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Tamaro Susanna Donde el corazon te lleve.pdf


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Opicina, 16 de noviembre de 1992
Hace dos meses que te fuiste y desde hace dos meses, salvo una postal en la que me
comunicabas que todavía estabas viva, no he tenido noticias tuyas. Esta mañana, en el
jardín me detuve largo rato ante tu rosa. Aunque estamos en pleno otoño, resalta con su
color púrpura, solitaria y arrogante, sobre el resto de la vegetación, ya apagada. ¿Te
acuerdas de cuando la plantamos? Tenías diez años y hacía poco que habías leído El
Principito. Te lo había regalado yo como premio por tus notas. Esa historia te había
encantado. Entre todos los personajes, tus predilectos eran la rosa y el zorro; en cambio, no
te gustaban el baobab, la serpiente, el aviador, ni todos esos hombres vacíos y presumidos
que viajaban sentados en sus minúsculos planetas. Así que, una mañana, mientras desayunábamos, dijiste: «Quiero una rosa.» Ante mi objeción de que ya teníamos muchas,
contestaste: «Quiero una que sea solamente mía, quiero cuidarla, hacer que se vuelva
grande.» Naturalmente, además de la rosa también querías un zorro. Con la astucia de los
niños, habías presentado primero el deseo accesible y después el casi imposible.
¿Cómo podía negarte el zorro después de haberte concedido la rosa? Sobre este
extremo discutimos largamente y por último nos pusimos de acuerdo sobre un perro.
La noche antes de ir a buscarlo no pegaste ojo. Cada media hora llamabas a mi puerta y
decías: «No puedo dormir. » Por la mañana, al dar las siete ya habías desayunado y te
habías lavado y vestido; con el abrigo ya puesto, me esperabas sentada en el sillón. A las
ocho y media estábamos ante la entrada de la perrera. Todavía estaba cerrada. Tú, mirando
por entre las rejas, decías: «¿Cómo sabré cuál es precisamente el mío? » En tu voz había
una gran ansiedad. Yo te tranquilizaba, decía: «No te preocupes, acuérdate de cómo el
Principito domesticó al zorro. »
Volvimos a la perrera tres días seguidos. Allí dentro había más de doscientos perros y
tú querías verlos a todos. Te detenías delante de cada jaula y allí te quedabas, inmóvil y
absorta en una aparente indiferencia. Entretanto, todos los perros se abalanzaban contra la
red metálica, ladraban, saltaban, trataban de arrancar el enrejado con las garras. Estaba con
nosotras la encargada de la perrera. Creyendo que eras una chiquilla como las demás, para
que te animaras te mostraba los ejemplares más hermosos: «Mira aquel cocker», te decía.
O también: «¿Qué te parece aquel lassie?» Por toda respuesta emitías una especie de
gruñido y proseguías tu marcha sin hacerle caso.
A Buck lo encontramos el tercer día de ese vía crucis. Estaba en una de las jaulas
traseras, esas donde alojan a los perros convalecientes. Cuando llegamos ante el enrejado,
en vez de acudir a nuestro encuentro como todos los demás, se quedó sentado en su sitio
sin levantar siquiera la cabeza.
«Ése -exclamaste señalándolo con el dedo-. Quiero ese perro.» ¿Te acuerdas de la cara
estupefacta de aquella mujer? No lograba entender que quisieras entrar en posesión de
aquel horrendo gozquillo. Sí, porque Buck era pequeño de talla pero encerraba en su
pequeñez casi todas las razas del mundo. Cabeza de lobo, orejas blandas y colgantes de
perro de caza, patas tan airosas como las de un basset, la cola espumosa de un perro de
aguas y el pelo negro y tostado rojizo de un dobermann. Cuando nos dirigimos a las
oficinas para firmar los papeles, la empleada nos contó su historia. Lo habían arrojado de
un coche en marcha a principios del verano. En ese vuelo se había herido gravemente y por
eso una de las patas traseras le colgaba como muerta.
Ahora Buck está aquí, a mi lado. Mientras escribo, de vez en cuando suspira y acerca su
hocico a mi pierna. El morro y las orejas se han vuelto casi blancos a estas alturas y, desde
hace algún tiempo, sobre los ojos le ha caído ese velo que siempre nubla los ojos de los