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unmundofeliz .pdf



Nombre del archivo original: unmundofeliz.pdf
Título: C:\temarios\libros\ahuxley\un_mundo_feliz.PDF
Autor: Diego

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Aldous Huxley Un mundo feliz

Aldous Huxley Un mundo feliz

PRÓLOGO
El remordimiento crónico, y en ello están acordes todos los moralistas, es un
sentimiento sumamente indeseable. Si has obrado mal, arrepiéntete, enmienda tus yerros
en lo posible y encamina tus esfuerzos a la tarea de comportarte mejor la próxima vez.
Pero en ningún caso debes entregarte a una morosa meditación sobre tus faltas.
Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse.
También el arte tiene su moral, y muchas de las reglas de esta moral son las mismas
que las de la ética corriente, o al menos análogas a ellas. El remordimiento, por ejemplo,
es tan indeseable en relación con nuestra creación artística como en relación con las
malas acciones. En el futuro, la maldad debe ser perseguida, reconocida, y, en lo posible,
evitada. Llorar sobre los errores literarios de veinte años atrás, intentar enmendar una
obra fallida para darle la perfección que no logró en su primera ejecución, perder los
años de la madurez en el intento de corregir los pecados artísticos cometidos y legados
por esta persona ajena que fue uno mismo en la juventud, todo ello, sin duda, es vano
y fútil. De aquí que este nuevo UN MUNDO FELIZ sea exactamente igual al viejo. Sus
defectos como obra de arte son considerables; mas para corregirlos debería haber vuelto
a escribir el libro, y al hacerlo, como un hombre mayor, como otra persona que soy,
probablemente hubiese soslayado no sólo algunas de las faltas de la obra, sino también
algunos de los méritos que poseyera originalmente. Así, resistiéndome a la tentación de
revolcarme en los remordimientos artísticos, prefiero dejar tal como está lo bueno y lo
malo del libro y pensar en otra cosa.
Sin embargo, creo que sí merece la pena, al menos, citar el más grave defecto de la
novela, que es el siguiente. Al Salvaje se le ofrecen sólo dos alternativas: una vida
insensata en Utopía, o la vida de un primitivo en un poblado indio, una vida más
humana en algunos aspectos, pero en otros casi igualmente extravagante y anormal. En
la época en que este libro fue escrito, esta idea de que a los hombres se les ofrece el
libre albedrío para elegir entre la locura de una parte y la insania de otra, se me antojaba
divertida y la consideraba como posiblemente cierta. Sin embargo, en atención a los
efectos dramáticos, a menudo se permite al Salvaje hablar más racionalmente de lo que
su educación entre los miembros practicantes de una religión, que es una mezcla del
culto a la fertilidad y de la ferocidad de los Penitentes, le hubiese permitido hacerlo en
realidad. Ni siquiera su conocimiento de Shakespeare basta para justificar sus
expresiones. Y al final, naturalmente, se les hace abandonar la cordura, su Penitentismo
nativo recobra la autoridad sobre él, y el Salvaje acaba en una autotortura de maniático
y un suicidio de desesperación. Y así, después de todo, murieron miserablemente, con
gran satisfacción por parte del divertido y pirrónico esteta que era el autor de la fábula.
Actualmente no siento deseos de demostrar que la cordura es imposible. Por el

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Aldous Huxley Un mundo feliz

Aldous Huxley Un mundo feliz

contrario, aunque sigo estando no menos tristemente seguro de que en el pasado la
cordura es un fenómeno muy raro, estoy convencido de que cabe alcanzarla y me
gustaría verla en acción más a menudo. Por haberlo dicho en varios libros míos
recientes, y, sobre todo, por haber compilado una antología de lo que los cuerdos han
dicho sobre la cordura y sobre los medios por los cuales puede lograrse, un eminente
crítico académico ha dicho de mí que constituyo un triste síntoma del fracaso de una
clase intelectual en tiempos de crisis. Supongo que ello implica que el profesor y sus
colegas constituyen otros tantos alegres síntomas de éxito. Los bienhechores de la
humanidad merecen ser honrados y recordados perpetuamente. Construyamos un
Panteón para profesores. Podríamos levantarlo entre las ruinas de una de las ciudades
destruidas de Europa o el Japón; sobre la entrada del osario yo colocaría una
inscripción, en letras de dos metros de altura, con estas simples palabras: Consagrado
a la memoria de los Educadores del Mundo. Su MONUMENTUM REQUIRIS
CIRCUMSPICE.
Pero volviendo al futuro... Si ahora tuviera que volver a escribir este libro, ofrecería
al Salvaje una tercera alternativa. Entre los cuernos utópico y primitivo de este dilema,
yacería la posibilidad de la cordura, una posibilidad ya realizada, hasta cierto punto, en
una comunidad de desterrados o refugiados del MUNDO FELIZ, que viviría en una
especie de Reserva. En esta comunidad, la economía sería descentralista y al estilo de
Henry George, y la política kropotkiniana y cooperativista. La ciencia y la tecnología
serían empleadas como si, lo mismo que el Sabbath, hubiesen sido creadas para el
hombre, y no (como en la actualidad) el hombre debiera adaptarse y esclavizarse a ellas.
La religión sería la búsqueda consciente e inteligente del Fin último del hombre, el
conocimiento unitivo del Tao o Logos inmanente, la transcendente Divinidad de
Brahma. Y la filosofía de la vida que prevalecería sería una especie de Alto Utilitarismo,
en el cual el principio de la Máxima Felicidad sería supeditado al principio del Fin último,
de modo que la primera pregunta a formular y contestar en toda contingencia de la vida
sería: ¿Hasta qué punto este pensamiento o esta acción contribuye o se interfiere con
el logro, por mi parte y por parte del mayor número posible de otros Individuos, del Fin
último del hombre?
Educado entre los primitivos, el Salvaje (en esta hipotética nueva versión del libro)
no sería trasladado a Utopía hasta después de que hubiese tenido oportunidad de
adquirir algún conocimiento de primera mano acerca de la naturaleza de una sociedad
compuesta de individuos que cooperan libremente, consagrados al logro de la cordura.
Con estos cambios, UN MUNDO FELIZ poseería una perfección artística y (si cabe
emplear una palabra tan trascendente en relación con una obra de ficción) filosófica, de
la cual, en su forma actual, evidentemente carece.
Pero UN MUNDO FELIZ es un libro acerca del futuro, y, aparte sus cualidades

artísticas o filosóficas, un libro sobre el futuro puede interesarnos solamente si sus
profecías parecen destinadas, verosímilmente, a realizarse. Desde nuestro punto de mira
actual, quince años más abajo en el plano inclinado de la historia moderna, ¿hasta qué
punto parecen plausibles sus pronósticos? ¿Qué ha ocurrido en este doloroso intervalo
que confirme o invalide las previsiones de 1931?
Inmediatamente se nos revela un gran y obvio fallo de previsión. UN MUNDO
FELIZ no contiene referencia alguna a la fisión núclear. Y, realmente, es raro que no la
contenga; porque las posibilidades de la energía atómica eran ya tema de
conversaciones populares algunos años antes de que este libro fuese escrito. Mi viejo
amigo Robert Nichols incluso había escrito una comedia de éxito sobre este tema, y
recuerdo que también yo lo había mencionado en una narración publicada antes de
1930. Así, pues, como decía, es muy extraño que los cohetes y helicópteros del siglo VII
de Nuestro Ford no sean movidos por núcleos desintegrados. Este fallo no puede
excusarse; pero sí cabe explicarlo fácilmente. El tema de UN MUNDO FELIZ no es el
progreso de la ciencia en cuanto afecta a los individuos humanos. Los logros de la
física, la química y la mecánica se dan, tácitamente, por sobrentendidos. Los únicos
progresos científicos que se describen específicamente son los que entrañan la
aplicación a los seres humanos de los resultados de la futura investigación en biología,
psicología y fisiología. La liberación de la energía atómica constituye una gran
revolución en la historia humana, pero no es (a menos que nos volemos a nosotros
mismos en pedazos poniendo así punto final a la historia) la última revolución ni la más
profunda.
Esta revolución realmente revolucionaria deberá lograrse, no en el mundo externo,
sino en las almas y en la carne de los seres humanos. Viviendo como vivió en un
período revolucionario, el marqués de Sade hizo uso con gran naturalidad de esta teoría
de las revoluciones con el fin de racionalizar su forma peculiar de insania. Robespierre
había logrado la forma más superficial de revolución: la política. Yendo un poco más
lejos, Babeuf había intentado la revolución económica. Sade se consideraba a sí mismo
como el apóstol de la revolución auténticamente revolucionaria, más allá de la mera
política y de la economía, la revolución de los hombres, las mujeres y los niños
individuales, cuyos cuerpos debían en adelante pasar a ser propiedad sexual común de
todos, y cuyas mentes debían ser lavadas de todo pudor natural, de todas las
inhibiciones, laboriosamente adquiridas, de la civilización tradicional. Entre sadismo y
revolución realmente revolucionaria no hay, naturalmente, una conexión necesaria o
inevitable. Sade era un loco, y la meta más o menos consciente de su revolución eran
el caos y la destrucción universales. Las personas que gobiernan el Mundo feliz pueden
no ser cuerdas (en lo que podríamos llamar el sentido absoluto de la palabra), pero no
son locos de atar, y su meta no es la anarquía, síno la estabilidad social. Para lograr esta

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Aldous Huxley Un mundo feliz

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estabilidad llevan a cabo, por medios científicos, la revolución final, personal, realmente
revolucionaria.
En la actualidad nos hallamosen la primera fase de lo que quizá sea la penúltima
revolución. Su próxima fase puede ser la guerra atómica, en cuyo caso no vale la pena
que nos preocupemos por las profecías sobre el futuro. Pero cabe en lo posible que
tengamos la cordura suficiente, si no para dejar de luchar unos con otros, al menos para
comportarnos tan racionalmente como lo hicieron nuestros antepasados del siglo XVIII.
Los horrores inimaginables de la Guerra de los Treinta Años enseñaron realmente una
lección a los hombres, y durante más de cien años los políticos y generales de Europa
resistieron conscientemente la tentación de emplear sus recursos militares hasta los
límites de la destrucción o (en la mayoría de los casos) para seguir luchando hasta la
total aniquilación del enemigo. Hubo agresores, desde luego, ávidos de provecho y de
gloria; pero hubo también conservadores, decididos a toda costa a conservar intacto
su mundo. Durante los últimos treinta años no ha habido conservadores; sólo ha
habido radicales nacionalistas de derecha y radicales nacionalistas de izquierda.
El último hombre de Estado conservador fue el quinto marqués de Lansdowne; y
cuando escribió una carta a The Times sugiriendo que la Primera Guerra Mundial debía
terminar con un compromiso, como habían terminado la mayoría de las guerras del siglo
XVIII, el director de aquel diario, otrora conservador, se negó a publicarla. Los radicales
nacionalistas no se salieron con la suya, con las consecuencias que todos conocemos:
bolchevismo, fascismo, inflación, depresión, Hitler, la Segunda Guerra Mundial, la ruina
de Europa y todos los males imaginables menos el hambre universal.
Suponiendo, pues, que seamos capaces de aprender tanto de Hiroshima como
nuestros antepasados de Magdeburgo, podemos esperar un período, no de paz,
ciertamente, pero sí de guerra limitada y sólo parcialmente ruinosa. Durante este período
cabe suponer que la energía nuclear estará sujeta al yugo de los usos industriales. El
resultado de ello será, evidentísimamente, una serie de cambios económicos y sociales
sin precedentes en cuanto a su rapidez y radicalismo. Todas las formas de vida humana
actuales estarán periclitadas y será preciso improvisar otras nuevas formas adecuadas
al hecho —no humano— de la energía atómica. Procusto moderno, el científico nuclear
preparará el lecho en el cual deberá yacer la Humanidad; y si la Humanidad no se adapta
al mismo..., bueno, será una pena para la Humanidad. Habrá que forcejear un poco y
practicar alguna amputación, la misma clase de forcejeos y de amputaciones que se
están produciendo desde que la ciencia aplicada se lanzó a Ia carrera; sólo que esta vez,
serán mucho más drásticos que en el pasado. Estas operaciones, muy lejos de ser
indoloras, serán dirigidas por gobiernos totalitarios sumamente centralizados. Será
inevitable; porque el futuro inmediato es probable que se parezca al pasado inmediato,
y en el pasado inmediato los rápidos cambios tecnológicos, que se produjeron en una

economía de producción masiva y entre una población predominantemente no
propietaria, han tendido siempre a producir un confusionismo social y económico. Para
luchar contra la confusión el poder ha sido centralizado y se han incrementado las
prerrogativas del Gobierno. Es probable que todos los gobiernos del mundo sean más
o menos enteramente totalitarios, aun antes de que se logre domesticar la energía
atómica; y parece casi seguro que lo serán durante el progreso de domesticación de
dicha energía y después del mismo.
Desde luego, no hay razón alguna para que el nuevo totalitarismo se parezca al
antiguo. El Gobierno, por medio de porras y piquetes de ejecución, hambre
artificialmente provocada, encarcelamientos en masa y deportación también en masa no
es solamente inhumano (a nadie, hoy día, le importa demasiado este hecho); se ha
comprobado que es ineficaz, y en una época de tecnología avanzada la ineficacia es un
pecado contra el Espíritu Santo. Un Estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el
cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar
una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna
por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada en los
actuales estados totalitarios a los Ministerios de Propaganda, los directores de los
periódicos y los maestros de escuela. Pero sus métodos todavía son toscos y
acientíficos. La antigua afirmación de los jesuitas, según los cuales si se encargaban de
la educación del niño podían responder de las opiniones religiosas del hombre, fue
dictada más por el deseo que por la realidad de los hechos. Y el pedagogo moderno
probablemente es menos eficiente en cuanto a condicionar los reflejos de sus alumnos
de lo que lo fueron los reverendos padres que educaron a Voltaire. Los mayores triunfos
de la propaganda se han logrado, no haciendo algo, sino impidiendo que ese algo se
haga. Grande es la verdad, pero más grande todavía, desde un punto de vista práctico,
el silencio sobre la verdad. Por el simple procedimiento de no mencionar ciertos temas,
de bajar lo que Mr. Churchill llama un telón de acero entre las masas y los hechos o
argumentos que los jefes políticos consideran indeseables, la propaganda totalitarista
ha influido en la opinión de manera mucho más eficaz de lo que lo hubiese conseguido
mediante las más elocuentes denuncias y las más convincentes refutaciones lógicas.
Pero el silencio no basta. Si se quiere evitar la persecución, la liquidación y otros
síntomas de fricción social, es preciso que los aspectos positivos de la propaganda
sean tan eficaces como los negativos. Los más importantes Proyectos Manhattan del
futuro serán vastas encuestas patrocinadas por los gobiernos sobre lo que los políticos
y los científicos que intervendrán en ellas llamarán el problema de la felicidad; en otras
palabras, el problema de lograr que la gente ame su servidumbre. Sin seguridad
económica, el amor a la servidumbre no puede llegar a existir; en aras a la brevedad, doy
por sentado resolver el problema de la seguridad permanente. Pero la seguridad tiende

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Aldous Huxley Un mundo feliz

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muy rápidamente a darse por sentada. Su logro es una revolución meramente superficial,
externa. El amor a la servidumbre sólo puede lograrse como resultado de una revolución
profunda, personal, en las mentes y los cuerpos humanos. Para llevar a cabo esta
revolución necesitamos, entre otras cosas, los siguientes descubrimientos e inventos.
En primer lugar, una técnica mucho más avanzada de la sugestión, mediante el
condicionamiento de los infantes y, más adelante, con la ayuda de drogas, tales como
la escopolamina. En segundo lugar, una ciencia, plenamente desarrollada, de las
diferencias humanas, que permita a los dirigentes gubernamentales destinar a cada
individuo dado a su adecuado lugar en la jerarquía social y económica. (Las clavijas
redondas en agujeros cuadrados tienden a alimentar pensamientos peligrosos sobre el
sistema social y a contagiar su descontento a los demás.) En tercer lugar (puesto que
la realidad, por utópica que sea, es algo de lo cual la gente siente la necesidad de
tomarse frecuentes vacaciones), un sustitutivo para el alcohol y los demás narcóticos,
algo que sea al mismo tiempo menos dañino y más placentero que la ginebra o la
heroína. Y finalmente (aunque éste sería un proyecto a largo plazo, que exigiría
generaciones de dominio totalitario para llegar a una conclusión satisfactoria), un
sistema de eugenesia a prueba de tontos, destinado a estandardizar el producto humano
y a facilitar así la tarea de los dirigentes. En UN MUNDO FELIZ esta uniformización del
producto humano ha sido llevada a un extremo fantástico, aunque quizá no imposible.
Técnica e ideológicamente, todavía estamos muy lejos de los bebés embotellados y los
grupos de Bokanowsky de adultos con inteligencia infantil. Pero por los alrededores del
año 600 de la Era Fordiana, ¿quién sabe qué puede ocurrir? En cuanto a los restantes
rasgos característicos de este mundo más feliz y más estable —los equivalentes del
soma, la hipnopedia y el sistema científico de castas—, probablemente no se hallan más
que a tres o cuatro generaciones de distancia. Ya hay algunas ciudades americanas en
las cuales el número de divorcios iguala al número de bodas. Dentro de pocos años, sin
duda alguna, las licencias de matrimonio se expenderán como las licencias para perros,
con validez sólo para un período de doce meses, y sin ninguna ley que impida cambiar
de perro o tener más de un animal a la vez. A medida que la libertad política y económica
disminuye, la libertad sexual tiende, en compensación, a aumentar. Y el dictador (a
menos que necesite carne de cañón o familias con las cuales colonizar territorios
desiertos o conquistados) hará bien en favorecer esta libertad. En colaboración con la
libertad de soñar despiertos bajo la influencia de los narcóticos, del cine y de la radio,
la libertad sexual ayudará a reconciliar a sus súbditos con la servidumbre que es su
destino.
Sopesándolo todo bien, parece como si la Utopía se hallara más cerca de nosotros
de lo que nadie hubiese podido imaginar hace sólo quince años. Entonces, la situé para
dentro de seiscientos años en el futuro. Hoy parece posible que tal horror se implante

entre nosotros en el plazo de un solo siglo. Es decir, en el supuesto de que sepamos
reprimir nuestros impulsos de destruirnos en pedazos en el entretanto. Ciertamente, a
menos que nos decidamos a descentralizar y emplear la ciencia aplicada, no como un fin
para el cual los seres humanos deben ser tenidos como medios, sino como el medio para
producir una raza de individuos libres, sólo podremos elegir entre dos alternativas: o
cierto número de totalitarismos nacionales, militarizados, que tendrán sus raíces en el
terror que suscita la bomba atómica, y, en consecuencia, la destrucción de la civilización
(o, si la guerra es limitada, la perpetuación del militarismo); o bien un solo totalitarismo
supranacional cuya existencia sería provocada por el caos social que resultaría del
rápido progreso tecnológico en general y la revolución atómica en particular, que se
desarrollaría, a causa de la necesidad de eficiencia y estabilidad, hasta convertirse en
la benéfica tiranía de la Utopía. Usted es quien paga con su dinero, y puede elegir a su
gusto.

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Aldous Huxley Un mundo feliz

Aldous Huxley Un mundo feliz

CAPÍTULO I
Un edificio gris, achaparrado, de sólo treinta y cuatro plantas. Encima de la entrada
principal las palabras: Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central de
Londres, y, en un escudo, la divisa del Estado Mundial: Comunidad, Identidad,
Estabilidad.
La enorme sala de la planta baja se hallaba orientada hacia el Norte. Fría a pesar del
verano que reinaba en el exterior y del calor tropical de la sala, una luz cruda y pálida
brillaba a través de las ventanas buscando ávidamente alguna figura yacente
amortajada, alguna pálida forma de académica carne de gallina, sin encontrar más que
el cristal, el níquel y la brillante porcelana de un laboratorio. La invernada respondía a
la invernada. Las batas de los trabajadores eran blancas, y éstos llevaban las manos
embutidas en guantes de goma de un color pálido, como de cadáver. La luz era helada,
muerta, fantasmal. Sólo de los amarillos tambores de los microscopios lograba arrancar
cierta calidad de vida, deslizándose a lo largo de los tubos y formando una dilatada
procesión de trazos luminosos que seguían la larga perspectiva de las mesas de trabajo.
—Y ésta —dijo el director, abriendo la puerta— es la Sala de Fecundación.
Inclinados sobre sus instrumentos, trescientos Fecundadores se hallaban
entregados a su trabajo, cuando el director de Incubación y Condicionamiento entró en
la sala, sumidos en un absoluto silencio, sólo interrumpido por el distraído canturreo o
silboteo solitario de quien se halla concentrado y abstraído en su labor. Un grupo de
estudiantes recién ingresados, muy jóvenes, rubicundos e imberbes, seguía con
excitación, casi abyectamente, al director, pisándole los talones. Cada uno de ellos
llevaba un bloc de notas en el cual, cada vez que el gran hombre hablaba, garrapateaba
desesperadamente. Directamente de labios de la ciencia personificada. Era un raro
privilegio. El D.I.C. de la central de Londres tenía siempre un gran interés en acompañar
personalmente a los nuevos alumnos a visitar los diversos departamentos.
—Sólo para darles una idea general —les explicaba.
Porque, desde luego, alguna especie de idea general debían tener si habían de llevar
a cabo su tarea inteligentemente; pero no demasiado grande si habían de ser buenos y
felices miembros de la sociedad, a ser posible. Porque los detalles, como todos sabemos,
conducen a la virtud y la felicidad, en tanto que las generalidades son intelectualmente
males necesarios. No son los filósofos sino los que se dedican a la marquetería y los
coleccionistas de sellos los que constituyen la columna vertebral de la sociedad.
—Mañana —añadió, sonriéndoles con campechanía un tanto amenazadora—
empezarán ustedes a trabajar en serio. Y entonces no tendrán tiempo para generalidades.
Mientras tanto...
Mientras tanto, era un privilegio. Directamente de los labios de la ciencia

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Aldous Huxley Un mundo feliz

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personificada al bloc de notas. Los muchachos garrapateaban como locos.
Alto y más bien delgado, muy erguido, el director se adentro por la sala. Tenía el
mentón largo y saliente, y dientes más bien prominentes, apenas cubiertos, cuando no
hablaba, por sus labios regordetes, de curvas floreadas. ¿Viejo? ¿Joven? ¿Treinta?
¿Cincuenta? ¿Cincuenta y cinco? Hubiese sido difícil decirlo. En todo caso la cuestión
no llegaba siquiera a plantearse; en aquel año de estabilidad, el 632 después de Ford,
a nadie se le hubiese ocurrido preguntarlo.
—Empezaré por el principio —dijo el director.
Y los más celosos estudiantes anotaron la intención de director en sus blocs de
notas: Empieza por el principio.
—Esto —siguió el director, con un movimiento de la mano— son las incubadoras. —Y
abriendo una puerta aislante les enseñó hileras y más hileras de tubos de ensayo
numerados—. La provisión semanal de óvulos —explicó—. Conservados a la
temperatura de la sangre; en tanto que los gametos masculinos —y al decir esto abrió
otra puerta— deben ser conservados a treinta y cinco grados de temperatura en lugar
de treinta y siete.
La temperatura de la sangre esteriliza.
Los moruecos envueltos en termógeno no engendran corderillos.
Sin dejar de apoyarse en las incubadoras, el director ofreció a los nuevos alumnos,
mientras los lápices corrían ilegiblemente por las páginas, una breve descripción del
moderno proceso de fecundación. Primero habló, naturalmente, de sus prolegómenos
quirúrgicos, la operación voluntariamente sufrida para el bien de la Sociedad, aparte el
hecho de que entraña una prima equivalente al salario de seis meses; prosiguió con
unas notas sobre la técnica de conservación de los ovarios extirpados de forma que se
conserven en vida y se desarrollen activamente; pasó a hacer algunas consideraciones
sobre la temperatura, salinidad y viscosidad óptimas; prendidos y maduros; y,
acompañando a sus alumnos a las mesas de trabajo, les enseñó en la práctica cómo se
retiraba aquel licor de los tubos de ensayo; cómo se vertía, gota a gota, sobre placas de
microscopio especialmente caldeadas; cómo los óvulos que contenía eran
inspeccionados en busca de posibles anormalidades, contados y trasladados a un
recipiente poroso; cómo (y para ello los llevó al sitio donde se realizaba la operación)
este recipiente era sumergido en un caldo caliente que contenía espermatozoos en
libertad, a una concentración mínima de cien mil por centímetro cúbico, como hizo
constar con insistencia; y cómo, al cabo de diez minutos, el recipiente era extraído del
caldo y su contenido volvía a ser examinado; cómo, si algunos de los óvulos seguían
sin fertilizar, era sumergido de nuevo, y, en caso necesario, una tercera vez; cómo los
óvulos fecundados volvían a las incubadoras, donde los Alfas y los Betas permanecían
hasta que eran definitivamente embotellados, en tanto que los Gammas, Deltas y

Epsilones eran retirados al cabo de sólo treinta y seis horas, para ser sometidos al
método de Bokanowsky.
—El método de Bokanowsky —repitió el director.
Y los estudiantes subrayaron estas palabras.
Un óvulo, un embrión, un adulto: la normalidad. Pero un óvulo boklanovskificado
prolifera, se subdivide. De ocho a noventa y seis brotes, y cada brote llegará a formar
un embrión perfectamente constituido y cada embrión se convertirá en un adulto
normal. Una producción de noventa y seis seres humanos donde antes sólo se
conseguía uno. Progreso.
—En esencia —concluyó el D. I. C.—, la bokanowskiflcación consiste en una serie de
paros del desarrollo. Controlamos el crecimiento normal, y paradójicamente, el óvulo
reacciona echando brotes.
Reacciona echando brotes. Los lápices corrían.
El director señaló a un lado. En una ancha cinta que se movía con gran lentitud, un
porta tubos enteramente cargado se introducía en una vasta caja de metal, de cuyo
extremo emergía otro porta tubos igualmente repleto. El mecanismo producía un débil
zumbido. El director explicó que los tubos de ensayo tardaban ocho minutos en
atravesar aquella cámara metálica. Ocho minutos de rayos X era lo máximo que los
óvulos podían soportar. Unos pocos morían; de los restantes, los menos aptos se
dividían en dos; después a las incubadoras, donde los nuevos brotes empezaban a
desarrollarse; luego, al cabo de dos días, se les sometía a un proceso de congelación y
se detenía su crecimiento. Dos, cuatro, ocho, los brotes, a su vez, echaban nuevos
brotes; después se les administraba una dosis casi letal de alcohol; como consecuencia
de ello, volvían a subdividirse —brotes de brotes de brotes— y después se les dejaba
desarrollar en paz, puesto que una nueva detención en su crecimiento solía resultar
fatal. Pero, a aquellas alturas, el óvulo original se había convertido en un número de
embriones que oscilaba entre ocho y noventa y seis, un prodigioso adelanto, hay que
reconocerlo, con respecto a la Naturaleza. Mellizos idénticos, pero no en ridículas
parejas, o de tres en tres, como en los viejos tiempos vivíparos, cuando un óvulo se
escindía de vez en cuando, accidentalmente; mellizos por docenas, por veintenas a un
tiempo.
—Veintenas —repitió el director; y abrió los brazos como distribuyendo generosas
dádivas—. Veintenas.
Pero uno de los estudiantes fue lo bastante estúpido para preguntar en qué consistía
la ventaja,
—¡Pero, hijo mío! —exclamó el director, volviéndose bruscamente hacia él—. ¿De veras
no lo comprende? ¿No puede comprenderlo? —Levantó una mano, con expresión
solemne—. El Método Bokanowsky es uno de los mayores instrumentos de la

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Aldous Huxley Un mundo feliz

Aldous Huxley Un mundo feliz

estabilidad social.
Uno de los mayores instrumentos de la estabilidad social.
Hombres y mujeres estandardizados, en grupos uniformes. Todo el personal de una
fábrica podía ser el producto de un solo óvulo bokanowskificado.
—¡Noventa y seis mellizos trabajando en noventa y seis máquinas idénticas! —La voz
del director casi temblaba de entusiasmo—. Sabemos muy bien adónde vamos. Por
primera vez en la historia. —Citó la divisa planetaria: Comunidad, Identidad,
Estabilidad. —Grandes palabras—. Si pudiéramos bokanowskificar indefinidamente,
el problema estaría resuelto.
Resuelto por Gammas en serie, Deltas invariables, Epsilones uniformes. Millones de
mellizos idénticos. El principio de la producción en masa aplicado, por fin, a la biología.
—Pero, por desgracia —añadió el director—, no podemos bokanowskificar
indefinidamente.
Al parecer, noventa y seis era el límite, y setenta y dos un buen promedio. Lo más
que podían hacer, a falta de poder realizar aquel ideal, era manufacturar tantos grupos
de mellizos idénticos como fuese posible a partir del mismo ovario y con gametos del
mismo macho. Y aun esto era difícil.
—Porque, por vías naturales, se necesitan treinta años para que doscientos óvulos
alcancen la madurez. Pero nuestra tarea consiste en estabilizar la población en este
momento, aquí y ahora. ¿De qué nos serviría producir mellizos con cuentagotas a lo
largo de un cuarto de siglo?
Evidentemente, de nada. Pero la técnica de Podsnap había acelerado inmensamente
el proceso de la maduración. Ahora cabía tener la seguridad de conseguir como mínimo
ciento cincuenta óvulos maduros en dos años. Fecundación y bokanowskiflcación —es
decir, multiplicación por setenta y dos—, aseguraban una producción media de casi
once mil hermanos y hermanas en ciento cincuenta grupos de mellizos idénticos; y todo
ello en el plazo de dos años.
—Y, en casos excepcionales, podemos lograr que un solo ovario produzca más de
quince mil individuos adultos.
Volviéndose hacia un joven rubio y coloradote que en aquel momento pasaba por
allá, lo llamó:
—Mr. Foster. ¿Puede decimos cuál es la marca de un solo ovario, Mr. Foster?
—Dieciséis mil doce en este Centro —contestó Mr. Foster sin vacilar. Hablaba con gran
rapidez, tenía unos ojos azules muy vivos, y era evidente que le producía un intenso
placer citar cifras—. Dieciséis mil doce, en ciento ochenta y nueve grupos de mellizos
idénticos. Pero, desde luego, se ha conseguido mucho más —prosiguió
atropelladamente— en algunos centros tropicales. Singapur ha producido a menudo
más de dieciséis mil quinientos; y Mombasa ha alcanzado la marca de los diecisiete mil.

Claro que tienen muchas ventajas sobre nosotros. ¡Deberían ustedes ver cómo
reacciona un ovario de negra a la pituitarial Es algo asombroso, cuando uno está
acostumbrado a trabajar con material europeo. Sin embargo —agregó, riendo (aunque
en sus ojos brillaba el fulgor del combate y avanzaba la barbilla retadoramente)—, sin
embargo, nos proponemos batirles, si podemos. Actualmente estoy trabajando en un
maravilloso ovario Delta-menos. Sólo cuenta dieciocho meses de antigüedad. Ya ha
producido doce mil setecientos hijos, decantados o en embrión. Y sigue fuerte. Todavía
les ganaremos.
—¡Éste es el espíritu que me gusta! —exclamó el director; y dio unas palmadas en el
hombro de Mr. Foster—. Venga con nosotros y permita a estos muchachos gozar de los
beneficios de sus conocimientos de experto.
Mr. Foster sonrió modestamente.
—Con mucho gusto —dijo.
Y siguieron la visita. En la Sala de Envasado reinaba una animación armoniosa y una
actividad ordenada. Trozos de peritoneo de cerda, cortados ya a la medida adecuada,
subían disparados en pequeños ascensores, procedentes del Almacén de órganos de
los sótanos. Un zumbido, después un chasquido, y las puertas del ascensor se abrían
de golpe; el Forrador de Envases sólo tenía que alargar la mano, coger el trozo,
introducirlo en el frasco, alisarlo, y antes de que el envase debidamente forrado por el
interior se hallara fuera de su alcance, transportado por la cinta sin fin, un zumbido, un
chasquido, y otro trozo de peritoneo era disparado desde las profundidades, a punto
para ser deslizado en el interior de otro frasco, el siguiente de aquella lenta procesión
que la cinta transportaba.
Después de los Forradores había los Matriculadores. La procesión avanzaba; uno
a uno, los óvulos pasaban de sus tubos de ensayo a unos recipientes más grandes;
diestramente, el forro de peritoneo era cortado, la morula situada en su lugar, vertida la
solución salina... y ya el frasco había pasado y les llegaba la vez a los etiquetadores.
Herencia fecha de fertilización, grupo de Bokanowsky al que pertenecía, todos estos
detalles pasaban del tubo de ensayo al frasco. Sin anonimato ya, con sus nombres a
través de una abertura de la pared, hacia la Sala de Predestinación Social.
—Ochenta y ocho metros cúbicos de fichas —dijo Mr. Foster, satisfecho, al entrar.
—Que contienen toda la información de interés —agregó el director.
—Puestas al día todas las mañanas.
—Y coordinadas todas las tardes.
—En las cuales se basan los cálculos.
—Tantos individuos, de tal y tal calidad —dijo Mr. Foster.
—Distribuidos en tales y tales cantidades.
—El óptimo porcentaje de Decantación en cualquier momento dado.

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Aldous Huxley Un mundo feliz

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—Permitiendo compensar rápidamente las pérdidas imprevistas.
—Rápidamente —repitió Mr. Foster—. ¡Si supieran ustedes la cantidad de horas extras
que tuve que emplear después del último terremoto en el Japón!
Rió de buena gana y movió la cabeza.
—Los Predestinadores envían sus datos a los Fecundadores.
—Quienes les facilitan los embriones que solicitan.
—Y los frascos pasan aquí para ser predestinados concretamente.
—Después de lo cual vuelven a ser enviados al Almacén de Embriones.
—Adonde vamos a pasar ahora mismo.
Y, abriendo una puerta, Mr. Foster inició la marcha hacia una escalera que descendía
al sótano.
La temperatura seguía siendo tropical. El grupo penetró en un ambiente iluminado
con una luz crepuscular. Dos puertas y un pasadizo con un doble recodo aseguraban
al sótano contra toda posible infiltración de la luz.
—Los embriones son como la película fotográfica —dijo Mr. Foster, jocosamente, al
tiempo que empujaba la segunda puerta—. Sólo soportan la luz roja.
Y, en efecto, la bochornosa oscuridad en medio de la cual los estudiantes le seguían
ahora era visible y escarlata como la oscuridad que se divisa con los ojos cerrados en
plena tarde veraniega. Los voluminosos estantes laterales, con sus hileras interminables
de botellas, brillaban como cuajados de rubíes, y entre los rubíes se movían los
espectros rojos de mujeres y hombres con los ojos purpúreos y todos los síntomas del
lupus. El zumbido de la maquinaria llenaba débilmente los aires.
—Déles unas cuantas cifras, Mr. Foster —dijo el director, que estaba cansado de hablar.
A Mr. Foster le encantó darles unas cuantas cifras.
Doscientos veinte metros de longitud, doscientos de anchura y diez de altura.
Señaló hacia arriba. Como gallinitas bebiendo agua, los estudiantes levantaron los ojos
hacia el elevado techo.
Tres grupos de estantes: a nivel del suelo, primera galería y segunda galería.
La telaraña metálica de las galerías se perdía a lo lejos, en todas direcciones, en la
oscuridad. Cerca de ellas, tres fantasmas rojos se hallaban muy atareados descargando
damajuanas de una escalera móvil.
La escalera que procedía de la Sala de Predestinación Social.
Cada frasco podía ser colocado en uno de los quince estantes, cada uno de los
cuales, aunque a simple vista no se notaba, era un tren que viajaba a razón de
trescientos treinta y tres milímetros por hora. Doscientos sesenta y siete días, a ocho
metros diarios. Dos mil ciento treinta y seis metros en total. Una vuelta al sótano a nivel
del suelo, otra en la primera galería, media en la segunda, y, la mañana del día doscientos
sesenta y siete, luz de día en la Sala de Decantación. La llamada existencia

independiente.
—Pero en el intervalo —concluyó Mr. Foster nos las hemos arreglado para hacer un
montón de cosas con ellos. Ya lo creo, un montón de cosas.
—Éste es el espíritu que me gusta —volvió a decir el director—. Demos una vueltecita.
Cuénteselo usted todo, Mr. Foster.
Y Mr. Foster se lo contó todo.
Les habló del embrión que se desarrollaba en su lecho de peritoneo. Les dio a probar
el rico sucedáneo de la sangre con que se alimentaba. Les explicó por qué había de
estimularlo con placentina y tiroxina. Les habló del extracto de corpus luteum. Les
enseñó las mangueras por medio de las cuales dicho extracto era inyectado
automáticamente cada doce metros, desde cero hasta 2.040. Habló de las dosis
gradualmente crecientes de pituitaria administradas durante los noventa y seis metros
últimos del recorrido. Describió la circulación materna artificial instalada en cada frasco,
en el metro ciento doce, les enseñó el depósito de sucedáneo de la sangre, la bomba
centrífuga que mantenía al líquido en movimiento por toda la placenta y lo hacía pasar
a través del pulmón sintético y el filtro de los desperdicios. Se refirió a la molesta
tendencia del embrión a la anemia, a las dosis masivas de extracto de estómago de cerdo
y de hígado de potro fetal que, en consecuencia, había que administrar.
Les enseñó el sencillo mecanismo por medio del cual, durante los dos últimos metros
de cada ocho, todos los embriones eran sacudidos simultáneamente para que se
acostumbraran al movimiento. Aludió a la gravedad del llamado trauma de la
decantación y enumeró las precauciones que se tomaban para reducir al mínimo,
mediante el adecuado entrenamiento del embrión envasado, tan peligroso shock. Les
habló de las pruebas de sexo llevadas a cabo en los alrededores del metro doscientos.
Explicó el sistema de etiquetaje: una T para los varones, un círculo para las hembras, y
un signo de interrogación negro sobre fondo blanco para los destinados a
hermafroditas.
—Porque, desde luego —dijo Mr. Foster—, en la gran mayoría de los casos la
fecundidad no es más que un estorbo. Un solo ovario fértil de cada mil doscientos
bastaría para nuestros propósitos. Pero queremos poder elegir a placer. Y, desde luego,
conviene siempre dejar un buen margen de seguridad. Por esto permitimos que hasta un
treinta por ciento de embriones hembra se desarrollen normalmente. A los demás les
administramos una dosis de hormona sexual femenina cada veinticuatro metros durante
lo que les queda de trayecto. Resultado: son decantados como hermafroditas,
completamente normales en su estructura, excepto —tuvo que reconocer— que tienen
una ligera tendencia a echar barba, pero estériles. Con una esterilidad garantizada. Lo
cual nos conduce por fin —prosiguió Mr. Foster— fuera del reino de la mera imitación
servil de la Naturaleza para pasar al mundo mucho más interesante de la invención

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humana.
Se frotó las manos. Porque, desde luego, ellos no se limitaban meramente a incubar
embriones; cualquier vaca podría hacerlo.
—También predestinamos y condicionamos. Decantamos nuestros críos como seres
humanos socializados, como Alfas o Epsilones, como futuros poceros o futuros... —Iba
a decir futuros Interventores Mundiales, pero rectificando a tiempo, dijo— ... futuros
Directores de Incubadoras.
El director agradeció el cumplido con una sonrisa.
Pasaban en aquel momento por el metro 320 del Estante nº 11. Un joven Beta-menos,
un mecánico, estaba atareado con un destornillador y una llave inglesa, trabajando en
la bomba de sucedáneo de la sangre de una botella que pasaba. Cuando dio vuelta a las
tuercas, el zumbido del motor eléctrico se hizo un poco más grave. Bajó más aún, y un
poco más.., Otra vuelta a la llave inglesa, una mirada al contador de revoluciones, y
terminó su tarea. El hombre retrocedió dos pasos en la hilera e inició el mismo proceso
en la bomba del frasco siguiente.
—Está reduciendo el número de revoluciones por minuto —explicó Mr. Foster—. El
sucedáneo circula más despacio; por consiguiente, pasa por el pulmón a intervalos más
largos; por tanto, aporta menos oxígeno al embrión. No hay nada como la escasez de
oxígeno para mantener a un. embrión por debajo de lo normal.
Y volvió a frotarse las manos.
—¿Y para qué quieren mantener a un embrión por debajo de lo normal? —preguntó un
estudiante ingenuo.
—¡Estúpido! —exclamó el director, rompiendo un largo silencio—. ¿No se le ha ocurrido
pensar que un embrión de Epsilon debe tener un ambiente Epsilon y una herencia
Epsilon también?
Evidentemente, no se le había ocurrido. Quedó abochornado.
—Cuanto más baja es la casta —dijo Mr. Foster—, menos debe escasear el oxígeno. El
primer órgano afectado es el cerebro. Después el esqueleto. Al setenta por ciento del
oxígeno normal se consiguen enanos. A menos del setenta, monstruos sin ojos. Que no
sirven para nada —concluyó Mr. Foster.
En cambio (y su voz adquirió un tono confidencial y excitado), si lograran descubrir
una técnica para abreviar el período de maduración, ¡qué gran triunfo, qué gran
beneficio para la sociedad!
—Piensen en el caballo —dijo.
Los alumnos pensaron en el caballo.
El caballo alcanza la madurez a los seis años; el elefante, a los diez. En tanto que el
hombre, a los trece años aún no está sexualmente maduro, y sólo a los veinte alcanza
el pleno conocimiento. De ahí la inteligencia humana, fruto de este desarrollo retardado.

—Pero en los Epsilones —dijo Mr. Foster, muy acertadamente— no necesitamos
inteligencia humana.
No la necesitaban, y no la fabricaban. Pero, aunque la mente de un Epsilon alcanzaba
la madurez a los diez años, el cuerpo del Epsilon no era apto para el trabajo hasta los
dieciocho. Largos años de inmadurez superflua y perdida. Si el desarrollo físico pudiera
acelerarse hasta que fuera tan rápido, digamos, como el de una vaca, ¡qué enorme
ahorro para la comunidad!
—¡Enorme! —murmuraron los estudiantes.
El entusiasmo de Mr. Foster era contagioso.
Después se puso más técnico; habló de una coordinación endocrino anormal que
era la causa de que los hombres crecieran tan lentamente, y sostuvo que esta
anormalidad se debía a una mutación germinal. ¿Cabía destruir los efectos de esta
mutación germinal? ¿Cabía devolver al individuo Epsilon, mediante una técnica
adecuada, a la normalidad de los perros y de las vacas? Este era el problema.
Pilkinton, en Mombasa, había producido individuos sexualmente maduros a los
cuatro años y completamente crecidos a los seis y medio. Un triunfo científico. Pero
socialmente inútil. Los hombres y las mujeres de seis años eran demasiado estúpidos,
incluso para realizar el trabajo de un Epsilon.
Y el método era de los del tipo todo o nada; o no se lograba modificación alguna, o
tal modificación era en todos los sentidos. Todavía estaban luchando por encontrar el
compromiso ideal entre adultos de veinte años y adultos de seis. Y hasta entonces sin
éxito.
Su ronda a través de la luz crepuscular escarlata les había llevado a las proximidades
del metro 170 del Estante 9. A partir de aquel punto, el Estante 9 estaba cerrado, y los
frascos realizaban el resto de su viaje en el interior de una especie de túnel, interrumpido
de vez en cuando por unas aberturas de dos o tres metros de anchura.
—Condicionamiento con respecto al calor —explicó Mr. Foster.
Túneles calientes alternaban con túneles fríos. El frío se aliaba a la incomodidad en
la forma de intensos rayos X. En el momento de su decantación, los embriones sentían
horror por el frío. Estaban predestinados a emigrar a los trópicos, a ser mineros,
tejedores de seda al acetato o metalúrgicos. Más adelante, enseñarían a sus mentes a
apoyar el criterio de su cuerpo.
—Nosotros los condicionamos de modo que tiendan hacia el calor —concluyo Mr.
Foster—. Y nuestros colegas de arriba les enseñarán a amarlo.
—Y éste —intervino el director sentenciosamente—, éste es el secreto de la felicidad
y la virtud: amar lo que uno tiene que hacer. Todo condicionamiento tiende a esto: a
lograr que la gente ame su inevitable destino social.
En un boquete entre dos túneles, una enfermera introducía una jeringa larga y fina

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en el contenido gelatinoso de un frasco que pasaba. Los estudiantes y sus guías
permanecieron observándola unos momentos.
—Muy bien, Lenina —dijo Mr. Foster cuando, al fin, la joven retiró la jeringa y se
incorporó.
La muchacha se volvió, sobresaltada. A pesar del lapsus y de los ojos de púrpura,
se advertía que era excepcionalmente hermosa.
Su sonrisa, roja también, voló hacia él, en una hilera de rojos dientes.
—Encantadora, encantadora —murmuró el director.
Y, dándole una o dos palmaditas, recibió en correspondencia una sonrisa deferente,
a él destinada.
—¿Qué les da? —preguntó Mr. Foster, procurando adoptar un tono estrictamente
profesional. —Lo de siempre: el tifus y la enfermedad del sueño.
—Los trabajadores del trópico empiezan a ser inoculados en el metro 150 —explicó Mr.
Foster a los estudiantes—. Los embriones todavía tienen agallas. Inmunizamos al pez
contra las enfermedades del hombre futuro. —Luego, volviéndose a Lenina, añadió—:
A las cinco menos diez, en el tejado, esta tarde, como de costumbre.
—Encantadora —dijo el director una vez más.
Y, con otra palmadita, se alejó en pos de los otros.
En el estante número 10, hileras de la próxima generación de obreros químicos eran
sometidos a un tratamiento para acostumbrarlos a tolerar el plomo, la sosa cáustica, el
asfalto, la clorina... El primero de una hornada de doscientos cincuenta mecánicos de
cohetes aéreos en embrión pasaba en aquel momento por el metro mil cien del estante
3. Un mecanismo especial mantenía sus envases en constante rotación.
—Para mejorar su sentido del equilibrio —explicó Mr. Foster—. Efectuar reparaciones
en el exterior de un cohete en el aire es una tarea complicada. Cuando están de pie,
reducimos la circulación hasta casi matarlos, y doblamos el flujo del sucedáneo de la
sangre cuando están cabeza abajo. Así aprenden a asociar esta posición con el
bienestar; de hecho, sólo son felices de verdad cuando están así. Y ahora —prosiguió
Mr. Foster—, me gustaría enseñarles algún condicionamiento interesante para
intelectuales Alfa-más. Tenemos un nutrido grupo de ellos en el estante número S. Es
el nivel de la Primera Galería —gritó a dos muchachos que habían empezado a bajar a la
planta—. Están por los alrededores del metro 900 —explicó—. No se puede efectuar
ningún condicionamiento intelectual eficaz hasta que el feto ha perdido la cola.
Pero el director había consultado su reloj.
—Las tres menos diez —dijo—. Me temo que no habrá tiempo para los embriones
intelectuales. Debemos subir a las Guarderías antes de que los niños despierten de la
siesta de la tarde.
Mr. Foster pareció decepcionado.

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—Al menos, una mirada a la Sala de Decantación —imploró.
—Bueno, está bien. —El director sonrió con indulgencia—. Pero sólo una ojeada.

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Mr. Foster se quedó en la Sala de Decantación. El D.I.C. y sus alumnos entraron en
el ascensor más próximo, que los condujo a la quinta planta.
Guardería infantil. Sala de Condicionamiento Neo-Pavloviano, anunciaba el
rótulo de la entrada.
El director abrió una puerta. Entraron en una vasta estancia vacía, muy brillante y
soleada, porque toda la pared orientada hacia el Sur era un cristal de parte a parte.
Media docena de enfermeras, con pantalones y chaqueta de uniforme, de viscosilla
blanca, los cabellos asépticamente ocultos bajo cofias blancas, se hallaban atareadas
disponiendo jarrones con rosas en una larga hilera, en el suelo. Grandes jarrones llenos
de flores. Millares de pétalos, suaves y sedosos como las mejillas de innumerables
querubes, pero de querubes, bajo aquella luz brillante, no exclusivamente rosados y
arios, sino también luminosamente chinos y también mejicanos y hasta apopléticos a
fuerza de soplar en celestiales trompetas, o pálidos como la muerte, pálidos con la
blancura póstuma del mármol.
Cuando el D.I.C. entró, las enfermeras se cuadraron rígidamente.
—Coloquen los libros —ordenó el director.
En silencio, las enfermeras obedecieron la orden. Entre los jarrones de rosas, los
libros fueron debidamente dispuestos: una hilera de libros infantiles se abrieron
invitadoramente mostrando alguna imagen alegremente coloreada de animales, peces
o pájaros.
—Y ahora traigan a los niños.
Las enfermeras se apresuraron a salir de la sala y volvieron al cabo de uno o dos
minutos; cada una de ellas empujaba una especie de carrito de té muy alto, con cuatro
estantes de tela metálica, en cada uno de los cuales había un crío de ocho meses. Todos
eran exactamente iguales (un grupo Bokanowsky, evidentemente) y todos vestían de
color caqui, porque pertenecían a la casta Delta.
—Pónganlos en el suelo.
Los carritos fueron descargados.
—Y ahora sitúenlos de modo que puedan ver las flores v los libros.
Los chiquillos inmediatamente guardaron silencio, y empezaron a arrastrarse hacia
aquellas masas de colores vivos, aquellas formas alegres y brillantes que aparecían en
las páginas blancas. Cuando ya se acercaban, el sol palideció un momento,
eclipsándose tras una nube. Las rosas llamearon, como a impulsos de una pasión
interior; un nuevo y profundo significado pareció brotar de las brillantes páginas de los
libros. De las filas de críos que gateaban llegaron pequeños chillidos de excitación,
gorjeos y ronroneos de placer.

El director se frotó las manos.
—¡Estupendo! —exclamó—. Ni hecho a propósito.
Los más rápidos ya habían alcanzado su meta. Sus manecitas se tendían, inseguras,
palpaban, agarraban, deshojaban las rosas transfiguradas, arrugaban las páginas
iluminadas de los libros. El director esperó verles a todos alegremente atareados.
Entonces dijo:
—Fíjense bien.
La enfermera jefe, que estaba de pie junto a un cuadro de mandos, al otro extremo
de la sala, bajó una pequeña palanca. Se produjo una violenta explosión. Cada vez más
aguda, empezó a sonar una sirena. Timbres de alarma se dispararon, locamente.
Los chiquillos se sobresaltaron y rompieron en chillidos; sus rostros aparecían
convulsos de terror.
—Y ahora —gritó el director (porque el estruendo era ensordecedor)—, ahora
pasaremos a reforzar la lección con un pequeño shock eléctrico.
Volvió a hacer una señal con la mano, y la enfermera jefe pulsó otra palanca. Los
chillidos de los pequeños cambiaron súbitamente de tono. Había algo desesperado, algo
casi demencial, en los gritos agudos, espasmódicos, que brotaban de sus labios. Sus
cuerpecitos se retorcían y cobraban rigidez; sus miembros se agitaban bruscamente,
como obedeciendo a los tirones de alambres invisibles.
—Podemos electrificar toda esta zona del suelo —gritó el director, como explicación—.
Pero ya basta.
E hizo otra señal a la enfermera.
Las explosiones cesaron, los timbres enmudecieron, y el chillido de la sirena fue
bajando de tono hasta reducirse al silencio. Los cuerpecillos rígidos y retorcidos se
relajaron, y lo que había sido el sollozo y el aullido de unos niños desatinados volvió
a convertirse en el llanto normal del terror ordinario.
—Vuelvan a ofrecerles las flores y los libros.
Las enfermeras obedecieron; pero ante la proximidad de las rosas, a la sola vista de
las alegres y coloreadas imágenes de los gatitos, los gallos y las ovejas, los niños se
apartaron con horror, y el volumen de su llanto aumentó súbitamente.
—Observen —dijo el director, en tono triunfal—. Observen.
Los libros y ruidos fuertes, flores y descargas eléctricas; en la mente de aquellos
niños ambas cosas se hallaban ya fuertemente relacionadas entre sí; y al cabo de
doscientas repeticiones de la misma o parecida lección formarían ya una unión
indisoluble. Lo que el hombre ha unido, la Naturaleza no puede separarlo.
—Crecerán con lo que los psicólogos solían llamar un odio instintivo hacia los libros
y las flores. Reflejos condicionados definitivamente. Estarán a salvo de los libros y de
la botánica para toda su vida. —El director se volvió hacia las enfermeras—.

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CAPÍTULO II

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Llévenselos.
Llorando todavía, los niños vestidos de caqui fueron cargados de nuevo en los
carritos y retirados de la sala, dejando tras de sí un olor a leche agria y un agradable
silencio.
Uno de los estudiantes levantó la mano; aunque comprendía perfectamente que no
podía permitirse que los miembros de una casta baja perdieran el tiempo de la
comunidad en libros, y que siempre existía el riesgo de que leyeran algo que pudiera, por
desdicha, destruir uno de sus reflejos condicionados, sin embargo.... bueno, no podía
comprender lo de las flores. ¿Por qué tomarse la molestia de hacer psicológicamente
imposible para los Deltas el amor a las flores?
Pacientemente, el D.I.C. se explicó. Si se inducía a los niños a chillar a la vista de una
rosa, ello obedecía a una alta política económica. No mucho tiempo atrás
(aproximadamente un siglo), los Gammas, los Deltas y hasta los Epsilones habían sido
condicionados de modo que les gustaran las flores; las flores en particular, y la
naturaleza salvaje en general. El propósito, entonces, estribaba en inducirles a salir al
campo en toda oportunidad, con el fin de que consumieran transporte.
—¿Y no consumían transporte? —preguntó el estudiante.
—Mucho —contestó el D.I.C—. Pero sólo transporte.
Las prímulas y los paisajes, explicó, tienen un grave defecto: son gratuitos. El amor
a la Naturaleza no da quehacer a las fábricas. Se decidió abolir el amor a la Naturaleza,
al menos entre las castas más bajas; abolir el amor a la Naturaleza, pero no la tendencia
a consumir transporte. Porque, desde luego, era esencial, que siguieran deseando ir al
campo, aunque lo odiaran. El problema residía en hallar una razón económica más
poderosa para consumir transporte que la mera afición a las prímulas y los paisajes. Y
lo encontraron.
—Condicionamos a las masas de modo que odien el campo —concluyó el director—.
Pero simultáneamente las condicionamos para que adoren los deportes campestres. Al
mismo tiempo, velamos para que todos los deportes al aire libre entrañen el uso de
aparatos complicados. Así, además de transporte, consumen artículos manufacturados.
De ahí estas descargas eléctricas.
—Comprendo —dijo el estudiante.
Y presa de admiración, guardó silencio.
El silencio se prolongó; después, aclarándose la garganta, el director empezó:
—Tiempo ha, cuando Nuestro Ford estaba todavía en la Tierra, hubo un chiquillo que
se llamaba Reuben Rabinovich. Reuben era hijo de padres de habla polaca. Usted sabe
lo que es el polaco, desde luego.
—Una lengua muerta.
—Como el francés y el alemán —agregó otro estudiante, exhibiendo oficiosamente sus

conocimientos.
—¿Y padre? —preguntó el D.I.C.
Se produjo un silencio incómodo. Algunos muchachos se sonrojaron. Todavía no
habían aprendido a identificar la significativa pero a menudo muy sutil distinción entre
obscenidad y ciencia pura. Uno de ellos, al fin, logró reunir valor suficiente para levantar
la mano.
—Los seres humanos antes eran... —vaciló; la sangre se le subió a las mejillas—.
Bueno, eran vivíparos.
—Muy bien —dijo el director, en tono de aprobación.
—Y cuando los niños eran decantados... —Cuando nacían —surgió la enmienda.
—Bueno, pues entonces eran los padres... Quiero decir, no los niños, desde luego, sino
los otros.
El pobre muchacho estaba abochornado y confuso.
—En suma —resumió el director—, Los padres eran el padre y la madre. —La
obscenidad, que era auténtica ciencia, cayó como una bomba en el silencio de los
muchachos, que desviaban las miradas—. Madre —repitió el director en voz alta, para
hacerles entrar la ciencia; y, arrellanándose en su asiento, dijo gravemente—. Estos
hechos son desagradables, lo sé. Pero la mayoría de los hechos históricos son
desagradables.
Luego volvió al pequeño Reuben, al pequeño Reuben, en cuya habitación, una
noche, por descuido, su padre y su madre (¡lagarto, lagarto!) se dejaron la radio en
marcha. (Porque deben ustedes recordar que en aquellos tiempos de burda
reproducción vivípara, los niños eran criados siempre con sus padres y no en los
Centros de Condicionamiento del Estado.)
Mientras el chiquillo dormía, de pronto la radio empezó a dar un programa desde
Londres y a la mañana siguiente, con gran asombro de sus lagarto y lagarto (los
muchachos más atrevidos osaron sonreírse mutuamente), el pequeño Reuben se
despertó repitiendo palabra por palabra una larga conferencia pronunciada por aquel
curioso escritor antiguo (uno de los poquísimos cuyas obras se ha permitido que
lleguen hasta nosotros), George Bernard Shaw, quien hablaba, de acuerdo con la
probada tradición de entonces, de su propio genio.
Para los... (guiño y risita) del pequeño Reuben, esta conferencia era, desde luego,
perfectamente incomprensible, y, sospechando que su hijo se había vuelto loco de
repente, enviaron a buscar a un médico. Afortunadamente, éste entendía el inglés,
reconoció el discurso que Shaw había radiado la víspera, comprendió el significado de
lo ocurrido y envió una comunicación a las publicaciones médicas acerca de ello.
—El principio de la enseñanza durante el sueño, o hipnopedia, había sido descubierto.
El D.I.C. hizo una pausa efectista.

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Aldous Huxley Un mundo feliz

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El principio había sido descubierto; pero habían de pasar años, muchos años, antes
de que tal principio fuese aplicado con utilidad.
—El caso del pequeño Reuben ocurrió sólo veintitrés años después de que Nuestro
Ford lanzara al mercado su primer Modelo T. —Al decir estas palabras, el director hizo
la señal de la T sobre su estómago, y todos los estudiantes le imitaron reverentemente.
Furiosamente, los estudiantes garrapateaban: Hipnopedia, empleada por primera vez
oficialmente en 214 d. F. ¿Por qué no antes? Dos razones. (a) ...
—Estos primeros experimentos —les decía el D.I.C.— seguían una pista falsa. Los
investigadores creían que la hipnopedia podía convertirse en un instrumento de
educación intelectual.
Un niño duerme sobre su costado derecho, con el brazo derecho estirado, la mano
derecha colgando fuera de la cama. A través de un orificio enrejado, redondo,
practicado en el lado de una caja, una voz habla suavemente:
El Nilo es el río más largo de África y el segundo en longitud de todos los ríos del
Globo. Aunque es poco menos largo que el Mississippi-Missouri, el Nilo es el más
importante de todos los ríos del mundo en cuanto a la anchura de su cuenca, que se
extiende a través de 35 grados de latitud ...
A la mañana siguiente, alguien dice:
—Tommy, ¿sabes cuál es el río más largo de África?
El chiquillo niega con la cabeza.
—Pero, ¿no recuerdas algo que empieza: El Nilo es el...?
—El-Nilo-es-el-río-más-largo-de-África-y-el-segundo-en-longitud-de-todos-l os-ríos-delGlobo... —Las palabras brotan caudalosamente de sus labios—. Aunque-es-pocomenos-largo-que...
—Bueno, entonces, ¿cuál es el río más largo de África?
Los ojos aparecen vacíos de expresión. —No lo sé.
—Pues el Nilo, Tommy.
—¿ Cuál es el río más largo del mundo, Tommy?
Tommy rompe a llorar.
—No lo sé —solloza.
Este llanto, según explicó el director, desanimó a los primeros investigadores. Los
experimentos fueron abandonados. No se volvió a intentar enseñar a los niños, durante
el sueño, la longitud del Nilo. Muy acertadamente. No se puede aprender una ciencia
a menos que uno sepa de qué trata.
—Por el contrario, debían haber empezado por la educación moral —dijo el director,
abriendo la marcha hacia la puerta. Los estudiantes le siguieron, garrapateando
desesperadamente mientras caminaban hasta llegar al ascensor—. La educación moral,
que nunca, en ningún caso, debe ser racional.

—Silencio, silencio —susurró un altavoz, cuando salieron del ascensor, en la
decimocuarta planta, y Silencio, silencio repetían incansables los altavoces, situados a
intervalos en todos los pasillos. Los estudiantes y hasta el propio director empezaron
a caminar automáticamente sobre las puntas de los pies. Sí, ellos eran Alfas, desde
luego; pero también los Alfas han sido condicionados. Silencio, silencio. El aire todo
de la planta decimocuarta vibraba con aquel imperativo categórico.
Unos cincuenta metros recorridos de puntillas los llevaron ante una puerta que el
director abrió cautelosamente. Cruzando el umbral, penetraron en la penumbra de un
dormitorio cerrado. Ochenta camastros se alineaban junto a la pared. Se oía una
respiración regular y ligera, y un murmullo continuo, como de voces muy débiles que
susurraran a lo lejos.
En cuanto entraron, una enfermera se levantó y se cuadró ante el director.
— ¿Cuál es la lección de esta tarde? —preguntó éste.
— Durante los primeros cuarenta minutos tuvimos Sexo Elemental —contestó la
enfermera—. Pero ahora hemos pasado a Conciencia de Clase Elemental.
El director paseó lentamente a lo largo de la larga hilera de literas. Sonrosados y
relajados por el sueño, ochenta niños y niñas yacían, respirando suavemente. Debajo
de cada almohada se oía un susurro. El D.I.C. se detuvo, e inclinándose sobre una de
las camitas, escuchó atentamente.
—¿Conciencia de Clase Elemental? —dijo el director—. Vamos a hacerlo repetir por el
altavoz.
Al extremo de la sala un altavoz sobresalía de la pared. El director se acercó al mismo
y pulsó un interruptor.
... todos visten de color verde —dijo una voz suave pero muy clara, empezando en
mitad de una frase—, y los niños Delta visten todos de caqui. ¡Oh, no, yo no quiero
jugar con niños Delta! Y los Epsilones todavía son peores. Son demasiado tontos para
poder leer o escribir. Además, visten de negro, que es un color asqueroso. Me alegro
mucho de ser un Beta.
Se produjo una pausa; después la voz continuó: Los niños Alfa visten de color gris.
Trabajan mucho más duramente que nosotros, porque son terriblemente inteligentes.
De verdad, me alegro muchísimo de ser Beta, porque no trabajo tanto. Y, además,
nosotros somos mucho mejores que los Gammas y los Deltas. Los Gammas son tontos.
Todos visten de color verde, y los niños Delta visten todos de caqui. ¡Oh, no, yo no
quiero jugar con niños Delta! Y los Epsilones todavía son peores. Son demasiado
tontos para ...
El director volvió a cerrar el interruptor. La voz enmudeció. Sólo su desvaído
fantasma siguió susurrando desde debajo de las ochenta almohadas.
—Todavía se lo repetirán cuarenta o cincuenta veces antes de que despierten, y lo

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Aldous Huxley Un mundo feliz

mismo en la sesión del jueves, y otra vez el sábado. Ciento veinte veces, tres veces por
semana, durante treinta meses. Después de lo cual pueden pasar a una lección más
adelantada.
Rosas y descargas eléctricas, el caqui de los Deltas y una vaharada de asafétida,
indisolublemente relacionados entre sí antes de que el niño sepa hablar. Pero el
condicionamiento sin palabras es algo tosco y burdo; no puede hacer distinciones más
sutiles, no puede inculcar las formas de comportamiento más complejas. Para esto se
precisan las palabras, pero palabras sin razonamiento. En suma, la hipnopedia.
—La mayor fuerza socializadora y moralizadora de todos los tiempos.
Los estudiantes lo anotaron en sus pequeños blocs. Directamente de labios de la
ciencia personificada.
El director volvió a accionar el interruptor. ... terriblemente inteligentes —estaba
diciendo la voz suave, insinuante e incansable—. De verdad, me alegro muchísimo de
ser Beta, porque ... No precisamente como gotas de agua, a pesar de que el agua, es
verdad, puede agujerear el más duro granito; más bien como gotas de lacre fundido,
gotas que se adhieren, que se incrustan, que se incorporan a aquello encima de lo cual
caen, hasta que, finalmente, la roca se convierte en un solo bloque escarlata.
—Hasta que, al fin, la mente del niño se transforma en esas sugestiones, y la suma de
estas sugestiones es la mente del niño. Y no sólo la mente del niño, sino también la del
adulto, a lo largo de toda su vida. La mente que juzga, que desea, que decide... formada
por estas sugestiones. ¡Y estas sugestiones son nuestras sugestiones! —casi gritó el
director, exaltado—. ¡Sugestiones del Estado! —Descargó un puñetazo encima de una
mesa—. De ahí se sigue que...
Un rumor lo indujo a volverse.
—¡Oh, Ford! —exclamó en otro tono—. He despertado a los niños.

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Aldous Huxley Un mundo feliz

CAPÍTULO III
Fuera, en el jardín, era la hora del recreo. Desnudos bajo el cálido sol de junio,
seiscientos o setecientos niños y niñas corrían de acá para allá lanzando agudos
chillidos y jugando a la pelota, o permanecían sentados silenciosamente, entre las matas
floridas, en parejas o en grupos de tres. Los rosales estaban en flor, dos ruiseñores
entonaban un soliloquio en la espesura, y un cuco desafinaba un poco entre los tilos.
El aire vibraba con el zumbido de las abejas y los helicópteros.
El director y los alumnos permanecieron algún tiempo contemplando a un grupo de
niños que jugaban a la Pelota Centrífuga. Veinte de ellos formaban círculo alrededor de
una torre de acero cromado. Había que arrojar la pelota a una plataforma colocada en lo
alto de la torre; entonces la pelota caía por el interior de la misma hasta llegar a un disco
que giraba velozmente, y salía disparada al exterior por una de las numerosas aberturas
practicadas en la armazón de la torre. Y los niños debían atraparla.
—Es curioso —musitó el director, cuando se apartaron del lugar—, es curioso pensar
que hasta en los tiempos de Nuestro Ford la mayoría de los juegos se jugaban sin más
aparatos que una o dos pelotas, unos pocos palos y a veces una red.
Imaginen la locura que representa permitir que la gente se entregue a juegos
complicados que en nada aumentan el consumo. Pura locura. Actualmente los
Interventores no aprueban ningún nuevo juego, a menos que pueda demostrarse que
exige cuando menos tantos aparatos como el más complicado de los juegos ya
existentes. —Se interrumpió espontáneamente—. He aquí un grupito encantador —dijo,
señalando.
En una breve extensión de césped, entre altos grupos de brezos mediterráneos, dos
chiquillos, un niño de unos siete años y una niña que quizá tendría un año más, jugaban
—gravemente y con la atención concentrada de unos científicos empeñados en una
labor de investigación— a un rudimentario juego sexual.
—¡Encantador, encantador! —repitió el D.I.C., sentimentalmente.
—Encantador —convinieron los muchachos, cortésmente.
Pero su sonrisa tenía cierta expresión condescendiente: hacía muy poco tiempo que
habían abandonado aquellas diversiones infantiles, demasiado poco para poder
contemplarlas sin cierto desprecio. ¿Encantador? No eran más que un par de chiquillos
haciendo el tonto; nada más. Chiquilladas.
—Siempre pienso... —empezó el director en el mismo tono sensiblero.
Pero lo interrumpió un llanto bastante agudo.
De unos matorrales cercanos emergió una enfermera que llevaba cogido de la mano
un niño que lloraba. Una niña, con expresión ansiosa, trotaba pisándole los talones.
—¿Qué ocurre? —preguntó el director.

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Aldous Huxley Un mundo feliz

Aldous Huxley Un mundo feliz

La enfermera se encogió de hombros.
—No tiene importancia —contestó—. Sólo que este chiquillo parece bastante reacio a
unirse en el juego erótico corriente. Ya lo había observado dos o tres veces. Y ahora
vuelve a las andadas.
Empezó a llorar y...
—Honradamente —intervino la chiquilla de aspecto ansioso—, yo no quise hacerle
ningún daño.
Es la pura verdad.
—Claro que no, querida —dijo la enfermera, tranquilizándola—. Por esto —prosiguió,
dirigiéndose de nuevo al director— lo llevo a presencia del Superintendente Ayudante
de Psicología. Para ver si hay en él alguna anormalidad.
—Perfectamente —dijo el director—. Llévelo allá. Tú te quedas aquí, chiquilla —agregó,
mientras la enfermera se alejaba con el niño, que seguía llorando—. ¿Cómo te llamas?
—Polly Trotsky.
—Un nombre muy bonito, como tú —dijo el director—. Anda, ve a ver si encuentras a
otro niño con quien jugar.
La niña echó a correr hacia los matorrales y se perdió de vista.
—¡Exquisita criatura! —dijo el director, mirando en la dirección por donde había
desaparecido; y volviéndose después hacia los estudiantes, prosiguió—: Lo que ahora
voy a decirles puede parecer increíble. Pero cuando no se está acostumbrado a la
Historia, la mayoría de los hechos del pasado parecen increíbles.
Y les comunicó la asombrosa verdad. Durante un largo período de tiempo, antes de
la época de Nuestro Ford, y aun durante algunas generaciones subsiguientes, los
juegos eróticos entre chiquillos habían sido considerados como algo anormal (estallaron
sonoras risas); y no sólo anormal, sino realmente inmoral (¡No!), y, en consecuencia,
estaban rigurosamente prohibidos.
Una expresión de asombrosa incredulidad apareció en los rostros de sus oyentes.
¿Era posible que prohibieran a los pobres chiquillos divertirse? No podían creerlo.
—Hasta a los adolescentes se les prohibían —siguió el D.I.C.—; a los adolescentes
como ustedes...
—¡Es imposible!
—Dejando aparte un poco de autoerotismo subrepticio y la homosexualidad, nada
estaba permitido.
—¿Nada?
—En la mayoría de los casos, hasta que tenían más de veinte años.
—¿Veinte años? —repitieron, como un eco, los estudiantes, en un coro de incredulidad.
—Veinte —repitió a su vez el director—. Ya les dije que les parecería increíble.
—Pero, ¿qué pasaba? —preguntaron los muchachos—. ¿Cuáles eran los resultados?

—Los resultados eran terribles.
Una voz grave y resonante había intervenido inesperadamente en la conversación.
Todos se volvieron. A la vera del pequeño grupo se hallaba un desconocido, un
hombre de estatura media y cabellos negros, nariz ganchuda, labios rojos y regordetes,
y ojos oscuros, que parecían taladrar.
—Terribles —repitió.
En aquel momento, el D.I.C. se hallaba sentado en uno de los bancos de acero y
caucho convenientemente esparcidos por todo el jardín; pero a la vista del desconocido
saltó sobre sus pies y corrió a su encuentro, con las manos abiertas, sonriendo con
todos sus dientes, efusivo.
—¡Interventor! ¡Qué inesperado placer! Muchachos, ¿en qué piensan ustedes? Les
presento al interventor; es Su Fordería Mustafá Mond.
En las cuatro mil salas del Centro, los cuatro mil relojes eléctricos dieron
simultáneamente las cuatro. Voces etéreas sonaban por los altavoces:
—Cesa el primer turno del día... Empieza el segundo turno del día... Cesa el primer turno
del día...
En el ascensor, camino de los vestuarios, Henry Foster y el Director Ayudante de
Predestinación daban la espalda intencionadamente a Bernard Marx, de la Oficina
Psicológica, procurando evitar toda relación con aquel hombre de mala fama.
En el Almacén de Embriones, el débil zumbido y chirrido de las máquinas todavía
estremecía el aire escarlata. Los turnos podían sucederse; una cara roja, luposa, podía
ceder el lugar a otra; mayestáticamente y para siempre, los trenes seguían reptando con
su carga de futuros hombres y mujeres.
Lenina Crowne se dirigió hacia la puerta.
¡Su Fordería Mustafá Mond! A los estudiantes casi se les salían los ojos de la
cabeza. ¡Mustafá Mond! ¡El Interventor Residente de la Europa Occidental! ¡Uno de los
Diez Interventores Mundiales! Uno de los Diez... y se sentó en el banco, con el D.I.C.,
e iba a quedarse, a quedarse, sí, y hasta a dirigirlos la palabra... ¡Directamente de labios
del propio Ford!
Dos chiquillos morenos emergieron de unos matorrales cercanos, les miraron un
momento con ojos muy abiertos y llenos de asombro, y luego volvieron a sus juegos
entre las hojas.
—Todos ustedes recuerdan —dijo el Interventor; con su voz fuerte y grave—, todos
ustedes recuerdan, supongo, aquella hermosa e inspirada frase de Nuestro Ford: La
Historia es una patraña —repitió lentamente—, una patraña.
Hizo un ademán con la mano, y fue como si con un visible plumero hubiese quitado
un poco el polvo; y el polvo era Harappa, era Ur de Caldea; y algunas telarañas, y las
telarañas eran Tebas y Babilonia, y Cnosos y Micenas. Otro movimiento de plumero y

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Aldous Huxley Un mundo feliz

Aldous Huxley Un mundo feliz

desaparecieron Ulises, Job, Júpiter, Gautana y Jesús. Otro plumerazo, y fueron
aniquiladas aquellas viejas motas de suciedad que se llamaron Atenas, Roma, Jerusalén
y el Celeste Imperio. Otro, y el lugar donde había estado Italia quedó desierto. Otro, y
desaparecieron las catedrales. Otro, otro, y afuera con el Rey Lear y los Pensamientos
de Pascal. Otro, ¡y basta de Pasión ! Otro, ¡y basta de Réquiem ! Otro, ¡y basta de
Sinfonía!; otro plumerazo y...
—¿Irás al sensorama esta noche, Henry? —preguntó el Predestinador Ayudante—. Me
han dicho que el fílm del Alhambra es estupendo. Hay una escena de amor sobre una
alfombra de piel de oso; dicen que es algo maravilloso. Aparecen reproducidos todos
los pelos del oso. Unos efectos táctiles asombrosos.
—Por esto no se les enseña Historia —decía el Interventor—. Pero ahora ha llegado el
momento...
El D.I.C. le miró con inquietud. Corrían extraños rumores acerca de viejos libros
prohibidos ocultos en una arca de seguridad en el despacho del Interventor. Biblias,
poesías... ¡Ford sabía tantas cosas!
Mustafá Mond captó su mirada ansiosa, y las comisuras de sus rojos labios se
fruncieron irónicamente.
—Tranquilícese, director —dijo en leve tono de burla—. No voy a corromperlos.
El D.I.C. quedó abrumado de confusión.
Los que se sienten despreciados procuran aparecer despectivos. La sonrisa que
apareció en el rostro de Bernard Marx era ciertamente despreciativa. ¡Todos los pelos
del oso! ¡Vaya!
—Haré todo lo posible por ir —dijo Henry Foster.
Mustafá Mond se inclinó hacia delante y agitó el dedo índice hacia ellos.
—Basta que intenten comprenderlo —dijo, y su voz provocó un extraño escalofrío en
los diafragmas de sus oyentes—. Intenten comprender el efecto que producía tener una
madre vivípara.
De nuevo aquella palabra obscena. Pero esta vez a ninguno se le ocurrió siquiera la
posibilidad de sonreír.
—Intenten imaginar lo que significaba vivir con la propia familia.
Lo intentaron; pero, evidentemente, sin éxito. —¿Y saben ustedes lo que era un
hogar? Todos movieron negativamente la cabeza.
Emergieron de su sótano oscuro y escarlata, Lenina Crowne subió diecisiete pisos,
torció a la derecha al salir del ascensor, avanzó por un largo pasillo y, abriendo la puerta
del Vestuario Femenino, se zambulló en un caos ensordecedor de brazos, senos y ropa
interior. Torrentes de agua caliente caían en un centenar de bañeras o salían
borboteando de ellas por los desagües. Zumbando y silbando, ochenta máquinas para
masaje —que funcionaban a base de vacío y vibración— amasaban simultáneamente

la carne firme y tostada por el sol de ochenta soberbios ejemplares femeninos que
hablaban todos a voz en grito. Una máquina de Música Sintética susurraba un solo de
super corneta.
—Hola, Fanny —dijo Lenina a la muchacha que tenía el perchero y el armario junto al
suyo.
Fanny trabajaba en la Sala de Envasado y se llamaba también Crowne de apellido.
Pero como entre los dos mil millones de habitantes del planeta debían repartiese sólo
diez mil hombres, esta coincidencia nada tenía de sorprendente.
Lenina tiró de sus cremalleras —hacia abajo la de la chaqueta, hacia abajo, con
ambas manos, las dos cremalleras de los pantalones, y hacia abajo también para la ropa
interior—, y, sin más que las medias y los zapatos, se dirigió hacia el baño.
Hogar, hogar... Unos pocos cuartitos, superpoblados por un hombre, una mujer
periódicamente embarazada, y una turbamulta de niños y niñas de todas las edades. Sin
aire, sin espacio; una prisión no esterilizada; oscuridad, enfermedades y malos olores.
(La evocación que el Interventor hizo del hogar fue tan vívida que uno de los
muchachos, más sensible que los demás, palideció ante la mera descripción del mismo
y estuvo a punto de marearse.)
Lenina salió del baño, se secó con la toalla, cogió un largo tubo flexible incrustado
en la pared, apuntó con él a su pecho, como si se dispusiera a suicidarse, y oprimió el
gatillo. Una oleada de aire caliente la cubrió de finísimos polvos de talco. Ocho
diferentes perfumes y agua de Colonia se hallaban a su disposición con sólo maniobrar
los pequeños grifos situados en el borde del lavabo. Lenina abrió el tercero de la
izquierda, se perfumó con esencia de Chipre, y, llevando en la mano los zapatos y las
medias, salió a ver si estaba libre alguno de los aparatos de masaje.
Y el hogar era tan mezquino psíquicamente como físicamente. Psíquicamente, era una
conejera, un estercolero, lleno de fricciones a causa de la vida en común, hediondo a
fuerza de emociones. ¡Cuántas intimidades asfixiantes, cuán peligrosas, insanas y
obscenas relaciones entre los miembros del grupo familiar! Como una maniática, la
madre se preocupaba constantemente por los hijos (sus hijos)..., se preocupaba por
ellos como una gata por sus pequeños; pero como una gata que supiera hablar, una
gata que supiera decir: Nene mío, nene mío una y otra vez. Nene mío, y, ¡oh, en mi
pecho, sus manitas, su hambre, y ese placer mortal e indecible! Hasta que al fin mi niño
se duerme, mi niño se ha dormido con una gota de blanca leche en la comisura de su
boca. Mi hijito duerme ...
—Sí —dijo Mustafá Mond, moviendo la cabeza—, con razón se estremecen ustedes.

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—¿Con quién saldrás esta noche? —preguntó Lenina, volviendo de su masaje con un
resplandor rosado, como una perla iluminada desde dentro.

Aldous Huxley Un mundo feliz

—Con nadie.
Lenina arqueó las cejas, asombrada.
—Últimamente no me he encontrado muy bien —explicó Fanny—. El doctor Wells me
aconsejó tomar Sucedáneo de Embarazo.
—¡Pero si sólo tienes diecinueve años! El primer Sucedáneo de Embarazo no es
obligatorio hasta los veintiuno.
—Ya lo sé, mujer. Pero hay personas a quienes les conviene empezar antes. El doctor
Wells me dijo que las morenas de pelvis ancha, como yo, deberían tomar el primer
Sucedáneo de Embarazo a los diecisiete.
De modo que en realidad llevo dos años de retraso y no de adelanto.
Abrió la puerta de su armario y señaló la hilera de cajas y ampollas etiquetadas del
primer estante.
Jarabe de Corpus Luteum. Lenina leyó los nombres en voz alta. Ovarina fresca,
garantizada; fecha de caducidad: 1 de agosto de 632 d. F. Extracto de glándulas
mamarias: tómese tres veces al día, antes de las comidas, con un poco de agua.
Placentina; inyectar 5 cc. cada tres días (intravenosa) ...
—¡Uy! —estremecióse Lenina—. ¡Con lo poco que me gustan las intravenosas! ¿Y a ti?
—Tampoco me gustan. Pero cuando son para nuestro bien...
Fanny era una muchacha particularmente juiciosa.
Nuestro Ford —o nuestro Freud, como, por alguna razón inescrutable, decidió
llamarse él mismo cuando hablaba de temas psicológicos—. Nuestro Freud fue el
primero en revelar los terribles peligros de la vida familiar. El mundo estaba lleno de
padres, y, por consiguiente, estaba lleno de miseria; lleno de madres, y, por
consiguiente, de todas las formas de perversión, desde el sadismo hasta la castidad;
lleno de hermanos, hermanas, tíos, tías, y, por ende, lleno de locura y de suicidios.
—Y sin embargo, entre los salvajes de Samoa, en ciertas islas de la costa de Nueva
Guinea...
El sol tropical relucía como miel caliente sobre los cuerpos desnudos de los
chiquillos que retozaban promiscuamente entre las flores de hibisco. El hogar estaba en
cualquiera de las veinte casas con tejado de hojas de palmera. En las Trobiands, la
concepción era obra de los espíritus ancestrales; nadie había oído hablar jamás de
padre.
—Los extremos se tocan —dijo el Interventor—. Por la sencilla razón de que fueron
creados para tocarse.

Aldous Huxley Un mundo feliz

—Espero que esté en lo cierto —dijo Lenina—. Pero, Fanny, ¿de veras quieres decir que
durante estos tres meses se supone que no vas a ... ?
—¡Oh, no, mujer! Sólo durante una o dos semanas, y nada más. Pasaré la noche en el
club, jugando al Bridge Musical. Supongo que tú sí saldrás, ¿no?
Lenina asintió con la cabeza. —¿Con quién?
—Con Henry Foster.
—¿Otra vez? —El rostro afable, un tanto lunar, de Fanny cobró una expresión de
asombro dolido y reprobador—. ¡No me digas que todavía sales con Henry Foster!
Madres y padres, hermanos y hermanas. Pero había también maridos, mujeres,
amantes. Había también monogamia y romanticismo.
—Aunque probablemente ustedes ignoren lo que es todo esto —dijo Mustafá Mond.
Los estudiantes asintieron.
Familia, monogamia, romanticismo. Exclusivismo en todo, en todo una concentración
del interés, una canalización del impulso y la energía.
—Cuando lo cierto es que todo el mundo pertenece a todo el mundo —concluyó el
Interventor, citando el proverbio hipnopédico.
Los estudiantes volvieron a asentir, con énfasis, aprobando una afirmación que
sesenta y dos mil repeticiones en la oscuridad les habían obligado a aceptar, no sólo
como cierta sino como axiomático, evidente, absolutamente indiscutible.
—Bueno, al fin y al cabo —protestó Lenina— sólo hace unos cuatro meses que salgo
con Henry.
—¡Sólo cuatro meses! ¡Me gusta! Y lo que es peor —prosiguió Fanny, señalándola con
un dedo acusador— es que en todo este tiempo no ha habido en tu vida nadie, excepto
Henry, ¿verdad?
Lenina se sonrojó violentamente; pero sus ojos y el tono de su voz siguieron
desafiando a su amiga.
—No, nadie más —contestó, casi con truculencia—. Y no veo por qué debería haber
habido alguien más.
—¡Vaya! ¡La niña no ve por qué! —repitió Fanny, como dirigiéndose a un invisible
oyente situado detrás del hombro izquierdo de Lenina. Luego, cambiando bruscamente
de tono, añadió—: En serio. La verdad es que creo que deberías andar con cuidado.
Está muy mal eso de seguir así con el mismo hombre. A los cuarenta o cuarenta y cinco
años, todavía... Pero, ¡a tu edad, Lenina! No. no puede ser. Y sabes muy bien que el
D.I.C. se opone firmemente a todo lo que sea demasiado intenso o prolongado...

—El doctor Wells dice que una cura de tres meses a base de Sucedáneo de Embarazo
mejorará mi salud durante los tres o cuatro años próximos.

—Imaginen un tubo que encierra agua a presión. —Los estudiantes se lo imaginaron—.

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Aldous Huxley Un mundo feliz

Practico en el mismo un solo agujero —dijo el Interventor——. ¡Qué hermoso chorro!
Lo agujereó viente veces. Brotaron veinte mezquinas fuentecitas.
Hijo mío. Hijo mío...
¡Madre!
La locura es contagiosa.
Amor mío, mi único amor, preciosa, preciosa...
Madre, monogamia, romanticismo... La fuente brota muy alta; el chorro surge con
furia, espumante. La necesidad tiene una sola salida. Amor mío, hijo mío. No es extraño
que aquellos pobres premodernos estuviesen locos y fuesen desdichados y miserables.
Su mundo no les permitía tomar las cosas con calma, no les permitía ser juiciosos,
virtuosos, felices. Con madres y amantes, con prohibiciones para cuya obediencia no
habían sido condicionados, con las tentaciones y los remordimientos solitarios, con
todas las enfermedades y el dolor eternamente aislante, no es de extrañar que sintieran
intensamente las cosas y sintiéndolas así (y, peor aún, en soledad, en un aislamiento
individual sin esperanzas), ¿cómo podían ser estables?

Aldous Huxley Un mundo feliz

cabo de ciento cincuenta semanas de nuevo hay sólo mil millones; miles y miles de
hombres y mujeres han perecido de hambre.
Las ruedas deben girar continuamente, pero no al azar. Debe haber hombres que las
vigilen, hombres tan seguros como las mismas ruedas en sus ejes, hombres cuerdos,
obedientes, estables en su contentamiento.
Si gritan: Hijo mío, madre mía, mi único amor; si murmuran: Mi pecado, mi terrible
Dios; si chillan de dolor, deliran de fiebre, sufren a causa de la vejez y la pobreza...
¿cómo pueden cuidar de las ruedas? Y si no pueden cuidar de las ruedas... Sería muy
difícil enterrar o quemar los cadáveres de millares y millares y millares de hombres y
mujeres.
—Y al fin y al cabo —el tono de voz de Fanny era un arrullo—, no veo que haya nada
doloroso o desagradable en el hecho de tener a uno o dos hombres además de Henry.
Teniendo en cuenta todo esto, deberías ser un poco más promiscua ...
—Estabilidad —insistió el Interventor—, estabilidad. La necesidad primaria y última.
Estabilidad. De ahí todo esto.
Con un movimiento de la mano señaló los jardines, el enorme edificio del Centro de
Condicionamiento, los niños desnudos semiocultos en la espesura o corriendo por los
prados.
Lenina movió negativamente la cabeza.

—Claro que no tienes necesidad de dejarle. Pero sal con algún otro de vez en cuando.
Esto basta. É1 va con otras muchachas, ¿no es verdad?
Lenina lo admitió.
—Claro que sí. Henry Foster es un perfecto caballero, siempre correcto. Además, tienes
que pensar en el director. Ya sabes que es muy quisquilloso.. ,
Asintiendo con la cabeza, Lenina dijo:
—Esta tarde me ha dado una palmadita en el trasero.
—¿Lo ves? —Fanny se mostraba triunfal—. Esto te demuestra qué es lo que importa
por encima de todo. El convencionalismo más estricto.

—No sé por qué —musitó— últimamente no me he sentido muy bien dispuesta a la
promiscuidad. Hay momentos en que una no debe. ¿Nunca lo has sentido así, Fanny?
Fanny asintió con simpatía y comprensión.
—Pero es preciso hacer un esfuerzo —dijo sentenciosamente—, es preciso tomar parte
en el juego. Al fin y al cabo, todo el mundo pertenece a todo el mundo.
—Sí, todo el mundo pertenece a todo el mundo —repitió Lenina lentamente; y,
suspirando, guardó silencio un momento; después, cogiendo la mano de Fanny, se la
estrechó ligeramente—. Tienes toda la razón, Fanny. Como siempre. Haré ese esfuerzo.

—Estabilidad —dijo el Interventor—, estabilidad. No cabe civilización alguna sin
estabilidad social. Y no hay estabilidad social sin estabilidad individual.
Su voz sonaba como una trompeta. Escuchándole, los estudiantes se sentían más
grandes, más ardientes.
La máquina gira, gira, y debe seguir girando, siempre. Si se para, es la muerte. Un
millar de millones se arrastraban por la corteza terrestre. Las ruedas empezaron a girar.
En ciento cincuenta años llegaron a los dos mil millones. Párense todas las ruedas. Al

Los impulsos coartados se derraman, y el derrame es sentimiento, el derrame es
pasión, el derrame es incluso locura; ello depende de la fuerza de la corriente. y de la
altura y la resistencia del dique. La corriente que no es detenida por ningún obstáculo
fluye suavemente, bajando por los canales predestinados hasta producir un bienestar
tranquilo.
El embrión está hambriento; día tras día, la bomba de sucedáneo de la sangre gira a
ochocientas revoluciones por minuto. El niño decantado llora; inmediatamente aparece

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Aldous Huxley Un mundo feliz

una enfermera con un frasco de secreción externa. Los sentimientos proliferan en el
intervalo de tiempo entre el deseo y su consumación. Abreviad este intervalo, derribad
esos viejos diques innecesarios.
—¡Afortunados muchachos! —dijo el Interventor—. No se ahorraron esfuerzos para
hacer que sus vidas fuesen emocionalmente fáciles, para preservarles, en la medida de
lo posible, de toda emoción.
—¡Ford está en su viejo carromato! —murmuró el D.I.C.—. Todo marcha bien en el
mundo.
—¿Lenina Crowne? —dijo Henry Foster, repitiendo la pregunta del Predestinador
Ayudante mientras cerraba la cremallera de sus pantalones—. Es una muchacha
estupenda. Maravillosamente neumática. Me sorprende que no la hayas tenido.
—La verdad es que no comprendo cómo pudo ser —dijo el Predestinador Ayudante—.
Pero lo haré. En la primera ocasión.
Desde su lugar, en el extremo opuesto de la nave del vestuario, Bernard Marx oyó
lo que decían y palideció.
—Si quieres que te diga la verdad —dijo Lenina—, lo cierto es que empiezo a aburrirme
un poco a fuerza de no tener más que a Henry día tras día. —Se puso la media de la
pierna izquierda—. ¿Conoces a Bernard Marx? —preguntó en un tono cuya excesiva
indiferencia era evidentemente forzada.
Fanny pareció sobresaltada.
—No me digas que... —¿Por qué no? Bernard es un Alfa-más.
Además, me pidió que fuera a una de las Reservas para Salvajes con él. Siempre he
deseado ver una Reserva para Salvajes.
—Pero ¿y su mala fama? —¿Qué me importa su reputación? —Dicen que no le gusta el
Golf de Obstáculos.
—Dicen, dicen... —se burló Lenina. —Además, se pasa casi todo el tiempo solo, solo.
En la voz de Fanny sonaba una nota de horror. —Bueno, en todo caso no estará tan
solo cuando esté conmigo. No sé por qué todo el mundo lo trata tan mal. Yo lo
encuentro muy agradable.
Sonrió para sí; ¡cuán absurdamente tímido se había mostrado Bernard! Asustado
casi, como si ella fuese un Interventor Mundial y él un mecánico Gamma-menos.
—Consideren sus propios gustos —dijo Mustafá Mond—. ¿Ha encontrado jamás
alguno de ustedes un obstáculo insalvable?
La pregunta fue contestada con un silencio negativo.
—¿Alguno de ustedes se ha visto jamás obligado a esperar largo tiempo entre la

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Aldous Huxley Un mundo feliz

conciencia de un deseo y su satisfacción?
—Bueno... —empezó uno de los muchachos; y vaciló.
—Hable —dijo el D.I.C.—. No haga esperar a Su Fordería.
—Una vez tuve que esperar casi cuatro semanas antes de que la muchacha que yo
deseaba me permitiera ir con ella.
—¿Y sintió usted una fuerte emoción?
—¡Horrible!
—Horrible; exactamente —dijo el Interventor—. Nuestros antepasados eran tan
estúpidos y cortos de miras que cuando aparecieron los primeros reformadores y
ofrecieron librarles de estas horribles emociones, no quisieron ni escucharles.
—Hablan de ella como si fuese un trozo de carne. —Bernard rechinó los dientes—. La
he probado, no la he probado. Como un cordero. La rebajan a la categoría de cordero,
ni más ni menos. Ella dijo que lo pensaría y que me contestaría esta semana. ¡Oh, Ford,
Ford, Ford!
Sentía deseos de acercarse a ellos y pegarles en la cara, duro, fuerte, una y otra vez.
—De veras, te aconsejo que la pruebes —decía Henry Foster.
—¡Es tan feo! —dijo Fanny.
—Pues a mí me gusta su aspecto. —¡Y tan bajo !
Fanny hizo una mueca; la poca estatura era típica de las castas bajas.
—Yo lo encuentro muy simpático —dijo Lenina—. Me hace sentir deseos de mimarlo.
¿Entiendes? Como a un gato.
Fanny estaba sorprendida y disgustada.
—Dicen que alguien cometió un error cuando todavía estaba envasado; creyó que era
un Gamma y puso alcohol en su ración de sucedáneo de la sangre. Por esto es tan
canijo.
—¡Qué tontería!
Lenina estaba indignada.
—La enseñanza mediante el sueño estuvo prohibida en Inglaterra. Había allá algo que
se llamaba Liberalismo. El Parlamento, suponiendo que ustedes sepan lo que era, aprobó
una ley que la prohibía. Se conservan los archivos. Hubo discursos sobre la libertad,
a propósito de ello. Libertad para ser consciente y desgraciado. Libertad para ser una
clavija redonda en un agujero cuadrado.
—Pero, mi querido amigo, con mucho gusto, te lo aseguro. Con mucho gusto. —Henry
Foster dio unas palmadas al hombro del Predestinador Ayudante—. Al fin y al cabo,

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Aldous Huxley Un mundo feliz

Aldous Huxley Un mundo feliz

todo el mundo pertenece a todo el mundo.
Cien repeticiones tres noches por semana, durante cuatro años —pensó Bernard
Marx, que era especialista en hipnopedia—. Sesenta y dos mil cuatrocientas
repeticiones crean una verdad. ¡Idiotas!

En las Guarderías, la lección de Conciencia de Clase Elemental había terminado, y
ahora las voces se encargaban de crear futura demanda para la futura producción
industrial. Me gusta volar —murmuraban—, me gusta volar, me gusta tener vestidos
nuevos, me gusta...

—O el sistema de Castas. Constantemente propuesto, constantemente rechazado.
Existía entonces la llamada democracia. Como si los hombres fuesen iguales no sólo
fisicoquímicamente.
—Bueno, lo único que puedo decir es que aceptaré su invitación.

—El liberalismo, desde luego, murió de ántrax.
Pero las cosas no pueden hacerse por la fuerza.
—No tan neumática como Lenina. Ni mucho menos.

Bernard los odiaba, los odiaba. Pero eran dos, y eran altos y fuertes.
—La Guerra de los Nueve Años empezó en el año 141 d. F.
—Aunque fuese verdad lo de que le pusieron alcohol en el sucedáneo de la sangre.
—Cosa que, simplemente, no puedo creer —concluyó Lenina.
—El estruendo de catorce mil aviones avanzando en formación abierta. Pero en la
Kurfurstendamm y en el Huitième Arrondissement, la explosión de las bombas de ántrax
apenas produce más ruido que el de una bolsa de papel al estallar,

—Pero los vestidos viejos son feísimos —seguía diciendo el incansable murmullo—.
Nosotros siempre tiramos los vestidos viejos. Tirarlos es mejor que remendarlos, tirarlos
es mejor que remendarlos, tirarlos es mejor...
—Gobernar es legislar, no pegar. Se gobierna con el cerebro y las nalgas, nunca con los
puños. Por ejemplo, había la obligación de consumir, el consumo obligatorio...
—Bueno, ya estoy —dijo Lenina; pero Fanny seguía muda y dándole la espalda—.
Hagamos las paces—, querida Fanny.

—Porque quiero ver una Reserva de Salvajes.
—CH C H (NO)2 + Hg (CNO2) ¿a qué? Un enorme agujero en el suelo, un montón de
ruinas, algunos trozos de carne y de mucus, un pie, con la bota puesta todavía, que
vuela por los aires y aterriza, ¡plas!, entre los geranios, los geranios rojos... ¡Qué
espléndida floración, aquel verano!

—Todos los hombres, las mujeres y los niños eran obligados a consumir un tanto al
año. En beneficio de la industria. El único resultado...
—Tirarlos es mejor que remendarlos. A más remiendos, menos dinero; a más remiendos,
menos dinero; a más remiendos ...

—No tienes remedio, Lenina; te dejo por lo que eres.

—Cualquier día —dijo Fanny, con énfasis dolorido— vas a meterte en un lío.

—La técnica rusa para infectar las aguas era particularmente ingeniosa.

—La oposición consciente en gran escala. Cualquier cosa con tal de no consumir.
Retorno a la Naturaleza.

De espaldas, Fanny y Lenina siguieron vistiéndose en silencio.
—Me gusta volar, me gusta volar.
—La Guerra de los Nueve Años, el gran Colapso Económico. Había que elegir entre
Dominio Mundial o destrucción. Entre estabilidad y ...
—Fanny Crowne también es una chica estupenda —dijo el Predestinador Ayudante.

—¿Estoy bien? —preguntó Lenina.
Llevaba una chaqueta de tela de acetato verde botella, con puños y cuello de
viscosa verde.

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—Ochocientos partidarios de la Vida Sencilla fueron liquidados por las ametralladoras
en Golders Green.

Aldous Huxley Un mundo feliz

—Es una auténtica desgracia, mi bandolera.
—Éstas son las ventajas de una educación realmente científica.

—Tirarlos es mejor que remendarlos, tirarlos es mejor que remendarlos.
—A más remiendos, menos dinero; a más remiendos, menos ...
—Luego se produjo la matanza del Museo Británico. Dos mil fanáticos de la cultura
gaseados con sulfuro de dicloretil.

—La introducción del primer modelo T de Nuestro Ford ...

Un gorrito de jockey verde y blanco sombreaba los ojos de Lenina; sus zapatos eran
de un brillante color verde, y muy lustrosos.
—Al fin —dijo Mustafá Mond—, los Interventores comprendieron que el uso de la
fuerza era inútil. Los métodos más lentos, pero infinitamente más seguros, de la
Ectogenesia, el condicionamiento neo—Pavloviano y la hipnopedia ...

—Hace ya cerca de tres meses que lo llevo...

Y alrededor de la cintura, Lenina llevaba una cartuchera de sucedáneos de cuero
verde, montada en plata, completamente llena (puesto que Lenina no era hermafrodita)
de productos anticoncepcionales reglamentarios.

—Había una cosa, como dije antes, llamada Cristianismo.

—Al fin se emplearon los descubrimientos de Pfitzner y Kawaguchi. Una propaganda
intensiva contra la reproducción vivípara ...

—La moral y la filosofía del subconsumo...

—...fue elegida como fecha de iniciación de la nueva Era.
—Tirarlos es mejor que remendarlos; tirarlos es mejor ...

—Tirarlos es mejor que remendarlos.

—Me gustan los vestidos nuevos, me gustan los vestidos nuevos, me gustan ...
— ¡Perfecta... ! —gritó Fanny, entusiasmada. Nunca podía resistirse mucho rato al
hechizo de Lenina—. ¡Qué cinturón Maltusiano tan mono!
—Coordinaba con una campaña contra el Pasado; con el cierre de los museos, la
voladura de los monumentos históricos (afortunadamente la mayoría de ellos ya habían
sido destruidos durante la Guerra de los Nueve años); con la supresión de todos los
libros publicados antes del año 150 d. F....

—Tan esenciales cuando había subproducción; pero en una época de máquinas y de
la fijación del nitrógeno, eran un auténtico crimen contra la sociedad.
—Me lo regaló Henry Foster.
—Se cortó el remate a todas las cruces y quedaron convertidas en T. Había también una
cosa llamada Dios.

—No cesaré hasta conseguir uno igual —dijo Fanny.
—Es verdadera imitación de tafilete.
—Había una cosa que llamaban pirámides, por ejemplo.
—Ahora tenemos el Estado Mundial. Y las fiestas del Día de Ford, y los Cantos de la
Comunidad, y los Servicios de Solidaridad.

—Mi vieja bandolera de charol...
—Y un tipo llamado Shakespeare. Claro que ustedes no han oído hablar jamás de estas
cosas.

—¡Ford, cómo los odio!, pensaba Bernard Marx.
—Había otra cosa llamada Cielo; sin embargo, solían beber enormes cantidades de

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Aldous Huxley Un mundo feliz

alcohol.
—Sólo faltaba conquistar la vejez.
—Como carne; exactamente lo mismo que si fuera carne.
—Habla una cosa llamada alma y otra llamada inmortalidad.

—¡Al cuerno! —gritó Bernard Marx.
—¡Qué picajoso!

—Pregúntale a Henry dónde lo consiguió.

—Hormonas gonadales, transfusión de sangre joven, sales de magnesio ...

—Pero solían tomar morfina y cocaína.

—Y recuerda que un gramo es mejor que un taco.
Y los dos salieron, riendo.

—Y lo peor del caso es que ella es la primera en considerarse como simple carne.
—En el año 178 d.F., se subvencionó a dos mil farmacólogos y bioquímicos ...

—Todos los estigmas fisiológicos de la vejez han sido abolidos. Y con ellos,
naturalmente ...

—Parece malhumorado —dijo el Predestinador Ayudante, señalando a Bernard Marx.

—No se te olvide preguntarle lo del cinturón Maltusiano —dijo Fanny.

—Seis años después se producía ya comercialmente la droga perfecta.

—... Y con ellos, naturalmente, todas las peculiaridades mentales del anciano. Los
caracteres permanecen constantes a través de toda la vida.

—Vamos a tirarle de la lengua.
—Eufórica, narcótica, agradablemente alucinante.
—Estás melancólico, Marx. —La palmada en la espalda lo sobresaltó. Levantó los ojos.
Era aquel bruto de Henry Foster—. Necesitas un gramo de soma.

—...dos vueltas de Golf de Obstáculos que terminar antes de que oscurezca. Tengo que
darme prisa.

—Todas las ventajas del cristianismo y del alcohol; y ninguno de sus inconvenientes.

—Trabajo, juegos... A los sesenta años nuestras fuerzas son exactamente las mismas
que a los diecisiete. En la Antigüedad, los viejos solían renunciar, retirarse, entregarse
a la religión, pasarse el tiempo leyendo, pensando... ¡Pensando!

—¡Ford, me gustaría matarle! Pero no hizo más que decir: No, gracias, al tiempo que
rechazaba el tubo de tabletas que le ofrecía.

—¡Idiotas, cerdos!, se decía Bernard Marx, mientras avanzaba por el pasillo en dirección
al ascensor.

—Uno puede tomarse unas vacaciones de la realidad siempre que se le antoje, y volver
de las mismas sin siquiera un dolor de cabeza o una mitología.

—Un solo centímetro cúbico cura diez sentimientos melancólicos —dijo el Presidente
Ayudante, citando una frase de sabiduría hipnopédica.

—En la actualidad el progreso es tal que los ancianos trabajan, los ancianos cooperan,
los ancianos no tienen tiempo ni ocios que no puedan llenar con el placer, ni un solo
momento para sentarse y pensar; y si por desgracia se abriera alguna rendija de tiempo
en la sólida sustancia de sus distracciones, siempre queda el soma, el delicioso soma,
medio gramo para una tarde de asueto, un gramo para un fin de semana, dos gramos
para un viaje al bello Oriente, tres para una oscura eternidad en la luna; y vuelven
cuando se sienten ya al otro lado de la grieta, a salvo en la tierra firme del trabajo y la
distracción cotidianos, pasando de sensorama a sensorama, de muchacha a muchacha
neumática, de Campo de Golf Electromagnético a...

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—Tómalo —insistió Henry Foster—, tómalo.
—La estabilidad quedó prácticamente asegurada.

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Aldous Huxley Un mundo feliz

CAPÍTULO IV
—¡Fuera, chiquilla! —gritó el D.I.C., enojado—. ¡Fuera, peque! ¿No veis que el
Interventor está atareado? ¡Id a hacer vuestros juegos eróticos a otra parte!
—¡Pobres chiquillos! —dijo el Interventor.
Lenta, majestuosamente, con un débil zumbido de maquinaria, los trenes seguían
avanzando, a razón de trescientos treinta y tres milímetros por hora. En la rojiza
oscuridad centelleaban innumerables rubíes.

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1
El ascensor estaba lleno de hombres procedentes de los Vestuarios Alfa, y la entrada
de Lenina provocó muchas sonrisas y cabezadas amistosas. Lenina era una chica muy
popular, y, en una u otra ocasión, había pasado alguna noche con casi todos ellos.
Buenos muchachos —pensaba Lenina Crowne, al tiempo que correspondía a sus
saludos—. ¡Encantadores! Sin embargo, hubiese preferido que George Edzel no tuviera
las orejas tan grandes. Quizá le habían administrado una gota de más de paratiroides en
el metro 328. Y mirando a Benito Hoover no podía menos de recordar que era demasiado
peludo cuando se quitó la ropa.
Al volverse, con los ojos un tanto entristecidos por el recuerdo de la rizada negrura
de Benito, vio en un rincón el cuerpecillo canijo y el rostro melancólico de Bernard Marx.
—¡Bernard! —exclamó, acercándose a él—. Te buscaba.
Su voz sonó muy clara por encima del zumbido del ascensor. Los demás se volvieron
con curiosidad.
—Quería hablarte de nuestro plan de Nuevo Méjico.
Por el rabillo del ojo vio que Benito Hoover se quedaba boquiabierto de asombro.
¡No me sorprendería que esperara que le pidiera por ir con él otra vez! , se dijo Lenina.
Luego, en vez alta, y con más valor todavía, prosiguió:
—Me encantaría ir contigo toda una semana, en julio. —En todo caso, estaba
demostrando públicamente su infidelidad para con Henry. Fanny debería aprobárselo,
aunque se tratara de Bernard—. Es decir, si todavía sigues deseándome —acabó Lenina,
dirigiéndole la más deliciosamente significativa de sus sonrisas.
Bernard se sonrojó intensamente. ¿Por qué?, se preguntó Lenina, asombrada pero
al mismo tiempo conmovida por aquel tributo a su poder.
—¿No sería mejor hablar de ello en cualquier otro sitio? —tartajeo Bernard, mostrándose
terriblemente turbado.
Como si le hubiese dicho alguna inconveniencia —pensó Lenina—. No se mostraría
más confundido si le hubiese dirigido una broma sucia, si le hubiese preguntado quién
es su madre, o algo por el estilo.
—Me refiero a que..., con toda esta gente por aquí...
La carcajada de Lenina fue franca y totalmente ingenua.
—¡Qué divertido eres! —dijo; y de veras lo encontraba divertido—. Espero que cuando
menos me avises con una semana de antelación —prosiguió en otro tono—. Supongo
que tomaremos el Cohete Azul del Pacífico. ¿Despega de la Torre de Charing-T? ¿O de
Hampstead?

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Aldous Huxley Un mundo feliz

Aldous Huxley Un mundo feliz

Antes de que Bernard pudiera contestar, el ascensor se detuvo.
—¡Azotea! —gritó una voz estridente.
El ascensorista era una criatura simiesca, que lucía la túnica negra de un semientan
Epsilon-menos.
—¡Azotea!
El ascensorista abrió las puertas de par en par. La cálida gloria de la luz de la tarde
le sobresaltó y le obligó a parpadear.
—¡Oh, azotea! —repitió, como en éxtasis. Era como si, súbita y alegremente, hubiese
despertado de un sombrío y anonadante sopor—. ¡Azotea!
Con una especie de perruna y expectante adoración, levantó la cara para sonreír a
sus pasajeros.
Entonces sonó un timbre, y desde el techo del ascensor un altavoz empezó, muy
suave, pero imperiosamente a la vez, a dictar órdenes.
—Baja —dijo—. Baja. Planta decimoctava. Baja, baja. Planta decimoctava. Baja, ba...
El ascensorista cerró de golpe las puertas, pulsó un botón e inmediatamente se
sumergió de nuevo en la luz crepuscular del ascensor; la luz crepuscular de su habitual
estupor.
En la azotea reinaban la luz y el calor. La tarde veraniega vibraba al paso de los
helicópteros que cruzaban los aires; y el ronroneo más grave de los cohetes aéreos que
pasaban veloces, invisibles, a través del cielo brillante, era como una caricia en el aire
suave.
Bernard Marx hizo una aspiración profunda. Levantó los ojos al cielo, miró luego
hacia el horizonte azul y finalmente al rostro de Lenina.
—¡Qué hermoso!
Su voz temblaba ligeramente.
—Un tiempo perfecto para el Golf de Obstáculos —contestó Lenina——. Y ahora,
tengo que irme corriendo, Bernard. Henry se enfada si le hago esperar. Avísame la fecha
con tiempo.
Y, agitando la mano, Lenina cruzó corriendo la espaciosa azotea en dirección a los
cobertizos. Bernard se quedó mirando el guiño fugitivo de las medias blancas, las
atezadas rodillas que se doblaban en la carrera con vivacidad, una y otra vez, y la suave
ondulación de los ajustados cortos pantalones de pana bajo la chaqueta verde botella.
En su rostro aparecía una expresión dolorida.
—¡Estupenda chica! —dijo una voz fuerte y alegre detrás de él.
Bernard se sobresaltó y se volvió en redondo. El rostro regordete y rojo de Benito
Hoover le miraba sonriendo, desde arriba, sonriendo con manifiesta cordialidad. Todo
el mundo sabía que Benito tenía muy buen carácter. La gente decía de él que hubiese
podido pasar toda la vida sin tocar para nada el soma. La malicia y los malos humores

de los cuales los demás debían tomarse vacaciones nunca lo afligieron. Para
Benito, la realidad era siempre alegre y sonriente.
—¡Y neumática, además! ¡Y cómo! —Luego, en otro tono, prosiguió—: Pero diría que
estás un poco melancólico. Lo que tú necesitas es un gramo de soma. —Hurgando en
el bolsillo derecho de sus pantalones, Benito sacó un frasquito—. Un solo centímetro
cúbico cura diez pensam... Pero, ¡eh!
Bernard, súbitamente, había dado media vuelta y se había marchado corriendo.
Benito se quedó mirándolo. ¿Qué demonios le pasa a ese tipo?, se preguntó, y,
moviendo la cabeza, decidió que lo que contaban de que alguien había introducido
alcohol en el sucedáneo de la sangre del muchacho debía ser cierto. Le afectó el cerebro,
supongo.
Volvió a guardarse el frasco de soma, y sacando un paquete de goma de mascar a
base de hormona sexual, se llevó una pastilla a la boca y, masticando, se dirigió hacia
los cobertizos.
Henry Foster ya había sacado su aparato del cobertizo, y, cuando Lenina llegó,
estaba sentado en la cabina de piloto, esperando.
—Cuatro minutos de retraso —fue todo lo que dijo.
Puso en marcha los motores y accionó los mandos del helicóptero. El aparato
ascendió verticalmente en el aire. Henry aceleró; el zumbido de la hélice se agudizó,
pasando del moscardón a la avispa, y de la avispa al mosquito; el velocímetro indicaba
que ascendían a una velocidad de casi dos kilómetros por minuto. Londres se
empequeñecía a sus pies. En pocos segundos, los enormes edificios de tejados planos
se convirtieron en un plantío de hongos geométricos entre el verdor de parques y
jardines. En medio de ellos, un hongo de tallo alto, más esbelto, la Torre de Charing-T,
que levantaba hacia el cielo un disco de reluciente cemento armado.
Como vagos torsos de fabulosos atletas, enormes nubes carnosas flotaban en el
cielo azul, por encima de sus cabezas. De una de ellas salió de pronto un pequeño
insecto escarlata, que caía zumbando.
—Ahí está el Cohete Rojo —dijo Henry— que llega de Nueva York. Lleva siete minutos
de retraso —agregó—.
Es escandalosa la falta de puntualidad de esos servicios atlánticos.
Retiró el pie del acelerador. El zumbido de las palas situadas encima de sus cabezas
descendió una octava y media, volviendo a pasar de la abeja al moscardón, y
sucesivamente al abejorro, al escarabajo volador y al ciervo volante. El movimiento
ascensional del aparato se redujo; un momento después se hallaban inmóviles,
suspendidos en el aire. Henry movió una palanca y sonó un chasquido. Lentamente al
principio, después cada vez más de prisa hasta que se formó una niebla circular ante sus
ojos, la hélice situada delante de ellos empezó a girar. El viento producido por la

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velocidad horizontal silbaba cada vez más agudamente en los estays. Henry no apartaba
los ojos del contador de revoluciones; cuando la aguja alcanzó la señal de los mil
doscientos, detuvo la hélice del helicóptero. El aparato tenía el suficiente impulso hacia
delante para poder volar sostenido solamente por sus alas.
Lenina miró hacia abajo a través de la ventanilla situada en el suelo, entre sus pies.
Volaban por encima de la zona de seis kilómetros de parque que separaba Londres
central de su primer anillo de suburbios satélites. El verdor aparecía hormigueante de
vida, de una vida que la visión desde lo alto hacía aparecer achatada.
Bosques de torres de Pelota Centrífuga brillaban entre los árboles.
—¡Qué horrible es el color caqui! —observó Lenina, expresando en voz alta los
prejuicios hipnopédicos de su propia casta.
Los edificios de los Estudios de Sensorama de Houslow cubrían siete hectáreas y
media. Cerca de ellos, un ejército negro y caqui de obreros se afanaba revitrificando la
superficie de la Gran Carretera del Oeste. Cuando pasaron volando por encima de ellos,
estaban vaciando un gigantesco crisol portátil. La piedra fundida se esparcía en una
corriente de incandescencias cegadoras por la superficie de la carretera; las
apisonadoras de amianto iban y venían; tras un camión de riego debidamente aislado,
el vapor se levantaba en nubes blancas.
En Brentford, la factoría de la Corporación de Televisión parecía una pequeña
ciudad.
—Deben de relevarse los turnos —dijo Lenina.
Como áfidos y hormigas, las muchachas Gammas, color verde hoja, y los negros
Semienanos pululaban alrededor de las entradas, o formaban cola para ocupar sus
asientos en los tranvías monorraíles. Betas-menos de color de mora iban y venían entre
la multitud.
Diez minutos después se hallaban en Stoke Poges y habían empezado su primera
partida de Golf de Obstáculos.

Aldous Huxley Un mundo feliz

Bernard cruzó la azotea con los ojos bajos casi todo el tiempo, o desviándolos
inmediatamente si por azar tropezaban con alguna criatura humana. Era como un hombre
perseguido, pero perseguido por enemigos que no deseaba ver, porque sabía que los
vería todavía más hostiles de lo que había supuesto, lo que le haría sentirse más
culpable y más irremediablemente solo.
¡Ese antipático de Benito Hoover! Y, sin embargo, el muchacho no había tenido mala
intención. Lo cual, en cierta manera, empeoraba aún más las cosas. Los que le querían
bien se comportaban lo mismo que los que se querían mal. Hasta Lenina le hacía sufrir.

Bernard recordaba aquellas semanas de tímida indecisión, durante las cuales había
esperado, deseado o desesperado de tener jamás el valor suficiente para declarársele.
¿Se atrevería a correr el riesgo de ser humillado por una negativa despectiva? Pero si
Lenina le decía que sí, ¡qué éxtasis el suyo! Bien, ahora Lenina ya le había dado el sí, y,
sin embargo, Bernard seguía sintiéndose desdichado, desdichado porque Lenina había
juzgado que aquella tarde era estupenda para jugar al Golf de Obstáculos, porque se
había alejado corriendo para reunirse con Henry Foster, porque lo había considerado
a él divertido por el hecho de no querer discutir sus asuntos más íntimos en público. En
suma, desdichado porque Lenina se había comportado como cualquier muchacha
inglesa sana y virtuosa debía comportarse, y no de otra manera anormal.
Bernard abrió la puerta de su cobertizo y llamó a una pareja de ociosos ayudantes
Delta-menos para que sacaran su aparato de la azotea. El personal de los cobertizos
pertenecía a un mismo Grupo Bokanowski, y los hombres eran mellizos, igualmente
bajos, morenos y feos. Bernard les dio las órdenes pertinentes en el tono áspero,
arrogante y hasta ofensivo de quien no se siente demasiado seguro de su superioridad.
Para Bernard, tener tratos con miembros de castas inferiores, resultaba siempre una
experiencia sumamente dolorosa. Por la causa que fuera (y las murmuraciones acerca de
la mezcla de alcohol en su dosis de sucedáneo de sangre probablemente eran ciertas,
porque un accidente siempre es posible), el físico de Bernard apenas era un poco mejor
que el del promedio de Gammas. Era ocho centímetros más bajo que el patrón Alfa, y
proporcionalmente menos corpulento. El contacto con los miembros de las castas
inferiores le recordaba siempre dolorosamente su insuficiencia física. Yo soy yo, y
desearía no serlo. La conciencia que tenía de sí mismo era muy aguda y dolorosa. Cada
vez que se descubría a sí mismo mirando horizontalmente y no de arriba abajo a la cara
de un Delta, se sentía humillado. ¿Le trataría aquel ser con el respeto debido a su casta?
La incógnita lo atormentaba. No sin razón. Porque los Gammas, los Deltas y los
Epsilones habían sido condicionados de modo que asociaran la masa corporal con la
superioridad social. De hecho, un débil prejuicio hipnopédico en favor de las personas
voluminosas era universal. De ahí las risas de las mujeres a las cuales hacía
proposiciones, y las bromas de sus iguales entre los hombres. Las burlas le hacían
sentirse como un forastero; y, sintiéndose como un forastero, se comportaba como tal,
cosa que aumentaba el desprecio y la hostilidad que suscitaban sus defectos físicos.
Lo cual, a su vez, acrecentaba su sensación de soledad y extranjería. Un temor crónico
a ser desairado le inducía a eludir la compañía de sus iguales, y a mostrarse
excesivamente consciente de su dignidad en cuanto se refería a sus inferiores.
¡Cuán amargamente envidiaba a hombres como Henry Foster y Benito Hoover!
Perezosamente, o así se lo pareció a él, y a regañadientes, los mellizos sacaron su
avión a la azotea.

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—¡De prisa! —dijo Bernard, irritado.
Uno de los dos hombres lo miró. ¿Era una especie de bestial irrisión lo que Bernard
captó en aquellos ojos grises sin expresión?
—¡De prisa! —gritó más fuerte.
Y en su voz sonó una desagradable ronquera.
Subió al avión y, un minuto después, volaba en dirección Sur, hacia el río.
Las diversas Oficinas de Propaganda y la Escuela de Ingeniería Emocional se
albergaban en un mismo edificio de sesenta plantas, en Fleet Street. En los sótanos y
en los pisos bajos se hallaban las prensas y las redacciones de los tres grandes diarios
londinenses: El Radio Horario, el periódico de las clases altas, la Gazeta Gamma, verde
pálido, y El Espejo Delta, impreso en papel caqui y exclusivamente con palabras de una
sola sílaba. Después venían las Oficinas de Propaganda por Televisión, por Sensorama,
y por Voz y Música Sintéticas, respectivamente: veintidós pisos de oficinas. Encima de
éstos se hallaban los laboratorios de investigación y las salas almohadilladas en las
cuales los Escritores de Pistas Sonoras y los Compositores Sintéticos realizaban su
delicada labor. Los dieciocho pisos superiores estaban ocupados por la Escuela de
Ingeniería Emocional.
Bernard aterrizó en la azotea de la Casa de la Propaganda y se apeó de su aparato.
—Llama a Mr. Helmholtz Watson —ordenó al portero Gamma-más— y dile que Mr.
Bernard Marx le espera en la azotea.
Se sentó y encendió un cigarrillo.
Helmholtz Watson estaba escribiendo cuando le llegó el mensaje.
—Dile que voy inmediatamente —contestó. Y colgó el receptor. Después, volviéndose
hacia su secretaria, prosiguió en el mismo tono oficial e impersonal—: Usted se ocupará
de retirar mis cosas.
E ignorando la luminosa sonrisa de la muchacha, se levantó y se dirigió vivamente
hacia la puerta.
Era un hombre corpulento, de pecho abombado, espaldas anchas, macizo, y, sin
embargo, rápido en sus movimientos, ágil, flexible. La fuerte y bien redondeada columna
de su cuello sostenía una cabeza muy bien formada. Tenía los cabellos negros y rizados,
y los rasgos faciales muy marcados. Su apostura era agresiva, enfática; era guapo, y,
como su secretaria nunca se cansaba de repetir, era, centímetro a centímetro, el prototipo
de Alfa-más. Profesor en la Escuela de Ingeniería Emocional (Departamento de
Escritura), en los intervalos de sus actividades profesorales ejercía como Ingeniero de
Emociones. Escribía regularmente para El Radio Horario, componía guiones para el
Sensorama, y tenía un certero instinto para los slogans y las aleluyas hipnopédicas.
Competente, era el veredicto de sus superiores. Y, moviendo la cabeza y bajando
significativamente la voz, añadían: Quizá demasiado competente.

Sí, un tanto demasiado; tenían razón. Un exceso mental había producido en
Helmholtz Watson efectos muy similares a los que en Bernard Marx eran el resultado de
un defecto físico. Su inferioridad ósea y muscular había aislado a Bernard de sus
semejantes, y aquella sensación de separación, que era, en relación con los standards
normales, un exceso mental, se convirtió a su vez en causa de una separación más
acusada.
Lo que hacía a Helmholtz tan incómodamente consciente de su propio yo y de su
soledad era su desmedida capacidad. Lo que los dos hombres tenían en común era el
conocimiento de que eran individuos. Pero en tanto que la deficiencia física de Bernard
había producido en él, durante toda su vida, aquella conciencia de ser diferente,
Helmholtz Watson no se había dado cuenta hasta fecha muy reciente de su superioridad
mental y de su consiguiente diferenciación con respecto a la gente que le rodeaba.
Aquel campeón de pelota sobre pista móvil, aquel amante infatigable (se decía que
había tenido seiscientas cuarenta amantes diferentes en menos de cuatro años), aquel
admirable miembro de comité, que se llevaba bien con todo el mundo, había
comprendido súbitamente que el deporte, las mujeres y las actividades comunales se
hallaban, en lo que a él se refería, únicamente en segundo término. En el fondo le
interesaba otra cosa. Pero ¿qué? Éste era el problema que Bernard había ido a discutir
con él, o, mejor, puesto que Helmholtz llevaba siempre todo el peso de la conversación,
a escuchar cómo, una vez más, lo discutía su amigo.
Tres muchachas encantadoras de la Oficina de Propaganda mediante la Voz.
Sintética le cortaron el paso cuando salió del ascensor.
—Querido Helmholtz, ven con nosotras a una cena campestre en Exmoor.
Lo rodeaban, implorándole. Pero Helmholtz movió la cabeza y se abrió paso.
—No, no.
—No invitamos a ningún otro hombre.
Pero Helmholtz no se dejó convencer ni siquiera por esta deliciosa perspectiva.
—No —repitió—. Tengo que hacer.
Y siguió avanzando resueltamente. Las muchachas lo siguieron. Y hasta que hubo
subido al avión de Bernard no abandonaron la persecución. Y no sin reproches.
—¡Esas mujeres! —exclamó, al tiempo que el aparato ascendía en los aires—. ¡Esas
mujeres! —Movió la cabeza y frunció el ceño—. ¡Son terribles!
Bernard, hipócritamente, se mostró de acuerdo, aunque en el fondo no hubiese
deseado otra cosa que poder tener tantas amigas como Helmholtz y con idéntica
facilidad. De pronto, se sintió impulsado a vanagloriarse.
—Me llevaré a Lenina Crowne a Nuevo Méjico conmigo —dijo en un tono que quería
aparecer indiferente.
—¿Sí? —dijo Helmholtz, sin el menor interés. Y, tras una breve pausa, prosiguió—:

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Aldous Huxley Un mundo feliz

Desde hace una o dos semanas he dejado los comités y las muchachas. No puedes
imaginarte el alboroto que ello ha producido en la Escuela. Y, sin embargo, creo que ha
merecido la pena. Los efectos... —Vaciló—. Bueno, son curiosos, muy curiosos.
Una deficiencia física puede producir una especie de exceso mental. Al parecer, el
proceso era reversible.
Un exceso mental podía producir, en bien de sus propios fines, la voluntaria ceguera
y sordera de la soledad deliberada, la impotencia artificial del ascetismo.
El resto del breve vuelo transcurrió en silencio. Cuando llegaron y se hubieron
acomodado en los divanes neumáticos de la habitación de Bernard, Helmholtz reanudó
su disquisición.
Hablando muy lentamente, preguntó:
—¿No has tenido nunca la sensación de que dentro de ti había algo que sólo esperaba
que le dieras una oportunidad para salir al exterior? ¿Una especie de energía adicional
que no empleas, como el agua que se desploma por una cascada en lugar de caer a
través de las turbinas?
Y miró a Bernard interrogadoramente.
—¿Te refieres a todas las emociones que uno podría sentir si las cosas fuesen de otro
modo?
Helmholtz movió la cabeza.
—No es esto exactamente. Me refiero a un sentimiento extraño que experimento de vez
en cuando, el sentimiento de que tengo algo importante que decir y de que estoy
capacitado para decirlo; sólo que no sé de qué se trata y no puedo emplear mi
capacidad. Si hubiese alguna otra manera de escribir... O alguna otra cosa sobre la cual
escribir... —Guardó silencio unos instantes, y, al fin, prosiguió—: Soy muy experto en
la creación de frases; encuentro esa clase de palabras que le hacen saltar a uno como
si se hubiese sentado en un alfiler, que parecen nuevas y excitantes aun cuando se
refieran a algo que es hipnopédicamente obvio. Pero esto no me basta. No basta que las
frases sean buenas; también debe ser bueno lo que se hace con ellas.
—Pero lo que tú escribes es útil, Helmholtz.
—Para lo que está destinado, sí. —Se encogió de hombros Helmholtz—. Pero su
destino, ¡es tan poco trascendente! No son cosas importantes. Y yo tengo la sensación
de que podría hacer algo mucho más importante. Sí, y más intenso, más violento. Pero,
¿qué? ¿Qué se puede decir, que sea más importante? ¿Y cómo se puede ser violento
tratando de las cosas que esperan que uno escriba? Las palabras pueden ser como los
rayos X, si se emplean adecuadamente: pasan a través de todo. Las lees y te traspasan.
Esta es una de las cosas que intento enseñar a mis alumnos: a escribir de manera
penetrante. Pero, ¿de qué sirve que te penetre un artículo sobre un Canto de
Comunidad, o la última mejora en los órganos de perfumes? Además, ¿es posible hacer

que las palabras sean penetrantes como los rayos X, más potentes cuando se escribe
acerca de cosas como éstas? ¿Cabe decir algo acerca de nada? A fin de cuentas, éste
es el problema.
—¡Silencio! —dijo Bernard—. Creo que hay alguien en la puerta —susurró.
Helmholtz se puso en pie, cruzó la estancia de puntillas, y con un movimiento rápido
y brusco abrió la puerta de par en par. Naturalmente, no había nadie.
—Lo siento —dijo Bernard, sintiéndose en ridículo—. Supongo que estoy un poco
nervioso. Cuando la gente empieza a sospechar de uno, acabas por sospechar también
de todos.
Se pasó una mano por los ojos, suspiró y su voz se hizo quejumbroso. Se justificaba.
—Si supieras todo lo que he tenido que aguantar últimamente... —dijo, casi llorando;
y la marea ascendente de su autocompasión era como si se hubiese derrumbado la presa
de un embalse—. ¡Si lo supieras!
Helmholtz le escuchaba con cierta sensación de incomodidad. ¡Pobrecillo Bernard!,
se dijo. Pero al mismo tiempo se sentía avergonzado por su amigo. Bernard debía dar
muestras de tener un poco más de orgullo.

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Aldous Huxley Un mundo feliz

Aldous Huxley Un mundo feliz

Hacia las ocho de la noche la luz empezó a disminuir. Los altavoces de la torre del
Edificio del Club de Stoke Poges anunciaron con voz atenorada, más aguda de lo
normal, en el hombre, el cierre de los campos de golf. Lenina y Henry abandonaron su
partida y se dirigieron hacia el Club. De las instalaciones del Trust de Secreciones
Internas y Externas llegaban los mugidos de los millares de animales que
proporcionaban, con sus hormonas y su leche, la materia prima necesaria para la gran
factoría de Farnham Royal.
Un incesante zumbido de helicópteros llenaba el aire teñido de luz crepuscular. Cada
dos minutos y medio, un timbre y unos silbidos anunciaban da marcha de uno de los
trenes monorraíles ligeros que llevaban a los jugadores de golf de casta inferior de
vuelta a la metrópoli.
Lenina y Henry subieron a su aparato y despegaron. A doscientos cincuenta metros
de altura, Henry redujo las revoluciones de la hélice y permanecieron suspendidos
durante uno o dos minutos sobre el paisaje que iba disipándose. El bosque de Burham
Beeches se extendía como una gran laguna de oscuridad hacia la brillante ribera del
firmamento occidental. Escarlatas en el horizonte, los restos de la puesta de sol
palidecían, pasando por el color anaranjado, amarillo más arriba, y finalmente verde
pálido, acuoso. Hacia el Norte, más allá y por encima de los árboles, la fábrica de
Secreciones Internas y Externas resplandecía con un orgulloso brillo eléctrico que
procedía de todas las ventanas de sus veinte plantas. Saliendo de la bóveda de cristal,
un tren iluminado se lanzó al exterior. Siguiendo su rumbo Sudeste a través de la oscura
llanura, sus miradas fueron atraídas por los majestuosos edificios del Crematorio de
Slough. Con vistas a la seguridad de los aviones que circulaban de noche, sus cuatro
altas chimeneas aparecían totalmente iluminadas y coronadas con señales de peligro
pintadas en color rojo. Eran un excelente mojón.
—¿Por qué las chimeneas tienen esa especie de balcones alrededor? —preguntó Lenina.
—Recuperación del fósforo —explicó Henry telegráficamente—. En su camino
ascendente por la chimenea, los gases pasan por cuatro tratamientos distintos. El P 2 O5
antes se perdía cada vez que había una cremación. Actualmente se recupera más del
noventa y ocho por ciento del mismo. Más de kilo y medio por cada cadáver de adulto.
En total, casi cuatrocientas toneladas de fósforo anuales, sólo en Inglaterra. —Henry
hablaba con orgullo, gozando de aquel triunfo como si hubiese sido suyo propio—. Es
estupendo pensar que podemos seguir siendo socialmente útiles aun después de
muertos. Que ayudamos al crecimiento de las plantas.

Mientras tanto, Lenina había apartado la mirada y ahora la dirigía
perpendicularmente a la estación del monorraíl.
—Sí, es estupendo —convino—. Pero resulta curioso que los Alfas y Betas no hagan
crecer más las plantas que esos asquerosos Gammas, Deltas y Epsilones de aquí.
—Todos los hombres son físicoquímicamente iguales —dijo Henry
sentenciosamente—. Además, hasta los Epsilones ejecutan servicios indispensables.
—Hasta los Epsilones...
Lenina recordó súbitamente una ocasión en que, siendo todavía una niña, en las
escuela, se había despertado en plena noche y se había dado cuenta, por primera vez,
del susurro que acosaba todos sus sueños. Volvió a ver el rayo de luz de luna, la hilera
de camitas blancas; oyó de nuevo la voz suave, suave, que decía (las palabras seguían
presentes, no olvidadas, inolvidables después de tantas repeticiones nocturnas): Todo
el mundo trabaja para todo el mundo. No podemos prescindir de nadie. Hasta los
Epsilones son útiles. No podíamos pasar sin los Epsilones. Todo el mundo trabaja para
todo el mundo. No podemos prescindir de nadie ... Lenina recordaba su primera
impresión de temor y de sorpresa; sus reflexiones durante media hora de desvelo; y
después, bajo la influencia de aquellas repeticiones interminables, la gradual sedación
de la mente, la suave aproximación del sueño...
—Supongo que a los Epsilones no les importa ser Epsilones —dijo en voz alta.
—Claro que no. Es imposible. Ellos no saben en qué consiste ser otra cosa. A nosotros
sí nos importaría, naturalmente. Pero nosotros fuimos condicionados de otra manera.
Además, partimos de una herencia diferente.
—Me alegro de no ser una Epsilon —dijo Lenina, con acento de gran convicción.
—Y si fueses una Epsilon —dijo Henry— tu condicionamiento te induciría a alegrarte
igualmente de no ser una Beta o una Alfa.
Puso en marcha la hélice delantera y dirigió el aparato hacia Londres. Detrás de ellos,
a poniente, los tonos escarlata y anaranjado casi estaban totalmente marchitos; una
oscura faja de nubes había ascendido por el cielo. Cuando volaban por encima del
Crematorio, el aparato saltó hacia arriba, impulsado por la columna de aire caliente que
surgía de las chimeneas, para volver a bajar bruscamente cuando penetró en la corriente
de aire frío inmediata.
—¡Maravillosa montaña rusa! —exclamó Lenina riendo complacida.
Pero el tono de Henry, por un momento, fue casi melancólico.
—¿Sabes en qué consiste esta montaña rusa? —dijo—. Es un ser humano que
desaparece definitivamente. Esto era ese chorro de aire caliente. Sería curioso saber
quién había sido, si hombre o mujer, Alfa o Epsilon...
—Suspiró, y después, con voz decididamente alegre, concluyó—: En todo caso, de una
cosa podemos estar seguros, fuese quien fuese, fue feliz en vida. Todo el mundo es

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CAPÍTULO V
1

Aldous Huxley Un mundo feliz

Aldous Huxley Un mundo feliz

feliz, actualmente.
—Sí, ahora todo el mundo es feliz —repitió Lenina como un eco.
Habían oído repetir estas mismas palabras ciento cincuenta veces cada noche
durante doce años.
Después de aterrizar en la azotea de la casa de apartamentos de Henry, de cuarenta
plantas, en Westminster, pasaron directamente al comedor. En él, en alegre y ruidosa
compañía, dieron cuenta de una cena excelente. Con el café sirvieronsoma. Lenina tomó
dos tabletas de medio gramo, y Henry, tres. A las nueve y veinte cruzaron la calle en
dirección al recién inaugurado Cabaret de la Abadía de Westminster. Era una noche casi
sin nubes, sin luna y estrellas; pero, afortunadamente, Lenina y Henry no se dieron
cuenta de este hecho más bien deprimente. Los anuncios luminosos, en efecto,
impedían la visión de las tinieblas exteriores. Calvin Stopes y sus Dieciséis
Saxofonistas. En la fachada de la nueva Abadía, las letras gigantescas destellaban
acogedoramente. El mejor órgano de colores y perfumes. Toda la Música Sintética más
reciente.
Entraron. El aire parecía cálido y casi irrespirable a fuerza de olor de ámbar gris v
madera de sándalo. En el techo abovedado del vestíbulo, el órgano de color había
pintado momentáneamente una puesta de sol tropical. Los Dieciséis Saxofonistas
tocaban una vieja canción de éxito: No hay en el mundo un Frasco como mi querido
Frasquito. Cuatrocientas parejas bailaban un fivestep sobre el suelo brillante, pulido.
Lenina y Henry se sumaron pronto a los que bailaban. Los saxofones maullaban como
gatos melódicos bajo la luna, gemían en tonos agudos, atenorados, como en plena
agonía. Con gran riqueza de sones armónicos, su trémulo coro ascendía hacia un clímax,
cada vez más alto, más fuerte, hasta que al final, con un gesto de la mano, el director
daba suelta a la última nota estruendoso de música etérea y borraba de la existencia a
los dieciséis músicos, meramente humanos. Un trueno en la bemol mayor. Luego, seguía
una deturgescencia gradual del sonido y de la luz, un diminuendo que se deslizaba
poco a poco, en cuartos de tono, bajando, bajando, hasta llegar a un acorde dominante
susurrado débilmente, que persistía (mientras los ritmos de cinco por cuatro seguían
sosteniendo el pulso, por debajo), cargando los segundos ensombrecidos por una
intensa expectación. Y, al fin, la expectación llegó a su término. Se produjo un amanecer
explosivo, y, simultáneamente, los dieciséis rompieron a cantar:
¡Frasco mío, siempre te he deseado!
Frasco mío, ¿por qué fui decantado?
El cielo es azul dentro de ti,
y reina siempre el buen tiempo; porque
no hay en el mundo ningún Frasco
que a mi querido Frasco pueda compararse.

Pero mientras seguían el ritmo, junto con las otras cuatrocientas parejas, alrededor
de la pista de la Abadía de Westminster, Lenina y Henry bailaban ya en otro mundo, el
mundo cálido abigarrado, infinitamente agradable, de las vacaciones del soma. ¡Cuán
amables, guapos y divertidos eran todos! ¡Frasco mío, siempre te he deseado! Pero
Lenina y Henry tenía ya lo que deseaban... En aquel preciso momento, se hallaban
dentro del frasco, a salvo, en su interior, gozando del buen tiempo y del cielo
perennemente azul. Y cuando, exhaustos, los Dieciséis dejaron los saxofones y el
aparato de Música Sintética empezó a reproducir las últimas creaciones en Blues
Malthusianos lentos, Lenina y Henry hubieran podido ser dos embriones mellizos que
girasen juntos entre las olas de un océano embotellado de sucedáneo de la sangre.
—Buenas noches, queridos amigos. Buenas noches, queridos amigos... —Los
altavoces velaban sus órdenes bajo una cortesía campechana y musical—. Buenas
noches, queridos amigos...
Obedientemente, con todos los demás, Lenina y Henry salieron del edificio. Las
deprimentes estrellas habían avanzado un buen trecho en su ruta celeste. Pero aunque
el muro aislante de los anuncios luminosos se había desintegrado ya en gran parte, los
dos jóvenes conservaron su feliz ignorancia de la noche.
Ingerida media hora antes del cierre, aquella segunda dosis de soma había levantado
un muro impenetrable entre el mundo real y sus mentes. Metido en su frasco ideal,
cruzaron la calle; igualmente enfrascados subieron en el ascensor al cuarto de Henry,
en la planta número veintiocho. Y, a pesar de seguir enfrascada y de aquel segundo
gramo de soma, Lenina no se olvidó de tomar las precauciones anticoncepcionales
reglamentarias. Años de hipnopedia intensiva, y, de los doce años a los dieciséis,
ejercicios malthusianos tres veces por semana, habían llegado a hacer tales
precauciones casi automáticas e inevitables como el parpadeo.
—Esto me recuerda —dijo al salir del cuarto de baño— que Fanny Crowne quiere saber
dónde encontraste esa cartuchera de sucedáneo de cuero verde que me regalaste.

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2
Un jueves sí y otro no, Bernard tenía su día de Servicio y Solidaridad. Después de
cenar temprano en el Aphroditaeum (del cual Helmholtz había sido elegido miembro de
acuerdo con la Regla 2ª), se despidió de su amigo y, llamando un taxi en la azotea,
ordenó al conductor que volara hacia la Cantoría Comunal de Fordson. El aparato
ascendió unos doscientos metros, luego puso rumbo hacia el Este, y, al dar la vuelta,
apareció ante los ojos de Bernard, gigantesca y hermosa, la Cantoría.
¡Maldita sea, llego tarde!, exclamó Bernard para sí cuando echó una ojeada al Big
Henry, el reloj de la Cantoría. Y, en efecto, mientras pagaba el importe de la carrera, el

Aldous Huxley Un mundo feliz

Aldous Huxley Un mundo feliz

Big Henry dio la hora. Ford cantó una inmensa voz de bajo a través de las trompetas de
oro. Ford, Ford, Ford ... nueve veces. Bernard se dirigió corriendo hacia el ascensor.
El gran auditorium para las celebraciones del Día de Ford y otros Cantos
Comunitarios masivos se hallaba en la parte más baja del edificio. Encima de esta sala
enorme se hallaban, cien en cada planta, las siete mil salas utilizadas por los Grupos de
Solidaridad para sus servicios bisemanales. Bernard bajó al piso treinta y tres, avanzó
apresuradamente por el pasillo y se detuvo, vacilando un instante, ante la puerta de la
sala número 3.210; después, tomando una decisión, abrió la puerta y entró.
Gracias a Ford, no era el último. Tres sillas de las doce dispuestas en torno a una
mesa circular permanecían desocupadas. Bernard se deslizó hasta la más cercana,
procurando llamar la atención lo menos posible, y disponiéndose a mostrar un ceño
fruncido a los que llegarían después.
Volviéndose hacia él, la muchacha sentada a su izquierda le preguntó:
—¿A qué has jugado esta tarde? ¿A Obstáculos o a Electro-magnético?
Bernard la miró (¡Ford!, era Morgana Rotschild), y, sonrojándose, tuvo que
reconocer que no había jugado ni a lo uno ni a lo otro. Morgana le miró asombrada. Y
siguió un penoso silencio.
Después, intencionadamente, se volvió de espaldas y se dirigió al hombre sentado
a su derecha, de aspecto más deportivo.
Buen principio para un Servicio de Solidaridad, pensó Bernard, compungido, y
previó que volvería a fracasar en sus intentos de comunión con sus compañeros. ¡Si al
menos se hubiese concedido tiempo para echar una ojeada a los reunidos, en lugar de
deslizarse hasta la silla más próxima! Hubiera podido sentarse entre Fifi Bradlaugh y
Joanna Diesel. Y en lugar de hacerlo asíhabía tenido que sentarse precisamente al lado
de Morgana ¡Morgana! ¡Ford! ¡Aquellas cejas negras de la muchacha! ¡O aquella ceja,
mejor, porque las dos se unían encima de la nariz! ¡Ford! Y a su derecha estaba Clara
Deterding. Cierto que las cejas de Clara no se unían en una sola. Pero, realmente, era
demasiado neumática. En tanto que Fifi y Joanna estaban muy bien. Regordetas, rubias,
no demasiado altas... ¡Y aquel patán de Tom Kawaguchi había tenido la suerte de poder
sentarse entre ellas!
La última en llegar fue Sarojini Engels.
—Llega usted tarde —dijo el presidente del Grupo con severidad—. Que no vuelva a
ocurrir.
El presidente se levantó, hizo la señal de la T y, poniendo en marcha la música
sintética, dio suelta al suave e incansable redoblar de los tambores y al coro de
instrumentos —casiviento y supercuerda— que repetía con estridencia, una y otra vez,
la breve e inevitablemente pegadiza melodía del Primer Himno de Solidaridad.
Una y otra vez, y no era ya el oído el que captaba el ritmo, sino el diafragma; el

quejido y estridor de aquellas armonías repetidas obsesionaba, no ya la mente, sino las
suspirantes entrañas de compasión.
El presidente hizo otra vez la señal de la T y se sentó. El servicio había empezado.
Las tabletas de soma consagradas fueron colocadas en el centro de la mesa. La copa del
amor llena de soma en forma de helado de fresa pasó de mano en mano, con la fórmula:
Bebo por mi aniquilación. Luego, con el acompañamiento de la orquesta sintética, se
cantó el Primer Himno de Solidaridad:
Ford, somos doce; haz de nosotros uno solo,
como gotas en el Río Social;
haz que corramos juntos, rápidos
como tu brillante carraca.
Doce estrofas suspirantes. Después la copa del amor pasó de mano en mano por
segunda vez. Ahora la fórmula era: Bebo por el Ser Más Grande. Todos bebieron. La
música sonaba, incansable. Los tambores redoblaron. El clamor y el estridor de las
armonías se convertían en una obsesión en las entrañas fundidas. Cantaron el Segundo
Himno de Solidaridad:
¡Ven, oh Ser Más Grande, Amigo Social,
a aniquilar a los Doce-en-Uno!
Deseamos morir, porque cuando morimos nuestra
vida más grande apenas ha empezado.
Otras doce estrofas. A la sazón el soma empezaba ya a producir efectos. Los ojos
brillaban, las mejillas ardían, la luz interior de la benevolencia universal asomaba a todos
los rostros en forma de sonrisas felices, amistosas. Hasta Bernard se sentía un poco
conmovido. Cuando Morgana Rotschild se volvió y le dirigió una sonrisa radiante, él
hizo lo posible por corresponderle. Pero la ceja, aquella ceja negra, única, ¡ay!, seguía
existiendo. Bernard no podía ignorarla; no podía, por mucho que se esforzara. Su
emoción, su fusión con los demás no había llegado lo bastante lejos. Tal vez si hubiese
estado sentado entre Fifi y Joanna... Por tercera vez la copa del amor hizo la ronda. Bebo
por la inminencia de su Advenimiento, dijo Morgana Rotschild, a quien, casualmente,
había correspondido iniciar el rito circular. Su voz sonó fuerte, llena de exultación. Bebió
y pasó la copa a Bernard. Bebo por la inminencia de su Advenimiento, repitió éste en
un sincero intento de sentir que el Advenimiento era inminente; pero la ceja única
seguía obsesionándole, y el Advenimiento, en lo que a él se refería, estaba terriblemente
lejano. Bebió y pasó la copa a Clara Deterding. Volveré a fracasar —se dijo—. Estoy
seguro. Pero siguió haciendo todo lo posible por mostrar una sonrisa radiante.
La copa del amor había dado ya la vuelta.
Levantando la mano, el presidente dio una señal; el coro rompió a cantar el Tercer
Himno de Solidaridad:

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Aldous Huxley Un mundo feliz

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¿No sientes como llega el Ser Más Grande?
¡Alégrate, y, al alegrarte, muere!
¡Fúndete en la música de los tambores!
Porque yo soy tú y tú eres yo.
A cada nuevo verso aumentaba en intensidad la excitación de las voces. El
presidente alargó la mano, y de pronto una Voz, una Voz fuerte y grave, más musical que
cualquier otra voz meramente humana, más rica, más cálida, más vibrante de amor, de
deseo, y de compasión, una voz maravillosa, misteriosa, sobrenatural, habló desde un
punto situado por encima de sus cabezas. Lentamente, muy lentamente, dijo: ¡Oh, Ford,
Ford, Ford!, en una escala que descendía y disminuía gradualmente. Una sensación de
calor irradió, estremecedora, desde el plexo solar a todos los miembros de cada uno de
los cuerpos de los oyentes; las lágrimas asomaron en sus ojos; sus corazones, sus
entrañas, parecían moverse en su interior, como dotados de vida propia... ¡Ford!, se
fundían... ¡Ford!, se disolvían... Después, en otro tono, súbitamente, provocando un
sobresalto, la Voz trompeteó: ¡Escuchad! ¡Escuchad! Todos escucharon. Tras una
pausa, la voz bajó hasta convertirse en un susurro, pero un susurro en cierto modo más
penetrante que el grito más estentóreo. Los pies del Ser Más Grande, prosiguió la Voz.
El susurro casi expiró. Los pies del Ser Más Grande están en la escalera. Y volvió a
hacerse el silencio; y la expectación, momentáneamente relajada, volvió a hacerse tensa,
cada vez más tensa, casi hasta el punto de desgarramiento. Los pies del Ser Más
Grande... ¡Oh, sí, los oían, oían sus pisadas, bajando suavemente la escalera,
acercándose progresivamente por la invisible escalera! Los pies del Ser Más Grande. Y,
de pronto, se alcanzó el punto de desgarramiento. Con los ojos y los labios abiertos,
Morgana Rotschild saltó sobre sus pies.
—¡Lo oigo! —gritó—. ¡Lo oigo! —¡Viene! —chilló Sarojini Engels. —¡Sí, viene, lo oigo!
Fifi Bradlaugh y Tom Kawaguchi se levantaron.
—¡Oh, oh, oh! —exclamó Joanna.
—¡Viene! —exclamó Jim Bokanowsky.
El presidente se inclinó hacia delante, y, pulsando un botón, soltó un delirio de
címbalos e instrumentos de metal, una fiebre de tantanes.
—¡Oh, ya viene! —chilló Clara Deterding—. ¡Ay!
Y fue como si la degollaran.
Comprendiendo que le tocaba el turno de hacer algo, Bernard también se levantó de
un salto y gritó:
—¡Lo oigo; ya viene!
Pero no era verdad. No había oído nada, y no creía que llegara nadie. Nadie, a pesar
de la música, a pesar de la exaltación creciente. Pero agitó los brazos y chilló como el
mejor de ellos; y cuando los demás empezaron a sacudiese, a herir el suelo con los pies

y arrastrarlos, los imitó debidamente.
Empezaron a bailar en círculo, formando una procesión, cada uno con las manos en
las caderas del bailarín que le precedía; vueltas y más vueltas, gritando al unísono,
llevando el ritmo de la música con los pies y dando palmadas en las nalgas que estaban
delante de ellos. Doce pares de manos palmeando, como una sola; doce traseros
resonando como uno solo. Doce como uno solo, doce como uno solo. Lo oigo; lo oigo
venir. La música aceleró su ritmo; los pies golpeaban más de prisa, y las palmadas
rítmicas se sucedían con más velocidad. Y, de pronto, una voz de bajo sintético soltó
como un trueno las palabras que anunciaban la próxima unión y la consumación final
de la solidaridad, el advenimiento del Doce-en-Uno, la encarnación del Ser Más Grande.
Orgía-Porfía cantaba, mientras los tantanes seguían con su febril tabaleo.
Orgía-Porfía, Ford y diversión,
besad a las chicas y hacedlas Uno.
Los chicos a la una con las chicas en paz;
la Orgía-Porfía libertad os da.
Orgía-Porfía ... Los bailarines recogieron el estribillo litúrgico. Orgía-Porfía, Ford y
diversión, besad a las chicas y hacedlas Uno ... Y mientras cantaban, las luces
empezaron a oscurecerse lentamente, y al tiempo que cedía su intensidad, se hacían más
cálidas, más ricas, más rojas, hasta que al fin bailaban a la escarlata luz crepuscular de
un Almacén de Embriones. Orgía-Porfía ... En las tinieblas fetales, color de sangre, los
bailarines siguieron circulando un rato, llevando el ritmo infatigable con pies y manos.
Orgía-Porfía ...
Después el círculo osciló se rompió, y cayó desintegrado parcialmente en el anillo
de divanes que rodeaban con círculos concéntricos— la mesa y sus sillas planetarias.
Orgía-Porfía ... Tiernamente, la grave Voz arrullaba y zureaba; y en el rojo crepúsculo era
como si una enorme paloma negra se cerniese, benévola, por encima de los bailarines,
ahora en posición supina o prona.
Se hallaban de pie en la azotea; el Big Henry acababa de dar las once. La noche era
apacible y cálida.
—Fue maravilloso, ¿verdad? —dijo Fifi Bradlaugh—. ¿Verdad que fue maravilloso?
Miró a Bernard con expresión de éxtasis, pero de un éxtasis en el cual no había
vestigios de agitación o excitación. Porque estar excitado es estar todavía insatisfecho.
—¿No te pareció maravilloso? —insistió, mirando fijamente a la cara de Bernard con
aquellos ojos que lucían con un brillo sobrenatural.
—¡Oh, sí, lo encontré maravilloso! —mintió Bernard.
Y desvió la mirada; la visión de aquel rostro transfigurado era a la vez una acusación
y un irónico recordatorio de su propio aislamiento. Bernard se sentía ahora tan
desdichadamente aislado como cuando había empezado el Servicio; más aislado a causa

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de su vaciedad no llenada, de su saciedad mortal. Separado y fuera de la armonía, en
tanto que los otros se fundían en el Ser Más Grande.
—Maravilloso de verdad —repitió.
Pero no podía dejar de pensar en la ceja de Morgana.

Aldous Huxley Un mundo feliz

CAPÍTULO VI
1
Raro, raro, raro. Este era el veredicto de Lenina sobre Bernard Marx. Tan raro, que
en el curso de las siguientes semanas se había preguntado más de una vez si no sería
preferible cambiar de parecer en cuanto a lo de las vacaciones en Nuevo Méjico, y
marcharse al Polo Norte con Benito Hoover. Lo malo era que Lenina ya conocía el Polo
Norte; había estado allá con George Edzel el pasado verano, y, lo que era peor, lo había
encontrado sumamente triste. Nada que hacer y el hotel sumamente anticuado: sin
televisión en los dormitorios, sin órgano de perfumes, sólo con un poco de música
sintética infecta, y nada más que veinticinco pistas móviles para los doscientos
huéspedes. No, decididamente no podría soportar otra visita al Polo Norte. Además, en
América sólo había estado una vez. Y en muy malas condiciones. Un simple fin de
semana en Nueva York, en plan de economías. ¿Había ido con Jean-Jacquar Habibullah
o con Bokanowsky Jones? Ya no se acordaba. En todo caso, no tenía la menor
importancia. La perspectiva de volar de nuevo hacia el Oeste, y por toda una semana,
era muy atractiva. Además, pasarían al menos tres días en una Reserva para Salvajes.
En todo el Centro sólo media docena de personas habían estado en el interior de una
reserva para Salvajes. En su calidad de psicólogo Alfa—Beta, Bernard era uno de los
pocos hombres que ella conocía, que podía obtener permiso para ello. Para Lenina, era
aquélla una oportunidad única. Y, sin embargo, tan única era también la rareza de
Bernard, que la muchacha había vacilado en aprovecharla, y hasta había pensado correr
el riesgo de volver al Polo Norte con el simpático Benito. Cuando menos, Benito era
normal. En tanto que Bernard...
Le pusieron alcohol en el sucedáneo. Esta era la explicación de Fanny para toda
excentricidad. Pero Henry, con quien, una noche, mientras estaban juntos en cama,
Lenina había discutido apasionadamente su nuevo amante, Henry había comparado al
pobre Bernard a un rinoceronte.
—Es imposible domesticar a un rinoceronte —había dicho Henry en su estilo breve y
vigoroso—. Hay hombres que son casi como los rinocerontes; no responden
adecuadamente al condicionamiento. ¡Pobres diablos! Bernard es uno de ellos.
Afortunadamente para él es excelente su profesión. De lo contrario, el director lo
hubiese expulsado. Sin embargo —agregó, consolándola—, lo considero
completamente inofensivo.
Completamente inofensivo; sí, tal vez. Pero también muy inquietante. En primer
lugar, su manía de hacerlo todo en privado. Lo cual, en la práctica, significaba no hacer
nada en absoluto. Porque, ¿qué podía hacerse en privado? (Aparte, desde luego, de

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Aldous Huxley Un mundo feliz

acostarse; pero no se podía pasar todo el tiempo así.) Sí, ¿qué se podía hacer? Muy
poca cosa. La primera tarde que salieron juntos hacía un tiempo espléndido. Lenina
había sugerido un baño en el Club Rural Torquay, seguido de una cena en el Oxford
Union. Pero Bernard dijo que habría demasiada gente. ¿Y un partido de Golf
Electromagnético en Saint Andrews? Nueva negativa.
Bernard consideraba que el Golf Electromagnético era una pérdida de tiempo.
—Pues, ¿para qué es el tiempo, si no? —preguntó Lenina, un tanto asombrada.
Por lo visto, para pasear por el Distrito de Los Lagos; porque esto fue lo que
Bernard propuso. Aterrizar en la cumbre de Skiddaw y pasear un par de horas por los
brezales.
—Solo contigo, Lenina.
—Pero, Bernard, estaremos solos toda la noche.
Bernard se sonrojó y desvió la mirada. —Quiero decir solos para poder hablar
—murmuró.
—¿Hablar? Pero ¿de qué?
¡Andar y hablar! ¡Vaya extraña manera de pasar una tarde!
Al fin Lenina lo convenció, muy a regañadientes, y volaron a Amsterdam para
presenciar los cuartos de final del Campeonato Femenino de Lucha de pesos pesados.
—Con una multitud —rezongó Bernard—. Como de costumbre.
Permaneció obstinadamente sombrío toda la tarde; no quiso hablar con los amigos
de Lenina (de los cuales se encontraron a docenas en el bar de helados de soma, en los
descansos); y a pesar de su mal humor se negó rotundamente a aceptar el medio gramo
de helado de fresa que Lenina le ofrecía con insistencia.
—Prefiero ser yo mismo —dijo Bernard—. Yo y desdichado, antes que cualquier otro
y jocundo. —Un gramo a tiempo ahorra nueve —dijo Lenina, exhibiendo su sabiduría
hipnopédica.
Bernard apartó con impaciencia la copa que le ofrecía.
—Vamos, no pierdas los estribos —dijo Lenina—. Recuerda que un solo centímetro
cúbico cura diez sentimientos melancólicos.
—¡Calla, por Ford, de una vez! —gritó Bernard.
Lenina se encogió de hombros.
—Siempre es mejor un gramo que un taco —concluyó con dignidad.
Y se tomó el helado.
Cruzando el Canal, camino de vuelta, Bernard insistió en detener la hélice impulsara
y en permanecer suspendido sobre el mar, a unos treinta metros de las olas. El tiempo
había empeorado; se había levantado viento del Sudoeste y el cielo aparecía nuboso.
—Mira —le ordenó Bernard.
—Lo encuentro horrible —dijo Lenina, apartándose de la ventanilla. La horrorizó el

huidizo vacío de la noche, el oleaje negro, espumoso, del mar a sus pies, y la pálida faz
de la luna, macilenta y triste entre las nubes en fuga—. Pongamos la radio en seguida.
Lenina alargó la mano hacia el botón de mando situado en el tablero del aparato y
lo conectó al azar.
—...el cielo es azul en tu interior —cantaban dieciséis voces trémulas—, el tiempo es
siempre...
Luego un hipo, y el silencio. Bernard había cortado la corriente.
—Quiero poder mirar el mar en paz —dijo—. Con este ruido espantoso ni siquiera se
puede mirar.
—Pero ¡si es precioso! Yo no quiero mirar.
—Pues yo sí —insistió Bernard—. Me hace sentírme como si... —vaciló, buscando
palabras para expresarse—, como si fuese más yo, ¿me entiendes? Más yo mismo, y
menos como una parte de algo más. No sólo como una célula del cuerpo social. ¿Tú no
lo sientes así, Lenina?
Pero Lenina estaba llorando.
—Es horrible, es horrible —repetía una y otra vez—. ¿Cómo puedes hablar así? ¿Cómo
puedes decir que no quieres ser una parte del cuerpo social? Al fin y al cabo, todo el
mundo trabaja para todo el mundo. No podemos prescindir de nadie.
Hasta los Epsilones...
—Sí, ya lo sé —dijo Bernard, burlonamente—. Hasta los Epsilones son útiles. Y yo
también.
¡Ojalá no lo fuera!
Lenina se escandalizó ante aquella exclamación blasfema.
—¡Bernard! —protestó, dolida y asombrada—.¿Cómo puedes decir esto?
—¿Cómo puedo decirlo? —repitió Bernard en otro tono, meditabundo—. No, el
verdadero problema es: ¿Por qué no puedo decirlo? O, mejor aún, puesto que, en
realidad, sé perfectamente por qué, ¿qué sensación experimentaría si pudiera, si fuese
libre, si no me hallara esclavizado por mi condicionamiento?
—Pero, Bernard, dices unas cosas horribles.
—¿Es que tú no deseas ser libre, Lenina?
—No sé qué quieres decir. Yo soy libre. Libre de divertirme cuanto quiera. Hoy día todo
el mundo es feliz.
Bernard rió.
—Sí, hoy día todo el mundo el feliz. Eso es lo que ya les decimos a los niños a los cinco
años. Pero ¿no te gustaría tener la libertad de ser feliz... de otra manera? A tu modo, por
ejemplo; no a la manera de todos.
—No comprendo lo que quieres decir —repitió Lenina. Después, volviéndose hacia él,
imploró—: ¡Oh!, volvamos ya, Bernard. No me gusta nada todo esto.

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Aldous Huxley Un mundo feliz

Aldous Huxley Un mundo feliz

—¿No te gusta estar conmigo?
—Claro que sí, Bernard. Pero este lugar es horrible.
—Pensé que aquí estaríamos más... juntos, con sólo el mar y la luna por compañía. Más
juntos que entre la muchedumbre y hasta que en mi cuarto. ¿No lo comprendes?
—No comprendo nada —dijo Lenina con decisión, determinada a conservar intacta su
incomprensión—. Nada.
—y prosiguió en otro tono—: Y lo que menos comprendo es por qué no tomas soma
cuando se te ocurren esta clase de ideas. Si lo tomaras olvidarías todo eso. Y en lugar
de sentirte desdichado serías feliz. Muy feliz —repitió.
Y sonrió, a pesar de la confusa ansiedad que había en sus ojos, con una expresión
que pretendía ser picarona y voluptuosa.
Bernard la miró en silencio, gravemente, sin responder a aquella invitación implícita.
A los pocos segundos, Lenina apartó la vista, soltó una risita nerviosa, se esforzó por
encontrar algo que decir y no lo encontró. El silencio se prolongó.
Cuando, por fin, Bernard habló, lo hizo con voz débil y fatigada.
—De acuerdo —dijo—; regresemos.
Y pisando con fuerza el acelerador, lanzó el aparato a toda velocidad, ganando
altura, y al alcanzar los mil doscientos metros puso en marcha la hélice propulsara.
Volaron en silencio uno o dos minutos. Después, súbitamente, Bernard empezó a reír.
De una manera extraña, en opinión de Lenina; pero, aun así, no podía negarse que era
una carcajada.
—¿Te encuentras mejor? —se aventuró a preguntar.
Por toda respuesta, Bernard retiró una mano de los mandos, y, rodeándola con un
brazo, empezó a acariciarle los senos.
Gracias a Ford —se dijo Lenina— ya está repuesto.
Media hora más tarde se hallaba de vuelta a las habitaciones de Bernard. Éste tragó
de golpe cuatro tabletas de soma, puso en marcha la radio y la televisión y empezó a
desnudarse.
—Bueno —dijo Lenina, con intencionada picardía cuando se encontraron de nuevo en
la azotea, el día siguiente por la tarde—. ¿Te divertiste ayer?
Bernard asintió con la cabeza. Subieron al avión. Una breve sacudida, y partieron.
—Todos dicen que soy muy neumática —dijo Lenina, meditativamente, dándose unas
palmaditas en los muslos.
—Muchísimo.
Pero en los ojos de Bernard había una expresión dolida. Como carne, pensaba.
Lenina lo miró con cierta ansiedad.
—Pero no me encuentras demasiado llenita, ¿verdad?
Bernard denegó con la cabeza. Exactamente igual que carne.

—¿Me encuentras al punto?
Otra afirmación muda de Bernard.
—¿En todos los aspectos?
—Perfecta —dijo Bernard, en voz alta.
Y para sus adentros: Ésta es la opinión que tiene de sí misma. No le importaba ser
como la carne.
Lenina sonrió triunfalmente. Pero su satisfacción había sido prematura.
—Sin embargo —prosiguió Bernard tras una breve pausa—, hubiese preferido que todo
terminara de otra manera.
—¿De otra manera? ¿Podía terminarse de otra? —Yo no quería que acabáramos
acostándonos —especificó Bernard.
Lenina se mostró asombrada.
—Quiero decir, no en seguida, no el primer día.
—Pero, entonces, ¿qué ... ?
Bernard empezó a soltar una serie de tonterías incomprensibles y peligrosas. Lenina
hizo todo lo posible por cerrar los oídos de su mente; pero de vez en cuando una que
otra frase se empeñaba en hacerse oír: ... probar el efecto que produce detener los
propios impulsos, le oyó decir. Fue como si aquellas palabras tocaran un resorte de su
mente.
—No dejes para mañana la diversión que puedes tener hoy —dijo Lenina gravemente.
—Doscientas repeticiones, dos veces por semana, desde los catorce años hasta los
dieciséis y medio —se limitó a comentar Bernard. Su alocada charla prosiguió—. Quiero
saber lo que es la pasión —oyó Lenina, de sus labios—. Quiero sentir algo con fuerza.
—Cuando el individuo siente, la comunidad se resiente —citó Lenina.
—Bueno, ¿y por qué no he de poder resentirme un poco?
—¡Bernard!
Pero Bernard no parecía avergonzado.
—Adultos intelectualmente y durante las horas de trabajo —prosiguió—, y niños en
lo que se refiere a los sentimientos y los deseos.
—Nuestro Ford amaba a los niños.
Sin hacer caso de la interrupción, Bernard prosiguió:
—El otro día, de pronto, se me ocurrió que había de ser posible ser un adulto en todo
momento.
—Lo comprendo.
El tono de Lenina era firme.
—Ya lo sé. Y por esto nos acostamos juntos ayer, como niños, en lugar de obrar como
adultos, y esperar.
—Pero fue divertido —insistió Lenina—. ¿No es verdad?

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—¡Oh, si, divertidísimo! —contestó Bernard.
Pero había en su voz un tono tan doloroso, tan amargo, que Lenina sintió de pronto
que se esfumaba toda la sensación de triunfo. Tal vez, a fin de cuentas, Bernard la
encontraba demasiado gorda.
—Ya te lo dije —comentó Fanny, por toda respuesta, cuando Lenina se lo confió—. Eso
es el alcohol que le pusieron en el sucedáneo.
—Sin embargo —insistió Lenina—, me gusta. Tiene unas manos preciosas. Y mueve los
hombros de una manera muy atractiva. —Suspiró—. Pero preferiría que no fuese tan
raro.

Aldous Huxley Un mundo feliz

Deteniéndose un momento ante la puerta del despacho del director, Bernard tomó
aliento y se cuadró, preparándose para enfrentarse con el disgusto y la desaprobación
que estaba seguro de encontrar en el interior. Luego llamó y entró.
—Vengo a pedirle su firma para un permiso, director —dijo con tanta naturalidad como
le fue posible...
Y dejó el papel encima de la mesa.
El director le lanzó una mirada agria. Pero en la cabecera del documento aparecía el
sello del Despacho del Interventor Mundial, y al pie del mismo la firma vigorosa, de
gruesos trazos de Mustafá Mond. Por consiguiente, todo estaba en orden. El director
no podía negarse. Escribió sus iniciales —dos pálidas letras al pie de la firma de
Mustafá Mond— y se disponía, sin comentarios a devolver el papel a Bernard, cuando
casualmente sus ojos captaron algo que aparecía escrito en el texto del permiso.
—¿Se va a la Reserva de Nuevo Méjico? —dijo. Y el tono de su voz, así como la manera
con que miró a Bernard, expresaba una especie de asombro lleno de agitación.
Sorprendido ante la sorpresa de su superior, Bernard asintió. Sobrevino un silencio.
El director, frunciendo el ceño, se arrellanó en su asiento.
—¿Cuánto hará de ello— dijo, más para sí mismo que dirigiéndose a Bernard—. Veinte
años, creo. Casi veinticinco. Tendría su edad, más o menos...
Suspiró y movió la cabeza.
Bernard se sentía sumamente violento. ¡Un hombre tan convencional, tan
escrupulosamente correcto como el director, incurrir en una incongruencia! Ello le hizo
sentir deseos de ocultar el rostro, de salir corriendo de la estancia. No porque hallara
nada intrínsecamente censurable en que la gente hablara del pasado remoto; aquél era
uno de los tantos prejuicios hipnopédicos de los que Bernard (al menos eso creía él) se
había librado por completo. Lo que le violentaba era el hecho de saber que el director
lo desaprobaba... lo desaprobaba, y, sin embargo, había incurrido en el pecado de hacer

lo que estaba prohibido. ¿A qué compulsión interior habría obedecido? A pesar de la
incomodidad que experimentaba, Bernard escuchaba atentamente.
—Tuve la misma idea que usted —decía el director—. Quise echar una ojeada a los
salvajes. Logré un permiso para Nuevo Méjico y fui a pasar allí mis vacaciones
veraniegas. Con la muchacha con la que iba a la sazón. Era una Beta-menos, y me parece
—cerró un momento los ojos—, me parece que era rubia. En todo caso, era neumática,
particularmente neumática; esto sí lo recuerdo. Bueno, fuimos allá, vimos a los salvajes,
paseamos a caballo, etc. Y después, casi el último día de mi permiso.... después.... bueno,
la chica se perdió. Habíamos ido a caballo a una de aquellas asquerosas montañas, con
un calor horrible y opresivo, y después de comer fuimos a dormir una siesta. Al menos
yo lo hice. Ella debió de salir de paseo sola. En todo caso, cuando me desperté la chica
no estaba. Y en aquel momento estallaba una tormenta encima de nosotros, la más fuerte
que he visto en mi vida. Llovía a cántaros, tronaba y relampagueaba; los caballos se
soltaron y huyeron al galope; al intentar atraparlos, caí y me herí en la rodilla, de modo
que apenas podía andar. Sin embargo, empecé a buscar a la chica, llamándola a gritos
una y otra vez. Ni rastro de ella. Después pensé que debía haberse marchado sola al
refugio. Así, pues, me arrastré como pude por el valle, siguiendo el mismo camino por
donde habíamos venido. La rodilla me dolía horriblemente, y había perdido mis raciones
de soma. Tuve que andar horas. No llegué al refugio hasta pasada la medianoche. Y la
chica no estaba; no estaba —repitió el director. Siguió un silencio—. Bueno
—prosiguió, al fin—, al día siguiente se organizó una búsqueda. Pero no la
encontramo s. Debió de haber caído por algún precipicio; o acaso la devoraría algún león
de las montañas. Sábelo Ford. Fue algo horrible. En aquel entonces me trastornó
profundamente. Más de lo lógico, lo confieso. Porque, al fin y al cabo, aquel accidente
hubiese podido ocurrirle a cualquiera; y, desde luego, el cuerpo social persiste aunque
sus células cambien. —Pero aquel consuelo hipnopédico no parecía muy eficaz.
Y el director se sumió en un silencio evocador.
—Debió de ser un golpe terrible para usted —dijo Bernard, casi con envidia.
Al oír su voz, el director se sobresaltó con una sensación de culpabilidad, y recordó
dónde estaba; lanzó una mirada a Bernard, y, rehuyendo la de sus ojos, se sonrojó
violentamente; volvió a mirarle con súbita desconfianza, herido en su dignidad.
—No vaya a pensar —dijo— que sostuviera ninguna relación indecorosa con aquella
muchacha. Nada emocional, nada excesivamente prolongado. Todo fue perfectamente
sano y normal. —Tendió el permiso a Bernard—. No sé por qué le habré dado la lata con
esta anécdota trivial—. Enfurecido consigo mismo por haberle revelado un secreto tan
vergonzoso, descargó su furia en Bernard. Ahora la expresión de sus ojos era
francamente maligna—. Deseo aprovechar esta oportunidad, Mr. Marx —prosiguió—
para decirle que no estoy en absoluto satisfecho de los informes que recibo acerca de

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su comportamiento en las horas de asueto. Usted dirá que esto no me incumbe. Pero sí
me incumbe. Debo pensar en el buen nombre de este Centro. Mis trabajadores deben
hallarse por encima de toda sospecha, especialmente los de las castas altas. Los Alfas
son condicionados de modo que no tengan forzosamente que ser infantiles en su
comportamiento emocional. Razón de más para que realicen un esfuerzo especial para
adaptarse. Su deber estriba en ser infantiles, aun en contra de sus propias inclinaciones.
Por esto, Mr. Marx, debo dirigirle esta advertencia —la voz del director vibraba con una
indignación que ahora era ya justiciera e impersonal, viva expresión de la desaprobación
de la propia infracción de las normas del decoro infantil—, si siguen llegando quejas
sobre su comportamiento, solicitaré su transferencia a algún Sub-Centro, a ser posible
en Islandia. Buenos días.
Y, volviéndose bruscamente en su silla, cogió la pluma y empezó a escribir.
Esto le enseñará, se dijo. Pero estaba equivocado. Porque Bernard salió de su
despacho cerrando de golpe la puerta tras de sí, crecido, exultante ante el pensamiento
de que se hallaba solo, enzarzado en una lucha heroica contra el orden de las cosas;
animado por la embriagadora conciencia de su significación e importancia individual.
Ni siquiera la amenaza de un castigo le desanimaba; más bien constituía para él un
estimulante. Se sentía lo bastante fuerte para resistir y soportar el castigo, lo bastante
fuerte hasta para enfrentarse con Islandia. Y esta confianza era mayor cuanto que, en
realidad, estaba íntimamente convencido de que no debería enfrentarse con nada de
aquello. A la gente no se la traslada por cosas como aquéllas. Islandia no era más que
una amenaza. Una amenaza sumamente estimulante. Avanzando por el pasillo, Bernard
no pudo contener su deseo de silbotear una canción.
Por la noche, en su entrevista con Watson, su versión de la charla sostenida con el
director cobró visos de heroicidad.
—Después de lo cual —concluyó—, me limité a decirle que podía irse al Pasado sin Fin,
y salí del despacho. Y esto fue todo.
Miró a Helmholtz Watson con expectación, esperando su simpatía, su admiración.
Pero Helmholtz no dijo palabra, y permaneció sentado, con los ojos fijos en el suelo.
Apreciaba a Bernard; le agradecía el hecho de ser el único de sus conocidos con
quien podía hablar de cosas que presentía que eran importantes. Sin embargo, había
cosas, en Bernard, que le parecían odiosas. Por ejemplo, aquella fanfarronería. Y los
estallidos de autocompasión con que la alternaba. Y su deplorable costumbre de
mostrarse muy osado después de ocurridos los hechos, y de exhibir una gran presencia
de ánimo... en ausencia. Odiaba todo esto, precisamente porque apreciaba a Bernard.
Los segundos pasaban. Helmholtz seguía mirando al suelo. Y, súbitamente, Bernard,
sonrojándose, se alejó.

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El viaje transcurrió sin el menor incidente. El Cohete Azul del Pacífico llegó a Nueva
Orleáns con dos minutos y medio de anticipación, perdió cuatro minutos a causa de un
tornado en Texas, pero al llegar a los 9511 de longitud Oeste penetró en una corriente
de aire favorable y pudo aterrizar en Santa Fe con menos de cuarenta segundos de
retraso con respecto a la hora prevista.
—Cuarenta segundos en un vuelo de seis horas y media. No está mal —reconoció
Lenina.
Aquella noche durmieron en Santa Fe. El hotel era excelente, incomparablemente
mejor, por ejemplo, que el horrible Palacio de la Aurora Boreal en el que Lenina había
sufrido tanto el verano anterior. En todas las habitaciones había aire líquido, televisión,
masaje por vibración, radio, solución de cafeína hirviente, anticoncepcionales calientes
y ocho clases diferentes de perfumes. Cuando entraron en el vestíbulo, el aparato de
música sintética estaba en funcionamiento y no dejaba nada que desear. Un letrero en
el ascensor informaba de que en el hotel había sesenta pistas móviles de juego de pelota
y que en el parque se podía jugar al Golf de Obstáculos y al Electromagnético.
—¡Es realmente estupendo! —exclamó Lenina—. Casi me entran ganas de quedarme
aquí. ¡Sesenta pistas móviles..!
—En la Reserva no habrá ni una sola —le advirtió Bernard—. Ni perfumes, ni televisión,
ni siquiera agua caliente. Si crees que no podrás resistirlo quédate aquí hasta que yo
vuelva.
Lenina se ofendió.
—Claro que puedo resistirlo. Sólo dije que esto es estupendo porque..., bueno, porque
el progreso es estupendo, ¿no es verdad?
—Quinientas repeticiones una vez por semana desde los trece años a los dieciséis
—dijo Bernard, aburrido, como para sí mismo. —¿Qué decías?
—Dije que el progreso es estupendo. Por esto no debes ir conmigo a la Reserva, a
menos que lo desees de veras.
—Pues lo deseo.
—De acuerdo, entonces —dijo Bernard, casi en tono de amenaza.
Su permiso requería la firma del Guardián de la Reserva, a cuyo despacho acudieron
debidamente a la mañana siguiente. Un portero negro Epsilon-menos pasó la tarjeta de
Bernard, y casi inmediatamente les hicieron pasar.
El Guardián era un Alfa-menos, rubio y braquicéfalo, bajo, rubicundo, de cara
redonda y anchos hombros, con una voz fuerte y sonora, muy adecuada para enunciar
ciencia hipnopédica. Era una auténtica mina de informaciones innecesarias y de
consejos que nadie le pedía. En cuanto empezaba, no acababa nunca, con su voz de

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trueno, resonante...
—...quinientos sesenta mil kilómetros cuadrados divididos en cuatro Sub—Reservas,
cada una de ellas rodeada por una valla de cables de alta tensión.
En aquel instante, sin razón alguna, Bernard recordó de pronto que se había dejado
abierto el grifo del agua de Colonia de su cuarto de baño, en Londres.
—...alimentada con corriente procedente de la central hidroeléctrica del Gran Cañón...
Me costará una fortuna cuando vuelva. Mentalmente, Bernard veía el indicador de
su contador de perfume girando incansablemente. Debo telefonear inmediatamente a
Helmholtz Watson. —...más de cinco mil kilómetros de valla a sesenta mil voltios.
—No me diga —dijo Lenina, cortésmente, sin tener la menor idea de lo que el Guardián
decía, pero aprovechando la pausa teatral que el hombre acababa de hacer.
Cuando el Guardián había iniciado su retumbante peroración, Lenina,
disimuladamente, había tragado medio gramo de soma, y gracias a ello podía permanecer
sentada, serena, pero sin escuchar ni pensar en nada, fijos sus ojos azules en el rostro
del Guardián, con una expresión de atención casi extática.
—Tocar la valla equivale a morir instantáneamente —decía el Guardián solemnemente—.
No hay posibilidad alguna de fugarse de la Reserva para Salvajes.
La palabra fugarse era sugestiva.
—¿Y si fuéramos allá? —sugirió, iniciando el ademán de levantarse.
La manecilla negra del contador seguía moviéndose, perforando el tiempo,
devorando su dinero.
—No hay fuga posible —repitió el Guardián, indicándole que volviera a sentarse; y,
como el permiso aún no estaba firmado, Bernard no tuvo más remedio que obedecer—.
Los que han nacido en la Reserva... Porque, recuerde, mi querida señora —agregó,
sonriendo obscenamente a Lenina y hablando en un murmullo indecente—, recuerde
que en la Reserva los niños todavía nacen, sí, tal como se lo digo, nacen, por
nauseabundo que pueda parecernos...
El hombre esperaba que su referencia a aquel tema vergonzoso obligara a Lenina a
sonrojarse; pero ésta, estimulada por el soma, se limitó a sonreír con inteligencia y a
decir:
—No me diga.
Decepcionado, el Guardián reanudó la peroración.
—Los que nacen en la Reserva, repito, están destinados a morir en ella.
Destinados a morir... Un decilitro de agua de Colonia por minuto. Seis litros por hora.
—Tal vez —intervino de nuevo Bernard—, tal vez deberíamos...
Inclinándose hacia delante, el Guardián tamborileó en la mesa con el dedo índice.
—Si ustedes me preguntan cuánta gente vive en la Reserva, les diré que no lo sabemos.
Sólo podemos suponerlo.

—No me diga.
—Pues sí se lo digo, mi querida señora.
Seis por veinticuatro... no, serían ya seis por treinta y seis... Bernard estaba pálido
y tembloroso de impaciencia. Pero, inexorablemente, la disertación proseguía.
—... Unos sesenta mil indios y mestizos..., absolutamente salvajes... Nuestros
inspectores los visitan de vez en cuando... aparte de esto, ninguna comunicación con
el mundo civilizado... conservan todavía sus repugnantes hábitos y costumbres...
matrimonio, suponiendo que ustedes sepan a qué me refiero; familias... nada de
condicionamiento... monstruosas supersticiones... Cristianismo, totemismos y adoración
de los antepasados... lenguas muertas, como el zuñí, el español y el atabascano...
pumas, puerco—espines y otros animales feroces... enfermedades infecciosas...
sacerdotes... lagartos venenosos...
—No me diga.
Por fin los soltó. Bernard se lanzó corriendo a un teléfono. De prisa, de prisa; pero
le costó tres minutos encontrar a Helmholtz Watson.
—A estas horas ya podríamos estar entre los salvajes —se lamentó—. ¡Maldita
incompetencia!
—Toma un gramo —sugirió Lenina.
Bernard se negó a ello, prefería su ira. Y, por fin, gracias a Ford, lo logró; sí, allá
estaba Helmholtz; Helmholtz, a quien explicó lo que ocurría, y quien prometió ir allá
inmediatamente y cerrar el grifo; sí, inmediatamente, pero al mismo tiempo aprovechó la
oportunidad para repetirle lo que D.I.C. había dicho en público la noche anterior.
—¿Cómo? ¿Que busca un sustituto para mí? —La voz de Bernard era agónica—. ¿Así
que está decidido? ¿Habló de Islandia? ¿Sí? ¡Ford! ¡Islandia ... !
Colgó el receptor y se volvió hacia Lenina. Su rostro aparecía muy pálido, con una
expresión abatida.
—¿Qué ocurre? —preguntó la muchacha.
—¿Qué ocurre? —Bernard se dejó caer pesadamente en una silla—. Van a enviarme a
Islandia.
En el pasado, a menudo se había preguntado qué efecto debía de producir ser objeto
(privado de soma y sin otros recursos que los interiores) de algún gran proceso, de
algún castigo, de alguna persecución; y hasta había deseado el sufrimiento. Apenas
hacía una semana, en el despacho del director, se había imaginado a sí mismo
resistiendo valerosamente, aceptando estoicamente el sufrimiento sin una sola queja.
En realidad, las amenazas del director lo habían exaltado, le habían inducido a sentirse
grande, importante. Pero ello —ahora se daba perfecta cuenta— obedecía a que no las
había tomado en serio; no había creído ni por un instante que, en el momento de la
verdad, el D.I.C. tomara decisión alguna. Pero ahora que, al parecer, las amenazas iban

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a cumplirse, Bernard estaba aterrado. No quedaba ni rastro de su estoicismo
imaginativo, de su valor puramente teórico.
Lenina movió la cabeza.
—Él fue y él será tanto me dan —citó—. Un gramo tomarás y sólo el es verás.
Al fin le convenció para que se tomara cuatro tabletas de soma. Al cabo de cinco
minutos, raíces y frutos habían sido abolidos; sólo la flor del presente se abría, lozana.
Un mensaje del portero les avisó que, siguiendo órdenes del Guardián, un vigilante de
la Reserva había acudido en avión y les esperaba en la azotea. Bernard y Lenina
subieron inmediatamente. Un ochavón de uniforme verde de Gamma les saludó y
procedió a recitar el programa matinal.
Vista panorámica de diez o doce de los principales pueblos, y aterrizaje para almorzar
en el Valle de Malpaís. El parador era cómodo, y en el pueblo los salvajes probablemente
celebrarían su festival de verano. Sería el lugar más adecuado para pasar la noche.
Ocuparon sus asientos en el avión y despegaron. Diez minutos más tarde cruzaban
la frontera que separaba la civilización del salvajismo. Subiendo y bajando por las
colinas, cruzando los desiertos de sal o de arena, a través de los bosques y de las
profundidades violeta de los cañones, por encima de despeñaderos, picos y mesetas
llanas, la valla seguía ininterrumpidamente la línea recta, el símbolo geométrico del
propósito humano triunfante. Y al pie de la misma, aquí y allá, un mosaico de huesos
blanqueados o una carroña oscura, todavía no corrompida en el atezado suelo, señalaba
el lugar donde un ciervo o un voraz zopilote atraído por el tufo de la carroña y fulminado
como por una especie de justicia poética, se habían acercado demasiado a los cables
aniquiladores.
—Nunca escarmientan —dijo el piloto del uniforme verde, señalando los esqueletos
que, debajo de ellos, cubrían el suelo—. Y nunca escarmentarán —agregó riendo.
Bernard también rió; gracias a los dos gramos de soma, el chiste, por alguna razón,
se le antojó gracioso.
Rió y después, casi inmediatamente, quedó sumido en el sueño, y, durmiendo, fue
llevado por encima de Taos y Tesuco; de Namba, Picores y Pojoaque, de Sía y Cochiti,
de Laguna, Acoma y la Mesa Encantada, de Cibola y Ojo Caliente, y despertó al fin para
encontrar el aparato posado ya en el suelo, Lenina trasladando las maletas a una casita
cuadrada, y el ochavón Gamma verde hablando incomprensiblemente con un joven
indio.
—Malpaís —anunció el piloto, cuando Bernard se apeó—. Ésta es la hospedería. Y por
la tarde habrá danza en el pueblo. Este hombre los acompañará. —Y señaló al joven
salvaje de aspecto adusto—. Espero que se diviertan —sonrió—. Todo lo que hacen
es divertido. —Con estas palabras, subió de nuevo al aparato y puso en marcha los
motores—. Mañana volveré. Y recuerde —agregó tranquilizadoramente, dirigiéndose

a Lenina— que son completamente mansos; los salvajes no les harán daño alguno.
Tienen la suficiente experiencia de las bombas de gas para saber que no deben hacerles
ninguna jugarreta.
Riendo todavía, puso en marcha la hélice del autogiro, aceleró y partió.

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La altiplanicie era como un navío anclado en un estrecho de polvo leonado. El canal
zigzagueaba entre orillas escarpadas, y de un muro a otro corría a través del valle una
franja de verdor: el río y sus campos contiguos. En la proa de aquel navío de piedra, en
el centro del estrecho, y como formando parte del mismo, se levantaba, como una
excrecencia geométrica de la roca desnuda, el pueblo del Malpaís. Bloque sobre bloque,
cada piso más pequeño que el inmediato inferior, las altas casas se levantaban como
pirámides escalonadas y truncadas en el cielo azul. A sus pies yacía un batiburrillo de
edificios bajos y una maraña de muros; en tres de sus lados se abrían sobre el llano
sendos Precipicios Verticales. Unas pocas columnas de humo ascendían verticalmente
en el aire inmóvil y se desvanecían en lo alto.
—¡Qué raro es todo esto! —dijo Lenina—. Muy raro. —Era su expresión condenatoria
favorita—. No me gusta. Y tampoco me gusta este hombre.
Señaló al guía indio que debía llevarles al pueblo. Tales sentimientos,
evidentemente, eran recíprocos; el hombre les precedía y, por tanto, sólo le veían la
espalda, pero aun ésta tenía algo de hostil.
—Además —agregó Lenina, bajando la voz—, apesta.
Bernard no intentó negarlo. Siguieron andando.
De pronto fue como si el aire todo hubiese cobrado ritmo, y latiera, latiera, con el
movimiento incansable de la sangre. Allá arriba, en Malpaís, los tambores sonaban:
involuntariamente, sus pies se adaptaron al ritmo de aquel misterioso corazón, y
aceleraron el paso. El sendero que seguían los llevó al pie del precipicio. Los lados o
costados de la gran altiplanicie torreaban por encima de ellos, casi a cien pies de altura.
—Ojalá hubiésemos traído el helicóptero —dijo Lenina, levantando la mirada con enojo
ante el muro de roca—. Me fastidia andar. ¡Y, en el suelo, uno se siente tan pequeño,
a los pies de una colina!
Cuando estaban en mitad de la ascensión, un águila pasó volando tan cerca de ellos,
que sintieron en el rostro la ráfaga de aire frío provocada por sus alas. En una grieta de
la roca veíase un montón de huesos. El conjunto resultaba opresivamente extravagante,
y el indio despedía un olor cada vez más intenso. Salieron por fin del fondo del barranco
a plena luz del sol, la parte superior de la altiplanicie era un llano liso, rocoso.
—Como la Torre de Charing-T —comentó Lenina.
Pero no tuvo ocasión de gozar largo rato del descubrimiento de aquel tranquilizador
parecido. El rumor aterciopelado de unos pasos los obligó a volverse. Desnudos desde
el cuello hasta el ombligo, con sus cuerpos morenos pintados con líneas blancas (como
pistas de tenis de asfalto, diría Lenina más tarde) y sus rostros inhumanos cubiertos de
arabescos escarlata, negro y ocre, dos indios se acercaban corriendo por el sendero.

Llevaban los negros cabellos trenzados con pieles de zorro y franela roja. Pendían
de sus hombros sendos mantos de plumas de pavo; y enormes diademas de pluma
formaban alegres halos en torno a sus cabezas. A cada paso que daban, sus brazaletes
de plata y sus pesados collares de hueso y de cuentas de turquesa entrechocaban y
sonaban alegremente. Se aproximaron sin decir palabra, corriendo en silencio con sus
pies descalzos con mocasines de piel de ciervo. Uno de ellos empuñaba un cepillo de
plumas, el otro llevaba en cada mano lo que a distancia parecían tres o cuatro trozos de
cuerda gruesa. Una de las cuerdas se retorcía inquieta, y súbitamente Lenina
comprendió que eran serpientes.
—No me gusta —exclamó Lenina—. No me gusta.
Todavía le gustó menos lo que le esperaba a la entrada del pueblo, en donde su guía
los dejó solos para entrar a pedir instrucciones. Suciedad, montones de basura, polvo,
perros, moscas... Con el rostro distorsionado en una mueca de asco, Lenina, se llevó un
pañuelo a la nariz.
—Pero, ¿cómo pueden vivir así? —estalló.
En su voz sonaba un matiz de incredulidad indignada. Aquello no era posible.
Bernard se encogió filosóficamente de hombros.
—Piensa que llevan cinco o seis mil años viviendo así —dijo—. Supongo que a estas
alturas ya estarán acostumbrados.
—Pero la limpieza nos acerca a la fordeza —insistió Lenina.
—Sí, y civilización es esterilización —prosiguió Bernard, completando así, en tono
irónico, la segunda lección hipnopédica de higiene elemental—. Pero esta gente no ha
oído hablar jamás de Nuestro Ford y no está civilizada. Por consiguiente, es inútil que...
—¡Oh, mira! —exclamó Lenina, cogiéndose de su brazo.
Un indio casi desnudo descendía muy lentamente por la escalera de mano de una
casa vecina, peldaño tras peldaño, con la temblorosa cautela de la vejez extrema. Su
rostro era negro y aparecía muy arrugado, como una máscara de obsidiana. Su boca
desdentada se hundía entre sus mejillas. En las comisuras de los labios y a ambos lados
del mentón pendían, sobre la piel oscura, unos pocos pelos largos y casi blancos. Los
cabellos largos y sueltos colgaban en mechones grises a ambos lados de su rostro. Su
cuerpo aparecía encorvado y flaco hasta los huesos, casi descarnado. Bajaba
lentamente, deteniéndose en cada peldaño antes de aventurarse a dar otro paso.
—Pero, ¿qué le pasa? —susurró Lenina.
En sus ojos se leía el horror y el asombro.
—Nada; sencillamente, es viejo —contestó Bernard, aparentando indiferencia, aunque
no sentía tal.
—¿Viejo? —repitió Lenina—. Pero... también el director es viejo; muchas personas son
viejas; pero no son así.

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CAPÍTULO VII

Aldous Huxley Un mundo feliz

Aldous Huxley Un mundo feliz

—Porque no les permitimos ser así. Las preservamos de las enfermedades. Mantenernos
sus secreciones internas equilibradas artificialmente de modo que conserven la
juventud. No permitimos que su equilibrio de magnesio—calcio descienda por debajo
de lo que era en los treinta años. Les damos transfusiones de sangre joven. Estimulamos
de manera permanente su metabolismo. Por esto no tienen este aspecto. En parte
—agregó— porque la mayoría mueren antes de alcanzar la edad de este viejo. Juventud
casi perfecta hasta los sesenta años, y después, ¡plas!, el final.
Pero Lenina no le escuchaba. Miraba al viejo, que seguía bajando lentamente. Al fin,
sus pies tocaron el suelo. Y se volvió. Al fondo de las profundas órbitas los ojos
aparecían extraordinariamente brillantes, y la miraron un largo momento sin expresión
alguna, sin sorpresa, como si Lenina no se hallara presente. Después, lentamente, con
el espinazo doblado, el viejo pasó por el lado de ellos y se fue.
—Pero, —¡esto es terrible! —susurró Lenina—. ¡Horrible! No debimos haber venido.
Buscó su ración de soma en el bolsillo, sólo para descubrir que, por un olvido sin
precedentes, se había dejado el frasco en la hospedería. También los bolsillos de
Bernard se hallaban vacíos.
Lenina tuvo que enfrentarse con los horrores de Malpaís sin ayuda alguna. Y los
horrores se sucedieron a sus ojos rápidamente, sin descanso. El espectáculo de dos
mujeres jóvenes que amamantaban a sus hijos con su pecho la sonrojó y la obligó a
apartar el rostro. En toda su vida no había visto jamás indecencia como aquella. Lo peor
era que, en lugar de ignorarlo delicadamente, Bernard no cesaba de formular
comentarios sobre aquella repugnante escena vivípara.
—¡Qué relación tan maravillosamente íntima! —dijo, en un tono deliberadamente
ofensivo—. ¡Qué intensidad de sentimientos debe generar! A menudo pienso que es
posible que nos hayamos perdido algo muy importante por el hecho de no tener madre.
Y quizá tú te hayas perdido algo al no ser madre, Lenina. Imagínate a ti misma sentada
aquí, con un hijo tuyo...
—¡Bernard! ¿Cómo puedes ... ?
El paso de una anciana que sufría de oftalmía y de una enfermedad de la piel la
distrajo de su indignación.
—Vámonos —imploró—. No me gusta nada. Pero en aquel momento su guía volvió, e,
invitándoles a seguirle, abrió la marcha por una callejuela entre dos hileras de casas.
Doblaron una esquina. Un perro muerto yacía en un montón de basura; una mujer con
bocio despiojaba a una chiquilla. El guía se detuvo al pie de una escalera de mano,
levantó un brazo perpendicularmente, y después lo bajó señalando hacia delante.
Lenina y Bernard hicieron lo que el hombre les había ordenado por señas; treparon por
la escalera y cruzaron un umbral que daba acceso a una estancia larga y estrecha, muy
oscura, y que hedía a humo, a grasa frita y a ropas usadas y sucias. Al otro extremo de

la estancia se abría otra puerta a través de la cual les llegaba la luz del sol y el redoble,
fuerte y cercano, de los tambores.
Salieron por esta puerta y se encontraron en una espaciosa terraza. A sus pies,
encerrada entre casas altas, se hallaba la plaza del pueblo, atestada de indios. Mantas
de vivos colores y plumas en las negras cabelleras, y brillo de turquesas, y de pieles
negras que relucían por el sudor. Lenina volvió a llevarse el pañuelo a la nariz. En el
espacio abierto situado en el centro de la plaza había dos plataformas circulares de
ladrillo y arcilla apisonada que, evidentemente, eran los tejados de dos cámaras
subterráneas, porque en el centro de cada plataforma había una escotilla abierta, a cuya
negra boca asomaba una escalera de mano. Por las dos escotillas salía un débil son de
flautas casi ahogado por el redoble incesante de los tambores.
Se produjo de pronto una explosión de cantos: cientos de voces masculinas
gritando briosamente al unísono, en un estallido metálico, áspero. Unas pocas notas
muy prolongadas, y un silencio, el silencio tonante de los tambores; después, aguda,
en un chillido desafinado, la respuesta de las mujeres. Después, de nuevo los tambores;
y una vez más la salvaje afirmación de virilidad de los hombres.
Raro, sí. El lugar era raro, y también la música, y no menos los vestidos, y los bocios
y las enfermedades de la piel, y los viejos. Pero, en cuanto al espectáculo en sí, no
resultaba especialmente raro.
—Me recuerda un Canto de Comunidad de casta inferior —dijo a Bernard.
Pero poco después le recordó mucho menos aquellas inocentes funciones. Porque,
de pronto, de aquellos sótanos circulares había brotado un ejército fantasmal de
monstruos. Cubiertos con máscaras horribles o pintados hasta perder todo aspecto
humano, habían comenzado a bailar una extraña danza alrededor de la plaza; vueltas y
más vueltas, siempre cantando; vueltas y más vueltas, cada vez un poco más de prisa;
los tambores habían cambiado y acelerado su ritmo, de modo que ahora recordaban el
latir de la fiebre en los oídos; y la muchedumbre había empezado a cantar con los
danzarines, cada vez más fuerte; primero una mujer había chillado, y luego otra, y otra,
como si las mataran; de pronto, el que conducía a los danzarines se destacó de la hilera,
corrió hacia una caja de madera que se hallaba en un extremo de la plaza, levantó la tapa
y sacó de ella un par de serpientes negras. Un fuerte alarido brotó de la multitud, y
todos los demás danzarines corrieron hacia él tendiendo las manos. El hombre arrojó las
serpientes a los que llegar on primero y se volvió hacia la caja para coger más. Más y
más, serpientes negras, pardas y moteadas, que iba arrojando a los danzarines. Después
la danza se reanudó, con otro ritmo. Los danzarines seguían dando vueltas, con sus
serpientes en las manos y serpenteando a su vez, con un movimiento ligeramente
ondulatorio de rodillas y caderas. Vueltas y más vueltas. Después el jefe dio una señal
y, una tras otra, todas las serpientes fueron arrojadas al centro de la plaza; un viejo salió

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del subterráneo y les arrojó harina de maíz; por la otra escotilla apareció una mujer y les
arrojó agua de un jarro negro. Después el viejo levantó una mano y se hizo un silencio
absoluto terrorífico. Los tambores dejaron de sonar; pareció como si la vida hubiese
tocado a su fin. El viejo señaló hacia las dos escotillas que daban entrada al mundo
inferior. Y lentamente, levantadas por manos invisibles, desde abajo, emergieron, de una
de ellas la imagen pintada de una águila, y de la otra de un hombre desnudo y clavado
en una cruz. Emergieron y permanecieron suspendidas aparentemente en el aire, como
si contemplaran el espectáculo. El anciano dio una palmada. Completamente desnudo
—excepto una breve toalla de algodón, blanca—, un muchacho de unos dieciocho años
salió de la multitud y quedóse de pie ante él, con las manos cruzadas sobre el pecho y
la cabeza gacha. El anciano trazó la señal de la cruz sobre él y se retiró. Lentamente, el
muchacho empezó a dar vueltas en torno del montón de serpientes que se retorcían.
Había completado ya la primera vuelta y se hallaba en mitad de la segunda cuando, de
entre los danzarines, un hombre alto, que llevaba una máscara de coyote y en la mano
un látigo de cuero trenzado, avanzó hacia él. El muchacho siguió caminando como si no
se hubiera dado cuenta de la presencia del otro. El hombre coyote levantó el látigo;
hubo un largo momento de expectación; después, un rápido movimiento, el silbido del
látigo y su impacto en la carne. El cuerpo del muchacho se estremeció, pero no despegó
los labios y reanudó la marcha, al mismo paso lento y regular. El coyote volvió a
golpear, una y otra vez; cada latigazo provocaba primero una suspensión y después un
profundo gemido
de la muchedumbre. El muchacho seguía andando. Dio dos vueltas, tres, cuatro. La
sangre corría. Cinco vueltas, seis.
De pronto, Lenina se tapó la cara con las manos y empezó a sollozar.
—¡Oh, basta, basta! —imploro.
Pero el látigo seguía cayendo, inexorable. Siete vueltas. De pronto el muchacho
vaciló, y, sin exhalar gemido alguno, cayó de cara al suelo. Inclinándose sobre él, el
anciano le tocó la espalda con una larga pluma blanca, la levantó en alto un momento,
roja de sangre, para que el pueblo la viera, y la sacudió tres veces sobre las serpientes.
Cayeron unas pocas gotas, y súbitamente los tambores estallaron en una carrera loca
de notas; y se oyó un grito unánime de la multitud. Los danzarines saltaron hacia
delante, recogieron las serpientes y huyeron de la plaza. Hombres, mujeres y niños,
todos corrieron en pos de ellos. Un minuto después la plaza estaba desierta; sólo
quedaba el muchacho, cara al suelo, en el mismo sitio donde se había desplomado,
inmóvil. Tres ancianas salieron de una de las casas, y, no sin dificultad, lo levantaron
y lo entraron en ella. El águila y el hombre crucificado siguieron montando la guardia un
rato ante la plaza desierta; después, como si ya hubiesen visto lo suficiente, se
hundieron por las escotillas y desaparecieron en el seno de su mundo subterráneo.

Lenina todavía sollozaba.
—¡Qué horrible! —repetía una y otra vez, ante los vanos consuelos de Bernard—. ¡Qué
horrible! ¡Esa sangre!
—Se estremeció. ¡Y no tener ni un gramo de soma !
En la habitación interior se oyeron unos pasos.
El atuendo del joven que salió a la terraza era indio; pero sus trenzados cabellos eran
de color pajizo, sus ojos azules, y su piel blanca, aunque bronceada por el sol.
—Hola. Buenos días —dijo el desconocido, en un inglés correcto, pero algo peculiar—.
Ustedes son civilizados, ¿verdad? ¿Vienen del Otro Sitio, de fuera de la Reserva?
—Pero, ¿quién demonios...? —empezó Bernard, asombrado.
El joven suspiró y meneó la cabeza.
—El más desdichado de los caballeros —dijo. Y, señalando las manchas de sangre del
centro de la plaza, añadió—: ¿Ven ustedes esa maldita mancha?
Y en su voz temblaba la emoción.
—Un gramo es mejor que un taco —dijo Lenina, maquinalmente, sin apartar las manos
de su rostro—. ¡Ojalá tuviera un poco de soma ! —Yo debía estar allá —prosiguió el
joven—. ¿Por qué no me dejan ser la víctima? Yo hubiese dado diez vueltas, doce, acaso
quince. Palowhtiwa sólo dio siete. Hubiesen podido sacarme el doble de sangre. Teñir
de púrpura los mares multitudinarios. —Abrió los brazos en un amplio ademán y luego
los dejó caer con desesperación—. Sin embargo, no me lo permiten. No les gusto, a
causa del color de mi piel. Siempre ha sido así. Siempre.
Las lágrimas asomaron a los ojos del joven; avergonzado, apartó el rostro.
El asombro hizo olvidar a Lenina su privación de soma. Descubrió su rostro y, por
primera vez, miró al desconocido.
—¿Quiere usted decir que deseaba que le azotaran con aquel látigo?
Todavía con el rostro apartado, el joven asintió con la cabeza.
—Por el bien del pueblo; para que llueva y el maíz crezca. Y para agradar a Pukong y a
Jesús. Y también para demostrar que puedo soportar el dolor sin gritar. Sí —y su voz,
súbitamente, cobró una nueva resonancia, y se volvió, cuadrando los hombros y
levantando el mentón en actitud de orgullo y de reto—, para demostrarles que soy
hombre... ¡Oh!
Se le cortó el aliento y permaneció en silencio, boqueando. Por primera vez en su
vida había visto la cara de una muchacha cuyas mejillas no eran de color de chocolate
o de piel de perro, cuyos cabellos eran castaños y ondulados, y cuya expresión
(¡asombrosa novedad!) era de benévolo interés.
Lenina le sonreía: ¡Qué chico tan guapo! —pensaba—. Tiene un cuerpo realmente
hermoso. La sangre se agolpó en la cara del muchacho; bajó los ojos, volvió a
levantarlos un momento sólo para volver a verla sonriéndole, y se sintió tan trastornado

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que tuvo que volver la cara y fingir que miraba con gran interés algo situado en el otro
extremo de la plaza.
Las preguntas de Bernard aportaron una distracción.
¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿De dónde? Con los ojos fijos en la cara de Bernard
(porque deseaba tan apasionadamente ver la sonrisa de Lenina que no se atrevía a
mirarla), el muchacho intentó explicarse. Linda y él —Linda era su madre (la palabra
puso muy violenta a Lenina)eran extranjeros en la Reserva. Linda había llegado del Otro
Lugar mucho tiempo atrás, antes de que él naciera, con un hombre que era el padre del
joven. (Bernard aguzó el oído.) Linda había ido a dar un paseo, sola por las montañas
del Norte, y al caer por un barranco se había herido en la cabeza.
—Siga, siga —dijo Bernard, lleno de excitación.
Unos cazadores de Malpaís la habían encontrado y traído al pueblo. En cuanto al
hombre que era el padre del muchacho, Linda no había vuelto a verle. Se llamaba
Tomakin. (Sí, Thomas era el nombre de pila del D.I.C.). Debió de haberse marchado de
nuevo al Otro Lugar, sin ella. Sin duda era un hombre malo, infiel, depravado.
—Y así nací en Malpaís —concluyó el joven—.
En Malpaís.
Y movió la cabeza.
¡Qué inmundicia en aquella casita de las afueras del pueblo!
Un trecho cubierto de polvo y de basuras la separaba de la aldea. Ante su puerta,
dos perros hambrientos hurgaban de un modo repugnante en la basura. Dentro, cuando
ellos entraron, la penumbra hedía y aparecía llena de moscas.
—¡Linda! —llamó el muchacho.
Desde el interior, una voz áspera de mujer dijo:
—¡Voy!
Esperaron. En el suelo veíanse unas escudillas que contenían los restos de un
ágape, o acaso de varios.
La puerta se abrió. Una india rubia y muy corpulenta cruzó el umbral y se quedó
mirando a los forasteros, incrédulamente, boquiabierta. Lenina observó con desagrado
que le faltaban dos dientes. Y el color de los que quedaban... Se estremeció. Era peor
que el viejo. ¡Y tan gorda! Una cara abotagada, cubierta de arrugas. ¡Y aquellas mejillas
flácidas, con manchas purpúreas! ¡Y aquellas venas rojas en la nariz! ¡Y aquellos ojos
inyectados en sangre! ¡Y aquel cuello ...! ¡Aquel cuello! ¡Y la manta que llevaba en la
cabeza, vieja y sucia! Y bajo la túnica áspera, de color pardo, aquellos pechos enormes,
la redondez del estómago, las caderas... ¡Oh, mucho peor que el viejo, muchísimo peor!
Y, de pronto, aquel ser estalló en un torrente de palabras, corrió hacia Lenina y... (¡Ford!
¡Ford! Era algo asqueroso; en otro momento hubiera podido marearse)... y la estrechó
contra su vientre, contra su pecho, y empezó a besarla. ¡Ford!, a besarla, babeándole.

Ante ella vio un rostro hinchado y distorsionado; aquella criatura lloraba.
—¡Oh, querida! —El torrente de palabras fluía entre sollozos—. ¡Si supieras cuán feliz
soy! ¡Después de tantos años! ¡Una cara civilizada! ¡Sí, y ropas civilizadas! Creí que no
volvería a ver jamás una prenda de auténtica seda al acetato. —Tocó la manga de la
blusa de Lenina. Sus uñas aparecían negras—. ¡Y esos preciosos pantalones cortos de
pana de viscosa! ¿Sabes? Todavía tengo mis vestidos viejos, los que llevaba cuando
vine aquí, guardados en una caja. Después te los enseñaré. Aunque, desde luego, el
acetato se ha agujereado del todo. Pero todavía tengo una cartuchera blanca estupenda;
aunque la verdad es que la tuya, de cuero verde, todavía es más bonita. ¡Para lo que me
sirvió, mi cartuchera! —Y de nuevo se echó a llorar—. Supongo que John ya os lo ha
contado. ¡Lo que tuve que sufrir! ¡Y sin un gramo de soma! Sólo un trago de mescal de
vez en cuando, cuando Popé me lo traía. Popé es un muchacho que era amigo mío. Pero
el mescal deja una resaca terrible, y el peyotl marca; además, al día siguiente todavía me
sentía más avergonzada. Y lo estaba mucho. Piénsalo por un momento: yo, una Beta,
tener un hijo; ponte en mi sitio.
—La sugerencia hizo estremecer a Lenina—. Aunque no fue mía la culpa, lo juro;
todavía no sé cómo pudo ocurrir, teniendo en cuenta que hice todos los ejercicios
malthusianos, ya sabes, por tiempos: uno, dos, tres, cuatro. Lo juro; pero el caso es que
ocurrió; y, naturalmente, aquí no había ni un solo Centro Abortivo.
Grandes lagrimones escapaban por entre sus párpados cerrados.
—Y el viaje de regreso de Stoke Poges, en avión, por la noche... Y luego un baño
caliente y el masaje mecánico... Aquí, en cambio...
Aspiró una profunda bocanada de aire, movió la cabeza, volvió a abrir los ojos, se
sorbió los mocos un par de veces, luego se sonó con los dedos y se los secó con la
falda.
—¡Oh, perdón! —dijo, en respuesta a la involuntaria mueca de asco de Lenina—. No
debí hacerlo. Perdón. Pero, ¿qué se puede hacer cuando no hay pañuelos? Recuerdo
cómo me trastornaba toda esta suciedad, la falta de asepsia. Cuando me trajeron aquí
tenía una herida horrible en la cabeza. No puedes figurarte lo que me ponían en ella.
Porquerías, sólo porquerías. Civilización es Esterilización, solía decirles yo. Y Arre,
estreptococos, a Banbury-T, a ver cuartos de baño y retretes espléndidos, como si
fueran niños. Pero, claro, no me entendían. Imposible. Y, al fin, supongo que me
acostumbré. Por otra parte, ¿cómo se puede tener higiene si no hay una instalación de
agua caliente? Mira esas ropas. La lana animal no es como el acetato. Dura eternidades.
Y si se desgarra se supone que una la remienda. Pero yo soy una Beta; yo trabajaba en
la Sala de Fecundación; nadie me enseñó jamás a hacer estas cosas. No era asunto de
mi incumbencia. Además, no era bien visto. Cuando los vestidos se estropeaban había
que tirarlos y comprar otros nuevos. A más remiendos, menos dinero. ¿No es verdad?

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Aldous Huxley Un mundo feliz

Los remiendos eran antisociales. Pero aquí todo es diferente. Es como vivir entre locos.
Todo lo que hacen es pura locura.
Linda miró a su alrededor; vio que John y Bernard las habían dejado solas y
paseaban entre el polvo y la basura del exterior; aun así, bajó confidencialmente la voz
y acercó tanto los labios a la oreja de Lenina que el hálito de veneno embrional agitó la
pelusilla de su mejilla.
—Por ejemplo —susurró—, la forma en que la gente de aquí se empareja. Una locura,
te lo aseguro, una auténtica locura. Todo el mundo pertenece a todo el mundo, ¿no es
cierto? ¿No es cierto? —insistió, tirando a Lenina de la manga. Lenina, apartando la
cabeza, asintió, soltó el aire que hasta entonces habla contenido y aspiró una nueva
bocanada relativamente libre de malos olores—. Pues bien —prosiguió Linda—, aquí
se supone que una sólo puede pertenecer a otra persona. Y si aceptas tratos con otros
hombres te consideran mala y antisocial. Te odian y te desprecian. Una vez acudió un
grupo de mujeres y armaron un escándalo porque sus hombres venían a verme. Bueno,
¿y por qué no? Y me pegaron la gran paliza... Fue horrible. No, no puedo contártelo.
—Linda se tapó la cara con las manos y se estremeció—. Son odiosas, las mujeres de
aquí. Locas, locas y crueles. Y, desde luego, no saben nada de ejercicios malthusianos,
ni de frascos, ni de decantación, ni de nada. Por esto constantemente tienen hijos...
como perras. Es asqueroso. Y pensar que yo... ¡Oh, Ford, Ford, Ford! Y, sin embargo,
John fue un gran consuelo para mí. No sé qué hubiese hecho yo sin él. A pesar de que
se ponía como loco cada vez que un hombre... Ya cuando era niño, no creas. Una vez,
cuando ya era mayorcito, quiso matar al pobre Waihusiwa, o a Popé, no lo recuerdo
bien, sólo porque alguna que otra vez venían a verme. Nunca logré que comprendiera
que así es como debían obrar las personas civilizadas. Yo creo que la locura es
contagiosa. En todo caso, John parece habérsela contagiado de los indios. Porque,
naturalmente, convivió mucho con ellos. A pesar de que se portaban muy mal con él y
no le dejaban hacer lo que los demás muchachos hacían. Lo cual, en cierta manera, fue
una suerte, porque así me fue más fácil condicionarse un poco. Aunque no tienes idea
de cuán difícil es. ¡Hay tantas cosas que una no sabe! No tenía por qué saberlas, claro.
Quiero decir que, cuando un niño te pregunta cómo funciona un helicóptero o quién
hizo el mundo... bueno, ¿qué puedes contestar si eres una Beta y siempre has trabajado
en la Sala de Fecundación? ¿Que puedes contestar?

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Aldous Huxley Un mundo feliz

CAPÍTULO VIII
Fuera, entre el polvo y la basura (a la sazón había ya cuatro perros), Bernard y John
paseaban lentamente.
—Para mí es muy difícil comprenderlo —decía Bernard—, reconstruir... Es como si
viviéramos en diferentes planetas, en siglos diferentes. Una madre, y toda esta
porquería, y dioses, y la vejez, y la enfermedad... —
Movió la cabeza—. Es casi inconcebible. Nunca lo comprenderé, a menos que me
lo expliques.
—¿Que te explique qué?
—Esto. —Y Bernard señaló el pueblo—. Y esto. —Y ahora señaló la casita en las
afueras—. Todo. Toda tu vida.
—Pero, ¿qué puedo decir yo?
—Todo, desde el principio. Desde tan atrás como puedas recordar.
—Desde tan atrás como pueda recordar... —John frunció el ceño.
Siguió un largo silencio.
John recordaba una estancia enorme, muy oscura; había en ella unos armatostes de
madera con unas cuerdas atadas a ellos, y muchas mujeres de pie, en torno a aquellos
armatostes, tejiendo mantas, según dijo Linda. Linda le ordenó que se sentara en un
rincón, con los otros niños. De pronto la gente empezó a hablar en voz muy alta, y unas
mujeres empujaban a Linda hacia fuera, y Linda lloraba. Linda corrió hacia la puerta, y
John tras ella. Le preguntó por qué estaban enojadas.
—Porque he roto una cosa —dijo Linda. Y entonces se enojó ella también—. ¿Por qué
he de saber yo nada de sus estúpidos trabajos? —dijo—. ¡Salvajes!
John le preguntó qué quería decir salvajes. Cuando volvieron a casa, Popé esperaba
en la puerta y entró con ellos. Llevaba una gran calabaza llena de un líquido que parecía
agua; pero no era agua, sino algo que olía mal, quemaba en la boca y hacía toser. Linda
bebió un poco y Popé también, y luego Linda rió mucho y habló con voz muy fuerte, y
al final ella y Popé pasaron al otro cuarto. Cuando Popé se hubo marchado, John entró
en la habitación. Linda estaba acostada y dormía profundamente.
Popé solía ir por la casa. Decía que el líquido de la calabaza se llamaba mescal; pero
Linda decía que debía llamarse soma; sólo que después uno se encontraba mareado.
John odiaba a Popé. Les odiaba a todos, a todos los hombres que iban a ver a Linda.
Una tarde, después de jugar con otros niños —recordaba que hacía frío, y había nieve
en las montañas—, John volvió a casa y oyó voces iracundas en el dormitorio. Eran de
mujer, y decían palabras que él no entendía; pero sabía que eran palabras horribles.
Luego, de pronto, ¡plas!, algo cayó al suelo; oyó movimiento de gente, y otro ruido,
como cuando azotan a una mula, pero una mula carnosa; después Linda chilló: ¡Oh, no,

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Aldous Huxley Un mundo feliz

Aldous Huxley Un mundo feliz

no, no!
John entró corriendo. Había tres mujeres con mantos negros. Linda estaba acostada.
Una de las mujeres la sujetaba por las muñecas. La otra se había sentado encima de sus
piernas para que no pudiera patalear. La tercera la golpeaba con un látigo. Una, dos, tres
veces; y cada vez Linda chillaba. Llorando, John se agarró al borde del manto de la
mujer. Por favor, por favor. Con la mano que tenía libre, la mujer lo apartó. El látigo
volvió a caer, y de nuevo Linda chilló. John agarró la mano fuerte y morena de la mujer
entre las suyas y le pegó un mordisco con todas sus fuerzas. La mujer gritó, libró la
mano que tenía cogida y le arreó tal empujón que lo derribó. Cuando todavía estaba en
el suelo, la mujer lo azotó tres veces con el látigo. Le dolió como nunca le había dolido
nada: como fuego. El látigo volvió a silbar y cayó. Pero esta vez chilló Linda.
—Pero, ¿por qué querían hacerte daño, Linda? —le preguntó aquella noche.
John lloraba, porque las señales rojas del látigo en la espalda le dolían terriblemente.
Pero también lloraba porque la gente era tan brutal y mala, y porque él sólo era un niño
y nada podía hacer contra ella.
—¿Por qué querían hacerte daño, Linda?
—No lo sé. ¿Cómo puedo saberlo?
Era difícil entender lo que decía, porque Linda yacía boca abajo y tenía la cara
sepultada en la almohada.
—Dicen que estos hombres son sus hombres —prosiguió.
Y era como si no le hablara a él, como si se lo dijera a alguien que se hallara dentro
de ella misma. Una larga charla que John no entendía; y, al final, Linda volvió a chillar,
más fuerte que nunca.
—¡Oh, no, no llores, Linda! ¡No llores!
John la abrazó con fuerza. Le pasó un brazo por el cuello.
Linda gritó:
—¡Ten cuidado! ¡Mi hombro! ¡Oh!
Y lo apartó de sí, con fuerza. John fue a dar de cabeza contra la pared.
—¡Imbécil! —le gritó su madre.
Y, de pronto, empezó a pegarle bofetadas.
Una, y otra, y otra más...
—¡Linda! —gritó John—. ¡Oh, madre, no, no! —Yo no soy tu madre. Yo no quiero ser
tu madre.
—Pero, Linda... ¡Oh!
Otro cachete en la mejilla.
—Me he vuelto como una salvaje —gritaba Linda—. Tengo hijos como un animal... De
no haber sido por ti hubiese podido presentarme al Inspector, hubiese podido
marcharme de aquí. Pero no con un hijo. Hubiese sido una vergüenza demasiado grande.

John adivinó que iba a pegarle de nuevo y levantó un brazo para protegerse la cara
—¡Oh, no, Linda, no, por favor! —¡Bestezuela!
Linda lo obligó a bajar el brazo, dejándole la cara al descubierto.
—¡No, Linda!
John cerró los ojos, esperando el golpe.
Pero Linda no le pegó. Al cabo de un momento, John volvió a abrir los ojos y vio
que su madre lo miraba. John intentó sonreírle. De pronto, Linda lo abrazó y empezó a
besarle, una y otra vez.
Los momentos más felices eran cuando Linda le hablaba del Otro Lugar.
—¿Y de veras puedes volar cuando se te antoja?
—De veras.
Y Linda le contaba lo de la hermosa música que salía de una caja, y los juegos
estupendos a que se podía jugar, y las cosas deliciosas de comer y de beber que había,
y la luz que surgía con sólo pulsar un aparatito en la pared, y las películas que se podían
oír, v palpar y ver, y otra caja que producía olores agradables, y las casas rosadas,
verdes, azules y plateadas; altas como montañas, y todo el mundo feliz, y nadie triste
ni enojado, y todo el mundo pertenecía a todo el mundo, y las cajas que permitía ver y
oír todo lo que ocurría en el otro extremo del mundo, y los niños en frascos limpios y
hermosos.... todo limpísimo, sin malos olores, sin suciedad... Y nadie solo, sino viviendo
todos juntos, alegres y felices, algo así como en los bailes de verano de Malpaís, pero
mucho más felices, porque su felicidad era de todos los días, de siempre... John la
escuchaba embelesado.
Muchos hombres iban a ver a Linda. Los chiquillos empezaron a señalarla con el
dedo. En su lengua extranjera decían que Linda era mala; la llamaban con nombres que
John no comprendía, pero que sabía eran malos nombres. Un día empezaron a cantar
una canción acerca de Linda, una y otra vez. John les arrojó piedras. Ellos replicaron,
y una piedra aguzada lo hirió en la mejilla. La sangre no cesaba de manar y pronto quedó
cubierto de ella.
Linda le enseñó a leer. Con un trozo de carbón dibujaba figuras en la pared —un
animal echado, un niño dentro de una botella—, y después escribía detrás: EL GATO
DUERME, EL PEQUE ESTÁ EN EL BOTE. John aprendió de prisa y con facilidad.
Cuando ya sabía leer todas las palabras que su madre escribía en la pared, Linda abrió
su gran caja de madera y sacó de debajo de aquellos graciosos pantalones rojos que
nunca llevaba un librito muy delgado. John lo había visto ya muchas veces.
—Cuando seas mayor —le decía siempre su madre— te dejaré leerlo.
Bueno, ahora ya era lo bastante mayor. John se sentía muy orgulloso.
—Temo que no lo encontrarás muy apasionante —dijo Linda—, pero es el único que
tengo. —Y suspiró—. ¡Si pudieras ver las estupendas máquinas de leer que tenemos en

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Aldous Huxley Un mundo feliz

Aldous Huxley Un mundo feliz

Londres!
John empezó a leer. El Condicionamiento químico y bacteriológico del embrión.
Instrucciones prácticas para los trabajadores Beta del Almacén de Embriones. Sólo
leer el título le llevó un cuarto de hora. John arrojó el libro al suelo.
—¡Libro feo, libro feo! —exclamó.
Y se echó a llorar.
Los muchachos seguían cantando su horrible canción acerca de Linda. Y a veces se
burlaban de él porque iba tan desharrapado. Cuando se le rompían los vestidos, Linda
no sabía remendarlos. En el Otro Lugar, le dijo su madre, la gente tiraba la ropa vieja y
se compraba otra nueva. —¡Harapiento, harapiento! —le chillaban los muchachos.
Pero yo sé leer —se decía John—, y ellos no. Ni siquiera saben lo que es leer. No le
era difícil, si se esforzaba en pensar en aquello, fingir que no le importaba que se
burlaran de él. Pidió a Linda que volviera a prestarle el libro.
Cuanto más cantaban los muchachos y más lo señalaban con el dedo, tanto más
ahincadamente leía. Pronto pudo leer todas las palabras. Hasta las más largas. Pero,
¿qué significaban? Se lo preguntó a Linda. Pero ni siquiera cuando ésta podía
contestarle lo comprendía con claridad. Y generalmente ni siquiera podía contestarle.
—¿Qué son productos químicos? —preguntaba John.
—¡Oh! Cosas como sales de magnesio y alcohol para mantener a los Deltas y los
Epsilones pequeños y retrasados, y carbonato de calcio para los huesos, y cosas por
el estilo.
—Pero, ¿cómo se hacen los productos químicos, Linda? ¿De dónde salen?
—No lo sé. Se sacan de frascos. Y cuando los frascos quedan vacíos, se envía a buscar
más al Almacén Químico. Supongo que la gente del Almacén Químico los fabrica. O
acaso van a buscarlos a la fábrica. No lo sé. Yo no trabajaba en eso. Yo estaba ocupada
en los embriones.
Y lo mismo ocurría con cualquier cosa que preguntara. Por lo visto, Linda apenas
sabía nada. Los viejos del pueblo daban respuestas mucho más concretas.
La semilla de los hombres y de todas las criaturas, la semilla del sol y la semilla de
la tierra y la semilla del cielo, todo esto lo hizo Awonawilona de la Niebla Desarrolladora.
El mundo tiene cuatro vientres; y Awonaxvilona enterró las semillas en el más bajo de
los cuatro vientres. Y gradualmente las semillas empezaron a germinar ...
Un día (John calculó más tarde que ello debió de ocurrir poco después de haber
cumplido los doce años), llegó a casa y encontró en el suelo del dormitorio un libro que
no había visto nunca hasta entonces. Era un libro muy grueso y parecía muy viejo. Los
ratones habían roído sus tapas; y algunas de sus páginas aparecían sueltas o arrugadas.
John lo cogió y miró la portadilla. El libro se titulaba Obras Completas de William
Shakespeare.

Linda yacía en la cama, bebiendo en una taza el hediondo mescal.
—Popé lo trajo —dijo. Su voz sonaba estropajosa y áspera, como si no fuese la suya—.
Estaba en uno de los arcones de la Kiva de los Antílopes. Seguramente estaba allá
desde hace cientos de años. Supongo que así es, porque le he echado una ojeada y sólo
dice tonterías. Un autor que estaba por civilizar. Aun así, te servirá para hacer prácticas
de lectura.
Echó otro trago, apuró la taza, la dejó en el suelo, al lado de la cama, se volvió de
lado, hipó una o dos veces y se durmió.
John abrió el libro al azar.
Nada, sólo vivir
en el rancio sudor de un lecho inmundo, cociéndose en la corrupción,
arrullándose y haciendo el amor sobre el maculado camastro ...
Las extrañas palabras penetraron, rumorosas, en su mente como la voz del trueno;
como los tambores de las danzas de verano si los tambores supieran hablar; como los
hombres que cantan el Canto del Maíz, tan hermoso que hacía llorar; como las palabras
mágicas del viejo Mitsima sobre sus plumas, sus palos tallados y sus trozos de hueso
y de piedra: kiathla tsilu siloklve silokwe silokwe. Kiai silu silu, tsithl. Pero mejor que
las fórmulas mágicas de Mitsima, porque aquello significaba algo más, porque le
hablaba a él; le hablaba maravillosamente, de una manera sólo a medias comprensible,
con un poder mágico terriblemente bello, de Linda; de Linda que yacía allá, roncando,
con la taza vacía junto a su cama; le hablaba de Linda y Popé, de Linda y Popé.
John odiaba a Popé cada vez más. Un hombre puede sonreír y sonreír y ser un
villano. Un villano incapaz de remordimientos, traidor, cobarde, inhumano. ¿Qué
significaban exactamente estas palabras? John sólo lo sabía a medias. Pero su magia era
poderosa, y las palabras seguían resonando en su cerebro, y en cierta manera era como
si hasta entonces no hubiese odiado realmente a Popé; como si no le hubiese odiado
realmente porque nunca había sido capaz de expresar cuánto le odiaba. Pero ahora John
tenía estas palabras, estas palabras que eran como tambores, como cantos, como
fórmulas mágicas.
Un día, cuando John volvió a casa, después de sus juegos, encontró abierta la
puerta del cuarto interior y los vio yaciendo los dos en la cama, dormidos: la blanca
Linda, y Popé, casi negro a su lado, con un brazo bajo los hombros de ella y el otro
encima de su pecho, con una de sus trenzas negras sobre la blanca garganta de Linda,
como una serpiente que quisiera estrangularla. En el suelo, junto a la cama, había la
calabaza de Popé y una taza. Linda roncaba.
John tuvo la sensación de que su corazón había desaparecido, dejando un hueco
en su lugar. Sí, se sentía vacío. Vacío, y frío, y un tanto mareado, y como deslumbrado.
Se apoyó en la pared para rehacerse un poco. Villano sin remordimientos, traidor,

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cobarde... Como tambores, como los hombres cuando cantan al maíz, como fórmulas
mágicas, las palabras se repetían una y otra vez en su mente. John pasó del frío inicial
a un súbito calor. Las mejillas, inyectadas en sangre, le ardían, la habitación vacilaba y
se ensombrecía ante sus ojos. Rechinó los dientes. Lo mataré, lo mataré, lo mataré ... ,
empezó a decir. Y, de pronto, surgieron otras palabras:
Cuando duerma, borracho, o esté enfurecido,
o goce del placer incestuoso de la cama ...
La magia estaba de su parte, la magia lo explicaba todo y daba órdenes. John volvió
al cuarto exterior. Cuando duerma, borracho... El cuchillo de cortar la carne estaba en el
suelo, junto al hogar. John lo cogió y, de puntillas, se acercó de nuevo al umbral.
Cuando duerma, borracho; cuando duerma, borracho ... Cruzó corriendo la estancia y
clavó el cuchillo —¡oh, la sangre! dos veces, mientras Popé despertaba de su sueño;
levantó la mano para volver a clavar el cuchillo, pero alguien le cogió la muñeca y —¡oh,
oh!— se la retorció. John no podía moverse, estaba cogido, y veía los ojillos negros de
Popé, muy cerca de él, mirándole fijamente. John desvió la mirada. En el hombro
izquierdo de Popé aparecían dos cortes. ¡Oh, mira, sangre! —gritaba Linda—. ¡Sangre!
Nunca había podido soportar la vista de la sangre. Popé levantó la otra mano... para
pegarme, pensó John. Se puso rígido para aguantar el golpe. Pero la mano lo cogió por
debajo del mentón y le obligó a levantar la cabeza y a mirar a Popé a los ojos. Durante
largo rato, horas y más horas. Y de pronto —no pudo evitarlo— John empezó a llorar.
Y Popé se echó a reír. Anda, ve —dijo, en su lengua india—. Ve, mi valiente Thaiyuta.
Y John corrió al otro cuarto, a ocultar sus lágrimas.
—Ya tienes quince años —dijo el viejo Mitsima, en su lengua india—. Te enseñaré a
modelar la arcilla.
En cuclillas, junto al río, trabajaron juntos. —Ante todo —dijo Mitsima, cogiendo
un terrón de arcilla húmeda entre sus manos—, haremos una luna pequeña.
El anciano aplastó el terrón dándole forma de disco, y después levantó sus bordes;
la luna se convirtió en un bol.
Lenta, torpemente, John imitó los delicados gestos del anciano.
—Una luna, una taza, y ahora una serpiente.
Mitsima cogió otro terrón de arcilla Y formó con él un largo cilindro flexible, lo dobló
hasta darle la forma de un círculo perfecto y lo colocó encima del borde del bol.
—Después otra serpiente, y otra, y otra.
Circulo tras círculo, Mitsima levantó los costados de la jarra; era estrecha en la parte
inferior, se hinchaba hacia el centro y volvía a estrecharse en la parte del cuello. Mitsima
modelaba, daba palmaditas, acariciaba y rascaba la arcilla; y al fin salió de sus manos el
típico jarro de agua de Malpaís, si bien era de color blanco cremoso en lugar de negro,
y blando todavía. La contrahecha imitación del jarro de Mitsima, obra de John, estaba

a su lado. Mirando los dos jarros, John no pudo reprimir una carcajada.
—Pero el próximo será mejor —dijo.
Y empezó a humedecer otro terrón de arcilla.
Modelar, dar forma, sentir cómo sus dedos adquirían habilidad y fuerza le
proporcionaba un placer extraordinario.
—Vitamina A, Vitamina B, Vitamina C —canturreaba, mientras trabajaba—. La grasa está
en el hígado, y el bacalao en el mar ...
Y también Mitsima cantaba: una canción sobre la matanza de un oso.
Trabajaron todo el día; y el día entero estuvo lleno de una felicidad intensa,
absorbente.
—El próximo invierno —dijo el viejo Mitsima —te enseñaré a construir un arco.
John esperó largo rato delante de la casa; y al fin terminaron las ceremonias que se
celebraban en el interior. La puerta se abrió y ellos salieron. Primero Kothlu, con la mano
derecha extendida, fuertemente cerrado el puño, como si guardara una joya preciosa. Le
seguía Kiakimé, también con la mano derecha extendida, pero cerrado el puño.
Caminaban en silencio, y en silencio, detrás de ellos, seguían los hermanos, las
hermanas, los primos y la gente mayor.
Salieron del pueblo, cruzando la altiplanicie. Al llegar al borde del acantilado se
detuvieron, cara al sol matutino. Kothlu abrió el puño. Viose en la palma de su mano una
pulgarada de blanca harina de maíz; Kothlu le echó un poco de su aliento, pronunció
unas palabras misteriosas y arrojó la harina, un puñado de polvo blanco, en dirección
al sol. Kiakimé hizo lo mismo. Después el padre de Kiakimé avanzó un paso, y
levantando un bastón litúrgico adornado con plumas, pronunció una larga oración y
acabó arrojando el bastón en la misma dirección que había seguido la harina de maíz.
—Se acabó —dijo el viejo Mitsima en voz alta—. Están casados.
—Bueno —dijo Linda, cuando se volvieron—; yo sólo digo que no veo la necesidad
de armar tanto alboroto por una insignificancia como ésta. En los países civilizados,
cuando un muchacho desea a una chica, se limita a... Pero, ¿adónde vas, John?
John no le hizo caso y echó a correr, lejos, muy lejos, donde pudiera estar solo.
Se acabó. Las palabras del viejo Mitsima seguían resonando en su mente. Se acabó,
se acabó ... En silencio, y desde lejos, pero violenta, desesperadamente, sin esperanza
alguna John había amado a Kiakimé. Y ahora, todo había acabado. John tenía dieciséis
años.
Cuando la luna fuese llena, en la Kiva de los Antílopes se revelarían muchos
secretos, se ejecutarían muchos ritmos ocultos. Los muchachos bajarían a la Kiva y
saldrían de ella convertidos en hombres. Todos estaban un poco asustados y al mismo
tiempo impacientes.
Al fin llegó el día. El sol fue al ocaso y apareció la luna. John fue con los demás.

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Ante la entrada de la Kiva esperaban unos hombres morenos; la escalera de mano
descendía hacia las profundidades iluminadas con una luz rojiza. Ya los primeros habían
empezado a bajar. De pronto, uno de los hombres avanzó, lo agarró por un brazo y lo
sacó de la fila. John logró escapar de sus manos y volver a ocupar su lugar entre los
otros. Esta vez el hombre lo agarró por los cabellos y le golpeó.
—¡Tú no, albino!
—¡El hijo de perra, no! —gritó otro hombre. Los muchachos rieron.
—¡Fuera!
John todavía no se decidía a separarse del grupo.
—¡Fuera! —volvieron a gritar los hombres.
Uno de ellos se agachó, cogió una piedra y se la arrojó.
—¡Fuera, fuera, fuera!
Cayó sobre él un chaparrón de guijarros. Sangrando, John huyó hacia las tinieblas.
De la Kiva iluminada de rojo llegaba hasta él el rumor de unos cantos. El último
muchacho había bajado ya la escalera. John se había quedado solo.
Solo, fuera del pueblo, en la desierta llanura de la altiplanicie. A la luz de la luna, las
rocas eran como huesos blanqueados. Abajo, en el valle, los coyotes aullaban a la luna.
Los arañazos le escocían y los cortes todavía le sangraban; pero no sollozaba por el
dolor, sino porque estaba solo, porque lo habían arrojado, solo, a aquel mundo
esquelético de rocas y luz de luna.
—Solo, siempre solo —decía el joven.
Las palabras despertaron un eco quejumbroso en la mente de Bernard. Solo, solo...
—También yo estoy solo —dijo, cediendo a un impulso de confianza—. Terriblemente
solo.
—¿Tú? —John parecía sorprendido—. Yo creía que en el Otro Lugar... Linda siempre
dice que allá nadie está solo.
Bernard se sonrojó, turbado.
—Verás —dijo, tartamudeando y sin mirarle—, yo soy bastante diferente de los demás,
supongo. Si por azar uno es decantado diferente...
—Sí, esto es —asintió el joven—. Si uno es diferente, se ve condenado a la soledad.
Los demás le tratan brutalmente. ¿Sabes que a mí me han mantenido alejado de todo?
Cuando los otros muchachos fueron enviados a pasar la noche en las montañas, donde
deben soñar cuál es su respectivo animal sagrado, a mí no me dejaron ir con los otros;
ni me revelaron ninguno de sus secretos. Pero yo lo hice todo por mí mismo
—agregó—. Pasé cinco días sin comer absolutamente nada y una noche me marché solo
a aquellas montañas.
Bernard sonrió con condescendencia. —¿Y soñaste algo? —preguntó.
El otro asintió con la cabeza.

—Pero no debo decirte lo que soñé. —Guardó silencio un momento, y después, en voz
baja, prosiguió—: Una vez hice algo que ninguno de los demás ha hecho: un mediodía
de verano, permanecí apoyado en una roca, con los brazos abiertos, como Jesús en la
cruz.
—Pero ¿por qué lo hiciste?
—Quería saber qué sensación producía ser crucificado. Colgar allá, al sol...
—Pero ¿por qué?
—¿Por qué? Pues... —vaciló—. Porque sentía que debía hacerlo. Si Jesús pudo
soportarlo... Además, si uno ha hecho algo malo... Por otra parte, yo no era feliz; y ésta
era otra razón.
—A primera vista, parece una forma muy curiosa de poner remedio a la infelicidad —dijo
Bernard.
Pero, pensándolo mejor, llegó a la conclusión de que, a fin de cuentas, algo había en
ello. Quizá fuese mejor que tomar soma...
—Al cabo de un rato me desmayé —dijo el joven—. Caí boca abajo. ¿No ves la señal
del corte que me hice?
Se levantó el mechón de pelo rubio que le cubría la frente, dejando al descubierto
una cicatriz pálida que aparecía en su sien derecha.
Bernard miró y se apresuró a cambiar de tema.
—¿Te gustaría ir a Londres con nosotros? —preguntó, iniciando así el primer paso de
una campaña cuya estrategia había empezado a elaborar en secreto desde el momento
en que, en el interior de la casucha, había comprendido quién debía ser el padre de aquel
joven salvaje . ¿Te gustaría?
El rostro del muchacho se iluminó. —¿Lo dices en serio?
—Claro; es decir, suponiendo que consiguiera el permiso.
—¿Y Linda también?
—Bueno...
Bernard vaciló. ¡Aquella odiosa criatura! No, era imposible. A menos que... De
pronto, se le ocurrió a Bernard que la misma repulsión que Linda inspiraba podía
constituir un buen triunfo. —Pues, ¡claro que sí! —exclamó, esforzándose por
compensar su vacilación con un exceso de cordialidad.
—¡Pensar que pudiera realizarse el sueño de toda mi vida! ¿Recuerdas lo que dice
Miranda?
—¿Quién es Miranda?
Pero, evidentemente, el joven no había oído la pregunta.
—¡Oh, maravilla! —decía.
Sus ojos brillaban y su rostro ardía.
—¡Cuántas y cuán divinas criaturas hay aquí! ¡Cuán bella humanidad!

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Su sonrojo se intensificó súbitamente; John pensaba en Lenina, en aquel ángel
vestido de viscosa color verde botella, reluciente de juventud y de crema cutánea,
llenita y sonriente. Su voz vaciló:
—¡Oh, maravilloso nuevo mundo! —empezó; pero de pronto se interrumpió; la sangre
había abandonado sus mejillas; estaba blanco como el papel—. ¿Estás casado con ella?
—preguntó.
—¿Si estoy qué?
—Casado. ¿Comprendes? Para siempre. Los indios, en su lengua lo dicen así: Para
siempre. Un lazo que no puede romperse.
—¡Oh, no, por Ford!
Bernard no pudo por menos de reír.
John rió también, pero por otra razón. Rió de pura alegría.
—¡Oh, maravilloso nuevo mundo! —repitió—. ¡Oh, maravilloso nuevo mundo que
alberga tales criaturas! ¡Vayamos allá!
—A veces hablas de una manera muy rara —dijo Bernard, mirando al joven con
asombro y perplejidad—. Por otra parte, ¿no sería más prudente que esperaras a ver ese
nuevo mundo?

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CAPÍTULO IX
Tras aquel día de absurdo y horror, Lenina consideró que se había ganado el
derecho a unas vacaciones completas y absolutas. En cuanto volvieron a la hospedería,
se administró seis tabletas de medio gramo de soma, se echó en la cama, y al cabo de
diez minutos se había embarcado hacia la eternidad lunar. Por lo menos tardaría
dieciocho horas en volver a la realidad.
Entretanto, Bernard yacía meditabundo y con los ojos abiertos en la oscuridad. No
se durmió hasta mucho después de la medianoche. Pero su insomnio no había sido
estéril. Tenía un plan.
Puntualmente, a la mañana siguiente, a las diez, el ochavón del uniforme verde se
apeó del helicóptero. Bernard le esperaba entre las pitas.
—Miss Crowne está de vacaciones de soma —explicó—. No estará de vuelta antes de
las cinco. Por tanto, tenemos siete horas para nosotros.
Podían volar a Santa Fe, realizar su proyecto y estar de vuelta en Malpaís mucho
antes de que Lenina despertara.
—¿Estará segura aquí? —preguntó.
—Segura como un helicóptero —le tranquilizó el ochavón.
Subieron al aparato y despegaron inmediatamente. A las diez y treinta y cuatro
aterrizaron en la azotea de la Oficina de Correos de Santa Fe; a las diez y treinta y siete
Bernard había logrado comunicación con el Despacho del Interventor Mundial, en
Whitehall; a las diez y treinta y nueve hablaba con el cuarto secretario particular; a las
diez y cuarenta y cuatro repetía su historia al primer secretario, y a las diez y cuarenta
y siete y medio, la voz grave, resonante, del propio Mustafá Mond sonó en sus oídos.
—He osado pensar —tartamudeó Bernard— que su Fordería podía juzgar el asunto de
suficiente interés científico...
—En efecto, juzgo el asunto de suficiente interés científico —dijo la voz profunda—.
Tráigase a esos dos individuos a Londres con usted.
—Su Fordería no ignora que necesitaré un permiso especial...
—En este momento —dijo Mustafá Mond— se están dando las órdenes necesarias al
Guardián de la Reserva.
Vaya usted inmediatamente al Despacho del Guardián. Buenos días, Mr. Marx.
Siguió un silencio. Bernard colgó el receptor y subió corriendo a la azotea.
El joven se hallaba ante la hospedería. —¡Bernard! —llamó—. ¡Bernard! No hubo
respuesta.
Caminando silenciosamente sobre sus mocasines de piel de ciervo, subió corriendo
la escalera e intentó abrir la puerta. Pero estaba cerrada.
¡Se había marchado! Aquello era lo más terrible que le había ocurrido en su vida. La

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