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Título: Discurso del Método
Autor: René Descartes

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René Descartes

DISCURSO DEL METODO

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DISCURSO DEL METODO
Para bien dirigir la razón y buscar la verdad en las ciencias

Si este discurso parece demasiado largo para leído de una vez, puede dividirse en seis partes:
en la primera se hallarán diferentes consideraciones acerca de las ciencias; en la segunda, las reglas
principales del método que el autor ha buscado; en la tercera, algunas otras de moral que ha podido
sacar de aquel método; en la cuarta, las razones con que prueba la existencia de Dios y del alma
humana, que son los fundamentos de su metafísica; en la quinta, el orden de las cuestiones de
física, que ha investigado y, en particular, la explicación del movimiento del corazón y de algunas
otras dificultades que atañen a la medicina, y también la diferencia que hay entre nuestra alma y la
de los animales; y en la última, las cosas que cree necesarias para llegar, en la investigación de la
naturaleza, más allá de donde él ha llegado, y las razones que le han impulsado a escribir. 1

1

Este Discurso se imprimió en Leyda, por vez primera, en el año 1637. Iba seguido de tres ensayos científicos: la
Dióptrica, los Meteoros y la Geometría.

2

DISCURSO DEL METODO
René Descartes

PRIMERA PARTE

El buen sentido es lo que mejor repartido está entre todo el mundo, pues cada cual piensa que
posee tan buena provisión de él, que aun los más descontentadizos respecto a cualquier otra cosa,
no suelen apetecer más del que ya tienen. En lo cual no es verosímil que todos se engañen, sino que
más bien esto demuestra que la facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de lo falso, que es
propiamente lo que llamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual en todos los hombres; y,
por lo tanto, que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables
que otros, sino tan sólo de que dirigimos nuestros pensamientos por derroteros diferentes y no
consideramos las mismas cosas. No basta, en efecto, tener el ingenio bueno; lo principal es
aplicarlo bien. Las almas más grandes son capaces de los mayores vicios, como de las mayores
virtudes; y los que andan muy despacio pueden llegar mucho más lejos, si van siempre por el
camino recto, que los que corren, pero se apartan de él.
Por mi parte, nunca he presumido de poseer un ingenio más perfecto que los ingenios
comunes; hasta he deseado muchas veces tener el pensamiento tan rápido, o la imaginación tan
clara y distinta, o la memoria tan amplia y presente como algunos otros. Y no sé de otras cualidades
sino ésas, que contribuyan a la perfección del ingenio; pues en lo que toca a la razón o al sentido,
siendo, como es, la única cosa que nos hace hombres y nos distingue de los animales, quiero creer
que está entera en cada uno de nosotros y seguir en esto la común opinión de los filósofos, que
dicen que el más o el menos es sólo de los accidentes, mas no de las formas o naturalezas de los
individuos de una misma especie.
Pero, sin temor, puedo decir, que creo que fue una gran ventura para mí el haberme metido
desde joven por ciertos caminos, que me han llevado a ciertas consideraciones y máximas, con las
que he formado un método, en el cual paréceme que tengo un medio para aumentar gradualmente
mi conocimiento y elevarlo poco a poco hasta el punto más alto a que la mediocridad de mi ingenio
y la brevedad de mi vida puedan permitirle llegar. Pues tales frutos he recogido ya de ese método,
que, aun cuando, en el juicio que sobre mí mismo hago, procuro siempre inclinarme del lado de la
desconfianza mejor que del de la presunción, y aunque, al mirar con ánimo filosófico las distintas
acciones y empresas de los hombres, no hallo casi ninguna que no me parezca vana e inútil, sin
embargo no deja de producir en mí una extremada satisfacción el progreso que pienso haber
realizado ya en la investigación de la verdad, y concibo tales esperanzas para el porvenir2 , que si
entre las ocupaciones que embargan a los hombres, puramente hombres, hay alguna que sea
sólidamente buena e importante, me atrevo a creer que es la que yo he elegido por mía.
Puede ser, no obstante, que me engañe; y acaso lo que me parece oro puro y diamante fino, no
sea sino un poco de cobre y de vidrio. Sé cuán expuestos estamos a equivocar nos, cuando de
nosotros mismos se trata, y cuán sospechosos deben sernos también los juicios de los amigos, que
se pronuncian en nuestro favor. Pero me gustaría dar a conocer, en el presente discurso, el camino
que he seguido y representar en él mi vida, como en un cuadro, para que cada cual pueda formar su
2

Véase parte sexta de este Discurso.

3

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juicio, y así, tomando luego conocimiento, por el rumor público, de las opiniones emitidas, sea este
un nuevo medio de instruirme, que añadiré a los que acostumbro emplear.
Mi propósito, pues, no es el de enseñar aquí el método que cada cual ha de seguir para dirigir
bien su razón, sino sólo exponer el modo como yo he procurado conducir la mía3 . Los que se meten
a dar preceptos deben de estimarse más hábiles que aquellos a quienes los dan, y son muy
censurables, si faltan en la cosa más mínima. Pero como yo no propongo este escrito, sino a modo
de historia o, si preferís, de fábula, en la que, entre ejemplos que podrán imitarse, irán acaso otros
también que con razón no serán seguidos, espero que tendrá utilidad para algunos, sin ser nocivo
para nadie, y que todo el mundo agradecerá mi franqueza.
Desde la niñez, fui criado en el estudio de las letras y, como me aseguraban que por medio de
ellas se podía adquirir un conocimiento claro y seguro de todo cuanto es útil para la vida, sentía yo
un vivísimo deseo de aprenderlas. Pero tan pronto como hube terminado el curso de los estudios,
cuyo remate suele dar ingreso en el número de los hombres doctos, cambié por completo de
opinión, Pues me embargaban tantas dudas y errores, que me parecía que, procurando instruirme,
no había conseguido más provecho que el de descubrir cada vez mejor mi ignorancia. Y, sin
embargo, estaba en una de las más famosas escuelas de Europa 4 , en donde pensaba yo que debía
haber hombres sabios, si los hay en algún lugar de la tierra. Allí había aprendido todo lo que los
demás aprendían; y no contento aún con las ciencias que nos enseñaban, recorrí cuantos libros
pudieron caer en mis manos, referentes a las ciencias que se consideran como las más curiosas y
raras. Conocía, además, los juicios que se hacían de mi persona, y no veía que se me estimase en
menos que a mis condiscípulos, entre los cuales algunos había ya destinados a ocupar los puestos
que dejaran vacantes nuestros maestros. Por último, parecíame nuestro siglo tan floreciente y fértil
en buenos ingenios, como haya sido cualquiera dé los precedentes. Por todo lo cual, me tomaba la
libertad de juzgar a los demás por mí mismo y de pensar que no había en el mundo doctrina alguna
como la que se me había prometido anteriormente.
No dejaba por eso de estimar en mucho los ejercicios que se hacen en las escuelas. Sabía que
las lenguas que en ellas se aprenden son necesarias para la inteligencia de los libros antiguos; que la
gentileza de las fábulas despierta el ingenio; que las acciones memorables, que cuentan las
historias, lo elevan y que, leídas con discreción, ayudan a formar el juicio; que la lectura de todos
los buenos libros es como una conversación con los mejores ingenios de los pasados siglos, que los
han compuesto, y hasta una conversación estudiada, en la que no nos descubren sino lo más selecto
de sus pensamientos; que la elocuencia posee fuerzas y bellezas incomparables; que la poesía tiene
delicadezas y suavidades que arrebatan; que en las matemáticas hay sutilísimas invenciones que
pueden ser de mucho servicio, tanto para satisfacer a los curiosos, como para facilitar las artes todas
y disminuir el trabajo de los hombres; que los escritos, que tratan de las costumbres, encierran
varias enseñanzas y exhortaciones a la virtud, todas muy útiles; que la teología enseña a ganar el
cielo; que la filosofía proporciona medios para hablar con verosimilitud de todas las cosas y
3

En una carta ha explicado Descartes, que si a este trabajo le ha puesto el título de Discurso y no de Tratado del
método, es porque no se propone enseñar el método, sino sólo hablar de él; pues más que en teoría consiste éste en una
práctica asidua. Creía, en efecto, que la labor científica no requiere extraordinarias capacidades geniales; exige sólo un
riguroso y paciente ejercicio del intelecto común, ateniéndose a las reglas del método. Dice en una ocasión: «Mis
descubrimientos no tienen más mérito que el hallazgo, que hiciere un aldeano, de un tesoro que ha estado buscando
mucho tiempo sin poderlo encontrar.» Sobre este punto pensaba como Descartes nuestro filósofo español Sanz del Río.
4
En el colegio de la Flèche, dirigido por los jesuitas.

4

DISCURSO DEL METODO
René Descartes

recomendarse a la admiración de los menos sabios5 ; que la jurisprudencia, la medicina y demás
ciencias honran y enriquecen a quienes las cultivan; y, por último, que es bien haberlas recorrido
todas, aun las más supersticiosas y las más falsas, para conocer su justo valor y no dejarse engañar
por ellas.
Pero creía también que ya había dedicado bastante tiempo a las lenguas e incluso a la lectura
de los libros antiguos y a sus historias y a sus fábulas. Pues es casi lo mismo conversar con gentes
de otros siglos, que viajar por extrañas tierras. Bueno es saber algo de las costumbres de otros
pueblos, para juzgar las del propio con mejor acierto, y no creer que todo lo que sea contrario a
nuestras modas es ridículo y opuesto a la razón, como suelen hacer los que no han visto nada. Pero
el que emplea demasiado tiempo en viajar, acaba por tornarse extranjero en su propio país; y al que
estudia con demasiada curiosidad lo que se hacía en los siglos pretéritos, ocúrrele de ordinario que
permanece ignorante de lo que se practica en el presente. Además, las fábulas son causa de que
imaginemos como posibles acontecimientos que no lo son; y aun las más fieles historias, supuesto
que no cambien ni aumenten el valor de las cosas, para hacerlas más dignas de ser leídas, omiten
por lo menos, casi siempre, las circunstancias más bajas y menos ilustres, por lo cual sucede que lo
restante no aparece tal como es y que los que ajustan sus costumbres a los ejemplos que sacan de
las historias, se exponen a caer en las extravagancias de los paladines de nuestras novelas y a
concebir designios, a que no alcanzan sus fuerzas.
Estimaba en mucho la elocuencia y era un enamorado de la poesía; pero pensaba que una y
otra son dotes del ingenio más que frutos del estudio. Los que tienen más robusto razonar y
digieren mejor sus pensamientos, para hacerlos claros e inteligibles, son los más capaces de llevar a
los ánimos la persuasión, sobre lo que proponen, aunque hablen una pésima lengua y no hayan
aprendido nunca retórica; y los que imaginan las más agradables invenciones, sabiéndolas expresar
con mayor ornato y suavidad, serán siempre los mejores poetas, aun cuando desconozcan el arte
poética.
Gustaba sobre todo de las matemáticas, por la certeza y evidencia que poseen sus razones; pero
aun no advertía cuál era su verdadero uso y, pensando que sólo para las artes mecánicas servían,
extrañábame que, siendo sus cimientos tan firmes y sólidos, no se hubiese construido sobre ellos
nada más levantado6 . Y en cambio los escritos de los antiguos paganos, referentes a las costumbres,
comparábalos con palacios muy soberbios y magníficos, pero construidos sobre arena y barro:
levantan muy en alto las virtudes y las presentan como las cosas más estimables que hay en el
mundo; pero no nos enseñan bastante a conocerlas y, muchas veces, dan ese hermoso nombre a lo
que no es sino insensibilidad, orgullo, desesperación o parricidio7.
Profesaba una gran reverencia por nuestra teología y, como cualquier otro, pretendía yo ganar
el cielo. Pero habiendo aprendido, como cosa muy cierta, que el camino de la salvación está tan
abierto para los ignorantes como para los doctos y que las verdades reveladas, que allá conducen,
están muy por encima de nuestra inteligencia, nunca me hubiera atrevido a someterlas a la flaqueza

5

Trátase de la filosofía escolástica, que Descartes se propone arruinar y sustituir.
Idea capital de la física moderna, fundada en las matemáticas.
7
Alude a los estoicos. La desesperación se refiere probablemente a Catón de Utica, y el parricidio a Bruto,
matador de César.
6

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de mis razonamientos, pensando que, para acometer la empresa de examinarlas y salir con bien de
ella, era preciso alguna extraordinaria ayuda del cielo, y ser, por tanto, algo más que hombre.
Nada diré de la filosofía sino que, al ver que ha sido cultivada por los más excelentes ingenios
que han vivido desde hace siglos, y, sin embargo, nada hay en ella que no sea objeto de disputa y,
por consiguiente, dudoso, no tenía yo la presunción de esperar acertar mejor que los demás; y
considerando cuán diversas pueden ser las opiniones tocante a una misma materia, sostenidas todas
por gentes doctas, aun cuando no puede ser verdadera más que una sola, reputaba casi por falso
todo lo que no fuera más que verosímil.
Y en cuanto a las demás ciencias, ya que toman sus principios de la filosofía, pensaba yo que
sobre tan endebles cimientos no podía haberse edificado nada sólido; y ni el honor ni el provecho,
que prometen, eran bastantes para invitarme a aprenderlas; pues no me veía, gracias a Dios, en tal
condición que hubiese de hacer de la ciencia un oficio con que mejorar mi fortuna; y aunque no
profesaba el desprecio de la gloria a lo cínico, sin embargo, no estimaba en mucho aquella fama,
cuya adquisición sólo merced a falsos títulos puede lograrse. Y, por último, en lo que toca a las
malas doctrinas, pensaba que ya conocía bastante bien su valor, para no dejarme burlar ni por las
promesas de un alquimista, ni por las predicciones de un astrólogo, ni por los engaños de un mago,
ni por los artificios o la presunción de los que profesan saber más de lo que saben.
Así, pues, tan pronto como estuve en edad de salir de la sujeción en que me tenían mis
preceptores, abandoné del todo el estudio de las letras; y, resuelto a no buscar otra ciencia que la
que pudiera hallar en mí mismo o en el gran libro del mundo, empleé el resto de mi juventud en
viajar, en ver cortes y ejércitos8 , en cultivar la sociedad de gentes de condiciones y humores
diversos, en recoger varias experiencias, en ponerme a mí mismo a prueba en los casos que la
fortuna me deparaba y en hacer siempre tales reflexiones sobre las cosas que se me presentaban,
que pudiera sacar algún provecho de ellas. Pues parecíame que podía hallar mucha más verdad en
los razonamientos que cada uno hace acerca de los asuntos que le atañen, expuesto a que el suceso
venga luego a castigarle, si ha juzgado mal, que en los que discurre un hombre de letras, encerrado
en su despacho, acerca de especulaciones que no producen efecto alguno y que no tienen para él
otras consecuencias, sino que acaso sean tanto mayor motivo para envanecerle cuanto más se
aparten del sentido común, puesto que habrá tenido que gastar más ingenio y artificio en procurar
hacerlas verosímiles. Y siempre sentía un deseo extremado de aprender a distinguir lo verdadero de
lo falso, para ver claro en mis actos y andar seguro por esta vida.
Es cierto que, mientras me limitaba a considerar las costumbres de los otros hombres, apenas
hallaba cosa segura y firme, y advertía casi tanta diversidad como antes en las opiniones de los
filósofos. De suerte que el mayor provecho que obtenía, era que, viendo varias cosas que, a pesar
de parecernos muy extravagantes y ridículas, no dejan de ser admitidas comúnmente y aprobadas
por otros grandes pueblos, aprendía a no creer con demasiada firmeza en lo que sólo el ejemplo y la
costumbre me habían persuadido; y así me libraba poco a poco de muchos errores, que pueden
oscurecer nuestra luz natural y tornarnos menos aptos para escuchar la voz de la razón. Mas cuando
hube pasado varios años estudiando en el libro del mundo y tratando de adquirir alguna
experiencia, resolvíme un día a estudiar también en mí mismo y a emplear todas las fuerzas de mi
8

Descartes salió del colegio en 1612; pasó cuatro anos en París; viajó por Holanda y Alemania; entró en 1619 al
servicio del duque de Baviera. En 1629 se retiró a Holanda y comenzó sus grandes obras.

6

DISCURSO DEL METODO
René Descartes

ingenio en la elección de la senda que debía seguir; lo cual me salió mucho mejor, según creo, que
si no me hubiese nunca alejado de mi tierra y de mis libros.

7

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SEGUNDA PARTE

Hallábame, por entonces, en Alemania, adonde me llamara la ocasión de unas guerras9 que aun
no han terminado; y volviendo de la coronación del Emperador10 hacia el ejército, cogióme el
comienzo del invierno en un lugar en donde, no encontrando conversación alguna que me divirtiera
y no teniendo tampoco, por fortuna, cuidados ni pasiones que perturbaran mi ánimo, permanecía el
día entero solo y encerrado, junto a una estufa, con toda la tranquilidad necesaria para entregarme a
mis pensamientos11 . Entre los cuales, fue uno de los primeros el ocurrírseme considerar que muchas
veces sucede que no hay tanta perfección en las obras compuestas de varios trozos y hechas por las
manos de muchos maestros, como en aquellas en que uno solo ha trabajado. Así vemos que los
edificios, que un solo arquitecto ha comenzado y rematado, suelen ser más hermosos y mejor
ordenados que aquellos otros, que varios han tratado de componer y arreglar, utilizando antiguos
muros, construidos para otros fines. Esas viejas ciudades, que no fueron al principio sino aldeas, y
que, con el transcurso del tiempo han llegado a ser grandes urbes, están, por lo común, muy mal
trazadas y acompasadas, si las comparamos con esas otras plazas regulares que un ingeniero diseña,
según su fantasía, en una llanura; y, aunque considerando sus edificios uno por uno encontremos a
menudo en ellos tanto o más arte que en los de estas últimas ciudades nuevas, sin embargo, viendo
cómo están arreglados, aquí uno grande, allá otro pequeño, y cómo hacen las calles curvas y
desiguales, diríase que más bien es la fortuna que la voluntad de unos hombres provistos de razón,
la que los ha dispuesto de esa suerte. Y si se considera que, sin embargo, siempre ha habido unos
oficiales encargados de cuidar de que los edificios de los particulares sirvan al ornato público, bien
se reconocerá cuán difícil es hacer cumplidamente las cosas cuando se trabaja sobre lo hecho por
otros. Así también, imaginaba yo que esos pueblos que fueron antaño medio salvajes y han ido
civilizándose poco a poco, haciendo sus leyes conforme les iba obligando la incomodidad de los
crímenes y peleas, no pueden estar tan bien constituidos como los que, desde que se juntaron, han
venido observando las constituciones de algún prudente legislador12. Como también es muy cierto,
que el estado de la verdadera religión, cuyas ordenanzas Dios solo ha instituido, debe estar
incomparablemente mejor arreglado que todos los demás. Y para hablar de las cosas humanas, creo
que si Esparta ha sido antaño muy floreciente, no fue por causa de la bondad de cada una de sus
leyes en particular, que algunas eran muy extrañas y hasta contrarias a las buenas costumbres, sino
porque, habiendo sido inventadas por uno solo, todas tendían al mismo fin. Y así pensé yo que las
ciencias de los libros, por lo menos aquellas cuyas razones son solo probables y carecen de
demostraciones, habiéndose compuesto y aumentado poco a poco con las opiniones de varias
personas diferentes, no son tan próximas a la verdad como los simples razonamientos que un
hombre de buen sentido puede hacer, naturalmente, acerca de las cosas que se presentan. Y también
pensaba yo que, como hemos sido todos nosotros niños antes de ser hombres y hemos tenido que
dejarnos regir durante mucho tiempo por nuestros apetitos y nuestros preceptores, que muchas
9

La guerra de los treinta años.
Fernando II, coronado emperador en Francfort, en 1619.
11
El descubrimiento del método puede fecharse con certeza en 10 de noviembre de 1619. Al menos, un manuscrito
de Descartes lleva de su puño y letra el siguiente encabezamiento: X Novembris 1619, cum plenus forem Enthousiasmo
et mirabilis scientiæ fundamenta reperirem...
12
Este intelectualismo, esta fe en la razón, a priori, es característica de la política y sociología de los siglos XVII y
XVIII.
10

8

DISCURSO DEL METODO
René Descartes

veces eran contrarios unos a otros, y ni unos ni otros nos aconsejaban acaso siempre lo mejor, es
casi imposible que sean nuestros juicios tan puros y tan sólidos como lo fueran si, desde el
momento de nacer, tuviéramos el uso pleno de nuestra razón y no hubiéramos sido nunca dirigidos
más que por ésta.
Verdad es que no vemos que se derriben todas las casas de una ciudad con el único propósito
de reconstruirlas en otra manera y de hacer más hermosas las calles; pero vemos que muchos
particulares mandan echar abajo sus viviendas para reedificarlas y, muchas veces, son forzados a
ello, cuando los edificios están en peligro de caerse, por no ser ya muy firmes los cimientos. Ante
cuyo ejemplo, llegué a persuadirme de que no sería en verdad sensato que un particular se
propusiera reformar un Estado cambiándolo todo, desde los cimientos, y derribándolo para
enderezarlo; ni aun siquiera reformar el cuerpo de las ciencias o el orden establecido en las escuelas
para su enseñanza; pero que, por lo que toca a las opiniones, a que hasta entonces había dado mi
crédito, no podía yo hacer nada mejor que emprender de una vez la labor de suprimirlas, para
sustituirlas luego por otras mejores o por las mismas, cuando las hubiere ajustado al nivel de la
razón. Y tuve firmemente por cierto que, por este medio, conseguiría dirigir mi vida mucho mejor
que si me contentase con edificar sobre cimientos viejos y me apoyase solamente en los principios
que había aprendido siendo joven, sin haber examinado nunca si eran o no verdaderos. Pues si bien
en esta empresa veía varias dificultades, no eran, empero, de las que no tienen remedio; ni pueden
compararse con las que hay en la reforma de las menores cosas que atañen a lo público. Estos
grandes cuerpos políticos, es muy difícil levantarlos, una vez que han sido derribados, o aun
sostenerlos en pie cuando se tambalean, y sus caídas son necesariamente muy duras. Además, en lo
tocante a sus imperfecciones, si las tienen -y sólo la diversidad que existe entre ellos basta para
asegurar que varios las tienen-, el uso las ha suavizado mucho sin duda, y hasta ha evitado o
corregido insensiblemente no pocas de entre ellas, que con la prudencia no hubieran podido
remediarse tan eficazmente; y por último, son casi siempre más soportables que lo sería el
cambiarlas, como los caminos reales, que serpentean por las montañas, se hacen poco a poco tan
llanos y cómodos, por, el mucho tránsito, que es muy preferible seguirlos, que no meterse en
acortar, saltando por encima de las rocas y bajando hasta el fondo de las simas.
Por todo esto, no puedo en modo alguno aplaudir a esos hombres de carácter inquieto y
atropellado que, sin ser llamados ni por su alcurnia ni por su fortuna al manejo de los negocios
públicos, no dejan de hacer siempre, en idea, alguna reforma nueva; y si creyera que hay en este
escrito la menor cosa que pudiera hacerme sospechoso de semejante insensatez, no hubiera
consentido en su publicación13 . Mis designios no han sido nunca otros que tratar de reformar mis
propios pensamientos y edificar sobre un terreno que me pertenece a mí solo. Si, habiéndome
gustado bastante mi obra, os enseño aquí el modelo, no significa esto que quiera yo aconsejar a
nadie que me imite. Los que hayan recibido de Dios mejores y más abundantes mercedes, tendrán,
sin duda, más levantados propósitos; pero mucho me temo que éste mío no sea ya demasiado audaz
para algunas personas. Ya la mera resolución de deshacerse de todas las opiniones recibidas
anteriormente no es un ejemplo que todos deban seguir. Y el mundo se compone casi sólo de dos
especies de ingenios, a quienes este ejemplo no conviene, en modo alguno, y son, a saber: de los
13

Adviértase: 1º, que Descartes se da cuenta, en todo lo que antecede, de que el racionalismo y el libre
pensamiento no tienen límites en su aplicación. 2º, por eso mismo procura, con mejor o peor fortuna, poner límites al
espíritu de libre examen, y jura que no quiere hacer en el orden político y social la misma subversión que en el
especulativo.

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que, creyéndose más hábiles de lo que son, no pueden contener la precipitación de sus juicios ni
conservar la bastante paciencia para conducir ordenadamente todos sus pensamientos; por donde
sucede que, si una vez se hubiesen tomado la libertad de dudar de los principios que han recibido y
de apartarse del camino común, nunca podrán mantenerse en la senda que hay que seguir para ir
más en derechura, y permanecerán extraviados toda su vida; y de otros que, poseyendo bastante
razón o modestia para juzgar que son menos capaces de distinguir lo verdadero de lo falso que otras
personas, de quienes pueden recibir instrucción, deben más bien contentarse con seguir las
opiniones de esas personas, que buscar por sí mismos otras mejores.
Y yo hubiera sido, sin duda, de esta última especie de ingenios, si no hubiese tenido en mi vida
más que un solo maestro o no hubiese sabido cuán diferentes han sido, en todo tiempo, las
opiniones de los más doctos. Mas, habiendo aprendido en el colegio que no se puede imaginar
nada, por extraño e increíble que sea, que no haya sido dicho por alguno de los filósofos, y
habiendo visto luego, en mis viajes, que no todos los que piensan de modo contrario al nuestro son
por ello bárbaros y salvajes, sino que muchos hacen tanto o más uso que nosotros de la razón; y
habiendo considerado que un mismo hombre, con su mismo ingenio, si se ha criado desde niño
entre franceses o alemanes, llega a ser muy diferente de lo que sería si hubiese vivido siempre entre
chinos o caníbales; y que hasta en las modas de nuestros trajes, lo que nos ha gustado hace diez
años, y acaso vuelva a gustarnos dentro de otros diez, nos parece hoy extravagante y ridículo, de
suerte que más son la costumbre y el ejemplo los que nos persuaden, que un conocimiento cierto; y
que, sin embargo, la multitud de votos no es una prueba que valga para las verdades algo difíciles
de descubrir, porque más verosímil es que un hombre solo dé con ellas que no todo un pueblo, no
podía yo elegir a una persona, cuyas opiniones me parecieran preferibles a las de las demás, y me vi
como obligado a emprender por mí mismo la tarea de conducirme.
Pero como hombre que tiene que andar solo y en la oscuridad, resolví ir tan despacio y
emplear tanta circunspección en todo, que, a trueque de adelantar poco, me guardaría al menos muy
bien de tropezar y caer. E incluso no quise empezar a deshacerme por completo de ninguna de las
opiniones que pudieron antaño deslizarse en mi creencia, sin haber sido introducidas por la razón,
hasta después de pasar buen tiempo dedicado al proyecto de la obra que iba a emprender, buscando
el verdadero método para llegar al conocimiento de todas las cosas de que mi espíritu fuera capaz.
Había estudiado un poco, cuando era más joven, de las partes de la filosofía, la lógica, y de las
matemáticas, el análisis de los geómetras y el álgebra, tres artes o ciencias que debían, al parecer,
contribuir algo a mi propósito. Pero cuando las examiné, hube de notar que, en lo tocante a la
lógica, sus silogismos y la mayor parte de las demás instrucciones que da, más sirven para explicar
a otros las cosas ya sabidas o incluso, como el arte de Lulio14 , para hablar sin juicio de las
ignoradas, que para aprenderlas. Y si bien contiene, en verdad, muchos, muy buenos y verdaderos
preceptos, hay, sin embargo, mezclados con ellos, tantos otros nocivos o superfluos, que separarlos
es casi tan difícil como sacar una Diana o una Minerva de un bloque de mármol sin desbastar.
Luego, en lo tocante al análisis15 de los antiguos y al álgebra de los modernos, aparte de que no se
14

Raimundo Lulio había escrito una Ars magna donde exponía una suerte de mecanismo intelectual, una especie
de álgebra del pensamiento.
15
Método que consiste en referir una proposición dada a otra más simple, ya conocida por verdadera, de suerte que
luego, partiendo de ésta, puede aquélla deducirse. Es el procedimiento empleado para resolver problemas de geometría,
suponiendo la solución y mostrando que las consecuencias que de esta suposición se derivan son teoremas conocidos.
Pasa Platón por ser el inventor del análisis geométrico.

10

DISCURSO DEL METODO
René Descartes

refieren sino a muy abstractas materias, que no parecen ser de ningún uso, el primero está siempre
tan constreñido a considerar las figuras, que no puede ejercitar el entendimiento sin cansar
grandemente la imaginación; y en la segunda, tanto se han sujetado sus cultivadores a ciertas reglas
y a ciertas cifras, que han hecho de ella un arte confuso y oscuro, bueno para enredar el ingenio, en
lugar de una ciencia que lo cultive. Por todo lo cual, pensé que había que buscar algún otro método
que juntase las ventajas de esos tres, excluyendo sus defectos.
Y como la multitud de leyes sirve muy a menudo de disculpa a los vicios, siendo un Estado
mucho mejor regido cuando hay pocas, pero muy estrictamente observadas, así también, en lugar
del gran número de preceptos que encierra la lógica, creí que me bastarían los cuatro siguientes,
supuesto que tomase una firme y constante resolución de no dejar de observarlos una vez siquiera:
Fue el primero, no admitir como verdadera cosa alguna, como no supiese con evidencia que lo
es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprender en mis juicios
nada más que lo que se presentase tan clara y distintamente a mí espíritu, que no hubiese ninguna
ocasión de ponerlo en duda.
El segundo, dividir cada una de las dificultades, que examinare, en cuantas partes fuere posible
y en cuantas requiriese su mejor solución.
El tercero, conducir ordenadamente mis pensamientos, empezando por los objetos más simples
y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de
los más compuestos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden naturalmente.
Y el último, hacer en todo unos recuentos tan integrales y unas revisiones tan generales, que
llegase a estar seguro de no omitir nada.
Esas largas series de trabadas razones muy simples y fáciles, que los geómetras acostumbran
emplear, para llegar a sus más difíciles demostraciones, habíanme dado ocasión de imaginar que
todas las cosas, de que el hombre puede adquirir conocimiento, se siguen unas a otras en igual
manera, y que, con sólo abstenerse de admitir como verdadera una que no lo sea y guardar siempre
el orden necesario para deducirlas unas de otras, no puede haber ninguna, por lejos que se halle
situada o por oculta que esté, que no se llegue a alcanzar y descubrir. Y no me cansé mucho en
buscar por cuáles era preciso comenzar, pues ya sabía que por las más simples y fáciles de conocer;
y considerando que, entre todos los que hasta ahora han investigado la verdad en las ciencias, sólo
los matemáticos han podido encontrar algunas demostraciones, esto es, algunas razones ciertas y
evidentes, no dudaba de que había que empezar por las mismas que ellos han examinado, aun
cuando no esperaba sacar de aquí ninguna otra utilidad, sino acostumbrar mi espíritu a saciarse de
verdades y a no contentarse con falsas razones. Mas no por eso concebí el propósito de procurar
aprender todas las ciencias particulares denominadas comúnmente matemáticas, y viendo que,
aunque sus objetos son diferentes, todas, sin embargo, coinciden en que no consideran sino las
varias relaciones o proporciones que se encuentran en los tales objetos, pensé que más valía
limitarse a examinar esas proporciones en general, suponiéndolas solo en aquellos asuntos que
sirviesen para hacerme más fácil su conocimiento y hasta no sujetándolas a ellos de ninguna
manera, para poder después aplicarlas tanto más libremente a todos los demás a que pudieran

11

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convenir16 . Luego advertí que, para conocerlas, tendría a veces necesidad de considerar cada una de
ellas en particular, y otras veces, tan solo retener o comprender varias juntas, y pensé que, para
considerarlas mejor en particular, debía suponerlas en líneas, porque no encontraba nada más
simple y que más distintamente pudiera yo representar a mi imaginación y mis sentidos; pero que,
para retener o comprender varias juntas, era necesario que las explicase en algunas cifras, las más
cortas que fuera posible; y que, por este medio, tomaba lo mejor que hay en el análisis geométrico y
en el álgebra, y corregía así todos los defectos de una por el otro17 .
Y, efectivamente, me atrevo a decir que la exacta observación de los pocos preceptos por mí
elegidos, me dio tanta facilidad para desenmarañar todas las cuestiones de que tratan esas dos
ciencias, que en dos o tres meses que empleé en examinarlas, habiendo comenzado por las más
simples y generales, y siendo cada verdad que encontraba una regla que me servía luego para
encontrar otras, no sólo conseguí resolver varias cuestiones, que antes había considerado como muy
difíciles, sino que hasta me pareció también, hacia el final, que, incluso en las que ignoraba, podría
determinar por qué medios y hasta dónde era posible resolverlas. En lo cual, acaso no me acusaréis
de excesiva vanidad si consideráis que, supuesto que no hay sino una verdad en cada cosa, el que la
encuentra sabe todo lo que se puede saber de ella; y que, por ejemplo, un niño que sabe aritmética y
hace una suma conforme a las reglas, puede estar seguro de haber hallado, acerca de la suma que
examinaba, todo cuanto el humano ingenio pueda hallar; porque al fin y al cabo el método que
ensena a seguir el orden verdadero y a recontar exactamente las circunstancias todas de lo que se
busca, contiene todo lo que confiere certidumbre a las reglas de la aritmética.
Pero lo que más contento me daba en este método era que, con él, tenía la seguridad de
emplear mi razón en todo, si no perfectamente, por lo menos lo mejor que fuera en mi poder. Sin
contar con que, aplicándolo, sentía que mi espíritu se iba acostumbrando poco a poco a concebir los
objetos con mayor claridad y distinción y que, no habiéndolo sujetado a ninguna materia particular,
prometíame aplicarlo con igual fruto a las dificultades de las otras ciencias, como lo había hecho a
las del álgebra. No por eso me atreví a empezar luego a examinar todas las que se presentaban, pues
eso mismo fuera contrario al orden que el método prescribe; pero habiendo advertido que los
principios de las ciencias tenían que estar todos tomados de la filosofía, en la que aun no hallaba
ninguno que fuera cierto, pensé que ante todo era preciso procurar establecer algunos de esta clase
y, siendo esto la cosa más importante del mundo y en la que son más de temer la precipitación y la
prevención, creí que no debía acometer la empresa antes de haber llegado a más madura edad que
la de veintitrés años, que entonces tenía, y de haber dedicado buen espacio de tiempo a prepararme,
desarraigando de mi espíritu todas las malas opiniones a que había dado entrada antes de aquel
tiempo, haciendo también acopio de experiencias varias, que fueran después la materia de mis
razonamientos y, por último, ejercitándome sin cesar en el método que me había prescrito, para
afianzarlo mejor en mi espíritu.

16
17

Descartes intentó establecer los principios de una matemática universal.
La geometría analítica, invento cartesiano.

12

DISCURSO DEL METODO
René Descartes

TERCERA PARTE

Por último, como para empezar a reconstruir el alojamiento en donde uno habita, no basta
haberlo derribado y haber hecho acopio de materiales y de arquitectos, o haberse ejercitado uno
mismo en la arquitectura y haber trazado además cuidadosamente el diseño del nuevo edificio, sino
que también hay que proveerse de alguna otra habitación, en donde pasar cómodamente el tiempo
que dure el trabajo, así, pues, con el fin de no permanecer irresoluto en mis acciones, mientras la
razón me obligaba a serlo en mis juicios, y no dejar de vivir, desde luego, con la mejor ventura que
pudiese, hube de arreglarme una moral provisional18 , que no consistía sino en tres o cuatro
máximas, que con mucho gusto voy a comunicaros.
La primera fue seguir las leyes y las costumbres de mi país, conservando constantemente la
religión en que la gracia de Dios hizo que me instruyeran desde niño, rigiéndome en todo lo demás
por las opiniones más moderadas y más apartadas de todo exceso, que fuesen comúnmente
admitidas en la práctica por los más sensatos de aquellos con quienes tendría que vivir. Porque
habiendo comenzado ya a no contar para nada con las mías propias, puesto que pensaba someterlas
todas a un nuevo examen, estaba seguro de que no podía hacer nada mejor que seguir las de los más
sensatos. Y aun cuando entre los persas y los chinos hay quizá hombres tan sensatos como entre
nosotros, parecíame que lo más útil era acomodarme a aquellos con quienes tendría que vivir; y que
para saber cuáles eran sus verdaderas opiniones, debía fijarme más bien en lo que hacían que en lo
que decían, no sólo porque, dada la corrupción de nuestras costumbres, hay pocas personas que
consientan en decir lo que creen, sino también porque muchas lo ignoran, pues el acto del
pensamiento, por el cual uno cree una cosa, es diferente de aquel otro por el cual uno conoce que la
cree, y por lo tanto muchas veces se encuentra aquél sin éste. Y entre varias opiniones, igualmente
admitidas, elegía las más moderadas, no sólo porque son siempre las más cómodas para la práctica,
y verosímilmente las mejores, ya que todo exceso suele ser malo, sino también para alejarme
menos del verdadero camino, en caso de error, si, habiendo elegido uno de los extremos, fuese el
otro el que debiera seguirse. Y en particular consideraba yo como un exceso toda promesa por la
cual se enajena una parte de la propia libertad; no que yo desaprobase las leyes que, para poner
remedio a la inconstancia de los espíritus débiles, permiten cuando se tiene algún designio bueno, o
incluso para la seguridad del comercio, en designios indiferentes, hacer votos o contratos
obligándose a perseverancia; pero como no veía en el mundo cosa alguna que permaneciera
siempre en idéntico estado y como, en lo que a mí mismo se refiere, esperaba perfeccionar más y
más mis juicios, no empeorarlos, hubiera yo creído cometer una grave falta contra el buen sentido,
si, por sólo el hecho de aprobar por entonces alguna cosa, me obligara a tenerla también por buena
más tarde, habiendo ella acaso dejado de serlo, o habiendo yo dejado de estimarla como tal.
Mi segunda máxima fue la de ser en mis acciones lo más firme y resuelto que pudiera y seguir
tan constante en las más dudosas opiniones, una vez determinado a ellas, como si fuesen
segurísimas, imitando en esto a los caminantes que, extraviados por algún bosque, no deben andar
18

Nunca ha tratado Descartes, por modo definitivo, las cuestiones de moral. En sus Cartas a la princesa Elizabeth,
hay algunas indicaciones que concuerdan bastante con lo que va a leerse. El fondo de la ética de Descartes es
principalmente estoico.

13

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errantes dando vueltas por una y otra parte, ni menos detenerse en un lugar, sino caminar siempre
lo más derecho que puedan hacia un sitio fijo, sin cambiar de dirección por leves razones, aun
cuando en un principio haya sido sólo el azar el que les haya determinado a elegir ese rumbo; pues
de este modo, si no llegan precisamente adonde quieren ir, por lo menos acabarán por llegar a
alguna parte, en donde es de pensar que estarán mejor que no en medio del bosque. Y así, puesto
que muchas veces las acciones de la vida no admiten demora, es verdad muy cierta que si no está
en nuestro poder el discernir las mejores opiniones, debemos seguir las más probables; y aunque no
encontremos más probabilidad en unas que en otras, debemos, no obstante, decidirnos por algunas
y considerarlas después, no ya como dudosas, en cuanto que se refieren a la práctica, sino como
muy verdaderas y muy ciertas, porque la razón que nos ha determinado lo es. Y esto fue bastante
para librarme desde entonces de todos los arrepentimientos y remordimientos que suelen agitar las
consciencias de esos espíritus endebles y vacilantes, que se dejan ir inconstantes a practicar como
buenas las cosas que luego juzgan malas19 .
Mi tercera máxima fue procurar siempre vencerme a mí mismo antes que a la fortuna, y alterar
mis deseos antes que el orden del mundo, y generalmente acostumbrarme a creer que nada hay que
esté enteramente en nuestro poder sino nuestros propios pensamientos 20 , de suerte que después de
haber obrado lo mejor que hemos podido, en lo tocante a las cosas exteriores, todo lo que falla en el
éxito es para nosotros absolutamente imposible. Y esto sólo me parecía bastante para apartarme en
lo porvenir de desear algo sin conseguirlo y tenerme así contento; pues como nuestra voluntad no
se determina naturalmente a desear sino las cosas que nuestro entendimiento le representa en cierto
modo como posibles, es claro que si todos los bienes que están fuera de nosotros los consideramos
como igualmente inasequibles a nuestro poder, no sentiremos pena alguna por carecer de los que
parecen debidos a nuestro nacimiento, cuando nos veamos privados de ellos sin culpa nuestra,
como no la sentimos por no ser dueños de los reinos de la China o de Méjico; y haciendo, como
suele decirse, de necesidad virtud, no sentiremos mayores deseos de estar sanos, estando enfermos,
o de estar libres, estando encarcelados, que ahora sentimos de poseer cuerpos compuestos de
materia tan poco corruptible como el diamante o alas para volar como los pájaros. Pero confieso
que son precisos largos ejercicios y reiteradas meditaciones para acostumbrarse a mirar todas las
cosas por ese ángulo; y creo que en esto consistía principalmente el secreto de aquellos filósofos,
que pudieron antaño sustraerse al imperio de la fortuna, y a pesar de los sufrimientos y la pobreza,
entrar en competencia de ventura con los propios dioses21. Pues, ocupados sin descanso en
considerar los límites prescritos por la naturaleza, persuadíanse tan perfectamente de que nada
tenían en su poder sino sus propios pensamientos, que esto sólo era bastante a impedirles sentir
afecto hacia otras cosas; y disponían de esos pensamientos tan absolutamente, que tenían en esto
cierta razón de estimarse más ricos y poderosos y más libres y bienaventurados que ningunos otros
hombres, los cuales, no teniendo esta filosofía, no pueden, por mucho que les hayan favorecido la
naturaleza y la fortuna, disponer nunca, como aquellos filósofos, de todo cuanto quieren.
En fin, como conclusión de esta moral, ocurrióseme considerar, una por una, las diferentes
ocupaciones a que los hombres dedican su vida, para procurar elegir la mejor; y sin querer decir
19

Zenón recomendaba la constancia como condición de la virtud.
La moral estoica enseñaba principalmente a hacer uso de los pensamientos, de las representaciones, χρησις
ϕαντασιων [chrêsis phantasiôn].
21
Los estoicos se decían superiores a los dioses. Estos, en efecto, son sabios y venturosos por naturaleza; el
filósofo, merced a duro esfuerzo creador.
20

14

DISCURSO DEL METODO
René Descartes

nada de las de los demás, pensé que no podía hacer nada mejor que seguir en la misma que tenía; es
decir, aplicar mi vida entera al cultivo de mi razón y adelantar cuanto pudiera en el conocimiento
de la verdad, según el método que me había prescrito. Tan extremado contento había sentido ya
desde que empecé a servirme de ese método, que no creía que pudiera recibirse otro más suave e
inocente en esta vida; y descubriendo cada día, con su ayuda, algunas verdades que me parecían
bastante importantes y generalmente ignoradas de los otros hombres, la satisfacción que
experimentaba llenaba tan cumplidamente mi espíritu, que todo lo restante me era indiferente.
Además, las tres máximas anteriores fundábanse sólo en el propósito, que yo abrigaba, de continuar
instruyéndome; pues habiendo dado Dios a cada hombre alguna luz con que discernir lo verdadero
de lo falso, no hubiera yo creído un solo momento que debía contentarme con las opiniones ajenas,
de no haberme propuesto usar de mi propio juicio para examinarlas cuando fuera tiempo; y no
hubiera podido librarme de escrúpulos, al seguirlas, si no hubiese esperado aprovechar todas las
ocasiones para encontrar otras mejores, dado caso que las hubiese; y, por último, no habría sabido
limitar mis deseos y estar contento, si no hubiese seguido un camino por donde, al mismo tiempo
que asegurarme la adquisición de todos los conocimientos que yo pudiera, pensaba también por el
mismo modo llegar a conocer todos los verdaderos bienes que estuviesen en mi poder; pues no
determinándose nuestra voluntad a seguir o a evitar cosa alguna, sino porque nuestro entendimiento
se la representa como buena o mala, basta juzgar bien, para obrar bien22 , y juzgar lo mejor que se
pueda, para obrar también lo mejor que se pueda; es decir, para adquirir todas las virtudes y con
ellas cuantos bienes puedan lograrse; y cuando uno tiene la certidumbre de que ello es así, no puede
por menos de estar contento.
Habiéndome, pues, afirmado en estas máximas, las cuales puse aparte juntamente con las
verdades de la fe, que siempre han sido las primeras en mi creencia, pensé que de todas mis otras
opiniones podía libremente empezar a deshacerme; y como esperaba conseguirlo mejor
conversando con los hombres que permaneciendo por más tiempo encerrado en el cuarto en donde
había meditado todos esos pensamientos, proseguí mi viaje antes de que el invierno estuviera del
todo terminado. Y en los nueve años siguientes, no hice otra cosa sino andar de acá para allá, por el
mundo, procurando ser más bien espectador que actor en las comedias que en él se representan, e
instituyendo particulares reflexiones en toda materia sobre aquello que pudiera hacerla sospechosa
y dar ocasión a equivocarnos, llegué a arrancar de mi espíritu, en todo ese tiempo, cuantos errores
pudieron deslizarse anteriormente. Y no es que imitara a los escépticos23, que dudan por sólo dudar
y se las dan siempre de irresolutos; por el contrario, mi propósito no era otro que afianzarme en la
verdad, apartando la tierra movediza y la arena, para dar con la roca viva o la arcilla. Lo cual, a mi
parecer, conseguía bastante bien, tanto que, tratando de descubrir la falsedad o la incertidumbre de
las proposiciones que examinaba, no mediante endebles conjeturas, sino por razonamientos claros y
seguros, no encontraba ninguna tan dudosa, que no pudiera sacar de ella alguna conclusión bastante
cierta, aunque sólo fuese la de que no contenía nada cierto. Y así como al derribar una casa vieja
suelen guardarse los materiales, que sirven para reconstruir la nueva, así también al destruir todas
aquellas mis opiniones que juzgaba infundadas, hacía yo varias observaciones y adquiría
experiencias que me han servido después para establecer otras más ciertas. Y además seguía
ejercitándome en el método que me había prescrito; pues sin contar con que cuidaba muy bien de
conducir generalmente mis pensamientos, según las citadas reglas, dedicaba de cuando en cuando
algunas horas a practicarlas particularmente en dificultades de matemáticas, o también en algunas
22
23

Otra máxima intelectualista, sostenida asimismo por Sócrates.
Véase cuán equivocados están los que motejan de escéptico a Descartes.

15

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otras que podía hacer casi semejantes a las de las matemáticas, desligándolas de los principios de
las otras ciencias, que no me parecían bastante firmes; todo esto puede verse en varias cuestiones
que van explicadas en este mismo volumen24 . Y así, viviendo en apariencia como los que no tienen
otra ocupación que la de pasar una vida suave e inocente y se ingenian en separar los placeres de
los vicios y, para gozar de su ocio sin hastío, hacen uso de cuantas diversiones honestas están a su
alcance, no dejaba yo de perseverar en mi propósito y de sacar provecho para el conocimiento de la
verdad, más acaso que si me contentara con leer libros o frecuentar las tertulias literarias.
Sin embargo, transcurrieron esos nueve años sin que tomara yo decisión alguna tocante a las
dificultades de que suelen disputar los doctos, y sin haber comenzado a buscar los cimientos de una
filosofía más cierta que la vulgar. Y el ejemplo de varios excelentes ingenios que han intentado
hacerlo, sin, a mi parecer, conseguirlo, me llevaba a imaginar en ello tanta dificultad, que no me
hubiera atrevido quizá a emprenderlo tan presto, si no hubiera visto que algunos propalaban el
rumor de que lo había llevado a cabo. No me es posible decir qué fundamentos tendrían para emitir
tal opinión, y si en algo he contribuido a ella, por mis dichos, debe de haber sido por haber
confesado mi ignorancia, con más candor que suelen hacerlo los que han estudiado un poco, y
acaso también por haber dado a conocer las razones que tenía para dudar de muchas cosas, que los
demás consideran ciertas, mas no porque me haya preciado de poseer doctrina alguna. Pero como
tengo el corazón bastante bien puesto para no querer que me tomen por otro distinto del que soy,
pensé que era preciso procurar por todos los medios hacerme digno de la reputación que me daban;
y hace ocho años precisamente, ese deseo me decidió a alejarme de todos los lugares en donde
podía tener algunos conocimientos y retirarme aquí25, en un país en donde la larga duración de la
guerra ha sido causa de que se establezcan tales órdenes, que los ejércitos que se mantienen parecen
no servir sino para que los hombres gocen de los frutos de la paz con tanta mayor seguridad, y en
donde, en medio de la multitud de un gran pueblo muy activo, más atento a sus propios negocios
que curioso de los ajenos, he podido, sin carecer de ninguna de las comodidades que hay en otras
más frecuentadas ciudades, vivir tan solitario y retirado como en el más lejano desierto.

24

Refiérese a los ensayos científicos: Dióptrica, Meteoros y Geometría, que se publicaron en el mismo tomo que
este discurso.
25
En Holanda.

16

DISCURSO DEL METODO
René Descartes

CUARTA PARTE

No sé si debo hablaros de las primeras meditaciones que hice allí, pues son tan metafísicas y
tan fuera de lo común, que quizá no gusten a todo el mundo26 . Sin embargo, para que se pueda
apreciar si los fundamentos que he tomado son bastante firmes, me veo en cierta manera obligado a
decir algo de esas reflexiones. Tiempo ha que había advertido que, en lo tocante a las costumbres,
es a veces necesario seguir opiniones que sabemos muy inciertas, como si fueran indudables, y esto
se ha dicho ya en la parte anterior; pero, deseando yo en esta ocasión ocuparme tan sólo de indagar
la verdad, pensé que debía hacer lo contrario y rechazar como absolutamente falso todo aquello en
que pudiera imaginar la menor duda, con el fin de ver si, después de hecho esto, no quedaría en mi
creencia algo que fuera enteramente indudable. Así, puesto que los sentidos nos engañan, a las
veces, quise suponer que no hay cosa alguna que sea tal y como ellos nos la presentan en la
imaginación; y puesto que hay hombres que yerran al razonar, aun acerca de los más simples
asuntos de geometría, y cometen paralogismos, juzgué que yo estaba tan expuesto al error como
otro cualquiera, y rechacé como falsas todas las razones que anteriormente había tenido por
demostrativas; y, en fin, considerando que todos los pensamientos que nos vienen estando
despiertos pueden también ocurrírsenos durante el sueño, sin que ninguno entonces sea verdadero,
resolví fingir que todas las cosas, que hasta entonces habían entrado en mi espíritu, no eran más
verdaderas que las ilusiones de mis sueños. Pero advertí luego que, queriendo yo pensar, de esa
suerte, que todo es falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y observando que
esta verdad: «yo pienso, luego soy», era tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones
de los escépticos no son capaces de conmoverla, juzgué que podía recibirla sin escrúpulo, como el
primer principio de la filosofía que andaba buscando.
Examiné después atentamente lo que yo era, y viendo que podía fingir que no tenía cuerpo
alguno y que no había mundo ni lugar alguno en el que yo me encontrase, pero que no podía fingir
por ello que yo no fuese, sino al contrario, por lo mismo que pensaba en dudar de la verdad de las
otras cosas, se seguía muy cierta y evidentemente que yo era, mientras que, con sólo dejar de
pensar, aunque todo lo demás que había imaginado fuese verdad, no tenía ya razón alguna para
creer que yo era, conocí por ello que yo era una sustancia cuya esencia y naturaleza toda es pensar,
y que no necesita, para ser, de lugar alguno, ni depende de cosa alguna material; de suerte que este
yo, es decir, el alma, por la cual yo soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo y hasta más
fácil de conocer que éste y, aunque el cuerpo no fuese, el alma no dejaría de ser cuanto es.
Después de esto, consideré, en general, lo que se requiere en una proposición para que sea
verdadera y cierta; pues ya que acababa de hallar una que sabía que lo era, pensé que debía saber
también en qué consiste esa certeza. Y habiendo notado que en la proposición: «yo pienso, luego
soy», no hay nada que me asegure que digo verdad, sino que veo muy claramente que para pensar
es preciso ser, juzgué que podía admitir esta regla general: que las cosas que concebimos muy clara
y distintamente son todas verdaderas; pero que sólo hay alguna dificultad en notar cuáles son las
que concebimos distintamente.

26

La metafísica de Descartes está expuesta en las Meditaciones metafísicas.

17

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Después de lo cual, hube de reflexionar que, puesto que yo dudaba, no era mi ser enteramente
perfecto, pues veía claramente que hay más perfección en conocer que en dudar; y se me ocurrió
entonces indagar por dónde había yo aprendido a pensar en algo más perfecto que yo; y conocí
evidentemente que debía de ser por alguna naturaleza que fuese efectivamente más perfecta. En lo
que se refiere a los pensamientos, que en mí estaban, de varias cosas exteriores a mí, como son el
cielo, la tierra, la luz, el calor y otros muchos, no me preocupaba mucho el saber de dónde
procedían, porque, no viendo en esas cosas nada que me pareciese hacerlas superiores a mí, podía
creer que, si eran verdaderas, eran unas dependencias de mi naturaleza, en cuanto que ésta posee
alguna perfección, y si no lo eran, procedían de la nada, es decir, estaban en mí, porque hay en mí
algún defecto. Pero no podía suceder otro tanto con la idea de un ser más perfecto que mi ser; pues
era cosa manifiestamente imposible que la tal idea procediese de la nada; y como no hay menor
repugnancia en pensar que lo más perfecto sea consecuencia y dependencia de lo menos perfecto,
que en pensar que de nada provenga algo, no podía tampoco proceder de mí mismo; de suerte que
sólo quedaba que hubiese sido puesta en mí por una naturaleza verdaderamente más perfecta que
yo soy, y poseedora inclusive de todas las perfecciones de que yo pudiera tener idea; esto es, para
explicarlo en una palabra, por Dios. A esto añadí que, supuesto que yo conocía algunas
perfecciones que me faltaban, no era yo el único ser que existiese (aquí, si lo permitís, haré uso
libremente de los términos de la escuela), sino que era absolutamente necesario que hubiese algún
otro ser más perfecto de quien yo dependiese y de quien hubiese adquirido todo cuanto yo poseía;
pues si yo fuera solo e independiente de cualquier otro ser, de tal suerte que de mí mismo
procediese lo poco en que participaba del ser perfecto, hubiera podido tener por mí mismo también,
por idéntica razón, todo lo demás que yo sabía faltarme, y ser, por lo tanto, yo infinito, eterno,
inmutable, omnisciente, omnipotente, y, en fin, poseer todas las perfecciones que podía advertir en
Dios. Pues, en virtud de los razonamientos que acabo de hacer, para conocer la naturaleza de Dios
hasta donde la mía es capaz de conocerla, bastábame considerar todas las cosas de que hallara en
mí mismo alguna idea y ver si era o no perfección el poseerlas; y estaba seguro de que ninguna de
las que indicaban alguna imperfección está en Dios, pero todas las demás sí están en él; así veía que
la duda, la inconstancia, la tristeza y otras cosas semejantes no pueden estar en Dios, puesto que
mucho me holgara yo de verme libre de ellas. Además, tenía yo ideas de varias cosas sensibles y
corporales; pues aun suponiendo que soñaba y que todo cuanto veía e imaginaba era falso, no podía
negar, sin embargo, que esas ideas estuvieran verdaderamente en mi pensamiento. Mas habiendo ya
conocido en mí muy claramente que la naturaleza inteligente es distinta de la corporal, y
considerando que toda composición denota dependencia, y que la dependencia es manifiestamente
un defecto, juzgaba por ello que no podía ser una perfección en Dios el componerse de esas dos
naturalezas, y que, por consiguiente, Dios no era compuesto; en cambio, si en el mundo había
cuerpos, o bien algunas inteligencias u otras naturalezas que no fuesen del todo perfectas, su ser
debía depender del poder divino, hasta el punto de no poder subsistir sin él un solo instante.
Quise indagar luego otras verdades; y habiéndome propuesto el objeto de los geómetras, que
concebía yo como un cuerpo continuo o un espacio infinitamente extenso en longitud, anchura y
altura o profundidad, divisible en varias partes que pueden tener varias figuras y magnitudes y ser
movidas o trasladadas en todos los sentidos, pues los geómetras suponen todo eso en su objeto,
repasé algunas de sus más simples demostraciones, y habiendo advertido que esa gran certeza que
todo el mundo atribuye a estas demostraciones, se funda tan sólo en que se conciben con evidencia,
según la regla antes dicha, advertí también que no había nada en ellas que me asegurase de la
existencia de su objeto; pues, por ejemplo, yo veía bien que, si suponemos un triángulo, es
necesario que los tres ángulos sean iguales a dos rectos; pero nada veía que me asegurase que en el

18

DISCURSO DEL METODO
René Descartes

mundo hay triángulo alguno; en cambio, si volvía a examinar la idea que yo tenía de un ser
perfecto, encontraba que la existencia está comprendida en ella del mismo modo que en la idea de
un triángulo está comprendido el que sus tres ángulos sean iguales a dos rectos o, en la de una
esfera, el que todas sus partes sean igualmente distantes del centro, y hasta con más evidencia aún;
y que, por consiguiente, tan cierto es por lo menos, que Dios, que es ese ser perfecto, es o existe,
como lo pueda ser una demostración de geometría.
Pero si hay algunos que están persuadidos de que es difícil conocer lo que sea Dios, y aun lo
que sea el alma, es porque no levantan nunca su espíritu por encima de las cosas sensibles y están
tan acostumbrados a considerarlo todo con la imaginación -que es un modo de pensar particular
para las cosas materiales-, que lo que no es imaginable les parece ininteligible. Lo cual está
bastante manifiesto en la máxima que los mismos filósofos admiten como verdadera en las
escuelas, y que dice que nada hay en el entendimiento que no haya estado antes en el sentido27 , en
donde, sin embargo, es cierto que nunca han estado las ideas de Dios y del alma; y me parece que
los que quieren hacer uso de su imaginación para comprender esas ideas, son como los que para oír
los sonidos u oler los olores quisieran emplear los ojos; y aun hay esta diferencia entre aquéllos y
éstos: que el sentido de la vista no nos asegura menos de la verdad de sus objetos que el olfato y el
oído de los suyos, mientras que ni la imaginación ni los sentidos pueden asegurarnos nunca cosa
alguna, como no intervenga el entendimiento.
En fin, si aun hay hombres a quienes las razones que he presentado no han convencido
bastante de la existencia de Dios y del alma, quiero que sepan que todas las demás cosas que acaso
crean más seguras, como son que tienen un cuerpo, que hay astros, y una tierra, y otras semejantes,
son, sin embargo, menos ciertas; pues, si bien tenemos una seguridad moral de esas cosas, tan
grande que parece que, a menos de ser un extravagante, no puede nadie ponerlas en duda, sin
embargo, cuando se trata de una certidumbre metafísica, no se puede negar, a no ser perdiendo la
razón, que no sea bastante motivo, para no estar totalmente seguro, el haber notado que podemos de
la misma manera imaginar en sueños que tenemos otro cuerpo y que vemos otros astros y otra
tierra, sin que ello sea así. Pues ¿cómo sabremos que los pensamientos que se nos ocurren durante
el sueño son falsos, y que no lo son los que tenemos despiertos, si muchas veces sucede que
aquéllos no son menos vivos y expresos que éstos? Y por mucho que estudien los mejores ingenios,
no creo que puedan dar ninguna razón bastante a levantar esa duda, como no presupongan la
existencia de Dios. Pues, en primer lugar, esa misma regla que antes he tomado, a saber: que las
cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas; esa misma regla recibe su
certeza sólo de que Dios es o existe, y de que es un ser perfecto, y de que todo lo que está en
nosotros proviene de él; de donde se sigue que, siendo nuestras ideas o nociones, cuando son claras
y distintas, cosas reales y procedentes de Dios, no pueden por menos de ser también, en ese
respecto, verdaderas. De suerte que si tenemos con bastante frecuencia ideas que encierran
falsedad, es porque hay en ellas algo confuso y oscuro, y en este respecto participan de la nada; es
decir, que si están así confusas en nosotros, es porque no somos totalmente perfectos. Y es evidente
que no hay menos repugnancia en admitir que la falsedad o imperfección proceda como tal de Dios
mismo, que en admitir que la verdad o la perfección procede de la nada. Mas si no supiéramos que
todo cuanto en nosotros es real y verdadero proviene de un ser perfecto e infinito, entonces, por
claras y distintas que nuestras ideas fuesen, no habría razón alguna que nos asegurase que tienen la
perfección de ser verdaderas.
27

Nihil est in intellectu, quod non prius fuerit in sensu.

19

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Así, pues, habiéndonos el conocimiento de Dios y del alma testimoniado la certeza de esa
regla, resulta bien fácil conocer que los ensueños, que imaginamos dormidos, no deben, en manera
alguna, hacernos dudar de la verdad de los pensamientos que tenemos despiertos. Pues si ocurriese
que en sueño tuviera una persona una idea muy clara y distinta, como por ejemplo, que inventase
un geómetra una demostración nueva, no sería ello motivo para impedirle ser verdadera; y en
cuanto al error más corriente en muchos sueños, que consiste en representarnos varios objetos del
mismo modo como nos los representan los sentidos exteriores, no debe importarnos que nos dé
ocasión de desconfiar de la verdad de esas tales ideas, porque también pueden los sentidos
engañarnos con frecuencia durante la vigilia, como los que tienen ictericia lo ven todo amarillo, o
como los astros y otros cuerpos muy lejanos nos parecen mucho más pequeños de lo que son. Pues,
en último término, despiertos o dormidos, no debemos dejarnos persuadir nunca sino por la
evidencia de la razón. Y nótese bien que digo de la razón, no de la imaginación ni de los sentidos;
como asimismo, porque veamos el sol muy claramente, no debemos por ello juzgar que sea del
tamaño que le vemos; y muy bien podemos imaginar distintamente una cabeza de león pegada al
cuerpo de una cabra, sin que por eso haya que concluir que en el mundo existe la quimera, pues la
razón no nos dice que lo que así vemos o imaginamos sea verdadero; pero nos dice que todas
nuestras ideas o nociones deben tener algún fundamento de verdad; pues no fuera posible que Dios,
que es todo perfecto y verdadero, las pusiera sin eso en nosotros; y puesto que nuestros
razonamientos nunca son tan evidentes y tan enteros cuando soñamos que cuando estamos
despiertos, si bien a veces nuestras imaginaciones son tan vivas y expresivas y hasta más en el
sueño que en la vigilia, por eso nos dice la razón, que, no pudiendo ser verdaderos todos nuestros
pensamientos, porque no somos totalmente perfectos, deberá infaliblemente hallarse la verdad más
bien en los que pensemos estando despiertos, que en los que tengamos estando dormidos.

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DISCURSO DEL METODO
René Descartes

QUINTA PARTE

Mucho me agradaría proseguir y exponer aquí el encadenamiento de las otras verdades que
deduje de esas primeras; pero, como para ello sería necesario que hablase ahora de varias
cuestiones que controvierten los doctos 28 , con quienes no deseo indisponerme, creo que mejor será
que me abstenga y me limite a decir en general cuáles son, para dejar que otros más sabios juzguen
si sería útil o no que el público recibiese más amplia y detenida información. Siempre he
permanecido firme en la resolución que tomé de no suponer ningún otro principio que el que me ha
servido para demostrar la existencia de Dios y del alma, y de no recibir cosa alguna por verdadera,
que no me pareciese más clara y más cierta que las demostraciones de los geómetras; y, sin
embargo, me atrevo a decir que no sólo he encontrado la manera de satisfacerme en poco tiempo,
en punto a las principales dificultades que suelen tratarse en la filosofía, sino que también he
notado ciertas leyes que Dios ha establecido en la naturaleza y cuyas nociones ha impreso en
nuestras almas de tal suerte, que si reflexionamos sobre ellas con bastante detenimiento, no
podremos dudar de que se cumplen exactamente en todo cuanto hay o se hace en el mundo.
Considerando luego la serie de esas leyes, me parece que he descubierto varias verdades más útiles
y más importantes que todo lo que anteriormente había aprendido o incluso esperado aprender.
Mas habiendo procurado explicar las principales de entre ellas en un tratado que, por algunas
consideraciones, no puedo publicar, lo mejor será, para darlas a conocer, que diga aquí
sumariamente lo que ese tratado contiene. Propúseme poner en él todo cuando yo creía saber, antes
de escribirlo, acerca de la naturaleza de las cosas materiales. Pero así como los pintores, no
pudiendo representar igualmente bien, en un cuadro liso, todas las diferentes caras de un objeto
sólido, eligen una de las principales, que vuelven hacia la luz, y representan las demás en la
sombra, es decir, tales como pueden verse cuando se mira a la principal, así también, temiendo yo
no poder poner en mi discurso todo lo que había en mi pensamiento, hube de limitarme a explicar
muy ampliamente mi concepción de la luz; luego, con esta ocasión, añadí algo acerca del sol y de
las estrellas fijas, porque casi toda la luz viene de esos cuerpos; de los cielos, que la transmiten; de
los planetas, de los cometas y de la tierra, que al reflejan; y en particular, de todos los cuerpos que
hay sobre la tierra, que son o coloreados, o transparentes o luminosos; y, por último, del hombre,
que es el espectador. Y para dar un poco de sombra a todas esas cosas y poder declarar con más
libertad mis juicios, sin la obligación de seguir o de refutar las opiniones recibidas entre los doctos,
resolví abandonar este mundo nuestro a sus disputas y hablar sólo de lo que ocurriría en otro
mundo nuevo, si Dios crease ahora en los espacios imaginarios bastante materia para componerlo y,
agitando diversamente y sin orden las varias partes de esa materia, fórmase un caos tan confuso
como puedan fingirlo los poetas, sin hacer luego otra cosa que prestar su ordinario concurso a la
naturaleza, dejándola obrar, según las leyes por él establecidas. Así, primeramente describí esa
materia y traté de representarla, de tal suerte que no hay, a mi parecer, nada más claro e
inteligible29 , excepto lo que antes hemos dicho de Dios y del alma; pues hasta supuse expresamente
que no hay en ella ninguna de esas formas o cualidades de que disputan las escuelas30 , ni en general
28

Alusión a la condena de Galileo.
La materia es extensión únicamente.
30
Entidades que se añaden a la materia para determinarla cualitativamente.
29

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ninguna otra cosa cuyo conocimiento no sea tan natural a nuestras almas, que no se pueda ni
siquiera fingir que se ignora. Hice ver, además, cuales eran las leyes de la naturaleza; y sin fundar
mis razones en ningún otro principio que las infinitas perfecciones de Dios, traté de demostrar todas
aquéllas sobre las que pudiera haber alguna duda, y procuré probar que son tales que, aun cuando
Dios hubiese creado varios mundos, no podría haber uno en donde no se observaran
cumplidamente. Después de esto, mostré cómo la mayor parte de la materia de ese caos debía, a
consecuencia de esas leyes, disponerse y arreglarse de cierta manera que la hacía semejante a
nuestros cielos; cómo, entretanto, algunas de sus partes habían de componer una tierra, y algunas
otras, planetas y cometas, y algunas otras, un sol y estrellas fijas. Y aquí, extendiéndome sobre el
tema de la luz, expliqué por lo menudo cuál era la que debía haber en el sol y en las estrellas y
cómo desde allí atravesaba en un instante los espacios inmensos de los cielos y cómo se reflejaba
desde los planetas y los cometas hacia la tierra. Añadí también algunas cosas acerca de la sustancia,
la situación, los movimientos y todas las varias cualidades de esos cielos y esos astros, de suerte
que pensaba haber dicho lo bastante para que se conociera que nada se observa, en los de este
mundo, que no deba o, al menos, no pueda parecer en un todo semejante a los de ese otro mundo
que yo describía. De ahí pasé a hablar particularmente de la tierra; expliqué cómo, aun habiendo
supuesto expresamente que el Creador no dio ningún peso a la materia, de que está compuesta, no
por eso dejaban todas sus partes de dirigirse exactamente hacia su centro; cómo, habiendo agua y
aire en su superficie, la disposición de los cielos y de los astros, principalmente de la luna, debía
causar un flujo y reflujo semejante en todas sus circunstancias al que se observa en nuestros mares,
y además una cierta corriente, tanto del agua como del aire, que va de Levante a Poniente, como la
que se observa también entre los trópicos; cómo las montañas, los mares, las fuentes y los ríos
podían formarse naturalmente, y los metales producirse en las minas, y las plantas crecer en los
campos, y, en general, engendrarse todos esos cuerpos llamados mezclas o compuestos. Y entre
otras cosas, no conociendo yo, después de los astros, nada en el mundo que produzca luz, sino el
fuego, me esforcé por dar claramente a entender cuanto a la naturaleza de éste pertenece, cómo se
produce, cómo se alimenta, cómo a veces da calor sin luz y otras luz sin calor; cómo puede prestar
varios colores a varios cuerpos y varias otras cualidades; cómo funde unos y endurece otros; cómo
puede consumirlos casi todos o convertirlos en cenizas y humo; y, por último, cómo de esas
cenizas, por sólo la violencia de su acción, forma vidrio; pues esta transmutación de las cenizas en
vidrio, pareciéndome tan admirable como ninguna otra de las que ocurren en la naturaleza, tuve
especial agrado en describirla.
Sin embargo, de todas esas cosas no quería yo inferir que este mundo nuestro haya sido creado
de la manera que yo explicaba, porque es mucho más verosímil que, desde el comienzo, Dios lo
puso tal y como debía ser. Pero es cierto -y esta opinión es comúnmente admitida entre los
teólogos- que la acción por la cual Dios lo conserva es la misma que la acción por la cual lo ha
creado31; de suerte que, aun cuando no le hubiese dado en un principio otra forma que la del caos,
con haber establecido las leyes de la naturaleza y haberle prestado su concurso para obrar como ella
acostumbra, puede creerse, sin menoscabo del milagro de la creación, que todas las cosas, que son
puramente materiales, habrían podido, con el tiempo, llegar a ser como ahora las vemos; y su
naturaleza es mucho más fácil de concebir cuando se ven nacer poco a poco de esa manera, que
cuando se consideran ya hechas del todo.

31

Teoría de la creación continua.

22

DISCURSO DEL METODO
René Descartes

De la descripción de los cuerpos inanimados y de las plantas, pasé a la de los animales y
particularmente a la de los hombres. Mas no teniendo aún bastante conocimiento para hablar de
ellos con el mismo estilo que de los demás seres, es decir, demostrando los efectos por las causas y
haciendo ver de qué semillas y en qué manera debe producirlos la naturaleza, me limité a suponer
que Dios formó el cuerpo de un hombre enteramente igual a uno de los nuestros, tanto en la figura
exterior de sus miembros como en la interior conformación de sus órganos, sin componerlo de otra
materia que la que yo había descrito anteriormente y sin darle al principio alma alguna razonable,
ni otra cosa que sirviera de alma vegetativa o sensitiva, sino excitando en su corazón uno de esos
fuegos sin luz, ya explicados por mí y que yo concebía de igual naturaleza que el que calienta el
heno encerrado antes de estar seco o el que hace que los vinos nuevos hiervan cuando se dejan
fermentar con su hollejo; pues examinando las funciones que, a consecuencia de ello, podía haber
en ese cuerpo, hallaba que eran exactamente las mismas que pueden realizarse en nosotros, sin que
pensemos en ellas y, por consiguiente, sin que contribuya en nada nuestra alma, es decir, esa parte
distinta del cuerpo, de la que se ha dicho anteriormente que su naturaleza es sólo pensar32 ; y siendo
esas funciones las mismas todas, puede decirse que los animales desprovistos de razón son
semejantes a nosotros; pero en cambio no se puede encontrar en ese cuerpo ninguna de las que
dependen del pensamiento que son, por tanto, las únicas que nos pertenecen en cuanto hombres;
pero ésas las encontraba yo luego, suponiendo que Dios creó un alma razonable y la añadió al
cuerpo, de cierta manera que yo describía.
Pero para que pueda verse el modo como estaba tratada esta materia, voy a poner aquí la
explicación del movimiento del corazón y de las arterias que, siendo el primero y más general que
se observa en los animales, servirá para que se juzgue luego fácilmente lo que deba pensarse de
todos los demás. Y para que sea más fácil de comprender lo que voy a decir, desearía que los que
no están versados en anatomía, se tomen el trabajo, antes de leer esto, de mandar cortar en su
presencia el corazón de algún animal grande, que tenga pulmones, pues en un todo se parece
bastante al del hombre, y que vean las dos cámaras o concavidades que hay en él; primero, la que
está en el lado derecho, a la que van a parar dos tubos muy anchos, a saber: la vena cava, que es el
principal receptáculo de la sangre y como el tronco del árbol, cuyas ramas son las demás venas del
cuerpo, y la vena arteriosa, cuyo nombre está mal puesto, porque es, en realidad, una arteria que
sale del corazón y se divide luego en varias ramas que van a repartirse por los pulmones en todos
los sentidos; segundo, la que está en el lado izquierdo, a la que van a parar del mismo modo dos
tubos tan anchos o más que los anteriores, a saber: la arteria venosa, cuyo nombre está también mal
puesto, porque no es sino una vena que viene de los pulmones, en donde está dividida en varias
ramas entremezcladas con las de la vena arteriosa y con las del conducto llamado caño del pulmón,
por donde entra el aire de la respiración; y la gran arteria, que sale del corazón y distribuye sus
ramas por todo el cuerpo. También quisiera yo que vieran con mucho cuidado los once pellejillos
que, como otras tantas puertecitas, abren y cierran los cuatro orificios que hay en esas dos
concavidades, a saber: tres a la entrada de la vena cava, en donde están tan bien dispuestos que no
pueden en manera alguna impedir que la sangre entre en la concavidad derecha del corazón y, sin
embargo, impiden muy exactamente que pueda salir; tres a la entrada de la vena arteriosa, los
cuales están dispuestos en modo contrario y permiten que la sangre que hay en esta concavidad
pase a los pulmones, pero no que la que está en los pulmones vuelva a entrar en esa concavidad;
dos a la entrada de la arteria venosa, los cuales dejan correr la sangre desde los pulmones hasta la
32

Todos los fenómenos vitales que no sean de pensamiento, pueden explicarse mecánicamente, según Descartes.
Véase más adelante su teoría de los animales máquinas.

23

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concavidad izquierda del corazón, pero se oponen a que vaya en sentido contrario; y tres a la
entrada de la gran arteria, que permiten que la sangre salga del corazón, pero le impiden que vuelva
a entrar. Y del número de estos pellejos no hay que buscar otra razón sino que el orificio de la
arteria venosa, siendo ovalado, a causa del sitio en donde se halla, puede cerrarse cómodamente con
dos, mientras que los otros, siendo circulares, pueden cerrarse mejor con tres. Quisiera yo, además,
que considerasen que la gran arteria y la vena arteriosa están hechas de una composición mucho
más dura y más firme que la arteria venosa y la vena cava, y que estas dos últimas se ensanchan
antes de entrar en el corazón, formando como dos bolsas, llamadas orejas del corazón, compuestas
de una carne semejante a la de éste; y que siempre hay más calor en el corazón que en ningún otro
sitio del cuerpo; y, por último, que este calor es capaz de hacer que si entran algunas gotas de
sangre en sus concavidades, se inflen muy luego y se dilaten, como ocurre generalmente a todos los
líquidos, cuando caen gota a gota en algún vaso muy caldeado.
Dicho esto, basta añadir, para explicar el movimiento del corazón, que cuando las
concavidades no están llenas de sangre, entra necesariamente sangre de la vena cava en la de la
derecha, y de la arteria venosa en la de la izquierda, tanto más cuanto que estos dos vasos están
siempre llenos, y sus orificios, que miran hacia el corazón, no pueden por entonces estar tapados;
pero tan pronto como de ese modo han entrado dos gotas de sangre, una en cada concavidad, estas
gotas, que por fuerza son muy gruesas, porque los orificios por donde entran son muy anchos y los
vasos de donde vienen están muy llenos de sangre, se expanden y dilatan a causa del calor en que
caen; por donde sucede que hinchan todo el corazón y empujan y cierran las cinco puertecillas que
están a la entrada de los dos vasos de donde vienen, impidiendo que baje más sangre al corazón; y
continúan dilatándose cada vez más, con lo que empujan y abren las otras seis puertecillas, que
están a la entrada de los otros dos vasos, por los cuales salen entonces, produciendo así una
hinchazón en todas las ramas de la vena arteriosa y de la gran arteria, casi al mismo tiempo que en
el corazón; éste se desinfla muy luego, como asimismo sus arterias, porque la sangre que ha entrado
en ellas se enfría; y las seis puertecillas vuelven a cerrarse, y las cinco de la vena cava y de la
arteria venosa vuelven a abrirse, dando paso a otras dos gotas de sangre, que, a su vez, hinchan el
corazón y las arterias como anteriormente. Y porque la sangre, antes de entrar en el corazón, pasa
por esas dos bolsas, llamadas orejas, de ahí viene que el movimiento de éstas sea contrario al de
aquél, y que éstas se desinflen cuando aquél se infla. Por lo demás, para que los que no conocen la
fuerza de las demostraciones matemáticas y no tienen costumbre de distinguir las razones
verdaderas de las verosímiles, no se aventuren a negar esto que digo, sin examinarlo, he de
advertirles que el movimiento que acabo de explicar se sigue necesariamente de la sola disposición
de los órganos que están a la vista en el corazón y del calor que, con los dedos, puede sentirse en
esta víscera y de la naturaleza de la sangre que, por experiencia, puede conocerse, como el
movimiento de un reloj se sigue de la fuerza, de la situación y de la figura de sus contrapesos y de
sus ruedas.
Pero si se pregunta cómo la sangre de las venas no se acaba, al entrar así continuamente en el
corazón, y cómo las arterias no se llenan demasiadamente, puesto que toda la que pasa por el
corazón viene a ellas, no necesito contestar otra cosa que lo que ya ha escrito un médico de
Inglaterra33 , a quien hay que reconocer el mérito de haber abierto brecha en este punto y de ser el
primero que ha enseñado que hay en las extremidades de las arterias varios pequeños corredores,
por donde la sangre que llega del corazón pasa a las ramillas extremas de las venas y de aquí vuelve
33

Harvey había descubierto la circulación de la sangre en 1629.

24

DISCURSO DEL METODO
René Descartes

luego al corazón; de suerte que el curso de la sangre es una circulación perpetua. Y esto lo prueba
muy bien por medio de la experiencia ordinaria de los cirujanos, quienes, habiendo atado el brazo
con mediana fuerza por encima del sitio en donde abren la vena, hacen que la sangre salga más
abundante que si no hubiesen atado el brazo; y ocurriría todo lo contrario si lo ataran más abajo,
entre la mano y la herida, o si lo ataran con mucha fuerza por encima. Porque es claro que la
atadura hecha con mediana fuerza puede impedir que la sangre que hay en el brazo vuelva al
corazón por las venas, pero no que acuda nueva sangre por las arterias, porque éstas van por debajo
de las venas, y siendo sus pellejos más duros, son menos fáciles de oprimir; y también porque la
sangre que viene del corazón tiende con más fuerza a pasar por las arterias hacia la mano, que no a
volver de la mano hacia el corazón por las venas; y puesto que la sangre sale del brazo, por el corte
que se ha hecho en una de las venas, es necesario que haya algunos pasos por la parte debajo de la
atadura, es decir, hacia las extremidades del brazo, por donde la sangre pueda venir de las arterias.
También prueba muy satisfactoriamente lo que dice del curso de la sangre, por la existencia de
ciertos pellejos que están de tal modo dispuestos en diferentes lugares, a lo largo de las venas, que
no permiten que la sangre vaya desde el centro del cuerpo a las extremidades y sí sólo que vuelva
de las extremidades al centro; y además, la experiencia demuestra que toda la sangre que hay en el
cuerpo puede salir en poco tiempo por una sola arteria que se haya cortado, aun cuando, habiéndose
atado la arteria muy cerca del corazón, se haya hecho el corte entre éste y la atadura, de tal suerte
que no haya ocasión de imaginar que la sangre vertida pueda venir de otra parte.
Pero hay otras muchas cosas que dan fe de que la verdadera causa de ese movimiento de la
sangre es la que he dicho, como son primeramente la diferencia que se nota entre la que sale de las
venas y la que sale de las arterias, diferencia que no puede venir sino de que, habiéndose rarificado
y como destilado la sangre, al pasar por el corazón, es más sutil y más viva y más caliente en
saliendo de este, es decir, estando en las arterias, que no poco antes de entrar, o sea estando en las
venas. Y si bien se mira, se verá que esa diferencia no aparece del todo sino cerca del corazón y no
tanto en los lugares más lejanos; además, la dureza del pellejo de que están hechas la vena arteriosa
y la gran arteria, es buena prueba de que la sangre las golpea con más fuerza que a las venas. Y
¿cómo explicar que la concavidad izquierda del corazón y la gran arteria sean más amplias y anchas
que la concavidad derecha y la vena arteriosa, sino porque la sangre de la arteria venosa, que antes
de pasar por el corazón no ha estado más que en los pulmones, es más sutil y se expande mejor y
más fácilmente que la que viene inmediatamente de la vena cava? ¿Y qué es lo que los médicos
pueden averiguar, al tomar el pulso, si no es que, según que la sangre cambie de naturaleza, puede
el calor del corazón distenderla con más o menos fuerza y más o menos velocidad? Y si inquirimos
cómo este calor se comunica a los demás miembros, habremos de convenir en que es por medio de
la sangre, que, al pasar por el corazón, se calienta y se reparte luego por todo el cuerpo, de donde
sucede que, si quitamos sangre de una parte, quitámosle asimismo el calor; y aun cuando el corazón
estuviese ardiendo, como un hierro candente, no bastaría a calentar los pies y las manos, como lo
hace, si no les enviase de continuo sangre nueva. También por esto se conoce que el uso verdadero
de la respiración es introducir en el pulmón aire fresco bastante a conseguir que la sangre, que
viene de la concavidad derecha del corazón, en donde ha sido dilatada y como cambiada en
vapores, se espese y se convierta de nuevo en sangre, antes de volver a la concavidad izquierda, sin
lo cual no pudiera ser apta a servir de alimento al fuego que hay en la dicha concavidad; y una
confirmación de esto es que vemos que los animales que no tienen pulmones, poseen una sola
concavidad en el corazón, y que los niños que estando en el seno materno no pueden usar de los
pulmones, tienen un orificio por donde pasa sangre de la vena cava a la concavidad izquierda del
corazón, y un conducto por donde va de la vena arteriosa a la gran arteria, sin pasar por el pulmón.

25

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Además, ¿cómo podría hacerse la cocción de los alimentos en el estómago, si el corazón no enviase
calor a esta víscera por medio de las arterias, añadiéndole algunas de las más suaves partes de la
sangre, que ayudan a disolver las viandas? Y la acción que convierte en sangre el jugo de esas
viandas, ¿no es fácil de conocer, si se considera que, al pasar una y otra vez por el corazón, se
destila quizá más de cien o doscientas veces cada día? Y para explicar la nutrición y la producción
de los varios humores que hay en el cuerpo, ¿qué necesidad hay de otra cosa, sino decir que la
fuerza con que la sangre, al dilatarse, pasa del corazón a las extremidades de las arterias, es causa
de que algunas de sus partes se detienen entre las partes de los miembros en donde se hallan,
tomando el lugar de otras que expulsan, y que, según la situación o la figura o la pequeñez de los
poros que encuentran, van unas a alojarse en ciertos lugares y otras en ciertos otros, del mismo
modo como hacen las cribas que, por estar agujereadas de diferente modo, sirven para separar unos
de otros los granos de varios tamaños. Y, por último, lo que hay de más notable en todo esto, es la
generación de los espíritus animales, que son como un sutilísimo viento, o más bien como una
purísima y vivísima llama, la cual asciende de continuo muy abundante desde el corazón al cerebro
y se corre luego por los nervios a los músculos y pone en movimiento todos los miembros; y para
explicar cómo las partes de la sangre más agitadas y penetrantes van hacia el cerebro, más bien que
a otro lugar cualquiera, no es necesario imaginar otra causa sino que las arterias que las conducen
son las que salen del corazón en línea más recta, y, según las reglas mecánicas, que son las mismas
que las de la naturaleza, cuando varias cosas tienden juntas a moverse hacia un mismo lado, sin que
haya espacio bastante para recibirlas todas, como ocurre a las partes de la sangre que salen de la
concavidad izquierda del corazón y tienden todas hacia el cerebro, las más fuertes deben dar de
lado a las más endebles y menos agitadas y, por lo tanto, ser las únicas que lleguen34 .
Había yo explicado, con bastante detenimiento, todas estas cosas en el tratado que tuve el
propósito de publicar. Y después había mostrado cuál debe ser la fábrica35 de los nervios y de los
músculos del cuerpo humano, para conseguir que los espíritus animales, estando dentro, tengan
fuerza bastante a mover los miembros, como vemos que las cabezas, poco después de cortadas, aun
se mueven y muerden la tierra, sin embargo de que ya no están animadas; cuáles cambios deben
verificarse en el cerebro para causar la vigilia, el sueño y los ensueños; cómo la luz, los sonidos, los
olores, los sabores, el calor y demás cualidades de los objetos exteriores pueden imprimir en el
cerebro varias ideas, por medio de los sentidos; cómo también pueden enviar allí las suyas el
hambre, la sed y otras pasiones interiores; qué deba entenderse por el sentido común, en el cual son
recibidas esas ideas; qué por la memoria, que las conserva y qué por la fantasía, que puede
cambiarlas diversamente y componer otras nuevas y también puede, por idéntica manera, distribuir
los espíritus animales en los músculos y poner en movimiento los miembros del cuerpo,
acomodándolos a los objetos que se presentan a los sentidos y a las pasiones interiores, en tantos
varios modos cuantos movimientos puede hacer nuestro cuerpo sin que la voluntad los guíe 40 ; lo
cual no parecerá de ninguna manera extraño a los que, sabiendo cuántos autómatas o máquinas
semovientes puede construir la industria humana, sin emplear sino poquísimas piezas, en
comparación de la gran muchedumbre de huesos, músculos, nervios, arterias, venas y demás partes
que hay en el cuerpo de un animal, consideren este cuerpo como una máquina que, por ser hecha de
34

La segunda ley del movimiento, descubierta por Descartes, es que cada parte de la materia tiende a proseguir su
movimiento en línea recta, por la tangente a la curva que recorría el móvil. Así pues, para explicar un movimiento en
línea curva, y, en general, para explicar toda desviación de la línea recta, han de intervenir otras causas que alteren la
primera impulsión.
35
Fábrica vale tanto como organización mecánica.

26

DISCURSO DEL METODO
René Descartes

manos de Dios, está incomparablemente mejor ordenada y posee movimientos más admirables que
ninguna otra de las que puedan inventar los hombres. Y aquí me extendí particularmente, haciendo
ver que si hubiese máquinas tales que tuviesen los órganos y figura exterior de un mono o de otro
cualquiera animal, desprovisto de razón, no habría medio alguno que nos permitiera conocer que no
son en todo de igual naturaleza que esos animales; mientras que si las hubiera que semejasen a
nuestros cuerpos e imitasen nuestras acciones, cuanto fuere moralmente posible, siempre
tendríamos dos medios muy ciertos para reconocer que no por eso son hombres verdaderos; y es el
primero, que nunca podrían hacer uso de palabras ni otros signos, componiéndolos, como hacemos
nosotros, para declarar nuestros pensamientos a los demás, pues si bien se puede concebir que una
máquina esté de tal modo hecha, que profiera palabras, y hasta que las profiera a propósito de
acciones corporales que causen alguna alteración en sus órganos, como, verbi gratia, si se la toca
en una parte, que pregunte lo que se quiere decirle, y si en otra, que grite que se le hace daño, y
otras cosas por el mismo estilo, sin embargo, no se concibe que ordene en varios modos las
palabras para contestar al sentido de todo lo que en su presencia se diga, como pueden hacerlo aun
los más estúpidos de entre los hombres; y es el segundo que, aun cuando hicieran varias cosas tan
bien y acaso mejor que ninguno de nosotros, no dejarían de fallar en otras, por donde se descubriría
que no obran por conocimiento, sino sólo por la disposición de sus órganos, pues mientras que la
razón es un instrumento universal, que puede servir en todas las coyunturas, esos órganos, en
cambio, necesitan una particular disposición para cada acción particular; por donde sucede que es
moralmente imposible que haya tantas y tan varias disposiciones en una máquina, que puedan
hacerla obrar en todas las ocurrencias de la vida de la manera como la razón nos hace obrar a
nosotros. Ahora bien: por esos dos medios puede conocerse también la diferencia que hay entre los
hombres y los brutos, pues es cosa muy de notar que no hay hombre, por estúpido y embobado que
esté, sin exceptuar los locos, que no sea capaz de arreglar un conjunto de varias palabras y
componer un discurso que dé a entender sus pensamientos; y, por el contrario, no hay animal, por
perfecto y felizmente dotado que sea, que pueda hacer otro tanto. Lo cual no sucede porque a los
animales les falten órganos, pues vemos que las urracas y los loros pueden proferir, como nosotros,
palabras, y, sin embargo, no pueden, como nosotros, hablar, es decir, dar fe de que piensan lo que
dicen; en cambio los hombres que, habiendo nacido sordos y mudos, están privados de los órganos,
que a los otros sirven para hablar, suelen inventar por sí mismos unos signos, por donde se declaran
a los que, viviendo con ellos, han conseguido aprender su lengua. Y esto no sólo prueba que las
bestias tienen menos razón que los hombres, sino que no tienen ninguna; pues ya se ve que basta
muy poca para saber hablar; y supuesto que se advierten desigualdades entre los animales de una
misma especie, como entre los hombres, siendo unos más fáciles de adiestrar que otros, no es de
creer que un mono o un loro, que fuese de los más perfectos en su especie, no igualara a un niño de
los más estúpidos, o, por lo menos, a un niño cuyo cerebro estuviera turbado, si no fuera que su
alma es de naturaleza totalmente diferente de la nuestra. Y no deben confundirse las palabras con
los movimientos naturales que delatan las pasiones, los cuales pueden ser imitados por las
máquinas tan bien como por los animales, ni debe pensarse, como pensaron algunos antiguos, que
las bestias hablan, aunque nosotros no comprendemos su lengua; pues si eso fuera verdad, puesto
que poseen varios órganos parecidos a los nuestros, podrían darse a entender de nosotros como de
sus semejantes. Es también muy notable cosa que, aun cuando hay varios animales que demuestran
más industria que nosotros en algunas de sus acciones, sin embargo, vemos que esos mismos no
demuestran ninguna en muchas otras; de suerte que eso que hacen mejor que nosotros no prueba
que tengan ingenio, pues, en ese caso, tendrían más que ninguno de nosotros y harían mejor que
nosotros todas las demás cosas, sino más bien prueba que no tienen ninguno y que es la naturaleza
la que en ellos obra, por la disposición de sus órganos, como vemos que un reloj, compuesto sólo

27

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de ruedas y resortes, puede contar las horas y medir el tiempo más exactamente que nosotros con
toda nuestra prudencia.
Después de todo esto, había yo descrito el alma razonable y mostrado que en manera alguna
puede seguirse de la potencia de la materia, como las otras cosas de que he hablado, sino que ha de
ser expresamente creada; y no basta que esté alojada en el cuerpo humano, como un piloto en su
navío, a no ser acaso para mover sus miembros, sino que es necesario que esté junta y unida al
cuerpo más estrechamente, para tener sentimientos y apetitos semejantes a los nuestros y componer
así un hombre verdadero. Por lo demás, me he extendido aquí un tanto sobre el tema del alma,
porque es de los más importantes; que, después del error de los que niegan a Dios, error que pienso
haber refutado bastantemente en lo que precede, no hay nada que más aparte a los espíritus
endebles del recto camino de la virtud, que el imaginar que el alma de los animales es de la misma
naturaleza que la nuestra, y que, por consiguiente, nada hemos de temer ni esperar tras esta vida,
como nada temen ni esperan las moscas y las hormigas; mientras que si sabemos cuán diferentes
somos de los animales, entenderemos mucho mejor las razones que prueban que nuestra alma es de
naturaleza enteramente independiente del cuerpo, y, por consiguiente, que no está atenida a morir
con él; y puesto que no vemos otras causas que la destruyan, nos inclinaremos naturalmente a
juzgar que es inmortal.

28

DISCURSO DEL METODO
René Descartes

SEXTA PARTE

Hace ya tres años que llegué al término del tratado en donde están todas esas cosas, y
empezaba a revisarlo para entregarlo a la imprenta, cuando supe que unas personas a quienes
profeso deferencia y cuya autoridad no es menos poderosa sobre mis acciones que mi propia razón
sobre mis pensamientos, habían reprobado una opinión de física, publicada poco antes por otro 41 ;
no quiero decir que yo fuera de esa opinión, sino sólo que nada había notado en ella, antes de verla
así censurada, que me pareciese perjudicial ni para la religión ni para el Estado, y, por tanto, nada
que me hubiese impedido escribirla, de habérmela persuadido la razón. Esto me hizo temer no fuera
a haber alguna también entre las mías, en la que me hubiese engañado, no obstante el muy gran
cuidado que siempre he tenido de no admitir en mi creencia ninguna opinión nueva, que no esté
fundada en certísimas demostraciones, y de no escribir ninguna que pudiere venir en menoscabo de
alguien. Y esto fue bastante a mudar la resolución que había tomado de publicar aquel tratado; pues
aun cuando las razones que me empujaron a tomar antes esa resolución fueron muy fuertes, sin
embargo, mi inclinación natural, que me ha llevado siempre a odiar el oficio de hacer libros, me
proporcionó en seguida otras para excusarme. Y tales son esas razones, de una y de otra parte, que
no sólo me interesa a mí decirlas aquí, sino que acaso también interese al público conocerlas.
Nunca he atribuido gran valor a las cosas que provienen de mi espíritu; y mientras no he
recogido del método que uso otro fruto sino el hallar la solución de algunas dificultades
pertenecientes a las ciencias especulativas, o el llevar adelante el arreglo de mis costumbres, en
conformidad con las razones que ese método me enseñaba, no me he creído obligado a escribir
nada. Pues en lo tocante a las costumbres, es tanto lo que cada uno abunda en su propio sentido,
que podrían contarse tantos reformadores como hay hombres, si a todo el mundo, y no sólo a los
que Dios ha establecido soberanos de sus pueblos o a los que han recibido de él la gracia y el celo
suficientes para ser profetas, le fuera permitido dedicarse a modificarlas en algo; y en cuanto a mis
especulaciones, aunque eran muy de mi gusto, he creído que los demás tendrían otras también, que
acaso les gustaran más. Pero tan pronto como hube adquirido algunas nociones generales de la
física y comenzado a ponerlas a prueba en varias dificultades particulares, notando entonces cuán
lejos pueden llevarnos y cuán diferentes son de los principios que se han usado hasta ahora, creí
que conservarlas ocultas era grandísimo pecado, que infringía la ley que nos obliga a procurar el
bien general de todos los hombres, en cuanto ello esté en nuestro poder. Pues esas nociones me han
enseñado que es posible llegar a conocimientos muy útiles para la vida, y que, en lugar de la
filosofía especulativa, enseñada en las escuelas, es posible encontrar una práctica, por medio de la
cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros, de los cielos y
de todos los demás cuerpos, que nos rodean, tan distintamente como conocemos los oficios varios
de nuestros artesanos, podríamos aprovecharlas del mismo modo, en todos los usos a que sean
propias, y de esa suerte hacernos como dueños y poseedores de la naturaleza. Lo cual es muy de
desear, no sólo por la invención de una infinidad de artificios que nos permitirían gozar sin ningún
trabajo de los frutos de la tierra y de todas las comodidades que hay en ella, sino también
principalmente por la conservación de la salud, que es, sin duda, el primer bien y el fundamento de
los otros bienes de esta vida, porque el espíritu mismo depende tanto del temperamento y de la
disposición de los órganos del cuerpo, que, si es posible encontrar algún medio para hacer que los
hombres sean comúnmente más sabios y más hábiles que han sido hasta aquí, creo que es en la

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medicina en donde hay que buscarlo. Verdad es que la que ahora se usa contiene pocas cosas de tan
notable utilidad; pero, sin que esto sea querer despreciarla, tengo por cierto que no hay nadie, ni
aun los que han hecho de ella su profesión, que no confiese que cuanto se sabe, en esa ciencia, no
es casi nada comparado con lo que queda por averiguar y que podríamos librarnos de una infinidad
de enfermedades, tanto del cuerpo como del espíritu, y hasta quizá de la debilidad que la vejez nos
trae, si tuviéramos bastante conocimiento de sus causas y de todos los remedios, de que la
naturaleza nos ha provisto. Y como yo había concebido el designio de emplear mi vida entera en la
investigación de tan necesaria ciencia, y como había encontrado un camino que me parecía que,
siguiéndolo, se debe infaliblemente dar con ella, a no ser que lo impida la brevedad de la vida o la
falta de experiencias, juzgaba que no hay mejor remedio contra esos dos obstáculos, sino
comunicar fielmente al público lo poco que hubiera encontrado e invitar a los buenos ingenios a
que traten de seguir adelante, contribuyendo cada cual, según su inclinación y sus fuerzas, a las
experiencias que habría que hacer, y comunicando asimismo al público todo cuanto averiguaran,
con el fin de que, empezando los últimos por donde hayan terminado sus predecesores, y juntando
así las vidas y los trabajos de varios, llegásemos todos juntos mucho más allá de donde puede llegar
uno en particular.
Y aun observé, en lo referente a las experiencias, que son tanto más necesarias cuanto más se
ha adelantado en el conocimiento, pues al principio es preferible usar de las que se presentan por sí
mismas a nuestros sentidos y que no podemos ignorar por poca reflexión que hagamos, que buscar
otras más raras y estudiadas; y la razón de esto es que esas más raras nos engañan muchas veces, si
no sabemos ya las causas de las otras más comunes y que las circunstancias de que dependen son
casi siempre tan particulares y tan pequeñas, que es muy difícil notarlas. Pero el orden que he
llevado en esto ha sido el siguiente: primero he procurado hallar, en general, los principios o
primeras causas de todo lo que en el mundo es o puede ser, sin considerar para este efecto nada más
que Dios solo, que lo ha creado, ni sacarlas de otro origen, sino de ciertas semillas de verdades, que
están naturalmente en nuestras almas; después he examinado cuáles sean los primeros y más
ordinarios efectos que de esas causas pueden derivarse, y me parece que por tales medios he
encontrado unos cielos, unos astros, una tierra, y hasta en la tierra, agua, aire, fuego, minerales y
otras cosas que, siendo las más comunes de todas y las más simples, son también las más fáciles de
conocer. Luego, cuando quise descender a las más particulares, presentáronseme tantas y tan varias,
que no he creído que fuese posible al espíritu humano distinguir las formas o especies de cuerpos,
que están en la tierra, de muchísimas otras que pudieran estar en ella, si la voluntad de Dios hubiere
sido ponerlas, y, por consiguiente, que no es posible tampoco referirlas a nuestro servicio, a no ser
que salgamos al encuentro de las causas por los efectos y hagamos uso de varias experiencias
particulares. En consecuencia, hube de repasar en mi espíritu todos los objetos que se habían
presentado ya a mis sentidos, y no vacilo en afirmar que nada vi en ellos que no pueda explicarse,
con bastante comodidad, por medio de los principios hallados por mí. Pero debo asimismo confesar
que es tan amplia y tan vasta la potencia de la naturaleza y son tan simples y tan generales esos
principios, que no observo casi ningún efecto particular, sin en seguida conocer que puede
derivarse de ellos en varias diferentes maneras, y mi mayor dificultad es, por lo común, encontrar
por cuál de esas maneras depende de aquellos principios; y no sé otro remedio a esa dificultad que
el buscar algunas experiencias, que sean tales que no se produzca del mismo modo el efecto, si la
explicación que hay que dar es esta o si es aquella otra. Además, a tal punto he llegado ya, que veo
bastante bien, a mi parecer, el rodeo que hay que tomar, para hacer la mayor parte de las
experiencias que pueden servir para esos efectos; pero también veo que son tantas y tales, que ni
mis manos ni mis rentas, aunque tuviese mil veces más de lo que tengo, bastarían a todas; de suerte

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DISCURSO DEL METODO
René Descartes

que, según tenga en adelante comodidad para hacer más o menos, así también adelantaré más o
menos en el conocimiento de la naturaleza; todo lo cual pensaba dar a conocer, en el tratado que
había escrito, mostrando tan claramente la utilidad que el público puede obtener, que obligase a
cuantos desean en general el bien de los hombres, es decir, a cuantos son virtuosos efectivamente y
no por apariencia falsa y mera opinión, a comunicarme las experiencias que ellos hubieran hecho y
a ayudarme en la investigación de las que aun me quedan por hacer.
Pero de entonces acá, hánseme ocurrido otras razones que me han hecho cambiar de opinión y
pensar que debía en verdad seguir escribiendo cuantas cosas juzgara de alguna importancia,
conforme fuera descubriendo su verdad, poniendo en ello el mismo cuidado que si las tuviera que
imprimir, no sólo porque así disponía de mayor espacio para examinarlas bien, pues sin duda, mira
uno con más atención lo que piensa que otros han de examinar, que lo que hace para sí solo (y
muchas cosas que me han parecido verdaderas cuando he comenzado a concebirlas, he conocido
luego que son falsas, cuando he ido a estamparlas en el papel), sino también para no perder ocasión
de servir al público, si soy en efecto capaz de ello, y porque, si mis escritos valen algo, puedan
usarlos como crean más conveniente los que los posean después de mi muerte; pero pensé que no
debía en manera alguna consentir que fueran publicados, mientras yo viviera, para que ni las
oposiciones y controversias que acaso suscitaran, ni aun la reputación, fuere cual fuere, que me
pudieran proporcionar, me dieran ocasión de perder el tiempo que me propongo emplear en
instruirme. Pues si bien es cierto que todo hombre está obligado a procurar el bien de los demás, en
cuanto puede, y que propiamente no vale nada quien a nadie sirve, sin embargo, también es cierto
que nuestros cuidados han de sobrepasar el tiempo presente y que es bueno prescindir de ciertas
cosas, que quizá fueran de algún provecho para los que ahora viven, cuando es para hacer otras que
han de ser más útiles aun a nuestros nietos. Y, en efecto, es bueno que se sepa que lo poco que
hasta aquí he aprendido no es casi nada, en comparación de lo que ignoro y no desconfío de poder
aprender; que a los que van descubriendo poco a poco la verdad, en las ciencias, les acontece casi
lo mismo que a los que empiezan a enriquecerse, que les cuesta menos trabajo, siendo ya algo ricos,
hacer grandes adquisiciones, que antes, cuando eran pobres, recoger pequeñas ganancias. También
pueden compararse con los jefes de ejército, que crecen en fuerzas conforme ganan batallas, y
necesitan más atención y esfuerzo para mantenerse después de una derrota, que para tomar
ciudades y conquistar provincias después de una victoria; que verdaderamente es como dar batallas
el tratar de vencer todas las dificultades y errores que nos impiden llegar al conocimiento de la
verdad y es como perder una el admitir opiniones falsas acerca de alguna materia un tanto general e
importante; y hace falta después mucha más destreza para volver a ponerse en el mismo estado en
que se estaba, que para hacer grandes progresos, cuando se poseen ya principios bien asegurados.
En lo que a mí respecta, si he logrado hallar algunas verdades en las ciencias (y confío que lo que
va en este volumen demostrará que algunas he encontrado), puedo decir que no son sino
consecuencias y dependencias de cinco o seis principales dificultades que he resuelto y que
considero como otras tantas batallas, en donde he tenido la fortuna de mi lado; y hasta me atreveré
a decir que pienso que no necesito ganar sino otras dos o tres como esas, para llegar al término de
mis propósitos, y que no es tanta mi edad que no pueda, según el curso ordinario de la naturaleza,
disponer aún del tiempo necesario para ese efecto. Pero por eso mismo, tanto más obligado me creo
a ahorrar el tiempo que me queda, cuantas mayores esperanzas tengo de poderlo emplear bien; y
sobrevendrían, sin duda, muchas ocasiones de perderlo si publicase los fundamentos de mi física;
pues aun cuando son tan evidentes todos, que basta entenderlos para creerlos, y no hay uno solo del
que no pueda dar demostraciones, sin embargo, como es imposible que concuerden con todas las

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varias opiniones de los demás hombres, preveo que suscitarían oposiciones, que me distraerían no
poco de mi labor.
Puede objetarse a esto diciendo que esas oposiciones serían útiles, no sólo porque me darían a
conocer mis propias faltas, sino también porque, de haber en mí algo bueno, los demás hombres
adquirirían por ese medio una mejor inteligencia de mis opiniones; y como muchos ven más que
uno solo, si comenzaren desde luego a hacer uso de mis principios, me ayudarían también con sus
invenciones. Pero aun cuando me conozco como muy expuesto a errar, hasta el punto de no fiarme
casi nunca de los primeros pensamientos que se me ocurren, sin embargo, la experiencia que tengo
de las objeciones que pueden hacerme, me quita la esperanza de obtener de ellas algún provecho;
pues ya muchas veces he podido examinar los juicios ajenos, tanto los pronunciados por quienes he
considerado como amigos míos, como los emitidos por otros, a quienes yo pensaba ser indiferente,
y hasta los de algunos, cuya malignidad y envidia sabía yo que habían de procurar descubrir lo que
el afecto de mis amigos no hubiera conseguido ver; pero rara vez ha sucedido que me hayan
objetado algo enteramente imprevisto por mí, a no ser alguna cosa muy alejada de mi asunto; de
suerte que casi nunca he encontrado un censor de mis opiniones que no me pareciese o menos
severo o menos equitativo que yo mismo. Y tampoco he notado nunca que las disputas que suelen
practicarse en las escuelas sirvan para descubrir una verdad antes ignorada; pues esforzándose cada
cual por vencer a su adversario, más se ejercita en abonar la verosimilitud que en pesar las razones
de una y otra parte; y los que han sido durante largo tiempo buenos abogados, no por eso son luego
mejores jueces.
En cuanto a la utilidad que sacaran los demás de la comunicación de mis pensamientos,
tampoco podría ser muy grande, ya que aun no los he desenvuelto hasta tal punto, que no sea
preciso añadirles mucho, antes de ponerlos en práctica. Y creo que, sin vanidad, puedo decir que si
alguien hay capaz de desarrollarlos, he de ser yo mejor que otro cualquiera, y no porque no pueda
haber en el mundo otros ingenios mejores que el mío, sin comparación, sino porque el que aprende
de otro una cosa, no es posible que la conciba y la haga suya tan plenamente como el que la
inventa. Y tan cierto es ello en esta materia, que habiendo yo explicado muchas veces algunas
opiniones mías a personas de muy buen ingenio, parecían entenderlas muy distintamente, mientras
yo hablaba, y, sin embargo, cuando luego las han repetido, he notado que casi siempre las han
alterado de tal suerte que ya no podía yo reconocerlas por mías 42 . Aprovecho esta ocasión para
rogar a nuestros descendientes que no crean nunca que proceden de mí las cosas que les digan
otros, si no es que yo mismo las haya divulgado; y no me asombro en modo alguno de esas
extravagancias que se atribuyen a los antiguos filósofos, cuyos escritos no poseemos, ni juzgo por
ellas que hayan sido sus pensamientos tan desatinados, puesto que aquellos hombres fueron los
mejores ingenios de su tiempo; sólo pienso que sus opiniones han sido mal referidas. Asimismo
vemos que casi nunca ha ocurrido que uno de los que siguieron las doctrinas de esos grandes
ingenios haya superado al maestro; y tengo por seguro que los que con mayor ahínco siguen hoy a
Aristóteles, se estimarían dichosos de poseer tanto conocimiento de la naturaleza como tuvo él,
aunque hubieran de someterse a la condición de no adquirir nunca más amplio saber. Son como la
yedra, que no puede subir más alto que los árboles en que se enreda y muchas veces desciende,
después de haber llegado hasta la copa; pues me parece que también los que siguen una doctrina
ajena descienden, es decir, se tornan en cierto modo menos sabios que si se abstuvieran de estudiar;
los tales, no contentos con saber todo lo que su autor explica inteligiblemente, quieren además
encontrar en él la solución de varias dificultades, de las cuales no habla y en las cuales acaso no
pensó nunca. Sin embargo, es comodísima esa manera de filosofar, para quienes poseen ingenios

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DISCURSO DEL METODO
René Descartes

muy medianos, pues la oscuridad de las distinciones y principios de que usan, les permite hablar de
todo con tanta audacia como si lo supieran, y mantener todo cuanto dicen contra los más hábiles y
los más sutiles, sin que haya medio de convencerles; en lo cual parécenme semejar a un ciego que,
para pelear sin desventaja contra uno que ve, le hubiera llevado a alguna profunda y oscurísima
cueva; y puedo decir que esos tales tienen interés en que yo no publique los principios de mi
filosofía, pues siendo, como son, muy sencillos y evidentes, publicarlos sería como abrir ventanas y
dar luz a esa cueva adonde han ido a pelear. Mas tampoco los ingenios mejores han de tener
ocasión de desear conocerlos, pues si lo que quieren es saber hablar de todo y cobrar fama de
doctos, lo conseguirán más fácilmente contentándose con lo verosímil, que sin gran trabajo puede
hallarse en todos los asuntos, que buscando la verdad, que no se descubre sino poco a poco en
algunas materias y que, cuando es llegada la ocasión de hablar de otros temas, nos obliga a confesar
francamente que los ignoramos. Pero si estiman que una verdad pequeña es preferible a la vanidad
de parecer saberlo todo, como, sin duda, es efectivamente preferible, y si lo que quieren es
proseguir un ni tento semejante al mío, no necesitan para ello que yo les diga más de lo que en este
discurso llevo dicho; pues si son capaces de continuar mi obra, tanto más lo serán de encontrar por
sí mismos todo cuanto pienso yo que he encontrado, sin contar con que, habiendo yo seguido
siempre mis investigaciones ordenadamente, es seguro que lo que me queda por descubrir es de
suyo más difícil y oculto que lo que he podido anteriormente encontrar y, por tanto, mucho menos
gusto hallarían en saberlo por mí, que en indagarlo solos; y además, la costumbre que adquirirán
buscando primero cosas fáciles y pasando poco a poco a otras más difíciles, les servirá mucho
mejor que todas mis instrucciones. Yo mismo estoy persuadido de que si, en mi mocedad, me
hubiesen enseñado todas las verdades cuyas demostraciones he buscado luego y no me hubiese
costado trabajo alguno el aprenderlas, quizá no supiera hoy ninguna otra cosa, o por lo menos
nunca hubiera adquirido la costumbre y facilidad que creo tener de encontrar otras nuevas,
conforme me aplico a buscarlas. Y, en suma, si hay en el mundo una labor que no pueda nadie
rematar tan bien como el que la empezó, es ciertamente la que me ocupa.
Verdad es que en lo que se refiere a las experiencias que pueden servir para ese trabajo, no
basta un hombre solo a hacerlas todas; pero tampoco ese hombre podrá emplear con utilidad ajenas
manos, como no sean las de artesanos u otras gentes, a quienes pueda pagar, pues la esperanza de
una buena paga, que es eficacísimo medio, hará que esos operarios cumplan exactamente sus
prescripciones. Los que voluntariamente, por curiosidad o deseo de aprender, se ofrecieran a
ayudarle, además de que suelen, por lo común, ser más prontos en prometer que en cumplir y no
hacen sino bellas proposiciones, nunca realizadas, querrían infaliblemente recibir, en cambio,
algunas explicaciones de ciertas dificultades, o por lo menos obtener halagos y conversaciones
inútiles, las cuales, por corto que fuera el tiempo empleado en ellas, representarían, al fin y al cabo,
una positiva pérdida. Y en cuanto a las experiencias que hayan hecho ya los demás, aun cuando se
las quisieren comunicar -cosa que no harán nunca quienes les dan el nombre de secretos-, son las
más de entre ellas compuestas de tantas circunstancias o ingredientes superfluos, que le costaría no
pequeño trabajo descifrar lo que haya en ellas de verdadero; y, además, las hallaría casi todas tan
mal explicadas e incluso tan falsas, debido a que sus autores han procurado que parezcan
conformes con sus principios, que, de haber algunas que pudieran servir, no valdrían desde luego el
tiempo que tendría que gastar en seleccionarlas. De suerte que si en el mundo hubiese un hombre
de quien se supiera con seguridad que es capaz de encontrar las mayores cosas y las más útiles para
el público y, por este motivo, los demás hombres se esforzasen por todas las maneras en ayudarle a
realizar sus designios, no veo que pudiesen hacer por él nada más sino contribuir a sufragar los
gastos de las experiencias, que fueren precisas, y, por lo demás, impedir que vinieran importunos a

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estorbar sus ocios laboriosos. Mas sin contar con que no soy yo tan presumido que vaya a prometer
cosas extraordinarias, ni tan repleto de vanidosos pensamientos que vaya a figurarme que el público
ha de interesarse mucho por mis propósitos, no tengo tampoco tan rebajada el alma, como para
aceptar de nadie un favor que pudiera creerse que no he merecido.
Todas estas consideraciones juntas fueron causa de que no quise, hace tres años, divulgar el
tratado que tenía entre manos, y aun resolví no publicar durante mi vida ningún otro de índole tan
general, que por él pudieran entenderse los fundamentos de mi física. Pero de entonces acá han
venido otras dos razones a obligarme a poner en este libro algunos ensayos particulares y a dar
alguna cuenta al público de mis acciones y de mis designios; y es la primera que, de no hacerlo,
algunos que han sabido que tuve la intención de imprimir ciertos escritos, podrían acaso figurarse
que los motivos, por los cuales me he abstenido, son de índole que menoscaba mi persona; pues,
aun cuando no siento un excesivo amor por la gloria y hasta me atrevo a decir que la odio, en
cuanto que la juzgo contraria a la quietud, que es lo que más aprecio, sin embargo, tampoco he
hecho nunca nada por ocultar mis actos, como si fueran crímenes, ni he tomado muchas
precauciones para permanecer desconocido, no sólo porque creyera de ese modo dañarme a mí
mismo, sino también porque ello habría provocado en mí cierta especie de inquietud, que hubiera
venido a perturbar la perfecta tranquilidad de espíritu que busco; y así, habiendo siempre
permanecido indiferente entre el cuidado de ser conocido y el de no serlo, no he podido impedir
cierta especie de reputación que he adquirido, por lo cual he pensado que debía hacer por mi parte
lo que pudiera, para evitar al menos que esa fama sea mala. La segunda razón, que me ha obligado
a escribir esto, es que veo cada día cómo se retrasa más y más el propósito que he concebido de
instruirme, a causa de una infinidad de experiencias que me son precisas y que no puedo hacer sin
ayuda ajena, y aunque no me precio de valer tanto como para esperar que el público tome mucha
parte en mis intereses, sin embargo, tampoco quiero faltar a lo que me debo a mí mismo, dando
ocasión a que los que me sobrevivan puedan algún día hacerme el cargo de que hubiera podido
dejar acabadas muchas mejores cosas, si no hubiese prescindido demasiado de darles a entender
cómo y en qué podían ellos contribuir. a mis designios.
Y he pensado que era fácil elegir algunas materias que, sin provocar grandes controversias, ni
obligarme a declarar mis principios más detenidamente de lo que deseo, no dejaran de mostrar con
bastante claridad lo que soy o no soy capaz de hacer en las ciencias. En lo cual no puedo decir si he
tenido buen éxito, pues no quiero salir al encuentro de los juicios de nadie, hablando yo mismo de
mis escritos; pero me agradaría mucho que fuesen examinados y, para dar más amplia ocasión de
hacerlo, ruego a quienes tengan objeciones que formular, que se tomen la molestia de enviarlas a
mi librero, quien me las transmitirá, y procuraré dar respuesta que pueda publicarse con las
objeciones 43; de este modo, los lectores, viendo juntas unas y otras, juzgarán más cómodamente
acerca de la verdad, pues prometo que mis respuestas no serán largas y me limitaré a confesar mis
faltas francamente, si las conozco y, si no puedo apercibirlas, diré sencillamente lo que crea
necesario para la defensa de mis escritos, sin añadir la explicación de ningún asunto nuevo, a fin de
no involucrar indefinidamente uno en otro.
Si alguna de las cosas de que hablo al principio de la Dióptrica y de los Meteoros producen
extrañeza, porque las llamo suposiciones y no parezco dispuesto a probarlas, téngase la paciencia
de leerlo todo atentamente, y confío en que se hallará satisfacción; pues me parece que al s razones
se enlazan unas con otras de tal suerte que, como las últimas están demostradas por las primeras,
que son sus causas, estas primeras a su vez lo están por las últimas, que son sus efectos. Y no se
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DISCURSO DEL METODO
René Descartes

imagine que en esto cometo la falta que los lógicos llaman círculo, pues como la experiencia
muestra que son muy ciertos la mayor parte de esos efectos, las causas de donde los deduzco sirven
más que para probarlos, para explicarlos, y, en cambio, esas causas quedan probadas por estos
efectos. Y si las he llamado suposiciones, es para que se sepa que pienso poder deducirlas de las
primeras verdades que he explicado en este discurso; pero he querido expresamente no hacerlo,
para impedir que ciertos ingenios, que con solo oír dos o tres palabras se imaginan que saben en un
día lo que otro ha estado veinte años pensando, y que son tanto más propensos a errar e incapaces
de averiguar la verdad, cuanto más penetrantes y ágiles, no aprovechen la ocasión para edificar
alguna extravagante filosofía sobre los que creyeren ser mis principios, y luego se me atribuya a mí
la culpa; que por lo que toca a las opiniones enteramente mías, no las excuso por nuevas, pues si se
consideran bien las razones que las abonan, estoy seguro de que parecerán tan sencillas y tan
conformes con el sentido común, que serán tenidas por menos extraordinarias y extrañas que
cualesquiera otras que puedan sustentarse acerca de los mismos asuntos; y no me precio tampoco
de ser el primer inventor de ninguna de ellas, sino solamente de no haberlas admitido, ni porque las
dijeran otros, ni porque no las dijeran, sino sólo porque la razón me convenció de su verdad.
Si los artesanos no pueden en buen tiempo ejecutar el invento que explico en la Dióptrica, no
creo que pueda decirse por eso que es malo; pues, como se requiere mucha destreza y costumbre
para hacer y encajar las máquinas que he descrito, sin que les falte ninguna circunstancia, tan
extraño sería que diesen con ello a la primera vez, como si alguien consiguiese aprender en un día a
tocar el laúd, de modo excelente, con solo haber estudiado un buen papel pautado. Y si escribo en
francés 44 , que es la lengua de mi país, en lugar de hacerlo en latín, que es el idioma empleado por
mis preceptores, es porque espero que los que hagan uso de su pura razón natural, juzgarán mejor
mis opiniones que los que sólo creen en los libros antiguos; y en cuanto a los que unen el buen
sentido con el estudio, únicos que deseo sean mis jueces, no serán seguramente tan parciales en
favor del latín, que se nieguen a oír mis razones, por ir explicadas en lengua vulgar.
Por lo demás, no quiero hablar aquí particularmente de los progresos que espero realizar más
adelante en las ciencias ni comprometerme con el público, prometiéndole cosas que no esté seguro
de cumplir; pero diré tan sólo que he resuelto emplear el tiempo que me queda de vida en procurar
adquirir algún conocimiento de la naturaleza, que sea tal, que se puedan derivar para la medicina
reglas más seguras que las hasta hoy usadas, y que mi inclinación me aparta con tanta fuerza de
cualesquiera otros designios, sobre todo de los que no pueden servir a unos, sin dañar a otros, que si
algunas circunstancias me constriñesen a entrar en ellos, creo que no sería capaz de llevarlos a buen
término. Esta declaración que aquí hago bien sé que no ha de servir a hacerme considerable en el
mundo; mas no tengo ninguna gana de serlo y siempre me consideraré más obligado con los que
me hagan la merced de ayudarme a gozar de mis ocios, sin tropiezo, que con los que me ofrezcan
los más honrosos empleos del mundo.

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