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Asesinato en Mesopotamia
Agatha Christie

Colección
Novela Policial

www.librosenred.com

Dirección General: Marcelo Perazolo
Dirección de Contenidos: Ivana Basset
Diseño de cubierta: Emil Iosipescu
Diagramación de interiores: María Rodríguez Denis

Está prohibida la reproducción total o parcial de este libro, su tratamiento
informático, la transmisión de cualquier forma o de cualquier medio, ya sea
electrónico, mecánico, por fotocopia, registro u otros métodos, sin el permiso
previo escrito de los titulares del Copyright.
Primera edición en español en versión digital
© LibrosEnRed, 2006
Una marca registrada de Amertown International S.A.
Para encargar más copias de este libro o conocer otros libros de esta colección
visite www.librosenred.com

ÍNDICE

Guía del lector

6

Prólogo

7

Pórtico

10

Amy Leatheran se presenta

12

Habladurías

17

Llego a Hassanieh

21

Tell Yarimjah

28

La primera velada

32

El hombre de la ventana

42

Alarma nocturna

50

La historia de la señora Leidner

56

El sábado por la tarde

64

Un asunto extraño

69

“Yo no creía...”

74

Llega Hércules Poirot

78

¿Uno de nosotros?

87

Poirot sugiere

94

Los sospechosos

101

La mancha junto al lavabo

107

Una taza de té en casa del doctor Reilly

114

Una nueva sospecha

124

La señorita Johnson, la señora Mercado y el señor Reiter

131

El señor Mercado y Richard Carey

141

David Emmott, el padre Lavigny y un descubrimiento

148

Veo visiones

158

Asesinar es una costumbre

167

¿Suicidio o asesinato?

171

¡La próxima seré yo!

178

En el principio de un viaje

184

El término del viaje

204

Envío

211

Acerca de la autora

213

Editorial LibrosEnRed

214

GUÍA DEL LECTOR

En un orden alfabético convencional relacionamos a continuación los principales personajes que intervienen en esta obra.
BOSNER (Frederick): Primer esposo de la señora Leidner.
BOSNER (William): Joven hermano del anterior.
CAREY (Richard): Joven arquitecto y miembro de una expedición arqueológica.
COLEMAN (Bill): Joven arqueólogo y miembro también de dicha expedición.
EMMOTT (David): Joven americano, auxiliar de la expedición.
JOHNSON (Anne): Soltera, agregada a las citadas tareas arqueológicas.
KELSEY (John): Comandante del ejército inglés.
KELSEY (Mary): Esposa del comandante Kelsey.
LAVIGNY (Padre): Fraile francés, de la orden de los Padres Blancos.
LEATHERAN (Amy): Enfermera de la señora Leidner, narradora y protagonista de esta novela.
LEIDNER (Eric): Arqueólogo, director de la expedición arqueológica a
Mesopotamia.
LEIDNER (Louise): Esposa de Eric Leidner.
MAITLAND: Capitán de la policía iraquí.
MERCADO (Joseph): Otro componente de la expedición citada.
MERCADO (Marie): Esposa de Joseph Mercado.
POIROT (Hércules): Famoso detective, alma de esta obra.
REITER (Carl): Integrante de la expedición arqueológica, encargado de la
fotografía.
REILLY: Médico cirujano, residente en un lugar cercano a Bagdad.
REILLY (Sheila): Hija del doctor Reilly.

PRÓLOGO
por el doctor Giles Reilly

Los hechos cuya crónica se incluye en esta narración ocurrieron hace unos
cuatro años. Determinadas circunstancias han hecho necesario, en mi opinión, que se hiciera público un relato íntegro de los mismos. Han corrido por
ahí rumores absurdos y ridículos diciendo que se habían suprimido pruebas
importantes para el caso y otras sandeces de este orden. Tales falsas interpretaciones han aparecido, principalmente, en la prensa americana.
Por razones obvias no era aconsejable que dicho relato saliera de la pluma
de uno de los que componían aquella expedición arqueológica, ya que era
natural suponer que tuviera ciertos prejuicios sobre la cuestión. En consecuencia, sugerí a la señorita Amy Leatheran que se encargara de aquel trabajo, pues era la persona, a mi juicio, más indicada para ello. Su categoría
profesional era inmejorable; no se sentía ligada por ningún contacto previo
con la expedición al Irak que organizó la Universidad de Pittstow y, además,
era una testigo observadora e inteligente. No fue tarea fácil convencer a la
señorita Leatheran.
He de confesar que persuadirla fue una de las dificultades más arduas con
que he tropezado a lo largo de mi carrera. Y hasta cuando tuvo terminado
el trabajo demostró una curiosa resistencia a dejarme leer el manuscrito.
Descubrí luego que ello era debido, en parte, a ciertas observaciones críticas que había hecho relacionadas con mi hija Sheila. Me apresuré a desechar
sus temores al asegurarle que ya que los hijos se atrevían en la actualidad a
criticar abiertamente a sus padres, en letra de molde, los padres no podían
por menos que estar encantados cuando veían a sus retoños compartir el
vapuleo de la crítica ajena. Puso otra objeción, basada en una modestia extrema acerca de su estilo literario. Expresó el deseo de que yo “cuidara de
pulirle un poco la sintaxis”.
Después no me atreví a enmendarle ni una sola expresión. El estilo de la
señorita Leatheran es vigoroso, personal y enteramente adaptado a lo que
relata. Si en algún caso llama a Poirot, “Poirot” a secas, y en el siguiente párrafo lo trata de “señor Poirot”, la variación resulta interesante y sugestiva.
Hay momentos en que, por decirlo así, “recuerda sus maneras profesionales”, y ya se sabe que las enfermeras son defensoras acérrimas de la etiqueta. Mas, sin embargo, en otros ratos su interés por lo que está contando es

el de un simple ser humano; se olvida entonces por completo de la cofia y
de los puños almidonados.
La única libertad que me he tomado ha sido escribir el primer capítulo con
la ayuda de una carta que me facilitó amablemente una amiga de la señorita Leatheran. Lo hice a manera de portada; como un bosquejo algo tosco
de la personalidad de la narradora.

Dedicado a mis muchos amigos
arqueólogos en Irak y Siria

CAPÍTULO I

PÓRTICO

En el vestíbulo del Hotel Tigris Palace, de Bagdad, una enfermera estaba
escribiendo una carta. Su pluma corría velozmente sobre el papel.
...Bueno; creo que esto es, en resumen, todo lo que tengo
que contarte. Confieso que no está mal viajar y ver un poco de
mundo, aunque para mí no hay nada como Inglaterra. No puedes imaginarte la “suciedad” y la “confusión” que reina aquí en
Bagdad. No tiene nada de romántico, como pudieras suponer al
leer Las mil y una noches. Las orillas del río son bonitas, desde
luego; pero la ciudad es horrorosa. No hay ni una tienda que
pueda considerarse como tal. El mayor Kelsey me llevó a dar una
vuelta por los bazares, y no niego que son curiosos. Pero en ellos
no hay más que cachivaches y un estruendo terrible, producido
por los repujadores de cobre, que ocasiona a cualquiera un dolor
de cabeza insoportable. Ya sabes que no me gusta usar utensilios
de cobre, a no ser que me asegure de que están completamente
limpios. Hay que tener mucho cuidado con el cardenillo.
Ya te escribiré y te diré si resulta algo definitivo del trabajo
del que me habló el doctor Reilly. Me han dicho que ese caballero americano se encuentra ahora en Bagdad y tal vez venga a
verme esta tarde. Se trata de su mujer. El doctor Reilly dice que
“tiene fantasías”. No añadió más, pero ya sabes lo que, por regla
general, significa eso. Espero que no sea algo grave. Como te iba
contando, el doctor Reilly no añadió nada más, pero me miró de
una forma... bueno, ya sabes a qué me refiero. El doctor Leidner
es arqueólogo y está haciendo unas excavaciones en el desierto
por encargo de un museo americano.
Bueno, querida, termino aquí. Creo que lo que me has contado acerca de la pequeña Stubbins es “corrosivo”. ¿Qué dice la
directora?
Nada más por ahora.
Tuya siempre,
Amy Leatheran
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Asesinato en Mesopotamia

Metió la carta en un sobre y lo dirigió a la Hermana Curshaw, Hospital de
San Cristóbal, Londres. Estaba cerrando la estilográfica cuando se le acercó
un botones.
―Un caballero, el doctor Leidner, desea verla.
La enfermera Leatheran se volvió y vio ante ella a un hombre de mediana
estatura, cargado ligeramente de hombros; tenía barba de color castaño y
ojos de expresión dulce y cansada.
El doctor Leidner, por su parte, contempló a una mujer de unos treinta y
cinco años, de aspecto erguido y confiado. Su cara reflejaba un carácter
agradable; sus ojos eran dulces y saltones, y poseía una lustrosa cabellera
de color castaño. Tenía el aspecto, según pensó él, que justamente ha de
presentar una enfermera que deba encargarse de un caso nervioso: alegre,
robusta, perspicaz y práctica.
La enfermera Leatheran serviría para el caso.

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CAPÍTULO II

AMY LEATHERAN SE PRESENTA

No pretendo ser escritora ni conocer los secretos de la literatura. Hago esto simplemente porque el doctor Reilly me lo rogó, y es cosa sabida que
cuando el doctor Reilly te pide que hagas alguna cosa, no hay manera de
rehusar.
―Pero, doctor ―le dije―; no soy escritora ni entiendo nada de eso.
―Tonterías ―replicó él―. Hágase la cuenta de que está redactando las
notas de un caso clínico.
No cabe duda de que tenía razón.
El doctor Reilly prosiguió diciéndome que era necesario que se publicara un
relato llano y simple del asunto ocurrido en Tell Yarimjah.
―Si lo tuviera que escribir alguno de los que intervinieron en él no convencería a nadie. Dirían que tenía prejuicios por unos o por otros.
Y aquello, por cierto, también era verdad. Aunque yo estuve allí, podía
considerarme como una extraña a la cuestión planteada.
―¿Y por qué no lo escribe usted mismo, doctor? ―pregunté.
―No estaba presente cuando sucedió y usted sí. Además ―añadió dando
un suspiro―, mi hija no me dejaría.
La forma en que se dejaba dominar por aquella chiquilla era algo verdaderamente vergonzoso. Estaba a punto de decírselo así, cuando vi una expresión maliciosa en sus ojos. Eso es lo malo del doctor Reilly. Nunca se sabe
si está bromeando o qué. Siempre dice las cosas con el mismo tono lento y
melancólico; pero la mitad de las veces se nota en sus palabras cierta ironía.
―Bueno ―dije sin mucha confianza―. Supongo que podré llevarlo a cabo.
―Claro que podrá.
―Lo que no sé es cómo empezar.
―Para eso existen buenos precedentes. Empiece por el principio y siga adelante hasta el final.
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Asesinato en Mesopotamia

―Ni siquiera sé con seguridad dónde y cómo empezó ―repliqué.
―Créame, enfermera, la dificultad de empezar no va a ser nada comparada con la de saber cuándo terminar. Al menos eso es lo que me sucede
cuando tengo que pronunciar una conferencia. Alguien tiene que tirarme
del faldón del frac para hacerme descender a la fuerza de la tribuna.
―¿Está usted bromeando, doctor?
―No puedo hablarle más en serio. Y bien, ¿qué me dice?
Otra cosa me preocupaba. Después de vacilar unos momentos, dije:
―Ver usted, doctor. Temo que algunas veces... mis comentarios sean demasiado “personales”.
―¡Pero, por Dios, mujer! ¡Cuanto más “personales” sean, mucho mejor! Es
una historia sobre seres humanos, no sobre maniquíes. Personalice, muestre sus preferencias, sea chismosa, ¡lo que usted guste! Escríbalo a su manera. Siempre estaremos a tiempo de eliminar los pasajes difamatorios antes
de publicarlo. Adelante. Es usted una mujer sensata y estoy seguro de que
nos proporcionará un relato fiel del asunto.
Así quedó la cosa, y le prometí que me esmeraría en hacerlo.
Supongo que deberé decir algo acerca de mí. Tengo treinta y dos años,
y me llamo Amy Leatheran. Realicé mi aprendizaje en el hospital de San
Cristóbal y luego hice dos años de prácticas como comadrona. Trabajé también particularmente y estuve cuatro años en la Casa de Maternidad de la
señorita Bendix, en Devonshire Place. Fui a Irak acompañando a una señora
llamada Kelsey. Cuidé de ella cuando nació su hija.
Debía trasladarme a Bagdad con su marido y ya tenía contratada a una niñera que servía desde hacía dos años a unos amigos que residían en aquella
ciudad. Los hijos de dichos amigos regresaban a Inglaterra para estudiar y
la niñera había convenido con la señora Kelsey que entraría a su servicio
cuando los chicos se marcharan. La señora Kelsey estaba algo delicada y le
preocupaba hacer el viaje con una niña de tan corta edad. Así es que su
marido arregló el asunto para que yo la acompañara y cuidara de ella y de
la niña. Me pagarían el viaje de vuelta, caso de que no encontrara a nadie
que necesitara los servicios de una enfermera para hacer el viaje de retorno
a Inglaterra.
No creo que sea necesario describir a los Kelsey. La pequeña era una preciosidad de criatura y la señora tenía un carácter muy agradable, aunque era
de las que se inquietan por todo. Disfruté mucho durante el viaje. Nunca
había hecho una travesía tan larga por mar.

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Agatha Christie

El doctor Reilly venía en el mismo barco. Era un hombre de cabellos negros
y cara estirada, que decía las cosas más divertidas con una voz baja y lúgubre. Creo que le gustaba tomarme el pelo y tenía la costumbre de contarme
cosas absurdas para ver si me las tragaba. Tenía un destino de cirujano en
un lugar llamado Hassanieh a un día y medio de viaje desde Bagdad.
Hacía cerca de una semana que me encontraba en dicha ciudad, cuando lo
encontré y me preguntó si dejaba ya a los Kelsey. Le repliqué que era curioso que me dijera aquello, pues se daba el caso de que lo hijos de los Wright,
los amigos de los Kelsey a que antes me referí, volvían a Inglaterra antes de
la fecha prevista y su niñera quedaba libre.
Me confesó entonces que se había enterado de la marcha de los Wright, y
que por eso me lo había preguntado.
―En resumen, enfermera, posiblemente le pueda ofrecer un empleo.
―¿Algún caso?
Torció el gesto como si considerara la pregunta.
―No puedo calificarlo así. Sólo se trata de una señora que tiene...
digamos...”fantasías”.
―¡Oh! ―exclamé.
Por lo general, una sabe perfectamente qué significa tal cosa... bebida o
drogas.
El doctor Reilly no fue más allá en sus explicaciones.
―Sí ―dijo―. Se trata de la señora Leidner. Es la esposa de un americano, o
mejor dicho, de un suecoamericano que dirige unas grandes excavaciones
por cuenta de una universidad de su país.
Y me explicó que la expedición estaba excavando en el lugar que había
ocupado una gran ciudad asiria; algo así como Nínive. La casa en que vivían
los que componían la expedición no estaba en realidad muy lejos de Hassanieh, pero se hallaba en un descampado y al doctor Leidner hacía tiempo
que le preocupaba la salud de su esposa.
―No es muy explícito acerca de ello, pero parece que la señora tiene repetidos accesos de terror nervioso.
―¿Se queda sola con los indígenas durante todo el día? ―pregunté.
―No. Los de la expedición son muchos. Siete u ocho. No creo que se quede
nunca sola en la casa. Pero, por lo visto, no hay duda de que ella se está
agotando y de que ha llegado a un extraño estado de ánimo. Leidner lleva
sobre sí toda responsabilidad del trabajo y, además, como está muy ena14
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Asesinato en Mesopotamia

morado de su mujer, le preocupa el estado en que ella se encuentra. Opina
que estaría mucho más tranquilo si supiera que una persona responsable y
con experiencia está a su cuidado.
―¿Y qué dice la propia señora Leidner?
El doctor Reilly contestó con acento grave.
―La señora Leidner es una persona encantadora. Raramente persiste en
una opinión durante más de dos días consecutivos. Pero, en términos generales, no le desagrada la idea de su marido. Es una mujer extraña. Es afectada en extremo y, según creo, una mentirosa empedernida; pero Leidner
parece estar convencido de que alguna cosa la ha asustado terriblemente.
―¿Qué le contó ella, doctor?
―No fue ella quien vino a verme. No le agrado... por varias razones. Fue
Leidner quien me propuso el plan. Bien, enfermera, ¿qué le parece la idea?
Ver algo del país antes de volver al suyo. Continuarán las excavaciones durante otros dos meses. Y es un trabajo interesante.
Después de unos instantes de vacilación, durante los cuales le di vueltas al
asunto, contesté:
―Bueno. Creo que puedo probar.
―Espléndido ―dijo el doctor Reilly, levantándose―. Leidner está ahora en
Bagdad. Le diré que venga y vea de arreglar el asunto con usted.
El doctor Leidner vino al hotel aquella misma tarde. Era un hombre de
mediana edad, de ademanes nerviosos y vacilantes. Se apreciaba en él un
fondo benévolo, amable y un tanto desvalido. Por lo que dijo, parecía estar
muy enamorado de su esposa; pero fue muy poco concreto acerca de lo
que le pasaba.
―Verá usted ―dijo, manoseándose la barba en una forma que, según pude ver más tarde, era característica en él―. Mi esposa se encuentra presa
de una gran excitación nerviosa. Estoy... muy preocupado por ella.
―¿Disfruta de buena salud física? ―pregunté.
―Sí, sí. Eso creo. Yo diría que su estado físico no tiene nada que ver con la
cuestión. Pero... bueno... se imagina cosas.
―¿Qué clase de cosas?
Pero él eludió este punto, murmurando perplejo:
―Se agota por cosas sin importancia. En realidad, no encuentro fundamento alguno por sus temores.

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Agatha Christie

―¿Temores de qué, doctor Leidner?
―Pues... tan sólo terror nervioso ―respondió.
Apuesto diez contra uno a que se trata de drogas, pensé. Y él no se ha dado
cuenta todavía. A muchos hombres se les pasa por alto una cosa así; y sólo
se limitan a preguntarse las causas de que sus esposas estén tan excitadas y
tengan tan extraordinarios cambios de humor.
Le pregunté si la señora Leidner aprobaba la idea de mis servicios.
Su cara se iluminó.
―Sí. Me sorprendió mucho y al propio tiempo me alegré. Dijo que era una
buena idea y que se sentiría mucho más segura.
La palabra me chocó. “Segura.” Una palabra extraña para usarla en aquella
ocasión. Empecé a figurarme que el caso de la señora Leidner era asunto
apropiado para un alienista. El hombre prosiguió, con una especie de anhelo juvenil.
―Estoy seguro de que usted se llevará muy bien con ella. Es una mujer verdaderamente encantadora ―sonrió―. Cree que usted le animará muchísimo y lo mismo he pensado yo al verla. Tiene usted el aspecto, si me permite
decirlo así, de tener una salud espléndida y un gran sentido común. Estoy
seguro de que es la persona apropiada para Louise.
―Bien; podemos probar, doctor Leidner ―repliqué yo alegremente―. Espero poder ser útil a su señora. ¿Tal vez los árabes y la gente de color la
ponen nerviosa?
―No, nada de eso ―sacudió la cabeza, como si la idea le divirtiera―. A mi
mujer le gustan mucho los árabes; sabe apreciar su sencillez y su sentido del
humor. Ésta es la segunda vez que viene conmigo, pues hace menos de dos
años que nos casamos, y habla ya bastante bien el árabe.
Guardé silencio durante unos momentos y luego hice un nuevo intento.
―¿Y no puede usted decirme qué es lo que asusta a su esposa, doctor Leidner? ―pregunté.
El hombre vaciló y después respondió lentamente:
―Espero... creo... que se lo dirá ella misma.
Y eso fue todo lo que pude conseguir de él.

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CAPÍTULO III

HABLADURÍAS

Se convino en que yo iría a Tell Yarimjah a la semana siguiente.
La señora Kelsey estaba acomodándose en su nueva casa de Alwiyah, y me
alegré de poder ayudarla en algo. Durante aquellos días tuve ocasión de
oír una o dos alusiones a la expedición de Leidner. Un amigo de la señora
Kelsey, un joven militar, frunció los labios sorprendido y exclamó:
―¡La “adorable” Louise! ¡Así que ésa es la última de las suyas! ―se volvió
hacia mí―. Es el apodo que le hemos puesto, enfermera. Siempre se la ha
conocido como la “adorable” Louise.
―¿Tan guapa es, entonces? ―pregunté.
―Eso es valorarla según su propia estimación. ¡Ella cree que lo es!
―No seas vengativo, John ―intervino la señora Kelsey―. Ya sabes que no
es ella sola la que piensa así. Mucha gente ha sucumbido a sus encantos.
―Tal vez tengas razón. Sus dientes son un poco largos, pero es atrayente a
su manera.
―A ti también te hace ir de cabeza ―comentó la señora Kelsey, riendo. El
militar se sonrojó y admitió, algo avergonzado:
―Bueno, hay algo en ella que atrae. Leidner venera hasta el suelo que ella
pisa... y el resto de la expedición tiene que venerarlo también. Es una cosa
que se espera de ellos.
―¿Cuántos son en total? ―pregunté.
―Muchos y de todas clases y nacionalidades, enfermera ―replicó el joven
alegremente―. Un arquitecto inglés, un cura francés, de Cartago, que
es el que trabaja con las inscripciones, las tablillas y cosas parecidas, ya
sabe. Luego está la señorita Johnson. También es inglesa y una especie
de remendona de todos los cachivaches que desentierran. Un hombrecillo
regordete que hace las fotografías... es americano. Y los Mercado. Sólo
Dios sabe de qué nacionalidad son... “dagos”1 de alguna especie! Ella es
N. del T.: Nombre que se da en Inglaterra y Estados Unidos a todo extranjero de piel
morena.
1

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Agatha Christie

muy joven y de aspecto solapado. ¡Y de qué forma odia a la “adorable”
Louise! Después tenemos a un par de jóvenes que completan el grupo.
Forman una colección bastante rara, pero agradable en su conjunto... ¿no
le parece, Pennyman?
Se dirigió a un hombre de bastante edad, que estaba sentado, mientras
hacía dar vueltas con aire distraído a unas gafas de pinza.
El interpelado pareció sobresaltarse y levantó la mirada.
―Sí... sí... muy agradables. Es decir, considerándolos individualmente. Desde luego, Mercado parece un pájaro bastante raro...
―Qué barba tan extraña! ―comentó la señora Kelsey―. Es una de esas
barbas fláccidas, tan raras... tan singulares... El mayor Pennyman prosiguió,
sin darse cuenta, al parecer, de la interrupción:
―Los dos jóvenes son agradables. El americano es más bien reservado y el
inglés habla en demasía. Es curioso, pues por lo general suele ser al contrario. El propio Leidner es un hombre modesto y nada engreído. Sí, individualmente son gente agradable. Pero de cualquier forma, y tal vez sean
imaginaciones mías, la última vez que fui a verlos me dio la impresión de
que algo no iba bien entre ellos. No sé qué fue exactamente... pero nadie
parecía ser el mismo. Se notaba cierta tensión en la atmósfera. Lo explicaré
mejor diciendo que se pasaban la mantequilla de unos a otros con demasiada cortesía. Sonrojándome ligeramente, pues no me gusta sacar a relucir
mis propias opiniones, dije:
―Cuando la gente se ve obligada a convivir por fuerza durante mucho
tiempo, siempre se resienten los nervios de todos. Lo sé por mi experiencia
en el hospital.
―Es verdad ―dijo el mayor Kelsey―. Pero la temporada acaba justamente
de empezar y todavía no ha habido tiempo para que se produzca una cosa
así.
―El ambiente de una expedición se parece, aunque en pequeño, al que reina entre nosotros aquí ―opinó el mayor Pennyman―. Se forman bandos y
salen a relucir rivalidades y envidias.
―Parece como si este año hubiera llegado gente nueva ―dijo el mayor
Kelsey.
―Veamos ―el joven militar empezó a contar con los dedos―. Coleman y
Reiter son nuevos. Emmott vino el año pasado y los Mercado también. El
padre Lavigny, asimismo, es la primera vez que viene. Sustituye al doctor
Byrd, que este año está enfermo. Carey, desde luego, es de los veteranos.

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Asesinato en Mesopotamia

Ha venido desde que empezó la excavación, hace cinco años. La señorita
Johnson es casi tan veterana como Carey.
―Siempre pensé que se llevaban todos muy bien en Tell Yarimjah ―observó el mayor Kelsey―. Parecía una familia bien avenida, lo cual es realmente
sorprendente si se tiene en cuenta la flaqueza de la naturaleza humana.
Estoy seguro de que la enfermera Leatheran coincide conmigo.
―Pues... es posible que tenga razón. En el hospital he presenciado peleas cuyo
motivo no ha podido ser cosa más nimia que una disputa sobre una tetera.
―Eso es. Uno tiende a ser mezquino en cualquier comunidad donde haya
un contacto muy directo entre sus componentes ―observó el mayor Pennyman―. Pero de todas formas, creo que debe de haber algo más en este
caso. Leidner es un hombre apacible y modesto, con un destacado sentido
diplomático. Siempre se preocupó de que los de la expedición estuvieran
contentos y se llevaran bien unos con otros. Y, sin embargo, el otro día noté
aquella sensación de tirantez. La señora Kelsey rió.
―¿Y no se da usted cuenta de la explicación? Pero si salta a la vista...
―¿Qué quiere decir?
―¡La señora Leidner, desde luego!
―Vamos, Mary ―dijo su marido―. Es una mujer encantadora, de las que
no se pelean con nadie.
―Yo no digo que se pelee. Ella es la causa de las peleas.
―¿De qué forma? ¿Por qué tiene que serlo?
―¿Por qué? Pues porque está aburrida. Ella no es arqueólogo, sino la mujer de uno de ellos. Como le está vedada toda emoción, se preocupa ella
misma de tramar su propio drama. Se divierte haciendo que los demás se
enfrenten entre ellos.
―Mary, tú no sabes absolutamente nada. Te lo estás imaginando.
―¡Claro que me lo imagino! Pero verás cómo tengo razón. La “adorable”
Louise no se parece en nada a Monna Lisa. Tal vez no quiera causar perjuicios, pero prueba a ver qué pasar.
―Le es fiel a Leidner.
―No digo lo contrario. Ni estoy sugiriendo que existan intrigas vulgares.
Pero esa mujer es una “allumeuse”.
―Hay que ver con qué dulzura se califican las mujeres entre sí ―comentó
el mayor Kelsey.

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―Ya sé. Nos arañamos como si fuéramos gatos. Eso es lo que decís vosotros, los hombres. Pero nosotras no solemos equivocarnos acerca de nuestro sexo.
―Al fin y al cabo ―dijo pensativamente el mayor Pennyman ―, aunque
suponiendo que sean verdad todas las poco caritativas conjeturas de la señora Kelsey, no creo que puedan explicar por completo aquella curiosa sensación de tirantez... aquella tensión parecida a la que se experimenta antes
de una tormenta. Tuve la impresión de que la tempestad iba a estallar de
un momento a otro.
―No asuste a la enfermera ―dijo la señora Kelsey―. Tiene que ir allí dentro de tres días y es usted capaz de hacerla desistir.
―No se alarme. No me asusta ―aseveré, riendo.
Pero a pesar de ello, pensé mucho tiempo en lo que se había dicho en
aquella ocasión. Me acordé de la forma tan peculiar que el doctor Leidner
había empleado para pronunciar la palabra “segura”. ¿Era el temor secreto
de su esposa, tal vez desconocido, lo que hacía reaccionar al resto de sus
compañeros? ¿O era la propia tensión o quizá la causa desconocida de ella
la que reaccionaba sobre los nervios de la señora Leidner?
Busqué en un diccionario el significado de la palabra “allumeuse” que había usado la señora Kelsey, pero no logré entender su sentido.
“Bueno ―pensé―. Esperaremos a ver qué pasa.”

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CAPÍTULO IV

LLEGO A HASSANIEH

Tres días después salí de Bagdad. Sentí dejar a la señora Kelsey y a la
pequeña, que era un encanto y crecía espléndidamente, ganando cada
semana el número requerido de gramos. El mayor Kelsey me acompañó
a la estación para despedirme. Llegaría a Kirkuk a la mañana siguiente
y allí saldría alguien a esperarme. Dormí muy mal. Nunca duermo bien
cuando viajo en tren y aquella noche soñé mucho. No obstante, a la mañana siguiente, cuando miré por la ventanilla vi que había amanecido un
día espléndido. Me sentí interesada y curiosa acerca de la gente que iba
a conocer.
Cuando bajé al andén me detuve indecisa, mirando a mi alrededor. Entonces vi a un joven que se dirigía hacia mí. Tenía una cara redonda y sonrosada. He de confesar que en mi vida había visto a alguien que se pareciera
más a uno de los jóvenes personajes que crea el señor P. G. Wodehouse en
sus libros.
―¿Hola, hola, hola! ―dijo―. ¿Es usted la enfermera Leatheran? Bueno,
quiero decir que debe ser usted... ya me doy cuenta. ¡Ja, ja, ja! Me llamo
Coleman. El doctor Leidner me envió a esperarla. ¿Qué tal se siente? ¡Vaya
viajecito! ¿Eh? ¡Si conoceré yo estos trenes! Bien, ya está aquí... ¿ha desayunado? ¿Es éste su equipaje? Muy modesto, ¿no le parece? La señora Leidner
tiene cuatro maletas y un baúl, sin contar una sombrerera, un almohadón
de piel y otras muchas cosas. ¿Estoy hablando demasiado? Venga.
A la salida de la estación nos esperaba lo que, según me enteré después,
se llamaba “rubia”. Sus características participaban un poco de las de una
furgoneta, un camión y un coche de turismo. El señor Coleman me ayudó a
subir, explicándome que iría mejor en el asiento delantero, junto al conductor, donde acusaría menos el traqueteo. ¡Traqueteo! ¡Quedé maravillada
de que aquel armatoste no se deshiciera en mil pedazos! Allí no había nada
que se pareciera a una carretera; sólo una especie de vereda llena de surcos
y baches. ¡Vaya con el “glorioso este”! Cuando me acordé de las espléndidas pistas de Inglaterra, sentí que me invadía la nostalgia.
El señor Coleman se inclinó hacia mí desde el asiento que ocupaba, detrás
del mío, y me gritó junto a la oreja: ―¡El camino está en muy buenas con-

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Agatha Christie

diciones! ―aulló justamente después de que habíamos sido lanzados de
nuestros asientos, hasta tocar el techo con la cabeza. Y parecía estar hablando en serio.
―Esto es muy bueno... estimula el hígado ―dijo―. Usted debe saberlo,
enfermera.
―Un hígado estimulado va a servirme de poco si me abre la cabeza ―observé acervamente.
―¡Tenía que haber venido aquí después de una buena lluvia! Los patinazos
son soberbios. La mayor parte del tiempo, el coche va de través.
A esto no respondí.
Al cabo de un rato tuvimos que cruzar un río, lo que hicimos en el transbordador más estrambótico que darse pueda. El que lográramos pasar me pareció un milagro, pero los demás, por lo visto, consideraron aquello como
la cosa más natural del mundo.
Nos costó casi cuatro horas llegar a Hassanieh. Con gran sorpresa por mi
parte, vi que era una ciudad de amplias proporciones. Desde el otro lado
del río, antes de llegar a ella, presentaba un bonito aspecto; blanco y como
arrancada de las páginas de un libro de cuentos, con sus altos minaretes
destacándose contra el cielo. No obstante, cuando se cruzaba el puente y
se entraba en ella, la cosa variaba, el olor era desagradable; todo estaba
desvencijado, ruinoso y el lodo y la porquería reinaban por doquier.
El señor Coleman me llevó a casa del doctor Reilly, donde, según me dijo,
me esperaban para comer.
El doctor Reilly estuvo tan amable como de costumbre. Su casa tenía un
aspecto atractivo; disponía de un cuarto de aseo y todo estaba limpio y reluciente. Tomé un baño delicioso y cuando me puse de nuevo el uniforme y
bajé a comer, me sentí mucho mejor.
El almuerzo estaba servido. Entramos en el comedor, mientras el médico
excusaba la ausencia de su hija, que según dijo, siempre llegaba tarde. Acabábamos de tomar un plato muy bueno de huevos en salsa, cuando entró
la joven y el doctor Reilly me la presentó:
―Enfermera, ésta es mi hija Sheila.
Me estrechó la mano y me dijo que esperaba hubiera tenido un feliz viaje.
Luego se quitó el sombrero, hizo una fría inclinación de cabeza al señor
Coleman y tomó asiento.
―Bueno, Bill, ¿cómo van las cosas? ―preguntó.

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Asesinato en Mesopotamia

El joven empezó a hablarle acerca de una reunión que debía celebrarse en
el club, y yo, entretanto, me dediqué a estudiarla.
No puedo decir que me gustara mucho. Su forma de pensar, tan fría, no me
complacía. Una muchacha impulsiva y de buena presencia. Tenía el cabello
negro y los ojos azules; una cara pálida y la consabida boca pintada. Su
sarcástica forma de hablar casi llegó a molestarme. En cierta ocasión tuve
a mi cargo una gran aprendiza como ella; una chica que trabajaba bien, lo
admito, pero cuyas maneras tenían la virtud de encolerizarme.
Me pareció que el señor Coleman estaba algo chalado por ella. Tartamudeaba al hablar y su conversación se volvió un poco más necia que de costumbre, si es que ello era posible. Me dio la impresión de ser un perrazo
atontado, que movía la cola y trataba de hacerse el gracioso.
Después del almuerzo el doctor Reilly se fue al hospital. El señor Coleman
tenía que hacer algunas cosas en la ciudad y la señorita Reilly me preguntó
si me gustaría dar una vuelta o prefería quedarme en casa. El señor Coleman, me dijo, volvería a buscarme dentro de una hora.
―¿Hay algo que ver por aquí? ―inquirí.
―Algunos rincones pintorescos ―contestó la señorita Reilly―. Pero no sé
si le gustarán. Están llenos de suciedad.
Por fin me llevó al club, que no estaba del todo mal. Daba vista al río y allí
encontré varios periódicos y revistas.
Cuando regresamos a casa no había llegado todavía el señor Coleman. Nos
sentamos y charlamos un rato. No fue cosa agradable.
La joven me preguntó si conocía yo a la señora Leidner. ―No. Sólo conozco
a su marido ―contesté.
―¡Oh! Me agradaría saber qué opinará de ella.
No repliqué a este comentario. Y ella prosiguió:
―Me gusta mucho el doctor Leidner. Todos le quieren.
Eso es lo mismo que decir, pensé para mi capote, que no te gusta su mujer.
Seguí sin replicar y al poco rato me preguntó súbitamente:
―¿Qué le pasa a la señora Leidner? ¿Se lo ha dicho su marido?
No estaba dispuesta a cotillear sobre una paciente antes de haberla conocido; así es que contesté evasivamente:
―Tengo entendido que está un poco deprimida y necesita de alguien que
la cuide. La joven rió. Fue una risa desagradable y dura.
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Agatha Christie

―¡Por Dios! ―dijo―. ¿Es que no tiene bastante con nueve personas para
cuidarla?
―Supongo que todos tendrán algo que hacer ―repliqué.
―¿Algo que hacer? Claro que lo tienen. Cuidar a Louise antes que nada... y
ya se encarga ella de que sea así si se lo ha propuesto.
“No te gusta lo más mínimo”, dije para mí.
―De todas formas ―siguió la muchacha― no comprendo para qué necesita una enfermera profesional. Yo hubiera creído que una aficionada
cuadraría mejor con sus métodos; pero no alguien que le meta un termómetro en la boca, le tome el pulso y reduzca todas las fantasías a hechos
concretos.
He de reconocer que en aquel momento sentí curiosidad.
―¿Cree usted que en realidad no le pasa nada? ―pregunté.
―¡Claro que no le pasa nada! Esa mujer es más fuerte que un toro: “La
pobrecita Louise no ha dormido.” “Tiene ojeras.” ¡Naturalmente... se las ha
pintado con un lápiz!
Cualquier cosa que llame la atención, que atraiga a todos a su alrededor
para que la mimen.
Algo había de verdad en todo aquello, desde luego. Yo había visto
casos, y como yo cualquier enfermera, de hipocondríacos cuya delicia
era tener en constante movimiento a toda la familia. Y si un médico
o una enfermera les dice: “A usted no le pasa nada”, en primer lugar
no le creen, y luego demuestran una indignación tan genuina como la
verdadera.
Era muy posible que la señora Leidner fuera uno de estos casos. El marido,
como es natural, sería el primer engañado. Los maridos, según he comprobado, son unos crédulos cuando se trata de enfermedades. Pero de todas
formas aquello no cuadraba con lo que yo había visto antes. No coincidía,
por ejemplo, con la palabra “segura”.
Era curiosa la impresión que aquella palabra me había producido.
Reflexionando sobre ello, pregunté:
―¿Es nerviosa la señora Leidner? ¿Le ataca los nervios, por ejemplo, el vivir
alejada de todo?
―¿Y de qué tiene que ponerse nerviosa allí? ¡Cielo santo, si son diez! Y
además tienen guardias, por las antigüedades que van acumulando. No, no
está nerviosa... al menos...
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Asesinato en Mesopotamia

Pareció que le asaltaba una idea y se detuvo. Al cabo de un momento prosiguió lentamente.
―Es extraño que diga usted eso.
―¿Por qué?
―El teniente de aviación Jarvis y yo fuimos hasta allí el otro día. Era por
la mañana y muchos de ellos estaban en las excavaciones. La señora Leidner estaba escribiendo una carta y no nos oyó llegar. El criado que de
costumbre nos acompañaba hasta el interior de la casa no se veía por
allí, y mi acompañante y yo nos dirigimos hacia el porche. Al parecer, ella
vio la sombra del teniente Jarvis reflejada en la pared y lanzó un grito.
Después se excusó. Pensó que se trataba de un desconocido. Fue algo raro, pues aunque hubiera sido un desconocido, ¿qué necesidad había de
asustarse?
Yo asentí pensativamente.
La señorita Reilly calló y luego habló de pronto.
―Yo no sé qué es lo que les pasa este año. Están todos fuera de sí. La señorita Johnson anda por ahí tan malhumorada que ni siquiera abre la boca
para hablar. David tampoco habla si puede evitarlo. Bill, desde luego, no
para ni un momento, pero su incesante parloteo parece agravar la situación de los otros. Carey tiene el aspecto del que espera algo que estalle de
repente. Y todos se vigilan unos a otros como si... como si... ¡Oh!, no lo sé,
pero es extraño.
Es curioso, pensé, que dos personas tan diferentes como la señorita Reilly y
el mayor Pennyman hayan coincidido en la misma idea.
En aquel momento entró con gran apresuramiento el señor Coleman.
Apresuramiento es poco, que digamos. Si hubiera llevado la lengua colgando y de pronto le hubiera salido una cola y la hubiera movido, no me
hubiera sorprendido.
―¡Hola, hola! ―dijo―. El mejor comprador del mundo... ése soy yo. ¿Le
has mostrado a la enfermera todas las bellezas de la ciudad?
―No se impresionó lo más mínimo ―contestó con sequedad la señorita
Reilly.
―No se le puede censurar por ello ―opinó el señor Coleman, con entusiasmo―. ¡No he visto sitio más triste y ruinoso!
―No te gustan mucho las cosas pintorescas ni antiguas, ¿verdad, Bill? No
comprendo cómo has llegado a ser arqueólogo.
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Agatha Christie

―No me eches a mí la culpa. Échasela a mi tutor. Es un erudito profesor; un
ratón de biblioteca con zapatillas. Le resulta algo pesado el tener un pupilo
como yo.
―Creo que has sido un estúpido al permitir que te metieran a la fuerza en
una profesión que no te gusta.
―A la fuerza no, Sheila. A la fuerza, no. El viejo me preguntó si tenía preferencia por alguna profesión. Yo le dije que no, y entonces él me agregó
a esta expedición.
―¿Y no tienes idea de qué es lo que te gustaría hacer? ¡Debes tener alguna!
―Claro que la tengo. Mi ideal sería no hacer nada. Lo que me gustaría es tener mucho dinero y dedicarme a las carreras de caballos y de automóviles.
―¡Eres absurdo! ―exclamó la señorita Reilly. Parecía estar enfadada.
―Ya sé que en eso no hay ni que pensar ―añadió el señor Coleman con
tono alegre―. Por lo tanto, si tengo que hacer algo, no me importa lo que
sea con tal de no estar todo el día encerrado en un despacho. Resulta agradable ver un poco de mundo. Así es que aquí me vine.
―¡Y habrá que ver lo muy útil que serás a la expedición!
―En eso te equivocas. Puedo estarme en las excavaciones y gritar Y’Allah
como podría hacerlo otro. Y tampoco soy tan malo dibujando. Imitar la
escritura de los demás era una de mis especialidades en el colegio. Hubiera
sido un falsificador de primer orden. Todavía puedo dedicarme a ello. Si
algún día mi Rolls ―Royce te salpica de barro mientras esperas el autobús,
sabrás que me he dedicado a la delincuencia.
―¿No crees que sería hora de que te fueras, en lugar de hablar tanto?
―preguntó fríamente la señorita Reilly.
―Somos muy hospitalarios, ¿verdad, señorita enfermera?
―Estoy segura de que la enfermera Leatheran tendrá ganas de llegar ya a
su destino.
―Tú siempre estás segura de todo ―replicó el señor Coleman haciendo
una mueca.
En realidad, era bastante cierto.
―Tal vez sería preferible que nos fuéramos, señor Coleman.
―Tiene usted razón, enfermera.
Le estreché la mano a la señorita Reilly, al tiempo que le daba las gracias
por todo y nos marchamos.
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Asesinato en Mesopotamia

―Sheila es una chica muy atractiva ―comentó el señor Coleman―. Aunque nunca le permite a uno confianzas.
Salimos de la ciudad y emprendimos el camino por una especie de vereda
bordeada de verdes campos llenos de mies. Como era costumbre en aquel
país, no faltaban los baches. Después de media hora de viaje, el señor Coleman me indicó un montículo bastante elevado, situado a la orilla del río,
frente a nosotros.
―Tell Yarimjah ―anunció.
Distinguí unos puntitos negros que se movían como si fueran hormigas.
Mientras los contemplaba vi cómo empezaron a correr todos juntos, descendiendo por una de las laderas del montículo.
―Es la hora de dejar el trabajo ―comentó el señor Coleman―. Se da por
terminada la tarea diaria una hora antes de ponerse el sol.
La casa que ocupaba la expedición estaba un poco alejada del río.
El conductor dio vuelta a una esquina, hizo pasar el coche por un portalón
y luego paró en mitad de un patio.
El edificio estaba construido a su alrededor. En principio consistía solamente en
la parte que formaba el lado sur del patio, además de unas edificaciones sin importancia hacia el este. La expedición construyó luego los otros dos lados. Como
el plano de la casa reviste especial interés, incluyo un croquis del mismo.
Todas las habitaciones daban al patio interior, así como la mayor parte de
las ventanas. La excepción la constituía el primitivo edificio de la parte sur,
cuyas ventanas daban al campo. Estas ventanas, sin embargo, estaban protegidas por rejas.
Del rincón sudoeste del patio arrancaba una escalera que conducía a la azotea, situada sobre todo el cuerpo del edificio sur, el cual era un poco más
alto que las otras tres alas.
El señor Coleman me condujo, dando la vuelta, hasta un gran porche que
ocupaba el centro de la parte sur.
Empujó una puerta situada en el lado derecho y entramos en una habitación, donde varias personas estaban sentadas alrededor de una mesa tomando té.
―¡Hola, hola! ―exclamó el señor Coleman―. Aquí está el caballero andante.
La señora que ocupaba la cabecera de la mesa se levantó y vino hacia mí
para saludarme.
Entonces vi por primera vez a Louise Leidner.
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CAPÍTULO V

TELL YARIMJAH

No tengo inconveniente en admitir que mi primera impresión al ver a la
señora Leidner fue de franca sorpresa. Cuando se oye hablar mucho de
una persona, cada cual forma en su mente la imagen que le sugieren los
comentarios. Yo estaba firmemente convencida de que la señora Leidner
era una mujer tétrica y malhumorada. De las que siempre tienen los nervios
de punta. Y además esperaba que fuera, hablando con franqueza, un poco
vulgar. Pero no era, ni por asomo, lo que yo me había figurado. En primer
lugar, era rubia. No era sueca, como su marido, pero por su aspecto podía
muy bien haber pasado por tal. Sus cabellos tenían ese color rubio escandinavo que tan raras veces se encuentra. No era joven. Calculé que tendría
entre treinta y cuarenta años. El aspecto de su cara era algo macilento, y
unas canas se distinguían entre sus rubios cabellos. Sus ojos, por otra parte,
eran muy hermosos.
Hasta entonces no me había topado con ningunos ojos como aquéllos, cuyo
color pudiera describirse como violeta. La señora Leidner era delgada y de
aspecto delicado.
Si dijera que tenía un aire de intenso cansancio y, al mismo tiempo, de
gran viveza, parecería que digo una tontería, pero tal fue la impresión
que me causó. Me di cuenta, también, de que era toda una señora. Y esto
significa algo, aun en estos tiempos. Me tendió la mano y me sonrió. Su
voz tenía un tono bajo y suave, y hablaba con un ligero acento americano.
―Me alegro de que haya venido, enfermera. ¿Quiere tomar el té, o prefiere usted que vayamos a ver su habitación primero?
Le dije que tomaría el té y ella me presentó a los demás.
―Ésta es la señorita Johnson... y el señor Reiter. La señora Mercado. El señor Emmott. El padre Lavigny. Mi marido vendrá dentro de poco. Siéntese
entre el padre Lavigny y la señorita Johnson.
Hice lo que me indicó y la señorita Johnson empezó a hablar, preguntándome acerca de mi viaje. Le faltaba poco para cumplir los cincuenta, según
juzgué, y tenía un aspecto algo masculino, a lo que contribuía un cabello
grisáceo, peinado muy corto.
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La cara, fea y arrugada, con una cómica nariz respingona que tenía la costumbre de restregarse furiosamente cuando algo le preocupaba o extrañaba. Llevaba una falda y chaqueta de tweed, de hechura más bien masculina.
Al poco rato me contó que era oriunda de Yorkshire.
Encontré al padre Lavigny un tanto sorprendente. Era un hombre de alta
estatura, con una gran barba negra. Usaba gafas de pinza. Le oí decir a la
señora Kelsey que había allí un fraile francés, y entonces me di cuenta de
que el padre Lavigny usaba un hábito monacal de color blanco. Quedé algo
admirada, pues siempre había creído que los frailes se enclaustraban en los
conventos y no volvían a salir de ellos.
La señora Leidner le habló casi siempre en francés, pero él se dirigió a mí
en un inglés muy correcto. Advertí que tenía unos ojos penetrantes y observadores, que se iban fijando detenidamente en la cara de cada uno de
los congregados.
Frente a mí estaban los otros tres. El señor Reiter era un joven rubio y rollizo, y usaba gafas. Tenía el pelo largo y ondulado. Sus ojos azules eran
redondos como platos. Pensé que debía haber sido un lindo bebé en otros
tiempos, pero entonces no le quedaba nada que valiera la pena de verse.
En realidad, tenía cierto aspecto de lechoncillo. El otro joven llevaba el pelo
cortado al rape. Tenía la cara estirada, más bien cómica, y al reír mostraba
unos dientes perfectos, lo que le hacía muy atrayente.
Hablaba muy poco; se limitaba a mover la cabeza cuando le dirigían la
palabra, o contestaba con monosílabos. Era americano, como el señor Reiter. La tercera persona era la señora Mercado, a quien no pude observar
a mi gusto, pues cuando dirigía la vista hacia ella siempre la encontraba
mirándome con una especie de atención que me resultaba un tanto desconcertante, por no decir otra cosa. Dada la manera con que me observaba, podía asegurarse que una enfermera era un bicho raro. ¡Qué falta de
educación! Era muy joven, pues no pasaría de los veinticinco; morena y
de aspecto escurridizo, si se me permite decirlo así. En cierto modo tenía
buena presencia, aunque, como diría mi madre, no podía ocultar su vulgaridad. Llevaba un jubón de color vivo que hacía juego con el tono de sus
uñas. Era delgada de cara y en ella se veía una expresión anhelante, que
hacía recordar la de un pájaro. Tenía los ojos grandes y los labios apretados
en un rictus malicioso.
El té estaba muy bien hecho. Una mezcla fuerte y agradable, nada parecida
a la infusión suave que tomaba siempre la señora Kelsey, y que había sido
mi tortura durante los últimos tiempos. Sobre la mesa había tostadas, mermelada, un plato de bollos y una tarta. El señor Emmott, muy cortés, me

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Agatha Christie

ayudó a servirme. A pesar de su retraimiento, observé que siempre estaba
atento a que mi plato no quedara vacío.
Al cabo de un rato entró el señor Coleman y tomó asiento al otro lado de la
señorita Johnson. Sus nervios, al parecer, estaban en perfectas condiciones,
pues habló por los codos.
La señora Leidner suspiró y le dirigió una cansada mirada que no pareció
afectar al joven en lo más mínimo. Ni tampoco el hecho de que la señora
Mercado, a quien dirigía la mayor parte de su charla, estuviera tan ocupada
mirándome que a duras penas le contestara.
Estábamos terminando el té cuando entraron el doctor Leidner y el señor
Mercado. El primero me saludó con su habitual cortesía. Vi cómo sus ojos se
dirigían rápidamente hacia su esposa y después pareció aliviado por lo que
en ella distinguió.
Tomó asiento al otro lado de la mesa, mientras el señor Mercado lo hacía
junto a la señora Leidner. Era éste un hombre alto, delgado y de aspecto
melancólico. Mucho más viejo que su esposa. De tez cetrina, llevaba una
barba extraña, lacia y sin forma alguna. Me alegré de que hubiera llegado,
pues su mujer dejó de mirarme y su atención se centró en él. Lo vigilaba con
una especie de anhelo impaciente que encontré bastante raro. El hombre
revolvió con la cucharilla su taza de té. Parecía abstraído. Tenía en el plato
un trozo de tarta que no probó.
Todavía quedaba vacante uno de los sitios alrededor de la mesa. Al poco
rato se abrió la puerta y entró otro hombre.
Desde el momento en que vi a Richard Carey opiné que era uno de los hombres más apuestos con que me había topado desde hacía mucho tiempo, y
aun me atrevo a decir que jamás vi otro como él. Decir que un hombre es
guapo y al propio tiempo que su cabeza parece una calavera parecer una
contradicción y, sin embargo, en aquel caso era verdad. Su cara producía
el efecto de tener la piel sencillamente aplicada sobre los huesos, aunque
éstos tenían un modelado perfecto. Las vigorosas líneas de la mandíbula,
sienes y frente estaban tan fuertemente trazadas que me recordaban las
de una estatua de bronce. Y en aquella cara flaca y morena refulgían los
más brillantes y azules ojos que nunca vi. Medía unos seis pies de estatura
y, según calculé, tendría poco menos de cuarenta años.
―Enfermera, éste es el señor Carey, nuestro arquitecto ―dijo el doctor
Leidner.
El recién llegado murmuró algo con voz agradable, apenas audible, y tomó
asiento al lado de la señora Mercado.
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Asesinato en Mesopotamia

―Me parece que el té está un poco frío ―dijo la señora Leidner.
―No se moleste, señora Leidner ―contestó él―. La culpa es mía por haber
llegado tarde. Quería acabar el plano de esas paredes.
―¿Mermelada, señor Carey? ―preguntó la señora Mercado.
El señor Reiter le acercó las tostadas.
Y entonces me acordé de lo que dijo el mayor Pennyman. “Lo explicaré mejor diciendo que se pasaban la mantequilla de unos a otros con demasiada
cortesía”.
Sí; había algo extraño en todo aquello...
Demasiada ceremonia...
Hubiérase dicho que era una reunión de personas que no se conocían; pero
no de gentes que, en algunos casos, se trataban desde hacía muchos años.

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CAPÍTULO VI

L A PRIMERA VELADA

Después del té la señora Leidner me acompañó a mi habitación.
Tal vez sea preferible que describa ahora brevemente la situación de las
habitaciones que constituían la casa.
Era muy sencilla su distribución. A ambos lados del porche se abrían las
puertas que conducían a las dos piezas principales. La de la derecha correspondía al comedor, donde habíamos tomado el té. La otra daba acceso a
una pieza exactamente igual que la primera. La sala de estar se utilizaba
como centro de reunión y para hacer ciertos trabajos caseros, tales como
dibujos, siempre que no fueran de arquitectura. Allí se llevaban los más delicados ejemplares de cerámica para ser reconstruidos pieza por pieza.
Desde la sala de estar se pasaba al almacén, donde se guardaban todos los
objetos que se iban desenterrando en las excavaciones. Estaban dispuestos
en estanterías y casilleros, así como había algunos esparcidos sobre mesas
y bancos. Del almacén no se podía salir más que a través de la sala de estar. Más hacia el este se hallaba el dormitorio de la señora Leidner, al que
se entraba por una puerta que daba al patio. Ésta, como las demás piezas
de aquel lado de la casa, tenía un par de ventanas enrejadas que daban al
campo. En un rincón sudeste del patio, junto a la habitación de la señora
Leidner, pero sin que tuviera puerta de comunicación con ella, estaba la de
su marido. Era la primera del lado este de la casa. Junto a dicho dormitorio
venía el de la señorita Johnson y más allá los ocupados por el señor Mercado y su esposa. Luego se encontraba lo que allí denominaban cuarto de
baño.
La primera vez que empleé este término ante el doctor Reilly se echó a
reír y me dijo que un cuarto de baño tiene que serlo con todas sus consecuencias, o no puede tenérsele como tal. De todas formas, cuando uno
está acostumbrado a los grifos y desagües, resulta extraño llamar cuartos
de baño a un par de habitaciones con el suelo de tierra, en cada una de las
cuales había una tina de cinc para baños de asiento que se llenaba con agua
traída en latas de petróleo.
Todo aquel lado de la casa había sido añadido por el doctor Leidner al primitivo edificio árabe. Las habitaciones eran todas iguales; cada una tenía
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Asesinato en Mesopotamia

una ventana y una puerta que daban al patio interior. En la parte norte
estaba el estudio fotográfico, el laboratorio y la sala de dibujo.
Partiendo del porche, la disposición de los cuartos en el lado oeste era
muy parecida. Del comedor se pasaba a la oficina, donde se llevaban los
registros, se catalogaban las piezas y se hacía el trabajo de mecanografía.
Correspondiendo a la posición que ocupaba el dormitorio de la señora Leidner, en este lado se hallaba el del padre Lavigny, a quien también se le
había destinado una de las dos estancias más espaciosas con que contaba
la casa. El padre Lavigny la utilizaba asimismo como estudio y realizaba allí
la tarea de descifrar las inscripciones de las tablillas.
En el rincón sudoeste del patio estaba la escalera que conducía a la azotea.
A continuación se hallaba la cocina y después cuatro dormitorios ocupados por los solteros: Carey, Emmott, Reiter y Coleman. Luego, formando
ángulo, se encontraba el estudio fotográfico, desde el que se pasaba a la
cámara oscura donde se revelaban los clichés. Junto al estudio estaba el
laboratorio y a continuación venía un gran portalón cubierto con un arco,
por el que habíamos entrado aquella tarde. En la parte exterior, frente a la
casa, estaban los dormitorios de los criados nativos; el cuerpo de guardia
para los soldados y los establos para las caballerías con que se suministraba
el agua a la expedición. La sala de dibujo estaba a la derecha del portalón
y ocupaba el resto del ala norte.
He detallado por completo la distribución de la casa porque no quiero tener que volver sobre ello más adelante. Como he dicho antes, la señora
Leidner me acompañó para que viera el edificio y finalmente me instaló en
mi habitación, deseando que me encontrara cómoda y tuviera todo lo que
me hiciera falta.
El dormitorio estaba muy bien, aunque amueblado con sencillez: una cama,
una cómoda, un lavabo y una silla.
―Los criados le traerán agua caliente antes de cada comida; y por la mañana, desde luego. Si la desea en cualquier otra ocasión salga al patio y dé
dos palmadas. Cuando acuda uno de los sirvientes dígale: Jib maijar. ¿Lo
recordará?
Le dije que así lo haría y repetí la frase como Dios me dio a entender.
―Está bien. No se azore y grite. Los árabes no entienden nada si se les habla bajo.
―Esto de los idiomas es una cosa divertida ―comenté―. Parece mentira
que haya tantos y tan diferentes.
La señora Leidner sonrió.
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Agatha Christie

―Hay una iglesia en Palestina, en cuyas paredes está escrito el Padrenuestro en noventa idiomas diferentes.
―Bien ―le dije―. Cuando escriba a mi tía se lo contaré. Le va a interesar.
La señora Leidner manoseó abstraída la jarra de agua y la palangana; después cambió de sitio la pastilla de jabón.
―Espero que será feliz aquí ―dijo― y que no se aburrirá demasiado.
―No suelo aburrirme casi nunca ―le aseguré―. La vida no es lo bastante
larga como para permitirlo.
Ella no replicó. Continuó jugueteando con los objetos del lavabo, como si su
pensamiento estuviera puesto en otra cosa.
De pronto fijó en mí sus ojos de color violeta.
―¿Qué le dijo exactamente mi marido, enfermera?
Por regla general, siempre se contesta de la misma forma a una pregunta
así.
―Pues por lo que me contó, colegí que estaba usted un poco deprimida,
señora Leidner ―dije―; y que necesita a alguien que la cuide y le ayude en
lo que sea, para quitarle toda clase de preocupaciones.
La mujer inclinó la cabeza lentamente con aspecto pensativo.
―Sí ―dijo―. Sí... eso irá muy bien.
Aquello era un poco enigmático, pero yo no estaba dispuesta a preguntar
más. En lugar de ello dije:
―Espero que me dejará ayudarla en cuantas tareas tenga que hacer en la
casa. No debe permitir que esté inactiva.
―Gracias, enfermera.
Luego tomó asiento en la cama, y con gran sorpresa mía empezó a hacerme
gran cantidad de preguntas. Y digo con gran sorpresa mía porque desde
que la vi estaba segura de que era toda una señora. Y las señoras raramente demuestran curiosidad acerca de los asuntos privados de los demás.
Pero la señora Leidner parecía interesada en conocer todo lo referente
a mí. Dónde había hecho mis prácticas y si hacía mucho tiempo de ello.
Qué fue lo que me trajo a Irak. Por qué el doctor Reilly me había recomendado para el empleo. Hasta me preguntó si había estado en América
y si tenía allí parientes. También se interesó por una o dos cuestiones que
entonces me parecieron fuera de lugar, pero cuyo significado comprendí
más tarde.
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Asesinato en Mesopotamia

Luego, de pronto, cambiaron sus maneras. Sonrió, cálida y afectuosamente,
y me dijo que presentía que yo iba a servirle de mucho.
Se levantó y dijo:
―¿Le gustaría subir a la azotea para ver la puesta del sol? Es un espectáculo
muy bonito a estas horas.
Accedí de buen agrado.
Cuando salíamos de la habitación me preguntó:
―¿Vino mucha gente en el tren de Bagdad? ¿Muchos hombres?
Le contesté que no me había fijado en nadie. En el coche restaurante había
visto a dos franceses la noche anterior. Y a tres hombres que, por lo que
hablaban, supuse que pertenecían a la compañía del oleoducto.
Ella asintió emitiendo un ligero sonido. Diríase como si hubiera sido un suspiro de alivio.
Subimos juntas a la azotea.
La señora Mercado estaba allí, sentada en el parapeto, y el doctor Leidner
miraba, inclinado, una porción de piezas y trozos de cerámica que había esparcidos en montones. Vi unas cosas grandes que llaman piedras de molino
de mano, piedras en forma de mano de almirez y hachas de sílice. Y la más
grande colección de cacharros de barro rotos que jamás vi. Sobre aquellos
fragmentos se veían raros dibujos y pinturas.
―Venga acá ―invitó la señora Mercado―. ¿Verdad que es... muy hermoso?
Ciertamente, era una espléndida puesta de sol. Hassanieh, en la distancia,
ofrecía un espectáculo de ensueño, con el sol poniéndose tras la ciudad. El
río Tigris, discurriendo entre sus anchas riberas, más parecía una cosa etérea que un río real.
―¿No es maravilloso, Eric? ―dijo la señora Leidner.
Su marido levantó la mirada con aire abstraído.
―Sí, es maravilloso ―murmuró sin ningún interés, y siguió escogiendo trozos de cerámica.
La señora Leidner sonrió y dijo:
―Los arqueólogos sólo miran lo que tienen bajo los pies, el firmamento no
existe para ellos.
La señora Mercado lanzó una risita apagada.
―Son gente muy rara. Pronto se dará cuenta, enfermera ―dijo.
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Hizo una pausa y luego añadió:
―Todos nos hemos alegrado mucho de que viniera. De verdad. Nos tenía
muy preocupados la señora Leidner, Louise.
―¿De veras?
La voz de la señora Leidner tenía un tono poco alentador.
―Sí. En realidad ha estado muy mala, enfermera. Nos ha dado más de un
susto.
Cuando me dicen de alguien que está enfermo de los nervios, siempre pregunto: ¿Es que hay algo peor? Los nervios constituyen el centro y la médula
de todo ser viviente, ¿verdad? “Tate, tate”, pensé para mi capote.
La señora Leidner replicó secamente:
―Bueno, no tienes necesidad de preocuparte más por mí, Marie. La enfermera me cuidará.
―Claro que sí ―dije yo con tono alegre.
―Estoy segura de que esto te vendrá muy bien ―comentó la señora Mercado―. Todos estábamos de acuerdo en que debía ver a un médico o hacer
algo. Tenía los nervios deshechos, ¿no es verdad, Louise?
―Tanto que, por lo visto, he conseguido poner los vuestros de punta ―replicó la señora Leidner―. ¿No podríamos hablar de algo más interesante
que mis dolencias?
Comprendí entonces que la señora Leidner era una de esas mujeres que se
ganan enemistades con gran facilidad. Había en su voz un tono rudo y frío,
del cual no la culpé en aquella ocasión, y que hizo subir un intenso rubor a
las pálidas mejillas de la señora Mercado. Esta última murmuró algo, pero
ya entonces la señora Leidner se había levantado y había ido a reunirse con
su marido al otro extremo de la azotea.
Dudo que él la oyera llegar, pues no levantó la mirada hasta que ella le
puso la mano en el hombro. A pesar del gesto de sobresalto que hizo, en
el rostro del doctor Leidner se reflejaba un profundo afecto y una especie
de anhelante interrogación. Ella asintió con la cabeza suavemente. Al poco
rato, cogidos del brazo, se dirigieron al extremo de la azotea y después
bajaron juntos al patio.
―Está muy enamorado de ella, ¿verdad? ―dijo la señora Mercado.
―Sí ―contesté―. Da gusto ver una cosa así.
La mujer me estaba mirando con una expresión extraña.

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Asesinato en Mesopotamia

―¿Cuál es su opinión sobre lo que tiene la señora Leidner, enfermera? ―
preguntó, bajando la voz.
―No creo que sea nada de particular ―repliqué jovialmente―. Sólo un
poco de depresión nerviosa.
Su mirada parecía taladrarme, como había hecho mientras tomábamos el
té. De pronto preguntó:
―¿Está usted especializada en casos de trastornos mentales?
―¡Oh, no! ―dije―. ¿Qué le hace pensar eso?
―¿Está usted enterada de las rarezas que tiene? ¿Se lo ha contado el doctor Leidner?
No me gusta chismorrear acerca de mis pacientes. Pero por otra parte, sé
por experiencia que a menudo resulta difícil conseguir que los pacientes
te digan la verdad; y hasta que no te enteras de ella tienes que trabajar
a oscuras, sin conseguir grandes adelantos. Claro es que cuando hay un
médico que se ocupa del caso la cuestión es diferente. Te dice lo que es
necesario que conozcas. Pero en aquel asunto no había ningún doctor que
se encargara de ello. No habían sido requeridos los servicios profesionales
del doctor Reilly. Y tenía para mí que el doctor Leidner no me había dicho
todo lo que debiera. El instinto de los maridos, con frecuencia, los hace ser
reservados. Pero, de todas formas, cuanto más enterada estuviera, mejor
sabría qué línea de conducta adoptar. La señora Mercado, a quien mentalmente había calificado de rencorosa y vengativa, tenía unas ganas locas
de hablar. Y si he de decir la verdad, tanto en el aspecto humano como en
el profesional, también quería yo enterarme de lo que tuviera que contar.
Pueden llamarme curiosa si lo desean, pero era así.
―¿He de suponer por ello que la señora Leidner no se ha portado de forma
normal últimamente? ―pregunté.
―¿Normal? Yo diría que no. Nos ha dado unos sustos terribles. Una noche
se trató de unos dedos que daban golpecitos en su ventana. Y luego fue
una mano sin brazo alguno que la sostuviera. Después, una cara amarilla
pegada al cristal de la ventana. Y cuando la señora Leidner corrió hacia allí,
no había nadie... Bueno, ¿no le parece que había para ponernos a todos los
nervios de punta?
―Tal vez alguien le estaba gastando una jugarreta ―sugerí.
―No. Todo fueron imaginaciones suyas. Y hace tres días, mientras comíamos, dispararon unos tiros en el pueblo, que está a una milla de aquí. La
señora Leidner dio un salto y empezó a gritar, asustándonos a todos. Su

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Agatha Christie

marido corrió hacia ella y se portó de una forma ridícula No es nada, cariño; no es nada, repitió otra vez. Yo creo, enfermera, que hay veces en que
los hombres animan a las mujeres a que se pongan más histéricas. Es una
lástima, porque resulta perjudicial. No deberían hacerlo.
―Desde luego, si se trata en realidad de fantasías ―repliqué yo secamente.
―¿Y qué otra cosa podría ser?
No contesté, porque no sabía qué hacer. Era un asunto curioso. Los disparos y los consiguientes gritos podían considerarse como una cosa bastante natural tratándose de una persona de condición nerviosa. Pero aquella
extraña historia de una cara y una mano espectrales era diferente. En mi
opinión, podía tratarse de dos cosas: o bien la señora Leidner se había inventado todo aquello, exactamente como hace un niño que cuenta mentiras acerca de cosas que nunca ocurrieron, con el fin de atraer sobre él la
atención de los demás, o bien se trataba, como dije, de una broma de mal
gusto. Era una de esas cosas que un joven alegre y sin pizca de imaginación,
como el señor Coleman, podía encontrar enormemente divertidas. Decidí
vigilarlo de cerca. Los pacientes nerviosos pueden afectarse seriamente con
una broma estúpida.
La señora Mercado siguió hablando mientras me miraba de soslayo.
―Es una mujer de aspecto romántico, ¿no lo cree así, enfermera? La clase
de mujer a la que siempre suceden cosas raras.
―¿Cuántas le han ocurrido? ―pregunté.
―Su primer marido murió en la guerra cuando ella tenía solamente veinte
años. Creo que eso fue una cosa sentimental y romántica, ¿verdad?
―Es una manera de llamar cisnes a unas ocas ―repliqué ásperamente.
―¡Oh, enfermera! ¡Qué observación tan singular!
Y en realidad lo era. A cuántas mujeres se les oyó decir: “Si viviera mi pobrecito Donald, o Arthur, o como se llamara”. Y entonces digo para mí:
“No hay duda de que si viviera sería a estas horas un hombre gordo y nada
romántico, de genio violento y entrado en años”.
Estaba oscureciendo y sugerí que bajáramos. La señora Mercado accedió y
preguntó si me gustaría ver el laboratorio.
―Mi marido debe estar trabajando aún.
Contesté que me encantaría y ambas nos dirigimos hacia allí. Aunque iluminada por una lámpara, la habitación estaba desierta. La señora Mercado
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Asesinato en Mesopotamia

me enseñó varios aparatos, unos adornos de cobre que estaban siendo tratados químicamente y también unos huesos revestidos de cera.
―¿Dónde podrá estar Joseph? ―preguntó mi acompañante.
Dio una ojeada a la sala de dibujo, en la que estaba trabajando el señor
Carey. El arquitecto apenas levantó la mirada cuando entramos. Quedé sorprendida al ver la extraordinaria expresión de tirantez que reflejaba su cara. De pronto se me ocurrió que aquel hombre había llegado al límite de su
resistencia y que muy pronto estallaría.
Recordé igualmente que alguien había notado en él aquella tensión.
Cuando salíamos volví la cabeza para mirarle. Estaba inclinado sobre un
papel y tenía los labios fuertemente apretados. El aspecto de su cara recordaba más que nunca el de una calavera. Quizá dejé desbordar mi fantasía,
pero en aquel instante me pareció un caballero de otros tiempos dispuesto
a entrar en batalla y sabiendo de antemano que iba a morir.
Me di cuenta nuevamente de la extraordinaria e inconsciente fuerza magnética que poseía aquel hombre.
Encontramos al señor Mercado en la sala de estar. Cuando entramos estaba
explicando a la señora Leidner los fundamentos de un nuevo procedimiento químico.
Ella le escuchaba mientras bordaba unas flores de seda en un lienzo. Me
volvió a admirar su extraña apariencia, frágil y espiritual. Más parecía una
criatura legendaria que una persona de carne y hueso.
La señora Mercado exclamó con voz estridente:
―¡Por fin te encontramos! Pensé que estarías en el laboratorio.
Su marido se sobresaltó y pareció desconcertarse, como si la entrada de ella
hubiera roto un encanto.
―Debo... debo irme ―tartamudeó―. Estoy a mitad... a mitad...
Sin completar la frase, se dirigió hacia la puerta.
La señora Leidner, con su voz suave de acento americano, observó:
―Tiene que acabar de explicármelo en otra ocasión. Es muy interesante.
Levantó la vista para mirarnos; sonrió dulcemente, pero distraída y volvió a
inclinarse sobre su labor. Al cabo de un rato indicó:
―Allí hay unos cuantos libros, enfermera. Tenemos una buena selección de
ellos. Escoja uno y siéntese.
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Agatha Christie

Me dirigí a la librería. La señora Mercado se quedó durante unos minutos y
luego, sin decir nada, salió de la habitación. Le vi la cara al pasar junto a mí
y no me gustó su expresión. Parecía estar dominada por una furia sorda.
A pesar mío, recordé algunas de las cosas que dijo o insinuó la señora Kelsey acerca de la señora Leidner. No me agradaba pensar que tales cosas
fueran verdad, pues desde el primer momento sentí cierto aprecio por la
señora Leidner. Pero a pesar de ello, no pude menos de preguntarme si
en el fondo de todo aquello no habría algo más de lo que se veía a simple
vista. No podía creer que la señora Leidner fuera ella sola responsable de lo
que ocurría. Pero debía contar con el hecho de que la poco agraciada señorita Johnson y la irascible señora Mercado no podrían competir con ella, ni
en presencia ni en atractivos. Y los hombres siempre son los mismos, estén
donde estén. De esas cosas se entera una en seguida en mi profesión.
Mercado era un pobre diablo y su admiración por la señora Leidner no
creo que a ella le importara poco ni mucho. Pero a la señora Mercado sí le
importaba. Y de no estar yo equivocada, esta última se consideró terriblemente ofendida por ello y, al parecer, estaba dispuesta a vengarse de su
rival si se le presentaba la ocasión.
La señora Leidner seguía bordando sus flores de seda. Parecía hallarse muy
distante. Pensé que era cosa de prevenirla. Tal vez no sabía cuán estúpidos,
irracionales y violentos pueden ser los celos y el odio, cuán poco se necesita
para hacerlos arder. Pero entonces me dije:
“No seas tonta, Amy Leatheran. La señora Leidner no es ninguna chiquilla.
Si no ha llegado a los cuarenta, pocos le faltan. Debe estar enterada de
todo cuanto hay que saber en la vida.”
Mas en el fondo de mí, abrigaba el presentimiento de que tal vez no lo
supiera. ¡Tenía un aspecto tan inocente!...
Me pregunté cómo habría sido su vida. No ignoraba que se casó con el
doctor Leidner hacía dos años. Su primer marido, según dijo la señora Mercado, murió cuando ella tenía veinte.
Cogí un libro y tomé asiento a su lado. Al cabo de un rato salí de la sala de
estar y fui a lavarme las manos para cenar. Fue una cena excelente en la que
se sirvió un curry2 verdaderamente bueno. Todos se fueron a la cama muy
temprano, de lo que me alegré, pues estaba cansada.

2

N. del T.: Salsa usada en la India como condimento.

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Asesinato en Mesopotamia

El doctor Leidner me acompañó hasta mi dormitorio para ver si me faltaba
algo. Me estrechó la mano efusivamente y dijo con entusiasmo.
―Ha tenido éxito, enfermera. Se ha prendado de usted en seguida. Estoy
muy contento. Presiento que ahora todo irá bien.
Era casi infantil en su efusión.
Yo también me había dado cuenta de que a la señora Leidner no le había
disgustado mi presencia, por lo cual me sentí satisfecha.
Pero no compartía la confianza de su marido. Tuve el presentimiento de
que bajo todo aquello se ocultaba algo que él, posiblemente, no conocía.
Había algo... algo que no llegaba yo a comprender, que se palpaba en el
ambiente. Mi cama era cómoda, pero no pude dormir bien a causa de aquel
presentimiento.
Soñé demasiado. Las palabras de un poema de Keats, que hube de aprender cuando era niña, me venían una y otra vez al pensamiento. No pude
llegar a comprender hasta entonces su significado a pesar de mis esfuerzos
para ello. Era un poema que siempre odié; tal vez porque tuve que aprenderlo de memoria, tanto si me gustaba como si no. Pero cuando desperté
en mitad de la noche, vi en él, por vez primera, cierta belleza.
“¡Oh!, di qué te aqueja, amado paladín, que solo y... (¿Cómo era?)... pálido
vagas.”
Vislumbré en mi mente la cara del caballero. Era la del señor Carey. Una
cara ceñuda, tensa, bronceada; como la de aquellos pobres jóvenes que
se iban a la guerra cuando yo era una chiquilla. Sentí profunda compasión
hacia él. Luego volví a dormirme y soñé que la “altiva e ingrata señora” era
la propia señora Leidner.
Cabalgaba en un caballo blanco y llevaba en la mano un lienzo bordado con
flores de seda. El caballo tropezó e inmediatamente todo quedó convertido
en un montón de huesos recubiertos de cera. Me desperté sobresaltada y
temblando. Me dije que el curry nunca me sentó bien por las noches.

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CAPÍTULO VII

EL HOMBRE DE LA VENTANA

Creo que ser preferible aclarar, antes de pasar adelante, que en esta narración no encontrarán los lectores ningún comentario de color local que sirva
de fondo al relato.
No entiendo nada de arqueología y no creo que llegue a interesarme
nunca tal materia. Me parece una solemne sandez el ir enredando con
gente y cosas enterradas y olvidadas. El señor Carey solía decirme que yo
no tenía temperamento de arqueólogo, y estoy segura de que le sobraba
la razón.
A la mañana siguiente de mi llegada, el señor Carey preguntó si me gustaría
ir a ver un palacio que estaba “planeando”. No sé cómo puede planearse
una cosa que existió hace tanto tiempo. Pero le aseguré que me encantaría
ir y, en realidad, hasta me emocionaba un poco la idea. Al parecer, aquel
palacio tenía cerca de tres mil años de antigüedad. Me pregunté qué clase
de edificios tendría la gente en tales tiempos y si serían como los que yo
viera en las fotografías de Tutankamón. Pero créase o no, allí no había más
que barro seco. Polvorientas paredes de adobes, de unos dos pies de alto,
y nada más.
El señor Carey me llevó de aquí para allí, contándome cosas; aquello era
un gran atrio, y allí estuvieron situados varios aposentos, un piso superior
y otras habitaciones que daban al patio central. Y yo pensaba: “¿Cómo lo
sabrá?”, aunque fui lo bastante discreta para no preguntárselo. Puedo asegurar que me llevé una desilusión. Aquellas excavaciones no contenían más
que barro; nada de mármoles ni oro, o algo que fuera bonito, por lo menos. La casa de mi tía, en Cricklewood, hubiera parecido una ruina mucho
más imponente. Y aquellos asirios, o lo que fueran, se llamaban a sí mismos
“reyes”. Cuando el señor Carey acabó de enseñarme su “palacio”, me dejó
con el padre Lavigny, que se encargó de mostrarme el resto del montículo.
Me causaba cierto recelo el padre Lavigny por ser extranjero; y, además,
por aquella voz profunda que tenía.
Sin embargo, se mostró muy amable, aunque fue algo difuso en sus explicaciones. Algunas veces me dio la sensación de que todo aquello le importaba tan poco como a mí. La señora Leidner me lo explicó más tarde. Me

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Asesinato en Mesopotamia

dijo que el padre Lavigny sólo se interesaba por “documentos escritos”. Los
asirios escribían sobre barro con unas marcas de raro aspecto, pero muy
perceptibles. Hasta se habían encontrado tablillas escolares. Sobre una de
las caras estaban escritas las preguntas del maestro, y al dorso se veían las
contestaciones del discípulo. He de confesar que me interesaron dichas tablillas, pues tenían un profundo sentido humano.
El padre Lavigny me acompañó a dar una vuelta por las excavaciones y me
enseñó, diferenciándolos, lo que eran templos o palacios, y lo que eran casas particulares. Incluso me mostró un sitio que, según dijo, era un primitivo
cementerio de los acadios3. Hablaba de una forma bastante incoherente; se
refería someramente a un asunto y luego pasaba sin interrupción a tratar
de otros.
―Me parece extraño que hayan contratado sus servicios, enfermera ―dijo
en una ocasión―. ¿Es que la señora Leidner está realmente enferma?
―No en el sentido literal de la palabra ―contesté.
―Es una mujer rara ―comentó―. Creo que es peligrosa.
―¿Qué quiere decir? ―pregunté―; ¿peligrosa? ¿De qué forma?
Sacudió la cabeza, pensativo.
―Creo que es cruel ―replicó―. Sí, estoy seguro de que puede ser muy despiadada. Era curioso que un fraile dijera aquello. Supuse, desde luego, que
habría oído muchas cosas en confesión; pero este pensamiento aumentó
mi desconcierto, pues no estaba segura de si los frailes confesaban, o sólo
podían hacerlo los sacerdotes. Yo estaba convencida de que era fraile, pues
llevaba aquel hábito blanco, que, por cierto, recogía fácilmente la suciedad.
Y, además, llevaba un rosario colgando del cinturón.
―Perdone ―aduje―. Me parece que eso son bobadas.
El padre Lavigny negó con la cabeza.
―Usted no conoce a las mujeres como yo ―añadió―. Sí, puede ser despiadada ―continuó―. Estoy completamente convencido de ello. Y no obstante, a pesar de que es más dura que el mármol, está asustada. ¿Qué es lo que
le asusta? “Eso es lo que todos quisiéramos saber”, pensé.
Era posible que su propio marido lo supiera, pero nadie más.
El padre Lavigny me miró de pronto con sus ojos negros y brillantes.

3

N. del T.: Pueblo antiguo que habitó la parte meridional de Mesopotamia.

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Agatha Christie

―¿Encuentra algo extraño aquí? ¿O le parece todo normal?
―No lo encuentro normal del todo ―repliqué, después de considerar la
respuesta―. No está mal, por lo que se refiere a la forma en que lo tienen
organizado... pero se nota una sensación de incomodidad.
―Yo también me siento incómodo. Tengo el presentimiento ―de pronto
pareció acentuarse en él su aspecto extranjero― de que algo se está preparando. El propio doctor Leidner no es el que era. Algo le inquieta.
―¿La salud de su esposa?
―Tal vez. Pero hay algo más. Hay... ¿cómo lo diría?... una especie de desasosiego.
Eso era cierto. Reinaba el desasosiego entre los componentes de la expedición. No hablamos más porque entonces se me acercó el doctor Leidner. Me
mostró la tumba de un niño que justamente acababa de ser descubierta.
Era una cosa patética; aquellos huesos de reducido tamaño, un par de pucheros y unas pequeñas motitas que, según dijo el doctor Leidner, eran las
cuentas de un collar.
Los peones que trabajaban en las excavaciones me hicieron reír de buena
gana. Eran una colección de espantajos, vestidos con andrajosas túnicas y
con las cabezas envueltas en trapos, como si tuvieran jaqueca. De vez en
cuando, mientras iban de un lado a otro llevando cestos de tierra, empezaban a cantar. Por lo menos, yo creo que cantaban, pues era una especie de
monótona cantinela que repetían infinidad de veces.
Me di cuenta de que la mayoría de ellos tenía los ojos en condiciones deplorables; todos cubiertos de legañas. Uno o dos de aquellos hombres parecían estar medio ciegos. Meditaba sobre cuán miserable era aquella gente,
cuando el doctor Leidner dijo:
―Tenemos un excelente equipo de hombres, ¿verdad?
―¡Qué mundo tan dispar es éste!, pensé y de qué forma tan diferente
pueden ver dos personas la misma cosa. Creo que no lo he expresado bien,
pero supongo que sabrán lo que quiero decir.
Al cabo de un rato, el doctor Leidner dijo que volvía a la casa para tomar
una taza de té. Le acompañé y durante el camino me fue explicando
algunas cosas de las que veíamos. Ahora que lo explicaba él, todo me
parecía diferente. Podía verlo todo tal como había sido, por decirlo así.
Las calles y las casas. Me enseñó un horno en que los asirios cocían el
pan y me dijo que, en la actualidad, los árabes utilizaban unos hornos
muy parecidos.

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Asesinato en Mesopotamia

Cuando entramos en la casa encontramos a la señora Leidner que ya se
había levantado. Tenía mucho mejor aspecto y no parecía tan delgada y
agotada. Nos trajeron el té al cabo de un momento, y entretanto, el doctor Leidner le contó a su esposa lo que había ocurrido en las excavaciones
durante la mañana. Luego volvió al trabajo y la señora Leidner preguntó si
me gustaría ver algunos de los objetos que habían sido encontrados hasta
entonces. Le dije que sí, y me llevó hasta el almacén.
Había en él gran variedad de cosas esparcidas, la mayoría de las cuales, según me pareció, eran cacharros rotos; y también otros que habían sido reconstruidos pegando sus diferentes fragmentos. Pensé que todos aquellos
chismes hubieran estado mejor en el cubo de la basura.
―¡Válgame Dios! ―exclamé―. Es una lástima que estén tan rotos, ¿verdad? ¿Vale la pena guardarlos?
―La señora Leidner sonrió y dijo:
―Que no la oiga Eric. Los pucheros es lo que más le interesa. Algunos de los
que ve aquí son los objetos más antiguos que tenemos. Tal vez tienen siete
mil años. Y me explicó cómo algunos de ellos se podían encontrar excavando
en las partes más profundas del montecillo, y cómo, millares de años antes,
habían sido rotos y reparados con betún, lo cual venía a demostrar que aún
entonces la gente tenía el mismo apego a sus cosas que en la actualidad.
―Y ahora ―continuó― le voy a enseñar algo mucho más interesante.
Alcanzó una caja de una estantería y me mostró una daga de oro, en cuya
empuñadura llevaba incrustadas unas gemas de color azul oscuro. Di un
grito de entusiasmo.
―Sí, a todos les gusta el oro, excepto a mi marido.
―¿Y por qué no le gusta el oro al doctor Leidner?
―Más que nada, porque resulta caro. El obrero que encuentra uno de esos
objetos, cobra su peso en oro.
―¡Dios mío! ―exclamé―. ¿Por qué?
―Es una costumbre. En primer lugar, evitar que roben. Si los peones roban
no es por el valor arqueológico de la pieza, sino por su valor intrínseco. La
pueden fundir.
Puede decirse, por lo tanto, que les damos facilidades para que sean honrados. Cogió otra caja de la estantería y me enseñó una hermosísima copa de
oro, sobre la que se veían varias cabezas de ciervo esculpidas. Volví a lanzar
otra exclamación.

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―Sí, es hermosa, ¿verdad? La encontramos en la tumba de un príncipe.
Hemos descubierto otras sepulturas rea les, pero muchas de ellas habían
sido saqueadas. Esta copa es nuestro más preciado hallazgo. Es una de las
mejores que se han encontrado hasta ahora. Acadio primitivo. Una pieza
única.
De pronto, la señora Leidner frunció el ceñó y examinó la copa más de cerca. Con una uña rascó un punto de ella.
―¡Qué extraño! Es una gota de cera. Alguien ha entrado aquí con una
vela.
Desprendió la cera y colocó la copa en su sitio.
Después mostró unas raras figuritas de barro cocido; algunas de ellas eran
bastante groseras. Aquellos pueblos antiguos tenían una mentalidad muy
vulgar.
Al volver al porche, encontramos a la señora Mercado que se estaba pintando las uñas. Para ver mejor el efecto alargaba ante ella la mano con los
dedos abiertos. Pensé que no podía haberse imaginado nada más horroroso que aquel color rojo anaranjado.
―¡Qué ocupados están todos! ―comentó la señora Mercado―. Van a decir que soy una holgazana. Y desde luego, lo soy.
―¿Y por qué no tenía que serlo, si le gusta? ―preguntó la señora Leidner.
Su voz no demostraba interés alguno.
Almorzamos a las doce. Después de comer, el doctor Leidner y el señor
Mercado limpiaron varias piezas de cerámica, vertiendo sobre ellas una solución de ácido clorhídrico. Uno de los pucheros resultó ser de un hermoso
color ciruela y en otro se descubrió un dibujo formado por cuernos de toro
entrelazados. Era como cosa de magia. Todo el barro seco, que ningún lavado podía quitar, parecía hervir y evaporarse.
El señor Carey y el señor Coleman volvieron a las excavaciones y el señor
Reiter se dirigió al estudio fotográfico.
La señora Leidner había cogido del almacén un platillo roto en varios pedazos y se dispuso entonces a pegarlos. La observé durante unos momentos y
luego le pregunté si podía ayudarla.
―Desde luego, hay muchos.
Fue a por más material y nos pusimos a trabajar.
Pronto di con el quid de la cuestión y la señora Leidner alabó mi destreza.
Supongo que la mayoría de las enfermeras tienen cierta habilidad manual.
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Asesinato en Mesopotamia

―¿Qué vas a hacer, Louise? ―preguntó el doctor Leidner a su mujer―. Supongo que descansar un rato. Colegí por ello que la señora Leidner dormía
la siesta todas las tardes.
―Me acostaré una hora. Después, tal vez salga a dar un pequeño paseo.
―Bien. La enfermera te acompañará, ¿verdad?
―Desde luego ―contesté.
―No, no ―replicó ella―. Me gustaría ir sola. La enfermera no debe tomarse tan en serio su deber, como para no permitir que me aleje de su vista.
―Pero a mí me gustaría acompañarla ―insistí.
―No, de veras. Prefiero que no venga ―su tono era firme, casi perentorio―. Debo valerme por mí misma de vez en cuando. Es conveniente.
No repliqué, desde luego. Pero al dirigirme a mi cuarto para descansar
un rato, me pregunté cómo la señora Leidner, tan atemorizada y nerviosa, podía estar dispuesta a dar un paseo solitario, sin alguna clase de
protección.
Cuando salí de mi habitación, a las tres y media de la tarde, no había nadie
en el patio, salvo un chico que lavaba trozos de cerámica y el señor Emmott
que se ocupaba en clasificarlos y arreglarlos. Al dirigirme hacia ellos vi que
la señora Leidner entraba por el portalón. Tenía un aspecto mucho más
vivaz que de costumbre. Le brillaban los ojos y parecía estar sobreexcitada,
casi alegre.
El doctor Leidner salió entonces del laboratorio y se acercó a ella. Le mostró
un gran plano sobre el que se veía el consabido dibujo de cuernos entrelazados.
―Los estratos prehistóricos están resultando extraordinariamente productivos ―dijo.
―Hasta ahora, la campaña va dando buenos resultados. Fue una verdadera
suerte encontrar esa tumba a poco de empezar. El único que puede quejarse es el padre Lavigny. Hemos encontrado muy pocas tablillas.
―Pues no parece que se haya preocupado mucho de las pocas que tenemos ―dijo la señora Leidner secamente―. Será un magnífico técnico descifrando inscripciones, pero es un notable perezoso. Se pasa todas las tardes
durmiendo.
―Echamos de menos a Byrd ―comentó el doctor Leidner―. Este hombre
me parece que es poco dado a la exactitud, aunque, como es lógico, no soy
quién para juzgarlo. Pero una o dos de sus últimas traducciones han sido
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sorprendentes, por no decir otra cosa. No puedo creer, por ejemplo, que
tenga razón acerca de la inscripción de aquel ladrillo. Pero, en fin, él sabrá
lo que se pesca.
Después del té, la señora Leidner preguntó si me gustaría dar un paseo
hasta el río. Pensé que tal vez temiera que su negativa a que la acompañara antes pudiera haber herido mi susceptibilidad. Yo quería demostrarle
que no era rencorosa y me apresuré a aceptar. El atardecer era magnífico.
Seguimos una senda que pasaba entre campos de cebada y atravesaba
luego una plantación de árboles frutales en flor. Llegamos a la orilla del
Tigris. A nuestra izquierda quedaba el Tell, donde los trabajadores salmodiaban su monótona canción. Y un poco a la derecha se veía una noria
que producía un ruido chirriante. De momento, aquel chirrido me dio
dentera; mas al final acabó por gustarme, produciendo en mí un efecto
sedante. Más allá de la noria estaba el poblado, donde vivían la mayor
parte de los trabajadores.
―Es bonito, ¿verdad? ―preguntó la señora Leidner.
―Resulta agradable este ambiente de paz ―comenté―. Parece mentira
que se pueda estar tan lejos de todo.
―Lejos de todo ―repitió ella―. Sí, aquí, por lo menos, espera una estar
segura. La miré fijamente, pero me hizo el efecto de que estaba hablando
para sí, y no se había dado cuenta de que había expresado con palabras sus
pensamientos. Iniciamos el regreso.
De pronto, la señora Leidner me cogió tan fuertemente del brazo, que casi
me hizo dar un grito.
―¿Qué es eso, enfermera? ¿Qué está haciendo?
A poca distancia de nosotras, justamente donde la senda pasaba al lado de
la casa, había un hombre, tratando de mirar por una de las ventanas.
Mientras lo contemplábamos, el hombre volvió la cabeza, nos divisó, e inmediatamente siguió su camino por la senda, dirigiéndose hacia nosotras. Sentí
que la mano de la señora Leidner se apretaba todavía más contra mi brazo.
―Enfermera ―murmuró―. Enfermera...
―No pasa nada. Cálmese. No pasa nada ―traté de tranquilizarla.
El hombre vino hacia donde estábamos y pasó por nuestro lado. Era un
iraquí, y tan pronto como la señora Leidner lo vio de cerca, pareció que sus
nervios se relajaban y dio un suspiro.
―No era más que un iraquí ―dijo.

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Asesinato en Mesopotamia

Proseguimos nuestro camino. Miré hacia las ventanas cuando pasamos ante
ellas.
No solamente tenían rejas, sino que estaban a tanta altura sobre el suelo,
que no permitían ver el interior de la casa, pues el nivel del pavimento era
allí más bajo que en el patio interior.
―Tal vez estaba curioseando ―comenté.
La señora Leidner asintió.
―Eso debe ser. Por un momento creí...
Se detuvo.
En mi fuero interno me pregunté: “¿Qué pensaste?”.
Pero ahora ya sabía una cosa. La señora Leidner temía a una determinada
persona de carne y hueso.

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