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Austen, Jane Orgullo Y Prejuicio .pdf



Nombre del archivo original: Austen, Jane - Orgullo Y Prejuicio.pdf
Título: LIBROdot
Autor: Lorena Alvarez

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Jane Austen

Orgullo y Prejuicio

CAPÍTULO I
Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna,
necesita una esposa.
Sin embargo, poco se sabe de los sentimientos u opiniones de un hombre de tales condiciones
cuando entra a formar parte de un vecindario. Esta verdad está tan arraigada en las mentes de algunas de las
familias que lo rodean, que algunas le consideran de su legítima propiedad y otras de la de sus hijas.
––Mi querido señor Bennet ––le dijo un día su esposa––, ¿sabías que, por fin, se ha alquilado
Netherfield Park?
El señor Bennet respondió que no.
––Pues así es ––insistió ella––; la señora Long ha estado aquí hace un momento y me lo ha
contado todo.
El señor Bennet no hizo ademán de contestar.
––¿No quieres saber quién lo ha alquilado? ––se impacientó su esposa.
––Eres tú la que quieres contármelo, y yo no tengo inconveniente en oírlo.
Esta sugerencia le fue suficiente.
––Pues sabrás, querido, que la señora Long dice que Netherfield ha sido alquilado por un joven
muy rico del norte de Inglaterra; que vino el lunes en un landó de cuatro caballos para ver el lugar; y que
se quedó tan encantado con él que inmediatamente llegó a un acuerdo con el señor Morris; que antes de San
Miguel vendrá a ocuparlo; y que algunos de sus criados estarán en la casa a finales de la semana que viene.

Comment: Fiesta que se celebra el 29
de septiembre, que en Inglaterra
representa el primer día oficial del cuarto
trimestre, en el que vencen cienos pagos
y comienzan o terminan los
arrendamientos de propiedades.

––¿Cómo se llama?
––Bingley.
––¿Está casado o soltero?
––¡Oh!, soltero, querido, por supuesto. Un hombre soltero y de gran fortuna; cuatro o cinco mil
libras al año. ¡Qué buen partido para nuestras hijas!
––¿Y qué? ¿En qué puede afectarles?
––Mi querido señor Bennet ––contestó su esposa––, ¿cómo puedes ser tan ingenuo? Debes saber
que estoy pensando en casarlo con una de ellas.
––¿Es ese el motivo que le ha traído?
––¡Motivo! Tonterías, ¿cómo puedes decir eso? Es muy posible que se enamore de una de ellas, y
por eso debes ir a visitarlo tan pronto como llegue.
––No veo la razón para ello. Puedes ir tú con las muchachas o mandarlas a ellas solas, que tal vez
sea mejor; como tú eres tan guapa como cualquiera de ellas, a lo mejor el señor Bingley te prefiere a ti.
––Querido, me adulas. Es verdad que en un tiempo no estuve nada mal, pero ahora no puedo
pretender ser nada fuera de lo común. Cuando una mujer tiene cinco hijas creciditas, debe dejar de pensar
en su propia belleza.
––En tales casos, a la mayoría de las mujeres no les queda mucha belleza en qué pensar.
––Bueno, querido, de verdad, tienes que ir a visitar al señor Bingley en cuanto se instale en el
vecindario.
––No te lo garantizo.
––Pero piensa en tus hijas. Date cuenta del partido que sería para una de ellas. Sir Willam y lady
Lucas están decididos a ir, y sólo con ese propósito. Ya sabes que normalmente no visitan a los nuevos
vecinos. De veras, debes ir, porque para nosotras será imposible visitarlo si tú no lo haces.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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––Eres demasiado comedida. Estoy seguro de que el señor Bingley se alegrará mucho de veros; y
tú le llevarás unas líneas de mi parte para asegurarle que cuenta con mi más sincero consentimiento para
que contraiga matrimonio con una de ellas; aunque pondré alguna palabra en favor de mi pequeña Lizzy.

Comment: Diminutivo de Elizabeth.

––Me niego a que hagas tal cosa. Lizzy no es en nada mejor que las otras, no es ni la mitad de
guapa que Jane, ni la mitad de alegre que Lydia. Pero tú siempre la prefieres a ella.
––Ninguna de las tres es muy recomendable ––le respondió––. Son tan tontas e ignorantes como
las demás muchachas; pero Lizzy tiene algo más de agudeza que sus hermanas.
––¡Señor Bennet! ¿Cómo puedes hablar así de tus hijas? Te encanta disgustarme. No tienes
compasión de mis pobres nervios.
––Te equivocas, querida. Les tengo mucho respeto a tus nervios. Son viejos amigos míos. Hace
por lo menos veinte años que te oigo mencionarlos con mucha consideración.
––¡No sabes cuánto sufro!
––Pero te pondrás bien y vivirás para ver venir a este lugar a muchos jóvenes de esos de cuatro mil
libras al año.
––No serviría de nada si viniesen esos veinte jóvenes y no fueras a visitarlos.
––Si depende de eso, querida, en cuanto estén aquí los veinte, los visitaré a todos.
El señor Bennet era una mezcla tan rara entre ocurrente, sarcástico, reservado y caprichoso, que la
experiencia de veintitrés años no habían sido suficientes para que su esposa entendiese su carácter. Sin
embargo, el de ella era menos difícil, era una mujer de poca inteligencia, más bien inculta y de
temperamento desigual. Su meta en la vida era casar a sus hijas; su consuelo, las visitas y el cotilleo.

CAPÍTULO II
El señor Bennet fue uno de los primeros en presentar sus respetos al señor Bingley. Siempre tuvo
la intención de visitarlo, aunque, al final, siempre le aseguraba a su esposa que no lo haría; y hasta la tarde
después de su visita, su mujer no se enteró de nada. La cosa se llegó a saber de la siguiente manera:
observando el señor Bennet cómo su hija se colocaba un sombrero, dijo:
––Espero que al señor Bingley le guste, Lizzy.
––¿Cómo podemos saber qué le gusta al señor Bingley ––dijo su esposa resentida–– si todavía no
hemos ido a visitarlo?
––Olvidas, mamá ––dijo Elizabeth–– que lo veremos en las fiestas, y que la señora Long ha
prometido presentárnoslo.
––No creo que la señora Long haga semejante cosa. Ella tiene dos sobrinas en quienes pensar; es
egoísta e hipócrita y no merece mi confianza.
––Ni la mía tampoco ––dijo el señor Bennet–– y me alegro de saber que no dependes de sus
servicios. La señora Bennet no se dignó contestar; pero incapaz de contenerse empezó a reprender a una de
sus hijas.
––¡Por el amor de Dios, Kitty no sigas tosiendo así! Ten compasión de mis nervios. Me los estás
destrozando.

Comment: Kitty: Diminutivo de
Catherine.

––Kitty no es nada discreta tosiendo ––dijo su padre––. Siempre lo hace en momento inoportuno.
––A mí no me divierte toser ––replicó Kitty quejándose.
––¿Cuándo es tu próximo baile, Lizzy?

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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––De mañana en quince días.
––Sí, así es ––exclamó la madre––. Y la señora Long no volverá hasta un día antes; así que le será
imposible presentarnos al señor Bingley, porque todavía no le conocerá.
––Entonces, señora Bennet, puedes tomarle la delantera a tu amiga y presentárselo tú a ella.
––Imposible, señor Bennet, imposible, cuando yo tampoco le conozco. ¿Por qué te burlas?
––Celebro tu discreción. Una amistad de quince días es verdaderamente muy poco. En realidad, al
cabo de sólo dos semanas no se puede saber muy bien qué clase de hombre es. Pero si no nos arriesgamos
nosotros, lo harán otros. Al fin y al cabo, la señora Long y sus sobrinas pueden esperar a que se les presente
su oportunidad; pero, no obstante, como creerá que es un acto de delicadeza por su parte el declinar la
atención, seré yo el que os lo presente.
Las muchachas miraron a su padre fijamente. La señora Bennet se limitó a decir:
––¡Tonterías, tonterías!
––¿Qué significa esa enfática exclamación? ––preguntó el señor Bennet––. ¿Consideras las
fórmulas de presentación como tonterías, con la importancia que tienen? No estoy de acuerdo contigo en
eso. ¿Qué dices tú, Mary? Que yo sé que eres una joven muy reflexiva, y que lees grandes libros y los
resumes.
Mary quiso decir algo sensato, pero no supo cómo.
––Mientras Mary aclara sus ideas ––continuó él––, volvamos al señor Bingley.
––¡Estoy harta del señor Bingley! ––gritó su esposa.
––Siento mucho oír eso; ¿por qué no me lo dijiste antes? Si lo hubiese sabido esta mañana, no
habría ido a su casa. ¡Mala suerte! Pero como ya le he visitado, no podemos renunciar a su amistad ahora.
El asombro de las señoras fue precisamente el que él deseaba; quizás el de la señora Bennet
sobrepasara al resto; aunque una vez acabado el alboroto que produjo la alegría, declaró que en el fondo era
lo que ella siempre había figurado.
––¡Mi querido señor Bennet, que bueno eres! Pero sabía que al final te convencería. Estaba segura
de que quieres lo bastante a tus hijas como para no descuidar este asunto. ¡Qué contenta estoy! ¡Y qué
broma tan graciosa, que hayas ido esta mañana y no nos hayas dicho nada hasta ahora!
––Ahora, Kitty, ya puedes toser cuanto quieras ––dijo el señor Bennet; y salió del cuarto fatigado
por el entusiasmo de su mujer.
––¡Qué padre más excelente tenéis, hijas! ––dijo ella una vez cerrada la puerta––. No sé cómo
podréis agradecerle alguna vez su amabilidad, ni yo tampoco, en lo que a esto se refiere. A estas alturas, os
aseguro que no es agradable hacer nuevas amistades todos los días. Pero por vosotras haríamos cualquier
cosa. Lydia, cariño, aunque eres la más joven, apostaría a que el señor Bingley bailará contigo en el
próximo baile.
––Estoy tranquila ––dijo Lydia firmemente––, porque aunque soy la más joven, soy la más alta.
El resto de la tarde se lo pasaron haciendo conjeturas sobre si el señor Bingley devolvería pronto
su visita al señor Bennet, y determinando cuándo podrían invitarle a cenar.

CAPÍTULO III
Por más que la señora Bennet, con la ayuda de sus hijas, preguntase sobre el tema, no conseguía
sacarle a su marido ninguna descripción satisfactoria del señor Bingley. Le atacaron de varias maneras: con
preguntas clarísimas, suposiciones ingeniosas, y con indirectas; pero por muy hábiles que fueran, él las

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eludía todas. Y al final se vieron obligadas a aceptar la información de segunda mano de su vecina lady
Lucas. Su impresión era muy favorable, sir William había quedado encantado con él. Era joven, guapísimo,
extremadamente agradable y para colmo pensaba asistir al próximo baile con un grupo de amigos. No podía
haber nada mejor. El que fuese aficionado al baile era verdaderamente una ventaja a la hora de enamorarse;
y así se despertaron vivas esperanzas para conseguir el corazón del señor Bingley. ––Si pudiera ver a una
de mis hijas viviendo felizmente en Netherfield, y a las otras igual de bien casadas, ya no desearía más en
la vida le dijo la señora Bennet a su marido.
Pocos días después, el señor Bingley le devolvió la visita al señor Bennet y pasó con él diez
minutos en su biblioteca. Él había abrigado la esperanza de que se le permitiese ver a las muchachas de
cuya belleza había oído hablar mucho; pero no vio más que al padre. Las señoras fueron un poco más
afortunadas, porque tuvieron la ventaja de poder comprobar desde una ventana alta que el señor Bingley
llevaba un abrigo azul y montaba un caballo negro.
Poco después le enviaron una invitación para que fuese a cenar. Y cuando la señora Bennet tenía
ya planeados los manjares que darían crédito de su buen hacer de ama de casa, recibieron una respuesta que
echaba todo a perder. El señor Bingley se veía obligado a ir a la ciudad al día siguiente, y en consecuencia
no podía aceptar el honor de su invitación. La señora Bennet se quedó bastante desconcertada. No podía
imaginar qué asuntos le reclamaban en la ciudad tan poco tiempo después de su llegada a Hertfordshire; y
empezó a temer que iba a andar siempre revoloteando de un lado para otro sin establecerse definitivamente
y como es debido en Netherfield. Lady Lucas apaciguó un poco sus temores llegando a la conclusión de
que sólo iría a Londres para reunir a un grupo de amigos para la fiesta. Y pronto corrió el rumor de que
Bingley iba a traer a doce damas y a siete caballeros para el baile. Las muchachas se afligieron por
semejante número de damas; pero el día antes del baile se consolaron al oír que en vez de doce había traído
sólo a seis, cinco hermanas y una prima. Y cuando el día del baile entraron en el salón, sólo eran cinco en
total: el señor Bingley, sus dos hermanas, el marido de la mayor y otro joven.
El señor Bingley era apuesto, tenía aspecto de caballero, semblante agradable y modales sencillos
y poco afectados. Sus hermanas eran mujeres hermosas y de indudable elegancia. Su cuñado, el señor
Hurst, casi no tenía aspecto de caballero; pero fue su amigo el señor Darcy el que pronto centró la atención
del salón por su distinguida personalidad, era un hombre alto, de bonitas facciones y de porte aristocrático.
Pocos minutos después de su entrada ya circulaba el rumor de que su renta era de diez mil libras al año. Los
señores declaraban que era un hombre que tenía mucha clase; las señoras decían que era mucho más guapo
que Bingley, siendo admirado durante casi la mitad de la velada, hasta que sus modales causaron tal
disgusto que hicieron cambiar el curso de su buena fama; se descubrió que era un hombre orgulloso, que
pretendía estar por encima de todos los demás y demostraba su insatisfacción con el ambiente que le
rodeaba; ni siquiera sus extensas posesiones en Derbyshire podían salvarle ya de parecer odioso y
desagradable y de que se considerase que no valía nada comparado con su amigo.
El señor Bingley enseguida trabó amistad con las principales personas del salón; era vivo y franco,
no se perdió ni un solo baile, lamentó que la fiesta acabase tan temprano y habló de dar una él en
Netherfield. Tan agradables cualidades hablaban por sí solas. ¡Qué diferencia entre él y su amigo! El señor
Darcy bailó sólo una vez con la señora Hurst y otra con la señorita Bingley, se negó a que le presentasen a
ninguna otra dama y se pasó el resto de la noche deambulando por el salón y hablando de vez en cuando
con alguno de sus acompañantes. Su carácter estaba definitivamente juzgado. Era el hombre más orgulloso
y más antipático del mundo y todos esperaban que no volviese más por allí. Entre los más ofendidos con
Darcy estaba la señora Bennet, cuyo disgusto por su comportamiento se había agudizado convirtiéndose en
una ofensa personal por haber despreciado a una de sus hijas.
Había tan pocos caballeros que Elizabeth Bennet se había visto obligada a sentarse durante dos
bailes; en ese tiempo Darcy estuvo lo bastante cerca de ella para que la muchacha pudiese oír una
conversación entre él y el señor Bingley, que dejó el baile unos minutos para convencer a su amigo de que
se uniese a ellos.
––Ven, Darcy ––le dijo––, tienes que bailar. No soporto verte ahí de pie, solo y con esa estúpida
actitud. Es mejor que bailes.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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––No pienso hacerlo. Sabes cómo lo detesto, a no ser que conozca personalmente a mi pareja. En
una fiesta como ésta me sería imposible. Tus hermanas están comprometidas, y bailar con cualquier otra
mujer de las que hay en este salón sería como un castigo para mí.
––No deberías ser tan exigente y quisquilloso ––se quejó Bingley––. ¡Por lo que más quieras!
Palabra de honor, nunca había visto a tantas muchachas tan encantadoras como esta noche; y hay algunas
que son especialmente bonitas.
––Tú estás bailando con la única chica guapa del salón ––dijo el señor Darcy mirando a la mayor
de las Bennet.
––¡Oh! ¡Ella es la criatura más hermosa que he visto en mi vida! Pero justo detrás de ti está
sentada una de sus hermanas que es muy guapa y apostaría que muy agradable. Deja que le pida a mi pareja
que te la presente.
––¿Qué dices? ––y, volviéndose, miró por un momento a Elizabeth, hasta que sus miradas se
cruzaron, él apartó inmediatamente la suya y dijo fríamente: ––No está mal, aunque no es lo bastante guapa
como para tentarme; y no estoy de humor para hacer caso a las jóvenes que han dado de lado otros. Es
mejor que vuelvas con tu pareja y disfrutes de sus sonrisas porque estás malgastando el tiempo conmigo.
El señor Bingley siguió su consejo. El señor Darcy se alejó; y Elizabeth se quedó allí con sus no
muy cordiales sentimientos hacia él. Sin embargo, contó la historia a sus amigas con mucho humor porque
era graciosa y muy alegre, y tenía cierta disposición a hacer divertidas las cosas ridículas.
En resumidas cuentas, la velada transcurrió agradablemente para toda la familia. La señora Bennet
vio cómo su hija mayor había sido admirada por los de Netherfield. El señor Bingley había bailado con ella
dos veces, y sus hermanas estuvieron muy atentas con ella. Jane estaba tan satisfecha o más que su madre,
pero se lo guardaba para ella. Elizabeth se alegraba por Jane. Mary había oído cómo la señorita Bingley
decía de ella que era la muchacha más culta del vecindario. Y Catherine y Lydia habían tenido la suerte de
no quedarse nunca sin pareja, que, como les habían enseñado, era de lo único que debían preocuparse en los
bailes. Así que volvieron contentas a Longbourn, el pueblo donde vivían y del que eran los principales
habitantes. Encontraron al señor Bennet aún levantado; con un libro delante perdía la noción del tiempo; y
en esta ocasión sentía gran curiosidad por los acontecimientos de la noche que había despertado tanta
expectación. Llegó a creer que la opinión de su esposa sobre el forastero pudiera ser desfavorable; pero
pronto se dio cuenta de que lo que iba a oír era todo lo contrario.
––¡Oh!, mi querido señor Bennet ––dijo su esposa al entrar en la habitación––. Hemos tenido una
velada encantadora, el baile fue espléndido. Me habría gustado que hubieses estado allí. Jane despertó tal
admiración, nunca se había visto nada igual. Todos comentaban lo guapa que estaba, y el señor Bingley la
encontró bellísima y bailó con ella dos veces. Fíjate, querido; bailó con ella dos veces. Fue a la única de
todo el salón a la que sacó a bailar por segunda vez. La primera a quien sacó fue a la señorita Lucas. Me
contrarió bastante verlo bailar con ella, pero a él no le gustó nada. ¿A quién puede gustarle?, ¿no crees? Sin
embargo pareció quedarse prendado de Jane cuando la vio bailar. Así es que preguntó quién era, se la
presentaron y le pidió el siguiente baile. Entonces bailó el tercero con la señorita King, el cuarto con María
Lucas, el quinto otra vez con Jane, el sexto con Lizzy y el boulanger...

Comment: Boulanger: Baile tradicional
francés.

––¡Si hubiese tenido alguna compasión de mí ––gritó el marido impaciente–– no habría gastado
tanto! ¡Por el amor de Dios, no me hables más de sus parejas! ¡Ojalá se hubiese torcido un tobillo en el
primer baile!
––¡Oh, querido mío! Me tiene fascinada, es increíblemente guapo, y sus hermanas son
encantadoras. Llevaban los vestidos más elegantes que he visto en mi vida. El encaje del de la señora
Hurst...
Aquí fue interrumpida de nuevo. El señor Bennet protestó contra toda descripción de atuendos.
Por lo tanto ella se vio obligada a pasar a otro capítulo del relato, y contó, con gran amargura y algo de
exageración, la escandalosa rudeza del señor Darcy.
––Pero puedo asegurarte ––añadió–– que Lizzy no pierde gran cosa con no ser su tipo, porque es
el hombre más desagradable y horrible que existe, y no merece las simpatías de nadie. Es tan estirado y tan
engreído que no hay forma de soportarle. No hacía más que pasearse de un lado para otro como un pavo

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real. Ni siquiera es lo bastante guapo para que merezca la pena bailar con él. Me habría gustado que
hubieses estado allí y que le hubieses dado una buena lección. Le detesto.

CAPÍTULO IV
Cuando Jane y Elizabeth se quedaron solas, la primera, que había sido cautelosa a la hora de
elogiar al señor Bingley, expresó a su hermana lo mucho que lo admiraba.
––Es todo lo que un hombre joven debería ser ––dijo ella––, sensato, alegre, con sentido del
humor; nunca había visto modales tan desenfadados, tanta naturalidad con una educación tan perfecta.
––Y también es guapo ––replicó Elizabeth––, lo cual nunca está de más en un joven. De modo que
es un hombre completo.
––Me sentí muy adulada cuando me sacó a bailar por segunda vez. No esperaba semejante
cumplido.
––¿No te lo esperabas? Yo sí. Ésa es la gran diferencia entre nosotras. A ti los cumplidos siempre
te cogen de sorpresa, a mí, nunca. Era lo más natural que te sacase a bailar por segunda vez. No pudo
pasarle inadvertido que eras cinco veces más guapa que todas las demás mujeres que había en el salón. No
agradezcas su galantería por eso. Bien, la verdad es que es muy agradable, apruebo que te guste. Te han
gustado muchas personas estúpidas.
––¡Lizzy, querida!
––¡Oh! Sabes perfectamente que tienes cierta tendencia a que te guste toda la gente. Nunca ves un
defecto en nadie. Todo el mundo es bueno y agradable a tus ojos. Nunca te he oído hablar mal de un ser
humano en mi vida.
––No quisiera ser imprudente al censurar a alguien; pero siempre digo lo que pienso.
––Ya lo sé; y es eso lo que lo hace asombroso. Estar tan ciega para las locuras y tonterías de los
demás, con el buen sentido que tienes. Fingir candor es algo bastante corriente, se ve en todas partes. Pero
ser cándido sin ostentación ni premeditación, quedarse con lo bueno de cada uno, mejorarlo aun, y no decir
nada de lo malo, eso sólo lo haces tú. Y también te gustan sus hermanas, ¿no es así? Sus modales no se
parecen en nada a los de él.
––Al principio desde luego que no, pero cuando charlas con ellas son muy amables. La señorita
Bingley va a venir a vivir con su hermano y ocuparse de su casa. Y, o mucho me equivoco, o estoy segura
de que encontraremos en ella una vecina encantadora.
Elizabeth escuchaba en silencio, pero no estaba convencida. El comportamiento de las hermanas
de Bingley no había sido a propósito para agradar a nadie. Mejor observadora que su hermana, con un
temperamento menos flexible y un juicio menos propenso a dejarse influir por los halagos, Elizabeth estaba
poco dispuesta a aprobar a las Bingley. Eran, en efecto, unas señoras muy finas, bastante alegres cuando no
se las contrariaba y, cuando ellas querían, muy agradables; pero orgullosas y engreídas. Eran bastante
bonitas; habían sido educadas en uno de los mejores colegios de la capital y poseían una fortuna de veinte
mil libras; estaban acostumbradas a gastar más de la cuenta y a relacionarse con gente de rango, por lo que
se creían con el derecho de tener una buena opinión de sí mismas y una pobre opinión de los demás.
Pertenecían a una honorable familia del norte de Inglaterra, circunstancia que estaba más profundamente
grabada en su memoria que la de que tanto su fortuna como la de su hermano había sido hecha en el
comercio.

Comment: tanto su fortuna como la de
su hermano había sido hecha en el
comercio: Las hermanas Bingley, como
otra gente rica de la época, se
avergonzaban de saber que la fortuna de
la familia procedía de los beneficios del
comercio. Pertenecían a una clase social
que creía que era humillante trabajar para
ganarse la vida y hubieran preferido que
su dinero se derivase de los intereses de
inversiones o de rentas de fincas.

El señor Bingley heredó casi cien mil libras de su padre, quien ya había tenido la intención de
comprar una mansión pero no vivió para hacerlo. El señor Bingley pensaba de la misma forma y a veces
parecía decidido a hacer la elección dentro de su condado; pero como ahora disponía de una buena casa y
de la libertad de un propietario, los que conocían bien su carácter tranquilo dudaban el que no pasase el
resto de sus días en Netherfield y dejase la compra para la generación venidera.
Sus hermanas estaban ansiosas de que él tuviera una mansión de su propiedad. Pero aunque en la
actualidad no fuese más que arrendatario, la señorita Bingley no dejaba por eso de estar deseosa de presidir

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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su mesa; ni la señora Hurst, que se había casado con un hombre más elegante que rico, estaba menos
dispuesta a considerar la casa de su hermano como la suya propia siempre que le conviniese.
A los dos años escasos de haber llegado el señor Bingley a su mayoría de edad, una casual
recomendación le indujo a visitar la posesión de Netherfield. La vio por dentro y por fuera durante media
hora, y se dio por satisfecho con las ponderaciones del propietario, alquilándola inmediatamente.

Comment: los dos años escaros de
haber llegado eí señor Bingley a su
mayoría de edad...: Los ingleses
alcanzaban la mayoría de edad al cumplir
los veintiún años. El señor Bingley estaba
entre los veintidós y los veintitrés.

Ente él y Darcy existía una firme amistad a pesar de tener caracteres tan opuestos. Bingley había
ganado la simpatía de Darcy por su temperamento abierto y dócil y por su naturalidad, aunque no hubiese
una forma de ser que ofreciese mayor contraste a la suya y aunque él parecía estar muy satisfecho de su
carácter. Bingley sabía el respeto que Darcy le tenía, por lo que confiaba plenamente en él, así como en su
buen criterio. Entendía a Darcy como nadie. Bingley no era nada tonto, pero Darcy era mucho más
inteligente. Era al mismo tiempo arrogante, reservado y quisquilloso, y aunque era muy educado, sus
modales no le hacían nada atractivo. En lo que a esto respecta su amigo tenía toda la ventaja, Bingley
estaba seguro de caer bien dondequiera que fuese, sin embargo Darcy era siempre ofensivo.
El mejor ejemplo es la forma en la que hablaron de la fiesta de Meryton. Bingley nunca había
conocido a gente más encantadora ni a chicas más guapas en su vida; todo el mundo había sido de lo más
amable y atento con él, no había habido formalidades ni rigidez, y pronto se hizo amigo de todo el salón; y
en cuanto a la señorita Bennet, no podía concebir un ángel que fuese más bonito. Por el contrario, Darcy
había visto una colección de gente en quienes había poca belleza y ninguna elegancia, por ninguno de ellos
había sentido el más mínimo interés y de ninguno había recibido atención o placer alguno. Reconoció que
la señorita Bennet era hermosa, pero sonreía demasiado. La señora Hurst y su hermana lo admitieron, pero
aun así les gustaba y la admiraban, dijeron de ella que era una muchacha muy dulce y que no pondrían
inconveniente en conocerla mejor. Quedó establecido, pues, que la señorita Bennet era una muchacha muy
dulce y por esto el hermano se sentía con autorización para pensar en ella como y cuando quisiera.

CAPÍTULO V
A poca distancia de Longbourn vivía una familia con la que los Bennet tenían especial amistad. Sir
William Lucas había tenido con anterioridad negocios en Meryton, donde había hecho una regular fortuna
y se había elevado a la categoría de caballero por petición al rey durante su alcaldía. Esta distinción se le
había subido un poco a la cabeza y empezó a no soportar tener que dedicarse a los negocios y vivir en una
pequeña ciudad comercial; así que dejando ambos se mudó con su familia a una casa a una milla de
Meryton, denominada desde entonces Lucas Lodge, donde pudo dedicarse a pensar con placer en su propia
importancia, y desvinculado de sus negocios, ocuparse solamente de ser amable con todo el mundo. Porque
aunque estaba orgulloso de su rango, no se había vuelto engreído; por el contrario, era todo atenciones para
con todo el mundo. De naturaleza inofensivo, sociable y servicial, su presentación en St. James le había
hecho además, cortés.

Comment: ... se había elevado a la
categoría de caballero por petición al
Rey durante su alcaldía...: El alcalde
(elegido anualmente) presentaba un
saludo de lealtad al Rey cuando éste
visitaba la ciudad o se lo enviaba a
Londres con motivo de una celebración
real o nacional. El señor Lucas, como
alcalde de Meryton, había expresado
dicho saludo en nombre de sus
conciudadanos y, en recompensa, el Rey
le otorgó el título de caballero, por lo que
pasó a llamarse sir William Lucas.

La señora Lucas era una buena mujer aunque no lo bastante inteligente para que la señora Bennet
la considerase una vecina valiosa. Tenían varios hijos. La mayor, una joven inteligente y sensata de unos
veinte años, era la amiga íntima de Elizabeth.

Comment: ... su presentación en St.
James...: Significa su presentación en la
Corte Real del palacio de St. James, en
Londres, para ser nombrado caballero
personalmente por el Rey. En la
actualidad, tales ceremonias se llevan a
cabo en el palacio de Buckingham, pero
se sigue utilizando la expresión «Corte de
St. James» desde los tiempos en los que
el palacio de St. James era la residencia
oficial de los Reyes.

Que las Lucas y las Bennet se reuniesen para charlar después de un baile, era algo absolutamente
necesario, y la mañana después de la fiesta, las Lucas fueron a Longbourn para cambiar impresiones.
––Tú empezaste bien la noche, Charlotte ––dijo la señora Bennet fingiendo toda amabilidad
posible hacia la señorita Lucas––. Fuiste la primera que eligió el señor Bingley.
––Sí, pero pareció gustarle más la segunda.
––¡Oh! Te refieres a Jane, supongo, porque bailó con ella dos veces. Sí, parece que le gustó; sí,
creo que sí. Oí algo, no sé, algo sobre el señor Robinson.
––Quizá se refiera a lo que oí entre él y el señor Robinson, ¿no se lo he contado? El señor
Robinson le preguntó si le gustaban las fiestas de Meryton, si no creía que había muchachas muy hermosas
en el salón y cuál le parecía la más bonita de todas. Su respuesta a esta última pregunta fue inmediata: «La
mayor de las Bennet, sin duda. No puede haber más que una opinión sobre ese particular.»

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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––¡No me digas! Parece decidido a... Es como si... Pero, en fin, todo puede acabar en nada.
––Lo que yo oí fue mejor que lo que oíste tú, ¿verdad, Elizabeth? ––dijo Charlotte––. Merece más
la pena oír al señor Bingley que al señor Darcy, ¿no crees? ¡Pobre Eliza! Decir sólo: «No está mal. »
––Te suplico que no le metas en la cabeza a Lizzy que se disguste por Darcy. Es un hombre tan
desagradable que la desgracia sería gustarle. La señora Long me dijo que había estado sentado a su lado y
que no había despegado los labios.
––

¿Estás segura, mamá? ¿No te equivocas? Yo vi al señor Darcy hablar con ella.

––Sí, claro; porque ella al final le preguntó si le gustaba Netherfield, y él no tuvo más remedio que
contestar; pero la señora Long dijo que a él no le hizo ninguna gracia que le dirigiese la palabra.
––La señorita Bingley me dijo ––comentó Jane que él no solía hablar mucho, a no ser con sus
amigos íntimos. Con ellos es increíblemente agradable.
––No me creo una palabra, querida. Si fuese tan agradable habría hablado con la señora Long.
Pero ya me imagino qué pasó. Todo el mundo dice que el orgullo no le cabe en el cuerpo, y apostaría a que
oyó que la señora Long no tiene coche y que fue al baile en uno de alquiler.

Comment: Coche de alquiler: La
señora Bennet consideraba que era una
muestra de categoría social inferior acudir
a un baile en coche de alquiler en vez de
en uno propio

––A mí no me importa que no haya hablado con la señora Long ––dijo la señorita Lucas––, pero
desearía que hubiese bailado con Eliza.
––Yo que tú, Lizzy ––agregó la madre––, no bailaría con él nunca más.
––Creo, mamá, que puedo prometerte que nunca bailaré con él.
––El orgullo ––dijo la señorita Lucas–– ofende siempre, pero a mí el suyo no me resulta tan
ofensivo. Él tiene disculpa. Es natural que un hombre atractivo, con familia, fortuna y todo a su favor tenga
un alto concepto de sí mismo. Por decirlo de algún modo, tiene derecho a ser orgulloso.
––Es muy cierto ––replicó Elizabeth––, podría perdonarle fácilmente su orgullo si no hubiese
mortificado el mío.
––El orgullo ––observó Mary, que se preciaba mucho de la solidez de sus reflexiones––, es un
defecto muy común. Por todo lo que he leído, estoy convencida de que en realidad es muy frecuente que la
naturaleza humana sea especialmente propensa a él, hay muy pocos que no abriguen un sentimiento de
autosuficiencia por una u otra razón, ya sea real o imaginaria. La vanidad y el orgullo son cosas distintas,
aunque muchas veces se usen como sinónimos. El orgullo está relacionado con la opinión que tenemos de
nosotros mismos; la vanidad, con lo que quisiéramos que los demás pensaran de nosotros.
––Si yo fuese tan rico como el señor Darcy, exclamó un joven Lucas que había venido con sus
hermanas––, no me importaría ser orgulloso. Tendría una jauría de perros de caza, y bebería una botella de
vino al día.
––Pues beberías mucho más de lo debido ––dijo la señora Bennet–– y si yo te viese te quitaría la
botella inmediatamente.
El niño dijo que no se atrevería, ella que sí, y así siguieron discutiendo hasta que se dio por
finalizada la visita.

CAPÍTULO VI
Las señoras de Longbourn no tardaron en ir a visitar a las de Netherfield, y éstas devolvieron la
visita como es costumbre. El encanto de la señorita Bennet aumentó la estima que la señora Hurst y la
señorita Bingley sentían por ella; y aunque encontraron que la madre era intolerable y que no valía la pena
dirigir la palabra a las hermanas menores, expresaron el deseo de profundizar las relaciones con ellas en
atención a las dos mayores. Esta atención fue recibida por Jane con agrado, pero Elizabeth seguía viendo
arrogancia en su trato con todo el mundo, exceptuando, con reparos, a su hermana; no podían gustarle.
Aunque valoraba su amabilidad con Jane, sabía que probablemente se debía a la influencia de la admiración
que el hermano sentía por ella. Era evidente, dondequiera que se encontrasen, que Bingley admiraba a Jane;

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

9

y para Elizabeth también era evidente que en su hermana aumentaba la inclinación que desde el principio
sintió por él, lo que la predisponía a enamorarse de él; pero se daba cuenta, con gran satisfacción, de que la
gente no podría notarlo, puesto que Jane uniría a la fuerza de sus sentimientos moderación y una constante
jovialidad, que ahuyentaría las sospechas de los impertinentes. Así se lo comentó a su amiga, la señorita
Lucas.
––Tal vez sea mejor en este caso ––replicó Charlotte–– poder escapar a la curiosidad de la gente;
pero a veces es malo ser tan reservada. Si una mujer disimula su afecto al objeto del mismo, puede perder
la oportunidad de conquistarle; y entonces es un pobre consuelo pensar que los demás están en la misma
ignorancia. Hay tanto de gratitud y vanidad en casi todos, los cariños, que no es nada conveniente dejarlos a
la deriva. Normalmente todos empezamos por una ligera preferencia, y eso sí puede ser simplemente
porque sí, sin motivo; pero hay muy pocos que tengan tanto corazón como para enamorarse sin haber sido
estimulados. En nueve de cada diez casos, una mujer debe mostrar más cariño del que siente. A Bingley le
gusta tu hermana, indudablemente; pero si ella no le ayuda, la cosa no pasará de ahí.
––Ella le ayuda tanto como se lo permite su forma de ser. Si yo puedo notar su cariño hacia él, él,
desde luego, sería tonto si no lo descubriese.
––Recuerda, Eliza, que él no conoce el carácter de Jane como tú.
––Pero si una mujer está interesada por un hombre y no trata de ocultarlo, él tendrá que acabar por
descubrirlo.
––Tal vez sí, si él la ve lo bastante. Pero aunque Bingley y Jane están juntos a menudo, nunca es
por mucho tiempo; y además como sólo se ven en fiestas con mucha gente, no pueden hablar a solas. Así
que Jane debería aprovechar al máximo cada minuto en el que pueda llamar su atención. Y cuando lo tenga
seguro, ya tendrá tiempo––para enamorarse de él todo lo que quiera.
––Tu plan es bueno ––contestó Elizabeth––, cuando la cuestión se trata sólo de casarse bien; y si
yo estuviese decidida a conseguir un marido rico, o cualquier marido, casi puedo decir que lo llevaría a
cabo. Pero esos no son los sentimientos de Jane, ella no actúa con premeditación. Todavía no puede estar
segura de hasta qué punto le gusta, ni el porqué. Sólo hace quince días que le conoce. Bailó cuatro veces
con él en Meryton; le vio una mañana en su casa, y desde entonces ha cenado en su compañía cuatro veces.
Esto no es suficiente para que ella conozca su carácter.
––No tal y como tú lo planteas. Si solamente hubiese cenado con él no habría descubierto otra cosa
que si tiene buen apetito o no; pero no debes olvidar que pasaron cuatro veladas juntos; y cuatro veladas
pueden significar bastante.
––Sí; en esas cuatro veladas lo único que pudieron hacer es averiguar qué clase de bailes les
gustaba a cada uno, pero no creo que hayan podido descubrir las cosas realmente importantes de su
carácter.
––Bueno ––dijo Charlotte––. Deseo de todo corazón que a Jane le salgan las cosas bien; y si se
casase con él mañana, creo que tendría más posibilidades de ser feliz que si se dedica a estudiar su carácter
durante doce meses. La felicidad en el matrimonio es sólo cuestión de suerte. El que una pareja crea que
son iguales o se conozcan bien de antemano, no les va a traer la felicidad en absoluto. Las diferencias se
van acentuando cada vez más hasta hacerse insoportables; siempre es mejor saber lo menos posible de la
persona con la que vas a compartir tu vida.
––Me haces reír, Charlotte; no tiene sentido. Sabes que no tiene sentido; además tú nunca actuarías
de esa forma.
Ocupada en observar las atenciones de Bingley para con su hermana, Elizabeth estaba lejos de
sospechar que también estaba siendo objeto de interés a los ojos del amigo de Bingley. Al principio, el
señor Darcy apenas se dignó admitir que era bonita; no había demostrado ninguna admiración por ella en el
baile; y la siguiente vez que se vieron, él sólo se fijó en ella para criticarla. Pero tan pronto como dejó claro
ante sí mismo y ante sus amigos que los rasgos de su cara apenas le gustaban, empezó a darse cuenta de
que la bella expresión de sus ojos oscuros le daban un aire de extraordinaria inteligencia. A este
descubrimiento siguieron otros igualmente mortificantes. Aunque detectó con ojo crítico más de un fallo en
la perfecta simetría de sus formas, tuvo que reconocer que su figura era grácil y esbelta; y a pesar de que

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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afirmaba que sus maneras no eran las de la gente refinada, se sentía atraído por su naturalidad y alegría. De
este asunto ella no tenía la más remota idea. Para ella Darcy era el hombre que se hacía antipático
dondequiera que fuese y el hombre que no la había considerado lo bastante hermosa como para sacarla a
bailar.
Darcy empezó a querer conocerla mejor. Como paso previo para hablar con ella, se dedicó a
escucharla hablar con los demás. Este hecho llamó la atención de Elizabeth. Ocurrió un día en casa de sir
Lucas donde se había reunido un amplio grupo de gente.
––¿Qué querrá el señor Darcy ––le dijo ella a Charlotte––, que ha estado escuchando mi
conversación con el coronel Forster?
––Ésa es una pregunta que sólo el señor Darcy puede contestar.
––Si lo vuelve a hacer le daré a entender que sé lo que pretende. Es muy satírico, y si no empiezo
siendo impertinente yo, acabaré por tenerle miedo.
Poco después se les volvió a acercar, y aunque no parecía tener intención de hablar, la señorita
Lucas desafió a su amiga para que le mencionase el tema, lo que inmediatamente provocó a Elizabeth, que
se volvió a él y le dijo:
––¿No cree usted, señor Darcy, que me expresé muy bien hace un momento, cuando le insistía al
coronel Forster para que nos diese un baile en Meryton?
––Con gran energía; pero ése es un tema que siempre llena de energía a las mujeres.
––Es usted severo con nosotras.
––Ahora nos toca insistirte a ti ––dijo la señorita Lucas––. Voy a abrir el piano y ya sabes lo que
sigue, Eliza.
––¿Qué clase de amiga eres? Siempre quieres que cante y que toque delante de todo el mundo. Si
me hubiese llamado Dios por el camino de la música, serías una amiga de incalculable valor; pero como no
es así, preferiría no tocar delante de gente que debe estar acostumbrada a escuchar a los mejores músicos ––
pero como la señorita Lucas insistía, añadió––: Muy bien, si así debe ser será ––y mirando fríamente a
Darcy dijo––: Hay un viejo refrán que aquí todo el mundo conoce muy bien, «guárdate el aire para enfriar
la sopa», y yo lo guardaré para mi canción.
El concierto de Elizabeth fue agradable, pero no extraordinario. Después de una o dos canciones y
antes de que pudiese complacer las peticiones de algunos que querían que cantase otra vez, fue
reemplazada al piano por su hermana Mary, que como era la menos brillante de la familia, trabajaba
duramente para adquirir conocimientos y habilidades que siempre estaba impaciente por demostrar.
Mary no tenía ni talento ni gusto; y aunque la vanidad la había hecho aplicada, también le había
dado un aire pedante y modales afectados que deslucirían cualquier brillantez superior a la que ella había
alcanzado. A Elizabeth, aunque había tocado la mitad de bien, la habían escuchado con más agrado por su
soltura y sencillez; Mary, al final de su largo concierto, no obtuvo más que unos cuantos elogios por las
melodías escocesas e irlandesas que había tocado a ruegos de sus hermanas menores que, con alguna de las
Lucas y dos o tres oficiales, bailaban alegremente en un extremo del salón.
Darcy, a quien indignaba aquel modo de pasar la velada, estaba callado y sin humor para hablar; se
hallaba tan embebido en sus propios pensamientos que no se fijó en que sir William Lucas estaba a su lado,
hasta que éste se dirigió a él.
––¡Qué encantadora diversión para la juventud, señor Darcy! Mirándolo bien, no hay nada como el
baile. Lo considero como uno de los mejores refinamientos de las sociedades más distinguidas.
––
Ciertamente, señor, y también tiene la ventaja de estar de moda entre las sociedades menos
distinguidas del mundo; todos los salvajes bailan.

Sir William esbozó una sonrisa.
––Su amigo baila maravillosamente ––continuó después de una pausa al ver a Bingley unirse al
grupo–– y no dudo, señor Darcy, que usted mismo sea un experto en la materia.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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Comment: «Guáráate el aíre para
enfriar la ropa»: Traducción del dicho
popular inglés «keep your breath to cool
your porridge», que aún se utiliza en
Inglaterra y que se atribuye a personas
que hablan demasiado irritando a los
demás.

––Me vio bailar en Meryton, creo, señor.
––Desde luego que sí, y me causó un gran placer verle. ¿Baila usted a menudo en Saint James?
––Nunca, señor.
¿No cree que sería un cumplido para con ese lugar?
––Es un cumplido que nunca concedo en ningún lugar, si puedo evitarlo.
––Creo que tiene una casa en la capital. El señor Darcy asintió con la cabeza.
––Pensé algunas veces en fijar mi residencia en la ciudad, porque me encanta la alta sociedad;
pero no estaba seguro de que el aire de Londres le sentase bien a lady Lucas.
Sir William hizo una pausa con la esperanza de una respuesta, pero su compañía no estaba
dispuesto a hacer ninguna. Al ver que Elizabeth se les acercaba, se le ocurrió hacer algo que le pareció muy
galante de su parte y la llamó.
––Mi querida señorita Eliza, ¿por qué no está bailando? Señor Darcy, permítame que le presente a
esta joven que puede ser una excelente pareja. Estoy seguro de que no puede negarse a bailar cuando tiene
ante usted tanta belleza.
Tomó a Elizabeth de la mano con la intención de pasársela a Darcy; quien, aunque
extremadamente sorprendido, no iba a rechazarla; pero Elizabeth le volvió la espalda y le dijo a sir William
un tanto desconcertada:
––De veras, señor, no tenía la menor intención de bailar. Le ruego que no suponga que he venido
hasta aquí para buscar pareja.
El señor Darcy, con toda corrección le pidió que le concediese el honor de bailar con él, pero fue
en vano. Elizabeth estaba decidida, y ni siquiera sir William, con todos sus argumentos, pudo persuadirla.
––Usted es excelente en el baile, señorita Eliza, y es muy cruel por su parte negarme la
satisfacción de verla; y aunque a este caballero no le guste este entretenimiento, estoy seguro de que no
tendría inconveniente en complacernos durante media hora.
––El señor Darcy es muy educado ––dijo Elizabeth sonriendo.
––Lo es, en efecto; pero considerando lo que le induce, querida Eliza, no podemos dudar de su
cortesía; porque, ¿quién podría rechazar una pareja tan encantadora?
Elizabeth les miró con coquetería y se retiró. Su resistencia no le había perjudicado nada a los ojos
del caballero, que estaba pensando en ella con satisfacción cuando fue abordado por la señorita Bingley.
––Adivino por qué está tan pensativo.
––Creo que no.
––Está pensando en lo insoportable que le sería pasar más veladas de esta forma, en una sociedad
como ésta; y por supuesto, soy de su misma opinión. Nunca he estado más enojada. ¡Qué gente tan insípida
y qué alboroto arman! Con lo insignificantes que son y qué importancia se dan. Daría algo por oír sus
críticas sobre ellos.
––Sus conjeturas son totalmente equivocadas. Mi mente estaba ocupada en cosas más agradables.
Estaba meditando sobre el gran placer que pueden causar un par de ojos bonitos en el rostro de una mujer
hermosa.
La señorita Bingley le miró fijamente deseando que le dijese qué dama había inspirado tales
pensamientos. El señor Darcy, intrépido, contestó:
––La señorita Elizabeth Bennet.
––¡La señorita Bennet! Me deja atónita. ¿Desde cuándo es su favorita? Y dígame, ¿cuándo tendré
que darle la enhorabuena?

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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––Ésa es exactamente la pregunta que esperaba que me hiciese. La imaginación de una dama va
muy rápido y salta de la admiración al amor y del amor al matrimonio en un momento. Sabía que me daría
la enhorabuena.
––Si lo toma tan en serio, creeré que es ya cosa hecha. Tendrá usted una suegra encantadora, de
veras, y ni que decir tiene que estará siempre en Pemberley con ustedes.
Él la escuchaba con perfecta indiferencia, mientras ella seguía disfrutando con las cosas que le
decía; y al ver, por la actitud de Darcy, que todo estaba a salvo, dejó correr su ingenio durante largo tiempo.

CAPÍTULO VII
La propiedad del señor Bennet consistía casi enteramente en una hacienda de dos mil libras al año,
la cual, desafortunadamente para sus hijas, estaba destinada, por falta de herederos varones, a un pariente
lejano; y la fortuna de la madre, aunque abundante para su posición, difícilmente podía suplir a la de su
marido. Su padre había sido abogado en Meryton y le había dejado cuatro mil libras.
La señora Bennet tenía una hermana casada con un tal señor Phillips que había sido empleado de
su padre y le había sucedido en los negocios, y un hermano en Londres que ocupaba un respetable lugar en
el comercio.
El pueblo de Longbourn estaba sólo a una milla de Meryton, distancia muy conveniente para las
señoritas, que normalmente tenían la tentación de ir por allí tres o cuatro veces a la semana para visitar a su
tía y, de paso, detenerse en una sombrerería que había cerca de su casa. Las que más frecuentaban Meryton
eran las dos menores, Catherine y Lydia, que solían estar más ociosas que sus hermanas, y cuando no se les
ofrecía nada mejor, decidían que un paseíto a la ciudad era necesario para pasar bien la mañana y así tener
conversación para la tarde; porque, aunque las noticias no solían abundar en el campo, su tía siempre tenía
algo que contar. De momento estaban bien provistas de chismes y de alegría ante la reciente llegada de un
regimiento militar que iba a quedarse todo el invierno y tenía en Meryton su cuartel general.
Ahora las visitas a la señora Phillips proporcionaban una información de lo más interesante. Cada
día añadían algo más a lo que ya sabían acerca de los nombres y las familias de los oficiales. El lugar donde
se alojaban ya no era un secreto y pronto empezaron a conocer a los oficiales en persona.
El señor Phillips los conocía a todos, lo que constituía para sus sobrinas una fuente de satisfacción
insospechada. No hablaba de otra cosa que no fuera de oficiales. La gran fortuna del señor Bingley, de la
que tanto le gustaba hablar a su madre, ya no valía la pena comparada con el uniforme de un alférez.
Después de oír una mañana el entusiasmo con el que sus hijas hablaban del tema, el señor Bennet
observó fríamente:
––Por todo lo que puedo sacar en limpio de vuestra manera de hablar debéis de ser las muchachas
más tontas de todo el país. Ya había tenido mis sospechas algunas veces, pero ahora estoy convencido.
Catherine se quedó desconcertada y no contestó. Lydia, con absoluta indiferencia, siguió
expresando su admiración por el capitán Carter, y dijo que esperaba verle aquel mismo día, pues a la
mañana siguiente se marchaba a Londres.
––Me deja pasmada, querido ––dijo la señora Bennet––, lo dispuesto que siempre estás a creer que
tus hijas son tontas. Si yo despreciase a alguien, sería a las hijas de los demás, no a las mías.
––Si mis hijas son tontas, lo menos que puedo hacer es reconocerlo.
––Sí, pero ya ves, resulta que son muy listas.
––Presumo que ese es el único punto en el que no estamos de acuerdo. Siempre deseé coincidir
contigo en todo, pero en esto difiero, porque nuestras dos hijas menores son tontas de remate.
Mi querido señor Bennet, no esperarás que estas niñas .tengan tanto sentido como sus padres.
Cuando tengan nuestra edad apostaría a que piensan en oficiales tanto como nosotros. Me acuerdo de una

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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Comment: Una hacienda... destinada,
por falta de herederos varones, a un
pariente lejano: Para evitar que la
propiedad pasase a otras familias, sólo
ciertas personas (normalmente, como
aquí, varones) podían heredar dicha
propiedad. Si a las hijas se les permitía
heredar, la propiedad pasaría a las
familias de sus maridos o a parientes más
lejanos que ellas mismas podían nombrar
a su voluntad en caso de permanecer
solteras. Pero si el propietario había
establecido que los herederos fuesen
varones, y no tenía hijos, como en el caso
del señor Bennet, las hijas resultaban
perjudicadas, puesto que la propiedad
pasaba a manos del heredero varón más
próximo, que en esta circunstancia
resultaba ser un pariente lejano, el señor
Collins.
Comment: Un regimiento militar:
Traducción de a militia regiment. En el
ejército británico estos regimientos
estaban formados por soldados
voluntarios que sólo se entrenaban en
ocasiones en tiempo de paz, pero podían
ser movilizados para la defensa de la
patria en tiempos de guerra. En la época
en la que fue escrita Orgullo y prejuicio,
el ejército regular británico estaba
luchando contra Napoleón en el
continente, por lo que estos regimientos
fueron movilizados y enviados a diversos
acuartelamientos estratégicos en el país,
entre los cuales figuraba Meryton.

época en la que me gustó mucho un casaca roja, y la verdad es que todavía lo llevo en mi corazón. Y si un
joven coronel con cinco o seis mil libras anuales quisiera a una de mis hijas, no le diría que no. Encontré
muy bien al coronel Forster la otra noche en casa de sir William.
––Mamá ––dijo Lydia, la tía dice que el coronel Forster y el capitán Carter ya no van tanto a casa
de los Watson como antes. Ahora los ve mucho en la biblioteca de Clarke.
La señora Bennet no pudo contestar al ser interrumpida por la entrada de un lacayo que traía una
nota para la señorita Bennet; venía de Netherfield y el criado esperaba respuesta. Los ojos de la señora
Bennet brillaban de alegría y estaba impaciente por que su hija acabase de leer.
––Bien, Jane, ¿de quién es?, ¿de qué se trata?, ¿qué dice? Date prisa y dinos, date prisa, cariño.
––Es de la señorita Bingley ––dijo Jane, y entonces leyó en voz alta:
«Mi querida amiga:
Si tienes compasión de nosotras, ven a cenar hoy con Louisa y conmigo, si no, estaremos en
peligro de odiarnos la una a la otra el resto de nuestras vidas, porque dos mujeres juntas todo el día no
pueden acabar sin pelearse. Ven tan pronto como te sea posible, después de recibir esta nota. Mi hermano y
los otros señores cenarán con los oficiales. Saludos,
Caroline Bingley.»
––¡Con los oficiales! ––exclamó Lydia––. ¡Qué raro que la tía no nos lo haya dicho!
––¡Cenar fuera! ––dijo la señora Bennet––. ¡Qué mala suerte!
––¿Puedo llevar el carruaje? ––preguntó Jane.
––No, querida; es mejor que vayas a caballo, porque parece que va a llover y así tendrás que
quedarte a pasar la noche.
––Sería un buen plan ––dijo Elizabeth––, si estuvieras segura de que no se van a ofrecer para
traerla a casa.
––Oh, los señores llevarán el landó del señor Bingley a Meryton y los Hurst no tienen caballos
propios.
––Preferiría ir en el carruaje.
––Pero querida, tu padre no puede prestarte los caballos. Me consta. Se necesitan en la granja. ¿No
es así, señor Bennet?
––Se necesitan más en la granja de lo que yo puedo ofrecerlos.
––Si puedes ofrecerlos hoy ––dijo Elizabeth––, los deseos de mi madre se verán cumplidos.
Al final animó al padre para que admitiese que los caballos estaban ocupados. Y, por fin, Jane se
vio obligada a ir a caballo. Su madre la acompañó hasta la puerta pronosticando muy contenta un día
pésimo.
Sus esperanzas se cumplieron; no hacía mucho que se había ido Jane, cuando empezó a llover a
cántaros. Las hermanas se quedaron intranquilas por ella, pero su madre estaba encantada. No paró de
llover en toda la tarde; era obvio que Jane no podría volver...
––Verdaderamente, tuve una idea muy acertada ––repetía la señora Bennet.
Sin embargo, hasta la mañana siguiente no supo nada del resultado de su oportuna estratagema.
Apenas había acabado de desayunar cuando un criado de Netherfield trajo la siguiente nota para Elizabeth:
«Mi querida Lizzy:

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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Comment: ... me gustó mucho una
casaca roja...: Hasta que las guerras del
siglo XX demostraron que el color rojo
convertía a los soldados británicos en un
blanco fácil para el enemigo, las casacas
rojas formaban parte del uniforme de
muchos regimientos. En tiempos de paz
el colorido de estas casacas hacía que los
hombres resultasen particularmente
atractivos para las chicas.

No me encuentro muy bien esta mañana, lo que, supongo, se debe a que ayer llegue calada hasta
los huesos. Mis amables amigas no quieren ni oírme hablar de volver a casa hasta que no esté mejor.
Insisten en que me vea el señor Jones; por lo tanto, no os alarméis si os enteráis de que ha venido a
visitarme. No tengo nada más que dolor de garganta y dolor de cabeza. Tuya siempre,
Jane.»
––Bien, querida ––dijo el señor Bennet una vez Elizabeth hubo leído la nota en alto––, si Jane
contrajera una enfermedad peligrosa o se muriese sería un consuelo saber que todo fue por conseguir al
señor Bingley y bajo tus órdenes.
––¡Oh! No tengo miedo de que se muera. La gente no se muere por pequeños resfriados sin
importancia. Tendrá buenos cuidados. Mientras esté allí todo irá de maravilla. Iría a verla, si pudiese
disponer del coche.
Elizabeth, que estaba verdaderamente preocupada, tomó la determinación de ir a verla. Como no
podía disponer del carruaje y no era buena amazona, caminar era su única alternativa. Y declaró su
decisión.
––¿Cómo puedes ser tan tonta? exclamó su madre––. ¿Cómo se te puede ocurrir tal cosa? ¡Con el
barro que hay! ¡Llegarías hecha una facha, no estarías presentable!
––Estaría presentable para ver a Jane que es todo lo que yo deseo.
––¿Es una indirecta para que mande a buscar los caballos, Lizzy? ––dijo su padre.
––No, en absoluto. No me importa caminar. No hay distancias cuando se tiene un motivo. Son
sólo tres millas. Estaré de vuelta a la hora de cenar.
––Admiro la actividad de tu benevolencia ––observó Mary––; pero todo impulso del sentimiento
debe estar dirigido por la razón, y a mi juicio, el esfuerzo debe ser proporcional a lo que se pretende.
––Iremos contigo hasta Meryton ––dijeron Catherine y Lydia. Elizabeth aceptó su compañía y las
tres jóvenes salieron juntas.
––Si nos damos prisa ––dijo Lydia mientras caminaba––, tal vez podamos ver al capitán Carter
antes de que se vaya.
En Meryton se separaron; las dos menores se dirigieron a casa de la esposa de uno de los oficiales
y Elizabeth continuó su camino sola. Cruzó campo tras campo a paso ligero, saltó cercas y sorteó charcos
con impaciencia hasta que por fin se encontró ante la casa, con los tobillos empapados, las medias sucias y
el rostro encendido por el ejercicio.
La pasaron al comedor donde estaban todos reunidos menos Jane, y donde su presencia causó gran
sorpresa. A la señora Hurst y a la señorita Bingley les parecía increíble que hubiese caminado tres millas
sola, tan temprano y con un tiempo tan espantoso. Elizabeth quedó convencida de que la hicieron de menos
por ello. No obstante, la recibieron con mucha cortesía, pero en la actitud del hermano había algo más que
cortesía: había buen humor y amabilidad. El señor Darcy habló poco y el señor Hurst nada de nada. El
primero fluctuaba entre la admiración por la luminosidad que el ejercicio le había dado a su rostro y la duda
de si la ocasión justificaba el que hubiese venido sola desde tan lejos. El segundo sólo pensaba en su
desayuno.
Las preguntas que Elizabeth hizo acerca de su hermana no fueron contestadas favorablemente. La
señorita Bennet había dormido mal, y, aunque se había levantado, tenía mucha fiebre y no estaba en
condiciones de salir de su habitación. Elizabeth se alegró de que la llevasen a verla inmediatamente; y Jane,
que se había contenido de expresar en su nota cómo deseaba esa visita, por miedo a ser inconveniente o a
alarmarlos, se alegró muchísimo al verla entrar. A pesar de todo no tenía ánimo para mucha conversación.
Cuando la señorita Bingley las dejó solas, no pudo formular más que gratitud por la extraordinaria
amabilidad con que la trataban en aquella casa. Elizabeth la atendió en silencio.
Cuando acabó el desayuno, las hermanas Bingley se reunieron con ellas; y a Elizabeth empezaron
a parecerle simpáticas al ver el afecto y el interés que mostraban por Jane. Vino el médico y examinó a la
paciente, declarando, como era de suponer, que había cogido un fuerte resfriado y que debían hacer todo lo

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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posible por cuidarla. Le recomendó que se metiese otra vez en la cama y le recetó algunas medicinas.
Siguieron las instrucciones del médico al pie de la letra, ya que la fiebre había aumentado y el dolor de
cabeza era más agudo. Elizabeth no abandonó la habitación ni un solo instante y las otras señoras tampoco
se ausentaban por mucho tiempo. Los señores estaban fuera porque en realidad nada tenían que hacer allí.
Cuando dieron las tres, Elizabeth comprendió que debía marcharse, y, aunque muy en contra de su
voluntad, así lo expresó.
La señorita Bingley le ofreció el carruaje; Elizabeth sólo estaba esperando que insistiese un poco
más para aceptarlo, cuando Jane comunicó su deseo de marcharse con ella; por lo que la señorita Bingley se
vio obligada a convertir el ofrecimiento del landó en una invitación para que se quedase en Netherfield.
Elizabeth aceptó muy agradecida, y mandaron un criado a Longbourn para hacer saber a la familia que se
quedaba y para que le enviasen ropa.

CAPÍTULO VIII
A las cinco las señoras se retiraron para vestirse y a las seis y media llamaron a Elizabeth para que
bajara a cenar. Ésta no pudo contestar favorablemente a las atentas preguntas que le hicieron y en las cuales
tuvo la satisfacción de distinguir el interés especial del señor Bingley. Jane no había mejorado nada; al
oírlo, las hermanas repitieron tres o cuatro veces cuánto lo lamentaban, lo horrible que era tener un mal
resfriado y lo que a ellas les molestaba estar enfermas. Después ya no se ocuparon más del asunto. Y su
indiferencia hacia Jane, en cuanto no la tenían delante, volvió a despertar en Elizabeth la antipatía que en
principio había sentido por ellas.
En realidad, era a Bingley al único del grupo que ella veía con agrado. Su preocupación por Jane
era evidente, y las atenciones que tenía con Elizabeth eran lo que evitaba que se sintiese como una intrusa,
que era como los demás la consideraban. Sólo él parecía darse cuenta de su presencia. La señorita Bingley
estaba absorta con el señor Darcy; su hermana, más o menos, lo mismo; en cuanto al señor Hurst, que
estaba sentado al lado de Elizabeth, era un hombre indolente que no vivía más que para comer, beber y
jugar a las cartas. Cuando supo que Elizabeth prefería un plato sencillo a un ragout, ya no tuvo nada de qué
hablar con ella. Cuando acabó la cena, Elizabeth volvió inmediatamente junto a Jane. Nada más salir del
comedor, la señorita Bingley empezó a criticarla. Sus modales eran, en efecto, pésimos, una mezcla de
orgullo e impertinencia; no tenía conversación, ni estilo, ni gusto, ni belleza. La señora Hurst opinaba lo
mismo y añadió:
––En resumen, lo único que se puede decir de ella es que es una excelente caminante. Jamás
olvidaré cómo apareció esta mañana. Realmente parecía medio salvaje.
En efecto, Louisa. Cuando la vi, casi no pude contenerme. ¡Qué insensatez venir hasta aquí! ¿Qué
necesidad había de que corriese por los campos sólo porque su hermana tiene un resfriado? ¡Cómo traía los
cabellos, tan despeinados, tan desaliñados!
––Sí. ¡Y las enaguas! ¡Si las hubieseis visto! Con más de una cuarta de barro. Y el abrigo que se
había puesto para taparlas, desde luego, no cumplía su cometido.
––Tu retrato puede que sea muy exacto, Louisa ––dijo Bingley––, pero todo eso a mí me pasó
inadvertido. Creo que la señorita Elizabeth Bennet tenía un aspecto inmejorable al entrar en el salón esta
mañana. Casi no me di cuenta de que llevaba las faldas sucias.
––Estoy segura de que usted sí que se fijó, señor Darcy ––dijo la señorita Bingley––; y me figuro
que no le gustaría que su hermana diese semejante espectáculo.
––Claro que no.
––¡Caminar tres millas, o cuatro, o cinco, o las que sean, con el barro hasta los tobillos y sola,
completamente sola! ¿Qué querría dar a entender? Para mí, eso demuestra una abominable independencia y
presunción, y una indiferencia por el decoro propio de la gente del campo.
––Lo que demuestra es un apreciable cariño por su hermana ––dijo Bingley.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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Comment: Ragout: Asado de carne con
verduras, de sabor fuerte.

––Me temo, señor Darcy ––observó la señorita Bingley a media voz––, que esta aventura habrá
afectado bastante la admiración que sentía usted por sus bellos ojos.
––En absoluto ––respondió Darcy––; con el ejercicio se le pusieron aun más brillantes.
A esta intervención siguió una breve pausa, y la señora Hurst empezó de nuevo.
––Le tengo gran estima a Jane Bennet, es en verdad una muchacha encantadora, y desearía con
todo mi corazón que tuviese mucha suerte. Pero con semejantes padres y con parientes de tan poca clase,
me temo que no va a tener muchas oportunidades.
––Creo que te he oído decir que su tío es abogado en Meryton.
Comment: Cheapside: Puede
entenderse como zona (side) barata
(cheap), lo que provocó la burla de las
hermanas Bingley.

––Sí, y tiene otro que vive en algún sitio cerca de Cheapside.
––¡Colosal! añadió su hermana. Y las dos se echaron a reír a carcajadas.
––Aunque todo Cheapside estuviese lleno de tíos suyos ––exclamó Bingley––, no por ello serían
las Bennet menos agradables.
––Pero les disminuirá las posibilidades de casarse con hombres que figuren algo en el mundo ––
respondió Darcy.
Bingley no hizo ningún comentario a esta observación de Darcy. Pero sus hermanas asintieron
encantadas, y estuvieron un rato divirtiéndose a costa de los vulgares parientes de su querida amiga.
Sin embargo, en un acto de renovada bondad, al salir del comedor pasaron al cuarto de la enferma
y se sentaron con ella hasta que las llamaron para el café. Jane se encontraba todavía muy mal, y Elizabeth
no la dejaría hasta más tarde, cuando se quedó tranquila al ver que estaba dormida, y entonces le pareció
que debía ir abajo, aunque no le apeteciese nada. Al entrar en el salón los encontró a todos jugando al loo, e
inmediatamente la invitaron a que les acompañase. Pero ella, temiendo que estuviesen jugando fuerte, no
aceptó, y, utilizando a su hermana como excusa, dijo que se entretendría con un libro durante el poco
tiempo que podría permanecer abajo. El señor Hurst la miró con asombro.
––¿Prefieres leer a jugar?––le dijo––. Es muy extraño.
––La señorita Elizabeth Bennet ––dijo la señorita Bingley–– desprecia las cartas. Es una gran
lectora y no encuentra placer en nada más.
––No merezco ni ese elogio ni esa censura exclamó Elizabeth––. No soy una gran lectora y
encuentro placer en muchas cosas.
––Como, por ejemplo, en cuidar a su hermana ––intervino Bingley––, y espero que ese placer
aumente cuando la vea completamente repuesta.
Elizabeth se lo agradeció de corazón y se dirigió a una mesa donde había varios libros. Él se
ofreció al instante para ir a buscar otros, todos los que hubiese en su biblioteca.
––Desearía que mi colección fuese mayor para beneficio suyo y para mi propio prestigio; pero soy
un hombre perezoso, y aunque no tengo muchos libros, tengo más de los que pueda llegar a leer.
Elizabeth le aseguró que con los que había en la habitación tenía de sobra.
––Me extraña ––dijo la señorita Bingley–– que mi padre haya dejado una colección de libros tan
pequeña. ¡Qué estupenda biblioteca tiene usted en Pemberley, señor Darcy!
––Tiene que ser buena ––contestó––; es obra de muchas generaciones.
––Y además usted la ha aumentado considerablemente; siempre está comprando libros.
––No puedo comprender que se descuide la biblioteca de una familia en tiempos como éstos.
––¡Descuidar! Estoy segura de que usted no descuida nada que se refiera a aumentar la belleza de
ese noble lugar. Charles, cuando construyas tu casa, me conformaría con que fuese la mitad de bonita que
Pemberley.
––Ojalá pueda.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

17

Comment:
Loo: juego de cartas en el que los
jugadores debían pagar prenda cada vez
que perdían.

––Pero yo te aconsejaría que comprases el terreno cerca de Pemberley y que lo tomases como
modelo. No hay condado más bonito en Inglaterra que Derbyshire.
––Ya lo creo que lo haría. Y compraría el mismo Pemberley si Darcy lo vendiera.
––Hablo de posibilidades, Charles.
––Sinceramente, Caroline, preferiría conseguir Pemberley comprándolo que imitándolo.
Elizabeth estaba demasiado absorta en lo que ocurría para poder prestar la menor atención a su
libro; no tardó en abandonarlo, se acercó a la mesa de juego y se colocó entre Bingley y su hermana mayor
para observar la partida.
––¿Ha crecido la señorita Darcy desde la primavera? ––preguntó la señorita Bingley––. ¿Será ya
tan alta como yo?
––Creo que sí. Ahora será de la estatura de la señorita Elizabeth Bennet, o más alta.
––¡Qué ganas tengo de volver a verla! Nunca he conocido a nadie que me guste tanto. ¡Qué figura,
qué modales y qué talento para su edad! Toca el piano de un modo exquisito.
––Me asombra ––dijo Bingley–– que las jóvenes tengan tanta paciencia para aprender tanto, y
lleguen a ser tan perfectas como lo son todas.
––¡Todas las jóvenes perfectas! Mi querido Charles, ¿qué dices?
––Sí, todas. Todas pintan, forran biombos y hacen bolsitas de malla. No conozco a ninguna que no
sepa hacer todas estas cosas, y nunca he oído hablar de una damita por primera vez sin que se me informara
de que era perfecta.
––Tu lista de lo que abarcan comúnmente esas perfecciones ––dijo Darcy–– tiene mucho de
verdad. El adjetivo se aplica a mujeres cuyos conocimientos no son otros que hacer bolsos de malla o forrar
biombos. Pero disto mucho de estar de acuerdo contigo en lo que se refiere a tu estimación de las damas en
general. De todas las que he conocido, no puedo alardear de conocer más que a una media docena que sean
realmente perfectas.
––Ni yo, desde luego ––dijo la señorita Bingley.
––Entonces observó Elizabeth–– debe ser que su concepto de la mujer perfecta es muy exigente.
––Sí, es muy exigente.
––¡Oh, desde luego! exclamó su fiel colaboradora––. Nadie puede estimarse realmente perfecto si
no sobrepasa en mucho lo que se encuentra normalmente. Una mujer debe tener un conocimiento profundo
de música, canto, dibujo, baile y lenguas modernas. Y además de todo esto, debe poseer un algo especial en
su aire y manera de andar, en el tono de su voz, en su trato y modo de expresarse; pues de lo contrario no
merecería el calificativo más que a medias.
––Debe poseer todo esto ––agregó Darcy––, y a ello hay que añadir algo más sustancial en el
desarrollo de su inteligencia por medio de abundantes lecturas.
––No me sorprende ahora que conozca sólo a seis mujeres perfectas. Lo que me extraña es que
conozca a alguna.
––¿Tan severa es usted con su propio sexo que duda de que esto sea posible?
––Yo nunca he visto una mujer así. Nunca he visto tanta capacidad, tanto gusto, tanta aplicación y
tanta elegancia juntas como usted describe.
La señora Hurst y la señorita Bingley protestaron contra la injusticia de su implícita duda,
afirmando que conocían muchas mujeres que respondían a dicha descripción, cuando el señor Hurst las
llamó al orden quejándose amargamente de que no prestasen atención al juego. Como la conversación
parecía haber terminado, Elizabeth no tardó en abandonar el salón.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

18

––Elizabeth ––dijo la señorita Bingley cuando la puerta se hubo cerrado tras ella–– es una de esas
muchachas que tratan de hacerse agradables al sexo opuesto desacreditando al suyo propio; no diré que no
dé resultado con muchos hombres, pero en mi opinión es un truco vil, una mala maña.
––Indudablemente ––respondió Darcy, a quien iba dirigida principalmente esta observación–– hay
vileza en todas las artes que las damas a veces se rebajan a emplear para cautivar a los hombres. Todo lo
que tenga algo que ver con la astucia es despreciable.
La señorita Bingley no quedó lo bastante satisfecha con la respuesta como para continuar con el
tema. Elizabeth se reunió de nuevo con ellos sólo para decirles que su hermana estaba peor y que no podía
dejarla. Bingley decidió enviar a alguien a buscar inmediatamente al doctor Jones; mientras que sus
hermanas, convencidas de que la asistencia médica en el campo no servía para nada, propusieron enviar a
alguien a la capital para que trajese a uno de los más eminentes doctores. Elizabeth no quiso ni oír hablar de
esto último, pero no se oponía a que se hiciese lo que decía el hermano. De manera que se acordó mandar a
buscar al doctor Jones temprano a la mañana siguiente si Jane no se encontraba mejor. Bingley estaba
bastante preocupado y sus hermanas estaban muy afligidas. Sin embargo, más tarde se consolaron cantando
unos dúos, mientras Bingley no podía encontrar mejor alivio a su preocupación que dar órdenes a su ama
de llaves para que se prestase toda atención posible a la enferma y a su hermana.

CAPÍTULO IX
Elizabeth pasó la mayor parte de la noche en la habitación de su hermana, y por la mañana tuvo el
placer de poder enviar una respuesta satisfactoria a las múltiples preguntas que ya muy temprano venía
recibiendo, a través de una sirvienta de Bingley; y también a las que más tarde recibía de las dos elegantes
damas de compañía de las hermanas. A pesar de la mejoría, Elizabeth pidió que se mandase una nota a
Longbourn, pues quería que su madre viniese a visitar a Jane para que ella misma juzgase la situación. La
nota fue despachada inmediatamente y la respuesta a su contenido fue cumplimentada con la misma
rapidez. La señora Bennet, acompañada de sus dos hijas menores, llegó a Netherfield poco después del
desayuno de la familia.
Si hubiese encontrado a Jane en peligro aparente, la señora Bennet se habría disgustado mucho;
pero quedándose satisfecha al ver que la enfermedad no era alarmante, no tenía ningún deseo de que se
recobrase pronto, ya que su cura significaría marcharse de Netherfield. Por este motivo se negó a atender la
petición de su hija de que se la llevase a casa, cosa que el médico, que había llegado casi al mismo tiempo,
tampoco juzgó prudente. Después de estar sentadas un rato con Jane, apareció la señorita Bingley y las
invitó a pasar al comedor. La madre y las tres hijas la siguieron. Bingley las recibió y les preguntó por Jane
con la esperanza de que la señora Bennet no hubiese encontrado a su hija peor de lo que esperaba.
––Pues verdaderamente, la he encontrado muy mal ––respondió la señora Bennet––. Tan mal que
no es posible llevarla a casa. El doctor Jones dice que no debemos pensar en trasladarla. Tendremos que
abusar un poco más de su amabilidad.
––¡Trasladarla! ––exclamó Bingley––. ¡Ni pensarlo! Estoy seguro de que mi hermana también se
opondrá a que se vaya a casa.
––Puede usted confiar, señora ––repuso la señorita Bingley con fría cortesía––, en que a la señorita
Bennet no le ha de faltar nada mientras esté con nosotros.
––Estoy segura ––añadió–– de que, a no ser por tan buenos amigos, no sé qué habría sido de ella,
porque está muy enferma y sufre mucho; aunque eso sí, con la mayor paciencia del mundo, como hace
siempre, porque tiene el carácter más dulce que conozco. Muchas veces les digo a mis otras hijas que no
valen nada a su lado. ¡Qué bonita habitación es ésta, señor Bingley, y qué encantadora vista tiene a los
senderos de jardín! Nunca he visto un lugar en todo el país comparable a Netherfield. Espero que no
pensará dejarlo repentinamente, aunque lo haya alquilado por poco tiempo.
––Yo todo lo hago repentinamente ––respondió Bingley––. Así que si decidiese dejar Netherfield,
probablemente me iría en cinco minutos. Pero, por ahora, me encuentro bien aquí.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

19

––Eso es exactamente lo que yo me esperaba de usted ––dijo Elizabeth.
––Empieza usted a comprenderme, ¿no es así? ––exclamó Bingley volviéndose hacia ella.
––¡Oh, sí! Le comprendo perfectamente.
––Desearía tomarlo como un cumplido; pero me temo que el que se me conozca fácilmente es
lamentable.
––Es como es. Ello no significa necesariamente que un carácter profundo y complejo sea más o
menos estimable que el suyo.
––Lizzy ––exclamó su madre––, recuerda dónde estás y deja de comportarte con esa conducta
intolerable a la que nos tienes acostumbrados en casa.
––No sabía que se dedicase usted a estudiar el carácter de las personas ––prosiguió Bingley
inmediatamente––. Debe ser un estudio apasionante.
––Sí; y los caracteres complejos son los más apasionantes de todos. Por lo menos, tienen esa
ventaja.
––El campo ––dijo Darcy–– no puede proporcionar muchos sujetos para tal estudio. En un pueblo
se mueve uno en una sociedad invariable y muy limitada.
––Pero la gente cambia tanto, que siempre hay en ellos algo nuevo que observar.
––Ya lo creo que sí ––exclamó la señora Bennet, ofendida por la manera en la que había hablado
de la gente del campo––; le aseguro que eso ocurre lo mismo en el campo que en la ciudad.
Todo el mundo se quedó sorprendido. Darcy la miró un momento y luego se volvió sin decir nada.
La señora Bennet creyó que había obtenido una victoria aplastante sobre él y continuó triunfante:
––Por mi parte no creo que Londres tenga ninguna ventaja sobre el campo, a no ser por las tiendas
y los lugares públicos. El campo es mucho más agradable. ¿No es así, señor Bingley?
––Cuando estoy en el campo ––contestó–– no deseo irme, y cuando estoy en la ciudad me pasa lo
mismo. Cada uno tiene sus ventajas y yo me encuentro igualmente a gusto en los dos sitios.
––Claro, porque usted tiene muy buen carácter. En cambio ese caballero ––dijo mirando a Darcy
–no parece que tenga muy buena opinión del campo.
––Mamá, estás muy equivocada ––intervino Elizabeth sonrojándose por la imprudencia de su
madre––, interpretas mal al señor Darcy. Él sólo quería decir que en el campo no se encuentra tanta
variedad de gente como en la ciudad. Lo que debes reconocer que es cierto.
––Ciertamente, querida, nadie dijo lo contrario, pero eso de que no hay mucha gente en esta
vecindad, creo que hay pocas tan grandes como la nuestra. Yo he llegado a cenar con veinticuatro familias.
Nada, si no fuese su consideración por Elizabeth, podría haber hecho contenerse a Bingley. Su
hermana fue menos delicada, y miró a Darcy con una sonrisa muy expresiva. Elizabeth quiso decir algo
para cambiar de conversación y le preguntó a su madre si Charlotte Lucas había estado en Longbourn desde
que ella se había ido.
––Sí, nos visitó ayer con su padre. ¡Qué hombre tan agradable es sir William! ¿Verdad, señor
Bingley? ¡Tan distinguido, tan gentil y tan sencillo! Siempre tiene una palabra agradable para todo el
mundo. Esa es la idea que yo tengo de lo que es la buena educación; esas personas que se creen muy
importantes y nunca abren la boca, no tienen idea de educación.
––¿Cenó Charlotte con vosotros?
––No, se fue a casa. Creo que la necesitaban para hacer el pastel de carne. Lo que es yo, señor
Bingley, siempre tengo sirvientes que saben hacer su trabajo. Mis hijas están educadas de otro modo. Pero
cada cual que se juzgue a sí mismo. Las Lucas son muy buenas chicas, se lo aseguro. ¡Es una pena que no
sean bonitas! No es que crea que Charlotte sea muy fea; en fin, sea como sea, es muy amiga nuestra.
––Parece una joven muy agradable ––dijo Bingley.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

20

––¡Oh! sí, pero debe admitir que es bastante feúcha. La misma lady Lucas lo dice muchas veces, y
me envidia por la belleza de Jane. No me gusta alabar a mis propias hijas, pero la verdad es que no se
encuentra a menudo a alguien tan guapa como Jane. Yo no puedo ser imparcial, claro; pero es que lo dice
todo el mundo. Cuando sólo tenía quince años, había un caballero que vivía en casa de mi hermano
Gardiner en la ciudad, y que estaba tan enamorado de Jane que mi cuñada aseguraba que se declararía antes
de que nos fuéramos. Pero no lo hizo. Probablemente pensó que era demasiado joven. Sin embargo, le
escribió unos versos, y bien bonitos que eran.
––Y así terminó su amor ––dijo Elizabeth con impaciencia––. Creo que ha habido muchos que lo
vencieron de la misma forma. Me pregunto quién sería el primero en descubrir la eficacia de la poesía para
acabar con el amor.
––Yo siempre he considerado que la poesía es el alimento del amor ––dijo Darcy.
––De un gran amor, sólido y fuerte, puede. Todo nutre a lo que ya es fuerte de por sí. Pero si es
solo una inclinación ligera, sin ninguna base, un buen soneto la acabaría matando de hambre.
Darcy se limitó a sonreír. Siguió un silencio general que hizo temer a Elizabeth que su madre
volviese a hablar de nuevo. La señora Bennet lo deseaba, pero no sabía qué decir, hasta que después de una
pequeña pausa empezó a reiterar su agradecimiento al señor Bingley por su amabilidad con Jane y se
disculpó por las molestias que también pudiera estar causando Lizzy. El señor Bingley fue cortés en su
respuesta, y obligó a su hermana menor a ser cortés y a decir lo que la ocasión requería. Ella hizo su papel,
aunque con poca gracia, pero la señora Bennet, quedó satisfecha y poco después pidió su carruaje. Al oír
esto, la más joven de sus hijas se adelantó para decir algo. Las dos muchachitas habían estado
cuchicheando durante toda la visita, y el resultado de ello fue que la más joven debía recordarle al señor
Bingley que cuando vino al campo por primera vez había prometido dar un baile en Netherfield.
Lydia era fuerte, muy crecida para tener quince años, tenía buena figura y un carácter muy alegre.
Era la favorita de su madre que por el amor que le tenía la había presentado en sociedad a una edad muy
temprana. Era muy impulsiva y se daba mucha importancia, lo que había aumentado con las atenciones que
recibía de los oficiales, a lo que las cenas de su tía y sus modales sencillos contribuían. Por lo tanto, era la
más adecuada para dirigirse a Bingley y recordarle su promesa; añadiendo que sería una vergüenza ante el
mundo si no lo mantenía. Su respuesta a este repentino ataque fue encantadora a los oídos de la señora
Bennet.
––Le aseguro que estoy dispuesto a mantener mi compromiso, en cuanto su hermana esté bien;
usted misma, si gusta, podrá señalar la fecha del baile: No querrá estar bailando mientras su hermana está
enferma.
Lydia se dio por satisfecha:
––¡Oh! sí, será mucho mejor esperar a que Jane esté bien; y para entonces lo más seguro es que el
capitán Carter estará de nuevo en Meryton. Y cuando usted haya dado su baile ––agregó––, insistiré para
que den también uno ellos. Le diré al coronel Forster que sería lamentable que no lo hiciese.
Por fin la señora Bennet y sus hijas se fueron, y Elizabeth volvió al instante con Jane, dejando que
las dos damas y el señor Darcy hiciesen sus comentarios acerca de su comportamiento y el de su familia.
Sin embargo, Darcy no pudo compartir con los demás la censura hacia Elizabeth, a pesar de la agudeza de
la señorita Bingley al hacer chistes sobre ojos bonitos.

CAPÍTULO X
El día pasó lo mismo que el anterior. La señora Hurst y la señorita Bingley habían estado por la
mañana unas horas al lado de la enferma, que seguía mejorando, aunque lentamente. Por la tarde Elizabeth
se reunió con ellas en el salón. Pero no se dispuso la mesa de juego acostumbrada. Darcy escribía y la
señorita Bingley, sentada a su lado, seguía el curso de la carta, interrumpiéndole repetidas veces con
mensajes para su hermana. El señor Hurst y Bingley jugaban al piquet y la señora Hurst contemplaba la
partida.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

21

Comment: Piquet: Juego de cartas,
para dos personas, de 32 naipes.

Elizabeth se dedicó a una labor de aguja, y tenía suficiente entretenimiento con atender a lo que
pasaba entre Darcy y su compañía. Los constantes elogios de ésta a la caligrafía de Darcy, a la simetría de
sus renglones o a la extensión de la carta, así como la absoluta indiferencia con que eran recibidos,
constituían un curioso diálogo que estaba exactamente de acuerdo con la opinión que Elizabeth tenía de
cada uno de ellos.
––¡Qué contenta se pondrá la señorita Darcy cuando reciba esta carta!
Él no contestó.
––Escribe usted más deprisa que nadie. ––Se equivoca. Escribo muy despacio.
––¡Cuántas cartas tendrá ocasión de escribir al cabo del año! Incluidas cartas de negocios. ¡Cómo
las detesto!
––Es una suerte, pues, que sea yo y no usted, el que tenga que escribirlas.
––Le ruego que le diga a su hermana que deseo mucho verla.
––Ya se lo he dicho una vez, por petición suya.
––Me temo que su pluma no le va bien. Déjeme que se la afile, lo hago increíblemente bien.
––Gracias, pero yo siempre afilo mi propia pluma.
––¿Cómo puede lograr una escritura tan uniforme?
Darcy no hizo ningún comentario.
––Dígale a su hermana que me alegro de saber que ha hecho muchos progresos con el arpa; y le
ruego que también le diga que estoy entusiasmada con el diseño de mesa que hizo, y que creo que es
infinitamente superior al de la señorita Grantley.
––¿Me permite que aplace su entusiasmo para otra carta? En la presente ya no tengo espacio para
más elogios.
––¡Oh!, no tiene importancia. La veré en enero. Pero, ¿siempre le escribe cartas tan largas y
encantadoras, señor Darcy?
––Generalmente son largas; pero si son encantadoras o no, no soy yo quien debe juzgarlo.
––Para mí es como una norma, cuando una persona escribe cartas tan largas con tanta facilidad no
puede escribir mal.
––Ese cumplido no vale para Darcy, Caroline ––interrumpió su hermano––, porque no escribe con
facilidad. Estudia demasiado las palabras. Siempre busca palabras complicadas de más de cuatro sílabas,
¿no es así, Darcy?
––Mi estilo es muy distinto al tuyo.
––¡Oh! ––exclamó la señorita Bingley––. Charles escribe sin ningún cuidado. Se come la mitad de
las palabras y emborrona el resto.
––Las ideas me vienen tan rápido que no tengo tiempo de expresarlas; de manera que, a veces, mis
cartas no comunican ninguna idea al que las recibe.
––Su humildad, señor Bingley ––intervino Elizabeth––, tiene que desarmar todos los reproches.
––Nada es más engañoso ––dijo Darcy–– que la apariencia de humildad. Normalmente no es otra
cosa que falta de opinión, y a veces es una forma indirecta de vanagloriarse.
––¿Y cuál de esos dos calificativos aplicas a mi reciente acto de modestia?
––Una forma indirecta de vanagloriarse; porque tú, en realidad, estás orgulloso de tus defectos
como escritor, puesto que los atribuyes a tu rapidez de pensamientos y a un descuido en la ejecución, cosa
que consideras, si no muy estimable, al menos muy interesante. Siempre se aprecia mucho el poder de
hacer cualquier cosa con rapidez, y no se presta atención a la imperfección con la que se hace. Cuando esta
mañana le dijiste a la señora Bennet que si alguna vez te decidías a dejar Netherfield, te irías en cinco
Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

22

Comment: ...palabras de cuatro
sílabas: Las palabras de más de tres
sílabas en inglés proceden en su mayor
parte del latín o del griego, son cultas y
su uso excesivo es signo de pedantería.

minutos, fue una especie de elogio, de cumplido hacia ti mismo; y, sin embargo, ¿qué tiene de elogiable
marcharse precipitadamente dejando, sin duda, asuntos sin resolver, lo que no puede ser beneficioso para ti
ni para nadie?
––¡No! ––exclamó Bingley––. Me parece demasiado recordar por la noche las tonterías que se
dicen por la mañana. Y te doy mi palabra, estaba convencido de que lo que decía de mí mismo era verdad,
y lo sigo estando ahora. Por lo menos, no adopté innecesariamente un carácter precipitado para presumir
delante de las damas.
––Sí, creo que estabas convencido; pero soy yo el que no está convencido de que te fueses tan
aceleradamente. Tu conducta dependería de las circunstancias, como la de cualquier persona. Y si, montado
ya en el caballo, un amigo te dijese: «Bingley, quédate hasta la próxima semana», probablemente lo harías,
probablemente no te irías, y bastaría sólo una palabra más para que te quedaras un mes.
––Con esto sólo ha probado ––dijo Elizabeth–– que Bingley no hizo justicia a su temperamento.
Lo ha favorecido usted más ahora de lo que él lo había hecho.
––Estoy enormemente agradecido ––dijo Bingley por convertir lo que dice mi amigo en un
cumplido. Pero me temo que usted no lo interpreta de la forma que mi amigo pretendía; porque él tendría
mejor opinión de mí si, en esa circunstancia, yo me negase en rotundo y partiese tan rápido como me fuese
posible.
––¿Consideraría entonces el señor Darcy reparada la imprudencia de su primera intención con la
obstinación de mantenerla?
––No soy yo, sino Darcy, el que debe explicarlo.
––Quieres que dé cuenta de unas opiniones que tú me atribuyes, pero que yo nunca he reconocido.
Volviendo al caso, debe recordar, señorita Bennet, que el supuesto amigo que desea que se quede y que
retrase su plan, simplemente lo desea y se lo pide sin ofrecer ningún argumento.
––El ceder pronto y fácilmente a la persuasión de un amigo, no tiene ningún mérito para usted. ––
El ceder sin convicción dice poco en favor de la inteligencia de ambos.
––Me da la sensación, señor Darcy, de que usted nunca permite que le influyan el afecto o la
amistad. El respeto o la estima por el que pide puede hacernos ceder a la petición sin esperar ninguna razón
o argumento. No estoy hablando del caso particular que ha supuesto sobre el señor Bingley. Además,
deberíamos, quizá, esperar a que se diese la circunstancia para discutir entonces su comportamiento. Pero
en general y en casos normales entre amigos, cuando uno quiere que el otro cambie alguna decisión, ¿vería
usted mal que esa persona complaciese ese deseo sin esperar las razones del otro?
––¿No sería aconsejable, antes de proseguir con el tema, dejar claro con más precisión qué
importancia tiene la petición y qué intimidad hay entre los amigos?
––Perfectamente ––dijo Bingley––, fijémonos en todos los detalles sin olvidarnos de comparar
estatura y tamaño; porque eso, señorita Bennet, puede tener más peso en la discusión de lo que parece. Le
aseguro que si Darcy no fuera tan alto comparado conmigo, no le tendría ni la mitad del respeto que le
tengo. Confieso que no conozco nada más imponente que Darcy en determinadas ocasiones y en
determinados lugares, especialmente en su casa y en las tardes de domingo cuando no tiene nada que hacer.
El señor Darcy sonrió; pero Elizabeth se dio cuenta de que se había ofendido bastante y contuvo la
risa. La señorita Bingley se molestó mucho por la ofensa que le había hecho a Darcy y censuró a su
hermano por decir tales tonterías.
––Conozco tu sistema, Bingley ––dijo su amigo––. No te gustan las discusiones y quieres acabar
ésta.
––Quizá. Las discusiones se parecen demasiado a las disputas. Si tú y la señorita Bennet posponéis
la vuestra para cuando yo no esté en la habitación, estaré muy agradecido; además, así podréis decir todo lo
que queráis de mí.
––Por mi parte ––dijo Elizabeth––, no hay objeción en hacer lo que pide, y es mejor que el señor
Darcy acabe la carta.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

23

Darcy siguió su consejo y acabó la carta. Concluida la tarea, se dirigió a la señorita Bingley y a
Elizabeth para que les deleitasen con algo de música. La señorita Bingley se apresuró al piano, pero antes
de sentarse invitó cortésmente a Elizabeth a tocar en primer lugar; ésta, con igual cortesía y con toda
sinceridad rechazó la invitación; entonces, la señorita Bingley se sentó y comenzó el concierto.
La señora Hurst cantó con su hermana, y, mientras se empleaban en esta actividad, Elizabeth no
podía evitar darse cuenta, cada vez que volvía las páginas de unos libros de música que había sobre el
piano, de la frecuencia con la que los ojos de Darcy se fijaban en ella. Le era difícil suponer que fuese
objeto de admiración ante un hombre de tal categoría; y aun sería más extraño que la mirase porque ella le
desagradara. Por fin, sólo pudo imaginar que llamaba su atención porque había algo en ella peor y más
reprochable, según su concepto de la virtud, que en el resto de los presentes. Esta suposición no la apenaba.
Le gustaba tan poco, que la opinión que tuviese sobre ella, no le preocupaba.
Después de tocar algunas canciones italianas, la señorita Bingley varió el repertorio con un aire
escocés más alegre; y al momento el señor Darcy se acercó a Elizabeth y le dijo:
Comment: Reel: Es uno de los
vigorosos bailes nacionales escoceses.

––¿Le apetecería, señorita Bennet, aprovechar esta oportunidad para bailar un reel?
Ella sonrió y no contestó. Él, algo sorprendido por su silencio, repitió la pregunta.
––¡Oh! ––dijo ella––, ya había oído la pregunta. Estaba meditando la respuesta. Sé que usted
querría que contestase que sí, y así habría tenido el placer de criticar mis gustos; pero a mí me encanta
echar por tierra esa clase de trampas y defraudar a la gente que está premeditando un desaire. Por lo tanto,
he decidido decirle que no deseo bailar en absoluto. Y, ahora, desáireme si se atreve.
––No me atrevo, se lo aseguro.
Ella, que creyó haberle ofendido, se quedó asombrada de su galantería. Pero había tal mezcla de
dulzura y malicia en los modales de Elizabeth, que era difícil que pudiese ofender a nadie; y Darcy nunca
había estado tan ensimismado con una mujer como lo estaba con ella. Creía realmente que si no fuera por la
inferioridad de su familia, se vería en peligro.
La señorita Bingley vio o sospechó lo bastante para ponerse celosa, y su ansiedad porque se
restableciese su querida amiga Jane se incrementó con el deseo de librarse de Elizabeth.
Intentaba provocar a Darcy para que se desilusionase de la joven, hablándole de su supuesto
matrimonio con ella y de la felicidad que esa alianza le traería.
––Espero ––le dijo al día siguiente mientras paseaban por el jardín–– que cuando ese deseado
acontecimiento tenga lugar, hará usted a su suegra unas cuantas advertencias para que modere su lengua; y
si puede conseguirlo, evite que las hijas menores anden detrás de los oficiales. Y, si me permite mencionar
un tema tan delicado, procure refrenar ese algo, rayando en la presunción y en la impertinencia, que su
dama posee.
––¿Tiene algo más que proponerme para mi felicidad doméstica?
––¡Oh, sí! Deje que los retratos de sus tíos, los Phillips, sean colgados en la galería de Pemberley.
Póngalos al lado del tío abuelo suyo, el juez. Son de la misma profesión, aunque de distinta categoría. En
cuanto al retrato de su Elizabeth, no debe permitir que se lo hagan, porque ¿qué pintor podría hacer justicia
a sus hermosos ojos?
––Desde luego, no sería fácil captar su expresión, pero el color, la forma y sus bonitas pestañas
podrían ser reproducidos.
En ese momento, por otro sendero del jardín, salieron a su paso la señora Hurst y Elizabeth.
––No sabía que estabais paseando ––dijo la señorita Bingley un poco confusa al pensar que
pudiesen haberles oído.
––Os habéis portado muy mal con nosotras ––respondió la señora Hurst–– al no decirnos que ibais
a salir.
Y, tomando el brazo libre del señor Darcy, dejó que Elizabeth pasease sola. En el camino sólo
cabían tres. El señor Darcy se dio cuenta de tal descortesía y dijo inmediatamente:

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

24

––Este paseo no es lo bastante ancho para los cuatro, salgamos a la avenida.
Pero Elizabeth, que no tenía la menor intención de continuar con ellos, contestó muy sonriente:
––No, no; quédense donde están. Forman un grupo encantador, está mucho mejor así. Una cuarta
persona lo echaría a perder. Adiós.
Se fue alegremente regocijándose al pensar, mientras caminaba, que dentro de uno o dos días más
estaría en su casa. Jane se encontraba ya tan bien, que aquella misma tarde tenía la intención de salir un par
de horas de su cuarto.

CAPÍTULO XI
Cuando las señoras se levantaron de la mesa después de cenar, Elizabeth subió a visitar a su
hermana y al ver que estaba bien abrigada la acompañó al salón, donde sus amigas le dieron la bienvenida
con grandes demostraciones de contento. Elizabeth nunca las había visto tan amables como en la hora que
transcurrió hasta que llegaron los caballeros. Hablaron de todo. Describieron la fiesta con todo detalle,
contaron anécdotas con mucha gracia y se burlaron de sus conocidos con humor.
Pero en cuanto entraron los caballeros, Jane dejó de ser el primer objeto de atención. Los ojos de la
señorita Bingley se volvieron instantáneamente hacia Darcy y no había dado cuatro pasos cuando ya tenía
algo que decirle. El se dirigió directamente a la señorita Bennet y la felicitó cortésmente. También el señor
Hurst le hizo una ligera inclinación de cabeza, diciéndole que se alegraba mucho; pero la efusión y el calor
quedaron reservados para el saludo de Bingley, que estaba muy contento y lleno de atenciones para con
ella. La primera media hora se la pasó avivando el fuego para que Jane no notase el cambio de un
habitación a la otra, y le rogó que se pusiera al lado de la chimenea, lo más lejos posible de la puerta. Luego
se sentó junto a ella y ya casi no habló con nadie más. Elizabeth, enfrente, con su labor, contemplaba la
escena con satisfacción.
Cuando terminaron de tomar el té, el señor Hurst recordó a su cuñada la mesa de juego, pero fue
en vano; ella intuía que a Darcy no le apetecía jugar, y el señor Hurst vio su petición rechazada
inmediatamente. Le aseguró que nadie tenía ganas de jugar; el silencio que siguió a su afirmación pareció
corroborarla. Por lo tanto, al señor Hurst no le quedaba otra cosa que hacer que tumbarse en un sofá y
dormir. Darcy cogió un libro, la señorita Bingley cogió otro, y la señora Hurst, ocupada principalmente en
jugar con sus pulseras y sortijas, se unía, de vez en cuando, a la conversación de su hermano con la señorita
Bennet.
La señorita Bingley prestaba más atención a la lectura de Darcy que a la suya propia. No paraba de
hacerle preguntas o mirar la página que él tenía delante. Sin embargo, no consiguió sacarle ninguna
conversación; se limitaba a contestar y seguía leyendo. Finalmente, angustiada con la idea de tener que
entretenerse con su libro que había elegido solamente porque era el segundo tomo del que leía Darcy,
bostezó largamente y exclamó:
––¡Qué agradable es pasar una velada así! Bien mirado, creo que no hay nada tan divertido como
leer. Cualquier otra cosa en seguida te cansa, pero un libro, nunca. Cuando tenga––una casa propia seré
desgraciadísima si no tengo una gran biblioteca.
Nadie dijo nada. Entonces volvió a bostezar, cerró el libro y paseó la vista alrededor de la
habitación buscando en qué ocupar el tiempo; cuando al oír a su hermano mencionarle un baile a la señorita
Bennet, se volvió de repente hacia él y dijo:
––¿Piensas seriamente en dar un baile en Netherfield, Charles? Antes de decidirte te aconsejaría
que consultases con los presentes, pues o mucho me engaño o hay entre nosotros alguien a quien un baile le
parecería, más que una diversión, un castigo.
––Si te refieres a Darcy ––le contestó su hermano––, puede irse a la cama antes de que empiece, si
lo prefiere; pero en cuanto al baile, es cosa hecha, y tan pronto como Nicholls lo haya dispuesto todo,
enviaré las invitaciones.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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––Los bailes me gustarían mucho más ––repuso su hermana–– si fuesen de otro modo, pero esa
clase de reuniones suelen ser tan pesadas que se hacen insufribles. Sería más racional que lo principal en
ellas fuese la conversación y no un baile.
––Mucho más racional sí, Caroline; pero entonces ya no se parecería en nada a un baile.
La señorita Bingley no contestó; se levantó poco después y se puso a pasear por el salón. Su figura
era elegante y sus andares airosos; pero Darcy, a quien iba dirigido todo, siguió enfrascado en la lectura.
Ella, desesperada, decidió hacer un esfuerzo más, y, volviéndose a Elizabeth, dijo:
––Señorita Eliza Bennet, déjeme que la convenza para que siga mi ejemplo y dé una vuelta por el
salón. Le aseguro que viene muy bien después de estar tanto tiempo sentada en la misma postura.
Elizabeth se quedó sorprendida, pero accedió inmediatamente. La señorita Bingley logró lo que se
había propuesto con su amabilidad; el señor Darcy levantó la vista. Estaba tan extrañado de la novedad de
esta invitación como podía estarlo la misma Elizabeth; inconscientemente, cerró su libro. Seguidamente, le
invitaron a pasear con ellas, a lo que se negó, explicando que sólo podía haber dos motivos para que
paseasen por el salón juntas, y si se uniese a ellas interferiría en los dos. «¿Qué querrá decir?» La señorita
Bingley se moría de ganas por saber cuál sería el significado y le preguntó a Elizabeth si ella podía
entenderlo.
––En absoluto ––respondió––; pero, sea lo que sea, es seguro que quiere dejarnos mal, y la mejor
forma de decepcionarle será no preguntarle nada.
Sin embargo, la señorita Bingley era incapaz de decepcionar a Darcy, e insistió, por lo tanto, en
pedir que les explicase los dos motivos.
––No tengo el más mínimo inconveniente en explicarlo ––dijo tan pronto como ella le permitió
hablar––. Ustedes eligen este modo de pasar el tiempo o porque tienen que hacerse alguna confidencia o
para hablar de sus asuntos secretos, o porque saben que paseando lucen mejor su figura; si es por lo
primero, al ir con ustedes no haría más que importunarlas; y si es por lo segundo, las puedo admirar mucho
mejor sentado junto al fuego.
––¡Qué horror! ––gritó la señorita Bingley––. Nunca he oído nada tan abominable. ¿Cómo
podríamos darle su merecido?
––Nada tan fácil, si está dispuesta a ello ––dijo Elizabeth––. Todos sabemos fastidiar y
mortificarnos unos a otros. Búrlese, ríase de él. Siendo tan íntima amiga suya, sabrá muy bien cómo
hacerlo.
––No sé, le doy mi palabra. Le aseguro que mi gran amistad con él no me ha enseñado cuáles son
sus puntos débiles. ¡Burlarse de una persona flemática, de tanta sangre fría! Y en cuanto a reírnos de él sin
más mi más, no debemos exponernos; podría desafiarnos y tendríamos nosotros las de perder.
––¡Que no podemos reírnos del señor Darcy! ––exclamó Elizabeth––. Es un privilegio muy
extraño, y espero que siga siendo extraño, no me gustaría tener muchos conocidos así. Me encanta reírme.
––La señorita Bingley ––respondió Darcy–– me ha dado más importancia de la que merezco. El
más sabio y mejor de los hombres o la más sabia y mejor de las acciones, pueden ser ridículos a los ojos de
una persona que no piensa en esta vida más que en reírse.
––Estoy de acuerdo ––respondió Elizabeth––, hay gente así, pero creo que yo no estoy entre ellos.
Espero que nunca llegue a ridiculizar lo que es bueno o sabio. Las insensateces, las tonterías, los caprichos
y las inconsecuencias son las cosas que verdaderamente me divierten, lo confieso, y me río de ellas siempre
que puedo. Pero supongo que éstas son las cosas de las que usted carece.
––Quizá no sea posible para nadie, pero yo he pasado la vida esforzándome para evitar estas
debilidades que exponen al ridículo a cualquier persona inteligente.
––Como la vanidad y el orgullo, por ejemplo.
––Sí, en efecto, la vanidad es un defecto. Pero el orgullo, en caso de personas de inteligencia
superior, creo que es válido.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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Elizabeth tuvo que volverse para disimular una sonrisa.
––Supongo que habrá acabado de examinar al señor Darcy ––dijo la señorita Bingley , y le ruego
que me diga qué ha sacado en conclusión.
––Estoy plenamente convencida de que el señor Darcy no tiene defectos. Él mismo lo reconoce
claramente.
––No ––dijo Darcy––, no he pretendido decir eso. Tengo muchos defectos, pero no tienen que ver
con la inteligencia. De mi carácter no me atrevo a responder; soy demasiado intransigente, en realidad,
demasiado intransigente para lo que a la gente le conviene. No puedo olvidar tan pronto como debería las
insensateces y los vicios ajenos, ni las ofensas que contra mí se hacen. Mis sentimientos no se borran por
muchos esfuerzos que se hagan para cambiarlos. Quizá se me pueda acusar de rencoroso. Cuando pierdo la
buena opinión que tengo sobre alguien, es para siempre.
––Ése es realmente un defecto ––replicó Elizabeth––. El rencor implacable es verdaderamente una
sombra en un carácter. Pero ha elegido usted muy bien su defecto. No puedo reírme de él. Por mi parte, está
usted a salvo.
––Creo que en todo individuo hay cierta tendencia a un determinado mal, a un defecto innato, que
ni siquiera la mejor educación puede vencer.
––Y ese defecto es la propensión a odiar a todo el mundo.
––Y el suyo respondió él con una sonrisa–– es el interpretar mal a todo el mundo
intencionadamente. ––Oigamos un poco de música ––propuso la señorita Bingley, cansada de una
conversación en la que no tomaba parte––. Louisa, ¿no te importará que despierte al señor Hurst?
Su hermana no opuso la más mínima objeción, y abrió el piano; a Darcy, después de unos
momentos de recogimiento, no le pesó. Empezaba a sentir el peligro de prestarle demasiada atención a
Elizabeth.

CAPÍTULO XII
De acuerdo con su hermana, Elizabeth escribió a su madre a la mañana siguiente, pidiéndole que
les mandase el coche aquel mismo día. Pero la señora Bennet había calculado que sus hijas estarían en
Netherfield hasta el martes en que haría una semana justa que Jane había llegado allí, y no estaba dispuesta
a que regresara antes de la fecha citada. Así, pues, su respuesta no fue muy favorable o, por lo menos, no
fue la respuesta que Elizabeth hubiera deseado, pues estaba impaciente por volver a su casa. La señora
Bennet les contestó que no le era posible enviarles el coche antes del martes; en la posdata añadía que si el
señor Bingley y su hermana les insistían para que se quedasen más tiempo, no lo dudasen, pues podía pasar
muy bien sin ellas. Sin embargo, Elizabeth estaba dispuesta a no seguir allí por mucho que se lo pidieran;
temiendo, al contrario, resultar molestas por quedarse más tiempo innecesariamente, rogó a Jane que le
pidiese el coche a Bingley en seguida; y, por último, decidieron exponer su proyecto de salir de Netherfield
aquella misma mañana y pedir que les prestasen el coche.
La noticia provocó muchas manifestaciones de preocupación; les expresaron reiteradamente su
deseo de que se quedasen por los menos hasta el día siguiente, y no hubo más remedio que demorar la
marcha hasta entonces. A la señorita Bingley le pesó después haber propuesto la demora, porque los celos y
la antipatía que sentía por una de las hermanas era muy superior al afecto que sentía por la otra.
Al señor de la casa le causó mucha tristeza el saber que se iban a ir tan pronto, e intentó
insistentemente convencer a Jane de que no sería bueno para ella, porque todavía no estaba totalmente
recuperada; pero Jane era firme cuando sabía que obraba como debía.
A Darcy le pareció bien la noticia. Elizabeth había estado ya bastante tiempo en Netherfield. Le
atraía más de lo que él quería y la señorita Bingley era descortés con ella, y con él más molesta que nunca.
Se propuso tener especial cuidado en que no se le escapase ninguna señal de admiración ni nada que
pudiera hacer creer a Elizabeth que tuviera ninguna influencia en su felicidad. Consciente de que podía

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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haber sugerido semejante idea, su comportamiento durante el último día debía ser decisivo para
confirmársela o quitársela de la cabeza. Firme en su propósito, apenas le dirigió diez palabras en todo el
sábado y, a pesar de que los dejaron solos durante media hora, se metió de lleno en su libro y ni siquiera la
miró.
El domingo, después del oficio religioso de la mañana, tuvo lugar la separación tan grata para casi
todos. La cortesía de la señorita Bingley con Elizabeth aumentó rápidamente en el último momento, así
como su afecto por Jane. Al despedirse, después de asegurar a esta última el placer que siempre le daría
verla tanto en Longbourn como en Netherfield y darle un tierno abrazo, a la primera sólo le dio la mano.
Elizabeth se despidió de todos con el espíritu más alegre que nunca.
La madre no fue muy cordial al darles la bienvenida. No entendía por qué habían regresado tan
pronto y les dijo que hacían muy mal en ocasionarle semejante contrariedad, estaba segura de que Jane
había cogido frío otra vez. Pero el padre, aunque era muy lacónico al expresar la alegría, estaba
verdaderamente contento de verlas. Se había dado cuenta de la importancia que tenían en el círculo
familiar. Las tertulias de la noche, cuando se reunían todos, habían perdido la animación e incluso el
sentido con la ausencia de Jane y Elizabeth.
Hallaron a Mary, como de costumbre, enfrascada en el estudio profundo de la naturaleza humana;
tenían que admirar sus nuevos resúmenes y escuchar las observaciones que había hecho recientemente
sobre una moral muy poco convincente. Lo que Catherine y Lydia tenían que contarles era muy distinto. Se
habían hecho y dicho muchas cosas en el regimiento desde el miércoles anterior; varios oficiales habían
cenado recientemente con su tío, un soldado había sido azotado, y corría el rumor de que el coronel Forster
iba a casarse.

CAPÍTULO XIII
Espero, querida ––dijo el señor Bennet a su esposa; mientras desayunaban a la mañana siguiente–,
que hayas preparado una buena comida, porque tengo motivos para pensar que hoy se sumará uno más a
nuestra mesa.
––¿A quién te refieres, querido? No tengo noticia de que venga nadie, a no ser que a Charlotte
Lucas se le ocurra visitarnos, y me parece que mis comidas son lo bastante buenas para ella. No creo que en
su casa sean mejores.
––La persona de la que hablo es un caballero, y forastero.
Los ojos de la señora Bennet relucían como chispas.
––¿Un caballero y forastero? Es el señor Bingley, no hay duda. ¿Por qué nunca dices ni palabra de
estas cosas, Jane? ¡Qué cuca eres! Bien, me alegraré mucho de verlo. Pero, ¡Dios mío, qué mala suerte!
Hoy no se puede conseguir ni un poco de pescado. Lydia, cariño, toca la campanilla; tengo que hablar con
Hill al instante.
––No es el señor Bingley ––dijo su esposo––; se trata de una persona que no he visto en mi vida.
Estas palabras despertaron el asombro general; y él tuvo el placer de ser interrogado ansiosamente por su
mujer y sus cinco hijas a la vez.
Después de divertirse un rato, excitando su curiosidad, les explicó:
––Hace un mes recibí esta carta, y la contesté hace unos quince días, porque pensé que se trataba
de un tema muy delicado y necesitaba tiempo para reflexionar. Es de mi primo, el señor Collins, el que,
cuando yo me muera, puede echaros de esta casa en cuanto le apetezca.
––¡Oh, querido! ––se lamentó su esposa––. No puedo soportar oír hablar del tema. No menciones
a ese hombre tan odioso. Es lo peor que te puede pasar en el mundo, que tus bienes no los puedan heredar
tus hijas. De haber sido tú, hace mucho tiempo que yo habría hecho algo al respecto.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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Comment: ... un soldado había sido
azotado...: La flagelación era una forma
habitual de castigar a los soldados de más
bajo rango del ejército.

Jane y Elizabeth intentaron explicarle por qué no les pertenecía la herencia. Lo habían intentado
muchas veces, pero era un tema con el que su madre perdía totalmente la razón; y siguió quejándose
amargamente de la crueldad que significaba desposeer de la herencia a una familia de cinco hijas, en favor
de un hombre que a ninguno le importaba nada.
––Ciertamente, es un asunto muy injusto ––dijo el señor Bennet––, y no hay nada que pueda
probar la culpabilidad del señor Collins por heredar Longbourn. Pero si escuchas su carta, puede que su
modo de expresarse te tranquilice un poco.
––No, no la escucharé; y, además, me parece una impertinencia que te escriba, y una hipocresía.
No soporto a esos falsos amigos. ¿Por qué no continúa pleiteando contigo como ya lo hizo su padre?
––Porque parece tener algún cargo de conciencia, como vas a oír:
«Hunsford, cerca de Westerham, Kent, 15 de octubre.
»Estimado señor:
»El desacuerdo subsistente entre usted y mi padre, recientemente fallecido, siempre me ha hecho
sentir cierta inquietud, y desde que tuve la desgracia de perderlo, he deseado zanjar el asunto, pero durante
algún tiempo me retuvieron las dudas, temiendo ser irrespetuoso a su memoria, al ponerme en buenos
términos con alguien con el que él siempre estaba en discordia, tan poco tiempo después de su muerte. Pero
ahora ya he tomado una decisión sobre el tema, por haber sido ordenado en Pascua, ya que he tenido la
suerte de ser distinguido con el patronato de la muy honorable lady Catherine de Bourgh, viuda de sir
Lewis de Bourgh, cuya generosidad y beneficencia me ha elegido a mí para hacerme cargo de la estimada
rectoría de su parroquia, donde mi más firme propósito será servir a Su Señoría con gratitud y respeto, y
estar siempre dispuesto a celebrar los ritos y ceremonias instituidos por la Iglesia de Inglaterra. Por otra
parte, como sacerdote, creo que es mi deber promover y establecer la bendición de la paz en todas las
familias a las que alcance mi influencia; y basándome en esto espero que mi presente propósito de buena
voluntad sea acogido de buen grado, y que la circunstancia de que sea yo el heredero de Longbourn sea
olvidada por su parte y no le lleve a rechazar la rama de olivo que le ofrezco. No puedo sino estar
preocupado por perjudicar a sus agradables hijas, y suplico que se me disculpe por ello, también quiero dar
fe de mi buena disposición para hacer todas las enmiendas posibles de ahora en adelante. Si no se opone a
recibirme en su casa, espero tener la satisfacción de visitarle a usted y a su familia, el lunes 18 de
noviembre a las cuatro, y puede que abuse de su hospitalidad hasta el sábado siguiente, cosa que puedo
hacer sin ningún inconveniente, puesto que lady Catherine de Bourgh no pondrá objeción y ni siquiera
desaprobaría que estuviese ausente fortuitamente el domingo, siempre que hubiese algún otro sacerdote
dispuesto para cumplir con las obligaciones de ese día. Le envío afectuosos saludos para su esposa e hijas,
su amigo que le desea todo bien,
William Collins.»
––Por lo tanto, a las cuatro es posible que aparezca este caballero conciliador ––dijo el señor
Bennet mientras doblaba la carta––. Parece ser un joven educado y atento; no dudo de que su amistad nos
será valiosa, especialmente si lady Catherine es tan indulgente como para dejarlo venir a visitarnos.
––Ya ves, parece que tiene sentido eso que dice sobre nuestras hijas. Si está dispuesto a
enmendarse, no seré yo la que lo desanime.
––Aunque es difícil ––observó Jane–– adivinar qué entiende él por esa reparación que cree que
nos merecemos, debemos dar crédito a sus deseos.
A Elizabeth le impresionó mucho aquella extraordinaria deferencia hacia lady Catherine y aquella
sana intención de bautizar, casar y enterrar a sus feligreses siempre que fuese preciso.
––Debe ser un poco raro ––dijo––. No puedo imaginármelo. Su estilo es algo pomposo. ¿Y qué
querrá decir con eso de disculparse por ser el heredero de Longbourn? Supongo que no trataría de evitarlo,
si pudiese. Papá, ¿será un hombre astuto?
––No, querida, no lo creo. Tengo grandes esperanzas de que sea lo contrario. Hay en su carta una
mezcla de servilismo y presunción que lo afirma. Estoy impaciente por verle.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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––En cuanto a la redacción ––dijo Mary––, su carta no parece tener defectos. Eso de la rama de
olivo no es muy original, pero, así y todo, se expresa bien.
A Catherine y a Lydia, ni la carta ni su autor les interesaban lo más mínimo. Era prácticamente
imposible que su primo se presentase con casaca escarlata, y hacía ya unas cuantas semanas que no sentían
agrado por ningún hombre vestido de otro color. En lo que a la madre respecta, la carta del señor Collins
había extinguido su rencor, y estaba preparada para recibirle con tal moderación que dejaría perplejos a su
marido y a sus hijas.
El señor Collins llegó puntualmente a la hora anunciada y fue acogido con gran cortesía por toda
la familia. El señor Bennet habló poco, pero las señoras estaban muy dispuestas a hablar, y el señor Collins
no parecía necesitar que le animasen ni ser aficionado al silencio. Era un hombre de veinticinco años de
edad, alto, de mirada profunda, con un aire grave y estático y modales ceremoniosos. A poco de haberse
sentado, felicitó a la señora Bennet por tener unas hijas tan hermosas; dijo que había oído hablar mucho de
su belleza, pero que la fama se había quedado corta en comparación con la realidad; y añadió que no
dudaba que a todas las vería casadas a su debido tiempo. La galantería no fue muy del agrado de todas las
oyentes; pero la señora Bennet, que no se andaba con cumplidos, contestó en seguida:
––Es usted muy amable y deseo de todo corazón que sea como usted dice, pues de otro modo
quedarían las pobres bastante desamparadas, en vista de la extraña manera en que están dispuestas las
cosas.
––¿Alude usted, quizá, a la herencia de esta propiedad?
––¡Ah! En efecto, señor. No me negará usted que es una cosa muy penosa para mis hijas. No le
culpo; ya sabe que en este mundo estas cosas son sólo cuestión de suerte. Nadie tiene noción de qué va a
pasar con las propiedades una vez que tienen que ser heredadas.
––Siento mucho el infortunio de sus lindas hijas; pero voy a ser cauto, no quiero adelantarme y
parecer precipitado. Lo que sí puedo asegurar a estas jóvenes, es que he venido dispuesto a admirarlas. De
momento, no diré más, pero quizá, cuando nos conozcamos mejor...
Le interrumpieron para invitarle a pasar al comedor; y las muchachas se sonrieron entre sí. No sólo
ellas fueron objeto de admiración del señor Collins: examinó y elogió el vestíbulo, el comedor y todo el
mobiliario; y las ponderaciones que de todo hacía, habrían llegado al corazón de la señora Bennet, si no
fuese porque se mortificaba pensando que Collins veía todo aquello como su futura propiedad. También
elogió la cena y suplicó se le dijera a cuál de sus hermosas primas correspondía el mérito de haberla
preparado. Pero aquí, la señora Bennet le atajó sin miramiento diciéndole que sus medios le permitían tener
una buena cocinera y que sus hijas no tenían nada que hacer en la cocina. El se disculpó por haberla
molestado y ella, en tono muy suave, le dijo que no estaba nada ofendida. Pero Collins continuó
excusándose casi durante un cuarto de hora.

CAPÍTULO XIV
El señor Bennet apenas habló durante la cena; pero cuando ya se habían retirado los criados, creyó
que había llegado el momento oportuno para conversar con su huésped. Comenzó con un tema que creía
sería de su agrado, y le dijo que había tenido mucha suerte con su patrona. La atención de lady Catherine de
Bourgh a sus deseos y su preocupación por su bienestar eran extraordinarios. El señor Bennet no pudo
haber elegido nada mejor. El señor Collins hizo el elogio de lady Catherine con gran elocuencia. El tema
elevó la solemnidad usual de sus maneras, y, dándose mucha importancia, afirmó que nunca había visto un
comportamiento como el suyo en una persona de su alcurnia ni tal afabilidad y condescendencia. Se había
dignado dar su aprobación a los dos sermones que ya había tenido el honor de pronunciar en su presencia;
le había invitado a comer dos veces en Rosings, y el mismo sábado anterior mandó a buscarle para que
completase su partida de cuatrillo durante la velada. Conocía a muchas personas que tenían a lady
Catherine por orgullosa, pero él no había visto nunca en ella más que afabilidad. Siempre le habló como lo
haría a cualquier otro caballero; no se oponía a que frecuentase a las personas de la vecindad, ni a que
abandonase por una o dos semanas la parroquia a fin de ir a ver a sus parientes. Siempre tuvo a bien

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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recomendarle que se casara cuanto antes con tal de que eligiese con prudencia, y le había ido a visitar a su
humilde casa, donde aprobó todos los cambios que él había hecho, llegando hasta sugerirle alguno ella
misma, como, por ejemplo, poner algunas repisas en los armarios de las habitaciones de arriba.
––Todo eso está muy bien y es muy cortés por su parte ––comentó la señora Bennet––. Debe ser
una mujer muy agradable. Es una pena que las grandes damas en general no se parezcan mucho a ella.
¿Vive cerca de usted?
––Rosings Park, residencia de Su Señoría, está sólo separado por un camino de la finca en la que
está ubicada mi humilde casa.
––Creo que dijo usted que era viuda. ¿Tiene familia?
––No tiene más que una hija, la heredera de Rosings y de otras propiedades extensísimas.
––¡Ay! ––suspiró la señora Bennet moviendo la cabeza––. Está en mejor situación que muchas
otras jóvenes. ¿Qué clase de muchacha es? ¿Es guapa?
––Es realmente una joven encantadora. La misma lady Catherine dice que, haciendo honor a la
verdad, en cuanto a belleza se refiere, supera con mucho a las más hermosas de su sexo; porque hay en sus
facciones ese algo que revela en una mujer su distinguida cuna. Por desgracia es de constitución enfermiza,
lo cual le ha impedido progresar en ciertos aspectos de su educación que, a no ser por eso, serían muy
notables, según me ha informado la señora que dirigió su enseñanza y que aún vive con ellas. Pero es muy
amable y a menudo tiene la bondad de pasar por mi humilde residencia con su pequeño faetón y sus jacas.

Comment: Faetón: Carruaje abierto
tirado por un par de caballos.

––¿Ha sido ya presentada en sociedad? No recuerdo haber oído su nombre entre las damas de la
corte.
––El mal estado de su salud no le ha permitido, desafortunadamente, ir a la capital, y por ello,
como le dije un día a lady Catherine, ha privado a la corte británica de su ornato más radiante. Su Señoría
pareció muy halagada con esta apreciación; y ya pueden ustedes comprender que me complazco en
dirigirles, siempre que tengo ocasión, estos pequeños y delicados cumplidos que suelen ser gratos a las
damas. Más de una vez le he hecho observar a lady Catherine que su encantadora hija parecía haber nacido
para duquesa y que el más elevado rango, en vez de darle importancia, quedaría enaltecido por ella. Esta
clase de cosillas son las que agradan a Su Señoría y me considero especialmente obligado a tener con ella
tales atenciones.
––Juzga usted muy bien ––dijo el señor Bennet––, y es una suerte que tenga el talento de saber
adular con delicadeza. ¿Puedo preguntarle si esos gratos cumplidos se le ocurren espontáneamente o si son
el resultado de un estudio previo?
––Normalmente me salen en el momento, y aunque a veces me entretengo en meditar y preparar
estos pequeños y elegantes cumplidos para poder adaptarlos en las ocasiones que se me presenten, siempre
procuro darles un tono lo menos estudiado posible.
Las suposiciones del señor Bennet se habían confirmado. Su primo era tan absurdo como él creía.
Le escuchaba con intenso placer, conservando, no obstante, la más perfecta compostura; y, a no ser por
alguna mirada que le lanzaba de vez en cuando a Elizabeth, no necesitaba que nadie más fuese partícipe de
su gozo.
Sin embargo, a la hora del té ya había tenido bastante, y el señor Bennet tuvo el placer de llevar a
su huésped de nuevo al salón. Cuando el té hubo terminado, le invitó a que leyese algo en voz alta a las
señoras. Collins accedió al punto y trajeron un libro; pero en cuanto lo vio ––se notaba en seguida que era
de una biblioteca circulante–– se detuvo, pidió que le perdonaran y dijo que jamás leía novelas. Kitty le
miró con extrañeza y a Lydia se le escapó una exclamación. Le trajeron otros volúmenes y tras algunas
dudas eligió los sermones de Fordyce. No hizo más que abrir el libro y ya Lydia empezó a bostezar, y antes
de que Collins, con monótona solemnidad, hubiese leído tres páginas, la muchacha le interrumpió diciendo:
––¿Sabes, mamá, que el tío Phillips habla de despedir a Richard? Y si lo hace, lo contratará el
coronel Forster. Me lo dijo la tía el sábado. Iré mañana a Meryton para enterarme de más y para preguntar
cuándo viene de la ciudad el señor Denny.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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Comment: Biblioteca circulante: Tales
bibliotecas estaban de moda en el siglo
XVIII y a menudo servían de lugares de
encuentro para la gente ociosa. Eran
costeadas por las cuotas que pagaban sus
socios. En aquel tiempo los libros eran
muy caros y no existían bibliotecas
públicas. Las bibliotecas circulantes eran
el único recurso que tenía la gente de
medios limitados para acceder a libros
nuevos.
Comment: Los sermones de Fordyce:
Se refiere a —los sermones del reverendo
James Fordyce (1720––1796), un
predicador escocés muy conocido que
sirvió como ministro en una iglesia de
Londres desde 1760 a 1782.

Las dos hermanas mayores le rogaron a Lydia que se callase, pero Collins, muy ofendido, dejó el
libro y exclamó:
––Con frecuencia he observado lo poco que les interesan a las jóvenes los libros de temas serios, a
pesar de que fueron escritos por su bien. Confieso que me asombra, pues no puede haber nada tan ventajoso
para ellas como la instrucción. Pero no quiero seguir importunando a mi primita.
Se dirigió al señor Bennet y le propuso una partida de backgammon. El señor Bennet aceptó el
desafío y encontró que obraba muy sabiamente al dejar que las muchachas se divirtiesen con sus
frivolidades. La señora Bennet y sus hijas se deshicieron en disculpas por la interrupción de Lydia y le
prometieron que ya no volvería a suceder si quería seguir leyendo. Pero Collins les aseguró que no estaba
enojado con su prima y que nunca podría interpretar lo que había hecho como una ofensa; y, sentándose en
otra mesa con el señor Bennet, se dispuso a jugar al backgammon.

CAPÍTULO XV
El señor Collins no era un hombre inteligente, y a las deficiencias de su naturaleza no las había
ayudado nada ni su educación ni su vida social. Pasó la mayor parte de su vida bajo la autoridad de un
padre inculto y avaro; y aunque fue a la universidad, sólo permaneció en ella los cursos meramente
necesarios y no adquirió ningún conocimiento verdaderamente útil. La sujeción con que le había educado
su padre, le había dado, en principio, gran humildad a su carácter, pero ahora se veía contrarrestada por una
vanidad obtenida gracias a su corta inteligencia, a su vida retirada y a los sentimientos inherentes a una
repentina e inesperada prosperidad. Una afortunada casualidad le había colocado bajo el patronato de lady
Catherine de Bourgh, cuando quedó vacante la rectoría de Hunsford, y su respeto al alto rango de la señora
y la veneración que le inspiraba por ser su patrona, unidos a un gran concepto de sí mismo, a su autoridad
de clérigo y a sus derechos de rector, le habían convertido en una mezcla de orgullo y servilismo, de
presunción y modestia.
Puesto que ahora ya poseía una buena casa y unos ingresos más que suficientes, Collins estaba
pensando en casarse. En su reconciliación con la familia de Longbourn, buscaba la posibilidad de realizar
su proyecto, pues tenía pensado escoger a una de las hijas, en el caso de que resultasen tan hermosas y
agradables como se decía. Éste era su plan de enmienda, o reparación, por heredar las propiedades del
padre, plan que le parecía excelente, ya que era legítimo, muy apropiado, a la par que muy generoso y
desinteresado por su parte.
Su plan no varió en nada al verlas. El rostro encantador de Jane le confirmó sus propósitos y
corroboró todas sus estrictas nociones sobre la preferencia que debe darse a las hijas mayores; y así,
durante la primera velada, se decidió definitivamente por ella. Sin embargo, a la mañana siguiente tuvo que
hacer una alteración; pues antes del desayuno, mantuvo una conversación de un cuarto de hora con la
señora Bennet. Empezaron hablando de su casa parroquial, lo que le llevó, naturalmente, a confesar sus
esperanzas de que pudiera encontrar en Longbourn a la que había de ser señora de la misma. Entre
complacientes sonrisas y generales estímulos, la señora Bennet le hizo una advertencia sobre Jane: «En
cuanto a las hijas menores, no era ella quien debía argumentarlo; no podía contestar positivamente, aunque
no sabía que nadie les hubiese hecho proposiciones; pero en lo referente a Jane, debía prevenirle, aunque, al
fin y al cabo, era cosa que sólo a ella le incumbía, de que posiblemente no tardaría en comprometerse.»
Collins sólo tenía que sustituir a Jane por Elizabeth; y, espoleado por la señora Bennet, hizo el
cambio rápidamente. Elizabeth, que seguía a Jane en edad y en belleza, fue la nueva candidata.
La señora Bennet se dio por enterada, y confiaba en que pronto tendría dos hijas casadas. El
hombre de quien el día antes no quería ni oír hablar, se convirtió de pronto en el objeto de su más alta
estimación.
El proyecto de Lydia de ir a Meryton seguía en pie. Todas las hermanas, menos Mary, accedieron
a ir con ella. El señor Collins iba a acompañarlas a petición del señor Bennet, que tenía ganas de deshacerse
de su pariente y tener la biblioteca sólo para él; pues allí le había seguido el señor Collins después del
desayuno y allí continuaría, aparentemente ocupado con uno de los mayores folios de la colección, aunque,

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

32

en realidad, hablando sin cesar al señor Bennet de su casa y de su jardín de Hunsford. Tales cosas le
descomponían enormemente. La biblioteca era para él el sitio donde sabía que podía disfrutar de su tiempo
libre con tranquilidad. Estaba dispuesto, como le dijo a Elizabeth, a soportar la estupidez y el engreimiento
en cualquier otra habitación de la casa, pero en la biblioteca quería verse libre de todo eso. Así es que
empleó toda su cortesía en invitar a Collins a acompañar a sus hijas en su paseo; y Collins, a quien se le
daba mucho mejor pasear que leer, vio el cielo abierto. Cerró el libro y se fue.
Y entre pomposas e insulsas frases, por su parte, y corteses asentimientos, por la de sus primas,
pasó el tiempo hasta llegar a Meryton. Desde entonces, las hermanas menores ya no le prestaron atención.
No tenían ojos más que para buscar oficiales por las calles. Y a no ser un sombrero verdaderamente
elegante o una muselina realmente nueva, nada podía distraerlas.
Pero la atención de todas las damiselas fue al instante acaparada por un joven al que no habían
visto antes, que tenía aspecto de ser todo un caballero, y que paseaba con un oficial por el lado opuesto de
la calle. El oficial era el señor Denny en persona, cuyo regreso de Londres había venido Lydia a averiguar,
y que se inclinó para saludarlas al pasar. Todas se quedaron impresionadas con el porte del forastero y se
preguntaban quién podría ser. Kitty y Lydia, decididas a indagar, cruzaron la calle con el pretexto de que
querían comprar algo en la tienda de enfrente, alcanzando la acera con tanta fortuna que, en ese preciso
momento, los dos caballeros, de vuelta, llegaban exactamente al mismo sitio. El señor Denny se dirigió
directamente a ellas y les pidió que le permitiesen presentarles a su amigo, el señor Wickham, que había
venido de Londres con él el día anterior, y había tenido la bondad de aceptar un destino en el Cuerpo. Esto
ya era el colmo, pues pertenecer al regimiento era lo único que le faltaba para completar su encanto. Su
aspecto decía mucho en su favor, era guapo y esbelto, de trato muy afable. Hecha la presentación, el señor
Wickham inició una conversación con mucha soltura, con la más absoluta corrección y sin pretensiones.
Aún estaban todos allí de pie charlando agradablemente, cuando un ruido de caballos atrajo su atención y
vieron a Darcy y a Bingley que, en sus cabalgaduras, venían calle abajo. Al distinguir a las jóvenes en el
grupo, los dos caballeros fueron hacia ellas y empezaron los saludos de rigor. Bingley habló más que nadie
y Jane era el objeto principal de su conversación. En ese momento, dijo, iban de camino a Longbourn para
saber cómo se encontraba; Darcy lo corroboró con una inclinación; y estaba procurando no fijar su mirada
en Elizabeth, cuando, de repente, se quedaron paralizados al ver al forastero. A Elizabeth, que vio el
semblante de ambos al mirarse, le sorprendió mucho el efecto que les había causado el encuentro. Los dos
cambiaron de calor, uno se puso pálido y el otro colorado. Después de una pequeña vacilación, Wickham se
llevó la mano al sombrero, a cuyo saludo se dignó corresponder Darcy. ¿Qué podría significar aquello? Era
imposible imaginarlo, pero era también imposible no sentir una gran curiosidad por saberlo.
Un momento después, Bingley, que pareció no haberse enterado de lo ocurrido, se despidió y
siguió adelante con su amigo.
Denny y Wickham continuaron paseando con las muchachas hasta llegar a la puerta de la casa del
señor Philips, donde hicieron las correspondientes reverencias y se fueron a pesar de los insistentes ruegos
de Lydia para que entrasen y a pesar también de que la señora Philips abrió la ventana del vestíbulo y se
asomó para secundar a voces la invitación.
La señora Philips siempre se alegraba de ver a sus sobrinas. Las dos mayores fueron especialmente
bien recibidas debido a su reciente ausencia. Les expresó su sorpresa por el rápido regreso a casa, del que
nada habría sabido, puesto que no volvieron en su propio coche, a no haberse dado la casualidad de
encontrarse con el mancebo del doctor Jones, quien le dijo que ya no tenía que mandar más medicinas a
Netherfield porque las señoritas Bennet se habían ido. Entonces Jane le presentó al señor Collins a quien
dedicó toda su atención. Le acogió con la más exquisita cortesía, a la que Collins correspondió con más
finura aún, disculpándose por haberse presentado en su casa sin que ella hubiese sido advertida
previamente, aunque él se sentía orgulloso de que fuese el parentesco con sus sobrinas lo que justificaba
dicha intromisión. La señora Philips se quedó totalmente abrumada con tal exceso de buena educación.
Pero pronto tuvo que dejar de lado a este forastero, por las exclamaciones y preguntas relativas al otro. La
señora Philips no podía decir a sus sobrinas más de lo que ya sabían: que el señor Denny lo había traído de
Londres y que se iba a quedar en la guarnición del condado con el grado de teniente. Agregó que lo había
estado observando mientras paseaba por la calle; y si el señor Wickham hubiese aparecido entonces,
también Kitty y Lydia se habrían acercado a la ventana para contemplarlo, pero por desgracia, en aquellos
momentos no pasaban más que unos cuantos oficiales que, comparados con el forastero, resultaban «unos

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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sujetos estúpidos y desagradables». Algunos de estos oficiales iban a cenar al día siguiente con los Philips,
y la tía les prometió que le diría a su marido que visitase a Wickham para que lo invitase también a él, si la
familia de Longbourn quería venir por la noche. Así lo acordaron, y la señora Philips les ofreció jugar a la
lotería y tomar después una cena caliente. La perspectiva de semejantes delicias era magnífica, y las chicas
se fueron muy contentas. Collins volvió a pedir disculpas al salir, y se le aseguró que no eran necesarias.
De camino a casa, Elizabeth le contó a Jane lo sucedido entre los dos caballeros, y aunque Jane los
habría defendido de haber notado algo raro, en este caso, al igual que su hermana, no podía explicarse tal
comportamiento.
Collins halagó a la señora Bennet ponderándole los modales y la educación de la señora Philips.
Aseguró que aparte de lady Catherine y su hija, nunca había visto una mujer más elegante, pues no sólo le
recibió con la más extremada cortesía, sino que, además, le incluyó en la invitación para la próxima velada,
a pesar de serle totalmente desconocido. Claro que ya sabía que debía atribuirlo a su parentesco con ellos,
pero no obstante, en su vida había sido tratado con tanta amabilidad.

CAPÍTULO XVI
Como no se puso ningún inconveniente al compromiso de las jóvenes con su tía y los reparos del
señor Collins por no dejar a los señores Bennet ni una sola velada durante su visita fueron firmemente
rechazados, a la hora adecuada el coche partió con él y sus cinco primas hacia Meryton. Al entrar en el
salón de los Philips, las chicas tuvieron la satisfacción de enterarse de que Wickham había aceptado la
invitación de su tío y de que estaba en la casa.
Después de recibir esta información, y cuando todos habían tomado asiento, Collins pudo observar
todo a sus anchas; las dimensiones y el mobiliario de la pieza le causaron tal admiración, que confesó haber
creído encontrarse en el comedorcito de verano de Rosings. Esta comparación no despertó ningún
entusiasmo al principio; pero cuando la señora Philips oyó de labios de Collins lo que era Rosings y quién
era su propietaria, cuando escuchó la descripción de uno de los salones de lady Catherine y supo que sólo la
chimenea había costado ochocientas libras, apreció todo el valor de aquel cumplido y casi no le habría
molestado que hubiese comparado su salón con la habitación del ama de llaves de los Bourgh.
Collins se entretuvo en contarle a la señora Philips todas las grandezas de lady Catherine y de su
mansión, haciendo mención de vez en cuando de su humilde casa y de las mejoras que estaba efectuando en
ella, hasta que llegaron los caballeros. Collins encontró en la señora Philips una oyente atenta cuya buena
opinión del rector aumentaba por momentos con lo que él le iba explicando, y ya estaba pensando en
contárselo todo a sus vecinas cuanto antes. A las muchachas, que no podían soportar a su primo, y que no
tenían otra cosa que hacer que desear tener a mano un instrumento de música y examinar las imitaciones de
china de la repisa de la chimenea, se les estaba haciendo demasiado larga la espera. Pero por fin
aparecieron los caballeros. Cuando Wickham entró en la estancia, Elizabeth notó que ni antes se había
fijado en él ni después lo había recordado con la admiración suficiente. Los oficiales de la guarnición del
condado gozaban en general de un prestigio extraordinario; eran muy apuestos y los mejores se hallaban
ahora en la presente reunión. Pero Wickham, por su gallardía, por su soltura y por su airoso andar era tan
superior a ellos, como ellos lo eran al rechoncho tío Philips, que entró el último en el salón apestando a
oporto.
El señor Wickham era el hombre afortunado al que se tornaban casi todos los ojos femeninos; y
Elizabeth fue la mujer afortunada a cuyo lado decidió él tomar asiento. Wickham inició la conversación de
un modo tan agradable, a pesar de que se limitó a decir que la noche era húmeda y que probablemente
llovería mucho durante toda la estación, que Elizabeth se dio cuenta de que los tópicos más comunes, más
triviales y más manidos, pueden resultar interesantes si se dicen con destreza.
Con unos rivales como Wickham y los demás oficiales en acaparar la atención de las damas,
Collins parecía hundirse en su insignificancia. Para las muchachas él no representaba nada. Pero la señora
Philips todavía le escuchaba de vez en cuando y se cuidaba de que no le faltase ni café ni pastas.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

34

Comment: ...sólo la chimenea había
cortado Soo libras: Se refiere a la pieza
exterior de la chimenea, que desde el
siglo XVI hasta el XVIII solían ser
esculpidas por expertos artesanos; las más
antiguas, en madera, y las del siglo
XVIII, en mármol. Muchas de estas
chimeneas se conservan ahora como antigüedades valiosas en museos o en
colecciones particulares.

Cuando se dispusieron las mesas de juego, Collins vio una oportunidad para devolverle sus
atenciones, y se sentó a jugar con ella al whist.
––Conozco poco este juego, ahora ––le dijo––, pero me gustaría aprenderlo mejor, debido a mi
situación en la vida.
La señora Philips le agradeció su condescendencia, pero no pudo entender aquellas razones.
Wickham no jugaba al whist y fue recibido con verdadero entusiasmo en la otra mesa, entre
Elizabeth y Lydia. Al principio pareció que había peligro de que Lydia lo absorbiese por completo, porque
le gustaba hablar por los codos, pero como también era muy aficionada a la lotería, no tardó en centrar todo
su interés en el juego y estaba demasiado ocupada en apostar y lanzar exclamaciones cuando tocaban los
premios, para que pudiera distraerse en cualquier otra cosa. Como todo el mundo estaba concentrado en el
juego, Wickham podía dedicar el tiempo a hablar con Elizabeth, y ella estaba deseando escucharle, aunque
no tenía ninguna esperanza de que le contase lo que a ella más le apetecía saber, la historia de su relación
con Darcy. Ni siquiera se atrevió a mencionar su nombre. Sin embargo, su curiosidad quedó satisfecha de
un modo inesperado. Fue el mismo señor Wickham el que empezó el tema. Preguntó qué distancia había de
Meryton a Netherfield, y después de oír la respuesta de Elizabeth y de unos segundos de titubeo, quiso
saber también cuánto tiempo hacía que estaba allí el señor Darcy.
––Un mes aproximadamente ––contestó Elizabeth.
Y con ansia de que no acabase ahí el tema, añadió:
––Creo que ese señor posee grandes propiedades en Derbyshire.
––Sí ––repuso Wickham––, su hacienda es importante, le proporciona diez mil libras anuales.
Nadie mejor que yo podría darle a usted informes auténticos acerca del señor Darcy, pues he estado
particularmente relacionado con su familia desde mi infancia.
Elizabeth no pudo evitar demostrar su sorpresa.
––Le extrañará lo que digo, señorita Bennet, después de haber visto, como vio usted
probablemente, la frialdad de nuestro encuentro de ayer. ¿Conoce usted mucho al señor Darcy?
––Más de lo que desearía ––contestó Elizabeth afectuosamente––. He pasado cuatro días en la
misma casa que él y me parece muy antipático.
––Yo no tengo derecho a decir si es o no es antipático ––continuó el señor Wickham––. No soy el
más indicado para ello. Le he conocido durante demasiado tiempo y demasiado bien para ser un juez justo.
Me sería imposible ser imparcial. Pero creo que la opinión que tiene de él sorprendería a cualquiera y puede
que no la expresaría tan categóricamente en ninguna otra parte. Aquí está usted entre los suyos.
––Le doy mi palabra de que lo que digo aquí lo diría en cualquier otra casa de la vecindad, menos
en Netherfield. Darcy ha disgustado a todo el mundo con su orgullo. No encontrará a nadie que hable mejor
de él.
––No puedo fingir que lo siento ––dijo Wickham después de una breve pausa––. No siento que él
ni nadie sean estimados sólo por sus méritos, pero con Darcy no suele suceder así. La gente se ciega con su
fortuna y con su importancia o le temen por sus distinguidos y soberbios modales, y le ven sólo como a él
se le antoja que le vean.
––Pues yo, a pesar de lo poco que le conozco, le tengo por una mala persona.
Wickham se limitó a mover la cabeza. Luego agregó: ––Me pregunto si pensará quedarse en este
condado mucho tiempo.
––No tengo ni idea; pero no oí nada de que se marchase mientras estuvo en Netherfield. Espero
que la presencia de Darcy no alterará sus planes de permanecer en la guarnición del condado.
––Claro que no. No seré el que me vaya por culpa del señor Darcy, y siempre me entristece verle,
pero no tengo más que una razón para esquivarle y puedo proclamarla delante de todo el mundo: un
doloroso pesar por su mal trato y por ser como es. Su padre, señorita Bennet, el último señor Darcy, fue el
mejor de los hombres y mi mejor amigo; no puedo hablar con Darcy sin que se me parta el alma con mil

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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tiernos recuerdos. Su conducta conmigo ha sido indecorosa; pero confieso sinceramente que se lo
perdonaría todo menos que haya frustrado las esperanzas de su padre y haya deshonrado su memoria.
Elizabeth encontraba que el interés iba en aumento y escuchaba con sus cinco sentidos, pero la
índole delicada del asunto le impidió hacer más preguntas.
Wickham empezó a hablar de temas más generales: Meryton, la vecindad, la sociedad; y parecía
sumamente complacido con lo que ya conocía, hablando especialmente de lo último con gentil pero
comprensible galantería.
––El principal incentivo de mi ingreso en la guarnición del condado ––continuó Wickham–– fue la
esperanza de estar en constante contacto con la sociedad, y gente de la buena sociedad. Sabía que era un
Cuerpo muy respetado y agradable, y mi amigo Denny me tentó, además, describiéndome su actual
residencia y las grandes atenciones y excelentes amistades que ha encontrado en Meryton. Confieso que me
hace falta un poco de vida social. Soy un hombre decepcionado y mi estado de ánimo no soportaría la
soledad. Necesito ocupación y compañía. No era mi intención incorporarme a la vida militar, pero las
circunstancias actuales me hicieron elegirla. La Iglesia debió haber sido mi profesión; para ella me
educaron y hoy estaría en posesión de un valioso rectorado si no hubiese sido por el caballero de quien
estaba hablando hace un momento.
––¿De veras?
––Sí; el último señor Darcy dejó dispuesto que se me presentase para ocupar el mejor beneficio
eclesiástico de sus dominios. Era mi padrino y me quería entrañablemente. Nunca podré hacer justicia a su
bondad. Quería dejarme bien situado, y creyó haberlo hecho; pero cuando el puesto quedó vacante, fue
concedido a otro.
––¡Dios mío! ––exclamó Elizabeth––. ¿Pero cómo pudo ser eso? ¿Cómo pudieron contradecir su
testamento? ¿Por qué no recurrió usted a la justicia?
––Había tanta informalidad en los términos del legado, que la ley no me hubiese dado ninguna
esperanza. Un hombre de honor no habría puesto en duda la intención de dichos términos; pero Darcy
prefirió dudarlo o tomarlo como una recomendación meramente condicional y afirmó que yo había perdido
todos mis derechos por mi extravagancia e imprudencia; total que o por uno o por otro, lo cierto es que la
rectoría quedó vacante hace dos años, justo cuando yo ya tenía edad para ocuparla, y se la dieron a otro; y
no es menos cierto que yo no puedo culparme de haber hecho nada para merecer perderla. Tengo un
temperamento ardiente, soy indiscreto y acaso haya manifestado mi opinión sobre Darcy algunas veces, y
hasta a él mismo, con excesiva franqueza. No recuerdo ninguna otra cosa de la que se me pueda acusar.
Pero el hecho es que somos muy diferentes y que él me odia.
––¡Es vergonzoso! Merece ser desacreditado en público.
––Un día u otro le llegará la hora, pero no seré yo quien lo desacredite. Mientras no pueda olvidar
a su padre, nunca podré desafiarle ni desenmascararlo.
Elizabeth le honró por tales sentimientos y le pareció más atractivo que nunca mientras los
expresaba.
––Pero ––continuó después de una pausa––, ¿cuál puede ser el motivo? ¿Qué puede haberle
inducido a obrar con esa crueldad?
––Una profunda y enérgica antipatía hacia mí que no puedo atribuir hasta cierto punto más que a
los celos. Si el último señor Darcy no me hubiese querido tanto, su hijo me habría soportado mejor. Pero el
extraordinario afecto que su padre sentía por mí le irritaba, según creo, desde su más tierna infancia. No
tenía carácter para resistir aquella especie de rivalidad en que nos hallábamos, ni la preferencia que a
menudo me otorgaba su padre.
––Recuerdo que un día, en Netherfield, se jactaba de lo implacable de sus sentimientos y de tener
un carácter que no perdona. Su modo de ser es espantoso.
––No debo hablar de este tema repuso Wickham––; me resulta difícil ser justo con él.
Elizabeth reflexionó de nuevo y al cabo de unos momentos exclamó:

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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––¡Tratar de esa manera al ahijado, al amigo, al favorito de su padre!
Podía haber añadido: «A un joven, además, como usted, que sólo su rostro ofrece sobradas
garantías de su bondad.» Pero se limitó a decir:
––A un hombre que fue seguramente el compañero de su niñez y con el que, según creo que usted
ha dicho, le unían estrechos lazos.
––Nacimos en la misma parroquia, dentro de la misma finca; la mayor parte de nuestra juventud la
pasamos juntos, viviendo en la misma casa, compartiendo juegos y siendo objeto de los mismos cuidados
paternales. Mi padre empezó con la profesión en la que parece que su tío, el señor Philips, ha alcanzado
tanto prestigio; pero lo dejó todo para servir al señor Darcy y consagró todo su tiempo a administrar la
propiedad de Pemberley. El señor Darcy lo estimaba mucho y era su hombre de confianza y su más íntimo
amigo. El propio señor Darcy reconocía a menudo que le debía mucho a la activa superintendencia de mi
padre, y cuando, poco antes de que muriese, el señor Darcy le prometió espontáneamente encargarse de mí,
estoy convencido de que lo hizo por pagarle a mi padre una deuda de gratitud a la vez que por el cariño que
me tenía.
––¡Qué extraño! ––exclamó Elizabeth––. ¡Qué abominable! Me asombra que el propio orgullo del
señor Darcy no le haya obligado a ser justo con usted. Porque, aunque sólo fuese por ese motivo, es
demasiado orgulloso para no ser honrado; y falta de honradez es como debo llamar a lo que ha hecho con
usted.
Es curioso ––contestó Wickham––, porque casi todas sus acciones han sido guiadas por el orgullo,
que ha sido a menudo su mejor consejero. Para él, está más unido a la virtud que ningún otro sentimiento.
Pero ninguno de los dos somos consecuentes; y en su comportamiento hacia mí, había impulsos incluso
más fuertes que el orgullo.
––¿Es posible que un orgullo tan detestable como el suyo le haya inducido alguna vez a hacer
algún bien? ––Sí; le ha llevado con frecuencia a ser liberal y generoso, a dar su dinero a manos llenas, a ser
hospitalario, a ayudar a sus colonos y a socorrer a los pobres. El orgullo de familia, su orgullo de hijo,
porque está muy orgulloso de lo que era su padre, le ha hecho actuar de este modo. El deseo de demostrar
que no desmerecía de los suyos, que no era menos querido que ellos y que no echaba a perder la influencia
de la casa de Pemberley, fue para él un poderoso motivo. Tiene también un orgullo de hermano que, unido
a algo de afecto fraternal, le ha convertido en un amabilísimo y solícito custodio de la señorita Darcy, y oirá
decir muchas veces que es considerado como el más atento y mejor de los hermanos.
––¿Qué clase de muchacha es la señorita Darcy?
Wickham hizo un gesto con la cabeza.
––Quisiera poder decir que es encantadora. Me da pena hablar mal de un Darcy. Pero ahora se
parece demasiado a su hermano, es muy orgullosa. De niña, era muy cariñosa y complaciente y me tenía un
gran afecto. ¡Las horas que he pasado entreteniéndola! Pero ahora me es indiferente. Es una hermosa
muchacha de quince o dieciséis años, creo que muy bien educada. Desde la muerte de su padre vive en
Londres con una institutriz.
Después de muchas pausas y muchas tentativas de hablar de otros temas, Elizabeth no pudo evitar
volver a lo primero, y dijo:
––Lo que me asombra es su amistad con el señor Bingley. ¡Cómo puede el señor Bingley, que es
el buen humor personificado, y es, estoy convencida, verdaderamente amable, tener algo que ver con un
hombre como el señor Darcy? ¿Cómo podrán llevarse bien? ¿Conoce usted al señor Bingley?
––No, no lo conozco.
––Es un hombre encantador, amable, de carácter dulce. No debe saber cómo es en realidad el
señor Darcy.
––Probablemente no; pero el señor Darcy sabe cómo agradar cuando le apetece. No necesita
esforzarse. Puede ser una compañía de amena conversación si cree que le merece la pena. Entre la gente de
su posición es muy distinto de como es con los inferiores. El orgullo no le abandona nunca, pero con los

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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ricos adopta una mentalidad liberal, es justo, sincero, razonable, honrado y hasta quizá agradable, debido en
parte a su fortuna y a su buena presencia.
Poco después terminó la partida de whist y los jugadores se congregaron alrededor de la otra mesa.
Collins se situó entre su prima Elizabeth y la señora Philips. Esta última le hizo las preguntas de rigor sobre
el resultado de la partida. No fue gran cosa; había perdido todos los puntos. Pero cuando la señora Philips le
empezó a decir cuánto lo sentía, Collins le aseguró con la mayor gravedad que no tenía ninguna
importancia y que para él el dinero era lo de menos, rogándole que no se inquietase por ello.
––Sé muy bien, señora ––le dijo––, que cuando uno se sienta a una mesa de juego ha de someterse
al azar, y afortunadamente no estoy en circunstancias de tener que preocuparme por cinco chelines.
Indudablemente habrá muchos que no puedan decir lo mismo, pero gracias a lady Catherine de Bourgh
estoy lejos de tener que dar importancia a tales pequeñeces.
A Wickham le llamó la atención, y después de observar a Collins durante unos minutos le
preguntó en voz baja a Elizabeth si su pariente era amigo de la familia de Bourgh.
Lady Catherine de Bourgh le ha dado hace poco una rectoría ––contestó––. No sé muy bien quién
los presentó, pero no hace mucho tiempo que la conoce. ––Supongo que sabe que lady Catherine de Bourgh
y lady Anne Darcy eran hermanas, y que, por consiguiente, lady Catherine es tía del actual señor Darcy.
––No, ni idea; no sabía nada de la familia de lady Catherine. No tenía noción de su existencia hasta hace
dos días.
––Su hija, la señorita de Bourgh, heredará una enorme fortuna, y se dice que ella y su primo unirán
las dos haciendas.
Esta noticia hizo sonreír a Elizabeth al pensar en la pobre señorita Bingley. En vano eran, pues,
todas sus atenciones, en vano e inútil todo su afecto por la hermana de Darcy y todos los elogios que de él
hacía si ya estaba destinado a otra.
––El señor Collins ––dijo Elizabeth–– habla muy bien de lady Catherine y de su hija; pero por
algunos detalles que ha contado de Su Señoría, sospecho que la gratitud le ciega y que, a pesar de ser su
protectora, es una mujer arrogante y vanidosa.
––Creo que es ambas cosas, y en alto grado ––respondió Wickham––. Hace muchos años que no
la veo, pero recuerdo que nunca me gustó y que sus modales eran autoritarios e insolentes. Tiene fama de
ser juiciosa e inteligente; pero me da la sensación de que parte de sus cualidades se derivan de su rango y su
fortuna; otra parte, de su despotismo, y el resto, del orgullo de su sobrino que cree que todo el que esté
relacionado con él tiene que poseer una inteligencia superior.
Elizabeth reconoció que la había retratado muy bien, y siguieron charlando juntos hasta que la
cena puso fin al juego y permitió a las otras señoras participar de las atenciones de Wickham. No se podía
entablar una conversación, por el ruido que armaban los comensales del señor Philips; pero sus modales
encantaron a todo el mundo. Todo lo que decía estaba bien dicho y todo lo que hacía estaba bien hecho.
Elizabeth se fue prendada de él. De vuelta a casa no podía pensar más que en el señor Wickham y en todo
lo que le había dicho; pero durante todo el camino no le dieron oportunidad ni de mencionar su nombre, ya
que ni Lydia ni el señor Collins se callaron un segundo. Lydia no paraba de hablar de la lotería, de lo que
había perdido, de lo que había ganado; y Collins, con elogiar la hospitalidad de los Philips, asegurar que no
le habían importado nada sus pérdidas en el zvhist, enumerar todos los platos de la cena y repetir
constantemente que temía que por su culpa sus primas fuesen apretadas, tuvo más que decir de lo que
habría podido antes de que el carruaje parase delante de la casa de Longbourn.

CAPÍTULO XVII
Al día siguiente Elizabeth le contó a Jane todo lo que habían hablado Wickham y ella. Jane
escuchó con asombro e interés. No podía creer que Darcy fuese tan indigno de la estimación de Bingley; y,

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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no obstante, no se atrevía a dudar de la veracidad de un hombre de apariencia tan afable como Wickham.
La mera posibilidad de que hubiese sufrido semejante crueldad era suficiente para avivar sus más tiernos
sentimientos; de modo que no tenía más remedio que no pensar mal ni del uno ni del otro, defender la
conducta de ambos y atribuir a la casualidad o al error lo que de otro modo no podía explicarse.
––Tengo la impresión ––decía–– de que ambos han sido defraudados, son personas, de algún
modo decepcionadas por algo que nosotras no podemos adivinar. Quizá haya sido gente interesada en
tergiversar las cosas la que los enfrentó. En fin, no podemos conjeturar las causas o las circunstancias que
los han separado sin que ni uno ni otro sean culpables.
––Tienes mucha razón; y dime, mi querida Jane: ¿Qué tienes que decir en favor de esa gente
interesada que probablemente tuvo que ver en el asunto? Defiéndelos también, si no nos veremos obligadas
a hablar mal de alguien.
––Ríete de mí todo lo que quieras, pero no me harás cambiar de opinión. Querida Lizzy, ten en
cuenta en qué lugar tan deshonroso sitúa al señor Darcy; tratar así al favorito de su padre, a alguien al que
él había prometido darle un porvenir. Es imposible. Nadie medianamente bueno, que aprecie algo el valor
de su conducta, es capaz de hacerlo. ¿Es posible que sus amigos más íntimos estén tan engañados respecto
a él? ¡Oh, no!
––Creo que es más fácil que la amistad del señor Bingley sea impuesta que el señor Wickham
haya inventado semejante historia con nombres, hechos, y que la cuente con tanta naturalidad. Y si no es
así, que sea el señor Darcy el que lo niegue. Además, había sinceridad en sus ojos.
––Es realmente difícil, es lamentable. Uno no sabe qué pensar.
––Perdona; uno sabe exactamente qué pensar.
Las dos jóvenes charlaban en el jardín cuando fueron a avisarles de la llegada de algunas de las
personas de las que estaban justamente hablando. El señor Bingley y sus hermanas venían para invitarlos
personalmente al tan esperado baile de Netherfield que había sido fijado para el martes siguiente. Las
Bingley se alegraron mucho de ver a su querida amiga, les parecía que había pasado un siglo desde que
habían estado juntas y continuamente le preguntaban qué había sido de ella desde su separación. Al resto de
la familia les prestaron poca atención, a la señora Bennet la evitaron todo lo que les fue posible, con
Elizabeth hablaron muy poco y a las demás ni siquiera les dirigieron la palabra. Se fueron en seguida,
levantándose de sus asientos con una rapidez que dejó pasmado a su hermano, salieron con tanta prisa que
parecían estar impacientes por escapar de las atenciones de la señora Bennet.
La perspectiva del baile de Netherfield resultaba extraordinariamente apetecible a todos los
miembros femeninos de la familia. La señora Bennet lo tomó como un cumplido dedicado a su hija mayor
y se sentía particularmente halagada por haber recibido la invitación del señor Bingley en persona y no a
través de una ceremoniosa tarjeta. Jane se imaginaba una feliz velada en compañía de sus dos amigas y con
las atenciones del hermano, y Elizabeth pensaba con deleite en bailar todo el tiempo con el señor Wickham
y en ver confirmada toda la historia en las miradas y el comportamiento del señor Darcy. La felicidad que
Catherine y Lydia anticipaban dependía menos de un simple hecho o de una persona en particular, porque,
aunque las dos, como Elizabeth, pensaban bailar la mitad de la noche con Wickham, no era ni mucho
menos la única pareja que podía satisfacerlas, y, al fin y al cabo, un baile era un baile. Incluso Mary llegó a
asegurar a su familia que tampoco a ella le disgustaba la idea de ir.
––Mientras pueda tener las mañanas para mí ––dijo––, me basta. No me supone ningún sacrificio
aceptar ocasionalmente compromisos para la noche. Todos nos debemos a la sociedad, y confieso que soy
de los que consideran que los intervalos de recreo y esparcimiento son recomendables para todo el mundo.
Elizabeth estaba tan animada por la ocasión, que a pesar de que no solía hablarle a Collins más que
cuando era necesario, no pudo evitar preguntarle si tenía intención de aceptar la invitación del señor
Bingley y si así lo hacía, si le parecía procedente asistir a fiestas nocturnas. Elizabeth se quedó sorprendida
cuando le contestó que no tenía ningún reparo al respecto, y que no temía que el arzobispo ni lady
Catherine de Bourgh le censurasen por aventurarse al baile.
––Le aseguro que en absoluto creo ––dijo–– que un baile como éste, organizado por hombre de
categoría para gente respetable, pueda tener algo de malo. No tengo ningún inconveniente en bailar y

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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espero tener el honor de hacerlo con todas mis bellas primas. Aprovecho ahora esta oportunidad para
pedirle, precisamente a usted, señorita Elizabeth, los dos primeros bailes, preferencia que confío que mi
prima Jane sepa atribuir a la causa debida, y no a un desprecio hacia ella.
Elizabeth se quedó totalmente desilusionada. ¡Ella que se había propuesto dedicar esos dos bailes
tan especiales al señor Wickham! ¡Y ahora tenía que bailarlos con el señor Collins! Había elegido mal
momento para ponerse tan contenta. En fin, ¿qué podía hacer? No le quedaba más remedio que dejar su
dicha y la de Wickham para un poco más tarde y aceptar la propuesta de Collins con el mejor ánimo
posible. No le hizo ninguna gracia su galantería porque detrás de ella se escondía algo más. Por primera vez
se le ocurrió pensar que era ella la elegida entre todas las hermanas para ser la señora de la casa parroquial
de Hunsford y para asistir a las partidas de cuatrillo de Rosings en ausencia de visitantes más selectos. Esta
idea no tardó en convertirse en convicción cuando observó las crecientes atenciones de Collins para con
ella y oyó sus frecuentes tentativas de elogiar su ingenio y vivacidad. Aunque a ella, el efecto que causaban
sus encantos en este caso, más que complacerla la dejaba atónita, su madre pronto le dio a entender que la
posibilidad de aquel matrimonio le agradaba en exceso. Sin embargo, Elizabeth prefirió no darse por
aludida, porque estaba segura de que cualquier réplica tendría como consecuencia una seria discusión.
Probablemente el señor Collins nunca le haría semejante proposición, y hasta que lo hiciese era una pérdida
de tiempo discutir por él.
Si no hubiesen tenido que hacer los preparativos para el baile de Netherfield, las Bennet menores
habrían llegado a un estado digno de compasión, ya que desde el día de la invitación hasta el del baile la
lluvia no cesó un momento, impidiéndoles ir ni una sola vez a Meryton. Ni tía, ni oficiales, ni chismes que
contar. Incluso los centros de rosas para el baile de Netherfield tuvieron que hacerse por encargo. La misma
Elizabeth vio su paciencia puesta a prueba con aquel mal tiempo que suspendió totalmente los progresos de
su amistad con Wickham. Sólo el baile del martes pudo hacer soportable a Catherine y a Lydia un viernes,
sábado, domingo y lunes como aquellos.

CAPÍTULO XVIII
Hasta que Elizabeth entró en el salón de Netherfield y buscó en vano entre el grupo de casacas
rojas allí reunidas a Wickham, no se le ocurrió pensar que podía no hallarse entre los invitados. La certeza
de encontrarlo le había hecho olvidarse de lo que con razón la habría alarmado. Se había acicalado con más
esmero que de costumbre y estaba preparada con el espíritu muy alto para conquistar todo lo que
permaneciese indómito en su corazón, confiando que era el mejor galardón que podría conseguir en el
curso de la velada. Pero en un instante le sobrevino la horrible sospecha de que Wickham podía haber sido
omitido de la lista de oficiales invitados de Bingley para complacer a Darcy. Ése no era exactamente el
caso. Su ausencia fue definitivamente confirmada por el señor Denny, a quien Lydia se dirigió
ansiosamente, y quien les contó que el señor Wickham se había visto obligado a ir a la capital para resolver
unos asuntos el día antes y no había regresado todavía. Y con una sonrisa significativa añadió:
––No creo que esos asuntos le hubiesen retenido precisamente hoy, si no hubiese querido evitar
encontrarse aquí con cierto caballero.
Lydia no oyó estas palabras, pero Elizabeth sí; aunque su primera sospecha no había sido cierta,
Darcy era igualmente responsable de la ausencia de Wickham, su antipatía hacia el primero se exasperó de
tal modo que apenas pudo contestar con cortesía a las amables preguntas que Darcy le hizo al acercarse a
ella poco después. Cualquier atención o tolerancia hacia Darcy significaba una injuria para Wickham.
Decidió no tener ninguna conversación con Darcy y se puso de un humor que ni siquiera pudo disimular al
hablar con Bingley, pues su ciega parcialidad la irritaba.
Pero el mal humor no estaba hecho para Elizabeth, y a pesar de que estropearon todos sus planes
para la noche, se le pasó pronto. Después de contarle sus penas a Charlotte Lucas, a quien hacía una
semana que no veía, pronto se encontró con ánimo para transigir con todas las rarezas de su primo y se
dirigió a él. Sin embargo, los dos primeros bailes le devolvieron la angustia, fueron como una penitencia. El
señor Collins, torpe y solemne, disculpándose en vez de atender al compás, y perdiendo el paso sin darse

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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cuenta, le daba toda la pena y la vergüenza que una pareja desagradable puede dar en un par de bailes.
Librarse de él fue como alcanzar el éxtasis.
Después tuvo el alivio de bailar con un oficial con el que pudo hablar del señor Wickham,
enterándose de que todo el mundo le apreciaba. Al terminar este baile, volvió con Charlotte Lucas, y
estaban charlando, cuando de repente se dio cuenta de que el señor Darcy se había acercado a ella y le
estaba pidiendo el próximo baile, la cogió tan de sorpresa que, sin saber qué hacía, aceptó. Darcy se fue
acto seguido y ella, que se había puesto muy nerviosa, se quedó allí deseando recuperar la calma. Charlotte
trató de consolarla.
––A lo mejor lo encuentras encantador.
––¡No lo quiera Dios! Ésa sería la mayor de todas las desgracias. ¡Encontrar encantador a un
hombre que debe ser odiado! No me desees tanto mal.
Cuando se reanudó el baile, Darcy se le acercó para tomarla de la mano, y Charlotte no pudo evitar
advertirle al oído que no fuera una tonta y que no dejase que su capricho por Wickham le hiciese parecer
antipática a los ojos de un hombre que valía diez veces más que él. Elizabeth no contestó. Ocupó su lugar
en la pista, asombrada por la dignidad que le otorgaba el hallarse frente a frente con Darcy, leyendo en los
ojos de todos sus vecinos el mismo asombro al contemplar el acontecimiento. Estuvieron un rato sin decir
palabra; Elizabeth empezó a pensar que el silencio iba a durar hasta el final de los dos bailes. Al principio
estaba decidida a no romperlo, cuando de pronto pensó que el peor castigo para su pareja sería obligarle a
hablar, e hizo una pequeña observación sobre el baile. Darcy contestó y volvió a quedarse callado. Después
de una pausa de unos minutos, Elizabeth tomó la palabra por segunda vez y le dijo:
––Ahora le toca a usted decir algo, señor Darcy. Yo ya he hablado del baile, y usted debería hacer
algún comentario sobre las dimensiones del salón y sobre el número de parejas.
Él sonrió y le aseguró que diría todo lo que ella desease escuchar.
––Muy bien. No está mal esa respuesta de momento. Quizá poco a poco me convenza de que los
bailes privados son más agradables que los públicos; pero ahora podemos permanecer callados.
––¿Acostumbra usted a hablar mientras baila?
––Algunas veces. Es preciso hablar un poco, ¿no cree? Sería extraño estar juntos durante media
hora sin decir ni una palabra. Pero en atención de algunos, hay que llevar la conversación de modo que no
se vean obligados a tener que decir más de lo preciso.
––¿Se refiere a usted misma o lo dice por mí?
––Por los dos ––replicó Elizabeth con coquetería––, pues he encontrado un gran parecido en
nuestra forma de ser. Los dos somos insociables, taciturnos y enemigos de hablar, a menos que esperemos
decir algo que deslumbre a todos los presentes y pase a la posteridad con todo el brillo de un proverbio.
––Estoy seguro de que usted no es así. En cuanto a mí, no sabría decirlo. Usted, sin duda, cree que
me ha hecho un fiel retrato.
––No puedo juzgar mi propia obra.
Él no contestó, y parecía que ya no abrirían la boca hasta finalizar el baile, cuando él le preguntó si
ella y sus hermanas iban a menudo a Meryton. Elizabeth contestó afirmativamente e, incapaz de resistir la
tentación, añadió:
––Cuando nos encontró usted el otro día, acabábamos precisamente de conocer a un nuevo amigo.
El efecto fue inmediato. Una intensa sombra de arrogancia oscureció el semblante de Darcy. Pero no dijo
una palabra; Elizabeth, aunque reprochándose a sí misma su debilidad, prefirió no continuar. Al fin, Darcy
habló y de forma obligada dijo:
––El señor Wickham está dotado de tan gratos modales que ciertamente puede hacer amigos con
facilidad. Lo que es menos cierto, es que sea igualmente capaz de conservarlos.
––Él ha tenido la desgracia de perder su amistad ––dijo Elizabeth enfáticamente––, de tal forma
que sufrirá por ello toda su vida.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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Darcy no contestó y se notó que estaba deseoso de cambiar de tema. En ese momento sir William
Lucas pasaba cerca de ellos al atravesar la pista de baile con la intención de ir al otro extremo del salón y al
ver al señor Darcy, se detuvo y le hizo una reverencia con toda cortesía para felicitarle por su modo de
bailar y por su pareja.
––Estoy sumamente complacido, mi estimado señor tan excelente modo de bailar no se ve con
frecuencia. Es evidente que pertenece usted a los ambientes más distinguidos. Permítame decirle, sin
embargo, que su bella pareja en nada desmerece de usted, y que espero volver a gozar de este placer,
especialmente cuando cierto acontecimiento muy deseado, querida Elizabeth (mirando a Jane y a Bingley),
tenga lugar. ¡Cuántas felicitaciones habrá entonces! Apelo al señor Darcy. Pero no quiero interrumpirle,
señor. Me agradecerá que no le prive más de la cautivadora conversación de esta señorita cuyos hermosos
ojos me están también recriminando.
Darcy apenas escuchó esta última parte de su discurso, pero la alusión a su amigo pareció
impresionarle mucho, y con una grave expresión dirigió la mirada hacia Bingley y Jane que bailaban
juntos. No obstante, se sobrepuso en breve y, volviéndose hacia Elizabeth, dijo:
––La interrupción de sir William me ha hecho olvidar de qué estábamos hablando.
––Creo que no estábamos hablando. Sir William no podría haber interrumpido a otra pareja en
todo el salón que tuviesen menos que decirse el uno al otro. Ya hemos probado con dos o tres temas sin
éxito. No tengo ni idea de qué podemos hablar ahora.
––¿Qué piensa de los libros? ––le preguntó él sonriendo.
––¡Los libros! ¡Oh, no! Estoy segura de que no leemos nunca los mismos o, por lo menos, no
sacamos las mismas impresiones.
––Lamento que piense eso;, pero si así fuera, de cualquier modo, no nos faltaría tema. Podemos
comprobar nuestras diversas opiniones.
––No, no puedo hablar de libros en un salón de baile. Tengo la cabeza ocupada con otras cosas.
––En estos lugares no piensa nada más que en el presente, ¿verdad? ––dijo él con una mirada de
duda.
––Sí, siempre ––contestó ella sin saber lo que decía, pues se le había ido el pensamiento a otra
parte, según demostró al exclamar repentinamente––: Recuerdo haberle oído decir en una ocasión que usted
raramente perdonaba; que cuando había concebido un resentimiento, le era imposible aplacarlo. Supongo,
por lo tanto, que será muy cauto en concebir resentimientos...
––Efectivamente ––contestó Darcy con voz firme. ––¿Y no se deja cegar alguna vez por los
prejuicios? ––Espero que no.
––Los que no cambian nunca de opinión deben cerciorarse bien antes de juzgar.
––¿Puedo preguntarle cuál es la intención de estas preguntas?
––Conocer su carácter, sencillamente ––dijo Elizabeth, tratando de encubrir su seriedad––. Estoy
intentando descifrarlo.
––¿Y a qué conclusiones ha llegado?
––A ninguna ––dijo meneando la cabeza––. He oído cosas tan diferentes de usted, que no consigo
aclararme.
––Reconozco ––contestó él con gravedad–– que las opiniones acerca de mí pueden ser muy
diversas; y desearía, señorita Bennet, que no esbozase mi carácter en este momento, porque tengo razones
para temer que el resultado no reflejaría la verdad.
––Pero si no lo hago ahora, puede que no tenga otra oportunidad.
––De ningún modo desearía impedir cualquier satisfacción suya ––repuso él fríamente.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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Elizabeth no habló más, y terminado el baile, se separaron en silencio, los dos insatisfechos,
aunque en distinto grado, pues en el corazón de Darcy había un poderoso sentimiento de tolerancia hacia
ella, lo que hizo que pronto la perdonara y concentrase toda su ira contra otro.
No hacía mucho que se habían separado, cuando la señorita Bingley se acercó a Elizabeth y con
una expresión de amabilidad y desdén a la vez, le dijo:
––Así que, señorita Eliza, está usted encantada con el señor Wickham. Me he enterado por su
hermana que me ha hablado de él y me ha hecho mil preguntas. Me parece que ese joven se olvidó de
contarle, entre muchas otras cosas, que es el hijo del viejo Wickham, el último administrador del señor
Darcy. Déjeme que le aconseje, como amiga, que no se fíe demasiado de todo lo que le cuente, porque eso
de que el señor Darcy le trató mal es completamente falso; por el contrario, siempre ha sido
extraordinariamente amable con él, aunque George Wickham se ha portado con el señor Darcy de la
manera más infame. No conozco los pormenores, pero sé muy bien que el señor Darcy no es de ningún
modo el culpable, que no puede soportar ni oír el nombre de George Wickham y que, aunque mi hermano
consideró que no podía evitar incluirlo en la lista de oficiales invitados, él se alegró enormemente de ver
que él mismo se había apartado de su camino. El mero hecho de que haya venido aquí al campo es una
verdadera insolencia, y no logro entender cómo se ha atrevido a hacerlo. La compadezco, señorita Eliza,
por este descubrimiento de la culpabilidad de su favorito; pero en realidad, teniendo en cuenta su origen, no
se podía esperar nada mejor.
––Su culpabilidad y su origen parece que son para usted una misma cosa ––le dijo Elizabeth
encolerizada––; porque de lo peor que le he oído acusarle es de ser hijo del administrador del señor Darcy,
y de eso, puedo asegurárselo, ya me había informado él.
––Le ruego que me disculpe ––replicó la señorita Bingley, dándose la vuelta con desprecio––.
Perdone mi entrometimiento; fue con la mejor intención.
«¡Insolente! ––dijo Elizabeth para sí––. Estás muy equivocada si piensas que influirás en mí con
tan mezquino ataque. No veo en él más que tu terca ignorancia y la malicia de Darcy.»
Entonces miró a su hermana mayor que se había arriesgado a interrogar a Bingley sobre el mismo
asunto. Jane le devolvió la mirada con una sonrisa tan dulce, con una expresión de felicidad y de tanta satisfacción que indicaban claramente que estaba muy contenta de lo ocurrido durante la velada. Elizabeth leyó
al instante sus sentimientos; y en un momento toda la solicitud hacia Wickham, su odio contra los
enemigos de éste, y todo lo demás desaparecieron ante la esperanza de que Jane se hallase en el mejor
camino hacia su felicidad.
––Quiero saber ––dijo Elizabeth tan sonriente como su hermana–– lo que has oído decir del señor
Wickham. Pero quizá has estado demasiado ocupada con cosas más agradables para pensar en una tercera
persona... Si así ha sido, puedes estar segura de que te perdono.
––No ––contestó Jane––, no me he olvidado de él, pero no tengo nada grato que contarte. El señor
Bingley no conoce toda la historia e ignora las circunstancias que tanto ha ofendido al señor Darcy, pero
responde de la buena conducta, de la integridad y de la honradez de su amigo, y está firmemente
convencido de que el señor Wickham ha recibido más atenciones del señor Darcy de las que ha merecido;
y siento decir que, según el señor Bingley y su hermana, el señor Wickham dista mucho de ser un joven
respetable. Me temo que haya sido imprudente y que tenga bien merecido el haber perdido la consideración
del señor Darcy.
––¿El señor Bingley no conoce personalmente al señor Wickham?
––No, no lo había visto nunca antes del otro día en Meryton.
––De modo que lo que sabe es lo que el señor Darcy le ha contado. Estoy satisfecha. ¿Y qué dice
de la rectoría?
––No recuerda exactamente cómo fue, aunque se lo ha oído contar a su amigo más de una vez;
pero cree que le fue legada sólo condicionalmente.
––No pongo en duda la sinceridad del señor Bingley ––dijo Elizabeth acaloradamente––, pero
perdona que no me convenzan sus afirmaciones. Hace muy bien en defender a su amigo; pero como

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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desconoce algunas partes de la historia y lo único que sabe se lo ha dicho él, seguiré pensando de los dos
caballeros lo mismo que pensaba antes.
Dicho esto, ambas hermanas iniciaron otra conversación mucho más grata para las dos. Elizabeth
oyó encantada las felices aunque modestas esperanzas que Jane abrigaba respecto a Bingley, y le dijo todo
lo que pudo para alentar su confianza. Al unírseles el señor Bingley, Elizabeth se retiró y se fue a hablar
con la señorita Lucas que le preguntó si le había agradado su última pareja. Elizabeth casi no tuvo tiempo
para contestar, porque allí se les presentó Collins, diciéndoles entusiasmado que había tenido la suerte de
hacer un descubrimiento importantísimo.
––He sabido ––dijo––, por una singular casualidad, que está en este salón un pariente cercano de
mi protectora. He tenido el gusto de oír cómo el mismo caballero mencionaba a la dama que hace los
honores de esta casa los nombres de su prima, la señorita de Bourgh, y de la madre de ésta, lady Catherine.
¡De qué modo tan maravilloso ocurren estas cosas! ¡Quién me iba a decir que habría de encontrar a un
sobrino de lady Catherine de Bourgh en esta reunión! Me alegro mucho de haber hecho este
descubrimiento a tiempo para poder presentarle mis respetos, cosa que voy a hacer ahora mismo. Confío en
que me perdone por no haberlo hecho antes, pero mi total desconocimiento de ese parentesco me disculpa.
––¿No se irá a presentar usted mismo al señor Darcy?
––¡Claro que sí! Le pediré que me excuse por no haberlo hecho antes. ¿No ve que es el sobrino de
lady Catherine? Podré comunicarle que Su Señoría se encontraba muy bien la última vez que la vi.
Elizabeth intentó disuadirle para que no hiciese semejante cosa asegurándole que el señor Darcy
consideraría el que se dirigiese a él sin previa presentación como una impertinencia y un atrevimiento, más
que como un cumplido a su tía; que no había ninguna necesidad de darse a conocer, y si la hubiese, le
correspondería al señor Darcy, por la superioridad de su rango, tomar la iniciativa. Collins la escuchó
decidido a seguir sus propios impulsos y, cuando Elizabeth cesó de hablar, le contestó:
––Mi querida señorita Elizabeth, tengo la mejor opinión del mundo de su excelente criterio en toda
clase de asuntos, como corresponde a su inteligencia; pero permítame que le diga que debe haber una gran
diferencia entre las fórmulas de cortesía establecidas para los laicos y las aceptadas para los clérigos;
déjeme que le advierta que el oficio de clérigo es, en cuanto a dignidad, equivalente al más alto rango del
reino, con tal que los que lo ejercen se comporten con la humildad conveniente. De modo que permítame
que siga los dictados de mi conciencia que en esta ocasión me llevan a realizar lo que considero un deber.
Dispense, pues, que no siga sus consejos que en todo lo demás me servirán constantemente de guía, pero
creo que en este caso estoy más capacitado, por mi educación y mi estudio habitual, que una joven como
usted, para decidir lo que es debido.
Collins hizo una reverencia y se alejó para ir a saludar a Darcy. Elizabeth no le perdió de vista para
ver la reacción de Darcy, cuyo asombro por haber sido abordado de semejante manera fue evidente. Collins
comenzó su discurso con una solemne inclinación, y, aunque ella no lo oía, era como si lo oyese, pues
podía leer en sus labios las palabras «disculpas», «Hunsford» y «lady Catherine de Bourgh». Le irritaba
que metiese la pata ante un hombre como Darcy. Éste le observaba sin reprimir su asombro y cuando
Collins le dejó hablar le contestó con distante cortesía. Sin embargo, Collins no se desanimó y siguió
hablando. El desprecio de Darcy crecía con la duración de su segundo discurso, y, al final, sólo hizo una
leve inclinación y se fue a otro sitio. Collins volvió entonces hacia Elizabeth.
––Le aseguro ––le dijo–– que no tengo motivo para estar descontento de la acogida que el señor
Darcy me ha dispensado. Mi atención le ha complacido en extremo y me ha contestado con la mayor
finura, haciéndome incluso el honor de manifestar que estaba tan convencido de la buena elección de lady
Catherine, que daba por descontado que jamás otorgaría una merced sin que fuese merecida.
Verdaderamente fue una frase muy hermosa. En resumen, estoy muy contento de él.
Elizabeth, que no tenía el menor interés en seguir hablando con Collins, dedicó su atención casi
por entero a su hermana y a Bingley; la multitud de agradables pensamientos a que sus observaciones
dieron lugar, la hicieron casi tan feliz como Jane. La imaginó instalada en aquella gran casa con toda la
felicidad que un matrimonio por verdadero amor puede proporcionar, y se sintió tan dichosa que creyó
incluso que las dos hermanas de Bingley podrían llegar a gustarle. No le costó mucho adivinar que los
pensamientos de su madre seguían los mismos derroteros y decidió no arriesgarse a acercarse a ella para no

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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escuchar sus comentarios. Desgraciadamente, a la hora de cenar les tocó sentarse una junto a la otra.
Elizabeth se disgustó mucho al ver cómo su madre no hacía más que hablarle a lady Lucas, libre y
abiertamente, de su esperanza de que Jane se casara pronto con Bingley. El tema era arrebatador, y la
señora Bennet parecía que no se iba a cansar nunca de enumerar las ventajas de aquella alianza. Sólo con
considerar la juventud del novio, su atractivo, su riqueza y el hecho de que viviese a tres millas de
Longbourn nada más, la señora Bennet se sentía feliz. Pero además había que tener en cuenta lo encantadas
que estaban con Jane las dos hermanas de Bingley, quienes, sin duda, se alegrarían de la unión tanto como
ella misma. Por otra parte, el matrimonio de Jane con alguien de tanta categoría era muy prometedor para
sus hijas menores que tendrían así más oportunidades de encontrarse con hombres ricos. Por último, era un
descanso, a su edad, poder confiar sus hijas solteras al cuidado de su hermana, y no tener que verse ella
obligada a acompañarlas más que cuando le apeteciese. No había más remedio que tomarse esta
circunstancia como un motivo de satisfacción, pues, en tales casos, así lo exige la etiqueta; pero no había
nadie que le gustase más quedarse cómodamente en casa en cualquier época de su vida. Concluyó deseando
a la señora Lucas que no tardase en ser tan afortunada como ella, aunque triunfante pensaba que no había
muchas esperanzas.
Elizabeth se esforzó en vano en reprimir las palabras de su madre, y en convencerla de que
expresase su alegría un poquito más bajo; porque, para mayor contrariedad, notaba que Darcy, que estaba
sentado enfrente de ellas, estaba oyendo casi todo. Lo único que hizo su madre fue reprenderla por ser tan
necia.
––¿Qué significa el señor Darcy para mí? Dime, ¿por qué habría de tenerle miedo? No le debemos
ninguna atención especial como para sentirnos obligadas a no decir nada que pueda molestarle.
––¡Por el amor de Dios, mamá, habla más bajo! ¿Qué ganas con ofender al señor Darcy? Lo único
que conseguirás, si lo haces, es quedar mal con su amigo.
Pero nada de lo que dijo surtió efecto. La madre siguió exponiendo su parecer con el mismo
desenfado. Elizabeth cada vez se ponía más colorada por la vergüenza y el disgusto que estaba pasando. No
podía dejar de mirar a Darcy con frecuencia, aunque cada mirada la convencía más de lo que se estaba
temiendo. Darcy rara vez fijaba sus ojos en la madre, pero Elizabeth no dudaba de que su atención estaba
pendiente de lo que decían. La expresión de su cara iba gradualmente del desprecio y la indignación a una
imperturbable seriedad.
Sin embargo, llegó un momento en que la señora Bennet ya no tuvo nada más que decir, y lady
Lucas, que había estado mucho tiempo bostezando ante la repetición de delicias en las que no veía la
posibilidad de participar, se entregó a los placeres del pollo y del jamón. Elizabeth respiró. Pero este
intervalo de tranquilidad no duró mucho; después de la cena se habló de cantar, y tuvo que pasar por el mal
rato de ver que Mary, tras muy pocas súplicas, se disponía a obsequiar a los presentes con su canto. Con
miradas significativas y silenciosos ruegos, Elizabeth trató de impedir aquella muestra de condescendencia,
pero fue inútil. Mary no podía entender lo que quería decir. Semejante oportunidad de demostrar su talento
la embelesaba, y empezó su canción. Elizabeth no dejaba de mirarla con una penosa sensación, observaba
el desarrollo del concierto con una impaciencia que no fue recompensada al final, pues Mary, al recibir
entre las manifestaciones de gratitud de su auditorio una leve insinuación para que continuase, después de
una pausa de un minuto, empezó otra canción. Las facultades de Mary no eran lo más a propósito para
semejante exhibición; tenía poca voz y un estilo afectado. Elizabeth pasó una verdadera agonía. Miró a
Jane para ver cómo lo soportaba ella, pero estaba hablando tranquilamente con Bingley. Miró a las
hermanas de éste y vio que se hacían señas de burla entre ellas, y a Darcy, que seguía serio e imperturbable.
Miró, por último, a su padre implorando su intervención para que Mary no se pasase toda la noche
cantando. El cogió la indirecta y cuando Mary terminó su segunda canción, dijo en voz alta:
––Niña, ya basta. Has estado muy bien, nos has deleitado ya bastante; ahora deja que se luzcan las
otras señoritas.
Mary, aunque fingió que no oía, se quedó un poco desconcertada. A Elizabeth le dio pena de ella y
sintió que su padre hubiese dicho aquello. Se dio cuenta de que por su inquietud, no había obrado nada
bien. Ahora les tocaba cantar a otros.
––Si yo ––dijo entonces Collins–– tuviera la suerte de ser apto para el canto, me gustaría mucho
obsequiar a la concurrencia con una romanza. Considero que la música es una distracción inocente y

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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completamente compatible con la profesión de clérigo. No quiero decir, por esto, que esté bien el consagrar
demasiado tiempo a la música, pues hay, desde luego, otras cosas que atender. El rector de una parroquia
tiene mucho trabajo. En primer lugar tiene que hacer un ajuste de los diezmos que resulte beneficioso para
él y no sea oneroso para su patrón. Ha de escribir los sermones, y el tiempo que le queda nunca es bastante
para los deberes de la parroquia y para el cuidado y mejora de sus feligreses cuyas vidas tiene la obligación
de hacer lo más llevaderas posible. Y estimo como cosa de mucha importancia que sea atento y conciliador
con todo el mundo, y en especial con aquellos a quienes debe su cargo. Considero que esto es indispensable
y no puedo tener en buen concepto al hombre que desperdiciara la ocasión de presentar sus respetos a
cualquiera que esté emparentado con la familia de sus bienhechores.
Y con una reverencia al señor Darcy concluyó su discurso pronunciado en voz tan alta que lo oyó
la mitad del salón. Muchos se quedaron mirándolo fijamente, muchos sonrieron, pero nadie se había
divertido tanto como el señor Bennet, mientras que su esposa alabó en serio a Collins por haber hablado
con tanta sensatez, y le comentó en un cuchicheo a lady Lucas que era muy buena persona y
extremadamente listo.
A Elizabeth le parecía que si su familia se hubiese puesto de acuerdo para hacer el ridículo en todo
lo posible aquella noche, no les habría salido mejor ni habrían obtenido tanto éxito; y se alegraba mucho de
que Bingley y su hermana no se hubiesen enterado de la mayor parte del espectáculo y de que Bingley no
fuese de esa clase de personas que les importa o les molesta la locura de la que hubiese sido testigo. Ya era
bastante desgracia que las hermanas y Darcy hubiesen tenido la oportunidad de burlarse de su familia; y no
sabía qué le resultaba más intolerable: si el silencioso desprecio de Darcy o las insolentes sonrisitas de las
damas.
El resto de la noche transcurrió para ella sin el mayor interés. Collins la sacó de quicio con su
empeño en no separarse de ella. Aunque no consiguió convencerla de que bailase con él otra vez, le
impidió que bailase con otros. Fue inútil que le rogase que fuese a charlar con otras personas y que se
ofreciese para presentarle a algunas señoritas de la fiesta. Collins aseguró que el bailar le tenía sin cuidado
y que su principal deseo era hacerse agradable a sus ojos con delicadas atenciones, por lo que había
decidido estar a su lado toda la noche. No había nada que discutir ante tal proyecto. Su amiga la señorita
Lucas fue la única que la consoló sentándose a su lado con frecuencia y desviando hacia ella la
conversación de Collins.
Por lo menos así se vio libre de Darcy que, aunque a veces se hallaba a poca distancia de ellos
completamente desocupado, no se acercó a hablarles. Elizabeth lo atribuyó al resultado de sus alusiones a
Wickham y se alegró de ello.
La familia de Longbourn fue la última en marcharse. La señora Bennet se las arregló para que
tuviesen que esperar por los carruajes hasta un cuarto de hora después de haberse ido todo el mundo, lo
cual les permitió darse cuenta de las ganas que tenían algunos de los miembros de la familia Bingley de que
desapareciesen. La señora Hurst y su hermana apenas abrieron la boca para otra cosa que para quejarse de
cansancio; se les notaba impacientes por quedarse solas en la casa. Rechazaron todos los intentos de
conversación de la señora Bennet y la animación decayó, sin que pudieran elevarla los largos discursos de
Collins felicitando a Bingley y a sus hermanas por la elegancia de la fiesta y por la hospitalidad y fineza
con que habían tratado a sus invitados. Darcy no dijo absolutamente nada. El señor Bennet, tan callado
como él, disfrutaba de la escena. Bingley y Jane estaban juntos y un poco separados de los demás, hablando
el uno con el otro. Elizabeth guardó el mismo silencio que la señora Hurst y la señorita Bingley. Incluso
Lydia estaba demasiado agotada para poder decir más que «¡Dios mío! ¡Qué cansada estoy!» en medio de
grandes bostezos.
Cuando, por fin, se levantaron para despedirse, la señora Bennet insistió con mucha cortesía en su
deseo de ver pronto en Longbourn a toda la familia, se dirigió especialmente a Bingley para manifestarle
que se verían muy honrados si un día iba a su casa a almorzar con ellos en familia, sin la etiqueta de una
invitación formal. Bingley se lo agradeció encantado y se comprometió en el acto a aprovechar la primera
oportunidad que se le presentase para visitarles, a su regreso de Londres, adonde tenía que ir al día
siguiente, aunque no tardaría en estar de vuelta.
La señora Bennet no cabía en sí de gusto y salió de la casa convencida de que contando el tiempo
necesario para los preparativos de la celebración, compra de nuevos coches y trajes de boda, iba a ver a su

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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hija instalada en Netherfield dentro de tres o cuatro meses. Con la misma certeza y con considerable,
aunque no igual agrado, esperaba tener pronto otra hija casada con Collins. Elizabeth era a la que menos
quería de todas sus hijas, y si bien el pretendiente y la boda eran más que suficientes para ella, quedaban
eclipsados por Bingley y por Netherfield.

CAPÍTULO XIX
Al día siguiente, hubo otro acontecimiento en Longbourn. Collins se declaró formalmente.
Resolvió hacerlo sin pérdida de tiempo, pues su permiso expiraba el próximo sábado; y como tenía plena
confianza en el éxito, emprendió la tarea de modo metódico y con todas las formalidades que consideraba
de rigor en tales casos. Poco después del desayuno encontró juntas a la señora Bennet, a Elizabeth y a una
de las hijas menores, y se dirigió a la madre con estas palabras:
––¿Puedo esperar, señora, dado su interés por su bella hija Elizabeth, que se me conceda el honor
de una entrevista privada con ella, en el transcurso de esta misma mañana?
Antes de que Elizabeth hubiese tenido tiempo de nada más que de ponerse roja por la sorpresa, la
señora Bennet contestó instantáneamente:
––¡Oh, querido! ¡No faltaba más! Estoy segura de que Elizabeth estará encantada y de que no
tendrá ningún inconveniente. Ven, Kitty, te necesito arriba.
Y recogiendo su labor se apresuró a dejarlos solos. Elizabeth la llamó diciendo:
––Mamá, querida, no te vayas. Te lo ruego, no te vayas. El señor Collins me disculpará; pero no
tiene nada que decirme que no pueda oír todo el mundo. Soy yo la que me voy.
––No, no seas tonta, Lizzy. Quédate donde estás. Y al ver que Elizabet, disgustada y violenta,
estaba a punto de marcharse, añadió:
––Lizzy, te ordeno que te quedes y que escuches al señor Collins.
Elizabeth no pudo desobedecer semejante mandato. En un momento lo pensó mejor y creyó más
sensato acabar con todo aquello lo antes posible en paz y tranquilidad. Se volvió a sentar y trató de
disimular con empeño, por un lado, la sensación de malestar, y por otro, lo que le divertía aquel asunto. La
señora Bennet y Kitty se fueron, y entonces Collins empezó:
––Créame, mi querida señorita Elizabeth, que su modestia, en vez de perjudicarla, viene a sumarse
a sus otras perfecciones. Me habría parecido usted menos adorable si no hubiese mostrado esa pequeña
resistencia. Pero permítame asegurarle que su madre me ha dado licencia para esta entrevista. Ya debe
saber cuál es el objeto de mi discurso; aunque su natural delicadeza la lleve a disimularlo; mis intenciones
han quedado demasiado patentes para que puedan inducir a error. Casi en el momento en que pisé esta casa,
la elegí a usted para futura compañera de mi vida. Pero antes de expresar mis sentimientos, quizá sea
aconsejable que exponga las razones que tengo para casarme, y por qué vine a Hertfordshire con la idea de
buscar una esposa precisamente aquí.
A Elizabeth casi le dio la risa al imaginárselo expresando sus sentimientos; y no pudo aprovechar
la breve pausa que hizo para evitar que siguiese adelante. Collins continuó:
––Las razones que tengo para casarme son: primero, que la obligación de un clérigo en
circunstancias favorables como las mías, es dar ejemplo de matrimonio en su parroquia; segundo, que estoy
convencido de que eso contribuirá poderosamente a mi felicidad; y tercero, cosa que tal vez hubiese debido
advertir en primer término, que es el particular consejo y recomendación de la nobilísima dama a quien
tengo el honor de llamar mi protectora. Por dos veces se ha dignado indicármelo, aun sin habérselo yo
insinuado, y el mismo sábado por la noche, antes de que saliese de Hunsford y durante nuestra partida de
cuatrillo, mientras la señora Jenkinson arreglaba el silletín de la señorita de Bourgh, me dijo: «Señor
Collins, tiene usted que casarse. Un clérigo como usted debe estar casado. Elija usted bien, elija pensando
en mí y en usted mismo; procure que sea una persona activa y útil, de educación no muy elevada, pero
capaz de sacar buen partido a pequeños ingresos. Éste es mi consejo. Busque usted esa mujer cuanto antes,

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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tráigala a Hunsford y que yo la vea.» Permítame, de paso, decirle, hermosa prima, que no estimo como la
menor de las ventajas que puedo ofrecerle, el conocer y disfrutar de las bondades de lady Catherine de
Bourgh. Sus modales le parecerán muy por encima de cuanto yo pueda describirle, y la viveza e ingenio de
usted le parecerán a ella muy aceptables, especialmente cuando se vean moderados por la discreción y el
respeto que su alto rango impone inevitablemente. Esto es todo en cuanto a mis propósitos generales en
favor del matrimonio; ya no me queda por decir más, que el motivo de que me haya dirigido directamente a
Longbourn en vez de buscar en mi propia localidad, donde, le aseguro, hay muchas señoritas encantadoras.
Pero es el caso que siendo como soy el heredero de Longbourn a la muerte de su honorable padre, que ojalá
viva muchos años, no estaría satisfecho si no eligiese esposa entre sus hijas, para atenuar en todo lo posible
la pérdida que sufrirán al sobrevenir tan triste suceso que, como ya le he dicho, deseo que no ocurra hasta
dentro de muchos años. Éste ha sido el motivo, hermosa prima, y tengo la esperanza de que no me hará
desmerecer en su estima. Y ahora ya no me queda más que expresarle, con las más enfáticas palabras, la
fuerza de mi afecto. En lo relativo a su dote, me es en absoluto indiferente, y no he de pedirle a su padre
nada que yo sepa que no pueda cumplir; de modo que no tendrá usted que aportar más que las mil libras al
cuatro por ciento que le tocarán a la muerte de su madre. Pero no seré exigente y puede usted tener la
certeza de que ningún reproche interesado saldrá de mis labios en cuanto estemos casados.
Era absolutamente necesario interrumpirle de inmediato.
––Va usted demasiado de prisa ––exclamó Elizabeth––. Olvida que no le he contestado. Déjeme
que lo haga sin más rodeos. Le agradezco su atención y el honor que su proposición significa, pero no
puedo menos que rechazarla.
––Sé de sobra ––replicó Collins con un grave gesto de su mano–– que entre las jóvenes es muy
corriente rechazar las proposiciones del hombre a quien, en el fondo, piensan aceptar, cuando pide su
preferencia por primera vez, y que la negativa se repite una segunda o incluso una tercera vez. Por esto no
me descorazona en absoluto lo que acaba de decirme, y espero llevarla al altar dentro de poco.
––¡Caramba, señor! ––exclamó Elizabeth––. ¡No sé qué esperanzas le pueden quedar después de
mi contestación! Le aseguro que no soy de esas mujeres, si es que tales mujeres existen, tan temerarias que
arriesgan su felicidad al azar de que las soliciten una segunda vez. Mi negativa es muy en serio. No podría
hacerme feliz, y estoy convencida de que yo soy la última mujer del mundo que podría hacerle feliz a usted.
Es más, si su amiga lady Catherine me conociera, me da la sensación que pensaría que soy, en todos los
aspectos, la menos indicada para usted.
––Si fuera cierto que lady Catherine lo pensara... ––dijo Collins con la mayor gravedad–– pero
estoy seguro de que Su Señoría la aprobaría. Y créame ––que cuando tenga el honor de volver a verla, le
hablaré en los términos más encomiásticos de su modestia, de su economía y de sus otras buenas
cualidades.
––Por favor, señor Collins, todos los elogios que me haga serán innecesarios. Déjeme juzgar por
mí misma y concédame el honor de creer lo que le digo. Le deseo que consiga ser muy feliz y muy rico, y
al rechazar su mano hago todo lo que está a mi alcance para que no sea de otro modo. Al hacerme esta
proposición debe estimar satisfecha la delicadeza de sus sentimientos respecto a mi familia, y cuando
llegue la hora podrá tomar posesión de la herencia de Longbourn sin ningún cargo de conciencia. Por lo
tanto, dejemos este asunto definitivamente zanjado.
Mientras acababa de decir esto, se levantó, y estaba a punto de salir de la sala, cuando Collins le
volvió a insistir:
––La próxima vez que tenga el honor de hablarle de este tema de nuevo, espero recibir
contestación más favorable que la que me ha dado ahora; aunque estoy lejos de creer que es usted cruel
conmigo, pues ya sé que es costumbre incorregible de las mujeres rechazar a los hombres la primera vez
que se declaran, y puede que me haya dicho todo eso sólo para hacer más consistente mi petición como
corresponde a la verdadera delicadeza del carácter femenino.
––Realmente, señor Collins ––exclamó Elizabeth algo acalorada–– me confunde usted en exceso.
Si todo lo que he dicho hasta ahora lo interpreta como un estímulo, no sé de qué modo expresarle mi
repulsa para que quede usted completamente convencido.

Austen,Jane: Orgullo y Prejuicio

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––Debe dejar que presuma, mi querida prima, que su rechazó ha sido sólo de boquilla. Las razones
que tengo para creerlo, son las siguientes: no creo que mi mano no merezca ser aceptada por usted ni que la
posición que le ofrezco deje de ser altamente apetecible. Mi situación en la vida, mi relación con la familia
de Bourgh y mi parentesco con usted son circunstancias importantes en mi favor. Considere, además, que a
pesar de sus muchos atractivos, no es seguro que reciba otra proposición de matrimonio. Su fortuna es tan
escasa que anulará, por desgracia, los efectos de su belleza y buenas cualidades. Así pues, como no puedo
deducir de todo esto que haya procedido sinceramente al rechazarme, optaré por atribuirlo a su deseo de
acrecentar mi amor con el suspense, de acuerdo con la práctica acostumbrada en las mujeres elegantes.
––Le aseguro a usted, señor, que no me parece nada elegante atormentar a un hombre respetable.
Preferiría que me hiciese el cumplido de creerme. Le agradezco una y mil veces el honor que me ha hecho
con su proposición, pero me es absolutamente imposible aceptarla. Mis sentimientos, en todos los aspectos,
me lo impiden. ¿Se puede hablar más claro? No me considere como a una mujer elegante que pretende
torturarle, sino como a un ser racional que dice lo que siente de todo corazón.
––¡Es siempre encantadora! ––exclamó él con tosca galantería––. No puedo dudar de que mi
proposición será aceptada cuando sea sancionada por la autoridad de sus excelentes padres.
Ante tal empeño de engañarse a sí mismo, Elizabeth no contestó y se fue al instante sin decir
palabra, decidida, en el caso de que Collins persistiese en considerar sus reiteradas negativas como un
frívolo sistema de estímulo, a recurrir a su padre, cuyo rechazo sería formulado de tal modo que resultaría
inapelable y cuya actitud, al menos, no podría confundirse con la afectación y la coquetería de una dama
elegante.

CAPÍTULO XX
A Collins no lo dejaron mucho tiempo meditar en silencio el éxito de su amor; porque la señora
Bennet que se había quedado en el vestíbulo esperando el final de la conversación, en cuanto vio que
Elizabeth abría la puerta y se dirigía con paso veloz a la escalera, entró en el comedor y felicitó a Collins,
congratulándose por el venturoso proyecto de la cercana unión. Después de aceptar y devolver esas
felicitaciones con el mismo alborozo, Collins procedió a explicar los detalles de la entrevista, de cuyo
resultado estaba satisfecho, pues la firme negativa de su prima no podía provenir, naturalmente, más que de
su tímida modestia y de la delicadeza de su carácter.
Pero sus noticias sobresaltaron a la señora Bennet. También ella hubiese querido creer que su hija
había tratado únicamente de animar a Collins al rechazar sus proposiciones; pero no se atrevía a admitirlo,
y así se lo manifestó a Collins.
––Lo importante ––añadió–– es que Lizzy entre en razón. Hablaré personalmente con ella de este
asunto. Es una chica muy terca y muy loca y no sabe lo que le conviene, pero ya se lo haré saber yo.
––Perdóneme que la interrumpa ––exclamó Collins––, pero si en realidad es terca y loca, no sé si,
en conjunto, es una esposa deseable para un hombre en mi situación, que naturalmente busca felicidad en el
matrimonio. Por consiguiente, si insiste en rechazar mi petición, acaso sea mejor no forzarla a que me
acepte, porque si tiene esos defectos, no contribuiría mucho que digamos a mi ventura.
––Me ha entendido mal ––dijo la señora Bennet alarmada––. Lizzy es terca sólo en estos asuntos.
En todo lo demás es la muchacha más razonable del mundo. Acudiré directamente al señor Bennet y no
dudo de que pronto nos habremos puesto de acuerdo con ella.
Sin darle tiempo a contestar, voló al encuentro de su marido y al entrar en la biblioteca exclamó:
–¡Oh, señor Bennet! Te necesitamos urgentemente. Estamos en un aprieto. Es preciso que vayas y
convenzas a Elizabeth de que se case con Collins, pues ella ha jurado que no lo hará y si no te das prisa,
Collins cambiará de idea y ya no la querrá.
Al entrar su mujer, el señor Bennet levantó los ojos del libro y los fijó en su rostro con una
calmosa indiferencia que la noticia no alteró en absoluto. ––No he tenido el placer de entenderte ––dijo

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