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Los fantasmas de scrooge Charles Dickens .pdf



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CANCIÓN DE NAVIDAD

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305-469-6796
Miami, Florida
Incorporada en la Florida en 1995

Canción de Navidad

Charles Dickens

CHARLES DICKENS

El fantasma de Marley

2

CANCIÓN DE NAVIDAD

Facsímil de la página titular original

3

CHARLES DICKENS

Los fantasmas de los usureros
A Christmas Carol
A Ghost Story of Christmas
Charles Dickens
Illustrations by John Leech
eBook by Alexandria Library Incorporated

4

CANCIÓN DE NAVIDAD

ÍNDICE
ILUSTRACIÓN: El fantasma de Marley ..................2
ILUSTRACIÓN: Los fantasmas de los usureros...........4
ILUSTRACIÓN: La fiesta del Señor Mr. Fezziwig ..6
PREFACIO .....................................................7
ILUSTRACIÓN: Scrooge extinguel al primero de los tres

espectros..........................................................8
PRIMERA ESTROFA .........................................9
EL FANTASMA DE MARLEY ............................10
ILUSTRACIÓN: El tercer visitante de Scrooge’s ........36
SEGUNDA ESTROFA .....................................37
EL PRIMERO DE LOS TRES ESPECTROS ..........38
ILUSTRACIÓN: Ignorancia y deseo .....................66
TERCERA ESTROFA .......................................67
EL SEGUNDO DE LOS TRES ESPECTROS .........65
ILUSTRACIÓN: El último de los tres espectros .......106
CUARTA ESTROFA ......................................107
EL ÚLTIMO DE LOS ESPECTROS ...................108
ILUSTRACIÓN: Scrooge y Bob Cratchit .............132
QUINTA ESTROFA .......................................133
FIN ...........................................................134
5

CHARLES DICKENS

La fiesta del Señor Mr. Fezziwig

6

CANCIÓN DE NAVIDAD

PREFACIO
Me he esforzado en este pequeño libro para
levantar el fantasma de una Idea que no
pondrá a mis lectores de mal humor consigo
mismos, con otros, con la estación invernal
ni conmigo. Entonces los fantasmas podrán
frecuentar sus casas agradablemente y nadie
deseará abandonarlas.
Su fiel Amigo y Sirviente,
C. D.
Diciembre, 1843.

7

CHARLES DICKENS

Scrooge extingue al primero de los tres espectros

8

CANCIÓN DE NAVIDAD

PRIMERA ESTROFA
EL FANTASMA DE MARLEY

9

CHARLES DICKENS

Marley estaba muerto, dicho sea para empezar.
Sobre esto no podía haber duda de ninguna clase. El
registro de su defunción fue firmado por el capellán, el
escribano, el director de la funeraria y el encargado del
cementerio. Scrooge también lo firmó. Y el nombre de
Scrooge era digno de crédito en cualquier documento
en que se viera estampado.
El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo
de una puerta, como se dice vulgarmente.
¡Alto ahí! No quiero decir que sepa, por propia
experiencia, que exista una muerte especial para el
clavo de una puerta. Antes me inclinaría a creer que
un clavo de ataúd es la pieza de ferretería más muerta
que existe en el comercio. Pero la sabiduría de nuestros
antecesores gustaba de los símiles y mis profanas
manos no intervendrán en ello, ni el país lo haría. Por
lo tanto, me permitiréis que repita enfáticamente que
Marley estaba muerto como el clavo de una puerta.
¿Sabía Scrooge que Marley estaba muerto? Claro
que sí. ¿Cómo podía ser de otra manera? Scrooge y él
habían sido socios no sé cuántos años. Scrooge fue su
único albacea testamentario, su solo administrador, su
exclusivo beneficiario a título universal, su íntimo amigo
y el único que lo lloró. Y que no sólo se sintió sumamente
afligido por acontecimiento tan desgraciado, sino que
dio pruebas de ser un excelente hombre de negocios
el mismo día de su entierro, solemnizándolo con la
conclusión de un negocio seguro.
El hecho de mencionar el entierro de Marley me
obliga a retroceder al punto de partida. No había ninguna
clase de duda de que Marley estaba muerto. Esto debe
10

CANCIÓN DE NAVIDAD

quedar absolutamente sentado, pues de lo contrario
nada maravilloso podría desprenderse de la historia
que voy a relatar. Si no estuviésemos perfectamente
convencidos de que el padre de Hamlet había muerto
antes de que comenzara el drama, no hallaríamos nada
excepcional en que aquél se diera un paseo, en medio
de la tempestad, por su propia fortaleza, como no lo
hubiera sido que cualquier otro caballero de mediana
edad diera unas vueltas temerariamente, después de la
caída de la noche, por un lugar azotado por el viento
con el simple motivo de atemorizar la débil mente de
su hijo.
Scrooge no borró nunca del negocio de ambos el
nombre del viejo Marley. Allí estaba, años más tarde,
sobre la puerta de la tienda: “Scrooge y Marley”. La
sociedad era conocida así y algunas gentes nuevas en
el negocio lo llamaban Scrooge y, a veces, Marley, pero
él respondía indistintamente por ambos nombres. Para
él, daba lo mismo.
¡Oh! ¡Pero era muy exigente e inflexible en el
trabajo de cada día, el tal Scrooge! Estrujaba, retorcía,
avasallaba, agarrotaba fuertemente a las personas con
quienes trataba. Duro y áspero como un pedernal
del que ningún acero había sacado nunca una llama
generosa; reservado, introvertido y solitario como
una ostra. Un frío interior helaba su viejo semblante,
escarchaba su nariz puntiaguda, arrugaba sus mejillas,
atiesaba su paso; enrojecía sus ojos, daba un tinte azul a
sus delgados labios y le hacía hablar chirriante con una
voz aguda. Había una canosa escarcha en su cabeza, en
las cejas y en la rígida barbilla; helaba en su trastienda,
11

CHARLES DICKENS

en los fríos días de invierno, y no se deshelaba ni un
grado por Navidad.
El calor o el frío exterior tenían poca influencia
en Scrooge. Ningún calor podía calentarlo, ni ningún
tiempo invernal aterirlo. Ninguno de los vientos que
soplaban era más cortante que él, ninguna nevada
más tenaz en su propósito, ni lluvia torrencial menos
dispuesta a la clemencia. El mal tiempo no podía nunca
dominarlo. La lluvia más densa, y la nieve, y el granizo,
y la nevisca, sólo podían jactarse de aventajarle en un
solo aspecto: a menudo caían dulcemente y Scrooge,
jamás.
Nadie le había detenido nunca en la calle para
decirle, con alegría: “Mi querido Scrooge, ¿cómo anda
el negocio? ¿Cuándo vendréis a verme?” Ningún
pordiosero se le acercaba para pedirle una limosna,
ningún niño se hubiera atrevido a preguntarle la hora,
ningún hombre ni mujer, ni una vez en su vida, lo
habían abordado para que les indicara el camino hacia
tal o cual lugar. Hasta los perros de los ciegos parecían
conocerle; y cuando lo veían acercarse, arrastraban a
sus propietarios hacia portales o callejuelas, y entonces
meneaban sus colas como si dijesen: “¡Que no te vea
nadie es mejor a que te vea el diablo, amo que discurres
en la sombra!”
Pero, a él, ¿qué podía importarle? Era
precisamente lo que le gustaba: abrirse paso a través
de los senderos de la vida, advirtiendo, a todo intento
de expresión de simpatía humana, que debía guardar
las distancias; y era por eso que quienes lo conocían
consideraban a Scrooge como un estrafalario.
12

CANCIÓN DE NAVIDAD

Érase una vez el mejor de todos los días del
año, la víspera de Navidad... El viejo Scrooge estaba
sentado, atareado, en su despacho. Hacía un tiempo
frío y sombrío que se metía en los huesos, y además
neblinoso, y podía oír cómo la gente circulaba de un
lado a otro del patio exterior resollando, golpeándose
los sobacos con las manos y dando patadas sobre las
piedras del pavimento para calentarse los pies. Las
campanas de la ciudad habían acabado de tocar las
tres, pero ya estaba muy oscuro —durante todo el día
había habido poca luz— y se veían velas encendidas
en las ventanas de las oficinas vecinas, como manchas
rojizas en el denso aire negruzco. La niebla se filtraba
por cada grieta y cada cerradura, y era tan densa en el
exterior, que, aunque el patio era estrechísimo, las casas
de enfrente aparecían como desdibujados fantasmas.
Viendo caer la neblina sucia que lo oscurecía todo, se
hubiera creído que la naturaleza vivía muy cerca y se
dedicaba a fabricar cerveza en gran escala.
La puerta del despacho de Scrooge estaba
abierta para permitirle vigilar a su dependiente,
quien a poca distancia, en un cuartucho oscuro, una
especie de almacén, estaba copiando cartas. Scrooge
tenía un pequeño fuego, pero el del dependiente era
tan minúsculo, que parecía un residuo de brasa. Pero
no podía poner más carbón porque Scrooge guardaba
la caja del carbón en su propio cuarto, y con toda
seguridad, si el dependiente hubiese entrado en el
cuarto, el dueño le hubiera indicado que no tenía nada
que hacer allí. Por lo cual prefería ponerse su bufanda
blanca y procurar calentarse a la débil luz de una vela,
13

CHARLES DICKENS

en cuyo esfuerzo, no tratándose de un hombre de gran
imaginación, fracasaba.
—¡Felices Navidades, tío! ¡Que Dios os guarde!
—gritó una voz alegre. Era la del sobrino de Scrooge,
el cual se había introducido tan rápidamente en la
casa, que estas voces eran la primera noticia de su
presencia.
—¡Bah! —dijo Scrooge—. ¡Farsante!
Se había acalorado tanto con su rápida carrera
a través de la niebla y la escarcha, que su figura
resplandecía; su rostro aparecía sonrosado y hermoso,
sus ojos centelleaban y su aliento humeaba.
—¿La Navidad una farsa, tío? —respondió el
sobrino de Scrooge—. Seguro que no habéis querido
decir eso.
—¡Claro que sí! —replicó Scrooge—. ¡Felices
Navidades! ¿Qué derecho tienes tú a estar alegre? Eres
demasiado pobre.
—¡Vaya, vaya! —repuso el sobrino jovialmente—.
¿Y qué derecho tenéis vos a sentiros desgraciado? ¿Qué
razón para estar malhumorado? Sois bastante rico como
para albergar sentimientos totalmente diferentes.
Scrooge, como que no tenía una respuesta a
punto con que replicar en aquel momento dijo: “¡Bah!”
otra vez y añadió simplemente: como un homenaje a la
Navidad, y conservaré mi buen humor navideño hasta
el final. Por tanto, ¡felices Navidades, tío!
—Buenas tardes —respondió Scrooge.
—¡Y próspero Año Nuevo!
—¡Buenas tardes! —insistió Scrooge.
A pesar de todo, su sobrino abandonó la casa
14

CANCIÓN DE NAVIDAD

sin una sola palabra de enojo. Se detuvo en la puerta
de entrada para desear felices fiestas al escribiente,
quien, tan frío como estaba, todavía se sentía más
cálido que Scrooge, puesto que devolvió el saludo
cordialmente.
—Este es otro que tal anda —murmuró Scrooge,
que le había oído por casualidad—; mi escribiente,
con quince chelines semanales, una esposa y familia,
hablando de felices Pascuas. ¡Prefiero que me encierren
en una casa de locos!
Este pobre necio, al despedir al sobrino de
Scrooge, había hecho entrar a dos caballeros. Su
porte era elegante, de buen ver, y entraron en el
despacho de Scrooge quitándose los sombreros. En
sus manos llevaban libros y papeles, y saludaron
ceremoniosamente.
—Estamos en la casa “Scrooge y Marley”, por
supuesto —dijo uno de los caballeros, refiriéndose a la
lista que consultaba—. ¿Tengo el gusto de dirigirme al
señor Scrooge o al señor Marley?
—El señor Marley hace siete años que falleció
—replicó Scrooge—. Hace siete años, esta misma
noche.
—No dudamos de que su liberalidad estará
bien representada por su socio superviviente —dijo el
caballero, mostrando sus credenciales.
¡Ni que decir tiene que estaba bien representada
en este aspecto pues ambos eran espíritus gemelos!
Al oír la ominosa palabra “liberalidad”, Scrooge,
frunciendo el entrecejo, movió rápidamente la cabeza
y devolvió los papeles que acababan de darle.
15

CHARLES DICKENS

—En estos festivos días de cada año, señor
Scrooge —dijo el caballero, sacando una pluma—,
es una costumbre inveterada y deseable que nos
propongamos crear una pequeña provisión para los
pobres y los abandonados, que tanto sufren en estos
duros tiempos. Existen muchos miles que se encuentran
faltos de lo más necesario; centenares de miles carecen
de lo más elemental para subsistir, caballero.
—Pero ¿es que no hay prisiones?
—Multitud de cárceles —dijo el caballero,
volviendo a guardar su pluma en el bolsillo.
—Y
los
asilos
sindicales,
¿continúan
funcionando? —preguntó Scrooge.
—Efectivamente; no obstante —insistió el
caballero—, preferiría poder decir que han sido
cerrados.
—El molino de disciplina y la ley de pobres,
¿están todavía en vigor, no es cierto?
—Ambos trabajan de lo lindo, señor.
—¡Oh!, mucho temía, con lo que habéis dicho
en un principio, que algo hubiera ocurrido que
interrumpiese su empleo —dijo Scrooge—. Me place
que no sea así.
—Bajo la impresión de que ambas prácticas no
dan a la multitud la necesaria tranquilidad de espíritu
y el reposo físico que anhela todo cristiano —explicó
de nuevo el caballero—, algunos de nosotros hemos
emprendido la tarea de levantar un fondo para comprar
a los pobres alimentos, bebidas y medios de calentarse.
Hemos escogido estos días porque ofrecen una ocasión,
como otras muchas, en que la necesidad se deja sentir
16

CANCIÓN DE NAVIDAD

más crudamente y la abundancia aumenta el regocijo.
¿Con cuánto os apunto?
—Con nada —replicó Scrooge.
—¡Ah! ¿Deseáis guardar el anónimo?
—Lo que deseo es que me dejéis solo —gruñó
Scrooge—. Puesto que me preguntáis qué es lo que
deseo, he ahí mi respuesta: No me siento alegre
en Navidad y no puedo permitirme alegrar a los
holgazanes. Ya ayudo a sostener a los dos organismos
que he mencionado... ya cuestan bastante; y aquellos
que se encuentren en dificultades deben ir allí.
—Pero muchos no pueden ir allí, y otros morirían
si fuesen.
—Si muriesen —contestó Scrooge—, sería mejor
para ellos, y disminuirían así el exceso de población.
Por otra parte, excusadme, pero no estoy al corriente
de estas cosas.
—Pero debéis conocerlas —observó el
caballero.
—No son problemas que me incumban
—insistió Scrooge—. Ya es suficiente, para un hombre,
que conozca su negocio y no interfiera en los de los
demás. Los míos me tienen ocupado constantemente.
¡Buenas tardes, señores!
Viendo con toda claridad que era inútil proseguir
sus razonamientos, los caballeros se retiraron. Scrooge
terminó sus trabajos con mejor opinión de sí mismo y
un humor juguetón poco corriente en él.
Mientras tanto, la niebla y la oscuridad se
hicieron tan densas, que la gente transitaba con
resplandecientes hachones, prefiriéndolos a caminar
17

CHARLES DICKENS

delante de los caballos de los coches para guiarlos en
su camino. La antigua torre de una iglesia, cuya vieja
y ronca campana estaba constantemente atisbando a
Scrooge a través de una ventana gótica, se hizo
invisible, pero continuaban sonando las horas y los
cuartos entre la neblina, con trémulas vibraciones
prolongadas, como si sus dientes rechinasen en su
helada cabeza, allí, en las alturas. El frío se hizo intenso.
En la calle mayor, en el rincón del patio, algunos
obreros estaban reparando las conducciones de gas y
habían encendido un gran fuego en un brasero
alrededor del cual un grupo de hombres y niños
harapientos se había reunido, calentándose las manos
y pestañeando sus ojos con éxtasis ante las llamas. La
boca de agua, que habían dejado sola, se derramaba
con triste resentimiento y se convertía en misantrópicos
carámbanos. La brillantez de las tiendas, donde
ramitos de acebo y de hayas chispeaban al calor de las
lámparas de los escaparates, daba un color rosado a
las caras de los transeúntes cuando pasaban ante ellas.
Los comercios de pollería y comestibles constituían un
juego alegre, un espléndido espectáculo, ante el cual
era casi imposible creer que actividades tan insípidas
como los tratos de compra y venta tuviesen algo que
ver con ello. El alcalde en la fortaleza de su magnífico
palacio, daba órdenes a sus cincuenta cocineros y
mayordomos para que las Navidades fuesen tales
como correspondían al hogar de un alcalde; e incluso
el sastrecillo, que había sido multado con cinco chelines
el lunes pasado por embriaguez y actos de crueldad
en la calle, se ocupaba de revolver el budín de las
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CANCIÓN DE NAVIDAD

próximas fiestas en su desván, mientras su flaca mujer
y su pequeñuelo salivaban a la calle para comprar la
carne.
¡La neblina era cada vez más espesa y helada!
Un frío punzante, agudo, penetraba hasta los huesos.
Si el bueno de San Dunstan hubiese mordido la nariz
del diablo con un poco de aquel tiempo inclemente, en
vez de servirse de sus armas familiares, a buen seguro
se hubiera regocijado con tan despiadada ocurrencia.
Un hombre con nariz corta, mordida y roída por el frío
como los perros roen los huesos, se había detenido ante
la puerta de Scrooge para obsequiarle con un villancico;
pero, a los primeros sonidos de
¡Que Dios les premie, señores, con gozo y les libre de
penas!
Scrooge tomó una regla con tal energía de
movimientos, que el cantante huyó aterrorizado,
dejando abierta la puerta al paso de la niebla y su
inherente escarcha.
Al fin llegó la hora de cerrar el despacho. De
mala gana, Scrooge bajó de su escabel y, tácitamente,
admitió el hecho de la festividad ante el expectante
dependiente retirado en el almacén, quien al instante
sopló la vela y se puso el sombrero.
—Supongo que mañana querrás disponer de
todo el día —le dijo Scrooge.
—Es lo más corriente, señor.
—Ni es corriente —replicó Scrooge—, ni está
bien. Si yo te quitara media corona por tu día de fiesta,
considerarías que abuso de ti. ¿Me equivoco?
El escribiente sonrió levemente.
19

CHARLES DICKENS

—Y, en cambio —continuó Scrooge—, no crees
abusar de mí cuando recibes un día de paga por no
hacer nada.
El dependiente le hizo observar que era sólo
una vez al año.
—Una pobre excusa para desplumar el bolsillo de
un ciudadano cada veinticinco de diciembre —exclamó
Scrooge, abotonándose el abrigo hasta la barbilla—.
Supongo que querrás todo el día, ¡claro! Procura estar
aquí tan pronto como puedas, a la mañana siguiente.
El dependiente prometió que así lo haría y
Scrooge salió refunfuñando. El despacho quedó
cerrado en un instante, y el escribiente, con los largos
extremos de su bufanda de lana saliéndole por debajo
de la chaqueta (porque no llevaba abrigo), se fue a dar
una vuelta por Cornhill, al fin de una callejuela donde
jugaban unos muchachos, en honor a que era la víspera
de Navidad, y luego volvió a casa por Camden Town
tan apresuradamente como pudo, para poder jugar a
la gallina ciega.
Scrooge comió su melancólica cena en su
acostumbrada melancólica taberna y, una vez que
hubo leído todos los periódicos y engañado el resto
de la noche con su libreta de cuentas, se marchó a la
cama. Habitaba las habitaciones que antaño habían
pertenecido a su difunto socio, las cuales constituían
una lúgubre serie de salas y formaban una imponente
mole construida sobre un patio. Estaba esta vivienda tan
abandonada, que únicamente podía creerse que había
sido habitada cuando era una casa nueva; y parecía
estar jugando al escondite con los otros edificios y
20

CANCIÓN DE NAVIDAD

haber olvidado el camino de salida. Había llegado a ser
lo suficiente vieja y triste para que nadie viviera en ella,
excepto Scrooge, y por ello el resto de las habitaciones
se habían destinado a despachos. El patio estaba tan
oscuro, que hasta Scrooge, que conocía una a una todas
las piedras, se veía obligado a tentarlas con las manos.
La niebla y la escarcha se habían pegado de tal manera
a la vieja y negruzca entrada de la casa, que parecía
que los espíritus del tiempo se habían quedado en el
umbral, sumidos en una lúgubre meditación.
Fuera de esto, nada había allí de particular,
excepto que el llamador de la puerta era muy grande.
También hay que puntualizar que Scrooge lo había
visto en aquel mismo sitio, día y noche, durante todo el
tiempo que residió en aquel lugar; y hay que añadir que
Scrooge le tenía tan poca afición como cualquier otro
hombre de la ciudad de Londres, incluyendo —lo que
resulta ser un concepto atrevido— el Ayuntamiento,
los concejales y los maceros. Téngase presente que
Scrooge no había destinado ningún pensamiento más
a Marley desde aquella tarde, hacía ahora siete años, en
que dedicó a su difunto asociado el último homenaje.
Y, a pesar de ello, que me explique quien pueda, si
alguien puede, cómo es que Scrooge, teniendo su llave
en la cerradura de la puerta, vio en la aldaba, sin que
mediara ningún proceso de mutación, no a la aldaba,
sino al propio rostro de Marley.
El rostro de Marley. No se hallaba envuelto en
una sombra impenetrable, como los demás objetos
de la callejuela, sino que lo cubría una luz lúgubre,
como una langosta mala en un sótano tenebroso. Su
21

CHARLES DICKENS

expresión no era enojada ni furiosa, sino que miraba a
Scrooge como Marley acostumbraba a hacerlo en vida:
con unas gafas fantasmales montadas sobre su frente
espectral. El cabello se movía curiosamente, como si
lo agitara un aliento o aire caliente; y, aunque sus ojos
estaban abiertos por completo, permanecían inmóviles.
Esto y su color lívido le daban un aspecto horrible;
pero su horror parecía imponerse a pesar de su cara y
más allá de su control, más que formando parte de su
propia expresión.
Pero cuando Scrooge miraba fijamente tal
fenómeno, volvía a aparecerle la aldaba.
Si dijésemos que no se sentía sobrecogido, o que
su sangre no estaba oprimida por una terrible sensación
que no había experimentado desde la infancia, sería
mentir. Pero puso su mano sobre la llave que había
soltado, le dio la vuelta con firmeza, entró en la casa y
encendió su vela.
Se quedó parado, en un momento de indecisión,
antes de cerrar la puerta; y miró cautelosamente ante sí
como si medio esperase verse aterrorizado por la visión
de la coleta de Marley asomando por la parte trasera
de la puerta de entrada. Pero no había nada detrás de
ella, a excepción de los clavos y tornillos que sostenían
el picaporte. De manera que exclamó: “¡Bah! ¡Bah!” y
la cerró de un golpe.
El ruido resonó por la casa como un trueno.
Cada una de las habitaciones de arriba y cada bóveda
de las bodegas del comerciante de vinos de abajo,
parecían poseer un juego de ecos separados. Scrooge
no era hombre que se dejara atemorizar por los ecos.
22

CANCIÓN DE NAVIDAD

Apretó la puerta, avanzó a través del zaguán y subió
por la escalera; esto sí, despacio; despabilando la vela
a medida que avanzaba.
Podéis imaginaros vagamente que tenéis que
conducir una carroza de seis caballos subiendo por
un tramo de escalones, o capear una reciente ley del
Parlamento; pero yo quiero solamente hablaros de
subir por dicha escalera a un coche fúnebre tomándolo
con precaución, es decir, poniendo la lanza cerca de la
pared y la portezuela hacia las balaustradas; y hubierais
podido efectuarlo fácilmente. Había suficiente anchura
para ello, y espacio sobrante; lo que constituía quizás
la razón de que Scrooge creyera que veía una carroza
fúnebre avanzando ante él hacia las tinieblas. Ni media
docena de lámparas de gas en la calle hubieran bastado
para iluminar bien el vestíbulo, de manera que podéis
suponer que, con la sola vela de sebo de Scrooge, éste
estaba totalmente a oscuras.
Scrooge siguió adelante sin importarle un pepino
la situación. La oscuridad es barata, y a Scrooge le
gustaba esta circunstancia. Pero cerró la pesada puerta
y se dio un paseo por sus habitaciones para cerciorarse
de que todo estaba en orden. Tenía suficientes razones
para hacerlo.
El cuarto de estar, el dormitorio, el trastero...
Todos cuantos había para inspeccionar. Nadie bajo
la mesa; nadie debajo del sofá; un pequeño hogar en
su parrilla; la jarra y una jofaina estaban a punto, y
la pequeña cacerola de avenate (Scrooge sufría de un
resfriado de cabeza), en la repisa de la chimenea. Nadie
debajo de la cama; nadie en la alacena; nada dentro de
23

CHARLES DICKENS

la bata, que estaba colgada en una sospechosa actitud
contra la pared. Un trastero, como es costumbre. Un
guarda-fuego, viejos zapatos, dos cestos para pescado,
una palangana sobre tres pies y un hurgón para el
fuego.
Muy satisfecho, cerró la puerta y se encerró
por dentro dando doble vuelta a la llave, lo que no era
costumbre en él. Así se sentía a cubierto de sorpresas.
Se quitó la corbata, se puso la bata, las zapatillas y el
gorro de noche, y se acomodó ante el fuego para tomar
su avenate.
Se trataba de un fuego más bien escaso, que no
llegaba a calentar en una noche tan cruda.
Se vio obligado a sentarse muy cerca del
hogar, casi como si lo encorvara, antes de poder
extraer la mínima sensación de calor de tal puñado de
combustible. La chimenea era muy vieja, construida por
algún comerciante holandés hacía muchísimo tiempo, y
estaba pavimentada con curiosas baldosas holandesas,
adornadas con dibujos de escenas bíblicas. Había Caínes
y Abeles, hijas de Faraón, reinas de Saba, mensajeros
celestes descendiendo por los aires sobre nubes como
colchones de plumas, Abrahames, Baltasares, apóstoles
haciéndose a la mar en barcas... en fin, centenares de
figuras puestas allí para hacerlo pensar; y, aun así, el
rostro de Marley, muerto hacía siete años y aparecido
como la varita del antiguo profeta, desvaneció todo lo
demás. Si cada baldosa hubiese estado en blanco en un
principio, con el poder de imprimir en su superficie
algún dibujo aprovechando fragmentos separados de
sus pensamientos, en cada una de ellas hubiera habido
24

CANCIÓN DE NAVIDAD

una copia de la cabeza de Marley.
—¡Pura farsa! —se dijo Scrooge, y comenzó a
pasearse por la habitación.
Después de varias vueltas, se volvió a sentar. Al
inclinar la cabeza en el respaldo del sillón, su mirada se
detuvo en una campana, una campana en desuso que
pendía en la sala y comunicaba, con algún propósito
olvidado, con otra habitación, en la primitiva estructura
del edificio. Fue con gran sorpresa y un pavor terrible,
inexplicable, que, al mirarla, vio que la campana
empezaba a balancearse. Se movió tan suavemente al
principio, que casi no producía ningún ruido; pero de
pronto repicó fuertemente, y lo mismo hicieron todas
las campanas de la casa.
Esto pudo durar medio minuto, o un minuto,
pero pareció una hora. Las campanas cesaron tal como
habían empezado, juntas. Fueron seguidas de un
ruido metálico en las profundidades del caserón, como
si alguna persona estuviera arrastrando una pesada
cadena sobre los toneles de la bodega del comerciante
en vinos. Scrooge recordó entonces haber oído decir que
los fantasmas, en las casas encantadas, manifestaban
su presencia arrastrando cadenas.
La puerta de la bodega se abrió de repente con
estruendo, y luego oyó un ruido mucho mayor en las
plantas inferiores, que empezó a subir por las escaleras
y se dirigió directamente hacia su puerta.
—¡La farsa continúa todavía! —se dijo Scrooge—.
No puedo creer en ello.
No obstante, su rostro palideció cuando, sin
ninguna pausa, el ruido atravesó la pesada puerta
25

CHARLES DICKENS

y penetró en la habitación ante sus ojos. Al penetrar
en ella, la moribunda llama dio un salto, como si
exclamase: “¡Lo conozco; es el espectro de Marley!”, y
languideció de nuevo.
La misma cara, idéntica. Marley, con la coleta de
su peluca, su acostumbrado chaleco, su calzón ceñido,
de malla, y sus botas; las hilachas de las borlas de éstas
se erizaban, como las de su coleta, y las de los faldones
de su vestido, y el pelo de su cabeza. La cadena que
arrastraba estaba atada en su mitad. Era larga y
enrollada a su cuerpo como una cola; y estaba hecha
(pues Scrooge la observó de cerca) de cajas metálicas,
llaves, candados, libros mayores, escrituras y pesadas
bolsas forjadas de acero. Su cuerpo era transparente,
de manera que
Scrooge, al observarlo, mirándolo a través de
su chaleco, podía ver los dos botones de la espalda de
su traje.
Scrooge había oído decir a menudo que Marley
no tenía entrañas, pero nunca, hasta entonces, lo había
creído.
No, no lo creía ni aun entonces. Aunque miraba
al fantasma una y otra vez, y lo veía de pie ante él,
aunque sufría la influencia escalofriante de la frialdad
mortal de sus ojos y distinguía hasta el tejido de su
pañuelo, doblado en torno a la cabeza y la barbilla,
envoltura que no había advertido antes, todavía se
sentía incrédulo y luchaba con sus propios sentidos.
—.Cómo? —dijo Scrooge, cáustico e inmutable
como siempre—. ¿Qué queréis de mí?
—¡Mucho!
26

CANCIÓN DE NAVIDAD

Era la voz de Marley, sin duda alguna.
— ¿Quién sois?
—Preguntadme mejor quién era.
—Bien, pues decidme quién erais —exclamó
Scrooge, levantando la voz—. Sois bastante quisquilloso
para una sombra.
Iba a decir: “para ser una sombra”, pero omitió
el verbo, por considerarlo más apropiado.
—En vida era vuestro asociado, Jacob Marley.
—¿Podéis... podéis sentaros? —preguntó
Scrooge, mirándole dudoso.
—Puedo.
—Entonces, hacedlo.
Scrooge formuló la pregunta porque no sabía
si un fantasma tan transparente se encontraba en
situación de tomar asiento, y suponía que, si no podía
hacerlo, provocaría la necesidad de una explicación
enojosa. Pero el espectro se sentó en el lado opuesto
de la chimenea como si estuviera muy acostumbrado
a hacerlo.
—¿No creéis en mí? —observó el fantasma.
—No —respondió Scrooge.
—¿Qué evidencia queréis tener de mi realidad,
además de la que os dan vuestros sentidos?
— No sé —le contestó Scrooge.
—¿Por qué dudáis de vuestros sentidos?
—Porque —dijo Scrooge— cualquier cosa los
afecta. Un ligero desorden en el estómago influye
en ellos. Vos mismo podéis ser un trozo de buey
indigestado, un poco de mostaza, una miga de queso,
un pedazo de patata a medio asar. ¡Hay más salsa que
27

CHARLES DICKENS

sepultura en vos, quienquiera que seáis!
Scrooge no estaba acostumbrado a decir chistes;
por lo tanto, en lo profundo de su corazón no se sentía
nunca chistoso. La verdad era que ahora procuraba
ser agudo como una manera de distraer su propia
atención y reprimir su terror, porque la voz del espectro
perturbaba hasta la misma médula de sus huesos.
Sentarse y mirar fijamente aquellos ojos helados
e inmóviles, en silencio por un momento, sería tratarlo,
al menos así lo creía Scrooge, con las mismas artes
diabólicas. Había notado algo muy impresionante,
también, en el hecho de que el espectro se presentaba
rodeado de una atmósfera infernal que lo envolvía.
Scrooge podía no creer en ella, pero era indudable
que estaba allí, ante él; porque aunque el fantasma
estaba sentado perfectamente inmóvil, sus cabellos,
los faldones e hilachas de sus vestidos continuaban
agitados como por el vapor caliente de un horno.
—¿Veis este mondadientes? —dijo Scrooge,
volviendo a la carga al instante, por la razón que acaba
de manifestarse, y deseando, aunque fuera sólo por
un segundo, apartar de sí la visión pétrea de aquella
mirada helada.
—Lo veo —replicó el fantasma.
—No lo estáis mirando —añadió Scrooge.
—Sin embargo, lo veo —dijo el espectro.
—Bien; pues, si quisiese hacerlo —insistió
Scrooge—, no tendría más que tragarme eso y por el
resto de mis días me vería perseguido por una legión
de duendecillos, todos ellos de mi propia creación. ¡Es
una farsa, os lo digo yo, una mera farsa!
28

CANCIÓN DE NAVIDAD

En aquel momento el espíritu exhaló un grito
espantoso y movió la cadena con un ruido tan lúgubre
y aterrador, que Scrooge tuvo que sujetarse con fuerza
a la silla para no caer desmayado. Pero mayor fue aun
su horror cuando el fantasma quitóse la venda que
rodeaba su cabeza, como si fuera demasiado calurosa
para llevarla puertas adentro, y Scrooge vio que su
mandíbula inferior caía sobre su pecho.
Scrooge se dejó caer de rodillas con las manos
sobre el rostro.
—¡Piedad! —gimió—. Terrible aparición, ¿por
qué me estáis torturando?
—Hombre de mente terrenal —replicó el
espectro—, ¿creéis en mí o no?
—Sí, creo —confesó Scrooge—. Debo hacerlo.
Pero ¿cómo ocurre eso de que los espíritus se paseen
por la tierra y vengan a mí?
—Es obligatorio, para cada hombre —replicó
el fantasma—, que el espíritu que hay en él pueda
pasearse entre los demás hombres y viajar mucho y
lejos, y si este espíritu no sale en vida, está condenado
a hacerlo después de la muerte. Está condenado a
vagar por el mundo, ¡ay de mí!, y testimoniar lo que no
puede compartir, pero hubiera podido compartir en la
tierra y participar en la felicidad.
Nuevamente el espectro lanzó un gemido y
removió sus cadenas, retorciendo sus fantasmales
manos.
—Estáis
encadenado
—dijo
Scrooge,
temblando—. ¡Decidme por qué!
—Llevo las cadenas que me forjé en vida
29

CHARLES DICKENS

—replicó el fantasma—, eslabón a eslabón, yarda a
yarda las ajusté según mi propia voluntad y por mi
voluntad las llevo ahora. ¿Os choca su modelo?
Scrooge temblaba más y más.
—¿O conocéis —prosiguió el fantasma— el
peso y la longitud de la fuerte cadena que lleváis vos
mismo? Era tan pesada y larga como ésta, hace siete
vísperas de Navidad. Desde entonces, ¡cuánto habéis
trabajado en ella! Es una cadena fuerte y maciza.
Scrooge miró a su alrededor, por el suelo, en
espera de encontrarse rodeado de cincuenta o sesenta
fantasmas de cable de hierro, pero no pudo ver nada.
—Jacob —dijo, implorante—, mi buen Jacob,
¡habladme más! ¡Habladme para animarme, Jacob!
—No tengo nada que proporcionaros —replicó
el espectro—. Y lo que podría viene de otros mundos,
Ebenezer Scrooge, y es distribuido por otros ministros
a otras clases de hombres. Tampoco puedo deciros lo
que querría. Un poquito más, sólo un poquito, me está
permitido. No puedo detenerme, no puedo descansar,
no puedo demorarme en ninguna parte. Mi espíritu
nunca fue más allá de nuestra tienda. ¡Oíd lo que digo!
En vida, mi espíritu no vagó nunca más allá de los
estrechos límites del cuchitril donde trabajábamos; y
largos y agotadores días se extendían ante mí.
Era costumbre en Scrooge, cuando estaba
preocupado, poner las manos en los bolsillos de sus
pantalones. Reflexionando sobre cuanto había dicho el
fantasma, esto es lo que hizo entonces, pero sin levantar
los ojos ni levantarse.
—Os habéis demorado mucho en manifestaros,
30

CANCIÓN DE NAVIDAD

Jacob —hizo observar Scrooge en un tono comercial, si
bien con humildad y deferencia.
—¡Demorado! —repitió el fantasma.
—Siete años muerto —musitó Scrooge—. ¡Y
viajando todo el tiempo!
—Todo el tiempo —confirmó el fantasma—.
Sin descanso, sin sosiego. Bajo la incesante tortura del
remordimiento.
—¿Viajabais a prisa? —preguntó Scrooge.
—En las alas del viento —respondió el
espectro.
—Debéis de haber atravesado una gran extensión
de tierras, en siete años —dijo Scrooge.
El fantasma, al oír esto, exhaló otro gemido e hizo
sonar sus cadenas tan espantosamente en el silencio de
muerte de la noche, que habría estado justificado que
el guarda callejero le hubiese impuesto una multa por
alboroto.
—¡Oh!, cautivo, sujeto, doblemente aherrojado
—gritó el fantasma—, sin tener ni idea de que se
han necesitado siglos del incesante trabajo de seres
inmortales que han pasado por este mundo hacia la
eternidad, antes de que lo bueno de aquella labor fuese
susceptible de ser desarrollado totalmente. Sin saber
que todo espíritu cristiano, trabajando buenamente en
su pequeña órbita, cualquiera que sea, puede encontrar
su vida mortal demasiado corta al relacionarla con los
grandes medios de acción de que dispone. Ignorando
que ningún remordimiento, por intenso que sea, puede
reparar el daño que se causa malgastando las propias
oportunidades. ¡Pues así he sido yo! ¡Tal era yo!
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CHARLES DICKENS

—Pero siempre fuisteis un buen comerciante,
Jacob —balbuceó Scrooge, que comenzaba a aplicarse
a sí mismo cuanto le estaba diciendo el fantasma.
—¿De qué comercio habláis? —gritó el espectro,
retorciéndose las manos de nuevo—. La humanidad
era mi negocio; el bienestar común era mi negocio; la
caridad, la misericordia, la paciencia y la benevolencia
eran, todas ellas, mi negocio. ¡Los tratos, en mi comercio,
no eran más que una gota de agua en el inmenso océano
de mi negocio!
Levantó un buen trozo de la cadena como si ella
fuese la causa de todo su inútil pesar, y luego lo arrojó
pesadamente al suelo de nuevo.
—En esta época de cada año —explicó el
espectro—, sufro más. ¿Por qué anduve yo, a través de
las multitudes de mis semejantes, con los ojos vueltos
hacia abajo, sin levantarlos nunca a la sagrada estrella
que conduce a los hombres de buena voluntad hacia
una humilde morada? ¿Es que no existían hogares
pobres a los que me podía haber dirigido aquella divina
luz?
Scrooge se sentía consternado al oír al espectro
continuar de este modo, y comenzó a temblar
sobremanera.
—¡Escuchadme! —le gritó el fantasma—. El
tiempo de que dispongo está a punto de terminar.
—Sí, os escucho —dijo Scrooge—. ¡Pero no seáis
conmigo demasiado duro! No me habléis con rodeos,
Jacob. ¡Os lo ruego!
—De qué manera ha sido posible que aparezca
ahora ante vos y podáis verme, cuando he estado
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CANCIÓN DE NAVIDAD

invisible a vuestro lado muchos, muchísimos días, no
sabría decíroslo.
No era una idea agradable. Scrooge se estremeció
y limpió el sudor que corría por su frente.
—No existe en mi penitencia ninguna parte
agradable —prosiguió el fantasma—. Me hallo aquí
esta noche para avisaros que tenéis todavía una
oportunidad y una esperanza de escapar a esta suerte
mía. Una oportunidad y una esperanza de lograrlo,
Ebenezer.
—Siempre habéis sido un buen amigo mío
—dijo Scrooge—. ¡Muchas gracias!
—Estáis perseguido por tres Espíritus —resumió
el espectro.
La turbación de Scrooge fue tan grande como
había sido la del fantasma.
—¿Son éstas la oportunidad y la esperanza
que me habéis ofrecido, Jacob? —le preguntó con voz
vacilante.
—Éstas son.
—Pues... pues no me gustan nada —comentó
Scrooge.
—Sin sus visitas —explicó el fantasma—, no
podréis ahorraros el camino que yo he debido recorrer.
Esperad la primera visita mañana, cuando la campana
dé la una.
—¿No puedo recibirla ahora y acabar de una
vez, Jacob? —insinuó Scrooge.
—Esperad la segunda visita en la noche siguiente
a la misma hora. La tercera, en la noche inmediata,
cuando la última campanada de las doce haya acabado
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CHARLES DICKENS

de vibrar. No penséis ya más en mí, y sí en vuestro
provecho, en cuanto ha pasado entre nosotros.
Cuando hubo terminado estas palabras, el
espíritu tomó su envoltura de encima de la mesa,
con la que se cubrió la cabeza como antes la llevaba.
Scrooge lo notó por el sonido agudo que hicieron sus
dientes, cuando sus quijadas fueron unidas de nuevo
por la venda. Se atrevió a levantar los ojos otra vez y
halló a su sobrenatural visitante ante él en una actitud
rígida, con la cadena dando vueltas en su brazo y a su
alrededor. La aparición retrocedía ante él y, a cada uno
de sus pasos, el balcón se abría un poco, de manera
que, cuando el espectro tuvo que atravesarlo, estaba
abierto de par en par.
Hizo señas a Scrooge para que se le acercara,
lo que al instante hizo. Cuando se encontraron a dos
pasos el uno del otro, el fantasma de Marley levantó
su mano para prohibirle que se le acercara más.
Scrooge se detuvo. No tanto por obediencia, como por
miedo y sorpresa: porque al levantar la mano se hizo
sensible en el aire un ruido confuso como de lamentos
inexpresados y arrepentimiento. El espectro, después
de haberlos escuchado por un momento, se unió al
fúnebre cántico y flotó, desapareciendo en la noche
sombría y oscura.
Scrooge se precipitó al balcón, desesperado
en su curiosidad, y miró afuera. El aire estaba
lleno de fantasmas que corrían de una parte a otra
apresuradamente, sin descanso y gimiendo mientras
se movían. Cada uno de ellos arrastraba cadenas como
las del fantasma de Marley; algunos de ellos (debían
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CANCIÓN DE NAVIDAD

de ser gobiernos culpables) estaban atados unos a
otros; ninguno estaba libre. Varios de ellos habían
sido en vida conocidos por Scrooge personalmente. En
particular, había tenido amistad íntima con un viejo
fantasma, de blanco abrigo, con una monstruosa caja
de caudales de hierro atada en el tobillo, que gritaba
lastimosamente porque sentíase incapaz de socorrer
a una mujer harapienta, con un niño en brazos, que
estaba sentada en el escalón de una puerta. La amargura
de todos ellos consistía, claro está, en que hubieran
querido intervenir, para bien, en los asuntos humanos
pero habían perdido la facultad de hacerlo.
No hubiera podido decir si aquellos seres se
habían desvanecido en la niebla o si ésta los acogió
cariñosamente. Pero ellos y sus voces fantasmales
desaparecieron, y la noche continuó con el mismo
aspecto que tenía cuando llegó a su casa Scrooge cerró
la ventana y examinó la puerta por la cual había entrado
el fantasma. Estaba cerrada con doble llave, tal como
él mismo la había cerrado con sus propias manos, y
el cerrojo permanecía igual. Iba a pronunciar la frase:
“¡Una farsa!”, pero se detuvo a la primera sílaba. Y,
fuese por la emoción que había sufrido, o por las fatigas
del día, o por la ojeada lanzada al mundo invisible, o
por la lúgubre conversación con el fantasma, o por lo
avanzado de la hora, el caso es que sintió necesidad
de reposo; así que se acostó sin desnudarse y cayó al
instante en un profundo sueño.

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CHARLES DICKENS

El tercer visitante de Scrooge
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CANCIÓN DE NAVIDAD

SEGUNDA ESTROFA
EL PRIMERO DE LOS TRES ESPECTROS

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CHARLES DICKENS

Cuando Scrooge se despertó estaba tan oscuro
todavía, que apenas pudo distinguir la ventana
transparente de las paredes opacas de la habitación.
Estaba preocupado en penetrar las tinieblas con sus
ojos hurones, cuando las campanadas de una iglesia
cercana dieron los cuatro cuartos. Luego oyó la hora.
Con gran sorpresa suya, la pesada campana hizo
sonar las seis, y luego las siete, y siguió de siete a ocho,
y normalmente hasta las doce; entonces se detuvo. ¡Las
doce! Eran pasadas las dos cuando se fue a la cama. El
reloj estaba descompuesto. Un carámbano debía haber
caído en su mecanismo. ¡Las doce!
Pulsó el resorte de su repetidor para comprobar
aquel absurdo reloj. Su pequeño y rápido pulso dio las
doce y se detuvo.
“¡Vaya!, no es posible —se dijo Scrooge— que
haya dormido durante un día entero y entrada la noche
siguiente. ¡No es posible que le haya ocurrido algo al
sol y ahora sean las doce del mediodía!”
Como sus propios razonamientos comenzaban
a alarmarle, saltó de la cama y anduvo a tientas hacia
la ventana. Se vio obligado a restregar la escarcha
con la manga de su bata antes de poder ver algo, y
lo que pudo ver no fue mucho. Todo cuanto dedujo
es que todavía estaba la atmósfera muy neblinosa y
extremadamente fría, y que no se oía ningún rumor de
gente que transitara por la calle e hiciese gran bullicio,
como indudablemente hubiera sucedido si la noche
hubiese vencido al brillante día, tomando posesión
del mundo. Esto era un gran alivio, porque la fórmula
“a tres días vista de esta primera de cambio pagará al
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CANCIÓN DE NAVIDAD

señor Ebenezer Scrooge o a su orden”, etc., se habría
transformado en un simple valor bursátil y le hubiesen
faltado estos días.
Scrooge se volvió a meter en la cama y pensó,
pensó y pensó una y otra vez, y de nuevo, y no pudo,
a la postre, sacar nada en claro. Cuanto más pensaba,
más perplejo se sentía; y cuanto más se esforzaba en no
pensar, más y más pensaba.
El fantasma de Marley lo había molestado
muchísimo. Cada vez que decidía en su mente, después
de madura reflexión, que todo ello no había sido más
que un sueño, aparecía de nuevo la pesadilla como un
fuerte resorte que volvía a su primera posición y le
prestaba el mismo problema para ser examinado otra
vez: ¿había sido un sueño, o no?
Scrooge se quedó en este estado hasta que el
carillón tocó tres cuartos más, y en aquel momento
recordó súbitamente que el fantasma le había anunciado
una visita. Se dispuso a permanecer despierto hasta que
hubiese pasado la hora; y, considerando que volver a
dormirse era tan imposible como ir al cielo, ésta era
quizás la mejor resolución que podía tomar.
El cuarto de hora fue tan largo, que más de una vez
se le ocurrió que quizá había caído inconscientemente
en un sueño ligero y se había distraído del reloj. Al fin se
dejó sentir, en su atento oído: “¡Din, dan!” “Ha pasado un
cuarto”, se dijo Scrooge, contando. “¡Din, dan!” “Media
hora ha pasado”, pensó Scrooge. “¡Din, dan!” “Falta un
cuarto de hora”, reflexionó Scrooge. “¡Din, dan!”
—¡La hora, la una —exclamó Scrooge,
triunfalmente—, y no pasa nada más!
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CHARLES DICKENS

Lo dijo antes de que la campana diese la hora,
y cuando lo hizo fue la una más profunda, hueca, triste
y melancólica que jamás se haya oído. Una claridad se
hizo en la habitación por un instante y las cortinas de
la cama se corrieron.
Las cortinas de la cama fueron movidas a un
lado, os lo digo yo, por una mano. No las cortinas de sus
pies, ni las de un lado, sino las que estaban delante de
él, frente a su cara. Las cortinas se apartaron y Scrooge,
empezando a ponerse en una actitud medio reclinada,
se encontró cara a cara con el visitante espectral que
las separaba: tan cercano a él como yo lo estoy en este
momento de vosotros, y yo os tengo, espiritualmente,
al alcance de la mano.
Era una figura extraña —como un niño, aunque
no muy semejante a un niño, sino mejor a un anciano
visto por algún médium que le daba la apariencia de
haber retrocedido a las proporciones de un muchacho.
Sus cabellos, que colgaban en torno al cuello y más
abajo hasta la espalda, eran blancos como debidos
a la edad; y, sin embargo, el rostro no tenía ni una
arruga, y la más tierna lozanía brillaba en su piel.
Los brazos eran muy largos y musculosos igual que
las manos, como si su asimiento fuese de una fuerza
excepcional. Llevaba las piernas y los pies, que estaban
muy delicadamente formados, como los miembros
superiores, al descubierto. Vestía una túnica de la
más nítida blancura, y su cintura estaba ceñida por
un refulgente cinturón de gran belleza. Llevaba en la
mano una rama de acebo fresco, y, como una singular
contradicción con este invernal emblema, su vestido se
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CANCIÓN DE NAVIDAD

adornaba de flores estivales. Pero lo más extraño de
todo ello era que de la corona de su cabeza emergía
un rayo de luz brillante, iluminando todo su atavío; y
le daba indudablemente la ocasión de utilizar, en sus
momentos de melancolía, un gran matacandelas que
en aquel instante sostenía bajo el brazo.
Tampoco esto, sin embargo, cuando Scrooge
lo miraba atentamente, correspondía a su extraña
condición. Porque,
dado que su cinturón resplandecía y centelleaba
unas veces a un lado y otras a otro, y como lo que estaba
iluminado un instante aparecía oscuro en otro, la figura
entera, más que precisa, era fluctuante, pareciendo a
veces una cosa con un brazo, ahora con una pierna,
luego con veinte piernas, ahora un par de piernas sin
cabeza, y luego una cabeza sin cuerpo, de cuyas partes
separadas no se veían los contornos por la lobreguez
con que estaban mezcladas; y lo más extraño de toda
aquella visión era que en cualquier momento todo
volvía a tomar una apariencia, clara y precisa, como
antes la había tenido.
—-¿Sois vos acaso el espíritu cuya visita se me
ha anunciado, señor?
—-Yo soy.
La voz era suave y apacible. Singularmente
baja, como si, en vez de estar cerca, se hallase a cierta
distancia. —¡Quién sois y qué sois? —preguntó Scrooge.
—Soy el fantasma de las Navidades pasadas.
—¿Pasadas desde hace tiempo? —inquirió
Scrooge, observando su diminuta estatura.
—No. Las de vuestro pasado.
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CHARLES DICKENS

Quizás Scrooge no hubiera dicho a nadie por
qué, si alguien se lo hubiese preguntado, pero tenía un
especial deseo de ver al espectro tocado con su gorro,
por lo que le rogó que se cubriera.
—¡Cómo! —exclamó el fantasma—, ¿vais a
querer apagar tan pronto la luz que irradio? ¿No os
basta ser uno de aquellos cuyas pasiones han hecho
este gorro y me obligan a través de una serie de años a
que me lo ponga metido hasta la ceja?
Scrooge se defendió de toda intención de ofender
o de haber “calado” voluntariamente ningún gorro al
espectro en ningún período de su vida. Entonces se
tomó la libertad de preguntarle qué clase de asunto lo
llevaba allí.
—Vuestro bienestar —respondió el fantasma.
Scrooge expresó su agradecimiento, pero no pudo
evitar el pensamiento que una noche de descanso
ininterrumpido hubiera conducido mucho mejor a este
fin. El espíritu debió de darse cuenta de lo que estaba
pensando, porque le dijo inmediatamente:
—¡Y ahora venís con reclamaciones! ¡Id con
cuidado! Extendió su fuerte mano mientras hablaba y
le agarró el brazo suavemente.
—¡Levantaos y venid conmigo!
Hubiera sido en vano que Scrooge protestara de
que la rudeza del tiempo y la hora no eran las más a
propósito para actividades pedestres, de que la cama
estaba caliente y el termómetro muy por debajo de
cero, de que estaba vestido más que ligeramente con
sus zapatillas, su bata y su gorro de dormir, y de que
sufría un serio resfriado en aquellos momentos. El
42

CANCIÓN DE NAVIDAD

apretón, aunque suave como si fuese de una mano de
mujer, no era para resistirlo. Se levantó, pero, viendo
que el fantasma se dirigía ya a la ventana, recogió su
ropa, suplicante.
—Soy un mortal —refunfuñó Scrooge—, y estoy
sujeto a la caída.
—Pasa, aunque sea un instante, mi mano por ahí
—dijo el espectro, poniéndosela sobre el corazón— y te
sentirás sostenido en tus acciones.
Mientras estas palabras se pronunciaban,
pasaron a través de la pared y salieron a un camino
rural, con campos a cada lado. La ciudad se había
desvanecido por completo. Ni un vestigio de ella podía
apreciarse en ninguna parte. La oscuridad y la niebla
habían desaparecido con ella, porque se gozaba de un
día claro, frío, con nieve sobre la tierra.
—¡Santo cielo! —exclamó Scrooge, restregándose
las manos y mirando a su alrededor—. Yo me crié en
este lugar. Era un chico cuando vivía aquí.
El fantasma lo miró dulcemente. Su toque
suave, aunque había sido ligero e instantáneo, estaba
todavía presente en los sentimientos del anciano.
Se daba cuenta de que miles de olores flotaban en
el aire, relacionado cada uno de ellos con miles de
pensamientos, y esperanzas, y alegrías, y cuidados,
por mucho, mucho tiempo olvidados.
—Vuestro labio está temblando —dijo el
fantasma—. ¿Y qué es eso que tenéis en la mejilla?
Scrooge murmuró, con un tono atractivo en su
voz, que era un grano y rogó al espectro que lo llevara
a donde quisiera.
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CHARLES DICKENS

—¿Reconocéis este camino? —inquirió el
fantasma.
—¡Si lo reconozco! —gritó Scrooge, con fervor—.
Podría pasearme por él a ciegas.
—¡Qué raro que lo hayáis olvidado tantos años!
—observó el espectro—. ¡Sigamos adelante!
Pasearon a lo largo del camino y Scrooge reconoció
cada puerta, cada poste, cada árbol; hasta que una
pequeña ciudad de provincia apareció a cierta distancia,
con su puente, su iglesia y su río tortuoso. Algunos
caballitos peludos trotaban hacia ellos montados por
chiquillos que llamaban a otros muchachos que iban en
calesas rurales y carretas conducidas por campesinos.
Todos aquellos chicos estaban de buen humor y se
llamaban y gritaban unos a otros, de tal manera que los
vastos campos se llenaban de tan alegres músicas, que el
aire refrescante se reía al oírlas.
—Estas no son más que las sombras de
escenas que han sido —dijo el fantasma—. No tienen
conocimiento de nuestra presencia.
Los alegres transeúntes se iban acercando y, a
medida que se cruzaban con ellos, Scrooge los reconocía
y nombraba. ¡Se sentía regocijado más allá de todos los
límites al verlos! ¡Cómo centelleaban sus fríos ojos! ¡Y
cómo saltaba su corazón al verlos pasar! ¿Por qué se
sentía lleno de satisfacción cuando los oía desearse
unos a otros felices Pascuas, cuando se separaban en
las encrucijadas y los senderos para dirigirse a sus
hogares? ¿Qué significaban para Scrooge las felices
Pascuas? ¡A paseo con las felices Pascuas! ¿Con qué le
habían beneficiado?
44

CANCIÓN DE NAVIDAD

—La escuela no está totalmente desierta -dijo
el fantasma—: ha quedado un solo niño, olvidado por
sus amigos.
Scrooge dijo que lo conocía. Y se puso a
sollozar.
Dejaron la carretera, por un caminillo estrecho
bien recordado por Scrooge, y pronto se acercaron
a una mansión de deslucidos ladrillos rojos, con
una pequeña cúpula coronada por una veleta en el
tejado de la que pendía una campana. Era un edificio
espacioso, pero con diversa fortuna; por un lado, la
parte dedicada a dependencias era poco utilizada,
y las paredes estaban húmedas y musgosas, las
ventanas rotas y las puertas medio podridas. Varias
aves cloqueaban y se pavoneaban en los establos; las
cocheras y los cobertizos estaban invadidos por la
hierba. Nadie se había preocupado de conservar el
edificio principal en su antiguo estado, pues, al entrar
en el triste vestíbulo y mirando a través de las puertas
abiertas de varias habitaciones, se veía que estaban
pobremente amuebladas, frías e inhóspitas. Un olor a
tierra y una fría desnudez dominaban aquel interior, lo
que indicaba mucha preocupación por levantarse a la
luz de la vela y poca por la comida.
El fantasma y Scrooge atravesaron el vestíbulo
y se dirigieron a una puerta en la parte posterior de
la casa. La abrieron ante ellos y descubrieron una
larga, desnuda y melancólica habitación que daba
la impresión de mayor desnudez todavía debido a
las líneas de un feo mobiliario comercial compuesto
de bancos y pupitres. En uno de éstos, un muchacho
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CHARLES DICKENS

solitario estaba leyendo a la débil luz de un hogar, y
Scrooge se sentó en un banco, llorando, al verse a sí
mismo tal como había sido antaño.
No había en el caserón ni un solo chillido, ni
el rascar de ratones detrás del artesonado, ni ningún
goteo del canalón que se deshelaba en el abandonado
huerto posterior, ni un aliento entre las ramas sin hojas
de un álamo poco animoso, ni la perezosa oscilación de
la puerta de un vacío almacén; no, ni un solo chasquido
en el fuego, sin embargo, aquel ambiente se abatía
sobre el corazón de Scrooge con una suave influencia y
proporcionaba libre acceso a sus lágrimas. El espectro
le tocó el brazo y le señaló a su ser tal como era en su
juventud, atento a la lectura. Súbitamente, un hombre
vestido de un modo extraño y maravillosamente real, y
que impresionaba al mirar, se puso frente a la ventana;
llevaba un hacha colgada de su cinturón y conducía
por la brida a un asno cargado de leña.
—¡Toma! Es Alí Babá —exclamó Scrooge,
en éxtasis— ¡Es el bueno y querido Alí Babá! Sí,
sí; lo conozco. Una vez, por Navidad, cuando a
aquel solitario muchacho lo dejaron aquí solo, vino
por primera vez, así vestido exactamente. ¡Pobre
muchacho! Y Valentine —añadió Scrooge—, y su
travieso hermano, Orson. ¡Allí se fueron! Y ¿cuál es el
nombre de aquel que dejaron en calzoncillos, mientras
estaba durmiendo, en la puerta de Damasco? ¡No lo
miréis! Y el lacayo del Sultán, vuelto al revés por los
Genios; aquí está, responsable de todo. Servidle bien.
Estoy contento de él. ¡Qué trabajo tuvo para casarse
con una princesa!
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CANCIÓN DE NAVIDAD

Oír a Scrooge empleando toda la seriedad de
su carácter en tales temas, con una voz extraordinaria,
entre la risa y el llanto, y ver su expresiva y excitada
cara, hubiera sido una sorpresa para sus amigos de
negocios de la ciudad.
—Aquí está el loro —lloriqueó Scrooge—.
Cuerpo verde y cola amarilla, con una cosa como una
lechuga creciéndole en lo alto de la cabeza. ¡Aquí le
tenéis! “Pobre Robinson Crusoe”, le llamaba, cuando
volvía a casa después de haber navegado alrededor de
la isla. “¡Pobre Robinson Crusoe! ¿Dónde has estado,
Robinson Crusoe?” El hombre pensó que estaba
soñando, pero no era cierto. Era el loro, ¿sabéis? Allí
llegó también Viernes, corriendo a la pequeña ensenada
para salvar su vida. ¡Hola! ¡Eh! ¡Hola!
Entonces, con una rapidez de transición muy
extraña para su carácter normal, dijo, en un sentimiento
de piedad hacia sí mismo:
“¡Pobre muchacho!”, y lloró de nuevo.”
—Yo querría... —musitó Scrooge, poniendo
su mano en el bolsillo, mirando a su alrededor y
secándose los ojos con la manga—, pero es demasiado
tarde ahora.
—¿Qué os pasa? —preguntó el espectro.
—Nada —respondió Scrooge—, nada. Había un
muchacho cantando un villancico en mi puerta, ayer
por la noche. Me gustaría haberle dado algo. Esto es
todo.
El fantasma sonrió pensativo, moviendo la
mano, mientras decía:
—Veamos otras Navidades.
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