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Raices Alex Haley .pdf



Nombre del archivo original: Raices- Alex Haley.pdf
Título: Microsoft Word - Haley, Alex - Raices
Autor:

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Raíces
Alex Haley

Raíces

Alex Haley

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Raíces

Alex Haley

Traducción ROLANDO COSTA PICAZO
EMECE EDITORES
Título original inglés ROOTS
Copyright (c) 1976 by Alex Haley
by arrangement with Paul R. Reynolds,
Inc. New York
Diseño de tapa JORGE ANÍBAL ACUÑA
IMPRESO EN ARGENTINA – PRINTED IN ARGENTINA
Queda hecho el depósito que previene la ley número 11.723 (c) EMECÉ EDITORES, S. A. – Buenos
Aires, 1978
BUENOS AIRES, ABRIL DE 1978
2a IMPRESIÓN EN OFFSET: 20.OOO, EJEMPLARES
Editor: EMECÉ EDITORES, S. A. – ALSINA 2062, Bs. As.
Impresor: COMPAÑÍA IMPRESORA ARGENTINA, S. A. – ALSINA 2049, Bs, As.
Distribuidor: EMECÉ DISTRIBUIDORA S.A.C.I.F, y M. ALSINA 2062, Bs, As.
46.028

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Raíces

Alex Haley

DEDICATORIA
No fue parte de un plan dedicar doce años a investigar documentos
para escribir Raíces.
Es una casualidad que se publique
en el año del Bicentenario de los Estados Unidos.
Por eso dedico este libro
como regalo de cumpleaños,
a mi país, en el cual se desarrolló la mayor parte de Raices.

RECONOCIMIENTOS
Tengo una deuda tan profunda de gratitud con tantas personas que me ayudaron a escribir Raíces,
que para enumerarlas a todas se necesitarían muchas páginas. Las siguientes personas son preeminentes:
George Sims, mi amigo de toda la vida, desde nuestra infancia en Henning, estado de Tennessee. es
un gran investigador que viajó conmigo muchas veces, compartiendo aventuras físicas y emocionales. Su
metódico rastrillaje de cientos de volúmenes y otras clases de documentos, especialmente en la Biblioteca
del Congreso de los Estados Unidos y en los Archivos Nacionales, me proporcionó gran parte de los
materiales históricos y culturales que he utilizado para la vida de mis personajes.
Murray Fisher, mi editor durante años en "Playboy", me brindo su experiencia clínica, ayudándome a
estructurar este libro entre un laberinto aparentemente intransitable de material de documentación. Primero
establecimos la división en capítulos y luego desarrollamos la línea argumental, que luego él revisó. Por
último, en la etapa apremiante, cuando había que dar una forma definitiva al libro, él llegó a bosquejar
algunas escenas, y fue su brillante pluma la que corrigió y comprimió la gran extensión del libro.
La sección africana de este libro, existe en su forma detallada sólo porque en un momento crucial la
señora de Dewitt Wallace y los editores del "Reader's Digest" supieron compartir y apoyar mi anhelo
ferviente de explorar la posibilidad de documentar en su origen africano la atesorada historia de mi familia.
Este libro tampoco existiría en su forma definitiva, sin la ayuda de docenas de abnegados
bibliotecarios y archivistas de cincuenta y siete depósitos de informaciones en tres continentes. Descubrí
que un bibliotecario o archivista se contagia del fervor de investigación de uno, y llega a transformarse en un
detective que ayuda en la búsqueda.
Tengo una gran deuda con Paul R. Reynolds, decano de agentes literarios –y el honor de ser uno de
sus clientes– y con Lisa Drew y Ken McCormick, editores principales de Doubleday. Todos ellos han
compartido y socorrido pacientemente mis frustraciones en todos estos años que me llevó Raíces.
Finalmente, reconozco mí inmensa deuda a los griots de África. Hoy se dice, con exactitud, que
cuando muere un gríot es como si se quemara una biblioteca. Los griots simbolizan el hecho de que la
herencia humana se remonta a un lugar, y a un tiempo, en que no existía la escritura. Por eso, los
recuerdos de los ancianos constituyeron el único vehículo para la trasmisión de las primeras historias de la
humanidad... para que todos nosotros sepamos quiénes somos.

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Raíces

Alex Haley

CAPITULO 1
A comienzos de la primavera de 1750, en la aldea de Juffure, a cuatro días, río arriba, de la costa de
Gambia, África Occidental, nació un varón, hijo de Omoro y Binta Kinte. Hizo fuerza para salir del cuerpo
joven y vigoroso de Binta. Era negro como ella, y por su cuerpo resbaladizo le chorreaba la sangre de su
madre. Lloraba con todas sus ganas. Las dos arrugadas parteras, la vieja Nyo Boto y Yaisa, abuela de la
criatura, se echaron a reír de alegría al ver que era un varón. Según sus antepasados, el primogénito varón
presagiaba la bendición especial de Alá, no sólo para sus padres sino también para la familia de los padres.
Además, se sabía con orgullo que el nombre Kinte sería perpetuado y distinguido.
Era la hora anterior al primer canto de los gallos, y junto con la charla de Nyo Boto y de Yaisa, el
primer sonido que escuchó el niño fue el débil y rítmico bomp bomp bomp que hacían los morteros de
madera en los que Ias otras mujeres de la aldea machacaban el cereal para preparar el desayuno
tradicional de kouskous, con carne y verduras, que cocinaban en calderos de barro sobre un fuego hecho
entre tres piedras.
El tenue humo azul, acre y agradable, ondeaba sobre la pequeña aldea polvorienta de chozas
redondas de barro mientras Kajali Demba, el alimano de la aldea, empezaba a llamar a los hombres para la
primera de las cinco plegarias diarias que se ofrecían a Alá desde tiempo inmemorial. Los hombres saltaron
de sus camas de caña de bambú y cueros curtidos, se pusieron sus túnicas de algodón basto, y se
alinearon rápidamente en el lugar dedicado a las plegarias, donde el alimano dirigía la oración: –Allahú
Akbar! Ashadu an lailahai–lala!–, (Dios es grande. Atestiguo que hay un solo Dios). Fue después de la
plegaria, cuando los hombres regresaban a sus chozas para desayunar, que Omoro corrió, excitado y
sonriente, para darles la noticia del nacimiento de su primogénito. Todos los hombres, al felicitarlo,
repitieron las profecías de buena fortuna.
De regreso en la choza, los hombres recibieron una calabaza llena de cereal cocinado de manos de
sus esposas. Luego las mujeres regresaron a la cocina, en la parte posterior de la choza, para alimentar a
sus hijos, y por último desayunaron ellas. Al terminar de comer, los hombres recogieron las pequeñas
azadas, de mango curvo, cuyas hojas de madera habían sido envainadas de metal por el herrero de la
aldea, y partieron a su trabajo, que consistía en preparar la tierra para sembrar maní, kouskous y algodón,
cultivos primarios de los hombres (el arroz era el de las mujeres) en ese cálido y exuberante terreno de
sabanas en Gambia.
Según la costumbre ancestral, durante los siete días siguientes, Omoro debía dedicarse seriamente a
una sola tarea: la selección de un nombre para su hijo. Tendría que ser un nombre rico en historia y en
promesas, pues la gente de su tribu –los mandingas– creía que un niño llegaría a tener siete de las
características de la persona o cosa cuyo nombre tomaba.
Durante esta semana de meditación, en nombre suyo y de Binta, Omoro visitó todos los hogares de
Juffure para invitar a las familias a la ceremonia en que se le pondría el nombre a su hijo y que
tradicionalmente debía tener lugar en su octavo día de vida. Ese día, igual que su padre y su abuelo, el
nuevo hijo se convertiría en miembro de la tribu.
Cuando llegó el octavo día, los habitantes de la aldea se reunieron a la mañana temprano frente a la
choza de Omoro y Binta. Las mujeres de ambas familias, llevaban sobre la cabeza, recipientes hechos de
calabazas ahuecadas llenos de leche agria y tortas dulces de arroz machacado y miel. Karamo Silla, el
jaliba de la aldea, estaba presente con sus tambores tan–tang. También estaban presentes el alimano, y
Brima Cesay, el arafang, que algún día sería el maestro del niño, y los dos hermanos de Omoro, Janneh y
Saloum, que habían venido desde lejos para presenciar la ceremonia, al enterarse del nacimiento de su
sobrino por los mensajes trasmitidos por tambor. Binta sostenía orgullosamente en sus brazos al infante
mientras le afeitaban un poco del pelo nuevo. Todas las mujeres exclamaron al ver qué bien formado era el
bebé, pero pronto se callaron al oír que el jaliba empezaba a tocar los tambores. El alimano rezó una
oración bendiciendo las calabazas llenas de leche agria y tortas munko, y mientras rezaba, los invitados
tocaban el borde de la calabaza con la mano derecha en señal de respeto por la comida. Luego el alimano
se volvió para orar por el infante, rogándole a Alá" que le concediera larga vida, éxito para su familia, su
tribu y su aldea, a quienes les debía traer buen nombre, orgullo y muchos hijos, y finalmeme fortaleza y
espíritu para merecer honor y honrar el nombre que estaba a punto de recibir.
Omoro caminó luego frente a la gente reunida de la aldea. Colocándose junto a su mujer levantó el
niño y, mientras todos observaban, susurró tres veces el nombre que había elegido para su hijo en el oído

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Raíces

Alex Haley

de éste. Era la primera vez que se pronunciaba el nombre del niño, porque la gente de Omoro creía que el
primero en enterarse de su nombre debía ser el destinatario del mismo.
El tambor tan–tang volvió a oírse, y esta vez Omoro susurró el nombre en el oído de Binta, que sonrió
con orgullo y con placer. Luego Omoro le susurró el nombre al arafang, que estaba parado frente a los
habitantes de la aldea.
– ¡El primer hijo de Omoro y Binta Kinte se llama Kunta! –gritó Brima Cesay.
Como todos sabían, era el nombre del medio del difunto abuelo del niño, Kairaba Kunta Kinte, que
había llegado a Gambia desde su Mauritania natal. Había salvado a la gente de Juffure de morirse de
hambre, se había casado con la abuela Yaisa, y posteriormente servido honorablemente a Juffure, hasta su
muerte, como hombre sagrado de la aldea.
Uno por uno, el arafang recitó los nombres de los antepasados mauritanos del viejo Kairaba Kinte.
Los nombres, que eran muchos, y grandes, se remontaban a más de doscientas lluvias. Luego el jaliba hizo
sonar su tan–tang y toda la gente manifestó su admiracion y respeto por linaje tan distinguido.
Esa octava noche, bajo la luna y las estrellas, solo con su lujo, Omoro completó el ritual del
nombramiento. Llevando al pequeño Kunta entre sus fuertes brazos, caminó hasta el borde de la aldea,
levantó al bebé con la cara vuelta hacia el cielo y dijo en voz baja: –Fend kiling dorong leh warrata ka iteh
tee. (Observa lo único que es más grande que tú).

CAPITULO 2
Era la estación de la siembra, y pronto llegarían las lluvias. En todo el terreno arable los hombres de
Juffure habían apilado montones de hierba seca a los que luego les prendieron fuego para que la brisa, al
desparramar las cenizas, enriqueciera el suelo. En los arrozales las mujeres ya habían empezado a plantar
los verdes tallos en el barro.
Mientras Binta se recuperaba del parto, la abuela Yaisa se había encargado de cuidarle la porción del
arrozal que le correspondía, pero ahora Binta ya estaba lista para recomenzar las tareas. Llevando a Kunta
en un arnés de algodón sobre la espalda, Binta fue caminando con las otras mujeres hasta las piraguas que
estaban en las márgenes del bolong, el riacho de la aldea, uno de los muchos canales tributarios del río
Gambia, conocido como Kamby Bolongo. Algunas de las mujeres, entre ellas su amiga Jankay Touray,
llevaban también a sus recién nacidos y balanceaban bultos sobre la cabeza. Cada piragua llevaba a cinco
o seis mujeres que empuñaban con fuerza los remos cortos y anchos. Empezaron ahora a deslizarse por el
bolong. Cada vez que Binta se inclinaba para hundir el remo, sentía la mullida tibieza de Kunta en la
espalda.
El aire olía a la fragancia fuerte y almizclera de los mangles que se confundía con los perfumes de las
otras plantas y árboles que crecían en profusión a ambos lados del bolong. Numerosas familias de
mandriles se despertaron de su sueño, alarmadas por las canoas, y empezaron a bramar, saltando de aquí
para allá mientras sacudían las frondas de palmeras. Los cerdos salvajes gruñían y resoplaban, corriendo a
esconderse entre las hierbas y los arbustos. Miles de pelícanos, cigüeñas, airones, garzas, espátulas y
otras aves zancudas que cubrían las márgenes fangosas, interrumpieron el desayuno para observar
nerviosamente el paso de las piraguas. Algunas de las aves más pequeñas –palomas torcazas, rascones,
alciones– levantaron vuelo, trazando círculos mientras proferían gritos agudos hasta que terminaron de
pasar los intrusos.
A medida que las piraguas avanzaban como flechas por el agua, cardúmenes de peces pequeños
saltaban, todos a la vez, ejecutaban una danza de plata, y volvían a hundirse con un salpicón. Persiguiendo
a las mojarritas con tanta voracidad que a veces saltaban adentro de las canoas, iban peces grandes y
feroces que las mujeres mataban con los remos y guardaban para una suculenta cena. Pero esa mañana
las mojarritas nadaban alrededor de las piraguas sin que nada las perturbara.
El serpenteante bolong llevó a las mujeres, después de un codo, a un afluente más ancho, y al ser
avistadas, el aletear de miles de pájaros marinos llenó el cielo con todos los colores del arcoiris. Mientras
las mujeres seguían remando, la superficie del agua, oscurecida por las aves que trazaban surcos sobre
ellas con las batientes alas. se llenó de plumas.
Mientras se aproximaban a los golfos pantanosos en los que generaciones de mujeres de Juffure
habían cultivado cosechas de arroz, las canoas atravesaron nubes de mosquitos y luego una tras otra
entraron con cuidado en zonas señaladas por plantas enmarañadas. Las plantas limitaban e identificaban la
parcela que correspondía a cada mujer. En ellas ya se veían los brotes verde esmeralda de arroz que se
levantaban hasta un palmo de altura por encima de la superficie del agua.

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Raíces

Alex Haley

Como el tamaño de cada parcela era decidido anualmente por el Consejo de Ancianos de Juffure, de
acuerdo con la cantidad de bocas que cada mujer tenía que alimentar, la parcela de Binta era aún pequeña.
Bajó con mucho cuidado de la canoa con su bebé, balanceándose, y después de dar unos pasos se detuvo,
mirando con sorpresa y deleite una diminuta choza de bambú, con techo de paja tejida, que se levantaba
del agua sobre soportes. Mientras ella tenía los dolores del parto, Omoro había ido a su parcela y la había
construido como refugio para su hijo. Como era típico de los hombres, no le había dicho nada a ella. Binta
dio de mamar al niño, lo acomodó en el refugio, se cambió de ropa, poniéndose la de trabajo, que había
llevado en el atado sobre la cabeza y se metió en el agua para empezar a trabajar. Inclinándose sobre el
agua, casi doblada en dos, empezo a arrancar las malezas que de lo contrario secarian el arroz. Cada vez
que Kunta lloraba, Binta se dirigía a él, chorreando agua. y volvia a amamantarlo a la sombra de la choza.
El pequeño Kunta gozaba día a día de la ternura de su madre. De regreso en la choza, todas las
noches, después de cocinar y darle de comer a Omoro, Binta suavizaba la piel del bebé untándola de la
cabeza a los pies con manteca de shea, y luego, con mucha frecuencia, solía llevarlo orgullosamente a
través de la aldea hasta la choza de la abuela Yaisa, que mimaba y besaba al niño. Ambas hacían gritar de
irritación al pequeño Kunta con las repetidas presiones que ejercían sobre su cabecita, la nariz, orejas y
labios, para que tomaran la forma correcta.
Algunas veces Omoro le quitaba el bebé a las mujeres y llevaba al fardito de ropa a su propia choza
(los maridos residían aparte de sus esposas) donde permitía que el niño explorara con la vista y con los
dedos los atractivos objetos colocados en la cabecera de la cama de Omoro, y que tenían por fin alejar a los
malos espíritus. Todas las cosas coloridas intrigaban al pequeño Kunta, especialmente la bolsa de cazador
de su padre, hecha de plumas, ahora casi enteramente cubierta por caparazones de moluscos, que
representaban los animales que Omoro había llevado personalmente para que se alimentaran los
habitantes de la aldea. A Kunta también le encantaba el arco largo y combado, y el carcaj con flechas que
colgaba cerca. Omoro sonreía cada vez que la diminuta manita se extendía para acariciar la lanza oscura y
delgada cuyo mango estaba lustroso de tanto uso. Dejaba que Kunta tocara todo excepto la estera de
plegarias, que era sagrada para su dueño. Cuando estaban solos en la choza, Omoro le hablaba a Kunta de
las acciones valerosas que llevaría a cabo cuando creciera.
Por último devolvía a su hijo a la choza de Binta para que le diera de comer. Kunta se sentía feliz casi
todo el tiempo, estuviera donde estuviese, y siempre se quedaba dormido cuando Binta lo mecía sobre la
falda o lo acostaba sobre la cama de ella y le cantaba una canción de cuna, como:
Hijo mío, sonriente,
Que llevas el nombre de un noble antepasado.
Gran cazador o guerrero
Serás algún día,
Lo que llenará de orgullo a tu papá.
Pero yo siempre te recordaré así.
Aunque Binta amaba mucho a su bebé y a su esposo, sentía una gran ansiedad porque, según una
costumbre muy antigua, los maridos musulmanes, a menudo elegían otra mujer y se casaban con ella
mientras la primera mujer amamantaba a su hijo. Hasta ese momento Omoro no se había vuelto a casar, y
como Binta no quería que sintiera la tentación de hacerlo, no veía las horas de que Kunta empezara a
caminar, porque en ese momento dejaría de amamantarlo.
Así que Binta se apresuró a ayudarlo cuando Kunta, a las trece lunas, empezó a dar los primeros
pasos vacilantes. Al poco tiempo empezó a hacer pininos sin que lo ayudara nadie. Binta se sintió aliviada, y
Omoro orgulloso, cuando Kunta, al llorar por la comida, recibió, en lugar del pecho, un buen chirlo y una
calabaza llena de leche de vaca.

CAPITULO 3
Habían pasado tres lluvias, y estaban en la estación de carestía, cuando la provisión de cereales
provenientes de la última cosecha estaba a punto de acabarse. Los hombres habían salido a cazar, pero
habían regresado con unos pocos antílopes pequeños, gacelas y aves, porque en esa estación de sol
abrasador, el agua de los pozos de la sabana se había secado y los animales más grandes se habían
desplazado al bosque espeso, justo en el momento en que los habitantes de Juffure necesitaban todas sus
fuerzas para sembrar para la próxima cosecha. Ya las mujeres estaban haciendo estirar las comidas

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Raíces

Alex Haley

principales, a base de kouskous y arroz, reemplazándolos con las desabridas semillas de caña de bambú y
las desagradables hojas secas de baobab. Los días de hambre habían empezado tan pronto, que cinco
chivos y dos novillos –más que la última vez– fueron sacrificados para reforzar las plegarias a Alá para que
librara a la aldea del hambre.
Por fin los cielos calurosos se nublaron, las suaves brisas se convirtieron en fuertes vientos y, tan
abruptamente como siempre, empezaron las finas lluvias. Caían, calidas y apacibles, mientras los
agricultores azadonaban la tierra blanda formando surcos largos y rectos, abiertos para las semillas. Sabían
que había que apurarse a plantar antes de que llegaran las fuertes lluvias.
Todas esas mañanas, después del desayuno, en lugar de dirigirse en las piraguas a los arrozales, las
esposas de los agricultores se ponían los trajes tradicionales de fertilidad, hechos de grandes hojas frescas
que simbolizaban el verdor del crecimiento, y acompañaban a los hombres a la siembra. Se escuchaban
sus voces que subían y bajaban aun antes de que aparecieran, pues entonaban oraciones ancestrales, para
que las semillas de kouskous y de maní que llevaban en las calabazas que balanceaban sobre la cabeza,
prendieran y crecieran.
Moviendo los pies descalzos al compás, las mujeres caminaban en fila y cantaban tres veces en cada
campo. Después se separaban, y cada mujer se colocaba detrás de un agricultor. Cuando él hacía un
agujero en la tierra con el dedo gordo del pie, ella echaba una semilla en el agujero, lo cubría con la ayuda
de su dedo gordo, y seguía adelante. Las mujeres trabajaban más duro que los hombres, porque no sólo
tenían que ayudar a sus maridos sino también ocuparse de sus arrozales y las huertas de verduras que
cultivaban cerca de la cocina.
Mientras Binta plantaba cebollas, batatas, calabazas, mandiocas y tomates amargos, el pequeño
Kunta pasaba el día retozando bajo la mirada vigilante de varias viejas abuelas que cuidaban a todos los
niños de Juffure pertenecientes al primer kafo, es decir, todos los menores de cinco años. Niños y niñas
jugaban y corrían desnudos como animalitos; algunos empezaban a decir sus primeras palabras. Todos,
como Kunta, crecían con rapidez, reían y chillaban persiguiéndose alrededor del tronco gigantesco del
baobab de la aldea, jugando a las escondidas y espantando a perros y pollos, que se convertían en bultos
de pelos y plumas.
Pero todos los niños –inclusive los más pequeños, como Kunta– corrían rápidamente y se quedaban
quietos cuando alguna de las abuelas les prometía contarles un cuento. Aunque Kunta aún no entendía
muchas palabras, observaba con los ojos bien abiertos mientras las viejas ayudaban los cuentos con gestos
y ruidos, haciéndolos parecer más reales.
Aunque pequeño, Kunta ya estaba familiarizado con algunos de los cuentos que le había contado su
abuela Yaisa cuando él la iba a visitar a su choza. Pero, igual que sus compañeros de juego del primer kafo,
creía que la que mejor contaba los cuentos era la querida, misteriosa y extraña Nyo Boto. Esta vieja era
calva, llena de arrugas, y tan negra como el fondo de una olla. Le quedaban pocos dientes, teñidos de
anaranjado por la inmensa cantidad de hojas de cola que había masticado. Entre ellos siempre le asomaba
algún tallo, que parecía la antena de un insecto. La vieja Nyo Boto se acomodaba quejosamente sobre su
banco bajo. Aunque era áspera, los niños sabían que los quería como si fueran hijos suyos, cosa que ella
aseguraba.
Rodeada por todos, la vieja decía, refunfuñando: –Les voy a contar un cuento...
– ¡Sí, por favor! –decían en coro los niños, retorciéndose de gusto por anticipado.
Comenzaba de la manera en que comenzaban todos los narradores mandingas: –En cierto tiempo,
en cierta aldea, vivía una cierta persona. Era un niñito –decía ella– de unas tres lluvias, que iba caminando
por la margen del río y encontró un cocodrilo preso en una trampera.
– ¡Ayúdame! –le gritó el cocodrilo.
–¡Me matarás! –gritó el niño.
– ¡No! ¡Acércate! –dijo el cocodrilo.
Así que el niño fue adonde estaba el cocodrilo, y en ese mismo momento fue apresado por los
dientes de su enorme boca.
–¿Es así como pagas mi bondad, con tu maldad? –exclamó el niño.
–Por supuesto –dijo el cocodrilo por un costado de la boca–. Así sucede siempre en el mundo.
El niño no quiso creerlo, así que el cocodrilo decidió no tragárselo hasta que no oyera la opinión de
las tres primeras personas que acertaran a pasar. El primero fue un viejo burro.
Cuando el niño le pidió su opinión, el burro dijo: –Ahora que estoy viejo y que ya no puedo trabajar, mi
amo me ha echado, para que me coman los leopardos.
–¿Ves? –le dijo el cocodrilo al niño. El próximo en pasar fue un caballo viejo, que expresó la misma
opinión.

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Raíces

Alex Haley

–¿Ves? –dijo el cocodrilo. Luego vino un conejo regordete que dijo: –Bueno, no puedo dar una buena
opinión sin ver cómo sucedió esto desde el comienzo.
Gruñendo, el cocodrilo abrió la boca para contárselo, y el niño saltó y se puso a salvo.
–¿Te gusta la carne de cocodrilo? –le preguntó el conejo. El niño dijo que sí–. ¿Y a tus padres? –
volvió a decir que sí–. Tienes aqui entonces a un cocodrilo, listo para la olla.
El niño huyó y regresó con los hombres de la aldea, que lo ayudaron á matar al cocodrilo. Pero
trajeron con ellos a un perro, que persiguió al conejo y también lo mató.
–Así que el cocodrilo tenía razón –dijo Nyo Boto–, Así sucede siempre en el mundo: la bondad a
menudo se paga con maldad. Eso es lo que les he contado en este cuento.
– ¡Bendita seas, y que tengas fuerza y prosperidad! –dijeron los niños, agradecidos.
Después las otras abuelas distribuían entre los niños, langostas y otros insectos recién tostados. En
otra ocasión hubieran sido un sabroso bocadito pero ahora, en vísperas de las grandes lluvias y en medio
del hambre reinante, los insectos tostados debían hacer las veces de comida del mediodía, pues en los
depósitos de la mayoria de las casas sólo quedaban unos pocos puñados de kouskous y arroz.

CAPITULO 4
Ahora casi todas las mañanas caían chaparrones, y entre un chaparrón y otro Kunta y sus
compañeros de juego, corrían excitadamente afuera de las chozas. –¡Mío! ¡Mío! –gritaban al ver el bonito
arco iris arqueándose sobre la tierra, que nunca parecía estar demasiado lejos. Pero las lluvias traían
también nubes de insectos voladores cuyas picaduras pronto hacían que los niños volvieran a entrar en las
chozas.
Luego, de repente, una noche, tarde, empezaron las grandes lluvias, y los habitantes de las aldeas se
acurrucaron en las frías chozas escuchando cómo golpeaba la lluvia sobre los techos de paja, observando
los relámpagos y consolando a sus hijos cuando el trueno aterrorizante retumbaba en la noche. Entre los
chaparrones sólo se oía el ladrido de los chacales, el aullido de las hienas y el croar de las ranas.
A la noche siguiente volvieron las lluvias, y luego a la siguiente, y a la otra, siempre de noche,
inundando los bajíos cerca del río, convirtiendo los sembrados en pantanos y la aldea en un pozo de barro.
Pero todas las mañanas, después del desayuno, todos los agricultores avanzaban con dificultad en medio
del lodo para dirigirse a la pequeña mezquita de Juffure e implorarle a Alá que les enviara más lluvias aún,
pues la vida misma dependía del agua, de que empapara la tierra profunda antes de la llegada de los soles
tórridos, que secarían las plantas cuyas raíces no hallasen agua suficiente para sobrevivir.
En la humeda choza destinada a los niños, apenas iluminada y pobremente calentada por los palos
secos y las tortas de bosta que ardían en el hogar poco profundo sobre el piso de tierra, la vieja Nyo Boto
contaba a Kunta y a los otros niños acerca de la época terrible en la que llovió poco. No importaba que una
situación fuera mala, pues Nyo Boto siempre recordaba un tiempo en que las cosas habían sido peores aún.
Les contó que después de dos días de fuertes lluvias habían llegado los soles abrasadores. Aunque la
gente había rezado con fervor a Alá, bailado la ancestral danza de la lluvia, y sacrificado dos cabritos y un
novillo por día, todo lo que empezaba a crecer se marchitó y murió. Hasta los charcos y aguaderos del
bosque se secaron, dijo Nyo Boto, y primero las aves salvajes, y luego los animales de la selva, enfermos
por la falta de agua, empezaron a acudir al pozo de agua de la aldea. Todas las noches, en el cielo
transparente como cristal, brillaban miles de estrellas refulgentes, y soplaba un viento frío. Muchos se
enfermaron. Era evidente que andaban espíritus malignos por Juffure.
Los que podían seguían con sus plegarias y sus danzas rituales, hasta que por fin se sacrificó el
último chivo y el último novillo. Era como si Alá le hubiera vuelto la espalda a Juffure. Algunos empezaron a
morir: los viejos, los débiles y los enfermos. Otros se fueron de la aldea, en busca de alguna otra donde
rogarían a quienes tuvieran comida que los aceptaran como esclavos, sólo por un poco de alimento, y los
que permanecieron perdieron el espíritu y se encerraron en sus chozas. Fue entonces, siguió diciendo Nyo
Boto, que Alá guió los pasos del morabito Kairaba Kunta Kinte a la hambrienta aldea de Juffure. Al ver la
situación apremiante de la gente, se arrodilló y le rezó a Alá –sin dormir casi, y tomando unos sorbos de
agua por alimento– durante cinco días. A la noche del quinto día cayó una gran lluvia, como un diluvio, que
salvó a Juffure.
Cuando hubo terminado la historia, los otros niños miraron a Kunta con nuevo respeto, pues llevaba
el nombre de ese abuelo distinguido y esposo de la abuela Yaisa. Kunta ya había visto cómo se
comportaban con Yaisa los padres de los otros niños, y se había dado cuenta de que era una mujer
importante, como seguramente también lo era la vieja Nyo Boto.

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Raíces

Alex Haley

Las grandes lluvias siguieron cayendo sobre la aldea todas las noches. Pronto Kunta y los otros niños
empezaron a ver a los adultos vadeando en el fango que les llegaba hasta los tobillos e incluso hasta las
rodillas en partes; algunos usaban canoas para ir de un lugar u otro. Kunta le había oído decir a su padre,
hablando con Binta, que los arrozales estaban inundados, bajo las altas aguas del bolong. Los padres de
los niños veían cómo sus padres, con hambre y con frío, sacrificaban a Alá preciosos chivos y novillos casi
todos los dias, remendaban las goteras de los techos, apuntalaban las chozas que empezaban a hundirse, y
rogaban que el escaso acopio de cereal les durara hasta la cosecha.
Pero Kunta y los otros, que eran niños pequeños, prestaban menos atención al dolor que sentían, por
el hambre, que a sus juegos en el barro, donde luchaban y se resbalaban sobre el traste desnudo. sin
embargo, como deseaban volver a ver el sol, agitaban las manos ante el cielo color pizarra exclamando,
imitando a sus padres: –¡Brilla, sol, y mataré un chivo por ti!
La vivificante lluvia había transformado a todo lo que crecía en algo fresco y lozano. Por todos lados
los pájaros cantaban. Los árboles y las plantas parecían reventar de fragantes capullos. El barro rojizo y
pegajoso se cubría todas las mañanas con los pétalos de colores brillantes y las hojas verdes que habían
caído por la lluvia de la noche anterior. Pero en medio de la exuberancia de la naturaleza, la enfermedad se
extendía entre los habitantes de Juffure, pues los cultivos no estaban aún listos para comer. Tanto los
adultos como los niños observaban con mirada hambrienta los miles de hinchados mangos y otros frutos
que colgaban pesadamente de los árboles, pero estaban verdes y duros como piedras, y los que les
hincaban el diente se enfermaban y vomitaban.
– ¡Nada más que piel y hueso! –exclamaba la abuela Yaisa, haciendo un ruido chasqueante con la
lengua, cada vez que veía a Kunta. Pero en realidad la abuela estaba tan flaca como él, pues todas las
despensas de Juffure estaban casi vacías. Los pocos animales de la aldea (vacas, chivos o gallinas) que no
habían sido comidos o sacrificados debían mantenerse vivos –y ser alimentados– si se quería que al año
siguiente hubiera chivitos, terneros y pollitos. Así que la gente empezó a comer roedores, raíces y hojas
procurados en la aldea o en los alrededores después de búsquedas que empezaban al salir el sol y
terminaban cuando éste se ponía.
Si los hombres hubieran ido a los bosques a cazar animales grandes, como lo hacían con frecuencia
en otras épocas del año, no habrían tenido la fuerza necesaria para arrastrar la presa hasta la aldea.
Tabúes tribales prohibían que se comieran los abundantes monos y mandriles; tampoco se tocaban los
huevos de gallina, que yacían desparramados por todas partes, ni los millones de grandes sapos que los
mandingas consideraban ponzoñosos. Y como devotos musulmanes que eran, hubieran preferido morir de
hambre antes de probar la carne de los cerdos salvajes, que a veces llegaban en manadas hasta la aldea
misma.
Desde hacía siglos, familias enteras de cigüeñas anidaban en las ramas superiores de los árboles
bombáceos de la aldea, y cuando los polluelos salían del cascarón, los padres iban y venían trayendo peces
que acababan de sacar del bolong, para alimentar a su cría. Esperando el momento propicio, las abuelas y
los niños corrían bajo los árboles, dando alaridos y arrojando palitos y piedras al nido. Entonces muchas
veces, por el ruido y la confusión, el pico abierto de un polluelo dejaba de recibir un pez, que no caía en el
nido y se precipitaba al suelo entre el espeso follaje del árbol. Los niños luchaban por la recompensa, y
alguna familia tendría una fiesta para la cena de esa noche. Si alguna de las piedras acertaba a darle a
algún pichón de cigüeña, bobo y lleno de canutos, éste se venía abajo desde el alto nido junto con el pez,
matándose o lastimándose al caer, y entonces esa noche varias familias tomarían sopa de cigüeña. Pero
esas comidas no eran usuales.
A la noche las familias volvían a reunirse en la choza, y cada uno traía lo que hubiera encontrado –
incluso un topo o un puñado de lombrices, si habían tenido suerte– para echar en la olla de la sopa, llena de
pimienta y otras especias para mejorarle el sabor. Pero no hacía más que llenarles el estómago, sin
alimentarlos. Y así fue que los habitantes de Juffure empezaron a morirse.

CAPITULO 5
Con mayor frecuencia se oía ahora el agudo aullido de una mujer, que atravesaba la aldea. Los
afortunados eran los bebés, o los que empezaban a dar sus primeros pasos, porque no entendían lo que
pasaba, pues hasta Kunta se daba cuenta de que el aullido se debía al hecho de que acababa de morir un
ser querido. Por lo general, a la tarde se veía cómo llevaban sobre un cuero de vaca, muy tieso, a algún
agricultor enfermo, que había estado cortando malezas en el sembrado.
La enfermedad había empezado a hinchar las piernas de algunos adultos. Otros tenían fiebre,
sudaban copiosamente y tenían escalofríos. A los niños se les hinchaban algunas partes de los brazos o las

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Raíces

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piernas, con mucho dolor; luego las partes hinchadas se reventaban, y por ellas salía un líquido rosado que
pronto se transformaba en pus maloliente, amarillento, que atraía las zumbantes moscas.
Un día, mientras trataba de correr, el dolor de la llaga abierta que tenía Kunta en la pierna lo hizo
caer. Se dio un golpe fuerte y empezó a gritar, atontado. Lo auxiliaron sus compañeros de juego. Se había
lastimado la frente y le salía sangre. Como Binta y Omoro estaban en el sembrado, lejos, lo llevaron a la
choza de la abuela Yaisa, que hacía varios días que no iba a ver a los niños.
Tenía un aspecto muy débil, su rostro negro estaba enjuto, y sudaba bajo el cuero de novillo, sobre el
jergón de bambú. Pero al ver a Kunta, la abuela se incorporó de un salto y empezó a lavarle la frente
ensangrentada. Abrazándolo estrechamente, ordenó a los otros niños que corrieran a buscar algunas
hormigas kelelalu. Cuando regresaron, la abuela Yaisa juntó con fuerza los bordes de la herida, y colocó
varias hormigas contra la misma. Cuando las hormigas, furiosas, clavaban sus fuertes pinzas a cada lado
de la herida, ella diestramente les sacaba el cuerpo, dejando sólo la cabeza, hasta coser la herida.
Después de despedir a los demás niños, Yaisa dijo a Kunta que se acostara y descansara junto a ella
en la cama. Él obedeció, y durante un largo rato, en que ella permaneció callada, el niño la oyó respirar con
dificultad. Luego la abuela hizo con gran trabajo un gesto con la mano para indicarle una pila de libros sobre
un estante encima de la cama. Con voz muy baja y dulce le contó más acerca de su abuelo, el dueño de
esos libros.
En su país natal, Mauritania, Kairaba Kunta Kinte contaba treinta y cinco lluvias de edad, cuando su
maestro y profesor, un morabito, le dio la bendición que lo convirtió en hombre santo. El abuelo de Kunta
seguía la tradición de hombres santos en su familia que se remontaba, muchas lluvias atrás, hasta el viejo
Malí. Siendo un hombre en su cuarto kafo, le rogó al viejo morabito que lo aceptara como discípulo, y
durante las quince lluvias siguientes viajó con su grupo de esposas, esclavos, discípulos, ganado y chivos
en un peregrinaje que lo llevó de aldea en aldea para servir a Alá y a sus subditos. La abuela dijo que
habían viajado hacía el Sur, desde Mauritania, por senderos polvorientos y arroyos fangosos, bajo soles
abrasadores y frías lluvias, atravesando verdes valles y desiertos azotados por los vientos.
Al ordenarse como hombre sagrado, Kairaba Kunta Kinte había recorrido solo, durante muchas lunas,
varios lugares de la vieja Mali, como Keyla, Djeela, Kangaba y Timbuktu, prosternándose humildemente
ante grandes hombres sagrados, implorando su bendición para su empresa, que todos le concedieron. Y
entonces Alá guió los pasos del hombre sagrado en dirección Sur, finalmente hasta Gambia, donde primero
se detuvo en la aldea de Pakali N'Ding.
Al poco tiempo los habitantes de la aldea se dieron cuenta, por los resultados inmediatos de sus
plegarias, de que este joven sagrado contaba con el favor especial de Alá. Los tambores trasmitieron la
noticia, y pronto otras aldeas intentaron atraerlo, enviando mensajeros con ofertas de vírgenes que querían
casarse con él, esclavos, ganado y chivos. Y no pasó mucho tiempo antes que se fuera, esta vez a la aldea
de Jiffarong, pero sólo porque Alá lo llamaba, ya que sus habitantes no tenían otra cosa que ofrecer,
excepto agradecerles sus plegarias. Fue allí que oyó hablar de la aldea de Juffure, cuyos habitantes
estaban enfermos y se morían porque no llegaban las grandes lluvias. Por eso finalmente llegó a Juffure,
dijo la abuela Yaisa, y durante cinco días rezó sin cesar, hasta que Alá envió la gran lluvia que salvó a la
aldea.
Al enterarse de su gran hazaña el rey de Barra, que gobernaba esa parte de Gambia, le obsequió
personalmente una virgen elegida como esposa del hombre sagrado, llamada Sireng. Con Sireng, Kairaba
Kunta Kinte engendró dos hijos, y los llamó Janneh y Saloum.
La abuela Yaisa se había incorporado sobre el jergón de bambú. Fue entonces –dijo con los ojos
brillantes– que vio a Yaisa, que bailaba el serouba. Yo tenía entonces quince lluvias. –Sonrió ampliamente,
enseñando las encías desdentadas–. ¡No necesitaba que ningún rey le eligiera la próxima mujer! –Miró a
Kunta–. De mi vientre engendró a tu papá, Omoro.
Esa noche, de regreso en la choza de su madre, Kunta permaneció despierto durante un largo rato,
pensando en las cosas que le había contado la abuela Yaisa. Muchas veces Kunta había oído historias de
su abuelo, cuyas plegarias habían salvado a la aldea, y a quien después Alá se lo había llevado. Pero hasta
ese momento Kunta nunca había entendido realmente que ese hombre era el padre de su padre, que
Omoro lo había conocido como él conocía a Omoro, que la abuela Yaisa era la madre de Omoro, como
Binta era la suya. Algún día, él también encontraría a una mujer como Binta, para engendrar su propio hijo.
Y su hijo, a la vez...
Dándose vuelta y cerrando los ojos, Kunta siguió pensando así hasta quedarse lentamente dormido.

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Raíces

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CAPITULO 6
Los días siguientes, justo antes de la puesta del sol, después de regresar del arrozal, Binta enviaba a
Kunta al pozo de agua de la aldea a traer una calabaza de agua fresca, que usaba para hacer la sopa con
los mendrugos que tenía. Luego ella y Kunta llevaban un poco de sopa a la abuela Yaisa. A Kunta le
parecía que Binta caminaba con más lentitud que la habitual, y vio que tenía el vientre grande y pesado.
Mientras la abuela Yaisa protestaba débilmente, diciendo que pronto se volvería a sentir bien, Binta
limpiaba la choza y arreglaba las cosas. Dejaban a la abuela sentada en la cama, tomando un plato de sopa
con un poco del pan, que hacía Binta en la estación de escasez con el polvo amarillo que cubría las vainas
negras y secas del algarrobo.
Una noche Kunta se despertó. Su padre lo sacudía con fuerza, Binta gritaba y se quejaba débilmente
en la cama, y dentro de la choza, moviéndose de aquí para allá, estaban Nyo Boto y la amiga de Binta,
Jankay Touray. Omoro atravesó la aldea rápidamente con Kunta que, preguntándose de qué se trataba todo
eso, pronto se quedó dormido en la cama de su padre.
A la mañana siguiente Omoro volvió a despertar a Kunta y le dijo: –Tienes un hermano–. Mientras se
ponía de rodillas, medio dormido, y se restregaba los ojos, Kunta pensó que debía de tratarse de algo muy
especial para que su severo padre se mostrara tan satisfecho. Esa tarde Kunta estaba con sus compañeros
de kafo, buscando algo de comer, cuando lo llamó Nyo Boto y lo llevó a ver a Binta. Parecía muy cansada, y
estaba sentada al borde de la cama, acariciando al bebé que tenía sobre la falda. Kunta permaneció un
momento, estudiando esa cosita negra y arrugada; luego vio que las dos mujeres le sonreían, y se dio
cuenta de que Binta ya no tenía el vientre hinchado. Kunta salió sin decir palabra, y se quedó afuera un rato
largo; en vez de volver a reunirse con sus amigos, fue a sentarse, solo, junto a la choza de su padre, a
pensar en lo que había visto.
Kunta siguió durmiendo en la choza de Omoro las siete noches siguientes, aunque nadie parecía
darse cuenta de ello, ni les importaba tampoco, pues sólo se preocupaban por el nuevo bebé. Empezaba a
pensar que su mamá ya no lo quería –ni tampoco su padre– hasta que, la octava noche, Omoro lo hizo ir a
la choza de su madre, y allí, junto con todos los habitantes de Juffure capacitados físicamente, oyó el nuevo
nombre del bebé: Lamin.
Esa noche Kunta durmió pacíficamente, de nuevo en su propia cama, junto a su madre y a su nuevo
hermano. Pero a los pocos días, no bien tuvo fuerzas, Binta empezó a llevar al bebé, después de preparar
el magro desayuno para Omoro y Kunta, a la choza de la abuela Yaisa, donde pasaba la mayor parte del
día. Por las palabras de preocupación de Binta y Omoro, Kunta se enteró que la abuela Yaisa estaba muy
enferma.
Una tarde, unos días después, fue a cortar mangos, que acababan de madurar, con sus compañeros
de kafo. Rompían la dura cascara amarillo anaranjada contra la roca más cercana, y de un mordisco abrían
un extremo para poder sorber la dulce y tierna pulpa interior. Estaban recogiendo canastas enteras de frutos
y nueces salvajes cuando Kunta de repente oyó el aullido de una voz familiar en la dirección de la choza de
su abuela. Sintió que lo recorría un escalofrío, porque era la voz de su madre y el aullido era el de la muerte,
que tantas veces había oído esas últimas semanas. Otras mujeres inmediatamente se unieron y los aullidos
agudos atravesaron la aldea entera. Kunta corrió ciegamente hacia la choza de su abuela.
En medio de la confusión reinante, Kunta vio a Omoro, angustiado, y a la vieja Nyo Boto llorando
amargamente. A los pocos momentos se oyó que tocaban con fuerza el tambor tóbalo y el jaliba empezó a
proclamar a toda voz las buenas acciones que había hecho la abuela Yaisa en su larga vida en Juffure.
Anonadado, Kunta se puso a mirar sin expresión cómo las jóvenes solteras de la aldea levantaban el polvo
del suelo con amplios abanicos de pasto trenzado, como se acostumbraba en ocasión de alguna muerte.
Nadie parecía percatarse de la presencia de Kunta.
Cuando Binta y Nyo Boto, acompañadas de otras dos mujeres que gritaban, entraron en la choza, la
multitud agrupada afuera se puso de rodillas e inclinó la cabeza. Kunta se puso a llorar de repente, tanto de
miedo como de pena. Pronto llegaron los hombres con un gran tronco, recientemente cortado, y lo
depositaron frente a la choza. Kunta observó cómo las mujeres sacaban el cuerpo de la abuela, envuelta
desde el cuello a los pies en una tela blanca de algodón, y lo extendían sobre la superficie plana del tronco.
A través de las lágrimas Kunta vio que los dolientes caminaron trazando un círculo siete veces
alrededor del cuerpo, rezando y cantando mientras el alimano decía, gimiendo, que iba a pasar la eternidad
con Alá y con sus ancestros. Para darle fortaleza para el viaje, los hombres solteros depositaron con ternura
cuernos de vaca llenos de cenizas frescas alrededor del cuerpo.
Después que desfilaron los dolientes, Nyo Boto y otras mujeres se apostaron cerca, apiñándose,
llorando y apretándose la cabeza con las manos. Luego mujeres jóvenes trajeron las hojas de ciboa más
grandes que pudieron hallar para proteger la cabeza de las mujeres durante la vigilia. Mientras éstas
montaban guardia, los tambores de la aldea hablaron de la abuela Yaisa hasta la noche.

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Raíces

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A la mañana siguiente, que amaneció brumosa, siguiendo la costumbre de sus antepasados, sólo los
hombres de Juffure –los que podían caminar– se unieron a la procesión hasta el cementerio, que no
quedaba lejos de la aldea. De otra manera, nadie iba a ese lugar, pues los mandingas sentían un temeroso
respeto por los espíritus de sus antepasados. Detrás de los hombres que trasportaban a la abuela Yaisa
sobre el tronco, iba Omoro, llevando al infante Lamin en brazos y a Kunta de la mano. Kunta estaba
demasiado asustado para llorar. Detrás de ellos iban los otros hombres de la aldea. El tieso cuerpo, con su
mortaja blanca, fue bajado al pozo recién cavado, y encima le pusieron una gruesa estera de junco. Luego
lo cubrieron de arbustos espinosos, para que no se acercaran las hienas, y encima de todo pusieron piedras
apiñadas y un montículo de tierra.
Durante los días siguientes Kunta apenas si comió o durmió, y no jugó con sus compañeros de kafo.
Sentía tanto dolor que una tarde Omoro lo llevó a su choza y allí, junto a la cama, le habló a su hijo con una
dulzura y suavidad que nunca había empleado antes, y le dijo algo que lo ayudó a aliviar su dolor.
Le dijo que en las aldeas vivían tres clases de personas. Primero estaban los que se veían,
caminando, comiendo, durmiendo y trabajando. Luego estaban los ancestros, a los que la abuela Yaisa se
acababa de unir.
–Y los terceros, ¿quiénes son? –preguntó Kunta.
–Los terceros –dijo Omoro–, son los que esperan nacer.

CAPITULO 7
Las lluvias habían terminado, y entre el brillante cielo azul y la tierra húmeda, el aire estaba pesado
de fragancias a flores y frutos salvajes. Las mañanas resonaban con el ruido de los morteros en los que las
mujeres molían mijo, kouskous y maní, no de la cosecha principal sino de las semillas tempranas que
sobrevivían de la cosecha anterior. Los hombres andaban cazando, y todos los días traían hermosos
antílopes; después de distribuir la carne, limpiaban y curaban los cueros. Las mujeres también recogían las
maduras frutitas rojas del mangkano, sacudiendo los arbustos, debajo de los cuales colocaban telas
extendidas. Luego secaban las frutas al sol antes de molerlas para separar la exquisita harina de futo de las
semillas. No se desperdiciaba nada. Las semillas se ponían a remojar y a hervir luego con mijo molido, y
después con eso, se preparaba un plato dulce para desayuno que a Kunta y a todos los demás les gustaba
pues era un cambio del típico cereal de kouskous que comían el resto del año.
A medida que la comida era cada vez más abundante, día a día Juffure cobraba nueva vida, cuyas
manifestaciones podían verse y oírse. Los hombres empezaban a caminar con más agilidad rumbo a los
sembrados y de regreso a la aldea, y en el campo inspeccionaban con orgullo la abundante cosecha que
pronto estaría lista para recoger. Ahora que bajaban las aguas del río, las mujeres iban remando al golfo
para arrancar las últimas malezas de entre las altas hileras de arroz.
Y la aldea volvía a resonar con el griterío y las risas de los chicos, que habían reanudado sus juegos
después de la larga estación del hambre. Ahora las barrigas estaban llenas de comida que nutría, las
pústulas se habían cicatrizado, las costras se desprendían, y los niños corrían y saltaban como poseídos.
Un día capturaban escarabajos, los alineaban para una carrera, y gritaban al ver cuál era el primero en salir
de un círculo trazado en la tierra con un palito. Otro día Kunta y su mejor amigo, Sitafa Silla, que vivía en la
choza contigua a la de Binta, se entretenían en los montículos sacando las termitas ciegas, sin alas, que
vivían allí, observando cómo trataban de escabullirse frenéticamente.
Otras veces los niños obligaban a salir de su escondite a los pequeños topos y luego los perseguían
entre las matas. Nada les gustaba más que proferir gritos y tirarles piedras a familias enteras de monos
pequeños y marrones, de cola larga, algunos de los cuales les devolvían las piedras antes de saltar de rama
en rama para reunirse con sus chillones hermanos en la copa de los árboles. Y todos los días los niños
luchaban, tirándose y rodando por la tierra, gruñendo y saltando para volver a empezar de nuevo. Todos
soñaban con convertirse algún día en campeones de lucha a fin de ser elegidos para representar a Juffure
en los torneos que tenían lugar en las fiestas de la cosecha, donde se luchaba con los campeones de las
aldeas vecinas.
Los adultos que pasaban por el lugar, simulaban solemnemente no ver ni oír cómo Sitafa, Kunta y los
demás niños del kafo rugían como leones, gritaban como elefantes o gruñían como cerdos salvajes, ni
cómo las niñas jugaban a la esposa y a la mamá, cocinando, cuidando las muñecas o moliendo cereal. Pero
no importaba cuan entusiasmados estuvieran en sus juegos, nunca dejaban de demostrar respeto por los
adultos, como se lo enseñaban sus madres. Mirando cortésmente a los adultos, los niños preguntaban:
¿Kerabe? (¿Tienes paz?), y los adultos respondían: –Kera Dorong–. (Sólo paz). Si un adulto extendía la

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Raíces

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mano, los niños por turno debían tomarla con ambas manos y luego cruzar las palmas sobre el pecho hasta
que el adulto se fuera.
La crianza de Kunta había sido tan estricta que a él le parecía que hiciera lo que hiciese, Binta
chasqueaba los dedos de irritación, si es que no le daba una paliza. Cuando comía, Binta le daba un
coscorrón si él sacaba los ojos de la comida. Y si no se lavaba bien, sacando todo rastro de suciedad al
entrar en la choza después de jugar, Binta tomaba la esponja de tallos secos, que raspaba la piel, y su
pastilla de jabón casero y lo restregaba tan concienzudamente que Kunta creía que se iba a quedar sin piel.
Si miraba con fijeza a su padre, a su madre o a cualquier persona adulta le daban una bofetada, lo
mismo que si interrumpía la conversación de una persona mayor. Nunca se le ocurriría decir otra cosa que
no fuera la verdad. Como no había ninguna razón para mentir, no lo hacía nunca.
Pero casi todas las noches a Kunta le daban una paliza porque le hacía algo malo a su hermanito;
generalmente lo asustaba con sus gruñidos feroces, caminaba en cuatro patas como si fuera un mandril,
ponía los ojos en blanco y golpeaba el suelo con los puños, como si fueran zarpas. –¡Voy a buscar al
toubob! –le gritaba Binta cuando se le agotaba la paciencia, y eso asustaba terriblemente a Kunta, pues a
menudo las abuelas hablaban de los extraños hombres blancos, peludos y de cara colorada, que robaban a
la gente de su casa y los metían en sus canoas.

CAPITULO 8
Aunque Kunta y sus compañeros terminaban cansados y hambrientos a la puesta del sol, seguían
persiguiéndose y se subían a los árboles para señalar la bola de fuego que se hundía en el ocaso. – ¡Sería
aún más bello mañana! –exclamaban. Hasta los adultos de Juffure se apresuraban a terminar la comida
para poder reunirse afuera, en el crepúsculo, y gritaban, aplaudían y tocaban el tambor a la salida del cuarto
creciente, que simbolizaba a Alá.
Pero cuando las nubes ocultaban la luna nueva, como sucedía esa noche, los habitantes de la aldea
se dispersaban, alarmados, y los hombres entraban en la mezquita para pedir perdón, porque una luna
nueva amortajada por las nubes significaba que los espíritus celestiales estaban enojados con la gente de
Juffure. Después de rezar, los hombres llevaban a las atemorizadas familias al baobab, donde el jaliba ya
estaba sentado junto a un pequeño fuego, tocando furiosamente el tambor trasmisor de mensajes.
Kunta se restregó los ojos, que le escocían por el humo, acordándose de las innumerables
oportunidades en que los tambores de varias aldeas, que trasmitían mensajes de noche, no lo habían
dejado dormir tranquilo. Se despertaba y se ponía a escuchar. Los sonidos y los ritmos eran tan parecidos a
los del lenguaje, que por último llegaba a entender algunas palabras, que hablaban de plagas o de hambre,
o de la invasión e incendio de alguna aldea, cuyos habitantes eran asesinados o robados.
Colgada de una rama del baobab, junto al jaliba, había una piel de cabra escrita con los signos del
idioma, hechos por el arafang en árabe. A la luz vacilante del fuego, Kunta observaba cómo el jaliba tomaba
los torcidos palillos, llenos de nudos, y con gran rapidez golpeaba regiones distintas del tambor. Era un
mensaje urgente al mago más cercano para que se apresurara a ir a Juffure a ahuyentar los malos
espíritus.
Sin atreverse a mirar la luna, la gente se apresuró a ir a su casa y acostarse, temerosa. Pero esa
noche, a intervalos, tambores distantes hicieron eco del pedido de Juffure y se requirió la presencia de un
mago en otras aldeas. Temblando bajo el cuero de vaca, Kunta adivinó que para ellos la luna nueva
también había sido cubierta por las nubes.
Al día siguiente, los hombres de la edad de Omoro tuvieron que ayudar a los más jóvenes de la aldea
a proteger los sembrados, ya casi maduros, contra la invasión anual de mandriles y pájaros hambrientos.
Los niños del segundo kafo fueron informados que debían tener especial cuidado al llevar a pastorear las
cabras, y las madres y las abuelas no se alejaron de los bebés y los niños más pequeños. A los niños del
primer kafo, de la edad de Kunta y Sitafa, les dieron instrucciones de jugar junto a la alta cerca de la aldea,
desde donde podían observar si se aproximaba algún extraño al árbol de los viajeros, no muy lejos de allí.
Así lo hicieron, pero nadie llegó ese día.
Apareció a la segunda mañana: un hombre muy viejo, que caminaba con la ayuda de un bastón de
madera y que llevaba un gran fardo sobre la cabeza calva. Al verlo, los niños atravesaron la puerta de la
aldea, gritando. La vieja Nyo Boto dio un salto y empezó a hacer sonar su gran tambor tóbalo, que atrajo a
los hombres de los sembrados. Ya estaban en la aldea antes que el mago llegara a la puerta y entrara en
Juffure.
Mientras los habitantes de la aldea lo rodeaban, el viejo se dirigió al baobab y con gran cuidado
depositó en el suelo el fardo que llevaba en la cabeza. De pronto se puso en cuclillas y sacudió el contenido

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Raíces

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de una bolsa de cuero de cabra; eran objetos secos: una culebra, una mandíbula de hiena, un diente de
mono, un ala de pelícano, varias patas de ave y extrañas raíces. Mirando a su alrededor, hizo un gesto con
impaciencia para que la multitud silenciosa le hiciera más lugar. Los habitantes de la aldea empezaron a
retroceder al ver que empezaba a temblar: era evidente que estaba siendo atacado por los espíritus
malignos de Juffure.
El cuerpo del mago se retorcía, el rostro se contorsionaba, los ojos se le salían de las órbitas y sus
temblorosas manos luchaban para que su varita entrará en contacto con la pila de objetos misteriosos.
Cuando, haciendo un esfuerzo supremo, la punta de la varita tocó finalmente los objetos, el hombre cayó de
espaldas y se quedó inmóvil, como si hubiera sido fulminado por un rayo. La gente jadeó. Pero luego el
hombre empezó a revivir. Los malos espíritus habían sido ahuyentados. Mientras trataba de ponerse de pie
con gran dificultad, los adultos de Juffure –exhaustos pero aliviados– corrieron a sus chozas y regresaron
en seguida cargados de regalos para el viejo. El mago los agregó a los que guardaba en el fardo, que
provenían de otras aldeas, y pronto siguió camino para satisfacer el siguiente pedido. Alá había decidido,
misericordiosamente, salvar otra vez a Juffure.

CAPITULO 9
Habían pasado doce lunas, y al terminar nuevamente las grandes lluvias empezó la estación de los
viajeros. Por la red de senderos que conectaban las aldeas, venían visitantes en cantidad suficiente para
tener ocupados a Kunta y a sus compañeros, ya que pasaban por Juffure o se detenían en la aldea. Cuando
aparecía un extraño los niños alertaban a los habitantes de la aldea, y luego se adelantaban a su paso
mientras este se aproximaba al árbol de los viajeros. Valientemente caminaban a su lado, conversaban,
inquisidores, y sus sagaces ojos trataban de encontrar algo que revelara la misión o la profesión del
visitante. Si descubrían algo, abandonaban al visitante abruptamente y corrían a la aldea para informar a los
adultos de la choza de hospitalidad correspondiente a ese día. De acuerdo con una tradición antigua, todos
los días elegían a una familia diferente para que ofreciera alimentos y diera albergue, sin costo, a los
visitantes, por todo el tiempo que desearan quedarse antes de seguir viaje. Al serles confiada la
responsabilidad de servir como vigías de la aldea, Kunta, Sitafa y sus compañeros de kafo empezaron a
sentirse y a actuar como si tuvieran más lluvias de las que realmente tenían. Después del desayuno se
reunían junto al patio del arafang y se arrodillaban a escuchar cómo él enseñaba a los muchachos mayores
–los del segundo kafo, mayores que Kunta, de cinco a nueve lluvias– a leer los versos del Corán y a
escribir, con plumas de ganso mojadas en la tinta negra de jugo de naranjas amargas, mezclado con el
hollín del fondo de las cacerolas.
Cuando los escolares terminaban las lecciones y corrían –sacudiendo la cola de sus dundikos de
algodón– a reunir las cabras de la aldea y llevarlas a pastorear a los matorrales, Kunta y sus compañeros se
comportaban como si no les importara, pero la verdad era que envidiaban las camisas largas de los
muchachos mayores, lo mismo que sus importantes tareas. Aunque no decían nada, Kunta no era el único
que pensaba que era demasiado crecido para que lo trataran como a un niño y lo obligaran a andar
desnudo. Evitaban acercarse a los bebés de pecho, como Lamín, y a los niños más pequeños los trataban
como si no valiera la pena fijarse en ellos, excepto para darles un golpe cuando no había un adulto cerca.
Empezaron a rehuir las atenciones de las viejas abuelas que hacía tanto que los cuidaban, y a estar
siempre cerca de las personas mayores, de la edad de sus padres, esperando que les dieran algo que
hacer, o los enviaran con algún recado.
Una noche, después de la cena, justo antes de la cosecha, Omoro le dijo a Kunta de manera casual
que quería que se levantara temprano al día siguiente para ayudar a cuidar los sembrados. Kunta estaba
tan excitado que apenas si pudo dormir. Después de tragar el desayuno a la mañana siguiente, casi estalló
de alegría cuando Omoro le dijo que le llevara la azada para dirigirse a los sembrados. Kunta y sus
compañeros corrían por entre los surcos, gritando y espantando con palos a los cerdos salvajes y a los
mandriles que se acercaban gruñendo para arrancar maníes. Con terrones de tierra y la ayuda de gritos,
ahuyentaban las bandadas de mirlos que revoloteaban sobre el kouskous; habían oído muchos cuentos de
las abuelas referentes a sembrados enteros que habían sido devastados por pájaros hambrientos.
Recogían lo que cortaban sus padres y les llevaban calabazas llenas de agua fresca, y así trabajaban el día
entero con una celeridad que sólo su orgullo igualaba.
Seis días después, Alá decretó que debía comenzar la cosecha. Después de la plegaria del
amanecer, los agricultores y sus hijos –algunos elegidos para llevar pequeños tambores tan–tang y
souraba– fueron al campo y esperaron con la cabeza ladeada, escuchando. Por fin sonó el gran tambor
tóbalo de la aldea y entonces pusieron manos a la obra. A medida que el jaliba y los otros tambores
caminaban entre ellos, tocando un ritmo para acompañar sus movimientos, los agricultores empezaron a

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Raíces

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cantar. De vez en cuando como señal de regocijo, algún agricultor tiraba al aire su hoz a un golpe de tambor
y la retomaba al siguiente.
El kafo de Kunta sudaba junto a sus padres, sacudiendo el polvo y la tierra de las plantas de maní. A
media mañana tuvieron el primer descanso y luego, al mediodía, los hombres saludaron con gritos de
felicidad y alivio al ver que las mujeres y las niñas llegaban con la comida. Venían en fila india, entonando
canciones alusivas a la cosecha, con los recipientes sobre la cabeza. Sirvieron el contenido en calabazas y
dieron de comer a los que tocaban el tambor y a los cosechadores, que después de ingerir se echaron a
dormir una siesta hasta que volvió a sonar el tóbalo.
Al final de ese primer día, montones de cereales recogidos punteaban los campos. Sudando y todos
embarrados, los agricultores se dirigieron pesadamente hasta el riacho más cercano, se desnudaron y se
metieron al agua, riendo y salpicándose para refrescarse y lavarse. Luego fueron a sus casas, matando las
moscas que zumbaban alrededor de sus cuerpos brillosos, picándolos. Mientras se acercaban al humo que
salía de las cocinas les llegaba el atormentante aroma de la carne asada que se servía tres veces por día
mientras durara la cosecha.
Esa noche, después de atiborrarse de comida, Kunta notó –como hacía varias noches– que su madre
cosía algo. No le dijo nada, ni tampoco le preguntó Kunta de qué se trataba. Pero a la mañana siguiente,
cuando alzaba la azada para salir de la choza, ella lo miró y le dijo con aspereza: –¿Por qué no te pones la
ropa?
Kunta dio un respingo, y se volvió. Colgando de una percha había un dundiko recién hecho.
Luchando para disimular su excitación, se lo puso como si tal cosa y salió dando grandes pasos. Una vez
afuera se echó a correr. Otros de los compañeros de kafo ya estaban afuera, todos, como él, vestidos por
primera vez... Todos saltaban, gritaban y reían porque por fin cubrían su desnudez. Ahora oficialmente
pertenecían al segundo kafo. Se estaban convirtiendo en hombres.

CAPITULO 10
Para cuando regresó a la choza de su madre esa noche, Kunta se aseguró de que todos en Juffure
hubieran visto su dundiko. Aunque no había dejado de trabajar en todo el día, no estaba cansado, y sabía
que no iba a lograr dormirse a su hora acostumbrada. A lo mejor ahora, que era adulto, Binta le permitía
quedarse hasta más tarde. Pero, como siempre, al rato de dormirse Lamin, lo envió a la cama, recordándole
que colgara el dundiko.
Mientras se volvía para obedecer, demostrando mal humor, Binta lo llamó, Kunta pensó que era para
reprenderlo por su mal humor, o tal vez porque se había arrepentido, cambiando de opinión. –Tu padre
quiere verte a la mañana –dijo ella de manera casual. Kunta sabía muy bien que no debía preguntar para
qué, así que sólo dijo: –Sí mamá –y le deseó las buenas noches. La suerte, que no estaba cansado, porque
de todos modos ahora sí que no hubiera podido dormir. Se quedó acostado, bajo el cuero de vaca,
pensando qué había hecho de malo, como pasaba tantas veces. Aunque se estrujó el cerebro, no se le
ocurrió nada, especialmente nada tan malo que Binta no pudiera haber arreglado con un castigo, ya que el
padre sólo se ocupaba cuando las cosas eran realmente serias. Finalmente se dio por vencido y se quedó
dormido.
Durante el desayuno, a la mañana siguiente, Kunta estaba tan sumiso que casi había olvidado la
alegría del dundiko, hasta que Lamin, desnudo, lo rozó. Kunta levantó la mano para darle un empujón, pero
Binta lo previno con una mirada severa. Después de terminar de comer, Kunta se quedó un rato, esperando
que Binta dijera algo más, pero cuando vio que se comportaba como si no le hubiera dicho nada, abandonó
la choza sin ganas y con paso lento se dirigió a la de su padre. Se quedó parado frente a ella, con las
manos cruzadas.
Cuando salió Omoro y le entregó una nueva honda, Kunta suspendió el aliento. Se quedó mirando la
honda, luego miró a su padre, sin saber qué decir. –Esto es tuyo, ahora que eres del segundo kafo.
Asegúrate de no apuntar a lo que no debas, y que cuando apuntes, no erres.
Kunta sólo dijo: –Sí, papá –pues tenía la lengua demasiado pesada para decir algo más.
–Además, ahora que eres del segundo kafo –siguió diciendo Omoro– empezarás a cuidar las cabras
e irás a la escuela. Hoy irás a reunir las cabras con Toumani Touray. Él y los otros muchachos mayores te
enseñarán. Escúchalos bien. Y mañana a la mañana irás a la escuela–. Omoro volvió a entrar en su choza,
y Kunta corrió a los corrales, donde encontró a su amigo Sitafa y al resto de su kafo, todos vestidos con sus
nuevos dundikos, con sus hondas nuevas. Los tíos o los hermanos mayores habían hecho las hondas para
los muchachos cuyos padres habían muerto.

16

Raíces

Alex Haley

Los muchachos mayores abrieron las puertas de los corrales y las cabras salieron balando, apuradas
por llegar a los pastos. Al ver a Toumani, hijo de los mejores amigos de Omoro y Binta, Kunta intentó
acercársele, pero Toumani y sus amigos estaban ocupados haciendo que las cabras se llevaran por delante
a los muchachos más pequeños, quienes trataban de escapar. Pero pronto los muchachos mayores,
divertidos, y los perros wuolos, arreaban al ganado por los caminos polvorientos, mientras los integrantes
del kafo de Kunta los seguían con inseguridad, aferrados a sus hondas e intentando limpiar la suciedad de
sus dundikos.
Kunta estaba familiarizado con el ganado cabrío, pero nunca se había dado cuenta de la rapidez con
que corrían esos animales. Excepto algunas veces, en que había salido a caminar con su padre, nunca
había llegado tan lejos de la aldea como ahora con las cabras, que los llevaban a una zona de pastoreo, de
matorrales y pasto, con el bosque a un lado y los campos de los sembrados al otro. Los muchachos
mayores, con indiferencia, pusieron la manada a pastorear; a cada uno le correspondía una cantidad de
cabras, y una parte del campo. Los perros wuolos iban de aquí para allá o se echaban junto a las cabras.
Por fin Toumani decidió percatarse de la presencia de Kunta, que no se le despegaba, pero actuó
como si el muchacho más pequeño fuera una especie de insecto. –¿Conoces el valor de una cabra?.–le
preguntó, y antes de que Kunta pudiera reconocer que no estaba seguro, le dijo–: Bueno, si pierdes una, tu
padre te lo hará saber. –Toumani empezó una conferencia llena de advertencias acerca del cuidado de las
cabras. Lo más importante era que si algún muchacho, por haraganería o falta de atención, dejaba que una
cabra se apartara de la manada, podían suceder cosas horribles. Señalando el bosque, Toumani dijo que
allí vivían leones y panteras, que muchas veces se arrastraban sobre la panza por el pasto, y que de un
solo zarpazo despedazaban una cabra. –Pero si hay algún muchacho cerca –dijo Toumani– ¡él es mucho
más sabroso que una cabra!
Viendo con satisfacción que a Kunta se le salían los ojos de las órbitas, Toumani prosiguió: Un peligro
peor que los leones y las panteras eran los toubobs y sus cómplices negros, los slatees, que se arrastraban
por entre el pasto para robar a la gente y llevarla a lugares lejanos, donde los comían. En las cinco lluvias
que había pasado cuidando el ganado, le dijo que se habían llevado a cinco muchachos de Juffure, y a
muchos más de aldeas vecinas. Kunta no conocía a ninguno de los muchachos que habían sido robados,
pero se acordaba que se había asustado tanto al oír hablar de eso que durante varios días no se alejó de la
choza de su madre.
–Pero no estás seguro ni siquiera dentro de los límites de la aldea –dijo Toumani, como leyendo sus
pensamientos. Le dijo que él conocía a un hombre de Juffure que se había quedado sin nada cuando los
leones mataron todas sus cabras, y que había sido sorprendido con dinero de los toubobs al poco tiempo de
la desaparición de dos muchachos del tercer kafo, que habían sido robados de sus propias chozas una
noche. El hombre dijo que había encontrado el dinero en el bosque, pero el día antes que lo juzgara el
Consejo de Ancianos, él mismo desapareció. –Tú eras demasiado joven para acordarte de esto –dijo
Toumani–. Pero esas cosas siguen ocurriendo. Así que nunca te alejes de alguien en quien confíes. Y
cuando estés aquí con tus cabras, no permitas que se vayan a los matorrales espesos, donde tengas que ir
a buscarlas, o tu familia no volverá a verte.
Al mediodía, cuando Toumani y Kunta compartieron el almuerzo que les había preparado para ellos la
madre de aquél, todos los integrantes del segundo kafo sentían por las cabras más respeto que el que
habían sentido en toda su vida. Después de comer, algunos muchachos del kafo de Toumani se echaron a
descansar bajo los árboles matando pájaros con las hondas de sus discípulos. Mientras Kunta y sus
compañeros se esforzaban cuidando las cabras, los muchachos mayores les gritaban que tuvieran cuidado,
los insultaban y se morían de risa al ver que los muchachos más jóvenes gritaban y corrían frenéticamente
hacia la primera cabra que levantaba la cabeza para mirar a su alrededor. Cuando Kunta no corría tras las
cabras, no apartaba los ojos del bosque por si había algo agazapado, listo para devorarlo.
A media tarde, cuando las cabras ya estaban repletas de pasto, Toumani llamó a Kunta y le dijo con
severidad: –¿Pretendes que yo te junte la leña? –Fue entonces que Kunta se acordó de las veces que
había visto a los pastores regresar a la tarde cargados de leños para los fuegos de la aldea. Sin apartar
demasiado los ojos de las cabras y del bosque, Kunta y sus compañeros buscaron pequeños leños y ramas
caídas que estuvieran lo suficientemente secos para arder bien. Kunta los amontonó en un haz que le
pareció iba a poder llevar, pero Toumani se burló y le agregó unos leños más. Luego Kunta ató alrededor de
la leña una liana verde, delgada, dudando que pudiera llevarla sobre la cabeza, toda esa distancia hasta la
aldea.
Bajo la mirada vigilante de los muchachos mayores, él y sus compañeros se las arreglaron de alguna
manera para izar la carga y empezaron a seguir como podían a los perros wuolos y a las cabras, que
conocían el sendero de regreso mejor que los nuevos pastores. En medio de las risas despreciativas de los
mayores, Kunta y los otros tenían que cuidar continuamente que no se les cayera la carga. Nunca la aldea
le pareció más hermosa a Kunta que al avistarla esa tarde, pues tenía los huesos molidos. Cuando
traspusieron la puerta de la misma los muchachos mayores hicieron un escándalo ruidoso, gritándoles

17

Raíces

Alex Haley

advertencias e instrucciones y saltando de aquí para allá para demostrarle a los adultos que cumplían con
su deber y que enseñar a esos jóvenes torpes había sido una experiencia extenuante. La carga de Kunta
logró llegar al patio de Brima Casey, el arafang, que desde la mañana siguiente tendría a su cargo la
educación de Kunta y su nuevo kafo.
En seguida, después del desayuno, los nuevos pastores se agolparon nerviosos, en el patio de la
escuela. Cada uno llevaba, con orgullo, una pizarra de madera de álamo, una pluma de ganso y un
recipiente de caña de bambú con hollín para mezclar con agua y hacer tinta. El arafang los trató como si
fueran aún más estúpidos que sus cabras, y les ordenó que se sentaran. No bien terminó de hablar, les
empezó a pegar con su flexible vara, pues no habían obedecido su orden con la rapidez necesaria.
Mirándolos con el ceño fruncido, les advirtió que mientras acudieran a sus clases, el primero que hablara sin
que él se lo pidiera recibiría más azotes (blandió la vara amenazadoramente) y sería enviado a su casa. Lo
mismo le pasaría a cualquiera que llegara tarde a clase, que tendría lugar inmediatamente después del
desayuno. Habría una segunda clase después que regresaran con las cabras.
–Ya no son niños, ahora tienen responsabilidades –dijo el arafang–. Cuídense bien de cumplirlas. –
Una vez establecidas las reglas de disciplina, les anunció que esa tarde leerían ciertos versos del Corán,
que deberían memorizar y recitar antes de proseguir sus tareas. Luego les dijo que se fueran, pues llegaban
sus antiguos alumnos, los ex pastores. Parecían estar más nerviosos que los del kafo de Kunta, pues era el
día de sus exámenes finales y tendrían que recitar el Corán y escribir en árabe. El resultado era importante,
pues de él dependían para avanzar en el tercer kafo.
Ese día, solos por primera vez en su vida, los integrantes del kafo de Kunta abrieron el corral de las
cabras y trotando junto a ellas las llevaron desordenadamente a los pastos. Durante ese día y todos los
siguientes, las cabras comieron mucho menos que de costumbre, pues Kunta y sus compañeros las corrían
y gritaban cada vez que iniciaban un paso hacia un grupo distinto de arbustos. Pero Kunta se sentía más
acosado aun que su manada. Cuando se sentaba a meditar acerca del significado de estos cambios en su
vida, siempre había algo que hacer, algún lugar adonde ir. Todo el día con las cabras, el arafang después
del desayuno y después vuelta a regresar con las cabras, para luego practicar con la honda antes del
anochecer. Nunca le quedaba tiempo para pensar seriamente.

CAPITULO 11
La cosecha de kouskous y de maní estaba completa; ahora quedaba la del arroz de las mujeres. Los
hombres no ayudaban a sus esposas, ni tampoco los muchachos de la edad de Kunta y Sitafa, pues el
arroz era responsabilidad de las mujeres. La primera luz del día hallaba a Binta con Jankay Touray y las
demás mujeres, agachadas sobre el arrozal, cortando los largos tallos dorados, que eran puestos a un
costado durante algunos días para que se secaran, antes de cargarlos en las canoas y llevarlos a la aldea,
donde las mujeres y sus hijas apilaban prolijos fardos en el depósito de la familia. Pero las mujeres no
descansaban aun después de terminar con la cosecha, pues debían ayudar a los hombres a recoger el
algodón, que se dejaba hasta el final para que se secara bajo el sol caliente y así formara mejores hebras
para que las mujeres utilizaran en la costura.
Ahora todos esperaban ansiosos el festival anual de la cosecha, que en Juffure duraba siete días. En
preparación para el festival las mujeres se apuraban para hacer ropa nueva para su familia. Aunque Kunta
sabía perfectamente bien que debía disimular su irritación, ahora todas las tardes debía cuidar a su
hermanito Lamin, que le parecía una peste que no dejaba de hablar, pues Binta estaba ocupada hilando el
algodón. Pero Kunta se puso contento cuando lo llevó a la hilandera de la aldea, Dembo Dibba, pues le
encantaba observar cómo manejaba su telar desvencijado, con manos y pies, que hilaba los carreteles de
hebra en tiras de tela de algodón. De vuelta en la choza, Binta dejaba que Kunta salpicara agua a través de
cenizas de madera para hacer la fuerte lejía en la que ella mezclaba hojas de índigo, finamente molidas,
para teñir la tela de azul oscuro. Todas las mujeres de Juffure hacían lo mismo, y pronto extendieron la tela
a secar sobre los arbustos, festoneando la aldea con toques de color: rojo, verde y amarillo, además de
azul.
Mientras las mujeres hilaban y cosían, los hombres estaban igualmente ocupados finalizando sus
tareas antes de la fiesta de la cosecha, y antes de que la estación del calor sofocante hiciera el trabajo
imposible. Había que arreglar la cerca de la aldea, hecha de bambú, en todos los lugares donde estuviera
caída o rota por los novillos o las cabras, que solían rascarse el lomo contra ella. Había que reparar las
chozas de barro dañadas por las grandes lluvias, y cambiar el techado que estuviera viejo y gastado. Las
nuevas parejas, a punto de casarse, necesitaban nuevos hogares, y Kunta tuvo la oportunidad de unirse a
los otros niños, para echar agua y tierra al barro espeso y liso que utilizaban los hombres para hacer las
paredes de las nuevas chozas.

18

Raíces

Alex Haley

Cuando estaban solos, Kunta, Sitafa y sus compañeros pasaban las horas libres corriendo por la
aldea y jugando a los cazadores con las nuevas hondas. Los muchachos tiraban a todo lo que veían, pero
afortunadamente no le daban a nada, pues hacían tanto ruido que espantaban a todos los animales. Hasta
los niños más pequeños, del kafo de Lamín, corrían sin que nadie los vigilara, porque las abuelas estaban
más atareadas que nadie y trabajaban hasta la noche preparando rodetes, trenzas y pelucas enteras para
las niñas solteras, que las usarían en la fiesta. Utilizaban largas fibras de hojas de sisal podridas, escogidas
cuidadosamente, o de la corteza mojada del baobab. Las pelucas de sisal daban menos trabajo que las
hechas de la fibra más blanda y sedosa del baobab, que podían costar hasta tres cabras. Pero los clientes
siempre regateaban a viva voz, pues sabían que las abuelas cobraban menos si podían disfrutar de una
hora de buena charla antes de cada venta.
Junto con sus pelucas, que estaban impecablemente hechas, la vieja Nyo Boto complacía a las
mujeres de la aldea con su abierto desafío a la antigua tradición que decretaba que las mujeres debían
tratar con sumo respeto a los hombres. Todas las mañanas se la veía sentada cómodamente al sol frente a
su choza, desnuda hasta la cintura, gozando del calor, atareada preparando pelucas, aunque nunca estaba
tan ocupada como para no darse cuenta cuando pasaba algún hombre. – ¡Ah! –decía–. ¡Mírenlos! ¡Se creen
que son hombres! Los hombres eran hombres en mi época. –Los que pasaban huían para escapar del
ataque de su lengua, hasta que por fin la vieja Nyo Boto se quedaba dormida a la tarde, con la labor en la
falda, y los niñitos que estaban a su cuidado se reían de sus fuertes ronquidos.
Cuando los hombres habían terminado el trabajo principal, unos pocos días antes de la luna nueva,
que inauguraría la fiesta de la cosecha en todas las aldeas de Gambia, empezaba a oírse el sonido de
instrumentos musicales en Juffure. Mientras los músicos de la aldea practicaban tocando sus koras de
veinticuatro cuerdas, los tambores y los balafons (instrumentos melódicos hechos de calabazas huecas con
maderitas extendidas sobre ellas, de distintos tamaños, y que se tocaban con mazas) pequeños grupos se
reunían alrededor de ellos para escuchar y aplaudir. Kunta, Sitafa y sus compañeros, mientras tanto,
cuando terminaban con las cabras, corrían de aquí para allá tocando flautas de bambú, haciendo sonar
campanas y calabazas secas.
La mayoría de los hombres descansaba ahora, conversando sentados a la sombra del baobab. Los
de la edad de Omoro, y los más jóvenes, guardaban respetuosa distancia del Consejo de Ancianos, que
estaban reunidos para decidir asuntos importantes de la aldea, antes del comienzo de la fiesta. De vez en
cuando dos o tres de los hombres más jóvenes se ponían de pie, se desperezaban y se iban a caminar por
la aldea tomándose de los meñiques, a la vieja usanza yayo de los africanos.
Algunos hombres pasaban muchas horas solos, tallando pacientemente trozos de madera de
distintos tamaños y formas. A veces Kunta y sus amigos dejaban de lado las hondas para observar cómo
los talladores creaban máscaras de expresiones terribles y misteriosas que pronto lucirían los bailarines en
la fiesta. Otros tallaban figuras de personas o animales, con los brazos y las piernas junto al cuerpo, los pies
achatados y la cabeza erguida.
Binta y las otras mujeres descansaban cuando podían junto al pozo de la aldea, adonde acudían
todos los días para tomar agua fresca y charlar un poco. Pero ahora que se aproximaba la fiesta, tenían
mucho trabajo que hacer. Debían terminar la ropa, limpiar la choza, remojar los alimentos secos, y matar los
chivitos para el asador. Sobre todo, las mujeres debían arreglarse para lucir bonitas para la fiesta.
Kunta pensaba que las niñas retozonas que solía ver a menudo trepando los árboles ahora parecían
tontas, por la manera en que se comportaban, tímidas y ondulantes. Ni siquiera podían caminar derecho. No
sabía por qué los hombres se volvían para observar a esas torpes criaturas que ni siquiera podrían usar un
arco si se lo propusieran.
Notó que algunas tenían la boca del tamaño de un puño, hinchada, pues se habían pinchado la parte
interior del labio con espinas, restregándoselos con hollín. Hasta Binta, junto con todas las mujeres de la
aldea mayores de doce lluvias, hervía todas las noches un caldo de hojas de fudano, recién machacadas,
que luego ponían a enfriar. Luego con eso se teñían las plantas de los pies y las palmas de las manos de
negro. Cuando Kunta le preguntó a su madre por qué lo hacía, ella le dijo que se fuera a jugar. Así que le
preguntó a su padre, que le dijo: –Cuanto más negra sea una mujer, más bella es.
–Pero ¿por qué? –preguntó Kunta.
–Algún día –le dijo Omoro– lo entenderás.

CAPITULO 12
Kunta saltó al oír el sonido del tóbalo al amanecer. Luego él, Sitafa y sus compañeros, corrieron junto
con las personas mayores hasta el árbol bombáceo junto al que los tambores de la aldea, ya habían

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Raíces

Alex Haley

empezado a hacer sonar sus instrumentos, hablándoles y gritándoles como si fueran seres vivientes. La
multitud reunida empezó a responder con lentos movimientos de brazos, piernas y cuerpo, luego más
rápidamente, hasta que todos se unieron a la danza.
Kunta había visto estas ceremonias durante muchas siembras y cosechas, cuando los hombres
marchaban a cazar, para las bodas, nacimientos y muertes, pero el baile nunca lo había conmovido –de una
manera que no comprendía pero que no podía resistir– hasta ese momento. Todos los adultos de la aldea
parecían decir algo con el cuerpo, algo que sólo ellos conocían, pues estaba dentro de su cuerpo o de su
mente. En medio de la gente que daba vueltas, saltaba, o se contorsionaba, algunos con máscaras, Kunta
apenas dio crédito a sus ojos al ver a la vieja y resistente Nyo Boto dando gritos agudos y salvajes,
sacudiendo los brazos y luego retrocediendo como ante un terror invisible. Apoderándose de una carga
imaginaria, la vieja se sacudió, dio patadas en el aire y finalmente se desplomó.
Kunta se puso a observar entre los bailarines a algunas personas que conocía. Tras una máscara
espantosa, Kunta reconoció al alimano, que se tiraba al suelo y se debatía como una serpiente
enroscandose alrededor del tronco de un árbol. Vio a algunos viejos, que había oído que eran mayores aun
que Nyo Boto, que salieron de sus chozas y arrastrándose a los tropezones sobre las delgadas píernas se
unieron al baile, dieron unos temblorosos pasos, batiendo los arrugados brazos, mirando el sol con los ojos
turbios por los derrames Kunta abrió los ojos de sorpresa al ver a su padre Omoro que alzaba las rodillas y
levantaba el polvo con los pies. Dando gritos desgarrantes, se echaba hacia atrás, con los músculos
temblorosos, y luego hacia adelante, pegándose en el pecho, luego saltaba, daba volteretas en el aire y
caía con un gruñido.
El batir de los tambores parecía latir no sólo en los oídos de Kunta sino en sus extremidades. Casi sin
darse cuenta, como en medio de un sueño, sintió que su cuerpo empezaba a temblar y que se le movían los
brazos, y pronto saltaba y gritaba con los otros, a quienes ya no veía más. Por último tropezó y cayó,
exhausto.
Se levantó y se dirigió a un costado, caminando sin fuerzas. Sentía una profunda extrañeza que
nunca había experimentado antes. Aturdido, asustado y excitado a la vez, vio que no sólo Sitafa sino todos
los otros integrantes de su kafo estaban bailando con los adultos, así que volvió a bailar. Desde los más
jóvenes hasta los más viejos, los habitantes de la aldea bailaron todo el día. Los bailarines y los tambores
se interrumpían, no para comer o beber, sino para recobrar el aliento. Los tambores seguían cuando Kunta
cayó dormido esa noche.
El segundo día de la fiesta empezó con un desfile de las personas notables al mediodía. A la cabeza
del desfile iban el arafang, el alimono, los habitantes más viejos, los cazadores, los luchadores, y todos
aquellos que habían hecho algo importante, según el Consejo de Ancianos, desde la última fiesta de la
cosecha. Él resto iba detrás, cantando y aplaudiendo. Los músicos los llevaban serpenteando por toda la
aldea. Cuando dieron la vuelta por el árbol de los viajeros, Kunta y su kafo corrieron adelante, formaron su
propio desfile y luego marcharon en tropel al lado de los adultos, intercambiando reverencias y sonrisas,
marcando el paso al ritmo de sus flautas, campanas y matracas. Cada muchacho que desfilaba era la
persona más importante, y desfilaban por turno; cuando le tocó a Kunta, hizo una cabriola, levantando altas
las rodillas y sintiéndose muy importante. Al pasar delante de las personas mayores, vio que Binta y Omoro
lo miraban con orgullo.
La cocina de todas las mujeres de la aldea ofrecía una variedad de comidas y cualquiera que pasaba,
estaba invitado a detenerse y probar algún plato. Kunta y sus compañeros se atiborraron de exquisitas
calabazas llenas de guiso y arroz. Incluso abundaban las carnes y las aves asadas. Era la tarea especial de
las niñas cuidar que las canastas de bambú estuvieran repletas de toda clase de frutos.
Cuando no se estaban llenando la panza, los muchachos corrían hasta el árbol de los viajeros para
recibir a los extraños que venían a la aldea. Algunos se quedaban a dormir, pero la mayoría permanecía
algunas horas antes de seguir camino a la fiesta de la aldea vecina. Los senegaleses visitantes extendían
coloridos despliegues de telas decoradas. Otros llegaban con pesadas bolsas llenas de nueces de cola de
Nigeria, cuyo precio variaba según el tamaño y la calidad. Por el bolong se acercaban las canoas de los
comerciantes, cargadas de barras de sal, que cambiaban por índigo, cueros, cera de abeja y miel. Nyo Boto
estaba muy atareada vendiendo –por cipreas– pequeños racimos de raíces especiales, que al ser
restregadas contra los dientes endulzaban el aliento y conservaban la boca fresca.
Los comerciantes paganos no se detenían en Juffure con sus cargas de tabaco, rapé y cerveza de
aguamiel, que eran sólo para los infieles, pues los mandingas, buenos musulmanes, no bebían ni fumaban.
Otros que nunca se detenían eran los jóvenes vagabundos de otras aldeas. Algunos jóvenes también se
iban de Juffure durante la estación de la cosecha. Al verlos pasar por el sendero más allá de la aldea, Kunta
y sus amigos corrían junto a ellos por un tiempo, tratando de ver lo que llevaban en las pequeñas cestas de
bambú que balanceaban sobre la cabeza. Por lo general llevaban ropa y pequeños regalos para los nuevos
amigos que esperaban conocer en sus vagabundeos, antes de regresar a sus aldeas para la próxima
siembra.

20

Raíces

Alex Haley

Todas las mañanas la aldea se iba a dormir y se despertaba con el sonido de los tambores. Y todos
los días atraían músicos ambulantes, expertos en el Corán, el balafon y los tambores. Y si se sentían
halagados por los presentes que les daban, junto con el baile, los gritos y los aplausos de la multitud, se
detenían y tocaban un rato antes de seguir viaje a la aldea siguiente.
Cuando llegaban los griots, con sus historias, se hacía un profundo silencio entre los habitantes de la
aldea, sentados alrededor del baobab para oírles contar acerca de los antiguos reyes y los clanes
familiares, los guerreros, las grandes batallas y leyendas del pasado. O un griot religioso vociferaba
profecías y advertencias diciendo que había que apaciguar a Alá, y entonces se ofrecía a oficiar las
ceremonias necesarias, que Kunta ya conocía bien, a cambio de pequeños regalos. Con su fina voz, un
griot cantante entonaba interminables versos acerca de los pasados esplendores de los reinos de Ghana,
Songhai y Mali, y cuando terminaba, algunas personas de la aldea de pagaban para que entonara
alabanzas a sus ancianos padres en sus chozas. Y la gente aplaudía al ver que los viejos salían a la puerta
de la choza y sonreían, mostrando las encías desdentadas y parpadeaban por el fuerte sol. Cuando el griot
cantante terminaba su buena acción, recordaba a la gente de Juffure que sólo bastaba un mensaje por
tambor –y una modesta ofrenda– para que volviera en cualquier momento a cantar alabanzas en funerales,
bodas, y otras ocasiones especiales. Y luego seguía camino a otra aldea.
Fue durante la sexta tarde del festival cuando de pronto se oyó el sonido de un tambor extraño, que
atravesó a Juffure. Al oír las palabras insultantes del tambor, Kunta corrió y se unió a los otros habitantes de
la aldea que se estaban reubicando furiosos junto al baobab. El tambor, que evidentemente estaba cerca,
advertía la llegada de luchadores tan poderosos que aquellos que decían llamarse luchadores en Juffure
debían esconderse.
A los pocos minutos los habitantes de Juffure vitorearon al oír que su tambor replicaba que esos
extraños estaban pidiendo ser mutilados, o algo peor.
La gente corrió ahora al lugar de la lucha. Mientras los luchadores de Juffure se ponían los sintéticos
dalas y se cubrían con una pasta de hojas de baobab y cenizas machacadas, que los hacía resbaladizos,
oyeron los gritos que indicaban que los desafiantes habían llegado. Estos extraños, de físico descomunal,
no miraron a la multitud que se burlaba de ellos. Trotando detrás del tambor, se dirigieron directamente al
lugar del combate. Ya llevaban puesta su dala, y empezaron a untarse mutuamente con su pasta. Cuando
aparecieron los luchadores de Juffure, siguiendo a los tambores de la aldea, el griterío y los empellones de
la multitud se volvieron tan desordenados que los que tocaban el tambor tuvieron que implorarles que se
tranquilizaran.
Luego los dos que tocaban el tambor hablaron: –¡Listos!–. Los equipos rivales se aparearon; cada
equipo tenía dos luchadores agazapados y mirándose cara a cara. –¡A sus puestos! ¡A sus puestos! –
ordenaron los tambores, y cada pareja de luchadores comenzó a dar vueltas como gatos. Ahora los que
tocaban el tambor saltaban de aquí para allá entre los luchadores; cada uno enunciaba el nombre de los
campeones ancestrales de su aldea, cuyos espíritus vigilaban. Después de ataques simulados, por fin los
luchadores se agarraron y empezaron a debatirse. Pronto los dos equipos peleaban entre las nubes de
polvo que casi los ocultaba de los espectadores. Los resbalones no contaban; la victoria llegaba sólo
cuando un luchador le hacía perder el equilibrio a su rival, lo empujaba y lo tiraba al suelo. Cada vez que
había una caída –primero de uno de los campeones de Juffure, y luego de uno de los desafiantes– la
multitud profería alaridos, y un tambor daba el nombre del ganador. Junto a la multitud excitada,
naturalmente, Kunta y sus compañeros luchaban entre sí.
Por fin terminó, con la victoria de Juffure por una caída. Recibieron como premio los cuernos y los
cascos de un novillo recién carneado. Pusieron a asar enormes trozos de carne, y los valientes desafiantes
fueron invitados a la fiesta. La gente felicitó a los visitantes, por su fuerza, y las doncellas ataron pequeñas
campanillas alrededor de los tobillos y de los brazos de los luchadores. Y durante la fiesta, los integrantes
del tercer kafo de Juffure, barrieron y alisaron el lugar de la lucha para prepararlo para un seoruba.
El caliente sol se empezaba a ocultar cuando la gente se volvió a reunir en el lugar de la lucha, ahora
todos con sus mejores atavíos. Al compás de los tambores, los dos equipos de lucha saltaron al espacio
demarcado y empezaron a agazaparse y a dar saltos, agitando las musculosas extremidades que hacían
tintinear las campanillas, mientras los espectadores admiraban su fuerza y su gracia. Los tambores
redoblaron con fuerza; ahora las doncellas entraron en el espacio del centro, moviéndose tímidamente entre
los luchadores mientras la gente aplaudía. Luego los tambores empezaron a acelerar el ritmo, y las
doncellas llevaron el compás.
Sudorosas y extenuadas, las doncellas empezaron a desplomarse, una a una, saliendo del centro,
arrojando al suelo el tiko coloreado que les cubría la cabeza. Todos los ojos observaban ansiosamente para
ver si un hombre casadero recogía el tiko, demostrando así haber apreciado especialmente el baile de la
doncella, pues eso podría significar que pronto consultaría al padre de ella acerca de su valor casadero, en
cabras y vacas. Kunta y sus compañeros, que eran demasiado jóvenes para entender estas cosas,
pensaron que la diversión había terminado y se fueron corriendo a jugar con las hondas. Pero acababa de

21

Raíces

Alex Haley

comenzar, pues un momento después todos lanzaron una exclamación al ver que uno de los visitantes
recogía un tiko. Ese era un acontecimiento importante –y feliz– pero la afortunada doncella no sería la
primera en marcharse a otra aldea a casarse.

CAPITULO 13
La última mañana de la fiesta, Kunta se despertó al oír gritos. Poniéndose su dundiko, salió corriendo.
Sintió un nudo en el estómago de miedo. Cerca de las chozas vecinas, saltando continuamente, dando
agudos gritos y blandiendo lanzas, había una media docena de hombres, con máscaras feroces, altos
peinados, y atavíos de hojas y cortezas. Kunta observó con horror cuando vio entrar a un hombre en una
choza y emerger llevando del brazo a un tembloroso muchacho del tercer kafo. Eso se repitió en las otras
chozas.
Junto con un grupo de sus compañeros del segundo kafo, Kunta observaba con los ojos abiertos. Vio
que uno de los muchachos del tercer kafo tenía una caperuza de algodón blanco sobre la cabeza. Al ver a
Kunta, Sitafa y el grupo de niños, uno de los enmascarados se precipitó sobre ellos agitando la lanza y
profiriendo unos alaridos terribles. Aunque se detuvo de repente y regresó hacia el que estaba cubierto por
la caperuza, y que parecía estar a su cargo, los niños se desperdigaron, aullando de miedo. Cuando
capturaron a todos los muchachos del tercer kafo, los entregaron a unos esclavos que los tomaron de la
mano y los llevaron, uno a uno, fuera de la aldea.
Kunta había oído decir que a estos muchachos mayores los iban a llevar para hacerlos hombres, pero
no tenía idea de que sería así. La partida de los muchachos del tercer kafo, junto con los hombres que iban
a dirigir su aprendizaje, ensombreció de tristeza a toda la aldea. Todos esos días siguientes, Kunta y sus
compañeros no hablaban de otra cosa que de las cosas aterrorizantes que habían presenciado, y de las
cosas más terribles aún que habían oído acerca del misterioso aprendizaje que los iba a convertir en
hombres. A la mañana, el arafang les pegaba en la cabeza por su falta de interés en aprender los versos del
Corán. Y después de la escuela, cuando iban en tropel detrás de las cabras hacia el matorral, Kunta y sus
compañeros trataban de no pensar en lo que no podían olvidar: que ellos serían los próximos en ser
cubiertos con una caperuza y ser sacados a empellones de Juffure.
Todos habían oído que pasarían doce lunas llenas antes de que los muchachos del tercer kafo
regresaran a la aldea, pero ya como hombres. Kunta dijo que había oído que en el entrenamiento para ser
hombres les pegaban a diario. Un muchacho llamado Karamo dijo que los hacían cazar animales salvajes
para comer, y Sitafa dijo que a la noche los enviaban solos al bosque espeso, y debían encontrar el camino
de regreso. Pero lo peor, que nadie mencionaba, aunque Kunta se ponía nervioso cada vez que iba de
cuerpo, era que durante el entrenamiento le cortarían una parte del foto. Después de un tiempo, cuanto más
hablaban la idea del entrenamiento se hizo tan aterradora que los muchachos dejaron de referirse al tema, y
cada uno trató de esconder sus temores, pues no quería demostrar que no era valiente.
Kunta y sus compañeros habían mejorado mucho con las cabras desde aquel primer día en que
estuvieron tan nerviosos. Pero aún tenían mucho que aprender. Empezaron a descubrir que su trabajo era
más difícil a la mañana, pues pululaban las moscas zumbonas que picaban a las cabras y las hacían correr
de aquí para allá sacudiendo la piel y revoleando la cola mientras los muchachos y los perros se
desesperaban para volver a reunirlas en manada. Pero antes del almuerzo, cuando el sol se ponía tan
caliente que hasta las moscas buscaban un lugar más fresco, las cabras, cansadas, se dedicaban por
entero a comer, y los muchachos podían finalmente divertirse un poco.
Ya para entonces tenían buena puntería con la honda, y también con las nuevas flechas que les
habían regalado sus padres al terminar el segundo kafo. Pasaban una hora matando todo ser pequeño que
veían: liebres, topos, ratas, lagartos, y un día un pájaro grande que trató de alejar del nido a Kunta,
arrastrando un ala para hacerle creer que lo había herido. A la tarde, temprano, los muchachos limpiaban
las presas, las salaban con la sal que siempre llevaban consigo, luego hacían un fuego y se daban un
festín.
Cada nuevo día en el matorral parecía que hacía más calor que el anterior. Más y más temprano, los
insectos dejaban de picar a las cabras para buscar la sombra, y las cabras se arrodillaban para alcanzar el
pasto corto que seguía siendo verde, y que estaba debajo del más alto, reseco. Pero Kunta y sus
compañeros apenas si notaban el calor. Empapados en sudor, jugaban como si cada nuevo día fuera el
más excitante de su vida. Con la panza llena después de la comida de la tarde, luchaban o corrían o
algunas veces simplemente gritaban y hacían morisquetas, turnándose para vigilar a las cabras que
pastoreaban. Jugaban a la guerra, dándose cachiporrazos y lanzazos con palos, hasta que alguno
arrancaba un puñado de pasto en señal de paz. Luego apaciguaban el espíritu guerrero restregándose los
pies con los intestinos de un conejo muerto; habían oído decir a las abuelas que los verdaderos guerreros lo
hacían con los intestinos de un cordero.

22

Raíces

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Algunas veces Kunta y sus compañeros retozaban con sus fieles perros wuolos, que los mandingas
criaban desde hacía siglos, porque se los conocía como una de las mejores razas de perros guardianes y
de caza de toda África. El aullido de los wuólos había salvado mucho ganado de las garras de las hienas en
noches oscuras. Pero cuando Kunta y sus amigos jugaban a ser cazadores, no eran hienas lo que cazaban.
En su imaginación, mientras se arrastraban por los pastos altos y quemados por el sol de las sabanas, la
presa que perseguían era el rinoceronte, el elefante, el leopardo y el poderoso león.
A veces, cuando algún muchacho seguía a sus cabras que iban en busca de pasto y sombra, se
hallaba de pronto separado de sus compañeros. Las primeras veces que eso le pasó, Kunta reunió las
cabras lo más rápidamente que pudo y se volvió cerca de Sitafa. Pero después empezó a disfrutar de estos
momentos de soledad, pues le daban la oportunidad de avistar a alguna bestia grande. En sus fantasías no
buscaba un antílope, un leopardo, y ni siquiera un león, sino la bestia más peligrosa y temida de todas: un
búfalo enloquecido.

CAPITULO 14
Aunque el sol abrasaba, recién comenzaban las cinco largas lunas de la estación seca. Los diablos
del calor resplandecían, haciendo que los objetos parecieran más grandes a lo lejos, y la gente sudaba en
sus chozas tanto como afuera, en el campo. Antes de que Kunta saliera de su casa todas las mañanas,
Binta protegía bien sus pies con aceite de palma roja, pero todas las tardes, cuando regresaba a la aldea,
tenía los labios resecos y las plantas de los pies rajadas por la tierra hirviendo. Algunos muchachos
llegaban con los pies sangrando, pero a la mañana siguiente volvían a salir –sin quejarse, igual que sus
padres– al calor feroz de la reseca tierra de pastoreo, donde hacia más calor aún que en la aldea.
Para cuando el sol llegaba al cénit, los muchachos, las cabras y los perros yacían respirando con
dificultad bajo la sombra de árboles achaparrados. Los muchachos estaban demasiado cansados para
cazar animalitos y asarlos, que era con lo que se divertían antes.
Ahora se quedaban sentados, conversando con el mayor entusiasmo que podían infundir a su voz,
pero ya la aventura dé cuidar las cabras había perdido parte de su diversión.
No parecía posible que las ramitas que juntaban todos los días iban a ser necesarias para calentarlos
a la noche, pero una vez que bajaba el sol el aire se volvía frío. Después de la comida nocturna, la gente de
Juffure se acurrucaba alrededor del chisporroteante fuego. Los hombres de la edad de Omoro se sentaban
a conversar alrededor del fuego; a cierta distancia estaba el de los ancianos. Alrededor de otro se
acomodaban las mujeres y las muchachas solteras, aparte de las abuelas, que relataban sus historias a los
niñitos del primer kafo alrededor del cuarto fuego.
Kunta y los otros muchachos del segundo kafo eran demasiado orgullosos para reunirse con los del
primero, desnudos como Lamín, así que se sentaban en cuclillas a cierta distancia como para no formar
parte de ese grupo ruidoso que se reía sin motivo, pero lo suficientemente cerca para oír las historias de las
viejas abuelas, que seguían atrayéndolos como antes. Algunas veces Kunta y sus compañeros escuchaban
lo que decían los de los otros fuegos, pero las conversaciones en su mayor parte se referían al calor. Kunta
oía cómo los viejos recordaban los tiempos en que el sol había matado las plantas y quemado las cosechas;
el pozo se había secado, o el agua se había viciado; algunas veces la gente misma se había secado,
terminando como pellejos. Esta estación caliente era mala, pero no como otras anteriores. A Kunta le
parecía que los viejos siempre se acordaban de algo peor que el presente.
Luego, un día, respirar el aire era como respirar llamas, y esa noche la gente tembló bajo las frazadas
con un frío que penetraba hasta los huesos. A la mañana siguiente volvían a secarse la cara, tratando de
poder respirar. Esa tarde empezó el viento llamado harmattan. No era un viento fuerte, ni siquiera
borrascoso, pues eso hubiera sido bueno. Soplaba despacio, sin parar, y era polvoriento y seco. Sopló, día
y noche, durante casi una luna entera. El constante soplar del harmattan ponía nerviosa a la gente de
Juffure. Pronto los padres gritaban a sus hijos más que de costumbre, y los castigaban por cualquier cosa.
Y aunque los altercados eran corrientes entre los mandingas, casi no pasaba un momento sin que se
oyeran fuertes gritos entre las personas mayores, especialmente parejas jóvenes como Omoro y Binta. De
pronto las puertas vecinas se llenaban de personas que observaban cuando las madres de la pareja corrían
a la choza. Un momento después los gritos aumentaban, y se veía una lluvia de costureros, cacerolas,
calabazas, banquitos y ropas que salían por la puerta. Luego, furiosas, la madre y su hija tomaban sus
posesiones y corrían a la choza de la madre.
Después de un par de lunas, tal como había empezado, el harmattan terminó. En menos de un día, el
aire se serenó, el cielo se aclaró. Una noche después las mujeres volvieron con sus maridos, y las suegras
intercambiaron pequeños regalos e hicieron las paces. Pero las cinco largas lunas de la estación seca

23

Raíces

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recién estaban por la mitad. Aunque la comida aún abundaba en los depósitos, las madres sólo cocinaban
pequeñas cantidades porque nadie, ni siquiera los hambrientos niños, tenían ganas de comer. El calor del
sol quitaba la fuerza a la gente, y se hablaba menos y sólo se hacía lo indispensable.
Los enflaquecidos animales de la aldea tenían pústulas en el cuero en las que las moscas
depositaban los huevos. Las famélicas gallinas, que normalmente corrían por la aldea haciendo ruido, se
habían quedado quietas, acostadas en la tierra, con las alas extendidas y el pico abierto. Ni los monos se
veían siquiera, ni se los oía, pues la mayoría se había refugiado en el bosque en busca de sombra. Y Kunta
vio que las cabras comían menos y estaban nerviosas y flacas.
Por alguna razón –tal vez por el calor, o simplemente porque estaban creciendo– Kunta y sus
compañeros, que habían pasado todos los días juntos en el matorral por casi seis lunas, ahora empezaron a
andar solos, con su manada. Pasaron varios días antes que Kunta se diera cuenta de que hasta entonces
nunca había estado solo, alejado de otras personas por un rato. Miró a los otros muchachos con sus cabras
a lo lejos, a través del silencio del matorral sofocante. Más allá estaban los campos en los que los hombres
estaban cortando las malezas que habían crecido desde la última cosecha. Los altos montones de malezas
que ponían a secar bajo el sol parecían ondear por el calor.
Mientras se secaba el sudor de la frente, le pareció a Kunta que su gente siempre tenía que soportar
penalidades: cosas penosas o difíciles, aterrorizantes o que amenazaban la vida misma. Pensó en los días
hirvientes y en las frías noches, y luego en las lluvias que caerían a continuación, que convertirían a la aldea
en un lodazal, finalmente, haciendo desaparecer los senderos, hasta que la gente tuviera que desplazarse
en canoa. Necesitaban la lluvia igual que necesitaban el sol, pero siempre había demasiado, o faltaba. Aun
cuando las cabras estuvieran gordas y los árboles pesados de frutos, sabía que ese sería el momento en
que se terminarían las provisiones de la cosecha anterior, y entonces comenzaría la estación del hambre,
cuando algunos morían, como su querida abuela Yaisa.
La estación de la cosecha era un tiempo feliz –y después, la fiesta de la cosecha– pero duraba muy
poco, y entonces volvería la larga estación del calor, con el horrible harmattan, cuando Binta le gritaba todo
el tiempo y le pegaba a Lamín, hasta que casi le daba pena esa peste de hermano suyo. Mientras llevaba a
las cabras hacia la aldea, Kunta recordaba las historias que había oído tantas veces, cuando era pequeño
como Lamin, según las cuales se veía que sus antepasados siempre habían vivido presas del miedo o del
peligro. Kunta pensó que la vida de la gente siempre había sido dura. Tal vez así sería siempre.
Ahora a la tarde, el alimano dirigía las plegarias a Alá para que les enviara las lluvias. Luego un día,
la excitación cundió en la aldea cuando una brisa levantó polvo, porque era señal de que pronto llegarían
las lluvias. Y a la mañana siguiente, la gente de la aldea se congregó en el sembrado, donde los
agricultores prendieron fuego a los montones de malezas que habían rastrillado, y el humo espeso se
enroscó sobre el campo. El calor era casi insoportable, pero la gente sudorosa bailaba y vitoreaba, y los
niños del primer kafo se pusieron a correr de alegría, tratando de recoger las cenizas que caían, y que eran
señal de buena suerte.
Los vientos leves del día siguiente empezaron a arrastrar las cenizas sueltas a los sembrados,
enriqueciendo el suelo para la próxima cosecha. Los agricultores empezaron a trabajar con la azada,
preparando los largos surcos para recibir las semillas. Era la séptima siembra que veía Kunta en el
interminable ciclo de las estaciones.

CAPITULO 15
Habían pasado dos lluvias, y el vientre de Binta estaba nuevamente grande, y su genio peor que
nunca. Les pegaba tanto y con tanta rapidez a sus hijos, que Kunta se sentía agradecido a la mañana,
cuando sus tareas le permitían escapar de su madre por unas pocas horas, y cuando regresaba a la tarde
no dejaba de sentir lástima por Lamin, que tenía edad para hacer travesuras y ser castigado, pero no para
salir solo. Así que un día cuando volvió a su casa y vio que su hermanito estaba llorando, le preguntó a
Binta –no sin recelo– si Lamin podía ir con él un rato. Ella contestó inmediatamente: – ¡Sí! –El pequeño
Lamin, desnudo, casi no podía esconder su alegría por este sorprendente acto de bondad de su hermano,
pero Kunta se sintió tan enojado consigo mismo por su impulso, que dio una buena patada y un golpe a su
hermano cuando se alejaron de la choza. Lamin chilló, y luego siguió a su hermano como un cachorro.
Después de de ese día, todas las tardes Kunta encontraba a Lamin, esperándolo ansiosamente a la
puerta, con la esperanza de que su hermano grande lo volviera a llevar a pasear. Kunta lo hacía, casi todos
los días, aunque no porque quisiera hacerlo. Binta expresaba tanto alivio al poder descansar de ambos que
Kunta ahora temía que le diera una paliza si no sacaba a Lamin. Parecía como si una pesadilla le hubiera
puesto a su hermanito desnudo sobre la espalda, como una sanguijuela gigante del bolong. Pero pronto

24

Raíces

Alex Haley

Kunta empezó a ver que algunos de sus compañeros de kafo también iban seguidos por sus hermanitos.
Aunque jugaban al lado o cerca, no perdían de vista a sus hermanos mayores, que hacían lo que podían
para ignorarlos. Algunas veces los muchachos grandes echaban a correr de repente, burlándose de sus
hermanitos que trataban de alcanzarlos. Cuando Kunta y sus amigos subían a los árboles, sus hermanos,
que intentaban seguirlos, por lo general se caían, y los mayores se reían de su torpeza. Empezaron a
divertirse a su costa.
Cuando estaba solo con Lamin, Kunta solía prestarle un poco más de atención. Tomando una semilla
diminuta entre los dedos, le explicaba que el gigantesco árbol bombáceo de Juffure había crecido de una
semilla como esa. Apoderándose de una abeja, Kunta la sostenía cuidadosamente para que Lamin pudiera
ver el aguijón; luego, dando vuelta la abeja, le explicaba cómo las abejas libaban la dulzura de las flores y la
usaban para hacer miel en sus panales de los árboles más altos. Y Lamin le empezó a hacer muchas
preguntas, la mayoría de las cuales él contestaba pacientemente. Kunta sentía agrado al ver que Lamin
pensaba que él lo sabía todo. Hacía que se sintiera mayor que sus ocho lluvias. A pesar de sí mismo,
empezó a considerar que su hermano no era solamente una peste.
Kunta se esforzaba por no demostrarlo, por supuesto, pero cuando regresaba a su casa con las
cabras, a la tarde, anticipaba con placer la ansiosa bienvenida de Lamin. Una vez a Kunta le pareció ver
que su madre sonreía cuando él y Lamin salieron de la choza. En realidad, a menudo Binta le decía a
Lamin: –¡Deberías tener los modales de tu hermano! –Luego le pegaba a Kunta, pero no con tanta
frecuencia como antes. Binta también le decía a Lamin que si no se portaba bien no podría salir con Kunta,
y Lamín se portaba entonces muy bien durante el día.
Ahora dejaban la choza caminando con mucha cortesía, tomados de la mano, pero una vez afuera,
Kunta empezaba a correr –Lamin corría detrás– para reunirse con sus compañeros de kafo. Una tarde, en
que retozaban, un compañero de Kunta se llevó por delante a Lamin, haciéndolo caer de espalda. Kunta
corrió de inmediato, empujó con rudeza al muchacho, exclamando enojado: –¡Este es mi hermano! –El otro
muchacho protestó y ya se iban a las manos cuando los demás se lo impidieron. Kunta tomó al lloroso
Lamin de la mano y se alejaron de sus compañeros de juego. Kunta estaba turbado y sorprendido de sí
mismo a la vez por actuar de esa manera con su propio compañero de kafo, especialmente por el mocoso
de su hermano. Pero después de ese día, Lamin empezó abiertamente a imitar cualquier cosa que hacía
Kunta, a veces hasta cuando Binta y Omoro estaban mirando. Aunque hacía como que no le gustaba, Kunta
no podía dejar de sentirse un poco orgulloso.
Una tarde, cuando Lamin se cayó de un árbol bajo al que estaba tratando de subir, Kunta le enseñó
cómo debía hacerlo. También le enseñó a luchar (para que Lamin pudiera ganar el respeto de un muchacho
que lo había humillado frente a sus compañeros de kafo), a silbar por entre los dedos (aunque Lamin nunca
logró silbar de manera tan penetrante como Kunta), y le mostró la clase de hojas que usaba su madre para
hacer té. Y le advirtió a Lamin que levantara los grandes escarabajos brillosos que andaban por la choza y
que los pusiera afuera, porque traía mala suerte hacerles daño. Tocar el espolón de un gallo era peor aún.
Por más que trataba, Kunta no lograba enseñarle la hora del día por la posición del sol. –Eres demasiado
pequeño, después aprenderás. –A veces todavía le gritaba, si Lamin era demasiado lento en aprender algo
sencillo, o le pegaba si lo molestaba. Pero después se sentía tan mal por haber actuado así que era capaz
de dejar que Lamin usara su dundiko un rato.
A medida que se sentía más cerca de su hermano, Kunta empezaba a sentir menos algo que antes lo
molestaba: la distancia que había entre sus ocho lluvias y los muchachos mayores y los hombres de Juffure.
En realidad, nunca había pasado un día sin que algo le recordara el hecho de que aún estaba en el
segundo kafo, que aún dormía en la choza de su madre. Los muchachos mayores, que estaban siendo
entrenados para ser hombres, nunca habían tenido más que burlas y golpes para los de la edad de Kunta. Y
los hombres mayores, como Omoro y los otros padres, actuaban como si un muchacho del segundo kafo
era algo que debía ser tolerado. Con respecto a las madres, bueno, muchas veces cuando Kunta estaba en
los matorrales pensaba con enojo que cuando fuera hombre, pondría a Binta en su lugar como mujer,
aunque pensaba demostrarle bondad y perdón, porque, después de todo, era su madre.
Lo que más irritaba a Kunta y a sus compañeros, sin embargo, era que las muchachas del segundo
kafo con quienes se habían criado, no perdían ocasión para recordarles que ya estaban pensando en
convertirse en esposas. A Kunta le enojaba que las muchachas se casaran a las catorce lluvias y aun más
jóvenes, mientras que los muchachos no se casaban hasta ser hombres de treinta lluvias o más. En
general, pertenecer al segundo kafo siempre había sido causa de turbación para Kunta y sus compañeros,
excepto cuando podían estar solos, a la tarde, en el matorral, y, en el caso de Kunta, en su nueva relación
con Lamin.
Cada vez que caminaba con su hermano, Kunta se imaginaba que lo llevaba en un viaje, como
hacían a veces los padres con sus hijos. En cierta forma, Kunta sentía ahora una responsabilidad especial
de actuar como un adulto, pues Lamin lo respetaba por lo que sabía. Caminando a su lado, Lamin no
cesaba dé hacerle preguntas.

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Raíces

Alex Haley

–¿Cómo es el mundo?
–Bueno –decía Kunta–, ni hombres ni canoas han viajado demasiado lejos. Así que nadie sabe todo
lo que hay que saber acerca de él.
–¿Qué aprendes del arafang?
Kunta recitó los primeros versos del Corán en árabe y luego dijo: –Prueba tú ahora–. Pero cuando
Lamin lo intentaba, se confundía todo –como Kunta sabía que lo haría– y Kunta le decía, paternalmente–:
Lleva tiempo.
–¿Por qué no se debe hacer daño a las lechuzas?
–Porque los espíritus de nuestros antepasados están en ellas. –Luego le contaba a Lamin acerca de
su abuela Yaisa–. Tú eras un bebé, así que no puedes acordarte de ella.
–¿Qué pájaro es ese, en el árbol?
–Un halcón.
–¿Qué come?
–Ratones, otros pájaros, cosas así.
–Oh.
Kunta nunca se había dado cuenta cuánto sabía, pero de vez en cuando Lamin le hacía preguntas
que él no podía contestar.
–El sol, ¿se quema? –O–. ¿Por qué nuestro padre no duerme con nosotros?
En esos casos, Kunta gruñía por toda respuesta, y luego dejaba de hablar, igual que hacía Omoro
cuando Kunta le preguntaba algo. Entonces Lamin se callaba, pues una de las reglas de los mandingas era
que no se habla con una persona que no quiere hablar. Algunas veces Kunta hacía como si estuviera
sumido en sus propios pensamientos. Lamin se sentaba en silencio a su lado, y cuando Kunta se ponía de
pie, él también lo hacía. Y algunas veces, cuando Kunta no sabía una respuesta, su hermano hacía algo
para cambiar de tema rápidamente.
A la primera oportunidad que se le presentaba, cuando Lamin no estaba en la choza, Kunta le
preguntaba a Binta o a Omoro lo que le había preguntado Lamin a él. Nunca les decía por qué les hacía
tantas preguntas, pero parecía que ellos sabían la razón. En realidad, parecían actuar como si lo
consideraran un adulto, pues había tomado una responsabilidad con su hermano menor. No pasó mucho
tiempo antes de que Kunta empezara a reprender a Lamin, delante de Binta, por algo que había hecho mal.
–¡Debes hablar con claridad! –solía decirle, chasqueando los dedos. O le pegaba por no saltar de inmediato
cuando su madre le ordenaba hacer algo. Binta hacía como que no veía ni oía.
Así que Lamin no podía hacer nada ahora sin que lo vigilara su madre o su hermano. Y Kunta no
tenía más que hacer a sus padres de una de las preguntas de Lamin quienes se la contestaban en seguida.
–¿Por qué tiene ese color rojo el cuero del buey? Los bueyes no son rojos.
–Se lo teñí con lejía y mijo molido –contestó Binta.
–¿Dónde vive Alá?
–Alá vive en el lugar en que sale el sol –le dijo Omoro.

CAPITULO 16
–¿Qué son los esclavos? –le preguntó Lamin a Kunta una tarde. Kunta gruñó y se quedó callado.
Siguió caminando, al parecer ensimismado en sus pensamientos, preguntándose qué habría oído Lamin
para hacer esa pregunta. Kunta sabía que a los que los llevaban los toubobs se convertían en esclavos, y
había oído decir a los adultos que algunas personas de Juffure tenían esclavos. Pero la verdad era que no
sabía qué eran los esclavos. Como pasaba tantas veces, la pregunta de Lamin hizo que tratara de averiguar
más.
Al día siguiente, cuando Omoro se estaba alistando para buscar madera de palma para hacerle un
nuevo depósito de alimentos a Binta, Kunta le pidió permiso para ir con él; le encantaba ir a cualquier parte
con Omoro. Ninguno de los dos dijo nada hasta que llegaron al oscuro y fresco bosquecillo de palmeras.
Entonces Kunta preguntó de repente: –Papá, ¿qué son los esclavos?
Omoro sólo gruñó al comienzo, sin decir nada, y durante unos minutos caminó de un lado para otro,
inspeccionando los troncos de varias palmeras.

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Raíces

Alex Haley

–No es fácil distinguir a los esclavos de los que no son esclavos –dijo por fin. Entre golpe y golpe de
su hacha de mano contra la palmera que había elegido, le dijo a Kunta que las chozas de los esclavos
estaban techadas con nyantang jongo, mientras que las de los hombres libres con nyantang foro, que, como
Kunta sabía, era la mejor calidad de paja para techar que había.
–Pero nunca se debe hablar de esclavos en presencia de esclavos –dijo Omoro, con gran severidad.
Kunta no entendió por qué, pero asintió como si lo hiciera.
Cuando se desplomó la palmera, Omoro empezó a sacarle el follaje. Mientras Kunta sacaba para sí
algunos frutos maduros, se dio cuenta de que su padre estaba de humor para hablar ese día. Pensó,
contento, que ahora podría decirle a Lamin muchas cosas acerca de los esclavos.
– ¿Por qué algunos son esclavos, y otros no? –preguntó.
Omoro le dijo que las personas se convertían en esclavos de diferentes maneras. Algunos eran hijos
de madres esclavas. Le nombró algunos que vivían en Juffure, y que Kunta conocía. Algunos eran los
padres de sus propios compañeros de kafo. Otros, dijo Omoro, habían estado a punto de morirse de
hambre en su aldea natal y habían ido a Juffure rogando ser esclavos de alguien que los alimentara y les
diera techo. Otros –y nombró algunas de las personas más viejas de Juffure– habían sido enemigos, y
fueron hechos prisioneros. –Se convirtieron en esclavos porque no fueron lo suficientemente valientes para
preferir la muerte antes de ser capturados como prisioneros –dijo Omoro.
Había empezado a cortar la madera en pedazos de un tamaño que podría llevar. Aunque todos esos
eran esclavos, dijo, eran gente respetable, como Kunta bien sabía. –Sus derechos están garantizados por
las leyes de nuestros antepasados –dijo Omoro, y le explicó que todos los amos debían dar comida, ropa,
una casa, una porción de terreno para trabajar a medias y también un marido o una mujer.
–Sólo quienes permiten que los desprecien son despreciables –le dijo a Kunta: aquellos que eran
esclavos por ser asesinos, ladrones o culpables de otros crímenes. Esos eran los únicos esclavos que un
amo podía castigar de la manera que quisiera, según su merecido.
–Los esclavos ¿deben seguir siéndolo siempre? –preguntó Kunta.
–No, muchos esclavos compran su libertad con lo que ahorran del producto de su cosecha, que
comparten con sus amos. –Omoro nombró algunos que habían hecho eso en Juffure. Nombró a otros que
habían ganado la libertad al casarse con algún miembro de la familia de la que eran esclavos.
Para poder transportar las partes más pesadas de la madera, Omoro hizo un arnés con guías verdes,
y mientras lo terminaba, dijo que algunos esclavos, en realidad, alcanzaban más prosperidad que sus amos.
Algunos a su vez compraban esclavos, y se habían convertido en personas famosas.
– ¡Sundiata fue uno de ellos! –exclamó Kunta. Muchas veces había oído contar a las abuelas y a los
griots del gran antepasado general, que había sido esclavo, y cuyo ejército había conquistado a tantos
enemigos.
Omoro gruñó, asintiendo, evidentemente satisfecho que Kunta lo supiera, pues Omoro también había
aprendido mucho acerca de Sundiata cuando tenía la edad de Kunta; Poniendo a prueba a su hijo, Omoro
le preguntó: –¿Y quién fue la madre de Sundiata?
– ¡Sogolon, la mujer búfalo! –dijo en seguida Kunta.
Omoro sonrió, y levantando sobre sus fuertes hombros los dos postes de palmera de los cuales
colgaba el cabestro, atado por las guías, echó a andar. Sin dejar de comer dátiles, Kunta lo seguía, y
durante casi todo el trayecto de vuelta a la aldea, Omoro le contó cómo el brillante general esclavo, que era
un lisiado, había conquistado el gran Imperio mandinga. Su ejército había empezado teniendo como
soldados a esclavos prófugos que encontraba en los pantanos y otros escondites.
–Aprenderás muchas otras cosas acerca de él cuando seas entrenado para ser un hombre –dijo
Omoro, y el sólo pensar en esa parte de su vida le hizo sentir un escalofrío, pero también ansiosa
expectativa.
Omoro le dijo que Sundiata había huido de su odiado amo, como hacían casi todos los esclavos que
no querían a sus amos. Dijo que, con la excepción de los criminales condenados, los esclavos no podían
ser vendidos sin la aprobación de su amo.
–La abuela Nyo Boto también es esclava –dijo Omoro, y Kunta casi se atraganta con los dátiles. Eso
no lo podía entender. Mentalmente vio a la querida Nyo Boto sentada frente a la puerta de su choza,
cuidando a doce o quince niños desnudos de la aldea mientras urdía canastos de paja y decía cosas
mordaces a los adultos que pasaban, incluyendo a los ancianos, si tenían ganas. "Ella no es esclava de
nadie", pensó.
A la tarde siguiente, después de arrear las cabras a los corrales, Kunta llevó a Lamín por un camino
no frecuentado por sus compañeros de juego, y al llegar a la choza de Nyo Boto, se sentaron en cuclillas
frente a la puerta. Al poco tiempo apareció la vieja, viendo que tenía visita. Apenas echó una mirada de

27

Raíces

Alex Haley

reojo a Kunta, que siempre había sido uno de sus niños preferidos, para darse cuenta de que algo
necesitaba. Invitó a los niños a entrar en su choza, donde se puso "a preparar un té de hierbas para darles.
–¿Cómo están tu papá y tu mamá? –preguntó.
–Muy bien. Gracias por preguntarlo –dijo Kunta cortésmente–. Y tú, ¿estás bien, abuela?
–Estoy muy bien, por cierto –replicó ella.
Kunta no volvió a hablar hasta que no le sirvió el té. Entonces exclamó: –¿Por qué eres una esclava,
abuela?
Nyo Boto miró vivamente a Kunta y a Lamin. Ahora fue ella la que no dijo nada por unos momentos. –
Te diré –dijo por fin.
–En mi aldea natal, una noche, muy lejos de aquí, y hace muchas lluvias, cuando yo era una esposa
joven –dijo Nyo Boto, y les contó que se había despertado aterrorizada al ver que los techos de paja se
desmoronaban, incendiados, entre los vecinos que gritaban. Alzando a sus dos hijos, un muchacho y una
niña, cuyo padre acababa de morir en una guerra entre tribus, corrió entre los otros. Esperándolos había
traficantes blancos de esclavos, armados, con sus ayudantes negros, los slatees. Después de una furiosa
batalla, todos los que no pudieron huir fueron amontonados, y los que no habían sido heridos, o que eran
demasiado viejos o demasiado jóvenes para viajar, fueron asesinados en presencia de los otros. Nyo Boto
empezó a llorar, y terminó: –Mataron a mis dos hijos y a mi anciana madre.
Mientras Kunta y Lamin se tomaban de la mano, impresionados, ella les contó cómo los aterrorizados
prisioneros, atados del cuello por correas, fueron castigados y llevados durante muchos días a través del
tórrido interior. Día tras día más prisioneros caían bajo los látigos que los hacían caminar más rápidamente.
Después de algunos días, muchos empezaron a caerse de hambre o de fatiga. Algunos seguían, pero los
que no podían más eran abandonados para que los devoraran los animales salvajes. La larga fila de
prisioneros pasaba junto a otras aldeas que habían sido quemadas y asoladas, donde los cráneos y los
esqueletos de personas y de animales yacían desparramados entre las pilas quemadas de paja y barro que
antes habían sido chozas. Menos de la mitad de los que iniciaron el viaje llegaron a la aldea de Juffure, a
cuatro días de viaje del lugar más cerca de Kamby Bolongo donde vendían esclavos.
–Fue aquí que decidieron vender a uno de los esclavos por una bolsa de maíz –dijo la vieja–. Esa fui
yo. Y es así como me dieron el nombre de Nyo Boto –que Kunta sabía quería decir "bolsa de maíz"–. El
hombre que me compró como esclava. murió al poco tiempo –dijo ella– y he vivido aquí desde entonces.
Lamín se retorcía de excitación por la historia, y Kunta sentía ahora, si eso era posible, aún más amor
y aprecio por la vieja Nyo Boto, que estaba sentada sonriéndoles con ternura a los dos niños, cuyos padres,
igual que ellos, alguna vez había mecido en la falda. . –Omoro, el papá de ustedes, pertenecía al primer
kafo cuando yo llegué a Juffure –dijo Nyo Boto, mirando a Kunta–. Yaisa, su madre, que era tu abuela, fue
mi muy buena amiga. ¿Te acuerdas de ella? –Kunta dijo que sí, y agregó con orgullo que le había contado
mucho acerca de ella a su hermano.
– ¡Eso está bien! –dijo Nyo Boto–. Ahora debo volver a trabajar. Vayanse ya.
Agradeciéndole el té, Kunta y Lamín se marcharon. Fueron caminando despacio a la choza de Binta,
cada uno ensimismado en sus pensamientos.
A la tarde siguiente, cuando Kunta regresó de cuidar a las cabras, encontró a Lamin lleno de
preguntas acerca de la historia de Nyo Boto. ¿Alguna vez habían incendiado así a Juffure?, quería saber.
Bueno, no había oído decir nada nunca, le dijo Kunta, y no había señales en la aldea de que hubiera sido
incendiada. ¿Había visto Kunta alguna vez a alguno de esos blancos? –¡Por supuesto que no! –exclamó.
Pero dijo que su padre le había contado que una vez sus hermanos habían visto a los toubobs y sus barcos
en un punto a lo largo del río.
Kunta cambió rápidamente de tema, porque sabía muy poco acerca de los toubobs, y quería pensar
un rato sobre ellos. Tenía ganas de ver a alguno, desde una distancia prudencial, por supuesto, ya que por
todo lo que había oído decir acerca de ellos era evidente que no convenía acercarse a ellos.
Recientemente había desaparecido una niña, que estaba juntando hierbas (y antes, dos hombres
grandes que andaban cazando) y todos estaban seguros que los habían robado los toubobs. Recordaba,
naturalmente, que cuando los tambores de otras aldeas advertían que los toubobs habían robado a alguien,
o se sabía que andaban cerca, los hombres se armaban y montaban doble guardia mientras las
atemorizadas mujeres reunían a los niños y los escondían en los matorrales lejos de la aldea –a veces
durante varios días– hasta que los toubobs se iban.
Kunta se acordaba de una vez, cuando andaba con las cabras en la tranquilidad del matorral, en que
se sentó bajo su árbol favorito. Se le ocurrió mirar hacia arriba y entonces vio, asombrado, en la copa del
árbol, unos veinte o treinta monos amontonados entre las ramas, inmóviles, con la cola colgando. Kunta
creía que los monos siempre andaban corriendo y haciendo ruido, por eso no se podía olvidar el silencio

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Raíces

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con que observaban sus movimientos. Ojalá ahora él pudiera sentarse en un árbol a observar a un toubob
debajo.
A la tarde siguiente, cuando llevaban las cabras al corral, Kunta tocó el tema con sus compañeros, y
en seguida todos empezaron a contar lo que sabían. Uno de los muchachos, Demba Conteh, dijo que un tío
suyo, muy valiente, se había acercado lo suficiente una vez para poder oler a un toubob, y tenían un hedor
particular. Todos los muchachos habían oído que los toubobs robaban a la gente para comérsela. Pero
algunos habían oído que los toubobs decían que no los comían, sólo los ponían a trabajar en granjas
enormes. Sitafa Silla respondió, como su abuelo: –¡Mentira de hombre blanco!
A la siguiente oportunidad que se le presentó, Kunta le preguntó a Omoro: –Papá, ¿me quieres contar
cómo tú y tus hermanos vieron a los toubobs en el río? –Rápidamente agregó–: Debo contárselo
correctamente a Lamin–. A Kunta le pareció que su padre casi sonrió, aunque en verdad gruñó, pues
evidentemente no tenía ganas de hablar en ese momento. Pero unos días después Omoro invitó a Kunta y
a Lamin para que lo acompañaran a cierta distancia de la aldea a juntar unas raíces que necesitaba. Era la
primera vez que Lamin salía con su padre, y estaba loco de alegría. Como sabía que su felicidad se debía a
la influencia de Kunta, no soltaba la cola del dundiko de su hermano.
Omoro le contó a sus hijos que después de terminar su entrenamiento como hombres, sus dos
hermanos mayores, Janneh y Saloum, habían partido de Juffure, y el paso del tiempo traía noticias de que
eran viajeros conocidos en lugares extraños y distantes. Regresaron a la aldea por primera vez cuando los
tambores anunciaron el nacimiento del primer hijo de Omoro. Pasaron noches y días sin dormir para asistir
a la ceremonia de imposición de su nombre. Como hacía tanto tiempo que se habían ido, los hermanos
abrazaron alegremente a sus compañeros de kafo de la niñez. Pero quedaban pocos, pues los demás
habían muerto, o ya no estaban más. Muchos habían perecido quemados, al incendiarse su aldea, o a
causa de flechas incendiarias; otros habían sido secuestrados, o habían desaparecido mientras trabajaban
en los sembrados, mientras cazaban, o viajaban y todos, a causa de los toubobs.
Omoro dijo que sus hermanos, enojados, le habían pedido que los acompañara en un viaje para ver
qué estaban haciendo los toubobs, para luego pensar en lo que se podía hacer. Así que los tres hermanos
emprendieron un viaje. Caminaron durante tres días a lo largo de las márgenes del Kamby Bolongo,
escondiéndose cautelosamente en los matorrales, hasta que por fin. encontraron lo que buscaban. Había
como veinte canoas grandes amarradas en el río. Eran tan grandes que cada una tenía capacidad como
para transportar a todos los habitantes de Juffure. Tenían una tela blanca atada mediante sogas a un tronco
gigante, como de árbol, alto como diez hombres encaramados uno encima del otro. Cerca había una isla, y
en la isla una fortaleza.
Había muchos toubobs yendo y viniendo, y asistentes negros, tanto en la fortaleza como en
pequeñas canoas. En ellas llevaban índigo seco, algodón, cera de abeja y cueros, que luego subían a las
canoas grandes. Más espantosas eran las palizas y otras formas de tortura que los toubobs infligían a las
personas que habían tomado prisioneras, y que iban a llevar.
Durante un momento Omoro se quedó callado, y Kunta pensó que estaba meditando sobre algo más
que le iba a decir. Por fin habló: –Ahora no se llevan a tanta de nuestra gente como antes–. Cuando Kunta
era bebé, le dijo, el rey de Barra, que reinaba en esa región de Gambia, había ordenado que no se
incendiaran más aldeas ni se capturara o se asesinara a la gente. Y pronto eso terminó, después que los
soldados de los airados reyes prendieron fuego a las grandes canoas, matando a todos los toubobs a
bordo.
–Ahora –dijo Omoro–, cada canoa toubob que entra en el Kamby Bolongo dispara diecinueve
cañonazos para saludar al rey de Barra. –Dijo que los agentes personales del rey proveían a la gente que
se llevaban los toubobs. Eran, por lo general, criminales o deudores, o cualquier persona acusada de
complotar contra el rey. aunque sólo bastaba el rumor de que eso fuera cierto. Cuando los barcos de los
toubobs entraban en el Kamby Bolongo en busca de esclavos para comprar, aumentaba la cantidad de
gente acusada de haber cometido crímenes.
–Pero ni siquiera un rey puede evitar que roben a la gente de sus aldeas –continuó diciendo Omoro–.
Tú has conocido a algunos que han desaparecido de nuestra aldea, tres en estas últimas lunas, y has oído
a los tambores de otras aldeas. –Miró con severidad a sus hijos, y habló lentamente–. Lo que les voy a decir
ahora deben escucharlo atentamente, porque si no hacen lo que les voy a decir pueden ser robados para
siempre. –Kunta y Lamin escucharon, con un miedo que iba en aumento–. Nunca estén solos, si pueden
evitarlo –dijo Omoro–. Nunca salgan de noche, si pueden evitarlo. Y día y noche, cuando estén solos,
manténganse alejados de los matorrales o arbustos altos, si pueden evitarlo.
Durante el resto de su vida, aun cuando ya fueran hombres, debían estar en guardia contra el toubob.
–A menudo disparan sus flechas incendiarias. Si ven mucho humo en alguna aldea, puede ser el fuego que
usan para cocinar sus comidas, que es grande. Deben inspeccionar las huellas con cuidado, para ver en
qué dirección se han ido. Pisan mucho más fuerte que nosotros, así que es fácil reconocer sus huellas.
Rompen ramitas y hierbas. Y cuando se acercan adonde él ha estado, van a ver que su olor permanece.

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Raíces

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Huelen como pollos mojados. Muchos dicen que emiten una nerviosidad que nosotros podemos sentir. Si la
sienten, quédense quietos, porque muchas veces se lo puede descubrir desde lejos.
–Pero no basta con conocer al toubob –dijo Omoro–. Muchos de los nuestros trabajan para él. Son
los slatees, traidores. Pero si uno no los conoce, es imposible reconocerlos. Por eso en los matorrales no
confíen en nadie que no conozcan.
Kunta y Lamin estaban helados de terror. –Es imposible tratar de hacerles ver estas cosas –dijo su
padre–. Deben saber las cosas que vimos, mis hermanos y yo, que les hacían a los prisioneros. Esa es la
diferencia que existe entre nuestros esclavos y los que roba el toubob para que sean esclavos de él–. Dijo
que vieron esclavos atados con cadenas, adentro de corrales largos y anchos, hechos de bambú,
fuertemente custodiados, a lo largo del río. Cuando las pequeñas canoas llevaban a algún toubob, que
actuaba como si fuera importante, las personas robadas eran arrastradas a la arena.
Les habían afeitado la cabeza, y los habían engrasado de tal manera que les brillaba todo el cuerpo.
–Primero los hacían ponerse en cuclillas y saltar hacia arriba y abajo –dijo Omoro–. Y luego, cuando el
toubob se cansaba de ver eso, ordenaba que abrieran con fuerza la boca de los prisioneros para
examinarles los dientes y la garganta.
De pronto Omoro tocó con el dedo a Kunta entre las piernas, y cuando el muchacho dio un respingo,
Omoro dijo: –Luego le miraban el fofo a los hombres. Hasta inspeccionaban las partes privadas de las
mujeres–. Por último el toubob los obligaba a ponerse en cuclillas de nuevo y les quemaba la espalda y los
hombros con un hierro candente. Mientras gritaban y se debatían, los metían en las canoas pequeñas y los
llevaban hasta las grandes.
–Mis hermanos y yo vimos cómo muchos se tiraban sobre el estómago, arañando y comiendo la
arena, como para tocar y probar por última vez su propio hogar –dijo Omoro–. Pero los arrastraban a los
golpes. Aun dentro de las pequeñas canoas, en el medio del río, algunos seguían resistiendo los latigazos y
los garrotazos, hasta que finalmente saltaban al agua entre unos terribles peces largos de lomo gris y panza
blanca, con la boca curva y llena de afilados dientes, que enrojecían el agua con su sangre.
Kunta y Lamin se habían acercado el uno al otro, tomándose de la mano. –Es mejor que sepan estas
cosas y no que su madre y yo tengamos algún día que matar el gallo blanco por ustedes. –Omoro miró a
sus hijos–, ¿Saben lo que eso significa?
Kunta logró asentir, y alzar la voz para responder. –¿Cuando alguien falta, papá? –Había visto a
todos los miembros de una familia que le cantaban desesperadamente a Alá, sentados en cuclillas
alrededor de un gallo blanco al que le habían hecho un tajo en el cogote, que agitaba las alas y sangraba.
–Sí –dijo Omoro–. Si el gallo blanco muere sobre el buche, quedan esperanzas. Pero cuando cae
muerto sobre el lomo, entonces no hay ninguna esperanza, y la aldea entera se une a la familia, clamándole
a Alá.
–Papá. –La voz de Lamin, temblorosa de miedo, sorprendió a Kunta–. ¿Adonde llevan a la gente las
canoas grandes?
–Los mayores dicen que a Jong Sang Doo –dijo Omoro–, una tierra donde los esclavos son vendidos
a unos caníbales enormes llamados toubabo koomi, que nos comen. Nadie sabe nada más del asunto.

CAPITULO 17
Tan asustado estaba Lamin por lo que les había contado su padre acerca del rapto de esclavos y de
los caníbales blancos que esa noche despertó varias veces a Kunta con sus pesadillas. Y al día siguiente,
cuando Kunta regresó de cuidar las cabras, decidió sacar el tema de la mente del niño –y de la suya–
contándole acerca de sus distinguidos tíos.
–Los hermanos de mi padre también son los hijos de Kairaba Kunta Kinte, cuyo nombre llevo –dijo
Kunta con orgullo–. Pero nuestros tíos Janneh y Saloum son hijos de Sireng –dijo. Lamin pareció intrigado,
pero Kunta siguió explicando. –Sireng fue la primera mujer de nuestro abuelo, y murió antes de que se
casara con nuestra abuela Yaisa–. Kunta arregló unas ramitas en el suelo para mostrarle a su hermano los
distintos integrantes de la familia Kinte. Aun así, se dio cuenta de que Lamin no entendía. Con un suspiro,
empezó a hablarle de las aventuras de sus tíos, que tanto le habían gustado a él cuando se las contaba su
padre.
–Nuestros tíos no han tomado esposas nunca porque su amor por los viajes es demasiado grande –
dijo Kunta–. Durante lunas enteras, viajan bajo el sol y duermen bajo la luna. Nuestro padre dice que han
estado donde el sol quema sobre la arena interminable, una tierra donde no llueve nunca. En otro lugar al
que fueron –dijo Kunta– los árboles eran de follaje tan espeso que los bosques eran oscuros como si fuera

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Raíces

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de noche en pleno mediodía. Los habitantes de ese lugar no eran más altos que Lamin, y como él siempre
andaban desnudos, incluso como adultos. Con sus diminutas flechas emponzoñadas mataban elefantes
enormes. En otro lugar, habitado por gigantes, Janneh y Saloum habían visto a guerreros que arrojaban sus
lanzas de caza mucho más lejos que los mandingas, en realidad, a doble distancia, y bailarines que
saltaban más alto que su cabeza, que tenían seis manos más de altura que el hombre más alto de Juffure.
Antes de irse acostar, mientras Lamin lo miraba con los ojos abiertos, Kunta le contó su historia
favorita, representando al protagonista. Saltaba de repente con una espada imaginaria que blandía en todas
direcciones, como si Lamin fuera uno de los bandidos contra quienes sus tíos, con otras personas, habían
luchado en un viaje de muchas lunas, en el que iban cargados de colmillos de elefante, piedras preciosas y
oro, en dirección a la gran ciudad negra de Zimbabwe.
Lamín le rogó que le contara más cuentos, pero Kunta le dijo que se fuera a dormir. Cuando a Kunta
lo mandaban a dormir después de que su padre le contaba esas historias, se quedaba acostado de
espaldas sobre su estera –como haría ahora su hermano– imaginando mentalmente lo ocurrido. Algunas
veces Kunta soñaba que él viajaba con sus tíos a todos esos lugares exóticos, que conversaba con esa
gente cuya apariencia, conducta y forma de vida eran tan distintas de las de los mandingas. Con sólo oír el
nombre de sus tíos se le aceleraban los latidos del corazón.
Unos días después sus nombres llegaron a Juffure de una manera tan excitante que Kunta casi no
pudo contenerse. Era una tarde cálida y tranquila, y casi todos los habitantes de la aldea estaban sentados
a la puerta de sus chozas o a la sombra del baobab, cuando de repente llegó un mensaje desde la aldea
vecina por tambor. Igual que los mayores, Kunta y Lamín aguzaron el oído para descifrar el mensaje. Lamin
emitió un sonido entrecortado al oír el nombre de su padre. No tenía edad suficiente para entender el resto,
así que Kunta le trasmitió la noticia al oído: A cinco días de distancia en dirección al lugar por donde salía el
sol, Janneh y Saloum estaban formando una nueva aldea. Y esperaban a su hermano Omoro para la
ceremonia de bendición de la aldea dentro de dos lunas nuevas. El mensaje terminó. Lamin estaba lleno de
preguntas. –¿Esos son nuestros tíos? ¿Dónde está ese lugar? ¿Irá papá allí? –Kunta no contestó. En
realidad, Kunta corrió a través de la aldea hacia la choza del jaliba, y apenas si oyó lo que le decía su
hermano. Ya varias personas se estaban reuniendo en ese Jugar, y después llegó Omoro; lo seguía Binta,
con el vientre enorme. Todos observaron cómo el jaliba y Omoro hablaron por un momento, y Omoro le hizo
un regalo. El tambor de trasmitir mensajes estaba junto a un pequeño fuego, para que se calentara el cuero
de cabra, que ya estaba tirante. Pronto la multitud oyó cómo las manos del jaliba trasmitían la respuesta de
Omoro: si Alá lo permitía, estaría en la aldea de sus hermanos dentro de dos lunas nuevas. Omoro no iba a
ningún lado los días siguientes, sin que los otros habitantes de la aldea no lo felicitaran y le dieran su
bendición para la nueva aldea, que la historia registraría como fundada por los hermanos Kinte.
Faltaban pocos días para que partiera Omoro cuando a Kunta se le ocurrió una idea muy grande.
¿No existía una posibilidad aunque fuera remota de que su padre le permitiera acompañarlo? Kunta no
podía pensar en otra cosa. Al darse cuenta de su silencio, poco, acostumbrado, Sitafa y los otros
compañeros pastores lo dejaron solo. A Lamin, que lo adoraba, no le tenía paciencia, y eso hizo que su
hermanito se alejara, dolorido e intrigado. Kunta se daba cuenta de cómo actuaba, y lo sentía, pero nada
podía hacer para cambiar. Sabía que de vez en cuando algún muchacho afortunado acompañaba en un
viaje a su padre, tío o hermano mayor. Pero sabía también que nunca había ido alguien tan joven como él,
de ocho lluvias apenas, excepto algunos huérfanos, que bajo las leyes de los antepasados gozaban de
ciertos privilegios. Los huérfanos podían seguir a cualquier adulto, y el hombre no tenía ninguna objeción y
compartía todo lo que tenía, aunque se tratara de un viaje de varias lunas de duración, siempre que el
muchacho lo siguiera exactamente a dos pasos de distancia, hiciera todo lo que se le ordenaba, y nunca
hablara a menos que se le hablara primero.
Kunta sabía perfectamente bien que no debía dejar que nadie, ni siquiera su madre, sospechara lo
que soñaba. Estaba seguro de que Binta no sólo desaprobaría la idea, sino que probablemente le ordenaría
que no volviera a repetirla, así que Omoro no llegaría a enterarse de cuánto deseaba ir Kunta. Kunta sabía
que su única esperanza residía en preguntarle a su padre, si es que podía verlo a solas.
Faltaban tres días para que partiera Omoro, y Kunta, que estaba casi desesperado, llevaba las
cabras después del desayuno cuando vio que su padre salía de la choza de Binta. Inmediatamente empezó
a hacer avanzar y retroceder a las cabras, para ganar tiempo, hasta que vio que Omoro iba en una dirección
y llegaba a una distancia a la que Binta no alcanzaría ver. Entonces, dejando solas a las cabras (tenía que
arriesgarse), Kunta corrió como una liebre, se paró sin aliento frente a su sorprendido padre y lo miró con
una expresión de súplica. Tragando fuerte, Kunta se olvidó de todo lo que le iba a decir.
Omoro miró a su hijo durante un largo rato, y luego habló:
–Acabo de decírselo a tu madre– dijo, y siguió caminando.
Kunta tardó algunos minutos en darse cuenta de lo que le había querido decir su padre. Dio un
alarido de alegría, sin darse cuenta siquiera. Tirándose de panza, saltó como una rana en el aire, y
corriendo de regreso a las cabras, las llevó a la carrera hasta el matorral.

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Raíces

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Cuando se sintió lo suficientemente recobrado para contarle a los demás pastores, estos se sintieron
tan celosos que se alejaron. Pero para el mediodía no resistieron más la oportunidad de compartir con él la
excitación de su suerte. Para entonces él se había quedado callado al darse cuenta de que desde el primer
momento del mensaje su padre había estado pensando en su hijo.
Esa tarde, cuando Kunta llegó corriendo contento a la choza de su madre, Binta lo tomó sin decir una
palabra y. empezó a sacudirlo con tanta fuerza, que Kunta huyó no bien pudo desasirse, sin atreverse a
preguntarle qué había hecho. La actitud de Binta hacia Omoro también cambió de repente y hasta Kunta se
sintió sorprendido por ello. Hasta Lamin sabía que a una mujer no le estaba permitido faltarle el respeto a un
hombre, pero sin embargo, cuando Omoro estaba donde podía oírla perfectamente, Binta daba voz a su
desaprobación por el viaje de él y Kunta pues los tambores de varias aldeas daban informes diarios de
nuevas personas desaparecidas. Cuando preparaba el kouskous para el desayuno, machacaba con tanta
fuerza el cereal en el mortero que parecía un tambor por el ruido que hacía.
Cuando Kunta salía corriendo de la choza al día siguiente –para evitar que le dieran otra paliza– Binta
ordenó a Lamin que se quedara y empezó a besarlo, a acariciarlo y abrazarlo como no lo hacía desde que
era un bebé. Lamin trasmitió a Kunta lo turbado que se sentía por la expresión de sus ojos, pero no había
nada que ninguno de los dos pudiera hacer.
Cuando Kunta estaba fuera de la choza y lejos de su madre, prácticamente todos los adultos que veía
lo felicitaban por ser el muchacho más joven de Juffure en tener el honor de compartir un viaje con un
adulto. Con modestia, Kunta decía: –Gracias–, reflejando sus buenos modales, adquiridos en el hogar, y
una vez fuera de la vista de los adultos, daba cabriolas con un gran atado balanceado sobre la cabeza, para
mostrarle a sus compañeros qué bien lo hacía. Así lo haría a la mañana siguiente, cuando pasara junto al
árbol de los viajeros en compañía de su padre. Cada paso que daba, el atado caía al suelo.
Camino a su casa, pensando en todas las cosas que quería hacer antes de partir, Kunta sintió deseos
de ir a visitar a la anciana Nyo Boto antes de hacer otra cosa. Después de llevar las cabras, se escapó le la
choza de Binta no bien pudo y fue a sentarse frente a la choza de Nyo Boto. Al poco tiempo esta apareció
en la puerta. –Te esperaba –le dijo ella, invitándolo a pasar. Como de costumbre, cuando Kunta la visitaba
solo, los dos se quedaban sentados en silencio durante un rato. Era algo que a él le gustaba mucho. A
pesar de que él era muy joven y ella muy vieja, aun así se sentían muy allegados, sentados juntos en medio
de la oscuridad de la choza, cada uno con sus pensamientos.
–Tengo algo para ti –le dijo Nyo Boto por fin. Yendo a la bolsa de cuero de novillo curado que colgaba
de la pared junto a su cama, sacó un amuleto oscuro de saphie, de esos que se ponían alrededor de la
parte superior del brazo–. Tu abuelo bendijo este amuleto cuando tu padre fue al entrenamiento para ser
hombre –le dijo Nyo Boto–. Fue bendecido para el entrenamiento del primer hijo varón de Omoro, es decir,
tú. Tu abuela Yaisa me lo dejó para cuando empezara tu entrenamiento. Y empieza ahora, en este viaje con
tu papá. –Kunta miró con cariño a la querida abuela, pero no le pudo decir que el amuleto siempre le haría
pensar que ella estaba con él, por más lejos que estuviera.
A la mañana siguiente, al regresar de las plegarias en la mezquita, Omoro se quedó esperando con
impaciencia mientras Binta terminaba de completar el atado que Kunta llevaría sobre la cabeza. Esa noche
Kunta no había podido dormir, de excitado que estaba, y oyó llorar a su madre varias veces. Luego ella lo
abrazó con tanta fuerza que podía sentir cómo le temblaba el cuerpo, y él se dio cuenta de cuánto lo quería
su madre.
Con su amigo Sitafa, Kunta había repasado y practicado lo que haría con su padre: Primero Omoro, y
luego Kunta, darían dos pasos frente a la choza de su padre. Luego, parándose, volviéndose e
inclinándose, juntarían la tierra de las primeras huellas y la meterían en sus bolsas de cazar, para
asegurarse de que esas huellas volverían a ese lugar.
Binta observaba, sollozando, desde el frente de su choza, apretando a Lamin contra su enorme
vientre, viendo cómo Omoro y Kunta se alejaban. Kunta estuvo a punto de volverse para echar una última
mirada, pero al ver que su padre no lo hacía, siguió camino, mirando hacia adelante. No era propio que un
hombre mostrara sus emociones. Mientras atravesaban la aldea, las personas que los veían les hablaban y
sonreían, y Kunta saludó con la mano a sus compañeros de kafo, que habían demorado su tarea para
despedirlo. Sabía que entendían que no les contestaba el saludo porque toda forma de conversación era
ahora tabú para él. Al llegar al árbol de los viajeros se detuvieron, y Omoro agregó dos tiritas de género a
los cientos de tiritas, manchadas por el correr del tiempo, que colgaban de las ramas más bajas. Cada tirita
representaba la plegaria de un viajero para que su viaje fuera seguro y contara con la bendición de Alá.
Kunta no podía creer que todo eso sucedía en realidad. Era la primera noche de su vida que iba a
pasar fuera de la choza de su madre, la primera vez que se alejaría de Juffure más de lo que alguna cabra
descarriada lo había llevado, la primera vez para tantas cosas que lo aguardaban. Mientras Kunta pensaba
en todas estas cosas, Omoro se volvió y sin una palabra ni una mirada hacia atrás, comenzó a caminar muy
rápidamente a lo largo del sendero que lo llevaba al bosque. Casi dejando caer el atado que balanceaba
sobre la cabeza, Kunta tuvo que correr para alcanzarlo.

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Raíces

Alex Haley

CAPITULO 18
Kunta tenía que trotar casi para ir a los dos pasos previstos detrás de Omoro. Vio que debía dar dos
de sus pasitos por cada larga zancada de su padre. Después de una hora, la excitación de Kunta había
disminuido como su paso. El atado empezaba a pesarle más y más, y se le ocurrió una idea horrible: ¿y si
se cansaba demasiado, y no lo aguantaba más? Con ferocidad se dijo que eso nunca sucedería.
Aquí y allá, mientras pasaban, veían cómo los cerdos salvajes corrían a esconderse en los
matorrales, las perdices alzaban vuelo, aleteando rápidamente, y los conejos se metían de un brinco en sus
madrigueras. Pero Kunta no le habría prestado atención ni a un elefante por su determinación de
mantenerse a la distancia reglamentaria detrás de su padre. Le habían empezado a doler un poco los
músculos debajo de las rodillas. Le sudaba la cara y también la cabeza; se daba cuenta porque el atado se
le resbalaba hacia un lado de la cabeza, y tenía que utilizar las dos manos para colocarlo en su lugar.
Después de un tiempo, Kunta vio que adelante en el camino se alzaba el árbol de los viajeros de una
aldea. Se preguntó qué aldea sería; estaba seguro que reconocería el nombre si su padre se lo decía, pero
Omoro no había hablado ni vuelto la cabeza desde que salieron de Juffure. Unos minutos después Kunta
vio que unos niños desnudos del primer kafo les salían al paso, como él había hecho cuando tenía esa
edad. Agitaban los brazos y gritaban, y cuando se acercaron, notó que abrían los ojos, sorprendidos que
uno tan joven como ellos viajara con su padre.
–¿Adonde van? –preguntaban, corriendo al lado de Kunta–. ¿Es tu papá? ¿Eres mandinga? ¿De qué
aldea eres? –A pesar de que estaba muy cansado, Kunta se sentía maduro e importante, y los ignoraba,
igual que su padre.
El sudor empezó a correrle por los ojos, y lo hacía parpadear de ganas de refregárselos para calmar
la picazón que sentía. Desde que comenzaron a caminar el sol había llegado hasta la mitad del cielo, pero
las piernas le dolían tanto, y el atado le parecía tan pesado, que pensó que no resistiría. Empezaba a sentir
pánico cuando vio que Omoro se detenía de repente y colocaba su atado junto a una laguna de agua clara
al lado del camino. Kunta se quedó parado Un momento, tratando de controlar sus temblorosas piernas. Se
aferró al atado para bajarlo, pero se le deslizó y cayó con un golpe. Se sintió mortificado, porque sabía que
su padre lo había oído, pero Omoro estaba arrodillado bebiendo agua, sin siquiera dar señales de saber que
su hijo estaba allí.
Kunta no se había dado cuenta de la sed que tenía. Cojeando hasta el borde del agua se arrodilló
para beber, pero las piernas no se acomodaron a la nueva posición. Después de tratar otra vez, en vano,
finalmente se echó sobre el estómago, se apoyó sobre los codos y logró bajar la boca hasta el agua.
–Un poquito no más. –Eran las primeras palabras que le dirigía su padre desde Juffure, y
sorprendieron a Kunta–. Traga un poquito, espera, y luego toma un poquito más. –Por alguna razón, estaba
enojado con su padre–. Sí, papá –quería decir, pero no le salió ningún sonido. Sorbió un poco de agua y la
tragó. Mientras esperaba le pareció que se iba a desmayar. Después de tomar un poquito más, se sentó y
descansó junto a la laguna. Se le ocurrió de pronto que el entrenamiento para ser hombre debía ser así. Y
luego, enderezándose, se quedó dormido.
Cuando se despertó, sobresaltado –¿cuánto tiempo había pasado?– Omoro no se veía por ninguna
parte. Kunta dio un salto, y entonces vio su atado cerca de un árbol, así que su padre no podía estar lejos.
Mientras miraba a su alrededor se dio cuenta de lo dolorido que estaba. Se sacudió y se estiró. Le dolían los
músculos, pero se sentía mucho mejor ahora. Se arrodilló a tomar un poco más de agua, y entonces vio su
reflejo en el agua: un rostro negro y fino, con ojos y boca grandes. Kunta sonrió a su imagen, luego mostró
todos los dientes. No podía dejar de reír al verse, y cuando levantó la vista se encontró con Omoro, parado
a su lado. Kunta se puso de pie de un salto, turbado, pero su padre tenía la atención fija en otra cosa.
Bajo la sombra de unos árboles, sin decir palabra, en medio de la chachara de los monos y el chillido
de los loros, comieron un poco de pan que sacaron de los atados, y unas palomas silvestres, gordas, que
Omoro había matado con su arco y asado, mientras Kunta dormía. Mientras comían, Kunta se dijo que a la
primera oportunidad, él también le enseñaría a su padre que sabía matar aves y animalitos y asarlos, como
hacía con sus compañeros de kafo en el matorral.
Cuando terminaron de comer, el sol había recorrido las tres cuartas partes del cielo, así que no hacía
tanto calor cuando volvieron a atar los líos, se los acomodaron sobre la cabeza y reiniciaron el viaje.
–El toubob trae sus canoas a un día de distancia de aquí –dijo Omoro después de caminar un buen
rato–. Ahora es de día, y podemos ver, pero debemos evitar los arbustos y los pastos altos, que pueden
esconder sorpresas. –Los dedos de Omoro tocaron la vaina de su cuchillo y el arco y las flechas–. Esta
noche debemos dormir en una aldea.

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Raíces

Alex Haley

Con su padre no debía tener miedo, naturalmente, pero Kunta sintió temor, después de toda una vida
de oír hablar por boca de la gente y por los mensajes de los tambores, acerca de desapariciones y
secuestros. Mientras caminaban –ahora un poco más rápido– Kunta vio bosta de hiena en el sendero, de
color blanco como el lino porque las hienas, con sus fuertes dientes, comían y roían huesos. Y junto al
sendero al aproximarse, vieron un grupo de antílopes que dejaron de comer y se quedaron inmóviles,
observando hasta que pasaron los humanos.
–¡Elefantes! –dijo Omoro un rato después, y Kunta vio los arbustos aplastados, los vastagos de las
plantas pelados, e incluso algunos árboles a medio arrancar, donde los elefantes se habían recostado para
empujar hacia abajo las hojas más altas, las más tiernas, y poder alcanzarlas con la trompa. Como los
elefantes nunca comían cerca de las aldeas y la gente, Kunta sólo había visto muy pocos en su vida, y a
una gran distancia. Los había visto entre miles de animales que corrían juntos, haciendo un ruido como el
trueno, delante de nubarrones aterrorizantes de humo negro, una vez que un gran incendio se había
extendido por los matorrales, cuando Kunta era pequeño. La lluvia de Alá había extinguido el fuego antes de
que llegara a Juffure o a alguna otra aldea.
Le pareció que estaban entrando con Omoro en un país distinto al de ellos. El sol poniente brillaba
sobre, pastos más espesos, y entre los árboles familiares había palmeras y cactus. Aparte de las moscas,
que no cesaban de picarlos, lo único que veía volando no eran los lindos loros y los otros pájaros que
cantaban y graznaban cerca de Juffure, sino halcones que daban vuelta en busca de presas y buitres
buscando comida de animales muertos.
La bola anaranjada del sol ya se acercaba a la tierra cuando Omoro y Kunta avistaron un humo
espeso de una villa. Mientras se acercaban al árbol de los viajeros, Kunta se dio cuenta de que había algo
que no estaba bien. De las ramas colgaban pocas tiras de plegarias, lo que significaba que los que vivían en
esa aldea casi nunca viajaban, y que la mayoría de los viajeros habían seguido camino. Tampoco había
niños que se acercaran a ellos.
Cuando pasaron junto al baobab de la aldea, Kunta vio que estaba medio quemado. Más de la mitad
de las chozas estaban vacías; había basura en los patios; los conejos saltaban de aquí para allá, y los
pájaros se bañaban en la tierra. Los habitantes de la aldea –casi todos apoyados contra la puerta de su
choza, o acostados– eran viejos o enfermos, y los únicos niños eran unos bebés que lloraban. Kunta no vio
a nadie de su edad, o de la edad de Omoro.
Varios hombres arrugados y débiles recibieron a los viajeros. El más viejo de todos, dando un golpe
seco con su bastón, le ordenó a una vieja desdentada que les trajera agua y kouskous a los viajeros. A lo
mejor es una esclava, pensó Kunta. Luego los viejos empezaron a interrumpirse entre sí, apurados por
explicar lo que le había pasado a la aldea. Una noche, los traficantes de esclavos habían robado o matado a
los más jóvenes, "entre la lluvia de usted y la de él". Un viejo señaló a Omoro, y luego a Kunta. –A nosotros
los viejos nos dejaron. Corrimos al bosque.
La aldea abandonada empezó a venirse abajo antes que pudieran regresar. Todavía no tenían
cosecha, les quedaba poca comida y menos fuerzas. –Moriremos sin los jóvenes –dijo uno de los hombres.
Omoro había escuchado atentamente mientras hablaban, y luego él dijo, lentamente–: La aldea de mis
hermanos, que queda a cuatro días de aquí, les dará la bienvenida, abuelos.
Pero todos empezaron a menear la cabeza, y el más viejo dijo: –Esta es nuestra aldea. Ningún otro
pozo tiene el agua tan dulce. Ningún otro árbol tiene la sombra más linda. Las otras cocinas no huelen a la
comida de nuestras mujeres.
Los viejos se disculparon porque no tenían una choza de hospitalidad que ofrecerles. Omoro les
aseguró que él y su hijo disfrutaban durmiendo bajo las estrellas. Y esa noche, después de comer un poco
de pan de sus atados, que compartieron con los aldeanos, Kunta se acostó sobre un jergón de hojas verdes
y suaves, pensando en todo lo que había oído. ¿Y si eso le hubiera pasado a Juffure, y se hubieran llevado
o muerto a todos los que conocía, a Binta, a Lamin, a él mismo, y hubieran quemado el baobab, y los patios
estuvieran llenos de basura? Kunta se esforzó por pensar en otra cosa.
Luego, de repente, en la oscuridad, oyó los aullidos de una criatura de la selva, atacada por algún
animal feroz, y pensó en la gente que se apoderaba de otra gente. A la distancia también se oía el aullido
de las hienas, pero en realidad, en la estación de las lluvias o en la sequía, en la estación del hambre o en
la cosecha, siempre había oído el aullido de las hienas por alguna parte. Esa noche el aullido familiar le
pareció casi reconfortante, y finalmente se quedó dormido.

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Raíces

Alex Haley

CAPITULO 19
Con la primera luz del alba Kunta se despertó y saltó. Junto a él estaba una extraña vieja que, con
una voz alta y cascada, exigía que le dijera qué le había pasado a la comida que ella le había mandado a
buscar hacía dos lunas. Detrás de Kunta, Omoro habló en voz baja: –Ojalá pudiéramos decírtelo, abuela.
Mientras seguían camino, después de lavarse y comer, Kunta se acordó de una vieja de Juffure que
solía caminar de aquí para allá, mirándole la cara a cualquiera de muy cerca, y diciéndole: "¡Mi hija llega
mañana!" Su hija había desaparecido hacía muchas lluvias, como todos lo sabían, y el gallo blanco había
muerto sobre el espinazo, pero aquellos a quienes ella paraba le decían: "Sí, abuela, mañana".
Antes de que el sol estuviera muy alto, vieron a una figura solitaria que avanzaba hacia ellos por el
sendero. Se habían cruzado con dos o tres viajeros el día anterior –intercambiando sonrisas y saludos–
pero se dieron cuenta de que este viejo quería conversar. Señalando la dirección de la que venía, dijo: –
Pueden ver a un toubob. –Detrás de Omoro, Kunta casi dejó de respirar–. Tiene mucha gente que le lleva
sus paquetes. –El viejo dijo que el toubob lo había visto y lo había detenido, pero sólo para preguntarle
dónde empezaba el río–. Le dije que el río empieza lejos de donde termina.
–¿No te quiso hacer daño? –le preguntó Omoro.
–Parecía muy amistoso –dijo el viejo–, pero el gato siempre come al ratón con el que juega.
– ¡Eso es verdad! –dijo Omoro.
Kunta quería preguntarle a su padre acerca de ese extraño toubob que buscaba un río y no a la
gente, pero Omoro ya se había despedido del viejo y seguía su camino, como siempre, sin mirar siquiera si
Kunta lo seguía. Esta vez Kunta se alegró, porque Omoro lo habría visto sostener el atado con ambas
manos mientras corría para alcanzarlo. Los pies le habían empezado a sangrar, pero sabía que no sería
propio de hombres darle importancia, y mucho menos mencionárselo a su padre.
Por la misma razón, Kunta tragó aterrorizado un poco más tarde, cuando al dar una vuelta en el
sendero dieron con una familia de leones –un macho grande, una hermosa hembra, y dos cachorros
crecidos– echados en una pradera muy cerca del camino. Para Kunta, los leones eran animales temibles y
escurridizos que de un solo zarpazo partían una cabra por la mitad, si un muchacho dejaba que ésta se
alejara cuando pastoreaba.
Omoro disminuyó la marcha, y sin quitarle la vista de encima a los leones dijo con tranquilidad, como
si notara el miedo de su hijo: –No cazan ni comen a esta hora del día, a menos que tengan hambre. Estos
están gordos. –Pero mantuvo una mano sobre el arco y la otra sobre el carcaj de flechas mientras pasaban.
Kunta seguía caminando sin respirar, y él y los leones se miraron recíprocamente hasta que se alejaron.
Hubiera seguido pensando en ellos, y acerca del toubob, que también estaba por esa zona, sólo que
no podía pensar en nada, de tanto que le dolían las piernas. Para cuando llegó la noche hubiera ignorado la
presencia de veinte leones, si los hubiera habido en el lugar que Omoro eligió para que durmieran. Kunta
apenas terminaba de acostarse en su lecho de ramas blandas cuando se quedó dormido, y le pareció que
recién se había acostado cuando su padre lo despertó a la madrugada. Aunque se sentía como si no
hubiera dormido, Kunta observaba con abierta admiración la rapidez con que su padre sacaba la piel a dos
liebres, limpiándolas y asándolas. Las había cazado en dos trampas nocturnas, para el desayuno. Sentado
en cuclillas, mientras comía, pensaba en todo el tiempo que tardaban él y sus compañeros en cazar y
cocinar una presa, y se preguntaba cómo aprenderían los hombres como su padre tantas cosas que había
que saber.
Los pies ampollados, las piernas, la espalda y el cuello le empezaron a doler de nuevo el tercer día
de viaje. En realidad, le dolía el cuerpo entero, pero imaginaba que ese era el entrenamiento para llegar a
ser hombre, que ya había empezado, y él sería el último muchacho en su kafo, en demostrar que sufría.
Cuando pisó una espina que se le clavó en el pie, justo antes del mediodía, Kunta se mordió con valor el
labio inferior para no gritar de dolor, pero empezó a cojear y a quedarse atrás hasta que Omoro decidió
permitirle descansar un momento junto al sendero mientras comían. Su padre le puso una pomada
calmante en la herida que lo hizo sentir mejor, pero cuando echaron a andar nuevamente le volvió a doler, y
a sangrar. Al rato la herida se le había llenado de tierra, así que dejó de sangrar, y el constante caminar
adormeció el dolor, lo que le permitió seguir a su padre a la distancia establecida. Kunta no estaba seguro,
pero le parecía que Omoro había disminuido la marcha un poquito. Para cuando se detuvieron, esa noche,
la herida estaba hinchada, y de mal aspecto, pero su padre le aplicó otra pomada, y a la mañana había
mejorado y le dolía menos como para soportar su caminata sin demasiado dolor.
Kunta notó con alivio, cuando se hacían al camino al día siguiente, que habían dejado atrás la región
de cactus y de espinas y que entraban en una tierra de arbustos, más parecida a Juffure, aunque con más
árboles y plantas con flores, más monos y pájaros multicolores. Al aspirar la fragancia de las flores, Kunta
se acordó de las veces que había llevado a su hermanito a buscar cangrejos a las márgenes del bolong,
mientras esperaban para saludar a su madre y las otras mujeres que volvían remando después de un día de
trabajo en los arrozales.

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Raíces

Alex Haley

Omoro tomaba el atajo en todos los árboles de los viajeros, pero los niños del primer kafo de todas
las aldeas siempre corrían a su encuentro y les contaban las noticias más excitantes del lugar. En una de
las aldeas, los pequeños correos vinieron gritando:
–¡Mumbo jumbo! ¡Mumbo jumbo! –y, considerando que habían cumplido con su misión, volvieron
corriendo a la aldea. El sendero pasaba lo suficientemente cerca como para que Omoro y Kunta pudieran
ver a los lugareños observando a una figura con máscara y disfraz blandiendo una vara sobre la espalda
desnuda de una mujer que gritaba de dolor, sostenida por muchas. Todas las mujeres espectadoras
proferían gritos agudos cada vez que caía la vara. Por conversaciones que había sostenido con sus
compañeros pastores, Kunta sabía que un esposo, si estaba molesto por una esposa peleadora, que le
daba problemas, podía ir a otra aldea y traer a un mumbo jumbo a su aldea, que desde su escondite podía
proferir gritos amenazantes, y luego aparecer públicamente para castigar a la esposa. Después de eso,
todas las mujeres de la aldea se portaban mejor por un tiempo.
En uno de los árboles de los viajeros, no hubo niños que fueran a su encuentro. En realidad, no se
veía a nadie, ni se oía un solo ruido en la silenciosa aldea, excepto los gritos de los pájaros y los monos.
Kunta pensó que tal vez los traficantes de esclavos habían llegado también a esa aldea. Esperó en
vano que Omoro le explicara el misterio, pero fueron los niños conversadores de la aldea siguiente los que
lo hicieron. Señalando camino abajo, les dijeron que el jefe de la aldea hacía cosas que a nadie le gustaban
hasta que una noche, no hacía mucho, mientras dormía, todos se habían ido silenciosamente con todas sus
posesiones, a las casas de sus amigos y parientes en otras aldeas, dejando detrás a "un jefe vacío", como
dijeron los niños, que ahora andaba prometiendo a la gente que se iba a portar mejor, si regresaban.
Como se acercaba la noche, Omoro decidió entrar en la aldea. La multitud bajo el baobab estaba
excitada, murmurando. Todos estaban seguros que los nuevos vecinos regresarían a sus casas después de
algunos días, cuando le hubieran enseñado una lección a su jefe. Mientras Kunta se llenaba la panza con
guisado de maní y arroz, Omoro fue a ver al jaliba de la aldea, para enviar un mensaje por tambor a sus
hermanos. Les dijo que lo esperaran a la puesta del próximo sol, y que viajaba con su primogénito.
Kunta había soñado con oír su nombre trasmitido por los tambores a través de la selva, y ahora eso
acababa de suceder. El sonido no se iba de sus oídos. Más tarde, mientras yacía en la cama de bambú de
la choza de hospitalidad, todo dolorido, Kunta pensó en los otros jalibas agachados sobre los tambores
repitiendo su nombre en todas las aldeas de la ruta hasta la aldea de Janneh y Saloum.
Ahora que habían dado el mensaje por tambor, en todos los árboles de los viajeros no estaban
solamente los niños desnudos sino también algunos ancianos y músicos. Omoro no pudo rehusar el pedido
de un anciano de conceder a la aldea por lo menos el honor de una breve visita. Mientras los Kinte se
refrescaban en las chozas de hospitalidad y compartían comidas y bebidas a la sombra del baobab y de los
árboles bombáceos, los adultos se reunían para oír con atención las respuestas que hacía Omoro a sus
preguntas, y los kafos primero, segundo y tercero se apiñaban alrededor de Kunta.
Mientras los del primer kafo lo observaban con muda admiración, los de las lluvias de Kunta, y los
mayores, dolorosamente celosos, le hacían preguntas respetuosas acerca de su aldea natal y su destino. Él
las contestaba gravemente, con la misma dignidad (o así esperaba él) que su padre contestaba las
preguntas que le hacían a él. Para cuando partieron, estaba seguro de que los habitantes de esa aldea
pensaban que acababan de ver a un joven que se había pasado toda la vida viajando con su padre por los
largos senderos de Gambia.

CAPITULO 20
Se habían demorado tanto en la última aldea, que iban a tener que caminar más rápido para llegar a
destino a la puesta de sol, como le había prometido Omoro a sus hermanos. Aunque sudaba, y le dolía
todo, Kunta encontraba mucho más fácil que antes balancear su atado sobre la cabeza, y se sentía
vigorizado con los mensajes de tambor que ahora llenaban el aire anunciando la llegada de griots, jalibas,
ancianos y otras personas importantes que representaban aldeas lejanas como Karantaba, Kootacunda,
Pisania y Jonkakonda, de las que Kunta nunca había oído hablar. Había llegado un griot del reino de Wooli,
anunciaron los tambores, e incluso un príncipe enviado por su padre, el rey de Barra. Mientras sus pies
rajados caminaban velozmente por el sendero caliente y polvoriento, se sorprendía al ver cuan famosos y
populares eran sus tíos. Pronto se dio cuenta de que prácticamente corría, no sólo para no quedarse
demasiado atrás de Omoro, que nuevamente avanzaba a grandes zancadas, sino porque estas últimas
horas parecían no pasar nunca.
Por fin, justo cuando el sol empezaba a tornarse púrpura en el horizonte, Kunta vio que de una aldea,
no muy lejos, salía humo. La forma ancha y circular que trazaba el humo, le hizo ver que estaban quemando

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Raíces

Alex Haley

maderas secas de baobab para ahuyentar los mosquitos. Eso significaba que había visitantes importantes
en la aldea. Sintió ganas de gritar de alegría. ¡Habían llegado! Pronto empezó a oír el retumbar de un gran
tambor tóbalo, ceremonial; suponía que lo tocaban cada vez que un personaje trasponía los portales de la
aldea. Entremezclado con el grave tambor se oían los más pequeños, los tan–tang, y los gritos agudos de
los bailarines. Luego el sendero daba una vuelta, y entonces vio la aldea, bajo el humo que se elevaba.
Junto a un grupo de arbustos vieron a un hombre que los avistó en el mismo instante, y que empezó a
señalar y a saludar como si lo hubieran apostado allí para esperar la llegada de un hombre con un niño.
Omoro le devolvió el saludo, y éste se inclinó inmediatamente sobre su tambor y anunció: –Omoro Kinte y
su primogénito ...
Los pies de Kunta apenas si sentían el suelo. El árbol de los viajeros, que vieron en seguida, estaba
adornado con tiras de género, y el sendero original, con espacio para una sola persona, había sido
ensanchado por el paso de muchos pies, lo que evidenciaba qué se entraba en una aldea atareada y
popular. El sonido de los tan–tangs se volvió más y más fuerte, y de repente aparecieron los bailarines,
gritando y gruñendo con sus trajes de hojas y corteza, saltando y girando y golpeando con los pies frente a
una multitud que traspuso los portales para dar la bienvenida a los distinguidos visitantes. El tóbalo de la
aldea, de tono profundo, empezó a sonar con estruendo mientras dos personas se acercaban corriendo a
través de la multitud. Delante de Kunta, Omoro dejó caer su atado al suelo y corrió hacia ellos. Antes de
darse cuenta, Kunta también había dejado caer su atado y corría detrás de su padre.
Los dos hombres y su padre se abrazaban y se daban palmadas. –¿Y éste es nuestro sobrino?–. Los
dos hombres alzaron a Kunta y lo abrazaron entre exclamaciones de alegría. Arrastrándolos hacia la aldea,
el enorme comité de bienvenida los saludó, pero Kunta no oyó ni vio a nadie, excepto a sus tíos.
Ciertamente se parecían a Omoro, pero notó que ambos eran un poco más bajos, más fornidos, más
musculosos que su padre. Los ojos de su tío mayor, Janneh, parecían ponerse estrábicos cuando miraba a
lo lejos, y los dos hombres se movían con una agilidad casi animal. También hablaban mucho más
rápidamente que su padre, mientras lo acosaban de preguntas acerca de Juffure y de Binta.
Por fin Saloum le golpeó la cabeza a Kunta con el puño. –No estamos juntos desde que le dieron el
nombre. ¡Y mírenlo ahora! ¿Cuántas lluvias tienes, Kunta?
–Ocho, señor, –contestó cortésmente.
– ¡Casi listo para que lo entrenen! –exclamó su tío.
Alrededor de la alta cerca de bambú de la aldea, habían apilado arbustos espinosos, secos,
escondidos entre ellos había estacas de punta afilada para mutilar a cualquier ser, animal o humano, que se
atreviera a merodear. Pero Kunta no se fijaba en esas cosas, y sólo miraba de reojo a los de su edad que lo
rodeaban. Apenas si oía el estruendo que hacían los loros y los monos encima de sus cabezas, o el ladrido
de los perros wuolos debajo, mientras los tíos los llevaban en una gira por la hermosa aldea. Cada choza
tenía su patio, dijo Saloum, y el depósito de alimentos secos estaba colocado encima del fuego, para que el
humo conservara libre de bichos al arroz, el kouskous y el mijo.
Kunta se mareaba girando la cabeza en todas direcciones para no perderse una vista, un sonido o un
olor excitante. Era a la vez fascinante y trastornante oír hablar a la gente en dialectos mandingas que no
entendía, aparte de alguna que otra palabra. Como los demás mandingas –excepto los más cultos, como el
arafag– Kunta no sabía casi nada de las lenguas de las otras tribus, incluso las que vivían cerca. Pero había
pasado el tiempo suficiente junto al árbol de los viajeros para distinguir a las tribus. Los fulas tenían el rostro
ovalado, el pelo más largo, los labios más delgados y los rasgos más pronunciados, con cicatrices verticales
en la sien. Los wolofs eran extremadamente negros y muy reservados, los serahulis tenían la piel más clara
y eran de baja estatura. Y los jolas –no era posible confundirlos– tenían cicatrices en todo el cuerpo, y
siempre tenían una expresión feroz en el rostro.
Kunta reconoció a los que pertenecían a las demás tribus, aquí en la nueva aldea, pero había otros
que no pudo reconocer. Algunos regateaban en voz alta con los comerciantes que anunciaban sus
mercaderías. Las mujeres mayores se interesaban en cueros curados, mientras que las más jóvenes pedían
descuento por las pelucas y otros adornos para el pelo, hechos de sisal y de baobab. El grito de "¡Cola!
¡Muy buena cola púrpura!" atraía a un grupo de personas, cuyos pocos dientes estaban teñidos de
anaranjado de tanto masticar nueces de cola.
Entre amistosos codazos y empujones, Omoro fue presentado a una cantidad interminable de
habitantes de la aldea y de personas importantes de lugares excitantes. Kunta se maravilló al oír la fluidez
con que hablaban sus tíos esas lenguas extrañas. Kunta se dejó llevar por la multitud, pues sabía que
podría encontrar a su padre y a sus tíos cuando quisiera. Pronto se encontró entre los músicos que tocaban
para los que tuvieran ganas de bailar. Luego probó el antílope asado y el guisado de maní molido, que las
mujeres de la aldea llevaban constantemente a las mesas, a la sombra del baobab para el que quisiera
comer. La comida era buena, pensó Kunta, pero no tan sabrosa como los platos suculentos que las madres
de Juffure preparaban para las fiestas de la cosecha.

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Raíces

Alex Haley

Al ver a unas mujeres que hablaban excitadamente junto al pozo, Kunta fue hacia ellas, con los oídos
tan abiertos como los ojos, y oyó que hablaban de un gran morabito, que estaba a sólo medio día de viaje,
por el sendero, y que viajaba con un grupo para rendir honores a la nueva aldea, pues había sido fundada
por los hijos del difunto hombre sagrado, Kairaba Kunta Kinte. Kunta sintió gran orgullo al oír que hablaban
de su abuelo de una manera tan reverente. Como las mujeres no lo reconocían, pudo oírlas hablar de sus
tíos. Era hora de que viajaran menos y se quedaran en el lugar, y tuvieran mujer e hijos, dijo una de las
mujeres. –El único problema que tendrán, es que hay tantas doncellas ansiosas por ser esposas de ellos.
Era casi de noche cuando Kunta, con cierta torpeza, se acercó a unos muchachos de su edad. A ellos
no parecía importarles que hubiera andado con los adultos tanto tiempo. En su mayoría parecían ansiosos
por contarle a Kunta cómo se había formado la nueva aldea. –Todas nuestras familias se hicieron amigas
de tus tíos durante sus viajes –dijo un muchacho–. Todos estaban descontentos con la vida que llevaban
donde estaban, por una razón u otra–. Mi abuelo no tenía suficiente lugar para que toda su familia y las
familias de sus hijos estuvieran cerca –dijo otro–. Nuestro bolong no era bueno para el arroz –agregó un
tercero.
Kunta oyó decir que sus tíos empezaron a decirles a sus amigos que conocían un lugar ideal donde
pensaban fundar una aldea. Y pronto las familias de los amigos de Janneh y Saloum viajaban por el
sendero con sus cabras, gallinas, alfombras de plegaria y otras posesiones.
Pronto anocheció y Kunta observó cómo encendían los fuegos de la nueva aldea, con las ramas que
sus nuevos amigos habían recogido más temprano. Como era un momento de celebración, le dijeron que
todos los habitantes de la aldea y los visitantes se reunirían alrededor de varios fuegos, en lugar de la
antigua costumbre, que establecía que las mujeres y los niños se sentaran alrededor de fuegos separados.
El alimano iba a bendecir la reunión, dijeron, y luego Janneh y Saloum ocuparían el centro para narrar
historias de sus viajes y sus aventuras. En el círculo, con ellos, estaría el visitante más viejo de todos, un
anciano del distante Fulladu, río arriba. Se decía que tenía más de cien lluvias, y que compartiría su
sabiduría con todos los que lo quisieran oír.
Kunta corrió a reunirse con su padre junto al fuego justo a tiempo para oír la plegaria del alimano.
Después de la plegaria, nadie dijo nada por algunos momentos. Se oía el chirrido de los grillos, y los
humeantes fuegos trazaban sombras danzantes en el amplio círculo de rostros. Por fin, habló el arrugado
anciano: –Cientos de lluvias antes que el primero de mis recuerdos, se oía hablar de una montaña africana
de oro, cuya fama llegaba de allende los ríos. Ella fue la que primero atrajo al toubob a África. –No había
ninguna montaña de oro, dijo, pero se habían hallado enormes cantidades de oro en el agua, y se lo había
extraído de minas, primero en el Norte de Guinea, luego en las selvas de Ghana–. Al toubob nunca se le
dijo de dónde provenía el oro –dijo el viejo–, pues lo que sabe un toubob, en seguida lo saben todos los
demás.
Después habló Janneh. En muchos lugares la sal era casi tan preciosa como el oro, dijo. Él y Saloum
habían visto cómo se cambiaba oro por sal, en cantidades iguales. La sal se encontraba en espesas franjas
debajo de cierta clase de arena, y había cierta agua que cuando se secaba, se convertía en sal que se
ponía al sol en grandes cuadrados.
–Una vez hubo una ciudad de sal –dijo el viejo–. La ciudad de Taghaza, cuyos habitantes construían
sus casas y mezquitas con bloques de sal.
–Cuéntanos de los extraños animales jorobados de los que has hablado otras veces –exigió una
anciana, atreviéndose a interrumpir. A Kunta le hizo acordar a la abuela Nyo Boto.
Una hiena aulló en alguna parte de la noche, y la gente se inclinó hacia adelante en la luz que
flameaba. Le tocaba hablar a Saloum. –Los animales llamados camellos viven en el lugar de la arena
interminable. Lo atraviesan guiándose por el sol, las estrellas y el viento. Janneh y yo hemos viajado en
estos animales hasta durante tres lunas, con unas pocas gotas de agua.
– ¡Pero deteniéndonos muchas veces para luchar contra los bandidos! –dijo Janneh.
–En una oportunidad fuimos en una caravana de doce mil camellos –continuó diciendo Saloum–. En
realidad, eran varias caravanas más pequeñas, que viajaban juntas para protegerse contra los bandidos.
Kunta vio que mientras hablaba Saloum, Janneh desenrollaba una gran pieza de cuero curtido. El
anciano hizo un gesto de impaciencia a dos hombres jóvenes que arrojaron algunas ramas secas al fuego.
En la luz resplandeciente, Kunta y los demás pudieron seguir el dedo de Janneh que se movía por un
extraño dibujo, –Esta es África –dijo. El dedo trazó lo que les dijo que era "el agua grande", al Oeste, y
luego "el gran desierto de sal, un lugar mucho más grande que toda Gambia, que señaló en la parte inferior
izquierda del dibujo.
–En la costa Norte de África, los barcos de los toubobs traen porcelana, especias, géneros, caballos y
una cantidad enorme de cosas hechas por el hombre –dijo Saloum–. Luego los camellos y los burros
transportan estas mercaderías tierra adentro a lugares como Sijilmasa, Ghadanes y Marrakech. –El dedo de
Janneh mostró dónde quedaban esas ciudades–. Mientras estamos aquí sentados –dijo Saloum–, hay

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Raíces

Alex Haley

muchos hombres con pesados atados cruzando las espesas selvas, llevando nuestros productos africanos
(marfil, cueros, aceitunas, dátiles, nueces de cola, algodón, cobre, piedras preciosas) a los barcos de los
toubobs.
A Kunta le daba vueltas la cabeza por las cosas que oía, y se prometió en secreto que algún día él
también se aventuraría a ir a esos lugares excitantes.
– ¡El morabito! –Desde el sendero, el tambor que habían apostado trasmitió la noticia. Rápidamente
se preparó un grupo para darle la bienvenida: Janneh y Saloum, como fundadores de la aldea, el Consejo
de Ancianos, el dimano, el arafang, luego los honorables representantes de las otras aldeas, incluyendo a
Omoro; incluyeron a Kunta, con otros de su misma estatura, para representar a los jóvenes de la aldea.
Fueron conducidos por los músicos hacia el árbol de los viajeros, regulando su llegada para recibir al
hombre sagrado. Kunta observó con fijeza al viejo muy negro, de barbas largas, que iba a la cabeza de un
grupo de personas que parecían muy cansadas. Venían hombres, mujeres y niños cargados con enormes
atados, excepto algunos hombres que arreaban el ganado y, según le pareció a Kunta, más de cien cabras.
Con rápidos gestos el hombre sagrado bendijo al grupo de bienvenida y les ordenó que se pusieran
de pie, pues se habían arrodillado. Luego bendijo especialmente a Janneh y Saloum, y Janneh presentó a
Omoro, y Saloum le hizo una seña a Kunta, que se unió corriendo al grupo. –Este es mi primogénito –dijo
Omoro–, y lleva el nombre de su abuelo sagrado.
Kunta oyó que el morabito decía unas palabras en árabe, dedicadas a él, que no pudo entender,
excepto el nombre de su abuelo, y sintió los dedos del hombre sagrado, que le tocaban la cabeza con la
ligereza de las alas de una mariposa, y luego volvió corriendo con los de su edad, cuando el morabito fue
presentado a los demás integrantes del comité de recepción, conversando con ellos como si fuera un
hombre corriente. Los jóvenes, que estaban con Kunta, empezaron a recorrer el sendero para mirar a las
esposas, hijos, estudiantes y esclavos que constituían la parte posterior de la procesión.
Las esposas e hijos del morabito pronto se retiraron a las chozas destinadas para los huéspedes. Los
estudiantes, sentándose en el suelo y abriendo sus atados, sacaron libros y manuscritos –propiedad de su
maestro, el hombre sagrado– y empezaron a leer en voz alta a los que se habían reunido a escuchar a su
alrededor. Kunta vio que los esclavos no entraban en la aldea con los otros. Se quedaron del otro lado de la
cerca, sentados en cuclillas, cerca del ganado y las cabras que habían atado todas juntas. Eran los
primeros esclavos que veía Kunta que no se acercaban al resto de la gente.
El hombre sagrado apenas podía moverse, por todas las personas que estaban arrodilladas a su
alrededor. Tanto los habitantes de la aldea como los visitantes distinguidos, bajaban la frente hasta la tierra
y gemían para que él escuchara sus lamentos; algunos de los que estaban más cerca del gran hombre
pretendían tocarle las vestiduras. Algunos le rogaban que visitara su aldea y dirigiera ceremonias religiosas,
desde hacía tiempo descuidadas. Otros requerían consejo legal, pues la ley y la religión eran compañeras
bajo el Islam. Los padres pedían que les diera nombres significativos para sus hijos. Las personas de
aldeas sin arafang le preguntaban si uno de sus estudiantes no podían enseñar a sus hijos.
Los estudiantes estaban atareados vendiendo cuadraditos de cuero de cabra, con la marca sagrada,
se cosía luego, pasando a ser un hombre sagrado para que él les hiciera su marca. Un pedazo de cuero de
cabra, con la marca sangrada, se cosía luego, pasando a ser un valioso amuleto, como el que llevaba Kunta
en la parte superior del brazo, y aseguraba la constante cercanía de Alá a quien lo llevara. Con los dos
caparazones de molusco que había llevado desde Juffure, Kunta compró un cuadrado de cuero de cabra y
se unió a la muchedumbre que empujaba para acercarse al morabito.
Se le ocurrió a Kunta que su abuelo había sido un hombre así, que tenía el poder, concedido por Alá,
de hacer llover sobre una aldea que se moría de hambre; así había salvado a Juffure el Kairaba Kunta
Kinte. Así se lo habían dicho sus amadas abuelas Yaisa y Nyo Boto, desde que tenía edad como para
entender. Pero recién ahora, por primera vez, llegaba a comprender la grandeza de su abuelo, y del Islam.
A sólo una persona, pensó Kunta, le iba a decir por qué había decidido gastar sus dos preciosos
caparazones. Ahora esperaba con su cuadradito de cuero a que le tocara el turno con el hombre sagrado.
Iba a llevar el precioso cuero de cabra a su aldea, para dárselo a Nyo Boto, para pedirle que lo guardara
hasta que llegara el momento de hacer un amuleto para el brazo de su primogénito.

CAPITULO 21
El kafo de Kunta, amargado de envidia por el viaje, esperaba que regresara a Juffure henchido de
engreimiento, por lo que se decidió –aunque nadie lo dijo– no demostrar interés en él o en sus viajes
cuando volviera a la aldea. Y así lo hicieron sin importarles cuánto le dolería a Kunta volver a su hogar y ver
que sus compañeros de toda la vida se comportaban como si nunca se hubiera alejado, e interrumpían la

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Raíces

Alex Haley

conversación cuando se acercaba. Su querido amigo Sitafa se mostraba más frío aún que los demás. Kunta
se sentía tan molesto que apenas si pensaba en su nuevo hermanito, Suwadu, que había nacido cuando él
estaba afuera con Omoro.
Un mediodía, mientras las cabras pastoreaban, Kunta decidió pasar por alto la mezquindad de sus
compañeros y hacer las paces. Se dirigió hacia donde estaban comiendo, se sentó entre ellos y empezó a
hablar. –Ojalá pudieran haber ido conmigo –dijo con tranquilidad, y sin esperar la reacción, empezó a
contarles acerca de su viaje.
Les contó lo duro que habían sido los días de viaje, cómo le dolían los músculos, el miedo que había
sentido al pasar junto a los leones. Y describió las distintas aldeas por las que había pasado y la gente que
allí vivía. Mientras hablaba, uno de los muchachos se levantó para agrupar a sus cabras, y cuando regresó
–como si no se diera cuenta– se sentó más cerca de Kunta. Pronto los otros hacían exclamaciones para
acompañar las palabras de Kunta, y antes de que se dieran cuenta, justo cuando les estaba contando
acerca de la llegada a la aldea de sus tíos, ya era hora de volver a llevar las cabras.
A la mañana siguiente, en el patio de la escuela, todos los muchachos tuvieron que esforzarse para
que el arafang no sospechara que estaban impacientes por irse. Cuando estuvieron finalmente con las
cabras, se reunieron alrededor de Kunta, y éste empezó a contarles acerca de las diferentes tribus y
lenguas que se mezclaban en la aldea de sus tíos. Estaba por la mitad de uno de los cuentos de Janneh y
Saloum acerca de lugares lejanos –los muchachos estaban absortos en sus palabras– cuando el silencio
del campo se vio interrumpido por el feroz ladrido de un perro wuolo y el berrido agudo y aterrorizado de
una cabra.
Saltando del susto, vieron en el extremo de los pastos altos una gran pantera amarilla, que dejaba
caer una cabra de sus fauces y embestía contra dos perros. Los muchachos seguían parados, inmóviles,
demasiado asustados para moverse, cuando uno de los perros fue arrojado con fuerza hacia un costado por
las garras de la pantera; el otro perro saltaba enloquecido hacia adelante y hacia atrás. La pantera se
agazapó, lista para saltar. El ruido horrible que hacía ahogaba los ladridos desesperados de los otros perros
y los gritos de las cabras, que corrían en todas direcciones.
Los muchachos también corrieron, gritando, tratando de alcanzar a las cabras. Pero Kunta se dirigió,
ciego, hacia la cabra caída, que era de su padre. –¡Detente, Kunta, no! –exclamó Sitafa para tratar de que
no se interpusiera entre los perros y la pantera. No logró hacerlo, pero cuando la pantera vio a los dos
muchachos que corrían hacia él, gritando, retrocedió algunos pasos, luego se volvió y huyó a la selva con
los perros enfurecidos detrás.
Él hedor de la pantera y la cabra deshecha hicieron que Kunta se sintiera descompuesto. Del cuello
retorcido le chorreaba la sangre oscura; tenía la lengua afuera y los ojos en blanco. Lo que más le
impresionó a Kunta fue que por el tajo que tenía en el vientre se le veía un cabrito por nacer, aún con vida.
Cerca estaba el primer perro wuolo, aullando de dolor. Tenía el costado abierto y trataba de arrastrarse
hasta Kunta. El muchacho vomitó donde estaba, luego se volvió, muy pálido, y miró el rostro angustiado de
Sitafa.
A través de las lágrimas, Kunta alcanzó a ver a algunos de los otros muchachos rodeándolo. Miraban
el perro herido y la cabra muerta. Luego lentamente se fueron yendo, todos excepto Sitafa, que le pasó un
brazo por los hombros. No dijeron nada, pero ambos pensaban en algo que no se había dicho en voz alta:
¿Cómo le iba a decir a su padre? Kunta logró por fin hablar: –¿Me puedes cuidar las cabras? –le preguntó a
Sitafa–. Debo llevarle este cuero a mi padre.
Sitafa se acercó a conversar con los otros muchachos, y dos de ellos rápidamente alzaron al perro
herido y se lo llevaron. Kunta le hizo una seña a Sitafa para que se reuniera con los demás. Arrodillándose
junto a la cabra empezó a cortar y tirar con el cuchillo, tal como le había visto hacer a su padre, hasta que
finalmente, cuando se puso de pie, tenía el cuero de la cabra en las manos. Juntó algunas malezas y con
ellas cubrió el cuerpo del animal y el nonato, y empezó a caminar en dirección a la aldea. Ya en otra
oportunidad había descuidado a las cabras, jurando que no volvería a suceder. Pero había vuelto a suceder,
y esta vez había muerto una cabra.
En su desesperación rogó que fuera una pesadilla, y que pudiera despertarse ya, pero entonces vio el
cuero que llevaba. Deseó la muerte. Sabía que su desgracia deshonraría a sus antepasados. Alá lo estaba
castigando por sus alardes, pensó, avergonzado. Se detuvo para arrodillarse hacia la dirección por donde
salía el sol e imploró perdón.
Al ponerse de pie vio que los de su kafo habían reunido a todas las cabras y se estaban preparando
para arrearlas a la aldea. Estaban recogiendo ya su carga de leña. Un muchacho llevaba el perro herido.
Había otros dos perros que cojeaban. Cuando Sitafa vio que Kunta los miraba, depositó su carga de leños
en el suelo y echó a andar hacia su amigo, pero éste le indicó por señas que volviera con los otros.
Cada paso que daba por el transitado sendero de las cabras parecía llevarlo más cerca del fin, del fin
de todo. Sentía oleadas de culpa, terror y entumecimiento que se sucedían una tras otra. Lo echarían de la

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aldea. Iba a echar de menos a Binta, a Lamin, a la vieja Nyo Boto. Hasta echaría de menos la clase del
arafang. Pensó en su abuela Yaisa, en el abuelo santo cuyo nombre llevaba, ahora deshonrado; en sus dos
tíos viajeros, que habían fundado una aldea. Se dio cuenta de que no llevaba su carga de leña. Pensó en la
cabra, de la que se acordaba muy bien, siempre tan nerviosa, siempre alejándose de las otras al trote. Y
pensó en el cabritillo, sin nacer. Y mientras pensaba en todo esto, no dejaba de pensar en lo que más
temía: su padre.
Su mente le daba vueltas. Se detuvo, como si hubiera echado raíces, sin respirar, mirando fijamente
hacia delante en el sendero. Omoro corría en su dirección. Ninguno de los muchachos se habría animado a
decirle nada. ¿Cómo se había enterado?
–¿Estás bien? –preguntó su padre.
La lengua de Kunta parecía pegada al paladar. –Sí, papá –dijo por fin. Para entonces Omoro le
estaba tocando la barriga, para ver si la sangre que empapaba su dundiko no era la de él.
Incorporándose, Omoro tomó el cuero y lo extendió sobre el pasto. –¡Siéntate! –le ordenó–, y Kunta
se sentó, temblando. Omoro se sentó enfrente.
–Hay algo que debes saber –dijo Omoro–. Todos los hombres cometen errores. Cuando tenía tus
lluvias, un león me comió una de las cabras.
Tirándose de la túnica, Omoro se descubrió la cadera izquierda. La cicatriz pálida y profunda
impresionó a Kunta. –Yo aprendí, y tú debes aprender. ¡Nunca te acerques a un animal peligroso! –Lo miró
a los ojos–. ¿Me entiendes?
–Sí, papá.
Omoro se puso de pie, tomó el cuero de cabra y lo tiró entre los arbustos. .–Entonces eso es todo lo
que hay que decir.
A Kunta le daba vueltas la cabeza, mientras caminaba detrás de Omoro hacia la aldea. Más grande
aún que su culpa, y que su alivio, era el amor que sentía en ese momento por su padre.

CAPITULO 22
Kunta había alcanzado su décima lluvia, y los muchachos del segundo kafo estaban a punto de
completar la educación que recibían dos veces por día desde su quinta lluvia. Cuando llegó el día de la
graduación, los padres de Kunta y de sus compañeros se sentaron en el patio del arafang, henchidos de
orgullo, en las primeras filas, delante aun de los ancianos de la aldea. Kunta y los demás estaban sentados
en cuclillas ante el arafang mientras el alimano rezaba. Luego el arafang se puso de pie y empezó a mirar a
sus alumnos que levantaban la mano para que les hiciera preguntas. Kunta fue el primero que escogió.
–¿Cuál era la profesión de tus antepasados, Kunta Kinte? –preguntó.
–Hace cientos de lluvias, en la tierra de Mali –contestó Kunta con seguridad– los Kinte eran herreros,
y sus mujeres hacían alfarería y tejidos. –Cada vez que un alumno contestaba correctamente, los presentes
daban exclamaciones de placer.
Luego el arafang hizo una pregunta de matemática: –Si un mandril tiene siete esposas, cada esposa
tiene siete hijos, y cada hijo come siete maníes durante siete días, ¿cuántos maníes robó el mandril de la
granja de algún hombre? –Después de pensar con desesperación y de escribir continuamente con las
plumas de ganso en las pizarras de madera de álamo, el primero en dar la respuesta correcta fue Sitafa
Silla, y las exclamaciones de alabanza de la multitud ahogaron los gruñidos de los otros muchachos.
Luego los muchachos escribieron su nombre en árabe, como se les había enseñado. Y el arafang
ponía en alto, una por una, las pizarras de sus alumnos, para que los padres y los otros espectadores vieran
por sí mismos los frutos de la educación. Como los demás, Kunta había encontrado que era más difícil leer
los signos que escribirlos. Muchas mañanas y tardes, cuando el arafang les pegaba en los nudillos, todos
habían deseado que la escritura hubiera sido tan fácil de entender como los mensajes de los tambores, que
hasta los niños de la edad de Lamin entendían como si alguien les estuviera hablando.
El arafang les ordenó que se pusieran de pie, uno por uno. Por fin le llegó el turno a Kunta.– –¡Kunta
Kinte! –Todos tenían los ojos clavados en él. Kunta sintió el gran orgullo de su familia, en la primera fila, e
incluso el de sus antepasados, enterrados cerca de la aldea, y en especial el de su querida abuela Yaisa.
De pie leyó un verso de la última página del Corán; al terminar llevó el libro a la frente y apretándolo dijo–:
¡Amén! –Cuando todos terminaron de leer, el maestro le dio la mano a cada uno de sus discípulos y anunció
en voz alta que su educación se había completado. Ahora los muchachos pertenecían al tercer kafo, y todos
dieron gritos de alegría. Binta y las demás madres rápidamente quitaron lo que cubría a los recipientes y

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Raíces

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calabazas que habían llevado, repletas de comidas deliciosas, y la ceremonia de graduación terminó en una
fiesta en la que se comió muy bien.
A la mañana siguiente, cuando Kunta fue a llevar las cabras a pastorear, Omoro lo estaba esperando.
Señalando un chivo y su pareja, le dijo: –Estos dos son tu regalo por terminar la escuela. –Casi antes de
que Kunta pudiera balbucear su agradecimiento, Omoro se alejó sin decir otra palabra, como si dar un par
de cabras fuera cosa de todos los días y Kunta hizo todo lo posible por no parecer demasiado excitado.
Pero no bien su padre desapareció. Kunta dio un grito tan grande de alegría, que sus nuevas posesiones
dieron un brinco y echaron a correr, seguidas por todas las demás cabras. Para cuando las alcanzó y las
logró llevar hasta el campo, sus demás compañeros ya estaban allí, señalando sus nuevas cabras.
Tratándolas como a animales sagrados, los muchachos las condujeron a los pastos más tiernos,
imaginando ya los fuertes cabritos que pronto tendrían, y los que estos procrearían a su vez, hasta que
cada muchacho tendría una manada tan grande como la de su padre.
Las lunas transcurrían, convirtiéndose en estaciones, hasta que así pasó otra lluvia para Kunta, y su
kafo le enseñó al de Lamin a cuidar las cabras. Se acercaba un acontecimiento largamente esperado.
Todos los días Kunta y sus compañeros sentían una alegría mezclada con ansiedad ante la inminencia de
la próxima fiesta de la cosecha, a cuya finalización los muchachos del tercer kafo –entre diez y quince
lluvias– serían llevados a un lugar lejos de Juffure, y cuando regresaran, al cabo de cuatro lunas, serían
hombres.
Kunta y los otros se portaban como si no pensaran ni se preocuparan por ese asunto. Pero no
pensaban en nada más, y observaban y escuchaban a los adultos para ver si oían algo referente al
entrenamiento iniciático. Al comienzo de la estación seca, cuando varios padres se fueron de Juffure
calladamente y estuvieron ausentes dos o tres días, para luego regresar tal como se habían ido, los
muchachos empezaron a comentar el hecho con gran reserva, especialmente después que Kalilu Conteh
oyo decir a su tío que habían hecho una gran cantidad de reparaciones muy necesarias a su jujuo, la aldea
destinada al entrenamiento, que hacía casi cinco lluvias que no se usaba, desde el último entrenamiento, y
había estado a merced de la intemperie y de los animales desde entonces. Los padres intercambiaron
opiniones en secreto, preguntándose quién sería elegido por el Consejo de los Ancianos para servir de
kintango, el encargado del entrenamiento. Kunta y todos sus compañeros habían oído muchas veces cómo
sus padres, tíos y hermanos mayores hablaban reverentemente de los kintangos que habían supervisado su
entrenamiento hacía muchas lluvias.
Justo antes de la estación de la cosecha los muchachos del tercer kafo, excitados, comentaron entre
ellos, cómo sus madres silenciosamente les habían medido la cabeza y los hombros con una cinta de coser.
Kunta hacía lo posible por olvidar esa mañana, cinco lluvias atrás, cuando él y sus compañeros, recientes
pastores, habían visto con terror cómo los muchachos mayores habían sido arrastrados, gritando, por un
grupo de enmascarados que aullaban y blandían lanzas: eran bailarines kankurang. Todavía ese momento
era un recuerdo vivido: le parecía ver a los muchachos encapuchados, y cómo los mayores los pateaban.
El tóbalo pronto empezó a tronar, anunciando el comienzo de la nueva cosecha, y Kunta se reunió
con los demás habitantes de la aldea en los campos. Estaba contento porque empezaban los días de
trabajo duro, porque así estaría lo suficientemente ocupado y cansado como para poder pensar en lo que le
aguardaba. Pero cuando terminó la cosecha y empezó la fiesta, encontró qué no podía gozar de la música,
el baile y la fiesta como los demás, como él mismo había disfrutado toda su vida. En realidad, cuanto más
se divertía la gente, más desgraciado se sentía, hasta que por fin pasó los últimos dos días de la fiesta
sentado solo a orillas del bolong, tirando piedras al agua.
La víspera del último día de la fiesta, Kunta estaba en la choza de Binta terminando silenciosamente
su comida nocturna de guisado de maní con arroz cuando vio entrar a Omoro. Por el rabillo del ojo vio que
su padre levantaba algo blanco; antes de poder darse vuelta, Omoro le encasquetó un capuchón en la
cabeza. Kunta se sintió como adormecido de terror. Su padre lo tomó de un brazo, obligándolo a ponerse de
pie, luego lo hizo retroceder hasta hacerlo sentar sobre un banquito bajo. Kunta se sintió mejor, porque las
piernas le parecían como de agua y la cabeza muy liviana. Respiraba con jadeos cortos; sabía que si
trataba de moverse se caería del banco. Así que se quedó muy quieto, tratando de acostumbrarse a la
oscuridad. Tan aterrorizado estaba que le pareció doblemente oscuro. Sintió en el labio superior la humedad
de su cálido aliento dentro de la caperuza, y entonces se le ocurrió que seguramente esa misma caperuza
habría sido usada por su padre. ¿Habría estado igualmente asustado Omoro? No era posible imaginarlo.
Kunta se avergonzó por ser la deshonra del clan de los Kinte.
Había un profundo silencio en la choza. Luchando por sobreponerse al miedo que le anudaba el
estómago, Kunta cerró los ojos y se forzó por oír algo, cualquier cosa. Le pareció que oía moverse a Binta,
pero no podía estar seguro. ¿Dónde estarían Lamin y Suwadu? El bebé estaría haciendo ruido. Sólo sabía
una cosa: ni Binta ni ninguna otra persona le iba a hablar, y mucho menos a levantarle la caperuza. Y luego
Kunta pensó qué horrible sería si alguien le levantaba la caperuza, porque entonces verían lo asustado que
estaba, y se darían cuenta de que no era digno de unirse a sus compañeros de kafo en el entrenamiento.

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Raíces

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Hasta los niños del tamaño de Lamin sabían –Kunta se lo había contado– lo que podía pasarle al
muchacho que se mostrara cobarde o débil y que no pudiera resistir el entrenamiento que convertía a los
muchachos en cazadores, en guerreros, en hombres, en un período de doce lunas. ¿Y si él fracasaba?
Empezó a tragarse el miedo, recordando que le habían dicho que el muchacho que fracasaba era tratado
como niño durante el resto de su vida, aunque tuviera la apariencia de un hombre crecido. Lo evitarían, y la
aldea nunca permitiría que se casara, por temor a que engendrara a otros iguales a él. Kunta había oído
decir que esos tristes casos tarde o temprano se iban de la aldea, y no regresaban nunca. Ni sus propios
padres o hermanos volvían a mencionar sus nombres. Kunta se vio huyendo subrepticiamente de Juffure,
como una hiena sarnosa, despreciado por todos. Era algo horrible.
Después de un tiempo, Kunta se dio cuenta de que débilmente se oían los tambores y los gritos de
los bailarines, a lo lejos. Pasó más tiempo. Se preguntó qué hora sería. Supuso que sería cerca de la hora
sutoba, a media distancia entre el atardecer y él amanecer, pero al rato oyó que el alimano llamaba con su
voz aguda, para la plegaria safo, así que era dos horas después de la medianoche. La música cesó, y Kunta
supo que los habitantes de la aldea habían terminado las celebraciones y que los hombres iban
apresuradamente a la mezquita.
Kunta esperó hasta que le pareció que habían terminado las plegarias, pero no se volvió a oír la
música. Aguzó el oído, pero sólo se oía el silencio. Finalmente se quedó dormido, pero se despertó
sobresaltado unos momentos después. Todo seguía en silencio, y estaba más oscuro, bajo la caperuza,
que una noche sin luna. Por fin, débilmente, oyó los primeros grititos de las hienas. Sabía que precedían a
los aullidos, que continuarían, pavorosos, hasta el amanecer.
Kunta sabía que durante la semana de la fiesta de la cosecha, con la primera luz del amanecer,
sonaría el tóbalo. Se quedó esperando que eso sucediera, que sucediera cualquier cosa. Sintió que
empezaba a enojarse, pues esperaba que el tóbalo sonara en cualquier momento, pero no sucedía nada.
Rechinó los dientes y siguió esperando. Y luego, por fin, después de dormirse y despertarse varias veces,
se sumió en un profundo sueño. Cuando oyó el sonar del tóbalo se despertó de un salto. Tenía las mejillas
calientes de vergüenza por haberse quedado dormido.
Acostumbrado ya a la oscuridad de la caperuza, a Kunta le parecía ver las actividades del día por los
sonidos: el canto de los gallos, el ladrido de los perros wuolos, el aullido del alimano, el golpetear de los
morteros de las mujeres, preparando el kouskous del desayuno. Sabía que la plegaria matinal a Alá estaría
dedicada al éxito del entrenamiento que estaba a punto de empezar. Oyó movimientos en la choza, y le
pareció que era Binta. Era extraño: no la podía ver, pero sabía que era su madre. ¿Cómo estarían Sitafa y
sus otros compañeros? Se sorprendió al darse cuenta de que durante toda la noche no había pensado en
ellos ni un solo momento. Debían haber tenido una noche tan larga como la de él.
Cuando empezó a sonar la música de koras y balafons fuera de la choza, Kunta oyó gente que
caminaba, conversando, más y más alto. Los tambores se unieron a las voces, con ritmo agudo y cortante.
Un momento después su corazón pareció detenerse: había oído el movimiento repentino de alguien que
entraba en la choza. Antes de poder prepararse para resistir lo tomaron por las muñecas, y con violencia lo
alzaron del banco para sacarlo por la puerta de la choza hasta que se sintió rodeado por los tambores
incisivos y la gente que chillaba.
Sintió manos que le pegaban y pies que lo pateaban. Kunta pensó en huir de alguna manera, pero
cuando estaba a punto de intentarlo, una mano firme pero suave tomó una de las suyas. Respirando con
ruido bajo la caperuza, Kunta se dio cuenta de que ya no le pegaban ni lo pateaban, y que los chillidos se
alejaban. Supuso que la gente había ido a alguna otra choza, y que la manó que asía la suya debía
pertenecer al esclavo contratado por Omoro, como hacían todos los padres, para que escoltara a su hijo
encapuchado al jujuo.
Los gritos de la gente alcanzaban tonos de frenesí cada vez que arrastraban a un muchacho fuera de
su choza, y Kunta se alegró de no poder ver a los bailarines kankurang, que proferían alaridos aterradores
cada vez que saltaban en el aire blandiendo sus lanzas. Los tambores grandes y los tambores pequeños –
todos los tambores de la aldea, parecía– tocaban sin cesar mientras el esclavo conducía a Kunta más y
más rápido, entre hileras de personas que gritaban a ambos lados, exclamando: "¡Cuatro lunas!" y "¡Serán
hombres!". Kunta tenía ganas de romper a llorar. Deseó desesperadamente poder extender la mano y tocar
a Omoro, a Binta, a Lamin, aun al lloriqueante Suwadu, porque no podría soportar cuatro largas lunas sin
ver a quienes tanto amaba, aunque recién se daba cuenta de ello. Los oídos le comunicaron que él y su
guía se habían unido a una fila que marchaba al compás del ritmo veloz de los tambores. Cuando
traspusieron las puertas de la aldea –se dio cuenta porque el ruido de la multitud empezó a disminuir– sintió
que gruesas lágrimas le mojaban las mejillas. Cerró los ojos con fuerza, como para esconder las lágrimas
hasta de sí mismo.
Igual que había sentido la presencia de Binta en la choza, ahora sintió, como un olor, el miedo de sus
compañeros de kafo que marchaban adelante y detrás de él en la fila, y se dio cuenta de que este era tan
grande como el suyo. Pero eso no le hizo sentir menos vergüenza. Mientras caminaba bajo la blanca

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Raíces

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caperuza, sabía que dejaba atrás mucho más que a su padre y a su madre, a sus hermanos y la aldea de
su nacimiento, y eso lo llenó de tristeza y terror. Pero sabía que era inevitable, que le había pasado a su
padre y que algún día también le pasaría a su hijo. Regresaría, pero como un hombre.

CAPITULO 23
Se estaban acercando –estarían a tiro de piedra, calculó Kunta– a un bosquecillo de bambúes recién
cortados. A través de la caperuza podía aspirar la rica fragancia de madera de bambú fresca. Se acercaron,
marchando; el olor se hizo más y más fuerte; ya estaban en la barrera, luego la traspusieron, aunque aún
seguían al aire libre. Por supuesto: era una cerca de bambú. De repente los tambores se detuvieron y ellos
hicieron un alto. Durante un rato Kunta y los demás se quedaron inmóviles y en silencio. Aguzó los oídos
para tratar de captar algún indicio que le revelara por qué se habían detenido, o dónde estaban, pero no se
oía más que el parloteo de los loros y el griterío de los monos sobre su cabeza.
Luego, de pronto, le levantaron la caperuza. Se quedó parpadeando en el sol de la media tarde,
tratando de adecuar la vista a la luz. Tenía miedo hasta de darse vuelta a mirar a sus compañeros de kafo,
porque delante de ellos estaba el anciano Silla Ba Dibba, adusto y lleno de arrugas. Como todos los demás,
Kunta conocía bien a él y a su familia. Pero Silla Ba Dibba actuaba como si no los hubiera visto nunca, en
realidad, como si no los estuviera viendo ahora. Sus ojos estudiaban el rostro de los muchachos, de la
misma manera que si se tratara de observar gusanos arrastrándose. Kunta sabía que este seguramente era
su kintango. A ambos lados había dos hombres más jóvenes, Ali Sise y Soru Tura, a quienes Kunta también
conocía muy bien; Soru era amigo de Omoro. Kunta agradeció que Omoro no estuviera allí, pues vería a su
hijo muy asustado.
Como se les había enseñado, los veintitrés muchachos del kafo se pusieron la mano extendida sobre
el corazón y saludaron a sus mayores de la manera tradicional: –¡Paz! –¡Sólo paz! –replicaron el kintango y
sus asistentes. Cuidando de no mover la cabeza, Kunta abrió los ojos y vio que estaban en un claro lleno de
pequeñas chozas de paredes de barro y techo de paja, rodeadas por la cerca de bambú recién cortado. Vio
dónde habían arreglado las chozas, indudablemente sus padres, esos días que desaparecieron de Juffure.
Vio todo esto sin mover un solo músculo. Pero al momento siguiente dio un respingo.
–Los que dejaron la aldea de Juffure eran niños –dijo de repente el kintango en voz alta–. Si van a
regresar como hombres, deben olvidar sus temores, porque una persona temerosa es una persona débil, y
una persona débil es un peligro para su familia, para su aldea y para su tribu. –Los fulminó con la mirada,
como si nunca hubiera visto un grupo más despreciable, y luego se volvió. Entonces sus dos asistentes
saltaron hacia adelante y con ayuda de varas flexibles les empezaron a pegar en los hombros y en la
espalda mientras los arreaban, como si fueran cabras, a sus chozas de barro.
Acurrucados en la choza vacía, Kunta y sus cuatro compañeros estaban demasiado aterrorizados
para sentir el ardor de los golpes que acababan de recibir, y demasiado avergonzados para levantar la
cabeza y mirarse entre sí. Después de un rato, cuando pareció que no recibirían más abusos por ahora,
Kunta empezó a mirar subrepticiamente a sus compañeros. Ojalá Sitafa estuviera con él en la misma choza.
Conocía a los otros, por supuesto, pero a nadie tanto como a su hermano yayo, y eso lo deprimió. Pero a lo
mejor no se debe a una casualidad, razonó. Probablemente no quieren que tengamos ni el menor alivio. A
lo mejor ni siquiera nos van a dar de comer, pensó, cuando el estómago le empezó a doler de hambre.
Inmediatamente después de la puesta del sol, los asistentes irrumpieron en la choza. –¡A moverse! –
La varilla le dio en los hombros, y él y los otros salieron desordenadamente al anochecer, tropezándose con
los muchachos de las otras chozas; a varillazos y a los gritos fueron agrupados y alineados; cada muchacho
le daba la mano al que tenía adelante. Cuando todos estuvieron alineados, el kintango los miró ferozmente
y les anunció que estaban a punto de iniciar una excursión nocturna a la selva circundante.
Cuando les dieron la orden de marchar, los muchachos echaron a andar en torpe desorden, y las
varas cayeron profusamente. –¡Caminan como búfalos! –oyó Kunta que le decían muy cerca. Un muchacho
dio un grito cuando le pegaron, y los dos asistentes exclamaron en la oscuridad–: ¿Quién fue? –y los
varillazos volvieron a caer sobre todos. Después de eso ninguno dijo nada.
A Kunta pronto le empezaron a doler las piernas, pero no tan pronto ni tanto, si no hubiera aprendido
a caminar con resistencia al seguir a su padre en el viaje a la aldea de Janneh y Saloum. Se sintió contento
al pensar que a los otros muchachos les debían doler mucho más las piernas, porque no tenían práctica.
Pero nada de lo que había aprendido le servía para apaciguar el hambre y la sed. Sentía un nudo en el
estómago, y empezaba a sentir ligera la cabeza, cuando llegaron a un arroyo e hicieron un alto. El reflejo de
la brillante luna en el agua, ondeó cuando los muchachos arrodillados empezaron a sacar agua con las dos
manos. Un momento después los asistentes del kintango les ordenaron alejarse del agua, para que no

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bebieran demasiado y tan de golpe; luego abrieron los atados que llevaban sobre la cabeza y empezaron a
distribuir pedazos de carne desecada. Los muchachos empezaron a dar mordiscones a la carne como si
fueran hienas; Kunta masticaba y tragaba tan rápido que apenas si probó los cuatro bocados que logró
sacar.
Los muchachos tenían grandes ampollas en los pies, y Kunta estaba igual que los demás, pero se
sentía mejor con comida y agua en el estómago, así que apenas si le preocupaban los pies. Sentados junto
al arroyo, él y sus compañeros de kafo empezaron a mirarse a la luz de la luna, esta vez, más que
asustados, demasiado cansados para hablar. Kunta y Sitafa intercambiaron una larga mirada, sin poder
apreciar, en la débil luz, si se sentían igualmente desgraciados.
Apenas si habían tenido tiempo de refrescar los pies en el agua cuando los asistentes del kintango
les ordenaron volver a formar para emprender el largo camino de regreso al jujuo. No sentía los pies, ni
tampoco la cabeza, cuando finalmente avistaron la cerca de bambú, poco antes del amanecer. Sintiéndose
morir, caminó pesadamente hasta la choza, tropezó con otro muchacho que ya había llegado, perdió pie, se
cayó en el piso de tierra, y se quedó profundamente dormido en ese mismo lugar.
Durante las seis noches siguientes se sucedieron las marchas, cada una más larga que la anterior. El
dolor de sus pies ampollados era terrible, pero Kunta descubrió para la cuarta noche que en cierto modo el
dolor no le importaba tanto, y empezó a sentir una nueva emoción: el orgullo. Para la sexta marcha, él y sus
compañeros descubrieron que aunque la noche era muy oscura ya no necesitaban llevarse de la mano para
mantenerse en línea recta.
La séptima noche coincidió con la primera lección personal del kintango: les mostró cómo los
hombres, en la profundidad de la selva, utilizaban las estrellas para guiarse, y nunca se perdían. Para la
primera media luna, cada uno de los muchachos sabía conducir al resto, por las estrellas, de regreso al
jujuo. Una noche en que Kunta los guiaba, casi pisó a una rata de matorral, pero ésta lo vio y corrió a
esconderse. Kunta estaba tan orgulloso como alarmado, pues esto significaba que caminaban tan
silenciosamente que ni siquiera los animales los oían.
Pero los animales, les dijo el kintango, eran los mejores maestros del arte de la caza, y esa era una
de las cosas más importantes que debía aprender un mandinga. Cuando el kintango quedó satisfecho con
la manera en que marchaban, llevó al kafo, durante la siguiente media luna, a lo más profundo del matorral,
lejos del jujuo, y allí hicieron refugios colgantes para dormir, como parte de innumerables lecciones para
llegar a ser un simbon. A Kunta le parecía que recién acababa de cerrar los ojos cuando ya uno de los
asistentes del kintango los despertaba a gritos para una nueva sesión de entrenamiento.
Los asistentes del kintango les señalaban los lugares en que los leones se habían agazapado
recientemente a esperar a que pasara algún antílope, para saltar sobre él y matarlo, y luego adonde habían
ido los leones después de la comida a pasar el resto de la noche.
Seguían hacia atrás los rastros de la manada de antílopes hasta que tenían una idea cabal de todo lo
que habían hecho el día antes de toparse con los leones. El kafo inspeccionaba las anchas grietas en las
rocas, donde se escondían los lobos y las hienas. Empezaron a aprender muchas tretas para cazar que
nunca se habían imaginado posibles. Nunca se habían dado cuenta, por ejemplo, que el primer secreto del
maestro simbon era no moverse nunca de manera abrupta. El viejo kintango les contó la historia de un
cazador tonto que por fin se murió de hambre en una zona llena de presas, porque era tan torpe que hacía
mucho ruido, yendo de aquí para allá, y todos los animales a su alrededor, de todas clases, silenciosa y
rápidamente se escabullían, sin que él se diera cuenta siquiera de que habían estado cerca.
Los muchachos se sentían igual que ese torpe cazador, durante las lecciones en que tenían que
imitar los sonidos de los animales y los pájaros. El aire se llenaba de sus gruñidos y silbidos, pero ningún
animal ni pájaro se acercaba. Luego, les ordenaban quedarse muy quietos en escondites, mientras el
kintango y sus asistentes hacían lo que a ellos les parecía eran sonidos idénticos, y pronto se acercaban los
animales y los pájaros, moviendo la cabeza en busca de los otros que los habían llamado.
Una tarde, cuando los muchachos estaban practicando las llamadas de los pájaros, de repente un
ave corpulenta, con un pico enorme, se posó con un fuerte graznido en un arbusto cercano. –¡Miren! –gritó
uno de los muchachos, riendo, y todos los demás se sintieron con el corazón en la boca, porque sabían que
ese grito iba a hacer que los castigaran a todos. Ese mismo muchacho había hecho lo mismo varias veces –
tenía el hábito de actuar sin pensar– pero ahora el kintango les dio una sorpresa. Se dirigió al muchacho y
le dijo con severidad: –¡Tráeme ese pájaro, y vivo! –Kunta y sus compañeros contuvieron la respiración,
mientras observaban cómo el muchacho se agazapaba y se arrastraba hacia el arbusto en el que estaba
posado el pájaro tonto, moviendo la cabeza de un lado para otro. Pero cuando el muchacho saltó, el pájaro
se las arregló para escaparse de sus garras, batiendo desesperadamente sus cortas alas hasta alzar el
cuerpo voluminoso sobre los arbustos. El muchacho salió corriendo detrás de él, y pronto ambos
desaparecieron.
Kunta y los demás se quedaron atónitos. Era obvio que no existían límites a lo que les podía llegar a
ordenar el kintango. Durante los tres días y dos noches siguientes, mientras tenían sus sesiones de

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Raíces

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entrenamiento, los muchachos echaban largas miradas de reojo a los matorrales y luego entre sí,
preguntándose, preocupados, qué le habría pasado al compañero que faltaba. Por más que los había
fastidiado al hacerlos castigar a todos, por cosas que había hecho él, ahora que había desaparecido,
parecía como que les faltara algo que pertenecía a todos.
Los muchachos se estaban levantando a la mañana del cuarto día cuando el vigía del jujuo indicó que
se acercaba alguien. Un momento más tarde llegó el mensaje del tambor: era el muchacho perdido. Todos
corrieron a recibirlo, vitoreando como si se tratara de su propio hermano, que volvía de un largo viaje a
Marrakech. Estaba flaco y sucio, lleno de heridas y moretones, y se inclinaba al recibir las palmadas que le
daban los compañeros en la espalda. Pero se las arreglaba para sonreír débilmente, y tenía razón para
hacerlo: bajo su brazo, con las alas y las patas atadas con una guía, llevaba el pájaro. Tenía peor aspecto
aun que él, pero todavía estaba vivo.
El kintango salió, y aunque se dirigía al muchacho, estaba claro que la lección era para todos: –Esto
te enseñó dos cosas importantes: debes obedecer, y mantener la boca cerrada. Son dos cualidades de los
hombres–. Luego Kunta y sus compañeros, vieron que por primera vez el kintango miraba a alguien
aprobadoramente. Había sabido desde el principio que el muchacho sería capaz de cazar ese pájaro tan
pesado.
El pájaro grande fue asado y todos lo comieron con gran gusto, excepto quien lo había cazado, pues
estaba tan cansado que no pudo mantenerse despierto para esperar a que lo cocinaran Le permitieron
dormir ese día y esa noche, mientras Kunta y los demás estuvieron en el matorral, en una lección de caza.
Al día siguiente, durante el primer descanso, el muchacho contó a sus mudos compañeros acerca de la
tortuosa persecución del ave, hasta que después de dos días y una noche hizo una trampa en la que cayó
el pájaro. Después de atarlo todo –incluyendo el pico, pues trataba continuamente de morderlo– se las
había arreglado para mantenerse vivo de alguna forma durante otro día y otra noche, y siguiendo las
estrellas, como les habían enseñado, había logrado volver al jujuo. Después de eso, durante un tiempo, los
otros muchachos casi no le hablaron. Kunta se decía que en realidad él no estaba celoso, pero el muchacho
parecía creer que su hazaña –y la aprobación del kintango– lo habían hecho más importante que sus
compañeros de kafo. Y a la siguiente oportunidad en que los asistentes del kintango dispusieron que
hubiera una tarde de práctica de lucha, Kunta aprovechó para asir al muchacho y tirarlo al suelo con fuerza.
Para la segunda luna del entrenamiento, el kafo de Kunta tenía la misma práctica en las técnicas de
supervivencia en la selva que en la aldea. Ahora todos podían distinguir y seguir las huellas prácticamente
invisibles de los animales, y estaban aprendiendo los ritos secretos y las plegarias de sus antepasados que
podían hacer que un gran simbon se volviera invisible para los animales. Cada bocado de carne que comían
ahora, había sido atrapado por los muchachos o muerto por sus hondas y flechas. Despellejaban a un
animal en la mitad de tiempo que antes, y sabían cocinarlo sobre un fuego casi sin humo que habían
aprendido a encender frotando un pedernal con palos secos y livianos, cerca de musgo seco. Coronaban su
comida de carne asada –a veces alguna rata de matorral– con insectos que asaban directamente sobre los
carbones.
Pero a pesar de todo lo que hacían, a pesar de todo lo que aprendían, enriqueciendo el conocimiento
y las habilidades, el viejo kintango nunca estaba satisfecho. Sus exigencias y su disciplina siguieron siendo
tan estrictas, que los muchachos se sentían atemorizados o asustados la mayor parte del tiempo, cuando
no estaban demasiado cansados para sentir algo. Cuando se daba una orden a uno de ellos, y esta no era
cumplida en el momento, y a la perfección, todo el kafo era castigado. Y cuando no les pegaban, los
despertaban en el medio de la noche para emprender una larga marcha, siempre como castigo por algo que
había hecho alguno de ellos. Lo único que impedía que Kunta y los demás le dieran una paliza al
responsable era el hecho de que sabían con seguridad que los castigarían por pelear: una de las primeras
lecciones que habían aprendido en la vida, antes aun de venir al jujuo, era que los mandingas no deben
pelear nunca entre sí. Por fin los muchachos empezaron a entender que el bienestar del grupo dependía de
uno de sus integrantes, igual que el bienestar de toda la tribu dependería de uno de ellos algún día. Las
reglas eran violadas con menor frecuencia, con lo que disminuyeron los castigos, y entonces el miedo que
sentían por el viejo kintango se vio reemplazado por un respeto que antes sólo habían sentido por sus
padres.
Pero apenas pasaba un día, sin que algo nuevo hiciera que Kunta y sus compañeros se sintieran
torpes e ignorantes nuevamente. Se sorprendieron al enterarse, por ejemplo, que un trapo doblado y
colgado de cierta manera cerca de la choza de un hombre, informaba a los otros mandingas cuándo
pensaba regresar, o que las sandalias cruzadas de cierta forma fuera de la choza, significaban muchas
cosas que sólo otros hombres podían entender. Pero el secreto que más le llamó la atención a Kunta fue el
sira kango, una especie de idioma de hombres, en el que los sonidos de palabras mandingas eran alterados
de manera tal que las mujeres o los niños, o los hombres que no eran mandingas, no podían entender.
Kunta se acordaba de algunas veces en que su padre le había dicho algo muy rápidamente a otro hombre,
y Kunta no había entendido, pero tampoco se había atrevido a preguntar. Ahora que lo había aprendido, él y
sus compañeros pronto empezaron a usar el idioma secreto de los hombres para todo lo que decían.

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En todas las chozas, a medida que pasaban las lunas, los muchachos agregaban una piedra a un
recipiente para marcar el tiempo transcurrido desde que salieron de Juffure. A los pocos días de dejar caer
la tercera piedra, los muchachos estaban luchando en el patio de la aldea, cuando de repente miraron en
dirección a la puerta del jujuo, y vieron a un grupo de unos veinticinco o treinta hombres. Todos los
muchachos lanzaron una exclamación al reconocer a sus padres, tíos y hermanos mayores. Kunta saltó, sin
poder dar crédito a sus ojos enloquecido de alegría al ver a Omoro después de tres lunas. Pero era como si
una mano invisible lo retuviera, y sofocara su grito de alegría: aun antes de ver a su padre, se dio cuenta de
que en su rostro no había señales de que reconociera a su hijo. Sólo uno de los muchachos corrió hacia
adelante, llamando a su padre por su nombre, y sin decir una palabra, su padre tomó la vara del asistente
del kintango que estaba más cerca y castigó a su hijo con ella, gritándole ásperamente por traicionar sus
emociones y demostrar que todavía era un niño. Agregó, innecesariamente, mientras le daba los últimos
varillazos, que no debía esperar favores de su padre. Luego, el kintango ordenó al kafo que se echaran
panza abajo en una hilera, y todos los visitantes caminaron junto a la fila azotando a los muchachos en la
espalda con sus bastones. Kunta se sentía confundido emocionalmente; los golpes no le importaban en
absoluto, pues sabía que eran parte de los rigores del entrenamiento, pero sí le dolía no poder abrazar a su
padre, ni siquiera oír su voz, y se avergonzaba al pensar que, desear hacerlo no era propio de hombres.
Cuando terminó la azotaina, el kintango les ordenó saltar, correr, bailar, luchar, rezar, tal como les
habían enseñado, y los padres, tíos y hermanos mayores observaron todo en silencio, y luego partieron,
después de felicitar calurosamente al kintango y a sus asistentes, sin mirar siquiera a los muchachos, que
estaban parados, cabizbajos. En menos de una hora los volvieron a castigar por preparar la comida
nocturna de mal humor. Lo que más les dolía, era que el kintango y sus asistentes actuaban como si no
hubieran tenido visita. Pero esa noche, temprano, mientras los muchachos luchaban antes de irse a la cama
–con muy poco entusiasmo– uno de los asistentes del kintango pasó junto a Kunta y le dijo con brusquedad,
en voz baja: –Tienes un nuevo hermano, y se llama Madi.
Somos cuatro ahora, pensó Kunta esa noche, acostado. Cuatro hermanos, cuatro hijos para su padre
y su madre. Pensó cómo sonaría eso cuando los griots hablaran de la historia de la familia Kinte cientos de
lluvias en el futuro. Cuando regresara a Juffure sería el primer hombre de la familia, después de Omoro. No
sólo estaba aprendiendo a ser un hombre, sino muchas cosas que podría enseñar a Lamín, igual que ya le
había enseñado las cosas de su niñez. Por lo menos le enseñaría lo que podían saber los niños; y luego
Lamin enseñaría a Suwadu, y Suwadu a este nuevo que Kunta no había visto, y que se llamaba Madi. Y
algún día, pensó Kunta mientras lo vencía el sueño, cuando tuviera la edad de Omoro, tendría sus propios
hijos, y todo volvería a empezar.

CAPITULO 24
–Están dejando de ser niños. Están renaciendo como hombres –les dijo el kintango, una mañana a
todos los miembros del kafo. Era la primera vez que el kintango usaba la palabra "hombre", excepto para
decirles que no lo eran. Después de lunas de aprender juntos, de trabajar juntos, de ser castigados juntos,
cada uno de ellos empezaba finalmente a descubrir que tenían dos yo: uno adentro, y el otro, más grande,
compuesto por todas las vidas y sangres que compartían. Hasta que no aprendieran eso, no podrían
entender la fase siguiente del entrenamiento: llegar a ser guerreros. –Ya saben que los mandingas pelean
sólo cuando los otros los atacan –dijo el kintango–. Pero somos los mejores guerreros, si se nos obliga a
pelear.
Durante la próxima media luna, Kunta y sus compañeros aprendieron a hacer la guerra. El kintango o
sus asistentes trazaban en la tierra famosas estrategias empleadas por los mandingas en las batallas, y
después los muchachos debían ponerlas en práctica en batallas simuladas. –Nunca rodeen al enemigo
completamente –les aconsejó el kintango–. Déjenle algún lugar por donde escapar, porque si se ve
atrapado, luchará más ferozmente. –Los muchachos aprendieron también que las batallas debían comenzar
ya bien avanzada la tarde, para que el enemigo, al verse derrotado, pudiera evitar el deshonor iniciando la
retirada en la oscuridad. También les enseñaron que durante la guerra, ninguna de las partes debía hacer
daño a los morabitos, griots o herreros que anduvieran viajando, pues un morabito enojado podía causar la
ira de Alá, un griot enojado podía usar su elocuente lengua para volver más salvajes a los soldados
enemigos, y un herrero enojado podía hacer o reparar armas del enemigo.
Bajo la dirección de los asistentes del kintango, Kunta y los demás cortaron lanzas de punta dentada
e hicieron flechas dentadas de las que sólo se utilizaban en las batallas, y luego practicaron con ellas en
blancos cada vez más pequeños. Cuando uno de los muchachos lograba dar en una caña de bambú a
veinticinco pasos de distancia, se lo vitoreaba y alababa. Entrando en la selva, los muchachos encontraron
unas hojas de un arbusto llamado koona, que luego hirvieron en el jujuo. En el jugo negro y espeso

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Raíces

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empapaban luego un hilo de algodón, y les enseñaron que si se lo enrollaba alrededor de los dientes de una
flecha, envenenaba cualquier herida hecha con ella.
Al final del período de entrenamiento para la guerra, el kintango les contó más de lo que habían oído
–y de una manera mucho más excitante– acerca del más grande de todos los guerreros mandingas, y de la
guerra más feroz de todas. Era la época en que el ejército del renombrado ex esclavo Sundiata, hijo de
Sogolon, la Mujer Búfalo, conquistó a las fuerzas del rey Soumaoro, del país de Boure, que era un rey tan
cruel que usaba vestiduras hechas de piel humana y adornaba las paredes de su palacio con las calaveras
de sus enemigos, blanqueadas al sol.
Kunta y sus compañeros contenían la respiración cuando escuchaban cómo ambos ejércitos sufrieron
miles de bajas, entre muertos y heridos. Pero los arqueros de los mandingas rodearon las fuerzas de
Soumaoro en una trampa gigantesca, haciendo llover flechas de los dos lados, avanzando constantemente,
hasta que por fin el ejército de Soumaoro, aterrorizado, huyó en desorden. Durante días y noches, dijo el
kintango –y era la primera vez que los muchachos lo habían visto sonreír– los tambores de todas las aldeas
trasmitían mensajes relatando el progreso de la marcha victoriosa de las fuerzas mandingas, cargadas con
el botín del enemigo y llevando miles de cautivos. En todas las aldeas, multitudes felices se burlaban de los
prisioneros y los pateaban; los prisioneros llevaban la cabeza afeitada y las manos atadas detrás de la
espalda. Por fin el general Sundiata convocó a todo el pueblo, y exhibió delante de la multitud los jefes de
todas las aldeas vencidas, entregándoles la lanza, símbolo de su rango, y luego hizo la paz con ellos, paz
que duraría durante cien lluvias. Kunta y sus compañeros se fueron a dormir sintiéndose muy orgullosos de
ser mandingas.
Cuando empezaba la siguiente luna del entrenamiento, los tambores trajeron el mensaje de que el
jujuo debía esperar visitantes dentro de los días siguientes. La noticia de cualquier tipo de visitantes hubiera
sido recibida con gran excitación, pues había pasado mucho tiempo desde el día en que fueron sus padres
y hermanos, pero esta resultó doblemente agradable cuando los muchachos se enteraron de que el que la
enviaba era el tambor del equipo campeón de lucha de Juffure, que venía a darles lecciones especiales.
Al caer la tarde, al día siguiente, los tambores anunciaron la llegada, antes de lo esperado. Pero el
placer de los muchachos al ver los rostros familiares disminuyó cuando, sin decirles una palabra, los
luchadores los agarraron y empezaron a arrojarlos al suelo con fuerza, como nunca habían sido arrojados
en la vida. Todos los muchachos estaban llenos de moretones, y muy doloridos, cuando los luchadores los
dividieron en grupos más pequeños, para que lucharan entre sí bajo la supervisión de los campeones.
Kunta no había soñado nunca que hubiera tantas tomas, ni cuan efectivas podían llegar a ser si se las sabía
usar correctamente. Los campeones les decían todo el tiempo que no se necesitaba fuerza, sino
conocimiento y destreza para llegar a ser un campeón. Pero mientras demostraban las tomas, sus alumnos
no podían dejar de admirar sus músculos y su habilidad para luchar. Alrededor del fuego esa noche, el
tambor de Juffure cantó los nombres y las hazañas de los grandes campeones mandingas del pasado,
remontándose hasta cien lluvias, y cuando fue la hora de irse a la cama, los luchadores abandonaron el
jujuo para volver a Juffure.
Dos días después recibieron la noticia de otro visitante. Esta vez fue un correo de Juffure el que trajo
la noticia, un joven del cuarto kafo a quien Kunta y los demás conocían muy bien, aunque ahora que era
hombre, se comportaba como si nunca hubiera visto a estos niños del tercer kafo. Sin mirarlos siquiera, se
dirigió al kintango y le anunció, entre jadeos, que Kujali N'jai, un griot muy conocido en toda Gambia, pronto
pasaría un día en el jujuo.
Llegó a los tres días, acompañado por varios hombres jóvenes de su familia. Era mucho mayor que
cualquiera de los griots que Kunta había visto antes; era tan viejo, en realidad, que al lado de él, el kintango
parecía joven. Después de hacerles señas a los muchachos para que se sentaran a su alrededor formando
un semicírculo, el viejo empezó a contarles cómo llegó a ser lo que era. Les contó que después de muchos
años de estudio, a partir de la madurez, los griots sepultaban en la memoria los recuerdos de sus
antepasados. –¿De qué otra manera podrían saber acerca de las hazañas de los reyes, los hombres
sagrados, los cazadores y los guerreros de hace cientos de lluvias? ¿Los conocen personalmente? –
preguntó el viejo–. ¡No! Nosotros llevamos la historia de nuestra gente aquí. –Y se golpeó la cabeza gris.
El viejo griot respondió la pregunta que querían formular todos los muchachos: sólo los hijos de un
griot podían llegar a griots. En verdad, tenían la solemne obligación de ser griots. Cuando terminaran el
entrenamiento, esos muchachos –como esos nietos suyos sentados a su lado en ese momento–
empezarían a estudiar y a viajar con algunos ancianos selectos, escuchando una y otra vez los nombres
históricos y las historias a medida que eran trasmitidas. Y con el tiempo, cada joven sabría esa parte
especial de la historia de sus antepasados con todos los detalles, igual que la contaba su padre, y el padre
de su padre. Y llegaría el día en que ese joven se convertiría en hombre y tendría hijos a quienes les
contaría las historias, para que los acontecimientos del pasado vivieran para siempre.
Después que los asombrados muchachos devoraron la comida nocturna y corrieron a rodear
nuevamente al viejo griot, éste los hizo estremecer hasta bien entrada la noche con las historias que su

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Raíces

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padre le había trasmitido, acerca de los grandes imperios negros que habían dominado al África hacía
cientos de lluvias.
–Mucho antes de que el toubob pusiera los pies en África –dijo el viejo griot–, existía un imperio, el de
Benin, en el que reinaba un monarca poderoso, llamado el Oba, cuyo mero deseo era obedecido al instante.
Pero quienes realmente gobernaban a Benin eran los consejeros del Oba, que dedicaban todo su tiempo a
hacer los sacrificios necesarios para apaciguar las fuerzas del mal y a atender debidamente un harén de
más de cien esposas. Pero por encima de Benin había un reino más rico aún, llamado Songhai, dijo el griot.
La capital de Songhai se llamaba Gao, y estaba llena de hermosas casas para los príncipes negros y los
ricos mercaderes que pródigamente agasajaban a los viajantes que traían mucho oro para comprar
mercaderías.
–Pero tampoco ese era el reino más rico –dijo el viejo. Y les contó a los muchachos acerca de la
Ghana ancestral, en la que había una ciudad poblada enteramente por la corte del rey. Y el rey Ka nissaai
tenía un millar de caballos, cada uno de los cuales tenía tres sirvientes y su propio orinal hecho de cobre.
Kunta casi no podía creer lo que oía–. Y todas las tardes –dijo el griot– cuando el rey Kanissaai salía de su
palacio, se encendían un millar de fuegos, que lo iluminaban todo, entre la tierra y el cielo. Y los sirvientes
del gran rey, traían comida suficiente para alimentar al millar de personas que allí se reunían todas las
noches.
Aquí hizo una pausa, y los muchachos no pudieron ahogar sus exclamaciones de admiración, aunque
sabían muy bien que no se podía hacer ningún sonido mientras hablaba un griot, pero ni él ni el kintango se
dieron cuenta de la grosería. Poniéndose en la boca la mitad de una nuez de cola y ofreciendo la otra mitad
al kintango, que la aceptó complacido, el griot se cubrió las rodillas con la túnica, para protegerse mejor del
frío de la noche, y siguió su historia. –Pero Ghana tampoco era el reino negro más rico –exclamó–. El más
rico, el más antiguo de todos era el reino de la vieja Mali. –Como todos los otros imperios, Mali tenía sus
ciudades, sus agricultores, artesanos, herreros, curtidores, tintoreros y tejedores, dijo el viejo griot. Pero la
enorme riqueza de Mali provenía de sus reservas de sal, oro y cobre, que eran llevados para trueque a
países distantes–. En total se tardaba cuatro meses en recorrer el largo y otros cuatro en recorrer el ancho
de Mali –dijo el griot–, ¡y la ciudad más grande era la legendaria Timbuktú! –Era el centro mayor de toda
África, y estaba poblada por miles de sabios, que aumentaban por la constante presencia de sabios
visitantes que acudían a incrementar sus conocimientos. Había tantos, que los mercaderes más poderosos
sólo vendían pergaminos y libros–. No hay un morabito, ni maestro, en la aldea más pequeña, cuyo saber
no provenga, por lo menos en parte, de Timbuktú –dijo el griot.
Cuando finalmente el kintango se puso de pie y le agradeció al griot la generosidad con la que había
compartido con ellos los tesoros de su mente, Kunta y los demás –por primera vez desde que llegaron al
jujuo– se atrevieron a manifestar su desagrado, pues había llegado la hora de ir a la cama. El kintango
decidió ignorar esa impertinencia, por lo menos por el momento, y les ordenó con severidad que se retiraran
a sus chozas. Tuvieron tiempo, sin embargo, de rogar al griot que volviera a visitarlos.
Seguían hablando de las historias maravillosas que les había contado el griot –no podían dejar de
pensar en ellas– cuando, seis días después, tuvieron conocimiento de que un famoso moro iría a visitarlos.
El moro era el título más alto al que podía llegar un maestro en Gambia; en realidad, había muy pocos que
poseyeran ese título, y estos eran sabios –después de muchas lluvias de estudio– cuya tarea no era
enseñar a estudiantes, sino a otros maestros, como el arafang de Juffure.
Hasta el kintango demostró preocupación por la llegada del visitante, ordenando que se limpiara bien
todo el jujuo, se rastrillara la tierra con ramas frondosas hasta que quedara perfectamente lisa, para así
captar las huellas del moro cuando llegara. Luego el kintango reunió a los muchachos en el patio y les dijo:
–No solamente la gente común, sino también los jefes de las aldeas, e incluso los reyes, buscan el consejo
y la bendición de este hombre que va a estar entre nosotros.
El moro llegó a la mañana siguiente, acompañado por cinco estudiantes, cada cual con atados sobre
la cabeza, que Kunta supuso llevaban libros en árabe, verdaderos tesoros, y manuscritos en pergaminos
provenientes de la antigua Timbuktú. Cuando el anciano atravesó la puerta, Kunta y sus compañeros, junto
con el kintango y sus asistentes, se arrodillaron, tocando el suelo con la frente. Una vez que el moro bendijo
al jujuo y a sus habitantes, todos se pusieron de pie y lo rodearon respetuosamente. El moro abrió sus libros
y empezó a leer, primero el Corán, y luego libros que ellos nunca habían oído nombrar, como el Taureta La
Musa, el Zabora Dawidi y el Lingeeli la Isa, que dijo que los "cristianos" conocían como el Pentateuco de
Moisés, los Salmos de David y el Libro de Isaías. Cada vez que el moro abría o cerraba un libro,
desenrollaba o arrollaba un manuscrito, se lo llevaba a la frente y musitaba "¡Amén!"
Cuando terminó de leer, el anciano colocó los libros a un lado y les habló de los grandes
acontecimientos y personas del Corán de los cristianos, conocido como la Sagrada Biblia. Les habló de
Adán y Eva, de José y sus hermanos, de Moisés, David y Salomón, y de la muerte de Abel. Y les habló de
los grandes hombres de la historia más reciente, como Djoulou Kara Naini, conocido por el toubob como
Alejandro Magno, un rey poderosísimo cuyo sol había brillado en la mitad del mundo.

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