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Sinhue, el egipcio .pdf



Nombre del archivo original: Sinhue, el egipcio.pdf
Título: SINUHE, EL EGIPCIO
Autor: maribelf

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SINUHE, EL EGIPCIO

MIKA WALTARI

LIBRO PRIMERO

LA CESTA DE CAÑAS

1
Yo, Sinuhé, hijo de Senmut y de su esposa Kipa, he escrito este libro.
No para cantar las alabanzas de los dioses del país de Kemi, porque
estoy cansado de los dioses. No para alabar a los faraones, porque
estoy cansado de sus actos. Escribo para mí solo. No para halagar a los
dioses, no para halagar a los reyes, ni por miedo del porvenir ni por
esperanza. Porque durante mi vida he sufrido tantas pruebas y
pérdidas que el vano temor no puede atormentarme y cansado estoy
de la esperanza en la inmortalidad como lo estoy de los dioses y de los
reyes. Es, pues, para mí solo para quien escribo, y sobre este punto
creo diferenciarme de todos los escritores pasados o futuros.
Porque todo lo que se ha escrito hasta ahora lo fue para los dioses o
para los hombres. Y sitúo entonces a los faraones también entre los

hombres, porque son nuestros semejantes en el odio y en el temor, en
la pasión y en las decepciones. No se distinguen en nada de nosotros,
aun cuando se sitúen mil veces entre los dioses. Son hombres
semejantes a los demás. Tienen el poder de satisfacer su odio y de
escapar a su temor, pero este poder no les salva la pasión ni las
decepciones, y cuanto ha sido escrito lo ha sido por orden de los reyes,
para halagar a los dioses o para inducir fraudulentamente a los
hombres a creer en lo que ha ocurrido. O bien para pensar que todo ha
ocurrido de manera diferente de la verdad. En este sentido afirmo que
desde el pasado más remoto hasta nuestros días todo lo que ha sido
escrito se escribió para los dioses y para los hombres.
Todo vuelve a empezar y nada hay nuevo bajo el sol; el hombre no
cambia aun cuando cambien sus hábitos y las palabras de su lengua.
Los hombres revolotean alrededor de la mentira como las moscas
alrededor de
un panal de miel, y las palabras del narrador embalsaman como el
incienso, pese a que esté en cuclillas sobre el estiércol en la esquina de
la calle; pero los hombres rehuyen la verdad.
Yo, Sinuhé, hijo de Senmut, en mis días de vejez y de decepción
estoy hastiado de la mentira. Por esto escribo para mí solo, lo que he
visto con mis propios ojos o comprobado como verdad. En esto me
diferencio de cuantos han vivido antes que yo o vivirán después de mí.
Porque el hombre que escribe y, más aún, el que hace grabar su
nombre y sus actos sobre la piedra, vive con la esperanza de que sus
palabras serán leídas y que la posteridad glorificará sus actos y su
cordura. Pero nada hay que elogiar en mis palabras; mis actos son
indignos de elogio, mi ciencia es amarga para el corazón y no complace
a nadie. Los niños no escribirán mis frases sobre la tablilla de arcilla
para ejercitarse en la escritura. Los hombres no repetirán mis palabras
para enriquecerse con mi saber. Porque he renunciado a toda
esperanza de ser jamás leído o comprendido.
En su maldad, el hombre es más cruel y más endurecido que el
cocodrilo del río. Su corazón es más duro que la piedra. Su vanidad,
más ligera que el polvo de los caminos. Sumérgelo en el río; una vez
secas sus vestiduras será el mismo de antes. Sumérgelo en el dolor y la
decepción; cuando salga será el mismo de antes. He visto muchos
cataclismos en mi vida, pero todo está como antes y el hombre no ha
cambiado. Hay también gentes que dicen que lo que ocurre nunca es
semejante a lo que ocurrió; pero esto no son más que vanas palabras.
Yo, Sinuhé, he visto a un hijo asesinar a su padre en la esquina de la
calle. He visto a los pobres levantarse contra los ricos, los dioses
contra los dioses. He visto a un hombre que había bebido vino en
copas de oro inclinarse sobre el río para beber agua con la mano. Los

que habían pesado el oro mendigaban por las callejuelas, y sus
mujeres, para procurar pan a sus hijos, se vendían por un brazalete de
cobre a negros pintarrajeados.
No ha ocurrido, pues, nada nuevo ante mis ojos, pero todo lo que ha
sucedido acaecerá también en el porvenir. Lo mismo que el hombre no
ha cambiado hasta ahora, tampoco cambiará en el porvenir. Los que
me sigan serán semejantes a los que me han precedido. ¿Cómo
podrían, pues, comprender mi ciencia? ¿Por qué desearía yo que
leyesen mis palabras?
Pero yo, Sinuhé, escribo para mí, porque el saber me roe el corazón
como un ácido y he perdido todo el júbilo de vivir. Empiezo a escribir
durante el tercer año de mi destierro en las playas de los mares
orientales, donde los navíos se hacen a la mar hacia las tierras de Punt,
cerca del desierto, cerca de las montañas donde antaño los reyes
extraían la piedra para sus estatuas. Escribo porque el vino me es
amargo al paladar. Escribo porque he perdido el deseo de divertirme
con las mujeres, y ni el jardín ni el estanque de los peces causan
regocijo a mis ojos. Durante las frías noches de invierno, una
muchacha negra calienta mi lecho, pero no hallo con ella ningún
placer. He echado a los cantores, y el ruido de los instrumentos de
cuerda y de las flautas destroza mis oídos. Por esto escribo yo, Sinuhé,
que no sé qué hacer de las riquezas ni de las copas de oro, de la mirra,
del ébano y del marfil. Porque poseo todos estos bienes y de nada he
sido despojado. Mis esclavos siguen temiendo mi bastón, y los
guardianes bajan la cabeza y ponen sus manos sobre las rodillas
cuando yo paso. Pero mis pasos han sido limitados y jamás un navío
abordará en la resaca. Por esto yo, Sinuhé, no volveré a respirar jamás
el perfume de la tierra negra durante las noches de primavera, y por
esto escribo.
Y, sin embargo, mi nombre estuvo un día escrito en el libro de oro
del faraón, y habitaba el palacio dorado a la derecha del rey. Mi
palabra tenía más peso que la de los poderosos del país de Kemi; los
nobles me enviaban regalos, y collares de oro adornaban mi cuello.
Tenía cuanto un hombre puede desear, pero yo deseaba más de lo que
un hombre puede obtener. He aquí por qué estoy en este lugar. Fui
desterrado de Tebas en el sexto año del reinado de Horemheb, con la
amenaza de ser matado como un perro si osaba volver, ser aplastado
como una rana entre dos piedras si jamás ponía el pie fuera de la tierra
que me ha sido fijada como residencia. Tal es la orden del rey, del
faraón que fue un día mi amigo.
Pero, ¿puede acaso esperarse otra cosa de un hombre de baja
extracción que ha hecho borrar los nombres de los reyes en la lista de
sus antecesores para sustituirlos por los de sus parientes? He visto su

coronación. He visto colocar sobre su cabeza la tiara roja y la tiara
blanca. Y seis años después me desterró. Pero, según el cálculo de los
escribas, era el trigésimo segundo año de su reinado. Cuanto se
escribió entonces y ahora, ¿no es acaso ajeno a la verdad?
A aquel que vivía de la verdad lo he despreciado durante su vida a
causa de su debilidad, y he vuelto a encontrar el terror que sembraba
en el país de Kemi a causa de su verdad. Ahora su venganza pesa sobre
mí, porque yo también quiero vivir en la verdad, no por su dios, sino
por mí mismo. La verdad es un cuchillo afilado, la verdad es una llaga
incurable, la verdad es un ácido corrosivo. Por esto, durante los días
de su juventud y de su fuerza, el hombre huye de la verdad hacia las
casas de placer y se ciega con el trabajo y con una actividad febril, con
viajes y diversiones, con el poder y las construcciones. Pero viene un
día en que la verdad lo atraviesa como un venablo y ya no siente más el
júbilo de pensar o trabajar con sus manos, sino que se encuentra solo,
en medio de sus semejantes, y los dioses no aportan ningún alivio a su
soledad. Yo, Sinuhé, escribo esto con plena conciencia de que mis
actos han sido malos y mis caminos injustos, pero también con la
certidumbre de que alguien obtendría de ello una lección para sí si por
casualidad me leyere. Por esto escribo para mí mismo. ¡Que otros
borren sus pecados en el agua sagrada de Amón! Yo, Sinuhé, me
purifico escribiendo mis actos. ¡Que otros hagan pesar las mentiras de
su corazón en las balanzas de Osiris! Yo, Sinuhé, peso mi corazón con
una brizna de junco.
Pero antes de comenzar mi libro dejaré que mi corazón exhale su
llanto. He aquí cómo mi corazón de desterrado lamenta su dolor:
Que el que ha bebido una vez agua del Nilo aspire a volver a ver el
Nilo, porque ninguna otra agua apagará su sed.
Que el que ha nacido en Tebas aspire a volver a Tebas, porque en el
mundo no existe ninguna otra villa parecida a ésta. Que el que ha
nacido en una callejuela tebaida aspire a volver a ver esta callejuela; en
un palacio de cedro echará de menos su cabaña de arcilla; en el
perfume de la mirra y de los buenos ungüentos aspira el olor del fuego
de boñiga seca y del pescado frito.
Cambiaría mi copa de oro por el tarro de arcilla del pobre si tan sólo
pudiese hollar de nuevo el suave terruño del país de Kemi. Cambiaría
mis vestiduras de lino por la piel endurecida del esclavo si tan sólo
pudiese oír aún el murmullo de los cañaverales del río bajo la brisa de
la primavera.
El Nilo se desborda, como joyas las villas emergen de su agua verde,
las golondrinas vuelven, las grullas caminan por el fango, pero yo
estoy ausente. ¿Por qué no seré una golondrina, porqué no seré una

grulla de alas vigorosas para poder volar ante mis guardianes hacia el
país de Kemi?
Construiría mi nido sobre las columnas policromadas del templo de
Amón, en el resplandor fulgurante y dorado de los obeliscos, en el
perfume del incienso y de las víctimas de los sacrificios. Construiría mi
nido sobre el techo de una pobre cabaña de barro. Los bueyes tiran de
las carretas, los artesanos pegan el papel de caña, los mercaderes
vocean sus mercancías, el escarabajo va empujando su bola de
estiércol sobre el camino empedrado.
Clara era el agua de mi juventud, dulce era mi locura. Amargo y
ácido es el vino de mi vejez, y el pan de miel más exquisito no vale el
duro mendrugo de mi pobreza. ¡Años, dad la vuelta y volved! ¡Amón,
recorre el cielo de Poniente a Levante a fin de que vuelva a encontrar
mi juventud! No puedo cambiar una sola palabra, no puedo modificar
ningún acto. ¡Oh, esbelta pluma de caña, oh, suave papel de caña,
devolvedme mis vanas acciones, mi juventud y mi locura!
He aquí lo que ha escrito Sinuhé, desterrado, más pobre que todos
los pobres del país de Kemi.

2
Senmut, a quien yo llamaba mi padre, era médico de los pobres en
Tebas. Kipa, a quien yo llamaba mi madre, era su esposa. No tenían
hijos. En los días de su vejez me recogieron. En su simplicidad decían
que yo era un regalo de los dioses, sin que pudieran darse cuenta de
todas las calamidades que este regalo les iba a causar. Kipa me llamó
Sinuhé según una leyenda, porque le gustaban las narraciones y
pensaba que también yo había llegado huyendo los peligros, como
Sinuhé el legendario que, habiendo escuchado por descuido un terrible
secreto en la tienda del faraón, huyó a países extranjeros donde vivió
largos años y tuvo toda clase de aventuras.
Pero no era más que un producto de su imaginación infantil, y
esperaba que sabría huir los peligros para evitar los fracasos. Por esto
me llamó Sinuhé. Pero los sacerdotes de Amón decían que era un
presagio. Acaso fuera ésta la razón por la cual mi nombre me llevó a
peligros y aventuras en tierras extranjeras. Mi nombre me valió
conocer terribles secretos, secretos de reyes y sus esposas, que pueden
acarrear la muerte. Finalmente, mi nombre hizo de mí un desterrado.
Pero la idea de la buena Kipa al bautizarme así no es más infantil
que imaginarse que el nombre ejerce alguna influencia sobre el destino
del hombre. Mi suerte hubiera sido la misma si me hubiese llamado
Kepru, Kafrán o Mosé, estoy convencido. No se puede, sin embargo,

negar que Sinuhé fue desterrado, mientras Heb, el hijo del halcón, era
coronado con la Doble Corona bajo el nombre de Horemheb como
soberano del Alto y Bajo país. Por esto cada uno es libre de pensar lo
que quiera sobre el presagio de los nombres. Cada cual busca en sus
creencias un consuelo a las contrariedades y reveses de la vida.
Nací durante el reinado del gran faraón Amenhotep III, y el mismo
año nació Aquel que quiso vivir de la verdad y cuyo nombre no debe
ser pronunciado, porque es un nombre maldito, aun cuando entonces
no lo supiese nadie. Por esto una gran alegría reinó en el palacio
cuando su nacimiento, y el rey ofreció grandes sacrificios en el gran
templo de Amón, y el pueblo se regocijaba sin darse cuenta de lo que
iba a ocurrir. La reina Titi había esperado en vano un hijo pese a que
hubiese sido la real esposa durante veintidós años y que su nombre
hubiese sido grabado al lado del rey en templos y estatuas. Por esto
Aquel, cuyo nombre no debe ser ya mencionado, fue proclamado
solemnemente
heredero del poder real en cuanto los sacerdotes lo hubieron
circuncidado.
Pero él nació en primavera, en la época de las siembras, mientras yo
había venido al mundo el otoño precedente, en la más fuerte de las
inundaciones. Pero ignoro la fecha de mi nacimiento, porque llegué
por el Nilo en una pequeña cesta de cañas calafateada con pez, y mi
madre me encontró en los cañaverales de la ribera, en el umbral de su
casa, donde me había depositado la crecida del río. Las golondrinas
acababan de llegar y piaban sobre mi cabeza, pero yo permanecía
silencioso y me creyó muerto. Me llevó a casa y me calentó cerca del
hogar y me sopló en la boca hasta que comencé a llorar.
Mi padre regresó de visitar a sus enfermos y trajo dos patos y un
celemín de harina. Oyó mi llanto y creyó que Kipa había encontrado
un gatito y comenzó a dirigirle reproches. Pero mi madre dijo:
-No es un gato, he recibido un hijo. ¡Regocíjate, Senmut, marido
mío, porque tenemos un hijo!
Mi padre se enfadó y la trató de lechuza, pero Kipa le mostró mi
desnudez y se compadeció. Así fue como me adoptaron y Kipa hizo
creer a los vecinos que había dado a luz. Era una falsa vanidad y no sé
si fueron muchos los que lo creyeron. Pero Kipa suspendió la cesta de
cañas en el techo, sobre mi cuna. Mi padre tomó su mejor vaso de
cobre y me llevó al templo para inscribirme entre los vivos como hijo
suyo y de Kipa. El mismo procedió a mi circuncisión, porque era
médico y temía la cuchilla de los sacerdotes que deja llagas purulentas.
Por esto no permitió que los sacerdotes me tocaran. Pero acaso lo
hiciese también por economía, porque siendo como era médico de
pobres, distaba mucho de ser rico.

Cierto es que todas estas cosas me han sido referidas por mi padre y
por mi madre y no las he visto ni oído, pero no tengo ninguna razón
para creer que me hayan engañado. Durante toda mi infancia creí
siempre que eran mis verdaderos padres y ningún dolor ensombreció
mis días. No me dijeron la verdad hasta que me cortaron mis bucles de
niño y me convertí en un adolescente. Lo hicieron porque temían y
respetaban a los dioses, y mi padre no quería que viviese toda mi vida
en la mentira.
Pero jamás pude saber de dónde había venido ni quiénes eran mis
verdaderos padres. Creo, sin embargo, poder adivinarlo por lo que
explicaré más tarde, aun cuando no sea más que una mera suposición.
Lo que sí sé seguro es que no soy el único en haber bajado por el
Nilo en una cuna calafateada con pez. Tebas, con sus templos y sus
palacios, era en efecto una gran ciudad y las cabañas de los pobres se
extendían hasta el infinito, alrededor de los templos y los palacios. En
los tiempos de los grandes faraones, Egipto había sometido a muchos
países y con la grandeza y las riquezas las costumbres habían
evolucionado; los extranjeros acudieron a Tebas como mercaderes y
artesanos y edificaron también templos a sus dioses. De la misma
manera que el lujo, la riqueza y el esplendor reinaban en los palacios y
los templos, la pobreza asediaba las cabañas de sus alrededores.
Muchos pobres abandonaban a sus hijos y más de una esposa rica,
cuyo marido estaba de viaje, confiaba al río el fruto de sus ilícitos
amores. Yo había sido quizás abandonado por la esposa de un
pescador que había engañado a su marido con un mercader sirio;
acaso fuese hijo de extranjeros, puesto que no me habían circuncidado
a mi nacimiento. Cuando me hubieron cortado mis bucles y mi madre
los hubo encerrado en un cofre de madera con mi primera sandalia,
contemplé durante largo rato la barquita de cañas que me mostraba.
Las cañas estaban amarillentas y rotas, sucias por el hollín del hogar.
Las cañas estaban sujetas con nudos de pajarero; esto era lo único que
revelaba a mis padres. Así fue como mi corazón recibió la primera
herida.

3
Al aproximase la vejez, mi espíritu goza volando como un pájaro
hacia los días de mi infancia. En mi memoria mi infancia brilla con un
resplandor como si entonces todo hubiese sido mejor y más bello que

ahora. Sobre este punto no hay diferencia entre ricos y pobres, porque
no hay ciertamente nadie, por pobre que sea, cuya infancia no encierre
algún destello de júbilo y de luz al evocarla en sus viejos días.
Mi padre Senmut vivía cerca de los muros del templo, en el barrio
bullicioso y pobre de la villa. No lejos de
su casa se extendían los muelles de río arriba donde los barcos del Nilo
descargaban sus mercancías. En los
callejones estrechos los tugurios de vino y de cerveza acogían a los
marineros, y había también casas de lenocinio a las que algunas veces
los ricos de la villa se hacían llevar en sus literas. Nuestros vecinos
eran perceptores, suboficiales, patronos de barcas y algunos
sacerdotes de quinto orden. Estos formaban con mi padre la
aristocracia de este barrio pobre, de la misma manera que un muro
emerge sobre la superficie del agua.
Nuestra casa era vasta en comparación con las casuchas de barro
que flanqueaban en hileras desoladas los estrechos callejones.
Teníamos incluso un jardincillo de algunos pasos en el que crecía un
sicómoro plantado por mi padre. Matojos de acacias lo separaban de la
calle y había una especie de estanque de piedra que sólo se llenaba de
agua cuando las crecidas del río. Teníamos cuatro habitaciones, en una
de las cuales mi madre preparaba la comida. Esta la tomábamos en la
terraza a la que se tenía acceso también desde el gabinete de consulta
de mi padre. Dos veces por semana ayudaba a mi madre una mujer de
faenas, porque le gustaba el aseo. Una lavandera iba a buscar la ropa
sucia una vez por semana para ir a lavarla al río.
En este suburbio pobre, agitado e invadido por los extranjeros y
cuya corrupción sólo me fue revelada durante mi adolescencia, mi
padre y sus vecinos representaban las tradiciones y las viejas
costumbres respetables. Cuando las costumbres se habían relajado ya
en la ciudad entre los ricos Y los nobles, él y sus vecinos permanecían
imperturbablemente aferrados al viejo Egipto, al respeto de los dioses,
a la limpieza de corazón y al desinterés. Parecía que, en oposición a su
barrio y a las gentes en medio de las cuáles tenían que vivir y ejercer
su profesión, quisiesen subrayar con sus costumbres y su actitud el
hecho de no pertenecer a la misma clase.
Pero, ¿a qué contar estas cosas que no he comprendido hasta más
tarde? ¿Por qué no evocar en su lugar el tronco rugoso del sicómoro y
el ruido de sus hojas mientras me resguardaba bajo su sombra del
ardor del sol? ¿Por qué no recordar mi mejor juguete, un cocodrilo de
madera que yo arrastraba con un cordel por la calle empedrada,
abriendo su boca pintada de rojo? Los hijos de los vecinos se detenían
llenos de admiración. Me Procuré muchos bizcochos

de miel, muchas piedras brillantes y muchos hilos de cobre dejándolos
jugar con el cocodrilo. Sólo los hijos de los nobles poseían juguetes
parecidos, pero mi padre lo había recibido de un carpintero real a
quien curó un absceso que le impedía sentarse.
Por la mañana mi madre me llevaba al mercado. No tenía gran cosa
que comprar, pero podía consagrar el tiempo de una clepsidra
regateando un manojo de cebollas, o una semana entera para la
elección de un par de zapatos. Se adivinaba por sus palabras que
estaba en situación desahogada y que no quería más que primera
calidad. Pero si no compraba todo lo que cautivaba su mirada era
porque quería educarme en un espíritu de economía. Como ella decía:
«El rico no es el que posee oro y plata, sino el que se contenta con
poco.» Así hablaba, pero al mismo tiempo sus ojos cansados
admiraban las telas de lana de colores de Sidón y de Biblos, leves y
ligeras como plumas. Sus manos oscuras y endurecidas por los
trabajos acariciaban las joyas de marfil y las plumas de avestruz. Todo
aquello no era más que vanidad y cosas superfluas, asegurábase a sí
misma. Pero mi espíritu infantil se rebelaba contra estas enseñanzas y
hubiera querido poseer un mono que pasara sus brazos alrededor del
cuello de su dueño o un pájaro de brillante plumaje que gritara
palabras sirias o egipcias. Tampoco hubiese tenido nada que decir
contra unos collares o unas sandalias de hebilla dorada. Sólo mucho
más tarde comprendí que la pobre Kipa quiso apasionadamente ser
rica.
Pero como no era más que la esposa de un médico de pobres,
apaciguaba sus sueños con relatos. Por la noche, antes de dormir, me
contaba en voz baja todas las leyendas que conocía. Me hablaba de
Sinuhé y el náufrago que traía de casa del rey de las serpientes tesoros
fabulosos. Hablaba de los dioses y de los hechiceros, de los
encantadores y de los antiguos faraones. Mi padre refunfuñaba
algunas veces y decía que me llenaba el espíritu de vaciedades y
fantasías, pero en cuanto había empezado a roncar, Kipa reanudaba su
narración, tanto para su placer como para el mío. Recuerdo aquellas
noches tórridas de verano en las que la casa abrasaba el cuerpo
desnudo y el sueño no venía; oigo todavía su voz baja y soñolienta, de
nuevo, estoy en seguridad cerca de mi madre. Mi verdadera madre no
hubiera podido ser para mí más dulce y más tierna que la simple y
supersticiosa Kipa, en cuya casa los narradores ciegos o lisiados tenían
seguridad de encontrar una buena comida.
Los cuentos me divertían el espíritu y me servían de contrapeso
contra la calle bulliciosa, hogar de moscas, lugar impregnado de
innumerables olores y pestilencias. A veces, viniendo del puerto, el
aroma salobre, del cedro y de la resina invadían el callejón. O bien una

gota de perfume caía de la litera de una mujer noble que se inclinaba
para regañar a la chiquillería. Por la tarde, cuando la barca dorada de
Amón descendía hacia las colinas de Occidente, de todas las terrazas y
de todas las cabañas salía el olor a pescado frito que se mezclaba con
los efluvios del pan fresco. Este olor de barrio pobre de Tebas, aprendí
a amarlo desde mi infancia y no lo he olvidado jamás.
Durante las comidas recibí también las primeras lecciones de mi
padre. Con un paso fatigado atravesaba el jardincillo o salía de su
dormitorio con las ropas oliendo a medicina y pomadas. Mi madre le
vertía agua en las manos y nos sentábamos en unos taburetes mientras
ella nos servía. Por la calle pasaba un bullicioso grupo de marineros
borrachos de cerveza que golpeaban las paredes con sus bastones y se
detenían para hacer sus necesidades bajo nuestras acacias. Hombre
prudente, mi padre no protestaba. Pero cuando los marineros se
habían alejado, me decía:
-Sólo un miserable negro o un puerco sirio es capaz de hacer sus
necesidades en la calle. Un egipcio las hace en el interior.
O bien decía aún:
-El vino es un don de los dioses si se usa con moderación. Un vaso
no hace daño a nadie, dos hacen un charlatán, pero quien vacía la
jarra entera se despierta en el arroyo desnudo y lleno de
contusiones.
Algunas veces un perfume violento llegaba hasta la terraza cuando
pasaba una mujer de cuerpo adornado con telas transparentes,
pintadas las mejillas, las pestañas y los labios, y llevando en los ojos
un brillo húmedo que no se ve nunca en los de las mujeres decentes.
Mientras la contemplaba con fascinación, mi padre me decía con tono
grave:
-Ten cuidado con las mujeres que te dirijan palabras lisonjeras y
traten de atraerte a sus casas, porque su corazón es una red y una
trampa y su seno quema con mayor ardor que el fuego.
¿Es acaso sorprendente que después de estas enseñanzas haya
sentido horror hacia las jarras de vino y hacia las bellas mujeres que
no se parecen a las otras? Porque al mismo tiempo veía en ellas todo el
encanto peligroso de lo que asusta.
Desde mi infancia mi padre me permitió asistir a sus consultas. Me
mostró sus instrumentos, sus cuchillos y sus botes de medicinas,
explicándome cómo utilizarlos. Mientras examinaba a un enfermo, yo
permanecía a su lado tendiéndole una taza de agua, vendajes,
ungüentos o vinos. Mi madre, como todas las mujeres, no podía ver los
abscesos y las heridas Y jamás aprobó mi infantil interés por las
enfermedades. Un chiquillo no comprende los dolores ni los
sufrimientos hasta haberlos experimentado. Abrir un absceso era para

mí una operación apasionante y hablaba con orgullo a los demás
chiquillos de todo lo que había visto, para suscitar su admiración. En
cuanto llegaba un enfermo, seguía atentamente los ademanes y
preguntas de mi padre hasta el momento en que decía: «La
enfermedad es curable.» O bien: «Voy a cuidarlo.» Pero había también
casos en que no creía que pudiese sanar; en este caso escribía unas
palabras sobre un trozo de papiro y mandaba al enfermo a la Casa de
la Vida, en el templo. Después lanzaba un suspiro, movía la cabeza y
exclamaba: «¡Pobre hombre!»
No todos los enfermos de mi padre eran pobres. De las casas de
placer le llevaban algunas veces, por la noche, algún hombre con
vestiduras de lino, y los capitanes de navíos sirios iban a verlo por un
absceso o un dolor de muelas. Por esto no me sorprendió ver un día a
la esposa del droguero entrar en casa de mi padre con todas sus joyas.
Suspiró, gimió y enumeró todas sus penas a mi padre, que la
escuchaba atentamente. Quedé muy decepcionado cuando le vi coger
el trozo de papiro para escribir, porque había esperado que la pudiese
curar, lo cual nos hubiera procurado muchas golosinas. Esta vez fui yo
quien, lanzando un suspiro, moví la cabeza y exclamé: «¡Pobre mujer!
La enferma tuvo un sobresalto y dirigió a mi padre una mirada
asustada. Pero mi padre cogió algunos caracteres antiguos y unos
dibujos de un viejo papiro usado, vertió aceite y vino en una copa e
hizo macerar el papel hasta que la tinta se hubo disuelto en el vino;
vertió después la poción recomendando a la mujer que la tomase en
cuanto tuviese dolor de cabeza o de estómago. Cuando salió dirigí una
mirada de asombro a mi padre. El quedó confundido, tosió
ligeramente y me dijo:
-Hay muchas enfermedades a las que la tinta, utilizada como
remedio, puede curar.
No dijo nada más, pero al cabo de un rato, a media voz, añadió:
-En ningún caso este remedio puede hacer daño al enfermo.
A los siete años recibí la vestidura de adolescente, que ciñe los
riñones, y mi madre me llevó al templo a asistir a un sacrificio. El
templo de Amón en Tebas era entonces el más importante de todo
Egipto. Una avenida flanqueada de esfinges con cabeza de macho
cabrío se dirigía a través de la villa y el estanque de la diosa lunar
hasta el templo, cuyo recinto estaba formado por muros poderosos y
era como una villa dentro de la villa. En la cúspide de un pilón alto
como una colina flotaban oriflamas abigarrados, y las estatuas
gigantes de los reyes montaban la guardia a cada lado de la puerta de
cobre.
Franqueamos la puerta y los vendedores de Libros de los Muertos
comenzaron a solicitar a mi madre y a someterle sus ofertas

murmurando o gritando. Me llevó a ver los talleres de los tallistas y las
estatuillas de esclavos y servidores que, gracias a los encantamientos
de los sacerdotes, trabajarían en el más allá por sus dueños sin que
éstos tuviesen que mover ni un dedo. Pero, ¿a qué hablar de lo que
todo el mundo sabe, puesto que todo está restablecido y el corazón
humano no cambia? Mi madre pagó la suma exigida para poder asistir
al sacrificio, y vi a los sacerdotes de blancas vestiduras inmolar y
descuartizar un buey que llevaba entre los cuernos un sello
atestiguando que era inmaculado y no tenía un solo pelo negro. Los
sacerdotes estaban gordos y sus cabezas afeitadas relucían de aceite.
Cerca de doscientas personas asistían al sacrificio y los sacerdotes, sin
prestarles la menor atención, discutían entre ellos. En cuanto a mí,
examinaba las imágenes guerreras sobre las paredes del templo y
admiraba las columnas gigantescas. Y no comprendía la emoción de
mi madre que, con los ojos llenos de lágrimas, me llevaba a casa. Me
quitó mis zapatos y me dio unas sandalias nuevas que eran incómodas
y me hicieron daño en los pies hasta que me hube acostumbrado.
Después de la comida, mi padre puso su hábil mano sobre mi
cabeza y acarició los bucles de mis sienes.
-Tienes siete años, Sinuhé -me dijo-, debes elegir una carrera.
-Quiero ser soldado -dije yo en el acto.
No comprendí su expresión decepcionada. Porque los mejores
juegos de muchachos en las calles son militares; había visto a los
soldados ejercitarse en la lucha delante de los cuarteles; había visto los
carros de combate salir de la villa para hacer maniobras, con sus
ruedas ruidosas y sus colgantes oriflamas. No podía existir carrera más
brillante y honorable que la carrera de las armas. Un soldado no
necesita saber escribir, y ésta era para mí la razón principal de mi
elección, porque mis camaradas me habían contado cosas terribles
sobre las dificultades de la escritura y la crueldad de los maestros que
le arrancaban a uno los cabellos si tenía la desgracia de romper la
tablilla o el estilete.
Mi padre no debió de estar muy dotado durante su infancia, de lo
contrario hubiera llegado a algo más que médico de los pobres. Pero
era concienzudo y no perjudicaba a sus enfermos y con el curso de los
años había llegado a acumular experiencia, Sabía también cuán
sensible y obstinado yo era, pero no protestó de mi decisión.
Pero al cabo de un rato pidió a mi madre una jarra vacía, entró en su
habitación y vertió en ella vino ordinario.
-Ven, Sinuhé -dijo llevándome hacia la ribera.
Yo le seguí sorprendido. En el muelle se detuvo para observar una
barcaza de la cual unos hombres sudorosos,
con la espalda encorvada, sacaban mercancías embaladas en telas
cosidas. El sol se ocultaba detrás de las colinas sobre la Villa de los

Muertos; nosotros estábamos saciados, pero los hombres seguían
descargando, jadeantes los flancos y cubiertos de sudor. El capataz los
excitaba con su látigo y, tranquilamente sentado bajo un toldo, un
escriba iba anotando la carga.
-¿Quisieras ser como ellos? -preguntó mi padre.
La pregunta me pareció estúpida y no contesté, pero miré a mi padre
sorprendido, porque nadie podía querer ser como aquellos hombres. Trabajan desde primera hora del día hasta tarde de la noche -dijo mi
padre Senmut-. Su piel está curtida como la del cocodrilo, sus manos
son rudas como las patas del cocodrilo. Sólo por la noche pueden
regresar a su casa de barro y su alimentación es un trozo de pan, una
cebolla y un sorbo de cerveza agria. Esta es la vida de los
descargadores. Esta es también la del labrador. Tal es la de todos los
que trabajan con sus manos. Tal vez no los envidiarás.
Volví la cabeza y lo miré sorprendido. Yo quería ser soldado y no
cargador o abrir surcos en la tierra, regar los campos o ser pastor
mugriento. –
Padre -dije yo mientras andábamos-, la vida del soldado es bella.
Viven en los cuarteles y comen bien; por la noche beben vino en las
casas de placer y las mujeres los ven con benevolencia. Los mejores
de entre ellos llevan una cadena al cuello aunque no sepan escribir.
De sus expediciones traen botín y esclavos que trabajan por ellos y
ejercen un oficio por cuenta de ellos. ¿Por qué no sería yo soldado?
Mi padre no contestó, pero apresuró el paso. Cerca de un depósito de
inmundicias, en medio de un enjambre de moscas que revoloteaban en
torno a nosotros, se inclinó para dirigir una mirada a una cabaña baja.
-Inteb, amigo mío, ¿estás ahí? -dijo.
Un viejo, lleno de mugre, con el brazo derecho amputado a la altura
del hombro y cubierto por un trozo de tela roída por la grasa, salió
apoyándose en un palo. Su rostro estaba descarnado y surcado de
arrugas; no tenía dientes.
-¿Es... es verdaderamente Inteb? -pregunté suavemente a mi
padre, dirigiendo a la vez una mirada de pavor a aquel hombre.
Porque Inteb era un héroe que había combatido en las campañas
de Tuthmosis III, el más grande de los faraones,
en Siria, y se contaban muchas historias sobre sus proezas y las
recompensas que había recibido.
El anciano levantó la mano para hacer un saludo militar y mi padre
le tendió la jarra de vino. Se sentaron en el suelo, porque Inteb no
tenía siquiera un banco en su casa, y con mano temblorosa se llevó la
jarra a los labios y bebió ávidamente el vino sin verter una sola gota.
-Mi hijo Sinuhé quiere ser soldado -dijo mi padre sonriendo-. Te lo
he traído porque eres el único superviviente de los héroes de las

grandes guerras, a fin de que le hables de la vida magnífica y de las
hazañas de los soldados.
-¡Por Seth y Baal y todos los diablos! -gritó el viejo con una risa
aguda y entornando los ojos para verme mejor-. ¿Estás loco?
Su boca desdentada, sus ojos apagados, el muñón de su brazo y su
pecho arrugado y sucio eran tan espantosos que me refugié detrás de
mi padre y le agarré por la manga.
.
-¡Muchacho, muchacho! -exclamaba Inteb, ahogándose de risa-. Si
tuviese un sorbo de vino por cada maldición que he lanzado contra mi
vida y contra el triste destino que hizo de mí un soldado, podría llenar
el lago que el faraón ha hecho excavar para divertir a su mujer. No lo
he visto, porque no tengo medios para hacerme transportar más allá
del río, pero no me cabe duda de que el lago se llenaría y sobraría vino
todavía para embriagar a todo el ejército.
De nuevo bebió un largo trago.
-Pero... -dije yo temblando-, el oficio de soldado es el más glorioso
de todos.
-La gloria y el renombre -dijo Inteb el héroe- es sencillamente
estiércol, estiércol para alimentar las moscas.
Toda mi vida he contado historias sobre la guerra y mis hazañas, para
sacarles un poco de vino a los papanatas que me escuchaban con la
boca abierta, pero tu padre es un hombre honrado y no quiero
engañarlo. Por esto te digo, muchacho, que de todos los oficios el de
soldado es el más horrible y miserable.
El vino borraba las arrugas de su rostro y daba brillo a sus ojos de
anciano. Se sentó y se llevó a la garganta su única mano.
-Mira, muchacho, este cuello descarnado ha sido adornado con
quíntuples collares de oro. Con su propia mano el faraón me los puso.
¿Quién puede contar las manos cortadas que he acumulado ante su
tienda? ¿Quién fue el primero en trepar por las murallas de Kadesh?
¿Quién se lanzaba como un elefante enfurecido en medio del enemigo?
¡Yo, yo, Inteb, el héroe! Pero ¿quién me lo agradece hoy? Mi oro se ha
disipado a los cuatro vientos del cielo, mis esclavos han huido o han
muerto de miseria. Mi brazo derecho quedó en el país de Mitanni y
desde largo tiempo, hubiera muerto de miseria si no hubiese sido por
algunas almas caritativas que me traen pescado seco y cerveza a fin de
que cuente a sus hijos la verdad sobre las guerras. Soy Inteb, el héroe,
pero mírame, muchacho. Mi juventud huyó en el desierto, en el
hambre, en los tormentos y en las fatigas. Allí se ha fundido la carne
de mis miembros, allí mi piel se ha curtido, allí mi corazón se ha vuelto
más duro que la piedra. Y lo peor es que en los desiertos sin agua mi
lengua se secó y que sufro de una sed eterna, como todos los soldados
que regresan con vida de sus expediciones a países lejanos. Por esto mi
vida ha sido un abismo mortal desde el día en que perdí mi brazo. Y no
quiero siquiera mencionar el dolor de las heridas y los tormentos
causados por los cirujanos cuando sumergen tu muñón en el aceite

hirviendo, como tu padre sabe muy bien. ¡Que tu nombre sea alabado,
Senmut; eres justo y bueno, pero el vino se ha acabado!
El anciano calló, jadeando un momento, y volvió melancólicamente
la jarra. El brillo salvaje de sus pupilas se apagó y de nuevo reapareció
el pobre desgraciado.
-Pero un soldado no necesita saber escribir -me atreví a murmurar.
-¡Hum! -gruñó Inteb, mirando a mi padre.
Este se quitó rápidamente un brazalete de cobre de la muñeca y lo
tendió al anciano, que lanzó un grito. Un chiquillo sucio apareció y
tomó el brazalete y la jarra para ir a buscar vino.
-No tomes del mejor -le gritó Inteb-. Toma del más barato; te
darán más.
-Fijó sobre mí su mirada atenta-. Tienes razón - dijo-, un soldado no
necesita saber escribir, debe saber solamente batirse. Si supiese
escribir sería jefe y daría órdenes al más bravo de los soldados. Porque
todo hombre que sabe escribir es capaz de mandar a los soldados, y no
se confían ni cien hombres al jefe que no es capaz de garabatear unos
signos sobre un papel. ¿Qué placer puede hallar en las cadenas y las
condecoraciones si es el hombre de la pluma quien le da órdenes? Pero
así es y así será siempre. Por esto te digo, muchacho, que si quieres
mandar soldados y conducirlos, aprende primero a escribir. Entonces
los portadores de cadenas de oro se inclinarán ante ti y los esclavos te
llevarán al combate en tu litera. El chiquillo andrajoso regresó con la
jarra de vino y el rostro del anciano se iluminó de júbilo.
-Tu padre Senmut es un buen hombre -dijo gentilmente-. Sabe
escribir y me cuidó cuando empezaba a ver cocodrilos e hipopótamos,
los días de felicidad y de fuerza, cuando no carecía devino. Es un buen
hombre, pese a que no sea más que un médico incapaz de tensar un
arco. Le doy las gracias.
Miré con inquietud la jarra que Inteb iba indudablemente a vaciar y
tiré de la manga de mi padre, porque temía que bajo la influencia del
vino nos despertásemos en el arroyo. Mi padre miró también la jarra,
lanzó un ligero suspiro y volvió la cabeza. Inteb se puso a cantar con
voz ronca un himno guerrero sirio y el chiquillo desnudo y bronceado
por el sol se echó a reír.
Pero yo, Sinuhé, abandoné mi sueño de ser soldado y no protesté
cuando al día siguiente mi padre y mi madre me condujeron a la
escuela.

4
Mi padre no tenía medios para poder mandarme a las grandes
escuelas de los templos donde los hijos de los nobles, de los ricos y de
los sacerdotes de alto grado recibían su educación. Mi maestro fue el

viejo sacerdote Oneh, que vivía no lejos de mi casa y tenía la escuela en
la terraza destrozada. Sus discípulos eran hijos de artesanos,
mercaderes, marinos y suboficiales a quienes sus ambiciosos padres
destinaban a la carrera de escriba. Oneh había sido un tiempo contable
de los depósitos de la celeste Mut y era capaz de enseñar los
rudimentos de la escritura a los chiquillos que más tarde tendrían que
escribir las cantidades de trigo, el número de cabezas de ganado y las
facturas del avituallamiento de los soldados. En la villa de Tebas, la
gran capital del mundo, había centenares de estas pequeñas escuelas.
La enseñanza no era cara, pues los discípulos debían simplemente
mantener al viejo Oneh. En las tardes de invierno, el hijo del
carbonero le llevaba carbón de encina para su estufa, el hijo del tejedor
se ocupaba de sus vestidos, el hijo del mercader de trigo le
suministraba harina y mi padre le daba, para calmar sus dolores,
pociones de plantas medicinales maceradas en vino.
Estas relaciones de dependencia hacían de Oneh un maestro
indulgente. El discípulo que se dormía sobre su tablilla debía al día
siguiente llevar al maestro alguna golosina, a título de castigo. Algunas
veces el hijo del mercader de trigo le llevaba una jarra de cerveza y en
este caso aguzábamos el oído,porque el viejo oneh, se lanzaba a
contarnos histórias maravillosas sobre el más allá y leyendas sobre la
celeste Mut, sobre Ptah, el constructor de todo, y sobre los demás
dioses que le eran familiares. Nosotros nos reíamos y pensábamos
haberlo inducido a olvidar las lecciones difíciles y los enojosos
jeroglíficos para todo el día. Sólo más tarde comprendí que el viejo
Oneh era mucho más docto y comprensivo de lo que nos figurábamos.
Sus leyendas, que él vivificaba con su ignorancia piadosa, tenían un
objeto determinado. Así nos enseñaba la ley moral del viejo Egipto.
Ninguna mala acción escapa al castigo. Implacablemente todo corazón
humano sería pesado una vez ante el tribunal de Osiris. Todo hombre
de quien el dios de la cabeza de chacal había descubierto las maldades,
era arrojado como presa al Devorador y éste era a la vez cocodrilo e
hipopótamo, pero mucho más temible que ambos.
Nos hablaba también del reacio transbordador de las ondas
infernales, de «Aquel que mira hacia atrás» y sin la ayuda del cual
ningún difunto puede alcanzar los campos de los bienaventurados.
Este batelero miraba constantemente hacia atrás y nunca hacia
delante como los bateleros del Nilo. Oneh nos enseñó de memoria las
fórmulas propiciatorias destinadas a este batelero. Nos las hizo
reproducir en signos y aprender de memoria. Corregía nuestros
errores con dulces reprimendas. Debíamos comprender que la menor
distracción podía comprometer toda vida de bienaventuranza en el
más allá. Si tendía al batelero un pasaporte con la más leve mancha, se

permanecía errando implacablemente como una sombra, de una
eternidad a otra, en las márgenes del río sombrío, o bien, peor aún, se
caía en las espantosas simas del infierno.
Mi camarada más dotado era el hijo del comandante de los carros de
guerra, Thotmés, que tenía dos años más que yo. Desde su infancia
estaba acostumbrado a cuidar los caballos y a luchar. Su padre, cuyo
látigo se adornaba de hilos de cobre, quería hacer de él un gran
capitán y por esto le exigía que aprendiese a leer. Pero su nombre, el
del glorioso Thotmés, no fue un presagio como su padre había creído.
Porque una vez en la escuela, el muchacho no se ocupó ya más de
lanzar el venablo ni de los ejercicios de los carros de guerra. Aprendió
facilmente los signos de la escritura y mientras los otros penaban en su
tarea, él dibujaba imágenes sobre la tablilla. Dibujaba carros de guerra
y caballos empinados sobre sus patas posteriores y también soldados.
Llevó arcilla a la escuela y se puso a modelar según las narraciones de
Oneh una imagen muy curiosa del Devorador que, con sus enormes
fauces abiertas, se disponía a deglutir un hombrecillo calvo cuyas
espaldas encorvadas y vientre prominente eran las de nuestro buen
maestro. Pero Oneh no se enfadó. Nadie era capaz de enfadarse con
Thotmés. Tenía el rostro ancho de la gente del pueblo y las piernas
gruesas, pero sus ojos tenían siempre una expresión de malicia
contagiosa y sus manos hábiles daban forma a pájaros y animales que
nos divertían enormemente, Yo había buscado su amistad a causa de
sus relaciones militares, pero nuestra amistad subsistió a pesar de su
poca ambición por la carrera de las armas.
Al cabo de cierto tiempo se produjo bruscamente un milagro. Fue
tan claro que me acuerdo todavía de este instante como una aparición.
Era una fresca jornada de primavera, los pajarillos piaban y las
cigüeñas reparaban sus nidos sobre los techos de las casas. Las aguas
se habían retirado y el suelo comenzaba a verdear. Se sembraban y
plantaban huertos y jardines. Era un día que inspiraba locas aventuras
y nosotros estábamos inquietos en la terraza carcomida de Oneh. Yo
dibujaba distraídamente signos enojosos, letras que se graban sobre la
piedra y las abreviaciones corrientes del estilo ordinario. Súbitamente
una palabra olvidada de Oneh o un fenómeno inexplicable en mí dio
vida a las palabras y los caracteres. De la imagen sale una palabra, de
la palabra una sílaba, de la sílaba una letra. Asociando las letras, de las
imágenes se formaban palabras nuevas, extrañas, que no tenían nada
de común con las imágenes. El portador de agua más obtuso puede
comprender una imagen, pero sólo el hombre que sabe leer puede
descifrar dos imágenes conjugadas. Yo creo que todos los que han
aprendido la escritura comprenderán el fenómeno de que hablo. Fue
para mí una verdadera aventura, más apasionante y más cautivadora

que una granada robada en la tienda del frutero, más dulce que un
dátil seco, deliciosa como el agua para el sediento.
A partir de aquel momento no hubo ya necesidad de alentarme. Me
puse a devorar el saber de Oneh como el suelo bebe el agua de las
inundaciones del Nilo. Aprendí rápidamente a escribir. Después
aprendí a leer lo que los demás habían escrito. Al tercer año podía ya
deletrear viejos textos y dictar a mis camaradas leyendas didácticas.
También en esta época me di cuenta de que no era igual que los
demás. Mi rostro era más estrecho, mi tez más pálida, mis miembros
más finos. Recordaba más un muchacho noble que un hijo del pueblo
entre el que vivía. Y si hubiese ido vestido de una manera diferente
estoy seguro de que hubiera podido ser tomado por uno de estos
muchachos que pasaban en litera o a quienes los esclavos
acompañaban por las calles. Esto me procuró contrariedades. El hijo
del mercader de trigo me cogía por el cuello y me trataba de muchacha
hasta que me veía obligado a pincharle con mi estilete. Su presencia
me era desagradable, porque olía mal. Como desquite, buscaba la
compañía de Thotmés, porque éste no me tocaba jamás.
Un día me dijo tímidamente:
-¿Quieres servir de modelo para un retrato?
Lo llevé a casa y bajo el sicómoro del jardín modeló en arcilla una
figura que se parecía a mí y grabó mi nombre
debajo. Mi madre, Kipa, nos dio pasteles y al ver el busto tuvo miedo y
dijo que era arte de hechicería. Pero mi padre declaró que Thotmés
podía llegar a ser artista real si conseguía ser admitido en la escuela
del templo. En broma me incliné delante de Thotmés poniendo mis
manos sobre las rodillas como se hace al saludar a los grandes. Los
ojos de Thotmés brillaron, pero suspiró y dijo que desgraciadamente
su padre quería de todos modos meterlo en la escuela de suboficiales
de carros de guerra. Para un futuro jefe militar sabía escribir ya
bastante. Mi padre se alejó y oímos a mi madre afanarse por la cocina.
Pero Thotmés y yo nos regalamos con sabrosos bizcochos.
Yo entonces era completamente feliz.

5
Llegó entonces el día en que mi padre se puso su mejor traje y ciñó
su cuello con un ancho collarete bordado por Kipa. Iba al gran templo
de Amón, pese a que en el fondo de su corazón no quería mucho a los
sacerdotes. Pero sin la ayuda y la intervención de los sacerdotes ni en
Tebas ni en todo Egipto podía conseguirse nada. Los sacerdotes

administraban justicia y dictaban sentencia, de manera que un
hombre osado podía apelar contra una sentencia dictada por el
tribunal del rey ante un templo elegido en suerte para disculparse.
Toda la enseñanza que abría las carreras importantes estaba en manos
de los sacerdotes; ellos eran también quienes predecían la importancia
de las crecidas y las cosechas y fijaban los impuestos sobre todo el
país. Pero, ¿a qué exponer largamente lo que todo el mundo sabe?
Creo que mi padre debió de forzarse para dar este paso. Había
pasado toda su vida cuidando a los pobres, alejado del templo y de la
Casa de la Vida. Ahora, como los demás padres pobres, iba a hacer cola
en la sección administrativa del templo, esperando que un sacerdote
altivo consintiese en recibirlo. Me parece todavía ver a aquellos padres
pobres que, con sus mejores vestiduras, se sentaban en el patio del
templo, soñando ambiciosos una vida mejor para sus hijos. A menudo
llegaban de muy lejos, en sus barcas por el río, con sus provisiones y
consagraban sus mezquinos recursos a sobornar a los guardianes y los
escribas para llegar hasta el sacerdote ungido con un óleo precioso.
Este frunce la nariz ante su pestilencia, les habla brutalmente. Y, sin
embargo, Amón necesita sin cesar nuevos servidores. A medida que
aumentan sus riquezas y su poderío, debe aurnentar el número de sus
servidores que sepan escribir; pero a pesar de esto, cada padre
considera como una gracia divina poder colocar a su hijo en el templo,
mientras en realidad es él quien aporta, en la persona de su hijo, un
don más preciado que el oro.
Mi padre tuvo suerte, pues no había esperado más que hasta la
noche cuando vio pasar a su antiguo condiscípulo Ptahor, que era
entonces trepanador real. Mi padre osó dirigirle la palabra y Ptahor
prometió ir en persona a nuestra casa para verme.
El día fijado, mi padre se procuró una oca y vino de calidad. Kipa
cocinaba refunfuñando. Un maravilloso aroma de grasa de oca salía de
nuestra casa, atrayendo a la multitud de ciegos y mendigos.
Exasperada, Kipa acabó distribuyéndoles pedazos de pan mojados en
la grasa y se alejaron. Thotmés y yo barrimos la calle delante de la casa
porque mi padre había dicho a mi amigo que se quedase en el caso de
que Ptahor quisiera hablarle. No éramos más que dos chiquillos, pero
cuando mi padre encendió los dos recipientes de incienso para
perfumar la terraza, nos sentimos como en un templo. Yo custodiaba
el jarro de agua perfumada y protegía de las moscas el bello pañuelo
de lino que mi madre guardaba para su entierro, pero que ahora tenía
que servir de toalla para las manos del ilustre visitante.
La espera fue larga. El sol se puso y el aire refrescó. El incienso se
consumía en sus recipientes y la oca iba chisporroteando en la grasa.
Yo tenía hambre y el rostro de Kipa se alargaba y endurecía. Mi padre

no decía nada, pero no encendió las lámparas cuando cayó la noche.
Estábamos sentados en bancos en la terraza y nadie tenía interés en
ver el rostro de su vecino. Entonces fue cuando supe cuántos dolores y
decepciones pueden causar los ricos a los humildes y a los pobres por
su sola negligencia.
Pero, por fin, aparecieron antorchas en la calle y mi padre se levantó
de su asiento y se precipitó hacia la cocina a fin de coger una brasa con
que encender las dos lámparas. Yo levanté temblando el jarro de agua
y Thotmes suspiró profundamente a mi lado.
Ptahor, el trepanador real, llegó en una simple silla de manos
llevada por dos esclavos negros. Delante de la litera un servidor,
visiblemente borracho, sostenía una antorcha. Gimiendo y gritando
saludos, Ptahor se apeó de su silla y mi padre lo saludó poniendo sus
manos a la altura de las rodillas. Ptahor le puso la mano sobre el
hombro, bien fuese para demostrar que juzgaba aquella cortesía
exagerada, bien para encontrar en él un punto de apoyo. Dio una
patada al portador de la antorcha diciendo que se fuese a incubar su
vino debajo del sicómoro. Los negros dejaron la litera en el macizo de
acacias y se sentaron sin que se les invitase a ello.
Apoyando la mano sobre el hombro de mi padre, Ptahor subió los
escalones de la terraza, yo le vertí el agua sobre sus manos a pesar de
sus protestas y le tendí la servilleta. Pero él me rogó que puesto que le
había mojado las manos se las secase. Después me dio amistosamente
las gracias y dijo que era un buen muchacho. Mi padre lo instaló en el
sillón de honor, prestado por un vecino, y nuestro huésped dirigió
varias miradas a su alrededor. Durante algún tiempo nadie habló.
Después pidió de beber, porque tenía la garganta seca por el largo
camino. Mi padre se apresuró a ofrecer vino.
Ptahor lo husmeó con aire desconfiado; después lo bebió con
manifiesto placer.
Era un hombrecillo de cabello cortado al rape y piernas torcidas; su
barriga y su pecho pendían lacios bajo la delgada tela de su traje. Su
cuello estaba adornado de pedrería, pero iba sucio y lleno de manchas.
Apestaba a vino, sudor y ungüentos.
Kipa le ofreció bizcochos de especias, pescados fritos, frutos y la oca
asada. Comió con cortesía, pese a que visiblemente salía de un
banquete. Probó todos los platos e hizo de ellos alabanzas que
alegraron a Kipa. A petición suya llevé a los negros víveres y cerveza,
pero respondieron a mi cortesía con improperios y me preguntaron si
el barrigudo tardaría mucho en salir. El servidor roncaba bajo el
sicómoro y no sentí deseos de despertarlo.
La velada fue muy confusa, pues mi padre se entregó a la bebida más
de lo razonable hasta el punto de que Kipa se fue a la cocina y se sentó

moviendo tristemente la cabeza entre las manos. Cuando hubieron
terminado la jarra de vino, bebieron los vinos medicinales de mi padre
y acabaron contentándose con cerveza ordinaria, pues Ptahor afirmaba
que no era exigente.
Evocaron los años de estudio en la Casa de la Vida, contaron
anécdotas sobre sus maestros y se abrazaron tambaleándose con
efusión. Ptahor explicó sus experiencias como trepanador real y dijo
que era el último de los oficios para un médico especialista. Pero el
trabajo no era penoso, lo cual ya era una ventaja apreciable para un
perezoso como él. ¿No es verdad, mi viejo Senmut? El cráneo humano,
sin hablar de la garganta y las orejas que requieren los cuidados de un
especialista, era a su juicio la cosa más difícil de aprender; por esto lo
había elegido.
-Pero -añadió- si hubiese sido un médico enérgico hubiera sido un
buen médico ordinario y habría dado la vida en lugar de dar la muerte
cuando los parientes están hartos de los viejos y de los enfermos
incurables. Daría la vida como tú, amigo Senmut. Sería quizá más
pobre, pero viviría una vida respetable y más sobria.
-No creáis una palabra, hijos míos -dijo mi padre-. Estoy orgulloso
de mi amigo Ptahor, trepanador real, que es el hombre más eminente
en su ramo. ¿Cómo no recordar sus maravillosas trepanaciones que
salvaron la vida de tantos nobles y villanos y suscitaron un asombro
general? Expulsa los malos espíritus que enloquecen a las gentes y
extrae de los cerebros los huevos redondos de las enfermedades. Sus
clientes reconocidos lo han colmado de oro y plata, de collares y de
copas.
-He recibido dones de parientes reconocidos -dijo Ptahor con la
lengua pastosa-. Porque si por azar curo un enfermo sobre diez o sobre
cincuenta, no, digamos sobre cien, la muerte de los demás es mucho
más cierta. ¿Has oído acaso hablar de un faraón que haya sobrevivido
tres días a la trepanación? No, me mandan los incurables y los locos
para que los trate con mi trepanador de sílex, y tanto más pronto
cuanto más ricos o nobles son. Mi mano libra de los sufrimientos, mi
mano distribuye las herencias, las tierras, el ganado y el oro; mi mano
eleva un faraón al trono. Por eso se me teme, y nadie osa
contradecirme, porque sé demasiadas cosas. Pero lo que aumenta el
saber aumenta también el dolor, y por esto soy tan desgraciado.
Ptahor se echó a llorar y se sonó en el pañuelo funerario de Kipa.
-Eres pobre, pero honrado, Senmut -dijo sollozando-. Por esto te
amo, porque soy rico, pero podrido. Podrido como una boñiga de
vaca en el camino.
Se quitó el collar de piedras preciosas y se lo puso en el cuello a mi
padre. Después entonaron cantos de los que no comprendí las

palabras, pero Thotmés los escuchaba con éxtasis, diciendo que en las
casas de los soldados no se oían canciones más crudas. Kipa comenzó
a llorar en la cocina y uno de los negros acudió a levantar a Ptahor
para llevárselo. Pero el trepanador se resistía y llamó a su servidor
gritando que el negro quería asesinarlo. Como mi padre no estaba en
estado de intervenir, fuimos Thotmés y yo quienes tuvimos que echar
al negro a bastonazos. Gritando y lanzando juramentos, los dos
negros salieron corriendo llevándose la litera.
Ptahor se vertió entonces la jarra de cerveza sobre la cabeza,
reclamando ungüentos para frotarse el rostro y quiso bañarse en el
estanque del jardín. Thotmés me dijo en voz baja que deberíamos
meter a los dos hombres en la cama y finalmente mi padre y su amigo
durmieron uno al lado del otro en el lecho nupcial de Kipa, jurándose
amistad eterna.
Kipa lloraba, se arrancaba los cabellos y se vertía ceniza sobre la
cabeza. Yo me preguntaba qué dirían nuestros vecinos, pues los
cantos debieron de oírse a gran distancia en el silencio de la noche.
Pero Thotmés permaneció tranquilo y afirmó haber visto escenas
mucho más violentas en la casa de los soldados y en la suya, cuando
los hombres de los carros de guerra contaban sus antiguas hazañas y
sus expediciones a Siria y al país de Kush. Declaró que la velada había
sido muy animada, pese a que no se hubiesen llamado músicos ni
cortesanas para divertirlos. Consiguió calmar a Kipa y después de
haber limpiado lo mejor posible las trazas del festín nos fuimos a
dormir. El servidor siguió roncando bajo el sicómoro y Thotmés fue a
mi cama, me pasó su brazo por el cuello y me habló de mujeres,
porque también había bebido vino. Pero aquello no me divirtió,
porque era más joven que él y no tardé en dormirme.
Me desperté temprano al oír pasos en el dormitorio. Mi padre
dormía todavía profundamente, con el collar de Ptahor, pero éste
estaba sentado en el suelo con la cabeza entre las manos,
preguntándose con voz lastimera dónde estaba.
Yo lo saludé respetuosamente con las manos a la altura de las
rodillas, y le dije que estaba en el barrio del puerto, en casa de Senmut,
médico de pobres. Estas palabras lo tranquilizaron y me pidió cerveza.
Yo le recordé que se había vertido la jarra sobre la cabeza, como lo
delataban sus vestiduras. Entonces se levantó, frunció el ceño y salió.
Yo le vertí agua sobre las manos y se inclinó gimiendo, pidiéndome
que también le vertiese agua sobre la cabeza. Thotmés, que se había
despertado, apareció con un pote de leche agria y pescado salado.
Ptahor se sintió muy restablecido y acercándose al sicómoro despertó
a su servidor a bastonazos.

-¡Miserable puerco! ¿Es así como cuidas a tu señor y llevas la
antorcha delante de él? ¿Dónde está mi litera? ¿Dónde mis vestidos
limpios? ¿Y mis píldoras? ¡Fuera de mi vista, puerco miserable!
-¡Soy un cerdo! -respondió humildemente el servidor-. ¿Qué me
ordenas, oh señor?
Ptahor le dio sus órdenes y el hombre se marchó en busca de una
silla de manos. Ptahor se instaló cómodamente bajo el sicómoro y
recitó, apoyado contra el tronco, un poema en el que se hablaba del
alba y de una reina que se bañaba en el río. Después nos contó
historias graciosas. Kipa, después de haber encendido el fuego, fue al
dormitorio, donde oímos su voz. Al cabo de un rato, mi padre, vestido
con nuevas vestiduras, apareció con aire contrito.
-Tu hijo es hermoso -dijo Ptahor-. Tiene el talle de un príncipe y sus
ojos son dulces como los de las gacelas. -Pero a pesar de que fuese un
chiquillo comprendí que hablaba de aquella forma para hacer olvidar
su conducta de la víspera. Poco después añadió-: ¿Qué sabe tu hijo?
¿Los ojos de su espíritu son tan abiertos como los de su cuerpo?
Thotmés y yo fuimos a buscar nuestras tablillas. Después de haber
dirigido una mirada a la cima del sicómoro, el trepanador real me
dictó una poesía que recuerdo todavía.
Muchacho, goza de tu juventud,
porque la vejez tiene ceniza en la garganta
y el cuerpo embalsamado no se ríe
en la sombra de su tumba.
Yo hice cuanto supe y escribí primero de memoria en escritura
ordinaria. Después tracé las imágenes y finalmente escribí las palabras
vejez, cuerpo y tumba de todas las maneras posibles, tanto en sílabas
como en letras. Le tendí la tablilla y vi que no encontraba ni una sola
falta. Sentí que mi padre estaba orgulloso de mí.
-¿Y este otro muchacho? -preguntó Ptahor, señalando a Thotmés.
Mi amigo estaba sentado no lejos de nosotros, y había dibujado alguna
cosa. Vaciló antes de entregar su tablilla, pero sus ojos reían. Había
dibujado a Ptahor poniendo su collar en el cuello de mi padre y
vertiéndose la jarra de cerveza sobre la cabeza; en un tercer dibujo
mostraba a los dos amigos cantando cogidos por el cuello. Era tan
divertido que podía casi adivinar lo que gritaban. Yo sentí ganas de
reír, pero no me atreví por miedo a que Ptahor se enfadase. Thotmés
no lo había favorecido. Estaba reproducido tan pequeño y calvo como
era, tan atizambo y barrigudo como en la realidad.
Durante largo rato Ptahor no dijo nada; miraba atentamente ya los
dibujos, ya a Thotmés. Mi amigo tuvo miedo y se puso de puntillas.
Por fin, Ptahor habló:

-¿Cuánto quieres por este dibujo? Te lo compro.
Pero Thotmés se sonrojó y dijo:
-Mi tablilla no está en venta. A un amigo se la regalaría.
Ptahor dijo:
-¡Bien contestado! Seamos amigos, y la tableta es mía.
Miró nuevamente los dibujos y rompió la tablilla contra una piedra.
Todos tuvimos un sobresalto y Thotmés se apresuró a pedir perdón
ante la eventualidad de haber ofendido al trepanador.
-¿Me enojaré acaso contra el agua en que he visto mi imagen? preguntó lentamente Ptahor-. Pero la mano y el ojo del dibujante son
más que el agua. Porque sé ahora el aspecto que ofrecí ayer, no quiero
que nadie lo vea. Por esto he roto la tablilla, pero reconozco que eres
un artista. Thotmés saltó de júbilo.
Ptahor se volvió entonces hacia mi padre y recitó, mirándome con
aire solemne, la antigua promesa de los médicos:
-Lo tomo para curarlo. -Y dirigiéndose a Thotmés añadió-: Haré lo
que pueda.
Habiendo así vuelto a encontrarla jerga de los médicos, los dos
amigos se rieron satisfechos. Mi padre me puso la mano sobre la
cabeza y me preguntó:
-Sinuhé, hijo mío, ¿querrías ser médico como yo?
Las lágrimas acudieron a mis ojos y mi garganta se contrajo hasta el
punto que no pude contestar, pero asentí con la cabeza.
-No como él, ni tampoco como yo -dijo Ptahor, incorporándose y
con la mirada fija y penetrante-, sino un verdadero médico. Porque
nada es más grande que un verdadero médico. Delante de él el faraón
está desnudo y el hombre más rico es igual que el más pobre.
-Quisiera ser un verdadero médico -dije yo, tímidamente, porque
era todavía un chiquillo y no sabía nada de la vida ni que la vejez desea
siempre transmitir a la juventud sus sueños y sus ambiciones.
En cuanto a Thotmés, Ptahor le mostró el brazalete de oro de su
muñeca y le dijo:
-¡Lee!
Thotmés descifró las imágenes grabadas y leyó: —La copa llena de
júbilo mi corazón.» Sonrió.
-No sonrías, granuja -dijo Ptahor con tono serio-. No se trata de
vino. Pero si quieres llegar a ser artista, debes exigir tu copa llena. En
todo verdadero artista es Ptah quien se manifiesta, el creador y
constructor. El artista no es solamente el agua o un espejo, sino mucho
más. Cierto es que el artista es a menudo un agua aduladora o un
espejo mentiroso, pero a pesar de todo, el artista es más que el agua.
Exige la copa llena, muchacho, y no te contentes con lo que te digan;
debes creer lo que ven tus ojos claros. Me prometió entonces que

recibiría una invitación para entrar en la Casa de la Vida y que haría
cuanto pudiese por que Thotmés fuese admitido en la Escuela de
Bellas Artes de Ptah.
-Muchachos, escuchad lo que os digo y olvidadlo en cuanto os lo
haya dicho y olvidad también que es el trepanador real quien os lo ha
dicho. Vais a caer en manos de los sacerdotes y Sinuhé será ordenado
sacerdote, porque nadie puede ejercer la medicina, como tu padre y
yo, si no ha sido ordenado. Pero cuando estéis entre las patas de los
sacerdotes del templo, sed desconfiados como el chacal y astutos como
la serpiente, a fin de no perderos ni cegaros. Pero exteriormente sed
dulces como la paloma, porque sólo cuando ha llegado a la meta puede
el hombre descubrir su propia naturaleza. Siempre fue así, y así será
siempre. Recordad bien lo que os digo.
Al cabo de un rato llegó el servidor de Ptahor con una litera de
alquiler y vestiduras limpias para su dueño. La silla de manos de
Ptahor había sido dejada en prenda en una casa de lenocinio por los
negros, que dormían todavía allí. Ptahor dio orden a su esclavo de
desempeñar la silla y los negros; se despidió de nosotros, aseguró a mi
padre su amistad y regresó a su barrio elegante.
Así fue como pude entrar en la Casa de la Vida del gran templo de
Amón. Pero al día siguiente Ptahor, el trepanador real, envió a Kipa un
escarabajo sagrado artísticamente grabado en una piedra, para que mi
madre pudiese llevarlo sobre su corazón, bajo los vendajes en su
tumba. No hubiera podido causarle un júbilo más grande, hasta el
punto de que Kipa se lo perdonó todo y dejó de hablar a mi padre de la
maldición del vino.

LIBRO SEGUNDO
LA CASA DE LA VIDA

1

En aquellos tiempos los sacerdotes de Amón en Tebas se habían
atribuido el derecho exclusivo de la enseñanza superior y era
imposible comenzar los estudios sin su consentimiento. Es fácil de
comprender que tanto la Casa de la Vida como la Casa de la Muerte
hayan sido en todos los tiempos instaladas en el interior de las
murallas del templo, así como la alta escuela de teología para los

sacerdotes de grados superiores. En rigor, puede admitirse que las
facultades de matemáticas y de astronomía dependan de su
jurisdicción; pero cuando los sacerdotes hubieron acaparado la escuela
de comercio y la facultad de derecho, las gentes de cultura comenzaron
a preguntarse si el clero no se mezclaba en cuestiones que dependían
del faraón o del fisco. Cierto era que no se exigía la ordenación para
entrar en la facultad de comercio o de derecho, pero como Amón
disponía al menos de un quinto de las tierras de Egipto y del comercio,
y la influencia de los sacerdotes era considerable en todos los terrenos,
toda persona deseosa de consagrarse al comercio o de entrar en la
administración, obraba cuerdamente sometiéndose al examen de un
sacerdote de grado inferior, convirtiéndose así en un obediente
servidor de Amón.
La mayor de las facultades era, naturalmente, la de derecho porque
daba la competencia requerida para todas las funciones, ya se tratase
del fisco, de la administración o de la carrera de armas. La pequeña
tropa de los astrólogos y los matemáticos llevaba una existencia
apacible en las salas de conferencias, despreciando profundamente a
los adolescentes que afluían a los cursos de contabilidad y geodesia.
Pero la Casa de la Vida y la Casa de la Muerte vivían aparte en el
recinto del templo, y sus discípulos gozaban de la consideración
temerosa de todos los demás estudiantes.
Antes de franquear el umbral de la Casa de la Vida, me era
indispensable pasar el examen de sacerdote de grado inferior en la
facultad de teología. Debí consagrar a ello tres años, porque al mismo
tiempo acompañaba a mi padre en sus visitas a fin de aprovecharme
de su experiencia. Vivía en casa, pero cada día asistía a los cursos. Los
muchachos que tenían protector poderoso podían pasar en pocas
semanas este examen, que comprendía, además de los elementos de
lectura, escritura y cálculo, textos sagrados aprendidos de memoria,
así como leyendas sobre las santas trinidades y las santas enéadas que
culminaban siempre en el rey de todos los dioses, Amón. El objeto de
esta enseñanza maquinal era ahogar el deseo natural de los
estudiantes de pensar por sí mismos e inspirarles una confianza ciega
en la importancia de los textos aprendidos. Sólo cuando estaba
ciegamente sometido al poderío de Amón, podía el joven estudiante
alcanzar el primer grado del sacerdocio.
Los candidatos a este sacerdocio estaban clasificados según los
estudios que tenían intención de emprender más tarde. Nosotros, los
futuros discípulos de la Casa de la Vida, formábamos un grupo aparte,
pero no hallé en él ni un solo amigo. No había olvidado la prudente
recomendación de Ptahor y me replegaba en mí mismo, obedeciendo
humildemente las órdenes y haciéndome el distraído cuando los

demás gastaban bromas o se mofaban de los dioses. Había entre
nosotros hijos de médicos rurales, a menudo mayores que nosotros, y
que, torpes y bronceados, trataban de disimular su extrañamiento y
balbuceaban estúpidamente sus lecciones. Había, en fin, muchachos
de baja extracción que sentían una sed natural de saber y aspiraban a
abandonar el oficio y la situación de sus padres; pero eran tratados
severamente y con exigencia, porque los sacerdotes sentían por ellos
una desconfianza innata, ya que veían en ellos gente descontenta de su
suerte.
Mi prudencia me fue útil, porque no tardé en darme cuenta de que
los sacerdotes tenían entre nosotros sus espías. Una palabra
imprudente, una duda expresada en público o una broma entre
compañeros, llegaba rápidamente a oídos de los sacerdotes y el
culpable era interrogado y castigado. Algunos discípulos eran
bárbaramente apaleados, otros relegados del templo, y la Casa de la
Vida les era igualmente cerrada, tanto en Tebas como en cualquier
parte de Egipto. Si eran enérgicos, podían ganar las colonias como
ayudantes de los amputadores de las guarniciones o seguir una carrera
en Siria o el país de Kush, porque la reputación de los médicos
egipcios se había extendido por el mundo entero. Pero la mayoría
fracasaba a medio saber leer y escribir.
El hecho de saber ya leer y escribir me dio ventaja sobre muchos de
mis condiscípulos de más edad que yo. Estaba ya a punto de entrar en
la Casa de la Vida, pero mi ordenación se retrasaba y yo no tenía valor
para preguntar las razones, porque hubieran visto en ello una rebelión
contra Amón. Entretanto, perdía el tiempo escribiendo los Libros de
los Muertos que vendía en los patios. Me rebelaba en espíritu y me ponía
melancólico. Muchos de mis camaradas, incluso los menos dotados,
habían comenzado ya a estudiar en la Casa de la Vida, pero quizá, gracias
a las enseñanzas de mis padres, tenía yo mejor preparación que ellos.
Más tarde comprendí que los sacerdotes de Amón habían tenido más
cordura que yo, porque creían en mí, adivinaban mi rebelión y mis dudas
y de esta forma me ponían a prueba.
Finalmente, me anunciaron que había llegado mi turno de ir a velar en
el santuario. Durante una semana debía habitar en el interior del templo,
con prohibición de franquear el recinto. Debía purificarme y ayunar, y mi
padre se apresuró a cortarme los cabellos y convocar a nuestros vecinos a
fin de celebrar mi madurez. En efecto, a partir de aquel día, era ya un
adulto, puesto que estaba en condiciones de recibir la ordenación, acto
que, pese a su carácter insignificante, me colocaba por encima de mis
vecinos y de mis camaradas.
Kipa había hecho cuanto estuvo en su mano, pero los pasteles de miel no
me fueron agradables al paladar, y las gruesas bromas de mis vecinos no

me divirtieron. Por la noche, después de la marcha de los invitados, mi
melancolía ganó también a Senmut y Kipa. Mi padre me informó del
misterio de mi nacimiento, Kipa precisó algunos pormenores y yo
conservaba la vista fija en mi cuna de cañas suspendida en el techo,
encima de la cama. Aquellas cañas ennegrecidas y rotas me destrozaban
el corazón, porque no tenía padre ni madre. Estaba solo en la vida, solo
bajo las estrellas de la inmensa ciudad. No era quizá más que un
miserable extranjero, y acaso mi nacimiento encerrase un infame
secreto.
Con una herida en el corazón entré en el templo con las ropas de
iniciación preparadas con amor y solicitud por Kipa.

2
Eramos veinticinco candidatos a la iniciación. Después del baño en el
estanque del templo, nos afeitaron la cabeza y nos dieron vestiduras
groseras. Nuestro ordenador resultó ser un sacerdote muy poco
concienzudo. Según la tradición, hubiera podido someternos a
ceremonias humillantes, pero había entre nosotros hijos de familia así
como hombres ya hechos que habían pasado sus exámenes de derecho y
querían entrar al servicio de Amón para asegurar su porvenir. Tenían
provisiones abundantes, ofrecían de beber al sacerdote y algunos de ellos
iban incluso a pasar la noche en las casas de lenocinio, porque para ellos
la ordenación no tenía significado alguno. Yo velaba con el corazón
herido y era presa de muy tristes pensamientos. Me contentaba con un
trozo de pan y un vaso de agua, nuestra pitanza prescrita, y esperaba con
una esperanza ansiosa lo que tenía que ocurrir.
Porque era todavía tan joven que hubiera querido creer de una manera
indecible. Durante la ordenación, se decía, Amón aparecía y hablaba con
cada uno de los candidatos, y hubiera sido un alivio inmenso si hubiese
podido liberarme de mí mismo y penetrar el secreto de las cosas. En
compañía de mi padre, había visto la enfermedad y la muerte desde mi
infancia, y mi mirada era más penetrante que la de los muchachos de mi
edad. Para un médico no hay nada tan sagrado como la muerte, ante la
cual tiene que inclinarse, decía mi padre. Por esto dudaba, y todo lo que
había visto en el templo durante tres años, reforzaba mi incredulidad.
Pero acaso detrás de la cortina, en la oscuridad de lo sacrosanto, me
decía, se oculte un misterio que desconozco. Acaso Amón se muestre a
mí para apaciguar mi corazón.
Tales eran mis pensamientos mientras erraba por el corredor
destinado a los profanos, contemplando las santas imágenes coloreadas
y leyendo las inscripciones sagradas que referían cómo los faraones

habían ofrecido a Amón inmensas dádivas procedentes de su botín.
Entonces fue cuando vi ante mí una mujer bellísima vestida con un traje
del más sutil lino, de manera que veía sus pechos y sus muslos a través
de la tela. Era alta y delgada, sus labios, sus mejillas y sus cejas estaban
pintados, y me miraba con una curiosidad provocativa.
-¿Cuál es tu nombre, muchacho? -me preguntó, mirando con sus ojos
verdes mi túnica gris que delataba que me preparaba para la ordenación.
-Sinuhé -respondí yo, confuso, sin osar levantar la vista.
Pero era tan bella y el aceite que corría por su frente olía tan bien que
esperaba que me pediría que la guiase por el templo.
-Sinuhé -dijo ella, pensativa-. ¿Entonces tienes miedo y huyes si se te
confía un secreto?
Pensaba, sin duda, en la leyenda de Sinuhé, lo cual me irritaba, porque
ya me habían atormentado bastante en la escuela con la leyenda de
Sinuhé. Por esto me erguí y la miré cara a cara. Pero su mirada era tan
extraña, tan curiosa y brillante, que sentía mis mejillas sonrojarse y un
fuego extraño devoró mi cuerpo.
-¿Por qué tendría miedo? Un futuro médico no teme nada.
-¡Ah ...! -dijo ella, sonriendo-. El polluelo pía ya antes de haber roto el
cascarón. ¿Tienes entre tus camaradas un muchacho llamado
Metufer? Es el hijo del constructor real.
Este Metufer era el camarada que había ofrecido vino al sacerdote
dándole, además, un brazalete de oro. Me sentí desagradablemente sorprendido, pero me ofrecí para ir a buscarlo. Me decía que quizás era una
hermana suya o una parienta. Esta idea me tranquilizó un poco y la miré
sonriendo.
-Pero, ¿cómo hacerlo puesto que no conozco tu nombre y no podré
decirle quién pregunta por él?
-Lo adivinará -dijo golpeando el suelo con impaciencia. Esto me
llevó a mirar su pie, que el polvo no había ensuciado y cuyas uñas
estaban pintadas de rojo-. Sabrá quién pregunta por él. Acaso me
deba algo. Quizá mi marido esté de viaje y espere a Metufer para
consolarme en mi dolor.
Mi corazón se angustió nuevamente al pensar que era casada. Pero
respondí valientemente:
-¡Bien, bella desconocida! Voy a buscarlo. Le diré que una mujer
más joven y más bella que la diosa de la Luna pregunta por él. Así
sabrá en seguida quién eres, pues el que te ha visto una vez no puede
olvidarte jamás.
Asustado de mi osadía di la vuelta, pero ella me sujetó del brazo,
diciéndome con aire meditativo:
-¡Mucha prisa tienes! Espera, tenemos todavía muchas cosas que
decirnos.

De nuevo fijó sus ojos en mí y mi corazón saltó dentro de mi pecho.
Después, tendió su brazo cargado de brazaletes y sortijas y me
acarició la cabeza.
-¿Esta bella cabeza no tiene frío, ahora que no lleva ya sus bucles? E inmediatamente añadió-: ¿Me has dicho la verdad? ¿Me encuentras
realmente bella? ¡Mírame mejor!
La miré y vi que sus vestidos eran de lino real; era bella a mis ojos,
más bella que todas las mujeres que había visto hasta entonces, y no
hacía nada por ocultar su beldad. La miraba, y sentía cicatrizarse la
herida de mi corazón; olvidaba a Amón y la Casa de la Vida, y su
presencia quemaba mi cuerpo como el fuego.
-No contestas -dijo ella tristemente-. No tienes necesidad de contestar, porque seguramente me encuentras vieja y fea, incapaz de
regocijar tus bellos ojos. Ve, pues, a buscar a Metufer, así quedarás
libre de mí.
Pero yo no me alejé, ni sabía qué decir, a pesar de que comprendía
que se estaba burlando de mí. Reinaba la
oscuridad entre las gigantescas columnas del templo. El resplandor de
la piedra arquitectónica brillaba en sus ojos y
nadie podía vernos.
-Acaso no sea necesario que vayas a buscarle -me dijo, sonriendo-.
Si gozas y te places con mi compañía, me basta, porque no tengo a
nadie con quien divertirme.
Entonces me acordé de las palabras de Kipa sobre las mujeres que
invitan a los muchachos a divertirse con ellas. Fue este recuerdo tan
brusco que retrocedí un paso.
-¿No adiviné acaso que Sinuhé tiene miedo? -dijo ella, avanzando
hacia mí.
Pero yo levanté la mano y dije rápidamente:
-Sé muy bien quién eres. Tu marido está de viaje; y tu corazón es
un cebo pérfido y tu seno quema con mayor ardor que el fuego.
Pero no tuve fuerzas para huir.
La bella desconocida mostró una leve confusión, pero sonrió de
nuevo y me dijo:
-¿Eso crees? Pues no es verdad. Mi seno no quema como el fuego;
por lo contrario, se dice que es delicioso. Compruébalo tú mismo.
Me cogió la mano y la llevó a su pecho, del que sentí la belleza a
través de la tenue tela; hasta tal punto que empecé a temblar y mis
mejillas se sonrojaron.
-No me crees todavía -dijo con una decepción fingida-. Es que la
tela te estorba; espera, deja que la separe.
Abrió su túnica y puso mi mano sobre su pecho desnudo. Sentí latir
su corazón, pero su pecho era tierno y fresco bajo mi mano.

-Ven, Sinuhé -dijo en voz baja-. Ven conmigo, beberemos vino y
nos divertiremos juntos.
-No debo alejarme del templo -dije, angustiado, sintiendo
vergüenza de mi cobardía porque la deseaba y la temía tanto como ala
muerte-. Debo conservarme puro hasta mi ordenación, de lo
contrario me arrojarían del templo y no podría entrar jamás en la
Casa de la Vida. ¡Ten piedad de mí!
Así hablé porque sabía que estaba dispuesto a seguirla si me lo
hubiese pedido una sola vez más. Pero ella tenía experiencia y
comprendió mi situación angustiosa. Dirigió una mirada a nuestro
alrededor. Estábamos solos, pero la gente circulaba no lejos de
nosotros y un guía explicaba a unos extranjeros las curiosidades del
templo, exigiéndoles monedas de cobre para mostrarles nuevas
maravillas.
-Muy tímido eres, Sinuhé -me dijo-. Nobles y ricos me ofrecen
alhajas de oro para que acepte divertirme con ellos. Pero tú deseas
permanecer puro, Sinuhé.
-Querrás, sin duda, que vaya en busca de Metufer -dije,
desamparado. Sabía que Metufer no vacilaría en abandonar el templo
toda la noche, pese a que fuese su turno de vela. Tenía medios de
hacerlo porque su padre era constructor real; pero en aquel momento
hubiera sido capaz de matarlo.
-Quizá no deseo ya que llames a Metufer -dijo con una expresión de
malicia en los ojos-. Quizá también desee que nos separemos como
buenos amigos. Por esto te diré mi nombre, que es Nefernefernefer;
se me juzga tan bella que nadie, después de haber pronunciado mi
nombre, puede evitar repetirlo dos o tres veces. También es
costumbre que al separarse los amigos cambien regalos para no
olvidarse mutuamente. Por esto te pido que me ofrezcas un regalo.
Así conocí de nuevo mi pobreza, porque no tenía nada que darle, ni
siquiera un modesto brazalete de cobre que, por otra parte, no
hubiera osado ofrecerle. Sentía tanta vergüenza de mí mismo que
bajé la cabeza sin decir nada.
- Pues bien, dame algo que caliente mi corazón -dijo ella, levantando
con su dedo mi barbilla y aproximando su rostro al mío.
Cuando comprendí lo que deseaba toqué con mis labios sus labios
tiernos. Lanzó un leve suspiro y dijo:
-Gracias, ha sido un bello regalo, Sinuhé. No lo olvidaré. Pero debes
ser seguramente extranjero, de un lejano país, porque no has
aprendido a besar. Cómo es posible que las cortesanas de Tebas no te
hayan enseñado todavía este arte pese a que tu cabello esté cortado
ya?

Se quitó una sortija del pulgar, una sortija de plata y oro con una
piedra verde sin grabar, y me la puso en un dedo.
-También yo debo hacerte un regalo para que no me olvides, Sinuhé
-dijo-. Cuando hayas entrado en la Casa de la Vida, podrás hacerte
grabar en ella tu sello y serás lo mismo que los nobles y los ricos. Pero
recuerda que la piedra es verde porque mi nombre es Nefernefernefer
y porque me han dicho que mis ojos son verdes como el Nilo bajo los
rayos del sol.
-No puedo aceptar tu sortija, Nefernefernefer -y la repetición de este
nombre me causó un goce indecible-. Pero no te olvidaré jamás.
-¡Qué tontería! -dijo ella-. Guarda la sortija, puesto que yo lo
quiero. Guárdala a causa de mi capricho, porque sé que me traerá
algún día un gran interés.
Agitó su dedo meñique delante de mis ojos y me dijo con coquetería:
-Desconfía siempre de las mujeres cuyo seno es más ardiente que el
fuego.
Dio media vuelta y se alejó, prohibiéndome acompañarla. Desde la
puerta del templo la vi subir a una litera ricamente adornada; el
corredor salió para abrirle paso gritando. Vi a la gente apartarse y
susurrar después, pero su marcha me dejó sumido en una espantosa
sensación de vacío, como si me hubiese arrojado de cabeza a algún
sombrío abismo.
Metufer vio la sortija en mi mano algunos días después, me cogió la
mano y, contemplando la sortija, dijo:
-¡Por los cuarenta y dos babuinos de Osiris! Nefernefernefer,
¿verdad? ¡Jamás lo hubiera creído de ti!
Me miró con aire de respeto, pese a que el sacerdote me hubiera
encargado barrer el suelo y realizar los más bajos menesteres porque
no le había llevado ningún regalo.
En aquel momento odiaba a Metufer como sólo puede odiar un
adolescente. A pesar de que ardía en deseos de interrogarlo sobre
Nefernefernefer, me abstuve porque no quería rebajarme tanto. Oculté
mi secreto en mi corazón, porque la mentira es más exquisita que la
verdad y el sueño más puro que la realidad terrestre. Admiraba la
piedra verde en mis dedos, evocaba sus ojos y su delicioso seno y
sentía el olor de su perfume. Sus labios dulces tocaban los
míos y me consolaba, porque Amón se me había ya aparecido y mi fe
se había derrumbado.
Por esto al pensar en ella murmuraba: .Hermana mía.» Era a mis
oídos como una caricia, porque desde la más remota antigüedad esta
palabra ha significado: “Mi adorada.»

3
Pero quiero contar aquí cómo se me apareció Amón.
La cuarta noche era mi turno de velar sobre el reposo de Amón.
Eramos siete, de los cuales dos, Mosé y Bek,
querían entrar también en la Casa de la Vida. Por esto los conocía.
Yo estaba debilitado por el ayuno y la tensión de espíritu.
Gravemente seguíamos sin sonreír al sacerdote -¡que su nombre
permanezca siempre en el olvido!- que nos llevaba hacia el santuario.
Amón había descendido de su barca tras la montaña occidental, los
guardianes soplaron en sus trompetas de plata y las puertas del templo
fueron cerradas. Pero el sacerdote que nos guiaba se había saciado de
la carne de los sacrificios, los frutos y los panecillos dulces, el aceite
corría por su rostro y el vino había empurpurado sus mejillas. Levantó,
riéndose, la cortina y nos mostró el santo de los santos. Una enorme
hornacina excavada en la roca albergaba a Amón, y bajo la luz de las
lámparas sagradas, la pedrería de su cuello y su tiara lanzaban
destellos rojos, verdes y azules; parecían ojos vivos. Al alba, bajo la
dirección del sacerdote, debíamos ungirlo y cambiarle las vestiduras.
Yo lo había visto ya durante la fiesta de la primavera llevado en
procesión en una barca de oro, y las gentes se postraban delante de él.
Lo había visto también durante las crecidas navegar por el lago
sagrado en su real nave de cedro. Pero, pobre estudiante, no lo había
visto más que de lejos, y su traje rojo no me había producido una
impresión tan grande como ahora, bajo la luz de las lámparas y en el
silencio absoluto del santuario. El color rojo estaba reservado a los
dioses, y al mirarlo, me parecía que la estatua de piedra me aplastaba
con todo su peso.
-Velad y orad por el dios -dijo el sacerdote, agarrándose de las
cortinas porque sus piernas no estaban muy seguras-. Quizás os
llamará por vuestros nombres, porque tiene la costumbre de mostrarse
a los candidatos y hablarles si los juzga dignos de ello.
Hizo rápidamente con la mano los signos sagrados murmurando los
nombres divinos de Amón, y dejó caer la cortina sin hacer tan sólo una
reverencia ni poner sus manos a la altura de las rodillas. Salió
dejándonos solos en el atrio sombrío, cuyas losas helaban nuestros
pies desnudos. Después de su marcha, Mosé sacó una lámpara y
Ahmose penetró sin embarazo en el santuario y usó del fuego de Amón
para encenderla.
-Sería una locura permanecer en la oscuridad -dijo Mosé.

Y nos sentimos más tranquilos aunque algo intimidados. Ahmose
tenía pan y carne. Mata y Nefru comenzaron a jugar a los dados
gritando con una voz tan aguda que resonaba en todo el templo.
Después de haber comido, Ahmose se envolvió en sus vestiduras y se
tendió en el suelo, lanzando maldiciones contra la dureza de las losas;
Sinufer y Nefru no tardaron en seguir su ejemplo.
Yo era joven y velaba, a pesar de saber que Metufer había regalado
al sacerdote una jarra de vino, invitándolo a su habitación con otros
dos hijos de buena familia, de manera que no podía venir a
sorprendernos. Velaba, pese a saber, por haberlo oído decir, que todos
los candidatos comían, jugaban o dormían. Mata comenzó a hablar del
templo de Sekhmet, de cabeza de leona, donde la hija celeste de Amón
se aparecía a los reyes guerreros y los besaba. Este templo estaba
situado detrás del de Amón, pero no gozaba ya del favor del pueblo.
Hacía décadas que el faraón no había vuelto a él y la hierba crecía por
entre las grandes losas del patio. Pero Mata decía que no tendría
ningún inconveniente en velar allá y besar la desnudez de la diosa, y
Nefru lanzaba los dados, bostezaba y lamentaba no haber tenido la
idea de proveerse de vino. Después, los dos se acostaron y pronto fui
yo el único en velar.
La noche fue larga y, mientras los demás dormían, una profunda
piedad se apoderó de mí, porque era todavía joven y me decía que
había permanecido puro y observado todos los ritos, a fin de que
Amón se me apareciera. Repetía sus nombres sagrados y aguzaba el
oído al menor ruido poniendo en tensión mis sentidos, pero el templo
permanecía vacío y frío. Hacia el alba la cortina del santuario se movió
un poco, pero eso fue todo. Cuando la luz del día entró en el templo
apagué la luz, presa de una decepción indecible, y desperté a mis
compañeros.
Los soldados hicieron sonar sus trompetas, los guardias fueron
relevados en las murallas y un murmullo indistinto procedente de los
patios llegó hasta mí, como la resaca de las olas lejanas bajo el viento;
así nos dimos cuenta de que el trabajo cotidiano del templo había
comenzado. El sacerdote vino por fin con grandes prisas, seguido, con
gran sorpresa mía, de Metufer. Los dos apestaban a vino, iban cogidos
del brazo, y el sacerdote balanceaba las llaves de los cofres en su mano
y repetía, ayudado por Metufer, las palabras sagradas antes de
saludarnos.
-Candidatos Mata, Mosé, Bek, Sinufer, Nefru, Ahmose y Sinuhé,
¿habéis velado y orado, como está prescrito, para merecer vuestra
iniciación?
-Sí -respondimos con una sola voz.

-¿Se os ha aparecido Amón según su promesa? -prosiguió el
sacerdote mirándonos con sus ojos cansados.
Después de un momento de vacilación en el grupo, Mosé dijo con
prudencia:
-Se nos ha aparecido según su promesa.
Todos repitieron esta frase, pero yo no dije nada; me parecía que una
mano me estrujaba el corazón, porque lo que
decían mis compañeros se me antojaba sacrílego.
Metúfer dijo con imprudencia:
-He velado y orado también por merecer la ordenación, porque la
noche próxima tengo otra cosa que hacer que velar aquí. Amón se me
ha aparecido, como puede testimoniarlo el sacerdote, en forma de
gruesa parra y me ha confiado una serie de secretos que no puedo
revelaros, pero sus palabras eran en mi boca dulces como el vino, de
forma que he tenido sed de beberlas hasta el nuevo día.
Armándose de valor, Mosé dijo:
-A mí se me ha aparecido bajo la forma de su hijo Horus; se posó
sobre mi hombro y me dijo: «Bendito seas, Mosé, bendita sea tu
familia, a fin de que un día puedas sentarte en la casa de las dos
puertas y tengas numerosos servidores a quienes mandar.»
Los demás se dieron prisa en repetir lo que Amón les había dicho y
hablaban todos a la vez mientras el sacerdote los miraba, riéndose. No
sé si contaban sus sueños o mentían. Pero yo me sentía solo y
desamparado y no decía nada.
Finalmente, el sacerdote se volvió hacia mí, frunció el ceño y dijo
severamente:
-Y tú, Sinuhé, ¿no eres acaso digno de ser ordenado? ¿No se te ha
aparecido acaso el divino Amón? ¿No lo has visto siquiera bajo la
forma de un ratón, puesto que elige a su antojo millares de formas
distintas?
Para mí se trataba de entrar en la Casa de la Vida, de manera que me
armé de valor:
-Al alba he visto moverse la cortina del santuario, pero no he visto a
Amón ni me ha hablado.
Ante mis palabras todos se echaron a reír y Metufer se golpeó las
rodillas diciéndole al sacerdote:
-Es tonto...
Cogió al sacerdote por la manga, que estaba manchada de vino, y le
dijo unas palabras al oído, mirándome.
El sacerdote me lanzó una nueva mirada severa.
-Si no has oído la voz de Amón -dijo-, no podré iniciarte. Pero lo
intentaremos, porque eres un muchacho creyente y con intenciones

buenas. Y con estas palabras entró en el santuario. Metufer se acercó a
mí, vio mi expresión desolada y me sonrió amistosamente.
-No temas nada -me dijo.
Al cabo de un instante todos tuvimos un sobresalto, porque en el
templo resonaba una voz sobrenatural que parecía manar de todas
partes: del techo, del muro y de las columnas.
Esta voz decía:
-Sinuhé, Sinuhé, gandul, haragán, ¿dónde estás? Preséntate ante mí
y hónrame, porque no tengo ganas de esperarte todo el día.
Metufer se ahogaba de risa y, empujándome hacia el santuario, me
hizo acostarme sobre el suelo en la actitud prescrita para saludar a los
dioses y los faraones. Pero levanté la cabeza y vi que la luz había
invadido todo el santuario. La voz salía de la boca de Amón.
-Sinuhé, Sinuhé, cerdo babuino..., ¿estabas borracho, puesto que
dormías cuando te llamé? Deberías ser ahogado en el fango, pero por
tu temprana edad te perdono, pese a que no seas más que una bestia
perezosa, porque perdono a los que creen en mí y arrojo a los demás a
un abismo infernal.
No recuerdo todo lo que dijo la voz, gritando y maldiciendo, ni
quiero recordarlo, tan humillante y amargo era para mí, porque,
escuchando bien, había reconocido en aquel rugido sobrenatural el
tono de voz del sacerdote y este descubrimiento me había dejado
consternado y glacial. Pese a que la voz se hubiese callado, continué
postrado a los pies de Amón, hasta que el sacerdote vino a levantarme
de un puntapié, mientras mis compañeros me entregaban incienso,
ungüentos, pomadas y vestiduras rojas.
Cada cual tenía su misión determinada. Yo recordé la mía y corrí al
vestíbulo en busca de un cubo de agua sagrada y paños para lavar el
rostro, las manos y los pies del dios. A mi regreso vi al sacerdote
escupir al rostro de Amón y enjugarlo con su manga mancillada.
Después Mosé y Nefru le pintaron los labios, las cejas y las mejillas.
Metufer lo ungió y, riéndose, pasó el pincel por el rostro del sacerdote
y el suyo. Finalmente, desnudamos la estatua, la lavamos y la secamos,
como si hubiese hecho sus necesidades, y le pusimos vestiduras
limpias.
Cuando todo hubo terminado, el sacerdote recogió los vestidos y las
ropas porque los vendía a trozos a los ricos visitantes del templo, y el
agua servía para curar las enfermedades de la piel. Por fin quedamos
libres y pude salir al patio bajo el sol, donde vomité.
Mi corazón y mi cabeza estaban tan vacíos como mi estómago,
porque no creía ya en los dioses. Pero cuando, una semana después,
me ungieron con aceite y me ordenaron sacerdote de Amón, presté
juramento sacerdotal y recibí un certificado. Este ostentaba el sello del

gran templo de Amón y mi nombre, y me daba acceso a la Casa de la
Vida.
Así fue como Mosé, Bek y yo entramos en esta casa. La puerta se
abrió ante nosotros, mi nombre fue inscrito en el Libro de la Vida,
como fueron un día los de mi padre Senmut y el de su padre. Pero ya
no era feliz.

4
En la Casa de la Vida, la enseñanza hubiera debido ser vigilada por
los médicos reales, cada cual en su rama. Pero sólo se les veía
raramente, porque su clientela era numerosa, recibían ricos regalos
por sus servicios y habitaban vastas residencias en las afueras de la
villa. Sin embargo, cuando se llevaba a la Casa de la Vida un enfermo
cuyo caso sobrepasaba la competencia de los médicos ordinarios o al
que nadie se atrevía a tratar, se llamaba a un médico real, que hacía lo
que podía delante de los discípulos. Así, gracias a Amón, el enfermo
más pobre podía gozar de los cuidados de un médico real.
Porque los enfermos de la Casa de la Vida pagaban según sus
medios, y aun cuando muchos llevaban un
certificado atestiguando que un médico ordinario no podía curarlos,
los más pobres iban directamente a la Casa de la
Vida y no se les hacía pagar nada. Todo aquello era bello y justo, pero
yo no hubiera querido ser pobre y estar enfermo, porque con estos
pobres desgraciados se ejercitaban los aprendices y los alumnos los
cuidaban sin darles calmantes, de manera que tenían que sufrir las
pinzas, las cuchilladas y el fuego sin anestesia. Por esto
frecuentemente se oían en los patios de la Casa de la Vida los aullidos
y los lamentos de los pobres.
Incluso para un alumno dotado, los estudios eran largos. Debíamos
aprender la ciencia de los remedios y conocer las plantas, saber
cogerlas en el momento propicio, secarlas y destilarlas, porque en caso
de necesidad un médico debía poder preparar él mismo sus pociones.
Yo y muchos otros murmurábamos contra este sistema, porque no
veíamos la utilidad, puesto que en la Casa de la Vida se podían obtener
todos estos remedios ya mezclados y dosificados. Pero, como se verá
más tarde, esta enseñanza me fue muy útil.
Debíamos aprender también los nombres de las diferentes partes del
cuerpo, su función y el objeto de los diferentes órganos. Debíamos
aprender a manejar el cuchillo, el escalpelo y las tenazas, pero ante
todo debíamos acostumbrar nuestras manos a sentir los dolores tanto
en las cavidades del cuerpo humano como a través de la piel y había

que saber también leer las enfermedades en los ojos del paciente.
Teníamos asimismo que asistir a un parto cuando los cuidados de la
comadrona no bastaban. Había que aprender a aumentar o calmar los
dolores según las necesidades. Había que saber distinguir las
enfermedades graves de las benignas, las que procedían del espíritu,
como las del cuerpo. Había que saber filtrar la verdad a través de las
palabras del enfermo, y de la cabeza a los pies, saber hacer las
preguntas necesarias para obtener una imagen clara de la enfermedad.
Era, pues, comprensible que cuanto más avanzaba en mis estudios
más sintiese la insuficiencia de mi saber. ¿No es acaso una realidad
que un médico no lo es realmente hasta que conoce humildemente que
no sabe nada? Pero no hay que decirlo a los profanos, porque lo que
importa ante todo es que un enfermo tenga confianza en su médico y
en su habilidad. Es el fundamento de toda curación sobre el cual hay
que edificar. Por esto un médico no debe equivocarse nunca, porque
un médico falible pierde su reputación y disminuye la de sus colegas.
Por esto ocurre que en las casas de los ricos, cuando después de un
primer médico se llama a un segundo y a un tercero para examinar un
caso difícil, los colegas prefieren enterrar el error del primero antes
que revelarlo con gran perjuicio del cuerpo médico. Por esto se dice
que los médicos entierran juntos a sus enfermos.
Pero en aquel tiempo yo no sabía nada de esto y entré en la Casa de
la Vida con la respetuosa convicción de que iba a descubrir toda la
sabiduría terrestre. Las primeras semanas fueron duras, porque el
discípulo joven es el servidor de los antiguos y no hay criado
subalterno que no le sea superior. Ante todo el alumno debe aprender
la limpieza, y no hay tarea repugnante que no se le confíe, de manera
que se siente enfermo de asco hasta el momento en que se endurece.
Pero no tarda en saber que un cuchillo no está limpio hasta que ha
sido purificado por el fuego, y una tela hervida en agua de sosa.
Sin embargo, todo cuanto hace referencia al arte de la medicina está
escrito en los libros, de manera que no me detendré más sobre ello.
Como desquite quiero hablar de lo que he visto y en particular sobre lo
que los demás no han escrito.
Después de una larga estancia, vino el día en que me dieron una
blusa blanca después de las purificaciones rituales y pude aprender, en
las salas de visita, a arrancar dientes a los hombres fuertes, curar las
heridas y entablillar miembros fracturados. Todo aquello no era nuevo
para mí y gracias a las enseñanzas de mi padre hice rápidos progresos
y llegué a ser pronto el jefe de mis camaradas. Algunas veces recibía
regalos, y un día hice grabar mi nombre sobre la piedra verde que
Nefernefernefer me había dado, a fin de poder estampar mi nombre
sobre mis recetas.

Abordé tareas cada vez más difíciles, y pude velar en las salas donde
reposaban los incurables, seguir los cuidados y las operaciones de los
médicos célebres que eran capaces de salvar un enfermo de cada diez.
Aprendí también a ver que para el médico la muerte no tiene nada de
espantoso y que a menudo para el enfermo es una amiga compasiva,
de manera que frecuentemente el rostro de un hombre moribundo
demuestra más felicidad que durante los días miserables de su vida.
Sin embargo, fui ciego y sordo hasta el momento en que tuve una
iluminación como antaño, durante mi infancia, cuando las imágenes,
las palabras y las letras cobraron vida para mí. Un día mis ojos se
abrieron, me desperté como de un sueño y con el espíritu desbordante
de alegría me pregunté: «¿Por qué?» Porque la temida clave de todo
verdadero saber es la pregunta: «¿Por qué?» Esta palabra es más
fuerte que la caña de Thoth y más poderosa que las inscripciones
grabadas sobre la piedra.
He aquí cómo ocurrió. Una mujer no había tenido hijos y se creía
estéril porque había pasado ya de la cuarentena. Un día, sus
menstruos cesaron y, atemorizada, acudió a la Casa de la Vida
preguntándose si un mal espíritu habría penetrado en ella
empozoñando su cuerpo. Como está prescrito, tomé unos granos de
trigo y los hundí en la tierra. Regué algunos granos con agua del Nilo y
los otros con orina de la mujer. Puse todo aquello al sol y le dije a la
mujer que volviese a pasar al cabo de algunos días. Cuando vino, los
granos habían germinado; los que habían sido regados con agua del
Nilo eran pequeños, mientras los demás estaban florecientes. Así lo
que estaba escrito era verdad, como se lo dije a la mujer sorprendida.
-Regocíjate, mujer, porque en su misericordia el poderoso Amón ha
bendecido tu seno y tendrás un hijo, como las demás mujeres
benditas. La pobre mujer lloró y me dio un brazalete de plata que
pesaba dos deben (el deben o tabonom, pesa aprox. 90g). Pero en el
acto me preguntó si sería varón, porque se figuraba que lo sabía todo.
Reflexioné un momento, la miré a los ojos y le dije:
-Será un hijo.
Porque las probabilidades eran las mismas y en aquellos tiempos
tenía suerte en el juego. Estuvo todavía más
contenta y me dio otro brazalete igual al primero.
Una vez se hubo marchado, me pregunté:
«¿Cómo es posible que un grano de trigo sepa lo que ningún médico
puede dilucidar antes de que los signos del
embarazo sean perceptibles a la vista?» Entonces me decidí a hacer
esta pregunta a mi maestro, pero éste se limitó a contestar:
-Está escrito.

Pero aquélla no era una respuesta satisfactoria a mi porqué. Me
decidí a consultar acerca de la maternidad al
médico comadrón real, quien me dijo:
-Amón es el dios de todos los dioses. Su ojo ve la matriz que recibe
la semilla. Si permite la fecundación, ¿por qué no permitir que un
grano germine en la tierra si se ha regado con el agua de la mujer
fecundada?
Me dirigió una mirada de compasión como a un imbécil, pero su
respuesta no me, satisfizo.
Ahora mis ojos se abren y veo que los médicos de la Casa de la Vida
conocían únicamente los textos y las costumbres, pero nada más.
Porque si preguntaba por qué había que cauterizar una herida
purulenta mientras se unta una herida ordinaria y se la cubre con un
apósito y por qué el moho y las telarañas curan los abcesos, me
respondían:
-Así se ha hecho siempre.
De la misma forma el manipulador del cuchillo que cura tiene el
derecho de practicar las ciento veintidós
operaciones e incisiones que han sido descritas, y las ejecuta más o
menos bien según su experiencia y habilidad; más o menos
lentamente, ocasionando más o menos sufrimientos al enfermo; pero
no puede hacer nada más porque sólo éstas han sido descritas.
Había gente que se adelgazaba y cuyo rostro se ponía pálido, pero el
médico no podía descubrir enfermedad ni defecto. Y, sin embargo,
estos enfermos recuperaban la salud si comían hígado crudo de las
víctimas de los sacrificios pagando por él un precio elevado, pero nadie
podía explicar el porqué; nadie se atrevía siquiera a preguntarlo. Otros
tenían dolores de vientre, y sus manos y sus rostros se ponían
ardientes; tomaban purgantes y calmantes, pero unos sanaban y otros
morían sin que los médicos pudiesen decir de antemano lo que
ocurriría. No estaba siquiera permitido preguntarse por qué. No tardé
en darme cuenta de que hacía demasiadas preguntas, porque todos
comenzaron a mirarme de soslayo y los camaradas entrados más tarde
que yo pasaban delante de mí y me daban órdenes. Entonces fue
cuando me quité mi vestidura blanca, me purifiqué y abandoné la Casa
de la Vida, llevándome los dos brazaletes cuyo peso era de cuatro
deben.

5
Cuando salí del templo en pleno día, cosa que no me había ocurrido
desde hacía muchos años, me di inmediatamente cuenta de que Tebas

había cambiado mucho durante mis estudios. Lo vi al seguir la
Avenida de los Carneros y al cruzar las plazas de los mercados. Por
doquier reinaba una nueva inquietud y la indumentaria de la gente era
más lujosa y complicada y era ya imposible distinguir, por los pliegues
del traje y la peluca, si era un hombre o una mujer. De las tabernas y
las casas de placer salía la música de Siria y en las calles se oían
constantemente nombres extranjeros; los sirios y los negros se
mezclaban descaradamente con los egipcios. La opulencia y el poderío
de Egipto eran infinitos y desde hacía siglos ningún enemigo había
hollado el suelo del país, y los hombres llegados a la edad adulta
ignoraban cuanto hiciese referencia a la guerra. Pero la gente, ¿era
acaso más feliz? No lo creo, porque todas las miradas estaban
inquietas, todo el mundo llevaba prisa, cada cual esperaba una mejora
futura sin gozar del momento presente.
Andaba al azar por las calles de Tebas; iba solo y mi corazón estaba
henchido de angustia y de dolor. Regresé a casa y vi que mi padre
Senmut había envejecido; su espalda se había encorvado y sus ojos no
podían ya distinguir los signos sobre el papel. Vi también que mi
madre Kipa había envejecido, jadeaba al caminar y no hablaba más
que de la tumba, porque con sus economías mi padre había comprado
una tumba en la necrópolis situada al oeste del río. Yo la había visto,
era de ladrillos con los muros adornados con las imágenes e
inscripciones habituales. Estaba rodeada de millares de tumbas
semejantes que los sacerdotes de Amón vendían muy caras a la gente
respetable y económica y a fin de asegurarles la inmortalidad. Para
complacer a mi madre, le había redactado un Libro de los Muertos
que sería enterrado en la tumba de mis padres a fin de que no se
extraviasen en su largo viaje, y estaba escrito sin la menor falta, si bien
no tenía imágenes pintadas como los que vendían en el templo de
Amón.
Mi madre me dio de comer y mi padre me interrogó sobre mis
estudios, pero no encontramos nada más que decirnos; mi casa me era
extranjera y extranjera me era también la calle en que vivíamos. Y por
esto mi corazón se acongojaba. Pero yo pensaba en el templo de Ptah y
en Thotmés, que quería ser artista. Y me dije: «Tengo cuatro deben de
plata en el bolsillo. Voy a ir a encontrar a mi amigo a fin de que nos
divirtamos juntos bebiendo vino, puesto que no obtengo nunca
respuesta a mis preguntas.»
Por esto me despedí de mis padres diciéndoles que debía regresar a
la Casa de la Vida y a la caída de la tarde fui al templo de Ptah y
pregunté al guardián por el alumno Thotmés. Entonces me enteré de
que había sido expulsado de la escuela hacía mucho tiempo ya. Los
alumnos a quienes me había dirigido y que tenían las manos

manchadas de grasa, escupían en el suelo al pronunciar su nombre.
Pero uno de ellos me habló:
-Si buscas a Thotmés lo hallarás en una taberna o en una casa de
lenocinio.
Otro añadió:
-Si oyes a alguien que blasfeme de los dioses, Thotmés no estará
lejos de allá.
Y un tercero dijo:
-Encontrarás a tu amigo Thotmés por todas partes donde se riña y
se hiera.
De nuevo escupieron delante de mí porque había dicho que era
amigo de Thotmés, pero creo que obraban así únicamente a causa de
su dueño; porque en cuanto éste hubo dado media vuelta me dijeron
que fuese a una taberna llamada «La jarra Siria».
Descubrí este antro en el límite del barrio de los pobres y el de los
grandes, y su puerta estaba adornada con inscripciones en alabanza de
las viñas de Amón y del vino del puerto. En el interior, las paredes
estaban cubiertas de pinturas alegres en las que los babuinos
acariciaban a las bailarinas y las cabras tocaban la flauta. En el suelo,
los artistas sentados dibujaban con ardor y un anciano contemplaba
tristemente su copa vacía delante de él.
-¡Sinuhé, por el torno del alfarero! -gritó alguien que se levantó a
saludarme alzando la mano en signo de gran amistad.
Reconocí a Thotmés, pese a que sus ropas estuviesen sucias y
desgarradas; tenía los ojos inyectados en sangre y un chichón en la
frente. Había adelgazado y envejecido y la comisura de sus labios
estaba arrugada pese a que fuese joven todavía. Pero en sus ojos había
todavía algo atractivo y ardiente cuando me miraba. Inclinó su cabeza
hacia mí, hasta que nuestras mejillas se tocaron. Así reconocí que
seguíamos siendo amigos.
-Mi corazón está henchido de dolor y todo es vanidad -le dije-. Por
esto te he buscado, a fin de que regocijásemos juntos nuestros
corazones con el vino, porque nadie me responde cuando pregunto
«¿Por qué?». Pero Thotmés levantó su escasa vestidura para
demostrarme que no tenía con qué comprar vino.
-Llevo en mis muñecas cuatro deben de plata -dije con orgullo. Pero
Thotmés mostró mi cabeza afeitada que delataba que era un sacerdote
de primer grado. Era lo único de que podía envanecerme. Y sentí
despecho por no haber dejado crecer mis cabellos. Por esto le dije con
impaciencia:
-Soy médico y no sacerdote. Creo haber leído en la puerta que tienen
aquí también los vinos del puerto. Probémoslos, si son buenos.

Con estas palabras sacudí los brazaletes de mis brazos y el dueño
acudió y se inclinó ante mí poniendo las manos a la altura de las
rodillas.
-Tengo vinos de Sidón y de Biblos, cuyos sellos están todavía
intactos y que han sido endulzados con mirra -dijo-. Ofrezco también
vinos mezclados en copas de colores; suben a la cabeza como los
suspiros de una mujer bonita y llenan de júbilo el corazón.
En vista de que el dueño seguía enumerando incansablemente las
excelencias de su mercancía me volví hacia Thotmés, que encargó una
mezcla de vinos. Un esclavo vino a echarnos agua sobre las manos y
nos dejó un plato de granos de loto asados, sobre una mesita baja que
puso delante de nosotros. El dueño depositó sobre ella las copas.
Thotmés vertió una gota de vino por el suelo exclamando:
-¡Por el divino alfarero! ¡Que el diablo se lleve a la escuela de bellas
artes y todos sus maestros!
Entonces mencionó los nombres de los que más detestaba y yo seguí
su ejemplo.
-¡En nombre de Amón -dije-, que su barca se hunda eternamente,
que la panza de sus sacerdotes se reviente y que la peste roa a los
ignorantes maestros de la Casa de la Vida!
-No temas nada -me dijo Thotmés-. En esta taberna han
escandalizado tanto los oídos de Amón que nadie hace ya caso. Aquí
todos los clientes son gente perdida. No conseguiría siquiera ganar mi
pan y mi cerveza si no se me hubiese ocurrido dibujar ilustraciones
para los hijos de los ricos.
Me mostró un rollo de papiro cubierto de dibujos y no pude menos
que reírme porque había dibujado una fortaleza defendida por un gato
tembloroso contra unos ratones, había también un hipopótamo que
cantaba en la cima de un árbol, mientras un pichón trepaba
penosamente por una escalera apoyada contra el tronco.
Thotmés me miró y sus ojos pardos sonrieron. Enrolló de nuevo el
papiro y dejó de reír porque me mostraba una imagen en la que un
diminuto sacerdote calvo llevaba a un faraón como se lleva una
víctima al suplicio. En otro, un faraón pequeño se inclinaba ante la
inmensa estatua de Amón. Viendo mi sorpresa, me explicó:
-¿No es acaso justo? También los padres se ríen de mis imágenes
porque son disparatadas. Es tan ridículo que un
ratón ataque a un gato, como que un sacerdote arrastre un faraón
tirando de la correa. Pero los que saben comienzan a reflexionar. Sin
embargo, no careceré de pan ni de cerveza hasta el día que los
sacerdotes me hagan asesinar por sus guardianes en cualquier
esquina. Les ha ocurrido ya a otros.
-Bebamos -dije yo entonces.

Y vaciamos nuestra copas, pero mi corazón no sintió ningún
regocijo.
-¿Es acaso un error preguntar «¿Por qué?»?-dije yo.
-Desde luego, es un error, porque el hombre que se atreve a
preguntar por qué, no tiene ya hogar, ni techo, ni asilo en el país de
Kemi. Todo debe permanecer inmutable, ya lo sabes. Yo temblaba de
júbilo y de orgullo al entrar en la escuela de bellas artes, recuérdalo,
Sinuhé. Era como un sediento al lado de una fuente. Como un
hambriento que recibe un pan. Y he aprendido muchas cosas útiles. He
aprendido a sostener un lápiz, a manejar un cincel, a moldear el
modelo en cera antes de esculpirlo en la piedra, a pulir ésta, a
combinar los guijarros de colores y a teñir el alabastro. Pero cuando
quise ponerme a modelar lo que soñaba para el goce de mis ojos, un
muro se levantó ante mi mirada y me hicieron amasar el barro para los
demás. Porque ante todo existe la fórmula. El arte tiene su canon,
como cada letra su tipo, y el que se aparta de ello está maldito. Por eso
el que desdeña las fórmulas no llegará nunca a ser artista. Desde el
principio de los tiempos está escrito cómo debe figurar un hombre
sentado y un hombre de pie. Desde el principio de los tiempos está
establecido cómo un caballo levanta las patas y cómo un buey arrastra
su carreta. Desde el principio de los tiempos está prescrito cómo debe
trabajar un artista, y quien no se sujete a ello será arrojado del templo,
privado de piedra y de cincel. ¡Oh, Sinuhé, amigo mío, también yo he
preguntado: «¿Por qué?»! ¡Con demasiada frecuencia lo pregunté!
«¿Por qué?» Por este motivo estoy aquí, con este chichón en la frente.
Bebimos el vino, nuestro espíritu se aligeró y mi corazón
experimentó un alivio como si hubiese reventado un absceso, porque
no estaba yo solo. Y Thotmés prosiguió:
-Sinuhé, amigo mío, hemos nacido en una extraña época. Todo se
mueve y cambia, como el barro en el torno del alfarero. Las modas
cambian, las palabras y las costumbres también, y las gentes no creen
ya en los dioses aunque los teman todavía. Sinuhé, amigo mío, hemos
nacido probablemente en la decadencia de un mundo, porque el
mundo es ya viejo, puesto que han transcurrido ya mil o dos mil años
desde la construcción de las pirámides. Cuando pienso en ello,
quisiera bajar la cabeza y llorar como un niño.
Pero no lloró, porque bebíamos vino mezclado en copas pintadas y
cada vez que nos la llenaba el dueño se inclinaba poniendo las manos
a la altura de las rodillas. Algunas veces acudía un esclavo a verternos
agua sobre las manos. Mi corazón era ligero y rápido como una
golondrina al principio de
la primavera y sentía
deseos de recitar poemas y abrazar el mundo entero.

-Vamos a una casa de placer -dijo Thotmés, riéndose-. Vamos a
escuchar música y ver bailarinas a fin de que nuestro corazón se
regocije y no nos preguntemos más «¿Por qué?».
Entregué en pago uno de los brazaletes, recomendando al dueño
que lo manejase con cautela porque estaba todavía húmedo de la
orina de una mujer encinta. Esta idea me regocijó en gran manera y
el patrón se rió también y me devolvió un buen puñado de monedas,
de manera que pude darle una al esclavo. El dueño se inclinó ante mí
y nos acompañó hasta la puerta rogándonos que no olvidásemos «La
jarra Siria». Afirmó conocer también una serie de muchachas sin
prejuicios que estarían encantadas de conocerme si iba a su
encuentro con un barril de vino comprado en su casa. Pero Thotmés
dijo que su abuelo se había ya acostado con aquellas mismas sirias
que podrían llamarse abuelas más que hermanas. Tal era nuestro
buen humor después de haber bebido. Rondamos por las calles.
La noche había llegado y aprendí a conocer bien Tebas, donde no
había nunca noche, porque los barrios del placer estaban tan
iluminados de día como de noche. Delante de las casas de placer
ardían las antorchas y las lámparas brillaban en las esquinas sobre
unas columnas. Los esclavos llevaban las literas y los gritos de los
portadores se mezclaban a la música y al escándalo de los borrachos
en los lupanares. Pasamos delante de la taberna de Kush en la que
unos negros golpeaban con los puños o unas mazas de madera, unos
tambores cuyo sordo redoble, se propagaba a lo lejos. De todas partes
llegaba una música siria, ruidosa y primitiva, cuya extrañeza rompía
el tímpano, pero cuyo ritmo cautivaba y enardecía.
Yo no había puesto todavía nunca los pies en una casa de placer, y
estaba un poco intimidado, pero Thotmés me llevó a una, llamada «El
Gato y la Uva». Era un local pequeño y limpio y nos instalamos sobre
unas alfombras blandas; la iluminación era de un amarillo suave y
unas muchachas muy bonitas con las manos teñidas de rojo llevaban
el compás de las flautas e instrumentos de cuerda. Al final del
número vinieron a sentarse a nuestro lado pidiéndonos vino, porque
sus gargantas estaban secas como la paja. La música volvió a empezar
y dos mujeres desnudas ejecutaron una danza complicada que seguí
con el mayor interés. Como médico estaba ya acostumbrado a ver
mujeres desnudas, pero sus pechos no saltaban ni sus vientres y sus
nalgas se estremecían con tanta seducción.
La música me puso de nuevo melancólico sin que supiese por qué.
Una linda muchacha puso su mano sobre la mía y se apoyó en mí,
diciéndome que tenía ojos de sabio. Sus ojos no eran verdes como el
agua del Nilo bajo el sol estival y sus vestiduras no eran de lino puro,
pese a que descubriese su pecho. Por esto bebí vino sin el menor

deseo de llamarla hermana ni pedirle que se divirtiese conmigo. El
último recuerdo que tengo de este lugar es el puntapié que me dio un
negro en las nalgas y el chichón que me hice al caerme en la calle. Me
había ocurrido lo que me predijo mi madre Kipa.
Yacía en el arroyo, sin una pieza de cobre en mi bolsillo, mis
vestiduras laceradas. Thotmés me levantó y me condujo al
embarcadero, donde pude apagar mi sed con agua del Nilo y lavarme
el rostro y las manos.
Aquella mañana entré en la Casa de la Vida con los ojos hinchados,
un chichón doloroso en la cabeza y sin el menor deseo de preguntar
«¿Por qué?». Estaba de vigilancia en la sección de enfermos del oído
y fui rápidamente a cambiarme. Pero mi maestro se cruzó conmigo en
los corredores y me dirigió una mercurial que me sabía de memoria
por haberla leído en los libros.
-¿Qué va a ser de ti, que pasas las noches recorriendo lugares de
mala nota y bebiendo sin medida? ¿Qué va a ser de ti, que frecuentas
las casas de lenocinio y asustas a las gentes? ¿Qué va a ser de ti, que
produces heridas y huyes ante los guardias?
Habiendo así cumplido con su deber, sonrió con satisfacción y
llevándome a su estancia me ofreció una bebida destinada a
purgarme. Me sentí mejor y comprendí que las casas de placer y el
vino estaban autorizados a los alumnos de la Casa de la Vida, pero
que debía renunciar a preguntar: «¿Por qué?»

6
Así fue como la pasión de Tebas se infiltró en mi sangre y comencé
a preferir la noche al día, la luz temblorosa de las antorchas al sol, la
música siria a los gemidos de los enfermos y los murmullos de las
bellas meretrices a los enigmas de los textos amarillentos. Nadie
tenía nada que decir con tal de que mi trabajo no sufriese por ello,
que saliese bien de mis exámenes y no perdiese mi habilidad manual.
Estaba tolerado a los iniciados, porque eran pocos los estudiantes que
tenían medios de fundar un hogar durante sus estudios. Por esto mis
maestros me dieron a entender que hacía bien en distraerme y buscar
el regocijo de mi cuerpo. Pero no había tocado todavía a ninguna
mujer, a pesar de que sabía ya que el seno femenino no quema como
el fuego.

La época era inquieta y el gran faraón estaba enfermo. Vi su rostro
demacrado cuando lo llevaron al templo para la fiesta de otoño,
cubierto de oro y pedrería, inmóvil como una imagen, con la cabeza
inclinada bajo el peso de la doble corona. Sufría, y los médicos eran
incapaces de curarlo, tanto que la gente decía que su tiempo había
pasado ya y que en breve el heredero le sucedería en el trono. Y, no
obstante, este príncipe era un muchacho de mi edad.
En el templo de Amón los sacrificios y las plegarias se sucedían,
pero Amón era incapaz de ayudar a su divino hijo, pese a que el
faraón Amenhotep le hubiese elevado el templo más majestuoso de
todos los tiempos. Se decía que el rey estaba enojado con los dioses
de Egipto y que había mandado un emisario a su suegro, el rey de
Mitanni, implorando el auxilio de la milagrosa Ishtar de Nínive. Lo
cual era para Amón una tal afrenta que no se hablaba de ello más que
en voz baja en todo el territorio del templo y en la Casa de la Vida.
Llegó en efecto la estatua de Ishtar y vi a los sacerdotes de barba
rizada con sus extrañas tiaras y sus gruesos mantos de lana, pasearla
sudando por la villa de Tebas al son de los instrumentos de metal y al
sordo redoble de los tamboriles. Pero ni aun los dioses extranjeros
pudieron, con gran júbilo de los sacerdotes, curar al faraón. En el
momento en que empezó la crecida, el trepanador real fue llamado a
palacio.
Durante mi estancia en la Casa de la Vida no había visto más que
una sola vez a Ptahor, porque las trepanaciones son raras y no estaba
lo suficientemente versado para seguir de cerca las operaciones y los
cuidados de los especialistas. He aquí, pues, a Ptahor llamado a toda
prisa a la Casa de la Vida. Se purificó cuidadosamente y tuve buen
cuidado de hallarme cerca de él. Era calvo, su rostro estaba arrugado,
sus mejillas pendían lacias y tristes a cada lado de su boca de viejo
descontento. Me reconoció y, sonriendo, me dijo:
-¿Eres tú, Sinuhé? ¿Estás verdaderamente tan versado, hijo de Senmut?
Me tendió una caja negra donde guardaba sus intrumentos y me
ordenó que lo acompañase. Era para mí un honor inmerecido que
incluso un médico real hubiera podido envidiarme, y me di cuenta de
ello.
-Tengo que probar la seguridad de mis manos -dijo Ptahor-.
Empezaremos trepanando por aquí dos cráneos a fin de ver cómo lo
hago. Tenía los ojos cansados y sus manos temblaban un poco.
Entramos en la sala de los incurables, los paralíticos y los heridos en
la cabeza. Ptahor examinó algunos cráneos y eligió a un viejo para
quien la muerte sería una liberación, y un robusto esclavo que no
podía hablar ni mover los miembros a causa de una herida de piedra

que había recibido durante una pelea. Se les dio un anestésico y
fueron llevados a la sala de operaciones. Ptahor limpió él mismo sus
instrumentos y los pasó por la llama.
Mi tarea consistió en afeitar la cabeza de los dos enfermos. Después
de esto limpiamos la cabeza y la lavamos, untamos la piel con una
pomada y Ptahor pudo ponerse al trabajo. Comenzó por hendir el
cuero cabelludo del viejo y separarlo a los lados sin inquietarse ante
la intensa hemorragia; después, con movimientos rápidos, perforó el
hueso desnudo haciendo un agujero con el trépano y sacó un trozo de
hueso. El viejo comenzó a jadear y su rostro se puso de color violeta.
-No veo ningún defecto en su cabeza -dijo Ptahor volviendo a
colocar el hueso en su sitio y vendando la cabeza después de haberla
recosido.
Después de lo cual el viejo entregó su alma.
-Mi mano tiembla un poco -dijo Ptahor-. ¿Alguien más joven que yo
iría a buscarme una copa de vino?
Entre los espectadores se encontraban, además de los maestros de la
Casa de la Vida, numerosos estudiantes que
se preparaban para ser trepanadores. Una vez hubo bebido su vino,
Ptahor se ocupó del esclavo que, sólidamente amarrado, lanzaba
miradas enfurecidas, pese al estupefaciente que había tomado. Ptahor
ordenó que lo atasen más sólidamente todavía y que colocasen su
cabeza sobre un soporte especial a fin de que no pudiese moverse.
Cortó el cuero cabelludo y esta vez evitó cuidadosamente la
hemorragia. Las venas del borde de la herida fueron cauterizadas y la
efusión de sangre fue parada por medio de medicamentos. Esto fue el
trabajo de los demás médicos, porque Ptahor quería evitar cansarse las
manos. En realidad, existía en la Casa de la Vida un hombre inculto
cuya sola presencia bastaba para detener al instante una hemorragia,
pero Ptahor quería hacer un curso y se reservaba el hombre para el
faraón.
Después de haber limpiado el cráneo, Ptahor mostró a todos los
asistentes el sitio donde el hueso había sido hundido. Utilizando el
trépano, la sierra y las pinzas, levantó un trozo de hueso grande como
la mano y mostró a todo el mundo cómo la sangre coagulada se había
adherido a los pliegues blancos del cerebro. Con una prudencia
extremada, retiró los coágulos de sangre uno a uno y una esquirla de
hueso que había penetrado en el cerebro. La operación fue bastante
larga, de manera que cada estudiante tuvo tiempo de mirar bien y
grabar en su memoria el aspecto exterior de un cerebro vivo. En
seguida Ptahor cerró el agujero con una placa de plata que se había
preparado, entretanto, con el modelo del hueso retirado y la fijó con


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