujer que
venga aquí. Pero ruega por mi y acuérdate siempre de mi». Arsenio le contestó: «Pide
a Dios que borre de mi corazón tu recuerdo». Al escuchar estas palabras ella se retiró
llena de turbación, y al llegar a Alejandría cayó enferma a causa de la tristeza. Se
comunicó su enfermedad al arzobispo, que vino para consolarla y le preguntó que le
sucedía. Ella le dijo: «¡Ojalá no hubiera ido allí! Dije al anciano: "Acuérdate de mí" y
me respondió: "¡Pide a Dios que borre de mi corazón tu memoria!". Y me muero por
ello de tristeza». Y el arzobispo le dijo: «¿No te das cuenta de que eres una mujer y
que el enemigo combate a los santos por las mujeres? Por eso te ha hablado así el
anciano. Pero él rogará sin cesar por tu alma». De este modo quedó curado el
corazón de la buena mujer y volvió a su casa llena de alegría.
9. Dijo el abad Evagrio: «Arranca de ti las múltiples afecciones, para que no
se turbe tu corazón y desaparezca la hesyquia».
10. En Scitia, un hermano vino al encuentro del abad Moisés, para pedirle
una palabra. Y el anciano le dijo:«Vete y siéntate en tu celda; y tu celda te lo enseñará
todo».
11. El abad Moisés dijo:«El hombre que huye del hombre es semejante a la
uva madura; el que convive con los hombres, a la uva amarga».
12. El abad Nilo dijo: «El que ama la hesyquia permanece invulnerable a las
flechas del enemigo; el que se mezcla con la muchedumbre, recibirá frecuentes
heridas».

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13. El abad Pastor dijo: «El origen de los males es la disipación». Dijo
también: «Es bueno huir de las cosas corporales. Pues mientras uno está enfrascado
en la lucha corporal, se parece al hombre que permanece de pie junto a un lago muy
profundo: el enemigo le precipitará en él fácilmente en el momento que lo estime
conveniente. Pero cuando se está lejos de las cosas corporales, se parece al hombre
lejos del pozo; si el enemigo le arrastra para precipitarle en él, mientras tira de él con
violencia, Dios le envía su ayuda».
14. Abraham, discípulo de abad Sisoés, le decía en cierta ocasión: «Padre, has
envejecido, acerquémonos un poco al mundo habitado». Y el abad Sisoés le
respondió: «Vayamos donde no haya mujer». Y su discípulo le contestó: «Fuera del
desierto, ¿dónde existe lugar donde no haya mujer?». «Entonces, respondió el
anciano, llévame al desierto».
15. Una abadesa dijo: «Muchos de los que estaban sobre el monte perecieron,
porque sus obras eran las del mundo. Es mejor vivir con mucha gente y llevar, en
espíritu, una vida solitaria, que estar solo y vivir, en espíritu, con la multitud».
16. Un anciano dijo: «El monje debe siempre procurarse la hesyquia para que
pueda despreciar las desgracias corporales, si llegan a producirse».
17. Uno contó: «Tres amigos, llenos de celo, se hicieron monjes. Uno de ellos
eligió reconciliar a los que tenían pleitos, según lo que esta escrito: "Bienaventurados
los que buscan la paz" (Mat 59). El segundo se propuso visitar a los enfermos. El
tercero se fue a poner en práctica la hesyquia en la soledad. El primero, agotándose
entre los pleitos de los hombres, no podía pacificar a todos. Desalentado se fue donde
el que ayudaba a los enfermos y lo encontró también desanimado, incapaz de
cumplir el mandamiento divino. De común acuerdo fueron al encuentro del que se
había retirado al desierto, y le contaron sus tribulaciones y le rogaron que les dijera a
qué situación había llegado. Este quedó un momento en silencio, y llenando una copa
de agua les dijo: «Mirad este agua»; estaba turbia. Y poco después añadió: «Mirad
ahora cómo se ha vuelto transparente». Se inclinaron sobre el agua y vieron en ella su
rostro como un espejo. Y les dijo: «Esto sucede al que mora en medio de los hombres:
el desorden no le permite ver sus pecados, pero sí recurre a la hesyquia, sobre todo en
el desierto, descubrirá sus pecados».

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III. DE LA COMPUNCIÓN
1. Se contaba del abad Arsenio que durante toda su vida, cuando se sentaba
para el trabajo manual, tenía un lienzo sobre el pecho, a causa de las lágrimas que
corrían continuamente de sus ojos.
2. Un hermano rogó al abad Amonio: «Dime una palabra». El anciano le
dijo: «Adopta la mentalidad de los malhechores que están en prisión. Preguntan:
3. "¿Dónde está el juez? ¿Cuándo vendrá?" y a la espera de su castigo lloran.
También el monje debe siempre mirar hacia arriba y conminar a su alma diciendo:
4. "¡Ay de mí! ¿Cómo podré estar en pie ante el tribunal de Cristo? ¿Cómo
podré darle cuenta de mis actos?". Si meditas así continuamente, podrás salvarte».
5. El abad Evagrio dijo: «Cuando estés en tu celda, recógete y piensa en el día
de la muerte. Represéntate ese cuerpo cuya vida desaparece: piensa en esta
calamidad, acepta el dolor y aborrece la vanidad de este mundo. Sé humilde y
vigilante para que puedas siempre perseverar en tu vocación a la hesyquia y no
vacilarás. Acuérdate también del día de la resurrección y trata de imaginarte aquel
juicio divino, terrible y horroroso. Acuérdate de los que están en el infierno. Piensa en
el estado actual de sus almas, en su amargo silencio, en sus crueles gemidos, en su
temor y mortal agonía, en su angustia y dolor, en sus lágrimas espirituales que no
tendrán fin, y nunca jamás serán mitigadas. Acuérdate también del día de la
resurrección e imagínate aquel juicio divino, espantoso y terrible y en medio de todo
esto la confusión de los pecadores a la vista de Cristo y de Dios, en presencia de los
ángeles, arcángeles, potestades y de todos los hombres. Piensa en todos los suplicios,
en el fuego eterno, en el gusano que no muere, en las tinieblas del infierno, y más aún
en el rechinar de los dientes, terrores y tormentos. Recuerda también los bienes
reservados a los justos, su confianza y seguridad ante Dios Padre y Cristo su Hijo,
ante los ángeles, arcángeles, potestades y todo el pueblo. Considera el reino de los
cielos con todas sus riquezas, su gozo y su descanso. Conserva el recuerdo de este
doble destino, gime y llora ante el juicio de los pecadores, sintiendo su desgracia y
teme no caer tú mismo en ese mismo estado. Pero alégrate y salta de gozo pensando
en los bienes reservados a los justos y apresúrate a gozar con éstos y en alejarte de
aquéllos. Cuidare de no olvidar nunca todo esto, tanto si estás en tu celda como si
estás fuera de ella, ni lo arrojes de tu memoria y con ello huirás de los sórdidos y
malos pensamientos».

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6. El abad Elías dijo: «Temo tres cosas: una el momento en que mi alma
saldrá del cuerpo; la segunda el momento de comparecer ante Dios; la tercera cuando
se dicte sentencia contra mí».
7. El arzobispo Teófilo, de santa memoria, dijo al morir: «Dichoso tú, abad
Arsenio, que siempre tuviste presente esta hora».
8. Se decía entre los hermanos que en el curso de una comida de hermandad,
un hermano se echó a reír en la mesa. Y al verlo, el abad Juan lloró y dijo: «¿Qué
tendrá en su corazón este hermano que se echa a reír cuando debería más bien llorar,
puesto que come el ágape?».
9. El abad Jacobo dijo: «Así como una lámpara ilumina una habitación
oscura, así el temor de Dios, cuando irrumpe en el corazón del hombre, le ilumina y
le enseña todas las virtudes y mandamientos divinos».
10. Preguntaron unos padres al abad Macario, el egipcio: «¿Por qué tu cuerpo
está siempre reseco, lo mismo cuando comes que cuando ayunas?». Y dijo el anciano:
«Así como el madero con el que se manejan los leños que arden en el fuego, acaba
siempre por consumirse, así también cuando un hombre purifica su espíritu en el
temor de Dios, este temor de Dios consume hasta sus huesos».
11. Los ancianos del monte de Nitria enviaron a un hermano a Scitia, al abad
Macario, para rogarle que viniese donde ellos estaban. En caso de que él no viniera,
que supiese que iría a verle una gran muchedumbre, pues querían visitarle antes de su
partida hacia el Señor.
Cuando llegó al monte, una gran multitud de hermanos se congregó junto a
él. Y los ancianos le pidieron una palabra para los hermanos. Entonces Macario,
anegado en lágrimas, les dijo: «Lloremos hermanos, dejemos que nuestros ojos se
llenen de lágrimas, antes de que vayamos allí donde nuestras lágrimas quemarán
nuestros cuerpos». Y todos lloraron y se postraron rostro en tierra diciendo: «Padre,
ruega por nosotros».
12. Viajando un día por Egipto, el .abad Pastor vio a una mujer que lloraba
amargamente junto a un sepulcro y dijo: «Aunque le ofreciesen todo los placeres del
mundo, no arrancaría su alma del llanto. De la misma manera el monje debe llorar
siempre por si mismo».
13. Otra vez el abad Pastor atravesaba, con el abad Anub, la región de
Diolcos, llegaron cerca de los sepulcros y vieron a una mujer que se golpeaba
violentamente y lloraba amargamente. Se detuvieron un momento para
contemplarla. Prosiguieron su camino y poco después encontraron a una persona y el

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abad Pastor le preguntó: «¿Qué le sucede a esa mujer para que llore de esa manera?».
El otro respondió: «Ha perdido a su marido, a su hijo y a su hermano». Entonces el
abad Pastor dijo al abad Anub: «Te digo que si el hombre no mortifica todos los
deseos carnales y no consigue una aflicción como ésta, no puede llegar a ser monje.
Pues para esa mujer su alma y toda su vida están en el llanto».
14. El abad Pastor dijo también: «La función del penthos es doble: cultiva y
cuida» (cf. Gén 2, 15).
15. Un hermano preguntó al abad Pastor: «¿Qué debo hacer?». El respondió:
«Cuando Abraham llegó a la tierra prometida compró un sepulcro, y por este
sepulcro recibió en herencia la tierra» (cf. Gén 23). Y el hermano le dijo: «¿Qué
sepulcro es éste?». «Es, respondió el anciano, el lugar del phentos y de las lágrimas».
16. Atanasio, de santa memoria, rogó al abad Pambo que bajase al desierto de
Alejandría. Cuando llego allí, vio a una comediante y se puso a llorar. Los presentes le
preguntaron por qué lloraba, y él les dijo: «Dos cosas me han turbado: primero la
perdición de esa mujer; en segundo lugar, que no tengo tanto empeño en agradar a
Dios como el que ésta tiene en agradar a los hombres depravados».
17. Un día el abad Silvano, sentado entre sus hermanos, entró en éxtasis y
cayó rostro en tierra. Y después de largo rato, se levantó llorando. Y los hermanos le
preguntaron:«¿Qué te sucede padre?». Y como insistiesen dijo: «He sido raptado al
lugar del juicio y he visto a muchos que vestían nuestro hábito que iban a los
tormentos y a muchos hombres del mundo que iban al Reino». Desde entonces, el
anciano se entregó al penthos y no quería salir de su celda. Y si le obligaban a salir, se
cubría el rostro con su capucha diciendo: «¿Qué necesidad hay de ver esta luz
temporal, que no sirve para nada?».
18. Sinclética, de santa memoria, dijo: «A los pecadores que se convierten les
esperan primero trabajos y un duro combate y luego una inefable alegría. Es lo
mismo que ocurre a los que quieren encender fuego, primero se llenan de humo y por
las molestias del mismo lloran, y así consiguen lo que quieren. Porque escrito está:
"Yahveh tu Dios es un fuego devorador" (Dt 4, 24). También nosotros con lágrimas y
trabajos debemos encender en nosotros el fuego divino».
19. El abad Hiperiguio dijo: «El monje que vela, trabaja día y noche con su
oración continua. El monje que golpea su corazón hace brotar de él lágrimas y
rápidamente alcanza la misericordia de Dios».
20. Unos hermanos, en compañía de unos seglares acudieron al abad Félix y
le rogaron que les dijese una palabra. El anciano callaba. Como seguían insistiendo,
les dijo: «¿Queréis escuchar una palabra?». «Sí, padre», respondieron. Y el anciano

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dijo entonces: «Ahora ya no hay palabra. Cuando los hermanos interrogaban a los
ancianos y cumplían lo que éstos les decían, Dios inspiraba a los ancianos lo que
debían decir. Ahora, como preguntan y no hacen lo que oyen, Dios ha retirado a los
ancianos su gracia para que encuentren lo que deben hablar, pues no hay quien lo
ponga por obra». Al escuchar estas palabras, los hermanos dijeron entre sollozos:
«Padre, ruega por nosotros».
21. Se contaba del abad Hor y del abad Teodoro que, estando cubriendo de
barro el techo de una celda, se dijeron el uno al otro: «¿Qué haríamos si Dios nos
visitase ahora mismo?». Y llorando abandonaron cada uno su trabajo y volvieron
cada uno a su celda.
22. Un anciano contó que un hermano quería convertirse, pero su madre se lo
impedía. Pero él no cesaba en su propósito y decía a su madre: «Quiero salvar mi
alma». Después de mucho resistirse, viendo que no podía impedir su deseo, la madre
le dio el permiso. Hecho monje vivió negligentemente. Murió su madre y poco
después él enfermó de gravedad. Tuvo un rapto y fue llevado al lugar del juicio y
encontró a su madre entre los condenados. Ella se extrañó al verle y le dijo: «¿Qué es
esto, hijo? ¿También te han condenado a venir aquí? ¿Qué ha sido de aquellas
palabras que decías: "Quiero salvar mi alma?"». Confuso por lo que oía, transido de
dolor, no sabía qué responder a su madre. La misericordia de Dios quiso que después
de esta visión se repusiera y curara de su enfermedad. Y reflexionando sobre el
carácter milagroso de esta visión se encerró en su celda y meditaba sobre su salvación.
Hizo penitencia y lloró las faltas cometidas antes de su negligencia. Su compunción
era tan intensa que cuando le rogaban que aflojase un poco, no fuese que las muchas
lágrimas perjudicasen su salud, rechazaba el ser consolado y decía: «Si no he podido
soportar el reproche de mi madre, ¿cómo podré soportar mi vergüenza en el día del
juicio en presencia de Cristo y de sus santos ángeles?».
23. Un anciano dijo: «Si fuese posible a las almas de los hombres morir de
miedo, cuando venga Cristo después de la resurrección, todo el mundo moriría de
terror y espanto. ¿Qué será el ver rasgarse los cielos y a Dios mostrando su ira y su
indignación, y los ejércitos innumerables de ángeles y a toda la humanidad reunida?
Debemos pues vivir en consecuencia, ya que Dios nos va a pedir cuentas de todos
nuestros actos».
24. Un hermano preguntó a un anciano: «Padre, ¿por qué mi corazón es duro
y no temo al Señor?». «A mi modo de ver, respondió el anciano, aquel que se
reprocha a si mismo en su corazón alcanzará el temor a Dios». Y le dijo el hermano:
«¿Qué reproches?». El anciano le respondió: «En toda ocasión el hombre debe
recordar a su alma: acuérdate que tienes que comparecer delante de Dios. O

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también: ¿qué tengo yo que ver con los hombres? Estimo que si se persevera en estas
disposiciones vendrá el temor de Dios».
25. Un anciano vio a uno que se reía y le dijo: «Debemos dar cuenta de toda
nuestra vida ante el Señor de cielo y tierra, ¿y tú, ríes?»
26. Dijo un anciano: «Así como siempre llevamos con nosotros, dondequiera
que vayamos, la sombra de nuestros cuerpos, del mismo modo debemos, en todo
lugar, tener con nosotros las lágrimas y la compunción».
27. Un hermano pidió a un anciano: «Padre, dime una palabra». El anciano
le dijo: «Cuando Dios hirió a Egipto, no había ninguna casa donde no existiera el
penthos5».
28. Un hermano preguntó a otro anciano: «¿Qué debo hacer?». Y le dijo el
anciano: «Debemos llorar siempre». Sucedió que murió un anciano y volvió en sí
después de varias horas. Y le preguntamos: «Padre ¿qué has visto allí?». Y él nos
contó llorando: «Oí una lúgubre voz que repetía sin cesar: "¡Ay de mi, ay de mí!". Eso
es lo que nosotros debemos decir siempre».
29. Un hermano preguntó a un anciano: «¿Por qué mi alma desea las
lágrimas como aquellas que he oído decir derramaban los Padres antiguos, y no
vienen y eso turba mi alma?». Y el anciano respondió: «Los hijos de Israel tardaron
cuarenta años en entrar en la tierra de promisión. Las lágrimas son como una tierra
de promisión: si llegas a ellas ya no temerás la lucha. Por eso Dios quiso afligir al
alma, para que siempre desee entrar en aquella tierra».

5

PENTHOS: Duelo por la muerte de un pariente. Y de aquí, en sentido espiritual: tristeza causada por el estado de muerte en
que el alma se encuentra a consecuencia del pecado, sea del pecado propio o del pecado del prójimo.

13

IV. DEL DOMINIO DE SÍ
1. Unos hermanos de Scitia quisieron ver al abad Antonio. Se embarcaron en
una nave y se encontraron en ella un anciano que también quería ir donde Antonio.
Pero los hermanos no lo sabían. Sentados en el barco hablaban de las sentencias de
los Padres, de las Escrituras y de sus trabajos manuales. El anciano guardaba silencio.
Al llegar al puerto supieron que también él iba en busca del abad Antonio. Cuando se
presentaron, el abad Antonio les dijo: «Buen compañero de viaje encontrasteis en este
anciano». Y luego dijo al anciano: «Padre, has encontrado unos buenos hermanos».
Pero el anciano le respondió: «Son buenos pero su habitación no tiene puerta. En su
establo entra todo el que quiere y desata el asno». Esto lo decía porque los hermanos
hablaban de todo lo que pasaba por su cabeza.
2. El abad Daniel contaba que el abad Arsenio pasaba la noche en vela.
Después de velar toda la noche, cuando al amanecer quería dormir, por las exigencias
de la naturaleza, decía al sueño: «Ven, siervo malo», y sentado dormía furtivamente
un poco y en seguida se levantaba.
3. El abad Arsenio decía: «Al monje le basta dormir una hora, si es un
luchador».
4. El abad Daniel decía: «El abad Arsenio ha vivido muchos años con
nosotros y cada año le suministrábamos una escasa ración de alimentos. Y sin
embargo, siempre que íbamos a verle comíamos de ella».
5. Decía también el abad Daniel, que el abad Arsenio no cambiaba más que
una vez al año el agua de las palmas, contentándose con añadir lo necesario el resto
de las veces. Hacia esteras con las palmas y las cosía hasta la hora de sexta. Le
preguntaron los ancianos por qué no cambiaba el agua de las palmas, que olía mal. Y
les dijo: «A cambio de los perfumes y de los ungüentos olorosos que usaba en el
mundo, es preciso que utilice ahora este agua que hiede».
6. Y contó también: «Cuando el abad Arsenio sabía que los frutos de cada
especie estaban ya maduros, decía: "Traédmelos", y probaba una sola vez un poco de
cada uno, dando gracias a Dios».
7. Se decía del abad Agatón que durante tres años se había metido una piedra
en la boca, hasta que consiguió guardar silencio.
8. El abad Agatón viajaba un día con sus discípulos. Y uno de ellos encontró
un saquito de guisantes en el camino, y dijo al anciano: «Padre, si quieres lo cojo».
Admirado Agatón, se volvió y dijo: «¿Lo has colocado tú ahí?». «No», respondió el
hermano. «Pues, ¡cómo, exclamó el anciano, quieres llevarte lo que no has puesto!».

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9. Un día, un anciano vino al abad Aquilas, y viendo que arrojaba sangre por
la boca, le pregunto: «¿Qué es esto, padre?». Y dijo el anciano: «Una palabra de un
hermano, que me ha contristado y que estoy intentando guardarla dentro de mí sin
devolvérsela. Y he rogado a Dios que me la quitase, y se ha convertido en sangre
dentro de mi boca. Y ya la he escupido y he recobrado la paz y olvidado mi disgusto».
10. Un día en Scitia, el abad Aquiles entro en la celda del abad Isaías y le
encontró comiendo. Había puesto sal y agua en su plato. Pero viendo que lo escondía
detrás de una brazada de palmas le dijo: «Dime, ¿qué comías». El abad Isaías
respondió: «Perdóname, Padre, estaba cortando palmas y he sentido calor, tomé unos
granos de sal y los metí en la boca. Pero como no pasaba la sal que había puesto en
mi boca, me he visto obligado a echar un poco de agua sobre la sal fina, para poder
tragaría. Pero, ¡perdóname, Padre!». Y el abad Aquiles dijo: «Venid a ver a Isaías
comedor de sopa en Scitia. Si quieres tomar sopa, ¡vete a Egipto!».
11. El abad Ammoés estaba enfermo y tuvo que guardar cama muchos años.
Pero nunca se permitió examinar el interior de su celda para ver lo que tenía. Le
traían muchas cosas, como se hace con los enfermos, pero cuando su discípulo Juan
entraba o salía, cerraba los ojos para no ver lo que hacia. Sabía que Juan era un
monje de toda confianza.
12. El abad Benjamín, presbítero en las Celdas, fue un día a un anciano de
Scitia y quiso darle un poco de aceite. Este le dijo: «Mira donde está el vasito que me
trajiste hace tres años: donde lo pusiste allí sigue». Al oír esto, nos admiramos de la
virtud del anciano.
13. Se contaba lo siguiente del abad Dióscoro de Namisias: «Comía pan de
cebada y de harina de lentejas. Y cada año se ponía la observancia de una práctica
concreta. Por ejemplo, no ir en todo el año a visitar a nadie, o no hablar, o no tomar
alimentos cocidos, o no comer ni frutas ni legumbres. Y así procedía en todas sus
obras. Y apenas terminada una cosa, comenzaba otra, y siempre durante un año».
14. El abad Evagrio dijo que un anciano le había dicho: «Aparto de milos
deleites carnales para evitar las ocasiones de ira. Pues sé muy bien que la cólera me
combate con ocasión de estos deleites, turbando mí espíritu y ahuyentando el
conocimiento de Dios».
15. Epifanio, obispo de Chipre, envió un día a decir al abad Hilarión: «Ven
para que nos veamos antes de morir». Se encontraron y mientras comían les trajeron
un ave. El obispo se la ofreció al abad Hilarión, pero el anciano le dijo: «Perdona,
Padre, pero desde que vestí este hábito no he comido carne». Epifanio le respondió:
«Yo, desde que tomé este hábito, no he permitido que nadie se acostara teniendo algo

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contra mí, ni he dormido nunca teniendo algo contra alguno». E Hilarión le dijo:
«Perdóname, tu práctica es mejor que la mía».
16. Decían del abad Eladio que había vivido veinte años en su celda sin
levantar los ojos para ver el techo.
17. El abad Zenón, caminando un día a Palestina, sintió cansancio, y se sentó
para comer junto a un campo de pepinos. Y su espíritu le empujaba diciendo: «Toma
un pepino y cómelo. ¿Qué valor tiene un pepino?». Pero él respondió a su
pensamiento diciendo: «Los ladrones son llevados al suplicio. Pruébate a ti mismo
para ver si puedes soportar los tormentos». Se levantó y se puso cinco días a pleno sol
y mientras se tostaba decía: «No puedo soportar los tormentos». «Pues si no puedes
soportarlos, no robes para comer», concluyó.
18. Dijo el abad Teodoro: «La falta de pan extenúa el cuerpo del monje».
Pero otro anciano decía: «Las vigilias lo extenúan más».
19. El abad Juan, que era de pequeña estatura decía: «Cuando un rey quiere
tomar una ciudad a los enemigos, primero les corta el agua y los víveres, para que
agotados de hambre capitulen. Lo mismo ocurre con las pasiones carnales: si el
hombre vive en ayuno y hambre, los enemigos que tientan su alma se debilitan».
20. Dijo también: «Subía un día por el camino que lleva a Scitia, con un fardo
de palmas. Vi un camellero gritando, que me empujaba a la cólera. Abandoné mi
carga y huí».
21. El abad Isaac, presbítero de las Celdas, dijo: «Conozco a un hermano que,
recogiendo la cosecha en un campo, quiso comer una espiga de trigo. Y dijo al dueño
del campo: "¿Puedo comer una sola espiga?". Este, admirado, le respondió: "Padre, el
campo es tuyo ¿y me preguntas?"». Hasta tanto llegaba la delicadeza de este
hermano.
22. Un hermano preguntó al abad Isidoro, anciano de Scitia: «¿Por qué te
temen tanto los demonios?». Y el anciano respondió: «Desde que soy monje me he
esforzado en impedir que la cólera suba a mi garganta».
23. Decía también que durante más de cuarenta años, en los cuales se había
sentido interiormente empujado al pecado, nunca había consentido ni a la
concupiscencia, ni a la ira.
24. El abad Casiano contaba que el abad Juan fue a visitar al abad Esio, que
vivió durante cuarenta años en la parte más alejada del desierto. Amaba mucho a
Esio y con la confianza que le confería este afecto le preguntó: «Vives hace mucho
tiempo retirado y no es fácil que te moleste ningún hombre, dime: ¿qué has

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conseguido?». Y él dijo: «Desde que vivo solo, nunca me vio el sol tomar alimento». Y
el abad Juan le contestó: «Ni a mi me ha visto jamás encolerizado».
25. Dijo también: «El abad Moisés nos contó esta historia que había
escuchado al abad Serapión: "En mi juventud vivía con mi abad Theonas. Comíamos
juntos, y al final de la comida, por instigación del diablo, robé un panecillo y lo comí
a escondidas, sin que lo supiera mi abad. Como seguí haciendo lo mismo durante
algún tiempo, el vicio empezó a dominarme y no tenía fuerzas para contenerme. Tan
sólo me condenaba mí conciencia y me daba vergüenza el confesárselo al anciano.
Pero por una disposición de la misericordia de Dios, unos hermanos vinieron a visitar
al anciano buscando provecho para sus almas y le preguntaron sobre sus propios
pensamientos. El anciano respondió: "Nada hay tan perjudicial para los monjes y
alegra tanto a los demonios como el ocultar sus pensamientos a los Padres
espirituales". Luego les habló de la continencia. Mientras hablaba, yo me puse a
pensar que Dios había revelado al anciano lo que yo había hecho. Arrepentido,
empecé a llorar, saqué del bolsillo el panecillo que tenía la mala costumbre de robar y
arrojándome al suelo pedí perdón por el pasado y su oración para enmendarme en el
futuro. Entonces el anciano me dijo: "Hijo mío, sin que yo haya tenido necesidad de
decir una sola palabra, tu confesión te ha liberado de esa esclavitud; y acusándote tú
mismo, has vencido al demonio que entenebrecía tu corazón procurando tu silencio.
Hasta ahora le habías permitido que te dominara sin contradecirle ni resistirle de
ninguna manera. En adelante, nunca más tendrá morada en ti, porque ha tenido que
salir de tu corazón a plena luz". Todavía estaba hablando el anciano cuando se hizo
realidad lo que decía: salió de mi pecho una especie de llama que llenó toda la casa
de un olor fétido, hasta tal punto que los presentes pensaron que se había quemado
una buena cantidad de azufre. Y el anciano dijo entonces: «Hijo mío, con esta señal,
el Señor ha querido darnos una prueba de la verdad de mis palabras y de la realidad
de tu liberación"».
26. Decían del abad Macario que cuando descansaba con los hermanos se
había fijado esta norma: si había vino, bebía en atención a los hermanos, pero luego
por cada vaso de vino pasaba un día sin probar agua. Y los hermanos, pensando que
le daban gusto, le ofrecían vino. Y el anciano lo tomaba con alegría para mortificarse
después. Pero uno de sus discípulos que conocía su norma, dijo a los hermanos: «Por
amor de Dios, no le deis vino, que luego se atormenta en su celda». Cuando los
hermanos lo supieron nunca más le dieron vino.
27. El abad Macario el mayor, decía en Scitia a los hermanos: «Después de la
misa en la iglesia, huid, hermanos». Y uno de ellos le preguntó: «¿Padre, dónde
podremos huir más lejos de este desierto?». El abad puso su dedo en la boca y dijo:

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«De esto, os digo, que tenéis que huir». Y él entraba en su celda y cerrando la celda
se quedaba solo.
28. Dijo el abad Macario: «Si queriendo reprender a alguno, te domina la ira,
satisface tu propia pasión. Por salvar a tu prójimo, no debes perderte tu».
29. El abad Pastor dijo: «Si Nabuzardán, el jefe de cocina, no hubiese venido,
no se hubiese incendiado el templo del Señor (cf. 2 Re 25,8). Del mismo modo, si la
gula y la hartura en el comer no penetran en el alma, nunca sucumbirá el espíritu en
su lucha contra el enemigo».
30. Se decía del abad Pastor que cuando le invitaban a comer iba a disgusto y
contra su voluntad, para no desobedecer y contristar a sus hermanos.
31. Le contaban al abad Pastor que había un monje que no bebía vino. Y él
les respondió: «El vino no convierte en absoluto a los monjes».
32. Dijo el abad Pastor: «Así como el humo expulsa a las abejas para retirar la
dulce miel que han elaborado, así las comodidades corporales arrojan del alma el
temor de Dios y le roban toda obra buena».
33. He aquí lo que un anciano contó del abad Pastor y de sus hermanos:
«Vivían en Egipto. Su madre deseaba verlos, pero no podía conseguirlo. Un día se
presentó ante ellos, cuando acudían a la iglesia. Al verla, volvieron a sus celdas y le
dieron con la puerta en las narices. Entonces ella, de pie ante la puerta, se puso a
gritar y a llorar para moverles a compasión. Al escucharla, el abad Anub acudió al
abad Pastor y le dijo: "¿Qué podemos hacer por esta anciana que llora ante la
puerta?". El abad Pastor acudió a la puerta y desde dentro escuchó sus lamentos, que
verdaderamente movían a compasión. Y dijo: "¿Por qué lloras así, anciana?". Ella, al
oír su voz, redobló sus gritos y sus lamentos diciendo: "Deseo veros, hijos míos. ¿Qué
puede suceder porque os vea? ¿Acaso no soy vuestra madre? ¿No os amamanté y mis
cabellos no están ya completamente blancos?". Al oír su voz los monjes se
conmovieron profundamente. Y el anciano le dijo: "¿Prefieres vernos aquí o en el otro
mundo?". Y ella replicó: "Si no os veo aquí abajo, hijos míos, ¿os veré allí arriba?", y
el abad Pastor le contestó: "Si tienes valor para no vernos aquí abajo, nos verás allí
arriba". Y la mujer se marchó alegre diciendo: "Si es seguro que he de veros allá
arriba, no quiero veros aquí".
34. Se decía del abad Pior que comía caminando. Y al preguntarle uno por
qué comía así, respondió que no comía como el que realiza una ocupación sino como
el que realiza una cosa superflua. A otro que le hizo la misma pregunta le contestó:
«Es para que mientras como el alma no experimente ningún placer corporal».

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35. Decían del abad Pedro Pionita, que vivía en las Celdas, que no bebía vino.
Cuando se hizo viejo, le rogaban que tomase un poco. Como no aceptaba, se lo
mezclaron con agua y se lo presentaron. Y dijo: «Creedme, hijos, que lo considero un
lujo». Y se condenaba a si mismo por tomar ese agua teñida de vino.
36. Se celebraron un día misas en el monte del abad Antonio, y se halló allí un
poco de vino. Uno de los ancianos llenó una copita y se la llevó al abad Sisoés y éste
se la bebió. Recibió una segunda copa y la bebió también. Pero cuando le trajeron la
tercera, la rechazó diciendo: «Alto, hermano, ¿acaso ignoras que existe Satanás?».
37. Un hermano pregunto al abad Sisoés: «¿Qué debo hacer? Porque cuando
voy a la iglesia a menudo los hermanos me retienen por caridad para la comida». Y
dijo el anciano: «Es cosa peligrosa». Y su discípulo Abraham le preguntó entonces:
«Si se acude a la iglesia el sábado y el domingo y un hermano bebe tres copas, ¿es
demasiado?». «No lo sería si no existiese Satanás», respondió el anciano.
38. A menudo, su discípulo decía al abad Sisoés: «Padre, vamos a comer».
Pero él contestaba: «Pero hijo mío, ¿no hemos comido?». «No, padre», replicaba el
discípulo. Entonces, el viejo decía: «Si no hemos comido, trae lo necesario y
comamos».
39. Un día el abad Sisoés decía con parrhesia: «Créeme; hace treinta años
que no ruego a Dios por mis pecados, sino que le digo en mi oración: "Señor
Jesucristo, defiéndeme de mi lengua". Pero hasta ahora, caigo por causa de ella y
cometo pecado».
40. El abad Silvano y su discípulo Zacarías llegaron un día a un monasterio y,
antes de despedirse, les hicieron tomar un poco de alimento. Y en el camino,
encontraron agua y el discípulo quiso beber, pero el abad Silvano le dijo: «Zacarías,
hoy es ayuno». «Padre, respondió Zacarías, ¿no hemos comido hoy?», y el anciano le
contestó: «Aquella comida la hicimos por caridad, pero ahora, hijo, guardaremos
nuestro ayuno».
41. Santa Sinclética dijo: «El estado que hemos elegido nos obliga a guardar
la castidad más perfecta. Porque los seglares piensan que guardan castidad, pero es
necedad ya que pecan con los otros sentidos, sus miradas son poco decentes y ríen
desordenadamente».
42. Dijo también: «Así como las medicinas amargas alejan a los animales
venenosos, el ayuno, con oración, arroja del alma los malos pensamientos».
43. Decía también: «No te dejes seducir por los placeres de los ricos de este
mundo, como si estos goces encerraran alguna utilidad. Por ellos dan culto al arte

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culinario. Pero tú, estima en más las delicias del ayuno y de una comida vulgar. Ni
siquiera te sacies de pan, ni desees el vino».
44. El abad Sisoés decía: «Nuestra verdadera vocación es dominar la lengua».
45. El abad Hiperiquio decía: «El león es terrible para los potros salvajes. Lo
mismo el monje experimentado para los pensamientos deshonestos».
46. Decía también: «El ayuno es el freno del monje contra el pecado. El que
lo abandona es arrastrado por el deseo de la mujer como un fogoso caballo».
47. Decía también: «Por el ayuno, el cuerpo desecado del monje eleva su alma
de su bajeza y seca las fuentes de los placeres».
48. Dijo también: «El monje casto será honrado en la tierra y coronado por el
Altísimo en el cielo».
49. El mismo dijo: «El monje que no retiene su lengua en los momentos de
ira, tampoco dominará las pasiones de la carne cuando llegue el momento».
50. Decía también: «Es mejor comer carne y beber vino que comer la carne
de los hermanos murmurando de ellos».
51. Decía también: «Que tu boca no pronuncie palabras malas, pues la viña
no tiene espinas».
52. «La serpiente con sus insinuaciones arrojó a Eva del paraíso. Lo mismo
ocurre al que habla mal del prójimo: pierde el alma del que le escucha y no salva la
suya».
53. Un día de fiesta en Scitia, trajeron a un anciano un vaso de vino. El lo
rechazo diciendo: «Aparta de mi esta muerte». Y al ver esto los que comían con él
tampoco bebieron.
54. En otra ocasión trajeron un jarro de vino nuevo, para repartir un vaso a
cada uno de los hermanos. Y al entrar un hermano y ver que estaban bebiendo vino,
huyó a una gruta y la gruta se hundió. Al oír el ruido, acudieron los demás y
encontraron al hermano tendido en tierra medio muerto. Y comenzaron a
reprenderle: «Te está bien empleado a causa de tu vanagloria». Pero el abad le
confortó diciendo: «Dejad en paz a mi hijo. Ha hecho una obra buena. Y vive Dios,
que mientras yo viva no se reedificará esta gruta para que el mundo sepa que por
causa de un vaso de vino se hundió la gruta de Scitia».
55. Un día el presbítero de Scitia acudió a visitar al obispo de Alejandría. Y
cuando volvió le preguntaron los hermanos: «¿Qué pasa por la ciudad?». El
respondió: «Creedme hermanos, no he visto allí a nadie más que al obispo». Al oírle

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se admiraron y le dijeron: «¿Qué ha sucedido con todo el resto de la población?».
Pero el presbítero les reanimó diciendo: «Me he dominado para no ver ningún rostro
de hombre». Este relato aprovechó a los hermanos y se guardaron de levantar sus
ojos.
56. Un anciano vino a visitar a otro anciano, y éste dijo a su discípulo:
«Prepáranos unas pocas lentejas». Y él las preparó. Luego le dijo: «Tráenos pan», y lo
trajo. Y estuvieron hablando de cosas espirituales hasta la hora de sexta del día
siguiente. De nuevo el anciano dijo a su discípulo: «Hijo, prepáranos unas pocas
lentejas». Y el discípulo respondió: «Las tengo preparadas desde ayer». Y
levantándose se pusieron a comer.
57. Un anciano vino al encuentro de uno de los Padres. Este preparó unas
pocas lentejas y dijo: «Recitemos el oficio y luego comeremos». Uno de ellos recitó
todo el Salterio. El otro recitó de memoria, y por su orden, dos de los profetas
mayores. Al amanecer, el visitante se marchó: se habían olvidado de comer.
58. Un hermano tuvo hambre desde por la mañana. Luchó consigo mismo,
para no comer hasta la hora de tercia. A la hora de tercia se violentó para esperar
hasta .sexta. Preparó su pan y se sentó para comer. Pero enseguida se levantó
diciendo: «Esperaré hasta la hora de nona». A la hora de nona hizo su oración y vio
la tentación del Diablo salir de si como una humareda. Y dejó de sentir hambre.
59. Un anciano cayó enfermo y no pudo tomar alimento durante muchos
días. Su discípulo le pidió permiso para prepararle algo que le reconfortase. Fue y le
preparó una papilla con harina de lentejas. Había allí colgado un vaso que contenía
un poco de miel y otro lleno de aceite de lino que olía muy mal y que sólo servia para
la lámpara. El hermano se equivocó y en vez de miel echó en la papilla el fétido
aceite. Al gustarlo el anciano no dijo nada y siguió comiendo en silencio. Y el
hermano le insistía para que comiese más. Y el anciano haciéndose violencia volvió a
comer. Insistió el hermano por tercera vez, pero el anciano rehusó diciendo: «De
veras, hijo, no puedo más». El discípulo le animaba diciéndole: «Padre, está muy
bueno, voy a comer contigo». Y al probarlo, y comprender lo que había hecho, se
arrojó rostro en tierra, diciendo: «¡Ay de mi, padre!, te he asesinado, y me has
cargado con este pecado porque no has dicho nada». Y el anciano respondió: «No te
angusties, hijo; si Dios hubiera querido que comiese miel, tú hubieras puesto miel en
esta papilla».
60. Se contaba de un anciano que un día tuvo deseos de comer un pepino. Lo
tomó y se lo puso delante de sus ojos. Y aunque no sucumbió a su deseo, para
dominarse hizo penitencia por haberlo deseado con exceso.

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61. Un monje fue a visitar a su hermana que estaba enferma en un
monasterio. Esta monja era muy observante. Y no consintió en ver a ningún varón, ni
quiso dar ocasión a su hermano para que viniera en medio de las mujeres por causa
de ella. Y mandó que le dijeran: «Vete, hermano, y ruega por mi. Con la gracia de
Cristo te veré en el Reino de los cielos».
62. Un monje encontró a unas monjas en su camino. Y al verlas se apartó de
la calzada. Pero la abadesa le dijo: «Si fueses un monje perfecto, no nos hubieras
mirado y no hubieras sabido que éramos mujeres».
63. Un día los hermanos fueron a Alejandría, llamados por el arzobispo
Teófilo, para que con su oración quedasen destruidos los templos paganos. Y
mientras comían con él, les fue servida carne de vaca, y la comieron sin saber lo que
era. Y tomando un trozo el arzobispo se la ofreció al anciano, que se sentaba a su
lado, diciendo: «Come, Padre, que es un buen pedazo». Pero los otros le
respondieron: «Habíamos creído, hasta ahora, que se trataba de legumbres. Pero si es
carne no comeremos más». Y ninguno de ellos volvió a tomar nada.
64. Un hermano trajo panes tiernos e invitó a su mesa a unos ancianos. Y
después de comer cada uno de ellos un panecillo, se detuvieron. El hermano, que
conocía su gran abstinencia, empezó a suplicarles con humildad: «Por amor de Dios,
comed hoy hasta saciaros». Y cada uno comió otros diez panes. Esto muestra que si
comieron por amor de Dios en esta ocasión, eran verdaderos monjes que iban muy
lejos en su abstinencia.
65. Un día, un anciano enfermó gravemente y sus entrañas arrojaban sangre.
Y un hermano trajo unas ciruelas pasas e hizo con ellas una compota y se la ofreció al
anciano diciendo: «Come, que tal vez esto te siente bien». El anciano mirándole
lentamente le dijo: «De verdad te digo que me gustaría que Dios me mantuviera
treinta años con esta enfermedad». Y no accedió, en modo alguno, a tomar un
pequeño alimento a pesar de su grave enfermedad. El hermano recogió lo que había
traído y volvió a su celda.
66. Otro anciano vivía muy dentro del desierto. Vino a visitarle un hermano y
lo encontró enfermo. Le lavó el rostro y preparó una comida con lo que él había
traído. Al ver esto, dijo el anciano: «Es verdad, hermano, había olvidado que los
hombres encuentran consuelo en la comida». El hermano le ofreció también un vaso
de vino. El anciano al verlo se echó a llorar, diciendo: «No esperaba que tuviese que
beber vino antes de mi muerte».
67. Un anciano había decidido no beber agua durante cuarenta días. Y
cuando hacia calor lavaba su jarra y la colocaba delante de sus ojos. Los hermanos le

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preguntaron por qué hacia esto, y él les respondió: «Es para sufrir más viendo lo que
tanto deseo sin gustarlo. Así mereceré mayor recompensa del Señor».
68. Un hermano viajaba con su madre, ya anciana. Llegaron a un río que la
anciana no podía atravesar. Su hijo tomó su manto, envolvió con él sus manos, para
no tocar con ellas el cuerpo de su madre y cargando con ella atravesó el río. Su madre
le dijo: «Hijo mío, ¿por qué envolviste así tus manos?». Y él le respondió: «Porque el
cuerpo de una mujer es fuego. Y si te hubiera tocado me hubiera venido el recuerdo
de otras mujeres».
69. Un padre decía: «Conozco un hermano que ayunaba en su celda toda la
semana de Pascua. Y cuando la tarde del sábado venía para la sinaxis, se escapaba en
seguida de la comunión, para que los hermanos no le obligaran a comer con ellos. El
sólo comía unas pocas hierbas cocidas con sal y sin pan».
70. Un día en Scitia, los hermanos fueron convocados para preparar las
palmas. Uno de ellos enfermó por su gran austeridad de vida, se puso a toser y a
escupir sin quererlo sobre un hermano suyo. Este estaba tentado a decirle: «Basta ya,
no escupas sobre mi». Pero para dominarse, tomó el salivazo y llevándoselo a la boca,
lo tragó. Y se dijo a si mismo: «Una de dos: o no digas a tu hermano lo que puede
contristarle, o come lo que aborreces».

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V. DE LA IMPUREZA
1. El abad Antonio decía: «Pienso que en el cuerpo existen movimientos
carnales naturales. No operan si no se consiente en ellos, y se manifiestan en el cuerpo
tan sólo como un movimiento sin pasión. Hay otros movimientos en el cuerpo que se
fomentan y alimentan con la comida y la bebida y con ellas se excita el calor de la
sangre para actuar. Y por eso dice el Apóstol: "No os embriaguéis con vino, que es
causa de libertinaje" (Ef 5,18). Y también el Señor en el Evangelio dice a sus
discípulos: "Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el
libertinaje y la embriaguez ». (Luc 21,34).
2. «Finalmente se da otra especie de movimientos carnales entre los que
luchan en la vida monástica: provienen de las insidias y de la envidia del demonio».
3. «Conviene pues saber que existen tres clases de movimientos carnales.
Unos, de la naturaleza; otros, de la abundancia en el comer; los terceros, del
demonio».
4. El abad Geroncio de Petra dijo: «Muchos de los que son tentados de
deleites corporales, aunque no pequen corporalmente, pecan de pensamiento. Y
aunque conserven la virginidad corporal, fornican en su alma. Por eso, carísimos,
bueno es hacer lo que está escrito: "Por encima de todo cuidado, guarda tu
corazón"». (Prov. 5).
5. El abad Casiano dijo: «El abad Moisés nos ha enseñado esto: "Es bueno no
ocultar los pensamientos, sino descubrirlos a los Padres espirituales que tienen
discernimiento de espíritu, pero no a los que sólo son ancianos por la edad. Porque
muchos monjes, que fiándose solamente de la edad manifestaron sus pensamientos a
quienes no tenían experiencia, en vez de consuelo encontraron desesperación"».
6. Había un hermano muy celoso de su perfección. Turbado por el demonio
impuro, acudió a un anciano y le descubrió sus pensamientos. Este, después de oírle,
se indignó y le dijo que era un miserable, indigno de llevar el hábito monástico el que
tenía tales pensamientos. Al oír estas palabras, el hermano, desesperado, abandonó su
celda y se volvió al mundo. Pero por disposición divina se encontró con el abad
Apolo. Este, al verle turbado y muy triste, le preguntó: «Hijo mío, ¿cuál es la causa de
una tristeza tan grande?». El otro, avergonzado, al principio no le contestó nada. Pero
ante la insistencia del anciano, por saber de qué se trataba, acabó por confesar: «Me
atormentan pensamientos impuros; he hablado con tal monje y, según él, no me
queda ninguna esperanza de salvación. Desesperado, me vuelvo al mundo». Al oír
esto el padre Apolo, como médico sabio, le exhortaba y le rogaba con mucha fuerza:

24

«No te extrañes, hijo mío, ni te desesperes. Yo también, a pesar de mi edad y de mí
modo de vivir soy muy molestado por esa clase de pensamientos. No te desanimes por
estas dificultades, que se curan, no tanto por nuestro esfuerzo como por la
misericordia de Dios. Por hoy, concédeme lo que te pido y vuelve a tu celda». El
hermano así lo hizo. El abad Apolo se encaminó a la celda del anciano que le había
hecho caer en desesperación. Y quedándose fuera, suplicó a Dios con muchas
lágrimas: «Señor, tú que suscitas las tentaciones para nuestro provecho, traslada la
lucha que padece aquel hermano a este viejo, para que aprenda por experiencia, en
su vejez, lo que no le enseñaron sus muchos años, y se compadezca de los que sufren
esta clase de tentaciones». Terminada su oración, vio un etíope de pie junto a la
celda, que lanzaba flechas contra el viejo. Este, al ser atravesado por ellas, se puso a
andar de un lado a otro como si estuviese borracho. Y como no pudiese resistir, salió
de su celda y por el mismo camino que el joven monje se volvía al mundo. El abad
Apolo, sabiendo lo que pasaba, salió a su encuentro y le abordó diciendo: «¿Dónde
vas, y cuál es la causa de tu turbación?». El otro sintió que el santo varón había
comprendido lo que le pasaba y por vergüenza no decía nada. El abad Apolo le dijo:
«Vuelve a tu celda y de ahora en adelante reconoce tu debilidad. Y piensa en el fondo
de tu corazón, o que el diablo te ha ignorado hasta ahora, o que te ha despreciado
porque no has merecido luchar contra él, como los varones virtuosos. ¿Qué digo
combates? Ni un sólo día has podido resistir sus ataques. Esto te sucede porque
cuando recibiste a ese joven atormentado por el enemigo común, en vez de
reconfortarle en su diabólico combate con palabras de consuelo, lo sumiste en la
desesperación, olvidando el sapientísimo precepto que nos manda: "Libra a los que
son llevados a la muerte y retén a los que son conducidos al suplicio". (Prov. 14,11). Y
también has olvidado la palabra de nuestro Salvador: "La caña cascada no la
quebrará, ni apagará la mecha humeante" (Mar 12, 20). Nadie podría soportar las
insidias del enemigo, ni apagar o resistir los ardores de la naturaleza, sin la gracia de
Dios que protege la debilidad humana. Pidámosle constantemente para que por su
saludable providencia aleje de ti el azote que te ha enviado, pues es quien nos envía el
sufrimiento y nos devuelve la salud. Golpea y su mano cura, humilla y levanta;
mortifica y vivifica; hace bajar a los infiernos y los vuelve a sacar». (Cf. 1 Re 2). Dicho
esto, el anciano se puso en oración y el viejo se vio enseguida libre de sus tentaciones.
Luego el abad Apolo le aconsejó que pidiese a Dios una lengua sabia, para que
supiera hablar cada palabra a su tiempo.
7. Uno preguntó al abad Siro de Alejandría sobre los pensamientos impuros.
Y él le respondió: «Si no tuvieses estos pensamientos no habría esperanza para ti,
pues si no tienes pensamientos es porque cometes actos impuros. Me explico: "Si uno

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no lucha de pensamiento contra el pecado y no se opone a ellos con todas sus fuerzas,
peca con su cuerpo. El que peca con su cuerpo no sufre molestias de sus
pensamientos"».
8. Un anciano preguntó a un hermano: «¿No tienes costumbre de hablar con
mujeres?». Y dijo el hermano: «No. Pero los pintores antiguos y modernos son los que
provocan mis pensamientos así como algunos recuerdos me turban con imágenes de
mujeres». El anciano le dijo: «No temas a los muertos, pero huye de los vivos, es decir,
del consentimiento y de los actos pecaminosos. Y sobre todo, ora más».
9. El abad Matoés contaba que un hermano le dijo que era peor la
maledicencia que la impureza. Yo le respondí: «Muy fuerte es tu afirmación». Y el
hermano me dijo: «¿Por qué?». Y le dije: «La maledicencia es un mal, pero se cura
rápidamente pues el que la comete hace penitencia diciendo: "He hablado mal", y se
acabó. Pero la impureza lleva naturalmente a la muerte».
10. Decía el abad Pastor: «Como el guardaespaldas está junto al príncipe,
preparado para cualquier eventualidad, así también conviene que el alma esté
siempre preparada contra el demonio de la impureza».
11. Un hermano vino un día al abad Pastor y le dijo: «Padre, ¿qué debo
hacer? Tengo tentaciones de impureza. He acudido al abad Ibistión y me ha dicho:
"No debes permitir que permanezcan en tu alma"». Y el abad Pastor le dijo: «El abad
Ibistión vive arriba en el cielo con los ángeles y no sabe que tú y yo somos combatidos
por la impureza. Si el monje se mantiene en el desierto reteniendo su lengua y su
apetito, puede estar tranquilo, no morirá».
12. Se cuenta de la abadesa Sara que durante trece años fue violentamente
combatida por el demonio de la impureza. Y jamás pidió en su oración verse libre de
esa lucha. Solamente decía: «Señor, dame fortaleza».
13. Se contaba también de ella: un día, este mismo demonio le atacó más
encarnizadamente que otras veces, sugiriéndole pensamientos de las vanidades del
mundo. Pero ella, sin apartarse del temor de Dios y de sus propósitos de abstinencia,
subió a la terraza para orar. Y se le apareció corporalmente el espíritu de fornicación
y le dijo: «Me has vencido, Sara». Y ella respondió: «No te he vencido yo; ha sido
Cristo, mi Señor».
14. Un hermano fue atacado de impureza y la tentación era como un fuego
que ardía, día y noche, en su corazón. El luchaba sin condescender ni consentir con
su pensamiento. Mucho tiempo después, la tentación desapareció sin conseguir nada,
gracias a la perseverancia del hermano. Y enseguida una luz apareció en su corazón.

26

15. Otro hermano fue atacado de impureza. Se levantó de noche y fue a
visitar a un anciano. Le contó sus pensamientos y el anciano le consoló. Confortado
en ese consuelo volvió a su celda. Y de nuevo el espíritu de fornicación volvió al
ataque. Y de nuevo acudió al anciano. Y la cosa se repitió muchas veces. El anciano
no le desanimaba, sino que le decía lo que le podía ser útil en su situación: «No cedas
al diablo ni aflojes en tu lucha. Por el contrario, a cada ataque del demonio, ven a
buscarme y el demonio derrotado se alejará. Pues nada alegra más al demonio que el
que se oculten sus tentaciones. Y nada le molesta más que el que le descubran sus
pensamientos». Por once veces vino el hermano al anciano acusándose de sus
pensamientos. La última vez el hermano dijo al anciano: «Sé caritativo conmigo y
dime una palabra». Entonces el anciano le respondió: «Créeme hijo, si Dios
permitiese que los pensamientos que combaten mi alma pudiesen pasar a la tuya, no
podría soportarlos y caerías muy bajo». Dichas estas palabras, por la gran humildad
del anciano, se apaciguó el espíritu de impureza en el hermano.
16. Otro hermano fue combatido de impureza. Luchó y redobló su
abstinencia y durante catorce años se guardó de consentir a sus malos deseos. Luego
vino a la asamblea y descubrió delante de todos lo que padecía. Y todos recibieron el
mandato de socorrerle. Hicieron penitencia y oraron a Dios por él durante una
semana y se apaciguó su tentación.
17. Un anciano decía de los pensamientos de impureza: «Eremita, ¿quieres
salvarte después de tu muerte? Vete, trabaja, vete, mortifícate, busca y encontrarás.
Vigila, llama y se te abrirá. En el mundo los atletas son coronados cuando se han
curtido en la lucha y han demostrado su fortaleza. A veces, uno lucha contra dos, y
estimulado por los golpes logra la victoria. ¿Has visto cuánta fuerza ha conseguido
con sus ejercicios físicos en el gimnasio? Pues bien, tú también mantente firme y
fuerte y el Señor combatirá contigo contra tu enemigo».
18. Del mismo tema de los pensamientos impuros dijo otro anciano: «Haz
como el que pasa por la calle o por delante de una taberna y percibe el olor de la
cocina y de los asados. El que quiere entra y come; el que no quiere sólo huele y se va.
Haz tú lo mismo, rechaza ese mal olor, levántate y ora diciendo: "Hijo de Dios,
ayúdame". Haz esto mismo para ahuyentar los otros pensamientos. Por otra parte no
somos extirpadores de los pensamientos, sino combatientes».
19. Otro anciano decía de los pensamientos de impureza: «Los padecemos
por negligencia. Pues si consideramos que Dios habita en nosotros, no dejaríamos
entrar nada extraño en nuestra alma. Cristo, que mora en nosotros y vive con
nosotros, es testigo de nuestra vida. Por eso nosotros que lo llevamos con nosotros y le
contemplamos, no debemos descuidamos, sino santificarnos, como El es santo.

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Mantengámonos sobre la piedra, y el maligno se estrellará contra ella. No temas, que
no te puede vencer. Canta con valentía: "Los que confían en Yahveh son como el
monte Sión, que es inconmovible, estable para siempre"». (Sal 124, 1).
20. Un hermano preguntó a un anciano: «Si un monje cae en pecado, se
angustia porque de progresar en la virtud pasa a un estado peor y tiene que trabajar
para levantarse. Al contrario, el que viene del mundo, como parte de cero, siempre
progresa». El anciano le respondió: «El monje que sucumbe ante la tentación es como
una casa que se derrumba. Y si reconsidera su vocación, reedifica la casa destruida.
Encuentra muchos materiales útiles para el edificio, tiene los cimientos, piedras, arena
y todas las otras cosas necesarias para la construcción, y así rápidamente levanta la
casa. El que ni ha cavado, ni ha echado los cimientos, ni tiene nada de aquello que es
necesario, ha de ponerse a la obra con la esperanza de terminarla un día. Lo mismo
sucede si el monje sucumbe a la tentación. Si se vuelve a Dios, tiene toda la ayuda de
la meditación de la ley divina, de la salmodia, del trabajo manual, de la oración y
otras muchas cosas que son fundamentales. Al contrario, el novicio, mientras aprende
todo esto, continúa en su estado primitivo».
21. Un hermano atormentado por el espíritu impuro, fue a visitar a un
anciano muy notable y le rogaba, diciendo: «Hazme la caridad de rogar por mi, pues
soy muy tentado de impureza». El anciano oró al Señor. Pero el hermano volvió por
segunda vez repitiendo las mismas palabras. El anciano, por su parte, insistió en la
oración al Señor diciendo: «Señor, revélame la causa de la acción del diablo contra
este hermano, porque te lo he pedido, y no ha encontrado todavía la paz». Y el Señor
le descubrió lo que le sucedía a aquel hermano. Vio al hermano sentado y a su lado el
espíritu de fornicación, y como si jugase con él. Y el ángel enviado en su ayuda estaba
en pie indignado contra el hermano, porque no se postraba ante Dios, antes se
complacía en sus pensamientos volcando en ellos toda su atención. El anciano
comprendió que la culpa era toda del hermano y le dijo: «Tú consientes en tus
pensamientos». Y le enseñó cómo debía resistir a aquellos pensamientos. E instruido
el hermano por la doctrina de aquel anciano y con la ayuda de su oración, encontró
descanso para su tentación.
22. En cierta ocasión el discípulo de un anciano notable fue tentado de
impureza. El anciano que veía su sufrimiento, le dijo: «¿Quieres que ruegue al Señor
para que te libere de esta lucha?». El discípulo le respondió: «Padre, veo que estoy
padeciendo mucho, pero siento también el fruto que saco de esta lucha. Por eso pide
al Señor en tus oraciones que me dé la fuerza para resistir». Y su abad le dijo: «Ahora
veo, hijo mío, lo mucho que has adelantado y que me has superado a mí».

28

23. Se cuenta que un anciano bajó a Scitia, con su hijo que todavía no había
sido destetado, el cual, como se crió en el monasterio, no sabía que existieran mujeres.
Cuando se hizo hombre, los demonios le presentaban de noche figuras de mujeres, y
él admirado se lo comunicó a su padre. En cierta ocasión subió con su padre a Egipto
y al ver mujeres le dijo: «Estas son las que se me presentaban de noche en Scitia». Y
el anciano le dijo: «Hijo, estos son monjes que viven en el mundo. Usan un hábito
distinto del de los ermitaños». Y se extrañó el anciano de que los demonios le
hubieran presentado imágenes de mujeres en Scitia, y enseguida se volvieron a su
celda.
24. En Scitia, se encontraba un hermano muy probado por las tentaciones. El
enemigo le traía la memoria de una hermosa mujer y le atormentaba mucho. Y
sucedió, por disposición divina, que otro hermano bajó de Egipto a Scitia. Y
hablando entre ellos le comunicó la muerte de cierta persona. Era precisamente
aquella mujer que turbaba al hermano. Al oírlo, tomó su manto y de noche acudió al
lugar donde la habían enterrado. Cayó la tumba, limpió con su manto la sangre
putrefacta de ella, y se volvió a su celda con ella. El olor era intolerable, pero él ponía
ante sí aquella podredumbre y combatía sus pensamientos, diciendo: «Mira lo que
tanto deseabas. Ya lo tienes, sáciate con ello». Y se impuso el tormento de ese hedor
hasta que cesó dentro de su alma aquella lucha.
25. Una persona vino un día a Scitia para hacerse monje. Traía con él a su
hijo que acababa de ser destetado. Cuando el niño se hizo adulto, los demonios
empezaron a atacarle y a tentarle. Y dijo a su padre: «Voy a volver al mundo; pues no
puedo dominar mis pasiones carnales». Su padre le animaba, pero él volvió a la
carga: «No puedo aguantar más; padre, déjame marchar». Su padre le insistió: «Hijo,
escúchame una vez más. Toma cuarenta panes y hojas de palma para cuarenta días
de trabajo. Vete al interior del desierto, estáte allí cuarenta días y que se cumpla la
voluntad de Dios». Obediente a su padre se fue al desierto, y permaneció allí,
trabajando y tejiendo palmas secas y comiendo pan seco. Después de veinte días de
hesyquia 6 vio una aparición diabólica. Se puso en pie delante de él una especie de
mujer etíope, de aspecto repugnante y fétido. Su hedor era tan insoportable que no lo
podía aguantar y la arrojó lejos de si. Y ella le dijo entonces: «Soy la que aparezco
dulce en el corazón de los hombres. Pero por tu obediencia y perseverante ascesis,
Dios no me ha permitido seducirte, sino que te di a conocer mi hedor». El se levantó
y, dando gracias a Dios, volvió a su padre y le dijo: «No quiero volver al mundo,
padre. He visto la obra del diablo y he sentido su hedor». Su padre, que había sabido
HESYQUIA: Tranquilidad, quietud, sea del alma pacificada, sea de la vida monástica en general, sea,
finalmente, de una vida más solitaria dentro o fuera el cenobitismo.
6

29

lo ocurrido por una revelación, le dijo: «Si te hubieras quedado allí cuarenta días y
hubieras guardado mi mandato hasta el final, hubieras visto cosas más
extraordinarias».
26. Un anciano moraba muy dentro del desierto. Tenía una pariente que
hacia muchos años deseaba verle. Ella se enteró del lugar donde moraba, y se puso en
camino hacia el desierto. Encontró a unos camelleros, se unió a ellos y con ellos se
adentró en el desierto. Era llevada por el diablo. Llegando a la puerta del anciano se
dio a conocer, diciendo: «Soy yo, tu pariente» y se quedó con él. Otro monje que
moraba en la parte inferior del desierto, llenaba su jarra de agua a la hora de la
comida; y de pronto se cayó la jarra y se derramó el agua. Y por inspiración de Dios,
se dijo: «Iré al desierto y contaré a los ancianos esto que me ha sucedido con el agua».
Se puso en marcha y como se hiciese tarde durmió en un templo pagano que había
junto al camino. Y durante la noche oyó a los demonios que decían: «Esta noche
haremos caer a aquel monje en la impureza». Al oírlo, se afligió mucho y llegándose
al anciano lo encontró triste. Y le dijo: «¿Qué he de hacer, Padre? Lleno mí jarra de
agua y a la hora de la comida se derrama toda». El anciano le respondió: «Vienes a
preguntarme por qué se te cae la jarra. Y yo ¿qué debo hacer, pues esta noche he
caído en la fornicación?». «Lo sabía», le respondió el otro. «¿Tú, cómo lo sabes?», le
dijo el anciano. «Dormía en un templo y oí a los demonios hablar de ti», le contestó.
Y el anciano dijo: «Me vuelvo al mundo». Pero el hermano le suplicaba: «No, Padre,
quédate aquí; despide a esa mujer. Lo que te ha ocurrido ha sido obra del enemigo».
El anciano le escuchó y se animó. Redobló su penitencia con muchas lágrimas, hasta
que recobró su estado anterior.
27. Un anciano dijo: «El desprendimiento, el silencio y la meditación en
secreto, engendran pureza».
28. Un hermano preguntó a un anciano: «Si alguno cae en tentación, ¿qué
pasa con el escándalo de los demás?». Y el anciano le contó esta historia: «Había un
diácono muy conocido en un monasterio de Egipto. Un magistrado, perseguido por el
gobernador, vino con toda su familia al monasterio. Bajo la acción del maligno el
diácono pecó con la mujer del magistrado y todos los hermanos se llenaron de
vergüenza. El diácono fue a ver a un anciano y le contó lo sucedido. El anciano tenía
una celda interior oculta. Cuando la vio el diácono le dijo: "Entiérrame aquí mismo
vivo y no se lo digas a nadie". Y entró en aquella celda obscura e hizo allí verdadera
penitencia. Mucho tiempo después aconteció que no se produjo la crecida del Nilo. Y
mientras todos rezaban las letanías, le fue revelado a uno de los ancianos, que el agua
del río no subiría, si no venía a rezar con ellos el diácono que estaba escondido en la
celda de uno de los ancianos. Al oírlo, se admiraron mucho y fueron a sacarle del

30

lugar donde estaba. Oró y subió el agua. Y los que se habían escandalizado de él,
quedaron después edificados de su penitencia, y glorificaron a Dios».
29. Dos hermanos fueron a la ciudad para vender lo que habían fabricado. En
la ciudad se separaron y uno de ellos cayó en la fornicación. Poco después llegó el
otro hermano y le dijo: «Hermano, regresemos a nuestra celda». «No voy», respondió
el otro. «¿Por qué no, hermano?». «Porque cuando me dejaste, dijo el otro, me vi
tentado y pequé de impureza». Pero su hermano, queriéndoselo ganar, se puso a
decirle: «También a mí me ha sucedido lo mismo, y después de dejarte he fornicado
también. Pero volvamos y hagamos juntos penitencia con toda nuestra fuerza, y Dios
nos perdonará aunque seamos pecadores». Al volver a su celda, contaron a los
ancianos lo que les había ocurrido, y éstos les señalaron la penitencia que debían
cumplir. Uno de ellos, sin embargo, no hacia penitencia por si, sino por el otro
hermano, como si también él hubiera pecado. Viendo Dios su penitencia y su
caridad, a los pocos días descubrió a uno de los ancianos que por la gran caridad de
aquel hermano, que no había pecado, había perdonado al que había fornicado. Esto
en verdad es dar su vida por el hermano.
30. Un hermano fue un día a decir a un anciano: «Padre, mi hermano me
abandona para ir no sé dónde y sufro por ello». El anciano le animaba: «Hermano,
llévalo con paz, y Dios viendo tu sufrimiento y tu paciencia, lo traerá de nuevo junto
a ti. Sabes que la severidad y la dureza no valen para hacer cambiar de idea a nadie.
Pues el demonio no arroja al demonio. Más bien será con benignidad como
conseguirás atraerlo. Dios mismo atrae a sí a los hombres por la persuasión». Y le
contó lo que sigue: «Dos hermanos vivían en la Tebaida y habiendo uno de ellos
pecado de impureza dijo al otro: "Voy a regresar al mundo". El otro llorando le dijo:
"No permito, hermano, que te vayas, pierdas el fruto de tu trabajo y de tu
virginidad". Pero el primero no lo aceptó: "No me quedaré, me iré. O vienes conmigo
y de nuevo volveré contigo o déjame marchar y me quedaré en el mundo". El
hermano fue a contar lo que le ocurría a un anciano venerable. "Vete con él, le dijo el
anciano, y Dios por causa de tus sufrimientos no permitirá que sucumba". Y los dos
hermanos volvieron al mundo. Llegaron a una aldea y viendo Dios la pena de aquel
que por caridad y afecto acompañaba a su hermano, arrancó del otro su mal deseo.
"Hermano, le dijo, volvamos al desierto. Supongamos que hubiese pecado con una
mujer, ¿qué hubiera sacado de ello?". Y volvieron indemnes a su celda».
31. Un hermano tentado por el demonio fue a decir a un anciano: «Estos dos
hermanos viven juntos y se portan mal». El anciano se dio cuenta que el demonio le
engañaba y mandó llamar a los dos hermanos. Al llegar la noche, les preparó una
esteta y los cubrió con una manta, diciendo: «Los hijos de Dios tienen el alma grande

31

y santa». Luego dijo a su discípulo: «Encierra a este hermano solo en una celda, pues
tiene el vicio del que acusa a los otros».
32. Un hermano dijo a un anciano: «¿Qué debo hacer, pues me mata un
pensamiento vergonzoso? » El anciano le respondió: «Cuando una mujer quiere
destetar a su hijo se frota los senos con algo amargo, y cuando el niño viene a mamar,
como de costumbre, siente ese gusto amargo y se va. Tú también, pon algo amargo
en tus pensamientos». Y el hermano le preguntó: «¿Cuál es esa cosa amarga que
debo poner?». «La meditación de la muerte y de los tormentos preparados para los
pecadores en el siglo venidero», dijo el anciano.
33. Un hermano consultó a un anciano acerca de los pensamientos de
impureza. Y el anciano le respondió: «Nunca he tenido tentaciones en esa materia».
Y el hermano desalentado fue a contarlo a otro anciano: «Mira lo que me ha dicho
aquel monje, y me ha escandalizado porque lo que me ha dicho supera las fuerzas de
la naturaleza». El anciano le dijo: «No te ha dicho eso sin motivo este hombre de
Dios. Vuelve a él, pídele perdón y que te aclare el sentido de sus palabras». El
hermano volvió arrepentido al anciano, hizo una metanía7 y le dijo: «Perdóname,
Padre, pues me porté como un tonto contigo y me marché sin despedirme. Te ruego
me expliques por qué no te has visto nunca combatido por la impureza». El anciano
le contestó: «Desde que soy monje nunca me he saciado de pan, ni de agua, ni de
sueño. Y el tormento de todas estas privaciones no me ha permitido sentir el apetito
de la impureza». El hermano se fue muy aprovechado de la respuesta del monje.
34. Un hermano preguntó a un anciano: « ¿Qué debo hacer? Pienso
continuamente cosas impuras, que no me dejan ni una hora de descanso y mi alma
está muy afligida». El anciano le dijo: «Cuando los demonios siembren en tu corazón
esos pensamientos, y tú te des cuenta, no discutas en tu interior. Lo propio del
demonio es sugerir el mal. Pero aunque no dejen de molestarte no te pueden forzar.
De ti depende el consentir o no». «Mas, ¿qué he de hacer?, respondió el hermano,
porque soy débil y me domina esta pasión». «Atiende a lo que voy a decirte,
respondió el anciano, ¿sabes lo que hicieron los madianitas? Adornaron a sus hijas
con sus mejores galas, y las expusieron delante de los israelitas, pero no obligaron a
nadie a pecar con ellas, sino los que quisieron cohabitaron con ellas. Los demás se
indignaron y se vengaron con la muerte de aquellos que quisieron inducirles a la
fornicación. Así hay que combatir a la impureza. Cuando empiece a hablar en el
fondo de tu corazón no le respondas. Levántate, ora y haz penitencia, diciendo:
"¡Hijo de Dios, ten piedad de mi!"». Dijo el hermano: «Padre, hago meditación, pero
METANÍA: Cambio de ideas, conversión, penitencia interior, gesto por el cual se da testimonio de su
arrepentimiento después de una falta o simplemente de un encuentro con otro, casi siempre postración.
7

32

no siento la compunción del corazón, porque no entiendo el sentido de las palabras».
Y el anciano le dijo: «Sigue meditando. Oí al abad Pastor y a otros Padres estas
palabras: "El encantador no entiende las palabras que pronuncia, pero la serpiente las
oye, las entiende, se humilla y se somete al encantador". Hagamos lo mismo, aunque
ignoremos el sentido de las palabras que pronunciamos; los demonios las escuchan, se
espantan y huyen».
35. Decía un anciano: «Los pensamientos de impureza son frágiles como el
papiro. Si vienen sobre nosotros y los rechazamos sin consentir en ellos, se quiebran
sin esfuerzo. Pero si cuando se presentan nos deleitamos con ellos y consentimos, se
hacen como el hierro y es difícil destruirlos. Por eso es necesario tener discreción en
nuestro pensar, para que sepamos que para el que consiente no hay esperanza de
salvación. En cambio para los que no consienten les está reservada la corona».
36. Dos hermanos combatidos de impureza, abandonaron el monasterio con
intención de contraer matrimonio. Pero luego se dijeron el uno al otro: «¿Qué hemos
ganado abandonando nuestro estado angélico por este estado de corrupción, al que
seguirá el fuego y los tormentos? Volvamos al desierto y hagamos penitencia de lo que
hemos intentado hacer». De vuelta al desierto, confesaron su falta y rogaron a los
Padres que les impusieran una penitencia. Los ancianos les encerraron un año entero
y a cada uno se le daba la misma cantidad de pan y la misma medida de agua, pues
los dos parecían tener las mismas fuerzas. Al terminar su penitencia salieron los dos.
Y los Padres vieron que uno de ellos estaba pálido y muy triste; el otro, en cambio,
robusto y muy alegre. Y se admiraron porque los dos habían recibido la misma
cantidad de comida y de bebida. Y preguntaron al que estaba triste y abatido: «¿En
qué pensabas en tu celda?». Y respondió: «En el mal que había hecho y en el castigo
que me sobrevendría, y el temor hacia que la piel se adhiriese a mis huesos». Hicieron
la misma pregunta al otro y contestó: «Daba gracias a Dios por haberme librado de
las miserias de este mundo y de las penas del siglo venidero y por haberme devuelto a
este estado angélico. Y me llenaba de alegría al pensar continuamente en Dios». Los
ancianos dijeron: «Ante Dios la penitencia de los dos tiene el mismo valor».
37. Un anciano cayó gravemente enfermo en Scitia, y los hermanos le
servían. Y al ver el trabajo que les daba, dijo: «Iré a Egipto para no molestar a estos
hermanos». Pero el abad Moisés le aconsejó: «No vayas porque caerás en la
impureza». El anciano se entristeció y le dijo: «Mi cuerpo está muerto, ¿y tú me dices
esto?». Y se marchó a Egipto. Al conocer su llegada, los habitantes de los alrededores
le trajeron muchos presentes. Y vino también una virgen fiel para servir al anciano
enfermo. Poco después, sintiéndose mejor, pecó con ella y ésta concibió. Los vecinos
del lugar le preguntaron de quién era aquel niño y ella contestó: «Es del viejo». Pero

33

ellos no querían darle crédito. Y el anciano les dijo entonces: «Si, es mío. Cuidad al
niño cuando ella dé a luz». Después de nacer el niño y ya destetado, el anciano tomó
al niño sobre sus hombros y volvió a Scitia en un día de gran fiesta. Y entró en la
iglesia ante toda la multitud de los hermanos. Estos al verle se echaron a llorar. Y él
les dijo: «Veis este niño? Es hijo de mí desobediencia. Tened cuidado hermanos míos,
que yo he hecho esto en mi vejez, y rogad por mi». Y volviendo a su celda, se entregó
a su antiguo modo de vida.
38. Los demonios tentaron muy violentamente a un hermano. Tomando la
forma de hermosas mujeres, durante cuarenta días se esforzaron sin interrupción por
hacerle cometer el pecado. Pero como él resistió virilmente el combate, sin dejarse
vencer en lo más mínimo, Dios, que contemplaba aquella hermosa lucha, le concedió
la gracia de no padecer en adelante ninguna tentación carnal.
39. Un anacoreta vivía en el Bajo Egipto, y era muy célebre porque vivía solo
en su monasterio, en un lugar desértico. Y por instigación del diablo, una mujer
depravada que oyó hablar de él dijo a unos jóvenes: «¿Qué me queréis dar y haré
caer a vuestro anacoreta?». Y ellos concertaron lo que le darían. Salió por la tarde y
llegó a la celda simulando haberse extraviado. Llamó, salió a abrir el ermitaño y al
verla se turbó. Y le dijo: «¿Cómo has llegado hasta aquí?». Ella respondió llorando:
«Me he extraviado». Conmovido el monje la hizo pasar al patio. Luego, él entró en su
celda y cerró por dentro. Pero la infeliz gritaba: «Padre, unas bestias feroces me
devoran». El monje se turbó de nuevo, y temiendo el juicio de Dios, se decía: «¿De
dónde me viene esta desgracia?». Y abriendo la puerta la introdujo dentro. Y empezó
el diablo a tentarle con ella, como si le lanzara flechas al corazón. Y entendiendo el
anciano que las tentaciones venían del demonio, se decía a si mismo: «Los caminos
del enemigo son tinieblas; el Hijo de Dios es luz». Y levantándose encendió su
lámpara. Pero como la pasión le devoraba, dijo: «Los que hacen eso van al suplicio.
Prueba, pues, si puedes soportar el fuego eterno». Y puso su dedo sobre la llama. Este
arde y quema, pero no lo siente, por el fuego violento de su pasión carnal. Y continuó
así hasta el amanecer quemando todos sus dedos. Entre tanto la infeliz, al ver lo que
hacia, atemorizada, se quedó como una piedra. Por la mañana llegaron los jóvenes y
preguntaron al monje: «¿Vino una mujer ayer noche?». «Si, respondió, está
durmiendo aquí». Entraron y la encontraron muerta. Y gritaron: «¡Padre, está
muerta!». Entonces, el monje apartó su manto y les mostró las manos, diciendo:
«Mirad lo que ha hecho conmigo esta hija de Satanás: me ha hecho perder todos mis
dedos». Y les contó lo sucedido y añadió: «Está escrito: no devuelvas mal por mal». Y
poniéndose en oración la resucitó. La mujer se convirtió y llevó una vida casta el resto
de su vida.

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40. Un hermano se vio tentado de impureza, abandonó el desierto, llegó a
cierta aldea de Egipto, vio a la hija de un sacerdote pagano y se enamoró de ella, y
dijo a su padre: «Dámela por mujer». El le respondió: «No te la puedo dar sin
consultar antes con mi dios». Y acudiendo al demonio, al cual adoraba, le dijo: «Un
monje ha acudido a mi, porque quiere casarse con mí hija. ¿Se la doy por esposa?». Y
el demonio le respondió: «Pregúntale si reniega de su Dios, de su bautismo y de su
profesión de monje». Y el sacerdote acercándose al hermano le dijo: «Reniega de tu
Dios, de tu bautismo y de tu estado de monje y te daré mi hija». El monje accedió, y
al punto vio una paloma que salía de su boca y subía al cielo. Volvió el sacerdote al
demonio y le dijo: «Ha prometido hacer aquellas tres cosas». Pero el demonio
respondió: «No le des como esposa a tu hija, pues su Dios no le ha abandonado y le
sigue ayudando todavía». El sacerdote volvió a decir al hermano: «No te puedo dar a
mi hija, porque tu Dios te ayuda todavía y no te ha abandonado». Al oír esto el
hermano pensó: «Si Dios me demuestra tanta bondad, habiendo yo, infeliz, renegado
de El, de mi bautismo y de mi profesión de monje, verdaderamente bueno es este
Dios que me ayuda así ahora que soy tan perverso. Entonces, ¿por qué voy a
apartarme de El?». Y volviendo en si, recobró la calma y volvió al desierto para
contar a un anciano venerable lo que le había sucedido. Y el anciano le dijo:
«Quédate conmigo en esta cueva, ayuna tres semanas seguidas, y yo rogaré a Dios
por ti». El anciano hizo penitencia por el hermano y oró a Dios diciendo: «Os ruego,
Señor, que me deis esta alma y que aceptéis su penitencia». Y Dios escuchó su
oración. Al terminar la primera semana, el anciano se presentó al hermano, y le
preguntó: «¿Has visto algo?». Y el joven respondió: «Sí, he visto una paloma arriba
en el cielo, muy por encima de mi cabeza». Y el anciano le aconsejó: «Vigila y ruega
intensamente a Dios». Al final de la segunda semana volvió el anciano a preguntar al
hermano: « ¿Has visto algo?». «He visto la paloma que se acercaba a mi cabeza»~
respondió el hermano. Y el anciano le recomendó el dominio de su mente y la
oración ferviente. Al terminar la tercera semana, volvió de nuevo el anciano para
preguntarle: «¿Has visto algo más?». Y le respondió el hermano: «Vila paloma
posarse sobre mi cabeza. Alargué la mano para cogerla, pero echó a volar y entró en
mí boca». Entonces el anciano dio gracias a Dios y dijo al hermano: «Dios ha
aceptado tu penitencia. En adelante vigila y ten cuidado de ti». El hermano le
contestó: «Desde ahora me quedaré contigo hasta la muerte».
41. Un anciano de Tebas contó lo que sigue: «Soy hijo de un sacerdote
pagano. Siendo niño iba al templo y veía a menudo a mi padre entrar allí para
ofrecer sacrificios al ídolo. Y un día, entré furtivamente detrás de él y vi a Satanás
sentado y rodeado de todo su ejército de pie ante él. Y uno de los jefes se acercó para

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adorarle. "¿De dónde vienes?", le preguntó Satanás, y el demonio le respondió: "He
estado en tal región y he provocado guerras y grandes perturbaciones, con mucho
derramamiento de sangre, y he venido a comunicártelo". Satán le preguntó:
"¿Cuánto tiempo has empleado en esto?". "Treinta días", respondió el diablo. Y
Satanás mandó azotarlo, mientras decía: "¡Tanto tiempo para hacer esto!". Y otro
demonio se adelantó para adorarle, y Satanás le preguntó: "¿De dónde vienes?". "Del
mar. He levantado tempestades, hundido muchas naves y matado a muchos hombres,
y he venido a contártelo", respondió. "¿En cuánto tiempo?", preguntó Satanás. "En
veinte días", le contestó. Y mandó azotarlo, diciéndole: "En tantos días, ¿sólo hiciste
esto?". Y un tercer demonio se postró para adorarle. Y le dijo: "¿De dónde vienes?".
"He estado en tal ciudad. En unas bodas he provocado disputas y he hecho que se
derramara mucha sangre. Además maté al esposo y he venido a decírtelo". Y
preguntó Satán: "¿En cuánto tiempo?". "En diez días", contestó. Y también fue
azotado por haber tardado tanto tiempo. Se acercó a adorarle otro demonio, y volvió
a preguntar Satanás: "¿De dónde vienes?". "He estado en el desierto. Hace cuarenta
años que lucho contra un monje, y por fin esta noche le he hecho caer en impureza".
Al oír esto, Satanás se levantó, le abrazó y, quitándose su corona, se la colocó en la
cabeza y le hizo sentar en su mismo trono mientras le decía: "¡Bravo, has hecho una
gran hazaña!". Cuando oí y vi esto, me dije a mi mismo: "Ciertamente es una gran
cosa el estado monacal"».
42. Un anciano que había vivido casado en el mundo, después de su retiro al
desierto se veía frecuentemente tentado por el recuerdo de su mujer, y se lo contó a
los Padres. Estos, sabiendo que era esforzado y que hacia más de lo que se le pedía, le
impusieron una tarea capaz de debilitar su cuerpo hasta el punto que no pudiese
levantarse. Por disposición de Dios, vino un Padre para establecerse en Scitia. Pasó
junto a la celda del anciano, la vio abierta y pasó de largo admirándose de que nadie
saliese a su encuentro. Volvió sobre sus pasos y llamó diciendo: «No sea que esté
enfermo el hermano que vive en esta celda». Luego entró y lo encontró muy
enfermo. Y le dijo: «¿Qué te pasa, Padre?». El otro le contó su historia: «He vivido en
el mundo y ahora el enemigo me atormenta con el recuerdo de mi mujer. Se lo conté
a los Padres y me han impuesto una serie de prácticas penosas. He querido cumplirlas
en obediencia plena, pero me faltan las fuerzas y sin embargo la tentación crece». A
estas palabras, el anciano se entristeció y le dijo: «En verdad, los Padres, como
personas autorizadas, tuvieron sus razones para imponerte estos trabajos que te
agotan. Pero según mi humilde entender, deja todo esto, toma algo de alimento a su
tiempo y repara tus fuerzas. Reza el oficio divino y abandónate en Dios, ya que con
tus solas fuerzas no podrás triunfar. Nuestro cuerpo es como un vestido. Si no se le

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cuida se echa a perder». El hermano hizo lo que se le dijo, y pocos días después le
dejó la tentación.
43. Un anacoreta, muy avanzado en la vida espiritual, vivía hacia mucho
tiempo cerca de Antinoé. Y muchos se aprovechaban tanto de sus palabras como de
sus ejemplos. Por eso el diablo le envidiaba, como le ocurre con todos los varones
virtuosos. Y bajo capa de piedad le sugirió que no debía de ayudarse ni ser servido de
los demás, sino que, al contrario, él debía servir a los otros. Y el demonio le sugirió
esta idea: «Ya que no ayudas a los demás por lo menos sírvete a ti mismo. Vende en la
ciudad las cestas que fabricas, compra lo que necesites y vuelve a tu soledad para que
no seas gravoso a nadie». Se lo sugería el diablo porque envidiaba su hesychia, el
mucho tiempo que consagraba a Dios y el provecho que muchos sacaban de ello. Por
eso el demonio tenía prisa en tenderle una trampa para hacerle caer. El ermitaño,
pensando que era una buena idea, se dispuso a salir de su monasterio. Y aunque
todos le admiraban, sin embargo, desconocía esta clase de trampas. Mucho tiempo
después encontró una mujer y dada su falta de experiencia y cautela, le engañó y se
enamoró de ella. Se fue a un lugar retirado, con el diablo sobre sus pasos, y pecó
junto a un río. Y pensó en la alegría del enemigo con ocasión de su ruina, cayó en
desesperación porque había ofendido tan gravemente al Espíritu de Dios, y
recordando a los santos ángeles y a tantos Padres venerables, que aunque vivían en las
ciudades habían triunfado del demonio, se afligió mucho porque no podía parecerse a
ninguno de ellos, olvidando que Dios da su fortaleza a los que se convierten a El con
devoción. En su ceguera, no viendo como curar su pecado, quiso arrojarse al río para
dar alegría completa al demonio. Por el intenso sufrimiento de su alma enfermó
también su cuerpo. Y si no le hubiera socorrido la misericordia de Dios, hubiera
muerto sin penitencia, con gran gozo del enemigo. Vuelto finalmente en si, se propuso
llevar a cabo una penosa penitencia rogando a Dios con llanto y lágrimas. Volvió al
monasterio, clavó la puerta de su celda y se puso a llorar a Dios con súplica incesante
como se hace con los muertos. Su cuerpo se debilitó a fuerza de velar y ayunar, pero
él no mitigaba su penitencia, pues no tenía la seguridad de que fuese suficiente. Los
hermanos, tratando de ayudarle, venían a verle y llamaban a la puerta, pero él les
contestaba que no podía abrir: «He hecho voto de hacer durante un año una vida de
absoluta penitencia. Orad por mí», les decía. No sabía qué responder sin que ellos se
escandalizasen por lo ocurrido, ya que era tenido por todos como un monje
respetable y de gran virtud. Y durante todo el año practicó un riguroso ayuno y una
dura penitencia. Por Pascua, la noche misma de la Resurrección, tomó una candela
nueva y la puso en un cántaro nuevo. Lo tapó con una tapadera y se puso en oración
desde el atardecer diciendo: «Oh Dios, compasivo y misericordioso, que quieres

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salvar aun a los mismos paganos para que vengan al conocimiento de la verdad, me
refugio en ti, Salvador de los fieles. Ten piedad de mí que tanto te ofendí, proporcioné
un gozo grande al enemigo y he muerto por obedecerle. Tú, Señor que te apiadas de
los impíos y de los que carecen de misericordia, Tú que mandas tener misericordia
con el prójimo, ten piedad de mi abyección. Para Ti no hay nada imposible y mira
que mi alma es llevada como polvo al borde del infierno. Ten piedad de mí, pues eres
benigno y misericordioso con esta criatura tuya. Tú, que resucitarás los cuerpos de los
que ya no viven el día de la Resurrección, ¡escúchame, Señor, que mi corazón
desfallece y mi alma es muy desgraciada! Mi cuerpo, que tanto he manchado, está
extenuado. Ya no tengo fuerzas para vivir porque me falta la esperanza. Perdona este
pecado por el cual he hecho penitencia, pecado doble porque he desesperado.
Devuélveme la vida, que estoy arrepentido, y ordena a tu fuego encender esta
lámpara. Para que seguro de tu misericordia y de tu perdón por todo el resto de mi
vida, guarde tus mandamientos, no me aparte de tu santo temor y te sirva con mayor
fidelidad que antes». Y orando con muchas lágrimas la noche misma de la
Resurrección del Señor, se levantó para ver si se había encendido la candela. Y
descubriendo el vaso vio que no se había encendido. Cayó de nuevo rostro en tierra,
rogando a Dios con estas palabras: «Sé, Señor, que la batalla la preparaste para que
fuese coronado. Pero no supe mantenerme firme, y teniendo en más los placeres de la
carne, he preferido los tormentos de los impíos. Perdóname, Señor, de nuevo confieso
a tu bondad mi infamia, delante de los ángeles y delante de todos los justos y la
confesaré también delante de todos los hombres si no fuera escándalo para ellos.
Señor, ten piedad de mi para que pueda enseñar a los demás, Señor, dame la vida».
Repitió tres veces esta oración y fue escuchado. Y levantándose encontró encendida la
candela, con gran brillo. Y ebrio de esperanza, y confortado de gozo su corazón,
admiró la gracia de Dios que así le perdonaba sus pecados y daba así satisfacción a su
alma como se lo había pedido. Y decía: «Te doy gracias, Señor, porque has tenido
piedad de mi que no soy digno siquiera de vivir en este mundo, y que con este nuevo
y maravilloso milagro me has devuelto la confianza. Tú perdonas
misericordiosamente a las almas que has creado». Y perseverando en su oración
amaneció el día. Y alegrándose de este modo en el Señor se olvidó de la comida. El
fuego de su lámpara se mantuvo durante toda su vida, añadiéndole aceite cuando era
necesario, y velando para que no se apagase. Y de nuevo habitó en el Espíritu divino,
y se hizo insigne ante los demás, dando testimonio de su humildad por la confesión y
acción de gracias a Dios con gran alegría. Finalmente, unos días antes de su muerte
tuvo revelación de su tránsito al Padre.

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VI. EL MONJE NO DEBE POSEER NADA
1. Un hermano había renunciado al mundo, distribuyó sus bienes a los
pobres, pero se reservó una pequeña parte. Vino el abad Antonio, que había tenido
conocimiento de ello y le dijo: «Si quieres hacerte monje, vete a ese pueblo, compra
carne, cubre con ella tu cuerpo, y vuelve». El hermano lo hizo así y los perros y los
pájaros le desgarraron el cuerpo. De vuelta ante el anciano, éste le preguntó si había
hecho lo que le había mandado. Y al mostrarle su cuerpo destrozado, san Antonio le
dijo: «Los que renuncian al mundo y quieren tener dinero, cuando los demonios les
atacan los despedazan de este modo».
2. Contó el abad Daniel que un día vino un magistrado al abad Arsenio
trayéndole el testamento de un senador, pariente suyo, que le dejaba una inmensa
fortuna. Arsenio tomó el testamento y quiso romperlo, pero el magistrado se echó a
sus pies y le dijo: «Por favor te lo pido, no lo rompas, que me va en ello la cabeza». El
abad Arsenio respondió: «Yo he muerto antes que él, puesto que él acaba de morir,
¿cómo pudo nombrarme su heredero?». Y le devolvió el testamento sin aceptar nada.
3. Un día, en Scitia, cayó enfermo el famoso abad Arsenio, y tuvo necesidad
de una insignificante cantidad de dinero. Y como no tenía nada en absoluto lo tomó
de uno, como de limosna, y exclamó: «Te doy gracias, Señor, porque por tu santo
nombre me has hecho digno de llegar a esta situación para que, sintiendo necesidad,
pidiese limosna».
4. Se contaba del abad Agatón que había empleado mucho tiempo en
construir su celda con sus discípulos. Cuando la terminó vinieron a instalarse en ella.
Pero desde la primera semana vio algo que no le resultaba útil, y dijo a sus discípulos
lo que el Señor había dicho a sus apóstoles: «Levantaos y vámonos de aquí». (Jn
14,31). Los discípulos se molestaron mucho y dijeron: «Si tenias voluntad de marchar
de aquí, ¿para qué nos hemos tomado tanto trabajo y tanto tiempo en construir esta
celda? La gente va a escandalizarse de nosotros y van a decir: "Otra vez se van, nunca
se asientan en un sitio"». Viéndoles tan abatidos les dijo: «Aunque algunos se
escandalicen otros se edificarán y dirán: "Dichosos estos que emigraron por causa de
Dios, despreciando todas las cosas. Por lo tanto os digo que el que quiera venir que
venga, yo me voy"». Ellos se echaron por tierra y le pidieron que les permitiera
acompañarles.
5. El abad Evagrio contaba: «Un hermano que no tenía nada más que un
Evangelio, lo vendió para alimentar a los pobres. Y decía una sentencia digna de

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recordarse: "He vendido la palabra misma que manda: vende lo que tienes y dáselo a
los pobres"». (Mat 19,21).
6. El abad Teodoro de Fermo tenía tres buenos códices. Fue a visitar al abad
Macario y le dijo: «Tengo tres códices y su lectura me aprovecha mucho. Los
ancianos me los piden también para leerlos y sacan provecho. Dime qué debo hacer».
El anciano le dijo: «Buenas son esas cosas, pero lo mejor de todo es no poseer nada».
Y al oírlo, el abad Teodoro se fue, vendió los tales códices y dio el dinero a los pobres.
7. Contaba un Padre que el abad Juan el Persa, por su mucha virtud, había
alcanzado una profunda sencillez e inocencia. Vivía en Arabia, cerca de Egipto. Un
día pidió prestado un sólido y compró lino para trabajar. Vino un hermano y le
suplicó: «Padre, dame un poco de lino para que me haga una rúnica». Y se lo dio con
alegría. Otro vino a pedirle otro poco de lino para hacerse un vestido y se lo dio
también. Otros muchos vinieron a pedirle y a todos les daba con sencillez y alegría.
Más tarde se presentó el dueño del dinero que había recibido prestado, reclamando
su moneda. Y le dijo el anciano: «Ahora te la traigo». Pero como no tenía nada que
devolver, se fue al abad Jacobo, el ecónomo, para pedirle un sólido. Y por el camino
encontró en el suelo un sólido, pero no lo tocó. Hizo oración y se volvió a su celda. Y
de nuevo volvió el hermano y empezó a enfadarse por causa del dinero prestado. Y le
dijo: «Te lo devolveré». Se puso de nuevo en camino y encontró la moneda en el
mismo sitio de antes, y de nuevo hizo oración y se volvió a su celda. Y de nuevo volvió
a enfadarse el hermano, y el anciano le dijo: «Espera todavía una vez más y te traeré
tu dinero». Volvió al mismo sirio y encontró allí el sólido. Hizo oración y lo tomó. Y
acudió al abad Jacobo y le dijo: «Padre, al venir hacia aquí, encontré esta moneda en
el camino. Hazme la caridad de preguntar por los alrededores si alguno la ha perdido
y si aparece dueño entrégaselo» El ecónomo anunció durante tres días el hallazgo
pero nadie reclamó el sólido. Entonces Juan dijo al abad Jacobo: «Si nadie lo reclama
se lo daré a aquel hermano porque se lo debo. Pues cuando venia a tu celda para que
me prestases dinero para pagar mi deuda, lo encontré en el camino». Y se admiró el
abad Jacobo de que, agobiado por su deuda, al encontrar la moneda en el camino no
la tomase al punto para devolverla a su acreedor. Pero todavía era más de admirar en
él que si venia alguno y le pedía algo prestado, no se lo daba él mismo, sino que decía
al hermano que le pedía: «Vete, y toma lo que te haga falta». Y cuando le devolvían
lo que había prestado, decía: «Ponlo de nuevo en su sitio». Y si no le devolvía nada el
que había recibido el préstamo, el anciano nunca se lo recordaba.
8. Contaba uno de los Padres que una vez vino a la iglesia de las Celdas, en
tiempos del abad Isaac, un hermano vestido con un hábito muy corto. Y al verlo el

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anciano lo expulsó diciendo: «Este es un lugar para monjes. Tú eres del mundo y no
puedes quedarte aquí».
9. El abad Isaac decía a los hermanos: «Nuestros Padres y el abad Pambo
usaban vestidos viejos y remendados. Ahora usáis vestidos lujosos: ¡Marchaos de aquí!
Habéis desertado de vuestra vida de monjes». Y al llegar el tiempo de la cosecha, les
dijo: «No os volveré a dar ningún consejo, porque no hacéis ningún caso».
10. Contaba el abad Casiano que un hombre llamado Sinclético renunció al
mundo y repartió sus bienes entre los pobres. Pero guardó una parte para si, pues no
quería abrazar la perfecta humildad del renunciamiento total ni la regla de la vida
común de los monasterios. Basilio, de santa memoria, le dijo: «Has dejado de ser
senador, pero no te has hecho monje».
11. Un hermano preguntó al abad Pistamón: «¿Qué debo hacer? Se me hace
muy duro vender el trabajo de mis manos. » Y éste le respondió: «El abad Sisoés y
todos los demás vendían su trabajo. No hay ningún mal en ello. Pero cuando vendas,
di primero el precio de la mercancía, y si quieres bajarlo un poco es cosa tuya, pues
así encontrarás paz». Y el hermano repuso: «Si por otros medios consigo lo necesario
para vivir, ¿te parece bien que me despreocupe del trabajo manual?». El anciano le
contestó: «Aunque tengas recursos, no descuides el trabajo. Haz todo lo que puedas,
pero con paz.
12. Un hermano pidió al abad Serapión: «Dime una palabra». El anciano le
dijo: «¿Qué quieres que te diga? Has tomado lo que era de las viudas y los huérfanos,
y lo has colocado en tu ventana». En efecto, la había visto llena de libros.
13. Preguntaron a santa Sinclética, de feliz memoria: «¿Es un bien no poseer
nada?». Y dijo ella: «Es un bien para los que son capaces de ello. Porque los que lo
pueden soportar padecen en su carne, pero poseen la paz del alma. Lo mismo que los
vestidos de tela fuerte se lavan y blanquean cuando se les pisa con los pies y se les
retuerce con las manos, así el alma fuerte se robustece cada vez más por la pobreza
voluntaria».
14. El abad Hiperequio dijo: «El tesoro del monje es la pobreza voluntaria.
Atesora para ti, hermano, en el cielo. Allí se te concederá un descanso sin fin».
15. Había en Jerusalén un santo varón, llamado Filagrio, que trabajaba
esforzadamente para ganar su pan. Y mientras estaba en la plaza intentando vender
el fruto de su trabajo, uno perdió una bolsa que contenía mil piezas de oro. La
encontró el anciano y la dejó en el mismo lugar diciendo: «Pronto vendrá de nuevo
por aquí el que la ha perdido». Y como era de esperar volvió llorando. El anciano le
tomó aparte y le devolvió su bolsa. El otro le rogaba que aceptase una parte, pero el

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anciano se negó en redondo. Entonces se puso a gritar: «¡Venid y ved lo que ha hecho
este hombre de Dios!». Pero el anciano se escapó a escondidas y salió de la ciudad
para que no supiesen lo que había hecho y le honrasen por ello.
16. Preguntó un hermano a un anciano: «¿Qué debo hacer para salvarme?».
El anciano se despojó de su túnica, se ciñó la cintura y levantó las manos al cielo,
diciendo: «Así debe desnudarse el monje de todas las cosas materiales, para
crucificarse frente a las tentaciones y los ataques del enemigo».
17. Uno rogó a un anciano que aceptase dinero para las necesidades que
pudieran sobrevenirle. El no quería pues le bastaba con el producto de su trabajo
manual. Pero el otro insistía y le suplicaba que lo aceptase para atender a las
necesidades de los pobres. Y el anciano le dijo: «Seria un doble oprobio para mi:
recibir sin tener necesidad y recoger vanagloria repartiendo lo que no es mío».
18. Un día vinieron unos griegos a la ciudad de Ostracina para repartir
limosnas. Reunieron a los ecónomos de la iglesia para que les indicasen quiénes
estaban en mayor necesidad. Los llevaron a un leproso y quisieron darle dinero. Pero
él no quiso recibirlo diciendo: «Tengo unas pocas palmas. Las trenzo y hago esteras y
con mi trabajo gano mi pan» Los llevaron entonces a la celda de una viuda, que vivía
con sus hijas. Llamaron a la puerta y acudió una de las hijas que estaba desnuda. Su
madre había salido a trabajar, pues era lavandera. Los griegos ofrecieron a la hija
vestidos y dinero, pero ella no lo quería aceptar, pues su madre le acababa de decir:
«Ten confianza, que Dios ha querido que encuentre trabajo para hoy y tendremos
nuestra comida». Llegó la madre y le rogaban que aceptase, pero no quiso. Y dijo:
«Tengo a Dios que cuida de mis necesidades, ¿y queréis quitármelo vosotros hoy?».
Ellos al ver su fe, dieron gloria a Dios.
19. Un varón insigne vino de incógnito a Scitia trayendo dinero y pidió a un
presbítero que lo repartiese entre los hermanos. El presbítero le dijo: «Los hermanos
no lo necesitan». Como su insistencia resultase inútil puso la bolsa con las monedas de
oro en la puerta de la iglesia. Y el presbítero dijo: «El que tenga necesidad que tome
lo que estime conveniente». Pero nadie tocó el dinero, y algunos ni siquiera lo
miraron. Y el anciano dijo al donante: «Dios ha aceptado tu ofrenda. Vete y da tu
dinero a los pobres». Y el buen hombre se marchó muy edificado.
20. Uno ofreció dinero a un anciano y le dijo: «Toma esto para tus gastos, eres
ya viejo y estás enfermo». En efecto, estaba enfermo de lepra. Pero el anciano
respondió: «¿Vienes después de sesenta años a quitarme a mi proveedor? Tanto
tiempo como hace que padezco mí enfermedad y nunca me ha faltado nada. Dios me
da lo necesario y me alimenta». Y no quiso recibir nada.

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21. Los ancianos contaban que un hortelano trabajaba su huerto y todo lo
que ganaba lo distribuía en limosnas. Sólo guardaba lo necesario para alimentarse.
Más tarde, Satanás se infiltró en su corazón, diciendo: «Guarda para ti algún dinero,
para que cuando envejezcas o caigas enfermo puedas atender a tus necesidades». Y se
puso a ahorrar llenando de monedas de oro un cántaro. Cayó enfermo y se le
engangrenó un pie. Gastó en médicos todo lo que había guardado pero no le
aprovechó nada. Vino más tarde un médico famoso y le dijo: «Si no te cortan el pie se
pudrirá». Y señalaron el día para la operación. Pero la noche anterior, volviendo en
sí, se arrepintió de lo que había hecho, gimió y lloró diciendo: «Acuérdate, Señor, de
mis buenas obras de otro tiempo, cuando trabajaba en mi huerta para socorrer a los
pobres ». A estas palabras, se le apareció el ángel del Señor y le dijo: «¡He pecado,
Señor! Perdóname y no lo volveré a hacer». Entonces el ángel le tocó el pie y sanó al
punto. Y levantándose de madrugada se fue al campo a trabajar. El médico, según lo
convenido, vino con su instrumental para cortarle el pie. Y le dijeron: «Salió de
mañana a trabajar en su huerto». Extrañado el médico fue a la huerta donde su
paciente estaba trabajando. Y viéndole cavar la tierra glorificó a Dios que le había
devuelto la salud.
22. Un hermano preguntó a un anciano: «¿Me permites guardar dos
monedas de oro para el cuidado de mis enfermedades?». El anciano vio que su deseo
era guardarlas, y le dijo: «Bueno». Vuelto a su celda, el hermano se sintió intranquilo,
y se preguntó: «¿Crees que el anciano dijo la verdad o no?». Y volvió de nuevo a la
celda del anciano y arrepentido le rogaba insistentemente: «En el nombre del Señor,
dime la verdad, pues estoy atribulado a causa de ese dinero». El anciano le respondió:
«Te he dicho que lo guardaras porque he visto que ese era tu deseo. Sin embargo, no
es bueno guardar más de lo que el cuerpo necesita. Si guardas esas dos piezas de oro,
en ellas pones tu esperanza, y si las pierdes, Dios no se ocupará de ti. Depositemos en
Dios nuestros cuidados, pues él cuida de nosotros».

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VII. DE LA PACIENCIA Y DE LA FORTALEZA
1. El santo abad Antonio, estando en el desierto, cayó en la acedía 8 y a la vez
sufría una gran oscuridad en su alma. Y decía a Dios: «Quiero salvarme y no me lo
permiten mis pensamientos. ¿Qué debo hacer con esta tribulación, cómo me
salvaré?». Y salió fuera. Y vio a uno que se le parecía mucho, que estaba sentado
trabajando. Luego se levantaba de su trabajo y oraba. Y de nuevo se sentaba, tejía
una estera de palmas y se levantaba otra vez a orar. Era un ángel del Señor que había
sido enviado a Antonio para corrección y salvaguarda. Y oyó la voz del ángel que le
decía: «¡Haz esto y te salvarás!». Y con estas palabras se llenó de alegría y de
confianza. Y obrando así, encontró la salvación que buscaba.
2. Un hermano preguntó al abad Agatón: «Tengo que cumplir una orden,
pero es en un lugar en el que tendré que luchar mucho. Quiero ir allí para obedecer
la orden, pero temo la lucha». El anciano le dijo: «En tu lugar, Agatón cumpliría la
orden y ganaría la guerra».
3. El abad Amonio, decía: «He estado catorce años en Scitia, pidiendo día y
noche al Señor que me diese fuerza para vencer la ira».
4. El abad Besarión decía: «He estado de pie sobre espinas cuarenta días y
cuarenta noches sin dormir».
5. Un hermano, que vivía solo, se sitió turbado, y acudió al abad Teodoro de
Fermo y le contó su situación. El abad le dijo: «Vete, humilla tu mente, sométete y
convive con otros». Subió pues al monte para vivir con otros hermanos, y vuelto otra
vez al anciano le dijo: «Tampoco encuentro la paz viviendo con otros hermanos». Y
le contestó el anciano: «Si no encuentras la paz ni en la soledad, ni en la compañía de
otros hermanos, ,por qué quisiste hacerte monje? ¿No fue para sufrir penas? Dime,
¿cuánto tiempo hace que llevas este hábito?». Y dijo el otro: «Ocho años». A lo que
respondió el anciano: «Créeme, hace setenta años que visto este hábito, y ni un solo
día he podido encontrar descanso. Y tú, ¿quieres conseguirlo en ocho?».
6. Otro hermano le preguntó: «Si de pronto ocurriese una catástrofe, ¿te
asustarías, Padre?». Y dijo el anciano: «Aunque el cielo se derrumbase sobre la tierra,
Teodoro no tendría miedo». Había pedido intensamente a Dios que le quitase el
miedo. Por eso le hizo aquella pregunta el hermano.
7. Se contaba del abad Teodoro y del abad Lucio de Nono de Alejandría que
pasaron cincuenta años animándose el uno al otro, diciendo: «Pasado el invierno nos
8

ACEDIA: Postración, disgusto sin causa concreta que asalta frecuentemente al monje en su soledad.

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iremos de aquí». Y cuando llegaba el verano decían de nuevo: «Pasado el verano nos
marcharemos». Y de este modo durante toda su vida vivieron como Padres dignos de
memoria eterna.
8. Contaba el abad Pastor que el abad Juan, de pequeña estatura, había
pedido al Señor que le librase de todas sus pasiones. Lograda esta paz del alma, fue a
un anciano y le dijo: «He aquí un hombre tranquilo que no padece lucha ninguna».
Pero el anciano le contestó: «Vete y pide al Señor que te envíe batallas, porque el
alma adelanta luchando». Y cuando volvió a empezar la lucha, el abad Juan ya no
pedía verse libre de ella, sino que decía: «Señor, dame paciencia para soportar estas
luchas».
9. El abad Macario vino al encuentro del abad Antonio al monte. Llamó a la
puerta, salió Antonio y le preguntó: «¿Quién eres?». «Soy Macario», dijo. Antonio
cerró la puerta dejándole fuera. Y cuando hubo constatado su paciencia le abrió. Y
alegrándose de su presencia, le dijo: «Hace mucho tiempo que deseaba verte pues he
oído grandes cosas de ti». Llegada la tarde, el abad Antonio preparó unas palmas
para él solo. Macario le dijo: «Dame y yo las prepararé para trabajar». Pero Antonio
le contestó: «No tengo preparadas más que éstas». Entonces Macario se preparó él
solo un gran montón. Y sentados largo tiempo hablaban de cosas útiles para el alma,
mientras tejían, y las esteras, por una ventana, caían a una gruta. Y al levantarse por
la mañana, Antonio vio la enorme cantidad de esteras que había fabricado el abad
Macario y lleno de admiración le besó las manos diciendo: «Una gran virtud sale de
estas manos».
10. Un día, Macario bajó a Scitia a un lugar llamado Terenuth. Entró a
dormir en un templo, donde desde antiguo había enterrados cadáveres de paganos. Y
puso uno de los cuerpos debajo de su cabeza para que le sirviera de almohada. Pero
los demonios, celosos por su audacia, quisieron asustarle y simularon llamar a una
mujer: «¡Eh, señora, decían, yente al baño con nosotros». Y otro demonio, como si
fuera uno de los muertos, respondió: «No puedo, tengo un peregrino sobre mi». Pero
el anciano no se acobardó, sino que seguro de si mismo golpeaba aquel cuerpo y le
decía: «Levántate y vete si puedes». Al oír esto los demonios gritaron: «Nos has
vencido». Y huyeron avergonzados.
11. El abad Matoés decía: «Prefiero un trabajo ligero, pero continuo, que un
trabajo penoso que se acabe enseguida».
12. Se contaba que el abad Milo vivía en Persia con dos discípulos. Dos hijos
del emperador salieron de caza como tenían por costumbre y echaron sus redes
cuarenta millas a la redonda para matar todo lo que encontrasen dentro de ellas.

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Encontraron a un anciano con dos discípulos dentro de la red y al verle velludo y con
aspecto salvaje, se extrañaron y le preguntaron: «¿Eres un hombre o un espíritu?». El
respondió: «Soy un hombre, un pecador que me he retirado aquí para llorar mis
pecados. Adoro al Hijo de Dios vivo». Ellos le dijeron: «No hay más dioses que el Sol,
el Fuego y el Agua. Adórales, y ven a ofrecerles sacrificios». Pero el anciano les
respondió: «Estáis equivocados. Esas cosas son sólo criaturas. Pero os ruego que os
convirtáis, reconozcáis al verdadero Dios, creador de ellas y de todo lo demás». Ellos
se rieron de él y le decían: «¿A un condenado, a un crucificado, llamas tu verdadero
Dios?». «Sí, dijo; al que crucificó el pecado y destruyó la muerte, a ese llamo Hijo de
Dios». Entonces le torturaron junto con sus compañeros para obligarles a sacrificar.
Después de atormentarnos decapitaron a los dos hermanos, pero al anciano siguieron
torturándole varios días. Luego le pusieron de pie en cierto lugar y le arrojaban
flechas, como si fuese un blanco, el uno por delante y el otro por detrás. El anciano les
anunció: «Puesto que os habéis puesto de acuerdo para matar a un inocente, mañana,
en un instante, a esta misma hora, vuestra madre se quedará sin hijos y se verá
privada de vuestro cariño. Os mataréis el uno al otro con vuestras propias flechas».
Ellos despreciando sus palabras salieron de caza al día siguiente. Salió un ciervo de las
redes y montaron en sus caballos en su persecución para cazarlo. Y lanzando tras él
sus flechas se atravesaron mutuamente el corazón y murieron como les había
anunciado el anciano.
13. El abad Pastor decía: «En la tentación se conoce al monje».
14. El abad Pastor contaba que el presbítero Isidoro de Scitia dijo un día a la
asamblea de los hermanos: «Hermanos, ¿no hemos venido aquí para trabajar? Y
ahora veo que aquí no hay trabajo. Por tanto, cojo mi tienda y voy a donde haya
trabajo. Así encontraré la paz».
15. Santa Sinclética dijo: «Si vives en un monasterio con otros, no mudes de
lugar. Te seria perjudicial. Porque así como una gallina, si deja de calentar y cubrir
sus huevos, se quedará sin pollitos, de la misma manera, el monje o la virgen dejan
enfriar y morir su fe trasladándose de un lugar a otro».
16. Dijo también: «El diablo, cuando no ha podido turbar al alma tentándola
de pobreza, utiliza las riquezas para seducirla. Y cuando no lo consigue con afrentas y
oprobios, usa la alabanza y la gloria. Si con la hartura y los deleites corporales no
consigue seducirla, intenta derrotaría por las molestias que vienen contra nuestra
voluntad. Envía enfermedades graves contra el que ha de ser tentado, para que con
ello se acobarden los monjes y se aparten del amor de Dios. Pero aunque apalee tu
cuerpo y lo incendie con fiebres intensas, aunque además te atormente con sed
intolerable, si por ser pecador padeces todo esto, acuérdate de las penas del siglo

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venidero, del fuego eterno y de las angustias del juicio. Y así no te desalentarás por las
cosas que al presente te suceden, antes al contrario, alégrate porque te ha visitado
Dios. Y pon en tu boca aquellas celebérrimas palabras: "Me castigó, me castigó
Yahvé, pero a la muerte no me entregó" (Sal 117, 18). Si eres hierro, por el fuego
aplicado contra ti perderás la herrumbre. Y si eres justo y sufres todo esto, pasarás de
una gran virtud a otra mayor. Eres oro, pero el fuego te hará más puro. Se te ha dado
el ángel de Satanás, aguijón de tu carne (cf. Cor 12, 7). Salta de gozo, viendo que has
merecido recibir un don semejante al que recibió san Pablo. Si padeces fiebres, si
sufres el rigor del frío, recuerda lo que dice la Escritura: "Por el fuego y el agua
atravesamos; mas luego nos sacaste para cobrar aliento" (Sal 66, 12). Si te sucedió lo
primero, espera lo segundo obrando en toda virtud. Grita las palabras del profeta:
"Yo soy pobre y desdichado" (Sal 68, 30). Por esta clase de tribulaciones serás más
perfecto, pues dice también: "En la angustia, Tú me abres la salida" (Sal 4, 2).
Entrenemos nuestras almas al máximo con esta clase de ejercicio, porque tenemos
ante nuestros ojos a nuestro enemigo».
17. Dijo en otra ocasión: «Cuando las enfermedades vengan a molestarnos,
no nos entristezcamos porque los dolores y la debilidad nos impiden estar en pie para
la oración y el canto de los salmos en alta voz. Todas estas cosas nos son necesarias
para destruir nuestros deseos carnales. Porque los ayunos y la penitencia nos fueron
impuestos por causa de nuestros torpes deleites. Pero si la enfermedad reprime todo
esto, la observancia de todos estos trabajos se hace superflua. Como un medicamento
fuerte y eficaz corta la enfermedad, así la enfermedad del cuerpo mitiga los vicios. Y
en esto consiste la virtud, en sobrellevar las enfermedades con acción de gracias a
Dios. Si perdemos los ojos no nos entristezcamos demasiado. Hemos perdido un
instrumento de avidez, pero con los ojos del alma contemplemos la gloria de Dios.
¿Nos quedamos sordos?, no nos aflijamos. Hemos perdido el escuchar cosas vanas.
¿Se debilitan nuestras manos?, preparemos las del alma para luchar contra las
tentaciones del enemigo. ¿Ataca la enfermedad todo nuestro cuerpo? La salud del
hombre interior crece».
18. Dijo también: «En el mundo, a los que cometen algún crimen los envían a
la cárcel, aun en contra de su voluntad. También nosotros encerrémonos por nuestros
pecados, para que este castigo voluntario nos aparte de las penas futuras. Si ayunas,
no encuentres pretextos para decir que debilitado caíste enfermo, pues también los
que no ayunan contraen las mismas enfermedades. ¿Has empezado una buena obra?
No la abandones por los impedimentos del enemigo. Tu paciencia aniquilará al
enemigo. Porque los que empiezan a navegar, despliegan las velas, y al principio
encuentran viento favorable. Pero luego sopla un viento contrario. Pero no por ello los

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marineros arrojan su cargamento al mar, ni abandonan la nave. Aguantan un poco o
luchan contra la tempestad y de nuevo encuentran el rumbo exacto. También
nosotros, cuando nos sintamos llevados por el espíritu contrario, despleguemos como
vela la cruz y realizaremos sin peligro la travesía de esta vida».
19. Se decía que la bienaventurada Sara, abadesa y virgen, vivió sesenta años
junto a un río y nunca se inclinó para mirarlo.
20. Decía el abad Hiperequio: «Que broten siempre de tu boca himnos
espirituales y que la meditación asidua alivie el peso de las tentaciones que te vengan.
Un ejemplo claro de esto es el caminante cargado con un pesado equipaje: cantando,
olvida el cansancio del camino».
21. Dijo también: «Conviene que nos armemos contra las tentaciones, porque
vienen de muchas clases. Así, cuando vengan demostraremos que estamos preparados
para la lucha».
22. Decía un anciano: «Cuando el hombre es tentado, se multiplican por
todas partes sus tribulaciones, para que se desanime y murmure». Y el anciano contó
lo siguiente: «Vivía un hermano en su celda y fue tentado. Cuando le veían nadie
quería saludarle ni recibirle en su celda. Si tenía necesidad de pan nadie se lo
prestaba. Y sí volvía de la siega, nadie le invitaba a tomar un refrigerio, como era
costumbre. En plena canícula volvió un día de las faenas del campo y no tenía nada
de pan en su celda. Y en todas estas cosas daba gracias a Dios. Viendo Dios su
paciencia, le libró de la guerra de las tentaciones. Y he aquí que llamó a su puerta
uno que traía de Egipto un camello cargado de pan. Al verlo el hermano se echó a
llorar, diciendo: "¡Señor, no soy digno de sufrir un poco por ti!". Pasada la tentación
los hermanos le acogieron en sus celdas y asambleas, y le reconfortaron».
23. Un anciano decía: «No avanzamos en la virtud porque no conocemos
nuestras limitaciones y porque no tenemos paciencia en las obras que emprendemos.
Queremos alcanzar la virtud sin esfuerzo alguno».
24. «¿Qué debo hacer?, preguntó un hermano a un anciano, pues mis
pensamientos me impiden permanecer una hora seguida en mi celda». Y el anciano
le contestó: «Vuelve a tu celda, hijo mío, trabaja allí con tus manos, ruega a Dios sin
cesar, arroja tus preocupaciones en el Señor y que nadie te induzca a salir de allí».
Y añadió: «Un joven del mundo, cuyo padre aún vivía, quería hacerse monje.
Se lo pidió insistentemente a su padre pero éste no consintió. Más tarde, agobiado por
unos íntimos amigos, accedió a regañadientes. Partió el joven y entró en un
monasterio. Y hecho monje empezó a cumplir con toda perfección todas las
obligaciones del monasterio, ayunando todos los días. Luego empezó a no tomar


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