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CARL SAGAN .pdf



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Autor: HECTOR GUILLERMO CHAVARRIA GARCIA

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CARL SAGAN
Los Dragones del Edén
Especulaciones sobre la evaluación
de la inteligencia humana
Ed. Grigalbo

En buena lógica, ¿no debería la mente del orador conocer la sustancia
del tema sobre el que se dispone a hablar?

PLATÓN
Fedro

No sé de un solo tratado, antiguo o moderno, que pueda
proporcionarme una explicación convincente del medio físico que me
rodea. La mitología es lo que más se acerca a lo que anda buscando.

HENRY DAVID THOREAU
The Journal

Jacob Bronowski forma parte del reducido grupo de hombres y mujeres que en el transcurso de la historia se han sentido atraídos y han logrado acceder a toda la gama del saber
humano: las letras, las ciencias, la filosofía y la psicología.
Bronowski rebasa el ámbito de la especialización en una sola
disciplina para sobrevolar el vasto panorama de la erudición
humana. Su libro, The ascent of man, adaptado también para
la televisión, constituye un soberbio instrumento educativo
a la par que un notable tributo al pasado. En cierto modo viene a relatarnos la evolución paralela del ser biológico y del
ser intelectivo.
El último capítulo de la obra y episodio final de la serie televisiva, titulado «La dilatada infancia», hace referencia al
vasto periodo de tiempo -mucho más prolongado en los individuos de nuestra especie que en los de cualquier otra si tomamos como referencia la duración total de sus respectivas vidasen que el niño permanece bajo la dependencia del sujeto adulto y su gran plasticidad, es decir, la capacidad que posee para adaptarse al entorno físico y cultural. Casi todos los
organismos terrestres actúan en buena medida conforme al legado genético de que son portadores y que ha sido «previa-mente
transmitido» al sistema nervioso del individuo, siendo

la información extragenética recogida en el curso de su vida
un factor secundario.
Sin embargo, en el caso del hombre y de los demás mamíferos sucede exactamente lo contrario. Sin desconocer el notable
influjo del legado genético en nuestro comportamiento, nuestros cerebros ofrecen muchísimas más oportunidades de establecer nuevos modelos de conducta y nuevas pautas culturales
en cortos periodos de tiempo que en cualquier otro ser vivo.
Por decirlo de algún modo, hemos concertado un pacto con la
naturaleza según el cual el difícil proceso de maduración del
niño viene compensado por su capacidad de aprendizaje, lo
que incrementa en gran manera las posibilidades de supervivencia de la especie humana. A más abundamiento, el ser humano, en la restringida y más reciente fase de su largo devenir
biológico-intelectivo, se ha procurado no sólo información
extragenética, sino también conocimientos extrasomá-ticos, o
sea, información acumulada fuera de nuestro cuerpo, fenómeno
del que la escritura constituye el ejemplo más significativo.
Las transformaciones evolutivas o genéticas se consuman al
cabo de extensos periodos de tiempo. Para determinar el intervalo que media entre la aparición de una especie superior a
partir de su antecedente podría tomarse como base un periodo
de cien mil años; por lo demás, con frecuencia las diferencias de
comportamiento entre especies animales muy próximas
—leones y tigres, por ejemplo— no parecen ser muy considerables. Una muestra de evolución reciente de un elemento corporal en el hombre la tenemos en los dedos del pie. El dedo gordo desempeña una función importante en la conservación del
equilibrio al andar, pero el papel de los restantes dedos no es,
ni muchísimo menos, tan manifiesto. Es indudable que estos
dedos son un elemento evolucionado de los apéndices digitales
que algunos animales, como los simios y los monos trepadores,
utilizan para aferrarse o maniobrar ágilmente. Este ejemplo
de evolución constituye una re-especialización, es decir, la
adaptación de un órgano primitivamente evolucionado para

una función específica a otra muy distinta, que no se materializó por completo hasta transcurridos unos diez millones de
años. (Los pies del gorila de las montañas han seguido una
evolución pareja, aunque enteramente autónoma.)
Hoy, sin embargo, no es preciso aguardar diez millones de
años en espera de que se produzca la próxima mutación. Vivimos una época de cambios acelerados sin precedentes, y puesto
que estos cambios son en buena parte obra humana, es imposible soslayarlos. No queda más alternativa que ajustarse, adaptarse al cambio, controlarlo o perecer.
Probablemente, sólo un mecanismo de aprendizaje extragenético puede afrontar el rapidísimo proceso de transformación
que soporta la especie humana. En este sentido, la rápida evolución del intelecto humano que hoy se observa es, por un
lado, la causa, y por otro, la única solución concebible a los
muchos y graves problemas que nos acechan. Creo de veras
que una mejor comprensión de la naturaleza y evolución de la
inteligencia humana puede ayudarnos a enfocar con lucidez
los peligros ignotos que sin duda esconde el futuro.
Otra de las razones que me han movido a interesarme por
el tema de la evolución del factor cognoscitivo es que hoy, por
vez primera en la historia, disponemos de un poderoso instrumento que permite establecer comunicación a través de las inmensas distancias interestelares. Me refiero al radiotelescopio
de gran alcance. Aunque un tanto a ciegas y con paso vacilante, hemos empezado a utilizarlo a ritmo creciente para dilucidar si existen otras civilizaciones ubicadas en extraños mundos, a distancias inimaginables, que están enviando radiomensajes a la tierra. Tanto la existencia de dichas civilizaciones
como la naturaleza de los hipotéticos mensajes que tal vez
transmitan sólo se conciben en la universalidad de la evolución
del cerebro humano tal como se ha producido en nuestro planeta. De ahí que parezca lógico suponer que el estudio de la
evolución del ser racional en la Tierra permitirá obtener pistas
o perspectivas que arrojen un poco de luz a la investigación

sobre la existencia de seres inteligentes en el espacio extraterrestre.
Me complació en extremo inaugurar el ciclo de conferencias
sobre filosofía natural dedicado a la memoria de Jacob Bronowsky que organizara la Universidad de Toronto en noviembre de 1975. Durante la redacción del presente libro
amplié de manera sustancial el ámbito de lo tratado en dicha
conferencia, procurándoseme a cambio la estimulante oportunidad de ampliar conocimientos sobre temas que no son de mi
especialidad. Sentí el irresistible impulso de sintetizar parte
de los conocimientos adquiridos dentro de un marco coherente y de avanzar algunas hipótesis sobre la naturaleza y la evolución del intelecto humano que tal vez aporten alguna idea
original y que, por lo menos, bucean en un terreno que no ha
sido estudiado con amplitud.
Tarea ímproba, ya que si bien poseo estudios académicos de
biología y llevo años investigando sobre el origen y primeros
estadios evolutivos de los organismos vivos, carezco de conocimientos sólidos, por poner un ejemplo, en los terrenos de la
anatomía y fisiología cerebrales. En consecuencia, al exponer
las ideas que siguen lo hago con cierto sentimiento de inseguridad, consciente de que muchas de ellas entran en el terreno
de la especulación y sólo pueden aceptarse o desecharse una
vez sometidas a verificación. En todo caso, esta labor de análisis me ha ofrecido la oportunidad de atisbar un tema fascinante. Quizá las observaciones que formulo induzcan a otros a
profundizar en su estudio.
El postulado capital de la biología, aquel que a tenor de
nuestros conocimientos nos permite distinguir entre ciencias
biológicas y ciencias físicas, es la idea de evolución a través
de la selección natural, el trascendental hallazgo que realizaron
Charles Darwin y Alfred Russel Wallace a mediados del siglo
XIX. * Las perfeccionadas y espléndidas formas de vida que hoy
*Desde que tuviera lugar el famoso debate Victoriano entre el obispo Wilberforce y T. H.
Huxley se han disparado inútilmente continuas andanadas contra las ideas sostenidas por

conocemos han ido configurándose a través de la selección
natural, o dicho en otros términos, la reproducción y supervivencia prioritarios de los individuos de cada especie accidentalmente más adaptados a su medio. La evolución de un órgano
tan complejo como el cerebro debe enlazar inextricablemente
con las etapas primerizas de la historia de la vida, con su vacilante progreso e insalvables valladares, con la tortuosa adaptación de los organismos vivos a condiciones cambiantes que una
y otra vez ponen en trance de extinción formas de vida que en
su origen estuvieron perfectamente adaptadas al medio. La
evolución es fortuita y escapa a todo pronóstico. Tan sólo la
muerte de un inmenso número de organismos mal adaptados
nos permite a nosotros dar testimonio de vida.
La biología se asemeja más a la historia que a la física.
Queremos decir con ello que las calamidades, errores y circunstancias favorables del pasado prefiguran en gran manera el
presente. Al abordar una cuestión biológica tan intrincada
como es la naturaleza y evolución de la inteligencia humana
estimo, como mínimo, prudente conceder un valor sustancial
a los razonamientos derivados de la evolución que ha experimentado el cerebro humano.
_______
Darwin y Wallace, a menudo inducidas por aquellos en posesión de hachas doctrinales que amolar. La evolución es un hecho ampliamente demostrado por los restos fósiles y los hallazgos de la
moderna biología molecular. La bien conjuntada teoría de la selección natural tiene por
objeto explicar el fenómeno de la evolución. Se hallará una muy ponderada respuesta a las
críticas formuladas en fechas recientes a la teoría en cuestión, incluso a la peregrina opinión
de que la selección natural es una tautología («Los que sobreviven, sobreviven»), en el artículo de Gould, publicado en 1976, reseñado en las referencias bibliográficas expuestas al final
de la obra. Darwin era, indiscutiblemente, un hombre de su época, y por ello mismo proclive
— como traslucen sus comentarios sobre los habitantes de la Tierra del Fuego citados al principio del libro— a establecer comparaciones autocomplacientes entre los pueblos europeos y otras
comunidades étnicas. A decir verdad, las sociedades del periodo pretecnológico se parecían más
a los hospitalarios, gregarios y civilizados bosquimanos cazadores y recolectores del desierto del
Kalahari que a los fueguinos a los que Darwin, no sin cierta justificación, tenía en tan bajo
aprecio. Sin embargo, las percepciones darwinianas en torno a la evolución, la selección natural como causa primera de aquélla y la incidencia de estos conceptos en la configuración de la
naturaleza del ser humano, constituyen auténticos jalones en la historia de la investigación científica, tanto más cuanto que en la Inglaterra victoriana —y también hoy, aunque en menor medida — estas ideas chocaron con una recalcitrante oposición.

En lo que atañe al cerebro, parto de la premisa fundamental
de que su actividad, lo que a veces solemos denominar «pensamiento», es mera y exclusiva consecuencia de su anatomía y
fisiología. Quizá el «pensamiento» sea el resultado de la acción, separada o conjunta, de los componentes del cerebro,
mientras que ciertos procesos pueden ser consecuencia de la
actuación del cerebro en bloque. Por lo visto, algunos estudiosos del tema han llegado a la conclusión de que ninguna
futura generación de neuroanatomistas podrá aislar y localizar
todas las funciones superiores del cerebro puesto que ellos
han fracasado en el empeño. Pero la ausencia de pruebas no es
prueba válida de la ausencia. La historia reciente de la biología
demuestra sin lugar a dudas que en buena medida somos el resultado de las interacciones de un complejísimo conglomerado
molecular. Hoy, la naturaleza del material genético, antaño
sanctasanctórum de la biología, se explica básicamente en función de los procesos químicos que desarrollan los ácidos nucleicos que lo constituyen, el ADN y el ARN, y de sus elementos
activos, las proteínas. En el ámbito de la ciencia y sobre todo
en el de la biología, se observa con frecuencia que los individuos más familiarizados con los entresijos de una cuestión
tienden a sustentar criterios más empecinados (y a la postre
erróneos) sobre la hipotética inasequibilidad del tema que quienes lo contemplan desde cierta distancia. Por otra parte, me
doy perfecta cuenta de que si este alejamiento es excesivo se
corre el riesgo de confundir lo que no es sino ignorancia con
supuesta percepción del problema. Sea como fuere, amparándome tanto en la clara tendencia que se observa en los más recientes progresos de la biología como en el hecho de que no se
dispone de la menor prueba que la sustente, omitiré en estas
páginas toda mención a la hipótesis acerca de lo que acostumbraba a conocerse como el dualismo cuerpo-mente, o sea, la
noción de que en el interior de la sustancia corpórea material se
contiene otra de muy distinta composición llamada mente.
Parte del estímulo y hasta del goce que uno halla en el estu-

dio de la cuestión radica en el nexo que guarda con todas las
áreas del esfuerzo humano, en especial la posible interacción
de los conocimientos obtenidos del estudio de la fisiología del
cerebro con las percepciones derivadas de la introspección humana. Por suerte, existe un cuantioso legado de estas últimas.
En un pasado remoto, las más ricas, intrincadas y profundas
de tales percepciones se denominaban mitos. «Los mitos
son hechos jamás acaecidos pero siempre presentes», dijo Salustio en el siglo IV. En los diálogos platónicos, y también en
La República, observamos que cada vez que se aborda un punto de vital importancia, Sócrates echa mano de un mito (recuérdese la parábola de la cueva, por aducir el ejemplo más
conocido). Y conste que no me refiero aquí al vocablo «mito» entendido en el sentido que normalmente se le otorga,
como un hecho que aun siendo contrario a la realidad natural
goza de amplia aceptación en el seno de una colectividad, sino
que lo utilizo en su acepción primigenia de metáfora sutil referida
a una cuestión que no puede explicarse de otro modo. En
consonancia con lo dicho, el lector hallará, entremezcladas
con las disquisiciones objeto de estas páginas, alusiones esporádicas a mitos antiguos y modernos. Incluso el título de esta
obra se debe a la sorprenden te idoneidad de diversos mitos
tradicionales y contemporáneos.
Aunque albergo la esperanza de que algunas de las conclusiones que expongo atraigan el interés de las personas dedicadas al estudio del intelecto humano, debo aclarar que, en principio, este libro va destinado al profano interesado en la materia. En el capítulo II se vierten conceptos algo más densos que
en el resto de mi estudio. Aun así, confío en que el lector podrá
salvar el obstáculo con un pequeño esfuerzo suplementario. De
lo dicho se infiere que el libro no es de difícil lectura. Como
norma general, los vocablos técnicos que aparecen ocasionalmente se definen antes de entrar en materia y, además, han
sido incorporados al glosario de términos que figura al final
del libro. Las tablas, cuadros, gráficos y esquemas son elemen-

tos auxiliares que, junto con el mentado glosario, facilitarán
la comprensión del libro a los que no posean estudios en materia científica. Por lo demás sospecho que la correcta interpretación de las ideas expuestas no va a suponer que el lector esté
de acuerdo con ellas.
En el año 1754, Jean-Jacques Rousseau escribía en el primer párrafo del Discurso sobre el origen y la desigualdad de los
hombres:
Aunque para poder discernir con acierto el estado natural del
hombre importa estudiarlo en sus orígenes ... no voy a seguir su
organización a través de las sucesivas fases que ha conocido ... Sobre este particular no haría sino perderme en imprecisas y casi visionarias conjeturas. Hasta el momento, la anatomía comparada no
ha progresado gran cosa, y las observaciones de los naturalistas
me parecen demasiado endebles para ser utilizadas como plataforma válida sobre la que erigir una argumentación sólida.

Las prevenciones de Rousseau, formuladas hace más de
dos siglos, siguen teniendo vigencia. No obstante, se han producido significativos avances en la investigación tanto de la
anatomía del cerebro como de la conducta del hombre y de los
animales, aspectos que Rousseau, muy atinadamente, conceptuaba de vital importancia en el marco de la cuestión. Tal vez
ya no sea prematuro intentar una síntesis de carácter preliminar.

1
EL CALENDARIO
CÓSMICO

¿Qué otra cosa vislumbras
en la oscura lejanía, allá en el abismo del tiempo?

SHAKESPEARE
La tempestad

El mundo es viejísimo y el ser humano sumamente joven.
Los acontecimientos relevantes de nuestras vidas se miden en
años o fracciones de tiempo aún más pequeñas, en tanto que la
duración de una vida humana se reduce a unos pocos decenios,
el linaje familiar a unos cuantos siglos y los hechos que registra la historia a unos milenios. Y, sin embargo, se extiende a
nuestras espaldas un fantástico panorama temporal que se pierde en un pasado remotísimo del que apenas sabemos nada. En
primer lugar, porque no poseemos testimonios escritos, y en
segundo lugar porque resulta muy difícil hacerse una idea de la
inmensidad de los periodos involucrados.
Aun así hemos logrado fechar algunos hitos de este remoto
pasado. La estratificación geológica y la fijación de cronología
en base al empleo de métodos radiactivos aportan datos sobre
las distintas etapas arqueológicas, paleontológicas y geológicas. La teoría astrofísica suministra información sobre la
edad de los planetas, las estrellas y la galaxia de la Vía Láctea,
así como una estimación del tiempo transcurrido desde que
acaeció este trascendental suceso conocido como el Big Bang,
es decir, la gigantesca explosión cósmica que afectó a toda
la materia y la energía del universo. Quizás el big bang fuera
el principio del universo, o puede que supusiera una discon-

tinuidad que acabó con toda información sobre los más remotos orígenes del cosmos. Pero lo induda ble es que constituye el
fenómeno más remoto del que se tiene noticia.
Para expresar la cronología cósmica nada más sugerente
que comprimir los quince mil millones de años de vida que se
asignan al universo (o, por lo menos, a su conformación actual
desde que acaeciera el big bang) al intervalo de un solo año.
Si tal hacemos, cada mil millones de años de la historia terrestre equivaldrían a unos veinticuatro días de este hipotético año
cósmico, y un segundo del mismo correspondería a 475 revoluciones efectivas de la Tierra alrededor del Sol. En las páginas 27 a 30 presento la cronología cósmica de tres formas:
una relación de fechas significativas anteriores al mes de diciembre; un calendario del mes de diciembre y una visión más
pormenorizada de la Nochevieja, o sea del 31 de diciembre. Si
se toma como base esta escala temporal, las efemérides narradas
en los libros de historia — aun en aquellos que se esfuerzan en
ampliar la visión de los hechos— se nos presentan tan apretujados que es necesario recurrir a una exposición detallada de los
últimos segundos del año cósmico. Aun así, nos vemos obligados a reseñar como sucesos contemporáneos hechos que se
nos ha enseñado a considerar muy distanciados en el tiempo.
Es probable que en los anales de la vida se hayan producido
acontecimientos igualmente cruciales en otros periodos, como,
por ejemplo, entre las 10.02 y las 10.03 de la mañana del 6
de abril o del 16 de septiembre. Pero lo cierto es que tan sólo
podemos ofrecer una visión pormenorizada del postrer intervalo del año cósmico.
La cronología se ha confeccionado de acuerdo con las pruebas más consistentes de que disponemos. No obstante, algunas
resultan bastante inseguras. Por ello, nadie debe extrañarse si
un día llega a determinarse que la vegetación no empezó a
cubrir la superficie de la Tierra en el periodo silúrico, sino en
el ordoviciense; o que los gusanos segmentados aparecieron en
una fase del precámbrico más temprana de lo que se indica.

Asimismo, es obvio que al confeccionar la cronología de los
últimos diez segundos del año cósmico no me fue posible incluir todos los sucesos de relieve, y en este sentido espero que
se me perdone el no haber mencionado de manera explícita los
progresos acaecidos en el campo de las artes, la música, la literatura, o, en otro orden, las revoluciones americana, francesa,
rusa y china, tan cargadas de significación histórica.

La elaboración de estas tablas y cuadros cronológicos inclina forzosamente a la humildad. Así, resulta desconcertante
que la aparición de la Tierra como producto de la condensación de la materia interestelar no acaezca en este año cósmico hasta primeros de septiembre; que los dinosaurios aparezcan en Nochebuena; que las flores no broten hasta el 28 de
diciembre o que el ser humano no haga acto de presencia hasta
las 22.30 de la víspera de Año Nuevo. La historia escrita ocupa los últimos diez segundos del 31 de diciembre, y el espacio
transcurrido desde el ocaso del Medioevo hasta la época contemporánea es de poco más de un segundo. En virtud de la
convención adoptada, se supone que el primer año cósmico
acaba de tocar a su fin.
Pero, a pesar del intervalo insignificante que nos corresponde en la tabulación cósmica del tiempo, es obvio que lo que
vaya a ocurrir en la Tierra y en su entorno al iniciarse el segúndo año cósmico, dependerá en buena medida del nivel que alcance la ciencia y de la sensibilidad del género humano en su
más prístina manifestación.

2
GENES Y CEREBROS

¿Con qué martillo? ¿Con qué cadena?
¿En qué horno se ha fundido tu cerebro?
¿Con qué yunque? ¿A qué temible garra
sus atroces angustias le impulsaron a sujetarse?

WILLIAM BLAKE
«El Tigre»

De todos los animales, el hombre es el que tiene el
cerebro más grande en proporción a su tamaño.

ARISTÓTELES
De las partes de los animales

L a evolución biológica ha venido acompañada de un incremento de la complejidad. Los organismos más perfeccionados
hoy existentes en la Tierra contienen un caudal de información, tanto genética como extragenética, mucho mayor que
la de los más complejos organismos de, pongamos por caso, doscientos millones de años atrás, cifra que supone tan sólo la vigésima parte de la historia de la vida en nuestro planeta, o cinco días atrás, si tomamos como base el calendario cósmico.
Los organismos actuales más simples tienen un pasado evolutivo tan denso como los de mayor complejidad, aunque bien
pudiera ser que la bioquímica interna de las bacterias contemporáneas sea más eficiente que la de las bacterias de hace
tres mil millones de años. En cambio, es probable que el monto de información genética de las actuales bacterias no sea
mucho mayor que el de sus antecesoras. Así pues, es sumamente importante distinguir entre el caudal de información y la
calidad de dicha información.
Llamamos taxones a las distintas formas biológicas. Las clasificaciones taxonómicas más genéricas distinguen entre plantas y ani males, o entre organismos cuyas células tienen un
núcleo muy poco desarrollado (por ejemplo, bacterias y algas
verdiazules) y aquellos en los que el núcleo se presenta clara-

mente diferenciado y posee una compleja estructura (caso de
los protozoos y del hombre). Sin embargo, todos los organismos del planeta, tanto si tienen o no un núcleo definido, poseen cromosomas, en los que se almacena el material genético
transmitido de generación en generación. Las moléculas
transmisoras de los caracteres hereditarios son, en todo los organismos, los ácidos nucleicos. Salvo contadas excepciones,
por lo demás secundarías, el ácido nucleico depositario de la
información hereditaria es la molécula llamada ADN (ácido
desoxirribonucleico). También cabe conceptuar como entidades taxonómicas diferenciadas otras divisiones más finas de
varios tipos de plantas y animales en especies, subespecies y
razas.
Una especie es un grupo de individuos que pueden cruzarse
dan do descendencia fértil, situación que no se produce al cruzarse con organismos de otros grupos. El cruce de perros de
distintas razas origina cachorros que, una vez adultos, estarán
en condiciones de reproducirse. Pero el apareamiento de dos
especies distintas, incluso tratándose de especies tan próximas
como el caballo y el asno, origina una descendencia estéril (en
este caso, la muía). De aquí que asnos y caballos se clasifiquen
como dos especies distintas. A veces se producen apareamientos, viables como tales pero infecundos, de especies más diferenciadas —leones y tigres, por ejemplo—, y aunque en rarísimas ocasiones la progenie tiene capacidad reproductiva, ello
no indica sino que la definición de especie es un tanto confusa.
Todos los hombres somos individuos de la especie Homo sapiens, optimista apelativo latino que significa «hombre sabio». Nuestros probables antecesores, el Homo erectus y el Homo
habilis —a la sazón extintos—, se clasifican como pertenecientes
al mismo género (Homo) pero a diferente especie, aunque nadie, por lo menos en fecha reciente, ha intentado investigar si
el cruce de uno y otro con individuos de nuestra especie podría
haber
originado
una
progenie
fértil.
En la antigüedad dominaba la idea de que se podía obtener

descendencia a partir de cruces entre organismos de muy distinta naturaleza. La mitología nos dice que el Minotauro
muerto por Teseo era fruto de un toro y de una mujer, y el historiador roma no Plinio manifiesta que el avestruz, recién descubierto por aquel entonces, era producto del cruce de una jirafa con un mosquito. (Debo suponer que lo sería del apareamiento de una jirafa hembra y un mosquito macho.) Es
indudable que muchos apareamientos no deben haber sido
intentados en la práctica por una comprensible falta de incentivos.
En el presente capítulo aludiremos repetidas veces al gráfico
de la página 32. La curva de un trazo continuo muestra el momento en que aparecen por vez primera algunos importantes
grupos taxonómicos. Ni que decir tiene que existen muchos
más taxones que los representados por los escasos puntos que
aparecen en la gráfica. Con todo, la curva ilustra de forma
clara la gran cantidad de puntos que se necesitarían para representar en la figura las decenas de millones de taxones que
han surgido desde que la vida hizo su aparición en el planeta.
Los grupos taxonómicos más importantes, aquellos que han
evolucionado más recientemente, son por regla general los más
complejos.
El análisis del comportamiento de un organismo, esto es,
el número de funciones que está llamado a ejecutar en el curso
de la vida, permite hacerse una idea de su grado de complejidad. Con todo, este factor también puede determinarse atendiendo al mínimo caudal de información que contiene el material genético del organismo de que se trate. Un cromosoma humano, por ejemplo, contiene una larguísima molécula de ADN
arrollada de forma helicoidal, con lo que ocupa un espacio
mucho más reducido del que necesitaría en el caso de que se
presentara completamente extendida. Dicha molécula de
ADN está fragmentada en bloques o unidades autónomas
unidos de forma similar a los peldaños de una escala de cuerda.
Dichas unidades reciben el nombre de nucleótidos, de los que

existen cuatro variedades. El lenguaje de la vida, el caudal de
información hereditario, viene determinado por las diferentes
disposiciones de los cuatro tipos de nucleótidos distintos. Así
pues, podemos decir que el lenguaje de la herencia está escrito
en un alfabeto de sólo cuatro letras.
Pero el libro de la vida es muy pródigo y, así, una molécula
de ADN cromosómico del hombre está integrada por unos
cinco mil millones de pares de nucleótidos. Las instrucciones
genéticas de los restantes taxones terrestres están escritas en
el mismo lenguaje y con el mismo código. Es evidente, pues,
que este lenguaje genético común constituye un indicio de que
todos ios organismos de la Tierra tienen un solo antecesor, de
que en el planeta se produjo una única manifestación de vida
hace aproximadamente cuatro mil millones de años.
Por regla general, el volumen informativo de cada mensaje
viene representado en unidades llamadas bits, contracción del
término inglés binary digits (dígitos binarios). El sistema aritmético más sencillo que existe no utiliza diez dígitos (como
hacemos nosotros en virtud del accidente evolutivo que nos
otorgó diez dedos), sino tan sólo dos, el 0 y el 1. Toda pregunta definida de manera suficiente es susceptible de ser respondida con un solo dígito binario, sea el 0 o el 1, es decir con
un «sí» o un «no». En el supuesto de que el código genético
estuviera escrito en un alfabeto con dos letras, en vez de en
otro con cuatro, el número de bits contenido en una molécula
de ADN equivaldría al doble de pares de nucleótidos. Pero
dado que existen cuatro clases distintas de nucleótidos, el número de bits de información contenidos en la citada molécula
de ADN es el cuádruple del número de pares de nucleótidos.
Por lo tanto, si un solo cromosoma tiene cinco mil millones
(5 x 109) de nucleótidos, contendrá veinte mil millones
(2 x 1010) de bits de información. (El símbolo 109 nos
indica simplemente la unidad seguida de un determinado
número de ceros; en el caso que nos ocupa, nueve.)
¿Qué cantidad de información suponen veinte mil millones

de bits? ¿Cuál sería su equivalente si esta cifra se plasmara en
un libro corriente escrito en un idioma moderno? Por regla
general, los alfabetos de las distintas lenguas poseen de veinte
a cuarenta letras, a los que debe añadirse de doce a veinticinco
numerales y signos de puntuación. Por lo tanto, la mayoría de
idiomas no requerirían más de sesenta y cuatro caracteres.
Puesto que 26 es igual a 64 (2 x 2 x 2 x 2 x 2 x 2), bastarían
seis bits para configurar una letra o signo. Imaginemos que
llegamos a esta determinación mediante una especie de juego
de las «Veinte preguntas», en el que cada respuesta equivale
al empleo de un solo bit para una Pregunta a la que se contesta
escuetamente con un «sí» o con un «no». Supongamos que el
carácter que deseamos especificar es la letra J. Para ello,
procederíamos del siguiente modo:
PRIMERA PREGUNTA: ¿Se trata de una letra (0) o de otro signo (1)?
RESPUESTA: De una letra (0).
SEGUNDA PREGUNTA: ¿Forma parte de la primera mitad (0) o de
la segunda mitad (1) del alfabeto?
RESPUESTA: De la primera mitad (0).
TERCERA PREGUNTA: ¿Se encuentra entre las siete primeras
letras (0) de las trece que forman la primera mitad del alfabeto, o entre las seis restantes (1)?
RESPUESTA: Entre las seis últimas (1).
CUARTA PREGUNTA: Tomando las seis últimas letras (H, I, J, K,
L, M,), ¿forma parte de la primera mitad (0) o de la segunda
mitad (1)?
RESPUESTA: De la primera mitad (0).
QUINTA PREGUNTA: Tomando dichas letras (H, I, J), ¿es la H (0)
o bien la I o la J (1)?
RESPUESTA: La I O la J (1).
SEXTA PREGUNTA: ¿Se trata de la I (0) o de la J (1)?
RESPUESTA: De la J (1).

En consecuencia, especificar la letra J equivale al código
binario 001011, con la salvedad de que no ha sido necesario

formular veinte preguntas, sino seis, y es este detalle el que
nos permite afírmar que para determinar una letra dada bastan
solamente seis bits. Por tanto, veinte mil millones de bits
corresponden poco más o menos a tres mil millones de letras
(2 x 1010/6 = 3 x 109). Si una palabra consta por término
medio de seis letras, el volumen de información que admite un
cromosoma humano se eleva a unos quinientos millones de palabras (3 x 109/6 = 5 x 108). Si la página corriente de un libro contiene alrededor de trescientas palabras, la cantidad antedicha nos daría unos dos millones de páginas (5 x 108/3 x
102 = 2 x 106). Teniendo en cuenta que, por término medio, un libro contiene quinientas páginas de esta índole, el
caudal informativo de un solo cromosoma es el equivalente a
unos cuatro mil volúmenes (2 x 106/5 x 102 = 4 x 103). De
lo dicho se desprende claramente que la secuencia de segmentos de la cadena de ADN que antes mencionábamos supone
un formidable acopio de datos. Por lo demás, es natural que para
especificar un objeto de tan exquisita construcción y complejo funcionamiento como el ser humano se requiera un caudal informativo tan inmenso. Los organismos simples son menos complejos y tienen menos funciones que realizar, de ahí
que necesiten un menor acopio de información genética. Los
computadores de los módulos del Viking I y II que se posaron
sobre Marte en 1976 habían sido previa mente programados
con un volumen de instrucciones de algunos millones de bits.
Por tanto, ambos vehículos espaciales contenían un poco más de
«información genética» que una bacteria, pero muchísima menos
que un alga.
El gráfico de la página siguiente nos muestra también la cantidad mínima de información genética de las moléculas de ADN
en diversos grupos taxonómicos. La suma asignada a los mamíferos es inferior a la del ser humano, por la sencilla razón
de que la mayor parte de ellos poseen menos información genética que el hombre. En el seno de algunas categorías taxonómicas —caso, por ejemplo, de los anfibios— el volumen de

El gráfico muestra la evolución del acopio de información contenida en los
genes y en el cerebro durante la historia de la vida en la Tierra. La curva
de trazo grueso, jalonada por puntitos negros, representa el número de
bits de información contenido en los genes de diversos grupos taxonómicos, de los que se muestra, también, la época de su aparición en la crónica
geológica del planeta. Debido a las variaciones en la cantidad de ADN de
una célula para ciertos grupos taxonómicos, sólo reseñamos en el gráfico
el contenido mínimo de información corres pondiente a un taxón determinado. Los datos se han tomado de la obra de Britten y Davidson (1969).
La curva de trazo discontinuo, flanqueada o cortada por puntos en blanco,
constituye una estimación aproximada de la evolución de la cantidad de
información contenida en el cerebro y el sistema nervioso de los organismos en cuestión. La información que almacena el cerebro de los anfibios y otros animales de orden inferior caería fuera del margen izquierdo
de la figura. También se muestra el número de bits de información contenido en el material genético de los virus, a pesar de que no se ha demostrado fehacientemente que los virus se originaran hace varios miles de millones de años. Cabe en lo posible que los virus hayan evolucionado en una
etapa más reciente, por pérdida de funciones, a partir de bacterias u otros
organismos más complejos. En el supuesto de que deseáramos ubicar la

información extrasomática que se procura el hombre (bibliotecas, etc.), el
punto correspondiente caería mucho más allá de la parte inferior del margen derecho de la figura.

información genética varía considerablemente de una especie
a otra, y se sospecha que buena parte de su ADN es redundante o carece de función específica. Este es el motivo de que
en la gráfica conste solamente la cantidad mínima de ADN
que contiene un taxón determinado.
En la gráfica se observa que hace tres mil millones de años
el acopio de información de los organismos terrestres experimentó un marcado incremento, y que a partir de entonces el
volumen de información genética ha ido aumentando lentamente. También se aprecia que si para poder sobrevivir el
hombre necesita bastante más de varias decenas de miles de
millones (varias veces 10'°) de bits de información, los sistemas extragenéticos deberán ser los encargados de facilitarle
la cantidad complementaria; la velocidad con que se desarrollan los sistemas genéticos es tan lenta que el ADN no puede
suministrar este suplemento de información biológica.
El material básico de la evolución son las mutaciones, es
decir, los cambios hereditarios producidos en las cadenas de
nucleótidos Que se encargan de elaborar las instrucciones hereditarias en la molécula de ADN. Causas de mutación son la
radiactividad ambiental, los rayos cósmicos del espacio, y, a
menudo, el azar, que altera espontáneamente la disposición de
los nucleótidos en contra de las previsiones formuladas sobre
una base estadística. Los enlaces químicos se rompen accidental y espontáneamente. Hasta cierto punto el propio organismo regula las mutaciones, ya que posee la facultad de reparar
determinados daños estructurales causados a su contingente
de ADN. Hay, por ejemplo, una serie de moléculas que supervisan el ADN para detectar una posible deterioración de las
mismas. Cuando se descubre una alteración particularmente

nociva, ésta queda bruscamente cortada por una especie de
«tijeras» moleculares, lo que permite recomponer el ADN.
Con todo, esta facultad regeneradora no es, no conviene que
sea, perfecta, puesto que la evolución necesita de las mutaciones. La mutación sobrevenida en una molécula de ADN del cromosoma de una célula de la piel del dedo índice no tiene influjo en la herencia, ya que los dedos de la mano no intervienen,
por lo menos de una manera directa, en la propagación de la
especie. Lo que sí influye son las mutaciones en los gametos,
los óvulos y las células germinales, que son los agentes de la
reproducción sexual.
De manera fortuita, ciertas mutaciones beneficiosas suministran el material de base que impulsa la evolución biológica,
como, por ejemplo, la mutación que aporta melanina a determinada especie de mariposas nocturnas, con el consiguiente
cambio de coloración del blanco al negro. Por regla general,
esta cíase de mariposas nocturnas se posa en el tipo de abedul
que se da en Inglaterra, donde la coloración blanca del insecto
le procura un camuflaje protector. En este caso la mutación de
la melanina no supone una ventaja, pues las mariposas con pigmentación negra destacan visiblemente y son engullidas por
los pájaros. Se trata, pues, de una mutación perjudicial. Pero
cuando a raíz de la revolución industrial la corteza del abedul
empezó a cubrirse de hollín, la situación cambió radicalmente,
y sólo las mariposas que habían experimentado la mutación
antedicha sobrevivieron. En este caso nos hallamos ante una
mutación beneficiosa y, andando el tiempo, la mayor parte de
las mariposas nocturnas adquieren la pigmentación negra, rasgo hereditario que se transmite a ias futuras generaciones. De
vez en cuando también se producen «retromutaciones» que
destruyen la adaptación inducida por la meiamina y que serían
beneficiosas para ei insecto si se pudiera poner término a la
contaminación industrial que padece Gran Bretaña.
Obsérvese que en esta interacción entre mutación y selección natural, la mariposa nocturna no realiza un esfuerzo cons-

ciente para adaptarse a los cambios del medio físico. Se trata
de un proceso fortuito, sólo verificado por apreciaciones estadísticas.
Los organismos de mayor tamaño, como el hombre, sufren
por término medio una ni marión por cada diez gametos, o sea,
que existe un 10 por 100 de probabilidades de que una célula germinal o reproductora lleve registrado un cambio transmisible por herencia en las instrucciones genéticas que han de
configurar la estructura de la siguiente generación. Son mutaciones acaecidas al azar y casi siempre nocivas, pues es raro
que un mecanismo de precisión mejore como resultado de un
cambio fortuito en las instrucciones para construirlo.
Por otra parte, muchas de las mutaciones aludidas tienen
carácter recesivo, es decir, no se manifiestan de forma inmediata. Con todo, el índice de mutación es a la sazón tan elevado
que, al decir de diversos biólogos, si aumentase la cantidad de
ADN genético se producirían índices de mutación demasiado
altos. Si aumentara nuestra dotación de genes, sobrevendrían
numerosos desajustes con excesiva frecuencia. * Si ello es así,
tiene que existir un «techo» en cuanto al volumen de información genética que puede tener cabida en el ADN de los organismos más complejos. Por el mero hecho de su existencia,
dichos organismos deben poseer considerables recursos de
información extragenética. En todos los animales superiores,
a excepción del hombre, esta información se contiene casi
exclusivamente en el cerebro.
¿Cómo se distribuye la información contenida en el cerebro? Examinemos los dos puntos de vista más antagónicos
* Hasta cierto punto el ritmo de mutación viene a su vez regulado por la selección natural, como se
desprende del ejemplo aducido sobre las «tijeras moleculares». Pero es
muy probable
que exista un índice de mutabilidad mínimo e irreductible. l.°) para que tengan lugar suficientes ex
perimentos genéticos y la selección natural entre en acción, y 2.°) como elemento equilibrador
entre los mutaciones producidas, supongamos, por los rayos cósmicos y tos más eficaces mecanismos «restauradores» de la célula.

acerca de la función del cerebro. Según unos, el cerebro, o
por lo menos su capa más superficial, la corteza cerebral, es
equipotente, o sea que cualquier parte de la misma puede realizar las funciones de las demás, por lo que no cabe hablar de
localización de funciones. La segunda teoría afirma que el cerebro es un entramado de conexiones y que, por tanto, las funciones cognoscitivas específicas están localizadas en zonas muy
concretas del cerebro. El estudio de los computadores parece
indicar que la verdad radica en un punto medio entre ambos
extremos. Por una parte, toda estimación no mística de la función cerebral debe relacionar la fisiología con la anatomía y
cada función específica debe subsumirse en unos módulos neurales concretos u otras estructuras cerebrales. Por otra, y con
objeto de asegurar la esmerada ejecución de cada función y
prevenir eventuales fallos, cabe suponer que la selección natural ha desarrollado una redundancia considerable en la función
cerebral. Y lo mismo cabe esperar del curso evolutivo más
probablemente seguido por el cerebro.
La redundancia de memoria almacenada quedó claramente
probada gracias a los experimentos de Karl Lashley, un psiconeurólogo de Harvard que extirpó considerables porciones
de la corteza cerebral de ratas sin que los roedores olvidaran
el trazado, previa mente asimilado, de un laberinto. De los referidos experimentos se infiere que una misma memoria ha de
estar forzosamente localizada en múltiples partes del cerebro.
Hoy sabemos que determinados recuerdos se canalizan a través de un conducto denominado cuerpo calloso, que comunica
los hemisferios cerebrales derecho e izquierdo.
Según Lashley, tampoco se apreciaron cambios en el comportamiento general de las ratas tras serles extirpada una porción considerable, digamos un 10 por 100, de cerebro. Aun
así, habría que consultar al animalito y preguntarle su opinión
al respecto. Aclarar inequívocamente la cuestión requeriría un
estudio minucioso del comportamiento social de las ratas, de
sus hábitos para procurarse alimentos y de su reacción ante el

acoso de un felino. Hay cantidad de hipotéticas alteraciones
que podrían ser consecuencia de tales extirpaciones y que, aun
cuando no se hicieran evidentes al investigar de forma inmediata, serían de gran trascendencia para la rata, como, por
ejemplo, el interés que suscita un individuo atraetivo en otro
del sexo opuesto después de la extirpación, o el grado de apatía que acredita el roedor frente a un gato al acecho. *
Se arguye a veces que el seccionamiento o las lesiones de
partes importantes de ia corteza cerebral en el hombre — como
tras practicar una lobotomía prefrontal bilateral o a resultas de
un accidente— apenas repercuten en su comportamiento. Sin
embargo, no debe perderse de vista que determinadas formas
de conducta humana no se aprecian claramente desde el exterior, y a veces incluso pasan inadvertidas al propio sujeto.
Ciertas percepciones y actividades, como la creatividad, se dan
muy raramente. La asociación de ideas que llevan aparejados
los actos del genio creativo, por insignificantes que sean, requieren al parecer el despliegue de múltiples recursos del cerebro.
Es indiscutible que estos actos creativos son rasgo distintivo de nuestra civilización y del hombre como especie animal. Con todo, en muchos individuos se producen raramente
y es muy posible que ni el sujeto que padece la lesión cerebral
ni el médico que le examina perciban su ausencia.
Si bien es inevitable una considerable redundancia o duplicación de las funciones cerebrales, podemos asegurar casi con
certeza que la hipótesis de la equipotencia integral es falsa, y
la mayor parte de los neurofisiólogos contemporáneos la han
rechazado. En cambio, no resulta fácil descartar la hipótesis
de un cierto grado de equipotencia (como seria, por ejemplo,
sostener que la memoria es una función de la corteza cerebral

*Incidentalmente, como prueba de la influencia de las películas de dibujos animados en la
vida norteamericana, vuélvase a leer el párrafo en que se habla de la rata y sustitúyase este término por el de «ratón». Luego compruebe si aumenta de sopetón la simpatía hacia este incomprendido roedor expuesto incesantemente al bisturí de los investigadores.

en bloque) aunque, como tendremos ocasión de ver, también
ésta puede rebatirse.
Está muy generalizada la idea de que la mitad del cerebro
o más no entra en funciones. Desde un punto de vista evolutivo sería esta una circunstancia realmente anómala y cabría preguntarse por qué hubo proceso de evolución si a esta porción
del cerebro no le corresponde función alguna. La verdad, empero, es que tal aseveración no se asienta en pruebas sólidas
y que, una vez más, se formula tomando como base que numerosas lesiones cerebrales, generalmente de la corteza, no tienen
repercusión manifiesta en el comportamiento. Esta teoría no
toma en cuenta (1) la posibilidad de redundancia funcional,
ni (2) el hecho de que determinados actos humanos se gestan
a niveles de conciencia muy recónditos. Así, las lesiones del
hemisferio derecho de la corteza cerebral pueden menoscabar
pensamiento y acción, pero en dominios que no son los de la
expresión oral y que, por definición, son de difícil descripción,
tanto por parte del médico como del paciente.
Por otra parte, existen abundantes pruebas que demuestran
el carácter local de las funciones cerebrales. Por ejemplo, se
ha determinado que debajo de la corteza existen áreas cerebrales específicas relacionadas con el apetito, el sentido del
equilibrio, la regulación térmica, la circulación de la sangre,
los movimientos sincronizados y la respiración. Uno de los
estudios clásicos sobre las funciones superiores del cerebro lo
constituyen los experimentos del netirocírujano canadiense
Wilder Penfield, quien ha investigado los efectos de la estimulación eléctrica de diversas partes de la corteza cerebral, por
lo general tratando de aminorar los síntomas de dolencias tales
como la epilepsia psicomotora. Los pacientes, iras una ligera
estimulación eléctrica de determinadas zonas del cerebro,
acreditaron rememorar percepciones olfativas, auditivas o visuales ya experimentadas en el pasado.
Uno de los casos tipo podría ser el del paciente al que después de serle practicada una craneotomía afirma haber escu-

chado con todo detalle la interpretación de una composición
orquestal cuando se estimula eléctricamente su corteza cerebral
a través del electrodo de Penfield. Cuando Penfield indicaba
al paciente, que por norma siempre permanecía despierto durante los experimentos, que le estaba estimulando la corteza
cuando en realidad no era así, el enfermo, indefectiblemente,
señalaba que no a Huían a su mente recuerdos de ninguna especie. Pero cuando Penfield provocaba sin previo aviso una estimulación eléctrica de la corteza, surgía o continuaba determinada evocación. Por ejemplo, había pacientes que decían experimentar una emoción concreta, una sensación de familiaridad
o la remembranza plena de una experiencia acaecida muchos
años atrás, todo ello de forma simultánea, pero no conflictiva,
con la conciencia de estar en un quirófano conversando con
el cirujano. Aunque algunos enfermos aludían a estas rememoraciones como «pequeños sueños», lo cierto es que no aparecía en ellos el simbolismo característico de toda ensoñación.
Estas explicadones han sido facilitadas casi exclusivamente
por epilépticos, pero cabe dentro de lo posible, aunque en manera alguna se haya demostrado, que en circunstancias similares también los no epilépticos tengan reminiscencias perceptibles de la misma especie.
En un caso de estimulación eléctrica del lóbulo occipital,
que está relacionado con la vista» el paciente dijo estar viendo
revolotear una mariposa con tan palpable verismo que, recostado como estaba en la mesa de operaciones, extendió su mano
para atraparla. En el curso de un experimento parejo, realizado con un mono, el animal miraba con fijeza, como si tuviera
un objeto ante sus ojos, hasta que realizó un brusco ademán
con la mano derecha, como si quisiera aprehender alguna cosa,
para luego contemplar con manifiesto desconcierto su mano
vacía.
La estimulación eléctrica indolora de por lo menos algunas
corte zas cerebrales provoca una avalancha de recuerdos concretos. Sin embargo, la supresión del tejido cerebral que está

en contacto con el electrodo no borra la memoria. Es difícil
resistirse a la conclusión de que, por lo menos en el hombre,
la memoria de los distintos sucesos se acumula en alguna región de la corteza cerebral, en espera de que el cerebro la reclame mediante impulsos eléctricos, que, por supuesto, genera normalmente el propio órgano cerebral.

Si la memoria es una función de la corteza cerebral en bloque —más bien una especie de reverberación dinámica o estereotipo de ondas electromagnéticas estacionarias de sus partes
constituyentes que acumulación estática en compartimientos
estancos del cerebro— quedaría explicaba la supervivencia de
recuerdos aun después de haber sufrido el cerebro lesiones graves. Sin embargo, los indicios apuntan en dirección contraria.
En una serie de experimentos llevados a cabo por el neurofisiólogo norteamericano Ralph Gerard, de la Universidad de
Michigan, se enseñó a unos hámsters a recorrer un sencillo
laberinto. A continuación los animalitos fueron sometidos a
temperaturas de casi cero grados en un congelador, sometidos
a una especie de hibernación artificial. Las bajas temperaturas
hicieron que cesara toda actividad eléctrica detectable en el
cerebro de los hámsters. Si la teoría de una memoria dinámica
hubiese sido cierta, el experimento hubiera debido borrar del
cerebro de los hámsters la retentiva del trazado del laberinto.
Sin embargo, tras su descongelación, los hámsters recuperaron
la memoria. A lo que parece, la memoria se halla localizada en
regiones específicas del cerebro, y el hecho de que no sufra
menoscabo después de lesiones cerebrales importantes demuestra que existe un suplemento residual de memoria estática almacenada en diversas áreas de la masa cerebral.
Penfield, ampliando los hallazgos de los investigadores precedentes, también descubrió la existencia de una notable localización funcional en la corteza motora. Determinadas partes de
las capas superficiales de nuestro cerebro envían o reciben

señales a/de ciertas partes del cuerpo. En las páginas 50 y 51
se ofrecen dos croquis de la corteza motórica y sensorial según
Penfield. En ellos se refleja con claridad la importancia proporcional de las distintas partes de nuestro cuerpo. La gran
extensión de área cerebral que corresponde a los dedos —sobre
todo el pulgar—, así como a la boca y a los órganos del habla,
corresponde exactamente a lo que en el plano fisiológico, y
por vía del comportamiento, nos diferencia de la inmensa
mayoría de las restantes especies animales. Sin el habla no habríamos desarrollado nuestro saber ni nuestra cultura, y sin las
manos no hubieran sido posibles los portentosos avances técnicos del hombre ni sus creaciones monumentales. En cierto
modo, el esquema de la corteza motora es una fiel representación de nuestra condición humana.
Pero en la actualidad las pruebas que poseemos acerca de la
localización de las funciones son aún mucho más sólidas. En
una brillante serie de experimentos, David Hubel, de la Facultad de Medicina de Harvard, descubrió la existencia de
formaciones reticulares de células cerebrales que responden
selectivamente a la percepción ocular de una serie de líneas
orientadas según diversas direcciones. Así, existen células que
detectan líneas horizontales, otras las verticales, unas terceras
las diagonales, y cualquiera de ellas sólo resulta estimulada
cuando percibe líneas con la orientación apropiada. Por tanto,
ya se han registrado ciertos indicios indudables de pensamiento abstracto en las células cerebrales.

La existencia de regiones específicas del cerebro relacionadas con funciones cognoscitivas, sensoriales y motoras concretas, hace innecesaria la existencia de una perfecta correlación entre masa cerebral e inteligencia. Determinadas partes
del cerebro son, a todas luces, más importantes que otras. Entre los cerebros de mayor tamaño se cuentan, por ejemplo, los
de personajes como Oliver Cromwell, Ivan Turguenev y Lord

Byron, todos ellos hombres de gran talento, pero no, en cambio, el de Albert Einstein, que tenía un cerebro de tamaño corriente. El cerebro de Anatole France, hombre de inteligencia
superior a la media, era la mitad de grande que el de Byron.
El recién nacido posee un cerebro muy grande en proporción al tamaño del cuerpo (un 12 por 100, poco más o menos). Durante los tres primeros años de su vida, o sea el periodo en que
el niño aprende con mayor rapidez, el cerebro, y en especial
la corteza, continúan creciendo muy rápidamente. Al cumplir
los seis, el niño posee ya el 90 % de la masa encefálica que tendrá como adulto. El peso medio de la masa encefálica del
hombre actual es de unos 1.375 gramos. Dado que la densidad del cerebro, como la de todos los tejidos corporales, es
aproximadamente la del agua (un gramo por centímetro cúbico), el volumen de un cerebro de estas características seria
de 1.375 c.c., algo menos de un litro y medio. (Un centímetro
cúbico tiene, poco más o menos, el volumen del ombligo de
un hombre adulto.)
El volumen del cerebro de ia mujer es alrededor de 150 c.c.
menor. Si se toman en cuenta las carencias ambientales y educacionales, no existen indicios sólidos de diferencias intelectuales cabales entre los individuos de uno y otro sexo. Consideramos, pues, que una diferencia de peso de 150 gramos en el
cerebro de los individuos de la especie humana carece de relieve. También entre los adultos de las distintas razas humanas
se dan parecidas diferencias. Por término medio, el cerebro de
los orientales es un poco más grande que el de los blancos, y
puesto que tampoco en este caso se ha demostrado que, en
igualdad de condiciones, existan diferencias en cuanto al nivel
de inteligencia, la conclusión es la misma. La gran diferencia de peso entre los cerebros de Lord Byron (2.200 gramos)
y de Anatole France (1.100 gramos) indica que, dentro de estos límites, una diferencia de incluso varios centenares de gramos no tiene, funcionalmente hablando, trascendencia alguna.
Por otra parte, el adulto microcéfalo, es decir, el individuo

que nace con un cerebro pequeño» experimenta un grave menoscabo en sus facultades cognoscitivas. Por término medio,
su masa cerebral es de 450 a 900 gramos, la masa encefálica
de un recién nacido es corrientemente de 350 gramos, y la de
un niño de un año, de 500 gramos aproximadamente. Es evi-

dente que descendiendo en la escala de las masas cerebrales,
llega un momento en que dicha masa es tan reducida que su
actividad, comparada con la de un ser humano adulto que posea un cerebro de tamaño normal, se verá seriamente menoscabada.

Homúnculos sensorial y motor, según Penfield. Se trata de dos esbozos gráficos
de la especialización de funciones en la corteza cerebral. Las figuras humanas distorsionadas muestran la atención que la corteza concede a
los distintos órganos del cuerpo humano. Cuanto mayor es la parte del

cuerpo expuesta, más ímportancia reviste. El croquis del «homúnculo sensorial» muestra dicha área somática, que recibe información neural de
las partes del cerebro que se representan. El croquis del «homúnculo motor» corresponde a la transmisión de impulsos del cerebro al cuerpo.

Por lo demás, en los seres humanos existe una correlación
esta dística entre el peso o tamaño del cerebro y la inteligencia.
Como se desprende del ejemplo antes expuesto, concerniente
al tamaño de los cerebros de Byron y de Anatole France, la
relación entre ambos aspectos no es biunívoca. En ningún caso
podemos afirmar taxativamente cuál es el grado de inteligencia
de un individuo, hombre o mujer, tomando en cuenta solamente el tamaño de su cerebro. Sin embargo, como ha demostrado Leigh van Valen, biólogo evolucionista de la Universidad de Chicago, los datos de que disponemos nos inclinan a
pensar que, por término medio, existe una correlación bastante estrecha entre el tamaño del cerebro y la inteligencia del
individuo. ¿Significa esto que en algún caso el tamaño del
cerebro es factor determinante de la inteligencia? ¿No es posible, por ejemplo, que la desnutrición del individuo, sobre todo
del feto en el útero o durante la primera infancia, origine a la
vez una merma del tamaño del cerebro y una disminución del
nivel intelectivo, sin que uno de estos factores sea causante
del otro? Van Valen pone de manifiesto que la correlación
entre el tamaño del cerebro y el grado de inteligencia en el
ser humano es más exacta que la supuesta correlación entre la
inteligencia y la estatura o el peso corporal del individuo adulto, que se sabe vienen mediatizados por una alimentación insuficiente. Por lo demás, no existe la menor duda de que la desnutrición puede originar un deterioro de la inteligencia. En
fin, dejando al margen estas repercusiones, parece posible afirmar hasta cierto punto que a mayor tamaño del cerebro, en
términos absolutos, mayores son las probabilidades de que el
individuo alcance un grado superior de inteligencia.
Los físicos, al explorar zonas vírgenes del ámbito intelectivo, han considerado útil realizar estimaciones sobre los órdenes de magnitud. Se trata de cálculos aproximados que esbozan el problema y sirven de guía a ulteriores estudios, sin que
pretendan alcanzar una exactitud extrema. En lo que atañe al
tema de la relación entre masa del cerebro e inteligencia, está

claro que en el presente estadio de la ciencia no es posible efectuar una reseña de la función de cada centímetro cúbico de cerebro. Cabe preguntarse, empero, si habrá algún medio, por
tosco que sea, de relacionar masa cerebral e inteligencia.
Es precisamente en este contexto donde las diferencias de
masa cerebral entre individuos de ambos sexos ofrecen interés,
porque, en general, la mujer es más baja y tiene una masa corpórea más reducida que el hombre. Cabe preguntarse, pues, si
teniendo menos masa corpórea que controlar, la mujer necesita también un cerebro más pequeño. Ello implicaría suponer
que la proporción entre masa del cerebro y masa total del organismo es un baremo más adecuado para medir la inteligencia que la estimación del valor absoluto de la masa cerebral.
En el diagrama de la página 54 se muestra la masa cerebral
y la masa corpórea de diversas especies animales. Se aprecia una
notable diferencia de los peces y reptiles frente a las aves
y mamíferos. Éstos presentan una considerable masa cerebral
en proporción a la masa o peso corporal. El cerebro de los mamíferos puede llegar a pesar de diez a cien veces más que el de
los reptiles actuales de tamaño equivalente. En cuanto a las
diferencias entre mamíferos y dinosaurios, todavía son más
abultadas. Se trata de diferencias realmente asombrosas y sistemáticas. Habida cuenta de que el hombre es un mamífero,
es probable que alberguemos algún que otro prejuicio acerca de
la proporción que guarda la inteligencia de los mamíferos
con la de los reptiles. Con todo, creo que existen abundantes
pruebas de que los mamíferos son, en todos los casos, mucho
más inteligentes que los reptiles. (En el gráfico se nos muestra una
insólita excepción; se trata de un dinosaurio del suborden
de los terópodos, semejante al avestruz, perteneciente al último
periodo del cretáceo, cuya proporción entre cerebro y masa
corpórea le sitúa en una zona normalmente reservada a las
grandes aves y a los mamíferos menos inteligentes Seria interesante conocer muchos más datos acerca de esta, criaturas estudiadas por Dale Russell, director de la división de Paleonto-

En este diagrama se coteja la masa cerebral con la masa corpórea de primates, mamíferos, aves, peces, reptiles y dinosaurios. El diagrama se ha
compuesto tomando como base la obra de Jerison (1973) y se han añadido
algunos puntos correspondientes a los dinosaurios y miembros de la familia humana a la sazón extintos.

logía de los Museos Nacionales de Canadá.) De este diagrama, también se infiere que los primates, grupo taxonómico
en el que se incluye el hombre, se diferencian, aunque no de
forma tan sistemática, de los restantes mamíferos. El cerebro de los primates es por termino medio, de dos a veinte veces más grande que el de los mamíferos no primates de idéntica masa corporal.
Si examinamos con más detenimiento el citado diagrama y
seleccionamos un grupo de animales, observaremos los resultados en la página 56. De todos los organismos reseñados en
el gráfico el animal que posee el cerebro más grande en proporción al peso del cuerpo es una criatura llamada Homo sa-

piens, al que le siguen los delfines. * Una vez más, creemos que
no vamos a pecar de chauvinistas si afirmamos, en base a los
indicios que nos suministran sus respectivos comportamientos, que el hombre y el delfín cuando menos dos de los
organismos más inteligentes de la Tierra.
Ya Aristóteles reparó en la importancia de la proporción,
entre cerebro y masa corporal. En ia actualidad, el principal
defensor de esta teoría es Harry Jenson, neuropsiquiatra de la
Universidad de California en Los Angeles. Jenson indica que
existen algunas excepciones a nuestra correlación. Tal sucedería con la musaraña enana de Europa, que alberga una masa
cerebral de 100 miligramos en un cuerpo de 4,7 gramos, de
lo que resulta una proporción que la sitúa en la escala del hombre. Consideramos, empero, que no cabe aplicar la correlación
masa-inteligencia a los animales de escasa envergadura corpórea, porque la más simple de las funciones «de manutención» aei cerebro requiere un porcentaje mínimo de masa
cerebral.
La masa cerebral de un cachalote maduro, pariente cercano
del delfín, es de casi 9.000 gramos, o sea seis veces y media
mayor que la usual en el hombre. Es una masa insólita en
términos absolutos, pero no (cotéjese con el gráfico de la
página 56) si atendemos a la proporción entre tamaño del cerebro y envergadura del organismo. Con todo, la masa cerebral de las especies más gigantescas de dinosaurio representa
el 1 por 100 de la que ostenta el cachalote. ¿Para qué necesita este
cetáceo disponer de un cerebro tan enorme? ¿Existen estudios,

* Si nos atendemos al criterio de la proporción entre masa cerebral y masa corporal los tiburones son los más inteligentes especímenes de la fauna piscícola, circunstancia congruente con el
papel que la naturaleza asigna a esos cretaceos, ya que los depredadores del mar deben ser
mas inteligentes que los comedores de plantón. Tanto por lo que representa al progresivo aumento de la masa cerebral en proporción al peso del cuerpo como concerniente a la formación
de centros coordinaremos en los tres principales componentes de los cerebros, la evolución de los
tiburones se ha desarrollado, curiosamente, de forma paralela a la evolución de los vertebrados
superiores en tierra firme.

proporcionalmente muy grandes comparadas con la de los
individuos adultos de la misma especie— se debe a que tenemos una conciencia oculta de la importancia que reviste la proporción cerebro- masa corpórea.
De lo dicho hasta el momento se deduce que la evolución
de los mamíferos a partir de los reptiles, ocurrida hace más de
doscientos millones de años, vino acompañada de un notable
incremento del tamaño relativo del cerebro y de la inteligencia, y que la evolución del hombre a partir de los primates más
simples, ocurrida unos cuantos millones de años atrás, impulsó
un proceso de cerebración todavía más asombroso.

He aquí una ampliación detallada de algunos de los puntos del diagrama de la
página 54. El saurornitoide corresponde a la especie de reptil parecido al
avestruz que se menciona en el texto.

percepciones, artes, ciencias o leyendas en torno a la figura del
cachalote?
La pauta de la proporción entre masa cerebral y masa corpórea, en la que no intervienen apreciaciones de conducta, ha
demostrado ser un baremo sumamente útil para medir la inteligencia proporcional de muy distintas especies animales. Es
lo que un físico llamaría «un primer enfoque satisfactorio».
(Conviene tomar nota, dé cara a posteriores referencias, que
los australopitecos, que o bien fueron antecesores directos del
hombre o, por lo menos, de una rama muy afín, tenían también un cerebro considerable en proporción al peso del organismo, como demuestran los moldes obtenidos de cráneos
fosilizados). Me pregunto si el singular atractivo de los niños
de corta edad y de otros pequeños mamíferos —con cabezas

El cerebro humano (dejando a un iado ei cerebelo, que no
parece tenga intervención en las funciones cognoscitivas) contiene alrededor de diez mil millones de elementos conmutadores llamados neuronas. (El cerebelo, situado debajo de la corteza cerebral, en la parte posterior de la cabeza, contiene aproximadamente otros diez mii millones de neuronas.) Los flujos
eléctricos generados por y a través de las neuronas o células
nerviosas llevaron al anatomista Luigi Galvani al descubrimiento de la electricidad. Galvani había comprobado que se
podían enviar impulsos eléctricos a las ancas de la rana y que
aquéllas se contraían espasmódicamente. Desde entonces se
extendió la idea de que la electricidad era la causa de la motricidad animal en su acepción más profunda. A lo sumo, esta
es una verdad a medias. Los impulsos eléctricos, transmitidos por conducto de las fibras nerviosas, producen efectivamente, por intermedio de agentes neuroquímicos, movimientos
tales como la articulación de los miembros; pero los impulsos
se generan en el cerebro. Sin embargo, la moderna ciencia de
la electricidad, así como las industrias eléctricas y electrónicas,
ven el origen de su actividad en los experimentos de estimulación eléctrica y subsiguiente contracción nerviosa de las ancas
de las ranas llevados a cabo en el siglo XVIII.

Pocos decenios después de la muerte de Galvani, un grupo
de escritores ingleses bloqueado en los Alpes a causa de los
rigores invernales decidió, como pasatiempo, ver cuál
de sus componentes era capaz de escribir el relato más alucinante. Fue así como Mary Wollstonecraft Shelley, que formaba parte del grupo, escribió la archiconocida historia del monstruo del doctor Frankenstein, que cobra vida al serle aplicadas intensas descargas eléctricas. Desde entonces, el instrumental y
los artificios eléctricos han sido ingrediente indispensable en
la ambientación de las novelas y películas de terror. La idea de
que estos elementos sean tan importantes para la creación de la
vida humana arranca básicamente de Galvani, pero resulta un
tanto equívoca, pese a lo cual el concepto ha tomado carta
de naturaleza en numerosas lenguas occidentales. Así, puedo
afirmar que me he sentido galvanizado por el afán de escribir
este libro.
En general, los neurobiólogos estiman que las neuronas son
los elementos activos de la función cerebral, si bien existen
indicios de que determinados tipos de memoria y otras funciones cognoscitivas pueden estar ubicadas en ciertas moléculas
del cerebro, tales como el ARN o las proteínas de reducido
peso molecular. A cada neurona cerebral le corresponden aproximadamente diez células gliales o neurogliales (de la denominación griega de la cola o visco), que constituyen el andamiaje
de la construcción neuronal. Por término medio una neurona
del cerebro humano posee entre 1.000 y 10.000 sinapsis o
puntos de contacto con las neuronas más próximas. (Parece
que muchas neuronas de la médula espinal poseen alrededor
de 10.000 sinapsis, y es posible que las llamadas células de
Purkinje, en el cerebelo, tengan todavía más. En cuanto al número de conexiones por neurona en la corteza cerebral, es probable que sean menos de diez mil.) En el supuesto de que cada
sinapsis responda a una cuestión elemental con un simple
«sí» o «no», al igual que los elementos de conmutación de
las computadoras electrónicas, resultaría que el máximo

de respuestas en uno u otro sentido, o bits de información,
que podría contener el cerebro sería, poco más o menos, de
1010 x 103 = 1013, esto es, 10 billones de bits (o 100 billones = 1014 bits, si partimos de 104 sinapsis por neurona). Algunas de dichas sinapsis contienen probablemente la misma información que otras sinapsis; otras guardarán relación con funciones motoras u otras funciones no cognoscitivas; finalmente, las
habrá vacías de contenido, actuando como amortigua dores en
espera del flujo informativo de la próxima jornada.
Si el cerebro humano tuviera una sola sinapsis —lo que correspondería a un individuo de monumental estupidez— no podríamos alcanzar más que dos estados mentales. Si las sinapsis
fueran dos, tendríamos 22 = 4 estados; si fueran tres, 23 = 8
estados, y siguiendo esta progresión, a n sinapsis corresponderían 2n estados. Pero el caso es que el cerebro humano contiene alrededor de 1013 sinapsis, por lo que el número de estados mentales que puede alcanzar el hombre es de 210 13, o
sea, 2 multiplicado por sí mismo diez billones de veces. Se trata de una cifra irrepresentable, mucho mayor, por ejemplo, que
el número de partículas elementales (protones y electrones)
que existen en todo el universo, número muy inferior a 21000.
Debido a esta ingente cantidad de configuraciones cerebrales
funcionalmente distintas no puede haber dos hombres iguales,
ni siquiera dos gemelos monovitelinos que se hayan criado juntos. Esta cifra colosal puede explicar también, hasta cierto punto, el porqué de la imposibilidad de predecir la conducta humana y el hecho de que en un momento dado lleguemos a
sorprendernos de nuestros propios actos. Y, ciertamente, a la
vista de tales magnitudes, es realmente asombroso que existan
pautas regulares de conducta en el hombre. La única respuesta
válida es la de que en modo alguno se han agotado la totalidad
de estados cerebrales y que, por consiguiente, existe un ingente número de configuraciones mentales no experimentadas, y
ni siquiera atisbadas por el ser humano a lo largo de la historia
de la humanidad. Desde este ángulo, todos somos diferentes

entre sí, por lo que el reconocimiento de la inviolabilidad de
la vida humana, en razón a la singularidad de cada individuo,
resulta una consecuencia ética plausible.
En los últimos años se ha podido determinar la existencia
de microcircuitos electrónicos en el cerebro. Las neuronas que
constituyen estos microcircuitos presentan una gama de respuestas que va mucho más allá del escueto «sí» o «no» de
los elementos conmutadores de las computadoras. Debido a su
reducidísimo tamaño (normalmente, una diezmilésima de centímetro) los microcircuitos pueden procesar la información a
gran velocidad, pues responden a estímulos o impulsos cuyo
voltaje es una centésima menor del que se necesita para estimular a una neurona común y, por lo tanto, son capaces de dar
respuestas mucho más precisas y complejas. A lo que parece,
estos microcircuitos proliferan de manera congruente con nuestras nociones habituales acerca de la complejidad de un animal,
por lo que sería en el ser humano donde se daría una mayor
proliferación de los mismos, tanto en términos absolutos
como relativos. Por otra parte, en el hombre se desarrollan en
una fase embriológica tardía. La existencia de dichos microcircuitos induce a suponer que la inteligencia no sólo es la resultante de unos índices de proporcionalidad muy elevados
entre cerebro y masa corporal, sino también de la abundancia
de elementos conmutadores en el cerebro que realizan funciones muy específicas. Los microcircuitos hacen que el número
de estados cerebrales sea mayor que el calculado en el párrafo
anterior, con lo que se realza la sorprendente unicidad del cerebro de cada individuo.
Cabe, también, abordar el tema del caudal de información
contenido en el cerebro humano con arreglo al método introspectivo, completamente distinto del precedente. Tratemos, por
ejemplo, de representarnos visualmente una escena de nuestra
niñez. Escrutémosla con los ojos de la imaginación y supongámosla compuesta por una finísima trama de puntos, como
las telefotos de ios periódicos. Cada puntito tiene un color

y una intensidad de tono. Se trata de averiguar cuántos bits
de información se necesitan para fijar el color y la intensidad
tonal de cada uno de ellos, cuántos puntitos forman la imagen
representada y cuánto tiempo se requiere para grabar en la
mente todos los detalles de ia imagen. En esta evocación retrospectiva, uno centra la imaginación en una pequeñísima porción de la imagen cada vez, obteniendo un campo de visión
muy reducido. Al integrar los distintos fragmentos de imagen,
determinamos la velocidad con que el cerebro procesa los datos acumulados, que se expresará en bits por segundo. Realizado este cálculo, se detecta una velocidad máxima de procesamiento de unos 5.000 bits por segundo. *
Por lo general, estas evocaciones visuales se concentran en
los perfiles de las formas y en los contrastes muy marcados de
color, como el paso del blanco al negro, más que en la representación de las gradaciones intermedias. La rana, por ejemplo, propende marcadamente a visualizar los gradientes de
intensidad de tono. Con todo, existen claros indicios de que
con razonable frecuencia se da una detallada rememoración no
sólo de los contornos de los objetos o figuras, sino también

* El ángulo de uno al otro extremo del horizonte en una superficie plana mide 180 grados;
el diámetro de la luna es de 0,5 grados. Me consta que puedo apreciar algunos detalles en la superficie del astro, tal vez unos doce elementos visuales. De ello se deduce que el ojo tiene un poder
de resolución de unos 0,5 / 12 - 0,04 grados. Todo lo que esa inferior a esa cifra escapa a la
visión del ojo humano. Según parece, el campo visual instantáneo que percibe el «ojo» de
mi mente, así como mi ojo real, es unos dos grados por lado. Así pues, la figurita cuadrada que
puedo visualizar en cualquier momento dado, contiene alrededor de 2.500 elementos gráficos
(2 / 0,04)2 equivalentes a los puntitos de una telefoto. Establecer toda la posible gama de grises y
de color de estos puntos exige unos 20 bits por cada elemento de la imagen. Asi, la descripción de
la figurita a que aludía requiere unos 50.000 bits (2.500 x 20 bits). Pero escrutar la imagen requiere unos diez segundos, por lo que la velocidad de procesamiento sensorial de datos probablemente no es mucho mayor de 5.000 bits por segundo (50.000 / 10). A título de referencia,
las cámaras instaladas en el lander del Viking, que poseen asimismo un poder de resolución de
0,04 grados, utilizan sólo seis bits por elemento gráfico para establecer su intensidad de tono y es
capaz de transmitirlos directamente por radio a la Tierra a razón de 500 bits por segundo. Las
neuronas del cerebro generan un potencial de 25 watios, apenas suficiente para encender una
pequeña luz incandescente. El potencial del lander del Viking para la transmi sión de mensajes
por radio y la realización de las restantes funciones encomendadas es de unos 50 watios en
total.

de su masa interior. Tal vez el ejemplo más chocante sea realizar con el hombre el experimento de reconstrucción estéreoscópica de una imagen tridimensional a base de contemplar
separadamente un mismo objeto situado ante uno y otro ojo.
La fusión de imágenes en este anáglifo exige la rememoración
de 10.000 elementos visuales.
Pero cuando estoy en estado de vigilia no me paso las horas
reteniendo imágenes visuales ni me dedico a escudriñar sin
tregua a cuantas personas y objetos encuentro a mi paso. Todo
lo más, dedico a ello un pequeño porcentaje de mi tiempo.
Mis restantes conductos de información —auditivos, táctiles,
olfativos y gustativos— también participan, pero con una velocidad de transmisión mucho más baja. Finalmente, deduzco
que la velocidad media de mi cerebro en el tratamiento de la
información es de unos 100 bits (5.000/50) por segundo. Así
pues, resultaría que a lo largo de un periodo de sesenta años
destinamos 2 x 10" bits, o sea un total de 200.000 millones
de bits, a la retentiva visual y de otro género, en el supuesto
de que poseamos una buena memoria. Se trata de una cifra
inferior, aunque razonablemente inferior, al número de sinapsis o conexiones neurales (puesto que el cerebro realiza otras
funciones, además de la simple evocación mental), e indica
que las neuronas son, indiscutiblemente, los elementos conmutadores básicos de la función cerebral.
El psicólogo norteamericano Mark Rosenzweig y sus colegas de la Universidad de California en Berkeley han llevado
a cabo una serie de notables experimentos sobre los cambios
que experimenta el cerebro durante el proceso de aprendizaje.
Para ello constituyeron dos colonias de ratas de laboratorio:
una en un medio silencioso, monótono y degradado, y otra en
un entorno abigarrado, bullicioso y estimulante. Pues bien, el
segundo grupo mostró un asombroso aumento de la masa y
espesor de la corteza, simultáneamente con una serie de alte-

raciones en la química del cerebro. El fenómeno pudo detectarse tanto en los roedores maduros como en los jóvenes. Esta
clase de experimentos demuestra que las incidencias de orden
intelectivo van acompañadas de cambios fisiológicos y pone
de manifiesto que la plasticidad o adaptabilidad puede ser regulada anatómicamente. Teniendo en cuenta que una corteza
cerebral más grande puede facilitar el aprendizaje futuro, se
aprecia claramente la importancia de que la niñez del individuo transcurra en un medio estimulante.
Ello significaría que el saber adquirido se corresponde con
la producción de nuevas sinapsis o la reactivación de las casi
extintas. El neuroanatomista William Greenough, de la Universidad de Illinois, junto con sus colaboradores, ha encontrado indicios que abonan esta hipótesis. En efecto, se ha comprobado que las ratas, después de varias semanas dedicadas al
aprendizaje de nuevas instrucciones en el laboratorio, desarrollan en su corteza las ramas neuronales que necesitan para formar sinapsis. Por el contrario, otros roedores sometidos a las
mismas condiciones ambientales pero que recibieron una instrucción mucho menos amplia no presentaron innovaciones
neuroanatómicas de clase alguna. La formación de nuevas
sinapsis requiere la síntesis de moléculas de proteína y de
ARN. Pues bien, existen abundantes indicios de que estas moléculas se elaboran en el cerebro durante el aprendizaje, e incluso se ha dicho que el saber está contenido en las moléculas
de proteína o de ARN del cerebro. Pero lo más probable es
que la información incorporada esté contenida en las neuronas, que a su vez están constituidas por proteínas y ARN.
¿Cuál es el grado de compactibilidad de la información
almacenada en el cerebro? Por regla general, un computador
moderno en funcionamiento alberga un caudal informativo de
alrededor de un millón de bits por centímetro cúbico, cantidad
resultante de dividir el total de información almacenada en el
computador por su volumen. Como hemos dicho, el cerebro
humano almacena alrededor de 1013 bits en poco más de 103

centímetros cúbicos. Así pues, su densidad de información es
de 1013/103 = 1010, o sea, unos diez mil millones de bits
por centímetro cúbico. Por lo tanto, el cerebro acumula
diez mil veces más información que un computador, pese a la diferencia de tamaño entre uno y otro. Dicho de otra manera:
un computador de la última generación que tuviera que procesar los datos contenidos en el cerebro humano, tendría que
tener un volumen diez mil veces mayor. Por otra parte, los
actuales computadores electrónicos pueden procesar la información a una velocidad entre 1016 y 1017 bits por segundo,
mientras que la velocidad máxima que desarrolla el cerebro es
diez mil millones de veces menor. Fácil es imaginar cuan perfecto debe ser el sistema de almacenamiento y «bobinado»
del cerebro, habida cuenta de su enorme volumen informativo
y lenta velocidad de procesamiento de datos, para realizar
tantas tareas vitales con mucha mayor eficiencia que el más
perfeccionado de los computadores.
El número de neuronas contenidas en el cerebro de un
animal no crece a la par que el volumen del cerebro, sino que
aumenta más lentamente. Como se ha dicho, el cerebro del
hombre, cuyo volumen es de unos 1.375 cm3, contiene, aparte
del cerebelo, unos diez mil millones de neuronas y diez billones
de bits. No hace mucho, hallándome en un laboratorio del Instituto Nacional de Salud Mental cercano a Bethesda, Maryland, tuve entre mis manos el cerebro de un conejo. Su volumen era a lo sumo de treinta centímetros cúbicos, poco más
o menos el tamaño de un rábano común, correspondiente a
unos pocos centenares de millones de neuronas y a unos cien
mil millones de bits. Esta masa encefálica regulaba, entre
otras cosas, la masticación de la lechuga, las contracciones del
hocico y la actividad sexual de los individuos adultos.
Dado que en el seno de grupos taxonómicos como los mamíferos, reptiles o anfibios hay individuos con muy distintas
masas cerebrales, no nos es posible ofrecer una evaluación
fidedigna acerca del número de neuronas que contiene el ce-

rebro de un representante común de cada entidad o categoría
taxonómica, pero sí podemos calcular los valores medios,
como se muestra en el gráfico de la página 39. Las evaluaciones aproximadas que allí se ofrecen indican que el cerebro del
hombre tiene, poco más o menos, cien veces más bits de información que un conejo. No sé si tendrá utilidad saber que
el hombre es cien veces más inteligente que el conejo, pero en
todo caso no me parece una aserción ridicula. (Por supuesto
que de ello no debe inferirse que un centenar de conejos alcancen el nivel de inteligencia de un ser humano.)
Estamos ya en condiciones de poder comparar el gradual
incremento que ha ido experimentando el caudal de información contenido en el material genético y el acumulado en el
cerebro de los organismos a lo largo de los sucesivos estadios
evolutivos. La intersección de las dos curvas (página 39) coincide con una fecha que nos lleva a remontarnos unos cuantos
centenares de millones de años en el pasado y a un volumen de
información equivalente a unos miles de millones de bits. En
algún lugar de las calurosas junglas del carbonífero emergió
un organismo que por vez primera en la historia de la Tierra
poseía más información en el cerebro que en los genes. Se trataba de uno de los primeros reptiles, y si nos topásemos con él
en nuestro supercivilizado mundo, no le asignaríamos un grado de inteligencia excepcional. Sin embargo, este cerebro marcó un simbólico hito en los anales de la vida sobre el planeta.
Los dos jalones subsiguientes en el proceso de cerebración,
coincidentes con la aparición de los mamíferos y el advenimiento de los primates semejantes al hombre, constituyeron
un avance todavía más significativo en lo tocante a la evolución de la inteligencia. Gran parte de la historia de la vida a
partir del carbonífero puede ser descrita como el progresivo
—y, por supuesto, incompleto— dominio del cerebro sobre
los genes.


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