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El Diario de Gina Una Chica Facil Tomo 11 .pdf



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Copyright © 2013 by Georgina Belart

Tomo 2

19.- Mi chico “NOVATO”

21 años, ojos marrones, 177 cm.
Madrid (España)
Busco una mujer entre 18 y 25 años
Estado civil:

Soltero

Hijos:

No

Silueta:

Normal

Estatura:

177 cm.

Color del cabello:

Castaño

Profesión:

Estudiante de Medicina

Hobbies:

Cine, teatro, leer, bailar…

Salidas:

Con los amigos y las amigas

“Juventud, divino tesoro”… ¿Quién no ha escuchado alguna vez
esa frase? ¿Quién no la ha pronunciado? La vida nos lleva para
adelante y a partir de cierta edad la percepción del paso del
tiempo se apodera de nosotras como una mochila pesada y ya
no nos abandona nunca. Esa circunstancia suele acentuarse
sobretodo cuando tienes hijos… Entonces tu sensación de vivir
en una carrera vertiginosa ya no es que se acentúe, es que te
come…
Una puede, y lo digo con plena convicción, sentirse joven hasta
los… ¿50 años? ¿60? ¿70?... Sin duda… Pero en esa
consideración van factores de actitud y vivenciales que la
hacen cierta pero sólo relativamente. Con los años puedes
mantener vivas la ilusión, la alegría, el ímpetu, las ganas de
vivir, tu entusiasmo por jugar, tu sexualidad… Y sí, pero hay algo
que, independientemente de la notable capacidad energética o
fortaleza que a los 20 años tenemos y que luego vamos
perdiendo poco a poco, acaba fijando la base de esa sentencia
con la cual abría este capítulo: “… divino tesoro”. ¿Qué es? Si
nos paramos a pensarlo se trata de la clara y asumida falta de
obligaciones que afecten a tu supervivencia inmediata o,
quizás, que involucren a otras personas a medio o largo plazo.
No hace mucho veía una película en que un padre le explicaba
a su hija adolescente: “El día que naciste te cogí en brazos por
primera vez y sentí a la vez una inmensa felicidad y un miedo
atroz. El motivo de mi alegría era evidente, pero tardé en
entender la causa de mi pavor. Y es que cuando apareciste en
mi vida me di cuenta de que ya nunca más nada de lo que
hiciera dejaría de ser importante.”

Ese lema tan popular hoy en día, el que implica la voluntad del
“carpe diem”, del vive el instante sin preocuparte de lo que
vendrá después, ¿realmente lo podemos asumir quienes somos
madres o padres? ¿Lo podemos aplicar quienes precisamos de
unos ingresos mínimos para sobrevivir? ¿Podemos…?
No quiero entrar de ninguna manera a valorar o emitir juicios
de valor de cómo vive o quiere vivir la juventud actual. Con el
pastel que les hemos dejado me parecería de mal gusto el
hecho de tan solo atreverme. Con eso mis planteos no pueden
ni deben partir de otra cosa que no sea una hipótesis muy
cercana en su asiento en aquello que yo viví cuando mi etapa
adolescente se fue jubilando para dar paso a mi primera
juventud. Con esa premisa, si pienso en ello las tres primeras
palabras que vienen a mi mente son: ilusión, ignorancia e
inocencia. Y sí, siento como esas tres “i” dibujaban el marco de
mi vida cuando era eso, muy joven. ¿La ilusión? Toda y más…
Por gozar de esa desconocida libertad, por amar y ser amada,
por comerme el mundo y llegar a ser alguien muy importante,
por… ¿Ignorancia? Uy, ¡tanta! Recuerdo esa percepción de
pensar que lo sabía todo para luego encarar una y otra vez las
cosas como una niña de parvulitos metida en secundaria…
¿Inocencia? ¿Qué os voy a decir? En esas edades estás tan
convencida de que todo el mundo que te rodea es bueno, de
que todas tus decisiones son acertadas, de que…
Ya he hecho demasiadas referencias sobre la inexistente
educación sexual en las sociedades contemporáneas
consideradas progresistas y no quiero volver a insistir. Aun así,
no puedo encarar el perfil del personaje de esta historia sin
incidir en el tema aunque sea levemente. Sobre la cuestión

habrá mucha literatura escrita y seguramente mejor que la que
voy a citar, pero para mí ese libro marcó un referente claro de
cómo podrían funcionar las cosas en una cultura que liberara
totalmente sus tabús. Me estoy refiriendo a la novela “La isla
de las tres sirenas”, de Irving Wallace, un libro donde se
presenta una sociedad que creció fuera de todo influjo desde el
siglo XVII. En la citada isla los chicos y las chicas eran educados
desde la adolescencia para descubrir y usar óptimamente su
sexualidad. La educación sexual se concebía como algo a
desarrollar naturalmente tanto el ámbito teórico como en la
vertiente práctica. Al cumplir los dieciséis años los y las jóvenes
eran iniciados en los placeres sexuales por tutoras y tutores
expertas y expertos en el tema. En esa cultura se educaba para
una vida sexual rica y sana hasta el punto de cimentar sus
inicios.
Y sí, lo sé, acabo de plantear una utopía imposible de plantear
en cualquiera de las civilizaciones conocidas, pero… ¡Es que
estamos tan lejos!
En esta ocasión no puedo decir que conocí a Novato a través
del portal de encuentros, aunque si fuera ese el camino que
abrió la puerta a la historia que os voy a contar. Yo conocía a
ese chico de hacía ya mucho tiempo, tanto como años… Él era
uno de los hijos de un compañero de trabajo de mi padre y nos
habíamos cruzado en muchas y diversas actividades familiares
que se dieron durante casi dos décadas. Le vi crecer al tiempo
que él era testigo de cómo me iba haciendo una mujer.
Evidentemente, si valoramos la diferencia de edades, no puedo
contaros que éramos amigos de la infancia, pero si puedo

afirmar que como mínimo un vínculo de simpatía se había
establecido.
Cuando vi su toque en el portal y descubrí quien era me quedé
muy sorprendida: “Hola, Gina. Buscando en los perfiles de
chicas te descubrí y no podía dejar de saludarte. ¿Cómo
estás?” Tardé un día en responderle pues de alguna manera,
tonta de mí, el hecho de que me hubiera encontrado allí me
provocaba cierta vergüenza. Pero al final, claro, no podía ser
maleducada. Aun así, recuerdo que antes me fijé en que no
estaba conectado y, al comprobarlo, intenté ser breve…
“Hombre, Novato, ¿cómo tú por aquí? Yo estoy muy bien, ¿y
tú? Aunque mis padres me cuentan a veces cosas de tu familia
hace ya mucho que no nos vemos, ¿verdad?...” Pero el destino
quiso que, antes de acabar mi última frase me diera cuenta de
que el destinatario de mi mensaje ya estaba online y
comenzaba a responderme… Y chateamos…
Comenzamos hablando, claro, de nuestras respectivas familias
y recordando anécdotas vividas en los muy numerosos
encuentros que habíamos tenido. Novato tenía por aquel
entonces veintiún años y yo…¡ya 30 cumplidos! Pertenecíamos
a generaciones diferentes pero en aquello que escribíamos y se
imprimía en las pantallas no se podía vislumbrar otra cosa que
una conversación abierta y confiada entre dos personas
jóvenes pero ya muy adultas… ¿Muy adultas? Sí, con eso me
refería evidentemente a las capacidades para llevar a cabo un
diálogo profundo y bien argumentado. Y así, sin proponérnoslo,
acabamos por hablar de nosotros. El origen de ello ya os lo
podéis imaginar: ¿qué hacíamos en ese portal?

Según me contó Novato estaba estudiando tercero de medicina
y se había apuntado al portal después de mucho reflexionar y
de darse cuenta de que detrás de los estudios se estaba
perdiendo muchas cosas que por su juventud debería haber
estado viviendo ya hacía mucho. Tenía su grupo de amigos y
amigas, claro, y con ellos y ellas salía de vez en cuando, pero si
miraba para atrás su vida amorosa se había reducido a dos
“novias” que tuvo cuando aún podía considerarse un
adolescente…
-

¿Eres virgen aún? – no pude evitar preguntarle.

-

Pues… Sí. – tardó en escribir.

-

Jo, cuesta creerlo, - medité mi respuesta – pero no te
preocupes. Eres un chico muy majo y seguro que
cuando te decidas tendrás cola de chicas para hacerte
feliz…

-

¿Un chico muy majo? Ja, ja ja… -fue su replica – Y eso,
¿qué significa?

Si os cuento que en aquel, nuestro primer chat, estuvimos más
de dos horas seguramente no estaré exagerando. La verdad es
que ambos nos encontrábamos muy cómodos dialogando y así
estuvimos hasta que Novato me sorprendió con su propuesta
de…
-

Oye, ¿por qué no quedamos un día para salir por ahí.
Me encantaría volver a verte.

-

Uy, ¿tú crees? – no pude evitar la duda – Mira que te
llevo nueve años…

-

Anda ya, - me respondió – No me vengas con tonterías.
Si salimos será simplemente como amigos, ¿Y? Y
aunque no fuera así, ¿qué pasaría? ¿Es que sólo los
hombres pueden salir con mujeres más jóvenes?

Ahí me pilló, claro. Tenía toda, todísima la razón. Recordé mi
relación cuando era poco más joven que él con mi abogado y…
¡Me llevaba más años!
Y así fue que decidimos tener una cita. ¿Cómo amigos? Sí, eso
pensábamos, a eso íbamos.
Quedamos un viernes por la tarde. Yo tenía que ir de compras
por el centro de Madrid y le propuse que me acompañara. Al
reencontrarnos nos fundimos en un fuerte abrazo y con besos
en las mejillas sellamos nuestra alegría de vernos. Él estaba
cambiado, muy cambiado. La última vez que lo había visto era
un auténtico adolescente pero de eso ya casi no quedaban
rastros, pues a aquel chico con el que me había citado se le
veía, al menos físicamente, como un hombre hecho y derecho.
Es curioso pero cuando recuerdo aquel paseo con Novato mi
sensación apunta a que ya desde un principio se dio un feeling
especial que nos hacía actuar tal como si fuéramos pareja.
Entrábamos en las tiendas de ropa femenina y con cada cosa
que me probaba abría la cortina del probador para pedir su
opinión, paseábamos entre comercio y comercio y
charlábamos de nuestras intimidades, nos reíamos de nuestras
tonterías… Finalmente, cuando ya terminé de comprar lo que
buscaba, sin pensarlo dos veces le agarré de la mano y le dije:
-

Te invito a cenar, ¿Te apetece?

-

Vale, pero si me dejas hoy pagar a mí. – me respondió.

Y cogidos de la mano seguimos cruzando calles hasta que
llegamos a un restaurante gallego donde yo sabía que se comía
bien y barato. Si pagué yo o pagó él no debería ser muy
relevante, pero para quien sienta curiosidad os contaré que
finalmente pagamos a medias.
Podría entretenerme en cómo se desarrolló nuestra primera
cena juntos pero no viene al caso. Si os diré que en ella se
conservó la dinámica de amistad y complicidad que llevábamos
manteniendo toda la tarde y que, ya una vez finalizamos, nos
despedimos en la puerta del restaurante. Y ahí sí que me paro,
pues en los lazos del abrazo usual Novato me miró a los ojos de
una forma especial o fui yo quien le miró a él o… No sé bien
qué pasó ni podría jurar que no fui yo quien hice el primer
acercamiento, la cuestión es que en el desfile final de las
despedidas se coló de forma improvisada un beso. Y sí, fue ese
un beso inocente y muy corto y superficial, uno de esos
piquitos que se suelen dar a los hijos, a… Ya, pero no… No
tocaba y creo que a ambos nos sorprendió por igual.
De camino a casa en mí se cocían un sinfín de contradictorios
sentimientos. Por un lado estaba enfadada conmigo misma
pues, si lo pensaba bien, Novato no sólo era mucho más joven
que yo, sino que además, ¡era el hijo de unos amigos de mis
padres! Por otra parte, me había sentido tan a gusto con
Novato y… Jolines, en mis labios sentía aun ese ligero pero
intenso roce de los suyos y… La sensación me gustaba…
Estaba metida de lleno en mis cavilaciones cuando sonó el
timbre de mi móvil. Era un mensaje, un sms que me había

enviado Novato. En él me escribía: “Perdona lo del beso. Pensé
que tú…” Tan pronto lo leí decidí llamarle…
-

Hola… – me contestó – Nada, que me marché y me
quedé preocupado, pues pasé una tarde estupenda
contigo y luego… Uf.

-

No te preocupes, de verdad. – le respondí – Fue un
beso inocente y, si lo iniciaste tú yo lo correspondí… Y
si lo comencé yo tú me respondiste… ¿Verdad?

-

Sí. ¡Gracias! – le noté más tranquilo – Y, ¿entonces?
¿Querrás quedar otro día conmigo?

-

Claro que sí, bobito. – le confirmé - Mañana mismo, si
quieres. ¿Te vienes a cenar a mi casa? ¡Te invito!

Una no sabe si a veces decimos las cosas sin pensar o
simplemente valoramos en un instante lo que sentimos para
decir aquello que no pensábamos decir… ¡Uau! Vaya parrafada
que acabo de soltar. Y bueno, fuera como fuera hasta que no
colgué el teléfono no analicé lo que acababa de decir. ¿Una
nueva cita? ¿Y en mi casa?
Que dura suele ser a veces la lucha entre lo que anhelas hacer
y lo que piensas debes hacer. En un lado del ring la razón, con
calzones rojos abanderados por un “debes anular la cita”. En el
otro el corazón, que luce pantalón verde y apela al “no pasará
nada” para esconder las ganas de que pase. ¿Quién ganó el
combate? Conociéndome como creo que ya me conocéis creo
que sabéis muy bien la respuesta.

Si os fijáis en el índice podréis comprobar que éste es el último
capítulo con un perfil y un personaje. Debo deciros que, de la
misma manera que cuidé muy mucho la elección de aquellos
hombres que ocuparon las primeras páginas de mi diario, me
guardé para el final una de las vivencias más hermosas que
tuve durante el periodo donde se inscribe este libro.
En la historia de la humanidad el tema de la preservación de la
virginidad femenina hasta el matrimonio ha sido y aún es, si
viajamos a determinadas culturas o países, una cuestión casi de
Estado. La preservación , la conservación, la protección… La
virginidad fue y es aun para algunos un símbolo de pureza en la
mujer. Pero, ¿es la rotura del himen lo que ha hecho que a las
mujeres nos hayan condicionado a no vivir el sexo en las
mismas condiciones que un hombre? Venga ya… Hablamos de
una causa machista y nada más. Y pues, ¿por qué nadie habló
nunca de la perdida de la virginidad del hombre? Durante siglos
se iniciaba a los hijos varones con la utilización de prostitutas
mientras a las hijas no las dejaban casi ni salir solas… De esta
forma, se suponía que la mujer debía estrenarse con el “ser
amado” y el hombre con “una cualquiera”.
No, ya sé que puede parecer que vuelvo a desviarme, pero no.
Con mis consideraciones lo que quiero expresar es que siempre
se tuvo a ese tema clasificado como un acto relacionado
puramente con lo físico. Y no, ni es así ni así debe tomarse. En
la perdida de la virginidad tanto del chico como de la chica va
implícita la primera vez que se afronta una relación sexual y…
¿Realmente hay alguien en el círculo masculino o en la esfera
femenina que haya olvidado su primera vez? ¿Y entonces? ¿Es
un tema físico o emocional?

“Una de las vivencias más hermosas…”, escribí… Con todo lo
dicho entenderéis porqué tengo o me quedó esa sensación.
Para ese chico, para ese hombre yo fui su “primera vez” y
desde entonces he guardado en una cajita dorada mis
recuerdos de aquella noche no sólo porque fueran entrañables,
que lo fueron, sino también porque me consta que en la vida
de Novato yo fui y seguiré siendo el hada que iluminó su
primer viaje por la sexualidad compartida.
Eran las ocho en punto cuando llamaron por el interfono. Era
él, claro, y con el corto pero usual mensaje de “Sube” le
confirmé que le estaba esperando. Luego abrí la puerta del
apartamento y esperé. Novato apareció sonriente y con un
precioso ramo de flores silvestres en la mano…
-

Pensé en traer vino o un postre, - me dijo – pero
preferí traerte flores.

-

¡Qué lindas! ¡Me encantan! – le respondía al tiempo
que le daba un beso en cada mejilla – ¡Gracias!

Era aún pronto para cenar y nos sentamos los dos en el sofá
grande de mi sala. En la mesa de centro dos cervezas iban a
saciar nuestra sed y en mis manos un álbum de fotos familiares
era el motivo que yo había elegido para centrar nuestra
primera conversación. La verdad es que él y su familia salían
sólo en una foto pero de los recuerdos e imágenes de mi
historia podíamos seguir derivando historias compartidas. Y allí
estuvimos, sentados bien juntos y sin parar de contarnos
anécdotas e historietas de aquellos tiempos tan queridos.
Recuperamos así muy fácilmente ese clímax de confianza y
complicidad que nos había acariciado el día anterior y, sin

darnos cuenta, se nos fue pasando la hora de cenar.
¡Estábamos tan a gusto!
Finalmente fui yo la que, recuperando mi rol de anfitriona, me
di cuenta de la hora que era y sugerí…
-

¿Y si vamos a cenar? ¿Has visto que horas es? Vas a
pensar que te hago pasar hambre…

Al pronunciar la última observación me entraron ganas de reír
pero miré a Novato y… No pude hacer otra cosa que sonreír.
Sus ojos me miraban con un brillo tan especial que no pude
evitar sentir cuan dentro de esas pupilas me estaba reflejando.
Era esa una mirada que junta admiración, gratitud, confianza,
ternura… Era esa una mirada de esas a las cuales sólo puedes
responder de dos maneras, o te apartas de ella o… o, sí…
Acerqué mi cara y busqué sus labios con los míos. Besé su boca
un par de veces como si un simple contacto pudiera responder
al deseo de tenerla. Luego mis labios recorrieron los suyos y en
un profundo suspiro compartimos la paz de sabernos. El beso
era tierno como la caricia de mil pétalos de flor regados por la
lluvia, era un beso de bienvenida paciente y entregado, como si
el amanecer de nuestros sentidos quisiera disfrutar de un
nuevo rocío sin más… sin más espera que la necesidad de
sentirte más y más iluminada, pero lentamente, por la cálida y
tenue luz de un sol anaranjado aun, de un sol que buscaría el
amarillo sin prisas para alumbrar las preciosas fuentes de la
pasión.
Llevábamos ya un rato perdidos en ese primer beso cuando
necesité apartarme de su lado y me desplacé para sentarme en
su falda, con las piernas abiertas y encarada hacia él. Luego le

abracé fuerte y, sin mediar palabra, comencé a buscar en el
beso, más allá de sus labios, el avivar de esa flama que sentía
como a ambos nos estaba encendiendo. Y mi ya muy sedienta
lengua traspasó la superficie para adentrarse en la desconocida
cuna del habla de mi hombre y enlazar su sed con la mía para…
La respuesta fue rotunda. Novato destapó con mi abordaje
toda su furia de pirata primerizo y… Y me di cuenta… Así no,
debía coger el timón o…
Cuando un hombre joven entra en sus primeras veces en el
ruedo de la pasión suele ser como un toro bravo, como un
semental que busca enfebrecido de deseo la monta de su
pareja para poder descubrir su hombría. Si dejaba que Novato
tomara las riendas el nuestro iba a ser un encuentro
intensamente pasional, seguro, pero corto y muy
probablemente nada memorable. Y no… No quería eso para mi
buen amigo Novato…
Me levanté de su falda y le ofrecí mi mano. Juntos fuimos hacia
la habitación y allí, al lado de la cama y de pie, le abracé y, tras
un corto pero muy tierno beso, le susurré en el oído…
-

Hoy será tu primera vez y quiero que todo sea
precioso. ¿Me dejas que te guie?

En sus ojos y en su sonrisa tímida supe cual era su respuesta.
Entonces le invité a sentarse en la cama y le pedí me esperara
un momento… Lo primero que hice fue preparar una
ambientación adecuada- Para ello me fui a la sala y, escogiendo
un cd de baladas románticas, enchufé el equipo de música.
Luego volví a la habitación y encendí dos velas aromáticas,
colocándolas una en cada mesita de noche. Podría, quizás,

haber preparado más cosas, pero era consciente de que mi
pareja debía estar muy nerviosa y volví a él.
Invité a Novato a levantarse y a bailar pegado a mí. En su
mirada intuí su reserva y le tranquilicé…
-

Sólo quiero que bailes conmigo, que me abraces y
descubras poco a poco. Déjate llevar por la música, ¿sí?
No quieras correr más que ella…

Nos abrazamos y comenzó esa preciosa danza con nuestras
bocas reencontrándose en el beso. La veda ya estaba abierta y
las humedades se encontraban por dentro y por afuera, pero
siguiendo esta vez un ritmo calmoso y aún muy tierno.
Recuerdo que sonaba esa canción… “Quiero decirte que te
amo”, de Laura Pausini… Recuerdo como empecé yo a quitarme
la ropa. Llevaba una chilaba, un vestido marroquí que me había
regalado mi madre y que solía llevar para estar por casa. Y con
mi desnudez aun sin destapar del todo le quité la camiseta a
Novato y me volví a pegar a su boca y a su piel. Luego dejé caer
los sostenes y en el contacto de mis pechos con su pecho sentí
un deseo irrefrenable de acelerar los preludios. Pero no, no
quería para nada correr y decidí iniciar un juego de caricias
suaves pero muy eróticas, descubriendo con mis manos su
torso e invitándole a descubrir aquello que sabía más le atraía:
mis pechos. El baile continuaba y la canción estaba a punto de
cambiar cuando desabroché sus pantalones y, arrodillándome
en el suelo, se los bajé junto a los calzoncillos para… Su pene
estaba erecto y muy fuerte y cuando comencé a masajearlo
con las manos y lo introduje en mi boca sentí como Novato
temblaba, se estremecía… Para él debía ser una sensación

nueva y quise complacerle un rato, pero no demasiado…
Alargar ciertas cosas en la primera vez podía significar afrontar
un riesgo de eyaculación rápida y no… No…
Volví a levantarme y al abrazar a mi amante estaba ya
completamente desnuda. Nos besamos de nuevo y yo le cogí
una mano para llevarla hasta mi vagina e invitarle a que iniciara
ese descubrimiento mágico de unos órganos, los femeninos,
que iban a ofrecerle muchísimas fiestas a lo largo de su vida. Él
celebró el convite apasionando el beso y rozando mi vientre
lateralmente con su glande me mostró su anhelo por tenerme.
Al poco me fui desplazando hasta tocar el borde de la cama y
forcé a Novato a girarse para que cuando nos dejáramos ir
cayéramos abrazados y apoyados en los costados… En esa
posición ya tumbados pude besarle largamente y luego me
separé un poco para, mientras le miraba con dulzura a los ojos
y le acariciaba con mis manos los cabellos y la cara, explicarle:

-

¿Sabes? Muy seguramente has crecido pensando que
tu sexualidad se concentra básicamente en tu pene,
pero yo quiero mostrarte hoy, en tu estreno, como no
hay un solo punto en tu cuerpo que no sea sensible al
erotismo, que no pueda sumar sensaciones a tu
vivencia. ¿Me dejas?

-

… - Novato asintió con la cabeza al tiempo que me
abrazaba fuerte…

-

Y luego me gustaría que entiendas que toda mujer
necesita un preámbulo, un previo para que se conecte,
para que despierte su flujo vaginal y se sienta tan
predispuesta como tú lo estás desde el principio. Y
mostrarte además como es también de grande el
campo sensual femenino y, ¿cómo no? que mi vagina
habita en un entorno mágico y se puede ofrecer para
otros retos aparte de la penetración. ¿Me dejarás
también?

Vi cómo Novato asentía nuevamente pero al mirarlo me di
cuenta de cuan emocionado estaba y… Jo, me lo comí a besos.
En su boca y en su rostro basé mi aperitivo, pero luego saqué
una funda de una almohada y le tapé la cara y… Recorrí su
cuerpo con parsimoniosa delicadeza y atención. Mis manos, el
roce de mi piel, el contacto con mis senos, mis labios, mi
lengua… Viaje por delante y luego le invité a girarse para surcar
sin prisas las zonas que habían quedado vírgenes. En mi
paciente masaje no olvidaba ir y volver una y otra vez al que
sabía era el epicentro de su deseo de mí: su pene, el glande, los
testículos, el perineo, incluso el ano… Cuando concluí con mi
exhaustivo masaje Novato seguía rendido a mis mimos, pero yo
sabía que debía estar y estaba muy, muy excitado… y decidí
posponer nuevas experiencias para más adelante y…
Mientras le besaba le destapé los ojos y sentí en su mirada una
sonrisa agradecida que le salía del alma.
-

Te quiero… Te quiero… Te amo… -me dijo emocionado.

-

Y yo a ti, vida – se merecía que le respondiera.

Yo me había colocado ya encima de él, con las piernas
arrodilladas una a cada lado. Estaba dispuesta y me sentía ya lo
suficientemente húmeda como para iniciar la penetración. Yo
no sé si Novato se lo esperaba pero su cara de sorpresa cuando
su glande comenzó a entrar en mi vagina era… Me recordó una
foto que vi una vez de un niño que había nacido sordo y que,
por primera vez, mediante un audífono, escuchaba la voz de su
madre. Ya sé, quizás exagero, pero os puedo jurar que es de
esas imágenes que encuentras tan hermosas que quieres
guardar en el álbum de tus recuerdos eternos.
Yo iba a llevar el control de los ritmos y de las profundidades y
quería hacerlo de forma que la vivencia se fuera construyendo
de manera suave y paulatina. Con los niveles altísimos de
excitación que mi joven amante tenía acumulados si hubiera
ido al grano el primer coito no hubiera durado casi nada. Así
jugué un rato con la sola presentación interior del glande, para
luego ir de forma muy lenta admitiendo en cada penetración
un poquito más de pene, y un poquito más, y un poquito más
… Cuando Novato tocó mi fondo estábamos ya en la cima de la
pasión pero yo creía que su eyaculación aun podía preservar su
expansión. Entonces le pedí que acariciara mis pechos e inicié
un seductor coito, profundo y con el grosor de su pene muy
completo, de arriba abajo e inclinando mi cuerpo ligeramente a
un lado y a otro para variar la orientación. Comencé durante
un rato aplicando un ritmo muy suave, pero pronto me sentí
tan excitada que no pude más que acelerar y acelerar los
movimientos hasta que… Novato explotó, claro. Era su primer
orgasmo en el interior de una mujer y yo no sé, aun habiendo
pasado tantos años, si se sorprendió más él o yo por la

magnitud corporal, sonora y líquida de su llegada al cielo de los
amantes. Mientras Novato disfrutaba de su orgasmo yo,
movida en parte por lo que pensaba debía hacer y en parte por
lo emocionada que estaba, no paraba de jalearle…
-

Así, así, cielo, sigue así… ¡Es impresionante! ¿Eres
maravilloso! Lléname de ti mi amor….

Tras su sensacional descarga mi novato amante relajó, como
suele ocurrir, su erección y, viendo como yo me salía de encima
para echarme a su lado, comenzó a descargar besos en mi boca
y por toda mi cara mientras no paraba de repetir...
-

Gracias, gracias, gracias…

Yo correspondí, claro, a su entusiasmo y, cuando vi que aflojaba
un poco, le dije:
-

Ahora me toca a mí, cielo. ¿Me ayudas?

-

Jo, perdóname… - respondió afligido - ¡Qué imbécil!
¿cómo puedo ayudarte?

-

No, tonto, no lo sabías. – le tranquilicé – Pero tenlo
siempre en cuenta a partir de hoy, ¿sí? Si tu pareja no
llegó antes de ti o contigo precisa que estés por ella…
Mira, bésame en la boca, en los pechos, chúpame los
pezones o lámeme por el cuello o… Y mientras me
acaricias abajo, con uno o dos dedos. Puedes entrarlos,
incluso, si quieres, en mi vagina. Ah, y no olvides
estimularme el clítoris. Es como un… Bueno, no te
preocupes… Cuando lo encuentres yo te aviso, ¿sí?

Por ser su primera vez Novato no lo hizo nada mal. Era un chico
muy curioso y, desde luego, ansiaba aprender. Así, no dudaba
en preguntarme…
-

¿Así te gusta? ¿Te acaricio más suave o más fuerte?
¿Quieres que…?

Es curioso, pero ese diálogo que estoy describiendo no suele
darse ya casi nunca cuando los adultos crecemos en el sexo y…
¿Por qué? ¿Acaso ya lo sabemos todo cuando iniciamos una
relación nueva con alguien por primera vez? Bueno, jo, dejo la
pregunta en el aire y regreso con mi chico.
Novato me llevo al orgasmo finalmente y fue tanta la emoción
que desprendió al sentir mi llegada que yo creo que quizás
consiguió aumentar su intensidad y duración. Luego, uf, me
besó y besó, me abrazó y besó de nuevo y … Nunca en mi vida
he sentido tanto agradecimiento del otro lado en una relación
íntima. Y bueno, será porque fui su primera mujer, seguro, pero
yo quiero creer también que supe desarrollar un precioso
guion para su debut.
Mi dulce y tierno amigo se quedó conmigo todo lo que restaba
del fin de semana. Para ello llamó a su casa y les dijo a sus
padres que iba a estudiar en casa de un amigo. Se quedó y
cenamos juntos para luego volver a hacer el amor y volver…
Bueno, como en aquella canción, ¿sabéis? “Y volver, volver,
volver, a tus brazos otra vez…”. Novato no sólo tenía ganas de
aprender, él estaba entonces en la cima de la potencia sexual
masculina y su capacidad regenerativa era realmente increíble.
Y así fue como aprendimos los dos, y así volvió a ser una y otra

vez y… como pudimos hablar y conocernos muy íntimamente, y
experimentar posturas y celebrar orgasmos y…
Seguramente si busco en mi memoria si alguien superó las
veces que llegué a tener sexo con Novato durante un solo día
no lo voy a encontrar. Pero eso no es ni mucho menos
relevante, pues si ese chico consiguió grabarse en mi memoria
no fue por su potencia, sino por su sensibilidad y, sobretodo,
por regalarme el increíble honor de ser su princesa en la noche
de bodas en la que se estrenó.
Nos separamos el domingo al anochecer. Fue una despedida
realmente emotiva y quizás, no sé, frustrante para mi pareja. Él
insistía en que quería volver a verme aduciendo que se había
enamorado de mí y yo tuve que convencerle, o al menos lo
intenté, de que lo mejor que podíamos hacer era entender que
había sido maravilloso pero que como pareja, por la diferencia
de edades y de inquietudes, no teníamos futuro. “Pero
podemos seguir siendo amigos”, le dije.
Pero no… El destino no lo quiso y pasaron dos años antes de
que no nos encontráramos por casualidad en la entrada de un
cine. Yo iba acompañada de una amiga y él de una chica
majísima que me presentó como su novia. Poco tiempo
tuvimos para hablar, pero sí quise y pude preguntarle si era
feliz. Con su sonrisa, de nuevo, me pagó y, silenciosamente, tan
sólo moviendo los labios, me regaló un nuevo y precioso
“gracias”.

¡Y que VIVA nuestra sexualidad!
Desde que la idea de escribir este libro se asentó en mi
voluntad hasta hoy han pasado pocos meses pero en mi
percepción parece que haya transcurrido una eternidad. Intuyo
que en la concepción de este sentimiento está ese largo viaje
por la memoria vivencial, una travesía que me ha implicado
desenterrar historias que había archivado ya hacía mucho en el
baúl de los recuerdos y que en su revisión y redacción han
removido mucho más de lo que en principio pensaba.
En la escritura de un libro hay siempre pasajes a los cuales el
lector nunca podrá acceder. Escribes mientras piensas y muy
pocas veces sabes antes de comenzar lo que se va a ir
mostrando en la pantalla de tu ordenador. Por tu cabeza
transitan incontables posibilidades y sin saber ni cómo ni
porque acabas eligiendo a cada instante lo que será con el
tecleo de las letras. Ahora mismo, mientras redactaba mi
última frase, me fijé en los movimientos de mis dedos en el
teclado y me absorbió una sensación indescriptible, la de ser
más espectadora que actora. Pues para que esa danza digital se
pueda dar tal cual esperas una precisa reunir en el instante
tantas cosas… Y finalmente sí, acabas escribiendo un libro. Pero
tú y sólo tú eres consciente de que tras esa magia inspiradora
que decide en cada momento se descartaron miles de opciones
para cada capítulo: palabras, frases, imágenes, ideas… Y en esa
locura creativa se repite esa sensación que acaricia cada reto

literario, la de tener que fabricar millones de libros antes de
poder lograr acabar uno.
En mi caso, valorando que encaré una obra autobiográfica,
para la redacción precisaba poner en el cazo donde se cuece
cada frase la esencia del recuerdo, el poder del sentimiento y la
joya de la improvisación creativa. A veces la inspiración era más
fuerte que la retentiva de la experiencia y me veía metida en
un baile de palabras e imágenes que podían escapar más o
menos de la realidad pero que merecía sin duda la pena. En
otras ocasiones el poder de la evocación ganaba la batalla e iba
apareciendo un texto eminentemente descriptivo de aquello
que en su día sucedió. Y en medio de todo nunca pude evitar
que los sentimientos y las emociones me trasladaran hacia la
reflexión o hacia la valoración subjetiva de lo que estaba
narrando o…
Debo reconocer que ha habido momentos en los que he
disfrutado muchísimo reviviendo en la escritura aquellos
episodios que se inscribieron con letras doradas en la creación
de mi esencia de mujer. También os diré que hubo tiempos de
vacío en los cuales tuve que cerrar el libro, bien porque me
sentía negada a escribir o bien porque el personaje o la
vivencia en cuestión producían en mi un bloqueo emocional
que me frenaba.
Aun con todo una acaba superando cada paso y va subiendo
escalones, uno tras otro, hasta coronar la cima del reto y
concluir el propósito literario. Vas terminando tu libro y
entonces debes forzosamente plantearte aquella cuestión que
puede llevarte o no a finiquitar tu trabajo: ¿estás satisfecha?

¿Lo estoy? Pues sí, la verdad es que sí… ¿Si cambiaría cosas?
Seguro, con cada lectura. Pero esa necesidad de la nueva
redacción es algo imposible de evitar pues nos guste o no
somos seres cambiantes y como tales tendemos a revisar aun
incluso antes de cerrar la creación. Y ante eso, debes aceptar lo
hecho y, si realmente sientes que en tu obra depositaste de
forma generosa tu alma inspiradora… y si con todo
convencimiento respondiste positivamente a tu propia
evaluación del grado de satisfacción, entonces debes cerrar el
libro.
Cerrar, concluir… Comencé mi diario con una introducción y
desde que estructuré el índice programé este capítulo que
estoy redactando como conclusión, como epílogo… Estoy en
ello ya y desde que comencé me acompaña la determinación,
tal como una señal de alerta que me avisa, de no pretender
regalaros conclusiones. El hecho de ser la autora de una obra
que pretendió llegar al fondo de vuestra conciencia en un tema
tan importante y personal como es el sexo no me otorga más
derecho que el de compartir.
Y en eso he estado ocupada, en compartir. Mis vivencias, mis
conocimientos, mis sensaciones y sentimientos… Todo eso y
más os he ofrecido con ninguna voluntad de marcar un estilo o
defender una forma sexual de ser. Pues nada en la vida acaba
siendo apto para todo el mundo y en nuestros andares no debe
servir el calzado de otros. En la Tierra cohabitamos miles de
millones de personas con la maravillosa verdad de que no hay
dos iguales. Somos únicos y eso nos hace especiales,
auténticos. Seas mujer u hombre y tengas la edad que tengas

ya debes haber asumido que eres tú y sólo tú quien creas tu
universo.
En ese universo que como ser humano en constante evolución
que eres afrontas puedes darle u otorgarle a la sexualidad el
espacio que tú decidas. Si será un agujero negro o un diminuto
pero perfecto asteroide o una galaxia inmensa es algo que se
va a dilucidar en tu vida. Si navegarás en una nave acompañada
de un único hombre o terminarás pudiendo contar que
compartiste tu extraordinaria vía láctea con una flota
intergaláctica sigue siendo algo que puedes y debes crear por ti
misma. En la vida sexual, como en casi todas las cosas, nada es
mejor ni peor, pues la calidad no reside tanto en la forma o el
número como en la singularidad de la propiedad. Mi
sexualidad, tu sexualidad, nuestra sexualidad…
El otro día le comentaba a una amiga que sentía como en mi
diario se producía un vacío en lo que se refiere a experiencias y
dinámicas muy en boga hoy en día. Podía haber incluido
experiencias lésbicas, tríos, orgías, vivencias sadomasoquistas…
Mi amiga me respondió, con toda la razón, que en este libro
había expuesto MI sexualidad, y si en ese mundo no había
habido cabida para vivencias de estas características no tenía
porque inventarlas. En mi descarte va, pues, nada más que mi
forma de ver y vivir, mi libre albedrío… Para nada mi negación
implica o debe implicar un juicio de valor negativo.
Eso sí, con la supresión de ciertas tipologías sexuales soy
consciente de que me privé de aprovechar un recurso literario
muy actual como es el provocar el morbo de la gente para
vender tus escritos. Vivimos en la actualidad una tendencia

clara a apostar por la mezcla de perfiles agresivos que pintan
sus actos con tintes románticos. Vampiros, hombres lobo… el
empresario que domina sexualmente a la mujer… ¿Realmente
hay mucha diferencia? Y sí, me privé de aumentar el potencial
de un público lector seguramente mucho más amplio que el
que tendré al evitar describir apuestas que no hice, pero así
debía ser y así decidí que fuera.
Por otro lado quiero aprovechar este capítulo para desacreditar
cualquier percepción de que acabo de escribir un tratado
feminista de la sexualidad. Escribí como mujer y como tal
expuse mi feminidad. En la reivindicación de la liberación
sexual de la mujer y en la exposición de que nosotras
ocupemos un lugar con tanta relevancia como el que puede
ocupar el varón en las relaciones sexuales… no se esconde un
ataque a los hombres, por dios… ¿Cómo os iba a atacar si para
mí sois el complemento perfecto para las mujeres? Bueno, ya
sé que a veces he planteado dudas… Pero si en mi
interrogación cambiara el “sois” por un “podéis ser” no creo
que os restara importancia.
Si he atacado en varias ocasiones duramente el machismo y no
me arrepiento de ello. Para mí, para la mayoría de las mujeres y
cada día para más hombres ese es un mal que ya afectó a la
humanidad durante demasiados siglos. Y sí, quedan aún
muchos “macho man” y con ellos, no os enfadéis conmigo si lo
afirmo, muchas mujeres que los soportan y promocionan. En
mi caso quizás podría decir para quedar bien que con mi
primera relación seria con el abogado quedé curada de
espantos… Pero no. Primero porqué el hecho de que ese
hombre no apostara por mí no significa ni mucho menos que lo

pueda tildar de machista. Y no lo era. Y segundo porque yo
creo que mi postura ya me viene con mi denominación de
origen. Mi padre nunca fue un hombre machista y… vaya… es
que si lo hubiera pretendido mi madre se lo hubiera comido
con patatas.
Parece contradictorio que alguien que declara ya en la
introducción que vive en la actualidad muy felizmente con una
pareja fija y sólida, o sea mi marido, pueda escribir un libro
donde se muestra una apuesta totalmente contraria a su
realidad. No lo es. Aquello que vivo hoy es para mí el estado
natural e ideal para cualquier mujer u hombre. Encontrar esa
pareja con la que quieres compartir toda tu vida, un hombre
con el que te sientes completa y con el que tienes hijos y creas
un hogar y… Encontrar ese hombre que aprende contigo en la
amistad y que puede llenar tu universo sexual y que acepta
compartir contigo la creación de una cultura erótica propia que
os llena plenamente a ambos. ¿Dije el estado natural e ideal…?
Un sueño, debería haber dicho…
Y sí, yo alcancé finalmente esa quimera. Y en ella habito y por
ella lucho, podéis estar bien seguros, todos los días… Pero hubo
un antes… Hubo una historia previa que, desde que entré
plenamente en la adolescencia, me llevó a buscar y a aprender,
a satisfacer mis ansias sexuales, a… Y en ese preludio a mi boda
con el amor comencé teniendo “novietes”, me encerré en una
relación con un hombre casado durante años y luego decidí
liberarme… Entendí que yo y sólo yo iba a marcar los límites de
mi libertad y con ello abrí la puerta a tantas experiencias con
tantos hombres como me apeteció.

Entiendo que hay una cuestión que debo responder antes de
cerrar el libro: ¿Fue esa una apuesta positiva? Rotundamente
sí. Sin ninguna duda. Pero cuidado, olvidé incluir un “para mí”
que en esa respuesta venía implícito. ¿Y entonces? ¿Valió la
pena? Para mí sí… Pero, ¿quiere eso decir que aconsejaría a
otras mujeres adoptar esa forma de vivir la sexualidad? Dios
me guarde… Yo no soy nadie para dar consejos…
Entiendo también que de mi diario podría sacarse una
conclusión peligrosa que debo evitar. Podría parecer con la
lectura de mis vivencias que estoy incitando a tener aventures
indiscriminadas con desconocidos. ¡Noooo! Recordad en
primer lugar que yo rondaba los treinta años cuando entré en
ese portal. Para nada recomendaría algo parecido a una chica
adolescente o aún muy joven. Todas sabemos que hay muchos
hombres, por no decir monstruos, que persiguen la inocencia
para saciar su indecencia y… ¡Por favor! ¡Ni se os ocurra!
Pensad que los riesgos que podía correr yo para vosotras se
multiplicaría por cien.
Si me está leyendo y eres muy joven quizás puedas sentirte
decepcionada, pero no… De entrada piensa que te queda toda
una vida por delante y que sin duda tu tiempo acabará
llegando. Si con eso no te convences, si sientes que necesitas
como el agua la liberación de tu sexualidad… uy, entonces, si
me lo permites, te daré unos pocos consejos. En primer lugar
te diría que es muy importante que cuides muchísimo el
cuando, el como y el con quien vas a perder la virginidad. No la
vendas por nada… Esa será una experiencia que no olvidarás
nunca y que debes intentar que sea muy hermosa. Si ya llevas
tiempo con un chico y sientes que os queréis y respetáis lo

suficiente buscad una ocasión que implique un tiempo y un
lugar apropiados… En tu casa o en la suya o… Una mañana, una
tarde, una noche… Si podéis, experimentad antes, en ocasiones
previas, con juegos eróticos. Descubrid vuestra desnudez y en
los regalos de la masturbación experimentad vuestros placeres
supremos. Hacedlo y luego preparad esa vivencia como si fuera
el baile de fin de curso. Cuidad el ambiente, los detalles…
Programad un muy excitante y tierno preámbulo y luego
entregaros poco a poco, sin prisas… Disfrutad del coito tanto
como podáis, ganad vuestros orgasmos y relajaros en los besos
antes de recomenzar… y … por favor, protegeros…
Claro que… si no tienes una pareja mínimamente estable
puedes sentir igualmente esa necesidad imperiosa de vivir tu
sexualidad y… Lo sé, lo usual es la autocomplacencia, pero a
veces no es suficiente y… ¿Y? ¿Qué voy a decirte? Si realmente
estás decidida a crear tus propias vivencias con un chico te diría
que no te equivoques… Ese chico que acabas de conocer en
una discoteca, el otro que te gusta y un día te invita a
chupársela o a penetrarte en un coche o en… Uf, eres libre de
hacer lo que quieras, pero cuidado… Una mujer debe hacerse
valorar y cuando acabas entregando sin más tu tesoro al primer
aspirante puedes ganarte una etiqueta de “chica fácil” que
luego te será muy difícil de extraer. Si realmente lo necesitas, te
diría que confíes antes en quien ya sea tu amigo que en un
desconocido, por muy guapo que sea el segundo. Un chico de
tu clase que conozcas desde niña, un compañero del grupo en
el que llevas tiempo moviéndote… Uy, estoy escribiendo y al
hacerlo siento que al leerme muchas madres y padres me van a
coser con comentarios negativos… Me retiro, pues, pero no sin

antes decirte que eso que te digo es lo que ahora mismo le
aconsejaría a mi hija si tuviera ya la edad… y no sin antes
recordarte que en la vida suele ser mejor guía la frase de “hago
lo que siento” que la de “hago lo que quiero”.
Tras este paréntesis que me salió del alma retomo mis
argumentos en lo que se refiere al sexo con desconocidos. Si os
fijáis bien en mis relatos, nunca aposté por ir al grano
directamente. Siempre hubo un diálogo, un encuentro previo
en lugares públicos… Siempre necesité ganar un mínimo de
confianza y despertar un básico deseo para aceptar que la
vivencia sexual podía ser posible. Y sí, claro, hubo diálogos que
no fructificaron en citas previas, como también hubo
encuentros que no me llevaron finalmente al sexo. Eso no se
relata en el libro, pero pasaba, ocurrió y no pocas veces. Como
también sucedió, aunque eso sí en muy cosas ocasiones, que
me retiré cuando ya estaba en el piso de él, o en un hotel o…
Lo hice y nunca tuve problemas graves. Sí, vale, algún insulto o
grito… pero nadie se atrevió a ir más allá.
Con mis relatos he jugado a presentar diferentes perfiles de
hombre para, con ello, exponer muchas y diversas formas de
entender y practicar el sexo. Me consta que para algún
caballero de los que me han leído esa táctica puede haber
resultado ofensiva. Si así es pido disculpas. Lo sé, las
clasificaciones o etiquetas, cuando hablamos de seres
humanos, nunca son justas. Aun así para mí ha supuesto una
estrategia muy válida para ir desarrollando las tramas tal como
pretendía. Tomároslo, pues, por favor, como una simple
maniobra literaria.

También soy consciente que para mucha gente la
concentración de sexo y más sexo en un libro que incluye una
sola protagonista y muchos amantes puede confundir y llevar a
una idea falsa. No, para nada fui ni he sido ni soy una mujer
afectada por la ninfomanía. ¡Qué va! No caigáis, por favor, en
ese error. Ya mostré mi disgusto por esa injusta creencia
machista en la introducción: ¿si un hombre se acuesta con
muchas mujeres es un ligón pero si es una mujer que lo hace
con muchos hombres es una…? ¡Venga ya! A una mujer le
puede gustar tanto el sexo como a un hombre y eso debe ser
tomado como algo sano y natural. Esa es, creo, una de las
grandes reivindicaciones de este libro.
Por otro lado sé que el rol de poder decisorio que asume Gina
en sus relaciones ha sorprendido e incluso molestado a ciertos
varones. Tantos siglos obligando a la mujer a estar debajo no se
borran en dos días, claro. Y de repente sale una escritora y en
sus relatos presenta a una dama capaz de situarse en un rol de
igualdad y de tomar decisiones por su cuenta y… ¡Mamita, que
esa tía me quiere pisar! Pues, ante eso, ¿qué puedo
responder? Quien se pica… ajos come… ¡Ey! ¡Pero no os
preocupéis por el aliento! Comáis muchos o pocos no
acentuaréis la pestilencia que produce vuestra falsa hombría.
Me sería muy difícil, ahora que ya finalicé con todas las
historias, escoger un perfil o un hombre de entre todos que
pudiera ganarse la medalla al mejor amante. Pero, ¿eso existe?
¿Existe de verdad un “mejor amante” que pueda ser el ideal de
toda mujer? Desde luego que no. La cuestión viene a ser muy
diferente cuando tienes relaciones esporádicas o cuando tienes
una pareja fija. De lo segundo me ocuparé más adelante y de lo

primero… En las relaciones con hombres a los cuales conoces
poco o nada puedes crear vivencias más o menos placenteras
según tu perfil y el suyo sean más o menos compatibles. Al
afirmar esto, no quiero decir de ninguna manera que cada
mujer esté muy limitada en cuanto a su compatibilidad con
hombres diversos. De la misma forma que podemos ir al cine y
disfrutar con películas de géneros diferentes podemos
acostarnos con hombres muy distintos y gozar plenamente. En
la liberación, pues, no existe un solo prototipo de hombre
ideal. Todos aquellos con los que acabes creando vivencias
positivas lo serán. Así, para mí fueron opciones maravillosas el
Tántrico, el Kamasutro, el Invisible, el… Lo fueron para eso, para
lo que hubo, o sea una o varias experiencias… Eso fue algo que
tuve claro mientras vivía inmersa en mi particular liberación
sexual: iba a encontrar buenísimos amantes pero no iba a
hallar MI amante perfecto.
Otra cosa es cuando finalmente te enamoras y decides juntar
tu vida con la de un hombre. Ahí hay que aplicar otros
argumentos. De entrada tú y ese hombre, aun no siendo para ti
el mejor amante que nunca tuviste ni tú para él la más
memorable pareja sexual de su historia, debéis sentir un
feeling especial. ¿Cómo lo sabes? No debe preocuparos, pues si
hay amor de verdad ese sentimiento se dará. A partir de ahí
quizás no haga falta que lo diga, pero es que resulta tan
hermoso escribirlo: cread vuestro cielo… Sí, puede parecer una
tontería pero una pareja que sabe conseguir eso tiene
muchísimo ganado de cara al futuro.
Crear el cielo con tu pareja, crecer con ella, consensuar una
cultura propia del sexo y conseguir que para ambos la otra o el

otro sea lo ideal… Sí, es hermoso escribirlo y os aseguro que es
aún más lindo vivirlo. En la seducción está la clave, en la pasión
la luz, en la complicidad el lujo y en el amor la energía. Y sí, lo
confieso, sigo tan enamorada como el primer día de mi marido
y para mí es ya hace mucho el único hombre al que deseo… él
es, pues, MI amante perfecto. Claro que… no lo presto, ¡¿Eh?!
Me entristecería de verdad que nadie pudiera pensar que Gina
pudo acceder a ese mercado de vivencias simple y llanamente
porqué era una chica muy atractiva. Si me vierais entenderíais
que no soy ni era para nada fea, pero tampoco soy una sílfide,
o sea una “mujer delgada, graciosa y de gran belleza”. Con
tanto como he llegado ya a escribir sobre nuestro poder de
crear las realidades debo volver a insistir. Si Gina era atractiva
se debía a que se sentía atractiva, si fue una gran seductora lo
creó desde su conciencia… y si pudo acceder a todos esos
hombres, algunos de ellos realmente especiales, fue porque
ella… nunca dejó de sentirse especial. Por favor, seas como seas
no pierdas nunca tu autoestima, pues sin ella vas a ser tu
propio freno. Eres única, especial, maravillosa… Nada de lo
que Gina consiguió sería inalcanzable para ti. Creé en ti y
podrás, no lo dudes, crear la vida que desees en cada
momento para ti.
En mi diario os he hablado de tantas, tantas cosas… Os
presenté el sexo tántrico, os hablé de la importancia de probar
posturas nuevas, del sexo gastronómico, del increíble juego que
pueden dar los 5 sentidos, de… Con todo ello he pintado un
paisaje que espero haya sido tan apasionante para vosotras y
vosotros como lo fue para mí. No voy a negar que aunque
siempre haya empleado los géneros masculino y femenino al

dirigirme al público lector no he dejado de tener la sensación
en mi largo recorrido por las letras de que me dirigía
principalmente a las mujeres. Aun así, espero de corazón que
cuando recordéis a Gina lo hagáis también los hombres con
una sonrisa. Y para vosotras, ¿qué deciros? Muchísimas gracias
a todas por esa sensibilidad que estoy convencida habéis
mantenido en la lectura de cada página. Gracias también a
aquellas que os habéis pegado en los sueños con las realidades
que Gina vivía, a aquellas que decidisteis aunque fuera un poco
engordar vuestra cultura sexual con algo que os pueda haber
mostrado, a aquellas que me seguisteis y llegasteis una y otra
vez conmigo, hasta el final… Gracias, gracias, gracias.
En el año 1635 se estrenaba la obra “La vida es sueño”, de
Calderón de la Barca. Al final del segundo acto Segismundo
termina su discurso con unos versos magistrales y muy
conocidos…
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Ahora y aquí yo, Georgina Belart, comenzaré a cerrar mi diario
con unos muy, muy modestos versos con los que os quiero
complementar su precioso mensaje…
¿Qué es la vida? El carmesí,
luz y flor de la pasión,
amor, sexo y seducción,

y el mayor bien el empeño,
que vive la vida en un sueño
que nos crea el corazón.
Y en esas sencillas rimas ubico mi penúltimo mensaje: Vive y
goza la vida, inscribe tu sueño en ella, deja que la pasión te
guie, haz y hazte el amor, sedúcete a ti misma y crea, no dejes
nunca de crear.
Y para, ahora sí, concluir, os propongo a vosotras, sí, a vosotras,
un brindis. Con la mano de la bebida bien alta y ese vinillo
blanco que me consta suele gustarnos, con la cabeza altiva y el
orgullo femenino en la mirada, levantemos la copa y gritemos,
fuerte y efusivamente, que se entere el mundo: ¡QUÉ VIVA
NUESTRA SEXUALIDAD!

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