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Benitez, J.J. Caballo de Troya 1 .pdf



Nombre del archivo original: Benitez, J.J. - Caballo de Troya 1.pdf
Título: J. J. Benítez - Caballo de Troya
Autor: Patricio

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Su especialidad siempre han sido los ovnis y la secuela
de hipótesis que desencadenan en la imaginación del
hombre. Pamplonica, nacido en 1946, ejerció el periodismo
durante unos años y llegó a desempeñar los caros de
redactor jefe de la bilbaína Hoja del Lunes y de jefe de
reporteros de la Gaceta del Norte. Su interés por los
objetos volantes no identificados le impulsó a la
investigación de los enigmas que han planteado a la
humanidad moderna tan misteriosos cuerpos siderales,
naves extraterrestres, fenómenos del espacio, alucinaciones individuales o
colectivas... o lo que sean. Con el tiempo, J. J. Benítez ha alcanzado el título
oficioso de máximo experto en el tema, sus reportajes le han prestigiado
enormemente y varios de sus libros son indispensables en la bibliografía
del género. Ahora, con Caballo de Troya, realiza su primera incursión en la
novela, irrumpiendo triunfalmente en la narrativa.

J. J. Benítez
Caballo de Troya

A Gabriel Del Barrio García,
Un noble y veterano socialista
Que me precederá en el Reino de los Cielos
(En representación de los muchos amigos
que me ayudaron durante los cien días
que permanecí sumergido en la realización
de Caballo de Troya.)

Hay otras muchas cosas que hizo Jesús.
Si se escribiesen una por una, creo que le
mismo mundo no podría contener los libros
escritos.

Caballo de Troya
J. J. Benítez

WASHINGTON

Mi reloj señalaba las tres de la tarde. Faltaban dos horas para que el Cementerio Nacional de
Arlington cerrara sus puertas. Yo había consumido la casi totalidad de aquel lunes, 12 de
octubre, frente a las tres tumbas de los soldados desconocidos y a la minúscula y perpetua
llama anaranjada que da vida al rústico enlosado gris bajo el que reposan los restos del
presidente John Fitzgerald Kennedy.
Aunque a fuerza de leerla había terminado por aprendérmela, consulté una vez más la clave
que me había entregado el mayor.
Por enésima vez escruté el macizo sarcófago de mármol blanco que se levanta en la cara
este del Anfiteatro Conmemorativo y que constituye el monumento inicial y más destacado de
la Tumba al Soldado Desconocido. En la cara Oeste han sido esculpidas tres figuras que
simbolizan la Victoria, alcanzando la Paz a través del Valor. Pero aquel panel no parecía guardar
relación con mi clave...
Lentamente, como un turista más, bordeé el cordón que cierra la reducida explanada
rectangular y fui a sentarme frente a la cara posterior de la tumba central, en las escalinatas de
un pequeño anfiteatro. Exhausto, repasé cuanto había anotado. Frente a mí, a cinco metros de
las tumbas, un soldado de infantería del Primer Batallón de la Vieja Guardia, con sede en Fort
Myer, paseaba arriba y abajo, fusil al hombro, luciendo el oscuro uniforme de gala.
Aunque la cadena de seguridad me separaba unos diez metros de esta parte de la tumba, la
leyenda grabada en el mármol podía leerse con comodidad: «Aquí reposa gloriosamente un
soldado de los Estados Unidos que sólo Dios conoce.»
«¿Estará ahí la clave?», me pregunté con nerviosismo.
El solitario centinela, enjuto y frío como la bayoneta que remataba su brillante mosquetón,
se había detenido. Tras una breve pausa, giró, cambiando el arma de hombro. Segundos
después volvía sobre sus pasos, deteniéndose frente a la tumba. Allí repitió el cambio de
posición de su fusil y, girando de nuevo, reinició su solemne desfile.
Mi amigo el mayor norteamericano si hacía referencia al soldado que monta guardia día y
noche en el cementerio de los héroes, en Washington.
«El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual de Arlington», rezaba la primera
frase de su postrera carta...

MÉXICO D.F.

Pero justo será que, antes de proseguir con esta nueva aventura, cuente cuándo y en qué
circunstancias conocí al mayor y cómo me vi envuelto en una de las investigaciones más
extrañas y fascinantes de cuantas he emprendido.
En el mes de abril de 1980, y por otros asuntos que no vienen al caso, me encontraba en
México (Distrito Federal). Hacia escasos meses que había escrito mi primer libro sobre los
descubrimientos de los científicos de la NASA sobre la Sábana Santa de Turín y recuerdo que en
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
una de mis intervenciones en la televisión azteca -concretamente en el prestigioso y popular
programa informativo de Jacobo Zabludowsky-, yo había comentado algunos pormenores sobre
las aterradoras torturas a que había sido sometido Jesús de Nazaret. Ante mi sorpresa y la del
equipo de Televisa, esa noche se registró un torrente de llamadas desde los puntos más
dispares de la República e, incluso, desde Miami y California.
Al regresar a mi hotel, la operadora del Presidente Chapultepec me dio paso a una llamada
que no olvidaré jamás.
-¿El señor J. J. Benítez?
-Sí, dígame...
-¿Es usted J. J. Benítez?
-Sí, soy yo... ¿Quién habla?
-Le he visto en el programa del señor Zabludowsky y me sentiría muy honrado si pudiera
conversar con usted.
-Bueno, usted dirá -respondí casi mecánicamente, al tiempo que me dejaba caer sobre la
cama. En aquellos primeros instantes confundí a mi comunicante con el típico curioso. Y me
dispuse a liquidar la conversación a la primera oportunidad.
-Como habrá adivinado por mi acento, soy extranjero... Sinceramente, al escucharle me ha
impresionado su interés por Cristo.
-Disculpe -le interrumpí, tratando de saber a qué atenerme-, ¿cómo me ha dicho que se
llama?
-No, no le he dicho mi nombre. Y si usted me lo permite, dada mi condición de antiguo piloto
de las fuerzas aéreas norteamericanas, preferiría no dárselo por teléfono.
Aquello me puso en guardia. Me incorporé e intenté ordenar mis ideas.
No sé cuál es su plan de trabajo en México -continuó en un tono sumamente afable- pero
quizá pueda ser de gran interés para usted que nos veamos. ¿Qué le parece?
-No sé -dudé-; ¿dónde se encuentra usted?
-Le llamo desde el estado de Tabasco. ¿Tiene previsto algún viaje a esta zona?
-Francamente, no; pero...
Una vez más me dejé llevar por la intuición. ¿Un antiguo piloto de la USAF? Podía ser
interesante...
La experiencia como investigador me ha ido enseñando a aceptar el riesgo. ¿Qué podía
perder con aquella entrevista?
-¿puede usted adelantarme algo? -insinué sin reprimir la curiosidad.
-No... Créame. No puedo por teléfono... Es más: no deseo engañarle y le adelanto ya que en
esa primera conversación, si es que llega a celebrarse, probablemente no saque usted
demasiadas conclusiones. Sin embargo, insisto en que nos veamos...
-Está bien -corté con cierta brusquedad-. Acepto. ¿Dónde y cuándo nos vemos?
-¿Puede usted desplazarse hasta Villahermosa? Yo estaré aquí hasta el sábado. ¿Conoce
usted la ciudad?
-Sí, por supuesto -respondí un tanto contrariado.
Si la memoria no me fallaba, en julio de 1977 Raquel y yo habíamos visitado la zona
arqueológica de Palenque, en el estado de Chiapas, y las colosales cabezas olmecas de
Villahermosa. Pero yo me encontraba ahora en el Distrito Federal, a mil kilómetros de la tórrida
región tabasqueña.
-¿Le parece bien el viernes, día 18?
-Un momento. Permítame que vea mi agenda...
La verdad es que yo sabía de antemano que no existía compromiso alguno para dicho
viernes. Pero el hecho de tener que viajar basta Tabasco, sin garantías ni referencias sobre la
persona con la que pretendía entrevistarme, me había irritado. Y busqué afanosamente alguna
excusa que me apeara de tan descabellado viaje. Fueron segundos tensos. Por un lado, el
instinto periodístico tiraba de mí hacia Villahermosa. Por otro, el sentido común había
empezado a zancadillear mi frágil entusiasmo. Por fortuna para mí, el primero se impuso y
acepté:
-Muy bien. Creo que hay un vuelo que sale de México a primera hora de la mañana. ¿Dónde
puedo verle?
-¿Conoce usted el Parque de la Venta?
El hombre debió de percibir mis dudas y añadió:
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
-El de las cabezas olmecas...
-Sí, lo conozco.
-Le estaré esperando junto al Gran Altar...
-Pero, ¿cómo voy a reconocerle?
-No se preocupe.
Aquella seguridad me dejó fascinado.
Lo más probable -concluyó- es que yo le reconozca primero.
-Está bien. De todas formas llevaré un libro en las manos...
-Como guste.
-Entonces... hasta el viernes.
-Correcto. Muchas gracias por atender mi llamada.
-Ha sido un placer -mentí-. Buenas noches.
Al colgar el auricular me vi asaltado por un enjambre de dudas. ¿Por qué había aceptado tan
rápidamente? ¿Qué seguridad tenía de que aquel supuesto extranjero fuera un piloto retirado
de la USAF? ¿Y si todo hubiera sido una broma?
Al mismo tiempo, algo me decía que debía acudir a Villahermosa. El tono de voz de aquel
hombre me hacía intuir que estaba ante una persona sincera. Pero, ¿qué quería comunicarme?
Pensé, naturalmente, en esa enigmática información. «Lo más lógico -me decía a mí mismo
mientras trataba inútilmente de conciliar el sueño es que se trate de algún caso ovni
protagonizado por los militares norteamericanos. ¿O no?»
«¿Por qué citó mi interés por Cristo? ¿Qué tenía que ver un veterano militar con este
asunto?»
A decir verdad, cuanto más removía el suceso, más espeso e irritante se me antojaba. Así
que opté por la única solución práctica: olvidarme hasta el viernes, 18 de abril.

TABASCO

A las 10.45, una hora escasa después de despegar del aeropuerto Benito Juárez de la ciudad
de México, tomaba tierra en Villahermosa. Al pisar la pista, un familiar hormigueo en el
estómago me anunció el comienzo de una nueva aventura. Allí estaba yo, bajo un sol tropical,
con la inseparable bolsa negra de las cámaras al hombro y un ejemplar de mi libro El Enviado
entre las manos.
«Veremos qué me depara el destino», pensé mientras cruzaba la achicharrante pista en
dirección al edificio terminal. Aquella situación -para qué voy a negarlo- me fascinaba. Siempre
me ha gustado jugar a detectives...
Por ello, y desde el momento en que abandoné el reactor de la compañía Mexicana de
Aviación que me había trasladado al estado de Tabasco, fui fijando mi atención en las personas
que aguardaban en el aeropuerto. ¿Estaría allí el misterioso comunicante?
Si hacia caso al timbre de su voz, mi anónimo amigo debía rondar los cincuenta años. Quizá
más, si consideraba que era un piloto retirado del servicio activo.
Sujeté el libro con la mano izquierda, procurando que la portada quedara bien visible, y
despaciosamente me encaminé al servicio de cambio de moneda. Sí el norteamericano estaba
allí tenía que detectarme.
Cambié algunos dólares, y con la misma calma me dirigí a la puerta de salida en busca de un
taxi.
Nadie hizo el menor movimiento ni se dirigió a mí en ningún momento. Estaba claro que el
extranjero no se hallaba en el aeropuerto, o al menos no había querido dar señales de vida.

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Caballo de Troya
J. J. Benítez
Pocos minutos después, a las 11.15 de aquel viernes, 18 de abril de 1980, un empleado del
Parque Museo de la Venta me extendía el correspondiente boleto de entrada, así como un
sencillo pero documentado plano para la localización de las gigantescas esculturas olmecas.
El parque parecía tranquilo.
Consulté el mapa y comprobé que el Gran Altar -nuestro punto de reunión- estaba enclavado
justamente en el centro de aquel bello museo al aire libre. El itinerario marcaba un total de 27
monumentos. Yo debía llegar al enclave número cinco. Si todo marchaba bien, allí debería
conocer, al fin, a mi informador.
Sin pérdida de tiempo me adentré por el estrecho camino, siguiendo las huellas de unos pies
en rojo que habían sido pintadas por los responsables del parque y que constituían una
simpática ayuda para el visitante.
A los pocos metros, a mi izquierda, descubrí el monumento número 1. Se trataba de una
formidable cabeza de jaguar semidestruida, con un peso de treinta toneladas.
Proseguí la marcha, adentrándome en un espeso bosquecillo. El corazón empezaba a latir
con mayor brío.
A unos ochenta pasos, a la derecha del camino, aparecieron las esculturas de un mono y de
otro jaguar. Eran los monumentos números 2 y 3. Frente al jaguar, el plano marcaba la figura
de un manatí, tallado en serpentina. Era el número 4.
Avancé otra treintena de metros y al dejar atrás uno de los recodos del sendero reconocí
entre la espesura el enclave número 4 bis: otro pequeño jaguar, igualmente tallado en basalto.
El siguiente era el Gran Altar Triunfal.
Aquellos últimos metros hasta la pequeña explanada donde se levanta el monumento
número cinco fueron singularmente intensos. Hasta ese momento no había coincidido con un
solo turista. Mi única compañía la formaban mis pensamientos y aquella loca algarabía del sinfín
de pájaros multicolores que relampagueaba entre las copas de los corpulentos huayacanes,
parotas y cedros rojos.
Al entrar en el calvero me detuve. El corazón me dio un vuelco. El Gran Altar estaba
desierto. Bajo el ara, en un nicho central, un personaje desnudo y musculoso empuñaba una
daga en su mano izquierda. Con la derecha, la estatua sujetaba una cuerda a la que
permanecía amarrado un prisionero.
El furioso sol del mediodía me devolvió a la realidad.
«¿Dónde está el maldito yanqui?», balbucí indignado.
La sola idea de que me hubiera tomado el pelo me desarmó. Avancé desconcertado hacia el
Gran Altar, sintiendo el crujir del guijo blanco bajo mis botas.
«Quizá me he adelantado», pensé en un débil intento por tranquilizarme.
De pronto, alertado -supongo- por el ruido de mis pasos sobre la grava, un hombre apareció
por detrás de la gran mole de piedra. Ambos permanecimos inmóviles durante unos segundos,
observándonos. Jamás olvidaré aquellos instantes. Ante mí tenía a un individuo de considerable
altura -quizá alcanzase 1,80 metros-, con el cabello cano y vistiendo una guayabera y unos
pantalones igualmente blancos.
Respiré aliviado. Sin duda, aquél era mi anónimo comunicante.
-Buenos días -exclamó, al tiempo que se quitaba las gafas de sol y dibujaba una amplia
sonrisa-. ¿Es usted J. J. Benítez?
Asentí y estreché su mano. Suelo dar gran importancia a este gesto. Me gusta la gente que
lo hace con fuerza. Aquel apretón de manos fue sólido, como el de dos amigos que se
encuentran después de largo tiempo.
-Le agradezco que haya venido -comentó-. Creo que no se arrepentirá de haberme conocido.
Ni en esta primera entrevista ni en las que siguieron en meses posteriores pude averiguar la
edad exacta de aquel norteamericano. A juzgar por su aspecto -huesudo y con un rostro
acribillado por las arrugas- quizá rondase los sesenta años. Sus ojos claros, afilados como un
sable, me inspiraron confianza. No sé la razón, pero, desde aquel primer encuentro al pie del
Gran Altar en el Museo de la Venta, se estableció entre nosotros una mutua corriente de
confianza.
-Conozco un restaurante donde podemos conversar. ¿Tiene hambre?
No sentía el menor apetito, pero acepté. Lo que me consumía era la curiosidad.
Al cabo de unos minutos nos sentábamos en un sombreado establecimiento, casi al final de
la calle del Paralelo 18. En el trayecto, ninguno de los dos cruzamos una sola palabra. Supongo
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
que mi nuevo amigo hizo lo mismo que yo: tratar de descubrir en el otro hasta los más nimios
detalles... Después de aquel saludo en el museo de las gigantescas cabezas negroides, la
certeza de que me encontraba ante una posible buena noticia había ido ganando terreno.
-Usted dirá -rompí el silencio, invitando a mi acompañante a que empezara a hablar.
-En primer lugar quiero recordarle lo que ya le dije por teléfono. Es posible que se sienta
decepcionado después de esta primera conversación.
-¿Por qué?
-Quiero ser muy sincero con usted. Yo apenas le conozco. No sé hasta dónde puede llegar su
honestidad...
Le dejé hablar. Su tono pausado y cordial hacía las cosas mucho más fáciles.
-… Para depositar en sus manos la información que poseo es preciso primero que usted me
demuestre que confía en mí. Por eso -y le ruego que no se alarme- necesito probar y estar
seguro de su firmeza de espíritu y, sobre todo, de su interés por Cristo.
El americano se llevó a los labios un jugo de naranja y siguió perforándome con aquella
mirada de halcón. Debió captar mi confusión. ¿Qué demonios tenía que ver mi firmeza de
espíritu con Cristo, o, mejor dicho, con mi interés por Jesús?
-Permítame un par de preguntas, señor...
-Si no le molesta -repuso con una fugaz sonrisa- llámeme mayor. Por el momento, y por
razones de seguridad, no puedo decirle mi verdadero nombre.
Aquello me contrarió. Pero acepté. ¿Qué otra cosa podía hacer si de verdad quería llegar al
fondo de aquel enigmático asunto?
-Está bien, mayor. Vayamos por partes. En primer lugar, usted dice ser un oficial retirado de
las fuerzas aéreas norteamericanas. ¿Estoy equivocado?
-No, no lo está.
-Bien. Segunda pregunta: ¿qué tiene que ver mi interés por Cristo con esa información que
usted dice poseer?
El camarero situó sobre el mantel rojo sendas bandejas con postas de robalo y mole verde,
quesadillas y un inmenso filete de carne a la tampiqueña.
El mayor guardó silencio. Ahora estoy seguro de que aquélla fue una situación difícil para él.
Mi amigo debió luchar consigo mismo para contenerse.
-Cuando usted conozca la naturaleza de esa información -puntualizó- comprenderá mis
precauciones. Es preciso que antes que eso suceda, yo esté convencido de que usted, o la
persona elegida, será capaz de valorarla y, sobre todo, de que hará un buen uso de ella.
-No termino de entender por qué se ha fijado en mí...
El mayor sostuvo aquella mirada penetrante y preguntó a su vez:
-¿Cree usted en la casualidad?
-Sinceramente, no.
-Cuando le vi y le escuché en televisión hubo una frase suya que me impulsó a llamarle.
Usted tuvo el valor de reconocer públicamente que ahora, a partir de sus investigaciones sobre
los descubrimientos de los científicos de la NASA, había «descubierto» a Jesús de Nazaret.
Usted no parece avergonzarse de Cristo...
Sonreí.
-¿Y por qué iba a hacerlo si de verdad creo en Él?
-Eso fue lo que usted transmitió a través del programa. Y eso, ni más ni menos, es lo que yo
busco.
No pude contenerme y le solté a quemarropa:
-Disculpe. ¿Es usted miembro de alguna secta religiosa?
El mayor pareció desconcertado. Pero terminó por sonreír, aportándome un nuevo dato
sobre su persona.
-Vivo solo y retirado. Soy creyente y no puede sospechar usted hasta qué punto... Sin
embargo, he huido de cualquier tipo de iglesia o grupo religioso. Tenga la seguridad de que no
se encuentra ante un fanático...
Creí percibir unas gotas de tristeza o melancolía en algunas de sus palabras. Hoy, al
recordarlo, y conforme fui desentrañando el enigma del mayor norteamericano, no puedo evitar
un escalofrío de emoción y profundo respeto por aquel hombre.
-¿Dónde vive usted?
-En el Yucatán.
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
-¿Puedo preguntarle por qué vive solo y retirado?
Antes de que respondiera traté de acorralarlo con una segunda cuestión:
-¿Tiene algo que ver con esa información que usted conoce?
-A eso puedo responderle con un rotundo sí.
El silencio cayó de nuevo entre nosotros.
-¿Y qué desea que haga?
El mayor extrajo de uno de los bolsillos de su guayabera una pequeña y descolorida libreta
azul. Escribió unas palabras y me extendió la hoja de papel. Se trataba de un apartado de
correos en la ciudad de Chichén Itzá, en el mencionado estado del Yucatán.
-Quiero que sigamos en contacto -respondió señalándome la dirección-. ¿Puede escribirme a
ese apartado?
-Naturalmente, pero...
El hombre pareció adivinar mis pensamientos y repuso con una firmeza que no dejaba lugar
a dudas:
-Es preciso que ponga a prueba su sinceridad. Le suplico que no se moleste. Sólo quiero
estar seguro. Aunque ahora no lo comprenda, yo sé que mis días están contados. Y tengo prisa
por encontrar a la persona que deberá difundir esa información...
Aquella confesión me dejó perplejo.
-¿Está usted diciéndome que sabe que va a morir?
El mayor bajó los ojos. Y yo maldije mi falta de tacto.
-Perdone...
-No se disculpe -prosiguió el oficial, volviendo a su tono jovial-. Morir no es bueno ni malo. Si
se lo he insinuado ha sido para que usted sepa que ese momento está próximo y que, en
consecuencia, no está usted ante un bromista o un loco.
-¿Cómo sabré si usted ha decidido o no que yo soy la persona adecuada?
-Aunque espero que volvamos a vernos en breve, no se preocupe. Sencillamente, lo sabrá.
-No puedo disimularlo más. Usted sabe que yo investigo el fenómeno ovni...
-Lo sé.
-¿Puede aclararme al menos si esa información tiene algo que ver con estas astronaves?
-Lo único que puedo decirle es que no.
Aquello terminó por desconcertarme.
Dos horas más tarde, con el espíritu encogido por las dudas, despegaba de Villahermosa
rumbo a la ciudad de México. Yo no podía imaginar entonces lo que me deparaba el destino.

YUCATÁN

A mi regreso a España, y por espacio de varios meses, el mayor y yo cruzamos una serie de
cartas. Por aquellas fechas, mis actividades en la investigación ovni habían alcanzado ya un
volumen y una penetración lo suficientemente destacados como para tentar a los diversos
servicios de Inteligencia que actúan en mi país. Era entonces consciente -y lo soy también
ahora- de que mi teléfono se hallaba intervenido y de que en muy contadas ocasiones, dada la
naturaleza de algunas de esas indagaciones, los sutiles agentes de estos departamentos (civiles
y militares) de Información, habían seguido muy de cerca mis correrías y entrevistas. Lo que
nunca supieron estos sabuesos -eso espero al menos- es que, en previsión de que mi
correspondencia pudiera ser interceptada, yo había alquilado un determinado apartado de
correos, aprovechando para ello la complicidad de un buen amigo, que figuró siempre como
legitimo usuario de dicho apartado postal. Esta argucia me ha permitido desviar del canal
«oficial» aquellas cartas, documentos e informaciones en general que deseaba aislar de la
malsana curiosidad de los mencionados agentes secretos. Naturalmente, por lo que pudiera
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
pasar y dada la antigua profesión y la nacionalidad del mayor, sus misivas siguieron siempre
este conducto confidencial. Ni siquiera Raquel, mi mujer, supo de la existencia de este nuevo
amigo ni de mis sucesivos contactos con él.
Por otra parte, y aunque las cartas del mayor hubieran caldo en manos de los servicios de
Inteligencia, dudo mucho que el contenido de las mismas pudiera llamarles la atención. Por más
que presioné, jamás logré que deslizara una sola pista sobre la información que decía poseer.
Sus amables escritos iban enfocados siempre hacia un más intenso y extenso conocimiento de
mi forma de pensar, de mis inquietudes y, especialmente, de mis pasos e investigaciones en
torno a la pasión y muerte de Cristo. Recuerdo que una de sus cartas estuvo dedicada por
entero a interrogarme sobre la última parte de mi libro El Enviado. Al parecer, mi supuesta
entrevista con Jesús de Nazaret, que cierra dicha obra, le causó un especial impacto.
Y llegó el otoño de 1980. En honor a la verdad, mis esperanzas de obtener algún indicio
sobre el impenetrable secreto del mayor se habían ido debilitando. Hubo momentos difíciles, en
los que las dudas me asaltaron con gran virulencia. Creo que mi escaso entusiasmo hubiera
terminado por apagarse de no haber recibido aquella lacónica carta -casi telegráfica- en la que
mi amigo me rogaba que «lo dejara todo y volara hasta la ciudad de Mérida, en el estado del
Yucatán». Durante varios días -no voy a negarlo- me debatí en una angustiosa zozobra. ¿Qué
debía hacer? ¿Es que el mayor se había decidido a hablarme con claridad? Tentado estuve de
escribirle una vez más y pedirle explicaciones. Pero algo me contuvo. Yo intuía que aquélla
podía ser otra prueba; quizá la definitiva.
Al fin tomé la decisión de volar a América e inicié un sinfín de gestiones para tratar de
subvencionar en todo o en parte el costoso viaje. En contra de lo que muchos puedan pensar,
mis recursos económicos son siempre escasos y aquel súbito salto al otro lado del -Atlántico
terminó por desnivelarlos. providencialmente, mi amigo y editor José Manuel Lara aceptó la
idea de presentar mis últimos libros en América, y con esta excusa aterricé en Bogotá.
Aquel rodeo, aunque retrasó algunos días mi entrevista con el mayor, se me antojó
sumamente prudencial. No estaba dispuesto a conceder el menor respiro a los servicios de
Inteligencia y así se lo anuncié a mi amigo en una carta que me precedió y en la que, por
supuesto, le señalaba el día y el vuelo en el que esperaba tomar tierra en Mérida.
Al concluir mis obligaciones en Colombia me las ingenié para cancelar mis compromisos en
Caracas, volando en el más riguroso incógnito -vía Belmopán- hasta Yucatán.
Al cruzar la aduana y antes de que tuviera tiempo de buscar al mayor, me di de manos a
boca con un cartel en el que había sido escrito mi primer apellido. El escandaloso cartón era
sostenido por un hombre recio, de espeso bigote negro y tez bronceada. Al presentarme se
identificó como Laurencio Rodarte, al servicio del mayor.
-Él no ha podido venir a recibirle -se excusó mientras pugnaba por hacerse con mi maleta-.
Si no le importa, yo le conduciré hasta él.
Mi instinto me hizo desconfiar. Y antes de abandonar el aeropuerto traté de averiguar qué
papel jugaba aquel individuo y por qué razón no había acudido el mayor.
Laurencio debió captar mi recelo y, soltando la maleta, resumió:
-El mayor está enfermo.
-¿Dónde se encuentra?
-Lo siento pero no estoy autorizado para decírselo. Él me ha enviado a recogerle y...
-Mire, Laurencio -le interrumpí tratando de calmar mis nervios-, no tengo nada contra usted.
Es más: le agradezco que haya venido a recibirme, pero, sí usted me dice dónde está el mayor,
yo iré por mis propios medios.
El hombre dudó.
-Es que mis órdenes...
-No se preocupe. Dígame dónde me espera el mayor y yo iré a su encuentro.
El tono de mi voz era tan firme que Laurencio terminó por encogerse de hombros y preguntó
de mala gana:
-¿Conoce Chichén Itzá?
-Sí.
-El mayor me ordenó que le llevara hasta el cenote sagrado.
Laurencio señaló mi reloj y puntualizó:
-Usted deberá estar allí a las cuatro.

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Y dando media vuelta se encaminó a la puerta de salida. Consulté la hora local y comprobé
que tenía dos horas escasas para llegar hasta el pozo sagrado de los mayas. Yo había visitado
en otras oportunidades el recinto arqueológico de la recóndita población de Chichén Itzá, al este
de Mérida, y en plena selva de la península del Yucatán. Conocía también los dos famosos
cenotes -el sagrado y el profano- situados a corta distancia de la ciudad y que, según los
arqueólogos, pudieron ser utilizados por los antiguos mayas como depósitos naturales de agua
y, en el caso del cenote sagrado, como centro religioso en el que se practicaban sacrificios
humanos.
Al ver alejarse el Toyota negro que conducía Laurencio, me concedí un respiro, tratando de
poner en orden mis ideas. Por supuesto, no tardé en reprocharme aquella seca y radical actitud
mía para con el emisario del mayor. En especial, a la hora de regatear con los taxistas que
montaban guardia al pie del aeropuerto...
Después de no pocos tira y afloja, uno de los chóferes aceptó llevarme por 850 pesos. Y a
eso de las dos de la tarde -sin probar bocado y con la ropa empapada por el sudor- el taxi enfiló
la ruta número 180, en dirección a Chichén.
Tal y como había prometido, el taxista cubrió los 120 kilómetros que separan Mérida de
Chichén Itzá en poco más de hora y media. Tras una vertiginosa ducha en el hotel de la Villa
Arqueológica, me dirigí al lugar elegido por el mayor. A las cuatro en punto, a paso ligero y con
el corazón en la boca, dejé atrás la impresionante pirámide de Kukulcán y la plataforma de
Venus, adentrándome en la llamada Vía Sagrada, que muere precisamente en un cenote u olla
de casi sesenta metros de diámetro y cuarenta de profundidad.
Antes de alcanzar el filo del pozo sagrado distinguí a dos personas sentadas al pie de una
frondosa acacia de florecillas rosadas. Al verme, una de ellas se incorporó. Era Laurencio.
Reduje el paso y mientras me aproximaba sentí una incontenible oleada de vergüenza. Una vez
más me había equivocado.
Pero aquel sentimiento se esfumó a la vista de la segunda persona. Quedé atónito. Era el
mayor, pero con veinte años más de los que aparentaba cuando le conocí en Villahermosa.
Permaneció sentado sobre la plataforma de piedra del viejo altar de los sacrificios,
observándome con una mezcla de incredulidad y emoción. Lentamente, en silencio, dejé
resbalar la bolsa de las cámaras, al tiempo que Laurencio le ayudaba a incorporarse. El mayor
extendió entonces sus largos brazos y, sin saber por qué, dejándome arrastrar por mi corazón,
nos abrazamos.
-¡Querido amigo! -susurró el anciano-. ¡Querido amigo!...
Sus penetrantes ojos, ahora hundidos en un rostro calavérico, se hablan humedecido. Algo
muy grave, en efecto, había minado su antigua y gallarda figura. Su cuerpo aparecía encorvado
y reducido a un manojo de huesos, bajo una piel reseca y salpicada por corros marrones de
melanina. Una barba blanca y descuidada marcaba aún más su decadencia.
Intenté esbozar una disculpa, estrechando la mano de Laurencio, pero éste, sin perder la
sonrisa, me rogó que olvidara el incidente del aeropuerto.
El mayor, apoyándose en mi hombro, me sugirió que caminásemos un poco hasta el prado
que rodea a la pirámide de Kukulcán.
Con paso vacilante y un sinfín de altos en el camino, fuimos aproximándonos al castillo o
pirámide de la Serpiente Emplumada. Así, en aquella primera jornada en Chichén Itzá, supe de
labios del propio mayor que su fin estaba próximo y que, en contra de lo que pudiera imaginar,
su muerte fijaría precisamente el comienzo de mi labor.
Supe también que -tal y como me había insinuado en otras ocasiones- su «enfermedad» era
consecuencia de un fallo no previsto en un proyecto secreto llevado a cabo años atrás, cuando
él todavía pertenecía a las fuerzas aéreas norteamericanas. Cuando le interrogué sobre dicho
proyecto, sospechando que podía guardar una estrecha relación con la información que había
prometido darme, el mayor me rogó que siguiera siendo paciente y que esperase un poco más.
Durante dos días, mi vida transcurrió prácticamente en la pequeña casita de una planta, a
las afueras de Chichén, y muy próxima a las grutas de Balankanchen, en la carretera que
discurre en dirección a la Valladolid maya. Allí, Laurencio y su mujer venían cuidando a mi
amigo desde hacía seis años.
Ni que decir tiene que aproveché aquella magnífica oportunidad para bucear en la medida de
lo posible en el pasado y en la identidad del mayor. Sin embargo, mis pesquisas entre las
diversas autoridades policiales y las gentes de Chichén no fueron todo lo fructíferas que yo
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
hubiera deseado. Por un mínimo de delicadeza hacia mi amigo, y porque había empezado a
estimarle, al margen incluso de la prometida información, opté por suspender los tímidos y
disimulados sondeos. Cada vez que me lanzaba a la operación de rastreo, un sentimiento de
repugnancia hacia mí mismo terminaba por embargarme. Era como si estuviera
traicionándole...
Decidí cortar tales maniobras, prometiéndome a mí mismo que sería implacable, si llegaba el
caso de que la supuesta información secreta acababa por fin en mi poder.
Sin embargo, y gracias a aquellas primeras averiguaciones, confirmé como positivos algunos
de los datos que el mayor me había facilitado sobre su persona: era, efectivamente, de
nacionalidad norteamericana, su pasaporte aparecía en regla y había pertenecido a la USAF.
Aunque él quizá no lo supo nunca, antes de regresar a España yo sabía ya su verdadera
identidad, así como otros pequeños detalles sobre su limpia y apacible vida en el Yucatán. Todo
esto, como es lógico, me tranquilizó e hizo crecer mi curiosidad e interés por esa información
de la que tanto me había hablado el mayor.
Antes de partir, al anunciarle al ex oficial mi intención de volver a mi país, le expuse con
toda claridad mi inquietud ante su deteriorado estado de salud y la no menos inquietante
circunstancia, al menos para mí, de no haber obtenido ni la más mínima pista sobre el celoso
secreto que decía tener.
El mayor rogó a Laurencio que le acercara un sobre blanco que descansaba en uno de los
anaqueles de la alacena del pequeño salón donde conversábamos. Con gesto grave lo puso en
mis manos y comentó:
-Aquí tienes la primera entrega. El resto llegará a tu poder cuando yo muera...
Examiné el sobre con un cierto nerviosismo.
-Está cerrado -apunté-. ¿Puedo abrirlo?
-Te suplicaría que lo hicieras lejos de aquí... Quizá en el avión.
Mientras lo guardaba entre las hojas de mi pasaporte, mi amigo adoptó un tono más
relajado:
-Gracias. Es preciso que comprendas que tu búsqueda empieza ahora.
-¿Mi búsqueda?... pero, ¿de qué?
El mayor no respondió a mis preguntas.
-Sólo te pido que sigas creyendo en mi y que empeñes todo tu corazón en descifrar la clave
que te conducirá a mi legado.
-Sigo sin comprender...
-No importa. Ahora, antes de que nos abandones, tienes que prometerme algo.
El mayor se puso en pie y yo hice lo mismo. En un extremo de la estancia, Laurencio asistía
a la escena con su proverbial mutismo.
-Prométeme -me anunció el anciano, al tiempo que levantaba su mano derecha- que, ocurra
lo que ocurra, jamás revelarás mi identidad...
A pesar de mi creciente confusión, levanté también mi mano derecha y se lo prometí con
toda la solemnidad de que fui capaz.
-Gracias otra vez -murmuró el mayor mientras se dejaba caer lentamente sobre la silla-.
Que Dios te bendiga...

ESPAÑA

Aquella fue la segunda y última vez que vi con vida al mayor. Al regresar a España, y
mientras mi avión sobrevolaba los cráteres del Popocatepetl, tomé en mis manos el misterioso
sobre que me había dado el norteamericano. Lo palpé lentamente y, con sorpresa, adiviné algo

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Caballo de Troya
J. J. Benítez
duro en su interior. La curiosidad, difícilmente contenida durante aquellos días, se desbordó y
procedí a abrirlo con todo el cuidado de que fui capaz.
Al asomarme a su interior, la decepción estuvo a punto de provocarme un paro cardíaco.
¡Estaba vacío! O, mejor dicho, casi vacío.
Minuciosamente pegada a las paredes del sobre, mediante una transparente tira de cinta
adhesiva, había una llave.
La arranqué sin poder contener mi desencanto y la fui pasando de una a otra mano, sin
saber qué pensar.
procuré tranquilizarme, engañándome a mí mismo con los más dispares argumentos. Pero la
verdad desnuda y fría seguía allí -frente a mí- en forma de llave. Para colmo, aquella pieza de
cuatro centímetros escasos de longitud no presentaba un solo signo o inscripción que permitiera
algún tipo de identificación. Había sido usada, eso estaba claro. Pero, ¿dónde?
Durante horas me debatí entre mil conjeturas, mezclando lo poco que me había adelantado
el mayor con un laberinto de especulaciones y fantasías propias. El resultado final fue un serio
dolor de cabeza.
«Aquí tienes la primera entrega...»
¿Qué misterio encerraba aquella frase? Y, sobre todo, ¿en qué podía consistir «el resto»?
«... El resto llegará a tu poder cuando yo muera.»
Lo único claro -o medianamente claro- en todo aquel embrollo era que la información en
cuestión (o lo que fuera), debía de guardar alguna relación con aquella llave. Pero, ¿cuál?
Era absolutamente necesario esperar, a no ser que quisiera volverme loco. Y eso fue lo que
hice: aguardar pacientemente.
Durante la primavera y el verano de 1981, las cartas del mayor fueron distanciándose cada
vez más en el tiempo. Finalmente, hacia el mes de julio, y con la consiguiente alarma por mi
parte, el fiel Laurencio fue el encargado de responder a mis escritos.
...El mayor -me decía en una de las últimas misivas- ha entrado en un profundo estado de
postración. Apenas si puede hablar...
Aquellas letras auguraban un rápido y fatal desenlace. Mentalmente, incluso me preparé
para un nuevo y postrer viaje al Yucatán. Por encima de mi innegable y sostenido interés llamémosle periodístico- había prevalecido, gracias a Dios, un arraigado afecto hacia aquel
anciano prematuro. Bien sabe Dios que hubiera deseado estar junto a él en el momento de su
muerte. Pero el destino me reservaba otro papel en esta desconcertante historia.
¿Fue casualidad? Sinceramente, ya no sé qué pensar...
El caso es que aquel 7 de septiembre de 1981 -fecha de mi cumpleaños- llegó a mi poder
una nueva carta procedente de Chichén Itzá. En unas lacónicas frases, Laurencio me anunciaba
lo siguiente:
..Tengo el doloroso deber de comunicarle que nuestro común hermano, el mayor, falleció el
pasado 28 de agosto. Siguiendo sus instrucciones, le adjunto un sobre que sólo usted deberá
abrir...
Aunque la noticia no me cogió por sorpresa, debo confesar que la desaparición de mi amigo
me sumió durante varios días en una singular melancolía, comparable quizá con la tristeza que
me produjo un año después el fallecimiento de otro entrañable maestro y amigo: Manuel
Osuna.
Aquella misma tarde del 7 de septiembre, con el ánimo encogido, conduje mí automóvil
hasta los acantilados de Punta Galea. Y allí, frente al azul y manso Cantábrico, recé por el
mayor.
Allí mismo, en medio de la soledad, quebré el lacre que protegía el sobre y extraje su
contenido.
Curiosamente, en contra de lo que yo mismo hubiera imaginado semanas atrás, en aquellos
instantes mi alocada curiosidad y el desenfrenado interés por desentrañar el misterio del mayor
pasaron a un segundo plano. Durante más de dos horas, la ansiada segunda entrega
permaneció casi olvidada sobre el asiento contiguo de mí coche.
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
Verdaderamente yo había estimado a aquel anciano.
Pero al fin, como digo, se impuso mi curiosidad. El sobre contenía dos grandes hojas, de
papel recio y cuadriculado. Reconocí de inmediato la letra puntiaguda del mayor.
Uno de los folios era una carta, escrita por ambas carillas. ¡Estaba lechada en el mes de
agosto de 1980! Eso significaba -por pura deducción- que el mayor había tomado la decisión de
confiarme su secreto poco después de mi primer encuentro con él, ocurrido el 18 de abril de
1980.
La carta, que aparecía firmada con sus nombres y apellidos, era en realidad una postrera
recomendación para que procurara mantenerme en el camino de la honradez y del amor hacia
mis semejantes. En el último párrafo, y casi de pasada, el mayor hacia referencia a la famosa
segunda entrega, explicándome que para llegar a la información que tanto deseaba, deberla
primero descifrar la clave que me adjuntaba en hoja aparte.
Por último, y con un tosco pero llamativo subrayado, me rogaba que hiciera un buen uso de
dicha información.
…Mi deseo es que con ella puedas llevar un poco más de paz a cuantos, como tú y como yo,
estamos empeñados en la búsqueda de la Verdad.
El segundo papel, igualmente manuscrito por el mayor, presentaba un total de cinco frases,
en inglés, que a primera vista resultaban absurdas e incongruentes.
He aquí la traducción:
«El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual de Arlington.»
«Llave y ritual conducen a Benjamín.»
«Abre tus ojos ante John Fitzgerald Kennedy.»
«El hermano duerme en 44 - W. La sombra del níspero le cubre al atardecer.»
«Pasado y futuro son mi legado.»
El mayor, una vez más, parecía disfrutar con aquel juego. ¿O no se trataba de un juego? Me
pregunté mil veces por qué tantos rodeos y precauciones. Si mi amigo había muerto, lo lógico
es que me hubiera facilitado la traída y llevada información sin necesidad de nuevas
complicaciones.
Pero las cosas estaban como estaban y mi única alternativa era de despejar aquella cada vez
más enredada madeja.
Como supondrá el lector, pasé horas con los cinco sentidos pegados a aquellas frases.
Tentado estuve de acudir a algunos de mis amigos, en busca de ayuda. Pero me contuve. Me
hubiera visto forzado a ponerles en antecedentes de tan larga e increíble historia y, sobre todo,
conforme fue pasando el tiempo, lejos de desanimarme, encajé el asunto como un reto
personal. Y los que me conocen un poco saben que ésa es una de mis debilidades.
De entrada, lo único que estaba claro es que la llave que me diera el mayor guardaba una
indudable y estrecha relación con la segunda frase. Esa llave debería «conducirme» o llevarme
hasta Benjamin. Pero, ¿qué o quién era «Benjamin»?
Una y otra vez, por espacio de casi tres semanas, desmenucé frase por frase y palabra por
palabra. Llevé a cabo los más disparatados cambios y saltos en las frases, buscando un sentido
más lógico. Fue inútil.
A fuerza de bucear en la clave terminé por aprendérmela de memoria. Aquel mes de
septiembre, y parte del siguiente, viví por y para aquel mensaje cifrado. Pasaba los días
deambulando sin norte alguno y con la mirada extraviada, ajeno prácticamente a cuanto me
rodeaba. Fueron mis hijos y especialmente Raquel quienes padecieron con más crudeza mis
aparentemente absurdos e inexplicables cambios de carácter, mis continuas depresiones y
hasta una injusta irascibilidad. Espero que ahora, al leer estas líneas, puedan comprenderme y
perdonarme.
Llegué incluso a consultar con expertos cerrajeros, que examinaron la misteriosa llave desde
todos los ángulos posibles. El resultado era siempre idéntico: aleación corriente; dientes
rutinarios... todo ordinario.
Pero aquella situación -que empezaba a rozar los poco deseables límites de la obsesión- no
podía continuar. Y un buen día hice balance. ¿Qué tenía realmente entre las manos? ¿A qué
conclusiones había llegado.?
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
Desgraciadamente podían limitarse a un par de pistas.
1ª.» Arlington es un cementerio norteamericano. Yo sabia que se trataba del célebre
camposanto de los héroes de guerra de aquella nación.
Me documenté cuanto pude y comprobé, en efecto, que en dicho lugar existe una tumba que
guarda los restos de un soldado desconocido. Por pura lógica deduje que dicha tumba estaría
custodiada o vigilada por alguna guardia de honor.
¿Podía referirse el mayor a dicho centinela?
2.ª También en el Cementerio Nacional de Arlington está enterrado el presidente Kennedy.
Pero, ¿por qué debía «abrir mis ojos ante John Fitzgerald Kennedy»?
Estos eran los únicos puntos en común que yo había sido capaz de trenzar.
El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual de Arlington. Esta primera frase me
tenía trastornado. No hacía falta ser muy despierto para comprender que una de las piezas
claves tenía que residir en la palabra «ritual». Una prueba de ello es que el mayor se había
encargado de repetirla en la segunda secuencia.
¿Cuál era ese ritual? ¿Por qué debía ser el centinela quien me lo revelara? ¿Es que tenía que
preguntárselo? Pero, de ser así, ¿a quién debía acudir?
No había vuelta de hoja: el primer paso tenía que ser el desciframiento del maldito ritual.
Sólo así podría saber -eso pensaba yo entonces- qué o quién era «Benjamín»
En cuanto a las dos últimas frases de la clave, sinceramente, prescindí temporalmente de
ellas.
Poco me faltó para llamar a mi buen amigo Chencho Arias, en aquellas fechas director de la
Oficina de Información Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores español. Con toda
seguridad, y merced a sus contactos en Washington, me hubiera despejado parte del camino.
Pero lo pensé dos veces y aparqué la idea. Después de todo, hubieran quedado cuatro frases
más por aclarar...
No había otra solución: tenía que volar a Estados Unidos y enfrentarme al problema a cuerpo
descubierto.

WASHINGTON

A las 11.50 horas del domingo 11 de octubre, el vuelo 903 de la compañía norteamericana
TWA despegaba del aeropuerto de Barajas, alcanzando su nivel de crucero -33 000 pies- en
poco más de 16 minutos.
Nuestra próxima escala -Nueva York- quedaba a miles de millas. Había tiempo de sobra para
planificar la estrategia a seguir una vez en Washington, así como para saborear una fría
cerveza y cambiar impresiones con los colegas y amigos que ocupaban buena parte de aquel
reactor.
Era curioso. Sencillamente increíble...
Por aquellas fechas, mientras yo me estrujaba el cerebro pujando por desentrañar la
enigmática clave del mayor, otro suceso vino a enredar aún más las cosas. En un espléndido
articulo en ABC, el escritor Torcuato Luca de Tena ofrecía a los españoles la primicia sobre unos
fantásticos descubrimientos en los ojos de la Virgen de Guadalupe, en la ciudad de México. Fue
como un escopetazo. Aquel nuevo «cebo» a 10.000 kilómetros precipitó mi decisión de saltar
nuevamente al continente americano.
Aquello justificaba doblemente mi viaje. Sin embargo, por enésima vez tuve que hacer frente
al siempre prosaico pero inevitable capitulo del dinero. Mi plan estaba claro: primero
Washington. Después, México. Esta vez, no obstante, la fortuna me sonrió rápidamente. ¿O no
fue la fortuna? El caso es que, antes de que pudiera complicarme la existencia, una providencial
llamada telefónica desde Madrid me puso al corriente del inminente viaje de SS. MM. los Reyes
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
de España a Estados Unidos. Yo había acompañado a don Juan Carlos y a doña Sofía en otras
visitas de Estado y sabía que aquélla era una oportunidad que no podía dejar escapar. Entre
otras importantes razones, porque ese tipo de viajes resulta siempre muy asequible a la
modesta economía de los profesionales del periodismo.
Así fue como aquel 11 de octubre de 1981, y en compañía de una treintena de periodistas
españoles, un segundo reactor de la TWA -el vuelo 407- me situaba en el aeropuerto nacional
de la capital federal de los Estados Unidos. Eran las 17.58 (hora local de Washington).
A pesar de mi creciente inquietud y nerviosismo, mi ansiada visita al Cementerio Nacional de
Arlington tuvo que ser demorada hasta el día siguiente, lunes. Aquel mes de octubre, el
camposanto de los héroes norteamericanos cerraba sus puertas a las cinco de la tarde. Y
amparándome en el cansancio del viaje, decliné la invitación de mis entrañables amigos Jaime
Peñafiel, Giani Ferrari y Alberto Schommer para visitar la ciudad, encerrándome a cal y canto
en la habitación 549 del hotel Marriot, sede y cuartel general de la prensa española. Ellos, por
supuesto, eran ajenos a los verdaderos objetivos de mi viaje.
Hasta altas horas de la madrugada permanecí enfrascado en el posible «plan de ataque». Un
plan, dicho sea de paso, que, como siempre, terminaría por experimentar sensibles variaciones.
Pero trataré de ir por partes.
A las nueve de la mañana del día siguiente, 12 de octubre, con mis cámaras al hombro y un
inocente aire de turista despistado, me acercaba hasta las oficinas del Temporary Visitors
Center, a las puertas del Cementerio Nacional de Arlington. Allí, una amable funcionaria -plano
en mano- me señaló el camino más corto para localizar la Tumba del Soldado Desconocido. Una
leve y fresca brisa procedente del río Potomac había empezado a mecer las ramas de los
álamos y abetos que se alinean a ambos lados del drive o paseo de McClellan. A los pocos
minutos, y temblando de emoción, divisé las plazas de Wheaton y Otis e inmediatamente detrás
la tumba a la que, sin duda, hacía referencia el mensaje de mi amigo el mayor.
Aunque el cementerio había abierto sus puertas hacía escasamente una hora, un nutrido
grupo de turistas se repartía ya a lo largo de la cadena que aísla la pequeña explanada de
grandes losas grises en la que se encuentra el gran mausoleo de mármol blanco en el que
reposan los restos de un soldado norteamericano caído en los campos de batalla de Europa, y
otras dos sepulturas -a derecha e izquierda del anterior- en las que fueron inhumados otros dos
soldados desconocidos, muertos en la segunda guerra mundial y en la de Corea,
respectivamente.
Allí estaba el centinela; el único, según me informaron en el Centro de Visitantes, que monta
guardia permanente en Arlington.
«El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual...»
Mis primeros minutos frente a la tumba fueron una indescriptible mezcla de aturdimiento,
confusión y absurda prisa por asimilar cuanto me rodeaba.
Y en mitad de aquel caos mental, la primera frase del mayor:
«El centinela que vela...»
Después de dos horas de observación, con los ánimos algo más reposados, saqué mi
cuaderno de «bitácora» y comencé una frenética anotación de cuanto había sido capaz de
percibir.
El centinela -punto central de mis indagaciones- era relevado cada hora. Eso significaban 60
minutos... La verdad es que, conforme iba escribiendo, muchas de aquellas observaciones me
parecieron ridículas. Pero no estaba en condiciones de despreciar ni el más nimio de los
detalles.
También hice una exhaustiva descripción de su indumentaria: guerrera azul oscura, casi
negra, pantalón igualmente azul (algo más claro), con una raya amarilla en los costados, ocho
botones plateados, guantes blancos y gorra negra de plato. Al hombro, un mosquetón con la
bayoneta calada...
Observo -seguí anotando- que el centinela, al llegar al final de su corto y marcial desfile ante
las tumbas, cambia siempre el arma de hombro. Curiosamente, el fusil nunca aparece
enfrentado al mausoleo.
Pero, ¿qué tenía que ver todo aquello con el dichoso ritual?
El corto paseo del soldado frente a los sepulcros discurría monótona y silenciosamente.
Estaba claro que el centinela no podía hablar. Como es fácil de comprender, no me hice
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
ilusiones respecto a la remota posibilidad de interrogarle sobre el «ritual de Arlington». En
aquella primera frase de su oscura clave, el mayor tampoco afirmaba que dicho soldado pudiera
transmitirme, de viva voz, el citado ritual. La expresión «te revelará» podía ser interpretada de
muy diversas formas, aunque casi desde el principio descarté la de un hipotético diálogo con el
miembro de la Vieja Guardia. El secreto tenía que estar en otra parte. Seguramente, y
considerando que un ritual es una ceremonia> habría que concentrar las fuerzas en todo lo
concerniente a dicho rito.
Un tanto aburrido, y por aquello de no levantar sospechas ante mi prolongada presencia en
la plaza este del anfiteatro> procure repartir la mañana y parte de la tarde entre el siempre
concurrido recinto del Soldado Desconocido y la lápida del malogrado presidente Kennedy,
ubicada a poco más de 300 metros, en la falda oriental de la colina que rematan precisamente
las mencionadas tres tumbas de los norteamericanos desconocidos.
Abre tus ojos ante John Fitzgerald Kennedy, rezaba la tercera frase del mensaje.
Pero, por más que los abrí, mi mente siguió en blanco. Sumé, incluso, los números de sus
fechas de nacimiento y muerte (1917-1963), sin resultado alguno. Por pura inercia, jugué con
la edad del presidente, montando un sinfín de cábalas tan absurdas como estériles. Creo que lo
único positivo de aquellas largas horas frente a la sepultura de Kennedy y de las de los dos
hijos que fallecieron antes que él fue el padrenuestro que dejé caer en silencio, como un
modesto reconocimiento a su trabajo.
A las tres de la tarde, hambriento y medio derrotado, me dejé caer sobre las pulcras y
blancas escalinatas del minúsculo anfiteatro que se levanta frente a las tres sepulturas. En mi
cuaderno; plagado de números, comentarios más o menos acertados y hasta dibujos de los
diez centinelas que había visto desfilar hasta ese momento, sólo había espacio ya para la
desilusión.
«Creo que voy a desfallecer -escribí-. No soy lo suficientemente inteligente...»
El centinela número seis, tras una de aquellas monótonas pausas pasó su mosquetón al
hombro contrario y reanudó el paso. De la forma más tonta, atraído probablemente por el brillo
de sus botines, comencé a contar cada una de las zancadas, al tiempo que las hacía coincidir
con un improperio, premio a mi probada ineptitud.
«…Tres (idiota)... cuatro (imbécil)... siete (necio)... veinte (mentecato)... veintiuno (iluso).»
El soldado se detuvo. Nueva pausa. Giró. Cambió el fusil. Nueva pausa. Y prosiguió su
desfile.
Dos (merluzo)... cuatro (burro)... doce (calamidad)... veinte (paranoico)... veintiuno...»
¿Veintiuno? El último insulto fue sustituido por un escalofrío. ¿He contado bien?
El centinela había dado 21 pasos. Mi decaimiento se esfumó. Me puse en pie y volví a contar.
«…diecinueve, veinte y ¡veintiuno!»
No me había equivocado. Aquella nueva pista hizo resucitar mi entusiasmo. ¿Cómo no me
había dado cuenta mucho antes?
Avancé hacia la cadena de seguridad y, reloj en mano, cronometré el tiempo que consumía
el soldado en cada desplazamiento.
¡21 segundos! ¿Veintiún pasos y veintiún segundos?
Hice nuevas pruebas y todas -absolutamente todas- arrojaban idéntico resultado.
¿Qué significaba aquello? ¿Se trataba de una casualidad?
Picado en mi amor propio me propuse contabilizar hasta el más insignificante de los
movimientos del centinela.
Fue entonces, al contar el tiempo invertido por el soldado en cada una de sus pausas,
cuando mi corazón comenzó a acelerarse: ¡21 segundos!
«No puede ser -me dije a mí mismo, temblando por la emoción-, seguramente estoy en un
error...»
Pero no. Como si se tratase de un robot, el centinela caminaba 21 pasos, empleando en ello
21 segundos. Se detenía exactamente durante 21 segundos, girando y cambiando el arma de
posición. La nueva pausa, antes de proseguir con el desfile, duraba otros 21 segundos y así
sucesivamente.
Anoté «mi» descubrimiento y releí la clave del mayor con una especial fruición.
El centinela que vela ante la tumba te revelará el ritual de Arlington. «No puede ser una
casualidad», me repetía obsesivamente. «Pero, ¿porqué 21? ¿Qué significa el número 21?»

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Caballo de Troya
J. J. Benítez
Con el fin de asegurarme, esperé los dos últimos cambios de la guardia y repetí los cálculos.
Los soldados números siete y ocho se comportaron exactamente igual.
Abstraído con aquella cifra a punto estuve de quedarme encerrado en el cementerio.
Con una extraña alegría volví a refugiarme en el hotel, sumiéndome en un sinfín de
cavilaciones.
A la mañana siguiente, y después ,de una noche prácticamente en vela, me uní a la comitiva
de periodistas. Aunque mis pensamientos seguían fijos en la Tumba del Soldado Desconocido y
en aquel misterioso número 21, opté por aprovechar aquella irrepetible oportunidad de visitar
el interior de la Casa Blanca y contemplar de cerca al presidente Reagan, al general y secretario
de Estado, Haig, y por supuesto, a los reyes de mi país.
Después de soportar un sinfín de controles y registros, me situé con mis compañeros en el
mimadísimo césped que se extiende frente a la famosa Casa Blanca.
A las diez en punto, y coincidiendo con la llegada de don Juan Carlos y doña Sofía, las
baterías situadas a un centenar de metros atronaron el espacio con las salvas de ordenanza.
Alguien, a mi espalda, había ido llevando la cuenta de los cañonazos e hizo un comentario
que nunca podré agradecer suficientemente:
-¡Veinte y veintiuno!
Me volví como movido por un resorte y pregunté:
-¿Es que son 21?
El periodista me miró de hito en hito y exclamó como si tuviera delante a un estúpido
ignorante:
-Es el saludo ritual... 21 salvas.
Al regresar al Marriott tomé el teléfono, dispuesto a solventar mis dudas de un plumazo.
Marqué el 6931174 y pregunté por míster Wilton, encargado de Relaciones Públicas y Prensa
en el Cementerio Nacional de Arlington.
El buen hombre debió quedar atónito al escuchar mi problema.
-Mire usted, soy periodista español y deseaba preguntarle si el número 21 guarda relación
con algún ritual...
-¿Se refiere usted a la Tumba del Soldado Desconocido?
-Sí.
-Efectivamente -puntualizó míster Wilton-, el ritual de Arlington se basa precisamente en ese
número. Como usted sabe, el saludo a los más altos dignatarios se basa en el número 21.
-Disculpe mi insistencia, pero ¿está usted seguro?
-Naturalmente.
Al colgar el auricular me dieron ganas de saltar y gritar. Abrí mi cuaderno de anotaciones y
repasé la clave del mayor.
Si el ritual de Arlington es el número 21, la segunda frase -llave y ritual conducen a
Benjamín- empezaba a tener cierto sentido. Estaba claro que mi llave y el número 21
guardaban una estrecha relación y que, si era capaz de descubrir quién o qué era «Benjamin»,
parte del misterio podrían quedar al descubierto.
Pero, ¿por dónde debía empezar?
En buena ley, aquella pequeña llave tenía que abrir algo. ¿Una vivienda quizá? Las reducidas
dimensiones de la misma no parecían encajar, sin embargo, con las llaves que se utilizan
habitualmente en las casas norteamericanas.
Descarté momentáneamente aquella posibilidad y me centré en otras ideas más lógicas.
¿Podía haber guardado el mayor su información en algún banco o en un apartado postal?
¿Se trataba por el contrario de una taquilla en algunos de los servicios de consigna en una
estación de ferrocarril?
Sólo había un medio para descifrar a «Benjamin»: armarse de paciencia y repasar -una por
una- las guías de teléfonos, de correos y de ferrocarriles de Washington.
Si esta primera exploración fallaba, tiempo habría de profundizar en otras direcciones.
Pero aquella laboriosa búsqueda iba a quedar súbitamente suspendida por una llamada
telefónica. A pesar de mi intensa dedicación al asunto del mayor norteamericano, yo no había
olvidado el tema de los fascinantes descubrimientos de los científicos de la NASA en los ojos de
la Virgen de Guadalupe. Nada más pisar los Estados Unidos, una de mis primeras
preocupaciones fue llamar a México y averiguar si el doctor Aste Tonsmann, uno de los más
destacados expertos, se hallaba en el Distrito Federal, o si, como me habían informado en
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
España, podía encontrarse en Nueva York, donde trabaja como profesor de la universidad de
Cornell. Era vital para mí localizarlo, con el fin de no hacer un viaje en balde hasta la república
mexicana.
Aquella misma mañana del martes 13 de octubre rogué a la telefonista del hotel que
insistiera -por tercera vez- y que marcara el teléfono de domicilio del doctor Tonsmann. Y a
media tarde, como digo, el aviso de la amable telefonista iba a trastocar todos mis planes. Al
otro lado del hilo telefónico, la esposa de José Aste me confirmaría que el científico tenía
previsto su regreso a México, procedente de Nueva York, los próximos miércoles o jueves.
Después de algunas dudas, se impuso mi sentido práctico y estimé que lo más oportuno era
congelar mis investigaciones en Washington. Tonsmann era una pieza básica en mi segundo
proyecto y no podía desperdiciar su fugaz estancia en México. Después de todo, yo era el único
que poseía la clave del secreto del mayor y eso me daba una cierta tranquilidad.
Y antes de que pudiera arrepentirme, hice las maletas y embarqué en el vuelo 905 de la
Easter Lines, rumbo a las ciudades de Atlanta y México (D.F.). Aquel miércoles, 14 de octubre
de 1981, iba a empezar para mí una segunda aventura, que meses más tarde quedaría
reflejada en mi libro número catorce: El misterio de Guadalupe.
A mí me suelen ocurrir estas cosas...
Durante horas había permanecido ante la tumba del presidente Kennedy, incapaz de atisbar
el secreto de aquella tercera frase en la clave del mayor.
Abre tus ojos ante John Fitzgerald Kennedy.
Pues bien, mis ojos se abrieron a 10.000 metros de altura y cuando me hallaba a miles de
kilómetros de Washington.
Mientras el reactor se dirigía a la ciudad de Atlanta, nuestra primera escala, tuve la
ocurrencia de intentar encajar el número 21 en las tres últimas frases del mensaje.
Debí cambiar de color porque la guapa azafata de la Easter, con aire de preocupación y
señalando la taza de café que oscilaba al borde de mis labios, comentó al tiempo que se
inclinaba sobre el respaldo de mi asiento:
¿Es que no le gusta el café?
-Perdón...
-Le pregunto si se encuentra bien.,
-¡Ah! -repuse volviendo a la realidad-, sí, estoy perfectamente... La culpa es del número
21...
La azafata levantó la vista y comprobó el número de mi asiento.
-No, disculpe -me adelanté, en un intento por evitar que aquel diálogo para besugos
terminara en algo peor-, es que últimamente sueño con el número 21...
La muchacha esbozó una sonrisa de compromiso y colocando su mano sobre mi hombro,
sentenció:
-¿Ha probado a jugar a la lotería?
Y desapareció pasillo adelante, convencida -supongo- de que el mundo está lleno de locos.
Por un instante, las largas piernas de la auxiliar de vuelo lograron sacarme de mis reflexiones.
Apuré el calé y volví a contar las letras que formaban el nombre y apellidos del fallecido
presidente norteamericano. No había duda. ¡Sumaban 21!
Aquel segundo hallazgo -y muy especialmente el hecho de que ambos apuntaran hacia el
número 21- confirmó mis sospechas iniciales. El mayor tenía que haber guardado su secreto en
algún depósito o recinto estrechamente vinculados con dicha cifra y, obviamente, con la llave
que me había entregado en Chichén Itzá. Consideré también la posibilidad de que «Benjamín»
fuera algún familiar o amigo del mayor, pero, en ese caso, ¿qué pintaban en todo aquello el
número y la llave?
Durante mi prolongada estancia en México, tentado estuve de hacer un alto en las
investigaciones sobre la Virgen de Guadalupe y volar al Yucatán para visitar a Laurencio. Pero
mis recursos económicos habían disminuido tan alarmantemente que, muy a pesar mío y si de
verdad quería rematar mis indagaciones en Washington, tuve que desistir y posponer aquella
visita a Chichén para mejor ocasión.

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Caballo de Troya
J. J. Benítez
Un año después, en diciembre de 1982, al retornar a México con motivo de la presentación
de mi libro El misterio de la Virgen de Guadalupe, comprobé con cierto espanto que de haber
viajado en aquellas fechas al Yucatán mi visita habría sido estéril: según me confirmaron las
autoridades locales, Laurencio y su mujer habían abandonado la ciudad de Chichén Itzá poco
después del fallecimiento del mayor. Y aunque no he desistido del propósito de localizarlos,
hasta el momento sigo sin noticias del fiel compañero del ex oficial de las fuerzas aéreas
norteamericanas. Ni que decir tiene que mis primeros pasos en aquel invierno de 1982 fueron
encaminados a la localización de la tumba de mi amigo. Allí, frente a la modesta cruz de
madera, sostuve con el mayor mi último diálogo, agradeciéndole que hubiera puesto en mis
manos su mayor y más preciado tesoro...
Al pisar nuevamente Washington, mi primera preocupación no fue «Benjamín». Sentado
sobre la cama de la habitación de mi nuevo hotel -en esta ocasión, mucho más modesto que el
Marriot-, extendí sobre la colcha todo mi capital. Después de un concienzudo registro, mis
reservas ascendían a un total de 75 dólares y 1500 pesetas.
Aunque la tragedia parecía inevitable, no me dejé abatir por la realidad. Aún tenía las
tarjetas de crédito...
Durante aquellos días limité mi dieta a un desayuno lo más sólido posible y a un vaso de
leche con un modesto emparedado a la hora de acostarme. La verdad es que, enfrascado en las
pesquisas, y puesto que tampoco soy hombre de grandes apetitos, la cosa tampoco fue
excesivamente dolorosa. Mi gran obsesión, aunque parezca mentira, fueron los taxis. Aquello si
mermó -¡y de qué forma! mi exiguo capítulo económico.
«Llave y ritual conducen a Benjamín.»
Esta segunda frase en el código cifrado del mayor fue una cruz que me atormentó durante
cuatro días. En ese tiempo, tal y como tenía previsto antes de mi partida de Washington, me
empleé en cuerpo y alma en la revisión de las enciclopédicas guías telefónicas de la capital
federal, así como en las correspondientes visitas a las estaciones de ferrocarril, central de
correos y los aeropuertos Dulles y National.
Les servicios de consigna de las estaciones fueron tachados de mi lista, a la vista de la
sensible diferencia entre las llaves utilizadas en dichos depósitos y la que obraba en mi poder.
Por su parte, los aeropuertos carecían de semejantes taquillas por lo que mi interés terminó por
centrarse en las cajas de seguridad de los bancos y en los apartados postales. Estas dos
últimas alternativas parecían más lógicas a la hora de guardar «algo» de cierto valor...
Y empecé por los bancos.
Repasé el centenar largo de centrales y sucursales financieras de la ciudad, no hallando ni
una sola pista que hiciera mención o referencia al nombre de «Benjamin».
Por otra parte, y según pude comprobar personalmente, si el mayor hubiera encerrado su
información en una de las cajas de seguridad de cualquiera de estos bancos, ni yo ni nadie
hubiera podido tener acceso a la misma, de no disponer de la correspondiente documentación
que le acreditase como legítimo propietario o usuario de la caja. En algunos casos, incluso,
estas medidas de seguridad se veían reforzadas con la existencia de una segunda llave, en
posesión del responsable o vigilante de la cámara acorazada del banco. No obstante, y por
apurar hasta el último resquicio, inicié una última y doble investigación. Yo conocía la identidad
del mayor y comencé a pulsar una serie de resortes y contactos -a nivel de Embajada Española
y del propio Pentágono-, a fin de esclarecer si el fallecido militar norteamericano conservaba
algún pariente en Washington. Aquélla, a todas luces, fue mi mayor imprudencia, a juzgar por
lo que sucedería dos días después...
El segundo frente -al que gracias a Dios concedí mayor dedicación- consistió en chequear las
direcciones de las dos centrales y cincuenta y ocho sucursales de correos en la ciudad. En la U.
5. Postal Service (Head Quarters), que viene a ser el cerebro central del servicio de correos de
todo el país, un amable funcionario extendió ante mí la larga lista de estaciones postales
radicadas en Washington D.C.
Al echarme a la cara la citada relación, en busca de algún indicio sobre el refractario nombre
de «Benjamin», mis ojos no pudieron pasar de la primera sucursal. Pegué un respingo. En la
lista aparecía lo siguiente:
Box Nos. - 1-999. - Benjamin Franklin. Sta. (Washington D.C.20044).
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Caballo de Troya
J. J. Benítez

Anoté los datos, sin poder evitar que mi mano temblara en una mezcla de emoción y
nerviosismo. Prendí un nuevo cigarrillo, buscando la manera de calmarme. Tenía que estar
absolutamente seguro de que aquélla era la ansiada pista. Y recorrí las sesenta direcciones con
una meticulosidad que ni yo mismo logro explicarme.
Con sorpresa descubrí que el nombre de Benjamin Franklin se repetía tres veces más: en los
puestos 14, 19 y 33 de la mencionada relación. En el resto de las oficinas de correos de
Washington el nombre de Benjamin no figuraba para nada.
Pero había algo que no terminaba de comprender. ¿Por qué cuatro servicios de correos en la
misma calle de Benjamín Franklin? En el situado en el lugar número 14, el encabezamiento
venía marcado por los números 6100-6199. El que ocupaba el puesto 19 en la lista registraba
las cifras 7100-7999 y el último, en el número 33, era precedido por la numeración 1400114999.
Me dirigí nuevamente al funcionario y le rogué que me explicara el significado de aquella
numeración. La respuesta, rotunda y concisa, disipó mis dudas:
-Son cuatro secciones, correspondientes a otros tantos P. Box o apartados de correos. En la
primera de la lista, como usted ve, figuran los comprendidos entre los números 1 y 999, ambos
inclusive...
Supongo que aquel empleado de correos no había recibido hasta ese día un thank you tan
efusivo y feliz como el mío...
Salté de tres en tres las escalinatas de la gigantesca U. 5. Postal Service y me colé como un
meteoro en el primer taxi que acertó a pasar. Eran las doce del mediodía del 4 de noviembre de
1981.
Mientras me aproximaba a la calle Benjamin Franklin, dispuesto a aprovechar aquella racha
de buena suerte, volví sobre la clave del mayor. Ahora empezaba a ver claro. «Mi llave y el
"ritual" -es decir, el número 21- conducen a Benjamin.»
«Casualmente», de las 60 oficinas de correos de todo Washington, sólo una se encuentra en
una calle con el nombre de Benjamin. Y curiosamente también, en esa -y sólo en esa- sucursal
se hallaba el apartado de correos número 21. Si tenemos en cuenta que las sesenta oficinas
sumaban en 1981 más de 24000 apartados, ¿a qué conclusión podía llegar?
Pero, a medio trayecto, mi gozo se vio en un pozo. ¡Había olvidado la llave en el hotel!
En este caso, mi franciscana prudencia me había jugado una mala pasada. Consulté la hora.
No había tiempo de volver al hotel y salir después hacia la sucursal de correos. Malhumorado,
entré en las oficinas, dispuesto al menos a echar un vistazo.
Pregunté por la venta de sellos y, con la excusa de escribir algunas tarjetas postales,
merodeé durante poco más de quince minutos por las inmensas y luminosas salas. En la
primera planta, adosados en una pared de mármol negro, se alineaban cientos de pequeñas
puertecitas metálicas, de unos 12 centímetros de lado, con sus correspondientes números. Allí
estaba mi objetivo.
Afortunadamente para mí, el trasiego de ciudadanos era tal que el policía negro que vigilaba
aquella primera planta no se percató de mis movimientos. Antes de abandonar la sucursal hice
una rápida inspección de los casilleros, deteniéndome unos segundos frente al número 21. Por
un momento tuve la sensación de que era el blanco de decenas de miradas. El orificio de la
cerradura parecía corresponder -por su reducido tamaño- al de una llave como la que yo
guardaba...
Al reemprender el camino hacia el hotel, me di cuenta que las tarjetas postales seguían
entre mis sudorosas manos. Ni Ana Benítez, ni mis padres, ni Alberto Schommer, ni Raquel, ni
Castillo, ni Gloria de Larrañaga llegaron a recibir jamás tales recuerdos.
Aquella tarde, en un último esfuerzo por relajarme, acudí al Museo del Espacio, en el paseo
de Jefferson. A pesar de lo inminente, y aparentemente sencillo, de la fase final de la búsqueda
de la información del mayor, las dudas se habían recrudecido. ¿Y si estuviera equivocado? ¿Y si
aquel apartado de correos no fuera lo que buscaba con tanto empeño?
La verdad es que estaba llegando al limite de mis posibilidades. Aquéllas -estaba seguroeran mis últimas horas en los Estados Unidos. Si no conseguía resolver el dilema, debería
olvidarme del asunto durante mucho tiempo. Sentado en el hall del museo, inevitablemente
solo y con una angustia capaz de matar a un caballo, eché de menos a alguien con quien
compartir aquellos momentos de tensión. En el centro de la sala, una larga fila de turistas y
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
curiosos aguardaba pacientemente su turno para pasar ante la urna en la que se exhibe un
fragmento de roca lunar, no más grande que un cigarrillo. Un segundo trozo, mucho más
reducido, había sido incrustado al pie de la vitrina. Y como si se tratara de una reliquia sagrada,
cada visitante, al cruzar frente a la urna, pasaba sus dedos sobre la negra y desgastada piedra.
Por pura inercia abrí mi cuaderno de notas y fui describiendo cuanto observaba. Y,
naturalmente, terminé cayendo sobre la clave del mayor. Pero esta vez me detuve en el
original, en la versión inglesa.
Mi pésima costumbre de subrayar, dibujar y trazar mil garabatos sobre los libros o apuntes
que manejo, estaba a punto de sacudirme aquella profunda tristeza.
En realidad, todo empezó como un juego; como un simple e inconsciente alivio a la tensión
que soportaba. Sé de muchas personas que, cuando hablan por teléfono, meditan o,
sencillamente, conversan, acompañan sus palabras o pensamientos con los más absurdos
dibujos, líneas, círculos, etc., trazados sobre cualquier hoja de papel. Pues bien, como digo, en
aquellos instantes me dediqué a recuadrar -sin orden ni concierto- algunas de las palabras de
cada una de las cinco frases que formaban el mensaje cifrado.
La fortuna -¿o no sería la suerte?- quiso que yo encerrara en sendos rectángulos, entre
otras, las primeras palabras de cada una de las frases de la clave. A continuación, siguiendo
con aquel pasatiempo, me entretuve en atravesarlos con otras tantas líneas verticales.
Al leer de arriba abajo aquel aparente galimatías, una de las absurdas construcciones me
dejó de piedra. Las cinco primeras palabras de cada frase, leídas en este sentido vertical,
encerraban un significado. ¡Y qué significado!: «La llave abre el pasado.»
El resto de las frases así confeccionadas, sin embargo, no tenía sentido.
Antes de dar por buena la nueva pista, repasé el mensaje, trazando y uniendo las palabras
de arriba abajo, de izquierda a derecha y hasta en diagonal. Pero fue inútil. Las únicas que
arrojaban algo coherente -«casualmente»- eran las cinco primeras...
The guard -rezaba el mensaje en inglés- who keeps the vigil in front of the Tomb will reveal
the ritual ofArlington Cementery to you.
Key and ritual leadyou to Benjamin.
Open your eyes before John Fitzgerald Kennedy.
The brother lies to rest in 44-W. The shadow of the medlar tree covers him in the late
afternoon.
Past and future are my legacy.
¿Qué había querido decir el mayor con esta sexta pista? Intuitivamente ligué la nueva frase
con la última del mensaje: Pasado y futuro son mi legado. ¿Qué relación podía existir entre la
llave, el pasado y el futuro?
Animado por aquel súbito descubrimiento, aunque impotente
-lo reconozco- para despejar tanto misterio, me dispuse a esperar las primeras luces de
aquel jueves, que presentía particularmente intenso...
Al apearme aquel jueves, 5 de noviembre de 1981, frente a la sucursal de correos de la calle
Benjamin Franklin, noté que las rodillas se me doblaban. En mi mano derecha, cerrada como un
cepo, la pequeña llave que me entregara el mayor en el Yucatán aparecía ligeramente
empañada por un sudor frío e incómodo. Inspiré profundamente y crucé el umbral,
dirigiéndome con paso decidido hacia el muro donde relucía el enjambre de casilleros metálicos.
Había sido un acierto, sin duda, esperar a que el reloj marcara las diez de la mañana.
Decenas de personas se afanaban en aquellos momentos en las diferentes dependencias de
correos. Al situarme frente al apartado número 21, un nutrido grupo de ciudadanos especialmente personas de edad-, procedía a abrir sus respectivos depósitos, indiferentes a
cuanto les rodeaba.
Pasé la llave a mano izquierda y, en un gesto mecánico, sequé el creciente sudor de la
palma derecha contra la pana de mi pantalón gris. Volví a respirar lo más hondo posible y
recobré la pequeña llave, llevándola temblorosamente hasta la cerradura. Pero los nervios me
traicionaron. Antes de que pudiera comprobar siquiera si entraba o no en el orificio, la llave se
me fue de entre los dedos, cayendo sobre el pulido embaldosado blanco. El tintineo de la pieza
en sus múltiples rebotes sobre el pavimento me hizo palidecer. Me lancé como un autómata
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
tras la maldita llave, furioso contra mí mismo por tanta torpeza. Pero, cuando me disponía a
recogerla, una mano larga y segura se me adelantó. Al levantar la vista, un hilo de fuego me
perforó el estómago El servicial individuo era uno de los policías de servicio en la sucursal. En
silencio, y con una abierta sonrisa por todo comentario. el agente extendió su mano y me
entregó la llave. Dios quiso que supiera corresponder a aquel gesto con otra sonrisa de
circunstancias y que, sin abrir siquiera los labios, diera media vuelta en dirección al casillero
número 21.
Ahora tiemblo al pensar en lo que hubiera podido ocurrir si aquel representante de la ley me
hubiera hecho alguna pregunta...
Con el susto todavía en el cuerpo, tanteé el orificio con la punta de la llave. El corazón
brincaba sin piedad.
«¡Por favor, entra...! ¡Entra...!»
Dulcemente, como si me hubiera oído, la llave penetró hasta la cabeza.
Me dieron ganas de gritar. ¡Había entrado! En realidad no era mi mano derecha la que
sujetaba la llave. Era mi corazón, mi cerebro y todo mi ser...
Antes de proseguir, miré cautelosamente a izquierda y derecha. Todo parecía normal.
Tragué saliva e intenté abrir. Por más que tiré hacia afuera, la portezuela metálica no
respondió. Sentí cómo otra ola de sangre golpeaba mi estómago. ¿Qué estaba pasando? La
llave había entrado en la ranura... ¿Por qué no conseguía abrir el apartado?
En mitad de tanto nerviosismo y ofuscación comprendí que estaba forzando la cerradura en
un solo sentido: el izquierdo. Giré entonces hacia la derecha y la portezuela se abrió con un
leve chirrido.
Me hubiera gustado poder detener el tiempo. Después de tantos sacrificios, angustias y
quebraderos de cabeza, allí estaba yo, a las 10.15 del jueves, 5 de noviembre de 1981, a punto
de esclarecer el «misterio del mayor»...
En aquellos instantes, aunque parezca increíble, antes de proceder a la exploración del
apartado, sentí no disponer de una cámara fotográfica. Pero un elemental sentido de la
prudencia me hizo dejar el equipo en el hotel.
Alargué la mano y tanteé la superficie metálica del casillero. En la semipenumbra medio
adiviné la presencia de un par de bultos. Estaban al fondo del estrecho nicho rectangular. Al
palparlos los identifiqué con algo parecido a tubos o cilindros. Extraje uno y vi que se trataba de
una especie de cartucho de cartón, de unos treinta centímetros de longitud, perfecta y
sólidamente protegido por una funda de plástico o de papel plastificado. Su peso era muy
liviano. No presentaba inscripción o nombre alguno, excepción hecha de un pequeño número
(un «1»), dibujado en negro y a mano sobre una pequeña etiqueta blanca, pegada o adherida a
su vez sobre una de las caras circulares del cilindro. Todo ello, como digo, bajo un brillante
material plástico, cuidadosamente fijado al cartucho.
Me apresuré a sacar el segundo bulto. Era otro cilindro, gemelo al primero, pero con un «2»
en otra de sus caras.
De pronto comencé a experimentar una extraña prisa. Tuve la intensa sensación de que era
observado. Pero, dominando el deseo de volverme, introduje la mano en el apartado> haciendo
un tercer registro. Mis dedos tropezaron entonces con un sobre. Lo situé en la boca del nicho y,
antes de retirarlo, me aseguré que el casillero quedaba vacío. Repasé, incluso, las paredes
superior y laterales. Una vez convencido de que el box número 21 había quedado totalmente
limpio, eché mano de aquel sobre blanco y, sin examinarlo siquiera, procedí a cerrar la puerta.
Aparentando naturalidad, guardé la llave y me dirigí a la salida de la sucursal.
Por un momento me dieron ganas de correr. Pero, sacando fuerzas de flaqueza, me detuve a
medio camino. Prendí uno de los últimos ducados y aproveché aquella fingida excusa para
volverme. La verdad es que no aprecié nada sospechoso. El intenso movimiento de ciudadanos
había disminuido ligeramente, aunque aún se apreciaban pequeños grupos frente a las mesas
de mármol, en los distintos mostradores y junto a los bloques de los apartados. Algo más
sosegado, y suponiendo que aquel presentimiento podía deberse a mi excitación, crucé el
umbral, alejándome de la oficina de correos.
Tres cuartos de hora más tarde colgaba en el pomo de la puerta de mi habitación el cartel
verde de: No molesten. Deposité ambos cartuchos sobre el cristal de la mesita que me servía
de escritorio y retrocedí un par de pasos.
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
«¡Lo había conseguido!»
Durante algunos minutos, con el sobre entre las manos, disfruté de aquel espectáculo. No
podía sospechar siquiera lo que contenían aquellos cilindros de cartón, pero eso -en aquellos
instantes- era lo de menos.
«¡Lo había conseguido...!»
Lo daba todo por bien empleado: tiempo, dinero, soledad...
Me dejé caer sobre el entarimado y, como si se tratase de una película, fui recordando los
pasos que había seguido en aquellos meses.
Pero, finalmente, la curiosidad se impuso y rasgué el sobre. En el exterior no había una sola
palabra o indicación. Nada más sacar la hoja de papel que contenía identifiqué la letra picuda y
agitada del mayor.
Estaba fechada el 7 de abril de 1979, en Washington D.C. En ella, simplemente, hacía
constar que su hermano... en el «gran viaje» había fallecido dos años atrás -en 1977- y que,
siguiendo los impulsos de su propia conciencia, ese mismo 7 de abril de 1979 daba por
concluido el diario de dicho viaje...
El breve mensaje finalizaba con las siguientes palabras:
Sólo pido a Dios que nuestro sacrificio pueda ser conocido algún día y que lleve la paz a los
hombres de buena voluntad, de la misma forma que mi hermano... y yo tuvimos la gracia de
encontraría.
Al pie de la nota, el mayor suplicaba que la persona que tuviera acceso al diario y a la
presente misiva, respetara el anonimato de ambos.
Por esta razón he suprimido la identidad de la persona a la que hace mención el mayor,
denominándole «hermano» suyo. Puedo aclarar -eso sí- que no se trata en realidad de un
hermano de sangre, sino de una calificación puramente espiritual...
Mi primera reacción al leer la esquela fue consultar la clave. Aquella confesión del fallecido
oficial de la USAF parecía encajar de lleno en la cuarta y no menos misteriosa frase:
El hermano duerme en 44-W. La sombra del níspero le cubre al atardecer.
De nuevo brotó en mí el nombre de Arlington.
«Sí, ahora si puede tener sentido -me dije a mí mismo-. Ahora empiezo a comprender...»
Había que visitar de nuevo el cementerio. En realidad, tal y como pude verificar al leer el
diario del mayor, las dos últimas frases de su mensaje cifrado no eran otra cosa que una
confirmación -para la persona que llegara hasta su legado- de la realidad física de su
compañero en el «gran viaje» y, obviamente, de la naturaleza del referido diario.
En honor a la verdad, después de conocer aquella increíble información que había sido
encerrada en los cilindros, tampoco era vital la localización del fallecido compañero de mí
amigo. Los que me conocen un poco saben, sin embargo, que me gusta apurar las
investigaciones y con mayor motivo si -como en aquellos momentos- me hallaba tan cerca del
final.
Pero las sorpresas no se habían terminado en aquel imborrable jueves... Antes de proceder a
la solemne apertura de los cartuchos de cartón, coloqué el sobre junto a los cilindros y los
fotografié a placer. Acto seguido, y tras comprobar que el plástico protector no ofrecía el menor
resquicio por donde empezar la labor de extracción, tomé una de mis cuchillas de afeitar y,
delicadamente, separé el círculo que cubría una de las caras del cilindro. Precisamente, la
opuesta a la que presentaba aquella pequeña etiqueta con el número «1».
Nerviosamente palpé el cartón. Parecía muy sólido. Después de un minucioso -casi me
atrevería a llamarlo microscópico- examen, me vi obligado a sajarlo por su circunferencia. Una
hora después, la pertinaz tapadera (de cinco milímetros de espesor y diez centímetros de
diámetro) saltaba al fin, dejando al descubierto el interior del tubo.
Segundos después aparecía ante mí un mazo de papeles, perfectamente enrollados. Había
sido introducido en una funda de plástico transparente, herméticamente grapada por la parte
superior. Tuve que valerme de un pequeño cortauñas para hacer saltar las diecisiete grapas.
Con una excitación difícil de transcribir, eché una primera ojeada a los documentos y comprobé
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
que habían sido mecanografiados a un solo espacio y en lo que nosotros conocemos como papel
biblia. Cada folio (de 20 X 31 centímetros), hasta un total de 250, había sido firmado y
rubricado en la esquina inferior izquierda por el mayor. Era la misma letra -y yo diría que la
misma tinta- que figuraba al pie de la misiva que había retirado del apartado de correos
número 21 y que acababa de abrir.
El texto, en inglés, me arrebató desde el momento en que fijé mis ojos en él. Y creo que no
hubiera podido despegarme de su lectura, de no haber sido por aquella inesperada llamada
telefónica...
Hacia las 13 horas, como digo, el teléfono de mi habitación me devolvió a la cruda realidad.
-¿Señor Benítez...?
-Soy yo... Dígame.
-Dos señores preguntan por usted... Están aquí...
-¿Dos señores? -pregunté a mí vez, desconcertado ante la súbita visita-. ¿Quiénes son?
-Un momento -dudó el empleado del hotel-, no lo sé...
¿Quién podía tener interés en verme? Es más -pensé con un extraño presentimiento-, ¿quién
sabe que estoy en Washington?
-Uno de ellos -me anunció el recepcionista a los pocos segundos- afirma ser del FBI...
-¡Ah! -exclamé con un hilo de voz-. Bueno..., ahora mismo bajo...
Todo había sido tan rápido e imprevisto que, al poco de colgar el auricular, comencé a
palidecer. No era lógico ni normal que el FBI se interesara por mí. ¿Qué podía haber ocurrido?
¿En qué nuevo lío me había metido?
De pronto recordé. Días atrás yo había cometido la torpeza de interesarme cerca de la
Embajada Española y del Pentágono por los posibles familiares del mayor. Mientras recogía
precipitadamente los cilindros y el sobre, ocultándolos en el fondo de la bolsa de mis cámaras,
un torbellino de temores, hipótesis y contrahipótesis embarullaron aún más mi cerebro.
Con la llave de mi habitación entre las manos y muerto de miedo, me presenté en el hall.
Dos individuos de fuerte complexión y pulcramente trajeados se levantaron de los butacones
situados frente a la puerta del ascensor. No tuve oportunidad siquiera de aproximarme al
mostrador de recepción y preguntar por mis insólitos visitantes.
Con una sonrisa un tanto forzada, uno de ellos me salió al paso extendiendo su mano.
-¿El señor Benítez?
Al presentarme, el que había estrechado mi mano en primer lugar y que parecía llevar la voz
cantante, me invitó a sentarme con ellos.
No se preocupe -anunció con un evidente deseo de tranquilizarme-, se trata de una simple
rutina...
Yo también me esforcé en sonreír, al tiempo que les rogaba que se identificaran.
-Por teléfono -añadí- me han dicho que uno de ustedes es agente del FBI. ¿Podría ver sus
credenciales?
Instantáneamente, y como si aquella petición mía formara parte de un ceremonial
igualmente rutinario y habitual, ambos sacaron del interior de sus chaquetas sendas carteras de
plástico negro. En la primera -perteneciente al que me había identificado nada más verme en el
hall- pude leer, con caracteres que destacaban sobre el resto, las palabras Federal Bureau of
Investigation. Aquello, en efecto, correspondía a las famosas siglas FBI u Oficina Federal de
Investigación.
En la segunda credencial -que no fue retirada de mi vista con tanta rapidez como la del
agente del FBI- pude leer, en cambio, lo siguiente: Departamento de Estado. Oficina de Prensa
y algo así como una dirección: 2201 «C» Street... (Washington D.C.) y un número que
empezaba por (202) 632….
-Muchas gracias -repuse con más miedo, si cabe-. Ustedes dirán...
-Sabemos quién es usted y conocemos igualmente su condición de periodista español replicó el miembro del FBI, al tiempo que abría una pequeña libreta y rechazaba amablemente
uno de mis cigarrillos-, y se nos ha comunicado que el pasado martes, a las 11.15 de la
mañana, usted se interesó por los posibles parientes del mayor...
«¡Joder qué tíos! -pensé-. ¡Vaya servicio de información!»
Pues bien -prosiguió el agente, indicándome las notas que aparecían en su block-, en primer
lugar queríamos averiguar si estos datos son correctos.
-Efectivamente. Lo son...
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
-En ese caso, nos gustaría saber por qué tiene usted ese interés por la familia del mayor.
Mi cerebro, despierto a causa -digo yo- del miedo, fue buscando las respuestas con una
frialdad que aún me asusta.
-Bueno, es una vieja historia. Conocí al mayor en uno de mis viajes a México y entablé con él
una sincera amistad. Nos escribimos y hace unas semanas -mentí- al visitar nuevamente aquel
país, supe que había fallecido.
Sin pestañear, sostuve la desconcertada mirada del yanqui. Quizá esperaba otra versión y, al
comprobar que le decía la verdad (cuando menos, parte de la verdad), se mostró indeciso. Ese
fue su primer error.
Antes de que acertara a formular una nueva pregunta, aproveché aquellos segundos y tomé
la iniciativa:
-Ustedes sabrán también que yo soy investigador y escritor del fenómeno ovni...
El agente sonrió.
-En cierta ocasión -seguí improvisando- el mayor me dio a entender que sabía de cierta
información... relacionada con este tema. Y me dio el nombre de un compañero que reside en
los Estados Unidos... Él me daría los datos, siempre y cuando yo supiera esperar a que
falleciera el mayor...
Mi interlocutor, tal y como yo deseaba, mordió el anzuelo.
-¿Puede decirnos el nombre de esa persona?
Fingí una cierta resistencia y añadí:
-La verdad es que no me gustaría perjudicar a nadie...
-No se preocupe...
-Está bien. No tengo inconveniente en darles el nombre de esa persona que busco, siempre
y cuando ustedes me mantengan al margen y respondan a una pregunta...
Los dos personajes cruzaron una mirada de complicidad y el funcionario del Departamento
de Estado, que no había abierto la boca hasta ese momento, preguntó a su vez:
-¿De qué se trata?
-¿Podrían ustedes proporcionarme una pista sobre algún familiar del mayor o sobre ese
amigo al que trato de localizar?
Antes de que su compañero tuviera tiempo de responder el agente del FBI intervino de
nuevo:
-Trato hecho. Díganos: ¿cómo se llama esa persona con la que usted debe contactar?
Al tomar nota del nombre y primer apellido del «hermano de viaje» del mayor, el agente,
titubeó y cruzó una nueva y fugaz mirada con su acompañante. Ese fue su segundo error.
Aquella casi imperceptible vacilación terminó por alertarme. En ese instante -por primera
vez- comencé a tomar conciencia de que me había aventurado en un asunto sumamente
peligroso. Aquellos individuos -eso saltaba a la vista- sabían mucho más de lo que decían. Pero
lo peor no era eso. Lo dramático es que -por esas casualidades del destino- tenía en mi poder
una información que empezaba a quemarme entre las manos y por la que los servicios de
Inteligencia de los Estados Unidos hubieran sido capaces de todo.
-¿Y qué hay de esa pista? -presioné con fingido aire de satisfacción.
El agente del FBI guardó silencio y, tras escribir algo en una de las hojas de su libreta, la
arrancó, poniéndola en mis manos.
-Es todo lo que podemos decirle -masculló con desgana-. Creemos que se trata de uno de
los parientes del mayor...
En el papel pude leer el nombre de la ciudad de Nueva York y dos apellidos.
Simulé una cierta contrariedad.
-Pero, ¿no pueden decirme algo más?
Los individuos se pusieron en pie y, tras desearme suerte, se alejaron hacia la puerta de
salida. Sin quererlo, aquellos «gorilas» me habían brindado la mejor de las excusas para salir
de Washington a toda prisa.
Antes de regresar a mi habitación tuve el acierto de asomarme disimuladamente por la
puerta giratoria del hotel y ver cómo los agentes se introducían en un coche azul metalizado,
aparcado a veinte o treinta metros de donde me encontraba. Me interné de inmediato en el
hall, dirigiéndome hacia el ascensor y notando sobre mí el peso de la curiosa mirada del
recepcionista.

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Caballo de Troya
J. J. Benítez
Antes de cerrar la puerta de mi habitación volví a colgar el anuncio de No molesten y eché la
cadena de seguridad. Las rodillas empezaron entonces a temblarme y tuve que dejarme caer
sobre la cama. Supongo que mi perturbación se debía en parte a aquella -digamos- «delicada»
visita y, sobre todo, a lo que contenía aquel primer cilindro.
No sé el tiempo que permanecí tumbado en la cama, con la vista perdida en la penumbra de
mi habitación. Una cosa sí estaba clara en todo aquel embrollo: ahora más que nunca tendría
que actuar con pies de plomo. Si el FBI había tomado cartas en el negocio era porque,
lógicamente, estaba al corriente del «gran viaje» que habían realizado el mayor y su
«hermano». No hacía falta ser un águila para percibir que los servicios de Inteligencia
norteamericanos no estaban dispuestos a que aquella información secreta se filtrara a la
prensa.
De momento, la exquisita prudencia del mayor me había proporcionado una cierta ventaja. Y
estaba dispuesto a utilizarla, naturalmente. Si el FBI y el Departamento de Estado -que sabían
muy bien del fallecimiento de los dos veteranos de la USAF-, seguían creyendo que yo sólo
trataba de localizar al «amigo» del mayor, quizá mi salida del país fuera más fácil de lo
previsto. Esta, en síntesis, fue la resolución más importante que terminé por adoptar en aquel
mediodía del jueves 5 de noviembre de 1981: volver a España de inmediato... y con mi tesoro,
por supuesto.
Salté de la cama y me dispuse a poner en práctica la última fase de mi plan: la visita al
Cementerio Nacional de Arlington. Aunque, repito, la confirmación de la muerte del compañero
y «hermano» de mi amigo no revestía ya una especial importancia, en mí fuero interno
necesitaba cerrar aquel misterioso círculo que constituía la clave.
Preparé las cámaras y consulté mi reloj. Eran las dos de la tarde. Aún me restaban otras tres
horas para que el camposanto cerrara sus puertas al público.
Pero, cuando me disponía a abandonar la habitación, un elemental sentido de la prudencia
me obligó a asomarme a la ventana. Por un momento no reaccioné. Aparcado junto a la acera
de la fachada del hotel, en el mismo lugar en que yo lo había visto a eso de las 13.30 horas,
seguía el turismo de color azul metalizado de los agentes que me habían visitado.
Instintivamente me eché atrás y cerré la ventana. No podía tratarse de una casualidad. Aquél
era el vehículo del FBI. Estaba claro que había subestimado a los agentes...
«Si me arriesgo a salir ahora -reflexioné, buscando una solución-, ¿qué puede ocurrir?»
Cabía la nada fantástica posibilidad de que fuera discretamente seguido, o lo que podía ser
mucho peor, que aprovecharan mi ausencia para registrar la habitación. Esta última idea me
llenó de espanto. ¿Qué podía hacer?
Tampoco me resignaba a permanecer enclaustrado entre aquellas cuatro paredes...
De pronto me vino a la memoria la escalera de incendios.
«Sí -me dije a mí mismo, tratando de animarme- ahí puede estar la salida.»
Prendí la televisión y, procurando hacer el menor ruido posible, abrí lentamente la puerta. El
pasillo aparecía desierto. Rápidamente me situé al fondo del corredor, frente a la salida de
emergencia. A diferencia de lo que suele ocurrir con los hoteles españoles, los norteamericanos
procuran que estas puertas permanezcan permanentemente abiertas. Al asomarme al exterior,
desde la plataforma metálica o descansillo que une la escalera con la sexta planta en la que me
encontraba, comprobé que aquella salida conducía directamente a una calle estrecha y poco
transitada. En las inmediaciones no había un solo vehículo. Eso me tranquilizó.
A los pocos minutos cerraba de nuevo la puerta de mi habitación y me preparé para la fuga.
Lo más importante era no levantar sospechas. Así que, siguiendo un metódico plan, telefoneé al
room service y solicité un frugal almuerzo. A continuación me desnudé, enfundándome el
pijama. Marqué el número de conserjería y adoptando un tono lento y cansino, le expliqué al
empleado de turno que estaba muy fatigado y que deseaba dormir. Por último, y tras insistir en
que no me pasara ninguna llamada, le rogué que me despertara a las seis y media de la tarde.
Si, como yo sospechaba, los responsables del hotel tenían órdenes de vigilar y comunicar mis
entradas y salidas, ésta podía ser una buena coartada.
A los quince minutos, un camarero llamaba a la puerta. Empujó el carrito con la comida y,
tras depositar en su mano una sustanciosa propina, le anuncié que no se molestara en regresar
para recoger la pequeña mesa rodante.
«Yo mismo la sacaré al pasillo cuando me despierte», remaché.

28

Caballo de Troya
J. J. Benítez
El hombre pareció conforme y desapareció corredor adelante, mientras yo volvía a colgar el
cartel de No molesten.
Me vestí en segundos, pellizqué uno de los panecillos y cargué con la bolsa de las cámaras,
en cuyo fondo había depositado los cartuchos de cartón y la carta del mayor. Mi reloj señalaba
las 14.45.
Tras asegurarme que la puerta de mi habitación quedaba perfectamente cerrada, guardé la
llave y, como un fantasma, salvé los treinta pasos escasos que me separaban de la salida de
urgencia. Al cerrarla tras de mí dediqué unos segundos a una exhaustiva exploración de la calle
y de los tramos que debía descender. Todo se hallaba tranquilo.
Sin perder un minuto más, me precipité escaleras abajo, procurando pisar con las puntas de
las botas. Al alcanzar el penúltimo descansillo me detuve. El corazón no me cabía en el pecho...
Lancé una ojeada y, tras comprobar que el camino seguía expedito, continué con un exceso de
optimismo. Y hago esta observación porque, al encararme con los últimos peldaños, a punto
estuve de romperme la crisma. Yo no había contado con un pequeño-gran obstáculo: la
escalera de incendios moría a una considerable altura sobre el suelo.
Me asomé y comprendí con angustia que, sí pretendía mantener mi fuga, primero debería
saltar aquellos dos o tres metros. (La verdad es que nunca supe con certeza a qué distancia me
hallaba del pavimento.) Tenía que actuar con rapidez: o regresaba a la sexta planta o me
lanzaba. Mi posición al final de aquella escalera de incendios era francamente comprometida.
Cualquier viandante que acertara a pasar en aquellos instantes podía descubrirme.
Tragué saliva y pegué la bolsa a mi vientre, rodeándola con ambos brazos. Después, en un
acto de pura inconsciencia, salté.
A pesar de la flexión de piernas, el golpe fue respetable. En mi afán por proteger el equipo
fotográfico, me incliné en exceso hacia un costado, rodando cuan largo soy por el duro
cemento.
Pocas veces me he incorporado a tanta velocidad. Mi única preocupación -la verdad sea
dicha era que alguien hubiera podido verme saltar. Pero la fortuna parecía aún de mi lado. La
callejuela seguía solitaria. Limpié la zamarra con un par de palmetazos y salí pitando hacia el
cruce que se adivinaba al fondo. Si todo funcionaba como yo deseaba, al otro lado de la
manzana y en dirección opuesta a la que yo había tomado, debería continuar el turismo del FBI.
Veinte minutos más tarde -cuando mi reloj estaba a punto de señalar las tres y media- un
taxi me situaba en el Memorial Drive, a las puertas mismas del cementerio.
Aunque en mi rápido desplazamiento hasta Arlinglon yo no habla apreciado -a pesar de mis
constantes miradas hacia atrás- que nos siguiera el temido vehículo azul, en esta nueva visita
al cementerio de los héroes norteamericanos evité el ingreso por la puerta principal. Caminé
por el paseo de Schley y a los cinco minutos me presenté ante el mostrador del Temporary
Visitors Center.
Sinceramente, mientras le explicaba a una de las funcionarias que mi propósito era localizar
la tumba de un viejo amigo, mis esperanzas -a la vista de los escasos datos que poseía- no
eran muy sólidas. La mujer tomó nota del nombre y apellidos, así como del año del supuesto
fallecimiento (1977), y sin más, como si aquella consulta fuera una de tantas, dio media vuelta
y se dirigió a un monitor de televisión, situado a la izquierda de la sala. Le vi teclear y a los
pocos segundos en la pantalla del terminal del ordenador surgieron unos signos y palabras de
color verde que no alcancé a descifrar. Acto seguido, la funcionaria tomó uno de los pequeños
mapas que yo ya conocía y escribió en rojo el primer apellido y el nombre de «mi amigo» y en
la línea inferior, en negro y en los espacios destinados a la grave (tumba) y a la section
(sección), los números correspondientes a cada una de ellas.
-¿Conoce el cementerio? -me preguntó.
-No mucho...
-Bien, es fácil -añadió con su tono monótono-. Nosotros estamos aquí
Con el rotulador rojo marcó el Temporary Visitors Center y a continuación trazó una línea
sobre el paseo de L'Enfant y de Lincoln. Con una precisión que me dejó estupefacto señaló un
punto en la sección 43, concluyendo:
-Aquí hallará la lápida. Si va a pie son diez minutos...
-Muchas gracias.

29

Caballo de Troya
J. J. Benítez
Es posible que la señorita interpretara aquel agradecimiento y mí larga sonrisa como un
sentimiento lógico al poder ubicar tan rápidamente a la persona que buscaba. Pero los tiros
iban en otra dirección...
Mientras caminaba hacia el punto indicado en el plano, mi excitación fue en aumento. El
hecho de que la computadora de Arlington hubiera respondido afirmativamente -declarando que
allí, en efecto, había sido sepultado el «hermano» del mayor-, me había hecho vibrar de
emoción, olvidando momentáneamente mis pasados sinsabores.
En el cruce de L'Enfant Drive con el Lincoln Drive me detuve. Si las indicaciones de la
funcionaria no estaban equivocadas, debía encontrarme a poco más de 300 metros de la
sepultura. Al repasar el mapa advertí otro detalle que precipitó mi alegría: ¡las coordenadas 44
y W confluían matemáticamente en aquella área de la sección 43! Esto despejaba la primera
parte de la cuarta frase de la clave del mayor: El hermano duerme en 44-W.
El pequeño sendero asfaltado me condujo hasta una pradera en la que se alineaban cientos
de lápidas blancas, de apenas medio metro de altura. Consulté el número de la tumba y, tras
varios paseos por el cuidado césped, el nombre y apellidos del también oficial de la USAF
surgieron ante mí casi como un milagro.
Una pequeña cruz encerrada en un circulo, había sido grabada -como en el resto de las
sepulturas de Arlington-, en la parte superior de la piedra. Debajo, la identidad del fallecido, su
graduación, el Ejército al que había pertenecido y las fechas de su nacimiento y muerte,
respectivamente. Eso era todo.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza. Aquel hombre, al igual que mi viejo amigo, el mayor,
había sido inhumado sin una sola alusión a la fascinante misión que había llevado a cabo en
vida. Y lo peor es que su propio país -al menos los servicios de Inteligencia- estaba empeñado
en que dicho «viaje» siguiera clasificado como «secreto y confidencial»...
En el horizonte, difuminado entre el verde, el amarillo y el rojo de los árboles del Cementerio
Nacional, el blanco monolito erigido a la memoria del primer presidente de los Estados Unidos
señalaba paradójicamente a los cielos...
Me arrodillé y juré que lucharía hasta el final. Nada ni nadie me detendría ante aquel
compromiso de difundir el legado de aquellos hombres.
A las cuatro y media, después de fotografiar la lápida, y cuando me disponía a retirarme,
una sombra me sobresaltó. Parte de la inscripción había empezado a oscurecerse. Levanté la
vista y reparé en un arbolillo. ¡Era un níspero!
La sombra del níspero -recordé la última parte de la cuarta frase del mensaje del mayor- le
cubre al atardecer.
Quedé absorto, contemplando cómo la cimbreante sombra de aquel humilde compañero de
soledad iba robando la luz de la piedra, segundo a segundo. Al observar la pradera caí en la
cuenta que aquél era el único árbol que crecía junto a esta sección del camposanto. Ya no había
duda: la clave estaba resuelta.
Recogí algunas de las níspolas que habían caído sobre el césped y las guardé en mi bolsa.
Por último, corté una pequeña rama y la deposité al píe de la lápida.
Poco a poco, con un sol moribundo a mis espaldas, fui alejándome de aquel lugar. No he
vuelto a ver el frágil níspero de hojas verdes y diminutas que acompaña al héroe
norteamericano, pero ambos sabemos que aquella tarde, parte de mi corazón quedó en
Arlington.
En mi plan original de fuga yo no había previsto, ni mucho menos, que el regreso fuese
precisamente por la puerta principal del hotel. Ahora que lo pienso con una cierta perspectiva,
de haber sabido entonces que no existía posibilidad de acceso desde la callejuela posterior a la
escalera de incendios, lo más seguro es que no me hubiera jugado el todo por el todo por
aquella innecesaria comprobación en el Cementerio Nacional de Arlington. Pero ya no podía
echarme atrás. Soy hombre que acepta los riesgos y, además, encantado.
El crepúsculo había empezado a adormilar los colores de la gran ciudad cuando el taxi se
detuvo frente a la puerta giratoria de mi hotel. Mientras abonaba la carrera, respiré aliviado al
reconocer frente a mí, a una veintena de pasos, el turismo de mis perseverantes guardianes. O
mucho me equivocaba, o aquellos individuos me creían durmiendo a pierna suelta. Pronto iba a
comprobarlo...

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Caballo de Troya
J. J. Benítez
Salté del taxi y crucé la acera, mirando de reojo hacia mi izquierda. Aunque fue cuestión de
segundos, pude percibir cómo uno -el que permanecía al volante- se agitaba, tocando con
precipitación el hombro de su compinche, que se hallaba leen o un periódico. No sé qué pudo
suceder después. Me colé en el hall como una exhalación, evitando el ascensor. Gracias al cielo,
el recepcionista se encontraba de espaldas y presumo que no me vio desaparecer escaleras
arriba.
Jadeando y maldiciendo el tabaco irrumpí en mi habitación, en el momento preciso en que
sonaba el teléfono. Traté de recobrar el pulso y lo dejé sonar un par de veces. Al descolgarlo
reconocí la voz del recepcionista:
Disculpe, señor -anunció el empleado en un tono muy poco convincente-, ¿me dijo usted que
le llamara a las cinco y media o a las seis y media...?
Me dieron ganas de ponerle como un trapo. Pero disimulé, dando por sentado que junto al
recepcionista debía encontrarse alguno de los agentes, sino los dos...
-A las seis y media, por favor -respondí con voz seca y cortante.
-Disculpe, señor... Ha sido un error.
Acepté las disculpas y, por lo que pudiera ocurrir, me desnudé, dando buena cuenta del
olvidado almuerzo. Eran las cinco y media de la tarde. Si el FBI tragaba el cebo y estimaba que
todo había sido una confusión y que yo no me había movido para nada de mi habitación, quizá
aquellas últimas horas en Washington no fueran demasiado difíciles. Pero, ¿y si no era así?
Había que salir de dudas.
Y empecé a maquinar un nuevo plan. Era necesario que averiguase hasta qué punto creían
en mis palabras...
Mi preocupación, como es fácil adivinar, estaba centrada en los documentos. Tenía que
ponerlos a salvo a cualquier precio. Pero, ¿cómo? Pasé más de media hora reconociendo y
explorando hasta el último rincón de la habitación. Sin embargo, ninguno de los posibles
escondites me pareció lo suficientemente seguro. Llegué, incluso, a desenroscar la alcachofa de
la ducha, considerando la posibilidad de enrollar y ocultar parte del diario del mayor en el tubo
que sobresalía algo más de 35 centímetros de la pared del baño. Gracias a Dios, el instinto o la
intuición -o ambos a un mismo tiempo- me hicieron recelar y, finalmente, me decidí por la
solución más simple... y arriesgada. Perforé cuidadosamente el segundo cilindro y extraje otro
paquete de folios, igualmente protegido en una funda de plástico transparente y
minuciosamente grapada.
Arrojé todas las grapas en el interior de la botella de vino, que había quedado medio vacía, y
con la ayuda de varias tiras de cinta adhesiva, sujeté ambos mazos de folios a mi pecho y
espalda, respectivamente.
Después me vestí cuidadosamente, procediendo a rellenar los cartuchos de cartón con rollos
de fotografía, aún sin estrenar. Los deposité en el fondo de la bolsa de las cámaras y retiré las
películas de ambas máquinas, sustituyéndolas por otras, aún vírgenes.
Mi propósito era salir del hotel, a cuerpo descubierto y dejar el campo libre a los tipos del
FBI. Corría el gravísimo peligro de que, en lugar de registrar mi habitación, optaran por
seguirme y cachearme. En este segundo supuesto, los documentos habrían volado en cuestión
de minutos.. En previsión de que esa delicada circunstancia llegara a hacerse realidad, guardé
los rollos de TRI-X y de diapositivas que había obtenido en mi reciente investigación en México,
así como las imágenes de Arlington, en los bolsillos de la zamarra y del pantalón. «En caso de
registro -pensé- siempre es mejor que localicen primero las películas. Quizá se den por
satisfechos y se olviden del resto...»
No es que aquella estratagema me convenciera excesivamente pero, ¿qué otra cosa podía
hacer?
Corté las colas de las películas de una decena de rollos, todavía sin emplear, y los alineé
sobre el reducido escritorio, simulando que se trataba del fruto de mi trabajo gráfico en
aquellos últimos días.
A las seis y quince minutos tomé una hoja de papel, con el membrete del hotel, y escribí con
trazos descuidados:
Viernes (6-XI-81)... llamar a D. Garrón a las 13 horas (teléfono 6525783).

31

Caballo de Troya
J. J. Benítez
Rasgué la hoja en trozos pequeños y los dejé caer en la papelera metálica, separando
previamente uno de los cuadraditos de papel en el que podía leerse el siguiente fragmento:
éfono 6525. Deposité esta parte del escrito en el suelo de la habitación, muy cerca de la
papelera, como si en la maniobra -al lanzar los papeles-, uno de ellos hubiera caído fuera del
recinto.
Después vacié uno de los ceniceros en la citada papelera y procedí a desordenar la cama,
arrugando minuciosamente las sábanas.
A las seis y treinta, tal y como esperaba, sonó el teléfono. El empleado, en un tono mucho
más amable, me recordó la hora.
-Muchas gracias -repuse, aprovechando la oportunidad para rematar mi plan-. Por cierto,
quisiera ir al cine... ¿Sabe si hay alguno por aquí cerca?
-Sí señor... ¿Qué tipo de película desea ver el señor...?
-Bueno, si es tan amable, vaya mirándolas usted mismo. Ahora bajo.
Al colgar me froté las manos. A pesar de los pesares, aquello resultaba electrizante...
Por último, y antes de abandonar la habitación, envolví cuidadosamente mi cuaderno de
notas en un par de periódicos, escondiendo entre sus páginas la carta que había rescatado del
box número 21. Comprobé que llevaba el pasaporte, los billetes -todavía «abiertos»- de mi
viaje de regreso a España, vía Nueva York, y mis últimos treinta dólares y, abriendo la puerta,
empujé el carrito del almuerzo hasta el pasillo. Retiré el cartel de No molesten y cerré. Al
encaminarme hacia el ascensor pasé ante una bandeja -con algunos restos de comida- que
había sido depositada en el piso, junto a otra de las habitaciones. De pronto recordé las grapas
y, retrocediendo, tomé mi botella de vino, cambiándola sigilosamente por la de aquel huésped.
Una vez en el hall conversé sin prisas con el recepcionista, que, gentilmente -y a petición
mía- me acompañó hasta la calle, señalándome el camino más corto para llegar al cine elegido.
Simulé no haber comprendido bien y el hombre repitió sus indicaciones con todo lujo de
detalles. Tanto él como yo observamos furtivamente el coche azul metalizado, que continuaba
aparcado a corta distancia. Aquella comedia, en realidad, formaba parte de la segunda fase de
mi plan. Deseaba que quedara perfectamente establecido que, en el transcurso de las dos horas
siguientes, yo iba a tratar de disfrutar pacíficamente de una película. Y, naturalmente, era vital
hacerse notar...
Con las manos en los bolsillos y el «dietario de campo» bien sujeto bajo el brazo, camuflado
entre los periódicos, fui alejándome con aire distraído, como quien inicia un apacible paseo. El
peso de los folios -en especial los del tórax- empezaba a lastimarme.
Con dos o tres paradas, aparentemente casuales, frente a otros tantos comercios, fue más
que suficiente como para comprobar que los agentes no se habían movido del interior del
turismo. Con aquel paso igualmente displicente desaparecí de la calle 17, en busca de la
populosa avenida de Pennsylvania, entre cuyos restaurantes, galerías comerciales, pub y
cinematógrafos siempre resulta más fácil pasar inadvertido.
Adquirí un boleto y a las siete y media penetraba en una de las salas de proyección. Pero mi
intención no era ver una película. A los 15 minutos, y ante la indiferencia del portero, abandoné
el cine, dirigiéndome a una cabina telefónica.
Aunque me hallaba muy cerca de la calle 14, estimé que era mucho más prudente llamar
primero a la oficina de la agencia Efe en Washington. Uno de los periodistas -viejo amigo- iba a
jugar un papel decisivo en esta última parte del plan. Como era de esperar, el primer número
comunicaba sin cesar. Marqué el segundo -3323120- y, al fin, logré hablar con la redacción.
No me vi forzado a darle demasiadas explicaciones. El compañero y colega, cuya identidad
no puedo revelar, por razones obvias, intuyó que me ocurría algo fuera de lo normal y aceptó
verme de inmediato.
A eso de las ocho y media de la noche retrocedí hasta McPherson Square y, convencido de
que nadie me seguía, me deslicé rápidamente hacia el vetusto ascensor del National Press
Building, en la mencionada calle 14 del sector NW de la ciudad. Mi amigo me aguardaba en el
departamento 969, sede de la agencia Efe.
Una hora después, con el mismo aire de despreocupación, empujaba la puerta giratoria del
hotel. De buen grado, y sin hacer demasiadas preguntas, el periodista me había prometido su
ayuda. A las diez de ¡a mañana del día siguiente -tal y como habíamos acordado- se
presentaría en mi hotel..

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Caballo de Troya
J. J. Benítez
Mi intuición no falló esta vez. Al aproximarme a la puerta principal del hotel descubrí que el
coche azul metalizado había desaparecido.
Al reclamar mi llave en conserjería observé que los empleados eran otros. Y aunque
últimamente los dedos se me hacían huéspedes, comprendí que se trataba de un nuevo turno.
Di orden para que me despertasen a las 8.30 del viernes y con un preocupante hormigueo en el
estómago, tomé el camino de la sexta planta. No podía borrar de mi mente la sospechosa
circunstancia de que el vehículo del FBI no se encontrara ya frente al hotel. ¿Qué podía haber
sucedido en estas tres horas?
No necesité mucho tiempo para averiguarlo. Nada más cerrar la puerta de mi habitación, mis
ojos se clavaron en el pequeño escritorio. ¡Los rollos vírgenes que yo había alineado de forma
premeditada sobre la lámina de cristal que cubría la mesa habían desaparecido! Antes de
proceder a una rigurosa inspección general, abrí la bolsa de las cámaras, comprobando con
alivio que mis máquinas seguían allí. Sin embargo, tal y como había supuesto, también los
rollos -a medio impresionar- que yo había sustituido en el último momento habían sido
extraídos (posiblemente rebobinados) de las respectivas cajas. El resto del equipo seguía
intacto. Los cilindros de cartón, repletos de película, no parecían haber llamado la atención de
los intrusos. Seguían en el fondo de la bolsa, cubiertos por las minitoallas verdes que yo suelo
«tomar prestadas» en los hoteles donde acierto a cobijarme y que, siguiendo la costumbre de
mi maestro y compadre Fernando Múgica, suelo utilizar para evitar los choques y roces entre
cámaras y objetivos.
Tampoco las cuatro o cinco níspolas que yo había recogido en Arlington habían sido
sustraídas por los agentes. Porque, a estas alturas, y tal y como pude confirmar minutos más
tarde, saltaba a la vista que mi habitación había sido registrada por el FBI. (Por una vez en mi
vida había acertado de pleno.)
En un primer chequeo pude deducir que el resto de mis enseres -maleta, ropa, útiles de
aseo, etc.- seguía donde yo los había dejado. El individuo o individuos que habían irrumpido en
la estancia habían sido sumamente cuidadosos, procurando no alterar el rígido orden que
siempre impongo a mi alrededor.
Aquellos tipos buscaban información -cualquier dato que pudiera estar relacionado con el
mayor o con el «amigo» que yo decía estar buscando- y no iba a tardar en confirmarlo.
Algo más tranquilo después de aquel rápido inventario, me situé frente a la papelera en la
que había arrojado los trocitos de papel, así como las colillas de uno de los ceniceros.
Los papelillos seguían en el fondo del recipiente, excepción hecha del que dejé caer
intencionadamente sobre el entarimado de la habitación. Este, en un lamentable error del
agente, fue encontrado por mí en el fondo de la papelera, junto a sus hermanos... Conociendo
como conozco, a los servicios de Información, yo sabía que uno de los lugares donde siempre
miran es precisamente en las papeleras. La trampa había dado resultado. El agente, después de
reconstruir la hoja de papel que yo había troceado, la devolvió a la papelera, procurando que
las 28 partes cayeran íntegramente en el cubo de metal.
Aquel torpe representante del FBI había dejado, además, sobre el cristal del escritorio, otro
rastro de su paso. Como habrá imaginado el lector, el hecho de vaciar uno de los ceniceros en
la papelera -y más concretamente sobre los papelillos- no fue un gesto de higiene, aunque ésa
pueda ser la primera impresión...
Aquella maniobra estuvo perfectamente calculada. Y ahora, al examinar el vidrio sobre el
que, a todas luces, había sido minuciosamente reconstruida la hoja de papel, no tardé en
detectar, como digo, la huella del intruso.
Al ir encajando los pedacitos de papel, el agente no se percató de que una mínima porción
de ceniza -pero suficiente para mis propósitos- caía sobre el cristal de la mesa.
Una vez desvelado el rompecabezas, el individuo restituyó los restos a su correspondiente
lugar, no teniendo la precaución de limpiar la superficie sobre la que había trabajado.
Con la ayuda de una minúscula lupa, Agfa Lupe 8x, que siempre me acompaña y que resulta
de gran utilidad para el examen de diapositivas, localicé al instante numerosas partículas
blancogrisáceas, que no eran otra cosa que parte de la ceniza con la que había cubierto los
papelillos.
Si los agentes -como era fácil suponer- habían tomado buena nota de lo que estaba escrito
en dicha hoja, había una alta posibilidad de que cayeran en una nueva trampa...

33

Caballo de Troya
J. J. Benítez
Antes de acostarme, y en previsión de que mi teléfono estuviera intervenido, marqué el
número de la Cancillería Española, haciéndole saber a la persona que me atendió que era amigo
del señor Garzón, consejero de Información, y que, por favor, le dejara escrito que le
telefonearía hacia las 13 horas del día siguiente. De esta forma, y en el más que probable
supuesto de que mi conversación hubiera sido grabada, el FBI recibía así la confirmación a lo
que, sin duda, habían leído en mi habitación.
Dejé prácticamente hecha la maleta y me dispuse a descansar. Pero al ir a cepillarme los
dientes, recibí otra sorpresa. Aquellos malditos agentes habían perforado -de parte a parte y
por tres puntos- el tubo de la pasta dentífrica. Al revisar la crema de afeitar, tal y como me
temía, encontré el tubo igualmente agujereado.
«¿De qué habrán sido y de qué serán capaces estos "gorilas"?», empecé a preguntarme con
inquietud.
Aquella noche, y por lo que pudiera acontecer, eché la cadena de seguridad y apuntalé la
puerta con la única silla existente en la habitación. Como última precaución, decidí no despegar
los documentos de mi pecho y espalda. En contra de lo que yo mismo podía suponer, aquella
incómoda carga no fue óbice para que el sueño terminara por rendirme. Tenía gracia. Era la
primera vez que dormía con un «alto secreto»..., entre pecho y espalda.
De acuerdo con el plan trazado la tarde anterior en la sede de la agencia de noticias Efe, a
las diez en punto de la mañana del viernes deposité la llave de mi habitación en la conserjería,
dirigiéndome seguidamente a uno de los taxis que aguardaban a las puertas del hotel.
Tras desayunar en la habitación, había procedido a rellenar los cartuchos de cartón con parte
de mi ropa sucia -pañuelos y calcetines, fundamentalmente-, cerrándolos nuevamente y
escribiendo en cada uno de ellos mi nombre, apellidos y dirección en Vizcaya. Y aunque el
tiempo en Washington D.C. era fresco y soleado, me enlundé una gabardina color hueso.
Con las cámaras al hombro y los cilindros del mayor entre las manos me introduje en el taxi,
pidiéndole que me llevara hasta el Main Post Office o Central de Correos de la ciudad.
Si el FBI seguía mis movimientos, aquellos cartuchos y mi colega, el periodista, me
ayudarían a darles un buen esquinazo.
A las 10.30 horas, el taxista detenía su vehículo frente al edificio de correos. Con la promesa
de una excelente propina, le rogué que esperase unos minutos; el tiempo justo de franquear y
certificar ambos paquetes. El hombre accedió amablemente y yo salté del coche, al tiempo que
observaba cómo un turismo de color negro rebasaba el taxi, aparcando a unos ochenta o cien
metros por delante.
Con el presentimiento de que los ocupantes de aquel vehículo tenían mucho que ver con los
que habían irrumpido y registrado mi habitación la noche anterior, me adentré en la concurrida
central. Gracias a Dios, mi amigo esperaba ya en el interior. A toda velocidad, y ante los
atónitos ojos de una jovencita que rellenaba no sé qué impresos en la misma mesa donde me
había reunido con el reportero de Efe, me quité la gabardina y se la pasé a mi compañero.
Escribí la matrícula del taxi en uno de los formularios que se alineaban en los casilleros y, al
entregarle el papel, le advertí -en castellano- que tuviera cuidado con el turismo que había visto
aparcar a escasa distancia del taxi.
Siguiendo el plan previsto, mí colega se embutió en la gabardina, mientras yo me confundía
entre el gentío, en dirección a la ventanilla de facturación de paquetes. Si todo salía bien, a los
cinco minutos, el periodista debería introducirse en el taxi que esperaba mi retorno. Con el fin
de hacer aún más difícil su identificación, le pedí que acudiera hasta la oficina de correos con
una bolsa del mismo color y lo más parecida posible a la que yo cargaba habitualmente.
Cuando el funcionario guardó los cilindros de cartón, me dirigí hacia la puerta y, desde el
umbral, comprobé que el taxi y el turismo negro habían desaparecido.
Sin perder un minuto, me encaminé hacia la boca del metro de Gallery Place. Desde allí,
siguiendo la línea Mcpherson-Farragut West, reaparecí en la estación de Foggy Bottom. Eran las
11.30.
Una hora después, otro taxi me dejaba en el aeropuerto nacional de Washington. O mucho
me equivocaba, o los agentes del FBI estaban a punto de llevarse un solemne «planchazo»... A
las 13.25 de aquella agitada mañana, el vuelo 104 de la compañía BN me sacaba -al fin- de la
capital federal.

34

Caballo de Troya
J. J. Benítez
Difícilmente puedo describir aquellas últimas cuatro horas en el aeropuerto de Nueva York. Si
mi amigo no había logrado engañar a los empecinados agentes norteamericanos, mi seguridad
-y lo que era mucho peor: mi tesoro- corrían grave riesgo.
A las cuatro en punto de la tarde, tal y como habíamos convenido, marqué el teléfono de Efe
en Washington. Mi cómplice -al que nunca podré agradecer suficientemente su audacia y
cooperación- me saludó con la contraseña que sólo él y yo conocíamos:
-¿Desde Santurce a Bilbao...?
Voy por toda la orilla -respondí con la voz entrecortada por la emoción. Aquello significaba,
entre otras cosas, que nuestro plan había funcionado.
En cuatro palabras, mi enlace me puso al corriente de lo que había ocurrido desde el
momento en que se introdujo en el taxi. Mis sospechas eran fundadas: aquel turismo de color
negro, que se habla estacionado a corta distancia de la fachada principal de la oficina de
correos, reanudó su discreto seguimiento. Los agentes, tres en total, no podían imaginar que
mi amigo habla ocupado mi puesto y que todo aquel laberinto no tenía otro objetivo que
permitir mi fulminante salida del país.
Siguiendo las indicaciones del nuevo pasajero, el taxista -que vio incrementado el importe de
su carrera con una súbita propina de cincuenta dólares (propina que, según mi colega, le volvió
temporalmente mudo y sordo)- y ante la presumible desesperación de los hombres del FBI,
condujo su vehículo hasta el interior de la Cancillería Española, en el número 2700 de la calle
15. Allí permanecieron ambos hasta las 13.30. A esa hora, uno de los vuelos regulares
despegaba de Washington, situándome, como ya he referido, en la ciudad de Nueva York.
El desconcierto de los «gorilas» -que habían esperado pacientemente la salida del taxi- debió
de ser memorable al ver aparecer el citado vehículo, pero con otros dos ocupantes en el asiento
posterior. Mi amigo, que había abandonado la gabardina y la bolsa en el interior de la
cancillería, se encasquetó una gorra roja y se hizo acompañar por uno de los funcionarios y
amigo.
El FBI mordió nuevamente el cebo y, creyendo que yo seguía en el interior de la embajada,
siguió a la espera.
« Es posible -comentó divertido el reportero de Efe- que aún sigan allí...»
A las 19.15 horas, con los documentos sólidamente adheridos a mi pecho y espalda y -por
qué negarlo- al borde casi de la taquicardia, el vuelo 904 de la TWA me levantaba a diez mil
metros, rumbo a España.
Al día siguiente, sábado, una vez confirmado mi aterrizaje en Madrid-Barajas, el colega se
personó en el hotel, recogiendo mi maleta y saldando la cuenta. Por supuesto, y tal como
sospechaba, los cilindros de cartón que había certificado en Washington, jamás llegaron a su
legítimo destino...

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Caballo de Troya
J. J. Benítez

¡Qué equivocado estaba! Mis angustias no terminaron con el rescate del diario del mayor.
Fue a partir de la lectura de aquellos documentos cuando mi espíritu se vio envuelto en toda
suerte de dudas...
Durante dos años, siempre en el más impenetrable de los silencios, be desplegado mil
diligencias para intentar confirmar la veracidad de cuanto dejó escrito el fallecido piloto de la
USAF. Sin embargo -a pesar de mis esfuerzos-, poco he conseguido. La naturaleza del proyecto
resulta tan fantástica que, suponiendo que haya sido cierto, la losa del «alto secreto» lo ha
sepultado, haciéndolo inaccesible. Algo a lo que soviéticos y norteamericanos -dicho sea de
paso- nos tienen muy acostumbrados desde que se empeñaron en la loca carrera
armamentista. No hace falta ser un lince para comprender que, tanto en la conquista del
espacio como en el desarrollo del potencial bélico, unos y otros ocultan buena parte de la
verdad y -lo que es peor- no sienten el menor pudor a la hora de mentir y desmentir. Tampoco
es de extrañar, por tanto, que haya caído una cortina de hierro sobre el proyecto que relata el
mayor en su legado.
En el presente trabajo he llevado a cabo la transcripción -lo más fiel posible- de los primeros
350 folios del total de 500 que contenían ambos cilindros. Aunque no voy a desvelar por el
momento el contenido del resto del proyecto, puedo adelantar -eso sí- que responde a un
denominador común: «un gran viaje», tal y como los define el propio mayor. Un «viaje» que
haría palidecer a Julio Verne...
No soy tan necio, por supuesto, como para creer que con el hallazgo y posterior traslado de
estos documentos fuera de los Estados Unidos han desaparecido los riesgos. Al contrarío. Es
precisamente ahora, con motivo de su salto a la luz pública, cuando los servicios de Inteligencia
pueden «estrechar» su cerco en torno a este inconsciente periodista. Es un peligro que asumo,
no sin cierta preocupación...
Pero, como hombre prevenido vale por dos, después de una fría valoración del asunto, yo
también he tomado ciertas «precauciones». Una de ellas -la más importante, sin duda- ha sido
depositar los originales del mencionado proyecto en una caja de seguridad de un banco, a
nombre de mi editor, José Manuel Lara. En el supuesto de que yo fuera «eliminado», la citada
documentación sería publicada ipso facto.
Naturalmente, nada más pisar España, una de mis primeras preocupaciones -amén de poner
a buen recaudo ambas documentaciones originales- fue fotocopiar, por duplicado, los 500 folios
que había sacado de Washington. Con el fin de evitar en lo posible el riesgo de «desaparición»
de dicho diario, una de las reproducciones ha sido guardada -junto con los documentos oficiales
que me fueron entregados en 1976 por el entonces general jefe del Estado Mayor del Aire, don
Felipe Galarza 1- en otra caja de seguridad, a nombre de un viejo y leal amigo, residente en
una ciudad costera española.
A lo largo de estos dos años, como digo, y tras conocer el «testamento» del mayor, he
llevado a cabo numerosas consultas -especialmente con científicos y médicos- intentando
esclarecer, cuando menos, la parte de ficción que destilan ambos «viajes». Vaya por delante -y
en honor a la verdad- que los primeros se han mostrado escépticos en cuanto a la posibilidad
de materialización de semejante proyecto. A pesar de ello, y antes de pasar al diario
propiamente dicho, quiero dejar sentado que mi obligación como periodista empieza y concluye
precisamente con la obtención y difusión de la noticia. Será el lector -y quién sabe silos
hombres del futuro, como ocurrió con Julio Verne- quien deberá sacar sus propias conclusiones
y otorgar o retirar su confianza a cuanto encuentre en las próximas páginas.

1

Estos trescientos folios forman parte de doce investigaciones secretas de la Fuerza Aérea Española sobre otros
tantos casos de ovnis en España. Han sido publicados en el libro Ovnis: Documentos oficiales de¡ Gobierno español

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Caballo de Troya
J. J. Benítez
En todo caso -y con esto concluyo- si el «gran viaje» del mayor fue sólo un sueño de aquel
hombre extraño y atormentado, que Dios bendiga a los soñadores.

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Caballo de Troya
J. J. Benítez

EL DIARIO

Hoy, 7 de abril de 1977, al año de mi retiro voluntario a la selva del Yucatán, una vez
conocida la muerte de mi hermano... y al cuarto año de nuestro regreso del «gran viaje», pido
humildemente al Todopoderoso que me conceda las fuerzas y vida necesarias para dejar por
escrito cuanto sé y contemplé -por la infinita misericordia de Dios- en Palestina.
Es mi deseo que este testimonio sea conocido entre los hombres de buena voluntad creyentes o no- que, como nosotros, caminan a la búsqueda de la Verdad.
Sé desde hace más de un año -como también lo supo mi hermano en el «gran viaje»- que
mi muerte está cercana. Por ello, siguiendo sus reiteradas peticiones y los cada vez más firmes
impulsos de mi propia conciencia, he procedido a ordenar mis notas, recuerdos y sensaciones.
Espero que la persona o personas que algún día puedan tener acceso a este humilde y sincero
diario hagan suya mi voluntad de permanecer, como mi hermano, en el más riguroso
anonimato. No somos nosotros los protagonistas, sino «ÉL».
No es fácil para mi resumir aquellos años previos a la definitiva puesta en marcha del «gran
viaje». Y aunque nunca ha sido mi propósito desvelar los programas y proyectos confidenciales
de mi país, a los que he tenido acceso por mi condición de militar y miembro activo -hasta
1974- de la OAR (Oflice of Aerospace Research)1, entiendo que antes de ofrecer los frutos de
nuestra experiencia en Israel, debo poner en antecedentes a cuantos lean este informe de
algunos de los hechos previos a aquel histórico enero de 1973.
Debo advertir igualmente que, dada la naturaleza del descubrimiento efectuado por nuestros
científicos y las dramáticas consecuencias que podrían derivarse de una utilización errónea o
premeditadamente negativa del mismo, mis aclaraciones previas sólo tendrán un carácter
puramente descriptivo. Como he mencionado antes, no es el medio lo que importa en este
caso, sino los resultados que gozosamente tuvimos a bien alcanzar. Descargo así mis
escrúpulos de conciencia y confío en que algún día -si la humanidad recupera el perdido sentido
de la justicia y de los valores del espíritu- sean los responsables de este sublime hallazgo
quienes lo den a conocer al mundo en su integridad.
Fue en la primavera de 1964 cuando, confidencialmente y por pura casualidad, llegó hasta
mis oídos la existencia de un ambicioso y revolucionario proyecto, auspiciado por la AFOS! y la
AFORS2 y en el que trabajaba desde hacía años un nutrido equipo de expertos del Instituto de
Tecnología de Massachusetts.
Yo había sido seleccionado en octubre de 1963, con otros trece pilotos de la USAF, para uno
de los proyectos de la NASA. En mi calidad de médico e ingeniero en física nuclear, y puesto
que seguía perteneciendo a la OAR, me encomendaron un trabajo específico de supervisión del
llamado VIAL o Vehículo para la Investigación del Aterrizaje Lunar. En la mencionada primavera
de 1964, dos de estas curiosas máquinas voladoras -en las que se iniciaron los primeros
ensayos para los futuros alunizajes del proyecto Apolo- llegaron al fin al lugar donde yo había
sido destinado: el Centro de Investigación de Vuelos de la NASA, en la base de Edwards, de las
fuerzas aéreas norteamericanas, a ochenta millas al norte de Los Angeles.
1

La OAR es la Oficina de Investigación Aeroespacial. (Nota del traductor.)

2

AFOSI y AFORS son las siglas de la Air Force Office of Special Investigations (Oficina de Investigaciones
Espaciales de la Fuerza Aérea) y de la Air Force Office of Scientific Research (Oficina de Investigación Científica de la
Fuerza Aérea), respectivamente. (N. del t.)

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Caballo de Troya
J. J. Benítez
En aquel paisaje desolado -en pleno corazón del desierto Mojave- permanecí hasta últimos
de 1964, en que concluyeron con éxito las pruebas preliminares de vuelo de los VIAL.
No tengo que repetir que aquellas pruebas y otros proyectos -en especial los de la USAFhabían sido calificados como «altamente secretos». El ingreso en el recinto de la base y en el
de las experiencias en particular era limitado al personal especialmente acreditado.
Durante meses conviví con otros candidatos a astronautas, oficiales, científicos y técnicos todos ellos en posesión de la top secret security clearance1 llegando a mis oídos un fantástico
proyecto: la Operación Swivel ("Eslabón").
Una vez finalizado mi trabajo en Edwards, la NASA estimó que debía incorporarme al Centro
Marshall, de vuelos espaciales. Mi verdadera vocación ha sido siempre la investigación.
Concretamente, el joven «mundo» de la teoría unificada de las partículas elementales. Sin
embargo, mis inquietudes en aquel mes de diciembre de 1964 discurrían por otros derroteros.
Los costos de la NASA habían empezado a dispararse y el Centro Marshall trabajaba día y noche
para encontrar nuevos sistemas o fuentes de energía, que abaratasen las costosas baterías
«químicas» de los proyectos Explorer, Mercury y Geminis.
Una semana antes de Navidad, y por motivos de mi trabajo, tuve que volar nuevamente a la
base de Edwards. Durante uno de los almuerzos con el personal especializado conocí al nuevo
jefe del proyecto Swivel, el general..., un hombre sereno y de brillante inteligencia, que supo
escuchar pacientemente mis disquisiciones y lamentos sobre la miopía mental de algunos altos
cargos de la NASA, que habían rechazado una y otra vez mis sugerencias sobre la necesidad de
sustituir las anticuadas baterías químicas por células de carburante o por baterías atómicas.
El general pareció interesarse por algunos de los detalles de las pilas atómicas y yo -lo
reconozco- me desbordé, saturándole con la lluvia de datos e información en torno a las
excelencias del plutonio 238, del curio 244 y del prometio 147... Antes de retirarse de la mesa,
el general me hizo una sola pregunta: «¿Quiere trabajar conmigo? »
Gracias al cielo, mi respuesta fue un fulminante: «Sí.»
De esta forma, en enero de 1965 abandonaba definitivamente la NASA, para incorporarme al
módulo de experiencias de la USAF, en Mojave. Yo había conocido a buena parte de los
científicos y militares que se afanaba en aquel fantástico proyecto durante mi anterior etapa en
la base de Edwards. Esto facilitó las cosas y mi definitiva integración en la Operación Swivel fue
rápida y total.
Durante los primeros meses, mi papel -de acuerdo con los deseos del general que me había
contratado y al que de ahora en adelante llamaré con el nombre supuesto de «Curtiss»- se
centró en una frenética investigación en torno a un sistema auxiliar de abastecimiento de
energía mediante una batería atómica llamada SNAP-9A, que son las siglas de Systems for
Nuclear Auxiliary Powers2.
En esas fechas, el proyecto había superado ya las primeras y obligadas fases de
experimentación. Estas habían tenido lugar -siempre en el más férreo de los secretos- entre
1959 y 1963. Nunca supe -y tampoco me preocupó en exceso- quién o quiénes habían sido los
promotores o descubridores del sistema básico que había permitido concebir semejante
aventura. En algunas de mis múltiples conversaciones con el general Curtiss, este insinuó que aunque en el equipo inicial habían participado algunos de los veteranos científicos del proyecto
Manhattan, que «dio a luz» la bomba atómica- «el cambio de criterios en relación con la
naturaleza de las mal llamadas partículas elementales o subatómicas procedía de Europa». Al
parecer, y a través de la CIA, las fuerzas aéreas norteamericanas habían recibido -procedentes
de Europa occidental- una serie de documentos en los que se hablaba de un brusco cambio de
180 grados en la interpretación de la física cuántica.
En esencia, ya que no es mi intención aquí y ahora alargarme excesivamente en cuestiones
puramente técnicas, ese «sistema básico» que había impulsado la operación consistía en el
descubrimiento de una entidad elemental -generalizada en el cosmos- en la que la ciencia no
1

Autorización para tener acceso a determinados secretos que afectan a la defensa nacional en los Estados Unidas.
(N. del t.)
2

Sistema de Energía Nuclear Auxiliar. Fueron utilizados, en efecto, por la NASA y el AEC para usos espaciales.
Estas baterías de isótopos radiactivos pueden producir varios centenares de vatios de electricidad durante períodos
superiores a un año. (N. del t.)

39

Caballo de Troya
J. J. Benítez
había reparado hasta ese momento y que ha resultado, y resultará en el futuro, la «piedra
angular» para una mejor comprensión de la formación de la materia y del propio universo.
Esa entidad elemental que fue bautizada con el nombre de swivel puso de manifiesto que
todos los esfuerzos de la ciencia por detectar y clasificar nuevas partículas subatómicas no eran
otra cosa que un estéril espejismo. La razón -minuciosamente comprobada por los hombres de
la operación en la que trabajé- era tan sencilla como espectacular: un swivel tiene la propiedad
de cambiar la posición u orientación de sus hipotéticos «ejes»1 transformándose así en un
swivel diferente.
El descubrimiento dejó perplejos a los escasos iniciados, arrastrándolos irremediablemente a
una visión muy diferente del espacio, de la configuración íntima de la materia y del tradicional
concepto del tiempo.
El espacio, por ejemplo, no podía ser considerado ya como un «continuo escalar» en todas
direcciones. El descubrimiento del swivel echaba por tierra las tradicionales abstracciones del
«punto», «plano» y «recta». Estos no son los verdaderos componentes del universo. Científicos
como Gauss, Riemann, Bolyai y Lobatschewsky habían intuido genialmente la posibilidad de
ampliar los restringidos criterios de Euclides, elaborando una nueva geometría para un «nespacio». En este caso, el auxilio de las matemáticas salvaba el grave escollo de la percepción
mental de un cuerpo de más de tres dimensiones. Nosotros habíamos supuesto un universo en
el que los átomos, partículas, etc., forman las galaxias, sistemas solares, planetas, campos
gravitatorios, magnéticos, etc. Pero el hallazgo y posterior comprobación del swivel nos dio una
visión muy distinta del Cosmos: el Espacio no es otra cosa que un conjunto asociado de
factores angulares, integrado por cadenas y cadenas de swivels. Según este criterio, el cosmos
podríamos representarlo -no como una recta-. Sino como un enjambre de estas entidades
elementales. Gracias a estos cimientos, los astrofísicos y matemáticos que habían sido
reclutados por el general Curtiss para el proyecto Swivel fueron verificando con asombro cómo
en nuestro universo conocido se registran periódicamente una serie de curvaturas u
ondulaciones, que ofrecen una imagen general muy distinta de la que siempre habíamos tenido.
Pero no quiero desviarme del objetivo principal que me ha empujado a escribir estas líneas.
A principios de 1960, y como consecuencia de una más intensa profundización en los swivels,
uno de los equipos del proyecto materializó otro descubrimiento que, en mi opinión, marcará un
hito histórico en la humanidad: mediante una tecnología que no puedo siquiera insinuar, esos
hipotéticos ejes de las entidades elementales fueron invertidos en su posición. El resultado llenó
de espanto y alegría a un mismo tiempo a todos los científicos: el minúsculo prototipo sobre el
que se había experimentado desapareció de la vista de los investigadores. Sin embargo, el
instrumental seguía detectando su presencia...
A partir de entonces, todos los esfuerzos se concentraron en el perfeccionamiento del
referido proceso de inversión de los swivels. Cuando yo me incorporé al proyecto, el general me
explicó que, con un poco de suerte, en unos pocos años más estaríamos en condiciones de
efectuar las más sensacionales exploraciones... en el tiempo y en el espacio.
Poco tiempo después comprendí el verdadero alcance de sus afirmaciones.
Al multiplicar nuestros conocimientos sobre los swivels y dominar la técnica de inversión de
la materia, apareció ante el equipo una fascinante realidad: «más allá» o al «otro lado» de
nuestras limitadas percepciones físicas hay otros universos (las palabras sólo sirven para
amordazar la descripción de estos conceptos) tan físicos y tangibles como el que conocemos
(?). En sucesivas experiencias, los hombres del general Curtiss llegaron a la conclusión de que
1

Aún hoy y puesto que este sensacional hallazgo no ha sido dado a conocer a la comunidad científica del mundo,
numerosos investigadores y expertos en física cuántica siguen descubriendo y detectando infinidad de subpartículas
(neutrinos, mesones, antiprotones, etc.) que sólo contribuyen a oscurecer el intrincado campo de la física. El día que los
científicos tengan acceso a esta información comprenderán que todas esas partículas elementales que conforman la
materia no son otra cosa que diferentes cadenas de swivel, cada uno de ellos orientado en una forma peculiar respecto
a los demás. Tanto los especialistas que trabajaron en esta operación, como yo mismo, tuvimos que doblegar nuestras
viejas concepciones del espacio euclideo, con su trama de puntos y rectas, para asimilar que un swivel está formado
por un haz de ejes ortogonales que «no pueden cortarse entre sí». Esta aparente contradicción quedó explicada cuando
nuestros científicos comprobaron que no se trataba de «ejes» propiamente dichos, sino de ángulos. (De ahí que haya
entrecomillado la palabra «eje» y me haya referido a hipotéticos ejes.) La clave estaba, por tanto, en atribuir a los
ángulos una nueva propiedad o carácter: el dimensional. (Nota del mayor.)

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Caballo de Troya
J. J. Benítez
nuestro cosmos goza de un sinfín de dimensiones desconocidas. (Matemáticamente fue posible
la comprobación de diez.)
De estas diez dimensiones, tres son perceptibles por nuestros sentidos y una cuarta -el
tiempo- llega hasta nuestros órganos sensoriales como una especie de «fluir», en un sentido
único, y al que podríamos definir groseramente como «flecha o sentido orientado del tiempo».
En ese raudal de información apareció ante nuestros atónitos ojos otro descubrimiento que
cambiará algún día la perspectiva cósmica y que bautizamos como nuestro cosmos «gemelo»1
A mí, personalmente, al igual que al general jefe del proyecto, lo que terminó por
cautivarnos fue el nuevo concepto del « tiempo». Al manipular con los ejes de los swivels se
comprobó que estas entidades elementales no «sufrían» el paso del tiempo. ¡Ellas eran el
tiempo!
Largas y laboriosas investigaciones pusieron de relieve, por ejemplo, que lo que llamamos
«intervalo infinitesimal de tiempo» no era otra cosa que una diferencia de orientación angular
entre dos swivels íntimamente ligados. Aquello constituyó un auténtico cataclismo en nuestros
conceptos del tiempo2.
No fue muy difícil detectar que -por uno de esos milagros de la naturaleza- los ejes del tiempo
de cada swivel apuntaban en una dirección común... para cada uno de los instantes que
podríamos definir puerilmente como «mi ahora». Al instante siguiente, y al siguiente y al
siguiente -y así sucesivamente- esos ejes imaginarios variaban su posición dando paso a
distintos «ahora». Y lo mismo ocurría> obviamente, con los «ahora» que nosotros llamamos

1

Me extenderé poco sobre nuestro «biocosmos» o cosmos gemelo, pero me resisto a ocultar algunas de las
características básicas del mismo. Aquellos análisis humillaron aún más si cabe nuestra soberbia científica. En realidad,
no existe un único cosmos -como siempre habíamos creído- sino infinito número de pares de Cosmos. La diferencia
fundamental detectada entre los elementos de uno y otro (los nuestros, por ejemplo), estriba en que sus estructuras
atómicas respectivas difieren en el signo de la carga eléctrica y que nuestros científicos han llamado y siguen llamando
incorrectamente «materia y antimateria«. Nuestro cosmos gemelo, por ejemplo, presenta las siguientes diferencias:
1)
En sus átomos, la corteza está formada por electrones positivos orbitales y su núcleo por antiprotones
(protones negativos).
2)
Jamás podrán ponerse en contacto ambos cosmos. Tampoco tiene sentido pensar que puedan superponerse ya
que no los separan relaciones «dimensionales». (No hay distancias ni simultaneidad en el tiempo.)
3)
Ambos cosmos poseen la misma masa y el mismo radio, correspondiente a una hiperesfera de curvatura
negativa.
4)
Cada uno goza de singularidades distintas; es decir, en nuestro cosmos gemelo no hay el mismo número de
galaxias ni aquéllas poseen la misma estructura que las «nuestras». No hay, por tanto, otro planeta Tierra gemelo.
5)
Ambos cosmos fueron «creados» simultáneamente, pero sus flechas del tiempo no tienen por qué estar
orientadas en el mismo sentido. (No podemos hablar, en consecuencia, de que dicho cosmos coexiste con el nuestro en
el tiempo o de que existió antes o de que existirá después. Únicamente podemos afirmar que existe.)
Pero quizá lo que más impresionó a nuestro equipo de investigadores fue verificar que ese cosmos gemelo ejerce
una determinada influencia sobre el nuestro..., y presumiblemente -porque esto no ha sido comprobado aún -el nuestro
actúa también sobre aquél. (N. del m.)
2

Las sucesivas verificaciones demostraron, por ejemplo, que el tiempo puede asimilarse a una serie de swivels
cuyos ejes están orientados ortogonalmente con respecto a los radios vectores que implican distancias. Según esto,
descubrimos que puede darse el caso -si la inversión de ejes es la adecuada- que un observador, en su nuevo marco de
referencia, aprecie como distancia lo que en el antiguo sistema referencial era valorado como «intervalo de tiempo». Es
fácil comprender entonces por qué un suceso ocurrido lejos de la Tierra (por ejemplo, en un planeta del cumulo
globular M13, situado a 22 500 anos luz) no puede ser jamás simultáneo a otro que se registre en nuestro mundo. Esto
nos dio la explicación de por qué un objeto que pudiera viajar a la velocidad de la luz acortaría su distancia sobre el eje
de traslación, hasta reducirse a una pareja de swivels. Distancia que, aunque tiende a cero, no es nula como apunta
erróneamente una de las transformaciones del matemático Lorentz. (Quizá pueda referirme en otro apartado de este
relato a lo que descubrimos en torno a la velocidad limite o de la luz, al invertir los ejes de los swivels y pasar, por
tanto, a otros marcos dimensionales.)
Y ya que he mencionado el proceso de inversión de ejes de los swivels, debo señalar que, al principio, muchos de
los intentos de inversión de la materia resultaron fallidos, precisamente por una falta de precisión en dicha operación.
Al no lograr una inversión absoluta, el cuerpo en cuestión -por ejemplo, un átomo de molibdeno- sufría el conocido
fenómeno de la conversión de la masa en energía. (Al desorientar en el seno del átomo de Mo1 un solo nucleón -un
protón, por ejemplo-, obteníamos un isótopo del Niobio-10.) Cuando esa inversión fue absoluta, el protón parecía
aniquilado, pero sin quebrar el principio universal de la conservación de la masa y de la energía. (N. del m.)

41

Caballo de Troya
J. J. Benítez
pasado. Aquel potencial -sencillamente al alcance de nuestra tecnología- nos hizo vibrar de
emoción, imaginando las más espléndidas posibilidades de «viajes» al futuro y al pasado1.
A partir de esos momentos (1966), el proyecto se subdividió en tres ambiciosos programas.
Aunque estrechamente vinculados, los tres equipos se afanaron en la puesta a punto de
otros tantos módulos que nos permitieran la exploración -sobre el «terreno»- en tres
direcciones bien distintas:
En primer lugar, con un «viaje» a otro marco dimensional dentro de nuestra propia galaxia2.
En segundo término, y forzando los ejes del tiempo de los swivels hacia adelante, trasladar
todo un laboratorio -con astronautas incluidos- a nuestro propio futuro inmediato.
Por último, y siguiendo un proceso contrario, situar otro módulo o laboratorio en el pasado
de la Tierra.
Yo fui asignado a este tercer proyecto -bautizado como Caballo de Troya- y a él, y a cuanto
le rodeó basta que fue consumado en enero de 1973, me referiré en esta primera parte del
diario.
Desde 1966 a 1969, nuestro módulo -bautizado entre los miembros del equipo como la
«cuna» a causa de su parecido con dicho mueble- experimentó sucesivas modificaciones, hasta
alcanzar un volumen lo suficientemente grande como para albergar a dos tripulantes.
La atención del reducido grupo de científicos que fuimos seleccionados para la Operación
Caballo de Troya estuvo fija durante muchos meses en la consecución de un sistema que
permitiera una total y segura manipulación de los ejes del tiempo de los swivels de toda la
«cuna», tanto manual como electrónicamente.
Finalmente, y con la colaboración de la Bell Aerosystems Co., de Niagara Falls -la misma
empresa que diseñó y construyó el ML o módulo lunar para el proyecto Apolo- nos hicimos con
un laboratorio de diez pies de alto, con cuatro puntos de apoyo extensibles, de trece pies cada
uno y un peso total de 3000 libras.
A diferencia del módulo del primero de los proyectos que he citado -cuya operación fue
bautizada como Marco Polo- el nuestro no precisaba de un sistema de propulsión. La operación
de inversión de todas las subpartículas atómicas de la «cuna», incluido el recinto geométrico del
mismo, sus ocupantes y la totalidad de los gases, fluidos, etc., que lo integran, podía
efectuarse «en seco»; es decir, sin que el habitáculo y sus pies de sustentación tuvieran que
1

Aunque ya he hecho una ligera alusión a este trascendental descubrimiento, trataré de señalar algunas de las
líneas básicas en lo que a esta nueva definición de «intervalo dc tiempo» se refiere. Como he dicho, nuestros científicos

entienden un intervalo de tiempo «T» como una sucesión de zwivels cuyos ángulos difieren entre 51 cantidades
constantes. Es decir, consideremos en un swivel los cuatro ejes (que no son otra cosa que una representación del
marco tridimensional de referencia), y que no existen en realidad: en otras palabras, que son tan convencionales como
un símbolo aunque sirven al matemático para fijar la posición del ángulo real. Si dentro de ese marco ideal oscila el
ángulo real, imaginemos ahora un nuevo sistema referencial de los ángulos, cada uno de los cuales forma 90 grados
con los cuatro anteriores. Este nuevo marco de acción de un ángulo real y el anteriormente definido, definen
respectivamente espacio y tiempo. Observemos que los «ejes rectores» que definen espacio y tiempo poseen grados de
libertad distintos. El primero puede recorrer ángulos-espacio en tres orientaciones distintas, que corresponden a las tres
dimensiones típicas del espacio; el segundo está «condenado» a desplazarse en un solo plano. Esto nos lleva a creer
que dos swivels cuyos ejes difieran en un ángulo tal que no exista en el universo otro swivel cuyo ángulo esté situado
entre ambos, definirán el mínimo intervalo de tiempo. A este intervalo, repito, lo llamamos «instante». (N. del m.)
2

Como he expresado anteriormente, no puedo sugerir siquiera la base técnica que conduce a la mencionada
inversión de todos y cada uno de los ejes de los swivels, pero puedo adelantar que el proceso es instantáneo y que la
aportación de energía necesaria para esta transformación física es muy considerable. Esa energía necesaria. puesta en
juego hasta el instante en que todas las subpartículas sufren su inversión, es restituida «íntegramente» (Sin pérdidas),
retransformándose en el nuevo marco tridimensional en forma de masa. Los experimentos previos demostraron que,
inmediatamente después de ese salto de marco tridimensional, el módulo se desplazaba a una velocidad superior, sin
que el cambio brusco de la velocidad (aceleración infinita) en el instante de la inversión fuera acusado por el vehículo.
Este procedimiento de viaje como es fácil adivinar- hace inútiles los restantes esfuerzos de los ingenieros y especialistas
en cohetería espacial, empeñados aún en lograr aparatos cada vez más sofisticados y poderosos..., pero siempre
impulsados por la fuerza bruta de la combustión o de la fisión nuclear. (Quizá ahora se empiece a entender por qué no
puedo ni debo extenderme en los pormenores técnicos de semejante descubrimiento...) Al llevar a cabo estos saltos o
cambios de marco tridimensionales observamos con desconcierto que -en el nuevo marco- la velocidad limite o
velocidad de la luz (299 792,4580 más-menos 0,0012 kilómetros por segundo) cambiaba notablemente. Hasta el punto
que la única referencia que puede reflejar el cambio de ejes es precisamente la medida de esa velocidad o constante C.
Tendremos así una familia de valores: C0 C1 C2 C3... C,,, que se extiende desde C0 = 0 (velocidad de la luz nula) a Cn =
infinito, cada una representando a un sistema referencial definido. (N. del m.)

42

Caballo de Troya
J. J. Benítez
moverse del lugar elegido. Nuestro hábitat de trabajo en todos aquellos años (el corazón
salitroso del desierto de Mojave) reunía, además, otro requisito de gran importancia para las
primeras y decisivas experiencias dé la Operación Caballo de Troya. Los informes geológicos
nos tranquilizaron sobremanera al asegurarnos que aquella zona -a pesar de hallarse en el filo
de la placa tectónica norteamericana, de gran actividad telúrica- no había sufrido grandes
cambios desde finales del período jurásico, hace más de 135 millones de años, cuando se
produjo la llamada «perturbación Nevadiana». A pesar de todo y como medida complementaria,
la «cuna» fue provista de un equipo auxiliar de propulsión, consistente en un motor gemelo al
del VIAL en el que yo había trabajado en el año 1964. General Electric nos proporcionó un
motor principal (de turbina a chorro CF-200-2V), que fue montado verticalmente y que permitía
un rápido y seguro movimiento ascensional1.
Estas medidas de seguridad, que fueron muy poco utilizadas, revisten sin embargo una gran
importancia. Una de nuestras obsesiones, mientras iba perfilándose el primer «gran viaje» del
proyecto Caballo de Troya, era acertar con la orografía del terreno elegido para el salto hacia
atrás en el tiempo. Si nuestros informes técnicos erraban en lo que a la configuración física y
geológica del punto de contacto se refería, la inversión de los ejes del tiempo de los swivels
podía resultar catastrófica. La «cuna», por ejemplo, posada en pleno siglo XX en una planicie,
podía quedar desintegrada si «aparecía» -por error- en el interior de una montaña y que en el
pasado podía haber ocupado ese espacio que hoy estábamos utilizando como punto de
contacto.
Por tanto, después de infinidad de cálculos y estudios, los hombres del general Curtiss
aceptamos de buen grado que -salvo contadas excepciones- la fase de inversión debía
provocarse siempre en el aire, en estado estacionario. Una vez localizado electrónica y
visualmente el punto de contacto, la «cuna» podría ser aterrizada con toda comodidad y sin
riesgo alguno de choque o desintegración.
Las primeras pruebas de vuelo de la «cuna», cuyo equipo de inversión de masa fue
suprimido en aquellas fechas por elementales razones de seguridad, fueron llevadas a cabo por
el entonces piloto-jefe de investigaciones del Centro de la NASA en Edwards, Joseph A. Walker,
ya fallecido, y que en los años 1964 y 1965 dirigió y tomó parte en más de 24 vuelos
experimentales del VIAL. Él conocía bien los sistemas de propulsión de los simuladores del
módulo de aterrizaje lunar y su veredicto fue positivo: la «cuna» -a pesar de su destartalado
aspecto- respondía con docilidad.
En 1969, con un centenar de ensayos altamente satisfactorios, el equipo fijó definitivamente
en ochocientos pies la altitud ideal para proceder a la inversión de masa. El tiempo medio
consumido en la operación de despegue y estacionario, antes de la fase de inversión, fue fijado
en cinco minutos.
Al fin, en el otoño de 1969, el general dio luz verde y cuatro de aquellos singulares
astronautas que formábamos el primer equipo de «vuelo al pasado», tuvimos la fortuna de
experimentar hasta un total de seis retrocesos en el tiempo. Todos ellos ejecutados siempre por
parejas y en el estacionario fijado (ochocientos pies de altura), en pleno desierto Mojave.
Ocuparme ahora de estas fascinantes experiencias me llevaría muy lejos de mi verdadero
propósito. Prescindiré, por tanto, de su descripción, porque, además, quedaron minuciosamente
registradas en otros tantos informes, actualmente en poder de la Air Force Office of Special
Investigations y, desgraciadamente, de la DIA (Defense Intelligence Agency).
1

Éste no era otra cosa que un motor a propulsión a chorro J85 al que se le había acoplado un ventilador en la
popa, aumentando así su empuje de velocidad cero desde 2 800 a 4 200 libras. Fue montado en un anillo cardan y
mantenido giroscópicamente, apuntando recto hacia abajo, incluso en el caso de posible inclinación de la «cuna». En las
experiencias previas de aterrizaje. su empuje era regulado exactamente a cinco sextos del peso del módulo.
La restante sexta parte del peso del habitáculo completo fue sostenido por otros dos cohetes auxiliares
ascensionales, regulables, de peróxido de hidrógeno de quinientas libras de empuje máximo cada uno. Fueron
montados en la estructura principal de la «cuna», pudiendo inclinarse con el vehículo. Ocho pequeños motores cohete,
también propulsados por peróxido de hidrógeno, controlaban la posición de la «cuna». Cada cohete de Posición podía
ser accionado por una válvula selenoidal individual del tipo de intervalos. Como si se tratase de un pequeño avión, el
piloto podía controlar el cabeceo por medio del movimiento proa-popa, y el bamboleo por el movimiento derechaizquierda, de una palanca. La «cuna» iba provista, incluso, de pedales que proporcionaban el control de «guiñada»
Tanto la palanca como los pedales fueron conectados eléctricamente con las válvulas selenoidales. (N. del m.)

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Caballo de Troya
J. J. Benítez
Si apuntaré, no obstante, que el delicado sistema de retroceso y ajuste de los ejes del
tiempo de los swivels en las fechas programadas por el equipo resultaron asombrosamente
precisos, gracias a la revolucionaria red de computadores1 que había servido desde un
comienzo para la localización de los swivels y que fueron incorporados al sistema de inversión
de masa.
Como es natural, de poco hubiera servido aquel gigantesco esfuerzo si nuestra tecnología no
hubiera sido capaz de modificar los haces de los swivels -y concretamente los ejes del tiempoforzándolos a los nuevos ángulos. La red de ordenadores, por un complejo procedimiento, llegó
a afinar ese «traslado» de los «ejes» y, en definitiva, del módulo> con un error de «más-menos
dos horas» en las fechas deseadas.
Y al fin llegó el gran día. El general Curtiss nos convocó a una reunión de urgencia.
Los hombres de la Operación Caballo de Troya -siempre bajo el mando de Curtiss- perfilaron
media docena de «viajes», a cual más fascinante. Sin embargo, la lógica y un estricto sentido
del orden hacían poco recomendable la puesta en marcha de varios proyectos a un mismo
tiempo. Había que decidirse por una primera exploración, sin relegar por ello al olvido el resto
de las proposiciones. Tras muchas horas de debate, y por unanimidad, la cumbre de científicos
y especialistas -en sesión de urgencia en la base de Edwards- eligió tres «momentos» de la
historia de la humanidad como posibles e inmediatos candidatos para una elección final. Era el
10 de marzo de 1971.
Los tres objetivos en cuestión fueron los siguientes:
1.º Marzo-abril del año 30 de nuestra era. Justamente, los últimos días de la pasión y
muerte de Jesús de Nazaret.
2.º El año 1478. Lugar: Isla de Madera. Objetivo: tratar de averiguar si Cristóbal Colón pudo
recibir alguna información confidencial, por parte de un predescubridor de América, sobre la
existencia de nuevas tierras, así como sobre la ruta a seguir para llegar hasta ellas.
3.º Marzo de 1861. Lugar: los propios Estados Unidos de América del Norte. Objetivo:
conocer con exactitud los antecedentes de la guerra de Secesión y el pensamiento del recién
elegido presidente Abraham Lincoln.

1

Aunque tampoco considero oportuno desvelar la naturaleza íntima de este formidable conjunto de ordenadores, sí
puedo aclarar que, a diferencia de los sistemas tradicionales de computadores, los utilizados en la Operación Caballo de
Troya no están integrados por circuitos electrónicos. Es decir, por tubos de vacío, componentes basados en el estado
sólido, tales como transistores o diodos sólidos, conductores y semiconductores, inductancias, etc., sino por unos
órganos integrados topológicamente en cristales estables llamados «amplificadores nucleicos». Su característica
principal es que en ellos no se amplifican las tensiones o intensidades eléctricas como en los amplificadores comunes,
sino la potencia. Una función energética de entrada inyectada al amplificador nucleico es reflejada en la salida en otra
función analíticamente más elevada. La liberación controlada de energía se realiza a expensas de la masa integrada en
el amplificador, y el fenómeno se verifica dimensionalmente a escala molecular. En el proceso intervienen los
suficientes átomos para que la función pueda ser considerada macroscópicamente como continua.
En cuanto a la estructura básica de estos superordenadores -y también con carácter puramente descriptivo- puedo
decir lo siguiente:
Los computadores digitales usados corrientemente utilizan generalmente una memoria central de núcleos
magnéticos de ferrita y diversas unidades de memoria periférica, de cinta magnética, discos, tambores, varillas con
banda helicoidal, etc. Todas ellas son capaces de acumular, codificados magnéticamente, un número muy limitado de
bits, aunque siempre se hable de cifras de millones de dígitos. Las bases técnicas, en cambio, de los ordenadores del
proyecto Caballo de Troya -basados en el titanio- son distintas. Sabemos que la corteza electrónica de un átomo puede
excitarse, alcanzando los electrones diversos niveles energéticos que llamamos «cuánticos». El paso de un estado a
otro lo realiza liberando o absorbiendo energía cuantificada que lleva asociada una frecuencia característica. Así, un
electrón de un átomo de titanio puede cambiar de estado en la corteza, liberando un fotón, pero en el átomo de titanio,
como en otros elementos químicos, los electrones pueden pasar a varios estados emitiendo diversas frecuencias. A este
fenómeno lo denominamos «espectro de emisión característico de este elemento químico», que permite identificarlo por
valoración espectroscópica. Pues bien, si logramos alterar a voluntad el estado cuántico de esta corteza electrónica del
titanio, podemos convertirlo en portador, almacenador o acumulador de un mensaje elemental: un número. Si el átomo
es capaz de alcanzar, por ejemplo, doce o más estados, cada uno de esos niveles simbolizará o codificará un guarismo
del cero al doce. Pero una simple pastilla de titanio consta de billones de átomos. Podemos imaginar, pues, la
información codificada que será capaz de acumular. Ninguna otra base macrofísica de memoria puede comparársele.
De momento, no me es lícito explicar cómo conseguimos la excitación de esos átomos del titanio... (N. del m.)

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Caballo de Troya
J. J. Benítez
Cada uno de los proyectos había sido preparado exhaustivamente, hasta en sus más mínimos
detalles. Yo encabezaba y defendí enconadamente el segundo de los «viajes». A través de
numerosas lecturas y contactos con expertos de la universidad de Yale, había llegado al
convencimiento de que Colón no fue el primer descubridor de las tierras americanas y aquélla
era una magnífica oportunidad de conocer la verdad. Pero, tanto el «viaje» a la guerra de
Secesión como a la isla portuguesa de Madera terminaron por ser aparcados, en beneficio del
primero: el traslado en el tiempo al año 30 de nuestra era. A pesar del natural disgusto de los
defensores de los proyectos eliminados, todos reconocimos que el nivel de riesgos era
sensiblemente inferior en el «gran viaje» a la Jerusalén de Cristo que a la guerra de Secesión
estadounidense o al siglo XV. En el caso de la exploración en tiempos de Lincoln, los
astronautas elegidos podían correr evidentes peligros físicos y ni el general Curtiss ni el resto
de los componentes de la Operación Caballo de Troya estábamos dispuestos a poner en juego
la seguridad de nuestros hombres. En cuanto al «viaje» que yo propugnaba, la falta de
precisión en la fecha exacta en que el «prenauta» pudo arribar con su carabela a la isla de
Madera fue determinante. Nuestra aportación histórica, aunque rigurosa, arrojaba un inevitable
margen de error1.
Como un solo hombre, a partir de aquella decisiva y final determinación, los 61 miembros
del equipo Caballo de Troya -de «exploración al pasado»- nos volcamos en la puesta a punto de
la que iba a ser nuestra primera aventura oficial en el tiempo.
No voy a negar que en aquellas semanas que siguieron a mí elección por el general Curtiss
para tripular la «cuna» y «descender» en el tiempo de Jesús de Nazaret, mi estado de ánimo se
vio profundamente alterado. A pesar de la innegable alegría que supuso el formar parte de la
primera pareja de «exploradores» a otro tiempo, la responsabilidad de tan compleja operación
me abrumó y fueron necesarios muchos días para lograr adaptarme y asimilar serenamente mi
compromiso.
Nunca supe con exactitud por qué el jefe del proyecto Swivel me designó para aquel «gran
viaje». Es muy posible que, a la hora de valorar conocimientos y condiciones personales, otros
compañeros deberían haber ocupado mi puesto por un amplio margen de méritos. Curtiss, en
una de las múltiples entrevistas que celebré con él a raíz de mi nombramiento, dejó entrever
que la naturaleza de la exploración exigía, fundamentalmente, la presencia de un hombre
escéptico en materia religiosa. Al contrario de otros muchos miembros del equipo, yo no
militaba en iglesia o movimiento religioso alguno, siendo patente mi carácter agnóstico. Por mí
rígida educación científica y militar, y aunque siempre procuré respetar las creencias e
inclinaciones religiosas de los demás, yo no había sentido jamás la menor necesidad de
refugiarme o de buscar aliento en ideas trascendentales.
¡Qué poco podía imaginar lo que me reservaba el destino! Y tuve que reconocer con el
general que, en efecto, la objetividad era una de las condiciones básicas para desempeñar
aquella «observación» de la historia con un mínimo de rigor.
Mi trabajo en aquel «traslado» al año 30 -al igual que el de mi compañero- exigía la
aceptación y cumplimiento de una norma, que se había convertido en regla de oro para la
totalidad del equipo del proyecto Caballo de Troya: los exploradores no podían -bajo ningún
concepto, ni siquiera el de la propia supervivencia- alterar, cambiar o influir en los hombres,
grupos sociales o circunstancias que fueran el objetivo de nuestras observaciones o que,
sencillamente, pudieran surgir en el transcurso de las mismas. Cualquier vacilación a la hora de
asumir esta premisa principal era motivo de una fulminante expulsión del grupo de
exploradores. Este hecho inviolable presuponía ya una absoluta objetividad en los
observadores. No obstante, el general, en un rasgo de sutil prudencia, prefirió que -en nuestro
caso- la objetividad fuera de la mano de una especial asepsia en materia religiosa.
Como es fácil comprender, un medio tan poderoso como la manipulación de los ejes del
tiempo de los swivels podría ser sumamente peligroso, de caer en manos de individuos sin
1

Tomando como referencia -más que probable- la fecha de 1478 para el asentamiento de Cristóbal Colón en la isla
de Madera, donde su suegra regentaba una taberna, y de acuerdo con los testimonios de Las Casas y de la leyenda
taina, era muy posible que los misteriosos «predescubridores» de América hubieran visitado las islas del Caribe
(especialmente La Española) en los meses inmediatamente anteriores a dicha fecha. Quizá en 1476 o 1477. Hubiera
sido; por tanto, en ese año de 1478 cuando pudo producirse el retorno de los involuntarios «descubridores» hacia
Europa, con una fortuita escala en la referida isla portuguesa. (N. del m.)

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Caballo de Troya
J. J. Benítez
escrúpulos o con una visión fanática y partidista de la historia. En las seis primeras inversiones
de masa que fueron practicadas con carácter puramente experimental en el desierto de Mojave
pudo comprobarse que el trasvase del módulo y de los pilotos a otras fechas remotas no
afectaba a la naturaleza física de los mismos ni tampoco al psiquismo o a la memoria de los
tripulantes. Estos, mientras duró el «salto hacia atrás», fueron conscientes en todo momento
de su propia identidad, recordando con normalidad a qué época pertenecían. En el grupo se
discutió a fondo y con toda honestidad las gravísimas repercusiones que hubiera entrañado
para una persona, o para una colectividad, la trágica circunstancia de que «alguien» de una
época pasada pudiese resultar muerto en un enfrentamiento, por ejemplo, con alguno de
nuestros exploradores. Si el principio causa-efecto respondía a una realidad, los resultados
históricos podían ser funestos.
De ahí que nuestra misión -por encima de todo- sólo podía aspirar a la observación y análisis
de los hechos, personajes o épocas elegidos. Y no era poco...
Por fortuna para el proyecto Caballo de Troya, nuestras relaciones con el Estado de Israel
eran inmejorables, en especial a partir de la guerra de los Seis Días. Era primordial para la
ejecución del «gran viaje» que la «cuna» pudiera ser trasladada a Palestina y ubicada en el
«punto de contacto» elegido. Todo ello -además- sin levantar sospechas. Pero poco puedo
referir sobre estas gestiones, que pesaron íntegramente sobre las espaldas del general Curtiss.
Sólo al final, cuando apenas faltaban dos meses para la cuenta atrás, los más allegados al jefe
del proyecto supimos de los obstáculos surgidos, de las duras condiciones impuestas por el
Gobierno de Golda Meir y de los fallidos pero irritantes intentos de la CIA por hacerse con el
control de la operación.
Aquellos combates en la oscuridad de los despachos y de la burocracia estatal pasaron
inadvertidos para mi y para el resto del equipo, enfrascados en la última fase de los
preparativos de la aventura. (Ahora doy gracias al Cielo por esta supina ignorancia...)
El resto de 1971, así como la casi totalidad de 1972, mi centro de operaciones cambió
notablemente. Durante esos dos años, mi tiempo se repartió entre el pueblecito de Malula, la
universidad de Jerusalén y la base de Edwards. La Operación Caballo de Troya contemplaba dos
fases perfectamente claras y definidas.
Una primera, en la que el módulo sufriría el ya conocido proceso de inversión de masa,
forzando los ejes del tiempo de los swivels hasta el día, mes y año previamente fijados. En este
primer paso, como es lógico, mi compañero y yo permaneceríamos a bordo hasta el «ingreso»
en la fecha designada y definitivo asentamiento en el Punto de contacto.
La segunda -sin duda la más arriesgada y atractiva- obligaba al abandono de la «cuna» por
parte de uno de los exploradores, que debía mezclarse con el pueblo judío de aquellos tiempos,
convirtiéndose en testigo de excepción de los últimos días de la vida de Jesús el Galileo. Ese era
mi «trabajo».
Este cometido -en el que no quise pensar hasta llegado el momento final- me obligó durante
esos años a un febril aprendizaje de las costumbres, tradiciones más importantes y lenguas de
uso común entre los israelitas del año 30.
Buena parte de esos 21 meses los dediqué a la dura enseñanza de la lengua que hablaba
Cristo: el arameo occidental o galilaico. Siguiendo los textos de Spitaler y de su maestro en la
universidad de Munich, Bergsträsser, no fue muy difícil localizar los tres únicos rincones del
planeta donde aún se habla el arameo occidental: la aldea de Ma’lula, en el Antilibano, y las
pequeñas poblaciones, hoy totalmente musulmanas, de Yubb'adin y Bah'a, en Siria1.
Y aunque el árabe ha terminado por saltar las montañas del Líbano, contaminando el
lenguaje de los tres pueblos, la fonética y morfología siguen siendo fundamentalmente
arameas.
1

Como información complementaria puedo añadir que el acceso a la aldea de Ma'lula -al menos en los años 1971 y
1972- podía efectuarse por la carretera de Damasco a Homs. Al alcanzar el kilómetro cincuenta hay que tomar un
desvío a la izquierda. Tras remontar nueve kilómetros de pendiente aparece ante la vista un monasterio católico de
monjes basilios. Al pie de ese monasterio se encuentra Ma'lula, con sus escasos mil habitantes. Toda la población era
católica. La iglesia está a cargo de un sacerdote libanés que habla árabe. En esta lengua, precisamente, se desarrolla la
liturgia, aunque el lenguaje del pueblo es el arameo occidental, muy mezclado ya por el propio árabe y otras palabras y
expresiones turcas, persas y europeas. (N. del m.)

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Caballo de Troya
J. J. Benítez
Una oportuna documentación que me acreditaba como antropólogo e investigador de
lenguas muertas por la universidad de Cornell, me abrió todas las puertas, pudiendo completar
mis estudios en la universidad de Jerusalén. Allí contrasté mis conocimientos del arameo
galilaico, aprendido entre las sencillas gentes del Antilíbano, con otras fuentes como el Targum
palestino y el arameo literario de Qumrán, el nabateo y palmireno.
Por último -como complemento- mi preparación se vio enriquecida con unas nociones básicas
pero suficientes del griego y el hebreo míshnico, que también se hablaban en la Palestina de
Cristo.
Recorrí infinidad de veces los llamados por los católicos Santos Lugares, aunque era
consciente de que aquel reconocimiento del terreno de poco iba a servirme a la hora de la
verdad...
Tampoco quise profundizar excesivamente en los textos bíblicos en los que se narra la
pasión, muerte y resurrección del Salvador. Por razones obvias, preferí enfrentarme a los
hechos sin ideas preconcebidas y con el espíritu abierto. Si mi obligación era observar y
transmitir la verdad de lo que ocurrió en aquellos días, lo más aconsejable era conservar
aquella actitud limpia y desprovista de prejuicios.
Al retornar a la base de Edwards, a finales de 1972, todo eran caras largas. Pronto supe -y la
confirmación final llegó de labios del propio Curtiss- que, a pesar de las gestiones, al más alto
nivel, el Gobierno israelí no daba su autorización para la entrada en su país de la «cuna» y del
resto del sofisticado equipo. Lógicamente, tenían derecho a saber de qué se trataba y el jefe del
proyecto Caballo de Troya tampoco había dado facilidades para solventar este extremo de la
cuestión.
El más estricto sentido de la seguridad, sin embargo, hacia inviable que el general pudiera
advertir a los israelitas sobre la auténtica naturaleza de la operación. ¿Qué podíamos hacer?
Después de un agitado diciembre -en el que, sinceramente, llegamos a temer por el éxito del
«gran viaje»- el Pentágono, siguiendo las recomendaciones de Curtiss, planeó una estrategia
que doblegó a los judíos. Desde 1959, tanto la Unión Soviética como nuestro país venían
desarrollando un programa secreto de satélites espías destinados a una mutua observación de
todo tipo de instalaciones militares, industriales, agrícolas, urbanas, etc. Estos «ojos volantes»
fueron ganando en penetración, especialmente a partir de los llamados «satélites de la tercera
generación» en 1966. En una cuarta generación, el Pentágono con la colaboración de empresas
especializadas en fotografía (la Eastman Kodak, la Itek Corporation y la Perkin-Elmer) había
conseguido situar en órbita un nuevo modelo de satélite (la serie Big Bird), cuyo instrumental
era capaz de fotografiar, a 150 kilómetros de altura, los titulares del periódico de un hombre
que estuviera sentado en la plaza Roja de Moscú. A pesar de la gran reserva del National
Reconnaissance Office -un departamento especializado y responsable de este tipo de
informaciones, con sede en el propio Pentágono- algunas de las características del Big Bird
terminaron por filtrarse entre los servicios de Inteligencia de otros países. El Gobierno de Golda
Meir había presionado en numerosas ocasiones para que la precisa red de nuestros satélites
espías pudiera proporcionarles información gráfica de los movimientos de tropas, asentamiento
de rampas, nuevas construcciones, etc., de los países árabes. Pues bien, aquélla fue nuestra
oportunidad.
Desde hacia aproximadamente año y medio -desde comienzos de 1971- el Pentágono había
empezado a trabajar en un nuevo diseño de satélites Big Bird: el KH II.
Curtiss, previa autorización del Alto Estado Mayor del Ejército de los Estados Unidos y tras
entrevistarse personalmente con el presidente Nixon y el secretario de Estado Kissinger, voló
nuevamente a Jerusalén. Esta vez si ofreció a la primer ministro, Golda Meir, y a su ministro de
la Guerra, el legendario Moshe Dayan, una explicación «satisfactoria»: dentro del más riguroso
de los secretos, EE.UU. deseaba colaborar con el país amigo -Israel- montando un laboratorio
de recepción de fotografías para sus Big Bird. De esta forma, los judíos podían disponer de un
rápido y fiel sistema de control de sus enemigos y mi país, de una nueva y estratégica estación,
que ahorraba tiempo y buena parte de la siempre engorrosa maniobra de recuperación de las
ocho cápsulas desechables que portaba cada satélite y que eran rescatadas cada quince días en
las cercanías de Hawai. Desde un punto de vista puramente militar, la Operación resultaba,
además, de gran interés para los Estados Unidos, que podían así fotografiar a placer franjas tan
«inestables» (políticamente hablando) como las de las fronteras de la URSS con Irán y
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Caballo de Troya
J. J. Benítez
Afganistán y otras zonas de Pakistán y del Golfo Pérsico, pudiendo recibir cientos de negativos
en la nueva estación «propia» (la israelita), a los tres minutos de haber sobrevolado dichas
áreas1.
Gracias a este sutil engaño, el general Curtiss y parte del equipo del proyecto Caballo de
Troya, conseguían aterrizar a primeros de enero de 1973 en Tel Aviv. Para evitar sospechas, y
de mutuo acuerdo con el Mossad (servicio de Inteligencia israelí), la USAF acondicionó un avión
Jumbo, en el que habían sido eliminados los asientos, cargando en sus cabinas diez toneladas
de instrumental «altamente secreto». Del falso reactor de pasajeros, camuflado, incluso, con
los distintivos de la compañía judía El Al, descendió un nutrido grupo de aparentes y pacíficos
turistas norteamericanos. Era el 5 de enero.
Lo que nunca supieron los sagaces agentes del servicio de Inteligencia israelí es que
mezclada con el material para la estación de recepción de fotografías vía satélite, viajaba
también nuestra «cuna»
El plan de Curtiss era sencillo. En un minucioso estudio elaborado en Washington por el
CIRVIS (Communication Instruction for Reporting Vital Intelligence Sightings)2, con la
colaboración del Departamento Cartográfico del Ministerio de la Guerra de Israel, la instalación
de la red receptora de imágenes del Big Bird debía efectuarse en un plazo máximo de seis
meses, a partir de la fecha de llegada del material. Los especialistas debían proceder -en una
primera etapa- a la elección del asentamiento definitivo. Los militares habían designado tres
posibles puntos: la cumbre del monte Olivete o de los Olivos -a escasa distancia de la ciudad
santa de Jerusalén-; los Altos del Golán, en la frontera con Siria, o los macizos graníticos del
Sinaí.
Astutamente, el general Curtiss había hecho coincidir la primera de las posibles ubicaciones
de la estación receptora con nuestro punto de contacto para el «gran viaje». Mucho antes de
que el Gobierno de Golda Meir obstaculizara la marcha de nuestra operación, los especialistas
del proyecto Caballo de Troya habían estimado que el referido monte Olivete era la zona
apropiada para la toma de tierra de la «cuna». Su proximidad con la aldea de Betania y con
Jerusalén la habían convertido en el lugar estratégico para el «descenso». Y aunque los
israelitas mostraron una cierta extrañeza por la designación de aquella colina, como la primera
de las tres bases de experimentación, parecieron bastante convencidos ante las explicaciones
de los norteamericanos. Israel se veía envuelto aún en numerosas escaramuzas con sus
vecinos, los egipcios y sirios. De haber iniciado la instalación de la estación receptora por el
Sinaí o por el Golán, los riesgos de destrucción por parte de la aviación enemiga hubieran sido
muy altos.
Era necesario ganar tiempo y -sobre todo- adiestrar a los judíos en el manejo de los equipos
con un amplio margen de seguridad y sin sobresaltos.
Una vez localizado el asentamiento ideal, verificados los numerosos controles e instruidos los
israelitas, el laboratorio entraría en la fase operativa, compartido siempre por ambos países.
Eso suponía, según todos los indicios, un plazo de tiempo más que suficiente para nuestro
trabajo.
Los judíos, en suma, aceptaron con excelente sumisión los consejos de los norteamericanos
y colaboraron estrechamente en el transporte y vigilancia de los equipos.
Los hombres de la Operación Caballo de Troya estaban de acuerdo desde mediados de 1972
en que el «punto de contacto» debía ser la pequeña plazoleta que encierra la mezquita
octogonal llamada de la Ascensión del Señor. El alto muro que rodea la reliquia de la época de
las cruzadas era el baluarte perfecto para esquivar las miradas de los curiosos. Curtiss, con el
resto del grupo, habían previsto hasta los más insignificantes detalles. La experiencia fue fijada
1

La serie de satélites artificiales Big Bird o Gran Pájaro -y en especial el prototipo KH II- pueden volar a una
velocidad de 25 000 kilómetros por hora, necesitando un total de 90 minutos para dar una vuelta completa al planeta.
Como ésta oscila ligeramente durante ese lapso de tiempo (22 grados, 30 minutos), el Big Bird sobrevuela durante la
vuelta siguiente una banda diferente de la Tierra y vuelve a su trayectoria original al cabo de 24 horas. Si el Pentágono
«descubre« algo de interés, el satélite puede modificar su órbita, alargando el tiempo de revolución durante algunos
minutos y haciéndolo descender a órbitas de hasta 120 kilómetros de altitud. Una diferencia de un grado y treinta
minutos, por ejemplo, cada día, permite cubrir cada diez días una zona conflictiva, sobrevolando todas sus ciudades y
zonas de «interés militar». Posteriormente, el Big Bird es impulsado hasta una órbita superior. (N. del m.)
2

Instrucciones de Comunicación para Informar Avistamientos Vitales de Inteligencia. (N. del t.)

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Caballo de Troya
J. J. Benítez
inexcusablemente para el día 30 de enero de 1973. Era el momento perfecto por varías
razones: en primer lugar, porque el montaje de los equipos electrónicos de la estación
receptora del Big Bird debería iniciarse entre el 20 y 25 de ese mismo mes de enero. En
segundo término, porque, en esas fechas, la afluencia de peregrinos a los Santos Lugares
experimentaría un notable descenso. Por último, porque el grupo deseaba honrar así la
memoria de uno de los hombres más grandes de la humanidad: Mahatma Gandhi. Justamente
en ese 30 de enero de 1973 se celebraría el 25 aniversario de su muerte.
Por supuesto, la razón primordial era la primera. Caballo de Troya necesitaba una semana
para el ensamblaje y chequeo general de la «cuna». El general Curtiss, a la hora de redactar el
proyecto de instalación del laboratorio receptor de fotografías vía satélite, había impuesto una
condición que fue entendida y aceptada por Golda Meir y su gabinete: dado el carácter
altamente secreto de los scanners ópticos utilizados y de algunos elementos electrónicos, el
montaje del instrumental debería correr a cargo -única y exclusivamente- de los
norteamericanos. La seguridad y vigilancia interior de la estación, mientras durase esta fase,
sería misión ineludible de los Estados Unidos. El Gobierno de Israel tendría a su cargo la
protección exterior, pudiendo participar en el proyecto una vez ultimado dicho ensamblaje. Esta
argucia no tenía otra justificación que mantener alejados a los judíos, permitiéndonos así el
desarrollo completo de nuestro verdadero programa.
El salto en el tiempo -programado, como digo, para el martes, 30 de enero- había sido
limitado a un total de once días. Caballo de Troya disponía, por tanto, de un máximo de tres
semanas para la puesta a punto de la «cuna», para la ejecución de la aventura propiamente
dicha y para el no menos delicado retorno.
Varios días antes de que el falso grupo de turistas norteamericanos partiese de EE. UU. con
destino a Tel Aviv, Moshe Dayan había dado las órdenes oportunas para que su servicio secreto
activase una minioperación, de escasa envergadura, pero vital para la «toma de posesión» de
la citada mezquita de la Ascensión. Era preciso que nuestros técnicos pudiesen trabajar en el
interior de dicha plazoleta, sin levantar sospechas entre la población y mucho menos entre los
musulmanes, responsables del culto en el tabernáculo octogonal que se levanta en el centro del
recinto.
En aquellos días, tanto la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), como los
servicios secretos egipcios (el Mukhabarat el Kharbeiyah), en perfecta conexión con los agentes
soviéticos que todavía operaban en El Cairo, habían desplegado una intensa oleada terrorista en
Israel. Las bombas «postales» estaban de moda y raro era el día en que no se detectaba o
estallaba uno de estos mortíferos artefactos en Jerusalén, Tel Aviv o en el resto del país.
(Justamente la víspera de nuestra operación -29 de enero- se recibieron en distintas
dependencias y organismos de la ciudad de Jerusalén un total de nueve de estas bombas
«postales».)
El plan del eficacísimo servicio secreto israelí (El Mossad) se consumó en la tarde del 1 de
enero. Una pareja de jóvenes agentes, con todo el aspecto de turistas, «olvidó» un sospechoso
maletín junto a los recios muros del tabernáculo de la Ascensión. El propio Mossad se encargó
de dar la alarma y en cuestión de minutos, la plazoleta y el octógono fueron desalojados,
mientras un equipo de especialistas en desactivación de explosivos se encargaba de
«inspeccionar» y hacer estallar allí mismo el paquete-bomba de los supuestos terroristas. El
suceso, dada la naturaleza del lugar y previo acuerdo con los responsables de la custodia de los
Santos Lugares, fue ocultado a los medios informativos.
Tal y como habían previsto los israelitas de Dayan, la explosión apenas si provocó daños en
las paredes exteriores de la mezquita. Sin embargo, en una rutinaria pero obligada inspección
del resto del octógono, agentes del Mossad -haciéndose pasar por arquitectos de la División de
Zapadores del Ejército- «descubrieron» y enseñaron a los custodios del lugar unas placas o
radiografías de los cimientos de la cara este de la mezquita, seriamente afectados por el
atentado. Aquello dejó confundidos a los musulmanes. Pero El Mossad lo tenía todo previsto. En
un gesto de «buena voluntad» -y ante el desconcierto de los árabes- el vicepresidente judío,
Ygal Allon, convocó a los responsables de la mezquita, informándoles que el Gobierno había
tomado la decisión de reparar los daños, «como muestra de buena fe». La inminente
proximidad de la Pascua judía y de la Semana Santa católica justificó a las mil maravillas las
inusitadas prisas del Gobierno de Golda Meir por acometer la reparación del monumento. Nadie

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