Caja PDF

Comparta fácilmente sus documentos PDF con sus contactos, la web y las redes sociales.

Compartir un archivo PDF Gestor de archivos Caja de instrumento Buscar PDF Ayuda Contáctenos



ALEXIS, JACQUES STEPHEN Compadre General Sol .pdf



Nombre del archivo original: ALEXIS, JACQUES STEPHEN-Compadre-General-Sol.pdf
Título: TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC_COMPADRE GENERAL
Autor: Monteavila

Este documento en formato PDF 1.3 fue generado por QuarkXPress / CutePDF Editor (editor.CutePDF.com), y fue enviado en caja-pdf.es el 11/03/2014 a las 16:26, desde la dirección IP 201.102.x.x. La página de descarga de documentos ha sido vista 4955 veces.
Tamaño del archivo: 2.4 MB (410 páginas).
Privacidad: archivo público




Descargar el documento PDF









Vista previa del documento


TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página III

Compradre General Sol

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página IV

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página V

Jacques Stephen Alexis

Compadre General Sol
Traducción

AMELIA HERNÁNDEZ M.

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página VI

1a edición en Monte Ávila Editores, 2009
IMAGEN DE PORTADA
Carolina Marcano G.
DIAGRAMACIÓN
Sonia Velásquez / Carolina Marcano G.
CORRECCIÓN
Rosa Linda Ortega

© MONTE ÁVILA EDITORES LATINOAMERICANA, C.A., 2009
Apartado Postal 70712, Caracas, Venezuela
Fax: (58-212) 263.8508
www.monteavila.gob.ve
Hecho el Depósito de Ley
Depósito Legal Nº lf 50020098004061
ISBN 978-980-01-1750-7

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página VII

Prólogo

La noche respiraba fuerte.
No había nadie en la explanada. Ni un gato. Entonces una
sombra más oscura que la noche salió con pies ligeros, como un
corifeo parpadeante. Las sombras en la madrugada le lamían el
cuerpo, a brincos de pulga.
Esta noche, el viejo suburbio estaba azul-negro. Toda la barriada Nan-Palmiste, que se pudre como una llaga infectada en
las márgenes de Puerto Príncipe, maceraba en un caldo ultramarino, una verdadera sopa de kalalou-djondjon1.
Velos violáceos, precursores de la aurora, cubrían el cielo de
ébano. Y el hombre de sombra ondeante se escurría, deslizándose por la explanada a pasos apresurados. El amanecer estaba
fresco, muy fresco; las casuchas parecían casi rosadas.
«No… no hay nadie, ni un hombre, ni una gata2…», pensó
Hilarion. Se rió, y sus dientes-mármol relucieron en la oscuridad.
Ese negro iba casi desnudo. Casi, casi desnudo. Un negro
azul, de tanta sombra que era, de tan negro que era.
Seguía avanzando.
Una lechuza de plumas rizadas soltó su risa socarrona y siniestra en la noche. El negro se estremeció ante esa señal de mal
agüero; se le erizaron todos los pelos, pero siguió adelante. Es
que Hilarion iba sin su ángel custodio, tan concentrado en sus
1 Sopa popular haitiana con pequeños hongos negros (N. del A.).
2 En el original: … pas une chatte. La expresión usual en francés es: pas un
chat, y equivale a «no hay ni un gato». El femenino (chatte) se refiere al
sexo femenino (N. de la T.).

VII

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página VIII

reflexiones que se le salían por la boca en voz alta. Hablaba
con voz muy alta en la semi-oscuridad. En voz muy alta, como
los locos, que no dejan la boca en paz.
Así es, basta con poca cosa para que un pobre infeliz se
vuelva loco. La miseria es una mujer loca, yo que te lo digo.
La conozco, a esa zorra la he visto vagabundeando en las capitales, en las ciudades, en los suburbios de la mitad del planeta. Esa hembra rabiosa es la misma en todas partes. Por su
culpa, en los andrajos de todos los muertos de hambre se esconde el puñal de un asesino. O de un loco, es lo mismo.
Hembra rabiosa, hembra flaca, madre de cerdos, madre de
putas, madre de todos los asesinos, bruja de todas las degradaciones, ¡la miseria, ajá, le escupo encima!
En la montaña, en el cerro, allá, un tambor pequeño se
desgrana, inexorable, quejándose sin descanso. Un pequeño
tambor que pide perdón a la vida… ¡esta vida tan dura y tan
suave! esta vida que daña a tantos hombres… La montaña está echada ahí, como un animal dormido. Un tambor pequeño,
estúpido y punzante como una jaqueca. Es África pegada a la
piel del negro como una concha, África pegada al cuerpo del
negro como un sexo supernumerario. África que no deja en
paz al negro, de cualquier país que sea, adonde vaya o de
donde venga.
En Haití, todos los tambores hablan de noche. Uno quisiera
que desaparecieran para siempre, que reventaran, los tambores
tristes, los tambores enfermizos, los tambores punzantes y quejumbrosos, los tambores que te hacen entrar en éxtasis y en crisis, los tambores que piden perdón a la vida. Todas las noches,
la miseria y su desesperanza ponen el corazón a latir de quejas,
es el tambor pelado y desgarrador del vudú y sus misterios… y
todos los días triunfantes, el tambor de la vida conquista su lugar, el tambor alborozado, el alegre tambor yanvalú, el tambor
risueño de la conga, los altos y claros tambores cónicos que
cantan a la vida. Pero en esta madrugada malsana, con su claridad sombría pegajosa, sólo hay un tambor negro hablando como si las propias sombras se pasmaran de miedo.
VIII

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página IX

El negro se pasó la mano por la frente: «¡A la mierda, carajo!», dijo. Y lo repitió: «¡A la mierda, carajo!», dándose un
manotazo en el abdomen descubierto para aplastar un mosquito, el mosquito que le chupa la sangre. Es que sus andrajos tenían agujeros como ventanas, para que se le vieran las
miserias del cuerpo.
Se quedó acechando. Examinó todo y por todas partes,
cuidadosamente. El pasaje estrecho que da al callejón donde
él se disimulaba era un magma, una laguna de fango fresco,
tornasolada bajo las estrellas. Unas piedras grandes estaban
puestas ahí para pasar sin mojarse los pies. El pasaje estaba
bordeado por la empalizada de la cabaña de Yaya, la lavandera. Sor Yaya, la llamaban, hermana Yaya. Porque los negros verdaderos, tú sabes, todos son hermanos y hermanas…
La casucha a la derecha tenía un revestimiento de barro seco
que dejó en la mano de Hilarion, cuando se apoyó encima una
capa de polvo. Hilarion seguía adelante, saltando de piedra en
piedra, como distraído y a la vez cuidando de no enlodarse la
planta ƒde sus pies descalzos. Al otro lado se derrumbaba lo que
quedaba de una cabaña, una pared de tablones llenos de comején, que había perdido su encalado desde hacía tiempo.
La noche volvió a respirar, con dificultad, como una vieja
abuela.
«Desde los tiempos de los tiempos», habría dicho la tía
Christiana.
Tía Christiana sí que era una verdadera negra, compadre,
una buena mujer, pues. Desde los tiempos de los tiempos, desde los tiempos de aquella guerra por los flejes de barril, la
guerra de todos los negros de Haití, la guerra de Dessalines3
3 Jean-Jacques Dessalines, el más radical de los próceres de la independencia haitiana, ordenó en 1803 la masacre de la población blanca. En 1804,
conquistada la independencia, la nueva república se dividió en dos.
Dessalines se coronó emperador de la parte Norte y se convirtió en tirano,
perdiendo el apoyo de la nueva clase dirigente. En 1806 fue asesinado por
los suyos (N. de la T.).

IX

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página X

que no quiso ver ni un blanco más en el país, ni un blanco
malo, por supuesto.
Desde los tiempos de los tiempos, desde que el pepinito se
pelea con la berenjena, como decimos por acá en broma. Nosotros, los negros, siempre estamos bromeando. Cuando estamos sufriendo, reímos, bromeamos; cuando morimos, o sea
cuando dejamos de sufrir, reímos, cantamos, bromeamos.
Pero como iba yo diciendo… sí, la pared de una cabaña…
Estoy hablando demasiado, ¡deja esa boca en paz! una pared
de tablones que mantenía de pie, plantada ahí, esa vieja casucha que amenazaba con agacharse, que quería tirarse de cabeza en la ciénaga. Sobre el tejado de esa cabaña alardeaban un
gallo y un pez. Un pez de escamas oxidadas, un gallo brioso con
la cola rota, que hablaban de la maldad del viento y el sol, en el
día. Un gallo y un pez deslavados por el viento, por el sol y
el agua de las lluvias nocturnas.
Y en eso, un gallo se puso a cantar. El gallo de pelea de TiLuxa, amarrado al final del patio. Un buen gallo para la
apuesta… «¡Kíkirikí…!».
Al gallo de Ti-Luxa, tú puedes apostarle seguro. Todos los
gallos de Puerto Príncipe le contestaron. En Puerto Príncipe
los gallos cantan toda la noche. «¡Kíkirikí…!».
El cuerpo de Hilarion se estremeció todo. Ojalá no se despierte el hermano Ka. Sabrá Dios que le tiene ese viejo macaco,
pero casi no duerme de noche y se levanta con las primeras luces. «¡Kíkirikí…!».
Afortunadamente, en Puerto Príncipe, de noche nadie oye
los gallos cantar.
No obstante, Hilarion caminó más rápido, tanto que por
poco tumba esa cabaña, a la izquierda. Arqueada, apestosa,
agujereada como una cesta vieja, daba la impresión de bambolearse cada vez que la noche respiraba. Estaba construida
con algunas cajas inservibles: como los pobres negros en los
suburbios de Puerto Príncipe no tienen dónde caerse muertos,
los negros ricos o los mulatos ricos —es lo mismo— mandan
X

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XI

construir esas ajoupas, esas cabañas de madera… unas cuantas cajas viejas que habían contenido arenque ahumado, jabón
o carne en conserva, y ahí tienes una casa que se alquila bien,
una barraca buena para los que trabajan, para esos negros sucios. Esta cabaña parecía un gallinero. En la semi-oscuridad,
era color amarillo y chocolate, un palafito flotando en el fango
del suelo. Una cabaña que se alzaba hacia el cielo azul-negro de la madrugada levemente desteñido, levemente orlado de
rosa , y con su techumbre de zinc, su techumbre puntiaguda y
rechinante como un hacha vieja y mellada. La cabaña de un
mundo loco, una cabaña como inmovilizada en una martinica4
endiablada. Pero no se movía nada, no pululaba ni una pluma.
Sin embargo, Hilarion volvió a detenerse para examinar
todo. Más allá, a la derecha, después de un pequeño terreno
pelado, la tierra pantanosa se había secado, formando una
costra delgada como la de un pan de maíz. La enramada de
Sor Femme… la hermana Femme, todas las mañanas, prepara
el akassan5 con harina de la buena. ¡Rayos! Por un akassan
como ése, uno se dejaría cortar un dedo… Pero en la noche,
bajo la enramada solitaria, sólo queda una leña desparramada, algunos tizones casi mortecinos pero iluminados de
cuando en cuando con alguna chispa roja.
La noche resopló ruidosamente y las estrellas brillaron
más claras.
Hilarion no estaba respirando bien. Tenía ganas de sentir
una buena fumada raspándole ruda y cálidamente todo el pecho.
Poniendo una rodilla en tierra, se apoyó en ambas manos para
soplar encima de las brasas a medio apagar.
Encendió una colilla que se sacó de detrás de la oreja, y
echó una bocanada que serpenteó, se elevó, luego voló en el
aire y, por último, se desvaneció. Se puso a toser y a escupir. Su
pecho resonaba como una chatarra vieja.
4 Baile floklórico haitiano (N. del A.).
5 Crema suave hecha con fécula de yuca o de maíz, leche, azúcar y especias,
que se toma caliente en el desayuno, o muy fría, contra la sed (N. de la T.).

XI

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XII

***
Estaba acostado en su cuarto, sobre el trapo que cubría la
paja del camastro, formando una mancha clara en el suelo de
tierra apisonada. Boca arriba, con las piernas encogidas, miraba hacia el techo. Miraba los dos agujeritos que había en el
zinc, por encima de su cabeza. Dos agujeritos, todas las noches,
como dos estrellas.
Tenía la respiración pesada, pesada como la de esos estibadores en los muelles, que doblan el lomo bajo la carga. Pesada
como la de un burro cargado de sacos de sal, pesada como la
de una res en el abrevadero, pesada como la de una bestia agotada, rodeada, acorralada.Y tenía miedo, miedo de lo que iba a
hacer. Dentro de él, en su mente, el vacío. Mejor dicho: algo así
como cuando se cayó de lo alto de la mata de mangos; la rama
cedió bajo su peso, y en su caída las hojas lo abofetearon…
Su vientre. Su vientre con las entrañas que se le removían
como un nudo de culebras enmarañadas. Su vientre caliente,
caliente… y algo así como un hueco en el estómago, un hueco
en el que zozobraba toda su conciencia. Algo como si te doliera. Pero no duele. Así es cuando uno está hambriento,
¡cuando uno tiene hambre de verdad, de veras! En su cabeza
ya no hay ideas hablando. Cuando se tiene mucha hambre,
las sensaciones y la mente son una misma cosa. Una extraña
alucinación que mece, que sacude el cuerpo y todo lo que
puede contener, con desaforada trepidación.
El vacío. ¿Acaso hubo un ayer? ¿Acaso habrá un mañana?
¡Claro que no, coño! Sólo el cuerpo existe y tiembla y tiembla y
tiembla, como una gallina cobarde. No hay ayer, ni mañana, ni
esperanza, ni luz, sólo existe el cuerpo, y adentro todo se le retuerce. Algo como una risa por dentro, una risa de mundo loco.
Y también el miedo, el miedo que no es sino el movimiento del
hambre, de la debilidad y de la ignorancia. El hambre que te
puede empujar ¡haaan! hasta algún sitio que uno ni conoce. Un
hueco, una idea que se mezcla con las entrañas y con todas las
sensaciones internas, como el agua que se mezcla con el agua.
XII

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XIII

Un ruido le salió de la boca como un gruñido, como la canción del viento en la techumbre: «huuuum… uuunn… fff».
Lo que surgía ante él ni siquiera era un pensamiento. A lo
sumo, una imagen más persistente en la película fantástica
que se proyectaba bajo sus párpados entornados: la noche
tropical maquillando el paisaje, la noche tropical voraz y
pérfida, la noche que pone a bailar a los hombres y las cosas,
la noche llena de zombis6 y de estrellas… Retratos que pasan
danzando, insignificantes y borrosos… tal vez una hermosa habitación, toda oscura, donde se incorpora una sombra asustada, con un arma en la mano… tal vez un gendarme bajo un
poste de luz, un gendarme con polainas y un fusil, bajo la luz
que dibuja un disco en el suelo. Un gendarme que trata de cerrarle el paso… «¡Haan… coño!» y asestó un golpe violento a
la noche oscura que llenaba el cuarto. Tal vez un niño que de
repente se pone a llorar en su cuna. Tal vez una mujer desnuda
que grita y corre hacia el balcón… tal vez… tal vez…
El ruido seguía saliéndole de la boca: «¡Lo mataré, carajo!»
Alzó lentamente la mano ante sus ojos. ¡Oh! En la oscuridad, esa mano parece una araña-cangrejo, negra y peluda
Estaba tendido de espaldas. Volvió bruscamente la cabeza
y se rascó el cuello… un revuelo de mosquitos bailando su
ronda guerrera por encima de él.
¿Podrá levantarse y andar? Por la puerta mal cerrada, un
hilo de luz se arroja desde una nube, cortándole la cara. Su
rostro parece un fetiche negro de Guinea. Un rostro en dos pedazos, un pedazo negro, un pedazo claro, mostrando los dientes
en una mueca… acostado boca arriba, con su cabeza de madera de Guinea tallada…
Hilarion se ha puesto de pie, negro verdadero, no le tiemblan las piernas ni le da vueltas la cabeza. Hilarion está de pie,
se pone a mirar por las ranuras de la puerta. ¡Ay! se rasguña
6 En las creencias populares haitianas, hombres bajo los efectos de alguna
brujería que le arrebata su personalidad. Suele ser secretamente utilizado
como esclavo por ciertos terratenientes en sus plantaciones (N. del A.).

XIII

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XIV

con un clavo; instantáneamente, echa la cabeza hacia atrás.
Apartando la estera con el pie, mete la mano por debajo de
la puerta para empujar la piedra grande que la tranca… ya
está afuera.
La noche voraz se irguió frente a él y se lo tragó.
El cielo estaba azul-negro, un poco rosa en las orillas. No
hay luna. Algunas estrellas…
***
¡Hilarion estaba afuera, carajo! empujado por el hambre, hambriento, como un animal, Hilarion estaba afuera. ¡Las gentes
de bien, las gentes «como es debido», los buenos cristianos que
comen cinco veces al día, que cierren bien sus puertas: hay un
hombre muy hambriento, cierren, pongan un candado, afuera
hay un hombre que quiere comer, hay un animal…
Se hallaba en el pasaje que da al callejón, con los pies en
las piedras que emergían del fango. Estaba afuera, el negro
de pies herrados… miró el cielo ultramarino, tembloroso de
estrellas como si tuviera piel de gallina. Esa piel de gallina
levemente rosada que a veces estira los senos de las negras en
flor. Miró hacia la explanada. Miró el suelo, espejo de fango
que reflejaba su silueta deshilachada.
La noche tropical con sus hombros oscuros y sus cabellos
como nubecitas de lana blanca, cedía lentamente.
Las casuchas estaban puestas en el fango reluciente como
esas plastas deshechas de caca de buey en el parque comunal… La explanada estaba durmiendo bien profundo, y el reloj
de Santa Ana sonó: «Ting… ti-ting… ping…».
Hilarion ¡te dará tiempo! ¿Tiempo para qué? ¡Quién sabe, pffff! Cuando hay hambre, qué sabe uno… «¡Tengo que ir
allá, carajo!», pensó Hilarion.
XIV

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XV

En la explanada, de cabaña en cabaña, la misma porquería, el mismo olor acre, la misma cochinada. Hilarion baila
de puntillas el baile del hambre y la fiebre, el baile del crimen con su paso de silencio, el baile del miedo y la prudencia. Corre, baila, hace trenzados, da pequeños brincos, unos
pasitos de chika7, corre, baila.
El viento leve, que tose como un joven enfermo del pecho,
empuja a Hilarion por el macadán de la carretera, hacia la
gran ciudad. Puerto Príncipe… Puerto Crímenes… la ciudad
está acostada ahí, a los pies del cerro; cubierta de baratijas
de oro falso que brillan y alumbran, igual que una mujer dormida con las piernas abiertas, en un cerro donde los árboles
enredados forman como mechones de pelo. Su costado perfila la bahía voraz, su cabeza se ladea por detrás del Fuerte
nacional, hombro oscuro cubierto de esos cabellos ralos que
son las malezas crespas. Puerto Príncipe de noche es como
una mujer hermosa, una mujer cubierta de joyas eléctricas,
de flores de fuego que queman…
Hilarion corre hacia la ciudad. Los árboles corren con él,
los árboles bailan. Los árboles bailan el vals que la vida te
pone a bailar. Hilarius Hilarion: ¡esta noche, la vida es un
carrusel desenfrenado!
Las casuchas grises o sin color fijo… las casuchas de la
carretera que da vueltas, las casuchas, la maleza, las casuchas, la maleza… Puerto Príncipe de noche…
La noche tropical vibra, alcahueta vestida de negro,
transparentando sus carnaduras rosadas y los estigmas del
vicio. La noche tropical parece ponerse en movimiento.
Una hilera de luces que anuncia por la calle: el barrioprostíbulo: la Frontera. Unas maracas ríen en ritmo de jazz.
Unas mujeres gritan, frenéticas, improperios e insultos vulgares: «¡Coño! ¡Mierda! ¡Hijo de puta!».
7 Baile popular haitiano, muy sensual (N. de la T.).

XV

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XVI

Es un jazz arrebatado, con un swing que escupe, restalla y
se bambolea. Más allá, una rumba relincha como una yegua.
Las percusiones roncan; una conga suelta su voz quebrada
de hidalgo ebrio:
… la jicotea no tiene cintura…

Una puta dominicana, sale corriendo del Paradise endemoniado. El Paradise como un castillo que revienta de luces
por todas las puertas de la noche. El canto entre los fulgores
espasmódicos de esa tormenta tropical de música:
… la jicotea no tiene cintura
la jicotea no puede bailar…

Un saxo gime hasta el clímax. El pistón fustiga los sentidos
con un huracán sexual y brutal. Los relámpagos de sonidos vertiginosos sincopan el ritmo.
La mujer en las puertas del Paradise tiene una cabellera
que le llega a la cintura. En la noche sin horizonte se oye la
risa socarrona del jazz vicioso. Titubeando, ebria de ron y desesperanza, ávida de sensaciones que ayudan a olvidar, la
mujer se cimbrea y de un golpe se alza la falda, con su sexopan-de-cada-día frente a la noche, y suelta al viento una ráfaga de contoneos atormentados. Vocea en todas direcciones
un lamento desgarrador: «Aaaaay… ¡Mierda…!».
Y el cuarteto solloza un merengue desconsolado que habla
de la alegría dolorosa y patética de esas mujeres perdidas, de
esas putas borrachas que forcejean en los hipogeos de sus
vidas desesperanzadas.
Las mujeres públicas son como gallinas prisioneras, porque están encerradas dentro de un círculo trazado en el suelo. El amor perpetuo hasta el desgaste. La cadena perpetua
en los arcanos de un mundo mal hecho, un mundo al revés
que necesita el amor-salario, el amor-pensión-vitalicia, el
amor sin amor, el amor-monedero, y la virginidad de los conXVI

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XVII

ventos contra el amor. Las putas… el alquiler vitalicio de los
conventos del vicio…
La noche negra, la noche tropical, inocente y cómplice, la
noche virgen y oscura que respira…
Hilarion sigue corriendo, lleva en el estómago el hambre
renovada, llaga inflamada, punzante. Sigue corriendo, pero
ya ha salido de la anestesia… tiene los ojos claros, las mandíbulas apretadas, habla solo, ríe, va.
«Porque somos chusma, para nosotros no hay fronteras,
los hijos nuestros tienen que vivir y crecer junto a los prostíbulos vociferantes, junto a las putas borrachas como trompos,
junto a la degradación y al frenesí del vicio. ¡Y nadie se indigna por ello, nadie se conmueve, nadie se inmuta!».
Allá, tres marines borrachos se enfrentan con un taxista y
se niegan a pagarle. Unas manoplas relucen en sus manos.
Dan tropezones: «God damn you!».
Hilarion sigue corriendo, decidido. Habla solo y se ríe.
«¡Esto sí que es divertido…! sí, la juerga, las putas borrachas, los jóvenes de buena familia, los dólares, los chulos, el
ron con soda, los marines, el jazz, las rameras dominicanas,
los sexos, los vómitos, el contoneo de las caderas, la cerveza
Presidente especial… ¡La juerga, pues! ¡La miseria, pues! ¡El
hambre, pues! ¡Ja,ja,ja! Déjame reír, reír con ese jazz, reír con
esta hambre, esta hambre que me lacera las entrañas…».
¡Hilarion, vaya! ¿Qué estás diciendo? Ah, sí: esta noche,
la vida es agridulce como una caña criolla, amarga como
una ramera sentimental, y un sabor seguro se te sale por toda
la boca, el sabor del hambre. ¡Mierda!
Ahora, a Hilarion se le apacigua el alma, como si tuviera
una granada en el corazón, así decimos por acá, una granada bien dulcita. Hilarion camina por Puerto Príncipe, por
sus calles como venas arrastrando la sangre real de la madrugada que despunta. Se le hace interminablemente larga,
esta noche de invierno tropical…
XVII

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XVIII

La noche azul como la tinta se alejaba, sigilosa.
Un enorme palmiste sacudía sus abanicos al viento. Se pusieron verdes bajo las estrellas, igual que una lagartija asustada entre las hierbas cambia súbitamente de color. Hilarion
estaba pasando por la barriada de la Facultad de Medicina,
cuyos jardines están llenos de mujeres con la sonrisa agujereada por los dientes faltantes, están llenos de adolescentes
tímidos en plena crisis de pubertad.
Hilarion recortó su camino pasando por el Campo de
Marte, donde todavía hay grupos de hombres parlamentando
apasionadamente. Al pasar a través de los arbustos alrededor de la pérgola, espantó a las parejas que se abrazaban y
que huyeron piando como pájaros ahuyentados. Dessalines,
de pie en su pedestal, blandiendo la espada en el Campo de
Marte, vivía sus últimas horas nocturnas. En la calle PetitFour, un chofer temerario sacó chispas a la calzada con su
monstruosa máquina mugiente.
Las estrellas se morían y sus ojos palidecían en el cielo.
Hilarion, resuelto, penetró en el jardín que envolvía esa mansión
de Bois-Verna; la reja de hierro forjado chilló como un perrito
que recibe una patada. Fue como si se le clavara en el corazón.
Un chorro de agua estaba llorando en la fuente. Su frescor
le invadió los ojos como un vapor de menta. Hilarion se arrodilló para beber. Se mojó toda la cara. Se sintió mejor. Se
despabiló por completo y se quedó estúpidamente de pie en
la grama. Unos cocuyos verdes lanzaban destellos. Se sentía
como extraviado, turbado por las fragancias solapadas de todas esas flores. Pisó los arriates de albahaca que bordeaban
el césped, y enseguida soltaron un vaho de olores fuertes.
De pronto, volvió el miedo. Se le deslizó por la espalda,
frío como esas pequeñas culebras verdes de los bosques,
atrevidas y heladas, que juegan a meterse por debajo de tu
camisa. Un miedo que penetra hasta el tuétano. Su corazón
se puso a latir muy fuerte. Sintió las pulsaciones hasta en la
cabeza. Salió huyendo salvajemente hacia la reja.
XVIII

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XIX

Había agua temblando en los ojos amarillos de las flores.
Hilarion se arrancó un malvado rosal silvestre que se le había enganchado en el pantalón. Le sangraron los dedos; se
chupó la sangre, tibia y sin sabor. Esas flores blancas, rojas y
amarillas reventando en la noche… flores semejantes a las
de los campos de su infancia, y después a las de estos mismos
jardines de Bois-Verna, donde sus años jóvenes quedaron heridos, estragados por esa infame esclavitud infantil que la
burguesía hipócrita practica bajo una apariencia de caridad
y paternalismo.
¿Te acuerdas de aquellas palizas sangrientas con cachiporras de cuero, entre las fragancias de jardines floridos como estos? Antes, ¡qué feliz habías sido en tu famélica sección
rural, cuyas flores silvestres te besaban los pies!
Contempló la casa tan blanca entre el follaje y la semi-oscuridad hueca… de nuevo, se puso a pensar. ¿Por qué no lo
engendraron en una casa como ésta, con un porche donde
hay buganvillas en flor? Se había detenido, y se quedó un
buen rato mirando la casa.
La noche tropical, cual chal de seda negra, con sus flores
multicolores y sus flecos de aurora, iba aclarándose…
Siguió mirando un poco más. Y echó a correr hacia la casa.
Abrazó una columna de mampostería, abandonada por las
buganvillas… trepaba como un gato.
***
Se incorporó entre unas sillas de jardín en una terraza protegida de la lluvia donde se erguía toda una población de cactáceas raras: nopales de un verde amarillento, velludos como
monos; tunas claveteadas por una erupción de viruela y cargadas de unas curiosas frutas-flores escarlatas, erizadas de
pinchos; pequeños cardones columnares con marquetería de
dibujos lineales y plumas; globos de satén cubiertos de liquen;
XIX

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XX

pencas entorchadas vermiformes; cintas carnosas y bordadas;
y otras formas nunca vistas, tantas que se quedó paralizado
por unos segundos… había una puerta abierta, entró.
Un minúsculo bombillo azul estaba prendido en una mesita de noche. ¡Hay gente que tiene luz para velar su sueño!
Una silla y ropas en desorden.
La oscuridad del dormitorio era una amable nochecita de
vidrio frágil, que ofrecía para los pies sus alfombras de color
y sus suaves caricias.
El hombre descalzo miraba. Un ventilador animaba la habitación con un frescor giratorio que iba y venía. Una respiración baja y sorda se mezclaba con el zumbido del ventilador,
como un coro de jazz.
Los ojos de Hilarion se acostumbraban rápidamente. Tenía el cuerpo crispado, recorrido por pequeños temblores
breves y continuos. El péndulo del reloj palpitaba precipitadamente. Hilarion apretaba los puños con fuerza hercúlea.
Esa fuerza que te da el hambre…
El durmiente formaba un montón enorme y blanco. Un
trasero-monumento sobresalía por debajo de las sábanas, de
las cuales emergía una cabezota abultada y algo calva.
Ese sueño tranquilo, esa habitación ordenada, esa luz
azul inútil, exasperaban los sentidos de Hilarion. Para él, eso
era lo que simbolizaba la fortuna y ese mundo aparte de la
gente bien, mucho más que un esperado lujo. Así pues, sólo
miraba ese lecho blanco y esa mesita de noche, donde había
un objeto negro impregnado de luz azul. No podía ver el resto
de la habitación, a lo sumo veía la silla.
El dinero estaría en la mesita o en la ropa; los grandes
burgueses no esconden el dinero.
Ahora estaba calmado, frío, glacial, tenso en los gestos
que iba a hacer. Se sentía dominado por una especie de ira
razonada contra ese mundo insustancial con el que entraba en
contacto en la penumbra.
XX

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XXI

Fue muy rápido. Desde que penetró en la habitación, su
mano sabía los gestos que debía hacer.
Alargó el brazo; dio tres pasos sigilosos.
El objeto negro era una billetera de piel. Una billetera, objeto inútil para la chusma… Estaba repleta de billetes. Hilarion
la apretó en su mano. Era el cuerpo del delito, una prueba que
justificaba su derecho. El derecho a defender su existencia, el
derecho de robar al que roba. En un segundo nació en él toda
una filosofía social. Creyó comprender a la perfección lo que
era la moral de esa gente. Los dos mundos contradictorios
que cohabitan frente a frente, el mundo de los desgraciados,
el mundo de los ricos; eso bastaba para rechazar la moral
que había aceptado hasta ahora como algo natural… la ráfaga
de frescura del ventilador volvió a golpearle el rostro.
Quiso salir. Rápido, tan rápido que se sorprendió al verse
de regreso en la terraza.
La noche fresca lo abofeteó con fuerza. La noche, pálida a
más no poder, aún se aferraba desesperadamente al relieve
del paisaje, mientras la lechada tímida del día se deslizaba en
los intervalos libres…
La bofetada le resultó agradable. Sonrió, o más bien hizo
una mueca, ni sabía. Pasó por encima de la balaustrada y se
sujetó con los pies a la columna de hormigón. Descendió.
De repente, cerca de él surgió la luz lívida de una linterna, paseándose por las ramas alborotadas de las buganvillas
hasta detenerse encima de él. Entonces un pito atacó el silencio, y otro más, apremiante. Era un pito que parecía venir de
todos los rincones de la noche. Un pito que aullaba como
una fiera, o como el mar, el viento, la tormenta. El pito loco
de una orquesta de carnaval. Un pito que le pasó por la piel
un dedo agudo y exasperante. Un pito frío como el morro de
un cachorro. Se apretó contra la columna. El pito del Orden
se desencadenaba en salvas breves e imperativas, y luego se
oyó un grito: «¡Ladrón!», que fue concertándose.
XXI

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XXII

Brutal, el hambre olvidada resurgió. La mirada de Hilarion
recorrió maquinalmente los alrededores sin ver nada. Sintió
una debilidad en las muñecas, que fluyó hasta los talones. La
tenaza del hambre le trabajaba las entrañas, abriéndose y cerrándose con pequeños dolores breves y crudos. Se le aguaron
los ojos.
La luz que surgió de la terraza con una especie de grito,
como un golpe imprevisto, le aflojó los músculos inconscientemente crispados. Se escurrió hasta abajo como en un descenso onírico.
Un sancocho de gritos, pasos precipitados sobre el asfalto, pitos entrecortados flotando en ese caldo oscuro del aliento
de la madrugada.
Ráfagas de linternas, cruzando sus haces, barrían el jardín. El ladrón yacía sin fuerzas, a merced del Orden Establecido. Hasta se oían voces de niños agregándose al acoso de
la jauría. En la transparencia de sus humores, los ojos despavoridos y vidriosos del animal acorralado que se entrega,
se pusieron en blanco. Los ojos en blanco, desgarradores, del
negro agotado…
El Orden Establecido, en forma de tropel vociferante, ya
colmaba el patio. Todo un paisaje de sombras chinescas a
medio vestir y difusas, bailando, blandiendo palos y toda una
variedad de armas…
La semi-oscuridad gris de la noche se puso muy pálida y triste, como en vísperas de abandonar su lucha contra la aurora…
Hilarion agachó la cabeza hasta el suelo…
Y le cayeron encima los golpes, por todas partes en una
alharaca de rabia y alegría de todas las cabezas de esa hidra
que es el Orden Establecido.

XXII

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XXIII

***
Lo metieron de un empujón en el calabozo. Cayó al suelo de
hormigón y rebotó, de pie, cual pelota de goma. Se quedó inmóvil, jadeante.
Una mujer, casi una niña, estaba llorando, acurrucada en
un rincón, medio desnuda en su vestido roto y abierto por todo el costado; lloraba desde el vientre hasta los hombros, la
boca se le abría y se le cerraba, convulsionada por los sollozos, mostrando sus mucosas rojas. Más allá, una especie de
paquete de ropa roncaba como si fuera una sierra mordiendo
un tablón, con un vaivén regular. En la parte de arriba de
una pared, un tragaluz enrejado abría su ojo cuadrado.
Afuera, la noche casi derrotada, acribillada de dardos claros, huía en manchas grises como un vuelo desesperado de
murciélagos acosados por la aurora.
Hilarion veía a través de la delgada ranura entre sus párpados. Un hombre vestido de blanco se recostaba en la pared, sobándose la mejilla derecha con un pañuelo. Despedía
un tufo de alcohol al ritmo de su respiración… aquí y allá,
hombres y mujeres estaban agachados, de pie, acostados,
quince en total, dentro del calabozo. Todo olía a meados, a
vómitos; un coctel de olores de piel y efluvios báquicos atropellaba la nariz. Los sollozos se mezclaban con los ronquidos, los hipos, los susurros, el ruido de los manotazos en el
cuerpo para aplastar los bichos.
Desde el pasillo se colaba una luz, y risas y fragmentos de
frases: probablemente gendarmes jugando cartas. Hilarion estaba ahí, medio inconsciente, inmóvil, de pie. Dos lagrimones
le iluminaban las mejillas. No hacía ruido. Los mosquitos le
picaban la cara, las manos, el abdomen a través de su camisa
hecha jirones. Los minutos pasaban, interminablemente largos,
en medio de los olores fuertes y las picadas de los bichos.
XXIII

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XXIV

Insidiosamente, las cosas empezaron a parecerle curiosas.
Ese hombre, ahí, se veía enorme, altísimo, con una cabeza minúscula. Los demás, en ese calabozo, parecían muy pequeños,
con cabezas abultadas y muecas en la cara. Hilarion, desencajado, miraba ese paisaje fantasmagórico. Estaba de pie pero
no tenía pies…
Un olor a panadería se le metió en la nariz. Pan recién
hecho. Era algo que invadía, que aturdía. Le parecía que no
iba a poder ni acostarse ni moverse. El olor a pan…
Entonces Hilarion giró sobre sí mismo, dio un grito giratorio y estridente, sus brazos abiertos batieron el aire una
vez, dos veces… Se desplomó como una masa. Otros gritos le
respondieron, todos los ocupantes del calabozo se agitaron,
asustados, con las miradas clavadas en él.
Con los miembros agarrotados, las comisuras crispadas,
quedó tendido cuan largo era.
La luz chorreó por todas partes. Las piernas se le estremecían. Las sacudidas se propagaban por todo el cuerpo, por
los brazos, las manos. Sus miembros se proyectaban hacia todos lados. Los ojos le daban vueltas en las órbitas. La cara se
le puso impresionantemente negra, deformada. La cabeza golpeaba rítmicamente el suelo, cual pico de gallina picoteando.
Se oyó un grito: «¡Es el mal caduco!» Entonces, todos
retrocedieron.
Hilarion yacía en un charco de orina. Una baba sanguinolenta se le salía por los labios. Su cuerpo se agitaba como
un pollo degollado. Alguien le echó un balde de agua en el
cuerpo. Se agitó, frenético…
***
Tenía la boca amarga, la frente que quemaba, un sudor frío
mojándole el cuerpo. Abrió los ojos, con la vaga sensación
de que había como un corte de luz. El dolor y la desesperación le pasaban por el cuerpo sus tijeras y sus instrumentos
XXIV

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XXV

quirúrgicos. Tenía los puños apretados, contraídos, y unas
ganas enormes de golpearse la cabeza contra las paredes
hasta romperlas, hasta detener, acallar, adormecer toda esa
maquinaria que estaba torturándolo, hasta matar el sufrimiento junto con la vida.
Afuera, la noche yacía muerta a ras del suelo, tras la aterradora pelea de esos gallos de sombra y de luz que aún se desgañitaban. El gallo matutino, con su cresta de sol, cantó perdidamente
victoria, agitando sus alas relumbrantes de luces…
Morir… golpearse la cabeza contra la pared… pero no hizo nada de eso. Oía susurros a su alrededor. Quedó sumido
en un sueño profundo, recorrido de pesadillas. Y era cada vez
la misma pesadilla: una culebra gris le mordía la cara.
Respiraba fuerte.

XXV

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página XXVI

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 1

Primera parte

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 2

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 3

I

Se despertó con el toque del clarín. Ya era de día, el sol entraba por
el tragaluz junto con un estribillo cantado por una voz de niño:
Te pica
El trópico te pica
La tierra
El sol y la música
Sí, te pica, te pica, te pica…

Yacía en un charco de agua, empapado. A su alrededor, en
ese calabozo, la gente estaba saliendo del sopor y del sueño.
Entró un gendarme y gritó: «¡Hilarion Hilarius!». Hilarion
contestó con voz débil. El gendarme repitió: «¡Hilarion Hilarius!». Hilarion trató de levantarse y se dio cuenta de que
sufría terriblemente. Se desplomó… ¿Cuánto tiempo llevaba
ahí? ¿Un día, dos días?
La aparición volvió a gritar, colérica: «¡Vamos, mueve ese
cuerpo, rápido!». De nuevo, trató de levantarse. En vano. La
voz se infló bruscamente: «¡Si sigues haciendo el macaco, ya
verás lo que es un macaco!»1. Y como hizo un nuevo intento,
apoyándose en los codos, recibió una fuerte patada en todo el
pecho. Afuera, la voz radiante, clara como un arroyo, le cantaba al sol, al desenfado y a la vida:
1 Juego de palabras con la homonimia entre una especie de mono, el macaco, y el koko-makak, un grueso garrote (N. de la T.).

3

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 4

Te pica
El trópico te pica
La tierra
El sol y la música
Sí, te pica, te pica, te pica…

Hilarion se sintió despegado del suelo por una mano brutal que lo agarraba por la cintura:
—¡Vas a caminar como nunca has caminado, desgraciado,
no vas a tocar tierra con los pies!
El gendarme soltó una risotada que se desató en cascadas sobre el súbito silencio del calabozo. Empujó delante de él a Hilarion, jadeante, que avanzaba por los pasillos dando traspiés.
Entraron en una oficina. El gendarme soltó a Hilarion y
éste quedó sin apoyo en todo el centro del recinto. Se sentía
mareado, se tambaleó, casi perdió el equilibrio pero logró
aferrarse a una silla.
Una radio hablaba y hablaba del presidente Vincent2 y sus
virtudes de «buen muchacho». Luego cambió de tema: «Escucharán a continuación la nueva canción favorita de Puerto
Príncipe: te pica…».
Volvió a sonar la canción:
Te pica
El trópico te pica
La tierra
El sol y la música
Sí, te pica, te pica, te pica…

Una mano cayó brutalmente sobre la radio y la dejó muda.
El oficial se pavoneaba detrás del escritorio, examinando
2 Sténio Joseph Vincent, elegido presidente en 1930, reprimió a la oposición y decretó la censura. Gobernó con el apoyo de una camarilla de negociantes y de militares corruptos. En 1933 firmó un convenio para el
cese de la ocupación norteamericana iniciada en 1915; las tropas salieron
de Haití en 1934 (N. de la T.).

4

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 5

unos papeles. Cerca de él había una fusta, un pequeño bastón
de guayaco, una cachiporra de cuero, y un extraño artefacto
compuesto por una correa de cuero incrustada de metal, con
una bola en cada extremo.
Detrás de él, en la pared, una panoplia de esposas con todos
los modelos. Debajo del escritorio había papeles arrugados y
la papelera estaba volcada en el suelo. A la derecha, un armario abierto donde dormían unos archivos. A la izquierda, ante
una mesa pequeña, un sargento con anteojos estaba escribiendo
a máquina.
El gendarme empujó a Hilarion. Éste se tambaleó pero todavía pudo retenerse. «Teniente Martinès, éste es el hombre,
pues. Acá se lo traigo». El gendarme hablaba en haitiano, con
un tono untuoso y comedido en el que se notaba la subordinación ante el jefe.
La silla giratoria chilló agriamente. La cabeza inclinada
sobre los papeles se alzó:
—¿Es el negro del robo de ayer…?
—Sí, mi teniente, usted me dijo que se lo trajera, pues…
El teniente era un mulato de tez clara, flaco como un clavo,
con ojos achinados, manos pequeñas cargadas de sortijas,
voz atiplada y cantarina. El teniente Martinès era un hombre
conocido, su nombre se había destacado rápidamente en
Puerto Príncipe. Se sabía que era homosexual, cobardón y de
una refinada crueldad. Lo tenía todo: familia de buena posición, juventud, desenvoltura en los salones, y además era comisionado desde hacía dos años. Las jovencitas empolvadas
y de labios rojos de Bois-Verna y Turgeau3 estaban locas por
él; obviamente, era un buen partido para las señoritas engreídas de la buena sociedad. El oficio de policía le venía a las
mil maravillas, se lo tomaba como un deporte, casi una cacería en la que el hombre era la presa: cuando se captura el animal, hay que hacerlo sufrir hasta chillar.

3 Urbanizaciones elegantes de Puerto Príncipe (N. de la T.).

5

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 6

El teniente Martinès evaluó a Hilarion con la mirada. El
examen lo dejó decepcionado. Probablemente una especie de
novato, un poco atontado, quizás inconsciente, que no hablaría fácilmente. Habrá que obligarlo a hablar. Sonrió de placer
al pensarlo, y prendió un cigarrillo, plácido, dispuesto a disfrutar del interrogatorio.
—Así que tú eres el que me dio tantos dolores de cabeza
últimamente —le dijo—. ¿El señor no contesta? ¿El señor hace como si no entendiera?
Hilarion miró con ojos de desesperación a los tres hombres que lo rodeaban. Estos se echaron a reír. El teniente se
puso a canturrear alegremente:
La tierra
El sol y la música
Sí, te pica, te pica, te pica…

Repentinamente, como movido por algún resorte, se levantó, tomando su fusta; con paso indolente, cansado, fue a
sentarse al borde del escritorio frente a Hilarion, y vociferó:
—¡Sargento, escriba!
El teclado de la máquina de escribir se puso a traquetear,
enloquecido. Se detuvo en seco cuando el teniente soltó, con
voz melosa:
—¿Cómo te llamas, compadre?
Con la fusta, el teniente Martinès se daba golpecitos rápidos en una bota. Fumaba a grandes bocanadas. La máquina
de escribir volvió a traquetear. Hilarion se puso a sollozar. La
máquina de escribir se detuvo.
—¿Cómo te llamas, coño? —vociferó el teniente.
— Hilarion, pues —resopló el imputado.
—¿Hilarión qué?
—¡Hilarion Hilarius!
Hilarion se sentía desfallecer pero se mantuvo firme. El
teniente gritó:
—¡Sargento, escriba! ¿Por qué se detiene?
6

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 7

La máquina de escribir volvió a arrancar a galope tendido.
El teniente regresó rápidamente a su silla giratoria y se puso
a garabatear en una hoja en blanco con un lápiz rojo:
—¿Por qué no contestas cuando te pregunto?
La máquina de escribir volvió a detenerse, pero arrancó de
nuevo. Hilarion estaba todo tembloroso. El teniente volvió a
levantarse y, en tres zancadas, llegó al centro del recinto, lo
agarró por el cuello, pero Hilarion se cayó de rodillas. El sargento, mirando al teniente con ojos inquietos y una voz sin
timbre, le dijo:
—Con su perdón, mi teniente, pero este hombre parece
enfermo…
—¡Escriba, sargento!—vociferó el teniente—. Y un consejo: tú acabas de ingresar a la policía, lo que ven los ojos, la
boca se lo calla. ¡Ocúpate de lo tuyo!
La máquina se puso a teclear lentamente, como letra a letra.
El gendarme plantado junto a Hilarion sonreía como un bobo:
—Mi teniente, este hombre no está enfermo, no le pasa nada. Es un macaco, eso es todo. Además —agregó, mirando al
sargento— hay un proverbio que dice: si quieres ir a la fiesta
del cuco, hay que comer caca de caballo.
El teniente soltó una carcajada. El gendarme se echó a reír,
socarrón, mirando al sargento.
Ni siquiera era caporal, ese gendarme. Era un negro de pelo bachaco y patas cortas. En sus ojos merodeaba el inmenso
tedio de los verdugos a sueldo. Sin embargo, tenía cara de
gordo bueno. Pero la crueldad se aprende rápido y te cambia
el rostro. Este pequeño gendarme ya tiene una expresión dura en la boca. La crueldad pronto te deja marcado, marca terriblemente el rostro… la crueldad, no hay nada más fácil,
¡sobre todo con un profesor como el teniente Martinès!
Suponte tú que, cansado de la miseria, harto de la miseria,
has dejado de creer en casi todo excepto en el estómago y
quizás en el placer de la carne, y te metes a gendarme. En
Haití, cuando uno es gendarme, uno come, ciertamente; pero
come mal, trabaja duro, noche y día, hay descontento.
7

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 8

A tu alrededor, los demás maltratan a los pobres tipos y
hacen miles de maldades. Se burlan de ti si te pones sentimental, así que disimulas, escondes tus escrúpulos, te endureces. Los oficiales te tratan como un perro, y tú te llenas de
hiel. Un día, si te quedas con los bolsillos vacíos, limpio, un día
que no tienes ni un centavo de cobre en el bolsillo, si un detenido protesta, tú le metes un golpe sin querer. Al regresar a tu
casa, de noche, sientes una inmensa angustia, y cuando los
niños se te tiran encima, tú los apartas porque el remordimiento te comprime repentinamente el estómago, como una
comida que te sienta mal. Te tomas la cabeza entre las manos.
También rechazas a tu negra que, con lágrimas en los ojos,
iba a pasarte el brazo por los hombros… te vas, con la cabeza
que te arde, en la noche fresca de Puerto Príncipe que duerme
y canta al capricho del viento. Al día siguiente te sientes mejor, te tomas un ponche con los amigos, olvidas, y sigues con
el trabajo sucio.
Unos días después, se te enferma uno de los niños; pero en
el cuartel te ordenan «interrogar» a alguien. Entonces, obedeces, como distraído… el médico del hospital recetó un medicamento que tiene un nombre raro y no sabes con qué lo vas
a comprar… Golpeas al tipo, sin darte cuenta de lo que estás
haciendo, le pegas más duro. Y de repente, de la rabia de no
tener ni un céntimo, de la rabia de tener que meterte a verdugo para poder comer, le pegas, lo golpeas con todas tus fuerzas… es que Dieudonné está enfermo… entonces ya no
piensas en nada, ni en los medicamentos que hay que comprar, ni en el alquiler de la vivienda, ni en los zapatos que tienes que reemplazar, estás cansado, estás harto, golpeas…
golpeas… eres un gendarme como los demás, ¡como los demás! Una voz dentro de ti, cual Ariel frenético, con una carcajada aterradora, grita esas palabras como un desafío: «¡Igual
que los demás!».
Y después te acostumbras. Un día, hasta llegas a pensar
que ver a un hombre gritar y mearse en los pantalones resulta
8

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 9

divertido. Algunos se mean apenas ven el garrote. Y tú te echas
a reír de verdad, por primera vez te has reído. Entonces el teniente sabe que ya estás listo, y te propone como caporal…
poco a poco, te parece que el trabajo se pone interesante.
Golpear a la gente se convierte en una actividad como otra
cualquiera. Te has endurecido, ya no sientes nada, al contrario… te has convertido en un verdadero gendarme, en un verdugo; un trabajo como otro cualquiera… Además, como te
ascienden a caporal, bueno…
De repente, el teniente Martinès dice:
— Jerôme, tú estás muy distraído, hoy…
Jerôme, el pequeño gendarme, reaccionó echándose a reír
ruidosamente. Qué curioso, cómo se puede pensar en varias cosas a la vez… qué curioso, cómo se logra reír con ganas para
complacer a un teniente…
El teniente Martinès ya estaba en otra cosa. Definitivamente, este Hilarion es alguien demasiado común, que no dará
la satisfacción esperada. El teniente le dijo:
— Hilarion, tú como que eres el ladrón que estamos buscando desde hace tiempo…
Hilarion farfulló unas palabras confusas.
El teniente se levantó, con el látigo en la mano. Estaba
pensando en otra cosa. En la partida de bridge de esta tarde,
en el círculo Bellevue.
Le asestó un puñetazo en toda la cara. La nariz de Hilarion
se puso a chorrear sangre. El teniente pensaba… cuando juega bridge, Scuteau no juega limpio, declara tres entradas con
seis cartas…
Repitió, como distraído:
— Entonces, ¿no vas a hablar?
Otro puñetazo le alcanzó el ojo izquierdo. Jerôme, el pequeño gendarme, se regodeaba… el sargento tecleó furiosamente en su máquina de escribir.
En cuanto al teniente Jolicoeur, aunque sea poeta y surrealista, sabe jugar bridge… conoce a fondo el sistema Culbertson…
9

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 10

El látigo cruzó la cara de Hilarion, que se cayó de rodillas.
La cara se le retorció con una mueca tal que Jerôme soltó una
carcajada. El teniente también lo vio y se echó a reír, una risa
amarga, histérica, entrecortada. Pero, en el fondo, sólo pensaba en su juego de bridge. Hoy tengo que ir a buscar a Paul
Scuteau. Siempre se demora. Para colmo, Jolicoeur se toma
su tiempo para declarar. Y este tipo que no confiesa…
El teniente Martinès miró a Hilarion y, bruscamente, se
puso a vociferar:
—Entonces, ¿vas a seguir con la imbecilidad? ¡Ya vamos
a ver si hablas, cerdo asqueroso!
Para acabar de una vez por todas, le cayó a patadas y latigazos. Hilarion yacía en el suelo, protegiéndose con un brazo
la cara ensangrentada. Se puso a gritar:
—¡Voy a hablar, sí, voy a hablar!
Pero eso no detuvo al teniente. Seguía golpeando con saña.
La máquina de escribir, como presa del delirio, restallaba en
ráfagas desenfrenadas y brutales. El gendarme se balanceaba
sobre un pie y sobre el otro. El teniente seguía golpeando.
El teléfono sonó un buen rato, el teniente seguía golpeando.
El teléfono sonaba, el sargento se volteó y gritó:
—¡Mi teniente, el teléfono!
Entonces el teniente se detuvo ante el hombre hecho un
ovillo. Con cara sudorosa, preguntó:
—¿Qué?
El gendarme Jerôme repitió:
—¡El teléfono, mi teniente!
El teniente se alisó el cabello con las manos y se compuso
una leve sonrisa. Pasando por encima del cuerpo yacente sacudido por espasmos nerviosos.
Del otro lado de la pared llegaba el sonido ahogado de una
canción.
—Jerôme, anda a la sala común y dile al que está cantando
que se calle la boca.
El teniente se sentó al borde de la mesa y descolgó el teléfono: —¿Aló?… ¿el diputado Lapointe..? Sí, sí, el teniente
10

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 11

Martinès, para servirle… ¿cómo está usted?… pues, no, mi estimado diputado, yo no estaba ocupado en nada importante… sí,
sí… Me acuerdo de él: Dacius, su jefe de sección para la recolección de votos, el que nos llevaba a cazar en Léogane… ¿que
su hermana es la madre del imputado? espere… Hilarius
Hilarion, precisamente… Pero no puedo soltarlo así como así:
fue un robo con escalo, ¿me entiende?… no, hoy es sábado…
bueno, si usted insiste, puede remitirlo al juez… los otros pillos
pueden esperar… no se preocupe: ya se habrá recuperado, sabemos lo que hay que hacer… claro que sí, lo entiendo: se trata
del sobrino de uno de sus jefes de sección electoral… pero es
que hoy es sábado y no sé si el juez… eso es, trate de hablar con
el juez… eso es… no, gracias a usted, mi estimado diputado…
pero acuérdese de decirle al presidente que estoy en la lista de
ascensos y me falta muy poco… tal vez el ministro del
Interior… ¡no me diga!, ¿un canalla?, eso es muy duro, diputado, no me parece que… además, todavía tiene mucho poder…
bueno, después lo llamaré… tenemos que ponernos de acuerdo
para ir a Carrefour a comer un buen grillot4 de cerdo… Y tengo
entendido que esta noche se inaugura un nuevo lugar, con unas
mujercitas estupendas… ¡ajá! así es… hasta luego, entonces,
diputado… gracias… hasta luego…
El teniente se volteó hacia Hilarion, que se había enderezado
y sentado en el suelo, apoyándose en una mano, jadeante. Al darse cuenta de que el teniente se le quedaba mirando, se encogió,
con expresión desesperada. La máquina de escribir se había
detenido. El teniente Martinès encendió un cigarrillo y se puso
a fumar. Hizo un gesto imperativo y el gendarme acudió:
—¿Mi teniente?
—Jerôme, llévate a este hombre, que se bañe, que lo atiendan en el dispensario, y que coma algo. Luego, lo mandarás a
la sección Norte… rápido, es urgente.
— Sí, mi teniente.
4 Trozos de cerdo muy condimentado, fritos o asados en leña (N. de la T.).

11

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 12

El gendarme levantó a Hilarion y éste concentró todas sus
fuerzas para salir lo más rápido posible de la madriguera del
teniente. La máquina de escribir se puso de nuevo a teclear en
el silencio mórbido del recinto. El teniente se acercó a la radio,
la prendió:
Te pica
El trópico te pica
La tierra
El…

Con gesto rabioso, el teniente apagó brutalmente la radio
para cerrarle la boca a la vida y a la luz.
***
Era sábado. El sol descargaba por todas partes su fusilería de
alfileres de fuego. El asfalto se reblandecía, se ponía negro como el azabache. Era el día en que los habitantes de los cerros
bajaban hacia la ciudad, y los del campo salían de su llanura
para ir al mercado con fuertes olores.
«¡Vamos, perras! ¡Maldición!», gritaba la vendedora de
carbón, azotando sus burras cargadas hasta caerse. Para las
madres, el sábado es «día de agacharse y levantarse», todo el
día, todo el tiempo.
Ese día, la chiquillería no va a la escuela. Agacharse, levantarse sin descanso, todo el día, en los ritos del trabajo eterno.
Y el gendarme, ahí, con el fusil al hombro, las piernas
bien envueltas en sus polainas kaki, empuja con la voz a los
pobres infelices que van delante de él.
Los sábados, Lalue es una gran arteria que serpentea desde los cerros del interior, una gran arteria que da de comer a
todo el cuerpo de Puerto Príncipe. Los repollos, las zanahorias,
todos los vegetales comestibles, las bananas, los ocumos, las
lechugas, los mangos, las naranjas, los maníes, y los cochinos
12

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 13

que gruñen, los chivos que hacen beeee, las gallinas que cacarean, todo eso va bajando a raudales como la sangre por las venas. A lomo de burro, a lomo de hombre, encima de la cabeza
de las mujeres, todo vibra, reluce, se agita y grita bajo el sol.
El gendarme empujaba a tres hombres que caminaban en
fila india. El primero iba tan sucio, tan roto, que el abdomen y
el cuero quemado de sus nalgas aparecían y desaparecían a
cada paso entre sus harapos. Tenía la cara grisácea, llevaba encima de su cabeza un racimo de bananas verdes y magulladas.
El segundo tenía ojos brillantes y fisgones, iba con un pantalón de paño grueso azul y una camisa de tela rústica blanca.
Cargaba en sus hombres un cabrito blanquinegro que balaba
lánguidamente. Luego venía Hilarion. Los cuatro hombres
avanzaban a grandes zancadas entre la muchedumbre.
Una niña enumeraba sus mercancías como una canción triste:
— ¡Aquí están las papas, el maíz molido, los guisantes, el
arroz con mijo desgranado!
Con la carga encima de la cabeza, el cuello bien estirado,
casi despegado de los hombros y surcado de venas, pregonaba
a voces sus mercancías, y las venas se le hinchaban con cada
grito. Iba con el rostro crispado por el esfuerzo, la mirada ausente, una mano en la cintura y la otra separada del cuerpo,
como un balancín o junto a la oreja cuando entona el estribillo. La voz se oye bonita, sabe, comadre, cuando uno coloca la
mano así, junto a la oreja, para pregonar las mercancías como
una canción.
El gendarme que lleva a esos negros al tribunal se pasa a
cada rato un gran pañuelo rojo por el rostro. Incita a los pobres diablos con la voz:
—¿Van a caminar, carajo? ¿O no?
Y el sol, como un espejo deslumbrante, da su vuelta en el
cielo de esmalte.
Un limpiabotas, un shiner, lleva un pantalón de caballería, un
pantalón militar usado, lleno de manchas de betún, sucio como
un peine. Él, cuyo trabajo es cuidar los zapatos, va descalzo.
13

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 14

Toca el tambor con el cepillo y la caja de madera que lleva
bajo el brazo. Y va silbando… será que hoy pudo comer
bien… va alegre.
Niños vagabundos corren por la calle como potros en la sabana. Pero la ciudad no es la sabana. La ciudad se construyó al
pie del cerro, las quebradas quedaron esclavizadas entre los diques. El cerro retrocede ante la ciudad que lo rodea y lo ahoga
con sus grandes brazos de pulpo, le abre huecos, lo marca con
esa gran cicatriz negra de las carreteras de asfalto, lo acoraza
con hierro y hormigón en túneles más oscuros que la noche.
La ciudad también se ha envuelto en rejas de hierro más duras
que los raíles del ferrocarril Mac Donald: esas rejas son la policía de los terratenientes que dominan el parlamento; son la
férrea ley de un Estado de ricos contra pobres; es la fatalidad
de acero de los autos norteamericanos que se pasean, como sapos enormes, por el cuerpo de la pobre Haití. El hombre de la
ciudad es esclavo de los norteamericanos, esclavo de la administración pública —¡por ella, algunos hasta venderían a su
mujer!—, esclavos de su estómago, esclavo de todos los peces
gordos que hacen las leyes contra el pueblo…
No obstante, el pueblo canta y ríe porque el pueblo es un
gigante que, aunque todavía no mide la fuerza de sus brazos,
la siente en su trabajo… sin darse cuenta, los obreros empiezan a evaluar sus fuerzas; cada vez que pasan por delante de
la nueva factoría, el nuevo taller, la nueva fábrica, se les estremece el corazón con una alegría sin causa. Pues secreto y vivaz
es el pensamiento. Pese a todos los norteamericanos, pese a todas las sanguijuelas, pese a todos los presidentes Vincent, pese
a todos los comemierdas, pese a todos los gendarmes, nuevos
brazos de obreros, nuevos brazos de Charlemagne Péralte5
y de otros luchadores son los frutos que brotan constante5 Charlemagne Péralte dirigió la rebelión contra la invasión norteamericana que se inició en 1915. En octubre de 1919, su campamento en las llanuras del norte de Haití fue atacado por las tropas. Péralte cayó con dos
balas en el pecho, y su cadáver fue crucificado (N. de la T.).

14

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 15

mente de nuestra tierra, en cada temporada de lluvias, en cada
color de cielo, en cada cosecha.
Los niños vagabundos corren por la ciudad como potros.
Las gentes viejas dicen que detrás de los cerros hay otros cerros; pero detrás de los cerros también hay otras ciudades.
Hay ciudades que se consumen.
Los cerros también se marchitan porque ya no hay tierra
feraz, y sus huesos de piedra, deslavados por el viento y la
tormenta, muestran su miseria bajo el sol. Detrás de esos cerros requemados están nuestras ciudades carcomidas por el
comején, nuestras ciudades que se ennegrecen, nuestras ciudades donde otros niños sucios y risueños corren también,
llevando otras ciudades en sus brazos y nuevos destellos en
sus ojos… otras ciudades en la lejanía cada vez más cercana,
otras ciudades donde todo el mundo recobrará la alegría y los
bríos del potro en la sabana. ¡Pero ya estoy desbocado, siempre me desboco cuando miro mi país! Me desboco y los niños que corren por Lalue este día sábado, este día de frutas
maduras, no me escuchan.
Dos mujeres se pelean en la encrucijada de las carreteras
de Jardine y Lalue. Una lleva una enorme carga de tetas que le
revientan la blusa de cretona floreada, su batea de madera llena de caimitos sobre la cabeza, tiene una mano en la cadera,
con la otra se golpetea el muslo y la falda va levantándosele
hasta media pierna. A la otra mujer, que se empina en la punta
de los pies, le baila el trasero cada vez que un improperio sale de
su boca. El trasero le baila como un mar enfurecido…
Cuando el gendarme apareció con sus prisioneros, las palabrotas se esfumaron y las dos mujeres escaparon como dos
pájaros asustados.
Hilarion caminaba con dificultad, el gendarme gritaba desaforado. No cabe duda, Hilarion es un negro bien plantado,
flaco pero musculoso, sin defectos físicos. No tiene barba, sólo unos pelitos en el bigote. El rostro no es ni hermoso ni feo,
un rostro de hombre sencillo, un verdadero rostro de Haití, el
15

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 16

rostro de un negro que ha visto muchas cosas y ha sufrido mucho, ni peleón, ni ambicioso, ni terco, ni tonto, ni vicioso, ni
cruel. Un verdadero rostro de Haití, pero también un rostro de
todas partes, el rostro de la gente pobre de la tierra. Todas las pobres gentes se parecen, son capaces de grandezas y bajezas, pero
sobre todo tienen en común su enorme bondad, su amor por la
paz, sus aspiraciones sencillas. Hilarion tiene esa misma cara,
levemente crispada por el sufrimiento y el agotamiento. Viste
pantalón azul lleno de rotos y con una pernera remangada hasta
la rodilla, la camisa kaki literalmente hecha jirones, los dedos de
los pies bien explayados. A cada paso, reprime una mueca.
—¡Caminen, carajo! El cuerpo del negro es como la yerba: se aplasta con los golpes pero enseguida se levanta —dice
el gendarme.
Hilarion iba como un negro verdadero, sin quejarse.
Los vestidos multicolores de las negras que regresan a sus
cerros abigarran la calle:
—¿Ya va subiendo, mi comadre? Saludos por allá, pues.
—Gracias, mi comadre…
Los vestidos de flores rojas, de flores moradas, de flores
amarillas, las camisolas rústicas azules, desteñidas por delante, más oscuras en la espalda, como debe ser. Las pañoletas
amarillas o verdes ciñendo bien la cintura, la blusa fruncida.
—¿La venta estuvo buena, prima?
—Regular, pues. ¿Y tú, prima?
—Ah, regular…
Las mujeres de más edad llevan su pañuelo blanco amarrado en la cabeza en forma de tillon, con dos picos bien almidonados, bien tiesos, desplegados en la nuca.
—¿Cómo le va?
—Aquí, aguantando. ¿Y usted?
—Vamos aguantando. ¿Vio al compadre Ti-Joseph?
—¿Al compadre Ti-Joseph?
—Sí, al compadre Ti-Joseph… hoy iba bien vestido, ele-

16

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 17

gante, muy ufano, él. Llevaba encima de la cabeza una mesa
de caoba bien bonita.
Se va a «colocar»6 con una linda negra de Source-Matelas… andaba con prisa…
—Entonces, por eso es que no lo vi…
—Claro, anda con prisa… camina rápido, y de vez en cuando
echa a correr un poquito… Ay, pero mis huesos ya no aguantan.
—Adiós, mi comadre.
—Adiós, hermana, saludos por allá…
Junto a las escalinatas del tribunal, un muchacho compra los
mangos de una niña sentada en la acera, con su batea de madera en el regazo. En las escalinatas, un grupo de señores hablando y gesticulando. Hay un viejo con chaqueta de alpaca negra
tirando a caca de pájaro, pantalón a rayas, camisa de alforzas,
un cuello postizo recto y un lazo negro, botines de patente,
apoyándose en un gran bastón con empuñadura de plata. Es
bastante gordo y se abanica con el sombrero de paja. Está hablando con un joven vestido de blanco, con el cuello de la chaqueta levemente ribeteado de mugre, el pliegue del pantalón
cual filo de cuchillo, impecable, bien puesto. Es alto, delgado,
desgarbado. Hablan y hablan y hablan…
Cuando el gendarme subió hacia el vestíbulo del tribunal
con sus prisioneros, el corrillo de señores se agitó como
cuando el viento sopla sobre un campo de maíz. Las últimas
frases revolotearon…
—Se lo digo, ya no sé qué hacer. Los niños tienen que
quedarse en casa y todo el tiempo están piando. ¡Y yo no gano ni cinco! Para colmo, Vertulie está hospitalizada. ¡Qué
desgracia! ¿Podría prestarme dos piastras?
—¿Dos piastras? Estás bromeando, querido Jean-Louis. Si
yo mismo valiera dos piastras, creo que me pondría en venta…
El vejete de chaqueta de alpaca negra se agitó febrilmente:
6 Casarse a la manera de los campesinos haitianos, por simple acuerdo de
las familias (N. de la T.).

17

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 18

—Yo que se los digo: hay que acabar con los mulatos, esas
gentes se cogen todos los puestos en nuestra propia cara… y
nosotros, los negros, ¡sin mascar! Llevo tres años sin ningún
cargo, sin nada. Ya es hora de actuar, sí, ya es hora…
Pero ya nadie le escuchaba. Una mujer de cabellos entrecanos se acercó. Y se echó en los brazos de Hilarion, murmurando: «Mi pequeño…».
Sus dos manos escuálidas agarradas al cuello de Hilarion tenían el frenesí de las manos de un ciego. El gendarme trató de
apartarla. Ella se secó los ojos con el dorso de la mano y dijo,
precipitadamente: «El diputado Lapointe me dio cinco piastras.
Hablé con el licenciado Mesmin, me lo recomendaron…».
El licenciado Mesmin, el vejete, se acercó a Hilarion, mientras el gendarme empujaba a la mujer.
Era un recinto rectangular. En el fondo, sobre una tarima,
una mesa alargada, cubierta de un tapiz verde. Junto a la mesa,
un pequeño pupitre en el que un viejo escribano de expresión
patibularia estaba garabateando con una pluma que escupía su
tinta en el papel. En la pared, una gran foto de Stenio Vincent,
el Presidente de la República, con su rostro de viejo guapo, bien
conservado por el alcohol, la mirada apagada detrás de sus anteojos, los labios gruesos, voluptuosos y farsantes. Una balaustrada dividía el recinto a todo lo ancho. Al otro lado, había un
banco de madera de pino frente a la tarima del juez, otros dos
bancos contra las paredes laterales y varias filas de sillas.
El público desocupado de los tribunales. Los estudiantes de
derecho, los intelectuales y semi-intelectuales desempleados,
los que matan el tiempo, los aburridos, los aficionados a los
juicios… la mescolanza de desocupados que no almorzaban.
La atmósfera áspera de la justicia de los hombres. Lugar de
descanso de los errabundos, las cortes de justicia son como
las iglesias donde el tiempo pasa entre las gesticulaciones
de los oficiantes. La miseria que salpica las ropas desgastadas,
las sonrisas desengañadas, la miseria que pone los ojos brillosos y que aguza el gusto malsano por los juicios. Las cortes de
18

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 19

justicia, salas de cine gratuitas donde se exhibe en horario continuado el drama oscuro de los desubicados y los desclasados.
El licenciado Mesmin se había sentado al lado de Hilarion, en uno de los bancos laterales. Lo mismo hicieron los
abogados que tenían la suerte de haber conseguido un cliente. Cuchicheaban. El runruneo confuso de los espectadores
comentando cien mil chismes. Las voces de las vendedoras,
en la calle, gritando:
—La guanábana, el mamey, la guayaba…
—Los huevos frescos…
—El pan de maíz caliente…
Hilarion contestaba, como distraído, las preguntas del licenciado Mesmin. Cuánto escuece, la vergüenza; uno siente
como un peso en la nuca y no puede alzar la cabeza. Hilarion
miraba de reojo a su vieja madre, descarnada por la miseria.
Ese amplio chal negro que envolvía sus hombros abrumados,
hacía ya unos diez años que se lo veía puesto. Y ese vestido de
tela rústica, muy largo. De su persona emanaba una verdadera
grandeza: la grandeza y la nobleza de quienes han trabajado
toda la vida. Ella jamás le perdonará esta vergüenza que siempre estará ahí, entre ambos, en cada mirada, como un reproche. ¡Ella, la que rendía culto a la honestidad! Esa honestidad
boba, intransigente: cuando hay hambre, se sufre en silencio
pero se respetan los bienes del «prójimo»… estaba sentada
en la primera fila, con cara severa, dispuesta a beberse el cáliz hasta la hez. Tenía la mirada lejana, los ojos secos, tragándose sus lágrimas, estaba cumpliendo con su deber de madre.
Era una mujercita menuda.
El juez hizo su entrada y se sentó en su sitio. El escribano
también se sentó y se puso a leer con voz monocorde y hastiada:
— Caso Lucrèce Pierre contra Hyppolite Samedi… considerando que…
Hilarion no estaba oyendo, no oía nada… mamá… esa mujercita desgastada por el trabajo. Se mataba trabajando de cocinera para ese cerdo, el ministro, en Pétionville… ese mulato
19

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 20

rico que sólo paga doce piastras mensuales con techo y comida… y mamá se lo gasta todo en Zulema. Siempre está
enferma, Zulema.
—¡Ha lugar! —vociferó el abogado.
Hilarion se despertó bruscamente. Estaban hablando y hablando, y él no entendía esas palabras, cuijjj… qué le importa.
Sólo siente esa vergüenza que le estruja el corazón, la vergüenza de tener que ponerse de pie en presencia de su madre
para declinar su identidad ante el juez y esos mirones…
Mamá no tuvo muchos hijos, ¡pero Zulema!… Zulema
nunca tuvo suerte. Cuando éramos niños, siempre la regañaban a ella. En aquel entonces, mamá prefería a los varones,
aunque a mí no me mimaba; pero sí había una diferencia. Yo
llevaba una camiseta carmesí que me llegaba hasta el estómago, para espantar a los demonios, los hombres-lobo, los «influjos maléficos». Era un negrito que siempre estaba correteando,
con el ombligo al aire, en el estrecho patio cercado de alambres. Tenía la barriga hinchada como un odre, con el botón del
ombligo. Iba sin pantalones: un machito con sus pelotas colgando entre los muslos, sacudiéndose al viento… Mamá decía
que yo tenía parásitos. Mis piernas eran tan delgadas como unas
baquetas de fusil; y mi cabeza, una calabaza. Además, me orinaba en la cama. Mamá dijo que si yo seguía así, me amarraría un
sapo vivo en la cintura. Nunca más me oriné en la cama, pero
de noche el terror me helaba la sangre.
Un día, jugando, volqué el caldero de akassan de la hermana Femme. «!Hilarion, demonio!», gritó la hermana
Femme, lanzando el cucharón de madera contra mi pequeño
y negro trasero que huía por el patio leproso. ¡Se mesaba los
cabellos, la pobre hermana Femme! El cucharón aterrizó en
un charco cerca del cual Mimise estaba poniendo a secar su
ropa deshilachada y amarillenta. Las salpicaduras motearon
la ropa que colgaba en la cuerda.
—¿Usted como que está rabiosa, hermana Femme? Si le
hace falta un hombre, ¡búsqueselo!
20

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 21

—¿Eso es conmigo, madre de todos los cerdos?
— ¡Quéee! ¿Madre de todos los cerdos?
Y así seguía el duelo, con todos sus groserías. Pero la pobre hermana Femme había perdido su ganancia del día. ¡Qué
paliza me dieron! Sí que me divertía en aquellos tiempos.
Hilarion no se había percatado de nada. El licenciado Mesmin ya regresaba de la tarima, esponjado.
—¿Entonces, Hilarion, estás contento? Un mes de cárcel:
esto es un récord. Puedes decirle a todo el mundo que ningún
abogado de Puerto Príncipe vale lo que el licenciado Mesmin,
simple apoderado…
Seguía hablando. Hilarion miraba a su vieja madre, que se
acercó al licenciado Mesmin, le dio un billete de cinco piastras, y
luego se fue, digna, sin una mirada, guardándose su emoción…
El licenciado Mesmin se había volteado hacia los otros
abogados y seguía hablando y hablando, con grandes gestos,
gestos de gran formato.

21

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 22

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 23

II

A la izquierda de la entrada se alzaba un gran caserón de hormigón; una caja cuadrada, sin estilo ni belleza, la clásica arquitectura administrativa metropolitana, que nada tenía que
ver con las fuentes vivas de los símbolos y el talento nacionales. Metieron a Hilarion en un vasto vestíbulo por donde
pasaban las siluetas uniformes de los gendarmes. De ahí lo
empujaron hacia otro recinto, donde había un mostrador; en
una estantería, se guardaban paquetes de ropa abigarrada.
Hilarion estaba atento a todos los ruidos, a todos los sonidos.
¡Ahora la vida lo llevaba a convivir con esa raza execrada de
los gendarmes! Un mes… un mes que iba a ser apasionante y
dramático, lleno de emociones fuertes, de sensaciones ásperas, de dramas humanos. El mundo de la delincuencia. Todos
sus sentidos estaban en alerta…
El gendarme declaró:
—Hay que esperar al sargento.
Se oían voces a través de la pared; Hilarion aguzó el oído:
—Se lo repito: no voy a contestar sus preguntas. ¡Usted no
es quién para interrogarme! A mí me detuvieron sin mandato.
Eso fue un procedimiento gangsteril. ¡No voy a contestar a
unos canallas como ustedes! Yo responderé de mis actos ante
las autoridades legales, ante nadie más, nadie más…
Entonces se oyó una algarabía confusa en la que no se distinguía nada. Hilarion seguía tenso, todas las ventanas de su
ser estaban abiertas a la vida de la cárcel. A lo lejos, el rumor

23

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 24

del mar, que era como para correr a retozar en la arena; y aquí,
esta algarabía de voces:
—Usted ni siquiera es policía, sólo un torturador a sueldo,
¡nada más! Cuando tuve que enfrentar a los amos, a los norteamericanos, yo no hice concesiones; ahora, no voy a obedecer
a los perros. Ya nos hemos visto, usted y yo, ¿no se acuerda?
Usted ya actuaba como un lacayo y no ha cambiado, ni yo
tampoco. No tengo nada que declarar. Haga su trabajo sucio,
que yo sé lo que tengo que decir y hacer…
Hilarion se derretía literalmente de alegría. ¡Un hombre
que se enfrentaba a los gendarmes! Se bebía esas palabras
que venían del otro lado de la pared, y ya miraba de arriba
abajo al gendarme que estaba junto a él.
—¿Éste es nuevo? —preguntó el sargento que acababa de
entrar.
—Sí —contestó el gendarme—. Aquí está el formulario
para la ropa.
—Está bien. ¡Usted, como que los recoge con pala!
—Esto es algo nunca visto, sargento: mientras más detenciones, más delincuentes.
El sargento hizo un gesto de resignación. Hilarion lo miraba, socarrón. Le entregaron el pantalón y la chaqueta a rayas
blancas y azules. Hilarion se quedó mirando esa chaqueta y ese
pantalón; y los pensamientos se agitaron en su mente como
una bandada de cuervos que cae sobre un campo: una y múltiple, aleteando, con mil graznidos enloquecidos, el pico abierto
de par en par dejando ver la lengüita rosada. Por la ventana, el
sol entornaba su ojo rojo encima de la línea glauca del mar. Un
ojo que cambiaba de color y transformaba todo lo que tocaba
con su mirada. Hasta en el recinto flotaba un color violáceo.
Ser visto siempre detrás de los barrotes de una cárcel, con
una ropa-cárcel que nunca te quitas. Una tortuga con su concha, ¡en eso se convierte uno! Ni siquiera una canción puede
tener en la boca de un preso el mismo sabor que en la de un
hombre libre.
24

TRIPA COMPADRE GENERAL CORRECC:COMPADRE GENERAL 28/10/09 03:39 p.m. Página 25

Hasta el ojo más negligente registra al preso, lo desnuda literalmente. Acuérdate, Hilarion, los presos que tú veías, cómo
los mirabas a los ojos. El preso ya no tiene actitud, ni color, ni
sonrisa. Un preso es ante todo un rostro, y sobre todo un par
de ojos con los cuales uno trata de echar un vistazo adentro de
su ser. Y quizás también unas manos, un poquito. Fuertes o ligeras, grandes o blandas, como palas, o delgadas, o cortas.
De repente le vino una remembranza de aquella noche trágica cuando, en las sombras espesas, vio su mano como una
araña-cangrejo negra y peluda… El licenciado Mesmin no le
había estrechado la mano.
Se buscó las manos. ¿Cómo eran sus manos? Estaban ocultas debajo del uniforme. Repentinamente, se puso a llorar
como un niño…
***
¿Por qué lo habían traído a Fort-Dimanche? Pierre Roumel
también estaba en Fort-Dimanche.
Claro que conocía a Pierre Roumel. Desde que Hilarion
era niño, en Bois-Verna, uno de esos niños cuyos padres, para
no dejarlos abandonados, se ven obligados a colocarlos en
casas de familias ricas. Comiendo mal, durmiendo mal, golpeados, sin madre y sin caricias. Mamá lo había colocado en
casa de la familia Sigord, gente respetable, unos notables,
unos feudales de Bois-Verna… y trabajaba, y recibía bofetadas, y lloraba, y aprendía a no llorar… a los ocho años de
edad, iba a buscar a la escuela los pequeños Sigord, ¡que ya
tenían doce años! Sí, desaprendió a jugar, desaprendió a no
preocuparse; bajo aquella coacción, había enterrado su infancia en lo más hondo de su ser. Pero ésta retornaba cada
noche. ¡Dios mío, lo que soñaba! ¡Y conoció a tantas pequeñas víctimas como él! Cuando se topaba con ellos, no hacía
falta hablar, enseguida comprendían lo que sentían uno y
otro. Y el más necesitado sentía una mano en la suya, o una
25


Documentos relacionados


Documento PDF alexis jacques stephen compadre general sol
Documento PDF zinn howard la otra historia de los estados unidos
Documento PDF stuntmen las letras
Documento PDF stuntmen las letras 1
Documento PDF d as de zoe
Documento PDF audio de la semana 20febrero


Palabras claves relacionadas