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Tamaro Susanna Donde el corazon te lleve.pdf


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abuela madre es siempre más atenta y más bondadosa que una madre madre; y ventajas
para mí, porque, en vez de atontarme, como las mujeres de mi edad, entre partidas de
naipes y sesiones vespertinas en el teatro municipal, me vi nuevamente arrastrada, con
ímpetu, a la corriente de la vida. Pero en algún momento, sin embargo, algo se rompió. La
culpa no fue ni mía ni tuya, sino solamente de las leyes de la naturaleza.
La infancia y la vejez se parecen. En ambos casos, por motivos diferentes, somos más bien
inermes, todavía no participamos -o ya no participamos- en la vida activa y eso nos permite
vivir con una sensibilidad sin esquemas, abierta. Es durante la adolescencia cuando
empieza a formarse alrededor de nuestro cuerpo una coraza invisible. Se forma durante la
adolescencia y sigue aumentando a lo largo de toda la edad adulta. El proceso de su
crecimiento se parece un poco al de las perlas: cuanto más grande y profunda es la herida,
más fuerte es la coraza que se le desarrolla alrededor. Pero después, con el paso del tiempo,
como un vestido que se ha llevado demasiado, en los sitios de mayor roce empieza a
desgastarse, deja ver la trama, repentinamente por un movimiento brusco se desgarra. Al
principio no te das cuenta de nada, estás convencida de que la coraza todavía te envuelve
por completo, hasta que un día, de pronto, ante una cuestión estúpida y sin saber por qué
vuelves a encontrarte llorando como un niño.
De la misma manera, cuando te digo que entre tú y yo ha brotado una divergencia
natural, quiero decir precisamente eso. En la época en que tu coraza se empezó a formar, la
mía ya estaba hecha jirones. Tú no soportabas mis lágrimas y yo no soportaba tu repentina
dureza. Aunque estaba preparada para el hecho de que cambiases de carácter durante la
adolescencia, una vez que el cambio se hubo producido me resultó muy difícil soportarlo.
Repentinamente había ante mí una persona nueva y yo no sabía ya cómo hacer frente a esa
persona. De noche, en la cama, en el momento de recapacitar ordenando mis pensamientos,
me sentía feliz por todo lo que te estaba ocurriendo. Para mis adentros me decía que quien
pasa indemne la adolescencia nunca se convertirá de verdad en una persona mayor. Pero,
por la mañana, cuando me dabas el primer portazo en plena cara, ¡qué depresión, qué ganas
de llorar! No conseguía encontrar en ningún lado la energía necesaria para mantenerte a
raya. Si alguna vez llegas a los ochenta años, comprenderás que a esta edad nos sentimos
como hojas a finales de septiembre. La luz del día dura menos y el árbol, poco a poco,
empieza a acaparar para sí las sustancias nutritivas. Nitrógeno, clorofila y proteínas son
reabsorbidas por el tronco y con ellos se van también el verdor y la elasticidad. Estamos
todavía suspendidos en lo alto, pero sabemos que es cuestión de poco tiempo. Una tras otra
van cayendo las hojas vecinas: las ves caer y vives en el terror de que se levante viento.
Para mí el viento eras tú, la vitalidad pendenciera de tu adolescencia. ¿Nunca te diste
cuenta, tesoro? Hemos vivido sobre el mismo árbol, pero en estaciones diferentes...
Evoco el día de tu partida, lo nerviosas que estábamos, ¿eh? Tú no querías que te
acompañase al aeropuerto, y cada vez que te recordaba que cogieses algo me contestabas:
« Me voy a América, no al desierto. » Desde el umbral, cuando te grité con mi voz
odiosamente estridente: «¡Cuídate mucho!», sin siquiera volver la cara me contestaste
diciendo: « Cuida tú a Buck y a la rosa. »
En aquel momento, ¿sabes?, me quedé algo decepcionada por esa despedida tuya.
Como buena vieja sentimental que soy, esperaba algo diferente y más trivial, como un beso
o una frase cariñosa. Solamente cuando se hizo de noche, al no lograr conciliar el sueño,
dando vueltas en bata por la casa vacía, me di cuenta de que cuidar a Buck y a la rosa
quería decir ocuparme de esa parte de ti que seguía viviendo a mi lado, la parte feliz de ti.
Y también me di cuenta de que en la sequedad de aquella frase no había insensibilidad,
sino la extrema tensión de una persona a punto de llorar. Es la coraza de la que antes te
hablaba. Tú la tienes todavía tan apretada que casi no te deja respirar. ¿Recuerdas lo que te