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04 MATAR UN RUISEÑOR HARPER LEE .pdf



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Título: Autor
Autor: ICG

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HARPER LEE

MATAR UN RUISEÑOR

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HARPER LEE

MATAR UN RUISEÑOR

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MATAR UN RUISEÑOR
(TO KILL A MOCKINGBIRD)

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HARPER LEE

MATAR UN RUISEÑOR

ÍNDICE

PRIMERA PARTE
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11

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SEGUNDA PARTE
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31

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MATAR UN RUISEÑOR

PRIMERA PARTE
C A PÍ T U L O 1
Cuando se acercaba a los trece años, mi hermano Jem sufrió una peligrosa fractura del brazo, a la altura del codo. Cuando sanó, y sus temores de que
jamás podría volver a jugar fútbol se mitigaron, raras veces se acordaba de aquel percance. El brazo izquierdo le quedó algo más corto que el derecho;
si estaba de pie o andaba, el dorso de la mano formaba ángulo recto con el cuerpo, el pulgar rozaba el muslo. A Jem no podía preocuparle menos, con
tal de que pudiera pasar y chutar.
Cuando hubieron transcurrido años suficientes para examinarlos con mirada retrospectiva, a veces discutíamos los acontecimientos que condujeron a
aquel accidente. Yo sostengo que Ewells fue la causa primera de todo ello, pero Jem, que tenía cuatro años más que yo, decía que aquello empezó
mucho antes. Afirmaba que empezó el verano que Dill vino a vernos, cuando nos hizo concebir por primera vez la idea de hacer salir a Boo Radley.
Yo replicaba que, puestos a mirar las cosas con tanta perspectiva, todo empezó en realidad con Andrew Jackson. Si el general Jackson no hubiera
perseguido a los indios creek valle arriba, Simon Finch nunca hubiera llegado a Alabama. ¿Dónde estaríamos nosotros entonces?
Como no teníamos ya edad para terminarla discusión a puñetazos, decidimos consultar a Atticus. Nuestro padre dijo que ambos teníamos razón.
Siendo del Sur, constituía un motivo de vergüenza para algunos miembros de la familia el hecho de que no constara que habíamos tenido antepasados
en uno de los dos bandos de la Batalla de Hastings. No teníamos más que a Simon Finch, un boticario y peletero de Cornwall, cuya piedad sólo cedía el
puesto a su tacañería. En Inglaterra, a Simon le irritaba la persecución de los sedicentes metodistas a manos de sus hermanos más liberales, y como
Simon se daba el nombre de metodista, surcó el Atlántico hasta Filadelfia, de ahí pasó a Jamaica, de ahí a Mobile y de ahí subió a Saint Stephens.
Teniendo bien presentes las estrictas normas de John Wesley sobre el uso de muchas palabras al vender y al comprar, Simon amasó una buena suma
ejerciendo la Medicina, pero en este empeño fue desdichado por haber cedido a la tensión de hacer algo que no fuera para la mayor gloria de Dios,
como por ejemplo, acumular oro y otras riquezas. Así, habiendo olvidado lo dicho por su maestro acerca de la posesión de instrumentos humanos,
compró tres esclavos y con su ayuda fundó una heredad a orillas del río Alabama, a unas cuarenta millas más arriba de Saint Stephens. Volvió a Saint
Stephens una sola vez, a buscar esposa, y con ésta estableció una dinastía que empezó con un buen número de hijas. Simon vivió hasta una edad
impresionante y murió rico.
Era costumbre que los hombres de la familia se quedaran en la hacienda de Simon, Desembarcadero de Finch, y se ganasen la vida con el algodón. La
propiedad se bastaba a sí misma. Aunque modesto si se comparaba con los imperios que lo rodeaban, el Desembarcadero producía todo lo que se
requiere para vivir, excepto el hielo, la harina de trigo y las prendas de vestir, que le proporcionaban las embarcaciones fluviales de Mobile.
Simon habría mirado con rabia imponente los disturbios entre el Norte y el Sur, pues éstos dejaron a sus descendientes despojados de todo menos de
sus tierras; a pesar de lo cual la tradición de vivir en ellas continuó inalterable hasta bien entrado el siglo XX, cuando mi padre, Atticus Finch, se fue a
Montgomery a aprender leyes y su hermano menor a Boston a estudiar Medicina. Su hermana Alexandra fue la Finch que se quedó en el
Desembarcadero. Se casó con un hombre taciturno que se pasaba la mayor parte del tiempo tendido en una hamaca, junto al río, preguntándose si las
redes de pescar tendrían ya su presa.
Cuando mi padre fue admitido en el Colegio de Abogados, regresó a Maycomb y se puso a ejercer su carrera. Maycomb, a unas veinte millas al este del
Desembarcadero de Finch, era la capital del condado de su mismo nombre. La oficina de Atticus en el edificio del juzgado contenía poco más que una
percha para sombreros, un tablero de damas, una escupidera y un impoluto Código de Alabama. Sus dos primeros clientes fueron las dos últimas
personas del condado de Maycomb que murieron en la horca. Atticus les había pedido con insistencia que aceptasen la generosidad del Estado al
concederle la gracia de la vida si se declaraban culpables, confesándose autores de un homicidio en segundo grado, pero eran dos Haverford, un
nombre que en el condado de Maycomb es sinónimo de borrico. Los Haverford habían despachado al herrero más importante de Maycomb por un
malentendido suscitado por la supuesta retención de una yegua. Fueron lo suficiente prudentes para realizar la faena delante de tres testigos y se
empeñaron en que “el hijo de mala madre se lo había buscado” y que ello era defensa sobrada para cualquiera. Se obstinaron en declararse no
culpables de asesinato en primer grado, de modo que Atticus pudo hacer poca cosa por sus clientes, excepto estar presente cuando los ejecutaron,
ocasión que señaló, probablemente, el comienzo de la profunda antipatía que sentía mi padre por el cultivo del Derecho Criminal.
Durante los primeros cinco años en Maycomb, Atticus practicó más que nada la economía; luego, por espacio de otros varios años empleó sus ingresos
en la educación de su hermano. John Hale Finch tenía diez años menos que mi padre y decidió estudiar Medicina en una época en que no valía la
pena cultivar algodón. Pero en seguida que tuvo a tío Jack bien encauzado, Atticus cosechó unos ingresos razonables del ejercicio de la abogacía. Le
gustaba Maycomb, había nacido y se había criado en aquel condado; conocía a sus conciudadanos y gracias a la laboriosidad de Simon Finch, Atticus
estaba emparentado por sangre o por casamiento con casi todas las familias de la ciudad.
Maycomb era una población antigua, pero cuando yo la conocí por primera vez era, además, una población antigua y fatigada. En los días lluviosos las
calles se convertían en un barrizal rojo; la hierba crecía en las aceras y, en la plaza, el edificio del juzgado parecía desplomarse. De todas maneras,
entonces hacía más calor; un perro negro sufría en un día de verano; unas mulas que estaban en los huesos, enganchadas a los carros Hoover,
espantaban moscas a la sofocante sombra de las encinas de la plaza. A las nueve de la mañana, los cuellos duros de los hombres perdían su tersura.
Las damas se bañaban antes del mediodía, después de la siesta de las tres... y al atardecer estaban ya como pastelillos blandos con incrustaciones de
sudor y talco fino.
Entonces la gente se movía despacio. Cruzaba cachazudamente la plaza, entraba y salía de las tiendas con paso calmoso, se tomaba su tiempo para
todo. El día tenía veinticuatro horas, pero parecía más largo. Nadie tenía prisa, porque no había adonde ir, nada que comprar, ni dinero con qué
comprarlo, ni nada que ver fuera de los límites del condado de Maycomb. Sin embargo, era una época de vago optimismo para algunas personas: al
condado de Maycomb se le dijo que no había de temer a nada, más que a si mismo.
Vivíamos en la mayor calle residencial de la población, Atticus, Jem y yo, además de Calpurnia, nuestra cocinera. Jem y yo hallábamos a nuestro padre
plenamente satisfactorio: jugaba con nosotros, nos leía y nos trataba con un despego cortés.
Calpurnia, en cambio, era otra cosa distinta. Era toda ángulos y huesos, miope y bizca; tenía la mano ancha como un madero de cama, y dos veces más
dura. Siempre me ordenaba que saliera de la cocina, y me preguntaba por qué no podía portarme tan bien como Jem, aun sabiendo que él era mayor y
me llamaba cuando yo no estaba dispuesta a volver a casa. Nuestras batallas resultaban épicas y con un solo final. Calpurnia vencía siempre,
principalmente porque Atticus siempre se ponía de su parte. Estaba con nosotros desde que nació Jem y yo sentía su tiránica presencia desde que
me alcanzaba la memoria.
Nuestra madre murió cuando yo tenía dos años, de modo que no notaba su ausencia. Era una Graham, de Montgomery. Atticus la conoció la primera
vez que le eligieron para la legislatura del Estado. Era entonces un hombre maduro; ella tenía quince años menos. Jem fue el fruto de su primer año de
matrimonio; cuatro años después nací yo, y dos años más tarde mamá murió de un ataque cardíaco repentino. Decían que era cosa corriente en su
familia. Yo no la eché de menos, pero creo, que Jem, sí. La recordaba claramente; a veces, a mitad de un juego daba un prolongado suspiro, y luego se
marchaba a jugar solo detrás de la cochera. Cuando estaba así, yo tenía el buen criterio de no molestarle.
Cuando yo estaba a punto de cumplir seis años y Jem se acercaba a los diez, nuestros límites de verano (dentro del alcance de la voz de Calpurnia) eran
la casa de mistress Henry Lafayette Dubose, dos puertas al norte de la nuestra, y la Mansión Radley, tres puertas hacia el sur. Jamás sentimos la
tentación de traspasarlos. La Mansión Radley la habitaba un ente desconocido, la mera descripción del cual nos hacía portar bien durante días sin fin.
Mistress Dubose era el mismísimo infierno.
Aquel verano vino Dill.
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MATAR UN RUISEÑOR

Una mañana temprano, cuando empezábamos nuestra jornada de juegos en el patio trasero, Jem y yo oímos algo allí al lado, en el tramo de coles
forrajeras de miss Rachel Haverford. Fuimos hasta la valla de alambre para ver si era un perrito –la caza-ratones de miss Rachel había de tenerlos– y en
lugar de ello encontramos a un sujeto que nos miraba. Sentado en el suelo no alzaba mucho más que las coles. Le miramos fijamente hasta que habló.
Eh, tú –contestó Jem, amablemente.
Soy Charles Baker Harry –dijo el otro–. Sé leer.
¿Y qué? –dije yo.
He pensado nada más que os gustaría saber que sé leer. Si tenéis algo que sea preciso leer, yo puedo encargarme...
¿Cuántos años tienes? –le preguntó Jem–. ¿Cuatro y medio?
Voy por los siete.
Entonces, no te ufanes –replicó Jem, señalándome con el pulgar–. Ahí Scout lee desde que nació, y ni siquiera ha empezado a ir a la escuela.
Estás muy canijo para andar hacia los siete años.
Soy pequeño, pero soy mayor –dijo el forastero. Jem se echó el cabello atrás para mirarle mejor.
¿Por qué no pasas a este lado, Charles Baker Harry? –dijo–. ¡Señor, qué nombre!
No es más curioso que el tuyo. Tía Rachel dice que te llamas Jeremy Atticus Finch. Jeremy puso mal talante.
Yo soy bastante alto para estar a tono con mi nombre –replicó–: El tuyo es más largo que tú. Apuesto a que tiene un pie más que tú.
La gente me llama Dill –dijo Dill, haciendo esfuerzos por pasar por debajo de la valía.
Te irá mejor si pasas por encima, y no por debajo –le dije–. ¿De dónde has venido?
Dill era de Meridian, Mississippi, pasaba el verano con su tía, miss Rachel, y en adelante pasaría todos los veranos en Maycomb. Su familia era originaria
de nuestro condado, su madre trabajaba para un fotógrafo en Meridian, y había presentado el retrato de Dill en un concurso de niños guapos, ganando
cinco dólares. Este dinero se lo dio a él, y a Dill le sirvió para ir veinte veces al cine.
Aquí no hay exposiciones de retratos, excepto los de Jesús, en el juzgado, a veces –explicó Jem–. ¿Viste alguna vez algo bueno?
Dill había visto Drácula, declaración que impulsó a Jem a mirarle con un principio de respeto.
Cuéntanosla –le dijo.
Dill era una curiosidad. Llevaba pantalones cortos azules de hilo abrochados a la camisa, tenía el cabello blanco como nieve y pegado a la cabeza lo
mismo que si fuera plumón de pato. Me aventajaba en un año, en edad, pero yo era un gigante a su lado. Mientras nos relataba la vieja historia, sus
ojos azules se iluminaban y se oscurecían; tenía una risa repentina y feliz, y solía tirarse de un mechón de cabello que le caía sobre el centro de la frente.
Cuando Dill hubo dejado a Drácula hecho polvo y Jem dijo que la película parecía mejor que el libro, yo le pregunté al vecino dónde estaba su padre.
Te irá mejor.
No nos dices nada de él.
No tengo.
¿Ha muerto?
No...
Entonces, si no ha muerto, lo tienes, ¿verdad?
Dill se sonrojó, y Jem me dijo que me callase, signo seguro de que, después de estudiarle, le había hallado aceptable. Desde aquel momento el verano
transcurrió en una diversión que llenaba todos nuestros días. Tal diversión cotidiana consistía en mejorar nuestra caseta, sostenida por dos cinamomos
gemelos gigantes del patio trasero, en promover alborotos y en repasar nuestra lista de dramas basados en las obras de Oliver Optic, Víctor Appleton
y Edgar Rice Burroughs. Para este asunto fue una suerte contar con Dill, el cual representaba los papeles que antes me asignaban a mí: el mono de
Tarzán, mister Crabtree en The Rover Boys, míster Damon en Tom Swift. De este modo llegamos a considerar a Dill como a un Merlín de bolsillo, cuya
cabeza estaba llena de planes excéntricos, extrañas ambiciones y fantasías raras.
Pero a finales de agosto nuestro repertorio se habla vuelto soso a causa de innumerables representaciones y, entonces, fue cuando Dill nos dio la idea
de hacer salir a Boo Radley.
La Mansión Radley le fascinaba. A despecho de todas nuestras advertencias y explicaciones, le atraía como la luna atrae el agua, pero no le atraía más
allá del poste de la farola de la esquina, a una distancia prudencial de la puerta de los Radley. Allí se quedaba, rodeando el grueso poste con el brazo,
mirando y haciendo conjeturas.
La Mansión Radley se combaba en una cerrada curva al otro lado de nuestra casa. Andando hacia el sur, uno se hallaba de cara al porche donde la acera
hacía un recodo y corría junto a la finca. La casa era baja, con un espacioso porche y persianas verdes; en otro tiempo había sido blanca, pero hacia
mucho que habla tomado el tono oscuro, gris-pizarroso, del patio que la rodeaba. Unas tablas consumidas por la lluvia descendían sobre los aleros de la
galería; unos robles cerraban el paso a los rayos del sol. Los restos de una talanquera formaban como una guardia de borrachos en el patio de la
fachada –un patio “barrido” que no se barría jamás–, en el que crecían en abundancia la “hierba johnson” y el “tabaco de conejo”.
Dentro de la casa vivía un fantasma maligno. La gente decía que existía, pero Jem y yo no lo habíamos visto nunca. Decían que salía de noche, después
de ponerse la luna, y espiaba por las ventanas. Cuando las azaleas de la gente se helaban, en una noche fría, era porque el fantasma les había echado el
aliento. Todos los pequeños delitos furtivos cometidos en Maycomb eran obra suya. En una ocasión, la ciudad vivió aterrorizada por una serie de
mórbidos acontecimientos: encontraban pollos y animales caseros mutilados y, aunque el culpable era Addie, “el loco”, quien con el tiempo se suicidó
ahogándose en el Remanso de Barker, la gente seguía fijando la mirada en la Mansión Radley, resistiéndose a desechar sus primeras sospechas. Un
negro no habría pasado por delante de la Mansión Radley de noche, pues es seguro que cruzaría hasta la acera opuesta y no cesaría de silbar mientras
caminaba. Los patios de la escuela de Maycomb lindaban con la parte trasera de la finca Radley; desde el gallinero de los Radley, altos nogales de la
variedad llamada allí “pecani” dejaban caer sus frutos dentro del patio, pero los niños no tocaban ni una sola de aquellas nueces: las nueces de Radley
le habrían matado a uno. Una pelota que fuese a parar al patio de los Radley era una pelota perdida, y no se hablaba más del asunto.
La desgracia de aquella casa empezó muchos años antes de que naciésemos Jem y yo. Los Radley, bien recibidos en todas partes de la ciudad, se
encerraban en su casa, gusto imperdonable en Maycomb. No iban a la iglesia, la diversión principal de Maycomb, sino que celebraban el culto en casa.
Mistress Radley pocas veces o nunca cruzaba la calle para gozar del descanso del café de media mañana con las vecinas y, ciertamente, jamás intervino
en ningún círculo misional. Mister Radley iba a la ciudad todas las mañanas a las once treinta y volvía prestamente a las doce, trayendo a veces una
bolsa de papel pardo que los vecinos suponían que contenía las provisiones de la familia. Jamás supe cómo se ganaba la vida el viejo Radley –Jem decía
que “compraba algodón” una manera fina de decir que no hacía nada–, aunque míster Radley y su esposa vivían allí con sus dos hijos desde mucho
antes de lo que la gente podía recordar.
Los domingos, las persianas y las puertas de la casa de los Radley permanecían cerradas, otro detalle ajeno a los usos de Maycomb, donde las puertas
cerradas significaban enfermedad o tiempo frío, únicamente. De todos los días, los domingos eran los preferidos para ir de visita, por la tarde. Las
señoras llevaban corsés; los hombres, chaquetas, y los niños zapatos. Pero subir los peldaños de la fachada de los Radley y gritar: “¡Eh!” una tarde de
domingo, era cosa que los vecinos no hacían nunca. La casa de los Radley no tenía puertas vidrieras. Una vez pregunté a Atticus si las había tenido
alguna vez; Atticus me dijo que sí, pero antes de nacer yo.
Según la leyenda de la vecindad, cuando el joven Radley estaba en la adolescencia trabó relación con algunos Cuninghams, de Oíd Sarum, un enorme y
confuso clan que vivía en la parte norte del condado y formaron la cosa más aproximada a una banda que se haya visto jamás en Maycomb. Sus
actividades no eran muchas, pero sí las suficientes para que la ciudad hablase de ellos y les advirtieran públicamente desde tres púlpitos: se les veía por
los alrededores de la barbería; los domingos marchaban con el autobús a Abbottsville y se iban al cine; frecuentaban los bailes y el infierno de juego del
condado, a la orilla del río: la Posada y Campamento Pesquero Gota de Rocío; hacían experimentos con whisky de contrabando. En Maycomb nadie tuvo
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MATAR UN RUISEÑOR

el coraje suficiente para informar a míster Radley de que su hijo iba en mala compañía.
Una noche, llevados por un consumo excesivo de licor fuerte, los muchachos corrieron por la plaza en un automóvil pequeño que les habían prestado,
se resistieron a dejarse detener por el anciano alguacil de Maycomb, mister Conner y le encerraron en el pabellón exterior del edificio del juzgado. La
ciudad decidió que había que hacer algo. Míster Conner dijo que los había reconocido a todos, sin faltar uno y estaba resuelto y determinado a que no
escaparan de aquélla. De modo que los muchachos tuvieron que presentarse ante el juez, acusados de conducta desordenada, alteración de la
tranquilidad pública, asalto y violencia, y de usar un lenguaje insultante e inmoral en presencia de una hembra. El juez le preguntó a míster Conner por
qué incluía la última acusación y éste contestó que blasfemaban con voz tan fuerte que estaba seguro de que todas las damas de Maycomb les habían
oído. El juez decidió enviarlos a la escuela industrial de Maycomb, adonde enviaban a veces a otros muchachos con el solo objeto de procurarles
alimento y un albergue decente: la escuela industrial no era una cárcel, ni una deshonra. Pero míster Radley creyó que si lo era. Si el juez ponía en
libertad a Arthur, míster Radley se encargaría de que no diese nunca motivos de queja. Sabiendo que la palabra de míster Radley era una escritura, el
juez aceptó con placer. Los otros muchachos estuvieron en la escuela industrial y recibieron la mejor enseñanza secundaria que se podía recibir en el
Estado; con el tiempo, uno de ellos se abrió paso hasta la escuela de ingenieros de Autburn. Las puertas de la casa de los Radley se cerraron los días de
entre semana lo mismo que los domingos, y al hijo de míster Radley no se le vio durante quince años.
Pero vino un día, que Jem apenas recordaba, en que varias personas–pero Jem no–vieron y oyeron a Boo Radley. Mi hermano decía que Atticus nunca
hablaba mucho de los Radley. Si él le preguntaba algo, Atticus se limitaba a contestarle que se ocupase de sus propios asuntos y dejase que los
Radley cuidasen de los de ellos, que estaban en su derecho; pero cuando llegó el día aquel, decía Jem, Atticus meneó la cabeza y dijo:
Hummm, hummm, hummm.
Así pues, Jem recibió la mayor parte de los informes que poseía de miss Stephanie Crawford, una arpía de la vecindad que decía conocer todo el caso.
Según miss Stephanie, Boo estaba sentado en la sala recortando unas ilustraciones de The Maycomb Tribune para pegarlas en su álbum. Su padre entró
en el cuarto. Cuando míster Radley pasó por delante, Boo le hundió las tijeras en la pierna, las sacó, se las limpió en los pantalones y se entregó de
nuevo a su ocupación.
Mistress Radley salió corriendo a la calle y se puso a gritar que Arthur les estaba matando a todos, pero cuando llegó el sheriff encontró a Boo
sentado todavía en la sala recortando la Tríbune. Tenía entonces treinta y tres años.
Miss Stephanie contaba que cuando le indicaron que una temporada en Tuscabosa quizá remediaría a Boo, míster Radley dijo que ningún Radley iría
jamás a un asilo. Boo no estaba loco, lo que ocurría era que en ocasiones tenía el genio vivo. Estaba bien que se le encerrase, concedió míster Radley,
pero insistió en que no se le acusara de nada; no era un criminal. El sheriff no tuvo el valor de meterlo en un calabozo en compañía de negros, con lo
cual Boo fue encerrado en los sótanos del edificio del juzgado.
El nuevo paso de Boo desde los sótanos a su casa quedaba muy nebuloso en el recuerdo de Jem. Miss Stephanie dijo que alguno del concejo de la
ciudad había advertido a míster Radley que si no se llevaba a Boo, éste moriría del reúma que le produciría la humedad. Por otra parte, Boo no podía
seguir viviendo siempre de la munificencia del condado.
Nadie sabía qué forma de intimidación empleó míster Radley para mantener a Boo fuera de la vista, pero, Jem se figuraba que le tenía encadenado a la
cama la mayor parte del tiempo. Atticus dijo que no, que no era eso, que había otras maneras de convertir a las personas en fantasmas.
Mi memoria recogía ávidamente la imagen de mistress Radley abriendo de tarde en tarde la puerta de la fachada para salir hasta la orilla del porche a
regar sus cannas. En cambio Jem y yo velamos a míster Radley yendo y viniendo de la ciudad. Era un hombre delgado y correoso con unos ojos
incoloros, tan incoloros que no reflejaban la luz. Tenía unos pómulos agudos y la boca grande, con el labio superior delgado y el inferior carnoso. Miss
Stephanie Crawford decía que era tan recto que tomaba la palabra de Dios como su única ley y, nosotros, la creíamos porque míster Radley andaba
tieso como una baqueta.
Jamás nos hablaba. Cuando pasaba, bajábamos los ojos al suelo y decíamos:
Buenos días, señor.
Y él, en respuesta, tosía.
El hijo mayor de míster Radley vivía en Pensacola; tenía a su casa por Navidad, y era una de las pocas personas a las que veíamos entrar y salir de la
vivienda. Desde el día en que míster Radley se llevó a Arthur a casa, la gente dijo que aquella mansión había muerto.
Pero vino el día en que Atticus nos dijo que nos castigaría seriamente si hacíamos el menor ruido en el patio y comisionó a Calpurnia para que le
sustituyese en su ausencia, si desobedecíamos la orden. Míster Radley estaba agonizando.
Se tomó su tiempo para morir. A cada extremo de la finca de los Radley colocaron caballetes de madera, cubrieron la acera de paja y desviaron el tráfico
hacia la calle trasera. Cada vez que visitaba al enfermo, el doctor Reynolds aparcaba el coche delante de nuestra casa, y luego seguía a pie. Jem y yo
nos arrastramos por el patio días y días. M final quitaron los caballetes y nosotros nos plantamos a mirar desde el porche de la fachada cuando mister
Radley hizo su último viaje por delante de nuestra casa.
Allá va el hombre más ruin a quien Dios puso aliento en el cuerpo –murmuró Calpurnia, escupiendo meditativamente al patio.
Nosotros la miramos sorprendidos, porque Calpurnia raras veces hacía comentarios sobre la manera de ser de las personas blancas.
Los vecinos pensaban que cuando míster Radley bajara al sepulcro, Boo saldría, pero lo que vieron fue otra cosa. El hermano mayor de Boo regresó de
Pensacola y ocupó el puesto de míster Radley. La única diferencia que había entre él y su padre era la edad. Jem decía que míster Nathan también
“compraba algodón”. Sin embargo, míster Nathan nos dirigía la palabra, al darnos los buenos días, y a veces lo veíamos regresar de la población con una
revista en la mano.
Cuanto más hablábamos a Dill de los Radley, más quería saber; cuantos más ratos pasaba de pie abrazando el poste de la farola, más intrigado se sentía.
Me gustaría saber qué hace allí dentro– solía murmurar–. Parece que, al menos, habría de asomar la cabeza a la puerta.
Sale, no cabe duda, cuando es negra noche –decía Jem–. Miss Stephanie dijo que una vez se despertó a medianoche y le vio mirándola fijamente
a través de la ventana... Dijo que era como si la estuviese mirando una calavera. ¿No te has despertado nunca de noche y le has oído, Dill?
Anda así... –Y Jem arrastró los pies por la gravilla–. ¿Por qué te figuras que miss Rachel cierra con tanta precaución por las noches? Muchas
mañanas he visto sus huellas en nuestro patio, y una noche le oí arañar la puerta vidriera de la parte de atrás, pero cuando Atticus llegó allí ya se
había marchado.
¿Qué figura debe de tener? –dijo Dill.
Jem le hizo una descripción aceptable de Boo. A juzgar por sus pisadas, Boo medía unos seis pies y medio de estatura; comía ardillas crudas y todos los
gatos que podía coger, por esto tenía las manos manchadas de sangre... (Si uno se come un animal crudo, no puede limpiarse jamás la sangre). Por su
cara corría una cicatriz formando una línea quebrada; los dientes que le quedaban estaban amarillos y podridos; tenía los ojos salientes, y la mayor
parte del tiempo babeada.
Probemos de hacerle salir –dijo Dill–. Me gustaría ver qué figura tiene.
Jem contestó que si Dill quería que le matasen, le bastaba con ir allá y llamar a la puerta.
Nuestra primera incursión se produjo únicamente porque Dill apostó El Fantasma Gris contra dos Tom Swift de Jem a que éste no llegaría hasta más allá
de la puerta del patio de los Radley. Jem no había rechazado un desafío en toda su vida.
Jem lo pensó tres días enteros. Supongo que amaba el honor más que su propia cabeza, porque Dill le hizo ceder fácilmente.
Tienes miedo –le dijo el primer día.
No tengo miedo, sino respeto –replicó él.
Al día siguiente Dill dijo:
Tienes demasiado miedo para poner ni siquiera el dedo gordo del pie en el patio de la fachada. Jem dijo que se figuraba que no, que había
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pasado por delante de la Mansión Radley todos los días de clase de su vida.
Siempre corriendo –dije yo.
Pero Dill le cazó el tercer día, al decirle que la gente de Meridian no era, en verdad, tan miedosa como la de Maycomb, y que jamás había visto personas
tan medrosas como las de nuestra ciudad.
Esto bastó para que Jem fuese hasta la esquina, donde se paró, arrimado contra el poste de la luz, contemplando la puerta del patio suspendida
estúpidamente de su gozne de manufactura casera.
Como es que te has grabado bien en la memoria que nos matará a todos sin dejar a uno, Dill Harry –dijo Jem cuando nos reunimos con él–.
No me eches las culpas cuando Boo te saque los ojos. Recuerda que tú lo has empezado.
Sigues teniendo miedo –murmuró Dill con mucha paciencia. Jem quiso que Dill supiese de una vez para siempre que no tenía miedo a nada.
Lo que sucede es que no se me ocurre una manera de hacerle salir sin que nos coja. Además, Jem había de pensar en su hermanita.
Cuando pronunció estas palabras, supe que sí tenía miedo. Jem también había de pensar en su hermanita aquella vez que yo le reté a que saltara desde
el tejado de casa.
Si me matase, ¿qué sería de ti? –me preguntó.
Luego saltó, aterrizó sin el menor daño, y su sentido de la responsabilidad le abandonó... hasta encontrarse con el reto de la Mansión Radley.
¿Huirás corriendo de un desafio? –le preguntó Dill–. Si es así, entonces...
Uno ha de pensar bien estas cosas, Dill –contestó Jem–. Déjame pensar un minuto... Es una cosa así como hacer salir una tortuga...
¿Cómo se hace eso? –inquirió Dill.
Poniéndole una cerilla encendida debajo.
Yo le dije a Jem que si prendía fuego a la casa de los Radley se lo contaría a papá. Dill dijo que el encender una cerilla debajo de una tortuga era una
cosa odiosa.
No es odiosa; sirve simplemente para convencerla... No es lo mismo que si la asaras en el fuego –refunfuñó Jem.
¿Y cómo sabes que la cerilla no la hace sufrir?
Las tortugas no sienten nada, estúpido –replicó Jem.
Has sido tortuga alguna vez, ¿eh?
¡Cielo santo, Dill! Ea, déjame pensar... Me figuro que podríamos amansarle... Jem se quedó pensando tan largo rato que Dill hizo una pequeña
concesión:
Si subes allá y tocas la casa no diré que has huido ante un reto y te daré igualmente El fantasma Gris.
A Jem se le iluminó el semblante.
¿Tocar la casa? ¿Nada más?
Dill asintió con la cabeza.
¿Seguro que eso es todo, di? No quiero que te pongas a chillar una cosa diferente al minuto mismo que regrese.
Sí, esto es todo –contestó Dill–. Cuando te vea en el patio, saldrá probablemente a perseguirte; entonces Scout y yo saltaremos sobre él y le
sujetaremos hasta que podamos decirle que no vamos a hacerle ningún daño.
Abandonamos la esquina, cruzamos la calle lateral que desembocaba delante de la casa de los Radley y nos paramos en la puerta del patio.
Bien, adelante –dijo Dill–. Scout y yo te seguiremos pisándote los talones.
Ya voy, no me des prisa –respondió Jem.
Fue hasta la esquina de la finca, regresó luego, estudiando el terreno, como si decidiera la mejor manera de entrar. Arrugaba la frente y se rascaba la
cabeza.
Yo me reí de él en son de mofa.
Jem abrió la puerta de un empujón, corrió hacia un costado de la casa, dio un golpe a la pared con la palma de la mano y regresó velozmente,
dejándonos atrás, sin esperar para ver si su correría había tenido éxito. Dill y yo le seguimos inmediatamente. A salvo en nuestro porche, jadeando
sin aliento, miramos atrás.
La vieja casa continuaba igual, caída y enferma, pero, mientras mirábamos, calle abajo, nos pareció ver que una persiana interior se movía. ¡Zas! Un
movimiento leve, casi invisible y, la casa, continuó silenciosa.

C A PÍ T U L O 2
Dill nos dejó en septiembre, para regresar a Meridian. Le acompañamos al autobús de las cinco y, sin él, me sentí desdichada hasta que pensé que
transcurrida una semana empezaría a ir a la escuela. En toda mi vida jamás he esperado otra cosa con tanto anhelo. Las horas del invierno me habían
sorprendido en la caseta de los árboles, mirando hacia el patio de la escuela, espiando las multitudes de chiquillos con un anteojo de dos aumentos que
Jem me había dado, aprendiendo sus juegos, siguiendo la chaqueta encarnada de Jem entre el girar de los corros de la “gallina ciega” compartiendo en
secreto sus desdichas y sus pequeñas victorias. Ansiaba reunirme con ellos.
Jem condescendió en llevarme a la escuela el primer día, tarea que gentilmente hacen los padres de uno, pero Atticus había dicho que a mi hermano
le encantaría enseñarme mi clase. Creo que en esta transacción algún dinero cambió de manos, porque mientras doblábamos al trote la esquina de más
allá de la Mansión Radley, oí un tintineo nada familiar en los bolsillos de Jem. Ya en los límites del patio de la escuela, cuando disminuimos la marcha y
nos pusimos al paso, él tuvo buen cuidado de explicarme que durante las horas de clase no debía molestarle. No me acercaría para pedirle que
representásemos un capítulo de Tarzán y el hombre de las hormigas, ni para sonrojarle con referencias a su vida privada, ni tampoco andaría tras él
durante el descanso del mediodía. Yo me quedaría con los del primer grado y él permanecería con los del quinto. En resumen, tenía que dejarle en paz.
¿Quieres decir que ya no podremos jugar más? –le pregunté.
En casa haremos lo mismo de siempre –me contestó–, pero tú verás que la escuela es diferente. Lo era, en verdad. Antes de que terminase la
primera mañana, miss Caroline Fisher, nuestra maestra, me arrastró hacia la parte delantera de la sala y me pegó en la palma de la mano con su
regla; luego me hizo quedar de pie en el rincón hasta el mediodía.
Miss Caroline no pasaba de los veintiún años. Tenía el cabello pardo-rojizo brillante, las mejillas rosadas y se pintaba con esmalte carmesí las uñas.
Llevaba también zapatos de tacón alto y un vestido a rayas encamadas y blancas. Tenía el aspecto y el perfume de una gota de menta. Se alojaba al otro
lado de la calle, una puerta más abajo que nosotros, en el cuarto delantero del piso superior de miss Maudie Atkinson. Cuando miss Maudie nos la
presentó, Jem vivió en la luna durante días.
Miss Caroline escribió su nombre en la pizarra y dijo:
Esto dice que soy miss Caroline Fisher. Soy del norte de Alabama, del condado de Winston.
La clase murmuró con aprensión, temiendo que poseyera algunas de las peculiaridades propias de aquella región. (Cuando Alabama se separó de la
Unión, el 11 de enero de 1861, el Condado de Winston se separó de Alabama, y todos los niños de Maycomb lo sabían). Alabama del Norte estaba
llena de magnates de los licores, fabricantes de whisky, republicanos, profesores y personas sin abolengo.
Miss Caroline empezó el día leyéndonos una historia sobre los gatos. Los gatos sostenían largas conversaciones unos con otros, llevaban unos trajecitos
monos y vivían en una casa calentita debajo de la estufa de la cocina. Por el tiempo en que la Señora Gata llamaba a la tienda pidiendo un envío de
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MATAR UN RUISEÑOR

ratones de chocolate malteados, la clase estaba en agitación como un cesto de gusanos. Miss Caroline parecía no darse cuenta de que los andrajosos
alumnos de la primera clase, con camisas de trapo y faldas de tela de saco, muchos de los cuales habían cortado algodón y cebado puercos desde que
supieron andar, eran inmunes a la literatura de imaginación. Miss Caroline llegó al final del cuento y exclamó:
Oh, qué bien! ¿No ha sido bonito?
Luego fue a la pizarra y escribió el alfabeto con enormes letras mayúsculas de imprenta. Después se volvió hacia la clase y preguntó:
¿Sabe alguno lo que son?
Casi todo el mundo lo sabía. La mayoría del primer grado estaba allí desde el año anterior, por no haber podido pasar al segundo.
Supongo que me escogió a mí porque conocía mi nombre. Mientras yo leía el alfabeto una leve arruga apareció entre sus cejas, y después de haberme
hecho leer gran parte de Mis Primeras Lecturas y los datos del mercado de Bolsa del The Mobile Register en voz alta, descubrió que yo era letrada y me
miró con algo más que un leve desagrado. Miss Caroline me pidió que le dijese a mi padre que no me enseñase nada más, pues ello podía ser
incompatible con las clases.
¿Enseñarme?-exclamé sorprendida. Mi padre no me ha enseñado nada, miss Caroline. Atticus no tiene tiempo para enseñarme nada. ¡Caramba!,
por la noche está tan cansado que no hace otra cosa que sentarse en la sala y leer.
Si no te enseñó él, ¿quién ha sido? –preguntó miss Caroline de buen talante–. Alguno habrá sido. Tú no naciste leyendo The Mobile Register.
Jem dice que sí. Jem leyó un libro en el que yo era una Bullfinch en lugar de una Finch (1). Jem dice que mi verdadero nombre es Jean Louise
Bullfinch y que, cuando nací, me cambiaron y que en realidad soy una...
Miss Caroline pensó, por lo visto, que mentía.
No nos dejemos arrastrar por la imaginación, querida mía-dijo. Y ahora dile a tu padre que no te enseñe nada más. Es mejor empezar a estudiar con una
mente fresca. Dile que de ahora en adelante me encargo yo y que trataré de corregir el mal...
¿Señora...?
Tu padre no sabe enseñar. Ahora puedes sentarte.
Murmuré que lo sentía y me retiré meditando mi crimen. Yo no aprendí intencionalmente a leer, pero, no sé cómo, me había encenagado ilícitamente
en los periódicos diarios. En las largas horas en el templo... ¿Fue entonces cuando aprendí? No podía recordar una época en que no supiera leer los
himnos. Ahora que me veía obligada a pensar en ello, el leer era cosa que sabía, naturalmente, lo mismo que el abrocharme las posaderas de mi
pelele sin mirar atrás o el terminar haciendo dos lazos con una maraña de cordones de zapato. No podía recordar cuándo las líneas de encima del dedo
en movimiento de Atticus se separaron en palabras; sólo sabía que las contemplé todas las veladas que recordaba, escuchando las noticias del día,
los proyectos que había que elevar a Leyes, los diarios de Lorenzo Dow..., todo lo que Atticus estuviera leyendo cuando yo trepaba a su regazo cada
noche. Hasta que temí perderlo, jamás me embelesó el leer. A uno no le embelesa el respirar.
Comprendí que había disgustado a miss Caroline, de modo que dejé la cosa como estaba y me puse a mirar por la ventana hasta el descanso, en cuyo
momento Jem me sacó de la nidada de alumnos del primer grado, en el patio de la escuela. Jem me preguntó qué tal me desenvolvía. Yo se lo expliqué.
Si no tuviera que quedarme, me marcharía, Jem, esa maldita señorita dice que Atticus me ha enseñado a leer y que debe dejar de enseñarme...
No te apures, Scout –me reconfortó él–. Nuestro maestro dice que miss Caroline está introduciendo una nueva manera de enseñar. La aprendió
en la Universidad. Pronto la adoptarán todos los grados. Según este estilo uno no ha de aprender mucho de los libros. Es como, por ejemplo, si
quieres saber cosas de las vacas, vas y ordeñas una, ¿comprendes?
Sí Jem, pero yo no quiero estudiar vacas, yo...
Claro que sí. Uno ha de saber de las vacas, forman una gran parte de la vida del Condado de Maycomb.
Me contenté preguntándole si había perdido la cabeza.
Sólo trato de explicarte la nueva forma que han implantado para enseñar al primer grado, tozuda. Es el Sistema Decimal de Dewey.
Como no había discutido nunca las sentencias de Jem, no vi motivo para empezar ahora. El Sistema Decimal de Dewey consistía, en parte, en que miss
Caroline nos presentara cartulinas en las que había impresas palabras: “el”, “gato”, “ratón”, “hombre” y “tú”. No parecía que esperase ningún
comentario por nuestra parte y la clase recibía aquellas revelaciones impresionistas en silencio. Yo me aburría, por lo cual empecé una carta a Dill. Miss
Caroline me sorprendió escribiendo y me ordenó que dijese a mi padre que dejara de enseñarme.
Además –dijo–, en el primer grado no escribimos, hacemos letra de imprenta. No aprenderás a escribir hasta que estés en el tercer grado.
De esto tenía la culpa Calpurnia. Ello me libraba de volverla loca los días lluviosos, supongo. Me ordenaba escribir el alfabeto en la parte de arriba de
una tablilla y copiar luego un capitulo de la Biblia debajo. Si reproducía su caligrafía satisfactoriamente, me recompensaba con un sandwich de pan,
manteca y azúcar. La pedagogía de Calpurnia estaba libre de sentimentalismos; raras veces la dejaba complacida, y raras veces me premiaba.
Los que van a almorzar a casa que levanten la mano –pidió miss Caroline, e interrumpió mi nuevo resentimiento contra Calpurnia.
Los chiquillos de la población la levantaron, y ella nos recorrió con la mirada.
Los que traigan el almuerzo que lo pongan encima de la mesa.
Fiambreras aparecieron por arte de encantamiento, y en el techo bailotearon reflejos metálicos. Miss Caroline iba de un extremo a otro de las hileras,
mirando y hurgando los recipientes del almuerzo, asintiendo con la cabeza si su contenido le gustaba, arrugando un poco el ceño ante otros. Se paró en
la mesa de Walter Cunningham.
¿Dónde está el tuyo? –le preguntó.
La cara de Walter Cunningham pregonaba a todos los del primer grado que tenía lombrices. Su falta de zapatos nos explicaba además cómo las había
cogido. Las lombrices se cogían andando descalzo por los corrales y los revolcaderos de los cerdos. Si Walter hubiese tenido zapatos los habría llevado el
primer día de clase y luego los hubiera dejado hasta mitad del invierno. Llevaba, eso sí, una camisa limpia y un mono pulcramente remendado.
¿Has olvidado el almuerzo esta mañana? –preguntó miss Caroline.
Walter fijó la mirada al frente. Vi que en su flaca mandíbula resaltaba de pronto el bulto de un músculo.
¿Lo has olvidado esta mañana? –insistió miss Caroline. La mandíbula de Walter se movió otra vez.
Sí, señora –murmuró por fin.
Miss Caroline fue a su mesa y abrió el monedero.
Aquí tienes un cuarto de dólar –le dijo a Walter–. Hoy vete a comer a la población. Mañana podrás devolvérmelo.
Walter movió la cabeza negativamente.
No, gracias, señora –tartajeó en voz baja.
La impaciencia se acentuaba en la voz de miss Caroline.
Vamos Walter, cógelo.
Walter meneó la cabeza de nuevo.
Cuando la meneaba por tercera vez, alguien susurró:
Ve y cuéntaselo, Scout.
Yo me volví y vi a la mayor parte de los muchachos de la ciudad y a toda lan delegación del autobús mirándome. Miss Caroline y yo habíamos
conferenciado ya dos veces, y los otros me miraban con la inocente certidumbre de que la familiaridad trae consigo la comprensión.
Yo me levanté generosamente en ayuda de Walter.
(1) Para que se comprenda bien la pequeña manía de grandeza que hay en esa fantasía infantil, diremos que Finch significa "pinzón" y Bullfinch "pinzón
real". (N. del T.)
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MATAR UN RUISEÑOR

Oh..., miss Caroline...
¿Qué hay, Jean Louise?
Miss Caroline, es un Cunningham. Y me senté de nuevo.
¿Qué hay, Jean Louise?
Yo pensaba haber puesto las cosas suficientemente en claro. Para todos los demás lo eran de sobras: Walter Cunningham estaba sentado allí, dejando
reposar la cabeza. No había olvidado el almuerzo, no lo tenía. No lo tenía hoy, ni lo tendría mañana, ni pasado. En toda su vida probablemente no habla
visto nunca tres cuartos de dólar juntos.
Hice otra tentativa.
Walter es un Cunningham, miss Caroline.
Perdona, pero, ¿qué quieres decir, Jean Louise?
No tiene nada de particular, señorita; dentro de poco tiempo conocerá usted a toda la gente del condado. Los Cunningham jamás cogen nada
que no puedan devolver, ni que sean sellos. Jamás toman nada de nadie, se arreglan con lo que tienen. No tienen mucho, pero pasan con ello.
Mi conocimiento especial de la tribu Cunningnam-es decir, de una de sus ramas-lo debía a los acontecimientos del invierno pasado. El padre de Walter
era cliente de Atticus. Una noche, después de una árida conversación en nuestra sala de estar sobre su apuro y, antes de marcharse, míster Cunningham
dijo:
Míster Finch, no sé cuándo estaré en condiciones de pagarle.
Esto ha de ser lo último que debe preocuparle, Walter –respondió Atticus.
Cuando le pregunté a Jem cuál era el apuro en que se encontraba Walter y Jem me dijo que era el de tener cogidos los dedos en una trampa, pregunté
a Atticus si míster Cunningham llegaría a pagarnos alguna vez.
En dinero no–respondió Atticus–, pero no habrá transcurrido un año sin que haya pagado. Fíjate.
Nos fijamos. Una mañana, Jem y yo encontramos una carga de leña para la estufa en el patio trasero. Más tarde apareció en las escaleras de la parte
posterior un saco de nueces. Con la Navidad llegó una caja de zarzaparrilla y acebo. Aquella primavera, cuando encontramos un saco lleno de nabos,
Atticus dijo que míster Cunningham le había pagado con creces.
¿Por qué te paga de este modo? –pregunté.
Porque es del único modo que puede pagarme. No tiene dinero.
¿Somos pobres nosotros, Atticus?
Mi padre movió la cabeza afirmativamente.
Ciertamente, lo somos. Jem arrugó la nariz.
¿Somos tan pobres como los Cunningham?
No exactamente. Los Cunningham son gente del campo, labradores y la crisis les afecta más. Atticus decía que los hombres de profesiones
liberales eran pobres porque lo eran los campesinos. Como el Condado de Maycomb era un terreno agrícola, las monedas de cinco y de diez
centavos llegaban con mucha dificultad a los bolsillos de médicos, dentistas y abogados. La amortización era solamente uno de los males que
sufría míster Cunningham. Los acres no vinculados los tenía hipotecados hasta el tope y, el poco dinero que reunía, se lo llevaban los intereses. Si
la lengua no se le iba por mal camino, mister Cunningham podría conseguir un empleo del Gobierno, pero sus campos irían a la ruina si los
abandonaba y él prefería pasar hambre para conservar los campos y votar de acuerdo con su parecer. Atticus decía que mister Cunningham
venía de una casta de hombres testarudos.
Como los Cunningham no tenían dinero para pagar a un abogado, nos pagaban con lo que podían.
¿No sabíais que el doctor Reynolds trabaja en las mismas condiciones? –decía Atticus–. A ciertas personas les cobra una medida de patatas por
ayudar a un niño a venir al mundo. Miss Scout, si me prestas atención te explicaré lo que es una vinculación. A veces las definiciones de Jem
resultan bastante exactas.
Si hubiese podido explicar estas cosas a miss Caroline, me hubiera ahorrado algunas molestias y miss Caroline la mortificación subsiguiente, pero no
entraba en mis posibilidades el explicar las cosas tan bien como Atticus, de modo que dije:
Le está llenando de vergüenza, miss Caroline. Walter no tiene en casa un cuarto de dólar para traérselo luego, y usted no necesita leña para la
estufa.
Miss Caroline se quedó tiesa como un palo, luego me cogió por el cuello del vestido y me remolcó hacia su mesa.
Jean Louise, esta mañana ya empiezo a estar cansada de ti –dijo–. Cada día te metes en mal terreno, querida mía. Abre la mano.
Yo pensé que iba a escupirme en ella, que era el único motivo por el cual cualquier persona de Maycomb levantaba la mano: era ésta una manera de
sellar los contratos orales consagrados por el tiempo. Preguntándome qué trato habríamos hecho, volví la mirada hacia la clase en busca de una
respuesta, pero los otros me miraron a su vez desorientados. Miss Caroline cogió la regla. Me dio media docena de golpecitos rápidos y me dijo que me
quedara de pie en el rincón. Cuando por fin se dieron cuenta de que miss Caroline me había pegado, toda la clase estalló en una tempestad de risas.
Cuando miss Caroline les amenazó con una suerte similar, el primer grado estalló otra vez y sólo imperó una seriedad rígida cuando cayó sobre ellos la
sombra de miss Blount. Miss Blount, que había nacido en Maycomb y todavía no estaba iniciada en los misterios del Sistema Decimal, apareció en la
puerta con las manos en las caderas y anunció:
Si oigo otro sonido en esta sala, le pego fuego con todos los que están dentro. ¡Miss Caroline, con este alboroto, el sexto grado no puede
concentrarse en las pirámides!
Mi estancia en el rincón fue corta. Salvada por la campana, miss Caroline contempló cómo la clase salía en fila para el almuerzo. Como fui la última en
salir, la vi desplomarse en el sillón y hundir la cabeza entre los brazos. Si hubiese tenido una conducta más amistosa conmigo, la hubiera compadecido.
Era una mujercita preciosa.

C A PÍ T U L O 3
Perseguir a Walter Cunningham por el patio me causó cierto placer, pero cuando le frotaba la nariz contra el polvo se acercó Jem y me dijo que le
dejase.
Eres más fuerte que él –me dijo.
Pero él tiene, casi, tantos años como tú –repliqué–. Por su culpa me he puesto en mal terreno.
Suéltale, Scout. ¿Por qué?
No traía almuerzo –respondí, y a continuación expliqué cómo me había mezclado con los problemas dietéticos de Walter.
Walter se había levantado y estaba de pie, escuchándonos calladamente a Jem y a mí. Tenía los puños algo levantados, como si esperase un asalto de
nosotros dos. Yo di una patada en el suelo, mirándole, para hacerle marchar, pero Jem levantó la mano y me detuvo. Luego examinó a Walter con
aire especulativo.
¿Tu papá es mister Cunningham, de Oíd Sarum? –preguntó.
Walter movió la cabeza asintiendo. Daba la sensación de que le habían criado con pescado; sus ojos, tan azules como los de Dill Harry, aparecían
rodeados de un círculo rojo y acuoso. No tenía nada de color en el rostro, excepto en la punta de la nariz, que era de un rosado húmedo. Y manoseaba
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MATAR UN RUISEÑOR

las tiras de su mono, tirando nerviosamente de las hebillas metálicas.
De súbito, Jem le sonrió.
Ven a casa a comer con nosotros, Walter-le dijo. Nos alegrará tenerte en nuestra compañía. La cara de Walter se iluminó, pero luego se
ensombreció. Jem dijo:
Tu papá es amigo del nuestro. Esa Scout está loca; ya no se peleará más contigo.
No estoy tan segura–repliqué. Me irritaba que Jem me dispensase tan liberalmente de mis obligaciones, pero los preciosos minutos del mediodía
transcurrían sin cesar. No, Walter, no volveré a arremeter contra ti. ¿Te gustan las alubias con manteca? Nuestra Cal es una cocinera estupenda.
Walter se quedó donde estaba, mordiéndose el labio. Jem y yo abandonamos la partida. Estábamos cerca de la Mansión Radley cuando nos gritó:
¡Eh! ¡Voy con vosotros!
Cuando nos alcanzó, Jem se puso a conversar placenteramente con él.
Aquí vive un bicho raro –dijo cordialmente, señalando la casa de los Radley–. ¿No has oído hablar nunca de él, Walter?
Ya lo creo –contestó el otro–. Por poco muero el primer año que vine a la escuela y comí nueces... La gente dice que las envenenó y las puso en
la parte de la valla que da al patio de la escuela.
Ahora que Walter y yo andábamos a su lado, parecía que Jem le temía muy poco a Boo Radley. Lo cierto es que se puso jactancioso.
Una vez subí hasta la casa –dijo.
Nadie que haya ido una vez hasta la casa debería después echar a correr cuando pasa por delante de ella –dije yo, mirando a las nubes del cielo.
¿Y quién echa a correr, señorita Remilgada?
Tú, cuando no va nadie contigo.
Cuando llegamos a las escaleras de nuestra vivienda, Walter había olvidado ya que fuese un Cunningham. Jem corrió a la cocina a pedir a Calpurnia que
pusiera un plato más; teníamos invitados. Atticus saludó a Walter e inició una conversación sobre cosechas que ni Jem ni yo pudimos seguir.
Si no he podido pasar del primer grado, míster Finch, es porque todas las primaveras he tenido que quedarme con papá para ayudarle a cortar
matas; pero ahora hay otro en casa ya mayor para el trabajo del campo.
¿Habéis pagado una medida de patatas por él? –pregunté, pero Atticus me reprendió moviendo la cabeza.
Mientras Walter amontonaba alimento en su plato, él y Atticus conversaban como dos hombres, dejándonos maravillados a Jem y a mí. Atticus
peroraba sobre los problemas del campo cuando Walter le interrumpió para preguntar si teníamos melaza en la casa. Atticus llamó a Calpurnia, que
regresó trayendo el jarro de jarabe y se quedó hasta que Walter se hubo servido. Walter derramó jarabe sobre las hortalizas y la carne con mano
generosa. Y probablemente se lo habría echado también en la leche si yo no le hubiese preguntado qué diablos hacía.
La salsera de plata tintineó cuando él puso otra vez el jarro en ella y Walter se llevó rápidamente las manos al regazo. Luego bajó la cabeza.
Atticus me reprendió de nuevo moviendo la suya.
¡Pero, si ha llegado al extremo de ahogar la comida en jarabe! –protesté–. Lo que ha derramado por todas partes...
Entonces Calpurnia requirió mi presencia en la cocina.
Estaba furiosa, y cuando ocurría así su gramática se volvía desarticulada. Estando tranquila, la tenía tan buena como cualquier persona de Maycomb.
Atticus decía que Calpurnia estaba más instruida que la mayoría de gente de color.
Cuando me miraba con sus ojos bizcos, las pequeñas arrugas que los rodeaban se hacían más profundas.
Hay personas que no comen como nosotros –susurró airada–, pero no has de ser tú quien las critique en la mesa cuando se da este caso. Aquel
chico es tu invitado y si quiere comer los manteles le dejas que se los coma, ¿me oyes?
No es un invitado, Cal, es solamente un Cunningham...
¡Cierra la boca! No importa quién sea, todo el que pone el pie en esta casa es tu invitado, ¡y no quieras que te coja haciendo comentarios sobre
sus maneras como si tú fueras tan alta y poderosa! Tus familiares quizá sean mejores que los Cunningham, pero sus méritos no cuentan para
nada con el modo que tú tienes de rebajarlos... ¡Y si no sabes portarte debidamente para comer en la mesa, te sientas aquí y comes en la
cocina! –concluyó Calpurnia, estropeando bastante las palabras.
Luego, con un cachete que me escoció bastante, me mandó cruzar la puerta que conducía al comedor. Retiré mi plato y terminé la comida en la cocina,
agradeciendo con todo que me ahorrasen la humillación de continuar ante ellos. A Calpurnia le dije que esperase, que le pasaría cuentas: uno de
aquellos días, cuando ella no mirase, saldría y me ahogaría en el Remanso de Barker, y entonces a ella le molestaría. Además, añadí, ya me había
creado conflictos una vez aquel día: me había enseñado a escribir, y todo era culpa suya.
Basta de alboroto –replicó Calpumia.
Jem y Walter regresaron a la escuela antes que yo; el quedarme atrás para advertir a Atticus de las iniquidades de Calpurnia valía bien una carrera
solitaria por delante de la Mansión Radley.
Sea como fuere, a Jem le quiere más que a mí –terminé, e indiqué que debía despedirla sin pérdida de tiempo.
¿Has considerado alguna vez que Jem no le da ni la mitad de disgustos que tú? –La voz de Atticus era dura como el pedernal–. No tengo
intención de deshacerme de ella, ni ahora ni nunca. No podríamos arreglarnos ni un solo día sin Cal, ¿lo has pensado alguna vez? Piensa en lo
mucho que Cal hace por ti, y obedécela, ¿me oyes?
Regresé a la escuela odiando profundamente a Calpurnia, hasta que un alarido repentino disipó mis resentimientos. Al levantar la vista vi a miss
Caroline de pie en medio de la sala, inundado su rostro por el más vivo horror. Al parecer se había reanimado bastante para perseverar en su profesión.
¡Está vivo! –chillaba.
La población masculina de la clase corrió como un solo hombre en su auxilio. ¡Señor, pensé yo, la asusta un ratón! Little Chuck Little, que poseía una
paciencia fenomenal para todos los seres vivientes, dijo:
¿Hacia qué parte ha ido, miss Caroline? Díganos adónde ha ido, ¡de prisa! D.C...–le ordenó a un chico que estaba detrás–, D.C., cierra la puerta y
le cogeremos. Rápido, señorita, ¿adónde ha ido?
Miss Caroline señaló con un índice tembloroso, no el suelo ni el techo, sino a un animalillo redondo a quien yo no conocía. La faz de Little Chuck se
contrajo, y preguntó dulcemente:
¿Quiere decir éste, señorita? Sí, está vivo. ¿La ha asustado con algo? Miss Caroline dijo desesperada:
En el preciso momento en que pasaba por ahí, el bicho ha salido de su cabello..., ha salido de su cabello, ni más ni menos...
Little Chuck sonrió con ancha sonrisa.
No es preciso tenerle miedo a un piojo, señorita. ¿No ha visto nunca ninguno? Vamos, no tenga miedo; vuélvase a su mesa, sencillamente y
enséñenos algo más.
Little Chuck Little era otro miembro de la población escolar que no sabía de dónde le llegaría la comida siguiente, pero era un caballero nato. Puso la
mano debajo del codo de miss Caroline y la acompañó hasta la punta de la sala.
Vamos, no se incomode, señorita –decía–. No hay motivo para tener miedo de un piojo. Voy a buscarle un poco de agua fría.
El huésped del piojo no manifestó el más leve interés por el furor que había despertado. Rebuscó por el cabello, encima de su frente, localizó a su
invitado y lo aplastó entre el pulgar y el índice.
Miss Caroline seguía la maniobra entre fascinada y horrorizada. Little Chuck le trajo agua en un vaso de papel, y ella la bebió agradecida. Al fin recobró la
voz.
¿Cómo te llamas, hijo? –preguntó cariñosamente. El del piojo parpadeó.
¿Quién, yo?
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MATAR UN RUISEÑOR

Miss Caroline hizo un signo afirmativo.
Burris Ewell.
Mis Caroline examinó el libro de asistencia.
Aquí tengo un Ewell, pero no dice el primer nombre... ¿Querrás decírmelo, letra por letra?
No sé hacerlo. En casa me llaman Burris.
Bien, Burris –dijo miss Caroline–. Creo que será mejor dejarte libre para el resto de la tarde. Quiero que te vayas a casa y te laves el cabello.
En seguida sacó un grueso libro de un cajón, hojeó sus páginas y leyó un momento.
Un buen remedio casero para...Burris, quiero que te vayas a casa y le laves el cabello con jabón de lejía. Cuando lo hayas hecho, frótate la cabeza
con petróleo.
¿Para qué, señorita?
Para librarte de... pues... de los piojos. Ya ves, Burris, los otros podrían cogerlos también y tú no lo quieres, ¿verdad que no?
El niño se puso en pie. Era el ser humano más sucio que he visto en mi vida. Tenía el cuello gris oscuro, los dorsos de las manos orinientos y el negro
de las uñas penetraba hasta lo vivo. Miró a miss Caroline por un espacio limpio, de la anchura de un puño, que le quedaba en la cara. Nadie se había
fijado en él, probablemente, porque miss Caroline y yo habíamos divertido a la clase la mayor parte de la mañana.
Y, Burris –añadió la maestra–, haz el favor de bañarte antes de volver mañana. El chico soltó una carcajada grosera.
No es usted quien me echa, señorita –replicó con tosco lenguaje dialectal–. Estaba a punto de marcharme; ya he cumplido mi tiempo por este
año.
Miss Caroline pareció desorientada.
¿Qué quieres decir con esto?
El chico no respondió. Soltó un breve bufido de desprecio. Uno de los miembros de más edad de la clase, contestó:
Es un Ewell, señorita –y yo me pregunté si esta explicación tendría tan poco éxito como mi tentativa. Pero miss Caroline parecía dispuesta a
escuchar–. Toda la escuela está llena de ellos. Vienen el primer día de cada año y luego se marchan. La encargada de la asistencia los hace venir
amenazándolos con el sheriff pero ha abandonado el empeño de hacerlos continuar. Calcula que ha cumplido con la ley anotando sus nombres
en la lista y obligándoles a venir el primer día. Se da por descontado que el resto del año se les pondrá falta...
Pero, ¿y sus padres? –preguntó miss Caroline, auténticamente preocupada.
No tienen madre –le respondió el chico–, y su padre es muy pendenciero. El recital había halagado a Burris Ewell.
Hace ya tres años que vengo el primer día al primer grado–dijo, expansionándose–. Calculo que si soy listo este año me pasarán al segundo...
Mis Caroline dijo:
Haz el favor de sentarte, Burris –y en el mismo momento en que lo dijo, yo comprendí que había cometido un serio error. La condescendencia
del muchacho se inflamó en cólera.
Pruebe usted a obligarme, señorita. Little Chuck Little se puso en pie.
Déjele que se vaya, señorita –dijo–. Es un ruin, un ruin endurecido. Es capaz de cualquier barbaridad, y aquí hay niños pequeños.
Little era uno de los hombrecitos más diminutos, pero cuando Burris Ewell se volvió hacia él, su diestra voló hacia el bolsillo.
Cuidado con lo que haces, Burris –le dijo–. Te mataría con la misma rapidez con que te miro. Ahora vete a casa.
Burris pareció tenerle miedo a un niño de la mitad de su estatura, y miss Caroline aprovechó su indecisión.
Burris, vete a casa. Si no te vas llamaré a la directora –dijo–. De todos modos, tendré que dar parte de esto.
El muchacho soltó un bufido y se dirigió cabizbajo hacia la puerta. Cuando estuvo fuera de su alcance, se volvió y gritó:
¡Dé parte y reviente! ¡Todavía no ha nacido ninguna puerca maestra que pueda obligarme a hacer nada! Usted no me hace ir a ninguna parte,
señorita! ¡Recuérdelo bien, no me hace marchar a ninguna parte!
Aguardó hasta que estuvo seguro de que miss Caroline lloraba y luego salió con paso torpe del edificio.
Pronto estuvimos apiñados todos alrededor de la mesa de la maestra tratando de consolarla de diversos modos... Era un malvado de verdad..., un golpe
bajo... “Usted no ha venido a enseñar a gente como ésa”... En Maycomb la gente no se porta así, miss Caroline, de veras que no”... “Vamos, no se
atormente señorita.” “Miss Caroline. ¿Por qué no nos lee un cuento? Aquél del gato ha sido realmente bonito esta mañana”.
Miss Caroline sonrió, se limpió la nariz, y dijo:
Gracias, preciosidades –nos dispersó–, abrió un libro y desconcertó al primer grado con una larga narración sobre un sapo que vivía en un salón.
Cuando pasé por delante de la Mansión Radley por cuarta vez aquel día –dos de ellas a todo galope–, mi humor sombrío había aumentado hasta estar a
tono con la casa. Si el resto del año escolar resultaba tan cargado de dramas como el primer día, quizá fuese un poco divertido, pero la perspectiva de
pasar nueve meses absteniéndome de leer y escribir me hizo pensar en marcharme.
Mediada la tarde, había completado ya mis planes de viaje. Al competir con Jem corriendo por la acera para ir al encuentro de Atticus, que regresaba a
casa después del trabajo, yo no me lancé con exceso. Teníamos la costumbre de correr al encuentro de Atticus desde el momento en que le veíamos
doblar la esquina de la oficina de Correos, allá en la distancia. Atticus parecía haber olvidado que al mediodía yo me había enajenado su predilección;
no se cansaba de hacerme preguntas sobre la escuela. Yo respondí con monosílabos, y él no insistió.
Quizá Calpurnia, percibiera que había tenido un día triste: permitió que mirase cómo preparaba una cena.
Cierra los ojos y abre la boca y te daré una sorpresa –me dijo.
No hacía buñuelos a menudo, pues, aseguraba que no tenía tiempo, pero, hoy estando Jem y yo en la escuela, había sido para ella un día de poco
ajetreo. Y sabía que los buñuelos me gustaban mucho.
Te he echado de menos –dijo–. Alrededor de las dos la casa estaba tan solitaria que he tenido que poner la radio...
¿Por qué? Jem y yo nunca estamos en casa, a menos que llueva.
Ya lo sé-contestó, pero uno de los dos siempre está al alcance de mi voz. Me pregunto cuántas horas del día me paso llamándoos. Bien –dijo
levantándose de la silla de la cocina, ya es hora de preparar una cacerola de buñuelos, me figuro. Ahora vete y déjame poner la cena en la mesa.
Calpurnia se inclinó y me besó. Yo salí corriendo, preguntándome qué mudanza se operó en ella. Había querido hacer las paces conmigo, he ahí el caso.
Siempre fue demasiado dura conmigo. Al fin habla visto el error de su proceder pendenciero y lo lamentaba, pero, era demasiado obstinada para
confesarlo. Yo estaba cansada de los delitos cometidos aquel día.
Después de cenar, Atticus se sentó, con el periódico en la mano, y me llamó:
Scout, ¿estás a punto para leer?
El Señor me enviaba más de lo que podía resistir, y me fui al porche de la fachada. Atticus me siguió.
¿Te pasa algo, Scout?
Yo le dije que no me encontraba muy bien y que, si él estaba de acuerdo, pensaba no volver más a la escuela.
Atticus se sentó en la mecedora y cruzó las piernas. Sus dedos fueron a manosear el reloj de bolsillo; decía que sólo de este modo podía pensar.
Aguardó en amistoso silencio, y yo traté de reforzar mi posición.
Tú no fuiste a la escuela y te desenvuelves perfectamente; por tanto, yo también quiero quedarme en casa. Puedes enseñarme tú, lo mismo que
el abuelito os enseñó a ti y a tío Jack.
No, no puedo–respondió Atticus–. Además, si te retuviera en casa me encerrarían en el calabozo... Una dosis de magnesia esta noche y mañana
a la escuela.
La verdad es que no me encuentro bien.
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Me lo figuraba. ¿Qué te pasa, pues?
Trocito a trozo, le expliqué los infortunios del día:
...Y ha dicho que tú me lo enseñaste todo mal, de modo que ya no podremos volver a leer nunca. Por favor, no me mandes más allá, por favor,
señor.
Atticus se puso en pie y anduvo hasta el extremo del porche. Cuando hubo completado el exámen de la enredadera regresó hacia mí.
En primer lugar –dijo–, si sabes aprender una treta sencilla, Scout, convivirás mucho mejor con toda clase de personas. Uno no comprende de
veras a una persona hasta que considera las cosas desde su punto de vista...
¿Qué dice, señor?
Hasta que se mete en el pellejo del otro y anda por ahí como si fuera el otro.
Atticus dijo que yo había aprendido muchas cosas aquel día y, miss Caroline, otras varias por su parte. Una concretamente: había aprendido a no querer
dar algo a un Cunningham pero si Walter y yo hubiésemos mirado el caso con sus ojos, habríamos visto que fue una equivocación honrada. No podíamos
esperar que se enterase de todas las peculiaridades de Maycomb en un día y no podíamos hacerla responsable cuando no conocía bien el terreno.
Que me cuelguen –repliqué–, yo no conocía el terreno en el sentido de que no había de leer aquello, y ella me ha hecho responsable... Escucha,
Atticus, ¡no es preciso que vaya a la escuela! – Un pensamiento repentino me llenaba de entusiasmo–. Burris sólo va a la escuela el primer día.
La encargada de la asistencia da por cumplida la ley habiendo inscrito su nombre en la lista...
Tú no puedes hacer eso, Scout –contestó Atticus–. A veces, en casos especiales, es mejor doblar un poco la vara de la ley. En tu caso la ley
permanece rígida. Tú tienes que ir a la escuela.
No sé por qué he de ir yo y él no.
Entonces, escucha.
Atticus dijo que los Ewell habían sido la vergüenza de Maycomb durante tres generaciones. No recordaba que ninguno de ellos hubiese hecho una
jornada de trabajo honrado. Dijo que una Navidad, cuando fuera a llevar el árbol al vertedero, me llevaría con él y me enseñaría dónde vivían. Eran
personas, pero vivían como animales.
Pueden ir a la escuela siempre que quieran, siempre que muestren el más leve síntoma de estar dispuestos a recibir una educación –dijo Atticus.
Hay medios para retenerlos en la escuela por la fuerza, pero es una necedad obligar a gente como los Ewell a un ambiente nuevo...
Si mañana yo no fuese a la escuela, tú me obligarías.
Dejemos la cuestión en este punto–replicó Atticus secamente–. Tú, miss Scout Finch, perteneces al tipo corriente de personas. Debes obedecer
la ley.
Dijo luego que los Ewell eran miembros de una sociedad cerrada, formada por los Ewell. En ciertas circunstancias las personas corrientes, con muy buen
criterio, les concedían ciertos privilegios por el simple recurso de hacerse las ciegas ante algunas de sus actividades. Por ejemplo, no estaban obligados
a ir a la escuela. Otra cosa, a míster Bob Ewell, el padre de Burris, se le permitía que cazase y tendiese trampas en tiempo de veda.
Esto es malo, Atticus-dije. En el Condado de Maycom, el cazar en veda era un delito contra la ley, una felonía mayúscula a los ojos del populacho.
Va contra la lay, es cierto–dijo mi padre–, y es malo, en verdad; pero, cuando un hombre se gasta lo que le da la Beneficencia en whisky, sus
hijos suelen llorar sufriendo los dolores del hambre. No conozco a ningún terrateniente de estos alrededores que quiera hacer pagar a los hijos la
caza que mata el padre.
Míster Ewell no debería obrar así...
Naturalmente que no, pero jamás cambiará de manera de ser. ¿Vas a cargar tu repulsa sobre los hijos?
No, señor –murmuré, presentando la última resistencia–. Pero si sigo yendo a la escuela, no podremos leer ya más...
Esto te molesta, ¿verdad?
Sí, señor.
Cuando Atticus me miró, vi en su cara la expresión que siempre me hacía esperar algo.
¿Sabes lo que es un compromiso? –preguntó.
¿Doblar la vara de la ley?
No, es un acuerdo al que se llega por mutuas concesiones. Es como sigue –dijo–. Si reconoces la necesidad de ir a la escuela, seguiremos
leyendo todas las noches como lo hemos hecho siempre.
¿Te conviene?
¡Sí, señor!
Lo consideraremos sellado sin la formalidad habitual –dijo Atticus al ver que me preparaba para escupir.
Cuando abría la puerta vidriera de la fachada, Atticus dijo:
Ah, de paso, Scout, es mejor que no digas nada en la escuela de nuestro convenio.
¿Porqué no?
Me temo que nuestras actividades serían miradas con profunda repulsa por las autoridades más enteradas.
Jem y yo estábamos habituados al lenguaje de “testamento y última voluntad” de mi padre, y teníamos permiso para interrumpirle pidiéndole una
aclaración en todo momento, si no entendíamos lo que nos decía.
¿Qué, señor?
Yo nunca fui a la escuela –dijo–, pero tengo la impresión de que si le dijese a miss Caroline que leemos todas las noches, la tomaría conmigo, y
no quisiera que me persiguiese a mí.
Aquella noche Atticus nos tuvo en vilo, leyéndonos con aire grave columnas de letra impresa sobre un hombre que sin ningún motivo discernible se
había sentado en la punta de un asta de bandera, lo cual fue razón suficiente para que Jem se pasase todo el domingo siguiente encima de la caseta de
los árboles. Allí estuvo desde el desayuno hasta la puesta del sol y habría continuado por la noche si Atticus no le hubiese cortado el aprovisionamiento.
Yo me había pasado la mayor parte del día subiendo y bajando, haciendo los encargos que me ordenaba, proveyéndolo de literatura, alimento y agua,
y le llevaba mantas para la noche cuando Atticus me dijo que, si no le hacía eso, Jem bajaría. Atticus tuvo razón.

C A PÍ T U L O 4
El resto de mis días en la escuela no fueron más propicios que los primeros. Consistieron, ciertamente, en un proyecto interminable que se transformó
lentamente en una Unidad, por la cual el Estado de Alabama gastó millas de cartulina y de lápices de colores en un bien intencionado, pero infructuoso
esfuerzo por inculcarme Dinámica de Grupo. Hacia el final de mi primer año, lo que Jem llamaba el Sistema Decimal de Dewey dominaba toda la
escuela, de modo que no tuve ocasión de compararlo con otras técnicas de enseñanza. Lo único que podía hacer era mirar a mí alrededor: Atticus y mi
tío, que tuvieron la escuela en casa, lo sabían todo; al menos, lo que uno no sabía lo sabía el otro. Más aún, yo no podía dejar de pensar en que mi
padre había pertenecido durante años a la legislatura del Estado, elegido cada vez sin oposición, aun ignorando las regulaciones que mis maestras
consideraban esenciales para la formación de un buen Espíritu Ciudadano. Jem, educado sobre una base mitad Decimal mitad Dunceap, parecía
funcionar con eficacia solo o en grupo, pero Jem no servía como ejemplo; ningún sistema de vigilancia ideado por el hombre habría podido impedirle
que cogiera libros. En cuanto a mí, no sabía nada más que lo que recogía leyendo la revista Time y todo lo que, en casa, caía en mis manos, pero, a
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medida que iba avanzando con marcha penosa y tarda por la noria del sistema escolar del Condado de Maycomb, no podía evitar la impresión de que
me estafaban algo. No sabía en qué fundaba mi creencia, pero me resistía a pensar que el Estado quisiera regalarme únicamente doce años de
aburrimiento inalterado.
Mientras transcurría el año, como salía de la escuela treinta minutos antes que Jem, que se quedaba hasta las tres, pasaba por delante de la mansión
Radley tan de prisa como podía, sin pararme hasta haber llegado al refugio seguro del porche de nuestra fachada. Una tarde, cuando pasaba corriendo,
algo atrajo mi mirada y la atrajo de tal modo que inspiré profundamente, miré con detención a mí alrededor y retrocedí.
En el extremo de la finca de los Radley crecían dos encinas; sus raíces se extendían hasta la orilla del camino, accidentando el suelo. En uno de aquellos
árboles había una cosa que me llamó la atención.
De una cavidad nudosa del tronco, a la altura de mis ojos precisamente, salía una hoja de papel de estaño, que me hacía guiños a la luz del sol. Me puse
de puntillas, miré otra vez, rápidamente, a mí alrededor, metí la mano en el agujero y saqué dos pastillas de goma de mascar sin su envoltura exterior.
Mi primer impulso fue ponérmelas en la boca lo más pronto posible, pero recordé dónde estaba. Corrí a casa, y en el porche examiné el botín. La goma
parecía buena. Las husmeé y les encontré buen olor. Las lamí y esperé un rato. Al ver que no me moría, me las embutí en la boca. Era “Wrigley’s
DoubleMint” auténtico.
Cuando Jem llegó a casa me preguntó cómo había conseguido aquellas pastillas. Yo le dije que las había encontrado.
No comas las cosas que encuentres, Scout.
Esta no estaba en el suelo, estaba en un árbol. Jem refunfuñó.
Pues estaba –aseguré–. Salía de aquel árbol de allá, el que se encuentra viniendo de la escuela.
¡Escúpelas en seguida!
Las escupí. De todos modos ya perdían el sabor.
Llevo toda la tarde mascándolas y todavía no me he muerto, ni siquiera me siento mal. Jem dio en el suelo con el pie.
¿No sabes que no tienes que tocar siquiera aquellos árboles? ¡Si los tocas morirás!
¡Una vez tú tocaste la casa!
¡Aquello era diferente! Ve a enjuagarte la boca... En seguida, ¿me oyes?
De ningún modo; se me marcharía el sabor de la boca.
¡No lo hagas y se lo diré a Calpurnia!
Para no arriesgarme a un altercado con Calpurnia, hice lo que Jem me mandaba. Por no sé qué razón, mi primer año de escuela había introducido un
gran cambio en nuestras relaciones; la tiranía, la falta de equidad y la manía de Calpurnia de mezclarse en mis asuntos se habían reducido a unos ligeros
murmullos de desaprobación general. Por mi parte, a veces, me tomaba muchas molestias para no provocarla.
El verano estaba en camino; Jem y yo lo esperábamos con impaciencia. El verano era nuestra mejor estación: era dormir en catres en el porche trasero,
cerrado con cristales, o probar de dormir en la caseta de los árboles; era infinidad de cosas buenas para comer; era un millar de colores en un paisaje
reseco; pero, lo más importante, el verano era Dill.
El último día de clase las autoridades nos soltaron más temprano, y Jem y yo fuimos a casa juntos.
Calculo que Dill llegará mañana –dije.
Probablemente pasado –dijo Jem–. En Mississippi los sueltan un día más tarde.
Cuando llegamos a las encinas de la Mansión Radley, levanté el dedo para señalar por centésima vez la cavidad donde había encontrado la goma de
mascar, tratando de convencer a Jem de que la había hallado allí, y me vi señalando otra hoja de papel de estaño.
¡Lo veo, Scout! Lo veo...
Jem miró a todas partes, levantó la mano y con gesto vivo se puso en el bolsillo un paquetito diminuto y brillante. Corrimos a casa y en el porche
fijamos la mirada en una cajita recubierta de trozos de papel de estaño recogido de las envolturas de la goma de mascar. Era una cajita de las que
contienen anillos de boda, de terciopelo morado con un cierre diminuto. Jem abrió el cierre. Dentro había dos monedas frotadas y pulidas, una encima
de otra. Jem las examinó.
Cabezas de indio–dijo–. Mil novecientos seis y, Scout, una es de mil novecientos. Son antiguas de verdad.
Mil novecientos –repetí–. Oye...
Cállate un minuto, estoy pensando.
Jem, ¿te parece que alguno tiene su escondite allí?
No, excepto nosotros, nadie pasa mucho por allí a menos que sea alguna persona mayor...
Las personas mayores no tienen escondites. ¿Te parece que debemos guardarlas, Jem?
No sé qué podríamos hacer, Scout. ¿A quién se las devolveríamos? Sé con certeza que nadie pasa por allí... Cecil pasa por la calle de detrás y
da un rodeo por el interior de la ciudad para ir a casa.
Cecil Jacobs, que vivía en el extremo más alejado de nuestra calle, en la casa vecina a la oficina de Correos, andaba un total de una milla por día de
clase para evitar la Mansión Radley y a la anciana mistress Henry Lafayette Dubose, dos puertas más allá, calle arriba, de la nuestra; la opinión de los
vecinos sostenía unánime que mistress Dubose era la anciana más ruin que había existido. Jem no quería pasar por delante de su casa sin tener a Atticus
a su lado.
¿Qué supones que debemos hacer, Jem?
Los autores de un hallazgo eran dueños de la cosa, sólo hasta que otro demostrase sus derechos. El cortar de tarde en tarde una camelia, el beber un
trago de leche caliente de la vaca de miss Maudie Atkinson en un día de verano, el estirar el brazo hacia las uvas “scuppernong” de otro formaba parte
de nuestra educación ética, pero con el dinero era diferente.
¿Sabes qué? –dijo Jem–. Las guardaremos hasta que empiece la escuela, entonces iremos por las clases y preguntaremos a todos si son suyas.
Hay chicos que vienen con el autobús..., quizá uno había de cogerlas al salir hoy de la escuela y se ha olvidado. Estas monedas son de alguien,
ya lo sabes. ¿No ves cómo las han frotado? Las ahorraban.
Si, pero, ¿cómo es posible que nadie guardase del mismo modo la goma de mascar? Tú sabes que la goma no dura.
No lo sé, Scout. Pero las monedas tienen importancia para alguien...
¿Por qué causa, Jem...?
Pues, mira, cabezas indias... vienen de los indios. Tienen una magia poderosa de verdad, le dan buena suerte a uno. No es cosa así como dar
pollo frito cuando uno no lo espera sino larga vida y buena salud, y aprobar los exámenes de cada seis semanas..., sí, para alguna persona tienen
mucho valor. Las guardaré en mi baúl.
Antes de irse a su cuarto, Jem miró largo rato la Mansión Radley. Parecía estar pensando otra vez.
Dos días después llegó Dill con un resplandor de gloria: había subido al tren sin que le acompañara nadie, desde Meridian hasta el Empalme de
Maycomb (un nombre honorífico: el Empalme de Maycomb estaba en el Condado de Abbott) donde había ido a buscarle miss Rachel con el único taxi
de la ciudad; había comido en el restaurante y vio bajar del tren en Bay Saint Louis a dos gemelos enganchados el uno con el otro y se sostuvo en sus
trece sobre estos cuentos, despreciando todas las amenazas. Había desechado los abominables pantalones azules, cortos, que se abrochaban en la
camisa y llevaba unos de verdad con cinturón; era algo más recio, no más alto y decía que había visto a su padre. El padre de Dill era más alto que el
nuestro, llevaba una barba negra (en punta) y era presidente de los “Ferrocarriles L. & N.”.
Ayudé un rato al maquinista –dijo Dill, bostezando.
Le ayudaste a caerse Dill. Cállate –replicó Jem–. ¿A qué jugaremos hoy?
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MATAR UN RUISEÑOR

A Tom, Sam y Dick –respondió Dill–. Vámonos al patio delantero.
Dill quería jugar a Los Rover porque eran tres papeles responsables. Evidentemente estaba cansado de ser nuestro primer actor.
Estoy hastiada de ellos –dije. Estaba hastiada de representar el papel de Tom Rover, que de súbito perdía la memoria en mitad de una película y
quedaba eliminado de la escena hasta que le encontraban en Alaska–. Invéntanos una, Jem –pedí.
Estoy cansado de inventar.
Era nuestro primer día de libertad y estábamos cansados todos. Yo me pregunté qué nos traería el verano.
Habíamos bajado al patio delantero, donde Dill se quedó mirando calle abajo, contemplando la funesta faz de la Mansión Radley.
Huelo la muerte –dijo con énfasis–. Lo digo de veras –insistió cuando yo le dije que se callase.
¿Quieres decir que cuando muere alguien tú lo notas por el olor?
No, quiero decir que puedo oler a una persona y adivinar si va a morir. Me lo enseñó una señorita –Dill se inclinó y me olfateó–. Jean... Louise...
Finch, tú morirás dentro de tres días.
Dill, si no te callas te doy un golpe que te doblo las piernas. Y ahora lo digo en serio...
Callaos –refunfuñó Jem–. Os portáis como si creyéseis en fuegos fatuos.
Y tú te portas como si no creyeses –repliqué.
¿Qué es un fuego fatuo? –preguntó Dill.
¿No has ido de noche por un camino solitario y no has pasado junto a un lugar maldito? –le preguntó Jem–. Un fuego fatuo es un espíritu que no
puede subir al cielo, está condenado a revolcarse por caminos solitarios, y si uno pasa por encima de él, cuando se muere se convierte en otro
fuego fatuo, y anda por ahí de noche sorbiéndole el resuello a la gente...
¿Cómo se hace para no pasar por encima de uno?
De ningún modo –contestó Jem–. A veces se tienden cubriendo el camino de una parte a otra, pero si al ir a cruzar por encima de uno dices:
“Angel del destino, vida para el muerto; sal de mi camino, no me sorbas el aliento”, con ello haces que no pueda envolverte el espíritu...
No creas ni una palabra de lo que dice, Dill –aconcejé–. Calpurnia asegura que eso son cuentos de negros.
Jem me miró con ceño torvo, pero dijo:
Bien, ¿vamos a jugar a algo o no?
Podemos rodar con el neumático –propuse.
Yo soy demasiado alto –objetó Jem con un suspiro.
Tú puedes empujar.
Corrí al patio trasero, saqué de debajo de la caseta un neumático viejo de coche y lo hice rodar hasta el patio de la fachada.
Yo primero –dije.
Dill objetó que el primero había de ser él, que hacia poco que había llegado.
Jem arbitró; me premió con el primer empujón, pero concediendo a Dill una carrera más. Yo me doblé en el interior de la cubierta.
Hasta que lo demostró, no comprendí que Jem estaba ofendido porque le contradije en lo de los fuegos fatuos y que esperaba pacientemente la
oportunidad de recompensarme. Lo hizo empujando la cubierta acera abajo con toda la fuerza de su cuerpo. Tierra, cielo y casas se confundían en una
paleta loca; me zumbaban los oídos, me asfixiaba. No podía sacar las manos para parar; las tenía empotradas entre el pecho y las rodillas. Sólo podía
confiar en que Jem nos pasara delante a la rueda y a mi o que una elevación de la acera me detuviese. Oía a mi hermano detrás, persiguiendo la
cubierta y gritando.
La cubierta saltaba sobre la gravilla, se desvió atravesando la calle y me despidió como un corcho contra el suelo. Cegada y mareada, me quedé tendida
sobre el cemento, sacudiendo la cabeza para ponerla firme y golpeándome los oídos, para que cesaran de zumbarme, cuando oí la voz de Jem:
¡Scout, márchate de ahí; ven!
Levanté la cabeza y vi allí delante los peldaños de la Mansión Radley. Me quedé helada.
¡Ven, Scout, no te quedes tendida ahí! –gritaba Jem–. ¡Levántate! ¿Es que no puedes? Yo me puse en pie, temblando como si me derritiese.
¡Coge la cubierta! –aullaba Jem–. ¡Tráetela! ¿No te queda nada de sentido?
Cuando estuve en condiciones de navegar, corrí hacia ellos a toda la velocidad que pudieron llevarme las piernas.
¿Por qué no la has traído? –preguntó Jem.
¿Por qué no vas a buscarla tú? –chillé. Se quedó callado.
Ve, no está mucho más allá de la puerta. ¡Caramba!, si una vez hasta tocaste la casa, ¿no te acuerdas?
Jem me dirigió una mirada furiosa, no podía negarse; echó a correr acera abajo, cruzó la entrada del patio con pie cauteloso y luego entró como una
flecha y recobró la cubierta.
¿Lo ves? –clamaba con cara de reproche y de triunfo–. No tiene importancia. Te lo juro, Scout, a veces te portas tanto como una niña, que
mortificas.
Tenía más importancia de la que él suponía, pero decidí no decírselo. Calpurnia apareció en la puerta y gritó:
¡Es la hora de la limonada! ¡Entrad todos y libraos de ese sol abrasador antes que os aséis vivos!
La limonada a mitad de la mañana era un rito del verano. Calpurnia puso un jarrón y tres vasos en el porche, y luego fue a ocuparse de sus asuntos. El
haber perdido el magnánimo favor de Jem no me inquietaba de un modo especial. La limonada le devolvería el buen humor.
Jem apuró su segundo vaso y se dio una palmada en el pecho.
Ya sé a qué jugaremos –anunció–. A una cosa nueva, a una cosa distinta.
¿A qué? –preguntó Dill.
A Boo Radley.
A veces Jem tenía la frente de cristal: había ideado aquel juego para darme a entender que no temía a los Radley bajo ninguna forma ni caráctery para
hacer contrastar su temerario heroísmo con mi cobardía.
¿A Boo Radley? ¿Cómo? –preguntó Dill.
Tú, Scout, podrías ser mistress Radley... –dijo Jem.
Lo haré si quiero. No creo que...
¿Cuentos chinos? –dijo Dill–. ¿Todavía tienes miedo?
A lo mejor sale de noche, cuando todos dormimos... –dije. Jem silbó:
Scout, ¿cómo sabrá lo que hacemos? Además, no creo que continúe ahí. Murió hace años y le metieron en la chimenea.
Dill dijo:
Jem, si Scout tiene miedo, tú y yo jugaremos, y ella que mire.
Yo estaba perfectamente segura de que Boo Radley estaba dentro de aquella casa, pero no podía probarlo, y consideré mejor tener la boca cerrada,
pues, de lo contrario me habrían acusado de creer en fuegos fatuos, fenómeno al que era completamente inmune, durante las horas del día.
Jem distribuyó los papeles: yo era mistress Radley y todo lo que había de hacer era salir a barrer el porche. Dill era el viejo míster Radley: caminaba
acera arriba y abajo y, cuando Jem le decía algo, él tosía. Naturalmente, Jem era Boo: bajaba las escaleras de la puerta de casa y de vez en cuando
chillaba y aullaba.
A medida que avanzaba el verano progresaba nuestro juego. Lo pulíamos y los perfeccionábamos, añadiendo diálogo y trama hasta que compusimos
una pequeña obra teatral en la que introducíamoscambios todos los días.
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MATAR UN RUISEÑOR

Dill era el villano de los villanos: sabía identificarse con cualquier papel que le asignaran, y parecer alto si la estatura formaba parte de la maldad
requerida. Yo representaba de mala gana el papel de diversas damas que entraban en el argumento. Nunca me pareció que aquello fuese tan divertido
como Tarzán y, aquel verano actué con una ansiedad algo más que ligera, a pesar de las seguridades que me daba Jem de que Boo Radley había muerto
y Calpurnia en casa durante el día, y por la noche Atticus también.
Jem era un héroe nato.
Habíamos compuesto un pequeño drama triste, tejido con trozos y retales de habladurías y leyendas de la vecindad: mistress Radley había sido hermosa
hasta que se casó con mister Radley y perdió todo su dinero. Perdió además la mayoría de dientes, el cabello y el índice de la mano derecha (esto era
una aportación de Dill: Boo se lo había arrancado de un mordisco una noche, al no encontrar gatos y ardillas que comer); se pasaba el tiempo sentada
en la sala llorando casi siempre, mientras Boo cercenaba poco a poco todo el mobiliario de la casa.
Nosotros éramos también los muchachos que se encontraban en apuros; para variar, yo hacía de juez de paz; Dill se llevaba a Jem y le embutía debajo
de las escaleras, pinchándole con la escoba de retama. Jem reaparecía cuando era preciso en los personajes de sheriff, de varias personas de la ciudad y
de miss Stephanie Crawford, la cual sabía contar más cosas de los Radley que ninguna otra persona de Maycomb.
Cuando llegaba el momento de representar la escena de Boo, Jem entraba a hurtadillas en la cocina, cogía las tijeras de la máquina de coser
aprovechando el momento en que Calpurnia estaba de espaldas, y luego se sentaba en la mecedora y recortaba periódicos. Dill pasaba por delante, le
saludaba tosiendo, y Jem simulaba que le clavaba las tijeras. Desde donde yo estaba parecía real.
Cuando mister Nathan Radley pasaba por nuestro lado en su viaje diario a la ciudad, nosotros nos quedábamos quietos y callados hasta que se había
perdido de vista y nos preguntábamos, luego, qué nos haría si sospechase algo. Nuestras actividades se interrumpían cuando aparecía algún vecino y
una vez vi a miss Maudie Atkinson mirándonos desde el otro lado de la calle, paradas a media altura las tijeras de podar.
Un día estábamos tan ocupados representando el capítulo XXV, libro II de La familia de un solo hombre, que no vimos a Atticus plantado en la acera
contemplándonos al mismo tiempo que se golpeaba la rodilla con una revista arrollada. El sol indicaba que eran las doce del mediodía.
¿Qué estáis representando? –preguntó.
Nada –contestó Jem.
La evasiva de mi hermano me indicó que aquel juego era un secreto, de modo que guardé silencio.
¿Pues qué haces con esas tijeras? ¿Por qué haces pedazos de ese periódico? Si es el de hoy te daré una paliza.
Nada.
Nada, ¿qué? –dijo Atticus.
Nada, señor.
Dame las tijeras –ordenó Atticus–. No son cosas con las que se juegue. ¿Tiene eso algo que ver con los Radley, acaso?
No, señor –contestó Jem, poniéndose colorado.
Espero que no –dijo secamente, y penetró en la casa.
Jem...
¡Cállate! Se ha ido a la sala de estar, y desde allí puede oírnos. A salvo en el patio, Dill preguntó a Jem si podíamos jugar más.
No lo sé. Atticus no ha dicho que no...
Jem –dije yo–, de todos modos, Atticus está enterado.
No, no lo está. Si lo estuviera lo habría dicho.
Yo no estaba tan segura, pero, Jem me dijo que yo era una niña, que las niñas siempre se imaginan cosas, lo cual da motivo a que las otras personas las
odien tanto, y que si empezaba a portarme como una chiquilla podía marcharme ya y buscar a otros con quienes jugar.
Está bien, vosotros continuad, pues –dije–.Veréis lo que pasa.
La llegada de Atticus fue la segunda causa de que quisiera abandonar el juego. La primera venía del día que rodé dentro del patio delantero de los
Radley. A través de los meneos de cabeza, de los esfuerzos por dominar las náuseas y de los gritos de Jem, había oído otro sonido, tan bajo que no lo
habría podido oír desde la acera. Dentro de la casa, alguien reía.

C A PÍ T U L O 5
Como sabía que ocurriría, a fuerza de importunar conseguí doblegar a Jem y, con gran alivio mío, dejamos la representación durante algún tiempo. Sin
embargo, Jem seguía sosteniendo que Atticus no había dicho que no pudiésemos jugar a aquello y, por tanto, podíamos; y si alguna vez Atticus decía
que no podíamos, Jem había ideado ya la manera de salvar el obstáculo: sencillamente, cambiaría los nombres de los personajes y, entonces, no podrían
acusarnos de epresentar nada.
Dill manifestó una conformidad entusiasta con este plan de acción. De todos modos, Dill se estaba poniendo muy pesado; siempre seguía a Jem a
todas partes. A principios de verano me pidió que me casase con él, pero después lo olvidó pronto. Estableció sus derechos sobre mí, dijo que yo era la
única chica a la que amaría en su vida y, luego, me abandonó. Le di un par de palizas, pero, fue inútil, sólo sirvió para arrimarle más a Jem. Pasaban días
enteros los dos juntos en la caseta, trazando planes y conjeturas y sólo me llamaban cuando necesitaban un tercer personaje. Pero durante un tiempo
me mantuve apartada de sus proyectos más aventurados, y a riesgo de que me llamasen “niñita” pasé la mayor parte de atardeceres restantes de aquel
verano sentada con miss Maudie Atkinson en el porche de la fachada de su casa.
A Jem y a mí nos había gustado siempre la libertad que nos daba miss Maudie de entrar a correr por su patio, con tal de que no nos acercásemos a sus
azaleas, pero nuestra relación con Maudie no quedaba definida claramente. Hasta que Jem y Dill me excluyeron de sus planes, ella no era más que otra
señora de la vecindad, si bien relativamente benigna.
El tratado tácito que teníamos con miss Maudie era que podíamos jugar en su jardín, comernos sus scuppernongs, si no saltábamos sobre el árbol, y
explorar el vasto terreno trasero, cláusulas tan generosas que raras veces le dirigíamos la palabra (¡tan gran cuidado poníamos en mantener el delicado
equilibrio de nuestras relaciones!), pero Jem y Dill, con su conducta, me acercaron más a miss Maudie.
Miss Maudie tenía odio a su casa: el tiempo pasado dentro de ella era tiempo perdido. Era viuda, una dama camaleón que trabajaba en sus parterres de
flores con sombrero viejo de paja y mono de hombre, pero después del baño de las cinco aparecía en el porche y reinaba sobre toda la calle con el
magisterio de su belleza.
Amaba todo lo que crece en esta tierra de Dios, hasta las malas hierbas. Con una excepción. Si encontraba una hoja de hierba nutgrass en el patio, allí
se realizaba la segunda Batalla del Marne: se abatía sobre ella con un tubo de hojalata y la sometía a unas rociadas, por debajo, de una sustancia
venenosa que decía que tenía poder para matarnos a todos si no nos apartábamos de allí.
¿Por qué no la arranca usted, y basta? –le pregunté después de presenciar una prolongada campaña contra una hoja que no tenía tres pulgadas
de altura.
¿Arrancarla, niña, arrancarla? –Levantó el doblado capullo y apretó su diminuto tallo con el pulgar. Del tallo salieron unos granos microscópicos.
Diablos, un vástago de nutgrass puede arruinar todo un patio. Mira. Cuando llega el otoño, esto se seca, ¡y el viento lo desparrama por todo el
Condado de Maycomb! –La voz de miss Maudie asimilaba aquel hecho a una peste del Antiguo Testamento.
Para una habitante de Maycomb tenía un modo de hablar vivo, cortado. Nos llamaba a todos por nuestros nombres y, cuando sonreía, dejaba al
descubierto dos diminutas abrazaderas de oro sujetas a sus caninos. Cuando expresé la admiración que me causaban y la esperanza de que con el
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tiempo yo también las llevaría, me dijo:
Mira –y con un chasquido de la lengua hizo salir fuera el puente, gesto cordial que afirmó nuestra amistad.
La benevolencia de miss Maudie se extendía a Jem y a Dill, cuando éstos, descansaban de sus empresas: todos cosechábamos los beneficios de un
talento que hasta entonces miss Maudie nos había escondido. De toda la vecindad, era la que hacia los mejores pasteles. Cuando le hubimos concedido
nuestra confianza, cada vez que utilizaba el horno hacía un pastel grande y otros tres pequeños y nos llamaba desde el otro lado de la calle:
¡Jem Finch, Scout Finch, Charles Baker Harry, venid acá! Nuestra presteza hallaba siempre recompensa.
En verano los crepúsculos son largos y pacíficos. Muy a menudo miss Maudie y yo estábamos sentadas y en silencio en su porche, mirando cómo a
medida que se ponía el sol el cielo pasaba del amarillo al rosa, contemplando las bandadas de golondrinas que cruzaban en vuelo bajo sobre los
terrenos vecinos y desaparecían detrás de los tejados del edificio escuela.
Miss Maudie –le dije una tarde–, ¿usted cree que Boo Radley todavía vive?
Se llama Arthury vive –respondió. Se mecía pausadamente en su enorme sillón de roble–. ¿Notas el aroma de mis mimosas? Esta tarde parece el
aliento de los ángeles.
Sí. ¿Cómo lo sabe?
¿El qué, niña?
Que Boo... míster Arthur todavía vive.
Vaya pregunta morbosa. Sé que vive, Jean Louise, porque todavía no he visto que lo sacaran difunto.
Quizá murió y lo metieron en la chimenea.
¿De dónde has sacado semejante idea?
Jem dijo que creía que lo habían hecho así.
Sss-sss-sss. Jem cada día se asemeja más a Jack Finch.
Miss Maudie conocía a tío Jack Finch, el hermano de Atticus, desde que ambos eran niños. Tenían la misma edad, poco más o menos y se habían criado
juntos en el Desembarcadero de Finch. Miss Maudie era hija de un terrateniente vecino, el doctor Frank Buford. El doctor Buford tenía la profesión de
médico, junto con una profunda obsesión por todo lo que crecía sobre el suelo, de modo que se quedó pobre. Tío Jack limitó su pasión por los cultivos a
las macetas de sus ventanas de Nashville y se hizo rico. A tío Jack lo veíamos todas las Navidades y todas las Navidades le gritaba a miss Maudie desde
el otro lado de la calle, que fuera a casarse con él. Miss Maudie le gritaba en respuesta:
¡Grita un poco más fuerte, Jack Finch, y te oirán desde la oficina de Correos; yo no te he oído todavía!
A Jem y a mí, esta manera de pedir la mano de una dama nos pareció un poco rara, pero, en verdad, tío Jack era más bien raro. Decía que estaba
tratando sin éxito de sacar de quicio a miss Maudie, que lo intentaba desde hacía cuarenta años, que él era la ultima persona con quien miss Maudie
pensaría en casarse, pero la primera que se le habría ocurrido para buscar camorra y que con ella la mejor defensa era un ataque decidido, todo lo cual
nosotros lo entendíamos claramente.
Arthur Radley no sale de la casa, no hay otra cosa –dijo miss Maudie–. ¿No te quedarías dentro de tu casa si no tuvieras ganas de salir?
Sí, pero yo querría salir. ¿Cómo es que él no quiere? Miss Maudie entornó los ojos.
Conoces esta historia tan bien como yo.
Sin embargo, jamás me han dicho la causa. Nadie me ha explicado nunca el motivo. Miss Maudie se arregló el puente de la dentadura.
Ya sabes que el viejo míster Radley era, en religión, un baptista estricto. Uno de esos que llaman “lavadores de pies”.
También lo es usted, ¿verdad?
No tengo la concha tan pura. Yo soy baptista, pero sin exagerar.
¿No creen todos ustedes en eso de lavar los pies?
Sí, creemos. En casa, en la bañera.
Pero nosotros no podemos comulgar con todos ustedes...
La señorita Maudie llegó a la conclusión de que definir la doctrina baptista primitiva era más fácil que la comunión íntima y añadió:
Los “lavapiés” creen que todo placer es pecado. ¿No sabias que un sábado vinieron unos cuantos de los campos, pasaron por aquí delante y me
dijeron que yo y mis flores iríamos al infierno?
¿Sus flores también?
Si, señora. Arderían en mi compañía. Opinaban que paso demasiado tiempo en el aire libre de Dios y no el suficiente dentro de casa, leyendo
la Biblia.
Mi confianza en el Evangelio de los púlpitos disminuyó ante la visión de miss Maudie cociéndose en estofado en varios infiernos protestantes. Muy
cierto, miss Maudie tenía una lengua cáustica, y no andaba por la vecindad haciendo buenas obras como miss Stephanie Crawford. Pero mientras que
nadie que tuviera una pizca de buen sentido se fiaba de miss Stephanie, Jem y yo teníamos mucha fe en miss Maudie. Nunca nos delató, jamás jugó al
gato y al ratón con nosotros, no le interesaba nada en absoluto nuestra vida privada. Era una amiga. Cómo una criatura tan razonable pudiera vivir en
peligro de tormento eterno era una cosa incomprensible.
Eso no es verdad, miss Maudie. Usted, es la señora más buena que conozco. Miss Maudie sonrió.
Gracias, señorita. El caso es que los “lavapiés” creen que las mujeres son, por definición, un pecado. Interpretan la Biblia literalmente, ya sabes.
¿Acaso mister Arthur se queda en casa por esto, para estar alejado de las mujeres?
No tengo idea.
No lo entiendo. Parece que si míster Arthur desease ir al cielo saldría al porche, por lo menos. Atticus dice que Dios ama a las personas como
cada uno se ama a sí mismo...
Miss Maudie dejó de mecerse y su voz se endureció.
Eres demasiado joven para entenderlo –dijo–, pero a veces la Biblia en manos de un hombre determinado es peor que una botella de whisky en
las de..., oh, de tu padre.
Me quedé pasmada.
Atticus no bebe whisky –repliqué–. No ha bebido una gota en su vida..., aunque sí, sí la bebió. Dice que una vez bebió y no le gustó.
Miss Maudie se puso a reír.
No hablaba de tu padre –dijo–. Lo que quería expresar es que si Atticus Finch bebiese hasta emborracharse no sería tan cruel como ciertos
hombres en plena lucidez. Sencillamente, hay hombres tan... tan ocupados en acongojarse por el otro mundo que no han aprendido a vivir en
éste, y no tienes más que mirar calle abajo para ver los resultados.
¿Usted cree que son ciertas todas estas cosas que dicen de B... mister Arthur?
¿Qué cosas?
Yo se los expliqué.
Las tres cuartas partes de eso ha salido de la gente de color y la otra cuarta parte de Stephanie Crawford –aseguró miss Maudie, ceñuda–.
Stephanie Crawford llegó a explicarme que una vez se despertó en mitad de la noche y le sorprendió mirándola por la ventana. Yo le contesté
“¿Y tú qué hiciste, Stephanie? ¿Apartarte un poco en la cama y dejarle sitio?” Esto le cerró la boca por un rato.
No lo dudaba. La voz de miss Maudie bastaba para hacer callar a cualquiera.
No, niña–prosiguió–. Aquélla es una casa triste. Recuerdo a Arthur cuando era muchacho. Siempre me hablaba amablemente. Tan amablemente
como sabía, poco importa lo que dijera la gente de él.
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-

¿Se figura usted que está loco? Miss Maudie movió la cabeza:
Si no lo está, a estas horas debería estarlo. Nunca sabemos de verdad las cosas que les pasan a las personas. No sabemos lo que sucede en las
casas, detrás de las puertas cerradas, qué secretos...
Atticus no nos hace nada dentro de casa, a Jem y a mí, que no nos haga igualmente en el patio–dije, creyéndome en el deber de defender a mi
padre.
Bondadosa niña, yo desenmarañaba un hilo, no pensaba en tu padre; pero ahora que pienso quiero decir esto: Atticus Finch es el mismo en casa
que por las calles públicas. ¿Te gustaría llevarte a casa un poundcake (2) recién hecho? A mi me gustó mucho.
A la mañana siguiente, cuando me desperté, encontré a Jem y a Dill en el patio trasero absortos en animada conversación. Cuando me acerqué, me
dijeron como de costumbre que me marchase.
No quiero. Este patio es tan mío como tuyo, Jem Finch. Tengo tanto derecho como tú a jugar en él.
Dill y Jem se juntaron para conferenciar.
Si te quedas tendrás que hacer lo que te digamos –advirtió Dill.
Vaa... ya –repliqué–, ¿quién se ha vuelto de súbito tan alto y poderoso?
Si no dices que harás lo que te digamos, no te diremos nada –continuó Dill.
¡Te portas como si durante la noche hubieses crecido tres pulgadas! Muy bien, ¿de qué se trata? Jem dijo plácidamente:
Vamos a entregar una nota a Boo Radley.
Pero, ¿cómo?
Yo trataba de vencer el terror que crecía automáticamente en mi. Estaba muy bien que miss Maudie dijese lo que se le antojara; era mayor y estaba
muy tranquila en su porche. En nuestro caso, era diferente.
Muy sencillo, Jem colocaría la nota en la punta de una caña de pescar y la metería a través de la ventana. Si se acercaba alguien, Dill tocaría la
campanilla.
Dill levantó la mano derecha. Tenía en ella la campanilla de plata que usaba mi madre para anunciar la hora de la comida.
Yo daré un rodeo hasta el costado de la casa –dijo Jem–. Ayer nos fijamos y desde la otra parte de la calle vimos que hay una persiana suelta.
Creo que quizá podré dejarla en el alféizar, al menos.
Jem...
¡Ahora estás metida en el asunto y no puedes salirte! ¡Continuarás con nosotros, señorita remilgada!
Bien, bien, pero no quiero vigilar, Jem, alguien estaba...
Sí, vigilarás; tú vigilarás, la parte de atrás de la finca y Dill vigilará la de delante y la calle, y si viene alguien tocará la campanilla. ¿Está claro?
De acuerdo, pues. ¿Qué le escribiréis?
Le pedimos muy cortésmente que salga alguna vez y nos cuente lo que hace ahí dentro; le decimos que no le haremos ningún daño y que le
compraremos un mantecado –explicó Dill.
¡Os habéis vuelto locos los dos; nos matará! Dill dijo:
Ha sido idea mía. Me figuro que si saliese y se sentase un ratito con nosotros quizá se sentiría mejor.
¿Cómo sabes que no se siente a gusto?
Mira, ¿cómo te sentirías tú si hubieses estado un siglo encerrado sin comer otra cosa que gatos? Apuesto a que le ha crecido una barba hasta
aquí...
¿Cómo la de tu papá?
Papá no lleva barba; papá... –Dill se interrumpió, como tratando de recordar.
¡Eh, eh! ¡Te cogí! –exclamé–. Tú dijiste que antes de que te vinieses con el tren tu padre llevaba una barba negra...
¡Si te da lo mismo, se la afeitó el verano pasado! ¡Sí, y tengo la carta que lo prueba; además me envió dos dólares!
¡Sigue, sigue..., me figuro que hasta te envió un uniforme de la Policía Montada! ¡Esto! Pero no llegó, ¿verdad que no? Sigue contándolas gordas,
hijito...
Dill Harry sabía contar las mentiras más gordas que yo oí. Entre otras cosas, había subido a un avión correo diecisiete veces, había estado en Nueva
Escocia, había visto un elefante, y su abuelito era el brigadier general Joe Wheeler y, además, le dejó la espada.
Callaos –ordenó Jem. Y se escabulló hacia la parte superior de la casa, para regresar con una caña amarilla de bambú–. ¿Calculáis que ésta será
bastante larga para llegar desde la acera?
El que ha sido bastante valiente para subir a tocar la casa no debería emplear una caña de pescar–dije–. ¿Por qué no derribas a golpes la puerta
de la fachada?
Esto... es... diferente –replicó Jem–. ¿Cuántas veces habré de decírtelo?
Dill sacó un trozo de papel del bolsillo y se lo dio a Jem. Los tres nos encaminamos con cautela hacia el viejo edificio. Dill se quedó junto al farol de la
esquina de la fachada de la finca; Jem y yo orillamos la acera paralelamente a la cara lateral de la casa.
Yo caminaba detrás de Jem y me quedé en un sitio que me permitiese ver al otro lado de la curva.
Todo despejado –dije–. Ni un alma a la vista.
Jem miró acera arriba a Dill, quien asintió con la cabeza.
Entonces colocó la nota en la punta de la caña de pescar, inclinó ésta a través del patio y la empujó hacia la ventana que había escogido. A la caña le
faltaban varias pulgadas de longitud y Jem se inclinaba todo lo que podía. Al verle tanto rato haciendo movimientos para meterla, abandoné mi puesto
y fui hasta él.
No puedo sacarlo de la caña –murmuró–, y si lo saco no logro dejarlo allí. Vuelve a tu puesto del fondo de la calle, Scout.
Regresé allá y miré al otro lado de la curva, hacia la calle desierta. De vez en cuando volvía la vista hacia Jem, que seguía probando con gran paciencia de
dejar la nota en el alféizar de la ventana. El papel revoloteaba hacia el suelo y Jem volvía a izarlo hacia la ventana, hasta que se me ocurrió que si Boo
Radley llegaba a recibirlo no podría leerlo. Estaba mirando calle abajo cuando sonó la campanilla.
Levantando el hombro, corrí hacia el otro lado para enfrentarme con Boo Radley y sus ensangrentados colmillos, pero, en vez de ello, vi a Dill tocando
la campanilla con toda su fuerza delante de la cara de Atticus.
Jem tenía un aire tan trastornado que yo no tuve valor para decirle que ya se lo había advertido. Bajaba con paso tardo, arrastrando la caña tras de si
por la acera.
Atticus dijo:
Basta de tocar la campanilla.
Dill cogió el badajo. En el silencio que siguió, me dieron ganas de que empezara a tocarla de nuevo. Atticus se echó el sombrero para atrás y se puso las
manos en las caderas.
Jem, ¿qué hacías? –preguntó.
Nada, señor.
No me vengas con eso. Dímelo.
Yo probaba..., nosotros probábamos de dar una cosa a míster Radley.
(2) Poundcake: pastel de libra; llamado así porque en su preparación entra una libra de cada uno de los principales ingredientes. (N. del T.)
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¿Qué probabas a darle?
Una carta nada más.
Déjame verla.
Jem le entregó un pedazo de papel sucio. Atticus lo cogió y trató de leerlo.
¿Para qué queréis que salga míster Radley?
Hemos pensado que quizá disfrutaría con nuestra compañía –dijo Dill, pero se quedó sin voz ante la mirada que le dirigió Atticus.
Hijo–mi padre se dirigía a Jem–. Voy a decirte una cosa y te la diré una sola vez: deja de atormentar a ese hombre. Y lo mismo os digo a vosotros
dos.
Lo que hiciera mister Radley era asunto suyo propio. Si quería salir, saldría. Si quería quedarse dentro de su propia casa tenía el derecho de hacerlo,
libre de las atenciones de los niños curiosos, que era una manera benigna de calificar a los diablillos como nosotros. ¿Nos gustaría mucho que Atticus
irrumpiese, sin llamar, en nuestros cuartos por la noche? Nosotros estábamos haciendo esto precisamente con míster Radley. Lo que míster Radley
hacía podía parecernos singular a nosotros, pero a él no se lo parecía. Por lo demás, ¿no se nos había ocurrido que la manera educada de comunicarse
con otro ser era la puerta de la calle y no por una ventana lateral? Y, por último, haríamos el favor de mantenernos apartados de aquella casa hasta
que nos invitaran a entrar; haríamos el favor de no jugar a un juego de borricos como él había visto en cierto momento, ni nos burlaríamos de nadie de
aquella calle, ni de toda la ciudad...
No nos burlábamos de él, no nos reíamos de él –dijo Jem–. Sólo...
Sí, esto era lo que hacíais, ¿verdad?
¿Burlarnos?
No –dijo Atticus–, representar la historia de su vida para que sirva de ejemplo a la vecindad. Jem pareció crecerse un poco.
¡Yo no he dicho que hiciéramos tal cosa; yo no lo he dicho! Atticus sonrió de una manera seca.
Acabas de decírmelo –replicó–. Desde este mismo momento ponéis fin a estas tonterías, todos y cada uno.
Jem le miró boquiabierto.
Tú quieres ser abogado, ¿verdad?
Nuestro padre tenía los labios apretados, como si deseara mantenerlos en línea.
Jem decidió que sería inútil buscar escapatorias y se quedó callado. Cuando Atticus entró en casa a buscar un legajo que olvidó llevarse a la oficina por
la mañana, Jem se dio cuenta por fin de que le habían aplastado con la treta jurídica más vieja que registran los anales. Aguardó a respetuosa distancia
de las escaleras de la fachada, vio cómo Atticus salía de casa y se encaminaba hacia la ciudad, y cuando nuestro padre no podía oírle le gritó:
¡Pensaba que quería ser abogado, pero ahora no estoy tan seguro!

C A PÍ T U L O 6
-

Sí –contestó nuestro padre, cuando Jem le preguntó si podíamos ir con Dill a sentarnos a la orilla del estanque de peces de miss Rachel, puesto
que aquélla era la última noche que Dill pasaba en Maycomb–. Dile adiós, en mi nombre, y que el verano próximo le veremos.
Saltamos la pared baja que separaba el patio de miss Rachel de nuestro paseo de entrada. Jem se anunció con un silbido y Dill respondió en la
oscuridad.
Ni un soplo de aire –dijo Jem–. Mira allá. –Señalaba hacia el este. Una luna gigantesca se levantaba detrás de los nogales pecan de miss Maudie–
Por eso parece que haga más calor.
¿Tienes una cruz esta noche? –preguntó Dill, sin levantar la vista. Estaba confeccionando un cigarrillo con papel de periódico y cuerda.
No, solamente la dama. No enciendas eso, Dill, apestarás todo este extremo de la ciudad.
En Maycomb la luna tenía una dama. Una dama sentada ante el tocador, peinándose el cabello.
Te echaremos de menos, muchacho –dije yo–. ¿Te parece que debemos guardamos de míster Avery?
Míster Avery estaba alojado al otro lado de la calle, enfrente de la casa de mistres Henry Lafayette Dubose. Aparte de recoger las colectas en la bandeja
de la cuestación los domingos, míster Avery se sentaba en el porche todas las noches hasta las nueve y estornudaba. Una noche tuvimos el privilegio
de presenciar una actuación suya que por lo visto había sido positivamente la última, pues no volvió a repetirla en todo el tiempo que le observamos.
Jem y yo habíamos bajado las escaleras de casa de miss Rachel una noche, cuando Dill nos detuvo.
¡Recontra! Mirad allá y señalaba al otro lado de la calle.
Al principio no vimos nada más que un porche delantero cubierto de enredaderas, pero una inspección más detenida nos reveló un arco de agua que
surgía de entre las hojas y se derramaba en el círculo amarillo de la luz de la calle. Había, nos pareció, una distancia de diez pies desde el manantial
hasta el punto de caída. Jem dijo que míster Avery apuntaba mal; Dill que debía de beberse un galón al día y la competición que siguió para determinar
distancias relativas y respectivas hazañas sólo sirvió para que yo volviera a sentirme arrinconada, dado que en aquel terreno carecía de aptitudes.
Dill se desperezó, bostezó y dijo en un tono demasiado indiferente:
Ya sé lo que haremos; salgamos a dar un paseo.
A mí me sonó un tanto equívoco. En Maycomb nadie salía a dar un paseo nada más.
¿Adónde, Dill?
Dill señaló con la cabeza en dirección sur. Jem dijo:
Perfectamente –y cuando yo protesté, me dijo dulcemente–: No es preciso que vengas, Angel de Mayo.
Y tú no es preciso que vayas. Recuerda...
Jem no era persona que se parase en derrotas pretéritas: parecía que el único mensaje que recogió de Atticus fue una penetración especial para el arte
de los interrogatorios.
Mira, Scout, no haremos nada, sólo iremos hasta el farol de la calle y regresaremos.
Anduvimos calladamente acera abajo, escuchando con oído atento las mecedoras de los porches que gemían bajo el peso de los vecinos, y los suaves
murmullos nocturnos de las personas mayores de nuestra calle. De cuando en cuando oíamos las carcajadas de miss Stephanie Crawford.
¿Qué? –dijo Dill.
De acuerdo –contestó Jem–. ¿Por qué no te vas a casa, Scout?
¿Qué váis a hacer?
Simplemente, Dill y Jem irían a espiar por la ventana de la persiana suelta para ver si podían echar un vistazo a Boo Radley, y si yo no quería ir con ellos
podía volverme directamente a casa y tener mi bocaza cerrada, esto era todo.
Pero, en nombre de los santos montes, ¿Por qué habéis esperado hasta esta noche?
Porque de noche nadie podía verles, porque Atticus estaría tan enfrascado en algún libro que no oiría ni la venida del otro mundo, porque si Boo
Radiey los mataba se quedarían sin ir a la escuela y no sin las vacaciones, y porque era más fácil ver el interior de una casa oscura en las horas de
oscuridad que durante el día, ¿lo comprendía?
Jem, por favor
¡Scout, te lo digo por última vez, cierra la boca o vete a casa; pongo a Dios por testigo que cada día te pareces más a una niña!
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MATAR UN RUISEÑOR

Con esto no tuve otra opción que la de unirme a ellos. Pensamos que sería mejor pasar por debajo de la alta valla de alambre del fondo de la finca de los
Radley: corríamos menos riesgo de ser vistos. La valla encerraba un extenso jardín y una estrecha casita exterior de madera.
Jem levantó el alambre e indicó a Dill que pasara por debajo. Luego seguí yo, y levanté el alambre para Jem. La prueba era dura y arriesgada para mi
hermano.
No hagáis ningún ruido –susurró–. No os metáis en una hilera de coles; sería lo peor de todo: despertarían hasta a los muertos.
Con este pensamiento en la cabeza, yo daba quizá un paso por minuto. Caminé más de prisa cuando vi a Jem muy adelante, haciendo señas bajo la luz
de la luna. Llegamos a la puerta que dividía el jardín del patio trasero. Jem la tocó. La puerta lanzó un graznido.
Escupe en ella –susurró Dill.
Nos has metido en una trampa, Jem –murmuré–. No podremos salir de aquí fácilmente.
Sssiit. Escupe, Scout.
Escupimos hasta quedamos secos, y Jem abrió la puerta con cautela, empujándola a un lado apoyada contra la valla. Estábamos en el patio trasero.
La parte posterior de la casa de los Radley era menos acogedora que la fachada: un destartalado porche ocupaba toda la anchura del edificio; había dos
puertas y dos ventanas oscuras entre las puertas. En lugar de columna, un tosco soporte sostenía un extremo del tejado. En un rincón del porche
descansaba una vieja estufa Franklin; encima, colgaba un perchero con espejo que reflejaba la luz de la luna, con un brillo aterrador.
Puaf –dijo Jem, levantando el pie.
¿Te enredas?
Gallinas –dijo en un aliento.
Que tendríamos que esquivar lo no visto desde todas las direcciones quedó confirmado cuando Dill, que iba adelante, pronunció en un susurro un
“Diii...ooooss”. Avanzamos lentamente hacia el costado de la casa, dando un rodeo hasta la ventana que tenía una persiana colgante. El alféizar era
varias pulgadas más alto que Jem.
Te echaré una mano para subir –le dijo a Dill en un murmullo–. Espera, de todos modos.
Jem se cogió la muñeca izquierda con una mano, y mi muñeca derecha con la otra; yo me así la muñeca izquierda, y con la otra mano agarré la muñeca
derecha de Jem; nos agachamos, y Dill se sentó en aquella silla. Le levantamos, y él se cogió al alféizar de la ventana.
Date prisa –dijo Jem–. No podemos resistir mucho más. Dill me dio un golpe en el hombro, y le bajamos al suelo.
¿Qué has visto?
Nada. Cortinas. Sin embargo, hay una lucecita pequeña en alguna parte, muy adentro.
Marchémonos de aquí –indicó Jem–. Volvamos a dar el rodeo hacia la parte de atrás. ¡Silencio!–me advirtió, pues yo me disponía a protestar.
Probemos en la ventana trasera.
Dill, no –dije.
Dill se paró y dejó que Jem pasara adelante. Cuando puso el pie en el peldaño del final, éste rechinó. Jem se quedó inmóvil, luego fue cargando su peso
paulatinamente. El peldaño guardó silencio. Jem se saltó dos peldaños, puso el pie en el porche, subió con esfuerzo y se tambaleó un rato. Al recobrar
el equilibrio, se puso de rodillas, se arrastró hasta la ventana, levantó la cabeza y miró al interior.
Entonces yo vi la sombra. Era la sombra de un hombre que llevaba el sombrero puesto. Primero creía que era un árbol, pero no soplaba apenas viento,
y los troncos de los árboles no andan. El porche trasero estaba bañado por la luz de la luna, y la sombra, seca como una tostada, avanzó cruzando el
porche en dirección a Jem.
El segundo en verla fue Dill. Y se cubrió la cara con las manos.
Mi hermano reparó en la sombra cuando esta ensombreció su cuerpo. Se llevó las manos a la cabeza y se quedó rígido.
La sombra se detuvo detrás de Jem, a cosa de un pie. Su brazo se apartó del costado, descendió y quedó inmóvil. Luego, la sombra se volvió, cruzó de
nuevo el cuerpo de Jem, se deslizó por lo largo del porche y desapareció por el costado de la casa, marchándose como había venido.
Jem saltó fuera del porche y galopó hacia nosotros. Abrió la puerta de un tirón, nos empujó a Dill y a mí, que la cruzamos con pie alado y nos dirigió por
medio de siseos entre dos hileras de coles forrajeras que se mecían al aire, a mitad de las hileras, tropecé y me caí. En este momento, el estampido de
una escopeta conmovió la vecindad.
Dill y Jem se echaron a mi lado. El aliento de Jem se notaba entrecortado.
¡Refugiaos en el patio de la escuela! ¡De prisa, Scout!
Jem levantó el alambre del fondo; Dill y yo rodamos por debajo, y estábamos a mitad de camino del abrigo del roble solitario del patio escolar cuando
percibimos que Jem no iba con nosotros. Retrocedimos a la carrera y le encontramos debatiéndose en la valla, librándose a patadas de los pantalones
para soltarse. Corrió hacia el roble en calzoncillos.
Ya a salvo detrás del tronco, Dill y yo nos dejamos ganar por una especie de atontamiento, pero la mente de Jem galopaba.
Hemos de volver a casa, notarán que no estamos.
Cruzamos el patio corriendo, reptamos por debajo de la valla, pasando al prado detrás de nuestra casa, trepamos por nuestro cercado y estuvimos en
las escaleras de la parte posterior sin que Jem nos hubiera concedido una pausa para descansar.
Ya con la respiración normal, los tres nos dirigimos con toda la naturalidad que supimos al patio de la fachada. Al mirar calle abajo, vimos un corro de
vecinos delante de la puerta de la valla de los Radley.
Será mejor que bajemos allá –dijo Jem–. Si no hacemos acto de presencia les llamará la atención.
Míster Nathan Radley estaba de pie al otro lado de la puerta, con una escopeta cruzada sobre el brazo. Atticus estaba de pie al lado de miss Maudie y
de miss Stephanie Crawford. Miss Rachel y míster Avery se encontraban a poca distancia. Ninguno nos vio llegar.
Nos metimos en el corro, al lado de miss Maudie, que volvió la vista en torno suyo.
¿Dónde estábais? ¿No habéis oído el estampido?
¿Qué ha pasado? –preguntó Jem.
Mister Radley ha disparado contra un negro en su bancal de coles.
¡Oh! ¿Le ha dado?
No –contestó miss Stephanie–. Ha disparado al aire. Del susto se ha vuelto blanco, de todas maneras. Dice que si alguien ve por ahí a un negro
blanco, aquél será. Dice que tiene el otro cañón cargado esperando que se oiga otro ruido en el bancal, y que la próxima vez no apuntará al aire,
sea perro, negro, o... ¡Jem Finch!
¿Qué, señora? –preguntó Jem. Atticus tomó la palabra.
¿Dónde están tus pantalones, hijo?
¿Pantalones, señor?
Pantalones, sí.
Era inútil. Allí, en calzoncillos, delante de Dios y de todo el mundo. Y suspiré:
Eh... ¡Mister Finch!
A la claridad de la lámpara de la calle, pude ver que Dill estaba imaginando una: sus ojos se debilitaron, su gordinflona faz de querubín se puso más
redonda.
¿Qué hay, Dill? –inquirió Atticus.
Pues... se los he ganado –dijo con tono vago.
¿Se los has ganado? ¿Cómo?
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MATAR UN RUISEÑOR

La mano de Dill fue en busca de la nuca, subió por la cabeza y frotó la frente.
Estábamos jugando al “póker desnudo” allá arriba, junto al estanque de los peces –dijo.
Jem y yo nos tranquilizamos. Los vecinos parecían convencidos: todos se pusieron serios. Pero ¿qué era el “póker desnudo”?
No tuvimos ocasión de averiguado: miss Rachel se disparó como la sirena de nuestros bomberos.
¡Bue... eeen Jeeee... sús, Dill Harry! ¿Jugando junto a mí estanque? ¡Yo te enseñaré el “póker desnudo”, señorito!
Atticus salvó a Dill de un despedazamiento inmediato.
Un minuto nada más, miss Rachel!–dijo–. No había oído nunca que hicieran una cosa así, hasta este día. ¿Jugabáis a los naipes, los tres?
Jem devolvió a ciegas la pelota lanzada por Dill.
No, señor, sólo con cerillas.
Yo admiré a mi hermano. Las cerillas eran peligrosas, pero los naipes eran fatales.
Jem, Scout –dijo Atticus–, no quiero volver a oír nombrar el póker bajo ninguna forma. Vete a casa de Dill y coge los pantalones, Jem. Resolved
la cuestión vosotros mismos.
No te apures, Dill –dijo Jem mientras andábamos por la acera–, no te zumbará. Atticus la convencerá con buenas palabras. Has sabido pensar
de prisa, chico. Escucha..., ¿no oyes?
Nos paramos y oímos la voz de Atticus.
...No es un caso serio..., todos pasan por ello, miss Rachel...
Dill se tranquilizó, pero Jem y yo, no. Quedaba el problema de que Jem había de presentar unos pantalones por la mañana.
Te daría unos míos –dijo Dill cuando llegamos a las escaleras de miss Rachel.
Jem contestó que no podría ponérselos, pero que muchas gracias, de todos modos. Nos dijimos adiós, y Dill entró en la casa. Evidentemente, se acordó
de que estábamos prometidos, porque retrocedió corriendo y me besó a toda prisa delante de Jem.
¡Escribidme! ¿Me oís? –nos gritó, a nuestra espalda.
Aunque Jem hubiese llevado los pantalones puestos y sin novedad, tampoco habríamos dormido mucho. Todos los sonidos nocturnos que escuchaba
desde mi catre en el porche trasero llegaban con triple aumento, todas las pisadas sobre la gravilla eran Boo Radley que buscaba su venganza, todos los
negros que pasaban riendo en la noche eran Boo Radley suelto y persiguiéndonos; los insectos que chocaban contra los cristales eran los dedos
dementes de Boo Radley cortando el alambre a pedazos; los cinamomos eran seres malignos, que nos rondaban alerta. Floté entre el sueño y la vigilia
hasta que oí murmurar a Jem.
¿Duermes, Tres-Ojos?
Ssssittt. Atticus ha apagado la luz.
A la muriente luz de la luna vi que Jem bajaba los pies al suelo.
¿Estás loco?
Voy por ellos –dijo.
Yo me senté muy erguida.
No puedes –dije–. No te lo permitiré.
Tengo que ir –replicó él, peleando para ponerse la camisa.
Ve, y yo despertaré a Atticus.
Despiértale y te mato.
Le cogí y le hice tender a mi lado en el catre. Quise razonar con él.
Míster Nathan los encontrará por la mañana, Jem. Sabe que los perdiste tú. Cuando se los enseñe a Atticus pasaremos un mal rato, pero no
habrá otra cosa. Vuélvete a la cama.
Lo sé, precisamente –respondió Jem–. Por esto voy a buscarlos.
Yo empezaba a sentirme mareada. Irse solo allá!... Recordaba lo de miss Stephanie, mister Nathan tenía el otro cañón cargado esperando el primer
ruido nuevo que oyese, fuese perro, negro, o... Jem lo sabía mejor que yo.
Estaba desesperada.
Mira, Jem, no vale la pena. Una paliza duele, pero no dura. Te pegarán un tiro a la cabeza, Jem. Por favor...
Mi hermano expulsó el aliento con gran paciencia.
Yo... Mira, esto es así Scout –murmuró–. Desde que tengo memoria, Atticus no me ha pegado.
Y quiero que continúe del mismo modo.
Esto era una fantasía. Parecía que Atticus nos amenazaba día sí, día no.
Quieres decir que nunca te ha cogido en nada.
Quizá sea eso, pero... quiero que las cosas sigan de este modo, Scout. Debemos resolverlo esta noche.
Supongo que fue entonces cuando Jem y yo empezamos a separamos. A veces no le entendía, pero mis períodos de desorientación duraban poco.
Aquello estaba fuera de mi alcance.
Por favor –supliqué– ¿no puedes pensarlo un minuto al menos...? ¿Tú solo en aquel lugar...?
¡Cállate!
Esto no acabará en que Atticus no vuelva a dirigirte más la palabra, ni cosa asi... Le despertaré, Jem, te lo juro que le despertaré... –Jem me
cogió por el cuello del pijama, tirando con fuerza–. Entonces, iré contigo... –dije medio asfixiado.
No, no vendrás, harías ruido.
Fue inútil. Abrí el cerrojo de la puerta trasera y lo sujeté mientras él bajaba sigilosamente las escaleras. Debían de ser las dos. La luna se ponía y las
sombras de los listones de madera de las ventanas se disolvían en una borrosa nada. El blanco faldón de la camisa de Jem bajaba y subía como un
pequeño fantasma bailarín que quisiera escapar de la mañana que se acercaba. Una débil brisa corría y refrescaba las gotas de sudor que corrían por
mis costados.
Jem salió por la parte trasera, cruzó el prado y el patio de la escuela, y calculé que estaría rodeando la valla, al menos se había encaminado en aquella
dirección. Todavía necesitaba más tiempo, de manera que no había llegado aún el momento de inquietarse. Esperé hasta que tal momento hubo
llegado y agucé el oído esperando el disparo de la escopeta de míster Radley. Luego, creí percibir unos chasquidos en la calle posterior. Era una creencia
anhelante.
Después oí toser a Atticus. Contuve el aliento. A veces, cuando hacíamos una peregrinación a media noche al cuarto de baño, le encontrábamos
leyendo. Decía que con frecuencia se despertaba durante la noche, comprobaba cómo estábamos y se ponía a leer hasta dormirse. Yo aguardé
convencida de que su luz se encendía, esforzando la vista para verla inundar el vestíbulo. La luz continuó apagada y, yo, volví a respirar.
Los rondadores nocturnos se habían retirado, pero cuando se agitaba el viento, los cinamomos maduros tamborileaban sobre el tejado y la oscuridad
parecía todavía más desolada con los ladridos de los perros en la lejanía.
Ahí estaba Jem regresando. Su camisa blanca asomó sobre la valla trasera; poco a poco se hizo mayor. Jem subió las escaleras, pasó el cerrojo tras él y
se sentó en su catre. Sin decir palabra, levantó los pantalones. Luego se tendió y durante un rato oí que su catre temblaba. Pronto se quedó quieto. No
volví a oír que se moviese.

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MATAR UN RUISEÑOR
C A PÍ T U L O 7

Jem estuvo huraño y silencioso toda una semana. Como Atticus me había aconsejado en cierta ocasión, probé a meterme en su pellejo y hacer como si
fuera él: si hubiese ido sola a la Mansión Radley a las dos de la madrugada, la tarde siguiente se habría efectuado mi entierro. En consecuencia, dejé en
paz a Jem y procuré no fastidiarle.
Empezaron las clases. El segundo grado fue tan malo como el primero y, aun peor, seguían pasándole cartulinas por delante de las narices a una y no la
dejaban leer ni escribir. Los progresos de miss Caroline, en la puerta de al lado, podían calcularse por la frecuencia de las carcajadas; no obstante, la
pandilla de costumbre había fallado las pruebas otra vez, repetía el grado y le servía para mantener el orden. Lo único que tenía de bueno el segundo
grado era que yo salía tan tarde como Jem, y habitualmente, a las tres, nos íbamos a casa juntos.
Una tarde, mientras cruzábamos el patio de la escuela en dirección a nuestra casa, Jem dijo de pronto:
Hay una cosa que no te había explicado.
Como ésta era la primera frase que pronunciaba en varios días, le alenté:
¿Sobre qué?
Sobre aquella noche.
Nunca me has contado nada de aquella noche –dije.
Jem despreció mis palabras con un ademán, como si espantara mosquitos. Guardó silencio un rato, y luego, dijo:
Cuando volví a buscar los pantalones... Bueno, al quitármelos quedaron hechos un lío, de tal modo que no podían desenredarse... Cuando volví
allá... –Jem inspiró profundamente–. Cuando volví allá estaban doblados sobre la valla..., como si me esperasen.
¿Sobre la valla...?
Y otra cosa... –Jem había bajado la voz–. Te lo enseñaré cuando lleguemos a casa. Los habían cosido. No como si lo hubiera hecho una mujer,
sino como si hubiera probado de coserlos yo. Todo en serpentina. Es casi como si...
....alguién supiera que tú volverías por ellos. Jem se estremeció.
Como si alguien hubiese leído mi pensamiento..., como si alguien hubiese podido adivinar lo que haría. Nadie puede intuir lo que voy a hacer, a
menos que me conozcan, ¿verdad que no, Scout?
La pregunta de Jem era una súplica. Yo le tranquilicé.
Nadie puede adivinar lo que vas a hacer a menos que viva en la casa contigo, y aun así, a veces yo no sé adivinarlo.
Estábamos pasando por la vera de nuestro árbol. En su cavidad había un ovillo de bramante gris.
No lo cojas, Jem –pedí–. Esto sirve de escondrijo a alguna persona.
No lo creo, Scout.
¡Sí! Alguno por el estilo de Walter Cunningham baja aquí todos los recreos y esconde cosas y llegamos nosotros y se las quitamos. Oye, dejemos
eso ahí y esperemos un par de días. Si entonces todavía está, nos lo llevaremos. ¿De acuerdo?
De acuerdo, quizá tengas razón–dijo Jem–. Puede ser el escondrijo de algún chiquillo... Esconde las cosas de los que son mayores que él. Ya
sabes, sólo encontramos cosas cuando funciona la escuela.
Sí –respondí–, pero es que en verano nunca pasamos por aquí.
Nos fuimos a casa. La mañana siguiente el bramante continuaba donde yo lo había dejado. El tercer día, como todavía seguía allí, Jem se lo metió en el
bolsillo. En adelante consideramos que todo lo que encontrábamos en el agujero nos pertenecía.
El segundo grado era fatídico, pero Jem me aseguró que cuanto mayor me hiciese mejor sería la escuela, que él había empezado del mismo modo, y
que hasta que uno no llegaba al sexto grado no aprendía nada de valor. El sexto grado pareció gustarle desde el principio. Pasó por un breve Período
Egipcio que me desconcertó: continuamente trataba de andar a paso lento, levantando un brazo adelante y otro atrás, y asentando un pie detrás del
otro. Declaraba que los egipcios andaban de este modo, yo le dije que si era así no veía cómo podían hacer nada, pero Jem replicó que habían hecho
más que los americanos en toda su historia; que inventaron el papel higiénico y el embalsamamiento perpetuo y me preguntó dónde estaríamos hoy en
día si no los hubiese inventado. Atticus me dijo que borrase los adjetivos y me atuviese a los hechos.
En Alabama del Sur no hay estaciones bien definidas; el verano flota a la deriva dentro del otoño y al otoño a veces no le sigue el invierno, sino que se
convierte en una vaga primavera que se funde otra vez en verano. Aquel otoño fue largo, apenas bastante fresco para ponerse una chaqueta ligera.
Jem y yo recorríamos nuestra órbita una templada tarde de octubre cuando nuestro agujero nos detuvo de nuevo. Esta vez había dentro una cosa
blanca.
Jem permitió que yo hiciera los honores: saqué dos pequeñas imágenes esculpidas en jabón. Una era la figura de un muchacho, la otra llevaba un
vestido tosco.
Sin tiempo para acordarme de que no existe eso del mal de ojo, solté un chillido y las arrojé al suelo.
Jem las recogió vivamente.
¿Qué te pasa? –gritó. Y limpió las figuras, librándolas del rojo polvo–. Son buenas –dijo.
Y bajó la mano para que yo las viese. Eran unas miniaturas casi perfectas de dos chiquillos. El muchacho llevaba pantalón corto; los mechones de cabello
le llegaban hasta las cejas. Yo miré a Jem. Una punta de pelo castaño y estirado le caía hacia adelante. Hasta entonces no me había fijado nunca.
Jem miró la figurita de niña, luego a mí. La muñequita llevaba cerquillos. Yo también.
Estos somos nosotros –dijo.
¿Quién los hizo? ¿Te lo figuras?
¿A quién conocemos por aquí que talle? –preguntó él.
A míster Avery.
A míster Avery le gustan y nada más. Quiero decir las tallas.
Míster Avery salía a un promedio de un palo de leña de estufa por semana; lo adelgazaba hasta convertirlo en un palillo y luego lo mascaba.
Está el viejo enamorado de miss Stephanie Crawford –indiqué.
Esculpe, es cierto, pero vive en el campo. ¿Cuándo se habría fijado para nada en nosotros?
Quizá se sienta en el porche y nos mira a nosotros en vez de fijarse en miss Stephanie. Si yo estuviera en su lugar, lo haría.
Jem me miró tan largo rato que yo le pregunté qué le pasaba, pero no conseguí otra cosa que un “nada, Scout”, como respuesta. Cuando nos fuimos a
casa, Jem puso los muñecos en su baúl.
Menos de dos semanas después encontramos un paquete entero de goma de mascar, que saboreamos a placer, pues, el hecho de que todo lo de la
Mansión Radley era veneno se había deslizado fuera de la memoria de Jem.
La semana siguiente el agujero contenía una medalla deslucida. Jem se la enseñó a Atticus, quien dijo que era una “medalla de deletreo”. Antes de que
nosotros naciésemos, el condado de Maycomb celebraba competiciones de ortografía y concedía medallas a los vencedores. Atticus afirmó que la
habría perdido alguno y que si habíamos preguntado por ahí. Jem me dio una coz de camello cuando quise decir dónde la encontramos. Jem preguntó
entonces si Atticus recordaba a alguno que hubiese ganado una, pero éste dijo que no.
Nuestro premio mayor apareció cuatro días más tarde. Era un reloj de bolsillo, que no funcionaba, sujeto a una cadena, con un cuchillo de aluminio.
¿Te parece que es oro blanco, Jem?
No lo sé. Lo enseñaré a Atticus.
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MATAR UN RUISEÑOR

Atticus dijo que si hubieran sido nuevos, reloj, cuchillo y cadena, habrían valido probablemente unos diez dólares.
¿Has hecho un trueque con alguno en la escuela? –preguntó.
¡Oh, no, señor!–Jem sacó el reloj de su abuelo, que Atticus le dejaba llevar una vez por semana a condición de que tuviera cuidado. Los días que
llevaba el reloj, Jem andaba como pisando huevos–. Atticus, si no tienes inconveniente, prefiero llevar éste. Quizá pueda repararlo.
Cuando el reloj nuevo desplazó al del abuelo y el llevarlo se convirtió en una penosa tarea cotidiana, Jem ya no sintió más la necesidad de consultar la
hora cada cinco minutos.
Hizo con la reparación un buen trabajo: sólo le sobraron un muelle y un par de piezas pequeñas, pero el reloj no quiso marchar.
Aaah –suspiró–, no funcionará nunca. ¡Scout!
¿Qué?
¿Te parece que deberíamos escribir una carta a quien sea que nos deja estas cosas?
Eso estaría muy bien, Jem; podemos darle las gracias... ¿Qué mal hay en ello? Jem se cogía las orejas meneando la cabeza de un lado para otro.
No lo entiendo, de veras que no lo entiendo; no sé por qué, Scout... –Y mirando en dirección a la sala, no se por que se me ocurre la idea de
explicárselo a Atticus..., pero no, creo que no.
Yo se lo diré por ti.
No, Scout, no lo hagas. ¡Scout!
¿Quéee?
Toda la tarde había estado a punto de decirme una cosa, su cara se animaba y se volvía hacia mí, luego cambiaba de idea. Y cambió de nuevo.
Oh, nada.
Vamos, escribamos la carta. –Y le puse un papel y un lápiz debajo de la nariz.
De acuerdo. Querido señor...
¿Cómo sabes que es un hombre? Apuesto a que es miss Maudie; hace mucho tiempo que lo pienso.
Bah, miss Maudie no sabe mascar goma... Jem sonrió inesperadamente. Ya sabes, a veces habla con mucha finura. Un día le ofrecí un pedazo y
dijo que no, gracias, que... la goma de mascar se le pegaba al paladar y la dejaba sin palabras-dijo Jem midiendo las suyas. ¿No es decir una cosa
fina?
Sí, a veces sabe decir cosas agradables. De todos modos, tampoco querría un reloj y una cadena.
Querido señor–dijo Jem–. Agradecemos el... no, agradecemos todo lo que ha puesto en el árbol para nosotros. Sinceramente suyos, Jeremy
Atticus Finch.
Si firmas de este modo no sabrá quién eres.
Jem borró el nombre y escribió: “Jem Finch”. Yo firmé debajo: “Jean Louise Finch (Scout)”. Jem puso el billete dentro de un sobre.
A la mañana siguiente, cuando íbamos a la escuela, Jem echó a correr delante de mí y se paró junto al árbol. Cuando levantó la vista la dirigió hacia mí y
vi que se volvía intensamente pálido.
¡Scout!
Yo corrí hasta él.
Alguien había llenado el agujero con cemento.
No llores ahora, Scout... no llores ahora, no te apures... – iba murmurando Jem, camino de la escuela.
Cuando volvimos a casa para la comida, Jem engulló su ración, corrió al porche y se quedó plantado en las escaleras. Yo le seguí.
No ha pasado –me dijo.
Al día siguiente, Jem se puso otra vez de vigilancia y fue recompensado.
¿Qué tal, mister Nathan? –saludó.
Buenos días, Jem y Scout –respondió mister Radley sin pararse.
Míster Radley –dijo Jem. Mister Radley giró sobre sus talones–. Míster Radley, ¿puso usted cemento en el agujero de aquel árbol de allá abajo?
Si –respondió–. Lo tapé.
¿Por qué lo hizo, señor?
El árbol está muriendo. Cuando los árboles están enfermos se los llena de cemento. Deberías saberlo, Jem.
Jem no dijo nada más sobre el asunto hasta muy avanzada la tarde. Cuando pasamos junto al árbol dio una palmada meditabunda en el cemento y se
quedó sumido en profundas meditaciones. Parecía ponerse de mal humor por momentos, y en consecuencia yo guardé las distancias.
Como de costumbre, aquella tarde encontramos a Atticus que regresaba del trabajo. Cuando estuvimos en nuestras escaleras Jem dijo:
Atticus, mira el árbol aquel, te lo ruego.
¿Qué árbol, hijo?
El que está en la esquina de la finca de los Radley, viniendo de la escuela.
Sí.
¿Se está muriendo?
No, caramba, hijo, no lo creo. Fíjate en las hojas, están verdes y lozanas, no hay manchas pardas por ninguna parte...
¿Ni siquiera está enfermo?
Aquél árbol está tan sano como tú, Jem. ¿Por qué?
Mister Nathan Radley ha dicho que se esta muriendo.
Bien, quizá si. Estoy seguro de que mister Radley sabe más de sus árboles que nosotros. Atticus nos dejó en el porche. Jem se apoyó a una
columna rascándose los hombros contra ella.
¿Tienes picores, Jem? –le pregunté tan finamente como supe–. Entremos –dije.
Dentro de un rato.
Permaneció allí hasta caer la noche, y yo le esperé. Cuando entramos en casa vi que había llorado.

C A PÍ T U L O 8
Por motivos inescrutables para los profetas más experimentados del condado de Maycomb, aquel año, el otoño se convirtió en invierno. Tuvimos dos
semanas del tiempo más frío desde 1885, según dijo Atticus. Míster Avery dijo que estaba escrito en la Piedra de Rosetta que cuando los niños
desobedeciesen a sus padres, fumasen cigarrillos y se hicieran la guerra unos a otros, las estaciones cambiarían: a Jem y a mí nos cargaban, pues, con el
peso de contribuir a las aberraciones de la Naturaleza, causando con ello la desdicha de nuestros vecinos y nuestra propia incomodidad.
La anciana mistress Radley murió aquel invierno, pero su muerte no causó apenas ni la más leve alteración: los vecinos la veían raras veces, excepto
cuando regaba sus cannas. Jem y yo dedujimos que Boo se había cebado con ella por fin, pero, cuando Atticus regresó de casa de los Radley dijo, con
gran desencanto nuestro, que había muerto por causas naturales.
Pregúntaselo –susurró Jem.
Pregúntaselo tú; tú eres el mayor.
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MATAR UN RUISEÑOR

Por eso tienes que preguntárselo tú.
Atticus –dije–, ¿has visto a míster Arthur?
Atticus asomó una cara severa por el costado del papel, mirándome.
No.
Jem me indicó que no hiciera más preguntas. Dijo que Atticus estaba todavía un poco quisquilloso en relación a nosotros y los Radley y que no daría
buenos resultados el insistir. Jem sospechaba que Atticus pensaba que nuestras actividades de aquella noche no se limitaron únicamente al “póker
desnudo”. No tenía ninguna base firme para esta sospecha, decía que se trataba solamente de una corazonada.
A la mañana siguiente, al despertar, miré por la ventana y estuve a punto de morir de espanto. Mis alaridos sacaron a Atticus del cuarto de baño a
medio afeitar.
¡El mundo está llegando a su fin, Atticus! ¡Haz algo, por favor...! Le arrastré hasta la ventana y señalé.
No, no termina –contestó–. Está nevando.
Jem preguntó a Atticus si aquello persistiría. Jem tampoco había visto nunca nieve, pero sabía lo que era. Atticus contestó que de nieve no sabía más
que el mismo Jem.
No obstante, creo que si la atmósfera sigue húmeda así, se convertirá en lluvia. Sonó el teléfono y Atticus dejó la mesa del desayuno para acudir
a la llamada.
Era Eula May –dijo al regreso–. Cito sus palabras: “Como no había nevado en Maycomb desde 1885, hoy no habrá clases”.
Eula May era la telefonista en jefe de Maycomb. Le habían confiado la misión de comunicar anuncios públicos, invitaciones de boda, poner en marcha
la sirena de incendios, y dar instrucciones para primeras curas cuando el doctor Reynolds estaba ausente.
Cuando por fin Atticus nos llamó al orden y nos mandó que fijásemos la vista en el plato en lugar de mirar por las ventanas Jem preguntó:
¿Cómo se hace un muñeco de nieve?
No tengo la menor idea –respondió Atticus–. No quiero que os desilusionéis, pero dudo que haya nieve bastante para hacer ni siquiera una
bola.
Calpurnia entró y dijo que le parecía que estaba cuajando. Cuando corrimos al patio trasero, lo encontramos cubierto de una delgada capa de nieve
fangosa.
No debemos pisarla –dijo Jem–. Mira, a cada paso que das, la estropeas.
Miré atrás, a mis pisadas, Jem dijo que si esperábamos a que hubiera nevado un poco más, la podríamos amontonar para hacer un muñeco. Yo saqué la
lengua y cogí un copo plano. Quemaba.
¡Jem, está caliente!
No, no está caliente, está tan fría que quema. Y no la comas, que la malgastas. Deja que caiga al suelo.
Pero yo quiero andar por ella.
Ya sé lo que haremos: podemos ir a pisarla en el patio de miss Maudie.
Jem avanzó a saltos cruzando el patio de la fachada. Yo seguí sus huellas. Cuando estábamos en la acera delante de la casa de miss Maudie, se nos
acercó mister Avery. Tenía la cara encarnada y el estómago abultado debajo del cinturón.
¿Véis lo que habéis hecho? –nos dijo–. En Maycomb no había nevado desde Maricastaña. Son los niños malos como vosotros los culpables de
que cambien las estaciones.
Yo me pregunté si míster Avery sabía con cuánto afán habíamos esperado el verano pasado que repitiera su representación, y reflexioné que si era
aquella la paga que recibíamos, había que reconocerle ciertas ventajas al pecado. No me pregunté de dónde sacaba mister Avery sus estadísticas
meteorológicas: venían directamente de la Piedra de Rosetta.
¡Jem Finch, eh, Jem Finch!
Miss Maudie te llama, Jem.
Quedaos los dos en el centro del patio. Cerca del porche hay unas cosas plantadas debajo de la nieve. ¡No las piséis!
¡Bien! –gritó Jem–. ¡Qué hermosa es! ¿Verdad, miss Maudie?
¡Hermosas mis patas! ¡Si esta noche hiela se me llevará todas las azaleas!
El viejo sombrero de sol de miss Maudie centelleaba de cristales de nieve. La dama se inclinaba sobre unos pequeños arbustos, envolviéndolos en sacos
de arpillera. Jem le preguntó por qué lo hacía.
Para conservarles el calor –respondió.
¿Cómo pueden conservar el calor las flores? No tienen circulación.
No sabría contestar a esta pregunta, Jem Finch. Todo lo que sé es que si esta noche hiela, estas plantas se helarán, de modo que hay que
cubrirlas. ¿Resulta claro?
Sí. ¡Miss Maudie!
Di, señor.
Scout y yo, ¿podríamos pedirle prestada una poca de su nieve?
¡Cielo bendito lleváosla toda! Debajo de la casa hay un cesto viejo para melocotones, podéis transportarla en él. –Miss Maudie entomó los ojos–.
Jem Finch, ¿qué váis a hacer con mi nieve?
Usted verá –contestó Jem, y nos pusimos a transportar (fangosa operación) toda la nieve que pudimos del patio de miss Maudie al nuestro.
¿Qué haremos, Jem? –pregunté.
Ya verás –dijo–. Ahora coge el cesto y lleva toda la nieve que puedas del patio trasero al delantero. Al regresar sigue tus propias pisadas, sin
embargo –me advirtió.
¿Haremos un niño de nieve, Jem?
No, un hombre de verdad. Ahora hemos de trabajar de firme.
Jem corrió al patio trasero, sacó la azada y se puso a cavar afanosamente detrás de la pila de leña, depositando a un lado todos los gusanos que
encontraba. Luego entró en la casa, regresó con el canasto de la ropa, lo llenó de tierra y la transportó al patio delantero.
Cuando tuvimos cinco canastos de tierra y dos de nieve, Jem dijo que estábamos listos para empezar.
¿No te parece que esto es un revoltijo? –le pregunté.
Ahora lo parece, pero después no lo parecerá –afirmó.
Jem reunió una brazada de tierra que transformó a palmadas en un montículo; añadió otra cantidad y otra, hasta que hubo construido un torso.
Jem, no había oído hablar de un muñeco de nieve negro –le dije.
No será negro mucho rato –refunfuñó él.
Del patio trasero se proveyó de unas ramas de melocotonero cortó las ramitas y las dobló en forma de huesos que habría que cubrir de tierra.
Parece miss Stephanie Crawford con las manos en la cadera –dije–. Gorda en el medio y con unos bracitos diminutos.
Se los haré mayores –Jem derramó agua sobre la estatua de barro y añadió más tierra. La contempló pensativamente un momento y, luego, le
formó una gran barriga debajo de la cintura. Entonces me miró con unos ojos centelleantes. Míster Avery tiene una figura así como un muñeco
de nieve, ¿verdad?
A continuación cogió nieve y se puso a distribuirla sobre el monigote. A mí sólo me permitió que cubriese la espalda, reservándose las partes púdicas
para sí. Poco a poco, míster Avery se volvió blanco.
23

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MATAR UN RUISEÑOR

Empleando pedacitos de leña por ojos, nariz, boca y botones, Jem consiguió que mister Avery tuviese un aire malhumorado. Un palo completó el
cuadro. Después retrocedió unos pasos para contemplar su creación.
Es hermoso, Jem –dijo–. Parece como si fuera a hablarle a uno.
¿Verdad que sí? –dijo él, ingenuamente.
No supimos aguardar a que Atticus viniese a comer; le llamamos y le dijimos que le teníamos preparada una gran sorpresa. Pareció pasmado cuando vio
una gran parte de la nieve del patio trasero en el de la fachada, pero dijo que habíamos hecho un trabajo más que superior.
No sabia cómo te las arreglarías para construirlo –le dijo a Jem–, pero desde hoy en adelante ya no me inquietaré por lo que pueda ser de ti, hijo:
siempre encontrarás un recurso.
A Jem se le pusieron las orejas encarnadas de satisfacción ante semejante cumplido, pero, levantó los ojos vivamente cuando vio que Atticus retrocedía
unos pasos. Atticus miró un rato la figura ladeando la cabeza. Sonrióse, y luego soltó la carcajada.
Hijo, ya sé lo que serás: ingeniero, abogado o pintor de retratos. Has montado un libelo aquí en el patio de la fachada. Hemos de disfrazar a ese
sujeto.
En seguida sugirió que Jem le rebajase un poco la barriga, trocase el bastón por una escoba y le pusiera delantal.
Jem explicó que si lo hacía, el muñeco de nieve se pondría fangoso y dejaría de ser un muñeco de nieve.
No me importa lo que hagas, con tal que hagas algo –respondió Atticus–. No puedes andar por ahí fabricando caricaturas de los vecinos.
No es una caractertura –replicó Jem–. Simplemente, se le parece.
Es posible que míster Avery no pensase lo mismo.
¡Ya lo tengo! exclamó Jem. Cruzó la calle corriendo, desapareció en el patio trasero de miss Maudie y regresó triunfante. Colocó el sombrero de
sol de la dama en la cabeza del muñeco y le embutió las tijeras de podar en la curva del brazo. Atticus dijo que de este modo estaría bien.
Miss Maudie abrió la puerta de la fachada y salió al porche. Nos miró un momento desde el otro lado de la calle y, de pronto, sonrió.
Jem Finch –gritó–. ¡So demonio, devuélveme el sombrero, señorito! Jem miró a Atticus, que movió la cabeza negativamente.
Sólo lo dice para armar jaleo –explicó–. En realidad está impresionada por tus... triunfos.
Atticus fue hasta la acera de miss Maudie, donde se enfrascaron en una conversación abundante en ademanes, de la cual la única frase que cogí fue...
...¡Levantando un mamarracho en el patio! ¡Atticus, nunca sabrás educarlos!
Por la noche dejó de nevar, la temperatura descendió y, al anochecer las predicciones más horrendas de míster Avery se confirmaron. Calpurnia hacía
crepitar todos los hogares de la casa, pero, teníamos frío. Cuando Atticus regresó aquella noche dijo que no nos escapábamos del mal tiempo y
preguntó a Calpurnia si quería quedarse a pasar la noche con nosotros. Calpurnia echó una mirada a los altos techos y a las largas ventanas y dijo que
creía que encontraría mejor temperatura en su casa. Atticus la llevó en el coche.
Antes de irme a dormir, Atticus puso más carbón en el fuego de mi cuarto. Dijo que el termómetro señalaba dieciséis grados (3), que era la noche más
fría que recordaba y que el muñeco de nieve se había helado y vuelto completamente sólido.
Unos minutos después, a mi parecer, me despertó alguien que me sacudía. Tenía extendido sobre mí el abrigo de Atticus.
¿Ya es de mañana?
Levántate, niña. –Atticus me presentaba el albornoz y el abrigo–. Ponte el vestido primero –me dijo.
Jem estaba al lado de Atticus, atontado y despeinado. Con una mano se cerraba el cuello del abrigo; la otra la tenía metida en el bolsillo. Parecía
haber engordado de un modo raro.
Corre, cariño –dijo Atticus–. Aquí tienes los zapatos y los calcetines. Yo me los puse con aire estúpido.
¿Es de mañana?
No, es poco más de la una. Date prisa ahora.
Por fin se adentró en mi mente la idea de que ocurría algo malo.
¿Qué pasa?
Pero entonces ya no fue preciso que me lo dijeran. Del mismo modo que los pájaros saben adónde irse cuando llueve, yo sabía cuándo ocurría algo
anormal en nuestra calle. Unos sonidos blandos, como de tafetán, y los de las pisadas apagadas y rápidas me llenaron de un espanto irremediable.
¿En qué casa es?
En la de miss Maudie, cariño –respondió Atticus dulcemente.
En la puerta de la fachada vimos las ventanas de miss Maudie arrojando llamas. Para confirmar lo que veíamos, la sirena de incendios gimió en tono
cada vez más agudo, subiendo toda la escala hasta una nota elevada y temblorosa, que se prolongó come un largo alarido.
No tiene remedio, ¿verdad? –gimió Jem.
Creo que no –Atticus–. Ahora escuchad los dos. Bajad y situaos delante de la Mansión Radley. Manteneos apartados, ¿me ois? ¿Véis de qué
parte sopla el viento?
Oh –dijo Jem–. Atticus, ¿te parece que deberíamos empezar a sacar los muebles?
Todavía no, hijo. Haced lo que os mando. Corred ya. Cuida de Scout, ¿me oyes? No la pierdas de vista.
Atticus nos empujó y partimos hacia la puerta de entrada del patio trasero de los Radley. Desde allí vimos cómo la calle se llenaba de hombres y de
coches mientras el fuego devoraba calladamente la casa de miss Maudie.
¿Por qué no se dan prisa?... ¿Por qué no se dan prisa? –murmuraba Jem.
Pronto vimos el motivo. El viejo camión de los bomberos, averiado por el frío, llegaba de la ciudad empujado por un tropel de hombres. Cuando
hubieron empalmado la manguera a una boca de riego, el agua salió con furia, salpicando la calle.
Oooh, Señor, Jem...
Jem me rodeó con el brazo.
Cállate, Scout. Todavía no es el momento de inquietarse. Cuando lo sea te avisaré.
Los hombres de Maycomb, en todos los grados de vestido y desvestido, sacaban muebles de la casa de miss Maudie y los llevaban a un patio del otro
lado de la calle. Vi a Atticus transportando la pesada mecedora de roble, y pensé que obraba muy cuerdamente al salvar lo que miss Maudie apreciaba
más.
A veces oíamos gritos. Entonces apareció la faz de míster Avery en una ventana del piso. Míster
Avery empujó el colchón fuera de la ventana y arrojó muebles hasta que los hombres le gritaron:
¡Baje de ahí, Dick! ¡Las escaleras se están derrumbando! ¡Salga de ahí, míster Avery! Mister Avery se dispuso a saltar por la ventana.
Está sitiado, Scout... –dijo Jem con voz entrecortada–. Oh, Dios mío...
Mister Avery se encontraba en un grave aprieto. Yo escondí la cabeza debajo del brazo de Jem, y no volví a mirar hasta que mi hermano gritó:
¡Se ha liberado, Scout! ¡Está a salvo!
Levanté la vista para ver a míster Avery cruzando el porche del piso. Pasó las piernas por encima de la baranda y se deslizaba por una columna, pero en
aquel momento resbaló. Cayó, dio un grito y fue a chocar contra los arbustos de miss Maudie.
De pronto advertí que los hombres se apartaban de la casa de miss Maudie y venían calle abajo en nuestra dirección. Ya no transportaban muebles. El
fuego había ganado el segundo piso y se había abierto paso hasta el tejado; los marcos de las ventanas aparecían negros sobre un centro de color
naranja vivo.
(3) Fahrenheit: unos nueve grados centigrados bajo cero. (N. del T.)
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Jem, parece una calabaza...
¡Mira, Scout!
De nuestra casa y de la de miss Rachel salía una masa de humo que parecía la niebla en la orilla de un río, y los hombres estiraban las mangueras hacia
los edificios. Detrás de nosotros el camión de bomberos de Abbottsville lanzaba su cuchillo doblando la curva y se paró delante de nuestra casa.
Aquel libro... –dije yo.
¿Cuál? –preguntó Jem.
Aquel Tom Swift, no era mío, era de Dill...
No te apures, Scout, no es momento de inquietarse todavía –dijo Jem–. Mira allá –indicó, señalando.
Atticus se encontraba en medio de un grupo de vecinos, con las manos en los bolsillos. Podría haber estado siguiendo un partido de fútbol. Miss Maudie
se hallaba a su lado.
Mira allí, él todavía no está preocupado –hizo notar Jem.
¿Cómo no está arriba de una de las casas?
Es demasiado viejo; se rompería el cuello.
¿Crees que deberíamos hacerle sacar nuestras cosas?
No le fastidiemos, él sabrá cuando deba hacerse –replicó mi hermano.
El coche bomba de incendios de Abbottsville empezó a arrojar agua sobre nuestra casa; un hombre subido al tejado iba indicando los sitios que la
necesitaban más. Yo vi cómo nuestro muñeco de nieve se volvía negro y se desmoronaba; el sombrero de miss Maudie quedó encima del montón. No
pude ver las tijeras de Podar. Con el calor que despedían entre la casa de miss Maudie, la de miss Rachel y la nuestra, los hombres hacía rato que se
habían quitado los abrigos y albornoces. Trabajaban con las chaquetas de los pijamas y las camisas de dormir embutidos dentro de los pantalones, pero,
yo empecé a notar que me helaba poco a poco, inmóvil allí. Jem trataba de darme calor, pero, su brazo no era suficiente. Me liberé del mismo y me subí
las manos a los hombros Bailando un poco, recobré la sensibilidad de los pies.
Otro camión contra incendios apareció y se paró delante de la casa de miss Stephanie Crawford. No había boca de riego para otra manguera y los
hombres trataban de empapar la casa con extintores de mano.
El tejado de zinc de miss Maudie cerraba el paso a las llamas. Con una especie de rugido, el edificio se desplomó; de todas partes salían chorros de
fuego, seguidos de un revoloteo de mantas de los hombres de los tejados de las casas adyacentes, golpeando centellas y trozos de madera encendidos.
Había llegado la aurora cuando los hombres empezaron a desfilar, primero de uno en uno, luego en grupos. Empujando, llevaron otra vez el camión de
bomberos de Maycomb al interior de la ciudad; el de Abbottsville se marchó, y el tercero se quedó. Al día siguiente descubrimos que había venido de
Clark, a unas setenta millas de distancia.
Jem y yo nos deslizamos al otro lado de la calle. Miss Maudie tenía la mirada fija en el agujero negro, humeante, de su patio y Atticus movió la cabeza
para decirnos que miss Maudie no quería hablar. Atticus nos acompañó a casa, apoyándose en nuestros hombros para cruzar la helada calle. Nos dijo
que, por lo pronto, miss Maudie viviría con miss Stephanie.
¿Alguno quiere chocolate caliente? –nos preguntó.
Cuando Atticus encendió el fuego en la estufa de la cocina, sentí un escalofrío.
Mientras bebíamos el chocolate, noté que Atticus me miraba, primero con curiosidad, luego con aire severo.
Pensaba que os había ordenado a Jem y a ti que no anduvieráis de un lado para otro –dijo.
¡Si no nos movimos! Estuvimos quietos allí...
Entonces, ¿de quién es esa manta?
¿Manta?
Sí, señorita, manta. No es nuestra.
Yo me miré y me vi sujetando una manta parda de lana que me envolvía los hombros, a la manera de las mujeres indias.
No lo sé, Atticus, señor...Yo...
Me volví hacia Jem en busca de una respuesta, pero Jem todavía estaba más pasmado que yo. Dijo que no sabía cómo había llegado allí; nosotros
hicimos exactamente lo que Atticus nos ordenó, nos plantamos delante de la puerta de los Radley, apartados de todo el mundo, no nos movimos ni una
pulgada... Jem se interrumpió.
Míster Nathan estaba en el fuego –balbuceó–, yo le vi, yo le vi, estaba arrastrando aquel colchón... Atticus, juro que...
Está bien, hijo-Atticus sonrió con lenta sonrisa. Parece que anoche todo el mundo estuvo fuera de casa, más o menos rato. Jem, en la despensa
hay papel de embalaje. Ve a buscarlo y envolveremos...
¡Atticus, no, señor!
Jem parecía hacer perdido la cabeza. Se puso a ventilar nuestros secretos sin ninguna consideración por mi seguridad, ya que no por la suya propia, sin
omitir nada, ni agujero del árbol, ni pantalones, ni nada en absoluto.
...Míster Nathan puso cemento en aquel árbol, Atticus, y lo hizo para que no pudiéramos encontrar mas cosas... El otro está loco, calculo, tal
como dice la gente, pero, Atticus, juro por Dios que jamás nos ha hecho ningún daño, jamás nos ha hecho el menor mal, aquella noche podía
cortarme la garganta de parte a parte, y lo que hizo en cambio fue remendarme los pantalones..., nunca nos ha hecho ningún daño, Atticus...
Atticus dijo:
Bueno, hijo –con tal dulzura que yo me sentí grandemente animada. Era obvio que no había entendido ni una palabra de lo que había dicho
Jem, pues todo su comentario se redujo a–: Tienes razón. Será mejor que nos guardemos esto y la manta para nosotros. Algún día, quizá, Scout
podrá darle las gracias por haberla abrigado.
¿Dar las gracias? ¿A quién? –pregunté.
A Boo Radley. Estabas tan embebida mirando el fuego que no te diste cuenta cuando él te abrigó con la manta.
El estómago se me disolvió en agua y estuve a punto de vomitar cuando Jem levantó la manta y se acercó a mí.
¡Se escabulló fuera de la casa, dio un rodeo... se presentó a la callada, y se volvió del mismo modo!
Atticus dijo en tono seco:
No dejes que esto te inspire nuevas hazañas, Jeremy. Jem arrugó la frente.
No pienso hacerle nada. –Pero yo vi cómo el destello de nuevas aventuras abandonaba sus ojos–. Piensa nada más, Scout –me dijo–, que si te
hubieses vuelto le habrías visto.
Calpurnia nos despertó al mediodía. Atticus había dicho que aquel día no era necesario que fuésemos a la escuela; después de una noche sin dormir, no
habríamos aprendido nada. Calpurnia nos dijo que probásemos a limpiar el patio de la fachada.
El sombrero de miss Maudie estaba suspendido dentro de una delgada capa de hielo, lo mismo que un insecto en ámbar, y tuvimos que cavar la tierra
en busca de las tijeras de podar. Encontramos a miss Maudie en su patio trasero, contemplando las heladas y chamuscadas azaleas.
Le devolvemos sus cosas, miss Maudie –dijo Jem–. Lo hemos sentido muchísimo. Miss Maudie volvió la vista, y la sombra de su antigua sonrisa
cruzó por su cara.
Siempre deseé una casa más pequeña, Jem Finch. De este modo tendré más patio. ¡Fíjate nada más, ahora dispondré de más espacio para mis
azaleas!
¿No está apenada, miss Maudie? –pregunté yo, sorprendida. Atticus decía que la casa era casi todo lo que tenía.
¿Apenada, niña? ¡Si le tenía odio a aquella vieja cuadra de vacas! Si no fuera porque me habrían encerrado, se me ocurrió cien veces la idea de
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pegarle fuego yo misma.
Pero...
No te inquietes por mi, Jean Louise Finch. Hay recursos que tú ignoras. Vaya, me construiré una casa pequeña, tomaré un par de huéspedes
y…Dios bendito, tendré el patio más hermoso de Alabama. ¡Esos Bellingrath parecerán míseros, cuando yo esté en marcha!
Jem y yo nos miramos.
¿Cómo empezó el fuego, miss Maudie? –preguntó él.
No lo sé, Jem. Fue probablemente el petróleo de la cocina. Anoche tuve el fuego encendido para mis tiestos de plantas. Me han dicho que
tuviste una compañía inesperada anoche, miss Jean Louise.
¿Cómo lo sabe?
Atticus me lo ha contado al marcharse a su trabajo esta mañana. Si he de decirte la verdad, me hubiera gustado estar contigo. Y además, habría
tenido el buen sentido suficiente para volverme.
Miss Maudie me dejaba pasmada. A pesar de haber perdido la mayoría de sus intereses y, teniendo su amado patio hecho una calamidad, seguía
tomándose un interés animado y cordial por los asuntos de Jem y míos.
Sin duda vio mi perplejidad, pues dijo:
Lo único que me atormentaba anoche era el peligro y la conmoción que originó el incendio. Todo este barrio corrió el riesgo de desaparecer.
Míster Avery estará en cama una semana; tiene fiebre de verdad. Es demasiado viejo para hacer cosas así y, yo se lo dije. En cuanto tenga las
manos limpias y Stephanie Crawford no esté mirando, le haré un pastel. Esa Stephanie anda detrás de mi receta desde hace treinta años y si
se figura que se la diré sólo porque vivo con ella, se equivoca por completo.
Yo me dije que si miss Maudie abandonaba el puntillo y se la explicaba, miss Stephanie no sabría aplicarla. Miss Maudie me la había dejado ver una vez;
entre otras cosas, la receta exigía una taza de azúcar.
Aún era de día. El aire estaba tan frío y quieto que oíamos el chasquido, los roces y los chirridos del reloj del juzgado antes de dar la hora. Miss Maudie
tenía la nariz de un color que yo no había visto nunca, y quise informarme.
Estoy aquí fuera desde las seis –me dijo–. A estas horas debería estar helada.
Levantó las manos. Un entretejido de líneas surcaba sus palmas, sucias de tierra y de sangre seca.
Se las ha arruinado –dijo Jem–. ¿Por qué no busca un negro? –No había ningún acento de sacrificio en su voz cuando añadió–: O a Scout y a mí;
nosotros podemos ayudarle.
Muchas gracias, señor, pero tenéis trabajo sobrado por vuestra parte –contestó miss Maudie, señalando nuestro patio.
¿Se refiere al muñeco? –pregunté–. ¡Caramba!, podemos levantarlo de nuevo en un periquete. Miss Maudie me miró fijamente y sus labios se
movieron en silencio. De repente se llevó las manos a la cabeza y lanzó un “¡Uuuu–piii!”. Cuando la dejamos seguía riendo.
Jem declaró que no sabía lo que le pasaba a miss Maudie, que era su manera de ser.
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C A PÍ T U L O 9
¡Puedes retirar tus palabras, simplemente!
Este mandato, dado por mí a Cecil Jacobs, señaló el comienzo de un tiempo más bien ingrato para Jem y para mí. Yo tenía los puños cerrados y estaba
a punto de dispararme. Atticus me había prometido que si se enteraba de que me peleaba alguna otra vez, me zurraría; era demasiado mayor y muy
crecida para cosas tan infantiles, y cuanto antes aprendiera a contenerme, tanto mejor sería para todo el mundo. Pero pronto lo olvide.
Cecil Jacobs tuvo la culpa de que lo olvidara. Había pregonado en el patio de la escuela que el papá de Scout Finch defendía nigros. Yo le negué, pero se
lo expliqué a Jem.
¿Qué quería decir con esto? –le pregunté.
Nada –contestó Jem–. Pregúntaselo a Atticus; él te lo explicará.
Atticus, ¿tú defiendes nigros? –pregunté a mi padre aquella noche.
Claro que sí, Y no digas nigros, Scout. Es grosero.
Es lo que dice todo el mundo en la escuela.
Desde hoy lo dirán todos menos una...
Bien, si no quieres que me haga mayor hablando de este modo, ¿por qué me mandas a la escuela?
Mi padre me miró con dulzura y con un brillo divertido en los ojos. A pesar de nuestro pacto, mi campaña por eludir la escuela había continuado bajo
una u otra forma desde la primera dosis diaria que tuve que soportar de ella: el comienzo del septiembre anterior trajo consigo accesos de abatimiento,
vértigos y ligeras dolencias gástricas. Llegué al extremo de pagar cinco centavos por el privilegio de restregar mi cabeza con la del hijo de la cocinera de
miss Rachel, que padecía un herpe fenomenal. Pero no se me contagió.
Sin embargo, ahora roía otro hueso.
¿Todos los abogados defienden nnn... negros, Atticus?–Naturalmente que sí, Scout.
Entonces, ¿por qué decía Cecil que tú defiendes nigros? Lo decía con el mismo tono que si tuvieras una destilería.
Atticus suspiró.
Simplemente, estoy defendiendo a un negro: se llama Tom Robinson. Vive en el pequeño campamento que hay más allá del vaciadero de la
ciudad. Es miembro de la iglesia de Calpurnia, y ésta conoce bien a su familia. Dice que son personas de conducta intachable. Scout, tú no eres
bastante mayor todavía para entender ciertas cosas, pero por la ciudad se ha hablado mucho y en tono airado de que yo no debería poner
mucho interés en defender a ese hombre. Es un caso peculiar... No se presentará a juicio hasta la sesión del verano. John Taylor tuvo la bondad
de concedernos un aplazamiento...
Si no debes defenderle, ¿por qué le defiendes?
Por varios motivos–contestó Atticus. Pero el principal es que si no le defendiese no podría caminar por la ciudad con la cabeza alta, no podría
ordenaros a Jem y a ti que hiciéseis esto o aquello.
¿Quieres decir que si no defendieses a ese hombre, Jem y yo no deberíamos obedecerte?
Esto es, poco más o menos.
¿Por qué?
Porque no podría pediros que me obedeciéseis nunca más. Mira, Scout, por la misma índole de su trabajo, cada abogado topa durante su vida
con un caso que le afecta personalmente. Este es el mío, me figuro. Es posible que oigas cosas feas en la escuela: pero haz una cosa por mí, si
quieres: levanta la cabeza y no levantes los puños. Sea lo que fuere lo que te digan, no permitas que te hagan perder los nervios. Procura luchar
con el cerebro para variar... Es un cambio excelente, aunque tu cerebro se resista a aprender.
¿Ganaremos el juicio, Atticus?
No, cariño.
Entonces como...
Simplemente, el hecho de que hayamos perdido cien años antes de empezar no es motivo para que no intentemos vencer –respondió Atticus.
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MATAR UN RUISEÑOR

Hablas como el primo Ike Finch –dije.
El primo lke Finch erá el único veterano confederado superviviente del condado de Maycomb. Llevaba una barba a lo general Hood, de la cual estaba
desmesuradamente ufano. Atticus, Jem y yo íbamos a visitarle al menos una vez al año y yo tenía que besarle. Era horrible. Jem y yo escuchábamos
respetuosamente cómo Atticus y primo Ike recomponían la guerra.
Te lo digo, Atticus –solía exclamar el primo Ike–, el Compromiso de Missouri fue lo que nos derrotó, pero si hubiese de vivir otra vez todo
aquello, daría los mismos pasos para ir allá y los mismos para volver, lo mismo exactamente que hice entonces y además, esta vez les
barreríamos... Ahora bien, en 1864, cuando Stonewall Jackson vino allá..., perdonadme, chiquillos. El viejo Blue Leigh estaba en el cielo entonces,
Dios dé paz a su santa frente...
Ven acá, Scout –dijo Atticus. Yo me acurruqué en su regazo y puse la cabeza debajo de su barbilla. El me rodeó con el brazo y me meció
dulcemente–. Esta vez es distinto –dijo–. Esta vez no luchamos contra los yanquis, luchamos contra nuestros amigos. Pero tenlo presente, por
muy mal que se pongan las cosas, siguen siendo nuestros amigos y éste es nuestro hogar.
Con todo esto en la mente, al día siguiente me enfrenté con Cecil Jacobs en el patio de la escuela.
¿Retirarás lo que dijiste, muchacho?
¡Tendrás que obligarme primero! –chilló él–. ¡Mis padres dicen que tu padre era una calamidad y que aquel negro debería colgar del depósito de
agua!
Yo le asesté un golpe, y recordando lo que Atticus me había dicho, dejé caer los puños a los costados y me marché. El grito de: “¡Scout es una
co...barde!”, retumbaba en mis oídos. Era la primera vez que abandonaba una pelea.
No sé cómo, pero si me hubiese peleado con Cecil habría traicionado a Atticus. Y eran tan pocas las veces que Atticus nos pedía a Jem y a mí que
hiciésemos algo por él que podía tolerar muy bien, en su honor, que me llamasen cobarde. Me sentía singularmente noble por haberme acordado a
tiempo, y continué siendo noble durante tres semanas. Entonces llegó la Navidad, y estalló el desastre.
Jem y yo esperábamos la Navidad con sentimientos contradictorios. El lado bueno nos lo proporcionaba el árbol y tío Jack Finch. Todos los años, la
víspera de Navidad íbamos al Empalme de Maycomb a esperar a tío Jack, quien pasaba una semana con nosotros.
El reverso de la medalla ponía al descubierto las facciones intransigentes de tía Alexandra y de Francis.
Supongo que debería incluir a tío Jimmy, el marido de tía Alexandra, pero como no me habló una palabra en toda la vida, excepto una vez que me
dijo: “Apártate de la valla”, nunca vi motivo alguno para tomar nota de su presencia. Tampoco la tomaba tía Alexandra. Mucho tiempo atrás, en un
arranque de buena amistad, mi tía y tío Jimmy tuvieron un hijo llamado Henry, el cual abandonó su hogar tan pronto como fue humanamente posible,
se casó y tuvo por hijo a Francis. Todas las Navidades, Henry y su esposa depositaban a Francis en casa de los abuelos y luego ellos continuaban
entregándose a sus propios placeres.
El mucho suspirar no valía para inducir a Atticus a dejarnos pasar la Navidad en casa. Desde que puedo recordar, todas las Navidades nos íbamos al
Desembarcadero de Finch. El hecho de que mi tiíta fuese una buena cocinera compensaba en algo el tener que pasar una fiesta religiosa con Francis
Hancock. Tenía un año más que yo, y le evitaba por principio; a él le divertía todo lo que yo desaprobaba y le disgustaban mis ingenuas diversiones.
Tía Alexandra era hermana de Atticus, pero cuando Jem me habló de robos y trueques de niños, decidí que al nacer la habían cambiado y que acaso
mis abuelos recibieron una Crawford en lugar de una Finch. Si mi mente hubiese albergado los simbolismos místicos relativos a las montañas que
parecían obsesionar a jueces y abogados, a tía Alexandra la hubiera asimilado al Monte Everest: durante los primeros años de mi vida fue fría y distante.
Cuando tío Jack saltó del tren la víspera de Navidad, hubimos de esperar que el mozo le entregase dos largos paquetes. A Jem y a mí siempre nos
parecía chocante cuando tío Jack besaba a Atticus en la mejilla; eran los dos únicos hombres que habíamos visto jamás que se besasen. Tío Jack estrechó
la mano a Jem, y a mí me levantó en alto, aunque no a suficiente altura: tío Jack era más bajo que Atticus; era el benjamín de la familia, más joven
que tía Alexandra. Él y la tía se parecían, pero tío Jack hacía mejor uso de su cara: nosotros nunca mirábamos con recelo su afilada nariz y su barbilla.
Era uno de los pocos hombres de ciencia que jamás me causaron terror, probablemente porque nunca adoptaba los aires de médico. Siempre que nos
prestaba algún pequeño servicio profesional a Jem y a mí, tal como arrancar una astilla de un pie, nos explicaba al detalle lo que iba a hacer, nos daba
una idea aproximada de lo mucho que dolería y nos describía el uso de las pinzas que hubiese de emplear. Una Navidad, asomaba yo por las esquinas
llevando una astilla retorcida en el pie, sin permitir que se me acercarse nadie. Cuando me cogió tío Jack, me tuvo riendo todo el rato, hablándome de
un predicador al cual le fastidiaba tanto ir la iglesia que todos los días se plantaba en la puerta del templo, en bata y fumando una pipa turca,
pronunciaba unos sermones de cinco minutos a los transeúntes que deseaban auxilio espiritual. Yo le interrumpí para pedirle que cuando fuese a sacar
la astilla me avisase, pero él me presentó un pedacito de madera ensangrentada cogido con unas pinzas y dijo que me lo había arrancado mientras yo
estaba riendo, y que aquello se conocía por el nombre de relatividad.
¿Qué hay en aquellos paquetes? –le pregunté, señalando los dos largos envoltorios que el mozo le había entregado.
Nada que te importe –respondió él. Jem dijo:
¿Cómo está “Rose Aylmer”?
“Rose Aylmer” era la gata de tío Jack. Era una hermosa hembra amarilla y tío Jack decía que era una de las pocas mujeres a las que podía soportar de
modo permanente. Tío Jack se llevó la mano al bolsillo y sacó unas fotografías. Nosotros las admiramos.
Está engordando –dije.
Creo que sí. Se come todos los dedos y orejas que quedan de desecho en el hospital.
¡Oh, vaya historia maldita! –exclamé.
¿Cómo dices? Atticus le recomendó:
No le hagas caso, Jack. Pretende impresionarte. Cal dice que desde hace una semana suelta palabrotas con toda desenvoltura.
Tío Jack enarcó las cejas y no dijo nada. Yo obraba impulsada por la vaga teoría –aparte del atractivo innato que tienen tales palabras– de que si
Atticus descubría que las había aprendido en la escuela, no me obligaría a ir.
Pero durante la cena, cuando le pedí que me pasase el maldito jamón, tío Jack me señaló con el dedo y me dijo:
Ven después a verme, señorita.
Terminada la cena, tío Jack se fue a la sala y se sentó. Con una palmada en los muslos me indicó que fuera a sentarme a su regazo. A mí me gustaba su
aroma: era como una botella de alcohol con algo agradablemente dulce. Tío Jack me apartó los cerquillos y me miró.
Te pareces más a Atticus que a tu madre –dijo–. Además, estás creciendo tanto que te sales un poco de tus pantalones.
Yo creo que me van muy bien.
Te gustan las palabras tales como “maldito” y “diablo”, ¿verdad? Contesté que me parecía que sí.
Pues a mí no–replicó él–, no, a menos que las motive una provocación extrema. Estaré aquí una semana, y mientras dure mi estancia no quiero
oír palabras por el estilo. Si continúas diciendo cosas así, Scout, te verás en un conflicto. Tú quieres llegar ser una dama, ¿verdad?
Yo dije que no tenía un empeño especial.
Claro que si lo tienes. Ahora vamos a ver el árbol.
Estuvimos adornándolo hasta la hora de acostarnos, y aquella noche soñé en los dos largos paquetes para Jem y para mí. A mañana siguiente Jem y yo
corrimos a buscarlos: procedían de Atticus, quien había escrito a tío Jack que nos lo comprase, contenían lo que habíamos pedido.
No apuntéis dentro de casa –ordenó Atticus viendo que Jem lo hacía a un cuadro de la pared.
Habrás de enseñarles a tirar –dijo tío Jack.
Esta tarea te corresponde a ti –contestó Atticus–. Yo no hice otra cosa que inclinarme ante lo inevitable.
Atticus tuvo que emplear la voz que usaba en el juzgado para apartamos del árbol. Se negó a permitirnos que nos llevásemos los rifles al
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Desembarcadero (yo había empezado ya a pensar en dispararle un tiro a Francis) y decía que como diésemos un paso en falso nos lo quitaría por una
buena temporada.
El Desembarcadero de Finch consistía en trescientos sesenta seis escalones que descendían por una escarpadura y terminaba en un pontón de
desembarque. Mucho más abajo del río, al otro lado de la escarpadura, había vestigios de un desembarcadero donde los negros de los Finch habían
embarcado balas y otros productos y, descargado los bloques de hielo, harina y azúcar, equipo para la granja y prendas femeninas. De la orilla del río
arrancaba un camino de dos roderas que se perdía entre los oscuros árboles. Al final del camino había una casa blanca de dos plantas con porches que
rodeaban el piso y la planta baja. En su ancianidad, nuestro antepasado Simon Finch, la había construido para complacer a su fastidiosa esposa, pero los
porches le quitaban todo parecido con las casas corrientes de aquella época. La distribución interna de la casa de los Finch daba testimonio de la
inocencia de Simon y de la confianza absoluta con que miraba a sus retoños.
En el piso había seis dormitorios, cuatro para las ocho hijas, uno para Welcome Finch, el único hijo varón, y uno para los parientes que fueran a
visitarles. Muy sencillo, pero a los cuartos de las hijas sólo se podía subir por una escalera; al de Welcome y de los huéspedes sólo por otra. La escalera
de las hijas empezaba en el dormitorio de sus padres en la planta baja, de modo que Simon sabía siempre las horas de las idas y venidas nocturnas de
sus hijas.
Había una cocina separada del resto de la casa, aunque unida a ella por una escalerilla de madera; en el patio trasero existía una campana olvidada en la
punta de una pértiga, utilizada para llamar a los que trabajaban en los campos o como señal de alarma; en el tejado había una galería de las que
llamaban “paseo de viuda”, aunque no paseó por ahí viuda alguna; desde aquella galería Simon vigilaba a su vigilante, espiaba las embarcaciones
fluviales y observaba las vidas de los propietarios vecinos.
Adornaba la casa la leyenda de rigor sobre los yanquis: en cierta ocasión una hembra Finch, recién prometida, se puso su equipo completo de novia para
salvarlo de los asaltantes de la vecindad y se apuntaló contra la puerta de la escalera de las hijas, pero la rociaron de agua y, finalmente, la atropellaron.
Cuando llegamos al Desembarcadero, tía Alexandra besó a tío Jack, Francis besó a tío Jack, tío Jimmy estrechó la mano en silencio a tío Jack y, Jem y
yo dimos nuestros regalos a Francis y, él, nos dio uno suyo. Jem se sintió mayor y gravitó alrededor de los adultos, dejándome la tarea de entretener a
nuestro primo. Francis tenía ocho años y se peinaba el cabello hacia atrás.
¿Qué te ha traído la Navidad? –le pregunté muy cortés.
Lo que había pedido–dijo. Francis había pedido un par de pantalones hasta la rodilla, una cartera de cuero, cinco camisas y un lazo para el cuello.
Está muy bien –mentí–. A Jem y a mí nos regalaron rifles de aire comprimido, y a Jem un equipo de química.
Uno de juguete, supongo.
No, uno de verdad. Me fabricará tinta invisible, y yo escribiré a Dill con ella. Francis me preguntó qué utilidad reportaría el hacerlo así.
¡Vaya! ¿No ves la cara que pondrá cuando reciba una carta mía que no dice nada? Se volverá lelo.
El hablar con Francis me daba la sensación de hundirme lentamente hacia el fondo del océano. Era el chico más aburrido que había conocido en mi
vida. Como vivía en Mobile no podía delatarme a las autoridades de la escuela, pero se las arreglaba para explicar todo lo que sabía a tía Alexandra, la
cual a su vez lo descargaba sobre Atticus, quien o lo olvidaba o me pasaba una repulsa fenomenal según le daba el antojo. Pero la única vez que oí a
Atticus hablar en tono enojado a alguien, fue una vez que le sorprendí diciendo:
¡Hermana, me desenvuelvo con ellos lo mejor que puedo!
Discutían algo relacionado con el hecho de que yo anduviera con mono.
En lo tocante a mi modo de vestir, tía Alexandra era una fanática. Yo no podía confiar en modo alguno en que me convertiría en una dama, si llevaba
pantalones y cuando dije que con falda no podía hacer nada, me replicó que no se me mandaba que hiciese cosas que exigiesen pantalones. Tía
Alexandra no concebía otra conducta por mi parte que la de jugar con cocinitas, juego de té, y llevar el collarete de “Añade-una-perla” que me regaló
cuando nací; más aún, yo había de ser un rayo de sol en la vida solitaria de mi padre. Yo indiqué que una podía ser igualmente un rayo de sol con
pantalones, pero tiíta dijo que una debía portarse como un rayo de sol, que yo había nacido buena, pero cada año me volvía progresivamente peor. Me
ofendió en mis sentimientos y me dejó con los dientes dispuestos a morder en cualquier instante, mas cuando consulté a Atticus sobre ello, me
contestó que en la familia existían ya suficientes rayos de sol y que siguiera ocupándome de mis asuntos, que a él no le importaba que fuera como era.
En la comida de Navidad, me senté a una mesita del comedor; Jem y Francis se sentaron con los adultos a la mesa grande. Tiíta había seguido
aislándome mucho después de que Jem y Francis hicieran méritos para pasar a la mesa grande. Yo me preguntaba menudo qué se figuraba que haría,
¿levantarme y tirar algo? A veces se me ocurría pedirle que me dejase sentar a la mesa grande una sola vez y le demostraría lo civilizada que sabía ser;
al fin al cabo, en casa comía todos los días sin percances de consideración. Cuando supliqué a Atticus que pusiera en juego su influencia me dijo que
no tenía ninguna; éramos invitados y nos sentábamos donde ella nos mandaba. Dijo también que tía Alexandra no comprendía mucho a las niñas, pues
no había tenido ninguna.
Pero su habilidad de cocinera lo compensaba todo: tres clases de carne, hortalizas de verano de los estantes de su despensa; melocotón en almíbar, dos
clases de pasteles y ambrosía constituía una comida de Navidad bien decente. Después los adultos pasaron a la sala y se sentaron un tanto aturdidos.
Jem se tendió en el suelo, y yo salí al patio posterior.
Ponte el abrigo –me dijo Atticus con voz de sueño, de modo que no le oí. Francis se sentó a mi lado en las escaleras.
Esta ha sido la mejor –comenté.
La abuela es una cocinera maravillosa –afirmó Francis–. Me enseñará a guisar.
Los muchachos no guisan –y me reí al imaginarme a Francis con un delantal.
La abuela dice que todos los hombres deberían aprender, y ser muy atentos con sus esposas y servirlas cuando no se encuentran bien –dijo mi
primo.
Yo no quiero que Dill me sirva –contesté–. Prefiero servirle yo a él.
¿Dill?
Sí. No digas nada de ello todavía, pero, nos casaremos tan pronto como seamos bastante mayores. El verano pasado me pidió relaciones.
Francis soltó un sonido despectivo.
¿Qué tiene de malo aquel chico? –pregunté–. No es cosa que te importe nada.
¿Quieres decir aquel enanito que abuela dice que pasa todos los veranos con miss Rachel?
Exactamente, ése quiero decir.
Sé todo lo que hay de él –dijo Francis.
¿Qué hay?
La abuela dice que no tiene casa...
Ha de tenerla, vive en Meridian.
...Simplemente, se lo pasan de un pariente a otro, y miss Rahel lo acoge todos los veranos.
¡Francis, eso no es verdad! Francis me sonrió.
A veces eres extremadamente estúpida, Jean Louise. De todos modos, supongo que no lo puedes remediar.
¿Qué quieres decir?
Si tío Atticus deja que te acompañes con perros sin dueño, él es quien manda, como dice mi abuela; por tanto, tú no tienes la culpa. Me figuro
que no es culpa tuya que tío Atticus sea además un ama negros, pero aquí estoy yo para decirte que ello mortifica de veras al resto de la familia...
Francis, ¿qué diablos quieres decir?
Lo que he dicho nada más. La abuela dice que ya era bastante lamentable que dejase que os criéis como salvajes, pero ahora que se ha vuelto un
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ama-negros no podrá pasar nunca más por las calles de Maycomb. Está arruinando a la familia, esto es lo que hace.
Francis se levantó y echó a correr escalerilla abajo en dirección la vieja cocina. Fue fácil cogerle por el cuello. Yo le ordené que retirase en seguida lo
dicho.
Él se soltó de un tirón y se metió velozmente dentro de la cocina, gritando:
¡Ama-negros!
Cuando uno acecha la presa, es mejor que se tome su tiempo. No digas nada, y tan seguro como sale el sol, la presa sentirá curiosidad y saldrá. Francis
apareció en la puerta de la cocina.
¿Todavía estás enojada, Jean Louise? –preguntó tanteando el terreno.
No vale la pena mencionarlo –contesté. Francis salió a la escalerilla. Luego:
¿Vas a retirar lo dicho, Fra...aancis?
Pero había sacado el arma demasiado pronto. Francis retrocedió disparado hacia la cocina, con lo cual yo me retiré hasta la escalera. Sabía esperar
con calma. Llevaba sentada quizá uno quince minutos cuando oí la voz de tía Alexandra:
¿Dónde está Francis?
Abajo en la cocina.
Sabe que no tiene permiso para jugar allí. Francis salió a la puerta y gritó:
¡Abuela, ella me ha metido aquí dentro y no quiere dejarme salir!
¿Qué significa todo eso, Jean Louise? Yo fije la mirada en tía Alexandra.
No le he metido allí dentro, tiíta, ni tampoco le sujeto.
Si, sí –gritó Francis–, ¡no me deja salir!
¿Os habéis peleado?
¡Jean Louise se ha enfadado conmigo, abuela! –grito Francis.
¡Francis, sal de ahí! Jean Louise, si te oigo una palabra más se lo diré a tu padre. ¿No te he oído decir “diablos” hace un rato?
A mí, no.
Me parecía que sí. Será mejor que no lo oiga más.
Tía Alexandra era una espía–conversaciones. Apenas hubo desaparecido de la vista, Francis salió con la cabeza erguida y sonriendo.
No hagas el tonto conmigo –dijo.
Y saltó al patio, conservando la distancia y se puso a dar patadas a las matas de hierba, volviéndose de vez en cuando para sonreírme. Jem apareció en
el porche, nos miró y se fue. Francis trepó a la mimosa, bajó, se puso las manos en los bolsillos y empezó a deambular por el patio.
¡Ah! –exclamó.
Yo le pregunté quién creía ser. ¿Tío Jack? Francis contestó que recordaba que me había advertido: tenía que estar sentada allí precisamente y dejarle en
paz.
Yo no te molesto –le dije.
Francis me miró con minuciosa atención, dedujo que me habían dominado lo bastante y se puso a canturrear en voz baja:
Ama-negros...
Esta vez me partí el nudillo hasta el hueso sobre sus dientes. Inutilizada la izquierda, arremetí con la mano derecha, pero no por mucho rato. Tío Jack
me sujetó los brazos a los costados y me dijo:
¡Quieta!
Tía Alexandra auxilió a Francis, secándole las lágrimas con el pañuelo, frotándole el cabello, dándole palmaditas en la mejilla. Al oír los gritos de Francis,
Atticus, Jem y tío Jimmy habían salido al porche trasero.
¿Quién ha empezado? –preguntó tío Jack. Francis y yo nos señalamos el uno al otro.
¡Abuela –gimió él–, me ha llamado ramera y ha saltado sobre mí!
¿Es cierto, Scout? –preguntó tío Jack.
Me figuro que sí.
Cuando tío Jack inclinó la cabeza para mirarme, tenía una cara como la de tía Alexandra.
¿No sabes que te dije que si usabas esas palabras te encontrarías en un conflicto? Quédate ahí. Yo estaba especulando entre si me quedaba allí
o echaba a correr, pero continué indecisa unos segundos de más: me volvía para huir, pero tío Jack fue más rápido y me encontré mirando una
hormiga diminuta que luchaba entre la hierba con una migaja de pan.
¡No hablaré con usted en toda mi vida! ¡Le odio y le desprecio y deseo que muera mañana!
La declaración pareció animar a tío Jack más que ninguna otra cosa. Corrí a buscar consuelo en Atticus, pero él me dijo que yo misma había traído la
tormenta y que ya era hora de que nos marchásemos a casa. Subí al asiento trasero del coche sin despedirme le nadie; en casa corrí a mi cuarto y cerré
la puerta de golpe. Jem quiso decirme alguna cosa agradable, pero no se lo permití.
Cuando inspeccioné los destrozos sólo vi siete u ocho señales encarnadas, y estaba meditando sobre la relatividad cuando alguien llamó a la puerta.
Pregunté quién era y contestó tío Jack.
¡Váyase!
Tío Jack contestó que si hablaba de aquel modo me pegaría otra vez, con lo cual me callé. Cuando entró en el cuarto, retrocedí hasta un rincón y le
volvía la espalda.
Scout –dijo––, ¿todavía me odias?
Váyase, señor, se lo ruego.
¿Cómo? No creía que me guardases resentimiento por aquel lío –dijo–. Me desilusionas; tú te lo buscaste, y lo sabes.
¡Que no!
Cariño, no puedes ir por ahí llamando a la gente...
Usted no es justo –le interrumpí–, usted no es justo. Las cejas de tío Jack se enarcaron.
¿No soy justo? ¿Por qué no?
Usted es agradable de veras, tío Jack y, creo, que le quiero hasta después de haber hecho lo que hizo, pero usted no comprende mucho a los
niños.
Tío Jack se llevó las manos a las caderas y me miró.
¿Y por qué no comprendo a los niños, señorita Jean Louise? Una conducta como la tuya requería poca comprensión. Fue turbulenta,
desordenada y abusiva...
¿Me dará la oportunidad de explicárselo? No me propongo ser respondona, sólo trato de explicárselo.
Tío Jack se sentó en la cama. Sus cejas se juntaron y, mirándome por debajo de ellas, me dijo:
Sigue.
Yo me llené los pulmones de aire.
Bien, en primer lugar, usted no se detuvo a darme una oportunidad para explicar mi versión del caso; usted se contentó arrojándose contra mí.
Cuando Jem y yo nos peleamos, Atticus se detiene solamente a escuchar cómo lo cuenta Jem: me escuchá mí también y, en segundo lugar, usted
me dijo que no empleara aquellas palabras más que en caso de provocación extrema, Francis me provocó bastante para partirle la calabaza...
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Tío Jack se rascó la cabeza.
¿Cuál es tu versión del caso, Scout?
Francis le llamó una cosa fea a Atticus y yo no estaba dispuesta a consentírselo.
¿Qué cosa le llamó?
Ama-negros. No estoy muy segura de lo que signifique, pero del modo que lo dijo Francis... Ahora le diré una cosa, tío Jack, que me... juro ante
Dios si soy capaz de estar sentada allí y le permito que diga algo de Atticus...
¿Eso le llamó?
Sí señor, se lo llamó, y mucho más. Dijo que Atticus sería la ruina de la familia y que dejaba que Jem y yo fuésemos unos salvajes...
Por la expresión de la cara de tío Jack, pensé que me la cargaría otra vez. Pero cuando dijo:
Nos ocuparemos de esto –comprendí que quien se la iba a cargar sería Francis–. Me da la idea de irme allá esta misma noche.
Se lo ruego, señor, déjelo. Se lo ruego.
No tengo intención de dejarlo –dijo–. Alexandra debe saberlo. La idea de... Espera hasta que le haya echado mano a ese muchacho...
Tío Jack, prométame una cosa, por favor. Prométame que no le dirá nada a Atticus. Me... me pidió una vez que no permitiese que nada que
oyera acerca de él me hiciese perder la cabeza, y preferiría que se imaginase que peleábamos por alguna otra cosa. prométamelo, por favor...
No me gusta que Francis se quede sin castigo por una cosa así...
No se quedó. ¿Le parece que podría vendarme la mano? Todavía me sangra un poco.
Claro que te la vendaré, niña. No conozco ninguna mano que pudiera vendar más a gusto.
¿Quieres venir acá?
Tío Jack se inclinó en una galante reverencia indicándome el cuarto de baño. Mientras limpiaba y vendaba mis nudillos, me entretenía con un relato
sobre un anciano caballero, miope y ridículo, que tenía un gato llamado “Hodge” y que cuando iba a la ciudad contaba todas las grietas de la acera.
Ya está –dijo–. Tendrás una cicatriz nada femenina en el dedo del anillo de boda.
Gracias, señor. ¡Tío Jack!
Señorita...
¿Qué es una ramera?
Tío Jack se sumergió en otro largo cuento sobre un primer ministro viejo que se sentaba en la Cámara de los Comunes y levantaba una pluma al aire,
soplando y probaba de mantenerla en vuelo, mientras todos los demás a su alrededor perdían la cabeza. Me figuro que trataba de contestar a mi
pregunta, pero yo no le veía ningún sentido.
Más tarde, cuando yo debía estar en la cama, fui hasta el vestíbulo para beber un trago de agua, y oí a Atticus y a tío Jack en la sala:
No me casaré nunca, Atticus.
¿Por qué?
Podría tener hijos.
Has de aprender mucho, Jack –dijo Atticus.
Lo sé. Tu hija me ha dado la primera lección esta tarde. Me ha dicho que no comprendía mucho a los niños y me ha explicado por qué. Tenía
mucha razón. Me ha explicado cómo debí tratarla; oh, querido, cuánto lamento haber saltado sobre ella.
Atticus se rió.
Se lo ganó, de modo que no sientas demasiado remordimiento.
Yo aguardé con el alma en un hilo, creyendo que tío Jack explicaría a Atticus mi versión del caso. Pero no se la explicó. Se limitó a murmurar:
El uso que hace de invectivas de cuarto de aseo no deja sitio para la imaginación. Pero no sabe el sentido de la mitad de lo que dice; me ha
preguntado qué era una ramera...
¿Se lo has dicho?
No, le he hablado de lord Melbourne.
¡Jack! Por la bondad divina, cuando un niño te pregunte algo, contéstale. Los niños son niños, pero sorprenden una evasiva con mayor presteza
que los adultos, y las evasivas solamente sirven para atontarles. No –murmuró mi padre–, esta tarde has tenido la respuesta acertada, pero los
motivos eran equivocados. El lenguaje feo es una fase por la que pasan todos los niños, que desaparece cuando se dan cuenta de que con las
malas palabras no llaman la atención. En cambio, la testarudez no desaparece. Scout ha de aprender a conservar la calma, y ha de aprender
pronto, con lo que le reservan los próximos meses. De todos modos, va progresando. Jem se hace mayor, y ella sigue ahora un poco su ejemplo.
Todo lo que necesita es que la ayuden alguna vez.
Atticus, tú nunca le has puesto la mano encima.
Lo confieso. Hasta ahora he podido seguir adelante con amenazas, nada más. Jack, Scout me obedece lo mejor que sabe. La mitad de las veces
no llega a la meta, pero lo intenta.
Esta no es la solución –dijo tío Jack.
No, la solución es que ella sabe que yo conozco que lo intenta. He ahí lo que importa. Lo que me atormenta es que ella y Jem tendrán que
soportar pronto algunas cosas desagradables. No temo que Jem no sepa conservar la calma, pero Scout, cuando está en juego su orgullo, se
arroja sobre uno con la misma rapidez que la vista...
Yo esperé para ver si tío Jack rompía su promesa. Todavía no lo hizo.
Atticus, ¿será muy grave el caso? No has tenido mucha ocasión de hablarme de él.
Podría haber sido peor, Jack. Lo único que tenemos es palabra de un negro contra la de los Ewell. Las pruebas se reducen a lo de “lo hiciste; no
lo hice”. No se puede esperar que el Jurado acepte la palabra de Tom Robinson contra la de los Ewell ¿Conoces a los Ewell?
Tío Jack dijo que sí; los recordaba. Y se los describió; pero Atticus dijo:
Te quedas atrasado en una generación. Sin embargo, los Ewell actuales son igual.
¿Qué harás, pues?
Antes de terminar, me propongo destrozar un poco el tímpano al Jurado... De todos modos, creo que una apelación nos dará una probabilidad
razonable. En este estadio no puedo adivinarlo, en verdad, Jack. Ya sabes, yo confiaba terminar mi vida sin un caso de esta índole, pero John
Taylor me señaló con el dedo y dijo: “Usted es el hombre”.
Apartad de mí ese cáliz, ¿eh?
Exacto. Pero ¿crees que de otro modo podría volver a mirar a la cara a mis hijos? Tú sabes lo mismo que yo lo que ha de ocurrir, y espero y ruego
que Jem y Scout atraviesen la prueba sin amargura, y sobre todo, sin contraer la enfermedad corriente de Maycomb. El motivo de que personas
razonables se pongan a delirar como dementes en cuanto surge algo relacionado con un negro es cosa que no pretendo comprender... Confío
nada más en que Jem y Scout acudirán a mí para resolver sus dudas en lugar de prestar oídos a la población. Espero que tendrán bastante
confianza en mí... ¡Jean Louise!
La cabeza me dio un salto. La asomé por la esquina.
¡Señor!
Vete a la cama.
Me escabullí hacia mi cuarto y me acosté. Tío Jack había sido un príncipe de los hombres al no traicionarme. Pero no supe imaginarme cómo se enteró
Atticus de que estaba escuchando, y sólo al cabo de muchos años comprendí que quería que oyese todas las palabras que dijo.
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MATAR UN RUISEÑOR
C A PÍ T U L O 1 0

Atticus estaba débil; se acercaba a los cincuenta. Cuando Jem y yo le preguntábamos por qué era tan viejo, nos respondía que había empezado a vivir
tarde, lo cual nosotros lo reflejábamos sobre sus habilidades y su virilidad. Atticus era mucho más viejo que los padres de nuestros condiscípulos y Jem y
yo no podíamos replicar nada cuando los compañeros respectivos de clase comenzaban “Mi padre...”
Jem estaba loco por el fútbol. Atticus no se cansaba nunca jugar de guardameta, pero cuando
Jem quería disputarle la pelota, Atticus solía decir:
Soy demasiado viejo para esto, hijo.
Atticus no hacia nada; trabajaba en una oficina, no en una droguería. Atticus no conducía un camión volquete a cuenta del Condado, no era sheriff no
cultivaba tierras, no trabajaba en un garaje, ni hacía nada que pudiera despertar la admiración de nadie.
Aparte de lo dicho, llevaba gafas. Estaba casi ciego del ojo izquierdo y decía que los ojos izquierdos eran la maldición tribal de los Finch. Cuando quería
ver bien alguna cosa, volvía la cabeza y miraba con el ojo derecho.
No hacia las mismas cosas que los padres de nuestros compañeros de clase: jamás iba de caza, no jugaba póker, ni pescaba, ni bebía, ni fumaba. Se
sentaba en la sala y leía.
Con esos atributos, no obstante, no quedaba tan olvidado como nosotros habríamos deseado: aquel año en la escuela zumbaban las conversaciones
acerca de que nuestro padre defendía Tom Robinson y ninguna de ellas tenía un tono laudatorio. Después de mi altercado con Cecil Jacobs, con motivo
del cual me comprometí a una política de cobardía, corrió la voz de que Scout Finch no se pelearía más, ya que su padre no se lo permitía. Esto no era
absolutamente exacto: yo no lucharía en público por Atticus, pero la familia era un terreno particular. Lucharía con cualquiera desde primo de tercer
grado para arriba con los dientes y las uñas. Francis Hancock, por ejemplo, estaba enterado de ello.
Cuando nos regaló los rifles de aire comprimido, Atticus quiso enseñarnos a tirar. Tío Jack nos instruyó en los rudimentos de tal deporte, y nos dijo
que a Atticus no le interesaban las armas. Atticus le dijo un día a Jem:
Preferiría que disparáseis contra botes vacíos en el patio trasero, pero sé que perseguiréis a los pájaros. Matad todos los arrendajos azules que
queráis, si podéis darles, pero recordad que matar un ruiseñor es pecado.
Aquélla fue la única vez que le oí decir a Atticus que ésta o aquélla acción fuesen pecado e interrogué a miss Maudie sobre el caso.
Tu padre tiene razón me respondió. Los ruiseñores no se dedican a otra cosa que a cantar para alegrarnos. No devoran los frutos de los huertos,
no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar el corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar un
ruiseñor.
Miss Maudie, éste es un barrio viejo, ¿verdad?
Existe desde hace más años que la misma ciudad.
No, quiero decir que la gente de nuestra calle es vieja. Jem y yo somos los únicos niños que hay por aquí. Mistress Dubose se acerca mucho a los
cien años, miss Rachel es vieja, y también lo son usted y Atticus.
Yo no diría que a los cincuenta sea uno muy viejo replicó –miss Maudie con aspereza–. Todavía no me llevan en un sillón de ruedas, ¿verdad que
no? Y a tu padre tampoco. Pero debo decir que la Providencia tuvo la bondad de quemar aquel mausoleo antiguo que era mi casa y soy
demasiado vieja para volver a levantarla... Quizá tengas razón, Jean Louise, éste es un barrio de gente sosegada. Tú jamás has tratado mucho con
gente joven, ¿verdad que no?
Si, en la escuela.
Quiero decir personas que sean mayores y jóvenes. Eres afortunada, debes saberlo. Tú y Jem habéis disfrutado del beneficio de la edad de tu
padre. Si él hubiese tenido treinta años, habrías hallado una vida muy distinta.
Habría sido distinta, sin duda. Atticus no sabe hacer nada...
Te sorprendería –dijo miss Maudie–. Aún queda mucha vida en su cuerpo.
¿Qué sabe hacer?
Pues sabe redactar un testamento de cualquiera con tal minuciosidad que nadie puede buscarle pelos.
Bah...
¿Y no sabías que es el mejor jugador de ajedrez de esta Población? Mira, abajo en el Desembarcadero, cuando éramos chicos aún, Atticus Finch
vencía a todos los contrincantes de ambas orillas del río.
Buen Dios, miss Maudie, Jem y yo le ganamos todas las partidas.
Ya es hora, pues, de que sepáis que ganáis porque os deja. ¿estábais enterada de que sabe tocar el arpa judía?
Esta modesta habilidad hizo que todavía me sintiera más avergonzada de mi padre. –Pues... –dijo mi interlocutora.
¿Pues qué, miss Maudie?
Pues nada. Nada...; parece que con todo esto deberías estar orgullosa de él. No todo el mundo sabe tocar un arpa judía, ahora, no estorbes a
los carpinteros. Yo estaré con mis azaleas no podré vigilarte. Podría herirte algún madero.
Me fui al patio posterior y encontré a Jem disparando contra un bote de hojalata, cosa que parecía estúpida, con tantos arrendajos azules como había
por allí. Volvía al patio de la fachada y durante dos horas me atareé levantando, a un costado del porche un complicado parapeto, consistente en una
cubierta de coche una caja de navajas, el canasto de la ropa, las sillas del porche una bandera de los EE.UU. que Jem había encontrado en una caja de
rosetas de maíz, y que me regaló.
Cuando Atticus llegó a casa para la comida, me encontró acurrucada detrás, apuntando al otro lado de la calle.
¿Contra qué vas a disparar?
Contra la parte trasera de miss Maudie.
Atticus se volvió y vio mi abundante blanco doblado sobre los arbustos. Echándose el sombrero hacia atrás, cruzó la calle.
¡Maudie gritó–, creo conveniente advertirte! ¡Corres considerable peligro! Miss Maudie se irguió y volvió la vista hacia mí, exclamando:
Atticus, eres un demonio del infierno.
Al regresar, Atticus me ordenó que levantase el campamento.
No permitas que vuelva a sorprenderte nunca apuntando nadie con esa arma –me dijo.
Yo deseé que mi padre fuese un demonio del infierno. Sondeé a Calpurnia sobre la cuestión que me preocupaba.
¿Míster Finch? Vaya, sabe hacer infinidad de cosas.
¿Como por ejemplo? –pregunté. Calpurnia se rascó la cabeza.
Pues, no lo sé exactamente –contestó.
Jem subrayó la fase cuando preguntó a Atticus si jugaría por los metodistas y éste contestó que si jugara se rompería el cuello, que era demasiado viejo
para aquellas cosas. Los metodistas trataban de pagar la hipoteca que pesaba sobre su templo y habían retado a los baptistas a un partido de fútbol.
Todos los padres de la ciudad jugaban, excepto, al parecer, Atticus. Jem dijo que no iría siquiera, pero era incapaz de resistirse al fútbol en cualquiera
de sus formas y permaneció malhumorado en las líneas laterales con Atticus y conmigo viendo al padre de Cecil Jacobs marcar tantos para los baptistas.
Un sábado, Jem y yo decidimos salir de exploración con nuestros rifles de aire comprimido para ver si encontrábamos un conejo o una ardilla.
Habíamos ido quizá unas quinientas yardas más allá de la Mansión Radley cuando advertí que Jem miraba sesgadamente calle abajo. Había vuelto la
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MATAR UN RUISEÑOR

cabeza hacía un lado y miraba por el rabillo del ojo.
¿Qué estás mirando?
Aquel perro viejo de allá abajo –dijo.
Es el viejo “Tim Johnson”, ¿verdad?
Si.
“Tim Johnson” era propiedad de míster Harry Johnson, que guiaba el autobús de Mobile y vivía en el extremo meridional de la ciudad. “Tim” era un
perro perdiguero, color de hígado, el mimado de Maycomb.
¿Qué hace?
No lo sé, Scout. Será mejor que nos vayamos a casa.
Bah, Jem, estamos en febrero.
No me importa, se lo explicaré a Calpurnia.
Nos precipitamos hacia casa y corrimos a la cocina.
Cal –dijo Jem–, ¿podrías salir a la acera un minuto?
¿Para qué, Jem? Yo no puedo salir a la acera cada vez que tú me lo pides.
Hay un perro allá abajo que le pasa algo. Calpurnia suspiró.
Ahora no puedo vendar las patas de ningún perro. En el cuarto de baño hay gasa: ve a buscarla y hazlo tú mismo.
Jem meneó la cabeza.
Está enfermo, Cal. Le pasa algo raro.
¿Qué hace? ¿Prueba de morderse la cola?
No, hace así... Jem hizo unos movimientos de deglución parecidos a los de una carpa, encogió los hombros y dobló el torso–. Anda de este modo,
pero como si no lo hiciera adrede.
¿Me estás contando un cuento, Jem? –la voz de Calpurnia se endureció.
No Cal, juro que no.
¿Corría?
No, sólo aviva el paso, aunque tan poco que apenas se nota. Viene hacia esta parte. Calpurnia se lavó las manos y salió al patio detrás de Jem.
No veo ningún perro –dijo.
Nos siguió hasta más allá de la Mansión Radley y miró hacia donde señalaba Jem. Tim Johnson no era mucho más que una mancha distante, pero estaba
más cerca de nosotros. Andaba de un modo raro, como si tuviera las piernas delanteras más cortas que las traseras. Me hacia pensar en un coche
encallado en un arenal.
Se ha vuelto patituerto –dijo Jem.
Calpurnia miró con ojos muy abiertos, luego nos cogió por los hombros y nos hizo regresar corriendo a casa. Cerró la puerta de madera detrás de
nosotros, cogió el teléfono y gritó:
¡Póngame con la oficina de mister Finch!–al cabo de un momento gritaba: ¡Míster Finch! Soy Cal. Juro por Dios que un trecho debajo de la calle
hay un perro rabioso... Viene hacia acá, sí, señor..., es... mister Finch, declaro que es... el viejo “Tim Johnson”, si, señor..., si, señor..., si...
Colgó, y cuando probamos de preguntarle qué había dicho Aticus, movió la cabeza. Hizo sonar el soporte del teléfono y dijo:
Miss Eula May, he terminado de hablar con mister Finch; le ruego que no me conecte más... Escuche, miss Eula May, ¿podría llamar a miss
Rachel y a miss Stephanie Crawford y a todos los de esta calle que tengan teléfono y decirles que viene hacia acá un perro rabioso? ¡Se lo ruego,
señora!
Calpurnia escuchó unos momentos. Ya sé que estamos en febrero, miss May, pero reconozco un perro rabioso con sólo verlo. Por favor, señora,
dése prisa.
Luego preguntó a Jem:
¿Tienen teléfono los Radley?
Jem consultó el listín y dijo que no.
De todos modos, no saldrán, Cal.
No me importa, voy a avisarles.
Y corrió al porche de la fachada, seguida de Jem y de mí, que le pisábamos los talones.
¡Vosotros quedaos en casa! –gritó.
Los vecinos habían recibido el mensaje de Calpurnia; todas las puertas que quedaban dentro del límite de nuestra visión estaban cerradas
herméticamente. No vimos ni rastro de “Tim Johnson”. Con la mirada seguimos a Calpurnia, que corrió hacia la Mansion Radley levantándose la falda y
el delantal por encima de las rodillas. Después de subir las escaleras de la fachada, golpeó con furia la puerta. No obtuvo respuesta y, entonces, gritó:
¡Míster Nathan, míster Arthur, viene un perro rabioso! ¡Viene un perro rabioso!
Tendría que dar la vuelta y entrar por detrás –dije yo. Jem movió la cabeza negativamente.
Ahora ya es lo mismo.
Calpurnia golpeó la puerta en vano. Nadie agradeció su mensaje y pareció que no lo había oído nadie.
Mientras Calpumia venía como una flecha hacia el portal trasero, por el paseo de entrada asomó un “Ford” negro. Atticus y mister Heck Tate saltaron
del coche.
Mister Heck Tate era el sheriff del Condado de Maycomb. Era tan alto como Atticus, pero más delgado. Tenía la nariz larga, llevaba botas con ojalitos
brillantes de metal, pantalones de montar y chaqueta de leñador. De su cinturón asomaba una hilera de balas. Empuñaba un pesado rifle. Cuando él y
Atticus llegaron al porche, Jem abrió la puerta.
Quédate dentro, hijo –dijo Atticus–. ¿Dónde está Cal?
Ya debería estar ahora allí –contestó Calpurnia, señalando calle abajo.
No corre, ¿verdad que no? –preguntó mister Tate.
No, señor, está en la fase de los estremecimientos, míster Heck.
¿Salimos a su encuentro, Heck? –preguntó Atticus.
Será mejor que aguardemos, mister Finch. Generalmente siempre avanzan en línea recta, pero no es posible asegurarlo. Acaso siga la curva...,
confío en que no lo haga, pues en este caso metería directamente dentro del patio trasero de los Radley. Esperemos un minuto.
No creo que se meta en el patio trasero de los Radley –replicó Atticus–. La valla le detendría. Probablemente seguirá la calle...
Yo creía que los perros rabiosos sacaban espuma por la boca, galopaban, daban saltos y se arrojaban sobre la garganta de la gente, y que todo esto lo
hacían en agosto. Si “Tim Johnson” hubiese actuado según este modelo, hubiera estado menos asustada.
No hay otra cosa más muerta que una calle desierta, aguardando. Los árboles estaban inmóviles, los ruiseñores callados, los carpinteros de la casa de
miss Maudie habían desaparecido. Oí que míster Tate estornudaba y luego se sonaba la nariz. Le vi levantar el arma hasta el ángulo del codo. Vi la cara
de miss Stephanie Crawford enmarcada en el cristal de la ventana de su puerta de la fachada. Miss Maudie apareció y se quedó a su lado. Atticus
apoyó un pie en un travesaño de una silla y se frotó lentamente un lado del muslo con la mano.
Allí está –dijo con voz pausada.
“Tim Johnson” apareció a la vista, andando a ciegas por el borde interior de la curva paralela a la casa de los Radley.
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Míralo –susurró Jem–. Míster Heck decía que caminaban en línea recta. Ese ni siquiera sabe seguirla de la calle.
Parece más enfermo que otra cosa –dije yo.
Deja que se le ponga algo delante y se lanzará hacia ello derechamente. Mister Tate se llevó la mano a la frente y se inclinó adelante.
Le ha cogido, no cabe duda, míster Finch.
“Tim Johnson” avanzaba a paso de caracol, pero, no jugaba ni olfateaba el follaje; parecía haberse señalado una trayectoria determinada, impulsado por
una fuerza invisible que le hacía avanzar lentamente hacia nosotros. Le vimos estremecerse como el caballo que expulsa las moscas; su quijada se abría
y se cerraba; parecía sin conciencia, como si algo le empujase poco a poco hacia nosotros.
Está buscando un lugar donde morir –dijo Jem. Míster Tate se volvió.
Está muy lejos todavía de la muerte, Jem; todavía no ha entrado en la fase aguda.
“Tim Johnson” llegó a la calle lateral que corría por delante de la Mansión Radley. Lo que quedaba de su pobre entendimiento le hizo pararse y
considerar, al parecer, qué camino tomaría. Dio unos pasos indecisos y se detuvo delante de la puerta del patio de los Radley, luego, trató de volverse,
pero le resultaba difícil.
Atticus dijo.
Está a tiro, Heck. Es mejor que le dé ahora, antes de que baje por la calle lateral, Dios sabe quién puede haber al otro lado de la esquina. Vete
dentro, Cal.
Calpurnia abrió la puerta vidriera, pasó el cerrojo tras sí y se quedó con el mango en la mano. Trataba de taparnos la vista con su cuerpo, pero Jem y yo
mirábamos por debajo de sus brazos.
Cójalo, míster Finch –míster Tate ofrecía el rifle a Atticus; Jem y yo estuvimos a punto de desmayarnos.
No pierda tiempo, Heck –replicó Atticus–. Adelante.
Míster Finch, hay que resolver la tarea de un solo tiro. Atticus movió la cabeza con vehemencia.
¡No se quede ahí parado, Heck! El perro no le esperará todo el día...
¡Por amor de Dios, míster Finch, vea dónde está! ¡Si yerro el tiro meto la bala dentro de la casa de los Radley! ¡Yo no soy tan buen tirador! ¡A
usted le consta!
Y yo no he disparado un arma desde hace treinta años... Mister Tate casi arrojó el rifle a Atticus.
Me sentiría muy satisfecho si la disparase ahora –dijo.
Como en una bruma, Jem y yo observamos a nuestro padre cogiendo el rifle y saliendo hasta el centro de la calle. Andaba de prisa, pero a mí se me
antojó que se movía como un nadador debajo del agua: el tiempo parecía arrastrarse con una lentitud desesperante.
Cuando Atticus se levantó las gafas, Calpurnia murmuró:
Dulce Jesús, ayúdale –y se llevó las manos a las mejillas.
Atticus se subió las gafas a la frente, pero se le deslizaron abajo. Entonces las dejó caer al suelo. En el silencio, oí el ruido del golpe. Atticus se restregó
los ojos y la barbilla; le vimos parpadear vivamente.
Delante de la puerta de los Radley, “Tim Johnson” había puesto en juego el poco entendimiento que le quedaba. Había dado media vuelta por fin, para
seguir la trayectoria primera, subiendo por nuestra calle. Dio un par de pasos adelante, luego se paró y levantó la cabeza. Vimos que su cuerpo se ponía
rígido.
Con movimientos rápidos que parecían simultáneos, la mano de Atticus dio un tirón a la bola del extremo de una palanca al mismo tiempo que se
apoyaba el arma en el hombro.
El rifle rugió. “Tim Johnson” dio un salto, se desplomó y cayó en la acera formando un montón pardo y blanco. No supo lo que le había herido.
Míster Tate saltó del porche y corrió hacia la Mansión Radley. Se paró delante del perro, se agachó, volvióse y se dio unos golpecitos con el índice en la
frente, encima del ojo izquierdo.
¡Ha desviado un poco hacia la derecha, mister Finch! –gritó.
Siempre me ocurría –respondió Atticus–. Si hubiese podido elegir a mi gusto habría cogido una escopeta.
Se inclinó, recogió las gafas, trituró las lentes rotas con el tacón hasta convertirlas en polvo, fue hasta donde estaba míster Tate y se quedó mirando a
“Tim Johnson”.
Las puertas se abrieron una tras otra, y los vecinos fueron dando, poco a poco, señales de vida. Miss Maudie bajó las escaleras en compañía de miss
Stephanie Crawford.
Jem estaba paralizado. Yo le pellizqué para ponerle en marcha, pero cuando Atticus vio que nos acercábamos, nos gritó:
¡Quedaos donde estáis!
Cuando míster Tate y Atticus regresaron al patio, el primero sonreía.
Mandaré a Zeebo que lo recoja –dijo–. No lo ha olvidado mucho, míster Finch. Dicen que uno no pierde nunca la habilidad. –Atticus guardaba
silencio.
¡Atticus! –dijo Jem.
¿Qué?
Nada.
¡Lo he visto. Finch “Un tiro”!
Atticus giró sobre sus talones y se encontró cara a cara con miss Maudie. Se miraron sin decir nada, y Atticus subió al coche de sheriff.
Ven acá –le dijo a Jem–. No os acerquéis al perro, ¿comprendes? No os acerquéis a él; es tan peligroso muerto como vivo.
Sí, señor –respondió Jem–. Atticus...
¿Qué hijo?
Nada.
¿Qué te pasa, muchacho, no sabes hablar? –dijo míster Tate sonriendo a Jem–. ¿No sabías que tu padre...?
Cállate, Heck –ordenó Atticus–.Volvamos a la ciudad.
Cuando se hubieron marchado, Jem y yo nos fuimos a las escaleras de la fachada de miss Stephanie y nos sentamos aguardando a que llegase Zeebo con
el camión de la basura.
Jem continuaba mudo y confuso. Miss Stephanie Crawford dijo:
¿Eh? ¿eh? ¿eh? ¿Quién habría pensado en que podía rabiar un perro en febrero? Quizá no estaba rabioso, quizá sólo estaba loco y nada más. No
me gustaría ver la cara de Harry Johnson cuando regrese del viaje a Mobile y se encuentre con que Atticus Finch ha matado a su perro. Lo que
pasa es que en alguna parte hubo algo que le puso de mal humor...
Mis Maudie dijo que miss Stephanie cantaría otra canción distinta si “Tim Johnson” todavía estuviera subiendo calle arriba, que pronto sabrían si
rabiaba o no, porque enviarían la cabeza a Montgomery.
Jem recobró, aunque confusamente, el uso de la palabra.
¿...Le has visto, Scout?, ¿le has visto plantado allá?... Y de repente se ha quedado tan tranquilo y parecía que el arma formaba parte de su
persona... y con aquella rapidez, como si... Yo tengo que apuntar diez minutos para hacer blanco en algo...
Miss Maudie sonrió con malicia.
Veamos, señorita Jean Louise–dijo–, ¿todavía piensas que tu padre no sabe hacer nada? ¿Todavía te avergüenzas de él?
No –dije tímidamente.
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MATAR UN RUISEÑOR

El otro día olvidé que además de tocar el arpa judía, Atticus Finch era en sus tiempos el tirador más certero del Condado de Maycomb.
Tirador certero... –repitió Jem.
Así lo he dicho, Jem Finch. Supongo que ahora cambiaréis de tonada. La mismísima idea...,
¿No sabíais que cuando era muchacho le apodaban Finch “Un Tiro”? Caramba, allá abajo en el Desembarcadero, cuando se hacía mayor, si tiraba quince
tiros y mataba catorce tórtolas se quejaba de malgastar municiones.
Nunca nos había contado nada de esto –murmuró Jem.
No os había contado nada, ¿verdad que no?
No, señora.
Me sorprende que ahora nunca salga de caza –dije.
Quizá yo pueda explicároslo-contestó miss Maudie–. Por encima de todo, vuestro padre es, en el fondo del corazón, un hombre educado. Una
habilidad sobresaliente es un don de Dios...; ah, claro, uno ha de ejercitarla para hacerla perfecta, pero el tirar no es como tocar el piano u otra
cosa por el estilo. Yo creo que quizá dejó el arma cuando comprendió que Dios le había concedido una ventaja poco equitativa sobre la mayoría
de seres vivientes. Me figuro que decidió no disparar hasta que se viera en la obligación de hacerlo, y hoy se ha visto.
Parece que debería estar orgulloso de ello –dije.
Las personas que están en sus cabales no se enorgullecen de sus talentos –respondió miss Maudie.
Entonces vimos llegar el camión de Zeebo. De la parte trasera del vehículo, Zeebo sacó una horca, recogió el perro con gesto vivo, lo arrojó sobre la caja
del camión y luego derramó un líquido de un bidón sobre el punto en que había caído “Tim”, así como por los alrededores.
Durante un rato no os acerquéis por aquí –nos gritó.
Cuando nos fuimos a casa le dije a Jem que el lunes tendríamos de verdad algo de que hablar en la escuela.
No digas una palabra de ello, Scout –me pidió.
¿Qué? Ya lo creo que la diré. No todos tienen un padre que sea el mejor tirador del Condado de Maycomb.
Me figuro que si quisiera que lo supiéramos nos lo habría dicho –replicó Jem–. Si estuviera orgulloso de ello, nos lo hubiera explicado.
Quizá se le fue de la memoria –objeté.
No, Scout, es una cosa que tú no comprenderías. Atticus es viejo de veras, pero a mí no me importaría que no supiera hacer nada..., no me
importaría que no supiera hacer maldita cosa. –Jem cogió una piedra y la arrojó contra la cochera. Echando a correr tras ella, me gritó–:
¡Atticus es un caballero, lo mismo que yo!

CAPÍTULO 11
Cuando éramos pequeños, Jem y yo confinábamos nuestras actividades a la parte sur del barrio, pero cuando estuve bien adelantada en el segundo
grado de la escuela y el atormentar a Boo Radley fue cosa pretérita, el sector comercial de Maycomb nos atrajo con frecuencia calle arriba, hasta más
allá de la finca de mistress Henry Lafayette Dubose. Era imposible ir a la ciudad sin pasar por delante de su casa, a menos que quisiéramos dar un rodeo
de una milla. Los encuentros de poca monta que había tenido previamente con aquella señora no me dejaron ganas para otros; pero Jem decía que
alguna vez tenía que hacerme mayor.
Dejando aparte una criada negra de servicio permanente, mistress Dubose vivía sola, dos puertas más arriba de la nuestra, en una casa con unas
empinadas escaleras en la fachada y un pasillo reducido. Era muy anciana; se pasaba la mayor parte del día en la cama, y el resto en un sillón de ruedas.
Se rumoreaba que llevaba una pistola escondida entre sus numerosas bufandas y envolturas.
Jem y yo la odiábamos. Si estaba en el porche al pasar, nos escudriñaba con una mirada airada, nos sometía a despiadados interrogatorios acerca de
nuestra conducta y nos hacía tristes presagios relativos a lo que valdríamos cuando fuésemos mayores, los cuales podían resumirse siempre en que no
valdríamos para nada. Hacía tiempo que abandonamos la idea de pasar por delante de su casa yendo por la acera opuesta; aquello sólo servía para que
ella levantase la voz haciendo partícipes a todos los vecinos de sus imprecaciones.
No podíamos hacer nada que le agradase. Si la saludaba lo más risueña que sabía con un:
Hola, mistress Dubose –recibía por respuesta:
¡No me digas hola, a mí, niña fea! ¡Debes decirme, buenas tardes, mistress Dubose!
Era malvada. Una vez oyó a Jem refiriéndose a nuestro padre con el nombre de “Atticus” y su reacción fue apopléjica. Además de ser los mocosos mas
respondones y antipáticos que pasaban por allí, tuvimos que escuchar que era una pena que nuestro padre, después de la muerte de mamá, no hubiera
vuelto a casarse. Dama más encantadora que nuestra madre no había existido, decía ella, y destrozaba el corazón ver que Atticus Finch permitía que sus
hijos crecieran como unos salvajes. Yo no recordaba a nuestra madre, pero Jem sí –a veces me hablaba de ella–, y cuando mistress Dubose nos disparó
su mensaje, se puso lívido.
Después de haber sobrevivido a los peligros de Boo Radley, de un perro rabioso y a otros terrores, Jem decidió que era una cobardía pararse delante de
las escaleras de la fachada de miss Rachel y esperar, y decretó que habíamos de correr hasta la esquina de la oficina de Correos yendo al encuentro de
Atticus cuando regresaba del trabajo. Innumerables tardes, Atticus encontraba a Jem furioso por algo que había dicho mistress Dubose mientras
pasábamos.
El remedio está en la calma, hijo-solía contestar Atticus. Es una señora anciana y está enferma. Limítate a conservar la cabeza alta y a portarte
como un caballero. Te diga lo que te diga tu deber consiste en no permitir que te haga perder los estribos.
Jem replicaba que no debía de estar muy enferma cuando gritaba de aquel modo. Cuando llegábamos los tres a la altura de su casa, Atticus se quitaba el
sombrero con una reverencia, le hacía un ademán afectuoso y la saludaba:
¡Buenos días, mistress Dubose! Esta mañana parece usted un cuadro.
Jamás le oí decir a Atticus qué clase de cuadro. Luego le comunicaba las noticias del juzgado y decía que le deseaba de todo corazón un buen día para
mañana. En seguida se ponía el sombrero de nuevo, me subía a los hombros en presencia de la vieja y nos íbamos a casa bajo la luz del crepúsculo.
Hubo ocasiones como éstas en que pensé que mi padre, que odiaba las armas y no había estado en ninguna guerra, era el hombre más valiente que
había existido.
Al día siguiente al de su decimosegundo cumpleaños, a Jem le quemaba el dinero en el bolsillo y a primera hora de la tarde nos dirigimos hacia la ciudad.
Jem pensaba que tendría bastante para comprarse una máquina de vapor de miniatura y un bastón para mí, de esos que se voltean en los desfiles.
Hacía mucho tiempo que puse yo el ojo en aquella vara de mando. Estaba en la tienda de V.J. Elmore, tenía incrustados cequines y lentejuelas y costaba
diecisiete centavos. En aquella época ardía en mí la ambición de hacerme mayor y desfilar con mi bastón delante de la banda del Instituto del Condado
de Maycomb. Habiendo desarrollado mi habilidad hasta el punto de lanzar un palo al aire y faltarme poco para cogerlo en la bajada, había motivado que
Calpurnia no me dejase entrar en casa cada vez que me veía con uno en la mano. Yo pensaba que vencería el inconveniente si tenía un bastoncito de
verdad, y consideraba que Jem era muy generoso al comprarme uno.
Cuando pasamos por delante, mistress Dubose estaba en su porche.
¿Adónde váis vosotros dos a estas horas del día? - nos gritó. A hacer novillos, supongo.
¡Llamaré al director y se lo diré! –llevó las manos a las ruedas y ejecutó un giro perfecto.
Oh, es sábado, mistress Dubose –contestó Jem.
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MATAR UN RUISEÑOR

-

Importa poco que sea sábado –dijo, con oscuro sentido–. Me gustaría saber si vuestro padre está enterado de dónde os encontráis.
Mistress Dubose, nosotros hemos ido a la ciudad solos desde que éramos así –Jem se inclinó para señalar con la palma de la mano una altura de
unos dos píes sobre la acera.
¡No me mientas! –chilló–. Jeremy Finch, Maudie Atkinson me ha dicho que esta mañana le destrozaste la parra scuppernongs. ¡Se lo dirá a tu
padre y entonces desearás no haber visto nunca la luz del día! ¡Si no te mandan al reformatorio antes de la semana próxima, es que yo no me
llamo Dubose!
Jem, que no se había acercado al árbol de miss Maudie desde el verano pasado, y que sabía que, si se lo hubiera hecho, miss Maudie no se lo diría a
Atticus, se encerró en una negativa absoluta.
¡No me contradigas! – bramó mistress Dubose. Y tú - dijo, señalándome con un dedo artritico, ¿qué haces con ese mono? ¡Deberías ir con
vestido y camisola, señorita! Te harás mayor sirviendo mesas, si alguien no te hace cambiar de camino... Una Finch sirviendo mesas en el “Café
O.K.”...., ¡ja!, ¡ja!
Yo estaba aterrorizada. El “Café O.K." era una fatídica institución de la cara norte de la plaza. Me cogí al brazo de Jem, pero él me hizo soltarle con una
sacudida.
Ven, Scout –susurró–. No le hagas ningún caso; levanta bien la cabeza, nada más, y sé un caballero.
Pero mistress Dubose nos retuvo.
¡No solamente una Finch sirviendo mesas, sino uno en el juzgado defendiendo negros!
Jem se puso rígido. El disparo de mistress Dubose había hecho blanco, y ella lo comprendía.
Si, ¿verdad? ¿Es qué ha terminado este mundo cuando un Finch se revuelve contra los que le han formado? ¡Yo os lo diré! –Aquí se llevó la mano
a la boca. Al retirarla, colgaba de ella un largo hilo plateado de saliva. ¡Vuestro padre no vale más que los negros y la canalla por los cuales
trabaja!
Jem se había puesto escarlata. Le tiré de la manga y mientras caminábamos por la acera nos siguió una filípica acerca de la degeneración moral de
nuestra familia, cuya premisa más considerable era que, de todos modos, la mitad de los Finch estaban en asilo; aunque si nuestra madre viviera no
habríamos llegado a tal estado.
No estuve segura de qué era lo que le ofendía más a Jem, pero las alusiones al estado mental de la familia provocaron en mí un vivo resentimiento
contra mistress Dubose. Me había acostumbrado casi a escuchar insultos dirigidos contra Atticus, pero aquel era el primero que venia de un adulto.
Excepto por sus comentarios con respecto a Atticus, el ataque de miss Dubose era cosa trillada. La atmósfera traía una insinuación del verano; en las
sombras hacía fresco, pero el sol era caliente, lo cual significaba que se acercaban los buenos tiempos: sin escuela y con Dill.
Jem se compró su máquina de vapor, y fuimos a la tienda de Elmore por mi bastón. A Jem no le causó placer alguno la adquisición; se la metió en el
bolsillo y de regreso a casa caminó silenciosamente a mi lado. Por el camino le faltó poco para que tocara con el bastón a mister Link Deas, quien me
dijo:
¡Ten cuidado ahora, Scout! –cuando no supe cogerlo al vuelo.
Al llegar cerca de la casa de mistress Dubose, el bastón estaba sucio por haberlo recogido del suelo tantas veces.
En años posteriores, repetidamente me pregunté cuál fue el motivo que impulsó a Jem, por qué causa quebró el mandato de “Sé un caballero nada
más, hijo”, y la fase de presuntuosa rectitud en que había entrado recientemente. Probablemente tuvo que escuchar tantas tonterías como yo misma
por el hecho de que Atticus defendiera en el juzgado a los negros, y yo daba por descontado que se dominaría los nervios; mi hermano tenía un
temperamento naturalmente tranquilo y se inflamaba despacio. A la sazón, sin embargo, creí que la única explicación de su conducta consistía en
admitir que, por unos minutos, simplemente, se volvió loco de rabia.
Jem hizo lo que hubiese hecho yo con toda tranquilidad de no haberme encontrado bajo la prohibición de Atticus, la cual incluía a mí entender, el no
pelearme con viejas horribles. Apena llegamos delante de la puerta de mistress Dubose, me arrebató el bastón y ascendiendo las escaleras con furia
salvaje, se metió en el patio trasero de la anciana, olvidando todo lo que Atticus nos dijo siempre, olvidando que mistress Dubose llevaba una pistola
escondida debajo de sus manteletas, olvidando que si mistress Dubose erraba el tiro, su criada Jessie probablemente acertaría.
No empezó a calmarse hasta que hubo cortado las puntas de todas las plantas de camelia que mistress Dubose poseía, hasta que el suelo quedó
alfombrado de capullos verdes y de hojas. Entonces dobló el bastón sobre la rodilla, lo partió en dos y lo arrojó al suelo.
En aquel momento yo estaba ya dando alaridos. Jem me tiró del cabello, dijo que no le importaba, que volvería a hacerlo si se le presentaba ocasión y
que si no me callaba me arrancaría todos los cabellos de la cabeza. Yo no me callé y él me dio una patada. Perdí el equilibrio y caí de bruces. Jem me
levantó con aire brusco, pero tenía una expresión como si lo lamentase. No había nada que decir.
Aquella tarde no se nos antojó ir al encuentro de Atticus, de regreso al hogar. Rondamos huraños por la cocina hasta que Calpurnia nos echó. Por algún
arte de magia, Calpurnia parecía enterada de todo. Calpurnia fue una fuente de alivio menos que satisfactoria, pero le dio a Jem un panecillo caliente
con mantequilla, que él partió en dos, dándome la mitad a mí. Aquello sabía a algodón.
Nos fuimos a la sala. Yo cogí una revista de fútbol, encontré un retrato de Dixie Howell, lo enseñé a Jem y dije:
Este se parece a ti.
Fue la cosa más agradable que se me ocurrió decirle, pero, no sirvió de nada. Jem se sentó junto a las ventanas, acurrucado en una mecedora,
esperando con el ceño adusto. La luz del día se apagaba.
Dos edades geológicas más tarde, oímos las suelas de los zapatos de Atticus arañando las escaleras de la fachada. La puerta vidriera se cerró de golpe,
hubo una pausa (Atticus estaba delante de la percha del vestíbulo) y le oímos llamar:
¡Jem! –su voz era como el viento del invierno.
Atticus encendió la luz del techo de la sala y nos encontró allí, inmóviles, petrificados. En una mano llevaba mi bastón, cuya sucia borla se arrastraba por
la alfombra. Entonces extendió la otra mano; contenía hinchados capullos de camelia.
Jem –dijo–, ¿eres el responsable de esto?
Sí, señor.
¿Por qué lo has hecho? Jem respondió en voz baja:
Ella ha dicho que defendía a negros y canallas.
¿Lo has hecho porque ella ha dicho estas palabras?
Los labios de Jem se movieron, pero su “Sí, señor” resultó inaudible.
Hijo, no dudo que tus contemporáneos te han fastidiado mucho a causa de que yo defienda a los nigros, como vosotros decís, pero hacer una
cosa como ésta a una dama anciana no tiene excusa. Te aconsejo encarecidamente que vayas a hablar con mistress Dubose –dijo Atticus–.
Después ven directamente a casa.
Jem no se movió.
He dicho que vayas.
Yo quise salir de la sala, detrás de Jem.
Ven acá –me ordenó Atticus. Yo retrocedí.
Atticus cogió el Bobile Press y se sentó en la mecedora que Jem había dejado vacía. Por mi vida, no comprendía cómo podía seguir sentado allí con
aquella sangre fría cuando su único hijo varón corría el considerable riesgo de morir asesinado por una antigualla del Ejército Confederado. Por
supuesto, Jem me hacía enfadar tanto a veces que habría sido capaz de matarle yo, pero si mirábamos la realidad desnuda, él era todo lo que tenía.
Atticus ni parecía darse cuenta de eso, o si se daba, no le importa.
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MATAR UN RUISEÑOR

Por tal motivo le odié, pero cuando uno está en apuros se cansa fácilmente; pronto me hallé escondida en su regazo y los brazos de mi padre me
rodearon.
Eres demasiado mayor para mecerte –me dijo.
A ti no te importa lo que le pase–dije yo. Le has enviado tan tranquilo a que le peguen un tiro, cuando todo lo que ha hecho ha sido salir en tu
defensa.
Atticus me empujó la cabeza debajo de su barbilla, diciendo:
Todavía no es tiempo de inquietarse. Jamás creía que Jem perdiese la cabeza por ese asunto; pensaba que me crearías más problemas tú.
Yo contesté que no veía por qué habíamos de conservar la calma, al fin y al cabo; en la escuela no conocía a nadie que tuviera que conservar la calma
por nada.
Scout –dijo Atticus–, cuando llegue el verano tendrás que conservar la calma ante cosas mucho peores... No es equitativo para ti y para Jem, lo
sé, pero a veces hemos de tomar las cosas del mejor modo posible, y del modo que nos comportemos cuando estén en juego las apuestas...
Bien, todo lo que puedo decir es que cuando tú y Jem seáis mayores, quizá volveréis, la vista hacía esta época con cierta compasión y con el
convencimiento de que no os traicioné. Este caso, el caso de Tom Robinson, es algo que entra hasta la esencia misma de la conciencia de un
hombre... Scout, yo no podría ir a la iglesia y adorar a Dios si no probara de ayudar a aquel hombre.
Atticus, es posible que te equivoques...
¿Cómo es eso?
Mira, parece que muchos creen que tienen razón ellos y que tú te equivocas...
Tienen derecho a creerlo, ciertamente, y tienen derecho a que se respeten en absoluto sus opiniones –contestó Atticus–, pero antes de poder
vivir con otras personas tengo que vivir conmigo mismo. La única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de uno.
Cuando Jem regresó me encontró todavía en el regazo de mi padre.
¿Qué, hijo? –preguntó Atticus.
Y se puso de pie. Yo procedí a un reconocimiento secreto de Jem. Parecía continuar todo de una pieza, pero tenía una expresión rara en el rostro.
Quizá la vieja le había dado una dosis de calomelanos.
Le he limpiado el patio y he dicho que me pesaba (aunque no me pesa) y que trabajaría en su jardín todos los sábados para tratar de hacer
renacer las plantas.
No había por qué decir que te pesaba si no te pesa –dijo Atticus–. Es vieja y está enferma, Jem. No se la puede hacer responsable de lo que dice
y hace. Por supuesto, hubiera preferido que me lo hubiese dicho a mí antes que a ninguno de vosotros dos, pero, no siempre podemos ver
cumplidos nuestros deseos.
Jem parecía fascinado por una rosa de la alfombra.
Atticus –dijo–, quiere que vaya a leerle.
¿A leerle?
Sí, señor. Quiere que vaya todas las tardes al salir de la escuela y, también, los sábados y le lea en alta voz durante dos horas. ¿Debo hacerlo,
Atticus?
Ciertamente.
Pero quiere que lo haga durante un mes.
Entonces lo harás durante un mes.
Jem puso la punta del pie delicadamente en el centro de la rosa y apretó. Por fin, dijo:
Atticus, en la acera está muy bien pero dentro... dentro está oscuro y da hormigueos. Hay sombras y cosas en el techo...
Atticus sonrió con una sonrisa fea.
Eso debería excitar tu imaginación. Figúrate, simplemente, que estás en la casa de los Radley.
El lunes siguiente por la tarde, Jem y yo subimos las empinadas escaleras de la casa de mistres Dubose y recorrimos el pasillo abierto. Jem, armado con
Ivanhoe y repleto de superiores conocimientos, llamó a la segunda puerta de la izquierda.
¡Mistress Dubose! –gritó.
Jessie abrió la puerta de madera y corrió el cerrojo de la de cristales.
¿Eres tú Jem Finch? –dijo–. Te acompaña tu hermana. No se si...
Hazles entrar a los dos –ordenó mistress Dubose. Jessie nos hizo pasar y se fue a la cocina.
Un olor opresivo vino a nuestro encuentro apenas cruzamos umbral, un olor que había percibido muchas veces en casas grises consumidas por la lluvia,
donde hay lámparas de petróleo, cazos de agua y sábanas domésticas sin pasar por la colada. Un olor que siempre me dio miedo y me puso en guardia,
recelosa.
En el ángulo del cuarto había una cama de latón; y en la cama mistress Dubose. Yo me pregunté si la había puesto allí la acción de Jem, y por un
momento me inspiró pena. Yacía debajo de una pila de colchas y tenía una expresión casi amistosa.
Junto a la cama había un lavabo con una losa de mármol; sobre la losa había una cucharrilla, una jeringa encamada para los oídos. Una caja de algodón
hidrófilo y un despertador de acero que se sostenía sobre tres patillas pequeñas.
¿De modo que te has traído a tu sucia hermanita? –fue el saludo que nos dedicó. Jem contestó sosegadamente:
Mi hermana no es sucia, y yo no le temo a usted –pero advertí que le temblaban las rodillas. Esperaba un rosario de improperios, más la vieja se
limitó decir:
Puedes empezar a leer, Jeremy.
Jem se acomodó en una silla con asiento de caña y abrió Ivanhoe. Yo me acerqué otra y me senté a su lado.
Acercaos –ordenó mistress Dubose–. Poneos al lado de la cama.
Nosotros movimos las sillas adelante. Era la vez que había estado más cerca de la vieja, y lo que anhelaba más era retirarla silla de nuevo.
Aquella mujer era horrible. Tenía la cara del color de una funda sucia de almohada, y en los ángulos de su boca brillaba la humedad, que descendía
pausadamente, como un glaciar, por los profundos surcos que encerraban su barbilla. Las manchas violáceas de la ancianidad moteaban sus mejillas y
sus pálidos ojos ostentaban unas pupilas negras, pequeñas como puntas de aguja. Tenía las manos nudosas y, las crecidas cutículas, cubrían buena parte
de las uñas. Su encía inferior no quedaba escondida y, el labio superior, lo tenía saliente; de tiempo en tiempo retraía el labio inferior hacia la encía
superior arrastrando la barbilla en el movimiento. Esto hacía que la humedad descendiese más de prisa.
No miré más de lo preciso, Jem abrió de nuevo Ivanhoe y se puso a leer. Probé a seguirle, pero leía demasiado aprisa. Cuando llegaba a una palabra que
no conocía se la saltaba, pero mistress Dubose le pescaba y se la hacía deletrear. Jem leyó durante veinte minutos quizá; entretanto yo estuve
contemplando la campana de la chimenea, manchada de hollín y, mirando por la ventana y hacia todas partes, con el fin de tener la vista apartada de la
vieja. A medida que mi hermano seguía leyendo, advertí que las correcciones de mistress Dubose iban siendo menos y más espaciadas y que Jem hasta
había dejado una frase suspendida en el aire. Mistress Dubose no escuchaba.
Entonces volví la vista hacia la cama.
Algo le había pasado a mistress Dubose. Yacía tendida de espaldas, con las colchas subidas hasta la barbilla. Sólo se le veían la cabeza y los hombros.
Una cabeza que se movía lentamente de un lado para otro. De tarde en tarde abría por completo la boca, y yo veía su lengua ondulando levemente.
Sobre los labios se le acumulaban cintas de saliva, la anciana las echaba hacia el interior de la boca y abría los labios de nuevo. La boca parecía tener una
existencia suya particular. Trabajaba por separado e independientemente del resto del organismo, afuera y adentro, lo mismo que el agujero de una
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almeja en la marca baja. De vez en cuando producía un sonido de “Pt”, cual una sustancia viscosa cuando empieza a hervir.
Yo tiré a Jem de la manga.
El me miró, luego miró a la cama. La cabeza de la vieja continuaba con su movimiento oscilatorio en dirección a nosotros. Jem preguntó:
Mistress Dubose, ¿se encuentra bien? Ella no le oyó.
El despertador se puso a tocar y nos dejó tiesos de espanto. Un minuto después, con los nervios todavía estremecidos, Jem y yo estábamos en la acera
camino de casa. No habíamos huido, nos envió Jessie: antes de que la campana del despertador parase había entrado en el cuarto y nos había
despedido.
Fuera –nos dijo–, idos a casa.
En la puerta, Jem se paró indeciso.
Es la hora de la medicina –explicó Jessie.
Mientras la puerta se cerraba detrás de nosotros, la vi andar rápidamente hacia la cama de mistress Dubose.
Eran solamente las tres cuarenta y cinco cuando llegamos a casa, por lo que Jem y yo salimos al patio trasero hasta que llegó la hora de ir a esperar a
Atticus. Nuestro padre nos traía dos lápices amarillos para mí y una revista de fútbol para Jem, lo cual era supongo, una recompensa muda por nuestra
primera sesión cotidiana con mistress Dubose. Jem le explicó cómo había ido.
¿Habéis tenido mucho miedo? –preguntó Atticus.
No, señor –respondió Jem–, pero es muy desagradable. Sufre ataques, o algo por el estilo. Escupe mucho.
No puede evitarlo. Cuando las personas están enfermas, a veces no tienen un aspecto agradable.
A mi me ha dado miedo –dije yo. Atticus me miró por encima de las gafas.
No es preciso que acompañes a Jem, ya lo sabes.
La tarde siguiente en casa de mistress Dubose fue lo mismo que la anterior y lo mismo fue la otra, hasta que gradualmente quedó establecido un
programa: todo empezaba normal; es decir, mistress Dubose acosaba un rato a Jem con sus temas favoritos; sus camelias y las inclinaciones de amanegros de nuestro padre; Poco a poco iba quedándose callada y, luego, se olvidaba de nosotros. Después sonaba el despertador, Jessie nos empujaba
fuera y resto del día nos pertenecía por entero.
Atticus pregunté una tarde––, ¿qué es exactamente un ama-negros? Atticus tenía la cara seria.
¿Te ha llamado alguien con esa palabra?
No, señor, mistress Dubose te lo llama a ti. Todas las tardes se entusiasma dándote ese nombre. Francis me lo dijo a mí la Navidad pasada,
entonces fue la primera vez que lo oí.
¿Por eso arremetiste contra él? –preguntó Attieus.
Sí, señor...
Entonces, ¿cómo me preguntas qué significa?
Yo traté de explicar a Atticus que no fue tanto lo que decía Francis como su forma de decirlo lo que me puso furiosa. Era lo mismo que si hubiese dicho
“nariz mocosa” u otra cosa parecida.
Scout–dijo Atticus–, ama-negros es simplemente una de esas expresiones que no significan nada; igual que nariz mocosa. Es difícil de explicar;
la gente ignorante y peleona la emplea cuando se figura que uno favorece a los negros más que a ella y por encima de ella. Se ha deslizado en el
uso de algunas personas, como nosotros mismos, cuando necesitan una palabra vulgar y fea para ponerle una etiqueta a uno.
De modo que tú no eres realmente un ama-negros, ¿verdad que no?
Claro que lo soy. Hago lo que puedo por amar a todo el mundo... A veces me encuentro en una situación difícil... Niña, no es un insulto que a uno
le den un nombre que a otro le parece malo. Ello le demuestra a uno lo mísera que es aquella persona y no le hiere. Por lo tanto, deja que
mistress Dubose se ensañe contigo. La pobre tiene bastantes problemas para sí.
Un mes después, una tarde, Jem se iba abriendo camino a través de “sir Walter Scout”, como él le llamaba y mistress Dubose le corregía a cada frase,
cuando llamaron a la puerta.
¡Entre! –chilló la anciana.
Atticus entró. Se acercó a la cama y cogió la mano de mistress Dubose.
Venía de la oficina y no he visto a los niños –dijo–. He pensado que quizá estarían aquí. Místress Dubose le sonrió. Por mi vida que no sabía
imaginarme cómo podía dirigir la palabra a mi padre cuando parecía odiarle tanto.
¿Sabe qué hora es, Atticus? –le preguntó.
Las cinco y cinco minutos exactamente. El despertador está puesto para las cinco y media. Quiero que se fije.
De súbito me di cuenta de que cada día habíamos pasado un rato más en casa de mistress Dubose, que el despertador tocaba un poco más tarde cada
día y que la anciana estaba sumida por completo en uno de sus ataques cuando sonaba el despertador. Aquel día había buscado pelea a Jem durante
dos horas sin la idea de sufrir un ataque, y yo me sentía irremediablemente cogida en la trampa. El despertador era la señal de nuestra liberación; si un
día no sonaba, ¿qué haríamos?
Se me antoja que a Jem le quedan pocos días de lectura –dijo Atticus.
Sólo una semana más –replicó la anciana–, únicamente para estar bien segura... Jem se puso en pie.
Pero...
Atticus levantó la mano y Jem se calló. De regreso a casa, Jem protestó que sólo tenía que leer durante un mes, que el mes había pasado y que aquello
no era justo.
Sólo una semana más, hijo –le dijo Atticus.
No –replicó Jem.
Sí –insistió Atticus.
La semana siguiente fuimos a casa de rnistress Dubose todos los días. El despertador había cesado de sonar, pero la vieja nos dejaba en libertad con un
“Ya bastará” tan avanzada la tarde que cuando regresábamos Atticus solía estar en casa leyendo el periódico. Aunque los ataques habían desaparecido,
en todos los aspectos mistress Dubose seguía siendo la misma de siempre: cuando sir Walter Scott se enzarzaba en largas descripciones de fosos y
castillos, ella se aburría y la tomaba con nosotros.
Jeremy Finch, te dije que habrías de vivir para lamentar haberme destrozado las camelias. Ahora ya lo lamentas, ¿verdad?
Jem respondía que lo sentía de veras.
Pensabas que podrías matar mi "Nieve de la Montaña”, ¿verdad? Bien, Jessie dice que las puntas vuelven a crecer. La próxima vez sabrás hacer
el trabajo más perfecto, ¿verdad que sí? La arrancarás de raíz, ¿no es cierto?
Jem contestaba que, ciertamente, lo haría así.
¡No me hables en murmullos, muchacho! Levanta la cabeza y di: “Sí, señora”. No creo que tengas ánimo para levantarla, sin embargo, siendo tu
padre lo que es.
La barbilla de Jem se levantaba, y mi hermano miraba a mistress Dubose con una cara libre de resentimiento. A lo largo las semanas había cultivado
una expresión educada de persona que siente interés, pero que vive en otra esfera, expresión que presentaba a la anciana en respuesta a sus
invenciones más escalofriantes.
Al final llegó el día. Una tarde, mistress Dubose dijo:
Con esto bastará. –Pero añadió–: Y hemos terminado. Buen días a los dos.
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MATAR UN RUISEÑOR

Habíamos terminado. Acera abajo, corríamos, saltábamos gritábamos en un arrebato de profundo alivio.
Aquella primavera fue buena: los días se hicieron más largos nos concedieron más tiempo para jugar. La mente de Jem está ocupada principalmente por
las estadísticas vitales de todos los colegiales de la nación entera que jugaban al fútbol. Atticus nos leía todas las noches las páginas de deporte de
los periódicos. A juzgar por los jugadores en perspectiva, ninguno de cuyos nombres sabíamos pronunciar, Alabama podría disputar de nuevo aquel
año la Rose Bowe. Atticus estaba a mitad del artículo de Windy Seaton, una noche, cuando sonó el teléfono.
Después de contestar a la llamada, Atticus fue hasta la percha del vestíbulo.
Me voy un rato a casa de mistress Dubose –nos dijo–. No tardaré.
Pero estuvo fuera hasta después de la hora de irme a la cama. De regreso, traía una caja de bombones. Se sentó en la sala y dejó la caja en el suelo, al
lado de la silla.
¿Qué quería? –preguntó Jem.
Hacía más de un mes que no habíamos visto a mistress Dubose. Cuando pasábamos ya no estaba en el porche.
Ha muerto, hijo –respondió Atticus–. Ahora ya no sufre. Ha estado enferma muchísimo tiempo. Hijo, ¿sabías la causa de sus ataques?
Jem movió la cabeza negativamente.
Mistress Dubose era una consumidora de morfina-explicó Atricus. La había tomado durante años para calmar el dolor. El médico la había
habituado a ello. Habría pasado el resto de la vida sirviéndose de la droga, y habría muerto sin sufrir tanto, pero le repugnaba demasiado...
¿Señor? –dijo Jem. Atricus prosiguió:
Poco antes de su arranque me llamó para redactar el testamento. El doctor Reynolds le había dicho que le quedaban pocos meses. Sus asuntos
financieros estaban en orden perfecto, pero ella dijo: “Todavía queda una cosa por ordenar”.
¿Qué era? –preguntó Jem, perplejo.
Dijo que iba a dejar este mundo sin tener que estar agradecida a nadie ni a nada. Jem, cuando uno está enfermo como lo estaba ella, tiene
derecho a tomar lo que sea para hacer más llevaderos sus males; pero mistress Dubose no lo creía así. Dijo que antes de morir quería quitarse
de la morfina, y lo hizo.
¿Quieres decir que esto era lo que provocaba aquellos ataques? –preguntó Jem.
Sí, era esto. La mayor parte del tiempo que tú le leías dudo que oyese una sola palabra de las que pronunciabas. Todo su cuerpo y toda su mente
concentraban la atención en el despertador. Si no hubieses caído en sus manos, yo te habría mandado que fueses a leerle, de todos modos.
Acaso la hayas distraído un poco. No había otro motivo...
¿Ha muerto libre? –preguntó Jem.
Como el aire de las montañas-respondió Atticus. Ha conservado el conocimiento casi hasta el final. Atticus sonrió, conocimiento y las ganas de
pelear. Ha seguido desaprobando cordialmente mi conducta y me ha dicho que probablemente me pasaría el resto de mi vida depositando
fianzas para sacarte de cárcel. Ha mandado a Jessie que te preparase esta caja...
Atticus se inclinó, recogió la caja del suelo y la entregó a Jem. Jem la abrió. Dentro, rodeada de almohadillas de algodón húmedo, había una camelia,
blanca, perfecta como de cera. Era una “Nieve de la Montaña”.
A Jem casi se le saltaban los ojos de la cara.
¡Demonio infernal de vieja! ¡Demonio infernal de vieja! –chilló, arrojando la camelia al suelo–.
¿Por qué no puede dejarme en paz?
En un abrir y cerrar de ojos, Atticus estuvo de pie delante Jem. Mi hermano hundió el rostro en la pechera de la camisa nuestro padre.
Sssiittt –le dijo–. Yo creo que ha sido su manera de decirte “Ahora todo está como es debido, Jem, todo está en orden”. Ya sabes, era una gran
dama.
¿Una dama? –Jem levantó la cabeza. Tenía la cara encarnada–. ¿Después de todas aquellas cosas que decía de ti, una dama?
Lo era. Tenía sus puntos de vista propios sobre las cosas muy diferentes de los míos, quizá... Hijo, ya te dije que aunque tú no hubieses perdido
la cabeza te habría mandado que fueses a leerle. Quería que vieses una cosa de aquella mujer, quería que vieses lo que es la verdadera bravura,
en vez de hacerte la idea de que la bravura la encarna un hombre con un arma en la mano. Uno es valiente cuando, sabiendo que ha perdido ya
antes de empezar, empieza a pesar de todo y sigue hasta el final pase lo que pase. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence. Mistress
Dubose venció; todas sus noventa y ocho libras triunfaron. Desde su punto de vista, ha muerto sin quedar obligada a nada ni a nadie. Era la
persona más valiente que he conocido en mi vida.
Jem tomó la caja de bombones y la echó al fuego. Luego recogió la camelia y cuando me fui a la cama le vi acariciando los blancos pétalos. Atticus
estaba leyendo el periódico.

SEGUNDA PARTE
C A PÍ T U L O 1 2
Jem tenía doce años. Era inconsciente, tornadizo; se hacía difícil vivir con él. Tenía un apetito espantoso, y me ordenó tantas veces que dejase de
fastidiarle que consulté a Atticus.
¿Calculas que tiene la solitaria?
Atticus dijo que no, que Jem estaba creciendo. Debía tener paciencia con él y molestarle lo menos posible.
Este cambio de Jem se había producido en cuestión de unas semanas. Mistress Dubose todavía no se había enfriado en su sepultura... y, sin
embargo, Jem parecía haber agradecido ya lo suficiente mi compañía durante los días en que fue a leerle. De la noche a la mañana, al parecer, Jem había
adquirido un juego extraño de valores y trataba de imponérmelos a mí: varias veces llegó al extremo de decirme lo que debía hacer. Después de un
altercado, rugió:
¡Ya sería hora que empezases a ser una muchacha y a portarte debidamente! Yo estallé en lágrimas y corrí a buscar consuelo en Calpurnia.
No te acongojes mucho por míster Jem... –empezó ella.
¿Mís... ter Jem?
Sí, ahora ya viene a ser, poco más o menos, míster Jem.
No es tan mayor –dije yo–. Todo lo que necesita es alguno que le dé una paliza, pero yo no soy bastante fuerte.
Niña-respondió Calpurnia–, si míster Jem está creciendo, yo no puedo remediarlo. Ahora querrá estar muchos ratos solo, haciendo todo lo que
hacen los muchachos, de modo que cuando tengas necesidad de compañía puedes entrar en la cocina. Aquí dentro encontraremos infinidad
de cosas que hacer.
El principio de aquel verano se presentaba prometedor: Jem podía hacer lo que quisiera; yo me pasaría el día con Calpurnia, hasta que llegase Dill. Ella
parecía contenta de verme cuando aparecía por la cocina, y al observarla empecé a pensar que el ser mujer requería cierta habilidad.
Pero llegó el verano sin que Dill hubiese llegado. Recibí de él una carta y una fotografía. La carta decía que tenía un padre nuevo, cuyo retrato me
acompañaba, y que tendría que quedarse en Meridian porque proyectaban construir un bote de pesca. Su nuevo padre era abogado como Atticus, pero
mucho más joven. Tenía una cara agradable, por lo cual me alegró que Dill lo hubiera capturado, pero quedé abatida. Dill terminaba diciendo que me
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MATAR UN RUISEÑOR

amaría eternamente y que no me preocupase; él vendría a buscarme para casarse conmigo tan pronto como tuviese dinero suficiente y, por tanto, que
le escribiera.
El hecho de tener novio permanente me compensaba muy poco de su ausencia. Jamás me había detenido a pensarlo, pero el verano era Dill junto al
estanque de peces fumando cordeles, sus ojos animados por complicados planes para hacer salir a Boo Radley; el verano era la prontitud con que Dill
levantaba el brazo y me besaba cuando Jem no estaba mirando, las añoranzas que cada uno de nosotros notaba a veces que el otro sentía. Con él vida
era una dulce rutina; sin él, la vida era insoportable. Me sentí desdichada durante dos días.
Como si esto no fuese bastante, convocaron la legislatura del Estado para una sesión de urgencia y Atticus estuvo ausente un par de semanas. El
gobernador ansiaba arrancar unos cuantos percebes del barco del Estado; había unas huelgas estacionarias en Birmingham; las colas del pan crecían
cada día en las ciudades, la gente del campo se empobrecía. Pero estos acontecimientos se encontraban a una distancia tremenda del mundo de Jem y
mío.
Una mañana nos sorprendió ver en el Montgomery Advertiser una caricatura con el pie: “Finch, de Maycom”. Presentaba a Atticus con pantalón corto
y los pies descalzos, encadenado a una mesa escritorio: estaba escribiendo diligentemente mientras unas chicas de aspecto frívolo le gritaban: “¡Oye,
tú!”.
Esto es un elogio –explicó Jem–. Atticus pasa el tiempo haciendo cosas que si nadie las hiciera quedarían por hacer.
¿Eh?
Además de otras características recientemente adquiridas, había asumido un aire enloquecedor de hombre enterado.
Ah, Scout, cosas tales como reorganizar el sistema de impuestos de los condados y por el estilo. Para la mayoría de hombres son cuestiones
extremadamente áridas.
¿Cómo lo sabes?
Oh, vete y déjame en paz. Estoy leyendo el periódico. Jem vio cumplido su deseo. Yo me fui a la cocina.
Mientras les quitaba la vaina a los guisantes, Calpurnia dijo de pronto:
¿Qué haré con vosotros este domingo a la hora de ir a la iglesia?
Nada, me figuro. –Calpurnia entornó los ojos y yo adiviné lo que pasaba por su mente–. Cal – le dije–, ya sabes que nos portaremos bien. Hace
años que no hemos hecho nada malo en la iglesia.
Evidentemente, Calpurnia se acordaba de un domingo de lluvia en que estábamos a la vez sin padre y sin maestro. Abandonada a sus propias iniciativas,
la clase ató a Eunice Ann Simpson a una silla y la puso en el cuarto de la caldera de la calefacción. Luego nos olvidamos de ella y subimos en tropel al
templo y estábamos escuchando muy callados el sermón cuando de los tubos del radiador salió un ruido espantoso de porrazos, persistiendo hasta que
alguno fue a investigar y trajo a Eunice Ann diciendo que no quería representar más el papel de Shadrach... Jem Finch dijo que si Eunice tenía bastante
fe no se quemaría, pero allí abajo hacía mucho calor.
Además, Cal, ésta no es la primera vez que Atticus nos deja solos –protesté.
Sí, pero siempre se asegura de que vuestra maestra estará allí. Esta vez no he oído que lo dijera; me figuro que lo habrá olvidado. –Calpurnia se
rascó la cabeza. De pronto sonrió–. ¿Os gustaría, a míster Jem y a ti, venir al templo conmigo, mañana?
¿De veras?
¿Qué me dices? –inquirió ella con una sonrisa.
Si Calpurnia me había bañado sin miramientos en otras ocasiones, no había sido nada comparado con la inspección de la maniobra habitual de aquel
sábado por la noche. Me hizo enjabonar todo el cuerpo dos veces, puso agua nueva en la bañera para cada aclarado; me hundió la cabeza en la pila y
me la lavó con jabón Octagon y jabón de Castilla. A Jem le había concedido su confianza durante años, pero aquella noche invadió sus dominios,
provocando un estallido:
¿Acaso en esta casa nadie puede tomar un baño sin que toda la familia esté mirando?
A la mañana siguiente empezó la tarea más temprano que de costumbre, para “repasar nuestras ropas”. Cuando Calpurnia se quedaba a pasar la
noche con nosotros dormía en un catre plegable, en la cocina; aquella mañana el catre estaba cubierto con nuestros vestidos domingueros. Había
almidonado tanto el mío que, cuando me sentaba, el vestido quedaba en alto, como una tienda. Me hizo poner las enaguas y me rodeó la cintura con
una faja color rosa. Y frotó mis zapatos de charol con un panecillo frío hasta que se vió la cara en ellos.
Parece como si fuéramos a un Martes de Carnaval–dijo Jem–. ¿A qué viene todo eso, Calpurnia?
No quiero que nadie diga que no cuido de mis niños –murmuró Calpurnia–. Mister Jem, de ningún modo puedes llevar esa corbata con aquel
traje. Es verde.
¿Cuál va mejor?
La azul. ¿No las distingues?
¡Eh, eh! –grité yo–. Jem es ciego para los colores. Jem se puso encarnado de rabia, pero Calpurnia dijo:
Varnos, dejadlo los dos. Váis a ir a “Primera Compra” con la sonrisa en la cara.
La “Primera Compra African M.E. Church” estaba en los Quarters, fuera de los límites meridionales de la ciudad, al otro lado de los caminos de las
aserradoras. Era un antiguo edificio de madera, cuya pintura se desconchaba, el único templo de Maycomb con campanario y campana, llamado
“Primera Compra” porque la pagaron con sus primeras ganancias los esclavos liberados. Los negros celebraban culto en ella todos los domingos y los
blancos iban a jugar allí los días de trabajo.
El patio era de arcilla dura como ladrillo, lo mismo que el cementerio que había al lado. Si moría alguien durante un periodo seco, cubrían el cadáver con
pedazos de hielo hasta que la lluvia ablandaba la tierra. Unas cuantas sepulturas del cementerio estaban cubiertas con losas sepulcrales que se
desmijaban; las más nuevas presentaban el contorno señalado con cristales de brillantes colores y botellas de Coca-Cola rotas. Los pararrayos que
guardaban algunas tumbas denotaban muertos que tenían un descanso inquieto; en las cabeceras de las tumbas de los niños se veían cabos de cirios
consumidos. Era un cementerio dichoso.
Al entrar en el patio de la iglesia nos dio la bienvenida el olor cálido, agridulce, de negro limpio: loción de Corazones de Amor mezclada con asafética,
rapé, Colonia Hoyt, tabaco de mascar, menta y talco lila.
Cuando nos vieron a Jem y a mí en compañía de Calpurnia, los hombres retrocedieron unos pasos y se quitaron los sombreros; las mujeres cruzaron los
brazos sobre la cintura, gestos cotidianos de respetuosa atención. Y separándose en dos filas nos dejaron un estrecho sendero hasta la puerta de la
iglesia. Calpurnia caminaba entre Jem y yo, respondiendo a los saludos de sus vecinos, vestidos con ropas de colores llamativos.
¿Qué se propone, miss Cal? –preguntó una voz detrás de nosotros.
Las manos de Calpurnia corrieron a posarse en nuestros hombros, y nosotros nos paramos y miramos a nuestro alrededor; detrás, de pie en el sendero,
había una mujer negra y alta. Cargaba el peso del cuerpo sobre una pierna y apoyaba el codo izquierdo en la curva de la cadera, señalándonos con la
palma de la mano cara arriba. Tenía la cabeza como una bala, unos ojos raros en forma de almendra, la nariz recta y la boca dibujando un arco indio.
Parecía medir siete pies de estatura.
Sentí que la mano de Calpurnia se me clavaba en el hombro.
¿Qué quieres, Lula? –preguntó con un acento que no le había oído emplear jamás. Hablaba con voz calmosa y despectiva.
Quiero saber por qué traes niños blancos a una iglesia negra –dijo con lenguaje dialectal.
Son mis acompañantes –contestó Calpurnia. Otra vez me pareció extraña su voz: hablaba como los demás negros.
Si, y creo que tú eres la compañía que hay en casa de los Finch durante la semana. Un murmullo se extendió por la multitud.
No te asustes –me susurró Calpurnia, aunque las rosas de su sombrero temblaban de indignación.
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MATAR UN RUISEÑOR

Cuando Lula vino hacia nosotros por el sendero, Calpurnia dijo:
Párate donde estás, negra. Lula se detuvo, pero replicó:
No tienes obligación alguna de traer niños blancos aquí: ellos tienen su iglesia, nosotros tenemos la nuestra. Es nuestra iglesia, ¿verdad que sí,
miss Cal?
Es el mismo Dios, ¿verdad que sí? –replicó Calpurnia. Jem intervino:
Vámonos a casa, Cal; no nos quieren aquí...
Yo estuve de acuerdo: no nos querían allí. Más bien que verlo, percibí que la masa de gente se nos acercaba. Parecían apiñarse hacia nosotros, pero,
cuando levanté la mirada hacia Calpurnia vi una expresión divertida en sus ojos. Cuando me fijé de nuevo en el sendero, Lula había desaparecido. En su
lugar había un sólido muro de gente de color.
Un negro salió de la muchedumbre. Era Zeebo, el que recogía la basura.
Míster Jem-dijo, estamos contentísimos de tenerles a ustedes aquí. No haga ningún caso a Lula, está hoy muy susceptible porque el reverendo
Sykes la amenazó con purificarla. Es una camorrista de toda la vida, tiene ideas extravagantes y maneras altaneras...; todos estamos
contentísimos de tenerlos a ustedes aquí.
Con esto Calpurnia nos dirigió hacia la puerta del templo, donde el reverendo Sykes nos saludó y nos acompañó hasta el primer banco.
El interior de “Primera Compra” estaba sin techo y sin pintar. A lo largo de sus paredes colgaban, de unos soportes de bronce, unas lámparas de
petróleo, apagadas; los bancos eran de pino. Detrás del tosco púlpito de roble una bandera de seda de un rosa descolorido proclamaba: “Dios es Amor”,
único adorno del templo, si se exceptuaba un huecograbado del cuadro de Hunt La Luz del Mundo. No había signo alguno de piano, órgano, programas
de iglesia... La impedimenta eclesiástica familiar que veíamos todos los domingos. Dentro se reflejaba una luz vaga, con un frescor húmedo disipado
por la aglomeración de fieles. En cada asiento había un abanico barato de cartón presentando un abigarrado Jardín de Getsemaní, regalo de “Ferretería
Tyndal Co.” (“Nombre usted lo que quiera, nosotros lo vendemos”).
Calpurnia nos empujó hacia el final de la fila y se sentó entre Jem y yo. Buscó en el bolso, sacó el pañuelo y desató el duro nudo de moneda fraccionaria
que tenía en una punta. Me dio una moneda de diez centavos a mí y otra a Jem.
Nosotros tenemos dinero nuestro –susurró mi hermano.
Guardadlo –respondió Calpurnia–, sois mis invitados...
La cara de Jem manifestó una breve indecisión acerca del valor ético de retener su moneda propia, pero su cortesía innata venció y se puso la moneda
de diez centavos en el bolsillo. Yo seguí su ejemplo sin ningún escrúpulo de conciencia.
Cal –murmuré–, ¿dónde están los libros de los himnos?
No tenemos –me contestó.
¿Pues cómo...?
Ssssitt –me ordenó.
El reverendo Sykes estaba de pie detrás del púlpito, mira a la congregación para imponer silencio. Era un hombre bajo, recio, con un traje negro, corbata
negra, camisa blanca y una cadena de reloj de oro que brillaba a la luz de las ventanas translúcidas.
Hermanos y hermanas-dijo, nos alegra particularmente tener compañía nueva entre nosotros esta mañana: Miss y mister Finch. Todos conocéis
a su padre. Pero antes de empezar leeré unas noticias. –El reverendo Sykes revolvió unos papeles, escogió uno y lo sostuvo con el brazo bien
estirado–. La Missionary Society se reúne en casa de la hermana Annette Reeves el martes próximo. Traed la labor de costura. –En otro papel
leyó–: Todos estáis enterados del problema que afecta al hermano Tom Robinson. Ha sido un miembro fiel de “Primera Compra” desde era un
muchacho. La recaudación que se recoja hoy y los tres domingos venideros la destinamos a Helen, su esposa, para ayudarle en casa.
Yo le di un codazo a Jem.
Este es el Tom que Atticus...
¡Ssstt!
Me volví a Calpurnia, pero me hizo callar antes de que abriese la boca. Mortificada, fijé mi atención en el reverendo Sykes, que parecía esperar a que yo
me apaciguase.
El maestro de música tenga la bondad de dirigirnos en el primer himno –dijo.
Zeebo se levantó de su banco y vino al pasillo central, parándose delante de nosotros, de cara a la congregación. Llevaba un libro de himnos muy
destrozado. Lo abrió y dijo.
Cantaremos el número dos sesenta y tres. –Aquello era demasiado para mí.
¿Cómo vamos a cantar si no hay libros de himnos? Calpurnia murmuró, sonriendo:
Cállate, niña; dentro de un minuto lo verás.
Zeebo se aclaró la garganta y leyó con una voz que era como el retumbar de una artillería distante:
Hay un país al otro lado del río.
Milagrosamente conjuntadas, un centenar de voces cantaron las palabras de Zeebo. La última sílaba, prolongada en un ronco y bajo acorde, fue seguida
por la voz de Zeebo:
Que nosotros llamamos eternamente delicioso.
La música se levantó de nuevo a nuestro alrededor; la última nota vibró largamente, y Zeebo la unió con el verso siguiente:
Y sólo llegamos a aquella orilla por la ley de la fe.
La congregación titubeó, Zeebo repitió el verso con cuidado y lo cantaron. En el coro, Zeebo cerró el libro, lo cual era una señal para que la congregación
siguiera adelante sin su ayuda.
A continuación de las notas murientes de “Jubileo”, Zeebo dijo:
En aquel lejano país de delicias eternas, al otro lado del río luminoso.
Verso por verso, las voces siguieron con sencilla armonía hasta que el himno terminó en un melancólico murmullo.
Yo miré a Jem, que estaba mirando a Zeebo por el rabillo del ojo. Tampoco yo lo consideraba posible; pero ambos lo habíamos oído.
Entonces el reverendo Sykes suplicó al Señor que bendijese a los enfermos y a los que sufrían, acto que no se diferenciaba de los hábitos de nuestra
iglesia, excepto que el reverendo Sykes solicitó la atención de la Divinidad hacia varios casos concretos.
En su sermón, el reverendo denunció sin tapujos el pecado, explicó austeramente el lema de la pared de su espalda; advirtió a su rebaño contra los
males de las bebidas fuertes, del juego y de mujeres ajenas. Los contrabandistas de licores causaban sobrados contratiempos en los Quarters, pero las
mujeres eran peores. Como me había pasado con frecuencia en mi propio templo, otra vez me enfrentaba con la doctrina de la Impureza de las Mujeres
que parecía preocupar a todos los clérigos.
Jem y yo habíamos oído el mismo sermón un domingo y otro, con una sola variante. El reverendo Sykes utilizaba su Púlpito con más libertad para
expresar sus opiniones sobre los alejamientos individuales de la gracia: Jim Hardy había estado ausente de la iglesia durante cinco domingos, sin
encontrarse enfermo; Constance Jackson tenía que vigilar su comportamiento: estaba en grave peligro por pelearse con sus vecinas; había levantado
el único muro de odio de la historia de los Quarters.
El reverendo Sykes concluyó su sermón. Puesto de pie al lado de una mesa enfrente del púlpito, reclamó el tributo de la mañana, un procedimiento que
a Jem y a mí nos resultaba extraño. Uno tras otro, los fieles desfilaron dejando caer monedas de cinco y de diez centavos en un cazo esmaltado de café.
Jem y yo seguimos el ejemplo, y recibimos un tierno:
Muchas gracias, muchas gracias –mientras nuestras monedas tintineaban.
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MATAR UN RUISEÑOR

Con gran sorpresa nuestra, el reverendo Sykes vació el cazo sobre la mesa y rastrilló las monedas hacia la palma de su mano. Luego se irguió y dijo:
Esto no es bastante, hemos de reunir diez dólares. –La congregación se agitó–. Todos sabéis para qué: Helen no puede dejar a sus hijos para irse
a trabajar mientras Tom está en la cárcel. Si todos dan diez centavos más, los tendremos... –El reverendo Sykes hizo una señal con la mano y
ordenó con voz fuerte a algunos del fondo de la iglesia–: Alec, cierra las puertas. De aquí no nadie hasta que tengamos diez dólares.
Calpurnia hurgó en su bolso y sacó un monedero de cuero ajado.
No, Cal - susurró Jem, cuando ella le entregaba un brillante cuarto de dólar–, podemos poner nuestras monedas. Dame la tuya, Scout.
La atmósfera empezaba a cargarse y pensé que el reverendo Sykes quería arrancar a su rebaño la cantidad requerida bañándolos en sudor. Se oía el
chasquear de los abanicos, los pies restregaban el suelo, los mascadores de tabaco sufrían lo indecible.
El reverendo Sykes me dejó pasmada diciendo:
Carlos Richardson, no te he visto subir por este pasillo todavía.
Un hombre delgado, con pantalones caqui, subió y depositó una moneda. De los fieles se levantó un murmullo de aprobación. Entonces el reverendo
Sykes dijo:
Quiero que todos los que no tenéis hijos hagáis un sacrificio y déis diez centavos por cabeza. De este modo reuniremos lo preciso.
Lenta, penosamente, se recogieron los diez dólares. La puerta se abrió y un chorro de aire tibio nos reanimó a todos. Zeebo leyó, verso por verso, En las
tempestuosas orillas del Jordán, y el servicio se dio por concluido.
Quería quedarme a explorar, pero Calpurnia me empujó hacia el pasillo, delante de ella. En la puerta del templo, mientras Cal estuvo hablando con
Zeebo y su familia, Jem y yo charlamos con el reverendo Sykes. Yo reventaba de deseos de hacer preguntas, pero determiné que esperaría y dejaría que
me las contestase Calpurnia.
Hemos tenido una satisfacción especial al verles aquí –dijo el reverendo Sykes–. Esta iglesia no tiene mejor amigo que el padre de ustedes.
Mi curiosidad estalló.
¿Por qué recaudaban dinero para la esposa de Tom Robinson?
¿No ha oído el motivo? –preguntó el reverendo–. Helen tiene tres pequeñuelos y no puede ir a trabajar...
¿Cómo no se los lleva consigo, reverendo? –pregunté.
Era costumbre que los negros que trabajaban en el campo y tenían hijos pequeños los dejasen en cualquier sombra mientras ellos trabajaban;
generalmente los niños estaban sentados a la sombra entre dos hileras de algodón. A los que por edad no podían estar sentados, las madres los
llevaban atados a la espalda al estilo de las mujeres indias, o los tenían en sacos.
El reverendo Sykes vaciló.
Para decirle la verdad, miss Jean Louise, Helen encuentra dificultad en hallar trabajo estos días... Cuando llegue la temporada de la recolección,
creo que míster Link Deas la aceptará.
¿Por qué no lo encuentra, reverendo?
Antes de que él pudiera contestar, sentía la mano de Calpurnia en mi hombro. Bajo su presión, dije:
Le damos las gracias por habernos dejado venir.
Jem repitió la frase, y emprendimos el camino de nuestra casa.
Cal, ya sé que Tom Robinson está en el calabozo y que ha cometido algún terrible delito, pero, ¿por qué no quieren contratar a Helen los
blancos? –pregunté.
Calpurnia caminaba entre Jem y yo con su vestido de vela de barco y su sombrero de tubo.
Es a causa de lo que la gente dice que ha hecho Tom –contestó–. La gente no desea tener nada que ver con ninguno de familia.
Pero, ¿qué hizo, Cal? Calpurnia suspiró.
El viejo míster Bob Ewell le acusó de haber violado a su hija y le hizo detener y encerrar en la cárcel...
¿Míster Ewell? –Mi memoria se puso en marcha–. ¿Tiene algo que ver con aquellos Ewell que vienen el primer día de clase y luego se marchan
a casa? Caramba, Atticus dijo que eran la basura más sucia; jamás había oído hablar a Atticus de nadie como hablaba de los Ewell. Dijo...
Sí, aquéllos son.
Pues bien, si en Maycomb todo el mundo sabe qué clase de gente son los Ewell deberían contratar a Helen de muy buena gana... ¿Y qué es
violar, Cal?
Es una cosa que se la tendrás que preguntar a míster Finch –contestó–. El sabrá explicártela mejor que yo. ¿Tenéis hambre? El reverendo ha
prolongado mucho el servicio esta mañana; por lo general no es tan aburrido.
Es lo mismo que nuestro predicador –dijo Jem–. Pero, ¿por qué cantáis los himnos de aquella manera?
¿Verso por verso? –preguntó Calpurnia.
¿Así lo llaman?
Sí, lo llaman verso por verso. Se hace de este modo desde que yo recuerdo.
Jem dijo que parecía que podían ahorrar el dinero de las cuestaciones durante un año e invertirlo comprando unos cuantos libros de himnos.
Calpurnia se puso a reír y explicó:
No serviría de nada. No saben leer.
¿No saben leer? –pregunté– ¿Toda aquella gente no sabe leer?
Esta es la verdad–afirmó Calpurnia, apoyando las palabras con un movimiento de cabeza. En “Primera Compra” no hay más que cuatro personas
que sepan leer... Yo soy una de ellas.
¿Dónde fuiste a la escuela, Cal? –inquirió Jem.
En ninguna parte. Veamos ahora... ¿quién me enseñó lo que sé? La tía de miss Maudie Atkinson, la anciana miss Buford.
¿Tan vieja eres?
Soy más vieja que míster Finch, incluso. –Calpurnia sonrió–. Sin embargo, no sé con certeza cuán vieja soy. Una vez nos pusimos a rememorar,
tratando de adivinar los años que tenía... Sólo recuerdo unos años más del pasado que él, de modo que no soy mucho más vieja, sobre todo
teniendo en cuenta el hecho de que los hombres no recuerdan tan bien como las mujeres.
¿Cuándo es tu cumpleaños, Cal?
Lo celebro por Navidad, de este modo uno se acuerda más fácilmente... No tengo un verdadero cumpleaños.
Pero, Cal –protestó Jem–, no pareces tan vieja como Atticus, ni mucho menos.
La gente de color no acusa la edad tan pronto –explicó ella.
Acaso sea porque no saben leer. Cal, ¿a Zeebo le enseñaste tú?
Sí, míster Jem. Cuando él era niño, ni siquiera había escuela. De todos modos le hice aprender. Zeebo era el hijo mayor de Calpurnia. Si alguna
vez me hubiese detenido a pensarlo, habría sabido que Calpurnia estaba en sus años maduros: Zeebo tenía hijos a la mitad del crecimiento; pero
es que nunca lo había pensado.
¿Le enseñaste con un abecedario, como nosotros? –pregunté.
No, le hacía aprender una página de la Biblia cada día, y había un libro con el que miss Buford me enseñó a mí... Apuesto a que no sabéis de
dónde lo saqué –dijo.
No, no lo sabíamos.
Vuestro abuelo Finch me lo regaló –dijo Calpurnia.
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MATAR UN RUISEÑOR

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¿Eras del Desembarcadero? –preguntó Jem–. Nunca nos lo habías contado.
Lo soy, en efecto, míster Jem. Me crié allá abajo, entre la Mansión Buford y el Desembarcadero. He pasado mis días trabajando para los Finch o
para los Buford, y me trasladé a Maycomb cuando se casaron tu papá y tu mamá.
¿Qué libro era, Cal?
Los Comentarios, de Blackstone. Jem se quedó de una pieza.
¿Quieres decir que enseñaste a Zeebo con aquello?
Pues si, señor, míster Jem. –Calpurnia se llevó los dedos a la boca con gesto tímido–. Eran los únicos libros que tenía. Tu abuelo decía que míster
Blackstone escribía un inglés excelente.
He ahí por qué no hablas como el resto de ellos –dijo Jem.
¿El resto de cuáles?
De la gente de color. Pero en la iglesia, Cal, hablabas como los demás...
Jamás se me había ocurrido pensar que Calpurnia llevase una modesta doble vida. La idea de que tuviese una existencia aparte fuera de nuestra casa,
era nueva para mí, por no hablar del hecho de que dominara dos idiomas.
Cal –le pregunté–, ¿por qué hablas el lenguaje negro con... con tu gente, sabiendo que no está bien?
Pues, en primer lugar, yo soy negra...
Esto no significa que debas hablar de aquel modo, sabiéndolo hacer mejor–objetó Jem. Calpurnia se ladeó el sombrero y se rascó la cabeza;
luego se caló cuidadosamente sobre las orejas.
Es muy difícil explicarlo-dijo. Supón que tú y Scout habláseis en casa el lenguaje negro; estaría fuera de lugar, ¿no es verdad? Pues, ¿qué sería si
yo hablase lenguaje blanco con mi gente, en la iglesia, y con mis vecinos? Pensarían que me había dado la pretensión de aventajar a Moisés.
Pero, Cal, tú sabes que no es así –protesté.
No es necesario que uno explique todo lo que sabe. No es femenino... Y, en segundo lugar, a la gente no le gusta estar en compañía de una
persona que sepa más que ellos. Les deprime. No transformaría a ninguno, hablando bien; es preciso que sean ellos mismos los que quieran
aprender, y cuando no quieren, uno no puede hacer otra cosa que tener la boca cerrada, o hablar su mismo idioma.
Cal, ¿puedo ir a verte alguna vez? Ella me miró.
¿Ir a venme, cariño? Me ves todos los días.
Ir a verte a tu casa –dije–. Alguna vez después del trabajo Atticus podría pasar a buscarme.
Siempre que quieras –contestó–. Te recibiremos con mucho gusto. Estábamos en la acera, delante de la Mansión Radley.
Mira aquel porche de allá –dijo Jem.
Yo miré hacia la Mansión Radley, esperando que vería a su ocupante fantasma tomando el sol en la mecedora. Pero estaba vacía.
Quiero decir nuestro porche –puntualizó Jem.
Miré calle abajo. Enamorada de sí misma, erguida, sin soltar prenda, tía Alexandra estaba sentada en una mecedora, exactamente igual que si se
hubiera sentado allí todos los días de su vida.

C A PÍ T U L O 1 3
-

Pon mi maleta en el dormitorio de la fachada, Calpurnia–fue lo primero que dijo tía Alexandra. Y lo segundo que dijo, fue: –Jean Louise, deja de
rascarte la cabeza.
Calpurnia cogió la pesada maleta de tía Alexandra y abrió la puerta.
Yo la llevaré –dijo Jem. Y la llevó. Después oí que la maleta hería el suelo del dormitorio con un golpe sordo. Un ruido revestido de la cualidad
de una sorda permanencia.
¿Ha venido de visita, tiíta? –pregunté.
Tía Alexandra salía pocas veces del Desembarcadero para venir a visitarnos, y viajaba con toda pompa. Tenía un “Buik” cuadrado, verde brillante y un
chofer negro, ambos conservados en un estado de limpieza poco saludable, pero aquel día no los veía por ninguna parte.
¿No os lo dijo vuestro padre? –preguntó. Jem y yo movimos la cabeza negativamente.
Probablemente se le olvidó. No ha llegado todavía, ¿verdad?
No, generalmente no regresa hasta muy entrada la tarde –respondió Jem.
Bien, vuestro padre y yo decidimos que ya era hora de que pasara algún rato con vosotros.
En Maycomb “un rato” significaba un período de tiempo que podía oscilar entre tres días y treinta años. Jem y yo nos miramos.
Ahora Jem crece mucho y tú también –me dijo–. Decidimos que a los dos os convenía recibir alguna influencia femenina. No pasarán muchos
años, Jean Louise, sin que te interesen los vestidos y los muchachos...
Yo habría podido replicar con varias respuestas: “Cal es una mujer”, “Pasarán muchos años antes de que me interesen los muchachos”, “Los vestidos no
me interesarán nunca”. Pero guardé silencio.
¿Y tío Jimmy? –preguntó Jem– ¿Vendrá también?
Oh, no, él se queda en el Desembarcadero. Conservará la finca en marcha. En el mismo momento en que dije:
¿No le echará usted de menos? –comprendí que no era una pregunta con tacto. Que tío Jimmy estuviera presente o ausente no implicaba una
gran diferencia; tío Jimmy nunca decía nada. Tía Alexandra pasó por alto la pregunta.
No se me ocurrió ninguna otra cosa que decirle. Lo cierto es que nunca se me ocurría nada que decirle y me senté pensando en conversaciones
pretéritas y penosas, que habíamos sostenido: “¿Cómo estás, Jean Louise?”, “Perfectamente, gracias, señora, ¿como está usted?”, “Muy bien, gracias.
¿Qué has hecho todo este tiempo?”, “¿No haces nada?”, “No”, “Tendrás amigos, ciertamente”, “Sí”, “Bien, ¿pues qué hacéis todos juntos?”, “Nada”.
Era evidente que tiíta me creía en extremo obtusa, porque una vez oí que le decía a Atticus que yo era tarda de comprensión.
Detrás de todo aquello había una historia, pero yo no quería que tía Alexandra la sacase a flote en aquel momento: aquel día era domingo y, en el
Día del Señor, tía Alexandra se mostraba positivamente irritable. Me figuro que se debía a su corsé de los domingos. No era gorda, aunque sí maciza y
escogía prendas protectoras que elevasen su seno a una altura de vértigo, le redujeran la cintura, pusieran de relieve la parte posterior y lograran dar
idea de que en otro tiempo tía Alexandra fue una figurita de adorno. Desde todos los puntos de vista, era una cosa estupenda.
El resto de la tarde transcurrió en medio de la suave melancolía que desciende cuando se presentan los parientes, pero la tristeza se disipó cuando
oímos entrar un coche en el paseo. Era Atticus que regresaba de Montgomery. Jem, olvidando su dignidad, corrió conmigo a su encuentro. Él le cogió la
cartera y maleta, yo salté a sus brazos, percibí su beso vago y seco, y le dije:
¿Me traes un libro? ¿Sabes que tiíta está aquí?
Atticus respondió a ambas preguntas afirmativamente.
¿Te gustaría que viniese a vivir con nosotros?
Yo dije que me gustaría mucho, lo cual era una mentira, pero uno debe mentir en ciertas circunstancias... y en todas las ocasiones en que no puede
modificar las circunstancias.
Hemos creído que hacía tiempo que vosotros, los pequeños, necesitábais... Ea, la cosa está así, Scout –dijo Atticus–, tu tía me hace un favor a
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mi lo mismo que a vosotros. Yo no puedo estar aquí todo el día, y el verano va a ser muy caluroso.
Sí, señor –respondí, sin haber entendido ni una palabra de lo dicho.
No obstante, se me antojaba que la aparición de tía Alexandra en la escena no era tanto obra de Atticus como de ella misma. Tiíta tenía la manía de
sentenciar qué era “lo mejor para la familia”, y supongo que el venir a vivir con nosotros entraba en esta categoría.
Maycomb le dio la bienvenida. Miss Maudie Atkinson preparó un pastel tan cargado de licor que me embriagó; miss Stephanie Crawford le hacía largas
visitas, que consistían principalmente en que miss Stephanie movía la cabeza para decir: “Oh, oh, oh”. Miss Rachel, la de la puerta de al lado, retenía a
tía Alexandra a tomar el café por las tardes, y míster Nathan Radley llegó al extremo de subir al porche de la fachada y decirle que se alegraba de verla.
Cuando estuvo definitivamente acomodada con nosotros y la vida recobró su ritmo cotidiano, pareció como si tía Alexandra hubiese vivido siempre en
nuestra casa. Los refrescos con que obsequiaba a la Sociedad Misionera se sumaron a su reputación como anfitriona. (No permitía que Calpurnia
preparase las golosinas requeridas para que la Sociedad aguantase los largos informes sobre los cristianos de arroz) (04). Se afilió al Club de Escribientes
de Maycomb y pasó a ser la secretaria del mismo. Para todas las reuniones, que constituían la vida social del condado, tía Alexandra era uno de los
pocos ejemplares que quedaban de su especie: tenía modales de yate fluvial y de internado de señoritas; en cuanto salía a relucir la moral en cualquiera
de sus formas, ella la defendía; había nacido en caso acusativo; era una murmuradora incurable. Cuando tía Alexandra fue a la escuela, la expresión
“dudar de sí mismo” no se encontraba en ningún libro de texto; por lo tanto, ignoraba su significado. Nunca se aburría y, en cuanto se le ofrecía la
menor oportunidad, ejercitaba sus prerrogativas reales: componía, aconsejaba, prevenía y advertía.
Jamás dejaba escapar la ocasión de señalar los defectos de otros grupos tribales, para mayor gloria del nuestro, costumbre que Jem más bien le divertía
que le enojaba.
Tiíta debería tener cuidado con lo que dice; sacar al sol los trapitos sucios de la mayoría de personas de Maycomb, y resulta que son parientes
nuestros.
Al subrayar el aspecto moral del suicidio de Sam Merriweather, tía Alexandra dijo que era debido a una tendencia mórbida de la familia. Si a una chica
de dieciséis años se le escapaba una risita en el coro de la iglesia, tía Alexandra decía:
Eso viene a demostraros, simplemente, que todas las mujeres de la familia Penfield son traviesas.
Según parecía, en Maycomb todo el mundo tenía una tendencia a la bebida, tendencia al juego, tendencia ruin, tendencia ridícula.
En una ocasión en que tiíta nos aseguraba que la tendencia de miss Stephanie Crawford a ocuparse de los asuntos de las otras personas era hereditaria,
Atticus dijo:
Hermana, si te paras a pensarlo, nuestra generación es la primera de la familia Finch en que no se casan primos con primos. ¿Dirías tú que los
Finch tienen una tendencia incestuosa?
Tiíta dijo que no, que de ahí venía que tuviésemos los pies y las manos pequeños.
Nunca comprendí que le preocupase tanto la herencia. De ninguna parte había recogido yo la idea de que eran personas excelentes aquéllas que
obraban lo mejor que sabían según el criterio que poseían, pero tía Alexandra alimentaba la creencia, que expresaba de un modo indirecto, de que
cuanto más tiempo había estado asentada una determinada familia en el mismo trozo de terreno tanto más distinguida y excelente era.
De este modo, los Ewell son una gente excelente –decía Jem.
La tribu que formaban Burris Ewell y su hermandad vivía en el mismo pedazo de terreno y medraba alimentándose del dinero de la Beneficencia del
condado desde hacía tres generaciones.
La teoría de tía Alexandra tenía algo, no obstante, que la respaldaba. Maycomb era una ciudad antigua. Estaba veinte mil millas al este del
Desembarcadero de Finch, absurdamente tierra adentro para una población tan antigua. Pero Maycomb habría estado enclavada más cerca del río si no
hubiese sido por el talento despierto de un Sinkfield, que en los albores de la historia regentaba una posada en la conjunción de dos caminos de cabras,
la única taberna del territorio. Sinkfield, que no era patriota, proporcionaba y suministraba municiones a los indios y a los colonos por igual, sin saber ni
importarle si formaban parte del territorio de Alabama o de la nación creek, con tal que el negocio se diera bien. Y el negocio era excelente cuando el
gobernador William Wyat Bibb, con el propósito de promover la paz doméstica del condado recién formado, envió un equipo de inspectores a localizar
el centro exacto para establecer allí la sede del Gobierno. Los inspectores, huéspedes suyos, explicaron a Sinkfield que se encontraba en los límites
territoriales del condado de Maycomb y le enseñaron el lugar donde probablemente se erigiría la capital del mismo. Si Sinkfield no hubiese dado un
golpe audaz para salvar sus intereses, Maycomb habría estado enclavado en medio de la Ciénaga de Winston, un lugar totalmente desprovisto de
interés.
En cambio Maycomb creció y se extendió a partir de su eje, la Taberna de Sinkfield, porque éste, una noche, redujo a sus huéspedes a la miopía de la
borrachera, les indujo a sacar sus mapas y planos, y a trazar una curva aquí y añadir un trocito allí, hasta situar el centro del condado en el punto que a
él le convenía. Al día siguiente les hizo recoger el equipaje y los envió armados de sus planos y de cinco cuartos de galón de licor: dos por cabeza y uno
para el gobernador.
Como la primera razón de su existencia fue la de servir de sede para el Gobierno, Maycomb se ahorró desde un principio, el aspecto sucio y mísero que
distinguía a la mayoría de las poblaciones de Alabama de su categoría. Ya, en el principio, tuvo edificios sólidos, uno de ellos para el juzgado, unas calles
generosamente anchas. La proporción de profesiones liberales era muy elevada en Maycomb: uno podía ir allá a que le arrancasen un diente, le
reparasen el carromato, le auscultasen el corazón, le guardasen el dinero, le salvasen el alma o a que el veterinario le curase las mulas. Pero la sabiduría
de largo alcance de la maniobra de Sinkfield puede someterse a discusión. Sinkfield situó la ciudad demasiado lejos del único medio de transporte de
aquellos días–la embarcación fluvial–y un hombre del extremo norte del condado necesitaba dos días de viaje para ir a proveerse de géneros en las
tiendas de Maycomb. En consecuencia, la población conservó las mismas dimensiones por espacio de un centenar de años, constituyendo una isla en
un mar cuadriculado de campos de algodón y arboledas. Aunque Maycomb quedó ignorado durante la Guerra de Secesión, la ley de Reconstrucción y la
ruina económica la obligaron a crecer. Creció hacia dentro. Raramente se establecían allí personas forasteras: las mismas familias se unían en
casamiento con otras mismas familias, hasta que todos los miembros de la comunidad tuvieron una ligera semejanza. De cuando en cuando alguno
regresaba de Montgomery o de Mobile con una pareja forastera, pero el resultado sólo causaba una ligera ondulación en la tranquila corriente del
parecido de las familias. Todo ello seguía igual; poco más o menos, durante mis primeros años. En Maycomb existía ciertamente un sistema de castas;
pero para mi modo de pensar funcionaban de este modo: se podía predecir que los ciudadanos más antiguos, la presente generación de los moradores
que habían vivido codo a codo durante años y años, se relacionarían y se unirían entre sí; tenderían a las actitudes admitidas, a los rasgos generales del
carácter y hasta a los gestos que habían repetido en cada generación y que el tiempo había refinado. Así pues, las sentencias: “Ningún Crawford se
ocupa de asuntos”. “De cada tres Merriweather uno es enfermizo”, “La verdad no se halla en casa de los Delafield”, “Todos los Buford caminan de este
modo”, eran simples guías de la vida cotidiana. Nunca se aceptaba un cheque de un Delafield sin una discreta consulta previa al Banco; miss Maudie
Atkinson tenía los hombros caídos porque era una Buford; si mistress Grace Merriweather sorbía Ginebra, no era cosa inusitada: su madre hacía lo
mismo.
Tía Alexandra encajaba en el mundo de Maycomb lo mismo que la mano en el guante, pero jamás en el mundo de Jem y mío. Me pregunté tan a
menudo cómo era posible que fuese hermana de Atticus y de tío Jack que reavivé en mi mente las historias, recordadas a medias, de trueques y raíces
de mandrágora, inventadas por Jem mucho tiempo atrás.

(4) En los EE.UU. llaman "Cristianos de arroz" a los chinos y japoneses que se convierten por las raciones de arroz que reparten las misiones, o por gozar
de otras ventajas. (N. del T.)
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Durante su primer mes de estancia, todo esto fueron especulaciones abstractas, pues tenía poca cosa que decirnos a Jem y a mí y sólo la veíamos a las
horas de comer y por la noche, antes de irnos a la cama. Era verano y pasábamos el tiempo al aire libre. Naturalmente, algunas tardes, al entrar
corriendo a beber un trago de agua, encontraba la sala de estar invadida de damas de Maycomb que bebían, susurraban y se abanicaban y a mí se me
ordenaba:
Jean Louise, ven a hablar con estas señoras.
Cuando yo aparecía en el umbral, tiíta tenía una cara como si lamentase haberme llamado; por lo general yo iba llena de salpicaduras de barro o
cubierta de arena....
Habla con tu prima Lily –me dijo una tarde, cuando me tuvo en el vestíbulo, cogida en la trampa.
¿Con quién? –pregunté.
Con tu prima Lily Brooke –dijo tía Alexandra.
¿Lily es prima nuestra? No lo sabía.
Tía Alexandra se las compuso para sonreír de un modo que transmitía una suave petición de excusas a prima Lily y una fuerte reprimenda a mí. Más
tarde, cuando Lily Brooke se hubo marchado, nos declaró a Jem y a mi lo lamentable que era que nuestro padre hubiera olvidado hablarnos de la
familia e inculcarnos el orgullo de ser unos Finch. A continuación salió de la sala y regresó con un libro de cubiertas moradas con unas letras impresas
en oro que decían: Meditaciones de Joshua S. Sta Clair.
Tu primo escribió este libro –dijo tía Alexandra–. Era un hombre notable. Jem examinó el pequeño volumen.
¿Es el primo Joshua que estuvo encerrado tanto tiempo?
¿Cómo estás enterado de eso? –preguntó a su vez tía Alexandra.
Caramba, Atticus dijo que en la Universidad le suspendieron y trató de pegarle un tiro al presidente del tribunal. Dijo que el primo Joshua
afirmaba que el presidente no era otra cosa que un buscacloacas y que intentó disparar contra él con una vieja pistola de pedernal, sólo que el
arma le estalló en la mano. Atticus dice que a la familia le costó quinientos dólares el sacarle de aquel lío...
Tía Alexandra estaba inmóvil, de pie y tiesa como una cigüeña.
Basta ya –dijo–. Luego hablaremos de esto.
Antes de la hora de acostarme, estaba yo en el cuarto de Jem tratando de que me prestase un libro, cuando Atticus dio unos golpecitos en la puerta
y entró. Sentóse en el borde de la cama de Jem, nos miró muy serio, y luego sonrió.
Errr... hummm...–comenzó. Había empezado a adquirir la costumbre de preludiar algunas de las cosas que decía con unos sonidos guturales, por
lo cual yo pensaba que quizá al fin se hacía viejo, aunque tenía el mismo aspecto de siempre–. No sé cómo decirlo exactamente –anunció.
Pues dilo y nada más –replicó Jem–. ¿Hemos hecho algo? Nuestro padre se estrujaba los dedos.
No; sólo quería explicarte que... tu tía Alexandra me ha pedido... Hijo, tú sabes que eres un Finch, ¿verdad?
Esto me han dicho. –Jem miraba por el rabillo del ojo. Su voz subió de tono sin que la pudiera dominar–. Atticus, ¿qué pasa?
Atticus cruzó las piernas y los brazos.
Estoy tratando de explicarte las realidades de la vida. El disgusto de Jem fue en aumento.
Conozco todas esas sandeces –dijo.
Atticus se puso súbitamente serio. Con su voz de abogado, sin la sombra de una inflexión, dijo:
Tu tía me ha pedido que probase de inculcaros a ti y a Jean Louise la idea de que no descendéis de gente vulgar, de que sóis el producto de
varias generaciones de personas de buena crianza... – Atticus se interrumpió para ver cómo yo localizaba una nigua huidiza en mi pierna–. De
buena crianza –continuó, cuando la hube encontrado y escarbado–, y que debéis tratar de hacer honor a vuestro nombre... Me ha pedido que os
diga que debéis tratar de portaros como la damita y el pequeño caballero que sóis. Quiere que os hable de nuestra familia y de lo que ha
significado para el Condado de Maycomb en el transcurso de los años, con el fin de que tengáis idea de quiénes sóis y os sintáis impulsados a
obrar en consecuencia –concluyó de un tirón.
Jem y yo nos miramos atónitos; luego miramos a Atticus quien parecía molestarle el cuello de la camisa. Pero no le contestamos nada.
Un momento después yo cogí un peine de la mesa del tocador Jem y me puse a frotar sus púas contra el borde la mesa.
Acaba con ese ruido –ordenó Atticus.
Su brusquedad me hirió. El peine estaba a mitad de su carrera; lo dejé con un golpe. Noté que lloraba sin motivo alguno, pero no pude reprimirme.
Aquél no era mi padre. Mi padre jamás concebía tales pensamientos. Mi padre nunca hablaba de aquella manera, Fuese como fuere, tía Alexandra le
había asignado aquel papel. A través de las lágrimas vi a Jem plantado en un similar estanque aislamiento; tenía la cabeza inclinada hacia un lado.
Aunque no sabia a dónde ir, me volví para marcharme y topé con la chaqueta de Atticus. Hundí la cabeza en ella y escuché pequeños ruidos internos
que se producían detrás de la delgada tela azul: el tic-tac del reloj de bolsillo, el leve crepitar de la camisa almidonada, el sonido suave de la respiración
de mi padre.
Te ronca el estómago –le dije.
Lo sé– respondió.
Te conviene tomar un poco de agua carbónica.
La tomaré –prometió.
Atticus, esta manera de proceder y todas estas cosas, ¿van a cambiar la situación? Quiero decir, ¿vas a...?
Sentí su mano detrás de mi cabeza.
No te inquietes por nada –me dijo–. No es tiempo de inquietarse.
Al oír estas palabras comprendí que había vuelto con nosotros. La sangre de mis piernas empezó a circular de nuevo y levanté cabeza.
¿Quieres de veras que hagamos todas esas cosas? Yo no puedo recordar todo lo que se da por supuesto que los Finch deberían hacer...
No quiero que recuerdes nada. Olvídalo.
Atticus se encaminó hacia la puerta y salió del cuarto, cerrando la puerta tras de sí. Estuvo a punto de cerrarla con recio golpe, pero se dominó en el
último momento y la cerró suavemente. Mientras Jem y yo mirábamos fijamente en aquella dirección, la puerta se abrió de nuevo y Atticus asomó la
cabeza. Tenía las cejas levantadas, y se le habían deslizado las gafas.
Cada día me vuelvo más como el primo Joshua, ¿verdad? ¿Creéis que acabaré costándole quinientos dólares a la familia?
Ahora comprendo su intención, pero es que Atticus sólo era un hombre. Para esa clase de trabajo se precisa una mujer.

C A PÍ T U L O 1 4
Aunque a tía Alexandra no la oímos hablar más de la familia Finch, escuchamos sobradamente a toda la población. Los sábados, armados con nuestras
monedas de diez centavos, cuando Jem me permitía acompañarle (por entonces manifestaba una positiva alergia a mi presencia, estando en público),
avanzábamos serpenteando entre las sudorosas turbas reunidas en las aceras, y a veces escuchábamos: “Ahí van sus hijos”, o “Allá hay unos Finch”.
Al volvernos para enfrentarnos con nuestros acusadores, sólo veíamos un par de granjeros estudiando las bolsas para edemas del escaparate de la
Droguería Mayco, o a dos regordetas campesinas con sombrero de paja sentadas en un carro Hoover.
A juzgar por lo que se preocupan quienes rigen este condado pueden andar sueltos y violar el campo entero –fue la oscura observación con
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que topamos cuando un flaco y arrugado caballero se cruzó con nosotros. Lo cual me recordó que tenía que hacer una pregunta a Atticus.
¿Qué es violar? –le pregunté aquella noche.
Atticus me miró desde detrás del periódico. Estaba en su sillón junto a la ventana. Al hacernos mayores, Jem y yo considerábamos un acto de
generosidad concederle treinta minutos después de cenar.
Él suspiró y dijo que violar era conocer carnalmente a una hembra por la fuerza y sin consentimiento.
Bien, si todo acaba en esto, ¿cómo cortó Calpurnia la conversación cuando le pregunté qué era?
Atticus pareció pensativo.
¿Y eso a qué viene?
A que aquel día, al volver de la iglesia, pregunté a Calpurnia qué era violar y ella me dijo que te lo preguntase a ti, pero me había olvidado y
ahora te lo pregunto.
Mi padre tenía el periódico en el regazo.
Repítelo, te lo ruego.
Yo le expliqué con todo detalle nuestra ida a la iglesia con Calpurnia. A Atticus pareció gustarle, pero tía Alexandra, que estaba sentada en un rincón
cosiendo en silencio, dejó su labor y nos miró fijamente.
¿Aquel domingo regresábais los tres del templo de Calpurnia?
Sí, ella nos llevó –contestó Jem. Yo recordé algo.
Sí, y me prometió que podría ir a su casa alguna tarde. Atticus, si no hay inconveniente, iré el próximo domingo, ¿me dejas? Cal dijo que
vendría a buscarme, si tú estabas fuera con el coche.
No puedes ir.
Lo había dicho tía Alexandra. Yo, pasmada, me volví en redondo, luego giré de nuevo la cara hacia Atticus a tiempo para sorprender la rápida mirada
que le dirigió, pero era demasiado tarde.
¡No se lo he preguntado a usted! –exclamé.
Con todo y ser un hombre alto, Atticus sabía sentarse y levantarse de la silla con más rapidez que ninguna otra persona que yo conociese. Ahora estaba
de pie.
Pide perdón a tu tía –me dijo.
No se lo he preguntado a ella, te lo preguntaba a ti...
Atticus ladeó la cabeza y me clavó en la pared con su ojo bueno. Su voz sonó mortalmente amenazadora.
Lo siento, tiíta –murmuré.
Vamos, pues –dijo él–. Que quede esto bien claro: tú harás lo que Calpurnia te mande, harás lo que yo te mande y, mientras tu tía esté en esta
casa, harás lo que ella te mande. ¿Comprendes?
Yo lo comprendí, reflexioné un momento y deduje que la única manera que tenía de retirarme con un resto de dignidad consistía en irme al cuarto
de baño, donde estuve el rato suficiente para hacerles creer que mi marcha había respondido a una necesidad. De regreso me entretuve en el vestíbulo
para escuchar una acalorada discusión que tenía lugar en la sala. Por la rendija de la puerta pude ver a Jem en el sofá con una revista de fútbol delante
de la cara, moviendo la cabeza como si sus páginas contuvieran un interesante partido de tenis.
Debes hacer algo con respecto a ella–estaba diciendo mi tía. Has dejado que las cosas continuaran así demasiado tiempo, Atticus, demasiado
tiempo.
No veo ningún mal en permitirle que vaya allá. Cal cuidará tan bien de ella como cuida aquí.
¿Quién era la “ella” de la cual estaba hablando? El corazón se me encogió: era yo. Sentí que las almidonadas paredes de una penitenciaría modelo se
cerraban sobre mí, y por segunda vez en mi vida pensé en huir. Inmediatamente.
Atticus, no está mal tener el corazón tierno. Tú eres un hombre sencillo, pero tienes también una hija en quien pensar. Una hija que se hace
mayor.
En eso estoy pensando.
Y no trates de eludir el problema. Tendrás que afrontarlo más pronto o más tarde y lo mismo da que sea esta noche. Ahora no la necesitamos.
Atticus replicó con voz sosegada:
Alexandra, Calpumia no saldrá de esta casa hasta que ella quiera. Tú puedes pensar de otro modo, pero yo no hubiera podido desenvolverme
sin Calpurnia todos estos años. Es un miembro fiel de esta familia y, simplemente, tendrás que aceptar las cosas como están. Por lo demás,
hermana, no quiero que te estrujes cerebro por nosotros; no tienes motivo alguno para hacerlo. Seguimos necesitando a Cal como nunca la
hayamos necesitado.
Pero. Atticus...
Por otra parte, no creo que los niños hayan perdido nada por que los haya criado ella. Si alguna diferencia hay, Calpurnia ha sido más dura con
ellos, en algunos aspectos, de lo que habría sido una madre... Jamás les ha dejado pasar nada sin castigo, nunca les ha consentido un mal
comportamiento, como suelen hacer las niñeras de color. Ha tratado de educarlos según sus propias luces, y conste que las tiene muy buenas... Y
otra cosa: los niños la quieren.
Yo respiré de nuevo. No era de mi, era de Calpurnia de quién estaban hablando. Vuelta a la vida, entré en la sala. Atticus se había parapetado detrás
de su periódico, y tía Alexandra atormentaba su labor. Punk, punk, punk, su aguja rompía el tenso círculo. Se interrumpió y puso la tela más tirante:
punk, punk, punk. Tía Alexandra estaba furiosa.
Jem se puso en pie y pisó la alfombra con paso tardo, haciéndome señas para que le siguiera. Me condujo a su cuarto y cerré la puerta. Tenía la cara
seria.
Se han peleado, Scout.
Jem y yo nos peleábamos mucho aquellos días, pero, no había visto ni sabido que nadie se pelease con Atticus. No era un cuadro reconfortante.
Scout, procura no hacer enfadar a tiíta, ¿oyes?
Como las observaciones de Atticus me escocían aún, no supe ver el tono de súplica de las palabras de Jem. Ericé el pelo de nuevo.
¿Estás tratando de decirme lo que debo hacer?
No, lo que hay... Atticus tiene muchas cosas en la cabeza actualmente sin necesidad de que nosotros le demos disgustos.
¿Que cosas? –Atticus no parecía tener nada especial en la cabeza.
El caso ese de Tom Robinson le da unas inquietudes de muerte...
Yo dije que Atticus no se inquietaba por nada. Por otra parte, el caso no nos causaba molestias más que vez por semana, y entonces todavía no duraba
mucho.
Esto es porque no puedes retener nada en la mente, salvo un corto rato –dijo Jem –. Con la gente mayor es distinto; nosotros...
Aquellos días su enloquecedora superioridad se hacía insoportable. No quería hacer otra cosa que leer y marcharse solo. Sin embargo, todo lo que leía
me lo pasaba, pero con esta diferencia: antes me lo pasaba porque creía que me gustaría; ahora, para que me edificase y me instruyese.
¡Tres mil recanastos, Jem! ¿Quién te figuras ser?
Ahora lo digo en serio, Scout; si haces enfadar a nuestra tía, yo... yo te zurraré. Con esto perdí los estribos.
¡So maldito mamarracho, te mataré!
Jem estaba sentado en la cama y fue fácil cogerle por el cabello de encima de la frente y descargarle un golpe en la boca. Él me dio un cachete, yo
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intenté otro puñetazo con la izquierda, pero uno suyo en el estómago me envió al suelo con los brazos y las piernas extendidos. El golpe me dejó
casi sin respiración, pero no importaba, porque veía que Jem estaba luchando, respondía a mi ataque. Todavía éramos iguales.
¡Ahora no te sientes tan alto y poderoso! ¿Verdad que no? –grité volviendo al ataque.
Jem continuaba en la cama, por lo cual no pude plantarme sólidamente en el suelo, y me arrojé contra él con toda la fuerza que pude, golpeando,
tirando, pellizcando, arañando. Lo que había empezado como una pelea terminó en un alboroto. Estábamos todavía luchando cuando Atticus nos
separó.
Basta ya –dijo–. Ahora, los dos inmediatamente a la cama.
¡Hala! –le dije a Jem. Le enviaban a la cama a la misma hora que yo.
¿Quién ha empezado? –preguntó Atticus, con resignación.
Jem. Quería decirme lo que debo hacer. Yo no tengo que obedecerle ¿verdad que no? Atticus sonrió.
Dejémoslo así: tú obedecerás a Jem siempre que él pueda obligarte a obedecerle. ¿Te parece justo?
Tía Alexandra estaba presente, aunque callada, y cuando bajó al vestíbulo con Atticus oímos que decía:
...Precisamente una de las cosas de que te había hablado –una frase que volvió a unirnos de nuevo.
Nuestros cuartos se comunicaban; mientras cerraba la puerta entre ambos, Jem dijo:
Buenas noches, Scout.
Buenas noches –murmuré cruzando la habitación a tientas para encender la luz.
Al pasar junto a la cama pisé un objeto cálido, elástico y más bien blando. No era exactamente como el caucho duro, y tuve la sensación de que aquello
estaba vivo. Además, oí que se movía.
Encendí la luz y miré al suelo contiguo a la cama. Fuese lo que fuere, lo que pisé había desaparecido. Llamé a la puerta de Jem.
¿Qué? –me contestó.
¿Qué tacto tiene una serpiente?
Un tacto áspero. Frío. Polvoriento. ¿Por qué?
Creo que hay una debajo de mi cama. ¿Puedes venir a verlo?
¿Estás de guasa? –Jem abrió la puerta. Iba con pantalón de pijama. Yo advertí, no sin satisfacción, que sus labios conservaban la huella de mis
nudillos. Cuando vio que hablaba en serio dijo–: Si te figuras que voy a poner la cara en el suelo al alcance de una serpiente, te equivocas.
Espera un minuto –y se fue a la cocina a buscar una escoba–. Será mejor que te subas a la cama – dijo entonces.
¿Supones que se ha marchado de verdad? –pregunté.
Aquello era un acontecimiento. Nuestras casas no tenían bodegas, estaban construidas de sillares de piedra hasta cierta altura sobre el suelo, y la
entrada de reptiles no era cosa desconocida pero tampoco frecuente. La excusa de miss Rachel Haverford para tomarse un vaso de whisky puro todas
las mañanas consistía en que jamás podía vencer el susto de haber encontrado una serpiente de cascabel arrollada en el armario de su dormitorio,
cuando fue cierto día a colgar su negligée.
Jem metió la escoba en un movimiento de tanteo. Yo miré por encima de los pies de la cama para ver si salía alguna serpiente. No salió ninguna. Jem dio
un escobazo más adentro.
¿Gruñen las serpientes?
No es una serpiente –dijo Jem–. Es una persona.
De súbito salió disparado de debajo de la cama un paquete pardo y sucio. Cuando apareció, Jem levantó la escoba y no acertó a la cabeza de Dill por
una pulgada.
Dios todopoderoso –la voz de Jem tenía un acento reverente.
Nos quedamos mirando cómo Dill salía poco a poco. Estaba encogido en un apretado fardo. Se puso en pie, desencogió los hombros, hizo girar los pies
dentro de los calcetines que le llegaban al tobillo y, restaurada la circulación, dijo:
Hola.
Jem volvió a dirigirse a Dios. Yo me había quedado sin palabra.
Estoy a punto de desfallecer –dijo Dill–. ¿Tenéis algo de comida?
Fui a la cocina como una sonámbula. Le traje leche y media cacerola de tortas de maíz que habían sobrado de la cena. Dill las devoró, mascando con los
dientes de delante, como tenía por costumbre. Por fin recobré la voz.
¿Cómo has llegado hasta aquí?
Por una ruta complicada.
Reanimado por el alimento, Dill recitó la siguiente narración: después de haber sido encadenado por su nuevo padre, que le odiaba, y abandonado en el
sótano para que muriese (en Meridian había sótanos), y después de conservar la vida gracias a un campesino que al pasar por allí oyó sus gritos de
socorro y le llevó, en secreto, guisantes crudos de los campos (el buen hombre metió una medida entera, vaina por vaina, por el respiradero), Dill se
liberó arrancando las cadenas de la pared. Todavía con las muñecas esposadas, se alejó sin rumbo dos millas más allá de Meridian, donde descubrió un
pequeño circo de animales y fue contratado inmediatamente para lavar el camello. Viajó con el circo por todo el Mississippi, hasta que su infalible
sentido de orientación le indicó que estaba en el Condado de Abbott, Alabama, enfrente mismo de Maycomb, pero al otro lado del río. El resto del
camino lo recorrió a pie.
¿Cómo has llegado hasta aquí? –insistió Jem.
Había cogido trece dólares del monedero de su madre, subido al tren de las nueve de Meridian y saltado en el Empalme de Maycomb. Había recorrido
diez u once de las millas que le separaban de nuestra ciudad andando por entre matorrales por miedo a que las autoridades estuvieran buscándole, y
había salvado el resto del camino colgándose del cierre trasero de un vagón del algodón. Calculaba que había estado unas dos horas debajo de la cama;
nos había oído en el comedor y el tintineo de platos y tenedores estuvo a punto de volverle loco. Pensaba que Jem y yo no nos acostaríamos nunca.
Tomó en consideración la idea de presentarse y ayudarme a pegar a Jem, pues, había crecido mucho más, pero, comprendió que míster Finch
interrumpiría pronto la pelea y pensó que sería mejor que continuase donde estaba. Se hallaba rendido, sucio como no se podía imaginar, pero en casa.
No deben de saber que estás aquí–dijo Jem–. Si te estuvieran buscando nos habríamos enterado...
Me figuro que todavía buscan por todos los cines de Meridian –Dill sonrió.
Deberías comunicar a tu padre dónde te encuentras –indicó Jem–. Deberías decirle que estás aquí...
Los ojos de Dill revolotearon hacia Jem y, éste, bajó los suyos al suelo. En seguida se levantó y rompió el código inalterado de nuestra infancia. Salió del
dormitorio y bajó al vestíbulo.
Atticus –su voz distante–, ¿puedes venir acá un momento señor?
Debajo de la suciedad surcada por el sudor, la cara de Dill se volvió blanca. Yo me sentí enferma. Atticus estaba en el umbral. Luego, entró hasta el
centro de la habitación y se quedó plantado con las manos en los bolsillos, mirando a Dill.
Al final encontré la voz.
Todo va bien, Dill. Cuando quiere que te enteres de algo, lo dice –Dill me miró–. Quiero decir que todo marcha bien –añadí–. Ya sabes que
Atticus no te molestará; ya sabe que no le tienes miedo.
No tengo miedo... –musitó Dill.
Sólo hambre, apostaría–la voz de Atticus tenía su agradable tono seco habitual–. Scout, podemos proporcionarle algo más que una cacerola de
tortas frías de maíz, ¿verdad? Ahora le llenaís la barriga a ese sujeto y cuando yo vuelva veremos lo que podemos hacer.
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MATAR UN RUISEÑOR

-

¡Míster Finch, no avise a tía Rachel, no me haga regresar allá, se lo ruego, señor! ¡Me escaparía otra vez...!
Bah, hijo –respondió Atticus–, Nadie te obligará a ir a ninguna parte más que a la cama temprano. Voy sólo a decirle a miss Rachel que estáis
aquí y a preguntarle si puedes pasar la noche con nosotros..., porque a ti te gustaría, ¿no es cierto? Y por amor de Dios, devuelve al condado la
parte de suelo que le pertenece; la erosión es bastante considerable ya sin que la aumentemos nosotros.
Dill se quedó mirando fijamente la figura de mi padre, que retiraba.
Procura ser gracioso –dije yo–. Quiere decir que tomes un baño. ¿Ves? Ya te he dicho que no te molestaría.
Jem estaba en pie en un ángulo del cuarto, con la cara de traídor que le correspondía.
Tenía que decírselo, Dill –dijo–. No puedes huir a trescientas millas de distancia sin que tu madre lo sepa.
Le dejamos sin contestación.
Dill comía y comía y comía. No había comido desde la noche anterior. Gastó todo el dinero comprando el billete, subió al tren como en muchas
ocasiones anteriores y charló tranquilamente con el revisor, para quien Dill era una figura familiar, pero no tuvo la osadía para invocar la norma de los
niños cuando hacen un viaje largo: si uno ha perdido el dinero, el revisor le presta el necesario para comery, luego, al final del trayecto, el padre del niño
se lo devuelve.
Dill había despejado los sobrantes de la cena y estaba tendiendo el brazo hacia un bote de tocino con habichuelas de la despensa cuando estalló en el
vestíbulo el “¡Duulce Jeesús!” de miss Rachel. Dill se estremeció como un conejo.
Luego soportó con fortaleza sus: “Espera cuando te tenga en casa”, “Tu familia se vuelve loca de inquietud”, “Está saliendo en ti todo lo de los
Harris”; sonrió ante su “Me figuro que puedes quedarte una noche”, y devolvió el abrazo que al final le concedieron.
Atticus se subió las gafas y se frotó el rostro.
Vuestro padre está cansado –dijo tía Alexandra; sus primeras palabras durante horas, parecía. Había estado presente, pero muda de sorpresa,
me figuro, la mayor parte del tiempo–. Ahora, niños, debéis iros a la cama.
Los dejamos en el comedor, Atticus todavía restregándose la cara.
Pasamos de violencias a alborotos y a fugas –le oímos exclamar riendo–. Veremos lo que nos traen las dos horas siguientes.
Como parecía que las cosas habían salido bastante bien, Dill y yo decidimos mostrarnos corteses con Jem. Además, Dill había de dormir con él, por lo
tanto daba lo mismo que le hablase.
Yo me puse el pijama, leí un rato y de pronto me vi incapaz de continuar con los ojos abiertos. Dill y Jem estaban callados; cuando apagué la lámpara de
noche no se veía la raya de luz debajo de la puerta del cuarto de mi hermano.
Debí de dormir mucho rato porque, cuando me despertaron con un ligero golpe, en el cuarto había la claridad indecisa de la luna al ponerse.
Deja sitio, Scout.
Él se creyó en el deber de hacerlo de aquel modo –murmuré yo–. No le guardes rencor. Dill se metió en la cama, a mi lado.
No se lo guardo –dijo–. Sólo que quería dormir contigo. ¿Estás despierta? En aquel momento lo estaba, aunque perezosamente.
¿Por qué lo hiciste? No hubo respuesta.
He preguntado por qué te fugaste. ¿Aquel hombre era de verdad tan aborrecible como decías?
No...
¿No construiste el bote como me escribías cuando estabas fuera?
Él dijo que lo construiríamos, nada más. Pero no lo construímos. Me incorporé sobre el codo, contemplando la silueta de Dill.
Eso no es motivo para huir. Los mayores no se ponen a hacer lo que han prometido ni la mitad de las veces...
No era eso; él... ellos no se interesaban por mí, simplemente.
Aquél era el motivo más extravagante para fugarse que hubiera escuchado en mi vida.
¿Cómo ocurrió?
Estaban ausentes continuamente, y hasta cuando se encontraban en casa se iban a un cuarto solos.
¿Qué hacen allí dentro?
Nada, estar sentados y leer, únicamente... pero no me querían con ellos. Empujé la almohada hacia la cabecera y me senté.
¿Sabes una cosa? Yo estaba dispuesta a huir esta noche que los tenía a todos aquí. Uno no los quiere siempre a todos a su alrededor, Dill... –
Dill respiró con aquella respiración suya de hombre de paciencia, que era casi un suspiro–. Atticus está fuera todo el día y a veces la mitad de la
noche y se va a la legislatura y no sé adónde más. Uno no los quiere a su alrededor todo el tiempo, Dill, no podrías hacer nada si estuvieran.
No es eso.
A medida que Dill se explicó, me sorprendí, preguntándome qué seria la vida si Jem fuese diferente, incluso de como era ahora; qué haría yo si Atticus
no sintiese la necesidad de mi presencia, ayuda y consejo. Diantre, no podría pasar ni un día sin mi. Ni la misma Calpurnia sabría desenvolverse si yo no
estuviera allí. Me necesitaban.
-

Dill, tú no me lo explicas bien; tus familiares no podrían pasar sin ti. Serán mezquinos contigo y nada más. Te diré lo que debes hacer respecto a ello...

La voz de Dill prosiguió en la oscuridad:
La cuestión es... Lo que trato de decirte es... que se lo pasan muchísimo mejor sin mí; no puedo ayudarles en nada. No son mezquinos. Me
compran todo lo que quiero, pero es aquello de “ahora que tienes lo que pedías vete a jugar con ello”. “Tienes un cuarto lleno de cosas”. “Como
te he comprado ese libro ve a leerlo”. Dill trató de dar profundidad a su voz. “Tú no eres un muchacho. Los muchachos salen y juegan al béisbol
con otros, no se quedan por la casa fastidiando a sus padres”. –Dill habló de nuevo con su voz propia–. Oh, no son mezquindades. Te besan y te
abrazan al darte las buenas noches y los buenos días y al despedirte, y te dicen que te aman... Scout, compremos un niño.
¿Dónde?
Dill había oído decir que había un hombre que tenía un bote que llevaba a fuerza de remos a una isla de niebla donde estaban los niños pequeños; se
podía pedir uno...
Esto es una mentira. Tiíta dice que Dios los baja por la chimenea. Al menos esto es lo que creo que dijo. –Por una vez la pronunciación de tiíta no
había sido demasiado clara.
Bah, no es así. La gente saca niños el uno del otro. Pero hay ese hombre, además... ese hombre que tiene una infinidad de niños esperando que
les despierten; él les da vida con un soplo...
Dill estaba disparado otra vez. Por su cabeza soñadora flotaban cosas hermosas. Podía leer dos libros mientras yo leía uno, pero prefería la magia de
sus propias invenciones. Sabía sumar y restar más de prisa que el rayo, pero prefería su mundo entre dos luces, un mundo en el que los niños dormían,
esperando que fueran a buscarlos como lirios matutinos. Hablando, hablando se dormía a si mismo, y me arrastraba a mi con él, pero en la quietud
de su isla de niebla se levantó la imagen confusa de una casa gris con unas puertas pardas, tristes.
¿Dill?
¿Mmmm?
¿Por qué no se ha fugado nunca Boo Radley? ¿Te lo figuras? Dill exhaló un largo suspiro y se volvió de espaldas a mí.
Quizá no tenga adonde huir...

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MATAR UN RUISEÑOR
C A PÍ T U L O 1 5

Después de muchas llamadas telefónicas, de mucho argüir a favor del acusado y de una larga carta de su madre perdonando se decidió que Dill podía
quedarse. Vivimos juntos una semana de paz. Poca más quedaba por lo visto. Sobre nosotros se cernía una pesadilla.
Empezó una noche después de cenar. Dill había terminado; Tía Alexandra estaba en su sillón del ángulo, Atticus en el suyo; Jem y yo, sentados en el
suelo, leyendo. Había sido una semana plácida: yo había obedecido a tiíta; Jem, a pesar de haber crecido en exceso para la choza del árbol, nos había
ayudado a Dill y a mí a construir una nueva escalera de cuerda para subir a ella; Dill había dado con un plan a prueba de fracasos para hacer salir a Boo
Radley sin que nosotros arriesgásemos nada (formaríamos una senda de trocitos de limón desde la puerta trasera hasta el porche de la fachada, y él los
seguiría, lo mismo que una hormiga). Oímos unos golpecitos a la puerta; Jem abrió y dijo que era míster Heck Tate.
Bien, pídele que entre –contestó Atticus.
Se lo he dicho ya. Hay unos hombres fuera, en el patio: quieren que salgas.
En Maycomb, los hombres adultos sólo se quedaban en el patio por dos motivos: defunciones y política. Yo me pregunté quién habría muerto. Jem y
yo salimos a la puerta de la fachada pero Atticus nos gritó que volviésemos a entrar a casa.
Jem apagó las luces de la sala de estar y aplastó la nariz contra la persiana de una ventana. Tía Alexandra protestó.
Un segundo nada más, tiíta, veamos quiénes son –dijo él.
Dill y yo ocupamos otra ventana. Un tropel de hombres estaban de pie rodeando a Atticus. Parecía que todos hablaban a la vez.
...Trasladarle mañana al calabozo del condado –decía mis Tate–. Yo no busco alborotos, pero no puedo garantizar que los haya...
No sea tonto, Heck –replicó Atticus–. Estamos en Maycomb.
...dicho que sólo estaba intranquilo.
Heck, hemos conseguido un aplazamiento del caso únicamente para aseguramos de que no haya motivo de inquietud. Hoy es sábado –
decía Atticus–. El juicio se celebrará probablemente el lunes. Puede guardarlo todavía una noche, ¿verdad? No creo que ninguna persona de
Maycomb quiera indisponerme con un cliente, con lo difíciles que están los tiempos.
Hubo un murmullo de regocijo que murió súbitamente cuando míster Link Deas dijo:
Nadie de por aquí trama nada, son la manada de Old Sarum los que me preocupan... ¿No podríais conseguir...?, ¿cómo se llama, Heck?
Un cambio de sede del jurado –contestó míster Tate–. No servirá de mucho, ¿verdad que no? Atticus pronunció unas palabras inaudibles. Yo me
volví hacia Jem, que me hizo callar con un ademán.
...Además –estaba diciendo Atticus–, usted no le tiene miedo a la turba aquella, ¿verdad que no?
...Sé cómo se portan cuando están saturados de licor.
Habitualmente, en domingo no beben; pasan la mayor parte del día en la iglesia... –dijo Atticus.
De todos modos, ésta es una ocasión especial –indicó uno...
El murmullo y el zumbido de la conversación continuó hasta que tiíta dijo que si Jem no encendía las luces de la sala deshonraría a la familia. Jem no la
oyó.
...No comprendo cómo se metió en esto desde un principio–estaba diciendo míster Link Deas–. Con este caso puede perderlo todo, Atticus. Todo,
se lo digo.
¿Lo cree así, de veras?
Aquélla era la pregunta peligrosa, en boca de Atticus.
“¿Crees de veras que quieres jugar esa pieza ahí, Scout?” Bam, bam, bam, y el tablero quedaba limpio de fichas mías. “¿Lo crees así de veras, hijo?
Entonces lee esto”. Y Jem luchaba todo el resto de la velada con los discursos de Henry W. Gray.
Link, es posible que aquel muchacho vaya a la silla eléctrica, pero no irá hasta que se haya dicho la verdad. –La voz de Atticus era tranquila–. Y
usted sabe cuál es la verdad.
Del grupo de hombres se levantó un murmullo que se hizo más ominoso cuando Atticus retrocedió hacia la escalera de la fachada y los hombres se le
acercaron.
De repente Jem gritó:
¡Atticus, el teléfono está llamando!
Los hombres titubearon, sorprendidos. Eran gente a la cual veíamos todos los días: comerciantes, granjeros que vivían en la población; estaba allí el
doctor Reynolds; y también estaba Mister Avery.
Bien, contesta tú, hijo –gritó Atticus.
Los hombres se dispersaron riendo. Cuando Atticus encendió la lámpara del techo de la sala encontró a Jem junto a la ventana muy pálido, excepto por
la huella encarnada que la persiana había dejado en su nariz.
¿Cómo diablos estáis todos sentados a oscuras? –preguntó.
Jem le siguió con la mirada mientras él se iba a su sillón y cogía el periódico de la noche. A veces pienso que Atticus sometía todas las crisis de su vida a
una tranquila evaluación detrás de The Mobile Register, The Birmingham News y The Montgomery Advertiser.
Jem se le acercó.
Venían por ti, ¿verdad? Querían hacerte daño, ¿no es cierto? Atticus bajó el periódico y miró a Jem.
¿Qué has estado leyendo? –preguntó. Luego dijo dulcemente–: No, hijo, ésos eran amigos nuestros.
¿No eran una... banda? –Jem estaba mirando por el rabillo del ojo. Atticus trató de sofocar una sonrisa, pero no lo consiguió.
No, en Maycomb no tenemos bandas ni tonterías de esa clase. Jamás he oído hablar de ninguna banda en Maycomb.
El Ku Klux Klan persiguió a algunos católicos, tiempo atrás.
Tampoco había oído hablar de católicos en Maycomb–dijo Atticus–. Te estás confundiendo con alguna otra cosa. Tiempo atrás, hacia 1920, había
un Klan, pero, más que nada era una organización política. Por lo demás, apenas encontraban a quién asustar. Una noche desfilaron por delante
de la casa de míster Levy, pero éste se limitó a plantarse en su porche y decirles que las cosas habían tomado un cariz divertido, pues, él mismo
les había vendido las sábanas que les cubrían. Sam les llenó de vergüenza hasta tal punto que se marcharon.
La familia Levy llenaba todos los requisitos para ser gente excelente: obraban lo mejor que podían según el criterio que poseían, y habían vivido en el
mismo pedazo de terreno durante cinco generaciones.
El Ku Klux Klan ha desaparecido –añadió Atticus–. No revivirá nunca. Yo acompañé a Dill a casa y regresé a tiempo para oír que Atticus decía:
...En favor de las mujeres del Sur como el primero, pero no para sostener una comedia política a costa de vidas humanas –declaración que me
hizo sospechar que habían vuelto a pelearse.
Busqué a Jem y le encontré en su cuarto, tendido en la cama y sumido en profundas reflexiones.
¿Han vuelto a las andadas? –le pregunté.
Algo por el estilo. Ella no quiere dejarle en paz con respecto a Tom Robinson. Casi ha dicho que Atticus deshonraba a la familia. Scout, estoy
asustado.
¿Asustado de qué?
Asustado por Atticus. Sería posible que alguien le hiciera algo malo. Jem prefirió encerrarse en el misterio; todo lo que contestó a mis preguntas
fue que me marchase y le dejara tranquilo.
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MATAR UN RUISEÑOR

El día siguiente era domingo. En el intervalo entre la escuela dominical y la función religiosa, durante el cual la congregación estiraba las piernas, vi a
Atticus de pie en el patio con otro apiñamiento de hombres. Como míster Tate estaba presente, me pregunté si se habría convertido, pues, jamás iba a
la iglesia. Hasta míster Underwood estaba allí. A míster Underwood no le interesaba ninguna organización que no fuera The Maycomb Tribune, periódico
del cual era el único propietario, director e impresor. Se pasaba los días delante de la linotipia, donde se refrescaba de vez en cuando bebiendo sorbos
de una jarra de aguardiente que nunca faltaba. Raras veces se preocupaba de recoger noticias: la gente se las llevaba allí. Se decía que ideaba por sí
mismo todas las ediciones de The Maycomb Tribune y las escribía en la linotipia. Y era admisible. Algo importante había de ocurrir para que saliera a la
calle míster Underwood.
Alcancé a Atticus en la puerta al entrary me dijo que habían trasladado a Tom Robinson a la cárcel de Maycomb. Dijo también, más para sí mismo que a
mí, que si le hubiesen tenido allí desde el principio no se habría producido el menor revuelo. Le vi cómo se situaba en su asiento de la tercera fila y le oí
cantar en voz baja y profunda “Más cerca, mi Dios, de Ti”, un poco rezagado del resto de nosotros. Nunca se sentaba con tía Alexandra, Jem y yo. En la
iglesia le gustaba estar solo.
La presencia de tía Alexandra hacía más irritante la paz ficticia que imperaba los domingos.
Inmediatamente después de comer, Atticus solía escapar a su oficina, donde le encontrábamos, si alguna vez íbamos a verle, arrellanado en su sillón
giratorio, leyendo. Tía Alexandra se preparaba para una siesta de un par de horas y nos amenazaba severamente por si osábamos hacer el menor ruido
en el patio, pues los vecinos estaban descansando. Llegado ya a la ancianidad, Jem se había habituado a retirarse a su cuarto con un montón de revistas
deportivas. Con todo ello, Dill y yo pasábamos los domingos rondando por el prado.
Como en domingo estaba prohibido disparar, Dill y yo dábamos patadas a la pelota de fútbol de Jem, lo cual no era nada divertido. Dill preguntó si me
gustaría que tratásemos de echar una ojeada a Boo Radley. Yo contesté que no creía que estuviese bien ir a molestarle y me pasé el resto de la tarde
informándole de los acontecimientos del invierno anterior. Le impresionaron considerablemente.
Nos separamos a la hora de cenar y, después de la comida, Jem y yo estábamos sentados pasando la velada de la manera habitual, cuando Atticus hizo
algo que nos llamó la atención: entró en la sala de estar trayendo un largo cordón eléctrico preparado para empalmarlo. En el extremo del cordón
había una lámpara.
Salgo un rato –dijo–. Cuando regrese, vosotros ya estaréis la cama, de modo que os doy las buenas noches ahora.
Dicho esto, se puso el sombrero y salió por la puerta trasera.
Coge el coche –dijo Jem.
Nuestro padre tenía algunas peculiaridades: una era que nunca comía postres; otra, que le gustaba andar. Desde que puedo recordar, hubo siempre en
la cochera un “Chevrolet” en excelente estado, y Atticus hizo muchas millas en viajes profesionales, pero en Maycomb iba y venía a pie de la oficina
cuatro veces al día cubriendo unas dos millas. Decía que el único ejercicio que hacía era andar. En Maycomb, si uno salía a dar un paseo sin un objetivo
concreto en la mente, era acertado creer que su mente era incapaz de un objetivo concreto.
Un rato después, di las buenas noches a mi tía y a mi hermano y estaba ensimismada en la lectura de un libro cuando oía a Jem ajetreado en la
habitación. Los ruidos que hacía al acostarse eran tan familiares que llamé a la puerta.
¿Por qué no te vas a la cama?
Me voy un rato al centro de la ciudad. –Se estaba cambiando los pantalones.
¿Cómo? ¡Si son casi las diez, Jem!
Ya lo sabía, pero a pesar de todo se marchaba.
Entonces me voy contigo. Si dices que no, que tú no vas, iré igual, ¿me oyes?
Jem vio que tendría que pelearse conmigo para hacerme quedar en casa, de modo que cedió con poca galantería.
Me vestí rápidamente. Esperamos hasta que la luz de nuestra tía se apagó y bajamos calladamente las escaleras de la parte posterior. Aquella noche no
había luna.
Dill querrá venir con nosotros –susurré.
Claro que querrá –dijo Jem lúgubremente.
Saltamos la pared del paseo, cruzamos el patio lateral de miss Rachel y fuimos a la ventana de Dill. Jem imitó el canto de la perdiz. La faz de Dill
apareció en la persiana, desapareció y cinco minutos después, su propietario abría y se deslizaba al exterior. Viejo combatiente, no dijo nada hasta que
estuvimos en la acera.
¿Qué pasa?
A Jem le ha dado la fiebre de ir a echar vistazos por ahí. –Una dolencia que Calpumia decía que, a su edad, cogían todos los muchachos.
Simplemente, he sentido el impulso –dijo Jem–. El impulso, simplemente.
Pasamos por delante de la casa de miss Dubose, desierta y destrozada, con las camelias creciendo entre malas hierbas, hasta la esquina de la oficina de
Correos había otras ocho casas.
La cara sur de la plaza estaba desierta. En cada esquina erizaban sus púas arbustos gigantes de “monkey-puzzle”, y entre ellos, bajo la luz de las
lámparas de la calle, brillaba un larguero de hierro donde atar animales. En el cuarto de aseo, del juzgado se veía una luz; por todo lo demás, aquella
fachada del edificio estaba oscura. Un gran cuadrado de almacenes rodeaba la plaza del juzgado; muy al interior de ellos ardían unas luces tímidas.
Cuando empezó a ejercer su carrera, Atticus tenía la oficina en el edificio del juzgado, pero después de varios años de actuación se trasladó a un lugar
más tranquilo, en el edificio del Banco de Maycomb. Al doblar la esquina de la plaza, vimos el coche aparcado delante del Banco.
Está allá dentro –dijo Jem.
Pero no estaba. A su oficina se llegaba por un largo pasillo. Mirando hacia el fondo del mismo deberíamos haber visto Atticus Finch, Abogado en
letras pequeñas y serias resaltando contra la luz de detrás de la puerta. Estaba oscuro.
Jem examinó con la mirada la puerta del Banco para asegurarse. Hizo rodar la empuñadura. La puerta estaba cerrada.
Subamos calle arriba. Quizá esté visitando a míster Underwood.
Míster Underwood no sólo dirigía la oficina de The Maycomb Tribune, sino que vivía en ella. Es decir, sobre ella. Las noticias del juzgado y de la cárcel las
recogía, simplemente, mirando por la ventana del piso. El edificio de la oficina del periódico se encontraba en el ángulo noroeste de la plaza; para llegar
allí tenía que pasar por delante de la cárcel.
La cárcel de Maycomb era el edificio más venerable y aborrecible del condado. Atticus decía que era tal como el primo Joshua St. Clair habría podido
diseñarla. Ciertamente, aquello había salido de la fantasía de alguno. Muy fuera de lugar en una población de tiendas de fachadas cuadradas y de casas
de inclinados tejados, la cárcel de Maycomb era una humorada gótica en miniatura, de una celda de ancho y dos de alto, completada por unos
diminutos sótanos y unos contrafuertes salientes. Realzaban la fantasía del edificio su fachada de ladrillo rojo y las gruesas barras de hierro de sus
ventanas monacales. No se levantaba sobre ningún monte solitario, sino que estaba enclavada entre la ferretería de Tyndal y la oficina de The Maycomb
Tribune. La cárcel era el único motivo de conversación de Maycomb: sus detractores decían que tenía el aspecto de un retrete victoriano; sus
defensores afirmaban que daba a la ciudad un aspecto sólido, respetable, interesante y que ningún forastero sospecharía nunca que estaba llena de
negros.
Mientras subíamos por la acera, vimos una luz solitaria encendida en la distancia.
Es chocante –dijo Jem–, la cárcel no tiene ninguna luz exterior.
Parece como si estuviese encima de la puerta –dijo Dill.
Un largo cordón eléctrico descendía entre las barras de una ventana del segundo piso y por el costado del edificio. A la luz de una bombilla, Atticus
estaba sentado, recostado contra la puerta de la fachada. Se sentaba en una silla de su oficina y sin prestar atención a los insectos nocturnos que
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