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Ruy Sanchez Alberto En Los Labios Del Agua .pdf



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En los labios del agua

En los labios del agua

Alberto Ruy Sánchez

EN LOS LABIOS DEL AGUA
© 1996, Alberto Ruy Sánchez
© 1996, Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S.A. de CV.
Av. Universidad 767, Col. del Valle
México, 03100, D.F. Teléfono 688 8966

• Ediciones Santillana S.A.
Carrera 13 N° 63 - 39, Piso 12, Bogotá.
• Santillana S.A.
Juan Bravo 38. 28006, Madrid, España.
• Santillana S.A.
Avda. San Felipe 731 Lima.
• Editorial Santillana S.A.
4ª , entre 5ª y 6ª, transversal. Caracas 106. Caracas
• Editorial Santillana Inc.
P.O. Box 5462 Hato Rey, Puerto Rico, 00919.
• Santillana Publishing Company Inc.
901 W. Walnut St., Compton, Ca. 90220-5109, USA.
• Ediciones Santillana S.A. (ROU)
Boulevar España 2418, Bajo, Montevideo.
• Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S.A.
Beazley 3860, 1437, Buenos Aires.
• Aguilar Chilena de Ediciones Ltda.
Pedro de Valdivia 942, Santiago.
• Santillana de Costa Rica, S.A.
Av. 10 (entre calles 35 y 37)
Los Yoses, San José, C.R.

Primera edición: julio de 1996
Segunda reimpresión: marzo de 1997
Novela escrita con el apoyo del Sistema Nacional de
Creadores, del Fondo Nacional para la Creación Artística.
ISBN: 968-19-0292-0
© Diseño: Proyecto de Enric Satué
© Foto de cubierta: Lourdes Almeida
© Caligrafías: Hassan Massoudy
Impreso en México

ÍNDICE

Uno 7
El agua de Los Sonámbulos 7
I. Antes de que todo cambie, 8
El sueño del silencio y el río 13
II. Letras de agua 14

El sueño de las voces por dentro 23
III. En el nombre, la huella 24

El sueño de dos noches 35
IV. Posesión primera: iniciación al vacío 36

El sueño de un mar quieto 40
V. La experiencia de la luz 41

Mi sueño de las manos con hambre 52
VI. Torbellino en vacío 53

El sueño disuelto en la fuente 62
VII. Posesión aérea 63

El sueño del tiempo 71
VIII. Un ave muy fugaz 72

El sueño de dos sonrisas 81
IX. Huellas dormidas 82

El sueño de los cuatro círculos 95
Dos 96
En los labios 96
I. Veo por tus ojos 98
II. La inaccesible 101
III. Escucho por tus oídos 113
IV. Estoy en tus labios, en tus palabras 121

A la que
en sus sueños
me despierta
para estar en ella

Tu sueño se dormirá en mis manos
marcado por las líneas de mi destino.
VICENTE HUIDOBRO

¿Qué pasa si un hombre visita el Paraíso en un
sueño, le dan una flor como prueba de que estuvo ahí,
y al despertar encuentra esa flor en su mano?
SAMUEL COLERIDGE

Si en tu sueño el agua
te cubre, danza con ella.
Si en sus labios despiertas,
has traído del sueño
la humedad del amor.
Hazle un lugar en tu vida
y nunca más tendrás sed.
PRINCIPIO SUFI

El sexo es una escritura muy cruzada.
RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA

El alma del agua me ha hablado en la sombra.
AMADO NERVO

Uno

El agua de Los Sonámbulos

I. Antes de que todo cambie,
contar esta historia

La noche que guardas en la mano, la noche que abres para acariciarme, me
cubre como un manto navegable.

Voy hacia ti, lentamente. En la noche, el brillo de tus ojos me conduce.
Veo tu rostro en ese sueño. Veo tu sonrisa. Me dices algo que no
entiendo. Te ríes. Entonces me lo explicas con las manos, tocándome.
Dibujas tu nombre en mi vientre, como un tatuaje, con letras por ti
inventadas, que son caricias. Voy hacia ti, con infinita paciencia, como
si un inmenso mar entero fuera la medida de este viaje. Voy de la orilla
de mi cuerpo al tuyo. Tu sonrisa es mi viento favorable.

La noche en el hueco de tus manos canta como el mar, con furia. Llenas mi
espalda con las huellas de un oleaje que entra suave y arañando se retira.

Entras en mis oídos dibujando caracoles marinos: dentro llevo ya tus
tormentas, tus ciclones, tus abismos. Tus voces bajan ya por mi
garganta. Entras también en mis ojos con tu mirada: los tuyos tienen el
color cambiante del agua. Entras en mi pecho con el tuyo: la piel
protesta haciendo remolinos. En la orilla más baja de mi vientre tus
caderas dejan, una y otra vez, la curva más violenta de tus olas: bañas
mis playas, las golpeas y las devoras. Tu espuma y la mía se mezclan,
como mis labios y los tuyos.

Tu cuerpo de agua canta. Sus voces me llevan en su corriente. En la noche de
tus manos visito todos tus sueños. Déjame contarte con las manos los míos.

Hace nueve años que vivo con esta historia quemándome la lengua. La
he tenido más guardada que un secreto: es más difícil de decir que uno
de esos momentos dolorosos de la vida, todavía frescos e hirientes.
Pero hoy sucedió algo que me empujó finalmente a hacerlo. Como
cuando un clavo saca otro clavo. Esta mañana, una lluvia escandalosa
y repentina golpeó las ventanas del cuarto donde yo dormía. Era como
si el agua, arrojada con fuerza por una de las manos hechiceras del
viento, hubiera convertido los indiferentes rectángulos de vidrio en
alborotados tambores que me despertaran para anunciarme la llegada
de un inesperado visitante.
Su música indecisa me despertaba sin brusquedad, mezclándose
con las últimas imágenes de mis sueños. Detrás de la lluvia, a lo lejos,
escuchaba la voz dulce de Maimuna, con su tono profundo, diciendo
mi nombre, llamándome hacia ella. Luego me daba cuenta de que la
música de vidrio no era producida por la lluvia sino por sus uñas
tocando alegres mi ventana. No había visto a Maimuna en muchos
años porque vive en otro continente. Pero en ese sueño que estaba más
marcado de realidad que todos mis sueños anteriores, su voz
acariciaba mi nombre. Me pedía que le contara todo lo que me había
pasado en Marruecos, hacia donde yo estaba a punto de embarcarme la
última vez que nos vimos. “Escríbemelo, me decía, es probable que
cuando lo hagas volvamos a vernos.” Como si escribiendo esta historia
yo hiciera pases mágicos o pronunciara las frases que pudieran
transformar mi realidad.
Y se iba, dejándome de nuevo en el vacío. Tal vez el mismo vacío
que ahora intento llenar con palabras y deseos, con imágenes tejiendo
una historia, con sueños que extiendo en la superficie del día.
Hasta ahí su visita no hubiera pasado de ser un sueño cualquiera.
Pero antes de irse, sobre el polvo de la ventana llovida, Maimuna me

había dejado la huella de su mano extendida, como diciéndome “adiós,
me voy pero sigo aquí contigo”.
Al despertar por completo, lo primero que hice fue correr a la
ventana y, estoy seguro, alcancé a ver nítidamente la huella de su
mano antes de que la lluvia la borrara. Pensé, por supuesto, que
alguien podría haber dejado ahí esa huella mientras dormía y que en
mi medio despertar había seguido mezclando evidencias y delirios.
Pensé también que, en todo caso, la aparición de Maimuna en mi
sueño, su petición, la huella de su mano, imaginadas o existentes, eran
de cualquier modo evidencias de mi necesidad de contar finalmente
esta historia.
No es la primera vez que intento hacerlo. La última fue hace
varios años. Estaba todavía en Marruecos, en un hotel de Mogador que
daba por una ventana a la plaza y por otra al mar. Había pasado la
noche con una mujer que ocupaba de golpe todos mis deseos y todos
los planes de mi vida. Me había despertado un rayo de sol que se coló
entre las rendijas de la ventana. Eran ya las nueve de la mañana.
Desperté buscándola. No estaba a mi lado. Había dejado una nota
diciéndome que regresaría a las seis de la tarde. Tenía varias cosas
urgentes que solucionar. Como desde el día anterior me lo había
advertido, su nota no me alarmó. Pero las nueve horas de espera me
parecían una eternidad. No tenía ganas de salir, ni tenía sed, ni
hambre, nada. Sólo quería verla de nuevo, estar con ella, preguntarle y
contarle todo.
Abrí la ventana, me llené del aire marino de la mañana y comencé
a observar la agitación creciente de la Plaza del Caracol. No muy lejos
de donde yo estaba, el contador ritual de historias, el halaiquí,
comenzaba a desplegar sus ademanes y a reunir a su público. Varios
círculos atentos se formaban a su alrededor, uno cada vez más grande
después de otro, como si su repentina presencia entre la gente que ya
poblaba la plaza fuera una piedra tirada en la superficie del agua.
Vestido de raso azul y rojo, con el turbante blanco brillante, el
halaiquí extendía cada historia ante los ojos asombrados de su público
como si desdoblara un gran mapa en el aire. El placer de contarlas y de
escucharlas era evidente. Hasta mi ventana llegaba esa sensación de
embrujo placentero, esa especie de humedad envolvente que viajaba
con su voz. Una bruma cálida de palabras creciendo en círculos

concéntricos. Más de una vez me había dejado seducir por estos
contadores que sabían más historias de la gente, y las sabían mejor que
muchas bibliotecas y archivos.
Me invadieron entonces, de golpe, las ganas de contar esta
historia, hasta donde iba entonces, y con el sentido que me parecía
tener: era el relato de una búsqueda, un recorrido extraño que me
conducía hacia la mujer con la que me preparaba a entregarme
totalmente desde ese día. Muchos de los hechos me parecían todavía
confusos pero tenían un orden que permitía tal vez relatarlos. Quería,
como el halaiquí, invocar a todas las fuerzas sobrehumanas que
quisieran venir en mi ayuda para contar algo de lo mucho que no
puede ser dicho sin equívocos.
Comencé a poner las piezas de mi rompecabezas en palabras y me
di cuenta de que tenía que hacerlo rápido. Tenía que apurarme. Las
nueve larguísimas horas de espera eran de pronto demasiado cortas
para contar esta historia. Y era seguro que a partir de esa tarde todo de
nuevo se acomodaría de otra manera. La vida, y especialmente la vida
de las pasiones, es como un caleidoscopio. Alguien mueve los espejos y
somos otros en los afectos de todos los que nos rodean. Entonces ya
nada puede ser contado de la misma manera.
Serviría de poco ser siempre uno mismo. Vivimos dentro de un
juego de cristales que constantemente alguien gira. El sentido de las
cosas se transforma a cada instante. Estamos siempre como peces
flotando en el humor cambiante de los demás: vivimos en cabezas
intranquilas. Dormimos en los sueños de quienes nos odian o nos
desean. Y todo cambia noche a noche en los silencios obscuros que nos
unen.
Ya entonces, más de una vez había dejado de escribir un poema
extenso o una historia porque a medio camino todos los cristales se me
habían movido y de pronto yo no era el mismo que la había iniciado.
Las historias son como el agua, corren y se escapan de las manos.
Pueden tomar todas las formas posibles. Y yo estaba seguro de que
sólo tenía nueve horas antes de que el agua de mi historia pudiera
volver a escurrirse entre mis dedos. Y sabía que cuando el agua de mis
historias se transforma y escapa yo muchas veces me voy con ella, me
pierdo.
Comencé a hilvanar con cierta prisa mi relato. Tenía entonces

cuadernos de notas desbordados, de los que tomaba, aquí y allá,
descripciones, ideas, imágenes, citas, escenas y sueños. Había reunido
con gran dificultad una cantidad considerable de datos sobre el
calígrafo de Mogador, Aziz Al Gazali, del que había sabido por una
mujer de la que hablaré más adelante, Leila. Era autor de muchas letras
dibujadas y, entre otros libros, de uno que ella me regaló llamado Los
nombres del aire. Me había interesado su búsqueda, sus sensaciones, su
curiosidad por el mundo de las mujeres. Como complemento al
mostrar las huellas de Aziz y las mías, yo estaría explorando un
mundo de fantasmas masculinos, siempre temerosos del vacío.
Ya desde aquel momento me invadía la sensación de que sus
sueños, que él había escrito y que yo en parte había memorizado, se
habían vuelto míos. Como si en el camino de mi propia investigación y
búsqueda el espíritu de Aziz se hubiera apoderado de mi cuerpo. Sus
frases decían casi todo lo que entonces yo iba sintiendo.
Comencé a escribir aquel día, con cierta desesperación pero con
gran placer, es cierto, esta historia antes de que dieran las seis de la
tarde.
Y como lo pensé, pero por diferentes razones y de una manera
más abrupta y destructiva, lo que sucedió esa tarde me impidió seguir
escribiendo. Por mucho tiempo me quedé como mudo, con la imagen
de Aziz flotando en mi mente como en agua quieta. Ahora de nuevo,
quiero contar esta historia, pero esta vez para hablarte y tocarte con
mis palabras, Maimuna, y con las de Aziz que he hecho mías. Cada
parte de esta historia es como un azulejo distinto. Los combino para
dibujarte la geometría de mis deseos, de mis búsquedas, de mi lucha
contra el vacío.

PRIMER SUEÑO

Soñé que caminábamos a la orilla de un río. La corriente de pronto se volvía
tan agitada que no permitía escucharnos uno al otro ni siquiera hablándonos
al oído. Teníamos que gritar. Y aún eso no era suficiente. Hasta que de pronto
nos dimos cuenta de que el río decía todo por nosotros. Nos hacía hablar al
mismo tiempo y gritar que nos queríamos. Nuestras palabras hacían rápidos,
arrastraban leños, se estrellaban contra las rocas, sacaban espuma, y se
lanzaban desde la altura si era preciso. Nuestras palabras devoraban en las
orillas, suavemente y en silencio, a los cocodrilos que parecían dormidos,
jalaban las puntas de los sauces llorones, hacían en los recodos inesperados
remolinos. Mirábamos pasar los puentes y, en las copas de los árboles, las
iguanas calentaban con nuestro rumor su sangre. Soñé que no había nada que
no quisiéramos decirnos y que hasta el silencio, con la tenue composición de su
vacío, nos hacía hablar, como lo había hecho el río.
Aziz Al Gazali
El sueño del silencio y el río

II. Letras de agua

Como si fuera a hundirse en el agua, Aziz aspira profundamente.
Llena los pulmones y retiene el aire. Toma entonces el pincel y dibuja
con lentitud una línea larga que durante casi un minuto, sin
interrupciones, corre, se ensancha y adelgaza. La mano se detiene de
golpe. Aziz suelta ya el aire. Nadó en la página, trazó una letra.
Cada vez que hace esto se siente como un río bajando una
montaña, metiéndose con fuerza en el mar y saliendo intacto por la
otra orilla. Un río que sabe nadar. Un río que escribe su recorrido.
Vuelve a hacerlo y termina de dibujar cuatro palabras
entrelazadas, el comienzo de la frase: Una mujer que yo había amado...

Se da cuenta de que, sin quererlo, se metió en su escritura el
movimiento del mar que escucha desde su ventana. Ahí están las olas
y la espuma convertidas en líneas aparentemente caprichosas.
Afuera, el rugido del agua hace cantar la arena, abraza las rocas y
golpea como un tambor las murallas de la ciudad. El rugido se
multiplica y al crecer lo toca.
Él había detenido su aliento para no alterar el recorrido de su
escritura. Como su oficio lo requiere. Debe planear además en qué
momento va a detener el trazo para respirar de nuevo y cargar su
pluma con más tinta. Retuvo la respiración mientras la mano
avanzaba. Pero no podía controlar que en el aire húmedo viajara hasta
su cuerpo el aliento de cada ola: el mar entra sin cesar por su ventana,
y en esta ocasión lo perturba. Lo mueve. Su oído es la playa erosionada
por un canto de sal.
Está muy lejos de aquel legendario calígrafo de Samarcanda,
ejemplo de concentración porque un terremoto casi destruyó su ciudad
mientras él dibujaba perfectamente una larga frase sagrada, y nunca se
dio cuenta de que había temblado.
Aziz, ahora más que nunca, es sensible incluso al vuelo de las
moscas a diez metros de donde escribe. Su atención es frágil. Todo lo
perturba.
El mar lo mueve por fuera y por dentro: le deletrea el nombre de
una mujer. Y el mismo mar le canta de nuevo, una y otra vez, la
canción que compuso para ella:
Las olas
las olas del mar bravío
se estrellan contra las rocas
igual que los besos míos
se estrellan contra tu boca
me tienes loco perdido.
Y es verdad, esa mujer de nombre raspado en la garganta como voz de
jaguar, Hawa, lo trastornó desde el instante en que pudo verla de
cerca. Primero aprendió a desearla infinitamente y fijó en ella toda su
existencia, como quien se convierte a una nueva religión. Buscó hacer
de cada gesto de amor, de cada placer grande o pequeño, de cada

palabra o recuerdo, una prueba de su adoración por ella: una oración.
La convirtió en su diosa.
Al recordarla pierde la calma y tiene que dejar de escribir. Cierra
los ojos, se concentra. Le cuesta un trabajo enorme volver a tener
control sobre su cuerpo. Pero necesita recobrarlo para seguir dibujando
sus letras. Sabe que el dominio de la caligrafía se deslava de las manos
que no la practican a diario, como el tinte de henna de las manos de las
mujeres. Y es la primera vez que vuelve a tomar sus instrumentos de
escritura desde que, algunos meses atrás, fue atacado por asesinos a
sueldo y estuvo al borde de la muerte.
Aziz era muy cercano al emir Ajmal, que apreciaba enormemente
su trabajo. Estaba con él y otros hombres en la sala de los vapores más
densos del baño público de Mogador, el hammam, cuando veinte
sarracenos, contratados por un medio hermano del emir, entraron con
las espadas desenvainadas cortando a grandes tajos la humedad del
aire con el propósito de encontrar a Ajmal y degollarlo.
De los nueve hombres que fueron atacados, sólo Aziz, por un
equívoco sorprendente, logró escapar con vida. La noticia de la
matanza corrió por la isla como una lluvia que cae decidida y a toda
prisa, entrando en todos los rincones, metiendo en todo rápidamente
su sombra.
Entre la indignación y la ira, todos escuchaban y contaban luego
esa historia. Y uno de los detalles que todos repetían con asombro era
cómo Aziz fue salvado, porque el sarraceno que iba tras él lo reconoció
después de darle un primer corte y, en vez de rematarlo degollándolo
le dijo: “no puedo cegar la vida de quien es como yo”. La leyenda diría
que ese hombre reconoció en Aziz al fundador de la casta de Los
Sonámbulos. Pero es probable que las cosas hayan sucedido de otra
manera: Aziz no había escrito todavía sobre Los Sonámbulos cuando
eso ocurrió.
De cualquier modo, la herida que le había hecho antes podía ya
haberle costado la vida y durante mucho tiempo, mientras él estaba
inconsciente, todos pensaban que no iba a salir nunca de ese sueño
obligado, de esa navegación obscura hacia la muerte.
Recordaba un gran alboroto y el frío de la daga en su vientre. Un
hilo de sangre que escurría por la piedra en la que había quedado
reclinado. El último sarraceno que huyó corriendo después de limpiar

su espada sobre la piel de un hombre obeso. Y el olor a hierro en el
vapor del hammam.
Recordaba que el hilo de sangre escurriéndose por la piedra se
diluía al tocar el agua caliente de la fuente. Al principio era un listón
rojo disolviéndose en la superficie transparente. Luego toda el agua
estaba turbia y en su vapor subía ese olor intenso a hierro y sal que
sólo tiene la sangre.
En su agonía, recordaba haber escuchado en el agua llena de
sangre una canción que sólo Hawa cantaba. La imagen de Hawa
estuvo con él todo el tiempo. Alrededor de ella, Aziz vio crecer en sus
sueños un oasis de calma, de placer y de alegría. “Seguramente
—pensó— estoy ya en el Paraíso”.
La imagen solar de esa mujer era la creadora en sus sueños de un
lugar privilegiado: un jardín de radicales caricias. A ella adjudicó luego
el hecho excepcional de haber sanado.
Cuando finalmente salió de su largo sueño, de su extraño viaje a la
deriva por los ríos que podían haber desembocado en el mar abismal
sin vida, descubrió poco a poco en su cuerpo, poderes y debilidades
que antes no había sentido. Creyó que era un hombre nuevo. Tenía
urgencia de volver a sus papeles y plumas para escribir lo que había
vivido en sus sueños de moribundo.
En ellos recuperaba a Hawa, la mujer que hacía poco, en la vida,
había perdido, y comenzaba a entender el tipo de persona en la que se
había transformado. Para empezar, creía ver y oír más que la mayoría
de la gente a su alrededor, o por lo menos diferente. En él surgía un
nuevo y devastador apetito de los sentidos.
Durante un tiempo largo formó con su caligrafía mágica, llena de
mar y aliento contenido, un peculiar manuscrito erótico que llamó
Tratado de lo invisible en el amor. Del cual sólo he podido encontrar uno
que otro fragmento. Desde el principio tuvo el deseo de dirigirlo a los
seres transformados que, hacia el final de su escrito llama, por no
encontrar un nombre mejor, Los Sonámbulos. Aquellos que, como él,
traen un trozo grande de sus más agitados sueños cubriéndoles los
párpados.
Antes publicó, en un libro más pequeño aún, de papel que se
ofrece al tacto como un placer suplementario, su libro de sueños: nueve
capítulos con nueve sueños cada uno. Que son como cartas breves que

dirigió a alguna mujer, muy probablemente Hawa, contándole
simplemente las escenas que vivió con ella mientras dormía. Lo tituló
Una espiral de sueños.
En otro libro de pastas rojas, y las páginas atadas con hilo por
fuera, a la manera de muchos libros de oriente extremo, hay un relato
de su llegada a la ciudad de Mogador.
Entra en ella por la puerta de la fascinación, se pierde en sus calles
laberinto, y de pronto nos hace darnos cuenta de que está describiendo
también su entrada al cuerpo y al corazón de una mujer. De nuevo no
sé si es Hawa.
Ambas, ciudad y mujer, entre más parecen poseídas menos lo son.
El libro se llama La inaccesible.
También hay descripciones de su ciudad, Mogador, en este libro
que Aziz llamó Los nombres del aire. No hablaba ahí todavía de la casta
de Los Sonámbulos. Pero hay en él hombres y mujeres con
imaginaciones entretejidas, creando otra realidad en el mundo, la
realidad de sus deseos, que son los que movilizan sus acciones, sus
cuerpos. Creo que cuando lo escribió no había descubierto todavía su
pertenencia a la casta de Los Sonámbulos.
Todo lo que él hizo se divide fácilmente entre lo que escribió antes
o después de su agonía. Que es de alguna manera, antes o después de
la visión de Hawa.
La extraña conciencia de su linaje, su pertenencia a una línea
antigua de hombres emparentados por el hervor de sus sueños, se le
reveló también como un sueño. Un sentimiento intenso más que una
certeza, una dirección del movimiento del cuerpo más que un
certificado familiar. La casta de Los Sonámbulos no es una secta, una
raza o una sociedad secreta. Aunque tenga mucho de las tres. También
tiene algo de enfermedad genética y de delirio comunitario. Pero es
más un misterio compartido por hombres y mujeres en diferentes
tiempos y lugares.
Los calígrafos de Mogador, y de toda la tradición islámica,
necesitan pertenecer a una Silsila de calígrafos, es decir, a una cadena
espiritual que se remonta a varias generaciones, no necesariamente
emparentadas entre sí, pero sí relacionadas por la sustancia de su
vocación de artistas de la escritura. Aziz encontró una Silsila de deseos,
una cadena de seres tocados por el mismo espíritu deseante y la llamó

casta de Los Sonámbulos. Yo me siento parte de ella.
Fue sin duda esto último lo que me llevó a interesarme
especialmente en la historia de Aziz. Quiero creer que, por lo menos en
parte, su aventura ilumina y me ayuda a entender la mía. Me hundo en
sus palabras de agua. Busco en ellas y entreveo el espejo que me mira.
Lo observo escribir.

Una fuente, a su lado, fue entonada para alternar con los sonidos del
mar. Entre dos voces de agua, el nadador de tinta cruza de nuevo la
página blanca:
“Una mujer que yo había amado y que había creído perder para siempre,
cruzó con paso decidido las nubes que me ataban a la muerte, las desgarró con
sus manos y avanzó hacía mí diciéndome, con sus gestos, que yo le pertenecía,
que no me dejaría ir. Era todavía más bella que antes, y...”
Escribe sobre Hawa, que también quiere decir Eva, y que en vida
había sido para Aziz un poco jaguar y un poco agua. Lo atrajo y lo
devoró como un felino. Y al mismo tiempo, como el agua, se le escapó
entre los dedos. Hawa lo volvió uno de los nudos de palabras que él
dibujaba: un arabesco emocional. Aziz se perdía en su propio laberinto
pensando en ella, escribiendo sobre ella. La soñaba. Le hablaba cuando
estaba solo. Trataba de entender y asimilar lo que por instantes sólo
percibía como una herida.
Después de su delirante agonía, gracias de nuevo a la magia
anclada en el mar de tinta ondulante de su escritura, logró en gran
parte sentir que la recuperaba.
Su Tratado de lo invisible en el amor fue la historia de su
peregrinación amorosa hacia ella. Ese tratado, en un manuscrito
también incompleto que el encargado de una tienda de remedios
tradicionales como farmacia, un Attar, dijo haber recibido en la
fabulosa biblioteca enterrada del oásis de Tamegroute, tiene dos
subtítulos: primero dice Notas sobre la casta de Los Sonámbulos, y en una
versión posterior, más llena de correcciones, Los labios del agua. Aunque

sobre esa frase hay también una corrección en la mayúscula inicial y
una palabra añadida antes para decir finalmente En los labios del agua.
Pero luego lo raya y escribe, La danza del fuego.
Tal parece que Aziz estaba acariciando la idea de titular sus libros
con algunos versos de un poema amoroso muy común en Mogador. Lo
cantan en los palacios y en las plazas, muchas veces al lado de las
fuentes:
Muerde mis labios
y quédate en ellos
como
los nombres del aire
en los labios del agua
Tócame con la lengua
y arde cantando
como
la danza del fuego
en la piel de la tierra
Una consecuencia muy concreta del Tratado de lo invisible en el amor
fue un edificio asombroso, ahora destruido, que sobresalía de las
murallas de Mogador por el lado donde se pone el sol. Un palacio del
amor donde los cuerpos y las inscripciones se mezclan mostrándonos
caminos insospechados para la unión de los amantes.
La historia de ese palacio cuenta que al emir de Mogador,
naturalmente Sonámbulo, una de sus amantes le leyó el Tratado de lo
invisible en el amor todo de golpe, durante una noche muy breve en la
que no durmieron. Y que el emir tuvo inmediatamente el deseo de
construir un palacio que fuera la imagen concreta en el mundo de esas
palabras ondulantes.
Había estado en la India y allá conoció los templos con esculturas
eróticas de Kashurajo, en el Reino Chandela, donde la casta gobernante
se decía descendiente de la luna. En su religión, hacer el amor era un
ritual indispensable.
El emir decidió levantar un equivalente islámico, recubierto de
escritura amorosa, en una de las playas de Mogador. El Templo de lo

Invisible. Ahí aparece Hawa transformada. Los rostros y los cuerpos de
mil mujeres amantes la esconden y tácitamente la muestran como una
mujer de mil matices. Para Aziz, según lo escribirá luego, es tan sólo el
templo de su amada. Pero el mundo se le convirtió en eso. Una
múltiple invocación de Hawa, un millón de motivos para adorarla.
Las ruinas del Templo de lo Invisible han sido tan saqueadas que
no nos permiten imaginar cómo eran las partes del libro de Aziz que
no llegaron hasta nosotros. Aunque sé que durante la construcción del
templo se crearon imágenes que nunca figuraron en los libros. La
esctructura misma del edificio es una espiral que, cuando entramos en
él, incluye nuestros cuerpos como parte de la proliferación de hombres
y mujeres participando en el ritual del deseo.
Cuando me pongo a pensar cómo y cuándo me involucré en esta
búsqueda de las huellas de Aziz y de sus palabras escritas, dibujadas,
me doy cuenta de que formo, tal vez, parte de sus planes. ¿Es posible
que un hombre escribiendo hace muchas décadas planeara no sólo las
escenas de sus libros sino también prefigurara a sus lectores? ¿A mí
entre ellos? ¿Es posible que en la curiosidad de lector insaciable que me
invadió desde que tuve contacto con lo escrito por Aziz vaya un
germen, un fantasma, de lo que el mismo Aziz era? ¿Estoy poseído por
su fantasma, por su espíritu? ¿Por qué me invade este afán, inútil tal
vez, de recopilar en diferentes partes del mundo todo lo de Aziz? ¿Por
qué tengo que buscar sus escritos en las más remotas bibliotecas? ¿Y
por que siento este deseo, también imperioso, de encontrar a Hawa, el
ánima de Hawa, entre las mujeres que encuentro cada día? ¿Estoy
cumpliendo mi destino o el de alguien más?
Tal vez las respuestas a estas preguntas ya no importan. Si lo que
me llena el cuerpo de hambre y sed y de deseo es el espíritu de Aziz,
sus necesidades ya son las únicas que tengo.
Reúno en estas páginas todo lo que hasta ahora he logrado
escuchar y leer, aquí y allá, sobre Aziz, el calígrafo de Mogador, que
escribió con letras de mar su amor por Hawa, su búsqueda y su
destino.
Como en el caso de otras historias de la ciudad de Mogador,
aprendí en la calle mucho de lo que sé y de lo que escribo. Los
cuenteros rituales de la Plaza del Caracol, y las mujeres en los hornos
públicos relatan ávidamente todo lo que es pensable decir sobre Hawa

y Aziz. Sus voces de agua, escritas en la arena, muy fugaces, se
mezclan ya con la mía.

SEGUNDO SUEÑO

Ayer soñé que cantabas mientras me dabas un beso. Tu voz entraba en mí
por la boca en vez de llegarme por los oídos. Te escuchaba con la lengua y me
daba cuenta de que había un leve sabor de mar en tu voz. Cantabas dándome
un beso. Tus manos también estaban mojadas. La sal de tus labios despertaba
en mí una sed multiplicada. Y esa sed me hacía ir de una de tus bocas a la otra.
Y cantabas por todas partes, llenándome con tu voz. Llegó un momento en que
tu voz, como un líquido brillante, salía también de mi boca. Se desbordaba
cubriéndome. Pero en realidad debería decir cubriéndonos. Cambiaba el color
de nuestra piel. Transformaba todo en nosotros, incluso nuestras huellas
digitales. Nos preguntábamos quiénes éramos ahora. Y nos respondíamos con
cautela, casi cantando en voz baja: somos otros cuerpos dentro de nosotros.
Somos dos amantes separados que murieron con sed uno del otro. Sólo ahora,
en estos cuerpos de agua hirviente, hemos podido reunir de nuevo un ardor
disperso. Estábamos diluidos, obscuros, fríos. Ahora nos concentran una
pasión y una sed ajenas. Un sol extraño invocó al nuestro. Así decía tu
canción, mientras me dabas un beso y todo comenzaba de nuevo.
Aziz Al Gazali
El sueño de las voces por dentro

III. En el nombre, la huella

Ésta es la historia de un Sonámbulo, contada por otro. Es la aventura
de un hombre, o más bien dos, que buscan regresar al Paraíso. Ambos
creen que estuvieron ahí. Llevan pruebas en el cuerpo de su paso por
ese lugar privilegiado. Son cicatrices amorosas y huellas del deseo.
Los separa tiempo, distancia: todo. Los une su condición de
habitantes del sueño.
Digo “ellos son” cuando, con sinceridad y con menos vergüenza,
debería decir “somos”. Porque yo soy uno de esos Sonámbulos. Hasta
hace muy poco me di cuenta. El otro está lejos de mí, pero lo siento
cercano cuando veo sus cicatrices en todo lo que escribió y en lo que se
puede saber de él ahora, muchos años después de su muerte. Escribo
sobre un Sonámbulo distante, Aziz, con enorme curiosidad por su
búsqueda. Tengo la impresión de que muchas veces es similar a la mía.
Hay además una mujer en su historia, Hawa, que me es tan
conocida como si ambos, con décadas de distancia y un océano de por
medio, hubiésemos amado a la misma.
Por eso escribo esto no sólo con curiosidad e identificación, sino
también y muchas veces sobre todo con celos. Ya sé que es absurdo y
ridículo tener pasiones por los sueños de otros, aunque parezcan ser
también los nuestros. Pero los celos son precisamente los más atrevidos
navegantes de los ríos turbios y agitados que unen sueños y realidades.
Todavía recuerdo con qué emoción y agonía seguí paso a paso sus
descripciones de cómo fue seducido por esa mujer. Pero también
recuerdo con callada felicidad los testimonios y documentos que
describen su propia muerte.

De pronto es mi rival imaginario, pero a ratos me veo en él como
en un espejo. Los dos somos morenos, altos, de ojos claros. Casi lo veo
mirándome. Casi toco y trato de apaciguar en lo verde agitado de sus
ojos un pequeño remolino similar al mío. Estoy atribuyendo al color de
sus ojos, en contraste con su piel, la cualidad de ser como un talismán
poderoso que puede mirar entre las sombras de los sueños.
Es evidente que un narcisismo elemental me empuja hacia él. Me
siento tan unido a la imagen que de él me llega que siento que si lo
toco removeré el agua del espejo y al desaparecer se irán con él muchas
de las obsesiones que ahora me animan. Una parte de mí tal vez
desaparecería. ¿Soy su eco o él es el mío?
Sus defectos me molestan, tal vez porque me recuerdan con
énfasis los míos. Pero al mismo tiempo quisiera tener las cualidades
que le veo y que a mí me faltan.
Me asombra que nos una también lo que parece más banal, el
nombre. Durante años he sentido que este nombre me estorba. Nunca
me ha gustado. Anuncia pretensiones ridículas. Es el típico nombre
que una madre sobreprotectora (en mi caso una abuela) da a su hijo,
asumiendo que el mundo, y hasta él mismo, tendrán por su persona el
afecto desmedido que ella le profesa. Nada más alejado de cualquier
realidad que un nombre así. Hay en él todo un proyecto de conducta
que un niño ni siquiera sospecha cuando oye el grito con el que lo
llaman.
Por eso desde niño me he quitado mi segundo nombre, Amado,
que me pareció siempre, por lo menos, innecesario. Ahora es uno de
mis vínculos misteriosos con ese otro Sonámbulo, Aziz, que quiere
decir “el bien amado”.
A pesar de todas mis quejas me llamo (aunque debería más bien
decir en mi casa me llaman) Juan Amado.
Mi abuela me robó por una hora cuando tenía unas semanas de
nacido para llevarme, a espaldas de mis padres, al templo que
pensábamos espiritista donde ella era medium. Hicieron un ritual de
bautismo y adivinación, del que mi abuela me mostró los documentos
sólo cuando cumplí dieciocho años. Y me señaló un pequeñísimo
tatuaje en mi muñeca que, visto muy de cerca, muestra cinco líneas,
como dedos de una mano. Siempre había pensado que era una marca
de nacimiento. Al crecer, su dibujo se ha vuelto más claro y me he

descubierto otro en el vientre.
En los papeles que me mostró, cada parte de mi cuerpo tenía una
historia y una meta. Inmediatamente los guardó y no volví a verlos. Al
morir no aparecieron entre sus cosas. ¿Se los habrá llevado con ella?
Recuerdo que en ellos se describían, con un lenguaje llanamente
profético, miles de promesas misteriosas que deberían cumplirse, por
suerte o por desgracia, en varias vidas.
El nombre de Amado me fue impuesto como una síntesis
emblemática de esas promesas. Pero en realidad ha sido un irrisorio y
paradójico destino, porque las glorias anunciadas en el ritual se han
hecho más búsquedas dolorosas que felices encuentros y en vez de ser
un pretencioso pero feliz “amado”, me convertí más bien en la figura
algo ridícula de “ése que busca desesperadamente ser amado”.
He tratado de borrar esta línea nominal de mi destino y ser tan
sólo Juan, pero cada vez es más difícil. Cada día me brota con más
fuerza la condición de Sonámbulo, como si fuera una herencia
genética. Mi abuela me decía que no debería avergonzarme de ese
nombre, que era finalmente el mismo de mi abuelo; que nombre y
destino corren en la familia. “Yo no te puse el nombre a la fuerza, ya lo
traías en los ojos.”
Los ojos, y estas ojeras cenizas, son rasgos que tanto en mí como
en mi abuelo la gente identifica como marcas de origen árabe.
Supuestamente Aziz también las tenía. Y tal vez, sin saberlo, nos llegan
por la misma línea; y así en nosotros se comunica el desierto de
Mogador, en el norte de África, con el desierto de Sonora, en el norte
de México.
El abuelo de mi abuelo, llamado Jamal Al Gosaibi, llegó a Sonora
del norte de África y, como muchos inmigrantes, cambió su apellido
por el de González, buscando simplificarse las cosas en su nuevo país.
Un paisano de él que había llegado también a Sonora, se llamaba
Abdul Karim Al Rushud y había optado por el más sencillo de Antonio
Obregón.
Una cultura de la arena en mi familia prolifera, como si el viento
del tiempo grano a grano hubiera movido una duna del pasado hasta
el presente, y luego, conmigo en medio, se la llevara de vuelta al
Sahara sin tiempo.
En la familia siempre hemos sabido que pertenecemos a una

tradición de minorías en la que lo arábigoandaluz llega a México muy
escondido en nuestros ancestros, negando públicamente su nombre,
seguramente perseguido, pero siempre hirviendo en la sangre de los
hombres que vinieron de Andalucía y más al sur. ¿Es tal vez
Andalucía, y hasta Mogador, tierra de Sonámbulos, de buscadores
insaciables de ser amados?
Pensaba que la historia y las huellas caligráficas de Aziz me
podrían ayudar a mirar, y entender algo de lo que somos Los
Sonámbulos. Nuestra naturaleza extraviada tiene una historia que está
todavía por hacerse. Es cada vez más grande esta involuntaria
sociedad secreta de hijos de la noche, de huérfanos del sol. Vampiros
sin colmillos, la luna nos regala de cualquier modo su luz metálica
sobre aquellos que deseamos.
Ahora comienzo a descifrar a mi propio abuelo Amado como un
miembro muy primitivo de la casta de Los Sonámbulos. Cuando
pienso que tuvo setenta y cinco hijos reconocidos, y que murió de
noventa y seis años dejando una niña de diez años de edad, idéntica a
él, con una de sus últimas mujeres, no con la última, creo que él
también buscaba con desesperación extrema ser amado. En su propio
tiempo y estilo, con su propio género de excesos, era como muchos de
nosotros un habitante torpe de sus deseos y sus sueños, un Sonámbulo.
Y cuando pienso en todos los sufrimientos que prodigó a su
alrededor, tiendo a creer que su búsqueda fue siempre más dolorosa
que placentera, más egoísta que de verdad amante. Pero ya mi padre
me previno, desde que yo era adolescente, sobre la estupidez de juzgar
a mi abuelo desde mi estrecha perspectiva. “Físicamente son muy
parecidos, pero para ti es muy difícil entender lo que él siente, piensa y
quiere —me aseguraba mi padre—, tendrías que haber sentido en
carne propia todo lo que él vivió, a principios de siglo, en el desierto de
Sonora: tuvo formación de piedra y carácter de cáctus.”
Yo tenía dieciséis años cuando apareció de nuevo en la familia. Era
la segunda mitad de los años sesenta y nunca antes lo había visto. Se
había ido, obedeciendo ciegamente a sus deseos amorosos, muchas
décadas antes. Mi padre era muy joven, casi adolescente, y él y sus
hermanos tuvieron que asumir la economía de su casa. Mi abuela se
instaló más que nunca en el espiritismo y fue, probablemente, más feliz
que cuando mi abuelo estaba con ella. Muchos años después, la abuela

viviría con nosotros y me consta que nunca mostró algún signo de
rencor hacia él.
El abuelo Amado regresó a la ciudad de México y vivió en otra
casa. Pero venía de vez en cuando a comer con nosotros. A ella siempre
le daba gusto verlo de nuevo. Me impresionaba que no hubiera en sus
conversaciones una gota de nostalgia por los años que compartieron.
Pero hablaban durante horas de los mensajes cifrados de los muertos.
Se contaban sus visiones y hacían los árboles genealógicos de
aparecidos y desaparecidos. Ella le decía dónde habían dejado oro y
dinero enterrado sus “hermanos los espíritus”, y él se lanzaba con pico
y pala, y algunos de sus muchos hijos, a hacer agujeros al lado de las
carreteras, en bosques cercanos y casas de la familia.
Cuando el abuelo llegó yo tenía el pelo largo y opiniones opuestas
en todo a las de él. Como reaccionaba con innecesaria agresividad
hacia mí, mis ideas y mis actitudes, yo decía que era un “fascista y un
machista”. Mi padre, que no tenía de él la mejor de las opiniones, ni
mantenía con él la mejor de las relaciones, trataba de obligarme a ser
menos esquemático en mis juicios. Más humanamente deseoso de
comprender a los que piensan y sienten diferente de uno. Y me contó,
entre otras historias, que cuando el abuelo Amado tenía mi edad estaba
obligado con frecuencia a defender, rifle en mano, a su familia de los
ataques de bandas de asaltantes que asediaban los ranchos del norte de
México.
También atacaban de vez en cuando las tribus nómadas de la
región, especialmente apaches muy alejados de su territorio, y por
temporadas los yaquis. Que en uno de esos ataques, una de las
hermanas de mi abuelo, de la edad de la mía que tenía entonces un
año, quedó clavada en su sillita de bebé con una flecha en el pecho. En
otro, su madre fue secuestrada por yaquis y nunca se volvió a saber de
ella. El padre del abuelo Amado se casó después con la hermana
menor de la secuestrada y tuvo, sólo con ella, veintitres hijos más. “Si
no te gustan sus actitudes —me advertía mi padre—, trata de entender
por lo menos cómo se hicieron, para que no las repitas. Se parecen
muchísimo ustedes dos”.
Muchos años después, sin compartir nunca sus opiniones,
compartí con él largas horas en las que trataba de que me contara
episodios de su vida. Yo sabía que él también había sido secuestrado

por los yaquis de niño y había logrado regresar dos años después,
intercambiado por mercancías. Que respetaba y admiraba a los yaquis
más que nadie.
Dentro y fuera del país estuvo en varias guerras, dio la vuelta al
mundo en barco, hizo y dilapidó tres veces su fortuna en los ranchos
agrícolas de Sonora. La tercera vez lo hizo a los sesenta años, y fue
definitiva. Conoció a mucha gente interesante, fue muy activo en la
diplomacia y la política mexicana de los años treinta. Mucho de lo que
vivió era ya parte de la historia. Pero todo eso no parecía ser
importante para él. Casi lo único que le interesaba era hablar de las
mujeres muy hermosas que alguna vez le robaron el corazón. Incluida
mi abuela.
Cada vez que mencionaba un nombre se quedaba callado un rato,
miraba al vacío y sonreía con beatitud. No hubo una de la que hubiera
hecho un comentario despectivo. Cada una tenía una belleza distintiva
que comenzaba por el espíritu y terminaba en el cuerpo. A él le
gustaba comprobar cómo, con los años, lo que las personas hacen y
viven se convierte en rasgos de la cara.
“A muchas mujeres especialmente les salen las cosas buenas, los
hombres estamos más maltratados del alma, por eso somos tan feos”,
decía.
“No es que no nos guste la edad, lo que pasa es que no es fácil
aceptar que eso que tarde o temprano nos brota en la cara es lo que
llevábamos dentro, lo que en el fondo somos. Y no, no siempre es
fácil.”
Una de las cualidades que más admiraba, y según él podía leer en
el rostro de una mujer era la constancia. Y luego añadía como
justificándose con cínica y brutal inocencia, “yo nunca he dejado de
querer a ninguna”.
Varias de las mujeres que amó murieron antes que él. Pero estaba
seguro de que sus mujeres muertas encarnaban siempre en las vivas.
Decía que incluso muchas de las vivas tenían una parte de ellas que se
moría cuando dejaban de tener deseos por un hombre o una mujer, y
que su espíritu deseante encarnaba siempre en otra. “Yo sé cuando una
mujer que me ha amado entra en el cuerpo de otra que no conozco. Se
siente, casi se huele. Y luego lo compruebo cuando estoy dentro de ella.
Porque no hay dos que en el amor sean iguales. Algunas hasta me han

dicho mi nombre sin que yo nunca se los haya mencionado”, me decía
el abuelo como renovando cada vez su asombro.
Es lógico que habiendo vivido primero en el desierto, y luego en el
mar, el abuelo Amado diera al agua una especie de carácter mágico.
“Apenas toca el campo reseco y éste se despierta. El agua es capaz de
resucitar a los muertos.” Decía que si uno va en barco “cuando el
viento y el mar hacen el amor, lo cambian a uno. Ya nunca vuelves a
ser el mismo. Siempre que me enamoro de una mujer y ella huele a
mar, me acuerdo con miedo de alguna tormenta”.
Por añadidura creía en los poderes sobrehumanos de la saliva, el
sudor y todas las emanaciones del cuerpo. “Nada tan sano como sudar.
Cura todo.”
Antes de emprender la reparación de un motor, practicaba la
antigua y poco ortodoxa costumbre árabe de lavarse las manos con
orines “para tener mayor destreza y no romper nada”, tal como lo
recomiendan los recetarios de medicinas y remedios de los harems de
Marruecos.
Decía que él tenía una relación especial con todos los líquidos de
las mujeres. “El agua de las mujeres habla con más soltura que su boca.
A ella hay que preguntarle. Si no quiere, ni responde. Y más vale ni
siquiera insistir. Pero si quiere lo grita sin pena, con voz de agua, con
voz de charco. Nunca miente. Una mujer feliz es toda agua. Cierras los
ojos y estás en el agua. Y uno tiene que aprender a respirar dentro del
agua.”
Cuando pasaba cerca de una fuente se detenía a escuchar en qué
tonos cantaba. “Ya no les cuidan la voz como antes. Ya están como con
las campanas de las iglesias. Ya no les importa cómo suenan.” Y yo
estaba seguro de que esa atención al canto de las fuentes y las
campanas le venía de su abuelo Jamal. “Cuando pasaba una mujer
bonita las campanas del corazón se le volvían agua de tanto tocar
fuerte y bonito”, decía de su propio abuelo.
Y las campanas del sexo le tocaban a él con arrebato a cada
momento. Bastaba que pasara una mujer guapa para que se irguiera y
tratara de llamar la atención. Nunca conoció la supuesta edad del sexo
tranquilo, indiferente. Ya bien entrado en sus noventa, ante las amigas
de mis primas, sesenta y tantos años más jóvenes que él, se
transformaba, escondía el bastón y comenzaba a cortejarlas, a decirles

piropos en la lengua de los yaquis.
Abuelo, ¿por qué les hablas en yaqui?, le dije muy intrigado
cuando ya ellas se habían ido, encantadas con los cortejos del viejo,
más ágiles entonces que sus pasos. “Porque la lengua yaqui es como
agua suavecita. Cuando tocas a las mujeres con esas palabras de agua
sienten rico, quieren más. ¿Por qué crees que los yaquis tienen tanto
éxito con las mujeres, y ellas nunca los abandonan? Por el agua. El que
toma agua en un pueblo yaqui nunca se va. De verdad es buena. Allá
no hay amor sin agua. Cuando de niño me quise ir del pueblo, traté
tres veces y no pude. Viendo que me iba poniendo cada día más triste,
el chamán me dijo que me aguantara la sed lo más que pudiera. Sólo
así pude regresar. Como un mes después de que ya habían negociado
con mi papá para dejarme ir.”
Un día le pregunté si su nombre le gustaba. Me dijo que nunca se
había puesto a pensar en eso. Que no era importante. “Uno es como es.
Lo difícil es cuando a ninguna mujer le gusta. Pero hasta ahorita no me
han protestado. Y uno se acostumbra a todo. Tuve un amigo al que le
decíamos 'el perro'. Yo me hubiera enojado pero él ya estaba hecho a la
idea de que la gente le dijera así. Claro que a mí tampoco me decían
por mi nombre, más bien me llamaban 'el gallo'. Mi abuelo Jamal decía
haber tenido un amigo Amado, y en recuerdo de él me pusieron este
nombre.”
Cuatro años antes de morir tuvo una crisis digestiva en la que fue
a dar al hospital y ya ahí, por un diagnóstico médico equivocado, se
puso muy grave. En un mes padeció tratamientos tan dolorosos como
dieciséis diálisis y otras barbaridades. Tenía noventa y dos años y
decidió que ya era hora de morirse. Un lunes llamó a todos los
parientes que estaban en los pasillos del hospital y les dijo: “Miren. Yo
ya acabé de estar. Así que ya no me estén chingando con que me alivie.
Ya acabé de estar.”
Durante casi tres semanas no probó bocado y se desconectaba las
sondas de suero que los médicos le imponían amarrándolo. Cuando
llegaban todos a visitarlo se negaba a abrir los ojos o a responder. Ante
la gravedad de su actitud llegaron de todas partes del país y de
algunos otros países, hombres maduros de rasgos tremendamente
parecidos que se presentaban mutuamente con el mismo nombre:
Amado González, para servirle. Mucho gusto, Amado González. Yo

soy Amado González, a sus órdenes. La escena parecía salida de un
sueño y era digna de una vieja película surrealista. Durante un par de
días vimos a decenas de dobles presentándose unos a otros en el
pasillo de un hospital con un nombre que más bien parecía el de un
club muy popular porque no servía para diferenciar a ninguno. Casi
todos se estaban conociendo y lo más extraño es que hasta en la forma
de vestir se parecían.
A más de veinte de sus hijos, una buena camada de primogénitos,
les puso el mismo nombre. Pero ninguno logró convencerlo en ese
momento de que valía la pena vivir y de que comiera para
restablecerse. Muy en el fondo, sin necesidad de decirlo, todos estaban
de acuerdo con él y en una situación similar hubieran hecho lo mismo.
Ante los ruegos desesperados de mi madre y de varias tías, uno de
los Amado González, hermano mayor de mi padre, se decidió a
intentar algo radical. Se presentó frente al abuelo y le dijo, “Pá, así que
ya acabaste de estar, ja, ja, ja. Todavía te falta ver esto.” Levantó las
cobijas por los pies de la cama y, con toda su fuerza, le mordió el dedo
gordo del pie izquierdo. El abuelo abrió los ojos, que inmediatamente
se le pusieron rojos de rabia, y comenzó a recitarle a gritos todos los
insultos que le venían a la boca. Era como la letanía en árabe de un dios
rabioso a punto de destruir el mundo. Mi tío entonces le mordió el
dedo gordo del otro pie. El abuelo trató de darle una patada y,
sobreponiéndose a su debilidad resignada de antes se levantó de la
cama para perseguirlo y golpearlo; para “romperle el alma” como
estaba prometiendo hacerlo.
El tío salió al pasillo donde estábamos todos. Cosa que tenía sin
cuidado al abuelo. Pero el tío también había arreglado que se
apareciera por ahí la más guapa de las enfermeras del hospital. El
abuelo la percibió al final del pasillo y se olvidó instantáneamente de
su enojo. Como Sonámbulo se fue tras de ella. Era de verdad muy
hermosa y tenía tal gracia en todos sus movimientos que era capaz de
transformar a cualquiera en un suspirante lastimoso. El abuelo le
protestó sonriendo: “Con tantos días que llevo en este hospital, ¿cómo
es posible que nunca hubiera venido a verme?” Ella le explicó que
trabajaba en otro piso pero ya había oído de su caso: era el señor necio
del segundo piso, el primer suicidio por terquedad que iban a tener en
el hospital. El abuelo le prometió, con más coquetería que chantaje, que

haría todo para aliviarse si ella le llevaba a diario sus alimentos. Y así
fue.
Claro que a la hora de las comidas el abuelo se veía cada vez más
rodeado de sus hijos primogénitos que siempre se comían a esta mujer
con los ojos. Pero ella los dominaba a todos con una pequeña variación
en su amabilidad, con un gesto o una sonrisa. Hacía toda una obra de
teatro con sus manos y su cabello, con su mirada y las posiciones de
sus piernas. Se ofrecía y se negaba. Parecía que se entregaba y daba tres
pasos atrás. Los traía locos. Y a mí también. “Cómo somos frágiles los
Amados, pensaba para mí. Cuerpos de toro con corazón quebradizo.”
Varios años después, al borde de su verdadera agonía, el abuelo
nos llamó a cada uno de los hijos y de los nietos por separado. Quería
despedirse. Él, que no era muy dado a los consejos, sintió la necesidad
de decirme, “Ya me di cuenta de que a ti también se te calientan mucho
las ollas con muy poco fuego. Traes dentro mucha agua de la que
hierve fácil. Nada más no hagas tantas estupideces como yo hice.
Cualquiera te cuenta cuáles. Ve y pregunta porque ahorita ni tiempo
me daría de decírtelas todas. Primero me muero.”
Mientras me hablaba yo iba saboreando la sensación dulce y
amarga a la vez de saberse tan diferente a alguien en valores y
principios y, al mismo tiempo, tener la certeza de que nos une, más allá
del parentesco y la fuerte similitud en la apariencia física, un río de
sueños, una vieja corriente de anhelos que nos navega por dentro. El
mismo magnetismo sonámbulo que más tarde encontraría en Aziz, el
calígrafo de Mogador que ahora me hace compartir sus sueños.
Como Aziz, el abuelo Amado tuvo una agonía poblada de
amorosas visitantes. Poco antes de morir tenía largas conversaciones
con vivos y muertos imaginarios. Hablaba especialmente con mujeres
cuya presencia, invisible para mí, convertía la voz ronca y golpeada del
abuelo en un dulce cortejo.
Toda su vida estuvo poblada por inmensas corrientes de sus
sueños. Dormido o despierto escuchaba voces, siempre muchas voces
de mujer. Tal vez nunca despertó.
Como aquellos exploradores de otros siglos que buscaban
ansiosamente, a través de territorios que nunca imaginaron que
existieran, el punto donde se origina el Nilo, comencé a remontar con
emoción la larga corriente que me une con Aziz, pasando por mi

abuelo. Traté de conocer la fuente de mis ríos, pero encuentro huellas
sobre el agua, huellas en mí dormidas. Las huellas de todos mis
Sonámbulos tejidas entre mis pasos. Como si mi nombre estuviera
escrito misteriosamente en los huecos de la caligrafía de Aziz Al
Gazali.

TERCER SUEÑO

Ayer soñé que venías hacia mí con la mano extendida y una sonrisa afilada
revelando todas tus intenciones. Te veía acercarte, cruzar las sombras, y me
iba sintiendo cada vez más atraído por el imán de tus ojos. Pero de pronto, un
rayo de luz tocaba tu cara y me di cuenta de que los tenías cerrados. Me veías
desde tu sueño. Me despertabas pero estabas dormida. Caminabas hacia mí
como si miraras por las manos, por todos los poros de la piel. Y te seguías
acercando. Me despertabas para que entrara en el sueño más profundo que
tenías, el sueño de tu cuerpo. Que era como una noche nueva dentro de la
noche. Tu obscuridad me devoraba. Éramos dos Sonámbulos amándose en tu
sueño y en el mío.
Aziz Al Gazali
El sueño de dos noches

IV. Posesión primera: iniciación al vacío

Un día, mientras desayunábamos huevos con carne de machaca y
tortillas de harina, mi abuela se me quedó viendo a los ojos y me dijo:
“Hoy los traes muy revueltos. Como llenos de pájaros dando vueltas.
Como el agua cuando se está yendo por un agujero. Así se le ponían a
tu abuelo cuando comenzaba una de sus correrías. Decía que oía y
sentía cosas que los demás ni veíamos. Y se ponía como hipnotizado,
como caminando dormido hacia las mujeres.”
Y ese mismo día comencé a darme cuenta de que en cualquier
lugar, a cualquier hora, Los Sonámbulos se reconocen. Basta
intercambiar una mirada con ojos revueltos. Y a veces ni siquiera eso.
Los gestos hablan. Los movimientos del cuerpo los delatan. La
disponibilidad y sobre todo el apetito sensual que da órdenes y energía
a sus brazos y a sus piernas pueden ser secretos para todos pero no
para otro Sonámbulo.
Y hay quienes pueden saberlo incluso sin mirar. Ese mismo día
entré a un teatro. Era un poco tarde y casi todo el público estaba ya en
sus asientos. Conforme avancé para llegar al mío, iba percibiendo en
cada hilera, con mayor o menor intensidad, la presencia imantada de
otros Sonámbulos. En la sexta fila había una persona que me resultaba
especialmente perturbadora. Ya sentado en mi lugar, tres filas
adelante, no pude evitar volver la cabeza lentamente para quedarme
de golpe hipnotizado por esa mujer que llevaba algunos minutos
mirándome. Al percibir de golpe mi propia insistencia cerró los ojos y
respiró profundamente. Ella también estaba perturbada.

Permaneció con los ojos cerrados casi un minuto. Sentí que la
había mirado con enorme torpeza. Ni siquiera Los Sonámbulos, pensé,
tienen derecho a imponerse con violencia. Además, ella estaba
acompañada. No sabía cómo disculparme, cómo decirle que nunca fue
mi intención molestarla.
Al abrir los ojos confirmó que yo la seguía viendo y giró
suavemente la cara hacia el hombre que estaba a su derecha. Con la
mano izquierda, extendida, le acarició la mejilla y lo acercó para darle
un beso. En la mano lucía, claramente, un anillo de matrimonio. Era
igual al de él. Y mientras más parecía concentrarse en ese beso, abrió
de pronto los ojos y de nuevo los fijó en mí. Estaba tratando de decirme
algo. No sólo que estaba ahí con su esposo sino algo más que yo no
alcanzaba a entender.
Hizo entonces con los ojos eso que yo no podría haber imaginado.
De pronto tuve la sensación de que su mirada comenzaba poco a poco
a expresarse con una insospechada claridad. Y sus ojos deletreaban su
deseo por mí, mientras besaba a otro. Ya había sentido en las calles del
sur de España la mirada hablantina y deseante de las mujeres
andaluzas, más expresivas con los ojos mientras más prohibido fuera
cualquier otro contacto.
Y lo mismo, pero multiplicado por mil, había sentido en
Marruecos con la mirada poderosa de las mujeres veladas, que todo,
incluso muy explícitas obscenidades, pueden decir claramente con los
ojos. En las calles de Marruecos las mujeres manosean a los hombres
con los ojos.
Pero nunca me imaginé que eso fuera a sucederme con una mujer
que tuviera en vez de velo a un esposo tapándole la boca. Me dio risa
lo ridículo de la escena. Pero fue más intenso el nerviosismo que se
apoderó de mí. Los Sonámbulos son por definición ridículos. Y no les
basta darse cuenta de ello para detenerse. Siempre sucumben a la
fuerza de los deseos sin importarles ofrecer el espectáculo de su
fragilidad. Ella me miró de tal manera que me cortó la risa.
Su boca y su lengua parecían unidas a su mirada y morder y
moverse junto con sus pupilas, fijas en las mías: estaba besándome con
los ojos, apasionadamente, y haciéndome sentir que sus labios me
mordían. Después de un momento hasta un poco de sangre llegué a
sentir en la boca imaginariamente mordida.

Al marido le daba vergüenza ser besado así, en público, con clara
pasión, y trataba vanamente de alejarla. Era evidente que ella siempre
imponía sus deseos. Sus decisiones parecían inquebrantables, como la
mirada que tenía fija en mí mientras besaba a su marido y me ordenaba
seguir mirándola. Me di cuenta también de que él, definitivamente, no
pertenecía a la casta de Los Sonámbulos.
La perdí de vista poco a poco cuando apagaron las luces del teatro
y comenzó la función. Me dolían los ojos y más me dolía la boca.
No pude concentrarme en una sola frase proveniente del
escenario. Hasta ahora no he podido saber de qué se trató la obra. Lo
único que absorbía mi atención era esa mujer a mis espaldas
diciéndome con sus gestos que estábamos hechos de la misma tela,
anudados por la misma cuerda, cocidos al mismo fuego, en la misma
salsa. Se apoderó de mí una sed extraña. Me moría por tocar su piel
con mis labios.
Llegar al intermedio se convirtió en una obsesión y al instante
imaginé mil situaciones para acercarme, mil conversaciones, mil
preguntas. Quería saberlo todo sobre ella. Cada minuto sin verla, sin
hablarle por primera vez, se me hacía insoportable. Seguía imaginando
compulsivamente palabras y movimientos para adecuarme a cada uno
de los suyos cuando, de pronto, como quien apaga la luz o cierra una
puerta, dejé de sentir su fuerza vibrante a mis espaldas.
Había hecho, poco antes del intermedio, el único movimiento que
no esperaba. Se había ido.

Los Sonámbulos siempre tienen a alguien en su mente obsesiva;
siempre están buscando a una persona en especial. Y con mucha
frecuencia creen verla en todas partes. La mujer del teatro no tenía para
mí un nombre. Pero tenía un cuerpo que ya estaba dibujado en mis
ojos como una aparición permanente.
En cuanto me di cuenta de que se había ido salí corriendo del
teatro. Con suerte estaba todavía cerca. Luego fui a los bares y
restaurantes a los que normalmente va la gente después de la función.
En cada lugar había alguien que de lejos parecía ser ella. El deseo, ese

hervor del Sonámbulo, me estaba obligando a ver fantasmas. Ella, en
todas partes, aparecida. Ella en mil cuerpos y en ninguno.
Los meses siguientes viví con su presencia. Hasta su voz, que
nunca había oído, se me aparecía en otras bocas llamándome,
pronunciando mi nombre, jugando y riendo. La piel de su cuello me
obsesionaba, lo mismo que sus ojos grandes y negros. La mano obscura
y delgada manifestando su deseo me tocaba en cuanto cerraba los ojos.
Todo el tiempo sentía la fuerza de sus dedos llevando mi cara hacia la
suya.
Fui al teatro mil veces, a todas horas. Fui a todos los teatros de la
ciudad. Traté de imaginarme qué otros espectáculos podría ella
preferir. En qué tiendas compraría. Si tuviera hijos a qué escuela
asistirían. Si venía de otra ciudad u otro país, qué paisaje anhelarían
sus ojos. ¿De qué estación de tren o de qué aeropuerto saldría hacia su
ciudad cuando fuera de vacaciones? Durante mucho tiempo estuve
buscándola así, como Sonámbulo, con los sentidos abiertos a las
emanaciones misteriosas de los cuerpos. La confundí, cientos de veces,
con mujeres que ya viendo bien no se le parecían en nada. Me dormía y
despertaba pensando en su mirada. Más de una vez sentí que me
observaba desde el fondo obscuro de mis obsesiones. El hueco de su
huella creció y creció ocupando a la fuerza, dolorosamente, un espacio
que parecía no tener razón de existir. Nunca volví a verla. Duele
recordar de qué maneras extrañas Los Sonámbulos se llenan de
profundas ausencias.

CUARTO SUEÑO

Soñé que me besabas y que con besos me obligabas a cerrar los ojos. Con tus
manos apartabas las mías de tu espalda, de tu nuca. Ahora sólo tú podías
acariciarme. Subías por mi cuerpo como una marea, como un brazo de mar,
como un río, y tu agua estaba caliente. Tus besos caían en catarata por mi
cuello. Tus manos rozaban mi cara como parvada de gaviotas hundiendo el
pico en el agua, buscando alimento. Olías a mar y tu oleaje me arrullaba.
Hacías con las manos caracoles que ponías en mis oídos para convencerme de
que eras mar, no río. Y con tu lengua pescabas los secretos de la mía. “Sólo un
cuerpo dócil y quieto puede aprender a ser agua”, me amenazabas al oído,
“sólo así nos navegamos: agua sobre agua “. Entusiasmado abrí los ojos y ya
no estabas. Los cerré y de nuevo aparecías. Cada vez que trataba de mirarte o
de tocarte no estabas ya conmigo y el sudor que cubría mi cuerpo comenzaba a
enfriarse. Pero volvías a navegarme en cuanto yo regresaba a la docilidad en
que me habías moldeado.
KZIZ Al Gazali
El sueño de un mar quieto

V. La experiencia de la luz

En muy poco tiempo viví tantas sensaciones posesivas que cuando más
tarde cayó en mis oídos el nombre de la casta de Los Sonámbulos y
tuve noticias de su existencia, sentí que ya tenía en mí lo necesario para
escribir un largo libro de notas sobre esta casta.
Los Sonámbulos no distinguen entre la realidad y el deseo. Su
realidad más amplia, más tangible, más corporal es el deseo. Me
muevo porque deseo. La vida en sociedad es un espeso tejido de
deseos. El hogar una casa de deseos. La alcoba un jardín de deseos. Mi
jardín es la trenza de mis deseos con los de la naturaleza. La realidad
es también, y sobre todo, aquello que deseo.
Pero el Sonámbulo no se confunde completamente y sabe muy
bien que desear no es igual a ya haber alcanzado lo que se desea. Sabe
que el deseo es siempre una búsqueda.
También sabe que al buscar no siempre encontrará exactamente lo
mismo que anhelaba. Más de una vez la vida del Sonámbulo le da
peras en vez de manzanas. Pero el Sonámbulo descubre con gran
placer que ahora le gustan más las peras.
Porque, si hay algo que Los Sonámbulos viven mezclando y
confundiendo es a las cosas y a las personas: vinculándolas unas a
otras por medio de una extraña cadena de detalles secretos que el
deseo más íntimo resalta y elabora. El alma del Sonámbulo es como
una casa poseída por fantasmas que entran y salen dejando en su lugar
a un fantasma muy parecido.
Un día, la mujer del teatro se me apareció transformada en otro

cuerpo, otra persona. Ésta sí me dio su nombre y mucho más. Se llama
Maimuna y es tan parecida a la mujer del teatro que seguramente al
desear a la primera abrí un espacio para que reinara ampliamente en
mí la segunda. Tal vez por ese parecido, la enorme atracción que
normalmente hubiera tenido por ella se multiplicaba y no dejaba nunca
de crecer. Incluso, dentro de mí, llegué a llamar a esa mujer sin nombre
“la otra Maimuna”. Porque en el Sonámbulo los fantasmas que se
escapan, en realidad (es decir, en la realidad del deseo) nunca se van
del todo.
De manera completamente irracional tenía la certeza de que el olor
de su piel era el mismo. Y con frecuencia tomaba rasgos de Maimuna
para seguir dando vida en mi recuerdo a la primera: me imaginaba
que, como Maimuna, ambas habían nacido en Guinea, que a una le
gustaban las telas que prefería la otra, que las dos llevaban a diario el
mismo peinado imaginativo que hacía más atractiva y perturbadora su
cabellera africana. Llegué a sentir incluso que los regalos que yo le
hacía a Maimuna de alguna manera llegaban hasta las manos de
aquella que, sin quererlo ni saberlo, había despertado mi obsesión por
otra.
La interminable carrera de relevos amorosa que viven Los
Sonámbulos, en la imaginación o en los hechos, se convierte siempre
en un círculo de fuego, más caliente a cada vuelta. Así, cerrando otro
círculo imaginario, estoy seguro de que si llegara a encontrarme de
nuevo con la mujer del teatro, ella sería esta vez la que recibiría en mi
obsesión el condimento de amor y deseo acrecentado que Maimuna ya
sembró en mí. Porque el deseo es una flecha que avanza en círculos
concéntricos. Toca nuestro blanco y nos toca a nosotros luego, nos
transforma. Es una espiral, un remolino que arrastra a Los Sonámbulos
y los convierte en planetas de carne y hueso, en materia atraída por la
fuerza de gravedad de un centro que crece y se acelera con el deseo.
Uno de mis centros ha sido sin duda Maimuna. Aun a lo lejos sus
poderes me hacen girar con fuerza alrededor de ella, siempre hacia
ella. Ya no hay sonrisa, piel, mirada, caricia, que no compare con las
suyas. Es mi eje, mi referencia mayor, el único alfabeto con el que
saben leer y hablar mis sentidos. Nada pudo ser igual después de
conocerla. Y todos los días me viene a la memoria el primer día.
Tal vez al evocarla tan seguido ya la reinvento. Tal vez al

contrario, la adivino. Con la memoria la toco. Al decir en secreto su
nombre la beso.
La conocí en una ciudad de noches y días calientes, avenidas
cuajadas de flores color de fuego y nombre de amplias resonancias
árabes, Guadalupe: Río de Lobos. Fue hace algunos años, durante la
Feria del Libro de esa ciudad que aquella vez estuvo dedicada a los
países africanos. Como escritora y editora estaba invitada a varias
mesas redondas y presentaciones de libros. Pero no la conocí dando
una conferencia, como podría haber sucedido, sino en un salón de
baile.
El evento más importante, para mí, en esa reunión anual de
muchos amantes y algunos profesionales de los libros sucede lejos de
las páginas impresas, donde los cuerpos escriben otras historias
siguiendo el dictado de la música.
El primer lunes de Feria, ya es una costumbre, poco antes de la
media noche, en un lugar llamado Salón Veracruz comienza a
extenderse el dominio del son con dos orquestas caribeñas y una
cantidad de parejas que están ahí casi diario. Algunas exhiben muy
naturalmente enormes acrobacias o al contrario, giros tenues, casi
detenidos. Que son igualmente asombrosos. Mientras se baila, cada
instante en el aire, ya sea que forme parte de un movimiento rápido o
de uno lentísimo, es un instante único y es eterno. Como en el amor,
bailando nada es tan sólo lo que parece. Todo dura más, no en el
tiempo lineal sino hacia adentro.
Es natural que la música trastorne a Los Sonámbulos. Ellos
mismos son notas de una composición nocturna, llena de silencios y
saltos líricos, sostenidos. También es natural que una gran mayoría de
ellos tenga por el trópico y sus sonidos una debilidad ritmada.
De los pies a la cintura se dispara, sin sacudir el tórax, una fiebre
cíclica que paso a paso se apodera de la cabeza. Los Sonámbulos
obedecen sin reparos a la música y bailando se ponen ebrios de sus
propios anhelos corporales. Entre tambores y trompetas son capaces de
oír claramente su “abeja de la carne”. El enjambre les sacude la
columna, la hace flauta primero y luego cascabel. Bailan, ya se sabe,
como Sonámbulos.
Para identificar a mis Sonámbulos: a los que bailan por vocación
más que por aprendizaje, aprovecho una de las pocas ventajas de mi

miopía. Sin lentes los contornos se me desdibujan pero puedo percibir
mejor, con un poco de música, la llama en movimiento que cada
persona lleva dentro.
Cuando apenas todo comienza, casi mientras afina la orquesta,
entre tambores indecisos y trompetas tímidas, antes de que nadie se
levante a bailar, me quito los anteojos y trato de percibir entre las
sombras borrosas del inmenso salón los movimientos involuntarios de
aquellos que, bajo el poder de las primeras notas, ya se están
balanceando en su silla. Entre esas personas trato de elegir a mi pareja
de baile. No me va a importar si es alta o pequeña, si es gordísima,
escultural o demasiado delgada, si es muy bonita o muy fea. Lo que me
importa es que sepa rendir su cuerpo a la evidencia de la música. Y que
desee llevarme con ella al espacio imaginario (como de otro planeta)
que construyen las parejas que se entienden bailando.
Percibí a Maimuna moviendo a lo lejos cabeza y hombros muy
lentamente mientras hablaba con otras personas en su mesa. En su
suavidad había algo más: una especie de dolor y placer simultáneos
que mostraban lo hondo de sus movimientos. Su cuerpo le pertenecía
como un instrumento musical y eso era visible en unos cuantos
balanceos. Su cuerpo era una voz. Supe inmediatamente que
pertenecía a la casta de Los Sonámbulos.
Cuando me acerqué a la mesa, ya con los lentes puestos, y pude
casi tocar su belleza, me convertí inmediatamente en su esclavo. Me
había encaminado hacia ella con mucha decisión y ya enfrente me
quedé paralizado. Era muy parecida a la mujer del teatro y por un
instante pensé que era ella. Cuando todos en su mesa voltearon a
verme con cierto asombro reaccioné despertando de mi torpe hipnosis
y la invité a bailar. Me tomó la mano para que camináramos hasta la
pista sin perdernos entre la multitud. Al sostenerla en la mía tuve la
sensación de tocar por fin a la mujer del teatro. La fiesta me parecía
doble, triple, fuera de proporción.
Ella percibió mi desmesura y me preguntó por qué estaba tan
contento. En vez de responder con una evasiva o simplemente
haberme callado, le confesé torpemente que se parecía a alguien que yo
había estado extrañando y buscando con cierta desesperación. Pensé en
ese instante que había sido torpe y descortés, que además no me
creería ni entendería lo que en realidad yo le estaba diciendo. Pero me

sorprendió al responderme que yo le recordaba también a alguien. En
vez de preguntarle sobre ese alguien, le dije:
—Entonces somos dos fantasmas bailando.
Ella tomó firmemente, con las dos manos, mis hombros, acercó su
boca a mi oído hasta donde pude sentir y escuchar su aliento, y
mientras me hacía comprobar la fuerza de todas sus uñas, me dijo con
tono de reto y una rabia que más bien era coquetería:
—Dos fantasmas de carne y hueso.
Al alejarse acarició con su mejilla la mía y me cortó el aliento.
Comenzamos a bailar, los dos con la respiración alterada.
Tal vez en ese momento nuestros fantasmas cedieron y empezaron
a diluirse como el sudor de nuestros cuerpos. Nos miramos fijamente
con la extraña conciencia de que, como nuestros ojos, ambos estábamos
de alguna manera desnudos. Habíamos confesado, cada uno, una
enorme carencia y el deseo de llenarla con quien teníamos enfrente.
Seducidos y abandonados a nuestra suerte, nos dedicamos a bailar sin
decirnos nada, postergando lo más posible el momento de probar la
certeza de nuestras obsesiones. Aunque, claro, ya para entonces no era
necesario probar nada.

Desde los primeros pasos reconocimos la sensación única de
convertirnos en un solo cuerpo por la magia de la música. No tanto
hacer los mismos pasos como sentir lo mismo ante las mismas frases de
la orquesta. Y una y otra vez asombrarnos al descubrir nuestras
diferencias y asombrarnos también al descubrir nuestra repentina
identidad. Ir y venir del uno al otro. Aprender a ser otro.
Todos los placeres del baile estaban en Maimuna esa noche. Así
como todas las etapas que conducen hacia esa sensación de tocar la luz,
de convertirse en una flama que baila libremente. Y tal vez más allá.
Ella hacía del baile una ascención maravillosa por eso que llamaban en
su país “los nueve niveles de la escalera iluminada”. Los que, según
decía, “dan luz al cuerpo desde adentro y llenan de alegría a todo lo
que en él está vivo”.
Bailamos avanzando por esa escalera que Maimuna conocía como

nadie. Ella me guiaba. Paso a paso entrábamos en otra dimensión de
nuestros cuerpos, nueve veces cómplices, embebidos, felices:
♦ Primero explorábamos un placer discreto, el rigor de seguir el
ritmo de la música, que lleva también al placer de contenerse, sabiendo
que la contención repetida pero bien ritmada se convertirá
inevitablemente en un placer (tal vez hasta un éxtasis) más
prolongado. La experiencia límite del baile, la última sensación
luminosa se consigue siempre como producto de un rigor, de una
disciplina rítmica, de una práctica precisa, pero aparece siempre
sorpresivamente, de golpe. Puede ser provocado pero no planeado.
Hay quienes piensan que todo el sabor del baile se agota en esta
primera etapa y tan sólo “siguen los pasos” una y otra vez, como quien
camina por donde ya caminó, sin salirse nunca de sus propios límites.
Pero hay también quien sigue un error opuesto, no dándose cuenta de
que ciertos bailes, como el danzón, se basan en la contención, en el
límite intenso, en el rigor. Y quien trata de subir la escalera saltándose
el primer escalón no llega luego muy lejos.
♦ Segundo placer, la conciencia del cuerpo, sentido en sus
movimientos, su cansancio, sus límites. Las partes del cuerpo que
bailan, y que por instantes toman una extraña autonomía, nos avisan
de pronto que han sido tomadas, ocupadas por dentro, por una especie
de espíritu de la música y el baile que se manifiesta como un pequeño
dolor, una pequeña presión desde dentro. Como si algo viajara en el
cuerpo bailando sus propios pasos en diferentes músculos y cavidades.
La cintura y el vientre son plazas de baile favoritas de estos diminutos
torbellinos internos que se mueven anunciándonos dónde están.
♦ Tercer placer, el cortejo, la seducción muda de los cuerpos
moviéndose, contando con esos movimientos sus historias, sus
posibilidades, haciendo en ese silencio verbal sus promesas. En
muchos casos, la pareja de baile fluctúa entre el espectáculo del pavo
real y el esfuerzo preciso y coordinado del caballo adiestrado, pero
ahora en brama. Avances y retrocesos, miradas y manos, giros y saltos,
todos los pasos son la gramática de dos cuerpos cortejándose,
ofreciéndose y negándose, creando los espacios del deseo. Historias

caballerescas en movimiento, los cuerpos del baile se crean obstáculos
a vencer, derrotan dragones, rescatan princesas y, si tienen suerte y
destreza, al final el cuerpo se les llena de magia compartida. La pareja
que se seduce bailando no es siempre la que más se toca sino la que se
convierte en encarnación del amor cortés: sublimado, prometido,
siempre a punto de darse y creciendo en la promesa. La seducción es
una historia, aunque se viva como un relámpago sin historia. Es una
revelación pero siempre está precedida de anuncios, muchas veces
inciertos, otras claros como el agua.
♦ Cuarto, el placer de conocer a la otra persona por su cuerpo en uno
de sus aspectos más significativos: el de su relación con sí mismo y con
los otros cuerpos. La pareja de baile se observa mutuamente con
delicada pasión curiosa. Maimuna se ofrecía a mi mirada diciéndome
todo lo que ella era más allá de su cuerpo y, al mismo tiempo, me
observaba intensamente descifrando mis movimientos como frases de
un lenguaje que los dos aprendíamos juntos. Éramos uno para el otro
como un misterio que poco a poco se nos va entregando. Cada uno es
diferente puesto en una situación especial o extrema. Quien baila
revela una parte nada simple de sí mismo. Nos dice en el baile cómo
conoce y goza su cuerpo y qué capacidades tiene para conocer y gozar
otros cuerpos. No se trata simplemente de darse cuenta de qué tan bien
baila sino de cómo puede adaptar su ser a nuevas situaciones
controlando o dejando fluir espontánea y oportunamente algo de lo
que en el fondo es.
♦ Quinto placer, el del abandono, primero en las manos de la
música, luego en las manos de con quien se baila. Todo lo que al
principio es ir tomando conciencia de lo que se es y de lo que se hace,
se convierte luego en un desaprender minucioso. En un dejar que los
ritmos sucedan y las inercias de los cuerpos se apoderen de todos los
movimientos. Es un acto extremo de confianza en la persona con quien
se baila. Y que implícitamente es confianza en uno mismo. Si es la
música la que manda, como debe ser siempre por lo menos en alguna
proporción, el abandono no se mide con tiempo sucesivo (un segundo
tras otro igual) sino con sonidos de intensidades altas y bajas.
Mairnuna bailando parecía obedecer de pronto órdenes extrañas,
indicaciones misteriosas. Y con la misma sorpresa yo me daba cuenta

de golpe de que mi cuerpo era el que emitía algunas de esas órdenes
rítmicas, rituales.
♦ Sexto placer, el de la transformación continua del propio cuerpo,
ante las exigencias del otro cuerpo con el que se baila. Derivado del
abandono, el cuerpo se convierte en otro. Quien baila se descubre de
pronto haciendo movimientos que nunca hubiera imaginado porque
ya es otra persona. Siente diferente, piensa diferente y, sobre todo,
desea diferente. Y ese nuevo cuerpo de baile, al abandonarse en un
nivel más alto se vuelve a transformar. Cada cuerpo se siente de pronto
como si fuera agua removida, llena de espuma, en una continua
catarata de cuerpos. Maimuna estaba de pronto en el aire, bailando
como si cayera infinitamente sin saber ni importarle a dónde iba. Me
llevaba con ella. Me enseñaba a volar bailando, río abajo.
♦ Séptimo, el placer de la sensación de juego. El goce gratuito, vacío
de intención, de perspectiva. El goce por sí mismo multiplicado por las
reglas de su juego. Un placer que es siempre como una premonición de
los placeres máximos pero que en sí mismo es un valor que se vive
como último, supremo. Más que una ilusión placentera es el placer de
la magia. El que nos ofrece la sensación de que la magia nos ha tocado
y bailamos y nos gozamos mutuamente gracias a la magia. Y Maimuna
bailando como una flama que me consumía en su calor era sin duda la
encarnación candente de la magia.
♦ Octavo, el placer de transportarse, de viajar mentalmente y sentirse
con certeza en otro lugar, que no se reconoce, que no se parece al
mismo en el que comenzamos a bailar y que da la impresión de ser un
nuevo paraíso. Entramos paso a paso en un tiempo sin lugar y en un
lugar sin tiempo: dos círculos vacíos que se juntan como bailando para
formar un nuevo giro del baile. Así, curiosamente, nuestros pasos
dibujaban un ocho sobre la pista para entrar en nuestro octavo placer,
que ofrece también naturalmente la sensación de infinito. El nuevo
espacio al que viajábamos, al que estábamos transportados era el de
nuestros cuerpos formando geografías extrañas, nuevas, cambiantes.
Éramos ya nuestro propio oasis bailando. Éramos números que giran,
lugares con súbitas palmeras, pozos, sombras; y éramos también un ser

con cuatro piernas y cuatro brazos. Después seríamos simplemente “el
caballo de ocho piernas cabalgando en la arena”, el de una leyenda que
más tarde me contaría Maimuna con sus gestos sumados a los míos.
♦ Noveno y final, el placer sin nombre, donde el que baila adquiere
una conciencia acrecentada de todo. Una sensación última. Y no tiene
nombre porque pocos lo alcanzan y quienes lo logran no pueden
describirlo con palabras sino bailando. Ha habido, según Maimuna,
pocos intentos de contarlo. Un primo de ella decía que de pronto
“sintió un relámpago que circulaba por el interior de su cuerpo y
escuchó, sólo él, el estruendo de un trueno reventándole en los pies,
haciendo ciclón en su vientre y saliendo como luz por sus ojos”. El
salón de baile, la orquesta, la gente alrededor de él y hasta la montaña
africana en la que estaba desaparecían con él. Todo se fundía en una
luz intensa.

Maimuna estaba de pronto bailando como si con su cuerpo le hablara a
sus dioses más antiguos, como si rezara. Y cuando las luces en
movimiento del salón tocaban su cuerpo, ella bailaba con la luz. La
seguía, la obedecía, era su sacerdotiza. Hubo un momento en el que
bailábamos cerca de la orquesta y Maimuna, con sus movimientos de
cadera, parecía dirigirla. Tenía hipnotizados a todos los músicos,
quienes entonces improvisaban, como en una sesión de jazz tropical a
la manera de las “descargas” tan famosas del bajista cubano Cachao.
Parecía que iban a equivocarse por esa imantada distracción pero
Maimuna los conducía de nuevo al camino que ella iba decidiendo.
Nueve veces intensificó su ritmo con nueve giros descriptibles sólo en
términos musicales. Pero su partitura seguramente tomaba la forma de
un mar de cinco líneas pautadas. Era un oleaje creciente más que un
simple balanceo.
Entonces, un cubano de la orquesta, cuya voz parecía surgir de
atrás de uno de los reflectores, como si fuera la voz de la luz con la que
Maimuna bailaba, le gritó con un acento muy marcado un piropo
habanero que en su doble sentido estaba lleno de delicada obscenidad:


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