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J.J. Benitez Caballo de Troya 3, Saidan .pdf



Nombre del archivo original: J.J. Benitez - Caballo de Troya 3, Saidan.pdf
Autor: Luis Ocampo

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CABALLO DE TROYA 3 (SAIDÁN) - J. J. BENÍTEZ
A Irma y Jenny
«Después de un presuroso callejeo nos adentramos en un desahogado salón en obras. A la parca luz de algunas bombillas enroscadas a las columnas, confundidos en una atmósfera de yeso fresco y madera recién serrada,
cuatro individuos trajinaban tablones y martillos. Uno de ellos, encorvado
hacia un caldero de cemento, canturreaba una doliente melodía árabe.
»Cerré los puños, comido por la emoción. ¿Cuál de aquellos afanosos
obreros era el depositario de lo que tanto ansiaba?
»Tras identificar a nuestro hombre, mi acompañante sorteó a los operarios más próximos, saludándoles con sendas y amistosas palmadas en las
espaldas. Le vi llegar hasta el que removía la masa e, inclinándose, le susurró algo al oído. Ambos se incorporaron, observándome desde la penumbra.
La irregular iluminación le preservó de mi desatada curiosidad. Pero me
quedé quieto, tal y como había sugerido el improvisado guía.
»Digo yo que el tronar de mi corazón tuvo que ser escuchado en un amplio radio. Pero nadie alteró su faena.
»Concluido el breve diálogo, el que hacía de albañil arrojó la paleta en el
mortero y, restregando las manos en los flancos del pantalón, avanzó hacia
mí.
»No pude remediarlo. Me eché a temblar. ¿Había llegado el gran momento? ¿Qué podía decirle? ¿Cómo atacar tan peregrina y críptica historia?»
ESPAÑA
Sí, aquél fue un momento de alta tensión. En segundos, todo quedó olvidado: las interminables jornadas de nerviosa y, a veces, irritante búsqueda;
las dilatadas horas sobre aquel papel y el refractario enigma; la soledad de
los caminos y hasta los múltiples conatos de desesperación y de intento de
abandono. Como en una pesadilla, en un abrir y cerrar de ojos, todo eso
entró en las páginas del recuerdo. Pero bueno será -en honor y agradecimiento a cuantos se han sentido atraídos por este enigma o me han alentado a no desfallecer en semejante empresa- que relate, aunque sólo sea sucintamente, algunos de los pasos, sucesos y desventuras en que me vi
comprometido por obra y gracia del criptograma que cierra mi anterior libro: Caballo de Troya 2.
Sin duda, aquellas personas que hayan leído el primero de los Caballos
recordarán cómo, para hacerme con el fascinante Diario del mayor norteamericano, en el que se narran los once últimos días de la vida de Jesús de
2

Nazaret, fue menester una casi franciscana paciencia. En aquella labor policíaca jugaron un papel decisivo un total de cinco enigmáticas y aparentemente absurdas cinco frases:
*EL CENTINELA QUE VELA ANTE LA TUMBA TE REVELARÁ EL RITUAL DE
ARLINGTON.
*LLAVE Y RITUAL CONDUCEN A BENJAMIN.
*ABRE TUS OJOS ANTE JOHN FITZGERALD KENNEDY.
*EL HERMANO DUERME EN 44-W. LA SOMBRA DEL NÍSPERO LE CUBRE
AL ATARDECER.
*PASADO Y FUTURO SON MI LEGADO.
Pues bien, como decía, el juego favorito del mayor -los criptogramas- no
había concluido. El manuscrito aparecía bruscamente interrumpido, justo al
final de la histórica jornada del domingo 16 de abril del año 30 de nuestra
era, tras la primera de las misteriosas apariciones del Resucitado a sus once
íntimos. Inexplicablemente, al menos para mí, la narración quedaba seccionada en el punto en que los apóstoles y la «cuna» se disponían a viajar
hacia el norte: a la Galilea. Por todo final, después de una patética súplica «¡Dios de los cielos, dame fuerzas para proseguir mi relato! »-, el mayor
remataba su Diario con este segundo y no menos inquietante enigma:
MIRA, ENVÍO Mi MENSAJERO
DELANTE DE TI, MARCOS 1.2.
HAZOR ES SU NOMBRE Y SUS ALAS TE LLEVARÁN
AL GUÍA MARCOS 6.2.0.
EL NÚMERO SECRETO DE SUS PLUMAS
ES EL NÚMERO SECRETO DEL GUÍA,
EL QUE HA DE PREPARAR TU CAMINO, MARCOS 1.2.
Como es natural, yo conocía esta supuesta clave mucho antes de que viera la luz pública, en marzo de 1986. Entonces no podía concebir el porqué
de tan dramático y exasperante final. ¿Qué había sucedido? ¿Terminaba ahí
la aventura de Jasón? Todo parecía señalar que no; que el Diario profundizaba en las restantes apariciones del Maestro. ¿0 era sólo mi ardiente deseo
de seguir conociendo nuevos detalles sobre Jesús? Durante un tiempo, muy
a pesar mío, viví con una inseparable sensación de rabia. Casi de frustración. No me sentía con fuerzas para desplegar una segunda e incierta exploración del criptograma. Y poco faltó para que, sin haberlo intentado siquiera, olvidara allí mismo y para siempre este nuevo desafío. Pero está
visto que cada ser humano viene a este mundo con una o varias áreas de
3

las que nada ni nadie pueden apartarle. Ni siquiera uno mismo. Y mi destino, evidentemente, es salir de una aventura para meterme en otra...
El caso es que -tal y como me temía- aquel distanciamiento de la postrera
clave del mayor fue temporal. Esa «fuerza» que vive en mí se encargó de
disipar los iniciales sentimientos de impotencia y de desengaño, arrastrándome, sutil y magistralmente, hacia lo inevitable. Y un buen día aparqué
mis otras indagaciones y pesquisas, aceptando el reto.
No sé si merece la pena redundar en ello. Mis primeras escaramuzas con
este segundo enigma fueron tan estériles como descorazonadoras. Durante
semanas no hice otra cosa que marcarlo y marearme. Ahora, con la ventaja
del tiempo transcurrido, comprendo que, en aquellos días, incurrí en dos
errores. Influido por el primero de los criptogramas, sospechando, incluso,
que ambos guardaban relación, luché por descubrir alguna pista que me
condujera a una nueva llave o apartado de Correos. Deseaba que el desenlace de este misterio pudiera materializarse en otro maravilloso mazo de folios manuscritos. Es decir, en lo que suponía la continuación del Diario del
mayor. Éstas, como digo, fueron las dos primeras y lamentables equivocaciones que retrasarían mi labor.
Desde el principio hubo una frase que me trastornó: «el que ha de preparar tu camino, MARCOS 1.2». ¿Qué demonios encerraba? ¿Cuál era ese camino? ¿0 no se trataba de un camino, tal y como yo presumía? Ahora lo veo
con nitidez. Ojalá entonces hubiera sido tan hábil como para olvidar la preconcebida idea de un legado, centrando mis fuerzas en otras «posibilidades». Pero las cosas debían seguir su curso natural.
Ni que decir tiene que consumí decenas de horas arañando hasta la más
nimia e inverosímil de las hipotéticas combinaciones de letras, palabras y
frases. Como en el primer desafío, hice bailar los vocablos del criptograma,
buscando una secreta lectura del mismo. Me estrellé una y otra vez. Aquello
no guardaba el menor sentido. Ni en el original, en inglés, ni en castellano,
supe hilvanar una sola frase que arrojara un poco de luz a mi fatigado cerebro. Pensé en ocasiones que quizá me empeñaba en penetraciones tan profundas y retorcidas como inútiles. Tal vez la solución se hallaba en la «superficie» de¡ enigma. Pero, empecinado en tales maquinaciones, tardé mucho tiempo en comprenderlo.
Recuerdo, repasando ahora mis notas, que hubo un momento en el que
llegué a tomar el verdadero camino. Prescindiendo de los tres exasperantes
«MARCOS» y de sus respectivas numeraciones, el mensaje del mayor aceptándolo como tal- presentaba cierta lógica, dentro del hermetismo de
cualquier criptograma. Desde esta perspectiva y leído de corrido, el texto
decía así:
4

«Mira, envío mi mensajero delante de ti. Hazor es su nombre y sus alas
te llevarán al guía. El número secreto de sus plumas es el número secreto
del guía, el que ha de preparar tu camino. »
La más elemental deducción -digamos que leyendo «en superficie»- puso
ante mí dos «personajes» aparentemente distintos: el mensajero, cuyo
nombre era Hazor, y un guía. Pujando por desenmarañar las intenciones de
mi amigo, el mayor, consideré un sinfín de hipótesis. ¿Quién era el tal
Hazor, mensajero alado? ¿Qué significaba que lo «enviaba delante de mí»?
¿Era menester esperar a que algo o alguien apareciera en mi presencia?
Desde el primer instante rechacé la última incógnita. Conociendo un poco el
laberíntico estilo del ex oficial de la Fuerza Aérea norteamericana, era más
que dudoso que quien se enfrentara al enigma debiera sentarse y aguardar
la misteriosa aparición del citado Hazor.. El mayor, de nuevo, jugaba con
los símbolos. Y ése era el problema. Evidentemente, prosiguiendo con esa
interpretación literal, el mensajero disponía de alas y de plumas. Pensé en
un azor, en la conocida ave de rapiña. Pero, amén de la H sobrante, la ardua tarea de contar el número de plumas de estas rapaces me hizo desistir.
Consulté a expertos ornitólogos. Las respuestas -como imaginaba- fueron
desalentadoras: resultaba muy difícil, casi imposible, hallar dos azores con
el mismo número de plumas. Claro que también podía tratarse de un azor
de piedra, o de una pintura de dicha ave, enclavados en Dios sabe. qué lugar del mundo. La posible pista se me antojó tan endeble como fatigosa. Y
poco a poco se disipó entre mis manos.
Fue en aquellos días de 1985 cuando, siguiendo el rastro del «mensajero», en una de las primeras consultas bibliográficas, se levantó ante mí como un presagio. «Hazor» o «Hasar» existía. Leí aquella documentación
atropelladamente. Se trataba de una remota ciudad bíblica, localizada en lo
alto de un tell o colina artificial, denominado «Tell el-Qedah o Tell Waqqas,
entre los lagos el-Húleh y Tiberíades, al norte de Israel. Como decía, fueron
instantes de lucidez y de lógica excitación. ¿Una ciudad bíblica llamada
Hazor? Quizá ahí estuviera la clave. Pero, desafortunadamente, al volver
sobre el enigma, mis tímidas esperanzas naufragaron. Allí se hablaba de un
mensajero, no de una ciudad. Era muy posible que. el mayor hubiera conocido Hazor, pero ¿cómo asociar la hipótesis de un ser con alas y unas ruinas
arqueológicas? Mi proverbial torpeza y quizá un asfixiante sentido de la racionalidad sepultaron lo que, sin lugar a dudas, había sido una excelente intuición. ¡Cuándo aprenderé a dejarme llevar por ese oculto y maravilloso
sentido!
Además, y para terminar de sofocar esta luz inicial, los tres «MARCOS» y
los números adyacentes cayeron sobre mí como otras tantas losas. Sencillamente, me perdí en la astuta trampa del mayor. Desde un principio, casi
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desde la primera lectura del criptograma, varias de las frases -con el ladino
remate del Marcos 1.2 o Marcos 6.2.0- me llevaron inexorablemente a la
Biblia. Repasé el Evangelio de Marcos y comprobé cómo parte del capítulo
uno, versículo dos, era idéntico a lo escrito por el mayor en la primera, segunda y última líneas. El citado evangelista dice textualmente en 1,2: «Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Conforme está escrito en
Isaías el profeta: "Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino."»
En cuanto a la segunda supuesta cita del Nuevo Testamento (Marcos
6.2.0), la lectura de la misma sólo contribuyó a encharcar mi ánimo. Para
empezar, no existe tal cita. Y me explico. No existe como Marcos 6.2.0. Sí
como Marcos 6,2. El escritor sagrado, en su capítulo seis, versículo dos, dice así: «Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: "¿De dónde le viene esto? y
¿qué sabiduría es esta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por
sus manos?"»
No pude o no supe descifrar la posible conexión entre ambos textos.
Había, además, otro pequeño-gran detalle que me sublevaba. Consulté a
varios escrituristas bíblicos y todos fueron rotundos: los dígitos de las citas
del Antiguo o Nuevo Testamento jamás se presentan separados por puntos.
Siempre por una coma y un guión o con el primero de los números -el correspondiente al capítulo-, en una tipografía más acusada. El mayor había
manejado la Biblia. La conocía muy bien. ¿Cómo interpretar entonces aquel
fallo? ¿0 no era tal? En este caso, ¿qué había querido decir con esas tres cifras -6.2.0- amarradas, o supuestamente amarradas, al nombre de Marcos?
Obstinado, me aventuré en el tortuoso mundo de las citas bíblicas, batallando por desvelar las posibles ramificaciones de aquellos dos pasajes de
Marcos. Y de un texto fui saltando a otro, en una loca carrera, cada vez más
vertiginosa. Quizá fuera mi afán por encadenar las pistas -o quizá la indudable «magia» del criptograma, tal y como se verá más adelante- lo que,
de vez en cuando, me hacía ver insospechadas y asombrosas vinculaciones
entre muchas de las citas consultadas. Por suerte y por desgracia, a principios del año 1986 -una vez publicado Caballo de Troya 2-, comencé a recibir decenas de cartas, informaciones y sugerencias en torno al enigma. Todo aquello, durante algún tiempo, terminó por conducirme a un peligroso y
permanente estado de excitación y nerviosismo, muy próximo a la locura.
Sin embargo, algunas de las ideas proporcionadas por los lectores, aunque
no condujeran a la solución última y material del criptograma, apuntaron
«algo» que yacía en lo más hondo del mensaje y que, como señalaba anteriormente, le confiere un halo mágico. Como si no hubiera sido confeccio6

nado por una mente humana. Como si encerrara entre sus palabras y letras
varios y preciosos tesoros> sólo distinguibles con las «herramientas» de la
Kábala, de la Numerología o de la imaginación. Pero vayamos paso a paso...
Gracias al cielo, mis incursiones en la Biblia -siempre a la caza y captura
de alguna clave segura- concluyeron a las pocas semanas y como consecuencia de un cansancio total. El encadenamiento de citas, amén de las mil
posibles interpretaciones, todas ellas subjetivas, no me llevó a nada palpable o concreto. Una de estas pesquisas -pacientemente trazada por uno de
mis lectores: Luis Astolfi, levantó, en parte, mi malparado ánimo. Partiendo
del primero de los textos de Marcos (1,2), fuimos a parar a otro de Malaquías (3, 1) en el que puede leerse: «He aquí que voy a enviar un mensajero, que preparará el camino delante de mí ... »
A su vez, como había tenido oportunidad de experimentar en decenas de
ejemplos precedentes, este pasaje nos catapultó a otro, también de Malaquías (4,5), aparentemente enganchado al primero: «He aquí que yo enviaré a Elías, el profeta, antes de que venga el día de Yavé, grave y terrible.»
Y de ahí, con la esperanza de que Elías pudiera significar algo en la cada
vez más intrincada tela de araña del enigma, fuimos saltando a Malaquías
(3,23), a Mateo (11, 10- 14), con una nueva aportación referida a la huida
a Egipto, a Mateo (17,113), a Marcos (9,2-13), otra vez a Malaquías (3,1),
a Lucas (1,17-76), a Juan (1,6-26), a Isaías (63,9), etc. Paralelamente, de
Marcos (6,2) podía uno introducirse en textos de Mateo (13,53-58) y de Lucas (4,1630).-y así, casi, hasta el infinito. De todas formas, Astolfi concluía
su exposición con unas frases que reproduzco literalmente y que, como digo, constituían una posibilidad. Una difícil y remota posibilidad que yo había
valorado anteriormente en aquel «manicomio».
«De todo esto deduzco -decía mi amable comunicante- que Hazor está en
la sinagoga. El azor es una ave. Ignoro por qué está con H. Puede ser que
en las sinagogas (o en una en particular) exista la imagen simbólica del
azor, con plumas, cuyo número tiene algo que ver con Elías o Juan el Bautista. Como no conozco ninguna sinagoga próxima, me he detenido aquí.
»La cosa sería investigar en sinagogas y buscar un azor (imagen u otra
cosa), ver si la H tiene algo que ver, contar las plumas que tengan sus alas
(supongo que serán limitadas, al ser una imagen), o ver si tiene algún número simbólico asociado, y ese número enlazarlo con el guía Elías o Juan el
Bautista (que ignoro lo que puede representar). Ello preparará el camino. »
La sugerencia me inyectó ánimos. Desenterré la vieja pista y, por espacio
de algunos días, busqué afanosamente.

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Fue inútil. Ni los rabinos a quienes pregunté, ni la Asociación para la
Amistad Hispano-Judía, ni mis amigos en Ismael supieron orientarme. Y el
asunto del azor en las sinagogas, del «guía» Elías o Juan el Bautista, fue archivado. Había que abrir nuevos senderos, nuevas posibilidades. Pero ¿cuáles?, ¿en qué dirección?
Algo sí había aprendido en aquel caótico ir y venir por la Biblia, deslumbrado por las alusiones evangélicas del mayor: éstas, casi con seguridad,
no guardaban relación alguna con la solución del criptograma. Mi corazón
me decía que eran un puro espejismo. Un truco. Quizá parte del juego. Y
ese firme pero subterráneo sentimiento seguía recordándome una palabra,
una pista -«Hazor»- que yo, con idéntica obstinación, relegaba una y otra
vez. Para qué engañarme y engañar al lector. Desde un principio, desde
que supe de la existencia de la ciudad bíblica, comprendí que debía viajar a
Israel. Pero antes, quizá por mi exacerbado espíritu analítico, traté de apurar hasta la última probabilidad.
En algún momento de esta desordenada exposición -que refleja en cierta
medida lo atropellado y confuso de mi propia búsqueda- he hecho alusión a
la indudable «magia» contenida en el enigma. Pues bien, ésta sería otra de
las causas de mis continuos y prolongados escarceos en direcciones aparentemente improductivas, de cara a la resolución del criptograma, pero todas
ellas fascinantes. No me cansaré de repetirlo: el «mensaje» parece tener
vida propia. Encierra y oculta otros «mensajes» secundarios que -me consta porque obran en mi poder- han maravillado a cuantos lectores han tenido
la paciencia e instinto de descubrirlos y «trabajarlos». Una de esas sorpresas llegó hasta mí de la mano de la Kábala.
Aunque siga siendo un lobo solitario en muchas de mis aventuras e indagaciones, hace tiempo que comprendí que el trabajo en equipo arroja siempre resultados altamente provechosos. De ahí que, sin titubeos, desde el
momento en que hice mío el nuevo desafío del mayor, solicitara la opinión y
generosa ayuda de un escogido grupo de expertos en las más dispares disciplinas. Y los kabalistas, naturalmente, aceptaron lo que, a primera vista,
sólo se presentaba como un juego.
Resultaría agotador desmenuzar aquí las asombrosas deducciones que,
uno tras otro, fueron destilando del enigma estos estudiosos de la «otra cara» de la Biblia. Sirva como una pequeña muestra de cuanto afirmo el
arranque de una de las misivas, obra de un eminente médico -el doctor Larrazábal-, en respuesta a mis requerimientos.
« Lo primero que llama la atención -escribía este magnífico investigador
de la Cábala, en relación al criptograma- es el nombre del mensajero:
8

HAZOR. ¡Qué raro pájaro!, porque en español azor no se escribe con hache.
Luego, este nombre está camuflado y quiere decir otra cosa.
»Esta forma de ocultar palabras es frecuente en los libros sagrados y se
resuelve mediante una operación Bamada «Gilgul", que en hebreo significa
"trasposición" o «revolución" y que consiste en trasponer el orden de las letras de la palabra para hallar su real significado. Por ejemplo: el Éxodo dice
"enviaré ante ti a Milaki (el ángel)". Por trasposición obtenemos Mikael, el
arcángel guía y protector del pueblo hebreo.
»Así, por trasposición de la palabra HAZOR, obtenemos “Z0HAR", que en
hebreo significa luz". El Zohar, junto al Sepher Ietz¡rah, constituyen los dos
principales tratados de Kábala teórica, así como el Tarot y las Schemanphoras lo son de la Kábala práctica o aplicada.
»De forma que ya tenemos el nombre del "mensajero"; ahora vamos a
contar sus "plumas" para ver si averiguamos la naturaleza del "guía" y del
"camino".
»La palabra "Zohar" consta, como ves, de tres letras hebreas, que tienen
los siguientes valores numéricos: "resch" = 200; "hé" = 5 y "zain" = 7. 0
sea, sumados, 212. Éstas serían las "plumas del hazor” y su número secreto (2 + 1 + 2), el 5. Si ahora te acuerdas de lo que te escribí en mi carta
anterior, el "cinco" constituye el número secreto de Jesús. Recordarás que
te decía que Yavé era el gran nombre de cuatro letras -el "cuatro"-, mientras que "Iesuhé" era el cinco", y la gran relación que existía entre ambos
nombres. No insistiré en ello. Este "cinco", repito, es el número secreto de
Jesús, porque su valoración numérica, correspondiente a cada letra hebrea,
arroja la suma total de "2". Esto es lógico, al ser la manifestación de¡ Verbo
o segunda persona de la Trinidad divina. El "dos", por tanto, sería su número "natural", mientras que el "cinco" sería el secreto, motivado por provenir
de su gran nombre de cinco letras...
»De este modo, las alas del "hazor" nos han llevado al guía que ha venido
a preparar nuestro camino. De este Guía no te comento nada; tú lo conoces
mejor que yo, y sabes que Él mismo es el camino...
»Pero prosigamos y veamos qué nos dice el Zohar del "camino». Para ello
vamos a utilizar un procedimiento distinto. En vez de tomar los valores numéricos cabalísticos de las tres letras de la palabra, vamos a disponer, simplemente, de los números de orden en que dichas letras aparecen en el alfabeto hebreo. Así, "resch" es la letra 20. "Hé" es la 5 y "zain" la 7. De modo que 20 + 5 + 7 = 32 (que también daría "5"). Tenemos de este modo el
número principal que se desprende del contenido del análisis del Zohar: el
32. Son, precisamente, los 32 "senderos" del Sepher Ietz¡rah o Libro de la
Formación ... »
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El estudio, apasionante, alcanza cotas inimaginables, sólo comprensibles
para aquellos que conocen los misterios de la Kábala. Pero no voy a extenderme en los «hallazgos» de mi buen amigo y consejero el doctor Larrazábal. Me encanta que el lector juegue y participe conmigo, aunque sólo sea
mínimamente, en todas y cada una de mis obras. Y ésta es otra magnífica
oportunidad para que, quien lo desee o se sienta atraído por lo oculto,
acepte el desafío y prosiga, por sí mismo, la «exploración» del enigma a
través de los insospechados senderos cabalísticos. De seguro, su sorpresa
será tan grande como la mía.
De momento, estos descubrimientos -desde el prisma de la Kábala- me
permitieron disponer de algo más concreto: el número secreto de las plumas de Hazor, el mensajero, era el 212. En consecuencia, el del no menos
escurridizo «guía» tenía que ser el mismo: o 212 o la suma de éstos. Pero
el asunto, lejos de clarificarse, siguió enturbiándose. Aceptando que hubiera
hallado el «número secreto», ¿cuál era el siguiente paso? El enigma decía
con claridad que «las alas de Hazor, el mensajero, me llevarían esas alas?
Por al guía». La cuestión era: ¿dónde encontrar otro lado -aunque careciese
de pruebas en contra de la deducción del médico y kabalista-, la sugerencia
de que el guía podía ser Jesús de Nazaret se me antojaba difusa. Demasiado espiritual. Ése no era el estilo del mayor...
Así y con todo, a pesar de la nube de dudas que empañaba mi horizonte,
no tuve más remedio que maravillarme ante el insospechado y hermético
potencial de aquellas ocho frases. ¿Cómo, de qué manera, había concebido
el mayor semejante enigma? ¿Fue consciente, en el momento de su elaboración, de tan secreta y sugerente lectura kabalística?
Puestos a barajar hipótesis, hubo ocasiones en las que, sinceramente,
dudé incluso de la paternidad del ex oficial norteamericano respecto del
mensaje. Obviamente, terminaría rechazando tales pensamientos. Aquélla
era la letra de mi amigo, el mayor. Y allí había -¡tenía que haber algo oculto
que no lograba desentrañar. Y por enésima vez en aquellos meses, a la vista del estéril paso de los días, caí en otro oscuro período de desaliento. La
situación era calcada a la vivida en las semanas que precedieron a la resolución del primer criptograma, Quizá, más dolorosa si cabe. Estaba perdido.
Clavado en mi alma, el enigma se transformó en un fantasma. Y viajaba
conmigo, de día y de noche. Cada letra, cada palabra, se levantaban como
espesos barrotes de una cárcel. Lo veía, como una obsesionante alucinación, en cualquiera de mis movimient6s. Pero el Destino no permite que un
ser humano languidezca o quede sepultado para siempre en la confusión. Y
por los caminos y en los momentos más insospechados se destaca una mano, una voz, un amigo o una idea que te devuelve el ánimo, y, lo que es
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más importante, la esperanza. Y eso fue lo que me sucedió en plena primavera de 1986.
Aquellas dos cartas fueron un revulsivo. Yo seguía recibiendo una abultada correspondencia. La mayor parte de mis comunicantes -casi todos de
buena fe-, tan inquietos y deseosos de desvelar el misterio como yo mismo,
me abrumaban con un variopinto rol de posibles pistas y soluciones. Más
adelante me referiré a algunas de las más insólitas. La cuestión es que,
como venía diciendo, dos de estas misivas hicieron el milagro de oxigenar
mi espíritu, devolviéndome a la lucha. Una, procedente de Corrientes, en
Argentina, insistía en la necesidad de que prestara toda mi atención a la
ciudad bíblica de Hazor. Pero lo que más me emocionó de la carta que firmaba Eduardo Alfredo López fue este brevísimo párrafo: «... Estoy orando
por usted. He colgado el enigma en una bolsita de nylon en mi mano y lo he
atado en un cordón a mi muñeca. Lo llevo orando en todas partes: en el
bus, mientras trabajo ... » Quizá pueda parecer una nimiedad. Para mí, y
para mi cansado corazón, fue una descarga eléctrica.
La segunda caria llegó el 20 de abril. Procedía de Dublín. Venía firmada
por María-Ángel, una excelente amiga. A principios de ese año yo había visitado Irlanda y, dejándome llevar por una intuición, puse en sus manos el
enigma. Creo, si la memoria no me falla, que fue una de las escasas personas que tuvo conocimiento del mensaje del mayor antes de que apareciera
publicado en mi segundo volumen. Y, sinceramente, ante el dilatado silencio de mi amiga, casi olvidé el asunto. Mi sorpresa, al recibir su mensaje,
fue total. El arduo trabajo de investigación de la joven abría un nuevo y
desconcertante camino, que venía a ratificar ese mágico halo del criptograma.
«Cuando me diste el enigma -decía en su carta- no sabía qué hacer con
él. Estuve a punto de no hacerle ni caso, hasta que se me ocurrió darle a
cada letra un valor numérico. Así, la "a" valía 1, la "b" 2, etc., hasta la "z".
(No tuve en cuenta la "ch", ni la "rr", ni la "w".)
»El segundo paso fue sumar esos valores, reduciendo siempre el resultado a un solo dígito, con lo que cada frase equivalía a un número concreto...
La primera sumaba 'T'. La segunda "7". La tercera "8". La cuarta "6". La
quinta "2". La sexta "7". La séptima "3" y la última frase, también "3". Es
decir, 37. 0, lo que es lo mismo, 3 + 7 = 10 = 'T'. ¡La unidad! ... »
Este descubrimiento de María-Ángel, insisto, fue providencial. Me estimuló, rescatándome de las pesadas tinieblas. Y de la noche a la mañana, la
«fuerza» que vive en mí me arrastró a una febril búsqueda. ¿Estaba la clave
en los números? A partir de esos momentos probé todo tipo de conversiones y combinaciones numéricas. Desde una visión ocultista, el hecho de que
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el criptograma sumara «UNO» era altamente significativo. Los expertos en
Numerología y Kábala lo saben bien... Puse el problema en manos de matemáticos y especialistas en ordenadores y el «mágico» halo del enigma reapareció en todo su esplendor. «Aquello» era desconcertante. Enloquecedor. El total de letras en español -contabilizando los números de las citas, o
supuestas citas bíblicas, como otras tantas letras- era de 170. En la versión
original, la inglesa, y siguiendo el mismo procedimiento, el volumen total de
dígitos o símbolos a manejar era de 184. Pues bien, teniendo en cuenta cada uno de los abecedarios -español e inglés-, las combinaciones posibles
para cada caso resultaron espeluznantes: 29170 para el castellano y 27184
para el inglés. Los sucesivos intentos de los hábiles programadores de computadoras para obtener la combinación concreta que configura el enigma,
partiendo de los mencionados parámetros, fueron estrellándose irremisiblemente. El dictamen fue demoledor: cualquier ordenador de mediana capacidad necesitaría del orden de ¡trescientos años! para obtener esa combinación específica, teniendo en cuenta, por supuesto, que la construcción de
la misma podría fraguarse en cualquier instante de esos tres siglos. Y la vieja interrogante no se hizo esperar: ¿cómo un ser humano pudo concebir un
texto de tan diversas y simultáneas lecturas secretas? Los especialistas en
informática replicaron con la única respuesta al alcance de la ciencia: todo
es fruto del azar. Guardé silencio. En lo más íntimo de mi ser, yo sabía que
la casualidad jugaba un insignificante papel en todo aquello. Probablemente, ninguno.
La pista de Irlanda, en suma, resultó doblemente útil. Me levantó de entre mis propias cenizas y, definitivamente, por eliminación, me situó en un
rumbo que yo había dejado atrás: Hazor. Y digo por eliminación porque, al
fin y a la postre, todas aquellas sugestivas posibilidades -Kábala, Numerología, etc-, aunque intrigantes y dignas de estudio, no conducían a un final
como el que deseaba y necesitaba. Mi obsesión era más prosaica: acertar
con una clave que pusiera en mis manos el resto del Diario del mayor. Y
Hazor -fuera lo que fuera- se me antojaba algo concreto, físico, tangible.
Los laboriosos estudios de Numerología, además, habían situado ante mí
otra sutil información, muy del estilo de Jasón. Al manejar el texto en inglés
del criptograma, en uno de los cómputos verticales, lo vi con claridad. La
primera palabra de cada una de las ocho frases formaban una sentencia con
cierta lógica: «LOOK AHEAD HAZOR AND TO THE IS HE» (MIRA DELANTE
DE HAZOR Y A ÉL ES ÉL). Instintivamente desdoblé la construcción en dos
partes: «Mira delante de Hazor y a él. Es él.» Y recordé cómo, en el primer
enigma, el mayor se había servido de este sistema para reafirmar su mensaje: «La llave abre el pasado. » Yo había advertido la existencia de esta
forzada frase durante los primeros tanteos, cuando sometí los vocablos y
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dígitos del criptograma a toda suerte de saltos y permutaciones. Pero entonces, ajeno al verdadero peso de Hazor, no reparé en ello. Ahora, en
cambio, tomaba una especial dimensión. El mayor parecía insistir en la
trascendencia de dicha palabra. «Mira delante de Hazor .. » No había duda.
El objetivo era Hazor. Era menester localizarlo, situarse ante él y analizarlo.
Yo fui el primer sorprendido ante aquella súbita e incontenible oleada de
entusiasmo y coraje. Era tan absurdo como paradójico. Ardía en deseos de
investigar algo que ni siquiera sabía dónde buscar.. Es cierto que existía un
hipotético indicio: las ruinas arqueológicas israelitas. Pero sólo se trataba de
eso: de un indicio. A pesar de ello, a pesa¡- de los reproches de mi sentido
común, tomé la firme decisión de viajar a Israel. En el fondo no tenía otra
alternativa: o me dejaba llevar por la intuición o perdía la batalla.
Mi endeble memoria no me permite recordar con precisión cómo nació en
mí aquella atrevida idea. El caso es que, días antes de la partida, activé un
plan que -no sé si acertadamente- fue concebido como una cortina de
humo. Llamé al entonces embajador judío en Madrid y, sin rodeos, le rogué
que me concediera una entrevista. Conocía a Samuel Hadas mucho antes
de que fuera designado para este cargo y, desde nuestro primer encuentro,
reconocí en él las formas y el talante de un hombre abierto y eminentemente bueno. Su ayuda en otras investigaciones y consultas fue siempre crucial. Mi ardiente imaginación intuía que aquel inminente viaje a Tierra Santa
podía «complicarse». La verdad: en aquellos momentos no me apetecía pasar por otro trago como el sufrido en Washington a la hora de sacar del país
los documentos manuscritos por el mayor. Era consciente de la eficacia de
los servicios israelíes de Información -los mejores del mundo, sin duda- y
elegí «cubrirme las espaldas», siendo yo quien tomara la iniciativa de anunciarles cuáles eran mis propósitos. Naturalmente -y esto formaba parte del
plan, a la hora de revelar a Hadas mis objetivos, no podía insinuar siquiera
el auténtico motivo de aquella nueva aventura: el enigma.
Y horas antes de mi salida hacia Tel Aviv, el embajador hizo un hueco en
sus ocupaciones, recibiéndome en su despacho de la calle de Velázquez, en
la capital de España. Me escuchó con gran atención y cariño, mostrándose
especialmente interesado por uno de los capítulos: una marcha, a pie, desde Nazaret a Belén de Judá, en un intento de reconstrucción del histórico
viaje de María y José, con motivo del famoso censo del emperador Augusto.
Samuel había leído algunos de mis libros, incluyendo los Caballos de Troya,
y, supongo, aceptó como inevitable que un loco aventurero como yo quisiera embarcarse en semejante caminata -algo más de 170 kilómetros-, así
como en otras investigaciones relacionadas con un posible tercer volumen
acerca de la vida de Cristo. Unas investigaciones de las que le hablé muy
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por encima. No es que pretenda justificarme, pero, a mi manera, le dije la
verdad. En «esas otras indagaciones» dormitaba la razón de las razones de
mi próximo periplo.
Prudentemente, y como muestra de sinceridad, le proporcioné una copia
del mapa, con la ruta a seguir desde Nazaret a Belén, por la margen derecha del río Jordán, así como los nombres de algunos de los hoteles en los
que calculaba podía alojarme. Deseaba que mi comportamiento, al menos
en apariencia, resultara transparente. Una vez en Israel, y volcado en la investigación, Dios diría...
Aquellas jornadas previas al viaje fueron singularmente excitantes. Un
familiar hormigueo y nerviosismo, premonitorios siempre de cercanas aventuras, se instalaron en mi espíritu, no concediéndome respiro. Sabía, presagiaba, que «algo» muy especial me aguardaba al otro lado del Mediterráneo.
Repasé una y otra vez el difuso plan de trabajo, procurando, intencionadamente, que la referida caminata en solitario llegara a conocimiento de
personas y círculos muy específicos. Casi sin proponérmelo, por sí misma,
la audaz idea de repetir el viaje de los padres de Jesús a Judea fue adueñándose de mi corazón, alzándose como una magnífica excusa, que desvió
cualquier otra sospecha respecto a tan repentino viaje. Y llegué, incluso, a
ilusionarme con lo que, en principio, sólo era una maniobra de distracción.
«Si fracasaba en mi auténtica misión -me dije a mí mismo-, siempre podía
quedarme el consuelo de esa otra aventura. » Tal razonamiento, a decir
verdad, no logró tranquilizarme. Mal empezaba si, antes de partir, pretendía engañarme y justificar el viaje con un proyecto ajeno a lo que llevaba
entre manos. Traté de mentalizarme. Mi primer y principal deseo era resolver la clave del mayor. Él, según el texto del criptograma, «enviaba un
mensajero delante de mí.- Su nombre era Hazor. Y sus alas deberían llevarme al guía». Esto era lo único que contaba.
Y al fin, a las 13 horas y 16 minutos del 19 de noviembre de 1986, el Airbus Islas Cíes, de la compañía Iberia, alcanzaba los 188 nudos por hora.
Era la velocidad límite, sin retorno, antes de lanzarse al aire. Para mí significaba también el «no retorno»... La suerte estaba echada.
Sonreí para mis adentros. Mientras el comandante De La Torre nos levantaba hacia el nivel de crucero previsto -33 000 pies-, alejándonos de la costa barcelonesa, rumbo a Italia reparé en el número de aquel vuelo: el 888.
Era curioso, «188» es la equivalencia numérica del nombre de Jesús, en
griego.
Y aunque a lo largo de mis cuarenta años he acumulado abundantes
pruebas como para no creer en la casualidad, la verdad es que no presté
mayor consideración a tan curiosa coincidencia. No podía pasarme la vida
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sujeto a la tiranía de los números y a sus hipotéticos «mensajes» secretos.
Así que, sin más, registré el asunto en mi cuaderno de «campo», convencido -eso sí- de que, cuando menos, iniciaba mi andadura con buen pie.
(¡Torpe de mí! Los fracasos no tardarían en devolverme a la cruda realidad
... ) Pero por delante aparecían cuatro largas y apacibles horas de vuelo y
procuré aprovecharlas al máximo, dejándome arrastrar en un torbellino de
ideas, sueños y proyectos. Las dudas, sin embargo, agazapadas en una de
mis gruesas carpetas de trabajo, seguían al acecho. En aquellos momentos
no podía ser de otra forma. Y al ojear algunas de las anotaciones y canas
de los lectores de mis dos Caballos anteriores, el desasosiego me traicionó.
«¿Estaba viajando en una dirección equivocada? ¿Y si no fuera Israel mi lugar de reunión con Hazor?»
Hice ademán de cerrar la documentación y fijar mis sentidos en Palestina.
No pude. Aquellas sugerencias habían merecido y merecían aún mi respeto.
Algunas de estas atentas misivas me hacían ver la sospechosa semejanza
entre HAZOR Y JASÓN, el nombre de «guerra» del mayor. Y me alertaban
ante la posibilidad de buscar en las selvas mayas del Yucatán, donde mi
enigmático amigo había apurado sus últimos días.
La proposición no era descabellada. ¿Y si el «mensajero» fuera un símbolo alado, un ídolo o, incluso, el mismísimo Laurencio Rodarte, fiel compañero del mayor hasta su muerte?
Otra de las comunicaciones -de Santiago de los Santos, de Valencia me
dibujaba un panorama diametralmente opuesto, pero tan sugestivo como el
anterior. En una minuciosa búsqueda de la palabra Hazor, este amigo como sucediera con otros lectores- había detectado «algo» interesante. Y
repasé su carta por enésima vez...
«... Como supongo usted sabrá -decía textualmente-, Hazor es una antigua ciudad de Palestina, en Galilea. Pero lo que más retuvo mi atención fue
el hecho de que en 1959 fueran descubiertas en su término las ruinas de 21
ciudades, construidas una sobre otra. ¡Otra vez el dichoso número! ... » (El
«2l», como quizá recuerde el lector, constituyó una de las claves -el ritual
del centinela del cementerio norteamericano de Arlington- a la hora de resolver el primer criptograma.)
«... Aquí me atasqué -proseguía De los Santos- Tardé una semana en
comprender de qué forma las "alas" de Hazor podrían llevarme al "guía". La
clave estaba en MARCOS 6.2.0, "porque Herodes respetaba a Juan y lo protegía". Todo fue fácil al descubrir que la ciudad fue fortificada por el rey Salomón. Las "alas" tenían que ser las murallas, y el guía, Salomón. El "número secreto de sus plumas", era, evidentemente, el número de ciudades
construidas una sobre otra. Para confirmarlo tenía que descubrir "el número
secreto del guía", lo cual fue relativamente fácil, con la ayuda de una enci15

clopedia. Salomón, además de ser el nombre del famoso rey, es un archipiélago de Oceanía, situado en el Pacífico, entre los 5' y 12' de latitud Sur y
los 154', 40' y 162', 30' de longitud Este. La parte británica del archipiélago
está administrada por un consejo ejecutivo de ocho miembros y un consejo
legislativo de ¡21! ¡Curiosa coincidencia!
»Era evidente que Salomón tenía que decirme dónde encontrar el resto
del Diario. Y todo debía guardar relación con el número 2 1. La única vía,
por tanto, tenía que ser su libro: los Proverbios. Pero, viendo que en dicho
libro no hay 21 capítulos, decidí concentrar mi atención en los versículos. Mi
sorpresa fue mayúscula al leer en Proverbios 1,2 1: "... desde lo alto de los
muros llama, a la entrada de las puertas de la ciudad". El enigma estaba
resuelto ... »
Quizá se debiera a mi natural desconfianza, o a mi no menos acusada
torpeza, pero la cuestión es que yo no lo vi tan claro. Así, y con todo, tomé
buena nota e hice mías las reflexiones e inquietudes de este esforzado lector.
En otra de las comunicaciones, las cosas se complicaban todavía más.
Hazor podía ser entendido como un antiguo instrumento musical, usado por
los hebreos. Una especie de arpa de diez cuerdas oblicuas, semejante al
kinnor y destinado a acompañar al nabel. Y aquí surgía la posibilidad: Nabel, una ciudad de Túnez, a dos kilómetros del golfo de Hammamet...
¿Debía buscar en las ruinas de Nabel? ¿0 era en Venecia? Según este comunicante, «San Marcos es el patrono de dicha ciudad italiana, siendo representado con un león alado. Por otra parte, Venecia se encuentra a escasos kilómetros del meridiano situado a 12' Este del de Greenwich. (Recordemos Marcos 1.2.) Y Venecia, además, dispone de un gheto judío, con una
sinagoga. (Recordemos Marcos 6.2.0: «y el sábado se puso a enseñar en la
sinagoga».)
Hubo quien apuntó otro no menos inquietante sendero: el de Egipto. En la
mitología de este país, la vaca Hathor -¿Hazor?- podría conducirme a
Horus, una diosa con cabeza de halcón... ¿Había equivocado el rumbo? ¿Era
en Egipto donde debía investigar? ¿Y si todo aquel enredo -como insinuaba
otro lector- obedeciera al deseo del mayor de transmitir una fecha, un número de teléfono o una determinada combinación de una caja de seguridad? Como muy bien descubría Ramón Ramos, de Canarias, entre los «juegos» a que se prestaban los números del enigma, uno de ellos, por ejemplo, podía ser interpretado como «12,6,2.012» (12 de junio del año 2012,
en la lectura española, o 6 de diciembre del mismo año, si consideramos la
costumbre inglesa). ¿Una fecha? ¿Y qué podía significar? Según los documentos que obraban en mi poder, el Diario -al menos la parte que yo conocía- había sido concluido en abril de 1979.
16

Resté, sumé, multipliqué e hice mil cábalas con ésta y otras secuencias
numéricas. No hubo resultados o fueron tan pobres e inciertos que sólo
contribuyeron a emborronar el rompecabezas. Sólo una de las operaciones al sustraer 1979 de 2 012- parecía querer decir algo: 33 años o, sumando
ambos dígitos, «6». Este número me tenía y me tiene trastornado.. Y no
me falta razón, tal y como descubriría poco después. He llegado a pensar,
dada la mágica naturaleza del criptograma, que quizá esa fecha -12 de junio o 6 de diciembre del año 2012- sea un momento de gran trascendencia,
aunque ignoro por qué ni para quién... Todo será cuestión de esperar y
comprobar.
Y conforme nos fuimos aproximando a Tel Aviv, digo yo que, como un
providencial milagro, este huracán de dudas se desvaneció. Y mi mente, en
blanco, olvidó la aparente tela de araña del enigma para dibujar un único
afán: Hazor.
Y a las 17 horas y 15 minutos (hora española), al tomar tierra en el aeropuerto israelí de Ben Gurión, mi corazón se estremeció. Y una familiar e inagotable «fuerza» me hizo vibrar. Había llegado el momento de la verdad.
ISRAEL
La noche había caído ya sobre las lejanas luces de Tel Aviv. Crucé despacio los escasos metros que nos separaban del edificio termina¡ del aeropuerto, disfrutando de aquel firmamento limpio y sosegado: el mismo que,
1956 años atrás, había contemplado Jesús de Nazaret. Y noté cómo mis rodillas temblaban. Israel siempre me ha fascinado. Mucho más, sin lugar a
dudas, desde que conozco el Diario del mayor.
Mi objetivo en aquella primera jornada en Tierra Santa era muy simple.
Viajar a Jerusalén, instalarme y «tomar posiciones». Había que arrancar por
algún sitio y, después de no pocas indecisiones y de doblegar mi instinto
periodístico, consideré que lo más práctico era demorar mi exploración a las
ruinas bíblicas de Hazor. Mi genética tendencia al análisis -tan propia de los
Virgo- me dictaba otra labor previa, esencial para un buen funcionamiento
del plan. Antes de marchar al norte convenía estudiar, repasar y bucear en
toda la bibliografía existente sobre la cada vez más atrayente Hazor. Es
más, en mi diario de «a bordo» aparecía, en rojo, una autorrecomendación,
tan vital como el referido chequeo a los textos y documentos arqueológicos:
«Interrogar a los especialistas. » Pero, como se verá más adelante, tal y
como suele sucederme con frecuencia, un poco meditado giro en las pesquisas me retrasaría sensiblemente.
En realidad, mis preocupaciones -por si no eran pocas- se vieron incrementadas allí mismo, frente a la cinta transportadora de equipajes. Todo
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parecía discurrir con normalidad -incluyendo la siempre delicada revisión
de¡ pasaporte- cuando, de pronto, alguien se plantó ante mí. Recuerdo que
me hallaba absorto en la inútil tarea de adelantar mi reloj en una hora, con
el propósito de ajustarme al horario de Israel. Y digo « inútil » porque jamás me he llevado bien con estos artilugios electrónicos...
-Shalom! Bien venido a Israel, señor Benítez...
Levanté la vista y, perplejo, distinguí a un individuo joven, enjuto y de
aspecto nórdico. Sonreía socarronamente, divertido quizá ante mi estúpida
mueca de asombro. Hablaba un correcto castellano, con ese indeleble y característico acento de los argentinos. Dijo llamarse Livie y representar a la
agencia de turismo con la que yo había tramitado mi pasaje. Se mostró exquisitamente amable y servicial, interesándose de vez en cuando, y con una
habilidad muy propia de los servicios de información, por los motivos de mi
viaje, lugares que pretendía visitar, amigos o conocidos en Israel y hasta
por las características de mi equipo fotográfico. Aquello me puso en guardia. Y decidí quitármelo de encima lo antes posible. Mis sospechas resultaron casi confirmadas cuando, camino ya de la salida, Livie, espontáneamente, me confesó haber leído Caballo de Troya, haciendo generosos elogios
del libro. Era muy poco creíble que aquel judío tuviera noticias de mi trabajo, a no ser que figurara en el dossier que, con toda probabilidad, había sido
transmitido desde la embajada israelí en España. Por supuesto, imaginaba
que, desde mi visita a Samuel Hadas, la Inteligencia hebrea se hallaba al
corriente de mis movimientos. Lo que no alcanzaba a entender era el porqué de tan fulminante «recibimiento». Horas más tarde, ya en el hotel, tuve
un presentimiento.
No sé si mi locuaz amigo se percató de ello. Quiero creer que sí. El caso
es que, sumisamente, aceptó mi deseo de viajar en solitario a Jerusalén.
Mis continuas evasivas y respuestas a medias evidenciaban mi mal disimulada desconfianza. Y el hombre, como digo, cedió aconsejándome -eso sí
que, «antes de poner en marcha mis investigaciones, procurara conectar
con él o con cualquiera de los organismos oficiales del país». Estaba muy
claro. Y, devolviéndole la misma falsa sonrisa, me perdí en el tráfico de Ben
Gurión.
Una hora después, el taxista árabe me dejaba a las puertas del hotel Moriah Jerusalén, al suroeste, y relativamente cerca de la Ciudad Vieja. El encuentro con el supuesto agente secreto israelí me había desconcertado.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué aquella estrecha vigilancia? A decir verdad,
sólo era un inofensivo periodista, ansioso de recorrer Israel y de reunir información sobre un asunto tan poco comprometido como la vida de Cristo...
¿0 había algo más? Y esa noche, en la soledad de la habitación 724,
haciendo un esfuerzo por memorizar mi conversación con el embajador ju18

dío en Madrid, saltó a la luz un pequeño detalle. Casi una nimiedad, pero
que, al mencionarlo, recuerdo que alteró fugazmente el rostro de Hadas.
Por aquellas fechas, entre mis múltiples investigaciones, figuraba una que,
a la vista de su tenebrosidad, no dudaría en sepultar en el olvido. Me refiero
a la poco clara caída de un avión de Iberia, el 19 de febrero de 1985, en el
monte Oíz, en el País Vasco. Jamás he dudado de la profesionalidad y pericia de los pilotos, y aquel supuesto accidente, en el que fallecieron 148 personas, la verdad, movió mi insaciable curiosidad. Trabajé silenciosa y meticulosamente en la posible reconstrucción de los hechos, averiguando algunos pormenores tan extraños como alarmantes. Para resumir: según informaciones confidenciales de los servicios de Inteligencia de mi país, había un
alto índice de probabilidades de que el reactor 727, Alhambra de Granada,
hubiera sido derribado por un misil tierra-aire -quizá un Sam-7 o un Strelladisparado por la organización terrorista ETA. Pero lo que, a mi corto entender, alarmó al representante diplomático fue el hecho de que yo supiera
que uno de los motores, aparecido a una considerable e inexplicable distancia, había sido trasladado a Israel. Concretamente a una de las bases militares, con el fin de ser inspeccionado por expertos judíos en terrorismo.
En aquel noviembre de 1986 yo no tenía la menor intención de proseguir
las pesquisas de este caso y, mucho menos, de introducirme en la base israelí. Pero los judíos, desconfiados por naturaleza, no debieron de pensarlo
así. Quizá este inoportuno comentario mío a Hadas fue la causa de tan sutil
y, a un tiempo, férrea vigilancia. Si los hebreos sospechaban que mis propósitos no eran del todo transparentes, las dificultades podían acentuarse. Y
así fue.
A la mañana siguiente, 20 de noviembre, jueves, tras una noche de agitada duermevela, con el corazón encogido por las sospechas, me apresuré a
poner en marcha una inmediata acción preventiva. Si mi teléfono se hallaba
intervenido, quizá aquellos primeros pasos en Jerusalén tranquilizaran a los
hipotéticos escuchas. Seguí al pie de la letra las recomendaciones del embajador, poniéndome en contacto con las personalidades e instituciones oficiales que tan gentilmente me había proporcionado. Primero con Salomón
Lewinsky, director de la revista Semana. Con un médico llamado Blezcof y,
muy especialmente, con el Instituto Central de Relaciones Culturales. En
este último, tanto su director doctor Moshe Liba, veterano diplomático- como la amabilísima Rachel Eldar se desvivieron por ayudarme, orientándome
y concertando un buen número de citas con destacados arqueólogos, antropólogos, profesores universitarios y un largo etcétera. Todo ello, claro está,
en beneficio de unas muy saludables e interesantes investigaciones en torno a la vida y época de Jesucristo, pero que no constituían la clave de mi
presencia en Israel. Sin embargo, por elemental prudencia, accedí encanta19

do, enriqueciéndome, justo es reconocerlo, con todas ellas. Esta cadena de
reuniones y entrevistas -que se prolongarían durante toda mi estancia en
Palestina- ralentizaron, obviamente, mis principales pesquisas. Pero las circunstancias son las circunstancias y, en ocasiones, es preferible acomodarse a ellas, jugando las siempre insólitas cartas del Destino.
Por supuesto, aunque el «marcaje» de los funcionarios israelitas en aquellas dos primeras jornadas en Jerusalén fue lo suficientemente intenso y eficaz como para controlar la mayor parte de mis pasos, no es menos cierto
que, en ningún momento, descuidé mi verdadero objetivo: el enigma del
mayor Y entre conversación y conversación pude ingeniármelas para visitar
la Biblioteca Nacional, la del museo de Israel y otras librerías de la ciudad,
siempre en busca de una teórica bibliografía histórica. Tales consultas no
extrañaron a los hebreos, permitiéndome así esporádicos respiros y un mínimo de libertad de acción. Como es de suponer, en la siempre supuesta intimidad de estas bibliotecas, mi intención se volcó en Hazor. Revisé catálogos, ficheros y estanterías, a la caza de cualquier libro o documento sobre
el particular. Pero la abrumadora realidad terminaría- por desarmarme. Los
estudios sobre la vieja ciudad cananea eran tan prolijos y abundantes que
hubiera necesitado varios meses para su atenta lectura. Sólo en la biblioteca del museo de Israel contabilicé hasta un total de 46 fichas relacionadas
con Hazor. Para colmo, en uno de aquellos precipitados recorridos por los
interminables y densos textos arqueológicos comprobé con desaliento cómo, en realidad, los especialistas especulaban con la posibilidad de que
hubieran existido cinco o seis ciudades con este mismo nombre. Una de
ellas -«Ijásór Hádattah» o «Hasor la nueva»- podía ser excluida, ya que ni
siquiera se conocía su exacta ubicación en la geografía hebrea. Un razonamiento que sólo gozaba de validez en el supuesto de que el criptograma
hiciera referencia a Hazor como tal ciudad. Pero ¿y si no era así? Despejé
como pude aquellas angustiosas dudas, aferrándome al instinto.
En cuanto a las restantes «Asor», «Hasor» y «Azor» -poblaciones mencionadas también en el Antiguo Testamento- decidí apearlas temporalmente
de la investigación. Era más cómodo y positivo concentrar las fuerzas en la
Hazor más popular y más exhaustivamente trabajada por los arqueólogos:
la del norte. Si fracasaba en el intento, tiempo habría de desenterrar las
restantes pistas. ¿Había mencionado la palabra «tiempo»? Yo mismo me
respondí: mis recursos económicos, como siempre, no eran muy boyantes.
Lo del «tiempo» era un consuelo poco fiable...
Debo reconocer que mis rastreos por la bibliografía -fruto quizá del nerviosismo y de las prisas- fueron de mal en peor. Muchos de los documentos
se hallaban en hebreo. otros en alemán y la mayoría en inglés. Aquello limitó aún más mis posibilidades. A esta precaria realidad vino a sumarse el pe20

sado lastre del que busca e indaga... a ciegas. ¿Qué era lo que debía encontrar en aquella montaña de libros? ¿Un «mensajero» con alas que obedecía
al nombre de Hazor? ¿Y si no tuviera nada que ver con las ruinas en cuestión? Pero, de no ser así, ¿dónde encaminar mis pasos?
Durante horas, mi estado de ánimo sufrió toda suerte de convulsiones.
Veía pasar el tiempo y los resultados, aparentemente, brillaban por su ausencia. En la medida de mi capacidad y de los minutos disponibles, ojeé algunos de los trabajos de Galling, Johanan Aharoni, Trude Dothan, Abel,
Ruth Amiran, Maass, Perrot, Moshe Pearlman, Inmanuel Dunayevsky y Yigael Yadin, entre otros. Fueron dos días de frenética búsqueda. Sin embargo, cuando Asher Kupchik, uno de los responsables de la gigantesca Biblioteca Nacional de Israel, con el que llegué a trabar una cierta amistad, me
anunció a primeras horas de la tarde del viernes 21 que la jornada llegaba a
su fin, mi desesperanza fue total. ¡Dios mío!, apenas si había tenido acceso
-un alocado y superficial acceso- a una decena de libros... En los archivos,
burlándose de mí, se escondía una treintena larga de volúmenes, documentos, mapas y cientos de fotografías que era menester estudiar. Mi cuaderno
de «campo», sí, aparecía repleto de notas sobre la historia, sucesivas excavaciones, hallazgos arqueológicos y diferentes hipótesis en torno a la agitada vida de las 21 ciudades que formaban el tell de Hazor. En suma, una estéril sucesión de datos, cifras y respetabilísimas consideraciones técnicas
que no arrojaron un solo rayo de luz sobre mi congestionado cerebro.
La mansa lluvia y el frío de Jerusalén serenaron un poco mi espíritu. La
inminente entrada del sábado lo paralizaría todo en Israel. Así que, mientras retornaba al hotel, procuré mentalizarme. Mi resignación, sin embargo,
se agotaría bruscamente. No soy hombre que se rinda con prontitud y,
atormentado en la penumbra de mi habitación, decidí cambiar el rumbo de
las investigaciones. No podía aguardar hasta el domingo para reanudar las
consultas en las bibliotecas. Tenía que actuar. Y dejándome llevar por la intuición, activé un nuevo plan.
No había tiempo que perder. Localicé a Rachel Eldar y le expuse mi propósito. (Por fortuna para mí, esta mujer no practicaba su religión con el fanatismo y ortodoxia de algunos círculos judíos que incluso se niegan a descolgar el teléfono durante la festividad del sabbath. Éste, como creo haber
mencionado, se inicia con la puesta del sol del viernes, prolongándose hasta
el siguiente ocaso. Durante esas horas, las dificultades para un extranjero
como yo podían ser continuas y casi insalvables. Muy pronto tendría ocasión
de sufrirlo.)
Desde mi primer contacto con el Instituto Central de Relaciones Culturales, y por pura curiosidad científica, yo había manifestado mi deseo de co21

nocer y conversar con Shelley Waschsmnn, un eminente arqueólogo, que
llevaba la responsabilidad de los trabajos de estudio y restauración de una
embarcación descubierta en la orilla oeste del lago de Galilea. Un bote que,
según los primeros tanteos de los científicos, podía corresponder a una época relativamente cercana a la de Jesús. Esta, como otras, fueron simples
excusas, como ya dije, para justificar mis ¡das y venidas por Israel. Y ahora
me venía de perlas para mi inmediato objetivo. Rachel, con la admirable
eficacia de los judíos, había practicado las gestiones precisas para la culminación de dicha entrevista. Shelley se mostró conforme, invitándome a su
casa de Cesarea. Aquel súbito cambio en los planes no pareció alarmar a la
funcionaria. Era lógico que deseara aprovechar las horas muertas del sábado con un asunto como aquél. Además, Cesarea se encuentra al norte de
Jerusalén. Justo en dirección opuesta al emplazamiento de la base militar
que -se suponía- yo no podía pisar..
Gentilmente, y con una subterránea habilidad, Rachel intentó averiguar
cuánto tiempo pensaba quedarme en la ciudad costera de Cesarea, si disponía de un medio de transporte y si tenía intención de alojarme en algún
hotel próximo. No supe satisfacer su curiosidad. En parte porque ni yo
mismo lo sabía, y, sobre todo, porque no estaba en mi ánimo revelarle mis
auténticas intenciones. Algo confusa, me recordó una serie de visitas previstas para los días inmediatos, «recomendándome» que le telefoneara a mi
regreso. Reconozco que soy hábil para persuadir y asumo también mi gran
pecado de incumplidor de promesas. Así que, dócilmente, le prometí cuanto
deseó. Cumplirlo o no, era harina de otro costal...
Dispuse un elemental y austero equipaje y, confiado, inicié las gestiones
para salir esa misma tarde hacia Cesarea. La fatalidad congeló cada uno de
mis movimientos. Casi había olvidado que era sábado. En el hotel me insinuaron -como única vía para hacerme con un vehículo que contratara a un
chofer árabe. Es triste. En muchas de estas pesquisas, las mayores pérdidas de tiempo, de dinero y de fuerza, son desencadenadas por contratiempos de esta o similar naturaleza.
En esos instantes, mientras dialogaba con aquella atractiva y severa recepcionista, algunas de sus preguntas pasaron casi inadvertidas para mí.
Respondí seca y mecánicamente que no pensaba dejar el hotel y que sólo
se trataba de una excursión de fin de semana. Fue después, al marcar el teléfono de uno de mis amigos árabes de Jerusalén -Anthony Salman, director
de una agencia de viajes-, cuando las palabras de la hebrea resucitaron en
mi memoria. Me estremecí. Pero, automáticamente, me reproché a mí
mismo tanta suspicacia. ¿Es que empezaba a ver espías por todas partes?
La cuestión quedó zanjada. Anthony me procuraría ese coche. Pero con
dos condiciones: dado lo avanzado del día, sólo podría estar listo a primera
22

hora de la mañana del sábado y con la inexcusable obligación de contratar
a un chofer y a un guía, igualmente árabes. Aquello me sublevó. Pero no
tenía alternativa. Y esa noche, mientras repasaba el plan, me propuse darles esquinazo en el momento oportuno. No veía muy claro el porqué de
aquellas exigencias. Y mi natural desconfianza se impuso.
Los recelos -ya no sé si infundados- crecieron lo suyo cuando, en la mañana de ese sábado, 22 de noviembre, un tal Michael se presentó a mí como el guía designado por Salman. Había vivido en España, hablaba castellano y, durante el centenar largo de kilómetros que nos separaban de Cesarea, se mostró igualmente interesado en mis actividades profesionales y,
en especial, en mi plan de trabajo para esos días. Le correspondí con la
misma amabilidad, pero sin soltar prenda sobre mis auténticos objetivos.
Tanto y tan específico interés por mi labor como periodista y escritor no era
normal. Así que, sin pensarlo dos veces, opté por desembarazarme de mis
acompañantes antes de la caída del sol.
Tras la instructiva reunión con Wasclismann, el arqueólogo judíocanadiense, ordené al silencioso conductor que tomara la carretera de Nazaret. No hubo muchas preguntas. Al atacar el último repecho que desemboca en la entrañable ciudad de Jesús, les indiqué que detuvieran el automóvil a las puertas del hotel Nazaret, en las afueras de la población. Y antes de que pudieran reaccionar, me despedí de ellos, informándoles que
prescindía de sus servicios y que, si lo deseaban, podían regresar a Jerusalén. Ni siquiera me atreví a mirar atrás. Al cruzar la puerta del oscuro y vetusto albergue, guía y chofer continuaban enzarzados en una airada discusión, en árabe, que, naturalmente, no comprendí.
En realidad, aquélla era una vieja táctica. Siempre que emprendo una investigación -digamos que «comprometida»- tengo la precaución de reservar
habitaciones en dos o tres hoteles, simultáneamente. A veces compensa.
La noche dominaba ya las calles de Nazaret y, muy a pesar mío, tuve que
resignarme y aguardar al nuevo día. La luz era vital para mi siguiente y
trascendental pesquisa.
Creo que, a estas alturas, estoy hecho y sobradamente dispuesto a amoldarme a todo tipo de alojamientos. Sinceramente, después de quince años
de infatigables correrías por el mundo, entiendo que he visto y sufrido más,
incluso, de lo aconsejable. Pero la tristeza de aquel hotel nazareno no puede ser descrita. Así que, incapaz de soportarlo, me lancé a la casi desierta
ciudad. Nazaret, como tantos otros lugares santos, no es, ni remotamente,
lo que uno pueda imaginar. El turismo, la civilización y los siglos han liquidado todo vestigio de la aldea que cobijó al Hijo del Hombre durante más
de veinte años. Hoy, dominada por una mayoría árabe, es sólo un lugar de
obligado y siempre vertiginoso paso de peregrinaciones de toda índole y
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confesión. únicamente aquel cielo azabache, que las desordenadas colinas
sobre las que se asienta la localidad hacen más cercano, puede estremecer
de emoción a un visitante medianamente despierto. La miríada de estrellas,
vivas entonces por el frío de Galilea, son las mismas que velaron los quehaceres e inquietudes de ese personaje que, como al mayor, me tiene atrapado.
Mis pasos, como en ocasiones precedentes, me llevaron a la basílica de la
Anunciación. Y no por un afán de orar –cosa que debería practicar más a
menudo-, sino por saludar a algunos de los pacientes y venerables franciscanos. A pesar del escaso tiempo transcurrido en Israel, las tensiones habían sido lo suficientemente intensas como para necesitar unos gramos de
compañía. Gracias al cielo, aquel apacible rato de tertulia con los padre Rafael y Uriarte resultaría doblemente útil. De un lado, como digo, llenó mi soledad. Días más tarde serviría como coartada, sacándome de un serio aprieto... Pero no debo saltarme los acontecimientos.
La inquietud y el nerviosismo pudieron conmigo. Así que, tras otra noche
en vela, salté de la cama, esperando el amanecer. A las 5 horas y 39 minutos de aquel domingo, una difusa luz naranja ascendió por detrás de las colinas, despertando a la ciudad.
Dos horas después, tras no pocos regateos, logré convencer y contratar a
uno de los taxistas. Tentado estuve de prescindir de aquellos tozudos árabes y servirme del bus 431 que hace la ruta hasta Tiberiades, costeando
después por la orilla occidental del lago. Pero, según mis informaciones, estos autocares públicos circulaban muy lejos de mi verdadero punto de destino. No había opción. El trato fue cerrado y, tras desembolsar los seiscientos dólares, Solimán Hakim, mi nuevo guía, se deshizo en parabienes y reverencias -todo ello en una caótica mezcla de inglés, italiano y árabe-, jurándome por su salud que no me arrepentiría de tan sabia decisión.
El cielo, celeste, prometía una jornada tibia y luminosa. Me acomodé junto al parlanchín Solimán y, respondiendo con monosílabos a su incontenible
verborrea, vi desaparecer a mis espaldas los últimos contrafuertes de Nazaret. «Éste -me animé- tiene que ser un día decisivo ... »
El potente Mercedes desafiaba bien las curvas. Y en poco más de diez minutos dejó en lontananza Caná (hoy conocida por Kafr Karmá) y sus abruptos y blancos despeñaderos, en dirección al cruce de Haifa-Tiberiades, en la
ruta 77. Veinte minutos después llaneábamos a toda velocidad hacia el mar
de Galilea. Siguiendo mis instrucciones, Solimán evitó el populoso núcleo
urbano de Teverya o Tiberíades, rodeando el lago por la carretera 90. Poco
faltó para que, obedeciendo otro de mis típicos impulsos, interrumpiera el
viaje y aprovechara la ocasión presentándome en la Jefatura de la Policía,
en la mencionada ciudad de Tiberíades. Al exponerles mi propósito de re24

construir, en solitario, la caminata de María y José desde Nazaret a Belén
de Judá, tanto en el consulado de España en Jerusalén como el doctor Liba
me recomendaron que -dado lo peligroso de la zona del río Jordán, fronteriza con Jordania- acudiera a las autoridades policiales y militares judías, con
el fin de explicarles mi proyecto y obtener así los imprescindibles salvoconductos. Pero vencí la tentación. Lo primero era lo primero...
Y, de pronto, el mar de Galilea se presentó a mi derecha. Aquel azul inmóvil, pintado de verde y bruma en sus lejanas orillas, me recordó que viajaba por los que, un día, fueron escenarios de buena parte de la vida terrena del Maestro. Y una contenida emoción encendió mi espíritu. Aquellos lares sí conservaban toda su pureza, todo el poder y todo el magnetismo de
los campos, laderas, senderos o aguas por los que se había movido Jesús. Y
me prometí buscar un respiro y descender de nuevo a las negras y pedregosas «costas» de aquel mar. Necesitaba respirar su brisa. Sentir los ligeros
pasos del Maestro y el tímido chapoteo de las olas entre los guijarros de basalto.
Solimán me sacó de tan apacibles y reconfortantes pensamientos, señalándome el kibbutz Ginnosar, al borde del lago. Shelley Waschsmann, en
efecto, me había informado que la mal llamada «barca de Jesús» descubierta, como ya mencioné, a principios de ese año de 1986 por los
hermanos Yuval y Moshe Lufan- había sido transportada hasta un pequeño
museo, especialmente abierto y acondicionado en el kibbutz que ahora tenía ante mí. Allí deberá permanecer, por espacio de siete o nueve años,
sumergida en una solución de cera sintética. El árabe, deseando complacerme, insistió para que nos detuviéramos en la granja-hotel que constituye
el citado kibbutz, pasando a visitar el valioso bote. Una reliquia de inestimable valor arqueológico -no en vano se trata de la primera embarcación
de los tiempos de Cristo hallada en el referido Kinneret o mar de Galilea-,
pero que, desafortunadamente, los intereses crematísticos han catalogado
ya como un nuevo motivo de peregrinación religiosa. Así se hace la Historia.
Fui terminante. Era preciso continuar. Mi objetivo era otro y muy distinto.
El guía masculló unas ininteligibles palabras en árabe, demostrando su contrariedad con un bronco acelerón. Mi negativa -gracias al cielo- le mantuvo
en silencio durante aquellos últimos 17 kilómetros. Ascendimos a buena
marcha, siempre por la ruta 90, y, tras dejar a la izquierda Rosh Pinna, la
nevada cumbre del Hermón en el horizonte me anunció la inminente proximidad de mi destino. Y los nervios, como una premonición, se desataron en
mi estómago.
Solimán sonrió. Me indicó el lugar y redujo la velocidad. A los pocos
minutos giraba a la izquierda, abandonando la carretera general e introdu25

ciendo el vehículo en una pésima pista que ascendía hasta las mismísimas
puertas de aquel gigantesco «triángulo» isósceles.
Fue inevitable. Mi corazón presentía algo. Y las palmas de mis manos comenzaron a gotear.
Solimán, con un recuperado buen humor, me rogó que esperase en el coche. Descendió con parsimonia y se encaminó al austero chamizo que hacía
las veces de puesto de control. Un aburrido guarda nos recibió con curiosidad. Las visitas no debían de ser muy frecuentes en aquel apartado rincón
de Galilea. Mucho menos, la de un supuesto turista extranjero que, además, llegaba en solitario. Ignoro lo que hablaron, pero a juzgar por los aspavientos del guía y las intermitentes e incisivas miradas que me lanzara el
guarda; o fui tomado por un excéntrico millonario o por algo peor.. Satisfecho el obligado ceremonial, el cetrino y espigado guarda -siempre sin quitarme ojo- procedió a levantar la pequeña barrera y a franquearme el paso.
Solimán, visiblemente satisfecho, me extendió los tres tickets. Acto seguido penetró en la explanada que se abría ante nosotros. Eran las nueve
de la mañana.
Leí los boletos sin terminar de creérmelo. En todos ellos -en el azul, el
verde y el marrón- aparecía la misma tipografía: « National Parks Authority», y un nombre largamente acariciado: «Tell-HAZOR.»
El Mercedes se detuvo. Sentí miedo. Allí, en el lugar más insospechado de
aquella meseta, podía estar la clave del enigma. «Mira, envío mi mensajero
delante de ti, MARCOS 1.2. Hazor es su nombre y sus alas te llevarán al
guía MARCOS 6.2.0. El número secreto de sus plumas es el número secreto
del guía, el que ha de preparar tu camino, MARCOS 1.2.»
El criptograma, permanentemente instalado en mi memoria, sonó esta
vez con un timbre especial. Me estremecí. ¿Encontraría allí lo que tanto ansiaba? Pero ¿qué era lo que buscaba?
El árabe me observó sin comprender. Mis dedos temblaban, y yo, con la
vista fija en el horizonte, parecía atornillado al asiento.
-¿Le ocurre algo, señor?
No recuerdo haberle contestado. Y Solimán, intrigado, presionó mi brazo
izquierdo, insistiendo:
-¡Señor .. ! ¿Se encuentra bien?
-¿Cómo?... ¡Ah! Sí -balbuceé al fin, saliendo de aquella especie de bloqueo mental.
Hice acopio de fuerzas y, decidido, abandoné el automóvil. Abrí mi inseparable bolsa de las cámaras y, buscando apaciguar mi excitación, dediqué
unos minutos a la revisión del equipo. El guía, curioso, me dejó hacer, pendiente de cada uno de mis movimientos. Colgué una de las máquinas de mi
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cuello y, tras comprobar el buen funcionamiento de la brújula, cinta métrica, medidor de pasos y otros artilugios, me situé frente a las ruinas. ¿Por
dónde empezar? «Hazor es su nombre ... » Sí, al fin estaba en Hazor. Pero
¿qué quería insinuar el mayor?
No tenía ni la más remota idea del tiempo que debería consumir en aquella exploración. Así que, con el firme propósito de gozar de una entera libertad de acción, hice ver a Solimán que mi visita podía alargarse y que lo más
prudente era que organizara su jornada como creyera oportuno. Pero el
guía se negó a moverse de su sitio. Me encogí de hombros y, dándole la espalda, avancé hacia el corazón del tell. Por lo que llevaba leído y estudiado,
aquella pequeña colina artificial, de 40 metros de altitud en su zona más
elevada, fue construida hace más de cinco mil años, desempeñando lo largo
de su historia- un papel de gran importancia estratégica en el nudo natural
de comunicaciones en que se hallaba enclavada. Por allí habían discurrido
los caminos de Damasco a Megiddo y de Sidón a Beisán. La transparencia y
luminosidad de aquel día permitían divisar, al oeste, las tierras azules del
Líbano y, al este, las verdes laderas de las alturas de Golán. Pero mi objetivo quizá se encontraba allí mismo: en aquella meseta o plataforma que, a
vista de pájaro, recordaba la figura de un descomunal y ocre triángulo isósceles, dominando una feraz campiña. A las puertas de las ruinas consulté
algunas de las notas contenidas en mi cuaderno «de campo». Las respetables dimensiones de la ciudad fortaleza me acobardaron: 470 metros de
oeste a este y 175 de norte a sur, en su parte más ancha. Hacia el oeste es decir, en el imaginario vértice del triángulo- la meseta pierde altura en
sucesivas terrazas. Y todo ello sabiamente cercado por los restos de muros
y fosos. En definitiva, un apretado y monumental conglomerado de restos
arqueológicos que, según los expertos, pertenece a veintiún asentamientos
humanos y, obviamente, a otros tantos y remotos períodos de la Historia .
Demasiado para mi escasa capacidad e información...
En este singular tipo de búsqueda -lo sé por experiencia- la disciplina y el
método son de vital importancia. Conviene proceder con extrema calma, sin
despreciar detalle alguno, por muy insustancial o pueril que pueda parecer.
Y sin perder de vista tales premisas arranqué con lo que podría calificar como una inicial «torna de contacto» con el lugar. El molesto handicap, no me
cansaré de insistir en ello, de no saber lo que buscaba, tensó aún más mis
sentidos. Quizá la pista de las «alas» era el único y endeble apoyo en tan
loca investigación. Y lentamente, como si una «fuerza» extrahumana hubiera congelado el tiempo, empecé aquella nueva fase de mi labor.
La oblicua luz de la mañana había despertado a un ejército de sombras,
que corrían perezosamente hacia el oeste. Y los amarillos, ocres y blancos
del laberinto arqueológico fueron avivándose. Tomé el estrecho sendero
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arenoso que rodea la meseta por el acantilado norte, con los ojos y el corazón entregados a cuanto me rodeaba. Era el único visitante y ello me permitía una total libertad de movimientos.
«Hazor es su nombre ... »
A primera vista, aquel caótico entramado de muros, patios, palacios semiderruídos, de columnatas segadas por la destrucción y los siglos, edificios
públicos sin techumbre y de los restos a medio levantar del fortín helenístico, no parecía apuntar indicio o señal algunos que atraparan mi atención.
Eran sólo piedras. Pilares y basamentos dormidos, importunados ahora,
aquí y allá, por el monótono crujir de la arenisca bajo mis botas. Aquellos
iniciales minutos de infructuosa búsqueda aceleraron mi ánimo. Debía conservar la calma. Y reanudé la lenta marcha, bordeando la fortaleza en todo
su perímetro.
« ... y sus alas te llevarán al guía. »
El mensaje del mayor -¿o eran imaginaciones mías? continuaba en primer
plano, derramándose, con mi vista, en cada bloque de piedra, en cada esquina, en cada sombra...
Al filo de las diez horas, cuando estaba a punto de cerrar la primera gira
de inspección, unas húmedas y toscas escalinatas, ubicadas en la cara este
de la explanada y que se perdían en las entrañas de Hazor, me hicieron titubean Unos carteles amarillos, en hebreo e inglés, anunciaban la entrada a
un túnel. Y un soplo de esperanza me hizo temblar. Pero me contuve. Primero debía «peinar» la superficie de la ciudad fortaleza.
Al recalar en el punto de partida consulté el medidor de pasos. La aguja
marcaba 402. Aquel dato, la verdad, no revelaba gran cosa. Sumando los
dígitos, en efecto, aparecía el misterioso «6». Pero ¿de qué me servía? Anoté esta y otras imprecisas observaciones y, tras inspirar profundamente,
procedí al segundo «asalto». Solimán, a lo lejos, dormitaba en el interior
del automóvil. Mentalmente dividí la fortaleza en tres sectores, adentrándome en el primero: en el situado al norte. Olvidando toda norma, me desentendí de los senderillos que zigzagueaban entre las ruinas, acomodándome a mis propios impulsos. Salté muros, acaricié las rugosas columnas,
trepé a las demolidas casamatas y, sudoroso, busqué incluso desde lo más
elevado de las paredes del fortín. Por fortuna, como ya señalé, Hazor se
hallaba entonces solitaria y en silencio, y el puesto de control quedaba relativamente apartado. No había riesgo, al menos de momento, de que mi
heterodoxa visita pudiera llamar la atención de los vigilantes.
«... y sus alas te llevarán al guía.>,
¿Sus alas? En mi creciente desconcierto llegué a imaginar que el mayor,
en su hipotético deambular por aquella meseta, podría haber descubierto
algún tipo de alineamiento o de figura geométrica que recordaran unas
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alas. Siempre con la brújula en la mano-, cambié repetidas veces de posición, oteando el maremágnum de piedra. Fui incapaz de distinguir el menor
vestigio. Ni las rudimentarias calles, ni el confuso trazado de la ciudadela,
se parecían a lo que yo perseguía. Allí, las únicas «alas» eran las de mi recalentada imaginación. Descendí sobre el terroso pavimento, repitiendo la
exploración a lo largo del segundo y tercer sectores. ¡Era desolador! Si el
mayor había jugado con algún símbolo, restos de cerámica o estela funeraria, estaba claro que debía buscar en otra dirección. Las ruinas de Hazor, al
menos lo que llevaba visto, eran sólo eso: unas ruinas desnudas, desprovistas de inscripciones, estatuas o ajuares, incapaces de arrojar un poco de
luz. Y de pronto, sentado sobre una de las piedras, mientras pugnaba por
recapitular, tuve un presentimiento. ¿Y si las fatigosas alas» pertenecieran
a algo que había sido desenterrado en Hazor y trasladado a Dios sabe dónde?
Aquel flash, perturbador, me hundió en el desaliento. Y allí, humillado en
mitad de unas remotas ruinas arqueológicas, fui memorizando lo que había
visto y leído en la gruesa documentación bibliográfica sobre Hazor. En los
tres años de excavaciones, los arqueólogos habían rescatado una miríada
de objetos votivos, figurillas de deidades, centenares de vasijas, escarabeos
egipcios -uno de ellos, incluso, con el nombre de Amenofis-, relieves religiosos, máscaras litúrgicas, óstraca, la famosa estrella circunscrita (signo de la
realeza), formidables esculturas de leones y, en fin, hasta nueve massebot
o estelas, una de ellas con dos enigmáticas manos en actitud de plegaria.
Todo un arsenal perteneciente a 21 ciudades y períodos distintos. Y todo
ello, si la memoria no me traicionaba, sin la menor relación con unas
«alas». Ciertamente, aún quedaba mucho por revisar. Pero & si no conseguía descubrir un solo motivo alado? ¿Y si las intenciones del criptograma
se movían en otra dirección.
Me incorporé y, golpeando el muro con rabia, levanté los ojos al cielo,
clamando por una pista. Estaba nuevamente perdido. La «respuesta», aunque una vez más no supe verla en esos críticos momentos, llegó sutil y
puntual. Suspiré y, un tanto avergonzado de mi propio dramatismo, volví a
sentarme. Encendí un pitillo y, sin saber por qué, caí de nuevo sobre el
cuaderno de «campo». Releí las notas y, poco a poco, al tiempo que me serenaba, fui aproximándome a un comentario -subrayado en rojo- y que
había copiado en España de una carta procedente de Munich. Su autora -M.
Klein- escribía a propósito del enigma: «... Claro que, en principio, puede
pensarse que Hazor se refiere más bien a un animal o personaje con alas.
Por eso dudo un poco de su relación con la ciudad bíblica del mismo nombre. Sin embargo, pudiera ser también que cualquier figurita sacada de
Hazor y ahora en un museo, tuviera algo que ver con el asunto. »
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Evidentemente, no supe interpretar aquel «signo». Me llamó la atención,
sí, la curiosa y oportuna «coincidencia» de ideas. Pero ahí quedó todo. En
ocasiones, la excesiva autoconfianza o el estúpido engreimiento desembocan en rotundos fracasos. Aquel desmoronamiento, sin embargo, se esfumó
a la par que el cigarrillo. Recompuse mis fuerzas y, como si allí no hubiera
pasado nada, me alejé de la ciudadela en dirección este, dispuesto a intentarlo en el misterioso túnel que viera dos horas antes.
No es que sea muy practicante de la religión en la que fui educado, pero
instintivamente, al poner el pie en el primer escalón, hice la señal de la
cruz. La boca del túnel me sobrecogió. ¿Qué me aguardaba en aquellas profundidades?
La excavación practicada por Yadin -siempre respetuosa con los trazados
primigenios- desciende en vertical. Se trata de un enorme pozo cuadrangular de poco más de 10 metros de lado, con una sucesión de rampas escalonadas, ganadas al terreno rojizo del tell por cada uno de los laterales del
mencionado pozo.
Y muy despacio, con el corazón agitado, fui avanzando. Por mera precaución, antes de tocar el primer y húmedo peldaño, dispuse el Schritte (medidor de pasos), situando la aguja en el cero. La luz entraba sin dificultades
hasta el fondo de la perforación, situado a unos doce metros de la superficie. El silencio era completo. Consulté la brújula en cada uno de los estratos, pero no advertí alteración alguna. Las paredes, cuidadosamente cepilladas por los arqueólogos, no presentaban tampoco otras evidencias o señales que no fueran las lógicamente derivadas de los trabajos de desescombro y de la humedad. De todas formas, dediqué un tiempo al examen
de los diferentes corles existentes en los muros. La experiencia fue nula. En
el pozo no pude, o no supe, encontrar un solo detalle que encajara con el
criptograma. Pero faltaba una segunda galería.
Al ganar el último de los peldaños me detuve. Frente a mí se abría un corredor de unos cinco metros de altura, pésimamente iluminado por algunos
mortecinos y espaciados puntos de luz amarillenta. El túnel, ciertamente
tenebroso, descendía hacia quién sabe dónde, en un brusco desnivel de 30
o 35 grados. Las paredes chorreaban humedad. Agucé el oído, intentando
captar algún sonido. No fue posible. Sólo mi desacompasado ritmo cardíaco
retumbaba en mi pecho. Aguardé unos segundos, procurando que mis pupilas se amoldaran a la oscuridad. Pero no alcancé a distinguir el fondo del
pasadizo. Fue entonces, al trastear en la bolsa del equipo fotográfico, en
busca de una inexistente linterna, cuando reparé en el cuentapasos. A la luz
del mechero, al tiempo que maldecía mi falta de previsión, procedí a desengancharlo del cinturón. La aguja se hallaba inmovilizada en 150 pasos.
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«¿Ciento cincuenta?», repetí en voz alta. El eco se propagó en la oscuridad.
Sentí un escalofrío. La suma de los dígitos daba «6». Otra vez el misterioso
número... ¿Cómo era posible? ¿Y si el step-pas hubiera errado? Era dudoso.
E, ilusionado con tan famélico dato, regresé por donde había bajado, contabilizando los escalones.
«... El número secreto de sus plumas es el número secreto del guía. » A
la carrera, nervioso por confirmar la cifra, fui remontando las rampas, llegando a la superficie sin resuello..¡ Maldito tabaco!...
En efecto. No había error. Las escaleras sumaban 150 peldaños. Me dejé
caer contra la barandilla que protegía el último de los vuelos de acceso al
pozo y, mientras recuperaba el aliento, fui desgranando algunas hipótesis.
Todas, cuando menos, se me antojaron retorcidas. ¿Es que debía asociar
las «alas» con aquellas rampas escal6nadas? ¿Podían conducirme al guía?
¿Era el «6» el número secreto de las plumas de las alas de Hazor?
Ahora, al recordar tamañas desventuras, no puedo por menos que sonreír. El mayor, casi con seguridad, había visitado las ruinas de Hazor. Sin yo
saberlo, al manejar el cómputo de los peldaños, había acertado. Pero, absorto en el hallazgo, perdí de vista un factor, inherente al mayor y a sus
enigmas: su natural inclinación al juego del despiste...
Admitiendo la forzada tesis de que tales rampas de tierra fueran las
«alas» del «mensajero», y de que el número secreto fuera el seis, dichas
escalinatas tenían que llevarme al «guía». Pero ¿quién o qué era el «guía»?
¿Me topaba con él en el subterráneo?
Sólo había una forma de salir de dudas.
En el fondo lo agradecí. Lo averiguado hasta ese momento en Hazor era
tan poco relevante que aquella «luz» -o cualquiera otra, por muy pobre que
hubiera sido hizo el milagro de devolverme la esperanza. Me precipité escaleras abajo y, ansioso por penetrar en el túnel, poco faltó para que diera
con mis huesos en tierra en uno de los resbaladizos tramos. El susto me
hizo recapacitar. Tenía que proceder con cautela. En la boca de la segunda
galería seguían reinando el silencio y una pastosa penumbra. Encendedor
en mano caminé por el centro del túnel. La acusada pendiente resultaba incómoda y, prudentemente, me hice a un lado, pegándome al chorreante e
irregular muro de la derecha. Fue una marcha lenta. Expectante. Con la
frágil llama azul-amarillenta del mechero explorando cada centímetro cuadrado de piedra. Cada cuatro o cinco pasos cambiaba de pared, repitiendo
la minuciosa operación de búsqueda. La abrupta bóveda del subterráneo
tampoco revelaba inscripción o indicio alguno.
Sentí frió. La humedad aumentaba. Súbitamente, mientras revisaba uno
de los muros a la luz del mechero, creí escuchar algo. Apagué la llama e,
inmóvil como una estatua, esperé. El corazón había empezado a palpitar
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con violencia. Pero aquel fugaz y sordo sonido -algo así como un chapoteono se repitió. El fondo de pasadizo continuaba en tinieblas. Era difícil precisar sus perfiles y lo que pudiera albergar en lo más profundo. No voy a
ocultarlo: una familiar sensación de miedo hizo temblar mis rodillas. Y unas
frías gotas -de sudor resbalaron por mis costados.
Peleé conmigo mismo, tratando de razonar. Allí, seguramente, no había
nadie. Todo era fruto de la tensión. No salí muy convencido del lance. El
instinto -más que la inteligencia- difícilmente se equivoca.
¿Qué hacía? ¿Continuaba avanzando o daba media vuelta, obedeciendo la
lógica y natural inclinación a salir de aquel antro? Tragué la escasa saliva que me quedaba y, aceptando el imprevisto desafío, caminé sigilosamente, sin despegarme del muro derecho. Esta vez lo
hice a oscuras. «Si se trataba de una falsa alarma -razoné con dificultad-,
tiempo y oportunidad habría de repasar los paños de tierra que restaban
por explorar. »
Según mis cálculos, llevaba recorridos unos diez o quince metros, ignorando cuánto faltaba para la culminación del túnel. Siguiendo una vieja táctica, inspiré profundamente y repetidas veces, buscando apaciguar la frecuencia cardiaca. Lo logré a medias. Estaba seguro de haber escuchado
aquel ruido. Esta idea, unida a las tinieblas y al no menos lúgubre silencio
del recinto, habían hecho saltar mis alarmas.
El piso se hacía cada vez más deslizante. Procuré aferrarme a los pedregosos entrantes de la pared, no dando un solo paso sin antes tantear la solidez del inclinado pavimento. Cuando había ganado veinte o veinticinco
metros, otro seco golpe llegó con nitidez. Ahora no había dudas. Era como
si una piedra, o algo contundente, topara con un muro. Los escalofríos me
recorrieron en oleadas. En un arranque accioné el mechero, al tiempo que
lanzaba un inseguro: «¿Quién hay ahí?»
No hubo respuesta. Pero, coincidiendo con el encendido de la llama, dos
nuevos golpeteos -más cercanos- me helaron la sangre. Ahora, y sólo ahora, rememorando la escena, se me antoja tragicómica. En aquellos instantes, consecuencia del miedo y de los nervios, en lo único que reparé fue en
una acuciante necesidad de orinar. Obviamente me contuve.
Entorné los ojos y, forzando la vista, creí distinguirá no mucha distancia
una informe mezcolanza de sombras verticales y horizontales. ¿Qué demonios era aquello?
La curiosidad -nunca he logrado entender la extremada fuerza de tal atributo- se impuso al miedo. Sin embargo, necesité algunos segundos para
mover las piernas. Con el brazo derecho tenso como un mástil, soportando
el doloroso contacto con el recalentado mechero, seguí aproximándome a lo
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que intuía como el final del subterráneo. El silencio, de nuevo, era total. Un
silencio cargado de presagios. Saturado por mi propio miedo.
¿Sombras estilizadas? ¿Sombras inmóviles, dibujando un incierto amasijo
de líneas (?) verticales y horizontales? ¿0 no estaban inmóviles? Estas
interrogantes me acompañaron los últimos metros, al tiempo que -gracias
al cielo- la pobrísima radiación de mi encendedor fue rompiendo la negrura.
Me detuve. Paseé la diminuta luz a izquierda y derecha y, de improviso, recibí un fétido olor. Sujeté la mano derecha con la izquierda, en un esfuerzo
por inmovilizar la llama. La candela osciló, agitada por algún tipo de corriente. A los pocos minutos descubría ante mí -a cosa de tres o cuatro metros- una rudimentaria y semipodrida valla de madera, que me cerraba el
paso. Respiré con alivio. Ligeramente encorvado, todavía con los músculos
en guardia, me situé frente a los listones que ponían fin a aquella zona del
túnel. La barrera apenas si alcanzaba un metro de altura. Me asomé despacio y, al extender el mechero, comprendí. Sencillamente, había cubierto los
treinta o treinta y cinco metros de un subterráneo que moría en una piscina
o cisterna, inundada de una agua hedionda y verdinegra. En cuanto al enjambre de «sombras», no era otra cosa que un apretado bosque de palos y
postes que apuntalaba la techumbre del cubículo a derecha e izquierda. No
sabía si reír o llorar. El miedo me había jugado una mala pasada. E, incomprensiblemente, olvidé los extraños ruidos. La calma volvió a mí y, deseoso
de proseguir la búsqueda, dediqué un tiempo a pasear arriba y abajo de la
valla de seguridad, examinando las maderas. Todo era normal. Al otro lado
el declive del terreno concluía bruscamente. Semienterrados, distinguí cuatro relucientes y enormes peldaños de basalto que se hundían en la charca.
Mi rudimentario sistema de iluminación no me permitía ver más allá de dos
o tres metros. En consecuencia, desconocía las dimensiones de la cisterna y
lo que pudiera haber al otro lado de las primeras hileras de postes. - Era el
momento de considerar mi situación. Frente a la mugrienta valla, respirando las nauseabundas emanaciones del agua estancada, fijé la vista y los
pensamientos en la negra incógnita que tenía ante mí. Busqué en la memoria. La verdad es que apenas si había leído gran cosa sobre aquella parte de
las excavaciones de Hazor. Sin duda, se trataba de un antiquísimo sistema
hidráulico, ideado para el abastecimiento de una ciudad-fortaleza que, como
registra la historia, se vio sometida a diversos y prolongados asedios. Lo
asombroso es que, después de tantos siglos, el agua siguiera llenando el
fondo del subterráneo. Calculé el camino recorrido, estimando que podía
hallarme a 25 o 30 metros de profundidad. Mi gran duda era si debía
arriesgarme a continuar la marcha, explorando el resto del túnel. (Lo de
«marcha» era un decir, claro. La cerca de madera estaba allí por algo.) Ex33

perimenté un incómodo desasosiego. Pero lo atribuí al cúmulo de contrariedades que venía padeciendo. «¿Y si la clave del misterio estuviera más
allá?» La tiranía del criptograma se dejó sentir por enésima vez. «¿Es que
iba a tirar la toalla ante la primera seria dificultad que me cerrase el camino?»
La decisión estaba casi asumida cuando, en mitad de la oscuridad, escuché un nuevo y misterioso golpe. Fue como un «plof». Prendí el encendedor
y, al momento, descubrí el fatigoso avance de unas ondas en la superficie
de la cisterna. Algo se había precipitado en las aguas. Y el miedo resucitó.
Elevé la llama en un intento de visualizar el techo de la galería. Quizá se
tratase de algún desprendimiento, tan habituales en túneles de esta naturaleza. La sola idea de un derrumbe me sobrecogió. Pero, al punto, al reconocer el rocoso y compacto techo abovedado, rechacé la ocurrencia. Entonces,
si no era una piedra lo que acababa de agitar la piscina... El recuerdo de éste y de los golpes precedentes me acobardó. Como ya señalé, los había olvidado. En un santiamén, mi imaginación se encargó de debilitar mis escasos ánimos. ¿Y si la charca -cuya profundidad desconocía- ocultaba algún
animal? Discutí conmigo mismo. Eso no era razonable. ¿Qué clase de bestia
podría sobrevivir en una ciénaga así? Peores cosas había visto. Claro que
cabía también la posibilidad de que, en el extremo oculto del túnel... Me autorrebatí sin miramientos. Eso no tenía mucho sentido. Si la galería continuaba, e incluso disponía de una segunda entrada, ¿por qué suponer que
allí, en algún oscuro e incierto nicho del subterráneo, tenía que haber una
guarida de perros o animales asilvestrados? Además -remaché con convicción-, ese o esos supuestos perros no habrían desaparecido bajo las aguas.
« ... y sus alas te llevarán al guía. »
¡Maldita sea! La curiosidad seguía minando mi sentido común. ¿Qué había
al otro lado de la cisterna y del andamiaje de sustentación del túnel? Era
menester aclararlo. Si retornaba a la superficie sin intentarlo, jamás me lo
perdonaría. Y, lo que era peor, quizá perdiese la ocasión de despejar el
enigma.
¡Al diablo con todo! Aseguré la bolsa de las cámaras contra mi espalda,
situando la correa en bandolera y, pleno de coraje y de una insensata inconsciencia, salté la cerca.
El terreno, al filo de los peldaños de basalto, era fangoso. A derecha e izquierda, hundidos en el barro, se levantaban los primeros puntales de madera. Mi propósito era trepar por ellos y, con toda la precaución del mundo,
deslizarme sobre los travesaños hasta el final de los mismos. En aquellos
agitados instantes no vi una fórmula mejor para salvar la charca.
Mis manos se humedecieron al palpar los maderos de la izquierda. «Mal
asunto», sentencié. A la luz del mechero inspeccioné las bases. Se hallaban
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deterioradas. Era de esperar. Aquel armazón, dispuesto por los hombres de
Yadin, venía soportando un desgaste de treinta años. La humedad de la cisterna, implacable, lo había corrompido todo o casi todo. Examiné los clavos
que soldaban los palos horizontales a los verticales. La mayor parte corroída por el óxido- no ofrecía mucha seguridad. ¿Resistirían mi peso?
Decidí verificarlo. Me apoyé con ambas manos sobre el travesaño más bajo,
situado a cosa de ochenta centímetros del terreno, propinándole varios e
inmisericordes empellones. La estructura se resintió, crujiendo amenazadora. Fue un aviso. Pero no todo terminó ahí. Amén de patinar peligrosamente
sobre la curvatura del madero, al tercer o cuarto «embate» escuché un
nuevo «plof». Esta vez, a mi derecha y muy próximo. Me revolví frenético.
La única respuesta fue otra cansina serie de ondas circulares avanzando
hacia mis pies y el silencio. Un silencio que secó mi garganta. El irritante
misterio de aquellos golpes empezaba a encolerizarme. Descendí hasta el
último de los escalones y, en cuclillas, acerqué la llama a las aguas. Fue inútil. La negrura era impenetrable. Agité la superficie con la mano izquierda
y, al acercar los dedos a la nariz, un agudo olor a podrido me echó para
atrás. Permanecí pensativo y expectante, bregando con la oscuridad. Al poco, por mi izquierda, junto a uno de los postes ubicado a metro y medio,
emergieron varias burbujas. Sentí cómo los vellos de la nuca se erizaban.
No tuve valor para moverme. Aquellas burbujas, las únicas que había observado desde que llegara a la cisterna, confirmaron mis iniciales sospechas. Allí abajo habitaba o se movía algo... Segundos después otro burbujeo, más intenso, delató la presencia del supuesto animal junto a la base
del poste contiguo. Parecía alejarse hacia el interior de la charca. Temblando de miedo, hecho un ovillo sobre el húmedo peldaño, fui abriendo la cremallera de la bolsa, tanteando las máquinas. Si «aquello» -lo que fueraasomaba entre las aguas, un oportuno flashazo me permitiría fotografiarlo y
dejarlo temporalmente ciego... En caso de peligro, esa ceguera jugaría a mi
favor. Los segundos transcurrieron tensos e interminables. Con los músculos agarrotados fui paseando la vista por la ciénaga, esperando que, en
cualquier momento, la o las bestias irrumpieran en la superficie. De pronto
caí en la cuenta de que me hallaba con medio cuerpo fuera del escalón,
prácticamente sobre las aguas. ¿Y si el responsable de las burbujas buceaba hasta el filo de la piscina? La repentina y angustiosa idea pulverizó mi
menguado valor. Y de un salto retrocedí hasta la valla. El frío sudor y el
miedo destilaban ya por los cuatro costados. Pero el túnel continuó en silencio. Nada alteró sus aguas. Y despacio, muy despacio, fui recomponiendo
mi malparado espíritu. Los que me conocen un poco saben que, a estas alturas de la vida, sólo me indigno conmigo mismo. Pues bien, ésta fue una
de esas ocasiones en la que maldije mi escasa fortaleza de ánimo.
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Guardé la cámara fotográfica y, mascullando toda suerte de improperios
contra mí mismo, avancé hasta el andamiaje de la derecha. Se habían terminado las inspecciones y el rosario de fantasías. «Aquí no hay y no pasa
nada -fui repitiéndome mientras me asía a uno de los palos, emprendiendo
la escalada- Aquí sólo hay miedo ... »
No me equivocaba en lo del miedo. En lo otro, desgraciadamente, sí.
¡Estúpido de mí! jamás aprenderé. Los primeros movimientos fueron sencillos. Molestos y delicados ante lo resbaladizo de los troncos, pero de escasa dificultad. El entibado moría a unos cinco metros de la superficie de la
charca. Tanteé varios de los travesaños horizontales, eligiendo uno de los
más gruesos. Ante la presión de mi pie, gimió levemente. Pero soportó el
peso. El largo madero, claveteado a los postes verticales, se hallaba a unos
dos metros sobre el nivel de la ciénaga, perdiéndose en la profundidad del
túnel. Aquella batería de postes y tablas, al igual que la que había sido
plantada en el lateral izquierdo del subterráneo, formaba un intrincado laberinto de difícil acceso. Los troncos horizontales habían sido dispuestos a
medio metro uno de otro, reforzados en el interior de la masa del andamiaje con decenas de estacas, apuntaladas en aspa. Intentar el avance por el
centro de la estructura habría sido laborioso en extremo. Así que, en mi
afán por ganar tiempo, elegí la cara externa: desnuda y vertical sobre las
aguas. Frente a este podrido e improvisado «puente» -a cuestión de cuatro
o cinco metros- corría paralela, como digo, la estructura de la izquierda.
Atrapé el mechero entre los dientes y, midiendo cada paso, probando
palmo a palmo la integridad y resistencia del tronco al que me aferraba, fui
avanzando. La humedad, conforme me adentraba en el interior de la cisterna, fue en aumento. Un moho negruzco envolvía la mayor parte de las maderas, deshaciéndose entre mis dedos y suelas. Tomé aliento y, al mirar
hacia abajo, la mancha negra de las aguas y el recuerdo de las burbujas me
estremecieron. Si alguno de los tramos cedía, mi situación podía ser comprometida. Espanté tan funestos presagios y, con los cinco sentidos en cada
centímetro dé madera, reanudé la marcha.
Todo fue relativamente bien hasta que, a cinco o seis metros de la orilla,
al sortear otro de los postes, los viejos golpeteos me helaron la sangre. Pegué la cara al madero y, conteniendo la respiración, escuché. Los ruidos,
ahora, eran continuos. Encadenados. Muy cercanos. Y percibí cómo todos
los vellos de mi cuerpo se erizaban a un tiempo. Tras unos segundos de indecisión, abrazado al poste con todas mis fuerzas, incliné la cabeza, buscando la charca. La oscuridad no me facilitó las cosas. No acertaba a comprender..
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De pronto, algo golpeó mi bolsa. Fue un impacto seco. Violento. Las piernas se doblaron y una dolorosa lengua de fuego se propagó por mi vientre.
Clavé los dedos en la madera, aterrorizado ante la «agresión» y,,sobre todo, ante la idea de perder el equilibrio y caer.
¡Dios mío! ¡Algo se movía a mi espalda, pateando y arañando la bolsa de
las cámaras! Era pesado y topaba violenta y anárquicamente contra mis riñones. El pánico bloqueó mi garganta. No podía volverme. Ignoraba lo que
se revolvía a mis espaldas y, aunque el instinto me ordenaba soltar una de
las manos y defenderme, la posibilidad de resbalar y precipitarme en las
aguas fue más poderosa. En aquellos eternos segundos noté cómo el animal se asomaba al filo de la bolsa, desequilibrándome. Y ciego por el pánico, comencé a agitarme, balanceando el equipo a derecha e izquierda con
histérica desesperación. En los primeros vaivenes, la «cosa» debió de clavar
sus garras en el cuero, resistiendo, imperturbable, las violentas oscilaciones. A la quinta o sexta convulsión, la bolsa recobró su peso habitual. El
animal, sin duda, había saltado.
Al aminorar la tensión, las fuerzas cayeron en picado. Tuve que abrazarme al madero, temblando de pies a cabeza. Los escalofríos y aquel miedo
cerval habían hundido mis dientes en el encendedor, perforando el plástico.
Cerré los ojos, luchando por reprimir la agitada respiración. Pero los golpes
continuaban a mi alrededor, quebrando el silencio del túnel y mis desordenados intentos de serenarme. Me sentía impotente. Incapaz de avanzar 0
retroceder. Mi obsesión en tan dramáticos momentos era que otro u otros
animales pudieran precipitarse sobre mi cuerpo. Evidentemente, los impactos en el agua eran provocados por aquellos «invisibles» seres.
No sé cuánto tiempo permanecí aferrado al poste, acobardado e indefenso. Sólo cuando los topetazos decrecieron, haciéndose más espaciados y
distantes, la lucidez volvió a mí. Tenía que actuar. No podía atascarme en lo
alto del andamiaje, sin saber a qué atenerme y con la permanente amenaza
de una caída en unas aguas infectadas de Dios sabe qué criaturas.
«Sí, lo primero, antes de adoptar una decisión, es iluminar mi entorno. »
El miedo -quien lo haya padecido sabrá comprenderme- tiene estas y
otras absurdas consecuencias. Uno habla solo. Y yo empecé a dialogar
conmigo mismo, con la voz quebrada, en un fervoroso deseo de «sentirme
acompañado».
«... ¡El mechero! Claro ... »
Pero el mecanismo no respondió.
«¡Dios!... ¿Qué pasa?»
Uno, dos, tres golpes a la ruedecilla dentada. Era inútil. Me abracé de
nuevo al pestilente y húmedo madero y, a tientas, abrí al máximo el paso
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del gas. Los estériles fogonazos habían recrudecido el ritmo de los golpes y
los chapoteos en la ciénaga.
« ¡Vamos, vamos! »
Al segundo o tercer intento, una larga y trepidante llamarada -al fin- brotó impetuosa ante mis ojos. Y con el pulso tembloroso y desarmado, levanté la candela por encima de mi cabeza, hacia los travesaños superiores. El
túnel se iluminó. Al instante, al descubrir lo que bullía sobre los palos y maderos, los cabellos y toda mi piel se tensaron como agujas. El pavor y la repugnancia me hicieron vomitar entre dolorosas arcadas. Pensé que iba a
desmayarme. Y en un supremo intento por conservar el sentido, golpeé mi
frente contra el puntal...
« ¡Jesucristo! »
Aquella reacción animal me salvó momentáneamente. Con un agrio sabor, sin poder controlar los temblores que me sacudían como un muñeco,
me oriné de miedo. Nunca me había ocurrido. Lo confieso.
Con los ojos espantados aproximé la llama al palo horizontal que descansaba a medio metro de mis erizados cabellos, profiriendo un desgarrador: «
¡Fuera! ... »
El aullido, más que grito, y la proximidad del fuego surtieron efecto, y decenas de ratas que pululaban y se amontonaban en el entibado de la galería
treparon y huyeron en todas direcciones, empujándose y cayendo a la ciénaga.
Eran ratas grises. Muchas de ellas, enormes como gatos, chorreantes y
con sus repulsivos pelajes inhiestos como púas.
Entre escalofríos fui dirigiendo la llamarada arriba y abajo, a derecha e
izquierda, tratando de averiguar el número de las que se retorcían y circulaban veloces por los postes cercanos. Imposible calcularlo. Quizá fueran
más de un centenar.
Es curioso. El instinto de conservación tomó las riendas y, mientras agitaba mi amenazante brazo derecho, una '91 atropellada secuencia de posibles
soluciones desfiló por mi capar de allí. En cerebro. Lo más sensato era retroceder y es alguna ocasión había leído algo sobre tales roedores y sabía
de su voracidad, inteligencia y capacidad destructora. También es cierto
que raramente atacan o se enfrentan a un enemigo superior. Pero ¿cómo
saber si aquella colonia reaccionaría así? ¿Y si estaban hambrientas?
La enloquecida dispersión de los núcleos más próximos me tranquilizó a
medias. Estaban tan aterrorizadas como yo, aunque no podía fiarme. Algunas, quizá las más viejas, fueron a refugiarse en lo más intrincado del bosque de palos, desapareciendo en las tinieblas. Otras, en cambio, a prudencial distancia del fuego, se revolvían nerviosas, agitando sus peladas colas
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en el vacío y levantando los puntiagudos hocicos en actitud dudosa. Sus
uñas y dientes destellaban a cada movimiento, llenándome de pavor. Varias
de las ratas -no supe nunca si las más audaces o hambrientas- se atrevieron a cruzar por el poste horizontal más próximo y paralelo al que me servía de asidero. Centímetros antes de llegar a la altura de mis ojos, frenadas
por las temblorosas acometidas de la llama que sostenía entre los dedos,
daban media vuelta o se sentaban sobre sus cuartos traseros, orientando
sus sanguinolentos pabellones auditivos hacia el anárquico ir y venir del
mechero. Desafiantes, como digo, algunas llegaban a aventurarse por el
travesaño, corriendo veloces frente a mi rostro. En una de las ocasiones,
medio enloquecido, acerté a golpear con los nudillos en el espeso pelaje de
uno de los animales. Y el fuego prendió en su vientre. La rata se revolvió y,
entre chillidos, lanzó una dentellada a la zona incendiada. El dolor la obligó
a buscar el poste vertical más cercano y, enroscando su cola en el madero,
descendió veloz hacia la charca. El siseo del fuego al contacto con el agua y
una pequeña humareda pusieron punto final al lance. Sin poder reprimir mi
angustia, estallé en un nuevo y prolongado grito que provocaría otro precipitado alejamiento de los roedores. Con asombrosa habilidad, saltando por
encima de sus congéneres, muchas de las alimañas, ayudándose siempre
de sus colas, tomaron el camino de la ciénaga, corriendo postes abajo hasta
zambullirse en sus aguas.
Algo reconfortado (?) por mi pequeño triunfo, deslicé la mano izquierda
por el palo vertical y, en cuclillas, intenté iluminar la piscina. Por debajo de
mis pies, en los maderos, gracias a Dios, no distinguí ninguno de los escurridizos y negros bultos. La cloaca, en cambio, parecía un hervidero. Las ratas grises, resistentes nadadoras, se dirigían veloces hacia la orilla y el entablado de la izquierda. ¡Dios mío! Si caía al agua podía darme por muerto...
Y obedeciendo al instinto de conservación, empecé a retroceder, a la búsqueda de tierra firme.
«Hazor es su nombre ... »
Nunca lo he asimilado. ¿Cómo un hombre atemorizado puede doblegar su
natural inclinación a huir y, en cuestión de segundos, enfrentarse a lo que
le acobarda? Quizá ésta sea una de las maravillosas paradojas de la condición humana...
La cuestión es que, cuando apenas llevaba recorridos unos metros, la
«fuerza» que siempre me acompaña resurgió en mí. Y las frases del criptograma se entremezclaron con otros no menos violentos reproches.
«... y sus alas te llevarán al guía. »
«No, no puedo abandonar .. »
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«... El número secreto de sus plumas...
«¡Sólo son ratas!»
«... el que ha de preparar tu camino. »
«¡Es preciso luchar!»
¡Maldición! Mi ánimo, muy a pesar mío, empezaba a fortalecerse. Las ratas, al menos de momento, no habían dado muestras de agresividad. Quizá
pudiera alcanzar el otro extremo del subterráneo. Pero el miedo, tan sólido
como el deseo de ganar la cara oculta de la galería, me hizo dudar.
«¡Dios de los cielos! ¡Decídete! Si al menos tuviera algo con que defenderme ... »
No tenía más remedio que apagar el mechero. La cápsula metálica abrasaba. Pero la sola idea de la oscuridad, rodeado de aquel enjambre de ratas, me estremeció. Recordé el cuaderno «de campo». Sí, aquello podía
servir. Sus estrechas y alargadas hojas darían un respiro al encendedor.
Arranqué varias de las páginas en blanco y, retorciéndolas, improvisé una
antorcha. Estaba decidido. Sujeté el providencial bloc a mi cintura, hundiéndolo en parte sobre el vientre, y, en otro arrebato, me precipité hacia el
interior del túnel. Debía actuar con celeridad. Aquella frágil «tea» no duraría
mucho. El fuego devoraba el papel y yo seguía ignorando la profundidad del
entibado. Entre escalofríos, aferrado al palo horizontal con la mano izquierda y dividiendo las miradas entre el poste sobre el que caminaba, las inquietas ratas y el fuego, conseguí avanzar una docena de pasos. En parte
por liberar la tensión y el pánico y también para ahuyentar a los habitantes
del subterráneo, acompañé los movimientos de otros tantos y sonoros aullidos que hicieron enloquecer al eco, multiplicando las carreras de las alimañas y los chapoteos en la ciénaga.
Resistí la proximidad del fuego hasta que, a escasos milímetros de los dedos, el calor me hizo soltar la antorcha. Las tinieblas se precipitaron sobre
el lugar. Arrecié en los gritos, mientras torpemente preparaba una segunda
tea. La aparición de la lumbre no apaciguó el frenético bombeo de mi corazón. Mi pecho se agitaba violentamente. Escruté los palos inmediatos. Las
ratas, cada vez más alteradas, habían dejado de huir, amontonándose convulsas y chillonas a tres o cuatro metros por delante de mí. Otras retrocedían, evitando los travesaños sobre los que me encontraba. Grité con más
fuerza, protegiendo mi cuerpo con el fuego. No entendía aquella peligrosa
retención y vuelta atrás de los roedores. ¿Por qué no escapaban hacia 10
más profundo de la galería? La respuesta estaba frente a mí. Confuso y
pendiente de las ratas, no lo comprendí hasta chocar casi con ella.
En uno de los avances de la tea creí verla. Sí, ahora estoy seguro. El resplandor amarillento la iluminó fugazmente. Pero sólo cuando el pie izquier40

do fue a topar con ella, el presentimiento se hizo realidad. La más decepcionante de las realidades.
«¡Oh, no!»
Palpé incrédulo. La rugosidad de la roca fue demoledora. Allí mismo se
secaron mis fuerzas y la última gota de esperanza. El túnel finalizaba en
una pared cementada, lisa y desnuda. Atónito, moví la tea a diestra y siniestra, buscando un hueco, un pasadizo, una continuación de la galería.
Imposible. Los únicos orificios eran los practicados por los trabajadores de
Yadin a la hora de perforar el subterráneo con los maderos de sustentación.
Unos boquetes que las ratas se habían encargado de ensanchar, acondicionándolos como madrigueras. El crepitar del fuego, chamuscándome los dedos, me hizo reaccionar. Las brasas escaparon de mi mano y el silencio, las
tinieblas y la desolación se abatieron sobre mí. Por un instante había olvidado dónde me hallaba. El sentimiento de frustración era total.
¡Qué estupidez la mía!
Ya sólo. cabía volver. Deshacer lo andado. Antes, claro, era preciso salvar
aquella veintena de metros, sobre unos maderos semipodridos, resbaladizos
e infectados de ratas...
La sensación de inutilidad fue tan profunda que -digo yo- durante los primeros minutos eclipsó al miedo. Maquinalmente desgajé las postreras hojas
del cuaderno, incendiándolas. La fortuna no estaba de mi lado. Al tantear
en el pantalón, con el fin de guardar el mechero, éste se escurrió entre los
mojados dedos, cayendo a la ciénaga.
«¡Mierda!»
Fue la gota que, Colmó mi indignación. ¿Cómo iba a cruzar la estructura
de madera? Sin la protección del fuego, la manada de roedores podía abalanzarse sobre mí... Y un copioso sudor bañó mis sienes. Contemplé la oscilante llama como hipnotizado. Apenas si tenía antorcha para uno o dos minutos. Sin embargo, el galopante miedo vino a sacudirme y a sacudir mi
exhausto cerebro.
Aún quedaban hojas en el cuaderno «de campo». Pero ésas -repletas de
anotaciones- eran sagradas. Pensé en sacrificar la cazadora o la camisa...
Afortunadamente reparé en otro elemento, de más fácil y cómodo manejo.
Trasladé la tea a la mano izquierda y, sin pérdida de tiempo, me apoderé de
uno de los rollos de película. Atrapé la cola entre los dientes y tiré del chasis. Al segundo golpe, el metro y medio de negativo quedó al descubierto,
culebreando entre las piernas.
Debía trabajar con precisión. Sin demoras. Caminé hasta el poste vertical
más cercano y, antes de que la endeble antorcha se agotara, envolví chasis
y película en las agonizantes llamas. El velado Tri-X se retorció, desprendiendo un penetrante e intoxicante olor.
41

Las ratas, desorientadas por el súbito cambio de dirección del fuego, se
apelotonaron sobre los mástiles por los
-,-que debía cruzar. Dudé. Era preciso apartarlas. Gané otro par de pasos
sobre el crujiente travesaño, hostigándolas con el fuego y los gritos. Algunas huyeron. Otras, confusas e irritadas, plantaron cara o empezaron a girar sobre sí mismas, como enloquecidas. Temiendo lo peor, eché mano del
pañuelo e, incendiándolo, lo arrojé con los restos de la antorcha sobre las
más cercanas. El trapo y las pavesas se derramaron entre las ratas, sembrando la desbandada. El camino quedó libre.
Las verdiazules lenguas de fuego del film seguían su lento y trabajoso ascenso.
Tres, cuatro nuevos pasos.
Me hice con dos rollos más y, al tiempo que barría el madero con el inflamado Tri-X, vigilando a los roedores y Procurándome un mínimo de visibilidad, fui jalando y preparando un segundo film.
Seis, siete pasos más.
Me detuve. Me faltaba el aire. Prendí la siguiente película y, cuando me
disponía a cubrir el tramo final, el poste crujió bajo mis pies, cediendo e inclinándose. Fue casi instantáneo. La película escapó de entre mis dedos,
hundiéndose en la ciénaga con un tramo del travesaño. Instintivamente, al
percibir el desplome del madero, me aferré al Poste superior.
«¡Jesucristo!»
No pude articular una sola palabra más. El terror anudó mi garganta. Colgado y balanceándome bregué por izarme hacia el salvador travesaño. Otro
siniestro crujido me descompuso. Temeroso de que se quebrara, opté por
avanzar, valiéndome de las manos y del impulso del cuerpo en el vacío. El
siguiente poste vertical no se hallaba muy lejos. Si lograba alcanzarlo, suponiendo que los restantes maderos horizontales no hubieran sufrido la
misma suerte que el anterior, podría asentar de nuevo mis pies y recuperar
el pulso. Gimiendo, resoplando y rezando para que el húmedo poste no se
viniera abajo, fui palmeando sobre la madera, con los dedos crispados y
pringosos de moho.
«¡Dios mío, ayúdame!»
En uno de los vaivenes, mis pies tropezaron con el ansiado poste.
« ¡Ahí está!... ¡Un poco más! »
Las fuerzas flaqueaban. Tenía que llegar. Contuve el aliento y, apretando
las mandíbulas, gané un nuevo palmo. Pero inesperadamente los dedos pisaron una nervuda y fría pata. Creí morir. Despegué la mano derecha y, en
una reacción animal, adelantándome a un posible ataque, tensé los músculos, izándome a pulso hasta tocar la base inferior del madero con el cráneo.
No sé de dónde saqué las fuerzas y el coraje. Y entre convulsiones, aullando
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de rabia y pánico, golpeé la oscuridad con el puño cerrado. Una de las descargas alcanzó de lleno a la rata, arrojándola al vacío. Tuve el tiempo justo
de agarrarme al travesaño, que osciló peligrosamente al aflojar la tensión.
El negro bulto cayó como un plomo, yendo a estrellarse contra mi bota
izquierda. Y ágil y precisa, hundió sus uñas en el material, manteniendo el
equilibrio sobre el empeine.
«¡Oh, no!»
Lancé un alarido, pateando las tinieblas. Pero la rata, tan grande como mi
pie, resistió las embestidas. Si aquella bestia trepaba por el pantalón no
tendría más remedio que soltarme del poste...
Un hielo acerado subió por mi columna vertebral. Podía sentir sus uñas
perforando la bota. Y noté cómo la pierna izquierda, agotada, perdía fuerzas. Mi mente se negó a pensar. En segundos me había transformado en un
loco salvaje e irracional, dominado por el pavor. Me convulsioné, escupí y
pateé a la rata con la bota derecha, inundando el túnel con una catarata de
gritos y maldiciones. Medio aplastado, el animal cedió, cayendo finalmente
a las aguas. Y presa de una inenarrable desesperación «volé» casi hasta el
madero vertical. Y a gatas, ajeno a toda precaución, gimiendo y aullando,
me deslicé por el travesaño horizontal sin el menor sentido de la orientación
y del punto al que me dirigía.
Segundos después chocaba violentamente contra otro de los postes. Sólo
recuerdo que, conmocionado, perdí el equilibrio. Y la temida imagen de la
ciénaga me acompañó en la caída.
Puede parecer pueril. El caso es que siempre he creído en la proximidad
del «ángel de la guarda». Y en aquella ocasión, con más razón.
Fue el frío lo que me despabiló. Al recuperarme del topetazo me encontré
boca abajo, con el rostro semihundido en el barro. Intenté incorporarme,
pero la correa de la bolsa y un agudo dolor en la frente me retuvieron en la
misma postura.
«¿Qué había sucedido? ¿Dónde estaba?»
Moví las piernas y me asusté. Parte de mi cuerpo se hallaba sumergido en
la charca.
«¡Oh, Dios!»
Ahora lo entendía. Rememoré la escena de la rata, la enloquecida carrera
sobre el travesaño y el golpe final. La Providencia, al quite, había permitido
que cayera al borde de la ciénaga, junto a los escalones de basalto.
Me arrastré fuera del agua y, a trompicones, pasé al otro lado de la cerca.
Estaba empapado, sucio de lodo y, lo que era peor, abatido. Caminé como
un autómata, remontando la pendiente del subterráneo y no me detuve
hasta que, en el fondo del pozo, la tibia luz del día me bañó de pies a cabeza. Me deshice del equipo, contemplando mis ropas con desolación. El dolor
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seguía latiendo en mi cabeza, aunque no era lo que más me preocupaba.
Me recosté contra la pared y cerré los ojos, dejando que el sol templara mis
nervios. Poco faltó para que rompiera a llorar. Todo había sido en vano.
Había arriesgado la vida... por nada. Allí, en aquel infierno, sólo había descubierto -una vez más- mi solemne torpeza y una ¡limitada capacidad de
miedo... El enigma, el mayor y el Destino acababan de burlarse de mí. Descorazonado, sin ánimos para revisar siquiera las cámaras fotográficas, inicié
una cansina ascensión por aquellos malditos e imborrables 150 peldaños.
Jamás volvería a Hazor. Jamás...
Pero la convulsa jornada no estaba concluida.
En las ruinas reinaba la paz. Una calma que yo había perdido. Bebí ansioso de la fresca brisa que bajaba del Hermón y, al pie de los carteles que
anunciaban el túnel, levanté los ojos hacia el celeste de los cielos, agradeciendo que, después de todo, el buen Dios y sus «intermediarios» hubieran
sido misericordiosos.
La plegaria no duró mucho. Los dígitos del reloj -marcando las 13.30
horas- me recordaron que debía regresar. Había perdido la noción y la medida del tiempo. A lo lejos, en el vértice del triángulo arqueológico, un grupo de colegiales, alborozados y parlanchines, visitaba la ciudadela. Me estremecí ante la posibilidad de que los niños penetraran en la galería y cometieran la travesura de saltar la valla de madera. E irremediablemente, a
la vista de los muchachos, mis pensamientos volaron junto a mis hijos.
El Mercedes se hallaba cerrado y solitario. Solimán, aburrido quizá por las
cuatro horas y media de espera, había desaparecido. Más sereno, aproveché para poner en orden mis cosas. Me descalcé, examinando la bota izquierda con repugnancia. El material, en efecto, aparecía perforado en diferentes puntos. Me negué a recordar. Traté de escurrir la mitad inferior de
los pantalones, pero, sin desprenderme de ellos, era casi imposible. El resto
del equipo, excepción hecha del cuaderno «de campo», no parecía haber
sufrido en demasía. Deposité el calzado y los calcetines en el techo del vehículo y, reclinando la espalda en uno de los muros, fui a sentarme en el
caldeado suelo de Hazor.
El hematoma de la frente empezaba a hacerse ostensible. Me contemplé
de abajo arriba y el viejo sentimiento de frustración vino a mezclarse con el
asco. Apestaba.
Sin proponérmelo, encarado al sol, caí en la tentación de analizar y justipreciar cuanto llevaba recorrido e investigado. El enigma continuaba virgen,
distante y sellado. No había ganado un solo paso. Al contrario. Todo estaba
consumado. Perdido. No me sentía con ganas de proseguir ¿Para qué?
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Hazor era un fracaso. Aquellos, sinceramente, fueron los minutos más decepcionantes de toda mi aventura en Israel.
Estaba decidido. Retornaría a Jerusalén y, sin más demoras, tomaría el
primer vuelo a España. Me daba por vencido. Pero el Destino, evidentemente, tenía otros planes.
-¡Hombre de Dios! ¿Dónde se había metido?
La gruesa voz del guía, a mis espaldas, me arrancó providencial, aunque
sólo temporalmente, de la oscuridad de tales ideas.
Al volverme, Solimán frunció el entrecejo.
-¿Qué le ha pasado?
Me incorporé, tratando en vano de disimular mi lamentable aspecto. Boquiabierto, me miró de hito en hito. Y mudo por la sorpresa, señaló mis pies
desnudos, interrogándome con la mirada. Me encogí de hombros y, sin demasiado entusiasmo ni detalles, insinué que había sufrido un estúpido accidente en el fondo de la galería.
La cetrina tez del nazareno se distendió, dando paso a una sonrisa de
complicidad. Sus negros ojillos chispearon. No comprendí, Y haciéndome un
gesto con la mano, me invitó a regresar al automóvil. Me calcé en silencio
y, una vez en el interior del Mercedes, el perspicaz árabe me tendió unas
mandarinas. Las devoré.
Solimán esperó unos segundos. Me observó sin el menor pudor y, cuando
lo estimó conveniente, me preguntó en tono conciliador:
-¿Qué busca usted realmente ... ?
Mi esquiva mirada y el embarazoso silencio me delataron.
-Quizá yo pueda ayudarle -terció con habilidad.
Sonreí para mis adentros. ¿Cómo podía hacerlo?
-Otros, antes que usted -presionó-, también lo han intentado.
Esta vez le miré de frente.
-¿Otros?... ¿Cuándo?
Había caído en la trampa. Solimán, satisfecho, se arrellanó en el asiento,
respondiendo con otra interminable sonrisa.
-Pero ¿de qué me habla? -repliqué en un pésimo y tardío esfuerzo por
rectificar.
Separó su mano izquierda del volante y, señalando las ruinas con el índice, sentenció:
-La leyenda habla de un tesoro oculto en las entrañas de Hazor.
Aquello era nuevo para mí. Le animé a continuar.
-En la época helenística, el fortín fue reconstruido, y su guarnición, testigo de la batalla de Jonatán contra Demetrio. Pues bien, los supervivientes,
al parecer, enterraron el botín en algún lugar de la meseta...
45

Con una sonora carcajada corté sus explicaciones. No pude evitarlo. Me
excusé y, negando con la cabeza, le hice ver que desconocía el asunto y
que, precisamente, no era un tesoro lo que perseguía. Al menos, un tesoro
de aquella naturaleza...
-¿Entonces ... ?
Suspiré con desaliento. Le lancé una breve e inquisidora mirada y, tras
unos segundos de reflexión, me dejé llevar. ¿Qué podía perder?
-Tiene razón, Solimán. Busco algo...
Atento, asintió con la cabeza.
-Busco algo que no he sabido descubrir. Algo que ha pertenecido o pertenece a Hazor.. Algo que tiene alas...
El hombre enmudeció. Por un momento creí que me tomaba por un loco.
-¿Alas, dice usted?
Sin esperar respuesta, se enfrascó en nuevas meditaciones. El corazón
me dio un vuelco. ¿Por qué guardaba silencio? ¿Es que había algo? Era increíble. En décimas de segundo, un chispazo de esperanza volvía a ponerme en tensión, arrinconando mi aún caliente fracaso.
Aguardé nervioso. Pero el árabe no pestañeó. Eché mano de la cartera y,
antes de que abriera la boca, le mostré un billete de cien dólares.
-Si me ayuda a encontrarlo -le anuncié con vehemencia-, si me dice dónde hallar un ídolo, una pintura, una piedra.... no sé.... algo que presente
unas alas, esto será para usted.
Giró la cabeza lentamente. Examinó el dinero con avidez y, saltando del
coche, tartamudeó:
-¡No se mueva!... ¡Espere aquí!
Atónito, le vi correr y desaparecer en dirección al puesto de control.
Abandoné el automóvil y poco faltó para que saliera tras él. ¿Le había ofendido? ¿Por qué aquella violenta reacción? Me eché a temblar. La espera se
prolongarla durante una irritante e interminable hora. En ese tiempo tuve
oportunidad de fraguar toda serie de hipótesis. Lo más curioso, sin embargo, es que mi aparente firme propósito de abandonar la empresa se hubiera
disipado en un abrir y cerrar de ojos. Nunca he conseguido comprender mis
locas contradicciones...
Solimán apareció al fin por la empinada rampa de acceso a las ruinas.
Venía a la carrera. Sudoroso, jadeante y pletórico se introdujo en el Mercedes. Le imité y, sin mediar palabra, arrancó, dirigiéndose a la zona de salida. Le vi tan ensimismado que no tuve valor para interrogarle. Ardía en deseos de hacerlo, pero su mutismo me coartó.
Conducía de prisa. Nervioso. Cruzamos ante la garita de control como una
exhalación, sepultando al guarda en una blanca nube de polvo. El chofer,
impertérrito, desvió la mirada hacia el espejo retrovisor, esbozando una pí46

cara sonrisa. Al volverme distinguí la airada figura del funcionario, agitando
sus larguiruchos brazos entre la masa de polvo y tierra.
Minutos más tarde, Solimán abandonaba la carretera general, aparcando
frente a un moderno y funcional edificio de una planta, alejado poco más de
un kilómetro del tell.
-¿Y bien?
Por toda respuesta, el hermético guía alzó sus manos en dirección al edificio, exclamando:
-El museo de Hazor.
¡Santo cielo! Lo había olvidado. Esta vez fui yo quien corrí hacia las puertas de cristal, dejándole plantado. ¿Cómo no había caído mucho antes? Allí,
con seguridad, me esperaba la solución al criptograma.
«Hazor es su nombre ... »
Temblando de ansiedad irrumpí en el recinto. Al verme, el portero, un
hombre entrado en canas, sonrió. Obviamente, estaba al tanto de los manejos de Solimán. Porque al hacer ademán de abonar el obligado ticket de
entrada, señaló hacia el Mercedes, reforzando su ancha sonrisa y franqueándome el paso.
-Comprendo -le correspondí- Gracias...
Lancé una atolondrada ojeada a mi alrededor. La planta baja, que hace
las veces de vestíbulo y recepción, apenas contenía una docena de piezas y
varias fotografías aéreas de las excavaciones.
-¡Calma! -me ordené con severidad- ¡Mucha calma!
El examen tenía que ser minucioso. Merodeé en torno a las tinas y restos
de cerámica, pero no advertí nada de parlicular.
«... y sus alas te llevarán al guía. »
Concentrado en la búsqueda, necesité unos minutos para reparar en lo
anómalo de aquella situación. El guía, incomprensiblemente, no se había
movido del coche. Le observé a través de los ventanales. No parecía tener
intención de salir del automóvil. Era muy extraño. ¿Es que todo su descubrimiento consistía en el traslado al museo? No, no era lógico. Podría
haberse ahorrado las carreras, conduciéndome sencilla y directamente al
lugar. Por otra parte, si sabía algo, ¿por qué tanto mutismo? ¿0 es que no
le interesaba la sustanciosa propina? Tentado estuve de reunirme con él e
interrogarle. La verdad es que, con las prisas y la excitación del momento,
no le había concedido la oportunidad de explicarse. Sin embargo argumenté con cierto enfado- lo normal es que me hubiera seguido hasta el
edificio.
La curiosidad se impuso y, olvidando el incidente, me dirigí a las escalinatas que conducen a la parte superior: al museo propiamente dicho. Poco
después lamentaría este nuevo error.
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La espaciosa y única sala se hallaba desierta. Inmóvil al pie de la escalera, con el pulso acelerado, quise abarcarlo todo en un segundo.
«¡Calma!», me repetí, mientras el sentido común forcejeaba con una devoradora curiosidad.
«... el número secreto de sus plumas es el número secreto del guía. »
Presentía que la clave del enigma estaba a mi alcance. Casi podía olfatearla... ¿0 era mi ansiedad?
Aunque seguía careciendo de información respecto a la naturaleza del
«mensajero Hazor», algo en mi interior me decía que, nada más verlo, lo
reconocería. Así que, de puntillas, fui asomándome a las vitrinas. Cerámica
rojiza de diferentes períodos, puntas de flecha... Nada de aquello contenía
el mensaje que necesitaba.
Fui rodeando la estancia, desechando los innumerables cántaros, escudillas, telares, mesas de libaciones de basalto y las pesadas ruedas de molino, utilizadas en la antigüedad para prensar el grano.
Al llegar a un grupo de estatuas, igualmente basálticas, contuve la respiración. Examiné unos negros leones tumbados, esculpidos en pesados bloques prismáticos, todos ellos -como el resto del museo- extraídos en las excavaciones de Hazor. La forma de las melenas guardaba cierta semejanza
con las de un cuerpo emplumado. Pero las figuras carecían de alas. Saltaba
a la vista. Aquello no eran plumas. No obstante, obsesionado, me entretuve
en contar las que adornaban una de las monumentales cabezas. El número
-205- no me sirvió de mucho. Retrocedí un par de metros, buscando alguna
secreta «lectura» en la disposición del conjunto. Tuve que rendirme. Mis
ánimos, sin embargo, no decayeron. Tenía que ser paciente.
Consulté mis notas.
«MIRA, ENVÍO MI MENSAJERO
DELANTE DE TI, MARCOS 1.2.»
A pesar de saberme el criptograma de memoria, a pesar de haberlo descompuesto y desguazado durante cientos de horas, lo intenté una vez más.
La palabra «mira» -siempre desde el hipotético punto de vista del autorpodía encerrar un significado puramente literal: mirar o fijar deliberadamente la vista en un objeto. Claro que, según otra acepción del diccionario,
también quería decir «reflexión en un asunto antes de tomar una resolución». Cualquiera de ellas era válida. ¿Insinuaba el mayor que debía concentrar mis cinco sentidos en «algo» denominado Hazor u oriundo de
Hazor? ¿O, por el contrario, se trataba de una advertencia o una invitación
a la meditación?
El instinto no titubeó, inclinándose por lo primero.
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Hazor tenía que ser «algo». Y «algo» sólido, visible, susceptible de ser
medido y contemplado.
«... y sus alas te llevarán al guía MARCOS 6.2.0.»
¿Alas? Ahí estaba el problema. Si aceptaba el término en su sentido natural, lo lógico era pensar en un ser alado. Pero ¿en cuál? ¿En un animal? ¿En
un dios? ¿En un hombre o una mujer? ¿En un símbolo?
En cambio, si me ajustaba al segundo significado -«fila o hilera»-, el dilema se envenenaba. Las ruinas no guardaban una especial simetría, ni fui
capaz de descubrir una sola hilera de piedras, columnas o senderos que
apuntara o me «llevara» al «guía». Además, si el mayor hubiera concebido
el vocablo «alas» como «filas», ¿qué pintaban las «plumas» en el resto del
enigma?
Cerré el cuaderno «de campo» y, persuadido de que el «mensajero» era
otra cosa -¿quién sabe si una pintura, una moneda o una estatuilla?-, reanudé las pesquisas.
No era menester demasiada agilidad mental para intuir que lo que se exhibe en el museo de Hazor es sólo una mínima parte de lo realmente descubierto y rescatado en el tell. En la documentación consultada en Jerusalén
aparecía una legión de objetos que no figuraba en aquel modesto museo del
norte de Galilea. Esta realidad fue mermando mi entusiasmo. A pesar de
ello me enfrenté a cada uno de los utensilios y piezas, «diseccionándolos»
milímetro a milímetro. Quizá donde más tiempo consumí fue frente a una
tablilla rectangular, pétrea y milenaria en la que había sido practicada una
serie de incisiones horizontales y verticales. Se trataba de un juego. Eso rezaba la leyenda. Una especie de «rayuela» rudimentaria, con un total de 21
cuadraditos en tres hileras: una central con 10, y dos laterales con 5 cada
una. La fila de la derecha presentaba un sexto cuadrado, adosado a media
altura. En cuatro de esos cuadraditos, el artífice había grabado sendas «X».
Sumé, resté y multipliqué las «cruces» de aquel galimatías, hasta que, aburrido, me convencí de que tampoco guardaba una relación clara con el criptograma. En un primer tanteo, al descubrir que las series de cuadrados sumaban 2 1, me alarmé. Recordé el «ritual del cementerio de Arlington», pero ahí quedó la cosa. ¿Pura coincidencia?
Desestimé igualmente una gran caracola marina, seccionada en el vértice,
perforada en dos o tres puntos, y que constituía un viejo instrumento musical: el conocido shofar de la Biblia.
Tampoco los delicados escarabajos sagrados de marfil y de hueso repletos de inscripciones egipcias- aportaron luz a la investigación.
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