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6. FURET, Francois Pensar la Revolución Francesa (151 156) .pdf



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cutir hasta el infinito si el presupuesto de Mazauric es revolucionario y el mío conservador. Intelectualmente creo que
el problema así planteado no tiene ningún sentido. Pero lo
mejor es que nos limitemos a observar los elementos de
análisis histórico que contiene el texto de Mazauric y a delimitar los desacuerdos sobre cuestiones precisas.
Un personaje metafísico: ta «Revolución burguesa»
Podemos partir del concepto de «revolución burguesa».
Este ofrece a la interpretación histórica de los acontecimientos franceses un punto de apoyo casi providencial, al
ofrecer una conceptualización general que permite englobar
no solamente los múltiples y abundantes datos empíricos,
sino también los diferentes niveles de la realidad: nos remite
al mismo tiempo a los niveles económico, social y políticoideológico. En el económico, se supone que los acontecimientos que ocurren en Francia entre 1789 y 1799 liberan las
fuerzas productivas y dolorosamente dan a la luz al capitalismo; en el nivel social, traducen la victoria de la burguesía
sobre las antiguas clases «privilegiadas» del Antiguo Régimen; en términos políticos e ideológicos, finalmente, representan el advenimiento de un poder burgués y el triunfo de
las «Luces» sobre los valores y las creencias de la época precedente. Situada en el interior de estas tres tendencias históricas, la revolución se concibe no solamente como la ruptura fundamental entre el antes y el después, sino a la vez
como consecuencia decisiva y elemento fundador de estas
tendencias; y el conjunto de los tres niveles de interpretación se reducen a un concepto único, el de «revolución burguesa», como si el núcleo del acontecimiento, su carácter
fimdamental hubiese sido de naturaleza social. Gracias a este
deslizamiento teórico se produce el tránsito insidioso y permanente, en la historiografía francesa, de un marxismo basado en el concepto de «modo de producción» a un marxismo que se reduce a la lucha de clases: semejante esquema intelectual lo único que hace es deformar la interpretación que de si misma tiene la Revolución Francesa, al recurrir a aquella historiografía que, desde Sieyès a Bamave, antes de Marx y siguiendo el ejemplo de la Revolución Francesa, había elaborado el concepto de lucha de clases. Soboul
y Mazauric reencuentran su ideología-nodriza gracias a esta
151

reducción de Marx, que aparece aquí como simple punto intermedio en un retorno a los orígenes y como el vehículo
de ima tautología y de una identificación; esta ideología no
es de naturaleza teórica sino casi afectiva, para el primero,
y política, para el segundo: la exaltación de la dialéctica igualitaria y en consecuencia de su finalidad permanente, agazapada en el corazón de nuestro presente, y que está viva
a partir de entonces como una doble e inseparable herencia.
En realidad, ni la conceptualización marxista a través del
modo de producción ni una interpretación-lucha de clases
retomada de los actores del acontecimiento son compatibles
con una periodización corta de la Revolución Francesa, con
un corte cronológico 1789-1799, o, con más razón, 1789-1794.
Si se habla de la sustitución de un «modo de producción
feudal» por un «modo de producción capitalista», es evidente
que no se puede fechar el cambio vinculándolo a un acontecimiento histórico que se despliega en algunos años. Me es
imposible, en el marco de este artículo, entrar en la extensa
discusión sobre la naturaleza del Antiguo Régimen." Pero
esta discusión subraya, cualquiera sea el significado que se
dé al concepto de «régimen feudal» o de «feudalismo», la
idea de transición, que supone, a la vez una naturaleza socioeconómica mixta y una cronología larga. Es entonces arbitrario separar la revolución de su pasado y continuar dándole, a nivel del proceso social objetivo, la significación de
ruptura radical que le habían dado sus actores. Es cierto
que el modelo conceptual de un «modo de producción feudal» no es incompatible con la idea de que en el siglo xviii
se crean, en Francia, las condiciones de su supresión, pero
se debería entonces demostrar si se verifica la hipótesis
contenida en el modelo, es decir, por ejemplo, demostrar en
dónde los derechos feudales impiden el desarrollo del capitalismo en las zonas rurales o en dónde la estructura de la
sociedad de órdenes y la existencia de una nobleza obstaculizan la constitución de una economía industrial de beneficio
79. La dimensión de la bibliografía impide de antemano todo
intento de reseña en el marco de este ensayo. Aconsejo particularmente en lo que respecta a la interpretación marxista de este
problema, una discusión que tiene el mérito de no ser demasiado
dogmática: The Transition from feudalism to capitalism. A Symposium, de P. M. Sweezy, M. Dobb, H. D. Takahashi, R. Hilton,
C. Hill, Londres, 1954. (Hay trad. cast.: La transición del feudalismo al capitalismo, Ed. Ayuso, Madrid, 1975.)
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y de libre empresa. La demostración no es nada fácil ni
evidente en la medida en que el capitalismo se instala en
los poros de la sociedad señorial, en el campo'" y, en lo
que respecta a la industria, gracias a la importante mediación de la nobleza. Por otra parte, la economía francesa en
el siglo XVIII, lejos de estar bloqueada, es próspera y conoce
ritmos de crecimiento comparables a los ritmos ingleses; "
la crisis de fin de siglo representa una mala coyuntura dentro de una tendencia de prosperidad. Por último, si es posible interpretar la Revolución Francesa en términos de transición de un modo de producción a otro, nos enfrentaremos
con las mismas dificultades si miramos hacia adelante: ese
capitalismo salvaje cuyas fuerzas parece haber liberado la
revolución tarda mucho tiempo en ponerse en marcha. En
el campo, la consolidación de la micropropiedad lo frena
mucho más que antes de 1789. En la ciudad, no parece que
la revolución haya afirmado rápidamente el desarrollo después de haber evidentemente provocado o acelerado la crisis
en los últimos años del siglo xviii. Y si bien es innegable
que en el nivel de las ideas y de los mecanismos sociales,
1789 anticipa una cierta cantidad de principios jurídicos que
permiten la promoción de los talentos y la economía de
mercado, el inmenso desatino militar de los campesinos
franceses a través de toda Europa de 1792 a 1815 no parece
haber sido exactamente dictado por el cálculo burgués de
la racionalidad económica. Si se es fiel a una elaboración
en función del concepto de «modo de producción» es necesario elegir como objeto de estudio un período infinitamente más amplio que el de los años que abarca la Revolución;
si no es así, la hipótesis intelectual no nos permite aprender
prácticamente nada nuevo con respecto a los datos de la
historia.*^
80. Cf., supra, pp. 122-123.
81. Cf. F. Crouzet, «Angleterre et France au XVIIP siècle.
Essai d'analyse comparée de deux croissances économiques», en
Annales E.S.C., marzo-abril 1966, pp. 254-291.
82. Engels escribe a Kautsky, en una carta del 20-2-1889: «Crees
poder eliminar las dificultades bombardeándonos con frases confusas y con formulaciones misteriosas sobre el nuevo modo de
producción... En tu lugar, no hablaría tanto de ello. En todos los
casos el modo de producción está separado por un abismo de
los hechos a los que te refieres y aparece de entrada como una
pura abstracción que en vez de aclarar la cosa, la hace más bien
oscura» (Werfce, t. XXXVII, p. 155).
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Por esta razón, sin duda, la problemática marxista es
tan fácilmente reducida al concepto de «revolución burguesa» y a un análisis de tipo socio-político, en el que el poder
de los burgueses sucede, gracias a la Revolución, al poder de
los nobles y la sociedad burguesa a la sociedad de órdenes.
Pero incluso en este caso la referencia marxista posee sus
obligaciones. R. Robin, que tiene el mérito de considerar
seriamente al marxismo, ha propuesto recientemente" que
se denomine burguesía del Antiguo Régimen al conjunto de
los grupos sociales ligados a las estructuras del Antiguo
Régimen, es decir, «con una base terrateniente, plebeya y de
funcionarios», y que se reserve el término de burguesía a su
acepción marxista, es decir, a la clase que vive de la explotación de la fuerza de trabajo asalariado. Desde un punto
de vista marxista esta clasificación es útil; pero el problema
histórico está en que de ima parte la revolución fue precisamente hecha y dirigida, al menos mayoritariamente, por
la burguesía de Antiguo Régimen; y por otra parte, si se
analiza el proceso revolucionario ya no a nivel de sus actores, sino de sus resultados objetivos, se observa que el modo
de formación de la burguesía, bajo el Imperio, no difiere
fundamentalmente del de antes de 1789: el negocio, la tierra
y el servicio del estado (en el que el ejército ha reemplazado el servicio como funcionario)." También en este caso,
el modelo conceptual gana en rigor lo que pierde en valor
operatorio sobre un período tan breve.
Las definiciones de R. Robin tienen al menos el mérito
de llevar su lógica hasta el final; al plantear problemas que
no pueden resolver, muestran los callejones sin salida de
un análisis estrictamente estructural de un acontecimiento
como la Revolución Francesa considerada en su dimensión
cronológica reducida. Con Mazauric, que adhiere con tanta
más vehemencia a la Ontología en cuanto no define los elementos, regresamos a Santo Tomás: «La Revolución no es
nada más que el modo de existencia de la crisis de las estructuras del Antiguo Régimen en su conjunto y en su superación».'' Por esta razón necesita recurrir a cualquier medio
83. R. Robin, op. cit., p. 54.
84. G. Chaussinand, L. Bergeron y R. Forster, «Les Notables
du grand Empire en 1810», Comunicación al Congreso de historia
económica y social de Leningrado, 1970. Aparecida en Annales
E.S.C., set.-oct. 1971.
85. Mazauric, op. cit, p. 52.
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para mantener lo que constituye a la vez el sujeto y el objeto de esta superación, la causa y el sentido del acontecimiento: la revolución burguesa, que para él es única, a lo
largo de la apariencia caótica del período 1789-1794, porque
este «período ascendente» se caracteriza por una «radicalización» creciente del fenómeno y una intervención igualmente creciente de las masas populares.**
He aquí pues el deus ex machina: no solamente una clase
social, puesto que «revolución burguesa» no significa burguesía revolucionaria, no solamente el rico desarrollo de
vaia crisis que actualiza todas las contradicciones de la sociedad civil, sino también un proceso subjetivo y objetivo
a la vez, un actor y un sentido, un papel y un mensaje, unidos, reconciliados contra viento y marea puesto que en realidad constituyen la imagen del porvenir que tienen la misión de ammciar. Mazauric desplaza el foco de este sentido
que actúa como los cangrejos, siempre desde lo ulterior hacia lo anterior; de Marx retuvo al menos esta sospecha elemental: que los hombres viven otra cosa distinta de lo que
creen vivir. El cogito expulsado de las conciencias individuales se refugia en los sujetos colectivos, pero la sospecha
lo alcanza: la burguesía persigue objetivos que no son obligatoriamente los que ella imagina. Esta saludable sospecha
se detiene no obstante ante el inventor de «conceptos», el
único exento de ideología. ¿En qué signo él se reconoce como
el portador de un significado por fin no falsificado? En
aquel que a la luz de las figuras posteriores de la historia,
le permite «elaborar» el concepto de revolución burguesa.
El lector debe contentarse con esta garantía.
Es verdad que no podrá embrollar el carácter providencial de este concepto apto para todo uso. Al igual que el
Dios cartesiano, que al descubrir la existencia en el número
de sus atributos, no puede por este hecho dejar de existir,
la burguesía de Mazauric es desde el comienzo una esencia
magníficamente dotada. ¿Qué no se encuentra en ella «potencialmente»? Apoyo popular y alianza campesina están ya
contenidos en ella, de modo tal que al aceptarlos la burguesía sólo desarrolla su «naturaleza» y nunca como ahora ha
sido tan fiel a sí misma. Pero es necesario pagar este spinozismo vergonzoso de la inmovilidad de una historia tetanizada por la lógica; se pueden percibir las ventajas que aquél
86. ídem., p. 55.
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ofrece a una demostración temerosa: permite eliminar la
multiplicidad, los encuentros, las improvisaciones de la crisis que renacen permanentemente; englobadas y reabsorbidas desde un comienzo en la totalidad de la esencia —como
por lo demás la contrarrevolución en la revolución y la guerra en la revolución— aquéllas son a lo sumo las figuras de
un diseño único; remiten sempiternamente a la irrefragable
unidad del concepto. La «revolución burguesa» es un monstruo metafísico que despliega sucesivos tentáculos con los
que estrangula la realidad histórica para transformarla, sub
specie aeternitatis, en el terreno de una fundación y de una
anunciación.
Las revoluciones

francesas

En realidad, el concepto sólo es útil al historiador —^pues
personalmente creo que lo es— si se hace de él un empleo
controlado y limitado. Analizar la «revolución burguesa» significa ante todo en el nivel más simple, estudiar no solamente la participación de los diferentes grupos burgueses
en la Revolución, sus proyectos y sus actividades, sino también sus reacciones frente al estremecimiento social general.
Desde este punto de vista, es probable, tal como Cobban lo
subraya permanentemente, que los grupos burgueses más
comprometidos con la Revolución están generalmente poco
ligados al modo de producción capitalista; pero también que
existen, desde 1789, numerosas revoluciones en la Revolución," y particularmente, desde el inicio, desde la redacción
de los Cuadernos, una revolución campesina ampliamente
autónoma con respecto al proyecto burgués. A mi criterio
Georges Lefebvre tiene el gran mérito —^y probablemente
ésta es una de sus contribuciones capitales a la historia revolucionaria— de haber sido el primero en mostrar esto; "
luego, obras muy importantes como las de P. B o i s " o
87. Mazauric parece aceptar en un principio esta idea (p. 26)
para rechazarla luego (p. 65) sin que se pueda comprender bien
cómo concilia los dos análisis.
88. Cf. especialmente un texto de 1932: «La Révolution française et les paysans» (publicado en Études sur la Révolution française, Paris, 1968) en el cual G. Lefebvre es particularmente claro
sobre la pluralidad de las revoluciones en la Revolución y sobre
la autonomía de la acción campesina.
89. P. Bois, op. cit.
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de Ch. Tilly" permitieron ampliar la demostración a partir de una problemática algo diferente y del análisis de las
relaciones ciudad-campo. Aunque sus conclusiones sean diferentes y en ciertos aspectos contradictorias, tienen en común el hecho de que ambas subrayan la gran autonomía política del mundo campesino, basada esencialmente en la desconfianza frente a los habitantes de las ciudades, sean éstos
señores, antiguos señores, antiguos burgueses o nuevos burgueses. En el libro de P. Bois, como ya lo observamos," la
protesta antiseñorial del 89 señala y en cierta medida anuncia la desconfianza antiburguesa del 90-91 y la «chouannerie» * antirrepublicana; así, el campesinado de Haut-Maine no
se vuelve hostil a la Revolución burguesa porque los resultados lo hayan decepcionado, como lo imagina Mazauric,''
encerrado en su esquema, sino que el campesinado es simplemente, sino hostil, al menos indiferente y desconfiado
frente a la ciudad desde 1789. Se acusa tanto a los derechos
señoriales como al capitalismo rural, simbolizado por el burgués, habitante de las ciudades, de provocar la misma desposesión. Si la Revolución burguesa funda las relaciones
sociales capitalistas, la Revolución campesina trabaja por su
cuenta; y el acuerdo «antifeudal» oculta imágenes del cambio muy diferentes, ya sea a nivel consciente o a nivel del
proceso objetivo.
Es falsa aunque muy extendida la idea que sostiene que
las revoluciones nacen obligatoriamente del deseo de ciertas
clases o grupos sociales de acelerar un cambio que sienten
demasiado lento. La Revolución puede ser también, en cierto
sector de la sociedad que esté directamente implicado en
la conmoción del orden tradicional, voluntad de resistencia
a un cambio considerado como demasiado rápido. El frente
revolucionario no está constituido como las líneas de batallas de los viejos manuales de arte militar, según un esquema
lineal de la historia, en el que todas las clases que animan
el movimiento desean y anuncian un porvenir idéntico, incluso si todas aquellas que lo resisten se unen rápidamente
a partir de una misma imagen del pasado. El frente revo90. Ch. Tilly, La Vendée, Fayard, 1970.
91. Cf., supra, p. 122.
* De Jean Chouan: Jefe de las guerrillas campesinas contrarrevolucionarias que actuaron en Normandía y Bretaña después
de 1793. {N. del T.)
92. Mazauric, op. cit., p. 235.
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lucionario es, por el contrario, naturalmente fluctuante, está
sometido a una coyuntura política que evoluciona muy rápidamente y que es sobre todo heterogénea, y está constituido
por elementos cuyos objetivos pueden ser diferentes e incluso contradictorios.
En el momento en que estalla la Revolución Francesa, el
reino de Francia no ignora el cambio, muy por el contrario;
desde hace más de medio siglo padece cambios económicos
y sociales extremadamente rápidos, frente a los que el Estado no se adapta con facilidad; en efecto, para un sistema
absolutista lo más difícil y lo más peligroso es modificar
algunos de sus elementos funcionales y especialmente liberalizarse. Pero el análisis también es válido para las clases
sociales; no solamente para la nobleza sino también para las
clases populares, particularmente vulnerables ante la ruptura de los equilibrios tradicionales y políticamente menos
conscientes de lo que está en juego, de los objetivos propios a cualquier rivalidad por el poder. Las cosas no son
tan simples como las imagina Mazauric" cuando describe
a ambos lados de la senda real de la Revolución-burguesacon-apoyo-popular, a aquellos abandonados a su propia suerte, a aquellos dos excluidos de la unión nacional: el movimiento de las Secciones de París, a la izquierda y a la derecha, la Vendée campesina. En realidad desde 1789 hasta
1794, el torrente revolucionario si fue frenado y canalizado
por los grupos que se sucedieron en el poder —^luego de haberlo consentido— no estuvo, en realidad, nunca controlado
puesto que estaba constituido por intereses y visiones contradictorias. Esto explica, sin duda, el papel fundamental
puesto que compensador del jacobinismo, ideología fuertemente integradora. ¿Pero debe el historiador considerarla
como dinero contante y sonante?
Queda indudablemente mucho por hacer en lo que respecta al análisis interno de lo que es el movimiento revolucionario a nivel político. Conocemos bien gracias a Daniel
Guérin, a Albert Soboul, a Georges Rudé y a Richard Cobb,
las reivindicaciones de la población urbana de condición
humilde y su papel político en 1793-94. Pero conocemos mal
la influencia que en las ciudades tuvo la supresión de las
corporaciones y el libre juego de las rivalidades intra e in93. Mazauric, op. cit., pp. 235-236.
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ter-profesionales que se derivó de ella; " pero aún conocemos menos el papel que en el siglo xviii tuvo la importante
migración hacia las ciudades y la existencia de una población
urbana recientemente desarraigada de su terruño natal y
llegada a París, como es el caso de Nicolas de Restif, donde
se sintió completamente despojada. Es posible que algunos
de los secretos del comportamiento político de las Secciones
se expliquen por fenómenos de este tipo, antes que por
diferenciaciones de tipo simplemente sociológico. Se conocen
igualmente mal ciertos detalles de la conducta del campesinado, de sus motivaciones y de la relación ciudad-campo
durante la Revolución; lo que está fuera de duda es que
el dominio del mxmdo urbano sobre el rural se restablece
a partir del verano del 89 sólo muy parcialmente: los campesinos propietarios rechazan masivamente el rescate de los
derechos, previstos por los decretos del 4 al 11 de agosto,"
y los textos de la Montaña de agosto del 92 y de julio del
93, que los liberarán de cualquier indemnización, no son
más que la consagración jurídica de una práctica existente.
Los burgueses revolucionarios de las ciudades, al sacrificar
una propiedad que a partir de ese momento es burguesa
(debido al carácter obligatorio del rescate), han cedido ante
el campesinado. Georges Lefebvre emplea la palabra correcta; incluso fuera de los casos y de las zonas de hostilidad
armada (Vendée, revuelta de los Chouans) en los que debió
combatir, la burguesía «transigió» con el campesinado, es
decir, negoció en todas las etapas claves de la Revolución:
94. Se encuentran intuiciones interesantes sobre este aspecto
de la revolución urbana en una carta de Engels a Kautsky (21 de
mayo de 1895) sobre la Revolución Francesa. En ella Engels subraya el papel que cumplieron en el Terror aquellos que llama
los «desclasados», los residuos sociales de las antiguas estructuras
corporativas y «feudales» (Werke, t. XXXIX, pp. 482483).
Cf. también en este orden de ideas el artículo de Louis Bergeron «Les sans-culottes et la Révolution française». Annales E.S.C.,
1963, n." 6.
95. Conocemos aún mal el problema. En este caso generalizo,
como una hipótesis probable, las indicaciones dadas para el suroeste por: Ferradon, Le rachat des droits féodaux dans la Gironde,
1790-1793, París, 1928 (pp. 200-311); D. Ligou, Montauban à la fin
de l'Ancien Régime et aux débuts de la Révolution, Paris, 1958
(pp. 384-385). La misma interpretación general en Labrousse, «I^
xviir siècle», en Histoire générale des civilisations, Paris, 1959,
p. 375.
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el 4 de agosto en el momento de la gran reconstrucción
«constituyente», luego el 10 de agosto, luego el 21 de junio.
La guerra, el terror, la ideología
Por otra parte, si no se tiene en cuenta la múltiple y extraordinaria fragilidad del frente revolucionario —fragilidad
de la nueva clase dirigente cuyos grupos se disputan por medio de la demagogia el poder disponible, fragilidad de la
coalición hostigada por intereses divergentes o contradictorios, por las utopías y las nostalgias que los ocultan— ¿cómo
se explica entonces la guerra? Tengo la certeza de que Mazauric considera secundario este problema. Afirma en efecto que
la guerra es un «componente natural»^ de la Revolución.
¡Palabra maravillosa! Con este solemne regreso al bueno y
viejo abad Pluche, la «Revolución burguesa» descubre, sin
esfuerzo, su nuevo impulso puesto que éste estaba providencialmente encerrado en el primero y desde un principio
destinado al mismo fin. Pero si se quiere trabajar seriamente,
el desencadenamiento de la guerra entre la Revolución Francesa y Europa es probablemente uno de los problemas más
importEintes y más reveladores de la historia de la Revolución. Esta guerra, por razones que no voy a desarrollar aquí,
no es tanto deseada como aceptada por la Europa de los
reyes, a pesar de las presiones de los emigrados y de la familia real. Los que la desean, por el contrario, en Francia,
son la Corte y las fuerzas sociales nostálgicas del Antiguo
Régimen; pero en el invierno del 91-92, estas fuerzas se
muestran de una debilidad tal que son incapaces de desencadenar el conflicto deseado. En realidad, la revolución es
la que, a pesar de Robespierre, quiere la guerra contra los
reyes; la Revolución, pero una vez más, ¿cuál?
Percibo con claridad el elemento que puede transformar
la inmensa aventura que comienza en un conflicto característico de una «revolución burguesa»: la vieja enemistad
mercantil franco-inglesa y la presión particular del grupo
girondino. Pero sobre el primer punto creo coincidir con la
mayoría de los historiadores de la Revolución" al afirmar
96. Op. cit., p. 57. El subrayado es de Mazauric.
97. AI menos con Georges Lefebvre, pero no con Daniel Guérin que ve en las ambiciones económicas de la «burguesía girondina» la razón principal del estallido de la guerra (Bras nus, t. Il,
p. 501).
*^
*^
&
\
>
.
160

que la rivalidad económica franco-inglesa es relativeimente
secundaria en el desencadenamiento de la guerra. Las razones de política interior francesa se anteponen sin duda, subjetiva y objetivamente, a los intereses contradictorios de
los dos países en el comercio internacional. En lo que respecta a Brissot y a los que se llamará los Girondinos, si
bien es cierto que son los elocuentes defensores de la guerra,
no son los únicos responsables. En la Asamblea, los futuros
dirigentes de la Montaña se callan; los grandes líderes de la
opinión, Danton, Desmoulins, Marat abandonan muy pronto
a Robespierre, en diciembre. Comparten, además, con los
«Girondinos» el proyecto de radicalizar la Revolución, y tienen, desde este punto de vista, razón contra Robespierre:
la guerra será el eje de la imidad y de la demagogia revolucionaria.
Lo que ocurre es que la guerra no es sólo y ni siquiera
principalmente vma guerra burguesa. El rey la quiere porque
ve en ella su última posibilidad de restitución; el pueblo
se apropia de ella para ampliar su misión liberadora y la
transforma en una guerra de liberación cuyos densos batallones estarán constituidos por una democracia urbana y
sobre todo campesina" en armas; un conflicto de valores
y no de intereses. El sentimiento nacional deja de definir
solamente a la Francia nueva para transformarse en un modelo ideológico, en una bandera de cruzada; gracias a esta
síntesis extraordinariamente precoz —^y llamada a tener un
gran futuro— entre mesianismo ideológico y pasión nacional, los franceses no descubrieron una forma milagrosamente ejemplar de comunidad humana sino que fueron los primeros en integrar a las masas en el Estado y en constituir
una nación democrática moderna.
El precio de esta experiencia histórica es la guerra indefinida. El conflicto de valores que se pone en juego en la
primavera del 92 carece, en esencia, de un objetivo definido
o definible, y, en consecuencia, su única finalidad es la victoria total o la derrota total. Todos los líderes «burgueses»
de la Revolución, más tarde o más temprano, intentarán detenerla: Danton, luego Robespierre y luego Camot; pero ha
sido interiorizada de tal manera por la conciencia revolucionaria que en el nivel ideológico e incluso en una coyuntura favorable, guerra significa revolución y paz contrarrevo98. Cf. J.-P. Bertaud, Válmy, col. Archives, Julliard, 1970.

161

lución. Del lado francés, esta guerra fue una «huida hacia
adelante» de la coalición revolucionaria, una manera de exorcizar su precariedad gracias a la unión de una ideología
a la vez burguesa, popular y campesina en la que aparecen
mezclados la herencia militar de la antigua sociedad y los
valores de la filosofía de las Luces, pero democratizados y
transfigurados gracias al culto del nuevo Estado y de la
«gran nación», que a partir de entonces aparece investida
de una misión de liberación imiversal. El concepto de «revolución burguesa» no es apto para dar cuenta de esta dinámica revolucionaria interna, de este maremoto político y
cultural que son el jacobinismo y la guerra revolucionaria.
En lo sucesivo, la guerra gobierna la revolución con mucha
más fuerza con que la revolución gobierna la guerra.
Como conozco mis clásicos, sé que Mazauric me espera
aquí armado con una cita de Marx:" el jacobinismo y el
Terror fueron una «manera plebeya» de concluir la revolución burguesa y de terminar con los enemigos de la burguesía. Pero las dos proposiciones son inexactas. La revolución
burguesa se hace y se consolida sin ningún tipo de compromiso con la antigua sociedad, a partir de 1789-1791. A partir
de 1790 se adquieren irremisiblemente todos los elementos
esenciales del nuevo orden burgués, fundamento de nuestro
mundo contemporáneo: la abolición de los órdenes y del
«feudalismo», la apertura de la carrera a los talentos, la sustitución de la monarquía de derecho divino por el contrato,
el nacimiento del homo democraticus y del régimen representativo, la liberación del trabajo y de la libre empresa; el
sector de la nobleza contrarrevolucionaria ha huido sin combatir, el rey del Antiguo Régimen no es nada más que un
prisionero y el rescate de los derechos feudales, como ya lo
hemos visto, no se lleva en absoluto a la práctica. Las clases populares y sobre todo la inmensa presión campesina
del verano del 89 cumplieron además un papel esencial en
esta ruptura decisiva con el pasado.
¿Se puede afirmar, creyendo inocentemente en la ideología de la época y en las razones que los jacobinos de 17931794 se dieron a sí mismos, que el proceso de radicalización
de la revolución burguesa nace de la resistencia contrarrevolucionaria? Sería necesario explicar por qué esta radicali99. K. Marx, «La burguesía y la contrarrevolución», artículo
del 15-12-1848 (Werke, t. VI, pp. 107-108).
162

zación existe a partir del verano del 89, después del 14 de
julio, en el momento en que la contrarrevolución es objetivamente muy débil y por qué se alimenta menos con la
fuerza de la resistencia encontrada que con el símbolo y la
torpeza de ésta, como lo muestra el episodio capital de Varennes. En realidad, el verdadero peligro contrarrevolucionario nace con la guerra y con la invasión, a fines del verano
del 92 y en el verano del 93. Pero esta guerra ha sido querida precisamente por la Revolución porque «tiene necesidad
de grandes traiciones»."" No importa que estas traiciones
existan o no existan en la realidad —existen, sin duda, pero
son mucho menos numerosas que lo que imagina el militante
revolucionario—, la Revolución las inventa al igual que otras
tantas condiciones de su desarrollo; la ideología jacobina y
terrorista funciona pues ampliamente como una instancia
autónoma, independiente de las circunstancias políticas y militares, espacio de una violencia tanto más difícil de definir
cuanto que la política se disfraza de moral y el principio de
realidad desaparece. Sabemos, por otra parte, que si las
dos primeras oleadas terroristas, de agosto del 92 y del verano del 93, están evidentemente en relación con la coyuntura de peligro nacional, el «gran Terror» no coincide con la
gran amenaza de los años terribles; interviene, por el contrario, en plena recuperación de la situación militar, como
máquina administrativa de una metafísica igualitaria y moralizante, en la primavera de 1794. El Terror es el fantasma
que compensa el callejón sin salida de la política, es el producto no de la realidad de las luchas sino de la ideología
maniquea que separa a los buenos y a los malos y de una
especie de pánico social generalizado. El 4 de setiembre de
1870, en el momento en que se temía que los obreros destituyesen al gobierno provisorio, Engels analizaba el Terror
en estos términos, en una carta dirigida a Marx:'™ «Gracias
100. La frase, como se sabe, es de Brissot.
101. Correspondencia Marx-Engels, 4 de setiembre de 1870
(Werke, t. XXXIII, p. 53). Este texto, entre otros, muestra lo mucho que Marx y Engels modificaron sus opiniones sobre este período de la revolución como sobre la revolución en general, en
función de la actualidad que los reclamaba, pero también en función de sus preocupaciones intelectuales dominantes en los diferentes períodos de su vida. Podemos afirmar, sin detenernos en
detalles, que Marx y Engels son relativamente pro-jacobinos en
1848-1849, en el momento de la revolución alemana, y muy antijacobinos entre 1865 y 1870, cuando luchan contra los «franceses»,
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a estos pequeños terrores permanentes de los franceses, uno
puede llegar a hacerse una idea mejor del Reinado del
Terror. Lo imaginamos como el reinado de aquellos que infunden el terror y es por el contrario el reinado de aquellos
que están aterrorizados. El terror en su mayor parte no consiste nada más que en crueldades inútiles perpetradas por
hombres que están ellos mismos aterrorizados y que intentan reafirmarse. No me caben dudas de que se debe atribuir casi por completo el Reinado del Terror del año 1973
a los burgueses sobreexcitados que juegan a los patriotas,
a los pequeños burgueses filisteos que manchan con su miedo sus pantalones y a la hez del pueblo que comercia con
el Terror».
En un análisis anterior que se encuentra en La Sagrada
Familia,"' Marx presentó esta crítica de la ilusión jacobina
bajo una forma menos sicológica, mostrando que el núcleo
de esta ilusión es la idea de un Estado «virtuoso», imaginado sobre el modelo escolar de la Antigüedad, que suprime
y supera los datos objetivos de la sociedad civil que, a su
juicio, es la «sociedad burguesa moderna»; el Terror es precisamente el Estado que hace de sí mismo su propia finalidad, a falta de raíces en la sociedad; se trata del Estado
enajenado por la ideología, que se aleja de lo que Marx llama
la «burguesía liberal». La historia de la Revolución nos ofrece los dos momentos decisivos de esta enajenación del Estado, primero con la dictadura de Robespierre, luego con
Napoleón: «Napoleón representó la última batalla del Terror
revolucionario contra la sociedad burguesa, también proclamada por la Revolución, y contra su política... Napoleón consideraba también al Estado como su propia finalidad y a la
sociedad burguesa únicamente como im socio capitalista,
como un subordinado al que se prohibía toda voluntad propia. Puso en práctica el Terror reemplazando la revolución
permanente por la guerra permanente».'"
Este brillante análisis del joven Marx sobre el papel de
la ideología jacobina en el mecanismo del Terror y de la
guerra y sobre el carácter permutable de la pareja Terrorcomo ellos dicen, en el seno de la Primera Internacional. ¿Incluso
en este caso Mazauric se dirá partidario del Marx de la madurez
en contra del joven Marx?
102. La Sainte Famille, Editions sociales, París, 1959, pp. 114103. Los subrayados son de Marx.
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guerra, pudo haber servido como epígrafe de la historia de
la Revolución que escribimos D. Richet y yo, y está implícito
en la interpretación general que proponemos '" y particularmente en lo que hemos denominado el «patinazo» de la revolución. Aceptemos esta metáfora automovilística hasta que
encontremos tina palabra mejor. Lo que me interesa es subrayar la idea de que el proceso revolucionario en su desarrollo y en su duración relativamente corta no puede reducirse al concepto de «revolución burguesa», haya tenido
ésta «un apoyo popular» o «ascendente», o todo lo que quieran los leninistas que hoy día escriben en su jerga. Lo que
la Revolución tiene de «patinazo» permanente y contradictorio con su naturaleza social es vma dinámica política e ideológica autónoma que es necesario teorizar y analizar como
tal. Desde este punto de vista, el concepto que habría que
profundizar es más el de situación o crisis revolucionaria
que el de revolución burguesa: "" vacío previo del poder y del
Estado, crisis de las clases dirigentes, movilización autónoma y paralela de las masas populares, elaboración social de
una ideología que es a la vez maniquea y altamente integradora; todos estos rasgos me parecen indispensables para
comprender la extraordinaria dialéctica del fenómeno revolucionario francés. La revolución no es solamente el «salto»
de una sociedad a otra; es también el conjunto de modalidades que permiten que una sociedad civil, que se ha abierto
súbitamente gracias a la crisis del poder, libere todas las
palabras que la revolución contiene. Esta inmensa emancipación cultural, cuya significación la sociedad puede difícil104. Por ejemplo, la época «constituyente» (89-91) y la del
Directorio son tratadas como períodos de relativa transparencia
de la sociedad civil burguesa y del proceso revolucionario. Por
el contrario, el episodio jacobino y terrorista es el de máxima
opacidad entre la sociedad civil y el proceso histórico: ésta es
la opacidad de la ideología.
105. Sobre este tema existe una importante literatura, particularmente americana. Cf. por ejemplo: Charlmers Johnson, Révolution and the social system, 1964; Lawrence Stone, «Théories of
Révolution», World Politics, XVIII, n.° 2, enero 1966, p. 159 (se trata de xma crítica al libro de Chalmers Johnson). En Francia, algunos trabajos recientes insuflan nuevos aires a la problemática
del fenómeno revolucionario: A. Decouflé, Sociologie des révolutions, P. U. F., Que sais-je?, 1968 (hay trad. cast.: Sociología de las
revoluciones, Oikos Tau, Barcelona, 1975); del mismo autor, «La
révolution et son double», en Sociologie des mutations, éd. Anthropos, 1970; J. Baechler, Les phénomènes révolutionnaires, P. U. P.,
1970.

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mente «eclausurar», nutre a partir de entonces las rivalidades
por el poder recurriendo a la demagogia igualitaria; la ideología revolucionaria que ha sido interiorizada por las masas
populares, o al menos por una parte de ellas, y que es tanto
más sangrienta cuanto aparece como la única referencia,
como la nueva legitimidad fundadora, se transforma en el
sector por excelencia de la lucha política entre los grupos;
a través de ella pasa la dialéctica de escisión sucesiva de los
equipos dirigentes que caracteriza a los años 89-99, como
también la dialéctica de continuidad de las nuevas minorías.
En nombre de la igualdad Robespierre hace guillotinar a
Bamave y a Brissot pero es también a la igualdad a la que
Sieyès permanece fiel a través de tantas infidelidades aparentes, de la primavera del 89 al 18 Brumario del 99. La
revolución es lo imaginario de una sociedad que se ha transformado en la propia trama de su historia.
¿Para qué sirve entonces querer transformarla, contra
viento y marea, en el producto estrictamente necesario de
una esencia metafísica y única cuyos episodios contenidos
desde un comienzo se descubrirían sucesivamente, como
otras tantas muñecas rusas? ¿Por qué querer, a toda costa,
construir esta cronología fantástica, en la que a una fase
«burguesa» ascendente sucede un período de dominación popular, seguido de una recaída burguesa, esta vez «descendente», puesto que Bonaparte está al final? ¿Por qué este
esquema indigente, esta resurrección escolástica, esta miseria de ideas, esta crispadura pasional que aparece disfrazada
de marxismo? La vulgata mazaurico-sobouliana no está constituida por una problemática original nacida de un saber
o de una doctrina; no es nada más que un pobre reflejo de
esa llama inmensa y rica que iluminaba, en la época de Michelet o de Jaurès, toda historia de la revolución. Producto
de un encuentro confuso entre el jacobinismo y el leninismo, este discurso enmarañado no permite descubrir nada;
se basa completamente en el ejercicio de una función religiosa residual, destinada a los sobrevivientes imaginarios del
«baboubisme».* Por esta razón es, al mismo tiempo, contradictorio y convincente, incoherente e irrefutable, agonizante
y llamado a perdurar. Hace ya cien años que Marx, al hablar
de la izquierda republicana y obrera que fundó la III Re* Relativo a G. Babeuf. (N. del T.)
166

pública, dentmció la nostalgia jacobina como vestigio de un
cierto provincialismo francés, deseando que los «acontecimientos» permitiesen «eliminar una vez por todas este culto
reaccionario del pasado»."*

106. Carta a César de Paepe, 14 de setiembre de 1870 (Werke,
t. XXXIII, p. 147).
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