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Canasta de cuentos mexicanos B. Traven .pdf



Nombre del archivo original: Canasta de cuentos mexicanos-B. Traven.pdf
Título: B. TRAVEN - Canasta de cuentos mexicanos
Autor: Mataburros

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B. TRAVEN

Canasta de cuentos mexicanos

ÍNDICE
Canastitas en serie
Solución

inesperada

La Tigresa
Amistad
El suplicio de San Antonio
Aritmética indígena
Dos burros
Una medicina efectiva
Jugando con bombas
Corresponsal extranjero

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CANASTITAS EN SERIE

En calidad de turista en viaje de recreo y descanso, llegó a estas tierras de México
Mr. E. L. Winthrop.
Abandonó las conocidas y trilladas rutas anunciadas y recomendadas a los visitantes
extranjeros por las agencias de turismo y se aventuró a conocer otras regiones.
Como hacen tantos otros viajeros, a los pocos días de permanencia en estos rumbos
ya tenía bien forjada su opinión y, en su concepto, este extraño país salvaje no había
sido todavía bien explorado, misión gloriosa sobre la tierra reservada a gente como él.
Y así llegó un día a un pueblecito del estado de Oaxaca. Caminando por la
polvorienta calle principal en que nada se sabía acerca de pavimentos y drenaje y en
que las gentes se alumbraban con velas y ocotes, se encontró con un indio sentado en
cuclillas a la entrada de su jacal.
El indio estaba ocupado haciendo canastitas de paja y otras fibras recogidas en los
campos tropicales que rodean el pueblo. El material que empleaba no sólo estaba bien
preparado, sino ricamente coloreado con tintes que el artesano extraía de diversas
plantas e insectos por

procedimientos conocidos

únicamente por los miembros de su

familia.
El producto de esta pequeña industria no le bastaba para sostenerse. En realidad vivía
de lo que cosechaba en su milpita: tres y media hectáreas de suelo no muy fértil, cuyos
rendimientos se obtenían después de mucho sudor, trabajo y constantes preocupaciones
sobre la oportunidad de las lluvias y los rayos solares. Hacía canastas cuando terminaba su
quehacer en la milpa, para aumentar sus pequeños ingresos.
Era un humilde campesino, pero la belleza de sus canastitas ponían de manifiesto las
dotes artísticas que poseen casi todos estos indios. En cada una se admira ban los más
bellos diseños de flores, mariposas, pájaros, ardillas, antílopes, tigres y una veintena más
de animales habitantes de la selva. Lo admirable era que aquella sinfonía de colores no
estaba pintada sobre la canasta, era parte de ella, pues las fibras teñidas de diferentes
tonalidades estaban entretejidas tan hábil y artísticamente, que los dibujos podían
admirarse igual en el interior que en el exterior de la cesta. Y aquellos adornos eran
producidos sin consultar ni seguir previamente dibujo alguno. Iban apareciendo de su
imaginación como por arte de magia, y mientras la pieza no estuviera acabada nadie podía
saber cómo quedaría.
Una vez terminadas, servían para guardar la costura, como centros de mesa, o bien para
poner pequeños objetos y evitar que se extraviaran. Algunas señoras las convertían en
alhajeros o las llenaban con flores.
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Se podían utilizar de cien maneras.
Al tener listas unas dos docenas de ellas, el indio las llevaba al pueblo los sábados, que
eran días de tianguis. Se ponía en camino a medianoche. Era dueño de un burro, pero si
éste se extraviaba en el campo, cosa frecuente, se veía obligado a marchar a pie durante
todo el camino. Ya en el mercado, había de pagar un tostón de impuesto para tener
derecho a vender.
Cada canasta representaba para él alrededor de quince o veinte horas de trabajo
constante, sin incluir el tiempo que empleaba para recoger el bejuco y las otras fibras,
prepararlas, extraer los colorantes y teñirlas.
El precio que pedía por ellas era ochenta centavos, equivalente más o menos a diez
centavos moneda americana. Pero raramente ocurría que el comprador pagara los ochenta
centavos, o sea los seis reales y medio como el indio decía. El comprador en ciernes
regateaba, diciendo al indio que era un pecado pedir tanto. "¡Pero si no es más que petate
que puede cogerse a montones en el campo sin comprarlo!, y, además, ¿para qué sirve
esa chachara?, deberás quedar agradecido si te doy treinta centavos por ella. Bueno, seré
generoso y te daré cuarenta, pero ni un centavo más. Tómalos o déjalos.
Así, pues, en final de cuentas tenía que venderla por cuarenta centavos. Mas a la hora de
pagar, el cliente decía: "Válgame Dios, si sólo tengo treinta centavos sueltos. ¿Qué
hacemos? ¿Tienes cambio de un billete de cincuenta pesos? Si puedes cambiarlo tendrás
tus cuarenta fierros." Por supuesto, el indio no puede cambiar el billete de cincuenta pesos,
y la canastita es vendida por treinta centavos.
El canastero tenía muy escaso conocimiento del mundo exterior, si es que tenía alguno,
de otro modo hubiera sabido que lo qué a él le ocurría pasaba a todas horas del día con
todos los artistas del mundo. De saberlo se hubiera sentido orgulloso de pertenecer al pequeño ejército que constituye la sal de la tierra, y gracias al cual el arte no ha
desaparecido.
A menudo no le era posible vender todas las canastas que llevaba al mercado, porque en
México, como en todas partes, la mayoría de la gente prefiere los objetos que se fabrican
en serie por millones y que son idénticos entre sí, tanto que ni con la ayuda de un
microscopio podría distinguírseles. Aquel indio había hecho en su vida varios cientos de
estas hermosas cestas, sin que ni dos de ellas tuvieran diseños iguales. Cada una era una
pieza de arte único, tan diferente de otra como puede serlo un Murillo de un Reynolds.
Naturalmente, no podía darse el lujo de regresar a su casa con las canastas no vendidas
en el mercado, así es que se dedicaba a ofrecerlas de puerta en puerta. Era recibido como
un mendigo y tenía que soportar insultos y palabras desagradables. Muchas veces,
después de un largo recorrido, alguna mujer se detenía para ofrecerle veinte centavos, que
después de muchos regateos aumentaría hasta veinticinco. Otras, tenía que conformarse
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con los veinte centavos, y el comprador, generalmente una mujer, tomaba de entre sus
manos la pequeña maravilla y la arrojaba descuidadamente sobre la mesa más próxima y
ante los ojos del indio como significando: "Bueno, me quedo con esta chuchería sólo por
caridad. Sé que estoy desperdiciando el dinero, pero como buena cristiana no puedo ver
morir de hambre a un pobre indito, y más sabiendo que viene desde tan lejos." El
razonamiento le recuerda algo práctico, y deteniendo al indio le dice: "¿De dónde eres,
indito?. ¡Ah!, ¿sí? ¡Magnífico! ¿Conque de esa pequeña aldea? Pues óyeme, ¿podrías
traerme el próximo sábado tres guajolotes? Pero han de ser bien gordos, pesados y mucho
muy baratos. Si el precio no es conveniente, ni siquiera los tocaré, porque de pagar el
común y corriente los compraría aquí y no te los encargaría. ¿Entiendes? Ahora, pues,
ándale."
Sentado en cuclillas a un lado de la puerta de su jacal, el indio trabajaba sin prestar
atención a la curiosidad de Mr. Winthrop; parecía no haberse percatado de su presencia.
—¿Cuánto querer por esa canasta, amigo? —dijo Mr. Winthrop en su mal español,
sintiendo la necesidad de hablar para no aparecer como un idiota.
—Ochenta centavitos, patroncito; seis reales y medio —contestó el indio cortésmente.
—Muy bien, yo comprar —dijo Mr. Winthrop en un tono y con un ademán semejante
al

que

hubiera

hecho

al

comprar

toda

una

empresa

ferrocarrilera.

Después,

examinando su adquisición, se dijo: "Yo sé a quién complaceré con esta linda
canastita, estoy seguro de que me recompensará con un beso. Quisiera saber cómo la
utilizará."
Había esperado que le pidiera por lo menos cuatro o cinco pesos. Cuando se dio cuenta
de que el precio era tan bajo pensó inmediatamente en las grandes posibilidades para
hacer negocio que aquel miserable pueblecito indígena ofrecía para un promotor dinámico
como él.
—Amigo, si yo comprar diez canastas, ¿qué precio usted dar a mí?
El indio vaciló durante algunos momentos, como si calculara, y finalmente dijo:
—Si compra usted diez se las daré a setenta centavos cada una, caballero.
—Muy bien, amigo. Ahora, si yo comprar un ciento, ¿cuánto costar?
El indio, sin mirar de lleno en ninguna ocasión al americano, y desprendiendo la vista
sólo de vez en cuando de su trabajo, dijo cortésmente y sin el menor destello de
entusiasmo:
—En tal caso se las vendería por sesenta y cinco centavitos cada una.
Mr. Winthrop compró dieciséis canastitas, todas las que el indio tenía en existencia.
Después de tres semanas de permanencia en la república, Mr. Winthrop no sólo estaba
convencido de conocer el país perfectamente, sino de haberlo visto todo, de haber
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penetrado el carácter y costumbres de sus habitantes y de haberlo explorado por completo.
Así, pues, regresó al moderno y bueno "Nuyorg" satisfecho de encontrarse nuevamente en
un lugar civilizado.
Cuando hubo despachado todos los asuntos que tenía pendientes, acumulados durante
su ausencia, ocurrió que un mediodía, cuando se encaminaba al restorán para tomar un
emparedado, pasó por una dulcería y al mirar lo que se exponía en los aparadores recordó
las canastitas que había comprado en aquel lejano pueblecito indígena.
Apresuradamente fue a su casa, tomó todas las cestitas que le quedaban y se dirigió a
una de las más afamadas confiterías.
—Vengo a ofrecerle —dijo Mr. Winthrop al confitero— las más artísticas y originales
cajitas, si así quiere llamarlas, y en las que podrá empacar los chocolates finos y costosos
para los regalos más elegantes. Véalas y dígame qué opina.
El dueño de la dulcería las examinó y las encontró perfectamente adecuadas para cierta
línea de lujo, convencido de que en su negocio, que tan bien conocía, nunca se había
presentado

estuche

tan

original,

bonito

y

de

buen

gusto.

Sin

embargo,

evitó

cuidadosamente expresar su entusiasmo hasta no enterarse del precio y de asegurarse de
obtener toda la existencia.
Alzando los hombros dijo:
—Bueno, en realidad no sé. Si me pregunta usted, le diré que no es esto exactamente lo
que busco. En cualquier forma podríamos probar; desde luego, todo depende del precio.
Debe usted saber que en nuestra línea, la envoltura no debe costar más que el contenido.
—Ofrezca usted —contestó Mr. Winthrop.
—¿Por qué no me dice usted, en números redondos, cuánto quiere?
—Mire usted, Mr. Kemple, toda vez que he sido yo el único hombre suficientemente
listo para descubrirlas y saber dónde pueden conseguirse, las venderé al mejor postor.
Comprenda usted que tengo razón.
—Sí, sí, desde luego; pero tendré que consultar el asunto con mis socios. Véngame a
ver mañana a esta misma hora y le diré lo que hayamos decidido.
A la mañana siguiente, cuando Mr. Winthrop entró en la oficina de Mr. Kemple, éste
último dijo:
—Hablando francamente le diré que yo sé distinguir las obras de arte, y estas cestas
son realmente artísticas. En cualquier forma, nosotros no vendemos arte, usted lo sabe
bien, sino dulces, por lo tanto, considerando que sólo podremos utilizarlas como
envoltura de fantasía para nuestro mejor praliné francés, no podremos pagar por ellas el
precio de un objeto de arte. Eso debe usted comprenderlo, señor... ¿Cómo dijo que se
llamaba? ¡Ah!, sí, Mr. Winthrop. Pues bien, Mr. Winthrop, para mí solamente son una

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envoltura de alta calidad, hecha a mano, pero envoltura al fin. Y ahora le diré cuál es
nuestra oferta, ya sabrá si aceptarla o no. Lo más que pagaremos por ellas será un dólar
y cuarto por cada una y ni un centavo más. ¿Qué le parece?
Mr. Winthrop hizo un gesto como si le hubieran golpeado la cabeza.
El confitero, interpretando mal el gesto de Mr. Winthrop, dijo rápidamente:
—Bueno, bueno, no hay razón para disgustarse. Tal vez podamos mejorarla un poco,
digamos uno cincuenta U pieza.
—Que sea uno sententa y cinco —dijo Mr, Winthrop respirando profundamente y
enjugándose el sudor de la frente.
—Vendidas. Uno setenta y cinco puestas en el puerto de Nueva York. Yo pagaré los
derechos al recibirlas y usted el embarque. ¿Aceptado?
—Aceptado —contestó Mr. Winthrop cerrando el trato.
——Hay una condición —agregó el confitero cuando Mr. Winthrop se disponía a salir—.
Uno o dos cientos no nos servirían de nada, ni siquiera pagarían el anun cio. Lo menos
que puede usted entregar son diez mil, o mil docenas si le parece mejor. Y, además,
deben ser, por lo menos, en veinte dibujos diferentes.
——Puedo asegurarle que las puedo surtir en sesenta dibujos diferentes.
—Perfectamente. Y ¿está usted seguro que podrá entregar las diez mil en octubre?
—Absolutamente seguro —dijo Mr. Winthrop, y firmó el contrato.
Mr. Winthrop emprendió el viaje de regreso al pueblecito para obtener las doce mil
canastas.
Durante todo el vuelo sostuvo una libreta en la mano izquierda, un lápiz en la derecha
y escribió cifras y más cifras, largas columnas de números, para deter minar
exactamente qué tan rico sería cuando realizara el negocio. Hablaba solo y se
contestaba, tanto que sus compañeros de viaje le creyeron trastornado.
"Tan pronto como llegue al pueblo —decía para sí—, conseguiré a algún paisano mío que
se encuentre muy bruja y a quien le pagaré ochenta, bueno, diremos cien pesos a la
semana. Lo mandaré a ese miserable pueblecito para que establezca en él su cuartel
general y se encargue de vigilar la producción y de hacer el empaque y el embarque. No
tendremos pérdidas por roturas ni por extravío. ¡Bonito, lindo negocio éste! Las cestas,
prácticamente no pesan, así es que el embarque costará cualquier cosa, diremos cinco
centavos pieza cuando mucho. Y por lo que yo sé no hay que pagar derechos especiales
sobre ellas, pero si los hubiere no pasarían de cinco centavos tampoco, y éstos los paga el
comprador; así, pues, ¿cuánto llevo?. . .
"Aquel indio tonto que no sabe ni lo que tiene me ofreció un ciento a sesenta y cinco
centavos la pieza. No le diré en seguida que quiero doce mil para que no se avorace y
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conciba ideas raras y trate de elevar el precio. Bueno, ya veremos; un trato es un trato aún
en esta república dejada de la mano de Dios. ¡República! ¡Hum!.. . y ni siquiera hay agua
en los lavabos durante la noche. República.. . Bueno, después de todo yo no soy su
presidente. Tal vez pueda lograr que rebaje cinco centavos más en el precio y que éste
quede en sesenta centavos. De cualquier modo y para no calcular mal diremos que el
precio es de sesenta y cinco centavos, esto es, sesenta y cinco centavos moneda mexicana.
Veamos,... ¡Diablo! ¿Dónde está ese maldito lápiz?...
Aquí.. . Bueno, el peso está en relación con el dólar a ocho y medio por uno, por lo tanto,
sesenta y cinco centavos equivalen más o menos a ocho centavos de dinero de verdad. A
eso debemos agregar cinco centavos por empaque y embarque, más, digamos diez
centavos por gastos de administración, lo que será más que suficiente para pagar aquí y
allá algo de extras. Quizás al empleado de correos y allá al agente del express para que
active la expedición rápida y preferente.
"Ahora agreguemos otros cinco centavos para» gastos imprevistos, y así estaremos
completamente a salvo. Sumando todo ello... ¡Mal rayo! ¿Dónde está otra vez ese maldito
lápiz?... ¡Vaya, aquí está!... La orden es por mil docenas. ¡Magnífico! Me quedan alrededor
de veinte mil dólares limpiecitos. Veinte mil del alma para el bolsillo de un humilde
servidor. ¡Caramba, sería capaz de besarlos! Después de todo, esta república no está tan
atrasada como parece. En realidad es un gran país. Admirable. Se puede hacer dinero en
esta tierra. Montones de dinero, siempre que se trate de tipos tan listos como yo."
Con la cabeza llena de humo llegó por la tarde al pueblecito de Oaxaca. Encontró a su
amigo indio sentado en el pórtico de su jacalito, en la misma postura en que lo dejara. Tal
parecía que no se había movido de su lugar desde que Mr. Winthrop abandonara el pueblo
para volver a Nueva York.
—¿Cómo está usted» amigo? —saludó el americano con una amplia sonrisa en los labios.
El indio se levantó, se quitó el sombrero e, inclinándose cortésmente, dijo con voz suave:
—Bienvenido, patroncito, muy buenas tardes; ya sabe que puede usted disponer de mí y
de esta su casa.
Volvió a inclinarse y se sentó, excusándose por hacerlo:
—Perdóneme, patroncito, pero tengo que aprovechar la luz del día y muy pronto caerá la
noche.
—Yo ofrecer usted un grande negocio, amigo.
—Buena noticia, señor. Mr. Winthrop dijo para sí:
—Ahora saltará de gusto cuando se entere de lo que se trata. Este pobre mendigo
vestido de harapos jamás ha visto, ni siquiera ha oído, hablar de tanto dinero como el que

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le voy a ofrecer. —Y hablando en voz alta dijo—: ¿Usted poder hacer mil de esas
canastas?
—¿Por qué no, patroncito? Si puedo hacer veinte, también podré hacer mil.
—Tiene razón, amigo. Y cinco mil, ¿poder hacer?
—Por supuesto. Si hago mil, podré hacer cinco mil.
—¡Magnífico! ¡Wonderful! Si yo pedir usted hacer doce mil, ¿cuál ser último precio?
Usted poder hacer doce mil, ¿verdad?
—Desde luego, señor. Podré hacer tantas como usted quiera. Porque, verá usted, yo soy
experto en este trabajo, nadie en todo el estado puede hacerlas como yo.
—Eso es exactamente que yo pensar. Por eso venir proponerle gran negocio.
—Gracias por el honor, patroncito.
—¿Cuánto tiempo usted tardar?
El indio, sin interrumpir su trabajo, inclinó la cabeza para un lado, primero;
después, para el otro, tal como si calculara los días o semanas que tendría que emplear
para hacer las cestas.
Después de algunos minutos dijo lentamente:
—Necesitaré bastante tiempo para hacer tantas canastas, patroncito. Verá usted, el
petate y las otras fibras necesitan estar bien secas antes de usarse. En tanto se secan hay
que darles un tratamiento especial para evitar que pierdan su suavidad, su flexibilidad y
brillo. Aun cuando estén secas, deben guardar sus cualidades naturales, pues de otro
modo parecerían muertas y quebradizas. Mientras se secan, yo busco las plantas, raíces,
cortezas e insectos de los cuales saco los tintes. Y para ello se necesita mucho tiempo
también, créame usted. Además, para recogerlas hay que esperar a que la luna se
encuentre en posición buena, pues en caso contrario no darán el color deseado. También
las cochinillas y demás insectos deben reunirse en tiempo oportuno para evitar que en vez
de tinte produzcan polvo. Pero, desde luego, jefecito, que yo puedo hacer tantas de estas
canastitas como usted quiera. Puedo hacer hasta tres docenas si usted lo desea, nada más
deme usted el tiempo necesario.
—¿Tres docenas?... ¿Tres docenas? —exclamó Mr. Winthrop gritando y levantando
desesperado sus brazos al cielo—. ¿Tres docenas? —repitió, como si para comprender
tuviera que decirlo varias veces, pues por un momento creyó estar soñando.
Había esperado que el indio saltara de contento al enterarse que podría vender doce mil
canastas a un solo cliente, sin tener necesidad de ir de puerta en puerta y ser tratado
como un perro roñoso. Mr. Winthrop había visto cómo algunos vendedores de
automóviles se volvían locos y bailaban como ningún indio lo hace, ni durante una
ceremonia religiosa, cuando alguien les compraba en dinero contante y sonante diez
carros de una vez.
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A pesar de la claridad con que el indio había hablado, él creyó no haber oído bien
cuando aquél dijo necesitar dos largos meses para hacer tres docenas.
Buscó la manera de hacer comprender al indio lo que deseaba y el mucho dinero que el
pobre hombre podría ganar cuando hubiera entendido la cantidad que deseaba comprarle.
Así, pues, esgrimió nuevamente el argumento del precio para despertar la ambición del
indio.
—Usted decir si yo llevar cien canastas, usted dar por sesenta y cinco centavos. ¿Cierto,
amigo?
—Es lo cierto, jefecito.
—Bien, si yo querer mil, ¿cuánto costar cada una?
Aquello era más de lo que el indio podía calcular. Se confundió y, por primera vez
desde que Mr. Winthrop llegara, interrumpió su trabajo y reflexionó. Varias veces movió
la cabeza y miró en rededor como en demanda de ayuda. Finalmente dijo:
—Perdóneme, jefecito, pero eso es demasiado; necesito pensar en ello toda la noche.
Mañana, si puede usted honrarme, vuelva y le daré mi respuesta, patroncito.
Cuando Mr. Winthrop volvió al día siguiente, encontró al indio como de costumbre,
sentado en cuclillas bajo el techo de palma del pórtico, trabajando en sus canastas.
—¿Ya calcular usted precio por mil? —le preguntó en cuanto llegó, sin tomarse el
trabajo de dar los buenos días.
—Sí, patroncito. Buenos días tenga su merced. Ya tengo listo el precio, y créame que
me ha costado mucho trabajo, pues no deseo engañarlo ni hacerle perder el dinero que
usted gana honestamente. . .
—Sin

rodeos,

amigo.

¿Cuánto?

¿Cuál

ser

el

precio?

—preguntó

Mr.

Winthrop

nerviosamente.
—El precio, bien calculado y sin equivocaciones de mi parte, es el siguiente: Si tengo
que hacer mil canastitas, cada una costará cuatro pesos; si tengo que hacer cinco mil,
cada una costará nueve pesos, y si tengo que hacer diez mil, entonces no podrán valer
menos de quince pesos cada una. Y repito que no me he equivocado.
Una vez dicho esto volvió a su trabajo, como si temiera perder demasiado tiempo
hablando.
Mr. Winthrop pensó que, tal vez debido a sus pocos conocimientos de aquel idioma
extraño, comprendía mal.
—¿Usted decir costar quince pesos cada canasta si yo comprar diez mil?
—Eso es, exactamente, y sin lugar a equivocación, lo que he dicho, patroncito —contestó
el indio cortés y suavemente.
—Usted no poder hacer eso, yo ser su amigo. . .
—Sí, patroncito, ya lo sé y no dudo de sus palabras.
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—Bueno, yo tener paciencia y discutir despacio. Usted decir yo comprar un ciento, costar
sesenta y cinco centavos cada una.
—Sí, jefecito, eso es lo que dije. Si compra usted cien se las daré por sesenta y cinco
centavitos la pieza, suponiendo que tuviera yo cien, que no tengo.
—Sí, sí, yo saber —Mr. Winthrop sentía volverse loco en cualquier momento—. Bien, yo
no comprender por qué no poder venderme doce mil mismo precio. No querer regatear,
pero no comprender usted subir precio terrible cuando yo comprar más de cien.
—Bueno, patroncito, ¿qué es lo que usted no comprende? La cosa es bien sencilla. Mil
canastitas me cuestan cien veces más trabajo que una docena y doce mil toman tanto
tiempo y trabajo que no podría terminarlas ni en un siglo. Cualquier persona sensata y
honesta puede verlo claramente. Claro que, si la persona no es ni sensata ni honesta, no
podrá comprender las cosas en la misma forma en que nosotros aquí las entendemos. Para
mil canastitas se necesita mucho más petate que para cien, así como mayor cantidad de
plantas, raíces, cortezas y cochinillas para pintarlas. No es nada más meterse en la maleza
y recoger las cosas necesarias. Una raíz con el buen tinte violeta, puede costarme cua tro o
cinco días de búsqueda en la selva. Y, posiblemente, usted no tiene idea del tiempo
necesario para preparar las fibras. Pero hay algo más importante: Si yo me dedico a hacer
todas esas canastas, ¿quién cuidará de la milpa y de" mis cabras?, ¿quién cazará los
conejitos para tener carne en domingo? Si no cosecho maíz, no tendré tortillas; si no
cuido mis tierritas, no tendré frijoles, y entonces ¿qué comeremos?
—Yo darle mucho dinero por sus canastas, usted poder comprar todo el maíz y frijol y
mucho, mucho más.
—Eso es lo que usted cree, patroncito. Pero mire: de la cosecha del maíz que yo
siembro puedo estar seguro, pero del que cultivan otros es difícil. Supongamos que todos
los otros indios se dedican, como yo, a hacer canastas; entonces ¿quién cuida el maíz y el
frijol? Entonces tendremos que morir por falta de alimento.
—¿Usted no tener algunos parientes aquí? —dijo Mr. Winthrop desesperado al ver cómo
se iban esfumando uno a uno sus veinte mil dólares.
—Casi todos los habitantes del pueblo son mis parientes. Tengo bastantes.
—¿No poder ellos cuidar su milpa y sus animales y usted hacer canastas para mí?
—Podrían hacerlo, patroncito; pero ¿quién cuidará entonces de las suyas y de sus cabras,
si ellos se dedican a cuidar las mías? Y si les pido que me ayuden a hacer canastas para
terminar más pronto, el resultado es el mismo. Nadie trabajaría las milpas, y el maíz y el
frijol se pondrían por las nubes y no podríamos comprarlos y moriríamos. Todas las cosas
que necesitamos para vivir costarían tanto que me sería imposible, vendiendo las
canastitas a sesenta y cinco centavos cada una, comprar siquiera un grano de sal por

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ese precio. Ahora comprenderá usted, jefecito, por qué me es imposible vender las
canastas a menos de quince pesos cada una.
Mr. Winthrop estaba a punto de estallar, pero no quiso rendirse. Habló y regateó
con el indio durante horas enteras, tratando de hacerle comprender cuan rico podría
ser si aprovechaba la gran oportunidad de su vida.
—Piense usted, hombre, oportunidad maravillosa.
Fue desprendiendo una por una las hojas de su libreta de apuntes llenas de
números, tratando de demostrar al pobre campesino que llegaría a ser el hombre
más rico de la comarca.
—Usted saber; realmente, usted poder tener un rollo de billetes así, con ocho mil
pesos. ¿Usted comprender, amigo?
El indio, sin contestar, miró todas aquellas notas y cifras y vio con expresión de
verdadero asombro cómo Mr. Winthrop escribía con toda rapidez números y más
números, multiplicando y sustrayendo, y aquello parecióle un milagro.
Descubriendo un entusiasmo creciente en la mirada del indio, Mr. Winthrop
malinterpretó su pensamiento y dijo:
—Allí tener usted, amigo; ésta ser cantidad usted tener si acepta el trato. Siete mil y
ochocientos brillantes pesos de plata, y no creer yo soy tacaño, yo dar usted más
cuando negocio terminado, yo regalar usted mil doscientos pesos más. Usted tener
nueve mil pesos.
El indio, sin embargo, no pensaba en los miles de pesos; suma semejante carecía
de sentido para él. Lo que le había interesado era la habilidad de Mr. Winthrop para
escribir cifras con la rapidez de un relámpago. Esto era lo que lo tenía maravillado.
—Y ahora, ¿qué decir, amigo? ¿Ser buena mi proposición, no? Diga sí, y yo darle
un adelanto de quinientos pesos, luego, luego.
—Como dije a usted antes, patroncito, el precio es aún de quince pesos cada una.
—Pero hombre —dijo a gritos Mr. Winthrop—, this is the same price..., quiero
decir, ser mismo precio... have you been on the moon... en la luna... all the time?
—Mire, jefecito —dijo el indio sin alterarse—, es el mismo precio porque no puedo
darle otro. Además, señor, hay algo que usted ignora. Tengo que hacer esas
canastitas a mi manera, con canciones y trocitos de mi propia alma Si me veo
obligado a hacerlas por millares, no podré tener un pedazo del alma en cada una,
ni podré poner en ellas mis canciones. Resultarían todas iguales, y eso acabaría por
devorarme el corazón pedazo por pedazo. Cada una de ellas debe encerrar un trozo
distinto, un cantar único de los que escucho al amanecer, cuando los pájaros
comienzan a gorjear y las mariposas vienen a posarse en mis canastitas y a
enseñarme los lindos colores de sus alitas para que yo me inspire. Y ellas se
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acercan porque gustan también de los bellos tonos que mis canastitas lucen. Y
ahora, jefecito, perdóneme, pero he perdido ya mucho tiempo, aun cuando ha sido
un gran honor y he tenido mucho placer al escuchar la plática de un caballero tan
distinguido como usted, pero pasado mañana es día de plaza en el pueblo y tengo
que acabar las cestas para llevarlas allá. Le agradezco mucho su visita. Adiosito.
Una vez de regreso en Nueva York, Mr. Whinthrop, que sufría de alta presión
arterial, penetró como huracán en la oficina privada del confitero, a quien externó
sus motivos para deshacer el contrato explicándole furioso:
—¡Al diablo con esos condenados indios; no comprenden nada, no se puede tratar
negocio alguno con ellos! ¡Créame! No tienen remedio ni ellos ni ese su país tan
raro. Lo que me sorprende es que vivan, que puedan seguir viviendo en
semejantes condiciones. No hay esperanzas para ellos, ni las habrá en muchos
siglos, de veras, yo sé de qué hablo.
Nueva York no fue, pues, saturada de estas bellas y excelentes obras de arte, y así
se evitó que en los botes de basura americanos aparecieran, sucias y despreciadas,
las policromadas canastitas tejidas con poemas no cantados, con pedacitos de alma
y gotas de sangre del corazón de un indio mexicano.

SOLUCIÓN INESPERADA
A los escasos dos meses de casado, Regino Borrego tuvo la sensación de que algo
faltaba en su nueva vida. No podía precisar lo que aquello era, y a sus amigos
explicaba la situación diciéndoles que encontraba la vida matrimonial aburrida y
contraria a lo que había esperado.
Pero eso no era todo. Algunos meses después las cosas fueron empeorando,
porque Manola, su mujer, no obstante que todavía no cumplía veinte años, se había
vuelto mal humorienta y extremadamente regañona. Nadie, al ver aquella mujer
joven y bonita, habría podido creer semejante cosa.
Regino se esforzaba por complacerla, pero todo era inútil. Ella siempre tenía
alguna crítica que hacer de él. Cuando no era el traje, la forma del cuello de las
camisas que compraba, el color del calzado, su manera de comer o el modo de
jugar a la baraja. Todo lo que hacía le parecía mal y juzgaba tonto cuanto decía.
Un día ella dijo:

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—Qué fastidio vivir contigo. Cuando me casé creí que tenías veintidós años, pero
ahora sé que estaba tan equivocada como tu acta de nacimiento. Te portas como si
tuvieras sesenta, o más, ochenta años...
Recalcando las palabras, él contestó:
—Pues yo ya estoy harto de ti y de tu constante repelar. Si tú crees que yo
parezco de ochenta, tú debes de tener noventa. Durante las horas de trabajo en la
tienda, me siento enteramente feliz, pero no hago más que llegar a casa y sentirme
extraño, peor aún, como si fuera tu mozo.
—Ni eso podrías ser —repuso ella haciendo un gesto avinagrado.
Guadalupe Zorro, la madre de Manola, enfermó. Se había ido a residir a Los
Ángeles cuando su hija casó. Hacía cinco años que era viuda, y sintiéndose aún
joven y atractiva, quiso vivir independientemente, tratando de obtener de la vida lo
que una mujer menor de cuarenta y con posibilidades puede esperar cuando no se
tienen prejuicios ni temor a nada. Pero la razón principal por la cual había cambiado
de ciudad era porque no deseaba que la trataran como a suegra. Odiaba a las suegras sobre todas las cosas, porque había tenido que sufrir a uno de los peores
especímenes.
Pero la alegre señora se encontraba enferma y telegrafió a su hija para que le
ayudara a no morir. En los últimos tiempos había encontrado la vida tan risue ña y
agradable, que se negaba a renunciar a ella, pues sabía que aún le restaban
muchos años buenos.
Manola tomó el primer avión para Los Ángeles, y cuando la muerte la vio llegar
regañando a su madre por no haberse cuidado debidamente, echó a correr y no
volvió a vérsele por los alrededores.
Cuando ocurrió esto, Manola y Regino tenían ya casi dos años de casados.
Regino no acompañó a su mujer porque tenía el lindo pretexto de tener que
atender sus negocios.
Pero ella le escribía todos los días, y en cada carta le enviaba críticas de toda
especie y veintenas de recomendaciones acerca de la conducta que debía seguir. El
final de todas era siempre "Tu esposa fiel".
Regino se comportaba como cualquier esposo normal que de pronto puede gozar
de un respiro en un régimen de vida que empieza a serle insoportable. No
acostumbrado a aquella libertad, se sintió cohibido durante la primera semana.
Sería exagerado decir que durante la segunda se dio al libertinaje; no era tipo para
semejante cosa, pero sí paseó y recorrió libremente varios sitios alegres.
13 de 101

A mitad de la segunda semana recibió solamente una carta de Manola. Se percató
de que contenía menos órdenes y muy pocas críticas. A la tercera semana recibió
una carta el lunes, otra el miércoles y otra el sábado. Ella le preguntaba
maternalmente cómo estaba, y se mostraba comunicativa, diciéndole algo sobre las
gentes que había conocido, sobre la salud que su madre había recobrado y las
diversiones a que concurría.
La cuarta semana no tuvo correspondencia. Después sus cartas fueron más
frecuentes, y por primera vez desde que la conociera, empleaba la frase "te ruego
que me dispenses".
Regino no daba crédito a sus ojos y tuvo que leer la carta varias veces para estar
seguro de que realmente decía: "Te ruego que me dispenses por no haberte escrito, pero mamá sufrió una recaída. Ahora ya se encuentra mejor y espero que la
semana próxima se encuentre enteramente bien, para correr a casa contigo, mi
vida, mi maridito adorado."
El no comprendía bien estas palabras, porque ella jamás le había hablado en esa
forma.
La carta siguiente le hizo sentirse mal. Tal vez ella se había trastornado,
posiblemente su madre había muerto y la pena la había enloquecido. Sin embargo,
su escritura era correcta, las letras se sucedían en orden perfecto, nada había en
ellas que indicara desequilibrio mental. Pero las frases y las palabras no parecían
suyas,

pues

ella

nunca

había

dado

muestras

de

emoción

bajo

ninguna

circunstancia, ni cuando se le había declarado, ni cuando se detuvieron juntos ante
el altar, ni siquiera cuando después de la ceremonia de la boda se encontraron
solos en su alcoba. "Te quiero tanto, a ti y sólo a ti. Tu muchachita siempre fiel."
—Se ha vuelto loca —dijo Regino a sus compañeros—, estoy seguro; tendré que
buscar un sanatorio para ella. ¡Pobre Manola, siempre tan sensata, tal vez demasiado cuerda! ¡Pobre Manola!
—No seas idiota —le dijo su mejor amigo—. ¿Qué sanatorio ni qué nada? No es eso
lo que ella necesita. El mal en las relaciones de ustedes viene desde el principio y
se debe a que se han conocido desde niños, nunca se habían separado, nunca
habían descansado del matrimonio tomando unas vacaciones. Pero ahora que tu
esposa ha estado lejos te parece cambiada, la encuentras como una mujer distinta.
¡Sanatorio! ¡No me hagas reír!
Manola no sorprendió a su esposo llegando inesperadamente, no; le anunció el
día de su arribo.
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Aquí la tenemos ya. Se detiene en el vestíbulo y mira vagamente en rededor
como tratando de recordar cómo era su casa antes de irse, después dice:
—Vaya, vaya; así es como las cosas se ven cuando el marido se queda solo.
Más confuso que asombrado, Regino cierra la puerta.
Ella se quita el sombrero y deja que él la ayude a quitarse el ligero abrigo que
lleva puesto. Con una sonrisa maternal dice:
—Veamos que apariencia tiene mi muchacho; casi me había olvidado de su cara.
Lo toma por los hombros y lo sacude afectuosamente, le mira escudriñadora a los
ojos,

después

toma

su

cabeza

entre

las

manos,

lo

besa

cordialmente

y

reclinándose en su pecho le dice con voz arrulladora:
—Te quiero tanto, mi vida, tanto, tanto. Antes nunca me di cuenta de lo mucho
que te quería, nunca supe apreciar lo que vales y he cometido muchas tonterías en
estos dos años, pero nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo, me
esforzaré por recompensarte.
Y volvió a cubrirle de besos.
El día siguiente por la noche, después de la cena, ella dijo.
—¿No te cansas de permanecer en casa todas las noches? Debo aburrirte
mortalmente. ¿Por qué no sales un poco con tus amigos? Un hombre de negocios
como tú debe cultivar sus relaciones con el mundo exterior. Es tonto que un
hombre joven viva eternamente colgado a las faldas de su mujer. Anda, sal y
diviértete. Te hará bien y refrescará tus ideas. Ve tranquilo, que yo te esperaré.
Mientras se vestía, se la quedó mirando y le dijo:
—Tu madre debe ser una mujer admirable. —¿Cómo dices? —preguntó no
comprendiendo que él suponía a su madre responsable del cambio que se había
operado en ella—. ¿Mi madre admirable? Bueno, es lista, sí, pero creo que ahora se
confía demasiado. Ya le pasará, dejemos que se divierta. ¿Pero admirable? Tal vez;
yo no podría asegurarlo. Para ser franca, no me gustaría que viniera a vivir con
nosotros —titubeó un rato y agregó—: Bueno, ahora vete, porque quiero leer. "En
cualquier forma —dijo Regino para sí—, su madre le ha enseñado a portarse como
una verdadera esposa, porque ¿quién

más

había

de preocuparse por hacerla

cambiar en esta forma?
Poco tiempo después, un domingo por la mañana, ella dijo enrojeciendo:
—Bueno, mi vida; creo que debemos prepararnos para recibir a un nuevo
miembro de la familia.
—¿Quién

viene?

—preguntó

él

inocentemente—.

¿Tu

hermano

Alberto,

el

teniente, o quién? Dime. Quienquiera que venga será bien recibido. ¿Quién es?
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—No —dijo ella tratando de ocultar la cara—. No se trata de eso—. Y sonriendo
agregó—: Te equivocas, tonto, cabeza de chorlito. Me refiero a un nuevo miembro
de nuestra familia, tuyo y mío.
Entonces comprendió. Hasta Adán hubiera comprendido mirando aquella cara
encendida y sonriente.
Fue un niño. Su padre podía enorgullecerse de él y lo hacía. Se portaba como si
nunca hubiera habido otro padre bajo el sol antes que él.
Durante los veintitrés años siguientes, el muchacho hizo cuanto pudo porque sus
padres fueran tal vez más felices aún que en los meses que precedieron a su naci miento.
Regino y Manola habían llegado a ser la pareja legendaria a menudo citada
como ejemplo de que el matrimonio no es siempre un fracaso.
En cuanto a Cutberto, su hijo, éste se hallaba profundamente enamorado de
Vera, la única hija del señor Jenaro Ochoa, un doctor muy respetado y acomodado
del lugar. La muchacha tenía más o menos la edad de Cutberto.
Hacía mucho tiempo que estaban prendados uno del otro, y ella lucía su anillo
de compromiso desde hacía más de un año. Sin embargo, no les había sido
posible casarse debido a la oposición de los señores Borrego, padres de él.
Por su parte, el doctor, cuya esposa había muerto cuatro años atrás, se hallaba
satisfecho con la elección de su hija. Tal vez él sí hubiera podido oponerse al
matrimonio, pues estaba en posibilidad de dar a su hija una buena dote que le
permitiera escoger mejor partido; sin embargo, estaba satisfecho y Cutberto le
parecía el mejor pretendiente del mundo.
Para obtener el consentimiento de sus padres, Cutberto había empleado todos los
medios de persuasión posibles, pues tenía la idea de que no podría ser feliz si tanto
los suyos como los de su novia dejaban de sancionar su unión. No obstante esto,
con sus amigos íntimos se jactaba de tener ideas muy modernistas, y algunas
veces, platicando con ellos, hasta habíase atrevido a sugerirles que se casaran a
prueba, aún cuando él nunca lo hubiera hecho tratándose de Vera.
Había algo más que considerar desde el punto de vista práctico. Cutberto era
cajero de una de las sucursales del banco más importante de la República y le
habían prometido ascenderlo a gerente, por lo tanto, el porvenir era brillante para
un hombre de su edad. Pero el banco exigía como requisito indispensable que
todos sus gerentes fueran casados. Cutberto era ambicioso, y el doctor también
deseaba ver a su futuro yerno en buena posición. Pero cuando aquél acudía a sus
padres, todas sus esperanzas caían por tierra.

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—Puedes casarte con cualquier otra —decía Regino—; te prometo no poner la
menor objeción, pero desapruebo en absoluto tu unión con la muchacha Ochoa.
—Bien, pero dame una razón siquiera por la que no deseas que me case con ella.
¿No es bonita?
—Más que bonita, es una belleza.
—¿Sabes algo malo acerca de su conducta?
—Es un modelo de chica.
—¿Les ha hecho algún daño a ti o a mamá o a alguna persona en el mundo?
—No, que yo sepa, y si alguien se atreviera a decirlo le rompería la boca.
—Bien. ¿Entonces cuál es el motivo?
—Simplemente, no quiero que te cases con esa muchacha, eso es todo. Tienes
que quitártela del pensamiento.
Y si Cutberto acudía a su madre, ésta le decía:
—No puedes casarte con Vera. Nada tengo que decir en su contra, es una
criatura encantadora, pero no puedes casarte con ella, no te conviene, olvídala.
Hay muchas otras; a cualquiera otra que elijas la recibiré con los brazos abiertos.
Pero a Vera no, tu padre tiene razón.
Cuando las cosas llegaron a ese extremo, el señor Ochoa salió en su ayuda.
—Yo hablaré con tu padre —dijo—. Es un burro testarudo, y así se lo diré. Pienso
que tal vez haya elegido a alguna otra novia para ti, pero no lo creo, ¿verdad?
—Desde luego que no. De ser así, hace tiempo que me lo habría dicho.
—Bueno, iré a verlo.
El señor Ochoa visitó al señor Borrego y hablaron sobre el asunto.
—Dígame —empezó Ochoa—: ¿Es que mi hija no le parece lo suficientemente
buena para su hijo? Me gustaría oír su opinión; hable.
Borrego se confundió y todo cuanto pudo decir fue:
—Yo nunca he dicho que la hija de usted no sea buena para mi muchacho, ni que
sea inculta, ya que la graduaron con todos los honores y tiene mejor educación que
la que hemos podido dar a nuestro hijo. Así que, por lo que a eso se refiere no hay
crítica que hacer.
—Bueno, entonces, ¿cuál es el motivo? —dijo el doctor, excitado y enrojeciendo
—. Tal vez no tiene suficiente dinero, ¿eh? Dígalo, es lo único que espero.
—No puedo explicarle, Jenaro Ochoa; eso es todo. Y no daré mi consentimiento
porque me desagrada esa unión.
Regino Borrego se puso en pie y dio unas palmaditas en el hombro a Jenaro
Ochoa.
17 de 101

Este gritó furioso:
—No me toque si no quiere que lo haga pedazos. Y usted —dijo volviéndose a
Manola, que acudía asustada por sus gritos—, y usted ¿qué tiene que decir?
¡Contésteme!
—Estoy de acuerdo con mi esposo —dijo con calma.
—Ahora oigan —dijo Ochoa amenazándolos con el puño—. Estoy harto de su
necedad. Los muchachos se casarán y serán felices aún sin sus bendiciones,
porque las gentes como ustedes nada valen. La pareja recibirá dos veces, cien
veces, mis bendiciones y serán felices a pesar de la oposición de ustedes y tal vez
justamente por ella.
Dicho esto, el señor Ochoa salió dando un portazo que hizo temblar toda la casa.
Aquella noche, cuando Cutberto llegó a la casa, dijo:
—Bueno, el próximo sábado al mediodía nos casamos; hemos fijado esa fecha
definitivamente, no la aplazaremos más. No esperaremos, no deseamos esperar
más. Quedan cordialmente invitados por mí, por Vera y por don Jenaro. Nos
complacería mucho que fueran; si no van será muy duro para mí, pero yo he hecho
cuanto he podido. Buenas noches.
Dejó la estancia y marchó a su cuarto. La pieza quedó extrañamente silenciosa.
Después de meditar un rato, Manola dijo:
—Lo que no comprendo es por qué tú también te opones. Nunca me diste la
razón de ello. Nada puedes decir en contra de esa chica. ¿O tienes algo que repro charle?
—Tal vez los reproches puedas hacerlos tú —dijo Regino nerviosamente.
—Nunca

dije

semejante

cosa.

Lo

único

que

he

dicho

es

que

tengo

el

presentimiento de que ese casamiento no podrá realizarse nunca.
—Eso es exactamente lo que yo pienso.
Él guardó silencio, después se levantó de su asiento y empezó a pasearse por la
estancia. Finalmente se paró enfrente de Manola y dijo:
—Tendré que decírselo al muchacho, tendré que decírselo, no me queda otro
remedio. ¡Dios mío!
—¿Qué es lo que tienes que decirle? —preguntó ella ansiosamente.
—Que no puede casarse con su hermana.
Manola saltó y se puso de pie, pero inmediatamente después se dejó caer en su
asiento otra vez, palideciendo intensamente.

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—¿Cómo lo sabes? —preguntó casi sin aliento—. ¿Cómo pudiste saberlo? ¿Cómo
lo averiguaste? ¿Fue Ochoa quien te lo dijo, o quién? Pero ¡qué raro! Ochoa no lo
sabe.
—¿Ochoa? No, él no ha dicho una palabra, porque creo que no lo sabe. Eso
ocurrió cuando fuiste a cuidar a tu madre enferma en Los Ángeles. El no estaba en
la ciudad entonces. Yo me sentía solo y tal vez la señora Ochoa también. Nos
entregamos mutuamente, pero la cosa pasó pronto. De todos modos la muchacha
Ochoa, es decir, Vera, es mi hija. Como ves, Cutberto no puede casarse con ella y
nosotros tenemos que decírselo. El asunto me trae loco, desesperado.
Cuando Regino terminó su historia, no levantó la cabeza. Esperaba una violenta
explosión de Manola, o cuando menos toda clase de exclamaciones. Cuando al cabo
de un rato no se escuchó ni un grito, ni sonido de ninguna especie, tuvo la idea
desagradable de que Manola había muerto repentinamente por la impresión que le
causara aquella revelación inesperada. Entonces, envalentonándose muy poco a
poco, se irguió para verla.
Con una extraña sonrisa paseándose por sus labios, ella lo miró y preguntó:
—¿Estás seguro, enteramente seguro, de que Vera es tu hija y no la hija del
viejo?
—Absoluta y positivamente seguro; lo supimos antes de que Ochoa regresara.
Perdóname y ayúdame a salir de esta pesadilla, por favor.
Manola rió nerviosamente y dijo:
—Si estás absolutamente seguro de que Vera es tu hija, entonces no hay peligro
alguno si se casa con Cutberto. Porque si estás seguro de que es tu hija, entonces
Cutberto no puede ser su hermano.
—¿Cómo es esto? —preguntó él inocentemente, poniendo cara de bobo.
—Cutberto no puede ser su hermano, porque no es tu hijo.
—¿Qué? —dijo, perdiendo el aliento—. ¿De quién es hijo entonces, si no lo es
mío?
—De Ochoa. Ocurrió en Los Ángeles, también durante el tiempo que me fui a
cuidar a mi madre. Él estaba allí tomando un curso extra relacionado con su
profesión. No recuerdo cuál era. Nos encontramos en un día de campo. Yo iba con
mi madre y unas amigas. Nos sorprendió una tempestad terrible, y entonces su cedió. Recuerda como estábamos en ese tiempo, nos llevábamos tan mal,
estábamos tan desunidos, yo siempre nerviosa a tu lado y sin saber a qué
atribuirlo, y es que cuando nos casamos yo lo ignoraba todo, ¡era tan tonta! Me fui
a ese viaje convencida de que nuestro matrimonio había sido un fracaso, pensé
permanecer al lado de mi madre mientras te planteaba el divorcio.
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Ahora era Regino el que se había quedado como petrificado, sin poder articular
palabra. De todos modos le hubiera sido casi imposible, de querer hacerlo, pues no
era fácil interrumpir a Manola, quien parecía impulsada por una fuerza interior a
continuar confesando hasta echarlo todo fuera.
—Después, todo cambió. De pronto comprendí cuánto te quería y qué ciega había
estado. Así, pues, volví a casa decidida a empezar de nuevo y a ser toda y exclu sivamente tuya. Me convertí en una nueva mujer. Ochoa, sin darse cuenta, cambió
el curso de mi vida, me hizo verla desde otro aspecto distinto. Él era mucho mayor
que tú y tenía más experiencia en todas las cosas humanas. Desde luego que a
partir de entonces nada tuve que ver con él. Nunca. Lo olvidé en el preciso
momento en que llegué aquí. Siempre te quise a ti y sólo a ti, pero no lo sabía.
Descubrí que tú no eras, que tú no podías ser el padre de Cutberto, y no podías
serlo porque yo no había sabido ser una buena esposa para ti. Inverosímil,
¿verdad?, que se pueda querer tanto a una persona que ni siquiera se dé cuenta de
que es a causa de ese cariño por lo que se siente una nerviosa e irri table. Y
además, el viejo Ochoa nada sabe acerca de Cutberto. Nunca le dije una sola
palabra de ello, porque hubiera sido complicar las cosas. Bueno, esa es toda la
verdad.
El se la quedó mirando estupefacto largo rato, sin decir palabra.
Así estuvieron lo que a ella le pareció una eternidad. Sintió un extraño consuelo
cuando de pronto el silencio fue interrumpido por los pasos de su hijo, que bajaba
de su recámara, evidentemente en busca de algo.
Al verlo en la estancia, Regino por fin reaccionó. Levantando la cabeza le gritó
toscamente:
—¿A qué vienes? ¿Qué es lo que haces a estas horas? ¿Es que no duermes
nunca? Toda la noche te la pasas recorriendo la casa.
Repentinamente cambió de tono de voz y con una mirada significativa a su mujer
agregó:
—Este muchacho siempre se presenta cuando menos se le espera. . . parece
tener el don de ser un inoportuno. . .
—¿Pero yo qué he hecho, papá? Sólo vine por un libro, pues no puedo dormir.
¿Qué pasa? No comprendo. ¿Soy culpable de algo?
—¡Sí tú supieras!... —contestó irónicamente Regino.
—¿De qué se trata, papá? ¿De qué hablas?
—Nada, nada. Ya no tiene importancia. Olvida lo que dije.
Boquiabierto y azorado, Cutberto dio media vuelta para salir de la pieza al mismo
tiempo que decía:
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—Buenas noches.
—Espera un momento. Quiero decirte algo muy importante —dijo Regino.
Manola, al oír esto, dirigió a su marido una mirada llena de ansiedad, temerosa
de que éste fuera a revelar el secreto de familia.
Evitando su mirada, Regino continuó:
—Quiero decirte que desde luego y por supuesto que sí estamos de acuerdo en
que te cases, el sábado o cualquier otro día.
Después de escuchar estas palabras, apareció en los labios de Manola una sonrisa
de alivio.
Regino siguió diciendo:
—Y puedes estar seguro que nosotros estaremos presentes en tu boda. ¡Quién
diga lo contrario, miente! Nunca nos tomaste en serio, ¿verdad? Porque si lo hiciste
fuiste muy tonto. Los estábamos probando a ambos, tu madre y yo, para ver
cuánto duraba su cariño. De hecho nos complace que te cases con Vera. Tendrás
que hacer todo lo posible para que esa encantadora muchacha sea feliz. Es la
criatura mejor del mundo. ¡Su padre sabe lo que dice!
Cutberto no oyó aquellas últimas palabras, pues salió de la casa como un huracán
para llevarles la buena nueva a los Ochoa, tal y como se encontraba, en pijama. Al
pasar por junto a la puerta de salida, jaló un abrigo que se encontraba allí colgado
en una percha, y se lo colocó sobre los hombros, pero sin disminuir en nada su
velocidad.
Cuando llegó a casa de su novia y todavía jadeante les comunicó la buena noticia,
el señor Ochoa jactanciosamente y pavoneándose le dijo:
—Oye muchacho, te haré una confidencia: Tú eres un gran chico, pero tus padres
son las gentes más chistosas y locas que jamás he conocido. No hace dos horas
todavía que estaban decididos a suicidarse antes que dar su consentimiento para el
matrimonio, y ahora les gustaría que se casaran luego, aún a medianoche. ¿Sa bes?, debí hablarles hace diez meses en la forma tan enérgica en que lo hice hoy.
Eso habría sido lo más sensato. Ya ves, apenas me les puse "pesado" y cedieron
inmediatamente.

LA TIGRESA

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En cierto lugar del exuberante estado de Michoacán, México, vivía una joven a
quien la naturaleza, aquí especialmente buena y pródiga, le había ofrendado todos
esos dones que pueden contribuir grandemente a la confianza en sí misma y
felicidad de una mujer.
Y en verdad que era éste un ser afortunado, pues poseía además una cuantiosa
herencia que sus progenitores, al morir uno casi seguido del otro, le habían dejado.
Su padre había sido un hombre de gran capacidad y dedicación al trabajo, por lo
que mucho antes de morir ya había logrado, a base de su esfuerzo personal, un
próspero negocio de talabartería, así como tierras y propiedades que pasaron a
manos de Luisa Bravo, su hija.
Existía también la probabilidad de ser aún más rica algún día al morir sus
acaudalados parientes, su abuela y una tía, con quien Luisa vivía desde la muerte
de sus padres.
No era de sorprender, pues, que por su extraordinaria belleza y aún más por su
considerable

fortuna,

fuera

muy

codiciada

por

los

jóvenes

de

la

localidad

aspiraciones matrimoniales.
Mientras tanto, Luisa disfrutaba de la vida como mejor le gustaba. Amaba los
caballos y era una experta amazona siempre dispuesta a jugar carreras o a com petir con cualquier persona que se atreviera a retarla. Raras veces perdía, pero
cuando esto sucedía, el ganador que conociera bien su carácter y estimara en algo
el bienestar propio, trataría de quitarse rápidamente de su alcance, pues aunado a
las ventajas antedichas, iba una arbitraria e indómita naturaleza.
A pesar de su mal genio, los pretendientes revoloteaban a su alrededor como las
abejas sobre un plato lleno de miel. Pero ninguno, no importa que tan necesi tado
se encontrara de dinero, o que tan ansioso estuviera de compartir su cama con
ella, se arriesgaba a proponerle un compromiso formal antes de pensarlo detenidamente.
Sin embargo, donde hay tanto dinero a la par con tanta belleza, cualquiera está
dispuesto a aceptar ciertos inconvenientes que toda ganga trae consigo.
Se daba el caso de que Luisa no sólo poseía todos los defectos inherentes a las
mujeres, sino que acumulaba algunos más.
Como hija única, sus padres habían vivido en constante preocupación por ella y
con un miedo aterrador a perderla, aunque la niña estaba tan sana y robusta como
una princesa holandesa. Todo lo que hacía o decía armaba gran revuelo entre sus
parientes y gente a su alrededor, y desde luego la complacían en todos sus deseos
y caprichos.

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El significado de la palabra "obediencia" no existía para ella. Nunca obedeció,
pero también hay que aclarar que nunca alguien se preocupó o insistió en que lo
hiciera.
Sus padres la enviaron a una escuela en la capital y después a un colegio en los
Estados Unidos. En estos planteles la niña se esforzaba más o menos por obedecer,
obligada por las circunstancias, pero en el fondo no cambiaba su carácter de libre
albedrío. Mientras se encontraba en el colegio, su vanidad exagerada y ambición
desmedida por superar a todas las compañeras y ganar siempre los primeros
lugares en todo, la sometían a cierta disciplina. Pero cuando llegaba de vacaciones
a su casa, se desquitaba dando rienda suelta a su verdadera naturaleza.
Para dar una idea más precisa de su carácter, habría que agregar la ligereza con
que se enfurecía y hacía explosión por el motivo más insignificante y baladí. Las
muchachas indígenas de la servidumbre y los jóvenes aprendices en la talabartería
de su padre solían correr y esconderse por horas enteras cuando Luisa tenía uno de
sus ataques temperamentales. Hasta sus mismos padres se retiraban a sus
habitaciones y aparecían cuando calculaban que ya se le había pasado el mal
humor.
De no ser por el hecho de que sus padres pertenecían a una de las mejores y
más influyentes familias de los contornos, la posibilidad de que fuera declarada
mentalmente afectada y encerrada en un sanatorio no hubiera sido muy remota.
Sin embargo, estos arranques de furia sucedían generalmente dentro de la casa y
no afectaban la seguridad pública. Cuando había realmente algún destrozo,
personal o material, los padres siempre reparaban el daño con regalos y doble
demostración de afecto y bondad hacia los perjudicados por su hija, en especial
tratándose de la servidumbre.
Con lodo, había en Luisa algunas cualidades que atenuaban un poco sus
tremendas fallas. Entre otras, poseía la de ser generosa y liberal. Y una persona
que no puede ver a un semejante morir de hambre y que esta siempre dispuesta a,
regalar un peso o quizá un par de zapatos viejos o un vestido, que, aunque usado,
todavía está presentable, o alguna ropa interior o hasta una caja de música cuya
melodía ya ha fastidiado, para aliviar la urgente necesidad del prójimo o alegrarle
en algo la existencia, siempre es perdonada.
Los estudios de bachillerato agregaron algo al carácter de Luisa, pero este
añadido no fue precisamente para mejorarlo. Pasó todos los exámenes con
honores. Esto, naturalmente, la hizo más suficiente e insoportable. Su orgullo y
vanidad no cabían. Nadie podía decirle algo sobre un libro, una filosofía, o un

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sistema político, un punto de vista artístico o descubrimiento astronómico sin que
ella manifestara saberlo todo antes y mejor.
Contradecía a todo el mundo, y por supuesto sólo ella podía tener la razón. Si
alguien lograba demostrarle, sin lugar a duda, que estaba equivocada, inmediatamente tenía uno de esos ataques de furia.
Jugaba ajedrez con maestría, pero no admitía una derrota. Si algún contrincante
la superaba, suspendía el partido aventándole a éste no sólo las piezas del juego,
sino hasta el tablero.
Con todo y esto tenía días en que no sólo era soportable, sino hasta agradable de
tal modo, que la gente olvidaba de buena gana sus groserías.
Explicados estos antecedentes, es fácil comprender por qué, tarde o temprano,
los aspirantes a su mano se retiraban, o más bien eran retirados por Luisa con sus
insolencias y a veces hasta con golpes.
Más de un joven valiente y soñador, entusiasmado por la belleza de Luisa, y aún
más por su dinero, creía poder llegar a ser, una vez casados, amo y señor de la
joven esposa. Pero esta quimérica ilusión era acariciada sólo por aquellos que
habían tratado a Luisa una o dos veces a lo sumo. Al visitar la casa por tercera vez,
volvían a la realidad y perdían toda esperanza, pues se convencían entonces
definitivamente de que la doma de esta tigresa llevaba el riesgo de muerte para el
domador.
Ella, desde luego, no ponía nada de su parte porque, a decir verdad, el casarse o
no, la tenía sin cuidado. Sabía, naturalmente, que, cuando menos por razones
económicas, no necesitaba ningún hombre. En cuanto a otros motivos, bueno, ella
no estaba realmente convencida de si una mujer puede pasársela o no sin la otra
mitad

de

la

especie

humana.

No

en

vano

había

estado

en

un

colegio

estadounidense, en donde, aparte de inglés, se aprenden muchas otras cosas
prácticas y útiles.
Pero

como

cualquier

otro

mortal,

Luisa

también

cumplía

años.

Tenía

ya

veinticuatro, una edad en la cual en México las mujeres ya no se sienten en
condiciones de escoger, y generalmente toman lo que les llega sin esperar títulos,
posición social, fortuna o al hombre guapo y viril de sus sueños.
Mas, Luisa era distinta, Ella no tenía ninguna prisa y no lo importaba saber si
todavía la contaban entre las elegibles o no. Tenía la convicción de que era mejor,
después de todo, no casarse, pues de este modo no tenía que obedecer ni agradar
a nadie. Se daba cuenta, observando a sus amigas casadas y antiguas compañeras
de colegio, que, cuando menos para una mujer con dinero, la vida es más
agradable y cómoda cuando no se ha perdido la libertad.
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Sucedió que en ese mismo estado de Michoacán vivía un hombre que hacía
honor a su bueno y honrado, aunque sencillo, nombre de Juvencio Cosío.
Juvencio tenía un buen rancho no muy lejos de la ciudad donde vivía Luisa. A
caballo, estaba a una hora de distancia. El no era precisamente rico, pero sí bastante acomodado, pues sabía explotar provechosamente su rancho y sacarle
pingües utilidades.
Tenía unos treinta y cinco años de edad, era de constitución fuerte, estatura
normal, ni bien ni mal parecido... Bueno, uno de esos hombres que no sobresalen
por algo especial y que aparentemente no han destacado rompiendo marcas
mundiales- en los deportes.
Permanecerá en el misterio el hecho de si él había oído hablar antes de Luisa o
no. Cuando después frecuentemente ^e lo preguntaban sus amigos, él siempre
contentaba:
—No.
Lo más probable es que nadie le previno acerca de ella.
Cierto día en que tuvo la necesidad de comprar una silla de montar, pues la suya
estaba muy vieja y deteriorada, montó su caballo y fue al pueblo en busca de una.
Así fue como llegó a la talabartería de Luisa, donde vio las sillas mejor hechas y
más bonitas de la región.
Ella manejaba personalmente la talabartería que heredara, primero, porque
habían sido los deseos de su padre el que el negocio continuara funcionando, y segundo, porque le gustaba mucho todo lo concerniente a los caballos. Dirigía la
tienda con la ayuda de un antiguo encargado que había trabajado con su padre durante más de treinta años y de dos empleados casados que también llevaban ya
muchos años en la casa. Como el negocio estaba encarrilado, era fácil manejarlo.
Aparte, le agradaba llevar ella misma los libros, mientras su tía y su abuelita se
ocupaban de la casa.
El negocio florecía, y como la experta mano de obra continuaba siendo la misma,
la clientela aumentaba constantemente y los ingresos del negocio eran aún superiores a lo que habían sido en vida de su padre.
Luisa se encontraba en la tienda cuando Juvencio llegó y se detuvo a ver las sillas
que estaban en exhibición a la entrada, en los aparadores y colgadas en las
paredes por fuera de la casa.
Ella, desde la puerta, lo observó por un rato, mientras él, con aire de conocedor,
cuidadosamente examinaba las sillas en cuanto a su valor, acabado y durabilidad.
De improviso, desvió la vista y se encontró con la de Luisa. Ella le sonrió
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abiertamente, aunque después nunca pudo explicarse a sí misma el por qué de su
actitud, pues no acostumbraba sonreír a desconocidos. Juvencio, agradablemente
sorprendido por la franca sonrisa de Luisa, se acercó, y un poco ruborizado, dijo:
—Buenos días, señorita. Deseo comprar una silla de montar.
—Todas las que usted guste, señor —contestó Luisa—. Pase usted y vea también
las que tengo acá adentro. Quizá le guste más alguna de estas otras. En realidad,
las mejores las tengo guardadas para librarlas de la intemperie.
—Tiene razón —dijo Juvencio siguiéndola al interior de la tienda.
Revisó todas las sillas detalladamente pero, cosa rara, parecía haber perdido la
facultad de poder examinarlas cabalmente. Aunque dio golpecitos a los fustes,
inspeccionó

bien

el

cuero

e

hizo

mucho

ruido

estirando

las

correas,

sus

pensamientos estaban muy lejos de lo que hacía.
Cuando repentinamente volteó otra vez a preguntar algo a Luisa, comprendió que
ésta lo examinaba tan cuidadosamente como él lo hacía con las sillas. Sorpren dida
en esta actitud, ella trató de disimular. Ahora era su turno de sonrojarse. Sin
embargo, se repuso al instante, sonrió y contestó con aplomo su pregunta sobre el
precio de una silla que él había sacado de un escaparate.
Juvencio quiso saber el importe de varios otros objetos, pero ahora ella no sólo
tenía la impresión, sino la certeza de que él hacía toda clase de preguntas nada
más por tener algo que decir.
Inquirió de donde procedía la piel, que tal le iba en el negocio y otros detalles
semejantes. Ella también le dio conversación, preguntando de donde era y qué hacía. Él le dijo su nombre, le describió su rancho, le informó cuantas cabezas de
ganado criaba. Hablaron de caballos, de cuanto maíz habían producido sus tierras
el año anterior y qué cantidad de puercos había vendido al mercado. Comentaron
precios y todas esas cosas conectadas con ranchos y haciendas.
Después de largo rato —ninguno de los dos tenía noción del tiempo transcurrido
— y no encontrando un pretexto más para alargar su estancia, se vio obligado a
tratar el asunto por el cual había venido. Haciendo un gran esfuerzo, dijo:
—Creo que me voy a llevar ésta —y apuntó a la más cara y bonita—. Sin
embargo —titubeó—, debo pensarlo un poco más y echar un vistazo por las otras
talabarterías. De todos modos, si me la aparta hasta mañana, yo regreso y le
decidiré definitivamente. ¿Le parece? Bueno, hasta mañana, señorita.
—Hasta mañana, señor —contestó Luisa, mientras él salía pausadamente y se
dirigía hacia la fonda frente a la cual había dejado su caballo amarrado a un poste.
El hecho de que no comprara la silla ese mismo día no sorprendió a Luisa. Por
intuición femenina sabía que él tenía hecha *u decisión con respecto a la compra, y
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que solamente había pospuesto el asunto para tener motivo de regresar al día
siguiente.
Huelga explicar que no buscó ninguna silla en otros lugares, sino que se
encamino lentamente hacia su rancho. Mientras cabalgaba, Juvencio llevaba
dibujada en su mente la encantadora sonrisa de Luisa, y cuando por fin llegó a su
casa, se sintió irremediablemente enamorado.
Al dar las nueve del día siguiente, Juvencio ya estaba de regreso en la tienda.
Mas al entrar se sintió defraudado, pues en vez de Luisa, encontró a la tía
atendiendo el negocio. Pero él también tenía sus recursos.
—Perdón, señora; ayer vi unas sillas, pero la señorita que estaba aquí prometió
enseñarme hoy otras que tiene no sé dónde, en algún otro sitio.
—Ah, sí; con seguridad era Luisa, mi sobrina. Pero, ¿sabe usted?, no sé a cuales
se refiere. Si se espera sólo diez minutos, ella vendrá.
Juvencio no tuvo que esperar ni siquiera los diez minutos. Luisa llegó antes.
Ambos se sonrieron como viejos amigos. Y cuando ella envió inmediatamente a
su tía a hacer alguna diligencia fuera de la tienda, Juvencio comprendió que Luisa
no estaba muy renuente a quedarse unos momentos a solas con él.
Otra vez empezaron por ver sillas y arreos, pero tal y como el día anterior, la
conversación pronto se desvió y platicaron largamente sobre distintos temas hasta
que él se dio cuenta con pena que las horas habían volado y que no había más
remedio que comprar la silla, despedirse e irse.
Cuando ella había recibido el dinero y, por lo tanto, el trato se consideraba
completamente cerrado, Juvencio dijo:
—Señorita,

hay

algunas

otras

cosas

que

necesito,

tales

como

mantas y

guarniciones. Creo que tendré que regresar dentro de unos días a verla.
—Esta es su casa, caballero. No deje de venir cuando guste. Siempre será
bienvenido.
—¿Lo dice de veras, o sólo como una frase comercial?
—No —rió Luisa—, lo digo de veras, y para demostrárselo lo invito a almorzar a
mi casa.
Cuando los dos entraron al comedor, ya la abuela y la tía habían terminado,
aparentemente cansadas de esperar y además acostumbradas a que Luisa llegaba
a comer cuando le daba la gana.
Por cortesía permanecieron las dos damas a la mesa hasta que se sirvió la sopa.
Después se excusaron amablemente, se levantaron y salieron de la pieza.
El almuerzo de Luisa y Juvencio duró hora y media más.
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En la mañana del tercer día, Juvencio regresó. Esa vez a comprar unos cinchos. Y
desde ese día se aparecía Por la tienda casi cada tercer día a comprar o a cam biar
algo, a ordenar alguna pieza especial o a la medida.
Y ya era regla establecida el que siempre se quedara después a almorzar en casa
de Luisa.
Sucedía que a veces tenía algunos encargos que hacer por el pueblo que lo
demoraban hasta ya entrada la noche, y entonces, naturalmente, le invitaban también a cenar.
En una de esas ocasiones en que se retrasó en el pueblo hasta ya tarde y en que
llegó a cenar a casa de Luisa, empezó a llover fuerte y persistentemente. Tanto,
que a la hora de querer salir para emprender el regreso a su rancho, aquello se
había convertido en un diluvio. No se podía distinguir un objeto a un metro de
distancia y no había probabilidades de que amainara la tormenta.
—Ni pensar en ir a un hotel —dijeron las señoras de la casa. Bien podía quedarse
a dormir allí, pues tenían cuartos de sobra con mucho mejores camas que las que
podía encontrar en cualquier albergue.
Juvencio aceptó su hospedaje, agradecido, olvidándose acto seguido del mal
tiempo ante la perspectiva de prolongar la velada en compañía de Luisa.
Dos semanas después correspondió a la hospitalidad invitando a las tres damas a
visitar un domingo su rancho.
Tras de esta visita, Juvencio se presentó una tarde muy formalmente a pedir la
mano de Luisa.
Ninguna de las dos señoras mayores se opuso a lo solicitado, pues Juvencio era
un caballero con todas las cualidades para ser un buen marido. De familia sencilla
pero honorable, acomodado, trabajador, y sin vicios.

Naturalmente, Juvencio antes lo había consultado con Luisa, y como ésta tenía ya
lista su respuesta desde hacía tiempo, contestó simplemente:
—Sí. ¿Por qué no?
Sin embargo, aquella noche la abuela dijo a la tía de Luisa:
—Para mí que esos dos están todavía muy lejos del matrimonio, y hasta que yo
no los vea en la misma cama, no creeré que estén casados. Por lo pronto no pre pares vestuario, ni nada, tampoco hay que contarlo a las amistades.
Estas advertencias salían sobrando, pues la tía se sentía tan escéptica como la
abuela de que el matrimonio se llevara al cabo.

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A la semana de estar comprometidos, Juvencio platicaba una mañana con Luisa
en la tienda. La conversación giró sobre sillas de montar, y Juvencio dijo:
—Pues mira, Licha, a pesar de que tienes una talabartería, la verdad es que no
sabes mucho de esto.
Esta declaración de Juvencio había sido provocada por Luisa ante su insistencia
en que cierto cuero era mejor y de más valor. El no quería darle la razón, porque
iba en contra de sus principios mentir nada más por ceder. Como buen ranchero
sabía por experiencia cual piel tenía más durabilidad, resistencia y calidad.
Luisa se puso furiosa y gritó:
—¡Desde que nací he vivido entre sillas, correas y guarniciones, y ahora me
vienes a decir tú en mi cara que yo no conozco de pieles!
—Sí,

eso

dije,

porque

esa

es

mi

opinión

sincera

—contestó

Juvencio

calmadamente.
—¡Mira! No te pienses ni por un segundo que me puedes ordenar, ni ahorita, ni
cuando estemos casados, que pensándolo bien, no creo que lo estaremos. A mí
nadie me va a mandar, y más vale que lo sepas de una vez, para que te largues de
aquí y no te aparezcas más, si no quieres que te aviente con algo y te mande al
hospital a recapacitar tus necedades.
—Está bien, está bien. Como tú quieras —dijo él. AI salir Juvencio, ella aventó
violentamente la puerta tras él. Después corrió a su casa.
—Bueno, de ese salvaje ya me libré —dijo a su tía—. ¡Imagínate; pensaba que
me podía hablar así como así, a mí! Al cabo yo no necesito de ningún hombre. De
todos modos él sería el último con quien yo me casara.
Ni la abuela ni la tía comentaron más el asunto, pues no era novedad para ellas.
Ni siquiera suspiraron. En realidad a ellas tampoco les importaba si Luisa se casaba
o no. Sabían perfectamente que de todos modos haría lo que se le antojara.
Pero, por lo visto, Juvencio pensaba distinto.
No se retiró como habían hecho todos los anteriores pretendientes después de un
encuentro de estos. No, a los cuatro días reapareció por la tienda, y Luisa se
sorprendió al verlo cara a cara en el mostrador. Parecía haber olvidado que ella lo
había corrido y que entraba a la tienda más bien como por costumbre.
Luisa no estuvo muy amigable. Pero también, como por costumbre, lo invitó a
almorzar.
Por unos cuantos días, todo marchó bien. Pero una tarde ella sostenía que una
vaca puede dar leche antes de haber tenido becerro. Afirmaba haber aprendido
esto en el colegio de los Estados Unidos. Por lo que él contestó:

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—Escucha, Licha; si aprendiste eso en una escuela gringa, entonces los maestros
de esa escuela no son más que unos asnos estúpidos, y si todo lo que aprendiste
allá es por el estilo, entonces tu educación deja mucho que desear.
—¿Quieres decir que tú sabes más que esos profesores; tú, tú, campesino?
—A lo mejor —replicó él riendo—. Justamente porque soy un campesino, sé que
una vaca, hasta no haber tenido crío no puede dar leche. —Después aña dió
burlonamente—: Aunque la ordeñes por detrás o por delante. De donde no hay
leche, no puedes sacarla.
—¡Así que quieres decirme que yo soy una burra, una idiota, que jamás pasé un
examen! Pues déjame decirte una cosa: las gallinas no necesitan de gallo para
poner huevos.
—¡Correcto! —dijo Juvencio—. Absolutamente cierto. Y, ¿sabes?, hasta hay gallos
que ponen ellos los huevos cuando las gallinas no tienen tiempo para hacerlo. Y
hay muías que pueden parir y también es cierto que hay muchos niños que nacen
sin tener padre.
Luisa repuso:
—¡Conque gozas contradiciéndome! ¡Después de todo, yo me educaba mientras tú
alimentabas marranos!
—Si nosotros, y me refiero a todos los campesinos como yo, no alimentáramos
puercos, todos tus sabihondos profesores se morirían de hambre.
En oyendo esto último, Luisa montó en cólera. Nunca pensó él que un ser
humano podía encolerizarse tanto. Ella gritaba a todo pulmón:
—Admites, ¿sí o no, que yo tengo la razón?
—Tú tienes la razón. Pero una vaca que no ha tenido crío no tiene leche. Y si
existe una vaca de esas que tú dices, es un milagro, y los milagros son la
excepción. En agricultura no podemos depender ni de milagros ni de excepciones.
—¿Así es que te sigues burlando de mí, insultándome?
—No te estoy insultando, Licha; te estoy exponiendo hechos que por la práctica
sé mejor que tú.
La calma con la que él había pronunciado estas palabras enfureció más a Luisa.
Se acercó a la mesa sobre la cual había un grueso jarrón de barro. Lo tomó en
sus manos y lo lanzó a la cabeza de su antagonista.
La piel se le abrió y la sangre empezó a correr por la cara de Juvencio en gruesos
hilos.
En las películas hollywoodenses, la joven heroína, preocupadísima y sinceramente
arrepentida de su arrebato, lavaría la herida con un pañuelo de seda, al mismo
tiempo que acariciaría la pobre y adolorida cabeza cubriéndola de besos, e
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inmediatamente después ambos marcharían al altar para vivir eternamente felices
y contentos hasta que la muerte los separara...
Luisa se limitó a reír sarcásticamente, y viendo a su novio cubierto de sangre,
gritó:
—Bueno, espero que esta vez sí quedes escarmentado, Y si aún quieres casarte
conmigo, aprende de una vez por todas que yo siempre tengo la razón, parézcate o
no.
Él fue a ver al médico.
Cuando se vio por el pueblo a Juvencio con la cabeza vendada, todos adivinaron
que él y Luisa habían estado muy cerca del matrimonio y que la herida que
mostraba era el epílogo natural e inevitable en tratándose de Luisa.
Pero a pesar de todas las conjeturas y murmuraciones, dos meses después Luisa
y Juvencio se casaban.
Las opiniones de los amigos a este respecto eran muy variadas. Unos decían que
Juvencio era un hombre muy valiente al poner su cabeza en las garras de una
tigresa. Otros aseguraban que el deseo carnal lo había cegado momentáneamente,
pero que ya despertaría en poco tiempo. Otros comentaban que no, que todo era al
contrario, que seguramente las cosas ya habían ido tan lejos que él se había visto
obligado a casarse. Y aún otros sostenían que en el fondo de todo estaba la avaricia
y el interés que le hacían aguantarse y olvidar todo lo demás, aunque, agregaban
seguidamente, esto les sorprendía sobremanera, porque Juvencio no tenía necesidad de dinero. Hasta había quien aseveraba que Juvencio era un poco anormal y
que, a pesar de su aspecto viril, gozaba estando bajo el yugo y dominio brutal de
una mujer como Luisa. De todos modos ninguno lo envidiaba, ni siquiera aquellos
que habían pretendido su fortuna. Todos afirmaban sentirse muy contentos de no
estar en su lugar.
Durante los agasajos motivados por el casamiento, Juvencio puso una cara
inescrutable. Mas cuando le preguntaban como iban a arreglar tal o cual asunto de
la casa o de su vida futura, siempre contestaba que todo se haría según los deseos
de Luisa. A veces, ya avanzada la noche, y con ella también las copas, muchos
caballeros y hasta algunas damas bromeaban acerca de la novia decidida y
autoritaria y del débil y complaciente marido. Un grupo de señoras, ya entradas en
años, opinaba que una nueva era se implantaba en México y que las mujeres por
fin habían alcanzado sus justos y merecidos derechos.
Mas todas estas bromas tendientes a ridiculizarlo, dejaban a Juvencio tan
indiferente como si estuviera en la luna.
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En pleno banquete de bodas, uno de sus amigos, que había libado más de lo
debido, se levantó gritando:
—Vencho, creo que te mandamos una ambulancia mañana temprano ¡para que
recoja tus huesos!
Fuertes carcajadas se escucharon alrededor de la mesa.
Este era un chiste no sólo de muy mal gusto, sino en extremo peligroso. En
México, bromas de esta índole, ya sea en velorios, bautizos o casamientos,
seguido provocan que salgan a relucir las pistolas y hasta llega a haber balazos. Y
esto sucede aún en las altas esferas sociales. Cientos de bodas han terminado con
tres o cuatro muertos, incluyendo a veces al novio. Hasta se ha dado el caso de
que un tiro extraviado alcance también a la novia.
Pero aquí todo terminó en paz.
La fiesta había sido en casa de la desposada y había durado hasta bien entrado el
día siguiente. Cuando al fin se fueron los últimos invitados, con el estómago lleno y
la cabeza aturdida por la bebida, ansiando llegar a descansar, la novia se retiró a
su recámara, mientras que el novio fue al cuarto que ya ocupara antes de
carsarse, cuando por algún motivo permaneciera en el pueblo.
La verdad es que a estas alturas nadie hubiera reparado en lo que hacían los
novios, si estaban juntos o en cuartos por separado, ni tenían el menor interés en
saber dónde pasarían las siguientes horas.
Más tarde, cuando los recién casados desayunaban en compañía de su tía y su
abuela, la conversación era lenta y desanimada. Las dos señoras tristeaban
sentimentales,

pues

Luisa

abandonaría

en

unos

momentos

más

la

casa

definitivamente. El matrimonio sólo cambiaba una que otra frase indiferente acerca
de la inmediata ida al rancho y lo más urgente por instalar en la nueva casa.
Con la ayuda de los sirvientes del rancho y de la vieja ama de llaves, Luisa
procedió a arreglar sus habitaciones.
Llegada la

noche, Luisa se acostó en

la nueva, blanda y ancha cama

matrimonial. Pero quien no vino a acostarse a su lado fue su recién adquirido
esposo.
Nadie sabe lo que Luisa pensó esa noche. Pero es de suponerse que la consideró
vacía e incompleta, pues después de todo era una hembra, ahora ya de veinticinco
años, y el hecho de pasar esta noche como las anteriores en su casa no dejaba de
confundirla e intrigarla. Sabía perfectamente que existe una diferencia entre estar y
no estar casada.

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Pero

no

tuvo

oportunidad

de

investigar personalmente esta diferencia,

porque también la siguiente noche permaneció sola. Se alarmó seriamente.
"¡Dios mío!

—exclamó mentalmente—.

Santo

Padre que estás en los cielos.

¿No será que está impedido? ¿O será tan inocente que no sabe qué hacer? ¡Imposi ble! En ese caso sería un fenómeno. El primero y único mexicano que no sabe que
hacer en estos casos. No, eso queda descartado desde luego, especialmente en un
ranchero como él, que a diario ve esas cosas en vacas y toros. En fin... ¡Virgen
mía! ¿Qué tendré yo que insinuarle? ¡Demonios! Ni modo que mande por mi abuela
para qué le cuente como la abeja vuela de flor en flor y ejecuta el milagro... ¡Qué
raro! ¿Tendrá algún plan premeditado?... ¡Si solo se acercara por mi recáma ra!...
Cuando pienso en lo apuesto que es, tan varonil y fuertote... Realmente el más
hombre de toda la manada de imbéciles que conozco. No se me antoja ningún otro,
lo quiero a él, tal y como es."
Daba vueltas en la blanda cama matrimonial, tan suave y acogedora.
No podía conciliar el sueño.
Sucedió tres días después, por la tarde.
Juvencio, que desde muy temprano en la mañana acostumbraba salir a caballo a
revisar las siembras, había regresado a almorzar. Una vez que hubo terminado, se
sentó en una silla mecedora en el gran corredor de la parte posterior de la casa. A
un lado, sobre una mesita, se encontraba el periódico que antes había estado le yendo con poco interés.
En el mismo corredor, a unos cuatro metros, Luisa hojeaba distraídamente una
revista, arrellanada en una hamaca con un mullido cojín bajo su cabeza.
Desde que estaban en el rancho, casi no se dirigían la palabra. Parecía como si
cada uno estuviera reconociendo el terreno para saber como guiar mejor la conversación a modo de evitar fricciones. Lo que es en esta casa de recién casados no
se oían los empalagosos cuchicheos propios de casi todas las parejas durante su
luna de miel.
¿Sería que Juvencio, para no provocar los arranques de furia de Luisa, prefería
eludir toda conversación, cuando menos durante las primeras semanas? Mas con
honda intuición femenina, ella presentía que algo extraño flotaba en el ambiente.
El hecho de que durante varias noches él la esquivara como si fuera solamente
una huésped de paso, la tenía desconcertada. En su mente repasaba lo acontecido
desde su llegada al rancho.
El día anterior, durante el desayuno, él había preguntado:
—¿Dónde está el café?
—Pídeselo a Anita, yo no soy la criada —había contestado Luisa secamente.
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El se había levantado de la mesa y traído personalmente el café de la cocina.
Terminado el desayuno ella había regañado fuertemente a Anita por no darle a
tiempo el café al señor, pero ella se excusó explicando que estaba acostumbrada a
servírselo después de que terminaba de comer los huevos, pues de otro modo se le
enfriaba, y como le gustaba el café hirviendo...; que si de pronto el señor cambiaba
de opinión, ella no podía adivinarlo.
—Está bien. Olvídate del asunto, Anita —había dicho Luisa, cerrando así el
incidente.
La tarde era calurosa y húmeda. Aunque el corredor tenía un amplio techo salido
que lo colocaba por todos lados bajo sombra, estaba saturado, como todo el am biente, de un bochorno pesado y sofocante. En el inmenso patio no parecía
moverse ni la más insignificante hierba. El calor era soportable sólo permaneciendo
sentado y casi inmóvil o recostado meciéndose muy ligeramente en una hamaca. Y
desde luego no haciendo más uso del cerebro que el mínimo para distinguirse de
los animales.
Ni éstos se movían en el patio. Apenas si ahuyentaban somnolientamente las
moscas, cuando las infames insistían en picarles sin piedad.
No muy lejos, en el mismo corredor, en un aro colgado de una de las vigas del
techo, descansaba un loro perezoso. De vez en cuando soltaba alguna ininteligible
palabra, tal vez soñando en voz alta.
Sobre el peldaño más alto de la corta escalera del patio al corredor, un gato
dormía profundamente. Bien alimentado, yacía sobre su espinazo con la cabeza
colgando hacia el siguiente escalón. Allí estaba plácidamente tendido con esa
indiferencia que poseen ciertos bichos que no tienen que preocuparse por la
seguridad de sus vidas o por la regularidad de sus comidas.
Bajo la sombra de un frondoso árbol en el patio, podía verse amarrado a Prieto,
el caballo favorito de Juvencio, y a unos cuantos pasos, sobre un banco viejo de
madera, la silla de montar, pues Juvencio tenía la intención de ir por la tarde a dar
una vuelta por el trapiche que tenía instalado en el mismo rancho.
El caballo también dormía. Obligado por el peso de la cabeza colgada, su cuello
lentamente se estiraba y alargaba, centímetro por centímetro, hasta que la nariz
del animal tocaba el suelo, donde aún le restaba algo de rastrojo por comer. Al
contacto con éste se despertaba, se enderezaba y miraba a su alrededor, mas percatándose de que nada importante había ocurrido en el mundo mientras él dormía,
volvía a cerrar los ojos y a colgar de nuevo la cabeza.

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Juvencio, pensativo, pues hasta un mediano observador podía notar que un
grave problema lo perturbaba, recorrió con la mirada el cuadro que aparecía ante
sus ojos. Observó primero al loro, después al gato, y por último al caballo.
Esto trajo a su mente un cuento entre los muchos que su apreciadísimo y
querido profesor de gramática avanzada, don Raimundo Sánchez, le había contado
un día en clase, explicando el cambio que habían sufrido ciertos verbos con los
siglos. El cuento había sido escrito en 1320 y tenía algo que ver con una mujer
indomable que insistía siempre en mandar sólo ella.
"El cuento es mucho, muy antiguo —pensó Juvencio— pero puede dar resultado
igual hoy que hace seiscientos años. ¿De qué sirve un buen ejemplo en un libro si
no puede uno servirse de él para su propio bien?"
Cambió su silla mecedora de posición y la colocó de tal modo que podía dominar
con la vista todo el patio. Levantó los brazos, se estiró ligeramente, bostezó y tomó
el periódico de la mesa. Después lo volvió a dejar.
De pronto clava su vista en el perico, que amodorrado se mece en su columpio a
sólo unos tres metros de distancia, y le grita con voz de mando:
—¡Oye, loro! ¡Ve a la cocina y tráeme un jarro de café! ¡Tengo sed!
El loro, despertando al oír aquellas palabras, se rasca el pescuezo con su patita,
camina de un lado a otro dentro de su aro y trata de reanudar su interrum pida
siesta.
—¿Conque no me obedeces? ¡Pues ya verás!
Diciendo esto desenfundó su pistola que acostumbraba traer al cinturón. Apuntó
al perico y disparó.
Se oyó un ligero aleteo, volaron algunas plumas y el animalito se tambaleó
tratando todavía de asirse al aro, pero sus garras se abrieron y el pobre cayó sobre
el piso con las alas extendidas.
Juvencio colocó la pistola sobre la mesa después de hacerla girar un rato en un
dedo mientras reflexionaba. Acto seguido miró al gato, que estaba tan profundamente dormido que ni siquiera se le oía ronronear.
—¡Gato! —gritó Juvencio—. ¡Corre a la cocina y tráeme café! ¡Muévete! Tengo
sed.
Desde que su marido se había dirigido al perico pidiéndole café, Luisa había
volteado a verlo, pero había interpretado la cosa como una broma y no había
puesto mayor atención al asunto. Pero al oír el disparo, alarmada, se había dado
media vuelta en la hamaca y levantado la cabeza. Después había visto caer al
perico y se dio cuenta de que Juvencio lo había matado.
—¡Ay, no! —había murmurado en voz baja—. ¡Qué barbaridad!
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Ahora que Juvencio llamaba al gato, Luisa dijo desde su hamaca:
—¿Por qué no llamas a Anita para que te traiga el café?
—Cuando yo quiera que Anita me traiga el café, yo llamo a Anita; pero cuando
quiera que el gato me traiga el café, llamo al gato. ¡Ordeno lo que se me pe gue la
gana en esta casa!
—Está bien, haz lo que gustes.
Luisa, extrañada, se acomodó de nuevo en su hamaca.
—Oye, gato. ¿No has oído lo que te dije? —rugió Juvencio.
El animal continuó durmiendo con esa absoluta confianza que tienen los gatos
que saben perfectamente que mientras haya seres humanos a su alrededor, ellos
tendrán segura su comida sin preocuparse por buscarla —ni por granjeársela
siquiera—, aunque algunas veces parezcan condescendientes persiguiendo algún
ratón. Esto lo hacen, no por complacernos, sino única y exclusivamente porque
hasta los gatos se fastidian de la diaria rutina y a veces sienten necesidad de
divertirse corriendo tras un ratón, y así variar en algo la monotonía de su programa
cotidiano.
Pero por lo visto Juvencío tenía otras ideas con respecto a las obligaciones de
cualquier gato que viviera en su rancho. Cuando el animal ni siquiera se movió para
obedecer su orden, cogió la pistola, apuntó y disparó.
El gato trató de brincar, pero, imposibilitado por el balazo, rodó una vuelta y
quedó inmóvil.
—Belario —gritó Juvencio en seguida, hacia el patio.
—Sí, patrón; vuelo —vino la respuesta del mozo, desde uno de los rincones del
patio—. Aquí estoy, a sus órdenes, patrón.
Cuando el muchacho se había acercado hasta el primer escalón, sombrero de
paja en mano, Juvencio le ordenó:
—Desata al Prieto y tráelo aquí.
—¿Lo ensillo, patrón?
—No, Belario. Yo te diré cuando quiera que lo ensilles.
—Sí, patrón.
El mozo trajo el caballo y se retiró en seguida. La bestia permaneció quieta
frente al corredor.
Juvencio observó al animal un buen rato, mirándolo como lo hace un hombre
que tiene que depender de este noble compañero para su trabajo y diversión, y a
quien se siente tan ligado como a un íntimo y querido amigo.

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El caballo talló el suelo con su pezuña varias veces, esperó un rato serenamente
y percibiendo que sus servicios no eran solicitados en ese momento, intentó
regresar en busca de sombra bajo el árbol acostumbrado.
Pero Juvencio lo llamó:
—Escucha, Prieto; corre a la cocina y tráeme un jarro de café.
Al oír su nombre, el animal se detuvo alerta frente a su amo, pues conocía bien
su voz, pero como éste por segunda vez no hiciera el menor ademán de levantarse,
comprendió que no lo llamaba para montarlo, ni para acariciarlo, como solía hacerlo
a menudo. Sin embargo, se quedó allí sosegadamente.
—¿Qué te pasa? ¡Me parece que te has vuelto completamente loco! —dijo Luisa,
abandonando la hamaca, sobresaltada. En su tono de voz notábase una mezcla de
sorpresa y temor.
—¿Loco, yo? —contestó firmemente Juvencio—. ¿Por qué he de estarlo? Este es
mi rancho y éste es mi caballo. Yo ordeno en mi rancho lo que se me antoje igual
como tú lo haces con los criados.
Luego volvió a gritar furioso:
—¡Prieto! ¿Dónde está el café que te pedí? Tomó nuevamente el arma en su
mano, colocó el codo sobre la mesa y apuntó directamente a la cabeza del animal.
En el preciso instante en que disparaba, un fuerte golpe sobre la misma mesa en
que se apoyaba le hizo desviar su puntería. El tiro, extraviado, no tuvo ocasión de
causar daño alguno.
—Aquí está el café —dijo Luisa, solícita y temblorosa—. ¿Te lo sirvo?
Juvencio, con un aire de satisfacción en su cara, guardó la pistola en su funda y
comenzó a tomar su café.
Una vez que hubo terminado, colocó la taza sobre la bandeja, y, levantándose,
gritó a Belario:
—¡Ensilla el caballo! Voy a darle una vuelta al trapiche, a ver cómo van allá los
muchachos.
Al aparecer Belario a los pocos instantes, jalando el caballo ya ensillado,
Juvencio, antes de montarlo, lo acarició afectuosamente, dándole unas palmaditas
en el cuello.
Luisa no regresó a su hamaca. Clavada al piso, parecía haber olvidado para qué
sirven las sillas, y permanecía espantada, con la vista fija en todos los movimientos
de Juvencio, quien cabalgaba hacia el portón de salida.
De pronto éste rayó el caballo y, dirigiéndose a ella, le gritó autoritariamente:
—Regreso a las seis y media. ¡Ten la cena lista a las siete! ¡En punto! —Y
repitiendo con voz estentórea, agregó—: ¡He dicho en punto!
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Espoleó su caballo y salió a galope.
Luisa no tuvo tiempo de contestar. Apretó los labios y tras un rato, confusa, se
sentó en la silla que había ocupado antes Juvencio. Allí se quedó largo tiempo di bujando con la punta de su zapato figuras imaginarias sobre el piso del corredor
mientras por su mente desfilaban quién sabe cuántas reflexiones. De pronto, como
volviendo en sí, iluminó su cara con una sonrisa y se levantó de su asiento.
Fue directamente hacia la cocina.
Durante la cena se cruzaron muy pocas palabras.
Cuando Juvencio hubo terminado su café y su ron, dobló la servilleta lenta y
meticulosamente. Antes de abandonar el comedor dijo:
—Estuvo muy buena la cena. Gracias.
—Qué bueno que te agradó. —Con estas palabras, Luisa se levantó y se retiró a
sus habitaciones.
Faltaban dos horas para la medianoche, cuando tocaron a la puerta de su
recámara.
—¡Pasa! —balbuceó Luisa con expectación. Juvencio entró. Se sentó a la orilla de
la cama y, acariciándole la cabeza, dijo:
—Qué bonito cabello tienes.
—¿De veras?
—Sí, y tú lo sabes.
Pronunciadas estas palabras, cambió por completo su tono de voz.
—¡Licha! —dijo con voz severa—. ¿Quién da las órdenes en esta casa?
—Tú, Vencho. Tú, naturalmente —contestó Luisa, hundiéndose en los suaves
almohadones —¿Queda perfectamente aclarado?
—Absolutamente.
—Lo digo mucho muy en serio. ¿Entiendes?
—Sí, lo comprendí esta tarde. Por eso te llevé el café. Sabía que después de
matar al Prieto seguirías conmigo. . .
—Entonces que nunca se te olvide.
—Pierde cuidado. ¿Qué puede hacer una débil mujer como yo?
Él la besó.
Ella lo abrazó, atrayéndolo cariñosamente a su lado.

AMISTAD
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Monsieur René, un francés, propietario de un restaurante en la calle de Bolívar
de la ciudad de México, se percató una tarde de la presencia de un perro negro de
tamaño mediano, sentado cerca de la puerta abierta, sobre la banqueta. Miraba al
restaurantero con sus agradables ojos cafés, de expresión suave, en los que brillaba el deseo de conquistar su amistad. Su cara tenía la apariencia cómica y
graciosa que suele tener el rostro de ciertos viejos vagabundos, que encuentran
respuesta oportuna y cargada de buen humor aun para quienes avientan una
cubeta de agua sucia sobre sus únicos trapos.
El perro, al darse cuenta de que el francés lo miraba con atención, movió la cola,
inclinó la cabeza y abrió el hocico en una forma tan chistosa que al restaurantero le
pareció que le sonreía cordialmente.
No pudo evitarlo, le devolvió la sonrisa y por un instante tuvo la sensación de
que un rayito de sol le penetraba el corazón calentándoselo.
Moviendo la cola con mayor rapidez, el perro se levantó ligeramente, volvió a
sentarse y en aquella posición avanzó algunas pulgadas hacia la puerta, pero sin
llegar a entrar al restaurante.
Considerando

aquella

actitud

en

extremo

cortés

para

un

perro callejero

hambriento, el francés, amante de los animales, no pudo contenerse. De un plato
recién retirado de una mesa por una de las meseras que lo llevaba a la cocina,
tomó un bistec que el cliente, inapetente de seguro, había tocado apenas.
Sosteniéndolo entre sus dedos y levantándolo, fijó la vista en el perro y con un
movimiento de cabeza lo invitó a entrar a tomarlo. El perro, moviendo no sólo la
cola, sino toda su parte trasera, abrió y cerró el hocico rápidamente, lamiéndose los
bordes con su rosada lengua, tal como si ya tuviera el pedazo de carne entre las
quijadas.
Sin embargo, no entró, a pesar de comprender, sin lugar a duda, que el bistec
estaba destinado a desaparecer en su estómago.
Olvidando su negocio y a sus clientes, el francés salió de atrás de la barra y se
aproximó a la puerta llevando el bistec, que agitó varias veces ante la nariz del
perro, entregándoselo finalmente.
El

perro

lo

tomó

con

más

suavidad

que

prisa,

lanzó

una

mirada

de

agradecimiento a su favorecedor, como ningún hombre y sólo los animales saben
hacerlo. Después se tendió sobre la banqueta y empezó a comer el bistec con la
tranquilidad del que goza de una conciencia limpia.
Cuando había terminado, se levantó, se aproximó a la puerta, se sentó cerca de
la entrada esperando a que el francés advirtiera nuevamente su presencia. En
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cuanto el hombre se volvió a mirarle, el perro se levantó, movió la cola, sonrió con
aquella, expresión graciosa que daba a su cara, y movió la cabeza de modo que sus
orejas se bamboleaban.
El restaurantero pensó que el animal se aproximaba en demanda de otro
bocado. Pero cuando al rato se acercó a la puerta llevándole una pierna de pollo
casi entera, se encontró con que el perro había desaparecido. Entonces comprendió
que el can había vuelto a presentársele con el único objeto de darle las gracias,
pues de no haber sido así, habría esperado hasta conseguir un cacho más.
Olvidando casi en seguida el incidente, el francés consideró al perro como a uno
más de la legión de callejeros que suelen visitar los restaurantes de vez en cuando,
buscando bajo las mesas o parándose junto a los clientes para implorar un bocado
y ser echados fuera por las meseras.
Al día siguiente, sin embargo, aproximadamente a la misma hora, es decir, a la
tres y media en punto, el perro volvió a sentarse a la puerta abierta del restaurante.
Monsieur René, al verlo allí sentado, le sonrió como a un viejo conocido, y el
perro le devolvió la sonrisa con aquella expresión cómica de su cara que tanto gustaba al dueño de este lugar. Cuando el animal se percató de la acogida amistosa
del hombre, se incorporó a medias como el día anterior, movió la cola e hizo su
sonrisa tan amplia como le fue posible, mientras su sonrosada lengua le recorría la
quijada inferior.
El francés hizo un movimiento de cabeza para indicarle que podía aproximarse y
tomar gratis, junto al mostrador, su comida. El perro solamente dio un paso hacia
adelante, sin llegar a entrar. Era claro que se abstenía de penetrar no por temor,
sino por esa innata sabiduría de ciertos animales, que comprenden que las piezas
habitadas por los humanos no son sitio propio para perros que acostumbran vivir al
aire libre.
El francés juntó sus dedos y los hizo tronar al mismo tiempo que miraba al perro
para hacerle entender que debía esperar algunos minutos hasta que de alguna
mesa recogieran un plato con carne, y para gran sorpresa del restaurantero, el
perro interpretó perfectamente aquel lenguaje digital.
El can se retiró un poco de la puerta a fin de no estorbar a los clientes que
trataran de entrar o salir. Se tendió, y con la cabeza entre las patas delanteras y
los ojos medio cerrados vigiló al francés que atendía a los clientes sentados a la
barra.
Cuando más o menos cinco minutos después una de las meseras recogió en una
charola los platos de algunas mesas, el propietario le hizo una seña y de uno de
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ellos tomó las respetables sobras de un gran chamorro, se aproximó al perro, agitó
durante unos segundos el hueso ante sus narices y por fin se lo dio. El perro lo
tomó de entre los dedos del hombre con la misma suavidad que se lo hubiera
quitado a un niño. E igual que el día anterior, se retiró un poquito, se tendió en la
banqueta y disfrutó de su comida.
Monsieur Rene, recordando el gesto peculiar del perro el día anterior, tuvo
curiosidad por saber qué haría en esa ocasión una vez que terminara de comer y si
su actitud del día anterior había obedecido a un simple impulso o a su buena
educación.
Cuando estaba a punto de apostar con un cliente a que el perro se pararía a
darle las gracias, observó la sombra del animal cerca de la entrada. Lo atisbo con el
rabillo del ojo, evitando intencionalmente verle de lleno. Después se ocupó de las
repisas y de la caja registradora, pero sin dejar de espiar al perro y procurando que
aquél no se diera cuenta, con el objeto de ver cuánto tiempo esperaría hasta
expresar su: "gracias, y hasta mañana".
Dos, tal vez tres minutos transcurrieron para que el francés se decidiera a mirar
frente a frente al animal. Inmediatamente éste se levantó, movió la cola, sonrió
ampliamente en su manera chistosa y desapareció.
A partir de entonces el restaurantero tuvo siempre preparado un jugoso trozo de
carne para el perro, tomado de las sobras de órdenes especiales. El animal llegaba
todos los días con la puntualidad con que empiezan las corridas de toros en México.
A las tres y media en punto, monsieur Rene lanzaba una mirada a la puerta y ya
encontraba al perro meneando la cola y sonriendo.
Así transcurrieron cinco o seis semanas sin que ningún cambio ocurriera en las
visitas del perro. El francés había llegado a mirar a aquel animal negro, callejero,
como su cliente más fiel, considerándolo además como su mascota.
Tan puntualmente acudía el perro, que habría podido ponerse la hora exacta en
un reloj de acuerdo con su llegada.
Y no obstante que estaba seguro de la amistad de monsieur Rene, ni por un
momento abandonó su cortesía.
Nunca había entrado al restaurante, a pesar de la insistencia con que el francés
le invitaba. A éste le habría agradado que el animal se quedara definitivamente,
utilizándolo para que echara a los perros menos correctos, y para cuidar el lugar
durante la noche.
A últimas fechas, después de dar de comer al perro, solía hacerle algunos
cariños. El animal, con el bistec en el hocico esperaba hasta que el hombre acabara
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de acariciarlo. Después, y nunca antes, se dirigía a su sitio acostumbrado en la
banqueta, se tendía y disfrutaba de su carne. Y como siempre, al terminar volvía a
aproximarse a la puerta, movía la cola, sonreía y expresaba a su manera:
"¡Gracias, señor; hasta mañana a la misma hora!" Entonces y no antes se daba la
vuelta y desaparecía.
Un día, monsieur René fue insultado terriblemente por uno de los clientes, a
quien se le había servido un bolillo tan duro, que al morderlo creyéndolo suave, se
rompió un diente artificial.
El francés, a su vez, se enfureció con la mesera y la despidió inmediatamente.
Esta se fue a un rincón a llorar amargamente. La culpa no había sido enteramente
suya. Desde luego que debiera haber notado que el pan estaba duro como una
piedra. Pero también el cliente lo debió haber observado antes de darle tal
mordisco. Además, nadie habría considerado higiénico y correcto que la mesera,
antes de servir un bolillo, lo apretara con las manos para ver si estaba fresco o no.
Pero de cualquier modo ella había servido el dichoso bolillo y, por lo tanto, podía
culpársele de lo ocurrido. Aunque el verdadero culpable era el panadero que,
intencionalmente o "por descuido, había dejado aquel bolillo viejo entre los buenos.
Frenético, el francés llamó por teléfono al panadero para decirle que era un
canalla desgraciado, que cómo podía hacerle eso a él, que le pagaba tan
puntualmente; que era una rata infeliz, a lo que el panadero contestó con uno de
esos recordatorios de familia y algunos otros vocablos que, al ser oídos, harían
palidecer a un diablo en el infierno.
Aquel animado cambio de opiniones terminó cuando el restaurantero colgó el
aparato con tanta energía, que de no haber sido por la previsión de los ingenieros
constructores de teléfonos, que calcularan correctamente la fuerza desplegada por
usuarios enojados, nada del artefacto habría quedado en pie. Así, pues, solamente
el gancho se enchuecó un poco y un pedazo del aplanado de la pared se
desprendió.
Monsieur René, rojo como un tomate, con las venas de la frente tan hinchadas
que parecían reventársele en cualquier momento, volvió a la barra. Desde allí
advirtió la presencia de su amigo, el perro negro, llegando como siempre en punto
del reloj a esperar pacientemente su comida junto a la puerta.
Al mirar a aquel can allí sentado, quieta e inocentemente, en apariencia libre de
toda preocupación y de las contrariedades que hacen envejecer prematuramente a
los dueños de restaurantes, meneando la cola alegremente y sonriendo para
saludar a su benefactor en aquella forma cómica que tanto le gustaba, el francés,
cegado por la ira y arrebatado por un impulso repentino,

tomó

el

bolillo

duro

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que

tenía

enfrente

sobre la barra y lo arrojó con todas sus fuerzas sobre el

animal.
El perro había visto claramente el movimiento del restaurantero. Lo había
mirado tomar el bolillo, se había percatado de sus intenciones y lo había visto lanzarlo por el aire en contra suya. Fácilmente hubiera podido evitar el golpe, de
haberlo deseado, pues siendo un perro acostumbrado a recibir lo que la calle le
ofrecía, estaba familiarizado con la dura vida de los perros sin amo o de aquellos
cuyo dueño es tan pobre que sólo puede ofrecerles su cariño.
Un simple movimiento de cabeza le habría bastado para salvarse del golpe. Sin
embargo, no se movió. Sostuvo fija la mirada de sus ojos suaves y cafés, sin un
pestañeo, en el rostro del francés, y aceptó el golpe valientemente. Durante
algunos segundos permaneció sentado, atónito, no por el golpe, sino por aquel
acontecimiento que jamás había creído posible.
El bolillo cayó a corta distancia de sus dos patas delanteras. El perro lo miró no
como a una cosa muerta, sino como a un ente viviente que saltaría sobre él en
cualquier momento. Parecía desear comprobarse a sí mismo que aquel pan había
llegado a él por movimiento propio, y así justificar la actitud de su amigo.
Quitó la vista del bolillo, recorrió con su mirada el suelo, después la barra y
terminó fijándola en la cara del francés. Allí la clavó como magnetizado.
En aquellos ojos no había acusación alguna, sólo profunda tristeza, la tristeza de
quien ha confiado infinitamente en la amistad de alguien e inesperadamente se
encuentra traicionado, sin encontrar justificación para semejante actitud.
De pronto, dándose cuenta de lo que había hecho en aquel momento, el francés
se sobresaltó tanto como si acabara de matar a un ser humano. Hizo un gran es fuerzo y se repuso. Miró por unos cortos segundos hacia la puerta con una
expresión de completo vacío en sus ojos. Instantáneamente volvió la vista y
observó el plato de un cliente que enfrente de él clavaba el tenedor en el bistec que
acababan de servirle.
Con movimiento rápido tomó el bistec del plato del asombrado cliente, quien
saltó de su asiento, protestando en voz alta por la violación a los derechos constitucionales que amparan a un ciudadano a comer en paz.
Agitando el bistec entre los dedos, el francés salió a la calle y al descubrir al
perro corriendo por la cuadra siguiente, se lanzó tras él, silbando y llamándolo,
sin preocuparse en lo mínimo por la gente que se detenía a su paso para mirarlo
como a un lunático que agita un bistec entre sus dedos y llama a los perros de la
calle para que se lo coman.

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Ya casi para llegar a la calle de Tacuba, perdió de vista al perro.
Dejó caer el bistec y regresó a su restaurante cansado y cabizbajo.
—Perdóneme, señor —dijo al cliente, a quien ya se había servido otro bistec—.
Perdóneme, amigo, pero el bistec no estaba bueno; además quise dárselo a alguien
que lo precisaba más que usted. Disculpe y ordene cualquier platillo especial que le
guste, a cuenta de la casa.
—Caramba, eso sí que está bien, aunque ya me repusieron el bistec. Pero si
como orden especial pueden darme un doble pie-a-la-mode...
—Sí, sí, estimado señor; lo que usted quiera.
Moviéndose sin descanso de un lado para otro, retirando aquí una mesa,
acomodando allá una silla, el francés llegó, finalmente, al rincón oscuro en el que la
mesera lloraba.
—Ya está bien, Berta, te quedarás. La culpa no fue toda tuya. Algún día asesinaré
a ese tahonero. Prefiero castigar a ese tal por cual y no a ti. Anda, corre a servir
tus mesas. Aquel tipo me sacó de quicio, gritando por su diente falso como un
chango rabioso.
—Gracias, señor —contestó Berta, haciendo pucheros todavía—. Se lo agradezco
mucho y trataré de merecer sus favores. Ya sabe usted, tengo que sostener a mi
madre y a mis dos escuincles, y hoy en día no es muy fácil encontrar trabajo tan
rápidamente como yo lo necesito y ganando lo mismo que aquí. . .
—¡Por Dios Santo! No hables a chorros y ponte a trabajar.
—Lo único que quería era darle las gracias inmediatamente, gritando a un cliente
que estaba tocando nerviosamente un vaso con una cucharita—: "Sí, señor; ya
estoy volando, no puedo estar en todas las mesas al mismo tiempo... ¿Qué le
servimos ahora? ¿Lo de siempre?... En el acto...
Monsieur René se consolaba diciéndose que el perro volvería al día siguiente. De
seguro no perdería su comida por aquel maltrato. Cosas como aquella ocurrían
todos los días. Los amos suelen golpear a sus perros cuando éstos lo merecen, y
después el asunto se olvida. Los perros son así, siguen a quien les da de comer.
A pesar de aquellos razonamientos, no se sentía bien. Durante el día siguiente
sólo pudo pensar en el perro. Trató de olvidarlo repitiéndose a sí mismo que, después de todo, no era su propio perro, que ni sabía siquiera en dónde vivía, ni cómo
se llamaba ni quién era su amo. "Es sólo un perro callejero que se alimenta en los
basureros, sin personalidad alguna, y al que basta darle un hueso para tenerlo
como amigo."

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Pero mientras más intentaba olvidar al perro degradándolo, diciéndose a sí
mismo que no valía la pena preocuparse, menos le era posible expulsarlo de su
mente.
Al día siguiente, desde las tres, el francés ya tenía preparado un buen trozo de
bistec, jugoso y a medio cocer, con el que pensaba darle la bienvenida al perro y
de ese modo disculparse por el insulto que le había inferido el día anterior y
reanudar así su amistad.
A las tres y media en punto y con las campanadas del reloj colocado en un gran
edificio de enfrente, apareció el perro y se sentó en el sitio usual cerca de la
puerta.
—Ya sabía yo que vendría —se dijo el francés, sonriendo satisfecho—. Dejaría de
ser perro si no hubiera ocurrido por el almuerzo.
Sin embargo, le decepcionaba comprobar lo que decía. Había llegado a gustar del
animal si no es que a quererlo, y lo juzgaba diferente de los otros, orgulloso y
distinguido. De cualquier modo, le agradaba que el perro hubiera vuelto y le
perdonaba su aparente falta de delicadeza, pensando que el hombre debe aceptar
a los perros tal y como éstos son, ya que carece de poder para cambiarlos.
El can se sentó, mirándolo con sus ojos suaves y apacibles.
Saludándolo con una amplia sonrisa, monsieur Rene esperaba ver retratarse en
su cara aquella expresión chistosa con la que acompañaba siempre los meneos de
su rabo cuando contestaba a su invitación de acercarse.
El perro permaneció inmóvil y con el hocico cerrado cuando vio al hombre tomar
el bistec y agitarlo detrás de la barra desde donde, con un movimiento de cabeza,
le indicaba que podía pasar a almorzar, pretendiendo infundirle confianza.
Pero éste no se movió de su sitio. Miró fijamente a la cara del francés como si
tratara de hipnotizarlo.
Una vez más el hombre agitó el trozo de carne y pasó la lengua por los labios
haciendo hmm-mm-hmm para despertar el apetito del perro.
A aquel gesto, el animal contestó moviendo ligeramente el rabo, pero se detuvo
de pronto, reflexionando al parecer en lo que hacía.
El francés abandonó a sus clientes de la barra y se aproximó a la puerta con el
bistec entre los dedos. Parándose cerca del perro, se lo pasó por la nariz como solía
hacerlo a veces antes de entregárselo.
Cuando el animal lo vio aproximarse se contentó con levantar la vista sin
moverse. Cuando el hombre vio que no tomaba la carne, lejos de enojarse o de
perder la paciencia, dejó caer el trozo entre las patas delanteras del perro.
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Entonces acarició al animal, que contestó con un ligerísimo movimiento de cola, sin
apartar la vista del francés. Después bajó la cabeza, olió el bistec sin interés, se
volvió a mirar nuevamente al hombre, se levantó y se fue.
El francés le vio caminar por la banqueta rozando los edificios sin volver la vista
hacia atrás. Pronto desapareció entre las gentes que transitaban por la calle.
Al día siguiente, puntual como siempre, el perro llegó a sentarse a la puerta,
mirando a la cara de su amigo perdido.
Y volvió a ocurrir lo que el día anterior. Cuando el francés se presentó con un
trozo de carne entre los dedos, el perro se concretó a mirarle sin interesarse lo
mínimo por el jugoso bistec colocado a su lado en el suelo.
Otra vez, sin dejar de verlo, movió el rabo ligeramente cuando el hombre lo
acarició y le tiró de las orejas.
De pronto se paró, empujó con la nariz la mano que le acariciaba, la lamió una y
otra vez durante un minuto, volvió a mirar al francés y sin oler siquiera la carne dio
la vuelta y se fue.
Aquella fue la última vez que monsieur René vio al perro, porque jamás volvió al
restaurante, ni se le vio más por los alrededores.

EL SUPLICIO DE SAN ANTONIO
Al hacer la cuenta de sus ahorros, Cecilio Ortiz, minero indígena, se encontró con
que ya tenía el dinero suficiente para comprarse el reloj que tanto ambicionara
desde el día en que el tendero del pueblo le explicara las grandes cosas que un
reloj hace y lo que representa en la vida de un hombre decente, pues, además, no
era posible considerar como tales a quienes carecen de uno.
El reloj que Cecilio compró era de níquel y muy fino, de acuerdo con la opinión de
quienes lo habían visto. Su mayor atractivo consistía en que podían leerse las
veinticuatro horas en vez de doce, lo que, según sus compañeros de trabajo,
representaba una gran ventaja, cuando era necesario viajar en ferrocarril. Natural mente él se sentía orgullosísimo en posesión de semejante objeto.

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Era el único de todos los hombres de su cuadrilla que llevaba su reloj al trabajo
en la mina, por lo que llegó a considerarse como persona de mucha importancia,
pues no sólo sus compañeros, sino el capataz y hasta los de otras cuadrillas, le
preguntaban con frecuencia la hora. Debiendo a su reloj la alta estimación le
profesaban sus compañeros, lo trataba con el mismo cuidado con el que suele
tratar un subteniente sus medallas.
Mas una tarde descubrió con horror que su reloj había desaparecido. No podía
precisar si lo había perdido durante las horas de trabajo, o en el camino cuando se
dirigía a la mina, porque justamente aquel día nadie le había preguntado la hora
sino hasta el momento en que él se percatara de la pérdida. Nadie en el pueblo, ni
uno sólo de los mineros, se habría atrevido a usarlo, a mostrarlo a alguien, a
venderlo o a empeñarlo; por esto le parecía improbable que se lo hubieran robado.
Cecilio, hombre listo como era, había hecho que el relojero grabara su nombre en la
tapa del reloj. El grabado le había costado dos pesos cincuenta centavos,
considerados como buena inversión por Cecilio. El relojero, que en su pueblo natal
había sido herrero, había estado enteramente de acuerdo con la idea de que
ninguna protección mejor para evitar el robo de un reloj que aquella de grabar
profundamente y con letras bien gruesas el nombre de su propietario sobre la tapa.
Y el herrero había llevado a cabo tan a conciencia su trabajo, que si alguien hubiera
pretendido borrar el nombre habría tenido que destruir toda la caja.
Sin embargo, Cecilio no había quedado enteramente satisfecho con aquella
precaución y había llevado el reloj a la iglesia para que el señor cura lo bendijera,
por cuyo trabajo había pagado un tostón. Había abrigado la esperanza de que,
protegido de aquella manera, el reloj permanecería en su poder hasta el último día
de su vida. Y para su pena, se encontraba con que el reloj había desaparecido.
Durante horas enteras buscó por todos los rincones de la mina en que había
desarrollado su jornada, pero el reloj no apareció.
Nada podría hacerse hasta el domingo, cuando, con ayuda de la iglesia y muy
particularmente de los santos, arreglaría el asunto. Como todos los indios de su
raza, tenía una idea primitiva sobre la religión y sus virtudes. Confió el asunto a la
dueña de la fonda donde tomaba sus alimentos, y ésta le aconsejó visitar a San
Antonio, quien no sólo arreglaba los asuntos de los novios, sino que solucionaba
prácticamente todos los problemas de sus fieles devotos.
El pueblecito más cercano estaba situado a unos cinco kilómetros de distancia,
así es que el domingo, a primera hora, Cecilio se encaminó hacia allá para exponerle su desventura a San Antonio. Entró en la igle sia y, después de persignarse

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ante el altar mayor, se dirigió hacia el oscuro nicho que, sobre un altar espe cial,
guardaba la imagen de madera del santo en actitud serena y solemne.
Le compró una cera de diez centavos, la encendió y se la colocó a los pies.
Después se persignó varias veces, extendió los brazos y, arrodillado, explicó al
santo lo que le ocurría. Como por experiencia personal sabía que nadie hace nada
de balde, ofreció al santo cuatro veladoras de a cinco centavos y una manita de
metal (de las que dicen ser de plata, y que en su mayoría, al igual que los demás
"milagros", medallas, etc., son fabricados y vendidos por los judíos) si le ayudaba a
recobrar su reloj. De hecho, ordenó a San Antonio que encontrara su reloj, en una
semana, ni un solo día después del domingo venidero, fecha en la que iría a la
iglesia a enterarse del resultado de sus gestiones.
Durante la semana siguiente, el reloj no apareció. Y así el domingo, Cecilio se
dirigió nuevamente a la iglesia. En aquella ocasión fue directamente hacia el nicho
de San Antonio, sin detenerse, como era su obligación, ante el altar mayor para
rezar a la Virgen.
Se persignó devotamente, y cuando no vio su reloj en el sitio en que esperaba
encontrarlo, esto es, a los pies del Santo, levantó el hábito café que éste vestía y
buscó cuidadosamente entre los múltiples pliegues de la vestidura, usando para
ello una absoluta falta de respeto, pues había recibido una gran desilusión en su
infantil creencia acerca de los poderes del santo y &u deseo de ayudar a los
humanos.
Convencido de que la cera, al igual que sus promesas de recompensa, no habían
dado un resultado efectivo, decidió intentar otros medios para lograr que el santo
cumpliera con lo que él consideraba era su obligación.
Compró otra cera, sin necesidad de salir a buscarla, porque en el interior de la
iglesia se traficaba activamente. Había alrededor de media docena de puestos en
los que podía encontrarse todo aquello que los fieles necesitaban para hacer sus
ofrendas a los santos. Vendían gran cantidad de retratos, entre los que se contaban
los de los dignatarios de la iglesia y los de los señores curas del pueblo y de las
diócesis vecinas; volantes, listones, escapularios, novenarios, libros religiosos y
semirrelgiosos; en cuestión de "milagros" había bracitos, piernas orejas, corazones,
ojos, burros, vacas, caballos, todos de plata o con apariencia de ella. Los
comerciantes hacían sus tratos tan ruidosamente como si se encontraran en una
feria, mientras los servicios religiosos se llevaban a cabo al mismo tiempo. Las
autoridades de la iglesia tenían estrictamente prohibido el comercio durante las
horas de servicio, pero ninguno de los vendedores, mujeres en su mayoría,
permitían que se les escaparan cinco centavos para ir a dar al puesto vecino, si
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tenían oportunidad de atraparlos para sí. Los negocios sufrirían, es más, se
derrumbarían si cumplieran al pie de la letra con todos los requisitos y reglamentos
que se les fijan.
No se debe, porque no se puede, razonar con un indio de la ignorancia de Cecilio,
que se creía con el derecho incuestionable de exigir a San Antonio la devolución de
su reloj perdido, considerando que había llenado todas las formalidades y hecho las
acostumbradas promesas de recompensa al santo.
Vivía en una región en la que la generalidad de los hombres trabajan para comer,
aun cuando se encuentren enfermos o en extremo débiles para realizar trabajos
pesados. Así pues, resultaba sólo natural que no sintiera compasión por el santo
cuya imagen había recibido infinidad de ceras, oraciones y milagros de plata, sin
corresponder debidamente con su trabajo. Cecilio no tenía la culpa de juzgar a los
santos desde un punto de vista tan material, pues nadie se había preocupado por
enseñarle algo mejor.
Nuevamente colocó su cera, se arrodilló y se persignó tres veces devotamente.
Carecía de libro de oraciones y si lo hubiera tenido de nada le habría servido, por que no sabía leer ni escribir. Algunas personas con grandes influencias opinan que
la lectura y la escritura estropean las virtudes de los hombres venidos al mundo
para trabajar en las minas, para ser buenos obreros, que nunca pedirán más de lo
que se les dé voluntariamente. En consecuencia, Cecilio tuvo que orar simplemente, de acuerdo con los dictados de su corazón. Ignoraba el significado de las
palabras y los pensamientos blasfemos, pues de haberlo conocido, jamás las habría
pronunciado y concebido, por mucho que un santo le hubiera desilusionado.
Las gentes educadas, cuando un santo no les concede lo que le piden, se
consuelan solas o con la ayuda de un sacerdote, diciéndose que Dios sabe mejor lo
que les conviene. Los campesinos y los trabajadores sencillos tienen ideas
semejantes respecto a su Dios, pero no respecto a los santos, a quienes por haber
conocido bien la vida terrena, les exigen saber la forma de traficar en este mundo y
comprender ampliamente las crueles realidades de la vida.
Cecilio tenía un propósito definido: el de recuperar su reloj, sin necesidad de
esperar a que se lo dieran en el paraíso después de su muerte. Lo necesitaba aquí,
en la tierra, ya que en el paraíso el tiempo debía medirse en forma especial, y si en
el paraíso había minas —de lo que él estaba seguro— y se veía obligado a tra bajar
en ellas, ya el capataz le indicaría las horas de iniciar y de terminar la jornada.
Cecilio oraba en la forma indicada por el Señor, cuando dijo: "Deja que tus
oraciones broten directamente del corazón y no te preocupes por la gramática." Así
pues, con los brazos en cruz, dijo:
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