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Tamaro Susanna Donde el corazon te lleve .pdf



Nombre del archivo original: Tamaro-Susanna-Donde-el-corazon-te-lleve.pdf
Título: Microsoft Word - Tamaro, Susanna - Donde el corazón te lleve.doc
Autor: Administrador

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Susanna Tamaro
Donde el corazón te lleve
PLANETA
CLÁSICOS CONTEMPORÁNEOS INTERNACIONALES

Dirección: Ymelda Navajo Y Manuel García Píriz
Diseño de colección: Nacho Soriano
Título original: Va' dove tí porta il cuore
(c) Baldini & Castoldi, 1994
(c) Baldini & Castoldi International, 1995
(c) Editorial Seix Barral, S. A.., 1994 y 1996
(c) Editorial Planeta, S. A., 1997, para esta edición
Córcega, 273-279, 08008 Barcelona (España)
Primera edición: mayo de 1997
Depósito Legal: B. 13.310-1997
ISBN 84-08-46226-1
Impresión y encuadernación: Cayfosa
Printed in Spain - Impreso en España
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos
reservados.

A Pietro
Oh, Shiva, ¿qué es tu realidad?
¿Qué es este universo lleno de estupor?
¿Qué forma la simiente?
¿Quién es el cubo de la rueda del universo?
¿Qué es esta vida más allá de la forma
que impregna las formas?
¿Cómo podemos entrar en ella plenamente,
por encima del espacio y del tiempo,
de los nombres y de las connotaciones?
¡Aclara mis dudas!
De un texto sagrado
del shivaísmo cachemir

Opicina, 16 de noviembre de 1992
Hace dos meses que te fuiste y desde hace dos meses, salvo una postal en la que me
comunicabas que todavía estabas viva, no he tenido noticias tuyas. Esta mañana, en el
jardín me detuve largo rato ante tu rosa. Aunque estamos en pleno otoño, resalta con su
color púrpura, solitaria y arrogante, sobre el resto de la vegetación, ya apagada. ¿Te
acuerdas de cuando la plantamos? Tenías diez años y hacía poco que habías leído El
Principito. Te lo había regalado yo como premio por tus notas. Esa historia te había
encantado. Entre todos los personajes, tus predilectos eran la rosa y el zorro; en cambio, no
te gustaban el baobab, la serpiente, el aviador, ni todos esos hombres vacíos y presumidos
que viajaban sentados en sus minúsculos planetas. Así que, una mañana, mientras desayunábamos, dijiste: «Quiero una rosa.» Ante mi objeción de que ya teníamos muchas,
contestaste: «Quiero una que sea solamente mía, quiero cuidarla, hacer que se vuelva
grande.» Naturalmente, además de la rosa también querías un zorro. Con la astucia de los
niños, habías presentado primero el deseo accesible y después el casi imposible.
¿Cómo podía negarte el zorro después de haberte concedido la rosa? Sobre este
extremo discutimos largamente y por último nos pusimos de acuerdo sobre un perro.
La noche antes de ir a buscarlo no pegaste ojo. Cada media hora llamabas a mi puerta y
decías: «No puedo dormir. » Por la mañana, al dar las siete ya habías desayunado y te
habías lavado y vestido; con el abrigo ya puesto, me esperabas sentada en el sillón. A las
ocho y media estábamos ante la entrada de la perrera. Todavía estaba cerrada. Tú, mirando
por entre las rejas, decías: «¿Cómo sabré cuál es precisamente el mío? » En tu voz había
una gran ansiedad. Yo te tranquilizaba, decía: «No te preocupes, acuérdate de cómo el
Principito domesticó al zorro. »
Volvimos a la perrera tres días seguidos. Allí dentro había más de doscientos perros y
tú querías verlos a todos. Te detenías delante de cada jaula y allí te quedabas, inmóvil y
absorta en una aparente indiferencia. Entretanto, todos los perros se abalanzaban contra la
red metálica, ladraban, saltaban, trataban de arrancar el enrejado con las garras. Estaba con
nosotras la encargada de la perrera. Creyendo que eras una chiquilla como las demás, para
que te animaras te mostraba los ejemplares más hermosos: «Mira aquel cocker», te decía.
O también: «¿Qué te parece aquel lassie?» Por toda respuesta emitías una especie de
gruñido y proseguías tu marcha sin hacerle caso.
A Buck lo encontramos el tercer día de ese vía crucis. Estaba en una de las jaulas
traseras, esas donde alojan a los perros convalecientes. Cuando llegamos ante el enrejado,
en vez de acudir a nuestro encuentro como todos los demás, se quedó sentado en su sitio
sin levantar siquiera la cabeza.
«Ése -exclamaste señalándolo con el dedo-. Quiero ese perro.» ¿Te acuerdas de la cara
estupefacta de aquella mujer? No lograba entender que quisieras entrar en posesión de
aquel horrendo gozquillo. Sí, porque Buck era pequeño de talla pero encerraba en su
pequeñez casi todas las razas del mundo. Cabeza de lobo, orejas blandas y colgantes de
perro de caza, patas tan airosas como las de un basset, la cola espumosa de un perro de
aguas y el pelo negro y tostado rojizo de un dobermann. Cuando nos dirigimos a las
oficinas para firmar los papeles, la empleada nos contó su historia. Lo habían arrojado de
un coche en marcha a principios del verano. En ese vuelo se había herido gravemente y por
eso una de las patas traseras le colgaba como muerta.
Ahora Buck está aquí, a mi lado. Mientras escribo, de vez en cuando suspira y acerca su
hocico a mi pierna. El morro y las orejas se han vuelto casi blancos a estas alturas y, desde
hace algún tiempo, sobre los ojos le ha caído ese velo que siempre nubla los ojos de los

perros viejos. Al mirarlo me conmuevo. Es como si aquí a mi lado hubiera una parte de ti,
la parte que más quiero, esa que, hace años, entre los doscientos huéspedes de aquel
refugio supo escoger el más infeliz y feo.
Durante estos meses, vagabundeando en la soledad de la casa, los años de incomprensiones y
malhumores de nuestra convivencia han desaparecido. Los recuerdos que me rodean son los recuerdos de
cuando eras niña, una cachorrita vulnerable y extraviada. A ella es a quien le escribo, no a la persona bien
defendida y arrogante de los últimos tiempos. Me lo ha sugerido la rosa. Esta mañana, cuando pasé a su lado,
me dijo: «Coge un papel y escríbele una carta. » Ya sé que entre nuestros pactos, en el momento de tu
partida, estaba el de no escribimos, y con pesadumbre lo respeto. Estas líneas jamás levantarán el vuelo para
llegar a tus manos en América. Si yo no estoy cuando regreses, ellas estarán aquí esperándote. ¿Qué por qué
hablo así? Porque hace menos de un mes, por primera vez en mi existencia, estuve gravemente enferma. Así
que ahora sé que entre todas las cosas posibles, también se cuenta ésta: dentro de seis o siete meses podría
ocurrir que yo no estuviese aquí para abrir la puerta y abrazarte. Hace mucho tiempo, una amiga me
comentaba que en las personas que nunca han padecido nada, la enfermedad, cuando viene, se manifiesta de
una manera inmediata y violenta. A mí me ha ocurrido precisamente eso: una mañana, mientras estaba
regando la rosa, de golpe alguien apagó la luz. Si la esposa del señor Razman no me hubiese visto a través
del seto que separa nuestros jardines, con toda seguridad a estas horas serías huérfana. ¿Huérfana? ¿Se dice
así cuando muere una abuela? No estoy del todo segura. Tal vez los abuelos están considerados como algo
tan accesorio que no se requiere un término que especifique su pérdida. De los abuelos no se es ni huérfano
ni viudo. Por un movimiento natural se les deja a lo largo del camino, de la misma manera que, por
distracción, a lo largo del camino se abandonan los paraguas.

Cuando desperté en el hospital no me acordaba absolutamente de nada. Con los ojos
todavía cerrados, tenía la sensación de que me habían crecido dos bigotes largos y
delgados, bigotes de gato. Apenas los abrí, me di cuenta de que se trataba de dos tubitos de
plástico: salían de mis narices y corrían a lo largo de los labios. A mi alrededor sólo había
unos extraños aparatos. Después de unos días me trasladaron a una habitación normal, en
,la que había otras dos personas más. Mientras estaba allí, una tarde vinieron a visitarme el
señor Razman y su esposa. «Usted todavía vive -me dijo-, gracias a su perro, que ladraba
como enloquecido. »
Cuando ya podía levantarme, un día entró en la habitación un joven médico al que ya
había visto otras veces, durante las revisiones. Cogió una silla y se sentó junto a mi cama.
«Puesto que no tiene usted parientes que puedan hacerse cargo y decidir por usted -me
dijo-, tendré que hablarle sin intermediarios y con sinceridad.» Hablaba, y mientras
hablaba, yo, más que escucharlo, lo miraba. Tenía labios finos y, como sabes, a mí nunca
me han gustado las personas de labios finos. Según él, mi estado de salud era tan grave que
no podía regresar a casa. Mencionó dos o tres residencias con asistencia de enfermería en
las que podría vivir. Por la expresión de mi cara debió de captar algo, porque enseguida
añadió: «No se imagine algo como los viejos asilos. Ahora todo es diferente, hay
habitaciones luminosas y alrededor grandes jardines donde poder pasear.» «Doctor -le dije
yo entonces-, ¿conoce a los esquimales?» «Claro que los conozco», contestó al tiempo que
se ponía de pie. «Pues mire, ¿ve usted?, yo quiero morir como ellos -y, en vista de que
parecía no entender, agregué-: prefiero caerme de bruces entre los calabacines de mi
huerto, antes que vivir un año más clavada en una cama, en una habitación de paredes
blancas.» Él estaba ya ante la puerta. Sonreía de una manera malvada. « Muchos dicen eso
-comentó antes de desaparecer-, pero en el último momento vienen corriendo a que los
curemos y tiemblan como hojas.» Tres días después firmé una ridícula hoja de papel en la
que declaraba que, en caso de que muriese, la responsabilidad sería mía y solamente mía.
Se la entregué a una joven enfermera de cabeza pequeña y que llevaba dos enormes
pendientes de oro, y luego, con mis pocas cosas metidas en una bolsita de plástico, me
encaminé hacia la parada de taxis.
Apenas me vio aparecer ante la cancela, Buck empezó a correr en círculo como un
loco; después, para reiterar su felicidad, ladrando devastó dos o tres bancales. Por una vez

no me sentí con ánimos para regañarlo. Cuando se me acercó con el hocico todo sucio de
tierra, le dije: «¿Lo ves, viejo mío? Otra vez estamos juntos», y le rasqué detrás de las
orejas.
Durante los días siguientes no hice nada o casi nada. Después de aquel percance, la
parte izquierda de mi cuerpo ya no responde a mis órdenes como antes. La mano, sobre
todo, se ha vuelto lentísima. Como me da rabia que gane ella, hago todo lo posible por
utilizarla más que la otra. Me he atado un pequeño fleco rosado sobre la muñeca, y así,
cada vez que tengo que coger algo, me acuerdo de usar la izquierda en vez de la derecha.
Mientras el cuerpo funciona no nos damos cuenta de qué gran enemigo puede llegar a ser;
si cedemos en la voluntad de hacerle frente, aunque sea sólo un instante, ya estamos
perdidos.
Comoquiera que fuere, dada mi reducida autonomía, he dado a la esposa de Walter una
copia de mis llaves. Ella pasa a verme todos los días y me trae todo lo que necesito.
Dando vueltas entre la casa y el jardín tu recuerdo se ha vuelto insistente, una
verdadera obsesión. Muchas veces me acerqué al teléfono y levanté el auricular con la
intención de enviarte un telegrama. Pero todas las veces, apenas la centralita me
contestaba, decidía no hacerlo. Por la noche, sentada en el sillón -ante mí el vacío y
alrededor el silencio- me preguntaba qué podía ser mejor. Mejor para ti, naturalmente, no
para mí. Para mí sería seguramente más hermoso irme teniéndote a mi lado. Estoy segura
de que si te hubiera dado la noticia de mi enfermedad, habrías interrumpido tu estadía en
América para acudir aquí a toda prisa. ¿Y después? Después, tal vez yo hubiera vivido
otros tres o cuatro años, acaso en una silla de ruedas, acaso alelada; y tú, por obligación, te
habrías encargado de cuidarme. Lo habrías hecho con entrega, pero, con el tiempo, esa
entrega se habría convertido en rabia y odio. Odio, porque pasarían los años y tú habrías
desperdiciado tu juventud; porque mi amor, con el efecto de un bumerang, habría
encerrado tu vida en un callejón sin salida. Esto decía en mi interior la voz que no quería
telefonearte. Si decidía que ella tenía razón, en seguida aparecía en mi mente la voz
contraria. ¿Qué te ocurriría -me preguntaba- si en el momento de abrir la puerta, en vez de
encontrarnos a mí y a Buck festivos encontrases la casa vacía, deshabitada desde tiempo
atrás? ¿Existe algo más terrible que un retorno que no logra llevarse a cabo? Si hubieras
recibido allá un telegrama con la noticia de mi desaparición, ¿no habrías pensado, acaso,
en una especie de traición? ¿En un gesto de despecho? Como en los últimos meses habías
sido muy desgarbada conmigo, pues yo te castigaba marchándome sin previo aviso. Eso no
habría sido un bumerang, sino una vorágine: creo que es casi imposible sobrevivir a algo
semejante. Aquello que tenías que decir a la persona amada queda para siempre dentro de
ti; esa persona está allá, bajo tierra, y ya no puedes volver a mirarla a los ojos, abrazarla,
decirle aquello que todavía no le habías dicho.
Transcurrían los días y yo no tomaba ninguna decisión. Después, esta mañana, la
sugerencia de la rosa. «Escríbele una carta, un pequeño diario de tus jornadas que le siga
haciendo compañía.» Y aquí estoy, por lo tanto, en la cocina, con una vieja libreta tuya
delante, mordisqueando la pluma como un chiquillo en dificultades con los deberes. ¿Un
testamento? No precisamente: más bien algo que te acompañe a lo largo de los años, algo
que podrás leer cada vez que sientas la necesidad de tenerme a tu lado. No temas, no
quiero pontificar ni entristecerte, tan sólo charlar un poco con esa intimidad que antaño nos
unía y que hemos perdido durante los últimos años. Por haber vivido tanto tiempo y haber
dejado a mi espalda tantas personas, a estas alturas sé que los muertos pesan, no tanto por
la ausencia, como por todo aquello que entre ellos y nosotros no ha sido dicho.
Mira, yo me encontré haciendo contigo el papel de madre ya entrada en años, a la edad
en que habitualmente se es abuela. Eso tuvo sus ventajas. Ventajas para ti, porque una

abuela madre es siempre más atenta y más bondadosa que una madre madre; y ventajas
para mí, porque, en vez de atontarme, como las mujeres de mi edad, entre partidas de
naipes y sesiones vespertinas en el teatro municipal, me vi nuevamente arrastrada, con
ímpetu, a la corriente de la vida. Pero en algún momento, sin embargo, algo se rompió. La
culpa no fue ni mía ni tuya, sino solamente de las leyes de la naturaleza.
La infancia y la vejez se parecen. En ambos casos, por motivos diferentes, somos más bien
inermes, todavía no participamos -o ya no participamos- en la vida activa y eso nos permite
vivir con una sensibilidad sin esquemas, abierta. Es durante la adolescencia cuando
empieza a formarse alrededor de nuestro cuerpo una coraza invisible. Se forma durante la
adolescencia y sigue aumentando a lo largo de toda la edad adulta. El proceso de su
crecimiento se parece un poco al de las perlas: cuanto más grande y profunda es la herida,
más fuerte es la coraza que se le desarrolla alrededor. Pero después, con el paso del tiempo,
como un vestido que se ha llevado demasiado, en los sitios de mayor roce empieza a
desgastarse, deja ver la trama, repentinamente por un movimiento brusco se desgarra. Al
principio no te das cuenta de nada, estás convencida de que la coraza todavía te envuelve
por completo, hasta que un día, de pronto, ante una cuestión estúpida y sin saber por qué
vuelves a encontrarte llorando como un niño.
De la misma manera, cuando te digo que entre tú y yo ha brotado una divergencia
natural, quiero decir precisamente eso. En la época en que tu coraza se empezó a formar, la
mía ya estaba hecha jirones. Tú no soportabas mis lágrimas y yo no soportaba tu repentina
dureza. Aunque estaba preparada para el hecho de que cambiases de carácter durante la
adolescencia, una vez que el cambio se hubo producido me resultó muy difícil soportarlo.
Repentinamente había ante mí una persona nueva y yo no sabía ya cómo hacer frente a esa
persona. De noche, en la cama, en el momento de recapacitar ordenando mis pensamientos,
me sentía feliz por todo lo que te estaba ocurriendo. Para mis adentros me decía que quien
pasa indemne la adolescencia nunca se convertirá de verdad en una persona mayor. Pero,
por la mañana, cuando me dabas el primer portazo en plena cara, ¡qué depresión, qué ganas
de llorar! No conseguía encontrar en ningún lado la energía necesaria para mantenerte a
raya. Si alguna vez llegas a los ochenta años, comprenderás que a esta edad nos sentimos
como hojas a finales de septiembre. La luz del día dura menos y el árbol, poco a poco,
empieza a acaparar para sí las sustancias nutritivas. Nitrógeno, clorofila y proteínas son
reabsorbidas por el tronco y con ellos se van también el verdor y la elasticidad. Estamos
todavía suspendidos en lo alto, pero sabemos que es cuestión de poco tiempo. Una tras otra
van cayendo las hojas vecinas: las ves caer y vives en el terror de que se levante viento.
Para mí el viento eras tú, la vitalidad pendenciera de tu adolescencia. ¿Nunca te diste
cuenta, tesoro? Hemos vivido sobre el mismo árbol, pero en estaciones diferentes...
Evoco el día de tu partida, lo nerviosas que estábamos, ¿eh? Tú no querías que te
acompañase al aeropuerto, y cada vez que te recordaba que cogieses algo me contestabas:
« Me voy a América, no al desierto. » Desde el umbral, cuando te grité con mi voz
odiosamente estridente: «¡Cuídate mucho!», sin siquiera volver la cara me contestaste
diciendo: « Cuida tú a Buck y a la rosa. »
En aquel momento, ¿sabes?, me quedé algo decepcionada por esa despedida tuya.
Como buena vieja sentimental que soy, esperaba algo diferente y más trivial, como un beso
o una frase cariñosa. Solamente cuando se hizo de noche, al no lograr conciliar el sueño,
dando vueltas en bata por la casa vacía, me di cuenta de que cuidar a Buck y a la rosa
quería decir ocuparme de esa parte de ti que seguía viviendo a mi lado, la parte feliz de ti.
Y también me di cuenta de que en la sequedad de aquella frase no había insensibilidad,
sino la extrema tensión de una persona a punto de llorar. Es la coraza de la que antes te
hablaba. Tú la tienes todavía tan apretada que casi no te deja respirar. ¿Recuerdas lo que te

decía en los últimos tiempos? las lágrimas que no brotan se depositan sobre el corazón, con
el tiempo lo cubren de costras y lo paralizan como la cal que se deposita y paraliza los
engranajes de la lavadora.
Ya lo sé, mis ejemplos sacados del universo de la cocina te harán soltar bufidos en
vez de hacerte reír. Resígnate: cada cual obtiene su inspiración del mundo que mejor
conoce.
Ahora tengo que dejarte. Buck suspira y me mira con ojos implorantes. También en
él se manifiesta la regularidad de la naturaleza. En todas estaciones conoce la hora de su
comida con la precisión de un reloj suizo.

18 de noviembre
Anoche cayó un fuerte aguacero. Era tan violento que varias veces me desperté por el
ruido que hacía al golpear los postigos. Esta mañana, cuando abrí los ojos convencida de
que todavía haría mal tiempo, estuve remoloneando entre las mantas durante largo rato.
¡Cómo cambian las cosas con los años! A tu edad yo era una especie de lirón, si nadie me
molestaba podía dormir incluso hasta la hora de la comida. Ahora, en cambio, siempre
estoy despierta antes del amanecer. Así las jornadas se vuelven larguísimas, interminables.
Hay cierta crueldad en todo esto, ¿no crees? Las horas de la mañana son las más terribles,
no hay nada que te ayude a distraerte: estás allí y sabes que tus pensamientos sólo pueden
dirigirse hacia atrás. Los pensamientos de un viejo no tienen futuro, por lo general son
tristes, y si no tristes, melancólicos. A menudo me he preguntado sobre esta rareza de la
naturaleza. Hace unos días vi en la televisión un documental que me hizo reflexionar.
Hablaba de los sueños de los animales. En la jerarquía zoológica, de los pájaros hacia
arriba, todos los animales sueñan mucho. Sueñan los gorriones y las palomas, las ardillas y
los conejos, los perros y las vacas echadas sobre el prado. Sueñan, pero no todos de la
misma manera. Los animales que, por naturaleza, son sobre todo presas, tienen sueños
breves: más que sueños propiamente dichos son apariciones. Los depredadores, en cambio,
tienen sueños largos y complicados. «Para los animales -decía el locutor-, la actividad
onírica es una manera de organizar las estrategias de supervivencia: el que caza ha de
elaborar constantemente formas nuevas para conseguir alimento; el que es cazado
-habitualmente encuentra el alimento ante sí en forma de hierba- sólo tiene que pensar en
la manera más veloz de darse a la fuga. » En otras palabras, al dormir, el antílope ve ante sí
la sabana abierta; el león, en cambio, en una constante y variada repetición de escenas, ve
todas las cosas que tendrá que hacer a fin de lograr comerse, al antílope. Así es como ha de
ser, dije para mis adentros: de jóvenes somos carnívoros y en la vejez herbívoros. Porque
cuando somos viejos, además de dormir poco no soñamos, o, si soñamos, tal vez no nos
queda recuerdo de ello. De niños y de jóvenes, en cambio, se sueña más y los sueños
tienen el poder de determinar el humor del día. ¿Te acuerdas de cómo llorabas, recién
despierta, en los últimos meses? Te estabas allí sentada delante de la taza de café y las
lágrimas rodaban silenciosas por tus mejillas. «¿Por qué lloras?», te preguntaba entonces; y
tú, desolada o furiosa, decías: « No lo sé. » A tu edad hay muchas cosas que ordenar dentro
de uno mismo: hay proyectos y, en los proyectos, inseguridades. La parte inconsciente no
tiene un orden o una lógica clara: con los residuos de la jornada, hinchados y deformados,
mezcla las aspiraciones más profundas, entre las aspiraciones profundas mete las
necesidades del cuerpo. De tal suerte, si tenemos hambre soñamos estar sentados a la mesa
y no conseguir comer; si tenemos frío soñamos que estamos en el Polo Norte y no tenemos
un abrigo; si hemos sufrido un desaire nos convertimos en guerreros sedientos de sangre.
¿Con qué sueñas, allá entre los cactus y los cowboy? Me gustarla saberlo. ¿Ocurrirá
que, de vez en cuando, allá en medio, acaso vestida de piel roja, aparezca también yo?
¿Quién sabe si con la apariencia de un coyote aparece Buck? ¿Sientes nostalgia? ¿Nos
recuerdas?
¿Sabes? Anoche, mientras estaba leyendo sentada en el sillón, repentinamente oí en la
habitación un ruido rítmico: al levantar la cabeza del libro vi que Buck, mientras dormía,
batía el suelo con la cola. Por la expresión de beatitud de su morro estoy segura de que te
veía, tal vez acababas de regresar y él te estaba haciendo fiestas, o acaso recordaba algún
paseo particularmente hermoso que habíais dado juntos. ¡Los perros son tan permeables a
los sentimientos humanos! Con la convivencia desde la noche de los tiempos, nos hemos
vuelto casi iguales. Por eso muchas personas los detestan. Ven demasiadas cosas de sí

mismas reflejadas en su mirada tiernamente cobarde, cosas que preferirían ignorar. Buck
sueña a menudo contigo últimamente. Yo no lo consigo, o tal vez lo consigo pero no logro
recordarlo.
Cuando era pequeña, durante un tiempo vivió en nuestra casa una hermana de mi padre
que había enviudado recientemente. Tenía la pasión del espiritismo y en cuanto mis padres
no nos veían, en los más oscuros y ocultos rincones me instruía sobre los poderes
extraordinarios de la mente. «Si quieres entrar en contacto con una persona lejana -me
decía-, tienes que apretar en una mano una foto suya, trazar una cruz compuesta de tres
pasos y juego decir "heme aquí, aquí estoy". » De esa manera, según ella, podría obtener la
comunicación telepática con la persona deseada.
Esta tarde, antes de ponerme a escribir, hice precisamente eso. Eran alrededor de las
cinco, donde tú estás había de ser de mañana. ¿Me has visto, me has oído? Yo te percibí en
uno de esos bares llenos de luces y azulejos donde se comen bocadillos con una albóndiga
dentro, en seguida te distinguí en medio de esa muchedumbre multicolor porque llevabas
el último jersey que te hice, ese con unos ciervos rojos y azules. Pero la imagen fue tan
breve y tan descaradamente perecida a las de las películas que no tuve tiempo de ver la
expresión de tus ojos. ¿Te sientes feliz? Eso, por encima de cualquier otra cosa, es lo que
más me importa.
¿Te acuerdas de cuántas discusiones sostuvimos para decidir si era o no era justo que
yo financiase esta larga estancia tuya de estudios en el extranjero? Tú sostenías que te
resultaba absolutamente necesaria, que para crecer y abrir tu mente necesitabas irte, dejar
el ambiente asfixiante en el que habías crecido. Acababas de terminar la selectividad y
vacilabas, en la más total oscuridad, sobre lo que desearías hacer cuando fueses mayor.
Cuando eras pequeña tenías muchas pasiones: querías convertirte en veterinario, en
explorador, en médico de niños pobres. De tales deseos no había quedado el menor rastro.
Con los años se había ido cerrando aquella apertura que habías manifestado hacia tus
semejantes; todo lo que había sido filantropía, deseo de comunión, en un brevísimo lapso
se convirtió en cinismo, soledad, obsesiva concentración en tu destino infeliz. Si en la
televisión se daba el caso de que viéramos alguna noticia particularmente cruenta, te
mofabas de la compasión que yo expresaba diciéndome: «A tu edad, ¿de qué te asombras?
¿Todavía no te has enterado de que la selección de la especie es lo que gobierna el
mundo?»
Ante esta clase de observaciones, las primeras veces me quedé sin aliento, tenía la
sensación de tener un monstruo a mi lado; observándote de reojo me preguntaba de dónde
habías salido, si era eso lo que te había enseñado con mi ejemplo. Nunca te contesté, pero
intuía que el tiempo del diálogo había terminado, cualquier cosa que dijera produciría
solamente un encontronazo. Por una parte, tenía miedo de mi fragilidad, de la inútil
pérdida de fuerzas, y, por la otra, intuía que el choque abierto era precisamente lo que tú
buscabas y que tras el primero se producirían otros, cada vez más violentos. Bajo tus
palabras percibía el rebullir de la energía, una energía arrogante, lista para estallar y a
duras penas contenida; mi manera de limar las asperezas, mi fingida indiferencia ante los
ataques, te obligaron a buscar otros caminos.
Me amenazaste entonces con marcharte, desaparecer de mi vida sin dejar rastro. Tal
vez te esperabas la desesperación, las humildes súplicas de una vieja. Cuando te dije que
partir me parecía una excelente idea, empezaste a tambalearte, parecías una víbora que tras
elevar la cabeza de golpe con las fauces abiertas y dispuesta para atacar, repentinamente ya
no ve ante sí el objeto contra el que iba a lanzarse. Empezaste entonces a pactar, a avanzar
propuestas; elaboraste varias, inseguras, hasta el día que, de nuevo con firmeza, delante de
la taza de café anunciaste: « Me voy a América. »

Recibí esa decisión como había recibido las otras, con un amable interés. No quería,
con mi aprobación, impulsarte a tomar decisiones equivocadas que no sintieras de verdad.
Durante las semanas siguientes seguiste hablándome de la idea de ir a América. « Si voy
allí un año -repetías obsesivamente-, por lo menos aprenderé un idioma y no perderé el
tiempo. » Te irritabas enormemente cuando te hacía notar que perder el tiempo no es en
absoluto grave. Pero llegaste al máximo de la irritación cuando te dije que la vida no es una
carrera, sino un tiro al blanco, lo que importa no es el ahorro de tiempo, sino la capacidad
de encontrar una diana. Había sobre la mesa dos tazas que inmediatamente hiciste volar
barriéndolas con un brazo, para después estallar en llanto. «Eres una estúpida, -decías
cubriéndote el rostro con las manos-. Eres una estúpida. ¿No entiendes que precisamente
eso es lo que quiero?» Durante semanas habíamos sido como dos soldados que, tras haber
enterrado una mina en un campo, procuran no pasar sobre ella. Sabíamos dónde estaba,
qué era, y caminábamos distantes, fingiendo que el asunto a temer era otro. Cuando estalló
y tú sollozabas diciéndome no entiendes nada, nunca entenderás nada, tuve que realizar un
gran esfuerzo para no dejarte intuir mi turbación. Tu madre, la manera que tuvo de
concebirte, su muerte: de todo eso nunca te he hablado y el hecho de que callara te llevó a
creer que para mí el asunto no existía, que era poco importante. Pero tu madre era mi hija,
tal vez no tengas en cuenta eso. O quizás lo tengas en cuenta, pero, en vez de decirlo, lo
incubas en tu interior: no puedo explicarme de otra forma determinadas miradas tuyas,
determinadas palabras cargadas de odio. Aparte del vacío, de ella no tienes otros
recuerdos: todavía eras demasiado pequeña el día que murió. Yo, en cambio, conservo en
mi memoria treinta y tres años de recuerdos, treinta y tres más los nueve meses durante los
cuales la llevé en mi vientre.
¿Cómo puedes pensar que el asunto me deja indiferente?
En el hecho de no enfrentar antes la cuestión, por mi parte había únicamente pudor y
una buena dosis de egoísmo. Pudor, porque era inevitable que al hablar de ella tuviera que
hablar de mí misma, de mis culpas, verdaderas o supuestas; egoísmo, porque confiaba en
que mi amor fuese tan grande como para cubrir la ausencia del suyo, tanto como para
impedirte sentir un día nostalgia de ella y preguntarme: «¿Quién era mi madre, por qué
murió?»
Mientras fuiste una niña, juntas éramos felices. Eras una niña llena de alegría, pero en
tu alegría no había nada que fuera superficial, que pudiera darse por descontado. Era una
alegría sobre la que siempre estaba al acecho la sombra de la reflexión, pasabas de la risa al
silencio con una facilidad sorprendente. «¿Qué hay, qué estás pensando? -te preguntaba
entonces, y tú, como si yo hablase de la merienda, contestabas-: pienso en si el cielo se
acaba o sigue para siempre. » Estaba orgullosa de esa manera tuya de ser, tu sensibilidad se
parecía a la mía, yo no me sentía mayor y distante, sino tiernamente cómplice. Me
ilusionaba, quería ilusionarme con que fuese siempre así. Pero lamentablemente no somos
seres suspendidos dentro de pompas de jabón, vagando felices por el aire; en nuestras vidas
hay un antes y un después, y ese antes y después entrampa nuestros destinos, cae sobre
nosotros como una red sobre la presa. Suele decirse que las culpas de los padres recaen
sobre los hijos, las de los abuelos sobre los nietos, las de los bisabuelos sobre los bisnietos.
Hay verdades que llevan consigo una sensación de liberación y otras que imponen el
sentido de lo tremendo. Ésta pertenece a la segunda categoría. ¿Dónde se acaba la cadena
de la culpa? ¿En Caín? ¿Será posible que todo haya de alejarse tanto? ¿Hay algo detrás de
todo esto? En cierta ocasión leí en un libro hindú que el hado posee todo el poder, en tanto
que la fuerza de la voluntad es tan sólo un pretexto. Tras haber leído aquello, una gran paz
se aposentó en mi interior. Pero al día siguiente, sin embargo, pocas páginas más adelante,

encontré que decía que el hado no es otra cosa que el resultado de las acciones pasadas:
somos nosotros, con nuestras propias manos, quienes forjamos nuestro destino. Por lo
tanto, volví a encontrarme en el punto de partida. «¿Dónde está el cabo de esta madeja?
-me pregunté-. ¿Cuál es el hilo que se devana? ¿Es un hilo o una cadena? ¿Se puede cortar,
romper, o bien nos envuelve para siempre? »
Por lo pronto, la que va a cortar soy yo. Mi cabeza ya no es la de antes; las ideas están
siempre aquí, claro, no ha cambiado mi manera de pensar, sino la capacidad de mantener
un esfuerzo prolongado. Ahora me siento cansada, la cabeza me da vueltas, como cuando
de joven intentaba leer un libro de filosofía. Ser, no ser, inmanencia... después de unas
pocas páginas sentía el mismo aturdimiento que se siente viajando en autobús por carreteras de montaña. Te dejo por el momento. Voy a idiotizarme un rato delante de esa
amada-odiada cajita que está en la sala.

20 de noviembre
Otra vez aquí, tercer día de nuestro encuentro. O, mejor dicho, cuarto día y tercer
encuentro. Ayer estaba tan fatigada que no logré escribir nada y tampoco leer. Sintiéndome
inquieta y no sabiendo qué hacer, me pasé el día dando vueltas entre la casa y el jardín. El
aire era bastante templado y durante las horas más cálidas me senté en el banco que está
junto a la forsizia. Alrededor, el prado y los bancales estaban en el más completo desorden.
Mirándolos, volvió a mi mente la pelea por las hojas caídas. ¿Cuándo fue? ¿El año pasado,
hace dos años? Yo había pasado una bronquitis que no terminaba de curarse, las hojas
estaban ya todas sobre la hierba y se arremolinaban por todas partes, arrastradas por el
viento. Al asomarme a la ventana me había asaltado una gran tristeza; el cielo estaba
sombrío, fuera todo ofrecía un aspecto de abandono. Me dirigí a tu habitación, estabas
tendida en la cama con los auriculares en las orejas. Te pedí que por favor rastrillases las
hojas. Para que me oyeras tuve que repetir la frase varias veces en un tono de voz cada vez
más alto. Te encogiste de hombros diciendo: « ¿Y eso por qué? En la naturaleza nadie las
recoge, allí se quedan pudriéndose y está bien así.» En aquel entonces la naturaleza era tu
gran aliada, conseguías justificarlo todo con sus inquebrantables leyes. En vez de
explicarte que un jardín es una naturaleza domesticada, una naturaleza-perro que cada año
se parece más a su amo y que, precisamente como un perro, necesita constantes atenciones,
me retiré a sala sin añadir nada más. Poco después, cuando pasaste por delante de mí para
ir a coger algo de la nevera, viste que estaba llorando, pero no hiciste caso de ello. Sólo a la
hora de la cena, cuando volviste a salir de tu cuarto y dijiste «¿Qué hay para comer?», te
diste cuenta de que todavía estaba allí y de que todavía lloraba. Entonces te fuiste a la cocina y empezaste a trajinar ante los fogones. «¿Qué prefieres -gritabas desde la cocina-, un
budín de chocolate o una tortilla?» Habías comprendido que mi dolor era verdadero e
intentabas mostrarte amable, darme gusto de alguna manera. Al día siguiente por la
mañana, al abrir los postigos te vi en el prado. Llovía con fuerza, llevabas el chubasquero
amarillo y estabas rastrillando las hojas. Cuando regresaste alrededor de las seis, yo hice
como si nada ocurriera; sabía que detestabas por encima de cualquier otra cosa esa parte de
ti que te llevaba a ser buena. Esta mañana, contemplando desolada los bancales del jardín,
he pensado que verdaderamente debería recurrir a alguien para que elimine el abandono en
que he caído desde que enfermé. Lo llevo pensando desde que salí del hospital, y, sin
embargo, todavía no me decido a hacerlo. Con el paso de los años ha nacido en mí un gran
sentimiento de celo por el jardín: por nada del mundo renunciaría a regar las dalias, a
desprender de una rama una hoja muerta. Es raro, porque cuando era joven me fastidiaba
mucho ocuparme de su cuidado; tener un jardín, más que un privilegio, me parecía un
engorro. De hecho, bastaba que aflojase mi atención un día o dos e inmediatamente, sobre
ese orden tan fatigosamente alcanzado, volvía a colarse el desorden; y el desorden era lo
que me fastidiaba más que cualquier otra cosa. No tenía un centro en mi interior, y por
consiguiente no soportaba ver en el exterior lo mismo que tenía en mi interior. ¡Hubiera
debido recordarlo cuando te pedí que barrieras las hojas!
Hay cosas que sólo se pueden entender a cierta edad y no antes; entre éstas, la relación
con la casa y con todo lo que hay dentro y fuera de ella. A los sesenta o setenta años
repentinamente entiendes que el jardín y la casa ya no son un jardín y una casa donde vives
por comodidad, o por azar, o porque son bellos, sino que son tu jardín y tu casa, te
pertenecen de la misma manera que la concha pertenece al molusco que vive en su interior.
Has formado la concha con tus secreciones, en sus capas concéntricas está grabada tu
historia: la casa-cascarón te envuelve, está sobre ti, alrededor, tal vez ni siquiera la muerte
pueda librarla de tu presencia, de las alegrías y sufrimientos que has sentido en su interior.

Anoche no tenía ganas de leer, de manera que miré la televisión. A decir verdad, más
que mirarla la escuché, porque después de menos de media hora de programa me adormecí.
Oía las palabras a ratos, como cuando en el tren te hundes en una duermevela y las
conversaciones de los demás pasajeros te llegan intermitentes y desprovistas de sentido.
Transmitían una encuesta periodística sobre las sectas de este final de milenio. Había
varias entrevistas a gurús, auténticos o falsos, y de entre su catarata de palabras llegó a mis
oídos muchas veces el término karma. Al escucharlo, volvió a mi memoria el rostro del
profesor de filosofía del instituto.
Era joven y, para aquellos tiempos, muy anticonformista. Explicándonos a
Schopenhauer, nos había hablado un poco de las filosofías orientales y, refiriéndose a
éstas, nos había introducido en el concepto de karma. En aquella ocasión no había prestado
gran atención al asunto: tanto la palabra como lo que expresaba me habían entrado por un
oído y salido por el otro. Como sedimento, durante muchos años me quedó la sensación de
que se trataba de una especie de ley del talión, algo así como «ojo por ojo y diente por
diente», o como «el que la hace la paga». Sólo cuando la directora del parvulario me citó
para hablarme de tu extraño comportamiento, el karma -y lo que con éste se relacionavolvió a mi mente. Habías alborotado el parvulario entero. Sin más ni más, durante la hora
dedicada a los relatos libres, te habías puesto a hablar de tu vida anterior. Al principio las
maestras habían pensado que se trataba de una excentricidad infantil. Ante lo que contabas,
habían tratado de desvalorizarlo, de hacer que cayeras en contradicciones. Pero tú no caíste
en ninguna, incluso dijiste palabras en un idioma que nadie conocía. Cuando el asunto se
repitió por tercera vez, la directora del parvulario me mandó llamar. Por tu propio bien, y
por tu futuro, me recomendaban encargar a un psicólogo que siguiera tu caso. « Con el
trauma que ha sufrido -decía la directora-, es normal. que se comporte así, que trate de
evadirse de la realidad.» Naturalmente, nunca te llevé al psicólogo, me parecías una niña
feliz, tendía más a pensar que esa fantasía tuya no había de imputarse a una perturbación
anterior, sino a un orden distinto de las cosas. Tras aquel episodio nunca te incité a
hablarme de aquello, ni tú sentiste, por propia iniciativa, la necesidad de hacerlo. Tal vez lo
olvidaste todo el mismo día que lo dijiste delante de las maestras boquiabiertas.
Tengo la sensación de que en estos últimos años se ha puesto muy de moda hablar de
esas cosas: antaño dichos argumentos eran tema de unos pocos elegidos; ahora, en cambio,
están en boca de todo el mundo. Hace algún tiempo, en un periódico, leí que en América
existen incluso grupos de autoconcienciación de la reencarnación. La gente se reúne y
habla de sus existencias anteriores. Así, un ama de casa dice: «Durante el siglo pasado, en
Nueva Orleans, era una mujer de la calle y por eso ahora no consigo serle fiel a mi
marido», en tanto que el empleado de una gasolinera, racista, encuentra la razón de su odio
en el hecho de haber sido devorado por los bantúes durante una expedición en el siglo
XVI. ¡Qué lamentables estupideces! Habiendo perdido las raíces de la cultura propia, se
intenta remendar con existencias pasadas lo gris e inseguro del presente. Si el ciclo de las
vidas tiene un sentido, me parece, ciertamente, un sentido muy distinto.
En los tiempos del asunto del parvulario yo había conseguido algunos libros, había
tratado de saber un poco más a fin de comprenderte mejor. Justamente en uno de aquellos
ensayos se decía que los niños que recuerdan con precisión su vida anterior son los que han
muerto precozmente y de manera violenta. Ciertas obsesiones que eran inexplicables a la
luz de tu experiencia de niña -que si había fugas de gas en las tuberías, el temor de que en
cualquier momento se produjese un estallido- me llevaban a inclinarme por esa clase de
explicación. Cuando estabas cansada o ansiosa, o en el abandono del sueño, te asaltaban
terrores descabellados. Lo que te asustaba no era el hombre del saco, ni las brujas, ni los
lobos malos, sino el repentino temor de que en cualquier momento el universo de las cosas

se viera atravesado por una deflagración. Las primeras veces, cuando aparecías
aterrorizada, en el corazón de la noche, en mi dormitorio, me levantaba y con palabras
dulces volvía a acompañarte a tu cuarto. Allí, tendida en la cama, cogida de mi mano,
querías que te contase historias que tuvieran un final feliz. Por miedo a que yo dijera algo
inquietante, primero me describías la trama con pelos y señales, yo no hacía otra cosa que
seguir sumisamente tus instrucciones. Repetía el cuento una, dos, tres veces; cuando me
levantaba para regresar a mi cuarto, convencida de que te habías calmado, al cruzar la
puerta llegaba a mis oídos tu voz tenue: « ¿Es así? -preguntabas-. ¿Es verdad? ¿Acaba
siempre así?» Yo entonces volvía sobre mis pasos, te besaba en la frente y al besarte decía:
«No puede acabar de ninguna otra manera, tesoro, te lo juro. »
Otras noches, en cambio, a pesar de no aprobar el hecho de que durmieses conmigo
-no es bueno para los niños dormir con los viejos- no tenía ánimo para enviarte de vuelta a
tu cama. Apenas percibía tu presencia junto a la mesita de noche, sin volverme, te
tranquilizaba: «Todo está bajo control, nada va a estallar, puedes regresar a tu cama. »
Después simulaba hundirme en un sueño inmediato y profundo. Sentía entonces tu respiración ligera, inmóvil durante un rato; algunos segundos después, el borde de la cama
crujía débilmente, con movimientos cautelosos te deslizabas junto a mí y te dormías,
exhausta como un ratoncillo que después de un gran susto alcanza por fin la tibieza de su
ratonera. Al amanecer, para seguir el juego, te cogía en brazos, tibia, abandonada, y te
llevaba a terminar de dormir en tu cuarto. Al despertarte era muy improbable que
recordases nada, casi siempre estabas convencida de haber pasado la noche entera en tu
cama.
Cuando esos ataques de pánico te asaltaban durante el día, te hablaba con dulzura. Te decía: « ¿No ves lo
fuerte que es la casa? Mira que paredes tan gruesas, ¿cómo quieres que estallen?» Pero mis esfuerzos por
tranquilizarte eran absolutamente inútiles: con los ojos muy abiertos seguías observando el vacío delante de
tí, repitiendo: «Todo puede estallar.» Nunca he dejado de hacerme preguntas sobre ese terror tuyo. La
explosión, ¿qué era? ¿Podía tratarse del recuerdo de tu madre, de su final trágico y repentino? ¿O pertenecía
a esa vida que, con insólita espontaneidad, habías relatado a las maestras del parvulario? ¿O se trataba de
ambas cosas, mezcladas en algún inalcanzable lugar de tu memoria? Quién sabe. A pesar de lo que se suele
decir, creo que en la cabeza del hombre hay todavía más sombras que luz. En el libro que compré entonces,
de todas maneras, se decía que los niños que recuerdan otras existencias son mucho más frecuentes en la
India y en Oriente, en los países donde el concepto mismo es aceptado tradicionalmente. Realmente, no me
cuesta nada creerlo. Mira tú si algún día yo me hubiese acercado a mi madre y sin previo aviso me hubiera
puesto a hablarle en otro idioma o le hubiese dicho: «No te aguanto, estaba mejor con mi mamá de la otra
vida.» Puedes estar segura de que no habría aguardado ni al día siguiente para encerrarme en una casa para
lunáticos.

A fin de librarse del destino que nos impone el ambiente de origen, aquello que los
antepasados nos transmiten por la vía de la sangre, ¿existe alguna fisura? ¡Quién sabe! Tal
vez, en la claustrofóbica sucesión de generaciones, alguien consigue en un determinado
momento atisbar un peldaño un poco más elevado e intenta con todas sus fuerzas
alcanzarlo. Romper un eslabón, renovar el aire de la habitación: éste es, me parece, el
minúsculo secreto del ciclo de las vidas. Minúsculo, pero fortísimo; terrorífico por su
incertidumbre.
Mi madre se casó a los dieciséis años, a los diecisiete me trajo al mundo. A lo largo de
toda mi infancia, mejor dicho, de toda mi existencia, jamás la vi esbozar un gesto cariñoso.
El suyo no fue un matrimonio por amor. Nadie la había obligado: se había obligado ella
misma porque, por encima de todo, siendo rica pero judía, y conversa por añadidura,
ambicionaba poseer un título nobiliario. Mi padre, mayor que ella, barón y melómano, se
había sentido seducido por sus dotes de cantante. Tras haber procreado el heredero que el
apellido requería, vivieron sumidos en desaires recíprocos y querellas hasta el fin de sus
días. Mi madre murió insatisfecha y resentida, sin que jamás la rozase siquiera la duda de

que por lo menos alguna culpa le correspondía a ella. El mundo era cruel, dado que no le
había ofrecido mejores opciones. Yo era muy diferente a ella y ya a los siete años, una vez
superada la dependencia de la primera infancia, empecé a no soportarla.
Sufrí mucho por su causa. Todo el tiempo estaba agitada y siempre se trataba
únicamente de motivos externos. Su presunta «perfección» me hacía sentir que yo era
mala, y la soledad era el precio de mi maldad. Al principio incluso hacía intentos por
tratar de ser como ella, pero eran intentos desmañados que siempre fracasaban. Cuanto
más me esforzaba, más desazonada me sentía. Renunciar a uno mismo lleva al desprecio.
Del desprecio a la rabia el paso es corto. Cuando comprendí que el amor de mi madre era
un asunto relacionado con la mera apariencia, con cómo tenía que ser yo y no con cómo
era realmente, en el secreto de mi cuarto y en el de mi corazón empecé a odiarla.
Para evadirme de ese sentimiento me refugié en un mundo totalmente mío. Por las
noches, en la cama, con la luz velada con un paño leía libros de aventuras hasta bien
entrada la noche. Fantasear me gustaba mucho. Durante un periodo soñé que era pirata:
vivía en el mar de la China y era una pirata muy especial, porque no robaba para mi provecho, sino para entregarlo todo a los pobres. De las fantasías de bandidaje pasaba a las
filantrópicas: pensaba que, después de diplomarme en medicina, me iría al África a curar
negritos. A los catorce años leí la biografía de Schliemann y al leerla comprendí que jamás
de los jamases podría dedicarme a curar a la gente porque mi única verdadera pasión era la
arqueología. Entre todas las innumerables actividades que imaginé emprender, me parece
que ésta fue la única verdaderamente mía.
Y, efectivamente, por realizar ese sueño combatí la primera y única batalla con mi
padre: la de ir en el instituto al Liceo Clásico. Él no quería ni oír hablar del asunto, decía
que no servía para nada, que, si realmente quería estudiar, era mejor que aprendiese
idiomas. Pero al final me salí con la mía. En el momento en que atravesé el portal del
instituto estaba absolutamente segura de que había ganado Era una ilusión. Cuando al
terminar los estudios superiores le comuniqué mi intención de entrar en la universidad, su
perentoria respuesta fue: «Ni hablar. » Y yo, tal como se estilaba entonces, obedecí sin
decir esta boca es mía. No hay que creer que ganar una batalla equivale a haber ganado la
guerra. Se trata de un error de juventud. Cuando pienso en ello ahora, creo que si hubiera
seguido luchando, si le hubiese plantado cara, al final mi padre habría terminado por ceder.
Aquella negativa categórica formaba parte del sistema educativo de aquellos tiempos. En
el fondo, no se pensaba que los jóvenes fuesen capaces de tomar decisiones propias. Por
consiguiente, cuando expresaban alguna voluntad diferente, se intentaba ponerlos a prueba.
En vista de que yo había capitulado ante el primer obstáculo, para ellos había sido más que
evidente que no se trataba de una verdadera vocación, sino de un deseo pasajero.
Para mi padre, como para mi madre, los hijos eran ante todo una obligación mundana.
En la misma medida en que se desentendían de nuestro desarrollo interior, trataban con
extremada rigidez los aspectos más banales de la educación. A la mesa tenía que sentarme
erguida, con los codos pegados al cuerpo. Que al hacerlo pensara solamente en cuál sería
la mejor manera de suicidarme, no tenía la menor importancia. La apariencia lo era todo,
más allá sólo existían cosas inconvenientes.
Por lo tanto, crecí con la sensación de ser algo así como una mona que tenía que estar
bien adiestrada y no un ser humano, una persona con sus alegrías y sus pesadumbres, con
su necesidad de ser amada. De esta desazón pronto nació en mi interior una gran soledad,
una soledad que con el paso de los años se volvió enorme, una especie de vacío en el que
me movía con los gestos lentos y torpes de un buzo. La soledad también nacía de las
preguntas, de preguntas que me planteaba y a las que no sabía dar respuesta. Ya desde los
cuatro o cinco años miraba a mi alrededor y me preguntaba: «¿Por qué estoy aquí? ¿De

dónde vengo yo, de dónde vienen todas las cosas que veo a mi alrededor, qué es lo que
hay detrás, han estado siempre aquí, incluso cuando yo no estaba, seguirán estando para
siempre?» Me planteaba todas las preguntas que se plantean los niños sensibles cuando se
asoman a la complejidad del mundo. Estaba convencida de que también los mayores se las
planteaban, de que tenían la capacidad de darles respuesta; en cambio, después de dos o
tres intentos con mi madre y con la niñera, intuí que, no solamente no sabían darles
respuesta, sino que ni siquiera se las habían planteado.
Se acrecentó así la sensación de soledad, ¿comprendes? Me veía obligada a resolver
cada enigma contando sólo con mis fuerzas; cuanto más tiempo pasaba, más preguntas me
hacía sobre todas las cosas, eran preguntas cada vez más grandes, cada vez más terribles,
de sólo pensarlas daban miedo.
El primer encuentro con la muerte lo tuve hacia los seis años. Mi padre tenía un perro
de caza que se llamaba Argo; tenía un carácter manso y cariñoso y era mi compañero de
juegos preferido. Durante tardes enteras le metía en la boca papillas que hacía con barro y
hierbas, o bien lo obligaba a hacer de cliente de la peluquería, y él, sin rebelarse, daba
vueltas por el jardín con las orejas cargadas de horquillas. Pero un día, justamente mientras
le estaba probando un nuevo peinado, me di cuenta de que tenía bajo la garganta un bulto.
Hacía ya algunas semanas que no tenía ganas de correr y saltar como antes; si yo me
acomodaba en un rincón para comer mi merienda ya no se me echaba delante suspirando
esperanzado.
Un mediodía, al volver de la escuela, no lo encontré esperándome ante la cancela. Al
principio pensé que habría ido a alguna parte con mi padre. Pero cuando vi a mi padre
tranquilamente sentado en su estudio y que Argo no estaba a sus pies, sentí en mi interior
una gran agitación. Salí gritando a pleno pulmón, llamándolo por todo el jardín: volví dos
o tres veces adentro y lo busqué, explorando la casa de cabo a rabo. Al llegar la noche, en
el momento de dar a mis padres el beso obligatorio de las buenas noches, reuniendo todo
mi valor le dije a mi padre: « ¿Dónde está Argo? » «Argo -repuso él sin levantar la vista
del periódico-, Argo se ha marchado.» «¿Y por qué?», pregunté yo. «Porque estaba harto
de que lo fastidiaras. »
¿Indelicadeza? ¿Superficialidad? ¿Sadismo? ¿Qué había en aquella respuesta? En el
momento exacto en que escuché esas palabras, algo se rompió en mi interior. Empecé a no
conciliar el sueño por las noches, de día era suficiente una nimiedad para hacerme estallar
en llanto. Al cabo de un par de meses llamaron al pediatra. « La niña tiene agotamiento.»
dijo, y me suministró aceite de hígado de bacalao. Nadie me preguntó nunca por qué no
dormía ni por qué llevaba siempre conmigo la pelotita mordisqueada de Argo.
A ese episodio le atribuyo el comienzo de mi edad adulta. ¿A los seis años? Pues sí,
exactamente a los seis años. Argo se había marchado porque yo había sido mala; por lo
tanto, mi conducta influía sobre lo que me rodeaba. Influía haciendo desaparecer,
destruyendo.
A partir de aquel momento, mis acciones no fueron jamás neutras, finalidades en sí
mismas, con el terror de volver a equivocarme las reduje paulatinamente al mínimo, me
volví apática, vacilante. Por las noches apretaba entre mis manos la pelota y llorando decía:
«Argo, por favor, regresa- aunque me haya equivocado te quiero más que a nadie.» Cuando
mi padre trajo a casa otro cachorro, no quise ni mirarlo. Para mí era, y tenía que seguir
siendo, un perfecto extraño.
En la educación de los niños imperaba la hipocresía. Recuerdo perfectamente que en
cierta ocasión, paseando con mi padre cerca de un seto, había encontrado un petirrojo tieso.
Sin temor alguno lo había recogido y se lo había mostrado. «Deja eso -había gritado él en
seguida-, ¿no ves que está durmiendo?» La muerte, como el amor, era un tema que había

que evitar. ¿No habría sido mil veces preferible que me hubiesen dicho que Argo había
muerto? Mi padre hubiera podido cogerme en brazos y decirme: «Lo he matado yo porque
estaba enfermo y sufría. Allá donde se encuentra ahora es mucho más feliz.» Seguramente
habría llorado más, me habría desesperado, durante meses y meses habría ido al sitio donde
estaba enterrado y le habría hablado largamente a través de la tierra. Después, poco a poco,
habría empezado a olvidarme de él, me habrían interesado otras cosas, hubiera tenido otras
pasiones y Argo se habría deslizado hacia el fondo de mis pensamientos como un recuerdo,
un hermoso recuerdo de la infancia. De esa forma, en cambio, Argo se convirtió en un
pequeño muerto que cargaba en mi interior.
Por eso digo que a los seis años era ya mayor, porque en lugar de alegría lo que
tenía era ansiedad y en vez de curiosidad, indiferencia. ¿Eran mi padre y mi madre unos
monstruos? No, en absoluto; para aquellos tiempos eran unas personas absolutamente
normales.
Sólo al llegar a vieja mi madre empezó a contarme algo de su infancia. Su madre había
muerto cuando ella era todavía niña; antes que a ella había dado a luz un varón que había
muerto a los tres años de pulmonía. Ella había sido concebida inmediatamente después y
no sólo había tenido la desdicha de nacer hembra, sino que además nació el mismo día en
que había muerto su hermano. Para recordar esa triste coincidencia, desde que era una
lactante la habían ataviado con colores de luto. Sobre su cuna campeaba un gran retrato al
óleo de su hermano. Servía para que tuviera presente, tan pronto abría los ojos, que era
solamente un reemplazo, una desteñida copia de alguien mejor. ¿Comprendes? ¿Cómo
culparla entonces por su frialdad, por sus elecciones equivocadas, por esa manera suya de
estar lejos de todo? Hasta los monos, si se crían en un laboratorio aséptico en vez de criarse
con su verdadera madre, al poco tiempo se vuelven tristes y se dejan morir. Y si nos
remontásemos más allá todavía, para ver a su madre y a la madre de su madre, a saber qué
otras cosas encontraríamos.
Habitualmente la desdicha sigue la línea femenina. Al igual que ciertas anomalías
genéticas, va pasando de madre a hija. Al pasar, en vez de atenuarse, se va volviendo cada
vez más inextirpable y profunda. En aquel entonces, para los hombres era muy diferente:
tenían la profesión, la política, la guerra; su energía podía salir fuera, expandirse. Nosotras
no. Nosotras, a lo largo de generaciones y generaciones, hemos frecuentado tan sólo el
dormitorio, la cocina, el cuarto de baño; hemos llevado a cabo miles y miles de pasos, de
gestos, llevando a cuestas el mismo rencor, la misma insatisfacción. ¿Que me he vuelto
feminista? No, no temas: sólo trato de mirar con lucidez lo que hay detrás.
-Te acuerdas cuando íbamos, la noche del 15 de agosto, a mirar los fuegos de artificio
que disparaban desde el mar? Entre todos ellos había, de vez en cuando, alguno que
aunque estallaba no lograba elevarse hacia el cielo. Pues cuando pienso en la vida de mi
madre, en la de mi abuela, cuando pienso en muchas vidas de personas que conozco, en mi
mente aparece justamente esa imagen: fuegos que implosionan en vez de ascender hacia lo
alto.

21 de noviembre
He leído en alguna parte que Manzoni, mientras estaba escribiendo Los novios, se
levantaba contento todas las mañanas porque iba a encontrarse de nuevo con sus
personajes. De mí no puedo decir lo mismo. Aunque hayan transcurrido muchos años, no
me da el menor placer hablar de mi familia: en mi memoria, mi madre se ha mantenido
inmóvil y hostil como un jenízaro. Esta mañana, a fin de airear un poco mis sentimientos
hacia ella, mis recuerdos, me fui a dar un garbeo por el jardín. Había llovido durante la
noche. Hacia occidente el cielo estaba claro, mientras que detrás de la casa aún se cernían
unos nubarrones violetas. Antes de que empezara a llover otra vez volví a entrar en la casa.
Poco después se produjo el temporal. Había en la casa tal oscuridad que tuve que encender
las luces. Desconecté la televisión y la nevera para que los rayos no las estropeasen; cogí
después la linterna, me la metí en el bolsillo y me vine a la cocina para cumplir con nuestro
encuentro cotidiano.
Sin embargo, apenas me hube sentado, me di cuenta de que todavía no estaba
preparada: tal vez había demasiada electricidad en el aire; mis pensamientos iban de un
lado a otro como si fuesen chispas. Entonces me puse de pie y, seguida por el impávido
Buck, me puse a dar vueltas por la casa sin una meta precisa. Fui a la habitación en que
había dormido con tu abuelo, después a mi actual dormitorio -que antaño había sido de tu
madre-, después al comedor, que no se utiliza desde hace mucho tiempo, y por último a tu
habitación. Al pasar de un cuarto al otro, recordé la impresión que me había producido la
casa la primera vez que puse los pies en ella: no me había gustado nada. No la había
escogido yo, sino Augusto, mi marido, que además la había escogido a toda prisa. Necesitábamos un sitio donde establecernos y la espera no se podía prolongar más. Dado que era
bastante grande y tenía jardín, le había parecido que esa casa satisfacía todas nuestras
exigencias. Desde el momento de abrir la cancela, me pareció de mal gusto, mejor dicho,
de pésimo gusto; en los colores y en las formas, no había ni un solo fragmento que
armonizase con los demás. Vista desde un lado parecía un chalet suizo; desde el lado
contrario, con su gran ventanilla central y la fachada de tejado escalonado, podía ser una de
esas casas holandesas que se asoman a los canales. Si mirabas desde lejos sus siete
chimeneas de formas diferentes, te dabas cuenta de que el único sitio en que podía existir
era en un cuento de hadas. Había sido construida en los años veinte, pero no había ni un
solo detalle que pudiera relacionarla con las casas de aquella época. Me inquietaba el
hecho de que no tuviese una identidad propia y tardé muchos años en acostumbrarme a la
idea de que era mía, de que la existencia de mi familia coincidía con sus paredes.
Justamente mientras estaba en tu habitación, un rayo cayó más cerca que los otros e
hizo saltar los fusibles. En vez de encender la linterna, me tendí en la cama. Fuera la lluvia

caía con fuerza, el viento soplaba a ráfagas y dentro se oían diferentes sonidos: crujidos,
pequeños golpes, los ruidos de la madera que se acomoda. Con los ojos cerrados, durante
un instante la casa me pareció un navío, un gran velero que avanzaba a través del prado. El
temporal se aplacó hacia la hora de la comida y a través de la ventana de tu habitación vi
que se habían desgajado dos gruesas ramas del nogal.
Ahora estoy nuevamente en la cocina, en mi puesto de batalla: he comido y he lavado
los pocos platos que he ensuciado. Buck duerme a mis pies, postrado por las emociones de
esta mañana. A medida que pasan los años, las tormentas, lo sumen cada vez más en un
estado de terror del que le cuesta recobrarse.
En los libros que compré cuando tú ibas al parvulario encontré una frase que decía que
la elección de la familia en la que a uno le toca nacer está guiada por el ciclo de las
existencias. Una tiene cierto padre y cierta madre porque sólo ese padre y esa madre le
permitirán entender algo más, avanzar un pequeño, un pequeñísimo paso. Pero si así fuera,
me había preguntado entonces, ¿por qué nos quedamos inmóviles durante tantas generaciones? ¿Por qué en vez de avanzar retrocedemos?
Hace poco, en el suplemento científico de un periódico he leído que tal vez la
evolución no funciona como siempre hemos pensado que funciona. Según las últimas
teorías, los cambios no se producen de una manera gradual. La pata más larga, el pico con
una forma diferente para poder explorar otros recursos, no se forman poco a poco, milímetro a milímetro, generación tras generación. No. Aparecen repentinamente: de madre a
hijo todo cambia, todo es diferente. Para confirmarlo tenemos los restos de esqueletos,
mandíbulas, pezuñas, cráneos con dientes diferentes. De muchas especies jamás se han
hallado formas intermedias. El abuelo es de una manera y el nieto de otra, entre una y otra
generación se ha producido un salto. ¿Y si se diera lo mismo en la vida interior de las
personas?
Los cambios se acumulan imperceptiblemente, poco a poco, y al llegar a cierto punto
estallan. Repentinamente una persona rompe el círculo, decide ser diferente. Destino,
herencia, educación, ¿dónde empieza una cosa y dónde termina la otra? Si te detienes a
reflexionar, aunque sea un solo instante, casi en seguida te asalta un gran miedo ante el
misterio que todo esto encierra.
Poco antes de casarme, la hermana de mi padre -la amiga de los espíritus- había
encargado a un amigo suyo, astrólogo, que me hiciera mi horóscopo. Un día se me plantó
con un papel en la mano y me dijo: «Mira, éste es tu futuro.» Había en esa hoja un dibujo
geométrico, las líneas que unían entre sí los signos de los planetas formaban muchos
ángulos. Apenas lo vi, recuerdo haber pensado que ahí dentro no había armonía ni continuidad, sino una sucesión de saltos, de giros tan bruscos que parecían caídas. Detrás, el
astrólogo había escrito: «Un camino difícil. Tendrás que armarte de todas las virtudes para
recorrerlo hasta el final.»
Aquello me causó un fuerte impacto. Hasta ese momento mi vida me había parecido
muy trivial: claro que había tenido dificultades, pero me habían parecido dificultades
insignificantes, más que abismos eran simples encrespamientos de la juventud. Pero
incluso cuando más tarde me hice esposa y madre, viuda y abuela, jamás me aparté de esa
aparente normalidad. El único acontecimiento extraordinario, si es que se puede llamar así,
fue la trágica desaparición de tu madre. Sin embargo, bien mirado, en el fondo aquel
cuadro de las estrellas no mentía: detrás de la superficie sólida y lineal, detrás de mi rutina
cotidiana de mujer burguesa, había en realidad un movimiento constante que estaba hecho
de pequeñas ascensiones, de desgarramientos, de oscuridades repentinas y de abismos
profundísimos. A lo largo de mi vida la desesperación me ha embargado con frecuencia,
me he sentido como esos soldados que marcan el paso manteniéndose quietos en el mismo

sitio. Cambiaban los tiempos, cambiaban las personas, todo a mi alrededor cambiaba y yo
tenía la sensación de estar siempre quieta.
La muerte de tu madre dio un golpe de gracia a la monotonía de esa marcha. La idea que
tenía de mí misma, ya de por sí modesta, se derrumbó en un solo instante. Si hasta ahora,
decía para mis adentros, he avanzado uno o dos pasos, de pronto, he retrocedido, he
alcanzado el punto más bajo de mi trayecto. En aquellos días temí no resistir más, me
parecía que esa mínima cantidad de cosas que había entendido hasta entonces había sido
borrada de un solo golpe. Por suerte no pude abandonarme a ese estado depresivo, la vida
proseguía con sus exigencias.
La vida eras tú: llegaste, pequeña, indefensa, sin tener a nadie más en el mundo,
invadiste esta casa silenciosa y triste con tus risas repentinas, con tus llantos. Mirando tu
cabezota de niña oscilar entre la mesa y el sofá, recuerdo haber pensado que no estaba
todo perdido. El azar, con su imprevisible generosidad, me había ofrecido una ocasión
más.
El Azar. En cierta ocasión, el marido de la señora Morpurgo me dijo que en la lengua
hebraica esa palabra no existe: para indicar algo que se refiere a la casualidad se ven
obligados a utilizar la palabra «azar», que es de origen árabe. Es cómico, ¿no crees?
Cómico, pero también tranquilizador: donde hay Dios, no hay sitio para el azar, ni siquiera
para el humilde vocablo que lo representa. Todo está ordenado y regulado desde las
alturas, cada cosa que te ocurre, te ocurre porque tiene un sentido. He experimentado
siempre una gran envidia por quienes abrazan esa visión del mundo sin vacilaciones, por
su elección de la levedad. Por lo que a mí respecta, con toda mi buena voluntad no he
logrado hacerla mía más de un par de días seguidos; delante del horror, delante de la
injusticia, siempre he retrocedido: en vez de justificarlos con gratitud, siempre nació en mi
interior un sentimiento muy grande de rebeldía.
Ahora, de todas maneras, me preparo para realizar una acción realmente azarosa,
enviarte un beso. Cuánto los detestas, ¿eh? Rebotan en tu coraza como pelotas de tenis.
Pero no tiene la menor importancia, te guste o no te guste igualmente te envío un beso. No
puedes hacer nada porque en este momento, transparente y ligero, ya está volando sobre el
océano.
Estoy fatigada. He releído lo que he escrito hasta ahora con cierta ansiedad.
¿Comprenderás algo? Muchas cosas se agolpan en mi cabeza, para salir se dan empellones
entre sí, como las señoras frente a los saldos de temporada. Cuando razono nunca consigo
mantener un método, un hilo conductor que con sentido lógico lleve desde el principio
hasta el final. Quién sabe, a veces pienso que se debe al hecho de que nunca fui a la
universidad. He leído muchos libros, he sentido curiosidad por muchas cosas, pero siempre
con un pensamiento puesto en los pañales, otro en los hornillos, otro en los sentimientos.
Un botánico, si pasea por una pradera escoge las flores con un orden preciso, sabe qué es
lo que le interesa y qué es lo que no le interesa en lo más mínimo; decide, descarta, establece relaciones. Pero si el que pasea por la pradera es un excursionista, escoge las flores
de manera muy distinta: una porque es amarilla, otra porque es azul, una tercera porque es
perfumada, la cuarta porque está al borde del sendero. Creo que mi relación con el saber ha
sido justamente así. Tu madre siempre me lo echaba en cara. Cuando discutíamos yo
siempre sucumbía en seguida. «Careces de dialéctica -me decía-. Como todos los
burgueses, no sabes defender lo que piensas.»
Del mismo modo que tú estás empapada de una inquietud salvaje y desprovista de
nombre, así tu madre estaba empapada de ideología. Para ella era una fuente de
reprobación el hecho de que yo hablase de cosas pequeñas y no de las grandes. Me tildaba

de reaccionaria y enferma de fantasías burguesas. Según su punto de vista yo era rica y, en
tanto que rica, entregada a lo superfluo, al lujo, naturalmente proclive al mal.
Por cómo me miraba a veces, yo estaba segura de que, en caso de haber un tribunal del
pueblo presidido por ella, me habría condenado a muerte. Yo tenía la culpa de vivir en una
torre con jardín en vez de en una barraca o en un piso del extrarradio. A dicha culpa se
añadía el hecho de haber heredado una pequeña renta que nos permitía a ambas vivir. A fin
de no cometer los errores que habían cometido mis padres, me interesaba por lo que decía
o, por lo menos, me esforzaba por llevarlo a la práctica. Nunca me burlé de ella ni jamás le
di a entender hasta qué punto era extraña a cualquier idea totalizadora, pero de todas
formas ella debía percibir mi desconfianza ante sus frases hechas.
Ilaria fue a la Universidad de Padua. Hubiera podido muy bien ir a Trieste, pero era
demasiado intolerante como para seguir viviendo a mi lado. Cada vez que le proponía ir a
visitarla me contestaba con un silencio cargado de hostilidad. Sus estudios avanzaban muy
lentamente, yo no sabía con quién compartía la casa, nunca había querido decírmelo. Como
conocía su fragilidad, estaba preocupada. Había ocurrido lo del mayo francés:
universidades ocupadas, movimiento estudiantil. Oyendo las pocas cosas que me contaba
por teléfono, me daba cuenta de que ya no lograba seguirle el paso, estaba siempre muy
enardecida por algo y ese algo cambiaba constantemente. Obedeciendo a mi papel de
madre, intentaba comprenderla, pero era muy difícil: todo estaba agitado, todo era
escurridizo, había demasiadas ideas nuevas y demasiados conceptos absolutos. Ilaria, en
vez de expresarse con palabras suyas, enhebraba un eslogan tras otro. Yo temía por su
equilibrio psíquico: el hecho de sentirse miembro de un grupo con el que compartía las
mismas certezas, los mismos dogmas absolutos, reforzaba de una manera preocupante su
natural tendencia a la arrogancia.
Cuando llevaba seis años en la universidad me preocupó un silencio más prolongado
que los anteriores, y cogí el tren para ir a verla. Nunca lo había hecho desde que estaba en
Padua. Cuando abrió la puerta se quedó aterrorizada. En vez de saludarme, me agredió: «
¿Quién te ha invitado? -y sin darme siquiera el tiempo de contestarle, añadió-: Deberías
haberme avisado, justamente estaba a punto de salir. Esta mañana tengo un examen
importante.» Todavía llevaba el camisón puesto, era evidente que se trataba de una
mentira. Simulé no darme cuenta y le dije: « Paciencia, quiere decir que te esperaré, y
después festejaremos juntos el resultado.» Poco después se marcho de verdad con tanta
prisa que se dejó sobre la mesa los libros.
Una vez sola en la casa, hice lo que cualquier otra madre habría hecho: me di a
curiosear por los cajones, buscaba una señal, algo que me ayudase a comprender qué
dirección había tomado su vida. No tenía la intención de espiar, de ponerme en plan de
censura o inquisición, estas cosas nunca han formado parte de mi carácter. Sólo había en
mí una gran ansiedad y para aplacarla necesitaba algún punto de contacto. Salvo octavillas
y opúsculos de propaganda revolucionaria, no encontré nada, ni un diario personal o una
carta. En una de las paredes de su dormitorio había un cartel con la siguiente inscripción:
«La familia es tan estimulante y ventilada como una cámara de gas. » A su manera, aquello
era un indicio.
Ilaria regresó a primera hora de la tarde. Tenía el mismo aspecto de ir sin aliento que
cuando salió. «¿Cómo te fue el examen?», pregunté con el tono más cariñoso posible.
«Como siempre -y, tras una pausa, agregó-: ¿Para esto has venido, para controlarme?» Yo
quería evitar un choque, de manera que con tono tranquilo y accesible le contesté que sólo
tenía un deseo: que hablásemos un rato las dos.
«¿Hablar? -repitió incrédula-. Y, ¿de qué? ¿De tus pasiones místicas?»

«De ti, Ilaria», dije entonces en voz baja, tratando de encontrar su mirada. Se acercó a
la ventana, mantenía la mirada fija en un sauce algo apagado. «No tengo nada que contar;
por lo menos, no a ti. No quiero perder el tiempo con charlas intimistas y
pequeñoburguesas.» Después desplazó la mirada del sauce a su reloj de pulsera y dijo: «Es
tarde, tengo una reunión importante. Tienes que marcharte.» No obedecí: me puse de pie,
pero en vez de salir me acerqué a ella y cogí sus manos entre las mías. «¿Qué ocurre? -le
pregunté-. ¿Qué es lo que te hace sufrir?» Percibía que su aliento se aceleraba. «Verte en
este estado me hace doler el corazón -añadí-. Aunque tú me rechaces como madre, yo no te
rechazo como hija. Querría ayudarte, pero si tú no vienes a mi encuentro no puedo hacerlo.
» Entonces la barbilla le empezó a temblar como cuando era niña, y estaba a punto de
llorar, apartó sus manos de las mías y se volvió de golpe. Su cuerpo delgado y contraído se
sacudía por los sollozos profundos. Le acaricié el pelo; su cabeza estaba tan caliente como
heladas sus manos. Se dio la vuelta de golpe y me abrazó escondiendo el rostro en mi
hombro. «Mamá -dijo-, yo... yo ... »
En ese preciso instante se oyó el teléfono.
-Deja que siga llamando -le susurré al oído.
-No puedo -contestó enjugándose las lágrimas.
Cuando levantó el auricular su voz volvía a ser metálica, ajena. Por el breve diálogo
comprendí algo grave tenía que haber ocurrido. Efectivamente, en seguida me dijo: «Lo
siento, pero realmente ahora debes marcharte.» Salimos juntas, en el umbral cedió y me
dio un abrazo rapidísimo y culpable. «Nadie puede ayudarme», musitó mientras me
abrazaba. La acompañé hasta su bicicleta, atada a un poste poco distante. Estaba ya
montada sobre el sillín cuando, metiendo dos dedos debajo de mi collar, dijo: «Las perlas,
¿eh? Son tu salvoconducto. ¡Desde que naciste nunca te has atrevido a dar un paso sin
ellas! »
Después de tantos años, éste es el episodio de la vida con tu madre que más
frecuentemente evoco. A menudo pienso en él. ¿Cómo puede ser, me digo, que entre todas
las cosas que hemos vivido juntas aparezca siempre, ante todo, este recuerdo?
Hoy, precisamente, mientras por enésima vez me lo preguntaba, dentro de mí resonó un
proverbio:
«Allá va la lengua donde duele la muela.» Qué tiene que ver, te preguntarás. Tiene que
ver, tiene muchísimo que ver. Aquel episodio vuelve a presentarse a menudo en mis
pensamientos porque es el único en que tuve la posibilidad de hacer que las cambiaran. Tu
madre había roto a llorar, me había abrazado: en ese momento se había abierto una grieta
en su coraza, una hendidura mínima por la que yo hubiera podido entrar. Una vez dentro
habría podido actuar como esos clavos que se abren apenas entran en la pared: poco a poco
se ensanchan, ganando algo más de espacio. Me habría convertido en un punto firme en su
vida. Para hacerlo debería haber tenido mano firme. Cuando ella dijo «realmente ahora
debes marcharte», debería haberme quedado. Debería haber cogido un cuarto en algún
hotel próximo y volver a llamar a su puerta cada día; insistir hasta transformar esa
hendidura en un paso abierto. Faltaba muy poco, lo sentía.
No lo hice, en cambio: por cobardía, pereza y falso sentido del pudor obedecí su orden.
Yo había detestado la invasividad de mi madre, quería ser una madre diferente, respetar la
libertad de su existencia. Detrás de la máscara de la libertad se esconde frecuentemente la
dejadez, el deseo de no implicarse. Hay una frontera sutilísima; atravesarla o no atravesarla
es asunto de un instante, de una decisión que se asume o se deja de asumir; de su
importancia te das cuenta sólo cuando el instante ya ha pasado. Sólo entonces te
arrepientes, sólo entonces comprendes que en aquel momento no tenía que haber libertad,

sino intromisión: estabas presente, tenías conciencia, de esa conciencia tenía que nacer la
obligación de actuar. El amor no conviene a los perezosos, para existir en plenitud exige
gestos fuertes y precisos. ¿Comprendes? Yo había disfrazado mi cobardía y mi indolencia
con los nobles ropajes de la libertad.
La idea del destino es un pensamiento que aparece con la edad. Cuando se tienen los
años que tienes tú, generalmente no se piensa en ello, todo lo que ocurre se ve como fruto
de la propia voluntad. Te sientes como un obrero que, poniendo una piedra tras otra,
construye ante sí el camino que habrá de recorrer. Sólo mucho más adelante te das cuenta
de que el camino ya está hecho, alguien lo ha trazado para ti, y todo lo que puedes hacer es
avanzar. Es un descubrimiento que habitualmente se produce hacia los cuarenta años:
entonces empiezas a intuir que las cosas no dependen solamente de ti. Es un momento
peligroso durante el cual no es raro resbalar hacia un fatalismo claustrofóbico. Para ver el
destino en toda su realidad has de dejar que transcurran algunos años más. Hacía los
sesenta, cuando el camino a tus espaldas es más largo que el que tienes delante, ves una
cosa que antes nunca habías visto: el camino que has recorrido no era recto, sino que
estaba lleno de bifurcaciones, a cada paso había una flecha que señalaba una dirección
diferente; a cierta altura se abría un sendero, en otro sitio una senda herbosa que se perdía
en los bosques. Cogiste alguno de esos desvíos sin darte cuenta, otros ni siquiera los viste;
no sabes adónde te habrían llevado los que dejaste de lado, si a un sitio mejor o peor; no lo
sabes, pero igualmente sientes añoranza. Podías haber hecho algo y no lo has hecho, has
vuelto hacia atrás en vez de avanzar. Como el juego de la oca, ¿te acuerdas? La vida se
desarrolla más o menos de la misma manera.
A lo largo de los cruces de tu camino te encuentras con otras vidas: conocerlas o no
conocerlas, vivirlas a fondo o dejarlas correr es asunto que sólo depende de la elección que
efectúas en un instante. Aunque no lo sepas, en pasar de largo o desviarte a menudo está en
juego tu existencia, y la de quien está a tu lado.

22 de noviembre
Esta noche ha cambiado el tiempo; llegó el viento del este y en pocas horas barrió todas
las nubes. Antes de sentarme a escribir he dado un paseo por el jardín. La bora* todavía
soplaba con fuerza, se metía bajo las ropas. Buck estaba eufórico, quería jugar, trotaba a mi
lado con una piña en la boca. Reuniendo mis pocas fuerzas conseguí arrojársela solamente
una vez: fue un vuelo brevísimo, pero él se quedó contento lo mismo. Tras haber
controlado las condiciones de salud de tu rosa, fui a saludar al nogal y al cerezo, mis
árboles predilectos.
¿Recuerdas cómo me tomabas el pelo cuando me veías inmóvil acariciando sus
troncos? «¿Qué estás haciendo? -me decías-. No se trata del lomo de un caballo. »
Después, cuando te hacía notar que tocar un árbol no es distinto a tocar cualquier otro ser
viviente, y que hasta es mejor, te encogías de hombros y te marchabas irritada. ¿Que por
qué es mejor? Porque si le rasco la cabeza a por ejemplo, sí, claro, siento algo cálido,
vibrante, pero en ese algo siempre hay debajo una sutil agitación. Es la hora de la comida,
que está demasiado cerca o demasiado lejos, es la nostalgia ti, o incluso sólo el recuerdo de
un mal sueño. ¿Entiendes? En el perro, como en el hombre, hay demasiados pensamientos,
demasiadas exigencias. El logro de la quietud y de la felicidad nunca depende solamente
de él.
En el árbol, en cambio, el asunto es diferente. Desde que brota hasta que muere,
siempre está inmóvil en el mismo sitio. Con las raíces se acerca al corazón de la tierra más
que cualquier otra cosa, por su copa es lo que más cerca está del cielo. Por su interior la
savia corre de abajo arriba, de arriba abajo. Se extiende y se retrae según la luz del día.

Espera la luz del sol, espera la lluvia, espera una estación y después la otra, espera la
muerte. Ninguna de las cosas que le permiten vivir depende de su voluntad. Existe y basta.
¿Entiendes ahora por qué es hermoso acariciarlos? Por la solidez, por su aliento tan
prolongado, tan sosegado, tan profundo. En algún sitio de la Biblia se dice que Dios tiene
amplias narices. Incluso si es un poco irreverente, cada vez que trato de imaginar la
apariencia del Ser Divino, viene a mi mente la forma de una encina.
Había una en la
casa de mi niñez. Era tan gran que para abrazarla hacían falta dos personas. Desde que
tenía cuatro o cinco años me gustaba ir a contemplarla. Allí me quedaba, sentía la humedad
de la hierba bajo mi trasero, el viento fresco entre los pelos y sobre la cara. Respiraba, y
sabía que existía un orden superior de las cosas, y que en ese orden yo estaba incluida
junto con todo lo que veía. Aunque no conocía la música, algo cantaba en mi interior. No
sabría decirte de qué clase de melodía se trataba, no había un estribillo preciso ni un
desarrollo. Era, más bien, como si un fuelle resoplara con un ritmo regular y poderoso en la
zona próxima a mi corazón, expandiéndose por el interior de todo el cuerpo y por la mente,
y emitiendo una gran luz, una luz de doble naturaleza: la suya, de luz, y la musical. Me
sentía feliz por existir y, además de esta felicidad, para mí no había otra cosa.
Te podrá parecer extraño o excesivo que un niño pueda intuir cosas de este tipo.
Lamentablemente, estamos acostumbrados a considerar la infancia como un período de
ceguera, de carencia, no como una etapa en la que hay más riqueza. Sin embargo, sería
suficiente mirar con atención los ojos de un recién nacido para darse cuenta de que
verdaderamente es así. ¿Lo has hecho alguna vez? Pruébalo cuando te llegue la ocasión.
Despeja de prejuicios tu mente y obsérvalo. ¿Cómo es su mirada? ¿Vacía, inconsciente?
¿O acaso antigua, lejanísima, sabia? Los niños llevan en sí naturalmente un aliento más
grande, somos los adultos los que lo hemos perdido y no sabemos aceptarlo. A los cuatro o
cinco años yo nada sabía de religión, de Dios, de todos los jaleos que los hombres han
montado hablando de esas cosas.
¿Sabes? Cuando hubo que decidir si cursabas o no las horas de religión en la escuela,
estuve largo tiempo indecisa sobre lo que correspondía hacer. Por un lado, recordaba qué
catastrófico había sido mi encuentro con los dogmas; por el otro, estaba absolutamente
segura de que en la educación, además de ocuparse de la mente, era necesario ocuparse
también del espíritu. La solución llegó por su cuenta, el mismísimo día en que murió tu
primer hámster. Lo sostenías en la mano y me mirabas perpleja. «¿Dónde está ahora?», me
preguntaste. Te contesté repitiendo tu pregunta: «En tu opinión, ¿dónde está ahora?»
¿Recuerdas lo que me contestaste? «Está en dos sitios: un poco está aquí, otro poco entre
las nubes. » Esa misma tarde lo enterramos con un pequeño funeral. Arrodillada ante el
diminuto túmulo rezaste tu oración: «Que seas feliz, Tony. Algún día volveremos a vernos.
»
Tal vez nunca te lo había dicho, pero mis primeros cinco años de colegio los hice con
las monjas, en el Instituto del Sagrado Corazón. Eso, puedes creerme, no fue un daño
desdeñable para mi mente ya tan bailarina. A la entrada del colegio, las monjas tenían
puesto durante todo el año un gran pesebre. Estaba Jesús en el establo con el padre, la
madre, el buey, el asno, y alrededor montañas y barrancos de cartón piedra poblados tan
sólo por un rebaño de ovejitas. Cada ovejita era una alumna y, según su conducta durante
la jornada, la alejaban o la acercaban al establo de Jesús. Todas las mañanas, antes de ir a
clase, pasábamos por delante y al pasar nos veíamos obligadas a considerar nuestra
posición. En el lado más alejado del establo había un barranco profundísimo y allí era
donde estaban las más malas, con dos patitas ya suspendidas sobre el vacío. Entre los seis
y los diez años viví condicionada por los pasos que daba mi corderito. Inútil que te diga
que casi nunca se movió del borde del precipicio.

En mi fuero interno, con toda mi voluntad, trataba de respetar los mandamientos que
me habían enseñado. Lo hacía por ese natural sentido de conformismo propio de los niños,
pero no solamente por eso: realmente estaba convencida de que era necesario ser buena, no
mentir, no ser vanidosa. Pese a ello, siempre estaba a punto de caer. ¿Por qué? Por
pequeñeces. Cuando llorando me dirigía a la madre superiora para preguntarle el motivo
del enésimo desplazamiento, me contestaba: «Porque ayer llevabas en el pelo un lazo
demasiado grande... Porque una compañera te oyó canturrear cuando salías del colegio...
Porque no te lavaste las manos antes de sentarte a la mesa.» ¿Te das cuenta? Una vez más,
mis culpas eran exteriores: idénticas, iguales a las que me imputaba mi madre. No se
enseñaba la coherencia, sino el conformismo. Cierto día, al llegar al borde del barranco,
estallé en llanto diciendo: «¡Pero yo amo a Jesús! » Entonces, la monja más próxima,
¿sabes qué dijo? «¡Ah! Además de desordenada eres también embustera. Si
verdaderamente amases a Jesús mantendrías más ordenadas tus libretas.» Y ¡paf!,
empujando con el índice, hizo caer mi ovejita al precipicio.
Creo que después de aquel episodio no dormí durante dos meses enteros. En cuanto
cerraba los ojos, sentía que bajo mi espalda la tela del colchón se convertía en llamas y que
unas voces horribles gruñían detrás de mí diciendo: «Aguarda, que ahora venimos a
buscarte. » Naturalmente, nunca conté nada de todo esto a mis padres. Al verme pálida y
nerviosa, mi madre decía: «La niña está agotada», y yo, sin rechistar, tragaba una tras otra
las cucharadas de jarabe reconstituyente.
A saber cuántas personas sensibles e inteligentes se han alejado para siempre de los
asuntos del espíritu gracias a episodios como ése. Cada vez que escucho que alguien dice
que han sido hermosos los años de colegio, y que los añora, me quedo cortada. Para mí,
aquel período fue uno de los más feos de mi existencia; más aún, acaso absolutamente el
peor, por la sensación de impotencia que lo dominaba. A lo largo de toda la escuela primaria me debatí ferozmente entre la voluntad de conservarme fiel a lo que sentía dentro de mí
y el deseo de adherirme, pese a que lo intuía como falso, a lo que los demás creían.
Es extraño, pero al evocar ahora las emociones de aquel periodo tengo la sensación de
que mi gran crisis de crecimiento no se produjo, como siempre ocurre, en la adolescencia,
sino justamente en aquellos años de infancia. A los doce, a los trece, a los catorce años, ya
estaba en posesión de una triste estabilidad muy mía. Poco a poco las grandes preguntas
metafísicas se habían alejado de mí para dejar espacio a fantasías nuevas e inocuas. Los
domingos y fiestas de rigor iba a misa con mi madre y me arrodillaba con aire compungido, para recibir la hostia, pero mientras lo hacía estaba pensando en otras cosas. Ésa era
tan sólo una de las pequeñas representaciones que había de interpretar para vivir tranquila.
Por eso no te inscribí en la hora de educación religiosa, ni me arrepentí jamás de no
haberlo hecho. Cuando, con tu curiosidad infantil, me planteabas preguntas sobre el tema,
trataba de contestarte de una manera directa y serena, respetando el misterio que hay en
cada uno de nosotros. Y cuando dejaste de hacerme preguntas, discretamente dejé de
hablarte de ello. En estos asuntos no es posible empujar o tironear, de lo contrario ocurre lo
mismo que pasa con los vendedores ambulantes: cuanto más proclaman las bondades de su
producto, más se tiene 1a sospecha de que se trata de una estafa. Contigo sólo he tratado de
no apagar lo que ya había. Por lo demás, he aguardado.
No creas, sin embargo, que mi camino fue tan simple; aunque a los cuatro años había
intuido el aliento que envuelve las cosas, a los siete ya lo había olvidado. Durante los
primeros tiempos, es cierto, todavía oía la música: hundida en lo más hondo, pero estaba.
Parecía un torrente en la garganta de una montaña: si me quedaba quieta y prestaba
atención, desde el borde del despeñadero lograba percibir su rumor. Más tarde el torrente
se convirtió en un viejo aparato de radio, un aparato que está a punto de romperse. Por un

instante la melodía estallaba con demasiada fuerza; al instante siguiente había desaparecido
por completo.
Mi padre y mi madre no perdían ocasión de echarme en cara mi hábito cantarín. Cierta
vez, durante la comida, incluso me tocó una bofetada -mi primera bofetada- porque se me
había escapado un tarareo. «En la mesa no se canta», había tronado mi padre. «Y no se ha
de cantar si no se es cantante», había añadido mi madre. Yo lloraba y repetía entre
lágrimas: «Pero a mí me canta dentro.» Para mis padres era absolutamente incomprensible
cualquier cosa que se apartase del mundo concreto de la materia. ¿Cómo podía entonces
conservar mi música? Me hubiera hecho falta por lo menos el destino de un santo. Y el
mío, en cambio, era el cruel destino de la normalidad.
Poco a poco desapareció la música, y con ella la sensación de honda alegría que me
había acompañado durante los primeros años. La alegría, ¿sabes?, es justamente lo que más
he añorado. Posteriormente, seguro que sí, incluso he sido feliz; pero la felicidad es,
respecto a la alegría, como una lámpara eléctrica respecto al sol. La felicidad siempre tiene
un objeto, somos felices por algo, es un sentimiento cuya existencia depende de lo exterior.
La alegría, en cambio, no tiene objeto. Te posee sin ningún motivo aparente, en su esencia
se parece al sol arde gracias a la combustión de su propio corazón.
A lo largo de los años me he abandonado a mí misma, a la parte más profunda de mí,
para convertirme en otra persona, la que mis padres confiaban que llegase a ser. He dejado
mi personalidad para adquirir un carácter. El carácter, ya tendrás ocasión de comprobarlo,
es mucho más apreciado en el mundo que la personalidad.
Pero carácter y personalidad, contrariamente a lo que se suele creer, no se acompañan;
es más, la mayor parte de las veces se excluyen de manera perentoria el uno al otro. Mi
madre, por ejemplo, tenía un carácter fuerte, estaba segura de cada uno de sus actos y no
había nada, absolutamente nada, que pudiese quebrar esa seguridad suya. Yo era
exactamente todo lo contrario. En la vida cotidiana no había ni una sola cosa que me
causara entusiasmo. Ante cada elección titubeaba, vacilaba tanto que, al final, quien estaba
a mi lado se impacientaba y decidía por mí.
No creas que fue un proceso natural abandonar la personalidad para fingir un carácter.
Algo en el fondo de mí seguía rebelándose: una parte quería seguir siendo yo misma, en
tanto que la obra, para ser querida, debía adaptarse a las exigencias del mundo. ¡Qué dura
batalla! Detestaba a mi madre, a esa manera suya superficial y vacía de actuar. La
detestaba y, sin embargo, lentamente y contra mi voluntad, me estaba volviendo precisamente como ella. Ésta es la extorsión grande y terrible de la educación, a la que es casi
imposible sustraerse. Ningún niño puede vivir sin amor. Por eso nos acomodamos al
modelo que se nos impone, incluso si no lo encontramos justo. El efecto de este
mecanismo no desaparece con la edad adulta. Cuando eres madre vuelve a aflorar sin que
tú te des cuenta o lo quieras, vuelve a condicionar tus acciones. De tal suerte yo, cuando
nació tu madre, estaba absolutamente segura de que me comportaría de diferente manera.
Efectivamente, así lo hice, pero esa diversidad era toda superficial, falsa. A fin de no
imponerle a tu madre un modelo, tal como me lo habían impuesto anticipadamente a mí,
siempre le dejé la libertad de escoger; quería que se sintiese aprobada en todos sus actos,
no hacía más que repetirle: «Somos dos personas diferentes y en la diversidad tenemos que
respetarnos.»
Había en todo esto un error, un grave error. ¿Sabes cuál era? Era mi falta de identidad.
Aunque ya era adulta, no me sentía segura de nada. No conseguía amarme, sentir estima de
mí misma. Gracias a la sensibilidad sutil y oportunista que caracteriza a los niños, tu madre
lo percibió casi en seguida: sintió que yo era débil, frágil, fácil de dominar. La imagen que
se me ocurre cuando pienso en nuestra relación es la de un árbol y su planta parásita. El

árbol es más viejo, más alto, hace tiempo que está allí y tiene raíces más hondas. La planta
brota a sus pies en una sola estación, más que raíces tiene barbas, filamentos. Bajo cada
filamento posee pequeñas ventosas con las que trepa por el tronco. Después de uno o dos
años, ya la tenemos en lo alto de la copa. Mientras su huésped pierde las hojas, ella se
mantiene verde. Sigue expandiéndose, enredándose, lo cubre por entero; el sol y el agua le
llegan solamente a ella. Al llegar a este punto el árbol se seca y muere; queda allí tan sólo
el tronco como mísero soporte de la planta trepadora.
Después de su trágica desaparición, durante años no pensé en ella. A veces me daba
cuenta de que la había olvidado y me acusaba de crueldad. Tenía que cuidar de ti, es cierto,
pero no creo que ésa fuese la verdadera razón, o tal vez lo era sólo parcialmente. La
sensación de derrota era demasiado grande como para poder admitirla. Sólo durante los
últimos años, cuando empezaste a alejarte, a buscar tu propio rumbo, el recuerdo de tu
madre volvió a mi mente y empezó a obsesionarme. El remordimiento más grande es el de
no haber tenido nunca la valentía de plantarle cara, el de no haberle dicho nunca: «Estás
equivocada del todo, estás haciendo una tontería. » Sentía que en sus palabras había unos
eslóganes peligrosísimos, cosas que, por su bien, yo hubiera tenido que cortar de cuajo
inmediatamente; y, sin embargo, me abstenía de intervenir. La indolencia no tenía nada
que ver con esto. Los asuntos de que discutíamos eran esenciales. Lo que me hacía actuar
-mejor dicho, no actuar- era la actitud que me había enseñado mi madre. Para ser amada
tenía que eludir el choque, simular que era lo que no era. Ilaria era prepotente por
naturaleza, tenía más carácter y yo temía el enfrentamiento abierto, tenía miedo de
oponerme. Si la hubiese amado verdaderamente habría tenido que indignarme, tratarla con
dureza; habría tenido que obligarla a hacer determinadas cosas o a no hacerlas en absoluto.
Tal vez era justamente eso lo que ella quería, lo que necesitaba.
¡A saber por qué las verdades elementales son las más difíciles de entender! Si en
aquella circunstancia yo hubiese comprendido que la primera cualidad del amor es la
fuerza, probablemente los sucesos se habrían desarrollado de otra manera. Pero para ser
fuertes hay que amarse a uno mismo; para amarse a uno mismo hay que conocerse a fondo,
saberlo todo acerca de uno, incluso las cosas más ocultas, las que resulta más difícil
aceptar. ¿Cómo se puede llevar a cabo semejante proceso mientras la vida te arrastra hacia
delante con su estrépito? Puede hacerlo desde el comienzo solamente quien está provisto
de extraordinarias dotes. A los mortales corrientes, a las personas como yo, como tu
madre, no les queda otro destino que el de las ramas y los envases de plástico. Alguien -o
el viento-, de pronto, te arroja a la corriente de un río: gracias a la materia de que estás
hecha, en vez de hundirle, flotas; eso ya te parece una victoria y por lo tanto,
inmediatamente, empiezas a viajar, te deslizas veloz según la dirección que te impone la
corriente; de vez en cuando, a causa de alguna maraña de raíces o de alguna piedra, te ves
obligada a detenerte; allí permaneces un tiempo, golpeada por las aguas agitadas; después
el agua sube y te libera, avanzas nuevamente; cuando la corriente es tranquila te mantienes
en la superficie, cuando hay rápidos el agua te sumerge; no sabes hacia dónde estás yendo
ni te lo has preguntado nunca; en los trechos más tranquilos tienes ocasión de observar el
paisaje, las riberas, los matorrales; más que los detalles, ves las formas, los colores, vas
demasiado rápido para ver más; después, con el tiempo y los kilómetros, las riberas son
cada vez más bajas, el río se ensancha, todavía tienes márgenes, pero por poco tiempo.
«¿Adónde estoy yendo? », te preguntas entonces, y en ese momento se abre ante ti el mar.
Gran parte de mi vida ha sido así. Más que nadar, he manoteado desordenadamente.
Con gestos inseguros y confusos, sin elegancia ni alegría, tan sólo he conseguido
mantenerme a flote.

¿Por qué te escribo todo esto? ¿Qué significan estas confesiones, tan largas y
excesivamente íntimas? Tal vez a estas alturas te hayas hartado, tal vez hayas vuelto una
página tras otra bufando. Te habrás preguntado: ¿adónde quiere ir a parar, hacia dónde me
lleva? Es cierto, a lo largo del discurso divago; en vez de tomar el camino principal, frecuentemente y de buen grado me meto por los senderos humildes. Da la sensación de que
me he extraviado y acaso no se trata de una sensación: me he extraviado de veras. Pero éste
es el camino que requiere eso que tú tanto buscas, el centro.
¿Te acuerdas de cuando te enseñaba a preparar crêpes? Cuando les haces dar la vuelta
en el aire, te decía, tienes que pensar en cualquier cosa menos en el hecho de que han de
volver a caer en la sartén. Si te concentras en su vuelo, puedes estar segura de que caerán
apelotonadas o de que se chafarán directamente sobre los fogones. Es cómico, pero
justamente la distracción es lo que nos permite llegar al centro de las cosas, a su corazón.
En este momento, en vez del corazón, es el estómago el que toma la palabra. Rezonga
y tiene razón, porque, entre la crêpe y el viaje a lo largo del río, ha llegado la hora de cenar.
Ahora tengo que dejarte pero antes de dejarte te envío otro odiado beso.

29 de noviembre

El ventarrón de ayer produjo una víctima. La encontré esta mañana durante mi paseo
habitual por el jardín. Casi como si me lo hubiera sugerido mi ángel de la guarda, en vez de
hacer como siempre la simple circunnavegación de la casa me dirigí hacia el fondo, donde
antaño estaba el gallinero y ahora está el depósito del estiércol. Precisamente mientras
bordeaba la tapia que nos separa de la familia de Walter divisé en el suelo algo de color
oscuro. Podía ser una piña, pero no lo era porque, con intervalos más bien regulares, se
movía. Yo había salido sin las gafas y sólo cuando me encontré a su lado me di cuenta de
que se trataba de una joven mirla. Para cogerla casi corrí el riesgo de romperme un fémur.
Cuando estaba a punto de cogerla, daba un saltito hacia adelante. De haber sido más joven
la habría atrapado en menos de un segundo, pero ahora soy demasiado lenta para hacer eso.
Por fin tuve una ocurrencia genial: me quité de la cabeza el pañuelo y se lo arrojé encima.
Así, envuelta, la llevé a casa y la acomodé en una vieja caja de zapatos: metí dentro unos
trapos viejos y en la tapa hice algunos agujeros, uno de ellos suficientemente grande como
para que pueda asomar la cabeza.
Mientras escribo está aquí, ante mí, sobre la mesa. Todavía no le he dado de comer
porque está demasiado agitada. Viéndola agitada, además, me agito yo también; su mirada
asustada me causa desazón. Si en este momento viniera un hada, si apareciera
deslumbrándome con su fulgor entre la nevera y la cocina económica, ¿sabes qué le pediría? Le pediría el Anillo del Rey Salomón, ese mágico intérprete que permite hablar con
todos los animales del mundo. Podría entonces decirle a la mirla: «No te preocupes,
polluela mía, es cierto que soy un ser humano, pero me animan las mejores intenciones.
Me ocuparé de ti, te daré de comer y cuando recuperes la salud te dejaré emprender el
vuelo.»
Pero volvamos a lo nuestro. Ayer nos dejamos cuando estábamos en la cocina con mi
prosaica parábola dé la crêpe. Casi seguro que te habrá irritado. Cuando somos jóvenes
siempre pensamos que las cosas grandes, para ser descritas, requieren palabras aún más
grandes, altisonantes. Poco antes de marcharte me dejaste bajo la almohada una carta en la
que tratabas de explicarme tu incomodidad, tu desazón. Ahora que estás lejos puedo
decirte que, aparte de la sensación de desazón justamente, no he entendido lo que se dice
nada de esa carta. Todo era tan retorcido, tan oscuro... Yo soy una persona simple,
pertenezco a una época diferente de la tuya: si algo es blanco, yo digo que es blanco; si es
negro, que es negro. La resolución de los problemas proviene de la experiencia cotidiana,
del hecho de ver las cosas como verdaderamente son y no como deberían ser según otros.
En el momento en que empezamos a arrojar el lastre, a eliminar lo que no nos pertenece, lo
que proviene del exterior, es cuando ya estamos bien encaminados. Muchas veces me
parece que tus lecturas te confunden en vez de ayudarte, que dejan en torno a ti una nube
oscura, como la que las sepias dejan cuando se dan a la fuga.
Antes de tomar la decisión de marcharte me habías planteado una alternativa. « O me
voy al extranjero un año, o empiezo a ir a la consulta de un psicoanalista.» Mi reacción fue
dura, ¿te acuerdas? «Puedes marcharte incluso tres años -te dije- pero al psicoanalista no
irás ni una vez; no te permitiría hacerlo, ni siquiera si lo pagases tú.» Te impresionó mucho
esa reacción mía tan extremada. En el fondo, al proponerme lo del psicoanalista creías
estar proponiéndome un mal menor. Aunque no protestaste, me imagino que pensarías que
era demasiado vieja para entender estas cosas, o que estaba demasiado poco informada. Te
equivocas. Yo ya había oído hablar de Freud cuando era niña. Uno de los hermanos de mi
padre era médico y, habiendo estudiado en Viena, muy pronto entró en contacto con sus
teorías. Las abrazó con entusiasmo, y cada vez que venía a casa a comer trataba de

convencer a mis padres de su eficacia. «Nunca me harás creer que si sueño que como
spaghetti es porque tengo miedo a la muerte -tronaba mi madre-. Si sueño con spaghetti
quiere decir sólo una cosa, que tengo hambre. » De nada valían los intentos de mi tío, que
trataba de explicarle que esa tozudez suya dependía de una inhibición, que su terror ante la
muerte era inequívoco, porque los spaghetti no eran otra cosa que gusanos, y en gusanos
nos convertiríamos todos algún día. ¿Sabes qué hacía entonces mi madre? Tras un instante
de silencio, espetaba con su voz de soprano: «Entonces, ¿y si sueño con macarrones?»
Pero mis encuentros con el psicoanálisis no se agotan en esta anécdota infantil. Tu
madre se puso en manos de un psicoanalista, o presunto psicoanalista, durante casi diez
años; cuando murió, todavía acudía a su consulta; por lo tanto, aunque indirectamente, tuve
ocasión de seguir día a día todo el desarrollo de esa relación. Al principio, a decir verdad,
no me contaba nada acerca de esas cosas, ya sabes que están cubiertas por el secreto
profesional. Pero lo que en seguida me llamó la atención, y en sentido negativo, fue la
inmediata y total sensación de dependencia. Transcurrido apenas un mes, ya toda su vida
orbitaba alrededor de esa cita, alrededor de lo que ocurría durante esa hora entre aquel
señor y ella. Celos, dirás. Tal vez, incluso es posible, pero no era lo principal; lo que me
angustiaba, más bien, era el desagrado de verla esclavizada por una nueva dependencia:
primero había sido la política, ahora la relación con ese señor. Ilaria lo había conocido
durante su último año de estadía en Padua y, efectivamente, iba a Padua todas las semanas.
Cuando me comunicó esa nueva actividad suya yo me quedé algo perpleja y le dije:
«¿Realmente crees que es necesario ir hasta allá para encontrar un buen médico? »
Por una parte, su decisión de recurrir a un médico para salir de su estado de crisis
permanente me daba una sensación de alivio. En el fondo, decía para mis adentros, si Ilaria
había decidido pedir ayuda a alguien, se trataba ya de un paso adelante; pero, por otra
parte, conociendo su fragilidad, me sentía ansiosa a causa de la elección de la persona en
cuyas manos se había puesto. Entrar en la cabeza de otra persona es siempre un asunto
extremadamente delicado. «¿Cómo lo has conocido? -le preguntaba entonces-. ¿Alguien te
lo ha recomendado?» Pero ella se encogía de hombros como única respuesta. «¿Qué
quieres entender?», decía, truncando la frase con un silencio de suficiencia.
Aunque en Trieste vivía en su propia casa, por su cuenta, teníamos la costumbre de
vernos a la hora de la comida por lo menos una vez por semana. En tales ocasiones, desde
el comienzo de la terapia nuestros diálogos habían sido de una gran superficialidad
deliberada. Hablábamos de las cosas que habían ocurrido en la ciudad, del tiempo; si hacía
buen tiempo y en la ciudad no había pasado nada, no hablábamos apenas.
Pero ya desde su tercer o cuarto viaje a Padua me percaté de un cambio. En vez de
hablar ambas de naderías, era ella la que me interrogaba: quería saberlo todo acerca del
pasado, de mí, de su padre, de nuestras relaciones. No había afecto en sus preguntas, ni
curiosidad: el tono era el de un interrogatorio; repetía varias veces la pregunta, insistiendo
sobre insignificantes detalles, insinuaba dudas sobre episodios que ella misma había vivido
y recordaba perfectamente; en esas circunstancias no me parecía estar hablando con mi
hija, sino con un comisario que a toda costa quería hacerme confesar un delito. Cierto día,
impacientándome, le dije: «Habla claro, dime solamente adónde quieres llegar. » Me miró
con una mirada levemente irónica, cogió un tenedor, golpeó con él la copa, y cuando la
copa resonó cling, dijo: «Tan sólo a un sitio, al final del recorrido. Quiero saber cuándo y
por qué tú y tu marido me despuntasteis las alas. »
Aquel almuerzo fue el último en el que le permití someterme a ese fuego graneado de
preguntas; a la semana siguiente, por teléfono, le dije que podía venir a casa pero con una
condición: que entre nosotras hubiese un diálogo, no un proceso.

¿Tenía motivos para tener miedo? Claro, claro que los tenía, había muchas cosas de las
que hubiera tenido que hablar con Ilaria, pero no me parecía justo ni sano desvelar asuntos
tan delicados bajo la presión de un interrogatorio; si le hubiera seguido el juego, en vez de
inaugurar una relación nueva entre personas adultas, yo habría sido solamente y para
siempre culpable y ella para siempre víctima, sin posibilidad de rescate.
Volví a hablar con ella de su terapia pocos meses después. A esas alturas llevaba a cabo
con su doctor unos retiros que duraban el fin de semana entero; había adelgazado mucho y
en lo que discurría había como un desvarío que nunca le había oído antes. Le conté lo del
hermano de su abuelo, lo de sus primeros contactos con el psicoanálisis, y después, como
si tal cosa, le pregunté: «¿A qué escuela pertenece tu psicoanalista?» «A ninguna -repuso
ella-, o, mejor dicho, a una que ha fundado por su cuenta. »
A partir de ese momento, lo que hasta entonces había sido una simple ansiedad se
convirtió en una preocupación auténtica y profunda. Conseguí enterarme del nombre del
médico y tras una breve investigación también que no era médico ni mucho menos. Las
esperanzas que al principio había alimentado acerca de los efectos de la terapia se
derrumbaron de golpe. Naturalmente, no era la falta de titulación en sí misma lo que me
hacía abrigar sospechas, sino que a esa falta de titulación se sumaba la comprobación de
que las condiciones de Ilaria eran cada vez peores. Si el tratamiento hubiera sido válido,
pensaba, tras una fase inicial de malestar hubiera tenido que producirse una de mayor
bienestar; lentamente, entre dudas y recaídas, hubiera tenido que abrirse paso la toma de
conciencia. En cambio, poco a poco Ilaria había dejado de interesarse por todo lo que la
rodeaba. Hacía años que había terminado sus estudios y no se dedicaba a nada; se había
alejado de los pocos amigos que tenía, su única actividad era escrutar, su actividad interior
con la obsesividad de un entomólogo. El mundo entero orbitaba alrededor de lo que había
soñado durante la noche, o alrededor de una frase que su padre o yo le habíamos dicho
veinte años atrás. Ante este deterioro de su vida me sentía impotente por completo.
Tan sólo tres veranos después se abrió un resquicio de esperanza durante algunas
semanas. Poco después de Pascua le había propuesto que viajásemos juntas; con gran
sorpresa mía, en vez de rechazar a priori la idea, Ilaria, levantando la mirada del plato,
había dicho: « ¿Y adónde podríamos ir?» «No sé -repuse-, adonde quieras, adonde se te
ocurra.»
Esa misma tarde aguardamos con impaciencia a que abrieran las agencias de viajes.
Durante semanas las recorrimos minuciosamente en busca de algo que nos agradase.
Optamos al fin por Grecia -Creta y Santorini- para finales de mayo. Las cuestiones
prácticas que habíamos de resolver antes de emprender el viaje nos unieron en una
complicidad que nunca antes habíamos vivido. Ella estaba obsesionada con las maletas,
con el terror de olvidar algo de fundamental importancia; a fin de tranquilizarla, le compré
una pequeña libreta: «Apunta todo lo que te hace falta -le dije- y una vez metida cada cosa
en la maleta, traza una señal al lado. »
Por las noches, en el momento de ir a acostarme, lamentaba no haber pensado antes que
un viaje era una manera excelente de intentar volver a hilvanar la relación. El viernes antes
del viaje, Ilaria me llamó por teléfono; su voz sonaba metálica. Creo que hablaba desde
alguna cabina de la calle. «Tengo, que ir a Padua -me dijo-, a lo sumo regresaré el martes
por la noche.» «¿Es realmente necesario?», pregunté; pero ya había colgado el auricular.
Hasta el jueves siguiente no tuve noticias de ella. A las dos sonó el teléfono. Su tono
oscilaba entre la dureza y el pesar. «Lo siento -dijo-, pero no voy a viajar a Grecia.»
Esperaba mi reacción, yo también la esperaba. Tras unos segundos, contesté: «Yo también

lo siento mucho. De todas maneras, viajaré igualmente.» Percibió mi decepción y trató de
justificarse. «Si viajo estaré huyendo de mí misma », susurró.
Como bien puedes imaginarte, fueron unas vacaciones tristísimas: me esforzaba por
seguir a los guías, por interesarme en el paisaje, en la arqueología; en realidad no hacía otra
cosa que pensar en tu madre, en la dirección que estaba tomando su vida.
Ilaria, me decía, es como un campesino que, tras haber sembrado la huerta y haber
visto brotar las primeras plantitas, se ve asaltado por el temor de que algo pueda dañarlas.
Entonces, para protegerlas de la intemperie, compra una buena pieza de plástico que resista
el agua y el viento y la coloca sobre el cultivo; para mantener alejados los pulgones y las
larvas, rocía las plantas con abundantes dosis de insecticida. El suyo es un trabajo sin
descanso, no hay momento del día o de la noche en que no piense en su huerta y en la
manera de defenderla. Después, una mañana, al levantar el plástico, tiene la fea sorpresa de
encontrar que todas las plantas están podridas, muertas. Si las hubiera dejado crecer
libremente, algunas habrían muerto lo mismo, pero otras habrían sobrevivido. El viento y
los insectos habrían llevado otras plantas que hubieran crecido junto a las plantadas por él;
algunas serían hierbajos y las arrancaría, pero otras tal vez se hubieran convertido en flores
que con sus colores habrían alegrado la monotonía de la huerta. ¿Entiendes? Así son las
cosas, en la vida hace falta tener generosidad: cultivar el pequeño carácter propio sin ver
nada más de lo que hay alrededor significa seguir respirando pero estar ya muerto.
Imponiendo una excesiva rigidez a la mente, Ilaria había suprimido en su interior la voz
del corazón. De tanto discutir con ella, yo incluso tenía miedo de pronunciar esa palabra.
En cierta ocasión, cuando era una adolescente, le dije: «el corazón es el centro del
espíritu». A la mañana siguiente encontré sobre la mesa de la cocina el diccionario abierto
en la palabra espíritu; con lápiz rojo había subrayado la acepción: «líquido incoloro apto
para conservar frutas».*
Actualmente el corazón hace pensar en seguida en algo ingenuo, adocenado. En mi
juventud todavía se podía nombrar con desenvoltura; ahora en cambio es un vocablo que
ya nadie utiliza. Las pocas veces que se lo nombra es tan sólo para aludir a su mal
funcionamiento: no es el corazón por entero, sino solamente una isquemia coronaria, una
leve patología auricular. Pero nadie alude a él, al hecho de que es el centro del alma
humana. A menudo me he preguntado cuál podía ser la razón de este ostracismo. « Quien
confía en su corazón es un mentecato», decía a menudo Augusto citando la Biblia. ¿Por
qué habría de ser un mentecato? ¿Tal vez porque el corazón se parece a una cámara de
combustión? ¿Porque allí dentro hay tinieblas, tinieblas y fuego? Tan moderna es la mente,
como antiguo el corazón. Se piensa entonces que quien hace caso al corazón se
aproxima al mundo animal, a la falta de control, mientras que quien hace caso a la razón se
acerca a las reflexiones más elevadas. ¿Y si no fuesen así las cosas, si fuese verdad
exactamente lo contrario? ¿Y si ese exceso de razón fuese lo que deja desnutrida a la vida?
Durante el viaje de regreso de Grecia había tomado la costumbre de pasar parte de la
mañana cerca del puente de mando. Me gustaba atisbar adentro, mirar el radar y todos esos
ingenios complicados que indicaban hacia dónde estábamos yendo. Allí, cierto día,
observando las diferentes antenas que vibraban en el aire, pensé que el hombre se parece
cada vez más a una radio que solamente es capaz de sintonizar una franja de frecuencia.
Ocurre en parte como con las radios portátiles que encuentras como obsequio en los
detergentes: aunque en el dial están indicadas todas las frecuencias, en realidad al mover el
sintonizador sólo logras captar una o dos a lo sumo; todas las demás siguen siendo
zumbidos en el aire. Me parece que el uso excesivo de la mente produce más o menos el
mismo efecto: de toda la realidad que nos rodea sólo logramos captar una parte restringida.
Y en esa parte frecuentemente impera la confusión porque está toda repleta de palabras, y

las palabras, la mayor parte de las veces, en lugar de conducirnos a un sitio más amplio nos
hacen dar vueltas como un tiovivo.
La comprensión exige silencio. Cuando era joven no lo sabía, lo sé ahora que merodeo
por la casa muda y solitaria como un pez en su esférica pecera de cristal. Es como limpiar
el suelo sucio con una escoba o con una fregona mojada: si usas la escoba, gran parte del
polvo se eleva en el aire y vuelve a caer sobre los objetos de la habitación; si usas la
fregona mojada, en cambio, el suelo queda reluciente y limpio. El silencio es como la
fregona húmeda, aleja para siempre la opacidad del polvo. La mente es prisionera de las
palabras, si hay un ritmo que le pertenece es el ritmo desordenado de los pensamientos; el
corazón, en cambio, respira, es el único que late entre todos los órganos, y es ese latir lo
que le permite entrar en sintonía con otros latidos más vastos. A veces, más por distracción
que por otro motivo, me ocurre que dejo conectada la televisión la tarde entera; aunque no
la mire, su rumor me sigue por las habitaciones, y por la noche, al irme a la cama estoy
mucho más nerviosa que de costumbre y me cuesta conciliar el sueño. El ruido constante,
el estrépito, es una especie de droga: cuando estás habituado no puedes prescindir de él.
No quiero adelantarme demasiado, por lo menos no ahora. En las páginas que he
escrito hoy parece, en parte, como si hubiese preparado una tarta mezclando recetas
diferentes -un poco de almendra y después el requesón, pasas de Corinto y ron, melindros
y mazapán, chocolate y fresas-; en otras palabras, una de esas cosas terribles que en cierta
ocasión me hiciste probar diciendo que se llamaba nouvelle cuisine. ¿Un pastel? Es posible.
Me imagino que si un filósofo leyera estas páginas no podría contenerse y marcaría todo
con un lápiz rojo como las viejas maestras. «Incongruente -apuntaría-, fuera del asunto,
dialécticamente insostenible. »
¡Imagínate luego si cayese en manos de algún psicólogo! Podría escribir un ensayo
entero sobre la relación fracasada con mi hija, sobre todo aquello que inhibí. Y aunque
hubiera inhibido algo, ¿qué importancia tiene, a estas alturas? Tenía una hija y la he
perdido. Murió estrellándose con su coche: ese mismo día yo le había revelado -que ese
padre que, según ella, tanto daño le había causado, no era su verdadero padre. Tengo
presente aquel día como la película de un filme, sólo que en vez de moverse en el
proyector está clavada en la pared. Sé de memoria la secuencia de las escenas, y conozco
cada escena detalladamente. Nada se me escapa, todo late en mis pensamientos cuando estoy despierta y cuando duermo. Seguirá latiendo incluso después de mi muerte.
La pequeña mirla se ha despertado. Con intervalos regulares asoma la cabeza por el
agujero y emite un pío decidido. «Tengo hambre -parece decir-, ¿a qué esperas para darme
de comer? » Me puse de pie, abrí la nevera y miré si había algo que sirviera para ella.
Como no había nada, llamé por teléfono al señor Walter para preguntarle si tenía
lombrices. Mientras marcaba el número, le dije: «Feliz de ti, pequeñaja, que has nacido de
un huevo y tras el primer vuelo has olvidado el aspecto de tus progenitores. »

30 de noviembre

Esta mañana, poco antes de las nueve, llegó a casa Walter con su esposa y con un
saquito de gusanillos. Eran larvas de la harina: las había conseguido gracias a un primo
suyo que es aficionado a la pesca. Con su ayuda saqué delicadamente la pequeña mirla de
su caja; bajo las suaves plumas del pecho el corazón latía como enloquecido. Con una
pequeña pinza de metal cogí gusanillos del platito y se los ofrecí. Por más que se los
moviera de manera apetitosa delante del pico, no quería saber nada. «Ábraselo con un
mondadientes -me incitaba entonces el señor Walter-, o a viva fuerza con los dedos »; pero
yo, naturalmente, no me atrevía a hacerlo. De pronto recordé, por la experiencia de haber
criado juntas tantos pajarillos, que hay que estimularles el pico por un costado, y así lo
hice. Efectivamente, como si detrás hubiera tenido un resorte, inmediatamente la pequeña
mirla abrió el pico. Después de tres larvas ya estaba satisfecha. La señora Razman preparó
un café -yo ya no puedo hacerlo desde que tengo la mano defectuosa- y nos quedamos un
rato charlando de todo un poco. Sin la amabilidad y disponibilidad de ellos mi vida seria
mucho más difícil. Dentro de algunos días irán a un vivero para comprar bulbos y semillas
de cara a la primavera próxima. Me invitaron a ir con ellos. No les dije ni que sí, ni que no;
hemos quedado de acuerdo en hablar por teléfono mañana a las nueve.
Aquel día era el 8 de mayo. Yo había pasado la mañana ocupándome del jardín: habían
florecido las milenramas y el cerezo estaba cubierto de brotes. A la hora de la comida, sin
previo aviso, apareció tu madre. En silencio se me acercó por la espalda. « ¡Sorpresa! »,
gritó repentinamente, y yo del susto dejé caer el rastrillo. La expresión de su rostro
contrastaba con el entusiasmo falsamente alegre de su exclamación. Estaba amarillenta y
tenía la boca contraída. Al hablar se pasaba constantemente la mano por el pelo, se
apartaba los cabellos del rostro, se metía en la boca un mechón.
En esos últimos tiempos aquél era su estado natural: al verla así no me preocupé, por lo
menos no más que otras veces. Le pregunté dónde estabas. Me dijo que te había dejado
jugando en casa de una amiga. Mientras íbamos hacia la casa se sacó de un bolsillo un
ramito de nomeolvides todo espachurrado. «Es el día de la madre», dijo, y se quedó
inmóvil mirándome con las flores en la mano, sin decidirse a dar un paso. Entonces el paso
lo di yo, me le acerqué y la abracé cariñosamente dándole las gracias. Al sentir contra el
mío el contacto de su cuerpo me sentí perturbada. Había en ella una terrible rigidez;
cuando la abracé se había endurecido aún más. Yo tenía la sensación de que su cuerpo
estaba completamente hueco por dentro, emanaba aire frío como las grutas. Recuerdo muy
bien que en aquel momento pensé en ti. ¿Qué será de la niña -me pregunté- con una madre
en estas condiciones? A medida que transcurría el tiempo, la situación empeoraba en vez
de mejorar, yo estaba preocupada por ti, por tu crecimiento. Tu madre era muy celosa y te
traía a mi casa lo menos posible. Quería preservarte de mis influjos negativos: si a ella la
había arruinado, no lograría arruinarte a ti.
Era la hora del almuerzo y, después del abrazo, me metí en la cocina para preparar
algo. La temperatura era benigna. Pusimos la mesa al aire libre, bajo las glicinas. Extendí
el mantel a cuadros verdes y blancos y, en medio de la mesa, en un pequeño florero, el
ramito de nomeolvides. ¿Lo ves? Lo recuerdo todo con una precisión increíble para tratarse
de mi memoria bailarina. ¿Acaso intuía que sería la última vez que la vería con vida? ¿O
bien, después de la tragedia, traté de dilatar artificialmente el tiempo que pasamos juntas?
¡Quién sabe! ¿Quién podría decirlo?
Como no tenía nada preparado, hice una salsa de tomates. Mientras se terminaba de
hacer, le pregunté a Ilaria qué pasta prefería, si penne o fusilli. Desde fuera contestó: «Me

da lo mismo», y entonces puse a hervir los fusilli. Cuando nos sentamos le pregunté cosas
sobre ti, preguntas a las que contestó con evasivas. Sobre nuestras cabezas había un
constante ajetreo de insectos. Entraban y salían de las flores, su zumbido casi tapaba nuestras voces. De pronto algo oscuro cayó en el plato de tu madre. «¡Es una avispa! ¡Mátala,
mátala!», chilló, saltando de la silla y derribándolo todo. Entonces me incliné para ver qué
era, me di cuenta de que era un abejorro y se lo dije: «No es una avispa, es un abejorro, es
inofensivo.» Tras haberlo apartado de la mesa volví a servirle la pasta en su plato. Con
expresión todavía agitada volvió a sentarse en su sitio, cogió el tenedor, jugueteó un poco
con él pasándolo de una mano a la otra, después apoyó los codos sobre la mesa y dijo:
«Necesito dinero.» Sobre el mantel, donde habían caído los fusilli, había una gran mancha
de color rojo.
El asunto del dinero se venía arrastrando desde hacía muchos meses. Ya antes de la
Navidad pasada, Ilaria me había confesado que había firmado unos papeles en favor de su
psicoanalista. Al pedirle yo más explicaciones, como siempre se había escabullido.
«Garantías -había dicho-, una simple formalidad.» Ésta era su actitud terrorista: cuando no
quería decir algo, lo decía a medias. De esa manera descargaba sobre mí su ansiedad y, tras
haberlo hecho, se negaba a darme la información necesaria para que pudiera ayudarla. En
todo ello había un sadismo sutil y, además de sadismo, una frenética necesidad de estar
siempre en el centro de alguna preocupación. Pero la mayor parte de las veces, esas
expresiones extemporáneas no eran otra cosa que meros caprichos.
Decía, por ejemplo: «Tengo cáncer de ovarios», y yo, tras una breve y afanosa
averiguación, descubría que simplemente había ido a someterse a un examen de control, el
mismo que todas las mujeres hacen. ¿Comprendes? Era más o menos como la historia de
«¡el lobo, el lobo!». En los últimos años había anunciado tantas tragedias, que al final yo
había dejado de creerla, o la creía un poco menos. Por lo tanto, cuando me dijo que había
firmado unos papeles no le presté demasiada atención, ni insistí para que me diera más
información. Más que nada, estaba cansada de ese juego agotador. E incluso aunque
hubiera insistido, aunque me hubiera enterado del asunto antes, de todas maneras habría
sido inútil porque esos papeles ya los había firmado tiempo atrás, sin advertirme de nada.
La quiebra propiamente dicha se produjo a finales de febrero. Sólo entonces me enteré
de que, con aquellos papeles, Ilaria había garantizado los negocios de su médico por una
suma de trescientos millones de liras. En esos dos meses la sociedad para la cual había
firmado la garantía se había declarado en quiebra, había un «agujero» de casi dos mil
millones y los bancos habían empezado a exigir la devolución del dinero prestado. Fue entonces cuando tu madre acudió a casa a llorar, a preguntarme qué podía hacer.
Efectivamente, la garantía se basaba en la casa donde vivía contigo, y los bancos
pretendían cobrar lo suyo con ella. Puedes imaginarte mi enfado. Con más de treinta años,
tu madre no sólo era incapaz de mantenerse a sí misma, sino que incluso había puesto en
juego el único bien que poseía, el apartamento que yo había puesto a su nombre en el
momento de nacer tú. Yo estaba furiosa pero no se lo dejé notar. A fin de no perturbarla
más, simulé serenidad y le dije: «Veamos qué es lo que se puede hacer. »
En vista de que ella se había hundido en una completa apatía, yo busqué un buen
abogado. Hice de detective improvisado, reuní todas las informaciones que pudieran sernos
útiles para ganar el pleito con los bancos. De esa forma me enteré de que desde hacía
varios años él le suministraba unos psicofármacos fuertes. Durante las sesiones, si ella
estaba algo abatida le ofrecía whisky. No dejaba de repetirle que ella era su discípula
predilecta, la mejor dotada, que pronto podría instalarse por cuenta propia y abrir un despacho donde podría a su vez curar pacientes. Sólo de repetir estas frases me dan escalofríos.
¿Te das cuenta? Ilaria, con su fragilidad, con su confusión, con su absoluta falta de un

centro, de un día para otro podría dedicarse a curar personas. Si no se hubiese producido
aquella quiebra, casi con toda seguridad así habría sido: sin decirme nada, se habría puesto
a ejercer el mismo arte que su gurú.
Naturalmente, nunca se había atrevido a hablarme de ese proyecto suyo de una manera
explícita. Cuando le preguntaba por qué no utilizaba de alguna manera su título de letras,
con una sonrisita astuta contestaba: «Ya verás como sí que lo utilizo ... »
Hay cosas que es muy doloroso pensarlas. Decirlas, además, provoca una pena aún más
grande. Durante esos meses imposibles entendí una cosa acerca de ella, una cosa que hasta
aquel momento no me había siquiera rozado y que no sé si hago bien en decírtela; de todas
maneras, ya que he decidido no ocultarte nada, desembucho. Pues mira, de repente, entendí
lo siguiente: que tu madre no era inteligente en lo más mínimo. Me costó mucho trabajo
entenderlo, aceptarlo, en parte porque con los hijos siempre nos engañamos, y en parte porque con su falso saber, con toda su dialéctica, había conseguido enturbiar las aguas muy
bien. Si hubiera tenido la valentía de darme cuenta a tiempo, la habría protegido más, la
habría amado de una manera más firme. Protegiéndola, tal vez hubiera logrado salvarla.
Eso era lo más importante, y me di cuenta cuando ya no se podía hacer nada. Vista la
situación en su conjunto, a esas alturas lo único que se podía hacer era declararla
incapacitada, intentar una demanda por abuso de sugestión y dominio. El día que le
comuniqué que habíamos decidido -junto con el abogado- emprender ese camino, tu madre
estalló en una crisis de histeria. « Lo haces a propósito -gritaba-, todo es un plan para
arrebatarme la niña.» Pero estoy segura de que para sus adentros solamente pensaba una
cosa, que si la consideraban incapacitada, su carrera quedaría arruinada para siempre.
Caminaba con los ojos vendados por el borde de un abismo y todavía creía estar en medio
de un prado preparándose para una merienda. Tras aquella crisis me ordenó despachar al
abogado y dejar de lado el asunto. Por iniciativa de ella consulté a otro y hasta aquel día de
las nomeolvides no me dijo nada.
¿Comprendes mi estado de ánimo cuando, apoyando los codos sobre la mesa, me pidió
dinero? Claro, ya sé: estoy hablando de tu madre y ahora, tal vez, en mis palabras sólo
adviertes una vacía crueldad, piensas que me odiaba con toda razón. Pero recuerda lo que
te dije al principio: tu madre era mi hija, yo he perdido mucho más de lo que has perdido
tú. En tanto que tú eres inocente de su pérdida, yo no lo soy, no lo soy en absoluto. Si de
vez en cuando te parece que hablo tomando distancia, intenta imaginar cómo ha de ser de
grande mi dolor, hasta qué punto este dolor carece de palabras. De tal suerte, la distancia es
sólo aparente, es el vacío artificial gracias al cual puedo seguir hablando.
Cuando me pidió que pagase sus deudas, por primera vez en mi vida le dije que no,
rotundamente no. «No soy un banco suizo -le dije-, no tengo esa cifra. Y aunque la tuviera
no te la daría, eres suficientemente mayor como para hacerte cargo de tus actos. Tenía sólo
una casa y la puse a tu nombre: si la has perdido, el asunto ya no me concierne. » Al llegar
a estas palabras se puso a lloriquear. Empezaba una frase, la interrumpía a la mitad para
empezar otra; ni en el contenido, ni en la sucesión, lograba yo percibir sentido alguno,
ninguna lógica. Después de unos quince minutos de lamentaciones llegó al punto central
de sus obsesiones: el padre y sus presuntas culpas, primera entre todas la escasa atención
hacia ella. «Es necesario resarcirme, ¿lo entiendes o no?», me gritaba con un brillo terrible
en la mirada. Entonces, no sé cómo, estallé. El secreto que me había jurado a mí misma
llevarme a la tumba subió hasta mis labios. Apenas salió ya estaba arrepentida, quería
volver a tragármelo, hubiera hecho cualquier cosa por no haber dicho esas palabras, pero
era demasiado tarde. Ese «tu padre no era tu verdadero padre» ya había llegado a sus oídos.
Su rostro se volvió aún más pétreo. Lentamente se puso en pie, mirándome fijamente.

«¿Qué has dicho?» Su voz apenas si se escuchaba. Yo, extrañamente, estaba de nuevo
calmada. «Has oído bien -contesté-. He dicho que mi marido no era tu padre. »
¿Que cómo reaccionó Ilaria? Sencillamente yéndose. Se volvió, con un andar que
parecía más el de un robot que el de un ser humano y se encaminó hacia la cancela del
jardín. « ¡Aguarda, hablemos! », grité con una voz odiosamente estridente.
¿Por qué no me puse de pie, por qué no corrí tras ella, por qué no hice nada, en el
fondo, para detenerla? Porque yo también me había quedado petrificada ante mis propias
palabras. Trata de comprenderme, aquello que tantos años había custodiado, y con tanta
firmeza, de repente había salido fuera. En menos de un segundo, como un pajarillo que de
pronto encuentra la puerta de la jaula abierta, había volado y había llegado a oídos de la
única persona que yo no quería que oyese tal cosa.
Esa misma tarde, a las seis, mientras todavía aturdida estaba regando las hortensias,
una patrulla de guardias de tráfico vino a comunicarme el accidente.
Ahora es de noche, ya tarde, he tenido que hacer una pausa. Di de comer a Buck y a la
mirla, comí yo también, he mirado un rato la televisión. Mi coraza hecha jirones no me
permite soportar largo tiempo las emociones fuertes. Para poder proseguir necesito
distraerme, recobrar el aliento.
Como sabes, tu madre no murió inmediatamente, pasó diez días suspendida entre la
vida y la muerte. Durante esos días estuve siempre a su lado; confiaba en que abriese los
ojos, por lo menos un instante, que se me diera una última posibilidad de pedirle perdón.
Estábamos solas en una salita repleta de aparatos, una pequeña pantalla decía que su
corazón todavía seguía latiendo, otra que su cerebro estaba casi inactivo. El médico encargado de su cuidado me había dicho que, a veces, los pacientes que se encontraban en
ese estado hallaban algún alivio oyendo algún sonido que habían amado. Entonces
conseguí su canción preferida de cuando era niña. Mediante un pequeño magnetofón
portátil se la hacía escuchar durante horas. De hecho, algo debió llegarle, porque, ya desde
los primeros compases, la expresión de su rostro había cambiado, la cara se le había
relajado y los labios habían empezado a realizar el movimiento que hacen los lactantes
después de haber comido. Parecía una sonrisa de satisfacción. Quién sabe, tal vez en la
pequeña parte aún activa de su cerebro estaba guardada la memoria de una época serena y
allí era donde se había refugiado en ese momento. Aquel pequeño cambio me llenó de
júbilo. En esos casos uno se aferra a cualquier nimiedad; no me cansaba de acariciarle la
cabeza, de repetirle: «Tesoro, tienes que lograrlo, tenemos toda una vida por delante para
vivirla juntas, volveremos a empezar nuevamente, de otra manera. » Mientras le hablaba,
se me presentaba una imagen delante: tenía cuatro o cinco años, yo la veía merodear por el
jardín llevando en brazos su muñeca preferida, le hablaba constantemente. Yo estaba en la
cocina, no oía su voz. De vez en cuando, desde algún lugar del prado llegaba a mí su risa,
una risa fuerte, alegre. «Si alguna vez ha sido feliz -decía entonces para mis adentros-,
podrá volver a serlo. Para que renazca hay que arrancar desde allí, desde aquella niña.»
Naturalmente, lo primero que los médicos me habían comunicado después del percance
era que, en caso de sobrevivir, sus funciones no volverían a ser las de antes, podía quedar
paralizada o sólo parcialmente consciente. Y, ¿sabes una cosa? En mi egoísmo materno lo
único que me preocupaba era que siguiese viviendo. De qué manera, no tenía la menor
importancia. Es más: llevarla en coche, lavarla, meterle la comida en la boca, ocuparme de
ella como única finalidad de mi vida, habría sido la mejor manera de expiar enteramente
mi culpa. Si mi amor hubiera sido auténtico, si hubiera sido verdaderamente grande, habría
rezado por su muerte. Pero por fin alguien la amó más que yo: al caer la tarde del noveno
día, de su rostro desapareció aquella hermosa sonrisa y murió. Me di cuenta en seguida,

estaba allí junto a ella; sin embargo, no se lo dije a la enfermera de guardia porque quería
quedarme un poco más con ella. Le acaricié el rostro, le estreché las manos entre las mías
como cuando era niña, repitiéndole constantemente: «Tesoro, tesoro.» Después, sin soltar
su mano, me arrodillé junto a la cama y empecé a rezar. Rezando empecé a llorar.
Cuando la enfermera me tocó un hombro, todavía estaba llorando. «Vamos, venga
conmigo -me dijo-, le voy a dar un sedante. » No quise el sedante, no quise tomar nada que
atenuase mi dolor. Allí me quedé hasta que se la llevaron a la cámara mortuoria. Después
cogí un taxi y fui a la casa de la amiga que te hospedaba para recogerte. Esa misma noche
estabas ya en mi casa. «¿Dónde está mamá?», preguntaste durante la cena. «Mamá se ha
ido de viaje -te contesté entonces-, ha emprendido un largo viaje hasta el cielo.» Con tu
cabezota rubia seguiste comiendo en silencio. Apenas terminaste, con voz seria me
preguntaste: «Abuela, ¿podemos saludarla?» «Claro que sí, mi amor», te contesté, y,
cogiéndote en brazos, te llevé al jardín. Nos quedamos largo tiempo en el prado mientras tú
con tu manita saludabas a las estrellas.

1 de diciembre
Estos días me embarga un gran malhumor. No lo ha desencadenado ninguna cosa en
particular: el cuerpo es así, tiene sus equilibrios internos y una minucia es suficiente para

alterarlos. Ayer por la mañana, cuando la señora Razman vino a traerme la compra y vio
mi cara sombría, dijo que en su opinión la culpa la tiene la luna. Efectivamente, la noche
anterior habíamos tenido luna llena. Y si la luna puede levantar los mares y lograr que
crezca más deprisa la achicoria del huerto, ¿por qué no habría de tener también el poder de
influir sobre nuestros humores? Agua, gases, minerales, ¿de qué otra cosa estamos hechos?
De todas maneras, antes de marcharse me obsequió con un conspicuo paquete de
periódicos y por lo tanto he pasado una jornada completa idiotizándome entre sus páginas.
¡Siempre tropiezo con la misma piedra! Apenas los veo me digo, está bien, los hojearé un
poco, no más de media hora y después me dedicaré a algo más serio y más importante.
Pero nunca consigo despegarme hasta haber leído la última palabra. Me entristezco por la
vida desdichada de la princesa de Mónaco, me indigno por los amores proletarios de su
hermana, palpito ante cualquier noticia rompecorazones que me cuenten con abundancia de
detalles. ¡Y no digamos las cartas! No dejo de asombrarme ante las cosas que la gente se
atreve a escribir. No soy una vieja beata, por lo menos no creo serlo, pero no te niego que
ciertas libertades me dejan más bien perpleja.
Hoy la temperatura ha vuelto a bajar. Renuncié a mi paseo por el jardín, tenía miedo de
que el aire me resultara demasiado riguroso, junto con el frío que llevo en mi interior
habría podido quebrarme como una vieja rama helada. Quién sabe si todavía me estarás
leyendo, o si, conociéndome mejor, te ha asaltado tal repulsión que no has podido
proseguir la lectura. La urgencia que me posee en este momento no me permite
postergaciones, no puedo detenerme justamente ahora, escabullirme. Aunque he
conservado durante tantos años aquel secreto, ahora ya no me es posible hacerlo. Ya te dije
al principio que ante tu desconcierto por el hecho de no tener un centro yo experimentaba
un desconcierto similar, tal vez incluso mayor. Sé que tu alusión al centro -o, mejor dicho,
a su carencia- está estrechamente relacionada con el hecho de que jamás has sabido quién
era tu padre. Tan tristemente natural me había resultado decirte adónde había ido tu madre,
como, ante tus preguntas acerca de tu padre, nunca me sentí en condiciones de darte
respuesta. ¿Cómo hubiera podido hacerlo? No tenía la menor idea de quién era. Un verano
Ilaria se había tomado unas largas vacaciones en Turquía, sola, y había vuelto de esas
vacaciones en estado interesante. Tenía ya más de treinta años y, si todavía no tienen hijos,
a esa edad a las mujeres las asalta un extraño frenesí, quieren tener uno a toda costa, de qué
manera y con quién no tiene la menor importancia.
En aquel entonces, además, casi todas eran feministas; junto con unas amigas tu madre
había fundado un círculo. Había muchas cosas justas en lo que decían, cosas que yo
compartía, pero entre esas cosas justas también había muchos argumentos forzados, ideas
insanas y desviadas. Una de éstas era que las mujeres eran completamente dueñas de la
administración de su propio cuerpo, y que, por lo tanto, tener o no tener un hijo dependía
solamente de ellas. El hombre no era sino una necesidad biológica, y había que utilizarlo
como simple necesidad. Tu madre no fue la única que se comportó de esa manera, otras
dos o tres amigas suyas tuvieron hijos de la misma forma. ¿Sabes? No es cosa del todo
incomprensible. La capacidad de poder dar vida otorga una sensación de omnipotencia. La
muerte, la tiniebla y la precariedad se alejan, introduces en el mundo otra parte de ti
misma; ante este milagro todo el resto desaparece.
Como argumento para sostener su tesis, tu madre y sus amigas aludían al mundo
animal: «Las hembras -decían-, se encuentran con los machos sólo en el momento de
acoplarse, después cada uno prosigue su camino y los cachorros se quedan con la madre. »
Que esto sea o no verdad es cosa que no estoy en condiciones de comprobar. Pero sé que
nosotros somos seres humanos, cada uno de nosotros nace con una cara diferente a todas
las demás y esa cara la llevamos a cuestas durante la existencia entera. Un antílope, nace

con morro de antílope, un león con morro de león, todos ellos son iguales, idénticos a los
demás animales de su especie. En la naturaleza el aspecto es siempre el mismo, en tanto
que el hombre y nadie más tiene un rostro. Un rostro, ¿entiendes? En el rostro está todo.
Está tu historia, están tu padre, tu madre, tus abuelos y bisabuelos, tal vez incluso algún tío
lejano del que ya nadie se acuerda. Detrás del rostro está la personalidad, las cosas buenas
y las no tan buenas que has recibido de tus antepasados. El rostro es nuestra primera
identidad, aquello que nos permite situarnos en la vida diciendo: «Pues bien, aquí estoy.»
De tal suerte, cuando hacia los trece o catorce años empezaste a pasar horas enteras ante el
espejo, comprendí que era justamente eso lo que estabas buscando. Ciertamente mirabas
los granitos y espinillas, o la nariz repentinamente demasiado grande, pero también algo
más. Sustrayendo y eliminando los rasgos de tu familia materna, tratabas de formarte una
idea acerca del rostro del hombre que te había engendrado. El asunto sobre el cual tu
madre y sus amigas no habían reflexionado lo suficiente era precisamente ése: que algún
día el hijo, mirándose en el espejo, comprendería que dentro de él había algún otro y que
quería saberlo todo acerca de ese otro. Hay personas que persiguen durante toda su
existencia el rostro de su madre o de su padre.
Ilaria estaba convencida de que en el desarrollo de una vida el peso de la genética era
casi nulo. Para ella lo importante era la educación, el ambiente, la manera de crecer. Yo no
compartía esa idea suya, para mí los dos factores marchaban a la par: mitad el ambiente,
mitad lo que tenemos dentro de nosotros desde el nacimiento.
Hasta que empezaste a ir al colegio no tuve ningún problema, nunca me preguntabas
nada acerca de tu padre y yo me guardaba mucho de hablarte de ello. Con el ingreso en la
escuela, gracias a las compañeras y a los maléficos temas que os daban las maestras, de
pronto te diste cuenta de que en tu vida cotidiana faltaba algo. Naturalmente, en tu clase
había muchos hijos de padres separados y situaciones irregulares, pero nadie tenía en lo
que atañe al padre ese vacío que tú tienes. ¿Cómo podía explicarte, a los seis o siete años
de edad, lo que tu madre había hecho? Además, en el fondo, tampoco yo sabía nada, salvo
que habías sido concebida allá, en Turquía. Por lo tanto, para inventar una historia medio
creíble, exploté el único dato seguro, el país de origen.
Había comprado un libro de cuentos orientales y te leía uno cada noche. Basándome en
esos cuentos había inventado uno expresamente para ti, ¿te acuerdas todavía? Tu madre era
una princesa y tu padre un príncipe de la Media Luna. Como todos los príncipes y
princesas, se amaban hasta el extremo de estar dispuestos a morir el uno por el otro. Pero
en la corte muchos envidiaban ese amor. El más envidioso de todos era el Gran Visir,
hombre poderoso y malvado. Precisamente él fue quien lanzó un terrible sortilegio sobre la
princesa y sobre la criatura que ésta llevaba en su vientre. Afortunadamente el príncipe
había sido alertado por un fiel sirviente y así tu madre una noche, vestida con ropas de
campesina, dejó el castillo y se refugió aquí, en la ciudad en que tú viste la luz.
«¿Soy la hija de un príncipe?», me preguntabas entonces con los ojos radiantes. «Claro -te contestaba-,
pero se trata de un secreto secretísimo, un secreto que no tienes que decir a nadie. » ¿Qué esperaba conseguir
con esa extraña mentira? Nada, tan sólo regalarte algún año más de tranquilidad. Sabía que algún día dejarías
de creer en mi estúpido cuento. Sabía que ese día, con toda probabilidad, empezarías a detestarme. Sin
embargo, me resultaba totalmente imposible no relatártelo. Incluso reuniendo toda mi poca valentía, jamás
conseguiría decirte: «Ignoro quién es tu padre, acaso lo ignoraba incluso tu madre. »

Eran los años de la liberación sexual, la actividad erótica estaba considerada como una
función normal del cuerpo: se había de llevar a cabo cada vez que una tuviera ganas, un día
con uno, otro día con otro. Vi aparecer junto a tu madre docenas de jóvenes, no recuerdo ni
uno solo que durara más de un mes. Ya inestable de por sí, Ilaria fue arrollada por esa
precariedad amorosa. Aunque nunca le impedí nada, ni jamás la critiqué de ninguna
manera, me sentía más bien perturbada por esa repentina libertad de sus costumbres. No

era tanto la promiscuidad lo que me chocaba, como el gran empobrecimiento de los
sentimientos. Caídas las prohibiciones y la unicidad de la persona, había caído también la
pasión. Ilaria y sus amigas me parecían las invitadas de un banquete afligidas por un fuerte
resfriado: por educación comían todo lo que les ofrecían, pero sin percibir su sabor. Zanahorias, asados y pastelitos tenían para ellas el mismo sabor.
En la elección de tu madre seguramente tenía que ver la nueva libertad de las
costumbres, pero tal vez había también la huella de alguna otra cosa. ¿Cuántas cosas
sabemos sobre cómo funciona la mente? Muchas, pero no todas. ¿Quién puede entonces
decir si ella, en algún oscuro rincón de su inconsciente, no había intuido que el hombre que
estaba con ella no era su padre? Muchas inquietudes, muchas inestabilidades, ¿no provendrían acaso de eso? Mientras fue pequeña, mientras fue una muchacha, una adolescente,
nunca me planteé esa pregunta, la ficción dentro de la que yo la había hecho crecer era
perfecta. Pero cuando regresó de aquel viaje con una panza de tres meses, entonces todo
volvió a mi mente. No se puede huir de las falsedades, de las mentiras. O, mejor dicho, se
puede huir durante algún tiempo, pero después, cuando menos te lo esperas, vuelven a
aflorar, ya no son dóciles como en el momento en que las dijiste, aparentemente
inofensivas, no; durante el periodo de alejamiento se han convertido en monstruos
horribles, en ogros que todo lo devoran. Las descubres y, un segundo después, te
atropellan, te devoran y, contigo, todo lo que te rodea, con una avidez tremenda. Un día,
cuando tenías diez años, volviste de la escuela llorando. «¡Embustera!», me dijiste, e
inmediatamente te encerraste en tu habitación. Habías descubierto la mentira de aquel
cuento.
Embustera podría ser el título de mi autobiografía. Desde que nací sólo he dicho una
mentira.
Con ella he destruido tres vidas.

4 de diciembre

La mirla sigue estando delante de mí, sobre la mesa. Tiene algo menos de apetito que
días pasados. En vez de llamarme sin descanso, se queda quieta en su sitio, ya no asoma la
cabeza por el agujero de la tapa, veo apenas asomar las plumas de la cúspide de su cabeza.
Esta mañana, a pesar del frío, he ido al vivero con los Razman. Estuve indecisa hasta el
último momento, la temperatura era como para desalentar hasta a un oso, y, además, en un
recoveco oscuro de mi corazón había una voz que me decía: «¿Qué te importa plantar más
flores? » Pero, mientras marcaba el número de los Razman para anular el compromiso,
desde la ventana vi los colores apagados del jardín y me arrepentí de mi egoísmo. Tal vez
no vuelva a ver otra primavera, pero tú seguramente las verás.
¡Qué desazón, estos días! Cuando no estoy escribiendo doy vueltas por las habitaciones
sin lograr apaciguarme en ningún sitio. No hay ni una actividad, entre las pocas que puedo
llevar a cabo, que me permita acercarme a un estado de quietud, que por un instante aparte
mis pensamientos de los recuerdos tristes. Tengo la sensación de que el funcionamiento de
la memoria se parece un poco al del congelador. ¿Tienes presente lo que ocurre cuando de
él sacas algún alimento conservado largo tiempo? Al principio está rígido como una baldosa, carece de olor, de sabor, está recubierto por una pátina blanca; pero cuando lo pones
al fuego, poco a poco recobra su forma y su color, llena la cocina con su aroma. De la
misma manera, los recuerdos tristes dormitan largo tiempo en una de las innumerables
cavernas de la memoria; se mantienen allí durante años, decenios, la vida entera. Después,
un buen día vuelven a la superficie, el dolor que los había acompañado vuelve a estar presente, tan intenso y punzante como lo era aquel día de hace tantos años.
Te estaba hablando de mí, de mi secreto. Pero para contar una historia es necesario
empezar por el principio, y el principio está en mi juventud, en el aislamiento un poco
anómalo dentro del cual había crecido y seguía viviendo. En mis tiempos, para una mujer
la inteligencia era una cualidad sumamente negativa de cara al matrimonio; para las
costumbres de aquella época una esposa no debía ser más que una productora estática y
adorante. Una mujer que hiciese preguntas, una mujer curiosa, inquieta, era lo último que
se podía desear. Por eso la soledad de mi juventud fue verdaderamente grande. A decir
verdad, alrededor de los dieciocho o veinte años, dado que era agraciada y de bastante
buena posición económica, tenía a mi alrededor enjambres de pretendientes. Pero apenas
demostraba saber hablar, apenas les abría mi corazón con los pensamientos que se agitaban
en su interior, a mi alrededor se hacía el vacío. Naturalmente, también hubiera podido
quedarme callada o simular ser lo que no era, pero, por desgracia -o por suerte-, a pesar de
la educación recibida, una parte de mí estaba todavía viva y esa parte rehusaba mostrarse
con falsedad.
Concluido el instituto, como ya sabes, no proseguí los estudios porque se opuso mi
padre. Se trató de una renuncia muy difícil para mí. Precisamente por eso estaba sedienta
de saber. Apenas un joven decía que estaba estudiando medicina yo lo acribillaba a
preguntas, quería saberlo todo. Lo mismo hacía con los futuros ingenieros, con los futuros
abogados. Esa conducta mía desorientaba mucho, parecía que la actividad me interesaba
más que la persona, y tal vez así fuese efectivamente. Cuando hablaba con mis amigas, con
mis compañeras de colegio, tenía la sensación de que pertenecíamos a mundos que estaban
a años luz. La gran línea divisoria entre ellas y yo era la malicia femenina. En la misma
medida en que yo carecía completamente de ella, mis amigas la habían desarrollado hasta
su máxima potencia. Detrás de su aparente arrogancia, detrás de su aparente seguridad, los
hombres son extremadamente frágiles, ingenuos: llevan en su interior resortes muy
primitivos, basta apretar uno de éstos para que caigan en la sartén como pescaditos fritos.

Yo lo comprendí bastante tardíamente, pero mis amigas lo sabían ya entonces, a los quince
o dieciséis años.
Con natural talento aceptaban misivas o las rechazaban, escribían las propias con una u
otra entonación, concertaban citas y no acudían, o acudían muy tarde. Mientras bailaban,
frotaban la parte adecuada del cuerpo y, al hacerlo, miraban al hombre a los ojos con la
expresión intensa de las jóvenes cervatillas. Ésa es la malicia femenina, ésos son los
halagos que llevan a tener éxito con los hombres. Pero yo, date cuenta, era como una
patata, no entendía absolutamente nada de lo que ocurría a mi alrededor. Aunque pueda
parecerte extraño, había en mí un profundo sentimiento de lealtad y esa lealtad me decía
que jamás, jamás, podría enredar a un hombre. Pensaba que algún día encontraría a un
joven con quien pudiera hablar hasta bien entrada la noche sin cansarme; hablando y
hablando nos daríamos cuenta de que veíamos las cosas de la misma manera, de que
experimentábamos las mismas emociones. Entonces nacería el amor, se trataría de un amor
fundado en la amistad, en la estima, no en la facilidad del enredo.
Yo quería una amistad amorosa, y en eso era muy viril, viril en el sentido antiguo. Era
la relación en condiciones de igualdad, creo, lo que infundía terror a mis pretendientes.
Así, lentamente, había terminado por verme relegada al papel que habitualmente
corresponde a las feas. Tenía muchos amigos, pero se trataba de amistades en una sola
dirección: acudían a mí solamente para confesarme sus penas de amor. Mis amigas se iban
casando una tras otra. Durante cierto período de mi vida, creo que no hice otra cosa que
asistir a bodas. Mis coetáneas empezaban a tener niños y yo era siempre la tía soltera, vivía
con mis padres, en casa, y estaba casi resignada a seguir siendo señorita eternamente. «A
saber qué tienes en la cabeza -decía mi madre-, ¿será posible que no te guste Fulano, ni
tampoco Mengano?» Para ellos era evidente que mis dificultades con el otro sexo eran
consecuencia de mi carácter singular. ¿Que si lamentaba eso? No lo sé.
A decir verdad, no sentía en mi interior el deseo ardiente de formar una familia. La idea
de traer un hijo al mundo me provocaba cierta desconfianza. Había sufrido demasiado de
niña y tenía miedo de hacer sufrir de la misma manera a una criatura inocente. Además,
aunque vivía aún en casa de mis padres, era totalmente independiente, dueña y señora de
cada hora de mis jornadas. A fin de ganar algún dinero daba clases de recuperación de
griego y latín, mis materias predilectas. Aparte de eso, no tenía otros compromisos: podía
pasar tardes enteras en la biblioteca municipal sin tener que rendir cuentas a nadie, podía
hacer excursiones a la montaña cada vez que me diera la gana.
En otras palabras, mi vida, comparada con la de otras mujeres, era libre, y yo tenía
mucho miedo de perder esa libertad. Y, sin embargo, toda esa libertad, toda esa aparente
felicidad, a medida que pasaba el tiempo la sentía cada vez más falsa, más forzada. La
soledad, que al principio me había parecido un privilegio, empezaba a pesarme. Mis padres
se estaban volviendo viejos, mi padre había sufrido un ataque de apoplejía y caminaba mal.
Yo lo acompañaba diariamente, cogiéndolo del brazo, a comprar el periódico. Por aquel
entonces tenía veintisiete o veintiocho años. Viendo mi imagen reflejada junto a la de él en
los escaparates, de pronto me sentí también yo vieja y comprendí cuál era el rumbo que
estaba tomando mi vida: de ahí a poco él se iba a morir, mi madre lo seguiría, yo me
quedaría sola en una gran casa llena de libros; para pasar el tiempo tal vez me pondría a
bordar o acaso a pintar acuarelas y los años irían volando uno tras otro. Hasta que alguien,
una mañana, preocupado al no verme desde hacía días, llamaría a los bomberos: los
bomberos desfondarían la puerta y encontrarían mi cuerpo tendido en el suelo. Estaba
muerta, y lo que de mí quedaba no era muy distinto del casco seco que dejan en el suelo
los insectos cuando mueren.

Sentía marchitarse mi cuerpo de mujer sin haber vivido y eso me inundaba de una gran
tristeza. Además me sentía sola, muy sola. Desde que existía no había tenido nunca a nadie
con quien hablar, quiero decir con quien hablar de verdad. Ciertamente era muy
inteligente, leía mucho, como decía mi padre con cierto orgullo, a fin de cuentas: «Olga
nunca se casará porque tiene demasiada cabeza.» Pero toda esa supuesta inteligencia no
conducía a ninguna parte, qué sé yo: no era capaz de emprender un gran viaje, ni de estudiar algo en profundidad. Me sentía las alas despuntadas por el hecho de no haber ido a la
universidad. En realidad, la causa de mi ineptitud, de mi incapacidad de lograr que mis
dotes dieran fruto, no provenía de eso. En el fondo, Schliemann había descubierto Troya
siendo un autodidacta, ¿no? Mi freno era otro: un pequeño muerto en mi interior, ¿te
acuerdas? Era él quien me frenaba, era él quien me impedía avanzar. Yo me quedaba
quieta y aguardaba. ¿A qué? No tenía la menor idea.
El día que Augusto vino por primera vez a nuestra casa había nevado. Lo recuerdo
porque en esta comarca rara vez nieva y porque, precisamente a causa de la nieve, ese día
nuestro invitado a comer llegó con retraso. Como mi padre, Augusto se dedicaba a la
importación de café. Había venido a Trieste para interesarse por la compra de nuestra
empresa. Después de su ataque de apoplejía mi padre, que no tenía herederos varones,
había decidido deshacerse de la empresa para pasar en paz sus últimos años. A primera
vista, Augusto me pareció muy antipático. Venía de Italia, como decíamos nosotros, y al
igual que todos los italianos tenía una afectación que yo encontraba irritante. Es extraño,
pero a menudo ocurre que determinadas personas, importantes en nuestra existencia, al
principio no nos gustan nada. Tras la comida mi padre se retiró a descansar y a mí me
dejaron en la sala acompañando a nuestro huésped en espera de que para él llegase la hora
de coger el tren. Estaba de lo más fastidiada. Durante esa hora, o poco más, que pasamos
juntos, lo traté sin muchos miramientos. A cada pregunta suya contestaba con un
monosílabo, y si él se quedaba callado, yo también. Cuando, ya ante la puerta, me dijo:
«Mis respetos, señorita», le tendí la mano con la misma distancia con que una aristócrata
se la concede a un hombre de rango inferior.
«Para ser italiano, el señor Augusto es simpático», había dicho mi madre esa noche
mientras cenábamos. «Es una persona honrada -había contestado mi padre-. Y también
hábil en los negocios.» En ese momento, adivina lo que ocurrió. Mi lengua actuó por su
cuenta: « ¡Y no lleva anillo de boda! », exclamé con repentina vivacidad. Cuando mi padre
repuso: «Efectivamente, el pobre es viudo», yo ya estaba roja como un tomate y profundamente avergonzada.
Dos días después, al volver de dar una clase, encontré en la entrada de casa un paquete
envuelto en papel de plata. Era el primer paquete que recibía en mi vida. No conseguía
imaginar quién podía habérmelo enviado. Bajo el paquete había una nota. ¿Conoce estos
dulces? Debajo, la firma de Augusto.
Por la noche, con esos dulces sobre la mesita de noche, no lograba conciliar el sueño.
«Los habrá enviado por cortesía hacia mi padre», decía para mis adentros, y, mientras
tanto, me comía una tras otra las piezas de mazapán. Volvió a Trieste tres semanas
después, «por negocios», según dijo durante el almuerzo, pero en vez de marcharse en
seguida como la vez anterior, se quedó en la ciudad algún tiempo más. Antes de despedirse
le pidió permiso a mi padre para llevarme a dar un paseo por la ciudad en su coche, y mi
padre, sin siquiera consultarme, se lo concedió. Toda la tarde estuvimos dando vueltas por
las calles de la ciudad; él hablaba poco, me pedía información sobre los monumentos y
después se quedaba callado, escuchándome. Me escuchaba, eso era para mí un auténtico
milagro.

La mañana del día en que se marchó me hizo enviar un ramo de rosas rojas. Mi madre
estaba de lo más excitada, yo simulaba no estarlo, pero para abrir el sobre y leer la nota
aguardé muchas horas. En breve sus visitas se volvieron semanales. Todos los sábados
venía a Trieste y volvía a partir hacia su ciudad el domingo. ¿Recuerdas lo que hacía el
Principito para domesticar al zorro? Iba todos los días a plantarse ante su madriguera y
aguardaba a que saliera. De esa manera, poco a poco, el zorro aprendió a conocerlo y a no
tenerle miedo. No sólo eso, sino que aprendió también a emocionarse ante la vista de todo
aquello que le recordase a su pequeño amigo. Seducida mediante la misma táctica, yo
también, esperándolo, empezaba a agitarme desde el jueves. El proceso de domesticación
había empezado. Después de un mes, toda mi vida orbitaba alrededor de la espera del fin
de semana. En poco tiempo, una gran confianza se había establecido entre nosotros. Con
él, por fin, podía hablar: él apreciaba mi inteligencia y mi anhelo de saber; yo apreciaba su
mesura, su disponibilidad para escuchar, esa sensación de seguridad y protección que los
hombres maduros pueden brindar a una mujer joven.
Nos casamos en una sobria ceremonia el día 1 de junio de 1940. Diez días después,
Italia entró en guerra. Por razones de seguridad, mi madre se refugió en una aldea de
montaña, en el Véneto, en tanto que yo me instalé en L'Aquila con mi marido.
A ti, que la historia de aquellos años solamente la has leído, que en vez de vivirla la has
estudiado, te parecerá extraño que yo nunca haya aludido a todos los trágicos sucesos de
aquel período. Teníamos el fascismo, las leyes raciales, había estallado la guerra y yo
seguía ocupándome tan sólo de mis pequeñas desdichas personales, de los desplazamientos
milimétricos de mi ánimo. Pero no creas que mi actitud era excepcional, todo lo contrario.
Salvo una pequeña minoría politizada, todos se comportaban de la misma manera en
nuestra ciudad. Mi madre, por ejemplo, consideraba que el fascismo era una payasada.
Cuando estábamos en casa definía al duce como «ese vendedor de sandías». Pero después
iba a cenar con los jerarcas y se quedaba charlando con ellos hasta tarde. De la misma
manera yo encontraba absolutamente ridículo y fastidioso participar en el «sábado
italiano», marchar y cantar vistiendo los colores de una viuda. Sin embargo, igualmente
acudía, pensaba que se trataba de una molestia a la que había que someterse para vivir
tranquilos. Ciertamente, una conducta de esa clase no es grandiosa, pero es muy corriente.
Vivir tranquilos es una de las máximas aspiraciones de los hombres: lo era en aquel
entonces y probablemente sigue siéndolo.
En L'Aquila nos alojamos en la casa de la familia de Augusto, un gran apartamento en
la primera planta de un palacete nobiliario del centro. Los muebles eran oscuros, pesados:
había poca luz y el aspecto era siniestro. En cuanto entré, sentí que se me oprimía el
corazón. ¿Aquí es donde tendré que vivir, me pregunté, con un hombre al que conozco
desde hace apenas seis meses, en una ciudad en la que no tengo ni siquiera un amigo? Mi
marido comprendió en seguida el estado de desconcierto en que me hallaba y durante las
primeras dos semanas hizo todo lo que pudo por distraerme. Día sí, día no cogía el coche e
íbamos de excursión por las montañas de los alrededores. Ambos éramos muy aficionados
a las excursiones. Viendo aquellas montañas tan hermosas, esos pueblos encastillados en
las cimas como si fuesen pesebres, me había tranquilizado un poco, en cierto sentido me
parecía no haber abandonado el Norte, mi casa. Seguíamos hablando mucho. Augusto
amaba la naturaleza, sobre todo los insectos, y mientras paseábamos me explicaba un
montón de cosas. Gran parte de lo que sé sobre las ciencias naturales se lo debo
precisamente a él.
Al terminar esas dos semanas, que fueron nuestra luna de miel, él reemprendió su
trabajo y yo empecé mi propia vida, sola en la gran casa. Me acompañaba una vieja criada,

que se encargaba de las principales faenas domésticas. Como todas las esposas burguesas,
yo sólo tenía que programar el almuerzo y la cena: por lo demás, no tenía nada que hacer.
Adopté la costumbre de salir todos los días, sola, a dar largos paseos. Recorría de cabo a
rabo las calles a paso vivo, tenía en la cabeza muchos pensamientos y no lograba poner
claridad entre ellos. ¿Lo quiero, me preguntaba deteniéndome repentinamente, o todo ha
sido un gran deslumbramiento? Cuando estábamos sentados a la mesa, o por las noches en
la sala, lo miraba y al mirarlo me preguntaba: ¿qué es lo que siento? Sentía ternura, eso era
seguro, y con toda certeza él sentía lo mismo hacia mí. Pero, ¿era eso el amor?
¿Simplemente eso? No habiendo sentido nunca otra cosa, no lograba encontrar una respuesta.
Después de un mes llegaron a oídos de mi marido las primeras murmuraciones. «La
alemana -habían dicho voces anónimas- anda sola por las calles a todas horas.» Yo estaba
estupefacta. Habiendo crecido entre costumbres diferentes, nunca hubiera podido
imaginarme que unos inocentes paseos pudiesen causar escándalo. Augusto estaba
disgustado, comprendía que para mí el asunto era incomprensible, pero, sin embargo, en
favor de la paz ciudadana y por su propio buen nombre, igualmente me rogó que
interrumpiera mis salidas solitarias. Después de seis meses de esa clase de existencia me
sentí completamente apagada. El pequeño muerto interior se había convertido en un
muerto enorme; yo actuaba como una autómata, tenía la mirada opaca. Cuando hablaba,
sentía distantes mis palabras, como si salieran de la boca de otra persona. Entretanto, había
conocido a las esposas de los colegas de Augusto y me veía con ellas en un café del centro.
A pesar de que éramos más o menos coetáneas, en realidad teníamos muy poco que
decirnos. Hablábamos el mismo idioma, pero ése era el único punto en común.
Al regresar a su ambiente, en breve Augusto empezó a comportarse como un hombre
de su tierra. Durante las comidas nos manteníamos casi callados, cuando yo me esforzaba
por contarle algo me contestaba sí o no, con monosílabos. Por las noches frecuentemente
se iba al círculo; cuando se quedaba en casa se encerraba en su despacho para ordenar su
colección de coleópteros. Su gran sueño era descubrir algún insecto que nadie conociese
todavía, y así su nombre perduraría para siempre en los libros de ciencias. Yo hubiera
querido perpetuar el nombre de otra manera, vale decir, con un hijo: ya tenía treinta anos y
sentía que el tiempo se deslizaba cada vez más rápidamente a mis espaldas. Desde ese
punto de vista, las cosas funcionaban muy mal: después de una primera noche más bien
decepcionante, no había ocurrido gran cosa más. Tenía la sensación de que, por encima de
todo, lo que quería Augusto era encontrar en casa a alguien a la hora de comer, alguien a
quien exhibir con orgullo en la catedral los domingos; parecía no interesarle gran cosa la
persona que había detrás de esa imagen reconfortante. ¿Adónde había ido a parar el
hombre agradable y disponible del tiempo del galanteo? ¿Era posible que el amor tuviese
que terminar de esa manera? Augusto me había contado que en primavera los pájaros
cantan con más fuerza para complacer a las hembras, para inducirlas a construir el nido con
ellos. Había obrado también él de la misma manera: una vez seguro de tenerme en el nido,
había dejado de interesarse por mi existencia. Yo estaba allí, le brindaba calor y basta.
¿Lo odiaba? No; te parecerá extraño, pero no lograba odiarlo. Para odiar a alguien es
necesario que te hiera, que te haga daño. Augusto no me hacía nada, ésa era la cuestión. Es
más fácil morirse de nada que de dolor: una puede rebelarse ante el dolor; ante la nada, no.
Naturalmente, cuando hablaba con mis padres les decía que todo iba bien, me esforzaba
por mostrar una voz de joven esposa feliz. Estaban seguros de haberme dejado en buenas
manos y yo no quería que esa seguridad de ellos se resquebrajase. Mi madre seguía
ocultándose en las montañas, mi padre se había quedado solo en la torre familiar con una
prima lejana que lo atendía. «¿Novedades?», me preguntaba una vez al mes; y yo

contestaba que no, que todavía no. Le importaba mucho tener un nietecito, con la senilidad
lo había invadido una ternura que antes nunca había tenido. Lo sentía un poco más cerca de
mí a causa de ese cambio y lamentaba decepcionar sus expectativas. Al mismo tiempo, sin
embargo, no tenía suficiente confianza como para contarle los motivos de mi prolongada
esterilidad. Mi madre me enviaba largas cartas que chorreaban retórica. Escribía en la hoja
«mi adorada hija», y debajo enumeraba minuciosamente todas las pocas cosas que le
habían ocurrido ese día. Por último siempre me comunicaba que había terminado de tejer
la última prenda para el nieto que tenía que llegar. Mientras tanto yo me consumía, al
mirarme todas las mañanas en el espejo me veía cada vez más fea. De vez en cuando le
decía a Augusto por las noches: « ¿Por qué no conversamos?» «¿De qué?», contestaba él
sin levantar la mirada de la lupa con la que estaba observando algún insecto. «No sé
-respondía yo-, tal vez nos podamos contar algo. » Entonces él meneaba la cabeza: «Olga
-decía-, tú realmente tienes la fantasía enferma.»
De todos es sabido que los perros, después de una larga convivencia con el amo,
terminan poco a poco por parecérsele. Yo tenía la sensación de que a mi marido le estaba
ocurriendo lo mismo: cuanto más transcurría el tiempo, más se parecía en todo y de todas
las maneras a un coleóptero. Sus movimientos ya no tenían nada de humano, no eran
fluidos, sino geométricos, cada gesto se desarrollaba con movimientos mecánicos. E igualmente su voz carecía de timbre, ascendía desde algún lugar no precisado de la garganta con
un ruido metálico. Se interesaba de manera obsesiva por los insectos y por su trabajo, pero,
aparte de esas dos cosas, no había nada que le causara el más mínimo arrebato. En cierta
ocasión, sosteniéndolo con unas pinzas, me había mostrado un insecto horrible, creo que se
llamaba grillo topo. «Mira qué mandíbulas -me había dicho-, con ellas verdaderamente
puede comer de todo.» Esa misma noche soñé con él bajo esa forma, era enorme y devoraba mi vestido de novia como si fuese de cartón.
Después de un año empezamos a dormir en cuartos separados: él se quedaba despierto
con sus coleópteros hasta tarde y no quería molestarme, o, por lo menos, eso es lo que
dijo. Contándote así lo que era mi matrimonio, te parecerá algo extraordinariamente
horrible, pero realmente no tenía nada de extraordinario. En aquel entonces casi todos los
matrimonios eran así, pequeños infiernos domésticos en los que tarde o temprano uno de
los dos tenía que sucumbir.
¿Por qué no me rebelaba? ¿Por qué no cogía mi maleta para regresar a Trieste?
Porque entonces no había ni separación ni divorcio. Para romper un matrimonio tenía
que haber malos tratos graves, o había que tener un temperamento rebelde, huir, largarse a
vagabundear por el mundo para siempre. Pero, como sabes, la rebeldía no forma parte de
mi carácter, y Augusto no sólo jamás había levantado contra mí ni un dedo, sino ni
siquiera la voz. Jamás me hizo falta nada. Los domingos, al regresar de la misa, nos
metíamos en la pastelería de los hermanos Nurzia y me compraba todo lo que me diera la
gana. No te será difícil imaginar con qué clase de sentimientos me despertaba todas las
mañanas. Después de tres años de matrimonio tenía en la mente un solo pensamiento, y
era el pensamiento de la muerte.
Augusto nunca me habló de su anterior esposa: las pocas veces que yo, discretamente,
le pregunté algo, cambió de tema. Con el tiempo, caminando durante las tardes de invierno
por esas habitaciones espectrales, me convencí de que Ada -así se llamaba su primera
esposa- no había muerto por enfermedad o accidente, sino que se había suicidado. Cuando
la criada no estaba en casa, yo pasaba el tiempo desatornillando tablones, desmontando los
cajones: buscaba furiosamente un rastro, un indicio que confirmase mis sospechas. Un día
de lluvia, en el falso fondo de un armario, encontré unos vestidos de mujer, eran los de
ella. Saqué uno, oscuro, y me lo puse: teníamos la misma talla. Contemplándome en el

espejo empecé a llorar. Lloraba quedamente, sin sollozos, como quien sabe que su destino
ya está marcado. En un rincón de la casa había un reclinatorio de madera maciza que había
pertenecido a la madre de Augusto, una mujer muy devota. Cuando no sabía qué hacer, me
encerraba en aquel cuarto y allí me quedaba durante horas, con las palmas unidas.
¿Rezaba? No lo sé. Hablaba, o trataba de hablar, con Alguien que suponía se hallaba por
encima de mi cabeza. Decía: «Señor, haz que encuentre mi camino, si es éste mi rumbo
ayúdame a soportarlo. » La asistencia habitual a la iglesia, a la que me había visto obligada
por mi condición de esposa, me había llevado a volver a plantearme muchas preguntas,
unas preguntas que llevaba sepultadas en mi interior desde la infancia. El incienso me
aturdía, igual que la música del órgano. Escuchando la lectura de las Sagradas Escrituras
algo vibraba débilmente en mi interior. Pero cuando encontraba por la calle al párroco sin
los paramentos sacros, cuando miraba su nariz a manera de esponja y sus ojos algo
porcinos, cuando escuchaba sus preguntas banales e irremediablemente falsas, ya nada
vibraba en mi y me decía: «Pues ya está, no es más que un embuste, una manera de conseguir que las mentes débiles soporten la opresión bajo la cual les toca vivir. » Pese a todo,
en el silencio de la casa, me gustaba leer el Evangelio. Encontraba que muchas palabras de
Jesús eran extraordinarias, me cargaba de fervor hasta el extremo de repetirlas en voz alta
muchas veces.
Mi familia no era nada religiosa: mi padre se consideraba un librepensador y mi
madre, conversa desde hacía ya dos generaciones, como te he contado, acudía a misa
simplemente por puro conformismo social. Las pocas veces que le había preguntado algo
acerca de los asuntos de la fe me había dicho: «No sé, nuestra familia no tiene religión. »
Sin religión. Esa frase tuvo el peso de un peñasco en la fase más delicada de mi infancia,
cuando me hacía preguntas sobre las cosas más grandes. En esas palabras había una
especie de marca de infamia: habíamos abandonado una religión para abrazar otra hacia la
cual no sentíamos el menor respeto. Éramos unos traidores, y en cuanto traidores, para
nosotros no había sitio ni en el cielo ni en la tierra, en ningún lugar.
De tal suerte, aparte de las pocas anécdotas que me habían enseñado las monjas, no
había conocido nada más sobre el saber religioso. Hasta los treinta años. El reino de Dios
está dentro de nosotros, repetía para mis adentros al tiempo que caminaba por la casa
vacía. Lo repetía e intentaba imaginar dónde se encontraba. Veía a mi ojo meterse en mi
interior como un periscopio, escrutar los vericuetos del cuerpo, los repliegues mucho más
misteriosos de la mente. ¿Dónde estaba el reino de Dios? No conseguía verlo, alrededor de
mi corazón había bruma, una bruma pesada y no las colinas verdes y luminosas que
imaginaba eran el paraíso. En los momentos de lucidez me decía: «Estoy volviéndome
loca, como todas las solteronas y las viudas, lentamente, imperceptiblemente, he caído en
el delirio místico.» Después de cuatro años de esa clase de vida, cada vez me costaba más
distinguir las cosas falsas de las verdaderas. Las campanadas de la catedral cercana
sonaban cada cuarto de hora; para no oírlas o por oírlas menos me metía algodón en los
oídos.
Me había entrado la obsesión de que los insectos de Augusto no estaban muertos ni
mucho menos. Por las noches sentía el crujir de sus patas mientras merodeaban por la casa,
caminaban por todas partes, trepaban por las paredes empapeladas, reptaban sobre las
baldosas de la cocina, se arrastraban por las alfombras de la sala. Estaba allí, en la cama, y
contenía el aliento esperando que entrasen en mi cuarto a través de la rendija inferior de la
puerta. A Augusto trataba de ocultarle ese estado mío. Por la mañana, con una sonrisa en
los labios, le comunicaba qué pensaba preparar para el almuerzo; seguía sonriendo hasta
que él salía de casa. Con la misma sonrisa estereotipada lo recibía a su regreso.

Igual que mi matrimonio, la guerra también había llegado a su quinto año. Durante el
mes de febrero habían caído bombas sobre Trieste. Bajo el último ataque, la casa de mi
infancia había quedado completamente destruida. La única víctima había sido el caballo
que mi padre utilizaba para su calesa, lo habían encontrado en medio del jardín con dos
patas arrancadas.
En aquel entonces no había televisión, las noticias viajaban mucho más lentamente. De
la pérdida de nuestra casa me enteré al día siguiente, mi padre me telefoneó. Ya por cómo
él había dicho «dígame», yo me di cuenta de que algo grave había ocurrido; tenía la voz de
una persona que ha dejado de vivir tiempo atrás. Sin tener ya un sitio mío al que regresar
me sentí verdaderamente perdida. Durante dos o tres días di vueltas por la casa como en
estado de trance. No había nada que lograse sacarme de ese aturdimiento: en una secuencia
única, monótona y monocromática, veía desplegarse uno detrás de otro mis años hasta la
muerte.
¿Sabes cuál es un error en el que siempre incurrimos? El de creer que la vida es
inmutable, que una vez metidos en unos raíles hemos de recorrerlos hasta el final. En
cambio, el destino tiene mucha más fantasía que nosotros. Justamente cuando crees
encontrarte en una situación que no tiene escapatoria, cuando llegas al ápice de la desesperación, con la velocidad de una ráfaga de viento cambia todo, queda patas arriba, y de un
momento a otro te encuentras viviendo una nueva vida.
Dos meses después del bombardeo de la casa terminó la guerra. Yo viajé
inmediatamente a Trieste, mi padre y mi madre ya se habían trasladado a un apartamento
provisional con otras personas. Había tal cantidad de asuntos prácticos de que ocuparse que
después de una semana ya casi me había olvidado de los años que había pasado en
L'Aquila. También Augusto llegó un mes después. Tenía que volver a coger las riendas de
la empresa que le había comprado a mi padre, durante aquellos años de guerra había
delegado su administración y no había trabajado casi nada con ella. Además, mi padre y mi
madre ya no tenían vivienda y habían envejecido mucho de veras. Con una rapidez que me
sorprendió, Augusto decidió abandonar su ciudad para trasladarse a Trieste, compró esta
torre en la meseta y antes del otoño vinimos a vivir aquí todos juntos.
Contrariamente a mis previsiones, mi madre fue la primera en dejarnos, murió poco
después de comenzar el verano. Su temple empecinado había quedado minado por aquel
período de soledad y de miedo. Con su desaparición volvió a manifestarse vivamente en
mí, con prepotencia, el deseo de tener un hijo. Nuevamente dormía con Augusto y pese a
ello, por las noches, entre nosotros no ocurría nada o casi nada. Yo pasaba mucho tiempo
en el jardín, sentada en compañía de mi padre. Precisamente fue él quien me dijo, durante
una tarde soleada: «Para el hígado y para las mujeres, las aguas pueden resultar milagrosas.
»
Dos semanas después, Augusto me acompañó a coger el tren hacia Venecia. Allí, a última
hora de la mañana, cogería otro tren hacia Bolonia, y, tras otra combinación, al atardecer
tenía que llegar a Porretta Terme. A decir verdad, yo no creía gran cosa en los efectos de
las aguas termales; si había decidido partir era sobre todo por un gran deseo de soledad,
sentía la necesidad de estar en compañía de mí misma de una manera diferente de la que
había vivido durante los años anteriores. Había sufrido. Casi todo estaba muerto dentro de
mí, yo era como una pradera después de un incendio, todo se veía negro, carbonizado. Sólo
con la lluvia, el sol, el aire, lo poco que había quedado debajo podría poco a poco encontrar
la energía para volver a crecer.


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