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Roberto Rosaspini Reynolds Cuentos de hadas celtas .pdf



Nombre del archivo original: Roberto Rosaspini Reynolds - Cuentos de hadas celtas.pdf
Título: CUENTOS DE HADAS
Autor: Bruno

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CUENTOS DE HADAS
CELTAS
Gnomos, ELFOS Y OTRAS CRIATURAS MÁGICAS

Selección y traducción de

Roberto C. Rosaspini Reynolds

Ediciones Continente

Corrección: Susana Rabbufeti
Diseño de interior: Mora Digiovanni
Diseño de tapa: Mario Blanco, sobre ilustración de Brian Froud
Traducción: Roberto y Axel Rosaspini Reynolds

398.2
ROS

Rosaspini Reynolds, Roberto
Cuentos de hadas celtas
1a ed. - Buenos Aires
Ediciones Continente, 1999
128 p.; 23x15 cm
ISBN 950-754-049-0
I. Título - 1. Literatura celta

1a edición: febrero de 1999
2a edición: mayo de 1999
3a edición: noviembre de 1999
Libro de edición Argentina
© by Ediciones Continente S.R.L.
Pavón 2229
(1248) Buenos Aires, Argentina
Tels.: (54-11)4308-3535 Fax: (54-11) 4308-4800
e-mail: ventas@edicontinente.com.ar
IMPRESO EN LA ARGENTINA

PRINTED IN ARGENTINA
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
Reservados todos los derechos.
Este libro no puede reproducirse total o parcialmente, incluido el diseño
de tapa, por ningún método gráfico, electrónico o mecánico, incluyendo
los sistemas de fotocopia, registro magnetofónico o de almacenamiento
y alimentación de datos, sin expreso consentimiento del editor.
Se terminó de imprimir en los talleres de INDUGRAF
Loria 2251 - Buenos Aires - Argentina,
en el mes de noviembre de 1999

INDICE

ACERCA DE ESTE LIBRO....................................................................... 4
LAS HADAS DE KNOCKGRAFTON ........................................................... 6
KOOMARA, EL MURRUGHACH .............................................................. 11
GILLA NA BRÂKON AN GOUR Y LA PRINCESA TRISTE ............................. 22
EL GAITERO Y EL LEPRECHAUN ........................................................... 29
LOS GNOMOS DE COVA DA SERPE....................................................... 32
LA BELLA JANEY Y EL PRINCIPE SlTH ................................................... 35
LA LARGA VIDA DE OSSYAN ............................................................... 38
LA TRUCHA BLANCA DE LOUGH FEAAGH............................................... 47
EL POOKAH DE OFFALY ...................................................................... 50
ELIDOR Y LOS ELFOS DE ST. DAVIS..................................................... 53
THOMAS O’CONNOLY Y LA BANSHEE .................................................... 57
EL HIJO DEL REY DE ERIN Y EL REY DE LOS SILFOS............................... 60
CORMAC MCART EN EL REINO DE LA MAGIA ......................................... 70
EL REINO DE LA MAGIA...................................................................... 70
NOTAS............................................................................................. 74

ACERCA DE ESTE LIBRO

l término "hada" deriva del latín fatum, término que define al destino. El
vocablo se transformó posteriormente en el francés fée, del que nacen
las palabras inglesas fey y fairy, y que en español dio origen al adjetivo
feérico, poco difundido, que alude a todo lo "relativo a las hadas". El
vocablo anglosajón fairy (hada), como así también muchas de sus
traducciones a otros idiomas, tiene un significado mucho más amplio que su
traducción hispana, ya que involucra a todos los seres elementales, masculinos o
femeninos, que componen la familia de la "gente pequeña" o, como también se la
conoce,
"gente
menuda", "buena gente", "vecinos olvidados" y muchos otros
nombres. En esta ocasión, sin embargo, para unificar criterios respecto de los
géneros gramaticales, hemos decidido utilizar el término "hada" para las entidades
femeninas (sirenas, elfinas, brujas, ondinas, banshees, etc.), y "elfo" para las
masculinas (duendes, gnomos, murrughach, silfos, pookhas y demás).1
Ya Shakespeare, en su inolvidable Sueño de una noche de verano, separó las
hadas de los elfos; las primeras mantienen en forma constante una apariencia
humana, aunque pueden desplazarse por el aire —con alas o sin ellas—, y su
tamaño suele variar entre unos pocos centímetros hasta la estatura humana o más;
los elfos, por su parte, están divididos en varias especies. Sin embargo, existe una
característica invariable para toda la "gente pequeña": no son ni malos ni buenos;
son criaturas extrañas, con principios éticos y valores (si pueden llamarse así)
diferentes de los de los seres humanos, y pueden o no aceptarnos en su círculo.
Poseen un poder mágico incomprensible para los hombres; son el poder y la
inspiración, pero no piensan ni sienten como los humanos, y eso los hace
encantadores algunas veces, y nefastos al minuto siguiente.
*****
Otro de los inconvenientes que se presentan en la recopilación de estas leyendas
antiguas, es la gran diversidad de versiones que existen de cada una de ellas. Como
ejemplo podemos mencionar "Las hadas de Knockgrafton", de la cual existen
versiones tituladas "Los duendes de Knockgrafton", en la que las hadas son
reemplazadas por gnomos, e incluso hay una interpretación mejicana, donde las
gibas de Lushmore y de Jack Madden han sido sustituidas por monedas de oro.
Pero estas divergencias dan lugar a una cuestión aún más preocupante: si en
pocas décadas las leyendas se han modificado tanto, ¿cómo serían las leyendas
originales, y cuáles fueron las innovaciones introducidas en más de diez siglos de
transmitirse oralmente de generación en generación? Y aún hay otro punto
importante a tener en cuenta: los principales recopiladores de las leyendas
irlandesas y galesas del medioevo fueron clérigos cristianos y fhillids —bardos y
druidas convertidos en monjes católicos—, cuya función primordial era neutralizar y
desmembrar el sistema religioso pagano de los pueblos celtas.
Para obviar estas diferencias, en esta selección hemos incorporado, salvo raras

excepciones, cuentos recopilados previamente por el poeta irlandés William Butler
Yeats; entre las excepciones podemos mencionar "Koomara, el murrughach" y "El
gaitero y el leprechaun", rescatados del olvido por Joseph Jacobs; "La larga vida de
Ossyan", una antigua leyenda celta incluida en el ciclo literario de Finn McCumhall, o
Ciclo Fenniano, y "Los duendes de Cova da Serpe", un relato del folklore gallego,
originario de la región de La Coruña, antiguamente parte de la Bretaña Armoricana
habitada por los celtas ibéricos. Es preciso aclarar también que, dada la diversidad
de las fuentes disponibles, las traducciones se han adaptado para mantener un
estilo homogéneo pero conservando, dentro de lo posible, aquel en que fueron
narradas y posteriormente recopiladas.
*****
Respecto del contenido de este libro, hemos incluido en él cuentos y leyendas
protagonizados por distintos tipos de hadas y elfos, en un intento de mostrar las
costumbres más características de cada uno de ellos en sus relaciones con los seres
humanos.
Entre los protagonistas integrantes de la "gente pequeña" se incluyeron seres
bonachones y queribles, como "Koomara, el murrughach" y el sith de "La bella Janet
y el príncipe sith"; otros de humor variable, como "Las hadas de Knockgrafton" y
"Elidor y los elfos de St. Davis", algunos decididamente malos, como "Los duendes
de Cova da Serpe" y "El hijo del rey de Erín y el rey de los silfos" y, finalmente,
algún elemental, víctima de la maldad de los seres humanos, como "La trucha
blanca de Lough Feaagh". Completan esta selección "El pookah de Offaly", un
gnomo servicial transformado en asno; "Guilla na brâkon an gour y la princesa
triste", un cuento extraído de una recopilación de Thomas Crofton Crocker del año
1825, y "Cormac McArt en el reino de la magia", que narra un episodio de la vida de
este gran rey de Erín.
Para finalizar este prólogo, queremos aclarar que nuestro único y humilde
propósito al realizar esta selección de relatos, de autores desconocidos y hace ya
siglos desaparecidos, ha sido que el lector pueda disfrutar de ellos, y no encontrarse
frente a un sesudo estudio antropológico-literario. En esta ocasión, al menos, nos
negamos terminantemente a analizar las estructuras sintácticas y otros
componentes de los cuentos, como si estudiáramos el cráneo de un hombre de
Neanderthal; los mágicos relatos de la "gente pequeña" deben ser saboreados, no
disecados.
Y por esa razón, no emplearemos ninguna de las nuevas técnicas de la imagen,
sino la parcializada visión de los niños y los soñadores, a los que no les preocupa
demasiado el futuro. Tampoco utilizamos grandes bases de datos institucionales,
sino el amor de poetas como Yeats y Jacobs por las tradiciones de sus tierras
natales.
Para ello, reflotemos nuestros más vividos recuerdos de la infancia, y recitemos
una vez más la frase inolvidable:
HABÍA UNA VEZ...

LAS HADAS DE KNOCKGRAFTON
ace ya muchísimos años, tantos que no podría contarlos, en la fértil
tierra de Lough Neagh1 existió un hombre muy, pero muy pobre, que
vivía en una humilde choza, a la orilla del río Bann, cuyas aguas
turbulentas bajan de las sombrías laderas de los montes Anthrim.
Lushmore,2 a quien habían apodado así los lugareños, a causa de que
siempre llevaba en su alto sombrero de rafia una pequeña rama de muérdago,
como la que los leprechauns3 ponen en las hebillas de los suyos, tenía sobre su
espalda una gran joroba, que prácticamente lo doblaba en dos, como si una mano
gigante hubiera arrollado su cuerpo hacia arriba y se lo hubiera colocado sobre los
hombros. Tal era el peso de ese enorme apósito de carne, que cuando el pobre
Lushmore estaba sentado —y lo estaba casi todo el tiempo, pues sus flacas piernas
apenas podían sostener su cuerpo—, quedaba doblado por la cintura, con su pecho
apoyado sobre sus muslos, única manera de sostener el peso de su giba.
Si bien la gente de los alrededores lo trataba con deferencia, pues su trabajo de
maestro mimbrero era muy cotizado en la zona, corrían ciertas historias sobre él,
quizás provocadas por la envidia de sus magníficas labores, y los lugareños tenían
cierta disposición a evitarlo cuando se cruzaban en algún lugar solitario ya que,
aunque la pobre criatura era tan inofensiva como un bebé de pecho, su deformidad
era tan grande que asustaba a sus vecinos, que apenas podían considerarlo un ser
humano. De él se decía, por ejemplo, que tenía un gran dominio de la magia, y que
podía mezclar pócimas y brebajes, y preparar encantamientos para enloquecer a un
hombre, aunque lo cierto es que nunca nadie lo había comprobado personalmente.
Lo cierto es que Lushmore poseía unas manos realmente mágicas para trenzar
todo tipo de juncos y mimbres, para tejer cestas y sombreros, y cuando no se
encontraba sentado en su insólita posición, solía recorrer los alrededores,
recogiendo los materiales que luego transformaba en verdaderas obras de arte, o
marchando en su pequeña carreta hacia las ciudades vecinas, para vender el fruto
de su trabajo.
Y así fue que en una ocasión, cuando regresaba de la ribera del río Main, donde
solía recoger la mayoría de su materia prima, y se dirigía a la ciudad de Killead con
una carga de canastos, como el pequeño Lushmore caminaba muy despacio por
culpa de su enorme joroba, se había hecho ya completamente de noche cuando
llegó al viejo túmulo de Knockgrafton, un lugar que la mayoría de los aldeanos
evitaban por las noches.
Lushmore se sentía agotado por la caminata, y al pensar que aún le quedaban
varias horas por delante, decidió sentarse bajo el túmulo para descansar un rato y,
para entretenerse, se puso a contemplar el rostro de la luna, que lo observaba
solemnemente entre las ramas de un añoso roble.
Repentinamente, llegaron a sus oídos los extraños acordes de una misteriosa
canción, y el jorobado comprendió inmediatamente que jamás había escuchado una
melodía tan fascinante como aquélla. Sonaba como un coro de infinitas voces,
donde cada uno de sus integrantes cantara en un tono diferente, pero sus voces se
armonizaban unas con otras de tal forma que parecía que salieran de una sola
garganta. Escuchando con atención, Lushmore pronto pudo distinguir la letra de la

canción que constaba de sólo cuatro palabras que se repetían tres veces: "Da Luan,
Da Mort; Da Luan, Da Mort; Da Luan, Da Mort";4 luego se producía una pausa y la
tonadilla comenzaba de nuevo.
Lushmore escuchaba con el alma puesta en sus oídos y apenas respiraba por el
temor a perder un sólo compás. Pronto comprendió que la canción provenía desde
dentro del túmulo y, aunque al principio la música lo había ensimismado, con el
paso del tiempo la letanía comenzó a aburrirlo, así que, aprovechando el intervalo
que se producía después de las tres repeticiones de Da Luan, Da Mort, introdujo,
con la misma melodía, las palabras "augus Da Dardeen"; luego siguió entonando Da
Luan, Da Mort junto con las voces misteriosas y, cuando se produjo nuevamente la
pausa, volvió a introducir su propio augus Da Dardeen.

Las hadas de Knockgrafton —porque no eran de otros las voces que entonaban
aquella melodía— se maravillaron tanto al escuchar aquel agregado a su canción,
que inmediatamente decidieron salir a buscar al genio cuyo talento musical hacía
palidecer al de ellas; y así el pequeño Lushmore fue llevado hacia el interior del
túmulo, a la velocidad de un tornado.
Una maravillosa vista acompañó su caída, mientras que la más excelsa de las
músicas acariciaba sus oídos con cada uno de sus movimientos. Al llegar a su
destino, la reina de las hadas y su séquito le depararon el más glorioso de los
recibimientos, dándole una calurosa bienvenida, que llenó de gozo su corazón, y
poniéndolo a la cabeza del coro; luego fue atendido a cuerpo de rey por una
multitud de sirvientes y, en general, lo trataron como si fuera el hombre más

importante del mundo.
Algo más tarde, mientras descansaba de su copioso banquete, Lushmore notó
que las hadas se trababan en una ardorosa deliberación y, a pesar de la forma en
que lo habían tratado, comenzó a sentir cierto temor hasta que la reina se acercó a
él y le dijo:
¡Lushmore, Lushmore,
desecha todo temor,
esa giba que te aqueja
ya no te dará más dolor!
¡Mira al suelo y la verás
caerse con gran fragor!
Tan pronto como el hada pronunció estas palabras, el jorobado se sintió
repentinamente tan leve y grácil que pensó que podría volar como los pájaros, o
saltar a la luna de un solo brinco. Con inmenso placer escuchó un gran golpe y,
cuando miró hacia abajo, vio la joroba caída a sus pies, como una masa de carne
informe. Entonces intentó hacer lo que nunca había hecho en su vida: levantó la
cabeza con precaución, temeroso de golpearse contra el techo de la habitación en
que se encontraba —tan alto le parecía ser ahora y miró a su alrededor, admirando
el panorama que se extendía, desde una altura desde la cual nunca había
contemplado escenario alguno. Abrumado por las nuevas sensaciones que
experimentaba, sintió que la cabeza le daba vueltas y más vueltas, y una nube
pareció descender sobre sus ojos, hasta que cayó en un sueño profundo y, cuando
despertó, se encontró tendido sobre la hierba, cerca del túmulo de Knockgrafton, al
interior del cual las hadas lo habían llevado volando la noche anterior.
Al abrir los ojos, pudo ver que ya era de día, el sol brillaba cálidamente en el
cielo y los pájaros cantaban en las ramas del roble que se extendían sobre su
cabeza.
Su primera acción, luego de decir sus oraciones, fue llevar la mano a su espalda,
para tantear su joroba y, al no encontrarla, se sintió transportado por la alegría,
porque se había convertido en un hombre gallardo y elegante; más aún, al
contemplarse en las aguas del Lough Neagh se vio vestido con ropas nuevas, que
hasta eso habían hecho las hadas por él.
Recogió su mercadería, que estaba prolijamente acomodada sobre una de las
piedras del túmulo, y reinició su interrumpido camino hacia Killead, ágil como una
gacela y con un paso tan airoso como si toda su vida hubiera sido maestro de
danzas. Al llegar a la ciudad, ninguno de los vecinos pareció reconocerlo sin su
joroba, y le resultó difícil demostrarles que era el mismo Lushmore, el maestro
mimbrera, que venía a entregarles sus pedidos.
No hace falta adelantar que no pasó demasiado tiempo antes de que la noticia de
la desaparición de la giba de Lushmore corriera como reguero de pólvora por Killead
y todos los pueblos cercanos, y que de todos ellos se acercaron a su choza
multitudes de curiosos, a contemplar el milagro. Y así fue que una mañana, estando
el mimbrero sentado frente a la puerta de su cabaña, trabajando con sus mimbres,
una anciana se acercó a él y le pidió si podía indicarle el camino hacia Capagh,
porque debía entrevistarse con un tal Lushmore, que allí vivía.
—No necesito indicarle nada, mi buena señora —respondió el aludido— porque

usted ya está en Capagh y, para mayor precisión, le diré que se encuentra usted en
presencia de la persona que está buscando.
—Me he llegado hasta aquí —agregó entonces la mujer— desde Mallow Fermoy,
en el condado de Waterford, a muchos días de camino, porque oí decir que a ti las
hadas te han quitado la joroba. Es que el hijo de una hija mía tiene una giba que va
a causarle la muerte y quizás, si pudiera utilizar el mismo encantamiento que tú, se
podría salvar. Así que te suplico que me enseñes el hechizo para tratar de curarlo.
Estas palabras conmovieron profundamente a Lushmore, que siempre había sido
un hombre sensible, y le contó a la anciana todos los detalles de su aventura; cómo
había agregado sus compases a la canción de las hadas de Knockgrafton y había
sido transportado por ellas al interior del túmulo, cómo le había sido quitada
mágicamente la joroba y cómo le habían regalado incluso un traje nuevo.
La mujer le agradeció sinceramente su relato y partió inmediatamente, con gran
alivio en su corazón y ansiosa por poner en práctica las enseñanzas del maestro
mimbrero. Una vez que hubo regresado a la casa de su nieto, cuyo nombre era Jack
Madden, narró todo lo que había escuchado y, sin pérdida de tiempo, pusieron al
pequeño jorobado sobre una carreta y emprendieron el camino hacia Knockgrafton.
Era un largo viaje, pero a la anciana y su hija no les importaba, mientras que el
muchacho fuera liberado de su deformidad.
Algunos días después, llegaron al túmulo, justo a la caída de la noche, dejaron al
joven cerca de la entrada y se retiraron a una prudente distancia; lo que ni la madre
ni la abuela tuvieron en cuenta fue que el jorobado, resentido por su deformidad,
era un sujeto taimado y maligno, que gustaba de torturar a los animales y
arrancarles las alas a los pájaros vivos y que, además, no tenía ni el más mínimo
talento musical; pero eso es bastante comprensible, si consideramos que se trataba
de su hijo y de su nieto, respectivamente.
No había pasado mucho tiempo desde que dejaran al joven jorobado cerca del
túmulo, cuando éste comenzó a oír una suave melodía proveniente del túmulo que
sonaba quizás más dulce que la que había escuchado Lushmore, ya que las hadas
habían incorporado su agregado: "Da Luan, Da Morí; Da Luan, Da Morí; Da Luan,
Da Morí, augus Da Dardeen" , aunque esta vez no había pausa alguna, ya que las
palabras del trenzado llenaban el espacio vacío.
Jack Madden, para quien su único propósito era liberarse de su giba, no prestó la
menor atención a la canción de las hadas, ni buscó el momento ni el tono musical
adecuado para introducir su propia variante, sino que lo hizo una octava más alta de
lo que los intérpretes lo hacían. Así que, tan pronto como comenzaron a cantar,
irrumpió, sin importarle el ritmo ni el tiempo, con su frase "augus da Dardeen,
augus da Hena", pensando que, si con un solo día de la semana, Lushmore había
obtenido un traje, él probablemente obtendría dos.
Desafortunadamente, tan pronto como las palabras hubieron brotado de sus
labios, fue elevado por los aires y precipitado al interior de la fosa, como su
antecesor pero, a diferencia de aquél, las hadas comenzaron a congregarse a su
alrededor, chillando, gritando y gruñendo:
—¿Quién es el que osa arruinar nuestra canción?
Hasta que una de ellas se acercó al joven, separándose del resto, y dijo:
—¡Jack Madden! Tu interrupción ha arruinado la canción que entonábamos con
toda nuestra dedicación. Has profanado nuestro santuario, burlándote de nosotras,
y mereces ser castigado severamente. ¡Por ello, desde ahora, llevarás dos jorobas

en vez de una!
Alrededor de veinte de ellas —tan gráciles y pequeñas eran— trajeron la giba de
Lushmore y la colocaron entre los hombros de Jack, encima de la suya propia,
donde quedó tan fija como si hubiera sido clavada con clavos de seis pulgadas por
un maestro carpintero. Luego echaron al desdichado del túmulo y cuando, por la
mañana, su madre y su abuela lo vinieron a buscar, encontraron al joven medio
muerto, tendido junto a la puerta del hillfort.5 ¡Imaginen su espanto y su
desesperación! Pero a pesar de su dolor, no se atrevieron a decir nada, por temor a
que las hadas les pusieran otra joroba a cada una.
Y así regresaron con Jack Madden a su casa, con sus corazones y sus almas tan
abatidos como nunca antes. Pero podían haberse ahorrado el esfuerzo; a causa del
peso de la nueva joroba, sumado al anterior, y el trajín del largo y penoso viaje,
Jack murió poco antes de llegar a su hogar. Sin embargo, al morir, sus dos jorobas
desaparecieron misteriosamente. En las noches, junto al fuego, las ancianas
cuentan a sus nietos que aquella terrible maldición fue llevada por las hadas de
vuelta a Knockgrafton, ¡esperando a cualquiera que vaya a escuchar o intente
interferir de nuevo el canto de las hadas de Knockgrafton!6

KOOMARA, EL MURRUGHACH
ack Dogherty vivía al pie de los acantilados de Ballyvaghan, en el
condado de Clare, Irlanda. Jack, un pescador como lo habían sido su
padre, su abuelo y diez generaciones anteriores, vivía, al igual que ellos,
completamente solo con su mujer, y en el mismo lugar y la misma casa
que habían habitado sus antepasados. La gente a menudo se preguntaba
por qué la familia Dogherty era tan aficionada a vivir en condiciones tan inhóspitas,
apartadas de la humanidad, entre rocas despedazadas, sin otra perspectiva que el
inmenso pero siempre mutable océano. Lo que los demás no sabían era que ellos
tenían muy buenos motivos para hacerlo.
El lugar era, por alguna razón desconocida, el único paraje costero de aquella
comarca a donde nadie más se había atrevido a ir a vivir. En esa región, los pétreos
acantilados formaban pequeñas bahías protegidas de las tempestades, donde una
barca de escaso porte podía encontrar un excelente refugio contra los rigores del
clima. Pues bien, en lo alto de la cala de Dunbeg Bay, sobre una saliente de rocas
que se prolongaba hasta hundirse en el mar, los Dogherty habían asentado
sólidamente su casa, y siempre que el Atlántico, tal como solía hacerlo con
frecuencia en los duros inviernos del norte, desencadenaba violentamente su furia
contra la costa, desde sus ventanas ellos podían observar los barcos que regresaban
muy cargados de las Indias y que, al verse obligados por los vientos a pasar cerca
de aquella costa, se destrozaban irremediablemente contra los traicioneros escollos
semisumergidos.
Y entonces, las pacas de algodón y tabaco, las pipas de vino, los barriles de ron,
los toneles de brandy y los cuñetes de encurtidos y aceitunas iban a parar
ineludiblemente a la costa, por lo que Dunbeg Bay era para los Dogherty algo así
como un pequeño feudo, con una provisión inagotable de alimentos y delicadezas
gastronómicas que no muchos podían disfrutar por los alrededores.
Sin embargo, los Dogherty eran también caritativos y humanos con los
marineros en desgracia; y ciertamente, fueron muchas las veces en que Jack sacó
su pequeño bote, con riesgo de su propia vida, para ayudar a los ocupantes de
algún navío que había naufragado. Pero cuando un barco se hacía pedazos y toda su
tripulación se perdía, ¿quién podía culpar a Jack de recoger todo lo que encontrara?
—¿Y a quién perjudico yo con esto? —decía—. Por lo que al rey respecta, ¡que
Dios lo lleve siempre de su mano!; todo el mundo sabe que ya es suficientemente
rico sin necesidad de yo le entregue lo que recojo del mar.
Pero no piensen que Jack, a pesar de ser un ermitaño por su forma de vida, no
era un hombre sociable y gentil; más aún, fue esa amabilidad y dulzura de su
carácter, y no otra cosa, lo único que pudo convencer a Biddy Mahony de abandonar
la cálida y confortable casa paterna, en la ciudad de Inis, en el condado de
Limmerick, para ir a enterrarse entre las rocas, a tantas millas de distancia, con las
focas y gaviotas como únicas "vecinas".
Sin embargo, Biddy sabía que Jack era el hombre perfecto para cualquier mujer
que deseara vivir feliz y cómoda; porque, sin mencionar el pescado que él mismo
pescaba, la casa de Jack, con todos aquellos "regalos del cielo" que llegaban a la
bahía, estaba mejor abastecida que la mitad de todas las mansiones nobles de la

región. Y ella sabía que había acertado en su elección, porque ninguna mujer podía
comer, beber y dormir mejor que lo que ella lo hacía, ni mostrar una apariencia tan
digna y saludable en los servicios dominicales de la iglesia, como la señora
Dogherty.
Como puede suponerse, fueron muchas las escenas extrañas que Jack pudo
contemplar; y muchos los sonidos insólitos que pudo escuchar a lo largo de aquella
vida junto al acantilado, pero nunca se dejó intimidar por lo que percibía. Más aún,
estaba tan lejos de tener miedo a las sirenas, murrughachs1 o cualquier otro de los
"seres pequeños", que el más grande deseo de su corazón era, sin lugar a dudas,
encontrarse con uno de ellos. Jack siempre había oído decir a su padre y a su
abuelo que allí los había en cantidad y que, a pesar de ser tan grandes como los
hombres y mucho más fuertes, los encuentros con los merrows, como los llamaban
algunos, siempre traían aparejado algún beneficio. Para su descontento, Jack nunca
había podido ver, ni siquiera vagamente, a los murrughachs deslizándose sobre la
espuma de las olas, envueltos en sus vestidos de bruma, a pesar de que muchas
veces los buscara con afán; ¿en cuántas ocasiones lo había regañado Biddy por
pasarse el día entero en el mar y haber regresado sin siquiera un pez? ¡ Poco podía
imaginarse la pobre Biddy tras qué clase de pez andaba realmente su Jack!
Para Jack resultaba extremadamente irritante que, aun viviendo en un lugar
donde los murrughachs abundaban como las gaviotas, nunca hubiera podido ver ni
siquiera la sombra de uno. Pero lo que más le molestaba, en realidad, era que tanto
su padre como su abuelo los habían visto en incontables ocasiones, y hasta
recordaba que, siendo todavía un niño, había oído cómo uno de sus ancestros, el
primer Dogherty de la familia en asentarse junto a la bahía, había intimado tanto
con un murrughach que, si no hubiese temido indignar al cura, seguramente lo
habría adoptado como a un hijo más. Aunque Jack, a pesar de creer en casi todas
las leyendas familiares, tenía una marcada propensión a dudar de ésta en
particular.
Finalmente, la fortuna creyó que ya era hora de que Jack conociera aquello que
su padre, su abuelo y tantos otros antepasados habían conocido y que a él le había
sido negado aún. De modo que, un día que Jack se había alejado un poco más que
de costumbre a lo largo de la costa, en dirección norte, al llegar a unos riscos más
allá de los cuales pensaba echar sus redes, vio algo que, sin parecerse a nada que
él hubiera visto anteriormente, se posaba sobre una roca que se encontraba algo
apartada de la orilla. Por lo que pudo apreciar desde la distancia, su cuerpo era
verde y, de no ser una cosa imposible, hubiera jurado que sostenía en la mano un
sombrero de tres picos. Jack permaneció allí durante más de media hora, forzando
la vista y maravillándose ante la visión, sin que aquel ser moviera una mano ni un
pie en todo ese tiempo.
Al fin la paciencia de Jack se agotó, y éste lanzó un fuerte silbido,
inmediatamente seguido por un grito de saludo, con lo que el murrughach,
sobresaltado, se calzó el sombrero de tres picos y en un solo movimiento se arrojó
de cabeza al agua.
Jack sintió que la excitación le corría por las venas como un ruego fatuo, y dirigió
sus pasos hacia el risco en que había visto al ser; pero no logró percibir ningún
rastro del misterioso y anfibio caballero del sombrero, por lo que, dando vueltas y
más vueltas al asunto dentro de su cabeza, comenzó a creer que simplemente había
estado soñando despierto.

Sin embargo, un día tormentoso en el que el mar golpeaba furiosamente contra
los acantilados, impidiéndole salir a pescar, Jack Dogherty decidió ir a echar una
ojeada a la que él llamaba ya roca del murrughach, pensando que hasta ese
momento siempre había escogido días tranquilos y que, quizás, aquel ser podía
preferir un clima más turbulento para sus andanzas. ¡Y cuál no sería su sorpresa al
acercarse y ver a la extraña criatura haciendo piruetas encima de la roca, para
luego sumergirse, subir otra vez de un salto y zambullirse nuevamente en el mar!
Jack no cabía en sí de la alegría; de allí en más, sólo tenía que escoger el tiempo
apropiado (es decir, que fuera un día bien agitado), y podría ver al hombre del mar
tantas veces como se le antojara. Todo esto, sin embargo, ya no le parecía
suficiente, y se dijo a sí mismo:
—No puedo conformarme con sólo haberlo visto; tengo que lograr acercarme
más a él —y desde ese momento sólo podía pensar en entrar en contacto con el
murrughach, cosa que, finalmente, pudo lograr algún tiempo después.
Hasta que un día terriblemente borrascoso, mientras Jack se dirigía hacia el
punto desde donde solía observar la roca del murrughach, la tormenta se
desencadenó con tanta violencia que obligó a Jack a buscar abrigo en una de las
numerosas cuevas existentes a lo largo de la costa; y allí, para su total deleite,
encontró sentado en una roca a un ser de pelo verde, un único diente del mismo
color, desmesuradamente largo, una insólita nariz roja y ojos pequeños y porcinos.
Tenía cola de pez, las piernas y el torso cubiertos de escamas, y sus brazos eran
cortos como aletas, con los dedos unidos por una membrana. No tenía ropas, pero
sostenía el tricornio bajo su brazo y parecía estar sumido en una profunda
meditación.
Reuniendo con gran esfuerzo todo su valor, ya que estaba algo más que
asustado, Jack pensó: "Ahora o nunca"; se acercó al pensativo hombre-pez y,
quitándose el sombrero, hizo uso de su mejor reverencia, al tiempo que decía:
—Para serviros, señor, en lo que gustéis mandar.
—Para servirte atentamente, Jack Dogherty—, contestó el murrughach.
—¡Creedme que me sorprende que conozcáis mi nombre, señor!—, exclamó
Jack.

—¿Cómo no iba a conocer tu nombre, Jack Dogherty? ¡Yo conocía a tu abuelo

Cougar mucho antes que se casara con Judy Regan, tu abuela, y lo mismo a tu
bisabuelo y tu tatarabuelo! Sin embargo, debo decirte que al que más aprecié fue a
tu abuelo; fue un hombre de gran valía, tanto durante su juventud como en la
vejez; jamás encontré a nadie, en ningún lugar del mundo, ni antes ni después de
su partida, que pudiera beber como él de una caracola de brandy. Espero, querido
muchacho —dijo aquel viejo ser con un alegre centelleo en los ojos—, que seas un
nieto merecedor de su herencia.
—No temáis por eso —bromeó Jack—, si mi madre me hubiera criado a base de
brandy, ¡os aseguro que todavía sería un niño de pecho!
—Bien, me gusta oírte hablar como un hombre; tú y yo deberíamos conocernos
más, aunque tan sólo sea por la memoria de tu abuelo. ¡Pero tu padre, Jack, era
otra cosa! El no tenía cabeza.
—Estoy seguro —dijo Jack— de que, dado que vives debajo de estas aguas
heladas, debes de tener necesidad de beber bastante para mantenerte caliente en
un lugar tan húmedo, frío y cruel... Bueno, cuando un hombre bebe mucho, se dice
que "ese cristiano toma como un pez"; pero ¿podría preguntarte de dónde es que
sacan ustedes el licor?
—¿De dónde lo sacas tú, Jack? —dijo el murrughach, retorciéndose la nariz con
sus dedos índice y pulgar.
—¡Caray! —exclamó Jack—, ya puedo imaginarme la respuesta; apuesto a que
tienen una hermosa bodega allá abajo, donde lo guardan.
—Déjate de bodegas —dijo el murrughach, guiñando su ojo izquierdo en un
gesto de complicidad.
—Estoy seguro —continuó Jack— de que debe de ser algo digno de verse, sin
lugar a dudas.
—Puedes apostar a ello, Jack —dijo el murrughach—, y si vienes aquí a la misma
hora, el próximo lunes, hablaremos algo más sobre este asunto.
El murrughach y Jack se despidieron como si se tratara de dos amigos de la
infancia, y el lunes siguiente se volvieron a encontrar, y a Jack lo sorprendió ver
esta vez que el murrughach llevaba dos sombreros, uno debajo de cada brazo.
—Perdona mi atrevimiento —dijo Jack—, pero, ¿por qué llevas dos sombreros?
Dudo mucho que sea para regalarme uno de ellos, ¿o sí?
—No, no, Jack —dijo él—, no consigo estos sombreros tan fácilmente como para
andar obsequiándolos a troche y moche; pero quiero que vengas a comer conmigo,
y traje un sombrero de más para que bajes con él.
—¡Dios me ampare y me bendiga! —exclamó Jack, asombrado—. ¿Quieres que
yo baje hasta los abismos de ese frío océano? ¡Pero si me asfixiaría y moriría a los
pocos minutos de sumergirme! ¿Y entonces qué le pasaría y, sobre todo, que diría,
la pobre de Biddy?
—¿Y a ti qué te importa lo que ella diga? ¿Quién puede preocuparse por los
rezongos de una mujer? Tu abuelo nunca habría contestado de esa forma.
Muchísimas veces se colocó este mismo sombrero sobre su cabeza y se zambulló sin
hesitación detrás de mí; como tampoco fueron pocos los exquisitos banquetes y las
caracolas llenas de brandy que él y yo degustamos juntos allí abajo, en las
profundidades.
—¿Entonces es cierto?, ¿no será algún tipo de broma pesada? —preguntó Jack,
algo avergonzado—. Bueno, de ser así, ¡se me caería la cara de vergüenza si no
demostrara tener las mismas agallas y el coraje de mi abuelo! Así que allá voy; ¡y

espero que no estés engañándome, porque voy a jugarme a todo o nada! —exclamó
Jack.
—Creo que ahora estoy empezando a ver algo de tu abuelo en ti —dijo en tono
socarrón el anciano murrughach—. Y ahora no perdamos más el tiempo, y haz lo
que yo haga.
Abandonaron la cueva para adentrarse en el mar, nadando un trecho hasta llegar
a una roca cubierta de algas. Jack tuvo que esforzarse para trepar hasta la cima,
siguiendo los pasos del merrow. El lado posterior del islote era tan recto como el
más perfecto de los muros, y por debajo, el mar era, a su vez, del azul oscuro que
sólo tienen las grandes profundidades, a tal punto que Jack por poco desiste de su
aventura.
—Ahora, Jack —dijo el murrughach—, simplemente, ponte el sombrero, aférrate
de mi cola, procura mantener los ojos abiertos, y te aseguro que te gustará ver lo
que verás si me sigues de cerca.
Y tan pronto como terminó de decir esto, la criatura se lanzó hacia las aguas,
seguida por el valeroso Jack. Y así se sumergieron y sumergieron, cada vez a mayor
profundidad, a tal punto que Jack creyó que nunca iban a detenerse. Muchas veces
deseó estar en su casa, sentado con Biddy junto al fuego, pero pronto comprendió
que de poco le serviría desear nada en ese momento, mientras se encontrase, por
lo que parecía, a muchas millas bajo la superficie del océano Atlántico.
Todos los esfuerzos de Jack se concentraban en permanecer aferrado con
desesperación a la cola del murrughach, a pesar de lo resbaladiza que era; y
entonces, para su total sorpresa, salieron del agua y se encontraron sobre tierra
firme, aunque sin haber abandonado el fondo mismo del mar. Cuando Jack miró a
su alrededor, asombrado, se encontró frente a una hermosa casa techada con
nacaradas ostras dispuestas a modo de tejas, y el murrughach giró sobre sus pies
para dar a Jack la bienvenida.
Jack quiso agradecerle su recepción, pero las palabras no salieron de su boca,
por un lado, por encontrarse atónito por la emoción y, por otro, por haber perdido el
aliento debido a su odisea a través del mar. Miró a su alrededor, pero no pudo
divisar a ningún otro ser viviente aparte de los cangrejos y las langostas que, en
gran cantidad, se paseaban indiferentes a lo largo y lo ancho de la playa. Justo por
encima de sus cabezas, estaba el mar, como un firmamento, y los peces se
paseaban por él como los pájaros se pasean por el cielo.
—¿Por qué no dices palabra, hombre? —dijo el murrughach—. Cualquiera diría
que no tenías ni la más mínima idea de que podría existir un refugio tan acogedor
aquí, ¿eh? ¡Tampoco pareces asfixiado o ahogado, como temías! ¿O acaso estarás
preocupado por Biddy?
—¿Eh? ¡Oh, no, no, qué va! —dijo Jack, haciendo una mueca de placer que
dejaba ver sus dientes—; pero a cualquier persona del mundo de afuera que se le
hubiera ocurrido siquiera decir que se podría ver algo semejante, la hubieran
tratado de loca.
—Bueno, basta por ahora; ven conmigo y veamos qué exquisiteces han
preparado para nosotros.
Jack estaba realmente hambriento, y su sorpresa no fue menor cuando por la
chimenea vio dibujarse una delgada columna de humo, a modo de preámbulo para
lo que esperaba adentro. Siguió al murrughach al interior de la casa, donde pudo
ver una enorme y bien equipada cocina. No faltaban en ella un elegante aparador y

una enorme cantidad de ollas y cacerolas, y Jack pudo ver a dos jóvenes
murrughachs cocinando.
Siempre guiado por su anfitrión, Jack pasó de largo junto a ellos, y entró en el
comedor, el cual, en contraste con la estancia anterior, estaba muy pobremente
amueblado. El salón era bastante amplio, pero no había en él mesas ni sillas para
sentarse, sino tan sólo algunos troncos y tablones de madera. Sin embargo, para
regocijo de Jack, había un buen fuego ardiendo en el hogar.
—Ven, Jack, tengo que enseñarte el lugar en donde guardo tú ya sabes qué —
dijo el murrughach dirigiendo una mirada cómplice a su huésped, mientras abría
una pequeña puerta y descubría una increíble bodega, llena de barriles, cuñetes y
toneles.
—¿Qué te parece, Jack Dogherty? ¿Eh? ¿Acaso sigues creyendo que no se puede
vivir confortablemente debajo del agua?
—Nunca lo puse en duda —dijo Jack con un chasquido de labios cómplice, señal
de que estaba realmente convencido de lo que decía.
Volvieron al comedor justo a tiempo para encontrar la comida servida. No había
mantel alguno, lo cual era de esperarse, pero ¿realmente importaba? Ni siquiera
Jack tenía uno en la mesa siempre. La comida no habría desacreditado a la mejor
casa del país de Erín después de un día de ayuno de Cuaresma. La mesa era un
completísimo muestrario de lo más selecto que el mar puede entregar: róbalos,
esturiones, langostas, lenguados, ostras y unas veinte especies más, junto al más
fino surtido existente de licores extranjeros, ya que los vinos, según explicó más
tarde el merrow, eran demasiado livianos para su gusto.
Jack comió y bebió hasta el hartazgo, y entonces, al tiempo que tomaba una
caracola de brandy, dijo:
—A tu salud, señor; aunque, si perdonas mi impertinencia, es algo inapropiado
que, en lo que llevamos tratándonos, aún no conozca tu nombre.
—¿Sabes, Jack? Creo que tienes razón —respondió él—, no me había acordado
de ello antes, pero siempre es mejor tarde que nunca ¿verdad? Mi nombre es
Koomara.
—Y un hermoso nombre es, sin lugar a dudas —dijo Jack, al tiempo que tomaba
otra caracola—. A tu salud, entonces, Koomara. ¡y que vivas los próximos cincuenta
años!
—¡Cincuenta años! —repitió Koomara—. ¡Desde luego que te lo agradezco! Si
hubieras dicho quinientos, sin embargo, habría sido algo que valdría más la pena.
—¡Por todos los cielos! —exclamó asombrado Jack—. ¡Por lo que veo, alcanzan
unas edades increíbles aquí debajo de las aguas! Tú conociste a mi abuelo, que ha
estado muerto desde hace ya más de sesenta años. Este debe de ser un lugar muy
saludable para vivir, sin lugar a dudas.
—En efecto, así es; pero, ánimo, Jack, no dejes que ese delicioso licor se te
avinagre.
Vaciaron caracola tras caracola, y para su total sorpresa, Jack observó que en
ningún momento la bebida se le subía a la cabeza, debido, según supuso, al hecho
de encontrarse por debajo del mar, lo que mantenía su mente despejada.
El viejo Koomara, por el contrario, se sintió bastante alegre y entonó algunas
canciones, pero Jack, aunque su vida hubiera dependido de ello, nunca fue capaz de
recordar más que esto:

—¡Rum fun boodle boo,
Ripple dipple nitty dob;
Dumdoo doodle coo,
Raffle taffle chittiboo!
Ese era el estribillo de tan sólo una de ellas; y, a decir verdad, nadie rué capaz
de encontrarle sentido alguno; aunque éste, seguramente, es el caso de la mayoría
de las canciones de hoy en día.
En un momento dado, el anfitrión le dijo a Jack:
—Ahora, mi querido amigo, si me concedes el honor de seguirme, te mostraré
mis "curiosidades".
Abrió una pequeña puerta y condujo a Jack hacia el interior de una gran cámara,
en donde pudo ver una gran cantidad de curiosidades y objetos varios que Koomara
había ido recogiendo durante sus numerosas expediciones. Sin embargo, lo que más
llamó la atención de Jack fueron unas cosas parecidas a tarros de langostas, que
yacían en el suelo, alineadas a lo largo de la pared.
—¿Y, Jack, ¿qué te parecen mis "curiosidades"? —dijo el viejo Koomara.
—Por Dios, señor —dijo Jack—, en verdad que vale la pena verlas; pero, ¿me
permitirías la osadía de preguntarte qué son esas cosas que parecen tarros de
langostas?
—¡Ah!, te refieres a mis "jaulas de almas", ¿no?
—¿Las qué?
—Esas cosas en donde guardo las almas.
—¿Qué almas? —dijo Jack que no podía terminar de creer lo que acababa de
oír—. ¿Es que acaso los peces tienen almas?
—¡Oh, no! —contestó Koomara, con un dejo de indiferencia en la voz—; de eso
no tienen; éstas son las almas de marineros ahogados.
—¡Que el señor nos proteja de todo mal! —murmuró Jack, absolutamente
sorprendido—. ¿Cómo demonios las has conseguido?
—A decir verdad, es bastante fácil; tan sólo tengo que esperar a que se avecina
una tormenta, colocar un par de docenas de ellas por aquí y allá, y entonces,
cuando los pobres marineros mueren ahogados y sus almas abandonan sus cuerpos
y se encuentran bajo las aguas, al no estar acostumbradas al frío y ser tan frágiles,
corren también un gran riesgo de morirse; así que se meten en mis jaulas para
buscar cobijo, y como ahí dentro están tan cómodas y calentitas, entonces yo las
traigo aquí a casa, donde ellas tienen un excelente refugio ¿A ellas no les parecería
así?
Jack estaba completamente pasmado, al punto de no saber qué decir, por lo que
no dijo absolutamente nada. Volvieron al comedor y bebieron más del excelente
brandy, y luego, debido a que Jack presentía que estaba empezando a hacerse
tarde y que Biddy podría comenzar a inquietarse, se levantó y expresó sus deseos
de volver a tierra firme.
—Como desees, Jack —le dijo Koomara —; pero bebe un último trago antes de
partir; te ayudará con tu fría travesía.
Debido a sus buenas maneras, a Jack le era imposible rechazar aquel último
vaso de despedida.
—Me pregunto —comentó— si podré recordar el camino de vuelta a mi casa.
—No debes preocuparte por ello —replicó su anfitrión—, ya que yo te mostraré el

camino.
Salieron de la casa, y Koomara tomó uno de aquellos extraños sombreros,
poniéndolo en la cabeza de Jack, pero con los picos apuntando en dirección
contraria a la vez anterior, para luego elevarlo por sobre sus hombros, tirando de él
en dirección de las aguas.
—Pronto —dijo, al mismo tiempo que le daba impulso— vas a aparecer
exactamente en el mismo lugar en el que nos sumergimos; ah, y no te olvides de
devolverme el sombrero; recuerda que son costosos —dijo Koomara en tono de
broma.
Al tiempo que decía esto, se separó de Jack con una leve inclinación, causando
que éste saliera disparado a través de las aguas, a modo de burbuja, hasta que
finalmente llegó a la piedra desde la cual habían saltado; allí se sacó el sombrero y
lo arrojó al agua, donde se hundió como si de una pesada piedra se tratase.
Jack arribó justo a tiempo para ver una hermosa puesta de sol en la apacible
tarde de verano. En poco tiempo se podría ver en aquel bello cielo a Feascor
mientras titilara vagamente en el firmamento sin una sola nube, como la solitaria
estrella que era. También se podrían ver las olas del Atlántico mientras reflejaran la
luz de las estrellas, brillando como una inundación dorada.
En ese momento, Jack se dio cuenta de qué tan tarde era y emprendió el viaje
de vuelta a su casa; pero no contó ni una palabra a Biddy de cómo ni dónde había
pasado el día.
Aquellas pobres almas, encerradas en tarros para langostas, eran motivo más
que suficiente de preocupación para Jack, que pasó largo rato pensando en algún
plan para liberarlas. Lo primero que le vino a la mente era hablar del asunto con el
cura, pero ¿qué podría hacer el cura?, ¿qué le podría importar a Koomara lo que
dijera o hiciera el cura? Aparte de eso, parecía un buen tipo, a quien no se le ocurría
pensar que estuviera haciendo algún daño. También Jack pensó en sí mismo, y no
consideró bueno para su reputación que la gente anduviera diciendo por ahí que él
andaba comiendo con murrughachs. Finalmente ideó un plan: invitaría a Koomara a
comer, devolviendo su invitación, y, si es que eso era posible, lo emborracharía
para apoderarse de su sombrero y dirigirse hacia el fondo del océano para auxiliar a
esas pobres almas. Pero, por sobre todo, era absolutamente necesario mantener
alejada a Biddy de todo aquello, porque ella, al fin y al cabo, era una mujer, y Jack
era lo bastante prudente como para mantener el asunto en secreto incluso ante ella.
Siguiendo cuidadosamente su plan y en un rapto de piedad, Jack le comentó a
Biddy que él había pensado que sería bueno para sus almas que ella realizara su
visita anual al pozo de Saint John, en las cercanías de Inis. Afortunadamente, Biddy
pensó lo mismo, y una mañana partió, no antes de dar a Jack estrictas instrucciones
sobre la vigilancia de la casa. Por fin, sin "ningún moro en la costa", Jack se dirigió
hacia la roca para llamar a Koomara con la señal que habían prefijado: Jack debía
lanzar una piedra de gran tamaño al agua. Inmediatamente después de hacerlo,
apareció Koomara, que saludó a Jack —¡Hola, Jack! ¿en qué te puedo ayudar?
—En nada de lo que haya que hablar mucho, en realidad —contestó éste—; tan
sólo venía a ver si querrías comer conmigo, ya que aún te debo la invitación.
—A decir verdad es una proposición agradable, Jack, te lo garantizo. ¿A qué hora
te parece bien?
—A la hora que te sea más conveniente. Digamos... ¿qué tal a la una? Si vienes
a esa hora luego puedes regresar a tu casa con la luz del día.

—Allí estaré, no te preocupes —dijo Koomara y volvió a sumergirse.
Jack volvió a su casa para preparar una substanciosa comida a base de pescados
e hizo buen uso de sus mejores licores extranjeros. A decir verdad, era cantidad
suficiente de alcohol para emborrachar a veinte hombres. Puntualmente a la una,
apareció Koomara con su clásico sombrero de tres picos debajo del brazo. La
comida ya estaba servida, por lo que se sentaron a la mesa para disfrutarla.
Bebieron y comieron en abundancia, y Jack, pensando en esas pobres almas
encerradas allí abajo, no escatimó brandy, mientras animaba a Koomara a cantar,
esperando el momento en que éste cayera dormido al suelo. Lo que el pobre Jack
había olvidado era que en esta ocasión no se encontraban bajo las aguas, con lo
que el brandy se le subió a la cabeza y le hizo efecto; entonces Koomara se retiró,
dejando a su anfitrión durmiendo como un bebito.
Jack despertó a la mañana siguiente, sintiéndose inmensamente triste.
—No tiene sentido intentar emborrachar a ese viejo jaranero —se dijo Jack—.
Entonces, ¿como haré para liberar a esas pobres almas de sus jaulas?
Finalmente, luego de haber estado pensando todo el día, una idea le vino a la
cabeza.
—¡Lo tengo! —se dijo mientras se golpeaba la rodilla, en un gesto de
satisfacción—. Estoy seguro de que Koomara, por más viejo que sea, nunca ha
probado ni una gota de pateen. ¡Eso sí que lo va a dejar fuera de combate! Por lo
tanto, mejor aprovecho mañana mismo, antes de que Biddy regrese a casa, y le
hago otra propuesta.
Jack volvió a invitar a Koomara, y éste se rió de lo cabezadura que era aquél, al
mismo tiempo que le decía que nunca llegaría a igualar a su abuelo en lo que a
beber se trataba.
—Al menos, dame otra oportunidad —pidió Jack—, ¡así podré ver cómo te
emborrachas, y luego te recuperas, tan sólo para volver a emborracharte!
—Eso lo veremos, mi querido Jack —dijo Koomara, a modo de despedida.
En esta ocasión, Jack se cuidó de guardar su propio licor mientras daba al
murrughach el brandy más fuerte que tenía, para finalmente preguntarle:
—Koo, ¿has probado alguna vez el pateen, el auténtico rocío de montaña?
—No —contestó éste, sorprendido—. ¿Qué es eso y de dónde viene?
—Oh, lo siento, eso es un secreto —dijo Jack—, pero es el mejor licor de su
género. Si no es veinte veces mejor que el ron o el brandy, puedes dejar de
creerme de ahora en más. El hermano de Biddy acaba de enviarme unas cuantas
gotas a cambio de un poco de brandy, y corno tú eres un viejo amigo de la familia,
he decidido guardarlo para esta ocasión.
—Bien, entonces veamos de qué es capaz eso —dijo Koomara con un brillo en
sus ojos.
El pateen era de los mejores y tenía el deje apropiado. A Koomara le encantó, a
tal punto que bebió y cantó "Rum bum boodleboo" una y otra vez, rió y dio vueltas
hasta que finalmente cayó dormido como una piedra. En ese momento Jack, que se
había preocupado por mantenerse sobrio, tomó "prestado" el sombrero de aquél,
fue hacia la roca y se arrojó, y pronto estuvo en la morada del murrughach.
Todo estaba rodeado de la más absoluta de las tranquilidades; no había ningún
otro murrughach a la vista, ni joven ni viejo. Entró sigilosamente y buscó los tarros
hasta encontrarlos. Una vez allí, los dio vuelta, pero no pudo ver nada, tan sólo
pudo oír un suave silbido o gorjeo cada vez que levantaba uno de ellos. Jack estaba

extremadamente sorprendido, pero recordó que una vez el cura le había dicho que
ningún ser vivo podía ver el alma, algo así como lo que pasaba con el aire o el
viento. Luego de hacer todo lo que pudo por ellas, colocó los tarros de vuelta en su
posición original, y elevó una plegaria para que esas pobres almas llegaran lo más
pronto posible a donde quiera que vayan las almas.
Hecho esto, Jack se calzó el sombrero como correspondía esta vez, o sea, con los
picos invertidos, pero cuando salió, se dio cuenta de que el agua estaba muy por
encima de su cabeza como para llegar saltando, y ahora no tenía a Koomara para
darle el empujón, por lo que se puso a buscar a ver si hallaba una escalera, pero no
halló ninguna, ni tampoco alguna roca que le pudiera facilitar su tarea. Por fin divisó
un sitio donde el mar "colgaba" un poco más bajo de lo habitual, y decidió probar
suerte en aquel lugar. Una vez allí, vio un bacalao que se paró justo al lado de él.
Jack le tomó la cola de un salto, por lo que el pez, asustado, dio un tirón e impulsó
a aquél hacia arriba.
En el preciso instante en el que el sombrero tocó el agua, Jack salió disparado
hacia arriba como un corcho de botella, arrastrando detrás de él al pobre bacalao,
ya que había olvidado soltarlo. Llegó a la roca en cuestión de segundos, y salió de
prisa hacia la casa, feliz por el bien que había hecho.
En ese mismo momento, otra serie de sucesos se desataban en la casa de Jack,
debido a que ni bien éste había marchado a cumplir con su misión de liberar a las
almas, Biddy estaba regresando al hogar, en el pozo. Cuando llegó, entró en la casa
y, viendo el desorden, exclamó:
—Parece que voy a tener bastante trabajo por aquí. ¡Ese canalla de Jack! ¿quién
me mandaría a casarme con él? Seguro que, mientras yo estaba rezando por su
alma, él trajo alguno de sus amigos borrachos y han estado bebiéndose todo el
pateen que mi hermano le regaló y todos los otros licores que había en la casa.
En ese momento Biddy bajó la cabeza y vio al dormido Koomara tendido en el
suelo.
—¡Que la Virgen Bendita me proteja! —gritó aterrorizada—. ¡Finalmente acabó
por convertirse en una bestia! No sería la primera vez que a alguien le pasa luego
de beber tanto. ¡Oh, Jack, cariño!, ¿qué voy a hacer contigo? y para peor, ¿qué
haría sin ti? ¿Cómo podría una mujer decente como yo vivir con una bestia?
Lamentándose, Biddy salió corriendo de la casa, sin saber a dónde ir, cuando oyó
la conocida voz de Jack canturreando una alegre tonada. Asombrada y feliz ya que
su marido estaba sano y salvo, y no convertido en una bestia, fue a su encuentro.
En ese momento, Jack se vio obligado a contarle todo, y Biddy, aunque enfadada
por haber sido engañada, aceptó de buenas ganas el bien que él había hecho por
esas almas.
Luego de la pequeña charla, volvieron a la casa y Jack despertó a Koomara; al
ver que éste se encontraba algo deprimido, le dijo que no se preocupara, que el
pateen había hecho estragos en los hombres mejor preparados, y que todo se debía
a su falta de conocimiento de la bebida; y le recetó que, a modo de medicina, se
comiera un pelo de un perro que lo mordiera. El murrughach, sin embargo,
consideró que ya había tenido bastante. Se levantó algo tambaleante, y sin siquiera
saludar a su anfitrión ni a su esposa, se retiró con la esperanza de poder refrescarse
con un viajecito por el agua salada.
Koomara nunca echó de menos las almas. El y Jack continuaron siendo los
mejores amigos del mundo, y nadie, jamás, pudo superar a Jack en su liberación de

almas del purgatorio; ya que con el tiempo se había armado de una serie de
excusas para ir a la casa bajo el mar, sin que su amigo se enterase, y liberarlas
abriendo las "jaulas". Le intrigaba el hecho de no poder verlas nunca, pero como ya
sabía que eso era imposible, se resignaba de ese modo.
La relación de Koomara y Jack se prolongó por algunos años, hasta el día en que
Jack fue a las orillas del mar a dar la señal como de costumbre y no recibir ninguna
contestación. Después de lanzar otra piedra, y otra, y otra, continuó sin obtener
respuesta, y regresó a su casa. A la mañana siguiente volvió al punto de encuentro,
pero sólo para no obtener respuesta nuevamente y, como no tenía el sombrero, no
podía bajar a ver qué le había pasado al viejo Koo. Finalmente se tranquilizó,
pensando que, o bien el pobre hombre, pez, hombre-pez —o lo que fuera que
fuese— había muerto, o trasladado su hogar a otra parte.

GILLA NA BRÂKON AN GOUR
Y LA PRINCESA TRISTE
ace ya muchísimo tiempo, cerca de la antigua fragua y junto a la
margen derecha del río Slaney, en Enniscorthy, Eire, vivía una pobre
viuda, tan pobre que no tenía siquiera ropa para vestir a su hijo, a
quien, para abrigarlo en las crudas noches del invierno irlandés, debía
acostar en el pozo de las cenizas, cerca del hogar, y cubrirlo con los
rescoldos tibios que el fuego iba dejando caer. Pero el niño fue creciendo y cada año
la abnegada madre debió ir agrandando y ahondando un poco más el pozo, para
que su hijo pudiera caber en él.
Finalmente, en una ocasión en que la pobre mujer iba caminando hacia la ciudad
de Callan, en el condado de Kilkenny, a visitar a un pariente, encontró una cabra
muerta, a la cual desolló y cuya piel llevó luego a su casa; con ella le confeccionó un
par de brâkes1 a su hijo quien, por primera vez en su vida, pudo salir a dar un
paseo por el pueblo. Al día siguiente la mujer le dijo:
—Tom, etnïosi2 mío, en tu vida jamás has hecho nada útil todavía, a pesar de tus
dieciocho años y tus dos metros de estatura, así que ahora toma esta cuerda y el
hacha y ve a traerme leña del bosque.
—No tendrás que repetírmelo, madre— respondió el hijo—. Voy inmediatamente.
Pero cuando hubo cortado y atado la leña se le apareció un enorme gigante, de
más de tres metros de alto y, sin decir "agua va", le lanzó un violento golpe con un
garrote que llevaba en la mano y que, de no haberse apartado Tom a tiempo, lo
habría dejado tendido allí mismo. Luego de esquivar el ataque, el muchacho tomó
una gruesa rama de roble que había cortado él mismo y al primer golpe que le
asestó, dejó al gigante casi inconsciente sobre el suelo.
—Si sabes alguna plegaria —le dijo—, rézala ahora, porque en un segundo te
haré pedazos esa fea cabezota que tienes.
—Nunca supe ninguna oración —contestó el gigante—, pero si me perdonas la
vida te regalaré mi garrote. Así como lo ves, no es una simple porra, sino un
talismán mágico y, mientras vivas libre de pecado, cumplirá todos tus deseos y
nadie podrá vencerte en una pelea.
Encantado, el joven no tuvo inconveniente en perdonarle la vida y, apenas se
hubo marchado el gigante, se sentó a horcajadas sobre la gavilla de leña, le dio un
ligero golpe con el garrote y se dirigió a ella en esta forma:
—Leña, me ha dado mucho trabajo cortarte y empacarte, y casi pierdo la vida
por haber venido a buscarte; así que ahora, lo menos que puedes hacer tú por mí
es llevarme a casa.
Sus palabras surtieron el efecto deseado, porque la gavilla se separó del suelo y
lo llevó a través del bosque como un caballo, crujiendo y restallando mientras lo
hacía, hasta llegar a la puerta de su casa.
A los pocos días, una vez que toda la leña se hubo consumido, Tom fue al
bosque por más, y esta vez debió luchar con otro gigante, éste de dos cabezas y
una enorme joroba entre ellas. Pero el nuevo adversario tampoco fue un problema
grave; solamente le dio un poco más de trabajo vencerlo; luego, a cambio de su

perdón, el ogro le entregó un pífano igualmente mágico, cuyo sonido hacía que todo
el que lo escuchara no pudiera dejar de bailar hasta que cesaba la música. De
nuevo Tom regresó cómodamente sentado sobre el haz de leña, que esta vez
recorrió todo el camino hasta su casa bailando al compás de las melodías del pífano.
El siguiente rival fue un gigante de tres cabezas, todas ellas de rasgos bellos y
delicados, que, como tampoco sabía ninguna plegaria, le dio a Tom una redoma con
un ungüento verde que curaba todo tipo de heridas, escaldaduras y llagas,
restaurando la piel como si nada hubiera sucedido.
—Te agradará saber que ya no quedan más seres como yo y los otros que has
vencido antes, así que de ahora en adelante podrás venir al bosque a cortar leña
todas las veces que quieras, sin que te moleste gigante ni trasgo alguno.

Al oír estas palabras, Tom se sintió más orgulloso que diez pavos reales juntos y
pronto se acostumbró a salir todas las tardes a pavonearse por las calles del
pueblo; sin embargo, los chiquillos de Enniscorthy, que no tenían modales
demasiado educados, se burlaban de él, por su porra y sus brâkes de piel de cabra,
y lo seguían por la calle, zahiriéndolo con pullas y bromas descaradas. A Tom las
mofas no le gustaban, pero se sentía mal con la idea de darles una tunda, así que
se aguantaba como podía y no respondía a las burlas.
Así continuaron las cosas hasta que un día, mientras Tom daba su paseo
acostumbrado, desde el otro extremo de la calle apareció un pregonero llevando
una gran trompeta y vestido con un pantalón de pana, una camisa con pintas y un
gorro de montero en la cabeza. Al llegar al centro de la plaza, el hombre hizo sonar
su instrumento y luego proclamó que la hija del rey de Dublín se sentía tan triste y
melancólica, que en siete años no había reído ni una sola vez, y que su padre
estaba dispuesto a concederle su mano a quien pudiera hacerla reír tres veces
seguidas.
—Esto es justo lo que necesitaba —pensó Tom y, sin gastar más luz del sol de su
pueblo, besó a su madre, agitó el garrote amenazando a los pilluelos y partió por la

amarillenta carretera rumbo a Dublín.
Luego de caminar varios días, llegó a una de las entradas de la ciudad pero,
cuando trató de entrar, los guardias se rieron de él y no lo dejaron pasar. Los
soldados siguieron burlándose de él durante un buen rato y Tom lo soportó cuanto
pudo, pero cuando uno de ellos le clavó el astil de su lanza —nada más que por
juego, según dijo— en el costado, Tom simplemente lo tomó con una mano por la
nuca y con la otra por los fundillos de los pantalones del uniforme y lo arrojó al foso
con agua que rodeaba la muralla. Rápidamente llegaron los refuerzos de la guardia,
algunos para ayudar a su compañero a salir del foso, y otros para enseñarle, con
sus espadas y lanzas, mejores modales a ese plebeyo; pero un solo molinete del
garrote de Tom dio con ellos por tierra o en el foso, y no tardaron en pedir
clemencia.
Ya más tranquilo, el joven preguntó a uno de ellos el camino hacia el palacio y
cuando, a regañadientes, el guardia se lo informó, hacia allá se dirigió Tom, a quien
recibieron el rey, la reina y la princesa, que se encontraban sentados en un palco
del salón principal, observando toda clase de luchas y demostraciones de destreza
con espadas y rinka-fhadas, una especie de lanza larga muy del gusto de aquellas
gentes. También se veía una gran variedad de disfraces, representaciones teatrales,
malabares y tragafuegos, todos ellos empeñados en hacer reír a la princesa, pero ni
una mísera sonrisa iluminó su bello rostro ni por un fugaz momento.
Al entrar Tom en el salón, todas las actuaciones se detuvieron inmediatamente,
mientras los actores y luchadores contemplaban al joven gigante con rostro de niño,
larga cabellera negra y su barba rizada, ya que su pobre madre no podía permitirse
el lujo de comprarle navajas. Sus robustos y fuertes brazos y sus piernas desnudas
que asomaban por debajo de la piel de cabra —su única vestimenta, que le llegaba
desde la cintura hasta las rodillas— llamaron poderosamente la atención, hasta que
un patán ártabro3 vestido con uniforme de la guardia real, pelirrojo, arrugado y
además envidioso porque deseaba casarse con la princesa, se dirigió hacia él y le
preguntó acremente qué deseaba.
—Lo único que deseo —le contestó Tom— es hacer reír tres veces a esta bella
princesa, que Dios guarde durante largos años.
—¿Ves a todos estos jóvenes y diestros espadachines, y a estos alegres y
dicharacheros juglares? —replicó burlón su interlocutor—. Cada uno de ellos tiene
en su dedo meñique más habilidades que tú en todo tu corpachón, y serían capaces
de comerte como a un grano de sal y, sin embargo, ni uno solo de ellos logró sacar
una sonrisa de su boca en estos siete años.
Al escuchar esto, todos aquellos individuos se reunieron alrededor de Tom y el
ártabro lo siguió molestando hasta que el hijo de la viuda declaró que todos ellos le
importaban un bledo y que los retaba a que lucharan contra él, de a seis por turno,
a ver si podían vencerlo. Pero el rey, que se encontraba demasiado lejos para oír la
conversación, la interrumpió para preguntar qué sucedía y qué quería el allomroxs
(forastero).
—Pretende amedrentar a tus mejores hombres —contestó el pelirrojo.
—¡Ah, bueno! —contestó el rey—. Si solamente es eso, que alguno de ellos lo
enfrente y ponga a prueba su valor y su habilidad.
Inmediatamente, un caballero de armadura se adelantó desde el grupo de
guerreros y, desenvainando su espada, amagó una estocada hacia el pecho del
joven. Pero éste, golpeando su codo con el garrote mágico, envió la espada volando

hacia el techo del salón y asestó un segundo golpe en el casco, que
instantáneamente dejó sin sentido al caballero. Un segundo hombre ocupó su lugar,
y luego otro y otro, y finalmente grupos de a media docena; pero en todos los
encuentros el garrote del hijo de la viuda hizo volar cascos, espadas, escudos y
cuerpos, dejando a los soldados gritando que estaban heridos o muertos, y pidiendo
auxilio y clemencia, mientras se frotaban los codos, rodillas y caderas sin pudor
alguno.
Teniendo en cuenta su situación en el palacio, Tom se aseguró de no matar ni
herir seriamente a ninguno de sus oponentes, pero la princesa se divirtió tanto con
su actuación que dejó escapar una dulce y cristalina carcajada que resonó por todo
el salón, haciendo que Tom se dirigiera al rey:
—Rey de Dublín, tengo un tercio de tu hija. —Y el rey no supo si estaba
satisfecho o consternado, cuando vio que toda la sangre del corazón de la princesa
afloraba a sus mejillas.
Ante la paliza que Gilla na brâkon an gour4 —corno ya habían comenzado a
llamarlo todos— había propinado a la mayoría de los caballeros, los combates se
suspendieron por aquel día, y Tom fue invitado a cenar a la mesa de la familia real.
Al día siguiente, por la mañana, el pelirrojo le comentó a Tom acerca de un feroz
lobo blanco, del tamaño de una ternera de un año, que se había habituado a entrar
en la ciudad y se comía tanto al ganado como a las personas, y le insinuó que el rey
se sentiría sumamente agradecido y recompensaría generosamente a quien lo
matara.
—Lo haré con muchísimo gusto —respondió el joven—. Envía a un mozo para
que me muestre la guarida del animal, y veremos cómo se porta con un allomroxs.
Al verlo, la princesa no se sintió muy complacida, pues aquel hombre que la
hiciera reír había cambiado sus calzas de cabra por un vestido de brocado y un
gorro verde sobre el rizado cabello negro. Pero el rey había dado su aprobación, y
una hora después, el enorme lobo se encontraba paseando por el salón principal de
palacio, con Tom caminando dos pasos detrás, agitando su porra, como un pastor
que guía a su cordero consentido con su cayado.
El rey y su familia se encontraban seguros en su palco, pero los caballeros y
cortesanos que se habían agolpado alrededor del salón, al ver aparecer al
gigantesco animal, estallaron en alaridos de terror y se abalanzaron hacia las
puertas, mientras el lobo los miraba relamiéndose, como pensando: "¡Cómo me
gustaría almorzármelos!".
Pero el rey, viendo en peligro a sus hombres, gritó desde su palco:
—¡Eh, Gilla na brâkon an gour! ¡Aleja de aquí a ese terrible lobo, y tendrás la
mano de mi hija!
Pero el joven no lo obedeció en absoluto. Sacó del bolsillo su pífano mágico y
comenzó a tocar un ritmo agitado y pegadizo; inmediatamente todos los hombres y
mujeres del salón comenzaron a mover los pies siguiendo el compás, y el propio
lobo se paró sobre sus patas traseras, para bailar el "Tatther Jack Walsh”5 junto con
los humanos. Muchos de éstos huyeron del salón y cerraron las puertas, temerosos
de que la peluda bestia los atacara, pero los demás seguían bailando y gritando al
son del pífano de Tom, que no cesaba de tocar, y también el lobo bailaba y aullaba,
por el dolor que le provocaban sus patas, mirando con un ojo al pelirrojo y con el
otro a Tom, para ver si éste le daba permiso para comérselo. Pero el joven negaba
con la cabeza y seguía tocando, haciendo que tanto el ártabro como el lobo

continuaran bailando y desgañitándose, ambos ansiosos de abandonar su postura
debido al agotamiento que sentían.
Pasado cierto tiempo, la princesa, viendo desde el palco que nadie corría peligro
de ser herido, se sintió tan divertida por la ridícula situación de los cortesanos que
dejó escapar una gran carcajada, ante lo que Tom exclamó:
—¡Rey de Dublín! ¡Ya tengo dos tercios de tu hija!
—¡Está bien! — gritó el rey—. ¡Pero aleja a ese animal infernal y entonces
hablaremos!
Divertido, Gilla guardó su flauta en el bolsillo que llevaba en bandolera, y se
dirigió al animal, que había caído sobre sus cuatro patas, pero se encontraba a
punto de desmayarse por el agotamiento.
—Vete a tu montaña, mi buen amigo, y reanuda tu vida como animal libre; pero
si algún día vuelvo a encontrarte a menos de diez millas de cualquier ciudad...
El joven no completó la frase, pero agitó su garrote en dirección al pobre lobo,
que metió la cola entre las patas y salió huyendo despavorido, sin que, de allí en
más, ningún ser humano, ni la luna, ni el sol, ni las estrellas volvieran a verlo por
Dublín.
Más tarde, ya repuestos del susto y del agotamiento, todos rieron, menos el
hipócrita del pelirrojo quien, sin duda, ya planeaba la forma de ajustarle las cuentas
a Tom el día siguiente.
—Creo que eres afortunado, ¡oh mi señor y rey! Las incursiones de los vikingos
por el norte os molestan constantemente, pero si alguien puede ayudarnos a
echarlos definitivamente de nuestra amada Eire es este caballero de la piel de
cabra. En alguna viga del infierno está colgado un mayal6 mágico con el que ningún
danés ni el mismo demonio podrían enfrentarse.
—¿Me darás el último tercio de la princesa si te traigo el mayal? —preguntó el
hijo de la viuda.
—¡No, no! —saltó la princesa—. Prefiero perderte como esposo a verte en tal
peligro.
Pero el pelirrojo no estaba dispuesto a abandonar su presa y musitó al oído de
Tom que sería una ruindad echarse atrás por cobardía, así que el joven pidió que le
mostraran el camino y el ártabro le indicó una vecindad, donde se reunían muchas
mujeres de vida fácil y había muchas tabernas clandestinas, en la cual Tom se
internó sin dudar, sosteniendo su garrote.
Después de mucho viajar, el joven divisó lo que, sin duda, eran las murallas del
infierno, y antes de golpear a la puerta se frotó íntegramente con el ungüento verde
del tercer gigante vencido por él. Luego golpeó y, en respuesta a su llamado,
aparecieron un centenar de diablillos que lo espiaron por entre los barrotes,
preguntándole qué quería.
—Quiero hablar con el Diablo Mayor —respondió Tom—. Abrid la puerta.
Rápidamente, los pequeños demonios abrieron la pesada puerta y Satanás en
persona recibió al muchacho con reverencias y zalemas, preguntándole luego qué
deseaba.
—No mucho —contestó Gilla—. Sólo vine a que me prestaras ese mayal que veo
colgado de esa viga, para que el rey de Dublín pueda darle una buena paliza a los
daneses que acosan sus fronteras.
—La verdad es que los daneses son mucho mejores clientes para mí que los
iwerionikâ7 —dijo Satanás—, pero ya que has recorrido un camino tan largo, no

puedo negártelo. Alcánzale ese mayal —agregó, dirigiéndose a un joven demonio,
pero guiñándole al mismo tiempo un ojo, de forma que Tom no lo viera.
De modo que, mientras sus compañeros estaban cerrando y atrancando las
puertas, el diablillo trepaba en busca del instrumento; de más está decir que el muy
taimado ya se estaba relamiendo de placer al imaginarse cómo quemaría el mayal
las manos de Tom, ya que sabía perfectamente que tanto la empuñadura como la
esfera eran de hierro y se encontraban al rojo vivo. Sin embargo, nada de eso
sucedió, y el joven tomó el arma y la empuñó como si fuera una rama de roble, sin
muestras de sentir siquiera el calor del metal.
—Muchas gracias —dijo Tom como si nada—. Ahora, si me abrís las puertas,
podré irme tranquilamente a mi país.
—¡Caramba! —exclamó Satán—. Pues eso es más fácil decirlo que hacerlo, ya
que salir de aquí es mucho más difícil que entrar. ¡Quitadle ese mayal y dadle unas
buenas dosis de aceite hirviendo! —ordenó el demonio.
Uno de los esbirros, ansioso de complacer a su amo, estiró una de sus garras
para tomar el instrumento, pero Tom le dio tal golpe con él en un costado del
cráneo, que le rompió uno de los cuernos y le hizo soltar un bramido de dolor.
Al ver esto, toda la horda demoníaca se precipitó sobre él, pero el joven
comenzó a propinarle una tunda tan fenomenal, que pronto estuvieron todos por el
suelo, lamentándose de sus golpes y magulladuras. Finalmente, el viejo Lucifer, que
aún se encontraba sentado en su trono, intervino y dijo:
—¡Dejad salir de aquí a ese imbécil! ¡Y pobre del que vuelva a dejarlo entrar, por
las razones que fueren! De manera que Gilla abandonó el Averno sin prestar
atención a la gritería y los anatemas que le proferían todos sus demonios; y cuando
hubo regresado al gran salón del palacio de Dublín, todo el mundo se reunió para
verlo entrar con el mayal. Y cuando hubo narrado en detalle su aventura, como se
usaba en aquellas épocas, depositó el instrumento sobre los escalones de piedra de
acceso al salón, pero avisó que nadie lo tocara, porque le iba la vida en ello.
Si el rey, la reina y, especialmente, la princesa lo tenían en gran estima antes de
haber salido en busca del mayal, ahora su opinión se había decuplicado, pero el
pelirrojo no quiso dar su brazo a torcer y se arrimó subrepticiamente, tratando de
apoderarse del arma demoníaca para golpear con ella a Tom. Pero apenas llegó a
rozarlo con las puntas de sus dedos, lanzó un alarido que hizo temblar las paredes,
y comenzó a saltar y gritar de tal modo que hubiera despertado a un muerto.
Al verlo, Gilla se precipitó sobre él, le tomó las manos con las suyas,
impregnadas del ungüento, y las frotó hasta que el lacerante dolor desapareció
rápidamente, pero entre la sorpresa de la quemadura, y el alivio que sentía, su
rostro tomó expresión tan cómica que todos estallaron en carcajadas, y lo mismo
hizo la princesa, que tampoco pudo contener la risa. Y entonces Tom (ya por
entonces definitivamente Gilla na brâkon an gour) se acercó a la princesa,
diciéndole:
—Ahora, señora, quiero creer que si vos tuvierais cuatro tercios, también me
daríais el cuarto.
La princesa dio muestras de ningún fingido recato; miró a su padre, se acercó al
joven, le tomó las manos entre las suyas y... bueno, sería muy indiscreto de mi
parte relatar lo que sucedió a continuación, ¡pero puedo decirles que no sé lo que
hubiera dado por estar en los zapatos de Gilla aquella tarde!
Previendo lo que iba a suceder, Tom no llevó el mayal al interior del palacio.

Después de lo ocurrido con el pelirrojo, nadie se acercó al arma para nada. Y
cuando pasaron los primeros madrugadores, a la mañana siguiente, pudieron ver
dos largas grietas en los escalones de piedra, por donde el mayal se había abierto
camino hacia abajo, quemando hasta la roca misma y desapareciendo hacia...
bueno, creo que nadie podría decir hacia dónde. Sin embargo, algo más tarde,
después del mediodía, llegó un heraldo desde el norte, pregonando que los daneses
se habían aterrorizado tanto al enterarse de la llegada del mayal a Dublín, que se
habían embarcado de vuelta en sus naves, zarpando a toda vela hacia su patria.
Por mi parte, me imagino, aunque nadie me lo ha contado, que antes de casarse
Gilla na brâkon an gour ha de haber encontrado a un hombre, como Pat Mará de
Tomenine, que le enseñara los principios de urbanidad, los quebrados y decimales,
los cálculos de artillería y fortificaciones y la regla de tres simple, para poder
sostener una conversación coherente con la familia real. No sé a ciencia cierta si
habrá perdido el tiempo con estas ciencias, pero lo que sí es seguro es que su
madre no volvió a pasar penurias económicas hasta el fin de sus días.

EL GAITERO Y EL LEPRECHAUN
ace ya tanto tiempo que la memoria se niega a reconocerlo, vivía en el
pueblo de Dunmore, en el condado de Galway, Irlanda, un hombre
bastante falto de luces que, a pesar de su absorbente afición a la música
y de ser un gaitero medianamente bueno, en su vida había sido capaz
de aprender otra tonada musical que no fuera "An róg-haira dubh".1 Sin
embargo, con ella solía hacerse de algunas monedas de los parroquianos de las
tabernas, que se divertían con sus patéticos pasos de baile y las intencionadas
palabras de la canción.
Una noche en que el gaitero regresaba a su morada, después de haber
interpretado media docena de veces su única canción en su taberna preferida,
llamada "An derugrânoniâ" (Las bellotas), la consabida carga de buen whisky
irlandés en sus entrañas hizo que, al cruzar por el cementerio, quizás un poco
inseguro por el entorno, presionara el fuelle de la gaita y comenzara a tocar por
séptima vez la única canción que conocía.
Pero sus temores demostraron no ser infundados; apenas había recorrido la
mitad del trayecto, cuando un leprechaun,2 surgido de entre las raíces de un
enorme roble, cayó sobre él y lo derribó, de tal modo que Swenû3 —que tal era el
apodo del gaitero— quedó debajo del duende, que lo sujetaba fuertemente el cuello,
apretando la gaita, que emitía un sonido quejumbroso.
—¡Malhadado seas, duende asqueroso; déjame ir a mi casa! Tengo cuatro
monedas de diez peniques para entregarle a mi pobre madre, que las necesita para
comprar tabaco en polvo.
—Si haces lo que yo te digo, no necesitarás preocuparte por tu madre —le dijo el
leprechaun—. Ahora vamos a irnos de aquí, y si no te mantienes bien aferrado, te
caerás y te romperás todos los huesos de tu cuerpo, y también se romperá la gaita,
y eso será lo peor. Mientras volamos, toca el "Oinowirî"4 para mí.
—¡Es que no la sé!
—¡No me importa si la sabes o no! —gritó el leprechaun—; tú toca, y no te
preocupes de lo demás!
El gaitero, atemorizado, llenó de aire la bolsa y comenzó a tocar, aunque sin
saber muy bien qué hacer con sus dedos; sin embargo, mientras transcurrían los
minutos, la música brotaba con tanta fluidez que él mismo se encontraba
embelesado.
—¡Pues sí que habías resultado un buen maestro de música —dijo entonces al
leprechaun—; pero dime, ¿a dónde nos dirigimos?
—Esta noche hay una importante fiesta en el castillo de la Reina Lean Banshee,5
en la cima de Chroagh Patrick —le informó el leprechaun—, y quiero que toques en
ella; te doy mi palabra que volverás a casa bien recompensado por tus molestias.
—¡Caramba! Si va a resultar que, al final, me vas a ahorrar un viaje —dijo el
gaitero—, porque resulta que el padre Arragh me puso como penitencia una ida a
Chroagh Patrick por haberle robado su ganso blanco preferido el día de Beltayne.6
Ya en buena connivencia, ambos viajaron juntos, con la rapidez de un
relámpago, a través de montes, marismas y llanuras, hasta llegar a la cima de
Chroagh Patrick; una vez frente al castillo de la Reina Banshee, el leprechaun

golpeó tres veces con sus nudillos, y el gran portón se abrió, franqueándoles el paso
hacia una gran habitación. Allí, Swenû vio una enorme mesa de roble, con cientos
de ancianas sentadas alrededor; una de ellas, con un porte real que la distinguía de
las demás, se levantó de su sitial y dijo:
—Que tengas mil bienvenidas, leprechaun na Samhain.7 ¿Quién es el invitado
que has traído contigo?
—Pues, ni más ni menos que el mejor gaitero de Erín —contestó el duende.
Al escuchar esto, una de las ancianas dio un golpe en la mesa, con lo cual se
abrió una puerta en una de las paredes y de ella surgió, ante el estupor del gaitero,
¡el mismo ganso blanco que él había robado al padre Arragh para la fiesta de
Beltayne!
—¡Por mi alma! —exclamó Swenû— . Pero si mi madre y yo mismo nos comimos
hasta el último hueso de esa ave; sólo dejamos un muslo, que mi madre le dio a
Moyrua (la pelirroja Mary), y que fue el causante de que el padre Arragh se enterara
de que yo había robado su ganso.
El ganso, demostrando estar más vivo de lo que el gaitero pensaba, retiró los
platos y limpió la mesa, y entonces el leprechaun
dijo:
—Toca algo de música para estas agradables
damas.
La velada transcurrió sin otros incidentes, con
Swenû tocando y cantando canciones que jamás
había aprendido en su vida, y las ancianas damas
bailando hasta que ya no pudieron dar una paso.
Entonces el leprechaun dijo que había que pagar al
gaitero, y todas y cada una de las banshees
depositaron una moneda de oro en su bolsa.
—¡Por los dientes de San Patricio! —exclamó
Swenû —. ¡Soy más rico que el hijo de un rey!
—Ven conmigo —le dijo el leprechaun—, y yo te
regresaré a tu casa.
Pero en ese instante, cuando el gaitero estaba a
punto de subir a las espaldas del leprechaun, el
ganso que había atendido el servicio de la mesa (el
mismo que él pensaba haberse comido en la fiesta
de Beltayne) se acercó a él y le entregó una gaita
nueva. Luego, él y el leprechaun se marcharon y, al
llegar a Dunmore, el duende dejó al gaitero sobre el pequeño puente y le dijo que
regresara a su casa, agregando:
—Ahora, además de algunas monedas de oro, tienes dos cosas más: ciall agus
eól (conocimientos de música) y muchas canciones nuevas; aprovéchalas.
Contento como unas pascuas, Swenû corrió hasta su casa, abrió la puerta y
llamó a su madre a gritos:
—¡Déjame entrar; tengo una fortuna en mi bolso y soy el mejor gaitero de Erín!
—Como de costumbre, estás borracho —contestó la madre.
—Pues verás que no —alegó Swenû—. Da la casualidad de que, en esta ocasión,
ni una gota ha pasado por mi garguero.
La mujer abrió la puerta del dormitorio y él le dio las monedas de oro. A

continuación le dijo, exultante:
—Ahora espera a escuchar la música que voy a interpretar para ti.
Acunó la nueva gaita bajo su brazo y comenzó a soplar, pero, en lugar de
música, se escuchó una terrible barabúnda, como si todos los gansos y patos de
Irlanda estuvieran gritando al mismo tiempo. El horrible sonido despertó a los
vecinos, que comenzaron a reclamarle silencio y luego a burlarse de él, cuando
descubrieron que el alboroto procedía de su propia gaita.
Desesperado, cambió la nueva gaita por la vieja, y de ella surgió una melodía
maravillosa que calmó como por arte de magia el enojo de sus vecinos, y cuando se
hubieron sosegado, les contó con detalles todo lo sucedido aquella noche.
Al día siguiente, Swenû fue a ver al padre Arragh y le contó su historia con el
leprechaun, pero el cura se negó terminantemente a aceptar una sola palabra de su
relato, hasta que comenzó a tocar la gaita y los chillidos de gansos y patos
amenazaron con dejarlos sordos a ambos.
—¡Vete de mi vista, ladrón de gansos! ¡No te conformas con comerte mi ave,
sino que también quieres burlarte de mí!
Pero el gaitero no le hizo el menor caso, y tomó su gaita vieja, para demostrar al
párroco que su relato era verídico; y en cuanto comenzó a tocar su antiguo
instrumento, sonó una música maravillosa y, desde aquél día hasta que su brazo ya
no tuvo fuerzas para presionar el odre de la gaita, nunca hubo en ningún condado
de Erín un músico tan solicitado como Swenû, El Gaitero.

LOS GNOMOS DE COVA DA SERPE
egún cuentan las antiguas leyendas gallegas, cuando la Serra da Cova
da Serpe,1 en la región de la Coruña, se cubre de nieve, los lobos,
arrojados de sus cubiles por el hambre y el frío, bajan en manadas por
los faldeos, y más de una vez se los ha oído aullar en coros pavorosos,
no sólo en los caminos, aterrando a los viajeros, sino hasta en las calles
mismas de los pueblos, donde los habitantes se encierran en sus casas a cal y
canto. Pero no son precisamente los lobos los merodeadores más terribles de la
Cova da Serpe; en sus riscos superiores, en sus cimas desoladas y sus cuevas
interminables, pululan unos espíritus diabólicos que por las noches bajan en
enjambres por las laderas, juegan en las aguas de las fuentes y arroyos y se
hamacan en las ramas de los árboles desnudos.
Ellos, y no otros, son los que aúllan a coro con los lobos, empujan inmensas
bolas de nieve que bajan rodando desde los picos más altos, arrollando todo lo que
encuentran en su camino, y los que bailan y corren como llamas azules, rojas y
amarillas, sobre la superficie de los pantanos.
Entre estos espíritus diabólicos que, arrojados de los llanos y los lugares
poblados por los exorcismos de la Iglesia, se refugiaron en las cuevas más altas, los
hay de diversas familias y, como tales, se aparecen ante nosotros con formas y
tamaños diferentes. Sin embargo, los más detestables y malévolos de todos ellos,
los que se insinúan con frases seductoras, conquistando el corazón de las jóvenes
son, sin duda alguna, los gnomos. Estas pérfidas criaturas viven en las entrañas de
los montes, conocen a la perfección sus cuevas y senderos interiores, y cuidan
celosamente los tesoros que las rocas encierran en su seno, entre los que pueden
contarse las vetas auríferas, los yacimientos de metales preciosos y los
innumerables depósitos de piedras preciosas.
Según cuenta un antiguo relato de esta región de la Serra da Cova da Serpe un
joven pastor, tratando de recuperar a una de sus ovejas extraviadas, penetró en
uno de esos antros, horrorosos y magníficos a la vez, con sus bocas disimuladas por
espinosos matorrales y cuyo fin no fue visto nunca por hombre alguno. Cuando
ingresó a la cueva, el pastor era un hombre joven, garboso y atezado, pero cuando
regresó del interior de la montaña, su rostro se encontraba pálido como la muerte y
su cabello había encanecido como el de un anciano. Había descubierto el secreto de
los gnomos; había respirado la fétida y ponzoñosa atmósfera de sus cubiles, y pagó
su atrevimiento con un envejecimiento prematuro. Pero en lo que le quedó de vida
pudo referir a quien quisiera escucharlo lo que había visto, y su historia fue
transmitida de padres a hijos desde incontables generaciones.
De acuerdo con lo que él mismo narró, se internó caverna adelante, hasta llegar
por último a unas interminables galerías que descendían abruptamente hacia las
entrañas de la tierra; estos enormes pasadizos estaban alumbrados por un fulgor
misterioso y fantasmal, producido, al parecer por la fosforescencia de innumerables
trozos de gemas cristalinas, de todas las formas exóticas e inverosímiles que
ninguna mente humana podría haber imaginado.
El piso, las paredes y el curvo techo abovedado de los inmensos salones en que

se abrían de tanto en tanto las galerías, se veían jaspeados por estrías de colores
diversos, como los mármoles más finos, pero las vetas eran de oro y plata, y en
ellas aparecían incrustadas infinidad de piedras preciosas entre las que podían
identificarse rutilantes diamantes, rubíes rojos como la sangre, verdes esmeraldas,
zafiros, topacios y muchas otras piedras desconocidas, que el pastor sólo pudo
describir diciendo que sus ojos se habían encandilado al contemplarlas.
El más absoluto silencio lo acompañó durante su descenso por aquellos
interminables pasadizos; ningún ruido, excepto el de sus pasos, rebotaba en sus
anfractuosidades y, a intervalos irregulares, unos gemidos prolongados y
lastimeros, provocados por un viento de origen desconocido que circulaba a lo largo
de aquel intrincado dédalo de corredores. Escuchando con más atención, el pastor
también pudo percibir el susurro de aguas corrientes que discurrían por las paredes,
y el rumoreo desconcertante de un río de lava subterráneo que hervía debajo de la
roca que pisaban sus pies.
El joven, solo y perdido en aquel laberinto inverosímil, caminó durante largas
horas sin poder encontrar una salida, hasta que finalmente descubrió el manantial
cuyo rumor había escuchado tiempo antes. Encontró el arroyuelo tras un recodo de
la gruta, que brotaba de una de las paredes como una fantástica cascada de plata
coronada de espuma, y corría por el piso descendente, produciendo un murmullo
cristalino al acariciar sus aguas las peñas y las grietas de la roca viva. En sus
márgenes crecían plantas desconocidas que el pastor, a pesar de haber vivido toda
su vida en la región, no pudo siquiera identificar; algunas de ellas, que salían a
través de las fisuras de las piedras, tenían una extrañas hojas anchas y carnosas, y
otras, que se arraigaban dentro mismo del arroyo, eran finas y delgadas como
cintas que ondulaban con los movimientos del agua.
Entre estas plantas se movían unos seres extraños que, en algunas ocasiones
parecían humanos de corta estatura y gran deformidad, en otras grandes
salamandras refulgentes y un momento
más tarde se transformaban en efímeras
llamaradas multicolores que danzaban en
locas espirales sobre las plantas. En esas
criaturas, el pastor identificó aterrado a los
gnomos que, desplazándose por los
corredores de piedra, corriendo como
enanos patizambos y deformes, siseando y
arrastrándose como reptiles o trepando por
las paredes y corriendo sobre la superficie
del agua en forma de fuegos fatuos,
extraían y atesoraban sus fabulosas
riquezas. Aún en medio de su terror, el
joven recordó lo que las leyendas cuentan
de aquellas entidades diabólicas: son ellos
los que conocen los escondrijos donde los
avaros entierran sus tesoros y que sus
herederos luego buscan en vano; son ellos
los que saben dónde los moros dejaron sus
botines al ser expulsados de España; son
ellos, y no otros, los que localizan y roban

las alhajas y valores que se pierden y luego los ocultan en sus guaridas
subterráneas, porque son los únicos que pueden transitar por aquellos corredores
malsanos.
Allí, escondido entre las hojas carnosas, el pastor pudo comprobar la existencia
de objetos exóticos y de costo inapreciable, entre los que podían verse copas
cinceladas en oro y plata, con incrustaciones de piedras preciosas; ánforas de los
mismos metales, ricamente trabajadas y colmadas de rubíes, diamantes y
esmeraldas; collares y diademas de perlas y gemas, y arcenes enteros llenos de
monedas con formas y caracteres imposibles de reconocer; tesoros, en definitiva,
tan incalculables y fantásticos que la razón se negaba a aceptarlos. Y todas aquellas
riquezas brillaban con tal intensidad, que el pastor relató que parecía que todo el
aire estaba lleno de chispas de colores y que la caverna misma se encontraba en
llamas, y las imágenes rielaban como a través del calor de una hoguera.
Y fue entonces cuando la codicia comenzó a disipar el miedo del pastor, quien,
deslumbrado por la contemplación de tantas joyas, cada una de las cuales lo
enriquecería de por vida, intentó recoger algunas de ellas, cuando, a pesar del
bramido del río de lava, la profundidad de la roca, el rumor del arroyo y las
risotadas de los gnomos, llegó hasta sus oídos el repique de la campana de la
ermita del pueblo, llamando a los fieles a la oración de la tarde. Al oír su clamor, el
pastor, que ya había sido visto por los gnomos y estaba a punto de ser alcanzado
por ellos, cayó de rodillas, encomendándose a la protección de la Virgen de Cova da
Serpe, patrona de la iglesia. Y así, en un abrir y cerrar de ojos, y sin saber a ciencia
cierta cómo ni por qué medio, se encontró repentinamente fuera de la cueva, tirado
a un costado del camino que conducía al pueblo, y aturdido como si hubiera salido
de un largo sueño.
Desde entonces, los lugareños de la Serra da Cova da Serpe saben por qué la
fuente del mercado trae a veces en sus aguas restos de un finísimo polvo de oro y,
en ocasiones, en el murmullo que causa se mezclan palabras y suspiros confusos
pero sugestivos, que los gnomos vierten en ellas, para seducir a los ingenuos y
avariciosos que los escuchan, prometiéndoles riquezas que terminan por ser su
perdición.

LA BELLA JANEY Y EL PRINCIPE SlTH
egún cuenta la leyenda, Lady Janet, hija de un ahora anciano rîxs1 de la
región de Connacht, en la verde Erín, era una hermosa joven que residía
con sus padres en su castillo de Drumooggy, en las márgenes del Lough
Corrib. La princesa, quien a sus jóvenes 17 años aún no había conocido
la embriaguez del amor, se dirigía, en una ocasión, a visitar a su
hermana, que por ese entonces residía con su esposo, Señor de las Islas Remotas
(Hébridas), cuando encontró junto a la fuente de Cauterhaugh a un sith2 que había
sido malherido de un flechazo en el cuello por un malvado cazador. .
Inmediatamente, la hermosa joven, que era versada en las artes de la sanación y la
magia blanca, cortó y retiró el astil, y dio a beber al sith una pócima que preparó
con algunas hierbas recogidas en los alrededores. Una hora más tarde, Tam Lin —
que tal era el nombre del sith— se había recuperado por completo, y la princesa
pudo conversar extensamente con él.
—Me has salvado la vida —dijo Tam Lin— y ahora te pertenezco. Estaré siempre
cerca de ti, para satisfacer tus deseos y tus caprichos, aunque deba dar mi vida
para ello. Solamente deberás hacer sonar esta campanilla —agregó, entregándole
un pequeño dije en forma de campana— y de inmediato estaré junto a ti, te
encuentres donde te encuentres.
—De ninguna manera deseo que mueras por mí —respondió Lady Janet—, pero
agradezco tu regalo, porque nos permitirá volver a vernos; además, me permitirá
recordar por siempre nuestro encuentro, aunque sin él tampoco podría olvidarlo.
Todo el resto del día y la noche pasaron juntos ambos jóvenes, y a la mañana
siguiente la comitiva continuó su viaje, y Lady Janet pudo al fin completar la visita a
su hermana; sin embargo, durante todo ese tiempo, la princesa se mostró
ensimismada y ausente, como si su cabeza se encontrara en otro lado.
—Janet —le dijo su hermana, cuatro semanas después de su arribo y pocos días
antes de su partida—; hace ya tiempo que no nos vemos, pero estoy segura de que
algo está inquietando esa cabecita tuya. ¿Hay algún galán por allí que haga latir tu
corazón y no te corresponda, o que no se anime a declararte su amor? —le
preguntó.
—Lo siento, Mildred, pero ni siquiera yo sé exactamente lo que me pasa —
respondió la princesa, y a continuación le contó todos los detalles de su episodio con
el sith—. Creo que lo amo, y con él he conocido el éxtasis, pero nuestras existencias
son tan dispares, que no puedo imaginarme que puedan unirse.
—Cabe una posibilidad —apuntó su hermana—; no es la primera vez que la
"gente pequeña" transforma a la gente en seres como ellos, ya sea por capricho o
por castigarlos por alguna acción en contra de ellos.
—¿Y cómo podría asegurarme de ello?
—Es muy simple: ¡convócalo y pregúntaselo! —la urgió su hermana Mildred.
—No me gustaría obligarlo a presentarse aquí. Haré algo mejor; volveré al lugar
donde nos encontramos y lo llamaré.
Días más tarde, la princesa regresó a la fuente y allí agitó la campanilla que Tam
Lin le había regalado. Al instante, el sith compareció ante ella, preguntándole:

—¿Puedo servirte en algo, princesa? Mi más ardiente deseo es hacer algo por ti,
porque te amo y te amaré por siempre, pero nuestras aparentes diferencias físicas
parecen separarnos en forma irrevocable.
—¿Por qué dices "aparentes"? Dime, ¿eres realmente un gnomo o un ser
humano? Te lo pregunto porque estoy embarazada, y quiero saber si el padre de mi
hijo es un sith o una persona. Siento que te amo, pero necesito saber qué eres.
—Janet, verdaderamente soy un ser humano; soy el príncipe heredero del reino
de Carrick, pero en cierta ocasión, mientras cazábamos en compañía de unos
amigos, mi caballo cayó y, repentinamente y sin saber cómo, me vi prisionero de la
reina de las hadas. Ella se enamoró de mí y, como yo no le correspondía, me
transformó en un sith para que, con el tiempo, adquiriera sus costumbres y la
aceptara. —¡Mi adorada Janet —continuó Tam Lin, suspirando—, si tú quisieras,
podrías salvar nuestro amor!

—¿Cómo podría hacerlo? ¡Sólo dime cómo y lo haré, pues ya no podría continuar
viviendo sin ti!
—Mañana, en la noche de Samhain, ve al cruce de este camino con el que
conduce a Derrinkee, y espera junto a la fuente de Counternaugh a que yo pase en
el cortejo de la reina, montado en un caballo blanco, vestido con una armadura
blanca y con el pelo cubriéndome el rostro. También llevaré un guante en la mano

izquierda, y la derecha desnuda. Si puedes detener el caballo y me abrazas para
ayudarme a bajar de él, quedaré libre. Sin embargo, te advierto que, mientras me
sostengas en tus brazos, primero me convertiré en una salamandra, luego en una
serpiente y, finalmente, en una pantera; pero, descuida, ninguno de ellos te herirá.
Luego me convertiré en un hierro candente que sí te quemará la mano, y al cual
deberás arrojar al agua; procura tener una manta a mano para taparme cuando
salga de la fuente, para que la reina de las hadas no me reconozca.
Deseosa de recuperar a Tam Lin, Lady Janet se apostó junto a la fuente y, al día
siguiente, cumplió al pie de la letra sus instrucciones. Entonces, el joven gnomo
recuperó su estatura y porte original, convirtiéndose en un esbelto príncipe que, a
pesar de la maldición proferida por la reina de las hadas, compartió, de allí en más,
la vida de la princesa, y se convirtió, a su debido tiempo, en el Señor de Connacht,
gobernando con justicia y equidad los dos reinos que habían unificado con sus
esponsales.

LA LARGA VIDA DE OSSYAN
e acuerdo con una antigua leyenda irlandesa, Ossyan, el
bardo/guerrero hijo de Finn McCumhall,1 alcanzó la edad de trescientos
años, y así es como él mismo relató sus andanzas, al regreso de
Tirnanoge:2
Luego de acallarse los últimos ecos bélicos de la batalla de Gavra,
donde cayeran tantos de nuestros hombres, estábamos con un grupo de guerreros
fianna cazando en la ribera oeste del Lough Lein, una hermosa mañana de
primavera cuando, mientras galopábamos tras un enorme ciervo de ocho puntas,
divisamos a un jinete que avanzaba hacia nosotros, proveniente del oeste. Mirando
atentamente, pudimos ver que se trataba de una mujer, montada sobre un
magnífico y brioso potro blanco como la nieve. Tanto mi padre, Finn, como el resto
de la comitiva —incluido yo, por supuesto— quedamos tan sorprendidos ante la
presencia de tan hermosa doncella, que el ciervo escapó rápidamente, perdiéndose
en la espesura del bosque de Athlone.
La bella y desconocida joven, pues no tendría más de diecisiete años, vestía un
suntuoso vestido negro, salpicado de estrellas de oro rojo, y ceñía su talle con una
cadena del mismo metal. Su cabello dorado, que caía en cascada por su espalda,
cubriendo en parte el respaldar de la silla, estaba ceñido en su frente por una
diadema, también de oro, guarnecida de esmeraldas y rubíes. Sus ojos celestes
eran tan límpidos y claros como dos gotas de rocío y, mientras su mano diminuta y
marfilina sostenía las riendas de seda recamadas en oro, se mantenía erguida sobre
la silla con más gracia que los cisnes de Lough Lein. El blanco corcel estaba cubierto
con una fina gualdrapa de seda roja, y en toda Erín no habría podido encontrarse un
potro más hermoso ni mejor plantado que aquél.
Al llegar junto a nosotros, la doncella se dirigió a Finn con una voz tan dulce y
gentil como ninguno de nosotros había oído jamás:
—Finn McCumhall, rey de los fianna, he llegado aquí luego de un muy largo y
cansador viaje, ya que mi país se encuentra al otro lado de Erín, en el Mar
Occidental. Soy un hada, pero también soy la hija del rey de Tirnanoge, la princesa
Niamh, La de los Cabellos de Oro.
—¿Y cuál es la causa que te ha hecho venir desde tan lejos, atravesando el mar
y toda Irlanda? ¿Te ha abandonado tu esposo? ¿O quizás has tenido algún otro
inconveniente peor?
—Mi esposo no podría haberme abandonado, porque jamás tuve uno, ni estuve
comprometida con hombre alguno. Pero mis poderes mágicos me han permitido
conocer a tu hijo Ossyan y me he enamorado de él; eso es lo que me ha traído a
Erín. Sin embargo, no creas ni por un minuto que mi amor se debe simplemente a
un capricho o un impulso; mis poderes, como te he dicho, me permitieron apreciar
su valor en la batalla, su gentileza, su bondad y su condición de caballero sin tacha,
y esto me ha llevado poco a poco a enamorarme de él. Créeme que no me ha sido
fácil decidirme; muchos príncipes y nobles de mi padre han solicitado mi mano en
matrimonio, pero jamás he aceptado sus propuestas, ni he permitido que mi padre
lo hiciera, hasta que comprendí que mi corazón sólo podría latir por tu gentil hijo

Ossyan.
Al contemplar y escuchar a la hermosa doncella pronunciar estas palabras, sentí
mi pecho inflamado de amor por ella; acercándome, tomé su blanca mano y le
murmuré, desde lo más profundo de mi corazón, que era una dulce estrella, plena
de brillo y de hermosura, y que, de allí en más, no podría existir otra mujer en mi
vida.
—Entonces te impongo un geis3 que los héroes auténticos jamás violan: me
acompañarás en mi corcel hasta Tirnanoge, el país de la eterna juventud —dijo la
rubia Niamh—. Es la más placentera y atractiva de todas las regiones del orbe; allí
abundan las joyas y los metales preciosos, pero nadie los atesora, porque no son
necesarios. Las plantas fructifican todo el año y el alimento se obtiene sin esfuerzo
alguno. Te proporcionaré los caballos, los sabuesos, las ropas y las armas que tu
capricho te dicte, entre ellas una arma dura y una cota de malla que no pueden ser

traspasadas por arma alguna, y una espada templada mediante un hechizo, de la
cual ningún hombre ha escapado vivo. Obtendrás majadas incontables de ovejas
con vellocino de oro, rebaños enteros de vacas que te proporcionen su carne y su
leche, y cientos de arpistas y gaiteros que te acompañen en tus relatos. Miles de
guerreros estarán bajo tu mando, y ostentarás el escudo que mi padre, el rey de
Tirnanoge tiene reservado para ti, y que te protegerá en las batallas y todos los
peligros que puedan surgir en tu camino. Por tu cuerpo no pasará el tiempo, y no
sufrirás la degradación de la vejez y las enfermedades; serás eternamente joven y
tu actual fuerza y gallardía no te abandonarán jamás. Gozarás de todos estos
beneficios y muchos más, que sería demasiado largo enumerar, y yo seré tu
esposa, si aceptas venir conmigo a Tirnanoge.
—No habría sido menester que me mencionaras todas esas maravillas, ni que me
pusieras el geis para inducirme a ir contigo a cualquier lugar, ya sea de este mundo,
de otro, o al mismo infierno, si fuera necesario. Desde el momento mismo en que

mis ojos se posaron en tu hermosura, tú eres la única mujer para mí. Te
acompañaré extasiado al País de la Juventud.
Cuando mi padre y los fianna me oyeron pronunciar estas palabras, lanzaron un
grito de pena al comprender que los abandonaría, y Finn, acercándose, estrechó
fuertemente mi mano, diciendo con tristeza:
—¡Ossyan, hijo mío, nos abandonas a todos, y algo en mi corazón me dice que
no volverás mientras haya vida en nuestros cuerpos!
—Finn, amigo y padre mío, no os preocupéis por algo que ya se ha repetido
cientos de veces. En muchas ocasiones he estado separado del hogar, en batallas y
conquistas, y siempre he regresado. ¡Esta vez no será distinta de aquéllas! —Pero
algo en mi interior hizo que mirara fijamente el hermoso y viril rostro de mi padre,
empañado por el dolor, porque yo también presentí que no volvería a verlo vivo.
Nos abrazamos estrechamente y luego me despedí de mis amigos y camaradas
de armas y de cacerías, mientras la bella Niamh se movía hacia adelante en la silla,
haciéndome lugar a sus espaldas; monté, y la doncella dio una orden a su corcel,
que partió rumbo al oeste con un galope fácil y sereno hasta que, luego de cruzar
todo el territorio de Erín, llegamos a la orilla del Mar Occidental. Allí, cuando sus
herraduras de oro tocaron las aguas, se detuvo sólo un instante y relinchó tres
veces, pero a una nueva orden de Niamh, reanudó su sostenido galope, esta vez
por sobre la cresta de las olas, a una velocidad que ni la más ligera de las barcas
habría alcanzado bajo el impulso de un viento huracanado.
Inmediatamente perdimos de vista la costa; ante nuestra mirada sólo podían
distinguirse olas y más olas, rompiendo unas contra otras en feroces marejadas
que, sin embargo no nos mojaban ni afectaban en lo más mínimo. Aparecieron otras
costas y otros continentes, y pronto fueron quedando atrás uno tras otro; a nuestro
paso, sin embargo, fueron desfilando escenas prodigiosas: pueblos y ciudades
gigantescas; mansiones blancas como la nieve, rodeadas de maravillosos jardines, y
casas pequeñas y humildes, desde las cuales nos saludaban sus moradores,
ocupados en sus labores. En una oportunidad cruzó ante nuestra vista un fuerte
ciervo de grandes cuernos, que saltaba ágilmente de la cresta de una ola a la
próxima y, siguiéndole el rastro de cerca, en actitud de caza, un enorme sabueso
blanco de rojas fauces. Vimos también pasar a una joven doncella, de singular
hermosura, que llevaba una manzana de oro en su mano y cabalgaba un palafrén
tordillo, y, junto a ella, un gallardo guerrero jinete en un brioso potro negro; luego,
ambos se sumergieron en las aguas, mientras la roja capa de la niña revoloteaba,
juguete de las olas.
Sintiéndome azorado por la contemplación de todas aquellas maravillas, pedí a
mi amada que me explicara su significado, pero ella quitó importancia a lo que
estábamos contemplando:
—No te dejes impresionar por estas imágenes, Ossyan; todos estos portentos no
son nada comparados con lo que verás en Tirnanoge.
Algún tiempo más tarde pudimos ver a la distancia una nueva costa y allí, sobre
un empinado risco, el palacio más hermoso que hubiera visto en mi vida; sus torres
y sus minaretes fulguraban bajo el cálido sol de la mañana como si fueran de oro.
Pregunté a Niamh a qué casa real pertenecía aquella maravilla, y qué reino era
aquél, y ella me respondió:
—Esa es la Isla de las Virtudes. Su rey es un gigante formaré 4 de nombre
Ardiûs, que en su lengua significa "el más alto de todos". Su esposa, la reina, es la

hija del rey de la Tierra de la Vida, a la que Ardiûs se llevó por la fuerza de su
propio país y la retiene prisionera. Sin embargo, ella le impuso un geis, por el cual
el formoré no puede desposarla ni hacerla suya hasta que aparezca un campeón
que luche contra él en un combate individual; si el gigante gana, ella deberá
convertirse en su esposa, y quedará libre si el forastero vence en la lid.
—Jamás he escuchado música alguna que suene tan melodiosa y embriagante
como tu voz; ¡que Dios te bendiga por ella, mi hermosa Niamh! —le dije, porque
repentinamente sentí la necesidad de hacerlo así—. Me agrada tanto escucharte,
que por un instante casi paso por alto las penurias que debe de estar pasando esa
princesa. Pero, si tú me lo permites, dueña mía, deseo ir a ese palacio, para
enfrentarme con ese formoré y liberar a la dama.
—Esas, y no otras, son las palabras que esperaba salieran de tus labios —
respondió Niamh. De modo que llegamos a tierra y, cuando nos aproximábamos a
palacio, salió a nuestro encuentro la joven y bella cautiva, que nos dio la bienvenida
y nos condujo al interior, donde nos invitó a sentarnos en sendas sillas de oro y
plata. Luego nos sirvieron un opíparo banquete con exquisitas viandas y
cornucopias llenas de hidromiel y metheglyn,5 al término del cual la princesa abordó
el tema de su cautiverio y nos narró con más detalles lo mismo que yo ya había
escuchado de labios de Niamh. Al terminar, mientras las lágrimas corrían por sus
rosadas mejillas, se lamentó diciendo:
—¡Jamás podré regresar a mi tierra ni volveré a ver a mis padres, mientras ese
cruel y gigantesco formoré siga viviendo!
—Seca ya tus lágrimas y tranquilízate —la consolé, sintiéndome conmovido hasta
lo más profundo de mi ser—. Yo enfrentaré a ese vil gigante, y lo mataré o caeré
muerto en tu defensa —agregué, estrechando su mano para sellar mi promesa.
En ese preciso instante escuchamos unos pesados pasos que se acercaban, y el
portal del salón se ocupó casi completamente con el corpachón de Ardiûs, que
llevaba sobre sus hombros un lío de pieles de ciervo y un enorme garrote de roble
en su mano derecha. Al vernos, arrojó al suelo su carga de pieles y, sin saludarnos
siquiera, echó a la princesa una mirada amenazante y me desafió a luchar
inmediatamente.
En lo que a mí respecta, jamás me ha inquietado una provocación, ni me
asustaba aquel enemigo en particular, por muy grande y terrorífico que pareciera,
así que me lancé al combate de inmediato, sin ningún temor en mi corazón; sin
embargo, aunque en mi vida había librado infinidad de batallas en Erín, ya fuera
contra invasores extranjeros, animales feroces y hechiceros malignos, jamás me
había costado tanto enfrentar a un enemigo. Luchamos sin detenernos durante tres
días con sus correspondientes noches, sin dormir, sin comer y sin beber, pues el
formoré parecía incansable, y yo no estaba dispuesto a dar el brazo a torcer. Al
cabo del tercer día, cuando miré a las dos princesas, abrazadas y con los ojos
desorbitados por el temor, evoqué las formidables hazañas guerreras de mi padre y
decidí que no podía deshonrar su nombre, pereciendo a manos de aquel ser vil y
despreciable. Entonces, sacando fuerzas de flaqueza, lancé una fulminante
embestida, arrojando al formoré por tierra y, antes de que pudiera recuperarse, le
seccioné el cuello, separando la cabeza de su tronco.
¡Cuál no sería la alegría de las princesas al ver al monstruo muerto, tendido
sobre las losas del patio! Profiriendo gritos de regocijo, corrieron hacia mí y me
condujeron al interior del palacio porque, es preciso reconocerlo, yo tenía heridas y

magullones en todo el cuerpo y, ahora que la excitación de la lucha había cesado,
sentía vahídos y estaba a punto de desmayarme. Pero cuando Aileen —que así se
llamaba la hija del rey de la Tierra de la Vida— me aplicó un ungüento y me dio a
beber una pócima de hierbas, me recuperé rápidamente y, en poco tiempo más, ya
estaba en posesión de todas mis facultades físicas.
Al día siguiente cavé una tumba suficientemente amplia y sepulté en ella al
formoré, levanté con piedras un gran túmulo y coloqué sobre ellas otra roca con su
nombre grabado. Esa noche descansamos plácidamente y al alba Niamh me dijo
que era tiempo de partir nuevamente hacia Tirnanoge, de modo que nos
despedimos de Aileen, quien lloró de pena ante nuestra partida, hecho que nosotros
también lamentamos profundamente.
Una vez montados sobre el soberbio potro blanco, éste, a una orden de Niamh,
partió raudamente hacia el oeste, lanzó los tres consabidos relinchos al tocar sus
cascos el agua, y pronto no vimos a nuestro alrededor más que olas y espuma, y
nos adentramos en el mar azul y transparente con la ligereza y la suavidad del
viento de primavera sobre las colinas de Leinster. Volvimos a ver a la doncella de la
manzana de oro seguida por el joven guerrero, y poco después al ciervo perseguido
por el sabueso blanco. También volvimos a pasar junto a nuevas ciudades, islas
desconocidas y palacios de increíble arquitectura.
Repentinamente, ominosas nubes comenzaron a ocultar el sol, y pronto estalló
una terrible tempestad, iluminando el mar con sus constantes relámpagos; sin
embargo, aunque el huracán soplaba y se arremolinaba desde los cuatro horizontes,
y las olas rugían embravecidas a nuestro alrededor, el potro blanco proseguía
impertérrito su recta travesía, con la misma velocidad y seguridad que antes, sin
que las salpicaduras ni los rayos demoraran un ápice su marcha ni alteraran su
rumbo en lo más mínimo.
Tiempo después, cuando la tempestad amainó y el sol volvió a brillar sobre
nosotros, pude ver, a corta distancia, una tierra verde y florida, un país de herbosas
praderas, agrestes picos y azules lagos y cascadas. Junto a la costa, al pie de un
risco, divisé un palacio cuyo lujo y esplendor no desmerecía en nada al de la Isla de
las Virtudes. Todos sus tejados y cúpulas estaban enchapados en oro, y en sus
paredes, recubiertas de ónice, había engarzadas gemas de todo tipo y color,
formando hermosos diseños. A su alrededor podían verse acogedoras casas
construidas en diversos tipos de piedras por los arquitectos más hábiles que había
visto en mi vida. Le pregunté a Niamh el nombre de aquel país y me contestó con
una voz en que se notaba su orgullo:
—Este es mi país natal, Tirnanoge. En él encontrarás todo lo que te he
prometido, y muchas cosas más aún.
Tan pronto como hubimos llegado a tierra y desmontado, se acercó a nosotros,
viniendo desde el palacio, una comitiva de guerreros de noble apostura y suntuosas
vestiduras, que se apresuraron a recibirnos y darnos la bienvenida. Los seguía una
chispeante multitud, encabezada por Caerius, el rey y padre de Niamh, que lucía
una refulgente túnica recamada en plata y una rutilante corona de oro, con
esmeraldas, diamante y rubíes engarzadas en ella. A su lado la reina, acompañada
por un séquito de un centenar de doncellas, vestía una clámide blanca como la
nieve, bordada con hilos de oro y una diadema tan brillante como la corona de su
esposo. A pesar de haber visto muchos nobles en mi vida con Finn, me pareció que
aquella pareja real superaba largamente a cualquier otra del mundo en belleza,

gracia y majestad.
Una vez que los reyes hubieron besado a su hija y desahogándose de su larga
separación, Caerius tomó mi mano y se dirigió en alta voz a la multitud, que no era
otra cosa que la totalidad de los habitantes de la Tierra de la Juventud que habían
venido a saludar a su adorada princesa:
—¡Pueblo de Tirnanoge!, éste es Ossyan McCumhall, hijo de Finn McCumhall, por
quien mi hija y vuestra princesa cruzó el Mar Occidental hasta la verde Erín. El será
el esposo de Niamh, el hada de cabellos de oro. Valiente Ossyan —continuó,
dirigiéndose a mí—, te damos nuestra más calurosa bienvenida. En nuestro país te
espera todo tipo de placeres sin pecado, para disfrutar de los cuales serás
eternamente joven. Si has accedido a venir con ella es porque deseas que mi hija,
la gentil y dulce Niamh, sea tu esposa, y yo, el rey de Tirnanoge, así lo dispongo.
Agradecí sinceramente al rey sus palabras y besé la mano de la reina, después
de lo cual regresamos a palacio, donde encontramos servido un espléndido
banquete. Los festejos y las demostraciones de afecto del pueblo y los nobles
duraron diez días con sus noches, tras de los cuales Niamh y yo nos casamos.
Viví en el País de la Juventud durante algo más de tres años, pero al cabo de ese
tiempo, comencé a sentir un acucioso deseo de ver a mi padre Finn y a mis viejos
camaradas de armas, y pedí al rey y a mi adorada esposa que me permitieran
visitar Erín. El rey me dio su permiso, pero Niamh me dijo:
—No puedo hacer otra cosa que aceptarlo, pero con un profundo dolor en el
alma, porque mucho me temo que nunca volveremos a vernos.
—No debes albergar dudas ni temores de ninguna clase, porque los lazos que me
unen a ti son más fuertes que cualquier otro que jamás haya tenido sobre la tierra;
además, el corcel blanco conoce perfectamente el camino, tanto de ida como de
vuelta, y me llevará y me traerá de regreso sano y salvo. —Entonces ella pronunció
estas palabras, que en ese momento me parecieron muy extrañas, pero que no
tardaría en lamentar no haberlas comprendido:
—No puedo negarme a tu pedido, aunque tu viaje me ocasiona la inefable
congoja de saber que es casi seguro que no vuelvas a Tirnanoge. Erín no es ahora
el país que dejaste cuando vinimos aquí. Cuando llegues allí habrán transcurrido
trescientos años, y el gran rey Finn McCumhall y sus fianna habrán desaparecido;
en vez de ellos, encontrarás una multitud de sacerdotes cristianos, encabezados por
uno llamado San Patricio. Ahora, escucha bien mis palabras, pues de ello depende
que volvamos a vernos: si bajas una sola vez del corcel blanco, si por alguna
circunstancia pones un pie en la nueva Erín, jamás volverás a mí.
Le prometí —quizás sin asimilar en toda su profundidad el significado de sus
palabras— que no olvidaría sus consejos y que no me apearía del potro blanco por
ninguna razón. Mi alma se sentía agobiada al mirar su dulce rostro e intuir su pena;
pero, aun así, mi corazón palpitaba aceleradamente ante la idea de volver a ver a
Erín. Me despedí tiernamente de mi amada Niamh y ella reiteró su advertencia:
—Te suplico que lo tengas presente: si posas de nuevo los pies sobre la verde
hierba de Erín, jamás podrás regresar a este hermoso país.
Cuando monté el potro blanco, éste galopó en línea recta hacia el este, en
dirección al mar, y avanzamos tan rápidamente como antes sobre su superficie,
esta vez calma y tersa como la de un lago. El viento quedó a nuestras espaldas
mientras galopábamos sobre las olas, y volví a pasar, esta vez solo, junto a muchas
islas y ciudades, cruzándome con personajes ya conocidos, como el ciervo

perseguido por el sabueso y la doncella de la manzana dorada; incluso, desde lejos,
saludé a la princesa —ahora reina— de la Isla de la Virtudes, quien respondió mi
saludo desde una ventana de su maravilloso castillo.
Finalmente, tocamos tierra en las verdes riberas de Erín y, mientras atravesaba
todo mi país a lo ancho, miraba detenidamente a mi alrededor, pero tenía grandes
dificultades en reconocer los antiguos paisajes y lugares, porque todo parecía
extrañamente distorsionado. Llevado por mi extraordinario corcel, llegué finalmente
a Leinster, pero no vi rastro alguno de Finn y sus fianna, y las palabras de Niamh
comenzaron a cobrar un nuevo y aterrador significado en mi mente. Al llegar a los
alrededores de Alien, donde otrora se había erigido el palacio de mi padre, distinguí
a lo lejos a un grupo de pequeños hombres y mujeres, algunos de ellos montados
sobre caballos tan diminutos como ellos,6 y cuando me acerqué, me observaron con
gran curiosidad, asombrándose ante mi estatura y mi prestancia.
Alentado por su bienvenida, me di a conocer y les pregunté por Finn y sus
fianna, si vivían aún, o si habían sido aniquilados por algún enemigo o alguna
repentina catástrofe, y un anciano que parecía ser el más sabio del grupo me
respondió:
—Todos nosotros hemos oído hablar, de un modo u otro, del héroe Finn
McCumhall, que rigiera a los fianna de Erín en tiempos remotos, y cuyo valor y
sabiduría no tuvo igual en toda Irlanda. Los bardos y filidh7 han narrado sus
hazañas y las de sus fianna, pero todos ellos han desaparecido hace ya mucho
tiempo. También hemos oído decir que el hijo de Finn, llamado Ossyan, se fue con
una hermosa y joven hada a Tirnanoge, el País de la Juventud, y jamás regresó. Su
padre y sus amigos, que sufrían por su ausencia, trataron de localizar el lugar y
para ello fletaron innumerables expediciones, pero jamás fueron capaces de
ubicarlo.
Al escuchar estas palabras del anciano, mi alma se sintió agobiada por la pena y,
silenciosamente, aparté el caballo de aquella gente que me contemplaba asombrada
y me dirigí en línea recta hacia Alien, cruzando las verdes planicies de Leinster, en
las que tantas veces habíamos cazado ciervos con mis camaradas fianna. Pero al
llegar allí recibí la más amarga de las sorpresas, ya que encontré la colina desierta,
sin rastro alguno de los aldeanos que habían poblado el lugar, y el castillo de mi
padre en ruina y cubierto por la maleza.
Con renuencia, aparté lentamente el potro blanco de lo que había sido mi hogar
durante muchos años, y recorrí la región en todas direcciones, en busca de indicios
de quienes alguna vez —las palabras de Niamh martillaban amargamente mis
oídos— habían sido mis amigos. Sin embargo, lo único que hallé fueron pequeños
grupos de pobladores desconocidos, que me contemplaban con una actitud
desconfiada, y nadie reconocía en mí al hijo de quien había sido el rey absoluto de
aquella región. Visité todos los rincones que alguna vez habían regido los fianna,
pero todos sus feudos estaban como en Alien, solitarios e invadidos por la cicuta y
las ortigas.
En mi peregrinaje, finalmente arribé a Glenasmole, donde tantas veces cazara
con Edwin McEntyre, uno de mis camaradas fianna, y allí vi a un gran grupo de
gente reunida alrededor de una enorme roca. Tan pronto como me vieron, uno de
ellos se dirigió rápidamente hacia mí y me dijo:
—Poderoso héroe, a la primera mirada se ve que tú eres un hombre generoso y
de grandes fuerzas; te suplico que nos ayudes en este apuro, porque de lo contrario

muchos de nosotros vamos a encontrar la muerte aquí.
Acerqué mi caballo al centro del grupo y pude ver que trataban en vano de
desplazar una enorme piedra, lisa como una laja. Esta se hallaba semilevantada del
suelo por un extremo, y varios de los hombres se habían introducido debajo de ella,
pero no eran lo suficientemente fuertes para terminar de alzarla; peor aún, ni
siquiera eran capaces de soportar su peso mucho tiempo más, por lo que estaban
en un inminente peligro de ser aplastados por ella.
Mi primer sentimiento fue de vergüenza, al ver que tantos hombres fueran
incapaces de levantar una laja que mi amigo Edwin, de haber estado vivo, hubiera
tomado con una sola mano y la hubiera arrojado a mil yardas de aquella débil
muchedumbre. Sin embargo, después de haber comprendido el verdadero peligro
que corrían aquellas gentes, la piedad se impuso rápidamente a este sentimiento e,
inclinándome hacia adelante en la montura, tomé la piedra con la mano izquierda y
la levanté más de dos pérticas8 de su posición anterior, permitiendo así que los
hombrecillos abandonaran su peligrosa posición.
Pero aquel acto solidario significó mi perdición: el inusitado esfuerzo rompió la
cincha que sujetaba la silla de oro a la espalda de mi corcel y, al echarme hacia
adelante para evitar la caída, me vi repentinamente parado sobre mis dos pies;
¡parado precisamente sobre aquella tierra de Erín que mi adorada Niamh me había
anticipado que no debía pisar, so pena de no volver a verla nunca más!
El potro blanco, por su parte, apenas se vio libre de mi peso, corcoveó, lanzó un
prolongado relincho y partió con la velocidad de un relámpago, dejándome allí de a
pie, sumido en la más profunda desesperación al saber que ya no podría regresar
jamás a Tirnanoge.
Instantáneamente después de la partida del corcel blanco, un irreversible cambio
físico comenzó a producirse en mi cuerpo: mis cabellos rubios se convirtieron en
hirsutas guedejas de un gris ceniciento; mi vista se enturbió hasta no poder
distinguir mis dedos frente a mis ojos; mi rostro se transformó en una horrible
máscara surcada por arrugas y pústulas; perdí mis fuerzas hasta el punto de no
poderme tener en pie, y me desplomé al suelo, transfigurado en un anciano,
arrugado, casi ciego, marchito y enclenque.
Jamás volví a ver al corcel blanco, que sin duda debe de haber regresado a su
hogar; jamás recuperé mi juventud, mi vista ni mis fuerzas. Desafortunadamente,
tampoco me fue concedida la merced de la muerte, y así continué viviendo en esta
espantosa carcaza semihumana, recordando siempre la forma en que había
abandonado a mi padre Finn y mis compañeros de armas, y eternamente
acongojado por la pérdida de mi esposa Niamh, el hada de los cabellos de oro.

LA TRUCHA BLANCA
DE LOUGH FEAAGH
abía una vez, hace ya muchísimo tiempo, una joven y hermosa doncella
que vivía en un castillo, a orillas del Lough Feaagh, de la cual se dice
que era la prometida del príncipe de Inchagoill, con el cual iba a
desposarse el día de la fiesta de Samhain.1 Pero, repentinamente, el
príncipe fue asesinado y arrojado al lago y, desde luego, ya no pudo
cumplir con el compromiso de casamiento que hiciera a la bella Aidù, que así se
llamaba la bella joven.
A causa de esta decepción, y por ser frágil y tierna de corazón, Aidù enloqueció,
y pasaba el día entero llorando a su prometido, hasta que un día, sin que nadie
supiera cómo, desapareció, y los aldeanos atribuyeron esa desaparición a que las
ninfas de Lough Feaagh se la habían llevado a su reino subacuático, para que se
reuniera con su amado.
Sin embargo, poco tiempo después, en un arroyo próximo, cuyas aguas
desembocaban en ese lago, la gente comenzó a comentar la presencia de una
trucha completamente blanca, como jamás había visto nadie por aquella región. Y
así, año tras año, la trucha permaneció en el lago y los arroyos y ríos que
desaguaban en él, hasta que ni el más viejo de los moradores pudo recordar cuándo
había aparecido por primera vez.
Con el tiempo, la gente comenzó a pensar que aquella trucha debía de ser la
doncella, y que las ninfas la habían transformado en pez para que aguardara el
regreso del príncipe del reino del más allá, y así reunirse definitivamente con él en
las profundidades del lago. Y por ello, nadie le causó jamás daño alguno a la
pequeña trucha, hasta que llegaron a Inchagoill tres perversos mercenarios sajones,
quienes se rieron de los habitantes del pueblo, y se burlaron de ellos por creer en la
existencia de la "gente pequeña", y por pensar que ellos podían haber convertido en
pez a una persona. Luego, uno de ellos, envalentonado por la bebida, juró y perjuró
que pescaría a la trucha y se la comería en la cena.
Y por cierto que logró apoderarse de la trucha con una red; luego la llevó a su
campamento, avivó el fuego, sobre el que puso la sartén y, cuando estuvo caliente,
echó en ella al pobre pez, que aún estaba vivo.
Al caer en el aceite hirviendo, la trucha chilló como un cristiano y el maldito,
aunque se sorprendió un poco, rió a más no poder. Y cuando calculó que ya estaba
cocida de un lado, la dio vuelta para freiría del otro.
Y aquí llegó su primera sorpresa, porque, a pesar de haber estado un buen rato
en el aceite, el costado de la trucha no mostraba signo alguno de haber pasado por
el fuego. Intrigado, el mercenario pensó: "Seguramente ha pasado tanto tiempo en
las frías aguas del lago, que necesita más cocción; de cualquier manera, voy a darla
vuelta, y veremos qué pasa", sin imaginarse siquiera que sus verdaderos
sobresaltos aún estaban por comenzar.
Cuando creyó que el segundo costado ya estaba frito, volvió a dar vuelta la
trucha y hete aquí que tampoco había rastros de quemadura. "Esto ya me está
resultando pesado, pero volveré a probar." Y así lo hizo, y no una sino varias veces,

pero aquélla parecía no inmutarse por la acción del fuego, así que el villano decidió:
"Puede ser que se haya cocido y no lo parezca; veamos". Y, tomando su cuchillo de
caza, trató de cortar un pedazo de la trucha para probarlo. Pero tan pronto como la
hoja hizo la primera incisión, se oyó un alarido espantoso y el pescado, que no sólo
no estaba frito, sino que ni siquiera estaba muerto, saltó de la sartén al suelo, y en
su lugar apareció una joven doncella, tan hermosa como el cretino no había visto
jamás, vestida de blanco y con una diadema de oro sobre su frente, pero con los
ojos fulgurantes por el dolor y la furia de un basilisco en su interior. Sobre su brazo
podía verse el corte del cuchillo, y un reguero de sangre corría por su costado.
—¡Mira lo que has hecho, maldito! —lo increpó la dama, mostrándole el brazo—.
¿No podías dejarme tranquila, cómoda y fresca, en mi lago y en mis ríos, y no
molestarme mientras espero a mi prometido?
El mercenario se estremeció como un perro mojado, balbuceando torpemente
que no lo matara, e imploró abyectamente el perdón de la dama, diciéndole que no
tenía ni la menor idea de que ella estaba cumpliendo una misión, porque en ese
caso, ningún buen soldado como él hubiera interferido con ella.
—¡Pues esa misión es tremendamente
importante para mí! —afirmó ella—, y si
mi prometido llega mientras estoy
ausente, y no puedo recuperarlo, te
convertiré en un alevino de sapo, y me
pasaré la eternidad persiguiéndote para
comerte, mientras crezca la hierba o el
agua corra por los arroyos.
El villano temblaba como una hoja,
aterrado por verse convertido en un sapo,
y suplicó piedad, pero la doncella le dijo:
—Renuncia a tus malas costumbres,
maldito, o te arrepentirás cuando yo me
encargue de ti; compórtate con corrección
en el futuro y asiste con regularidad a los
servicios religiosos. Y ahora, ¡devuélveme
al río, donde me atrapaste, o te convertiré en sapo en este mismo instante!
—Pero, milady —clamó el mercenario, aterrado—, .cómo podría arrojar al río a
una dama tan hermosa como tú? ¡Morirías ahogada! —Pero antes de que pudiera
agregar una sola palabra, la joven se desvaneció y en el suelo apareció nuevamente
la trucha blanca.
Aún aterrado por lo que había visto, el soldado tomó a la pequeña trucha y la
llevó rápidamente al río, temiendo que si el prometido de la doncella llegaba en
ausencia de ésta, su propia vida se vería en peligro. Pero, tan pronto como el pez
tocó la superficie, las aguas se tiñeron de un rojo de sangre, hasta que la corriente
lo fue diluyendo lentamente. Hasta hoy, en el costado de la trucha blanca2 (especie
muy frecuente en los ríos de Irlanda —señal de un feliz encuentro entre Aidù y su
prometido—), puede verse una mancha roja, que marca el sitio donde el mercenario
intentara cortarla.
Lo cierto es que, a partir de ese día, el malvado mercenario cambió por completo
sus costumbre; comenzó a asistir puntualmente a los servicios religiosos y ayunó
los días de Cuaresma y para Pentecostés; pero jamás comió pescado durante esos

días ni ningún otro día de su vida, porque el pescado nunca permanecía mucho
tiempo en su estómago (si es que entienden lo que quiero decir).
Sea como fuere, el villano se convirtió en otro hombre, y no faltó quien dijera
que, ya pasado algún tiempo, abandonó el ejército y se hizo misionero, y solía
recorrer Irlanda atendiendo a los enfermos y rezando eternamente por el alma de la
trucha blanca.


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