Caja PDF

Comparta fácilmente sus documentos PDF con sus contactos, la web y las redes sociales.

Compartir un archivo PDF Gestor de archivos Caja de instrumento Buscar PDF Ayuda Contáctenos



CARL SAGAN.pdf


Vista previa del archivo PDF carl-sagan.pdf

Página 1 23426

Vista previa de texto


la información extragenética recogida en el curso de su vida
un factor secundario.
Sin embargo, en el caso del hombre y de los demás mamíferos sucede exactamente lo contrario. Sin desconocer el notable
influjo del legado genético en nuestro comportamiento, nuestros cerebros ofrecen muchísimas más oportunidades de establecer nuevos modelos de conducta y nuevas pautas culturales
en cortos periodos de tiempo que en cualquier otro ser vivo.
Por decirlo de algún modo, hemos concertado un pacto con la
naturaleza según el cual el difícil proceso de maduración del
niño viene compensado por su capacidad de aprendizaje, lo
que incrementa en gran manera las posibilidades de supervivencia de la especie humana. A más abundamiento, el ser humano, en la restringida y más reciente fase de su largo devenir
biológico-intelectivo, se ha procurado no sólo información
extragenética, sino también conocimientos extrasomá-ticos, o
sea, información acumulada fuera de nuestro cuerpo, fenómeno
del que la escritura constituye el ejemplo más significativo.
Las transformaciones evolutivas o genéticas se consuman al
cabo de extensos periodos de tiempo. Para determinar el intervalo que media entre la aparición de una especie superior a
partir de su antecedente podría tomarse como base un periodo
de cien mil años; por lo demás, con frecuencia las diferencias de
comportamiento entre especies animales muy próximas
—leones y tigres, por ejemplo— no parecen ser muy considerables. Una muestra de evolución reciente de un elemento corporal en el hombre la tenemos en los dedos del pie. El dedo gordo desempeña una función importante en la conservación del
equilibrio al andar, pero el papel de los restantes dedos no es,
ni muchísimo menos, tan manifiesto. Es indudable que estos
dedos son un elemento evolucionado de los apéndices digitales
que algunos animales, como los simios y los monos trepadores,
utilizan para aferrarse o maniobrar ágilmente. Este ejemplo
de evolución constituye una re-especialización, es decir, la
adaptación de un órgano primitivamente evolucionado para

una función específica a otra muy distinta, que no se materializó por completo hasta transcurridos unos diez millones de
años. (Los pies del gorila de las montañas han seguido una
evolución pareja, aunque enteramente autónoma.)
Hoy, sin embargo, no es preciso aguardar diez millones de
años en espera de que se produzca la próxima mutación. Vivimos una época de cambios acelerados sin precedentes, y puesto
que estos cambios son en buena parte obra humana, es imposible soslayarlos. No queda más alternativa que ajustarse, adaptarse al cambio, controlarlo o perecer.
Probablemente, sólo un mecanismo de aprendizaje extragenético puede afrontar el rapidísimo proceso de transformación
que soporta la especie humana. En este sentido, la rápida evolución del intelecto humano que hoy se observa es, por un
lado, la causa, y por otro, la única solución concebible a los
muchos y graves problemas que nos acechan. Creo de veras
que una mejor comprensión de la naturaleza y evolución de la
inteligencia humana puede ayudarnos a enfocar con lucidez
los peligros ignotos que sin duda esconde el futuro.
Otra de las razones que me han movido a interesarme por
el tema de la evolución del factor cognoscitivo es que hoy, por
vez primera en la historia, disponemos de un poderoso instrumento que permite establecer comunicación a través de las inmensas distancias interestelares. Me refiero al radiotelescopio
de gran alcance. Aunque un tanto a ciegas y con paso vacilante, hemos empezado a utilizarlo a ritmo creciente para dilucidar si existen otras civilizaciones ubicadas en extraños mundos, a distancias inimaginables, que están enviando radiomensajes a la tierra. Tanto la existencia de dichas civilizaciones
como la naturaleza de los hipotéticos mensajes que tal vez
transmitan sólo se conciben en la universalidad de la evolución
del cerebro humano tal como se ha producido en nuestro planeta. De ahí que parezca lógico suponer que el estudio de la
evolución del ser racional en la Tierra permitirá obtener pistas
o perspectivas que arrojen un poco de luz a la investigación