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CARL SAGAN.pdf


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sobre la existencia de seres inteligentes en el espacio extraterrestre.
Me complació en extremo inaugurar el ciclo de conferencias
sobre filosofía natural dedicado a la memoria de Jacob Bronowsky que organizara la Universidad de Toronto en noviembre de 1975. Durante la redacción del presente libro
amplié de manera sustancial el ámbito de lo tratado en dicha
conferencia, procurándoseme a cambio la estimulante oportunidad de ampliar conocimientos sobre temas que no son de mi
especialidad. Sentí el irresistible impulso de sintetizar parte
de los conocimientos adquiridos dentro de un marco coherente y de avanzar algunas hipótesis sobre la naturaleza y la evolución del intelecto humano que tal vez aporten alguna idea
original y que, por lo menos, bucean en un terreno que no ha
sido estudiado con amplitud.
Tarea ímproba, ya que si bien poseo estudios académicos de
biología y llevo años investigando sobre el origen y primeros
estadios evolutivos de los organismos vivos, carezco de conocimientos sólidos, por poner un ejemplo, en los terrenos de la
anatomía y fisiología cerebrales. En consecuencia, al exponer
las ideas que siguen lo hago con cierto sentimiento de inseguridad, consciente de que muchas de ellas entran en el terreno
de la especulación y sólo pueden aceptarse o desecharse una
vez sometidas a verificación. En todo caso, esta labor de análisis me ha ofrecido la oportunidad de atisbar un tema fascinante. Quizá las observaciones que formulo induzcan a otros a
profundizar en su estudio.
El postulado capital de la biología, aquel que a tenor de
nuestros conocimientos nos permite distinguir entre ciencias
biológicas y ciencias físicas, es la idea de evolución a través
de la selección natural, el trascendental hallazgo que realizaron
Charles Darwin y Alfred Russel Wallace a mediados del siglo
XIX. * Las perfeccionadas y espléndidas formas de vida que hoy
*Desde que tuviera lugar el famoso debate Victoriano entre el obispo Wilberforce y T. H.
Huxley se han disparado inútilmente continuas andanadas contra las ideas sostenidas por

conocemos han ido configurándose a través de la selección
natural, o dicho en otros términos, la reproducción y supervivencia prioritarios de los individuos de cada especie accidentalmente más adaptados a su medio. La evolución de un órgano
tan complejo como el cerebro debe enlazar inextricablemente
con las etapas primerizas de la historia de la vida, con su vacilante progreso e insalvables valladares, con la tortuosa adaptación de los organismos vivos a condiciones cambiantes que una
y otra vez ponen en trance de extinción formas de vida que en
su origen estuvieron perfectamente adaptadas al medio. La
evolución es fortuita y escapa a todo pronóstico. Tan sólo la
muerte de un inmenso número de organismos mal adaptados
nos permite a nosotros dar testimonio de vida.
La biología se asemeja más a la historia que a la física.
Queremos decir con ello que las calamidades, errores y circunstancias favorables del pasado prefiguran en gran manera el
presente. Al abordar una cuestión biológica tan intrincada
como es la naturaleza y evolución de la inteligencia humana
estimo, como mínimo, prudente conceder un valor sustancial
a los razonamientos derivados de la evolución que ha experimentado el cerebro humano.
_______
Darwin y Wallace, a menudo inducidas por aquellos en posesión de hachas doctrinales que amolar. La evolución es un hecho ampliamente demostrado por los restos fósiles y los hallazgos de la
moderna biología molecular. La bien conjuntada teoría de la selección natural tiene por
objeto explicar el fenómeno de la evolución. Se hallará una muy ponderada respuesta a las
críticas formuladas en fechas recientes a la teoría en cuestión, incluso a la peregrina opinión
de que la selección natural es una tautología («Los que sobreviven, sobreviven»), en el artículo de Gould, publicado en 1976, reseñado en las referencias bibliográficas expuestas al final
de la obra. Darwin era, indiscutiblemente, un hombre de su época, y por ello mismo proclive
— como traslucen sus comentarios sobre los habitantes de la Tierra del Fuego citados al principio del libro— a establecer comparaciones autocomplacientes entre los pueblos europeos y otras
comunidades étnicas. A decir verdad, las sociedades del periodo pretecnológico se parecían más
a los hospitalarios, gregarios y civilizados bosquimanos cazadores y recolectores del desierto del
Kalahari que a los fueguinos a los que Darwin, no sin cierta justificación, tenía en tan bajo
aprecio. Sin embargo, las percepciones darwinianas en torno a la evolución, la selección natural como causa primera de aquélla y la incidencia de estos conceptos en la configuración de la
naturaleza del ser humano, constituyen auténticos jalones en la historia de la investigación científica, tanto más cuanto que en la Inglaterra victoriana —y también hoy, aunque en menor medida — estas ideas chocaron con una recalcitrante oposición.