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Los Astoria El Archivo Secreto. PARTE 1 .pdf



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LOS ASTORIA
© PAJARES EDITORES 2013
Jesús Espina Chaín

PREFACIO

Manuscrito del Emperador Alejandro Astoria I
Tengo una sensación de sentimientos encontrados. La
emoción y el peso fuerte de la responsabilidad crecen
dentro de mí, este es mi primer escrito después de haber
sido nombrado Emperador de la Confederación Galáctica
del Imperio Apostólico del Sol y los Virreinatos de la Vía
Láctea.
Soy el hombre con más poder terrenal que cualquier otro,
mi autoridad sólo es comparable a la de Su Santidad el
querido Papa Pío LXX. Cualquier persona en el futuro que
lea esto, estará en mi posición ya que sólo quien ocupe mi
cargo tendrá acceso a este archivo secreto.
Lo primero que debes saber, querido sucesor, es que la
humanidad ha ido demasiado lejos, tanto para bien como
para mal. Ahora el Planeta Tierra está bajo un sólo mando,
y no sólo este, si no, hemos conquistado la mayor parte de
la Galaxia. Pero precisamente por ello, por la codicia y
ambición tan grande del hombre, fue que la humanidad
tuvo que escarmentar con nuestra venida, los nuevos
profetas. Sin duda nuestra tarea es impedir que las
enseñanzas del Señor Jesucristo se pierdan, para ello,

fuimos dotados con increíbles talentos capaces de controlar
los elementos y las energías. Como ahora se nos llama,
somos los humanos apostólicos, apenas existimos unos
pocos.
Ha sido difícil tomar el control y mantener la paz con las
distintas razas de los planetas recién descubiertos, pero por
medio de una evangelización correcta y sutil a sus antiguas
creencias lo hemos logrado en gran parte. En el pasado se
dudaba sobre la existencia de vida fuera de la Tierra. La
hay, pero el pueblo consentido del creador somos la raza
humana, la cual curiosamente no sólo ha existido en
nuestro planeta si no, en distintos sistemas dentro de la
Galaxia.
La llegada de los primeros humanos apostólicos se liga a
finales del pontificado del Santo Juan Pablo II,
curiosamente coincide aproximadamente con los primeros
archivos de audio y video confiables que tenemos.
No daré mas vueltas, ya que en unos minutos me espera
una reunión con Su Santidad y luego será mi toma de
posesión en el Senado de la Confederación. Por eso debo
sintetizar más adecuadamente el contenido de este legado
que irá pasando de generación en generación.
El mandato divino fue claro cuando el arcángel Gabriel vino
a anunciar a Roma que yo y mis descendientes, los Astoria,
seríamos la autoridad terrenal encargada de la
evangelización Universal, siempre teniendo en cuenta a Su
Santidad el Papa, quien sigue siendo la máxima autoridad
espiritual dentro de la creación.

En el mandato que recibí del Altísimo, se me encomendó
mantener la paz y la estabilidad de su pueblo evangelizado,
hasta que llegase el apocalipsis y la salvación fuese eterna
para más almas. Todo ser vivo es creación de Dios y su
intención es tener su gloria asegurada.
Hemos tenido que luchar contra algunas voces que
reclaman que el modo de gobierno de la Confederación
Imperial debería ser democrático y no una monarquía.
Pero… ¿Cómo poner de acuerdo a los habitantes de 74
planetas que conforman la Unión? Además fue descrito por
el arcángel que Su Santidad, el Papa de Roma y nosotros,
los nuevos Emperadores, fuésemos quienes dirigiésemos
las fuerzas celestiales para combatir las fuerzas de Lucifer
que ahora se han exiliado fuera de esta Tierra, pero que sin
duda, querrá recuperar.
Lo más esencial de esta carta es describir lo siguiente:
Cristo llegará para juzgar algún día a toda la creación y
tenemos que hacer de la humanidad y el Universo enteros
más fuertes en sus máximas debilidades, las cuales,
supongo, tendremos que ir descubriendo.
¡Gloria a Dios en las Alturas!
Ciudad Santa de Roma a los 17 días del mes de abril del
año 4007.

Capitulo 1
El último heredero

Cerré el cuaderno de piel del Archivo Secreto de Los
Astoria. Ahora que estaba en edad, con veintiún años y lo
había recibido pronto llegaría el momento, justo en tres
semanas, tomaría el cargo que legítimamente me
correspondía después del asesinato de mis padres, los
anteriores Emperadores. En ese entonces yo solamente
tenia unos cuantos meses de haber nacido y si no morí en
el atentado fue un milagro de Dios, o bueno, al menos era
lo que me decían.
- Feliz cumpleaños León – me dijo Su Santidad – Por la
expresión que veo en tus ojos sé que ya haz leído la
primera carta de Alejandro Astoria.
Miré al anciano de pelo blanco y arrugas surcadas que tenía
frente de mí. Era el Papa Anastasio VII, jerarca de la Iglesia
Universal, pero para mí era como un padre.

Él me había defendido. Cuando mis padres murieron
muchos quisieron poner fin al Régimen Imperial. Sobre
todo porque yo tardaría algunos años en poder tomar
decisiones referentes al gobierno de la Galaxia. Pero Su
Santidad había abogado por mí diciendo que era mi
derecho legítimo y que era parte del anuncio divino que
había traído el arcángel Gabriel a mi antepasado Alejandro
Astoria, alrededor de cuatrocientos años atrás. Desde
entonces William de Serbin, mano derecha de mi padre, es
quien se ha hecho cargo de la regencia del Imperio. Sin
embargo en tres semanas, yo seré el Emperador de la
Confederación. Este día siete de julio del año 4407 es el día
en que cumplo mi mayoría de edad, en tanto, ya estoy en
tiempo para gobernar. Esa misma mañana Su Santidad me
había entregado el primero de los cuadernos de las
memorias de mis antepasados.
- Creo que Alejandro Astoria se sintió igual que yo ahora
mismo cuando escribió esto – le dije al Papa
esbozando una tenue sonrisa. – La diferencia es que
nadie decía que él sería el último de los Astoria.
Y es la verdad, yo soy el último de los Astoria hasta el
momento, al menos hasta que engendre un hijo, y eso por
el momento no está en mis planes.
- León Astoria, Dios tiene una misión preparada para ti,
eso siempre lo he sabido – me dijo, aunque más fue
para si mismo. – No sabemos que vaya a pasar
después pero lo que si sé es que hoy tú eres el
Príncipe de la Galaxia y en unas semanas serás el
Emperador, lo único que puedo hacer es rezar por ti y
confiar… confiar porque creo que estás preparado.

Sonreí a Su Santidad.

- Espero estarlo – dije nervioso, aunque con una sonrisa
– Sólo sé que las ansias me comen.
- Quizá esos sean dos de tus problemas: las ansias y la
impaciencia – me dijo él también sonriendo, como un
padre a su hijo pequeño – Pero por el momento
disfruta
de
tu
cumpleaños
que
grandes
responsabilidades están por venir.
El anciano se levantó de la superficie de mi cama y
dedicándome otra sonrisa, salió de mi habitación.
Me quedé sólo en mis aposentos contemplándolos. El
mármol blanco predominaba en todas las paredes,
decorado en tono azul rey con rojo. Era mi último
cumpleaños en el Palacio Apostólico y Su Santidad dejaría
de ser mi tutor para irme a mi propio Palacio Imperial de
Balahuk, en la ciudad de Madrid.
Estaba emocionado y quería compartir mi sentimiento con
los míos. Mis eternos amigos Enrique, Román, Mía y mi
drofer, una especie de león alado traído de Venus llamado
Rajha. En definitiva ellos, junto con Su Santidad y mi
maestro el Dr. Chelsea (algunos más que irán conociendo)
eran las personas más importantes en mi vida.
Emocionado me vi al espejo y un chico sonriente me
devolvió la mirada. Contemplé mis ojos verdosos y mis
cejas tupidas como las de mi madre, y mis labios rojos
carnosos con mentón cuadrado heredados de mi padre. El

color blanco de la piel y el pelo cenizo era una herencia de
los dos.
Me puse una vestimenta más formal con rapidez y salí lo
mas aprisa que pude hacia el vestíbulo del Palacio
Apostólico.

Llegué a los pocos minutos, con los labios un poco
cansados de tanto sonreírle a las personas que me iban
felicitando durante mi transcurso, cuando llegue a la puerta
principal encontré a quienes buscaba.
- ¡Feliz cumpleaños Leonaso! – me saludó Enrique con
una fuerte palmada en la espalda, era su costumbre
darte esta con tanta fuerza que te dejaba un poco de
dolor, pero no había de que quejarse, yo hacía lo
mismo.
- Has dejado de ser un cachorro para convertirte en un
gran cazador – me dijo Román también abrazándome.
- Muchas felicidades amigo. – me dijo Mía besándome
en la mejilla.
Les
sonreí
abiertamente
agradeciéndoles
sus
felicitaciones, mientras veía como uno de los empleados
del Vaticano se nos acercaba.
- Alteza le recuerdo que solo tiene media hora antes del
encuentro público que le ha sido programada con
motivo del cumplimiento de su mayoría de edad.
- Gracias. – me limité a decirle con una sonrisa.
La verdad era que quería aprovechar el poco tiempo que
tendría para festejar mi cumpleaños realmente, lo demás

serían cosas propias del protocolo que si bien no me
disgustaba, tampoco era en lo que podía emplear mejor
mi tiempo.
- ¡Vamos a la cueva! – dije con tono apurador una vez
el empleado estuvo lo bastante lejos para no
escucharnos nada.
La cueva era un refugio que Su Santidad me había
obsequiado para estar un rato lejos de cualquier
perturbación política. Él decía que todas las personas
necesitábamos nuestro propio espacio, pero no sé si bien
o mal hecho, siempre hice del conocimiento de mis
amigos dónde estaba aquella cueva, la verdad es que en
ellos tres confiaría mi vida.
- ¡No te dará tiempo León! – espetó Mía en un susurro.
– Recuerda que ya no eres un chiquillo, pronto
tomarás tu responsabilidad como Emperador…
Sus palabras hicieron a mi mente salir del lugar. Era
verdad, mi cumpleaños había sido tan perfecto hasta que
recordé que esto no sólo se trataba de asumir un cargo, si
no, una verdadera responsabilidad para toda la vida y que
lo cambiaría todo. Siempre lo había sabido y estaba
decidido, pero era una costumbre mía a veces dejar lo
incomodo para después. Mi menté entró en pánico al
pensar en la primera decisión importante que fuera a
tomar, de algún modo quería que fuera ya y de otro modo
quería que aún siguiera siendo aquel chiquillo, bueno y
pillo.

- … y la relevancia de los actos que desde hoy en las
vidas de millones van a tener – terminó Mía con sus
palabras sacándome de mi ensimismamiento.
- ¡Miren quien está en televisión! – se apresuró a decir
Enrique.
Voltee a la pantalla gigante que colgaba del vestíbulo y vi al
aún regente del Imperio en sus pixeles. William de Serbin la
antigua mano derecha de mi padre que a mi me generaba
tantas dudas.
- No me queda más que congratular al príncipe a
nombre propio al igual que el de toda la Confederación
por la mayoría de edad que hoy cumple y estaré
orgulloso de entregarle el mando de la Galaxia el
próximo día veintiocho de Julio. – decía William a la
prensa.
Levanté una ceja y miré a la pantalla con incredulidad.
- ¿Qué tanto estará dispuesto a dejar el poder ese
cabrón? – comentó Román exhalando aire en señal de
incredulidad.
Mis amigos no eran muy afines a William ya que él se había
opuesto continuamente a que ellos siguieran llevándose
conmigo debido a que no pertenecían a una clase
demasiado privilegiada, mas bien, los hermanos Román y
Mía, ambos blancos, de pelo castaño, de estatura media y
ojos expresivos, habían sido hijos de simples empleados del
Palacio Apostólico a los que yo había escogido desde
pequeño como mis amigos y a quienes quería como
hermanos. Enrique, por su lado era de las colonias
fuereñas, hijo del Virrey de Júpiter, uno de los territorios en

los que el sistema de evangelización de William no era muy
bien aceptado.
Enrique era apiñonado, alto, de ojos castaños y profundos
con pelo largo, ondulado y negro y le conocía yo desde los
diecisiete años cuando llegó a Roma para recibir
preparación también por parte de Su Santidad.
- No lo sé – dije pensativamente. – Ya saben que no
tengo una postura aún muy bien definida acerca de
William.
- ¡Es un imbécil! – se apresuró a añadir Enrique,
siempre que encontraba oportunidad para atacar a
William lo hacía. – No sé por que el Senado lo
mantiene en el puesto, a mi parecer ni a Su Santidad
le cae bien, es un poco agresivo y anti ecológico,
además de ser un bastardo que se cree dueño del
Universo con su soberbia y prepotencia.
- Calma… - incitó Román. – Ya pronto León tomará
cartas en el asunto. ¿No es así León?
Mis amigos me miraban urgidos y yo me limité a mantener
mi seriedad.
- Por el momento lo necesito, en lo que aprendo a
administrar todo – les dije.
- Sabemos que eso es cierto a medias – opinó Enrique.
– A ciencia cierta nunca sabrás si te esta dando
autonomía o sólo sigue enriqueciendo sus intereses.
Lancé una mirada apremiante a Enrique, que pese a
aceptar y querer mucho a Román y a Mía, a veces reflejaba
en él lo que tanto criticaba.

- No es momento de que León piense en ese tipo de
cosas – se apresuró a añadir Mía para romper el
silencio incomodo que se había producido. – Es
consiente de todo esto, simplemente quiere tener un
poco de paz por hoy, al menos hoy que es su
cumpleaños.
- A eso quería llegar – le dije a mi amiga dirigiéndole
una sonrisa.
Todo estaba listo para el encuentro con el Pueblo. Incluso
yo lo estaba, me gustaba aparecer en cámaras y ser
carismático con los medios. Eso sí, sin olvidar todo lo que
yo representaba.
Poco antes de salir ante los medios me encontré a solas
con el Dr. Chelsea en la parte trasera del balcón principal
del Palacio Imperial de Balahuk, donde sería mi fiesta de
cumpleaños y según la ley debería de mudarme esa misma
noche para iniciar el proceso de veintiún días para la
coronación de un nuevo Emperador. Después de veinte
años la Galaxia tendría un Emperador.
El doctor Chelsea era un experto en las tecnologías
humanas y en los dones divinos de la magia celestial
concedida por Dios. Él, junto con Su Santidad, me había
enseñado todo cuanto sé. El viejo Pontífice tenía arduas
tareas para su edad, como dirigir a toda la Curia de la
Galaxia y aprobar junto con el Colegio Cardenalicio las
normas morales que todo hijo de Dios estaba obligado a
cumplir.
- Dr. Chelsea, me gustaría cantar a la prensa – le dije
en tono de broma, aunque siempre había tenido un

cantante dentro de mi interior y a mi juicio y al de mis
amigos no lo hacía del todo mal.
El viejo Dr. Chelsea me miró con cariño a la vez de que
su mirada me apremiaba.
- Hagamos un trato León. – comenzó el Dr. Chelsea. –
Tú cumple bien con la conferencia de prensa,
muéstrate como el futuro gobernante de la Galaxia y
en la fiesta de esta noche yo me encargaré de que
puedas cantar sin que nadie sospeche que fue
iniciativa tuya.
Acepte con una sonrisa su trato al momento de que las
trompetas comenzaron a sonar anunciado mi pronta
salida. Sentí una gran emoción al oír las ovaciones de la
gente, por fin me verían hecho un hombre con todas las
facultades para el puesto político más importante de la
Galaxia.
- Su Alteza Imperial, León Alejandro de Astoria y Teruel,
Príncipe de la Confederación Galáctica del Imperio del
Sol y los Virreinatos de la Vía Láctea. – anunció una
voz desde fuera.
Salí al balcón y la luz me deslumbró. Con una mano
invoque la magia celestial e hice que una nube individual
me cubriera de los destellos de luz.
El clamor se alzaba, la gente me quería, quería que yo
fuese su Emperador. Alcé las manos saludando a la
multitud.
William de Serbin estaba a mi lado y me tendió un brazo
para abrazarme y luego alzarme la mano.

- Señoras y señores, humanos, fuereños y todos los
presentes. – comenzó el Regente Imperial. – Ante
ustedes tienen al futuro Emperador de la Galaxia, hoy
en su cumpleaños en el que por fin cumple la mayoría
de edad y a unas pocas semanas de ser coronado por
Su Santidad. Oigamos algunas palabras de lo que nos
tiene que decir.
Busqué entre la multitud y pude ver a mis amigos entre las
primeras filas. Al otro lado, desde el balcón de honores del
Palacio de Balahuk, podía ver a Su Santidad sonriente.
Me adelante hacia los micrófonos y vi por fin con detalles lo
que tenía enfrente de mí. Miles de seres de todas las razas,
humanos y fuereños me veían con impaciencia, en la gran
Plaza del Palacio Imperial, cuya fachada era una mezcla de
mármoles negros y blancos.
Me puse algo nervioso y después tomé aire y con total
soltura comencé a hablar, recordando todas las enseñanzas
antes aprendidas.
- Mi Querido pueblo del Imperio Galáctico del Sol, es
para mi un honor estar aquí frente a ustedes y
agradezco a Dios Altísimo la oportunidad de poder
servir a este Imperio, pero sobre todo a su causa
evangelizadora y alejar las fuerzas de Lucifer fuera de
los territorios de nuestra Unión, así como seguir
evangelizando cada vez a más pueblos de este nuestro
Universo, para lograr que el amor y la misericordia de
Dios Jesucristo llegue a la mayor cantidad de almas
posibles. – hice un pequeño silencio – Primero que
nada quiero reconocer la labor de Su Excelencia el

Regente Imperial William de Serbin por el trabajo
transcurrido durante estos veinte años. Hoy en mi
cumpleaños número veintiuno les quiero agradecer a
todos por su cariño y apoyo e invitarlos a seguir por
sus pantallas la próxima ceremonia de coronación,
desde hoy prometo y me encomiendo a este mi
Imperio y a la causa de Dios. No puedo irme sin antes
agradecer la bella y sobretodo cariñosa educación que
recibí del Papa Anastasio VII y mi maestro el Dr. Eric
Chelsea a quien considero como un padre. Gracias a
todos.
La multitud estallo en aplausos y yo sonreí saludando con la
mano, encantado con todas esas caras fascinadas por
verme, tenía que admitirlo, mi ego era un poco grande,
pero en esencia soy una buena persona, ustedes lo irán
descubriendo.
Cuando subí al auto supersónico que nos llevaría de vuelta
a Roma tuve la oportunidad de estar solo en mi cabina
privada y ahí fue en donde caí nuevamente en cuenta. Era
mi cumpleaños y mi última noche como hombre libre,
quería distraerme un rato y siempre había querido ir a una
discoteca muy famosa en Ibiza de nombre Ku. Llamaría a
mis amigos y les diría que esa sería una noche de fuga.
Moví los dedos en activación de mi pulsera celular para
acceder al torrente de hologramas que componían el menú
de mi teléfono. Tecleé en el aire sobre las formas de luz
que comprendían las claves para llamar a Román. Sería
cuestión de unos cinco minutos más para estar en Roma de
nuevo.

- ¿Qué pasó bro? – oí la voz de mi amigo a través del
nano audífono que estaba instalado en mi oído.
- Creo que esta noche el príncipe no estará la noche
completa en su fiesta de cumpleaños. – le dije en tono
sarcástico.
- ¿Qué quieres decir? - me preguntó con el mismo tono
que yo le hablaba, parecía que mi amigo Román y yo
estábamos en el mismo canal.
Miré la hora en la pantalla de hologramas.
- Nos vemos en la cueva una hora después de que
finalice la comida que dará Su Santidad en mi honor. –
le dije con voz rotunda y vacilante también.
Román exhaló largo y profundo.
- ¿No pudiste esperar a la comida para decirnos?
- No quiero correr riesgos de imprudencia innecesaria,
Su Santidad es capaz de leerme el rostro.
- De acuerdo, pero espera a que mi hermana se entere
de esto – dijo soltando una carcajada.
- Dile a tu hermana que la quiero – dije riéndome yo
también mientras escuchaba la voz de Mía insistiendo
en saber qué pasaba y con un movimiento de dedos
le puse fin a la llamada.
La comida en Palacio Apostólico era una de las pocas cosas
que me resultaban importantes en lo referente a mis
festejos de cumpleaños según el protocolo.
Sería mi despedida de aquel lugar como uno de sus
residentes, donde me había criado prácticamente toda mi

vida y la otra cosa buena sería que no tendría que aguantar
tensiones con los miembros del Gobierno Imperial de la
Confederación. Únicamente estaría la gente con la que me
había criado aquellos años, la gente que se encargaba del
día a día en el Palacio Apostólico.
Una vez me encontré solo de nuevo en mi habitación para
descansar y hacer un nuevo cambio de ropa para la
próxima comida hubo un sentimiento de nostalgia que
invadió mi ser.
Realmente era cuestión de horas para que esa dejara de
ser mi habitación, ahora serían los aposentos personales de
Enrique, quien seguiría su preparación en las habilidades de
los humanos apostólicos por Su Santidad y el Dr. Chelsea.
Miré detalle a detalle la habitación. En el techo estaba una
hermosa pintura de la gloria de los justos que alcanzarían la
salvación eterna el día del Juicio Final. Al centro se
encontraba Cristo ladeado a la derecha por la Virgen María
y a la izquierda por San Pedro. Alrededor de ellos había una
gran multitud celebrando la segunda venida del Verbo
Encarnado subiendo al paraíso prometido para las almas de
corazón dispuesto.
Al centro estaba una mesa baja de oro blanco con
vestiduras rojas con anchas rayas azul rey. La cama
sobresalía de una plataforma de mármol blanco sobre la
que descansaba el colchón con ropaje similar al de los
sillones. El dosel era muy parecido y arriba de él colgaba
desde la pared un elegante crucifijo de caoba.
La amplia pantalla de televisión tridimensional resaltaba en
el cuarto, y al otro lado lo último en reproductores de

música. Las ventanas tenían pechos de paloma de mármol
rosa y persianas de lino blanco.
Mientras vivía mi ensimismamiento de nostalgia alguien
tocó a mi puerta y me sacó de aquel ensueño de recuerdos
que eran mucho más que un simple oropel.
- Adelante – me apresuré a gritar poniéndome en
postura.
La puerta se abrió con vacilación.
- Príncipe, la señora Beatriz desea hablar con usted –
me dijo el guardia suizo que estaba a cargo de la
vigilancia de mi habitación – Yo le dije que usted
deseaba estar un rato a solas pero ella insistió.
- Déjala pasar – ordené apresurado en tanto el hombre
se retiraba asintiendo con una reverencia.
Beatriz era la madre de Román y Mía y era lo más cercano
a una madre que yo tenía. Ella, junto con su esposo Julio
eran los jefes de todos los miembros del servicio laico
dentro del Palacio Apostólico.
La puerta se abrió para dar paso a una mujer sonriente,
con gran parecido a sus hijos, que me sostuvo en un largo
y pronunciado abrazo.
- Feliz cumpleaños León – me susurro
besándome la mejilla.
- Gracias – le dije devolviéndole el susurro.

al

oído

Se hizo para atrás para verme desde un ángulo más
amplio.

- Estas hecho todo un hombre corazón, Sus Majestades
Imperiales Javier y Diana María estarían muy
orgullosos de ti – dijo ella con una sonrisa aún más
amplia refiriéndose a mis difuntos padres. Ella había
estado al servicio de mi madre durante su preparación
con Su Santidad, al igual que su esposo Julio, al de mi
padre.
Dediqué una tenue sonrisa.
- No puedo ni recordarlos – le dije con algo de tristeza
pero después sonreí – Gracias Beatriz por todos estos
años, de verdad me siento muy agradecido contigo.
- No agradezcas corazón – me dijo ella un tanto
apenada – No hemos hecho nada a comparación de lo
que tu haz hecho por mi marido y yo y claro está por
mis hijos. Te queremos y sabes que no podría ser
diferente nuestro sentimiento hacia ti.
Me ruboricé un poco para después tenderle un fuerte
abrazo y un beso en la mejilla a mi tan querida Beatriz.
- Nana debo de confesar que me siento muy raro, estoy
feliz pero algo dentro de mi no puede evitar sentir algo
de tristeza. – dije en tono franco – Sólo espero que
Dios me de la capacidad de estar a la altura de las
circunstancias.
- Lo estás, ten por seguro que lo estás. – me dijo ella
casi en un grito. – Todos nosotros confiamos en ti, Su
Santidad lo hace y el Dr. Chelsea y mucha, mucha
gente más.
Me sentí un poco más tranquilo y dibujé una sonrisa, a lo
que ella correspondió inmediatamente.

La comida por mi cumpleaños no se dejó esperar, al
poco tiempo de la visita de Beatriz a mis aposentos ya
me encontraba en medio de la comida sentado entre Su
Santidad y la Cardenal Adriana Zcaprio. En el año 2512
en el Cuarto Concilio Vaticano se había aprobado el
sacerdocio de las mujeres y había cambiado a ser
opcional el celibato en la generalidad del clero.
La cardenal era sin duda la mujer más importante en
toda la galaxia, era una de las siete únicas mujeres
dentro del Colegio Cardenalicio y era la Secretaria de
Estado del Vaticano. Una mujer muy buena pero también
de
muy
fuerte
carácter.
Ella
era
además
extraordinariamente guapa.
Enrique se encontraba sentado a dos lugares de mí a la
derecha, que estaba junto a Román y Mía, a los que le
seguían los padres de ellos, Beatriz y Julio.
- Quiero proponer un brindis – se levanto diciendo
Enrique. – Por mi amigo el príncipe León y porque
todo lo que haga a partir de hoy salga bien y como
Dios manda.
Para mi sorpresa el primero en seguirle a ponerse de pié
fue Su Santidad.
- Y me uno a tu brindis Enrique – dijo el Papa. – Hoy es
el día en que León demostrará que ya esta listo para
su cargo con todo lo que ello implica, estando
consciente del alcance de sus actos. Él sabe que aquí
todos lo queremos mucho y siempre contará con
nosotros para hacer de esta Galaxia un verdadero
reino de Dios. Recemos porque el creador lo guie y lo

mantenga con esa nobleza de alma que tanto lo
caracteriza y lo ayude a ser un poco menos impulsivo.
– estas ultimas palabras las dijo con un deje de
comicidad que muy bien conocía en Su Santidad,
cuando me miró a los ojos supe que él ya tenía idea
de lo que estábamos ingeniando para la noche, pero
Su Santidad lo dejaría a mi decisión y yo, yo quería
disfrutar de una noche de libertad.
Todos se pusieron de pie y alzaron sus copas en mi honor.
Después de que la Cardenal Zcaprio me dirigiera una cortés
sonrisa me apresuré a encontrar la mirada de mis amigos
quienes parecían haberse dado cuenta de la indirecta de Su
Santidad.
- ¡Sabes que en el fondo Su Santidad espera que no
hagas nada! – espetó Mía una vez nos encontramos
los cuatro en la cueva.
Apenas nos habíamos reunido ella había empezado a dar
excusas para no cambiar el plan y pasarnos la noche en la
fiesta que me organizaba el propio Gobierno Imperial.
- Eso es cuestionable – se apresuró a decir Enrique. –
Su Santidad también entiende que León necesita un
poco de diversión. Pero lo que no entiendo es cómo le
haremos para entrar a Ku con el mismísimo Príncipe
Imperial sin llamar la atención.
Esa era la parte del plan que no les había explicado, pero
yo ya estaba decidido, por eso mismo ya tenía una solución
para aquel problema.
- Átomos de cambio – dije con una sonrisa.

Los átomos de cambio los utilizaba el Gobierno Imperial
para poder transformar temporalmente la forma y
aspecto de cualquier objeto físico, incluida la cara de un
humano.
El propio Enrique me miró con ojos desorbitados.
- ¿De dónde vas a sacarlos? – me preguntó un poco
alterado – Son muy difíciles de conseguir y creo que
aunque seas el Príncipe de la Galaxia te pedirán una
explicación cuando los solicites.
Mire a mis amigos con una expresión de falsa resignación
hasta convertirla en una sonrisa de triunfo.
- Hace algunos meses tomé una dosis del laboratorio
del Dr. Chelsea – dije con orgullo.
- Pero miren a este… - dijo Román en casi un aullido
victorioso.
Enrique me tomó con una mano fuerte del hombro, y
sólo me apretó este en señal de complicidad. Le regresé
el gesto.
- De acuerdo – comenzó Mía. – Vamos a suponer que
les haré caso en contra de mi propio instinto y le
entraré a su plan de fuga juvenil, pero ¿cómo lo
piensan hacer? ¿Cómo nos moveremos desde el
Palacio Imperial hasta Ibiza?
- Usaremos a Rajha – dije como quien saca un as bajo
la manga – Mi drofer no es distinguido como un medio
de transporte por los radares, lo confundirán con otro
animal enseguida. – He dado órdenes en Palacio
Apostólico para que ustedes dos trasladen mis cosas

privadas a mis nuevos aposentos en el Palacio
Imperial. El capataz les entregará a Rajha y ustedes se
vendrán volando en el…
Los hermanos me miraron asustados.
- Ya Román sabe como se hace…
- ¿Cabremos los cuatro en el drofer? – preguntó Román
nervioso.
- Solamente necesitará a dos – expliqué. – Ustedes lo
traerán a Madrid mientras nosotros estamos
aburriéndonos en la fiesta, luego ustedes se irán a
Ibiza en el auto de Enrique, no les debe de tomar más
que siete minutos en trayecto supersónico. Luego
Enrique y yo los alcanzaremos a lomo de Rajha, aparte
de ser un medio seguro de transporte es una cabeza
más a favor de nuestra causa.
- ¿Y estando allá quienes seremos? – preguntó Enrique
– No a cualquiera lo dejan entrar a esa discoteca y si
vamos como incógnitos ten por seguro que no nos
dejarán dentro.
- Ser príncipe del las colonias de Júpiter no está mal – le
dije con una sonrisa, pero esta vez no la devolvió.
- ¡Ah no! – se apresuro a decir – Si tu vas encubierto yo
también quiero estarlo, conozco tu forma de ser y casi
creo que tu preferirías que nos descubrieran, si tu vas
encubierto yo también. Además toda la Galaxia sabe
que soy de tus mejores amigos.
Por un momento me quedé analizando las palabras de mi
amigo, pero decidí que mejor dejaría el enfrentar la
realidad para después, ahora lo que importaba era el
plan.

- De acuerdo, pero sólo tengo una dosis de átomos de
cambio. – dije con aspereza.
- No importa, el aplicador nos lo hará a los dos,
simplemente los efectos serán menores. – dijo Enrique
– Dámelos para ir preparando el diseño en el pre
visualizador del aplicador.
Mía exhaló largo y profundo.
- Creo que no es necesario ser alguien en específico,
creo que sus ropas más casuales son mejores que la
de la mayoría de los humanos en la Galaxia.
Simplemente vayamos bien vestidos y podríamos decir
que son hijos de alguno de los jeques de los territorios
árabes, ellos son quienes más podrían tener un drofer.
- Estoy de acuerdo con mi hermana – se apresuró a
añadir Román
- Pues ya esta hecho.
Mis últimos minutos como residente de mi habitación me
resultaron complejos. Una parte de mi se quedaba ahí, la
historia de veinte años que había albergado ese lugar como
mi espacio, el lugar en el que yo me sentía más seguro.
- Hasta pronto – dije en un susurro y salí de los que
hasta ese momento habían sido mis aposentos con
una lágrima resbalándome por la mejilla.
Recorrí el pasillo por el que se encontraban los aposentos
apostólicos, poco más adelante encontré una figura que yo
conocía muy bien, detrás de él dos personas más dirigían
bodegas móviles como quien llevase un carrito de
supermercado.

- Íbamos a hacer la mudanza – me dijo Enrique en tono
neutro - ¿Estás bien?
Me quedé en mis pensamientos durante algunos
segundos.
- Si – respondí con rotundidad – Me alegra que seas tú
quien ahora ocupe esa recamara. – le dije esbozando
una sonrisa y dándole un abrazo.
Enrique, como siempre, hizo lo posible para salir de toda
situación que involucrara sentimientos.
- Alteza necesitamos saber qué es lo que quiere usted
que se lleve al Palacio de Balahuk en este dispositivo y
qué cosas llevará su gente personalmente.
Vacilé durante un momento.
- Descuiden lo haré yo. – informé a los dos empleados
de Palacio Apostólico – En cuanto todo esté listo se los
haré saber.
Los empleados me miraron nerviosos.
- Príncipe le recordamos que en veinte minutos saldrá el
vehículo que lo transportará hasta el Palacio de
Balahuk. Su Santidad se encontrará en su espera en
quince minutos. – dijo uno de ellos.
La verdad era que estaba en una situación mucho mas
profunda de lo que había imaginado, la que estaba atrás ya
no era mi habitación. Ahora era la de Enrique y sentía que
una parte de mis intimidades pasaban a ser parte de él.

- Acompáñame – le dije a Enrique e hice gestos a los
empleados para que prosiguieran. – Metan todo, ya
tengo separadas mis pertenencias personales. Denle al
príncipe de Júpiter el trato que se merece. – terminé
con una sonrisa.
Enrique y yo caminábamos solos a través de los pasillos del
Palacio Apostólico, el silencio era incomodo, no sabía por
qué, pero lo era. Por fin Enrique lo rompió.
- ¿Y como será todo ahora que seas Emperador? –
preguntó irónicamente justo cuando pasábamos frente
a frescos de bellos ángeles. – ¿Nos seguirás hablando
igual?
- ¡Claro que sí! – respondí cómo si fuera algo
completamente obvio.- Además algún día tu también
serás Virrey de las Colonias de Júpiter.
- Supongo – dijo medio sonriendo – Eso me hace estar
un poco más a tu rango.
- Jamás he visto rangos entre tu y yo – le dije en tono
casi indignado, esto estaba dejando de ser un juego.
- No lo haces a conciencia. – dijo Enrique. – Pero lo
haces de todas formas.
- ¿A que te refieres? – pregunté con tonto casi molesto.
Enrique gesticuló pero no salió palabra de su boca, por lo
que seguimos andando hasta el último pasillo que daba al
vestíbulo.
- Además de que sientes que el mundo gira a tu
alrededor hay cosas que cambiarán – dijo por fin. –
Tendrás
que
mantener
las
estrategias
de
evangelización, seguridad, política exterior con otras

galaxias, economía… en fin, muchas cosas a las que
les tendrás que hacer frente. Eso sin contar que ahora
debes encontrar una esposa y tener un hijo para así
mantener con vida al linaje de los Astoria.
Todo lo que decía Enrique era verdad, pero quizá la suya
no era la única óptica en el asunto, yo no cambiaría a mis
amigos ni el trato que tenía con ellos. Una vez llegamos al
vestíbulo pudimos unirnos a Su Santidad, el Dr. Chelsea y
la Cardenal Zcaprio.
- Luce usted formidable Príncipe León – me dijo la
Cardenal sonriendo con su boca pintada de rojo – En
verdad le deseo la mejor de sus noches y que vengan
muchísimos años de prosperidad.
- Muchísimas gracias Su Eminencia. – le agradecí
cortésmente. – Necesitaré de usted y su sabiduría
para enfrentar los porvenires.
- Y las tendrá Su Alteza, las tendrá.
La cardenal a mi descripción era como la Afrodita de los
antiguos griegos. De un blanco radiante, ojos profundos,
oscuros y delineados, pelo castaño ondulante, nariz
perfecta y labios sutiles y rojos como la sangre. Yo le tenía
mucho respeto, pero sabía la clase de chistes que se
contaban sobre ella en las fiestas y dichos populares.
Ninguno de ellos ciertos en lo más mínimo. La Cardenal a
mi ver era la mujer más digna de llevar los hábitos que
ostentaba.
- ¿Enrique cómo llegarás tú a la fiesta, no irás con tu
padre? – preguntó el Dr. Chelsea.

Y era verdad, Enrique no tenía que estar ahí. Él no era
parte del Séquito de Honor que me entregaría en Palacio
Imperial. Sólo iba como un invitado más al nivel de ser el
hijo de un Virrey.
Enrique titubeó, creo que en ese mismo momento fue
cuando se dio cuenta de su situación.
- Quiero que venga conmigo. – dije sin pensar – Como
mi secretario de confianza.
No pude percibir con exactitud las reacciones ante lo que
acababa de decir pero si supe que era algo relevante. El
secretario de confianza era una investidura muy
importante. Todo mundo pensaba que ese puesto sería
para William de Serbin pero no, sería para Enrique y lo
había decidido en tan sólo cuestión de segundos.
Únicamente para no sentirme sólo en mi primer acto oficial
con el que comenzaban los veintiún días de coronación de
un nuevo Emperador y claro está, para tenerlo cerca y
disponible a la hora de actuar.
- Es tu decisión como Príncipe y se te respetará – dijo
Su Santidad, para luego añadir interrogante mente –
Muchos pensaban que hoy nombrarías al Regente
Imperial para ese cargo.
Miré nervioso a Su Santidad y al Dr. Chelsea, preferí evitar
la visión con la cardenal, tenía que sacarme eso de adentro.
- No conozco muy bien a William de Serbin, pese a todo
lo que me puedan decir bueno o malo, no se si tengo
la confianza para hacerlo mi persona de confianza –
dije con rotundidad.

Su Santidad me sonrió.
- Bueno eso es algo que tendrás que anunciarle a la
Galaxia tú mismo esta noche. – dijo en tono neutro –
Supongo que Dios esta poniendo en tu cabeza algo
nuevo de su voluntad y si es así, me congratulo de
que lo entiendas tan rápido.
El automóvil supersónico que nos trasladaría hasta la
entrada principal del Palacio de Balahuk apareció en
seguida. Una larga limusina blanca con dos banderas en
sus faros, la del Vaticano y otra Imperial.
Dentro de la limusina lo único que pude percibir de Su
Santidad, la Cardenal y el Dr. Chelsea era la combinación
de nerviosismo de reacción con el sentimiento por el triunfo
que yo sabía suponía no darle el puesto de secretario de
confianza a Serbin. Enrique por su lado, solamente me
miraba con sorpresa y algo de aturdimiento, le sonreí a lo
que el correspondió de igual manera tornándose un poco
rojo.
La primera visión que tuve del Palacio de Balahuk para esa
ocasión fue algo impresionante. Absolutamente todo el
mármol blanco y negro que comprendía el palacio iba
serpenteando en luces, poniendo el número veintiuno en
todos sus flancos junto con el Escudo Imperial de los
Astoria. Grandes cantidades de personas se habían
acercado para ser testigos de mi llegada. En el lugar había
de todo: suvenires, fotos, biografías, libros acerca de mí.
Fijándome más a detalle en la congregación que se hacía a
las afueras del recinto, pude ver una que otra pancarta con
textos tales como: “SERBIN FUERA; SU MAJESTAD

REGRESA”. Era claro que el pueblo de la Galaxia, en menor
o mayor medida, también tenía dudas acerca de la forma
de conducirse del Regente.
- Creo que algunos se tomarán a bien que Serbin no sea
proclamado como tu secretario de confianza. – añadió
con curiosidad la Cardenal. – Veremos que tan a la
altura esta este chico. – terminó dirigiéndole una
media sonrisa a Enrique.
- Espero estarlo Su Eminencia – contestó Enrique. –
Sólo que me ha tomado demasiado por sorpresa,
León… digo el príncipe no me había comentado nada.
El me miró y yo trate de disimular que no entendía la
pregunta de por qué mi actuar tan apresuradamente. Su
Santidad habló para sacarme del aprieto.
- A veces Dios se manifiesta de formas muy curiosas, y
quizá es momento de un cambio en la Galaxia.
- Santidad – balbuceé – No quiero sonar irrespetuoso
pero ¿por qué el Vaticano últimamente toma cada vez
menos parte en las decisiones que realiza el gobierno
Imperial?
- Bueno, eso me preocuparía si tú no estuvieses por
entrar para remediar las cosas – me dijo sonriente.
- ¿De verdad creen que yo…?
Pero antes de que pudiera terminar la frase una avalancha
de paparazis y personas curiosas se atiborraban al frente de
la limusina que ya iba en una marcha muy lenta, iluminada
por la luz del faro más alto del Palacio de Balahuk. Me sentí
muy emocionado y lo único que pude hacer fue limitarme a
saludar, mientras la gente de seguridad trataba de abrirle

camino a nuestro vehículo entre la congregación
multitudinaria. En poco tiempo estuvimos estacionándonos
enfrente de una alfombra roja que cruzaba a lo largo un
buen trecho del patio de entrada del recinto Imperial. La
limusina se detuvo y un hombre corpulento vestido de
negro se acerco al chofer que nos conducía.
- Mis señores el dispositivo de seguridad esta listo para
el arribo de Su Santidad y Su Alteza Imperial. – nos
dijo el hombre de negro. – Esperamos la orden para
iniciar según el protocolo.
Su Santidad me miró.
- Cuando tú nos digas León.
- Capitán dé la orden para iniciar el protocolo – dije
dirigiéndome al encargado.
- Enseguida Alteza – me contestó él – Su Excelencia el
Regente William de Serbin estará a su encuentro en
dos minutos.
El capitán encargado de recibirnos dio algunas instrucciones
a subordinados que se encontraban cerca.
Me tomé un momento para mirar el magnífico escenario
que tenía enfrente. El magnífico Palacio Imperial,
construido en las ruinas de lo que en la antigüedad había
sido el Palacio Real de Madrid lucía más radiante que nunca
para aquella noche. Banderas Imperiales se encontraban
colgando de los diversos vitrales y ventanas que se dejaban
ver en la construcción de mármol blanco con contornos
negros.

De un momento a otro, ambas puertas del vehículo se
abrieron para darnos paso. A la primera persona que pude
reconocer fue a William.
- Alteza sea usted bienvenido a la fiesta de cumpleaños
que la Confederación Imperial ha organizado para
usted. – me dijo en tono protocolario.
Luego besó el anillo del Papa y con una reverencia nos
invitó a pasar, aunque dio la impresión de que intentaba
evadir el saludo con Enrique, en sí, todo lo que tenía que
ver con Enrique no le gustaba.
- Su Alteza Imperial tiene algo que decirle Señor
Regente – se apresuró a apuntar la Cardenal Zcaprio
con el tono de una conversación intrascendente y
relajada.
El Regente exhaló largo y profundo, aunque con una voz
que simulaba demasiada tranquilidad me preguntó.
- Alteza lo que tenga que decirme dígamelo cuanto
antes. – me pidió William
Tomé aire, tomando el control de mi mismo, comencé a dar
una explicación tan lógica como tan improvisada en aquel
momento.
- He decidido que mi secretario de confianza sea el
príncipe de las Colonias de Júpiter, mi amigo y
compañero Enrique D’Fenrir y en tanto quiero que
tome su lugar junto a mi en el protocolo.
La expresión de William me sorprendió, ya que no era la
que yo esperaba, sus ojos reflejaron un destello de victoria.

- Por su puesto Alteza – respondió él sonriente y se
acomodó en su lugar de la caravana.
Enrique me miró con una cara con la que comprendí que él
no entendía nada. Me limité a posicionarlo a mi derecha.
En la ausencia de cónyuge o de la madre del Emperador,
era el secretario de confianza, o más bien con su título
oficial, Confidente Imperial, quien acompañaba al
Emperador en sus eventos oficiales.
Así pues, tomamos nuestra posición en la caravana. Yo iba
en el centro de la primera fila, flanqueado a la derecha por
Su Santidad y a la izquierda por William. Detrás de mí a la
derecha estaba Enrique, junto a la Cardenal Zcaprio y el Dr.
Chelsea. Una vez fuimos liberados del aislante molecular y
quedamos de nuevo a la vista de toda la muchedumbre no
quedó otra cosa más que sonreír y caminar como en un
gran desfile.
Miles de caras humanas y de fuereños con ojos viscosos,
unos más guapos otros más feos. Pero todos me gritaban
en señal de aliento hacia el camino que debía de recorrer
en mi gran responsabilidad como el Emperador de la
Galaxia. Me llamó la atención una curiosa chica que gritaba
mi nombre diciendo “te amo” y la verdad es que ella, no
tenía un mal aspecto. A decir verdad se veía demasiado
bien. Le dedique una sonrisa pero ella no estuvo muy
segura de que el gesto fuese para ella, así que me ignoró
con estupefacción y yo seguí mi paso.
El trayecto desde la alfombra roja hasta la entrada principal
del Palacio, no era corta, por lo que tuve que detenerme a
hacer gestos de cortesía en repetidas ocasiones. Casi

llegando al vestíbulo me animé a mirar a Enrique, quien
estaba encantado lanzándole besos a unas hermosas chicas
rubias venusinas. Al parecer ya estaba entrado en su papel.
Cuando llegamos a la entrada principal del Palacio y la
música de moda sonaba a todos sus decibeles fuimos
recibidos por el mercuriano Presidente del Senado de la
Confederación, Chavar Ordange. Los de su raza eran muy
parecidos a los humanos terrícolas exceptuando un poco el
tono azulado de su piel y la mayoría de ellos, tenían ojos
color naranja.
- Mi más sincera enhorabuena Alteza – dijo el senador.
- Le agradezco su atención. – le dije con voz firme y
cortés con un pequeño ápice de autoridad.- Creo que
ya ha oído hablar de mi recién nombrado Confidente
Imperial, el príncipe del Virreinato de las Colonias de
Júpiter, Enrique D’Fenrir.
A diferencia de la reacción cómoda y segura de William, el
senador Ordange se sorprendió tanto que abrió sus ojos
naranjas como grandes platos y soltó un bufido, pero no
fue capaz de tomar alguna otra acción.
Subí por los escalones que llevaban al vestíbulo, donde
quede estupefacto al ver el glamur que se vivía ahí dentro.
Políticos, figuras del cine y la música de toda la Galaxia
vestidos con sus mejores vestimentas para celebrar el
cumplimiento de mi mayoría de edad. Los sirvientes, en su
mayoría colonos de los recién conquistados territorios en
las fronteras de la Vía Láctea. Sus caras eran una mezcla de
humanos con anfibios y reptiles.

Cuando mi llegada se hizo más que visible, gran parte de
personas corría a estrechar mi mano, no estaba mal por un
rato, pero la verdad es que yo ya quería más acción y ver
cómo se tomaría la Galaxia mi decisión improvisada de
nombrar a Enrique como mi Confidente Imperial. O al
menos creía que ya lo era, pese a que no me había dado
una respuesta y tampoco podía forzarlo, a él no le esperaría
una mala vida como Virrey de Júpiter y además tenía un
hermano dos años menor quien podría hacerse cargo del
virreinato, pero de cualquier forma era mi deber como
amigo preguntárselo formalmente.
- ¡Príncipe León! – escuché entre los murmullos y la
energía de la gente.
Era la actriz y cantante Triana Pirau, la ídolo juvenil del
momento y una persona demasiado intensa para mí. Voltee
a saludarla con la mayor cortesía que pude no sin antes
notar una mirada de molestia de Enrique a unos pasos de
mí.
- Miren nada más a quien tenemos acá… la chica más
sexy de la Galaxia. – dije sonriendo y no pude evitar
darle un beso en media boca.
A pesar de ser intensa Triana era una de las mujeres más
sensuales y hermosas que yo había conocido, pero entre
nosotros no había pasado nada más que una aventura.
- ¿Nos vemos al terminar la fiesta? – me dijo en un
sensual susurro.
- Quizá un rato después – le dije en el mismo tono que
ella.

La artista me dirigió una mirada calificadora, para luego
sonreír y despedirse fugazmente.
Poco más adelante, casi ya llegando a la habitación privada
aledaña dónde podríamos hacer los miembros del séquito
nuestros últimos menesteres antes de salir al evento
propiamente hablando, se me acercó una mujer humana,
algo anciana y que yo recordaba de alguna parte.
- Alteza, permítame presentarme – dijo ella – Soy la
senadora Cassandra Barshgloom y estoy aquí para
presentarle mis más sinceros respetos y promesa de
lealtad de parte del Distrito de la Luna de Mimas en
Saturno.
- Muchas gracias senadora – le respondí con una
sonrisa sincera tanto de labios como de ojos.
La senadora Barshgloom se acercó a mi oído para susurrar.
- Tiene que estar usted pendiente. – me advirtió – Hay
muchos intereses de por medio, Su Santidad actuará
junto a usted cuando este en posición del cargo,
debemos de parar la barbarie que causan las tropas
Imperiales en los territorios que nos disponemos a
evangelizar.
- ¿Por qué me dice usted eso? – le pregunté
confundido.
- Porque debe de estar preparado.
Mis pensamientos estuvieron un poco fuera de mi mismo,
cuando entramos a los aposentos de preparación fui y me
senté unos minutos en un pequeño cuarto privado, por lo
menos tendría quince minutos de relajación antes de que el
evento comenzara propiamente. Oí que alguien tocaba a mi

puerta seguramente era alguien para avisarme que
tomáramos posiciones, pero cuando abrí la puerta me
encontré con Enrique.
La primera mirada fue un poco tensa entre los dos y
tampoco ninguno sonrió.
- Me gustaría saber por qué me haz nombrado
Confidente Imperial sin habérmelo preguntado antes.
– me dijo en tono de un reclamo con vergüenza. –
Aparte yo tan sólo soy un aprendiz ¿Qué será del
Imperio?
Exhale un suspiro largo y profundo.
- Confío en ti y desconfío de Serbin – le conteste con
rotundidad – Además de que él de alguna forma verá
como seguir controlando al Galaxia, no lo vi muy
afligido cuando le dije que tu serías el Confidente
Imperial.
Enrique se quedo pensativo unos instantes.
- Entonces en verdad…
- ¿Aceptas? – es lo único que pude preguntarle.
- Claro que sí – me respondió con un abrazo y los ojos
oscuros y profundos con un poco de lágrimas.
- Bien Confidente Imperial, vamos al encuentro de
nuestro pueblo.
Una vez fui presentado en el Salón Solemne del Palacio
Imperial. Una lluvia de flashes estalló frente a mis ojos al
mismo tiempo que el barullo de un montón de aplausos. La
visión de la crema y nata de la Galaxia vestidos con la más
etiqueta rigurosa. Durante mi camino hasta el presídium

donde estaríamos, arropados por los muros de talavera
pintados con íconos que describían la historia de la
humanidad. Se me acercaron muchos miembros de la
Confederación a saludarme entre ellos la Gobernadora
General de Venus, una mujer sería, de carácter implacable
y poco arreglada, siempre había sido criticada por ser tan
fachuda cuando era la encargada del gobierno interno del
planeta de la belleza por excelencia, Su nombre era Bárbara
Deep.
El presídium estaba a un lado del área del majestuoso
trono, que nadie, ni yo, podía sentarse en él hasta
transcurrir la coronación. El estrado se había instalado
adelante con forma de media luna, con tres sillas señoriales
al mismo nivel, rodeadas por otras más un poco más
chicas. La tapicería era roja con acabados negros y
dorados. Yo me senté al centro con Su Santidad a mi
derecha y el Regente a mi izquierda. Después de que se
entonaran los himnos del Imperio y del Vaticano el maestro
de ceremonias dio por comenzado el evento.
- Su Santidad, el Vicario de Cristo, el Papa Anastasio VII
dará unas palabras en honor a la celebración del
cumpleaños número veintiuno del Príncipe León
Astoria.
Su Santidad se puso en pie con la dificultad propia de una
persona de edad avanzada y caminó hacia la tribuna que
estaba instalada a poco más de un metro del presídium.
Vi la cara de Su Santidad en una pantalla gigante colocada
en uno de los costados del salón, luego me volví para verlo

lo más cerca de los ojos que pudiera. Antes de comenzar a
hablar Su Santidad se aclaró la garganta.
- Es una bendición de Dios poder estar compartiendo
una noche en compañía de todos ustedes, la
celebración del hecho tan importante que es que un
joven al que se le ha educado toda su vida para ser
algo, logre la hazaña anhelada. En la misión de
cualquier hijo de Dios está alcanzar sus mentas,
siempre y cuando estas lo acerquen más al ejemplo de
Jesús. Sólo me queda el felicitar al Príncipe León y
decirle que lo quiero y creo en él y que también pienso
que más importante aún, Cristo cree en él.
Los invitados, prácticamente todos, comenzaron a aplaudir
efusivamente y a gritar “VIVA ANASTASIO VII”. Se notaba
que Su Santidad era una persona querida.
En seguida Su Santidad tomo su lugar en el presídium,
William se puso en pié para dar su discurso de felicitación
para mí al tiempo que el maestro de ceremonias anunciaba
su inminente participación.
- Su Santidad, Su Alteza Imperial, Queridos invitados. –
comenzó – Esta vez no me enfocaré en discursos
políticos que no vienen al caso con lo que hoy
celebramos. Hace veinte años fallecieron mis queridos
amigos los Emperadores Javier y Diana María. Ambos
personas ejemplares, astutas y entregadas a Dios y al
Imperio. Hoy, aparte del gran legado que nos han
dejado con su paso por el trono de la Galaxia, nos
dejan a su hijo para que con él, el sendero de
salvación trazado por Cristo y confirmado por el

arcángel Gabriel sean logrados. ¡Hoy estamos de fiesta
porque el gran León Astoria, tomará posesión de su
trono!
Definitivamente sus palabras no me las creía ni borracho,
pero en fin, era una persona a la que yo necesitaba y
siendo franco conmigo mismo quizá yo lo necesitaba más a
él que él a mí.
Cuando William habló a los presentes también fue
aplaudido por la mayoría de los asistentes al evento,
aunque la verdad era que la efusividad era mucho más
tenue que con Su Santidad.
- Y ahora, sin más esperas, escuchemos a Su Alteza
Imperial el Príncipe León Alejandro de Astoria y
Teruel.
Subí al estrado y para mi sorpresa me sentía aún más
nervioso que esa mañana cuando tuve el encuentro con el
pueblo en la explanada de ese mismo recinto. Tomé aire y
comencé a dar mi discurso tan seguro como pude.
- Buenas noches y gracias por su presencia aquí esta
noche, el honor es para mi tenerlos a ustedes aquí
apoyándome en este día que inicia un nuevo rumbo en
mi vida y por ende creo que en la de todos en el
Imperio de la Confederación Galáctica del Sol y los
Virreinatos de la Vía Láctea. – comencé – A lo largo de
mi proceso de maduración y con la asesoría de los
mejores maestros que pude tener, me di cuenta y
conocí las problemáticas y situaciones que acosan a
nuestro Imperio. También debo reconocer y agradecer
la ardua labor que han emprendido el Regente Su

Excelencia William de Serbin y todo el Gobierno
Imperial, al igual que el Senado de la Confederación y
los Tribunales de Justicia.
Muchos de los funcionarios ahí presentes prorrumpieron en
aplausos, otros tantos dejaban salir unos cuantos chiflidos.
- Hoy inicia el proceso de mi coronación aquí en la
Capital Imperial de Madrid y seré coronado finalmente
el día veintiocho de este mes, asumiendo todas las
responsabilidades que conlleva este cargo – dije en
tono firme y después hice una pausa. – En mi afán de
darle continuidad a muchos de los métodos utilizados
por el actual Regente, pero con la ilusión de ponerle
sangre nueva al destino de nuestra Galaxia, he de
hacer de conocimiento público que Enrique D´Fenrir
será mi Confidente Imperial, encargado de ser mi
representante en ausencia o en imposibilidad de
ejercer mi cargo o autoridad y dar cara por ellas.
Se alzaron murmullos a lo largo del gran salón que estaba
dispuesto para el evento, no podía distinguir bien si eran de
aprobación, rechazo o ambos. Luego me di cuenta que más
de la mitad de los más de cinco mil asistentes estaban
aplaudiendo.
- Sin más que agradecerles y refrendarles mi
compromiso total les deseo una excelente noche y los
invito a degustarse con la deliciosa cena que han
preparado para ustedes. Buenas Noches.
Sentí un gran alivio por dentro, por fin tendría un descanso
de dar discursos protocolarios. Fui y tomé el lugar que me
correspondía.

A los pocos minutos de haber terminado los discursos
comenzaron a servir los platillos preparados para la noche.
Ensalada de frutos diversos, sopa árabe, sabanillas de
carne de res en limón y aceite de olivo y como platillo
fuerte atún sellado con cajeta. Para los postres se puso una
gran fuente de chocolate con diversas golosinas y frutas
para acompañarlo.
- ¿Y con qué canción nos deleitará usted Alteza? ¿Piensa
cantar junto a Triana Pirau? – preguntó el Presidente
de la Junta de la Tierra, Fernando Linares un hombre
alegre al que le gustaba la buena fiesta y la buena
música y bueno… muchas cosas “buenas” más.
Durante un segundo de vacilación pensé que estaba
bromeando conmigo, hasta que recordé que el Dr.
Chelsea me había prometido que podría cantar en mi
cumpleaños, pero las ansias me habían hecho olvidarlo y
la verdad era algo que preferiría dejar para después.
- Creo que dejaré a la señorita Triana hacer su
espectáculo sola – le dije a Fernando Linares,
dedicando una sonrisa a toda la mesa de honor.
- Sería bueno ver un espectáculo de usted Alteza. Allá
en mi México nos gusta agarrar la buena fiesta, eso sí,
para echarle ganas al día siguiente. – insistió él.
- Vamos León, sabes que quizá sea la única oportunidad
en tu vida que tengas de hacer algo así. – dijo el Dr.
Chelsea
Miré a Enrique. El estaba haciendo un gran esfuerzo por no
morir de la risa ahí mismo.
- Cantemos juntos príncipe – me propuso Enrique.

- ¿Cómo? – pregunté por inercia y con vacilación.
- Los muchachos cantan juntos desde que se conocen
prácticamente, la música los ha unido muchísimo. –
comentó el Dr. Chelsea.
William de Serbin soltó un bufido de emoción.
- Sería un espectáculo maravilloso ver al príncipe y al
Confidente Imperial unidos por primera vez en algo
tan hermoso como es la música – comentó con
curiosidad. – Me uno al Presidente de la Tierra en su
petición de tal acontecimiento.
Lancé una mirada a Enrique.
- Sólo nos hacen falta las guitarras.
- Eso será arreglado en cuestión de unos minutos,
seguramente el equipo de la señorita Triana Pirau
estará feliz de acompañarlos en su interpretación.
La cardenal Zcaprio dejó escapar una pequeña risa
inocente.
- Hágalo si usted lo desea Alteza.
Diez minutos después me encontraba con Enrique en un
cubículo privado detrás del escenario en el que actuaría
Triana. Si bien estábamos solos había guardias custodiando
muy de cerca.
- ¿Qué pretendes con cantar? Para mi sólo era una
broma con el Dr. Chelsea, que veo se lo tomó enserio
– le dije.
- Sabemos que es algo que te hace ilusión – me dijo con
normalidad. – Además es el momento perfecto para
actuar. Cantas conmigo y con Triana y después subes

exhausto a tus habitaciones nuevas y dejas la fiesta
transcurrir. En tu habitación según el plan, debe de
estar en un estuche blanco tu dosis con el aplicador de
átomos de cambio.
Le lancé una mirada calificadora.
- ¿Alguien más lo sabe?
- Me ofendes con tu pregunta, más si ahora soy tu
Confidente Imperial.
La verdad era que me divertí muchísimo cantando al lado
de Enrique y Triana. A pesar de no verla mucho, ella era
una chica especial para mí, a veces pensaba que me
gustaba, pero otras veces pensaba otras cosas. Al terminar
de cantar después de gritos de aliento, apoyo y motivación,
por fin convencí a la mayoría de que me tenía que ir a
descansar.
La habitación nueva era muy hermosa también. Paredes de
mármol, con una hermosa alfombra azul rey con franjas
rojas a juego con la cama con dosel de diseño renacentista.
Lo más espectacular era su techo de cristal con vista al
cielo estrellado. Tan solo palmeando podía correr un
cobertizo para cubrir completamente mis nuevos aposentos.
El cobertizo llevaba bordado el Escudo Imperial de los
Astoria.
Entonces miré a la cama.
Tal y como se había planeado un pequeño estuche se
encontraba en su superficie el cual tomé y abrí, entre un
montón de fotos y recuerdos personales que separé con

aguda delicadeza encontré el aplicador de átomos de
cambio. Sentí la emoción en mi estomago.
Tomé el aplicador, una especie de cilindro metálico con una
aguja en el frente, donde se suponía debía pinchar mi
dedo. Rezando a Dios porque no salieran pésimo las cosas,
sujete con la mano derecha el aplicador plateado y luego le
di al botón que lo accionaba un instante después puse el
dedo sobre la aguja y sentí un pinchazo que me provocó
una sensación de toques muy fuertes y una gran comezón
por todo el cuerpo. No pude más que rascarme e irme a
mirar al espejo.
No estaba del todo mal, los rasgos eran muy parecidos a
los míos nada más que ahora era moreno y de pelo negro y
largo, la nariz un poco mas ancha, ojos oscuros y barba
tupida, también había ganado un poco de corpulencia, creo
que me veía distinto.
Me apresuré a llamar a Román.
- ¿Cómo va todo? – pregunté.
- Rajha está en los establos. – me dijo él – Enrique ya
me ha dado su coche y estamos llegando, nos vemos
en la coordenada acordada.
Me puse la ropa más casual y más conveniente que creí
poder encontrar y salí de mi habitación. A hurtadillas me
pude escabullir hasta los jardines como un invitado más
en la gran fiesta que se llevaba a cabo en el interior del
recinto.
Cuando llegue a los establos pude ver una figura
acercarse a mí.

- ¿Marco? – pregunté.
- Polo – respondió Enrique, era la clave que habíamos
pensado para reconocernos.
Me lanzó una mirada tranquilizadora.
- Creo que nadie se ha dado cuenta hasta el momento.
– me dijo Enrique – O bueno pienso que Su Santidad y
Chelsea sospechan.
- ¡Pero ellos lo entenderán! – insistí - ¿Dónde está el
drofer?
Al oír mi voz, mi hermoso león alado salió a mi
encuentro, destellando fuego de sus alas como era
propio de los de su especie. Dándole una palmada me
subí a su lomo e invité con una mano a Enrique a hacer
lo mismo.
- ¿Recuerdas la primera vez que subí a este animal? –
me preguntó.
- ¿Cómo olvidarlo? – le respondí tontamente con otra
pregunta. – ¡Ibiza allá vamos!

Capitulo 2
Flechazo

Las olas de viento golpeaban mi cara con placer, mientras
aferrado al cuello del drofer, Enrique y yo volábamos sobre
las alturas de la singular isla de Ibiza. Sin duda un lugar
con fama de ser divertido y abierto a las nuevas
experiencias desde antaño.
Cuando nuestro descenso se pronunció y la ciudad fue
visible para nuestros ojos, pude tener mi primera imagen
del lugar. Las vías de circulación supersónicas no eran tan
grandes como las de ciudades como Roma o Madrid y se
veía una circulación un poco más reducida. Conforme nos
adentrábamos en la ciudad las construcciones modernas se
fueron fusionando con las antiguas que perduraban en el
lugar desde muchos años atrás con sus pequeñas casas y
edificios de color blanco con reflejos dorados.
- ¿Cuánto nos falta para llegar al punto de reunión? –
pregunté con apuración a Enrique que iba en ancas de
Rajha a mis espaldas dando gritos de aventura por el
aire.
- Según el GPS estamos tan sólo a un kilómetro – me
respondió él. – Quedamos de aterrizar en la playa del

castillo de Dalt Vila en cinco minutos, sólo nos
quedarán unas dos horas.
- ¡Pero valdrá la pena!
Enrique me gesticuló una sonrisa.
Dirigí a Rajha hasta el lugar acordado para encontrarnos
con Román y Mía. El punto de encuentro era el magnifico
castillo en la playa de Dalt Vila.
- Pensé que no lo lograríamos de verdad, no sé como
estamos aquí – se apresuró a decir Mía apenas los
encontramos.
- Calla y disfruta – le dije con una sonrisa.
Román estaba parado junto a su hermana con una
mueca extraña.
- Se ven muy raros. – dijo.
Hasta ese momento no me había dado tiempo de apreciar
la nueva apariencia temporal de Enrique, estaba seguro
que nadie nos reconocería. No nadie que no supiera del
plan con antelación. Yo sabía que pronto nos descubrirían,
pero eso no me quitaría lo vivido. Después de todo se
hablaba mucho de la determinación en un gobernante.
Claro está, esta certeza de ser descubiertos no la hacía
pública con mis amigos, pero en el fondo yo sabía que ellos
también lo intuían. Después de esta noche me
comprometería al cien con el Imperio y sabría realmente
que tan libre y soberano era yo.
- ¡Pues vamos! – les dije acariciando a Rajha quien
había empezado a irradiar nuevamente fuego por las

alas y atraía la vista de curiosos que se disponían a
vivir una noche especial como la queríamos nosotros.
En el lugar había humanos terrícolas, humanos
extraterrestres y fuereños. Estos últimos tenían distintas
apariencias, por ejemplo, los autóctonos de Urano tenían
facciones muy parecidas a híbridos de felinos-humanos.
Las calles, conservadas por miles de años con la misma
apariencia, eran un tanto más acogedoras que las de
ciudades metropolitanas y se apreciaba un agradable olor a
inciensos mezclado con el olor propio del mar. El gran
castillo construido en lo más alto de la isla daba un toque
singular al ambiente que se vivía en el lugar.
Cuando llegamos a la entrada de la discoteca Ku, llamamos
enseguida la atención por la compañía del drofer, los leones
alados venusinos eran un lujo que no cualquiera se podía
dar.
- ¿Cuántos son? – preguntó el hombre corpulento
vestido de negro que estaba a cargo de la cadena del
antro.
- Somos cuatro – se apresuró a decir Enrique en tono
soberbio.
El cadenero nos lanzó una mirada escrutadora para
analizarnos de pies a cabeza.
- ¿Los señores necesitan algún cuidado para el animal?
– preguntó él – La policía no se hará de la vista gorda
mucho tiempo, esos animales pueden ser peligrosos.
Sonreí como para una foto al señor.

- Descuide señor. – le dije – Mi drofer esta lo
suficientemente
bien
entrenado
como
para
desaparecer e irse lejos sin llamar la atención cuando
no es solicitada su presencia.
Él nos abrió la cadena para dejarnos pasar.
Mis amigos se adelantaron mientras yo le susurraba
instrucciones al oído a Rajha de mantenerse escondido
de la civilización hasta que yo silbara para llamarlo. Los
drofers tenían un amplio sentido del oído.
Cuando por fin tuve la visión de lo que era un club
nocturno la emoción embargó cada uno de mis sentidos.
Nunca había imaginado algo así. Gente apretujada
moviéndose al ritmo de la música que ponía el DJ
gritando y haciendo aspavientos como animales. Incluso
había parejas en medio de un fuerte atasco de pasión.
No se para ti, pero para mi eso era algo completamente
insólito. Curiosamente en ese momento se escuchaba
una canción de mi querida amiga Triana, el título de
aquella canción era “Porque la vida es así”.
- Esa vieja es una puta. – escuché decir a una chica que
veía la pantalla gigante mientras aparecía el video de
Triana en ella. – Según los rumores es una de las
amantes del príncipe León.
Tuve que hacer un esfuerzo para no soltarme a carcajadas
en el lugar.
Román y Mía ya habían ido a clubes nocturnos alguna vez
en su vida, así que Enrique y yo nos dejamos guiar por


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