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Tamaro Susanna Donde el corazon te lleve.pdf


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perros viejos. Al mirarlo me conmuevo. Es como si aquí a mi lado hubiera una parte de ti,
la parte que más quiero, esa que, hace años, entre los doscientos huéspedes de aquel
refugio supo escoger el más infeliz y feo.
Durante estos meses, vagabundeando en la soledad de la casa, los años de incomprensiones y
malhumores de nuestra convivencia han desaparecido. Los recuerdos que me rodean son los recuerdos de
cuando eras niña, una cachorrita vulnerable y extraviada. A ella es a quien le escribo, no a la persona bien
defendida y arrogante de los últimos tiempos. Me lo ha sugerido la rosa. Esta mañana, cuando pasé a su lado,
me dijo: «Coge un papel y escríbele una carta. » Ya sé que entre nuestros pactos, en el momento de tu
partida, estaba el de no escribimos, y con pesadumbre lo respeto. Estas líneas jamás levantarán el vuelo para
llegar a tus manos en América. Si yo no estoy cuando regreses, ellas estarán aquí esperándote. ¿Qué por qué
hablo así? Porque hace menos de un mes, por primera vez en mi existencia, estuve gravemente enferma. Así
que ahora sé que entre todas las cosas posibles, también se cuenta ésta: dentro de seis o siete meses podría
ocurrir que yo no estuviese aquí para abrir la puerta y abrazarte. Hace mucho tiempo, una amiga me
comentaba que en las personas que nunca han padecido nada, la enfermedad, cuando viene, se manifiesta de
una manera inmediata y violenta. A mí me ha ocurrido precisamente eso: una mañana, mientras estaba
regando la rosa, de golpe alguien apagó la luz. Si la esposa del señor Razman no me hubiese visto a través
del seto que separa nuestros jardines, con toda seguridad a estas horas serías huérfana. ¿Huérfana? ¿Se dice
así cuando muere una abuela? No estoy del todo segura. Tal vez los abuelos están considerados como algo
tan accesorio que no se requiere un término que especifique su pérdida. De los abuelos no se es ni huérfano
ni viudo. Por un movimiento natural se les deja a lo largo del camino, de la misma manera que, por
distracción, a lo largo del camino se abandonan los paraguas.

Cuando desperté en el hospital no me acordaba absolutamente de nada. Con los ojos
todavía cerrados, tenía la sensación de que me habían crecido dos bigotes largos y
delgados, bigotes de gato. Apenas los abrí, me di cuenta de que se trataba de dos tubitos de
plástico: salían de mis narices y corrían a lo largo de los labios. A mi alrededor sólo había
unos extraños aparatos. Después de unos días me trasladaron a una habitación normal, en
,la que había otras dos personas más. Mientras estaba allí, una tarde vinieron a visitarme el
señor Razman y su esposa. «Usted todavía vive -me dijo-, gracias a su perro, que ladraba
como enloquecido. »
Cuando ya podía levantarme, un día entró en la habitación un joven médico al que ya
había visto otras veces, durante las revisiones. Cogió una silla y se sentó junto a mi cama.
«Puesto que no tiene usted parientes que puedan hacerse cargo y decidir por usted -me
dijo-, tendré que hablarle sin intermediarios y con sinceridad.» Hablaba, y mientras
hablaba, yo, más que escucharlo, lo miraba. Tenía labios finos y, como sabes, a mí nunca
me han gustado las personas de labios finos. Según él, mi estado de salud era tan grave que
no podía regresar a casa. Mencionó dos o tres residencias con asistencia de enfermería en
las que podría vivir. Por la expresión de mi cara debió de captar algo, porque enseguida
añadió: «No se imagine algo como los viejos asilos. Ahora todo es diferente, hay
habitaciones luminosas y alrededor grandes jardines donde poder pasear.» «Doctor -le dije
yo entonces-, ¿conoce a los esquimales?» «Claro que los conozco», contestó al tiempo que
se ponía de pie. «Pues mire, ¿ve usted?, yo quiero morir como ellos -y, en vista de que
parecía no entender, agregué-: prefiero caerme de bruces entre los calabacines de mi
huerto, antes que vivir un año más clavada en una cama, en una habitación de paredes
blancas.» Él estaba ya ante la puerta. Sonreía de una manera malvada. « Muchos dicen eso
-comentó antes de desaparecer-, pero en el último momento vienen corriendo a que los
curemos y tiemblan como hojas.» Tres días después firmé una ridícula hoja de papel en la
que declaraba que, en caso de que muriese, la responsabilidad sería mía y solamente mía.
Se la entregué a una joven enfermera de cabeza pequeña y que llevaba dos enormes
pendientes de oro, y luego, con mis pocas cosas metidas en una bolsita de plástico, me
encaminé hacia la parada de taxis.
Apenas me vio aparecer ante la cancela, Buck empezó a correr en círculo como un
loco; después, para reiterar su felicidad, ladrando devastó dos o tres bancales. Por una vez