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El diario de Ana Frank .pdf



Nombre del archivo original: El diario de Ana Frank.pdf
Título: diario.doc
Autor: dhc

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Diario
Ana Frank

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2 de junio de 1942
Espero poder confiártelo todo como aún no lo he podido hacer con nadie, y espero que
seas para mí un gran apoyo.

28 de setiembre de 1942 (Añadido)
Hasta ahora has sido para mí un gran apoyo, y también Kitty, a quien escribo
regularmente. Esta manera de escribir en mi diario me agrada mucho más y ahora me
cuesta esperar cada vez a que llegue el momento para sentarme a escribir en ti.
¡Estoy tan contenta de haberte traído conmigo!

Domingo, 14 de junio de 1942
Lo mejor será que empiece desde el momento en que te recibí, o sea, cuando te vi en la
mesa de los regalos de cumpleaños (porque también presencié el momento de la compra,
pero eso no cuenta).
El viernes 12 de junio, a las seis de la mañana ya me había despertado, lo que se entiende,
ya que era mi cumpleaños. Pero a las seis todavía no me dejan levantarme, de modo que
tuve que contener mi curiosidad hasta las siete menos cuarto. Entonces ya no pude más:
me levanté y me fui al comedor, donde Moortje1, el gato, me recibió haciéndome
carantoñas.
Poco después de las siete fui a saludar a papá y mamá y luego al salón, a desenvolver los
regalos, lo primero que vi fuiste tú, y quizá hayas sido uno de mis regalos más bonitos.
Luego un ramo de rosas y dos ramas de peonías. Papá y mamá me regalaron una blusa
azul, un juego de mesa, una botella de zumo de uva que a mi entender sabe un poco a
vino (¿acaso el vino no se hace con uvas?), un rompecabezas, un tarro de crema, un
billete de 2,50 florines y un vale para comprarme dos libros. Luego me regalaron otro
libro, La cámara oscura, de Hildebrand (pero como Margot ya lo tiene he ido a
cambiarlo), una bandeja de galletas caseras (hechas por mí misma, porque últimamente se
me da muy bien eso de hacer galletas), muchos dulces y una tarta de fresas hecha por
mamá. También una carta de la abuela, que ha llegado justo a tiempo; pero eso,
naturalmente, ha sido casualidad.
Entonces pasó a buscarme Hanneli y nos fuimos al colegio. En el recreo convidé a
galletas a los profesores y a los alumnos, y luego tuvimos que volver a clase. Llegué a
casa a las cinco, pues había ido a gimnasia (aunque no me dejan participar porque se me
dislocan fácilmente los brazos y las piernas) y como juego de cumpleaños elegí el
voleibol para que jugaran mis compañeras. Al llegar a casa ya me estaba esperando
Sanne Lederman. A Ilse Wagner, Hanneli Goslar y Jacqueline van Maarsen las traje
conmigo de la clase de gimnasia, porque son compañeras mías del colegio. Hanneli y
Sanne eran antes mis mejores amigas, y cuando nos veían juntas, siempre nos decían:
«Ahí van Anne, Hanne y Sanne.» A Jacqueline van Maarsen la conocí hace poco en el
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En neerlandés, literalmente, «Moritso» o «Morenito».
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liceo judío y es ahora mi mejor amiga. use es la mejor amiga de Hanneli, y Sanne va a
otro colegio, donde tiene sus amigas.
El club me ha regalado un libro precioso, Sagas y leyendas neerlandesas, pero por
equivocación me han regalado el segundo tomo, y por eso he cambiado otros dos libros
por el primer tomo. La tía Helene me ha traído otro rompecabezas, la tía Stephanie un
broche muy mono y la tía Leny un libro muy divertido, Las vacaciones de Daisy en la
montaña. Esta mañana, cuando me estaba bañando, pensé en lo bonito que sería tener un
perro como Rin-tintín. Yo también lo llamaría Rin-tin-tín, y en el colegio siempre lo
dejaría con el conserje, o cuando hiciera buen tiempo, en el garaje para las bicicletas.

Lunes, 15 de junio de 1942
El domingo por la tarde festejamos mi cumpleaños. Rin-tin-tín gustó mucho a mis
compañeros. Me regalaron dos broches, una señal para libros y dos libros. Ahora quisiera
contar algunas cosas sobre las clases y el colegio, comenzando por los alumnos.
Betty Bloemendaal tiene aspecto de pobretona, y creo que de veras lo es, vive en la Jan
Klasenstraat, una calle al oeste de la ciudad, que ninguno de nosotros sabe dónde queda.
En el colegio es muy buena alumna, pero sólo porque es muy aplicada, pues su
inteligencia va dejando que desear. Es una chica bastante tranquila.
A Jacqueline van Maarsen la consideran mi mejor amiga, pero nunca he tenido una
verdadera amiga. Al principio pensé que Jacque lo sería, pero me ha decepcionado
bastante.
D. Q.2 es una chica muy nerviosa que siempre se olvida de las cosas y a la que en el
colegio dan un castigo tras otro. Es muy buena chica, sobre todo con G. Z.
E. S. es una chica que habla tanto que termina por cansarte. Cuando te pregunta algo,
siempre se pone a tocarte el pelo o los botones. Dicen que no le caigo nada bien, pero
mucho no me importa, ya que ella a mí tampoco me parece demasiado simpática.
Henny Mets es una chica alegre y divertida, pero habla muy alto y cuando juega en la
calle se nota que todavía es una niña. Es una lástima que tenga una amiga, llamada
Beppy, que influye negativamente en ella, ya que ésta es una marrana y una grosera.
J. R., a quien podríamos dedicar capítulos enteros, es una chica presumida,
cuchicheadora, desagradable, que le gusta hacerse la mayor; siempre anda con tapujos y
es una hipócrita. Se ha ganado a Jacqueline, lo que es una lástima. Llora por cualquier
cosa, es quisquillosa y sobre todo muy melindrosa. Siempre quiere que le den la razón. Es
muy rica y tiene el armario lleno de vestidos preciosos, pero que la hacen muy mayor. La
onta se cree que es muy guapa, pero es todo lo contrario. Ella y yo no nos soportamos
para nada.
Ilse Wagner es una niña alegre y divertida, pero es una quisquilla y por eso a veces un
poco latosa. use me aprecia mucho. Es muy guapa, pero holgazana.
Hanneli Goslar o Lies, como la llamamos en el colegio, es una chica un poco curiosa. Por
lo general es tímida, pero en su casa es de lo más fresca. Todo lo que le cuentas se lo
cuenta a su madre. Pero tiene opiniones muy definidas y sobre todo últimamente le tengo
mucho aprecio.
Nannie van Praag-Sigaar es una niña graciosa, bajita e inteligente. Me cae simpática. Es
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A petición de algunos interesados, sus nombres se han sustituido por iniciales escogidas a. azar.
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bastante guapa. No hay mucho que comentar sobre ella.
Eefje de Jong es muy maja. Sólo tiene doce años, pero ya es toda una damisela. Me trata
siempre como a un bebé. También es muy servicial, y por eso me cae muy bien.
G. Z. es la más guapa del curso. Tiene una cara preciosa, pero para las cosas del colegio
es bastante cortita. Creo que tendrá que repetir curso, pero eso, naturalmente, nunca se lo
he dicho. (Añadido)
Para gran sorpresa mía, G. Z. no ha tenido que repetir curso.
Y la última de las doce chicas de la clase soy yo, que soy compañera de pupitre de G. Z.
Sobre los chicos hay mucho, aunque a la vez poco que contar. Maurice Coster es uno de
mis muchos admiradores, pero es un chico bastante pesado.
Sallie Springer es un chico terriblemente grosero y corre el rumor de que ha copulado.
Sin embargo me cae simpático, porque es muy divertido.
Emiel Bonewit es el admirador de G. Z., pero ella a él no le hace demasiado caso. Es un
chico bastante aburrido.
Rob Cohen también ha estado enamorado de mí, pero ahora ya no lo soporto. Es
hipócrita, mentiroso, llorón, latoso, está loco y se da unos humos tremendos.
Max van der Velde es hijo de unos granjeros de Medemblik, pero es un buen tipo, como
diría Margot.
Herman Koopman también es un grosero, igual que Jopie de Beer, que es un donjuán y
un mujeriego.
Leo Blom es el amigo del alma de Jopie de Beer pero se le contagia su grosería.
Albert de Mesquita es un chico que ha venido del colegio Montessori y que se ha saltado
un curso. Es muy inteligente.
Leo Slager ha venido del mismo colegio pero no es tan inteligente.
Ru Stoppelmon es un chico bajito y gracioso de Almelo, que ha comenzado el curso más
tarde.
C. N. hace todo lo que está prohibido.
Jacques Kocernoot está sentado detrás de nosotras con Pam y nos hace morir de risa (a G.
y a mí).
Harry Schaap es el chico más decente de la clase, y es bastante simpático.
Werner Joseph ídem de ídem, pero por culpa de los tiempos que corren es algo callado,
por lo que parece un chico un tanto aburrido.
Sam Salomon parece uno de esos pillos arrabaleros, un granuja. (¡Otro admirador!)
Appie Riem es bastante ortodoxo, pero otro mequetrefe.
Ahora debo terminar. La próxima vez tendré muchas cosas que escribir en ti, es decir,
que contarte. ¡Adiós! ¡Estoy contenta de tenerte!

Sábado, 20 de junio de 1942
Para alguien como yo es una sensación muy extraña escribir un diario. No sólo porque
nunca he escrito, sino porque me da la impresión de que más tarde ni a mí ni a ninguna
otra persona le interesarán las confidencias de una colegiala de trece años. Pero eso en
realidad da igual, tengo ganas de escribir y mucho más aún de desahogarme y sacarme de
una vez unas cuantas espinas. «El papel es más paciente que los hombres.» Me acordé de

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esta frase uno de esos días medio melancólicos en que estaba sentada con la cabeza
apoyada entre las manos, aburrida y desganada, sin saber si salir o quedarme en casa, y
finalmente me puse a cavilar sin moverme de donde estaba. Sí, es cierto, el papel es
paciente, pero como no tengo intención de enseñarle nunca a nadie este cuaderno de tapas
duras llamado pomposamente «diario», a no ser que alguna vez en mi vida tenga un
amigo o una amiga que se convierta en el amigo o la amiga «del alma», lo más probable
es que a nadie le interese.
He llegado al punto donde nace toda esta idea de escribir un diario: no tengo ninguna
amiga.
Para ser más clara tendré que añadir una explicación, porque nadie entenderá cómo una
chica de trece años puede estar sola en el mundo. Es que tampoco es tan así: tengo unos
padres muy buenos y una hermana de dieciséis, y tengo como treinta amigas en total,
entre buenas y menos buenas. Tengo un montón de admiradores que tratan de que
nuestras miradas se crucen o que, cuando no hay otra posibilidad, intentan mirarme
durante la clase a través de un espejito roto. Tengo a mis parientes, a mis tías, que son
muy buenas, y un buen hogar. Al parecer no me falta nada, salvo la amiga del alma. Con
las chicas que conozco lo único que puedo hacer es divertirme y pasarlo bien. Nunca
hablamos de otras cosas que no sean las cotidianas, nunca llegamos a hablar de cosas íntimas. Y ahí está justamente el quid de la cuestión. Tal vez la falta de confidencialidad sea
culpa mía, el asunto es que las cosas son como son y lamentablemente no se pueden
cambiar. De ahí este diario.
Para realzar todavía más en mi fantasía la idea de la amiga tan anhelada, no quisiera
apuntar en este diario los hechos sin más, como hace todo el mundo, sino que haré que el
propio diario sea esa amiga, y esa amiga se llamará Kitty.
¡Mi historia! (¡Cómo podría ser tan tonta de olvidármela!)
Como nadie entendería nada de lo que fuera a contarle a Kitty si lo hiciera así, sin
ninguna introducción, tendré que relatar brevemente la historia de mi vida, por poco que
me plazca hacerlo.
Mi padre, el más bueno de todos los padres que he conocido en mi vida, no se casó hasta
los treinta y seis años con mi madre, que tenía veinticinco. Mi hermana Margot nació en
1926 en Alemania, en Francfort del Meno. El 1 z de junio de 1929 le seguí yo. Viví en
Francfort hasta los cuatro años. Como somos judíos «de pura cepa», mi padre se vino a
Holanda en 1933, donde fue nombrado director de Opekta, una compañía holandesa de
preparación de mermeladas. Mi madre, Edith Holländer, también vino a Holanda en
septiembre, y Margot y yo fuimos a Aquisgrán, donde vivía mi abuela. Margot vino a
Holanda en diciembre y yo en febrero, cuando me pusieron encima de la mesa como
regalo de cumpleaños para Margot.
Pronto empecé a ir al jardín de infancia del colegio Montessori, y allí estuve hasta
cumplir los seis años. Luego pasé al primer curso de la escuela primaria. En sexto tuve a
la señora Kuperus, la directora. Nos emocionamos mucho al despedirnos a fin de curso y
lloramos las dos, porque yo había sido admitida en el liceo judío, al que también iba
Margot.
Nuestras vidas transcurrían con cierta agitación, ya que el resto de la familia que se había
quedado en Alemania seguía siendo víctima de las medidas antijudías decretadas por
Hitler. Tras los pogromos de 1938, mis dos tíos maternos huyeron y llegaron sanos y
salvos a Norteamérica; mi pobre abuela, que ya tenía setenta y tres años, se vino a vivir

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con nosotros.
Después de mayo de 1940, los buenos tiempos quedaron definitivamente atrás: primero la
guerra, luego la capitulación, la invasión alemana, y así comenzaron las desgracias para
nosotros los judíos. Las medidas antijudías se sucedieron rápidamente y se nos privó de
muchas libertades. Los judíos deben llevar una estrella de David; deben entregar sus
bicicletas; no les está permitido viajar en tranvía; no les está permitido viajar en coche,
tampoco en coches particulares; los judíos sólo pueden hacer la compra desde las tres
hasta las cinco de la tarde; sólo pueden ir a una peluquería judía; no pueden salir a la calle
desde las ocho de la noche hasta las seis de la madrugada; no les está permitida la entrada
en los teatros, cines y otros lugares de esparcimiento público; no les está permitida la entrada en las piscinas ni en las pistas de tenis, de hockey ni de ningún otro deporte; no les
está permitido practicar remo; no les está permitido practicar ningún deporte en público;
no les está permitido estar sentados en sus jardines después de las ocho de la noche, tampoco en los jardines de sus amigos; los judíos no pueden entrar en casa de cristianos;
tienen que ir a colegios judíos, y otras cosas por el estilo. Así transcurrían nuestros días:
que si esto no lo podíamos hacer, que si lo otro tampoco. Jacques siempre me dice: «Ya
no me atrevo a hacer nada, porque tengo miedo de que esté prohibido.»
En el verano de 1941, la abuela enfermó gravemente. Hubo que operarla y mi
cumpleaños apenas lo festejamos. El del verano de 1940 tampoco, porque hacía poco que
había acabado la guerra en Holanda. La abuela murió en enero de 1942. Nadie sabe lo
mucho que pienso en ella, y cuánto la sigo queriendo. Este cumpleaños de 1942 lo hemos
festejado para compensar los anteriores, y también tuvimos encendida la vela de la
abuela.
Nosotros cuatro todavía estamos bien, y así hemos llegado al día de hoy, 20 de junio de
1942, fecha en que estreno mi diario con toda solemnidad.

Sábado, 20 de junio de 1942

¡Querida Kitty!
Empiezo ya mismo. En casa está todo tranquilo. Papá y mamá han salido y Margot ha ido
a jugar al ping-pong con unos chicos en casa de su amiga Trees. Yo también juego
mucho al pingpong últimamente, tanto que incluso hemos fundado un club con otras
cuatro chicas, llamado «La Osa Menor menos dos». Un nombre algo curioso, que se basa
en una equivocación. Buscábamos un nombre original, y como las socias somos cinco
pensamos en las estrellas, en la Osa Menor. Creíamos que estaba formada por cinco
estrellas, pero nos equivocamos: tiene siete, al igual que la Osa Mayor. De ahí lo de
«menos dos». En casa de use Wagner tienen un juego de ping-pong, y la gran mesa del
comedor de los Wagner está siempre a nuestra disposición. Como a las cinco jugadoras
de ping-pong nos gusta mucho el helado, sobre todo en verano, y jugando al ping-pong
nos acaloramos mucho, nuestras partidas suelen terminar en una visita a alguna de las
heladerías más próximas abiertas a los judíos, como Oase o Delphi. No nos molestamos
en llevar nuestros monederos, porque Oase está generalmente tan concurrido que entre
los presentes siempre hay algún señor dadivoso perteneciente a nuestro amplio círculo de
amistades, o algún admirador, que nos ofrece más helado del que podríamos tomar en

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toda una semana.
Supongo que te extrañará un poco que a mi edad te esté hablando de admiradores.
Lamentablemente, aunque en algunos casos no tanto, en nuestro colegio parece ser un
mal ineludible. Tan pronto como un chico me pregunta si me puede acompañar a casa en
bicicleta y entablamos una conversación, nueve de cada diez veces puedes estar segura de
que el muchacho en cuestión tiene la maldita costumbre de apasionarse y no quitarme los
ojos de encima. Después de algún tiempo, el enamoramiento se les va pasando, sobre
todo porque yo no hago mucho caso de sus miradas fogosas y sigo pedaleando
alegremente. Cuando a veces la cosa se pasa de castaño oscuro, sacudo un poco la bici, se
me cae la cartera, el joven se siente obligado a detenerse para recogerla, y cuando me la
entrega yo ya he cambiado completamente de tema. Éstos no son sino los más
inofensivos; también los hay que te tiran besos o que intentan cogerte del brazo, pero
conmigo lo tienen difícil: freno y me niego a seguir aceptando su compañía, o me hago la
ofendida y les digo sin rodeos que se vayan a su casa.
Basta por hoy. Ya hemos sentado las bases de nuestra amistad. ¡Hasta mañana!
Tu Ana

Domingo, 21 de junio de 1942
Querida Kitty:
Toda la clase tiembla. El motivo, claro, es la reunión de profesores que se avecina. Media
clase se pasa el día apostando a que si aprueban o no el curso. G. Z. y yo nos morimos de
risa por culpa de nuestros compañeros de atrás, C. N. y Jacques Kocernoot, que ya han
puesto en juego todo el capital que tenían para las vacaciones. «¡Que tú apruebas!», «¡que
no!», «¡que sí!», y así todo el santo día, pero ni las miradas suplicantes de G. pidiendo
silencio, ni las broncas que yo les suelto, logran que aquellos dos se calmen.
Calculo que la cuarta parte de mis compañeros de clase deberán repetir curso, por lo
zoquetes que son, pero como los profesores son gente muy caprichosa, quién sabe si
ahora, a modo de excepción, no les da por repartir buenas notas.
En cuanto a mis amigas y a mí misma no me hago problemas, creo que todo saldrá bien.
Sólo las matemáticas me preocupan un poco. En fin, habrá que esperar. Mientras tanto,
nos damos ánimos mutuamente.
Con todos mis profesores y profesoras me entiendo bastante bien. Son nueve en total:
siete hombres y dos mujeres. El profesor Keesing, el viejo de matemáticas, estuvo un
tiempo muy enfadado conmigo porque hablaba demasiado. Me previno y me previno,
hasta que un día me castigó. Me mandó hacer una redacción; tema: «La parlanchina». ¡La
parlanchina! ¿Qué se podría escribir sobre ese tema? Ya lo vería más adelante. Lo apunté
en mi agenda, guardé la agenda en la cartera y traté de tranquilizarme.
Por la noche, cuando ya había acabado con todas las demás tareas, descubrí que todavía
me quedaba la redacción. Con la pluma en la boca, me puse a pensar en lo que podía
escribir. Era muy fácil ponerse a desvariar y escribir lo más espaciado posible, pero
dar una prueba convincente de la necesidad de hablar ya resultaba más difícil. Estuve
pensando y repensando, luego se me ocurrió una cosa, llené las tres hojas que me había
dicho el profe y me quedé satisfecha. Los argumentos que había aducido eran que hablar

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era propio de las mujeres, que intentaría moderarme un poco, pero que lo más probable
era que la costumbre de hablar no se me quitara nunca, ya que mi madre hablaba tanto
cómo yo, si no más, y que los rasgos hereditarios eran muy difíciles de cambiar.
Al profesor Keesing le hicieron mucha gracia mis argumentos, pero cuando en la clase
siguiente seguí hablando, tuve que hacer una segunda redacción esta vez sobre «La
parlanchina empedernida». También entregué esa redacción, y Keesing no tuvo motivo
de queja durante dos clases. En la tercera, sin embargo, le pareció que había vuelto a
pasarme de la raya. «Ana Frank, castigada por hablar en clase. Redacción sobre el tema:
"Cuacuá, cuacuá, parpaba la pata".»
Todos mis compañeros soltaron la carcajada. No tuve más remedio que reírme con ellos,
aunque ya se me había agotado la inventiva en lo referente a las redacciones sobre el
parloteo. Tendría que ver si le encontraba un giro original al asunto. Mi amiga Sanne,
poetisa excelsa, me ofreció su ayuda para hacer la redacción en verso de principio a fin,
con lo que me dio una gran alegría. Keesing quería ponerme en evidencia mandándome
hacer una redacción sobre un tema tan ridículo, pero con mi poema yo le pondría en
evidencia a él por partida triple.
Logramos terminar el poema y quedó muy bonito. Trataba de una pata y un cisne que
tenían tres patitos. Como los patitos eran tan parlanchines, el papá cisne los mató a
picotazos. Keesing por suerte entendió y soportó la broma; leyó y comentó el poema en
clase y hasta en otros cursos. A partir de entonces no se opuso a que hablara en clase y
nunca más me castigó; al contrario, ahora es él el que siempre está gastando bromas.
Tu Ana

Miércoles, 24 de junio de 1942
Querida Kitty:
¡Qué bochorno! Nos estamos asando, y con el calor que hace tengo que ir andando a
todas partes. Hasta ahora no me había dado cuenta de lo cómodo que puede resultar un
tranvía, sobre todo los que son abiertos, pero ese privilegio ya no lo tenemos los judíos: a
nosotros nos toca ir en el «coche de San Fernando». Ayer a mediodía tenía hora con el
dentista en la Jan Luykenstraat, que desde el colegio es un buen trecho. Lógico que luego
por la tarde en el colegio casi me durmiera. Menos mal que la gente te ofrece algo de
beber sin tener que pedirlo. La ayudante del dentista es verdaderamente muy amable.
El único medio de transporte que nos está permitido coger es el transbordador. El
barquero del canal Jozef Israëlskade nos cruzó nada más pedírselo. De verdad, los
holandeses no tienen la culpa de que los judíos padezcamos tantas desgracias.
Ojalá no tuviera que ir al colegio. En las vacaciones de Semana Santa me robaron la bici,
y la de mamá, papá la ha dejado en casa de unos amigos cristianos. Pero por suerte ya se
acercan las vacaciones: una semana más y ya todo habrá quedado atrás.
Ayer por la mañana me ocurrió algo muy cómico. Cuando pasaba por el garaje de las
bicicletas, oí que alguien me llamaba. Me volví y vi detrás de mí a un chico muy
simpático que conocí anteanoche en casa de Wilma, y que es un primo segundo suyo.
Wilma es una chica que al principio me caía muy bien, pero que se pasa el día hablando
nada más que de chicos, y eso termina por aburrirte. El chico se me acercó algo tímido y

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me dijo que se llamaba Helio Silberberg. Yo estaba un tanto sorprendida y no sabía muy
bien lo que pretendía, pero no tardó en decírmelo: buscaba mi compañía y quería
acompañarme al colegio. «Ya que vamos en la misma dirección, podemos ir juntos», le
contesté, y juntos salimos. Helio ya tiene dieciséis años y me cuenta cosas muy
entretenidas.
Hoy por la mañana me estaba esperando otra vez, y supongo que en adelante lo seguirá
haciendo.
Tu Ana

Miércoles,1ºi de julio de 194.2
Querida Kitty:
Hasta hoy te aseguro que no he tenido tiempo para volver a escribirte. El jueves estuve
toda la tarde en casa de unos amigos, el viernes tuvimos visitas y así sucesivamente hasta
hoy.
Helio y yo nos hemos conocido más a fondo esta semana. Me ha contado muchas cosas
de su vida. Es oriundo de Gelsenkirchen y vive en Holanda en casa de sus abuelos. Sus
padres están en Bélgica, pero no tiene posibilidades de viajar allí para reunirse con ellos.
Helio tenía una novia, Ursula. La conozco, es la dulzura y el aburrimiento personificado.
Desde que me conoció a mí, Helio se ha dado cuenta de que al lado de Ursula se duerme.
O sea, que soy una especie de antisomnífero. ¡Una nunca sabe para lo que puede llegar a
servir!
El sábado por la noche, Jacque se quedó a dormir conmigo, pero por la tarde se fue a casa
de Hanneli y me aburrí como una ostra.
Helio había quedado en pasar por la noche, pero a eso de las seis me llamó por teléfono.
Descolgué el auricular y me dijo: -Habla Helmuth Silberberg. ¿Me podría poner con
Ana? -Sí, Helio, soy Ana.
-Hola, Ana. ¿Cómo estás?
-Bien, gracias.
-Siento tener que decirte que esta noche no podré pasarme por tu casa, pero quisiera
hablarte un momento. ¿Te parece bien que vaya dentro de diez minutos?
-Sí, está bien. ¡Hasta ahora!
-¡Hasta ahora!
Colgué el auricular y corrí a cambiarme de ropa y a arreglarme el pelo. Luego me asomé,
nerviosa, por la ventana. Por fin lo vi llegar. Por milagro no me lancé escaleras abajo,
sino que esperé hasta que sonó el timbre. Bajé a abrirle y él fue directamente al grano:
-Mira, Ana, mi abuela dice que eres demasiado joven para que esté saliendo contigo.
Dice que tengo que ir a casa de los Löwenbach, aunque quizá sepas que ya no salgo con
Ursula.
-No, no lo sabía. ¿Acaso habéis reñido?
-No, al contrario. Le he dicho a Ursula que de todos modos no nos entendíamos bien y
que era mejor que dejáramos de salir juntos, pero que en casa siempre sería bien recibida,

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y que yo esperaba serlo también en la suya. Es que yo pensé que ella se estaba viendo con
otro chico, y la traté como si así fuera. Pero resultó que no era cierto, y ahora mi tío me
ha dicho que le tengo que pedir disculpas, pero yo naturalmente no quería, y por eso he
roto con ella, pero ése es sólo uno de muchos motivos. Ahora mi abuela quiere que vaya
a ver a Ursula y no a ti, pero yo no opino como ella y no tengo intención de hacerlo. La
gente mayor tiene a veces ideas muy anticuadas, pero creo que no pueden imponérnoslas
a nosotros. Es cierto que necesito a mis abuelos, pero ellos en cierto modo también me
necesitan. Ahora resulta que los miércoles por la noche tengo libre porque se supone que
voy a clase de talla de madera, pero en realidad voy a una de esas reuniones del partido
sionista. Mis abuelos no quieren que vaya porque se oponen rotundamente al sionismo.
Yo no es que sea fanático, pero me interesa, aunque últimamente están armando tal jaleo
que había pensado no ir más. El próximo miércoles será la última vez que vaya. Entonces
podremos vernos los miércoles por la noche, los sábados por la tarde y por la noche, los
domingos por la tarde, y quizá también otros días.
-Pero si tus abuelos no quieren, no deberías hacerlo a sus espaldas.
-El amor no se puede forzar.
En ese momento pasamos por delante de la librería Blankevoort, donde estaban Peter
Schiff y otros dos chicos. Era la primera vez que me saludaba en mucho tiempo, y me
produjo una gran alegría. El lunes, al final de la tarde, vino Helio a casa a conocer a papá
y mamá. Yo había comprado una tarta y dulces, y además había té y galletas, pero ni a
Helio ni a mí nos apetecía estar sentados en una silla uno al lado del otro, así que salimos
a dar una vuelta, y no regresamos hasta las ocho y diez. Papá se enfadó mucho, dijo que
no podía ser que llegara a casa tan tarde. Tuve que prometerle que en adelante estaría en
casa a las ocho menos diez a más tardar. Helio me ha invitado a ir a su casa el sábado que
viene.
Wilma me ha contado que un día que Helio fue a su casa le preguntó:
-¿Quién te gusta más, Ursula o Ana?
Y entonces él le dijo:
-No es asunto tuyo.
Pero cuando se fue, después de no haber cambiado palabra con Wilma en toda la noche,
le dijo:
-¡Pues Ana! Y ahora me voy. ¡No se lo digas a nadie!
Y se marchó.
Todo indica que Helio está enamorado de mí, y a mí, para variar, no me desagrada.
Margot diría que Helio es un buen tipo, y
yo opino igual que ella, y aún más. También mamá está todo el día alabándolo. Que es un
muchacho apuesto, que es muy corté,' simpático. Me alegro de que en casa a todos les
caiga tan bien, menos a mis amigas, a las que él encuentra muy niñas, y en eso tiene
razón. Jacque siempre me está tomando el pelo por lo de Hello. Yo no es que esté
enamorada, nada de eso. ¿Es que no puedo tener amigos? Con eso no hago mal a nadie.
Mamá sigue preguntándome con quién querría casarme, pero creo que ni se imagina que
es con Peter, porque yo lo desmiento una y otra vez sin pestañear. Quiero a Peter como
nunca he querido a nadie, y siempre trato de convencerme de que sólo vive persiguiendo
a todas las chicas para esconder sus sentimientos. Quizá él ahora también crea que Hello
y yo estamos enamorados, pero eso no es cierto. No es más que un amigo o, como dice
mamá, un galán.

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Tu Ana

Domingo, f de julio de 1942
Querida Kitty:
El acto de fin de curso del viernes en el Teatro Judío salió muy bien. Las notas que me
han dado no son nada malas: un solo insuficiente (un cinco en álgebra) y por lo demás
todo sietes, dos ochos y dos seises. Aunque en casa se pusieron contentos, en cuestión de
notas mis padres son muy distintos a otros padres; nunca les importa mucho que mis
notas sean buenas o malas; sólo se fijan en si estoy sana, en que no sea demasiado fresca
y en si me divierto. Mientras estas tres cosas estén bien, lo demás viene solo.
Yo soy todo lo contrario: no quiero ser mala alumna. Me aceptaron en el liceo de forma
condicional, ya que en realidad me faltaba ir al séptimo curso del colegio Montessori,
pero cuando a los chicos judíos nos obligaron a ir a colegios judíos, el señor Elte, después
de algunas idas y venidas, a Lies Goslar y a mí nos dejó matricularnos de manera
condicional. Lies también ha aprobado el curso pero tendrá que hacer un examen de
geometría de recuperación bastante difícil.
Pobre Lies, en su casa casi nunca puede sentarse a estudiar tranquila. En su habitación se
pasa jugando todo el día su hermana pequeña, una niñita consentida que está a punto de
cumplir dos años. Si no hacen lo que ella quiere, se pone a gritar, y si Lies no se ocupa de
ella, la que se pone a gritar es su madre. De esa manera es imposible estudiar nada, y
tampoco ayudan mucho las incontables clases de recuperación que tiene a cada rato. Y es
que la casa de los Goslar es una verdadera casa de tócame Roque. Los abuelos maternos
de Lies viven en la casa de al lado, pero comen con ellos. Luego hay una criada, la niñita,
el eternamente distraído y despistado padre y la siempre nerviosa e irascible madre, que
está nuevamente embarazada. Con un panorama así, la patosa de Lies está completamente
perdida.
A mi hermana Margot también le han dado las notas, estupendas como siempre. Si en el
colegio existiera el cum laude, se lo habrían dado. ¡Es un hacha!
Papá está mucho en casa últimamente; en la oficina no tiene nada que hacer. No debe ser
nada agradable sentirse un inútil. El señor Kleiman se ha hecho cargo de Opekta, y el
señor Kugler, de Gies & Cía., la compañía de los sucedáneos de especias, fundada hace
poco, en 1941.
Hace unos días, cuando estábamos dando una vuelta alrededor de la plaza, papá empezó a
hablar del tema de la clandestinidad. Dijo que será muy difícil vivir completamente
separados del mundo. Le pregunté por qué me estaba hablando de eso ahora.
-Mira, Ana -me dijo-. Ya sabes que desde hace más de un año estamos llevando ropa,
alimentos y muebles a casa de otra gente. No queremos que nuestras cosas caigan en
manos de los alemanes, pero menos aún que nos pesquen a nosotros mismos. Por eso, nos
iremos por propia iniciativa y no esperaremos a que vengan por nosotros.
-Pero papá, ¿cuándo será eso?
La seriedad de las palabras de mi padre me dio miedo.
-De eso no te preocupes, ya lo arreglaremos nosotros. Disfruta de tu vida despreocupada

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mientras puedas.
Eso fue todo. ¡Ojalá que estas tristes palabras tarden mucho en cumplirse!
Acaban de llamar al timbre. Es Hello. Lo dejo.
Tu Ana

Miércoles, 8 de julio de 1942
Querida Kitty:
Desde la mañana del domingo hasta ahora parece que hubieran pasado años. Han pasado
tantas cosas que es como si de repente el mundo estuviera patas arriba, pero ya ves, Kitty:
aún estoy viva, y eso es lo principal, como dice papá. Sí, es cierto, aún estoy viva, pero
no me preguntes dónde ni cómo. Hoy no debes de entender nada de lo que te escribo, de
modo que empezaré por contarte lo que pasó el domingo por la tarde.
A las tres de la tarde -Helio acababa de salir un momento, luego volvería- alguien llamó a
la puerta. Yo no lo oí, ya que estaba leyendo en una tumbona al sol en la galería. Al rato
apareció Margot toda alterada por la puerta de la cocina.
-Ha llegado una citación de la SS para papá -murmuró-. Mamá ya ha salido para la casa
de Van Daan. (Van Daan es un amigo y socio de papá.)
Me asusté muchísimo. ¡Una citación! Todo el mundo sabe lo que eso significa. En mi
mente se me aparecieron campos de concentración y celdas solitarias. ¿Acaso íbamos a
permitir que a papá se lo llevaran a semejantes lugares?
-Está claro que no irá -me aseguró Margot cuando nos sentamos a esperar en el salón a
que regresara mamá-. Mamá ha ido a preguntarle a Van Daan si podemos instalarnos en
nuestro escondite mañana. Los Van Daan se esconderán con nosotros. Seremos siete.
Silencio. Ya no podíamos hablar. Pensar en papá, que sin sospechar nada había ido al
asilo judío a hacer unas visitas, esperar a que volviera mamá, el calor, la angustia, todo
ello junto hizo que guardáramos silencio.
De repente llamaron nuevamente a la puerta. -Debe de ser Helio -dije yo.
-No abras -me detuvo Margot, pero no hacía falta, oímos a mamá y al señor Van Daan
abajo hablando con Helio. Luego entraron y cerraron la puerta. A partir de ese momento,
cada vez que llamaran a la puerta, una de nosotras debía bajar sigilosamente para ver si
era papá; no abriríamos la puerta a extraños. A Margot y a mí nos hicieron salir del salón;
Van Daan quería hablar a solas con mamá.
Una vez en nuestra habitación, Margot me confesó que la cita
ción no estaba dirigida a papá, sino a ella. De nuevo me asusté muchísimo y me eché a
llorar. Margot tiene dieciséis años. De modo que quieren llevarse a chicas solas tan
jóvenes como ella... Pero por suerte no iría, lo había dicho mamá, y seguro que a eso se
había referido papá cuando conversaba conmigo sobre el hecho de escondernos.
Escondernos... ¿Dónde nos esconderíamos? ¿En la ciudad, en el campo, en una casa, en
una cabaña, cómo, cuándo, dónde? Eran muchas las preguntas que no podía hacer, pero
que me venían a la mente una y otra vez.
Margot y yo empezamos a guardar lo indispensable en una cartera del colegio. Lo
primero que guardé fue este cuaderno de tapas duras, luego unas plumas, pañuelos, libros
del colegio, un peine, cartas viejas... Pensando en el escondite, metí en la cartera las cosas

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más estúpidas, pero no me arrepiento. Me importan más los recuerdos que los vestidos.
A las cinco llegó por fin papá. Llamamos por teléfono al señor Kleiman, pidiéndole que
viniera esa misma tarde. Van Daan fue a buscar a Miep. Miep vino, y en una bolsa se
llevó algunos zapatos, vestidos, chaquetas, ropa interior y medias, y prometió volver por
la noche. Luego hubo un gran silencio en la casa: ninguno de nosotros quería comer nada,
aún hacía calor y todo resultaba muy extraño.
La habitación grande del piso de arriba se la habíamos alquilado a un tal Goldschmidt, un
hombre divorciado de treinta y pico, que por lo visto no tenía nada que hacer, por lo que
se quedó matando el tiempo hasta las diez con nosotros e4 el salón, sin que hubiera
manera de hacerle entender que se fuera.
A las once llegaron Miep y Jan Gies. Miep trabaja desde 1933 para papá y se ha hecho
íntima amiga de la familia, al igual que su flamente marido Jan. Nuevamente
desaparecieron zapatos, medias, libros y ropa interior en la bolsa de Miep y en los
grandes bolsillos del abrigo de Jan, y a las once y media también desaparecieron ellos
mismos.
Estaba muerta de cansancio, y aunque sabía que sería la última noche en que dormiría en
mi cama, me dormí en seguida y no me desperté hasta las cinco y media de la mañana,
cuando me llamó mamá. Por suerte hacía menos calor que el domingo; durante todo el
día cayó una lluvia cálida. Todos nos pusimos tanta ropa que era como si tuviéramos que
pasar la noche en un frigorífico, pero era para poder llevarnos más prendas de vestir. A
ningún judío que estuviera en nuestro lugar se le habría ocurrido salir de casa con una
maleta llena de ropa. Yo lleva a puestas dos camisetas, tres pantalones, un vestido,
encima una falda, una chaqueta, un abrigo de verano, dos pares de me 'as, zapatos
cerrados, un gorro, un pañuelo y muchas cosas as; estando todavía en casa ya me entró
asfixia, pero no había' más remedio.
Margot llenó de libros la cartera del colegio, sacó la bicicleta del garaje para bicicletas y
salió detrás de Miep, con un rumbo para mí desconocido. Y es que yo seguía sin saber
cuál era nuestro misterioso destino.
A las siete y media también nosotros cerramos la puerta a nuestras espaldas. Del único
del que había tenido que despedirme era de Moortje, mi gatito, que sería acogido en casa
de los vecinos, según le indicamos al señor Goldschmidt en una nota.
Las camas deshechas, la mesa del desayuno sin recoger, medio kilo de carne para el gato
en la nevera, todo daba la impresión de que habíamos abandonado la casa
atropelladamente. Pero no nos importaba la impresión que dejáramos, queríamos irnos,
sólo irnos y llegar a puerto seguro, nada más.
Seguiré mañana.
Tu Ana

Jueves, 9 de julio de 1942
Querida Kitty:
Así anduvimos bajo la lluvia torrencial, papá, mamá y yo, cada cual con una
cartera de colegio y una bolsa de la compra, cargadas hasta los topes con una mezcolanza
de cosas. Los trabajadores que iban temprano a trabajar nos seguían con la mirada. En sus

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caras podía verse claramente que lamentaban no poder ofrecernos ningún transporte: la
estrella amarilla que llevábamos era elocuente.
Sólo cuando ya estuvimos en la calle, papá y mamá empezaron a contarme poquito a
poco el plan del escondite. Llevaban meses sacando de la casa la mayor cantidad posible
de muebles y enseres, y habían decidido que entraríamos en la clandesti
nidad voluntariamente, el i6 de julio. Por causa de la citación, el asunto se había
adelantado diez días, de modo que tendríamos que conformarnos con unos aposentos
menos arreglados y ordenados.
El escondite estaba situado en el edificio donde tenía las oficinas papá. Como para las
personas ajenas al asunto esto es algo difícil de entender, pasaré a dar una aclaración.
Papá no ha tenido nunca mucho personal: el señor Kugler, Kleiman y Miep, además de
Bep Voskuijl, la secretaria de z3 años. Todos estaban al tanto de nuestra llegada. En el
almacén trabajan el señor Voskuijl, padre de Bep, y dos mozos, a quienes no les
habíamos dicho nada.
El edificio está dividido de la siguiente manera: en la planta baja hay un gran almacén,
que se usa para el depósito de mercancías. Este está subdividido en distintos cuartos,
como el que se usa para moler la canela, el clavo y el sucedáneo de la pimienta, y luego
está el cuarto de las provisiones. Al lado de la puerta del almacén está la puerta de
entrada normal de la casa, tras la cual una segunda puerta da acceso a la escalera.
Subiendo las escaleras se llega a una puerta de vidrio traslúcido, en la que antiguamente
ponía «OFICINA» en letras negras. Se trata de la oficina principal del edificio, muy
grande, muy luminosa y muy llena. De día trabajan allí Bep, Miep y el señor Kleiman.
Pasando por un cuartito donde está la caja fuerte, el guardarropa y un armario para
guardar útiles de escritorio, se llega a una pequeña habitación bastante oscura y húmeda
que da al patio. Éste era el despacho que compartían el señor Kugler y el señor Van
Daan, pero que ahora sólo ocupa el pri
mero. También se puede acceder al despacho de Kugler desde el pasillo, aunque sólo a
través de una puerta de vidrio que se abre desde dentro y que es difícil de abrir desde
fuera. Saliendo de ese despacho se va por un pasillo largo y estrecho, se pasa por la carbonera y, después de subir cuatro peldaños, se llega a la habitación que es el orgullo del
edificio: el despacho principal. Muebles oscuros muy elegantes, el piso cubierto de
linóleo y alfombras, una radio, una hermosa lámpara, todo verdaderamente precioso. Al
lado, una amplia cocina con calentador de agua y dos hornillos, y al lado de la cocina, un
retrete. Ése es el primer piso.
Desde el pasillo de abajo se sube por una escalera corriente de madera. Arriba hay un
pequeño rellano, al que llamamos normalmente descansillo. A la izquierda y derecha del
descansillo hay dos puertas. La de la izquierda comunica con la casa de delante,
donde hay almacenes, un desván y una buhardilla. Al otro extremo de esta parte delantera
del edificio hay una escalera superempinada, típicamente holandesa (de ésas en las que es
fácil romperse la crisma), que lleva a la segunda puerta que da a la calle.
A la derecha del descansillo se halla la «casa de atrás». Nunca
nadie sospecharía que detrás de esta puerta pintada de gris, sin nada de particular, se
esconden tantas habitaciones. Delante de la puerta hay un escalón alto, y por allí se entra.
Justo enfrente de la puerta de entrada, una escalera empinada; a la izquierda hay un
pasillito y una habitación que pasó a ser el cuarto de estar y dormitorio de los Frank, y al
lado otra habitación más pequeña: el dormitorio y estudio de las señoritas Frank. A la

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derecha de la escalera, un cuarto sin ventanas, con un lavabo y un retrete cerrado, y otra
puerta que da a la habitación de Margot y mía. Subiendo las escaleras, al abrir la puerta
de arriba, uno se asombra al ver que en una casa tan antigua de los canales pueda haber
una habitación tan grande, tan luminosa y tan amplia. En este espacio hay un fogón (esto
se lo debemos al hecho de que aquí Kugler tenía antes su laboratorio) y un fregadero. O
sea, que ésa es la cocina, y a la vez también dormitorio del señor y la señora Van Daan,
cuarto de estar general, comedor y estudio. Luego, una diminuta habitación de paso, que
será la morada de Peter van Daan y, finalmente, al igual que en la casa de delante, un
desván y una buhardilla. Y aquí termina la presentación de toda nuestra hermosa Casa de
atrás.
Tu Ana

Viernes, 10 de julio de 1942
Querida Kitty:
Es muy probable que te haya aburrido tremendamente con mi tediosa descripción
de la casa, pero me parece importante que sepas dónde he venido a parar. A través de mis
próximas cartas ya te enterarás de cómo vivimos aquí.
Ahora primero quisiera seguir contándote la historia del otro día, que todavía no he
terminado. Una vez que llegamos al edificio de Prinsengracht 663, Miep nos llevó en
seguida por el largo pasillo, subiendo por la escalera de madera, directamente hacia
arriba,
a la Casa de atrás. Cerró la puerta detrás de nosotros y nos dejó solos. Margot había
llegado mucho antes en bicicleta y ya nos estaba esperando.
El cuarto de estar y las demás habitaciones estaban tan atiborradas de trastos que
superaban toda descripción. Las cajas de cartón que a lo largo de los últimos meses
habían sido enviadas a la oficina, se encontraban en el suelo y sobre las camas. El cuartito
pequeño estaba hasta el techo de ropa de cama. Si por la noche queríamos dormir en
camas decentes, teníamos que poner manos a la obra de inmediato. A mamá y a Margot
les era imposible mover un dedo, estaban echadas en las camas sin hacer, cansadas,
desganadas y no sé cuántas cosas más, pero papá y yo, los dos «ordenalotodo» de la
familia, queríamos empezar cuanto antes.
Anduvimos todo el día desempaquetando, poniendo cosas en los armarios, martilleando y
ordenando, hasta que por la noche caímos exhaustos en las camas limpias. No habíamos
comido nada caliente en todo el día, pero no nos importaba; mamá y Margot estaban
demasiado cansadas y nerviosas como para comer nada, y papá y yo teníamos demasiado
que hacer.
El martes por la mañana tomamos el trabajo donde lo habíamos dejado el lunes. Bep y
Miep hicieron la compra usando nuestras cartillas de racionamiento, papá arregló los
paneles para oscurecer las ventanas, que no resultaban suficientes, fregamos el suelo de la
cocina y estuvimos nuevamente trajinando de la mañana a la noche. Hasta el miércoles
casi no tuve tiempo de ponerme a pensar en los grandes cambios que se habían producido
en mi vida. Sólo entonces, por primera vez desde que llegamos a la Casa de atrás,
encontré ocasión para ponerte al tanto de los hechos y al mismo tiempo para darme

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cuenta de lo que realmente me había pasado y de lo que aún me esperaba.
Tu Ana

Sábado, 11 de julio de 1942
Querida Kitty:
Papá, mamá y Margot no logran acostumbrarse a las campanadas de la iglesia del Oeste,
que suenan cada quince minutos anunciando la hora. Yo sí, me gustaron desde el
principio, y sobre todo
por las noches me dan una sensación de amparo. Te interesará saber qué me parece mi
vida de escondida, pues bien, sólo puedo decirte que ni yo misma lo sé muy bien. Creo
que aquí nunca me sentiré realmente en casa, con lo que no quiero decir en absoluto que
me desagrade estar aquí; más bien me siento como si estuviera pasando unas vacaciones
en una pensión muy curiosa. Reconozco que es una concepción un tanto extraña de la
clandestinidad, pero las cosas son así, y no las puedo cambiar. Como escondite, la Casa
de atrás es ideal; aunque hay humedad y está toda inclinada, estoy segura de que en todo
Amsterdam, y quizás hasta en toda Holanda, no hay otro escondite tan confortable como
el que hemos instalado aquí.
La pequeña habitación de Margot y mía, sin nada en las paredes, tenía hasta ahora un
aspecto bastante desolador. Gracias a papá, que ya antes había traído mi colección de
tarjetas postales y mis fotos de estrellas de cine, pude decorar con ellas una pared entera,
pegándolas con cola. Quedó muy, muy bonito, por lo que ahora parece mucho más
alegre. Cuando lleguen los Van Daan, ya nos fabricaremos algún armarito y otros
chismes con la madera que hay en el desván.
Margot y mamá ya se han recuperado un poco. Ayer mamá quiso hacer la primera sopa
de guisantes, pero cuando estaba abajo charlando, se olvidó de la sopa, que se quemó de
tal manera que los guisantes estaban negros como el carbón y no había forma de
despegarlos del fondo de la olla. '
Ayer por la noche bajamos los cuatro al antiguo despacho de papá y pusimos la radio
inglesa. Yo tenía tanto miedo de que alguien pudiera oírnos que le supliqué a papá que
volviéramos arriba. Mamá comprendió mi temor y subió conmigo. También con respecto
a otras cosas tenemos mucho miedo de que los vecinos puedan vernos u oírnos. Ya el
primer día tuvimos que hacer cortinas, que en realidad no se merecen ese nombre, ya que
no son más que unos trapos sueltos, totalmente diferentes entre sí en forma, calidad y
dibujo. Papá y yo, que no entendemos nada del arte de coser, las unimos de cualquier
manera con hilo y aguja. Estas verdaderas joyas las colgamos luego con chinchetas
delante de las ventanas, y ahí se quedarán hasta que nuestra estancia aquí acabe.
A la derecha de nuestro edificio se encuentra una filial de la compañía Keg, de Zaandam,
y a la izquierda una ebanistería. La
gente que trabaja allí abandona el recinto cuando termina su horario de trabajo, pero aun
así podrían oír algún ruido que nos delatara. Por eso, hemos prohibido a Margot que tosa
por las noches, pese a que está muy acatarrada, y le damos codeína en grandes
cantidades.
Me hace mucha ilusión la venida de los Van Daan, que se ha fijado para el martes. Será

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mucho más ameno y también habrá menos silencio. Porque es el silencio lo que por las
noches y al caer la tarde me pone tan nerviosa, y daría cualquier cosa por que alguno de
nuestros protectores se quedara aquí a dormir.
La vida aquí no es tan terrible, porque podemos cocinar nosotros mismos y abajo, en el
despacho de papá, podemos escuchar la radio. El señor Kleiman y Miep y también Bep
Voskuijl nos han ayudado muchísimo. Nos han traído ruibarbo, fresas y cerezas, y no
creo que por el momento nos vayamos a aburrir. Tenemos suficientes cosas para leer, y
aún vamos a comprar un montón de juegos. Está claro que no podemos mirar por la
ventana ni salir fuera. También está prohibido hacer ruido, porque abajo no nos deben
oír.
Ayer tuvimos mucho trabajo; tuvimos que deshuesar dos cestas de cerezas para la oficina.
El señor Kugler quería usarlas para hacer conservas.
Con la madera de las cajas de cerezas haremos estantes para libros.
Me llaman.
Tu Ana

28 de setiembre de 1942. (Añadido)
Me angustia más de lo que puedo expresar el que nunca podamos salir fuera, y tengo
mucho miedo de que nos descubran y nos fusilen. Eso no es, naturalmente, una
perspectiva demasiado halagüeña.

Domingo, 12 de julio de 1942
Hoy hace un mes todos fueron muy buenos conmigo, cuando era mi cumpleaños, pero
ahora siento cada día más cómo me voy distanciando de mamá y Margot. Hoy he estado
trabajando duro, y todos me han elogiado enormemente, pero a los cinco minutos ya se
pusieron a regañarme.
Es muy clara la diferencia entre cómo nos tratan a Margot y a mí. Margot, por ejemplo,
ha roto la aspiradora, y ahora nos hemos quedado todo el día sin luz. Mamá le dijo:
-Pero Margot, se nota que no estás acostumbrada a trabajar, si no habrías sabido que no
se debe desenchufar una aspiradora tirando del cable.
Margot respondió algo y el asunto no pasó de ahí.
Pero hoy por la tarde yo quise pasar a limpio la lista de la compra de mamá, que tiene una
letra bastante ilegible, pero no quiso que lo hiciera y en seguida me echó una tremenda
regañina en la que se metió toda la familia.
Estos últimos días estoy sintiendo cada vez más claramente que no encajo en mi familia.
Se ponen tan sentimentales cuando están juntos, y yo prefiero serlo cuando estoy sola. Y
luego hablan de lo bien que estamos y que nos llevamos los cuatro, y de que somos una
familia tan unida, pero en ningún momento se les ocurre pensar en que yo no lo siento
así.
Sólo papá me comprende de vez en cuando, pero por lo general está del lado de mamá y
Margot. Tampoco soporto que en presencia de extraños hablen de que he estado llorando

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o de lo sensata e inteligente que soy. Lo aborrezco. Luego también a veces hablan de
Moortje, y me sabe muy mal, porque ése es precisamente mi punto flaco y vulnerable.
Echo de menos a Moortje a cada momento, y nadie sabe cuánto pienso en él. Siempre que
pienso en él se me saltan las lágrimas. Moortje es tan bueno, y lo quiero tanto... Sueño a
cada momento con su vuelta.
Aquí siempre tengo sueños agradables, pero la realidad es que tendremos que quedarnos
aquí hasta que termine la guerra. Nunca podemos salir fuera, y tan sólo podemos recibir
la visita de Miep, su marido Jan, Bep Voskuijl, el señor Voskuijl, el señor Kugler, el
señor Kleiman y la señora Kleiman, aunque ésta nunca viene porque le parece muy
peligroso.

Setiembre de 1942. (Añadido)
Papá siempre es muy bueno. Me comprende de verdad, y a veces me gustaría poder
hablar con él en confianza, sin ponerme a llorar en seguida. Pero eso parece tener que ver
con la edad. Me gustaría escribir todo el tiempo, pero se haría muy aburrido.
Hasta ahora casi lo único que he escrito en mi libro son pensamientos, y no he tenido
ocasión de escribir historias divertidas para poder leérselas a alguien más tarde. Pero a
partir de ahora intentaré no ser sentimental, o serlo menos, y atenerme más a la realidad.

Viernes, 14 de agosto de 1942
Querida Kitty:
Durante todo un mes te he abandonado, pero es que tampoco hay tantas novedades como
para contarte algo divertido todos los días. Los Van Daan llegaron el 13 de julio.
Pensamos que vendrían el 14, pero como entre el 13 y el 16 de julio los alemanes
empezaron a poner nerviosa cada vez a más gente, enviando citaciones a diestro y
siniestro, pensaron que era más seguro adelantar un día la partida, antes de que fuera
demasiado tarde.
A las nueve y media de la mañana -aún estábamos desayunando- llegó Peter van Daan,
un muchacho desgarbado, bastante soso y tímido que no ha cumplido aún los dieciséis
años, y de cuya compañía no cabe esperar gran cosa. El señor y la señora Van Daan
llegaron media hora más tarde. Para gran regocijo nuestro, la señora traía una sombrerera
con un enorme orinal -dentro.
-Sin orinal no me siento en mi casa en ninguna parte -sentenció, y el orinal fue lo primero
a lo que le asignó un lugar fijo: debajo del diván. El señor Van Daan no traía orinal, pero
sí una mesa de té plegable bajo el brazo.
El primer día de nuestra convivencia comimos todos juntos, y al cabo de tres días los
siete nos habíamos hecho a la idea de que nos habíamos convertido en una gran familia.
Como es natural, los Van Daan tenían mucho que contar de lo que había sucedido durante
la última semana que habían pasado en el mundo exterior. Entre otras cosas nos
interesaba mucho saber lo que había sido de nuestra casa y del señor Goldschmidt.
El señor Van Daan nos contó lo siguiente:
-El lunes por la mañana, a las 9, Goldschmidt nos telefoneó y me dijo si podía pasar por

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ahí un momento. Fui en seguida y lo encontré muy alterado. Me dio a leer una nota que le
habían dejado los Frank y, siguiendo las indicaciones de la misma, quería llevar al gato a
casa de los vecinos, lo que me pareció estupendo. Temía que vinieran a registrar la casa,
por lo que recorrimos todas las habitaciones, ordenando un poco aquí y allá, y también
recogimos la mesa. De repente, en el escritorio de la señora Frank encontré un bloc que
tenía escrita una dirección en Maastricht. Aunque sabía que ella lo había hecho adrede,
me hice el sorprendido y asustado y rogué encarecidamente a Goldschmidt que quemara
ese papel, que podía ser causante de alguna desgracia. Seguí haciendo todo el tiempo
como si no supiera nada de que ustedes habían desaparecido, pero al ver el papelito se me
ocurrió una buena idea. «Señor Goldschmidt -le dije-, ahora que lo pienso, me parece
saber con qué puede tener que ver esa dirección. Recuerdo muy bien que hace más o
menos medio año vino a la oficina un oficial de alta graduación, que resultó ser un gran
amigo
de infancia del señor Frank. Prometió ayudarle en caso de necesidad, y precisamente
residía en Maastricht. Se me hace que este oficial ha mantenido su palabra y que ha
ayudado al señor Frank a pasar a Bélgica y de allí a Suiza. Puede decirle esto a los
amigos de los Frank que pregunten por ellos. Claro que no hace falta que mencione lo de
Maastricht.» Dicho esto, me retiré. La mayoría de los amigos y conocidos ya lo saben,
porque en varias oportunidades ya me ha tocado oír esta versión.
La historia nos causó mucha gracia, pero todavía nos hizo reír más la fantasía de la gente
cuando Van Daan se puso a contar lo que algunos decían. Una familia de la
Merwedeplein aseguraba que nos había visto pasar a los cuatro temprano por la mañana
en bicicleta, y otra señora estaba segurísima de que en medio de la noche nos habían
cargado en un furgón militar.
Tu Ana

Viernes, 21 de agosto de 1942
Querida Kitty:
Nuestro escondite sólo ahora se ha convertido en un verdadero
escondite. Al señor Kugler le pareció que era mejor que delante de la puerta que da
acceso a la Casa de atrás colocáramos una estantería, ya que los alemanes están
registrando muchas casas en busca de bicicletas escondidas. Pero se trata naturalmente de
una estantería giratoria, que se abre como una puerta. La ha fabricado el señor Voskuijl.
(Le hemos puesto al corriente de los siete escondidos, y se ha mostrado muy servicial en
todos los aspectos.)
Ahora, cuando queremos bajar al piso de abajo, tenemos que agacharnos primero y luego
saltar. Al cabo de tres días, todos teníamos la frente llena de chichones de tanto
chocarnos la cabeza al pasar por la puerta, demasiado baja. Para amortiguar los golpes en
lo posible, Peter ha colocado un paño con virutas de madera en el umbral. ¡Veremos si
funciona!
Estudiar, no estudio mucho. Hasta septiembre he decidido que tengo vacaciones. Papá me
ha dicho que luego él me dará clases, pero primero tendremos que comprar todos los
libros del nuevo curso.

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Nuestra vida no cambia demasiado. Hoy le han lavado la cabeza a Peter, lo que no tiene
nada de particular. El señor Van Daan y yo siempre andamos discutiendo. Mamá siempre
me trata como a una niñita, y a mí eso me da mucha rabia. Por lo demás, estamos algo
mejor. Peter sigue sin caerme más simpático que antes; es un chico latoso, que está todo
el día ganduleando en la cama, luego se pone a martillear un poco y cuando acaba se
vuelve a tumbar. ¡Vaya un tonto!
Esta mañana mamá me ha vuelto a soltar un soberano sermón. Nuestras opiniones son
diametralmente opuestas. Papá es un cielo, aunque a veces se enfada conmigo durante
cinco minutos.
Afuera hace buen tiempo, y pese a todo tratamos de aprovecharlo en lo posible,
tumbándonos en el catre que tenemos en el desván.
Tu Ana

21 de setiembre de 1942. (Añadido)
El señor Van Daan está como una malva conmigo últimamente. Yo le dejo hacer, sin
oponerme.

Miércoles, z de setiembre de 1942
Querida Kitty:
Los Van Daan han tenido una gran pelea. Nunca he presenciado una cosa igual, ya que a
papá y mamá ni se les ocurriría gritarse de esa manera. El motivo fue tan tonto que ni
merece la pena mencionarlo. En fin, allá cada uno.
Claro que es muy desagradable para Peter, que está en medio de los dos, pero a Peter ya
nadie lo toma en serio, porque es tremendamente quisquilloso y vago. Ayer andaba
bastante preocupado porque tenía la lengua de color azul en lugar de rojo. Este extraño
fenómeno, sin embargo, desapareció tan rápido como se había producido. Hoy anda con
una gran bufanda al cuello, ya que tiene tortícolis, y por lo demás el señor Van Daan se
queja de que tiene lumbago. También tiene unos dolores en la zona del corazón, los
riñones y el pulmón. ¡Es un verdadero hipocondríaco! (Se les llama así, ¿verdad?)
Mamá y la señora Van Daan no hacen muy buenas migas. Motivos para la discordia hay
de sobra. Por poner un ejemplo: la señora ha sacado del ropero común todas sus sábanas,
dejando sólo tres. ¡Si se cree que toda la familia va a usar la ropa de mamá, se llevará un
buen chasco cuando vea que mamá ha seguido su ejemplo!
Además, la señora está de mala uva porque no usamos nuestra vajilla, y sí la suya.
Siempre está tratando de averiguar dónde hemos metido nuestros platos; están más cerca
de lo que ella supone: en el desván, metidos en cajas de cartón, detrás de un montón de
material publicitario de Opekta. Mientras estemos escondidos, los platos estarán fuera de
alcance. ¡Tanto mejor!
A mí siempre me ocurren toda clase de desgracias. Ayer rompí en mil pedazos un plato
sopero de la señora.
-i Ay! -exclamó furiosa-. Ten más cuidado con lo que haces, que es lo uno que me queda.

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Por favor ten en cuenta, Kitty, que las dos señoras de la casa hablan un holandés
macarrónico (de los señores no me animo a decir nada, se ofenderían mucho). Si vieras
cómo mezclan y confunden todo, te partirías de risa. Ya ni prestamos atención al asunto,
ya que no tiene sentido corregirlas. Cuando te escriba sobre alguna de ellas, no te citaré
textualmente lo que dicen, sino que lo pondré en holandés correcto.
La semana pasada ocurrió algo que rompió un poco la monotonía: tenía que ver con un
libro sobre mujeres y Peter. Has de saber que a Margot y Peter les está permitido leer casi
todos los libros que nos presta el señor Kleiman, pero este libro en concreto sobre un
tema de mujeres, los adultos prefirieron reservárselo para ellos. Esto despertó en seguida
la curiosidad de Peter. ¿Qué cosas prohibidas contendría ese libro? Lo cogió a escondidas
de donde lo tenía guardado su madre mientras ella estaba abajo charlando, y se llevó el
botín a la buhardilla. Este método funcionó bien durante dos días; la señora Van Daan
sabía perfectamente lo que pasaba, pero no decía nada, hasta que su marido se enteró.
Este se enojó, le quitó el libro a Peter y pensó que la cosa terminaría ahí. Sin embargo,
había subestimado la curiosidad de su hijo, que no se dejó impresionar por la enérgica
actuación de su padre. Peter se puso a rumiar las posibilidades de seguir con la lectura de
este libro tan interesante.
Su madre, mientras tanto, consultó a mamá sobre lo que pensaba del asunto. A mamá le
pareció que éste no era un libro muy recomendable para Margot, pero los otros no tenían
nada de malo, según ella.
-Entre Margot y Peter, señora Van Daan -dijo mamá-, hay una gran diferencia. En primer
lugar, Margot es una chica, y las mujeres siempre son más maduras que los varones; en
segundo lugar, Margot ya ha leído bastantes libros serios y no anda buscando temas que
ya no le están prohibidos, y en tercer lugar, Margot es más seria y está mucho más
adelantada, puesto que ya ha ido cuatro años al liceo.
La señora Van Daan estuvo de acuerdo, pero de todas maneras consideró que en principio
era inadecuado dar a leer a los jóvenes libros para adultos.
Entretanto, Peter encontró el momento indicado en el que nadie se preocupara por el libro
ni le prestara atención a él: a las siete y media de la tarde, cuando toda la familia se reunía
en el antiguo despacho de papá para escuchar la radio, se llevaba el tesoro a la buhardilla.
A las ocho y media tendría que haber vuelto de nuevo abajo, pero como el libro lo había
cautivado tanto, no se fijó en la hora y justo estaba bajando la escalera del desván cuando
su padre entraba en el cuarto de estar. Lo que siguió es fácil de imaginar: un cachete, un
golpe, un tirón, el libro tirado sobre la mesa y Peter de vuelta en la buhardilla.
Así estaban las cosas cuando la familia se reunió para cenar. Peter se quedó arriba, nadie
le hacía caso, tendría que irse a la cama sin comer. Seguimos comiendo, conversando
alegremente, cuando de repente se oyó un pitido penetrante. Todos soltamos los
tenedores y miramos con las caras pálidas del susto.
Entonces oímos la voz de Peter por el tubo de la chimenea:
-¡No os creáis que bajaré!
El señor Van Daan se levantó de un salto, se le cayó la servilleta al suelo, y con la cara de
un rojo encendido exclamó: -¡Hasta aquí hemos llegado!
Papá lo cogió del brazo, temiendo que algo malo pudiera pasarle, y juntos subieron al
desván. Tras muchas protestas y pataleo, Peter fue a parar a su habitación, la puerta se
cerró y nosotros seguimos comiendo.
La señora Van Daan quería guardarle un bocado a su niñito, pero su marido fue

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terminante.
-Si no se disculpa inmediatamente, tendrá que dormir en la buhardilla.
Todos protestamos; mandarlo a la cama sin cenar ya nos parecía castigo suficiente. Si
Peter llegaba a acatarrarse, no podríamos hacer venir a ningún médico.
Peter no se disculpó, y volvió a instalarse en la buhardilla. El señor Van Daan no
intervino más en el asunto, pero por la mañana descubrió que la cama de Peter había sido
usada. Éste había vuelto a subir al desván a las siete, pero papá lo convenció con buenas
palabras para que bajara. Al cabo de tres días de ceños fruncidos y de silencios
obstinados, todo volvió a la normalidad.
Tu Ana

Lunes, 21 de setiembre de 1942

Querida Kitty:
Hoy te comunicaré las noticias generales de la Casa de atrás. Por encima de mi diván hay
una lamparita para que pueda tirar de una cuerda en caso de que haya disparos. Sin
embargo, de momento esto no es posible, ya que tenemos la ventana entornada día y
noche.
La sección masculina de la familia Van Daan ha fabricado una despensa muy cómoda, de
madera barnizada y provista de mosquiteros de verdad. Al principio habían instalado el
armatoste en el cuarto de Peter, pero para que esté más fresco lo han trasladado al desván.
En su lugar hay ahora un estante. Le he recomendado a Peter que allí ponga la mesa, con
un bonito mantel, y que cuelgue el armarito en la pared, donde ahora tiene la mesa. Así,
aún puede convertirse en un sitio acogedor, aunque a mí no me gustaría dormir ahí.
La señora Van Daan es insufrible. Arriba me regañan continua
mente porque hablo sin parar, pero yo no les hago caso. Una novedad es que a la señora
ahora le ha dado por negarse a fregar las ollas. Cuando queda un poquitín dentro, en vez
de guardarlo en una fuente de vidrio deja que se pudra en la olla. Y si luego a Margot le
toca fregar muchas ollas, la señora le dice:
-Ay Margot, Margotita, ¡cómo trabajas!
El señor Kleiman me trae cada quince días algunos libros para niñas. Me encanta la serie
de libros sobre Joop ter Heul, y los de Cissy van Marxveldt por lo general también me
gustan mucho. Locura de verano me lo he leído ya cuatro veces, pero me siguen
divirtiendo mucho las situaciones tan cómicas que describe.
Con papá estamos haciendo un árbol genealógico de su familia, y sobre cada uno de sus
miembros me va contando cosas.
Ya hemos empezado otra vez los estudios. Yo hago mucho francés, y cada día me
machaco la conjugación de cinco verbos irregulares. Sin embargo, he olvidado mucho de
lo que aprendí en el colegio.
Peter ha encarado con muchos suspiros su tarea de estudiar inglés. Algunos libros acaban
de llegar; los cuadernos, lápices, gomas de borrar y etiquetas me los he traído de casa en
grandes cantidades. Pim (así llamo cariñosamente a papá) quiere que le demos clases de
holandés. A mí no me importa dárselas, en compensación por la ayuda que me da en

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francés y otras asignaturas. Pero no te imaginas los errores garrafales que comete. ¡Son
increíbles!
A veces me pongo a escuchar Radio Orange3; hace poco habló el príncipe Bernardo, que
contó que para enero esperan el nacimiento de un niño. A mí me encanta la noticia, pero
en casa no entienden m¡ afición por la Casa de Orange4.
Hace días estuvimos hablando de que todavía soy muy ignorante, por lo que al día
siguiente me puse a estudiar como loca, porque no me apetece para nada tener que volver
al primer curso cuando tenga catorce o quince años. En esa conversación también se
habló de que casi no me permiten leer nada. Mamá de momento está leyendo Hombres,
mujeres y criados, pero a mí por supuesto no me lo dejan leer (¡a Margot sí!); primero
tengo que tener más cultura, como la sesuda de mi hermana. Luego hablamos de mi ignorancia en temas de filosofía, psicología y fisiología (estas palabras tan difíciles he
tenido que buscarlas en el diccionario), y es cierto que de eso no sé nada. ¡Tal vez el año
que viene ya sepa algo!
He llegado a la aterradora conclusión de que no tengo más que un vestido de manga larga
y tres chalecos para el invierno. Papá me ha dado permiso para que me haga un jersey de
lana blanca. La lana que tengo no es muy bonita que digamos, pero el calor que me dé me
compensará de sobras. Tenemos algo de ropa en casa de otra gente, pero
lamentablemente sólo podremos ir a recogerla cuando termine la guerra, si es que para
entonces todavía sigue allí.
Hace poco, justo cuando te estaba escribiendo algo sobre ella, apareció la señora Van
Daan. ¡Plaf!, tuve que cerrar el cuaderno de golpe.
-Oye, Ana, ¿no me enseñas algo de lo que escribes? -No, señora, lo siento.
-¿Tampoco la última página?
-No, señora, tampoco.
Menudo susto me llevé, porque lo que había escrito sobre ella justo en esa página no era
muy halagüeño que digamos.
Así, todos los días pasa algo, pero soy demasiado perezosa y estoy demasiado cansada
para escribírtelo todo.
Tu Ana

Viernes, 25 de setiembre de 1942
Querida Kitty:
Papá tiene un antiguo conocido, el señor Dreher, un hombre de unos setenta y cinco años,
bastante sordo, enfermo y pobre, que tiene a su lado, a modo de apéndice molesto, a una
mujer veintisiete años menor que él, igualmente pobre, con los brazos llenos de
brazaletes y anillos falsos y de verdad, que le han quedado de otras épocas. Este señor
3
4

Emisora del Gobierno holandés en el exilio, que emitía desde Londres.
Nombre de la casa real holandesa.
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Dreher ya le ha causado a papá muchas molestias, y siempre he admirado su inagotable
paciencia cuando atendía a este pobre tipo al teléfono. Cuando aún vivíamos en casa,
mamá siempre le recomendaba a papá que colocara el auricular al lado de un gramófono,
que a cada tres minutos dijera «sí señor Dreher, no señor Dreher», porque total el viejo no
entendía ni una palabra de las largas respuestas de papá.
Hoy el señor Dreher telefoneó a la oficina y le pidió a Kugler que pasara un momento a
verle. A Kugler no le apetecía y quiso enviar a Miep. Miep llamó por teléfono para
disculparse. Luego la señora de Dreher telefoneó tres veces, pero como presuntamente
Miep no estaba en toda la tarde, tuvo que imitar al teléfono la voz de Bep. En el piso de
abajo, en las oficinas, y también arriba hubo grandes carcajadas, y ahora, cada vez que
suena el teléfono, dice Bep: «¿Debe de ser la señora Dreher!» por lo que a Miep ya le da
la risa de antemano y atiende el teléfono entre risitas muy poco corteses. Ya ves, seguro
que en el mundo no hay otro negocio como el nuestro, en el que los directores y las
secretarias se divierten horrores.
Por las noches me paso a veces por la habitación de los Van Daan a charlar un rato.
Comemos una «galleta apolillada» con melaza (la caja de galletas estaba guardada en el
ropero atacado por las polillas) y lo pasamos bien. Hace poco hablamos de Peter. Yo les
conté que Peter me acaricia a menudo la mejilla y que eso a mí no me gusta. Ellos me
preguntaron de forma muy paternalista si yo no podía querer a Peter, ya que él me quería
mucho. Yo pensé «¡huy!» y contesté que no. ¡Figúrate! Entonces le dije que Peter era un
poco torpe y que me parecía que era tímido. Eso les pasa a todos los chicos cuando no
están acostumbrados a tratar con chicas.
Debo decir que la Comisión de Escondidos de la Casa de atrás (sección masculina) es
muy inventiva. Fíjate lo que han ideado para hacerle llegar al señor Broks, representante
de la Cía.
Opekta, conocido nuestro y depositario de algunos de nuestros bienes escondidos, un
mensaje de nuestra parte: escriben una carta a máquina dirigida a un tendero que es
cliente indirecto de Opekta en la provincia de Zelanda, pidiéndole que rellene una nota
adjunta y nos la envíe a vuelta de correo en el sobre también adjunto. El sobre ya lleva
escrita la dirección en letra de papá. Cuando llega todo a Zelanda, reemplazan la nota por
una señal de vida manuscrita de papá. Así, Broks la lee sin albergar sospechas. Han
escogido precisamente Zelanda porque al estar cerca de Bélgica la carta puede haber
pasado la frontera de manera clandestina y porque nadie puede viajar allí sin permiso
especial. Un representante corriente como Broks seguro que nunca recibiría un permiso
así.
Anoche papá volvió a hacer teatro. Estaba muerto de cansancio y se fue a la cama
tambaleándose. Como tenía frío en los pies, le puse mis escarpines para dormir. A los
cinco minutos ya se le habían caído al suelo. Luego tampoco quería luz y metió la cabeza
debajo de la sábana. Cuando se apagó la luz fue sacando la cabeza lentamente. Fue algo
de lo más cómico. Luego, cuando estábamos hablando de que Peter trata de «tía» a
Margot, se oyó de repente la voz cavernosa de papá, diciendo: «tía María».
El gato Mouschi está cada vez más bueno y simpático conmigo, pero yo sigo teniéndole
un poco de miedo.
Tu Ana

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Domingo, 27 de setiembre de 1942
Querida Kitty:
Hoy he tenido lo que se dice una «discusión» con mamá, pero lamentablemente siempre
se me saltan en seguida las lágrimas, no lo puedo evitar. Papá siempre es bueno conmigo,
y también mucho más comprensivo. En momentos así, a mamá no la soporto, y es que se
le nota que soy una extraña para ella, ni siquiera sabe lo que pienso de las cosas más
cotidianas.
Estábamos hablando de criadas, de que habría que llamarlas «asistentas domésticas», y de
que después de la guerra seguro que será obligatorio llamarlas así. Yo no estaba tan
segura de ello, y entonces me dijo que yo muchas veces hablaba de lo que pasará «más
adelante», y que pretendía ser una gran dama, pero eso no es cierto; ¿acaso yo no puedo
construirme mis propios castillitos en el aire? Con eso no hago mal a nadie, no hace falta
que se lo tomen tan en serio. Papá al menos me defiende; si no fuera por él, seguro que
no aguantaría seguir aquí, o casi.
Con Margot tampoco me llevo bien. Aunque en nuestra familia nunca hay
enfrentamientos como el que te acabo de describir, para mí no siempre es agradable ni
mucho menos formar parte de ella. La manera de ser de Margot y de mamá me es muy
extraña. Comprendo mejor a mis amigas que a mi propia madre. Una lástima, ¿verdad?
La señora Van Daan está de mala uva por enésima vez. Está muy malhumorada y va
escondiendo cada vez más pertenencias personales. Lástima que mamá, a cada ocultación
vandaaniana, no responda con una ocultación frankiana.
Hay algunas personas a las que parece que les diera un placer especial educar no sólo a
sus propios hijos, sino también participar en la educación de los hijos de sus amigos. Tal
es el caso de Van Daan. A Margot no hace falta educarla, porque es la bondad, la dulzura
y la sapiencia personificada; a mí, en cambio, me ha tocado en suerte ser maleducada por
partida doble. Cuando estamos todos comiendo, las recriminaciones y las respuestas
insolentes van y vienen más de una vez. Pápa y mamá siempre me defienden a capa y
espada, si no fuera por ellos no podría entablar la lucha tantas veces sin pestañear.
Aunque una y otra vez me dicen que tengo que hablar menos, no meterme en lo que no
me importa y ser más modesta, mis esfuerzos no tienen demasiado éxito. Si papá no
tuviera tanta paciencia, yo ya habría perdido hace mucho las esperanzas de llegar a
satisfacer las exigencias de mis propios padres, que no son nada estrictas.
Cuando en la mesa me sirvo poco de alguna verdura que no me gusta nada, y como
patatas en su lugar, el señor Van Daan, y sobre todo su mujer, no soportan que me
consientan tanto. No tardan en dirigirme un «¿Anda, Ana, sírvete más verdura!»
-No, gracias, señora -le contesto-. Me basta con las patatas.
-La verdura es muy sana, lo dice tu propia madre. Anda, sírvete -insiste, hasta que
intercede papá y confirma mi negativa.
Entonces, la señora empieza a despotricar:
-Tendrían que haber visto cómo se hacía en mi casa. Allí por lo menos se educaba a los
niños. A esto no lo llamo yo educar. Ana es una niña terriblemente malcriada. Yo nunca
lo permitiría. Si Ana fuese mi hija...
Así siempre empiezan y terminan todas sus peroratas: «Si Ana fuera mi hija...» ¡Pues por
suerte no lo soy!

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Pero volviendo a nuestro tema de la educación, ayer, tras las palabras elocuentes de la
señora, se produjo un silencio. Entonces papá contestó:
-A mí me parece que Ana es una niña muy bien educada, al menos ya ha aprendido a no
contestarle a usted cuando le suelta sus largas peroratas. Y en cuanto a la verdura, no
puedo más que contestarle que a lo dicho, viceversa.
La señora estaba derrotada, y bien. El «viceversa» de papá estaba dirigido directamente a
ella, ya que por las noches nunca come judías ni coles, porque le produce «ventosidad».
Pero eso también podría decirlo yo. ¡Qué mujer más idiota! Por lo menos, que no se meta
conmigo.
Es muy cómico ver la facilidad con que se pone colorada. Yo por suerte no, y se ve que
eso a ella, secretamente, le da mucha rabia.
Tu Ana

Lunes, z8 de septiembre de 1942
Querida Kitty:
Cuando todavía faltaba mucho para terminar mi carta de ayer, tuve que interrumpir la
escritura. No puedo reprimir las ganas de informarte sobre otra disputa, pero antes de
empezar debo contarte otra cosa: me parece muy curioso que los adultos se peleen tan
fácilmente y por cosas pequeñas. Hasta ahora siempre he pensado que reñir era cosa de
niños, y que con los años se pasaba. Claro que a veces hay motivo para pelearse en serio,
pero las rencillas de aquí no son más que riñas de poca monta. Como están a la orden del
día, en realidad ya debería estar acostumbrada a ellas. Pero no es el caso, y no lo será
nunca, mientras sigan hablando de mí en casi todas las discusiones (ésta es la palabra que
usan en lugar de riña, lo que por supuesto no está mal, pero la confusión es por el
alemán). Nada, pero absolutamente nada de lo que yo hago les cae bien: mi
comportamiento, mi carácter, mis modales, todos y cada uno de mis actos son objeto de
un tremendo chismorreo y de continuas habladurías, y las duras palabras y gritos que me
sueltan, dos cosas a las que no estaba acostumbrada, me los tengo que tragar alegremente,
según me ha recomendado una autoridad en la materia. ¡Pero yo no puedo! Ni pienso
permitir que me insulten de esa manera. Ya les enseñaré que Ana Frank no es ninguna
tonta, se quedarán muy sorprendidos y deberán cerrar sus bocazas cuando les haga ver
que antes de ocuparse tanto de mi educación, deberían ocuparse de la suya propia. ¡Pero
qué se han creído! ¡Vaya unos zafios! Hasta ahora siempre me ha dejado perpleja tanta
grosería y, sobre todo, tanta estupidez (de la señora Van Daan). Pero tan pronto como
esté acostumbrada, y ya no falta mucho, les pagaré con la misma moneda. ¡Ya no
volverán a hablar del mismo modo! ¿Es que realmente soy tan maleducada, tan terca, tan
caprichosa, tan poco modesta, tan tonta, tan haragana, etc., etc., corno dicen los de arriba?
Claro que no. Ya sé que tengo muchos defectos y que hago muchas cosas mal, ¡pero tampoco hay que exagerar tanto! Si supieras, Kitty, cómo a veces me hierve la sangre cuando
todos se ponen a gritar y a insultar de ese modo. Te aseguro que no falta mucho para que
toda mi rabia contenida estalle.
Pero basta ya de hablar de este asunto. Ya te he aburrido bastante con mis disputas, y sin
embargo no puedo dejar de relatarte una discusión de sobremesa harto interesante.
A raíz de no sé qué tema llegamos a hablar sobre la gran modestia de Pim. Dicha

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modestia es un hecho indiscutible, que hasta el más idiota no puede dejar de admitir. De
repente, la señora Van Daan, que siempre tiene que meterse en todas las conversaciones,
dijo:
-Yo también soy muy modesta, mucho más modesta que mi marido.
¡Habráse visto! ¡Pues en esta frase sí que puede apreciarse claramente toda su modestia!
El señor Van Daan, que creyó necesario aclarar aquello de «que mi marido», replicó muy
tranquilamente:
-Es que yo no quiero ser modesto. Toda mi vida he podido ver que las personas que no
son modestas llegan mucho más lejos que las modestas.
Y dirigiéndose a mí, dijo:
-No te conviene ser modesta, Ana. No llegarás a ninguna parte siendo modesta.
Mamá estuvo completamente de acuerdo con este punto de vista, pero la señora Van
Daan, como de costumbre, tuvo que añadir su parecer a este tema educacional. Por esta
única vez, no se dirigió directamente a mí, sino a mis señores padres, pronunciando las
siguientes palabras:
-¡Qué concepción de la vida tan curiosa la suya, al decirle a Ana una cosa semejante! En
mis tiempos no era así, y ahora seguro que tampoco lo es, salvo en una familia moderna
como la suya.
Esto último se refería al método educativo moderno, tantas veces defendido por mamá.
La señora Van Daan estaba coloradísima de tanto sulfurarse. Una persona que se pone
colorada se altera cada vez más por el acaloramiento y por consiguiente lleva todas las de
perder frente a su adversario.
La madre no colorada, que quería zanjar el asunto lo antes posible, recapacitó tan sólo un
instante, y luego respondió:
-Señora Van Daan, también yo opino ciertamente que en la vida es mucho mejor no ser
tan modesta. Mi marido, Margot y Peter son todos tremendamente modestos. A su
marido, a Ana, a usted y a mí no nos falta modestia, pero tampoco permitimos que se nos
dé de lado.
La señora Van Daan:
-¡Pero señora, no la entiendo! De verdad que soy muy, pero que muy modesta. ¡Cómo se
le ocurre llamarme poco modesta a mí!
Mamá:
-Es cierto que no le falta modestia, pero nadie la consideraría verdaderamente modesta.
La señora:
-Me gustaría saber en qué sentido soy poco modesta. ¡Si yo aquí no cuidara de mí misma,
nadie lo haría, y entonces tendría que morirme de hambre, pero eso no significa que no
sea igual de modesta que su marido!
Lo único que mamá pudo hacer con respecto a esta autodefensa tan ridícula fue reírse.
Esto irritó a la señora Van Daan, que continuó su maravillosa perorata soltando una larga
serie de hermosas palabras germano-holandesas y holando-germanas, hasta que la
oradora nata se enredó tanto en su propia palabrería, que finalmente se levantó de su silla
y quiso abandonar la habitación, pero entonces sus ojos se clavaron en mí. ¡Deberías
haberlo visto! De safortunadamente, en el mismo momento en que la señora nos había
vuelto la espalda, yo meneé burlonamente la cabeza, no a propósito, sino de manera más
bien involuntaria, por haber estado siguiendo la conversación con tanta atención. La
señora se volvió y empezó a reñirme en voz alta, en alemán, de manera soez y grosera,

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como una verdulera gorda y colorada. Daba gusto verla. Si supiera dibujar, ¡cómo me
habría gustado dibujar a esa mujer bajita y tonta en esa posición tan cómica! De todos
modos, he aprendido una cosa, y es lo siguiente: a la gente no se la conoce bien hasta que
no se ha tenido una verdadera pelea con ella. Sólo entonces puede uno juzgar el carácter
que tienen.
Tu Ana

Martes, 29 de setiembre de 1942
Querida Kitty:
A los escondidos les pasan cosas muy curiosas. Figúrate que como no tenemos bañera,
nos bañamos en una pequeña tina, y como sólo la oficina (con esta palabra siempre me
refiero a todo el piso de abajo) dispone de agua caliente, los siete nos turnamos para bajar
y aprovechar esta gran ventaja. Pero como somos todos tan distintos y la cuestión del
pudor y la vergüenza está más desarrollada en unos que en otros, cada miembro de la
familia se ha buscado un lugar distinto para bañarse. Peter se baña en la cocina, pese a
que ésta tiene una puerta de cristal. Cuando va a darse un baño, pasa a visitarnos a todos
por separado para comunicarnos que durante la próxima media hora no debemos transitar
por la cocina. Esta medida le parece suficiente. El señor Van Daan se baña en el piso de
arriba. Para él la seguridad del baño tomado en su propia habitación le compensa la
molestia de subir toda el agua caliente tantos pisos. La señora, de momento, no se baña
en ninguna parte; todavía está buscando el mejor sitio para hacerlo. Papá se baña en su
antiguo despacho, mamá en la cocina, detrás de una mampara, y Margot y yo hemos
elegido para nuestro chapoteo la oficina grande. Los sábados por la tarde cerramos las
cortinas y nos aseamos a oscuras. Mientras una está en la tina, la otra espía por la ventana
por entre las cortinas cerradas y curiosea a la gente graciosa que pasa.
Desde la semana pasada ya no me agrada este lugar para bañarme y me he puesto a
buscar un sitio más confortable. Fue Peter quien me dio la idea de instalar la tina en el
amplio lavabo de las oficinas. Allí puedo sentarme, encender la luz, cerrar la puerta con
el pestillo, vaciar la tina yo sola sin la ayuda de nadie, y además estoy a cubierto de
miradas indiscretas. El domingo fue el día en que estrené mi hermoso cuarto de baño, y
por extraño que suene, me gusta más que cualquier otro sitio.
El miércoles vino el fontanero, y en el lavabo de las oficinas quitó las cañerías que nos
abastecen de agua y las volvió a instalar en el pasillo. Este cambio se ha hecho pensando
en un invierno frío, para evitar que el agua de la cañería se congele. La visita del
fontanero no fue nada placentera. No sólo porque durante el día no podíamos dejar correr
el agua, sino porque tampoco podíamos ir al retrete. Ya sé que no es muy educado
contarte lo que hemos hecho para remediarlo, pero no soy tan pudorosa como para no
hablar de estas cosas. Ya al principio de nuestro período de escondidos, papá y yo
improvisamos un orinal; al no disponer de uno verdadero, sacrificamos para este fin un
frasco de los de hacer conservas. Durante la visita del fontanero, pusimos dichos frascos
en la habitación y allí guardamos nuestras necesidades de ese día. Esto me pareció mucho
menos desagradable que el hecho de tener que pasarme todo el día sentada sin moverme
y sin hablar. No puedes imaginarte lo difícil que le resultó esto a la señorita Cuacua-cuá.
Habitualmente ya debemos hablar en voz baja, pero no poder abrir la boca ni moverse es

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mil veces peor.
Después de estar tres días seguidos pegada a la silla, tenía el trasero todo duro y dolorido.
Con unos ejercicios de gimnasia vespertina pude hacer que se me quitara un poco el
dolor.
Tu Ana

Jueves, 1º de octubre de 1942
Querida Kitty:
Ayer me di un susto terrible. A las ocho alguien tocó el timbre muy fuerte. Pensé que
serían ya sabes quiénes. Pero cuando todos aseguraron que serían unos gamberros o el
cartero, me calmé.
Los días transcurren en silencio. Levinsohn, un farmacéutico y químico judío menudo
que trabaja para Kugler en la cocina, conoce muy bien el edificio y por eso tenemos
miedo de que se le ocurra ir a echar un vistazo al antiguo laboratorio. Nos mantenemos
silenciosos como ratoncitos bebés. ¡Quién iba a decir hace tres meses que «doña Ana
puro nervio» debería y podría estar sentada quietecita horas y horas!
El 29 cumplió años la señora Van Daan. Aunque no hubo grandes festejos, se la agasajó
con flores, pequeños obsequios y buena comida. Los claveles rojos de su señor esposo
parecen una tradición familiar.
Volviendo a la señora Van Daan, puedo decirte que una fuente permanente de irritación y
disgusto para mí es cómo coquetea con papá. Le acaricia la mejilla y el pelo, se sube
muchísimo la falda, dice cosas supuestamente graciosas y trata de atraer de esta manera
la atención de Pim. Por suerte a Pim ella no le gusta ni la encuentra simpática, de modo
que no hace caso de sus coqueteos. Como sabes, yo soy bastante celosa por naturaleza,
así que todo esto me sabe muy mal. ¿Acaso mamá hace esas cosas delante de su marido?
Eso mismo se lo he dicho a la señora en la cara.
Peter tiene alguna ocurrencia divertida de vez en cuando. Al menos una de sus aficiones
que hace reír a todos, la comparte conmigo: le gusta disfrazarse. Un día aparecimos él
metido en un vestido negro muy ceñido de su madre, y yo vestida con un traje suyo; Peter
llevaba un sombrero y yo una gorra. Los mayores se partían de risa y nosotros no nos
divertimos menos.
Bep ha comprado unas faldas nuevas para Margot y para mí en los grandes almacenes
Bijenkorf. Son de una tela malísima, parece yute, como aquella tela de la que hacen sacos
para meter patatas. Una falda que las tiendas antes ni se hubieran atrevido a vender, vale
ahora 7,75 florines o 24 florines, respectivamente. Otra cosa que se avecina: Bep ha
encargado a una academia unas clases de taquigrafía por correspondencia para Margot,
para Peter y para mí. Ya verás en qué maravillosos taquígrafos nos habremos convertido
el año que viene. A mí al menos me parece superinteresante aprender a dominar
realmente esa escritura secreta.
Tengo un dolor terrible en el índice izquierdo, con lo que no puedo planchar. ¡Por suerte!
El señor Van Daan quiso que yo me sentara a su lado a la mesa, porque a su gusto Margot
no come suficiente; a mí no me desagrada cambiar por un tiempo. En el jardín ahora
siempre hay un gatito negro dando vueltas, que me recuerda a mi querido Moortje,

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pobrecillo. Mamá siempre tiene algo que objetar, sobre todo cuando estamos comiendo,
por eso también me gusta el cambio que hemos hecho. Ahora la que tiene que soportarla es
Margot, o mejor dicho no tiene que soportarla nada, porque total a ella mamá no le hace
esos comentarios tan ponzoñosos, la niña ejemplar. Con eso de la niña ejemplar ahora me
paso el día haciéndola rabiar, y ella no lo soporta. Quizá así aprenda a dejar de serlo.
¡Buena hora sería!
Para terminar esta serie de noticias variadas, un chiste muy divertido del señor Van Daan:
¿Sabes lo que hace 99 veces «clic» y una vez «clac»? ¡Un ciempiés con una pata de
palo!
Tu Ana

Sábado, 3 de octubre de 1942
Querida Kitty:
Ayer me estuvieron gastando bromas por haber estado tumbada en la cama junto al señor
Van Daan. «¡A esta edad! ¡Qué escándalo!» y todo tipo de comentarios similares. ¡Qué
tontos son! Nunca me acostaría con Van Daan, en el sentido general de la palabra,
naturalmente.
Ayer hubo otro encontronazo; mamá empezó a despotricar y le contó a papá todos mis
pecados, y entonces se puso a llorar, y yo también, claro, y eso que ya tenía un dolor de
cabeza horrible. Finalmente le conté a papaíto que lo quiero mucho más a él que a mamá.
Entonces él dijo que ya me pasaría, pero no le creo. Es que a mamá no la puedo soportar
y me tengo que esforzar muchísimo para no estar siempre soltándole bufidos y calmarme.
A veces me gustaría darle una torta, no sé de dónde sale esta enorme antipatía que siento
por ella. Papá me ha dicho que cuando mamá no se siente bien o tiene dolor de cabeza, yo
debería tomar la iniciativa para ofrecerme a hacer algo por ella, pero yo no lo hago,
porque no la quiero y sencillamente no me sale. También puedo imaginarme que algún
día mamá se morirá, pero me parece que nunca podría superar que se muriera papá.
Espero que mamá nunca lea esto ni lo demás.
Últimamente me dejan leer más libros para adultos. Ahora es toy leyendo La niñez de
Eva, de Nico van Suchtelen. No veo que haya mucha diferencia entre las novelas para
chicas y esto. Eva pensaba que los niños crecían en los árboles, como las manzanas, y
que la cigüeña los recoge cuando están maduros y se los lleva a las madres. Pero la gata
de su amiga tuvo cría y los gatitos salían de la madre gata. Ella pensaba que la gata ponía
huevos, igual que las gallinas, y que se ponía a empollarlos, y también que las madres
que tienen un niño, unos días antes suben a poner un huevo y luego lo empollan. Cuando
viene el niño, las madres todavía están debilitadas de tanto estar en cuclillas. Eva también
quería tener un niño. Cogió un chal de lana y lo extendió en el suelo, donde caería el
huevo. Entonces se puso de cuclillas a hacer fuerza. Al mismo tiempo empezó a cacarear,
pero no le vino ningún huevo. Por fin, después de muchos esfuerzos, salió algo que no
era ningún huevo, sino una salchichita. Eva sintió mucha vergüenza. Pensó que estaba
enferma. ¿Verdad que es cómico? La niñez de Eva también habla de mujeres que venden
sus cuerpos en unos callejones por un montón de dinero. A mí me daría muchísima
vergüenza algo así. Además también habla de que a Eva le vino la regla. Es algo que

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quisiera que también me pasara a mí, así al menos sería adulta.
Papá anda refunfuñando y amenaza con quitarme el diario. ¡Por favor, no! ¡Vaya un
susto! En lo sucesivo será mejor que lo esconda.
Tu Ana

Miércoles, 7 de octubre de 1942
Me imagino que...
viajo a Suiza. Papá y yo dormimos en la misma habitación, mientras que el cuarto de
estudio de los chicos5 pasa a ser mi cuarto privado, en el que recibo a las visitas. Para
darme una sorpresa me han comprado un juego de muebles nuevos, con mesita de té,
escritorio, sillones y un diván, todo muy, pero muy bonito. Después de unos días, papá
me da 150 florines, o el equivalente en moneda suiza, pero digamos que son florines, y
dice que me compre todo lo que me haga falta, sólo para mí. (Después, todas las semanas
me da un florín, con el que también puedo comprarme lo que se me antoje.) Salgo con
Bernd y me compro:
3 blusas de verano, a razón de o,5o = 1,50
3 pantalones de verano, a razón de 0,50 = 1,50
3 blusas de invierno, a razón de 0,75 = 2,25
3 pantalones de invierno, a razón de 0,75 = 2,25
2 enaguas, a razón de o, 5o = 1,oo
2 sostenes (de la talla más pequeña), a razón de o,5o = 1,00
5 pijamas, a razón de 1,oo = 5,00
1 salto de cama de verano, a razón de 2,50 = 2,50
1 salto de cama de invierno a razón de 3,00 = 3,00
2 mañanitas, a razón de 0,75 = 1,50
1 cojín, a razón de 1,00 = 1,00
1 par de zapatillas de verano, a razón de 1,00 = 1,00
1 par de zapatillas de invierno, a razón de 1,50 = 1,50
1 par de zapatos de verano (colegio), a razón de 1,50 = 1,50
1 par de zapatos de verano (vestir), a razón de 2,oo = 2,00
1 par de zapatos de invierno (colegio), a razón de 2,50 = 2,50
1 par de zapatos de invierno (vestir), a razón de 3,00 = 3,00
2 delantales, a razón de 0,50 = 1,00
25 pañuelos, a razón de 0,05 = 1,25
4 pares de medias de seda, a razón de 0,75 = 3,00
4 pares de calcetines largos hasta la rodilla, a razón de 0,50 = 2,00
4 pares de calcetines cortos, a razón de 0,25 = 1,00
2 pares de medias de lana, a razón de 1,00 = 2,00
3 ovillos de lana blanca (pantalones, gorro) = 1,50
3 ovillos de lana azul (jersey, falda) = 1,50
3 ovillos de lana de colores (gorro, bufanda) = 1,50
chales, cinturones, cuellos, botones = 1,25
5

Se refiere a sus primos Bernhard y Stephan.
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También 2 vestidos para el colegio (verano), 2 vestidos para el colegio (invierno), 2
vestidos de vestir (verano), a vestidos de vestir (invierno), 1 falda de verano, 1 falda de
invierno de vestir, 1 falda de invierno para el colegio, 1 gabardina, 1 abrigo de verano, i
abrigo de invierno, 2 sombreros, z gorros. Todo junto son 10 florines.
2 bolsos, i traje para patinaje sobre hielo, 1 par de patines con zapatos, 1 caja (con polvos,
pomadas, crema desmaquilladora, aceite bronceador, algodón, gasas y esparadrapos, colo
rete, barra de labios, lápiz de cejas, sales de baño, talco, agua de colonia, jabones, borla).
Luego cuatro jerseys a razón de 1,50, 4 blusas a razón de 1,oo, objetos varios por un
valor total de 1o,oo, regalos por valor de 4,50

Viernes, 9 de octubre de 1942
Querida Kitty:
Hoy no tengo más que noticias desagradables y desconsoladoras para contarte. A
nuestros numerosos amigos y conocidos judíos se los están llevando en grupos. La
Gestapo no tiene la mínima consideración con ellos, los cargan nada menos que en
vagones de ganado y los envían a Westerbork, el gran campo de concentración para
judíos en la provincia de Drente. Miep nos ha hablado de alguien que logró fugarse de
allí. Debe de ser un sitio horroroso. A la gente no le dan casi de comer y menos de beber.
Sólo hay agua una hora al día, y no hay más que un retrete y un lavabo para varios miles
de personas. Hombres y mujeres duermen todos juntos, y a estas últimas y a los niños a
menudo les rapan la cabeza. Huir es prácticamente imposible. Muchos llevan la marca
inconfundible de su cabeza rapada o también la de su aspecto judío.
Si ya en Holanda la situación es tan desastrosa, ¿cómo vivirán en las regiones apartadas y
bárbaras adonde los envían? Nosotros suponemos que a la mayoría los matan. La radio
inglesa dice que los matan en cámaras de gas, quizá sea la forma más rápida de morir.
Estoy tan confusa por las historias de horror tan sobrecogedoras que cuenta Miep y que
también a ella la estremecen. Hace poco, por ejemplo, delante de la puerta de su casa se
había sentado una viejecita judía entumecida esperando a la Gestapo, que había ido a
buscar una furgoneta para llevársela. La pobre vieja estaba muy atemorizada por los
disparos dirigidos a los aviones ingleses que sobrevolaban la ciudad, y por el
relampagueo de los reflectores. Sin embargo, Miep no se atrevió a hacerla entrar en su
casa. Nadie lo haría. Sus señorías alemanas no escatiman medios para castigar.
También Bep está muy callada; al novio lo mandan a Alemania.
Cada vez que los aviones sobrevuelan nuestras casas, ella tiene miedo de que suelten sus
cargas explosivas de hasta mil toneladas en la cabeza de su Bertus. Las bromas del tipo
«seguro que no le caerán mil toneladas» y «con una sola bomba basta» me parece que
están un tanto fuera de lugar. Bertus no es el único, todos los días salen trenes llenos de
muchachos holandeses que van a trabajar a Alemania. En el camino, cuando paran en
alguna pequeña estación, algunos se bajan a escondidas e intentan buscar refugio. Una
pequeña parte de ellos quizá lo consiga.
Todavía no he terminado con mis lamentaciones.
¿Sabes lo que es un rehén? Es el último método que han impuesto como castigo para los
saboteadores. Es los más horrible que te puedas imaginar. Detienen a destacados
ciudadanos inocentes y anuncian que los ejecutarán en caso de que alguien realice un acto

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de sabotaje. Cuando hay un sabotaje y no encuentran a los responsables, la Gestapo
sencillamente pone a cuatro o cinco rehenes contra el paredón. A menudo los periódicos
publican esquelas mortuorias sobre estas personas, calificando sus muertes de «accidente
fatal».
¡Bonito pueblo el alemán, y pensar que en realidad yo también pertenezco a él! Pero no,
hace mucho que Hitler nos ha convertido en apátridas. De todos modos no hay enemistad
más grande en el mundo que entre los alemanes y los judíos.
Tu Ana

Miércoles, 14 de octubre de 1942
Querida Kitty:
Estoy atareadísima. Ayer, primero traduje un capítulo de La beIle Nivernaise e hice un
glosario. Luego resolví un problema de matemáticas dificilísimo y traduje tres páginas de
gramática francesa. Hoy tocaba gramática francesa e historia. Me niego a hacer
problemas tan difíciles todos los días. Papá también dice que son horribles. Yo casi los sé
hacer mejor que él, pero en realidad no nos salen a ninguno de los dos, de modo que
siempre tenemos que recurrir a Margot. También estoy muy afanada con la taquigrafía,
que me encanta. Soy la que va más adelantada de los tres.
He leído Los exploradores. Es un libro divertido, pero no tiene
ni punto de comparación con Joop ter Heul. Por otra parte, aparecen a menudo las
mismas palabras, pero eso se entiende al ser de la misma escritora. Cissy van Marxveldt
escribe de miedo. Fijo que luego se los daré a leer a mis hijos.
Además he leído un montón de obras de teatro de Körner. Me gusta cómo escribe. Por
ejemplo: Eduviges, El primo de Bremen, La gobernanta, El dominó verde y otras más.
Mamá, Margot y yo hemos vuelto a ser grandes amigas, y en realidad me parece que es
mucho mejor así. Anoche estábamos acostadas en mi cama Margot y yo. Había
poquísimo espacio, pero por eso justamente era muy divertido. Me pidió que le dejara
leer mi diario.
-Sólo algunas partes -le contesté, y le pedí el suyo. Me dejó que lo leyera.
Así llegamos al tema del futuro, y le pregunté qué quería ser cuando fuera mayor. Pero no
quiso decírmelo, se lo guarda como un gran secreto. Yo he captado algo así como que le
interesaría la enseñanza. Naturalmente, no sé si le convendrá, pero sospecho que tirará
por ese lado. En realidad no debería ser tan curiosa.
Esta mañana me tumbé en la cama de Peter, después de ahuyentarlo. Estaba furioso, pero
me importa un verdadero bledo. Podría ser más amable conmigo, porque sin ir más lejos,
anoche le regalé una manzana.
Le pregunté a Margot si yo le parecía muy fea. Me contestó que tenía un aire gracioso, y
que tenía unos ojos bonitos. Una respuesta un tanto vaga, ¿no te parece?
¡Hasta la próxima!
Ana Frank
P. D. Esta mañana todos hemos pasado por la balanza. Margot pesa 6o kilos, mamá 6z,

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papá 701/2, Ana 431/2, Peter 67, la señora Van Daan 53, el señor Van Daan 75. En los
tres meses que llevo aquí, he aumentado 81/2 kilos. ¡Cuánto!, ¿no?

Martes, 20 de octubre de 1942
Querida Kitty:
Todavía me tiembla la mano, a pesar de que ya han pasado dos horas desde el enorme
susto que nos dimos. Debes saber que en el edificio hay cinco aparatos Minimax contra
incendios. Los de abajo fueron tan inteligentes de no avisarnos que venía el carpintero, o
como se le llame, a rellenar estos aparatos. Por consiguiente, no estábamos para nada
tratando de no hacer ruido, hasta que en el descansillo (frente a nuestra puerta-armario) oí
golpes de martillo. En seguida pensé que sería el carpintero y avisé a Bep, que estaba comiendo, que no podría bajar a la oficina. Papá y yo nos apostamos junto a la puerta para
oír cuándo el hombre se iba. Tras haber estado unos quince minutos trabajando, depositó
el martillo y otras herramientas sobre nuestro armario (por lo menos, así nos pareció) y
golpeó a la puerta. Nos pusimos blancos. ¿Habría oído algún ruido y estaría tratando de
investigar el misterioso mueble? Así parecía, porque los golpes, tirones y empujones
continuaban.
Casi me desmayo del susto, pensando en lo que pasaría si aquel perfecto desconocido
lograba desmantelar nuestro hermoso escondite. Y justo cuando pensaba que había
llegado el fin de mis días, oímos la voz del señor Kleiman, diciendo:
-Abridme, soy yo.
Le abrimos inmediatamente. ¿Qué había pasado? El gancho con el que se cierra la puertaarmario se había atascado, con lo que nadie nos había podido avisar de la venida del
carpintero. El hombre ya había bajado y Kleiman vino a buscar a Bep, pero no lograba
abrir el armario. No te imaginas lo aliviada que me sentí. El hombre que yo creía que
quería entrar en nuestra casa, había ido adoptando en mi fantasía proporciones cada vez
más gigantescas, pasando a ser un fascista monstruoso como ninguno. ¡Ay!, por suerte
esta vez todo acabó bien.
El lunes nos divertimos mucho. Miep y Jan pasaron la noche con nosotros. Margot y yo
nos fuimos a dormir una noche con papá y mamá, para que los Gies pudieran ocupar
nuestro lugar. La cena de honor estuvo deliciosa. Hubo una pequeña interrupción
originada por la lámpara de papá, que causó un cortocircuito y nos dejó a oscuras. ¿Qué
hacer? Plomos nuevos había, pero había que ir a cambiarlos al almacén del fondo, y eso
de noche no era una tarea muy agradable. Igualmente, los hombres de la casa hicie
ron un intento y a los diez minutos pudimos volver a guardar nuestras velas iluminatorias.
Esta mañana me levanté temprano. Jan ya estaba vestido. Tenía que marcharse a las ocho
y media, de modo que a las ocho ya estaba arriba desayunando. Miep se estaba vistiendo,
y sólo tenía puesta la enagua cuando entré. Usa las mismas bragas de lana que yo para
montar en bicicleta. Margot y yo también nos vestimos y subimos al piso de arriba mucho
antes que de costumbre. Después de un ameno desayuno, Miep bajó a la oficina. Llovía a
cántaros, y se alegró de no tener que pedalear al trabajo bajo la lluvia. Hice las camas con
papá y luego me aprendí la conjugación irregular de cinco verbos franceses. ¡Qué
aplicada soy!, ¿verdad?
Margot y Peter estaban leyendo en nuestra habitación, y Mouschi se había instalado junto

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a Margot en el diván. Al acabar con mis irregularidades francesas yo también me sumé al
grupo, y me puse a leer El canto eterno de los bosques. Es un libro muy bonito, pero muy
particular, y ya casi lo he terminado.
La semana que viene también Bep nos hará una visita nocturna.
Tu Ana

Jueves, 29 de octubre de 1942
Querida Kitty:
Estoy muy preocupada; papá se ha puesto malo. Tiene mucha fiebre y le han salido
granos. Parece que tuviera viruela. ¡Y ni siquiera podemos llamar a un médico! Mamá le
hace sudar, quizá con eso le baje la fiebre.
Esta mañana Miep nos contó que han «desmueblado» la casa de los Van Daan, en la
Zuider-Amstellaan. Todavía no se lo hemos dicho a la señora, porque últimamente anda
bastante nerviosa y no tenemos ganas de que nos suelte otra jeremiada sobre su hermosa
vajilla de porcelana y las sillas tan elegantes que debió abandonar en su casa. También
nosotros hemos tenido que abandonar casi todas nuestras cosas bonitas. ¿De qué nos sirve
ahora lamentarnos?
Papá quiere que empiece a leer libros de Hebbel y de otros escritores alemanes famosos.
Leer alemán ya no me resulta tan difícil, sólo que por lo general leo bisbiseando, en vez
de leer para mis adentros. Pero ya se me pasará. Papá ha sacado los dramas de Goethe y
de Schiller de la biblioteca grande, y quiere leerme unos párrafo; todas las noches. Ya
hemos empezado con DON CARLOS. Siguiendo el buen ejemplo de papá, mamá me ha
dado su libro de oraciones. Para no contrariarla he leído algunos rezos en alemán. Me
parecen bonitos, pero no me dicen nada. ¿Por qué me obliga a ser tan beata y religiosa?
Mañana encenderemos la estufa por primera vez. Seguro que se nos llenará la casa de
humo, porque hace mucho que no han deshollinado la chimenea. ¡Esperemos que tire!
Tu Ana

Lunes, 2 de noviembre de 194.2
Querida Kitty:
El viernes estuvo con nosotros Bep. Pasamos un rato agradable, pero no durmió bien
porque había bebido vino. Por lo demás, nada de particular. Ayer tuve mucho dolor de
cabeza y me fui a la cama temprano. Margot está nuevamente latosa.
Esta mañana empecé a ordenar un fichero de la oficina, que se había caído y que tenía
todas las fichas mezcladas. Como era para volverme loca, les pedí a Margot y Peter que
me ayudaran, pero los muy haraganes no quisieron. Así que lo guardé tal cual, porque
sola no lo voy a hacer. ¡Soy tonta pero no tanto!
Tu Ana

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P. D. He olvidado comunicarte la importante noticia de que es muy probable que muy
pronto me venga la regla. Lo noto porque a cada rato tengo una sustancia pegajosa en las
bragas y mamá ya me lo anticipó. Apenas puedo esperar. ¡Me parece algo tan importante!
Es una lástima que ahora no pueda usar compresas, porque ya no se consiguen, y los
palitos que usa mamá sólo son para mujeres que ya han tenido hijos alguna voz.
22 de enero de 1944. (Añadido)
Ya no podría escribir una cosa así.
Ahora que releo mi diario después de un año y medio, me sorprendo de que alguna vez
haya sido tan cándida e ingenua. Me doy cuenta de que, por más que quisiera, nunca más
podré ser así. Mis estados de ánimo, las cosas que digo sobre Margot, mamá y papá, todavía lo comprendo como si lo hubiera escrito ayer. Pero esa manera desvergonzada de
escribir sobre ciertas cosas ya no me las puedo imaginar. De verdad me avergüenzo de
leer algunas páginas que tratan de temas que preferiría imaginármelos más bonitos. Los
he descrito de manera tan poco elegante... ¡Pero ya basta de lamentarme!
Lo que también comprendo muy bien es la añoranza de Moortje y el deseo de tenerlo
conmigo. A menudo conscientemente, pero mucho más a menudo de manera
insconciente, todo el tiempo que he estado y que estoy aquí he tenido un gran deseo de
confianza, afecto y cariño. Este deseo es fuerte a veces, y menos fuerte otras veces, pero
siempre está ahí.

Jueves, 5 de noviembre de 1942
Querida Kitty:
Por fin los ingleses han tenido algunas victorias en África, y Stalingrado aún no ha caído,
de modo que los señores de la casa están muy alegres y contentos, así que esta mañana
sirvieron café y té. Por lo demás, nada de particular.
Esta semana he leído mucho y he estudiado poco. Así han de hacerse las cosas en este
mundo, y así seguro que se llega lejos...
Mamá y yo nos entendemos bastante mejor últimamente, aunque nunca llegamos a tener
una verdadera relación de confianza, y papá, aunque hay algo que me oculta, no deja de
ser un cielo.
La estufa lleva varios días encendida, y la habitación está inundada de humo. Yo
realmente prefiero la calefacción central, y supongo que no soy la única. A Margot no
puedo calificarla más que de detestable; me crispa terriblemente los nervios de la noche a
la mañana.
Ana Frank

Sábado, 7 de noviembre de 1942
Querida Kitty:
Mamá anda muy nerviosa, y eso para mí siempre es muy peligroso. ¿Puede ser casual que
papá y mamá nunca regañen a Margot, y siempre sea yo la que cargue con la culpa de
todo? Anoche, por ejemplo, pasó lo siguiente: Margot estaba leyendo un libro con
ilustraciones muy bonitas. Se levantó y dejó de lado el libro con intención de seguir
leyéndolo más tarde. Como yo en ese momento no tenía nada que hacer, lo cogí y me
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puse a mirar las ilustraciones. Margot volvió, vio «su» libro en mis manos, frunció el
ceño y me pidió que se lo devolviera, enfadada. Yo quería seguir leyéndolo un poco más.
Margot se enfadó más y más, y mamá se metió en el asunto diciendo:
-Ese libro lo estaba leyendo Margot, así que dáselo a ella. En eso entró papá sin saber
siquiera de qué se trataba, pero al ver lo que pasaba, me gritó:
-¡Ya quisiera ver lo que harías tú si Margot se pusiera a hojear tu libro!
Yo en seguida cedí, solté el libro y salí de la habitación, «ofendida» según ellos. No
estaba ofendida ni enfadada, sino triste.
Papá no estuvo muy bien al juzgar sin conocer el objeto de la controversia. Yo sola le
habría devuelto el libro a Margot, e incluso mucho antes, de no haberse metido papá y
mamá en el asunto para proteger a Margot, como si de la peor injusticia se tratara.
Que mamá salga a defender a Margot es normal, siempre se andan defendiendo
mutuamente. Yo ya estoy tan acostumbrada, que las regañinas de mamá ya no me hacen
nada, igual que cuando Margot se pone furiosa. Las quiero sólo porque son mi madre y
Margot; como personas, por mí que se vayan a freír espárragos. Con papá es distinto.
Cuando hace distinción entre las dos, aprobando todo lo que hace Margot, alabándola y
haciéndole cariños, yo siento que algo me carcome por dentro, porque a papá yo lo adoro,
es mi gran ejemplo, no quiero a nadie más en el mundo sino a él. No es consciente de que
a Margot la trata de otra manera que a mí. Y es que Margot es la más lista, la más buena,
la más bonita y la mejor. ¿Pero acaso no tengo yo derecho a que se me trate un poco en
serio? Siempre he sido la payasa y la traviesa de la familia, siempre he tenido que pagar
dos veces por las cosas que hacía: por un lado, las regañinas, y por el otro, la
desesperación den
tro de mí misma. Ahora esos mismos frívolos ya no me satisfacen, como tampoco las
conversaciones presuntamente serias. Hay algo que quisiera que papá me diera que él no
es capaz de darme. No tengo celos de Margot, nunca los he tenido. No ansío ser tan lista
y bonita como ella, tan sólo desearía sentir el amor verdadero de papá, no solamente
como su hija, sino también como Ana-en-sí-misma.
Intento aferrarme a papá, porque cada día desprecio más a mamá, y porque papá es el
único que todavía hace que conserve mis últimos sentimientos de familia. Papá no
entiende que a veces necesito desahogarme sobre mamá. Pero él no quiere hablar, y elude
todo lo que pueda hacer referencia a los errores de mamá.
Y sin embargo es ella, con todos sus defectos, la carga más pesada. No sé qué actitud
adoptar; no puedo refregarle debajo de las narices su dejadez, su sarcasmo y su dureza,
pero tampoco veo por qué habría de buscar la culpa de todo en mí.
Soy exactamente opuesta a ella en todo, y eso, naturalmente, choca. No juzgo su carácter
porque no sé juzgarlo, sólo la observo como madre. Para mí, mamá no es mi madre. Yo
misma tengo que ser mi madre. Me he separado de ellos, ahora navego sola y ya veré
dónde voy a parar. Todo tiene que ver sobre todo con el hecho de que veo en mí misma
un gran ejemplo de cómo ha de ser una madre y una mujer, y no encuentro en ella nada a
lo que pueda dársele el nombre de madre.
Siempre me propongo no mirar los malos ejemplos que ella me da; tan sólo quiero ver su
lado bueno, y lo que no encuentre en ella, buscarlo en mí misma. Pero no me sale, y lo
peor es que ni papá ni mamá son conscientes de que están fallando en cuanto a mi
educación, y de que yo se lo tomo a mal. ¿Habrá gente que pueda satisfacer plenamente a
sus hijos?

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A veces creo que Dios me quiere poner a prueba, tanto ahora como más tarde. Debo ser
buena sola, sin ejemplos y sin hablar, sólo así me haré más fuerte.
¿Quién sino yo leerá luego todas estas cartas? ¿Quién sino yo misma me consolará?
Porque a menudo necesito consuelo; muchas veces no soy lo suficientemente fuerte y
fallo más de lo que acierto. Lo sé, y cada vez intento mejorar, todos los días.
Me tratan de forma poco coherente. Un día Ana es una chica seria, que sabe mucho, y al
día siguiente es una borrica que no sabe nada y cree haber aprendido de todo en los
libros. Ya no soy el bebé ni la niña mimada que causa gracia haciendo cualquier
cosa. Tengo mis propios ideales, mis ideas y planes, pero aún no sé expresarlos.
¡Ah!, me vienen tantas cosas a la cabeza cuando estoy sola por las noches, y también
durante el día, cuando tengo que soportar a todos los que ya me tienen harta y siempre
interpretan mal mis intenciones. Por eso, al final siempre vuelvo a mi diario: es mi punto
de partida y mi destino, porque Kitty siempre tiene paciencia conmigo. Le prometeré que,
a pesar de todo, perseveraré, que me abriré mi propio camino y me tragaré mis lágrimas.
Sólo que me gustaría poder ver los resultados, o que alguien que me quisiera me animara
a seguir.
No me juzgues, sino considérame como alguien que a veces siente que está rebosando.
Tu Ana

Lunes, 9 de noviembre de 1942
Querida Kitty:
Ayer fue el cumpleaños de Peter. Cumplió dieciséis años. A las ocho ya subí a saludarlo
y a admirar sus regalos. Le han regalado, entre otras cosas, un juego de la Bolsa, una
afeitadora y un encendedor. No es que fume mucho; al contrario, pero es por motivos de
elegancia.
La mayor sorpresa nos la dio el señor Van Daan, cuando nos informó que los ingleses
habían desembarcado en Túnez, Argel, Casablanca y Orán.
«Es el principio del fin», dijeron todos, pero Churchill, el primer ministro inglés, que
seguramente oyó la misma frase en Inglaterra, dijo: «Este desembarco es una proeza,
pero no se debe pensar que sea el principio del fin. Yo más bien diría que significa el fin
del principio.» ¿Te das cuenta de la diferencia? Sin embargo, hay motivos para mantener
el optimismo. Stalingrado, la ciudad rusa que ya llevan tres meses defendiendo, aún no ha
sido entregada a los alemanes.
Para darte una idea de otro aspecto de nuestra vida en la Casa de atrás, tendré que
escribirte algo sobre nuestra provisión de alimentos. (Has de saber que los del piso de
arriba son unos verdaderos golosos.)
El pan nos lo proporciona un panadero muy amable, un conocido de Kleiman. No
conseguimos tanto pan como en casa, naturalmente, pero nos alcanza. Los cupones de
racionamiento también los compramos de forma clandestina. El precio aumenta
continuamente; de 27 florines ha subido ya a 33. ¡Y eso sólo por una hoja de papel
impresa!
Para tener más víveres no perecederos, aparte de los cien botes de comida que tenemos,
hemos comprado 13 S kilos de legumbres. Esto no es para nosotros solos; una parte es

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para los de la oficina. Los sacos de legumbres estaban colgados con ganchos en el pasillo
que hay detrás de la puerta-armario. Algunas costuras de los sacos se abrieron debido al
gran peso. Decidimos que era mejor llevar nuestras provisiones de invierno al desván, y
encomendamos la tarea a Peter. Cuando cinco de los seis sacos ya se encontraban arriba
sanos y salvos y Peter estaba subiendo el sexto, la costura de debajo se soltó y una lluvia,
mejor dicho un granizo, de judías pintas voló por el aire y rodó por la escalera. En el saco
había unos 25 kilos, de modo que fue un ruido infernal. Abajo pensaron que se les venía
el viejo edifico encima. Peter se asustó un momento, pero soltó una carcajada cuando me
vio al pie de la escalera como una especie de isla en medio de un mar de judías, que me
llegaba hasta los tobillos. En seguida nos pusimos a recogerlas, pero las judías son tan
pequeñas y resbaladizas que se meten en todos los rincones y grietas posibles e
imposibles. Cada vez que ahora alguien sube la escalera, se agacha para recoger un
puñado de judías, que seguidamente entrega a la señora Van Daan.
Casi me olvidaba de decirte que a papá ya se le ha pasado totalmente la enfermedad que
tenía.
Tu Ana
P. D. Acabamos de oír por radio la noticia de que ha caído Argel. Marruecos, Casablanca
y Orán ya hace algunos días que están en manos de los ingleses. Ahora sólo falta Túnez.

Martes, 1o de noviembre de 1942
Querida Kitty:
¡Gran noticia! ¡Vamos a acoger a otro escondido!
Sí, es cierto. Siempre habíamos dicho que en la casa en realidad aún había lugar y comida
para una persona más, pero no queríamos que Kugler y Kleiman cargaran con más
responsabilidad. Pero como nos llegan noticias cada vez más atroces respecto de lo que
está pasando con los judíos, papá consultó a los dos principales implicados y a ellos les
pareció un plan excelente. «El peligro es tan grande para ocho como lo es para siete»,
dijeron muy acertadamente. Cuando nos habíamos puesto de acuerdo, pasamos revista
mentalmente a todos nuestros amigos y conocidos en busca de una persona soltera o sola
que encajara bien en nuestra familia de escondidos. No fue difícil dar con alguien así:
después de que papá había descartado a todos los parientes de los Van Daan, la elección
recayó en un dentista llamado Alfred Dussel. Vive con una mujer cristiana muy agradable
y mucho más joven que él, con la que seguramente no está casado, pero ése es un detalle
sin importancia. Tiene fama de ser una persona tranquila y educada, y a juzgar por la
presentación, aunque superficial, tanto a Van Daan como a nosotros nos pareció
simpático. También Miep lo conoce, de modo que ella podrá organizar el plan de su
venida al escondite. Cuando venga Dussel, tendrá que dormir en mi habitación en la cama
de Margot, que deberá conformarse con el catre6 bién le pediremos que traiga algo para
engañar el estómago.
Tu Ana
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Tras la llegada de Dussel, Margot tuvo que dormir en la habitación de sus padres.
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Jueves, 12 de noviembre de 1942
Querida Kitty:
Vino Miep a informarnos que había estado con el doctor Dussel, quien al verla entrar en
su consulta le había preguntado en seguida si no sabía de un escondite. Se había alegrado
muchísimo cuando Miep le contó que sabía de uno y que tendría que ir allí lo antes
posible, mejor ya el mismo sábado. Pero eso le hizo entrar en la duda, ya que todavía
tenía que ordenar su fichero, atender a dos pacientes y hacer la caja. Esta fue la noticia
que nos trajo Miep esta mañana. No nos pareció bien esperar tanto tiempo. Todos esos
preparativos significan dar explicaciones a un montón de gente que preferiríamos no
implicar en el asunto. Miep le iba a preguntar si no podía organizar las cosas de tal
manera que pudiera venir el sábado, pero Dussel dijo que no, y ahora llega el lunes.
Me parece muy curioso que no haya aceptado inmediatamente nuestra propuesta. Si lo
detienen en la calle tampoco podrá ordenar el fichero ni atender a sus pacientes. ¿Por qué
retrasar el asunto entonces? Creo que papá ha hecho mal en ceder.
Ninguna otra novedad.
Tu Ana

Martes, 17 de noviembre de 1942
Querida Kitty:
Ha llegado Dussel. Todo ha salido bien. Miep le había dicho que a las once de la mañana
estuviera en un determinado lugar frente a la oficina de correos, y que allí un señor lo
pasaría a buscar. A las once en punto, Dussel se encontraba en el lugar convenido. Se le
acercó el señor Kleiman, informándole que la persona en cuestión todavía no podía venir
y que si no podía pasar un momento por la oficina de Miep. Kleiman volvió a la oficina
en tranvía y Dussel hizo lo propio andando.
A las once y veinte Dussel tocó a la puerta de la oficina. Miep le ayudó a quitarse el
abrigo procurando que no se le viera la estrella, y lo condujo al antiguo despacho de papá,
donde Kleiman lo entretuvo hasta que se fuera la asistenta. Esgrimiendo la excusa de que
ya el despacho estaba ocupado, Miep acompañó a Dussel arriba, abrió la estantería
giratoria y, para gran sorpresa de éste, entró en nuestra Casa de atrás.
Los siete estábamos sentados alrededor de la mesa con coñac y café, esperando a nuestro
futuro compañero de escondite. Miep primero le enseñó el cuarto de estar; Dussel en
seguida reconoció nuestros muebles, pero no pensó ni remotamente en que nosotros
pudiéramos encontrarnos encima de su cabeza. Cuando Miep se lo dijo, casi se desmaya
del asombro. Pero por suerte, Miep no le dejó tiempo de seguir asombrándose y lo
condujo hacia arriba. Dussel se dejó caer en un sillón y se nos quedó mirando sin decir
palabra, como si primero quisiera enterarse de lo ocurrido a través de nuestras caras.
Luego tartamudeó:
-Perro... ¿entonces ustedes no son en la Bélgica? ¿El militar no es aparrecido? ¿El coche?

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¿El huida no es logrrado?7
Le explicamos cómo había sido todo, cómo habíamos difundido la historia del militar y el
coche a propósito, para despistar a la gente y a los alemanes que pudieran venir a
buscarnos. Dussel no tenía palabras para referirse a tanta ingeniosidad, y no pudo más
que dar un primer recorrido por nuestra querida casita de atrás, asombrándose de lo
superpráctico que era todo. Comimos todos juntos, Dussel se echó a dormir un momento
y luego tomó el té con nosotros, ordenó sus poquitas cosas que Miep había traído de
antemano y muy pronto se sintió como en su casa. Sobre todo cuando se le entregaron las
siguientes normas de la Casaescondite de atrás (obra de Van Daan):
PROSPECTO Y GUÍA DE LA CASA DE ATRÁS
Establecimiento especial para la permanencia temporal de judíos y similares.
Abierto todo el año.
Convenientemente situado, en zona tranquila y boscosa en el corazón de Amsterdam. Sin
vecinos particulares (sólo empresas). Se puede llegar en las líneas 13 y 17 del tranvía
municipal, en automóvil y en bicicleta. En los casos en que las autoridades alemanas no
permiten el uso de estos últimos medios de transporte, también andando. Disponibilidad
permanente de pisos y habitaciones, con pensión incluida o sin ella.
Alquiler: gratuito.
Dieta: sin grasas.
Agua corriente: en el cuarto de baño (sin bañera, lamentablemente) y en varias paredes y
muros. Estufas y hogares de calor agradable.
Amplios almacenes: para el depósito de mercancías de todo tipo. Dos grandes y
modernas cajas de seguridad.
Central de radio propia: con enlace directo desde Londres, Nueva York, Tel Aviv y
muchas otras capitales. Este aparato está a disposición de todos los inquilinos a partir de
las seis de la tarde, no existiendo emisoras prohibidas, con la salvedad de que las emisoras alemanas sólo podrán escucharse a modo de excepción, por ejemplo audiciones de
música clásica y similares. Queda terminantemente prohibido escuchar y difundir noticias
alemanas (indistintamente de donde provengan).
Horario de descanso: desde las so de la noche hasta las 7.3o de la mañana, los domingos
hasta las 10.15. Debido a las circunstancias reinantes, el horario de descanso también
regirá durante el día, según indicaciones de la dirección. ¡Se ruega encarecidamente respetar estos horarios por razones de seguridad!
Tiempo libre: suspendido hasta nueva orden por lo que respecta a actividades fuera de
casa.
Uso del idioma: es imperativo hablar en voz baja a todas horas; admitidas todas las
lenguas civilizadas; o sea, el alemán no.
Lectura y entretenimiento: no se podrán leer libros en alemán, excepto los científicos y de
autores clásicos; todos los demás, a discreción.
Ejercicios de gimnasia: a diario.
Canto: en voz baja exclusivamente, y sólo después de las 18 horas.
Cine: funciones a convenir.
Clases: de taquigrafía, una clase semanal por correspondencia; de inglés, francés,
7

Dussel se expresaba muy mal en neerlandés
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matemáticas e historia, a todas horas; retribución en forma de otras clases, de idioma
neerlandés, por ejemplo.
Sección especial: para animales domésticos pequeños, con atención esmerada (excepto
bichos y alimañas, que requieren un permiso especial).
Reglamento de comidas:
Desayuno: todos los días, excepto domingos y festivos, a las 9 de la mañana; domingos y
festivos, a las 11.30 horas, aproximadamente.
Almuerzo: parcialmente completo. De 13.15 a 13.45 horas.
Cena: fría y/o caliente; sin horario fijo, debido a los partes informativos.
Obligaciones con respecto a la brigada de aprovisionamiento: es
tar siempre dispuestos a asistir en las tareas de oficina.
Aseo personal: los domingos a partir de las 9 de la mañana, los inquilinos pueden
disponer de la tina; posibilidad de usarla en el lavabo, la cocina, el despacho o la oficina
principal, según preferencias de cada uno.
Bebidas fuertes: sólo por prescripción médica. Fin.
Tu Ana

Jueves, 19 de noviembre de 1942
Querida Kitty:
Como todos suponíamos, Dussel es una persona muy agradable. Por supuesto, le pareció
bien compartir la habitación conmigo; yo sinceramente no estoy muy contenta de que un
extraño vaya a usar mis cosas, pero hay que hacer algo por la causa común, de modo que
es un pequeño sacrificio que hago de buena gana. «Con tal que podamos salvar a alguno
de nuestros conocidos, todo lo demás es secundario», ha dicho papá, y tiene toda la
razón.
El primer día de su estancia aquí, Dussel empezó a preguntarme en seguida toda clase de
cosas, por ejemplo cuándo viene la asistenta, cuáles son las horas de uso del cuarto de
baño, cuándo se puede ir al lavabo, etc. Te reirás, pero todo esto no es tan fácil en un
escondite. Durante el día no podemos hacer ruido, para que no nos oigan desde abajo, y
cuando hay otra persona, como por ejemplo la asistenta, tenemos que prestar más
atención aún para no hacer ruido. Se lo expliqué prolijamente a Dussel, pero hubo una
cosa que me sorprendió; que es un poco duro de entendederas, porque pregunta todo dos
veces y aun así no lo retiene.
Quizá se le pase, y sólo es que está aturdido por la sorpresa. Por lo demás todo va bien.
Dussel nos ha contado mucho de lo que está pasando fuera, en ese mundo exterior que
tanto echamos de menos. Todo lo que nos cuenta es triste. A muchísimos de nuestros
amigos y conocidos se los han llevado a un horrible destino. Noche tras noche pasan los
coches militares verdes y grises. Llaman a todas las puertas, preguntando si allí viven
judíos. En caso afirmativo, se llevan en el acto a toda la familia. En caso negativo
continúan su recorrido. Nadie escapa a esta suerte, a no ser que se esconda. A menudo
pagan un precio por persona que se llevan: tantos florines por cabeza. ¡Como una cacería
de esclavos de las que se hacían antes! Pero no es broma, la cosa es demasiado dramática
para eso.

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Por las noches veo a menudo a esa pobre gente inocente desfilando en la oscuridad, con
niños que lloran, siempre en marcha, cumpliendo las órdenes de esos individuos,
golpeados y maltratados hasta casi no poder más. No respetan a nadie: ancianos, niños,
bebés, mujeres embarazadas, enfermos, todos sin excepción marchan camino de la
muerte.
Qué bien estamos aquí, qué bien y qué tranquilos. No necesitaríamos tomarnos tan a
pecho toda esta miseria, si no fuera que tememos por lo que les está pasando a todos los
que tanto queremos y a quienes ya no podemos ayudar. Me siento mal, porque mientras
yo duermo en una cama bien abrigada, mis amigas más queridas quién sabe dónde
estarán tiradas.
Me da mucho miedo pensar en todas las personas con quienes me he sentido siempre tan
íntimamente ligada y que ahora están en manos de los más crueles verdugos que hayan
existido jamás.
Y todo por ser judíos.
Tu Ana

Viernes, 2o de noviembre de 1942
Querida Kitty:
Ninguno de nosotros sabe muy bien qué actitud adoptar. Hasta ahora nunca nos habían
llegado tantas noticias sobre la suerte de los judíos y nos pareció mejor conservar en lo
posible el buen humor. Las pocas veces que Miep ha soltado algo sobre las cosas terribles
que le sucedieron a alguna conocida o amiga, mamá y la señora Van Daan se han puesto
cada vez a llorar, de modo que Miep decidió no contarles nada más. Pero a Dussel en
seguida lo acribillaron a preguntas, y las historias que contó eran tan terribles y bárbaras
que no eran como para entrar por un oído y salir por el otro. Sin embargo, cuando ya no
tengamos las noticias tan frescas en nuestras memorias, seguramente volveremos a contar
chistes y a gastarnos bromas. De nada sirve seguir tan apesadumbrados como ahora. A
los que están fuera de todos modos no podemos ayudarlos. ¿Y qué sentido tiene hacer de
la Casa de atrás una «casa melancolía»?
En todo lo que hago me acuerdo de todos los que están ausentes. Y cuando alguna cosa
me da risa, me asusto y dejo de reír, pensando en que es una vergüenza que esté tan
alegre. ¿Pero es que tengo que pasarme el día llorando? No, no puedo hacer eso, y esta
pesadumbre ya se me pasará.
A todos estos pesares se les ha sumado ahora otro más, pero de tipo personal, y que no es
nada comparado con la desgracia que acabo de relatar. Sin embargo, no puedo dejar de
contarte que últimamente me estoy sintiendo muy abandonada, que hay un gran vacío
demasiado grande a mi alrededor. Antes nunca pensaba realmente en estas cosas; mis
alegrías y mis amigas ocupaban todos mis pensamientos. Ahora sólo pienso en cosas
tristes o acerca de mí misma. Y finalmente he llegado a la conclusión de que papá, por
más bueno que sea, no puede suplantar él solo a mi antiguo mundo. Mamá y Margot ya
no cuentan para nada en cuanto a mis sentimientos.
¿Pero por qué molestarte con estas tonterías, Kitty? Soy muy ingrata, ya lo sé, ¡pero la
cabeza me da vueltas cuando no hacen más que reñirme, y además, sólo me vienen a la
mente todas estas cosas tristes!

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Tu Ana

Sábado, 28 de noviembre de 1942
Querida Kitty:
Hemos estado usando mucha luz, excediéndonos de la cuota de electricidad que nos
corresponde. La consecuencia ha sido una economía exagerada en el consumo de luz y la
perspectiva de un corte en el suministro. ¡Quince días sin luz! ¿Qué te parece? Pero quizá
no lleguemos a tanto. A las cuatro o cuatro y media de la tarde ya está demasiado oscuro
para leer, y entonces matamos el tiempo haciendo todo tipo de tonterías. Adivinar
acertijos, hacer gimnasia a oscuras, hablar inglés o francés, reseñar libros, pero a la larga
todo te aburre. Ayer descubrí algo nuevo: espiar con un catalejo las habitaciones bien
iluminadas de los vecinos de atrás. Durante el día no podemos correr las cortinas ni un
centímetro, pero cuando todo está tan oscuro no hay peligro.
Nunca antes me había dado cuenta de lo interesante que podían resultar los vecinos, al
menos los nuestros. A unos los encontré sentados a la mesa comiendo, una familia estaba
haciendo una proyección y el dentista de aquí enfrente estaba atendiendo a una señora
mayor muy miedica.
El señor Dussel, el hombre del que siempre decían que se entendía tan bien con los niños
y que los quería mucho a todos, ha resultado ser un educador de lo más chapado a la
antigua, a quien le gusta soltar sermones interminables sobre buenos modales y buen
comportamiento. Dado que tengo la extraordinaria dicha (!) de compartir mi
lamentablemente muy estrecha habitación con este archidistinguido y educado señor, y
dado que por lo general se me considera la peor educada de los tres jóvenes de la casa,
tengo que hacer lo imposible para eludir sus reiteradas regañinas y recomendaciones de
viejo y hacerme la sueca. Todo esto no sería tan terrible si el estimado señor no fuera tan
soplón y, para colmo de males, no hubiera elegido justo a mamá para irle con el cuento.
Cada vez que me suelta un sermón, al poco tiempo aparece mamá y la historia se repite.
Y cuando estoy realmente de suerte, a los cinco minutos me llama la señora Van Daan
para pedirme cuentas, y ¡vuelta a empezar!
De veras, no creas que es tan fácil ser el foco maleducado de la atención de una familia
de escondidos entrometidos.
Por las noches, cuando me pongo a repensar los múltiples pecados y defectos que se me
atribuyen, la gran masa de cosas que debo considerar me confunde de tal manera que o
bien me echo a reír, o bien a llorar, según cómo esté de humor. Y entonces me duermo
con la extraña sensación de querer otra cosa de la que soy, o de ser otra cosa de la que
quiero, o quizá también de hacer otra cosa de la que quiero o soy.
¡Santo cielo!, ahora también te voy a confundir a ti, perdóname, pero no me gusta hacer
tachones, y tirar papel en épocas de gran escasez está prohibido. De modo que sólo puedo
recomendarte que no releas la frase de arriba y sobre todo que no te pongas a analizarla,
porque de cualquier modo no llegarás a comprenderla.
Tu Ana

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Lunes, 7 de diciembre de 1942
Querida Kitty:
Este año Januká8 y San Nicolás9 coinciden; hay un solo día de diferencia. Januká no lo
festejamos con tanto bombo, sólo unos pequeños regalitos y luego las velas. Como hay
escasez de velas, no las tenemos encendidas más que diez minutos, pero si va
acompañado del cántico, con eso basta. El señor Van Daan ha fabricado un candelabro de
madera, así que eso también lo tenemos.
La noche de San Nicolás, el sábado, fue mucho más divertida. Bep y Miep habían
despertado nuestra curiosidad cuchicheando todo el tiempo con papá entre las comidas,
de modo que ya intuíamos que algo estaban tramando. Y así fue: a las ocho de la noche
todos bajamos por la escalera de madera, pasando por el pasillo superoscuro (yo estaba
aterrada y hubiese querido estar nuevamente arriba, sana y salva), hasta llegar al pequeño
cuarto del medio. Allí pudimos encender la luz, ya que este cuartito no tiene ventanas.
Entonces papá abrió la puerta del armario grande.
-¡Oh, qué bonito! -exclamamos todos.
En el rincón había una enorme cesta adornada con papel especial de San Nicolás y con
una careta de su criado Pedro el negro.
Rápidamente nos llevamos la cesta arriba. Había un regalo para cada uno, acompañado
de un poema alusivo. Ya sabrás cómo son los poemas de San Nicolás, de modo que no te
los voy a copiar.
A mí me regalaron un muñeco, a papá unos sujetalibros, etc. Lo principal es que todo era
muy ingenioso y divertido, y como ninguno de los ocho escondidos habíamos festejado
jamás San Nicolás, este estreno estuvo muy acertado.
Tu Ana
P. D. Para los de abajo por supuesto también había regalos, todos procedentes de otras
épocas mejores, y además algún dinero, que a Miep y Bep siempre les viene bien.
Hoy supimos que el cenicero que le regalaron al señor Van Daan, el portarretratos de
Dussel y los sujetalibros de papá, los hizo todos el señor Voskuijl en persona. ¡Es
asombroso lo que ese hombre sabe fabricar con las manos!

Jueves, 10 de diciembre de 1942
Querida Kitty:
El señor Van Daan ha trabajado toda su vida en el ramo de los embutidos, las carnes y las
especias. En el negocio de papá se le contrató por sus cualidades de especiero, pero ahora
está mostrando su lado de charcutero, lo que no nos viene nada mal.
Habíamos encargado mucha carne (clandestinamente, claro) para conservar en frascos
para cuando tuviéramos que pasar tiempos difíciles. Van Daan quería hacer salchicha,
8
9

En el calendario judío, fiesta de la dedicación del Templo.
Fiesta tradicional holandesa. El 25 de diciembre, San Nicolás trae regalos a los niños.
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longaniza y salchichón. Era gracioso ver cómo iba pasando primero por la picadora los
trozos de carne, dos o tres veces, y cómo iba introduciendo en la masa de carne todos los
aditivos y llenando las tripas a través de un embudo. Las salchichas nos las comimos en
seguida al mediodía con el chucrut, pero las longanizas, que eran para conservar, primero
debían secarse bien, y para ello las colgamos de un palo que pendía del techo con dos
cuerdas. Todo el que entraba en el cuarto y veía la exposición de embutidos, se echaba a
reír. Es que era todo un espectáculo.
En el cuarto reinaba un gran ajetreo. Van Daan tenía puesto un delantal de su mujer y
estaba, todo lo gordo que era (parecía más gordo de lo que es en realidad) atareadísimo
preparando la carne. Las manos ensangrentadas, la cara colorada y las manchas en el delantal le daban el aspecto de un carnicero de verdad. La señora hacía de todo a la vez:
aprender holandés de un librito, remover la sopa, mirar la carne, suspirar y lamentarse por
su costilla pectoral superior rota. ¡Eso es lo que pasa cuando las señoras mayores (!) se
ponen a hacer esos ejercicios de gimnasia tan ridículos para rebajar el gran trasero que
tienen!
Dussel tenía un ojo inflamado y se aplicaba compresas de manzanilla junto a la estufa.
Pim estaba sentado en una silla justo donde le daba un rayo de sol que entraba por la
ventana; le pedían que se hiciera a un lado continuamente. Seguro que de nuevo le
molestaba el reúma, porque torcía bastante el cuerpo y miraba lo que hacía Van Daan con
un gesto de fastidio en la cara. Parecía clavado uno de esos viejecitos inválidos de un
asilo de ancianos.
Peter se revolcaba por el suelo con el gato Mouschi, y mamá, Margot y yo estábamos
pelando patatas. Pero finalmente nadie hacía bien su trabajo, porque todos estábamos
pendientes de lo que hacía Van Daan.
Dussel ha abierto su consulta de dentista. Para que te diviertas, te contaré cómo ha sido el
primer tratamiento.
Mamá estaba planchando la ropa y la señora Van Daan, la primera víctima, se sentó en un
sillón en el medio de la habitación. Dussel empezó a sacar sus cosas de una cajita con
mucha parsimonia, pidió agua de colonia para usar como desinfectante, y vaselina para
usar como cera. Le miró la boca a la señora y le tocó un diente y una muela, lo que hizo
que se encogiera del dolor como si se estuviera muriendo, emitiendo al mismo tiempo
sonidos ininteligibles. Tras un largo reconocimiento (según le pareció a ella, porque en
realidad no duró más que dos minutos), Dussel empezó a escarbar una caries. Pero ella no
se lo iba a permitir. Se puso a agitar frenéticamente brazos y piernas, de modo que en determinado momento Dussel soltó el escarbador... ¡que a la señora se le quedó clavado en
un diente! ¡Ahí sí que se armó la gorda! La señora empezó a hacer aspavientos, lloraba
(en la medida en que eso es posible con un instrumento así en la boca), intentaba sacarse
el escarbador de la boca, pero en vez de salirse, se le iba metiendo más. Dussel observaba
el espectáculo con toda la calma del mundo, con las manos en la cintura. Los demás
espectadores nos moríamos de risa, lo que estaba muy mal, porque estoy segura de que
yo misma hubiera gritado más fuerte aún. Después de mucho dar vueltas, patear, chillar y
gritar, la señora logró quitarse el escarbador y Dussel, sin inmutarse, continuó su trabajo.
Lo hizo tan rápido que a la señora ni le dio tiempo de volver a la carga. Es que Dussel
contaba con más ayuda de la que había tenido jamás: el señor Van Daan y yo éramos sus
dos asistentes, lo cual no era poco. La escena parecía una estampa de la Edad Media,

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titulada «curandero en acción». Entretanto, la señora no se mostraba muy paciente, ya
que tenía que hacerse cargo de su tarea de vigilar la sopa y la comida. Lo que es seguro,
es que la señora dejará pasar algún tiempo antes de pedir que le hagan otro tratamiento.
Tu Ana

Domingo, 13 de diciembre de 1942
Querida Kitty:
Estoy cómodamente instalada en la oficina principal, mirando por la ventana a través de
la rendija del cortinaje. Estoy en la penumbra, pero aún hay suficiente luz para escribirte.
Es curioso ver pasar a la gente, parece que todos llevaran muchísima prisa y anduvieran
pegando tropezones. Y las bicicletas, bueno, ¡ésas sí que pasan a ritmo vertiginoso! Ni
siquiera puedo ver qué clase de individuo va montado en ellas. La gente del barrio no
tiene muy buen aspecto, y sobre todo los niños están tan sucios que da asco tocarlos. Son
verdaderos barriobajeros, con los mocos colgándoles de la nariz. Cuando hablan, casi no
entiendo lo que dicen.
Ayer por la tarde, Margot y yo estábamos aquí bañándonos y le dije:
- ¿Qué pasaría si con una caña de pescar pescáramos a los niños que pasan por aquí y los
metiéramos en la tina, uno por uno, les laváramos y arregláramos la ropa y volviéramos a
soltarlos?
A lo que Margot respondió:
-Mañana estarían igual de mugrientos y con la ropa igual de rota que antes.
Pero basta ya de tonterías, que también se ven otras cosas: coches, barcos y la lluvia.
Oigo pasar el tranvía y a los niños, y me divierto.
Nuestros pensamientos varían tan poco como nosotros mismos. Pasan de los judíos a la
comida y de la comida a la política, como en un tiovivo. Entre paréntesis, hablando de
judíos: ayer, mirando por entre las cortinas, y como si se tratara de una de las maravillas
del mundo, vi pasar a dos judíos. Fue una sensación tan extraña... como si los hubiera
traicionado y estuviera espiando su desgracia.
Justo enfrente de aquí hay un barco vivienda en el que viven el patrón con su mujer y sus
hijos. Tienen uno de esos perritos ladradores, que aquí todos conocemos por sus ladridos
y por el rabo en alto, que es lo único que sobresale cuando recorre el barco.
¡Uf!, ha empezado a llover-y la mayoría de la gente se ha escondido bajo sus paraguas.
Ya no veo más que gabardinas y a veces la parte de atrás de alguna cabeza con gorro. En
realidad no hace falta ver más. A las mujeres ya casi me las conozco de memoria:
hinchadas de tanto comer patatas, con un abrigo rojo o verde, con zapatos de tacones
desgastados, un bolso colgándoles del brazo, con un aire furioso o bonachón, según cómo
estén de humor sus maridos.
Tu Ana

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Martes, 22 de diciembre de 1942
Querida Kitty:
La Casa de atrás ha recibido la buena nueva de que para Navidad entregarán a cada uno
un cuarto de kilo de mantequilla extra. En el periódico dice un cuarto de kilo, pero eso es
sólo para los mortales dichosos que reciben sus cupones de racionamiento del Estado, y
no para judíos escondidos, que a causa de lo elevado del precio compran cuatro cupones
en lugar de ocho, y clandestinamente. Con la mantequilla todos pensamos hacer alguna
cosa de repostería. Yo esta mañana he hecho galletas y dos tartas. En el piso de arriba
todos andan trajinando como locos, y mamá me ha prohibido que vaya a estudiar o a leer
hasta que no hayan terminado de hacer todas las tareas domésticas.
La señora Van Daan guarda cama a causa de su costilla contusionada, se queja todo el
día, pide que le cambien los vendajes a cada rato y no se conforma con nada. Daré
gracias cuando vuelva a valerse por sí misma, porque hay que reconocer una cosa: es extraordinariamente hacendosa y ordenada y también alegre, siempre y cuando esté en
forma, tanto física como anímicamente.
Como si durante el día no me estuvieran insistiendo bastante con el «ichis, chis!» para
que no haga ruido, a mi compañero de habitación ahora se le ha ocurrido chistarme
también por las noches a cada rato. O sea que, según él, ni siquiera puedo volverme en la
cama. Me niego a hacerle caso, y la próxima vez le contestaré con otro «ichis!».
Cada día que pasa está más fastidioso y egoísta. De las galletas que tan generosamente
me prometió, después de la primera semana no volví a ver ni una. Sobre todo los
domingos me pone furiosa que encienda la luz tempranísimo y se ponga a hacer gimnasia
durante diez minutos.
A mí, pobre víctima, me parece que fueran horas, porque las silías que hacen de
prolongación de mi cama se mueven continuamente bajo mi cabeza, medio dormida aún.
Cuando acaba con sus ejercicios, haciendo unos enérgicos movimientos de brazos, el caballero comienza con su rito indumentario. Los calzoncillos cuelgan de un gancho, de
modo que primero va hasta allí a recogerlos, y luego vuelve adonde estaba. La corbata
está sobre la mesa, y para ir hasta allí tiene que pasar junto a las sillas, a empujones y
tropezones.
Pero mejor no te molesto con mis lamentaciones sobre viejos latosos, ya que de todos
modos no cambian nada, y mis pequeñas venganzas, como desenroscarle la lámpara,
cerrar la puerta con el pestillo o esconderle la ropa, debo suprimirlas, lamentablemente,
para mantener la paz.
¡Qué sensata me estoy volviendo! Aquí todo debe hacerse con sensatez: estudiar,
obedecer, cerrar el pico, ayudar, ser buena, ceder y no sé cuántas cosas más. Temo que
mi sensatez, que no es muy grande, se esté agotando demasiado rápido y que no me
quede nada para después de la guerra.
Tu Ana

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Miércoles, 13 de enero de 1943
Querida Kitty:
Esta mañana me volvieron a interrumpir en todo lo que hacía, por lo que no he podido
acabar nada bien.
Tenemos una nueva actividad: llenar paquetes con. salsa de carne (en polvo), un producto
de Gies & Cía.
El señor Kugler no encuentra gente que se lo haga, y haciéndolo nosotros también resulta
mucho más barato. Es un trabajo como el que hacen en las cárceles, muy aburrido, y que
a la larga te marea y hace que te entre la risa tonta.
Afuera es terrible. Día y noche se están llevando a esa pobre gente, que no lleva consigo
más que una mochila y algo de dinero. Y aun estas pertenencias se las quitan en el
camino. A las familias las separan sin clemencia: hombres, mujeres y niños van a parar a
sitios diferentes. Al volver de la escuela, los niños ya no encuentran a sus padres. Las
mujeres que salen a hacer la compra, al volver a sus casas se encuentran con la puerta
sellada y con que sus familias han desaparecido. Los holandeses cristianos también empiezan a tener miedo, pues se están llevando a sus hijos varones a Alemania a trabajar.
Todo el mundo tiene miedo. Y todas las noches cientos de aviones sobrevuelan Holanda,
en dirección a Alemania, donde las bombas que tiran arrasan con las ciudades, y en Rusia
y África caen cientos o miles de soldados cada hora. Nadie puede mantenerse al margen.
Todo el planeta está en guerra, y aunque a los aliados les va mejor, todavía no se logra
divisar el final.
¿Y nosotros? A nosotros nos va bien, mejor que a millones de otras personas. Estamos en
un sitio seguro y tranquilo y todavía nos queda dinero para mantenernos. Somos tan
egoístas que hablamos de lo que haremos «después de la guerra», de que nos
compraremos ropa nueva y zapatos, mientras que deberíamos ahorrar hasta el último
céntimo para poder ayudar a esa gente cuando acabe la guerra, e intentar salvar lo que se
pueda.
Los niños del barrio andan por la calle vestidos con una camisa finita, los pies metidos en
zuecos, sin abrigos, sin gorros, sin medias, y no hay nadie que haga algo por ellos. Tienen
la panza vacía, pero van mordiendo una zanahoria, dejan sus frías casas, van andando por
las calles aún más frías y llegan a las aulas igualmente frías. Holanda ya ha llegado al
extremo de que por las calles muchísimos niños paran a los transeúntes para pedirles un
pedazo de pan.
Podría estar horas contándote sobre las desgracias que trae la guerra, pero eso haría que
me desanimara aún más. No nos queda más remedio que esperar con la mayor
tranquilidad posible el final de toda esta desgracia. Tanto los judíos como los cristianos
están esperando, todo el planeta está esperando, y muchos están esperando la muerte.
Tu Ana

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