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Introducción
Largos años de intensos estudios han fructificado en esta novela cuyo
protagonista es el más apasionado, inteligente y docto de los Apóstoles del
cristianismo primitivo: Saulo de Tarsich o, para nombrarlo a la manera romana, Pablo
de Tarso, fariseo de vastos conocimientos, versado en leyes, teólogo y merecedor del
título de Apóstol de los gentiles.
Saulo ha influido mucho más de lo que generalmente se admite no sólo en el
conjunto de la cristiandad, sino en todo el mundo occidental, pues el judeocristianismo que incansablemente propagaba constituye la base, firme como una roca,
de la moral y de la filosofía de Occidente. Su irradiación espiritual, actuando a
través de dos mil años, fue transformando las estructuras sociales al paso que
contribuía de manera decisiva al progreso de la causa de la libertad. Si Moisés fue
el primero que proclamó que todos los pobladores de la Tierra eran libres por
naturaleza, Saulo de Tarso, reanudándolo, predicaba con su habitual vehemencia que la
libertad espiritual, mental y corporal es necesaria al hombre, conceptos entonces
completamente nuevos. No puede, por consiguiente, sorprendemos que los enemigos de la
libertad persigan una religión que ha pretendido liberar a los hombres.
Los problemas con los cuales tenemos actualmente que enfrentarnos son
todavía los mismos que afectaban al mundo de Saulo. Ciertamente podemos sentimos
gozosos al comprobar que la fuerza indomable del hombre es capaz de derribar las más
feroces tiranías y de sobrevivirlas; pero entristece el ánimo pensar en lo poco
provechosa que acostumbra a ser la experiencia: ya decía Aristóteles que los pueblos
que no aprenden las lecciones de la historia están condenados a repetir sus errores.
y he aquí que esto es lo que actualmente nos sucede.
En los días de Saulo de Tarso el imperio romano empezaba a desmoronarse, tal
como hoy en día declinan países tan poderosos como Estados Unidos. y por idénticos
motivos:
relajación
social,
inmoralidad,
guerras
interminables,
impuestos
confiscatorios, destrucción implacable de las clases medias, el cínico desprecio de
las virtudes éticas y principios humanos establecidos, el desmesurado afán de
riquezas materiales, el abandono de la religión, la venalidad de los políticos que
halagan a las masas para obtener sus votos, la inflación, el desequilibrio del
sistema monetario, los sobornos, la criminalidad, los incendios, los disturbios y
demostraciones callejeras, la liberación de criminales con el fin de crear el terror
y provocar el caos que justifiquen la implantación de la dictadura en nombre del
"estado de emergencia", el amortiguamiento de la virilidad, las costumbres
afeminadas, los escándalos en el gobierno, el saqueo del erario, las deudas, la
tolerancia de la injusticia y de la explotación, la burocracia y los burócratas que
promulgan constantemente reglamentos favorables a sus conveniencias, por nefastos que
sean, la centralización del gobierno, el desprecio público de los hombres honrados y,
sobre todo, la filosofía de que "Dios ha muerto y de que el hombre es el ser
supremo".
Con todo esto se enfrentó Saulo de Tarso en su tiempo, en el cual la palabra
moderno iba de boca en boca. Se cree generalmente que en la Iglesia primitiva el
fervor y la unanimidad eran absolutos. Sucedía todo lo contrario. Apenas había
transcurrido dos años después de la resurrección de Cristo, que las disensiones y
cismas estuvieron a punto de destruir la nueva Iglesia. Lo advertía Saulo con
amargura: "Hasta los más insignificantes obispos y diáconos en lejanas y polvorientas
aldeas establecen y definen sus dogmas". Estos hombres contaban también con multitud
de seguidores vehementemente en desacuerdo, que se peleaban con los otros cristianos,
y la enemistad era intensa. Durante muchos años existió también esa enemistad entre
San Pedro y San Pablo, y casi destruyó a la Iglesia. Cómo se reconciliaron, es una
historia divertida en sí misma... ¡pero nunca se quisieron realmente! En resumen,
eran demasiado humanos, y todos podemos comprenderlos, pero, del mismo modo que la
humanidad siempre se encuentra adorable, también podemos hallar adorables a aquellos
dos ardorosos y decididos contendientes.

Existe también el error de creer que todos los primeros cristianos fueron
"santos mártires" en un mundo malvado, y tan puros y pacientes como corderos. ¡Al
contrario también! A menudo eran insufribles, e intolerantes con el mundo que los
rodeaba, y provocaban deliberadamente a "los paganos", y en ocasiones se hacían
odiosos. No fueron perseguidos, como se ha supuesto casi siempre, "por su fe", pues
el mundo romano era cínico y totalmente tolerante con todas las religiones, aunque
ninguna le inspirara devoción. Pero los primeros cristianos llamaron peligrosamente
la atención de las autoridades gobernantes en Roma y en Israel, dominado por Roma,
por sus ruidosas y repetidas objeciones a casi todo, incluidos los templos "paganos".
Eran también culpables de invadir esos templos durante las ceremonias religiosas,
lanzando amenazas y derribando las imágenes, para atacar luego desde el púlpito a las
autoridades gubernamentales y al gobierno establecido ... y ¿dónde hemos oído eso,
desde entonces? Por otra parte, la Fe era extendida no por estos militantes, que
pensaban que Nuestro Señor estaba a punto de volver a la hora siguiente, o al día
siguiente para exaltarlos y hacerlos absolutos gobernantes del mundo, sino por
hombres devotos, inteligentes y pacíficos, que trabajaban a menudo en la soledad y la
oración; los cristianos militantes -que casi destruyeron a la Iglesia, recién nacida,
con sus disensiones, protestas y beligerancia- habían olvidado que Nuestro Señor
dijo: "No he venido a dividir a los hombres; mi reino no es de este mundo" y "Dad al
César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios". ¡Ay! como tantos millones de
los que hoy vivimos, creían que el establecimiento del Reino de Dios significaba el
poder y la riqueza material ... para ellos mismos. Es curioso que los militantes
raras veces sean espirituales, y sólo se preocupen egoístamente de las ventajas
materiales y el "castigo" de los "enemigos ".
religión.
hombre.

La naturaleza del hombre sólo puede cambiar por el poder de Dios y la
Ninguna "educación" ni exhortación seculares conseguirán civilizar al

Muchas novelas y libros sobre San Pablo han referido, con toda suerte de
detalles, lo que él hizo y llevó a cabo en su vida y viajes misioneros. Se han
preocupado, sobre todo, del Apóstol. Contrariamente, en este trabajo, además del
intrépido santo, he tratado de reflejar al hombre tal como fue: un hombre como
nosotros, con nuestras angustias, dudas, ansiedades, cóleras e intolerancias, y con
las "concupiscencias de la carne". Asimismo, me han interesado las diversas
circunstancias que influyeron en la juventud de este ciudadano romano, judío fariseo
de gran erudición, enorme inteligencia y fe inquebrantable. Por esto me he detenido
en su última partida de su amado país, Israel. Todos conocemos sus viajes posteriores
y su martirio en Roma, pero creo que la última visión de su amado país da fin a la
novela con una nota conmovedora. La muerte no es peor para un hombre que la visión
final de su país y su pueblo, que abandona para siempre.
Si con este libro pudiera influir tan sólo en diez personas para que sigan
el consejo de Nuestro Señor de "estudiar las Escrituras ", tanto el Antiguo como el
Nuevo Testamento, creería haber tenido éxito. Por tanto, dedico este libro "Urbi et
Orbi".

Primera parte
Pues él fue un verdadero león,
un león rojo,
el gran león de Dios.
SAN AGUSTÍN
Capítulo 1
-Es muy feo -dijo su madre-. Mis hermanos son todos guapos, mi madre era
famosa por su belleza, y yo misma no soy mal parecida. ¿Cómo es posible, pues, que
haya dado a luz a un niño tan repelente?
-Pero es un varón. ¡Alégrate! -replicó su marido-. Antes sólo tuviste dos
muchachas que nacieron muertas. Ahora tenemos un hijo.
-Hablas como un judío -dijo la madre, con un ligero ademán de su blanca y
delicada mano-. Y nosotros somos también ciudadanos romanos. Hablamos en griego, y no
en el bárbaro arameo.
Contempló al niño; en la cuna, con creciente melancolía y algo de aversión,
ya que tenía pretensiones helénicas e incluso había escrito algunos poemas en
pentámetros griegos. Los amigos de su padre hablaban de su buen gusto, mencionando a
Safo, y su padre se había sentido altamente halagado.
-Sin embargo seguimos siendo judíos -dijo Hilel ben Boruch. Se acarició la
rubia barba y miró de nuevo al niño. Un hijo es un hijo, aunque no sea hermoso.
Además, ¿qué es la belleza a los ojos de Dios, bendito sea Su Nombre, al menos la
belleza física? Había considerable controversia, especialmente en aquellos días,
sobre si el hombre poseía alma o no, pero ¿no había habido siempre controversia,
incluso entre los devotos? La función del hombre era glorificar a Dios, y que
poseyera alma o no, carecía de importancia. Hilel confió en que el hijo recién nacido
tuviera un alma encantadora, pues ciertamente su aspecto no hacía estallar de gozo a
las nodrizas. Pero, ¿qué es el cuerpo? Polvo, estiércol, orín, sarna. La luz interior
era lo fundamental.
Débora suspiró. Su magnífica cabellera de color cobrizo sólo quedaba
parcialmente oculta bajo el finísimo velo de seda ligera y transparente. Sus grandes
ojos, cuyas pestañas de entonación rojiza parpadeaban sobre las pupilas de un azul
tan puro como el cielo de Grecia, tenían una expresión a la vez de inocencia y de
recelo. Todo el mundo excepto su marido la consideraba muy instruida. En general se
tenía a Hilel ben Boruch por un hombre afortunado, pues Débora, celebrada por su
gracia, su deliciosa sonrisa, su cultura y sus modales, había tenido en Jerusalén los
mejores preceptores y constituía el orgullo de su padre, un gran erudito. Alta, de
busto bien modelado, manos y pies de escultura griega, tenía diecinueve años, y sus
trajes se le adaptaban graciosamente, como sintiéndose felices de abrazar aquel
cuerpo.
El rostro ovalado, terso como el mármol, la boca una rosa apenas
entreabierta, el mentón firme, hendido por un hoyuelo, la nariz suavemente formada,
vestía a la manera romana una estola azul recamada de oro, calzaba sandalias de piel
dorada y toda ella irradiaba una luminosa belleza. Un joven romano, de noble y
opulenta familia, la había solicitado en matrimonio; ella lo había deseado también;
pero supersticiones y prejuicios se interpusieron y acabó casándose con Hilel ben
Boruch, joven famoso por su piedad y sabiduría, de una casa antigua y honorable.
-Saulo -dijo Hilel, de pronto.

-¿Cómo? ¡Saulo! -exclamó Débora-. No es un nombre distinguido para nuestros
amigos.
-Saulo -replicó Hilel-. Él es un león de Dios.
Débora frunció las cejas, reflexionando; pero en seguida se relajó: el ceño
fruncido producía tales arrugas que ni la miel ni la leche de almendras hacían
desaparecer.
-Mejor es Pablo -aseguró ella-. No puedes objetarlo. Pablo es la traducción
romana.
-Saulo ben Hilel -insistió el Padre-. Saulo de Tarsich.
~Pablo de Tarso -replicó Débora-. Sólo los bárbaros llaman Tarsich a Tarso.
Hilel sonrió, y su sonrisa era tan gentil que avivó la ternura de su esposa.
-Es lo mismo -dijo.
Pensaba que Débora era encantadora, y algo estúpida. Pero, lamentablemente,
eso se debía sin duda a haber nacido de padres saduceos, tan ignorantes de los
asuntos que agradaban a Dios; y complacer a Dios era la razón para la que el hombre
nace y vive. No había nada más. A menudo se compadecía de los saduceos, cuyas vidas,
firmemente ancladas en un mundo secular, no les permitían aceptar nada que no pudiera
demostrarse con los cinco sentidos, y así confundían el simple estudio con la
inteligencia y sus sofismas de charlatanes con la sabiduría.
-¿En qué piensas? -preguntó Débora con cierta suspicacia, pues no le gustaba
la expresión de su marido cuando éste hablaba consigo mismo. La dejaba inquieta, y
demasiado consciente de su juventud, en comparación con los treinta años de él.
-Soy fariseo -respondió Hilel-, y nosotros creemos en la reencarnación. De
manera que meditaba en la existencia anterior de nuestro hijo, y me preguntaba de
dónde habrá venido y por qué está ahora aquí, entre nosotros.
Débora arqueó las cejas despectivamente:
-¡Vaya una tontería! -exclamó-. Él es carne de nuestra carne, hueso de
nuestros huesos y espíritu de nuestros espíritus. No hubo antes nadie como él ni
habrá jamás otro igual.
--Cierto -dijo Hilel-. Dios nunca se repite, ni siquiera en una hojita de
hierba. Todas las almas son únicas desde el principio, pero eso no niega que, si son
eternas, como aseguramos, su vida debe ser eterna también, pasando de carne a carne,
según la voluntad de Dios. La adquisición de conocimientos no termina nunca. Su
imperativo no acaba en la tumba.
Débora bostezó. Mañana debía ir al Templo para la presentación de su hijo, y
el pensamiento la molestaba. Cierto que los saduceos obedecían también la antigua
ley, pero se reían de ella en secreto, aunque la honraran como tradición. ¿Cómo
podría explicar la ceremonia a sus amigos griegos y romanos de Tarso? Se sentirían
muy divertidos.
Hilel sabía por qué le habían concedido la mano de Débora.
Los saduceos tal vez no creyeran en la vida eterna, ni siquiera en Dios, y
eran puramente mundanos, pero preferían que sus hijas se casaran con hombres
religiosos. Hacían como los banqueros, que invierten prudentemente parte del dinero
en negocios que acaso podrían resultar una buena inversión. Así entregaban sus hijas
a un Dios en el cual no creían. Pero, ¡quién sabe! Tal vez existía, y era fama que
sus venganzas eran terribles.

Hilel tenía ojos castaños, grandes y brillantes, rostro pálido, ascético,
nariz prominente como los hititas, barba y cejas rubias y una frente abombada de la
que se alzaba la espesa mata de su cabello dorado, en parte cubierto por un gorro que
exasperaba a Débora. Aunque de anchas espaldas, manos fuertes y piernas firmes, no
era tan alto como su esposa, a la cual esto también disgustaba. ¿Acaso no se había
dirigido a ella en una ocasión un noble griego con estas palabras de Homero: "Hija de
los dioses, divinamente alta, divinamente rubia"? Hilel llevaba también aquellos
estúpidos rizos delante de las orejas, e invariablemente ~ así le parecía a ella- el
chal de la plegaria, pues siempre estaba rezando. Las ceremonias de la fe judaica le
eran profundamente desconcertantes y totalmente desconocidas. Los tiempos cambiaban,
el mundo progresaba, las verdades de ayer eran la risa de hoy. Dios era una hipótesis
arcaica, intercambiable con los dioses de Grecia y Roma, con cierto sabor de
Babilonia y Egipto. Débora había nacido en una casa serena y alegre en Jerusalén, una
casa cosmopolita. Lamentó dejarla por ésta, donde los fariseos se movían y debatían
gravemente, y la miraban casi con desaprobación.
Un pavo real chilló furioso en el exterior, celoso de los cisnes negros del
estanque del jardín, a los que sabía muy admirados. Hilel dio un respingo; tenía un
oído muy sensible. Y dijo, olvidando su habitual prudencia:
-Ese avechucho chilla como una mujer de mal genio. Ha despertado al niño.
Débora se sintió ofendida por esta observación que denigraba a su sexo. Alzó
la cabeza con altivez y dijo:
-Entonces te libraré también de mi presencia,' para que no tengas que pensar
en las mujeres.
-Débora... -empezó Hilel, pero ella podía moverse con la rapidez de una niña
y desapareció en un instante, cortando la luz y sombras de las columnas que guardaban
el pórtico exterior. Hilel suspiró y sonrió. Siempre estaba ofendiendo a Débora, que
era una niña adorable (jamás podía pensar en ella como mujer adulta). Ella había
admirado recientemente un collar de hermosos ópalos en su joyería, aunque el precio
la obligara a meditar prudentemente. ¿Qué hacer? Dos barcos de rico cargamento habían
conseguido llegar de Sicilia a Roma sin encontrar a los audaces y ubicuos piratas
cilicios -no totalmente destruidos por Julio César y sus sucesores- y Hilel había
invertido bastante en aquellos navíos y su cargamento, consiguiendo un buen
beneficio. Por tanto, Débora tendría sus hermosos ópalos.
El pavo real chilló de nuevo, y el niño se quejó otra vez, en su cuna de
ébano y marfil. La habitación estaba impregnada del perfume nocturno de los cercanos
jazmines en flor, aunque el sol todavía no se había puesto y su luz rojiza se
reflejaba en las blancas paredes de mármol y en el suelo, también de mármol, pero
blanco y negro. La sombra de una palmera se alargó sobre la pared más cercana al
niño, y éste volvió rápidamente la cabeza para mirarla, lo que dejó maravillado a
Hilel. ¡Un niño tan pequeño, recién nacido, y ya veía! Dicen que los niños no ven más
que luz y sombras hasta los dos meses, pero con seguridad que este niño no sólo veía,
sino que comprendía. Hilel no podía sentirse más orgulloso cuando se inclinó sobre la
cuna y habló a su hijo:
-Saulo -dijo, con su voz más suave-. ¡Saulo!
Al niño todavía no le habían impuesto el nombre en el templo; pero un hombre
lleva de antemano grabado en el corazón el nombre de su hijo. Hilel y el niño estaban
solos en aquella habitación deslumbrante. El rostro y la barba rubia del padre
brillaban como si la luz de su propio espíritu los iluminara. Sintió un amor
apasionado, e inmediatamente murmuró una plegaria, pues sobre todo uno debe amar a
Dios con todo su corazón, y mente, y alma, y ese amor debe sobrepasar a cualquier
amor humano. Confió por un instante en no haber ofendido a Dios omnipresente ni
incurrido en su ira, que podía caer sobre el inocente niño en su cuna.
El pequeño volvió de nuevo la cabeza rápidamente y miró a su padre, que se
inclinaba, observándolo. Como dijo Débora, no era hermoso; era casi feo y más pequeño
de lo que por la edad correspondía a un bebé normal; pero parecía lleno y robusto, y
desnudo, excepto la parte que recubría un paño alrededor de sus caderas, aquel

cuerpecito no era propiamente blanco como el de sus padres, sino de una tonalidad
cobriza como si hubiera estado largo tiempo expuesto a los rayos del sol. Las niñeras
habían recordado a Hércules, cosa que agradó a Débora, pero Hilel pensaba en David,
el rey guerrero. Los músculos del pequeño eran fuertes y visibles bajo la piel entre
sudada, como diminutas placas de armadura, y sus brazos eran los de un soldado. Las
piernas, también fuertes, estaban un poco arqueadas, como el que ha cabalgado desde
la infancia. Movía los deditos de los pies vigorosamente, con una especie de ritmo,
como los de las manos. Parecía moverlos con cierto propósito, pensó Hilel.
Tenía la cabeza redonda, viril y firme, pero demasiado grande para el
cuerpo, y grandes orejas muy encarnadas. Desgraciadamente su pelo, espeso y grueso,
era más rojo aún. No tenía un tono agradable, como el cabello de Débora. Era esa dase
de rojo chillón que generalmente despertaba la desconfianza entre los supersticiosos
judíos. Además, crecía hasta muy abajo de su frente, y esto le daba el aspecto
batallador de un irritable romano.
Este aspecto era acentuado por la rareza de sus ojos: redondos, enormes y
dominadores, bajo las cejas rojas que casi se juntaban sobre una nariz aún más
aguileña que la de Hilel. (Por lo menos, pensó éste, no es una nariz chata, como la
de un campesino.) Pero la impresión que causaban aquellos ojos se debía
principalmente a su color, de un curioso azul metálico, como el brillo de una daga
pulida, un azul concentrado e intenso, que no conseguían apagar sus rubias y largas
pestañas. Había fuerza y decisión en aquellos ojos, nada infantiles, nada inocentes,
sino sabios y firmes. Hilel, aunque fariseo, no creía del todo en la transmigración
de las almas, pero ahora meditó en ello. Los ojos de Saulo no eran los de un niño. Su
mirada se cruzaba con la de su padre, con la expresión de una curiosidad penetrante y
sagaz.
-¿Quién eres tú, hijo mío? -susurró inquieto-. ¿De dónde viniste? ¿Cuál es
tu destino?
Gaia, la pequeña niñera griega, entró animadamente en la habitación,
repicando las losas con sus sandalias. Apenas era más que una niña, pero muy
competente, de cabello castaño, ojos claros y rostro alegre. Llevaba una túnica larga
y fina de tela rosa, atada con lazos azules a la cintura. Se inclinó ante Hilel, que
alzó automáticamente la mano en gesto de bendición, aunque ella fuera pagana, y la
saludó afablemente.
-La nodriza espera al pequeño, amo -dijo ella.
Hilel había imaginado a Débora amamantando a su hijo, pero ésta se había
decidido en contra. Ninguna dama griega o romana daba ya el pecho a su hijo, ni
tampoco las ilustradas damas judías que tenían deberes y responsabilidades aparte de
las simples exigencias del cuerpo. La desilusión de Bilel había sido grande.
Recordaba el cuadro que formaban sus hermanos y hermanas en el regazo de su madre, el
ambiente de cálida ternura que reinaba en la habitación de los pequeños, sus juegos,
sus canciones y la luz dorada del crepúsculo que armonizaba el conjunto.
En cambio, en aquella misma hora Débora se estaría ilustrando en la
biblioteca. Hilel no se había quejado nunca de ello: era demasiado amable y gentil.
Lo sabía y lo deploraba. Los viejos patriarcas habían sido temidos por sus esposas e
hijas en el pasado, pero ¡ay! Hilel no era un patriarca.
Así que, sin una palabra, observó cómo la pequeña Gaia tomaba al niño en
brazos y la oyó hablar del pañalito, que al parecer la otra niñera había descuidado,
y, después de enrollarlo en la sabanita, salió de la habitación. Cuando la muchacha
llegaba a la puerta, el niño lanzó de pronto un extraño fuerte grito, no un chillido
infantil, ni un sollozo, sino un grito de humillación y disgusto. Como si dijera:
"¡Detesto mi presente condición y debilidad, y no la soportaré por mucho tiempo!"
,
"Estoy tan tonto como un padre novato", pensó Hilel, y, atravesando el
pórtico exterior, bajó al jardín. Ya era la hora de la plegaria de la tarde en el
cálido y perfumado silencio. Como judío piadoso, sabía que las plegarias debían
recitarse en una sinagoga, pero él y Débora vivían en la casa que el padre de ella

comprara en los suburbios más alejados de Tarso. ("Mi hija es de constitución muy
delicada.") No había sinagoga a menos de una hora de distancia, y Hilel entonces se
estaba recuperando de unas fiebres palúdicas que le habían dejado algo débiles sus
robustas piernas y el corazón demasiado sensible a todo esfuerzo. No era buen jinete,
y le disgustaban las afeminadas literas, y, aunque poseía un buen carruaje y un carro
ligero, tampoco le agradaban. El hombre está hecho para caminar. No hubiera rechazado
un humilde asno, pero eso habría molestado a Débora, y Hilel era hombre de paz. Los
hombres podían hablar de los severos patriarcas, pero los maridos no eran tan
valientes.
Miró en torno, en el luminoso y sereno atardecer. Su casa, en las afueras de
Tarso, estaba hundida en el silencio, tranquila, aunque los esclavos y sirvientes
trabajaran, rieran o cantaran... pues era una casa feliz. Hasta los gritos
discordantes de los pavos reales, de los cisnes y de las aves de rapiña sonaban
musicalmente fundidos en el suave susurro de las palmeras, de los sicomoros, de los
arbustos fragantes; y ni las mismas tormentas de verano desvanecían aquella atmósfera
apacible. Chanceándose, amigos griegos y romanos de Hilel aseguraban que su casa y
los extensos terrenos que la rodeaban estaban custodiados por viejos dioses agrestes,
ninfas y faunos. Y es lo cierto que la casa se erigía en una tierra baja, regada por
arroyos y corrientes que ni en la estación más seca se extinguían, en aquel valle
fértil y lujuriante de Isos, parte de Cilicia que acababa de ser unida a Siria y a
Fenicia por Julio César.
La propiedad se extendía en torno a la casa en ondulaciones de verdor
cambiante, coronadas por ramilletes de árboles frondosos de oscuros tonos de
esmeralda, cuya sombra protegía los macizos de flores, los senderos rojizos y las
avenidas recubiertas de guijos. Aquí y allá las fuentes vertían sus aguas doradas por
el sol; fluyen de manos de mármol, de cuernos de la abundancia, de fauces de bestias
fabulosas.
Obediente a las Tablas de la Ley, Hilel se propuso destruir las imágenes
idólatras de fuentes y terrenos, erigidas por el antiguo propietario, romano. Pero
Débora se mostró tan desolada, sus protestas, sus lágrimas, sus ruegos, fueron
tantos, que consiguió que su marido, siempre dispuesto a complacerla, desistiera de
sus piadosos propósitos. Pero insistía en no mirar las graciosas estatuas de grutas y
fuentes, aunque a veces su vista, naturalmente perceptiva y apreciativa, se le
escapaba hacia ellas. Cuando se lo reprochaban sus amigos, más rígidamente
religiosos, reía y cambiaba de conversación. Aunque parezca extraño en un hombre tan
amable, podía infundir a su voz un tono de tranquila autoridad y carácter, que
silenciaba incluso a los más coléricos o rebeldes, y sus ojos castaños sabían brillar
con firme frialdad. Enfrentado con ello, su contrincante jamás se atrevía de nuevo a
discutir o a criticar a su anfitrión o amo, sino que ya para siempre le tenía no sólo
respeto sino también algo de temor.
Un gran estanque natural fulguraba en el mismo centro de la propiedad, azul
y púrpura bajo el sol, escudo de plata bajo la luna. Cisnes blancos y negros se
deslizaban elegantemente por su superficie. Y, a veces, esos raros patos de la China
que parecen de madera pintada: en varios colores, les disputaban el dominio de las
aguas. Durante los periodos de migración, las cigüeñas de patas rojas, procedentes de
África, se detenían en el estanque para devorar los peces que se criaban en él con
abundancia, o las ruidosas ranas y las nubes de insectos. Los pavos reales, en
perpetua riña con los cisnes, se acercaban a beber en sus orillas, y lo mismo hacían
los animalitos del bosque. Alimentado por claros manantiales, el estanque estaba
siempre límpido y puro en las rocas que lo circundaban, y en cuyas hendiduras brotaba
una vegetación salvaje de flores doradas y rojas e incluso helechos. En las tardes
calurosas los esclavos lo aprovechaban para bañarse, con gran indignación de sus
habituales y batalladores ocupantes. Mientras nadaban, sus juveniles manos atrapaban
peces iridiscentes que luego soltaban entre bulliciosas risas. El antiguo
propietario, que había residido en países orientales, erigió, en la parte más
encogida del estanque, un complicado puente, cuyos singulares adornos ponían una nota
exótica a su sencilla decoración natural: dragones, serpientes y vides esculpidos se
entrelazaban en la barandilla. Los animalillos allí figurados tenían ojos de plata o
lapislázuli, y las diminutas uvas eran de jade o topacio. Los esclavos jovencitos se
inclinaban a menudo sobre el arco del puente para examinarlo, maravillándose ante un

tan delicado trabajo artístico y descubriendo cada vez nuevos adornos y filigranas·
de marfil.
Bajo los espesos árboles había pequeños refugios para el descanso, con
toldos rayados en azul, rojo o verde, y Hilel se sentaba en uno de ellos a meditar
cuando la conciencia le reprochaba tanta admiración por la belleza. Débora también
solía reunirse allí con sus amigas, para tomar vino con especias, pastelillos y
frutas. Cuando Hilel oía sus voces agudas y chillonas, acostumbraba a desaparecer,
aunque luego Débora le reprocharía su descortesía y le recordaría los deberes de un
anfitrión.
La propiedad había costado una considerable fortuna al padre de Débora, el
cual a menudo hacía constar a Hilel la importancia de aquellas tierras. Además, le
llenaba la casa de esclavos y de sirvientes. Incluso le envió uno de sus mejores
cocineros para que sirviera a su hija. "No olvides que mi hija es la única niña entre
sus hermanos; está acostumbrada a toda clase de refinamientos y no podría soportar
las privaciones." Y acompañaba la advertencia con una dura mirada, después de lo cual
quedaba convencido de haber molestado a su yerno. Pero éste, siempre comprensivo,
sonreía interiormente.
Aquella tarde, pues, juntando las manos, en pie entre las flores de sus
jardines, murmuró en alta voz: "¡Oye, oh, Israel! Fuera de Ti nada existe".
Meditó cuidadosamente estas últimas palabras. El universo estaba lleno de la
grandeza de Dios. La más lejana estrella estaba llena de Su gloria. Los mundos -tan
numerosos como las arenas del mar- cantaban Sus alabanzas. La más pequeña flor
salvaje aferrada a las rocas del estanque, con su color y vitalidad, anunciaba Su
poder sobre los pequeños y humildes, así como sobre los poderosos, y Su vida
invencible, Su omnipresencia.
Sus altares no estaban sólo en el Templo y la sinagoga, sino en cada trozo
de
tierra, en los troncos de los árboles, en las frondas de las palmeras y en el
arco iris de las alas de aves e insectos. Su voz estaba en el trueno, el brillo de Su
ojo vigilante en el rayo, el movimiento de sus vestiduras en el viento. Su aliento
movía los árboles o inclinaba la hierba. Sus pasos revelaban las piedras y montañas,
Suya era la fría sombra, el grito de los seres inocentes, la niebla que se levantaba
al atardecer, el aroma de las flores, el perfume de la fresca tierra y del agua.
"Fuera de Ti nada existe." Nada existía sino Dios.
El corazón de Hilel se llenó de apasionada exaltación. Todo exultaba en Dios
y Lo reconocía..., excepto el hombre. Todo obedecía implícitamente Su menor orden...,
excepto el hombre…, Todo vivía en belleza..., excepto el hombre. Todo se inclinaba
ante Él, existiendo sólo en Él…, excepto el hombre. El hombre era un proscrito, el
rebelde, la imagen distorsionada que asolaba la tierra, la voz que silenciaba la
música del Edén, la mano que se alzaba con obscenidades y blasfemias. El hombre era
el paria, el leproso moral en este traslúcido espejo del cielo. El ensuciaba las
aguas de cristal, el que despojaba los bosques, asesinaba a los inocentes y desafiaba
a Dios. Era el asesino de santos y profetas, pues hablaban de lo que Él no quería
oír, en la oscuridad de su espíritu.
Hilel prefería pensar bien de los hombres, ser compasivo, y a menudo
reflexionaba en las penas y dificultades de la humanidad, pero no podía convencerse
siempre de que el hombre mereciera vivir. Cuando se hallaba en esta tristeza
crepuscular, como esta tarde -lo cual era en sí un misterio-, recordaba las profecías
referentes al Mesías y citaba las palabras de Isaías: "Él libra su pueblo de sus
pecados".
Los pocos saduceos que conocía Hilel, y que recibía ,en su casa, se reían de
él cuando confesaba -después de unas copas de vino- que él "sentía" que en el mundo
había ocurrido ya algo de divino; que se había verificado un poderoso suceso que
cambiaría la faz de la historia y revitalizaría al hombre con la Voz de Dios. "Es tu
reclusión voluntaria -le decían con cariño-: Este mundo bajo el poder de Roma, es de
roca y materia, tal es la realidad, y sólo los locos niegan la realidad. Abandona las

estrellas, amigo mío, y la Cábala, y las profecías de antiguos profetas que olían a
estiércol y a túnicas de pelo de cabra, y a sudor. Vivían en épocas más simples. Hoy
el mundo es complejo, y civilizado, y lleno de grandes ciudades, de comercio, de
artes y ciencias. El hombre ya es mayor de edad. Es un ser complicado, ciudadano del
mundo romano, al menos por existencia, si no por derecho. Conoce todo lo que hay que
conocer. Ya no es presa de fantasías, esperanzas y engaños. Sabe lo que son las
estrellas. Sabe lo que es la materia. Conoce su lugar en el universo. Ya no es
supersticioso. Ya no siente terror ante los fenómenos naturales; ahora los comprende.
Tiene sus escuelas y sabios maestros. Pocas doncellas judías quedan, hoy en día, que
sueñen concebir al Mesías, pues saben que no habrá tal Mesías, que esa ilusión fue
tan sólo el anhelo de los antiguos e inocentes ancianos. Aún honramos la sabiduría
infantil de aquellos hombres, y nos parece notable, considerando que no tenían acceso
a nuestras bibliotecas y escuelas. Pero era la sabiduría de hombres ingenuos, que no
conocían las ciudades y el mundo de hoy."
"Una virgen dará a luz..." Pero nadie hablaba de eso en estos días, excepto
algunos fariseos entre los amigos de Hilel, e incluso ellos lo consideraban como un
suceso aún oculto en el tiempo, y posiblemente sólo una esperanza mística. Hilel se
sentía solo. De noche meditaba con frecuencia en. Su singular seguridad de que algo
había ocurrido ya en la faz del mundo, y que la creación entera parecía retener el
aliento.
En una ocasión dijo a un amigo, a quien honraba en Tarso, un viejo judío
doblado por los años, pero con la mente de un joven:
-He tenido noticias de una prima mía en Jerusalén, casada -y no lamento
decirlo- con un centurión romano. Un buen hombre, que adora a mi prima y la trata muy
bien, lo cual, en opinión de algunos, lo hace menos hombre, aunque yo nunca he creído
que fuera prueba de virilidad el despreciar a las mujeres. En muchos aspectos posee
gran ingenio y, en contra de la creencia popular de que todos los romanos son
monstruosos, es muy amable y de buen humor.
Hablaba con timidez, mientras su huésped fruncía las cejas ante esa opinión,
indudablemente exagerada, de los romanos, conquistadores de la Tierra Santa de Dios.
-También él es supersticioso -continuó Hilel-. Llevaba casado seis años con
Ana, pero Dios no había querido bendecirlos con un hijo, aunque tienen ya cuatro
hermosas hijas. Ana sufría por ello, aunque Aulo parecía felizmente resignado. Sin
embargo, hace cuatro años, después del solsticio de invierno, cuando los romanos
celebraban sus alegres saturnales incluso en Jerusalén -aunque ahora han sido
restringidas por orden de César Augusto, que es un hombre sensato-, Ana dio a luz a
un hijo. Aulo estaba acompañando a algunos hombres en una torre de vigilancia en las
alturas de Jerusalén, pues tenían guardia aquella noche y no podían unirse a las
últimas festividades, que él me aseguró son las más... agradables de todas. Era una
fría noche, y Aulo miraba en dirección a Belén, lugar de nacimiento del Rey David, y
todas las estrellas brillaban esplendorosas.
Hilel miró en tono de disculpa a su viejo visitante, que aceptó más vino de
un esclavo y dio señales de aburrimiento; incluso bostezó.
-Llegó un mensajero para comunicarle el nacimiento de su primer hijo, e
inmediatamente Aulo sirvió vino a sus compañeros, y declaró que también tendrían
fiesta en la torre. Estaba bebiendo el tercer vaso de vino cuando miró de nuevo por
casualidad a Belén, y entonces vio algo asombroso.
-Estaba borracho -dijo el viejo-. Conozco a esos romanos. Siempre están
borrachos.
Hilel se sintió algo enojado:
-¿No fue David el que dijo: «Aceite para que brille el semblante y vino para
alegrar el corazón del hombre»? Los consideraba excelentes dones de Dios, que no
había que rechazar. Aulo es prudente. Sólo lo he visto borracho cinco veces.
El otro gruñó:

-Los libros Sagrados abominan la borrachera. Recuerda el caso de Noé. ¿Qué
sabe de Noé, tu amigo?
-Yo no hablaba de Noé. Aulo contemplaba el cielo estrellado sobre Belén y
sus colinas, y vio algo realmente prodigioso. Entre las estrellas había una
totalmente desconocida según los astrónomos: resplandecía y era tan enorme como la
luna llena; temblorosa, ardiendo con un fuego blanco, se movía girando, como si
obedeciera a un determinado propósito.
-Ese Aulo estaba realmente borracho, o bien observó lo que los astrólogos
llaman una nova..., una nueva estrella. No es, en realidad, un fenómeno
verdaderamente extraordinario.
-Las estrellas no se destruyen a sí mismas en un estallido de llamas, y en
un instante -dijo Hilel ligeramente enrojecidas las mejillas, al ver cómo se
rechazaba su excitante historia-. Si aparece una nova, al menos es visible en noches
sucesivas y durante considerable tiempo. Es cierto que la estrella duró varios días y
luego desapareció, pero no apagándose lentamente. Terminó de pronto, como si su
misión estuviera ya cumplida. Querido amigo, cesó en su movimiento aquella primera
noche y quedó suspendida como una poderosa luminaria sobre cierto lugar, fija,
inmóvil, inalterable, hasta que desapareció tan rápidamente como había aparecido. Su
luz era tan intensa que, como la luna llena, proyectaba sombras sobre la tierra, y el
pánico se apoderó de la gente en aquellos lugares. Aulo -prosiguió explicando Hilelestaba seguro de que habría nacido un gran héroe, aunque dudaba que un acontecimiento
tal hubiera ocurrido en, una pobre aldea como Belén. Ana, la esposa de Aulo,
pretendía que la estrella había anunciado el nacimiento de su hijo.
-Debieron nacer varios centenares de niños aquella noche en Jerusalén y en
Belén -dijo su amigo-. ¿Cuál es el profeta o el héroe?
Hilel miró sus manos cruzadas, que descansaban en el blanco lino del mantel.
-No lo sé -murmuró-. Pero, cuando recibí la carta de Ana, un júbilo
misterioso se apoderó de mí, una gran exaltación, esto es lo que no comprendo. Fue
.como si un ángel me hubiera tocado.
El otro agitó la cabeza:
-He sabido por tu padre y tu abuelo, Hilel ben Boruch, que siempre fuiste un
muchacho místico.
Hilel se enfureció al verle rechazar de aquel modo su historia, y cambió de
tema. Se sentía ridículo, y nunca volvió a hablar de ello a nadie.
Pero había sido profetizado, hacía siglos, que el Mesías, de la Casa de
David, nacería en Belén. Sin embargo, si era así, ¿por qué no había habido ángeles
cantando, ni trompetas de los cielos, al aparecer aquella estrella, y por qué no se
había unido el mundo entero en indecible gozo? Seguramente el Mesías no habría de
nacer en la oscuridad, pues Su trono era la santa Sión, como anunciaran las
profecías, y el Rey de Reyes no nacería como el menor de los hombres. Por otra parte
habían transcurrido ya varios años y no se habían visto nuevos signos.
Cuando aquella noche se puso de pie en su jardín, oyó un repentino grito y
se asustó. El grito rompió el suave silencio como una orden seca, brusca y
autoritaria. Pasaron unos instantes antes de que comprendiera que era la voz de su
hijo, que pasaba en brazos de una niñera bajo la columnata. Aquello lo dejó agitado.
La voz del niño le había recordado a su propio padre, imperioso, inflexible, y firme,
incluso didáctico, que no aceptaba dudas, y desdeñaba las vacilaciones. Era absurdo,
pensó, al restablecerse el silencio. Un simple chillido infantil... y el formidable
viejo que gobernaba la casa con el simple poder de su terrible voz. Por un momento
Hilel consideró la idea de que su padre hubiera reencarnado en el niño Saulo y luego
se echó a reír. ¡Qué delicioso sería dar una azotaina a un alma que en su vida
anterior había mantenido aterrorizados a su esposa y a sus hijos! Quizá, en cierta
medida, sería justicia.

Ahora escuchó a Débora charlando con sus amigas griegas y romanas, y su voz
era viva y alegre, la voz de una niña feliz y complaciente. Agitó la cabeza levemente
como si le reprochara, pero, en cierto modo, aquel sonido trivial y ligero lo
consoló, aunque no sabía por qué.
-Te aseguré, Débora -decía una joven matrona romana a su anfitriona, en la
calma del brillante atardecer-, que la medalla de Delfos te haría concebir un hijo.
-La llevé junto al corazón -dijo Débora. Vaciló--: Sin embargo, ¡podía haber
sido más guapo!

Capítulo 2
Hilel ben Boruch había invitado a cenar a diversos amigos, entre ellos al
viejo rabino y gran fariseo Isaac ben Ezequiel, y a su cuñado, hermano de Débora, el
elegante aristócrata de Jerusalén, David de Chabua. En uno de los extremos de la
larga mesa cubierta de damasco, presidía Débora, demasiado moderna para resignarse a
vivir confinada en las habitaciones destinadas a las mujeres, a pesar de la explícita
desaprobación del rabino Isaac, un viejo aburrido y bastante sucio según ella. A su
lado tenía al griego Arista, joven preceptor del pequeño Saulo que había cumplido ya
los cinco años. Claro está que Débora no ignoraba que tanto la presencia del pagano
griego como la del niño molestaban al viejo rabino; pero causarle esta molestia la
divertía como a una muchacha maliciosa y traviesa.
Caía el sol, y las terribles e impresionantes montañas rojas se recortaban
sobre el cielo, más allá de las abiertas puertas y ventanales del comedor; chillaron
los pavos reales y el aire estaba cargado de aromas de flores, de polvo y de piedras
calientes. Débora escuchaba el susurro de las fuentes, el murmullo de las ramas de
los árboles. Podía ver el verdor de la hierba, las torres oscuras de los cipreses y
los capullos púrpura de los mirtos. Se sentía orgullosa y contenta. Quizá su casa no
fuera la más grande del vecindario, o la más espléndida, pero sí una obra de arte y
de buen gusto. El comedor era espacioso y cuadrado, de perfectas proporciones, con el
suelo de mármol, negro y amarillo, oro y ébano; los murales de las paredes eran
excelentes, aunque un poco extremados, según la opinión conservadora de Hilel, y el
techo de yeso estaba decorado con rosetas de oro y azul oscuro. El mobiliario,
aparadores, mesas y sillas, seguía la moda oriental de acoplarse al ambiente, y era
de oscuro ébano y teca, tallado e incrustados de marfil. Aquí y allá se extendían
brillantes alfombras persas, de complicado dibujo y delicada manufactura. Una fresca
brisa corría entre las columnas del pórtico, esparciendo puros aromas campestres. Las
campanas de los templos paganos dedicados a Serapis, Juno, Afrodita y a todos los
dioses y diosas del panteón romano, griego y oriental, empezaron a sonar suavemente,
en una competencia de notas armoniosas, pero finalmente acordadas para crear un fondo
musical de sones dulces y nostálgicos.
David, hermano de Débora (en opinión de Hilel -que podía ser muy duro en
ocasiones-), era afeminado, ridículo, presuntuoso y una parodia de elegancia. Tenía
cuatro años más que su hermana, y estaba casado con una muchacha romana de noble
familia. Vivía más en Roma que en Jerusalén, y se definía a sí mismo como "un judío
emancipado, el nuevo judío". Amigo íntimo de Herodes, frecuentaba la corte y vivía
con opulencia. Desenvuelto y guapo, sus cabellos y sus ojos eran los mismos de
Débora; de cutis claro, hoyuelo en el mentón y nariz griega de la que se sentía tan
orgulloso como de su figura esbelta y elegante. Decadente en exceso, según Hilel,
olía como una mujer, y llevaba demasiados anillos en los dedos largos y delicados. Un
complicado collar egipcio colgaba del cuello, brazaletes de gemas adornaban sus
brazos, un pendiente enjoyado brillaba en el lóbulo de una de sus orejas, su toga, de
la seda más blanca y suave, era bordada en oro; el oro brillaba también en sus
sandalias.
Hilel siempre se proponía despreciarlo como decadente traidor a su raza y a
su Dios, pero David era tan encantador, tan divertido e incluso tan erudito, que
invariablemente, y sin poder evitarlo, se dejaba seducir y apreciaba sus poco

frecuentes visitas; David, desde luego, era saduceo, y por tanto peor incluso que un
pagano, pero era muy letrado; estaba al corriente de todo tanto en su terreno al
discutir de Tora, Filón, Eurípides, Sófocles, Virgilio y Homero, como al hablar de
los últimos escándalos de Roma y Jerusalén, Alejandría y Atenas, o de la política, la
poesía, la ciencia, el mercado de valores, el estado del dracma y del sestercio, la
nueva favorita de César Augusto, los jueces augustales en Roma, los rumores del
Palatino, la arquitectura, la arqueología, el comercio y la religión en todas sus
formas, por no mencionar las últimas modas en el vestir, comer y divertirse.
Una o dos veces, por exasperación ante tanta dulzura y urbanidad, Hilel, el
más amable de los hombres, había intentado provocarlo, pero David jamás abandonaba su
pose, si era una pose de hombre totalmente civilizado. Nunca se impondría a su mujer,
pensaba Hilel con poca amabilidad, si ella no estaba dispuesta, ni pelearía de modo
vulgar con un comerciante, ni discutiría con un corredor, o se rascaría la nariz o el
trasero, aunque no ponía objeciones a una historia picante y podía insinuar
inmencionables perversidades en la conducta de amigos y conocidos.
El rabino Isaac, su viejo amigo fariseo, parecía muy triste esta noche.
Sentado a la derecha de Hilel, y lanzando miradas de enojo alternativamente a Débora,
que se limitaba a ignorarlo, y más enojadas aún al perfumado David. Agitaba la mano,
cuando hablaba éste con su acento musical y culto – en griego, por supuesto -, como
si alejara una nube de mosquitos, y emitía groseros sonidos al masticar y beber vino.
(Un auténtico cerdo, pensó Débora, sin caridad alguna.) Sólo cuando Hilel hablaba
prestaba atención, y dejaba de llenarse la boca con grandes trozos de pan, o de
examinar cada plato con intensa suspicacia, como si estuvieran envenenados o no
fueran adecuados a los puros intestinos de un devoto judío. Era un hombre gruñón y
nudoso, aunque curiosamente gordo, y lucía larga barba negra, sin una sola cana a
pesar de su edad. Sus ropas eran del lino más vulgar, y de un tono marrón sucio, y
Débora estaba segura de que olería mal, lo cual no era cierto. Era rico e instruido,
y muy temeroso de Dios, y a menudo iba a Jerusalén, y hablaba de sí mismo como del
más pobre y humilde de los hombres, pero era orgulloso, aferrado a sus opiniones e
intolerante. Era también lo que David llamaba "un cazador de herejías", ferozmente
consagrado a la Ley y al Libro, y por tanto un anacronismo en aquellos días de
progreso. Débora lo detestaba.
La enfureció enterarse por su marido de que Isaac no sólo instruiría al
joven Saulo en los adecuados estudios de un judío farisaico -ya estaba instruyendo al
niño-, sino que sería su mentor y escogería su oficio. Él era tejedor de pelo de
cabra. Seguramente, protestaba Débora entre lágrimas, ni siquiera un judío
septuagenario podía creer, ya que todos los judíos debían ser no sólo instruidos en
la ley mosaica, sino que habían de abrazar un humilde oficio que supusiera la labor
manual, por muy rica y distinguida que fuera su familia. Era ridículo. ¿Acaso Hilel
practicaba ahora su oficio de ebanista? Ciertamente, a veces le complacía tallar un
mueblecillo, o una silla para el cuarto del niño, o una mesita, pero ¿lo hacía
diligentemente como exigía la Ley? En verdad que no. "Uno nunca sabe", decía Hilel
misteriosamente, pero sin explicar jamás a qué se refería. ¡Era insoportable!
Aquella noche Débora se sentía feliz. David era su hermano favorito. Le
molestaba que Hilel, siempre que David estaba en casa, invitara también a aquel
odioso y viejo fariseo a su mesa. Ella ignoraba que ambos irritaban igualmente a su
marido, pero que al mismo tiempo lo excitaban y hacían más agudas sus réplicas. (A
veces Hilel se preguntaba qué se sentiría al ser romano, y poseer tanta certeza
materialista, sin dudas, y recorrer el camino con firmeza sin hallar pregunta alguna
en la tierra.)
Hilel miró al pequeño Saulo, sentado en silencio junto a su madre. Le sonrió
afectuosamente, pero Saulo escuchaba a su tío David con aquella extraña intensidad
suya, nada infantil. Desde luego no era guapo, pero sí curiosamente dominador. El
pelo, audazmente rojo, se lo habían cortado a la moda romana, como un soldado, y las
grandes orejas se separaban del cráneo redondo y viril. Débora podía deplorar su
nariz fenicia, e insinuar cierta mezcla en la impecable familia de Hilel -lo que era
probable, admitía éste-, pero a él le parecía que la nariz de su hijo era muy varonil
y, sin saber por qué, se sentía confortado. También le gustaban las manos del chico,
cuadradas y morenas, con breves uñas cuadradas, y el firme cuello, y el tono
saludable de sus mejillas y las pecas que le salpicaban el rostro. La boca de Saulo

lo dejaba dudoso: grande, de labios finos, siempre en movimiento, le sugería un
carácter obstinado y discutidor. En conjunto, el aspecto del muchacho respiraba
orgullo y concentración, y también un temperamento rencoroso que, reflexionaba Hilel,
le procuraría más enemigos que amigos en el futuro.
Pensó ahora en su hija Séfora, una hermosa niña rubia, de ojos dorados,
modales afectuosos y hoyuelos en las mejillas. Se reía de Saulo y se metía con él.
Éste, que pocas veces toleraba a nadie, ni siquiera a sus padres, lo aceptaba todo de
Séfora, y jugaba con ella en sus ratos de ocio, y la reñía, aunque jamás conseguía
hacerla llorar. Débora se sentía orgullosísima de su belleza, y se maravillaba ante
sus ojos dorados, y le rizaba los rubios cabellos y defendía del sol su delicado
cutis con toda suerte de cosméticos, hablándole de las ropas que debían llevarse a
cada hora del día, y enseñándole a cantar.
El rabino Isaac insistía siempre en que deseaba "sólo la comida más
sencilla" cuando visitaba a sus amigos, pero todos sabían que su esposa Lea era una
magnífica cocinera. Débora creía inocentemente que el rabino era un hombre austero, y
ascético, de manera que cuando su marido lo invitaba disponía invariablemente la
comida más sencilla. Esto encantaba a Hilel, que se sentía maliciosamente satisfecho
de gastar esta broma a su viejo amigo, y asimismo de contemplar a David esforzándose
en contener una mueca de desagrado.
En cuanto a Aristo, nadie le dirigía la palabra, ni siquiera los desdeñosos
esclavos, pues era sólo un liberto, aunque él se creía superior a todos en la mesa,
ya que era ateniense, y brillantemente educado. Sus pequeños ojos negros,
inteligentes e inquietos, pasaban de un rostro a otro, limitándose a escuchar y a
sonreír para sí. De todos los presentes sólo Hilel ben Boruch le inspiraba respeto y
una verdadera estimación. Lo consideraba un intelectual y un hombre bueno y de valor.
La ley judía exigía que todo esclavo fuera liberado al cabo de siete años. Hilel, un
día, prometió a Arista liberarlo dentro de dos años. Arista había pensado en ello con
inquietud y luego le había consultado:
-Dentro de dos años, amo, seré libre. Y entonces, ¿a dónde iré?
Hilel había reflexionado, comprensivo. Un liberto era responsable de las
propias acciones ante Dios y el hombre, responsable incluso de los propios
pensamientos. ¡Cuánto peor era haber sido protegido y alimentado toda la vida, sin
tener que dar cuenta más que a un amo, y de pronto ser lanzado a las regiones heladas
donde uno era responsable ante todos! Por tanto, Hilel había dicho:
-Fuiste comprado para mi hijo, y, según la ley, deberás quedar libre dentro
de dos años más. Pero ¿por qué dejarnos? En este mundo de múltiples gentes y
filosofías, ¿no necesito, acaso, que sigas enseñando a mi hijo cuando sea mayor? Por
tanto, antes de terminar el tiempo, visitaremos juntos al pretor, y quedarás libre lo
antes posible, y, a partir de aquel momento, recibirás una paga mensual que ya
acordaremos, y serás un honrado miembro de esta casa.
Por consiguiente, Arista se había convertido en liberto, con un generoso
salario que le permitía adquirir poco a poco algunos huertos de olivos para su vejez.
"Los judíos, pensaba entretanto Arista, no pueden dejar en paz a Dios ni un
momento. No es, pues, sorprendente que Él, exasperado, los castigue a menudo, puesto
que ellos siempre se quejan. "
-Con Dios, bendito sea su nombre, compartimos nuestra inmortalidad -iba
diciendo Isaac-. De manera que también nosotros hablamos por siglos en nuestra alma.
David intervino procurando disimular cortésmente su aburrimiento:
-La resurrección de la carne, si se me permite decirlo, no es una
exclusivamente judía. Los egipcios han creído en ella durante siglos, mucho
que Israel existiera, y lo mismo los babilonios. Es una creencia arraigada
las religiones. Sólo los griegos y los romanos no lo admiten, pero en cambio
fantasmas -y se echó a reír suavemente.

doctrina
antes de
en todas
creen en

-Nadie cree en ello como nosotros -insistió el rabino con acento desafiador.
-¡Nadie cree exactamente como su vecino! -replicó David, sin casi reprimir
un bostezo-. Probablemente Hilel tiene toda la razón al decir que si todos los
hombres pensaran de la misma manera el resultado sería catastrófico.
Isaac, en su celo e intención no sólo de rescatar a Hilel de lo que creía
tibieza, sino de impedir la contaminación del alma del joven Saulo, se lanzó de nuevo
a la palestra:
-Los hombres como ustedes hacen complejas las cosas más sencillas, mediante
sus confusas elucubraciones. Dios es la suprema claridad. Cuando Él, bendito sea su
nombre, dice "Yo soy el Señor, tu Dios", ha dicho todo lo que hay "Que decir, toda la
sabiduría, todo lo que un hombre o un ángel pudiera soñar en conocer. Pero ustedes
inventan filosofías.
Nosotros no inventamos a sus interminables y pesados comentaristas -cortó
David-, que siempre están reinterpretando a Dios, o revisando lo que Él ha dicho,
para adecuarlo a cada nueva situación o aclarar un punto oscuro.
"Muy cierto", pensó Hilel. De nuevo, en aquella disputa entre el rabino
Isaac y David, creyó ver saltar una chispa de la llama incandescente de la verdad que
ninguno de los dos conocía por completo. Ni él tampoco. Dijo:
-Dios es sencillo. Sólo el hombre es complicado.
Isaac le lanzó una mirada de aprobación. Pero David insistió:
-Yo creo que nada es simple, y nada es oscuro. Sólo el pensamiento lo hace
así, y a menudo me siento cansado de pensar.
-Y por eso te entregas a las fantasías de griegos y romanos -dijo el
rabino-, como todos ustedes, los saduceos, tan unidos a los romanos, al ambicioso
recaudador de impuestos, ¡al agresor, que destruye a mi pueblo forzándolo a la
desesperación, a la ruina y a la pobreza, destrozando el Arca, rompiendo el velo del
Templo y escribiendo en sus muros!
Sus ojos se llenaron de lágrimas al pensar en la degradación, esclavitud y
desamparo de su pueblo, dentro de los sagrados muros de Jerusalén. Su emoción se
comunicó a todos. Los ojos de Saulo brillaron de ira.
-Tú te ríes -dijo Isaac a David,
será burlado; enviará su Mesías, bendito
será borrada como la niebla de un
amenazadoramente, agitando el índice ante

que, desde luego, no se reía-. Pero Dios no
sea Su Nombre, y toda la maldad del mundo
pantano, y llegará el amanecer-hablaba
David.

-Amén -murmuró Hilel. Entonces cruzó su mente el recuerdo de lo que le
habían contado de la grande e impresionante estrella sobre Belén. Vaciló, pero sentía
el poderoso impulso de hablar, y se inclinó hacia David, que sonreía negligentemente
al rabino.
-David, hace tiempo que deseaba hacerte una pregunta, pues tú vives en
Jerusalén. Tengo una prima casada con un romano, Aulo, joven centurión. Éste me
escribió hace años que, en una noche de invierno, observó una magnífica y terrible
estrella que se movía sobre Belén... -se detuvo, pues el rabino Isaac lo miraba con
ojos impacientes.
-Y el romano pensó que era una prueba de que su hijo nacido aquella noche,
era una manifestación de sus deidades paganas -lo interrumpió éste.
Pero Hilel miraba ansiosamente a David. Esperaba que sonriera y rechazara el
relato con un vago gesto de la mano. Pero el joven estaba pensativo.

-También yo la vi -dijo-. Y muchos otros la vieron. -inclinó la hermosa
cabeza y pareció meditar. Luego se encogió de hombros-: Sería un meteoro ardiente,
como informaron los astrólogos, o una nova. Era una visión magnífica. Se alzó sobre
las lejanas colinas de Belén como una luna llena. Brilló firmemente durante unas
cuantas noches, y después desapareció. Como todas las novas, su luz y duración fueron
efímeras. Pero, mientras duró, fue indescriptible, pura y blanca, girando como sobre
un enorme eje. Nos reunimos en los tejados para verla. Algunos supersticiosos la
creyeron un enorme cometa que iba a destruirnos. Algunos dijeron que las velas y
antorchas del templo parecían brillar más mientras la estrella se mantenía sobre
Belén. Algunos declararon que oían voces celestiales... -de nuevo se encogió de
hombros-: Fue hermoso, pero no significaba nada.
-¿Y nadie de Jerusalén fue a Belén... para ver? -preguntó Hilel- El rabino
Isaac afectaba un aire desdeñoso, retrepado en la silla, y sonriendo-o ¿Nadie se
preocupó de investigar?
David meditó de nuevo.
-Uno lo hizo -contestó, encogiéndose de hombros.
Hilel no comprendía por qué su corazón saltaba de nuevo, pero gritó:
-¿Quién?
Su voz, extrañamente vibrante e intensa, hizo que hasta los ojos de Saulo se
clavaran en él, maravillados. Las cejas de David se alzaron asombradas ante esta
extraordinaria muestra de emoción en su cuñado, siempre tan moderado.
-Un joven, José de Arimatea, que tú no conoces -respondió con voz suave,
como temeroso de que aquel ardor inexplicable fuera peligroso--. Es amigo mío,
honorable consejero, que -tosió apurado-, al parecer, había estado esperando el Reino
de Dios. También es miembro del Sanedrín, a pesar de su juventud, ya que es estimado
por su sabiduría, y la sabiduría de su padre. Es muy devoto, pero también avanzado, y
muy rico.
-¿Y él siguió a la estrella?
-No había nada que seguir. Estaba allí, sobre Belén. José fue con un
séquito. Pero una vez en la posada... (debo mencionar que la posada estaba llena
hasta los topes, incluso los establos, porque César Augusto había ordenado un censo y
el pueblo de Galilea había acudido allí), José dejó a sus sirvientes y siguió un poco
más a pie. Uno de sus sirvientes contó a uno de los míos que José llevaba una pequeña
arquilla de oro en sus manos, un objeto precioso, y que, cuando volvió a medianoche,
ya no la llevaba y jamás fue vista de nuevo.
-¿Eso es todo? -preguntó Hilel, al ver que no seguía.
-Eso es todo. ¿Qué más puede haber? Recuerdo que pregunté a José qué había
hallado en Belén, y él se limitó a sonreír. Es hombre de pocas palabras.
-Una historia estúpida -dijo el rabino Isaac-. Tu amigo es muy misterioso.
Si el mensajero de Dios hubiera nacido aquella noche, habrían resonado las trompetas
y los cielos se hubieran iluminado de zenit a nadir, llamando a todos los hombres a
la adoración' y la oración. La santa colina de Sión hubiera ardido como el sol y los
romanos hubieran quedado instantáneamente calcinados. Israel hubiera sido alzado
hasta los cielos, con todas sus murallas convertidas en oro y sus almenas pobladas de
ángeles. Y Él, bendito sea su nombre, hubiera sido proclamado en todos los rincones
de la tierra.
-Cierto -dijo David ben Chebua-. Así se ha profetizado.
-Es posible que no lo conozcan cuando aparezca por primera vez ante ellos
-dijo Hilel, sintiendo ahora su corazón lleno de dudas y de melancolía.

El rabino alzó los ojos al techo, como pidiendo paciencia al Todopoderoso.
Luego dijo:
-El sol se pone. Es la hora de la plegaria.
El joven Saulo había estado escuchándolos, y había un profundo brillo en sus
extraordinarios ojos, cosa que Arista deploraba de corazón, pues sospechaba
fanatismo, y además la atención del niño había estado pendiente del rabino, y no de
su padre. Él mismo había escuchado estas disputas hebraicas con aburrimiento. ¿Por
qué no podían calmarse los judíos y aceptar el nacimiento de los dioses como lo
aceptaban los griegos, con gracia y alegría?
Débora se había retirado en silencio. El rabino Isaac, oscura y pesada
figura, dirigía la marcha hacia el jardín, con pasos que resonaban entre las blancas
columnas. Hilel y su hijo Saulo lo siguieron. David sonrió y se dirigió hacia la
puerta del fondo.
Aristo salió al pórtico, y quedó tras una columna, observando. Los jardines
estaban bañados de oro y bermellón; había una suave neblina en las ramas de los
árboles y las palmeras susurraban suavemente bajo el viento de la tarde. Más allá
comenzaban aquellas increíbles montañas rojas, pero sobre sus cumbres el cielo
parecía verde y solamente brillaba una estrella. Los pájaros se entregaban a sus
coloquios, pero Aristo dudaba que cantaran las plegarias de la tarde, como el joven
Saulo le asegurara una vez. Sin embargo, era un hermoso pensamiento, y había que
animar el sentido poético en los jóvenes.
Saulo siguió las plegarias de su padre y el rabino, alzando en respuesta su
firme voz infantil.
Capítulo 3
-No entiendo este asunto de las almas y la caridad -dijo Aristo a Saulo-.
Ciertamente Sócrates la recomendaba, pero era un pensamiento tan extraño a sus
conciudadanos que apenas lo tomaron en cuenta.
"Ayer diste tu último dracma a un mendigo junto a la puerta de la sinagoga.
Era repulsivo a la vista, y bastante ofensivo al olfato. Observé que la diste sin
tristeza ni compasión.
-Ya he dicho antes -dijo Saulo, con toda la exasperación de un joven de
catorce años- que se nos ordena dar diezmos y limosnas. Es un mandato santo. En
realidad, un deber. ¿Qué importa que el objeto de nuestra caridad sea repulsivo,
quizás incluso detestable? Eso no influye en nosotros.
-En resumen -dijo Aristo-, que la das porque es una orden de tu Dios, no
porque sientas compasión por el objeto de tus limosnas.
Las rojizas y espesas cejas de Saulo se fruncieron con disgusto. Aristo
tenía la habilidad de llevar la cuestión por donde quería. Vaciló:
-Sé que mi padre da con piedad, y el rabino Isaac con una bendición. Si yo
no siento compasión por el mendigo es por mi dureza de corazón, o a causa de mi
juventud, que el tiempo se encargará de cambiar. Mientras tanto, obedezco. Pero esto
tú no lo comprendes.
Aristo meditó en ello, y agitó lentamente la cabeza:
-¿No se te ha ocurrido, naturalmente, que la caridad puede destruir al que
la recibe? Escucha esta vieja historia:
"Un bondadoso sabio cabalgaba en su asno hacia el mercado. En el camino se
le acercó un mendigo que le pidió una moneda para comprar pan. El sabio, conmovido
por la miseria del hombre, vació su bolsa en la mano del mendigo. Recobrado de su

asombro, el mendigo elogió la bella capa que abrigaba al sabio. Éste, después de
vacilar unos instantes, se la sacó y la puso sobre los hombros del mendigo. Entonces
éste comprendió que había dado con un hombre de pocas luces, o con un loco. Admiró su
cinturón y la hermosa daga alejandrina, y consiguió ambas cosas. Luego llegó a las
botas de piel, forradas de lana, y pronto estuvo sentado en el polvo calzándoselas.
"Al levantarse se quejó de que estaba lejos de la ciudad y deseoso de
visitar una taberna en la que gastarse la limosna en comida y vino reconfortante. El
sabio vaciló, pero recordando que tenía una buena casa, con un huerto de olivos, y
que no tenía hambre, y que contaba en la ciudad con amigos que Jedarían de comer
desmontó del asno y con noble gesto invitó al mendigo a que lo montara. Éste obedeció
con rapidez, se sentó y cogió el látigo con arrogancia. Entonces, viendo al sabio de
pie en el camino, con los pies desnudos en el polvo, sin capa y sin una moneda en la
bolsa, lo miró con desprecio: "¡Aparta, mendigo!", gritó, y, cruzándole el rostro con
el látigo, se alejó cabalgando alegremente.
"Y ahora, mi querido Saulo, ¿podrías adivinar los pensamientos del sabio?
Saulo cerró los ojos. Observó subrepticiamente a Aristo, sabiendo que el
griego le tendía una trampa con sus palabras; luego dijo:
-Si era sabio, se consolaría con el pensamiento de que el mendigo tenía
ahora su dinero y sus bienes, y estaría contento.
-Si pensaba esa tontería, entonces no era sabio ---dijo Aristo-. Ni humano
tampoco. Saulo, si tú fueras ese hombre, ¿cuáles serían tus pensamientos?
El chico lo miró con sus ojos extraños. Luego su rostro pecoso estalló en
una carcajada:
-¡Yo hubiera perseguido al mendigo, le hubiera tirado del asno y le hubiera
azotado con todas mis fuerzas!
-¡Saulo, Saulo, aún siento esperanzas con respecto a ti! ---dijo Aristo,
dándole una palmada en el fuerte brazo-o Pero, ¿qué hubiera hecho el rabino Isaac?
El muchacho rió de nuevo:
-Habría calculado juiciosamente el diezmo exacto de su bolsa para dárselo al
mendigo.
-Ya me has atrapado ---dijo el griego-. Sin embargo, es una historia
interesante que ilustra lo que sucede cuando la virtud es excesiva.
-Aún no te lo había dicho ---dijo Saulo-. Voy a ir a la universidad de Tarso
y, entre otras cosas, estudiaré la ley romana. Seré un abogado para mi pueblo.
-Serás un excelente abogado. Siempre crees tener razón.
Aunque el muchacho, vestido con una sencilla túnica gris sin bordados,
estaba tranquilamente sentado en una silla, saboreando unas frutas, no daba la
impresión de paz y serenidad. Toda su interior turbulencia se reflejaba en los
continuos cambios de expresión de su rostro, en sus cejas movibles, en los rápidos
movimientos de sus manos, en la posición de sus anchas espaldas. Llevaba el anillo
que, siguiendo la tradición judía, le regaló su padre cuando "se hizo hombre": un
sencillo aro de oro sin adornos, con un rubí cuyo fuego era semejante al de sus
cabellos. Hilel, pensó Aristo, conoce a su hijo y ha sabido elegir lo que mejor lo
representa. A los ojos del griego Aristo, aquel Saulo, a quien su madre encontraba
feo, estaba dotado de una belleza particular que emanaba de su fortaleza.
Seguramente, se dijo, con la madurez adquirirá una personalidad impresionante,
temiblemente dominadora. Si fuera más alto, siguió pensando Aristo, que sentía por su
discípulo un afecto sólo adivinado por Hilel, este Saulo sería un auténtico Titán. Lo
cierto es que si era violento, no era brutal ni vengativo; que si le gustaba
discutir, combatiendo, nunca insultaba ni molestaba en nada a su contrincante, y que
si las ideas de los demás a veces lo exasperaban, no llegaba nunca al punto de
declarar obtusos o poco inteligentes a los que las mantenían: prefería declararse

incomprendido. "Saulo, Saulo, pensó Aristo el griego, no, el mundo no te recibirá
amablemente. Los hombres como tú pueden promover holocaustos, pero acostumbran a ser
las primeras víctimas del fuego."
-Los higos están muy maduros y dulces, Aristo -dijo Saulo, observando con su
mirada la doliente expresión de su preceptor-o ¡Cómete éste!
Y le ofreció el más grande, que rezumaba miel.
-¡Tragones! -exclamó una voz alegre junto a ellos. Alzaron la vista y vieron
a una adolescente que les sonreía echándose hacia atrás la mata dorada de sus
cabellos relucientes al sol. Sus ojos, casi tan dorados como los cabellos, miraban
burlonamente a los dos hombres que, como atontados, se tragaban los higos. El calor,
coloreándolo, hacía más atractivo aquel rostro realmente hechicero. Un año más joven
que Saulo, tenía entonces trece; era más alta que él y sus senos núbiles se dibujaban
apenas bajo la túnica verde. Si Saulo tenía el vigor impetuoso de un novillo, Séfora
se estremecía ligeramente como una flor mecida por la brisa estival.
Estaba ya prometida a su primo Ezequiel, de Jerusalén, y se casaría con él
al cumplir los catorce años.
-Esa túnica -dijo Saulo- es una desvergüenza para una joven de tu edad, una
modesta doncella judía.
-¡Bah! -dijo-. ¿A quién preocupa la modestia en este jardín? Además, hace
mucho calor -sus piernas brillaban como el mármol besado por el sol. Metióse bajo el
toldo, cogió una cidra, le quitó la piel y hundió los blancos dientes en la pulpa. El
jugo de la fruta rezumaba de su boca y ella lo recogía golosamente lamiéndose los
labios con la punta rosada de la lengua.
-Estoy pensando que no me casaré con Ezequiel -dijo, y cogió una ciruela.
Sólo cuando miraba a Séfora los ojos de Saulo perdían el brillo metálico.
-No está bien que una chica de tu edad se pasee con esta túnica de muchacho.
¿Cómo te lo permite tu madre? Los mosquitos te han picado las rodillas, y esto no va
con una chica. Y además las llevas sucias. ¿Te has arrastrado por el lodo, hermanita?
-No es una túnica de muchacho. Me han crecido las piernas. ¿Acaso yo te
pregunto dónde vas tan en secreto por las mañanas, cuando apenas ha amanecido?
-preguntó ella, cogiendo un racimo de uva.
Con gran asombro de Aristo, Saulo enrojeció intensamente. Séfora se rió:
-Debe ser para ir a visitar a una chica, una pastora quizás, o la muchacha
de las cabrás -dijo. Agitó ante él un dedito manchado de zumo de uva-: ¡Qué
vergüenza, en verdad! Sales de casa cuando apenas hay luz, y, cuando te veo, he de
meter la cabeza bajo la almohada para poder sofocar la risa. ¿Quién es la damisela,
hermanito?
Aristo estudió divertido a su alumno, ya que el color de Saulo aumentaba por
momentos y parecía sudar. El griego se compadeció al fin de él:
-Es normal que un joven de la edad de Saulo, lleno de sueños, fantasías y
extraños anhelos, salga, meditando, a contemplar cómo amanece.
Séfora también pensaba que esto era probablemente cierto, pero siguió
burlándose de él:
-Una mañana te seguiré, y descubriré a esa ninfa entre los arbustos.
-Estás confundiéndola con Moisés -dijo Saulo con extraña voz-. Deja ya de
hablar de ninfas, lávate y vístete con más modestia.
-Gruñón -dijo Séfora, y se alejó cantando.

-Una hechicera -dijo Aristo-. Una verdadera Atalanta.
Saulo se encogió de hombros:
-No es más que una cría. Y con la lengua de víbora. Quedaron en silencio,
conscientes de lo que no se había dicho, y, cuando se miraron, fue como si hubieran
firmado entre ellos un pacto de honor. Saulo dijo sonriendo:
-Yo la quiero mucho. Aunque no tenga seso, y sea sólo una chiquilla.
Saulo comprendió que había llegado a la virilidad pocos meses antes de este
día de otoño en el jardín, cuando le faltaban dos meses para su quinceavo cumpleaños.
Como los judíos tenían un enfoque realista de la vida, Saulo había sido
debidamente instruido en los usos, significados y deberes inherentes a la sexualidad
desde su infancia. Su padre habría querido hacerlo de modo más delicado que el viejo
rabino Isaac, que juzgaba las vacilaciones de Hilel sobre este tema no sólo
ridículas, sino increíbles.
-Dios nos hizo como somos -había dicho, mirándolo como si sospechara una
herejía-. Y estamos naturalmente dotados de apetitos que deben ser dominados, si
hemos de alcanzar la civilizada virilidad. Dime, Hilel ben Boruch, ¿dirías solamente
a tu hijo "No es prudente acariciar o besar a una mujer"? El muchacho se sentiría
confuso e inseguro. Pero si le dices: "No entrarás y te acostarás con una mujer
cuando no está permitido", sabrá con certeza lo que quieres decir, pues los niños no
son tan puros e inocentes como tú sospechas. Tienen instintos, y algunos de ellos son
más fuertes que los de los hombres.
El viejo rabino sonrió, divertido. Saulo, por supuesto, había visto
aparearse a los cisnes, a las cabras y a otros animales, y había comprendido que su
hermana no era el resultado de alguna visita angelical...
Se había acostumbrado a levantarse antes del amanecer para dar un paseo a la
débil luz matutina hasta la pequeña escuela del rabino Isaac, cercana a la ciudad. Al
llegar a la austera habitación, era el primero en saludar al maestro, y luego rezaban
juntos una plegaria. Comprendiendo que Saulo poseía peculiares y poderosas facultades
espirituales, Isaac, sin dejar de mostrársele bondadoso, había decidido tratarlo con
mayor severidad que a los demás estudiantes, .ser con él más dado a las censuras,
avisos y advertencias que a los halagos. Saulo era un alma extraña, un vaso que
contendría la Gracia de Dios... si se le enseñaba bien y se le dirigía sabiamente. Si
el rabino Isaac tenía algún temor era el de no ser lo bastante sabio para guiar
aquella alma, y, por tanto, Saulo era a menudo el objeto de sus mayores plegarias.
Aunque robusto y musculoso, Saulo no participaba en las peleas de los otros
cuando dejaban los bancos y los libros. Pero su aspecto era formidable, y por eso no
lo atacaban, aunque lo consideraban el más provocador. Sin embargo, se burlaban de
él, llamándolo Pelirrojo, y discutían en su presencia sus arqueadas piernas. Saulo no
sentía animosidad contra sus compañeros. Su actitud era de indiferencia, algo que
aquéllos no podían soportar, y por eso se metían con él. Los juzgaba vanos, débiles y
superficiales, y se compadecía de Isaac por tener que enseñarles. No tenían auténtica
reverencia por la Palabra de Dios, ni profunda piedad. Por consiguiente debía
evitarlos, para que no lo arrastraran al abismo.
-Es adecuado que dediques tu vida a Dios, hijo mío -le dijo un día el
rabino-, si ése es tu destino y tu deseo. Pero eres joven. Dios no ha prohibido a los
jóvenes que disfruten de simples placeres, ni de la sociedad de los amigos.
Saulo replicó impasible:
-Me siento alegre a menudo, rabino, y hay muchas cosas que me divierten;
pero otras no me causan impresión alguna. ¿Entonces tengo que reírme para resultar
agradable al que las hace o que las dice? ¿Vale la pena esforzarse en buscar la
aprobación de las personas triviales?

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  • Autor: JORGE ALBERTO MORENO RUIZ
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