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Corazón diario de un niño Edmundo de Amicis .pdf



Nombre del archivo original: Corazón diario de un niño-Edmundo de Amicis.PDF
Título: Corazón: diario de un niño
Autor: Edmundo de Amicis.

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TRADUCIDO AL ESPAÑOL DE LA 4 4 » . EDICIÓN ITALIANA

POR

H . G I N E R DE LOS R Í O S
T CON UN PRÓLOGO
DE

D.

ISIDORO F E R N Á N D E Z

FLÓREZ

Versión revisada por el Autor, y exclusivamente
para España y América

autorizada

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Capilla
Alfonsina
¡Bi&lioteca Universitaria

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1905
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ADVERTENCIA DEL AUTOR
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El presente libro se halla especialmente dedicado á
los chicos de nueve á trece años de las escuelas elementales, pudiéndose
titular
Historia d e un c u r s o
a c a d é m i c o , e s c r i t a por un alumno de t e r c e r a , en una e s c u e l a
municipal de Italia.
Al decir escrita por un alumno, no quiero dar á
entender que haya redactado la obra tal cual sale á
luz, sino que el escolar iba anotando en un cuaderno,
á su manera, lo que habla visto, oído, pensado en
las aulas y fuera de ellas, mientras que su padre al
fin del año corrigió este D i a r i o , p r o c u r a n d o no alterar
lo esencial de aquellas impresiones, en cuanto fué
posible. Cuatro años después, el estudiante, ya en el
Gimnasio, leyó de nuevo el manuscrito,
añadió ó
suprimió algo que, á su juicio, no era fiel trasunto
del pasado, y así se da á la estampa.
Ahora, niños y jóvenes, leed estas páginas, que
espero os interesen, y cuya lectura confio que os será
saludable.

FONDO EMETERIO
VALVERDE Y TELU2

*

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PRÓLOGO
Aunque engendrada esta obra en el amor de la patria
italiana, y aunque en ella se sientan palpitar á cada
momento los egoísmos sublimes de un patriota, Cuore,
por el sentimiento de todas las virtudes y la glorificación de todos los grandes ideales de la humanidad,
pertenece á todas las literaturas. Sólo necesitaba ser
bien traducida para entrar á formar parte del tesoro
de las letras españolas, y desde luego se advierte que
el Sr. Giner de los Ríos ha llenado esta misión fielmente, y con la corrección y el delicado gusto que le
son naturales.
Á pesar de que Amicis es muy leído en España, no
se habían escrito de su vida y de sus obras tantos trabajos como sobre otros autores franceses é ingleses, en
razón, sin duda, de que en España es bastante desconocida la literatura italiana, sus hombres y sus novedades;
últimamente, sin embargo, ha publicado D. Rodrigo
Soriano un estimable trabajo, en el cual encontramos
algunos apuntes biográficos. Edmundo de Amicis nació
en Oneglia (población de las cercanías de Genova), en
1846, y pasó su niñez en el Piamonte. Fué admitido en
la escuela militar de Módena, donde ya empezó á distinguirse como poeta, hasta el punto de que sus aficiones
literarias le hicieron en alguna ocasión abandonar sus
deberes y pasar por trances amargos y violentos, tales

PRÓLOGO

como los que él mismo describe en los artículos Los
amigos del colegio, que forma parte de sus Bocetos
militares. Sus versos adquirieron pronto alguna fama,
y su canto á Polonia fué elogiado mucho por el gran
Manzoni.En 1865 fué nombrado alférez, y en 1866 tomó
parte, en las rudas campañas que dieron por resultado
la unidad de Italia. En este tiempo combatió y escribió,
y á un mismo tiempo se reflejaron en sus trabajos su
temperamento de escritor fácil, sencillo, ameno y brillante, y su corazón depatriota entusiasta. Por su carácter espontáneo,natural, apasionado, fué pronto querido
de los soldados, que le consideraban como un amigo, su
protector y su padre. Sus condiciones excepcionales de
escritor se evidenciaron más en la dirección del periódico militar de que se encargó luego. Hizo de este periódico el espejo de los principios más nobles, de los
sentimientos más dignos de la milicia, y estudió en él
los más difíciles problemas militares de aquel grave
momento.
A la terminación de la guerra, conseguida ya la unificación de la patria, se dedicó en absoluto á sus trabajos
literarios y empezó por recorrer la Europa, visitando
luego España, Holanda, Francia, Inglaterra y Turquía;
pasó después á Marruceos, y más tarde recorrió la América del Sur, anotando sus impresiones y agrupándolas
en libros, reanimadas por su estilo vivido, colorante,
espontáneo y que instantáneamente se funde con nuestros sentimientos é inflama nuestra imaginación. —
Amicis es un literato y un periodista, un narrador que
embelesa, un filósofo amable, un moralista que no empalaga y un escritor, en fin, verdaderamente humano.
En la actualidad tiene cuarenta y un años; su reputación es universal, sus compatriotas le nombran con

IX

orgullo, y todas las literaturas le han concedido carta
de naturaleza. Su sinceridad, su criterio hon rado y
benévolo, su admiración por las ilustraciones de todos
los países, le hacen simpático, y su instrucción y sus
viajes le prestan un caudal inagotable de observaciones
propias y de anécdotas.
Amicis ha publicado muchos tomos de viajes, de estudios militares y literarios, de novelitas y de poesías.
Casi íodas sus obras son conocidas en España, pero
ninguna de ellas consolidará su reputación y le hará ser
admirado y querido de nosotros como Cuore; esta obra,
que ha obtenido en Italia 44 ediciones en diez meses,
que ha sido ya traducida al inglés y al polaco, y que es
ya considerada como la obra capital de A wicis.
Cuore está dedicado por su autor á los muchachos de
nueve á trece años : es la historia de un curso académico, escrita por un alumno de tercera en una escuela
municipal de Italia. Pero, salvo los nombras italianos,
es la historia de todas las escuelas, de todos los países,
de todos los padres y madres y todos los niños; es la historia de la humanidad, es la historia de todos los corazones.
Historia de historias, novela de novelas, cuento de
cuentos, libro de lecturas morales, preparación para la
existencia, jardín intelectual de amenidad inagotable;
es una obra escrita con sangre del corazón, bañada de
lágrimas, resplandeciente de candor, impregnada de un
perfume exquisito de violetas. Es un gran libro y es una
hermosa acción. ¡Obra envidiable, en cuya lectura el
lector se identifica con el hombre más que con el escritor, y en que le admira menos aún que le ama!
Todos los escritores, en sus sueños de gloria, piden
á la inspiración una idea generadora de un gran libro

X

PRÓLOGO

bienhechor, honrado, que calme los dolores de esta vida
febril nuestra, que la sostenga con la esperanza de felicidades ; que haga de los hombres hermanos, cuya misión
sea de amor y de paz; todos quisieran la dulce alabanza
de los espíritus sencillos y de los corazones tiernos y ver
su genio reconocido, así por el ilustrado y el sabio y el
virtuoso, como por el ignorante y el trabajador y hasta
el malvado. Pero esas inspiraciones son raras: el escritor cree interesantes sus caprichos de imaginación, y
no suele encontrar interés fuera de sí mismo: se deslumhra con las flores y los frutos del árbol y no distingue, ni pondera, ni ensalza la recóndita semilla.
Un poema en que se cantan las semillas, en que se
glorifica á los sembradores de sentimientos y de ideas,
esto es Cuore; libro para los niños, que debe ser leído
por los hombres.
Desde la primera página su lectura seduce como la
relación más fantástica: se continúa, y su lectura produce esa placidez de que está llena la conciencia de los
justos. En este canto al estudio, al deber, á todos los
sentimientos nobles, nuestros ojos se oscurecen, á veces,
con el llanto, y comprendemos, al fin, que puede haber
algo divino en el hombre; algo superior á los egoísmos,
á los apetitos de la materia. — ¡Qué ternura, qué
amor, qué respeto álos niños, qué deseo de una fraternidad, de una dicha universal, fundada en el culto de la
virtud, respiran todas las páginas de este libro!
Puede decirse de él: ¡Infeliz quien no encuentre
interés en sus páginas! ¡ Desgraciado quien alguna vez,
leyéndole, no llore!
Amicis ha escrito este libro obedeciendo á una predestinación. Es un libro que sólo puede ser escrito por
quien tuviese un estilo vulgar en cierto modo, por quien

XI

PRÓLOGO

pudiese ser fácilmente comprendido de todos; porquien
tuviese la costumbre de montar al aire, sin aparatosidades ni complicaciones cinceladas, esos solitarios que
se llaman sentimientos é ideas.
Si bien se mira, este libro no es otra cosa sino un
compendio de lecturas morales para los niños; nada
hay en él que no esté ya escrito, que no esté en la conciencia de los hombres... Ese precisamente es su mérito.
Nunca se han dicho con más emoción estas viejas
cosas ; estos lugares comunes del sentimiento y de la
educación infantil.
Toda la originalidad del escritor en lo que le resta
de existencia al mundo, está reducida á decir mejor, es
decir, más sencillamente, lo que por acuerdo universal
merece la pena de saberse y decirse.
El tema hoy tratado por Amicis reaparecerá, sin
duda, en otros escritores y en otros siglos ; pero difícilmente reaparecerá mejorándole.
FERNÁNFLOR.

!
1

DEDICATORIA DEL AUTOR
Á LOS LECTORES DE ESPAÑA

/ Cuan feliz

serla si mi pobre

algún modo proporcionar

libro pudiese

solaz y deleite á los niños

españoles : á los niños de esa noble y querida
á la cual me llevan

constantemente

los

tierra,

recuerdos

más gratos de mi juventud !
1

EDMUNDO DE AMICIS.
Turin, Abril de ÍR87.

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OCTUBRE
E L P R I M E R DÍA DE ESCUELA

Lunes 17.

V

Hoy ¡ primer día de clase ! ¡ Pasaron como un sueño
aquellos tres meses de vacaciones consumidos en el
campo ! Mi madre me condujo esta mañana á la sección
Baretipara inscribirme en la tercera elemental. Recordaba el campo é iba de mala gana. Todas las calles que
desembocan cerca de la Escuela hormigueaban de chiquillos ; las dos librerías próximas estaban llenas de
padres y madres que compraban carteras, cuadernos,
cartillas, plumas, lápices ; en la puerta misma se agrupaba tanta gente, que el bedel, auxiliado de los guardias municipales, tuvo necesidad de poner orden. Al
llegar á la puerta sentí un golpecito en el hombro ;
volví la cara : era mi antiguo maestro de la segunda,
alegre, simpático, consu pelo rubio rizoso y encrespado,
que me dijo : — Conque, Enrique, ¿ es decir que nos
separamos para siempre ? Demasiado lo sabía yo ; y,
sin embargo, ¡ aquellas palabras me hicieron daño!
Entramos por fin á empellones. Señoras, caballeros, ,
mujeres del pueblo, obreros, oficiales, abuelas, criadas,
todos con niños de la mano y cargados con los libros y
objetos de que antes hablé, llenaban vestíbulo y escaleras, produciendo un rumor como cuando se sale del

17
arruga recta que parece cortarle la frente; su voz es
ronca, y nos mira fijo, fijo, uno después de otro á todos,
como si quisiera leer dentro de nosotros ; no se ríe
nunca. Yo decía para mí : — He aquí el primer día.
¡ Nueve meses por delante ! ¡ Cuántos trabajos, cuántos ,
exámenes mensuales, cuántas fatigas ! — Sentía verdadera necesidad de encontrar á mi madre á la salida,
y corrí á besarle la mano. Ella me dijo : — ¡ Ánimo,
Enrique, estudiaremos juntos las lecciones ! — Y volví
á casa contento. Pero no tengo el mismo maestro,
aquel tan bueno, que siempre sonreía, y no me ha gustado
tanto esta clase de la escuela como la otra.
NUESTRO MAESTRO

teatro. Volví á ver con alegría aquel gran zaguán del
piso bajo, con las siete puertas de las siete clases, por
donde pasé casi todos los días durante tres años. Las
maestras de los párvulos iban y venían entre la muchedumbre. La que fué mi profesora de la primera superior,
me saludó diciendo.— ¡ Enrique, tú vas este año al piso
principal, y ni siquiera te veré al entrar ó salir! Y me
miró con tristeza. El Director estaba cercado por una
porción de madres que le hablaban á la vez, pidiendo
puesto para sus hijos ; y por cierto que me pareció que^J
tenía más canas que el año pasado. Encontré algunos
chicos más gordos y más altos de como los dejó; abajo,
donde ya cada cual estaba en su sitio, vi algunos
pequeñines que no querían entrar en el aula y se
defendían como potrillos, encabritándose, pero á la
fuerza les hacían entrar en clase, y aun así algunos
se escapaban después de sentados en los bancos;
otros, al ver que se marchaban sus padres, rompían á
llorar y era preciso que volvieran las mamás; con lo
que la profesora se desesperaba. Mi hermanito se
quedó en la clase de la maestra Delcato; á mí me tocó el
maestro Perbono, en el piso primero. A las diez cada
cual estaba en su sección: cincuenta y cuatro en lamía;
sólo quince ó dieciséis eran antiguos compañeros míos
de la segunda, entre ellos Deroso, el que siempre sacaba
el primer premio. ¡ Qué triste me pareció la escuela
recordando los bosques y las montañas donde acababa
de pasar el verano ! Hasta me acordaba con pena de mi
antiguo maestro, tan bueno, que se reía tanto con nosotros; tan chiquitín, que casi parecía un compañero;
y sentía no verlo allí con su cabeza rubia enmarañada.
Nuestro profesor de ahora es alto, sin barba, con el
cabello gris, es decir, con algunas canas, y tiene una

NUESTRO

MAESTRO

Martes 18.
También me gusta mi nuevo maestro desde esta
mañana. Durante la entrada, mientras él se colocaba
en su sitio, se iban asomando á la puerta de la clase,
de cuando en cuando, varios de sus discípulos del año
anterior para saludarle: — Buenos días, señor maestro;
buenosdías, Sr. Perbono. — Algunos entraban, le cogían
la mano y escapaban. Se veía que lo querían mucho y
que habrían deseado seguir con él. Él les respondía :
— Buenos días, y les apretaba la mano, pero no miraba
á ninguno^ á cada saludo permanecía serio, con su
arruga en la frente, vuelto hacia la ventana y miraba
al tejado de la casa vecina, y en lugar de alegrarse de
aquellos saludos, parecía que le daban pena. Luego nos
miraba, uno después de otro, con mucha fijeza. Empezó
á dictar, paseando entre los bancos, y al ver á un chico
que tenía la cara muy encarnada y con unos granitos,

18

OCTUBRE

dejó de dictar,le tomóla barba y le preguntó qué tenía;
le tocó la frente para ver si sentía calor. Mientras
tanto, un chico se puso de pie en el banco y
empezó á hacer tonterías. Se volvió de pronto, como
si lo hubiera adivinado ; el muchacho se sentó y esperó
el castigo, encarnado como la grana y con la cabeza
baja. El maestro se fué á él, le colocó una mano sobre
la cabeza, y le dijo : — No lo vuelvas á hacer. — Ni
una palabra más. Se dirigió á la mesa, y acabó de dictar.
Cuando concluyó nos miró un instante en silencio ; con
voz lenta, y, aunque ronca, agradable, empezó á decir:
— Escuchad ; hemos de pasar juntos un. año. Procuremos pasarlo lo mejor posible. Estudiad, y sed buenos.
Yo no tengo familia. Vosotros sois mi familia. El año
pasado todavía tenía á mi madre : se me ha muerto.
Me he quedado solo. No tengo en el mundo más que á
vosotros ; no tengo otro afecto, ni otro pensamiento.
Debéis ser mis hijos. Os quiero bien, y es preciso que
me paguéis en igual moneda. Deseo no castigar á ninguno. Demostrad que tenéis corazón ; nuestra escuela
constituirá una familia, y vosotros seréis mi consuelo
y mi orgullo. No os pido promesas de palabra, porque
estoy seguro de que en el fondo de vuestra alma ya lo
habéis prometido y os lo agradezco. — En aquel
momento apareció el bedel á dar la hora. Todos abandonamos los bancos despacio y silenciosos. El muchacho
que se había levantado de pie en el banco, se acercó al
maestro, y le dijo con voz trémula : — ¡ Perdóneme
usted! — El maestro lo besó en la frente, y le contestó;
— Está bien ; anda, hijo mío.

UNA DESGRACIA.
UNA

19

DESGRACIA.

Viernes 21.
Ha empezado el año con una desgracia. Al ir esta
mañana á la escuela, refiriendo á mi padre las palabras
del maestro, vimos de pronto la calle llena de gente
que se apiñaba delante del colegio. Mi padre dijo al
punto: — Una desgracia. Mal empieza el año. — Entramos con gran trabajo. El conserje estaba rodeado de
padres y de muchachos, que los maestros no conseguían
hacer entrar en las clases, y todos se encaminaban
hacia el cuarto del Director, oyéndose decir: — ¡ Pobre
muchacho! ¡ Pobre Roberto! Por cima de las cabezas, en
el fondo de la habitación llena de gente, se veían los kepis
de los guardias municipales y la gran calva del señor
Director; después entró un caballero con sombrero de
copa, y todos dijeron : — Es el médico. — Mi padre preguntó á un profesor: — ¿Qué ha sucedido? — Le ha pasado
la rueda por el pie, respondió. — Se ha roto el pie, dijo
otro. — Era un muchacho de la clase segunda, que
yendo á la escuela por la calle de Dora Grosa, y viendo
á un niño de primera elemental, escapado de la mano
de su madre, caer en medio del arroyo á pocos pasos
de un ómnibus que se echaba encima, acudió valientemente en su auxilio, lo cogió y lo puso en salvo; pero
no habiendo estado listo para retirar el pie, la rueda
del ómnibus le había pasado por cima. Es hijo de un
capitán de artillería. — Mientras nos contaban esto,
entró, como loca, una señora en la habitación, abriéndose paso: era la madre de Roberto, á la cual habían
llamado: otra señora salió á su encuentro, y, sollozando,
le echó los brazos al cuello: era la madre del otro niño,

del salvado. Ambas entraron en el cuarto y se oyó ur
desesperado grito. — ¡Oh, Roberto mío, hijo mío! —
En aquel momento se detuvo un carruaje delante de la
puerta, y poco después se presentó el Director con el
muchacho en brazos, que apoyaba la cabeza sobre el
hombro de aquél, pálido y cerrados los ojos. Todos permanecimos callados: se oían los sollozos de las madres.
El Director se detuvo un momento, y levantó al muchacho con sus dos brazos para que lo viera la gente, y
entonces maestros, maestras, padres y muchachos
exclamaron todos á un tiempo: — ¡ Bravo, Roberto !
¡ Bravo, pobre niño ! — Y le enviaban saludos los
maestros, y ios muchachos que estaban allí cerca le
besaban manos y brazos. — Él abrió los ojos, y murmuró: - ¡ Mi cartera! - L a madre del chiquillo salvado
se la enseñó llorando, y le dijo: - ¡Te la llevo yo
hermoso, te la llevo yo! Yal decirlo sostenía á la madre
del herido, que se cubría la cara con las manos. Salieron ; acomodaron almuchacho en el carruaje, y el coche
partió. Entonces entramos todos silenciosos en la escuela.

E L MUCHACHO

CALABRÉS

Sábado 22.
Ayer tarde, mientras el maestro nos daba noticias
del pobre Roberto, que andaría ya con muletas, entró
el Director con otro nuevo alumno, un muchacho de
cara muy morena, de cabello negro, ojos también negros '
y grandes, con las cejas espesas y juntas; todo su vestido era de color oscuro y llevaba un cinturón de cuero
negro alrededor del talle. El Director después de haber
hablado al oído con el maesttro, salió dejándole á su

E L MUCHACHO CALABRES

21

lado al muchacho, que nos miraba espantado. Entonces
el maestro lo cogió de la mano y dijo á la clase: — Os
debéis alegrar. Hoy entra en la escuela un nuevo
alumno, nacido en la provincia de Calabria, á más de
cincuenta leguas de aquí. Quered bien á vuestro compañero que de tan lejos viene. Ha nacido en la tierra
gloriosa que dió á Italia antes hombres ilustres, y hoy
le da honrados labradores y valientes soldados: es una
de las comarcas más hermosas de nuestra patria, en
cuyas espesas selvas y elevadas montañas habita un
pueblo lleno de ingenio y de corazón esforzado. Tratadle bien, á fin de que no sienta estar lejos del país
natal; hacedle ver que todo chico italiano encuentra
hermanos en cualquier escuela italiana donde ponga el
pie. — Dicho esto, se levantó y nos enseñó en el mapa
de Italia el punto donde está la provincia de Calabria.
Después llamó á Ernesto Deroso, que es el que saca
siempre el primer premio. Deroso se levantó. — Ven
aquí, añadió el maestro. — Deroso salió de su banco y
se colocó junto á la mesa, enfrente del calabrés. — Como
el primero de la escuela, dijo el profesor, da el abrazo
de bienvenida, en nombre de toda la clase, al nuevo
compañero: el abrazo de los hijos del Piamonte al hijo
de Calabria. — Deroso murmuró con voz conmovida:
« ¡ bienvenido! » y abrazó al calabrés, éste le besó en
las dos mejillas con fuerza. — Todos aplaudieron. —
¡ Silencio ! gritó el maestro: en la escuela no se aplaude.
— Pero se veía que estaba satisfecho, y hasta el calabrés parecía hallarse contento. El maestro le designó
sitio y le acompañó hasta su banco. Después repuso • —
Acordaos bien de lo que os digo. Lo4 mismo que un
muchacho de Calabria está como en su casa en Turín,
uno de Turín debe estar como en su propia casa en Cala-

OCTUBRE
22
bria • por esto lidió nuestro país cincuenta anos y murieron treinta mil italianos. Os debéis respetar y querer
todos mutuamente: cualquiera de vosotros que ofendiese á este campanero por no liaber nacido en nuestra
provincia, s e liaría para s i e m p r e indigno de mirar con
la frente levantada la bandera tricolor. - Apenas el
calabrés se sentó en su sitio, los más próximos e regalaron plumas y estampas, y otro chico, desde el ultimo
banco, le mandó un sello de Suecia.

MIS

COMPAÑEROS

AlaYtes 25.
El muchacho que envió el sello al calabrés es el que
me «msta más de todos. Se llama Garrón, y es el mayor
de la clase; tiene cerca de catorce años, la cabeza
o-rande y los hombros anchos; es bueno, se le conoce
hasta cuando sonríe, y parece que piensa siempre como
un hombre. Ahora conozco yo á muchos de mis compañeros. Otro me gusta también, se apellida Cereta y
usa un chaleco de punto color de chocolate y gorra de
piel. Siempre está alegre. Es hijo de un empleado de
ferrocarriles que ha sido soldado en la guerra de 186b,
de la división del príncipe Humberto, y que dicen tiene
tres cruces. El pequeño Nelle es un pobre jorobadito,
" gracioso, de rostro descolorido. Hay uno muy bien vestido, que se está siempre quitando las motas de la ropa,
V dé nombre Yotino. En el banco delante del mío hay
otro muchacho que llaman el albañilito, porque su padre
es albañil; de cara redonda como una manzana y de
nariz roma. Tiene particular habilidad para poner el
hocico de liebre; todos le piden que lo haga, y se ríen
Heva un sombrerillo viejo que se lo encasqueta como-

MIS COMPAÑEROS

23

pañuelo. Al lado del albañilito está Garofi, un tipo alto
y grueso, con la nariz de pico de loro y los pies muy
pequeños, que anda siempre vendiendo plumas, estampas y cajas de fósforos, y se escribe la lección en las
uñas para leerla á hurtadillas. Hay después un señorito, Carlos Nóbis, que parece algo orgulloso y se halla
entre dos muchachos que me son simpáticos: el hijo de
un forjador de hierro, metido en una chaqueta que le
llega hasta las rodillas, pálido con palidez de enfermo,
que parece siempre asustado y que no se ríe nunca; y
otro con los cabellos rojos, que tiene un brazo inmóvil
y lo lleva pegado al cuerpo; su padre está en América
y su madre vende hortalizas. Es también un tipo curioso
mi vecino de la izquierda, Estardo, pequeño y tosco,
sin cuello, gruñón, no habla con nadie y creo que
entiende poco; pero no quita ojo al maestro, sin mover
los párpados, con la frente arrugada y apretados los
dientes; y si le preguntan cuando el maestro habla, la
primera y la segunda vez no responde, y la tercera
pega un cachete. Tiene á su lado uno de fisonomía oscura
y sucia, que se llama Franti, y que fué expulsado ya de
otra escuela. Hay también dos hermanos, con vestidos
iguales, que parecen gemelos y que llevan sombreros
calabresescon plumasde faisán. Pero el mejor de todos,
el que tiene más ingenio, el que también será este año
el primero, de seguro, es Deroso; y el maestro, que ya
lo ha comprendido así, le pregunta siempre. Yo, sin
embargo, quiero más á Precusa, el hijo del herrero, el
de la chaqueta larga, el que parece enfermo. Dicen
que su padre le pega. Es muy tímido; cada vez que
pregunta ó toca á alguien, dice: — Dispénseme; y mira
constantemente con ojos tristes y bondadosos. Garrón,
sin embargo, es el mayor y el mejor de todos.

24

OCTUBRE
U N RASGO

UN RASGO GENEROSO

GENEROSO

Miércoles 26.
\

Precisamente esta mañana se ha dado á conocer Garrón. Cuando entré en la escuela — un poco tarde,
porque me había detenido la maestra de la primera
clase superior para preguntarme á qué hora podía ir á
casa y encontrarnos — el maestro no estaba allí todavía, y tres ó cuatro muchachos atormentaban al pobre
Crosi, el pelirojo del brazo malo y cuya madre es verdulera. Le pegaban con las reglas, le tiraban á la cara
cascaras de castañas y le ponían motes y remedaban,
imitándolo con su brazo pegado al cuerpo. El pobre
estaba solo en la punta del banco, asustado, y daba
compasión verlo, mirando ya á uno, ya á otro, con ojos
suplicantes para que lo dejaran en paz; pero los otros
le vejaban más, y entonces él empezó á temblar y á
ponerse encarnado de rabia. De pronto Franti, el de la
cara sucia, saltó sobre un banco y haciendo ademan de
llevar dos cestas en los brazos, remedó á la madre de
Crosi cuando venía á esperarlo antes á la puerta, pues
á la sazón no iba por estar enferma. Muchos se echaron
á reir á carcajadas. Entonces Crosi perdió la paciencia
y cogiendo un tintero se lo tiró á la cabeza con toda su
fuerza; pero Franti se agachó, y el tintero fué á dar
en el pecho del maestro, que entraba precisamente.
Todos se fueron á su puesto, y callaron atemorizados.
El maestro, pálido, subió á la mesa, y con voz alterada
preguntó:
— ¿Quién ha sido? — Ninguno respondió. El maestro
gritó otra vez, alzando aún más la voz: — ¿Quién? —
Entonces Garrón, dándole lástima del pobre Crosi, se

25

levantó de pronto, y dijo resueltamente: — Yo he sido.
El maestro lo miró; miró á los alumnos, que estaban
atónitos, y luego repuso con voz tranquila: — N 0 has
sido tú. Y después de un momento, añadió: — El culpable no será castigado. ¡Que se levante! Crosi se
levantó, y prorrumpió en llanto : — Me pegaban, me
insultaban, yo perdí la cabeza y tiré... — Siéntate —
interrumpió el maestro. — ¡Que se levanten los que
han provocado! — Cuatro se levantaron, con la cabeza
baja.
— Vosotros — dijo el maestro — habéis insultado á
un compañero que no os provocaba, os habéis reído de
un desgraciado, y habéis golpeado á un débil que no se
podía defender. Habéis cometido una de las acciones
más bajas y más vergonzosas con que se puede manchar
criatura humana.. ¡ Cobardes!
Dicho esto, salió por entre los bancos, tomó la cara á
Garrón, que estaba con la vista en el suelo, y alzándole la cabeza y mirándole fijamente, le dijo: — ¡Tienes un alma noble!
Garrón, aprovechando la ocasión, murmuró no sé
qué palabras al oído del maestro, y éste, volviéndose
hacia los cuatro culpables, dijo bruscamente: — Os
perdono.
MI

MAESTRA

DE LA PRIMERA CLASE SUPERIOR

Jueves 27.
Mi maestra ha cumplido su promesa: ha venido hoy
fk. á casa en el momento en que iba á salir con mi madre
para llevar ropa blanca á una pobre mujer, cuya nece-

26

OCTUBRE

EN UNA BUHARDILLA

sidad habíamos leído anunciada en los periódicos. Hacía
ya un año que no la habíamos visto en casa; así es que
tuvimos todos grande alegría. Es siempre la misma,
pequeña, con su velo verde en el sombrero, vestida á la
buena de Dios y mal peinada, pues nunca tiene tiempo
más que de alisarse; pero un poco más descolorida que
el año último, con algunas canas y tosiendo mucho. Mi
madre le preguntó: —¿Cómo va esa salud, querida
profesora? Usted no se cuida bastante. — ¡ E h ! no
importa, respondió con una sonrisa alegre y melancólica á la vez. — Usted habla demasiado alto, añadió mi
madre, y trabaja demasiado con los chiquitines. — Es
verdad; siempre se está escuchando su voz, lo recuerdo
de cuando yo iba á su escuela; habla mucho para que
los niños no se distraigan, y no está un momento sentada. Estaba bien seguro de que vendría, porque no se
olvida jamás de sus discípulos; recuerda sus nombres
por años; los días de los exámenes mensuales corre á
preguntar al Director qué notas han sacado; los espera
á la salida, y pide que le enseñen sus composiciones para
ver los progresos que han hecho; así es que van á buscarla al Colegio muchos que usan ya pantalón largo, y
reloj. Hoy volvía muy agitada del Museo, donde había
llevado á sus alumnos, como todos los años, pues dedica
siempre los jueves á estas excursiones, explicándolo
todo. ¡Pobre maestra, qué delgada está! Pero es siempre viva, y se reanima en cuanto habla de su escuela.
Ha querido que le enseñemos la cama donde me vió muy
malo hace dos años, y que ahora es de mi hermano: la
ha mirado un buen rato y no podía hablar de emoción.
Se ha ido pronto para visitar á un chiquillo de su clase,
hijo de un sillero, enfermo con sarampión, y tenía después que corregir varias pruebas, toda la tarde de tra-

bajo, y debía aún dar á primera noche una lección particular de Aritmética á cierta chica del comercio. — Y
bien, Enrique, me dijo al irse: ¿quieres todavía á tu
antigua maestra, ahora que resuelves ya problemas difíciles y haces composiciones largas ? — Me ha besado y
me ha dicho, ya desde lo último de la escalera: — No
me olvides, Enrique. — ¡Oh, mi buena maestra, no me
olvidaré de ti! Aun cuando sea mayor, siempre te recordaré é iré á buscarte entre tus chicúelos; y cada vez
que pase por la puerta de una escuela y sienta la voz
de una maestra, me parecerá escuchar tu voz y pensaré
en los dos años que pasé en tu clase, donde tantas cosas
aprendí, donde tantas veces te vi enferma y cansada,
pero siempre animosa, indulgente, desesperada cuando
uno tomaba un vicio en los dedos al escribir,temblorosa
cuando los inspectores nos preguntaban, feliz cuando
salíamos airosos, y constantemente buena y cariñosa
como una madre... ¡ Nunca, nunca te olvidaré, maestra
querida!

27

EN UNA BUHARDILLA

Viernes 28.
Ayer tarde fui con mi madre y con mi hermana Silvia
á llevar ropa blanca á la pobre mujer recomendada por
los periódicos; yo llevé el paquete y Silvia el diario,
con las iniciales del nombre y la dirección. Subimos
hasta el último piso de una casa alta y llegamos á un
corredor largo, donde había muchas puertas. Mi madre
llamó en la última; nos abrió una mujer, joven aún,
rubia y macilenta, que al pronto me pareció haberla
visto ya en otra parte con el mismo pañuelo azul á la
cabeza. — ¿ E s usted la del periódico ? preguntó mi
madre. — Sí, señora ; yo soy. — Pues bien, aquí le

traemos esta poca de ropa blanca. La pobre mujer no
acababa de darnos gracias, ni de bendecirnos. Yo,
mientras tanto, vi en un ángulo de la oscura y desnuda
habitación un muchacho arrodillado delante de una
silla, con la espalda vuelta hacia nosotros y que parecía estar escribiendo, y escribía efectivamente, teniendo el papel en la silla y el tintero en el suelo.
¿ Cómo se las componía para escribir casi á oscuras ?
Mientras decía fcsto para mis adentros, reconocí los
cabellos rubios y la chaqueta de mayoral de Grosi, el
hijo de la verdulera, el del brazo malo. Se lo dije muy
bajo á mi madre mientras la mujer recogía la ropa. —
¡ Silencio ! replicó mi madre. Puede ser que se avergüence al verte dar una limosna á su madre; no le
llames. Pero en aquel momento, Crosi se volvió ; yo no
sabía qué hacer, y entonces mi madre me dio un empujón para que corriese á abrazarlo. Le abracé, y él se
levantó y me tomó la mano. — Hénos aquí, decía
entretanto su madre á la mía : mi marido está en América desde hace seis años, y yo,por añadidura, enferma
y sin poder ir á la plaza con verduras para ganarme
algunos cuartos. No me ha quedado ni tan solo mesa
para que mi pobre Luis pueda trabajar. Cuando tenía
abajo el mostrador en el portal, al menos podía escribir
sobre él; pero ahora me lo han quitado. Ni siquiera
algo de luz para estudiar y que no pierda la vista... y
gracias que lo puedo mandar á la escuela, porque el
Ayuntamiento le da libros y cuadernos. ¡ Pobre Luis,
tú que tienes tanta voluntad de estudiar! ¡ Y yo, pobre
mujer, nada puedo hacer por t i ! Mi madre le dió cuanto
llevaba en el bolsillo, besó al muchacho y casi lloraba
cuando salimos, y tenía mucha razón para decirme : —
¡ Mira ese chico : cuántas estrecheces pasa para traba-

jar, y tú que tienes tantas comodidades, todavía te
parece duro el estudio! ¡ Oh, Enrique mío, tiene más
mérito su trabajo de un día, que todos tus estudios de
un a ñ o ! ¿ Á cuál de los dos le deberían dar los primeros premios?
LA

ESCUELA

Viernes 28.
« Sí, querido Enrique ; el estudio es duro para ti,
como dice tu madre : no te veo ir á la escuela con
aquel animo resuelto y aquella cara sonriente que yo
quisiera. Tú eres algo terco; pero, oye : piensa un
poco y considera ¡ qué despreciables y estériles serían
tus días si no fueses á la escuela' Juntas las manos, de
rodillas, pedirías al cabo de una semana volver á ella
consumido por el hastío y la vergüenza, cansado de tu
existencia y de tus juegos. Todos, todos estudian ahora,
Enrique mío. Piensa en los obreros que van ála escuela
por la noche, después de haber trabajado todo el día ;
en las mujeres, en las muchachas del pueblo que van á
la escuela los domingos después de haber trabajado
toda la semana; en los soldados que echan mano de
libros y cuadernos cuando vienen rendidos de sus ejercicios ; piensa en los niños mudos y ciegos que, sin
embargo, estudian, y hasta en los presos, que también
aprenden á leer y escribir. Pero ¡ qué más ! Piensa en
los innumerables niños que se puede decir que á todas
horas van á la escuela en todos los países; míralos con
la imaginación cómo van por las callejuelas solitarias
de la aldea, por las concurridas calles de la ciudad, por
la orilla de los mares y de los lagos, ya bajo un sol
ardiente, ya entre las nieblas; embarcados, en los
, países cortados por canales, á caballo por las grandes

EL PEQUEÑO PATRIOTA PADUANO

llanuras, en zuecos sobre la nieve, por valles y colinas,
atravesando bosques y torrentes ; por los senderos
solitarios de las montañas, solos, por parejas, en grupos, en largas filas, todos con los libros bajo el brazo,
vestidos de mil modos, hablando miles de lenguas, desde
las últimas escuelas de Rusia, casi perdidas entre hielos, hasta las últimas de Arabia, á la sombra de las
palmeras : millones y millones de seres que van á
aprender, en mil formas diversas,"las mismas cosas;
imagina este vastísimo hormiguero de niños de cien
pueblos, este inmenso movimiento, del cual formas
parte, y piensa : si este movimiento cesase, la humanidad caería en la barbarie : este movimiento es el progreso, la esperanza, la gloria del mundo. — ¡ Valor,
pues, pequeño soldado del inmenso ejército! Tus libros
son tus armas, tu clase es tu escuadra, el campo de
batalla la tierra entera, y la victoria la civilización
humana. ¡ No seas un soldado cobarde, Enrique mío! »
T u PADRE.
EL PEQUEÑO

PATRIOTA

PADUANO

(CUENTO MENSUAL)

Sábado 29.
No seré un soldado cobarde, no; pero iría con más
gusto á la escuela si el maestro nos refiriese todos los
días un cuento como el de esta mañana. Todos los
meses, dice, nos contará uno, nos lo dará escrito y
será siempre el relato de una acción buena y verdadera, llevada á cabo por un niño. El pequeño patriota
paduano se llama el de hoy. Hélo aquí: — Un naviero
francés partió de Barcelona, ciudad de España, para
Génova, llevando á bordo franceses, italianos, espa-

31

ñoles y suizos. Había, entre otros, un chico de once
años, solo, mal vestido, que estaba siempre aislado,
como animal salvaje, mirando á todos de reojo. Y tenía
razón para mirar á todos así. Hacía dos años que su
padre y su madre, labradores de los alrededores de
Padua, le habían vendido al jefe de cierta compañía de
titiriteros, el cual, después de haberle enseñado á,
hacer varios juegos á fuerza de puñetazos, patadas y
ayunos, l e . había llevado á través de Francia y de
España, pegándole siempre y no quitándole nunca el
hambre. Llegado á Barcelona y no pudiendo soportar
ya los golpes y el ayuno, reducido á un estado que
inspiraba lástima, se escapó de su carcelero y corrió á
pedir protección al cónsul de Italia, el cual, compadecido, le había embarcado en aquel bajel, dándole una
carta para el alcalde de Génova, que debía enviarlo á
sus padres, á los padres que lo habían vendido como vil
bestia. El pobre muchacho estaba lacerado y enfermucho. Le habían dado billete de segunda clase. Todos le
miraban, algunos le preguntaban; pero él no respondía, y parecía que odiaba á todos : ¡ tanto le habían
irritado y entristecido las privaciones y los golpes !
Al fin tres viajeros, á fuerza de insistencia en sus preguntas, consiguieron hacerle hablar, y en pocas palabras, toscamente dichas, mezcla de español, de francés
> de italiano, les contó su historia. No eran italianos
L aquellos tres viajeros ; pero le comprendieron, y parte
1 por compasión, parte por excitación del vino, le dieron
A algunos cuartos, instándole para que contase más.
S Habiendo entrado en la cámara en aquel momento algu?• j ñas señoras, los tres, por darse tono, le dieron aún más
^ dinero, gritando : — ¡ Toma, toma más ! — Y hacían
-teonar las monedas sobre la mesa. El muchacho las cogió

32

todas dando las gracias á media voz, con aire malhumorado, pero con una mirada, por primera vez en su
vida, sonriente y cariñosa. Después se fué sobre cubierta
y permaneció allí solo pensando en las vicisitudes de
su vida. Con aquel dinero podía tomar algún buen
bocado a bordo, después de dos años que sólo se alimentaba de pan; podía comprarse una chaqueta, apenas
desembarcara en Génova, después de dos años que iba
vestido de andrajos, y podía también, llevando algo á
su casa, tener mejor acogida del padre y de la madre
que si hubiera llegado con los bolsillos vacíos Aquel
dinero era para él casi una fortuna, y en esto pensaba,
consolándose, asomado á la claraboya, mientras los tres
viajeros conversaban sentados á la mesa en medio de la
camara de segunda clase. Bebían y hablaban de sus
viajes y de los países que habían visto, y de conversación en conversación vinieron á hablar de Italia
Empezó uno á quejarse de sus fondas, otro de sus ferrocarriles, y después, todos juntos,animándose,hablaron mal de todo. Uno, hubiera preferido viajar por la
Laponia ; otro, decía que no había encontrado en Italia más que estafadores y bandidos; el tercero, que los
empleados italianos no sabían leer. — Un pueblo ignorante, decía el primero. — Sucio, añadió el segundo^. —
La..., exclamó el tercero; y quiso decir ladrón, pero
no pudo acabar la palabra. Una tempestad de cuartosy de medias pesetas cayó sobre sus cabezas y sobre sus
espaldas, y descargó sobre la mesa y sobre el suelo
con infernal ruido. Los tres se levantaron furiosos
mirando hacia arriba, y aún recibieron un puñado de
cuartos en la cara. — Recobrad vuestra dinero, dijo
con desprecio el muchacho, asomado á la claraboya :
yo no acepto limosna de quienes insultan, á mi patria.

NOVIEMBRE
EL

D E S H O L L I N A D O R

1de

Noviembre.

Ayer tarde fui á la escuela de niñas que está' al lado
de la nuestra, para darle el cuento del muchacho
paduano á la maestra de Silvia, que lo quería leer.
¡ Setecientas muchachas hay allí! Cuando llegué, empezaban á salir, todas muy contentas por las vacaciones
de Todos Santos y Difuntos, y ¡ qué cosa tan hermosa
presencié allí! Frente á la puerta de la escuela, en la
otra acera, estaba con un codo apoyado en la pared, y
con la frente apoyada en la mano, un deshollinador
muy pequeño, de cara completamente negra, con su
saco y su raspador, que lloraba, sollozando amargamente. Dos ó tres muchachas de la segunda sección se
le acercaron y le dijeron : — ¿ Qué tienes que lloras de
esa manera? Pero él no respondía y continuaba llorando* — Pero ¿ qué tienes ? ¿ Por qué lloras ? repetían las
niñas, y entonces él separó el rostro de la mano, un
rostro infantil, y dijo gimiendo que había estado en
varias casas á limpiar las chimeneas, que había ganado
seis reales y los había perdido porque se le escurrieron
por el agujero de un bolsillo roto, y no se atrevía á
volver á su casa sin los cuartos. — El amo me pega,
decía sollozando; y volvió á la misma postura que antes
tenía, como un desesperado. Las chiquillas se quedaron
mirándole muy serias. Entretanto, se habían acercado

32

todas dando las gracias á media voz, con aire malhumorado, pero con una mirada, por primera vez en su
vida, sonriente y cariñosa. Después se fué sobre cubierta
y permaneció allí solo pensando en las vicisitudes de
su vida. Con aquel dinero podía tomar algún buen
bocado a bordo, después de dos años que sólo se alimentaba de pan; podía comprarse una chaqueta, apenas
desembarcara en Génova, después de dos años que iba
vestido de andrajos, y podía también, llevando algo á
su casa, tener mejor acogida del padre y de la madre
que si hubiera llegado con los bolsillos vacíos Aquel
dinero era para él casi una fortuna, y en esto pensaba,
consolándose, asomado á la claraboya, mientras los tres
viajeros conversaban sentados á la mesa en medio de la
camara de segunda clase. Bebían y hablaban de sus
viajes y de los países que habían visto, y de conversación en conversación vinieron á hablar de Italia
Empezó uno á quejarse de sus fondas, otro de sus ferrocarriles, y después, todos juntos,animándose,hablaron mal de todo. Uno, hubiera preferido viajar por la
Laponia ; otro, decía que no había encontrado en Italia más que estafadores y bandidos; el tercero, que los
empleados italianos no sabían leer. — Un pueblo ignorante, decía el primero. — Sucio, añadió el segundo^. —
La..., exclamó el tercero; y quiso decir ladrón, pero
no pudo acabar la palabra. Una tempestad de cuartosy de medias pesetas cayó sobre sus cabezas y sobre sus
espaldas, y descargó sobre la mesa y sobre el suelo
con infernal ruido. Los tres se levantaron furiosos
mirando hacia arriba, y aún recibieron un puñado de
cuartos en la cara. — Recobrad vuestra dinero, dijo
con desprecio el muchacho, asomado á la claraboya :
yo no acepto limosna de quienes insultan, á mi patria.

NOVIEMBRE
EL

D E S H O L L I N A D O R

1de

Noviembre.

Ayer tarde fui á la escuela de niñas que está' al lado
de la nuestra, para darle el cuento del muchacho
paduano á la maestra de Silvia, que lo quería leer.
¡ Setecientas muchachas hay allí! Cuando llegué, empezaban á salir, todas muy contentas por las vacaciones
de Todos Santos y Difuntos, y ¡ qué cosa tan hermosa
presencié allí! Frente á la puerta de la escuela, en la
otra acera, estaba con un codo apoyado en la pared, y
con la frente apoyada en la mano, un deshollinador
muy pequeño, de cara completamente negra, con su
saco y su raspador, que lloraba, sollozando amargamente. Dos ó tres muchachas de la segunda sección se
le acercaron y le dijeron : — ¿ Qué tienes que lloras de
esa manera? Pero él no respondía y continuaba llorando* — Pero ¿ qué tienes ? ¿ Por qué lloras ? repetían las
niñas, y entonces él separó el rostro de la mano, un
rostro infantil, y dijo gimiendo que había estado en
varias casas á limpiar las chimeneas, que había ganado
seis reales y los había perdido porque se le escurrieron
por el agujero de un bolsillo roto, y no se atrevía á
volver á su casa sin los cuartos. — El amo me pega,
decía sollozando; y volvió á la misma postura que antes
tenía, como un desesperado. Las chiquillas se quedaron
mirándole muy serias. Entretanto, se habían acercado

otras muchachas grandes y pequeñas, pobres y acomodadas, con sus carteras bajo el brazo, y una de las
mayores, que llevaba una pluma azul en el sombrero,
sacó del bolsillo diez céntimos, y dijo : — No tengo más
que esto que ves ; hagamos la colecta. — También tengo
yo diez, dijo otra vestida de encarnado, y podemos,
entre todas, reunir hasta lo que falta. Entonces comenzaron á llamarse : ¡ Amalia, Luisa, Anita, eh, cuartos !
tú ¿quién tiene cuartos? ¡Vengan cuartos! Muchas
llevaban dinero para comprar flores ó cuadernos, y los
entregaban en seguida. Algunas más pequeñas, sólo
pudieron dar céntimos. La de la pluma azul recogía todo
y lo contaba en voz alta : — ¡ Ocho, diez, quince! pero
hacía falta más. Entonces llegó la mayor de todas, que
parecía una maestrita, dió un real y todas le hicieron
una ovación. Pero faltaban aún treinta y cinco céntimos. — Ahora vienen las de la cuarta, dijo una. Las de
la clase cuarta llegaron, y los cuartos llovieron. Todas
se arremolinaban y era un espectáculo hermoso ver á
aquel pobre deshollinador, en medio de aquellos vestidos de tantos colores, de todo aquel círculo de plumas, v
de lazos y de rizos. Los seis reales se habían ya reunido,
y aun pasaban, y las más pequeñas que no tenían dinero,
se abrían paso entre las mayores, llevando sus ramitos
de flores, por darle también algo. De allí á un rato,
acudió la portera gritando : — ¡La señora Directora!
Las muchachas escaparon por todos lados, como gorriones á la desbandada, y entonces se vió al pobre deshollinador,solo en medio de la calle, enjugándose los ojos,
tan contento, con las manos llenas de dinero, y ostentando ramitos de flores en los ojales de la chaqueta, en
los bolsillos, en el sombrero, y hasta había flores por el
suelo rodeando sus pies.

E L DÍA DE

DIFUNTOS

2 de

Noviembre.

« Este día está consagrado á la conmemoración de los
difuntos. — ¿ Sabes tú, Enrique, á qué muertos debéis
consagrar un recuerdo en este día, vosotros los muchachos? Á los que murieren por vosotros, por los niños.
¡ Cuántos han muerto así y cuántos mueren de continuo!
¿ Has pensado alguna vez en cuántos padres han consumido su vida en el trabajo, y en cuántas madres han
bajado á la tumba antes de tiempo, extenuadas por las
privaciones á que se condenaron para sustentar á sus
hijos? ¿ Sabes cuántos hombres clavaron un puñal en su
corazón por la desesperación de ver á sus propios hijos
en la miseria, y cuántas mujeres se suicidaron, murieron de dolor ó enloquecieron por haber perdido un hijo ?
Piensa, Enrique, en este día, en todos estos muertos.
Piensa en tantas maestras que fallecieron jóvenes, consumidas de la tisis por las fatigas de la escuela, por
amor á los niños, de los cuales no tuvieron valor para
separarse; piensa en los médicos que murieron de enfermedades contagiosas, de las que valientemente no se
precavían por curar á los niños; piensa en todos aquellos
que en los naufragios, en los incendios, en las hambres,
en un momento de supremo peligro, cedieron á la infancia el último pedazo de pan, la última tabla de salvación,
la última cuerda para escapar de las llamas, y expiraban
satisfechos de su sacrificio que conservaba la vida de un
pequeñuelo inocente. Son innumerables, Enrique, estos
muertos : todo cementerio encierra centenares de estas
santas criaturas, que si pudieran salir un momento de

la fosa, dirían el nombre de un niño al cual sacrificaron
los placeres de la juventud, la paz de la vejez, los sentimientos, la inteligencia, la vida : esposas de veinte
años, hombres en la flor de la edad, ancianos octogenarios, jovencillos, — mártires heroicos y oscuros de la
infancia, — tan grandes y tan nobles, que no produce
la tierra flores bastantes para poderlas colocar sobre
sus sepulturas. ¡Tanto se quiere á los niños! Piensa hoy
con gratitud en estos muertos, y serás mejor y más
cariñoso con todos los que te quieren bien y trabajan
por ti, querido y afortunado hijo mío, que en el día de
los difuntos no tienes aún que llorar á ninguno ! >
T ü MADRE.

M I AMIGO

GARRÓN

Viernes 4.
¡ No han sido más que dos los días de vacaciones, y
me parece que he estado tanto tiempo sin ver á Garrón!
Cuanto más le conozco, más lo quiero, y lo mismo sucede
á los demás, exceptuados los arrogantes, aunque á su
lado no puede haberlos, porque él siempre los mete en
cintura. Cada vez que uno de los mayores levanta la
mano sobre un pequeño, grita éste : — ¡ Garrón! y e'l
mayor ya no pega. Su padre es maquinista del ferrocarril ; él empezó tarde á ir á la escuela porque estuvo
malo dos años. Cualquier cosa que se le pide, lápiz,
goma, papel, cortaplumas, lo presta ó da en seguida;
no habla ni ríe en ia escuela ; está siempre inmóvil en
su banco, demasiado estrecho para él, con la espalda
agachada y la cabeza metida entre los hombros; y

MI AMIGO GARRÓN

37

cuando le miro me dirige una sonrisa,con los ojos entornados, como diciendo : — Y bien, Enrique, ¿somos amigos? Da risa verle, tan alto y grueso, con su chaqueta,
pantalones, mangas y todo demasiado estrecho y excesivamente corto; un sombrero que no le cubre la cabeza,
el pelo rapado, las botas grandes y una corbata siempre
arrollada como una cuerda. ¡ Querido Garrón! Basta
ver una vez su cara para tomarle cariño. Todos los más
pequeños quisieran tenerlo por vecino de banco. Sabe
muy bien la Aritmética. Lleva los libros atados con una
correa de cuero encarnado. Tiene un cuchillo con mango
de concha, que encontró el año pasado en la plaza de
Armas y un día se cortó un dedo hasta el hueso, pero
ninguno se lo notó en la escuela, ni tampoco rechistó en
su casa por no asustar á sus padres. Deja que le digan
cualquier cosa por broma, y nunca lo toma á mal; pero
¡ ay, del que le diga: « no es verdad » cuando afirma
una cosa! : sus ojos echan chispas entonces, y pega
puñetazos capaces de partir el banco. El sábado por la
mañana dió cinco céntimos á uno de la clase primera
superior, que lloraba en medio de la calle porque le
habían quitado el dinero y no podía ya comprar el cuaderno. Hace ocho días que está trabajando en una carta
de ocho páginas, con dibujos á pluma en ios márgenes,
para el día del santo de su madre, que viene á menudo
á buscarle y es alta y gruesa como él. El maestro está
siempre mirándolo, y cada vez que pasa á su lado, le da
palmaditas en el cuello cariñosamente. Yo lo quiero
mucho. Estoy contento cuando estrecho en mi mano la
suya, grande como la de un hombre ; y estoy seguro de
que arriesgaría su vida por salv&r la de un compañero,
y hasta que se dejaría matar por defenderlo. Se ve tan
claro en sus ojos ; se oye con tanto gusto el murmullo

de aquella voz, que se conoce viene de un corazón noble
y generoso...

E L CARBONERO Y E L

SEÑOR

Lunes 7.
No hubiera dicho nunca Garrón, seguramente, lo que
dijo ayer por la mañana Garlos Nóbis á Beti. Carlos es
muy orgulloso porque su padre es un gran señor : un
señor alto, con barba negra, muy serio, que va casi
todos los días para acompañar á su hijo. Ayer por la
mañana Nóbis se peleó con Beti, uno de los más pequeños, hijo de un carbonero, y no sabiendo ya qué replicarle porque no tenía razón, le dijo alto : — Tu padre
es un andrajoso. — Beti se puso muy encarnado y no
dijo nada; pero se le saltaron las lágrimas y cuando fué
á casa se lo contó á su padre : y el carbonero, hombre
pequeño y muy negro, fué á la lección de la tarde con
el muchacho de la mano, á dar las quejas al maestro.
Mientras las daba, y como todos estábamos callados, el
padre de Nóbis que le estaba quitando la capa á su hijo
como acostumbra, desde el umbral de la puerta oyó
pronunciar su nombre y entró á pedir explicaciones.
— Es este señor, respondió el maestro, que ha venido
á quejarse porque su hijo de usted, Carlos, dijo á su
niño : — «Tu padre es un andrajoso. »
El padre de Nóbis arrugó la frente y se puso algo
encarnado. Después preguntó á su hijo : — ¿Has dicho
esa palabra?
El hijo, de pie en medio de la escuela, con la cabeza
baja delante del pequeño Beti, no respondió. Entonces

el padre lo agarró de un brazo, le hizo avanzar más
enfrente de Beti, hasta el punto de que casi se tocaban,
y le dijo : — Pídele perdón.
El carbonero quiso interponerse, diciendo : — No,
no; pero el señor no lo consintió, y volvió á decir á su
hijo : — Pídele perdón. Repite mis palabras : « Yo te
pido perdón de la palabra injuriosa, insensata, innoble
que dije contra tu padre, al cual el mío tiene mucho
honor en estrechar su mano. »
El carbonero hizo ademán resuelto de decir : — No
quiero. — El señor no lo consintió, y su hijo dijo lentamente con voz cortada, sin alzar los ojos del suelo : —
¡Yo te pido perdón... de la palabra injuriosa..., insensata..., innoble... que dije contra tu padre, al cual el
mío... tiene mucho honor en estrechar su mano!
Entonces el señor dió la mano al carbonero, que se
la estrechó con fuerza, y después, de un empujón repentino, echó á su hijo entre los brazos d* Carlos Nóbis.—
Hágame el favor de ponerlos juntos, dijo el caballero
al maestro. — Éste puso á Beti en el banco de Nóbis.
Cuando estuvieron en su sitio, el padre de Carlos saludó y salió.
Él carbonero se quedó un momento pensativo, mirando á los dos muchachos reunidos; después se acercó al
banco y miró á Nóbis con expresión de cariño y de
remordimiento, como si quisiera decirle algo, pero no
dijo nada; alargó la mano para hacerle una caricia,
pero tampoco se atrevió, contentándose con tocarle la
frente con sus toscos dedos. Después se acercó á la
puerta, y volviéndose aún una vez más para mirarlo,
desapareció. — Acordaos bien de lo que habéis visto,
dijo el maestro : esta es la mejor lección-del año.

L A M A E S T R A DE M I H E R M A N O

Jueves 10.
El hijo del carbonero fué alumno de la maestra Delcato, que ha venido hoy á ver á mi hermano, enfermo,
y nos ha hecho reir contándole que la mamá de aquel
niño, hace dos años, le llevó á su casa una gran espuerta
de carbón, en agradecimiento á que le había dado una
medalla á su hijo, y porfiaba la pobre mujer porque no
quería llevarse el carbón á su casa, y casi lloraba
cuando tuvo que volverse con la espuerta llena. Nos
ha dicho también que otra pobre mujer le llevó un ramo
de flores, muy pesado, y que tenía dentro un paquete
de cuartos. Nos hemos entretenido mucho oyéndola, y
gracias á ella tragó mi hermano una medicina que al
principio no quería. ¡ Cuánta paciencia deben tener con
los niños de la primera enseñanza elemental, sin dientes como los viejos, que no pronuncian la erre ni la ese,
ya tose uno, ya otro echa sangre por las narices, uno
pierde los zapatos debajo del banco, otro chilla porque
se ha pinchado con la pluma, y llora aquél porqu^ ha
comprado una plana de segunda por una de primera !
¡Reunir cincuenta en la clase, con aquellas manecitas
de manteca y tener que enseñar á escribir á todos !
Ellos llenan los bolsillos de terrones de azúcar, botones,
tapones de botella, ladrillo hecho polvo, toda clase de
menudencias, que la maestra les busca, pero que esconden hasta en ei calzado. Y nunca están atentos : un
moscardón que entre por las ventanas, les pone á todos
fuera de s í : en el verano llevan á la escuela ciertos
insectos que echan á volar, y que caen en los tinteros
y que después salpican de tinta las planas. La maestra
tiene que hacer de mamá con ellos, ayudarlos á vestir,

cortarles las uñas, recoger las gorras que tiran, cuidar
de que no cambien los abrigos, porque si no, después
rabian y chillan. ¡ Pobres maestras ! ¡ Y aún van las
mamás á quejarse ! — ¿ Cómo es, señora, que mi niño
ha perdido su pluma ? — ¿ Cómo es que el mío no aprende nada ? — ¿ Por qué no da un premio al mío, que sabe
tanto ? — ¿ P o r que no hace quitar del banco aquel
clavo que ha roto los pantalones de mi Pedro ? —
Alguna vez se incomoda con los muchachos la maestra
de "mi hermano, y cuando no puede más, se muerde las
uñas por no pegar un cachete ; pierde la paciencia, pero
después se arrepiente y acaricia al niño á quien ha
regañado: echa á un pequeñuelo de la escuela, pero
saíiéndosele las lágrimas, y desahoga su cólera con los
padres que privan de la comida á los niños por castigo.
Es joven y alta la maestra Delcato ; viste bien ; es
morena y viva, y lo hace todo como movida por un
resorte, se conmueve por cualquier cosa, y habla entonces con mucha ternura. — Pero al menos ¿ la quieren
los niños ? le preguntó mi madre. — Mucho, respondió;
pero después, concluido el curso, la mayor parte ni me
miran. Cuando están con los profesores, casi se avergüenzan de haber estado conmigo, con una maestra.
Después de dos años de cuidados, después que se ha
querido tanto á un niño, nos entristece separarnos de
é l ; pero se dice una : — ¡ Oh ! Desde ahora en adelante
me querrá mucho. — Pero pasan las vacaciones, vuelve
á la escuela, corremos á su encuentro. — ¡ Oh, hijo mío!
— Y vuelve ia cabeza á otro lado. — Al decir esto, la
maestra se detiene. — Pero tú no lo harás así, hermoso,
dice después mirando fijamente á mi hermano, y besándole ; tú no volverás la cabeza á otro lado, ¿ no es
verdad ? no renegarás de tu pobre amiga.

%

43

EL COMPAÑERO CORETA

MI MADRE
Jueves 10 de

Noviembre.

* ¡ En presencia de la maestra de tu hermano, faltaste al respeto á tu madre! ¡ Que esto no suceda más,
Enrique mío ! Tu palabra irreverente se me ha clavado
en el corazón como un dardo. Piensa en tu madre cuando
años atrás estaba inclinada toda la noche sobre tu
cama, midiendo tu respiración, llorando lágrimas de
angustia y apretando los dientes de terror, porque
creía perderte, y temía que le faltara la razón,: y con
este pensamiento, experimentarás cierta especie de
terror hacia ti. ¡ Tú ofender á tu madre, á tu madre,
que daría un áfío de felicidad por quitarte una hora de
dolor, que pediría limosna por ti, que se dejaría matar
por salvar tu vida ! Oye, Enrique mío : fija bien en la
mente este pensamiento. Considera que te esperan en
la vida muchos días terribles ; pues el más terrible de
todos será el día en que pierdas á tu madre. Mil veces,
Enrique, cuando ya seas hombre fuerte y probado en
toda clase de contrariedades, t.ú la invocarás, oprimido
tu corazón de un deseo inmenso de volver á oir su voz
y de volver á sus brazos abiertos para arrojarte en
ellos sollozando, como pobre niño sin protección y sin
consuelo. ¡ Cómo te acordarás entonces de toda amargura que le hayas causado, y con qué remordimiento,
desgraciado, las contarás todas ! No esperes tranquilidad en tu vida, si has contristado á tu madre. Tú te
arrepentirás, le pedirás perdón, venerarás su memoria
inútilmente ; la conciencia no te dejará vivir en paz ;
aquella imagen dulce y buena tendrá siempre para ti
una expresión de tristeza y reconvención, que pondrá

tu alma en tortura. ; Oh, Enrique : mucho cuidado !
Este es el más sagrado de los humanos afectos. ¡ Desgraciado del que lo profane ! El asesino que respeta á
su madre, aún tiene algo de honrado y algo noble en su
corazón ; el mejor de los hombres que le hace sufrir ó
la ofende, no es más que miserable criatura. Que no
salgá nunca de tu boca una palabra dura para la que te
ha dado el ser. Y si alguna se te escapa, no sea el temor
á tu padre, sino un impulso del alma lo que te haga
arrojarte á sus pies, suplicándole que con el beso del
perdón borre de tu frente la mancha de la ingratitud.
Yo te quiero, hijo mío ; tú eres la esperanza más querida de mi vida,; pero mejor quiero verte muerto, que
saber eres ingrato con tu madre. Yéte, y por un poco
de tiempo no me hagas caricias; no podría devolvértelas con cariño. »
TU

PADRE.

EL COMPAÑERO CORETA
Domingo 13.
Mi padre me perdonó, pero me quedé un poco triste,
y mi madre me mandó á dar un paseo con el hijo mayor
del portero. Á mitad del paseo, pasando junto á un
carro, parado delante de una tienda, oigo que me llaman por mi nombre, y vuelvo. Era Coreta, mi compañero, con su chaqueta de punto color de chocolate y su
gorra de piel, sudando y alegre, que tenía una gran
carga de leña sobre sus espaldas. Un hombre, de pie en
el carro, le echaba una brazada de leña cada vez, él la
cogía y la llevaba á la tienda de su padre, donde de
prisa y corriendo la amontonaba.
— ¿ Qué haces, Coreta? le pregunté.

— i No lo ves ? respondió tendiendo los brazos para
coger la carga ; repaso la lección.
Me reí. Pero él hablaba en serio, y después de coger
la brazada de leña, empezó á decir corriendo : —
Llámame
accidentes del verbo... sus
variaciones
según el número... según el número y la persona...
Y después, echando la leña y amontonándola : —
según el tiempo... según el tiempo á que se refiere la
acción...
Y volviéndose al carro á tomar otra brazada : —
según el modo con que la acción se enuncia.
Era nuestra lección de gramática para el día siguiente. — ¿ Qué quieres ? me dijo ; aprovecho el tiempo.
Mi padre se ha ido á la calle con el muchacho para un
negocio. Mi madre está enferma. Me toca á mí descargar. Entretanto repaso la gramática. Y hoy es una
lección difícil. No acabo de metérmela en la cabeza. —
Mi padre me ha diclí* que estará aquí á las siete para
pagarle á usted, dijo después al hombre del carro.
El carro se fué. — Entra un momento en la tienda,
me dijo Goreta. — Entré. Era una habitación llena de
montones de haces de leña, con una romana á un lado.
— Hoy es día de mucho trabajo, te lo aseguro, añadió
Coreta : tengo que hacer mi obligación á ratos y como
pueda. Estaba escribiendo los apuntes, y ha venido
gente á comprar. Me he vuelto á poner á escribir, y
llegó el carro. Esta mañana he ido ya dos veces al mer-.
cado de la leña, en la plaza de Yenecia. Tengo las piernas que ya no las siento, y las manos hinchadas. ¡ Lo
único que me faltaba^era tener que hacer también algún
dibujo ! Y mientras, barría las hojas secas y las pajillas
que rodeaban el montón. ^
— Pero i dónde t r a b a j é ' C o r e t a ? le preguntó.

— No aquí, ciertamente, respondió ; ven á verlo. —
Y me llevó á una habitación dentro de la tienda, que
servía de cocina y de comedor, y en un lado una mesa
en donde estaban los libros, los cuadernos y el trabajo
empezado. — Precisamente aquí, dijo, he dejado la
segunda contestación en el aire: con el cuero se hacen los
zapatos, los cinturones... Ahora se añade: las maletas.
— Y tomando la pluma, se puso á escribir con su hermosa letra. — ¿ No hay nadie ? se oyó gritar en aquel
momento en la tienda. — Allá voy, respondió Coreta.—
Y saltó de allí, pisó los haces, tomó el dinero, corrió á
un lado para apuntar la venta en un cartapacio, y volvió
á su trabajo-diciendo : — Á ver si puedo concluir el
período. — Y escribió: las bolsas de viaje y las mochilas para los soldados. — ¡ Ah, mi pobre café que se
sale! gritó de repente, y corrió á la hornilla á quitar la
cafetera del fuego. — Es el café para mamá, dijo ; me
ha sido preciso aprender á hacerlo. Espera un poco y
se lo llevaremos : así te verá y tendrá mucho gusto...
hace siete días que está en cama. ¡ Accidentes del
verbo ! Siempre me quemo los dedos con esta cafetera.
I Qué hay que añadir después de las mochilas de los
soldados ? Hace falta más, y no lo recuerdo. Ven á ver
á mamá.«*.
Abrió una puerta y entramos en otro cuarto pequeño.
La mamá de Coreta estaba en una cama grande, con un
pañuelo á la cabeza.
— Aquí está el café, madre, dijo Coreta alargando la
taza : conmigo viene un compañero de escuela.
— Cuánto me alegro, me dijo la señora : viene á visitar á los enfermos, ¿ no es verdad ?
Entretanto Coreta arreglaba la almohada detrás de la
espalda de su madre, componía la ropa de la cama, ati-

zaba el fuego, echaba el gato de la cómoda. — ¿ Quiere
usted algo, madre ? preguntó después tomando la taza. ;
Le he puesto á usted dos cucliaraditas de azúcar. Cuando
no haya nadie haré una escapada á la botica. La leña h
ya está descargada. A las cuatro pondré el puchero, ,
como ha dicho usted, y cuando pase la mujer de la manteca le daré sus ocho cuartos. Todo se hará ; no se preocupe usted por nada.
— Gracias, hijo, respondió la señora. ¡ Pobre hijo
mío, vete ! ¡ Está en todo !
Quiso que tomara un terrón de azúcar, y después
Coreta me enseñó un cuadrito, el retrato en fotografía j l
de su padre, vestido de soldado, con la Cruz al valor
que ganó en 1866, en la división del entonces príncipe
Humberto. Tenía la misma cara del hijo, con sus ojos '
vivos y su sonrisa alegre. Volvimos á la cocina. — Ya
lie recordado lo que me faltaba, dijo Coreta ; y añadió :
en el cuaderno : se hacen también las guarniciones
\
para los caballos. — Lo que queda lo escribiré esta _ |
noche, estando levantado hasta más tarde. ¡ Feliz tú
que tienes todo el tiempo que quieres para estudiar, y
aún te sobra para ir á paseo !
Y siempre alegre y vivo, vuelto á la tienda, comenzó ¡j
á poner pedazos de leña sobre la romana y á partirlos ]
por medio diciendo : — ¡ Esta es gimnasia ! Más que el . M j j
ejercicio de pesas. Quiero que mi padre encuentre toda |
esta leña partida cuando vuelva á casa : esto le gustará - é
mucho. Lo malo es que, después de este trabajo, hago I
unas tes y unas eles que parecen serpientes, según dice ;¡
el maestro. ¿ Qué he de hacer ? Le diré que he tenido 1
que .mover los brazos. Lo que importa es que mi madre %
se ponga pronto buena. Hoy, gracias á Dios, está mejor. ™
La gramática la estudiaré mañana, antes que venga ei

día. ¡ Ah, ahora viene el carro con los troncos ! ¡ Al
trabajo !
Un carro cargado de leña se detuvo delante de la
puerta de la tienda. Coreta salió fuera á hablar con el
hombre, y volvió después. — Ahora no puedo yo hacerte
compañía, me dijo ; hasta mañana. Has hecho bien en
venir á buscarme. ¡Buen paseo te has dado! ¡Feliz tú
que puedes! Y dándome la mano, corrió á tomar el
primer tronco, y volvió á hacer sus viajes del carro á
la tienda, con su cara fresca como una rosa bajo su
gorra de piel, y tan vivo que daba gusto verlo.
— ¡ Feliz tú ! ine dijo él. — ¡ Ah, no, Coreta, no;
tú eres más feliz ; tú, porque estudias y trabajas más,
porque eres más útil á tu padre y á tu madre ; porque
eres mejor, cien veces mejor que yo, querido compañero !
EL DIRECTOR

Viernes 18.
Coreta estaba muy contento esta mañana porque iba
á presenciar los exámenes mensuales su maestro de la
clase segunda, Coato, un hombrón con mucho pelo y
muy crespo, gran barba negra, ojos grandes, oscuros y
una voz de trueno: amenaza siempre á los niños con
hacerlos pedazos y llevarlos de las orejas á la prevención, y tiene siempre el semblante adusto; pero jamás
castiga á nadie, y antes bien, sonríe siempre detrás de
su barba, sin delatarse. Ocho son los maestros, con
Coato, é incluyendo también el suplente pequeño y sin
barba, que parece un chiquillo. Hay un maestro, el de
la clase cuarta, cojo, arropado en una gran bufanda de
lana, siempre lleno de dolores, que adquirió cuando

era maestro rural en una escuela húmeda, donde las
paredes goteaban. Otro maestro de la cuarta clase, es
viejo, muy canoso, y ha sido profesor de ciegos. Hay
otro muy bien vestido, con lentes, bigotito rubio y que
llaman el abogadillo, porque siendo ya maestro, se
hizo abogado, cursó la licenciatura y compuso un libro
para enseñar á escribir cartas. En cambio, el que
enseña la gimnasia, tiene tipo de soldado; ha servido
con Garibaldi y se le ve en el cuello la cicatriz de una
herida de sable que recibió en la batalla de Milazo. El
Director, en fin, es alto, calvo, usa lentes de oro, su
barba gris le llega hasta el pecho; está vestido de negro
y va siempre abotonado hasta la barba; tan bueno con
los muchachos, que cuando entran todos temblando en
la Dirección, llamados para echarles un regaño, no les
grita, sino que los coge por las manos y les hace estas
reflexiones: que no deben obrar así; que es menester
que se arrepientan; que prometan ser buenos, y habla
con tan suaves modos y con una voz tan dulce, que to:los
salen con los ojos arrasados y más corregidos que si les
hubiesen castigado. ¡Pobre Director! él está siempre
el primero en su puesto por las mañanas para esperar á
los alumnos y dar audiencia á los padres, y cuando los
maestros se han ido ya á sus casas, da aún una vuelta
alrededor de la escuela, para cuidar de que los niños no
se cuelguen en la trasera de los coches, no se entretengan por las calles en sus juegos, ó en llenar las carteras
de arena ó de piedras; y cada vez que se presenta en
una esquina, tan alto y tan negro, bandadas de muchachos ascapan en todas direcciones, dejando allí los objetos de juego, y él les amenaza con el índice desde lejos,
con su aire afable y triste. — Nadie le ha visto reir,
dice mi madre, desde que murió su hijo, que era volun-

tario del ejército, y tiene siempre á la vista su retrato
sobre la mesa de la Dirección. No quería servir después
de esta desgracia; había pedido ya su jubilación al
Ayuntamiento, y la tenía siempre sobre la mesa, dilatando el mandarla de día en día, porque le disgustaba
dejar á los niños. Pero el otro día parecía decidido, y
mi padre, que estaba con él en la Dirección, le decía:
_ • Es lástima que usted se vaya, señor Director' —
< Guando entró un hombre á matricular. su chico que
pasaba de un colegio á otro, porque se había mudado de
casa. Al ver aquel niño, el Director hizo un gesto de
asombro, lo miró un poco más, miró el retrato que tenía
sobre la mesa, y volvió á mirar al muchacho sentándolo
sobre sus rodillas, y haciéndole lavantar la cara. Aquel
niño se parecía mucho á su hijo muerto. El Director
dijo • —Está bien. —Hizo la matrícula, despidió al padre
v al hijo, y se quedó pensativo. - ¡ Es lástima que usted
se vaya! repitió mi padre. — Y entonces el Director
cogió su instancia de jubüación, la rompió en dos pedazos, y dijo: — Me quedo.
L O S SOLDADOS

Martes

22.

Su hijo era voluntario del ejército cuando murió; por
eso el Director va siempre á la plaza á ver pasar los
soldados cuando salimos de la escuela. Ayer pasaba un
regimiento de infantería y cincuenta muchachos se
pusieron á saltar alrededor de la música, cantando y
llevando el compás con las reglas sobre la cartera.
Nosotros estábamos en un grupo, en la acera, mirando :
Garrón, oprimido entre su estrecha ropa, mordía un
pedazo de pan; Yotino, aquel tan elegantito que siempre

NOVIEMBRE
50
está quitándose las motas; Precusa, el hijo de forjador,
con la chaqueta de su padre; el calabres, el albanihto ;
Crosi, con suittja cabeza ; Franti, con su aire descarado
y también Roberto, el hijo del capitan de artillería, el
que salvó al niño del ómnibus, y que ahora anda con
muletas. Frantise echó á reir de un soldado que cojeaba.
Pero de pronto sintió una mano s o b r e el hombro; se
' volvió, era el D i r e c t o r . - Oyeme, le dijo al punto :
burlarse de un soldado cuando está en las filas cuando
no puede vengarse ni responder, es como insultar a un
hombre atado; es una villanía. - Franti desapareció.
- L o s s o l d a d o s pasaban de cuatro en cuatro sudando y
cubiertos de polvo, y las puntas de las bayonetas resplandecían o n el sol. El Director dijo: - D e b e i s querer
m u c h o álos soldados. Son nuestros defensores; ellos
irían á hacerse matar por nosotros, si mañana un ejercito extranjero amenazase nuestro país. Son también
muchachos, pues tienen pocos años más que vosotros, y
también van á la escuela; hay entre ellospobresy neos
como entre nosotros sucede, y vienen también de todas
partes de Italia. Vedlos, casi se les puede reconocer
por la cara: pasan sicilianos, sardos, napolitanos, lombardos. Este es un regimiento veterano, de los que han
combatido en 1848. Los soldados no son ya aquellos,
pero la bandera es siempre la misma, i Cuantos habran
muerto por la patria alrededor de esabandera veterana,
antes que nacierais vosotros! - Ahí viene, dijo Garrón.
Y en efecto, so veía ya cércala bandera que sobresalía
por cima de las cabezas de los soldados. - Haced una
cosa, hijos, dijo el Director: saludad con respeto la
b a n d e r a tricolor. La bandera, llavada por un oficial
pasó delante de nosotros, rota y descolorida, con sus
corbatas sobre el asta. Todos á un tiempo llevamos la

EL PROTECTOR DE NELLE

51

mano á las eorras. El oficial nos miró sonriendo y nos
devolvió el saludo con la mano. — Bueno, muchachos,
dijo uno detrás de nosotros. Nos volvimos á verle: era
un anciano que llevaba en el ojal de la levita la cinta
azul de la campaña de Crimea ; un oficial retirado. —
¡ Bravo! dijo; habéis hecho una cosa que os enaltece.
— Entretanto, la banda del regimiento volvía por el
fondo de la plaza, rodeada de una turba de chiquillos, y
cien gritos alegres acompañaban los sonidos de las trompetas0, como un canto de guerra. - ¡Bravo! repitió el
veterano oficial mirándonos. El que de pequeño respeta
la bandera, sabrá defenderla cuando sea mayor.

EL PROTECTOR DE NELLE

Miércoles 23.
También Nelle, el pobre jorobadito, miraba ayer á los
militares; perodeunmodo así,como pensando : — ¡ Yo
no podré nunca ser soldado! Es bueno y estudia ; pero
está demacrado y pálido y le cuesta trabajo respirar.
Lleva siempre un largo delantal de tela negra lustrosa.
Su madre es una señora pequeña y rubia, vestida de
ne<TO,que viene siempre á recogerle á la salida, porque
nosalga en tropel con los demás, y le acaricia mucho.
En los primeros días, porque tiene la desgracia de ser
jorobado, muchos niños se burlaban de él y le pegaban
en la espalda con las carteras; pero él nunca se enfadaba ni decía nada á su madre, por no darle el disgusto
de que supiera que su hijo era juguete de sus compañeros : se mofaban de él, y él lloraba y callaba, apoyando
la frente sobre el banco. Pero una mañana se levantó
Garrón y dijo: — ¡ Al primero que toque á Nelle, le doy

52

NOVIEMBRE

un testarazo que le hago dar tres vueltas! Franti no
hizo caso, y recibió el testarazo y dió las tres vueltas, |
y desde entonces ninguno tocó inás á Nelle. El maestro •
ie puso cerca de Garrón en el mismo banco. Así se
hicieron muy amigos, y Nelle ha tomado mucho cariño á
Garrón. Apenas entra en la escuela, busca en seguida
por dónde anda, y no se va nunca sin decir: — Adiós,
Garrón. — Y lo mismo hace Garrón con él. Cuando á
Nelle se le cae la pluma ó un libro debajo del banco, en
seguida, para que no tenga el trabajo de agacharse,
Garrón se inclina y le recoge el libro ó pluma; y después le ayuda á arreglarse el traje y á ponerse el
abrigo. Por esto Nelle le quiere mucho, le está siempre
mirando, y cuando el maestro lo celebra, se pone tan
contento como si lo celebrase á élíNelle, al fin, tuvo que
decírselo todo á su madre, las burlas de los primeros
días, lo que le hacían sufrir, y, después, el compañero
que 1 e'defendió y á quien tomó tanto cariño; y debe
habérselo dicho, por lo que sucedió esta mañana. El
maestro me mandó llevar al Director el programa de la
lección media hora antes de la salida, y yo estaba en el
despacho cuando entró una señora rubia, vestida de
negro, la mamá de Nelle, la cual dijo: — Señor Director, ¿hay en la clase de mi hijo un niño que se llama
Garrón? — Sí hay, respondió el Director. — ¿Quiere
usted tener la bondad de hacerle venir aquí un momento, porque tengo que decirle algunas palabras? El
Director llamó al bedel y lo mandó al aula; un minuto
después llegó muy asombrado á la puerta Garrón, con
su cabeza grande y rapada. Apenas le vió la señora,
corrió á su encuentro, le echó los brazos al cuello, y le
dió muchos besos en la cabeza, diciendo: — ¿Tú eres
Garrón, el amigo de mi hijo, el protector de mi pobre

53

EL PRIMERO DS LA CLASE

niño; eres tú, querido, tú, hermoso?... Después busco
preciDitadamente en sus bolsillos, y no encontrando nada
en ellos, se arrancó del cuello una cadena con una
crucecita y la colgó del de Garrón, por bajo de la corbata,
y añadió: — Tómala, llévala en recuerdo mío, querido
niño, en recuerdo de la madre de Nelle, que te da millones de millones de gracias y que te bendice!

EL PRIMERO DE LA CLASE

Viernes

25.

Garrón se atrae el cariño de todos; y Deroso la
admiración. Ha obtenido el primer premio: será también el número uno este año : nadie puede competir con
él: todos reconocen su superioridad en todas las asignaturas. Es el primero en Aritmética, en Gramática, en
Retórica, en Dibujo; todo lo comprende al vuelo; tiene
una memoria prodigiosa ; todo lo aprende sin esfuerzo;
parece que el estudio es un juego para él. El maestro
le dijo ayer: — Has recibido grandes dones de Dios: no
tienes que hacer más que no malgastarlos. — Es también por lo demás, alto, guapo, tiene el cabello rubio y
rizado; tan ágil, que salta sobre un banco sin apoyar
más que una mano: sabe ya esgrima. Tiene doce anos,
es hijo de un comerciante: va siempre vestido de azul,
con botones dorados : vivo, alegre, gracioso, ayuda a
cuantos puede en el examen y nadie se atreve jamas a
jugarle una mala pasada ni á dirigirle una palabra malsonante. Nóbis y Franti solamente lo miran de reojo, y
á Votino le rebosa la envidia por los ojos ; mas parece
que ni lo advierte siquiera. Todos le sonríen y le dan la
mano ó un abrazo cuando da la vuelta recogiendo los

trabajos de aquel modo tan gracioso y simpático. Él
regala periódicos ilustrados, dibujos, todo lo que en su 1
casa le regalan á é l : ha hecho para el calabrés un
pequeño mapa de la Calabria; y todo lo da siempre sin 1
pretensiones, á lo gran señor, y sin demostrar predilec- ::
ción por ninguno. Es imposible no envidiarle, no reconocer su superioridad en todo. ¡ Ah! yo también, como *
Votino, lo envidio. Y siento una amargura, una especie I
de despecho contra él alguna vez, cuando me cuesta 1
tanto hacer el trabajo en casa y pienso que á aquella J
hora ya lo tendrá él acabado muy bien, sin esfuerzo ¿
alguno. Pero después, cuando vuelvo á la escuela y lo 1
encuentro tan bueno, sonriente y afable; cuando le oigo z
responder con tanta seguridad á las preguntas del J
maestro; qué amable es y cuánto lo quieren todos, enton- j
ees todo rencor, todo despecho lo arrojo de mi corazón
y me avergüenzo de haber tenido aquellos sentimientos, j
Quisiera entonces estar siempre á su lado,quisiera poder
seguir todos los estudios con él; su presencia, su voz me infunden valor, gana de trabajar, alegría, placer. í
El maestro le ha dado á copiar el cuento mensual, que
leerá mañana : El pequeño vigía lombardo ; él lo
copiaba este mañana y estaba conmovido con aquel hecho
heroico; se le veía encendido el rostro, con los ojos .
húmedos y la boca temblorosa; yo le miraba con satis-a
facción, diciendo: ¡ Qué hermoso está! ¡ Con qué gusto"J
le hubiera dicho en su cara, francamente: ¡ Deroso¡ tu j p
vales mucho más que yo! ¡Tú eres un hombre á mi i
lado! ¡ Yo te respeto y te admiro!

E L PEQUEÑO VIGÍA LOMBARDO
(CUESTO MENSUAL)

Sábado

26.

Fn 1859 durante la guerra por el rescate de Lomb a ^ ^
S i » después de la batalla de Solferino y
^an Martino, .añada por los franceses y los italianos
contra, los austríacos, en una hermosa mañana del mes
de Junio, una sección de caballería de Saluzo iba, a
W n
ñor estrecha senda solitaria hacia el
enemi o expirando el campo atentamente. Mandaban
la secck n m oficial y un sargento, y todos miraban a
lo lejo delante de sí, con los ojos fijos silenciosos,
preparándose para ver blanquear á cada momento
entre los árboles, las divisiones de las avanzada
enemigas. Llegaron así á cierta casita rustica, rodeada
de fresnos, delante de la cual sólo había un muchacho
como de doce años, que descortezaba gruesa rama con
U n cuchillo para proporcionarse un bastón : en una
de las ventanas de la casa tremolaba al viento la
W e r a tricolor; dentro no había nadie los aldean
izada su bandera, habían escapado por miedo a los
austríacos- Apenas divisó la caballería el muchacho,
"
a
J y se quitó la gorra. Era un hermoso
5?o, de aire descarado, con ojos grandes y azules, los
cabellos rubios y largos ; estaba en mangas de camisa
v enseñaba el pecho desnudo.
y
ü
Qué haces aquí ? le preguntó el oficial parando
el caballo. ¿ Por qué no has huido con tu familia ?
" - Yo no tengo familia, respondió el muchacho Soy
expósito. Trabajo algo al servicio de todos. Me he
quedado aquí para ver la guerra.
* — ; Has visto pasar á los austríacos !

011338

NOVIEMBRÉ

— No, desde hace tres días.
Él oficial se quedó un poco pensativo, después se
apeó del caballo, y dejando á los soldados allí vueltos
hacia el enemigo, entró en la casa y subió hasta el
tejado : no se veía más que un pedazo de campo. — Es
menester subir sobre los árboles, pensó el oficial - y
bajó. Precisamente delante de la era se alzaba'un'
fresno altísimo y flexible, cuya cumbre casi se mecía
en las nubes. El oficial estuvo por momentos indeciso
mirando ya al árbol, ya á los soldados ; después, de
pronto, preguntó al muchacho :
— i Tienes buena vista, chico ?
— ¿ Yo ? respondió el muchacho. Yo veo un gorrioncillo aunque esté á dos leguas.
— ¿ Sabrías tú subir d la cima de aquel árbol ?
— % A la cima de aquel árbol, yo ? En medio minuto
me subo.
— i Y sabrás decirme lo que veas desde allí arriba
si son soldados austríacos, nubes de polvo, fusiles qu¡
relucen, caballos... ?
— De seguro que sabré.
— ¿ Qué quieres por prestarme este servicio ?
— ¿ Qué quiero ? dijo el muchacho sonriendo. Nada
¡ Vaya una cosa ! Y después... si fuera por los
alemanes, entonces por ningún precio : ¡ pero por los
nuestros !... Si yo soy lombardo.
— Bien ; súbete, pues.
— Espere que me quite los zapatos.
Se quitó el calzado, se apretó el cinturón, echó al
suelo la gorra y se abrazó al tronco del fresno.
— Pero, mira..., exclamó el oficial, intentando
detenerlo como sobrecogido por repentino temor
El muchacho se volvió á mirarlo con sus hermosos
ojos azules, en actitud interrogante.

EL PEQUEÑO VIGÍA LOMBARDO

57

— Nada, dijo el oficial; sube.
El muchacho se encaramó como un gato.
— ¡ Mirad delante de vosotros ! gritó el oficial á los
soldados.
En pocos momentos el muchacho estuve' en la copa
del árbol, abrazado al tronco, con las piernas entre las
hojas pero con el pecho descubierto, y su rubia cabeza
resplandecía con el sol, pareciendo oro. El oficial
apenas lo veía : tan pequeño resultaba allí arriba.
— Mira hacia el frente, y muy lejos, gritó el oficial.
El chico, para ver mejor, sacó la mano derecha,
que apoyaba en el árbol, y se la puso sobre los ojos á
manera de pantalla.
— ¿ Qué ves ? preguntó el oficial.
El muchacho inclinó la cara hacia él, y, haciendo
portavoz de su mano, respondió : — Dos hombres á
caballo en lo blanco del camino.
— ¿ Á qué distancia de aquí ?
— Media legua.
— ¿ S e mueven ?
— Están parados.
— ¿ Qué otra cosa ves ? preguntó el oficial después
de un instante de silencio. Mira á la derecha.
El chico dijo:
— Cerca del cementerio, entre los árboles, hay algo
cue brilla ; parecen bayonetas.
— ¿ Yes gente ?
_ No ; estarán escondidos entre los sembrados,
En aquel momento, un silbido de bala agudísimo se sintió por el aire y fué á perderse lejos, detrás de la casa.
— ¡ Bájate, muchacho! gritó el oficial. Te han visto
No quiero saber más. Vente abajo.
Yo no tengo miedo, respondió el chico.

— ¡ Baja !... repitió el oficial. ¿ Qué más ves á l a
izquierda ?
— ¿ A la izquierda ?
El muchacho volvió la cabeza á la izquierda. En
aquel momento, otro silbido más agudo y más bajo
hendió los aires. El muchacho se ocultó todo lo que
pudo. — ¡ Vamos, exclamó ; la han tomado conmigo !
— La bala le había pasado muy cerca.
— ¡ Abajo ! gritó el oficial con energía y furioso.
— En seguida bajo, respondió el chico, pero el árbol
me resguarda ; no tenga usted cuidado. ¿ Á la izquierda
quiere usted saber ?
— A la izquierda, respondió el oficial ; pero baja.
— Á la izquierda, — gritó el niño, dirigiendo el
cuerpo hacia aquella p a r t e — donde hay una capilla,
me parece v e r . . . .
Un tercer silbido pasó por lo alto, y en seguida se
vió al muchacho venir abajo, deteniéndose un punto en
el tronco y en las ramas, y precipitándose después de
cabeza con los brazos abiertos.
— ¡ Maldición ! gritó el oficial acudiendo.
El chico cayó á t i e r r a de espaldas, y quedó tendido
con los brazos abiertos, boca arriba : un arroyo de
sangre le salió del pecho, á la izquierda. El sargento y
dos soldados se apearon de sus caballos : el oficial se
agachó y le separó la camisa ; la bala le había entrado
en el pulmón izquierdo. — ¡ Está muerto ! exclamó el
oficial. — ¡ No, vive ! replicó el sargento. — ¡ Ah,
pobre niño, valiente muchacho ! gritó el oficial. —
¡ Ánimo, ánimo ! P e r o mientras decía ánimo y le
oprimía el pañuelo sobre la herida, el muchacho movió
los ojos ó inclinó la cabeza; había muerto. El oficial
palideció y lo miró fijo un minuto, después le arregló la

cabeza sobre la hierba, se levantó y estuvo otro instante
mirándolo. También el sargento y los
« ^ S
inmóviles, lo miraban ; los demás estaban vueltos
hacia el enemigo.
. . .
_ ; Pobre muchacho! repitió tristemente el oficial.
; Pobre y valiente niño !
'• Luego se acercó i la casa, quitó de la ventana la
tandera tricolor y la extendió como paño fúnebre sobre
el pobre muerto, dejándole l a cara descubierta El
sargento acercó al lado del muerto los zapatos, la
s o r r a , el bastón y el cuchillo.
g
Permanecieron aún un rato silenc.osos ; después e
oficial se volvió al sargento, y le dijo : Mandaremos
que lo recoja la ambulancia : ha muerto como soldado
y como soldado debemos enterrarlo. Dicho esto d,o al
muerto un beso en la frente y gritó: - ¡ A caballo . Todos se aseguraron en las sillas, reunióse la secatón y
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muerto

los

irp»:reir:oi * * * w
¿e
ít,lianas se dirigía hacia el enemigo, y por el mismo
camino que recorrió por la mañana la
^
Hería caminaba en dos filas un bravo batallón de
cazadores, el cual pocos días antes hab.a regado valerosamente con su sangre el collado de San Martmo.
La noticia de la muerte del muchacho había corndo ya
entre los soldados antes que dejaran sus campamentos^
camino flanqueado por un arroyuelo, pasaba á
P co
d ¡ distancia de la casa. Cuando los pnmeros
oficiales del batallón rieron el pequeño cadiver.tend.do
a f p t e del fresno y cubierto con la bandera trico or
i s ^ d ron con sus sables, y uno de ellos se mclmó

sobre la orilla del arroyo, que estaba muy florida,
arrancó las flores, y se Jas echó. Entonces todos los
cazadores, conforme iban pasando, cortaban flores
y las arrojaban al muerto. En pocos momentos el
muchacho se vió cubierto de flores, y los soldados le
dirigían todos sus saludos al pasar. ¡ Bravo, pequeño
lombardo ! ¡ Adiós, niño ! ¡ Adiós, rubio ! ¡ Viva !
¡ Bendito seas ! ¡ Adiós ! — Un oficial le puso su cruz
roja, otro le besó en la frente, y las flores continuaban
lloviendo sobre sus desnudos pies, sobre el pecho
ensangrentado, sobre la rubia cabeza. Y él parecía
dormido en la hierba, envuelto en la bandera, con el
rostro pálido y casi sonriente, como si oyese aquellos
saludos y estuviese contento de haber dado la vida por
su patria '
LOS

POBRES

Martes 29
« Dar la vida por la patria, como el muchacho
lombardo, es una gran virtud; pero no olvides tampoco,
hijo mío, otras virtudes menos brillantes. Esta mañana,
yendo delante de m í ' cuando volvíamos d é l a escuela,
pasaste junto á una pobre que tenía sobre sus rodillas
un niño extenuado y pálido, y que te pidió limosma. Tú
la miraste y no le diste nada, y quizá llevaras dinero
en el bolsillo. Oye, hijo mío. No te acostumbres á
pasar con indiferencia delante de la miseria que tiende
la mano, y mucho menos delante de una madre que pide
limosna para su hijo. Piensa en que quizá aquel niño
tuviera hamtra ; piensa en la desesperación de aquella
pobre mujer. Imagínate el desesperado sollozo de tu
madre, cuando un día te tuviese que decir : — Enrique,

hoy no puedo darte ni un pedazo de pan. — Cuando yo
doy diez céntimos á un pobre, y éste me dice : — ¡ Dios
le dé salud á usted y á sus hijos ! — tú no puedes comprender la dulzura.que siento en mi corazón con aquellas palabras, y la gratitud que aquel pobre me inspira.
Me parece que, con aquel buen presagio, voy á conservar
mi salud y tú la tuya, por mucho tiempo, y vuelvo á
casa pensando : — ¡ Oh, aquel pobre me ha dado más
de lo que yo he dado á él. — Pues bien ; haz tú por oir
alguna vez buenos augurios análogos, provocados,
merecidos por t i : saca de vez en cuando cuartos de tu
bolsillo para dejarlos caer en la mano del viejo necesitado, de la madre sin pan, del niño sin madre. A los
pobres les gusta la limosna de los niños, porque no les
humilla, y porque los niños, que necesitan de todo el
mundo, se les parecen. He aquí por qué siempre hay
pobres en la puerta de las escuelas. La limosna del
hombre es acto de caridad ; pero la del niño, al mismo
tiempo que acto de caridad, es una caricia. ¿ Comprendes? Es como si de su mano cayeran á la vez un socorro
y una flor. Piensa en que á ti no te falta nada, mientras
que á ellos falta todo ; que mientras tú ambicionas ser
feliz, ellos con vivir se contentan. Piensa que es un
horror que en medio de tantos palacios, en las calles por
donde pasan carruajes y niños vestidos de terciopelo,
hay mujeres y niños que no tienen qué comer. ¡ No
tener qué comer, Dios mío ! ¡ Niños como tú, como tú,
buenos ; inteligentes como tú, que en medio de una gran
ciudad no tienen qué comer, como fieras perdidas en un
desierto ! ¡ Oh, Enrique : no pases nunca más delante
de una madre que pide limosna, sin dejarle un socorro
en la mano ! »
Tu

MADRE.

EL COMERCIANTE

DICIEMBRE
EL

COMERCIANTE

Jueves 1.°
Mi padre quiere que cada día de fiesta haga venir á
casa á uno de mis compañeros, ó que vaya á buscarlo,
para hacerme poco á poco amigo de todos. El domingo
fui á pasear con Yo'tino: aquel tan bien vestido, que se
está siempre alisando y que tiene tanta envidia de
Deroso. Hoy ha venido á casa Garofi, aquel alto y delgado, con la nariz de pico de loro y los ojos pequeños
y vivos, que parecen sondarlo todo. Es hijo de un droguero, y un tipo muy original. Está siempre contando
los cuartos que tiene en el bolsillo; cuenta muy de prisa
con los dedos, y verifica cualquier multiplicación sin
necesidad de tabla pitagórica. Hace sus economías, y
tiene ya una libreta de la Caja de Ahorros escolar.
Es desconfiado, no gasta nunca un cuarto, y si se le cae
un céntimo debajo del banco, es capaz de pasarse la
semana buscándolo. — Es como la urraca, dice Deroso.
Todo lo que encuentra, plumas gastadas, sellos usados,
alfileres, cerillas, todo lo recoge. Hace ya más de dos
años que colecciona sellos, y tiene ya centenares de
todos los países, en su grande álbum, que venderá después al librero cuando esté completo. Entretanto el
librero le da muchos cuadernos gratis porque le lleva

63

los niños á la tienda. En la escuela esta siempre traficando, todos los días vende, hace loterías y subastas;
después se arrepiente, y quiere sus mercancías; compra
por dos, y vende por cuatro ; juega a las aleluyas y
jamás p i e r d e ; vende los periódicos atrasados al estanquero, y tiene un cuaderno donde anota todos sus negocios, lleno todo él de sumas y de restas. En la escuela
sólo estudia aritmética; y si ambiciona premios no es
más que por tener entrada gratis en el teatro Guiñol
Á mí me gusta y me entretiene. Hemos jugado a hacer
un™tienda con los pesos y las balanzas: él sabe el pre
ció exacto de todas las cosas, conoce las p e s a s y h a c e
muy pronto y bien cartuchos y paquetes como los tenderos' Dice que apenas salga de la
^ ^ ¡ t Z
un negocio, un comercio nuevo, inventado por el Ha
estado muy contento porque le he dado sellos extraña o s y me ha dicho al punto en cuánto se vende cada
ano paralas colecciones. Mi p a d r e , h a c i e n d o como que
leía el periódico, le estaba oyendo y se divertía. Siempre lleva los bolsillos llenos desús pequeñas mercancías, que cubre con un largo delantal negro, y parece
que está continuamente pensativo y muy ocupado,
como los comerciantes. Pero lo que le gusta mas que
todo es su colección de sellos: éste es su tesoro, y
habla siempre de él como si debiese sacar de aquí una
fortuna. Los compañeros le creen avaro y usurero. \ o
no pienso así. Le quiero bien: me enseña ^ c h a s cosas
y me Parece un hombre. Coreta, el hijo del vendedor de
leña, dice que no daría Garofi sus sellos ni para salvar
la vida de su madre. Mi padre no lo cree. - Espera
aún para juzgarle, me ha dicho ; tiene, en efecto, esa
pasión, pero su corazón es bueno.

VANIDAD

Lunes

5.

Ayer fui á pasear por la alameda del Rívoli con '
Votmo y su padre. Al pasar por la calle Dora G osa
vimos a Estardo, el que se incomoda con los revoltoso '
parado, muy tieso delante del escaparate de un l i b r e é
con los ojos fijos en un mapa : y sabe Dios desde cuándo
estaría allí, porque él estudia hasta en la calle Z
siquiera nos saludó el muy grosero. Votino iba muv
bien vestido, quizá demasiado : llevaba botas de tafilete
con pespuntes encarnados, un t r a j e con adornos y vivo
de seda sombrero de castor blanco y reloj. Pero
vanidad debía parar en mal esta vez. Después de hab r '
andado buen trecho por la calle, dejándonos muy atrás
a su padre, que marchaba despacio, nos paramos en un
asiento de piedra junto á un muchacho modestament
ves t l d o que parecía cansado y estaba pensativo, con la
cabeza baja. Ln hombre, que debía ser su padre
paseaba bajo los árboles leyendo un periódico Nos
sentamos. Votino se puso entre el otro niño v yo De
pronto se acordó de que estaba bien vestido, y quiso
hacerse admirar y envidiar de nuestro vecino
Levantó un pie, y me dijo : - ¿ fías visto mis botas
n u e v a s ? - Lo decía para que el otro las mirara, pero
1
este no se
fijó.
Entonces bajó el pie y me enseñó l a s borlas de seda
mirando de reojo al muchacho, añadiendo que aquellas
borlas de seda no le gustaban, y que las quería cambiar por botones de plata. Pero el chico no miró tampoco.

Votino, entonces, se puso á jugar, dándole vueltas
sobre el índice, con su precioso sombrero de castor
blanco; pero el niño parecía que lo hacía de propósito:
no se dignó dirigir siquiera una mirada al sombrero.
Votino, que empezaba á exasperarse, sacó el reloj,
lo abrió y me enseñó la máquina. P e r o el vecino, sin
volver la cabeza. — ¿ Es de plata sobredorada? le pregunté. — Es de oro. — Pero no será todo de oro, le
dije; habrá también algo de plata. — No, hombre, no,
replicó. — Y para obligar al muchacho á mirar, le puso
el reloj delante de sus ojos, diciéndole : — Di, tú,
m ¡ r a ; — ¿ no es verdad que es todo de oro ?
El chico respondió secamente : — N o lo sé.
— ¡ Oh, oh ! exclamó Votino, lleno de rabia. ¡ Qué
soberbia!
Mientras decía esto llegó su padre, que lo oyó-; miró
un rato fijamente á aquel niño, y después dijo bruscamente á su hijo: — Calla; é inclinándose á su oído,
añadió : ¡ Es ciego !
Votino se puso en pie de pronto de un salto, y miró
la cara del muchacho. Tenía las pupilas apagadas, sin
expresión, sin mirada.
Votino se quedó anonadado, sin palabra, con los
ojos en tierra. Después balbuceó : — ¡Lo siento, no lo
sabía!
P e r o el ciego, que lo había comprendido todo, dijo
con una sonrisa breve y melancólica: — ¡ O h , no
importa n a d a !
Cierto que es vano; pero no tiene, en manera alguna,
mal corazón Votino. En todo el paseo no se volvió á
reir.

LA P R I M E R A

NEVADA

Sábado

10.

j Adiós paseos á Rívoli! Llegó la hermosa amiga de
los niños. ¡ Ya están aquí las primeras nieves! Ayer
tarde, á última hora, cayeron copos finos y abiertos,
como flores de jazmín. Era un gusto esta mañana en la
escuela verla caer contra los cristales y amontonarse
sobre los balcones : también el maestro miraba y se
frotaba las manos : y todos estaban contentos pensando
hacer bolas en el hielo que vendría después, y en el
hogar de la casa. Únicamente Estardo no se distraía,
completamente absorto en la lección, con los puños
apoyados en las sienes ¡ Qué hermosura, cuánta alegría hubo á la salida! Todos salimos á la desbandada
por las calles, gritando y charlando, cogiendo pelotones de nieve y zambulléndonos dentro como perrillos
en el agua. Los padres que esperaban fuera ya tenían
los paraguas blancos; los guardias municipales también
blancos sus kepis; nuestras carteras se pusieron blancas
en seguida. Todos parecían en su delirio fuera de sí:
hasta Precusa, el hijo del forjador, aquel pálido que
nunca se ríe, y hasta Roberto, el que salvó al niño del
ómnibus, que el pobrecillo saltaba con sus muletas. El
calabrés, que no había tocado nunca la nieve, hizo una
pelota y se puso á comérsela como un melocotón. Grosi,
el hijo de la verdulera, se llenó de nieve la cartera, y
el albañilito nos hizo desternillar de risa cuando mi
padre le invitó á venir mañana á casa : tenía la boca
llena de nieve, y no atreviéndose á escupirla ni á tragársela, se quedó atónito mirándonos, sin responder.
También las maestras salían de la escuela corriendo y
riendo : hasta mi maestra de primera enseñanza supe-

rior, ¡ pobrecilla ! corría atravesando la nieve, reservándose la cara con su velo verde, y tosiendo. Mientras
tanto, centenares de muchachas de la escuela inmediata pasaban chillando y pisoteando sobre aquella
blanca alfombra, y los maestros, los bedeles, los guardias gritaban : — ¡A casa, á casa ! — tragando copos
de nieve y quitándosela de los bigotes y de la barba.
Pero también ellos se reían de aquella turba de muchachos que festejaba el invierno
« Festejáis el invierno... ;pero hay niños sin pan,
sin zapatos, sin lumbre. Hay millares que bajan á las
ciudades después de largo camino, llevando en sus
manos, ensangrentadas por los sabañones, un pedazo
de leña para calentar la escuela. Hay centenares de
escuelas casi sepultadas entre la nieve, desnudas y
oscuras como cavernas, donde los chicos se ahogan por
el humo, dan diente con diente por el frío, mirando
con terror los blancos copos que caen sin cesar, que se
amontonan sin descanso sobre sus lejanas cabañas,
amenazadas por el peso de los témpanos de hielo. Vosotros, niños, festejáis el invierno. ¡ Pensad en los miles
de criaturas á quienes el invierno trae la miseria y la
muerte! »
TU PADRE.
EL

ALBAÑILITO

Domingo

11.

El albañilito ha venido hoy de cazadora, vestido con
la ropa de su padre, blanca todavía por la cal y el yeso.
Mi padre deseaba que viniese, aún más que yo. ¡ Cómo
le gusta! Apenas entró, se quitó su viejísimo sombrero,
que estaba todo cubierto de nieve, y se le metió en un

bolsillo; después vino hacia mí con aquel andar descuidado de cansado trabajador, volviendo aquí y allá su
cabeza, redonda como una manzana, y con su nariz
roma; y cuando fué al comedor, dirigiendo una ojeada
á los muebles, fijó sus ojos en un cuadrito que representa á Rigoleto, un bufón jorobado, y puso la cara de •>
hocico de conejo. Es imposible dejar de reírse al vérselo hacer. Nos pusimos á jugar con palitos; tiene una
habilidad extraordinaria para hacer torres y puentes,
que parece se están de pie por milagro, y trabaja en
ello muy serio, con la paciencia de un hombre. Entre
una y otra torre me hablaba de su familia : viven en
una buhardilla ; su padre va á la escuela de adultos,
de noche, á aprender á leer; su madre no es de aquí.Parece que le quieren mucho, porque aunque él viste
pobremente, va bien resguardado del frío, con la ropa
muy remendada y el lazo de la corbata bien hecho y
anudado por su misma madre. Su padre, me dice, es un
hombretón, un gigante, que apenas cabe por la puerta;
es bueno, y llama siempre á su hijo hociquitode
liebre;
el hijo, en cambio, es pequeñín. A las cuatro merendamos juntos pan y pasas, sentados en el sofá, y cuando
nos levantamos, no sé por qué, mi padre no quiso que
limpiara el espaldar que el albañilito había manchad»
de blanco con su chaqueta : me detuvo la mano y lo
limpió después él sin que lo viéramos. Jugando, al albañilito se le cayó un botón de la cazadora, y mi madre se
lo cosió : él se puso encarnado, y la veía coser, muy
admirado y confuso, no atreviéndose ni á respirar. Después le enseñé el álbum de caricaturas, y él, sin darse
cuenta, imitaba los gestos de aquellas caras, tan bien,
que hasta mi padre se reía. Estaba tan contento cuando
se fué, que se olvidó de ponerse el andrajoso som-

brero, y al llegar á la puerta de la escalera para manifestarme su gratitud, me hacía otra vez la gracia de
poner el hocico de liebre. Se llama Antonio Rabusco, y
tiene ocho años y ocho meses.
— « i Sabes, hijo mío, por qué no quise que limpiaras el sofá ? Porque limpiarle mientras tu compañero
lo veía, era casi hacerle una reconvención por haberlo
ensuciado. Y esto no estaba bien : en primer lugar,
porque no lo había hecho de intento, y en segundo, porque lo había manchado con ropa de su padre, que se la
había enyesado trabajando ; y lo que se mancha trabajando, no ensucia : es polvo, cal, barniz, todo lo que
quieras, pero no es suciedad. El trabajo no ensucia.
No digas nunca de un obrero que sale de su trabajo : —
Ya sucio. — Debes decir : — Tiene en su ropa las señales, las huellas de su trabajo. — Recuérdalo. Quiere
mucho al albañilito primero, porque es compañero
tuyo, y además, porque es hijo de un obrero. »
Tü

U N A BOLA DE

PADRE.

NIEVE

Viernes 16.
Sigue nevando, nevando. Ha sucedido un accidente
desagradable esta mañana al salir de la escuela. Un
tropel de muchachos, apenas llegaron á la plaza, se
pusieron á hacer bolas con aquella nieve acuosa que
hace las bolas sólidas y pesadas como piedras. Mucha
gente pasaba por la acera. Un señor gritó : — ¡ Alto,
chicos ! — Y precisamente en aquel momento se oyó
un grito agudo en la otra parte de la calle, se vió un
viejo que había perdido su sombrero y andaba vaci-

70

DICIEMBRE

lante, cubriéndose la cara con las manos, y á su lado
un niño que gritaba: — ¡ Socorro, socorro ! — En
seguida acudió gente de todas partes. Le había dado una
bola en un ojo. Todos los muchachos corrieron á la desbandada, huyendo como saetas. Yo estaba ante la tienda
del librero, donde había entrado mi padre, y vi llegar
á la carrera á varios compañeros míos que se mezclaron
entre los que estaban junto á mí y hacían como que
miraban los escaparates: eran Garrón, con su acostum-*
brado panecillo en el bolsillo, Coreta, el albañilito, y
Garofi, el de los sellos. Mientras tanto, se había reunido
gente alrededor del viejo, y los guardias corrían de una
parte a otra, amenazando y gritando : — ¿ Quién hasido ? ¿ Quién ? ¿ Eres tú ? Decid quien ha sido. — Y
miraban las manos de los muchachos para ver si las
tenían humedecidas de la nieve. Garofi estaba á mi
lado ; reparé que temblaba mucho y estaba pálido como
un muerto. — ¿ Quién es ? ¿ Quién ha sido ? — continuaba gritando la gente. — Entonces vi á Garrón que dijo
por lo bajo á Garofi : — Anda, ve á presentarte : sería
una villanía dejar que sospechen de otro. — ¡ Pero si
yo no lo he hecho de intento ! respondió Garofi, temblando como la hoja en el árbol. — No importa, cumple
con tu deber, contestó Garrón. — ¡ Pero si no tengo
valor para confesarlo ! — Anímate, yo te acompaño. —
Y los guardias y la gente gritaban cada vez más fuerte:
— ¿ Quién es ? ¿ Quién ha sido ? Le han metido un cristal de sus lentes en un ojo. Lo han dejado ciego. ¡ Perdidos ! — Yo creí que Garofi caía en tierra. — Ven,
le dijo resueltamente Garrón; yo te defiendo.—Y
cogiéndole por un brazo lo empujó hacia adelante, sosteniéndolo como á un enfermo. La gente lo vió y lo comprendió todo en seguida, y muchos corrieron con los

71

LAS MAESTRAS

puños levantados. Pero Garrón se puso en medio, gritando : — ¿ Qué váis á hacer, diez hombres contra un
niño ? — Entonces ellos se detuvieron, y un guardia
municipal cogió á Garofi y lo llevó, abriéndose paso
entre la multitud á una pastelería, donde habían refugiado al herido. Viéndolo, reconocí en seguida al viejo
empleado que vive, con su sobrinillo, en el cuarto piso
de nuestra casa. Lo habían recostado en una silla, con
un pañuelo en los ojos. — ¡ Ha sido sin querer ! balbuceaba Garofi. — Dos personas le arrojaron violentamente en la tienda, gritando : — ¡ Abajo esa cabeza !
¡ Pide perdón ! — Y lo echaron al suelo. Pero de pronto,
dos brazos vigorosos le pusieron en pie, y una voz
resuelta, dijo : — ¡ No, señores ! — E r a nuestro Director, que había visto todo. — Puesto que ha tenido el
valor de presentarse, nadie tiene derecho á vejarlo. —
Todos permanecieron callados. — Pide perdón, dijo el
Director á Garofi. — Garofi, ahogado en llanto, abrazó
las rodillas del viejo, y éste, buscando con la mano su
cabeza, lo acarició cariñosamente. Entonces todos dijeron : — Vamos, muchacho, vete á casa. — Y mi padre
me sacó de entre la multitud y me preguntó en la calle :
— Enrique, en un caso análogo, ¿ hubieras tenido el
valor de cumplir con tu deber, de ir á confesar tu culpa ?
— Yo le respondí que sí. Y repuso : — Dame tu palabra
de honor de que sí lo harás. — Te doy mi palabra, padre
mío.
LAS

MAESTRAS

Sábado

17.

Garofi estaba hoy muy atemorizado, esperando un
gran regaño del maestro ; pero el profesor no ha ido,
y como faltaba también el suplente, ha venido á dar la

72

DICIEMBRE

clase la señora Cromi, la más vieja de las maestras, que
tiene dos hijos mayores y ha enseñado á leer y escribir
á muchas señoras que ahora van á llevar sus niños á la
Escuela Bareti. Hoy estaba triste, porque tenía un hijo
enfermo. Apenas la vieron empezaron á hacer gran
ruido. Pero ella, con voz pausada y serena, dijo : —
Respetad mis canas ; yo casi no soy ya una maestra,
sino una madre ; y entonces ninguno se atrevió á hablar
más, ni aun aquel alma de cántaro de Franti, que se
contentó con hacerle burla sin que lo viera. A la clase
de la señora Cromi mandaron á la señora Delcato,
maestra de mi hermano ; y al puesto de ésta á la que
llaman la monjita, porque va siempre vestida de oscuro,
con un delantal negro : s\i cara es pequeña y blanca,
sus cabellos siempre peinados, los ojos muy claros y la
voz tan gangosa," que parece está murmurando oraciones. Y es cosa que no se comprende, dice mi madre ;
-tan suave y tan tímida, con aquel hilito de voz, siempre
igual, que apenas suena, sin gritar y sin incomodarse
nunca ; y, sin embargo, los niños están tan quietos que
no se les oye, y hasta los más atrevidos inclinan la
cabeza en cuanto les amenaza con el dedo ; parece una
iglesia su escuela, y por eso también le llaman la moniita Pero hay otra que me gusta mucho : la maestra de
primera enseñanza elemental, núm. 3, una joven, con
la cara sonrosada, que tiene dos lunares muy graciosas
en las mejillas, y que lleva una pluma encarnada en el
sombrero y una crucecita amarilla colgada al cuello.
Siempre está alegre, y alegre también tiene su clase ;
sonríe, y cuando grita con aquella voz argentina, parece
que canta ; pega con la regla en la mesa y da palmadas
para imponer silencio: después, cuando salen, corre
como una niña detrás de unos y de otros, para ponerlos

73

EN" CASA DEL HERIDO

en fila ; y á éste le tira del babero, al otro le abrocha
el abrigo para que no se resfríe ; los sigue hasta la calle
para que no alboroten ; suplica á los padres que no les
castiguen en casa ; lleva pastillas á los que tienen tos ;
presta su manguito á los que tienen frío, y está continuamente atormentada por los más pequeños, que le
hacen caricias y le piden besos, tirándole del velo y del
vestido ; pero ella se deja acariciar y los besa á todos
riendo, y todos los días vuelve á casa despeinada y
ronca, jadeante y tan contenta, con sus graciosos lunares y su pluma colorada. Es también maestra de dibujo
de las niñas, y sostiene. con su trabajo á su madre y á
.su hermano.
E N CASA DEL

HERIDO

Domingo

18.

Con la maestra de la pluma encarnada está el nietecillo del viejo empleado que fué herido en un ojo por la
bola de nieve de Garofi : lo hemos visto hoy en casa de
su tío, que lo considera como un hijo. Había concluido
de escribir el cuento mensual para la semana próxima,
El pequeño escribiente florentino, que el maestro me
dió á copiar, y me dijo mi padre : — Vamos á subir al
cuarto piso á ver cómo está de su ojo aquel señor. —
Hemos entrado en una habitación casi oscura, donde
estaba el viejo en la cama, recostado, con muchos almohadones detrás de la espalda ; á la cabecera estaba
sentada su mujer, y á un lado el nietecillo sin hacer
nada. El viejo tenía el ojo vendado. Se alegró mucho
de ver á mi padre ; le hizo sentar y le dijo que estaba
mejor, y que no sólo no perdería el ojo, sino que dentro
de pocos días estaría curado. — Fué una desgracia,

74

DICIEMBRE

añadió ; siento el mal rato que debió pasar aquel pobre
muchacho. — Después nos ha hablado del médico que
debía venir entonces á curarle. Precisamente en aquel
momento sonó la campanilla. — Será el médico, dijo la
señora. — Se abre la puerta... ¡ Y que veo ! Garofi con
su capote largo, de pie en el umbral, con la cabeza baja
y sin atreverse á entrar. — ¿ Quién es ? pregunta el
enfermo. — Es el muchacho que tiró la bola... dice mi
padre. — El viejo, entonces, exclamó.: — ¡ Oh, pobre
niño ! Yen acá : ¿ has venido á preguntar cómo está el
herido, no es verdad ? Estoy mejor, tranquilízate, estoy
mejor, casi curado. Acércate. — Garofi, cada vez más
cortado, se acercó ála cama, esforzándose por no llorar,
y el viejo lo acarició, pero sin poder hablar tampoco.—
Gracias, le dijo al fin el viejo ; ve, pues, á decir á tus
padres que todo va bien, que no se preocupen ya dé esto.
— Pero Garofi no se movía; parecía que terna que decir
algo y no se atrevía : — ¿ Qué tienes que decirme, qué
quieres ? — Yo... nada. — Bien, hombre, adiós, hasta
la vista ; vete, pues, con el corazón tranquilo. — Garofi
fué hasta la puerta ; pero allí se volvió hacia el nietecillo que le seguía, yle miraba con curiosidad. De pronto,
sacó de debajo del capote un objeto, se lo dió al muchacho, diciéndole de prisa: — Es para ti. — Y se fué
como un relámpago. El niño enseñó el objeto á su tío :
vimos que encima había un letrero, que decía: Te regalo
esto : lo miramos, y lanzamos una exclamación de sorpresa. Lo que el pobre Garofi había llevado era el
famoso álbum de la colección de sellos ; la colección de
la que hablaba siempre, sobre la cual venía fundando
tantas esperanzas y que tanto trabajo le había costado
reunir : era su tesoro... ¡ Pobre niño ! ¡ La mitad de su
sangre regalaba á cambio del perdón !

EL ESCRIBIENTE

EL ESCRIBIENTE

FLORENTINO

/O

FLORENTINO

(CUENTO MENSUAL)

Estaba en la cuarta clase elemental. Era un gracioso
florentino de doce años, de cabellos rubios y tez blanca,
hijo mayor de cierto empleado de ferrocarriles que,
teniendo mucha familia y poco sueldo, vivía con suma
estrechez. Su padre lo quería mucho, y era bueno ó
indulgente con él, indulgente en todo menos en lo que
se refería á la escuela : en esto era muy exigente y so
revestía de bastante severidad, porque el hijo debía
ponerse pronto en disposición de obtener otro empleo
para ayudar á sostener á la familia ; y para valer algo
pronto, necesitaba trabajar mucho en poco tiempo ; y
aunque el muchacho era aplicado, el padre lo exhortaba
siempre á estudiar. Era ya de avanzada edad el padre,
y el excesivo trabajo le había también envejecido prematuramente. Con efecto, para proveer á las necesidades de la familia, además del mucho trabajo que tenía
en su destino, se buscaba á l a vez aquí y allá, trabajos
extraordinarios de copista, y se pasaba sin descansar
en su mesa buena parte de la noche. Ultimamente, de
cierta casa editorial que publicaba libros y periódicos,
había recibido el encargo de escribir en las fajas el
nombre y la dirección de los suscritores, y ganaba tres
pesetas por cada quinientas de aquellas tirillas de papel,
escritas en caracteres grandes y regulares. Pero esta
tarea le cansaba, y se lamentaba de ello á menudo con
la familia á la hora de comer. — Estoy perdiendo la
vista, decía ; esta ocupación de noche acaba conmigo.
— El hijo le dijo un día . — Papá, déjame trabajar en
lu lugar ; tú sabes que escribo regular, tanto como tú.

— Pero el padre le respondió ; — No, hijo, no ; tú debes
estudiar ; tu escuela es cosa mucho más importante que
mis fajas : tendría remordimiento si te privara del
estudio una hora, lo agradezco ; pero no quiero, y no
me hables más de ello.
El hijo sabía que con su padre era inútil insistir en
aquellas cosas, y no insistió. Pero he aquí lo que hizo.
Sabía que á las doce en punto dejaba su padre de escribir
y salía del despacho para la alcoba. Alguna vez lo había
oído : en cuanto el reloj daba las doce, sentía inmediatamente el rumor de la silla que se movía y el lento paso
de su padre. Una noche esperó á que estuviese ya en
cama, se vistió sin hacer ruido, anduvo á tientas por el
cuarto, encendió el quinqué de petróleo, se sentó en la
mesa de despacho donde había un montón de fajas blancas ~y la indicación, de las señas de los suscritores, y
empezó.á escribir, imitando todo lo que pudo la letra de
su padre. Y escribía contento, con gusto, aunque con
miedo ; las fajas escritas aumentaban, y de vez en
cuando dejaba la pluma para frotarse las manos ; después continuaba con más alegría, atento el oído y sonriente. Escribió ciento sesenta : ¡ cerca de una peseta !
Entonces paró : dejó la pluma donde estaba, apagó la
luz y se volvió á la cama de puntillas.
Aquel día, á las doce, el padre se sentó á la mesa de
buen humor. No había advertido nada. Hacía aquel
trabajo mecánicamente, contando las horas, pensando
en otra cosa, y no contando las fajas escritas hasta el
día siguiente. Sentados á la mesa con buen humor, y
poniendo la mano en el hombro del hijo : — ¡ Eh, Julio,
le dijo, mira qué buen trabajador es tu padre ! En dos
horas he trabajado anoche un tercio más de lo que
acostumbro. La mano aún está ágil, y los ojos cumplen

todavía con su deber. — Julio, contento, mudo, decía
entre sí :
i Pobre padre! Además de la ganancia,
le he proporcionado también esta satisfacción: la d<
creerse rejuvenecido. ¡ Animo, pues !
Alentado con el éxito, la noche siguiente, en cuanto
dieron las doce, se levantó otra vez y se puso á trabajar. Y lo mismo siguió haciendo varias noches. Su padre
seguía también sin advertir nada. Sólo una vez, cenando° se le ocurrió esta observación: — ¡ Es raro : cuánto
petróleo se gasta en esta casa de algún tiempo á esta
parte!
Julio se estremeció ; pero la conversación no
pasó de allí, y el trabajo nocturno siguió adelante.^
Lo que ocurrió fué, que, interrumpiéndose así el
sueño todas las noches, Julio no descansaba bastante,
por la mañana se levantaba rendido aún, y por la
noche, al estudiar, le costaba trabajo tener los ojos
abiertos. Una noche, por la primera vez en su vida, se
quedó dormido sobre los apuntes. — ¡ Vamos, vamos !
le gritó su padre dando una palmada. ¡ Al trabajo ! —
Se asustó y volvió á ponerse á estudiar. Pero la noche
y los días siguientes continuaba la cosa lo mismo, y aun
peor : daba cabezadas sobre los libros, se despertaba
más tarde de lo acostumbrado ; estudiaba las lecciones
con violencia, y parecía que le disgustaba el estudio.
Su padre empezó á observarlo, después se preocupó de
ello y, al fin, tuvo que reprenderle. Nunca lo había
tenido que hacer por esta causa. — Julio, le dijo una
mañana ; tú te descuidas mucho, no eres ya el de otras
veces. No quiero esto. Todas las esperanzas de la
familia se cifraban^ en ti. Estoy muy descontento.
¿ Comprendes ? — Á este único regaño, el verdaderamente severo que había recibido, el muchacho se
turbó. — Sí, cierto, murmuró entre dientes, así no se

puede continuar ; es menester que el engaño concluya
— Pero la noche de aquel mismo día en la comida
exclamó con alegría su padre : — ¡ Sabed que en esíi
mes he ganado en las fajas treinta y dos pesetas más
que el mes pasado ! — Y diciendo esto, sacó á la mesa
un puñado de dulces que había comprado, para celebrará
con sus hijos la ganancia extraordinaria, que todos!
acogieron con júbilo. Entonces Julio cobró ánimo y]
pensó para s í : — ¡ No, pobre padre, no cesare de*
engañarte ; h a r é mayores esfuerzos para estudiar
mucho de día ; pero continuaré trabajando de noche!"
para ti y para todos los demás ! — Y añadió el padre :
— ¡ Treinta y dos pesetas !... Estoy contento... Pero:
hay otra cosa, y señaló á Julio, que me disgusta. Y Julio recibió la reconvención en silencio, conteniendo!
dos lágrimas que querían salir, pero sintiendo al mismo'
tiempo en el corazón cierta dulzura. Y siguió trabajando con ahinco ; pero acumulándose un trabajo á-;
otro, le era cada vez más difícil resistir. La cosa duii¡
así dos meses. El padre continuaba reprendiendo al
muchacho, y mirándole cada vez más enojado. Un dial
fué á preguntar por él al maestro, y éste le dijo : Sí, cumple, porque tiene buena inteligencia ; pero no
está tan aplicado como antes. Se duerme, bosteza, está
distraído, sus apuntes los hace cortos, deprisa, con
mala letra. Él podría hacer más ; pero mucho más. Aquella noche el padre llamó al hijo aparte y le hizo,'
reconvenciones más severas que las que hasta entonces
le había hecho. — Julio, tú ves que yo trabajo, que
yo gasto mucho mi vida por la familia. Tú no mesecundas, tú no tienes lástima de mí, ni de tus hermanos, ni aun de tu madre. — ¡ Ah, no, no diga usted
eso, padre mío ! gritó el hijo ahogado en llanto, y abrió'

la boca para confesarlo todo. Pero su padre le interrumpió diciendo : — Tú conoces las condiciones de la
familia : sabes que hay necesidad de hacer mucho, de
sacrificarnos todos. Yo mismo debía doblar mi trabajo.
Yo contaba estos meses últimos con una gratificación
fie cien pesetas en el ferrocarril, y he sahido esta
mañana que ya no la tendré. — Ante esta noticia,
Julio retuvo en seguida la confesión que estaba para
escaparse de sus labios, y se dijo resueltamente á si
mismo : — No, padre mío, no te diré nada ; guardaré
el secreto para poder trabajar por t i ; del dolor que te
causo te compenso de este modo : en la escuela estudiaré siempre lo bastante para salir del paso : lo que
importa es ayudar para ganar la vida, y aligerarte de
la ocupación que te mata. Siguió adelante, trascurrieron
otros dos meses de tarea nocturna y de pereza de día,
de esfuerzos desesperados del hijo y de amargas reflexiones del padre. Pero lo peor era que éste se iba enfriando poco á poco con el niño, y no le hablaba sino
raras veces, como si fuera un hijo desnaturalizado del
que nada hubiese que esperar, y casi huía de encontrar
su mirada. Julio lo advertía, sufría en silencio, y cuando
su padre volvía la espalda, le mandaba un beso furtivamente, volviendo la cara con sentimiento de ternura
compasiva y-triste ; mientras tanto el dolor y la fatiga
lo demacraban y le hacían perder el color, obligándole
á descuidarse cada vez más en sus estudios. Comprendía perfectamente que todo concluiría en un momento,
la noche que dijera : — Hoy no me levanto ; pero al
dar las doce, en el instante en que debía confirmar enérgicamente su propósito, sentía remordimiento, le parecía que, quedándose en la cama, faltaba á su deber, que
robaba una peseta á su padre y á su familia; y se levan-

taba pensando que cualquier noche que su padre se despertara y lo sorprendiera, ó que por casualidad se enterara contando las fajas dos veces, entonces terminaría
naturalmente todo, sin un acto de su voluntad, para lo
cual no se sentía con ánimos. Y así continuó la cosa.
Pero una tarde, en la comida, el padre pronunció
una palabra que fué decisiva para él. Su madre lo miró,
y pareciéndole que estaba más echado á perder y más
pálido que de costumbre, le dijo: — Julio, tú estás malo.'
Y después, volviéndose con ansiedad al padre : — Julio
está malo : ¡ mira qué pálido está ! ¡ Julio mío ! ¿ Qué
tienes ? El padre le miró de reojo, y dijo : — La mala
conciencia hace que tenga mala salud. No estaba asi
cuando era estudiante aplicado é hijo cariñoso. —
¡ Pero está malo ! exclamó la mamá. — ¡ Ya no rae
importa! respondió el padre.
Aquella palabra le hizo el efecto de una puñalada en
el corazón al pobre muchacho. ¡ Ah ! Ya no le importaba su salud á su padre, que en otro tiempo temblaba
de oirlo toser solamente. Ya no lo quería, pues ; había
muerto en el corazón de su padre. — ¡ Ah, no, padre
m { 0 t — ¿¡jo entre sí con el corazón angustiado ; —
ahora acaba esto de veras; no puedo vivir sin tu cariño,
lo quiero todo, todo te lo diré, no te engañaré más y
estudiaré como antes, suceda lo que suceda, para que
tú vuelvas á quererme, padre mío. ¡ Oh, estoy decidido!
en mi resolución!
.
. J
Sin embargo, aquella noche se levantó todavía, m «
bien por fuerza de la costumbre que por otra causa ; j\f
cuando se levantó quiso ir á saludar, á volver á verpoHj
algunos minutos, en el silencio de la noche, por última ¡
vez, aquel cuarto donde había trabajado tanto secretamente, con el corazón lleno de satisfacción y de ternura.

Y cuando se volvió á encontrar en la mesa, con la luz
encendida, y vió aquellas fajas blancas sóbrelas cuales
no iba ya á escribir más, aquellos nombres de ciudades
y de personas que se sabía de memoria, le entró una
gran tristeza é involuntariamente cogió la pluma para
reanudar el trabajo acostumbrado. Pero al extender la
mano, tocó un libro y éste se cayó. Se quedó helado. Si
su padre se despertaba... cierto que no le habría sorprendido cometiendo ninguna mala acción, y que él
mismo había decidido contárselo todo ; sin embargo...
el oir acercarse aquellos pasos en la oscuridad, el ser
sorprendido á aquella hora, con aquel silencio ; el que
su madre se hubiese despertado y asustado ; el pensar
que por lo pronto su padre hubiera experimentado una
humillación en su presencia descubriéndolo todo... todo
esto casi le aterraba. Aguzó el oído, suspendiendo la
respiración... No oyó nada. Escuchó por la cerradura
de la puerta que tenía detrás : nada. Toda la casa dormía, Su padre no había oído. Se tranquilizó, y volvió á
escribir. Las fajas se amontonaban unas sobre otras.
Oyó el paso cadencioso de la guardia municipal en la
desierta calle ; luego ruido de carruajes que cesó al
cabo de un rato ; después, pasado algún tiempo, el
rumor de una fila de carros que pasaron lentamente ;
más tarde silencio profundo, interrumpido de vez én
cuando por el ladrido de algún perro. Y siguió escribiendo. Entretanto su padre estaba detrás de él : se
había levantado cuando se cayó el libro, y esperó buen
rato; el ruido de los carros había cubierto el rumor de
sus pasos y el ligero chirrido de las hojas de la puerta;
y estaba allí, con su blanca cabeza sobre la negra cabecita de Julio. Había visto correr la pluma sobre las
fajas, y en un momento todo lo había olvidado, lo había

recordado y comprendido todo, y un arrepentimiento
desesperado, una ternura inmensa, había invadido su:
alma y lo tenía clavado allí, detrás de su hijo. De repente
dió Julio un grito agudísimo : dos brazos convulsos le
habían cogido por la cabeza. - ¡ Oh, padre mío, perdóname ! - gritó, reconociendo a su padre llorando.j
_ ¡ Perdóname tú á mí! - respondio el padre sollof
zando y cubriendo su frente de besos. Lo he comprendido todo; todo lo s é : yo soy quien te pide perdón, santa
criatura mía. ¡ Ven, ven conmigo ! Y lo empujo mas
bien que lo llevó, á la cama de su madre despierta, y
arrojándolo entre sus brazos, le dijo: - ¡ Besa a nuestro '
hijo, á este ángel, que desde hace tres meses no duerme
y trabaja por mí, y yo he contristado su corazon míeníras él nos ganaba el pan ! - La madre lo recogioyl
apretó contra su pecho, sin poder articular una palabra;
después dijo : — ¡ Á dormir en seguida, hijo m.o ; vea
dormir y á descansar ? ¡ Llévalo a la cama !... El padre]
T „«nUvn brazos, lo llevó á su cuarto, lo metió en bg
de oírlo tos. ^ j a d e a n t e y acariciándolo, y le arreglo!
muerto en el a ¿ c o l c h a _ __ G r a c ias, padre, - repetía
_
m [ 0 t _ dijo
ahora vete tá á la c a m a ; ya|
ahora acaba est ^
. l a c a m a ? p a p á i P e r 0 s u padre*
lo quiero todo,
y s e n t a d o 4 l a cabecera de sul
estudiaré c o ^ , ^ m a n Q y d i j o . _ ¡ Duerme duerme,|
Vl e

en

! mío ' - Y Julio, rendido, se durmió por fin, y < M
muchas horas, gozando por primera vez despues4e
muchos meses, de un sueño tranquilo alegrado poá
"entes ensueños ; y cuando abri los ojos
un buen rato de alumbrar ya el so , sintió primero y vtf
después cerca de su pecho, apoyada sobre
cama la blanca cabeza de su padre, que había pasad
asHa'noche, y dormía aún, con la frente inclinada al.
m ió

lado de su corazón.

LA.

VOLUNTAD

Miércoles 28.
Hay en mi clase un tal Estardo, que sería capaz de
hacer lo que hizo el pequeño florentino. Esta mañana
ocurrieron dos acontecimientos en la escuela : Garofi,
loco de alegría porque le habían devuelto su álbum con
el aumento de tres sellos de la república de Guatemala,
que él buscaba hacía tres meses; y Estardo, que había
obtenido la segunda medalla. ¡ Estardo, el primero en
la clase después de Deroso ! Todos nos admiramos.
• Q u i é n lo hubiera dicho en Octubre, cuando su padre
lo llevó á la escuela, metido en aquel gabán verde, y
dijo al maestro delante de todos : — Tenga conélmucha
p a c i e n c i a , porque es muy tardo para comprender! Todos
al principio le creían un adoquín. Pero él dijo : ó
reviento, ó salgo adelante; y se puso á estudiar con fe,
de día y de noche, en casa, en la escuela y en el paseo,
con los dientes apretados y cerrados los puños, paciente
como un buey, terco cual un mulo, y así, á fuerza de
machacar, no haciendo caso de las bromas y pegando
patadas á los revoltosos, ha pasado por delante de los
demás aquel testarudo. No comprendía una palabra de
la Aritmética; llenaba de disparates los apuntes; no
acertaba á retener en su memoria un período, y ahora
resuelve problemas, escribe correctamente y dice las
lecciones como un papagayo. Se adivina su voluntad de
hierro cuando se ve su facha, tan grueso, con la cabeza
cuadrada y sin cuello, con las manos cortas y gordas, y
con aquella voz áspera. Estudia hasta en las columnas

de los periódicos y en los anuncios de los teatros, y cada
vez que junta dos reales, se compra un libro : lia reunido
ya así una pequeña biblioteca, y en un momento de buen
humor se le escapó decirme que me llevaría á su casa
para verla. No habla con nadie, con nadie juega, y
siempre está allí en su banco, con las manos en las
sienes, firme como una roca, oyendo al maestro.
¡ Cuánto debe haber trabajado el pobre Estardo ! El
maestro le dijo esta mañana, aunque estaba impaciente
y de mal humor, cuando le dió la medalla : — ¡ Bravo,
Estardo; quien trabaja, vence '.Pero él no parecía estar
enorgullecido, no se sonrió, y apenas volvió al banco
con su medalla, tornó á apoyar las sienes en los puños
y se quedó más inmóvil que antes. Mas lo mejor fué á
la salida, que estaba esperándolo su padre, un sangrador,
grueso y tosco como él, un facha con voz de trueno. Él
no se esperaba aquella medalla, y no lo quería creer ;
fué menester que el maestro lo asegurase, y entonces
se echó á reir de gusto, y dió una palmada al hijo en la
cabeza, diciéndole en alta voz : — ¡ Bravo, bien, testarudo mío ! Y lo miraba atónito, sonriendo. Y todos los
muchachos que estaban alrededor se sonreían también,
excepto Estardo. Este rumiaba ya en su cabeza la
lección del día siguiente.
GRATITUD

Sábado 31.
« Tu compañero Estardo no se quejará nunca de su
maestro, estoy seguro; el profesor tiene mal genio y se
impacienta; tú lo dices como si fuese una cosa rara.
Piensa cuántas veces te impacientas tú ¿ y con quién ?
con tu padre y con tu madre, con los cuales tu impa-

GRATITUD

85

ciencia es un delito. ¡ Bastante razón tiene tu maestro
para impacientarse alguna vez ! Piensa en los años que
hace que lidia con muchachos, y que si hay muchos
cariñosos y agradables, encuentra también muchos
ingratos que abusan de su bondad y desconocen sus
cuidados, y que, después de todo, entre tantos, son más
las amarguras que las satisfacciones. Piensa que el
hombre más santo de la tierra, puesto en su lugar, se
dejaría llevar de la ira alguna vez. Y después, ¡ si
supieses cuántas veces el maestro va enfermo á dar su
clase, sólo porque no tiene una enfermedad bastante
grave para dispensarle de la asistencia á la escuela, y
que se impacienta porque sufre y le produ e sentimiento ver que los demás no lo advierten ó abusan de
él ! Respeta y quiere á tu maestro, hijo mío. Quiérele,
porque tu padre le respeta ; porque consagra su vida
al bien de tantos niños que luego le olvidan; quiérele,
porque te abre é ilumina la inteligencia y te educa el
corazón; porque un día, cuando seas hombre y no estemos ya en el mundo ni él ni yo,-su imagen se presentará
á veces en tu mente al lado de la mía, y entonces te
acordarás de ciertas expresiones de dolor y de cansancio de su cara apacible de hombre honrado, en la
cual ahora no te fijas ; lo recordarás y te dará pena,
auu después de treinta años, y te avergonzarás, sentirás
tristeza de no haberlo querido bastante, de haberte portado tan mal con él. Quiere á tu maestro, porque pertenece á esa gran familia de cincuenta mil profesores
elementales, esparcidos por toda Italia, y que son como
los padres intelectuales de millones de muchachos que
contigo crecen ; trabajadores mal comprendidos y mal
recompensados, que preparan para nuestra patria una
generación mejor que la presente. No estaré satisfecho

de tu cariño hacia mí si no lo tienes igualmente para
todos los que te hacen bien, entre los cuales tu maestro
es el primero, después de tu padre. Quiérelo como
querrías á un hermano mío; quiérelo cuando te acaricie
y cuando te regañe ; cuando sea justo contigo, y cuando
te parezca injusto; q u i é r e l o cuando esté alegre y afable,
y quiérelo más aún cuando lo veas triste. Quiérelo
siempre. Pronuncia perpetuamente con respeto el nombre de maestro, que, después del del padre, es el nombre
más dulce que puede dar un hombre á un semejante
suyo. »
-.¡V r

TTJ PADRE.

ENERO.
EL MAESTRO

SUPLENTE

Miércoles 4.
Terna razón mi p a d r e : el maestro estaba de mal
humor, porque no se encontraba bueno; y desde hace
tres días, en efecto, viene en su lugar el suplente aquel
pequeño, sin barba, que parece un jovencillo. Una cosa
desagradable sucedió esta mañana. Ya el primero y el
segundo día habían hecho ruido en la escuela, porque
el suplente tiene una gran paciencia y no hace más que
decir: — Estad callados; os ruego que os calléis. —
Pero esta mañana se colmó la medida. Se produjo un
ruido tan grande, que no se oían sus palabras, y él
amonestaba, suplicaba; pero no le hacían caso. Dos
veces el Director se asomó á la puerta y miro. Pero en
cuanto él se iba, crecía el ruido como en las plazuelas.
Garrón y Deroso no hacían más que decir por senas a
sus compañeros que callasen, que era una vergüenza.
Nadie les hacía caso. Estardo era el único que se estaba
quieto, con los codos en el banco y los puños en las sienes, pensando quizá en su famosa biblioteca, y Garofi,
el de la nariz en forma de gancho, el de los sellos,
estaba muy ocupado en hacer el sorteo, á dos céntimos
papeleta.de un tintero de bolsillo. Los demás charlaban
y reían, hacían ruido con las puntas de las plumas clavadas en las bancas, y se tiraban bolitas de papel con

de tu cariño hacia mí si no lo tienes igualmente para
todos los que te hacen bien, entre los cuales tu maestro
es el primero, después de tu padre. Quiérelo como
querrías á un hermano mío; quiérelo cuando te acaricie
y cuando te regañe ; cuando sea justo contigo, y cuando
te parezca injusto; q u i é r e l o cuando esté alegre y afable,
y quiérelo más aún cuando lo veas triste. Quiérelo
siempre. Pronuncia perpetuamente con respeto el nombre de maestro, que, después del del padre, es el nombre
más dulce que puede dar un hombre á un semejante
suyo. »
-.¡V r

TTJ PADRE.

ENERO.
EL MAESTRO

SUPLENTE

Miércoles 4.
Terna razón mi p a d r e : el maestro estaba de mal
humor, porque no se encontraba bueno; y desde hace
tres días, en efecto, viene en su lugar el suplente aquel
pequeño, sin barba, que parece un jovencillo. Una cosa
desagradable sucedió esta mañana. Ya el primero y el
segundo día habían hecho ruido en la escuela, porque
el suplente tiene una gran paciencia y no hace más que
decir: — Estad callados; os ruego que os calléis. —
Pero esta mañana se colmó la medida. Se produjo un
ruido tan grande, que no se oían sus palabras, y él
amonestaba, suplicaba; pero no le hacían caso. Dos
veces el Director se asomó á la puerta y miro. Pero en
cuanto él se iba, crecía el ruido como en las plazuelas.
Garrón y Deroso no hacían más que decir por senas a
sus compañeros que callasen, que era una vergüenza.
Nadie les hacía caso. Estardo era el único que se estaba
quieto, con los codos en el banco y los puños en las sienes, pensando quizá en su famosa biblioteca, y Garofi,
el de la nariz en forma de gancho, el de los sellos,
estaba muy ocupado en hacer el sorteo, á dos céntimos
papeleta.de un tintero de bolsillo. Los demás charlaban
y reían, hacían ruido con las puntas de las plumas clavadas en las bancas, y se tiraban bolitas de papel con


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