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campbell joseph el poder de mito .pdf



Nombre del archivo original: campbell-joseph-el-poder-de-mito.pdf
Título: Joseph Campbell
Autor: El poder del mito

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Joseph Campbell
en diálogo con

Bill Moyers

El poder del mito

COLECCIÓN REFLEXIONES

EMECÉ EDITORES
Título original: The Power of Myth
Traducción:
Corrección:
Revisión:

César Aira
J.E. Martínez Lapuente
Esther Andrés

Portada:

Ernesto Aparicio

Barcelona

Copyright © 1988 by Apostrophe S Productions, Inc., and Alfred van der Marck
Editions
© Emecé Editores, Barcelona, 1991
Emecé Editores, c/E. Granados 114, 08008 Barcelona. Tel. 415.71.00
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la
autorización escrita de los titulares del "Copyright", bajo las sanciones
establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por
cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento
informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o
préstamo públicos.
ISBN: 84-7888-066-6
Depósito legal: B-34.699-1991
Printed in Spain
Fotomecánica: M.D. S.A., c/ J. Vayreda, N 17, Pol. Ribó, 08911 Badalona
Compaginación: José Neira, La Floresta, Barcelona. Tel. 674 17 63
Impresión: Romanyá-Valls, Pl. Verdaguer 1,08786 Capellades, Barcelona

A Judith, que ha escuchado mucho tiempo la música
*

Indice
Introducción

13

1. El mito y el mundo moderno

27

2. El viaje interior

71

3. Los primeros narradores

113

4. Sacrificio y bienaventuranza

139

5. La aventura del héroe

179

6. El don de la Diosa

235

7. Cuentos de amor y matrimonio
8. Máscaras de eternidad

259
285

Nota sobre la edición:
Esta conversación entre Bill Moyers y Joseph Campbell tuvo lugar
en 1985 y 1986, primero en el Rancho Skywalker de George Lucas,
y después en el Museo de Historia Natural de Nueva York. Muchos
de los que leímos la transcripción original quedamos asombrados
por la riqueza y la abundancia del material vertido en las
veinticuatro horas de filmación, gran parte del cual debió ser
cortado para realizar la serie de seis horas que se emitiría más
tarde por televisión. La idea de un libro ha surgido del deseo de
poner este material al alcance no sólo de quienes vieron la serie
sino también de todos cuantos han admirado a Campbell a través
de sus libros durante muchos años.
Al compilar este libro, me he propuesto ser fiel al fluir de la
conversación original, al tiempo que he aprovechado la
oportunidad de intercalar material adicional sobre el tema,
trayéndolo de cualquier sitio donde apareciera en la transcripción.
En la medida en que ello ha sido posible, he seguido el formato de
la serie de televisión. Pero el libro tiene su propia forma y espíritu,
y ha sido pensado como un complemento de la serie, no como una
réplica. El libro existe, en parte, porque esta conversación es un
intercambio de ideas tan digno de presenciarse como de ser objeto
de reflexión.
Pero, sobre todo, este libro existe porque Bill Moyers estuvo
siempre dispuesto a encarar el fundamental y difícil tema del
mito, y porque Joseph Campbell respondió con reveladora
sinceridad a las penetrantes preguntas de Moyers, sinceridad
basada invariablemente en una vida entera de convivencia con el
mito. A ambos les estoy muy agradecida por la oportunidad de
disfrutar de este encuentro. Deseo también expresar mi
reconocimiento a Jacqueline Kennedy Onassis, asesora de la
editorial Doubleday, cuyo interés en las ideas de Joseph Campbell
fue el impulso inicial para la publicación del libro. También estoy
en deuda con Karen Bor- delon, Alice Fisher, Lynn Cohea, Sonya
Haddad, Joan Konner y John Flowers por su apoyo, y
especialmente con Maggie Keeshen por las muchas veces que ha
mecanografiado el manuscrito y por su pericia como correctora.
Asimismo, agradezco a Judy Doctoroff, Andie Tucher, Becky
Berman y Judy Sandman la ayuda que me brindaron en el
transcurso de la redacción del manuscrito. Finalmente, Bill
Moyers y Joseph Campbell leyeron el manuscrito y me hicieron
muchas sugerencias útiles; pero sobre todo les agradezco que
hayan resistido la tentación de reescribir sus palabras de forma
libresca. Han permitido que la conversación siga su libre curso y

exista, tal como fue, sobre estas páginas.
Betty Sue Flowers Universidad de
Texas, Austin

INTRODUCCIÓN

Después de la muerte de Joseph Campbell, durante semanas todo
lo que veía me traía a la memoria su recuerdo.
Al salir del metro en Times Square y sentir la energía de la
muchedumbre, sonreía recordando la imagen que una vez había
concebido, precisamente allí, Joseph Campbell: «La más reciente
encarnación de Edipo, el romance ininterrumpido de la Bella y la
Bestia, está esta tarde en la esquina de la calle Cuarenta y Dos y
la Quinta Avenida, esperando que cambie el semáforo».
Tras ver la última película de John Huston, Los muertos,
basada en un cuento de James Joyce, volví a pensar en Campbell.
Una de sus primeras obras importantes fue una clave para
Finnegans Wake. Lo que Joyce llamaba «lo grave y constante» en
el sufrimiento humano era para Campbell un tema central de la
mitología clásica. «La causa secreta de todo sufrimiento», decía,
«es la mortalidad misma, que es la condición primordial de la vida.
No se la puede negar si se quiere afirmar la vida.»
En una ocasión, hablando del tema del sufrimiento, mencionó
juntos a Joyce y a Igjugarjuk. «¿Quién es Igjugarjuk?», le dije, casi
sin poder pronunciarlo. «Ah», respondió Campbell, «era el chamán
de los caribú, una tribu al norte de Canadá, quien decía a los
visitantes europeos que la única verdadera sabiduría "vive lejos de
los hombres, en la gran soledad, y sólo puede obtenerse mediante
el sufrimiento. Únicamente la privación y el sufrimiento abren la
mente a todo lo que permanece oculto para los demás".»
«Por supuesto», dije. «Igjugarjuk.»
Joe pasó por alto mi ignorancia. Habíamos dejado de caminar.
Le brillaban los ojos cuando dijo: «¿Te imaginas una larga velada
alrededor del fuego con

El poder del mito

Joyce e Igjugarjuk? ¡Eso es algo que me habría gustado
ver!».
Campbell murió un día antes del vigésimo cuarto
aniversario del asesinato de John F. Kennedy,
tragedia que había analizado en términos mitológicos
durante nuestra primera reunión años atrás. Ahora,
cuando vuelve ese melancólico recuerdo, les hablo a
mis hijos mayores sobre las reflexiones de Campbell al
respecto. Describió el solemne funeral oficial como «un
ejemplo del alto servicio que presta el ritual a una
sociedad» al evocar temas mitológicos cuya raíz se
hunde en las necesidades humanas. «Esta era una
ocasión ritualizada, estrictamente necesaria desde el
punto de vista social», había escrito Campbell. El
asesinato, a plena luz del día y ante todos, de un
presidente «que representaba a toda nuestra sociedad,
al organismo social vivo del que somos miembros,
arrebatado en un momento de plenitud vital, exigía un
rito compensatorio para restablecer el sentimiento de
solidaridad. De ahí que una enorme nación formara
una sólida comunidad unánime durante esos cuatro
días, con todos nosotros participando del mismo modo,
simultáneamente, en un único acontecimiento
simbólico». Decía que constituía «la primera y única
cosa de ese tipo que en tiempos de paz me haya hecho
sentir miembro de esta comunidad nacional, volcada
como una unidad en la celebración de un rito profundamente significativo».
Recordé también esa descripción cuando a uno de
mis colegas una amiga le preguntó por nuestra colaboración con Campbell: «¿Para qué necesitan la mitología?». Esta mujer sostenía la opinión, muy corriente y
moderna, de que «todos esos dioses griegos y sus historias» nada tienen que ver con la actual condición
humana. Lo que ella no sabía (e ignora la mayoría) es
que las reliquias de esas «viejas historias» adornan las
paredes de nuestro sistema interior de creencias, como
5

Introducción
restos de antiguos utensilios en un yacimiento
arqueológico. Pero como somos seres orgánicos, hay
energía en todos esos restos. Los rituales la evocan.
Pensemos en la posición de los jueces en nuestra
sociedad, que Campbell analizó en términos
mitológicos, no sociológicos. Si esta posición fuera
solamente un papel a desempeñar, el juez podría
asistir con un traje gris al tribunal en lugar de vestir
la toga negra. Para que la ley tenga autoridad más allá
de la mera coacción, el poder del juez debe ser
ritualizado, mitologizado. Y lo mismo ocurre en otros
ámbitos de la vida actual, decía Campbell, desde la
religión y la guerra hasta el amor y la muerte.
Una mañana, tras la muerte de Campbell, cuando
iba al trabajo caminando, me detuve ante el videoclub
del barrio, en cuyo escaparate estaban pasando
escenas de la La guerra de las galaxias, de George
Lucas. Recordé la ocasión en que Campbell y yo
habíamos visto juntos la película en el Rancho
Skywalker de Lucas en California. Lucas y Campbell
se habían hecho amigos después de que el primero,
reconociendo una deuda con el trabajo de Campbell, lo
invitara a una proyección privada de la trilogía.
Campbell gozó con los antiguos temas y motivos de la
mitología que se desplegaban por la pantalla en
vigorosas imágenes contemporáneas. Durante esta
visita, después de aplaudir los peligros y hazañas de
Luke Skywalker, Joe se animó hablando de cómo
Lucas «había dado el más nuevo y enérgico impulso» a
la clásica historia del héroe.
«¿A qué te refieres?», le pregunté.
«A lo que ya Goethe dijo en el Fausto, y que Lucas
ha plasmado en un lenguaje moderno: la advertencia
de que la tecnología no nos salvará. Nuestras
computadoras, nuestras herramientas, nuestras
máquinas no son suficientes. Hemos de apoyarnos en
nuestra intuición, en nuestro ser más genuino.»
«Pero ¿no es eso una afrenta a la razón?», le dije.
«¿Y
acaso
no
estamos
ya
apartándonos
6

El poder del mito
vertiginosamente de la razón?»
«El periplo del héroe no tiene ese objetivo. No se
trata de negar la razón. Por el contrario, al
sobreponerse a las pasiones oscuras, el héroe
simboliza nuestra capacidad de controlar al salvaje
irracional que todos llevamos dentro.» En otras
ocasiones Campbell había deplorado nuestra
incapacidad «para admitir dentro de nosotros la fiebre
carnívora y lasciva» que es endémica en la naturaleza
humana. Ahora estaba describiendo la trayectoria del
héroe no como un acto de valor sino como una vida
vivida en el autodescubrimiento: «Luke Skywalker no
es nunca tan racional como cuando encuentra dentro
de sí los recursos de carácter para hacer frente a su
destino».
Irónicamente, para Campbell la finalidad del periplo del héroe no es el engrandecimiento de su persona.
«Es», decía en una de sus conferencias, «no identificarse con ninguna de las figuras de poder
experimentadas. El yogui hindú, luchando por la
liberación, se identifica con la Luz y nunca regresa.
Pero nadie con la voluntad de servir a otros se
permitiría semejante evasión. El objetivo último de la
hazaña no debe ser ni la liberación ni la felicidad
personales, sino la sabiduría y el poder para servir a
los demás.» Una de las muchas diferencias entre el
personaje famoso y el héroe, decía, es que uno vive sólo
para sí mientras el otro actúa para redimir a la
sociedad.
Joseph Campbell afirmó la vida como aventura.
«Al diablo con todo eso», exclamó cuando su tutor
universitario le aconsejó que se ciñera a un estrecho
programa académico. Renunció a obtener su
doctorado, y prefirió retirarse al bosque, a leer. Toda
su vida siguió leyendo libros: antropología, biología,
filosofía, arte, historia, religión. Y siguió recordando a
la gente que un camino seguro por el mundo es el que
va por la página impresa. Pocos días después de su
muerte, recibí una carta de una de sus ex alumnas que
7

Introducción
ahora colabora en la dirección de una revista.
Habiéndose enterado de la serie televisiva en que yo
había estado trabajando con Campbell, me escribía
para contarme cómo «el ciclón de energía de este
hombre atravesó todas las posibilidades intelectuales»
de las estudiantes que asistían «sin aliento a sus
clases» en la Universidad Sarah Lawrence. «Aunque
todas lo escuchábamos fascinadas», me escribía, «nos
abrumaba la cantidad de lecturas que nos mandaba
cada semana. Al fin, una de nosotras le hizo ver lo
imposible de la tarea (en el estilo Sarah Lawrence):
"Estoy haciendo otros tres cursos, ¿sabe? Todos dan
lecturas obligatorias, ¿sabe? ¿Cómo cree que podría
leer todo esto en una semana?". Campbell se limitó a
reír y le dijo: "Me asombra que lo haya intentado.
Tiene todo el resto de su vida para hacer las
lecturas"».
Concluía diciendo: «Y todavía no he terminado; es
el ejemplo, que nunca cesará, de su vida y su obra».
El homenaje que se realizó en su memoria en el
Museo de Historia Natural de Nueva York dio una
idea del impacto que causaba sobre los demás.
Campbell pisó por primera vez ese museo siendo un
niño, y quedó fascinado por los postes totémicos y las
máscaras. ¿Quién los hizo?, se preguntaba. ¿Qué
significan? Empezó a leer todo lo que encontró sobre
los indios, sus mitos y leyendas. A los diez años ya
estaba en el camino que lo llevaría a ser uno de los
grandes eruditos en mitología y uno de los más estimulantes maestros de nuestro tiempo; alguien dijo
que «podía dar vida a los huesos del folklore y la
antropología». Ahora, en su homenaje postumo en
aquel museo donde tres cuartos de siglo atrás su
imaginación se había despertado, se reunía la gente
para honrar su recuerdo. Hubo una actuación de
Mickey Hart, el batería de The Grateful Dead, el grupo
de rock con el que Campbell compartía su interés por
la percusión. Robert Bly tocó una flauta y leyó poemas
dedicados a Campbell. Hablaron ex alumnos suyos, así
8

El poder del mito
como amigos que había hecho tras haberse jubilado y
trasladado con su esposa, la bailarina Jean Erdman, a
Hawai. Estaban representadas las grandes editoriales
de Nueva York. Y también había escritores y
estudiosos, jóvenes y viejos, que habían encontrado en
Joseph Campbell la figura de un auténtico pionero.
Y periodistas. Yo me había acercado a él ocho años
atrás, cuando, por propia decisión, estaba intentando
llevar a la televisión a las mentes más vivas de nuestro
tiempo. Habíamos grabado dos programas en el museo,
y su presencia en la pantalla había causado tal impresión que más de catorce mil personas nos escribieron
pidiendo copias del diálogo. Me prometí entonces que
volvería a hablar con él, esta vez para una exploración
más sistemática y detallada de sus ideas. Campbell escribió o compiló tinos veinte libros, pero yo lo consideraba más como maestro, un maestro rico en el saber del
mundo y en las metáforas del lenguaje, y quise que
otros pudieran experimentar su magisterio. Fue así como el deseo de compartir el tesoro de aquel hombre
inspiró mi serie televisiva, y este libro.
Se dice que un periodista es alguien que ha recibido
permiso para completar su educación en público;,
somos unos afortunados a quienes se les permite pasar
los días en un curso continuo de educación para
adultos. Nadie me enseñó tanto como Campbell, y
cuando le dije que tendría que admitir la
responsabilidad por lo que resultara de tenerme como
alumno, se rió y citó un viejo proverbio latino: «El
destino arrastra sólo a quien se deja arrastrar».
Como los grandes maestros, enseñaba mediante el
ejemplo. Nunca trataba de convencer a nadie de nada
(salvo una vez, cuando persuadió a Jean de que se casara con él). Los predicadores se equivocan, me decía,
tratando «de convencer a la gente con palabras; más
valdría que expresaran la alegría de su propio descubrimiento». Y él, por cierto, sabía expresar su alegría
de vivir y aprender. Matthew Arnold creía que la
forma más elevada de crítica es «conocer lo mejor de
9

Introducción
cuanto se sabe y se piensa en el mundo, y al
transmitirlo crear una corriente de ideas verdaderas y
nuevas». Es la mejor definición de lo que hizo
Campbell. Era imposible escucharlo, escucharlo de
verdad, sin advertir en la propia conciencia un
movimiento de vida nueva, el despertar de la propia
imaginación.
Decía que la «idea guía» de su trabajo era hallar
«los elementos temáticos comunes en los mitos del
mundo, que señalan una necesidad constante en la
psique humana de centrarse en cuanto a sus principios
profundos».
«¿Te refieres a xana búsqueda del sentido de la vida?», le pregunté.
«No, no, no», dijo. «Se trata de la experiencia de estar vivos.»
He dicho en alguna ocasión que la mitología es un
mapa interior de la experiencia, dibujado por gente
que lo ha recorrido. Sospecho que Campbell no se
habría conformado con esa prosaica definición de
periodista. Para él la mitología era «el canto del
universo», «la música de las esferas», una música que
bailamos aun cuando no podamos reconocer la
melodía. Estamos escuchando su estribillo «cuando
oímos, divertidos y distantes, el griterío de un
curandero del Congo, o leemos con cultivado éxtasis
traducciones de poemas de Lao- Tsé, o cuando alguna
vez nos adentramos en las dificultades de un
razonamiento de santo Tomás de Aquino, o captamos
de pronto el sentido brillante de un extravagante
cuento de hadas esquimal».
Se imaginaba que este gran coro cacofónico había
comenzado cuando nuestros primeros antepasados se
contaban historias sobre los animales que mataban
para comer, y sobre el mundo sobrenatural al que los
animales parecían ir cuando morían. «Allá afuera, a lo
lejos», más allá de la llanura invisible de la existencia,
estaba el «señor de los animales», que tenía poder
sobre la vida y la muerte de los seres humanos: si él
10

El poder del mito
dejaba de mandar más animales para que volvieran a
ser sacrificados, los cazadores y sus familias morirían
de hambre. Así fue como las primitivas sociedades
supieron que «la esencia de la vida está en que se vive
matando y devorando; ése es el gran misterio sobre el
que tratan los mitos». La caza se convirtió en un ritual
de sacrificio, y los cazadores, a su vez, realizaron actos
de expiación para con los espíritus de los animales, con
la esperanza de convencerlos de que volvieran para ser
sacrificados otra vez. Los animales eran considerados
enviados de ese otro mundo, y Campbell aventuró «un
acuerdo mágico y maravilloso» entre el cazador y la
presa, como si ambos participaran de un ciclo «místico
e intemporal» de muerte, entierro y resurrección. El
arte (las pinturas sobre los muros de las cavernas) y la
literatura oral dieron forma al impulso que hoy
llamamos religión.
Cuando estos primeros pueblos pasaron de la caza
a la agricultura, cambiaron las historias que contaban
para interpretar los misterios de la vida. Ahora fue la
semilla la que ocupó el lugar como símbolo mágico del
ciclo sin fin. La planta moría, y era enterrada, y su semilla volvía a nacer. A Campbell le fascinaba el modo
en que este símbolo era retomado por las grandes religiones del mundo como la revelación de la verdad eterna: que la vida proviene de la muerte o, en sus palabras, «del sacrificio, la bienaventuranza».
«Jesús tenía buen ojo», decía. «Qué magnífica realidad vio en el grano de mostaza.» Citaba las palabras
de Jesús en el Evangelio de san Juan: «En verdad os
digo que si un grano de trigo no cae a tierra y muere,
queda solo; pero si muere, da mucho fruto», y de
inmediato pasaba al Corán: «¿Acaso piensas que
entrarás en el Jardín de la Gloria sin pasar por las
pruebas que sufrieron los que te precedieron?».
Recorrió toda esta inmensa literatura espiritual,
incluso traduciendo textos hindúes del sánscrito, y
siguió recogiendo historias más actuales que sumaba a
la sabiduría de las antiguas. Una historia que le
11

Introducción
gustaba especialmente es la de la mujer que fue al
santo y sabio Ramakrishna y le dijo: «Ay, Maestro, no
creo amar a Dios». Y él le preguntó: «¿Acaso no hay
nada que ames en el mundo?». A lo que ella respondió:
«A mi pequeño sobrino». Y él le dijo: «En tu amor y
entrega a ese niño está tu amor y entrega a Dios».
«Y ahí», dijo Campbell, «está el alto mensaje de la
religión: "Lo mismo que hagas con el más humilde de
todos...".»
Era un hombre espiritual, que encontró en la
literatura de la fe los principios comunes al espíritu
humano. Pero esos principios debían ser liberados de
su forma tribal, o las religiones del mundo seguirían
siendo, como lo son hoy en el Medio Oriente o en
Irlanda del Norte, fuente de odio y violencia. Las
imágenes de Dios son muchas, decía, y las llamaba «las
máscaras de la eternidad» que a la vez cubren y
revelan «el Rostro de la Gloria». Quería saber qué
significado tenían esas diferentes máscaras de Dios en
las diferentes culturas, y por qué en tradiciones
divergentes pueden hallarse historias comparables,
historias de creación, de nacimientos virginales,
encarnaciones, muerte y resurrección, segundas
venidas y días del juicio. Le gustaba esa reflexión perspicaz de la escritura hindú: «La verdad es una; los sabios le dan muchos nombres». Todos nuestros nombres
e imágenes de Dios son máscaras, decía, que significan
la realidad última que por definición trasciende la
lengua y el arte. Un mito es también una máscara de
Dios, una metáfora de lo que yace debajo del mundo
visible. Por mucho que las tradiciones místicas
difieran, decía, todas concuerdan en llevarnos a una
más profunda conciencia del acto mismo de vivir. El
pecado imperdonable, según Campbell, era el pecado
de inadvertencia, de no estar alerta, no estar
totalmente despierto.
Nunca conocí a nadie que pudiera contar tan bien
una historia. Escuchándolo hablar de sociedades
primitivas, me sentía transportado a las grandes
12

El poder del mito
llanuras bajo la cúpula del cielo abierto o a lo más
profundo e inextricable de la selva, bajo un dosel de
árboles, y empecé a comprender cómo hablaban las
voces de los dioses en el viento y el trueno, y el espíritu
de Dios fluía en cada arroyo de montaña, y la tierra
entera florecía como un lugar sagrado, el campo de la
imaginación mítica. Y me pregunté: ahora que los
hombres modernos han despojado a la tierra de su
misterio, ahora que han hecho, según la descripción de
Saúl Bellow, «una limpieza general de creencias», ¿qué
alimentará nuestra imaginación? ¿Hollywood y la
televisión?
Campbell no era pesimista. Creía que hay «un
punto de sabiduría más allá de los conflictos de ilusión
y verdad, gracias al cual las vidas pueden volver a
unirse». Hallarlo es «la cuestión primordial de la
época». En sus años finales se esforzaba en hallar una
nueva síntesis de ciencia y espíritu. «El paso de una
cosmovisión geocéntrica a una heliocéntrica», escribió
después de que los astronautas pisaran la Luna,
«pareció apartar al hombre del centro. Y el centro
parecía ser muy importante. Pero, es- piritualmente, el
centro está donde está la visión. Subamos a una cima y
miremos el horizonte. Situémonos en la Luna y
miremos cómo se alza la Tierra... aunque lo hagamos,
mediante la televisión, en la sala de estar». El
resultado es una expansión sin precedentes del
horizonte, que podría servir en nuestra época, como las
viejas mitologías lo hicieron en las suyas, para abrir
las puertas de la percepción «a la maravilla, terrible y
fascinante a la vez, de nosotros mismos y el universo».
Decía que no es la ciencia la que ha empequeñecido a
los humanos o nos ha divorciado de la divinidad. Al
contrario, los nuevos descubrimientos de la ciencia
«nos unen a los pueblos de la antigüedad»
permitiéndonos reconocer en este universo entero «un
reflejo aumentado de nuestra naturaleza más
profunda, porque somos, en realidad, sus oídos, sus
ojos, su pensamiento y su habla o, en términos teoló13

Introducción
gicos, los oídos de Dios, los ojos de Dios, el
pensamiento de Dios y la Palabra de Dios». La última
vez que lo vi le pregunté si todavía creía, como lo había
escrito ana vez, «que en este momento estamos
asistiendo a uno de los más grandes saltos del espíritu
humano hacia un conocimiento no sólo de la
naturaleza externa sino también de nuestro más
genuino y profundo misterio interior».
Lo pensó un minuto y respondió: «El más grande
en toda la historia».
Cuando oí la noticia de su muerte, abrí el ejemplar
que me había regalado de El héroe de las mil caras. Y
pensé en la época en que descubrí el mundo del héroe
mítico. Estaba en la pequeña biblioteca pública del
pueblo en el que me crié y, revolviendo en las
estanterías encontré un libro que me reveló mundos
maravillosos: Prometeo robando el fuego de los dioses
para el bien de la humanidad; Jasón enfrentándose al
dragón para apoderarse del Vellocino de Oro; los
Caballeros de la Tabla

14

El poder del mito

Redonda en busca del Santo Grial. Pero sólo cuando
conocí a Joseph Campbell comprendí que las películas
de vaqueros que veía en las sesiones matinales del
sábado habían tomado mucho prestado de aquellos
cuentos antiguos. Y que las historias que aprendíamos
en el catecismo se correspondían con las de otras
culturas que también relataban las elevadas
aventuras del alma, el esfuerzo de los mortales por
aprehender la realidad de Dios. Campbell me ayudó a
ver las conexiones, a comprender cómo encajaban las
piezas, y a no temer sino a dar la bienvenida a lo que
él describía como «un futuro poderosamente
multicultural».
Fue, por supuesto, criticado por hacer tanto
hincapié en la interpretación psicológica del mito, por
dar la impresión de querer confinar el papel
contemporáneo del mito a una función ideológica o
terapéutica. No tengo elementos para entrar en esa
discusión. Pero sé que él nunca le dio importancia. Se
limitaba a seguir enseñando, abriendo a los demás a
una nueva manera de ver.
Lo que más nos instruye es, sobre todo, la vida
auténtica que vivió. Cuando decía que los mitos son
claves para nuestro potencial espiritual más profundo,
capaces de llevarnos al deleite, a la iluminación y aun
al éxtasis, hablaba como alguien que ha estado en los
sitios que nos invita a conocer.
¿Qué me atraía en él?
La sabiduría, sí; era un hombre muy sabio.
Y la erudición; él realmente «conocía la vasta
extensión de nuestro pasado panorámico como pocos
hombres la han conocido nunca».
Pero había más.
Una historia es la manera de contarla. Él era un
hombre con mil anécdotas. Esta era una de sus favoritas. Estaba en Japón asistiendo a un congreso internacional sobre religión, y oyó que otro delegado
15

Introducción
norteamericano, un filósofo social de Nueva York, le
decía a un sacerdote sintoísta: «Hemos presenciado
muchas de sus ceremonias y hemos visto bastantes
templos. Pero lo que no capto es su ideología. No capto
su teología». El japonés hizo un silencio, sumido en
profundos pensamientos, y después sacudió la cabeza.
«Creo que no tenemos ideología», dijo. «No tenemos
teología. Bailamos.»
Y eso fue lo que hizo Joseph Campbell. Bailó, con la
música de las esferas.
Bill Moyers

EL PODER DEL MITO
EL MITO Y EL MUNDO MODERNO

Se dice que todo cuanto ansiamos es encontrarle un
sentido a la vida. No creo que sea eso lo que realmente
buscamos. Creo que lo que buscamos es experimentar el
hecho de estar con vida, de modo que nuestras experiencias vitales en el plano puramente físico tengan resonancias dentro de nuestro ser y realidad más internos, y así sentir realmente el éxtasis de estar vivos.

¿Por qué los mitos? ¿Por qué deberían interesarnos los mitos? ¿Qué tienen que ver con mi vida?
CAMPBELL: Mi primera respuesta sería: «Adelante,
vive tu vida, es una buena vida. No necesitas la mitología». No creo que haya que interesarse en un tema sólo
porque digan que es importante. Creo más bien que el
interés es algo que a uno lo atrapa de un modo u otro.
Pero es muy probable que, con una introducción adecuada, la mitología te aprese. Y entonces sí, podemos
preguntarnos, ¿qué puede hacer la mitología por ti, si
te atrapa?
Uno de nuestros problemas en la actualidad es que
no estamos familiarizados con la literatura del
MOYERS:

16

El poder del mito
espíritu. Nos interesan las noticias del día y los
problemas de la hora. Antes una universidad era una
especie de área herméticamente cerrada donde las
novedades del momento no entraban a distraer la
atención de la vida interior y del espléndido tesoro que
constituye nuestra gran tradición: Platón, Confucio,
Buda, Goethe y otros que hablaron de los valores
eternos que están en el centro de nuestras vidas.
Cuando uno envejece, y todas las preocupaciones
cotidianas han sido atendidas, y uno se vuelve hacia la
vida interior... bueno, si no sabe dónde está o qué es, lo
lamentará.
Antes, las literaturas griega, latina y bíblica
formaban parte de la educación de todo el mundo.
Ahora que se han abandonado, toda una tradición de
información mitológica occidental se ha perdido. Antes
esas historias estaban en la mente de todos. Cuando
una historia está en tu mente, puedes ver su aplicación
a algo que ocurre en tu propia vida. Te da una
perspectiva sobre lo que te está pasando. Con su
desaparición hemos perdido realmente algo importante
porque no tenemos una literatura comparable que la
reemplace. Estos fragmentos de información de los
tiempos antiguos, que están relacionados con temas en
los que se ha apoyado la vida humana, se han
construido civilizaciones y se han alimentado las
religiones durante milenios, son el reflejo de problemas
internos muy profundos, misterios interiores,
umbrales de pasaje internos, y si no sabes cuáles son
las señales a lo largo del camino, tienes que hacerlo
todo solo. Pero una vez que este tema te atrapa, es tal
la sensación, a partir de cualquiera de estas tradiciones, de disponer de una información tan rica y vivificante, que ya no querrás abandonarlo.
MOYERS: ¿De modo que contamos historias para
tratar de ponernos de acuerdo con el mundo, para
armonizar nuestras vidas con la realidad?
CAMPBELL: Creo que sí, así es. Las novelas, las
grandes novelas, pueden ser maravillosamente
17

Introducción
instructivas. Cuando tenía veinte años, treinta y hasta
cuarenta, James Joyce y Thomas Mann fueron mis
maestros. Leí todo lo que escribieron. Los dos escribían
en términos de lo que podría llamarse la tradición
mitológica. Toma, por ejemplo, la historia de Tonio, en
el Tonio Kroger de Thomas Mann. El padre de Tonio
era un comerciante próspero, un hombre importante
en su ciudad. Pero el pequeño Tonio tenía un
temperamento artístico, así que se trasladó a Munich y
se unió a un grupo de escritores que se sentían por
encima de los meros especuladores financieros y
hombres de familia.
Pues bien, ahí tienes a Tonio entre dos polos: su
padre, que ha sido un buen padre, responsable y todo
eso, pero que nunca hizo lo que quería en toda su vida;
y por otro lado, el joven que abandona su ciudad natal
y se vuelve un crítico de esa clase de vida. Pero Tonio
descubrió que él en realidad amaba a esa gente de su
ciudad. Y aunque intelectualmente se creía un tanto
superior a ellos, y podía describirlos con palabras
crueles, de todos modos su corazón estaba con ellos.
Pero cuando se marchó a vivir con los bohemios,
encontró que éstos eran tan desdeñosos de la vida que
no podía soportarlos tampoco. Así que los dejó y le
escribió una carta a alguien del grupo diciendo:
«Admiro a esos seres fríos y orgullosos que se
aventuran por la senda de la gran belleza demónica y
desprecian a la "humanidad"; pero no los envidio. Pues
si hay algo que pueda hacer de un literato un poeta, es
mi amor pueblerino a lo humano, a lo viviente y
común. Toda calidez se deriva de este amor, toda
bondad y todo humor. De hecho, me parece incluso que
éste debe de ser ese amor del que está escrito que
"puede hablarse con las lenguas de los hombres y de
los ángeles", mientras que sin amor suena "como
bronce de un címbalo".»
Y agrega: «El escritor debe ser fiel a la verdad». Y
eso es lo difícil, porque sólo se puede describir verídicamente a un ser humano describiendo sus imperfeccio18

El poder del mito
nes. El ser humano perfecto no tiene interés... ya
sabes, el Buda que abandona el mundo. Sólo podemos
amar las imperfecciones de la vida. Y cuando el
escritor lanza el dardo de la verdad, duele. Pero lo
lanza con amor. Esto es lo que Thomas Mann llamó
«ironía erótica», el amor por lo que uno mismo está
matando con su palabra cruel y analítica.
MOYERS-. Me gusta esa imagen: el amor hacia el
pueblo natal, los sentimientos que ese lugar te inspira,
a pesar de todo el tiempo que hayas estado ausente, o
aunque no regreses nunca. Allí fue donde uno descubrió a la gente. Pero ¿por qué dices que amamos a la
gente por sus imperfecciones?
CAMPBELL: ¿Los niños no son adorables porque se
están cayendo todo el rato y tienen cuerpos pequeños
con cabezas demasiado grandes? ¿No lo sabía muy bien
Walt Disney cuando hizo los siete enanitos? Y esos graciosos perritos que tiene la gente: los queremos porque
son muy imperfectos.
MOYERS: La perfección sería aburrida, ¿no?
CAMPBELL: Necesariamente. Sería inhumana. El
punto umbilical, la humanidad, aquello que te hace humano y no sobrenatural e inmortal; eso es lo que amamos. Por eso a mucha gente se le hace tan difícil amar
a Dios, porque no encuentran la imperfección. Se lo
puede reverenciar, pero eso no se parece al verdadero
amor. Es a Cristo en la cruz al que podemos amar.
MOYERS: ¿Por qué?
CAMPBELL: Por el sufrimiento. El sufrimiento es
una imperfección, ¿no?
MOYERS: La historia del sufrimiento humano, de
las luchas, la supervivencia...
CAMPBELL: ...y la juventud que llega a conocerse, a
saber lo que le espera.
MOYERS: Leyendo tus libros (Las máscaras de Dios

o El héroe de las mil caras, por ejemplo) llegué a comprender que lo que tienen en común los seres humanos
lo podemos hallar como revelación en los mitos. Los mitos son historias de nuestra búsqueda de la verdad a
19

Introducción
través de los tiempos, del sentido. Todos necesitamos
contar nuestra historia y comprenderla. Todos
necesitamos comprender la muerte y llegar a un
acuerdo con ella, y todos necesitamos ayuda en
nuestros pasajes del nacimiento a la vida y después a
la muerte. Lo necesitamos para que la vida signifique
algo, para que se comunique con lo eterno, para que
atraviese el misterio y podamos descubrir quiénes
somos.
CAMPBELL: Se dice que todo cuanto ansiamos es
encontrarle un sentido a la vida. No creo que sea eso lo
que realmente buscamos. Creo que lo que buscamos es
experimentar el hecho de estar con vida, de modo que
nuestras experiencias vitales en el plano puramente físico tengan resonancias dentro de nuestro ser y realidad más internos, y así sentir realmente el éxtasis de
estar vivos. Al fin y al cabo, de eso se trata, es lo único
importante, una serie de pistas que nos ayuden a encontrarnos dentro de nosotros mismos.
MOYERS: ¿Los mitos son pistas?
CAMPBELL:
Los mitos son pistas de las
potencialidades espirituales de la vida humana.
MOYERS: ¿De lo que somos capaces de conocer y experimentar en nuestro interior?
CAMPBELL: Sí.
MOYERS: Has cambiado la definición del mito, de
ser la búsqueda del sentido pasa a ser la experiencia
del sentido.
CAMPBELL: La experiencia de la vida. Del sentido
se ocupa la mente. ¿Cuál es el sentido de una flor? Hay
una historia Zen sobre un sermón de Buda que consistió simplemente en coger una flor. Hubo un solo hombre que con los ojos le hizo un signo de que entendía lo
que había dicho. Ahora bien, el mismo Buda se llama
«el que viene». No hay sentido. ¿Cuál es el sentido del
universo? ¿Cuál es el sentido de una pulga? Es algo
que está ahí, nada más. Eso es todo. Y tu propio
sentido es que estás ahí. Estamos tan ocupados en
hacer cosas para lograr fines con valores externos que
20

El poder del mito
olvidamos que el valor interior, el éxtasis que se asocia
con la vida, es lo único que importa.
MOYERS: ¿Cómo llegar a esa experiencia?
CAMPBELL: Leyendo mitos. Te enseñarán que puedes volverte hacia dentro, y empezarás a recibir el
mensaje de los símbolos. Lee mitos de otros pueblos,
no los de tu propia religión, porque tu propia religión
tiendes a interpretarla desde el punto de vista de los
hechos; pero si lees los otros, empiezas a captar el
mensaje. El mito te ayuda a poner tu mente en contacto con esta experiencia de estar vivo. Te dice qué es la
experiencia. El matrimonio, por ejemplo. ¿Qué es el
matrimonio? El mito te dice qué es. Es la reunión de la
diada separada. Originalmente eras uno. Ahora eres
dos en el mundo, pero el reconocimiento de la identidad espiritual es lo que es el matrimonio. Es muy dife-'
rente de un amorío. No tiene nada que ver con eso. Es
otro plano mitológico de la experiencia. Cuando la gente se casa pensando que inician un prolongado idilio,
se divorciarán muy pronto, porque todos los idilios terminan en la desilusión. El matrimonio en cambio es el
reconocimiento de una identidiad espiritual. Si vivimos una vida adecuada, si nuestras mentes están sintonizadas con las cualidades adecuadas cuando miramos al otro sexo, encontraremos nuestra contrapartida
masculina o femenina adecuada. Pero si nos distraen
los intereses sensuales, nos casaremos con la persona
que no nos conviene. Al casarnos con la que sí nos conviene reconstruimos la imagen del Dios encarnado, y
eso es el matrimonio.
MOYERS: ¿La persona adecuada? ¿Cómo elegir a la
persona adecuada?
CAMPBELL: El corazón te lo dirá. Debería decírtelo.
MOYERS: El ser interior.
CAMPBELL: Ahí está el misterio.
MOYERS: Reconoces a tu otro yo.
CAMPBELL: Bueno, no sé, pero hay un relámpago
que atraviesa el espacio, y algo en ti sabe que ésa es la
persona.
21

Introducción
MOYERS-. Si el matrimonio es la reunión del yo con
el yo, con la otra parte masculina o femenina de
nosotros, ¿por qué se ha convertido en algo tan frágil
en la sociedad moderna?
CAMPBELL: Porque no es considerado como un matrimonio. Yo diría que si el matrimonio no constituye
una prioridad absoluta en tu vida, es que no estás realmente casado. El matrimonio significa los dos en uno,
los dos que son una carne. Si el matrimonio dura lo suficiente, y si tú te riges constantemente por él en lugar
de hacerlo por tu capricho individual, entonces llegas a
confirmar que es cierto: los dos encarnan realmente
uno.
MOYERS: Uno, no sólo biológicamente sino espiritualmente.
CAMPBELL: En primer lugar espiritualmente. Lo
biológico es la distracción que puede llevarte a una
identificación errónea.
MOYERS:
Entonces la función social del
matrimonio, la reproducción de la especie, no es la
primordial.
CAMPBELL: No, eso en realidad es sólo el aspecto
primario del matrimonio. En el matrimonio hay dos
estadios completamente diferentes. Primero está el
matrimonio joven que sigue el impulso maravilloso
que les ha dado la naturaleza para producir hijos mediante la interacción biológica de los sexos. Pero llega
un momento en que los hijos se independizan de la familia y la pareja queda sola. Me asombra ver la cantidad de amigos míos que a sus cuarenta o cincuenta
años se separan. Han tenido una vida matrimonial
muy buena mientras estaban los hijos, pero interpretaron su unión como una relación mediada por los hijos. No la interpretaron centrándose en su propia relación personal.
El matrimonio es una relación. Cuando te
sacrificas en aras del matrimonio, te estás sacrificando
no a tu cónyuge sino a la unidad existente en una
relación. La imagen china del Tao, con su interacción

22

El poder del mito
de luz y sombra, ésa es la relación del yang y el yin, lo
masculino y lo femenino, y de eso trata el matrimonio.
Y en eso te has transformado cuando te casas. Ya no
eres esta persona sola; tu identidad se halla inscrita
en una relación. El matrimonio no es un simple
amorío, es una or- dalía, y la ordalía es el sacrificio del
ego a una relación en que los dos se han vuelto uno.
MOYERS: De modo que el matrimonio es totalmente
incompatible con la idea de desarrollar una vida
individual.
CAMPBELL: No se trata sencillamente de llevar una
vida individual, sabes. En cierto sentido sí, pero es que la

vida ya no es individual de uno solo, sino de los dos
juntos como uno. Y ésa es una imagen puramente
mitológica que significa el sacrificio de la entidad
visible para lograr un bien trascendente. Es algo que
se realiza hermosamente en el segundo estadio del
matrimonio, en lo que yo llamo el estadio alquímico, de
los dos experimentando ser uno. Si siguen viviendo
como en el estadio primario del matrimonio, se
separarán cuando sus hijos se vayan del hogar. Papá
se enamorará de alguna adolescente y correrá tras
ella, y mamá se quedará con la casa y el corazón
vacíos, y tendrá que arreglárselas sola, a su modo.
MOYERS: Eso porque no comprendemos los dos niveles del matrimonio.
CAMPBELL: Porque no se adquiere un compromiso.
MOYERS: Pero decimos hacerlo... Nos comprometemos para lo mejor y lo peor.
CAMPBELL: Esos son remanentes de un ritual.
MOYERS: Y el ritual ha perdido su fuerza. El ritual
que en una época transmitía una realidad interior,
ahora es sólo forma. Y eso es cierto tanto para los
rituales de la sociedad como para los rituales
personales del matrimonio y la religión.
CAMPBELL: ¿Cuánta gente, antes del matrimonio,
recibe adiestramiento espiritual sobre el significado
del mismo? Cualquiera puede ir a la oficina de un juez,
y en diez minutos ya está casado. La ceremonia matri23

Introducción
monial en la India dura tres días. Esa pareja queda
pegada.
MOYERS: Estás diciendo que el matrimonio no es sólo una disposición social, sino también un ejercicio
espiritual.
CAMPBELL: Primordialmente es un ejercicio espiritual, y se supone que la sociedad nos ayuda a comprenderlo. El hombre no debería estar al servicio de la sociedad, sino la sociedad al servicio del hombre. Cuando
el hombre se pone al servicio de la sociedad, tienes un
Estado monstruo, y eso es lo que está amenazando al
mundo hoy.
MOYERS: ¿Qué sucede cuando una sociedad ya no
se adhiere a una mitología poderosa?
CAMPBELL: Sucede lo que hoy tenemos en las manos. Si quieres saber qué significa tener una sociedad
sin rituales, lee el New York Times.
MOYERS: ¿Y qué encuentras?
CAMPBELL: Las noticias del día, incluyendo actos
destructivos y violentos por parte de jóvenes que no
saben cómo comportarse en una sociedad civilizada.
MOYERS: La sociedad no les ha proporcionado
rituales mediante los cuales ser miembros de la tribu,
de la comunidad. Todos los niños necesitan nacer dos
veces, aprender a funcionar racionalmente en el
mundo, dejando la infancia atrás. Pienso en ese pasaje
del primer libro de los Corintios: «Cuando yo era niño,
hablaba como niño, comprendía como niño, pensaba
como niño, pero cuando me volví un hombre dejé a un
lado las cosas infantiles».
CAMPBELL: Así es, exactamente. Ésa es la función
de los ritos de pubertad. En las sociedades primitivas
se arrancan dientes, se practican escarificaciones, circuncisiones, se hacen toda clase de cosas. Lo que importa es despojarse del cuerpo de niño pequeño,
volverse otra persona.
Cuando yo era pequeño usábamos pantalones cortos, sabes. Y después venía el gran momento en que te
ponías los pantalones largos. Hoy los chicos ya no tie24

El poder del mito
nen eso. Veo a niños de cinco años con pantalones largos. ¿Cuándo sabrán que ya son hombres y que deben
dejar atrás las cosas infantiles?
MOYERS: ¿De dónde sacan sus mitos hoy en día los
chicos que crecen en una ciudad, en la calle Ciento
veinticinco esquina con Broadway, por ejemplo?
CAMPBELL: Los fabrican ellos mismos. Es por eso
que hay pintadas cubriendo toda la ciudad. Esos chicos
tienen sus propias bandas, sus propias iniciaciones y
su propia moralidad, y lo hacen lo mejor que pueden.
Pero son peligrosos porque sus leyes no son las de la
ciudad. No han sido iniciados en nuestra sociedad.
MOYERS: Rollo May dice que la violencia de la
sociedad norteamericana actual se debe a la
desaparición de grandes mitos que ayuden a los
jóvenes de ambos sexos a relacionarse con el mundo o a
comprenderlo más allá de lo que puede verse.
CAMPBELL: Sí, pero otra razón para nuestro alto nivel de violencia es que los Estados Unidos es un país
sin un carácter nacional.
MOYERS: Explícate.
CAMPBELL: En el fútbol americano, por ejemplo, las
reglas son muy estrictas y complejas. Pero si vas a
Inglaterra, verás que las reglas del rugby no son tan
rígidas. Cuando yo era estudiante, en los años veinte,
había un par de jóvenes que formaban una fantástica
pareja de delanteros. Fueron a terminar sus estudios a
Oxford y se unieron al equipo de rugby, y un día
introdujeron el pase adelantado. Y los jugadores
ingleses les dijeron: «Bueno, nosotros no tenemos una
norma para eso, así que por favor no lo hagan.
Nosotros no jugamos así».
En una cultura que ha sido homogénea durante
cierto tiempo, hay una cantidad de reglas
sobreentendidas, no escritas, de acuerdo con las cuales
vive la gente. Ahí hay un carácter nacional, hay una
modalidad, un acuerdo de «no hacerlo así».
MOYERS: Una mitología.
CAMPBELL: Una mitología tácita, podría decirse.
25

Introducción
Así es como manejamos el cuchillo y el tenedor, así es
como nos entendemos con la gente, y todo lo demás. No
todo está escrito en libros. Pero en los Estados Unidos
tenemos gente procedente de todas partes, viviendo
todos juntos, y en consecuencia la ley se ha vuelto muy
importante en este país. Los abogados y las leyes son
los que nos mantienen unidos. No hay un carácter
nacional. ¿Comprendes a qué me refiero?
MOYERS: Sí. Es lo que describió Tocqueville cuando
llegó aquí hace ciento sesenta años y descubrió «un tumulto anárquico».
CAMPBELL: Lo que tenemos hoy es un mundo desmitologizado. De ahí que los estudiantes tengan tanto
interés en la mitología, porque los mitos les dan mensajes. Ahora bien, no puedo decirte qué mensajes les
está aportando a los jóvenes de hoy el estudio de la mitología. Sé lo que a mí me dio. Pero algo está haciendo
por ellos. Cuando doy una conferencia en cualquier
universidad, la sala está repleta de estudiantes que
han ido a oír lo que tengo que decir. Suelen asignarme
un aula que resulta pequeña, porque los organizadores
no sospechaban cuánto entusiasmo despertaría el tema
entre los estudiantes.
MOYERS: Conjetura. ¿Qué crees que les aporta la
mitología, las historias que escuchan de tu boca?
CAMPBELL. Son historias sobre la sabiduría de la
vida, y lo son de verdad. Lo que aprendemos en
nuestras escuelas no es la sabiduría de la vida.
Aprendemos tecnologías, recibimos información. Entre
el profesorado existe hoy una inquietante negativa a
enseñar a los alumnos los valores de la vida
relacionados con las asignaturas. En nuestras ciencias
de hoy (y esto incluye a la antropología, la lingüística,
el estudio de las religiones, etc.) hay una tendencia a
la especialización. Y cuando ves todo lo que tiene que
saber un especialista para ser un buen especialista,
puedes entender esta tendencia. Para estudiar
budismo, por ejemplo, tienes que acceder no sólo a
todas las lenguas europeas en las que se ha expuesto
26

El poder del mito
la materia oriental, particularmente francés, alemán,
inglés e italiano, sino también sánscrito, chino, japonés, tibetano y varias más. Solamente eso ya es una
tarea tremenda. Un especialista así no puede empezar
a interrogarse además sobre las diferencias entre el
iro- qués y el algonquino.
La especialización tiende a limitar el campo de
problemas de los que se ocupa el especialista. Sin
embargo, la persona que no es un especialista, sino un
gene- ralista como yo, se ocupa de una cosa que ha
aprendido de un especialista, de otra cosa que ha
aprendido de otro especialista, y ninguno de los dos ha
considerado el problema de por qué esto ocurre aquí y
también allí. Así es como el generalista (y entre
académicos éste es un término peyorativo) pasa a un
espectro de problemas distintos que son más humanos,
podría decirse que específicamente culturales.
MOYERS: Y después viene el periodista que tiene licencia para explicar cosas que no entiende.
CAMPBELL: No es sólo una licencia sino una carga;
el periodista tiene la obligación de educarse a sí mismo
en público. Recuerdo haber asistido a las clases de
Heinrich Zimmer cuando era joven. Él fue el primero,
que yo sepa, que habló de los mitos como vehículos de
mensajes válidos para la vida, no sólo como asuntos interesantes para estudiosos. Y eso me confirmó un presentimiento que yo tenía desde mi infancia.
MOYERS: ¿Recuerdas la primera vez que descubriste el mito? ¿La primera vez que una historia tomó vida
en ti?
CAMPBELL: Fui educado en la religión católica. Una
de las grandes ventajas de una formación católica es
que te enseñan a tomar en serio el mito y a dejarlo operar en tu vida y a vivir en función de estos temas míticos. Fui educado siguiendo una relación estacional con
el ciclo de la venida al mundo de Cristo, sus enseñanzas, su muerte, su resurrección y su regreso al cielo.
Las respectivas ceremonias a lo largo del año te mantienen en contacto con el centro eterno de todo lo que
27

Introducción
cambia en el tiempo. El pecado es simplemente perder
contacto con esa armonía.
Y después me enamoré de los indios norteamericanos, porque Buffalo Bill venía todos los años al
Madison Square Garden con su maravilloso «Show del
Salvaje Oeste». Y quise saber más sobre los indios. Mis
padres me compraron todos los libros que encontraron
sobre indios americanos. Fue así como empecé a leer
los mitos de los indios americanos, y no pasó mucho
tiempo hasta que empecé a encontrar los mismos
temas en las historias que me hacían leer las monjas
en la escuela.
MOYERS: La creación...
CAMPBELL: ...la creación, la muerte y la resurrección, el
ascenso a los cielos, el alumbramiento de una madre

virgen... No sabía bien de qué se trataba, pero
reconocía el vocabulario. Uno tras otro.
MOYERS: ¿Y qué sucedió?
CAMPBELL: Me entusiasmé. Fue el comienzo de mi
interés por la mitología comparada.
MOYERS: ¿Empezaste a preguntarte: por qué aquí
lo dice de este modo, y en la Biblia lo dice de forma
diferente?
CAMPBELL: No, no empecé el análisis comparativo
hasta muchos años después.
MOYERS: ¿Qué te atraía de las historias de los indios?
CAMPBELL: En aquellos días la tradición indígena
todavía se mantenía en el ambiente. Los indios continuaban siendo una realidad. Incluso ahora, cuando
trabajo con mitos procedentes de todo el mundo, encuentro que los cuentos y narraciones de los indios
norteamericanos son muy ricos, están muy bien desarrollados.
Y además mis padres tenían una casa en los bosques donde habían vivido los indios Delaware, quienes
fueron atacados por los iroqueses. Había una colina
donde podíamos cavar en busca de puntas de flechas y
cosas así. Y los mismos animales que juegan un papel
tan importante en las historias indias estaban por en28

El poder del mito
tonces en el bosque, a mi alrededor. Fue una gran introducción a la materia.
MOYERS: ¿Todas estas historias chocaron con tu fe
católica?
CAMPBELL: No, no hubo choque. El choque con mi
religión vino mucho después, provocado por estudios
científicos y cosas de ese tipo. Más tarde me interesé
por el hinduísmo, y volví a encontrar las mismas historias. Así que no puedes decirme que no son las mismas
historias. He vivido con ellas toda mi vida.
MOYERS: Proceden de todas las culturas, pero con
temas intemporales.
CAMPBELL: Los temas son intemporales, pero la inflexión es de la cultura.
MOYERS: ¿Pueden las historias tomar el mismo tema
universal pero aplicarlo de un modo ligeramente
distinto, según el acento del pueblo que esté hablando?
CAMPBELL: Oh, sí. Si uno no está atento a los paralelismos, podría pensar quizás que se trata de historias
completamente diferentes, pero no lo son.
MOYERS: Tú enseñaste mitología durante treinta y
ocho años en la Universidad Sarah Lawrence. ¿Cómo
lograbas que esas jóvenes, todas provenientes de
hogares de clase media y de religiones establecidas, se
interesaran por los mitos?
CAMPBELL: Los jóvenes tienen un interés natural en
todo esto. La mitología te enseña qué hay detrás de la
literatura y el arte, te enseña sobre tu propia vida. Es
un tema vasto, muy estimulante, enriquecedor. La
mitología tiene mucho que decir sobre los estadios de la
vida, las ceremonias de iniciación cuando uno pasa de
la infancia a las responsabilidades adultas, de soltero a
casado. Todos esos rituales son ritos mitológicos.
Tienen que ver con tu reconocimiento del nuevo papel
que asumes, el proceso de desembarazarse de la vieja
personalidad y adoptar la nueva, o acceder a una profesión con responsabilidades.
Cuando un juez entra en la sala del tribunal y todos
se ponen de pie, no están reverenciando al hombre sino
29

Introducción
a la toga que está usando y al papel que representa. Lo
que lo hace digno de ese papel es su integridad, como
representante de los principios de ese papel, y no un
conjunto de prejuicios personales. De modo que cuando
te pones de pie en un tribunal de justicia, lo haces ante
un personaje mitológico. Supongo que algunos reyes y
reinas son las personas más estúpidas, absurdas y banales que nadie pueda imaginarse, probablemente
interesados nada más que en caballos y mujeres, ya
sabes. Pero el súbdito no responde a ellos como
personalidades sino como encarnaciones de un papel
mitológico. Cuando alguien adopta el papel de juez, o
presidente de los Estados Unidos, el hombre ya no es
ese hombre, es el representante de una función eterna;
tiene que sacrificar sus deseos personales e incluso sus
posibilidades vitales a la función que está
representando.
MOYERS: Así que en nuestra sociedad hay rituales
mitológicos en vigor. Uno es la ceremonia del matrimonio. La ceremonia de juramento de un presidente o un
juez es otra. ¿Qué otros rituales tienen importancia en
la sociedad actual?
CAMPBELL: Ingresar en el ejército, ponerse un uniforme, es otro. Tú abandonas tu vida personal y aceptas un modo de vida socialmente determinado al servicio de la sociedad de la que formas parte. Por ello
encuentro obsceno que se juzgue a la gente con códigos
civiles por lo que hicieron en tiempos de guerra. Allí
actuaron no como individuos sino como agentes de algo
que estaba por encima de ellos y a lo que se habían entregado por dedicación. Juzgarlos como si fueran seres
humanos individuales es totalmente incorrecto.
MOYERS: Hemos visto lo que sucede cuando las sociedades primitivas son desplazadas por la civilización
del hombre blanco. Se caen en pedazos, se
desintegran. ¿No nos ha estado pasando lo mismo
desde que nuestros mitos comenzaron a desaparecer?
CAMPBELL: Exactamente, eso es lo que ha pasado.
MOYERS: ¿Por eso las religiones conservadoras re30

El poder del mito
claman hoy una recuperación de la antigua tradición
religiosa?
CAMPBELL: Sí, y están cometiendo un terrible
error. Están volviendo a algo que es arqueológico, que
ya no sirve a los fines de la vida.
MOYERS: Pero ¿no nos ha servido a nosotros?
CAMPBELL: Claro que sí.
MOYERS: Comprendo esa nostalgia. En mi juventud yo tenía estrellas fijas. Me confortaban con su
permanencia. Me daban un horizonte conocido. Y me
decían que había un padre amante, bueno y justo allá
arriba mirándome, dispuesto a recibirme, pensando en
mí todo el tiempo. Ahora, Saúl Bellow dice que la
ciencia ha barrido todas las creencias. Pero para mí
esas cosas tenían valor, Hoy soy lo que soy gracias a
esas creencias. Me pregunto qué pasará con chicos que
no tienen esas estrellas fijas, ese horizonte predecible, esos mitos.
CAMPBELL: Bueno, como ya he dicho, basta leer el
periódico. Es un desastre. En determinado nivel de vida y estructura, los mitos ofrecen modelos de
comportamiento. Pero los modelos tienen que ser
adecuados al tiempo en que se está viviendo, y nuestro
tiempo ha cambiado tan deprisa que lo que era
adecuado cincuenta años atrás hoy ya no lo es. Las
virtudes del pasado son los vicios del presente. Y
mucho de lo que se creía que eran los vicios del pasado
son las necesidades de hoy. El orden moral tiene que
ponerse a tono con las necesidades morales de la vida
real en el tiempo, aquí y ahora. Y eso es lo que no
estamos haciendo. Nuestras religiones pertenecen a
otra edad, a otra gente, a otro conjunto de valores
humanos, a otro universo. Retrocediendo no hacemos
otra cosa que perder el ritmo de la historia. Nuestros
hijos pierden su fe en las religiones que se les han
enseñado, y pasan a un mundo propio.
MOYERS: A veces con la ayuda de una droga.
CAMPBELL: Sí. Ahí tienes una experiencia mística
inducida mecánicamente. He asistido a muchos congre31

Introducción
sos de psicología que se han ocupado de este problema
tan importante de la diferencia entTe la experiencia
mística y el derrumbe psicológico. La diferencia es que
el que se derrumba se está ahogando en el agua en la
que el místico nada. Es preciso prepararse para esta
experiencia.
MOYERS: Tú has hablado de la cultura del peyote,
que emerge y se convierte en dominante entre los indios americanos, como una consecuencia de la pérdida
del búfalo y de su antiguo modo de vida.
CAMPBELL: Sí. La nuestra es una de las peores historias que tenga cualquier nación civilizada sobre su
relación con los pueblos nativos. Son no personas. Ni
siquiera se los reconoce en las estadísticas del censo
votante de los Estados Unidos. Poco después de la Revolución Norteamericana hubo un momento en que
cierto número de indios distinguidos participaron realmente en el gobierno y la vida norteamericanos. George Washington dijo que los indios debían ser incorporados a nuestra cultura. Pero, en vez de eso, se los
convirtió en reliquias del pasado. En el siglo pasado,
todos los indios del sudeste fueron encerrados en vagones y transportados bajo vigilancia militar a lo que entonces se llamaba Territorio Indio, que fue entregado a
perpetuidad a los indios como su tierra inviolable, hasta que un par de años después les fue arrebatada.
Recientemente algunos antropólogos han estudiado a un grupo de indios en el noroeste de México que
viven a poca distancia de un área importante de crecimiento natural del peyote. El peyote es su animal: es
decir, lo asocian con el venado. Y tienen la especial misión de ir a recoger el peyote y traerlo.
Estas misiones son viajes místicos con todos los detalles del típico viaje místico. Primero, está el desprenderse de la vida secular. Quien desee participar en
este viaje tiene que hacer una confesión completa de
sus faltas en su vida reciente. Si no lo hace, la magia
no surtirá efecto. Luego inician la experiencia. Incluso
hablan un lenguaje especial, un lenguaje negativo. En
32

El poder del mito
lugar de decir «sí», por ejemplo, dicen «no», o en lugar
de decir «vamos» dicen «venimos». Están en otro
mundo.
Después llegan al umbral de la aventura. Hay
altares especiales que representan estadios de
transformación mental en el camino. Y después viene
el gran momento de coger el peyote. Lo matan como si
fuera un venado. Se acercan con sigilo, le arrojan una
pequeña flecha, y luego realizan el ritual de recolectar
el peyote.
Todo el ritual reproduce a la perfección el tipo de
experiencia que se asocia con el viaje interior, cuando
se abandona el mundo externo para entrar en el reino
de los seres espirituales. Identifican cada pequeño
estadio con una transformación espiritual. Transitan
un camino que es una vía sagrada.
MOYERS: ¿Por qué lo hacen de un modo tan complicado?
CAMPBELL: Bueno, tiene que ver con el hecho de
que el peyote no solamente produce un efecto biológico,
mecánico, químico, sino un efecto de transformación
espiritual. Si uno sufre una transformación espiritual
y no se ha preparado para esa experiencia, no sabe
cómo evaluar lo que le ha pasado, y tiene la terrible
experiencia de un «mal viaje», como se lo llamaba con
el LSD. Si sabes adonde vas, no tendrás un «mal
viaje».
MOYERS: Esa es la explicación de que se produzca
una crisis psicológica si uno se hunde en el agua
donde...
CAMPBELL: ...donde debería poder nadar, si lo
hubieran preparado. Es cierto para la vida espiritual,
al menos. La transformación de la conciencia es una
experiencia aterradora.
MOYERS: Hablas mucho de la conciencia.
CAMPBELL: Sí.
MOYERS: ¿Cómo la definirías?
CAMPBELL: Es característico del pensamiento cartesiano el considerar la conciencia como algo específico
33

Introducción
de la cabeza, creer que la cabeza es el órgano donde se
origina la conciencia. No es así. La cabeza es el órgano
que tuerce la conciencia en cierta dirección, o con
vistas a cierto conjunto de propósitos. Pero hay
conciencia aquí, en el cuerpo. Todo el mundo viviente
está informado por la conciencia.
Yo siento que la conciencia y la energía son lo mismo, de algún modo. Dondequiera que veas una auténtica energía vital, allí hay conciencia. Por cierto, el
mundo vegetal es consciente. Y cuando vives en los
bosques, como lo hice yo de niño, puedes ver a todas
estas diferentes conciencias relacionándose. Hay una
conciencia vegetal y hay una conciencia animal, y nosotros aunamos ambas. Si comes determinada comida,
la bilis sabe si hay alguna sustancia en ella por la que
tenga que salir a trabajar. Todo el proceso es conciencia. Tratar de interpretarlo en términos simplemente
mecánicos no sirve.
MOYERS: ¿Cómo transformamos nuestra conciencia?
CAMPBELL: Eso depende de lo que estés dispuesto a
pensar sobre el asunto. Y para eso está la meditación.
Toda la vida es una meditación, la mayor parte no intencional. Mucha gente pasa la mayor parte de su vida
meditando sobre cómo ganar dinero y cómo gastarlo.
Si tienes una familia que mantener, piensas en tu
familia. Son preocupaciones muy importantes, pero
tienen que ver con condiciones físicas en su mayor
parte. Pero ¿cómo podrás comunicar la conciencia
espiritual a los niños si no la tienes tú mismo? ¿Cómo
la consigues? Los mitos están ahí para llevarnos a un
nivel de conciencia que es espiritual.
Pongamos un ejemplo: estoy en la esquina de la calle Cincuenta y uno con la Quinta Avenida y entro en
la catedral de San Patricio. Dejo atrás esa ciudad tan
activa, gobernada como pocas por la economía. Entro
en la catedral, y todo a mi alrededor habla de
misterios espirituales. El misterio de la cruz, ¿qué es
todo eso? Los vitrales, que crean una atmósfera
distinta. Mi conciencia ha sido transportada a otro
34

El poder del mito
nivel, y me encuentro en una plataforma diferente. Y
entonces salgo, y de nuevo estoy en la calle. Ahora
bien, ¿puedo retener algo de la conciencia de la
catedral? Ciertas plegarias o meditaciones están
pensadas para retener la conciencia en ese nivel en
lugar de dejar que se pierda por completo. Y después,
lo que finalmente puedes hacer es reconocer que éste
no es más que un nivel inferior de esa conciencia más
alta. El misterio allí expresado está operando en el
campo de tu dinero, por ejemplo. Todo el dinero es
energía congelada. Creo que ésta es la clave de cómo
transformas tu conciencia.
MOYERS: ¿No piensas a veces, cuando estudias
estas historias, que te estás ahogando en sueños
ajenos?
CAMPBELL: No escucho sueños ajenos.
MOYERS: Pero todos esos mitos son sueños ajenos.
CAMPBELL: Oh, no, no lo son. Son los sueños del
mundo. Son sueños arquetípicos que tratan de los
grandes problemas humanos. Sé cuando alcanzo uno
de esos umbrales. El mito me dice cómo responder a
ciertas crisis de desilusión o placer o fracaso o éxito. El
mito me dice dónde estoy.
MOYERS: ¿Qué pasa cuando la gente se convierte en
leyenda? ¿Puedes decir, por ejemplo, que John Wayne
es un mito?
CAMPBELL: Cuando una persona encarna un
modelo para vidas ajenas, ha entrado en la vía de la
mitologi- zación.
MOYERS: Esto sucede frecuentemente con actores
de cine, que es donde buscamos muchos de nuestros
modelos.
CAMPBELL: Recuerdo que cuando yo era pequeño,
Douglas Fairbanks era mi héroe. Adolphe Menjou lo
era para mi hermano. Por supuesto, esos actores representaban papeles de figuras míticas. Nos educaban para la vida.
MOYERS: Para mí, en el cine, no hay figura tan conmovedora como Shane. ¿Conoces la película Shane?
35

Introducción
CAMPBELL: No, no la he visto.
MOYERS: Es la historia, ya clásica,

del forastero que
viene de lejos, hace el bien a la gente y se va, sin esperar recompensa. ¿Por qué será que esa película nos
afecta tanto?
CAMPBELL: Hay algo mágico en las películas. El actor al que estás viendo está también en otro lugar al
mismo tiempo. Esa es la condición del dios. Si un actor
de cine entra en un lugar público, todos se vuelven para mirarlo. Es el héroe del momento. Ocupa otro plano.
Es una presencia múltiple.
Lo que estás viendo en la pantalla no es él en realidad, y sin embargo «él» aparece. A través de múltiples
formas, la forma de las formas de la que sale todo está
aquí.
MOYERS: El cine parece crear estas grandes
figuras, mientras que la televisión sólo crea
celebridades; no modelos, sino objetos para el
chismorreo.
CAMPBELL: Quizás sea porque a las personalidades
de la televisión las vemos en nuestra casa y no en un
templo especial, como es la sala de cine.
MOYERS: Ayer vi una foto de la más reciente figura
de Hollywood, Rambo, el veterano de Vietnam que regresa para rescatar prisioneros de guerra, y los lleva
de vuelta tras una orgía de muerte y destrucción.
Tengo entendido que es la película más taquillera en
Beirut. En la fotografía vi el nuevo muñeco Rambo,
que ha sido creado por una compañía que fabrica
delicadas muñe- quitas. En la publicidad se ve, al
fondo, una dulce y encantadora muñequita, y en
primer plano a Rambo, la fuerza bruta.
CAMPBELL: Son dos figuras míticas. La imagen que
me viene a la mente es la Minotauromaguia de
Picasso, un grabado que muestra un gran toro
monstruoso acercándose. El filósofo está subido a una
escalera, aterrorizado por escapar. En la arena hay un
caballo muerto, y sobre el caballo sacrificado yace el
torero, que es una mujer, también muerta. La única
36

El poder del mito
criatura que se enfrenta al monstruo es una niñita con
una flor. Y son las dos figuras de las que acabas de
hablar: la inocencia infantil y la amenaza terrible. Ahí
puedes ver los problemas del presente.
MOYERS: El poeta Yeats pensaba que vivíamos el
final de un gran ciclo cristiano. Su poema «La Segunda
Venida» dice: «Girando y girando en el torbellino que
crece, / el halcón no puede oír al halconero; / las cosas
se derrumban; el centro no resiste; / la anarquía pura
se desencadena en el mundo, / la marea de sangre
sube, y en todas partes / la ceremonia de la inocencia
es anegada». ¿Qué ves tú en el futuro?
CAMPBELL: No sé qué vendrá, como tampoco lo sabía Yeats, pero cuando se llega al fin de una época y al
comienzo de una nueva, un periodo de tremendo dolor
y turbulencia nos sacude. La amenaza que sentimos,
que sienten todos... bueno, es esa idea del Armagedón
inminente, ya sabes.
MOYERS: «Me he convertido en la Muerte, la Destructora de mundos», dijo Oppenheimer cuando vio explotar la primera bomba atómica. Pero tú no piensas
que ése será nuestro fin, ¿no?
CAMPBELL: No será el fin. Quizá sea el fin de la vida
en este planeta, pero eso no es el fin del universo. Es
apenas una explosión menor en comparación con todas
las explosiones que están sucediendo en todos los soles
del universo. El universo es un racimo de calderas atómicas explotando, como nuestro sol. Así que lo nuestro
es una pequeña imitación del gran trabajo.
MOYERS: ¿Puedes imaginarte otras criaturas en algún otro lugar, ocupando sus días fugaces con la clase
de sentido que crean nuestros mitos y grandes historias?
CAMPBELL: No. Cuando comprendes que si la
temperatura sube cincuenta grados y permanece ahí,
no existirá vida en la Tierra, y que si cae, digamos,
cien grados, y se mantiene, no habrá vida en todo el
planeta; cuando comprendes cuán delicado es este
equilibrio, qué importante resulta la cantidad de
37

Introducción
agua... bueno, cuando piensas en todos los accidentes
del medio que produjeron la vida, ¿cómo puedes pensar
que la vida que conocemos pueda existir en cualquier
otra partícula del universo, por muchos satélites de
estrellas que pueda haber?
MOYERS: Esta vida frágil siempre se ve amenazada
por su posible extinción. ¿Y la imagen de la dulce muñequita yuxtapuesta al violento Rambo no contradice
lo que sabemos de la vida gracias a la mitología?
CAMPBELL: No.
MOYERS: ¿Descubres alguna nueva metáfora que
surja en un medio moderno para referirse a las viejas
verdades universales?
CAMPBELL: Veo la posibilidad de nuevas metáforas,
pero no veo que se hayan hecho mitológicas todavía.
MOYERS: ¿Cuáles crees que serán los mitos que incorpore la máquina en el nuevo mundo?
CAMPBELL: Bueno, los automóviles ya han entrado
en la mitología. Forman parte de los sueños. Y los aeroplanos están en gran medida al servicio de la imaginación. El vuelo del avión, por ejemplo, equivale en lo
imaginario a una liberación de la superficie terrestre.
En cierto modo, representan lo mismo que simbolizan
los pájaros. El pájaro simboliza la liberación del espíritu de sus vínculos a la tierra, así como la serpiente
simboliza el vínculo con la misma. Ahora es el avión el
que cumple esa función.
MOYERS: ¿Algún otro?
CAMPBELL: Las armas, por supuesto. Todas las
películas que he visto en el avión viajando entre
California y Hawai muestran personajes con
revólveres. Es el Señor de la Muerte, cargado de
armas. Instrumentos diferentes toman el papel de los
viejos que ya no sirven. Pero no veo más que eso.
MOYERS: De modo que los nuevos mitos servirán a
las viejas historias. Cuando vi La guerra de las galaxias recordé la frase del apóstol san Pablo: «Lucho contra príncipes y poderosos». Eso ocurrió hace dos mil
años. Y en las cavernas de los primeros cazadores de la
38

El poder del mito
Edad de Piedra ya hay escenas de luchas contra príncipes y poderosos. Y aquí en nuestros modernos mitos
tecnológicos, seguimos luchando.
CAMPBELL: El hombre no debería someterse a los
poderes externos, sino dominarlos. El problema es cómo hacerlo.
MOYERS: Mi hijo menor fue al cine a ver La guerra
de las galaxias una y otra vez. Cuando lo hacía por
duodécima o décimo tercera vez, le dije: «¿Por qué vas
tantas veces?». Me respondió: «Por el mismo motivo
que tú has releído el Viejo Testamento toda tu vida».
El estaba en un mundo nuevo de la mitología.
CAMPBELL: Es cierto que esa película proyecta una
perspectiva mitológica válida. Muestra al Estado como
una máquina y pregunta: «¿La máquina debe aplastar
a la Humanidad para servirla?». Lo humano no proviene de la máquina sino del corazón. Lo que descubro en
La guerra de las galaxias es el mismo problema que
nos plantea Fausto: Mefistófeles, el hombre máquina,
puede darnos todos los medios, y es probable que así
determine también los objetivos de la vida. Pero, por
supuesto, la característica más importante de Fausto,
aquello que lo hace candidato a la salvación, es que
busca objetivos que no son los de la máquina.
Ahora bien, cuando Luke Skywalker desenmascara
a su padre, está anulando el papel de máquina que ha
jugado el padre. El padre era el uniforme. Eso es el poder, el papel del Estado.
MOYERS: Las máquinas nos ayudan a consumar la
idea de un mundo hecho a nuestra imagen y semejanza, y queremos que sea lo que creemos que debería ser.
CAMPBELL: Sí. Pero llega un momento en que la
máquina empieza a dictar órdenes. Por ejemplo, yo me
compré esta maravillosa máquina, un ordenador. Yo
soy algo así como una autoridad en dioses, así que no
me dio trabajo identificar a la máquina: me pareció
una especie de dios del Viejo Testamento, con muchas
reglas y sin ningún género de piedad.
MOYERS: Hay una anécdota muy graciosa sobre el
39

Introducción
presidente Eisenhower y las primeras computadoras...
CAMPBELL: Eisenhower entra en una sala llena de
computadoras, y les hace una pregunta: «¿Existe
Dios?». Y todas las máquinas se echan a andar, las
ruedas giran, las luces se encienden, y al cabo de un
momento una voz dice: «Ahora sí».
MOYERS: Pero ¿no es posible adoptar ante la
computadora la misma actitud de aquel que dijo que
todas las cosas hablan de Dios? Si no se trata de una
revelación especial y privilegiada, Dios está en todas
partes, incluida la computadora.
CAMPBELL: Es cierto. Lo que sucede en esa pantalla
es un milagro. ¿Alguna vez has visto por dentro una de
esas cosas?
MOYERS: No, y no tengo intención de hacerlo.
CAMPBELL: No puedes dar crédito a tus ojos. Es
toda una jerarquía de ángeles, todo en tablillas. Y esos
tubi- tos... son milagrosos.
Gracias a mi ordenador tuve una revelación sobre
la mitología. Tú te compras un determinado programa,
y hay toda una serie de signos que te conducen a la
consecución de tu propósito. Si empiezas a mezclar signos provenientes de otro programa, ya no funcionará.
Con la mitología pasa algo similar. Si tienes una
mitología donde la metáfora para el misterio es el padre, tendrás un conjunto de signos diferente del que
tendrías si la metáfora para la sabiduría y el misterio
del mundo fuera la madre. Y son dos metáforas perfectamente buenas. Ninguna es un hecho! Son metáforas.
Es como si el universo fuera mi padre. Es como si el
universo fuera mi madre. Jesús dice: «Nadie llega al
padre sino por mi intercesión». El padre del que hablaba era el bíblico. Es posible que tú puedas llegar al padre sólo por el camino de Jesús. Por otra parte, supon
que vas por el camino de la madre. En ese caso puedes
preferir a Kali y los himnos a la diosa, y todo eso. Es
simplemente otro camino para llegar al misterio de tu
vida. Debes comprender que cada religión es una especie de programa de software con su propio conjunto de
40

El poder del mito
signos, y funcionará.
Si una persona está realmente comprometida con
una religión, y realmente construye su vida sobre ella,
será mejor que se limite al programa que ha elegido.
Pero un tipo como yo, al que le gusta experimentar con
el software... bueno, puedo enterarme de muchas
cosas, pero probablemente nunca tendré una
experiencia comparable a la de un santo.
MOYERS: Pero ¿acaso algunos de los más grandes
santos no han tomado todo el material que
necesitaban allí donde lo han encontrado? Han cogido
elementos de aquí y de allá, hasta construir un
programa nuevo.
CAMPBELL: Eso es lo que se llama el desarrollo de
una religión. Puedes verlo en la Biblia. En el comienzo, Dios era simplemente el dios más poderoso entre
muchos. Es sólo un dios tribal local. Y después, en el
siglo VI, cuando los judíos estaban en Babilonia, apareció la idea de un salvador del mundo, y la divinidad bíblica pasó a una nueva dimensión.
Se puede mantener viva una vieja tradición renovándola a partir de las circunstancias presentes.
En el periodo del Viejo Testamento, el mundo era
una pequeña tarta de tres pisos, consistente en
unos pocos cientos de kilómetros alrededor de los
centros poblados del Cercano Oriente. Nadie había
oído hablar de los aztecas, ni siquiera de los
chinos. Cuando el mundo cambia, entonces la
religión debe ser transformada.
MOYERS: Pero me parece que eso es, de hecho, lo
que estamos haciendo.
CAMPBELL: Es de hecho lo que nos convendría hacer. Pero mi idea del horror más temible es lo que
puedes ver hoy en Beirut. Allí tienes las tres grandes
religiones occidentales, el judaismo, el cristianismo y el
islamismo, y como las tres tienen nombres distintos
para el mismo dios bíblico, no pueden reunirse. Están
atascados en su metáfora y no comprenden cuál es la
41

Introducción
referencia. No han permitido que el círculo que los rodea se abra. Es un círculo cerrado. Cada grupo dice:
«Nosotros somos los elegidos, y tenemos a Dios de
nuestra parte».
Mira Irlanda. En el siglo XVII, Cromwell trasladó a
la isla un grupo de protestantes, que nunca llegó a ser
mayoría. Los católicos y protestantes representan dos
sistemas sociales totalmente diferentes, dos ideales
distintos.
MOYERS: Cada uno necesita un nuevo mito.
CAMPBELL: Cada uno necesita su propio mito, y sin
restricciones. Ama a tu enemigo. Ábrete. No juzgues.
Todas las cosas son Buda. Todo está en el mito. Ya está
ahí.
MOYERS: Tú has contado una historia sobre un nativo de la jungla que una vez le dijo a un misionero: «Tu
dios vive encerrado en una casa como si fuera viejo y
enfermo. El nuestro vive en la selva y en los campos y
en la montaña cuando cae la lluvia». Y creo que tenía
razón.
CAMPBELL: Sí. Es el problema que se presenta en el
Libro de los Reyes y en Samuel. Los reyes hebreos
efectuaban sus sacrificios en la cima de las montañas.
Y herían la vista de Yahvé. El culto de Yahvé fue un
movimiento específico en la comunidad hebrea, que finalmente se impuso. Se impuso un dios limitado al recinto de un templo frente a un culto a la naturaleza,
que se celebraba en todas partes.
Y este movimiento imperialista de un determinado
grupo cultural se prolonga en Occidente. Pero ahora se
ha abierto a la naturaleza de las cosas. Si puede abrirse, todas las posibilidades están ahí.
MOYERS: Por supuesto, nosotros, los hombres de
hoy, estamos vaciando el mundo de sus revelaciones
naturales, de la naturaleza misma. Pienso en esa
leyenda de los pigmeos sobre un niño que encuentra
un pájaro que canta primorosamente en la selva y se lo
lleva a su casa.
CAMPBELL: Le pide al padre que le traiga comida al
42

El poder del mito
pájaro, pero éste no quiere alimentar a un simple pájaro, así que lo mata. Y la leyenda dice que el hombre
mató al pájaro, y con el pájaro mató el canto, y con el
canto se mató a sí mismo. Cayó muerto,
completamente muerto, y quedó muerto para siempre.
MOYERS: ¿El tema de esa historia no es lo que sucede cuando los seres humanos destruyen su medio ambiente? ¿Cuando destruyen su mundo? ¿Cuando
destruyen la naturaleza y las revelaciones de la
naturaleza?
CAMPBELL: Además, destruyen su propia naturaleza. Matan el canto.
MOYERS: ¿Y la mitología no es la historia del canto?
CAMPBELL: La mitología es el canto. Es el canto de
la imaginación, inspirado por las energías del cuerpo.
Una vez un maestro zen se plantó ante sus discípulos,
a punto de pronunciar un sermón. Y en el momento en
que abría la boca, cantó un pájaro. Entonces dijo: «El
sermón ha sido pronunciado».
MOYERS: Yo iba a decir que estamos creando nuevos
mitos, pero tú dices que no, que todo mito actual tiene
su origen en nuestra experiencia anterior.
CAMPBELL: Los temas principales de los mitos permanecen inalterables, siempre han sido los mismos. Si
quieres hallar tu propia mitología, la clave es: ¿a qué
sociedad te unes? Toda mitología ha crecido en una sociedad determinada, en un territorio limitado. Después
chocan y se relacionan, y se amalgaman, y surge una
mitología más complicada.
Pero hoy no hay límites. La única mitología válida
hoy es la del planeta... pero no tenemos una mitología
así. Lo más cercano que conozco a una mitología planetaria es el budismo, que ve todas las cosas como budas.
El único problema es llegar a reconocerlo. No hay que
hacer nada. La tarea es sólo conocer lo que es, y después actuar en relación a la hermandad de todos esos
seres.
MOYERS: ¿Hermandad?
CAMPBELL: Sí. En la mayoría de los mitos que co43

Introducción
nozco, la hermandad está confinada a una comunidad
limitada. En las comunidades limitadas, la agresión es
proyectada afuera.
Por ejemplo, los diez mandamientos dicen: «No matarás». Pero en el capítulo siguiente dice: «Ve a Canaán
y mata a todos los que encuentres allí». Se trata de un
territorio limitado. Los mitos de participación y amor
se refieren sólo al grupo interno, mientras que el externo es un otro absoluto. Ese es el sentido de la palabra
«gentil»: una persona que no es del mismo orden.
MOYERS: Y si no usas mi traje, no eres de los míos.
CAMPBELL: Sí. Ahora bien, ¿qué es un mito? La definición que da el diccionario habla de historias sobre
dioses. De modo que tienes que hacer otra pregunta:
¿qué es un dios? Un dios es una personificación de una
fuerza motivadora o de un sistema de valores que funciona en la vida humana y en el universo: los poderes
de tu propio cuerpo y de la naturaleza. Los mitos son
metáforas de la potencialidad espiritual del ser humano, y los mismos poderes que animan nuestra vida animan la vida del mundo. Pero también hay mitos y dioses relacionados con unas sociedades específicas, o
deidades protectoras de vina sociedad. En otras palabras, hay dos órdenes de mitología totalmente distintos. Está la mitología que te vincula con tu naturaleza
y el mundo natural, del que eres parte. Y está la mitología que sólo es estrictamente sociológica, que te vincula a una determinada sociedad. Tú no eres simplemente un hombre natural, eres miembro de un grupo
particular. En la historia de la mitología europea, puedes ver la interacción de estos dos sistemas. Por lo general, el sistema orientado socialmente corresponde a
pueblos nómadas que se trasladan, y sirve para que
sus miembros sepan dónde está su centro, en ese
grupo. La mitología orientada hacia la naturaleza
corresponde más bien a pueblos cultivadores de la
tierra.
Ahora bien, la tradición bíblica es una mitología
orientada socialmente. En ella se condena a la natura44

El poder del mito
leza. En el siglo XIX, los estudiosos contemplaban la
mitología y sus ritos como intentos de controlar la naturaleza. Pero eso es la magia, no la mitología o la religión. Las religiones de la naturaleza no son tentativas
para controlarla, sino una ayuda para establecer un
acuerdo con ella. Pero cuando a la naturaleza se la ve
como algo malo, no te pones de acuerdo con ella: la dominas o tratas de dominarla, y de ahí viene la tensión,
la ansiedad, la destrucción de los bosques, la aniquilación de los pueblos indígenas. Acentuar este aspecto
nos separa de la naturaleza.
MOYERS: ¿Es por eso que dominamos o subyugamos
tan fácilmente a la naturaleza? ¿Porque la despreciamos, porque vemos en ella sólo algo que nos sirve?
CAMPBELL: Sí. Nunca olvidaré la experiencia que
tuve cuando estaba en el Japón, país que nunca oyó
hablar de la Caída o el Jardín del Edén. Uno de los
textos sintoístas dice que los procesos de la naturaleza
no pueden ser malos. El impulso natural no debe ser
corregido sino sublimado, perfeccionado. Hay un interés enorme por la belleza de la naturaleza, de modo
que en algunos de esos jardines no sabes dónde termina el arte y empieza la naturaleza. Fue una experiencia tremenda.
MOYERS: Sin embargo, Joe, hoy día Tokio refuta ese
ideal del modo más flagrante. Tokio es una ciudad
donde la naturaleza virtualmente ha desaparecido,
salvo la contenida en pequeños jardines que atesora
alguna gente.
CAMPBELL: Existe un dicho en el Japón que dice
así: «Muévete con las olas». Lo que en nuestra cultura
quiere decir: «Asimila los golpes». Hace apenas unos
ciento veinticinco años que Perry abrió el Japón. Y en
ese lapso han asimilado una carga terrorífica de
material mecánico. Pero lo que yo encontré en el Japón
fue que estaban sosteniendo sus peculiaridades contra
esto, y asimilando el mundo de la máquina. Cuando
entras en los edificios, allí reaparece nuevamente
Japón. Por fuera parece Nueva York.
45

Introducción
MOYERS: Es una idea interesante: que aunque la
ciudad crezca alrededor de ellos, en el alma, donde vive
la persona interna, siguen, como tú dices, en un acuerdo con la naturaleza.
CAMPBELL: Pero en la Biblia la eternidad se retira,
y la naturaleza es corrupta, la naturaleza ha caído. Según el pensamiento bíblico, vivimos exiliados.
MOYERS: Mientras estamos aquí sentados, charlando, se suceden las noticias sobre atentados en Beirut:
de los musulmanes a los cristianos, de los cristianos a
los musulmanes, y de los cristianos a los cristianos. Me
parece que Marshall McLuhan tenía razón cuando dijo
que la televisión ha hecho del mundo una aldea global... salvo que no sabía que la aldea global sería Beirut. ¿Qué te dice todo eso?
CAMPBELL: Me dice que no saben cómo aplicar sus
ideas religiosas a la vida contemporánea y a los seres
humanos en general, no ya a su propia comunidad. Es
un ejemplo terrible del fracaso de la religión ante el
mundo moderno. Estas tres mitologías están luchando
a muerte. Con lo cual se han descalificado para el
futuro.
MOYERS: ¿Qué clase de nuevo mito necesitamos?
CAMPBELL: Necesitamos mitos que identifiquen al
individuo no con un grupo local sino con el planeta. Los
Estados Unidos son un modelo de eso. Aquí existían
trece pequeñas naciones coloniales diferentes, que
decidieron actuar en su mutuo interés, sin olvidar los
intereses individuales de cada una de ellas.
MOYERS: Hay algo sobre eso en el Gran Sello de los
Estados Unidos.
CAMPBELL: Es el motivo central del Gran Sello. Llevo en el bolsillo una copia del Gran Sello, en la forma
de un billete de un dólar. Aquí está la afirmación de
los ideales que llevaron a la formación de los Estados
Unidos. Mira este billete. Aquí está el Gran Sello de
los Estados Unidos. Mira la pirámide de la izquierda.
Una pirámide tiene cuatro lados. Son los cuatro
puntos cardinales. Hay alguien en este punto, hay

46

El poder del mito
alguien en aquel punto, y hay alguien en este punto.
Cuando estás en los niveles inferiores de la pirámide,
estarás en un lado o en otro. Pero cuando llegas a la
cima, los puntos se reúnen todos, y allí se abre el ojo
de Dios.
MOYERS: Que para ellos era el dios de la razón.
CAMPBELL: Sí. La nuestra es la primera nación del
mundo que se estableció sobre la base de la razón, y no
por asuntos de guerra. Aquellos caballeros eran
deístas del siglo XVIII. Aquí leemos In God We Trust,
«En Dios confiamos». Pero no es el dios de la Biblia.
Estos hombres no creían en la Caída. No creían que la
mente del hombre estuviera separada de Dios. La
mente del hombre, limpia de preocupaciones
secundarias y meramente temporales, brilla como un
espejo reflejando la mente racional de Dios. La razón
te pone en contacto con Dios. En consecuencia, según
aquellos hombres, no hay revelación especial en
ninguna parte, y no se la necesita, porque la mente del
hombre, despojada de sus falibilidades, es capaz del
conocimiento de Dios. Y todos los hombres del mundo
son capaces de ello porque todos son capaces de
razonar.
Todos los hombres pueden razonar. Ese es el
principio fundamental de la democracia. Ya que la
mente de cualquiera es capaz de albergar el
conocimiento verdadero, no necesitas tener una
autoridad especial, ni necesitas una revelación
especial que te diga cómo hacer las cosas.
MOYERS: Y aun así, estos símbolos proceden de la
mitología.
CAMPBELL:

Sí, pero de cierta cualidad mitológica.
No se trata de la mitología de una revelación especial.
Los hindúes, por ejemplo, no creen en una revelación
especial. Hablan de un estado en que los oídos se han
abierto al canto del universo. Aquí es el ojo el que se ha
abierto al brillo de la mente de Dios. Y ésa es una idea
deísta fundamental. Una vez que rechazas la idea de la
Caída, el hombre ya no está segregado de su fuente.
47

Introducción
Ahora volvamos al Gran Sello. Cuando cuentas la
cantidad de pisos de esta pirámide, ves que son trece.
Y en el zócalo inferior hay una inscripción en números
romanos. Es, por supuesto, 1776. Si sumas los dígitos,
uno más siete más siete más seis, te da veintiuno, que
es la edad de la razón, ¿no? Fue en 1776 cuando los
trece Estados proclamaron la independencia. El número trece es el número de la transformación y del renacimiento. En la Ultima Cena había doce apóstoles y un
Cristo, que pronto moriría para renacer. Trece es el
número que resulta de salir de los límites del doce hacia la trascendencia. Tienes los doce signos del zodíaco
y el sol. Aquellos hombres eran muy conscientes del
número trece como número de la resurrección y el renacimiento y la nueva vida, y lo representaron claramente aquí.
MOYERS: Pero la realidad es que eran trece Estados.
CAMPBELL: Sí, pero ¿no era eso simbólico? No es
una mera coincidencia. Los trece Estados ya eran un
símbolo en sí mismos de lo que eran.
MOYERS: Eso explicaría la otra inscripción que hay
aquí abajo: Novus Ordo Seclorum.
CAMPBELL: «Un nuevo orden del mundo». Este es
un nuevo orden del mundo. Y la inscripción de arriba,
An- nuit Coeptis significa «Él ha sonreído con nuestros
logros» o «nuestras actividades».
MOYERS: Él...
CAMPBELL: Él, el ojo, lo que es representado por el
ojo. La razón. En latín no es necesario poner el
pronombre, que podría ser masculino, femenino o
neutro. Pero el poder divino ha sonreído sobre
nuestros hechos. De modo que este nuevo mundo ha
sido construido en el sentido de la creación original de
Dios, y el reflejo de la creación original de Dios, por
intermedio de la razón, ha producido todo esto.
Si miras más allá de la pirámide, verás un
desierto. Si miras delante, verás plantas que crecen.
El desierto, el tumulto de Europa, guerras, guerras y

48

El poder del mito
guerras, es algo de lo que nos hemos liberado creando
un Estado en nombre de la razón, no en nombre del
poder, y de esa voluntad viene el florecimiento de la
nueva vida. Tal es el sentido de esa parte de la pirámide.
Ahora mira al otro lado del billete. Aquí está el
águila, el pájaro de Zeus. El águila es la
representación del dios en el mundo temporal. El ave
es el principio encarnado de la deidad. Se trata del
águila calva, la contrapartida americana del águila del
rey de los dioses, Zeus.
Se manifiesta, desciende al mundo de los pares de
opuestos, el campo de acción. Un modo de acción es la
guerra, y otro es la paz. Por eso en una de sus patas el
águila sostiene trece flechas: ése es el principio de la
guerra. En la otra sostiene una rama de laurel con trece hojas: el principio de la conversación pacífica. El
águila mira en la dirección del laurel. Es la dirección
en que querrían que miráramos aquellos idealistas
que fundaron nuestro país: las relaciones diplomáticas
y todo eso. Pero gracias a Dios el águila tiene las
flechas en la otra pata, por si acaso las necesita.
Ahora bien, ¿qué representa el águila? Representa
lo que indica este signo radiante sobre su cabeza. Una
vez yo estaba dando clases de mitología, sociología y
política hindúes en el Instituto del Servicio Exterior en
Washington. Hay un dicho en política hindú según el
cual el gobernante debe tener en una mano el arma de
guerra, el garrote, y en la otra el pacífico sonido del
canto de la acción cooperativa. Y lo expliqué de pie, poniéndome con las dos manos así, y todos en el aula se
rieron. Yo no entendía. Ellos me señalaban algo. Miré
a mis espaldas, y allí estaba un cuadro del águila, en
la pared, detrás de mi cabeza, justo en la misma
postura en que estaba yo. Pero, al mirar, también noté
este signo sobre su cabeza y que tiene nueve plumas
en la cola. Nueve es el número del descenso del poder
divino al mundo. Cuando suena el Angelus, suena
nueve veces.
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