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JULIO VERNE LA ISLA MISTERIOSA .pdf



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Autor: alfonso velásquez

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LA ISLA MISTERIOSA

JULIO VERNE

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LA ISLA MISTERIOSA

JULIO VERNE

JULIO VERNE

LA ISLA MISTERIOSA

RESUMEN
Con esta obra se cierra la trilogía sobre el Capitán Nemo, que comenzó con Los hijos del Capitán Grant y Veinte
mil leguas de viaje submarino. Aquí vuelve a aparecer la fascinación y las esperanzas de Julio Verne en la
ciencias aplicadas, en este caso mediante el personaje del ingeniero Ciro Smith quien, junto con otros cuatro
presos en Richmond, logra huir de una muerte segura en un globo aerostático y llega a la isla de Lincoln,
aparentemente desierta, para convertirse en una suerte de Robinson Crusoe. Un clásico que ahora recuperamos
para los amantes del género, con las ilustraciones clásicas de Ferat en una edición de alta calidad

I. LOS NAUFRAGOS DEL AIRE

01. UN GLOBO A LA DERIVA
-

¿Remontamos?
¡No, al contrario, descendemos!
¡Mucho peor, señor Ciro! ¡Caemos!
¡Vive Dios! ¡Arrojad lastre!
Ya se ha vaciado el último saco.
¿Se vuelve a elevar el globo?
No.
¡Oigo un ruido de olas!
¡El mar está debajo de la barquilla!
¡Y a unos quinientos pies!
Entonces una voz potente rasgó los aires y resonaron estas palabras:
- ¡Fuera todo lo que pesa! ¡Todo! ¡Sea lo que Dios quiera!
Estas palabras resonaron en el aire sobre el vasto desierto de agua del Pacífico, hacia las cuatro de la
tarde del día 23 de marzo de 1865.
Seguramente nadie ha olvidado el terrible viento del nordeste que se desencadenó en el equinoccio de aquel
año y durante el cual el barómetro bajó setecientos diez milímetros. Fue un huracán sin intermitencia, que
duró del 18 al 26 de marzo. Produjo daños inmensos en América, en Europa, en Asia, en una ancha zona de
1.800 millas, que se extendió en dirección oblicua al Ecuador, desde el trigésimo quinto paralelo norte hasta el
cuadragésimo paralelo sur. Ciudades destruidas, bosques desarraigados, países devastados por montañas de
agua que se precipitaban como aludes, naves arrojadas a la costa, que los registros del Bureau–Veritas
anotaron por centenares, territorios enteros nivelados por las trombas que arrollaban todo lo que encontraban
a su paso, muchos millares de personas aplastadas o tragadas por el mar; tales fueron los testimonios que
dejó de su furor aquel huracán, que fue muy superior en desastres a los que asolaron tan espantosamente La
Habana y Guadalupe, uno el 25 de octubre de 1810, otro el 26 de julio de 1825. Al mismo tiempo en que
tantas catástrofes sobrevenían en la tierra y en el mar, un drama no menos conmovedor se presentaba en los
agitados aires. En efecto, un globo, llevado como una bola por una tromba, y envuelto en el movimiento
giratorio de la columna de aire, recorría el espacio con una velocidad de noventa millas por hora, girando
sobre sí mismo, como si se hubiera apoderado de él algún maelstrom aéreo. Debajo de aquel globo oscilaba
una barquilla, que contenía cinco pasajeros, casi invisibles en medio de aquellos espesos vapores, mezclados
de agua pulverizada, que se prolongaban hasta las superficies del océano. ¿De dónde venía aquel aerostato,
verdadero juguete de la tempestad? ¿En qué punto del mundo había sido lanzado? Evidentemente no había
podido elevarse durante el huracán; pero el huracán duraba desde hacía cinco días, y sus primeros síntomas
se manifestaron el 18. Así, pues, era lícito creer que aquel globo venía de muy lejos, porque no había
recorrido menos de dos mil millas en veinticuatro horas. En todo caso, los pasajeros no habían tenido medios
para calcular la ruta recorrida desde su partida, porque no tenían punto alguno de comparación. Debió
producirse el curioso hecho de que, arrastrados por la violencia de la tempestad, no lo sintieron. Cambiaban de
lugar y giraban sobre sí mismos, sin darse cuenta de esta rotación, ni de su movimiento en sentido horizontal.
Sus ojos no podían penetrar la espesa niebla que se amontonaba bajo la navecilla. Alrededor de ellos todo
era bruma. Tal era la opacidad de las nubes, que no hubieran podido decir si era de día o de noche. Ningún
reflejo de luz, ningún ruido de tierras habitadas, ningún mugido del océano había llegado hasta ellos en aquella

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oscura inmensidad, mientras se habían sostenido en las altas zonas. Sólo su rápido descenso había podido
darles conocimiento de los peligros que corrían encima de las olas. No obstante, el globo, libre de pesados
objetos, tales como municiones, armas, provisiones, se había elevado hasta las capas superiores de la
atmósfera a una altura de cuatro mil quinientos pies. Los pasajeros, después de haber reconocido que el mar
estaba bajo la barquilla, encontrando los peligros menos temibles arriba que abajo, no habían vacilado en
arrojar por la borda los objetos más útiles, y tratando de no perder nada de aquel fluido, de aquella alma de
su aparato, que les sostenía sobre el abismo. Transcurrió la noche en medio de inquietudes que hubieran sido
mortales para otras almas menos templadas. Llegó después el día y con el día el huracán mostró tendencia a
moderarse.
Desde el principio de aquel día, 24 de marzo, hubo algunos síntomas de calma. Al alba, las nubes más
vesiculares habían remontado hasta las alturas del cielo. En algunas horas la tromba fue disminuyendo hasta
romperse. El viento, del estado de huracán, pasó al gran fresco, es decir, que la celeridad de traslación de las
capas atmosféricas disminuyó la mitad. Era, aún, lo que los marinos llaman “una brisa a tres rizos”, pero la
mejoría en el desorden de los elementos no fue menos considerable. Hacia las once, la parte inferior del aire
se había despejado mucho. La atmósfera despedía esa limpidez húmeda que se ve, que se siente después del
paso de los grandes meteoros. No parecía que el huracán hubiese ido más lejos en el oeste; al contrario,
parecía que se había disipado por sí mismo; tal vez se había desvanecido en corrientes eléctricas, después de
la rotura de la tromba, como sucede a veces a los tifones del océano Indico. Pero hacia esa hora también se
pudo comprobar de nuevo que el globo bajaba lentamente, por un movimiento continuo en las capas
inferiores del aire. Parecía que se deshinchaba poco a poco y que su envoltura se alargaba dilatándose,
pasando de la forma esférica a la forma oval. Hacia mediodía, el aerostato se cernía a una altura de dos mil
pies sobre el mar. Medía cincuenta mil pies cúbicos y, gracias a su capacidad, había podido mantenerse largo
tiempo en el aire, bien porque hubiese alcanzado grandes latitudes, bien porque se había movido siguiendo una
dirección horizontal. En aquel momento los pasajeros arrojaron los últimos objetos que aún pesaban en la
barquilla, los pocos víveres que habían conservado, todo, hasta los pequeños utensilios que guardaban en sus
bolsillos, y uno de ellos, alzándose sobre el círculo en el que se reunían las cuerdas de la red, trató de atar
sólidamente el apéndice inferior del aerostato. Era evidente que los pasajeros no podían mantener más el
globo en las zonas altas y que les faltaba el gas. ¿Estaban, pues, perdidos? En efecto, no era ni un continente,
ni una isla lo que se extendía debajo de ellos. El espacio no ofrecía ni un solo punto para aterrizar, ni una
superficie sólida en la que su áncora pudiera morder. ¡Era el inmenso mar, cuyas olas se chocaban con
incomparable violencia! ¡Era el océano sin límites, hasta para ellos que lo dominaban desde lo alto y cuyas
miradas abarcaban entonces un radio de cuarenta millas! ¡Era la llanura líquida, golpeada sin misericordia,
azotada por el huracán, que les debía parecer como una multitud inmensa de olas desenfrenadas sobre las
cuales se hubiera arrojado una vasta red de crestas blancas! ¡Ni una tierra se veía, ni un buque! Era
menester, pues, a toda costa, detener el movimiento de descenso para impedir que el aerostato se hundiese
en medio de las olas, y en esa a todas luces urgente operación se ocuparon los pasajeros de la barquilla.
Pero, a pesar de sus esfuerzos, el globo bajaba cada vez más, al mismo tiempo que se movía con extrema
celeridad, siguiendo la dirección del viento, es decir, de nordeste a sudoeste. Situación terrible la de aquellos
infortunados. Evidentemente no eran dueños del aerostato. Sus tentativas no tuvieron resultado. La cubierta
del globo se deshinchaba, el fluido se escapaba sin que fuera posible retenerlo. El descenso se aceleraba
visiblemente y, a la una de la tarde, la barquilla no estaba suspendida a más de seiscientos pies sobre el
océano. Era, en efecto, imposible impedir la huida del gas, que se escapaba libremente por una rasgadura del
aparato. Aligerando la barquilla de todos los objetos que contenía, los pasajeros pudieron prolongar, durante
algunas horas, su suspensión en el aire. Pero la inevitable catástrofe no podía tardar y, si no aparecía alguna
tierra antes de la noche, los pasajeros, barquilla y globo habrían desaparecido definitivamente en las olas. La
sola maniobra que quedaba por hacer fue hecha en aquel momento. Los pasajeros del aerostato eran, sin
duda, gente enérgica y sabían mirar la muerte cara a cara. No se oyó ni un solo murmullo escaparse de sus
labios. Estaban decididos a luchar hasta el último segundo, y hacían todo lo que podían para retrasar su
caída. La barquilla era una especie de caja de mimbre, impropia para flotar, y no había posibilidad de
mantenerse en la superficie del mar, si caía. A las dos el aerostato estaba apenas a cuatrocientos pies
sobre las olas.
En aquel momento una voz varonil-la voz de un hombre cuyo corazón era inaccesible al temor-se oyó. A esta
voz respondieron voces no menos enérgicas.
- ¿Se ha arrojado todo?
- ¡No! ¡Aún quedan dos mil francos en oro! Un saquito pesado cayó entonces al mar.
- ¿Se eleva el globo?
- ¡Un poco, pero no tardará en volver a caer!
- ¿Qué lastre nos queda?
- ¡Ninguno!
- ¡Sí!... ¡La barquilla!
- ¡Acomodémonos en la red y, al mar, la barquilla!
barquilla al
Era, en efecto, el único y último medio de aligerar el aerostato. Las cuerdas que sostenían la
círculo fueron cortadas, y el aerostato, después de la caída de aquélla, remontó dos mil pies. Los cinco
pasajeros que se habían metido en la red, encima del círculo, y se sostenían en los hilos de las mallas
miraban el abismo. Es conocida la sensibilidad estática de los aerostatos. Bastaba arrojar el objeto más ligero
para provocar un movimiento en sentido vertical. El aparato, flotando en el aire, obra como una balanza de
exactitud matemática. Se comprende que, aligerado de un peso relativamente considerable, su movimiento
sea importante y brusco. Fue lo que pasó en aquella ocasión. Pero, después de estar un instante equilibrado
en las zonas superiores, el aerostato volvió a descender. El gas se escapaba por una rasgadura imposible de

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reparar. Los pasajeros habían hecho todo lo posible. Ningún medio humano podía salvarles. Sólo tenían que
contar con la ayuda de Dios. A las cuatro el globo estaba a quinientos pies sobre la superficie de las aguas. Se
oyó un ladrido. Un perro, que acompañaba a los pasajeros, estaba asido, cerca de su dueño, a las mallas de la
red.
- ¡Top ha visto alguna cosa! – exclamó uno de los pasajeros.
Poco rato después se oyó una voz fuerte que decía:
- ¡Tierra! ¡Tierra!
El globo, arrastrado sin cesar por el viento hacia el sudoeste, después del alba había franqueado una distancia
considerable, unos centenares de millas, y una tierra elevada acababa, en efecto, de aparecer en aquella
dirección. Pero aquélla tierra se encontraba aún a treinta millas a sotavento. Faltaba más de una hora
para llegar a ella, con la condición de no desviarse. ¡Una hora! ¿No se habría escapado ya el fluido que les
quedaba? ¡Este era el problema! Los pasajeros veían distintamente aquel punto sólido, que era menester
alcanzar a toda costa. Ignoraban lo que era, isla o continente, porque apenas sabían hacia qué parte del
mundo el huracán los había arrastrado. ¡Pero aquella tierra, estuviese o no habitada, fuera o no hospitalaria,
era su único refugio! Cerca de las cuatro el globo no podía sostenerse. Rozaba la superficie del mar. Las
crestas de las enormes olas habían lamido muchas veces la parte inferior de la red, haciéndola aún más
pesada, y el aerostato no se levantaba sino a medias, como un pájaro que tiene plomo en las alas. Media hora
más tarde la tierra no estaba más que a una milla de distancia, pero el globo ajado, flojo, deshinchado,
enrollado en gruesos pliegues, sólo conservaba gas en su parte superior. Los pasajeros, asidos a la red,
pesaban ya demasiado para él, y pronto, medio sumergidos en el mar, fueron golpeados por las furiosas
olas. La cubierta del aerostato se infló entonces, y el viento lo empujó, como un buque con viento de popa.
¡Parecía que iban a llegar a la costa! Pero, cuando no estaban más que a dos cables de distancia, resonaron
gritos terribles, salidos de cuatro pechos a la vez. El globo, que, al parecer, no podía ya levantarse, acababa de
dar un salto inesperado, a impulsos de un formidable golpe de mar. Como si hubiera sido aligerado
súbitamente de una nueva parte de su peso, remontó a una altura de mil quinientos pies, y allí encontró una
especie de remolino de viento que, en lugar de llevarlo directamente a la costa, le hizo seguir una dirección
casi paralela a ella. En fin, dos minutos más tarde se acercaron oblicuamente y cayó sobre la arena de la
orilla, fuera del alcance de las olas. Los pasajeros se ayudaron los unos a los otros, logrando desprenderse
de las mallas de la red. El globo, libre de aquel peso, fue recogido par el viento y, como un pájaro herido que
encuentra un instante de vida, desapareció en el espacio. La barquilla contenía cinco pasajeros, más un
perro, y el globo sólo había arrojado cuatro sobre la orilla. El pasajero que faltaba había sido evidentemente
arrebatado por el golpe de mar, que, dando de lleno en la red, había permitido al aparato, aligerado de
peso, llegar a tierra. Apenas los cuatro náufragos – si se les puede dar ese nombre - habían tomado tierra,
todos, pensando en el ausente, exclamaron:
- ¡Quizá podrá ganar la orilla a nado! ¡Salvémoslo! ¡Salvémoslo!
02. CINCO PRISIONEROS EN BUSCA DE LIBERTAD
No eran ni aeronautas de profesión ni amantes de expediciones aéreas los que el huracán acababa de arrojar
en aquella costa: eran prisioneros de guerra, a los que su audacia había impulsado a fugarse en circunstancias
extraordinarias. ¡Cien veces estuvieron a punto de perecer! ¡Cien veces su globo desgarrado hubiera debido
precipitarlos en el abismo! Pero el cielo les reservaba un extraño destino, y el 20 de marzo, después de
haberse fugado de Richmond, sitiada por las tropas del general Ulises Grant, se encontraron a siete millas de
aquella ciudad de Virginia, principal plaza fuerte de los separatistas durante la terrible guerra civil de Secesión.
Su navegación aérea había durado cinco días. He aquí en qué circunstancias se realizó la evasión de los
prisioneros, evasión que debía terminar como ya conocemos. En el mes de febrero de 1858, en un golpe de
mano intentado, aunque inútilmente, por el general Grant para apoderarse de Richmond, muchos de sus
oficiales cayeron en poder del enemigo en la ciudad. Uno de los más distinguidos prisioneros pertenecía al
Estado Mayor Federal y se llamaba Ciro Smith. Ciro Smith, natural de Massachusetts, era ingeniero, un sabio
de primer orden, al que el gobierno de la Unión había confiado durante la guerra la dirección de los
ferrocarriles por el papel estratégico de los mismos. Americano del norte, seco, huesudo, esbelto, de unos
cuarenta y cinco años, pelo corto y canoso, barba afeitada, con abundante bigote. Tenía una cabeza
numismática, que parecía hecha para ser acuñada en medallas: los ojos ardientes, la boca seria, la fisonomía
de un sabio de la escuela militar. Era uno de esos ingenieros que empiezan manejando el martillo y el pico,
como esos generales que partieron de soldados rasos. Al mismo tiempo que agudeza de espíritu, poseía
habilidad de manos. Sus músculos presentaban notables síntomas de tenacidad. Verdadero hombre de acción,
al mismo tiempo que hombre de pensamiento, lo ejecutaba todo sin esfuerzo, bajo la influencia de una larga
expansión vital, desafiando todo obstáculo. Muy instruido, muy práctico, muy campechano, para emplear una
palabra de la lengua militar francesa. Tenía buen carácter, pues, conservándose siempre dueño de sí, en
cualquier circunstancia, reunía las condiciones que determinan la energía humana: actividad de espíritu y de
cuerpo, impetuosidad de deseo, fuerza de voluntad. Y su divisa hubiera podido ser la de Guillermo de Orange
en el siglo XVII: “No tengo necesidad de esperar para acometer una empresa, ni de lograr el objeto para
perseverar.” Al mismo tiempo Ciro Smith era el valor personificado. Había tomado parte en todas las
batallas durante la guerra de Secesión. Tras haber empezado a las órdenes de Ulises Grant con los voluntarios
del Illinois, había combatido en Paducah, en Belmont, en Pittsburg–Landig, en el sitio de Corinto, en Port–
Gibson, en la Rivera Negra, en Chattanooga, en Wildemes, sobre el Potomak, en todas partes y
valerosamente. Fue un soldado digno del general que respondía: “¡Yo no cuento jamás mis muertos!” Y cien
veces Ciro Smith había estado a punto de ser uno de aquellos que no contaba el terrible Grant. Sin embargo,
en esos combates, donde se exponía tanto, la suerte le favoreció siempre, hasta que fue herido y hecho
prisionero en el campo de batalla de Richmond. A la vez que Ciro Smith otro personaje importante cayó

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en poder de los sudistas. Este era nada menos que el honorable Gedeón Spilett, corresponsal del “New
York Herald”, encargado de seguir las peripecias de la guerra entre los ejércitos del Norte. Gedeón Spilett
era de esos cronistas ingleses o americanos, de los Stanley y otros, que no retroceden ante nada para
obtener una información exacta y para transmitirla a su periódico rápidamente. Los periódicos de la Unión,
tales como el “New York Herald”, constituyen verdaderas potencias, y sus enviados son los representantes
con que cuentan. Gedeón Spilett figuraba entre los primeros enviados. Hombre de mucho valor, enérgico,
preparado a todo, lleno de ideas, habiendo recorrido el mundo entero, soldado y artista ágil en el consejo,
resuelto en la acción, no temiendo penas, ni trabajo, ni peligros cuando se trataba de saber algo, para él
primero, y para su periódico después, verdadero héroe de la curiosidad, de la información, de lo inédito, de lo
desconocido, de lo imposible. Era uno de esos intrépidos observadores que escriben bajo las balas, “haciendo
las crónicas bajo el fuego de los cañones, y para los que todos los peligros son un pasatiempo”. Él también
había asistido a todas las batallas en primera fila, con el revólver en una mano y las cuartillas en la otra, y
la metralla no hacía temblar su pluma. No cansaba los hilos con telegramas incesantes, como suelen hacer
los que no tienen nada que decir. Sus notas, cortas, claras, daban luz sobre algún punto importante. Por
otra parte, “el buen humor” no le faltaba. El, después de la acción de la Rivera Negra, queriendo a toda costa
conservar su puesto junto a la ventanilla de la oficina telegráfica, para anunciar a su periódico el resultado
de la batalla, telegrafió, durante dos horas, los primeros capítulos de la Biblia. Costó dos mil dólares al “New
York Herald”, pero el “New York Herald” fue el primer informado. Gedeón Spilett era alto y tenía unos cuarenta
años. Unas patillas rubias tirando a rojo enmarcaban su rostro. Su mirada era tranquila, viva, rápida en
sus movimientos; la mirada de un hombre que tiene la costumbre de percibir todos los detalles de un
horizonte. Robusto y de buena salud, estaba acostumbrado a todos los climas, como la barra de acero en el
agua fría. Desde hacía diez años, Gedeón Spilett era el corresponsal oficial del “New York Herald”, al que
enriquecía con sus crónicas y sus dibujos, ya que manejaba tan bien el lápiz como la pluma. Cuando fue hecho
prisionero, estaba haciendo la descripción y el croquis de la batalla. Las últimas palabras anotadas fueron: “Un
sudista me apunta con su fusil y...” Y Gedeón Spilett se salvó, porque, siguiendo su invariable costumbre, salió
de aquel peligro sin ningún arañazo. Ciro Smith y Gedeón Spilett, que se conocían por su reputación, habían
sido trasladados a Richmond. El ingeniero, que había curado de su herida, conoció al corresponsal durante su
convalecencia. Aquellos dos hombres simpatizaron y se estimaron mutuamente. Pronto su anhelo común no
tuvo más que un objeto: volver al ejército de Grant y combatir en sus filas por la unidad federal. Los dos
americanos estaban decididos a aprovechar una ocasión; pero, aunque fueran libres en la ciudad, Richmond
estaba tan vigilada que una evasión parecía imposible. Acompañaba a Ciro Smith un criado, que era la fidelidad
y la abnegación personificadas: un negro, nacido en las posesiones del ingeniero, de padres esclavos, pero
que, desde hacía tiempo, Ciro Smith, abolicionista de ideas y de corazón, había emancipado. El esclavo, una
vez libre, no quiso separarse de su amo. Le quería tanto, que hubiera dado la vida por él. Era un mozo de
treinta años, ágil, hábil, inteligente, dulce y tranquilo, a veces sencillo, siempre sonriente, servicial y bueno.
Se llamaba Nabucodonosor, pero respondía al nombre abreviado y familiar de Nab. Al enterarse Nab de que su
dueño había sido hecho prisionero, abandonó Massachusetts sin vacilar, llegó a Richmond y, a fuerza de
astucia y destreza, después de arriesgar veinte veces su vida, penetró en la ciudad sitiada. No es posible
describir la alegría de Ciro Smith al ver de nuevo a su criado y Nab al encontrar a su amo. Aunque Nab pudo
penetrar en Richmond, le hubiera sido muy difícil salir, porque eran vigilados de cerca los prisioneros
federales. Había que aguardar una ocasión favorable para intentar una evasión con alguna probabilidad de
éxito, y esta ocasión era difícil hallarla. Entretanto, Grant continuaba sus enérgicas operaciones. La victoria de
Petersburgo le había costado mucho. Sus fuerzas, unidas a las de Butler, no habían alcanzado ninguna
victoria ante Richmond, y nada hacía presagiar que la libertad de los prisioneros estaba próxima. El
corresponsal, a quien su cautividad no le proporcionaba ya un detalle interesante que anotar, no podía resistir
más. Su idea fija era salir de Richmond a toda costa. Muchas veces intentó la aventura y fue detenido por
obstáculos insuperables. El sitio continuaba y los prisioneros tenían prisa por escaparse para unirse al
ejército de Grant. Algunos sitiados no tenían menos deseos de escaparse, para reunirse con el ejército
separatista y, entre ellos, un tal Jonathan Forster, furibundo sudista. Si los prisioneros federales no podían
abandonar la ciudad, los confederados tampoco, porque el ejército del Norte los cercaba. El gobernador de
Richmond no podía comunicarse con el general Lee y necesitaba urgentemente refuerzos. Jonathan Forster
tuvo entonces la idea de elevarse en globo, para atravesar las líneas sitiadoras y llegar al campo de los
separatistas. El gobernador autorizó la tentativa. Un aerostato fue fabricado y puesto a disposición de Jonathan
Forster, al que le debían acompañar en el viaje aéreo cinco compañeros armados para defenderse en donde
aterrizaran, en caso de ser atacados, y víveres, por si la excursión se prolongaba. La partida del globo había
sido fijada para el 18 de marzo. Debía efectuarse durante la noche, y con un viento de nordeste de mediana
fuerza los aeronautas creían que en pocas horas llegarían al cuartel general de Lee. Pero el viento del
nordeste no fue más que brisa; el día 18 pudo observarse que se convertiría en huracán. Sobrevino la
tempestad, y la partida de Forster fue aplazada, ya que era imposible arriesgar el aerostato y a los
ocupantes en medio de los desencadenados elementos. El globo, hinchado en la plaza de Richmond, partiría al
calmarse el viento, y en la ciudad había impaciencia porque la atmósfera no se modificaba. Transcurrieron el
18 y el 19 de marzo sin que se produjera ningún cambio en la tormenta, y costó ímprobo trabajo mantener el
globo amarrado y evitar que lo destrozara el huracán. Pasó también la noche del 19 al 20; por la mañana, el
huracán hacía que la partida fuera imposible. Ese día se acercó al ingeniero Ciro Smith, en una de las calles de
Richmond, un hombre a quien no conocía: era un marino llamado Pencroff, de treinta y cinco a cuarenta
años de edad, fuerte, de rostro atezado, ojos vivos y parpadeantes, pero de buen aspecto. Pencroff era un
norteamericano que había corrido todos los mares y le había sucedido todo lo que puede ocurrir a un
bípedo sin plumas. Es inútil decir que era de carácter emprendedor, capaz de todo y que no se admiraba de
nada. Pencroff, a primeros de año, había ido para asuntos particulares a Richmond, con un joven de

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quince años, Harbert Brown, de Nueva Jersey, hijo de su capitán, un huérfano al que amaba como a su propio
hijo. No habiendo podido abandonar la ciudad antes de las primeras operaciones del sitio, se encontró
bloqueado con gran disgusto y sólo pensaba escaparse como fuera. Conocía la reputación del ingeniero Ciro
Smith y sabía que esperaba lo mismo que él deseaba. Así, pues, no vaciló en acercarse a él diciéndole sin
rodeos:
- Señor Smith, ¿está usted cansado de Richmond?, - El ingeniero miró al hombre que le hablaba así, y que
añadió en voz baja -: Señor Smith, ¿quiere usted escapar?
- ¿Cuando...? - respondió el ingeniero, y se puede afirmar que esta respuesta se le escapó, pues aún no había
examinado al desconocido que le había dirigido la palabra.
Pero después de haber observado con una mirada penetrante la leal figura del marino, no pudo dudar de
que se hallaba en presencia de un hombre honrado.
- ¿Quién es usted? - preguntó. Pencroff se dio a conocer.
- Bien - respondió Ciro Smith -. ¿Y cómo?
- Con ese globo holgazán que no hace nada, y que juraría que nos está invitando...
El marino no tuvo necesidad de acabar la frase. El ingeniero le había comprendido desde la primera palabra.
Asió a Pencroff de un brazo y le llevó a su casa, donde el marino desarrolló su proyecto, muy sencillo. No
arriesgaba más que su vida. El huracán estaba entonces en toda su violencia, pero un ingeniero diestro y
audaz, como Ciro Smith, sabría conducir bien su aerostato. Si él, Pencroff, supiera manejarlo, no habría
vacilado en partir (con Harbert, se entiende).
¡Había visto otras y no le asustaba una tempestad más!
Ciro Smith había escuchado al marino sin decir palabra, pero sus ojos brillaban. La ocasión se le presentaba
y no quería dejarla escapar. El proyecto era muy peligroso, pero realizable. Durante la noche, a pesar de la
vigilancia, podría acercarse al globo, deslizarse en la barquilla y cortar las cuerdas que le retenían. Claro está
que se exponían a morir, pero también había alguna probabilidad de éxito, y aquella tempestad... Pero sin
aquella tempestad el globo hubiera partido ya y la ocasión tan deseada no volvería quizá a presentarse.
- ¡No estoy solo!... - contestó Ciro Smith.
- ¿Cuántas personas quiere usted que le acompañen? - preguntó el marino.
- Dos: mi amigo Spilett y mi criado Nab.
- Tres - respondió Pencroff -, y Harbert y yo, cinco. El globo debía llevar seis...
- ¡Vale! ¡Partiremos! - dijo Ciro Smith.
Aquel partiremos comprendía al corresponsal y, como éste por nada del mundo hubiera renunciado a su
proyecto de evasión ni retrocedido ante ningún peligro, cuando el proyecto le fue comunicado, lo aprobó
sin reserva. Solamente se admiraba de que aquella idea tan sencilla no se le hubiera ocurrido a él.
En cuanto a Nab, estaba dispuesto a seguir a su amo por donde quisiera ir.
- Hasta la noche - dijo Pencroff -. Pasearemos los cinco por allí como curiosos.
- Hasta la noche a las diez - respondió Ciro Smith -, y plegue al cielo que esta tempestad no se apacigüe antes
de nuestra partida.
Pencroff se despidió del ingeniero y volvió a su casa, donde había dejado al joven Harbert Brown. Este niño
conocía el plan del marino y esperaba con cierta ansiedad el resultado de su entrevista con el ingeniero. Cinco
hombres iban a lanzarse al espacio en pleno huracán. ¡No! El huracán no se calmó, ni Jonathan Forster ni sus
compañeros podían pensar en afrontar el peligro en aquella frágil barquilla. El día fue terrible. El ingeniero no
temía más que una cosa: que el aerostato, amarrado al suelo e inclinado por las ráfagas de viento, se
rompiera en mil pedazos. Durante muchas horas paseó por la plaza casi desierta, vigilando el aparato.
Pencroff hacía otro tanto por su parte, con las manos en los bolsillos, bostezando como un hombre que no
sabe cómo matar el tiempo, pero temiendo también que el globo se desgarrase o rompiera sus ligaduras y se
levantara por los aires. Llegó la noche. Espesas brumas pasaban como nubes rasando el suelo y una lluvia
mezclada con nieve caía continuamente. Hacía frío. Una densa niebla pesaba sobre Richmond. Parecía que la
violenta tempestad había puesto una tregua entre sitiadores y sitiados y que el cañón había callado ante los
rugidos del huracán. Las calles estaban desiertas. No se había creído necesario, con aquel horrible tiempo,
vigilar la plaza en la cual se agitaba el aerostato. Todo favorecía la partida de los prisioneros; ¡pero aquel viaje,
en medio de ráfagas de viento desencadenadas!...
- ¡Maldita marea!- se decía Pencroff, calándose de un puñetazo el sombrero que el viento disputaba a su
cabeza -. ¡Pero, bah, la dominaremos!
A las nueve y media Ciro y sus compañeros llegaron por diversos sitios a la plaza, que los faroles del gas,
apagados por el viento, dejaban a oscuras. No se veía ni el enorme aparato, casi enteramente tendido hacia el
suelo. Sin contar los sacos de lastre que pendían de las cuerdas de la red, la barquilla estaba retenida por un
fuerte cable pasado por una anilla fijada en el suelo y con los extremos atados a bordo. Los cinco pasajeros se
reunieron cerca de la barquilla. Era tal la oscuridad, que ellos mismos no se veían. Sin pronunciar palabra, Ciro
Smith, Gedeón Spilett, Nab y Harbert entraron en la barquilla, mientras que Pencroff, siguiendo las órdenes del
ingeniero, desataba suavemente los saquitos de lastre. Esta operación duró unos instantes y el marino se
reunió con sus compañeros. El aerostato entonces estaba sólo retenido por el doble cable, y Ciro Smith no
tenía más que dar la orden de partida. En aquel momento un perro entró de un salto en la barquilla. Era
Top, el perro del ingeniero, que, habiendo roto su cadena, había seguido a su amo. Ciro Smith, creyéndolo un
exceso de peso, quiso echar al pobre animal.
- ¡Bah, uno más! –dijo Pencroff, desatando de la barquilla dos sacos de lastre.
Después desamarró el doble cable, y el globo partió en dirección oblicua y desapareció, después de haber
chocado su barquilla contra dos chimeneas que derribó con la violencia del golpe. Se desencadenó un huracán
espantoso. El ingeniero, durante la noche, no pudo pensar en descender y, cuando vino el día, toda vista de la
tierra estaba interceptada por las brumas. Cinco días después una claridad dejó ver el inmenso mar debajo de
aquel aerostato, que el viento arrastraba con una rapidez espantosa. Sabemos que, de cinco hombres que

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LA ISLA MISTERIOSA

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habían partido el 20 de marzo, cuatro habían sido arrojados, cuatro días después, en una costa desierta, a más
de seis mil millas de su país. Y el que faltaba, al que aquellos cuatro supervivientes del globo corrían a
socorrer, era su jefe natural, el ingeniero Ciro Smith.
03. HA DESAPARECIDO CIRO SMITH
El ingeniero había sido arrastrado por un golpe de mar fuera de la red, que había cedido. Su perro también
había desaparecido, el fiel animal se había precipitado en socorro de su amo.
–¡Adelante! –exclamó el corresponsal.
Y los cuatro, Gedeón Spilett, Harbert, Pencroff y Nab, olvidando el cansancio, empezaron sus pesquisas. El
pobre Nab lloraba de rabia y desesperación a la vez, temiendo haber perdido todo lo que él amaba en el
mundo. No había dos minutos de diferencia entre el momento en que Ciro Smith había desaparecido y el
instante en que sus compañeros habían tomado tierra. Estos podían, pues, esperar llegar a tiempo para
salvarlo.
– ¡Busquemos!, ¡busquemos! - exclamó Nab.
– Sí, Nab –contestó Gedeón Spilett–, y lo encontraremos.
– ¿Vivo?
– ¡Vivo!
– ¿Sabe nadar? –preguntó Pencroff.
– ¡Sí! - contestó Nab–. ¡Además, Top está con él!
El marino, oyendo mugir el mar, sacudió la cabeza.
Al norte de la costa y aproximadamente a media milla de donde los náufragos acababan de tomar tierra, había
desaparecido el ingeniero. Si había nadado al punto más cercano del litoral, a media milla más allá estaría
situado ese punto. Eran cerca de las seis. La bruma acababa de levantar y la noche se hacía muy oscura. Los
náufragos caminaban siguiendo hacia el norte la costa este de aquella tierra sobre la cual el azar los había
arrojado, tierra desconocida, cuya situación geográfica no se podía determinar. El suelo que pisaban era
arenoso, mezclado con piedras y desprovisto de toda especie de vegetación. Aquel suelo bastante desigual,
lleno de barrancos, aparecía en ciertos sitios acribillado de pequeños hoyos, que hacían la marcha más penosa.
Salían de estos agujeros grandes aves de pesado vuelo, huyendo en todas direcciones y que la oscuridad
impedía ver. Otras, más ágiles, se levantaban en bandadas y pasaban como nubes. El marino suponía que eran
gaviotas, cuyos silbidos agudos competían con los rugidos del mar. De cuando en cuando los náufragos se
paraban, llamando a gritos y escuchando, por si respondía de la parte del océano. Debían pensar, en efecto,
que, si hubiesen estado próximos al lugar donde el ingeniero hubiera podido tomar tierra, los ladridos del perro
Top, en caso de que Ciro Smith no estuviera en estado de dar señales de vida, llegarían hasta ellos. Pero
ningún grito se destacaba sobre los mugidos de las olas y los chasquidos de la resaca. Entonces, la pequeña
tropa emprendía su marcha adelante, registrando las menores anfractuosidades del litoral. Después de una
marcha de veinte minutos, los cuatro náufragos se detuvieron ante una linde espumosa de olas. El terreno
sólido faltaba. Se encontraban a la extremidad de un punto agudo, que el mar golpeaba con furor.
–Es un promontorio –dijo el marino–. Hay que volver sobre nuestros pasos, torciendo a la derecha, y así
volveremos a tierra firme.
–Pero ¿y si está ahí? –respondió Nab señalando el océano, cuyas enormes olas blanqueaban en la oscuridad.
–¡Bueno, llamémoslo!
Y todos, uniendo sus voces, lanzaron un grito, pero nadie respondió. Esperaron un momento de calma y
empezaron otra vez.
-¡Nada!.
Los náufragos retrocedieron, siguiendo la parte opuesta del promontorio, en un suelo arenoso y roquizo. Sin
embargo, Pencroff observó que el litoral era más escarpado, que el terreno subía, y supuso que debía llegar,
por una rampa bastante larga, a una alta costa, cuya masa se perfilaba confusamente en la oscuridad. Había
menos aves en aquella parte de la costa; el mar también se mostraba menos alterado, menos ruidoso, y la
agitación de las olas disminuía sensiblemente. Apenas se oía el ruido de la resaca. Sin duda la costa del
promontorio formaba una ensenada semicircular, protegida por su punta aguda contra la fuerza de las olas.
Siguiendo aquella dirección, marchaban hacia el sur, era ir por el lado opuesto de la costa en que Ciro Smith
podía haber tomado tierra. Después de recorrer milla y media, el litoral no presentaba ninguna curvatura que
permitiese volver hacia el norte. Sin embargo, aquel promontorio, del que habían doblado la punta, debía
unirse a la tierra franca. Los náufragos, a pesar de que sus fuerzas estaban casi agotadas, marchaban siempre
con valor, esperando encontrar algún ángulo que los pusiera en la primera dirección. ¡Cuál no fue su
desesperación, cuando, después de haber recorrido dos millas, se vieron una vez más detenidos por el mar en
una punta bastante elevada, formada de rocas resbaladizas!
–¡Estamos en un islote! –dijo Pencroff–, ¡y lo hemos recorrido de un extremo a otro!
La observación del marino era justa. Los náufragos habían sido arrojados no sobre un continente ni una isla,
sino sobre un islote, que no medía más de dos millas de longitud y cuya anchura era evidentemente poco
considerable. Aquel islote, árido, sembrado de piedras, sin vegetación, refugio desolado de algunas aves
marinas, ¿pertenecía a un archipiélago más importante? No lo sabían. Los pasajeros del globo, cuando desde su
barquilla percibieron la tierra a través de las brumas, no habían podido reconocer su importancia. Sin embargo,
Pencroff, con su mirada de marino habituada a horadar en la oscuridad, creyó en aquel momento distinguir en
el oeste masas confusas, que anunciaban una costa elevada. Pero entonces no podía, a causa de aquella
oscuridad, determinar a qué sistema simple o complejo pertenecía el islote. Tampoco era posible salir de él,
puesto que el mar lo rodeaba. Había que aplazar hasta el día siguiente la búsqueda del ingeniero, que no había
señalado su presencia por ningún sitio.
–El silencio de Ciro no prueba nada –dijo el corresponsal–. Puede estar desmayado, herido, en estado de no

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poder responder momentáneamente, pero no desesperemos.
El corresponsal emitió entonces la idea de encender en un punto del islote una hoguera, que pudiese servir de
guía al ingeniero. Pero buscaron en vano madera o arbustos secos; allí no había más que arena y piedras. Se
comprende cuál sería el dolor de Nab y el de sus compañeros, que estaban vivamente unidos al intrépido Ciro
Smith. Era demasiado evidente que se hallaban imposibilitados para socorrerlo; había que esperar el día. ¡O el
ingeniero había podido salvarse solo y ya había encontrado refugio en un punto de la costa, o estaba perdido
para siempre! Las horas de espera fueron largas y penosas. Hacía mucho frío y los náufragos sufrían
cruelmente, pero apenas lo notaban. No pensaban más que en tomar un instante de reposo; todo lo olvidaban
por su jefe; queriendo esperar siempre, iban y venían por aquel islote árido, volviendo incesantemente a su
punto norte, donde creían estar más próximos al lugar de la catástrofe. Escuchaban, chillaban, esperaban
captar un grito, y sus voces debían transmitirse lejos, porque entonces reinaba cierta calma en la atmósfera,
los ruidos del mar empezaban a disminuir. Uno de los gritos de Nab pareció repetido por el eco. Harbert lo hizo
observar a Pencroff, añadiendo:
–Es prueba que existe en el oeste una costa bastante cercana.
El marinero hizo un gesto afirmativo. Por otra parte, su vista no podía engañarle. Si había distinguido tierra, no
había duda de que ésta existía. Pero aquel eco lejano fue la sola respuesta provocada por los gritos de Nab, y la
inmensidad, sobre toda la parte este del islote, quedó silenciosa. Entretanto el cielo se despejaba poco a poco.
Hacia las doce de la noche brillaron algunas estrellas y, si el ingeniero estaba allí, cerca de sus compañeros,
hubiera podido ver que aquellas estrellas no eran las del hemisferio boreal. En efecto, la polar no aparecía en
aquel nuevo horizonte: las constelaciones cenitales no eran las que estaban acostumbrados a ver en la
parte norte del nuevo continente, y la Cruz del Sur resplandecía entonces en el polo austral del mundo. Pasó la
noche. Hacia las cinco de la mañana, el 25 de marzo, el cielo se tiñó ligeramente. El horizonte estaba aún
oscuro, pero con los primeros albores del día una opaca bruma se levantó en el mar, por lo que el rayo visual
no podía extenderse a más de veinte pasos. La niebla se desarrollaba en gruesas volutas, que se movían
pesadamente. Esto era un contratiempo. Los náufragos no podían distinguir nada alrededor de ellos. Mientras
que las miradas de Nab y del corresponsal se dirigían hacia el océano, el marino y Harbert buscaban la costa
en el oeste. Pero ni un palmo de tierra era visible.
–No importa –dijo Pencroff–, no veo la costa, pero la siento..., está allí..., allí... ¡Tan seguro como que tampoco
estamos en Richmond!
Pero la niebla no debía tardar en desaparecer. No era más que una bruma de buen tiempo. Un hermoso sol
caldeaba las capas superiores, y aquel calor se tamizaba hasta la superficie del islote. En efecto, hacia las seis y
media, tres cuartos de hora después de aparecer el sol, la bruma se volvió más transparente: se extendía hacia
arriba, pero se disipó por abajo. Pronto todo el islote apareció como si hubiera descendido de una nube, pues el
mar se mostró siguiendo un plano circular, infinito hacia el este, pero limitado por el oeste por una costa
elevada y abrupta. ¡Sí! ¡La tierra estaba allí! Allí la salvación, provisionalmente asegurada, por lo menos. Entre
el islote y la costa, separados por un canal de una milla y media, una corriente rápida se precipitaba con ruido.
Sin embargo, uno de los náufragos, no consultando más que su corazón, se precipitó en la corriente, sin avisar
a sus compañeros, sin decir palabra. Era Nab. Tenía ganas de llegar a aquella costa y remontarla hacia el norte.
Nadie pudo retenerlo. Pencroff lo llamó, pero en vano. El periodista se dispuso a seguir a Nab.
Pencroff, yendo hacia él, le preguntó:
–¿Quiere usted atravesar el canal?
–Sí –contestó Gedeón Spilett.
–Pues bien, óigame –dijo el marino–. Nab basta y sobra para socorrer a su amo. Si nos metemos en ese canal,
nos exponemos a que la corriente nos arrastre. Si no me equivoco, es una corriente de reflujo. Vea la marea
baja sobre la arena. Armémonos de paciencia y, cuando el mar baje, quizá encontremos un paso vadeable...
–Tiene usted razón –respondió el corresponsal–. Separémonos lo menos posible.
Durante este tiempo Nab luchaba contra la corriente. La atravesaba siguiendo una dirección oblicua. No se
veían más que sus negros hombros emerger en cada momento. Se desviaba con mucha frecuencia, pero
avanzaba hacia la costa. Empleó más de media hora en recorrer la milla y media que separaba el islote de la
costa, y se aproximó a ésta a muchos pies del punto de donde había salido. Nab tomó tierra en la falda de una
alta roca de granito y se sacudió vigorosamente; después, corriendo, desapareció veloz detrás de unas rocas,
que se proyectaban hacia el mar a la altura de la extremidad septentrional del islote. Los compañeros de Nab
habían seguido con angustia su audaz tentativa y, cuando se perdió de vista, dirigieron sus miradas hacia
aquella tierra a la cual iban a pedir refugio, mientras comían algunos mariscos encontrados en la playa. Era una
mala comida, pero algo alimentaba. La costa opuesta formaba una vasta bahía, terminada al sur por una punta
muy aguda, desprovista de toda vegetación y de un aspecto muy salvaje. Aquella punta venía a unirse al litoral
por un dibujo bastante caprichoso y enlazado con altas rocas graníticas. Hacia el norte, por el contrario, la
bahía se ensanchaba, formando una costa más redondeada, que corría del sudoeste al nordeste y que acababa
en un cabo agudo. Entre estos dos puntos extremos, sobre los cuales se apoyaba el arco de la bahía, la
distancia podía ser de ocho millas. A media milla de la playa, el islote ocupaba una estrecha faja de mar, y
parecía un enorme cetáceo, que sacaba ala superficie su espalda. Su anchura no pasaba de un cuarto de milla.
Delante del islote el litoral se componía, en primer término, de una playa de arena, sembrada de negras rocas,
que en aquel momento reaparecían poco a poco bajo la marea descendente. En segundo término, se destacaba
una especie de cortina granítica, tallada a pico, coronada por una caprichosa arista de una altura de trescientos
pies por lo menos. Se perfilaba sobre una longitud de tres millas y terminaba bruscamente a la derecha por un
acantilado que se hubiera creído cortado por la mano del hombre. En la izquierda, al contrario, encima del
promontorio, aquella especie de cortadura irregular se desgarraba en bloques prismáticos, hechos de rocas
aglomeradas y de productos de aluvión, y se bajaba por una rampa prolongada, que se confundía poco a poco
con las rocas de la punta meridional. En la meseta superior de la costa no se veía ningún árbol. Era una llanura
limpia, como la que domina Cape–Town, en el cabo de Buena Esperanza, pero con proporciones más reducidas.

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Por lo menos, así aparecía vista desde el islote. Sin embargo, el verde no faltaba a la derecha, detrás del
acantilado. Se distinguía fácilmente la masa confusa de grandes árboles, cuya aglomeración se prolongaba más
allá de los límites de la vista. Aquel verdor regocijaba la vista, vivamente entristecida por las ásperas líneas del
paramento de granito. En fin, en último término y encima de la meseta, en dirección del nordeste y a una
distancia de siete millas por lo menos, resplandecía una cima blanca, herida por los rayos solares. Era una
caperuza de nieve, que cubría algún monte lejano.
No podía resolverse, pues, la cuestión de si aquella tierra formaba una isla o pertenecía a un continente. Pero, a
la vista de aquellas rocas convulsionadas, que se aglomeraban sobre la izquierda, un geólogo no hubiera
dudado en darles un origen volcánico, porque eran incontestablemente producto de un trabajo plutoniano.
Gedeón Spilett, Pencroff y Harbert observaban atentamente aquella tierra, en la que iban a vivir, quizá largos
años, y en la que tal vez morirían, si no se encontraban en la ruta de los barcos.
–¿Qué dices tú de eso, Pencroff? – preguntó Harbert.
–Que tiene algo bueno y algo malo, como todas las cosas –contestó el marino–. Veremos. Pero observo que
comienza el reflujo. Dentro de tres horas intentaremos pasar y, una vez allí, procuraremos arreglarnos y
encontrar a Smith.
Pencroff no se había equivocado en sus previsiones. Tres horas más tarde, la mar bajó; el lecho del canal que
habían descubierto estaba formado por arena en su mayor parte. No quedaba entre el islote y la costa más que
un canal estrecho, que sin duda sería fácil de franquear. En efecto, hacia las seis, Gedeón Spilett y sus dos
compañeros se despojaron de sus vestidos, hicieron con ellos un hato que se pusieron en la cabeza y se
aventuraron por el canal, cuya profundidad no pasaba de cinco pies. Harbert, para quien el agua era demasiado
alta, nadaba como un pez y salió perfectamente. Los tres llegaron sin dificultad al litoral opuesto. Allí, el sol los
secó rápidamente y volvieron a ponerse sus vestidos, que habían preservado del contacto del agua, y tuvieron
una reunión.
04. ENCUENTRAN UN REFUGIO, LAS “CHIMENEAS”
Gedeón Spilett dijo al marino que le esperase allí, donde él volvería, y, sin perder un instante, remontó el litoral
en la dirección que había seguido algunas horas antes el negro Nab. Después desapareció detrás de un ángulo
de la costa, pues estaba impaciente por saber noticias del ingeniero.
Harbert hubiera querido acompañarlo.
–Quédate, muchacho –le dijo el marino. – Hay que preparar un campamento y ver si se puede encontrar para
comer algo más sólido que los mariscos. Nuestros amigos tendrán ganas de comer algo a su regreso. Cada uno
a su trabajo.
–Preparado, Pencroff –contestó Harbert.
–¡Bien!–repuso el marinero–. Procedamos con método. Estamos cansados y tenemos frío y hambre; hay que
encontrar abrigo, fuego y alimento. El bosque tiene madera; los nidos, huevos; falta buscar la casa.
–Bueno –respondió Harbert–, yo buscaré una gruta en estas rocas y descubriré algún agujero en donde
podremos meternos.
–Eso es –respondió Pencroff–. En marcha, muchacho.
Y caminaron sobre aquella playa que la marea descendente había descubierto. Pero, en lugar de remontar hacia
el norte, descendieron hacia el sur. Pencroff había observado que, a unos centenares de pasos más allá del sitio
donde habían tomado tierra, la costa ofrecía una estrecha cortadura, que sin duda debía servir de
desembocadura a un río o a un arroyo. Por una parte, era importante acampar en las cercanías de un curso de
agua potable, y por otra, no era imposible que la corriente hubiera llevado hacia aquel lado a Ciro Smith. La
alta muralla se levantaba a una altura de trescientos pies, pero el bosque estaba liso por todas partes, y su
misma base, apenas lamida por el mar, no presentaba la menor hendidura que pudiera servir de morada
provisional. Era un muro vertical, hecho de un granito durísimo, que el agua jamás había roído. Hacia la
cumbre volaban infinidad de pájaros acuáticos, y particularmente diversas especies del orden de las
palmípedas, de pico largo, comprimido y puntiagudo; aves gritadoras, poco temerosas de la presencia del
hombre, que por primera vez, sin duda, turbaba su soledad. Entre las palmípedas, Pencroff reconoció muchas
labbes, especie de goslands, a los cuales se da a veces el nombre de estercolaras, y también pequeñas gaviotas
voraces, que tenían sus nidos en las anfractuosidades del granito. Si se hubiera disparado un tiro en medio de
aquella multitud de pájaros, hubieran caído muchos; mas, para disparar un tiro se necesitaba un fusil, y ni
Pencroff ni Harbert lo tenían. Por otra parte, aquellas gaviotas y los labbes eran muy poco nutritivos y sus
mismos huevos tienen un sabor detestable. Entretanto, Harbert, que había ido un poco más a la izquierda,
descubrió pronto algunas rocas tapizadas de algas, que la alta mar debía recubrir algunas horas más tarde. En
aquellas rocas, y en medio de musgos resbaladizos, pululaban conchas de dobles valvas, que no podían ser
desdeñadas por gente hambrienta. Harbert llamó a Pencroff, que se acercó en seguida.
–¡Vaya! ¡Son almejas! – exclamó el marino–. Algo para reemplazar los huevos.
–No son almejas – respondió el joven Harbert, que examinaba con atención los moluscos adheridos a las rocas–
; son litódomos.
–¿Y eso se come? –preguntó Pencroff.
–¡Ya lo creo!
–Entonces, comamos litódomos.
El marino podía fiarse de Harbert. El muchacho estaba muy fuerte en historia natural y había tenido siempre
verdadera pasión por esta ciencia. Su padre lo había impulsado por este camino, haciéndole seguir los estudios
con los mejores profesores de Boston, que tomaron afecto al niño, porque era inteligente y trabajador. Sus
instintos de naturalista se utilizarían más de una vez en adelante, y, desde luego, no se había equivocado.
Estos litódomos eran conchas oblongas, adheridas en racimos y muy pegadas a las rocas. Pertenecían a esa
especie de moluscos perforadores que abren agujeros en las piedras más duras, y sus conchas se redondean en

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sus dos extremos, disposición que no se observa en la almeja ordinaria. Pencroff y Harbert hicieron un buen
consumo de litódomos, que se iban abriendo entonces al sol. Los comieron como las ostras y les encontraron
un sabor picante, lo que les quitó el disgusto de no tener ni pimienta ni condimentos de otra clase. Su hambre
fue momentáneamente apaciguada, pero no su sed, que se acrecentó después de haber comido aquellos
moluscos naturalmente condimentados. Había que encontrar agua dulce, y no podía faltar en una región tan
caprichosamente accidentada. Pencroff y Harbert, después de haber tomado la precaución de hacer gran
provisión de litódomos, de los cuales llenaron sus bolsillos y sus pañuelos, volvieron al pie de la alta muralla.
Doscientos pasos más allá llegaron a la cortadura, por la cual, según el presentimiento de Pencroff, debía correr
un riachuelo de altos márgenes. En aquella parte, la muralla parecía haber sido separada por algún violento
esfuerzo plutoniano. En su base se abría una pequeña ensenada, cuyo fondo formaba un ángulo bastante
agudo. La corriente de agua medía cien pies de larga y sus dos orillas no contaban más de veinte pies. La
ribera se hundía casi directamente entre los dos muros de granito, que tendían a bajarse hacia la
desembocadura; después daba la vuelta bruscamente y desaparecía bajo un soto a una media milla.
–¡Aquí, agua! ¡Allí, leña! –dijo Pencroff–.
¡Bien, Harbert, no falta más que la casa!
El agua del río era límpida. El marino observó que en aquel momento de la marea, es decir, en el reflujo, era
dulce. Establecido este punto importante, Harbert buscó alguna cavidad que pudiera servir de refugio, pero no
encontró nada. Por todas partes la muralla era lisa, plana y vertical. Sin embargo, en la desembocadura del
curso de agua y por encima del sitio adonde llegaba la marea, los aluviones habían formado no una gruta, sino
un conjunto de enormes rocas, como las que se encuentran con frecuencia en los países graníticos, y que llevan
el nombre de “chimeneas”. Pencroff y Harbert se internaron bastante profundamente entre las rocas, por
aquellos corredores areniscos, a los cuales no faltaba luz, porque penetraba por los huecos que dejaban entre sí
los trozos de granito, algunos de los cuales se mantenían por verdadero milagro en equilibrio. Pero con la luz
entraba también el viento, un viento frío y encallejonado, muy molesto. El marino pensó entonces que
obstruyendo ciertos trechos de aquellos corredores, tapando algunas aberturas con una mezcla de piedras y de
arena, podrían hacer las “chimeneas” habitables. Su plano geométrico representaba el signo tipográfico &.
Aislado el círculo superior del signo, por el cual se introducían los vientos del sur y del oeste, podrían sin duda
utilizar su disposición inferior.
–Ya tenemos lo que nos hacía falta –dijo Pencroff–y, si volvemos a encontrar a Smith, él sabrá sacar partido de
este laberinto.
–Lo volveremos a ver, Pencroff –exclamó Harbert–, y, cuando venga, tiene que encontrar una morada casi
soportable. Lo será, si podemos poner la cocina en el corredor de la izquierda y conservar una abertura para el
humo.
–Podremos, muchacho –respondió el marino–, si estas “chimeneas” nos sirven. Pero, ante todo, vayamos a
hacer provisión de combustible. Me parece que la leña no será inútil para tapar estas aberturas a través de las
cuales el diablo toca su trompeta.
Harbert y Pencroff abandonaron las “chimeneas” y, doblando el ángulo, empezaron a remontar la orilla
izquierda del río. La corriente era bastante rápida y arrastraba algunos árboles secos. La marea era alta. El
marino pensó, pues, que podría utilizar el flujo y el reflujo para el transporte de ciertos objetos pesados.
Después de andar durante un cuarto de hora, el marino y el muchacho llegaron al brusco recodo que hacía el
río hundiéndose hacia la izquierda. A partir de este punto, su curso proseguía a través de un bosque de árboles
magníficos que habían conservado su verdura, a pesar de lo avanzado de la estación, porque pertenecían a esa
familia de coníferas que se propaga en todas las regiones del globo, desde los climas septentrionales hasta las
comarcas tropicales. El joven naturalista reconoció perfectamente los “deodar”, especie muy numerosa en la
zona del Himalaya y que esparce un agradable aroma. Entre aquellos hermosos árboles crecían pinos, cuyo
opaco quitasol se extendía bastante. Entre las altas hierbas Pencroff sintió que su pie hacía crujir ramas secas,
como si fueran fuegos artificiales.
–Bien, hijo mío –dijo a Harbert–; si por una parte ignoro el nombre de estos árboles, por otra sé clasificarlos en
la categoría de leña para el hogar. Por el momento son los únicos que nos convienen.
La tarea fue fácil. No era preciso cortar los árboles, pues, yacía a sus pies, enorme cantidad de leña. Pero si
combustible no faltaba, carecían de medios de transporte. Aquella madera era muy seca y ardería rápidamente;
de aquí la necesidad de llevar a las Chimeneas una cantidad considerable, y la carga de dos hombres no era
suficiente. Harbert hizo esta observación.
–Hijo mío –respondió el marino–, debe de haber un medio de transportar esa madera.
¡Siempre hay medios para todo! Si tuviéramos un carretón o una barca, la cosa sería fácil.
–¡Pero tenemos el río! –dijo Harbert.
–Justo–respondió Pencroff–. El río será para nosotros un camino que marcha solo y para algo se han inventado
las almadías.
–Pero–repuso Harbert–va en dirección contraria a la que necesitamos, pues está subiendo la marea.
–No nos iremos hasta que baje–respondió el marinero y ella se encargará de transportar nuestro combustible a
las Chimeneas. Preparemos mientras tanto los haces.
El marino, seguido de Harbert, se dirigió hacia el ángulo que el extremo del bosque formaba con el río. Ambos
llevaban, cada uno en proporción de sus fuerzas, una carga de leña, atada en haces. En la orilla había también
cantidad de ramas secas, entre la hierba, que probablemente no había hollado la planta del hombre. Pencroff
empezó a preparar la carga. En una especie de remanso situado en la ribera, que rompía la corriente, el marino
y su compañero pusieron trozos de madera bastante gruesos que ataron con bejucos secos, formando una
especie de balsa, sobre la cual apilaron toda la leña que habían recogido, o sea la carga de veinte hombres por
lo menos. En una hora el trabajo estuvo acabado, y la almadía quedó amarrada a la orilla hasta que bajara la
marea. Faltaban unas horas y, de común acuerdo, Pencroff y Harbert decidieron subir a la meseta superior,
para examinar la comarca en un radio más extenso. Precisamente a doscientos pasos detrás del ángulo

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formado por la ribera, la muralla, terminada por un grupo de rocas, venía a morir en pendiente suave sobre la
linde del bosque. Parecía una escalera natural. Harbert y el marino empezaron su ascensión y, gracias al vigor
de sus piernas, llegaron a la punta en pocos instantes, y se apostaron en el ángulo que formaba sobre la
desembocadura del río. Cuando llegaron, su primera mirada fue para aquel océano que acababan de atravesar
en tan terribles condiciones. Observaron con emoción la parte norte de la costa, sobre la que se había
producido la catástrofe. Era donde Ciro Smith había desaparecido. Buscaron con la mirada algún resto del globo
al que hubiera podido asirse un hombre, pero nada flotaba. El mar no era más que un vasto desierto de agua.
La costa también estaba desierta. No se veía ni al corresponsal ni a Nab. Era posible que en aquel momento los
dos estuvieran tan distantes, que no se les pudiera distinguir.
–Algo me dice –exclamó Harbert–que un hombre tan enérgico como el señor Ciro no ha podido ahogarse. Debe
estar esperando en algún punto de la costa. ¿No es así, Pencroff?
El marino sacudió tristemente la cabeza.
No esperaba volver a ver a Ciro Smith; pero, queriendo dejar alguna esperanza a Harbert, contestó:
–Sin duda alguna nuestro ingeniero es hombre capaz de salvarse donde otro perecería. Entretanto observaba la
costa con extrema atención. Bajo su mirada se desplegaba la arena, limitada en la derecha de la
desembocadura por líneas de rompientes. Aquellas rocas, aún emergidas, parecían dos grupos de anfibios
acostados en la resaca. Más allá de la zona de escollos, el mar brillaba bajo los rayos del sol. En el sur, un
punto cerraba el horizonte, y no se podía distinguir si la tierra se prolongaba en aquella dirección o si se
orientaba al sudeste y sudoeste, lo que hubiera dado a la costa la forma de una península muy prolongada. Al
extremo septentrional de la bahía continuaba el litoral dibujándose a gran distancia, siguiendo una línea más
curva. Allí la playa era baja, sin acantilados, con largos bancos de arena, que el reflujo dejaba al descubierto.
Pencroff y Harbert se volvieron entonces hacia el oeste, pero una montaña de cima nevada, que se elevaba a
una distancia de seis o siete millas, detuvo su mirada. Desde sus primeras rampas hasta dos millas de la costa
verdeaban masas de bosques formados por grupos de árboles de hojas perennes. A la izquierda brillaban las
aguas del riachuelo, a través de algunos claros, y parecía que su curso, bastante sinuoso, le llevaba hacia los
contrafuertes de las montañas, entre los cuales debía de tener su origen. En el punto donde el marino había
dejado su carga comenzaba a correr entre las dos altas murallas de granito; pero, si en la orilla izquierda las
paredes estaban unidas y abruptas, en la derecha, al contrario, bajaban poco a poco, las macizas rocas se
cambiaban en bloques aislados, los bloques en guijarros y los guijarros en grava, hasta el extremo de la playa.
–¿Estamos en una isla? –murmuró el marino.
–En ese caso, sería muy vasta –respondió el muchacho.
–Una isla, por vasta que sea, siempre será una isla –dijo Pencroff.
Pero esta importante cuestión no podía aún ser resuelta. Era preciso aplazar la solución para otro momento. En
cuanto a la tierra, isla o continente, parecía fértil, agradable en sus aspectos, variada en sus productos.
–Es una dicha–observó Pencroff–y, en medio de nuestra desgracia, tenemos que dar gracias a la Providencia.
–¡Dios sea loado!–respondió Harbert, cuyo piadoso corazón estaba lleno de reconocimiento hacia el Autor de
todas las cosas.
Durante mucho tiempo Pencroff y Harbert examinaron aquella comarca sobre la que los había arrojado el
destino, pero era difícil imaginar, después de tan superficial inspección, lo que les reservaba el porvenir.
Después volvieron, siguiendo la cresta meridional de la meseta de granito, contorneada por un largo festón de
rocas caprichosas, que tomaban las formas más extrañas. Allí vivían algunos centenares de aves que anidaban
en los agujeros de la piedra. Harbert, saltando sobre las rocas, hizo huir una bandada.
¡Ah! –exclamó–, ¡no son ni goslands, ni gaviotas!
–¿Qué clase de pájaros son, entonces? – preguntó Pencroff–¡Aseguraría que son palomas!
–En efecto, pero son palomas torcaces o de roca –respondió Harbert–. Las conozco por la doble raya negra de
su ala, por su cuerpo blanco y por sus plumas azules cenicientas. Ahora bien, si la paloma de roca es buena
para comer, sus huevos deben ser excelentes, y por pocos que hayan' dejado en sus nidos...
¡No les daremos tiempo a abrirse sino en forma de tortilla!–contestó alegremente Pencroff.
–Pero ¿dónde harás tu tortilla? –preguntó Harbert–. ¿En un sombrero?
–¡Bah!–contestó el marino–, no soy un brujo para esto. Nos contentaremos con comerlos pasados por agua y
yo me encargaré de los más duros.
Pencroff y el joven examinaron con atención las hendiduras del granito, y encontraron, en efecto, huevos en
algunas. Recogieron varias docenas, que pusieron en el pañuelo del marino, y, acercándose el momento de la
pleamar, Harbert y –Pencroff empezaron a descender hacia el río. Cuando llegaron al recodo, era la una de la
tarde. El reflujo había empezado ya y había que aprovecharlo para llevar la leña a la desembocadura. Pencroff
no tenía intención de dejarlo ir por la corriente sin dirección, ni embarcarse para dirigirlo. Pero un marino
siempre vence los obstáculos cuando se trata de cables o de cuerdas, y Pencroff trenzó rápidamente una
cuerda larga con bejucos secos. Ataron aquel cable vegetal al extremo de la balsa y, teniendo el marino una
punta en la mano, Harbert empujaba la carga con la larga percha, manteniéndola en la corriente. El
procedimiento dio el resultado apetecido. La enorme carga de madera, que el marino detenía marchando por la
orilla, siguió la corriente del agua. La orilla era muy suave, por lo que era difícil encallar. Antes de dos horas,
llegó la embarcación a unos pasos de las Chimeneas.
05. UNA CERILLA LES ABRE NUEVAS ILUSIONES
El primer cuidado de Pencroff, después que la pila de leña estuvo descargada, fue hacer las Chimeneas
habitables, obstruyendo los corredores a través de los cuales se establecía la corriente de aire. Arenas, piedras,
ramas entrelazadas y barro cerraron herméticamente las galerías de &, abiertas a los vientos del sur, aislando
el anillo superior. Un solo agujero estrecho y sinuoso, que se abría en la parte lateral, fue dejado abierto, para
conducir el humo fuera y que tuviese tiro la lumbre. Las Chimeneas quedaron divididas en tres o cuatro

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LA ISLA MISTERIOSA

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cuartos, si puede darse este nombre a cuevas sombrías, con las que una fiera apenas se habría contentado.
Pero allí no había humedad y un hombre podía mantenerse en pie, al menos en el cuarto del centro. Una arena
fina cubría el suelo y podía servir perfectamente aquel asilo mientras se encontraba otro mejor. Durante la
tarea, Harbert y Pencroff hablaban:
–Quizá –decía el muchacho–nuestros compañeros habrían encontrado mejor instalación que la nuestra.
–¡Es posible –contestó el marino–, pero, en la duda, no te abstengas! ¡Más vale una cuerda más en tu arco que
no tener ninguna!
–¡Ah!–prosiguió Harbert–, si traen a Smith, si lo encuentran, no me importa lo demás, y debemos dar gracias al
cielo.
–¡Sí! –murmuraba Pencroff–. ¡Era todo un hombre!
–Era... –dijo Harbert–. ¿Es que desesperas de volverlo a ver?
–¡Dios me guarde de ello! –contestó el marino.
–Ahora –dijo–pueden volver nuestros amigos. Encontrarán un lugar confortable.
Faltaba establecer la cocina y preparar la cena; tarea sencilla y fácil. Al extremo del corredor de la izquierda,
junto al estrecho orificio que se había dejado para chimenea, pusieron grandes piedras planas. El calor que no
escapase con el humo sería suficiente para mantener dentro una temperatura conveniente. La provisión de leña
fue almacenada en uno de los departamentos y el marino puso sobre las piedras de la hoguera algunos leños
mezclados con ramas secas. El marino se ocupaba de este trabajo, cuando Harbert le preguntó si tenía cerillas.
Ciertamente–contestó Pencroff–, y añadiré felizmente, porque sin cerillas o sin yesca nos hubiéramos visto muy
apurados.
–¡Bah! Haríamos fuego como los salvajes – contestó Harbert–, frotando dos pedazos de leña seca el uno contra
el otro.
–Bueno, haz la prueba, y veremos si consigues otra cosa que romperte los brazos.
–No obstante, es un procedimiento muy sencillo y muy usado en las islas del Pacífico.
–No digo que no–contestó Pencroff–, pero los salvajes conocen la manera de usarlo y emplean madera
especial, porque más de una vez he querido procurarme fuego de esa suerte y no lo he conseguido nunca.
Confieso que prefiero las cerillas. ¿Dónde están mis cerillas?
Pencroff buscó en su chaleco la caja de cerillas, que no abandonaba nunca, ya que era un fumador rabioso.
No la encontró.
Buscó en los bolsillos del pantalón y tampoco halló nada, con lo cual llegó al colmo su estupor.
–¡Buena la hemos hecho! –dijo mirando a Harbert–. Se habrá caído de mi bolsillo y la he perdido. Tú, Harbert,
¿no tienes nada, ni eslabón, ni nada que pueda hacer fuego?-¡No, Pencroff!
El marino salió seguido del joven, rascándose la frente. En la arena, en las rocas, cerca de la orilla del río, por
todas partes buscaron con el mayor cuidado, pero inútilmente. La caja era de cobre y no hubiera podido
escapar a sus miradas.
–Pencroff –preguntó Harbert–, ¿no has tirado la caja desde la barquilla?
–Ya me guardé bien –contestó el marino–; pero, cuando ha sido uno sacudido como nosotros por los aires, un
objeto tan pequeño puede haber desaparecido. ¡Mi pipa!
¡También me ha abandonado! ¡Diablo de caja! ¿Dónde puede estar?
–El mar se retira –dijo Harbert–; corramos al sitio donde tomamos tierra.
Era poco probable que se encontrase la caja, que las olas habían debido arrastrar por los guijarros durante la
alta marea; sin embargo, nada se perdía con buscarla. Harbert y Pencroff se dirigieron rápidamente hacia el
lugar donde habían tomado tierra el día anterior, a doscientos pasos más o menos de las Chimeneas. Allí, entre
los guijarros y entre los huecos de las rocas, registraron minuciosamente, pero en vano. Si la caja hubiera caído
en aquella parte, habría sido arrastrada por las olas. A medida que el mar se retiraba, el marino registraba
todos los intersticios de las rocas, sin encontrar nada. Era una pérdida grave en aquellas circunstancias, y por el
momento, irreparable. Pencroff no ocultó su vivo descontento. Su frente se había arrugado gravemente y no
pronunciaba ni una palabra. Harbert quería consolarle haciéndole observar que probablemente las cerillas
estarían mojadas por el agua del mar y que no valdrían.
–No –contestó el marino–. Están dentro de una caja de cobre que cierra muy bien. ¿Y, ahora, cómo nos las
arreglaremos?
Ya encontraremos algún medio de procurarnos fuego –dijo Harbert–. Smith y Spilett no serán tan tontos
como nosotros.
–Sí –respondió Pencroff–, pero mientras estamos sin fuego, y nuestros compañeros no encontrarán más que
una triste cena a su vuelta.
–Pero –dijo vivamente Harbert–¡es imposible que no traigan cerillas o yesca!
–Lo dudo –respondió el marino sacudiendo la cabeza–. En primer lugar, Nab y Smith no fuman, y temo que
Spilett haya preferido conservar su carnet y su lápiz en vez de la caja de cerillas.
Harbert no contestó. La pérdida de la caja era evidentemente un hecho sensible; sin embargo, el joven contaba
con poder procurarse fuego de una manera u otra. Pencroff, hombre más experimentado, a quien no le
asustaban las dificultades grandes y pequeñas, no era del mismo parecer; pero, de todos modos, no había más
que un partido: esperar la vuelta de Nab y del periodista, renunciando a la cena de huevos, que quería
prepararles. El régimen de carne cruda no le parecía, ni para ellos ni para él mismo, una perspectiva agradable.
Antes de volver a las Chimeneas, el marino y Harbert, previniendo el caso de que el fuego les faltara
definitivamente, hicieron una nueva recogida de litódomos y volvieron silenciosamente a su morada. Pencroff,
con los ojos fijos en el suelo, seguía buscando su caja. Remontó la orilla izquierda del río desde su
desembocadura hasta el ángulo en que la almadía estaba amarrada; volvió a la meseta superior, la recorrió en
todos los sentidos, y registró las altas hierbas y la orilla del bosque; pero en vano. Eran las cinco de la tarde
cuando Harbert y el marino entraron en las Chimeneas. Es inútil decir que registraron todos los corredores
hasta los más oscuros rincones, y que tuvieron que renunciar decididamente a sus pesquisas. Hacia las seis, en

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LA ISLA MISTERIOSA

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el momento en que el sol desaparecía detrás de las altas tierras del oeste, Harbert, que iba y venía por la
playa, anunció la vuelta de Nab y de Gedeón Spilett. ¡Volvían solos! ... Al joven se le encogió el corazón; el
marino no se había equivocado en sus presentimientos. ¡No habían encontrado al ingeniero Ciro Smith! El
corresponsal, al llegar, se dejó caer sobre una roca sin decir palabra. Rendido de cansancio y muerto de
hambre, no tenía fuerzas para hablar. En cuanto a Nab, sus ojos enrojecidos probaban cuánto había llorado, y
las nuevas lágrimas que no podía retener decían demasiado claramente que había perdido toda esperanza. El
reportero hizo relación de las pesquisas que habían practicado para encontrar a Ciro Smith. Nab y él habían
recorrido la costa en un espacio de más de ocho millas, y, por consiguiente, mucho más allá de donde se había
efectuado la penúltima caída del globo, caída a la que siguió la desaparición del ingeniero y del perro Top. La
playa estaba desierta. Ningún rastro, ningún vestigio. Ni un guijarro fuera de su sitio, ni un indicio sobre la
arena, ni una señal de pie humano en toda aquella parte del litoral. Era evidente que ningún habitante
frecuentaba aquella parte de la costa. El mar estaba también desierto como la orilla, y, sin embargo, era allí, a
algunos centenares de pies de la costa, donde el ingeniero había encontrado su tumba.
En aquel momento, Nab se levantó y con una voz que denotaba los sentimientos de esperanza que quedaban
en él exclamó:
–¡No!, ¡no!, ¡no está muerto! ¡No!, ¡no puede ser! ¡El, morir! Yo o cualquier otro hubiera sido posible, ¡pero él,
jamás! ¡Es un hombre que sabe librarse de todo!
Después las fuerzas le abandonaron.
–¡Ah!, ¡no puedo más! –murmuró. Harbert corrió hacia él.
–Nab –dijo el joven–, ¡lo encontraremos!
¡Dios nos lo devolverá! ¡Pero, entretanto, necesita reponerse! ¡Coma, coma un poco, se lo ruego!
Y, al decir esto, le ofrecía al pobre negro unos puñados de mariscos, triste e insuficiente alimento. Nab no había
comido desde hacía muchas horas, pero rehusó. Privado de su dueño, Nab ¡no quería ni podía vivir! En cuanto a
Gedeón Spilett, devoró los moluscos y después se tendió sobre la arena, al pie de una roca. Estaba extenuado,
pero tranquilo.
Entonces Harbert se aproximó a él y, tomándole la mano, le dijo:
–Señor, hemos descubierto un abrigo en donde estará mejor que aquí. La noche se acerca; venga a descansar;
mañana veremos...
El corresponsal se levantó y, guiado por el joven, se dirigió a las Chimeneas. En aquel momento Pencroff se
acercó a él y con el tono más natural del mundo le preguntó si por casualidad le quedaba alguna cerilla. Gedeón
Spilett se detuvo, registró sus bolsillos, no encontró nada y dijo: Tenía, pero he debido tirarlas...
El marino llamó entonces a Nab, le hizo la misma pregunta y recibió la misma respuesta.
–¡Maldición! –exclamó el marino, sin contenerse.
El reportero lo oyó y, acercándose a él, le preguntó:
–¿No tiene una cerilla?
–Ni una, y por consiguiente no hay fuego.
–¡Ah! –exclamó Nab–, si estuviera mi amo, él sabría hacerlo.
Los cuatro náufragos quedaron inmóviles y se miraron no sin inquietud. Harbert fue el primero en romper el
silencio diciendo:
–Señor Spilett, usted es fumador y siempre ha llevado cerillas. Quizá no ha buscado bien... Busque aún; una
nos bastaría.
El periodista volvió a registrar los bolsillos del pantalón, del chaleco, del gabán, y al fin, con gran júbilo de
Pencroff y no menos sorpresa suya, sintió un pedacito de madera en el forro del chaleco. Sus dedos lo habían
sentido a través de la tela, pero no podían sacarlo. Como debía ser una cerilla y no había más, había que evitar
se encendiese prematuramente.
–¿Quiere usted que yo la saque? –dijo el joven Harbert.
Y muy diestramente, sin romperlo, logró extraer aquel pedacito de madera, aquel miserable y precioso objeto,
que para aquellas pobres gentes tenía tan grande importancia. Estaba intacto.
–¡Una cerilla! –exclamó Pencroff–. ¡Ah! Es como si tuviéramos un cargamento entero.
Lo tomó y, seguido de sus compañeros, regresó a las Chimeneas.
Aquel pedacito de madera que en los países habitados se prodiga con tanta indiferencia, y cuyo valor es nulo,
exigía en las circunstancias en que se hallaban los náufragos una gran precaución. El marino se aseguró de que
estaba bien seco. Después dijo: –Necesitaría un papel.
–Tenga usted–respondió Gedeón Spilett, que, después de vacilar, arrancó una hoja de su cuaderno.
Pencroff tomó el pedazo de papel que le tendía el periodista y se puso de rodillas delante de la lumbre. Tomó
un puñado de hierbas y hojas secas y las puso bajo los leños y las astillas, de manera que el aire pudiera
circular libremente e inflamar con rapidez la leña seca. Dobló el papel en forma de corneta, como hacen los
fumadores de pipa cuando sopla mucho el viento, y lo introdujo entre la leña. Tomó un guijarro áspero, lo
limpió con cuidado y con latido de corazón frotó la cerilla conteniendo la respiración.
El primer frotamiento no produjo ningún efecto; Pencroff no había apoyado la mano bastante, temiendo
arrancar la cabeza de la cerilla.
–No, no podré –dijo–; me tiembla la mano... La cerilla no se enciende... ¡No puedo..., no quiero!
Y, levantándose, encargó a Harbert que lo reemplazara.
El joven no había estado en su vida tan impresionado. El corazón le latía con fuerza. Prometeo, cuando iba a
robar el fuego del cielo, no debía de estar tan nervioso. No vaciló, sin embargo, y frotó rápidamente en la
piedra. Oyóse un pequeño chasquido y salió una ligera llama azul, produciendo un humo acre. Harbert volvió
suavemente el palito de madera, para que se pudiera alimentar la llama, y después aplicó la corneta de papel;
éste se encendió y en pocos segundos ardieron las hojas y la leña seca. Algunos instantes después crepitaba el
fuego, y una alegre llama, activada por el vigoroso soplo del marino, se abría en la oscuridad.
–¡Por fin! –exclamó Pencroff, levantándose–, ¡en mi vida me he visto tan apurado!

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LA ISLA MISTERIOSA

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El fuego ardía en la lumbre formada de piedras planas; el humo se escapaba por el estrecho conducto; la
chimenea tiraba, y no tardó en esparcirse dentro un agradable calor. Mas había que impedir apagar el fuego y
conservar siempre alguna brasa debajo de la ceniza. Pero esto no era más que una tarea de cuidado y
atención, puesto que la madera no faltaba y la provisión podría ser siempre renovada en tiempo oportuno.
Pencroff pensó primeramente en utilizar la lumbre para preparar una cena más alimenticia que los litódomos.
Harbert trajo dos docenas de huevos. El corresponsal, recostado en un rincón, miraba aquellos preparativos sin
decir palabra. Tres pensamientos agitaban su espíritu. ¿Estaba vivo Ciro Smith? Si vivía, ¿dónde se hallaba? Si
había sobrevivido a la caída, ¿cómo explicar que no hubiese encontrado medio de dar a conocer su presencia?
En cuanto a Nab, vagaba por la playa como un cuerpo sin alma. Pencroff, que conocía cincuenta y dos maneras
de arreglar los huevos, no sabía cuál escoger en aquel momento. Se tuvo que contentar con introducirlos en
las cenizas calientes y dejarlos endurecer a fuego lento. En algunos minutos se verificó la cocción y el marino
invitó al corresponsal a tomar parte de la cena. Así fue la primera comida de los náufragos en aquella costa
desconocida. Los huevos endurecidos estaban excelentes, y como el huevo contiene todos los elementos
indispensables para el alimento del hombre, aquellas pobres gentes se encontraron muy bien y se sintieron
confortados. ¡Ah!, ¡si no hubiera faltado uno de ellos a aquella cena! ¡Si los cinco prisioneros escapados de
Richmond hubieran estado allí, bajo aquellas rocas amontonadas, delante de aquel fuego crepitante y claro,
sobre aquella arena seca, quizá no hubieran tenido más que hacer que dar gracias al cielo! ¡Pero el más
ingenioso, el más sabio, el jefe, Ciro Smith, faltaba y su cuerpo no había podido obtener una sepultura! Así
pasó el día 25 de marzo. La noche había extendido su velo. Se oía silbar el viento y la resaca monótona batir la
costa. Los guijarros, empujados y revueltos por las olas, rodaban con un ruido ensordecedor. El corresponsal se
había retirado al fondo de un oscuro corredor, después de haber resumido y anotado los incidentes de aquel
día: la primera aparición de aquella tierra, la desaparición del ingeniero, la exploración de la costa, el incidente
de las cerillas, etc., y, ayudado por su cansancio, logró encontrar un reposo en el sueño. Harbert se durmió
pronto. En cuanto al marino, velando con un ojo, pasó la noche junto a la lumbre, a la que no faltó combustible.
Uno solo de los náufragos no reposaba en las Chimeneas; era el inconsolable, el desesperado Nab, que, toda la
noche y a pesar de las exhortaciones de sus compañeros que le invitaban a descansar, erró por la playa
llamando a su amo.
06. SALIERON DE CAZA Y A EXPLORAR LA ISLA
El inventario de los objetos que poseían aquellos náufragos del aire arrojados sobre una costa que parecía
inhabitada quedó muy pronto hecho. No tenían más que los vestidos puestos en el momento de la catástrofe.
Sin embargo, es preciso mencionar un cuaderno y un reloj, que Gedeón Spilett había conservado por descuido,
pero no tenían ni un arma, ni un instrumento, ni siquiera una navaja de bolsillo. Los pasajeros de la barquilla lo
habían arrojado todo para aligerar el aerostato. Los héroes imaginarios de Daniel de Foe, o de Wyss, como los
Selkirk y los Raynal, náufragos en la isla de Juan Fernández o el archipiélago de Auckland, no se vieron nunca
en una desnudez tan absoluta, porque sacaban recursos abundantes de su navío encallado, granos, ganados,
útiles, municiones, o bien llegaba a la costa algún resto de naufragio, que les permitía acometer las primeras
necesidades de la vida. No se encontraban de un golpe absolutamente desarmados frente a la naturaleza. Pero
ellos, ni siquiera un instrumento, ni un utensilio. Nada, tenían necesidad de todo. Y si Ciro Smith hubiera podido
poner su ciencia práctica, su espíritu inventivo al servicio de aquella situación, quizá toda esperanza no se
hubiera perdido. Pero no era posible contar con Ciro Smith. Los náufragos no debían esperar nada más que de
sí mismos y de la Providencia, que no abandona jamás a los que tienen fe sincera. Pero, ante todo, ¿debían
instalarse en aquella parte de la costa sin buscar ni saber a qué continente pertenecía, si estaba habitada, o si
el litoral no era más que la orilla de una isla desierta? Era una cuestión que había que resolver en el más breve
tiempo. De su solución dependerían las medidas a tomar. Sin embargo, siguiendo el consejo de Pencroff,
resolvieron esperar algunos días antes de hacer la exploración. Era preciso preparar víveres y procurarse un
alimento más fortificante que el de huevos o moluscos. Los exploradores, expuestos a soportar largas fatigas,
sin un aposento para reposar su cabeza, debían, ante todo, rehacer sus fuerzas. Las Chimeneas ofrecían un
retiro provisional suficiente. El fuego estaba encendido y sería fácil conservar las brasas. De momento los
mariscos –y los huevos no faltaban en las rocas y en la playa. Ya se encontraría modo para matar algunas de
las gaviotas que volaban por centenares en la cresta de las mesetas, a palos o pedradas; quizá los árboles del
bosque vecino darían frutos comestibles, y, en fin, el agua dulce no faltaba. Convinieron, pues, en que durante
algunos días se quedarían en las Chimeneas, para prepararse a una exploración del litoral o del interior del
país. Aquel proyecto convenía particularmente a Nab. Obstinado en sus ideas como en sus presentimientos, no
tenía prisa en abandonar aquella porción de la costa, teatro de la catástrofe. No creía, no quería creer en la
pérdida de Ciro Smith. No, no le parecía posible que semejante hombre hubiera acabado de una manera tan
vulgar, llevado por un golpe de mar, ahogado por las olas, a algunos cientos de pasos de una orilla. Mientras
las olas no hubieran arrojado el cuerpo del ingeniero a la playa; mientras él, Nab, no hubiera visto con sus ojos
y tocado con sus manos el cadáver de su amo, no creería en su muerte. Y aquella idea arraigó en su obstinado
corazón. Ilusión quizá, sin embargo, ilusión respetable, que el marino no quería destruir. Para Pencroff no había
ya esperanza; el ingeniero había perecido realmente en las olas, pero con Nab no quería discutir. Era como el
perro que no quiere abandonar el sitio donde está enterrado su dueño, y su dolor era tal que probablemente no
sobreviviría. Aquella mañana, 26 de marzo, después del alba, Nab se encaminó de nuevo hacia la costa en
dirección norte, volviendo al sitio donde el mar, sin duda, había cubierto al infortunado Smith. El almuerzo de
ese día se compuso únicamente de huevos de paloma y de litódomos. Harbert había encontrado sal en los
huecos de las rocas formada por evaporación, y aquella sustancia mineral vino muy a propósito. Terminado el
almuerzo, Pencroff preguntó al periodista si quería acompañarle al bosque donde Harbert y él iban a intentar
cazar; pero, reflexionando después, convinieron en que era necesario que alguien se quedara para alimentar el
fuego, y para el caso, muy probable, de que Nab necesitara ayuda. Se quedó el corresponsal en las Chimeneas.

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LA ISLA MISTERIOSA

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–Vamos de caza, Harbert –dijo el marino–.
Encontraremos municiones en nuestro camino y cortaremos nuestro fusil en el bosque. Pero, en el momento
de partir, Harbert observó que, ya que les faltaba la yesca, sería preciso reemplazarla por otra sustancia.
–¿Cuál? –preguntó Pencroff.
–Trapo quemado –contestó el joven–. Esto puede, en caso de necesidad, servir de yesca.
El marino encontró sensato el aviso. No tenía más inconveniente que el de necesitar el sacrificio de un pedazo
de pañuelo. Sin embargo, la cosa valía la pena, y el pañuelo de grandes cuadros de Pencroff quedó en breve
reducido por una parte al –estado de trapo medio quemado. Aquella materia inflamable fue puesta en la
habitación central, en el fondo de una pequeña cavidad de la roca al abrigo de toda corriente y de toda
humedad. Eran las nueve de la mañana; el tiempo se presentaba amenazador y la brisa soplaba del sudoeste.
Harbert y Pencroff doblaron el ángulo de las Chimeneas, no sin haber lanzado una mirada hacia el humo que
salía de la roca; después subieron por la orilla izquierda del río. Al llegar al bosque, Pencroff cortó del primer
árbol dos sólidas ramas, que transformó en rebenques, y cuyas puntas afiló Harbert sobre una roca. ¡Qué no
hubieran dado por tener un cuchillo! Después, los dos cazadores avanzaron entre las altas hierbas, siguiendo la
orilla del río. A partir del recodo que torcía su curso en el sudoeste, el río se estrechaba poco a poco y sus
orillas formaban un lecho muy encajonado, cubierto por el doble arco de árboles. Pencroff, para no extraviarse,
resolvió seguir el curso de agua que le había de llevar al punto de partida; pero la orilla no dejaba paso sin
presentar algunos obstáculos; aquí, árboles cuyas ramas flexibles se doblaban hasta el nivel de la corriente;
allí, bejucos o espinos que era preciso cortar a bastonazos. Con frecuencia, Harbert se introducía entre los
troncos rotos, con la presteza de un gato, y desaparecía en la espesura. Pero Pencroff le llamaba pronto,
rogándole que no se alejara. Entretanto el marino observaba con atención la disposición y la naturaleza de los
lugares. Sobre aquella orilla izquierda el suelo era llano y remontaba insensiblemente hacia el interior. Algunas
veces se presentaba húmedo y tomaba entonces una apariencia pantanosa. Los cazadores sentían bajo sus pies
como una red subyacente de estratos líquidos, que, por algún conducto subterráneo, debían desembocar en el
río. Otras veces un arroyuelo corría a través de la espesura, arroyuelo que atravesaban sin gran esfuerzo. La
orilla opuesta parecía ser más quebrada, y el valle, cuyo fondo ocupaba el río, se dibujaba en ella más
claramente. La colina, cubierta de árboles dispuestos como en anfiteatro, formaba una cortina que interceptaba
la mirada. En aquella orilla derecha la marcha hubiera sido difícil, ya que los declives bajaban bruscamente, y
los árboles, curvados sobre el agua, no se mantenían sino por la fuerza de sus raíces. Inútil es añadir que aquel
bosque, como la costa ya recorrida, estaba virgen de toda huella humana. Pencroff no observó más que
huellas de cuadrúpedos, señales recientes de animales, cuya especie no podía reconocer. Ciertamente, y ésta
fue la opinión de Harbert, algunas de estas huellas eran de grandes fieras, con las cuales habría que contar;
pero en ninguna parte se veía señal de un hacha sobre un tronco de árbol, ni los restos de un fuego extinguido,
ni la marca de un pico; de lo cual debía felicitarse quizá, porque en aquella tierra, en pleno Pacífico, la
presencia del hombre hubiera sido quizá más de temer que de desear. Harbert y Pencroff apenas hablaban,
porque las dificultades del camino eran grandes y avanzaban lentamente, así que al cabo de una hora de
marcha habían recorrido apenas una milla. Hasta entonces la caza no había dado resultado. Sin embargo,
algunos pájaros cantaban y revoloteaban entre las ramas y se mostraban muy asustadizos, como si el hombre
les hubiera inspirado un justo temor. Entre otros volátiles, Harbert señaló, en una parte pantanosa del bosque,
un pájaro de pico agudo y largo, que se parecía anatómicamente a un martín pescador; sin embargo, se
distinguía de este último por su largo plumaje bastante áspero, revestido de un brillo metálico.
–Debe ser un jacamara –dijo Harbert, tratando de acercarse al animal hasta ponerla al alcance del palo.
–¡Buena ocasión de probar el jacamara – contestó el marino–, si ese pájaro se dejara asar!
En aquel momento, una piedra, diestra y vigorosamente lanzada por el joven, hirió al pájaro en el nacimiento
del ala; pero el golpe no fue suficiente, pues el jacamara huyó con toda la ligereza de sus patas y desapareció.
–¡Qué torpe soy! –exclamó Harbert.
–¡No, no, muchacho! – contestó el marino–
El golpe ha sido bien dirigido y más de uno hubiera errado al pájaro. ¡Vamos, no te desanimes! ¡Ya lo
cazaremos otro día!
La exploración continuó. A medida que los cazadores avanzaban, los árboles, más espaciados, eran magníficos,
pero ninguno producía frutos comestibles. Pencroff buscaba en vano algunas palmeras que se prestan a tantos
usos en la vida doméstica, y cuya presencia ha sido señalada hasta el paralelo cuarenta en el hemisferio boreal
y hasta en el treinta y cinco solamente en el hemisferio austral. Pero el bosque no se componía más que de
coníferas como los deodaras, las duglasias, semejantes a las que crecen en la costa nordeste de América, y
abetos admirables, que medían ciento cincuenta pies de altura. En aquel momento, una bandada de aves
pequeñas, de un hermoso plumaje y cola larga y cambiante, salió entre las ramas, sembrando sus plumas,
débilmente adheridas, que cubrieron el suelo de fino vellón. Harbert recogió algunas plumas y después de
haberlas examinado dijo:
–Son curucús.
–Yo preferiría una gallina de Guinea o un pato –añadió Pencroff–; pero, en fin, ¿son buenos para comer?
–Son buenos y su carne es muy delicada – contestó Harbert–. Por otra parte, si no me equivoco, es fácil
acercarse a ellos y matarlos a bastonazos.
El marino y el joven, deslizándose entre las hierbas, llegaron al pie de un árbol cuyas ramas más bajas estaban
cubiertas de pajaritos. Los curucús esperaban el paso de los insectos de que se alimentaban. Se veían sus
patas emplumadas agarradas fuertemente a las ramitas que les servían de apoyo. Los cazadores se
enderezaron entonces y, maniobrando con sus palos como una hoz, rasaron filas enteras de curucús, que, no
pensando en volar, se dejaron abatir estúpidamente. Un centenar yacía en el suelo, cuando los otros huyeron.
–Bien –dijo Pencroff–, he aquí una caza hecha a propósito para cazadores como nosotros. ¡Se podrían coger
con la mano!
El marino ensartó los curucús, como cogujadas, en una varita flexible, y continuaron la exploración. Observaron

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LA ISLA MISTERIOSA

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entonces que el curso del agua se redondeaba ligeramente, como formando un corchete hacia el sur, pero
aquel redondeo no se prolongaba verdaderamente, porque el río debía tomar su origen en la montaña y
alimentarse del derretimiento de las nieves que tapizaban las laderas del cono central. El objeto particular de
aquella excursión era, como ya se sabe, procurar a los huéspedes de las Chimeneas la mayor cantidad posible
de caza. No se podía decir que se hubiera conseguido; por eso el marino proseguía activamente sus pesquisas y
maldecía, cuando algún animal, que no había tiempo siquiera de reconocer, huía entre las altas hierbas. ¡Si al
menos hubiera tenido al perro Top! ¡Pero el perro Top había desaparecido al mismo tiempo que su amo y
probablemente perecido con él! Hacia las tres de la tarde entrevieron nuevas bandadas de pájaros a través de
ciertos árboles, cuyas bayas aromáticas picoteaban, entre otras, las del enebro. De pronto, un verdadero
trompeteo resonó en el bosque. Aquellos extraños y sonoros sonidos eran producidos por esas gallináceas
llamadas tetraos. En breve se vieron algunas parejas de plumaje variado entre leonado y pardo y con la cola
parda. Harbert reconoció los machos en las alas puntiagudas, formadas por las plumas levantadas de su cuello.
Pencroff juzgó indispensable apoderarse de una; eran tan grandes como una gallina, y cuya carne equivale a la
de estas aves; pero era difícil, porque no les dejaban acercar. Después de varias tentativas infructuosas, que no
tuvieron otro resultado que asustar a los tetraos, el marino dijo al joven:
–Ya que no se les puede matar al vuelo, será preciso probar pescando con caña.
–¿Cómo una carpa? –exclamó Harbert, sorprendido de la proposición.
–Cómo una carpa –contestó gravemente el marino.
Pencroff había encontrado en las hierbas media docena de nidos de tetraos, y en cada uno, dos o tres huevos.
Tuvo buen cuidado de no tocar aquellos nidos a los cuales sus propietarios no tardarían en volver. Alrededor de
ellos imaginó tender sus varas, no con lazo, sino con anzuelo. Llevó a Harbert a alguna distancia de los nidos y
allí prepararon sus aparatos singulares con el cuidado que hubiera tenido un discípulo de Isaac Walton (Célebre
autor de un tratado sobre la pesca de caña) Harbert seguía aquel trabajo con un interés fácil de comprender,
dudando de su resultado. Hicieron las cañas de bejucos atados unos con otros, y de quince a veinte pies de
longitud. Pencroff ató a los extremos de estas cañas, a guisa de anzuelo, gruesas y muy fuertes espinas, de
punta encorvada, que le proporcionaron unas acacias enanas; y le sirvieron de cebo unos gruesos gusanos
rojos que encontró en el suelo. Hecho esto, Pencroff, pasando entre las hierbas y procurando ocultarse, colocó
el extremo de sus varitas armadas de anzuelos cerca de los nidos de tetraos, y asiendo el otro extremo se puso
en acecho con Harbert detrás de un árbol corpulento. Ambos esperaron pacientemente, pero Harbert no
contaba con el éxito del invento de Pencroff. Una media hora larga transcurrió, y, como había previsto el
marino, volvieron a sus nidos varias parejas de tetraos. Saltaban picoteando el suelo y no presintiendo de
ningún modo la presencia de cazadores, que, por otra parte, habían tenido buen cuidado de ponerse a
sotavento de las gallináceas. El joven se sintió en aquel momento vivamente interesado. Retuvo el aliento, y
Pencroff, con los ojos desencajados, la boca muy abierta y los labios avanzados como si fuera a comer un
pedazo de tetrao, apenas respiraba. Entretanto, las gallináceas se paseaban entre los anzuelos, sin preocuparse
de ellos. Pencroff entonces dio pequeñas sacudidas que agitaron los gusanos, como si estuvieran vivos.
Seguramente en aquel momento el marino experimentaba una emoción más fuerte que la del pescador de
caña, que no ve venir su presa a través de las aguas. Las sacudidas llamaron pronto la atención de las
gallináceas, que mordieron los anzuelos. Tres tetraos, muy voraces, sin duda, tragaron a la vez el cebo y el
anzuelo. De pronto, Pencroff dio un tirón seco a su aparato, y el aleteo de las aves le indicó que habían sido
cazadas.
–¡Hurra! –exclamó precipitándose hacia su caza, de la que se apoderó.
Harbert aplaudió. Era la primera vez que veía cazar pájaros con caña y anzuelo; pero el marino, muy modesto,
afirmó que no era la primera vez que lo hacía, y que, por otra parte, no tenía el mérito de la invención.
–En todo caso –añadió–, en la situación en que nos encontramos, debemos esperar otros inventos más
importantes.
Los tetraos fueron atados por las patas y Pencroff, contento de no volver con las manos vacías, y viendo que el
día empezaba a declinar, juzgó conveniente volver a su morada. La dirección que habían de seguir estaba
indicada por el río; no había más que seguir su curso, y hacia las seis de la tarde, bastante cansados de su
excursión, Harbert y Pencroff entraban en las Chimeneas.
07. NO VUELVE NAB Y TIENEN QUE SEGUIR A TOP
Gedeón Spilett, inmóvil, con los brazos cruzados, estaba en la playa, mirando el mar, cuyo horizonte se
confundía al este con una gran nube negra que subía rápidamente hacia el cenit. El viento era fuerte y
refrescaba a medida que declinaba el día. Todo el cielo tenía mal aspecto y los primeros síntomas de una
borrasca se manifestaban. Harbert entró en las Chimeneas y Pencroff se dirigió hacia el corresponsal. Este
estaba muy absorto y no lo vio llegar.
–Vamos a tener una mala noche, señor Spilett –dijo el marino–. Lluvia y viento suficientes para alegrar a los
petreles.
El periodista, volviéndose, vio a Pencroff, y sus primeras palabras fueron las siguientes:
–¿A qué distancia de la costa cree usted que la barquilla recibió el golpe de mar que se ha llevado a nuestro
compañero?
El marino, que no esperaba esta pregunta, reflexionó un instante y contestó:
–A dos cables, al máximo.
–Pero ¿qué es un cable? –preguntó Spilett.
–Cerca de ciento veinticuatro brazas o seiscientos pies.
–Por tanto –dijo el periodista–, Ciro Smith habrá desaparecido a mil doscientos pies de la costa.
–Aproximadamente –contestó Pencroff.
–¿Y su perro también?

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–También.
–Lo que me admira –añadió el corresponsal–, admitiendo que nuestro compañero haya perecido, es que Top
haya encontrado igualmente la muerte, y que ni el cuerpo del perro ni el de su amo hayan sido arrojados a la
costa.
–No es extraño, con una mar tan fuerte – contestó el marino–. Por otra parte, quizá las corrientes los hayan
llevado más lejos de la
playa.
–¿Cree usted que nuestro compañero ha perecido en las olas? –preguntó una vez más el periodista.
–Es mi parecer.
–Pues el mío –dijo Gedeón Spilett–, salvo el respeto que debo a su experiencia, Pencroff, es que el doble hecho
de la desaparición de Ciro y de Top, vivos o muertos, tiene algo inexplicable e inverosímil.
–Quisiera pensar como usted, señor Spilett –contestó Pencroff–. Desgraciadamente, mi convicción es firme.
Esto dijo el marino, volviendo hacia las Chimeneas. Un buen fuego crepitaba en la lumbre. Harbert acababa de
echar una brazada de leña seca, y la llama proyectaba grandes claridades en las partes oscuras del corredor.
Pencroff se ocupó en preparar la comida. Le pareció conveniente introducir en el menú algún plato fuerte, ya
que todos tenían necesidad de reparar sus fuerzas. Las sartas de curucús fueron conservadas para el día
siguiente, pero desplumó los tetraos y, puestas en una varita las gallináceas, se asaron al fuego. A las siete de
la tarde Nab no había vuelto todavía. Aquella ausencia prolongada inquietaba a Pencroff. Creía que le había
ocurrido algún accidente en aquella tierra desconocida o que el desgraciado había cometido algún acto de
desesperación; pero Harbert deducía de aquella ausencia consecuencias diferentes. Para él, si Nab no volvía,
era porque alguna nueva circunstancia le había obligado a prolongar sus pesquisas; y toda novedad en este
caso no podía ser más que en dirección de Ciro Smith. ¿Por qué Nab no habría vuelto si una esperanza
cualquiera no lo retuviera? Quizá habría encontrado algún indicio, una huella de su paso, un resto de naufragio
que le había puesto sobre la pista. Quizá seguía en aquel momento una pista verdadera y tal vez se hallaba al
lado de su amo. Así razonaba el joven y así habló. Sus compañeros le dejaron decir cuanto quiso; sólo el
reportero lo aprobó con un gesto; mas, para Pencroff, lo más probable era que Nab había llevado más lejos
que el día anterior sus pesquisas por el litoral y no podía estar aún de vuelta. Entretanto, Harbert, muy agitado
por vagos presentimientos, manifestó repetidas veces su intención de ir en busca de Nab; pero Pencroff le hizo
comprender que sería inútil, que en aquella oscuridad y aquel tiempo tan malo no podría encontrar las huellas
de Nab y que sería mejor esperar su vuelta; si al día siguiente no había aparecido el negro, Pencroff no
titubearía en unirse a Harbert para ir a buscarlo. Gedeón Spilett aprobó la opinión del marino sobre este punto,
añadiendo que no debían separarse, y Harbert tuvo que renunciar a su proyecto; pero dos gruesas lágrimas
rodaron por sus mejillas. El periodista no pudo menos que abrazar al generoso joven. El mal tiempo se había
desencadenado. Una borrasca de sudeste pasaba sobre la costa con violencia. Se oía el reflujo del mar que
mugía contra las primeras rocas a lo largo del litoral. La lluvia, pulverizada por el huracán, se levantaba como
una niebla líquida, semejante a jirones de vapor que se arrastraban sobre la costa, cuyos guijarros chocaban
violentamente, como carretones de piedras que se vacían. La arena, levantada por el viento, se mezclaba con
la lluvia y hacía imposible la salida del punto de abrigo; había en el aire tanto polvo mineral como agua. Entre
la desembocadura del río y el lienzo de la muralla, giraban con violencia grandes remolinos, y las capas de aire
que se escapaban en aquel maelstrom, no encontrando otra salida que el estrecho valle en cuyo fondo corría el
río, penetraban en él con irresistible violencia. El humo de la lumbre, rechazado por el estrecho tubo, bajaba
frecuentemente llenando corredores y haciéndolos inhabitables. Por eso, cuando los tetraos estuvieron asados,
Pencroff dejó apagar el fuego y no conservó más que algunas brasas entre las cenizas. A las ocho de la noche
aún no había vuelto Nab; pero podía suponerse que aquel terrible tiempo le había impedido volver y que había
tenido que buscar refugio en alguna cueva para esperar el fin de la tormenta o por lo menos la vuelta del día.
En cuanto a ir en su busca, tratar de encontrarlo en aquellas condiciones, era imposible. La caza formó el único
plato de la cena. Se comió con ganas aquella carne, que estaba excelente. Pencroff y Harbert, a quienes su
excursión les había abierto el apetito, la devoraron. Después cada uno se retiró al rincón donde habían
descansado la noche precedente. Harbert no tardó en dormirse cerca del marino, que se había tendido a lo
largo, próximo a la lumbre. Fuera, la tempestad, a medida que avanzaba la noche, tomaba proporciones
mayores. Era un vendaval comparable al que había llevado a los prisioneros desde Richmond hasta aquella
tierra del Pacífico; tempestades frecuentes durante la época del equinoccio, fecundas en catástrofes, terribles
sobre todo en aquel ancho campo, que no ponía ningún obstáculo a su furor. Se comprende, pues, que una
costa tan expuesta al este, es decir, directamente a los golpes del huracán y batida de frente, lo fuese con una
fuerza de la cual ninguna descripción puede dar idea. Por suerte, la agrupación de las rocas que formaban las
Chimeneas era muy sólida. Eran enormes bloques de granito, de los cuales, sin embargo, unos,
insuficientemente equilibrados, parecían temblar sobre su base. Pencroff sentía que bajo su mano, apoyada en
la pared, tenían lugar unos estremecimientos; pero al fin, se decía, y con razón, que no había que temer nada y
que aquel refugio improvisado no se hundiría. Sin embargo, oía el ruido de las piedras, arrancadas de la cima
de la meseta y arrastradas por los remolinos de viento, que caían sobre la arena. Algunas rodaban sobre la
parte superior de las Chimeneas o volaban en trozos cuando eran proyectadas perpendicularmente. Por dos
veces, el marino se levantó llegando al orificio del corredor para observar lo que ocurría fuera; pero aquellos
hundimientos poco considerables no constituían ningún peligro y volvía a su sitio delante de la lumbre, cuyas
brasas crepitaban bajo las cenizas. A pesar de los furores del huracán, el ruido de la tempestad, el trueno y la
tormenta, Harbert dormía profundamente. El sueño acabó por apoderarse de Pencroff, que en su vida de
marino se había habituado a todas aquellas violencias. Solamente Gedeón Spilett había permanecido despierto,
se reprochaba no haber acompañado a Nab, pues la esperanza no le había abandonado. Los presentimientos de
Harbert no habían cesado de agitarlo, su pensamiento estaba concentrado en Nab. ¿Por qué no había vuelto el
negro? Daba vueltas en su cama de arena, fijando apenas su atención en aquella lucha de los elementos. A
veces, sus ojos, fatigados por el cansancio, se cerraban un instante, pero algún rápido pensamiento los abría

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LA ISLA MISTERIOSA

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casi en seguida.
Entretanto la noche avanzaba. Podían ser las dos de la mañana, cuando Pencroff, profundamente dormido
entonces, fue sacudido vigorosamente.
–¿Qué pasa? –exclamó, incorporándose completamente despierto con la prontitud de las gentes de mar.
El periodista estaba inclinado sobre él y le decía:
–¡Escuche, Pencroff, escuche!
El marino prestó oídos y no distinguía ningún ruido distinto al de las ráfagas de viento.
–Es el viento –dijo.
–No –contestó Gedeón Spilett, escuchando de nuevo–; me parece haber oído...
–¿Qué?
–Los ladridos de un perro.
–¡Un perro! –exclamó Pencroff, que se levantó de un salto.
–Sí, ladridos...
–¡No es posible! –contestó el marino–. Y por otra parte, cómo, con los mugidos de la tempestad...
–Escuche... –insistió el periodista.
Pencroff escuchó más atentamente, y creyó, en efecto, en un instante de calma, oír ladridos lejanos.
–¡Y bien! –dijo Spilett, oprimiendo la mano del marino.
–¡Sí, sí! –contestó Pencroff.
–¡Es Top! ¡Es Top! –exclamó Harbert, que se acababa de levantar, y los tres se lanzaron hacia el orificio de las
Chimeneas.
Les costó trabajo salir; el viento los rechazaba; pero, por fin, salieron y no pudieron tenerse en pie sino
asiéndose a las rocas. Se miraban sin poder hablar. La oscuridad era absoluta; el mar, el cielo y la tierra se
confundían en una igual intensidad de tinieblas. Parecía que no había un átomo de luz difundida en la
atmósfera. Durante algunos minutos el corresponsal y sus compañeros permanecieron así, como aplastados por
la ráfaga, mojados por la lluvia, cegados por la arena. Después, oyeron una vez los ladridos en una calma de la
tormenta y reconocieron que debían estar aún bastante lejos. No podía ser más que Top el que ladraba así,
pero ¿estaba solo o acompañado? Lo más probable era que estuviese solo, porque, admitiendo que Nab se
hallara con él, se habría dirigido a las Chimeneas. El marino oprimió la mano del periodista, del cual no podía
hacerse oír, indicándole de aquel modo que esperase, y entró en el corredor. Un instante después volvía a salir
con una tea encendida y, agitándola en las tinieblas, lanzaba agudos silbidos. A esta señal, que parecía
esperada, los ladridos respondieron más cercanos y pronto un perro se precipitó en el corredor. Pencroff,
Harbert y Gedeón Spilett entraron detrás de él. Echaron una brazada de leña seca sobre los carbones y el
corredor se iluminó con una viva llama.
–¡Es Top! –exclamó Harbert.
En efecto, era Top, un magnífico perro anglonormando, que tenía de las dos razas cruzadas la ligereza de
piernas y la finura del olfato, las dos cualidades por excelencia del perro de muestra. Era el perro del ingeniero
Ciro Smith.
¡Pero estaba solo! ¡Ni su amo ni Nab lo acompañaban!
Pero ¿cómo lo había podido conducir su instinto hasta las Chimeneas, que no conocía aún? ¡Esto parecía
inexplicable, sobre todo en medio de aquella negra noche y de tal tempestad! Pero aún había otro detalle más
inexplicable: Top no estaba cansado, ni extenuado, ni sucio de barro o arena... Harbert lo había atraído hacia sí
y le acariciaba la cabeza con sus manos. El perro le dejaba y frotaba su cuello sobre las manos del joven.
–¡Si ha aparecido el perro, el amo aparecerá también! –dijo el periodista.
–¡Dios lo quiera! – contestó Harbert–. ¡Partamos! ¡Top nos guiará!
Pencroff no hizo ninguna objeción, comprendiendo que la llegada de Top desmentía sus conjeturas.
–¡En marcha! –dijo.
Pencroff recubrió con cuidado el carbón del hogar, puso unos trozos de madera bajo las cenizas, de manera
que, cuando volvieran, encontraran fuego, y, precedido del perro, que parecía invitarlo con sus ladridos, y
seguido del corresponsal y del joven, se lanzó fuera, después de haber tomado los restos de la cena. La
tempestad estaba entonces en toda su violencia y quizá en su máximum de intensidad. La luna nueva
entonces, por consiguiente, en conjunción con el sol, no dejaba filtrar la menor luz a través de las nubes.
Seguir un camino rectilíneo era difícil; lo mejor era dejarse llevar del instinto de Top; así lo hicieron. El
reportero y el muchacho iban detrás del perro, y el marino cerraba la marcha. No hubiera sido posible cambiar
unas palabras. La lluvia no era muy abundante, porque se pulverizaba al soplo del huracán, pero el huracán era
terrible. Sin embargo, una circunstancia favorecía felizmente al marino y a sus dos compañeros: el viento venía
del sudeste y, por consiguiente, les daba de espalda. La arena, que se levantaba con violencia, y que no
hubiera podido soportarse, la recibían por detrás, y no volviendo la cara podían marchar sin que les
incomodase. A veces caminaban más de prisa de lo que hubieran querido, para no caer; pero una inmensa
esperanza redoblaba sus fuerzas; esta vez no corrían por la costa a la aventura. No dudaban de que Nab había
encontrado a su amo y que había enviado a su fiel perro a buscarlos. Pero ¿estaba vivo el ingeniero, o Nab
enviaba por sus compañeros para tributar los últimos deberes al cadáver del infortunado Smith? Después de
haber pasado el muro y la tierra alta de que se habían apartado prudentemente, Harbert, el periodista, y
Pencroff se detuvieron para tomar aliento. El recodo de las rocas los abrigaba contra el viento, y respiraron más
tranquilos después de aquella marcha de un cuarto de hora, que había sido más bien una carrera.
En aquel momento podían oírse, responderse y, habiendo el joven pronunciado el nombre de Ciro Smith, Top
renovó sus ladridos, como si hubiera querido decir que su amo estaba salvado.
–Salvado, ¿verdad? –repetía Harbert–. ¿Salvado, Top?
Y el perro ladraba para contestar. Emprendieron de nuevo la marcha: eran cerca de las dos y media de la
madrugada; la marea empezaba a subir e, impulsada por el viento, amenazaba ser muy fuerte. Las grandes
olas chocaban contra los escollos y los acometían con tal violencia, que probablemente debían pasar por encima

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del islote, absolutamente invisible entonces. Aquel largo dique no cubría la costa, que estaba directamente
expuesta a los embates del mar. Cuando el marino y sus compañeros se separaron del muro, el viento los
azotó de nuevo con extremado furor.
Encorvados, dando la espalda a las ráfagas, marchaban de prisa, siguiendo a Top, que no vacilaba en la
dirección que debía tomar. Subían hacia el norte, teniendo a su derecha una interminable cresta de olas, que se
rompían con atronador ruido, y a su izquierda una oscura comarca de la cual era imposible distinguir su
aspecto; pero comprendían que debía ser relativamente llana, porque el huracán pasaba por encima de sus
cabezas sin rebotar sobre ellos, efecto que se producía cuando golpeaba en la muralla de granito. A las cuatro
de la mañana podía calcularse que habían recorrido una distancia de cinco millas. Las nubes se habían elevado
ligeramente y no lamían ya el suelo. Las ráfagas, menos húmedas, se propagaban en corrientes de aire muy
vivas, más secas y más frías. Insuficientemente protegidos por sus vestidos, Pencroff, Harbert y Gedeón Spilett
debían sufrir cruelmente, pero ni una queja se escapó de sus labios. Estaban decididos a seguir a Top hasta
donde quisiera conducirles el inteligente animal. Hacia las cinco, comenzó a despuntar el día. Al principio, en el
cenit, donde los vapores eran menos espesos, algunos matices grises ribetearon el extremo de las nubes, y
pronto, bajo una banda opaca, una claridad luminosa dibujó netamente el horizonte del mar. La cresta de las
olas se tiñó ligeramente de resplandores leonados, y la espuma se hizo más blanca. Al mismo tiempo, en la
izquierda, las partes quebradas del litoral comenzaron a tomar un color confuso gris sobre fondo negro. A las
seis de la mañana era ya de día. Las nubes corrían con extrema rapidez en una zona relativamente alta. El
marino y los compañeros estaban entonces a seis millas de las Chimeneas, siguiendo una playa muy llana,
bordeada a lo largo por una fila de rocas, de las cuales emergían solamente las cimas, porque era la hora de
pleamar. A la izquierda, la comarca que se veía cubierta de dunas erizadas de cardos ofrecía el aspecto salvaje
de una vasta región arenosa. El litoral estaba poco marcado y no ofrecía otra barrera al océano que una cadena
bastante irregular de montículos. Aquí y allí uno o dos árboles agitaban hacia el oeste las ramas tendidas hacia
aquella dirección; y detrás, hacia el sudoeste, se redondeaba el lindero del último bosque. En aquel momento
Top dio signos inequívocos de agitación. Corría hacia delante, volvía hasta el marino y parecía incitarlo a ir más
de prisa. El perro había abandonado entonces la playa impulsado por su admirable instinto y sin mostrar
ninguna vacilación les metió entre las dunas. Le siguieron. El país parecía estar absolutamente desierto, sin que
ningún ser vivo lo animase. La linde de las dunas, bastante ancha, estaba compuesta de montículos y colinas
caprichosamente distribuidas. Era como una pequeña Suiza de arena, y sólo un instinto prodigioso podía
encontrar camino en aquel laberinto. Cinco minutos después de haber abandonado la playa, el periodista y sus
compañeros llegaron a una especie de excavación abierta en el recodo formado por una alta duna. Allí, Top se
detuvo, dando un ladrido sonoro. Spilett, Harbert y Pencroff penetraron en aquella gruta. Nab estaba
arrodillado, cerca de un cuerpo tendido sobre un lecho de hierbas. Era el cuerpo del ingeniero Ciro Smith.
08. ¿ESTABA VIVO CIRO SMITH?
Nab no se movía; el marino no le dijo más que una palabra.
–¡Vive! –exclamó.
Nab no respondió. Gedeón Spilett y Pencroff se pusieron pálidos. Harbert juntó las manos y permaneció
inmóvil. Pero era evidente que el pobre negro, absorto en su dolor, no había visto a sus compañeros, ni
entendido las palabras del marino. El corresponsal se arrodilló cerca del cuerpo sin movimiento y aplicó el oído
al pecho del ingeniero, después de haberle entreabierto la ropa. Un minuto, que pareció un siglo, transcurrió,
durante el cual Spilett trató de sorprender algún latido del corazón. Nab se había incorporado un poco y miraba
sin ver. La desesperación no hubiera podido alterar más el rostro de un hombre. Nab estaba desconocido,
abrumado por el cansancio, desencajado por el dolor. Creía a su amo muerto. Gedeón Spilett después de una
larga y atenta observación se levantó.
–¡Vive! –dijo.
Pencroff, a su vez, se puso de rodillas cerca de Ciro Smith; su oído percibió también algunos latidos y sus
labios una ligera respiración que se escapaba de los del ingeniero. Harbert, a una palabra que le dijo el
corresponsal, se lanzó fuera para buscar agua, y encontró, a cien pasos de allí, un riachuelo límpido
evidentemente engrosado por las lluvias de la noche pasada y que se filtraba por la arena. Pero no tenía nada
para llevar el agua; ni una concha había en las dunas. El joven tuvo que contentarse con mojar su pañuelo en
el río y volvió corriendo. Afortunadamente el pañuelo mojado bastó a Gedeón Spilett, que no quería más que
humedecer los labios del ingeniero. Las moléculas de agua fresca produjeron un efecto casi inmediato. Un
suspiro se escapó del pecho de Ciro Smith y pareció que quería pronunciar algunas palabras.
–¡Le salvaremos! –dijo el periodista.
Nab, que había recobrado la esperanza, al oír estas palabras, desnudó a su amo, a fin de ver si el cuerpo
presentaba alguna herida. Ni la cabeza, ni el dorso, ni los miembros tenían contusiones ni desolladuras, cosa
sorprendente, porque el cuerpo de Ciro Smith había debido ser arrastrado sobre las rocas; hasta las manos
estaban intactas, y era difícil explicarse cómo el ingeniero no presentaba ninguna señal de los esfuerzos que
había debido hacer para atravesar la línea de escollos. Pero la explicación de esta circunstancia vendrá más
tarde. Cuando Ciro Smith pudiese hablar, diría lo que había pasado. Por el momento, se trataba de volverle a la
vida, y era probable que se consiguiera por medio de fricciones. Se las dieron con la camiseta del marino; y el
ingeniero, gracias a aquel rudo masaje, movió ligeramente los brazos y su respiración comenzó a restablecerse
de una manera más regular. Se habría muerto sin la llegada del corresponsal y de sus compañeros, no habría
habido remedio para Smith.
–¿Creía usted muerto a su amo? – preguntó el marino a Nab.
–¡Sí, muerto! –respondió el negro–. Y si Top no les hubiera encontrado o no hubieran venido, habría enterrado
aquí a mi amo y habría muerto después a su lado.
¡Qué poco había faltado para que pereciese Ciro Smith!

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Nab contó entonces lo que había pasado. El día anterior, después de haber abandonado las Chimeneas, al rayar
el alba, había subido la costa en dirección norte, y llegó a la parte del litoral que había visitado ya. Allí, sin
ninguna esperanza, según dijo, Nab había buscado entre las rocas y en la arena los más ligeros indicios que
pudieran guiarle; había examinado sobre todo la parte de la arena que la alta mar no había recubierto, ya que
en el litoral el flujo y el reflujo debían haber borrado toda huella. No esperaba encontrar a su amo vivo;
buscaba únicamente su cadáver para darle sepultura con sus propias manos. Sus pesquisas habían durado
largo tiempo, pero sus esfuerzos fueron infructuosos. No parecía que aquella costa desierta hubiera jamás sido
frecuentada por un ser humano. Las conchas a las cuales no podía el mar llegar, y que se encontraban a
millones más allá del alcance de las mareas, estaban intactas; no había ni una concha rota. En un espacio de
doscientas o trescientas yardas no existía traza de un desembarco antiguo ni reciente. Nab se decidió, pues, a
subir por la costa durante algunas millas, por si las corrientes habían llevado el cuerpo a algún punto más
lejano. Cuando un cadáver flota a poca distancia de una playa llana, es raro que las olas no lo recojan tarde o
temprano. Nab lo sabía y quería volver a ver a su amo una vez más.
–Recorrí la costa durante dos millas más, visité toda la línea de escollos de la mar baja, toda la arena de la mar
alta y desesperaba de encontrar algo, cuando ayer, hacia las cinco de la tarde, me fijé en unas huellas que se
marcaban en la arena.
–¿Huellas de pasos? –exclamó Pencroff.
–¡Sí! –contestó Nab.
–¿Y esas huellas empezaban en los escollos mismos? –preguntó el corresponsal.
–No–contestó Nab–, comenzaban en el sitio donde llegaba la marea, porque entre este sitio y los arrecifes las
huellas debían haber sido borradas.
–Continúa, Nab –dijo Gedeón Spillet. Cuando vi estas huellas, me volví loco.
Estaban muy marcadas y se dirigían hacia las dunas. Las seguí durante un cuarto de milla, corriendo, pero
cuidando no borrarlas. Cinco minutos después, cuando empezaba a anochecer, oí los ladridos de un perro. ¡Era
Top, y Top me condujo aquí mismo, cerca de mi amo! Nab terminó su relato ponderando su dolor al encontrar
el cuerpo inanimado. Había tratado de sorprender en él algún resto de vida: ya que lo había encontrado
muerto, lo quería vivo. ¡Todos sus esfuerzos habían sido inútiles y no le quedaba otro recurso que tributar los
últimos deberes al que amaba tanto! Entonces se acordó de sus compañeros. Estos querrían, sin duda, volver a
ver por última vez al infortunado ingeniero. Top estaba allí; ¿podría fiarse de la sagacidad del pobre animal?
Nab pronunció muchas veces el nombre del corresponsal, que era, de los compañeros del ingeniero, el más
conocido de Top; después le mostró el sur de la costa, y el perro se lanzó en la dirección indicada. Ya se sabe
cómo, guiado por un instinto que casi podría considerarse sobrenatural, porque el animal no había estado
nunca en las Chimeneas, Top había llegado. Los compañeros de Nab habían escuchado el relato con extrema
atención. Era para ellos inexplicable que Ciro Smith, después de los esfuerzos que había debido hacer para
escapar de las olas, atravesando los arrecifes, no tuviera señal ni del menor rasguño; pero, sobre todo, lo que
no acertaban a explicarse era que el ingeniero hubiera podido llegar a más de una milla de la costa, a aquella
gruta en medio de las dunas.
–Nab –dijo el corresponsal–, ¿no has sido tú el que ha transportado a tu amo hasta este sitio?
–No, señor, no he sido yo –contestó Nab.
–Es evidente que Smith ha venido solo – dijo Pencroff.
–Es evidente –observó Gedeón Spilett–, ¡pero parece increíble!
No se podría obtener la explicación del hecho más que de boca del ingeniero, y para eso debía recobrar el
habla. Felizmente la vida volvía al cuerpo de Ciro Smith. Las fricciones habían restablecido la circulación de la
sangre y movió de nuevo los brazos, después la cabeza, y algunas palabras incomprensibles se escaparon de
sus labios. Nab, inclinado sobre él, lo llamaba, pero el ingeniero no parecía oírlo; sus ojos permanecían
cerrados. La vida no se revelaba en él más que por el movimiento; los sentidos no tenían aún parte. Pencroff
sintió mucho no tener fuego a mano ni medio de procurárselo, pues por desgracia había olvidado de llevarse el
trapo quemado, que se hubiera inflamado fácilmente al choque de dos guijarros. En cuanto a los bolsillos del
ingeniero, estaban absolutamente vacíos, excepción hecha de su chaleco, que contenía el reloj. Era preciso,
pues, transportar a Ciro Smith a las Chimeneas lo más pronto posible. Este fue el parecer de todos. Entretanto,
los cuidados prodigados al ingeniero le devolverían el conocimiento antes de lo que podían esperar sus
compañeros. El agua con la que humedecían sus labios lo reanimaba poco a poco. Pencroff tuvo la idea de
mezclar, con aquella agua, un poco de sustancia de la carne de tetraos, que se había llevado. Harbert corrió a
la playa y volvió con dos grandes moluscos bivalvos, y el marino compuso una especie de mixtura que introdujo
en los labios del ingeniero, el cual pareció aspirarla ávidamente. Entonces sus ojos se abrieron. Nab y el
corresponsal estaban inclinados sobre él.
–¡Señor! ¡Querido señor! –exclamó Nab. El ingeniero lo oyó. Reconoció a Nab y Spilett, después a sus otros dos
compañeros, Harbert y el marino, y su mano estrechó ligeramente las de todos.
Se escaparon de sus labios algunas palabras, que sin duda había pronunciado ya, y que indicaban algunos
pensamientos que atormentaban su espíritu. Aquellas palabras, pronunciadas de un modo claro, fueron
comprendidas aquella vez. – ¿Isla o continente? –murmuró.
–¡Ah!–exclamó Pencroff, no pudiendo contener esta exclamación–. ¡Por todos los diablos! ¡Qué nos importa,
mientras viva usted, señor Ciro! ¿Isla o continente? ¡Ya lo veremos después!
El ingeniero hizo una ligera señal afirmativa y pareció dormirse. Respetaron aquel sueño y el corresponsal
dispuso que el ingeniero fuera transportado del mejor modo posible. Nab, Harbert y Pencroff salieron de la
gruta y se dirigieron hacia una alta duna coronada de algunos árboles raquíticos. En el camino el marino no
podía menos de repetir:
–¡Isla o continente! ¡Pensar en eso, cuando no se tiene más que un soplo de vida! ¡Qué hombre!
Cuando llegaron a la cumbre de la duna, Pencroff y sus dos compañeros, sin más útiles que sus brazos,
despojaron de sus principales ramas un árbol bastante endeble, especie de pino marítimo, medio destrozado

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LA ISLA MISTERIOSA

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por el viento; después, con aquellas ramas, hicieron una litera, que una vez cubierta de hojas y hierbas podía
servir para transportar al ingeniero. Fue obra de unos cuarenta y cinco minutos, y eran las diez de la mañana
cuando Nab y Harbert volvieron al lado de Ciro Smith, de quien Gedeón Spilett no se había separado. El
ingeniero se despertaba entonces de su sueño, o mejor dicho, del sopor en que le habían dejado. Se colorearon
sus mejillas, que hasta entonces habían tenido la palidez de la muerte; se incorporó un poco, miró alrededor
suyo y pareció preguntar dónde se hallaba.
–¿Puede usted oírme sin cansarse, Ciro? – dijo el corresponsal.
–Sí –contestó el ingeniero.
–Mi parecer es –intervino el marino–que el señor Smith le escuchará mejor si vuelve a tomar un poco de esta
gelatina de tetraos, porque es de tetraos, señor Ciro –añadió, presentándole un poco de aquella mixtura, a la
cual añadió esta vez algunas partículas de carne. Ciro Smith las comió, y los restos de los tetraos fueron
repartidos entre los tres compañeros, a quienes atormentaba el hambre. Encontraron bastante parco el
almuerzo.
–Bueno–dijo el marino–, vituallas tenemos en las Chimeneas, porque conviene que usted sepa, señor Ciro, que
tenemos allá abajo, hacia el sur, una casa con cuartos, camas y hogar y en la despensa algunas docenas de
aves que nuestro Harbert llama curucús. La litera está arreglada y, cuando se sienta más fuerte, lo
transportaremos a nuestra morada.
–Gracias, amigo mío–respondió el ingeniero–; aún esperaremos una hora o dos, y luego partiremos... Y
entretanto, hable usted, Spilett. El corresponsal hizo entonces el relato de lo que había pasado. Refirió los
sucesos que debía ignorar Ciro Smith, la última caída del globo, el arribo a aquella tierra desconocida, que
parecía desierta, cualquiera que fuese, ya isla o continente, el descubrimiento de las Chimeneas, las pesquisas
que habían hecho para encontrar al ingeniero, la adhesión de Nab, y todo lo que se debía a la inteligencia del
fiel Top, etc.
–Pero –preguntó Ciro Smith, con una voz aún débil–, ¿no me han recogido ustedes en la playa?
–No –contestó el corresponsal.
–¿Y no son ustedes los que me han traído a esta gruta?
–No.
–¿A qué distancia está esta gruta de los arrecifes?
–Poco más o menos a media milla – contestó Pencroff–, y si está usted admirado, no estamos nosotros menos
sorprendidos de verlo aquí.
–En efecto –contestó el ingeniero, que se reanimaba poco a poco y tomaba interés en aquellos detalles–, en
efecto; ¡es muy singular!
–Pero –repuso el marino–¿puede usted decimos lo que le ha pasado desde que le llevó el golpe de mar?
Ciro Smith reunió sus recuerdos. Sabía muy poco. El golpe de mar lo había arrancado de la red del aerostato.
Primero se hundió, volvió a la superficie y en aquella semioscuridad sintió un ser viviente agitarse cerca de él.
Era Top, que se había precipitado tras él. Levantó los ojos y no vio ya el globo, que, libre de su peso y el del
perro, había partido como una flecha. Se encontró en medio de las olas irritadas, a una distancia de la costa
que no debía ser menor de media milla. Trató de luchar contra las olas nadando con fuerza, mientras Top le
sostenía por la ropa, pero una corriente muy fuerte lo arrastró hacia el norte, y después de media hora de
esfuerzos inútiles se hundió, arrastrando a Top con él al abismo. Desde aquel momento hasta el que se
encontró en brazos de sus amigos no se acordaba de nada. –Sin embargo –dijo Pencroff–, usted debió ser
arrojado a la playa, y debió tener fuerza para caminar hasta aquí, porque Nab ha encontrado huellas de pasos.
–Sí..., sin duda... –contestó el ingeniero reflexionando–. ¿Y ustedes no han visto huellas de seres humanos en
esta costa?
–Ni rastro –advirtió el corresponsal–. Por otra parte, si por casualidad alguien le hubiera salvado, ¿por qué le
habría abandonado después de librarlo del furor de las olas?
–Tiene usted razón, querido Spilett. Dime, Nab –añadió el ingeniero volviéndose hacia su criado– ¿no habrás
sido tú, en un momento de alucinación... durante el cual...? No, no, es absurdo... ¿Existen todavía algunas
señales de pasos? –preguntó.
–Sí, señor –contestó Nab–, mire usted, a la entrada, a la vuelta misma de esta duna, en una parte abrigada
por el viento y la lluvia. Las otras han sido borradas por la tempestad.
–Pencroff –repuso Ciro Smith–, ¿quiere usted tomar mis zapatos y ver si corresponden con esas huellas?
El marino hizo lo que le pedía el ingeniero. Harbert y él, guiados por Nab, fueron al sitio donde se hallaban las
huellas, mientras que Ciro Smith decía al corresponsal:
–¡Han pasado aquí cosas inexplicables!
–Tiene razón –contestó el periodista, pero, no insistamos en este momento, querido Spilett; ya hablaremos
más tarde.
Un instante después el marino, Nab y Harbert volvían a entrar.
No había duda. Los zapatos del ingeniero correspondían exactamente a las huellas conservadas. Así, pues, Ciro
Smith las había dejado sobre la arena.
–Entonces –dijo el ingeniero–, he sido yo el que experimentó esta alucinación que atribuía a Nab. Habré
marchado como un sonámbulo, sin saber lo que hacía, y ha sido Top el que, guiado por su instinto, me ha
conducido aquí después de haberme arrancado de las olas... ¡Ven, Top! ¡Querido perro! El magnífico animal se
adelantó hacia su amo, ladrando y haciéndole caricias que fueron devueltas con efusión. Se convendrá en que
no se podía dar otra explicación a los hechos, cuyo resultado había sido el salvamento de Ciro Smith, el cual era
debido enteramente a Top. Hacia mediodía, Pencroff preguntó a Ciro Smith si se hallaba en estado de que le
transportaran, y el ingeniero, por toda respuesta, haciendo un esfuerzo que demostraba más voluntad que
energía, se levantó. Pero tuvo que apoyarse en el marino, porque de otro modo hubiera caído.
–¡Bueno! ¡Bueno!–dijo Pencroff–. Acerquen la litera del señor ingeniero.
Llevaron la litera. Las ramas transversales habían sido recubiertas con musgo y hierbas. Se echó en ella Ciro

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LA ISLA MISTERIOSA

JULIO VERNE

Smith, y se dirigieron hacia la costa, yendo Pencroff en un extremo de la camilla y Nab en el otro. Tenían que
recorrer ocho millas, pero, como no se podía ir de prisa, y había que detenerse a menudo, era preciso contar un
lapso de seis horas por lo menos antes de llegar a las Chimeneas. El viento era cada vez más fuerte, pero no
llovía. El ingeniero, tendido y recostado sobre un brazo, observaba la costa, sobre todo en la parte opuesta al
mar. No hablaba, pero miraba, y ciertamente los contornos de aquella comarca con las quebraduras de
terrenos, sus bosques, sus diversas producciones se grabaron en su ánimo. Sin embargo, al cabo de dos horas
de camino el cansancio lo venció y se durmió en la litera. A las cinco y media la pequeña comitiva llegó a la
muralla, y poco después, delante de las Chimeneas. Todos se detuvieron dejando la litera sobre la arena. Ciro
Smith dormía profundamente y no se despertó. Pencroff, con gran sorpresa y disgusto, pudo entonces observar
que la terrible tempestad del día anterior había modificado el aspecto de los lugares. Habían tenido lugar
sucesos importantes. Grandes pedazos de roca yacían sobre la arena, y un espeso tapiz de hierbas marinas,
fucos y algas cubría toda la playa. Era evidente que el mar, pasando sobre el islote, había llegado hasta el pie
de la cortina enorme de granito. Delante del orificio de las Chimeneas, el suelo, lleno de barrancos, había
experimentado un violento asalto de olas. Pencroff tuvo como un presentimiento que le atravesó el alma. Se
precipitó en el corredor. Pocos instantes después salía y permanecía inmóvil mirando a sus compañeros. El
fuego estaba apagado. Las cenizas no eran más que barro. El trapo quemado, que debía servir de yesca, había
desaparecido. El mar había penetrado hasta el fondo de los corredores y todo lo había transformado y destruido
dentro de las Chimeneas.
09. FUEGO Y CARNE
En pocas palabras Gedeón Spilett, Harbert y Nab fueron puestos al corriente de la situación. Aquel incidente,
que podía tener consecuencias funestas –por lo menos según el juicio de Pencroff–, produjo efectos diversos en
los compañeros del honrado marino. Nab, entregado por completo al júbilo de haber encontrado a su amo, no
escuchó, o mejor dicho no quiso preocuparse de lo que decía Pencroff. Harbert pareció participar en los temores
del marino. En cuanto al corresponsal, respondió sencillamente a las palabras de Pencroff:
–Le aseguro, amigo mío, que eso me tiene sin cuidado.
–Pero, repito, no tenemos fuego.
–¡Bah!
–Ni ningún modo de encenderlo.
–¡Bueno!
–Sin embargo, señor Spilett...
–¿No está Ciro aquí? –contestó el corresponsal–. ¿No está vivo nuestro ingeniero? ¡Ya encontrará medio de
procurarnos fuego!
–¿Con qué?
–Con nada.
¿Qué podía replicar Pencroff? No respondió, porque al fin y al cabo participaba de la confianza que sus
compañeros tenían en Ciro Smith. El ingeniero era para ellos un microcosmo, un compuesto de toda la ciencia e
inteligencia humana. Tanto valía encontrarse con Ciro en una isla desierta como sin él en la misma industriosa
ciudad de la Unión. Con él no podía faltar nada; con él no había que desesperar. Aunque hubieran dicho a
aquellas buenas gentes que una erupción volcánica iba a destruir aquella tierra y hundirlos en los abismos del
Pacífico, hubieran respondido imperturbablemente: ¡Ciro está aquí! ¡Ahí está Ciro! Sin embargo, entretanto el
ingeniero estaba aún sumergido en una nueva postración ocasionada por el transporte y no se podía apelar a
su ingeniosidad en aquel momento. La cena debía ser necesariamente muy escasa. En efecto, toda la carne de
tetraos había sido consumida, y no existía ningún medio de asar nada de caza. Por otra parte, los curucús que
servían de reserva habían desaparecido. Era preciso, pues, tomar una determinación. Ante todo, Ciro Smith fue
trasladado al corredor central, donde le arreglaron una cama de algas y fucos casi secos. El profundo sueño que
se había apoderado de Ciro podía reparar rápidamente sus fuerzas y mejor que lo hubiera hecho cualquier
alimento abundante. Había llegado la noche y, con ella, la temperatura, modificada por un salto de viento al
nordeste, se enfrió bastante. Como el mar había destruido los tabiques construidos por Pencroff en ciertos
puntos de los corredores, se establecieron corrientes de aire, que hicieron las Chimeneas inhabitables. El
ingeniero se habría encontrado en condiciones bastante malas de no haberse desprendido sus compañeros de
sus vestidos para cubrirlo cuidadosamente. La cena aquella noche se compuso únicamente de litódomos, de los
cuales Harbert y Nab hicieron recolección en la playa. Sin embargo, a los moluscos, el joven añadió cierta
cantidad de algas comestibles, que recogió en altas rocas, cuyas paredes no mojaba el mar más que en la
época de las grandes mareas. Aquellas algas pertenecían a la familia de las fucáceas, eran una especie de
sargazos, que, secos, producen una materia gelatinosa bastante rica en elementos nutritivos. El corresponsal y
sus compañeros, después de haber absorbido una cantidad considerable de litódomos, chuparon aquellos
sargazos y los encontraron muy agradables. Conviene decir que en las playas asiáticas esta especie de algas
entra mucho en la alimentación de los indígenas.
–A pesar de todo –dijo el marino–, ya es hora de que el señor Ciro nos preste su ayuda.
Entretanto, el frío se hizo muy vivo, y, para colmo de desdicha, no tenían ningún medio para combatirlo. El
marino, incómodo, trató por todos los medios posibles de procurarse fuego, y Nab le ayudó en aquella
operación. Había encontrado musgos secos y, golpeando dos guijarros, obtuvo algunas chispas; pero el musgo
no era bastante inflamable y no tomó, por otra parte, aquellas chispas, que, no siendo más que sílice
incandescente, no tenían la consistencia de las que se escapan del acero y el pedernal. La operación, pues, no
dio resultado. Pencroff, aunque no tenía confianza en el procedimiento, trató luego de frotar dos leños secos el
uno contra el otro, a la manera de los salvajes. Ciertamente si el movimiento que Nab y él hicieron se hubiera
transformado en calor, según las teorías nuevas, habría sido suficiente para hervir una caldera de vapor. El
resultado fue nulo. Los pedazos de madera se calentaron, pero, mucho menos que los dos hombres. Después

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LA ISLA MISTERIOSA

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de una hora de trabajo, Pencroff, sudando, arrojó los pedazos de madera con despecho.
–¡Cuando me hagan creer que los salvajes encienden fuego de este modo –dijo–, hará calor en invierno!
¡Antes encenderé mis brazos frotando uno contra el otro!
El marino no tenía razón en negar la eficacia del procedimiento. Es cierto que los salvajes encienden la madera
con un frotamiento rápido; pero no toda clase de madera vale para esta operación, y, además, tienen “maña”,
según la expresión consagrada, y probablemente Pencroff no la tenía. El mal humor del marino no duró mucho.
Harbert tomó los dos trozos de leña que Pencroff había arrojado con despecho y se esforzaba en frotarlos con
rapidez. El robusto marino no pudo contener una carcajada viendo los esfuerzos del adolescente para obtener
lo que él no había podido conseguir.
–¡Frota, hijo mío, frota! –dijo.
–¡Ya froto –contestó Harbert, riendo–, pero no tengo otra pretensión que calentarme en lugar de tiritar, y
pronto tendré más calor que tú, Pencroff! Esto fue lo que sucedió. De todos modos, hubo que renunciar aquella
noche a procurarse fuego. Gedeón Spilett repitió por vigésima vez que Ciro Smith no se habría visto tan
embarazado por tan poca cosa, y entretanto se tendió en uno de los corredores, sobre la cama de arena.
Harbert, Nab y Pencroff lo imitaron, mientras que Top dormía a los pies de su amo. Al día siguiente, 28 de
marzo, cuando el ingeniero se despertó hacia las ocho de la mañana, vio a sus compañeros a su lado, que
miraban su despertar, y, como la víspera, sus primeras palabras fueron:
–¿Isla o continente?
Como se ve, ésta era su idea fija.
–¡Otra vez! –respondió Pencroff–. No sabemos nada, señor Smith. –¿No saben nada aún?
–Pero lo sabremos –añadió Pencroff–, cuando usted nos haya servido de piloto en este país.
–Creo que me encuentro en situación de probarlo –respondió el ingeniero, que sin grandes esfuerzos se
levantó y se puso de pie.
–¡Muy bien! –exclamó el marino.
–Lo que me molestaba era el cansancio–respondió Ciro Smith–. Amigos míos, un poco de alimento y me pondré
bien del todo. ¿Tienen ustedes fuego? Aquella pregunta no obtuvo una respuesta inmediata; pero, después de
algunos instantes, Pencroff dijo:
–¡Ay! ¡No tenemos fuego, o mejor dicho, señor Ciro, no lo volveremos a tener!
El marino hizo el relato de lo que había pasado la víspera, divirtiendo al ingeniero con la historia de una sola
cerilla, y con su tentativa abortada para procurarse fuego a la manera de los salvajes.
–Lo tendremos –contestó el ingeniero–; y si no encontramos una sustancia análoga a la yesca...
–¿Qué? –preguntó el marino.
–Que haremos fósforos.
–¿Químicos?
–¡Químicos!
–No es difícil eso –exclamó el reportero, dando un golpecito en el hombre del marino.
Este no encontraba la cosa tan sencilla, pero no protestó. Todos salieron. El tiempo se había despejado; el sol
se levantaba en el horizonte del mar y hacía brillar como pajitas de oro las rugosidades prismáticas de la
enorme muralla. El ingeniero, después de haber dirigido en torno suyo una rápida mirada, se sentó en una
roca. Harbert le ofreció unos puñados de moluscos y de sargazos, diciendo:
–Es todo lo que tenemos, señor Ciro.
–Gracias, hijo mío –respondió Ciro Smith–, esto será suficiente para esta mañana, por lo menos.
Y comió con apetito aquel débil alimento, que acompañó de un poco de agua fresca, cogida del río con una
concha grande.
Sus compañeros lo miraban sin hablar. Después de haber satisfecho bien o mal su hambre y su sed, Ciro Smith
dijo, cruzando los brazos:
–Amigos míos, ¿de modo que no saben si hemos sido arrojados a un continente o a una isla?
–No, señor Ciro –contestó el joven.
–Lo sabremos mañana –añadió el ingeniero–. Hasta entonces no tenemos nada que hacer.
–¡Sí! –replicó Pencroff.
–¿Qué?
–Fuego –dijo el marino, que también tenía su idea fija.
–Ya lo haremos, Pencroff –dijo Ciro Smith– Mientras que ustedes me transportaban ayer, me pareció ver hacia
el oeste una montaña que domina este país.
–Sí –contestó Gedeón Spilett–, una montaña que debe ser bastante elevada...
–Bien –repuso el ingeniero–. Mañana subiremos a la cima y veremos si esta tierra es una isla o continente.
Hasta mañana, repito, no hay nada que hacer.
–¡Sí, fuego! –dijo aún el obstinado marino.
–¡Ya se hará fuego! –replicó Gedeón Spilett–. ¡Un poco de paciencia, Pencroff!
El marino miró a Gedeón Spilett con un aire que parecía decir: “¡Si es usted quien lo ha de hacer, ya tenemos
para rato comer asado! “, pero, se calló. Ciro Smith no había contestado. Parecía preocuparse muy poco por la
cuestión del fuego. Durante algunos instantes permaneció absorto en sus reflexiones. Después volvió a tomar la
palabra.
–Amigos míos –dijo–, nuestra situación quizá es muy deplorable, pero en todo caso también es muy sencilla. O
estamos en un continente, y entonces, a costa de fatigas más o menos grandes, llegaremos a algún punto
habitable, o bien estamos en una isla, y en este último caso: si la isla está habitada, tendremos que
relacionarnos con sus habitantes; si está desierta, tendremos que vivir por nosotros mismos.
–¡Sí que es sencillita la cosa! –añadió Pencroff.
–Pero sea isla o continente –preguntó Gedeón Spilett–, ¿dónde le parece a usted que hemos sido arrojados?
–A ciencia cierta, no puedo saberlo – contestó el ingeniero–, pero presumo que nos encontramos en tierra del

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LA ISLA MISTERIOSA

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Pacífico. En efecto, cuando partimos de Richmond, el viento soplaba del nordeste, y su violencia prueba que su
dirección no ha debido variar. Si esta dirección se ha mantenido de nordeste a sudoeste, hemos atravesado los
Estados de Carolina del Norte, de la Carolina del Sur, de Georgia, el golfo de México, México, en su parte
estrecha, y después una parte del océano Pacífico. No calculo menos de seis mil o siete mil millas la distancia
recorrida por el globo, y por poco que el viento haya variado ha debido llevamos o al archipiélago de Mendana,
o a las islas de Tuamotú, o, si tenía más velocidad de la que me parece, hasta la tierra de Nueva Zelanda. Si
esta última hipótesis se ha realizado, nuestra repatriación será fácil, pues encontraremos con quienes hablar,
ya sean ingleses o maorís. Si, al contrario, esta costa pertenece a alguna isla desierta de un archipiélago
micronesio, quizá podremos reconocerlo desde lo alto del cono que domina este país, y entonces tendremos
que establecernos aquí como si no debiéramos salir nunca.
–¡Nunca! – exclamó el corresponsal–. ¿Dice usted nunca, querido Ciro?
–Más vale ponerse desde luego en lo peor –contestó el ingeniero–; así se reserva uno la sorpresa de lo mejor.
–¡Bien dicho! –replicó Pencroff–. Debemos, sin embargo, esperar que esta isla, si lo es, no se encontrará
precisamente situada fuera de la ruta de los barcos. ¡Sería verdaderamente el colmo de la desgracia!
–No sabremos a qué atenernos sino después de haber subido a la cima de la montaña –añadió el ingeniero.
–Pero mañana, señor Ciro –preguntó Harbert–, ¿podrá soportar usted las fatigas de esta ascensión?
–Así lo espero–contestó el ingeniero–, pero a condición de que Pencroff y tú, hijo mío, os mostréis cazadores
inteligentes y diestros.
–Señor Ciro –dijo el marino–, ya que habla usted de caza, si a mi vuelta estuviera tan seguro de poderla asar
como estoy tan seguro de traerla...
–Tráigala usted de todos modos, Pencroff –dijo Ciro Smith.
Se convino, pues, que el ingeniero y el corresponsal pasarían el día en las Chimeneas, a fin de examinar el
litoral y la meseta superior. Durante este tiempo, Nab, Harbert y el marino volverían al bosque, renovarían la
provisión de leña y harían acopio de todo animal de pluma o de pelo que pasara a su alcance.
Partieron, pues, hacia las diez de la mañana: Harbert, confiado; Nab, alegre; Pencroff, murmurando para sí:
–Si a mi vuelta encuentro fuego en casa, es porque el rayo en persona habrá venido a encenderlo.
Los tres subieron por la orilla y, al llegar al recodo que formaba el río, el marino, deteniéndose, dijo a sus
compañeros:
–¿Comenzaremos siendo cazadores o leñadores?
–Cazadores –contestó Harbert–; ya está Top en su sitio.
–Cacemos, pues –respondió el marino–; después volveremos aquí para hacer nuestra provisión de leña.
Dicho esto, Harbert, Nab y Pencroff, después de haber arrancado tres ramas del tronco de un joven abeto,
siguieron a Top, que saltaba entre las altas hierbas. Aquella vez los cazadores, en lugar de seguir el curso del
río, se internaron directamente en el corazón mismo del bosque. Hallaron los mismos árboles que el primer día,
pertenecientes la mayor parte de ellos a la familia de los pinos. En ciertos sitios donde el bosque era menos
espeso, había matas aisladas de pinos que presentaban medidas más considerables, y parecían indicar, por su
altura, que aquella comarca era más elevada en latitud de lo que suponía el ingeniero. Algunos claros, erizados
de troncos roídos por el tiempo, estaban cubiertos de madera seca, y formaban así inagotables reservas de
combustible. Después, pasados los claros, el bosque se estrechó y se hizo casi impenetrable. Guiarse en medio
de aquellas masas de árboles, sin ningún camino trazado, era bastante difícil. Por esto el marino, de cuando en
cuando, establecía jalones, rompiendo algunas ramas que debían señalarles el camino a su vuelta. Pero quizá
no había hecho bien en no seguir el curso del río, como Harbert y él habían hecho en su primera excursión,
porque después de una hora de marcha no se había dejado ver ni una sola pieza de caza. Top, corriendo bajo
las altas hierbas, no levantaba más que avecillas a las cuales no se podían aproximar. Los mismos curucús eran
absolutamente invisibles, y probablemente el marino se vería forzado a volver a la parte pantanosa del bosque,
en la cual había operado tan felizmente en su pesca de tetraos.
–¡Eh, Pencroff! –dijo Nab en tono algo sarcástico–, ¡si ésta es la caza que ha prometido llevar a mi amo, no
necesitará fuego para asarla!
–Paciencia, Nab –contestó el marino–, ¡no faltará caza a la vuelta!
–¿No tiene confianza en el señor Smith?
–Sí.
–Pero no cree usted que hará fuego.
–Lo creeré cuando la madera arda en la lumbre.
–Arderá, puesto que mi amo lo ha dicho.
–¡Veremos!
Entretanto, el sol no había aún llegado al más alto punto de su curso en el horizonte.
La exploración continuó y fue útilmente señalada por el descubrimiento que Harbert hizo de un árbol cuyas
frutas eran comestibles. Era el pino piñonero, que producía un piñón excelente, muy estimado en las regiones
templadas de América y Europa. Aquellos piñones estaban maduros y Harbert los señaló a sus dos compañeros,
que comieron en abundancia.
–Vamos –dijo Pencroff–, tendremos algas a guisa de pan, moluscos crudos a falta de carne, y piñones para
postre; tal es la comida de las personas que no tienen una cerilla en los bolsillos.
–No hay que quejarse –contestó Harbert.
–No me quejo–añadió Pencroff–, solamente repito que la carne brilla demasiado por su ausencia en estas
comidas.
–No es ése el parecer de Top... –exclamó Nab, y corrió hacia un matorral en medio del cual había desaparecido
el perro ladrando.
A los ladridos de Top se mezclaron unos gruñidos singulares.
El marino y Harbert habían seguido a Nab. Si había allí caza, no era el momento de discutir cómo podrían
cocerla, sino cómo podrían apoderarse de ella. Los cazadores, apenas entraron en la espesura, vieron a Top

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LA ISLA MISTERIOSA

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luchando con un animal, al que tenía por la oreja. El cuadrúpedo era una especie de cerdo de unos dos pies y
medio de largo, de un color negruzco, pero menos oscuro en el vientre; tenía un pelo duro y poco espeso, y sus
dedos, fuertemente adheridos entonces al suelo, parecían unidos por membranas. Harbert creyó reconocer en
aquel animal un cabiay, es decir, uno de los más grandes individuos del orden de los roedores. Sin embargo, el
cabiay no luchaba con el perro. Miraba estúpidamente con sus ojazos profundamente hundidos en una espesa
capa de grasa. Quizá veía al hombre por primera vez. Entretanto, Nab con su bastón bien asegurado en la
mano iba a descargar un golpe al roedor, cuando éste, desprendiéndose de los dientes de Top, que no se quedó
más que con un trozo de su oreja, dio un gruñido, se precipitó sobre Harbert, a quien hizo vacilar, y
desapareció por el bosque.
–¡Ah, pillo! –exclamó Pencroff. Inmediatamente los tres se lanzaron, siguiendo las huellas de Top, y en el
momento en que iban a alcanzarlo, el animal desapareció bajo las aguas de un vasto pantano, sombreado por
grandes pinos seculares.
Nab, Harbert y Pencroff se habían quedado inmóviles. Top se arrojó al agua, pero el cabiay, oculto en el fondo
del pantano, no aparecía.
–Esperemos –dijo el joven–, ya saldrá a la superficie para respirar.
–¿No se ahogará? –preguntó Nab.
–No –contestó Harbert–, porque tiene los pies palmeados, y casi es un anfibio. Pero aguardemos. Top había
seguido nadando. Pencroff y sus dos compañeros fueron a ocupar cada uno un punto de la orilla, a fin de cortar
toda retirada al cabiay, que el perro buscaba nadando en la superficie del pantano. Harbert no se había
equivocado. Después de unos minutos, el animal volvió a la superficie del agua. Top, de un salto, se lanzó
sobre él y le impidió sumergirse de nuevo. Un instante después el cabiay, arrastrado hasta la orilla, había
muerto de un bastonazo de Nab.
–¡Hurra!–exclamó Pencroff, que empleaba con frecuencia este grito de triunfo–. Ahora sólo falta fuego, y este
roedor será roído hasta los huesos.
Pencroff cargó el cabiay sobre sus espaldas y, calculando por la altura del sol que debían ser cerca de las dos
de la tarde, dio la señal de regreso. El instinto de Top no fue inútil a los cazadores que, gracias al inteligente
animal, pudieron encontrar el camino ya recorrido. Media hora después llegaron al recodo del río. Como había
hecho la primera vez, Pencroff formó rápidamente una especie de almadía, aunque faltando fuego le parecía
aquello una tarea inútil y, llevando la leña por la corriente, volvieron a las Chimeneas. El marino estaba a unos
cincuenta pasos de ellas; se detuvo, dio un hurra formidable y, señalando con la mano hacia el ángulo de la
quebrada, exclamó:
–¡Harbert! ¡Nab! ¡Mirad! Una humareda se escapaba en torbellinos de las rocas.
10. LA SUBIDA A LA MONTAÑA
Algunos instantes después los tres cazadores se encontraban delante de una lumbre crepitante. Ciro Smith y el
corresponsal estaban allí. Pencroff los miró a uno y a otro alternativamente sin decir una palabra, con su cabiay
en la mano.
–Ya lo está viendo, amigo –exclamó el corresponsal–. Hay fuego, verdadero fuego, que asará perfectamente
esa magnífica pieza, con la cual nos regalaremos dentro de poco.
–Pero ¿quién lo ha encendido? –preguntó Pencroff.
–¡El sol!
La respuesta de Gedeón Spilett era exacta. El sol había proporcionado aquel fuego del que se asombraba
Pencroff. El marino no quería dar crédito a sus ojos, y estaba tan asombrado, que no pensó siquiera en
interrogar al ingeniero.
–¿Tenía usted una lente, señor? –preguntó Harbert a Ciro Smith.
–No, hijo mío –contestó éste–, pero he hecho una.
Y mostró el aparato que le había servido de lente. Eran simplemente los dos cristales que había quitado al reloj
del corresponsal y al suyo. Después de haberlos limpiado en agua y de haber hecho los dos bordes adherentes
por medio de un poco de barro, se había fabricado una verdadera lente, que, concentrando los rayos solares
sobre un musgo muy seco, había determinado la combustión.
El marino examinó el aparato y miró al ingeniero sin pronunciar palabra. Pero su mirada era todo un discurso.
Sí, para él, Ciro Smith, si no era un dios, era seguramente más que un hombre. Por fin, recobró el habla y
exclamó:
–¡Anote usted eso, señor Spilett, anote eso en su cuaderno!
–Ya está anotado –contestó el corresponsal.
Luego, ayudado por Nab, el marino dispuso el asador, y el cabiay, convenientemente destripado, se asaba al
poco rato, como un simple lechoncillo, en una llama clara y crepitante. Las Chimeneas habían vuelto a ser
habitables, no solamente porque los corredores se calentaban con el fuego del hogar, sino también porque
habían sido restablecidos los tabiques de piedras y de arena. Como se ve, el ingeniero y su compañero habían
empleado bien el día. Ciro Smith había recobrado casi por completo las fuerzas y las había probado subiendo
sobre la meseta superior. Desde ese punto, su vista, acostumbrada a calcular las alturas y las distancias, se
había fijado durante largo rato en el cono, a cuyo vértice quería llegar al día siguiente. El monte, situado a
unas seis millas al noroeste, le parecía medir tres mil quinientos pies sobre el nivel del mar. Por consiguiente, la
vista de un observador desde su cumbre podía recorrer el horizonte en un radio de cincuenta millas por lo
menos. Era, pues, probable que Ciro Smith resolviera fácilmente la cuestión de “si era isla o continente”, a la
que daba, no sin razón, la primacía sobre todas las otras. Cenaron regularmente. La carne del cabiay fue
declarada excelente y los sargazos y los piñones completaron aquella cena, durante la cual el ingeniero habló
muy poco. Estaba muy preocupado por los proyectos del día siguiente. Una o dos veces, Pencroff expuso
algunas ideas sobre lo que convendría hacer, pero, Ciro Smith, que era evidentemente un espíritu metódico, se

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LA ISLA MISTERIOSA

JULIO VERNE

contentó con sacudir la cabeza. –Mañana –repetía–sabremos a qué atenernos y haremos lo que proceda en
consecuencia. Terminó la cena, arrojaron en el hogar nuevas brazadas de leña, y los huéspedes de las
Chimeneas, incluso el fiel Top, se durmieron en un profundo sueño. Ningún incidente turbó aquella apacible
noche, y al día siguiente (29 de marzo), frescos y repuestos, se levantaron dispuestos a emprender aquella
excursión que había de determinar su suerte. Todo estaba preparado para la marcha. Los restos del cabiay
podían alimentar durante veinticuatro horas a Ciro Smith y a sus compañeros. Por otra parte, esperaban
avituallarse por el camino. Como los cristales habían sido puestos en los relojes del ingeniero y del
corresponsal, Pencroff quemó un poco de trapo que debía servir de yesca. En cuanto al pedernal, no debía
faltar en aquellos terrenos de origen plutónico. Eran las siete y media de la mañana, cuando los exploradores,
armados de palos, abandonaron las Chimeneas. Siguiendo la opinión de Pencroff, les pareció mejor tomar el
camino ya recorrido a través del bosque, sin perjuicio de volver a otra parte. Esta era la vía más directa para
llegar a la montaña. Volvieron, pues, hacia el ángulo sur y siguieron la orilla izquierda del río, que fue
abandonada en el punto en que doblaba hacia el sudoeste. El sendero abierto bajo los árboles verdes fue
encontrado y, a las nueve, Ciro Smith y sus compañeros llegaban al lindero occidental del bosque. El suelo,
hasta entonces poco quebrado, pantanoso al principio, seco y arenoso después, acusaba una ligera inclinación
que remontaba del litoral hacia el interior de la comarca. Algunos animales fugitivos habían sido entrevistos
bajo los grandes árboles. Top les hacía levantar, pero su amo lo llamaba en seguida, porque el momento no era
propicio para perseguirlos. Más tarde ya se vería. El ingeniero no era un hombre que se distrajera ni se dejara
distraer en su idea fija. Puede afirmarse que el ingeniero no observaba el país en su configuración, ni en sus
producciones naturales: su único objeto era el monte que pretendía escalar y al que iba directamente. A las
diez hicieron un alto de algunos minutos. Al salir del bosque, el sistema orográfico del país había aparecido a
sus miradas. El monte se componía de dos conos. El primero, truncado a una altura de unos dos mil quinientos
pies, estaba sostenido por caprichosos contrafuertes, que parecían ramificarse como los dientes de una
inmensa sierra aplicada al cuello. Entre los contrafuertes se cruzaban valles estrechos, erizados de árboles,
cuyos últimos grupos se elevaban hasta la truncadura del primer cono. Sin embargo, la vegetación parecía ser
menos abundante en la parte de la montaña que daba al nordeste y se divisaban lechos bastante profundos,
que debían ser corrientes de lava. Sobre el primero descansaba un segundo cono, ligeramente redondeado en
su cima, que se sostenía inclinado, semejante a un inmenso sombrero inclinado sobre la oreja. Parecía formado
de una tierra desnuda de vegetación, sembrada en muchas partes de rocas rojizas. Convenía llegar a la cima
del segundo cono y la arista de los contrafuertes debía ofrecer el mejor camino para la subida. –Estamos en un
terreno volcánico –había dicho Ciro Smith, y sus compañeros, siguiéndole, empezaron a subir poco a poco la
cuesta de un contrafuerte, que, por una línea sinuosa y por consiguiente más franqueable, conducía a la
primera meseta. Los accidentes eran numerosos en aquel suelo, al que habían convulsionado evidentemente las
fuerzas plutónicas. Acá y allá se veían bloques graníticos, restos innumerables de basalto, piedra pómez,
obsidiana y grupos aislados de esas coníferas que, algunos centenares de pies más abajo, en el fondo de
estrechas gargantas, formaban espaciosas espesuras, casi impenetrables a los rayos del sol. Durante la primera
parte de la ascensión en las rampas inferiores, Harbert hizo observar las huellas que indicaban el paso reciente
de fieras o de animales.
- Esos animales no nos cederán quizá de buena gana su dominio –dijo Pencroff.
–Bueno –contestó el reportero, que había cazado ya el tigre en India y el león en África–, procuraremos
desembarazamos de ellos; pero, entretanto, andemos con precaución. Iban subiendo poco a poco, pero el
camino, que aumentaba con los rodeos que había que dar para superar los obstáculos que no podían ser
vencidos directamente, se hacía largo. Algunas veces el suelo faltaba y se encontraban en el borde de
profundas quebradas, que no podían atravesar sin dar rodeos. Volver sobre sus pasos, para seguir algún
sendero practicable, exigía tiempo y fatiga a los exploradores. A mediodía, cuando la pequeña tropa hizo alto
para almorzar al pie de un ancho bosquecillo de abetos, cerca de un pequeño arroyuelo que se precipitaba en
cascadas, estaba a medio camino de la primera meseta, a la que no creían llegar hasta que hubiera caído la
noche. Desde aquel punto el horizonte del mar se ensanchaba, pero, a la derecha, la mirada detenida por el
promontorio agudo del sudoeste no podía determinar si la costa se unía o no por un brusco rodeo a alguna
tierra que estuviese en último término. A la izquierda, el rayo visual se aumentaba algunas millas al norte; sin
embargo, desde el noroeste, en el punto que ocupaban los exploradores, se encontraba y detenía
absolutamente por la arista de un contrafuerte de forma extraña que formaba la base poderosa del cono
central. No se podía presentir nada aún acerca de la cuestión que quería resolver Ciro Smith. A la una
continuaron la ascensión. Fue preciso bajar hacia el sudoeste y entrar de nuevo en los matorrales bastante
espesos. Allí, bajo la sombra de los árboles, volaban muchas parejas de gallináceas de la familia de los
faisanes. Eran los “tragopanes”, adornados de una papada carnosa que pendía de sus gargantas, y de dos
delgados cuerpos cilíndricos en la parte posterior de sus ojos. Entre estas parejas, de la magnitud de un gallo,
la hembra era uniformemente parda, mientras que el macho resplandecía con su plumaje rojo, sembrado de
manchas blancas y redondas. Gedeón Spilett, con una pedrada, diestra y vigorosamente lanzada, mató a uno
de los tragopanes, al cual Pencroff, a quien el aire libre le había abierto el apetito, vio caer con gran
satisfacción. Después de haber abandonado aquellos matorrales, los exploradores, ayudándose unos a otros,
treparon por un talud muy empinado, que tendría unos cien pies, y llegaron a un piso superior, poco provisto
de árboles, y cuyo suelo tenía una apariencia volcánica. Tratábase, entonces de volver hacia el este,
describiendo curvas que hacían las pendientes más practicables, porque eran ya más duras, y cada cual debía
escoger con cuidado el sitio en donde posaba su pie. Nab y Harbert marchaban a la cabeza, Pencroff a
retaguardia y, entre ellos, Ciro y el corresponsal. Los animales que frecuentaban aquellas alturas y cuyas
huellas no faltaban debían pertenecer, necesariamente, a esas razas de pie seguro y de espina flexible,
gamuzas o cabras monteses. Vieron algunos de ellos, pero no fue éste el nombre que les dio Pencroff, porque
en cierto momento exclamó:
–¡Cameros!

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LA ISLA MISTERIOSA

JULIO VERNE

Todos se detuvieron a cincuenta pasos de media docena de animales de gran corpulencia, con fuertes cuernos
encorvados hacia atrás y achatados hacia la punta, de vellón lanudo, oculto bajo largos pelos de color leonado.
No eran cameros ordinarios, sino una especie comúnmente extendida por las regiones montañosas de las zonas
templadas, a la que Harbert dio el nombre de muflas.
–¿Se puede hacer con ellos guisados y chuletas? –preguntó el marino.
–Sí –contestó Harbert.
–¡Pues, entonces, son carneros! –dijo Pencroff.
Aquellos animales permanecían inmóviles entre los trozos de basalto, mirando con ojos admirados, como si
vieran por primera vez bípedos humanos. Después, despertándose súbitamente su miedo, desaparecieron
saltando entre las rocas.
–¡Hasta la vista! –les gritó Pencroff con un tono tan cómico, que Ciro Smith, Gedeón Spilett, Harbert y Nab no
pudieron por menos que soltar la carcajada.
La ascensión continuó. Frecuentemente se observaban en ciertos declives huellas de lava muy
caprichosamente estriada. Pequeñas solfataras cortaban a veces el camino que recorrían los expedicionarios y
les era preciso seguir sus bordes. En algunos puntos el azufre había depositado bajo la forma de concreciones
cristalinas, en medio de las materias que preceden generalmente a las erupciones de lava, puzolanas de granos
irregulares y muy tostadas, cenizas blancas hechas de una infinidad de pequeños cristales feldespáticos. En las
cercanías de la primera meseta, formada por la truncadura del cono inferior, las dificultades de la ascensión
fueron grandes. Hacia las cuatro de la tarde, la extrema zona de los árboles había sido ya pasada, y no veían
sino aquí o allá algunos pinos flacos y descarnados que debían tener la vida dura para resistir en aquellos
parajes los grandes vientos del mar. Felizmente para el ingeniero y sus compañeros el tiempo era bueno y la
atmósfera estaba tranquila, porque una violenta brisa, en una altitud de tres mil pies, hubiera impedido sus
evoluciones. La pureza del cielo en el cenit se sentía a través de la transparencia del aire. Una perfecta calma
reinaba alrededor de ellos. No veían ya el sol, entonces oculto por la vasta pantalla del cono superior que
encubría la mitad del horizonte al oeste, y cuya sombra enorme, prolongándose hasta el litoral, crecía a medida
que el radiante astro bajaba en su curso diurno. Algunos vapores, brumas más que nubes, empezaban a
mostrarse al este, y se coloreaban con toda la gama espectral bajo las acciones de los rayos solares.
Quinientos pies solamente separaban a los exploradores de la meseta adonde querían llegar, a fin de establecer
un campamento para pasar la noche; pero aquellos quinientos pies se alargaron hasta más de dos millas por
los zigzags que tuvieron que describir. El suelo, por decirlo así, faltaba a sus pies. Las pendientes presentaban
con frecuencia un ángulo tan abierto, que se deslizaban los pies por el lecho de lava, cuando las estrías,
gastadas por el aire, no ofrecían un punto de apoyo suficiente. En fin, empezaba a oscurecer y era ya casi de
noche, cuando Ciro Smith y sus compañeros, muy cansados por una ascensión de siete horas, llegaron a la
meseta del primer cono. Trataron entonces de organizar el campamento y de reparar sus fuerzas cenando
primero y durmiendo después. Aquel segundo piso de la montaña se elevaba sobre una base de rocas, en
medio de las cuales se encontraba fácilmente un abrigo. El combustible no era muy abundante; sin embargo,
se podía obtener fuego por medio de musgos y hierbas secas que crecían en ciertas partes de la meseta.
Mientras el marino prepara la lumbre con piedras que dispuso al efecto, Nab y Harbert se ocuparon de
amontonar combustible. Volvieron pronto con su carga de leña; arrancaron algunas chispas al pedernal, que
comunicaron fuego al trapo quemado, y, al soplo de Nab, se desarrolló en pocos instantes una llama bastante
viva al abrigo de las rocas. Aquel fuego no estaba destinado más que para combatir la temperatura un poco fría
de la noche, y no fue empleado para cocer el faisán, que Nab reservaba para el día siguiente. Los restos del
cabiay y algunas docenas de piñones formaron los elementos de la cena. No eran aún las seis y media cuando
todo estaba terminado. Ciro Smith tuvo entonces la idea de explorar, en la semioscuridad, aquel largo asiento
circular, que soportaba el cono superior de la montaña. Antes de descansar, quería saber si aquel cono podría
ser recorrido por su base, para el caso de que sus flancos, demasiado empinados, lo hicieran inaccesible hasta
el vértice. Aquella cuestión no dejaba de preocuparlo, porque era posible que, de la parte en que el sombrero
se inclinaba, es decir, hacia el norte, la meseta no fuera practicable. Ahora bien, si no podía llegar a la cima de
la montaña, y si por otra parte no se podía dar la vuelta a la base del cono, sería imposible examinar la parte
occidental del país, y el objeto de la ascensión no se conseguiría. Así, pues, el ingeniero, sin pensar en su
cansancio, dejando a Pencroff y a Nab organizar las camas y a Gedeón Spilett anotar los incidentes del día,
siguió la base circular de la meseta, dirigiéndose hacia el norte, acompañado de Harbert. La noche era buena y
tranquila, y la oscuridad poco profunda aún. Ciro Smith y el joven marchaban el uno junto al otro sin hablar. En
ciertos sitios la meseta se ensanchaba mucho delante de ellos y pasaban sin molestia. En otros, obstruida por
hundimientos, no ofrecía más que una estrecha senda, sobre la cual dos personas no podían caminar de frente.
Después de una marcha de cerca de veinte minutos, Ciro y Harbert tuvieron que detenerse. A partir de aquel
punto las pendientes de los dos conos se unían. No había base que separara las dos partes de la montaña y dar
la vuelta al cono por unas pendientes inclinadas unos sesenta grados era imposible. Pero si el ingeniero y el
joven tuvieron que renunciar a seguir una dirección circular, en cambio comprendieron la posibilidad de
emprender directamente la ascensión del cono. En efecto, delante de ellos se abría una profunda cavidad en las
paredes del cono: era la boca del cráter superior, el cuello, si se quiere, por el cual se escapaban materias
eruptivas líquidas en la época en que el volcán estaba en actividad. Las lavas endurecidas, las escorias
solidificadas formaban una especie de escalera natural, de anchos escalones, que debían facilitar el ascenso a la
cima de la montaña. Una mirada fue suficiente a Ciro Smith para reconocer aquella disposición y, sin vacilar,
seguido del joven, se introdujo en la enorme boca, en medio de una oscuridad creciente. Tenían todavía una
altura de mil pies que escalar. ¿Los declives interiores del cráter serían practicables? Ya lo verían. El ingeniero
continuaría su marcha ascendente hasta que fuera detenido. Felizmente los declives, muy prolongados y
sinuosos, describían anchas muescas en el interior del volcán y favorecían la marcha de la ascensión. En cuanto
al volcán, no podía dudarse que estaba completamente apagado; ni siquiera una humareda se escapaba de sus
costados; ni una llama se descubría en las profundas cavidades; ni un gruñido, ni un murmullo, ni un

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LA ISLA MISTERIOSA

JULIO VERNE

estremecimiento salía de aquel pozo oscuro, que llegaba quizá hasta las entrañas del globo. La misma
atmósfera, dentro del cráter, no estaba saturada de ningún vapor sulfuroso. No se trataba del sueño de un
volcán, sino de su completa extinción. La tentativa de Ciro Smith debía tener buen éxito. Poco a poco Harbert y
él subieron por las paredes interiores, vieron ensancharse el cráter sobre su cabeza. El radio de aquella porción
circular del cielo, comprendido entre los bordes del cono, se fue aumentando sensiblemente. A cada paso que
daban Ciro Smith y Harbert, nuevas estrellas aparecían en el campo de su visión. En el cielo austral brillaban
magníficas constelaciones; en el cenit resplandecía con luz purísima la espléndida Antares del Escorpión y no
lejos la Beta del Centauro, que se supone es la estrella más cercana del globo terrestre. Después, a medida que
se ensanchaba el cráter, aparecían Fomalhaut de Piscis, el Triángulo austral y, por último, cerca del polo
antártico del mundo, la resplandeciente Cruz del Sur, que reemplazaba a la Polar del hemisferio boreal. Eran
cerca de las ocho, cuando Smith y Harbert pusieron el pie en la cresta superior del monte, en la cima del cono.
La oscuridad era completa entonces y no permitía extender la vista en un radio mayor de dos millas. ¿Rodeaba
el mar aquella sierra desconocida o se unía ésta al oeste con algún continente del Pacífico? No lo podían saber
aún. Hacia el oeste, una nebulosa netamente marcada en el horizonte aumentaba las tinieblas, y la vista no
podía descubrir si el cielo y el agua se confundían en una inmensa línea circular. Pero en un punto de aquel
horizonte brilló de improviso un vago resplandor, que descendió lentamente a medida que la nube subía hacia
el cenit. Era el cuarto creciente de la luna, próximo a desaparecer; pero su luz fue suficiente para marcar
indistintamente la línea horizontal, entonces separada de la nube, y el ingeniero pudo ver la imagen temblorosa
del astro reflejarse un instante en una superficie líquida. Ciro Smith tomó la mano del joven y le dijo en tono
muy grave:
–¡Una isla!
En aquel momento la luna creciente se extinguía en las olas.
11. EXPLORACIÓN DE LA ISLA. SITUACIÓN
Media hora después, Ciro Smith y Harbert estaban de vuelta en el campamento. El ingeniero se limitó a decir a
sus compañeros que la tierra donde el azar los había arrojado era una isla y que al día siguiente la explorarían.
Después cada cual se arregló como pudo y, en aquel trozo de basalto, a una altura de dos mil quinientos pies
sobre el nivel del mar y en una noche apacible, los “insulares” disfrutaron de un descanso profundo. A la
mañana siguiente, después de un frugal desayuno, compuesto de tragopán asado, el ingeniero subió a la cima
del volcán para observar con atención la isla en que podrían estar prisioneros toda su vida, si se hallaba situada
a mucha distancia de la tierra y no se encontraba en la ruta de los barcos que visitaban los archipiélagos del
océano Pacífico. Sus compañeros lo siguieron en su nueva exploración. También querían ver la isla que había de
subvenir en lo sucesivo a todas sus necesidades. Serían aproximadamente las siete de la mañana, cuando Ciro
Smith, Harbert, Pencroff, Gedeón Spilett y Nab abandonaron el campamento. Indudablemente tenían confianza
en sí mismos, pero el punto de apoyo de esta confianza no era el mismo en Ciro que en sus compañeros. El
ingeniero tenía confianza, porque se sentía capaz de arrancar a aquella naturaleza salvaje todo lo necesario
para su vida y la de sus compañeros, y éstos no temían nada precisamente porque Ciro estaba con ellos. Esta
diferencia se comprenderá fácilmente. Pencroff, sobre todo, desde el incidente del fuego no había desesperado
un instante, aun cuando se encontraba sobre una roca desnuda, si el ingeniero estaba con él en aquella roca.
–¡Bah! –decía– Hemos salido de Richmond sin permiso de las autoridades, y un día u otro saldremos de un
lugar donde nadie nos detiene. Ciro Smith siguió el mismo camino que la víspera. Dieron la vuelta al cono por
la meseta en que se apoyaba hasta la boca de la enorme grieta. El tiempo era magnífico. El sol brillaba en un
cielo purísimo y cubría con sus rayos todo el flanco oriental de la montaña. Llegaron al cráter. Era tal como el
ingeniero lo había entrevisto en la oscuridad, es decir, un embudo que iba ensanchándose hasta una altura de
mil pies sobre la meseta. Al pie de la grieta, anchas y espesas capas de lava serpenteaban por las laderas del
monte y marcaban el camino con materias eruptivas hasta los valles inferiores, que formaban la parte
septentrional de la isla. El interior del cráter, cuya inclinación no pasaba de treinta y cinco a cuarenta grados,
no presentaba dificultades ni obstáculos para la ascensión. Se encontraban en él señales de lavas muy
antiguas, que probablemente se derramaban por la cima del cono antes que aquella grieta lateral les hubiese
abierto una nueva vía. En cuanto a la chimenea volcánica, que establecía la comunicación entre las capas
subterráneas y el cráter, la vista no podía calcular su profundidad, porque se perdía en las tinieblas; pero no
había duda sobre la extinción completa del volcán. Antes de las ocho, Ciro Smith y sus compañeros se hallaban
reunidos en la cima del cono, sobre una eminencia cónica que tenía en su borde septentrional.
–¡El mar! ¡El mar por todas partes!– exclamaron, como si sus labios no hubieran podido contener aquellas
frases que los convertían en insulares. El mar, en efecto, la inmensa sabana de agua circular les rodeaba. Tal
vez subiendo a la cima del cono, Smith tenía la esperanza de descubrir alguna costa, alguna isla cercana, que la
víspera no pudo ver por la oscuridad; pero nada apareció en los límites del horizonte, es decir, en un radio de
cincuenta millas. ¡Ninguna tierra, ninguna vela! Aquella inmensidad estaba desierta y la isla ocupaba el centro
de una circunferencia que parecía infinita. El ingeniero y sus compañeros, mudos e inmóviles, recorrieron con la
mirada en algunos minutos todos los puntos del océano; registraron aquel océano hasta sus más extremos
límites, pero Pencroff, que poseía un poderoso poder visual, no vio nada y ciertamente, si hubiese aparecido
alguna tierra, aunque sólo hubiera sido bajo forma de un tenue vapor, el marino la hubiera visto, porque eran
dos verdaderos telescopios lo que la naturaleza había puesto bajo el arco de sus cejas. Del océano dirigieron
sus miradas sobre la isla, cuya totalidad dominaban, y la primera pregunta salió de labios de Gedeón:
–¿Qué extensión puede tener esta isla?
Realmente no parecía mucha en medio de aquel inmenso océano. Ciro reflexionó un instante, observó
atentamente el perímetro de la isla, teniendo en cuenta la altura a que se hallaba situada, y dijo luego:
–Amigos, creo no equivocarme dando al litoral de la isla un perímetro de más de cien millas.
–¿Y de superficie?

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LA ISLA MISTERIOSA

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–Es muy difícil calcularla –replicó el ingeniero–, porque está caprichosamente ondulada. Ciro no se había
engañado en su cálculo, pues la isla tenía aproximadamente la misma extensión que la de Malta o la de Zarte
en el Mediterráneo; pero a la vez mucho más irregular y menos rica en cabos, promontorios, puntas, bahías,
ensenadas o abras. Su forma, verdaderamente extraña, sorprendía y, cuando Gedeón Spilett, por indicación del
ingeniero, dibujó los contornos, se encontró con que tenía la forma de un animal fantástico, una especie de
pterópodo monstruoso que se hubiera dormido sobre la superficie del Pacífico. Véase, en efecto, la
configuración exacta de aquella isla, que importa dar a conocer, y cuya carta levantó el corresponsal con
bastante precisión. La parte este del litoral, es decir, aquella en donde los náufragos habían tomado tierra, se
abría formando una vasta bahía terminada al sudeste por un cabo agudo, que Pencroff no había podido ver en
su primera exploración. Al nordeste, otros dos cabos formaban la bahía, y entre ellos se abría un estrecho golfo
que parecía la mandíbula abierta de algún formidable escualo. Del nordeste al noroeste, la costa se redondeaba
como el cráneo achatado de una fiera, para levantarse luego formando una especie de gibosidad que daba una
figura muy precisa a aquella parte de la isla, cuyo centro estaba ocupado por la montaña volcánica. Desde
aquel punto el litoral se extendía regularmente al norte y al sur, abierto a los dos tercios de su perímetro por
una estrecha ensenada, a partir de la cual terminaba en una larga cola, que parecía el apéndice caudal de
un gigantesco cocodrilo. Aquella cola formaba una verdadera península, que se alargaba por más de treinta
millas dentro del mar, a contar desde el cabo sudeste de la isla, ya mencionado, y se redondeaba describiendo
una rada avanzada, muy abierta, que formaba el litoral inferior de aquella tierra tan caprichosamente
recortada. En su menor anchura, es decir, en las Chimeneas y la ensenada visible en la costa occidental que le
correspondía en latitud, la isla medía diez millas solamente; pero en su mayor anchura, desde la mandíbula del
nordeste hasta la extremidad de la cola del sudoeste, no tenía menos de treinta millas. En cuanto al interior de
la isla, su aspecto general era el siguiente: muy frondosa en toda su parte meridional desde la montaña hasta
el litoral y muy árida y arenosa en la parte septentrional. Entre el volcán y la costa este, Ciro Smith y sus
compañeros se quedaron sorprendidos de ver un lago rodeado de verdes árboles, cuya existencia no podían
siquiera sospechar. Visto desde aquella altura, parecía que el lago estaba al mismo nivel que el mar; pero,
hechas las oportunas reflexiones, el ingeniero dijo que la altitud de aquella sabana de agua debía ser
trescientos pies, puesto que la meseta que le servía de cuenca no era más que una prolongación de la costa.
–¿Entonces es un lago de agua dulce? – preguntó Pencroff.
–Necesariamente –contestó el ingeniero–, porque debe estar alimentado por las aguas que bajan de la
montaña.
–Veo un riachuelo que desemboca en él – observó Harbert, señalando una estrecha corriente de agua que debía
tener su origen en los contrafuertes del oeste.
–Es cierto –repuso Smith–; y puesto que ese riachuelo alimenta el lago, es probable que del lado del mar exista
una desembocadura por la que se escape el exceso de agua. Lo veremos a nuestro regreso. Aquel riachuelo,
bastante sinuoso, y el río ya reconocido constituían el sistema hidrográfico o al menos todo el que se ofrecía a
la vista de los exploradores. Sin embargo, era muy Posible que entre aquellos grupos de árboles que convertían
en bosque inmenso dos tercios de la isla corriesen otros ríos hacia el mar. Avalaba esta suposición el hecho de
que toda aquella región se mostraba rica y fértil, presentando magníficos ejemplares de la flora de las zonas
templadas. En la parte septentrional no se veía indicio de aguas corrientes; tal vez las hubiera estancadas en la
parte pantanosa del nordeste, pero nada más. En aquella parte no se veía otra cosa que dunas, arenas y una
aridez espantosa, que contrastaba con la opulencia de la mayor extensión de aquel suelo. El volcán no ocupaba
el centro de la isla, sino la región del nordeste y parecía marchar al límite de las dos zonas. Al sudoeste, al sur
y al sudeste las primeras estribaciones de los contrafuertes desaparecían bajo masas de verdor. Al norte, por el
contrario, se podían seguir sus ramificaciones, que iban a morir en las llanuras de arena. Este lado era el que
había dado paso, en los tiempos de las erupciones, a la lava del volcán, según podía observarse por la larga
calzada de lavas que se prolongaba hasta la estrecha mandíbula que formaba el golfo del nordeste. Smith y sus
compañeros permanecieron una hora en la cima de la montaña. La isla se desarrollaba ante sus miradas como
un plano en relieve con sus diversos colores, verdes en los bosques, amarillos en las arenas y azules en las
aguas. Su vista abarcaba todo el conjunto, sin que escapara a sus investigaciones nada más que la parte
cubierta de verdor, la cuenca de los valles umbríos y el interior de las estrechas gargantas abiertas al pie del
volcán. Quedaba por resolver una grave cuestión, que debía influir singularmente en el futuro de los náufragos.
–¿Estaba la isla habitada?
Fue el corresponsal quien hizo esta pregunta, a la cual parecía que se podía responder negativamente después
del minucioso examen que habían hecho de las diversas regiones de la isla. En ninguna parte se veía obra
alguna de la mano del hombre; ni un grupo de viviendas, ni una cabaña aislada, ni una choza de pescador en el
litoral, ni la más ligera columna de humo que denunciase la presencia del hombre. Es cierto que una distancia
de treinta millas por lo menos separaba a los observadores de los puntos extremos, es decir, de la cola que se
proyectaba al sudoeste, en la que ni la vista de águila de Pencroff hubiera podido descubrir una vivienda.
Tampoco se podía levantar la cortina de verdor que cubría las tres cuartas partes de la isla para ver si ocultaba
algún pueblo; pero, generalmente, los insulares, en los estrechos espacios que han surgido de las olas del
Pacífico, suelen habitar en el litoral, y el litoral parecía completamente desierto. Por lo tanto, hasta que la
exploración no estuviese terminada, podía admitirse que la isla no estaba habitada. Pero ¿la frecuentaban al
menos en ciertas épocas los indígenas de las islas vecinas? Esta pregunta era muy difícil de contestar, pues en
un radio de cincuenta millas no se veía tierra alguna. Pero una distancia de cincuenta millas podían franquearla
sin dificultad los praos malayos o las piraguas polinesias. Todo dependía, pues, de la situación de la isla, de su
aislamiento en el Pacífico o de su proximidad a los archipiélagos. ¿Podría Ciro Smith, que estaba desprovisto de
instrumentos, precisar su posición en longitud y latitud? Sería muy difícil. En todo caso, era conveniente tomar
algunas precauciones contra un desembarco posible de los indígenas vecinos. La exploración de la isla estaba
concluida, determinada su configuración, fijado su relieve, calculada su extensión y reconocida su hidrografía y
su orografía. La disposición de los bosques y de las llanuras había sido anotada de una manera general en el

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LA ISLA MISTERIOSA

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plano levantado por el corresponsal; sólo faltaba descender de la montaña y explorar el terreno desde el triple
punto de vista de sus recursos minerales, vegetales y animales. Pero antes de dar a sus compañeros la señal
de partida, Ciro Smith les dijo con voz reposada y grave:
–Este es, amigos míos, el estrecho rincón del mundo donde el Todopoderoso nos ha arrojado. Aquí tendremos
que vivir, quién sabe, cuánto tiempo; pero también puede suceder que nos llegue pronto algún socorro
imprevisto o que pase algún barco por casualidad...Digo por casualidad, porque esta isla es poco importante,
no ofrece ni siquiera un puerto que pueda servir de escala a los buques, y es de temer que se encuentre
situada fuera del rumbo que ordinariamente siguen, es decir, demasiado al sur para las naves que frecuentan
los archipiélagos del Pacífico, y demasiado al norte para las que se dirigen a Australia doblando el cabo de
Hornos. No quiero ocultarles cuál es nuestra verdadera situación.
–Y hace usted muy bien, mi querido Ciro – contestó el corresponsal–. Habla usted con hombres con quienes
puede contar para todo, pues tienen absoluta confianza en usted. ¿No es cierto, amigos míos?
–Le obedeceré en todo, señor Ciro –dijo Harbert, estrechando la mano del ingeniero.
–¡Aquí y en todas partes será usted mi amo! –exclamó Nab.
–En cuanto a mí –dijo el marinero–, que pierda mi nombre si no ayudo en todo lo que sea necesario, y si usted
quiere, convertiremos esta isla en una pequeña América. Levantaremos edificios, construiremos ferrocarriles,
instalaremos el telégrafo, y cuando esté enteramente transformada, embellecida y civilizada, la ofreceremos al
gobierno de la Unión. Sólo pido una cosa.
–¿Cuál? –preguntó el corresponsal.
–Que no nos consideremos náufragos, sino colonos que hemos venido aquí a colonizar. Ciro Smith se sonrió y
la proposición del marino fue aceptada. Después dio las gracias a sus compañeros y añadió que contaban con
su valor y con la ayuda del cielo.
–Pues bien, ¡en camino hacia las Chimeneas! –gritó Pencroff.
–Un momento, amigos míos –repuso el ingeniero–. Creo conveniente dar nombres a esta isla, a los cabos y a
los promontorios y a las corrientes de agua que tenemos a la vista.
–¡Muy bien! –exclamó el corresponsal–. Esto simplificará en lo sucesivo las instrucciones que tenga usted que
damos.
–En efecto –añadió el marino–, ya es algo poder decir adónde se va y de dónde se viene. A lo mejor se sabe
que está uno en alguna parte.
–Las Chimeneas, por ejemplo–propuso Harbert.
–Justo –repuso Pencroff–. Ese nombre es muy adecuado y ya se me había ocurrido. ¿Daremos
a nuestro
campamento el nombre de Chimeneas, señor Ciro?
–Sí, Pencroff, puesto que lo han bautizado ustedes así.
–Bueno, en cuanto al resto, no será difícil darles nombres –continuó el marino, que estaba en vena, Empleemos
los mismos que Robinson, cuya historia me sé de memoria: la “Bahía de la Providencia”, la “Punta de los
Cachalotes”, el “Cabo de la Esperanza fallida”...
–O bien los nombres de Smith, Spilett, Nab... –dijo Harbert.
–¡No, no! –interrumpió Nab, dejando ver sus dientes de brillante blancura.
–¿Por qué no? –replicó Pencroff–. El “puerto Nab” suena muy bien. ¿Y el “cabo Gedeón”?
–Yo preferiría nombres tomados de nuestro país –dijo el corresponsal–y que nos recordasen nuestra América.
–Sí –repuso Smith–, para los principales, las bahías o los mares, me adhiero a esa proposición. Así, por
ejemplo, a la bahía del este podríamos llamarla “bahía de la Unión”; a esta ancha escotadura del sur, “bahía de
Washington”; al monte en que nos hallamos en este momento, “monte Franklin”; al lago que se extiende ante
nuestra vista, “lago Grant”; me parece esto lo mejor, amigos míos. Estos nombres nos recordarían nuestra
patria y los ciudadanos que más la han honrado; más para los ríos, golfos, cabos y promontorios que vemos
desde lo alto de esta montaña, debemos buscar nombres que se avengan con su configuración particular, pues
se nos grabarán más fácilmente en la memoria y serán al mismo tiempo más prácticos. La forma de la isla es
demasiado extraña y nos podemos imaginar nombres que den una idea aproximada de su figura. En cuanto a
las corrientes de agua que aún no conocemos, a las diversas partes de bosques que más adelante
exploraremos y a las ensenadas que vayamos descubriendo, les pondremos nombres a medida que se vayan
presentando. ¿Qué les parece a ustedes, amigos míos? La proposición del ingeniero fue aprobada por
unanimidad. La isla se presentaba a su vista como un mapa desplegado y no había más que poner un nombre a
todos los ángulos entrantes y salientes y a todos los relieves. Spilett los anotaría a su tiempo y en lugar
correspondiente y la nomenclatura geográfica de la isla sería definitivamente adoptada. Desde luego se dieron
los nombres de “bahía de la Unión” y “bahía de Washington” y monte Franklin” a los puntos designados por el
ingeniero.
–Ahora–dijo el corresponsal–, propongo que a esa península que se proyecta al sudoeste de la isla se la
denomine “península Serpentina”, y “promontorio del Reptil” a la cola encorvada que la termina, porque es
verdaderamente una cola de reptil.
–Aprobado –dijo el ingeniero.
–Ahora–dijo Harbert–, a ese otro extremo de la isla, ese golfo que se parece tan singularmente a una
mandíbula abierta, le llamaremos el “golfo del Tiburón”.
–¡Bien dicho!–exclamó Pencroff–, y completaremos la imagen denominando “cabo de Mandíbula” a las dos
partes que forman la boca.
–Pero hay dos cabos –observó el corresponsal.
–¡Es igual! –contestó Pencroff–, tendremos el cabo Mandíbula al norte y el cabo Mandíbula al sur.
–Ya están inscritos –respondió Gedeón Spilett.
–Falta dar nombre a la punta sudeste de la isla –dijo Pencroff.
–Es decir, al extremo de la bahía de la Unión –respondió Harbert.
–Cabo de la Garra –exclamó Nab–, que quería también, por su parte, ser padrino de algún sitio de sus

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dominios.
Y, en verdad, Nab había encontrado una denominación excelente, porque aquel cabo representaba la poderosa
garra del animal fantástico que figuraba aquella isla tan singularmente dibujada. Pencroff estaba encantado del
giro que tomaban las cosas, y las imaginaciones, un poco sobreexcitadas, pronto encontraron las
denominaciones siguientes: Al río que abastecía de agua potable a los colonos, y cerca del cual les había
arrojado el globo, el nombre de “Merced”, verdadera acción de gracias a la Providencia. Al islote sobre el cual
los náufragos habían tomado tierra primeramente, el nombre de islote de Salvación. A la meseta que coronaba
la alta muralla de granito encima de las Chimeneas, y desde donde la mirada debía abrazar toda la vasta bahía,
el nombre de meseta de Gran Vista. En fin, a toda aquella masa de impenetrables bosques que cubrían casi
toda la isla Serpentina, el nombre de bosques del “Far–West”. La nomenclatura de las partes visibles y
conocidas de la isla estaba casi terminada, y más tarde la completarían a medida que se hicieran nuevos
descubrimientos. En cuanto a la orientación de la isla, el ingeniero la había determinado aproximadamente por
la altura y la posición del sol, poniendo al este la bahía de la Unión y toda la meseta de la Gran Vista. Pero, al
día siguiente, tomando la hora exacta de la salida y de la puesta del sol, y determinando su posición por el
tiempo medio transcurrido entre su salida y su puesta, contaba fijar exactamente el norte de la isla, porque, a
consecuencia de su situación en el hemisferio austral, el sol, en el momento preciso de su culminación, pasaba
al norte, y no a mediodía, como, en un movimiento aparente, parece hacerlo en los lugares situados en el
hemisferio boreal. Todo estaba terminado y los colonos se disponían a bajar del monte Franklin para volver a
las Chimeneas, cuando Pencroff exclamó:
–¡Somos unos aturdidos!
–¿Por qué? –preguntó Gedeón Spilett, que había cerrado su cuaderno. –¿Y nuestra isla?
¡Nos hemos olvidado de bautizarla!
Harbert iba a proponer darle el nombre del ingeniero y todos sus compañeros hubieran aplaudido la idea,
cuando Ciro Smith dijo sencillamente:
–Démosle el nombre de un gran ciudadano, amigos míos, del que lucha en estos momentos para defender la
unidad de la República Americana. ¡Llamémosla Lincoln!
Tres hurras fueron la respuesta de la proposición del ingeniero.
Y aquella noche, antes de dormirse, los nuevos colonos hablaron de su país ausente; comentaban la terrible
guerra que lo ensangrentaba y no dudaban que el Sur fuera pronto sometido y que la causa del Norte, la causa
de la justicia, triunfaría gracias a Grant, gracias a Lincoln. Esto pasaba el 30 de marzo y no podían adivinar que
dieciséis días después se cometería en Washington un crimen horrible, y que el Viernes Santo Abraham Lincoln
caería herido de muerte por la bala de un fanático.
12. EXPLORACIÓN DE LA ISLA. ANIMALES, VEGETALES, MINERALES
Los colonos de la isla Lincoln arrojaron una última mirada alrededor de ellos, dieron la vuelta al cráter por su
estrecha arista y media hora después habían descendido a su campamento nocturno. Pencroff pensó que era
hora de almorzar y con este motivo se intentó arreglar los dos relojes de Ciro Smith y del corresponsal. Al de
Gedeón Spilett le había respetado el agua del mar, pues el periodista había sido arrojado sobre la arena, fuera
del alcance de las olas. Era un instrumento excelente, un verdadero cronómetro de bolsillo, y Gedeón Spilett no
había olvidado nunca darle cuerda cuidadosamente cada día. El reloj del ingeniero se había parado, mientras
Ciro Smith había estado exánime en las dunas. El ingeniero le dio cuerda y, calculando por la altura del sol que
aproximadamente debían ser las nueve de la mañana, puso su reloj en aquella hora. Gedeón Spilett lo iba a
imitar, cuando el ingeniero le cogió de la mano, diciéndole:
–No, no, querido Spilett, espere. Ha conservado usted la hora de Richmond, ¿no es eso?
–Sí.
–Por consiguiente, su reloj está puesto al meridiano de aquella ciudad, meridiano que sobre poco más o menos
es el de Washington.
–Sin duda.
–Pues bien, consérvelo así. Conténtese usted con darle cuerda, pero no toque las agujas. Esto nos podrá servir.
“¿Para qué?”, pensó el marino. Almorzaron con tanto apetito, que la reserva de caza y de piñones quedó
totalmente agotada. Pero Pencroff no se inquietó por eso; ya se abastecerían por el camino. Top, cuya parte
de alimento había sido muy escasa, sabría encontrar caza entre los matorrales. Además, el marino pensaba
pedir sencillamente al ingeniero que fabricase pólvora y uno o dos fusiles de caza, en lo cual no creía que
tuviera dificultad. Al bajar de las mesetas, Ciro Smith propuso a sus compañeros que tomaran un nuevo
camino para volver a las Chimeneas. Deseaba conocer el lago Grant, tan magníficamente encuadrado entre
festones de árboles. Siguieron la cresta de uno de los contrafuertes, entre los cuales el creek, que alimentaba,
tomaba probablemente su fuente. Al hablar, los colonos no empleaban más que los nombres propios que
acababan de escoger, y esto facilitaba singularmente el cambio de sus ideas. Harbert y Pencroff, uno joven y
otro algo niño, estaban encantados y, mientras andaban, el marino decía:
–¡Harbert, esto marcha! Es imposible que nos perdamos, porque, aunque tomemos el camino del lago Grant,
aunque tomemos el río Merced a través del bosque de Far–West, llegaremos necesariamente a la meseta de la
Gran Vista, y, por consiguiente, a la bahía de la Unión. Se había convenido en que, sin formar un grupo
compacto, los colonos no se apartarían demasiado los unos de los otros, porque sin duda algunos animales
peligrosos habitaban aquellos espesos bosques de la isla, y era prudente andar con tiento. Generalmente
Pencroff, Harbert y Nab marchaban en cabeza, precedidos de Top, que registraba los menores rincones. El
corresponsal y el ingeniero iban juntos: Gedeón Spilett, pronto a anotar cualquier incidente, y el ingeniero,
silencioso la mayor parte del tiempo, y sin apartarse del camino más que para recoger un mineral, un vegetal
que ponía en su bolsillo sin hacer ninguna reflexión.
–¿Qué diablo recogerá? –murmuraba Pencroff–. Por más que miro, no veo nada que valga la pena de

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agacharse.
Hacia las diez, la pequeña tropa descendía las últimas rampas del monte Franklin. El suelo no estaba sembrado
más que de matorrales y de raros árboles. Caminaban sobre una tierra amarilla y calcinada que formaba una
llanura de una milla de extensión, que precedía al lindero del bosque. Grandes trozos de basalto, que, según las
experiencias de Bischof, ha necesitado para enfriarse trescientos cincuenta millones de años, cubrían la llanura,
muy quebrada en ciertos sitios. Sin embargo, no había señales de lavas, las cuales se habían extendido por las
laderas septentrionales. Ciro Smith creía, pues, alcanzar sin incidente el curso del arroyo que, según él, debía
correr entre los árboles por la línea de la llanura, cuando vio ir hacia él precipitadamente a Harbert, mientras
que Nab y el marino se escondían detrás de las rocas.
–¿Qué ocurre, amigo mío?–preguntó Gedeón Spilett.
–Una humareda–contestó Harbert–. Hemos visto una humareda elevarse entre las rocas, a cien pasos de
nosotros.
–¿Hombres en estos parajes? –exclamó el periodista.
–Evitemos que nos vean antes de saber quiénes son –contestó Ciro Smith–. Si hay indígenas en esta isla, más
bien los temo que los deseo. ¿Dónde está Top?
–Top va delante.
–¿Y no ladra?
–No.
–Es raro. Sin embargo, trataremos de llamarlo.
En algunos instantes el ingeniero, Gedeón Spilett y Harbert se habían reunido con sus dos compañeros, y, como
ellos, se ocultaron detrás de los trozos de basalto. Top, llamado por un ligero silbido de su dueño, volvió, y
éste, haciendo signo a sus compañeros de que esperasen, se deslizó entre las rocas. Los colonos, inmóviles,
esperaban con cierta ansiedad el resultado de aquella exploración, cuando les llamó Ciro Smith. Llegaron y les
chocó desde luego el olor desagradable que impregnaba la atmósfera. Aquel olor, cuya causa podía conocerse
fácilmente, había bastado al ingeniero para adivinar de dónde provenía aquella humareda, que al principio le
había alarmado.
–Este fuego –dijo–, o mejor dicho esta humareda, proviene de la naturaleza. No hay más que una fuente
sulfurosa, que nos permitirá curar eficazmente nuestras laringitis.
–¡Vaya!–exclamó Pencroff–. ¡Qué desgracia que yo no esté resfriado!
Los colonos se dirigieron hacia el sitio de donde salía el humo, y allí vieron una fuente sulfurosa sódica, que
corría con bastante abundancia entre las rocas y cuyas aguas despedían un fuerte olor a ácido sulfhídrico,
después de haber absorbido el oxígeno del aire. Smith metió la mano en el agua y la encontró untuosa al tacto;
la probó y encomió su, sabor algo azucarado; y en cuanto a su temperatura, la calculó en 95º Fahrenheit (35º
centígrados sobre cero). Le preguntó Harbert en qué basaba aquel cálculo y el ingeniero respondió:
–Sencillamente, en que metiendo la mano en esa agua no he experimentado sensación de frío ni de calor;
luego está a la misma temperatura que el cuerpo humano, que es aproximadamente de 95° Fahrenheit. No
ofreciendo la fuente sulfurosa ninguna utilidad inmediata, los colonos se dirigieron hacia la espesura del
bosque, que estaba a unos centenares de pasos. Allí, según habían presumido, el arroyo paseaba sus aguas
vivas y límpidas entre altas orillas de tierra rojiza, color que denunciaba la presencia del óxido de hierro. Este
color hizo que se diera inmediatamente a la corriente de agua el nombre de arroyo Rojo. No era más que un
arroyuelo profundo y claro, formado por las aguas de la montaña, mitad río y mitad corriente, que aquí corría
pacíficamente por la arena y murmurando sobre las puntas de las rocas o precipitándose en cascada proseguía
su curso hasta el lago en una longitud de milla y media, y en una anchura que variaba de 30 a 40 pies. Sus
aguas eran dulces, lo que hacía suponer que las del lago lo fueran también, circunstancia feliz para el caso de
que en sus inmediaciones se encontrase un sitio más a propósito para habitar que las Chimeneas. En cuanto a
los árboles que, algunos centenares de pasos más allá, sombreaban las orillas del arroyo, pertenecían la mayor
parte a las especies que abundan en las zonas templadas de Australia o de Tasmania, y no a las de las
coníferas que erizaban la parte de la isla ya explorada a algunas millas de la meseta de la Gran Vista. En
aquella época del año, es decir a primeros de abril, que en aquel hemisferio corresponde al mes de octubre, en
los comienzos del otoño, todavía conservaban las hojas. Eran especialmente casuarinas y eucaliptos; algunos
proporcionarían en la primavera próxima un maná azucarado, análogo al maná de Oriente. En los claros,
revestidos de ese césped llamado tusac en Nueva Holanda, se veían grupos de cedros australianos; pero no
parecía existir en la isla, cuya latitud sin duda era demasiado baja, el cocotero, que tanto abunda en los
archipiélagos del Pacífico.
–¡Qué lástima! –exclamó Harbert–. ¡Un árbol tan útil y que da tan hermosas nueces! En cuanto a las aves,
pululaban entre las ramas delgadas de los eucaliptos y las casuarinas, que no molestaban el despliegue de sus
alas, las cacatúas negras, blancas o grises, loros y papagayos de plumaje matizado y de todos los colores,
reyezuelos de verde brillante y coronados de rojo, y loros azules, que parecían no dejarse ver sino a través de
un prisma y revoloteaban dando gritos ensordecedores. De pronto resonó en medio de la espesura un extraño
concierto de voces discordantes. Los colonos oyeron sucesivamente el canto de los pájaros, el grito de los
cuadrúpedos y una especie de aullido que parecía escapado de los labios de un indígena. Nab y Harbert se
lanzaron hacia aquel sitio, olvidando los principios más fundamentales de la prudencia; mas, afortunadamente,
no había allí fieras temibles ni indígenas peligrosos, sino sencillamente media docena de aves mofadoras y
cantoras que fueron clasificadas como “faisanes de montaña”. Algunos garrotazos diestramente dirigidos
terminaron con la escena de imitación, lo cual proporcionó una excelente caza para la cena. Harbert vio
también magníficas palomas de alas bronceadas, unas coronadas de un moño soberbio, las otras con matices
verdes, como sus congéneres de Port–Macquaire; pero fue imposible cazarlas, como tampoco a varios cuervos
y urracas que huían a bandadas produciendo una hecatombe entre aquellos volátiles, pues los cazadores no
disponían de más armas arrojadizas que piedras, ni más armas portátiles que el garrote, máquinas tan
primitivas como ineficaces. Esta ineficacia se demostró plenamente cuando una tropa de cuadrúpedos,

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corriendo de acá para allá, y a veces dando saltos de treinta pies, como verdaderos mamíferos voladores,
salieron huyendo de entre los árboles, con tal rapidez y destreza, que parecían pasar de un árbol a otro como
ardillas.
–¡Son canguros! –exclamó Harbert.
–¿Y eso se come? –preguntó Pencroff.
–En estofado es tan bueno como la carne de venado –contestó el corresponsal.
No había acabado Spilett de pronunciar estas frases, cuando el marino, seguido de Nab y de Harbert, se había
lanzado en persecución de los canguros. En vano los llamó el ingeniero, pero en vano también perseguían los
cazadores aquellas piezas que parecían elásticas y saltaban y rebotaban como pelotas. Al cabo de cinco minutos
de carrera estaban sudando y la banda había desaparecido entre los árboles. Top no había tenido más éxito que
sus amos.
–Señor Ciro –dijo Pencroff, cuando el ingeniero y el periodista se le unieron–, señor Ciro, ya ve usted que es
indispensable fabricar fusiles. ¿Cree usted que será posible?
–Quizá –contestó el ingeniero–, pero empezaremos por fabricar arcos y flechas, y no dudo de que llegará usted
a ser tan diestro en manejarlos como los cazadores australianos.
–¡Flechas, arcos! –dijo Pencroff con una mueca desdeñosa–. ¡Eso es bueno para los niños!
–No sea usted orgulloso, amigo Pencroff – contestó el corresponsal–. Los arcos y las flechas han valido durante
siglos para ensangrentar el mundo. La pólvora es invención de ayer y la guerra es tan vieja como la raza
humana, desgraciadamente.
–Señor Spilett, tiene usted razón – respondió el marino–. Hablo sin ton ni son. Dispénseme. Entretanto Harbert,
entregado a su ciencia favorita, la historia natural, volvió a hacer recaer la conversación sobre los canguros.
–Por otra parte, esta especie no es la más difícil de cazar. Eran gigantes de piel gris; pero, si no me equivoco,
existen canguros negros y encamados, canguros de rocas, canguros ratas, más difíciles de cazarlos. Se cuentan
una docena de especies...
–Harbert –replicó sentenciosamente el marino–, ¡no hay para mí más que una sola especie de canguros, el
“canguro de asador”, y éste nos faltará esta tarde! Los demás se rieron al oír la nueva clasificación de Pencroff.
El bravo marino no ocultó su disgusto por verse reducido a comer faisanes cantores, pero la fortuna debía
mostrarse una vez más complaciente con él. En efecto, Top, comprendiendo que su interés estaba en juego, iba
olfateando y buscando por todas partes con instinto duplicado y apetito feroz. Era probable que, si alguna pieza
de caza caía en sus dientes, no quedaría ni pizca para los cazadores, pues en aquel momento Top cazaba por
su propia cuenta; pero Nab lo vigilaba y hacía bien. Hacia las tres de la tarde el perro desapareció entre la
maleza y sordos gruñidos indicaron pronto que había dado con algún animal. Nab fue tras él y vio a Top
devorando con avidez un cuadrúpedo, cuya naturaleza diez segundos después hubiera sido imposible reconocer
en el estómago de Top. Pero, afortunadamente, el perro había dado con una camada; había tres individuos y
otros dos roedores, pues aquellos animales pertenecían a este orden, que yacían estrangulados en el suelo.
Nab reapareció triunfalmente, mostrando en cada mano uno de los roedores, cuyo tamaño era superior al de
una liebre. Su piel, amarilla, estaba mezclada con manchas verdosas y su rabo existía en estado rudimentario.
Los colonos, que eran ciudadanos de la Unión, no podían vacilar en dar a los roedores el nombre que les
convenía. Eran maras, especie de agutíes un poco más grandes que sus congéneres de las comarcas tropicales,
verdaderos conejos de América, con orejas largas, mandíbulas armadas en cada lado de cinco molares, lo cual
los distingue precisamente de los agutíes.
–¡Hurra! –exclamó Pencroff–. El asado es seguro y ahora podemos volver a casa.
Continuaron la marcha interrumpida. El arroyo Rojo continuaba su curso de aguas límpidas bajo la bóveda de
casuarinas, de las banksieas y los árboles de goma gigantescos. Liliáceas magníficas se elevaban unos veinte
pies; otras especies arborescentes, desconocidas por el joven naturalista, se inclinaban sobre el arroyo, que se
oía murmurar bajo aquella cúpula de verdor. Sin embargo, el curso de agua se ensanchaba sensiblemente y
Ciro Smith llegó a creer que llegaría pronto a su desembocadura. En efecto, al salir de un bosquecillo de
hermosos árboles, apareció de nuevo. Los exploradores habían llegado a la orilla occidental del lago Grant. El
paraje valía la pena. Aquella extensión de agua, de una circunferencia de unas siete millas y de una superficie
de doscientos cincuenta acres, reposaba entre festones de árboles diversos. Hacia el este, a través de una
cortina de verdura pintorescamente levantada en ciertas partes, aparecía un resplandeciente horizonte de mar.
Al norte, el lago trazaba una curva ligeramente cóncava, que contrastaba con la forma aguda de su punta
inferior. Numerosas aves acuáticas frecuentaban las orillas del pequeño Ontario, cuyas mil isletas de su
homónimo americano estaban representadas por una roca que surgía de su superficie a unos centenares de
pies de la orilla meridional. Allí vivían en comunidad muchas parejas de martines pescadores, posadas sobre
alguna piedra, graves, inmóviles, espiando los peces, lanzándose, sumergiéndose con un pequeño grito agudo y
reapareciendo con la presa en el pico. En otros parajes, en las orillas y en el islote, se pavoneaban patos
silvestres, pelícanos, gallinas de agua, picos–rojos, filedones provistos de una lengua en forma de pincel, y uno
o dos ejemplares de esas aves espléndidas llamadas menuras, cuya cola se desarrolla como los montantes
graciosos de una lira. En cuanto a las aguas del lago, eran dulces, limpias, un poco oscuras y, por ciertas
ebulliciones y los círculos concéntricos que se entrecruzan en su superficie, no se podía dudar de que abundaba
la pesca.
–¡Es verdaderamente hermoso este lago! – dijo Gedeón Spileet–. ¡Y cualquiera viviría en sus orillas!
–¡Se vivirá!–contestó Ciro Smith.
Los colonos, queriendo entonces volver por el camino más corto a las Chimeneas, descendieron hasta el ángulo
formado al sur por la unión de las orillas del lago. Allí abrieron, no sin gran trabajo, un camino a través de las
malezas y aquella espesura que la mano del hombre no había aún apartado, y se dirigieron hacia el litoral
buscando el norte de la meseta de la Gran Vista. Atravesaron dos millas en aquella dirección; después, pasada
la última cortina de árboles, apareció la meseta, tapizada de un espeso césped y, más allá, el mar infinito. Para
volver a las Chimeneas, fue suficiente atravesar oblicuamente la meseta en un espacio de una milla y

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descender hasta el codo formado por la primera vuelta del río Merced. Pero el ingeniero deseaba averiguar
cómo y por dónde se escapaba el sobrante de las aguas del lago y continuó la exploración bajo los árboles
durante una milla y media hacia el norte. Era probable, en efecto, que existiera un desagüe en alguna parte y
sin duda a través de alguna abertura en el granito. El lago no era más que un inmenso receptáculo que se
había llenado poco a poco por las aguas del arroyo y probablemente el sobrante corría hacia el mar por alguna
salida. Si así era, el ingeniero pensaba que sería posible utilizar aquella salida y aprovecharse de su fuerza,
actualmente perdida. Prosiguieron, pues, por las orillas del lago Grant, remontando la llanura; pero, después de
haber andado una milla en aquella dirección, Ciro Smith no había podido descubrir el desagüe, que, no
obstante, debía existir. Eran las cuatro y media. Los preparativos de la comida exigían que los colonos
regresaran a sus moradas. La pequeña tropa volvió sobre sus pasos por la orilla izquierda del río de la Merced.
Ciro Smith y sus compañeros llegaron a las Chimeneas. Encendieron el fuego y Nab y Pencroff, a los cuales
fueron naturalmente designadas las funciones de cocineros, el uno en su calidad de negro, el otro en su calidad
de marino, prepararon en breve un asado de agutí, que comieron con bastante apetito. Terminada la comida,
en el momento en que cada cual se preparaba para dormir, Ciro Smith sacó de su bolsillo pequeños pedazos de
diferentes especies de minerales y se limitó a decir:
–Amigos, éste es mineral de hierro, éste es de pirita, éste de arcilla, esto es cal, esto es carbón. He aquí lo que
nos da la naturaleza, y ésta es la parte que ha tomado en el trabajo común. ¡Mañana haremos el nuestro!
13. PRIMEROS UTENSILIOS Y ALFARERÍA CÁLCULO DE LA LATITUD DE LA ISLA
–Y bien, señor Ciro, ¿por dónde vamos a empezar? –preguntó a la mañana siguiente Pencroff al ingeniero.
–Por el principio –contestó Smith.
Y, en efecto, por el principio tenían que empezar los colonos. No poseían ni los útiles necesarios para hacer
herramienta alguna, y no se encontraban en las condiciones de la naturaleza, que teniendo tiempo economiza
fuerzas. Les faltaba tiempo, puesto que debían subvenir inmediatamente a las necesidades de la vida y, si
aprovechando la experiencia adquirida no debían inventar nada, tenían por lo menos que fabricarlo todo. Su
hierro y su acero se hallaban todavía en estado mineral, su vajilla en estado de barro, sus lienzos y sus vestidos
en estado de materias textiles. Por lo demás, preciso es decir que los colonos eran hombres en la fuerte
acepción de la palabra. El ingeniero Smith no hubiera podido ser secundado por compañeros más inteligentes ni
más adictos y celosos. Los había sondeado y conocía sus aptitudes. Gedeón Spilett, periodista de talento, que lo
había estudiado todo para poder hablar de todo, debía contribuir con su inteligencia y con sus manos a la
colonización de la isla. No retrocedería ante ninguna dificultad y, cazador apasionado, haría un oficio de lo que
hasta entonces había sido para él un deporte. Harbert, buen muchacho, notablemente instruido en las ciencias
naturales, sería utilísimo para la causa común. Nab era la adhesión personificada. Diestro, inteligente,
infatigable, robusto, dotado de una salud de hierro, entendía algo de trabajos de fragua y prestaría muy útiles
servicios a la colonia. En cuanto a Pencroff, había sido marinero en todos los mares, carpintero en los talleres
de construcción de Brooklyn, ayudante de sastre en los buques del Estado, jardinero y cultivador en sus
temporadas de licencia, y, como buen marino, dispuesto a todo y útil para todo. Habría sido verdaderamente
difícil reunir cinco hombres iguales para luchar contra la suerte y más seguros de triunfar. Por el principio,
había dicho Ciro Smith, y el principio de que hablaba era la construcción de un aparato que pudiese servir para
transformar las sustancias naturales. Es conocido el papel del calor en esas transformaciones; por consiguiente,
el combustible, vegetal o mineral, era inmediatamente utilizable. Tratábase, pues, de construir un horno para
utilizarlo.
–¿Para qué servirá ese homo? –preguntó Pencroff.
–Para hacer las vasijas que necesitamos – contestó Smith.
–¿Y con qué vamos a hacerlo?
–Con ladrillos.
–¿Y los ladrillos?
–Con arcilla. Manos a la obra, amigos míos. Para evitar los transportes estableceremos el taller en el sitio
mismo de la producción. Nab llevará provisiones y no nos faltará fuego para asar los alimentos.
–Cierto –repuso el corresponsal–, pero ¿y si fuesen los alimentos los que nos faltasen por carecer de
instrumentos de caza?
–¡Ah!, ¡si tuviera un cuchillo! –exclamó el marinero.
–¿Qué harías con él? –le preguntó el ingeniero.
–Pues haría un arco y flechas y tendríamos abastecida la despensa.
–Sí, un cuchillo..., una hoja cortante... – murmuró el ingeniero como hablando consigo mismo.
Al mismo tiempo miró a Top, que iba y venía por la playa.
–¡Top, aquí! –gritó, animándose su mirada. El perro acudió corriendo en cuanto oyó la voz de su amo. Ciro le
tomó la cabeza y le quitó el collar que llevaba y que rompió en dos partes.
–¡Aquí tenemos dos cuchillos, Pencroff! – dijo luego.
El marinero contestó con dos sonoros hurras. El collar de Top estaba hecho de una ligera lámina de acero
templado; bastaba afilarle primero con una piedra de asperón para aguzar el lado cortante y quitarle luego el
filván con un asperón más fino. Este género de roca arenisca abundaba en la playa, y dos horas después las
herramientas de la colonia se componían de dos láminas cortantes, a las cuales fue fácil poner un mango de
madera muy fuerte. La conquista de esta primera herramienta fue saludada como un triunfo; conquista
preciosa, en efecto y hecha muy oportunamente. Se pusieron en marcha. El propósito de Smith era llegar a la
orilla occidental del lago, donde la víspera había advertido la existencia de la tierra arcillosa, de la que tomó
una muestra. Siguieron por la orilla del Merced, atravesaron la meseta de la Gran Vista y, después de haber
recorrido cinco millas, llegaron a un claro situado a doscientos pasos del lago Grant. Por el camino Harbert
había descubierto un árbol cuyas ramas emplean los indios de la América Meridional para hacer sus arcos. Era

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LA ISLA MISTERIOSA

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el crejimba, de la familia de las palmeras o que no dan frutos comestibles. Cortaron varias ramas largas y
rectas, despojáronlas de sus hojas y con el cuchillo las dejaron finas por los extremos y gruesas por el centro.
Así, sólo les faltaba encontrar una planta a propósito para formar la cuerda del arco, y la hallaron en una
especie perteneciente a la familia de las malváceas, un hibiscus heterophyllus, que da fibras de una tenacidad
tan notable, que pueden compararse con los tendones de los animales. Pencroff construyó de este modo arcos
de gran alcance, a los cuales sólo faltaban las flechas, pero éstas eran fáciles de hacer con ramas rectas y
rígidas sin nudosidades; lo que no podía encontrarse tan fácilmente era la punta que debía armarlas, es decir,
una sustancia que pudiera reemplazar al hierro. El marino pensó, sin embargo, que, habiendo hecho él cuanto
estaba de su parte, la casualidad le proporcionaría lo que faltaba. Los colonos llegaron al terreno que el día
antes habían recorrido. Se componía de la arcilla figulina que sirve para fabricar ladrillos y tejas; arcilla, por
consiguiente, muy adecuada para la operación que se quería llevar a cabo. La mano de obra no presentaba
ninguna dificultad: bastaba purificar la figulina con arena, moldear los ladrillos y cocerlos al calor de un fuego
alimentado con leña. Ordinariamente los ladrillos se hacen con moldes, pero el ingeniero se contentó con
fabricarlos a mano. Emplearon todo el día y el siguiente en este trabajo. La arcilla empapada en agua y
amasada después con los pies y las manos de los manipuladores fue dividida en prismas de igual tamaño. Un
obrero práctico puede hacer, sin máquina, hasta diez mil ladrillos en doce horas, pero en los dos días de trabajo
los cinco alfareros de la isla Lincoln no hicieron más que tres mil, que fueron alineados hasta que estuviesen
secos y en condiciones de ser cocidos, lo cual no tendría lugar hasta tres o cuatro días después. El día 2 de abril
se ocupó Ciro Smith en fijar la orientación de la isla. La víspera había anotado con exactitud la hora en que el
sol había desaparecido del horizonte, teniendo en cuenta la refracción, y aquella mañana anotó con no menos
cuidado la salida; entre la puesta y la salida habían transcurrido doce horas y veinticuatro minutos; luego seis
horas y doce minutos después de su salida, el sol debía pasar aquel día por el meridiano, y el punto de cielo
que ocupase en aquel momento sería el norte. A dicha hora anotó Ciro aquel punto y, señalando dos árboles
que habían de servirle de jalones, obtuvo un meridiano invariable para sus operaciones ulteriores. Durante los
dos días que precedieron la cocción de los ladrillos, se ocupó la colonia en hacer provisión de leña, cortando
ramas alrededor del claro del bosque y recogiendo toda la madera que había caído de los árboles. Al hacer esto,
descubrieron caza en los alrededores y se aprovecharon del descubrimiento, puesto que Pencroff poseía ya
algunas docenas de flechas, armadas con puntas muy fuertes, que les proporcionó Top llevando un puerco
espín, bastante malo como caza, pero de incalculable valor por las púas de que estaba erizado. Pencroff ajustó
sólidamente aquellas púas al extremo de las flechas, asegurando la dirección por medio de plumas de cacatúas.
El corresponsal y Harbert pronto fueron diestros tiradores de arco, y por lo tanto la caza de pelo y de pluma
abundó en las Chimeneas, no faltando cabiayes, palomas, agutíes y gallináceas. La mayor parte de aquellos
animales fueron matados en la parte del bosque situada en la orilla izquierda del río de la Merced, y a la cual se
había dado el nombre de bosque del Jacamar, en recuerdo del ave que Pencroff había perseguido en su primera
exploración. La caza se la comieron fresca, pero, conservaron los perniles de los cabiayes ahumándolos con
leña verde, después de haberlos aromatizado con hojas odoríferas. Sin embargo, el alimento de los colonos era
siempre asado y deseaban oír cantar en el hogar una olla sencilla, mas antes era preciso tenerla, y por
consiguiente que se hiciese el horno donde había de cocerse. Durante estas excursiones, que no se hicieron
más que en un radio muy reducido alrededor del tejar, los cazadores vieron huellas de pasos recientes de
animales de gran tamaño, armados de garras poderosas, cuya especie no pudieron reconocer. El ingeniero les
recomendó, por tanto, la mayor prudencia, porque era probable que el bosque contuviese fieras peligrosas.
Esta recomendación fue muy prudente, pues Gedeón Spilett y Harbert vieron un día un animal que parecía un
jaguar. Por fortuna la fiera no les atacó, porque de otro modo tal vez no hubieran escapado sin heridas graves.
Pero cuando tuvieran un arma formal, es decir, uno de esos fusiles que Pencroff reclamaba, Spilett prometía
hacer una guerra encarnizada a las fieras y purgar de ellas la isla. Durante aquellos días no se hizo nada para
dotar a las Chimeneas de algunas comodidades, porque el ingeniero pensaba descubrir o fabricar, si era
necesario, una morada más conveniente. Se contentaron con extender sobre la arena de los corredores frescos
lechos de musgo y hojas secas y, sobre esos lechos, bastante primitivos, los trabajadores, cansados, dormían
con profundo sueño. Se calculó el cómputo de los días transcurridos en la isla de Lincoln, desde que habían
llegado los colonos, teniendo desde entonces una cuenta regular con el tiempo. El día 5 de abril, miércoles,
haría doce días que el viento arrojó a los náufragos sobre el litoral. El 6 de abril, al rayar el alba, el ingeniero y
sus compañeros estaban reunidos en el claro del bosque y en el sitio en que iba a verificarse la cocción de los
ladrillos. Naturalmente la operación debía hacerse al aire libre y en hornos, o más bien la aglomeración de los
ladrillos sería un horno enorme que habría de cocerse a sí mismo. El combustible, hecho de fajinas bien
preparadas, fue dispuesto en el suelo, rodeándolo de muchas filas de ladrillos secos que formaron pronto un
grueso cubo, al exterior del cual se dejaron algunos respiraderos. Aquel trabajo duró todo el día y hasta que
oscureció no se dio fuego a las fajinas. Aquella noche nadie se acostó, velando cuidadosamente para que el
fuego no se apagara ni disminuyera. La operación duró cuarenta y ocho horas y tuvo éxito. Fue preciso
entonces dejar enfriar la masa humeante, y durante aquel tiempo, Nab y Pencroff, guiados por Ciro Smith,
acarrearon sobre unas parihuelas hechas de ramas enlazadas muchas cargas de carbonato de cal, piedras
comunes que se encontraban abundantemente al norte del lago. Estas piedras, descompuestas por el calor,
dieron una cal viva, muy crasa y abundante, tan pura como si hubiera sido producida por la calcinación de la
greda o del mármol. Mezclada con arena, cuyo efecto es atenuar la reducción de la pasta, cuando se solidificó
aquella cal, produjo una excelente argamasa. De estos diversos trabajos resultó que el 9 de abril el ingeniero
tenía a su disposición cierta cantidad de cal bien preparada y algunos millares de ladrillos. Comenzó, pues, sin
perder un instante, la construcción de un horno, que debía servir para cocer los diferentes utensilios
indispensables para el uso doméstico. Esto se llevó a cabo sin dificultad. Cinco días después el horno fue
cargado con hulla, cuyo nacimiento había descubierto el ingeniero, a cielo abierto, hacia la embocadura del
arroyo Rojo, y los primeros humos se escaparon de una chimenea de veinte pies de altura. El claro del bosque
se había transformado en fábrica y Pencroff empezaba a creer que de aquel horno iban a salir todos los

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LA ISLA MISTERIOSA

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productos de la industria moderna. Lo primero que fabricaron los colonos fue una vajilla de barro muy a
propósito para la cocción de alimentos. La primera materia fue la arcilla del suelo, con la cual Smith mezcló un
poco de cal y de cuarzo. En realidad aquella pasta constituía el verdadero barro de pipa, y con ella se hicieron
pucheros, tazas, para las cuales sirvieron de molde varios cantos de formas convenientes, grandes jarros,
cántaros y cubetes para contener el agua, etc. La forma de estos objetos era defectuosa y fea, pero, después
que se hubieron cocido a una alta temperatura, la cocina de las Chimeneas se halló provista de cierto número
de utensilios tan preciosos, como si hubiera entrado en su composición el más hermoso caolín. Aquí debemos
advertir que Pencroff, deseoso de saber si aquella arcilla así preparada justificaba su nombre de barro de pipa,
se fabricó algunas pipas bastante burdas, que halló admirables, y a las cuales no faltaba más que el tabaco.
Esta era una gran privación para Pencroff. “Pero el tabaco vendrá como todas las cosas”, repetía para sí en sus
momentos de confianza absoluta. Los trabajos que hemos reseñado duraron hasta el 15 de abril y no se puede
decir que perdieron el tiempo. Los colonos, convertidos en alfareros, no hicieron más que vajilla de cocina.
Cuando conviniese a Ciro Smith transformarlos en herreros, serían herreros. Pero siendo el día siguiente
domingo, y domingo de Pascua, todos convinieron en santificar aquel día con el descanso. Aquellos
norteamericanos eran hombres religiosos, fieles observadores de los preceptos de la Biblia, y la situación en
que se encontraban no podía menos de desarrollar sus sentimientos de confianza en el Autor de todas las
cosas. En la noche del 15 de abril volvieron todos a las Chimeneas. El resto de vajilla fue llevado a su sitio y el
horno se apagó, esperando un nuevo destino. La vuelta fue señalada por un incidente afortunado: el
descubrimiento que hizo el ingeniero de una sustancia que podía reemplazar la yesca. Esta sustancia esponjosa
y aterciopelada proviene de ciertos hongos del género polípero. Convenientemente preparada es muy
inflamable, sobre todo cuando ha sido antes saturada de pólvora o cocida en una disolución de nitrato o clorato
de potasa. Pero hasta entonces no se había encontrado ninguno de aquellos políperos ni de otros hongos que
pudieran reemplazarlos. Aquel día el ingeniero, habiendo reconocido cierta planta del género artemisa, que
cuenta entre sus principales especies el ajenjo, el toronjil, el estragón, el jengibre, etc., arrancó varios tallos y,
presentándolos al marinero, le dijo:
–Tome, Pencroff, esto le va a poner contento.
Pencroff miró atentamente la planta revestida de pelos sedosos y largos, cuyas hojas estaban cubiertas de un
suave vello parecido al algodón.
–¿Y qué es esto, señor Ciro? –preguntó–. ¡Bondad del cielo! ¿Es tabaco?
–No –respondió Ciro–, es artemisa china para los sabios y para nosotros será yesca.
En efecto, aquella artemisa convenientemente desecada, dio una sustancia inflamable, sobre todo cuando el
ingeniero la hubo impregnado de aquel nitrato de potasa que la isla tenía en abundancia en muchas capas, y
que no era más que el salitre. Aquella noche todos los colonos, reunidos en la habitación central, cenaron
convenientemente; Nab había preparado un guisado de agutí y jamón de cabiay aromatizado, al cual se unieron
tubérculos cocidos del Caladium macrorhizum, especie de planta herbácea de la familia de las aráceas, y que
bajo la zona tropical habría tenido una forma arborescente. Aquellos rizomas tenían un excelente sabor, eran
muy nutritivos y semejantes a la sustancia que se vende en Inglaterra bajo el nombre de sagú de Portland,
pudiendo en cierto modo reemplazar el pan, del que estaban enteramente privados los colonos de la isla
Lincoln. Terminada la cena, y antes de entregarse al sueño, Ciro Smith y sus compañeros salieron a tomar el
aire por la playa. Eran las ocho de la noche, noche que se anunciaba magnífica. La luna, que había entrado en
el plenilunio cinco días antes, no había aparecido aún, pero el horizonte se argenteaba ya con esos matices
suaves y pálidos que podrían llamarse el alba lunar. En el cenit austral las constelaciones circumpolares
resplandecían, y entre todas, aquella Cruz del Sur, a la cual el ingeniero, pocos días antes, saludaba desde la
cima del monte Franklin. Ciro Smith observó la espléndida constelación, que tiene en su cima y en su base dos
estrellas de primera magnitud, en el brazo izquierdo una estrella de segunda, y en el derecho una de tercera.
Después de haber reflexionado, preguntó a Harbert:
–¿No estamos a 15 de abril?
–Sí, señor –contestó el joven.
–Pues bien, si no me equivoco, mañana será uno de los cuatro días del año en los cuales el tiempo verdadero
se confunde con el tiempo medio, es decir, mañana, con corta diferencia de segundos, el sol pasará por el
meridiano precisamente cuando los relojes señalen las doce. Si el tiempo es bueno, creo que podré obtener la
longitud de la isla con una aproximación de pocos grados.
–¿Sin instrumentos ni sextante? –preguntó Gedeón Spilett.
–Sí –continuó el ingeniero–. Ya que la noche es tan clara, voy a ver ahora mismo si puedo obtener su latitud
calculando la altura de la Cruz del Sur, es decir, del polo austral, por encima del horizonte. Ya comprenderán
ustedes, amigos míos, que antes de emprender los trabajos de una instalación en regla, no basta haber
averiguado que esta tierra es una isla, sino que es necesario hacer lo posible por averiguar a qué distancia está
situada, tanto del continente americano, como del australiano, como de los principales archipiélagos del
Pacífico.
–En efecto –dijo el corresponsal–, en vez de construir una casa, puede ser preferible construir un buque, si por
ventura no estuviésemos más que a un centenar de millas de alguna costa habitada. –Por eso mismo –repuso
Ciro Smith–voy a tratar de obtener esta noche la latitud de la isla Lincoln, y mañana al mediodía procuraré
averiguar la longitud. Si el ingeniero hubiera podido disponer de un sextante, aparato que permite medir con
exactitud la distancia angular de los objetos por reflexión, la operación no habría ofrecido dificultad alguna.
Aquella noche, por la altura del polo, y al día siguiente por el paso del sol por el meridiano, habría tenido las
coordenadas de la isla; pero faltando el aparato, era necesario suplirlo de otro modo. Ciro Smith volvió a las
Chimeneas, y allí, al resplandor del hogar, cortó dos reglas y unió una a otra por uno de sus extremos, de
manera que formasen una especie de compás, cuyos extremos pudieran abrirse o cerrarse. El punto de unión
estaba fijo por medio de una fuerte espina de acacia que Ciro tomó de la leña seca. Terminado el instrumento,
volvió el ingeniero a la playa, y como era preciso tomar la altura del polo por encima de un horizonte

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LA ISLA MISTERIOSA

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netamente marcado, es decir, de un horizonte de mar, y como el cabo de la Garra le ocupaba el horizonte del
sur, tuvo que ir en busca de una estación más a propósito. La mejor hubiera sido sin duda el litoral expuesto
directamente al sur, pero había que atravesar el río de la Merced, entonces muy profundo, y ésta era una
dificultad grave. Por consiguiente, Ciro Smith resolvió hacer una observación desde la meseta de la Gran Vista,
reservándose tomar su altura sobre el nivel del mar; altura que pensaba calcular al día siguiente por medio de
un simple procedimiento de geometría elemental. Los colonos se trasladaron a la meseta subiendo por la orilla
izquierda del río de la Merced y se colocaron en el límite que se orientaba al nordeste y sudeste, es decir, en la
línea de rocas caprichosamente cortadas que formaban la orilla del río. Aquella parte de la meseta dominaba en
unos cincuenta pies las alturas de la orilla derecha, que bajaban por una doble pendiente hasta el extremo del
cabo de Garra y hasta la costa meridional de la isla. Ningún obstáculo detenía, pues, las miradas, que
abarcaban el horizonte en una semicircunferencia, desde el cabo hasta el promontorio del Reptil. Al sur, este
horizonte, iluminado desde su parte inferior por las primeras claridades de la luna, se destacaba vivamente
sobre el cielo y podía ser notado con gran exactitud. En aquel momento la Cruz del Sur se presentaba al
observador en posición inversa, marcando la estrella Alfa su base, que es la más próxima al polo austral. Esta
constelación no está situada tan cerca del Polo Antártico como la estrella Polar lo está del Polo Ártico. La
estrella Alfa está a unos 27° aproximadamente del primero, pero Ciro Smith lo sabía y tenía en cuenta esta
distancia para su cálculo. También cuidó de observarla en el momento en que pasaba por el meridiano inferior,
lo cual debía simplificar su operación. Dirigió, pues, una rama de su compás de madera sobre el horizonte de
mar y, la otra, sobre la estrella Alfa, como hubiera hecho con dos anteojos de un círculo repetidor, y la abertura
de las dos ramas le dio la distancia angular que separaba a la estrella Alfa del horizonte. A fin de fijar de una
manera inmutable el ángulo obtenido, sujetó por medio de espinas las dos tablillas de su aparato sobre una
tercera que situó transversalmente, de suerte que la abertura se mantuviese sólidamente. Hecho esto, sólo
faltaba calcular el ángulo obtenido, trayendo la observación al nivel del mar, de manera que se tomara en
cuenta la depresión del horizonte, para lo cual era preciso medir la altura de la meseta. El valor de este ángulo
daría así la altura de la estrella Alfa, y por consiguiente, la del polo por encima del horizonte, es decir, la latitud
de la isla, puesto que la latitud de un punto del globo es siempre igual a la altura del polo sobre el horizonte de
aquel punto. La realización de estos cálculos se aplazó para la mañana siguiente y a las diez de la noche todos
dormían profundamente.
14. SE DETERMINA LA LONGITUD Y LA LATITUD DE LA ISLA
Al día siguiente, 16 de abril, domingo de Pascua, los colonos salían de las Chimeneas al amanecer y procedían
al lavado de su ropa interior y a la limpieza de sus vestidos. El ingeniero pensaba hacer jabón cuando hubiera
obtenido las materias necesarias para la saponificación, sosa o potasa, y grasa o aceite. La cuestión de la
renovación del guardarropa debía ser tratada en tiempo y lugar oportunos. En todo caso, los vestidos podían
durar aún seis meses más, porque eran de tela fuerte y podían resistir el desgaste de los trabajos manuales.
Pero todo dependía de la situación de la isla respecto de las tierras habitadas, situación que debía determinarse
aquel mismo día, si lo permitía el tiempo. El sol, levantándose sobre un horizonte puro, anunciaba un día
magnífico, uno de esos hermosos días de otoño, que son como la última despedida de la estación calurosa.
Había que completar los elementos de las observaciones hechas la víspera midiendo la altura de la meseta de la
Gran Vista sobre el nivel del mar.
–¿No necesitará usted un instrumento análogo al que le sirvió ayer?–preguntó Harbert al ingeniero.
–No, hijo mío, no –contestó éste–. Vamos a proceder de otro modo y de una manera casi tan exacta.
Harbert, que gustaba de instruirse en todo, siguió al ingeniero, el cual se apartó del pie de la muralla de granito
bajando hasta el extremo de la playa, mientras Pencroff, Nab y el corresponsal se ocupaban en diversos
trabajos. Ciro Smith se había provisto de una especie de pértiga de unos doce pies de longitud, que había
medido con la exactitud posible, comparándola con su propia estatura, cuya altura conocía poco más o menos.
Harbert llevaba una plomada que le había dado el ingeniero, es decir, una simple piedra atada al extremo de
una hebra flexible. Al llegar a veinte pies del extremo de la playa, a unos quinientos pies de la muralla de
granito, que se levantaba perpendicularmente, Ciro Smith clavó la pértiga uno o dos pies en la arena,
calzándola con cuidado, y por medio de la plomada consiguió ponerla perpendicularmente al plano de horizonte.
Hecho esto, retrocedió la distancia necesaria para que, echado sobre la arena, el rayo visual, partiendo de su
ojo derecho, rozase a la vez el extremo de la pértiga y la cresta de la muralla. Después marcó cuidadosamente
aquel punto con un jalón pequeño.
–¿Conoces los primeros principios de la geometría? –dijo luego, dirigiéndose a Harbert.
–Un poco, señor Ciro –contestó el joven, que no quería comprometerse demasiado.
–¿Recuerdas bien las propiedades de dos triángulos semejantes?
–Sí–contestó Harbert. Sus lados homólogos son proporcionales.
–Pues bien, hijo mío, acabo de construir dos triángulos semejantes, ambos rectángulos: el primero, el más
pequeño, tiene por lados la pértiga perpendicular, la distancia que separa el jalón del extremo inferior de la
pértiga y el rayo visual por hipotenusa; el segundo tiene por lados la muralla perpendicular, cuya altura se trata
de medir, la distancia que separa el jalón del extremo inferior de esta muralla y mi rayo visual, que forma
igualmente su hipotenusa, la cual viene a ser la prolongación de la del primer triángulo.
–¡Ah!, señor Ciro, ya comprendo –exclamó Harbert–. Así, como la distancia del jalón a la base de la pértiga es
proporcional a la distancia del jalón a la base de la muralla, del mismo modo la altura de la pértiga es
proporcional a la altura de esa muralla.
–Eso es, Harbert –contestó el ingeniero–, y, cuando hayamos medido las dos primeras distancias, conociendo la
altura de la pértiga, no tendremos que hacer más que un cálculo de proporción, el cual nos dará la altura de la
muralla y nos evitará el trabajo de medirla directamente. Tomaron las dos distancias horizontales por medio de
la pértiga, cuya longitud sobre la arena era exactamente de diez pies. La primera distancia era de quince pies,

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que mediaban entre el jalón y el punto en que la pértiga estaba metida en la arena. La segunda distancia entre
el jalón y la base de la muralla era de quinientos pies. Terminadas estas medidas, Ciro y el joven volvieron a
las Chimeneas. Allí el ingeniero tomó una piedra plana que se había llevado en sus precedentes excursiones,
especie de pizarra sobre la cual era fácil trazar números con una almeja, y estableció la proporción siguiente:
15:500::10:x
500 X 10 = 5.000
5.000
= 333'33
15
Quedó, pues, averiguado que la muralla de granito medía 333 pies de altura. Ciro Smith tomó entonces el
instrumento que había hecho la víspera, y cuyas dos ramas, por su separación, le daban la distancia angular de
la estrella Alfa al horizonte. Midió exactamente la abertura de aquel ángulo en una circunferencia que dividió en
trescientas partes iguales. Ahora bien, aquel ángulo era de diez grados; luego la distancia angular total entre el
polo y el horizonte, añadiéndose los 27° que separan a Alfa del Polo Antártico, y reduciendo al nivel del mar la
altura de la meseta sobre la cual se había hecho la observación, era de 37°. Ciro Smith dedujo que la isla de
Lincoln estaba situada en el grado 37 de latitud austral, o teniendo en cuenta, a causa de la imperfección de los
instrumentos, un error de cinco grados, debería estar situada entre el paralelo 35 y el 40. Faltaba obtener la
longitud para completar las coordenadas de la isla, y esto fue lo que se propuso el ingeniero determinar a las
doce del mismo día, es decir, en el momento en que el sol pasara por el meridiano. Se decidió que aquel
domingo se emplearía en un paseo, o más bien en una exploración de aquella parte de la isla situada entre el
norte del lago y el golfo del Tiburón, y que, si el tiempo lo permitía, se extendiera el reconocimiento hasta la
vuelta septentrional del cabo Mandíbula Sur; se almorzaría en las dunas y no regresarían hasta la tarde. A las
ocho y media de la mañana, la pequeña caravana seguía la orilla del canal. Del otro lado, en el islote de la
Salvación, muchas aves se paseaban. Eran somorgujos de la especie llamada maneos, que se distinguen
perfectamente por su grito desagradable, algo parecido al rebuzno de asno. Pencroff no las consideraba sino
desde el punto de vista comestible, y supo, con cierta satisfacción, que su carne, aunque negruzca, era
bastante apetitosa. Arrastrándose por la arena se podían ver también grandes anfibios, focas sin duda, que
parecían haber elegido el islote como refugio. No era posible examinar aquellos animales desde el punto de
vista alimenticio, porque su carne aceitosa es pésima; sin embargo, Ciro Smith observó con atención y, sin
descubrir sus ideas, anunció a sus compañeros que próximamente harían una visita al islote. La orilla que
seguían los colonos estaba sembrada de innumerables conchas, algunas de las cuales habrían hecho la felicidad
de un aficionado a malacología. Había, entre otras, faisanelas, terebrátulas, trigonias, etc.; pero lo que debía
ser más útil fue un banco de ostras, descubierto en la baja marea, y que Nab señaló entre las rocas, a cuatro
millas, poco más o menos, de las Chimeneas.
–Nab no ha perdido el día –dijo Pencroff, observando el banco de ostras que se extendía a larga distancia.
–Es un feliz descubrimiento –dijo el corresponsal–, y si, como se dice, cada ostra pone al año de 50.000 a
60.000 huevos, tendremos una reserva inagotable.
–Yo creo, sin embargo, que la ostra no es muy nutritiva.
–No –respondió Ciro Smith–. La ostra contiene muy poca materia azoada, y si un hombre tuviera que
alimentarse con ellas exclusivamente, necesitaría por lo menos de quince a dieciséis docenas diarias.
–Bueno –repuso Pencroff–. Comeremos docenas y docenas antes de agotar el banco.
¿No sería bueno tomar algunas para almorzar?
Y sin esperar respuesta a su proposición, sabiendo que estaba aprobada de antemano, el marino, ayudado por
Nab, arrancó cierta cantidad de aquellos moluscos. Pusiéronlos en una especie de red hecha de fibras de hibisco
perfeccionada por Nab, y que contenía provisiones para el almuerzo, y luego continuaron subiendo por la costa
entre las dunas y el mar. De vez en cuando Smith consultaba su reloj, a fin de prepararse a tiempo para la
observación solar que debía hacerse a las doce. Toda aquella parte de la isla era muy árida, hasta la punta que
cerraba la bahía de la Unión, y que había recibido el nombre de cabo Mandíbula Sur. No se veía más que arena
y conchas mezcladas con restos de lava. Algunas aves marinas frecuentaban aquella desolada costa, gaviotas,
grandes albatros y patos silvestres, que excitaron con justa razón el apetito de Pencroff, el cual trató de matar
algunos a flechazos, pero sin resultado, porque no se detenían en ninguna parte, y habría sido preciso
derribarlos al vuelo. El marino, en vista del mal resultado de sus tentativas, dijo al ingeniero:
–Ya ve usted, señor Ciro, que, mientras no tengamos uno o dos fusiles de caza, nuestro material dejará todavía
mucho que desear.
–Cierto, Pencroff–contestó el corresponsal–, pero eso sólo depende de usted. Proporciónenos hierro para los
cañones, acero para las baterías, salitre, carbón y azufre para la pólvora, mercurio y ácido azótico para el
fulminante y plomo para los balas, y creo yo que Ciro nos hará fusiles de primera clase.
–¡Oh! –dijo el ingeniero–, todas estas sustancias se podrían encontrar sin duda en la isla; pero un arma de
fuego es un instrumento delicado para el que se necesitan herramientas de gran precisión. En fin, veremos más
adelante.
–¡Qué lástima –exclamó Pencroff–que hayamos tenido que arrojar al mar todas las armas que llevaba la
barquilla y todos los utensilios y hasta las navajas de los bolsillos!
–Si no los hubiéramos arrojado, Pencroff, seríamos nosotros los que habríamos ido al fondo del mar –dijo
Harbert.
–Es verdad, muchacho–contestó el marino.
Después, pasando a otra idea, añadió:
–Pero, ahora que pienso en–ello, ¿qué dirían Jonatán, Forster y sus compañeros cuando vieron a la mañana
siguiente la plaza vacía por haber volado su máquina?
–Lo que menos me importa es saber lo que han podido pensar esos señores –dijo el corresponsal.
–Pues yo fui el que tuvo la idea –repuso Pencroff satisfecho.
–¡Magnífica idea, Pencroff!–añadió Gedeón Spilett–. ¡Sin ella, no estaríamos donde estamos!

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LA ISLA MISTERIOSA

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–Prefiero estar aquí que en manos de los sudistas –exclamó el americano–, sobre todo habiendo el señor Ciro
tenido la bondad de acompañarnos.
–Y yo también lo prefiero–dijo el corresponsal–. Por lo demás, ¿qué nos falta? Nada.
–Nada, excepto... todo –replicó Pencroff, soltando una carcajada–. Pero un día u otro ya encontraremos el
medio de salir de aquí.
–Y más pronto quizá de lo que ustedes imaginan –dijo entonces el ingeniero–, si la isla de Lincoln está situada a
una distancia media de algún archipiélago habitado o de algún continente, cosa que sabremos antes de una
hora. No tengo mapa del Pacífico, pero mi memoria ha conservado un recuerdo bastante claro de su parte
meridional. La latitud que he obtenido ayer pone a la isla de Lincoln entre Nueva Zelanda, al oeste, y la costa
de Chile, al este; pero entre estas dos tierras la distancia es de 6.000 millas. Falta, pues, determinar qué punto
ocupa la isla en este gran espacio de mar, y esto es lo que nos dirá dentro de poco la longitud, según espero,
con bastante aproximación.
–¿No es el archipiélago de las Pomotu el más próximo a nosotros en latitud? – preguntó Harbert.
–Sí –contestó el ingeniero–, pero la distancia que de él nos separa es mayor de 1.200 millas.
–¿Y por allí? –dijo Nab, que seguía la conversación con gran interés y cuya mano indicaba la dirección del sur.
–Por allí, nada –contestó Pencroff.
–Nada, en efecto –añadió el ingeniero.
–Dígame usted, Ciro –preguntó el corresponsal–, ¿y si la isla de Lincoln se encuentra nada más a 200 o a 300
millas de Nueva Zelanda o Chile?
–Entonces –contestó el ingeniero–, en vez de hacer una casa, haremos un buque y el capitán Pencroff se
encargará de dirigirlo.
–¡Claro que sí, señor Ciro! –exclamó el marino–; estoy preparado a hacerme capitán tan pronto como usted
haya encontrado el medio de construir una embarcación capaz de navegar por alta mar.
–La construiremos, si es necesario – contestó Ciro Smith.
Mientras hablaban aquellos hombres, que verdaderamente no dudaban de nada, se acercaba la hora de la
observación. ¿Cómo se compondría Ciro Smith para averiguar el paso del sol por el meridiano de la isla sin
ningún instrumento? Era éste el problema que Harbert no podía resolver. Los observadores se hallaban
entonces a una distancia de seis millas de las Chimeneas, no lejos de aquella parte de las dunas en que habían
encontrado al ingeniero, después de su enigmática salvación. Hicieron alto en aquel sitio y lo prepararon todo
para el almuerzo, porque eran las once y media. Harbert fue a buscar agua dulce al arroyo que corría allí cerca
y la trajo en un cántaro del que Nab se había provisto.
Durante aquellos preparativos Ciro Smith lo dispuso todo para su observación astronómica. Eligió en la playa un
sitio despejado, que el mar, al retirarse, había nivelado perfectamente. Aquella capa de arena muy fina estaba
tersa como un espejo, sin que un grano sobresaliese entre los demás. Poco importaba, por otra parte, que
fuese horizontal o no, ni tampoco que la varita que Ciro plantó en ella se levantase perpendicularmente. Por el
contrario, el ingeniero la inclinó hacia el sur, es decir, del lado opuesto al sol, porque no debe olvidarse que los
colonos de la isla de Lincoln, por lo mismo que la isla estaba situada en el hemisferio austral, veían el astro
radiante describir su arco diurno por encima del horizonte del norte y no por encima del horizonte del sur.
Harbert comprendió entonces el procedimiento que iba a emplear el ingeniero para averiguar la culminación del
sol, es decir, su paso por el meridiano de la isla o, en otros términos, el mediodía del lugar. Se valdría de la
sombra proyectada sobre la arena por la vara plantada en ella; medio que, a falta de instrumento, le daría una
aproximación conveniente para el resultado que quería obtener. En efecto, cuando aquella sombra llegase al
mínimun de su longitud, sería el mediodía preciso, y bastaría seguir el extremo de aquella sombra para
reconocer el instante en que, después de haber disminuido sucesivamente, comenzara a prolongarse.
Inclinando la vara del lado opuesto al sol, Ciro Smith alargaba la sombra, y por consiguiente, sus
modificaciones serían más fáciles de observar. En efecto, cuanto mayor es la aguja de un cuadrante, mejor
puede seguirse el movimiento de su punta. La sombra de la vara no era, en efecto, más que la aguja de un
cuadrante. Cuando creyó llegado el momento, Smith se arrodilló sobre la arena, y por medio de jalones de
madera que fijaba en ella, comenzó a apuntar la disminución sucesiva de la sombra de la varita. Sus
compañeros, inclinados sobre él, seguían la operación con gran interés. El corresponsal tenía su cronómetro en
la mano, pronto a decir la hora que marcase, cuando la sombra llegase al mínimun de longitud. Además, como
Ciro Smith operaba el 16 de abril, día en el cual se confunden el tiempo medio y el tiempo verdadero, la hora
dada por Gedeón Spilett sería la hora verdadera de Washington en aquel momento, lo cual simplificaría el
cálculo. El sol se inclinaba lentamente; la sombra de la vara iba disminuyendo poco a poco y, cuando pareció a
Ciro Smith que comenzaba a aumentar, preguntó: –¿Qué hora es?
–Las cinco y un minuto –contestó inmediatamente Spilett.
No había más que anotar con números la operación, cosa facilísima, como se ve: había cinco horas de
diferencia, en números redondos, entre Washington y la isla de Lincoln, es decir, que eran las doce en punto
en la isla de Lincoln cuando eran las cinco de la tarde en Washington. Ahora bien, el sol, en su movimiento
aparente alrededor de la tierra, recorre un grado cada cuatro minutos, o sea quince grados por hora; quince
grados multiplicados por cinco horas daban 75 grados. Así, pues, estando Washington a los 77° 3' 11” o
digamos a los 77° del meridiano de Greenwich, que los norteamericanos, lo mismo que los ingleses, toman por
punto de partida de las longitudes, se concluía que la isla estaba situada a los 77° más 750 al oeste del
meridiano de Greenwich, es decir, hacia los 152° de longitud oeste. Ciro Smith anunció este resultado a sus
compañeros y, teniendo en cuenta los errores de observación como los había tenido respecto de la latitud,
creyó poder afirmar que la isla de Lincoln debía estar entre el grado 35 y el 37 de latitud y el 150 y 155 de
longitud oeste del meridiano de Greenwich. El error posible que se atribuía a la observación era, como se ve, de
cinco grados en los dos sentidos, que a 60 millas por grado podía dar un error de 300 millas en latitud o en
longitud para el cálculo exacto. Pero este error no debía influir en el partido que convenía tomar. Era evidente
que la isla de Lincoln se hallaba a tal distancia de toda tierra o archipiélago, que no era posible aventurarse a

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LA ISLA MISTERIOSA

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atravesar semejante distancia en una sencilla y frágil canoa. En efecto, los cálculos la situaban por lo menos a
mil doscientas millas de Tahití y de las islas del archipiélago de Pomotú, a más de mil ochocientas millas de
Nueva Zelanda, y a más de cuatro mil quinientas de la costa americana. Y cuando Ciro Smith consultaba su
memoria, no recordaba en modo alguno una isla que ocupara en aquella parte del Pacífico la situación señalada
a la isla de Lincoln.
15. SE CONVIERTEN EN METALÚRGICOS
Al día siguiente, 17 de abril, las primeras palabras del marino fueron para preguntar a Gedeón Spilett:
–Y bien, ¿qué vamos a hacer hoy?
–Lo que quiera el señor Ciro –contestó el corresponsal.
Los compañeros del ingeniero habían sido hasta entonces alfareros y en adelante iban a ser metalúrgicos. La
víspera, después del almuerzo, se había llevado a cabo la exploración hasta la punta del cabo Mandíbula,
distante unas siete millas de las Chimeneas. Allí concluía la extraña serie de dunas y el suelo tomaba un
aspecto volcánico. No se veían altas murallas como en la meseta de la Gran Vista, sino un bordado extraño y
caprichoso, que formaba el marco de aquel estrecho golfo comprendido entre dos cabos y el compuesto de
materias minerales vomitadas por el volcán. Los colonos, al llegar a aquella punta, habían retrocedido, y al caer
la noche entraban de regreso en las Chimeneas; pero no se entregaron al sueño hasta que estuvo resuelta
definitivamente la cuestión de si debían abandonar la isla de Lincoln o permanecer en ella. Era una distancia
considerable, 1.200 millas separaban la isla del archipiélago de las Pomotú. Una canoa no habría sido suficiente
para atravesar, sobre todo al acercarse la mala estación; así lo declaró Pencroff. Ahora bien, construir una
canoa, aun teniendo los útiles necesarios, era una obra difícil y, careciendo de herramientas, era preciso
comenzar por hacer martillos, hachas, azuelas, sierras, barrenas, cepillos, etc., lo que exigía bastante tiempo.
Se decidió, pues, invernar en la isla de Lincoln y buscar una morada más cómoda que las Chimeneas para pasar
en ella los meses de invierno. Ante todo se trataba de utilizar el mineral de hierro, del cual el ingeniero había
observado algunos yacimientos en la parte nordeste de la isla, y de convertir aquel mineral en hierro o en
acero. El suelo no contiene generalmente los metales en estado de pureza; en su mayor parte se hallan
combinados con el oxígeno o con el azufre. Precisamente las dos muestras recogidas por Ciro Smith eran una
de hierro magnético no carbonatado, y la otra de pirita o sulfuro de hierro. El primero o sea óxido de hierro,
había que reducirlo por medio del carbón, es decir, desembarazarlo del oxígeno para utilizarlo en estado de
pureza. Esta reducción debía hacerse sometiendo el mineral mezclado con carbón a una alta temperatura, ya
por el método catalán, rápido y fácil, que tiene la ventaja de transformar directamente el mineral en hierro con
una sola operación, bien por el método de los altos hornos, que cambia primero el mineral en fusión y después
la fusión en hierro, quitándole el tres o cuatro por ciento de carbón, que se ha combinado con ella. Ahora bien,
¿qué necesitaba Ciro Smith? Hierro y no fundición, y debía buscar el método más rápido de reducirlo. Por lo
demás, el mineral que había recogido era por sí mismo muy puro y rico, o sea ese mineral oxidulado, que,
hallándose en masas confusas de un color gris oscuro, da un polvo negro, se cristaliza en octaedros regulares,
produce los imanes naturales y sirve en Europa para elaborar esos hierros de primera calidad que tan
abundantemente producen Suecia y Noruega. No lejos de aquel yacimiento se hallaba otro de carbón de piedra
ya explorado por los colonos. De aquí la facilidad para el tratamiento del mineral, pues estaban cerca de los
elementos de fabricación. Esto es lo que constituye también la prodigiosa riqueza de las explotaciones del Reino
Unido, donde la hulla sirve para hacer el metal extraído del mismo suelo y al mismo tiempo que ella.
–¿Así, pues, señor Ciro–dijo Pencroff–, vamos a trabajar mineral de hierro?
–Sí, amigo mío–contestó el ingeniero–, y para eso, si a usted no le parece mal, comenzaremos a cazar focas en
el islote.
–¡A cazar focas! –exclamó el marino volviéndose hacia Gedeón Spilett–. ¿Necesitamos focas para fabricar
hierro?
–Cuando lo dice el señor Ciro... –contestó el corresponsal.
El ingeniero había salido ya de las Chimeneas y Pencroff se preparó para la caza de las focas, sin haber
obtenido más explicaciones. En breve, Ciro Smith, Gedeón Spilett, Harbert, Nab y el marino se hallaron
reunidos en la playa en el punto en que el canal dejaba un estrecho paso vadeable en la baja marea. La marea
estaba en lo más bajo del reflujo, y los cazadores pudieron atravesar el canal sin mojarse por encima de las
rodillas. Ciro Smith ponía por primera vez el pie en el islote, y sus compañeros, por la segunda, pues allí el
globo los había arrojado. Al desembarcar, algunos centenares de pájaros bobos les dirigieron sus cándidas
miradas. Los colonos, armados de garrotes, habrían podido exterminarlos fácilmente, pero no pensaron en
entregarse a aquella matanza doblemente inútil, porque importaba no asustar a los anfibios echados sobre la
arena a poca distancia. Respetaron también varios somorgujos muy inocentes, cuyas alas reducidas a muñones
se achataban en forma de aletas guarnecidas de plumas de apariencia escamosa. Los colonos se adelantaron
con prudencia hasta la punta norte, marchando por un suelo acribillado de hoyos, que formaban otros tantos
nidos de aves acuáticas. Hacia el extremo del islote aparecían grandes puntos negros, que nadaban a flor de
agua, semejantes a puntas de escollo en movimiento. Eran los anfibios que se trataba de capturar. Había que
cazarlos en tierra, porque las focas, con su vientre estrecho, su pelo corto y apretado, su figura fusiforme y su
disposición excelente para nadar, son difíciles de pescar en el mar, mientras que en el suelo sus pies cortos y
palmeados no les permiten sino un movimiento de reptil muy pesado. Pencroff conocía las costumbres de estos
anfibios y aconsejó esperar a que se hubieran tendido en la arena a los rayos del sol, que no tardarían en
hacerles dormir profundamente. Entonces convendría maniobrar de manera que se les cortara la retirada,
teniendo cuidado de dirigir los golpes a las fosas nasales. Los cazadores se escondieron detrás de las rocas del
litoral y esperaron en silencio. Transcurrió una hora antes que las focas vinieran a solazarse por la arena. Había
media docena; Pencroff y Harbert salieron entonces para doblar la punta del islote, tomarles la playa y cortarles
la retirada, mientras Ciro Smith, Gedeon Spilett y Nab, trepando por las rocas, se dirigían hacia el futuro teatro

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del combate. De improviso el marino se irguió lanzando un grito. El ingeniero y sus dos compañeros se
precipitaron entre el mar y las focas. Dos de aquellos animales quedaron muertos en la arena a fuerza de varios
golpes vigorosos, pero los demás pudieron llegar al mar y tomar el lago.
–Aquí están las focas pedidas, señor Ciro – dijo el marino adelantándose hacia el ingeniero.
–Bien –contestó Ciro Smith–. Haremos de ellas fuelles de fragua.
–¡Fuelles de fragua! –exclamó Pencroff–; ¡vaya unas focas afortunadas!
En efecto, era una máquina para soplar lo que necesitaba el ingeniero para el tratamiento del mineral, y
pensaba fabricarla con la piel de aquellos anfibios. Su longitud era mediana; no pasaban de seis pies y tenían la
cabeza semejante a la de un perro. Como era inútil cargarse con un peso tan considerable como el de aquellos
animales, Nab y Pencroff resolvieron desollarlos en el mismo sitio, mientras Ciro y el corresponsal acababan de
explorar el islote. El marino y el negro ejecutaron diestramente su operación y, tres horas después, Ciro Smith
tenía a su disposición dos pieles de foca, que decidió utilizar en aquel estado, sin curtirlas. Los colonos tuvieron
que esperar la baja marea, y después atravesaron el canal de regreso a las Chimeneas. Costó trabajo sujetar
aquellas pieles a marcos de madera destinados a mantenerlas tendidas y coserlas después por medio de fibras,
para que pudiesen tomar aire sin dejarlo escapar. Hubo que realizar la operación muchas veces. Ciro Smith no
tenía a su disposición más que las dos hojas de acero, procedentes del collar de Top, y sin embargo fue tan
diestro y sus compañeros le ayudaron con tanta inteligencia, que tres días después los útiles de la pequeña
colonia se habían aumentado con un gran fuelle, destinado a inyectar el aire en el mineral, cuando fuese
tratado por el calor, condición indispensable para el buen éxito de la operación. El 20 de abril por la mañana
comenzó el período metalúrgico, como le llamaba el corresponsal en sus notas. El ingeniero, como hemos
dicho, estaba decidido a operar en el yacimiento mismo del carbón y del mineral. Ahora bien, según sus
observaciones, estos dos yacimientos estaban situados al pie de los contrafuertes del nordeste del monte
Franklin, es decir, a una distancia de seis millas; por consiguiente no había que pensar en volver todos los días
a las Chimeneas, y se convino en que la colonia acamparía bajo una choza de ramas de árbol a fin de seguir
noche y día la importante operación. Aprobado el proyecto, se pusieron en marcha al rayar el día. Nab y
Pencroff llevaban en unas parihuelas el fuelle y cierta cantidad de provisiones vegetales y animales, que
además podían renovarse por el camino. Entraron por los bosques del Jacamar, atravesándolos oblicuamente
del sudeste al noroeste y en su parte más espesa. Hubo que abrir una senda, que debía formar en adelante la
arteria más interesante entre la meseta de la Gran Vista y el monte Franklin. Los árboles, pertenecientes a las
especies ya conocidas, eran magníficos. Harbert señaló otros nuevos, entre ellos varios dragos que Pencroff
calificó de puerros presuntuosos, porque, a pesar de su altura, eran de la misma familia de las liliáceas, a la
que pertenecen la cebolla, la cebolleta y el chalote o el espárrago. Como estos dragos podían dar raíces
lechosas, que, cocidas, son excelentes y, sometidas a cierta fermentación, producen un licor muy agradable,
hicieron bastante provisión de ellos. El camino a través del bosque fue largo y duró el día entero, pero
permitió a los exploradores observar la fauna y la flora. Top, encargado especialmente de la fauna, corría entre
las hierbas y la espesura levantando indistintamente toda especie de caza. Harbert y Gedeón Spilett mataron
dos canguros a flechazos y además un animal que se parecía mucho a un erizo y a un oso hormiguero; al
primero, porque se hacía bola y erizaba sus púas; y al segundo, porque tenía uñas cavadoras, un hocico largo
y delgado, que terminaba en pico de ave, y una lengua extensible guarnecida de espinas, que le servía para
sujetar los insectos.
–¿Y a qué se parecerá cuando esté en la olla? –preguntó Pencroff con soma.
–A excelente carne de vaca–contestó Harbert.
–No podemos pedirle más–añadió el marino.
Durante esta excursión vieron algunos jabalíes, que no trataron de atacar la caravana; y no parecía que debiera
temerse al encuentro de fieras en una espesura, cuando de improviso el corresponsal creyó ver a pocos pasos,
entre las ramas de un árbol, un animal parecido a un oso y se puso a copiarlo tranquilamente a lápiz. Por
fortuna para Spilett, el animal no pertenecía a esa temible familia de los plantígrados. Era tan sólo un koula,
más conocido por el nombre de perezoso, que tenía el tamaño de un perro grande, el pelo erizado y de color
pardo sucio, y las patas armadas de fuertes garras, lo que le permitía trepar a los árboles para alimentarse de
hojas. Averiguada la identidad del animal, al cual no se trató de molestar en su ocupación, Gedeón Spilett borró
la palabra oso del pie de su apunte, puso en su lugar koula, y continuó su camino. A las cinco de la tarde, Ciro
Smith daba la señal de alto. Se encontraban fuera del bosque, al pie de aquellos poderosos contrafuertes que
apuntalaban el monte Franklin hacia el este. A pocos centenares de pasos corría el arroyo Rojo y por
consiguiente el agua potable no estaba lejos. Organizó inmediatamente el campamento y, en menos de una
hora, al extremo del bosque, entre los árboles, se levantó una cabaña de ramas mezcladas de bejucos y
recubiertas de tierra gredosa, que ofrecía un abrigo suficiente. Dejaron para el día siguiente las investigaciones
geológicas; se preparó la cena, se encendió un buen fuego delante de la cabaña, se dio vuelta al asador y, a las
ocho, mientras uno de los colonos velaba para alimentar la hoguera por si algún animal peligroso vagaba por
los alrededores, los demás dormían con sueño tranquilo. Al día siguiente, 24 de abril, Ciro Smith, acompañado
de Harbert, fue a buscar los terrenos de formación antigua, donde había ya encontrado muestras de mineral.
Halló el yacimiento a flor de tierra, casi en la fuente misma del arroyo, al pie de la base lateral de uno de los
contrafuertes del nordeste. Aquel mineral, muy rico en hierro, contenido en su ganga fusible, convenía
perfectamente al método de reducción que el ingeniero pensaba emplear, es decir, el método catalán, pero
simplificado, como se usa en Córcega. En efecto, el método catalán propiamente dicho exige la construcción de
hornos y crisoles, en los cuales el mineral y el carbón, colocados en capas alternas, se transformen y reduzcan.
Pero Ciro Smith quería economizar hornos y crisoles y formar con el mineral y el carbón una masa cúbica, al
centro de la cual se dirigía el viento de su fuelle. Este era sin duda el procedimiento que emplearon Tubalcaín y
los primeros metalúrgicos del mundo habitado. Ahora bien, lo que había dado buenos resultados a los nietos de
Adán y los daba todavía en los países ricos en mineral y en combustible, no podía menos de darlo en las
circunstancias en que se encontraban los colonos de la isla de Lincoln. Se recogió también la hulla como el

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mineral sin trabajo y casi en superficie. Primeramente se rompió el mineral en pequeños trozos, quitándole con
la mano las impurezas que manchaban su superficie. Después con el carbón y el mineral formaron un montón
de capas sucesivas y alternas, como hace el carbonero con la leña que quiere carbonizar. De esta manera, bajo
la influencia del aire proyectado por el fuelle, debía el carbón transformarse, primero, en ácido carbónico y,
después, en óxido de carbono, encargado de reducir en óxido de hierro o, lo que es lo mismo, de desprender el
hierro del oxígeno. Así, pues, el ingeniero procedió a la operación. El fuelle de piel de foca, provisto en su
extremo de un tubo de tierra refractaria, fabricado antes en el horno de la vajilla, fue colocado encima del
montón de mineral; movido por un mecanismo, cuyos órganos consistían en bastidores, cuerdas de fibras y
contrapesos, lanzó sobre la masa de hierro y carbón una profusión de aire que, elevando la temperatura,
concurrió también a la transformación química que debía producir hierro puro. La operación fue difícil. Necesitó
toda la paciencia y todo el ingenio de los colonos para llevarla a buen término; pero salió bien y el resultado
definitivo fue una masa de hierro reducida al estado de esponja, que fue preciso cimbrar y machacar, es decir,
forjar para quitarle la ganga líquida que contenía. Aquellos herreros improvisados carecían de martillo; pero lo
mismo había sucedido al primer metalúrgico e hicieron lo que éste tuvo naturalmente que hacer. Pusieron a la
primera masa un palo a guisa de mango y sirvió para forjar la segunda en un yunque de granito, con lo cual se
llegó a obtener un metal burdo, pero arcilloso. Al fin, después de muchos esfuerzos y fatigas, el 25 de abril se
habían forjado varias barras de hierro, que se transformaron en herramientas, pinzas, tenazas, picos,
azadones, etc., que Pencroff y Nab declararon ser verdaderas joyas. Pero aquel metal no podía prestar grandes
servicios en estado de hierro puro, sino principalmente en estado de acero. El acero es una combinación de
hierro y carbón, que se saca o de la fundición, quitando a ésta el exceso de carbón, o del hierro, añadiendo a
éste el carbón que le falta. El primero, obtenido por la descarburación en la fundición, da el acero natural o
refinado; el segundo, producido por la carburación del hierro, da el acero de cementación. Este último era el
que buscaba Ciro Smith con preferencia, puesto que poseía el hierro en estado puro; y consiguió fabricarlo,
calentando el metal con carbón en polvo, en un crisol hecho de tierra refractaria. Después, dado que el acero
así elaborado es maleable tanto en caliente como en frío, pudo ser trabajado mediante el martillo. Nab y
Pencroff, hábilmente dirigidos, hicieron hierros de hacha, los cuales, calentados hasta el rojo y sumergidos
después inmediatamente en agua fría, adquirieron excelente temple. De aquella fragua salieron otros
instrumentos burdamente fabricados, como puede suponerse: hojas de cepillo de carpintero, hachas, azuelas,
láminas de acero que debían transformarse en sierras, escoplos, azadones, palas, picos, martillos, clavos, etc.
El 5 de mayo, terminado el primer período metalúrgico, los herreros volvían a las Chimeneas; nuevas tareas
iban a autorizarles en breve a tomar una nueva calificación.
16. BUSCAN REFUGIO PARA INVERNAR EN LA ISLA
Era el 6 de mayo, día que corresponde al 6 de noviembre en los países del hemisferio boreal. Hacía días que
el cielo se cubría de brumas y era necesario tomar ciertas disposiciones para pasar el invierno. Sin embargo, la
temperatura todavía no había bajado sensiblemente y un termómetro centígrado, trasladado a la isla de
Lincoln, habría marcado todavía, por término medio, de diez a doce grados sobre cero. Esta temperatura media
no tenía nada de extraordinario, puesto que la isla Lincoln, situada probablemente entre los 35 y 40 grados de
latitud, debía hallarse sometida en el hemisferio sur a las mismas condiciones que Sicilia o Grecia en el
hemisferio norte. Pero así como en Grecia o en Sicilia se experimentan fríos violentos, que producen nieves y
hielo, de la misma manera en la isla Lincoln deberían experimentarlos en el período más riguroso del invierno, y
contra esta temperatura baja convenía prepararse. En todo caso, si el frío no amenazaba aún, por lo menos
estaba próxima la estación de las nieves y en aquella isla apartada, expuesta a todas las intemperies, en medio
del mar Pacífico, los malos tiempos debían ser frecuentes y terribles. Debían pensar seriamente y resolver la
cuestión de una vivienda más cómoda que las Chimeneas. Pencroff, naturalmente, tenía cierta predilección por
aquel retiro por él descubierto; pero se hizo cargo de la necesidad de buscar otro. Las Chimeneas habían
recibido la visita del mar en circunstancias que no se habrán olvidado y no podían los colonos exponerse de
nuevo a un accidente parecido.
–Por otra parte –añadió Ciro Smith, que aquel día hablaba de estas cosas con sus compañeros–, tenemos
algunas precauciones que tomar...
–¿Para qué? La isla no está habitada –dijo el corresponsal.
–Eso creemos –insinuó el ingeniero–, aunque no la hemos explorado todavía toda; pero si no hay en ella seres
humanos, temo que abunden los animales peligrosos. Conviene, pues, ponerse al abrigo de una posible
agresión, para que no sea preciso que uno de nosotros se quede de centinela toda la noche para mantener una
hoguera encendida. Además, amigos míos, debemos preverlo todo; estamos aquí en una parte del Pacífico
frecuentada a menudo por los piratas malayos.
–¡Cómo! –exclamó Harbert–, a esta distancia de toda tierra...
–Sí, hijo mío–contestó el ingeniero–. Estos piratas son tan atrevidos marinos como terribles malhechores, y
debemos adoptar, por consiguiente, nuestras medidas.
–Pues bien –dijo Pencroff–, nos fortificaremos contra las fieras de dos o de cuatro patas. Pero, señor Ciro, ¿no
sería bueno explorar la isla en todas sus partes antes de emprender nada?
–Eso sería mejor –apoyó Gedeón Spilett–; ¿quién sabe si encontraremos en la costa opuesta una de esas
cavernas que inútilmente hemos buscado por aquí?
–Es cierto –repuso el ingeniero–, pero ustedes olvidan, amigos míos, que conviene establecernos en las
inmediaciones de un río y que desde la cima del monte Franklin no hemos visto hacia el oeste ni río ni arroyo
alguno. Aquí, por el contrario, nos hallamos situados entre el río de la Merced y el lago Grant, ventaja que no
debemos despreciar. Además, esta costa orientada al este no está expuesta como la otra a los vientos alisios
que soplan del noroeste en el hemisferio austral.
–Entonces, señor Ciro –propuso el marino–, construiremos una casa a orillas del lago. Ya no nos faltan ladrillos

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ni instrumentos. Después de haber sido alfareros, fundidores y herreros, sabremos ser albañiles, ¡qué diablo!
–Sí, amigo mío, pero antes de tomar una decisión es preciso buscar. Una vivienda construida por la naturaleza
nos ahorraría mucho trabajo y nos ofrecería sin duda un retiro más seguro, porque estaría tan perfectamente
defendida contra los enemigos de dentro como contra los de fuera.
–En efecto, Ciro –dijo el corresponsal–; pero ya hemos examinado toda esa muralla granítica de la costa y no
hay en ella ni un agujero ni una hendidura.
–¡Ni una! –añadió Pencroff–.¡Si hubiéramos podido abrir una cueva en ese muro a cierta altura para ponemos
fuera de todo alcance! Ya me figuro, en la fachada que mira al mar, cinco o seis habitaciones...
–¡Con ventanas para darles luz!–dijo Harbert, riéndose.
–Y una escalera para subir –añadió Nab.
–Ustedes se ríen –exclamó el marino–sin motivo. ¿Qué hay de imposible en lo que propongo? ¿No es verdad,
señor Ciro, que hará usted pólvora el día que la necesitemos?
El ingeniero había escuchado al entusiasta Pencroff mientras desarrollaba sus proyectos algo fantásticos.
Atacar aquella masa de granito, aun por medio de una mina, era un trabajo hercúleo, y ¡lástima que la
naturaleza no se hubiera encargado de la parte más dura de la tarea! Pero Smith respondió al marino
proponiendo que se examinase más atentamente la meseta desde la desembocadura del río hasta el ángulo
que la cerraba al norte.
Salieron, pues, y con mucho cuidado hicieron la exploración en una extensión de dos millas poco más o menos,
pero en ningún sitio la pared recta y unida presentaba cavidad alguna. Los nidos de las palomas silvestres que
revoloteaban en su cima no eran en realidad más que agujeros abiertos en la cresta de la misma y en las
esquinas irregularmente formadas de granito. Era una circunstancia desgraciada, y no había que pensar
siquiera en atacar aquella masa con el pico o con la pólvora para abrir una vivienda. La casualidad había hecho
que en toda aquella parte del litoral Pencroff descubriese el único asilo provisionalmente habitable, es decir,
aquellas Chimeneas que, sin embargo, se trataba de abandonar. Terminada la exploración, los colonos se
hallaban en el ángulo norte de la muralla, donde ésta terminaba por una de las pendientes prolongadas, que
iban a morir en la playa. Desde aquel sitio hasta su extremo límite al oeste no formaba más que una especie de
talud, espesa aglomeración de piedras, de tierra y de arena, unidas por plantas, arbustos y hierbas, e inclinada
bajo un ángulo de cuarenta y cinco grados solamente. Acá y allá el granito surgía todavía sobresaliendo con
puntas agudas en aquella ribera escarpada. Sobre sus laderas crecían grupos de árboles y una hierba bastante
espesa los alfombraba. Pero el esfuerzo vegetal no iba más allá y una gran llanura de arena, que comenzaba al
pie del talud, se extendía hasta el litoral. Ciro Smith pensó, no sin razón, que por aquel lado debía desaguar el
sobrante del lago en forma de cascada. En efecto, era necesario que el exceso de agua del arroyo rojo se
perdiese en un punto cualquiera, y aquel punto no había sido encontrado todavía por el ingeniero en ninguna
parte de las orillas ya exploradas, es decir, desde la desembocadura del arroyo al oeste hasta la meseta de la
Gran Vista. El ingeniero propuso, pues, a sus compañeros la ascensión al talud que tenían delante y la vuelta a
las Chimeneas por las alturas, explorando de paso las orillas septentrional y oriental del lago. La proposición fue
aceptada y en pocos minutos Harbert y Nab llegaron a la meseta superior, siguiéndoles Ciro Smith, Gedeón
Spilett y Pencroff con paso más reposado. A doscientos pies a través del follaje resplandecía a los rayos solares
la hermosa sabana de agua; el paisaje era delicioso en aquel sitio. Los árboles de tonos amarillentos se
agrupaban maravillosamente para recrear la vista. Algunos enormes troncos de árboles, abatidos por la edad,
se destacaban por su corteza negruzca sobre la verde alfombra que cubría el suelo. Allí gritaba una infinidad de
cacatúas ruidosas, verdaderos prismas movibles, que saltaban de una rama a otra. Parecía que la luz no llegaba
sino descompuesta a través de aquel paraje singular. Los colonos, en vez de seguir derechos hacia la orilla
norte del lago, adelantaron por el extremo de la meseta con el objeto de llegar a la desembocadura del arroyo
en su orilla izquierda. El rodeo que tenían que dar no era más que de milla y media, un paso fácil, porque los
árboles muy esparcidos dejaban entre sí un paso libre. Se conocía a primera vista que en aquel límite se
detenía la zona fértil, pues allí la vegetación era menos vigorosa que en toda la parte comprendida entre la
corriente del arroyo y el río de la Merced. Ciro Smith y sus compañeros marchaban con bastante precaución por
aquel terreno nuevo para ellos; sus únicas armas consistían en flechas y palos con puntas de hierro agudas y
temían las fieras; sin embargo, ninguna se mostró en aquel sitio; probablemente frecuentaban con preferencia
los espesos bosques del sur. Los colonos tuvieron la desagradable sorpresa de ver a Top detenerse ante una
serpiente que medía de catorce a quince pies. Nab la mató de un palo; Ciro Smith examinó el reptil y declaró
que no era venenoso, porque pertenecía a la especie de serpientes diamantes, de la cual suelen alimentarse los
indígenas en la Nueva Gales del Sur; pero era posible que existiesen otras cuya mordedura fuera mortal, como
víboras sordas de cola hendida, que atacan al que las pisa, o esas serpientes aladas provistas de dos anillas,
que les permiten lanzarse con una rapidez extrema. Top, pasado el primer momento de sorpresa, se dio a cazar
reptiles con un encarnizamiento que hacía temer por su vida, por lo cual su amo tenía que llamarle a cada
instante.
En breve llegaron a la desembocadura del arroyo Rojo, al punto donde desaguaba en el lago. En la orilla
opuesta reconocieron los exploradores el sitio que habían visitado ya al bajar del monte Franklin. Ciro Smith se
cercioró de que el agua que el arroyo suministraba al lago era abundante y, por tanto, necesariamente debía
haber un lugar por donde la naturaleza hubiese abierto un desagüe para el lago. Había que descubrir aquel
desagüe porque sin duda formaba una cascada, cuya fuerza mecánica sería posible utilizar. Los colonos,
marchando al azar, pero sin apartarse, mucho, unos de otros, comenzaron a dar vueltas al lago, cuyas orillas
eran muy escarpadas. Las aguas parecían contener abundantísima pesca y Pencroff se propuso construir
algunos aparejos de pescar para explotarla. Fue preciso, ante todo, doblar la punta aguda del nordeste. Hubiera
podido suponerse que el desagüe se verificaba en aquel sitio, porque el extremo del lago venía casi a rozar con
el de la meseta; pero no sucedía así, y los colonos tuvieron que continuar explorando la orilla, que después de
una ligera curva bajaba paralelamente al litoral. Por aquel lado el terreno estaba más despejado, pero algunos
grupos de árboles plantados acá y allá añadían nuevos atractivos a lo pintoresco del paisaje. El lago Grant se

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LA ISLA MISTERIOSA

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presentaba entonces a la vista en toda su extensión, sin que el menor soplo de viento rizase la superficie de sus
aguas. Top, penetrando entre la espesura, levantó diversas bandas de aves, a las que Spilett y Harbert
saludaron con sus flechas. Uno de aquellos volátiles cayó en medio de las hierbas pantanosas herido por el
joven con una flecha disparada con mucha destreza. Top se precipitó hacia él y llevó a los colonos una hermosa
ave nadadora, color pizarra, de pie corto, de hueso frontal muy desarrollado, dedos ensanchados por un festón
de plumas que los rodeaban y alas orilladas con una raya blanca. Era una fúlica del tamaño de una perdiz,
perteneciente a ese grupo de los macrodáctilos, que forma la transición entre el orden de las zancudas y el de
las palmípedas; pobre caza y de un gusto que debía dejar mucho que desear. Pero Top sería sin duda menos
delicado que sus amos y se convino que la fúlica sirviera para su cena. Los colonos seguían entonces la orilla
oriental del lago; no debían tardar en llegar a la parte ya reconocida. El ingeniero se mostraba muy sorprendido
de no ver ningún indicio de desagüe. El corresponsal y el marino hablaban con él y tampoco disimulaban su
asombro. En aquel momento Top, que había estado muy tranquilo hasta entonces, dio señales de agitación. El
inteligente animal iba y venía hacia la orilla, se detenía de repente, miraba las aguas y levantaba una pata
como si espiase alguna caza invisible; después ladraba con furor como si la divisara y luego callaba. Ni Ciro
Smith ni sus compañeros pusieron atención al principio en los movimientos de Top, pero los ladridos del animal
llegaron a ser tan frecuentes, que intrigaron al ingeniero.
–¿Qué has visto, Top? –preguntó.
El perro dio varios saltos hacia su amo manifestando verdadera inquietud y se lanzó de nuevo hacia la orilla.
Después, de repente, se precipitó en el lago.
–¡Aquí, Top!–gritó Ciro Smith, que no quería dejar a su perro aventurarse en aquellas aguas sospechosas.
–¿Qué es lo que pasa ahí abajo? –preguntó Pencroff examinando la superficie del lago.
–Top habrá olfateado algún anfibio – contestó Harbert.
–Algún cocodrilo –dijo el corresponsal.
–No lo creo –replicó Smith–; los cocodrilos sólo se encuentran en regiones de altitud menos elevada.
Entretanto Top había acudido al llamamiento de su amo y saltado a la orilla, pero no podía permanecer
tranquilo. Corría entre las altas hierbas y, guiándole su instinto, parecía seguir por la orilla algún objeto
invisible sumergido en las aguas del lago. Sin embargo, las aguas estaban tranquilas sin que nada turbara su
superficie. Varias veces los colonos se detuvieron junto a la orilla y observaron con atención. Nada se veía: allí
había sin duda algún misterio.
El ingeniero estaba muy pensativo.
–Sigamos hasta el fin esta exploración – dijo.
Media hora después habían llegado todos al ángulo sudeste del lago y se hallaban en la meseta misma de la
Gran Vista. En aquel punto el examen de las orillas del lago debía considerarse como terminado y, sin embargo,
el ingeniero no había podido descubrir por dónde ni cómo se desaguaba el sobrante de las aguas.
–Y a pesar de todo, ese desagüe existe – repetía–; y, puesto que no es exterior, es preciso que esté abierto en
el interior de la masa granítica de la costa.
–¿Pero qué importancia tiene para usted el saber eso, mi querido Ciro? –preguntó Gedeón Spilett.
–Muy grande –contestó el ingeniero–, porque, si el desagüe se verifica a través del muro de granito, es posible
que se encuentre alguna cavidad fácilmente habitable, después de haber desviado el curso de las aguas.
–¿Pero no es posible, señor Ciro –observó Harbert–, que las aguas se escapen por el fondo mismo del lago y
vayan al mar por algún conducto subterráneo?
–Es posible –contestó el ingeniero–, y, si así sucede, nos veremos obligados a edificar nuestra casa, puesto que
la naturaleza no habrá hecho los primeros gastos de construcción. Los colonos se disponían a atravesar la
meseta para volver a las Chimeneas, porque eran ya las cinco de la tarde, cuando Top dio otra vez señales de
agitación. Ladraba con furor y, antes de que. su amo hubiera podido contenerle, se precipitó de nuevo al lago.
Todos corrieron hacia la orilla. El perro estaba a más de veinte pies de distancia y Ciro Smith le llamaba a
grandes voces, cuando una cabeza enorme salió de la superficie de las aguas, que no parecían profundas en
aquel sitio. Harbert conoció inmediatamente la especie de anfibio a que pertenecía aquella cabeza cónica, de
ojos grandes, adornada de bigotes de largos pelos sedosos. –¡Un manatí! – exclamó.
No era un manatí, sino un individuo de esa especie comprendida en el orden de los cetáceos, llamado dugongo,
porque sus fosas nasales estaban abiertas en la parte superior del hocico. El enorme animal se había
precipitado sobre el perro, que en vano quiso evitar el choque dirigiéndose hacia la orilla. Su amo no podía
hacer nada por salvarlo y, antes que a Gedeón Spilett y a Harbert se les ocurriera armar sus arcos, Top, asido
por el dugongo, desaparecía bajo las aguas. Nab, que tenía su lanza en la mano, quiso arrojarse en auxilio del
perro, decidido a atacar al formidable animal hasta en su elemento.
–No, Nab –dijo el ingeniero deteniendo a su valiente criado. Entretanto tenía lugar bajo las aguas una lucha
inexplicable, porque en aquellas condiciones Top evidentemente no podía resistir; lucha que debía ser terrible
por los movimientos de la superficie del agua; lucha, en fin, que no podía terminar sino con la muerte del
perro. Mas, de repente, en medio de un círculo de espuma se vio reaparecer a Top. Lanzado al aire por una
fuerza desconocida, se levantó diez pasos sobre la superficie del lago, cayó en medio de las aguas movidas y
pronto llegó a la orilla sin herida grave, milagrosamente salvado. Ciro Smith y sus compañeros contemplaban el
espectáculo sin comprender la causa; y, circunstancia no menos inexplicable: después de haber vuelto Top a
tierra, parecía que la lucha continuaba todavía bajo las aguas. Sin duda el dugongo, atacado por algún
poderoso animal, después de haber soltado al perro, combatía con otro enemigo. Pero aquello no duró largo
tiempo. Las aguas se tiñeron en sangre, y el cuerpo del dugongo, saliendo entre una sábana escarlata, que se
propagó anchamente, vino pronto a encallar en una pequeña playa en el ángulo sur del lago. Los colonos
corrieron hacia aquel paraje. El dugongo estaba muerto; era un enorme animal, de quince a dieciséis pies de
largo, que debía pesar de tres a cuatro mil libras. Tenía en el cuello una herida, que parecía hecha con una hoja
cortante. ¿Qué anfibio había podido con aquel golpe terrible destruir al formidable dugongo? Nadie podía decirlo
y muy preocupados por este incidente Ciro Smith y sus compañeros volvieron a las Chimeneas.

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17. ABREN UNA BRECHA EN EL LAGO CON NITROGLICERINA
A la mañana del día siguiente, 7 de mayo, Ciro Smith y Gedeón Spilett, dejando a Nab preparar el almuerzo,
subieron a la meseta de la Gran Vista, mientras Harbert y Pencroff marchaban río arriba a fin de renovar la
provisión de leña. El ingeniero y el corresponsal llegaron pronto a la pequeña playa, situada junto a la punta sur
del lago y donde había ido a parar el anfibio. Bandadas de aves se habían abatido sobre aquella masa carnosa y
fue preciso ahuyentarlas a pedradas, porque Ciro Smith deseaba conservar la grasa del dugongo y utilizarla
para las necesidades de la colonia. En cuanto a la carne del animal, no podía menos de suministrar un alimento
excelente, pues en ciertas regiones de Malasia se reserva especialmente para la mesa de los indígenas
importantes. Pero era asunto de la incumbencia de Nab. En aquel momento Ciro Smith tenía en su cabeza otros
proyectos. El incidente de la víspera no se había borrado de su memoria y no dejaba de preocuparlo. Quería
penetrar en el misterio de aquel combate submarino, y saber cuál era el congénere de los mastodontes, o de
otros monstruos marinos, que había causado al dugongo una herida tan extraña.
Estaba en la orilla del lago, mirando, observando, pero nada aparecía bajo las aguas tranquilas, que
resplandecían heridas por los primeros rayos del sol. En aquella playa, donde estaba el cuerpo del dugongo, las
aguas eran poco profundas, pero desde aquel punto el fondo del lago iba bajando poco a poco, y era probable
que en el centro la profundidad fuese muy grande. El lago podía considerarse como una ancha cuenca llenada
con las aguas del arroyo Rojo.
–Y bien, Ciro –dijo el corresponsal–; me parece que esas aguas no ofrecen nada sospechoso.
–No, querido Spilett –contestó el ingeniero–; no acierto a explicar el incidente de ayer.
–Confieso–dijo Gedeón Spilett–que la herida hecha al anfibio es por lo menos extraña y tampoco he podido
explicarme cómo Top fue lanzado tan vigorosamente fuera de las aguas. Parece como si un brazo poderoso lo
lanzara y el mismo brazo, armado de un puñal, diera en seguida muerte al dugongo.
–Sí-contestó el ingeniero, que se había quedado pensativo–. Hay aquí algo que no puedo comprender. Pero
¿comprende, querido Spilett, cómo he sido yo salvado, cómo he podido ser sacado del agua y trasladado a las
dunas? No lo comprende, ¿verdad? Por eso yo presiento algún misterio que descubriremos sin duda algún día.
Observemos, pues, pero no hablemos ante nuestros compañeros de estos incidentes singulares. Guardemos
nuestras observaciones para nosotros y continuemos nuestra tarea. Como hemos dicho, el ingeniero no había
podido descubrir por dónde se escapaba el sobrante de las aguas del lago; pero, como no había visto tampoco
ningún indicio de desbordamiento, era forzoso que existiera el desagüe en alguna parte. Precisamente en aquel
momento Ciro Smith quedó sorprendido al distinguir una corriente bastante pronunciada, que se oía en el sitio
donde ambos se hallaban. Arrojó algunos pedacitos de leña y vio que se dirigían hacia el ángulo sur. Siguió
aquella corriente, marchando por la orilla, y llegó a la punta meridional del lago. Allí observó una especie de
depresión de las aguas, como si se hubiesen perdido bruscamente en alguna hendidura del suelo. Escuchó
poniendo el oído al nivel del lago y oyó claramente el ruido de una cascada subterránea. –Ahí está –dijo,
levantándose–; por ahí se verifica el desagüe; por ahí van, sin duda, las aguas al mar por algún conducto
abierto en la pared de granito, pasando por alguna cavidad que podremos aprovechar. ¡Yo lo averiguaré! El
ingeniero cortó una rama larga, la despojó de sus hojas, y sumergiéndola en el ángulo que formaban las dos
orillas, reconoció que había una enorme abertura practicada a un pie solamente debajo de la superficie de las
aguas. Aquella abertura era el orificio del desagüe que en vano se había buscado hasta entonces, y en aquel
sitio la fuerza de la corriente era tal, que arrancó la rama de la mano del ingeniero y desapareció.
–Ya no hay duda –replicó Ciro Smith–. Ahí está el orificio del desagüe y yo lo pondré al descubierto.
–¿Cómo? –preguntó Gedeón Spilett.
–Bajando tres pies el nivel de las aguas del lago.
–¿De qué manera?
–Abriendo otra salida más grande que ésa.
–¿En qué sitio, Ciro?
–En la parte de la orilla más cercana a la costa.
–¡Pero si es una orilla de granito! –observó el corresponsal.
–De acuerdo –contestó Ciro Smith–, yo haré saltar ese granito y las aguas, escapándose,
bajarán de manera
que descubramos ese orificio.
–Y formarán una cascada, cayendo sobre la playa –añadió el corresponsal.
–Una cascada que utilizaremos –contestó Ciro–. Venga usted.
El ingeniero se llevó consigo a su compañero, cuya confianza en Ciro Smith era tan grande, que no dudaba del
buen éxito de la empresa. Sin embargo, ¿cómo abrir aquel granito sin pólvora y con instrumentos imperfectos?
¿Cómo separar aquellas rocas? ¿No era un trabajo superior a sus fuerzas el que pensaba emprender el
ingeniero? Cuando Ciro Smith y el corresponsal volvieron a las Chimeneas, encontraron a Harbert y a Pencroff
ocupados en descargar la leña que habían reunido.
–Los leñadores han concluido su tarea, señor Ciro–dijo el marino riéndose–, y cuando tenga usted necesidad de
albañiles...
–De albañiles no, pero sí de químicos –repuso el ingeniero.
–Sí–añadió el corresponsal–, vamos a hacer volar la isla.
–¡Volar la isla! –exclamó Pencroff.
–En parte, al menos–contestó Gedeón Spilett.
–Óiganme, amigos míos –dijo el ingeniero. Y les dio a conocer el resultado de sus observaciones. Según él,
debía existir una cavidad mayor o menor en la masa de granito que sostenía la meseta de la Gran Vista y era
preciso llegar hasta ella. Para realizar esto había que poner al descubierto en primer lugar la abertura por
donde se precipitaban las aguas, y por consiguiente había que bajar su nivel facilitándoles una salida más
amplia. De aquí la necesidad de fabricar una sustancia explosiva, que pudiera practicar una fuerte sangría en

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otro punto de la isla. Esto es lo que iba a intentar Ciro Smith, por medio de los minerales que la naturaleza
había puesto a su disposición. Es inútil decir con qué entusiasmo todos y particularmente Pencroff acogieron el
proyecto. Emplear los grandes medios, abrir el vientre de aquel granito, crear una cascada, eran cosas que
entusiasmaban al marino. Estaba dispuesto a ser tan buen químico como albañil o zapatero, ya que el ingeniero
necesitaba químicos. Estaba dispuesto a hacer lo que Ciro quisiese, y hasta profesor de baile y mímica, según
dijo a Nab, si tal profesión fuera necesaria en la isla. Nab y Pencroff recibieron el encargo de extraer la grasa
del dugongo y conservar la carne, y partieron para está faena sin pedir más explicaciones; era grande la
confianza que tenían en el ingeniero. Pocos instantes después Ciro Smith, Harbert y Gedeón Spilett, llevando
consigo el zarzo y subiendo río arriba, se dirigieron hacia el yacimiento de hulla, donde abundaban esas piritas
esquistosas que se encuentran en los terrenos de transición más recientes y de las cuales Ciro Smith había
recogido una muestra. Emplearon todo el día en transportar cierta cantidad de piritas a las Chimeneas y por la
noche había ya algunas toneladas. Al día siguiente, 8 de mayo, el ingeniero comenzó sus manipulaciones.
Aquellas piritas esquistosas se componían principalmente de carbón, de sílice, de alumbre y de sulfuro de
hierro; esto último en abundancia. Tratábase, pues, de aislar el sulfuro de hierro y transformarlo en sulfato lo
más rápidamente posible; una vez obtenido el sulfato, se podría extraer de él el ácido sulfúrico. Este era en
efecto el objeto deseado. El ácido sulfúrico es uno de los agentes que más se emplean, y la importancia
industrial de una nación puede medirse por el consumo que hace de este ácido, el cual, por otra parte, podría
ser muy útil a los colonos en adelante para la fabricación de las bujías, el curtido de pieles, etc., si bien en
aquel momento el ingeniero lo reservaba para otros usos. Ciro Smith eligió detrás de las Chimeneas un sitio,
cuyo suelo fue cuidadosamente allanado. En él puso un montón de ramas y leña cortada en pedazos pequeños,
y sobre este montón, trozos de esquisto piritoso, apoyados los unos sobre los otros, cubriendo todo con una
capa delgada de piritas perfectamente machacadas hasta reducirlas al tamaño de avellanas. Hecho esto, dio
fuego a la leña, cuyo calor se comunicó a los esquistos, los cuales se inflamaron, pues contenían carbón y
azufre. Entonces se echaron nuevas capas de piritas machacadas, dispuestas de modo que formasen un
montón grande, que fueron cubiertas de tierra y hierbas, dejando, sin embargo, alguna abertura para que
entrara el aire, como si se tratara de carbonizar leña para hacer carbón. Luego se dejó realizar la
transformación, para lo cual se necesitaban no menos de diez o doce horas, a fin de que el sulfuro de hierro se
transformase en sulfato de aluminio, dos sustancias igualmente solubles, siendo el resto sílice, carbón y
cenizas. Mientras se verificaba esta transformación química, Ciro Smith mandó proceder a otras operaciones.
Sus compañeros ponían en ellas no solamente celo, sino actividad y entusiasmo. Nab y Pencroff habían quitado
la grasa del dugongo, recogiéndola en grandes ollas de barro. Tratábase de aislar uno de los elementos de
aquella grasa: la glicerina, por medio de la saponificación. Ahora bien, para obtener este resultado bastaba
tratarla por medio de la sosa o de la cal, porque, en efecto, una y otra sustancia, después de haber atacado la
grasa, formaría un jabón aislando la glicerina, que era la que el ingeniero deseaba precisamente obtener.
Sabido es que no le faltaba la cal; pero el tratamiento por la cal no debía producir sino el jabón calcáreo
insoluble y, por consiguiente, inútil, mientras que el tratamiento por la sosa daría, por el contrario, un jabón
soluble muy útil para el lavado doméstico. Ciro Smith, como hombre práctico, debía preferir, por consiguiente,
la sosa. ¿Era difícil obtenerla? No; porque las plantas marinas abundaban en la orilla, como salicórneas,
ficóideas, y todas esas fucáceas que forman los fucos y las algas. Recogieron cantidad de ellas y, después de
secas, las quemaron en hoyos al aire libre. Mantuvieron la combustión de estas plantas durante varios días, de
manera que el calor se elevase hasta el punto de fundir sus cenizas, y el resultado de la incineración fue una
masa compacta gris, que desde hace mucho tiempo se conoce con el nombre de sosa natural. Obtenido el
resultado, el ingeniero trató la grasa por medio de la sosa, lo cual produjo, por una parte, un jabón soluble, y
por otra, esa sustancia neutra que se llama glicerina. Pero esto no bastaba. Ciro necesitaba para la preparación
futura otra sustancia, el azoato de potasa, más conocido por el nombre de sal de nitro o salitre. El ingeniero
habría podido fabricar esta sustancia tratando el carbonato de potasa, que se extrae fácilmente de las cenizas
de los vegetales, por el ácido azótico; pero precisamente era éste el ácido que en último resultado quería
obtener. Se hallaba, pues, encerrado en un círculo vicioso, del cual no hubiera salido jamás si por fortuna la
naturaleza no le hubiera proporcionado el salitre sin más trabajo que recogerlo. Harbert, en efecto, descubrió
un yacimiento al norte de la isla, al pie del monte Franklin, y sólo fue preciso purificar aquella sal. Estas
diversas tareas duraron unos ocho días. Se hallaban, pues, terminadas antes que se hubiera verificado la
transformación del sulfuro en sulfato de hierro. En los días que siguieron los colonos tuvieron tiempo de fabricar
vajilla refractaria con arcilla plástica y de construir un horno de ladrillos de una disposición particular, que debía
servir para la destilación del sulfato de hierro cuando éste se hubiera obtenido. Estas obras concluyeron hacia el
18 de mayo, en el momento, poco más o menos, de terminarse la transformación química. Gedeón Spilett,
Harbert, Nab y Pencroff, hábilmente guiados por el ingeniero, habían llegado a ser los obreros más diestros del
mundo. Por lo demás, la necesidad es el maestro que enseña mejor y de quien mejor se aprenden las
lecciones. Cuando el montón de piritas quedó enteramente reducido por el fuego, el resultado de la operación,
consistente en sulfato de hierro, sulfato de aluminio, sílice, residuo de carbón y cenizas, fue depositado en un
barreño lleno de agua. Se agitó la mezcla, se la dejó reposar, luego se la decantó y obtuvo un líquido claro, que
contenía en disolución sulfato de hierro y sulfato de aluminio, habiendo quedado en el barreño las demás
sustancias en estado sólido, por lo mismo que eran insolubles. En fin, vaporizado en parte aquel líquido, se
depositaron en el fondo cristales de sulfato de hierro, y las aguas madres, es decir, el líquido no vaporizado que
contenía el sulfato de aluminio, fueron abandonadas. Ciro Smith tenía, pues, a su disposición una cantidad de
cristales de sulfato de hierro, de los cuales trataba de extraer el ácido sulfúrico. En la práctica industrial la
fabricación del ácido sulfúrico necesita una costosa instalación. Son precisos, en efecto, grandes edificios,
instrumentos especiales, aparatos de platino, cámaras de plomo inatacables al ácido y en las cuales se opera la
transformación, etc. El ingeniero no tenía nada de esto a su disposición, pero sabía que en Bohemia
particularmente se fabrica el ácido sulfúrico por medios más sencillos y que hasta tienen la ventaja de
producirlo en un grado superior de concentración. Así es como se hace el ácido conocido con el nombre de

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ácido de Nordhausen. Para obtener el ácido sulfúrico, Ciro Smith no necesitaba más que una operación: calcinar
en un vaso cerrado los cristales del sulfato de hierro, de manera que el ácido sulfúrico se destilase en vapores,
los cuales producirían en seguida el ácido por condensación. Para esta manipulación sirvieron las vasijas
refractarias, en las cuales se pusieron los cristales, y el horno, cuyo calor debía destilar el ácido sulfúrico. La
operación fue perfectamente llevada a cabo, y el 20 de mayo, doce días después de haber comenzado el
ingeniero, poseía ya el agente del que contaba sacar después partido. Ahora bien, ¿para qué quería aquel
agente? Sencillamente, para producir ácido azótico, y esto fue fácil, porque el salitre, atacado por el ácido
sulfúrico, le dio precisamente el azótico por destilación. Pero ¿en qué iba a emplear el ácido azótico? Esto era lo
que sus compañeros ignoraban todavía, porque no les había comunicado el objeto de aquellos trabajos. El
ingeniero estaba cerca de conseguir su objetivo y una última operación le proporcionó la sustancia que había
exigido tantas manipulaciones. Después de haber obtenido el ácido azótico, lo puso en contacto con la glicerina
concentrada de antemano por la evaporación en el baño de María y obtuvo, aun sin emplear mezcla de ninguna
sustancia refrigerante, varias azumbres de un líquido aceitoso y amarillo. Ciro Smith había hecho esta
operación solo, apartado y lejos de las Chimeneas, porque temía los peligros de una explosión y, cuando
presentó a sus amigos un frasco de aquel líquido, se contentó con decirles:
–Aquí tienen ustedes nitroglicerina. Era, en efecto, ese terrible producto, cuya fuerza de explosión es diez veces
mayor que la pólvora ordinaria y que ha causado ya tantos incidentes desgraciados. Sin embargo, desde que se
ha encontrado el medio de transformarlo en dinamita, es decir, de mezclarlo con una sustancia sólida, arcilla o
azúcar bastante porosa para retenerlo, se ha podido utilizar con más seguridad ese peligroso líquido. Pero la
dinamita no era conocida en la época en que los colonos operaban en la isla Lincoln.
–¿Ese licor va a hacer volar nuestras rocas? –dijo Pencroff con marcada incredulidad.
–Sí, amigo mío –contestó el ingeniero–, y esta nitroglicerina producirá tanto mayor efecto cuanto que el granito
es muy duro y opondrá mayor resistencia para estallar.
–¿Y cuándo veremos eso, señor Ciro?
–Cuando hayamos abierto una mina–contestó el ingeniero.
Al día siguiente, 21 de mayo, al rayar el alba, los mineros se trasladaron a una punta que formaba la orilla
oriental del lago Grant, a quinientos pasos solamente de la costa. En aquel sitio la meseta formaba el dique de
las aguas, que sólo estaban contenidas por su muro de granito. Era, pues, evidente que, rompiendo aquel
dique, las aguas se escaparían por la abertura y formarían un arroyo, que, después de haber corrido por la
superficie inclinada de la meseta, iría a precipitarse en la playa. Por consiguiente, se rebajaría el nivel del lago
y se pondría al descubierto el orificio de desagüe, que era lo que se buscaba.
Había que romper aquel dique. Bajo la dirección del ingeniero, Pencroff, armado de un pico que manejaba
diestra y vigorosamente, atacó el granito en su revestimiento exterior. La mina que se quería abrir nacía en una
arista horizontal a la orilla y debía penetrar oblicuamente de modo que encontrase un nivel sensiblemente
inferior al de las aguas del lago. De esta suerte la fuerza explosiva, apartando las rocas, daría salida suficiente
a las aguas y por lo tanto haría bajar lo necesario la superficie der lago. El trabajo fue largo, pero el ingeniero,
queriendo producir un efecto formidable, no pensaba dedicar menos de diez litros de nitroglicerina a la
operación. Pero Pencroff, ayudado por Nab, trabajó con tanto afán, que a las cuatro de la tarde se había
terminado la mina. Faltaba resolver la cuestión de la inflamación de la sustancia explosiva. Ordinariamente la
nitroglicerina se inflama por medio del fulminato, que estallando determina la explosión. Es preciso, en efecto,
un choque para provocarla, pues simplemente encendida esta sustancia se quemaría sin estallar. Ciro Smith
habría podido fabricar la espoleta que se necesitaba. A falta del fulminato podía obtener fácilmente una
sustancia análoga, algodón pólvora, puesto que disponía de ácido azótico; esta sustancia, comprimida en un
cartucho e introducida en la nitroglicerina, habría estallado aplicándole una mecha y producido la explosión.
Pero Ciro Smith sabía que la nitroglicerina tiene la propiedad de detonar al menor choque, y resolvió utilizar
esta propiedad sin perjuicio de emplear otro medio, si éste no le daba resultado. En efecto, el choque de un
martillo sobre algunas gotas de nitroglicerina desparramadas sobre la superficie de una piedra dura basta para
provocar la explosión; pero el operador no podía dar el martillazo sin ser víctima de la explosión. Ciro Smith
tuvo, pues, la idea de suspender de un montante por encima de la boca de la mina, y por medio de una fibra
vegetal, una maza de hierro de muchas libras de peso. Otra larga fibra, previamente azufrada, iría atada al
centro de la primera por uno de sus extremos, mientras el otro quedaría en el suelo a distancia de muchos pies
de la boca de la mina. Comunicado el fuego a esta segunda fibra, ella lo comunicaría a la primera; ésta se
rompería y la maza de hierro caería con fuerza sobre la nitroglicerina. Se instaló el aparato. El ingeniero hizo
alejar a sus compañeros, llenó la mina de modo que la nitroglicerina sobresaliese un poco de la abertura y
derramó algunas gotas por la superficie de las rocas debajo de la maza de hierro ya suspendida. Hecho esto,
tomó el extremo de la fibra azufrada, la encendió y, alejándose de allí, se reunió con sus compañeros que
habían vuelto a las Chimeneas. La fibra debía arder durante veinticinco minutos, y, efectivamente, veinticinco
minutos después resonó una explosión de cuyo estrépito sería imposible dar una idea. Parecía que toda la isla
temblaba sobre su base. Una nube de piedras se proyectó en los aires, como si hubieran sido vomitadas por un
volcán. La sacudida, producida por el aire que las piedras desalojaban, fue tal, que hizo oscilar las rocas en las
Chimeneas. Los colonos, aunque estaban a más de dos millas de distancia, fueron derribados al suelo. Se
levantaron, salieron a la meseta y corrieron hacia el sitio donde el dique del lago debía haber sido destruido por
la explosión. Un triple hurra se escapó de sus pechos. El dique de granito estaba hendido formando un ancho
boquete. Por él, una corriente de agua se escapaba lanzando espuma a través de la meseta, llegaba a la cresta
y se precipitaba sobre la playa desde una altura de trescientos pies.
18. EL DESAGÃœE DEL LAGO RESULTA UN PALACIO DE GRANITO
El proyecto de Ciro había tenido éxito, pero, según su costumbre, sin manifestar ninguna satisfacción, los labios
cerrados y la mirada fija, permaneció inmóvil. Harbert estaba entusiasmado; Nab saltaba de gozo; Pencroff

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movía su gruesa cabeza, murmurando:
–¡Bien va nuestro ingeniero!
La nitroglicerina había obrado poderosamente. La sangría hecha al lago era tan importante, que el volumen de
agua que se escapaba entonces por la nueva salida era por lo menos triple del que se escapaba por la antigua.
En consecuencia, poco tiempo después de la operación el nivel del lago debería haber bajado dos pies por lo
menos. Corrieron los colonos a las Chimeneas para tomar picos, palos herrados, cuerdas de fibras, eslabón y
yesca y volvieron a la meseta. Top los acompañaba. Por el camino el marino no pudo contenerse.
–¿Pero sabe usted, señor Ciro, que por medio de ese licor que ha fabricado usted se podría hacer volar toda la
isla?
–Sí, la isla, los continentes y la Tierra – contestó Ciro Smith–. No es más que cuestión de cantidad.
–¿No podría usted emplear la nitroglicerina para cargar las armas de fuego? –preguntó el marino.
–No, Pencroff, porque es una sustancia que lo destroza todo. Pero sería fácil fabricar algodón–pólvora, y aun
pólvora ordinaria, puesto que tenemos el ácido azótico, el salitre, el azufre y el carbón. Por desgracia nos faltan
armas.
–Señor Ciro –contestó el marino–, con un poco de buena voluntad...
Decididamente Pencroff había borrado la palabra “imposible” del diccionario de la isla Lincoln.
Los colonos, al llegar a la meseta de la Gran Vista, se dirigieron inmediatamente hacia la punta del lago, cerca
de la cual se abría el orificio del antiguo desagüe, que ya debía estar al descubierto y practicable. No
precipitándose ya por él las aguas, sería fácil, sin duda, reconocer su disposición interior. En pocos instantes los
colonos llegaron al ángulo inferior del lago. Una ojeada les bastó para cerciorarse de que se había obtenido el
resultado que apetecían. En efecto, en la pared granítica del lago y sobre el nivel de las aguas, aparecía el
orificio buscado. Una estrecha pendiente, dejada en seco por la retirada de las aguas, permitía llegar hasta allí.
Aquel orificio medía unos veinte pies de anchura, pero no tenía más que dos de altura; era como la boca de una
alcantarilla al borde de una acera. No habría podido dar paso a los colonos, pero Nab y Pencroff tomaron sus
picos y en menos de una hora le dieron una altura suficiente. El ingeniero se acercó y reconoció que las paredes
de aquel desagüe, en su parte superior, no tenían una inclinación mayor de treinta a treinta y cinco grados.
Era, pues, practicable, y con tal que su declive no se aumentara, sería fácil bajar hasta el mismo nivel del mar.
Si existía, como era probable, alguna vasta cavidad en el interior de la masa granítica, quizá se encontraría
medio de utilizarla.
–Y bien, señor Ciro, ¿qué nos detiene? – preguntó el marino, impaciente por aventurarse en aquel estrecho
corredor–. Ya ve que Top nos ha precedido.
–Sí –añadió el ingeniero–, pero es necesario ver claro. Nab, vete a cortar unas ramas resinosas. Nab y Harbert
corrieron hacia las orillas del lago sombreadas de pinos y otros arbustos siempre verdes, y volvieron con ramas
que ellos pusieron en forma de hachas de viento. Las encendieron con eslabón y yesca, y Ciro Smith, a la
cabeza de los colonos, entró en aquel oscuro pasadizo, que antes ocupaba el sobrante de las aguas. Contra lo
que hubiera podido suponerse, el diámetro de aquel pasadizo se ensanchaba poco a poco en vez de disminuir,
de tal suerte que los exploradores no tardaron en poder marchar derechos por el conducto abajo. El piso de
granito, gastado por las aguas desde tiempo inmemorial, era resbaladizo y convenía marchar con precaución
para evitar una caída. Por eso los colonos se ataron unos a otros por medio de una cuerda, como hacen los que
suben a las montañas. Afortunadamente algunas rocas salientes formaban verdaderos escalones y hacían la
bajada menos peligrosa. Varias gotas todavía suspendidas de las rocas tomaban acá y allá, iluminadas por las
antorchas, los colores del arco iris, y hubiera podido creerse que las paredes estaban revestidas de
innumerables estalactitas. El ingeniero observó aquel granito negro y no vio en él un estrato, ni siquiera una
hendidura. La masa era compacta y de un grano extremadamente apretado. Aquel pasadizo databa, pues, del
origen mismo de la isla, no eran las aguas las que lo habían abierto poco a poco. Plutón y Neptuno le habían
perforado por su propia mano y podían distinguirse en las paredes las huellas de un trabajo eruptivo, que el
lavado de las aguas no había podido borrar totalmente. Los colonos iban bajando lentamente, experimentando
cierta emoción al aventurarse de aquel modo en las profundidades de la masa granítica, evidentemente visitada
entonces por primera vez por seres humanos. No hablaban, pero pensaban y a alguien se le pudo ocurrir que
un pulpo o un gigantesco cefalópodo podía ocupar las cavidades interiores que se hallaban en comunicación con
el mar. Había que aventurarse con prudencia. Por lo demás, Top iba a la vanguardia de la pequeña tropa, la
cual podía fiarse de la sagacidad del perro, que no dejaría de dar la señal de alarma en caso necesario. Después
de haber bajado un centenar de pies siguiendo una senda bastante sinuosa, Ciro Smith, que marchaba el
primero, se detuvo hasta que llegaron sus compañeros. El sitio en que hicieron alto estaba ensanchado hacia
los lados de modo que formaba una caverna de medianas dimensiones. De la bóveda caían gotas de agua, pero
no provenían de destilación de las paredes, sino que eran simplemente restos de la masa de agua que por largo
tiempo se había precipitado por aquella cavidad; y el aire, ligeramente húmedo, no exhalaba ninguna
emanación mefítica.
–Y bien, mi querido Ciro –dijo entonces Gedeón Spilett–, aquí hay un retiro ignorado y oculto en
estas
profundidades, pero inhabitable.
–¿Por qué inhabitable? –preguntó el marino. –Porque es muy pequeño y oscuro.
–Podemos ensancharlo y practicar aberturas para que entre la claridad y el aire
–contestó Pencroff, que no dudaba ya de nada.
–Continuemos –dijo Ciro Smith–, continuemos nuestra exploración; quizá más abajo la naturaleza nos haya
ahorrado este trabajo.
–Estamos todavía en la tercera parte de la altura –observó Harbert.
–Poco más o menos –repuso Ciro–, porque hemos bajado unos cien pies desde el orificio, y no es imposible que
a cien pies más abajo...
–¿Dónde está Top? –preguntó Nab interrumpiendo a su amo.
Registraron la caverna y el perro no estaba allí.

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–Probablemente habrá continuado su camino –dijo Pencroff.
–Vamos en su busca–repuso Ciro Smith. Siguieron bajando. El ingeniero observaba con cuidado las
desviaciones de aquel desagüe subterráneo, y a pesar de sus muchos rodeos se explicaba fácilmente su
dirección general hacia el mar. Los colonos habían bajado unos cincuenta pies más, siguiendo la perpendicular,
cuando atrajeron su atención sonidos lejanos que venían de las profundidades de la roca granítica. Se
detuvieron y escucharon; aquellos sonidos, llevados por el corredor como la voz a través de un tubo acústico,
llegaban claramente a sus oídos.
–Es Top que ladra –exclamó Harbert.
Sí –dijo Pencroff–, y el noble animal ladra con furor.
–Tenemos nuestros venablos –dijo Ciro
Smith–. ¡Alerta y adelante!
–Esto va siendo cada vez más interesante, murmuró Gedeón Spilett al oído del marino, que hizo una señal de
asentimiento. Ciro Smith y sus compañeros se apresuraron para llevar auxilio al perro. Los ladridos de Top iban
siendo más perceptibles. Se veía que los daba con extraño furor. ¿Estaba luchando con algún animal cuyo retiro
había turbado? Sin pensar en el peligro a que se exponían, los colonos sentían una irresistible curiosidad. No
bajaban ya por el corredor, sino que se dejaban deslizar por el suelo, y en pocos minutos, sesenta pies más
abajo, llegaron donde estaba Top. El corredor terminaba en una vasta y magnífica caverna, y Top, yendo y
viniendo, ladraba con furor. Pencroff y Nab sacudieron sus antorchas, que arrojaron grandes resplandores de
luz sobre todas las asperidades del granito, y al mismo tiempo Ciro Smith, Gedeón Spilett y Harbert, con los
venablos enristrados, se dispusieron a todo acontecimiento. La enorme caverna estaba vacía. Los colonos la
recorrieron en todos sentidos: no había nada, ni un animal, ni un ser viviente. Sin embargo, Top continuaba
ladrando, sin que pudieran hacerlo callar ni caricias ni amenazas.
–Aquí hay sin duda una salida por donde las aguas del lago iban al mar –dijo el ingeniero.
–En efecto–contestó Pencroff–, y tengamos cuidado de no caer en algún pozo.
–¡Adelante Top, adelante! –gritó Ciro Smith.
El perro, excitado por las palabras de su amo, corrió hacia el extremo de la caverna, y allí redoblaron sus
ladridos. Le siguieron y, a la luz de las antorchas, apareció la boca de un pozo, que se abría en el granito. Por
allí salían las aguas, antes contenidas por el granito, y aquella vez no era un corredor oblicuo y practicable, sino
un pozo perpendicular en el cual hubiera sido imposible aventurarse. Inclinaron las antorchas sobre la boca de
la sima, pero no vieron nada. Ciro Smith cortó una tea inflamada y la arrojó en aquel abismo. La resina
brillante, cuyo poder de iluminación se acrecentó más por la rapidez de su caída, alumbró el interior del pozo,
pero nada descubrieron los colonos. Después la llama se extinguió con un ligero chisporroteo, señal indudable
que había llegado a una capa de agua, es decir, al nivel del mar. El ingeniero, calculando el tiempo empleado
en la caída, dedujo que la profundidad del pozo podía ser de noventa pies, poco más o menos. El suelo de la
caverna estaba, pues, a noventa pies sobre el nivel del mar.
–Esta será nuestra vivienda –dijo Ciro Smith.
–Pero estaba habitada por algún ser viviente –propuso Gedeón Spilett, cuya curiosidad no estaba satisfecha.
–Pues bien, ese ser viviente, anfibio o de otra especie, ha huido por esta abertura –dijo el ingeniero–y nos ha
cedido el sitio.
–No importa –añadió el marino–. Yo hubiera querido estar aquí hace un cuarto de hora, porque al fin y al cabo
no sin razón ha ladrado el perro. Ciro Smith miraba a Top y, si alguno de sus compañeros se hubiera acercado
al ingeniero en aquel momento, le habría oído murmurar:
–Sí, creo que Top sabe mucho más que nosotros respecto de muchas cosas.
De todos modos, los deseos de los colonos se habían realizado. La casualidad, ayudada por la sagacidad
maravillosa de su jefe, les había servido a las mil maravillas. Tenían a su disposición una vasta caverna cuya
capacidad no podían calcular todavía a la luz insuficiente de las antorchas, pero que sería fácil dividir en
habitaciones por medio de tabiques de ladrillo y arreglarla, si no como una casa, al menos como una espaciosa
habitación. Las aguas la habían abandonado y ya no podían volver. El sitio estaba libre. Quedaban dos
dificultades por resolver: en primer lugar, la posibilidad de alumbrar aquella excavación abierta en una roca
maciza; en segundo lugar, la necesidad de hacer más fácil su acceso. En cuanto al alumbrado, no había que
pensar establecerlo por la parte superior, porque el espesor del techo de granito era enorme; pero quizá podría
perforarse la pared inferior que daba frente al mar. Ciro Smith, que durante el descenso había apreciado con
bastante aproximación la oblicuidad, y por consiguiente la longitud del desagüe, creía con fundamento que la
pared interior del muro debía ser poco espesa. Si se obtenía la iluminación de esta manera, el acceso quedaría
logrado, porque era tan fácil abrir una puerta como abrir una ventana y establecer una escalera exterior. Ciro
Smith comunicó estas ideas a sus compañeros.
–Vamos, señor Ciro, manos a la obra – propuso Pencroff–. Tengo mi pico y sabré con él encontrar una salida
a través de este muro. ¿Dónde debo trabajar?
–Aquí–indicó el ingeniero, mostrando al vigoroso marino una depresión bastante grande de la pared, que debía
disminuir su espesor.
Pencroff atacó el granito y durante media hora, al resplandor de las antorchas, se vieron volar los trozos de
granito alrededor de él. La roca chispeaba bajo su pico; Nab lo relevó, después Gedeón Spilett y de nuevo Nab.
El trabajo duraba ya dos horas y empezaba a temerse que en aquel paraje el espesor del muro de granito fuera
mayor que la longitud del piso, cuando, al dar Gedeón Spilett un golpe, el instrumento pasó a través del muro y
cayó al exterior.
–¡Hurra! –exclamó Pencroff.
La pared no pasaba de tres pies de espesor. Ciro Smith se asomó a la abertura, que estaba a unos ochenta pies
del suelo. Delante de él se extendía la playa, más allá el islote y más allá aún la inmensidad del mar. Por
aquella abertura bastante grande, porque la roca se había desunido notablemente, la luz entró a torrentes y
produjo un efecto mágico, inundando aquella espléndida caverna. Si en su parte izquierda sólo medía treinta

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