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La Madre Maximo Gorki .pdf



Nombre del archivo original: La Madre-Maximo Gorki.pdf
Título: Microsoft Word - La madre
Autor: V_Medina

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Máximo Gorki La Madre.
Inmerso en la lectura de Gorki he experimentado un profundo placer, y a su vez un gran
respeto por su literatura, ¨amarga¨ y dura pero sin duda la brillantez de su relato, su capacidad
para crear ambientes, la descripción breve pero espléndida de los personajes a través de
pequeños rasgos físicos y su profundo amor por los ideales, por la vida, la razón y por la
naturaleza, me han impresionado y definitivamente puedo afirmar que he disfrutado con la
lectura.
Desde el comienzo de su novela, la crueldad de la vida de los personajes, las injusticias, las
esperanzas y sueños de estos y en definitiva el retrato de la realidad social de una época gris,
te hace pensar en un libro difícil de asimilar. Pero después de su lectura, Gorki me ha
inspirado profundos deseos de vivir, disfrutar y sobre todo luchar por la razón, luchar por el
corazón y por los sueños, aunque estén muy lejanos merece la pena porque sólo nuestros
miedos son los verdaderos enemigos y es en este momento en el que el nombre de Pelagia
aparece. Sentimientos difusos y contradicciones en sus pensamientos que experimenta la
valerosa protagonista se trasladan al espectador de esta magnífica novela.
A partir de un vocabulario sencillo y preciso, la historia de los Vlassov comienza bajo el sonido de la sirena de la fábrica,
el humo de las máquinas y la taberna, única escapatoria de una realidad vacía de sentido. Formaban parte de la masa
uniforme de los obreros, cuyas vidas aplastadas por una fuerza constante no tenía visos de mejoría. Tal era la vida de
Michel Vlassov, un ser sombrío y detestable que muere, que revienta del hastío por una hernia, dejando a su mujer
Pelagia y a su prometedor hijo Pavel liberados del yugo familiar opresor que tanto les había hecho sufrir durante sus
vidas.
Esa circunstancia cambia progresivamente la vida de los Vlassov. El joven Pavel comienza su particular búsqueda de la
verdad, leyendo libros prohibidos, reuniéndose y hablando con revolucionarios socialdemócratas hasta convertirse con el
paso del tiempo en un miembro respetado y pieza fundamental de este movimiento perseguido con la tortura, la cárcel y
el destierro.
La perspectiva de la madre, diferente, debido a su inocencia e ignorancia le hace ver las acciones de Pavel bajo el
peligro real que corre y no entiende, no comprende las motivaciones e intenciones que llevan a este grupo de jóvenes en
su mayoría, a luchar contra el poder, contra el Zar y en consecuencia con la policía. Pero poco a poco Pelagia, a pesar
de desconfiar de los razonamientos de su hijo y sus camaradas, adopta progresivamente una aptitud abierta ante su
nueva vida, también hacia los amigos de Pavel que conoce en su casa empieza a verlos como a sus propios hijos, se
siente la madre de la revolución dentro de su propia casa; El Pequeño Ruso, Rybine, Vessovchikov, Theo, Sandrina,
Samoilov, entre otros muchos, le hacen la vida agradable, la tratan con mucha dulzura, afecto, cariño, incluso le
transmiten la energía y la alegría que ella jamás había vuelto a experimentar desde su infancia. Tras una profunda
reflexión de fe y la primera encarcelación de Pavel, La Madre se suma a la causa de la verdad.
Pasajes formidables como la manifestación en la fábrica por los Kopek, más tarde la introducción de hojas y folletos en la
fábrica bajo las faldas de Pelagia, la distribución por las aldeas y pueblos de folletos y libros prohibidos impresos bajo el
acecho de los espías de la policía, la manifestación del primero de Mayo (para mí el mejor pasaje del libro), la detención
de Rybine y su coraje, los sufridos registros y detenciones, el juicio del destierro o la muerte de Iegor y su entierro con
ataque brutal de sables, hasta la detención de La Madre en la estación de trenes dispuesta a distribuir el magnífico
discurso de Pavel, son muy brillantes. Y no es un final trágico, Pelagia por fin deja de tener miedo por la causa, deja de
sufrir por su hijo, ya en el destierro, empieza a creer de verdad, olvidando por fin su pasado, y es feliz porque es libre, de
pensamiento y sentimiento, porque por fin va a cumplir otro de sus deseos: saber a Pavel junto a su amor Sandrina.
.............No se puede matar un alma resucitada.
Sobre Gorki se dice que es una de las figuras más originales y sugestivas de la Literatura de todos los tiempos. Escritor y
hombre de ideas, consagró su vida y obra a predicar su soñada verdad, contra la opresión del hombre por el hombre.
Maximo Gorki seudónimo literario de Alexei Maximovich Pieskhov, de familia extremadamente humilde, careció de toda
instrucción normal, su vida había de ser su único maestro, su propio calvario le familiarizó desde temprano con los
aspectos más ásperos y crueles por la lucha de la existencia. Así aprendió a conocer y amar a las clases desheredadas,
así se hizo revolucionario. Algunas de sus obras recogen los recuerdos de su azarosa juventud.

Gorki suscita una nueva esperanza, una nueva confianza, trae a las letras una nueva vida pletórica y natural, que desea
liberarse de todo yugo, que confía en su propia fuerza, sin preocuparse de los derechos y exigencias de los demás.
Novelista duro donde los haya, implacable en sus tendencias, áspero en su expresión, pero rebosante de vigor, de
pasión y de humanidad. Sin duda un verdadero artista de la pluma. Popular, su obra alcanzó una gran difusión, a través
de su obra se conoce perfectamente la Rusia de las gentes pequeñas, porque es el escritor proletario por excelencia, en
definitiva, está identificado con el alma del pueblo.

La madre
Máximo Gorki
PRIMERA PARTE
I
Cada mañana, entre el humo y el olor a aceite del barrio obrero, la sirena de la fábrica mugía y temblaba. Y de las
casuchas grises salían apresuradamente, como cucarachas asustadas, gentes hoscas, con el cansancio todavía en los
músculos. En el aire frío del amanecer, iban por las callejuelas sin pavimentar hacia la alta jaula de piedra que, serena e
indiferente, los esperaba con sus innumerables ojos, cuadrados y viscosos. Se oía el chapoteo de los pasos en el fango.
Las exclamaciones roncas de las voces dormidas se encontraban unas con otras: injurias soeces desgarraban el aire.
Había también otros sonidos: el ruido sordo de las máquinas, el silbido del vapor. Sombrías y adustas, las altas
chimeneas negras se perfilaban, dominando el barrio como gruesas columnas.
Por la tarde, cuando el sol se ponía y sus rayos rojos brillaban en los cristales de las casas, la fábrica vomitaba de sus
entrañas de piedra la escoria humana, y los obreros, los rostros negros de humo, brillantes sus dientes de hambrientos,
se esparcían nuevamente por las calles, dejando en el aire exhalaciones húmedas de la grasa de las máquinas. Ahora,
las voces eran animadas e incluso alegres: su trabajo de forzados había concluido por aquel día, la cena y el reposo los
esperaban en casa.
La fábrica había devorado su jornada: las máquinas habían succionado en los músculos de los hombres toda la fuerza
que necesitaban. El día había pasado sin dejar huella: cada hombre había dado un paso más hacia su tumba, pero la
dulzura del reposo se aproximaba, con el placer de la taberna llena de humo, y cada hombre estaba contento.
Los días de fiesta se dormía hasta las diez. Después, las gentes serias y casadas, se ponían su mejor ropa e iban a
misa, reprochando a los jóvenes su indiferencia en materia religiosa. Al volver de la iglesia, comían y se acostaban de
nuevo, hasta el anochecer.
La fatiga, amasada durante años, quita el apetito, y, para comer, bebían, excitando su estómago con la aguda
quemadura del alcohol.
Por la tarde, paseaban perezosamente por las calles: los que tenían botas de goma, se las ponían aunque no lloviera, y
los que poseían un paraguas, lo sacaban aunque hiciera sol.
Al encontrarse, se hablaba de la fábrica, de las máquinas, o se deshacían en invectivas contra los capataces. Las
palabras y los pensamientos no se referían más que a cosas concernientes al trabajo. Apenas si alguna idea, pobre y
mal expresada, arrojaba una solitaria chispa en la monotonía gris de los días. Al volver a casa, los hombres reñían con
sus mujeres y con frecuencia les pegaban, sin ahorrar los golpes. Los jóvenes permanecían en el café u organizaban
pequeñas reuniones en casa de alguno, tocaban el acordeón, cantaban canciones innobles, bailaban, contaban
obscenidades y bebían. Extenuados por el trabajo, los hombres se embriagaban fácilmente: la bebida provocaba una
irritación sin fundamento, mórbida, que buscaba una salida. Entonces, para liberarse, bajo un pretexto fútil, se lanzaban
uno contra otro con furor bestial. Se producían riñas sangrientas, de las que algunos salían heridos; algunas veces había
muertos...
En sus relaciones, predominaba un sentimiento de animosidad al acecho, que dominaba a todos y parecía tan normal
como la fatiga de los músculos. Habían nacido con esta enfermedad del alma que heredaban de sus padres, los
acompañaba como una sombra negra hasta la tumba, y les hacía cometer actos odiosos, de inútil crueldad.
Los días de fiesta, los jóvenes volvían tarde por la noche, los vestidos rotos, cubiertos de lodo y de polvo, los rostros
contusionados; se alababan, con voz maligna, de los golpes propinados a sus camaradas, o bien, venían furiosos o
llorando por los insultos recibidos, ebrios, lamentables, desdichados y repugnantes. A veces eran los padres quienes
traían su hijo a casa: lo habían encontrado borracho, perdido al pie de una valla, o en la taberna; las injurias y los golpes
llovían sobre el cuerpo inerte del muchacho; luego lo acostaban con más o menos precauciones, para despertarlo muy
temprano, a la mañana siguiente, y enviarlo al trabajo cuando la sirena esparcía, como un sombrío torrente, su irritado
mugir.
Las injurias y los golpes caían duramente sobre los muchachos, pero sus borracheras y sus peleas parecían
perfectamente legítimas a los viejos: también ellos, en su juventud, se habían embriagado y pegado; también a ellos les

habían golpeado sus padres. Era la vida. Como un agua turbia, corría igual y lenta, un año tras otro; cada día estaba
hecho de las mismas costumbres, antiguas y tenaces, para pensar y obrar. Y nadie experimentaba el deseo de cambiar
nada.
Algunas veces, aparecían por el barrio extraños, venidos nadie sabía de dónde. Al principio, atraían la atención,
simplemente porque eran desconocidos; suscitaban luego un poco de curiosidad, cuando hablaban de los lugares donde
habían trabajado; después, la atracción de la novedad se gastaba, se acostumbraba uno a ellos y volvían a pasar
desapercibidos. Sus relatos confirmaban una evidencia: la vida del obrero es en todas partes la misma. Así, ¿para qué
hablar de ello?
Pero alguna vez ocurría que decían cosas inéditas para el barrio. No se discutía con ellos, pero escuchaban, sin darles
crédito, sus extrañas frases que provocaban en algunos una sorda irritación, inquietud en otros; no faltaban quienes se
sentían turbados por una vaga esperanza y bebían todavía más para borrar aquel sentimiento inútil y molesto.
Si en un extraño observaban algo extraordinario, los habitantes de la barriada no lo miraban bien, y lo trataban con una
repulsión instintiva, como si temiesen verlo traer a su existencia algo que podría turbar la regularidad sombría, penosa,
pero tranquila. Habituados a ser aplastados por una fuerza constante, no esperaban ninguna mejora, y consideraban
cualquier cambio como tendiente tan sólo a hacerles el yugo todavía más pesado.
Los que hablaban de cosas nuevas, veían a las gentes del barrio huirles en silencio. Entonces desaparecían, volvían al
camino, o si se quedaban en la fábrica, vivían al margen, sin lograr fundirse en la masa uniforme de los obreros...
El hombre vivía así unos cincuenta años; después, moría...
II
Tal era la vida del cerrajero Michel Vlassov, un ser sombrío, velludo, de ojillos desconfiados bajo espesas cejas, de
sonrisa maligna. El mejor cerrajero de la fábrica y el hércules del barrio: ganaba poco, porque era grosero con sus jefes;
cada domingo dejaba sin sentido a alguno; todo el mundo le detestaba y le temía Habían tratado de pegarle, pero sin
éxito. Cuando Vlassov veía que iban a atacarle, cogía una piedra, una plancha, un trozo de hierro, y, plantándose sobre
sus piernas abiertas, esperaba al enemigo, en silencio. Su rostro, cubierto desde los ojos hasta la garganta por una
barba negra, y sus peludas manos, excitaban el pánico general. Causaban miedo, sobre todo, sus ojos, pequeños y
agudos, que parecían perforar a las gentes como una punta de acero; cuando se encontraba aquella mirada, se sentían
los demás en presencia de una fuerza salvaje, inaccesible al miedo, pronta a herir sin piedad.
-¡Fuera de aquí, carroña! -decía sordamente. En el espeso vellón de su rostro, sus grandes dientes amarillos relucían.
Sus adversarios lo colmaban de insultos, pero retrocedían intimidados.
-¡Carroña! -les gritaba aún, y su mirada resplandecía, malvada, aguda como una lezna. Después, erguía la cabeza con
aire desafiante, y los seguía, provocándolos:
-Bueno, ¿quién quiere morir?
Nadie quería...
Hablaba poco, y su expresión favorita era «carroña». Llamaba así a los capataces de la fábrica y a la policía; empleaba
el mismo epíteto dirigiéndose a su mujer:
-¿No ves, carroña, que tengo los pantalones rotos?
Cuando su hijo Pavel cumplió catorce años, Vlassov intentó un día tirarle de los cabellos. Pero Pavel se apoderó de un
pesado martillo y dijo secamente:
-No me toques.
-¿Qué? -preguntó el padre; avanzó sobre el erguido y esbelto rapaz como una sombra sobre un abedul joven.
-Basta -dijo Pavel-: no me dejaré pegar más...

Y blandió el martillo.
El padre lo miró, cruzó a la espalda sus velludas manos y dijo burlonamente:
-Bueno...
Luego, añadió con un profundo suspiro:
-Bribón de carroña...
Poco después dijo a su esposa:
-No me pidas más dinero, Pavel te mantendrá.
Ella se envalentonó:
-¿Vas a bebértelo todo?
-No es asunto tuyo, carroña. Tomaré una amiguita...
No tomó amante alguna, pero desde aquel momento hasta su muerte, durante casi dos años, no volvió a mirar a su hijo,
ni a dirigirle la palabra.
Tenía un perro tan grande y peludo como él mismo. Cada día, el animal lo acompañaba a la fábrica y lo esperaba por la
tarde, a la salida. El domingo, Vlassov iba a recorrer los cafés. Caminaba sin decir palabra, parecía buscar a alguien,
mirando insolentemente a las personas, a su paso. El perro le seguía todo el día, el rabo bajo, gordo y peludo. Cuando
Vlassov, borracho, volvía a su casa, se sentaba a la mesa y daba de comer al perro en su plato. No le pegaba jamás, ni
le reñía, pero tampoco le acariaciaba nunca. Después de la comida, si su mujer no se llevaba el servicio a tiempo, tiraba
los platos al suelo, colocaba ante sí una botella de aguardiente y, con la espalda apoyada en la pared, con una voz sorda
que daba dentera, aullaba una canción, la boca abierta y los ojos cerrados. Las palabras melancólicas y vulgares de la
canción, parecían enredarse en su bigote, del que caían migas de pan; el cerrajero se peinaba la barba con los dedos y
cantaba. Las palabras eran incomprensibles, arrastradas; la melodía recordaba el aullido de los lobos en invierno.
Cantaba mientras había aguardiente en la botella; después, se tendía sobre un costado, en el banco o ponía la cabeza
encima de la mesa, y dormía así hasta la llamada de la sirena. El perro se acostaba a su lado.
Murió de una hernia. Durante cinco días, con la tez negruzca, se agitó en el lecho, cerrados los párpados, rechinando los
dientes. A veces, decía a su mujer:
-Dame veneno para las ratas, envenéname...
El doctor recetó cataplasmas, pero añadió que era indispensable una operación y que había que trasladar al enfermo al
hospital inmediatamente.
-¡Al diablo..., moriré solo! ¡Carroña! -gritó Vlassov.
Cuando el doctor sé hubo marchado, su mujer, llorando, quiso convencerlo de que se sometiese a la operación; él le
declaró, amenazándola con el puño:
-¡Si me curo vas a verlas peores!
Murió una mañana, en el momento en que la sirena llamaba al trabajo.
En el ataúd, tenía la boca abierta y las cejas fruncidas e irritadas. Lo enterraron su mujer, su hijo, su perro, Danilo
Vessovchikov, viejo ladrón borracho, expulsado de la fábrica, y algunos miserables del barrio. Su mujer lloraba un poco.
Pavel no derramó una lágrima. Los transeúntes que encontraban el entierro se detenían y se persignaban, diciendo a sus
vecinos:
-Sin duda que Pelagia debe estar contenta de que se haya muerto.

Rectificaban:
-¡De que haya reventado!
Después de darle sepultura, todos se volvieron, pero el perro se quedó allí, tendido en la fresca tierra, y, sin aullar,
olfateó largamente la tumba. Unos días más tarde, lo mataron; nadie supo quién...
III
Un domingo, quince días después de la muerte de su padre, Pavel Vlassov volvió a casa borracho. Titubeando, entró en
la pieza delantera, y golpeando la mesa con el puño como su padre hacía, gritó:
-¡A cenar!
Su madre se acercó, se sentó a su lado y, abrazándolo, atrajo sobre su pecho la cabeza del hijo. El, apoyando la mano
sobre su hombro, la rechazó y gritó:
-¡Vamos, madre, de prisa!
-¡Pobre animalito! -dijo ella con voz triste y acariciadora, ignorando la resistencia de Pavel.
-¡Y voy a fumar! Dame la pipa de padre -gruñó el muchacho; la lengua rebelde articulaba con dificultad.
Era la primera vez que se embriagaba. El alcohol había debilitado su cuerpo, pero no había apagado su conciencia, y
una pregunta le golpeaba la cabeza:
-¿Estoy borracho ...?¿estoy borracho?
Las caricias de su madre lo confundían, y la tristeza de sus ojos lo conmovió. Tenía ganas de llorar, y para vencer este
deseo fingió estar más borracho de lo que realmente estaba.
La madre acariciaba sus cabellos, enmarañados y empapados en sudor, y le hablaba dulcemente:
-No has debido...
Le invadieron las náuseas. Después de una serie de violentos vómitos, la madre le acostó y cubrió su frente lívida con
una toalla húmeda. Se repuso un poco, pero todo daba vueltas a su alrededor, los párpados le pesaban, tenía en la boca
un gusto repugnante y amargo. Miraba a través de las pestañas el rostro de su madre y pensaba:
-Es demasiado pronto para mí. Los otros beben y no les pasa nada, y a mí me hace vomitar...
La dulce voz de su madre le llegaba, lejana: -Cómo vas a mantenerme, si te pones a beber... El cerró los ojos y dijo:
-Todos beben...
Pelagia suspiró. Tenía razón. Bien sabía ella que la gente no tiene otro sitio que la taberna para obtener un poco de
alegría. Sin embargo, respondió:
-¡Tú no bebas! Tu padre ha bebido bastante por ti. Y me ha atormentado bastante...; tú podrías tener lástima de tu
madre. Pavel escuchaba estas palabras, tristes y tiernas; recordaba la existencia callada y borrosa de su madre, siempre
a la espera angustiosa de los golpes. Los últimos tiempos, Pavel había estado poco en casa para evitar encontrarse con
su padre: había olvidado algo a su madre. Y ahora, recuperando poco a poco los sentidos, la miraba fijamente.
Era alta y un poco encorvada; su cuerpo, roto por un trabajo incesante y los malos tratos de su marido, se movía sin
ruido, ligeramente ladeado, como si temiera tropezar con algo. El ancho rostro surcado de arrugas, un poco hinchado, se
iluminaba con dos ojos oscuros, tristes e inquietos como los de la mayoría de las mujeres del barrio. Una profunda
cicatriz levantaba levemente la ceja derecha, y parecía que también la oreja de ese lado era más alta que la otra; tenía el

aire de tender siempre un oído alerta. Las canas contrastaban con el espeso pelo negro. Era toda dulzura, tristeza,
resignación...
A lo largo de sus mejillas corrían lentamente las lágrimas.
-¡No llores más! -dijo dulcemente su hijo-. Dame de beber. -Voy a traerte agua con hielo.
Pero cuando Pelagia volvió, se había dormido. Ella permaneció un instante móvil ante él: la jarra temblaba en su mano y
el hielo tintineaba suavemente en el borde. Dejó el cacharro sobre una mesa y, silenciosa, se arrodilló ante las santas
imágenes. Los vidrios de las ventanas vibraban con gritos de borrachos. En la oscuridad y la niebla de la noche de otoño,
gemía un acordeón; alguien cantaba a plena voz; alguien juraba con palabras soeces; se oían voces de mujeres
inquietas, irritadas, cansadas...
En la casita de los Vlassov la vida continuó, más tranquila y apacible que antes, y un poco diferente de la de las otras
casas. Su mansión se encontraba al fondo de la calle principal, cerca de una cuesta pequeña pero empinada que
terminaba en una laguna. Un tercio de la vivienda lo ocupaban la cocina y una pequeña habitación, separada por un
delgado tabique, donde dormía la madre. El resto era una pieza cuadrada con dos ventanas: en un rincón, la cama de
Pavel, en el otro, una mesa y dos bancos. Algunas sillas, una cómoda para la ropa, un espejillo encima, un baúl, un reloj
de pared y dos iconos en un rincón, eso era todo.
Pavel hizo todo lo que un muchacho debía hacer: se compró un acordeón, una camisa con pechera almidonada, una
corbata llamativa, botas de goma, un bastón, y se convirtió en uno más entre los jóvenes de su edad. Fue a fiestas,
aprendió a bailar la cuadrilla y la polka, el domingo volvía después de haber bebido mucho y seguía soportando mal el
vodka. Al día siguiente, tenía dolor de cabeza, sufría ardor de estómago, estaba lívido y abatido.
Un día, su madre le preguntó:
-Entonces, ¿te has divertido mucho ayer?
El respondió con sombría irritación:
-¡Me aburrí condenadamente! Me iré a pescar, que será mejor; o me compraré un fusil.
Trabajaba con celo, sin ausencias ni reprimendas. Era taciturno, y sus ojos azules, grandes como los de su madre,
expresaban descontento. No se compró un fusil ni fue a pescar, pero se desvió cada vez más de la vida corriente de los
jóvenes, frecuentó cada vez menos las fiestas y, donde quiera que fuese el domingo, volvía sin haber bebido. La madre,
que lo vigilaba con mirada atenta, veía demacrarse el rostro bronceado de su hijo; su expresión se hacía más grave y sus
labios adquirían un pliegue de extraña severidad.
Parecía lleno de una cólera sorda, o minado por una enfermedad. Antes, sus camaradas venían a verlo, pero ahora, al
no encontrarlo nunca en casa, dejaron de aparecer. La madre veía, con placer, que Pavel no imitaba ya a los muchachos
de la fábrica, pero cuando observó esta obstinación en huir la sombría corriente de la vida común, el sentimiento de un
oscuro peligro invadió su corazón.
-¿No te sientes bien, Pavel? -le preguntaba alguna vez.
-Sí, estoy bien -respondía.
-¡Estás tan delgado! -suspiraba ella.
Comenzó a traer libros y a leerlos a escondidas; luego los guardaba en alguna parte. A veces, copiaba algún pasaje, en
un trozo de papel que también escondía.
Se hablaban poco y apenas se veían por la mañana, él tomaba su té sin decir nada y se iba al trabajo; a mediodía, venía
a almorzar; en la mesa, cambiaban algunas palabras insignificantes y de nuevo desaparecía hasta la noche. Al concluir
la jornada, se lavaba cuidadosamente, tomaba la sopa y luego leía largamente sus libros. El domingo, se marchaba por
la mañana para no volver hasta entrada la noche. Pelagia sabía que iba a la ciudad, que frecuentaba el teatro, pero nadie
de la ciudad venía a verlo. Le parecía que, cuanto más pasaba el tiempo, menos comunicativo era su hijo, y al mismo
tiempo notaba que, en ocasiones, empleaba algunas palabras nuevas que ella no comprendía, en tanto que las

expresiones groseras y brutales que antes utilizaba, habían desaparecido de su lenguaje. En su comportamiento, había
muchos detalles que atraían la atención de Pelagia; dejó de hacer el gomoso, pero concedió más cuidado a la limpieza
de su cuerpo y de sus ropas; su manera de andar adquirió mayor libertad y soltura, y su apariencia se hizo más sencilla y
dulce. Su madre se preocupaba. Y en su actitud con respecto a ella, había también algo de nuevo: barría a veces su
cuarto, se hacía él mismo la cama los domingos y se esforzaba, en general, por quitarle trabajo. Nadie obraba así en el
barrio...
Un día trajo y colgó del muro, un cuadro representando a tres personas que caminaban con ligereza conversando.
-Es Cristo resucitado, camino de Emaús -explicó Pavel.
El cuadro agradó a Pelagia, pero pensó:
«Honras a Cristo y no vas a la iglesia...»
El número de libros aumentaba de día en día sobre la hermosa estantería que un carpintero, amigo de Pavel, le había
fabricado. La habitación tomaba un aspecto agradable.
El la trataba de «usted» y le llamaba «la madre», pero algunas veces tenía para ella palabras afectuosas:
-No te inquietes, madre: volveré tarde hoy.
Y, bajo estas palabras, ella sentía algo de fuerte, de serio, que le gustaba.
Pero su inquietud crecía, y el paso del tiempo no la tranquilizaba: el presentimiento de algo extraordinario rondaba su
corazón. A veces, estaba descontenta de su hijo, y pensaba:
-Los hombres deben vivir como hombres, pero éste es como un monje... Es demasiado serio... No es propio de su edad.
Se preguntaba:
-¿Tendrá, quizá, alguna amiga?
Pero para cargarse con una muchacha hacía falta dinero, y él le entregaba casi todo su salario.
Así pasaron semanas, meses, dos años de una vida extraña, silenciosa, llena de pensamientos oscuros y temores, que
crecían sin cesar.
IV
Una noche, después de cenar, Pavel, corriendo la cortina de las ventanas, se sentó en un rincón y se puso a leer, bajo la
lámpara de petróleo colgada en la pared sobre su cabeza. Su madre, lavada la vajilla, salió de la cocina y se acercó con
paso vacilante. El levantó la cabeza y la miró interrogante.
-No... no es nada, Pavel, soy yo -dijo ella, y se alejó vivamente, enarcadas las cejas con aire confuso. Permaneció
inmóvil un momento en medio de la cocina, pensativa, preocupada; se lavó despaciosamente las manos y volvió junto a
su hijo.
-Querría preguntarte -dijo muy bajo-, qué es lo que estás leyendo siempre.
El dejó el libro.
-Siéntate, mamá.
Se sentó pesadamente al lado de él y se irguió, esperando algo grave. Sin mirarla, a media voz, y tomando sin saber por
qué un tono áspero, Pavel comenzó a hablar.

-Leo libros prohibidos. Se prohíbe leerlos porque dicen la verdad sobre nuestra vida de obreros... Se imprimen en
secreto, y si los encuentran aquí, me llevarán a la cárcel..., a la cárcel, porque quiero saber la verdad. ¿Comprendes?
Ella sintió que su respiración se cortaba, y fijó sobre su hijo unos ojos espantados. Le pareció diferente, extraño. Tenía
otra voz, más baja, más llena, más sonora. Con sus dedos afilados, retorcía su fino bigote de adolescente, y su mirada
vaga, bajo las cejas, se perdía en el vacío. Se sintió invadida de miedo y de piedad por su hijo.
-¿Por qué haces eso, Pavel? -preguntó.
Levantó él la cabeza, le lanzó una ojeada, y sin alzar la voz, tranquilamente, respondió:
-Quiero saber la verdad.
Su voz era baja pero firme, y sus ojos brillaban de obstinación. En su corazón, ella comprendió que su hijo se había
consagrado Para siempre a algo misterioso y terrible. Todo, en la vida, le había parecido inevitable: estaba acostumbrada
a someterse sin reflexionar, y solamente se echó a llorar, dulcemente, sin encontrar palabras, el corazón oprimido por la
pena y la angustia.
-¡No llores! -dijo Pavel con voz tierna; pero a la madre le pareció que le decía adiós.
-Reflexiona, ¿qué vida es la nuestra? Tú tienes cuarenta años, y, sin embargo, ¿es que verdaderamente has vivido?
Padre te pegaba... Comprendo ahora que se vengaba sobre ti de su propia miseria, de la miseria de la vida, que lo
ahogaba sin que él comprendiese por qué. Había trabajado treinta años; empezó cuando la fábrica no tenía más que dos
edificios, ¡y ahora tiene siete!
Ella escuchaba con terror y avidez. Los ojos de su hijo brillaban, hermosos y claros; apoyando el pecho en la mesa, se
había acercado a su madre, y tocando casi su rostro bañado en lágrimas, decía por primera vez lo que había
comprendido. Con toda la fe de la juventud y el ardor del discípulo, orgulloso de sus conocimientos en cuya verdad cree
religiosamente, hablaba de todo lo que para él era evidente; y hablaba menos para su madre, que para verificar sus
propias convicciones. Algunos momentos se detenía, cuando le faltaban las palabras, y entonces veía el afligido rostro
en el que brillaron los ojos bondadosos, llenos de lágrimas, de terror y de perplejidad. Tuvo lástima de su madre, y siguió
hablando, pero esta vez de ella, de su vida.
-¿Qué alegrías has conocido tú? ¿Puedes decirme qué ha habido de bueno en tu vida?
Ella escuchaba y movía tristemente la cabeza: experimentaba el sentimiento de algo nuevo que no conocía, alegría y
pena, y esto acariciaba deliciosamente su corazón dolorido. Era la primera vez que oía hablar así de ella misma, de su
vida, y aquellas palabras despertaban pensamientos vagos, dormidos hacía mucho tiempo; reavivaban dulcemente el
sentir apagado de una insatisfacción oscura de la existencia, reanimaban las ideas e impresiones de una lejana juventud.
Contó su niñez, con sus amigas, habló largamente de todo, pero, como las demás, no sabía más que quejarse: nade
explicaba por qué la vida era tan penosa y difícil. Y he aquí que su hijo estaba allí sentado, y todo lo que decían sus dos,
su rostro, sus palabras, todo aquello llegaba a su corazón, la llenaba le orgullo ante su hijo que comprendía tan bien la
vida de su madre, le hablaba de sus sufrimientos, la compadecía.
No suele compadecerse a las madres.
Ella lo sabía. Todo lo que decía Pavel de la vida de las mujeres era la verdad, la amarga verdad; y palpitaban en su
pecho una muchedumbre de dulces sensaciones, cuya desconocida ternura confortaba su corazón.
-Y entonces, ¿qué quieres hacer?
-Aprender, y luego enseñar a los otros. Los obreros debemos estudiar. Debemos saber, debemos comprender dónde
está el origen de la dureza de nuestras vidas.
Era dulce para la madre ver los ojos azules de su hijo, siempre serios y severos, brillar ahora con tanta ternura y afecto.
En los labios de Pelagia apareció una leve sonrisa de contente, mientras en las arrugas de sus mejillas temblaban aún
las lágrimas. Se sentía dividida interiormente: estaba orgullosa de su hijo, que tan bien veía las razones de la miseria de
la existencia; pero tampoco podía olvidar que era joven, que no hablaba como sus compañeros, y que se había resuelto

a entrar solo en lucha contra la vida rutinaria que los otros, y ella también, llevaban. Quiso decirle: «Pero, niño..., ¿qué
puedes hacer tú?»
Pavel vio la sonrisa en los labios de su madre, la atención en su rostro, el amor en sus ojos; creyó haberle hecho
comprender su verdad, y el juvenil orgullo de la fuerza de su palabra, exaltó su fe en sí mismo. Lleno de excitación,
hablaba, tan pronto sarcástico como frunciendo las cejas; algunas veces, el odio resonaba en su voz, y cuando su madre
oía aquellos crueles acentos, sacudía la cabeza, espantada, y le preguntaba en voz baja:
-¿Es verdad eso, Pavel?
-¡Sí! -respondía él con voz firme.
Y le hablaba de los que querían el bien del pueblo, que sembraban la verdad y a causa de ello eran acosados como
bestias salvajes, encerrados en prisión, enviados al penal por los enemigos de la existencia.
-He conocido a estas gentes gritó- con ardor: son las mejores del mundo.
Pero a su madre la aterrorizaban, y preguntaba una vez más a su hijo: «¿Es verdad eso?»
No se sentía segura. Desfallecida, escuchaba los relatos de Pavel sobre aquellas gentes, incomprensibles para ella, que
habían enseñado a su hijo una manera de hablar y de pensar, tan peligrosa para él.
-Va a amanecer pronto: debías acostarte -dijo ella.
-En seguida. -E inclinándose hacia ella, preguntó-: ¿Me has comprendido?
-¡Sí! -suspiró la madre. De nuevo brotaron lágrimas de sus ojos, y añadió en un sollozo:
-¡Te perderás!
El se levantó y dio algunos pasos por la habitación.
-Bien, ahora sabes lo que hago y adónde voy: te he dicho todo... Y te suplico, madre, que si me quieres no me retengas...
-¡Cariño! -exclamó ella-. Quizá hubiera sido mejor no decirme nada...
Le tomó una mano que él estrechó con fuerza entre las suyas. ;
A ella la conmovió la palabra «madre», que él había pronunciado con tanto calor, y aquel apretón de manos, nuevo y
extraño. -No haré nada por contrariarte -dijo jadeando-. ¡Solamente, ten cuidado!, ¡ten mucho cuidado!
Sin saber de qué debía guardarse, añadió tristemente:
-Cada vez adelgazas más...
Y envolviendo su cuerpo, robusto y bien hecho, con una cálida mirada acariciadora, le dijo rápidamente y en voz baja:
-¡Que Dios te proteja! Haz lo que quieras, no te lo impediré. No pido más que una cosa: sé prudente cuando hables con
los otros. Hay que desconfiar: se odian entre sí. Son ávidos, envidiosos... Les gusta hacer daño. Si empiezas a decirles
tus verdades, a juzgarlos, te detestarán y te perderán.
De pie junto a la puerta, Pavel escuchaba sonriendo estas amargas palabras:
-La gente es mala, sí. Pero cuando supe que había tuna verdad sobre la tierra, se volvieron mejores.
Sonrió de nuevo.

-Yo mismo no comprendo cómo ha ocurrido esto. Desde que era niño, tuve miedo de todo el mundo. Cuando crecí, me
encontré odiando a unos por su cobardía, a otros no sé por qué, ¡por nada...!
Y ahora se han vuelto diferentes para mí: siento piedad por ellos, creo... no sé cómo, pero mi corazón se enternece
desde que he comprendido que no todos son responsables de su bajeza...
Se calló un instante, pareciendo escuchar algo dentro de sí mismo: luego continuó, pensativo:
-¡He aquí cómo sopla la verdad!
Ella alzó los ojos hacia él y murmuró:
-¡Cómo has cambiado, y qué miedo tengo, Dios mío!
Cuando su hijo estuvo acostado y dormido, la madre se levantó sin ruido, y se acercó dulcemente a su lecho. Pavel
dormía sobre la espalda, y en la blanca almohada se perfilaba su rostro tostado, obstinado y severo. Las manos
cruzadas sobre el pecho, descalza y en camisa, la madre se mantuvo junto a la cama de su hijo, sus labios se movieron
en silencio y de sus ojos corrieron lentamente, una tras otra, gruesas lágrimas de angustia.
V
Y la vida continuó para ellos, silenciosa: de nuevo se sentían lejanos y próximos.
Un día de fiesta, a la mitad de la semana, Pavel dijo a su madre al salir:
-El sábado tendré invitados de la ciudad.
-¿De la ciudad?-repitió la madre..., y repentinamente estalló en sollozos.
-Vamos mamá, ¿por qué lloras? -preguntó Pavel, disgustado.
Ella suspiró, enjugándose el rostro con el delantal.
-No sé..., por nada.
-¿Tienes miedo?
-Sí -confesó.
El se inclinó sobre ella y dijo con voz irritada como la de un niño:
-¡Todos reventamos de miedo! Y los que nos mandan, se aprovechan de ese miedo para asustarnos todavía más.
La madre gimió:
-¡No te enfades! ¡Cómo podría no tener miedo! Lo he tenido toda mi vida.
El respondió a media voz, apaciguado:
-Perdóname. No puedo hacer otra cosa.
Y salió.
Ella tembló durante tres días: su corazón dejaba de latir cuando recordaba que «aquella gente» iba a venir a su casa:
extraños, que debían ser terribles. Eran los que habían mostrado a su hijo la senda que ahora seguía...

El sábado por la tarde, Pavel volvió de la fábrica, se lavó, se cambió de ropa y salió de nuevo, diciendo a su madre, sin
mirarla:
-Si vienen, diles que volveré en seguida. Y no tengas miedo, por favor...
Ella se dejó caer sobre el banco, sin fuerzas. Pavel frunció las cejas y le propuso:
-¿Quizá... prefieres salir?
Ella se sintió herida. Sacudió negativamente la cabeza.
-No. ¿Por qué iba a salir?
Era el final de noviembre. Durante el día había caído, sobre el suelo helado, una nieve fina y en polvo, que ahora ella oía
chirriar bajo los pasos de Pavel, que se iba. En los cristales de la ventana se agolpaban las tinieblas espesas, inmóviles,
hostiles, al acecho. La madre, con las manos apoyadas en el banco, permanecía sentada y esperaba, la mirada en la
puerta.
Le parecía que, en la oscuridad, seres malvados con extrañas vestiduras, convergían de todas partes hacia la casa:
marchaban a paso de lobo, encorvados y mirando a todos lados. Pero alguien caminaba verdaderamente alrededor de la
casa, palpaba la pared con las manos...
Se oyó un silbido. En el silencio era un hilo delgado, triste y melodioso, que erraba meditabundo en el vacío de las
tinieblas: buscaba algo, se acercaba. Y de pronto, desapareció bajo la ventana, como si hubiese penetrado en la madera
del tabique.
Unos pasos se arrastraron en la entrada: la madre se estremeció y, con los ojos dilatados, se puso en pie.
La puerta se abrió. Primero apareció una cabeza tocada con un gran gorro de felpa, luego un cuerpo largo, encorvado,
se deslizó lentamente, se irguió, levantó sin apresurarse el brazo derecho y, suspirando ruidosamente, con una voz que
salía de lo más hondo del pecho, dijo:
-¡Buenas noches!
La madre se inclinó sin decir palabra.
-Pavel, ¿no está?
El hombre se quitó lentamente su chaquetón forrado, levantó un pie, hizo caer, con el gorro, la nieve de la bota: repitió el
mismo gesto con la otra, arrojó el gorro en un rincón y, balanceándose sobre sus largas piernas, entró en la habitación.
Se acercó a una silla, la examinó como para convencerse de su solidez, se sentó al fin y, llevándose la mano a la boca,
bostezó. Tenía la cabeza redonda y pelada al cero, las mejillas afeitadas, y largos bigotes cuyas puntas caían.
Inspeccionó el cuarto con sus grandes ojos grises y salientes, cruzó las piernas y preguntó, columpiándose en la silla:
-¿La cabaña es vuestra o la tenéis alquilada? Pelagia, sentada frente a él, respondió: -Alquilada.
-No es gran cosa -observó él.
-Pavel volverá pronto: espérele -dijo ella débilmente.
-Es lo que estoy haciendo -dijo tranquilamente el largo personaje.
Su calma, su voz dulce y la sencillez de su expresión, devolvieron el valor a la madre. El hombre la miraba francamente,
con aire benévolo: una alegre lucecita jugaba en el fondo de sus ojos transparentes, y en toda su persona angulosa,
encorvada, de largas piernas, había algo divertido y que predisponía en su favor. Iba vestido con una camisa azul y
pantalones negros, metidos en las botas. La madre tuvo ganas de preguntarle quién era, de dónde venía, si hacía mucho
tiempo que conocía a su hijo, pero súbitamente, el forastero balanceó el cuerpo y le preguntó:

-¿Quién le ha hecho ese agujero en la frente, madrecita?
Su tono era familiar, y había una buena y clara sonrisa en sus ojos. Pero la pregunta irritó a Pelagia. Apretó los labios, y
tras un instante de silencio, respondió con fría cortesía:
-¿Qué puede importarle eso, mi querido señor?
El volvió hacia ella todo su largo cuerpo.
-¡Vamos, no se incomode! Se lo preguntaba porque mi madre adoptiva tenía también un agujero en la frente, como
usted. Fue su cónyuge, un zapatero, quien se lo había hecho con una lezna. Ella era lavandera y él zapatero. Cuando
ella me había adoptado ya, encontró no sé dónde a aquel borracho, para su desgracia. Le pegaba, no le digo más. Yo
tenía un miedo de todos los diablos...
La madre se sintió desarmada ante aquella franqueza, y pensó que, sin duda, Pavel se irritaría por el mal humor que
manifestaba con respecto a aquel ser original. Sonrió con aire contrito:
-No me enfadaba, pero usted me preguntó así..., de pronto... Fue mi marido quien me hizo este regalo. Dios tenga piedad
de su alma. ¿No es usted tártaro?
Las largas piernas se sobresaltaron, y el rostro se iluminó con una sonrisa tan amplia que incluso las orejas se estiraron
hacia la nuca. Luego dijo, muy serio:
-No, todavía no.
-¡Pero su modo de hablar, no parece ruso! -explicó ella, sonriendo y comprendiendo la broma.
-Es mejor que el ruso -gritó alegremente el visitante moviendo la cabeza-. Soy Pequeño Ruso, de la ciudad de Kaniev.
-¿Está aquí desde hace mucho tiempo?
-Vivo en la ciudad desde hace casi un año, y ahora hace un mes que he venido a la fábrica. He encontrado en ella gente
buena, su hijo y otros... Quiero quedarme aquí, dijo retorciendo su bigote.
Le gustaba, y agradecida a la buena opinión que tenía de su hijo, experimentó el deseo de demostrárselo:
-¿Quiere tomar el té?
-¡Pero no voy a regalarme yo solo! -respondió él, alzando los hombres-. Cuando todos estén aquí, nos hará usted los
honores...
Volvió el miedo.
«Con tal que todos sean como él ...», deseó calurosamente. Volvieron a oírse pasos en el vestíbulo, la puerta se abrió
vivamente y la madre se levantó. Pero, con gran asombro, vio entrar a una muchacha, más bien menuda, con un sencillo
rostro de campesina y una espesa trenza de cabellos claros.
-¿Llego tarde?
-¡En absoluto! -respondió el Pequeño Ruso, que había permanecido en la habitación-. ¿A pie?
-Por supuesto. ¿Usted es la madre de Pavel? Buenas noches: me llamo Natacha.
-¿Y el nombre de su padre?
-Vassilievna. ¿Y usted?

-Pelagia Nilovna.
-Bien, pues ahora ya nos conocemos.
-Sí -dijo la madre con un ligero suspiro; y sonriendo examinó a la muchacha.
El Pequeño Ruso la ayudó a quitarse el abrigo.
-¿Hace frío?
-Sí, en el campo mucho frío. Sopla el viento...
Su voz era sonora y clara, su boca pequeña y carnosa, toda su persona era redonda y fresca. Después de quitarse el
abrigo, frotó vigorosamente las sonrosadas mejillas con sus pequeñas manos, rojas de frío, y entró rápidamente en el
cuarto haciendo sonar sobre el piso los tacones de sus botines.
«No tiene chanclos», pensó la madre.
-Sí..., sí... -dijo la muchacha, arrastrando las palabras y temblando-. De verdad que estoy helada.
-¡Voy en seguida a prepararle un poco de té! -dijo vivamente la madre, dirigiéndose hacia la cocina-. Esto la calentará.
Le parecía que conocía a la joven desde hacía mucho tiempo, y que la quería como una madre bondadosa y
comprensiva. Sonriendo, prestó oído a la conversación en el cuarto.
-No tiene el aspecto alegre, Nakhodka.
-Así, así... -respondió el Pequeño Ruso a media voz-. Esta viuda tiene los ojos dulces, y pensaba yo que quizá los de mi
madre son parecidos. Ya sabe que pienso frecuentemente en mi madre, y creo siempre que está viva.
-¿No dice que está muerta?
-No, esa es mi madre adoptiva. Yo hablo de mi verdadera madre. Me figuro que pide limosna en cualquier parte, en Kiev.
Y que bebe vodka... Y cuando está borracha, los «polis» le parten la cara.
«¡Pobre hombre!», pensó la madre, y suspiró.
Natacha se puso a hablar de prisa, con calor pero en voz baja. Después, resonó de nuevo la voz sonora del Pequeño
Ruso:
-Es todavía muy joven, camarada, y no ha aguantado demasiadas cosas. Echar un crío al mundo es difícil: educarlo bien,
es todavía más duro.
«¡Vaya!», se dijo la madre; y hubiera querido decir algo amable al Pequeño Ruso. Pero la puerta se abrió sin prisa y
entró Nicolás Vessovchikov: era hijo del viejo ladrón de Danilo, y todo el barrio lo consideraba como un oso. Se mantenía
siempre al margen de la gente, huraño, y se burlaban de él por su carácter insociable.
Extrañada, Pelagia, le preguntó:
-¿Qué quieres, Nicolás?
El enjugó con la ancha palma de la mano el rostro helado, de pómulos salientes, y, sin dar las buenas noches, preguntó
sordamente:
-Pavel, ¿no está?
-No.

Echó una ojeada a la habitación y luego entró.
-Buenas noches, camaradas.
«¿Este también?», pensó la madre con hostilidad, y se extrañó mucho al ver a Natacha tenderle la mano con aire alegre
y afectuoso.
Después, llegaron dos muchachos muy jóvenes, casi niños. Pelagia conocía a uno de ellos: era Théo, el sobrino de un
viejo obrero de la fábrica, llamado Sizov; tenía los rasgos angulosos, la frente alta y los cabellos rizados. El otro, de
cabello liso y aspecto modesto, le era desconocido, pero tampoco tenía apariencia terrible. Por fin, llegó Pavel,
acompañado de dos amigos que ella conocía, obreros de la fábrica. Su hijo le dijo amablemente: -¿Has hecho té?
Gracias.
-¿Hay que comprar aguardiente? -preguntó ella, no sabiendo cómo expresarle el sentimiento de gratitud que
inconscientemente experimentaba.
-No, no hace falta -le replicó Pavel, sonriéndole con bondad.
De pronto, se le ocurrió la idea de que su hijo había exagerado adrede el peligro de aquella reunión, para burlarse de
ella.
-¿Estas son las gentes peligrosas? -preguntó en voz baja.
-¡Absolutamente! -dijo Pavel, entrando en el cuarto.
-¡Bueno! -respondió ella animosa; pero para sus adentros, pensó:
«¡Sigue siendo un niño!»
VI
El agua del samovar hervía, y lo trajo a la habitación. Los invitados se estrechaban alrededor de la mesa, y Natacha, un
libro en la mano, se había colocado en una esquina, bajo la lámpara.
-Para comprender por qué las gentes viven tan mal... -dijo Natacha.
-Y por qué son, ellos mismos, tan malvados... -intervino el Pequeño Ruso.
-Hay que mirar cómo han comenzado a vivir...
-¡Mirad, hijos míos, mirad! -murmuró la madre, preparando el té.
Todos se callaron.
-¿Qué dices, mamá? -preguntó Pavel, con las cejas fruncidas.
-¿Yo? -viendo todos los ojos fijos en ella, se explicó embarazosamente-: No decía nada..., así..., nada.
Natacha se echó a reír, y Pavel sonrió, en tanto que el Pequeño Ruso decía:
-Gracias por el té, madrecita.
-¡Aún no lo habéis bebido y ya me dais las gracias! -replicó ella. Luego añadió, mirando a su hijo-: ¿Quizá les estorbo?
Fue Natacha quien respondió:
-¿Cómo la dueña de la casa podría molestar a sus huéspedes?

Y gritó con tono infantil y quejumbroso:
-¡Déme en seguida el té, mi buena Pelagia! Estoy temblando... Tengo los pies helados.
-Ahora mismo, ahora mismo -dijo vivamente la madre.
Natacha bebió su taza de té, suspiró ruidosamente, rechazó su trenza por encima del hombro y comenzó a leer un libro
ilustrado, de cubierta amarilla. La madre se esforzaba en no hacer ruido con las tazas, servía el té y prestaba oído a la
voz armoniosa y clara de la muchacha, acompañada por la dulce canción del samovar. Como una cinta magnífica, se
desarrollaba la historia de los hombres Primitivos y salvajes, que vivían en cavernas y dejaban fuera de combate, a
golpes de piedra, las bestias feroces. Era como un cuento maravilloso, y Pelagia dirigió varias veces una ojeada a su
hijo, deseosa de preguntarle qué había de prohibido en aquella historia.
Pero se cansó pronto de seguir el relato y se puso a examinar a sus invitados.
Pavel estaba sentado al lado de Natacha: era el más guapo de todos. La joven, inclinada sobre su libro, echaba hacia
atrás, a cada momento, los cabellos que le caían sobre la frente. Sacudía la cabeza, y, bajando la voz, dejaba el libro
para hacer algunas observaciones de su cosecha, mientras su mirada resbalaba amistosamente sobre el rostro de sus
oyentes. El Pequeño Ruso apoyaba su amplio pecho en el ángulo de la mesa, bizqueando sobre su bigote, del que se
esforzaba en ver las puntas rebeldes. Vessovchikov estaba sentado en su silla, rígido como un maniquí, las manos en las
rodillas, y su rostro glacial, desprovisto de cejas, con los labios delgados, no se movía más que una máscara. Sus ojos
estrechos, miraban obstinadamente los destellos del cobre brillante del samovar: parecía que no respiraba. El pequeño
Théo escuchaba la lectura, removiendo silenciosamente los labios, como si repitiese las palabras del libro, en tanto que
su camarada, inclinado, los codos en las rodillas, las mejillas en el hueco de las manos, sonreía pensativo. Uno de los
muchachos que vinieron con Pavel era pelirrojo, de cabello rizado: sin duda tenía ganas de decir algo, porque se agitaba
con impaciencia. El otro, de cabello rubio muy corto, se pasaba la mano sobre la cabeza, que inclinaba hacia el suelo, y
no se le veía la cara. Se estaba bien en la habitación. La madre sentía un bienestar especial, desconocido hasta
entonces, y mientras que Natacha, volublemente, continuaba su lectura, ella recordaba las fiestas ruidosas de su
juventud, las palabras groseras de los jóvenes, cuyo aliento apestaba a alcohol, sus cínicas bromas, Ante estos
recuerdos, un sentimiento de piedad hacia sí misma le mordía sordamente el corazón.
Su imaginación revivió la solicitud de matrimonio de su difunto marido. En el curso de una reunión la había abrazado en
la oscuridad de la entrada, apretándola con todo su cuerpo contra el muro, y con voz sorda e irritada, le había
preguntado:
-¿Quieres casarte conmigo?
Ella se había sentido ofendida: le hacía daño oprimiéndole el pecho; el jadeo de él le lanzaba al rostro un aliento cálido y
húmedo. Trató de arrancarse a sus manos, de huir.
-¿Dónde vas? -rugió él-. ¿Contestas o no?
Sofocante de vergüenza y profundamente herida, ella callaba. Alguien abrió la puerta del vestíbulo, él la soltó sin prisa, y
dijo:
-El domingo te mandaré a preguntar...
Lo había cumplido.
Pelagia cerró los ojos y lanzó un profundo suspiro. De pronto, resonó la voz irritada de Vessovchikov.
-¡No necesito saber cómo vivían antes los hombres, sino cómo hay que vivir ahora!
-¡Eso es! -dijo el pelirrojo levantándose.
-¡No estoy de acuerdo! -gritó Théo.

Estalló la discusión, las exclamaciones brotaron como lenguas de fuego en una hoguera. La madre no comprendía por
qué gritaban. Todos los rostros estaban rojos de excitación, pero nadie se ofendía ni decía las palabras groseras a las
que ella estaba acostumbrada.
«Se sienten embarazados ante la señorita», pensó.
Le agradaba observar el serio rostro de Natacha, que los miraba con atención, como una madre a sus hijos.
-Atended, camaradas -dijo súbitamente la joven. Y todos callaron, volviendo la cara hacia ella.
-Los que dicen que debemos saber todo, están en lo cierto. La luz de la razón debe iluminarnos: si queremos esclarecer
a quienes están en tinieblas, debemos poder responder a todas las preguntas, honrada y fielmente. Debemos conocer
toda la verdad y toda la mentira...
El Pequeño Ruso escuchaba inclinando la cabeza al ritmo de las frases. Vessovchikov, el pelirrojo y el obrero llegado con
Pavel, formaban un grupo distinto, y disgustaban a la madre, sin que ella supiese por qué.
Cuando Natacha hubo concluido, Pavel se levantó y preguntó tranquilamente:
-¿Es que lo único que queremos es comer y beber hasta hartarnos?¡No! -contestóse él mismo a su pregunta, mirando
con firmeza al trío-, debemos mostrar a los que nos tienen sujetos por el cuello y nos tapan los ojos, que vemos todo, que
no somos idiotas ni brutos, y que lo que queremos no es solamente comer, sino vivir como seres dignos de viva.
¡Debemos mostrar a nuestros enemigos que la vida de forzado que nos imponen no nos impide medirnos con ellos en
inteligencia, e incluso, elevarnos mucho más alto que ellos!
La madre escuchaba y se estremecía de orgullo al oírlo hablar tan bien.
-Hay muchos bribones, pero poca gente honrada -dijo el Pequeño Ruso-. A través del pantano de esta vida podrida,
debemos construir un puente que nos conduzca hasta un nuevo mundo de bondad fraternal. Esta es nuestra tarea,
camaradas.
-Cuando llega el momento de batirse, no hay tiempo para limpiarse las uñas -replicó sordamente Vessovchikov.
Era más de medianoche cuando se separaron. Los primeros en marchar fueron Vessovchikov y el pelirrojo, lo que
disgustó a la madre.
«¡Mira qué prisa tienen!», pensó hostil, contestando a sus «buenas noches».
-¿Me acompaña, Nakhodka? -preguntó Natacha.
-Desde luego -respondió el Pequeño Ruso.
Mientras Natacha se ponía el abrigo en la cocina, la madre le dijo:
-Esas medias son muy finas para semejante tiempo. Si quiere le haré unas de lana.
-Gracias, Pelagia, ¡las medias de lana pican! -respondió Natacha riendo.
-Le haré unas que no le picarán.
Natacha la miró guiñando un poco los ojos, y aquella mirada fija turbó a la madre, que añadió en voz baja:
-Perdone mi tontería..., era de corazón...
-¡Qué buena es usted! -contestó dulcemente Natacha, estrechándole la mano.
-¡Buenas noches, madrecita! -dijo el Pequeño Ruso mirándola francamente; se inclinó para salir detrás de Natacha.

La madre miró a su hijo, que sonreía de pie en el umbral.
-¿De qué te ríes? -preguntó desconcertada.
-¡De nada..., estoy contento!
-Claro que yo soy vieja y tonta, pero puedo comprender lo que es bueno -observó ella, un poco ofendida.
-Y tienes razón -replicó él-. Hay que acostarse, es tarde.
-Voy ahora mismo.
Se afanó alrededor de la mesa para recogerla, satisfecha, incluso transpirando un poco por la grata emoción que sentía.
Era feliz: todo había ido bien y apaciblemente.
-Has tenido una buena idea, Pavel. El Pequeño Ruso es muy amable. Y la señorita... ¡Eso es una muchacha inteligente!
¿Quién es?
-Una maestra de escuela -respondió brevemente Pavel, midiendo la habitación a grandes pasos.
-¡Es muy pobre! Y mal vestida, tan mal... Cogerá frío. ¿Dónde están sus padres?
-En Moscú -Y deteniéndose ante ella, Pavel añadió en tono grave:
-Mira, su padre es rico, vende hierro, tiene muchas casas. La ha expulsado porque ella ha elegido este camino. Ha sido
bien educada, mimada por todos los suyos, y ahora, ya ves, tiene que hacer más de siete kilómetros a pie, en plena
noche, completamente sola...
Estos detalles conmovieron a Pelagia. De pie en medio del cuarto, miraba a su hijo sin decir palabra, las cejas enarcadas
de asombro. Luego preguntó:
-¿Va a la ciudad?
-Sí.
-¡Ah...! ¿Y no tiene miedo?
-No, no tiene miedo -dijo Pavel sonriendo.
-Pero, ¿por qué? Habría podido pasar aquí la noche: se habría acostado en mi cama...
-No es tan fácil. Habrían podido verla salir mañana por la mañana, y no conviene.
La madre miró a la ventana con aire pensativo, y dijo dulcemente:
-No comprendo, Pavel, lo que hay de peligroso, de prohibido... No hay nada malo en esto, ¿no?
No estaba segura, y esperaba una confirmación de parte de su hijo.
Este la miró tranquilamente a los ojos.
-No, no hay nada malo. Y, sin embargo, a todos nosotros nos espera la cárcel: es preciso que lo sepas.
Las manos de la madre temblaron. Con voz rota, dijo:
-Pero tal vez... Si Dios quiere no ocurrirá eso.

-¡No!-dijo tiernamente el muchacho-. No quiero engañarte. ¡No escaparemos!
Sonrió:
-Acuéstate, debes estar cansada. Buenas noches.
Al quedar sola, se acercó a la ventana y se puso a mirar a la calle. Fuera estaba frío y oscuro. El viento, jugando, barría
la nieve en los tejados de las casitas dormidas, golpeaba las paredes susurrando, caía sobre la tierra y esparcía a lo
largo de las calles, las blancas nubes de copos en polvo...
-Jesús, ten piedad de nosotros -murmuró con dulzura la madre.
Sentía invadirla el llanto, y esta espera de la desgracia de que su hijo había hablado con tanta serenidad, tanta certeza,
palpitaba en ella como una mariposa nocturna, ciega y desamparada. Ante sus ojos apareció una llanura desnuda,
cubierta de nieve. Acompañado de leves silbidos, el viento frío sopla y torbellinea, blanco, adusto. Por el medio de la
llanura marcha, solitaria y vacilante, una pequeña silueta oscura. El viento se enrosca en sus piernas, hincha sus faldas,
le arroja a la cara pequeños y punzantes cristales de nieve. Le cuesta trabajo andar, sus pies se hunden en la espesa
capa. Tiene frío, tiene miedo. La muchacha, encorvada, es como una brizna de hierba en la medrosa llanura, en el loco
juego del viento de otoño. A su derecha, se yergue sobre el pantano el muro sombrío del bosque, donde gimen los
abedules y los pinos helados y desnudos. En alguna parte, lejos, ante ella, el espejismo débil de las luces de la ciudad.
-¡Señor, ten piedad de nosotros! -murmuró la madre, estremecida de pavor.
VII
Los días se deslizaban uno tras otro como las cuentas de un ábaco, e iban sumando semanas y meses. Cada sábado,
los camaradas de Pavel se reunían en casa de éste; cada reunión era como un peldaño, en una larga escalera en
pendiente suave, que conducía lejos, no se sabía dónde, y que elevaba lentamente a quienes la ascendían.
Aparecieron caras nuevas. La pequeña habitación de los Vlassov se hacía demasiado estrecha, asfixiante. Natacha
llegaba aterida, fatigada, pero trayendo siempre consigo una inagotable provisión de alegría y entusiasmo.
La madre le había hecho unas medias que ella misma le calzó. Natacha rió primero, pero luego se calló para decir,
pensativa:
-La nodriza que tuve era también maravillosamente buena. ¡Qué asombroso es que el pueblo que lleva una vida tan
dura, tan llena de humillaciones, tenga más corazón, más bondad que los otros...!
E hizo con la mano un gesto como para indicar un lugar desconocido, lejos, muy lejos...
-Así es usted -dijo la madre-, ha sacrificado a sus padres, y todo...
No consiguió terminar su pensamiento, suspiró y calló mirando a Natacha: le estaba agradecida sin saber por qué, y
permaneció acurrucada en el suelo, ante ella, mientras la muchacha sonreía soñadora, la cabeza inclinada.
-¿Mis padres? -dijo-, eso no es nada. Mi padre es tan grosero, mi hermano también... Y bebe. Mi hermana mayor es
desgraciada. Se casó con un hombre mucho más viejo que ella... Muy rico, aburrido, avaro. A mamá sí la echo de
menos. Es sencilla, como usted, pequeñita como un ratón: se afana siempre y tiene miedo de todo el mundo. A veces,
¡tengo tantas ganas de verla!
-¡Pobre niña!, -dijo la madre, moviendo tristemente la cabeza.
La muchacha se irguió bruscamente y tendió la mano, como para rechazar algo.
-¡Oh, no! ¡Hay momentos en que siento tanta alegría, tanta felicidad!
Su rostro palideció y sus ojos brillaron. Y poniendo la manota sobre el hombro de la madre, añadió muy bajo, con voz
profunda e intensa:

-Si supiese..., ¡si comprendiese qué grande es lo que estamos haciendo!
Un sentimiento, próximo a la envidia, rozó el corazón de Pelagia. Se levantó y dijo tristemente:
-Soy muy vieja para eso... y muy ignorante.
Pavel tomaba la palabra cada vez con mayor frecuencia, discutía con ardor creciente y enflaquecía. La madre creía notar
que cuando hablaba con Natacha o la miraba, su mirada severa se dulcificaba, su voz se hacía más acariciadora y se
volvía más sencillo.
«¡Dios lo quiera!», pensaba; y sonreía.
Cuando, en las reuniones, las discusiones se hacían más ardorosas y violentas, el Pequeño Ruso se levantaba, y
balanceándose como el badajo de una campana, hablaba con su voz sonora y cadenciosa; la sencillez, la bondad de sus
palabras, calmaban a todos. Vessovchikov, siempre gruñón, provocaba una atmósfera de tensión general; eran él y el
pelirrojo, llamado Samoïlov, quienes iniciaban todas las disputas. Tenían como partidario a Ivan Boukhine, el muchacho
de cabeza redonda y cejas rubias, que parecía haber sido lavado con lejía. Jacques Somov, de cabellos lisos, siempre
limpio, hablaba poco, sin gritar, con voz grave: al igual que Théo Mazine, el joven de la frente ancha, era siempre de la
misma opinión que Pavel y el Pequeño Ruso.
A veces, en lugar de Natacha, era Nicolás Ivanovitch quien venía de la ciudad: llevaba lentes y ostentaba una barbita
rubia. Originario de una provincia remota, cuyo acento campesino conservaba, tenía siempre un aire lejano y distraído.
Hablaba de cosas sencillas: de la vida familiar, de los niños, del comercio, de la policía, del precio del pan y la carne, de
todo lo concerniente a la vida cotidiana. Y en todas ellas descubría la hipocresía, el desorden, una especie de estupidez
frecuentemente ridícula, pero siempre malvada. Pelagia tenía la impresión de que venía de muy lejos, de otro reino
donde todo el mundo vivía una vida honesta y fácil, mientras que aquí todo le era extraño; no podía habituarse a esta
existencia, aceptarla como necesaria; no le gustaba y suscitaba en él un deseo tranquilo, pero obstinado, de reconstruir
todo según sus ideas. Tenía la tez amarillenta, finas arrugas alrededor de los ojos, la voz dulce y las manos siempre
cálidas. Cuando saludaba a Pelagia le estrechaba toda la mano entre sus dedos vigorosos, y este gesto aliviaba,
calmaba, el corazón de la madre.
Entre las personas que también venían de la ciudad, una de las más asiduas era una muchacha alta y bien hecha, con
unos ojos inmensos en un rostro flaco y pálido. Le llamaban Sandrina. En su andar y sus gestos había algo de varonil;
fruncía las negras cejas con aire irritado, pero cuando hablaba, las delgadas aletas de su nariz recta, se estremecían.
Fue la primera que dijo, con su voz dura y fuerte:
-Nosotros somos socialistas...
Cuando la madre oyó esta palabra, miró a la joven con un silencioso terror. Ella había oído decir que los socialistas
habían matado al Zar. Era en el tiempo de su juventud: se decía entonces que los propietarios, deseando vengarse del
Zar porque había liberado a los siervos, habían hecho juramento de no cortarse los cabellos hasta que no lo hubiesen
matado; a causa de esto les llamaban socialistas. Y ahora no lograba comprender por qué sus hijos y sus camaradas
eran socialistas.
Cuando todo el mundo se marchó, se franqueó a Pavel:
-¿Es verdad que eres socialista, Pavel?
-Sí -dijo él, firme y franco como siempre-. ¿Y qué? Ella lanzó un profundo suspiro, y continuó, bajando los ojos:
-¿Es posible eso, Pavel? ¡Pero ellos están contra el Zar: han asesinado a uno!
El muchacho dio unos pasos por la habitación, pasándose la mano por la mejilla, y contestó con una sonrisa:
-¡Podemos pasarnos muy bien sin él!
Habló largo rato a su madre, con voz apacible, tranquila. Ella lo miraba a los ojos y pensaba:

«¡No hará nada malo: no podría!»
Después la palabra terrible se fue repitiendo cada vez con más frecuencia; su virulencia se perdió poco a poco y se hizo
tan familiar a su oído como otros muchos términos incomprensibles... Pero Sandrina no le gustaba, y cuando aparecía la
madre se sentía ansiosa, incómoda...
Una noche dijo al Pequeño Ruso con una mueca de disgusto:
-¡Es bien severa, Sandrina! Siempre está mandando: «usted debe hacer esto, usted esto otro...»
El Pequeño Ruso rió ruidosamente.
-¡Bien observado! Ha dado en el clavo la madrecita, ¿eh, Pavel?
Y, guiñando un ojo a la madre, dijo, con mirada burlona:
-¡La nobleza...!
Pavel dijo secamente:
-Es una buena muchacha.
-Justo -confirmó el Pequeño Ruso-. Solamente, no comprende que ella debe, pero que nosotros queremos y podemos.
Se pusieron a discutir sobre algo que la madre no comprendió.
La madre observó también, que Sandrina era particularmente severa con respecto a Pavel; a veces, incluso violenta.
Pavel sonreía, callaba y contemplaba a la muchacha, con la misma dulce mirada que antes había tenido para Natacha.
Esto tampoco gustaba a Pelagia.
A veces, la madre se quedaba sorprendida ante los accesos de júbilo ensordecedor y comunicativo que se apoderaba
súbitamente de los jóvenes. De ordinario, esto ocurría las noches que leían en los periódicos informaciones
concernientes a los trabajadores extranjeros. Entonces, todos los ojos brillaban de alegría, todos se convertían, cosa
extraña, en seres felices, como criaturas; reían con risa clara y satisfecha, se daban amistosos golpes en el hombro...
-¡Qué chicos, los obreros alemanes! -gritaba alguno a quien la alegría parecía emborrachar.
-¡Vivan los obreros de Italia! -gritaron otra vez.
Y cuando enviaban estas aclamaciones a lo lejos, a amigos que no los conocían ni podían comprender su lengua,
parecían seguros de que estos desconocidos oirían y entenderían su entusiasmo.
El Pequeño Ruso, brillantes los ojos, lleno de un amor que abrazaba a todos los seres, declaraba:
-Estaría bien escribirles, ¿no? ¡Para que sepan que en Rusia tienen amigos que profesan la misma fe que ellos, que
viven para los mismos objetivos y que se alegran de sus victorias!
Y todos, la mirada soñadora y la sonrisa en los labios, hablaban largamente de los franceses, los ingleses, los suecos,
como de amigos personales, seres próximos, a quienes estimaban, cuyas alegrías compartían y cuyas penas sentían.
En la pequeña habitación, nacía el sentimiento del parentesco espiritual que unía a los trabajadores del mundo entero.
Este sentimiento que hacía vibrar a todos en un mismo corazón era compartido por la madre, y aunque no lo
comprendiese claramente, bebía alegría y juventud, una fuerza embriagadora y colmada de esperanza.
-Cómo sois..., todos lo mismo -dijo un día al Pequeño Ruso-. Para vosotros, todos son camaradas..., los armenios, los
judíos, los austríacos..., os alegráis y os entristecéis por todos.

-¡Por todos, sí, madrecita, por todos! -exclamó él-. Para nosotros no hay naciones ni razas, no hay más que camaradas o
enemigos. Todos los proletarios son nuestros camaradas; todos los ricos, todos los que gobiernan, nuestros enemigos.
Cuando se mira al mundo con el corazón, y se ve lo numerosos que somos los obreros y la fuerza que hay en nosotros,
se siente tal alegría que el espíritu está en fiesta. Y ocurre lo mismo, madrecita, con un francés o un alemán, cuando
comprenden la vida, y un italiano se alegra lo mismo. Somos todos hijos de una sola madre, de un mismo pensamiento
invencible: el de la fraternidad de los trabajadores de todos los países. Esta fraternidad nos conforta, es un sol en el cielo
de la justicia, y este cielo está en el corazón del obrero; Pues, sea quien quiera, se llame como quiera, el socialista es
nuestro hermano en espíritu, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Esta fe infantil, pero inquebrantable, se manifestaba cada vez más frecuentemente en el pequeño grupo, con una fuerza
creciente. Y cuando la madre veía este desbordar de esperanza, sentía instintivamente que, en verdad, algo grande y
resplandeciente había nacido en el mundo, como un sol, parecido al que ella veía en el firmamento.
Muchas veces cantaban: cantaban alegremente y a plena voz canciones familiares; otras veces, las que entonaban eran
nuevas, de una singular belleza, pero con aires tristes y extraños. Entonces, bajaban la voz, gravemente, como para un
himno religioso. Los rostros palidecían o se inflamaban, y de aquellas sonoras palabras emanaba una gran fuerza.
Una de las nuevas canciones, sobre todo, inquietaba y turbaba a Pelagia. No se oían en ella las tristes meditaciones de
un alma herida, errando solitaria por los senderos oscuros de dolorosas incertidumbres, ni las quejas del ánimo, abatido
por la desnudez y el miedo, sin carácter, sin color. Tampoco resonaban en ella los suspiros angustiados de un corazón
fuerte, oscuramente ávido de espacio, ni los gritos de reto del audaz, pronto a aplastar indistintamente, tanto el mal como
el bien. Tampoco era el resentimiento ciego del ofendido, capaz, para vengarse, de arrasar todo, impotente para crear
nada. Ningún eco del viejo mundo, del mundo de los esclavos.
Las palabras duras, el aire austero de la canción no agradaban a la madre, pero había en este cántico, una fuerza más
grande que el verbo y los sonidos, que repasaba a éstos y despertaba en el corazón el presentimiento de alguna cosa,
demasiado alta para el pensamiento. Esto era lo que ella veía en los rostros, en los ojos de los jóvenes, lo que sentía en
sus pechos, y, cediendo a aquella potencia misteriosa, escuchaba siempre con atención particular, con una inquietud
mayor que las otras.
La cantaban tan suavemente como las demás, pero resonaba más fuerte y era como el aire de un día de marzo, del
primer día de la primavera.
-Es tiempo de cantarla en la calle -decía, gruñón, Vessovchikov.
Cuando su padre, una vez más, fue detenido por robo, declaró tranquilamente:
-Ahora podremos reunirnos en mi casa.
Casi cada tarde, después del trabajo, uno u otro venían a casa de Pavel: leían juntos, copiaban pasajes de los libros,
estaban preocupados y no tenían ni tiempo de lavarse. Cenaban y tomaban el té, sin dejar los folletos, y sus palabras
eran cada vez más incomprensibles para la madre.
-¡Necesitamos un periódico! -decía frecuentemente Pavela.
La vida se hacía agitada y febril: corrían cada vez más rápidamente de un libro a otro, como abejas de flor en flor.
-Empieza a hablarse de nosotros -dijo un día Vessovchikov-. Seguramente que nos detendrán enseguida.
-La codorniz está hecha para el lazo -dijo el Pequeño Ruso. Este último agradaba cada día más a Pelagia. Cuando le
llamaba ""madrecita», le parecía que una dulce mano infantil le acariciaba la mejilla. El domingo, si Pavel estaba
ocupado, era él quien cortaba la leña; un día llegó con un tablón al hombro, cogió el hacha y sustituyó hábilmente una
plancha podrida, ante la entrada de la casa; otra vez reparó la empalizada, que se caía. Mientras trabajaba, silbaba
bellos aires melancólicos.
La madre dijo un día a su hijo:
-¿Y si tomásemos al Pequeño Ruso en pensión? Para vosotros sería mejor que correr de la casa de uno a la del otro.

-¿Para qué vas a darte ese trabajo? -preguntó Pavel, encogiéndose de hombros.
-¡Qué idea! Trabajo lo he tenido toda la vida, sin saber por qué, y bien puedo hacerlo por un buen muchacho.
-Haz lo que quieras -replicó Pavel-. Si acepta, yo estaré contento.
Y el Pequeño Ruso vino a vivir con ellos.
VIII
La casita, al extremo del barrio, atraía la atención de la gente: muchas miradas desconfiadas sondeaban ya sus muros.
Las alas del rumor público, con sus diversos colores, planeaban sobre ella. Se intentaba descubrir el misterio que
escondía. Por la noche miraban por la ventana; algunas veces, alguien golpeaba el cristal, después cobardemente, huía
veloz.
Un día, el posadero Begountsov detuvo a Pelagia en la calle: era un viejecillo de buena presencia, con un pañuelo de
seda negra, constantemente anudado en torno a su cuello rojo, de piel fláccida, con el pecho cubierto por un grueso
chaleco malva. Gafas de concha cabalgaban sobre su nariz puntiaguda y brillante, lo que le había valido el apodo de
«Ojo de hueso. Sin tomar aliento ni esperar respuestas, sorprendió a Pelagia con una avalancha de palabras crepitantes
como la leña seca:
-¿Cómo va, Pelagia? ¿Y el retoño? ¿No piensa casarlo pronto? El chico está ya en edad de tomar mujer. El matrimonio
de los hijos es la tranquilidad de los padres. En familia, se conserva uno mejor, tanto de cuerpo como de espíritu, como
las setas en vinagre. Yo, en su lugar, lo casaría. En estos tiempos hay que mirar cómo vive cada uno: las gentes lo
hacen según su idea, el desorden ha entrado en todos y se cometen acciones abominables. La juventud se desvía de la
casa de Dios, evita los lugares públicos, se reúne a escondidas, murmura por los rincones. ¿Por qué murmuran,
permítame preguntárselo? ¿Por qué huyen de la sociedad? ¿Qué quiere decir todo lo que un hombre no dice delante de
los demás, en la taberna, por ejemplo? ¡Misterios! Pero el sitio de los misterios en nuestra Santa Iglesia Apostólica.
Todos los demás misterios que se cumplen en los rincones son extravíos del espíritu. Le deseo buena salud.
Plegando el brazo con afectación, levantó su gorra, la agitó en el aire y se fue, dejando a la madre profundamente
perpleja. Otra vez, María Korsounov, vecina de los Vlassov y viuda de un herrero, que vendía comestibles a la puerta de
la fábrica, encontró a la madre en el mercado y le dijo:
-Vigila un poco a tu hijo, Pelagia.
-¿Por qué?
-Corren rumores -le dijo María, con aire misterioso-. Malos rumores, querida. Se dice que está organizando una especie
de asociación en el estilo de los flagelantes. Eso se llama secta. Quieren azotarse unos a otros con vergajos, como los
flagelantes1.
-¡No digas tonterías, María!
-Hay que censurar a quien las hace, no a quien las dice -respondió la vendedora.
La madre repitió todas estas palabras a su hijo, que encogió los hombros sin contestar. En cuanto al Pequeño Ruso,
estalló en carcajadas.
-Las muchachas están también muy enfadadas con vosotros -dijo ella-. ¡Sois buenos partidos, buenos obreros, no
bebéis, y no las miráis! Se dice que de la ciudad vienen a veros mujeres de mala vida...
-¡Seguro! -dijo Pavel, con una mueca de disgusto.
-En un pantano todo huele a podrido -respondió el Pequeño Ruso suspirando-. Y usted, madrecita, habría hecho bien
explicando a esas jóvenes gansas lo que es el matrimonio, para que no tengan tanta prisa en que les rompan las
costillas.

-Hijo mío, ellas lo saben muy bien y lo comprenden, pero no saben qué hacer de sus vidas.
-No comprenden nada: si lo hicieran encontrarían otro camino -observó Pavel. La madre echó una ojeada a su rostro
severo.
-Pues enseñádselo. Podéis invitar a las menos tontas...
-No es posible -replicó secamente Pavel.
-¿Y si probásemos? -preguntó el Pequeño Ruso.
Pavel permaneció un instante en silencio.
-Empezaría por paseatas de a dos; luego, algunos se casarían y eso sería todo.
La madre se sumergió en sus reflexiones. La austeridad monacal de Pavel la conturbaba. Veía que sus consejos eran
seguidos, incluso por sus camaradas de más edad, como el Pequeño Ruso, pero le parecía que todos le temían, y que
no lo amaban bastante, a causa de esta severidad.
Una noche que estaba acostada, mientras Pavel y el Pequeño Ruso leían aún, prestó oído, a través del delgado tabique,
a su conversación en voz baja.
-¿Sabes que Natacha me gusta? -dijo súbitamente el Pequeño Ruso.
-Ya lo sé.
Pavel no había respondido inmediatamente.
La madre oyó levantarse al Pequeño Ruso, y comenzar a pasear por el cuarto. Sus pies desnudos se arrastraban sobre
el suelo. Silbó un aire triste; luego habló de nuevo:
-¿Lo ha notado ella?
Pavel guardaba silencio.
-¿Qué piensas tú? -preguntó el Pequeño Ruso, bajando la voz.
-Lo ha notado. Por eso ha renunciado a trabajar con nosotros.
Los pasos del Pequeño Ruso volvieron a arrastrarse sobre el suelo, y su silbido tembló otra vez. Después preguntó:
-Y si yo le dijese...
-¿Qué?
-Que... eso, que yo... -comenzó en voz tenue.
-¿Por qué decírselo? -interrogó Pavel.
El Pequeño Ruso se detuvo, y la madre comprendió que sonreía.
-Bueno, supongo que si se ama a una muchacha..., bien, hay que decírselo; si no, no serviría de nada.
Pavel cerró de golpe su libro.
-¿Y qué resultado esperas?

Callaron ambos por un instante.
-¿Y entonces? -preguntó el Pequeño Ruso.
-¡Hay que saber claramente lo que se quiere, Andrés! -respondió lentamente Pavel-. Supongamos que ella también te
ama: no lo creo, pero supongámoslo. Os casáis. Un matrimonio interesante: una intelectual y un obrero. Vendrán hijos;
tendrás que trabajar tú solo... y mucho. Vuestra vida se convertirá en una lucha contra el hambre: los hijos, la casa... Y
los dos estaríais perdidos para la causa.
Hubo un silencio. Luego, Pavel continuó en voz más dulce: -Es mejor que olvides eso, Andrés. Y que no la inquietes...
Silencio otra vez. El reloj desgranaba en «tic-tac» los segundos.
El Pequeño Ruso dijo:
-La mitad del corazón ama, la otra odia. ¿Esto es un corazón?
Un rumor de páginas hojeadas: sin duda, Pavel había vuelto a su lectora. La madre permaneció acostada, los ojos
cerrados, temiendo hacer un movimiento. Se sentía conmovida hasta el llanto por el Pequeño Ruso; pero aún más por su
hijo. Pensaba: «Querido mío... »
De pronto, Andrés preguntó:
-Entonces, ¿debo callar?
-Es más honrado -dijo dulcemente Pavel.
-Bien, seguiré ese camino el Pequeño Ruso. Y un instante después, añadió tristemente:
-Te será duro, pequeño Pavel, cuando tú también...
-Ya me es duro.
Una ráfaga de viento rozó las paredes de la casa. Preciso, el reloj marcaba la huida del tiempo.
-No hay que reírse de estas cosas -dijo lentamente el Pequeño Ruso.
La madre hundió el rostro en la almohada y lloró sin ruido. La mañana siguiente, Andrés le pareció menos macizo y
todavía más amable. Su hijo estaba como siempre: flaco, erguido y taciturno. Hasta entonces, ella había llamado al
Pequeño Ruso Andrés Onissimovitch, pero aquel día, sin darse cuenta, le dijo:
-Hay que componer sus botas, Andrés, o tendrá frío en los pies.
-¡Me compraré unas nuevas cuando cobre! -respondió él echándose a reír, y de pronto, poniéndole en el hombro su
ancha mano, preguntó:
-¿Tal vez es usted mi verdadera madre? Sólo que no quiere confesarlo delante de la gente: no me encuentra lo bastante
guapo.
Ella le dio un golpecito en la mano. Hubiera querido decirle muchas palabras afectuosas, pero su corazón estaba
ahogado por la piedad, y su lengua se negaba a obedecerla.
IX
Por el barrio se hablaba de los socialistas que repartían por todas partes unas hojas escritas con tinta azul. Estas hojas
denunciaban enérgicamente lo que ocurría en la fábrica, relataban las huelgas obreras de San Petersburgo y, cada
mediodía, llamaban a los trabajadores para unirse y luchar en defensa de sus intereses.

Las gentes de más edad, que tenían un buen sueldo en la fábrica, exclamaban:
-¡Agitadores! Hay que partirles la cara.
Y entregaban las hojitas en la dirección. Los jóvenes leían las proclamas con entusiasmo:
-¡Es la verdad!
La mayoría, agotados de trabajar e indiferentes a todo, respondían perezosamente:
-Esto no sirve para nada. ¿Acaso se puede...?
Pero las hojas interesaban, y si en una semana no las había, se decían unos a otros:
-Parece que han abandonado la tarea.
Pero el lunes reaparecían las hojitas, y los comentarios recomenzaban en sordina.
En la fábrica y en la posada, se veían gentes que nadie conocía. Hacían preguntas, examinaban, fisgaban y atraían la
atención de todos: unos por una prudencia sospechosa, otros por una amabilidad excesiva.
La madre comprendía que toda esta agitación era obra de su hijo. Veía a la gente rodearlo, y sus temores por el porvenir
se mezclaban al orgullo de tener un hijo semejante.
Cierta tarde, María Korsounov llamó a la ventana, y cuando la madre la abrió, le murmuró precipitadamente:
-Ten cuidado, Pelagia: tus corderitos han terminado la diversión. Esta noche vendrán a registrar tu casa, la de Mazine, la
de Vessovchikov...
Los gruesos labios de María chasquearon, su nariz carnosa olfateó ruidosamente, guiñó los ojos, y bizqueando hacia uno
y otro lado, espió si había alguien en la calle.
-Y yo, no sé nada, no te he dicho nada y ni siquiera te he visto hoy, ¿entiendes?
Desapareció.
La madre cerró la ventana y se dejó caer en una silla. Pero la conciencia del peligro que amenazaba a su hijo, la hizo
levantarse rápidamente: se vistió en seguida, se envolvió la cabeza en un chal que apretó fuertemente, y corrió a casa de
Théo Mazine, que estaba enfermo y no iba a trabajar. Cuando entró, él estaba sentado junto a la ventana y leía: con la
mano izquierda sostenía la otra, separando el pulgar. Al saber la noticia 'se puso vivamente en pie y su rostro palideció.
-Bueno, ahora sí que... -murmuró.
-¿Qué hay que hacer? -preguntó Pelagia, secándose el sudor de la frente con mano temblorosa.
-¡Esperar y no tener miedo! -respondió Théo, y pasó su mano útil sobre los rizados cabellos.
-¡Pero yo creo que usted también tiene miedo! -exclamó ella.
-¿Yo?
Sus mejillas enrojecieron bruscamente, y sonrió con embarazo:
-Sí, qué diablos... Hay que avisar a Pavel. Voy a mandarle recado inmediatamente. Váyase a casa: no será nada. A
usted no van a pegarle, supongo.

En cuanto llegó a su casa, la madre hizo un montón con los libros, y estrechándolos contra su pecho, recorrió largamente
la vivienda, mirando en el horno, bajo la estufa e, incluso, en un tonel de agua. Pensaba que Pavel dejaría el trabajo y
vendría en seguida; pero no fue así. Por fin, fatigada, se sentó en un banco de la cocina, ordenó los libros sobre su falda
y en esta posición, sin osar moverse, permaneció hasta el regreso de Pavel y del Pequeño Ruso. -¿Sabéis...? -exclamó
sin levantarse.
-Sí -dijo Pavel sonriendo-. ¿Tienes miedo?
-¡Oh, sí tengo miedo! ¡Tengo miedo!
-No hay que tenerlo -dijo Andrés-, no sirve de nada.
-¡Ni siquiera has preparado el samovar! -observó Pavel.
La madre se puso en pie, y mostrando los libros, dijo turbada:
-Fue por esto...
Su hijo y el Pequeño Ruso rompieron a reír, lo que le devolvió el valor. Pavel cogió algunos volúmenes y fue a ocultarlos
fuera, mientras Andrés encendía el samovar.
-No hay que asustarse, madrecita; solamente es vergonzoso que la gente se ocupe de tales bobadas. Vendrán unos
buenos mozos, el sable al costado, espuelas en las botas, y lo registrarán todo. Mirarán bajo la cama y bajo la estufa: si
hay un sótano, bajarán; y si hay un granero, subirán. Las telas de araña les caen en el hocico, y gruñen. No les divierte,
les da vergüenza; por eso adoptan un aire malvado y colérico. Un oficio sucio, ya lo saben. Una vez vinieron a mi casa,
salieron trasquilados y se fueron como habían venido. Otra vez me llevaron consigo, me metieron en la cárcel y estuve
cuatro meses ¡Un ratito! Os llevan con ellos, atravesáis la calle con escolta y os hacen un montón de preguntas. No son
malos: razonan como tambores. Luego os conducen a la cárcel. Así tratan a uno; pero tienen que ganarse el sueldo.
Después os liberan, y eso es todo.
-¡Tienen siempre una manera de hablar, Andrés...! -gimió Pelagia.
De rodillas ante el samovar, él soplaba con ardor para atizar las brasas; levantó su cara, roja por el esfuerzo, y preguntó
atusando su bigote:
-¿Y cómo hablo yo?
-Como si nadie le hubiese humillado nunca...
El se levantó y dijo, moviendo sonriente la cabeza:
-¿Hay alguien sobre la tierra que no haya sido nunca humillado? Me han humillado tanto que ya no me irrito. ¿Qué
hacer?, la gente no puede actuar de otro modo. Las vejaciones impiden trabajar, y pensar en ellas es perder el tiempo.
¡Es la vida! Antes, solía enfadarme con la gente, pero, después de reflexionar, he visto que no valía la pena. Cada uno
tiene miedo de que el vecino le pegue, por eso se apresura a pegar primero. ¡La vida es así, madrecita!
Sus palabras fluían tranquilamente, suavemente, y apaciguaban la ansiedad provocada por la espera del registro: sus
ojos saltones sonreían, claros, y todo su largo cuerpo balanceante, parecía extrañamente flexible.
La madre suspiró y dijo calurosamente:
-¡Que Dios le haga feliz, querido Andrés!
El Pequeño Ruso dio una zancada hacia el samovar, volvió a acurrucarse ante él y masculló:
-Si me dan la felicidad, no la rehusaré, pero pedirla..., tampoco: ¡no lo haré jamás!
Pavel volvió del patio.

-No encontrarán nada -dijo, con acento seguro; y comenzó a lavarse.
Después, secándose cuidadosamente las manos:
-Si muestras algún temor, mamá, se dirán: algo hay para que ésta tiemble así. Vamos, comprende que no queremos
nada malo; la verdad está de nuestra parte y por ella trabajaremos toda la vida, no es ningún crimen. ¿Por qué temblar?
-Tendré valor, Pavel -prometió la madre; pero, llena de angustia, dejó escapar:
-¡Si por lo menos viniesen pronto!
Pero no fueron aquella noche. Al día siguiente, previniendo que iban a reírse de sus terrores, Pelagia fue la primera en
burlarse de sí misma:
-¡Tenía miedo..., de tener miedo!
X
No vinieron hasta pasado un mes de esta noche de alarma. Nicolás Vessovchikov estaba allí, y los tres hablaban de su
periódico. Era tarde, casi medianoche. La madre se había acostado; comenzaba a dormirse y oía vagamente las voces,
bajas y preocupadas. Andrés se levantó súbitamente, atravesó la cocina sobre la punta de los pies, cerró dulcemente el
cerrojo de la puerta, tras él. A la entrada, se oyó un ruido metálico. Y de pronto, la puerta se abrió de par en par, y el
Pequeño Ruso dio un paso hacia la cocina y dijo en voz baja, pero clara:
-Se oye ruido de espuelas.
La madre saltó de la cama, y cogió su ropa con manos temblorosas, pero Pavel apareció en el dintel y le dijo
serenamente: -Quédate acostada..., estás enferma.
Se escucharon unos roces furtivos en el vestíbulo. Pavel se acercó a la puerta, y empujándola con la mano, preguntó: ¿Quién está ahí?
Rápida como un relámpago, una alta silueta gris se encuadró en el umbral; otra le seguía: Los dos gendarmes sujetaron
al muchacho, a quien colocaron entre ellos. Una voz aguda y chocarrera, se hizo oír:
-No son los que esperabais, ¿eh?
El que hablaba era un oficial, delgado y alto, con un bigote negro, no muy abundante. Junto al lecho de la madre
apareció Fediakine, agente de policía del suburbio, y, llevando la mano a la visera de la gorra, mientras con la otra
designaba a Pelagia, dijo, con mirada terrible:
-Esta es su madre, Excelencia.
Después, agitando los brazos en dirección de Pavel, añadió:
-¡Y éste es él mismo!
-¿Pavel Vlassov? -preguntó el oficial, semicerrando los ojos.
Pavel hizo con la cabeza un signo afirmativo. El oficial continuó, atusándose el bigote:
-Tengo que hacer un registro en tu casa. ¡Levántate, vieja! ¿Quién hay ahí?
Lanzó una mirada a la habitación, y fue hacia ella a grandes pasos.
-¿Vuestros nombres?

Dos hombres, requeridos como testigos, entraron: eran el viejo fundidor Tvariakov y su inquilino, el fogonero Rybine,
moreno de cabello y barba, un hombre serio, que dijo con voz llena y sonora:
-¡Salud, Pelagia!
Esta se vestía, mascullando para infundirse valor:
-¡Vaya unas maneras! Venir de noche..., la gente está acostada y ellos vienen...
Apenas cabían en la habitación, por la que se había esparcido un fuerte olor a betún. Dos gendarmes y el comisario de
policía del suburbio, Ryskine, hacían sonar sus botas sobre el pavimento, quitaban los libros del estante y los
amontonaban sobre la mesa, ante el oficial. Otros dos golpeaban las paredes con el puño, miraban bajo las sillas; uno se
izó trabajosamente sobre la estufa. El Pequeño Ruso y Vessovchikov estaban en un rincón, apretados uno contra otro; el
frágil rostro de Nicolás se había cubierto de manchas rojas, y sus ojillos no podían separarse de la cara del oficial.
Andrés retorcía su bigote y, cuando la madre entró en el cuarto, le hizo, sonriendo, un amistoso signo de cabeza.
Esforzándose por dominar su terror, Pelagia entró, no de costado, como siempre, sino avanzando el pecho, lo que daba
a su persona un aire de importancia, cómico y afectado. Caminaba ruidosamente, con un temblor en las cejas.
El oficial cogió rápidamente los libros, entre los dedos afilados de sus blancas manos: los hojeaba, los sacudía, y, con
gesto hábil, los arrojaba a un lado. A veces, algún volumen caía pesadamente en tierra. Todos callaban: se oía el jadeo
de los gendarmes, sudorosos, el chocar de las espuelas, y, de cuando en cuando, una pregunta:
-¿Habéis mirado aquí?
Pelagia se situó al lado de Pavel, junto al tabique: cruzó los brazos sobre el pecho, como él, y miró también al oficial. Sus
rodillas temblaban y una niebla le velaba los ojos.
De pronto, la voz de Vessovchikov resonó cortante:
-¿Por qué hay que tirar los libros al suelo?
La madre se estremeció. Tvariakov hizo un movimiento con la cabeza, como si le hubieran golpeado en la nuca. Rybine
tosió y miró atentamente a Nicolás.
El oficial arrugó los ojos y por un segundo hundió su mirada en el rostro delgado e inmóvil. Sus dedos se pusieron a
volver las páginas, aún más a prisa. Algunas veces, abría tanto sus ojos grises, que se habría creído que se sentía
horriblemente mal, y que iba a lanzar un grito de furia, impotente contra su dolor.
-¡Soldado! -volvió a decir Vessovchikov-: recoge esos libros.
Los gendarmes volvieron hacia él, después miraron al oficial, que levantó la cabeza y, envolviendo en una ojeada
escrutadora la silueta maciza de Nicolás, dijo con voz arrastrada y nasal: -Bien..., recogedlos.
Uno de los gendarmes se inclinó, y, mirando a Vessovchikov con el rabillo del ojo, se puso a recoger los libros de hojas
arrugadas.
-¡Nicolás debía callarse! -susurró la madre a su hijo.
Este se encogió de hombros. El Pequeño Ruso bajó la cabeza.
-¿Quién lee la Biblia?
-Yo -dijo Pavel.
-¿A quién pertenecen todos estos libros?
-A mí -respondió de nuevo.

-¡Bien! -dijo el oficial, reclinándose sobre el respaldo de la silla. Hizo crujir los dedos de sus finas manos, extendió las
piernas sobre la mesa, arregló su bigote, e interpeló a Vessovchikov.
-¿Tú eres Andrés Nakhodka?
-Sí -respondió Nicolás, avanzando. El Pequeño Ruso tendió la mano, lo cogió por el hombro y lo hizo retroceder.
-Se equivoca. Andrés soy yo.
El oficial alzó la mano, y amenazando con el índice a Vessovchikov, le dijo:
-¡Ten cuidado tú!
Se puso a revolver sus papeles.
Fuera, los ojos indiferentes de la clara noche de luna, miraban por la ventana. Alguien pasaba ante la casa. La nieve
crujía.
-Tú, Nakhodka, ¿has sido ya objeto de una encuesta, por delitos políticos? -preguntó el oficial.
-Sí, en Rostov y en Saratov... Sólo que allí, los gendarmes me trataban de usted.
El oficial guiñó el ojo derecho, se lo restregó, y, descubriendo sus menudos dientes, continuó:
-¿Y no conoce usted, Nakhodka, sí, precisamente usted, quiénes son los canallas que reparten en la fábrica
llamamientos criminales?
El Pequeño Ruso se balanceó sobre sus piernas, y, con una ancha sonrisa en los labios, iba a decir algo cuando de
nuevo resonó la voz irritada de Nicolás.
-Es la primera vez que vemos canallas.
Hubo un silencio, y, durante un segundo, todos permanecieron inmóviles.
La cicatriz de la madre palideció, y su ceja derecha dio un tirón hacia arriba. La barba negra de Rybine se puso a temblar
de un modo extraño: la peinó lentamente con los dedos, la cabeza baja.
-Echad fuera a este animal -dijo el oficial.
Dos gendarmes cogieron a Nicolás por debajo de los brazos y lo arrastraron sin miramientos hacia la cocina. Allí,
clavando sólidamente los pies en el suelo, se detuvo y gritó:
-¡Deteneos..., tengo que vestirme!
El comisario de policía entró.
-No hay nada: hemos mirado por todas partes.
-¡Desde luego! -exclamó el oficial sonriendo-. Tenemos aquí a un hombre de experiencia.
La madre escuchaba aquella voz, fluida y cortante; miraba con terror su rostro amarillo y sentía en este hombre un
enemigo sin piedad, un corazón lleno del desprecio del aristócrata por el pueblo. Había visto muy pocos individuos de
este género, y casi había olvidado que existían.
«Son a éstos a quienes inquietamos», pensó.
-Señor Andrés Onissimov Nakhodka, hijo de padre desconocido: queda detenido.

-¿Por qué motivo? -preguntó tranquilamente el Pequeño Ruso.
-Eso se lo diré más tarde -respondió el oficial, con venenosa cortesía. Se volvió hacia Pelagia.
-¿Sabes leer?
-No -contestó Pavel.
-No es a ti a quien pregunto -dijo severamente, e insistió:
-¡Responde, vieja!
La madre, invadida por un sentimiento de odio instintivo hacia este hombre, se irguió de pronto, presa de un temblor
como si hubiese caído en agua helada; su cicatriz se volvió púrpura y su ceja descendió.
-¡No grite! -dijo extendiendo un brazo hacia el oficial-. Usted es joven aún, no conoce la desgracia...
-¡Cálmate, mamá! -la detuvo Pavel.
-¡Espera, Pavel! -gritó ella abalanzándose a la mesa-. ¿Por qué detiene a esta gente?
-Eso no le incumbe, ¡cállese! -exclamó el oficial levantándose-. ¡Traed a Vessovchikov!
Se puso a leer un papel, alzándolo a la altura de su cara. Introdujeron a Nicolás.
-¡Descúbrase! -gritó el oficial, interrumpiendo su lectura. Rybine se acercó a Pelagia, y empujándola con el hombro, le
dijo en voz baja:
-¡No te acalores, madre!
-¿Cómo voy a descubrirme si tengo sujetas las manos? -preguntó Nicolás, turbando la lectura del proceso verbal.
El oficial arrojó el papel sobre la mesa:
-¡Firmad!
La madre miró a los asistentes firmar el proceso verbal; su excitación había desaparecido y su corazón desfallecía:
lágrimas de humillación e impotencia subían a sus ojos. Estas lágrimas las había derramado durante los veinte años de
su vida conyugal, pero en estos últimos tiempos, había olvidado su quemadura corrosiva.
El oficial la miró y dijo con una mueca de desdén:
-Es todavía muy pronto para llorar, mi buena señora. Tenga cuidado, o no le quedarán lágrimas para más adelante.
Ella le respondió, encolerizada de nuevo:
-Las madres tienen lágrimas suficientes para todo..., para todo. Si usted tiene una, ella debe saberlo.
El oficial recogió rápidamente sus papeles en una cartera nueva, de brillante cerradura, y ordenó:
-¡Adelante, marchen!
-Hasta la vista, Andrés; hasta la vista, Nicolás -dijo Pavel en voz baja, pero calurosamente, estrechando la mano de sus
camaradas.
-Sí, desde luego, ¡hasta la vista! -repitió el oficial irónicamente.

Vessovchikov resollaba penosamente: su ancho cuello estaba congestionado y sus ojos centelleaban de rabia. El
Pequeño Ruso era todo sonrisas, e inclinó la cabeza diciendo algunas palabras a la madre, que lo bendijo con la señal
de la cruz, y dijo:
-Dios ve a los justos...
Por fin, el pelotón de hombres con capotes grises se replegó a la entrada, con un tintinear de espuelas, y desapareció. El
último en salir fue Rybine: envolvió a Pavel en la escrutadora mirada de sus ojos negros, y dijo soñador:
-Bien..., adiós.
Y salió sin prisa, tosiendo tras la barba.
Las manos cruzadas a la espalda, Pavel recorrió lentamente la habitación, de largo a ancho, entre los libros y la ropa que
yacían sobre el suelo, el aire sombrío:
-¿Has visto lo que es esto?
Mirando con indecisión el cuarto en desorden, la madre murmuró angustiada:
-¿Por qué Nicolás ha sido grosero?
-Tenía miedo, sin duda -dijo dulcemente Pavel.
-Han venido, los detuvieron, se los han llevado... -masculló Pelagia con gesto impaciente.
Le quedaba su hijo. Su corazón comenzó a latir con más calma, mientras su pensamiento se concentraba en vano, ante
aquella realidad, que no podía concebir.
-Ese hombre se burla de nosotros, nos amenaza...
-¡Basta, madre! -dijo súbitamente Pavel con decisión-. Vamos, arreglemos todo esto.
Le había dicho «madre» y «tú», como solamente hacía cuando se sentía muy próximo a ella. La madre hizo un
movimiento hacia él, lo miró a los ojos y preguntó muy bajo:
:--¿Te han humillado?
-¡Sí! Es duro... ¡Hubiera preferido ir con ellos!
Parecióle a la madre que tenía lágrimas en los ojos, y' para consolarlo, sintiendo confusamente su dolor, dijo en un
suspiro:
-Espera..., a ti también te prenderán.
-Sí.
Después de una pausa, observó ella tristemente:
-Ves qué duro es, mi pequeño Pavel... ¡Si al menos me consolaras! Al contrario: yo digo cosas horribles y tú dices cosas
peores aún.
La miró él, se acercó, y dulcemente:
-¡Es que no sé, mamá! Tengo que acostumbrarte...
Ella suspiró y guardó silencio: luego, reteniendo un estremecimiento de terror:

-Y, ¿puede ser que torturen a la gente? ¿Que desgarren la carne, que rompan los huesos? Cuando lo pienso... ¡Oh,
Pavel, querido Pavel, es horrible!
-Torturan el alma... Es mucho peor, con sus manos sucias...
XI
Al día siguiente se supo que Bukine, Somov y otros cinco habían sido detenidos. Por la noche, Théo Mazine pasó como
un vendaval: habían registrado también su casa, y se sentía un héroe.
-¿Has tenido miedo, Théo? -preguntó la madre.
El palideció, se arrugó su rostro y le temblaron las ventanas de la nariz.
-He tenido miedo de que el oficial me pegase. Era gordo, de barba negra, con patillas, y llevaba en la nariz unos lentes
negros, como si no tuviera ojos. Gritaba, daba patadas en el suelo... Decía que me pudriría en la cárcel. A mí no me
pegaron nunca, ni mi padre ni mi madre: soy hijo único, y me querían...
Cerró los ojos un segundo, apretó los labios, se encrespó el cabello con un rápido gesto de las manos, y dijo, mirando a
Pavel, entornando los enrojecidos párpados:
-Si alguien me golpea alguna vez, me tiro a él como un cuchillo y lo destrozo con los dientes... Harán mejor matándome
inmediatamente.
-¡Tan flaco, tan poca cosa como eres! -exclamó Pelagia-. ¿Cómo ibas a hacer para luchar?
-Lo haré -respondió Théo entre dientes.
Cuando salió, la madre dijo a Pavel:
-Este se derrumbaría antes que los demás.
Pavel guardó silencio.
Unos instantes más tarde, la puerta de la cocina se abrió lentamente y entró Rybine.
-¡Salud!-dijo sonriendo-. Bueno, aquí estoy otra vez. Anoche me trajeron, pero hoy vengo por mí mismo. -Estrechó
vigorosamente la mano de Pavel y cogió a la madre por el hombro-. ¿No me ofreces té?
Pavel examinó en silencio el ancho y bronceado rostro, de espesa barba negra y ojos sombríos. Había algo de grave en
su tranquila mirada.
Pelagia se fue a la cocina a preparar el samovar. Rybine se sentó, alisó su barba y, colocando los codos sobre la mesa,
envolvió a Pavel en su mirada negra.
-Pues así es... -dijo, como si reanudase una conversación interrumpida-. Tengo que hablarte con franqueza. Te vengo
observando hace mucho tiempo. Somos casi vecinos. He notado que recibes mucha gente, pero nada de borracheras ni
de escándalos. Esto es lo primero. Si la gente no hace ruido, se hace notar en seguida. ¿De acuerdo? Bueno. La gente
habla también de mí, porque vivo apartado.
Su tono era grave pero hablaba con soltura. Atusaba la barba con su mano morena, y su mirada no se separaba de los
ojos de Pavel.
-Se han dedicado a hablar de ti. Mis patronos te llaman hereje, porque no vas a la iglesia. Yo no voy tampoco. Además,
hay lo de esas hojas que han aparecido. ¿Son idea tuya?
-Sí.

-Pero tú... -exclamó alarmada la madre, saliendo de la cocina-. ¡No eres tú solo!
Pavel sonrió, y Rybine también.
-¡Bueno! -dijo éste.
La madre, un poco molesta porque no hubiesen prestado atención a sus palabras, resopló ruidosamente y volvió a la
cocina.
-Las hojas son una buena idea. Esto espabila a la gente. ¿Había diecinueve?
-Sí.
-Las he leído todas. Bien... Hay cosas que no se comprenden, ni es necesario, porque cuando un hombre habla
demasiado, hay palabras que no sirven para nada...
Rybine sonrió: tenía una dentadura blanca y fuerte.
-Después..., el registro. Esto me ha predispuesto a vuestro favor. Tú, el Pequeño Ruso y Nicolás, habéis estado...
No encontrando la palabra, se calló, echó una ojeada a la ventana y; tamborileando con los dedos sobre la mesa: Habéis mostrado vuestra decisión. Como si hubieseis dicho: Excelencia, haced vuestro trabajo que nosotros haremos el
nuestro.» El Pequeño Ruso es un buen muchacho. Muchas veces he oído cómo habla en la fábrica, y he pensado: ""A
éste no lo hundirán: no podrá con él más que la muerte. Tiene nervio.» ¿Me crees, Pavel?
-Sí -dijo el joven, inclinando la cabeza.
-Bueno. Mira: tengo cuarenta años, te doblo la edad y he visto veinte veces más cosas que tú. He sido soldado más de
tres años, estuve casado dos veces y mi primera mujer está muerta, a la otra la he abandonado. He estado en el
Cáucaso, conozco a los «dock douk» - La vida, hijo mío: creen ser los dueños, y no lo son...
La madre escuchaba ávidamente aquellas palabras firmes. Le agradaba ver a un hombre maduro venir junto a su hijo y
hablarle como para una confesión, pero le parecía que Pavel trataba al huésped con demasiada frialdad, y para borrar
esta impresión, preguntó a Rybine:
-¿Comerás algo, Michel?
-¡Gracias, madrecita! Ya he cenado... Así pues, Pavel, ¿tú piensas que la vida no es lo que debe ser?
Pavel se levantó y se puso a pasear por la habitación, las manos a la espalda.
-No: es buena. Ya ve, es ella quien le ha traído a mi casa, con el corazón abierto. Nos une poco a poco: trabajamos
durante toda nuestra existencia, y llegará el tiempo en que nos una a todos. Es injusta, dura para nosotros, pero es ella
misma quien nos abre los ojos, nos descubre su sentido amargo y muestra al hombre cómo debe apresurar su ritmo.
-¡Justo! -interrumpió Rybine-. Hay que renovar al hombre. Si tiene sarna, llévalo al baño, lávalo, ponle ropa limpia y se
curará, ¿no es cierto? Pero, ¿cómo limpiarlo por dentro? Esa es la cuestión.
Pavel se puso a hablar, con calor y energía, de las autoridades, de la fábrica, del modo cómo los obreros defendían sus
derechos en otros países. A veces, Rybine golpeaba la mesa con el dedo, como puntuando. Pero ni una vez gritó: «¡Eso
es!»
En un momento dado, se rió brevemente y dijo con dulzura:
-¡Tú eres joven! No conoces a la gente.
Entonces Pavel, deteniéndose ante él, le replicó gravemente: -No hablemos de vejez ni de juventud. Veamos, más bien,
qué ideas son las más justas.

-Entonces, según tú, ¿se nos ha engañado, incluso con Dios? Eso es. Yo creo que nuestra religión no es la verdadera.
En este momento intervino la madre. Cuando su hijo hablaba de Dios y de todo lo que para ella iba asociado a la fe y le
era querido y sagrado, buscaba siempre la mirada de Pavel, para pedirle tácitamente que no hiriese su corazón con
brutales profesiones de incredulidad. Pero, tras su escepticismo, ella creía sentir la fe, y esto la tranquilizaba. «¿Cómo
podría yo comprender su pensamiento?», decíase. Había creído que sería desagradable y ofensivo para Rybine, hombre
de edad madura, escuchar los discursos de Pavel. Pero cuando el huésped planteó tranquilamente su pregunta, no pudo
contenerse, y dijo, breve pero firmemente:
-Con respecto al Señor, debéis tener más cuidado. Vosotros.... desde luego, haced lo que os parezca...
Tomó aliento y continuó con más fuerza todavía:
-¡Pero una vieja como yo, en qué se apoyaría en sus penas, si le quitáis al Buen Dios!
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Lavaba la vajilla con manos temblorosas.
-No has comprendido, mamá -dijo Pavel dulce y tiernamente.
-Perdóname, madrecita -añadió Rybine con voz lenta y significativa; y miró a Pavel sonriendo-. He olvidado que eres ya
un poco vieja para quitarte las verrugas...
-Yo hablaba -continuó Pavel-, no del Dios bueno y misericordioso en el cual crees, sino de aquél con quien los popes nos
amenazan como con un bastón; de un Dios en cuyo nombre quieren obligar a todos a someterse a la voluntad cruel de
unos cuantos.
-¡Sí, eso es, ahí está! -gritó Rybine, golpeando la mesa-. Nos han cambiado incluso a Dios: todo lo que toman entre sus
manos es para dirigirlo contra nosotros. ¿Te acuerdas, madrecita? Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza:
luego, ¡El se parece al hombre, si el hombre se parece a El! Pero nosotros no nos parecemos a Dios, sino a las bestias.
En la iglesia nos muestran un espantajo. ¡Hay que transformar a Dios, madrecita, purificarlo! Lo han vestido de mentira y
de calumnia, han mutilado su rostro para matar nuestra alma...
Hablaba bajo, pero cada palabra que pronunciaba caía sobre la cabeza de la madre, como un rudo puñetazo que la
aturdía. Y aquel ancho rostro, en el marco negro de la barba, la asustaba; el reflejo sombrío de sus ojos se le hacía
insoportable y despertaba en su corazón un miedo doloroso.
-¡No, prefiero marcharme! -dijo, sacudiendo la cabeza-. Oír estas cosas... ¡está por encima de mis fuerzas!
Y huyó a la cocina mientras Rybine gritaba:
-¡Lo ves, Pavel! No es la cabeza, sino el corazón lo que está en la base de todo. Es ése un lugar del hombre donde nadie
podrá penetrar jamás.
-Solamente la razón liberará al hombre -sentenció Pavel.
-La razón no da la fuerza -gritó Rybine, con acento seguro-. El corazón da la fuerza, pero no la razón. ¡Eso es!
La madre se desnudó y se acostó sin hacer su oración. Tenía frío, se sentía incómoda. Y Rybine, que al principio le
había parecido tan sereno, tan sensato, despertaba ahora su hostilidad.
«¡Hereje! Sembrador de desorden... -pensaba, oyendo la voz de él-. ¡También tenía que venir éste!»
Pero él hablaba, seguro y tranquilo:
-Un lugar santo no debe permanecer vacío. Nuestra alma es un punto doloroso: la morada de Dios. Si El la abandona, se
formará una llaga. Hay que inventar una fe nueva, Pavel, crear un Dios que sea amigo de los hombres.
-Lo que fue Cristo -exclamó Pavel.

-Cristo no tenía una voluntad firme. «Aleja de mí este cáliz», decía. Reconocía al César. Dios, que es todo Poder, no
puede reconocer el poder de un hombre sobre los otros. No comparte su alma, no dice: «esto es divino, esto es
humano». Pero Cristo admitía el comercio, admitía el matrimonio. Y maldijo la higuera:
Fue injusto. ¿Era culpa de ella el ser estéril? Si el alma no da buenos frutos, no es culpa de ella. ¿Soy yo quien ha
sembrado el mal dentro de mí? ¡Está claro!
La voz de los dos hombres no cesaba de resonar en la habitación, apagándose y combatiendo, como en la excitación de
un juego. Pavel iba y venía, el suelo crujía bajo sus pasos. Cuando hablaba, todos los sonidos se fundían en el de su
voz, y cuando Rybine replicaba, en su tono grave y tranquilo, se oía el «tic-tac» del reloj y el seco chasquido del hielo que
arañaba con sus agudas garras los muros de la casita.
-Voy a decírtelo a mi modo, como fogonero que soy: Dios es como el fuego. Así es. Vive en el corazón. Lo ha dicho El:
Dios es el Verbo... y el Verbo es el espíritu.
-¡La razón! -repitió Pavel obstinadamente.
-¡Así es! Lo cual quiere decir que Dios está en el corazón y en la razón, pero no en la iglesia. La iglesia es la tumba de
Dios...
La madre se durmió y no oyó salir a Rybine.
Comenzó a venir con frecuencia, y si alguno de los camaradas de Pavel estaban allí, el fogonero se sentaba en un rincón
y guardaba silencio, diciendo solamente de cuando en cuando:
-¡Eso! Así es.
Una vez, paseó su sombría mirada sobre los asistentes, y dijo con aire gruñón:
-Hay que hablar de lo que es, pero lo que será no lo sabemos, ¡eso es! Cuando el pueblo sea libre, él mismo verá lo que
sea mejor hacer. Le han metido en la cabeza demasiadas cosas que no quería: es bastante. Que vea todo por sí mismo.
Quizá querrá rechazarlo todo, toda la vida y todas las ciencias; quizá vea que todo ha sido dirigido contra él, como por
ejemplo, el Dios de la iglesia. No tenéis sino poner todos los libros entre sus manos, y él responderá por sí mismo. ¡Eso
es!
Pero si Pavel estaba solo, se lanzaban inmediatamente a una discusión interminable, pero siempre tranquila, y la madre
los escuchaba inquieta, siguiéndolos con la mirada, tratando de comprender lo que decían. A veces, le parecía que, tanto
el mujik de anchos hombros y negra barba, como su hijo, fuerte y apuesto, estaban ciegos. Se hundían, de una y otra
parte, a la busca de una salida, se agarraban a todo y sacudían todo de sus manos, vigorosas pero torpes, desplazaban
las cosas de un lado a otro, las dejaban caer en tierra y las pisoteaban después. Desfloraban esto, palpaban esto otro, lo
rechazaban, y todo ello sin perder la fe ni la esperanza.
La habían acostumbrado a escuchar un montón de palabras, terribles por su franqueza y su audacia, pero estas palabras
no la herían ya con la misma violencia que la primera vez y había aprendido a defenderse de ellas. Y, algunas veces, tras
las frases que negaban a Dios, Pelagia sentía una sólida fe dentro de sí. Entonces, sonreía con una dulzura indulgente.
Si Rybine seguía sin gustarle, tampoco sentía hostilidad hacia él.
Una vez por semana iba a la prisión a llevar ropa limpia y libros al Pequeño Ruso: En una ocasión obtuvo autorización
para verlo. Al volver, dijo enternecida:
-Sigue siendo el mismo que en casa. Amable con todo el mundo, todos bromean con él. Es duro y penoso, pero no lo
demuestra.
-Es lo que hay que hacer -dijo Rybine-. Vivimos en el dolor como en nuestra piel, lo respiramos, es como una vestidura.
No hay por qué alabarse. No todos tienen los ojos cerrados: hay quien los cierra voluntariamente; eso es. Pero cuando
uno es estúpido, no hay sino tener paciencia...
XII

La casita gris de los Vlassov atraía cada vez más la atención del barrio. En el interés que se le prestaba, había mucho de
desconfianza, prudencia y hostilidad inconsciente, pero poco a poco nacía también un sentimiento de confiada
curiosidad. Alguna vez, venía un desconocido que, examinando todo con circunspección, decía a Pavel:
-Bueno, muchacho, tú que lees libros de leyes, debes conocerlas. Entonces, mira, explícame...
Y contaba a Pavel alguna injusticia de la policía o de la administración de la fábrica. En los casos complicados, Pavel
escribía unas palabras y enviaba al hombre a la ciudad, a un abogado a quien conocía; cuando le era posible, explicaba
por sí mismo las cosas.
Poco a poco, crecía un sentimiento de respeto hacia este muchacho serio, que hablaba de todo con sencillez y audacia,
miraba y escuchaba todo con atención, tomaba como propio cualquier asunto particular y siempre descubría el hilo
común y sin fin que unía a las gentes, por millares de tenaces nudos.
Pavel creció aún más en la opinión pública después del asunto del «kopek del pantano».
Un vasto pantano plantado de abetos y abedules se extendía tras la fábrica, rodeándola casi completamente con un
anillo pútrido. En verano, vapores espesos y amarillentos se desprendían de él, con nubes de mosquitos que se
esparcían por el suburbio, sembrando las fiebres. El pantano pertenecía a la fábrica, y el nuevo director, queriendo sacar
partido de él, concibió el proyecto de desecarlo y, al mismo tiempo, extraer la turba. Esta operación, según explicó a los
obreros, sanearía el lugar y mejoraría las condiciones de existencia para todos; y dio la orden de retener un kopek por
rublo sobre los salarios, para dicha obra.
Gran emoción entre los obreros. Les irritaba, sobre todo, el que la nueva contribución no se aplicaría a los empleados.
El sábado en que la decisión del director se dio a conocer, Pavel estaba enfermo: no había ido a trabajar y no sabía nada
de la historia. Al día siguiente, después de la Misa, el fundidor Sizov, un viejo arrogante, y el cerrajero Makhotine, un
hombre alto e irascible, vinieron a contarle lo que sucedía.
-Los más viejos de entre nosotros, se han reunido -dijo tranquilamente Sizov-, lo hemos discutido y los camaradas nos
han mandado a preguntarte, ya que eres un hombre ilustrado, si hay alguna ley que permita al director hacer la guerra a
los mosquitos con nuestros kopeks.
-Te acordarás -dijo a Makhotine, haciendo girar sus ojos oblicuos-, hace cuatro años, los sinvergüenzas habían recogido
dinero para construir baños. Reunieron tres mil ochocientos rublos. ¿Dónde están? Y de baños, ni uno.
Pavel explicó la injusticia de este descuento y mostró el gran provecho que la fábrica sacaría de la operación. Después
de lo cual, se marcharon los dos, el aspecto irritado. Después de acompañarlos, la madre dijo sonriendo:
-Ya ves, Pavel, también los viejos vienen junto a ti a hacer provisión de inteligencia.
Sin responder, el joven, preocupado, se sentó a la mesa y se puso a escribir. Unos minutos después, le dijo:
-Hazme el favor: ve en seguida a la ciudad y entrega este papel...
-¿Es peligroso?
-Sí. Hay que ir donde se imprime nuestro periódico. Es absolutamente necesario que esta historia del kopek aparezca en
este número...
-¡Está bien, está bien! -dijo ella-, voy inmediatamente.
Era la primera comisión que su hijo le confiaba. Se sintió muy contenta al ver que le decía abiertamente de qué se
trataba. -Lo comprendo, Pavel -dijo, mientras se vestía-. ¡Es, ni más ni menos, que un robo! ¿Cómo se llama ese
hombre: Iégor Ivanovitch?
Volvió ya tarde, de noche, fatigada pero satisfecha.

-He visto a Sandrina -dijo a Pavel-. Te manda sus saludos. Y ese Iégor, no es nada orgulloso. Bromea constantemente.
-Me alegra que te gusten -dijo dulcemente Pavel.
-¡Qué gente tan sencilla, hijo mío! Cuando la gente es sencilla, está bien... Y todos te quieren.
El lunes, Pavel no fue tampoco a trabajar: tenía jaqueca. Pero a mediodía, Théo Mazine vino corriendo, agitado y feliz;
cuando recuperó el aliento, anunció:
-¡Ven! Toda la fábrica está alborotada. Me han mandado a buscarte. Sizov y Makhotine dicen que tú puedes explicar el
asunto mejor que nadie. ¡Si vieras lo que pasa!
Pavel se vistió sin decir palabra.
-Las mujeres se han reunido: ¡esto marcha!
-Yo voy también -declaró la madre-. ¿Qué están tramando t allí? Voy a ir.
-Ven -dijo Pavel.
Caminaron en silencio, rápidamente. La madre desfallecía de emoción y sentía que algo grave iba a suceder. A las
puertas de la fábrica, una masa de mujeres chillaba y discutía. Cuando los tres consiguieron entrar en el 'patio, cayeron
de pronto entre una muchedumbre compacta, negra, bordoneante de excitación. La madre vio que todas las cabezas
estaban vueltas del mismo lado, hacia el muro del taller de forjas: allí, en pie sobre un montón de chatarra y
destacándose sobre el fondo de ladrillo rojo, estaban, gesticulantes, Sizov, Makhotine, Vialov y otros cinco o seis obreros
influyentes, de edad madura.
-¡Aquí está Vlassov! -gritó alguien.
-¿Vlassov? Que venga.
-Silencio -gritaron al mismo tiempo desde varios puntos.
En alguna parte, muy cerca, sonó la voz monótona de Rybine:
-No es por un kopek por lo que debemos resistir, sino por la justicia, eso es. Lo que interesa no es nuestro kopek, que no
es más grueso que los otros, pero sí más pesado: contiene mayor cantidad de sangre humana que un rublo de director,
eso es. Y no es el kopek lo que nos preocupa, sino la sangre y la verdad..., ¡eso es!
-¡Cierto! ¡Bravo, Rybine!
-Tiene razón el fogonero.
-¡Aquí está Vlassov!
Ahogando el sordo estrépito de las máquinas, los profundos suspiros del vapor y el gorgoteo de las canalizaciones, las
voces se fundían en un torbellino de sonidos tumultuosos. De todas partes venían corriendo gentes que agitaban los
brazos y se excitaban mutuamente, con palabras febriles y mordientes. La irritación que siempre duerme en los pechos
fatigados, se despertaba ahora buscando una salida. La cólera volaba, triunfante, extendiendo cada vez con mayor
amplitud sus alas sombrías, apoderándose de la gente con una fuerza creciente, levantando y haciendo chocar a unos
contra otros, animándolos de una ardiente rabia. Sobre la multitud planeaba una nube de hollín y polvo, los rostros
congestionados estaban cubiertos de un sudor que corría en lágrimas negras, sobre las atezadas mejillas; centelleaban
los ojos, relucían los dientes.
Pavel apareció al lado de Sizov y Makhotine, y se oyó su llamada:
-¡Camaradas!

La madre observó que el rostro de su hijo estaba pálido, y que sus labios temblaban. Involuntariamente se colocó
delante, abriéndose paso entre la muchedumbre. Le decían ásperamente: «¿Dónde quieres ir?», pero esto no la detenía.
Con los hombros y los codos, separaba a la gente, y lentamente se aproximó a su hijo, impulsada por el deseo de estar a
su lado.
Cuando Pavel hubo lanzado aquella palabra, en la que ponía un sentido tan profundo y grave, sintió en su garganta el
espasmo de la alegría del combate; le invadía el deseo de arrojar a los suyos su corazón, ardido en su abrasador sueño
de verdad y justicia.
-¡Camaradas! -repitió, poniendo en la palabra toda su energía y entusiasmo-. Somos nosotros quienes construimos las
iglesias y las fábricas, quienes forjamos las cadenas y fundimos las monedas. Nosotros somos la fuerza vital que da a
todos el pan y los placeres, desde la cuna hasta la tumba...
-¡Eso es! -gritó Rybine.
-Siempre, y en todas partes, somos los primeros en el trabajo y los últimos en la vida. ¿Quién se preocupa de nosotros?
¿Quién busca nuestro bien? ¿Quién nos mira como a seres humanos? ¡Nadie!
-¡Nadie! -dijo una voz como un eco.
Recuperando el dominio de sí mismo, Pavel se puso a hablar con más sencillez y calma. Lentamente, la multitud se
acercaba a él, se aglomeraba como un cuerpo oscuro de múltiples cabezas. Lo miraba con centenares de ojos atentos,
sorbía sus palabras.
-No mejoraremos nuestra suerte mientras no nos sintamos camaradas, mientras no formemos una familia de amigos,
estrechamente unidos en el mismo deseo: el de combatir por nuestros derechos.
-¡Al grano! -gritaron cerca de la madre unas voces groseras.
-¡Dejad hablar! -se oyó aquí y allá.
Los rostros, negros y ceñudos, parecían desconfiar: solamente algunas miradas graves y pensativas se fijaban en Pavel.
-¡Es un socialista, pero no un imbécil! -dijo alguien.
-¡Bueno, no tiene miedo! -contestó un mocetón tuerto, empujando a la madre por los hombros.
-Es hora, camaradas, de comprender que nadie nos ayudará, excepto nosotros mismos. Uno para todos, todos para uno:
¡he aquí nuestra ley si queremos vencer al enemigo!
-¡Tiene razón, muchachos! -gritó Makhotine.
Y en amplio gesto, sacudió su puño en el aire.
-Hay que hacer venir al director -continuó Pavel.
Hubiérase dicho que un huracán se abatía sobre la muchedumbre. Se puso a oscilar, y decenas de voces gritaron juntas:
-¡El director! ¡El director!
-Que se le envíen delegados.
Pelagia estaba en primera fila, y, desde abajo, miraba a su hijo, llena de orgullo. Pavel estaba allí, entre los viejos
obreros, los más estimados: todo el mundo le escuchaba y le aprobaba. La colmaba s de satisfacción ver que no perdía
los estribos, que no juraba como los otros.
Como granizo en un tejado de zinc, llovían las exclamaciones entrecortadas, los juramentos, las invectivas. Desde su
altura. Pavel miraba a la multitud con los ojos muy abiertos, y parecía buscar algo.

-¡Delegados!
-¡Sizov!
-¡Vlassov!
-i Rybine! Es duro de pelar.
De pronto, se oyeron algunas exclamaciones menos sonoras:
-¡Ahí viene!
-¡El director...!
La masa se abría, dejando paso a un hombre de alta estatura, con una barbita puntiaguda en su cara alargada.
-Permitan -decía, separando de su camino a los obreros con un medio gesto de la mano, pero sin tocarlos. Guiñaba los
ojos, y con la mirada escrutadora de quien está acostumbrado a manejar hombres, estudiaba las fisonomías de los
obreros. Algunos se quitaban la gorra a su paso, se inclinaban, mientras él caminaba sin responder a estas muestras de
respeto, sembrando en la multitud el silencio y la emoción, sintiéndose ya, bajo las sonrisas confusas y el tono sordo de
las exclamaciones, un arrepentimiento de niños, conscientes de haber hecho tonterías.
Pasó ante la madre, dirigiéndole una mirada severa, y se detuvo ante el montón de chatarra. Alguien, desde arriba, le
tendió una mano, pero no la tomó; con un impulso vigoroso y flexible, se encaramó y se colocó ante Pavel y Sizov:
-¿Qué significa esta reunión? ¿Por qué habéis dejado el trabajo?
Durante algunos segundos reinó el silencio. Las cabezas ondulaban como espigas. Sizov hizo ademán de sacudir su
gorro en el aire, alzó los hombros e inclinó la cabeza.
-Responded -dijo el director.
Pavel se puso a su lado, y mostrando a Sizov y Rybine, dijo con voz fuerte:
-Nosotros tres hemos sido comisionados por nuestros camaradas para exigir que vuelva usted sobre su decisión de
retener un kopek...
-¿Por qué? -preguntó el director, sin mirar al joven.
-Consideramos injusto el impuesto -dijo Pavel con voz sonora.
-Así, en mi proyecto de desecar el pantano, ¿no veis más que el deseo de explotar a los obreros, y no el cuidado de
mejorar su existencia? ¿No es eso?
-Sí -respondió Pavel.
-¿Usted también? -preguntó el director a Rybine.
-Todos somos de la misma opinión -respondió éste.
-¿Y usted, amigo? -interrogó el director, volviéndose a Sizov.
-Yo también le ruego que nos deje nuestro kopek.
Y, bajando nuevamente la cabeza, Sizov sonrió confuso.

El director paseó lentamente la mirada sobre la multitud y alzó los hombros. Después miró a Pavel, con mirada
penetrante, y le dijo:
-Creo que es usted un hombre instruido. ¿No puede comprender la utilidad de tal medida?
-Si la fábrica hace desecar el pantano a sus expensas, la comprenderemos todos.
-La fábrica no se dedica a la filantropía -replicó secamente el director-. Os ordeno que volváis inmediatamente al trabajo.
Y comenzó a descender, tanteando con precaución la chatarra, con la puntera del zapato y sin mirar a nadie.
Un rumor de descontento recorrió la multitud.
-¿Qué? -dijo el director, deteniéndose.
Todos callaron; solamente resonó una voz lejos, entre los trabajadores:
-¡Trabaja tú!
-Si dentro de un cuarto de hora no está cada uno en su puesto, se impondrán multas -respondió el director, haciendo
caer cada palabra como un martillazo.
Reanudó su camino en medio de la masa, pero tras él se elevó un sordo murmullo, y a medida que se alejaba, crecía el
rumor de las voces.
-¡Id ahora a hablar con él!
-Así es como tratan nuestros derechos... ¡Ah, estamos bien!
Gritaban a Pavel:
-Eh, abogado, ¿qué hay que hacer ahora?
-Hablar, has hablado muy bien, pero vino y no se arregló nada.
-Bien, Vlassov, ¿qué hacemos?
Las preguntas se hacían más apremiantes. Pavel declaró:
-Propongo, camaradas, abandonar el trabajo hasta que renuncie a retener nuestro kopek.
La excitación recomenzó con más brío.
-¡Nos tomas por idiotas!
-¿La huelga?
-¿Por un kopek?
-¡Pues claro! Declaremos la huelga.
-Nos pondrán a todos en la calle.
-¿Y a quién emplearán?
-No faltará quien lo haga.

-¡Sí, los Judas...!
XIII
Pavel bajó y se puso al lado de su madre. A su alrededor, el zumbido había vuelto a empezar, discutiendo unos con
otros, agitados y gritando.
-No declararás la huelga -dijo Rybine a Pavel, acercándosele-. El pueblo quiere ganar, pero es abúlico. No habría, quizá,
ni trescientos que se pusiesen junto a ti. No es posible levantar semejante estercolero con una sola horquilla.
Pavel callaba. Veía la multitud con su enorme rostro negro agitarse y mirarlo, esperando algo de él. Le parecía que sus
palabras habíanse esfumado sin dejar huella en aquellos hombres, como gotas aisladas cayendo sobre una tierra
extenuada por una larga sequía.
Volvió a casa, triste y fatigado. Su madre y Sizov le seguían; Rybine caminaba a su lado y su voz le zumbaba en el oído.
-Hablas bien, pero no tocas el corazón, eso es. Y es en lo profundo de los corazones donde hay que lanzar la chispa. No
conquistarás a la gente con la razón: es demasiado fina, demasiado estrecha para su pie.
Sizov decía a la madre:
-Es momento de que los viejos nos vayamos al cementerio. Es un nuevo pueblo el que se alza ahora. ¿Cómo vivíamos
nosotros? Arrastrándonos sobre las rodillas y saludando hasta tocar la tierra. Pero hoy..., yo no sé si los jóvenes han
recuperado la conciencia o si se engañan más aún que nosotros; pero no son los mismos, ya lo has visto. Hablan con el
director como con un igual, sí... Hasta la vista, Pavel. Está bien que tomes la defensa de los tuyos, muchacho. Si Dios te
ayuda, puede que encuentres medio de salir de esto... ¡Dios lo quiera!
Se fue.
-¡Ea, lárgate a tu cementerio! -rezongó Rybine-. En estos tiempos, no sois ya ni hombres: sois masilla, buena para tapar
grietas. ¿Has visto, Pavel, los que gritaron para enviarte como delegado? Eran los que decían que eres un socialista, un
enredador. ¡Esos mismos! «Lo expulsarán de la fábrica, dicen, y le estará bien.»
-Tienen razón, desde su punto de vista.
-Los lobos también tienen razón cuando se devoran entre ellos.
La cara de Rybine era sombría, y su voz temblaba de modo desusado.
-La gente no cree en las palabras desnudas. Hay que sufrir y empaparlas en sangre...
Durante todo el día, Pavel estuvo triste, cansado, lleno de una extraña inquietud: sus ojos brillantes parecían buscar algo.
Su madre lo observó e inquirió alarmada:
-¿Qué te pasa, Pavel?
-Me duele la cabeza -dijo él pensativo.
-Debes acostarte; llamaré al doctor.
El la miró y se apresuró a responder: -No, no hace falta.
Y de pronto, en voz baja:
-Soy joven, me falta fuerza, eso es todo. No han confiado en mí, no me han seguido, y es porque no he sabido decirles la
verdad. Es duro... y humillante para mí. '
La madre miró su rostro sombrío y le dijo dulcemente, para consolarlo:

-Espera. Hoy no te comprenden: mañana te comprenderán.
-¡Debían haberme comprendido hoy!
-Desde luego, ya ves..., hasta yo sé entender tu verdad.
Pavel se acercó a ella.
-Pero tú, madre, eres una magnífica mujer.
Y se volvió. Ella se estremeció como si estas palabras fuesen una quemadura, se llevó la mano al corazón y se separó
llevando consigo como algo precioso la caricia de su hijo.
Durante la noche, cuando ella dormía y él leía en la cama, volvieron los gendarmes y comenzaron de nuevo a registrar,
rabiosamente, por todas partes, en el patio y en el desván. El oficial de tez amarillenta se comportó como la primera vez,
hiriente, burlón, complaciéndose en su desconcierto y tratando de herirlos en el corazón. La madre callaba, sentada en
un rincón, sin desviar los ojos de su hijo. Este trataba de contener su agitación, pero cuando el oficial reía, sus dedos se
contraían de modo extraño, y ella comprendía que le costaba trabajo no contestar, que era duro para él soportar aquella
mofa. Pelagia tenía menos miedo que en la primera investigación: más bien sentía odio hacia aquellos hombres, vestidos
de gris con espuelas en los tacones, y este odio absorbía el temor.
Pavel consiguió susurrarle:
-Van a llevarme...
Ella, bajando la cabeza, respondió muy bajo:
-Comprendo...
Comprendía, sí. Iban a llevarlo a la prisión porque aquel día había hablado a los obreros. Pero todos estaban de acuerdo
con lo que había dicho, y tomarían su defensa..., lo soltarían pronto.
Hubiera querido estrecharlo entre sus brazos y llorar, pero el oficial, a su lado, la miraba entornando los ojos; los labios
se estremecían y su bigote se agitaba. Pelagia sintió que aquel hombre esperaba lágrimas, lamentos, súplicas.
Reuniendo toda su voluntad, esforzándose por no decir nada, mantuvo sujeta la mano de su hijo y, reteniendo el aliento,
lentamente, muy bajo, murmuró:
-Hasta la vista, Pavel... ¿Has cogido todo lo que necesitas?
-Sí, no te preocupes.
-Que Dios sea contigo.
Cuando se lo llevaron, se sentó en el banco y, cerrando los ojos, sollozó suavemente. Apoyando la espalda contra el
muro, como en otro tiempo hacía su marido, contraída por la angustia y la conciencia humillante de su impotencia, la
cabeza baja, sollozó largo tiempo, vertiendo en el gemido monocorde todo el dolor de su corazón herido. Veía ante ella,
como una mancha inmóvil, el rostro amarillento de bigotes ralos, cuyos ojos entornados expresaban satisfacción. Como
una bola negra, se apretaban en su pecho la exasperación y la cólera, contra aquellas gentes que arrancaban un hijo a
su madre porque buscaba la verdad.
Hacía frío, la lluvia golpeaba los cristales. Parecía que, en la noche, alrededor de la casa, rondaban acechantes siluetas
grises, de largos brazos, de anchas caras rojas sin ojos. Caminaban, y sus espuelas entrechocaban débilmente.
-Si al menos me hubiesen llevado a mí también... -pensaba. La sirena aulló imperiosamente llamando al trabajo. El
sonido le pareció sordo, inseguro. La puerta se abrió ante Rybine. Enjugando con la mano las gotas de lluvia de su
barba, preguntó:
-¿Se lo han llevado?

-¡Sí, malditos sean! -suspiró ella.
-Así es -dijo Rybine, con una muñeca-. En mi casa han registrado todo, buscado por todas partes, sí... Han salido
trasquilados. Pero de todos modos, me han insultado. Así que se llevaron a Pavel. Ya comprendo: el director hace un
guiño y el gendarme una señal: comprendido, y ¡hale!, un hombre que desaparece. ¡Son compadres! Unos se ocupan de
hacer callar al pueblo y otros lo sujetan por los cuernos.
-Tendríais que hacer algo por Pavel -dijo la madre levantándose-. Lo que él ha hecho, fue por vosotros.
-¿Y quién tendría que hacer algo?
-Todos.
-¡Ah, eso crees tú! No cuentes con ello.
Y se fue con su pesada marcha. Sus palabras, duras y sin esperanza, aumentaron la congoja de la madre.
-Si le pegan, si lo torturan...
Imaginó el cuerpo de su hijo deshecho a golpes, desgarrado, ensangrentado, y el terror, como una arcilla helada, se posó
sobre su pecho, aplastándolo. Los ojos le dolían. No encendió el horno, no se preparó comida, no tomó el té; solamente,
a última hora de la tarde, comió un trozo de pan. Cuando se acostó, pensó que en toda su vida se había sentido tan sola,
tan inerme. Los últimos años se había habituado a vivir en la espera constante de alguna cosa importante y feliz. A su
alrededor, los jóvenes se agitaban, ruidosos, llenos de entusiasmo, y tenía siempre ante los ojos el rostro serio de su hijo,
el creador de aquella vida, inquieta, pero hermosa. Y ahora, él no estaba y no quedaba nada.
XIV
El día pasó lentamente, seguido por una noche de insomnio, y otro día más largo aún. Ella esperaba a alguien, pero
nadie vino. Cayó la tarde y llegó la noche. Una lluvia glacial suspiraba y rezumaba a lo largo de los muros, el viento
soplaba en la chimenea. Algo se agitaba en el suelo. El agua goteaba del tejado, y sus, notas melancólicas
acompañaban extrañamente el «tic-tac» del reloj. Parecía que la casa entera vacilaba, se debilitaba, indiferente a todo,
fija en su angustia...
Llamaron al cristal: un golpe, dos...
Estaba acostumbrada a esta señal y ya no la asustaba, pero esta vez tuvo un gozoso sobresalto. Una confusa esperanza
la hizo saltar del lecho. Arrojó un chal sobre sus hombros y abrió.
Samoilov entró, seguido de un personaje que ocultaba el rostro dentro del cuello subido de su abrigo; el gorro le caía
sobre los ojos.
-¿La hemos despertado? -preguntó Samoilov, sin saludarla; contra su costumbre, tenía el aire sombrío y preocupado.
-No dormía -dijo ella; y, silenciosa, clavó sobre los visitantes unos ojos llenos de ansiedad.
El compañero de Samoilov, con un profundo suspiro ronco, se quitó el gorro, tendió a la madre una ancha mano de
dedos cortos, y le dijo cordialmente, como a una antigua amiga:
-Buenas noches, mamá. ¿No me reconoce?
-¿Usted? -gritó Pelagia, en una súbita explosión de alegría-. ¡Iégor Ivanovitch!
-En carne y hueso -dijo éste, inclinando su gruesa cabeza, de cabellos largos como los de un pope.
Una franca sonrisa iluminaba su rostro redondo; sus ojillos grises envolvían a la madre en una mirada afectuosa y clara.
Recordaba un samovar, con su grueso cuello y los cortos brazos. Su cara relucía, respiraba ruidosamente y una especie
de resuello ronco se escapaba de su pecho.

-Pasad, voy a vestirme inmediatamente -dijo la madre.
-Tenemos algo que decirle.
-Samoilov parecía preocupado. Le dirigía una mirada oblicua.
Iégor Ivanovitch entró en la habitación y dijo:
-Esta mañana, Nicolás Ivanovitch, a quien usted conoce, ha salido de la cárcel.
-¿Estuvo preso?
-Dos meses y once días. Ha visto al Pequeño Ruso y a Pavel, que la saludan; su hijo le ruega que no se inquiete y dice
que, en el camino que ha escogido, la prisión sirve de lugar de reposo, según han decidido nuestras benévolas
autoridades. Ahora, madre, vamos al grano. ¿Sabe a cuántas personas han detenido ayer?
-No. ¿Hay otros, además de Pavel?
-Pavel hizo el número cuarenta y nueve -interrumpió tranquilamente Iégor-. Y cabe esperar que la policía encerrará a otra
docena. Por ejemplo, este caballero, entre otros...
-Sí, a mí también -dijo Samoilov con aire sombrío. Pelagia sintió que respiraba mejor.
«No está solo allí», pensó en un relámpago.
Cuando se hubo vestido, volvió a la habitación y dirigió a sus huéspedes una valerosa sonrisa.
-Seguramente no los tendrán allí mucho tiempo, si son tantos...
-Justo -dijo Iégor Ivanovitch-. Y si conseguimos embrollar un poco el asunto será mejor. Se trata de esto:
«Si ahora dejamos de propagar nuestros folletos en la fábrica, los malditos gendarmes sacarán lamentables
consecuencias, y se servirán de esto contra Pavel y sus camaradas de prisión.» -¿Cómo? -gritó la madre, sobresaltada.
-Es muy sencillo -dijo dulcemente Iégor-. Los gendarmes pueden razonar, a veces. Piense: cuando está Pavel, hay
folletos y letreros; cuando Pavel no está, no hay folletos ni letreros. ¿Qué quiere decir? Que era él quien los repartía,
¿no? Entonces, los gendarmes empezarán a actuar: les gusta mucho probar sus dientes en alguien hasta que no queda
más que el polvo.
-¡Comprendo, comprendo! -dijo ella, angustiada-. ¡Dios mío! ¿Qué puede hacerse?
Samoilov elevó la voz.
-Los muy cerdos han cogido a casi todo el mundo. Tenemos que seguir el asunto como antes, no solamente por nuestra
causa, sino para salvar a los compañeros.
-Pero no hay nadie para hacer el trabajo -añadió Iégor, con una risita-. Tenemos una literatura excelente; la he escrito yo
mismo. Pero cómo introducirla en la fábrica..., ahí está el quid.
-Ahora registran a todo el mundo al entrar -dijo Samoilov. La madre adivinó que se esperaba algo de ella, y se apresuró a
inquirir:
-Entonces, ¿qué hay que hacer, y cómo?
Samoilov apareció en el dintel:
-¿Está a bien con la vendedora María Korsounov?

-Sí, ¿y qué?
-Háblele: ella puede hacer pasar la propaganda.
La madre hizo con su mano un gesto negativo.
-¡Oh, no! Es una charlatana, ¡no! Se sabría que fui yo..., que esto viene de mi casa, no, no...
Y de pronto, iluminada por una repentina idea, dijo en voz baja:
-Dádmelos a mí. ¡A mí! Ya me las arreglaré, encontraré medio... Pediré a María que me tome como ayudante. Porque, si
quiero comer, es preciso que trabaje. Mirad: yo llevaré las comidas a la fábrica. ¡Ya me las compondré!
Las manos sobre el pecho, aseguró con volubilidad que lo haría todo muy bien, sin ser notada, y concluyó triunfalmente:
-Verán que, aunque no esté Pavel, su mano los alcanza desde la cárcel. ¡Ya verán!
Los tres se sintieron más animados. Iégor sonreía y se frotaba vigorosamente las manos:
-¡Maravilloso, madre! Si supiese lo que esto significa... Sencillamente, ¡formidable!
-Si sale bien, me sentiré tan contento en la prisión como en una butaca -dijo Samoilov.
-¡Es un tesoro, Pelagia! -añadió Iégor con su ronca voz.
La madre sonrió. Había comprendido: si las hojas aparecían en la fábrica, la dirección admitiría que no era su hijo quien
las llevaba. Y, sintiéndose capaz de asumir la tarea, se sentía estremecer de júbilo.
-Cuando vaya a ver a Pavel -dijo Iégor a Samoilov-, le dirá que tiene una madre extraordinaria.
-Lo veré pronto -prometió Samoilov esbozando una sonrisa.
-Dígale que haré cuanto haga falta. Que lo sepa.
-¿Y si no lo detienen? -dijo Iégor señalando a Samoilov.
-¿Qué vamos a hacer? Tanto peor.
Los dos hombres rompieron a reír. Ella, comprendiendo su estupidez, se echó también a reír, con una carcajada
contenida y confusa, un poco maliciosa.
-Uno tiene bastante con sus propias preocupaciones como para pensar en los demás -dijo bajando la vista.
-Es natural -exclamó Iégor-. Y, volviendo a Pavel, no se inquiete ni se entristezca. Saldrá de la cárcel mejor que entró.
Allí se descansa, se lee, y, en libertad, nunca hay tiempo para eso. Yo, por ejemplo, estuve preso tres veces, sin gran
placer, desde luego, pero para el corazón y el espíritu, me fue muy útil.
-Respira muy mal -dijo ella, mirando amistosamente aquel rostro ingenuo.
-Tengo mis razones particulares -explicó él, alzando un dedo-. Bueno, ¿de acuerdo, mamá? Mañana le procuraremos el
material, y la máquina, que disipará las tinieblas seculares, volverá a ponerse en marcha. ¡Viva la palabra libre y el
corazón de las madres! Mientras tanto, ¡hasta la vista!
-Hasta la vista -dijo Samoilov, estrechándole fuertemente la mano-. A mí no me pasa lo mismo: no puedo decir a mi
madre ni una palabra de todo esto.
-Todos acabarán por comprender -respondió Pelagia, para consolarlo.

Cuando se marcharon, cerró la puerta y, arrodillándose en medio de la habitación, se puso a rezar, mientras fuera batía
la lluvia. Oraba sin palabras, uniendo en un solo pensamiento a todos aquellos que, por Pavel, habían entrado en su
vida. Los veía pasar entre ella y las santas imágenes, todos sencillos, tan extrañamente próximos los unos a los otros; y
tan solos.
Al día siguiente, muy temprano, fue a ver a María Korsounov. La vendedora, siempre manchada de grasa, siempre
expresiva, la acogió con simpatía.
-¿Te aburres? -preguntó, con un golpecito de su sebosa mano en el hombro de Pelagia- No te inquietes. ¡Se lo han
llevado: bonito lío! No hay mal en ello. Antes metían en la cárcel a la gente cuando robaba, pero ahora es cuando dicen
la verdad. Quizá Pavel ha dicho lo que no debía decir, pero ha sido en defensa de todos, y todo el mundo lo comprende,
no te preocupes. No lo dicen todos, pero las personas honradas lo saben. Quise ir a tu casa, pero ya ves, no tengo
tiempo. Hago mis trabajos, vendo, y , moriré vagabunda. Son mis condenados cortejos los que me comen todo. Devoran
como cucarachas en miga de pan. Ahorro diez rublos, pues cualquiera de esos herejes viene y se los traga en un minuto.
Es una desgracia ser mujer. ¡Qué asco de vida! Vivir sola es duro..., y ser dos, es aguantar palos.
-He venido a pedirte que me lleves de ayudante -dijo Pelagia, interrumpiendo aquella oleada de palabras.
-¿Cómo? -preguntó María; luego, cuando su amiga acabó de hablar, bajó la cabeza asintiendo.
-Puede hacerse. ¿Te acuerdas cuántas veces me defendiste de mi marido? Bueno, ahora te defenderé yo de la
necesidad. Todos deben ayudarte, porque tu hijo sufre por una causa que atañe a todo el mundo. Es un buen muchacho:
todos lo dicen y lo compadecen. Yo no creo que estos arrestos traigan bien a la fábrica, ¿no ves lo que ocurre? No están
contentos, querida. En la dirección se dicen «se ha herido al hombre en el talón: no podrá andar mucho». Pero el
resultado es que, por diez que se ha alcanzado, hay centenares encolerizados.
Las dos mujeres se pusieron de acuerdo. Al día siguiente, a la hora del almuerzo, Pelagia estaba en la fábrica con los
manjares preparados por María en dos recipientes, en tanto que María, por su parte, iba a vender al mercado.
XV
Los obreros vieron en seguida a la nueva cantinera. Algunos se acercaban para animarla:
-¿Has encontrado trabajo, Pelagia?
Y la consolaban diciéndole que Pavel estaría pronto libre; otros alarmaban con palabras de condolencia su corazón
herido. Otros se deshacían en invectivas contra la dirección y los gendarmes, y esta cólera encontraba eco profundo en
la madre. No faltaban quienes la mirasen con maligna alegría, e incluso el punzador Isaías Gorbov le dijo, apretando los
dientes:
-Si yo fuese el gobernador, haría ahorcar a tu hijo. Así aprendería a no desviar al pueblo del buen camino.
Esta odiosa amenaza la heló con un frío mortal. No contestó a Isaías, se limitó a echar una ojeada sobre su rostro
estrecho, cubierto de manchas rojizas, y bajó los ojos suspirando.
En la fábrica había agitación: los obreros se reunían en pequeños grupos, discutían entre sí a media voz; preocupados,
los capataces rondaban por todas partes, y a cada momento estallaban juramentos y burlas irritadas.
Pelagia vio pasar junto a ella a Samoilov, entre dos policías. Llevaba una mano en el bolsillo y pasaba la otra por sus
cabellos, de un rubio cobrizo. Les daba escolta un centenar de obreros, que abrumaban a los policías con ironías e
insultos:
-¿Vas a dar un paseo? -gritó alguien.
-¡Qué honra para los obreros! -dijo otro-. Se les concede escolta...
Y lanzó un vigoroso juramento.

-Ya se ve que es menos provechoso atrapar a los ladrones -gruñó encolerizado uno grande y tuerto-. Ahora detienen a
las gentes honradas.
-¡Si siquiera fuese de noche! -prosiguió otra voz entre la multitud-. Pero, ¡no les da vergüenza, en pleno día, los
bribones...!
Los policías andaban de prisa, el aspecto sombrío; se esforzaban en no ver nada y parecían no oír las exclamaciones
que los acompañaban. Tres obreros avanzaron hacia ellos, llevando una gruesa barra de hierro con la que los
amenazaron, gritando:
-¡Atención los aficionados a la pesca!
Al pasar cerca de Pelagia, Samoilov, riendo, le hizo una seña con la cabeza y dijo:
-¡Me atraparon!
Silenciosa, respondió con un gran saludo, conmovida por el espectáculo de aquellos jóvenes valerosos, que no bebían e
iban a la prisión con la sonrisa en los labios. Comenzaba a sentir hacia ellos un comprensivo amor de madre. De regreso
de la fábrica, pasó toda la tarde en casa de María, ayudándola en su trabajo y escuchando su charla. Volvió entrada la
noche a su casa vacía, fría, hostil. Largo rato anduvo de aquí para allá, sin encontrar dónde acomodarse ni saber qué
hacer. La inquietaba ver llegar la noche sin que Iégor hubiese aparecido con los folletos, como le había prometido.
Tras la ventana danzaban los pesados copos grises de la nieve de otoño. Se pegaban a los cristales, se deslizaban sin
ruido y se fundían, dejando una huella húmeda. Ella pensaba en su hijo.
Llamaron cautelosamente a la puerta. Corrió vivamente a abrir el cerrojo y entró Sandrina. Hacía tiempo que la madre no
la veía, y lo primero que le chocó fue el anormal engrosamiento de la muchacha.
-Buenas noches -dijo, feliz de tener compañía y no pasar tan sola aquella parte de la velada-. Hace mucho que no nos
veíamos. ¿Estaba de viaje?
-No, en la cárcel -dijo la joven sonriendo-. Con Nicolás Ivanovitch, ¿se acuerda de él?
-¡Cómo podría olvidarlo! -exclamó la madre-. Iégor me ha dicho ayer que lo habían soltado, pero de usted no sabía...
Nadie me dijo que usted estaba...
-¡Bah! ¿a qué hablar de ello? Tengo que cambiarme mientras viene Iégor -dijo la muchacha, mirando a su alrededor.
-Está empapada...
-He traído las hojas y los folletos.
-¡Démelos! -dijo vivamente la madre.
La joven desabrochó rápidamente su abrigo, se sacudió y de su cuerpo se desprendieron, como hojas de árbol, fajos de
papeles. La madre los recogió riendo:
-Estaba diciéndome al verla tan gruesa, «seguro que está casada y espera un niño». ¡Todo lo que ha traído! ¿No habrá
venido a pie?
-Sí -dijo Sandrina. Estaba esbelta y fina como antes.
La madre observó sus mejillas hundidas: los ojos, cercados de negro, parecían inmensos.
-Acaban de ponerla en libertad..., debería descansar -dijo la madre moviendo la cabeza-. Y en vez de eso...
-Hay que hacerlo... Dígame, ¿cómo está Pavel? ¿No está demasiado deprimido?

Hablaba sin mirar a la madre: inclinando la cabeza arreglaba sus cabellos con dedos temblorosos.
-¡No! Por supuesto que aguantará.
-Tiene buena salud, ¿verdad? -preguntó muy bajo la muchacha.
-Nunca ha estado enfermo. ¡Cómo tiembla usted! Voy a darle té con confitura de frambuesa.
-¡Eso estará bien! Pero, ¿por qué darle ese trabajo? Es tarde. Traiga, lo haré yo misma.
-¿Cansada como está? -replicó la madre en tono de reproche, y comenzó a preparar el samovar. Sandrina la siguió a la
cocina, se sentó en el banco con las manos tras la nuca, y dijo:
-De todas maneras, la prisión agota. ¡Maldita inacción! No hay nada más penoso. Sabiendo todo lo que hay que hacer,
estar allí, enjaulada, como una fiera...
-¿Quién los recompensará por todo esto?
Y, suspirando, la madre respondió a su propia pregunta:
-Nadie, sino el buen Dios. ¿Seguramente usted tampoco es creyente?
-No -dijo secamente la joven, sacudiendo la cabeza. -Bueno, pues no la creo -declaró la madre, con una súbita
animación.
Secó en el delantal sus manos, sucias de carbón, y continuó con convicción ardiente:
-Usted no conoce su fe. ¿Cómo puede vivirse una vida semejante, sin creer en Dios?
Unos pasos ruidosos se arrastraron en la entrada, y una voz gruñó. La madre fue presa de un estremecimiento, y la
joven, saltando sobre sus pies, cuchicheó rápidamente:
-¡No abra! Si son los gendarmes, no me conoce. Me he equivocado de casa y he entrado aquí por casualidad, me
desvanecí, usted me desabrochó el vestido y encontró los folletos, ¿comprende?
-Querida niña, ¿para qué...?-preguntó enternecida la madre.
-¡Espere! -Sandrina escuchaba-. Me parece que es Iégor.
Era él, empapado y abrumado de fatiga.
-¡Ah, ah! ¡Un buen samovar! -gritó-. ¡Es lo que hay de mejor en el mundo, mamá! ¿Ya aquí, Sandrina?
Llenando la estrecha cocina con el sonido de su ronca voz, se quitaba lentamente el pesado abrigo, sin dejar de hablar:
-¡Bueno, mamá, aquí tenemos a una señorita muy desagradable para las autoridades! Como la insultó un guardián de la
cárcel, declaró que se dejaría morir de hambre si no se le presentaban excusas, y durante ocho días no comió: faltó nada
para que saliese con los pies por delante. ¿No está mal, eh? Y de mi pequeña barriga, ¿qué dicen ustedes?
Charlando, y sosteniendo con sus cortos brazos el vientre, que pendía desmesuradamente, pasó á la habitación y cerró
la puerta tras él.
-¿Es posible que no haya comido durante ocho días? -se asombró la madre.
-Era necesario que me presentase sus excusas -respondió la muchacha, agitando violentamente los hombros.
Su calma y su austera obstinación, suscitaron en el alma de la madre un sentimiento mezclado de reproche.


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