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Temas de formación marxista leninista .pdf



Nombre del archivo original: Temas de formación marxista-leninista.pdf
Autor: MarzacK

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1

Indice
Presentación ..................................................................................................................................................................... 4
I - La sociedad primitiva .................................................................................................................................................... 4
II - El esclavismo ................................................................................................................................................................ 7
III - La ciencia, la filosofía y la religión en la antigüedad ................................................................................................. 10
IV - El feudalismo ............................................................................................................................................................ 13
V - Formación y desarrollo del feudalismo en España .................................................................................................... 16
VI - La filosofía y la ciencia en la Edad Media y en la época le las revoluciones burguesas ........................................... 20
VII - El surgimiento del modo de producción capitalista y el triunfo de la revolución burguesa ................................... 24
VIII - Origen del capitalismo en España........................................................................................................................... 27
IX - Siglo XIX: La filosofía clásica alemana, el marxismo y la crisis de la filosofía burguesa ............................................ 29
X - Socialismo utópico, socialismo científico................................................................................................................... 32
XI - Orígenes y desarrollo de la economía política .......................................................................................................... 35
XII - España siglo XIX: La revolución burguesa inacabada ............................................................................................... 44
XIII - La I Internacional..................................................................................................................................................... 48
XIV - Principios fundamentales de la filosofía marxista .................................................................................................. 50
XV - La II Internacional .................................................................................................................................................... 61
XVI - El imperialismo, fase superior del capitalismo ....................................................................................................... 63
XVII - El leninismo............................................................................................................................................................ 66
XVIII - La Internacional Comunista .................................................................................................................................. 70
XIX - El período de transición del capitalismo al comunismo ......................................................................................... 73
XX - La II República y la Guerra Nacional Revolucionaria en España .............................................................................. 78
XXI - El desarrollo del capitalismo monopolista en España ............................................................................................ 90
XXII - Breve esbozo de la historia del P.C.E.(r) ................................................................................................................ 94
XXIII - Sobre la línea general del P.C.E.(r) ........................................................................................................................ 98
XXIV - El nuevo movimiento revolucionario y sus métodos de lucha ........................................................................... 104
XXV - Algunas cuestiones del Movimiento Comunista Internacional ........................................................................... 109
XXVI - La economía política burguesa de la época del imperialismo ............................................................................ 113
XXVII - Características principales de la crisis económica capitalista actual................................................................. 116
XXVIII - La ciencia actual y el materialismo dialéctico .................................................................................................. 118
XXIX - La revolución científico-técnica y la profundización de la crisis del capitalismo................................................ 122
Nota de los digitalizadores ............................................................................................................................................ 127

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A la memoria de Juan José Crespo Galende, muerto en la cárcel tras 97 días de huelga de hambre.
La causa más hermosa por la que se puede arriesgar la vida es la de la liberación de la Humanidad. Kepa así lo hizo y la perdió, se
la quitaron. Su vida y su muerte hicieron posible muchas cosas, proyectos, sueños... Entre las cosas más pequeñas que hizo
posible Kepa se encuentra este manual, que no podrá imprimir en los talleres clandestinos del Partido, como en tantas
ocasiones hiciera con nuestra prensa y propaganda.
¡Que su recuerdo permanezca eternamente en los corazones de quienes aspiran a una vida digna!

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Presentación
Para el marxismo, la teoría no es un dogma, sino una guía para la acción. Esta frase expresa, de una manera clara y concisa,
una de las características más esenciales del marxismo: la de ser una doctrina concebida y elaborada, en sus principios o líneas
más generales, en relación con la práctica y para la práctica transformadora del mundo y de la sociedad. Este rasgo distingue al
marxismo de todas las demás corrientes o doctrinas filosóficas y políticas, por cuanto que todas ellas se proponen sólo
interpretar el mundo, sin llegar a conseguirlo.
Esto resalta de manera particular el estrecho vínculo que establece el marxismo entre la práctica y la teoría, vínculo que se
halla en su misma raíz y que le nutre continuamente de savia nueva. Por consiguiente, nada más ajeno al marxismo que el
anquilosamiento o el recetario de fórmulas muertas a que pretenden reducirlo algunos de sus «defensores».
El marxismo se enriquece con la práctica, con los datos que suministran las ciencias sociales y naturales, así como las
experiencias de la lucha de clases que tiene lugar en todos los países. Un ejemplo claro de esta capacidad de desarrollo de la
doctrina marxista lo encontramos en Lenin. La entrada del capitalismo en la fase monopolista, la agravación, a consecuencia de
ello, de todas sus lacras y contradicciones, y la aparición de otras nuevas, así como las tareas que ello conlleva para el
proletariado revolucionario y su Partido, fueron analizados y expuestos magistralmente por Lenin. Estos trabajos de Lenin y la
actividad desplegada por él y su Partido Bolchevique imprimieron un nuevo rumbo a la historia de la humanidad. El resultado
fue un enriquecimiento de la teoría y la práctica del comunismo, un mayor desarrollo del marxismo.
Otro rasgo esencial de la doctrina marxista es su carácter rigurosamente clasista. Marx y Engels establecieron de forma
científica, en base al análisis efectuado por ellos de las leyes que rigen el funcionamiento y desarrollo de la sociedad capitalista,
el papel que tiene asignado la clase obrera, viendo en ella —debido al lugar que ocupa en la moderna producción— a la clase
llamada por la historia a sustituir en el poder a la burguesía para edificar una sociedad nueva, comunista. De ahí que los
fundadores del marxismo no dudaran en ponerse de parte de los obreros, del sector más numeroso, explotado y oprimido de
toda la población, y consagraran su actividad y su extraordinaria capacidad intelectual a organizados y dotarles de la teoría
científica, de la táctica y la estrategia que habrían de llevarles hasta la consecución de sus objetivos históricos.
Toda la vida de Marx y Engels es un ejemplo de dedicación y de lucha abnegada hechas en aras de la causa del proletariado,
con el cual se hallaban indisolublemente identificados y unidos en los fundamentos mismos de la doctrina por ellos creada.
El Marxismo es el alma hecha carne del proletariado consciente de sí mismo, de la condición de su clase y de la misión que
está llamado a cumplir para liberar a toda la humanidad de las cadenas de la explotación capitalista y de toda forma de opresión
social, política, cultural y racial. Por eso la clase obrera ha de estudiar el marxismo, a fin de que pueda actuar unida y
plenamente consciente. Esto la hará libre, aun a pesar de las gruesas cadenas que aún hoy soporta.
La concepción marxista del mundo, de la vida, la sociedad, la naturaleza y el pensamiento, es una concepción completa,
armónica y científica. Esta concepción se halla expuesta en numerosas obras de Marx, Engels y Lenin, y su comprensión exige un
estudio persistente que se encuentre vinculado a la práctica. Con las páginas que siguen no pretendemos suplantar el estudio de
los clásicos, imprescindible para una justa y cabal comprensión del marxismo, sino más bien llevar a nuestros lectores los
rudimentos del marxismo e incitarles para que lo sigan estudiando en sus fuentes. Al mismo tiempo hemos procurado, junto a la
exposición de las ideas y los principios más generales del marxismo, hacer por nuestra parte una interpretación y aplicación de
los mismos a la historia de nuestro país y nuestra realidad actual, de manera que ello pueda servir para orientar el trabajo
político y la actividad general de los militantes comunistas y de otros antifascistas revolucionarios.

Presos políticos del PCE(r) en Herrera de La Mancha.
Diciembre de 1982

I - La sociedad primitiva
1.— Período de la formación del hombre
La formación del hombre a partir del simio abarca un período de muchos millones de años. Basta decir que el primer fósil
homínido conocido hasta ahora data de tres millones de años aproximadamente. La primera parte de esta transición tiene lugar
en los bordes de los grandes bosques tropicales de Africa.
El paso decisivo en la hominización vino dado porque, al alcanzar de forma predominante la postura erecta un primate con
régimen de vida de llanuras, las manos —ya diferenciadas de los pies en sus funciones por la vida del bosque— quedaban libres
para especializarse y desarrollarse (paralelamente al cerebro) en la defensa y la alimentación.
La debilidad física individual y la supervivencia les impone vivir agrupados en hordas y actuar en común. Sin embargo, lo que
hace que la formación del hombre se haya consumado en lo fundamental es la producción por éste de sus instrumentos de
trabajo, por muy toscos que éstos fueran al principio. Esta es una actividad consciente y exclusivamente humana.

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Las amplias posibilidades que ofrecían las grandes llanuras hacen que la dieta alimenticia de los homínidos se haga más
variada, incluyendo, además de vegetales, pequeños mamíferos, insectos, incluso carroña de grandes animales. La caza,
sirviéndose de las toscas herramientas que él mismo construía, amplía y regulariza este régimen carnívoro, al que colaboró la
conquista del fuego. Además, el luego le ayudó a hacerse independiente del clima.
El agrupamiento y la caza, la construcción de herramientas y la preparación de los alimentos en común creó el lenguaje
articulado. Esto supone ya un abismo irreversible entre los hombres y sus antepasados. El hombre se extiende por todo el
planeta, utiliza nuevos alimentos vegetales y animales, habita en cuevas o chozas, caza, recolecta, se cubre con pieles, se
calienta con fuego; todo ello aceleraría el desarrollo de su cerebro y su cuerpo, dando lugar al hombre moderno.

2.— La Comunidad Primitiva
El primer orden económico, la Comunidad Primitiva, ya presupone al hombre «completo», al hombre que produce
instrumentos, que los utiliza, que caza. Presupone, además, formas de organización no animales (como era la horda primitiva),
sino humanas, esto es, el régimen gentilicio basado en relaciones de consanguinidad.
Lo que caracteriza a la Comunidad Primitiva a lo largo de todos los milenios de su existencia es un escaso desarrollo de las
fuerzas productivas que no permite sobrevivir a los individuos aislados y les impone la vida y el trabajo en común, basados en
formas democráticas, en una distribución igualitaria de los productos de consumo, en la propiedad común sobre los medios de
trabajo y sobre los productos de éste dentro de cada comunidad. De otra manera estaban irremisiblemente condenados a
morir.
A lo largo del período de la Comunidad Primitiva, podemos distinguir dos etapas bien diferenciadas. En la primera, la actividad
económica del hombre se limita a apropiarse de los productos que le brinda la naturaleza (vegetales y animales) y a fabricarse
instrumentos que le facilitan esa apropiación, desde el primer palo hasta el arco y las flechas. Al comienzo de esta etapa, con la
aparición de la caza, se produce la Primera Gran División del Trabajo, basada en el sexo. La caza pasa a ser la principal ocupación
del hombre, más adaptado físicamente para ella, mientras la mujer se dedicó a los hijos (que no le permiten alejarse del lugar en
que habitan), a las faenas domésticas y a la recolección de alimentos vegetales. Como toda división del trabajo, ésta se tradujo
en un aumento de la productividad.
En la segunda etapa, el hombre aprendió a incrementar con su trabajo los productos que le proporcionaba la naturaleza.
Con la sistematización de la caza y la domesticación de animales se da el salto a la ganadería. Esto proporciona una
alimentación más regular, variada y abundante. Paralelamente, aparece la agricultura, si bien en estado rudimentario, de la que
se ocupan preferentemente las mujeres y los niños. Sólo con la domesticación de los animales de tiro y la invención del arado, el
aprovechamiento de la tierra se convirtió en agricultura propiamente dicha, y es el hombre quien concentra ahora en sus manos
esta actividad económica fundamental. La mujer comienza a ser relegada a las labores domésticas, perdiendo con ello la
posición predominante que ocupaba en la familia.
Con el desarrollo de la agricultura y la ganadería se produce La Primera Gran División Social del Trabajo (no basada en el
sexo), al separarse las comunidades de pastores de las dedicadas a la agricultura. Esto dio lugar a un notable aumento, para
aquel tiempo, en la productividad del trabajo.
La producción agrícola permitió la fijación de las comunidades en las tierras cultivadas y, con ello, la construcción de casas
comunales, primero, y familiares después, formándose aldeas y poblados. Apareció la arquitectura, se desarrolló la alfarería y el
tejido a mano; la necesidad de herramientas y de armas impulsó la utilización de los metales: el cobre y, más tarde, el bronce.
Resultaba cada vez más difícil alternar esta clase de trabajo con la agricultura y el pastoreo. Por otra parte, se crea un
plusproducto que permite liberar a una parte de la población que se especializa en la realización de nuevas actividades
indispensables para la comunidad. Así pues, los oficios se desgajaron de la agricultura, operándose La Segunda Gran División
Social del Trabajo.
Con el desarrollo de los oficios, el radio de acción del cambio se ensanchó, incorporándose cada vez más los productos de los
artesanos.
Al principio, el intercambio se efectuaba entre comunidades gentilicias y los productos eran patrimonio de la comunidad;
pero al desarrollarse la división social del trabajo, extenderse el intercambio, aumentar el plusproducto y debilitarse la
propiedad comunal, se va incrementando la producción de mercancías, de los productos destinados al cambio. Esto daría lugar a
la aparición de una capa de intermediarios entre vendedores y compradores, a la clase de los mercaderes, gentes dedicadas no a
producir, sino a cambiar los productos. Esta segregación supuso La Tercera Gran División Social del Trabajo, que daría lugar a un
notable incremento de la producción mercantil, a la acumulación de riquezas y a la consiguiente diferenciación de la sociedad en
clases antagónicas.

3.— El Régimen Gentilicio
Ya en el período de formación del hombre, dentro de la horda primitiva, se fueron introduciendo restricciones en el comercio
sexual, excluyéndose, primero, entre padres e hijos y luego entre hermanos. De este tipo de relaciones nace la gens, pequeña

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comunidad basada en lazos de consanguinidad y en el matrimonio por grupos, y en cuyo seno la descendencia se establece por
línea materna. Por esta etapa de régimen gentilicio han pasado todos los pueblos.
El aumento de la población y la escasez de recursos, que no permite la existencia de grandes aglomeraciones, determinan la
subdivisión de la gens y la formación de tribus y federaciones de éstas.
La organización gentilicia se basa en la democracia: existe la Asamblea, en la que la mujer participa en pie de igualdad con el
hombre. En estas asambleas se deciden las cuestiones fundamentales, se elige al jefe militar, etc. Para caso de guerra existe un
verdadero armamento del pueblo. Cada individuo es libre e igual a los demás, y está obligado a defender la libertad de sus
hermanos de comunidad. Cada tribu posee un territorio, un nombre y un dialecto propios.
Esta organización haría exclamar a Engels: «¡Admirable constitución ésta de la gens, con toda su ingenua sencillez! Sin
soldados, gendarmes ni policías; sin nobleza, reyes ni virreyes, prefectos ni jueces, sin cárceles ni procesos, todo marcha con
regularidad»
Al desarrollarse las fuerzas productivas y complicarse las relaciones de consanguinidad, también evolucionó la familia por
grupos, que es sustituida por la unión de un hombre y una mujer, estableciéndose entre ellos unos frágiles vínculos que podían
disolverse fácilmente por una y otra parte. Aquí aparece ya por primera vez la pareja, hecho que, más tarde, daría lugar a la
familia monogámica. Sin embargo, no existen todavía vínculos de amor en el sentido actual de la palabra; los matrimonios son
concertados por las madres teniendo presentes determinados intereses gentilicios, tanto económicos como sociales. Como
vemos, estas transformaciones no abolían definitivamente las instituciones gentilicias que, aunque cada vez más debilitadas,
perduraron hasta la aparición del Estado.

4.— Disolución de la Comunidad Primitiva
Si la condición de la existencia de la Comunidad Primitiva, con su escaso desarrollo de las fuerzas productivas, es la necesidad
de supervivencia, la disolución de ésta comienza en el momento en que se crea un plusproducto, lo que ocurre con la aparición,
en primer lugar, de la ganadería y la agricultura, y luego de los oficios y el intercambio. Ahora, el reparto igualitario es una traba
que no estimula el trabajo. Por otra parte, con los oficios y las nuevas herramientas, una sola familia podía cultivar una parcela y
procurarse el sustento necesario; el trabajo en común no es ya una condición de supervivencia: La tierra comunal comienza a
repartirse periódicamente en parcelas para su cultivo.
El plusproducto despierta la codicia en las comunidades y aparecen las guerras de rapiña. A los jefes militares se les asigna
una parte cada vez mayor en el reparto del botín; igualmente, dentro de cada comunidad, los jefes tienden a apropiarse del
excedente comunal y a hacer los cargos hereditarios, con lo que, poco a poco, se va formando una aristocracia gentilicia. La
formación de esta aristocracia va unida a la aparición de la propiedad privada que se establece al principio en relación con los
rebaños y los enseres domésticos, y más tarde se extiende a la propiedad de la tierra y a los instrumentos de trabajo.
El desarrollo de la ganadería y la agricultura y la frecuencia de las guerras crean la necesidad de fuerza de trabajo. Este
problema se resuelve convirtiendo a los prisioneros en esclavos. La guerra pasa a ser un elemento constitutivo de la nueva
economía.
Con la aparición de la esclavitud, los hombres se dividen en libres y esclavos; se forma la clase de los explotadores y la clase
de los esclavos. La esclavitud hace crecer el plusproducto, acelera la consolidación de la propiedad privada y,
consiguientemente, la disolución de la comunidad primitiva. Así, a la división entre libres y esclavos se viene a unir la división de
los libres en ricos y pobres.
La propiedad comunal, el régimen democrático y las relaciones gentilicias están heridas de muerte.
El descubrimiento del hierro y su aplicación para la producción de hachas, arados, palas, espadas, etc. acelera este proceso.
Hace posible la tala de bosques, el mejoramiento de las labores agrícolas, la fabricación de grandes embarcaciones y la
expansión del comercio, que se separa como una rama económica nueva. Aparecen en escena los mercaderes y, con ellos, el
dinero.
Con la propiedad privada y la división de la sociedad en clases, surge el Estado como órgano especial de represión de una
clase sobre otra.
A diferencia del régimen gentilicio, el Estado nace de una organización social en la que los lazos de consanguinidad son
sustituidos por la fijación de las personas al territorio, a la ciudad o comarca que habitan, y se rige con una constitución política
impuesta a toda la sociedad por la violencia y en la que se establecen las obligaciones de los explotados para con los
explotadores. Con ello se abrió paso a un largo período de la historia en que el desarrollo de la sociedad está regido por las leyes
de la lucha de clases y en que el Estado cumple su función de instrumento de dominio de la clase dominante.
(1)

F. Engels: «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado».

Bibliografía:


F. Engels: «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado». Lewis H. Morgan: «La sociedad primitiva».

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II - El esclavismo
1.— Aparición y desarrollo de la esclavitud
La esclavitud aparece en el seno de la comunidad primitiva deslíe el momento en que, con el desarrollo de la ganadería y de
la agricultura, al aumentar la cantidad de trabajo correspondiente a catín miembro de la tribu, se crea la necesidad del empleo
de fuerza tic trabajo suplementaria. Este problema fue resuelto con la captura de prisioneros en otras comunidades. Aparece así
la esclavitud.
En sus comienzos, las condiciones de vida del esclavo, dada la estrecha relación que mantenía con sus propietarios y con los
demás miembros del clan o de la tribu a que pertenecían, eran menos rigurosas de lo que llegaron a ser posteriormente en
muchos usos, terminaban por integrarse en él como un miembro más. No obstante, los esclavos cumplen el objetivo económico
de aumentar el plusproducto y acelerar el proceso de aparición de la propiedad privada y, con ella, el de las clases. Este proceso
se caracteriza por la progresiva concentración de la propiedad de la tierra y la explotación creciente de un número cada vez
mayor de esclavos.
Muy pronto, las guerras, aparte del botín que proporcionan a los vencedores, suministran gran número de esclavos, hasta
llegar a convertirse en una actividad indispensable de la que depende la nueva forma económica de la sociedad. Pero la guerra
no es la única abastecedora de esclavos. La aparición de la propiedad privada lleva aparejada la hipoteca y la usura y, con ellas,
la ruina inevitable de una parte de los campesinos, cuyas tierras pasan a engrosar la propiedad de los ricos. Es así como buena
parte de aquéllos, a causa de sus deudas, acaban convertidos también en esclavos.
Llega un momento en que la mayor parte del trabajo productivo es realizado por los esclavos. La sociedad se escinde entre
ricos y pobres y entre esclavistas y esclavos. El modo de producción esclavista alcanza su plenitud en Grecia y, posteriormente
en Roma.

2.— El modo de producción esclavista
Lo que caracteriza al modo de producción esclavista es la existencia de grandes haciendas agrícolas que son explotadas por
medio de esclavos. A la propiedad privada sobre la tierra se le viene a unir la propiedad sobre el producto del trabajo y sobre los
mismos productores, los cuales no son para el esclavista más que meros instrumentos de trabajo, el propietario de esclavos
podía hacer con ellos lo que quisiera: explotarlos, venderlos o matarlos.
Los esclavos se emplearon masivamente, no sólo en la agricultura, sino también en las minas, en la construcción de obras
públicas, en las galeras, los oficios y en todas aquellas actividades que requerían esfuerzo físico y poca especialización.
Por ejemplo, en las minas de plata de Cartagena se llegaron a emplear más de 40.000 esclavos.
La productividad del trabajo es muy baja en el sistema esclavista. La mayor parte de la producción es consumida por la clase
de los esclavistas; otra parte la consumen los esclavos. El plusproducto o excedente que se obtiene de ellos se destina al
mercado. Este excedente es el que proporciona los beneficios a la clase esclavista. Es el interés por aumentar el plusproducto lo
que empuja a la clase esclavista a aumentar constantemente la extensión de sus propiedades y el número de sus esclavos,
procurando proporcionárselos a bajo precio, por medio de las guerras. Así, la necesidad creciente de nuevos esclavos les obliga a
crear una poderosa máquina militar.
La esclavitud es el destino reservado a gran parte de la población de los países conquistados. De esta manera, el comercio de
esclavos se convierte en una de las actividades económicas más lucrativas de la época. Miles de esclavos son vendidos cada día
en los mercados existentes en cada ciudad. En Grecia, la población de esclavos superaba a la de los libres en la proporción de 18
a 1, la proporción era similar en Roma.
Al mismo tiempo, a la población de los territorios sometidos (las llamadas «provincias») se les impone el pago de exorbitantes
tributos en dinero, granos y esclavos, convirtiéndose así en una fuente permanente de ingresos para el Estado.
Pero las faenas agrícolas sólo ocupaban a los esclavos una parte del año. En el resto del tiempo son ocupados en la
producción artesanal de objetos de consumo para las haciendas: tejidos, cueros, alfarería, herramientas, etc. Cuando esta
producción alcanzaba un volumen alto, el excedente se destina al comercio. No obstante, salvo en Grecia, la producción
artesanal basada en la explotación de los esclavos no adquirió gran importancia. Esto fue debido a que, a diferencia de Roma,
cuya economía se basaba casi exclusivamente en la agricultura y la guerra, Grecia se orientó hacia el comercio, favorecida por
sus condiciones geográficas.
Junto a la gran propiedad subsiste el pequeño campesino, cuya propiedad tiene su origen en el reparto de las tierras
comunales. Los campesinos libres forman la base social del Estado esclavista y son los que nutren las filas del ejército. La
productividad del trabajador campesino libre es más elevada que la del esclavo, pero no puede competir con la producción de
las grandes haciendas y cae a merced del poder de los grandes propietarios. Los bajos precios de los productos provenientes de
la gran explotación esclavista, el incrementó de los impuestos y la práctica generalizada de la usura aceleran el proceso de ruina
y proletarización de este sector de la población y lo empujan a emigrar a las ciudades, donde pasan a engrosar las filas del
lumpemproletariado.

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Por su parte, el artesanado, dada la existencia de la producción industrial doméstica de los esclavos, no se desarrolla, no
pudiendo, por tanto, desembocar en la producción manufacturera. Sólo aquellas ramas de la producción destinadas a la
producción de artículos de lujo que consumen los esclavistas, encuentran mercado. Los artesanos se encuentran en completa
dependencia de los esclavistas, comerciantes y usureros; trabajan para ellos como asalariados. Llevan una vida miserable y están
siempre a las puertas del lumpemproletariado.
El modo de producción esclavista encuentra una traba insuperable en su misma base. El esclavo no tiene ningún interés en la
producción, su cualificación es muy baja y no se preocupa por el cuidado de los instrumentos de trabajo. Esto, junto con el
escaso desarrollo de la producción artesanal libre, impide el desarrollo de la técnica y el mejoramiento de los métodos de
producción y, consiguientemente, conduce a su estancamiento,
Por su parte, el esclavista tampoco encuentra ningún incentivo para la inversión de los beneficios obtenidos en innovaciones
técnicas con las que aumentar la productividad. Su única preocupación es obtener a bajo precio los esclavos y ver satisfechas
todas sus necesidades. El plusproducto se destina principalmente a obras públicas y al disfrute personal del esclavista.
Así pues, el modo de producción esclavista, por su propia naturaleza, se va convirtiendo en una traba para el desarrollo de las
fuerzas productivas.
No obstante el estancamiento técnico, en el esclavismo tuvieron lugar importantes avances por medio de la cooperación
simple de grandes masas humanas. Esta cooperación permitió la realización de grandes obras públicas, carreteras, acueductos,
foros, templos, etc. Por otra parte, el trabajo masivo de los esclavos liberó a una parte de los ciudadanos libres del trabajo
manual, haciendo posible que se dedicaran a otras actividades que requerían mayor especialización y desarrollo intelectual. Así
nacerían, ya antes de nuestra era, la escritura, las matemáticas, la astronomía, etc., y alcanzaron un notable desarrollo la
filosofía y las artes.

3.— El Estado y la lucha de clases en el esclavismo
La formación del Estado abarca un largo período, en el que las instituciones de la Comunidad Primitiva se van transformando
(en un proceso no violento), a medida que se desarrolla la propiedad privada y se establece la división de la sociedad en clases.
Cuando las contradicciones entre esclavos y esclavistas, por un lado y entre ricos y pobres, por otro, se hacen irreconciliable,
aparece la necesidad del Estado, cuya función aparente es la de intermediario y conciliador, pero que, de hecho, está controlado
y dirigido por la clase esclavista. «Así es que el Estado antiguo era, ante todo, el Estado de los poseedores de esclavos para tener
a éstos sujetos bajo su yugo»(1).
Frente a la antigua organización de la gens, el Estado se caracteriza: 1) Por la adscripción de los individuos que lo forman a un
territorio; 2) por la existencia de una constitución política que legitima, esencialmente, los derechos de los ricos y los deberes de
los pobres; 3) por la formación de una fuerza militar y represiva permanente; y 4) por la imposición de tributos a la población.
Generalmente, el Estado esclavista no rebasa los límites de una ciudad (Cartago, Esparta, Atenas, Roma, etc.) surgida a partir
de los antiguos poblados comunales. Al desarrollarse el comercio y los oficios e irse concentrando en estos poblados los
terratenientes, comerciantes y artesanos, la ciudad se convierte en un centro comercial y político, en ciudad-estado que por
medio de la guerra extiende sus dominios. Así, Roma, en sucesivas guerras, sometió a las tribus itálicas, venció a Cartago y
después a los estados griegos. Con una población de un millón de habitantes (de los que sólo una parte eran ciudadanos libres),
llegó a dominar territorios habitados por más de 60 millones de personas.
En el Estado esclavista, sólo los ciudadanos libres tenían derechos políticos; los esclavos carecían de ellos en Absoluto. Pero
los ciudadanos libres se hallaban divididos en varias clases, según su riqueza. De esta manera, sólo los grandes terratenientes,
los patricios, caballeros, etc., que formaban la aristocracia, tenían acceso a la dirección del Estado y el ejército, mientras que la
participación de la «plebe», se limitaba a apoyar con sus votos a una u otra fracción de los propietarios.
En las repúblicas romana y ateniense, tiene lugar una lucha permanente entre patricios y plebeyos, entre la democracia y la
aristocracia. En ocasiones, la «plebe» consigue imponer a sus propios representantes y logra ampliar sus derechos políticos. Esto
le permite forzar algunas medidas favorables, tales como la anulación de deudas, la reducción de impuestos y el reparto de las
tierras.
Con la expansión del modo de producción esclavista y la progresiva ruina de campesinos y artesanos, se forma en las ciudades
una amplia capa de lumpemproletariado que lleva una vida parasitaria y vive de las migajas que le cede la clase esclavista a
cambio de sus votos. En Roma, en tiempos de César, había no menos de 320.000 ciudadanos que recibían grano gratis del
Estado a cambio de su apoyo político. Esta parte de la población no vivía de su trabajo, sino de la explotación de los esclavos y,
por tanto, estaba interesada en la permanencia del régimen esclavista:
En el Estado esclavista de Roma, se pueden distinguir dos períodos bien diferenciados: la República, que corresponde a la
etapa de prosperidad y expansión del modo de producción esclavista, y el Imperio, que se corresponde con la etapa de
enconamiento de la lucha de clases, de crisis económica y descomposición del esclavismo.

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4.— Crisis del modo de producción esclavista
La crisis del modo de producción esclavista aparece con la agudización de sus contradicciones internas. Las relaciones de
producción de la sociedad esclavista, basadas en el aprovechamiento en gran escala de las ventajas de la cooperación simple del
trabajo de masas de esclavos, abrieron posibilidades más amplias que al régimen gentilicio al desarrollo de las fuerzas
productivas. Pero estas posibilidades iban agotándose. Por otra parte, el hecho de que los esclavos no tuvieran el más mínimo
interés por los resultados de su trabajo impedía que se diera un progreso técnico y, por tanto, un aumento en la productividad
del trabajo.
A la par de este proceso se va agudizando cada vez más la contradicción fundamental de clases de esta sociedad, la que
enfrenta a los esclavos con la clase esclavista. En el siglo I (a. de n. e.) se producen las primeras rebeliones generalizadas de
esclavos, siendo la más importante de ellas la que encabezó Espartaco, que llegó a reunir un ejército de 120.000 hombres. Sólo
una fuerza represiva en constante alerta podía mantener el funcionamiento de la producción, pero la hacía mucho más cara.
A su vez, el empobrecimiento de los campesinos privó al ejército de su firme base social y profundizó la crisis del sistema. Al
disminuir el número de pequeños propietarios, bajó el poder adquisitivo de la población, lo que trajo una reducción del
comercio y del artesanado. El Estado también sufrió las consecuencias, pues se vio privado de los recursos económicos que
extraía de estas capas por medio de los impuestos, tributos, etc. La esclavitud dejó de ser rentable porque costaba ya más de lo
que producía.
Las medidas que toman los esclavistas para contener la crisis del sistema van desde la intensificación de la explotación de los
esclavos y el aumento de los impuestos, hasta la estatalización de las explotaciones agrícolas, de las empresas artesanales,
minas, etc.; pero esto no hace sino acelerar el proceso de descomposición del esclavismo.«Empobrecimiento general; retroceso
del comercio, del trabajo manual y del arte; disminución de la población, decadencia de las ciudades, tránsito de la agricultura a
formas inferiores: tales fueron los últimos resultados de la dominación romana universal»(2).
Como la gran producción esclavista no era ya económicamente rentable, la economía del campesino libre, cuya productividad
más elevada había sido desplazada anteriormente por ella, vuelve a cobrar importancia y aparece como la única solución capaz
de contener el retroceso de la producción y el estancamiento técnico. Los esclavistas comenzaron a dividir sus haciendas en
pequeñas parcelas que entregaban a los campesinos y a los antiguos esclavos manumitidos, a cambio de numerosos tributos y
prestaciones en beneficio del terrateniente. Los nuevos cultivadores quedaban vinculados a la tierra y podían ser vendidos con
ella, pero habían dejado de ser esclavos. Surgió así una nueva capa de pequeños productores, los colonos, que ocupaban una
posición intermedia entre los hombres libres y los esclavos y se hallaban hasta cierto punto interesados en la producción.
Fueron los antecesores de los siervos de la gleba.
El Estado esclavista ya no se correspondía con las nuevas formas de producción y necesidades económicas, pero la sociedad
esclavista estaba exhausta y no existían en su interior fuerzas capaces de renovarla. Las clases explotadas, los esclavos y colonos,
no podían llevar a cabo esta tarea; desorganizados, eran incapaces de otra cosa que de levantamientos espontáneos. Serían los
pueblos germánicos, galos y eslavos que se encontraban en el estadio superior de la barbarie, los encargados de realizarla. Sólo
los pueblos bárbaros tenían la vitalidad suficiente. Esta residía precisamente en su barbarie, en su constitución gentilicia, en «su
capacidad y valentía personales, en su espíritu de libertad y su instinto democrático»(3).
El esclavismo, con todos sus horrores y costos humanos, cubre una importante etapa histórica que hizo posible el inmenso
salto de la Comunidad Primitiva, con su atraso y escaso desarrollo humano, técnico, cultural, etc., a la civilización, con sus
nuevas bases económicas, comerciales, culturales y técnicas; impulsó el crecimiento de la población y de las ciudades; niveló
históricamente inmensos territorios, al incorporarlos a la corriente del desarrollo, rompiendo las barreras gentilicias; unificó
múltiples dialectos tribales, y creó las condiciones para la aparición de un nuevo modo de producción: el feudalismo que, por
primera vez en la historia, «ofrece a los oprimidos los medios para emanciparse gradualmente como clase»(4).

F. Engels: «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado».
(2) Obra citada.
(3) Obra citada.
(4) Obra citada.
(1)

Bibliografía



F. Engels: «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado».
J. Kukcinski: «Breve historia de la economía». (Castellote editor)
a
Z. Manfred: «Historia Universal». T. I, parte I : «El Mundo Antiguo». Ed. Akal. Kovaliov y otros: «La transición del
esclavismo al feudalismo». Ed. Akal.



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III - La ciencia, la filosofía y la religión en la antigüedad
1.— Orígenes del pensamiento científico filosófico
Con el esclavismo como sistema de producción, aparece el pensamiento científico filosófico. Hasta entonces, el hombre,
limitado por el escaso desarrollo de las fuerzas productivas, no había pasado de una interpretación mágico-mítica del origen del
mundo y de los fenómenos de la naturaleza. «Fue la esclavitud —como dice Engels— la que hizo posible la división del trabajo en
mayor escala entre la agricultura y la industria, gracias a lo cual pudo florecer el mundo antiguo, la civilización griega. Sin
esclavitud no podría concebirse el Estado griego, ni podría concebirse el arte ni la ciencia de Grecia». En el modo de producción
esclavista se reserva exclusivamente a los esclavos el trabajo manual, considerándolo como algo indigno del hombre libre. Esta
característica impregna todo el desarrollo espiritual de la sociedad esclavista.
La filosofía antigua no nace como materia de investigaciones especiales, sino en nexo indisoluble con los conocimientos
científicos: matemáticas, astronomía, cosmología... ciencias, con la mitología y el arte, al servicio directo de una economía en
desarrollo. Unido a la aparición de las clases y de la lucha de clases que surge en los estados esclavistas, se va produciendo un
cambio en el pensamiento que comienza a poner en duda las creencias religiosas y, de forma ingenua, plantea los problemas del
fundamento material de la naturaleza y sus manifestaciones.
En los siglos VII-VI (a. de n. e.) surge la filosofía helena en las ciudades jónicas de Asia Menor, fundadas por los griegos. Fue en
las ciudades de Mileto y Efeso, grandes centros industriales, donde aparecieron los primeros pensadores que, junto al
planteamiento de los problemas filosóficos, desplegaron múltiples actividades científicas (construcción del reloj solar, modelo
de la esfera terrestre, el primer mapa de la tierra, emisión de pronósticos astronómicos y meteorológicos...), todas ellas vitales
para el comercio y la navegación. Destacados representantes de este período fueron Tales, Anaximand.ro y Anaxímenes, que
trataron de explicar el origen del mundo y las cosas partiendo de elementos corpóreos, como la tierra, el agua, el aire... Los
conocimientos que reunieron y aportaron no sólo fueron la base de su actividad práctica, sino, ante todo, elementos de su
cosmovisión integral. Surge así el llamado materialismo espontáneo, que alcanza con Heráclito, hacia el final de este período
(530-470 a. de n. e.), una concepción más desarrollada.
Precursor del método dialéctico, Heráclito expuso el carácter transitorio y cambiante de todas las cosas. El mundo no es
inmovilidad, sino un proceso en que cada cosa y cada propiedad cambian, pero no de un modo cualquiera, sino que pasa a ser
su contrario: lo frío se convierte en cálido y viceversa; lo húmedo se torna seco y al revés... Los cambios no son
para Heráclito simples transformaciones, sino pugna, lucha universal, donde se revela la identidad de las cosas; «el padre de
todo, el rey de todo». En consonancia, y a diferencia de sus antecesores, Heráclito ve en el fuego la sustancia primordial de la
que parte todo lo demás, ya que es la sustancia más susceptible de mutación. El mundo, la naturaleza, nos dice Heráclito, «no ha
sido creada por ningún dios, es y será fuego eternamente vivo que con orden regularse enciende y con orden regular se apaga».
Paralelamente a la concepción del materialismo espontáneo, aparecen primeras concepciones idealistas en las ciudades del
sur de Italia, asentadas éstas sobre una economía agrícola. Es por lo que estas escuelas no buscan con tanto afán el
conocimiento de la naturaleza. En su filosofía se aprecia, en mayor o menor medida, la influencia de viejas representaciones
mitológicas y nuevos mitos que aparecen con el desarrollo de la sociedad esclavista. La filosofía de Pitágoras parte de una
concepción religiosa que cree en la transmigración del alma. «El alma es, en Tales, algo aparte, distinto del cuerpo —escribe
Engels—, en Anaxímenes es el aire... y los pitagóricos la presentan ya como inmortal y ambulante, considerando al cuerpo, con
respecto a ella, como una morada puramente accidentaba!).
Otras escuelas, como los eléatas (de Elea), orientaron su filosofía contra la doctrina heraclitiana del movimiento y los
cambios, contraponiéndole una concepción metafísica. Para sus representantes (Parménides y Zenón), el mundo es una esfera
material en la que no existe el vacío, en él no existen partes y, por lo tanto, es imposible el movimiento y el cambio. Sus
argumentos impulsaron el desarrollo de la lógica y, sobre todo, de la dialéctica, ya que revelaron las contradicciones que
encierran los conceptos de espacio, multiplicidad y movimiento y, así, obligaron a buscar procedimientos para eliminar las
dificultades halladas.

2.— Idealistas y materialistas en la época de máximo desarrollo del esclavismo
Hasta las postrimerías del siglo V (a. de n. e.), el materialismo primaba entre las doctrinas filosóficas griegas. Las tendencias
idealistas aún no se habían configurado en un sistema de modo consciente. En esta época se inicia la crisis de la sociedad
esclavista griega, y la lucha de clases imprime a la filosofía un marcado carácter partidista. La clase esclavista necesita
fundamentar una ideología que preserve sus intereses, y la encuentra en el idealismo objetivo que, a diferencia
del materialismo, intensifica el carácter contemplativo de la filosofía, en contraposición a la práctica. Desde este momento,
forman ya, el materialismo y el idealismo, una contraposición plenamente delimitada; son las dos corrientes fundamentales en
el desarrollo del pensamiento filosófico griego y de toda la filosofía posterior. En este sentido hablaba Lenin de la contraposición
capital entre la «línea de Demócrito», materialista, y la «línea de Platón», idealista.
El encumbramiento económico y político de Atenas, que a principios del siglo V (a. de n. e.) encabezaba el rechazo victorioso
de la invasión persa, creó las premisas del futuro esplendor de las artes, pasando a ser el centro filosófico de Grecia. Para
entonces, en muchas ciudades, el poder político de la antigua aristocracia y la tiranía fue reemplazado por el de la democracia

10

esclavista. El desarrollo de sus nuevas instituciones electas, que cumplían un importante papel en la lucha de clases, y de los
partidos de la población libre, impuso la necesidad de enseñar el arte de la elocuencia y la persuasión. Aparecen maestros,
oradores, juristas... que preparaban a los jóvenes para las actividades políticas y judiciales, ligando a sus enseñanzas a las
cuestiones generales de la filosofía y las ciencias. Los nuevos maestros pronto se convertirían en el blanco de la hostilidad de los
enemigos de la democracia esclavista, que pasaron a llamarles sofistas, como sinónimo de los que en sus discursos no buscaban
aclarar la verdad, sino probar un punto de vista preconcebido y, en ocasiones, formulado con conciencia de falsedad. Esta
caracterización se basaba en que los sofistas, si bien partían de bases materialistas, habían empezado a extremar la idea de la
relatividad de todo conocimiento, lo que les llevó, finalmente, a impulsar doctrinas carentes de principios y al subjetivismo.
Protágoras, el más notable de los sofistas, nos dice que a cada afirmación se le puede oponer la afirmación contraria, tan
convincente como ella. La propagación de las doctrinas sofistas por los estados griegos, entre ellos Atenas, levantó en su contra
tanto a los idealistas como a los materialistas.
a) Los idealistas — El primer pensador que contribuyó al nacimiento de las doctrinas del idealismo
objetivo fue Sócrates (469-399, a. de n. e.), para quien la filosofía deja de ser una concepción especulativa de la naturaleza y
pasa a ser una doctrina de cómo se debe vivir. Por ello se opone a los primeros físicos, condena el estudio empírico de la
naturaleza y minimiza el valor cognoscitivo de los sentidos. El hombre puede saber sólo lo que está en su poder; más no está en
su poder la naturaleza externa, el mundo, sino el alma.
Este idealismo socrático, que se manifiesta, particularmente, en que renuncia a conocer el mundo exterior, objetivo,
encuentra su máximo exponente en Platón (427-347, a. de n. e.), quien influenciado por los pitagóricos, sostiene que los
elementos últimos de todas las cosas son triángulos indivisibles o átomos geométricos inmateriales. El eje de la cosmología
platónica es la doctrina mística de un alma del mundo y de la reencarnación de las almas, que son independientes del cuerpo e
inmortales. Mientras los atomistas consideraban los átomos entes corpóreos y equiparaba el no ser con el vacío, para Platón el
no ser es la «materia» y el ser, los géneros incorpóreos. De esta suerte, la doctrina de Platón es un idealismo objetivo, toda vez
que para este filósofo la materia proviene de los «géneros» inmateriales y anteriores a ella, o de «ideas» existentes fuera e
independientemente de la conciencia. Esta comprensión del ser y del no ser constituye la base de su doctrina, la cual forma un
sistema parecido a una pirámide; en la cima de esa pirámide se encuentra la «idea» del Bien, la cual condiciona la
cognoscibilidad, la existencia de los objetos, y de ella reciben éstos su esencia. Dicha proposición acerca de la «idea» del Bien
confiere al idealismo de Platón un carácter teológico que habría de influir en toda la corriente idealista posterior y
especialmente en el cristianismo. Platón fue un digno representante de la aristocracia esclavista, por lo que sus convicciones
políticas fueron extremadamente reaccionarias. Consideraba como «Estado ideal» una república aristocrática dirigida por
gobernantes filósofos («el alma dé la sociedad, su parte inteligente») y guerreros guardianes. Con los esclavos mantuvo una
actitud de absoluto desprecio.
Entre los discípulos de Platón descuella Aristóteles (384-322, a. de n. e.), quien opuso serias objeciones al idealismo de su
maestro. Sin embargo, no llevó la crítica hasta el final y cae de nuevo en el idealismo, aunque, eso sí, más elaborado. Los años de
vida de Aristóteles coincidieron con el debilitamiento de la democracia esclavista en Atenas y en las demás ciudades griegas, en
favor del encubrimiento de Macedonia y el comienzo de la política conquistadora de este país, tendente a dominar Grecia.
Aristóteles intentó llenar el abismo, funesto para el idealismo platónico, que separa el mundo de las cosas y el de los «géneros».
Afirmó que el mundo material existe objetivamente y que la naturaleza no depende de ninguna idea. Manifestó que todos los
objetos de la naturaleza están en constante movimiento y clasificó por primera vez los tipos de movimiento, reduciéndolos a
tres fundamentales: nacimiento, cambio y destrucción. Sin embargo, a la materia le opone la «forma» y reconoce la «forma de
todas las formas» como primer motor, definitiva causa creadora del mundo, en la cual no es difícil vislumbrar a dios. En esto se
revelan sus titubeos a favor del idealismo. Con todo, podemos considerar a Aristóteles fundador de la lógica, ciencia de las leyes
y formas del pensamiento correcto. Además, Aristóteles estudió la dialéctica con bastante aproximación.
b) Los materialistas — Superando la crítica de los eléatas a la dialéctica de Heráclito, Leucipo expuso el supuesto esencial
según el cual todas las cosas se componen de partículas (átomos) diminutas, simples e indivisibles, y de vacío. Su
continuador, Demócrito (460 y comienzos del siglo IV, a. de n. e.), fue el máximo representante del materialismo antiguo y de él
se conserva una larga lista de obras relativas a la filosofía, las matemáticas, las ciencias y las artes. Marx y Engels llamaron
a Demócrito «investigador empírico y primera cabeza enciclopédica entre los griegos».
El supuesto cardinal del sistema atomista democristiano es la existencia del vacío y los átomos que, con sus combinaciones
infinitamente diversas, forman todos los cuerpos. La diversidad cualitativa de la realidad transmitida por nuestros sentidos, trata
de explicarla partiendo del principio por él formulado. Los átomos se diferencian entre sí por su figura, orden y posición. Estas
diferencias primordiales son la base de todas las diferencias observables y, en consecuencia, ninguna de ellas es
incausada. Demócrito hace extensivo el atomismo a la teoría de la vida y el alma. El alma está compuesta de átomos de fuego y
es una combinación transitoria de éstos. Con ello niega la inmortalidad del alma, atacando la raíz de las ideas religiosas. Si el
alma es mortal no existe un mundo de ultratumba.
La filosofía materialista de Demócrito supuso un gran avance, adelantando problemas cuya solución dependía del desarrollo
de las ciencias y la filosofía. En Demócrito se aprecia con particular realce el nexo de la filosofía materialista con las ciencias
naturales y su significación para éstas. La física no abandonó la idea de la indivisibilidad del átomo hasta los umbrales de nuestro
siglo. Por ello, no sorprende que, incluso en los siglos XIX y XX, arremetan contra ella los idealistas que, según
dice Lenin, combaten a Demócrito «como a un enemigo viviente, lo que ilustra a maravilla el partidismo de la filosofía»(3).

11

La filosofía de Epicuro (341-270, a. de n. e.) constituye la etapa superior del materialismo atomista de la antigüedad, en un
período en que se acentúa la crisis de la democracia esclavista griega. Atenas, como otras ciudades, pierde la independencia
política y se integra en el Imperio de Alejandro Magno. La rápida desintegración de este dilatado imperio, a la muerte de su
fundador, no puede detener la crisis, que tiene profundas raíces en las relaciones sociales esclavistas y que en su desarrollo dan
lugar a cambios esenciales en la vida espiritual de la sociedad griega. Se intensifica el carácter contemplativo de la filosofía,
dando lugar al surgimiento de degradadas corrientes idealistas (escepticismo, estoicismo) que combaten al materialismo. Por el
contrario, Epicuro aspira a demostrar que la doctrina de Demócrito respecto a la necesidad causal de todos los fenómenos de la
naturaleza no debe hacer pensar que la libertad es imposible para el hombre. En el marco de la necesidad se debe señalar el
camino de la libertad. Y guiado por esta idea, Epicuro reelabora la teoría atomista de Demócrito. Si para éste la necesidad
mecánica exterior pone en movimiento el átomo en el vacío, para Epicuro este movimiento obedece a una propiedad interna del
átomo: el peso, que en consecuencia pasa a ser, con la forma, posición y el orden, un importante definidor objetivo interno del
átomo. Además, aporta la idea del automovimiento en los átomos, capaces de desviarse de su camino inicialmente recto y pasar
a caminos curvilíneos, de lo que deduce que ésta es la condición imprescindible de la libertad del hombre. Igualmente,
desarrolla el sensualismo materialista-, cuanto percibimos sensorialmente es verdadero. Los errores proceden de una
apreciación equivocada de lo que nos testimonian los sentidos; éstos no juzgan y, por tanto, no pueden equivocarse.
Para Epicuro, la función principal de la filosofía es crear una ética que conduzca a la felicidad. Mas la ética, a diferencia de la
concepción socrática, no puede ser creada sino a condición de definir el lugar que el hombre ocupa en la propia naturaleza. De
ahí que la ética deba sustentarse en la física, que incluye la doctrina concerniente al hombre y, a su vez, ir precedida de la
investigación del conocimiento y su criterio. La ética epicúrea combate conscientemente los prejuicios religiosos que, a decir del
filósofo, hieren la dignidad del hombre. El criterio de la felicidad y el bien es la satisfacción; el mal, lo que genera es
padecimiento.
La doctrina de Epicuro fue la última gran escuela materialista de la antigüedad. Los pensadores posteriores admiraron el
pensar, el carácter y la austeridad de Epicuro, rayana en el ascetismo, que no pudieron ser empañados por las insidias que
contra él vertieron los adversarios de su época, ni por las que más tarde verterían los autores cristianos.
Entre los seguidores de Epicuro en la sociedad romana, destaca Lucrecio (99-55, a. de n. e.) como distinguido intérprete del
materialismo atomista de Epicuro. Como éste, trata de crear una ética que conduzca a la felicidad. Para Lucrecio, los temores al
infierno, a la muerte, y a los dioses dominan al hombre mientras ignora su posición en el mundo. Estos temores pueden y deben
ser vencidos por la enseñanza, el saber, la filosofía y, especialmente, por el conocimiento verdadero de la naturaleza.
Como Epicuro, Lucrecio no niega la existencia de los dioses, pero los instala en las regiones vacías entre los mundos: allí, lejos de
los acontecimientos de nuestra vida, no tiene poder de actuación. De esta manera, todo debe deducirse de causas naturales sin
admitir nada sobrenatural.
Lucrecio vive los tiempos de la dictadura del jefe de la nobleza reaccionaria romana, Sila, de la derrota de la clase de los
caballeros y de la sublevación de los esclavos dirigidos por Espartaco. Por ello, en cuanto a las concepciones de la vida social va
más allá que Epicuro. Mientras éste recomienda no ocuparse de la vida política, Lucrecio reacciona ante los sucesos de la vida
social y condena la decadencia moral de la aristocracia romana.

3.— El Imperio Romano y la decadencia del esclavismo. El cristianismo como religión
oficial
La orientación y el carácter que la filosofía de la sociedad esclavista toma en sus siglos de decadencia, sólo pueden ser
comprendidos a la luz de la influencia que el régimen social de Roma ejerce sobre ella.
La formación del Imperio Romano va acompañada de profundos cambios en la conciencia de las masas oprimidas y de la
parte culta de la población. Es la época del hundimiento de los estados nacionales antiguos, absorbidos por Roma; la época del
fracaso de las sublevaciones de esclavos; del empobrecimiento de las masas y de la aparición en Roma de un considerable sector
de elementos parásitos. En los rápidos cambios políticos que se suceden se ahondan las contradicciones sociales; la
desorientación, las calamidades y los desastres de la vida personal menudean. A tono con ello, a comienzos de nuestra era se
acentúa entre las clases más diversas de la sociedad romana la tendencia a buscar olvido y consuelo en las filosofías idealistas
más decadentes (estoicismo, neopitagorismo, neoplatonismo...) y en la religión. De este a oeste penetra y se propaga una
oleada de doctrinas religiosas, cultos y misterios que encuentran el terreno abonado en el Imperio. Respondiendo a las
demandas de la época, la filosofía se vuelve religiosa. En esta situación extremadamente adversa para la gran masa de
oprimidos, en la que no existe el elemento revolucionario consciente, capaz de destruir las viejas estructuras del régimen
esclavista en pos de otro nuevo, la única salida o solución que se encuentra es en «el reino de los cielos».
La necesidad de hallar consuelo en una nueva religión era sentida, en primer lugar, por los esclavos y oprimidos. Para éstos,
arrancados de su tribu o de su pueblo, las religiones y cultos locales no servían, como no servían ninguna de las religiones del
mundo antiguo, ya que todas ellas eran estatales y aristocráticas por su carácter. Surge así el cristianismo primitivo que, como
señala Engels, aparece en un principio «como la religión de los esclavos libertos, de los pobres despojados de todos sus derechos,
de los pueblos sometidos o dispersados por Roma»(4).

12

El cristianismo primitivo surge de una mezcla del estoicismo greco-romano y del monoteísmo judaico, mejor adaptado que
ninguna de las religiones nacionales moribundas para satisfacer las exigencias de universalidad que requería la nueva religión
del Imperio.
Cuando se construyen los cimientos del régimen feudal, la fe adquiere rango estatal y se impone por la fuerza de la espada.
Ya antes, en el siglo IV, en la prédica de resignación por parte del cristianismo para las amplias masas, ve el Estado Romano el
papel aglutinador que desde el comienzo de la formación del Imperio ha venido buscando inútilmente; Constantino lo declara
religión oficial en el Edicto de Milán del 313.
(1)
(2)
(3)
(4)

F. Engels: «Anti-Dühring».
F. Engels: «Dialéctica de la naturaleza».
V. I. Lenin: «Materialismo y empiriocriticismo».
C. Marx y F. Engels: «Sobre la religión».

Bibliografía





M. T. Iovchuk y otros: «Historia de la filosofía» (Progreso-Moscú, dos tomos),
Tomo I, capítulo III: «La filosofía de la sociedad esclavista de Grecia y Roma».
Paul Nizan: «Los materialistas de la antigüedad» (Fundamentos).
Karl Kaustsky: «Orígenes y fundamentos del cristianismo» (Agora).

IV - El feudalismo
No obstante haberse creado ya en el esclavismo las premisas materiales para un nuevo modo de producción, el
feudalismo no va configurarse definitivamente hasta cuatrocientos años después de la caída del Imperio Romano. Esta larga
etapa de transición fue debida al estancamiento en que se hallaba la sociedad esclavista, donde ninguna de las clases en pugna
era capaz de llevar adelante una revolución social victoriosa, que destruyera los cimientos del esclavismo y diera a luz nuevas
relaciones de producción. La falta de vitalidad de las clases beligerantes (esclavistas y esclavos) y el avanzado estado de
descomposición de la sociedad esclavista permitió a los bárbaros (germanos, godos, eslavos, galos, etc.) destruir el Imperio
Romano y apropiarse y repartir sus tierras; con ellos aparece, al lado del antiguo colono romano, el trabajador libre que vive de
su trabajo y que encuentra un interés en el aumento de la producción. Los pueblos bárbaros, hombres libres que no habían
sufrido el yugo de la esclavitud pese a encontrarse en un estadio anterior de desarrollo (en el régimen gentilicio), imprimieron
una nueva fuerza a la sociedad agonizante, transmitiéndole su espíritu de libertad y su instinto democrático, acabando así con
las lacras propias de la esclavitud y con la proscripción del trabajo libre.
El régimen gentilicio no servía ya a los fines de la conquista, ni correspondía al desarrollo alcanzado por las fuerzas
productivas. Al destruir el Estado esclavista, apoderarse de sus riquezas y organizar tan extensa conquista, surgió la necesidad
del Estado. Así nace la monarquía. Pero la debilidad de ésta permite a cada jefe militar erigirse en señor todopoderoso en sus
dominios y extenderlos continuamente en base a las guerras y la explotación de los campesinos. La inseguridad creada por estas
guerras llevará a los campesinos a buscar la protección de los jefes militares y de la Iglesia, a cambio de su propiedad y, más
tarde, la renuncia de su propia libertad.
Aparece así, por un lado, la figura del señor feudal, dueño de una gran extensión de tierra o feudo, y también de los
campesinos que la trabajan; y por otro, los siervos de la gleba, ligados de por vida a la tierra (que no pueden dejar libremente)
teniendo que pagar un tributo al señor feudal, bien con su trabajo personal, con productos naturales o, como sucedió más tarde,
en dinero. La prestación del trabajo personal para el señor feudal incluía la producción de indumentaria, muebles, calzado, etc.,
lo que casi hizo desaparecer la división del trabajo entre la artesanía y la agricultura.
Así resume Engels la aparición del nuevo modo de producción: «Vemos pues, que la masa de la población había vuelto a su
punto de partida, al cabo de cuatro siglos, lo que probaba que el orden social y la distribución de la propiedad en el Imperio
Romano agonizante habían sido adecuados al grado de producción contemporánea en la agricultura y la industria, e inevitables
por consiguiente. Y, sin embargo, habíase hecho progresos durante esos cuatrocientos años. Si nos encontramos casi las mismas
clases principales que al principio, el hecho es que los hombres que formaban esas clases habían cambiado. Entre el colono
romano y el siervo de la gleba había vivido el campesino libre. La nueva generación, lo mismo señores que siervos, era una
generación de hombres si se compara con sus antecesores romanos. Las relaciones entre los poderosos propietarios territoriales
y los campesinos que servían a éstos, relaciones que habían sido para los segundos la forma de ruina ineludible del mundo
antiguo, fueron para los primeros el punto de partida de un nuevo desarrollo. »(1).

1.— La economía del feudalismo
En el feudalismo, la mayor parte de la producción es creada por la explotación agrícola-ganadera de carácter familiar y casi
auto-suficiente. Bien por sorteo anual, bien por usufructo hereditario, la mayoría de las tierras cultivables estaban parceladas y
repartidas entre las distintas familias; cada familia era una unidad de producción agrícola, ganadera y artesanal, llegando a
desaparecer en muchas zonas la división social del trabajo entre estas tres actividades. Parte de la cosecha familiar era

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entregada al señor feudal en forma de impuestos en especie; lo mismo ocurría con parte del ganado y con determinados
productos artesanales (tejidos, pieles, etc.); estos tributos constituían la renta feudal. Además, una parte de las tierras
del señorío no era parcelada y formaba la hacienda propia del señor —en otros casos, como Inglaterra o Castilla, la posesión
señorial eran grandes rebaños—; el campesino tenía la obligación de trabajar gratis estas tierras señoriales o apacentar los
rebaños como prestación personal. Los bosques y prados seguían siendo comunales. Los molinos, batanes, etc. eran de
monopolio señorial y el campesino tenía que pagar una tasa para utilizarlos; posteriormente, la rapiña de los nobles les llevará a
hacer lo mismo con bosques y prados.
Este sistema de producción representa un avance cualitativo respecto del esclavismo, pues supone que el siervo, una vez
pagada su renta feudal, se queda con el resto del producto, que consume él y su familia; ahora bien, si hay excedentes, el
campesino puede comerciar con él. En esto reside la forma progresiva del régimen feudal: el siervo tiene interés en acrecentar la
producción, se preocupará por trabajar más y mejor, cuidará los aperos y se interesará por cuantos adelantos técnicos le
permitan hacer más rentable su trabajo. En gran medida, esto fue posible gracias a la incorporación de determinadas técnicas
agrícolas que hacían más rentable el trabajo y posible, por ello, la subsistencia de una familia; a su vez, tenemos que bajo el
modo de producción feudal se incorporan rápidamente nuevos inventos (arado de vertedera, tiros de bueyes, rastrillos, nuevos
cultivos, la energía hidráulica, etc.), lo que hace aumentar la producción y la superficie de tierra cultivada y, a la larga, favorecerá
la demanda de productos artesanales por parte del campesino (hierro, aperos, etc.), así como el excedente en forma de
mercancías; esto, a su vez, redundará en beneficio del comercio y de la separación —de nuevo— de la agricultura y los oficios.

2.— El Estado feudal
La característica fundamental de la sociedad feudal es su gran jerarquización y dispersión: todo señor tiene a su vez un señor;
todo vasallo tiene un vasallo: Dios, el rey, nobles y obispos... hasta llegar al siervo. Ahora bien, cada uno de ellos, excepto los
siervos, es soberano en su parcela de poder y territorio; únicamente el incumplimiento de sus deberes con su superior le puede
llevar a la pérdida de sus privilegios.
La base de la pirámide social y política así establecida es el señorío. En su seno, las relaciones de vasallaje se dan directamente
entre productores y propietarios, entre explotadores y explotados, entre siervos y señores. Esta es la contradicción principal
del feudalismo.
El campesino trabaja, da de comer, viste y calza no sólo a su señor directo, sino a toda la nobleza en su conjunto, clase
parasitaria que no participa en ninguna tarea productiva, y que si en los orígenes del feudalismo tiene una misión como clase
guerrera — proteger la hacienda y la vida de los pequeños productores de los saqueos de otros señores feudales—, con la
estabilización de la sociedad perderá esta función, que quedará reducida a sostener por la fuerza su propio sistema de
privilegios y opresión.
El Estado feudal sufrió una evolución antes de su constitución definitiva. En un principio, adoptó las formas del Imperio
Romano, siendo más acusadas estas formas según los pueblos bárbaros (nuevos dominadores) estuviesen más o menos
romanizados; así se forman el Imperio Carolingio, el Germánico, o el Bizantino (este último se mantuvo hasta el S. XV). Pero
pronto la tendencia a la dispersión política se impuso, en cuanto los señores feudales tuvieron poder económico y militar
suficiente como para oponerse a las mesnadas reales. Entonces, el rey pasa a ser «el primero entre sus iguales», y su dominio
se establece jerárquicamente, de señor feudal a señor feudal. De esta manera, el señorío se convierte en la unidad política y
jurisdiccional: el señor feudal es soberano en su feudo, cobra impuestos, administra justicia, etc. El papel del rey se limitaba,
aparte de cobrar impuestos a otros señores, o en sus propios feudos, a reunir un ejército cuando había que defender el
territorio o hacer una guerra de rapiña, a mantener un cierto orden entre los distintos nobles o a reprimir las revueltas
campesinas que pudiesen poner en peligro la existencia del sistema.
Papel importante en el mantenimiento del orden feudal corresponde a la Iglesia. Ejercía la coacción sobre la fe y la conciencia
de los siervos, enseñándoles que el orden jerárquico era natural y divino: cada cual ha nacido en su estamento y debe
conformarse con su suerte. La poca vida intelectual de la época —antes del desarrollo de las ciudades— estaba representada
por los religiosos, que eran los únicos que sabían leer y escribir en latín, los monopolizadores de la cultura clásica y del arte. Los
altos jerarcas eclesiásticos (obispos, abades, etc.) eran a su vez señores feudales, con grandes extensiones de tierra y siervos
bajo su dominio y con sus propios ejércitos.

3.— Las ciudades en el feudalismo
En la época de descomposición del Imperio Romano, al desaparecer prácticamente la actividad comercial y la burocracia
imperial, asistimos a la decadencia de las ciudades que, excepto determinados centros religiosos y políticos, pierden su
importancia, incluso llegando a desaparecer muchas de ellas. Pero el afianzamiento del modo de producción feudal con la
consiguiente producción de excedentes por parte de los campesinos, así como la acumulación de riquezas en manos de los
señores feudales, volvieron a hacer aparecer de nuevo el comercio. Se puede decir que alrededor de la mercancía se constituyen
las ciudades feudales: centros donde se agrupan artesanos especializados, mercados, lugares estratégicos en vías de
comunicación, lugar de asentamiento de comerciantes y mercaderes, etc. Sólo en algunas regiones se fundan ciudades en
función de la repoblación o de intereses militares.

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Políticamente, la ciudad estaba incluida dentro del Estado feudal, casi siempre dentro de algún señorío y dependiendo, por
tanto, de algún señor feudal al que había que pagar determinados impuestos (hay que contar la excepción de Italia, donde
perduraron las antiguas ciudades romanas y la feudalización se hizo en base al predominio de ellas sobre el campo); pero poco a
poco la ciudad cobra importancia económica; los comerciantes y artesanos comienzan a organizarse y consiguen imponer
determinados estatutos jurídicos y privilegios frente a los señores feudales, independizándose poco a poco de su dominio.
Pronto surgieron verdaderas confederaciones de ciudades; por ejemplo, la Liga Hanseática, que llegó a abarcar más de mil
entre Francia y los Urales.
Aun alcanzada cierta cota de autonomía dentro del régimen feudal, la ciudad no escapa ni está al margen de la sociedad en
que vive. Dentro de la ciudad, la artesanía —base de la producción ciudadana— está constituida en lo fundamental por el
pequeño taller de carácter familiar, con una estructura rígida por categorías: maestros, oficiales y aprendices. Siguiendo el
ejemplo de los mercaderes, los artesanos se agrupaban también, formando gremios, generalmente por oficios (herreros,
curtidores, boteros, cerrajeros, etc.).
Los gremios tenían por objeto regular la adquisición de materias primas, la competencia, la organización de depósitos y
almacenes, además de la defensa contra la presión y explotación de los señores feudales y comerciantes. Estas corporaciones
tuvieron tal importancia, sus reglamentos fueron tan rígidos y minuciosos, que hicieron desaparecer la libertad de oficios, hasta
el punto que los artesanos sólo podían establecerse en una ciudad con el permiso de los gremios.
Las ciudades en el feudalismo son un elemento desestabilizador del sistema, pues rompen el equilibrio de la economía
cerrada de autoconsumo. En las ciudades se va concentrando gran parte de la población, la producción artesanal, el comercio y
la cultura, desarrollando la división del trabajo y creando nuevas relaciones económicas y sociales. Marx las resume así: «Si en la
Edad Media el campo explotaba políticamente a la ciudad, salvo en los sitios en que el feudalismo se ve roto por el desarrollo
excepcional de las ciudades, como en Italia, a cambio de ello la ciudad explota económicamente al campo, por medio de sus
precios de monopolio, de su sistema de impuestos, su régimen gremial, su estafa mercantil descarada y su usura»(2).

4.— La lucha de clases en el feudalismo
La lucha entre el campesino y el señor feudal es la contradicción principal en la sociedad feudal. Con el aumento del comercio
y de la necesidad de dinero, crecen también los impuestos sobre los campesinos (se empiezan, por primera vez, a cobrar en
dinero), empeorando sus condiciones de vida. Esto, unido a la mayor cohesión y conciencia social de las masas campesinas,
daría lugar, ya en el S. XIV, a levantamientos generalizados en toda Europa en demanda de reivindicaciones democráticas y
antifeudales: abolición de impuestos, libertad de prestaciones personales, abolición de jurisdicciones señoriales, libertad de
comercio, etc. Estas guerras, donde los campesinos se enfrentaban solos contra el poderío feudal, no destruyeron en ninguna
parte los vínculos feudales de dependencia, si bien minaron los cimientos del feudalismo y condujeron, en última instancia, a la
abolición de la servidumbre.
Además de la contradicción principal entre siervos y señores, en el feudalismo se dan otras contradicciones secundarias, que
no por tener este carácter carecen de importancia: 1) La lucha entre las ciudades y los señores feudales, que se agrava una vez
que las ciudades se hacen fuertes. En todas partes, las ciudades tuvieron cierto éxito en la lucha contra los señores, logrando en
algunos sitios (Alemania, Bélgica, etc.) independizarse totalmente de su dominio. 2) También en el seno de los gremios se
manifiestan las contradicciones entre oficiales y aprendices, por un lado, y maestros por otro, lucha que se hacía más aguda
cuanto más se restringía el mercado para la producción artesanal; las reivindicaciones más frecuentes suelen ser el aumento del
sueldo, la disminución de las horas de trabajo o más facilidades para el ascenso a maestro. 3) No menos agudas eran las
contradicciones entre los gremios y las asociaciones de comerciantes, que luchaban para ver quién se llevaba la mayor parte de
los beneficios.

5.— El Estado feudal centralizado
A fines de la Edad Media (siglos XIV y XV), se produce en toda Europa una crisis en el sistema feudal; las contradicciones
estallan en forma de luchas violentas entre campesinos y señores feudales, entre las ciudades y la nobleza, y entre los mismos
nobles. Esta va a ser la ocasión propicia para un cambio en el Estado feudal, era necesario adaptarlo a las nuevas circunstancias
creadas por el desarrollo de las fuerzas productivas.
Este desarrollo chocaba cada vez más con el estrecho marco en el que se desenvolvían las relaciones de producción bajo
el feudalismo. La productividad del trabajo campesino era extraordinariamente baja. En la ciudad, el ascenso de la productividad
artesana chocaba con las barreras gremiales. El régimen feudal se caracterizaba por el lento progreso de la producción, por la
rutina y la fuerza de la tradición.
El fraccionamiento político propio del feudalismo representaba un gran obstáculo para el desarrollo de la producción
mercantil. Los señores feudales imponían a su antojo toda clase de impuestos a la importación de mercancías o a las que
cruzaban por sus dominios, y ponían con ello serias trabas al desarrollo del comercio. El régimen feudal se va convirtiendo en un
freno al desarrollo y se resquebraja por todas partes. Las contradicciones de clase alcanzan su máxima expresión y la resultante
del conflicto será el estado feudal centralizado: en él están interesadas la monarquía, una parte de la nobleza y las ciudades.

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El incremento de la producción artesanal y agrícola, y el desarrollo de la división social del trabajo entre la ciudad y el campo,
vienen a reforzar los lazos económicos entre las distintas regiones dentro de cada país, contribuyendo a la formación
del mercado nacional, que sentó a su vez las premisas económicas para la centralización del poder del Estado. La naciente
burguesía urbana estaba interesada en la desaparición de las barreras feudales y era partidaria de la creación de un Estado
centralizado. Los reyes, apoyándose en la capa más extensa de la baja nobleza terrateniente V en las ciudades, asestaron golpes
decisivos a muchos privilegios de la nobleza feudal y reforzaron con ello su propio poder, convirtiéndose, no sólo nominalmente,
sino de hecho, en los soberanos del Estado. Así se constituyeron grandes Estados nacionales bajo la forma de monarquías
absolutas. La creación de grandes estados centralizados facilitó el nacimiento y el desarrollo de las relaciones capitalistas.
A la aparición de este tipo de economía (ya ésta se presenta esporádicamente en algunas ciudades del Mediterráneo durante
los siglos XIV y XV, aunque la era capitalista sólo data en realidad del siglo XVI) contribuyó también en gran medida a la
formación del mercado mundial. En 1492 Colón descubre América; en 1498 Vasco de Gama circunnavega el continente africano
y abre la ruta marítima de la India. El centro de gravedad del comercio se desplaza del Mediterráneo al Atlántico, de lo que se
benefician los Países Bajos, Francia e Inglaterra en detrimento de Italia.
La aparición del Estado absolutista, la formación del mercado nacional y mundial, la aparición de la manufactura y los grandes
descubrimientos geográficos sientan las bases para la aparición del capitalismo.
(1)
(2)

F. Engels: «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado».
C. Marx: «El Capital».

Bibliografía






F. Engels: «El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado».
a
Z. Manfred: «Historia Universal», Tomo I, parte 2 : «La Edad Media».
Jürgen Kuczinski: «Breve historia de la economí^» (Castellote).
Marx: «El Capital» (Fondo de Cultura Económica, tres tomos); Tomo III, sección quinta, capítulo XXXVI: «Algunos
rasgos precapitalistas»; sección sexta, capítulo XLVII: «Génesis de la renta capitalista del suelo.

V - Formación y desarrollo del feudalismo en España
1.— Los visigodos
En la primera década del siglo V se puso fin a la dominación romana en la península. Las invasiones de los pueblos bárbaros
vinieron a unirse a la crisis interna que venía padeciendo el Imperio romano, con lo que culmina su total derrumbamiento.
Las tribus visigodas serán la fuerza principal que se asienta en Hispania. Al ser estas tribus de las más romanizadas y hallar
firmemente implantada en España la propiedad privada, las relaciones gentilicias aún existentes entre ellos (pero ya débiles por
su contacto con la civilización romana) terminan por desintegrarse rápida y definitivamente al poco de su asentamiento.
A su llegada, los jefes militares se repartieron los esclavos y las grandes haciendas estatales y de un sector importante del
patriciado romano, conservando las haciendas de los colonos; el resto de las tierras fueron repartidas entre los miembros de las
tribus. Los visigodos fundaron una monarquía electiva con sede administrativa en Toledo.
La descomposición de los restos de la comunidad gentilicia y la fusión de su capa superior con la aristocracia romana obraron
a favor de la organización de un nuevo Estado. Nobles y esclavistas y la Iglesia cristiana coinciden en sus intereses. Hubo una
nueva redistribución de las haciendas; la Iglesia acaparó grandes extensiones de tierras. Pero pronto surgieron contradicciones
entre el poder real y la nobleza. En el año 582, Hermenegildo se sublevó en Sevilla contra su padre, el rey godo Leovigildo, y fue
ejecutado. En el 587, Recaredo se convierte al catolicismo y se constituye una monarquía hereditaria ,según el modelo romano.
Entre los años 649-672, fue redactado el Fuero Juzgo, compilación de leyes godas y romanas que consagran la gran propiedad
nobiliaria y eclesiástica y el predominio de la religión católica sobre el Estado. Es la época de los más importantes concilios
católicos celebrados en Toledo. Mas con ello no acabaría la lucha entre los dos sectores fundamentales de la sociedad hispanogoda enfrentados, lucha que reviste un carácter religioso entre partidarios del arrianismo y del catolicismo y que conduciría, a
principios del siglo VIII, a la guerra civil.

2.— La islamización
El Estado visigodo entró en este período en un proceso de descomposición. Las masas de campesinos, siervos, colonos, y
esclavos tenían que soportar una situación de lo más precaria. La explotación y la expoliación, ejercidas por los señores a través
de impuestos exorbitantes, hicieron aparecer el hambre y las epidemias. La inestabilidad política y social es general.
Por otro lado, la religión católica, ideología de la casta dominante, apenas si tenía arraigo. El comercio de mercaderes
musulmanes con la Península y su asiento en el sur puso a parte de la población en contacto con el Islam, religión que comparte
con el arrianismo (religión del sector godo desbancado del poder) el reconocimiento de un sólo dios y la negación de los

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«misterios» trinitarios. Por lo demás, tanto el arrianismo como el islamismo son religiones de .más fácil comprensión para el
pueblo y más propensas a ser aceptadas y difundidas.
Este proceso coincide en el tiempo con la expansión de las tribus árabes que acaban de salir de la barbarie y entran en la fase
de la civilización.
Es indudable que cuando se produce la llegada de los primeros contingentes de musulmanes (llamados por el sector de la
nobleza enfrentado al poder real), el terreno estaba ya abonado para el arraigo del Islam y el establecimiento de un nuevo
Estado. Según la «Historia de España» de Vicens Vives, «parece muy posible que la generalidad del pueblo hispano se
pronunciara contra el dominio ejercido por las clases dirigentes godas y que incluso se asistiera a sublevaciones contra la nobleza
y los terratenientes. El cantonalismo hispano resurgió pujante después de la catástrofe visigoda y algunas ciudades y ciertos
caudillos aceptaron gustosos un régimen de autonomía local bajo el protectorado musulmán».
Cuando llegan a la Península, los musulmanes, a semejanza de lo ocurrido con los godos dos siglos antes, traen consigo
formas de organización democráticas, que aún conservan del estadio de la barbarie, y una cultura bastante desarrollada debida
a sus relaciones con Bizancio. La crisis en que se venía debatiendo la sociedad goda y el proceso de islamización hace tiempo
iniciado les brindan la posibilidad de hacerse con el poder en poco tiempo.
Los musulmanes se fueron estableciendo sin que procuraran modificar la estructura cultural e ideológica de la población. En
un principio, su preocupación principal consistió en apropiarse de la mayor cantidad posible de tierras procedentes de las
confiscaciones de las propiedades de los visigodos. Esto produjo choques sangrientos entre los distintos jefes militares, hasta
que la llegada del príncipe omeya Abderramán apaciguó la guerra civil existente entre los distintos bandos
musulmanes. Abderramán I (756-788) orean izó el régimen islámico en España, rompió la dependencia política que vinculaba a
los antiguos gobernadores (emires) con Oriente y echó las bases de un nuevo Estado que debía perdurar durante dos siglos y
medio.
La sociedad islámica tiene por base un sistema económico que combina la propiedad estatal sobre la tierra (la cual es
entregada en usufructo a los campesinos a cambio del pago de una renta) con la propiedad privada de artesanos y comerciantes
y de una parte de las tierras concedidas a los jefes militares. Este tipo de economía mixta daría lugar a un gran desarrollo
económico, a la introducción de la agricultura de regadío, al fomento de los oficios, así como a la creación de grandes ciudades
(Córdoba, Granada, Sevilla, etc.).
El Islam alcanza su máximo florecimiento en España en el siglo XI. A partir de este momento, se crea una situación interna de
agravación de las contradicciones entre los distintos sectores de la sociedad musulmana, que da origen a la disgregación del
Estado y a la formación de numerosos reinos independientes llamados Taifas, lo cual les conducirá a su derrota frente a los
reinos cristianos.
La causa de esta crisis se encuentra, fundamentalmente, en el proceso de feudalización que se inicia a partir de la extensión
de la parte privada de la propiedad de la tierra concedida a las autoridades islámicas, lo que, a la larga, condujo a la disolución
del sistema político. Hay que señalar también la crisis económica que padecía Al-Andalus, motivada por el corte de las rutas
comerciales del Mediterráneo (y la consiguiente reducción del comercio), a partir de las guerras en Oriente Medio y la
imposición final de los turcos en aquella zona.
La entrada de Al-Andalus en la disgregación de los Reinos de Taifas lo puso en inferioridad de condiciones respecto a los
cristianos del norte, que llevaban ya dos siglos bajo el régimen feudal. Es por esto que, no obstante el haber alcanzado AlAndalus un desarrollo económico y cultural muy superior al de los reinos cristianos, aquél será conquistado y finalmente
sometido. La victoria cristiana de las Navas de Tolosa, en 1212, fue decisiva. En 1242, sólo queda Granada, sometida a vasallaje
por Castilla.
De esta manera es como la más desarrollada y opulenta civilización de aquel tiempo, obra de los amalgama de pueblos y
culturas (árabes, hispanos, judíos y otros pueblos orientales), centro de donde irradian hacia Europa todos y cada uno de los
descubrimientos conocidos hasta entonces (los cultivos de huerta, la alquimia, el álgebra, los números, la medicina, la poesía
rimada, etc.) es desterrada por la fuerza de las armas, por la sinrazón, la intolerancia, el racismo y el fanatismo religioso.

3.— Formación de los reinos cristianos
En el norte de la Península, durante el siglo VII, se establece un sistema patriarcal, sobre cuya base van surgiendo formas de
organización estatal poco desarrolladas.
La necesidad de pastos para sus rebaños, el aumento de la población y la conquista del botín impulsan, en siglos posteriores,
a los cántabros-astures y a las tribus pirenaicas hacia las zonas hispano-musulmanas. Este proceso conduce a la formación de
numerosos reinos y condados con un sistema económico y político de tipo feudal.
La existencia de una amplia franja de «tierra de nadie» entre los territorios musulmanes y los reinos cristianos permite a éstos
últimos desarrollarse sin grandes dificultades. En las tierras del interior se practica la ganadería y la agricultura. Se forman
grandes feudos, trabajados por siervos que pagan tributos al señor correspondiente. En las zonas conquistadas, próximas a
la «frontera», se extiende la práctica de la ganadería. El pastoreo les permitía retirarse con mayor rapidez, llevando consigo el

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ganado en caso de incursiones hispano-musulmanas. La práctica de la ganadería, sobre todo la cría de ovejas, se convirtió así en
la actividad económica predominante en el proceso de expansión y consolidación de los reinos cristianos.
En el año 840 está formado el reino de León. El conde Fernán González, rebelándose contra el rey leonés, funda Castilla en el
961. Navarra surge en los Pirineos y se convierte en intermediario comercial entre musulmanes y francos.

4.— Expansión y consolidación
La coincidencia del fraccionamiento del Estado islámico en Reinos de Taifas con la llegada de las corrientes religiosas y
culturales europeas (sintetizadas en la idea de «Cruzada»), a través de la ruta comercial de Santiago de Compostela, es
aprovechada por los reinos cristianos para ampliar sus dominios. Nace el proyecto de unir religión y política, que resume la idea
de la «Reconquista», idea que justificará la guerra continua contra los islámicos.
La fusión de Castilla y León con Fernando I convierte al reino castellano en el principal impulsor de la «Reconquista». El
surgimiento de numerosas ciudades en la ruta comercial de Compostela, y la posterior repoblación de las zonas conquistadas,
consolida a Castilla: La necesidad de repoblación obliga a los reyes a conceder privilegios a los pobladores de los terrenos
conquistados. Así, los campesinos que acudían a estas tierras sólo estaban sujetos a la autoridad real y tenían derecho a realizar
asambleas; incluso surgieron formas de trabajo libre. A su vez, a las ciudades que se iban formando les eran concedidos fueros
especiales.
En Castilla, la ganadería cobraba importancia, a medida que avanzaba la conquista, obrando en detrimento de la agricultura.
El desarrollo de la ganadería condujo a la formación de la Mesta, verdadero monopolio en manos de los nobles que acrecienta el
poder político de éstos.
El Consejo de la Mesta dio lugar a continuas luchas entre la nobleza y las ciudades. No obstante, también las ciudades
accedieron a un paulatino desarrollo, alcanzando cierta actividad comercial y artesanal.
Este enfrentamiento entre los nobles y las ciudades conduciría a la guerra entre Pedro I y Enrique II, su hermano, para la
sucesión al trono de Castilla. La derrota del primero, apoyado en las ciudades, y la subida al trono de Enrique de
Trastámara confiere a los nobles un poder casi absoluto. Llegamos así al siglo XV con una nobleza prepotente.
El desarrollo en Aragón se efectuará de forma distinta. Este reino lo formará un conde navarro, y desde sus comienzos estuvo
presente la actividad comercial. Posteriormente, ya asegurada la salida al Mediterráneo con la conquista del Levante, el
comercio se incrementó: Barcelona se convirtió en una ciudad mercantil importante. A mediados del siglo XIV, Aragón sufre una
profunda crisis por la reducción del comercio en el Mediterráneo, y esta circunstancia le hará buscar el apoyo de Castilla.

5.— Causas de la aparición de la Monarquía Moderna en España
En el siglo XIV, el feudalismo en España había alcanzado su máximo desarrollo e inicia su decadencia. Esta decadencia es
acelerada por la mortandad debida a la peste.
Las contradicciones existentes en el feudalismo se manifiestan de manera violenta. Durante los siglos XIV y XV, las
sublevaciones campesinas, las luchas de los nobles con las ciudades y las guerras internobiliarias son una constante.
Hacia el final del siglo XV comienza la recuperación económica y demográfica. Las ciudades han conseguido fortalecerse. Los
artesanos y comerciantes, y los campesinos en el medio rural, se agrupan en las llamadas Hermandades.
Los desmanes cometidos por los nobles contra las ciudades y la subida de impuestos a los campesinos van a dar lugar a
importantes sublevaciones: en Galicia, los levantamientos Irmandiños (el segundo de éstos conseguirá derrotar a la nobleza
gallega. Los Irmandiños dominarán Galicia durante tres años). En Aragón, el rey terminará concediendo parcelas en propiedad a
la mitad de los payeses sublevados en Cataluña. Existen levantamientos campesinos en Baleares, Valencia, etc. El movimiento
campesino y la lucha de las ciudades constituyen una seria amenaza para la clase feudal.
La monarquía moderna aparece en España por la necesidad de poner orden en las filas de la nobleza, centralizando el poder
político en manos de la autoridad real, aun a costa de reducir el poder de los nobles, pues sólo de esta manera podrían ser
preservados los privilegios y el dominio de toda la clase feudal frente a los campesinos y la burguesía naciente.
De la crisis general que padecen los reinos hispanos, Castilla es el reino que sale más fortalecido. Su economía, basada en la
exportación de la lana a Europa, no se vio afectada en la misma medida que la economía de los demás reinos durante el período
de la peste. Por otra parte, la salida de aquella crisis en ventajosas condiciones y la mayor extensión territorial y peso
demográfico, así como la situación geográfica privilegiada con salidas al Atlántico y a los mercados del Oeste europeo, por
entonces florecientes, dotará a Castilla de una posición hegemónica dentro de la Península.

6. — La monarquía de los Reyes Católicos
La base de la monarquía moderna española, que vino a superar la crisis en que se hallaba sumida la sociedad feudal, fue la
unión (con el matrimonio de Isabel y Femando) de Castilla y Aragón y la posterior conquista de Granada.

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La unidad que se logra será solamente formal, pues en lo político cada reino (si exceptuamos a Galicia, cuya nobleza no tenía
capacidad para llevar un desarrollo independiente) conservará las instituciones de gobierno propias. Aragón se regirá por leyes
propias, conservará sus fueros y sus Cortes se reunirán aparte de las de Castilla. En Navarra ocurrirá los mismo. Las funciones de
las Cortes medievales castellanas se reducirán progresivamente y pasarán a ser desempeñadas por el Consejo Real; así mismo,
los ayuntamientos perderán su autonomía, pues su gobierno estará en manos de i oí regidores que representan la autoridad
real. De esta manera, los sectores más pujantes de la sociedad de entonces (burguesía comercial y artesanado) quedaron
excluidos de toda influencia política. Por el contrario, el patriciano urbano y la Iglesia católica vieron fortalecidos sus privilegios.
Con Isabel y Femando se refuerza el poder real codificando nuevas leyes y creando el ejército permanente; se legalizan todos
los expolios que la nobleza ha cometido en el último siglo; aumentan los poderes de la Mesta; se proclama una religión única y
una Iglesia de Estado. Se crea la Inquisición que es, esencialmente, un instrumento político represivo en manos de la Corona y de
los sectores más reaccionarios de la Iglesia católica, destinado a perseguir cualquier brote de rebeldía por parte de los
elementos progresivos de las ciudades y, particularmente, a los judíos y judeoconversos. La inquisición será también utilizada
para apropiarse «legalmente» de los bienes de esta minoría nacional en beneficio del tesoro real.
En el terreno económico y administrativo, las diferencias existentes entre los distintos reinos no son anuladas. Existen
impuestos aduaneros para pasar de un reino a otro y diferentes monedas para el intercambio. El desarrollo de Cataluña o las
Vascongadas será en gran medida independiente del desarrollo económico de Castilla.
Con la expulsión de los judíos (1492) y los mudéjares (1505), dos de los sectores más pujantes de la sociedad en los que se
venía incubando la burguesía, los Reyes Católicos causaron un gran perjuicio al desarrollo económico y condicionaron toda la
evolución política y cultural posterior de España. A pesar de estas medidas negativas para un desarrollo de tipo capitalista, el
Estado formado por los Reyes Católicos significó un avance en relación a la disgregación y el atraso del feudalismo anterior, y
sentó las bases para la unificación política y económica de España. Fruto de todo esto, aparte del auge económico y cultural de
la época, se producirá, ya a finales de su reinado, un acontecimiento cuyas consecuencias posteriores serán transcendentales: el
descubrimiento de América.

7.— El absolutismo de los Austrias
La casa que se entroniza en España después del reinado de los Reyes Católicos será la de los Austrias.
La monarquía absoluta que se forma, no sólo no mejorará la situación de falta de un marco económico único y una
administración centralizada, sino que, en muchos aspectos, la empeorará.
Carlos I arremete contra los dos pilares de la libertad en España: las Cortes y los Ayuntamientos; esto provocará la revuelta de
las Comunidades de Castilla y las Germanías valencianas. La insurrección de los Comuneros (1520), si bien en un principio tenía
como objetivo la conservación de los privilegios feudales de las ciudades, a partir de 1521 se convirtió en antifeudal, al haberse
incorporado al movimiento las capas inferiores de la ciudad y parte del campesinado. Con la derrota de
los Comuneros en Villalar, las ciudades castellanas perdieron sus privilegios decayendo su población y riquezas y retrasándose el
desarrollo de la burguesía; en cambio, los privilegios de la nobleza permanecerán incólumes, no siendo estorbados en tanto no
fueran contra la autoridad real.
En medio siglo se llevó a cabo la colonización de América. A pesar del gran mercado que se abre (el cual traerá el desarrollo
de una importante burguesía comercial en Sevilla y en Cádiz, ciudades que monopolizaban el comercio con las nuevas tierras) y
la afluencia constante de oro y plata hacia España, procedente del Nuevo Mundo, no llegará a crearse una auténtica economía
nacional. Los gremios están en pleno auge e impiden el desarrollo de la manufactura; no se favorece la inversión en el interior
del país. Por el contrario, las riquezas americanas servirán a los monarcas absolutos, Carlos I y Felipe II, para llevar a cabo su
política imperialista, pagar los ejércitos mercenarios y financiar las guerras por toda Europa y tratar de imponer los designios de
Castilla al continente. Las «guerras de religión» son una lucha entre el Estado feudal español y las modernas naciones europeas,
donde el capitalismo ha comenzado a desarrollarse.
Vemos, pues, que la monarquía absoluta española no cumple las funciones que en toda Europa viene a cumplir este tipo de
monarquía: iniciadora de la unidad social, centralizadora del poder político y de la administración, creadora de un marco
económico único, destructora de los privilegios feudales de nobles y ciudades, etc. La monarquía absoluta en España adquiere
un carácter oriental. El rey es un auténtico déspota, no existe unidad administrativa, cada zona tiene un desarrollo económico
independiente, se conservan los privilegios de los nobles y la Iglesia, existen barreras aduaneras entre los distintos reinos y
diversas monedas, etc.
Ocurre de esta manera que, mientras que las naciones europeas comienzan su desarrollo en sentido capitalista, España
continúa sumida en el estancamiento de la época medieval, y el imperio se hunde poco a poco en la bancarrota.

Bibliografía




19

Vicens Vives: «Aproximación a la Historia de España» (Salvat-RTV).
Ignacio Olagüe: «La Revolución Islámica en Occidente» (Fundación Juan March). Barbero Vigil: «La formación del
feudalismo en la Península Ibérica» (Crítica). Julio Valdeón: «Labaja Edad Media» (Historia 16).
Domínguez Ortiz: «En antiguo Régimen» (Alianza Universidad).

VI - La filosofía y la ciencia en la Edad Media y en la época le las revoluciones
burguesas
1.— La filosofía y la ciencia en el feudalismo: Siglos V-XIV
Sobre las ruinas del régimen esclavista surge la sociedad feudal, cuyo lento desarrollo dio lugar a un período de
estancamiento (cuando no de retroceso) del nivel alcanzado en el pensamiento científico-filosófico por la sociedad esclavista.
Con el triunfo del cristianismo, la Iglesia quedó depositaría del arte y la cultura, pero la hostilidad de los Padres de la Iglesia hacia
la filosofía pagana y, sobre todo, hacia el materialismo hizo que toda la herencia filosófica se reelaborara de acuerdo con las
necesidades de propagación de doctrinas idealistas. Durante diez siglos, la ideología dominante es la ideología religiosa, y la
lucha de clases que tiene lugar durante todo el período de la Edad Media se refleja en la conciencia como lucha religiosa. La
filosofía se convirtió en simiente de la teología.
La orientación filosófica principal de la sociedad feudal, la llamada escolástica, se ocupa de la relación entre el conocimiento y
la fe, y da a ésta primacía sobre el anterior. La escolástica pronto se convertiría en sinónimo de ciencia muerta, distanciada de la
vida, de la observación y el experimento, y tiene por base la aceptación acrítica de los dogmas religiosos. La escolástica fue una
forma específica de la filosofía, propia de la vida espiritual de la sociedad feudal, en la que se expresó del modo más pleno la
subordinación del pensamiento investigador a la fe religiosa. Los resultados de más de mil años de desarrollo filosófico fueron
escuálidos, tanto para la filosofía como para la ciencia, pues incluso pasadores eminentes (como Roger Bacon) lo que buscaban
no era la verdad, sino medios para fundamentar las «verdades reveladas». Una filosofía erigida sobre tales cimientos tenía que
declinar en cuanto la ciencia se fortaleciera y conquistara una esfera de investigación relativamente independiente. Así sucedió
cuando, dentro del sistema feudal, comenzó a surgir un nuevo modo de producción, cuando empezaron a formarse unas
relaciones nuevas que preparaban la aparición de la sociedad capitalista.

2.— La filosofía en el período de tránsito del feudalismo al capitalismo; siglos XV y XVI
Las formas embrionarias del modo de producción capitalista, que aparecen en los siglos XIV y XV, provocan radicales cambios
socioeconómicos y técnicos que comportan toda una revolución en la vida espiritual de los pueblos de Europa. El surgimiento de
monarquías absolutas supuso un debilitamiento considerable del poderío económico y la influencia política de la Iglesia de
Roma, que durante todo el Medievo había sido la fuerza ideológica determinante y la ley suprema del feudalismo. Los
movimientos reformadores —luterano y calvinista, principalmente— que tienen lugar en la primera mitad del siglo XVI
constituyen las más claras manifestaciones de la tendencia, dentro de la fortalecida burguesía, a liberarse de la tutela de la
Iglesia católica romana y a instituir su propia organización eclesiástica burguesa, como medio para facilitar el desenvolvimiento
de sus incipientes negocios.
Los numerosos cambios habidos propiciaron el nacimiento de una intelectualidad burguesa, de la que un sector muy
importante está relacionado directamente con la ciencia y las artes. Surge así una nueva cultura que recibe el nombre
de Humanismo.
Ante la obediencia acrítica al dogma, la ausencia de observación empírica y experimentación, la inconsistencia en las
generalizaciones y primacía de la deducción de la Edad Media, en el Renacimiento se propone una conciencia científica puesta al
servicio del hombre, cuyo anhelo principal es el dominio de la naturaleza. La particularidad de aquella naciente cultura burguesa
consistió en un aprovechamiento a fondo de la civilización greco-latina, más afín con la burguesía embrionaria que la ideología
feudal. Su rasgo característico fue su individualismo, que en aquellas circunstancias era un fenómeno progresista, pues
expresaba la necesidad de liberar al hombre de los grilletes gremiales, estamentales y eclesiásticos de la Edad
Media. Resplandecieron en este período la literatura, pintura, escultura, arquitectura, ciencia y filosofía y en general todas las
artes.
La filosofía de los humanistas dejó de ser la sirvienta de la teología, pasando a tener un marcado carácter antiescolástico.
Contribuyó a ello la teoría de la «doble verdad», separando el objeto de la ciencia ( el estudio de la naturaleza) del de la religión
(la salvación del alma), lo que propició la formación de la conciencia científica y el desarrollo de la corriente
materialista. También cooperaron a ello el renovado interés por las doctrinas materialistas de la antigüedad, en particular el
epicureísmo, y más adelante el progreso de las ciencias naturales.
El enorme avance del saber científico natural del Renacimiento se expresó en descubrimientos de importancia primordial.
Notables progresos se registran en matemáticas, en el esfuerzo de los científicos dedicados a esa materia por ponerla al servicio
de la producción en desarrollo, tendencia ésta casi desconocida hasta entonces. Tuvo significación extraordinaria el surgimiento
de la ciencia experimental de la naturaleza. Los descubrimientos más importantes de la época corresponden a la astronomía, en
especial la teoría copernicana heliocéntrica, con lo que el sabio polaco «arrojó el guante —como dice Engels— a la autoridad de
la Iglesia en las cuestiones de la naturaleza. De aquí data la emancipación de las ciencias respecto a la teología»( 1). Dicho
descubrimiento, que rechazaba la representación directamente sensorial de una Tierra inmóvil y un Sol en rotación, venía a
fortalecer la convicción de que el intelecto humano era capaz de alcanzar la verdad. Este optimismo gnoseológico fue
descubriendo poco a poco las ideas materialistas revolucionarias que se desprendían de la teoría de Copérnico (1473-1543),
desarrollada más tarde por Giordano Bruno (1548-1600).

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Acometido el problema de la «doble verdad», posteriormente se hace lo propio con el del método del conocimiento. Aparece
una generación de pensadores y naturalistas —Galileo, Bacon, Descartes...— que abrieron una nueva fase al desarrollo
del materialismo, El experimento se convierte en la forma más importante de la investigación, de acuerdo con una clase que
nace y necesita poner todos los conocimientos al servicio de sus intereses. La teoría de la causalidad adquiere con
el materialismo mecanicista una nueva dimensión: las causas son susceptibles de medida y pueden ser expresadas
matemáticamente. Para los ideólogos burgueses progresistas, las nuevas concepciones que más cuadraban a los intereses de la
ciencia de la naturaleza eran la filosofía materialista y el materialismo —por lo general espontáneo— de los naturalistas.
Galileo (1564-1642) fue el fundador del método experimental matemático de investigación de la naturaleza y fundamentó los
principios más importantes de la interpretación mecanicista del Universo, realizando fundamentales trabajos en la esfera de la
mecánica y la dinámica.
A Francisco Bacon (1561-1626) se le considera como el fundador del materialismo moderno. Para él el medio principal de
investigación es el método empírico, experimental. La materia posee pluralidad infinita de cualidades sensibles; la forma es la
esencia de la cualidad y ésta coexiste en el objeto, llegando a afirmar que la forma es un género de movimiento de las partículas
constitutivas del cuerpo.
Descartes (1596-1650) admite la existencia de una sustancia material y otra inmaterial; la propiedad básica de la primera es la
extensión, de la segunda el pensamiento. Por ello, en cosmogonía, cosmología, física y filosofía es materialista y en psicología,
gnoseología y doctrina del ser es idealista. Pese a todo, lo fundamental en su filosofía es la doctrina de la naturaleza. Creó la
geometría analítica, signos algebraicos, la relatividad del movimiento mecánico y la ley de la conservación de la cantidad de
movimiento. Para él, la materia es ilimitada, homogénea, infinitamente divisible y no tiene vacío, ideas éstas que demuelen las
medievales de finitud y jerarquía y la antigua teoría de los átomos.
El rasgo característico de la filosofía de estos pensadores es el dualismo, que consiste en admitir la existencia de la «doble
verdad», lo que viene a determinar las limitaciones de su pensamiento y deducciones no exentas de panteísmo. Con todo, sus
aportaciones son inmensas, dando principio a una nueva etapa en el desarrollo del pensamiento y de las ciencias naturales.

3.— El desarrollo de la ciencia y el pensamiento en el período de las revoluciones
burguesas; siglos XVII y XVIII
Primero en Holanda, inmediatamente en Inglaterra, y un siglo después en Francia, se consolidan las revoluciones burguesas.
En estos siglos, la nueva clase en ascenso, la burguesía surgida en el seno de la sociedad feudal, mina por completo el poderío
feudal de las monarquías absolutas y conquista el poder político en los países más desarrollados de Europa.
Precediendo a las revoluciones burguesas, gracias al avance imprimido a las ciencias en los siglos precedentes, surgen las
ideas de la Ilustración que, a su vez, son un poderoso medio propagador de la ciencia. La Ilustración fue el ariete con que
la burguesía arremetió contra los puntales del pensamiento instituidos por la sociedad feudal, que legalizaban el dominio
ideológico de la Iglesia y sostenían el poder político de las monarquías absolutas; la Razón, con mayúscula, fue su bandera. En
consonancia con la instauración de la sociedad burguesa en Europa, la Ilustración sé propagó al principio en Holanda e
Inglaterra, luego en Francia y más tarde en Alemania y otros países.
La nueva ciencia se apoya, sobre todo, en la práctica de la producción material. El invento y el empleo de máquinas acabó por
ofrecer a los grandes matemáticos de la época un punto real de apoyo y un estímulo para las investigaciones de la mecánica
moderna. Evangelista Torricelli, notable discípulo de Galileo, establece por vía experimental la presión atmosférica, inventa el
barómetro de mercurio y la bomba de aire. El genial naturalista inglés Isaac New-ton formula las leyes fundamentales de la
mecánica clásica, entre ellas la ley de la gravitación universal. Robert Boyle aplica la mecánica a la química, elabora los
problemas del atomismo, define la noción del elemento químico. En 1600 aparece el libro del físico inglés William Gilbert, «De
Magneto,» que, además de temas físicos, contiene importantes ideas acerca del papel del experimento y de la medición
cuantitativa en todas las ciencias de la naturaleza. William Harvey descubre la circulación de la sangre e investiga empíricamente
su papel. A las valiosas aportaciones hechas por Descartes, se le unen las de Leibniz en el desarrollo de las matemáticas, la
mecánica, la física y la fisiología. El siglo XVIII culmina con el invento de la máquina de vapor. Su posterior aplicación a la
industria desemboca en la revolución industrial.
En los diversos campos del arte, dominados por la reacción feudal, la nueva clase realiza conquistas importantes, apoyándose
en los grandes hallazgos del Renacimiento; poco a poco va imponiendo el realismo y haciendo del arte una poderosa arma
crítica. Surgen genios como Cervantes o Shakespeare que recrea en sus tragedias un mundo que sucumbe, el feudal, o los
pintores Velázquez
o Rembrandt de cuyas obras es ya protagonista la nueva burguesía holandesa; críticos despiadados de las lacras sociales en
Inglaterra como Jonathan Swift o Daniel Defoe; toda la Ilustración francesa, los Voltaire, Diderot... o en Alemania, hombres
universales como Goethe o Beethoven; son los primeros pasos geniales en el arte de la ascendente clase burguesa, que
conquistó plena libertad de creación en el siglo XIX e impondrá entonces sus gustos a toda la sociedad.

21

a) La filosofía en Holanda — Mediado el siglo XVII, Holanda se había convertido en un país capitalista avanzado. La
revolución burguesa se produjo ya en la segunda mitad del siglo XVI y, en luchas sangrientas, el pueblo insurrecto derrocó el
yugo feudal español e instauró el primer régimen burgués de Europa.
El desarrollo del modo capitalista de producción y, especialmente, la expansión del comercio y la navegación incitaron a las
investigaciones científicas. Circunstancias éstas que dieron pie a un considerable auge técnico, científico y cultural. En el siglo
XVII descollaban los Países Bajos por su avance en la técnica (militar y civil) y la ciencia (matemáticas, astronomía, mecánica y
física) y por su arte realista. A las eminencias de la ciencia mundial pertenecen mentalidades holandesas como el matemático,
físico y astrónomo Huygens, el físico Snellus, Antón van Lecuwenhoek (uno de los inventores del microscopio), y otros muchos
sabios. Descartes trabajó durante veinte años en Holanda; su notable seguidor Henry Le-Roy, no sólo expuso de forma magistral
su doctrina cartesiana, sino que como fisiólogo fue más lejos que su maestro en la marcha hacia el materialismo.
En este marco apareció una notable doctrina materialista, la filosofía de Spinoza (1632-1677), que ejercería gran influencia
sobre la Europa avanzada.
En pos de Bacon y Descartes, Spinoza considera que la misión fundamental de la filosofía consiste en conquistar el dominio de
la naturaleza y perfeccionar la índole humana. Son estas ideas progresistas las que desarrolla y complementa con su doctrina de
la libertad, doctrina que, de un lado, parte del determinismo establecido por las ciencias naturales y, de otro, muestra que la
libertad humana es posible dentro del marco de la necesidad y en consecuencia con ésta. Apunta que no existe más que una
sustancia, la naturaleza, que es causa de sí misma, no necesitando más para existir. Para Spinoza la naturaleza es eterna e
infinita, es causa, efecto, esencia y existencia. Como objeto de conocimiento, el hombre no es ninguna excepción; la psicología
de éste, sus pasiones y apetencias, los motivos y objetivos de su comportamiento son tan objeto de conocer como cualquier
otro fenómeno de la naturaleza. Spinoza hace una notable contribución al ateísmo y al libre pensamiento de su época; para él, la
teología y la filosofía no tienen nada en común, por lo que sostiene que el quehacer de la religión es sólo instruir a la gente de
cómo debe vivir y comportarse moralmente. Por otro lado, entiende que la base de la sociedad es el deseo de subsistir propio
del individuo y ve la fuente del Derecho en la fuerza, siendo el Estado expresión de la necesidad de paz al que debe subordinarse
la Iglesia. No obstante, considera que un poder que no sabe gobernar más que mediante el temor no puede ser considerado
virtuoso.

b) La filosofía en Inglaterra — El siglo XVII es el siglo de la revolución burguesa en Inglaterra, donde se asienta el sistema
capitalista. La nueva clase surgente necesitaba una filosofía que atendiese sus necesidades y defendiera sus intereses de todo
tipo. La lucha contra la ideología feudal acentuó el interés por las cuestiones de la religión, la tolerancia y el derecho público. Los
juristas y publicistas de la burguesía inglesa basan en las leyes y propiedades de la naturaleza humana el origen de la sociedad y
del poder público. Para ellos, la naturaleza humana es un producto del mundo exterior. A las aclaraciones mecanicistas de la
naturaleza, siguen las aclaraciones mecanicistas de los fenómenos de la vida social. Todas estas tendencias tienen realzada
expresión en la filosofía de Thomas Hobbes (1586-1679), quien sistematizó la filosofía de Bacon, aniquilando los prejuicios
deístas de su materialismo. Para Hobbes, la fuente de las ideas y de todo nuestro conocimiento está en la percepción del mundo
exterior, en las sensaciones (sensualismo). Su aportación más relevante la encontramos en su «Doctrina del Estado y del
Derecho». A partir de las leyes de la naturaleza y de su «Guerra de todos contra todos» da una explicación razonada del Estado y
el Derecho; observa que el Estado es una máquina de violencia, pero no apreció que ésa es la base del dominio clasista.
Su continuador más directo fue John Locke (1632-1704), quien fundamentó el materialismo de su antecesor. Locke jugó un
destacado papel en la concreción del método metafísico moderno, configurado definitivamente durante el nacimiento del modo
capitalista de producción: el desarrollo del experimento, el análisis, el aislamiento artificial, la separación de los fenómenos;
trasplantado todo a la filosofía, nació la metafísica moderna. La actividad filosófica de Locke transcurrió durante y después de
la Restauración que sigue a la Segunda Revolución Burguesa en Inglaterra (1688), que terminó con una avenencia política entre
la burguesía y la «nueva nobleza», facilitando las premisas políticas para el desarrollo capitalista. Asentada en los éxitos ya
conseguidos, la burguesía siguió luchando para ampliar sus derechos políticos y suprimir las supervivencias
feudales. Locke participó en las luchas como filósofo, economista y escritor político, fundamentando la legitimidad de la
avenencia entre las clases dominantes. Su obra capital, «Ensayo sobre el entendimiento humano», tuvo gran importancia sobre
el desarrollo de la Ilustración, dentro de Inglaterra.
La historia de la Ilustración inglesa es, en buena medida, la historia del libre pensamiento religioso, y la forma ideológica de
éste lúe el deísmo, o sea, la religión entendida como fe limitada al reconocimiento de dios en calidad de causa primaria y la
renuncia a todos los demás postulados de la religión como opuestos a la razón. En las condiciones socioeconómicas de los siglos
XVII y XVIII, el deísmo venía a ser una forma velada de renunciar, a cada paso, a la interpretación religiosa del mundo. La
burguesía abandonaba con disgusto las ilusiones religiosas, que arropaban en su conciencia acciones y afanes reales. No
obstante, bajo esta forma ambigua, el deísmo y el libre pensamiento inglés en materia religiosa constituían un serio peligro para
la ideología feudal, cuyos defensores no querían replegarse. Precisamente estos medios apoyaron a George Berkeley (16851753) y a David Hume (1711-1776) contra la Ilustración. El primero dedicó toda su actividad filosófica a atacar abiertamente
el materialismo y todas sus manifestaciones en la ciencia, ataque que lleva a cabo desde las posiciones de un idealismo subjetivo
y como base teórica de una concepción del mundo religiosa. Si para Berkeley el mundo exterior viene dado por las sensaciones,
para Hume no es cognoscible ni demostrable la existencia de éste; la fuente de nuestra seguridad no es el conocimiento teórico,
sino la fe. Como ser teorizador, el hombre es ignorante e impotente, más como ser práctico posee en el sentido de la fe
garantías suficientes para el buen éxito de sus acciones prácticas. Así pues, en la teoría Hume es agnóstico y en la práctica

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defiende el «sano sentido común» burgués. Su agnosticismo fundamenta la utilitaria y racional cosmovisión de la burguesía que,
en palabras de Marx: «ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimiento del
pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta»(2).

c) La filosofía en Francia — En Francia, en el siglo XVIII, y bajo la envoltura política feudal, se desarrolla y madura el
capitalismo. El antagonismo interclasista se reflejó en las luchas ideológicas: a la penetración de las ideas
del materialismo filosófico se oponían las fuerzas de la reacción ideológica, los intelectuales del catolicismo.
Cuarenta años antes de la revolución burguesa de 1789 surge el vasto movimiento de la Ilustración que, en Francia, se
reagrupa en torno al proyecto de la «Enciclopedia», cuyo fin no era otro que el criticar la ideología feudal, las supersticiones
religiosas, y combatir por la libertad de pensamiento científico y filosófico, por la razón contra la fe, por la ciencia contra la
mística, por la crítica contra la apología, etc. A los ilustrados les une una gran cultura y erudición, pese a que unos eran
materialistas y otros idealistas, unos ateos y otros deístas. Así, tenemos a Montesquieu, quien aun condenado al absolutismo y la
degradación de las costumbres, no compartía la idea de la transformación revolucionaria de la sociedad; a Voltaire, eminente
escritor, filósofo y satírico, luchador infatigable contra la Iglesia, la intolerancia religiosa y el fanatismo. El más influyente de esta
corriente idealista fue Juan Jacobo Rousseau (1712-1778). Rousseau destaca por su clarividencia y la profundidad en la crítica del
régimen social. Mientras la filosofía del siglo XVIII no va más allá de la crítica del feudalismo y el absolutismo desde el ángulo
burgués, lo que lleva implícito el desprecio a las masas democráticas, a sus inquietudes y necesidades, Rousseau fue una
excepción, pues su crítica democrático-radical parte del punto de vista de las masas pequeño-burguesas oprimidas de labriegos
y artesanos. «El Contrato Social» y el «Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres» fueron sus escritos más
importantes.
El materialismo francés es la forma superior del pensamiento materialista del siglo XVIII. Su gran significación para la
elaboración de unas bases filosóficas comunes a todo materialista estriba en: 1) La solución consecuentemente materialista del
problema filosófico cardinal de la relación entre el pensar y el ser; 2) la explicación materialista de la naturaleza; 3) la
fundamentación materialista de la teoría de las sensaciones. En su contenido teórico, sigue en el terreno del materialismo
mecanicista\ en las teorías sociales, falla en sus intentos de dilucidar cuáles son las fuerzas motrices del proceso histórico.
Entre otros materialistas franceses como Helvecio, Holbach, D’Alambert... destaca Denis Diderot (1713-1748). Diderot parte
de la eternidad e infinitud de la naturaleza, que no ha sido creada por nadie y fuera de la cual no hay nada. Fue Engels quien
destacó algunos rasgos de la dialéctica que se encuentra en Diderot. Para él, el experimento y la observación son los métodos
del conocimiento. Mantiene que la fuerza motriz de la sociedad es la razón y el progreso de la instrucción. Es determinista en
cuanto a la educación, la sociedad y el Estado, así como a la naturaleza del hombre. La ética se debe basar en la
experiencia. Diderot fue el principal artífice de la «Enciclopedia».
El materialismo francés del siglo XVIII, pese a sus deficiencias mecanicistas, libró la batalla contra la basura ideológica
medieval, demostrando ser la única filosofía consecuente, fiel a las ciencias naturales. El materialismo francés
desembocó directamente en el socialismo y el comunismo.

d) La filosofía en Alemania — Comparada con Holanda o Inglaterra, Alemania era un país atrasado. Tras la Guerra de los
Treinta Años, ninguna clase de la sociedad alemana fue capaz de convertirse en centro de cohesión y organización de las fuerzas
progresistas y revolucionarias. Políticamente, el país se vio desmembrado en infinidad de pequeños Estados, con lo que subsistió
el aislamiento propio del feudalismo. Así las cosas, la ideología religiosa conservó su situación preponderante. En estas
condiciones difíciles desplegó su actividad científica y filosófica Leibniz (1646-1716), quien llevó a cabo una valiosa aportación en
las matemáticas, la mecánica, la física y la fisiología. El rasgo característico de su actividad científica es la tendencia a unir teoría
y práctica. En todas las parcelas del saber aspiró a elaborar amplios sistemas, pero a veces intentó combinar lo incombinable: la
ciencia y la religión, el materialismo filosófico y el idealismo, el apriorismo y el empirismo. Leibniz enfrenta el problema cardinal
de la filosofía desde la posición de un idealismo objetivo, al dar a la materia vida espiritual a partir de la «mónada», una suerte
de átomo espiritual del ser, de materia y espíritu unidos. No obstante el mecanicismo de su doctrina de la naturaleza física, la
filosofía leibniciana ofrece claros atisbos de representaciones dialécticas de la naturaleza y el conocimiento, lo que llevó
a Lenin a deducir que Leibniz: «Llegó a través de la teología, al principio de la conexión inseparable (y universal, absoluta) de la
materia y el movimiento»(3).
En la segunda mitad del siglo XVIII, los filósofos alemanes darán un formidable impulso al pensamiento de la humanidad,
sentando las bases de la dialéctica; es la época del surgimiento de la filosofía clásica alemana.
(1)
(2)

(3)

F. Engels: «Dialéctica de la naturaleza»
C. Marx y F. Engels: «Manifiesto Comunista»
V. I. Lenin: «Resumen del libro de Feuerbach 'Exposición, análisis y crítica de la filosofía de Leibniz’» («Cuadernos
filosóficos»).

Bibliografía


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M. T. Iovchuk y otros: «Historia de la filosofía» (Progreso-Moscú, dos tomos); tomo I, capítulo IV al VII.

VII - El surgimiento del modo de producción capitalista y el triunfo de la
revolución burguesa
1.— Desarrollo del capitalismo en el seno de la sociedad feudal
El modo de producción capitalista surge en el seno de la sociedad feudal. Durante la Alta Edad Media, tiene lugar en toda
Europa un considerable incremento de la producción agrícola. Los excedentes acumulados permiten a una parte de la población
liberarse del trabajo de la tierra y trasladarse a los centros urbanos, entonces poco desarrollados. Los burgos y villorrios de
la Alta Edad Media se van convirtiendo así, con el crecimiento de su población, en florecientes centros comerciales en los que se
desarrollaban los oficios.
De los siervos de la Edad Media surgieron los vecinos libres de las primeras ciudades; de este estamento urbano salieron los
primeros elementos de la burguesía. El desarrollo del comercio tiene un efecto disolvente sobre la organización gremial de los
oficios. En las ciudades, el taller artesanal, con la producción y el número de obreros estrictamente limitados por la
reglamentación gremial, era un corsé para la libre producción, para la competencia; frenaba cualquier iniciativa técnica u
organizativa que pusiera en peligro la estabilidad colectiva y rutinaria de la corporación. Era necesario romper la estructura
gremial y dejar paso al taller capitalista, libre de todo tipo de restricciones, a la vez que se produce la transformación del
comerciante en productor y del productor en comerciante, rompiendo la vieja contradicción entre artesanos y mercaderes. Al
mismo tiempo, en el campo, al abolirse las relaciones de servidumbre, numerosos colonos acomodados convertidos en
arrendatarios del terrateniente contratan jornaleros y producen para el mercado.
A diferencia de los anteriores modos de producción, el modo capitalista se basa en la explotación del trabajador asalariado,
del obrero libre, y el objetivo de la producción no es ya la satisfacción de las necesidades inmediatas naturales del propio
productor y del explotador, sino el intercambio de los productos por dinero.
Los siglos XIV y XV abren definitivamente el camino al desarrollo del capitalismo en el seno de la sociedad feudal. Las fuerzas
productivas alcanzan en esta época un alto grado de desarrollo, progresa sustancialmente la fundición y elaboración del hierro
que permiten su abaratamiento y popularización. El hierro dejó de ser un metal más preciado que el oro y pronto fue utilizando
en gran escala en la fabricación de aperos de labranza, lo que dio lugar a un considerable desarrollo de la agricultura. También
aumenta considerablemente la producción de cobre, estaño, plomo, etc., debido a que se extienden las técnicas de
aprovechamiento de las minas profundas mediante el bombeo de agua y el suministro de aire. Estos y otros muchos avances
técnicos, que confirman el elevado desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones capitalistas, impulsan un deseo de
descubrir nuevas fuentes de materias primas.

2.— La aparición del obrero «libre»
El desarrollo de la división social del trabajo conduce a la aparición de nuevos oficios y al consiguiente auge del comercio;
tales son algunas de las premisas esenciales para la aparición del capitalismo; premisas necesarias pero no suficientes. Hace
falta, además, lo que Marx explica del siguiente modo: «Han de enfrentarse y entrar en contacto dos clases muy diversas de
poseedores de mercancías; de una parte los propietarios de dinero, medios de producción y artículos de consumo, deseosos de
explotar la suma de valor de su propiedad mediante la compra de fuerza ajena de trabajo; de otra parte, los obreros libres, en el
doble sentido de que no figuren directamente entre los medios de producción, como los esclavos, siervos, etc., ni cuenten
tampoco con medios de producción de su propiedad, como el labrador que trabaja su tierra, etc.»( 1). Se requería, pues, la
existencia de hombres «libres», desprovistos de todo medio de subsistencia que no fuera la venta de su fuerza de trabajo.
Inglaterra, primer país donde se desarrolló plenamente el nuevo modo de producción, nos sirve de orientación para ver cómo
se dio esta premisa que señala Marx: en la época feudal existía un pequeño número de asalariados, como los marineros y los
mineros. A ellos habrá que añadir, a partir del siglo XIII, las mesnadas licenciadas, los artesanos arruinados, los aprendices que
no tenían perspectivas de llegar a maestros y, sobre todo, los campesinos expropiados mediante una serie interminable de
violencia y despojos. Los campesinos arruinados y saqueados eran arrojados de sus tierras, formando innumerables turbas
famélicas que pululaban por ciudades y caminos y vivían de la limosna. El gobierno inglés promulgaba sangrientas y crueles leyes
contra los expropiados. De esta manera, la burguesía consiguió inculcar a la población campesina, despojada de sus tierras y
lanzada al vagabundeo, la disciplina del trabajo asalariado.

3.— La acumulación originaria y los descubrimientos geográficos
Pero además de la existencia de mano de obra barata, era necesaria la acumulación en pocas manos de grandes riquezas en
forma de sumas de dinero susceptibles de invertirse en los medios de producción y en el pago de los salarios.
Ya durante la Edad Media se habían acumulado grandes riquezas pecuniarias en manos de mercaderes y usureros,
provenientes del fraude comercial, la piratería, la usura y la rapiña de la tierra comunal. Con la aparición de las primeras formas
de explotación capitalista en el campo, a fines del siglo XV y principios del XVI, esas riquezas posibilitarán una mayor y más
rápida acumulación de capital.

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Esta acumulación originaria se llevó a cabo por los medios más brutales de expoliación y violencia por parte de los grandes
terratenientes y la burguesía naciente, quienes se valieron del poder del Estado para decretar todo tipo de leyes económicas y
represivas. Gran importancia tuvo, en la aceleración de este proceso de acumulación, el descubrimiento del Nuevo Mundo y la
expoliación de sus minerales preciosos, el exterminio por el trabajo de los aborígenes y la esclavización masiva de los negros
africanos.
Después de 1453, año en que los turcos toman Constantinopla, fueron muchos los mercaderes que buscaron nuevas rutas
que permitieran llegar al Asia Oriental y a sus especias, incienso, seda, piedras preciosas, etc. Aumentaron los intentos de abrir
una ruta por occidente. Enrique el Navegante (1394-1460), rey de Portugal, reunió en Lisboa una corte de eruditos, navegantes y
cosmógrafos con la intención de convertirla en el núcleo dirigente de las expediciones que aspiraban a bordear la costa africana
para llegar al Extremo Oriente. Primero fueron descubiertas las Azores y la isla de Madeira, llegando hacia 1444 a las costas del
actual Senegal. Desde el primer momento se constató los lucrativos beneficios obtenidos en estas expediciones. A Lisboa
comenzó a afluir el oro y los esclavos africanos. Tras el viaje de Vasco de Gama en 1498, que doblando el cabo de Buena
Esperanza arribaba a Calicut, en la costa india, se establece la ruta del sudeste. Seis años antes, en 1492, Colón había
descubierto América.
Pero los grandes descubrimientos no hubiesen sido posibles sin la utilización de los considerables avances técnicos recientes
en el arte de la navegación: la carabela, la brújula, el astrolabio y los nuevos tipos de vela que permitían maniobrar y navegar
contra el viento, entre otros; tampoco hay que olvidar los adelantos en la astronomía, la náutica y la hidrografía. El papel de la
Península ibérica fue fundamental para estos descubrimientos y su aprovechamiento. En España y Portugal se unen la vieja
tradición marinera mediterránea con la atlántica. Al mismo tiempo, la Península es la heredera de la ciencia judía y árabe, de la
cartografía mallorquina y de la experiencia náutica de los marinos vascos. Si a ello añadimos el fin de la «reconquista» y el
elevado número de nobles, hidalgos, guerreros y otros aventureros que esto trajo consigo, es fácil entender el importante papel
que correspondió a España y Portugal en la tarea histórica de ensanchar el mundo conocido por los europeos.
El descubrimiento de América (las denominadas Indias Occidentales) y la realización del nuevo camino a las Indias Orientales
(Extremo Oriente) produjeron grandes revoluciones en el comercio e imprimieron un rápido impulso al desarrollo del capital
comercial, constituyendo un factor fundamental en la obra de estimular el tránsito del régimen feudal de producción al régimen
capitalista: «La súbita expansión del mercado mundial, la multiplicación de las mercancías circulantes, la rivalidad entre las
naciones europeas en su afán de apoderarse de los productos de Asia y de los tesoros de América, el sistema colonial,
contribuyeron esencialmente a derribar las barreras feudales que se alzaron ante la producción»(2).

4.— La Revolución Industrial
«La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por
consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales»(3).
El capitalista, libre de cualquier restricción, se limita en un primer momento a agrupar a un gran número de obreros en su
taller, pero sin revolucionar los métodos de producción propios del artesanado. No obstante, la concentración de un
considerable número de obreros en un mismo espacio permite emprender empresas no realizadas por el trabajo en pequeña
escala, propio del artesanado, y abaratar los costos de producción. El paso a la manufactura (primera forma específica de
producción capitalista) se dará de una manera espontánea. Los distintos obreros se van especializando en operaciones sencillas,
se perfeccionan las herramientas y aumenta en enormes proporciones la división del trabajo dentro del taller. Todo esto
permite un incremento de la productividad del trabajo sobre la base del trabajo manual.
Pero la avidez capitalista de obtener cada vez mayor plusvalía tropezaba con las limitaciones que le oponían el trabajo
manual y la técnica artesanal. La necesidad de perfeccionar y desarrollar los medios de producción hizo que surgieran las
primeras máquinas, dando lugar a la producción maquinizada. Esta hace su aparición primeramente en Inglaterra, en la rama
textil, ya que en este país se daban unas condiciones históricas para ello: un mayor desarrollo de las fuerzas productivas,
principalmente de las manufacturas textiles, y el triunfo de la Revolución burguesa en el siglo XVII.
Con la creación de la máquina de hilar de John Wyatt en 1765, se produce la Primera Revolución Industrial. La introducción de
la máquina herramienta, que permite que la herramienta pase de manos del hombre a formar parte de un mecanismo, hace
insuficiente la energía natural (el agua, el viento), animal (caballos) o humana, que era la que se utilizaba hasta entonces en el
trabajo para mover mecanismos. Será la segunda máquina de vapor de Wat (1784) la que resuelva el problema, dando lugar a
la Segunda Revolución Industrial que, entre otras cosas, permite a las industrias agruparse en torno a las ciudades (principales
centros comerciales y vías de comunicación). Ahora ya no necesitaban desperdigarse por lugares donde poder aprovechar las
energías naturales, de los ríos principalmente.
El desarrollo y la acumulación de mercancías que produjo la introducción de la maquinaria en la industria ligera dio paso al
desarrollo de la industria pesada, de la producción de maquinaria.
La Revolución Industrial condujo también a la formación de la clase de los obreros industriales, de los proletarios. A diferencia
del obrero de manufactura, que en su mayoría poseían algún instrumento de producción o un pequeño terreno que cultivar en
las horas libres, el proletario sólo cuenta con su fuerza de trabajo.

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Así mismo, la maquinización de la industria deja sin empleo a un sinnúmero de proletarios; a otros los convierte en meros
apéndices de las máquinas, negándoles todo trabajo creador.
Con la gran industria maquinizada como base, se opera un proceso espontáneo de amplia socialización del trabajo por el
capital. Se acentúa la interdependencia de las distintas ramas de la producción.
El trabajo asalariado pasa a ser la base de la producción. El ejército de parados toma carta de naturaleza, y el progreso
técnico, en vez de liberar al hombre de la parte más penosa del trabajo, se convierte, bajo el capitalismo, en el monstruo que
intensifica la explotación y chupa su sangre.
La introducción de la maquinaria en el campo polariza más las diferencias entre los grandes terratenientes (que pueden
utilizar toda clase de innovaciones) y los pequeños campesinos que, obligados a seguir produciendo con métodos arcaicos, se
arruinan y pasan a engrosar las filas del proletariado.

5.— Triunfo de la burguesía sobre la aristocracia
El desarrollo de la burguesía favorece el cambio de la monarquía de los estamentos por la monarquía absoluta como árbitro
entre la vieja clase dominante, la de los señores feudales, y la burguesía. Los monarcas absolutos se erigen en protectores de
ambas clases explotadoras frente al movimiento revolucionario de las masas populares víctimas de la explotación feudal y
capitalista.
En la medida en que se iban desarrollando las manufacturas, la burguesía obtuvo mayor poder económico. Aparecen así,
claramente, las contradicciones entre el poder, en manos de los sectores feudales, y la burguesía pujante y con unos intereses
contrapuestos y deseosos de apropiarse del aparato del Estado para sus propios fines. Llega el período de las revoluciones
burguesas.
La primera revolución burguesa se llevó a cabo en los Países Bajos. El desarrollo manufacturero y comercial alcanzado en ellos
no podía proseguir en el marco de las viejas relaciones feudales, oscurantistas y reaccionarias, impuestas por el poder de
los Austrias. Por este motivo, las masas del pueblo encabezadas por la burguesía se insurreccionaron contra la monarquía
española y lograron la independencia en 1609.
Holanda fue la primera nación que echó los cimientos del sistema colonial. Ya en 1648 alcanzó el punto cenital de su poderío
mercantil, llegando a ser el país capitalista modelo del siglo XVII.
La segunda gran revolución se produjo a mediados del siglo XVII en Inglaterra. En este país, la burguesía y la aristocracia
aburguesada arrebataron el poder político al absolutismo, instaurado una monarquía limitada por el sistema parlamentario, y
desde el poder abrieron todas las puertas al desarrollo del capitalismo. Inglaterra se convirtió en la primera potencia industrial
del mundo, poseedora de gran número de colonias. «Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos,
la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas
partes»(4).
La tercera gran revolución tuvo lugar en Francia en el siglo XVIII. La manufactura había alcanzado ya mucho antes (en el
período de las monarquías absolutas de Luis XIV y de Luis XV) un notable desarrollo. La toma del poder político por la burguesía
se hacía inaplazable. Todas las capas de la población se unieron contra el clero, la aristocracia feudal y los ejércitos extranjeros
que apoyaban a los Borbones, y demostraron su superioridad derrotando a la reacción europea y acabando con los privilegios
feudales. La Revolución Francesa repartió la tierra entre los campesinos y proclamó la Declaración de los Derechos del hombre y
del ciudadano.
Característica de todas estas revoluciones fue la alianza de la burguesía y el pueblo trabajador contra la aristocracia. La
burguesía se proclamó abanderada de las aspiraciones populares, pero una vez que tuvo el poder en sus manos, trató por todos
los medios de aplacar el fervor revolucionario de los sectores más pobres y se alió con la reacción para combatir a la clase que a
partir de entonces sería su principal enemiga: el proletariado.
Se puede decir, pues, que la burguesía, en sus principios, jugó un papel progresista en la lucha contra la reacción feudal,
desatando las fuerzas productivas de las trabas feudales. Pero, por su misma esencia, deja de ser revolucionaria desde el
momento que toma el poder político y promueve desde él la explotación del trabajo asalariado.
La burguesía triunfó sobre el feudalismo y sentó las bases de la civilización y la cultura para toda la humanidad.
Sin embargo, la nueva sociedad burguesa, salida de entre las ruinas de la sociedad feudal, no abolió las contradicciones de
clase, sino que sustituyó las viejas por otras nuevas; lo mismo hizo con las viejas formas de opresión.
La sociedad capitalista se basa en el poder impersonal del dinero y en ella se da la polarización de la sociedad en dos grandes
clases: la burguesía, propietaria de los medios de producción, y el proletariado, privado de los medios de trabajo y obligado,
para poder subsistir, a vender su fuerza de trabajo.
La burguesía es dueña del Estado (policía, judicatura, cárceles, ejércitos, etc.) y lo utiliza en defensa de sus intereses en contra
de los intereses del proletariado.

26

Con el desarrollo del capitalismo, la acumulación del capital hace que cada vez se concentren en uno de los dos polos de la
sociedad inmensas riquezas, crezca el lujo y el parasitismo, mientras en el otro polo aumentan cada vez más el grado de
explotación y el paro y desciende el nivel de vida de quienes con su trabajo crean toda la riqueza.
Se hace cada vez más patente la principal contradicción existente en el capitalismo: la que enfrenta la progresiva socialización
de la producción con la apropiación particular de ésta.
El proletariado, por no tener más patrimonio que su fuerza de trabajo, por estar vinculado a la forma más adelantada de la
economía y por el papel que desempeña en la gran producción, es la clase más numerosa y consciente, la más avanzada y la más
revolucionaria de la sociedad capitalista, la única capaz de destruir el sistema de explotación para emanciparse a sí misma y, con
ello, a toda la humanidad.
(1)
(2)
(3)
(4)

C. Marx: «El Capital».
C. Marx: ídem.
C. Marx y F. Engels: «El Manifiesto Comunista».
ídem.

Bibliografía



a

Z. Manfred: «Historia Universal», tomo I, parte 3 : «La Edad Moderna» (Akal). Jürgen Kuczinski: «Breve historia de la
economía» (Castellote).
a
a
Marx: «El Capital»; tomo I, sección 7 , capítulo XXIV: «La llamada acumulación originaria»; tomo III, sección 4 ,
capítulo XX: «Algunas consideraciones históricas sobre el capital comercial».

VIII - Origen del capitalismo en España
A fines de la Edad Media, mientras que en el resto de Europa la sociedad feudal entra en una fase de descomposición y se
sientan las bases para el desarrollo de la burguesía, en la Península Ibérica ocurre todo lo contrario.
La conquista de Granada y el descubrimiento de América consolidó el Estado feudal español, dotándolo de una considerable
fuerza de expansión.
Económicamente, la aristocracia y la Iglesia poseen la mayor parte de las tierras. La producción agrícola encuentra en su
desarrollo la traba casi insuperable de la poderosa Mesta. Los señoríos están repartidos, bajo condiciones feudales, entre
pequeños campesinos que los cultivan con métodos primitivos.
Las ciudades, germen del futuro desarrollo capitalista, aunque conocieron un período de auge en el siglo XIV, siguen bajo el
dominio de los grandes señores de la tierra. Sólo el reino de Aragón mantenía una importante producción mercantil, destinada
al comercio con los países del área mediterránea.
Con la monarquía absoluta de los Reyes Católicos, se abre una oportunidad histórica de romper las estructuras feudales y
sentar las bases del régimen burgués. Sin embargo, el nuevo Estado que surge bajo la hegemonía de Castilla le imprime un
carácter fuertemente feudal. El escaso desarrollo de la burguesía y la gran fuerza de la nobleza harán que la monarquía absoluta
en España no tenga el carácter favorecedor del desarrollo capitalista que tuvo en otros países europeos.
Los Reyes Católicos legislan a favor del mantenimiento de los mayorazgos, confirman las rapiñas de los nobles en épocas
pasadas contra campesinos y ciudades, y consolidan el poder de los grandes propietarios de rebaños de ovejas organizados en
la Mesta. Las distintas comunidades continuaron separadas, con sus aduanas, monedas y mercados propios. Se consolida así la
tendencia al desarrollo desigual de los reinos peninsulares. Por último, los Reyes Católicos expulsaron a los judíos, uno de los
sectores clave de la economía, tanto en el campo artesanal como en el comercial y financiero.
Pese a que, en lo fundamental, los Reyes Católicos conservan y fortalecen el sistema anterior, algunas de sus medidas
resultaron beneficiosas para las actividades mercantiles: el restablecimiento del orden interno, la creación de una moneda
fuerte para el comercio exterior y la prohibición de exportar oro beneficiaron al sector de la burguesía comercial lanera.
En el comercio internacional fue donde más se notó la pujanza castellana. Gracias a él, los puertos del norte (especialmente
los vizcaínos) conocen una etapa de gran actividad. Se incrementan las construcciones navales, la industria pesquera, las
exportaciones de mineral de hierro y las ferrerías. La lana castellana se exporta a Inglaterra, Flandes y la Hansa germánica.
Comerciantes burgaleses se establecen en estos puertos. La Baja Andalucía también se desarrolla, sobre todo Sevilla y Cádiz,
poniendo las bases del futuro comercio americano.
Por el contrario, el mercado interior, enfrentado a una economía natural, abastecido por una débil industria pañera artesanal,
muy automatizada y de ámbito comarcal o regional y sin competitividad exterior, continuará estancada. Sólo la manufactura de
la seda, gracias al mantenimiento de la tradición sedera granadina, conoció tiempos de esplendor.

27

1.— El oro americano
«El descubrimiento de los yacimientos de oro y de plata de América, y la cruzada de exterminio, esclavilización y
sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la
conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros: son todos hechos que señalan los albores de la era de
producción capitalista»{\). A pesar del protagonismo del Imperio español en el descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo, no
va a ser en España, sino en Inglaterra, donde más se van a beneficiar de él y donde antes surge el modo de producción
capitalista.
La llegada del oro americano a España se hizo en una coyuntura favorable para el desarrollo capitalista: pujanza del comercio
y población numerosa (lo que representaba tanto un mercado potencial como un excedente de mano de obra), experiencia
artesanal, etc... Los Reyes Católicos habían sentado las bases del futuro comercio americano: libertad sin límites en el expolio de
las nuevas riquezas, prohibición de exportar oro y plata y creación de la Casa de la Contratación que monopolizaba el comercio
desde Sevilla.
Sin embargo, la base de la sociedad seguía siendo feudal. La llegada de los Austrias consolidó el nuevo Estado
absoluto (fortaleciendo su carácter feudal e imperialista) y lo enfrentó a todo tipo de desarrollo capitalista tanto en el interior
como en el exterior.
Cuando en Europa los estados centralizados toman medidas favorecedoras del capitalismo y se desarrolla la doctrina
mercantilista, el Estado imperial de los Austrias lleva a cabo una política contraria: la intervención estatal se hace,
fundamentalmente, para recaudar fondos con los que alimentar la insaciable voracidad de su aparato burocrático y militar,
financiar las aventuras imperiales y el lujo de la Corte y la parasitaria nobleza. Las alcabalas (impuesto sobre la circulación de
bienes) caen como una plaga sobre las ciudades y los campesinos (los nobles y la Iglesia no pagan impuestos), frenando las
transacciones mercantiles. Se acude a prestamistas extranjeros. Los decretos prohibiendo la exportación de metales preciosos
son anulados. El oro y la plata americanos comienzan su éxodo hacia Europa. Cuando en los países europeos se toman medidas
proteccionistas de su industria, en España se importa todo, sin trabas de ningún tipo. Tras la insurrección de
las Comunidades y Germanías, las ciudades ven recortadas sus libertades y frenado su desarrollo.
La riqueza del expolio americano sólo benefició a la nobleza y, secundariamente, a la gran burguesía comercial. La aristocracia
feudal comenzó a participar tardíamente en las actividades comerciales, financiando expediciones comerciales y transformando
la producción de sus señoríos agrícolas en función de la exportación (la vid y el olivo desplazaron a otros cultivos tradicionales).
Se inicia así, en un proceso que durará siglos, el expolio sistemático de los campesinos. Esta lenta transformación mercantil de la
agricultura, hará que la mano de obra excedente sea absorbida fácilmente por actividades ajenas a la industria: el ejército, la
emigración a América e incluso las órdenes religiosas.
Por otro lado, la burguesía comercial encuentra un ancho campo para sus especulaciones. Compra tierras (la Corona siempre
está ávida de dinero), atesora metales preciosos, presta usurariamente. Se hace rentista. Las fabulosas ganancias no salen del
círculo comercial. La gran burguesía no necesita invertir en la siempre incierta aventura de la producción mercantil. Es más
productivo importar productos manufacturados de Europa. Los precios se disparan. El mercado interior se reduce aún más.
La artesanía va retrocediendo. Las guerras con Inglaterra y Flan-des inician el hundimiento de las ciudades castellanas en
beneficio de las andaluzas. Cuando en Europa se están imponiendo nuevas formas de producción (trabajo a domicilio,
manufacturas, aplicación de nueva tecnología, etc.), España conoce el auge de las organizaciones gremiales y tiene que importar
toda la tecnología. Algunas experiencias capitalistas de la primera mitad del siglo XVI (manufacturas segovianas, trabajo a
domicilio de la seda granadina, la construcción naval) se viene abajo.
Solamente en la periferia, en el País Vasco y Cataluña, atrincherados tras sus fueros y su tradición comercial, se mantiene en
auge la producción mercantil. El País Vasco, aunque pierde su preponderancia en el mercado lanero, conserva los astilleros, la
pesca y ferrerías (las necesidades militares del Imperio hicieron florecer la industria de las armas). Cataluña fue recuperándose
poco a poco de su postración del siglo XV; aunque apartada del comercio americano, la política imperial de los Austrias puso de
nuevo el Mediterráneo a su alcance. La creciente producción mercantil va rompiendo las estructuras gremiales.
El siglo XVII es el de la revolución burguesa en Inglaterra y de su ascenso hegemónico en Francia. El Imperio de
los Austrias, muy debilitado tras su derrota en Alemania y Flandes, se empeña en frenar este ascenso burgués prosiguiendo su
tradicional política militarista. Los gastos de la Corona crecieron extraordinariamente. La hacienda real quiebra una y otra vez,
hundiendo en la bancarrota a muchos financieros. Los últimos Austrias llegaron a alterar repetidamente el valor de la moneda
aumentando artificialmente su valor. Los precios se disparan; los que los poseen, atesoran el oro y la plata. La moneda de
cambio desaparece de la circulación. La economía natural vuelve a implantarse en el campo. La Corona pone en venta pueblos y
ciudades enteras en su afán de conseguir fondos. Los campesinos expoliados no tienen ninguna salida. España se puebla de
vagabundos.
A lo largo del «Siglo de Oro», la población española pierde un millón y medio de habitantes. La pobreza crónica es un buen
cultivo de hambres y epidemias; y además, en 1609, fueron expulsados 273.000 moriscos. La artesanía y la agricultura avanzada
son los más afectados por esta medida. Decaen las ciudades; los caminos se hacen intransitables. En la última mitad del siglo
XVII, la descomposición política y social es total. Se producen sublevaciones separatistas en Cataluña, Portugal, Andalucía y

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Vizcaya. Sólo Portugal logra la independencia. Cataluña consigue mantener su desarrollo económico autónomo, abriendo las
puertas del libre comercio con Castilla.
En 1700 muere el último de los Austrias, Carlos II. La necesidad de un cambio en las estructuras del sistema se hace evidente
para un amplio sector de las clases dominantes, que serán las que apoyarán la entrada de los Borbones durante la guerra de
sucesión.

2.— El reformismo de los Borbones
La dinastía borbónica comenzó destruyendo el antiguo localismo. Con la abolición de los fueros de Aragón y Valencia, se
realiza la unidad política. Sin embargo, los siglos de separación y la permanencia de los fueros de Navarra y las Vascongadas van
a impedir que se llegue a la formación de un marco económico común.
La intervención constante del Estado en los asuntos económicos va a estar marcada por la inconsecuencia. Mucho va a ser lo
legislado en pro de la ruptura del viejo régimen y de un desarrollo burgués; pero poco va a ser lo que se lleve a la práctica y
pocas las medidas que afecten a la base del sistema feudal.
Aunque se da a los fabricantes libertad para elevar sin límites la producción, los gremios no van a ser abolidos. Aunque el
Estado subvenciona modernas manufacturas, extiende los avances tecnológicos y favorece las asociaciones económicoculturales («Sociedades económicas de amigos del país»), estas medidas apenas salen del campo de la experimentación y son
boicoteadas sistemáticamente por los sectores privilegiados de la nobleza y el gran comercio. Mientras el Estado imponía
fuertes contribuciones a toda actividad comercial con el exterior, la situación en el campo, base del mercado interior,
permanece sumida en el mayor atraso. Sólo las tres décimas partes de la tierra podían entrar en el mercado de compra-venta.
Lo único que prosiguió durante el siglo XVIII fue la lenta expropiación de tierras comunales y la consolidación de los grandes
latifundios de producción mercantil.
A pesar de todo, se puede decir que el reformismo de los Borbones clavó una cuña en la vieja estructura feudal. Medidas
como la unificación política, la disolución de la Mesta, la libertad de fabricación y la abolición del monopolio comercial con
América beneficiaron la producción mercantil. El capital comercial comienza a afluir a la industria. Hacia 1777, ya eran españolas
el 35% de las mercancías exportadas a América; en 1788, ascienden al 53%.
Frente a una aristocracia parasitaria, pero fuerte, detentadora del poder político y del monopolio de la tierra, se encontraba
una burguesía débil, desarrollada en una sola dirección: la comercial y usuaria. Este va a ser el cuadro que la guerra de la
Independencia va a convulsionar abriendo un período de revolución.
(1)

C. Marx: «El Capital».

Bibliografía



Ramón Carande: «Carlos V y sus banqueros» (Crítica).
Gonzalo Anes: «El antiguo régimen: los Borbones» (Alianza Universidad). Ramón Carande: «7 estudios de historia de
España» (Ariel).

IX - Siglo XIX: La filosofía clásica alemana, el marxismo y la crisis de la filosofía
burguesa
1.— La filosofía clásica alemana
Mientras la revolución burguesa y la expansión industrial han hecho de Inglaterra una gran potencia capitalista, y la
revolución política en Francia ha derrotado el feudalismo y la hace avanzar por la vía capitalista, Alemania sigue siendo un país
semifeudal y atrasado política y económicamente. El latifundismo, los múltiples vestigios de la servidumbre, la estructura
gremial y la existencia de infinidad de pequeños Estados independientes, con un régimen absolutista y reaccionario, frenan el
desarrollo capitalista del país. Engels señala que aquella «época oprobiosa en el sentido político y social» es, en cambio, un gran
período en la historia de la literatura y de la filosofía alemanas. «En cada eminente obra de esta época alienta el espíritu del reto,
de indignación contra toda la sociedad alemana de entonces.» Estas palabras de Engels no sólo se refieren a las obras
de Schiller y Goethe, sino también a las de Kant, Fichte y Hegel, insignes representantes de la filosofía clásica alemana. En
Alemania, como sucediera en Francia, la revolución filosófica precedió a la revolución burguesa y fue su preparación ideológica.
Pero a diferencia de los materialistas franceses, los representantes de la filosofía clásica alemana son idealistas, hecho éste que
refleja el atraso económico de Alemania, la debilidad de la burguesía, su ineptitud para combatir el ordenamiento feudal y su
tendencia al compromiso. No obstante, sus doctrinas idealistas fundamentan la necesidad de la transformación burguesa de
Alemania.
La magna conquista de la filosofía clásica alemana fue precisamente la elaboración del método dialéctico, de la lógica
dialéctica, de la doctrina de las leyes del desarrollo, bien es cierto que desde posiciones idealistas. Todo ello apunta de modo
directo contra las fuerzas feudales reaccionarias, que frenan el avance burgués.

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La historia de la filosofía enseña que, a veces, las doctrinas filosóficas más avanzadas tienen por cuna países relativamente
atrasados en el sentido económico, político y social, siempre y cuando puedan, gracias a las condiciones objetivas de su
evolución, valerse de la experiencia de países más avanzados. La Francia del s. XVIII iba económicamente detrás de Inglaterra,
pero justamente en ella se formó el materialismo de Diderot, Holbach y Helvecio (la forma más desarrollada de la filosofía de
aquel siglo) respaldándose en las conquistas del materialismo inglés y de Spinoza. En Alemania sucede algo semejante en la
segunda mitad del s. XVIII. La filosofía clásica alemana se apoya en las adquisiciones del pensamiento filosófico de los países
europeos más avanzados, donde ya se ha realizado la revolución burguesa. Los materialistas franceses son los percusores e
inspiradores ideológicos de la revolución francesa. En un país semifeudal como Alemania, inmediatamente se hizo notar con
especial fuerza la influencia liberadora de esta revolución; una revolución socioeconómica que hace época. La ruptura
revolucionaria de unas relaciones sociales, las feudales, con existencia de siglos, constituye, entre otras proporcionadas
principalmente por la ciencia, la premisa fundamental de la concepción dialéctica de la historia de la humanidad elaborada
por Hegel y sus predecesores inmediatos, Kant, Fichte y Schelling.

a) «La filosofía crítica» de Kant — La filosofía clásica alemana tiene su fundador en Kant (1724-1804). Las premisas de la
doctrina kantiana parten de la tesis de la existencia de las «cosas en sí» (admitiendo la existencia del mundo de las cosas
independientemente de la conciencia). Pero tan pronto pasa a indagar las formas y límites del conocimiento abandona el
materialismo y despliega una doctrina idealista del saber que consiste en afirmar que ni los sentidos ni los conceptos o ideas de
nuestra razón pueden darnos un conocimiento teórico de las cosas en sí. Este aspecto contradictorio que se desprende del
intento de conciliar el materialismo y el idealismo (agnosticismo) es el rasgo principal de la obra kantiana. La comprensión
científica, el pensamiento, es simplemente intelectivo, pero no racional, siendo la fe en dios la garantía del orden moral que no
puede ser encontrado en el mundo material, empírico.
La teoría kantiana acerca del origen de todos los mundos actuales por la rotación de las masas nebulosas fue el progreso más
grande que la astronomía había hecho desde Copérnico. Kant admite con ello la infinitud del proceso evolutivo del mundo pero,
a la vez, parte de que tal proceso tuvo un principio divino. No obstante, su teoría del desarrollo apunta directamente contra las
fuerzas reaccionarias, a lo que une una tendencia progresista que consiste en oponer el «ordenamiento jurídico» burgués,
emanado de la propiedad privada, a la opresión y arbitrariedades feudales. Kant entiende la libertad civil como el derecho del
individuo a acatar sólo aquellas leyes con las que se declara conforme, libertad que debe ser patrimonio inalienable de cada
ciudadano. Marx denomina la filosofía de Kant teoría alemana de la revolución francesa.

b) Culminación de la filosofía clásica alemana: La dialéctica de Hegel — El lugar histórico de Hegel (1770-1831) en la
filosofía es definido por Engels con estas palabras: «la filosofía alemana encontró su remate en el sistema de Hegel, en el que por
primera vez —y ése fue su gran mérito— se concibe todo el mundo de la naturaleza, de la historia y del espíritu, como un
proceso, es decir, en constante movimiento, cambio, transformación y desarrollo, intentando además poner de relieve la
conexión interna de este movimiento y desarrollo... No importa que Hegel no resolviese el problema. Su mérito, que sienta época,
consistió en haberlo planteado»(1).
Hegel no pudo resolver los problemas planteados por su propia dialéctica porque su sistema filosófico parte de premisas
idealistas; concibe la naturaleza y la sociedad como formas de existencia de un espíritu supranatural: la Idea Absoluta. Es por eso
que en la filosofía de Hegel hay que deslindar su método dialéctico de su sistema. Si la dialéctica hegeliana enseña que el
desarrollo es universal, ilimitado, su sistema filosófico niega la universalidad del desarrollo, ya que para Hegel la naturaleza no
evoluciona en el tiempo, sino que se diversifica en el espacio; el pensamiento se agota en las formas por él investigadas en «La
ciencia de la Lógica»; el conocimiento en general culmina con la creación de su sistema, y el desarrollo de la sociedad acaba con
el establecimiento de la monarquía constitucional y la transformación limitada de la sociedad en un sentido burgués.
¿Qué constituye el núcleo racional de la dialéctica idealista de Hegel? Ante todo, los geniales atisbos de la interconexión, el
movimiento y el desarrollo de los fenómenos, de la contradicción como fuente de movimiento, de la transformación de los
cambios cuantitativos en cualitativos y del papel de la negación en la sustitución de lo viejo por lo nuevo, de la naturaleza del
pensamiento teórico
y de las categorías lógicas mediante las cuales se realiza éste. «Hegel adivinó genialmente —dice Lenin— la dialéctica de las
cosas (de los fenómenos, del mundo, de la naturaleza) en la dialéctica de los conceptos.» Y añade: «Justamente adivinó, pero
nada más»(2).
Por tanto, el núcleo racional de la dialéctica hegeliana lo forman muchas de sus ideas, concernientes a la comprensión de las
leyes más generales del desarrollo de la naturaleza, la sociedad y el conocimiento, especialmente la teoría del conocimiento y la
lógica.

c) Fin de la filosofía clásica alemana: El materialismo de Feuerbach — La profundización en Alemania, en la década de
1830, de las contradicciones entre la burguesía y los elementos feudales dominantes se manifestó en la desintegración de la
escuela filosófica hegeliana. El antagonismo entre el método y el sistema de la filosofía de Hegel tenía profundas raíces
socioeconómicas. Los hegelianos de derecha defendían el conservador sistema de Hegel, los jóvenes hegelianos de izquierda
adoptaban principalmente el método dialéctico, pero, de ordinario, no se atrevían a combatir ostensiblemente el Estado feudal y
sus instituciones. La oposición al absolutismo se expresaba de nuevo, como en el período de la Reforma, principalmente como

30

crítica filosófica al cristianismo ortodoxo. Esta corriente alcanza con Feuerbach, eminente figura del materialismo y ateísmo
premarxistas, su punto culminante.
El relevante mérito histórico de Feuerbach (1804-1872) consistió en su profunda crítica al idealismo de Kant, Hegel, etc., y en
haber resucitado y continuado las tradiciones progresistas del materialismo del s. XVIII. A diferencia, pues, de sus antecesores de
la filosofía clásica alemana, Feuerbach no es idealista, sino que milita en el materialismo. Pretende elaborar un sistema
materialista erigido en la fisiología y la sicología científicas del hombre. Esta concepción del objeto de la filosofía es unilateral,
pero cumplió un papel progresista en la lucha contra el idealismo de Hegel. Particularidad característica
del materialismo de Feuerbach es la negación del dualismo (cuerpo y alma), la admisión y fundamentación de la tesis
materialista sobre la unidad de lo espiritual y lo corpóreo, de lo subjetivo y lo objetivo, de lo síquico y lo físico, del pensamiento
y del ser. Los clásicos del marxismo elogiaron la crítica de Feuerbach a la filosofía idealista, aunque señalaban su grave defecto
de partir principalmente del materialismo metafísico, lo cual les llevó, al rechazar el idealismo hegeliano, a rechazar también
su dialéctica.
Las concepciones sociopolíticas de Feuerbach son una fundamentación teórica de la democracia burguesa. El hombre natural,
del que constantemente habla viendo en él al hombre del futuro, este hombre abstracto, extraclasista, es a la postre el hombre
idealizado de la sociedad burguesa. «Para pasar del hombre abstracto de Feuerbach —dice Engels— a los hombres reales y
vivientes, no hay más que un camino: verlos actuar en la historia... El paso que Feuerbach no dio, había que darlo; había que
sustituir el culto del hombre abstracto, médula de la nueva religión feuerbachiana, por la ciencia del hombre real y de su
desenvolvimiento histórico»(3). La solución de este problema, que como pensador burgués no pudo dar Feuerbach, fue posible
gracias al marxismo.

2.— Revolución en la filosofía: el marxismo
El marxismo fue preparado por todo el desarrollo socioeconómico, político y espiritual de la humanidad, en particular por el
desenvolvimiento del régimen capitalista en la primera mitad del siglo XIX en Europa, de las contradicciones que les son
inherentes y de la lucha entre el proletariado y la burguesía, proceso que culminó en las revoluciones burguesas de 1848.
El marxismo surgió como continuación directa e inmediata de las grandiosas conquistas del pensamiento social precedente:
la dialéctica, el socialismo utópico, la economía política y su ley del valor, y los novísimos descubrimientos científicos. La
genialidad de Marx radica en que dio solución a los problemas planteados por sus eminentes predecesores. La formación de la
filosofía del marxismo representa el paso decidido de Marx y Engels de las posiciones del idealismo y de la democracia
revolucionaria burguesa a las posiciones del materialismo y del comunismo. La principal fuerza motriz de este proceso, complejo
y polifacético, fue la lucha de Marx y Engels por los intereses de los trabajadores contra los partidarios manifiestos y encubiertos
de la explotación feudal y capitalista.
A veces se presenta el materialismo dialéctico como la unión del método dialéctico, pero idealista, de Hegel, con la teoría
materialista mecanicista de Feuerbach. Esto es una simplificación. Es imposible por principio unir el idealismo y
el materialismo, el modo de pensar dialéctico y el metafísico, pues se excluyen mutuamente. Marx y Engels reelaboraron
dialécticamente la doctrina materialista de la filosofía moderna y reelaboraron con un criterio materialista el método dialéctico
de Hegel, esto es precisamente lo que ellos denominaron poner la dialéctica sobre sus pies. El método marxista, por tanto, no es
sólo dialéctico, sino también materialista; la teoría marxista no es sólo materialista sino también dialéctica. Un aspecto
importantísimo de esta revolución filosófica fue la creación de la concepción materialista de la historia. El materialismo
histórico significó la superación de las anteriores concepciones de la historia, bien fatalistas, bien subjetivistas.
La revolución efectuada por Marx y Engels en la filosofía consistió, además, en que acabaron con la contraposición del
conocimiento filosófico a las ciencias especiales, particulares. Demostraron que la filosofía debe ser, no «la ciencia de las
ciencias», que adopta una actitud despectiva ante las investigaciones científicas concretas, sino una concepción científica del
mundo que se base en esas investigaciones, sintetice sus datos y descubra las leyes más generales del desarrollo de la
naturaleza, de la vida humana y del proceso del conocimiento. Precisamente en las conquistas más importantes de las ciencias
naturales de su tiempo (el descubrimiento de la ley de la transformación de la energía, el descubrimiento de la estructura celular
de los organismos vivos y la creación de la doctrina evolucionista: el darwinismo) vieron una confirmación de la filosofía creada
por ellos y una de las bases de su desarrollo. «Ahora —dice Engels— no se trata de sacar de la cabeza las concatenaciones de las
cosas, sino de descubrirlas en los mismos hechos. A la filosofía... no le queda más refugio que el reino del pensamiento puro, en lo
que aún queda en pie de él: la teoría de las leyes del mismo proceso de pensar, la lógica y la dialéctica»(4).
Marx y Engels rechazaron también la pretensión, típica de la metafísica, de que el conocimiento es absoluto, inmutable y no
requiere desarrollo, demostrando su carácter histórico relativo y su continuo enriquecimiento. La filosofía deja de ser la
elucubración de un genio, un «sistema» que lo explica todo y resuelve definitivamente todas las contradicciones, pasando a ser
una ciencia abierta a nuevas deducciones y que progresa sin cesar. Con ello, Marx y Engels acabaron con la contraposición de la
filosofía con la lucha emancipadora de los oprimidos. Es la famosa tesis de Marx: «Los filósofos no han hecho más que
interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo»(5).

31

3.— Desintegración de la filosofía burguesa
Las revoluciones democráticas de 1848 demostraron que la burguesía liberal se había convertido en una clase
contrarrevolucionaria. La clase obrera, que hasta entonces había combatido al feudalismo, lo hace ahora contra la propia
burguesía. Las ideas del marxismo conquistan al proletariado y van desplazando gradualmente de su conciencia las doctrinas
socialistas pequeño-burguesas. Por su parte, la burguesía no lleva hasta el fin las reformas democrático-burguesas y pacta con la
reacción feudal. Tras la derrota de las revoluciones del 48, se abre un período de crisis en la filosofía burguesa, que renuncia a
los adelantos conseguidos anteriormente, abandona la dialéctica y se dedica a buscar justificaciones cada vez más panfletarias
de las relaciones sociales capitalistas. El pensamiento filosófico burgués de este período se desenvuelve en lucha contra
el materialismo, el racionalismo y, en particular, el marxismo; pero lo hace en medio de un rápido progreso de las ciencias
naturales y no puede por menos que tenerlo en cuenta. Con todo, los filósofos burgueses rechazan las conclusiones
materialistas-dialécticas derivadas de los descubrimientos científicos y se tornan en simples desenterradores de sistemas
idealistas muy anticuados, con la intención de modernizarlos. Unos empiezan a difundir el irracionalismo, que menosprecia el
papel de la ciencia y la razón; otros, los positivistas, presentan el agnosticismo como el único enfoque filosófico-científico de la
realidad.
Los irracionalistas sostienen que la fe en la razón y en su poderío ha dado lugar a peligrosos intentos de conocer las leyes del
desarrollo social y de someter a una revisión crítica las bases de la sociedad, o sea, la propiedad privada, el derecho y la moral
burgueses. Para ellos, el origen de todos los males sociales radica en el racionalismo, que no respeta ni las autoridades ni los
fundamentos de la vida social. Esta corriente arranca de Schopenhauer y Kierkegaard y tiene su máximo exponente en la
«filosofía de la vida» de Nietzsche (1844-1900). La «filosofía de la vida» niega el significado cognoscitivo de la razón y conceptúa
al mundo, el hombre y su historia como irracionales por naturaleza. Su falso dilema «la razón o la vida» se resuelve en favor de
una interpretación irracionalista de la «vida», que rechaza el conocimiento científico y exalta la voluntad irracional, el instinto,
los impulsos inconscientes y la intuición irracional.
El positivismo, representado en su primera forma por Comte, Mili y Spencer, se convierte en la escuela más influyente de la
filosofía burguesa de la segunda mitad del siglo XIX. El positivismo estimula la realización de investigaciones científicas
concretas, necesarias para la burguesía, pero sostiene la incognoscibilidad de la esencia de los fenómenos. Esta dualidad hace
que su papel en la historia sea contradictorio. En países de fuerte tradición materialista, como Francia o Inglaterra, actúa de
contrapeso a la misma y juega un papel reaccionario. En países donde predomina la Iglesia y la filosofía religiosa (Italia, EE.UU. e
incluso España) son muchos los progresistas que miran el positivismo como una filosofía que libera de la influencia eclesiástica y
contribuye al desarrollo de la investigación científica.
El principal objetivo de la filosofía de Spencer (1820-1903) es conciliar la fe y el saber, la ciencia y la religión, en el marco
del agnosticismo. El positivismo de Spencer combina el agnosticismo en las cuestiones cardinales de la cosmovisión filosófica con
un enfoque materialista en determinados problemas de las ciencias especiales. Por ejemplo, admite la idea de la evolución y
considera la sociedad como un «cuerpo vivo»; pero cuando aplica a la sociedad el principio de la «lucha por la existencia»
desbroza el camino a una de las concepciones más reaccionarias de la sociología burguesa: el darwinismo social. Spencer cultivó
en sus escritos el planfletismo y la difamación de las ideas socialistas.
En conjunto, su filosofía es la culminación de la primera forma del positivismo que, pese a su hostilidad radical para con
el materialismo, aún contiene ciertas ideas científicas y que, a finales del siglo XIX, empezó a ser desplazado por las doctrinas
positivistas aún más reaccionarias: el empiriocriticismo de Mach y Avenarías, que ahondan el idealismo subjetivo y
el agnosticismo de sus predecesores. Esta corriente fue refutada por Lenin en su obra «Materialismo y Empiriocriticismo».
(1)
(2)
(3)
(4)
(5)

F. Engels: «Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana».
V. I. Lenin: «Cuadernos filosóficos».
F. Engels: Obra citada.
F. Engels: Obra citada.
C. Marx: «Tesis sobre Feuerbach».

Bibliografía



C. Marx: «Tesis sobre Feuerbach».
F. Engels: «Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana». V. I. Lenin: «Materialismo y Empiriocriticismo»,
capítulos V y VI.

X - Socialismo utópico, socialismo científico
1.— Socialismo utópico
El aumento de la productividad del trabajo y, por consiguiente, de las riquezas sociales, que trajo consigo el paso de la
manufactura a la gran industria a fines del S. XVIII, no fue acompañado de una mejora de las condiciones de vida de las masas
trabajadoras. El antagonismo entre ricos y pobres, lejos de disolverse en el bienestar general, se había ahondado. El Estado de la

32

razón y de la eterna justicia, proclamado por los filósofos materialistas de la Ilustración, no resultó ser, tras la victoria de la
revolución burguesa, sino una triste y decepcionante caricatura de su proclama. Las consignas de Libertad, Igualdad y
Fraternidad, mediante las cuales la burguesía llevó al combate contra la reacción feudal a todo el pueblo, se convirtieron en
justicia, igualdad y propiedad sólo para la burguesía. Las condiciones de vida de las masas empeoraron, trayendo consigo un
progresivo malestar y descontento.
En este período inicial del enfrentamiento entre el proletariado y la burguesía, es cuando hace su aparición el socialismo
utópico, aunque ya por los siglos XVI y XVII surgieron dos descollantes utopistas: el inglés Tomás Moro (con su obra «La
Utopía») y el italiano Campanella (autor de «La ciudad del Sol»), Pero tanto uno como otro, al desconocer las leyes del
desarrollo social, no hicieron más que trazar la pintura de las condiciones de la sociedad en que estos males podrían ser
remediados.
Será en el siglo XIX cuando realmente hagan su aparición los grandes socialistas utópicos: en Francia, Henry SaintSimón (1760-1825) y Fourier (1772-1837); en Inglaterra, Robert Owen (1771-h858). Todos ellos contribuyeron en gran medida al
desarrollo de las ideas socialistas.
No obstante, al igual que sus predecesores (los filósofos de la Ilustración del s. XVIII), las ideas de los socialistas utópicos
seguían moviéndose en el mismo marco de la «verdad absoluta», en el reino de la razón, sus teorías no hacían más que reflejar
el estado incipiente de la producción capitalista. Su pretensión no era otra que extraer de su cerebro la solución a los problemas
sociales existentes; trataban simplemente de imaginar un sistema nuevo y más perfecto de orden social. El socialismo lo
entendían como un ideal de la razón, pero no como un ideal de una determinada clase; su fin no era otro que emancipar de
golpe a toda la humanidad, y no al proletariado en particular. De aquí que repudiaran manifiestamente la lucha de clases, como
verdadera fuerza motriz del desarrollo social. El proletariado no existía para ellos sino bajo el aspecto de la clase que más
padece. Su objetivo, en este sentido, no era más que el pretender atraer al lado del socialismo a los capitalistas, a las clases que
ostentaban el poder, para llegar al compromiso y la armonía generales. Rasgo común de todos los utopistas fue no actuar como
exponentes de los intereses del proletariado, sino simplemente de los sectores burgueses y pequeño-burgueses de la sociedad.
Como el desarrollo del antagonismo de clase va parejo con el de las fuerzas productivas, y éstas estaban aún en su forma
embrionaria, no llegaron a encontrar las condiciones materiales que llevaran a la emancipación del proletariado. A la acción
social contraponían su propio ingenio; en lugar de la organización gradual del proletariado en clase, la organización de una
sociedad ideada por ellos. En su sistema no tenía cabida la acción política, y menos aún una actuación revolucionaria; su medio
de acción no era otro que la prédica del nuevo «evangelio social» soñado por ellos, como si de nuevos «Mesías» se tratara.

a) Saint-Simón — La nueva situación creada en Francia tras la revolución, con su incipiente desarrollo industrial (lo que hacía
que los antagonismos de clase entre la burguesía y el proletariado se hallaran en estado latente), fue determinante en las
concepciones utópicas de Saint-Simón. En 1802, en su obra «Cartas Ginebrinas», decía: «Todos los hombres deben trabajar.» En
1816, declara que la política es la ciencia de la producción, proclamando ya claramente la transformación del gobierno político
sobre los hombres en una administración y dirección de las cosas y de los procesos de producción, con lo que expresaba
claramente la idea de la abolición del Estado. Sobre estos principios, Saint-Simón estableció la división de la sociedad en dos
estamentos antagónicos: «los trabajadores», dentro del cual engloba no sólo al obrero asalariado, sino también a los
fabricantes, comerciantes y banqueros; y los «ociosos», que además de las viejas clases privilegiadas incluía a todos aquellos que
vivían de sus rentas, sin intervenir para nada en la producción ni el comercio. Para Saint-Simón, ninguno de estos dos
estamentos tenía suficiente capacidad para gobernar. Serían la ciencia y la industria, unidas por un lazo religioso, «un nuevo
cristianismo» forzosamente místico, el llamado a restaurar la unidad de las ideas rotas tras la Reforma.

b) Fourier — Si bien la característica predominante en Saint-Simón es la amplitud genial de sus conceptos (que le permite
contener ya, en germen, casi todas las ideas no estrictamente económicas de los socialistas posteriores), en Fourier es su
espíritu crítico y su sátira mordaz profunda lo más destacado. Fourier puso al desnudo despiadadamente la miseria material y
moral del mundo burgués, y expuso, por primera vez y de forma magistral, la posición esclava de la mujer en la sociedad
burguesa. Para él, «el grado de emancipación de la mujer en una sociedad es el termómetro natural por el que se mide la
emancipación general».
Sin embargo, lo más relevante de las ideas de Fourier es la forma en que concibe la historia. Para él, la historia de la sociedad
se divide en cuatro etapas de desarrollo: salvajismo, patriarcado, barbarie y civilización; fase ésta convergente con la sociedad
burguesa del momento, de la que dijo: «el orden civilizado eleva a una forma compleja, ambigua, equívoca e ilimitada todos
aquellos vicios que la barbarie practicaba en medio de la mayor sencillez»La dialéctica era también manejada por Fourier con gran maestría. Es de Fourier esta célebre frase: «En la civilización, la
pobreza brota de la misma abundancia». Según Fourier, la civilización se movía en un ciclo de contradicciones, que se
reproducen constantemente, sin llegar a superarlas: «Toda fase histórica tiene su vertiente ascensional, mas también su ladera
descendente», y proyecta esta concepción en su estudio de la historia introduciendo la idea del acabamiento futuro de la
humanidad.
c) Robert Owen — Cuando en Francia el desarrollo de la industria estaba en sus fases preliminares, en Inglaterra este
desarrollo ya había alcanzado una alta cota, principalmente en la rama textil. Por esta época, el fabricante Robert Owen, director

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de la empresa de hilados «New-Lanark» de Manchester, que había asimilado las teorías de los filósofos materialistas del siglo
XVIII y del proceso social, expuso sus teorías acerca de cómo debía de configurarse la nueva sociedad.
Owen, a diferencia de Saint-Simon y Fourier, llevó a la práctica sus conjeturas. Redujo la jornada de trabajo en su fábrica a
diez horas y 1/2, cuando en otras se solía trabajar 13 y 14. Creó también, entre otras mejoras, la primera escuela de párvulos
para los hijos de sus obreros, convirtiendo su factoría en una colonia modelo. Como medida de transición, para que la sociedad
pudiera organizarse íntegramente de forma comunista, Owen creó las cooperativas de consumo y de producción y los bazares
obreros, establecimientos éstos de intercambio del trabajo a través de bonos, cuya unidad fue fijada en una hora de trabajo
rendido. El avance hacia el comunismo constituye la idea crucial de la vida de Owen. Para él, los tres grandes escollos que se
alzaban en el camino de la reforma social eran: la propiedad privada, la religión y la forma vigente de matrimonio. Pero estas
concepciones de Owen entraban en franca contradicción, como era lógico, con la base misma de la sociedad burguesa.
Desterrado de la sociedad oficial, ignorado completamente por la prensa, arruinado por sus fracasados experimentos
comunistas en América (a los que sacrificó toda su fortuna), Owen se dirigió a la clase obrera y en el seno de ella actuó todavía
durante treinta años. Todos los movimientos sociales, todos los progresos reales registrados en Inglaterra en interés de la clase
obrera iban asociados a su nombre. Owen presidió el primer congreso en que las tradeuniones de todo el país se fusionaron en
una sola y gran organización.

2.— Socialismo científico
A mediados del siglo XIX, el sistema económico capitalista era ya predominante en los principales países de Europa. Las
fuerzas productivas habían alcanzado un notable desarrollo, principalmente en Inglaterra y Francia, mientras Alemania, Rusia,
Estados Unidos, etc. estaban en vía de conseguirlo. Paralelamente al proceso de industrialización, la clase obrera fue creciendo,
concentrándose en las ciudades y configurándose como la principal fuerza productiva de la sociedad.
En la década de los años treinta y cuarenta, se fueron dando en Europa una serie de convulsiones revolucionarias que
desembocaron en las revoluciones democrático-burguesas de 1848. Desde este momento, la burguesía asume el poder político
y se convierte en una fuerza social reaccionaria. La contradicción entre la burguesía y el proletariado, hasta entonces en estado
latente, adquiere toda su crudeza. Tras sus primeras experiencias de lucha, el proletariado entra en la palestra histórica como
fuerza cada vez más consciente de su situación y condición de clase, luchando por conseguir sus objetivos económicos y
políticos.
La lucha entre el proletariado y la burguesía pasó a ocupar el primer plano de la actualidad en los países europeos más
desarrollados. Se habían creado las condiciones para la aparición del socialismo científico, como expresión teórica de los
intereses del proletariado en lucha.
Serían Marx y Engels, tras someter a un profundo análisis la filosofía materialista del S.XVIII, la economía política y
el socialismo utópico del S.XIX, los que formularían la teoría de la lucha de clases y la dictadura del proletariado, puntales básicos
del socialismo científico.
La nueva situación social obligó a revisar toda la historia anterior, pues venía a dar un mentís cada vez más rotundo a las
doctrinas económicas burguesas de la identidad de intereses entre el capital y el trabajo, a la doctrina de la colaboración de
clases y de la armonía universal y el bienestar general de las naciones. El Socialismo no aparecía ya como un descubrimiento
casual de tal o cual intelecto, sino como el producto necesario del antagonismo entre dos clases formadas históricamente: el
proletariado y la burguesía.
Marx y Engels pusieron de manifiesto que, «con excepción del estado primitivo, toda la historia de la humanidad había sido la
historia de la lucha de clases, y que estas clases sociales pugnantes entre sí eran en todas las épocas fruto de las relaciones de
producción y de cambio»(l)', que «el Estado es la organización de la clase dominante, que lo utiliza como instrumento para
oprimir y explotar a la clase dominada» y «que la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado, y que
esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases, hacia una sociedad sin clases: al
Comunismo»(2).
Aplicando sus concepciones materialistas y su método dialéctico, Marx y Engels sometieron a dura crítica las ideas utópicas,
especialmente las pequeño-burguesas de Proudhon (1809-1865). A la gran propiedad capitalista, Proudhon oponía la propiedad
del pequeño productor. Mantenía que con la creación de un banco especial, «Banco popular de crédito de trabajo», sería
posible el entendimiento económico entre las clases, consiguiéndose de este modo la transformación pacífica de la sociedad. En
definitiva, Proudhon venía a considerar la propiedad privada como bastión «de la independencia y la libertad del individuo». El
socialismo era para él el reino de los pequeños propietarios.
En su obra «Miseria de la Filosofía», Marx puso claramente al descubierto el carácter pequeño-burgués de esa idealización de
la propiedad, mostrando que las relaciones capitalistas de producción no nacen en el vacío, sino que son consecuencia del
desarrollo de la pequeña producción mercantil.
Mas no se limitó sólo a esto, sino que expuso las conexiones históricas del modo de producción capitalista y su necesidad
para una determinada época, demostrando con ello también su inevitable caída. En su obra «El Capital», Marx puso al desnudo
el carácter de las contradicciones internas del sistema capitalista de producción, revelando que la explotación del obrero tenía
por base la apropiación del trabajo no retribuido, la plusvalía.

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El capitalismo desarrolla al máximo las fuerzas productivas, socializando la producción, sin cambiar por ello el carácter de la
apropiación del producto del trabajo, que sigue siendo individual. Aquí está el germen de todo el conflicto de los tiempos
actuales: el antagonismo entre la producción social y la apropiación capitalista individual, que se manifiesta como antagonismo
entre el proletariado y la burguesía. Esta contradicción sólo puede ser resuelta mediante la revolución socialista.
Las concepciones científicas del socialismo revolucionario se convirtieron en la ideología emancipadora del proletariado. El
socialismo premarxista se extingue. Con la formación de la I Internacional (1864-1872), el Socialismo Científico se fusiona con la
práctica del Movimiento Obrero, difundiéndose ampliamente y contribuyendo a la formación de partidos proletarios
revolucionarios en varios países de Europa.
Hija espiritual de la AIT fue la Comuna de París. La guerra con Alemania, la miseria del pueblo y la posición reaccionaria y
claudicante de la burguesía francesa empujaron a la clase obrera a tomar el poder en Marzo de 1871. Este fue un
acontecimiento histórico sin precedentes, el primer intento de llevar adelante la revolución socialista. Durante el tiempo que los
comuneros tuvieron el poder en sus manos, demolieron el Estado burgués, decretaron la disolución del ejército y la policía
permanente, llevaron a cabo el armamento del pueblo, la separación de la Iglesia y el Estado, la elección y revocamiento directo
de los funcionarios, etc.
Marx había analizado las experiencias y enseñanzas de la primera revolución burguesa de 1848, llegando a la conclusión de
que la clase obrera, al llevar a cabo la revolución socialista, no puede limitarse a tomar el poder y utilizar el viejo aparato estatal
en interés de dichas transformaciones, sino que este aparato burocrático-militar debe de ser desmantelado, destruido. La
práctica de la Comuna de París, no sólo confirmó la justeza de estas ideas, sino que le llevó a dar un paso adelante en sus
concepciones acerca de la dictadura del proletariado. Marx señaló que la gran enseñanza que se desprendía de la Comuna
consistía en que ésta había demostrado que no sólo había que destruir el viejo aparato estatal burgués, sino que, sobre las
ruinas de éste, se habría de construir el nuevo aparato del Estado revolucionario, capaz de mantener a la clase obrera en el
poder y consolidar la revolución.
La Comuna de París fue el resultado del entronque de la doctrina de Marx y Engels, del Socialismo Científico, con el
movimiento obrero. El proletariado mundial tenía ya a su alcance el arma ideológica capaz de conducirle a la destrucción del
capitalismo y a la construcción de la sociedad comunista.
(1)

F. Engels: «Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico». (Obras escogidas de C. Marx
(1)
y F. Engels, T.III).
(2)
Carta de C. Marx a Weydermeyer (5-III-1852) Recogida por Lenin en «El Estado y la Revolución».

Bibliografía



F. Engels: «Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico». Obras Escogidas en tres tomos; Editorial Progreso,
Moscú.
V. I. Lenin: «El Estado y la Revolución».

XI - Orígenes y desarrollo de la economía política
La aparición del capitalismo se remonta al siglo XVI, época en que comienzan los primeros intentos de comprender y explicar
de una manera sistemática los fenómenos económicos. En ese siglo alcanzó gran predicamento una corriente del pensamiento
económico denominada mercantilismo. Los mercantilistas representaban los intereses de una burguesía comercial enriquecida,
en buena medida, al amparo del comercio exterior basado en el saqueo colonial, las guerras comerciales y la esclavización de los
pueblos atrasados. Los mercantilistas tenían una visión superficial de los fenómenos económicos, pero sabían muy bien lo que
querían; por eso exigían que se protegiese la industria nacional de la competencia extranjera (proteccionismo), y se
establecieran primas a la exportación y otras medidas favorecedoras de la acumulación de riquezas. Por aquella época todavía
se daban los primeros pasos en el campo de la manufactura; el capital sólo dominaba en la esfera del comercio y el crédito.
A medida que el capital se va apoderando de la producción, surgen nuevos fenómenos económicos, por lo que el análisis de
éstos se hace más complejo. Aparece la necesidad de que la economía se convierta en una parcela especial de investigación para
el pensamiento humano. Fruto de esta necesidad es la aparición de hombres especializados en esa parcela del saber. El impulso
que esto da a las investigaciones permite descubrir, bajo la apariencia de los fenómenos económicos externos, aprehensibles a
través de los sentidos, la existencia de leyes generales internas que determinan su movimiento, leyes que, al permanecer
ocultas al conocimiento puramente sensorial, exigen para su descubrimiento el estudio científico.
De esta manera aparece una nueva ciencia, la economía política, que representa un salto cualitativo en relación a lo que
anteriormente no pasaban de ser corrientes del pensamiento económico, corrientes que se limitaban a describir e interpretar,
de una forma más o menos superficial, los fenómenos objeto de estudio. La ciencia de la economía política, por el contrario,
pretende, fundamentalmente, descubrir y determinar con precisión las leyes internas que rigen la aparición, evolución y muerte
de los fenómenos económicos.

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El modo capitalista de producción se impuso, antes que en ningún otro país, en Inglaterra, y allí fue donde nació la economía
política clásica de manos de la burguesía. Su fundador, Petty (1623-1687), ya planteaba que el valor de las mercancías se
determina por la cantidad relativa de trabajo, pero sin pasar de ahí.
Más tarde, en la segunda mitad del siglo XVIII, aparecen en Francia los fisiócratas, a cuya cabeza figuraba Quesnay (16941774). Los fisiócratas contribuyeron considerablemente a la evolución de la economía política burguesa. Representaban, en el
terreno de las teorías económicas, el equivalente a los ilustrados que en el terreno de la filosofía contribuyeron a sentar las
bases ideológicas de la Revolución Francesa, preconizando la existencia de leyes naturales en la sociedad humana, leyes
establecidas por la propia naturaleza, con lo que se enfrentaban a las teorías «divinas» del feudalismo. A diferencia
del mercantilismo —que basaba en el comercio la fuente de la riqueza-, los fisiócratas consideraban que era la agricultura la
única fuente de riqueza. Por lo tanto, proponían que los impuestos gravasen únicamente a los propietarios de tierras (la
aristocracia) y que las industrias (que pertenecían a los capitalistas) estuviesen exentas de ellos. Los fisiócratas luchaban contra
las restricciones gremiales y contra la injerencia del Estado en la vida económica.
La economía política clásica burguesa alcanzó su cima con Smith y Ricardo.
Adam Smith (1723-1790) hizo importantes aportaciones al análisis científico del modo de producción capitalista. Rechazó la
teoría fisiocrática que tomaba la agricultura como la única fuente de riqueza, y proclamó que es el trabajo, cualquiera que sea la
rama de la producción en que se invierta, la fuente de valor. Consiguientemente con esta idea cardinal, Smith determinó el valor
de la mercancía por la cantidad de trabajo invertido para producirla.
Adam Smith se manifestó en contra de las ideas de los mercantilistas y abogó por la libre competencia, y fue el primero en
reconocer la existencia de clases en la sociedad capitalista. Pero como buen burgués, sostenía que existía entre ellas una
comunidad de intereses.
Es con David Ricardo (1772-1823) con quien se producen las más importantes aportaciones de la burguesía al desarrollo de
la economía política como ciencia; las más importantes, y también las últimas.
Ricardo pone de manifiesto que el trabajo es la única fuente de valor y, consecuente con sus investigaciones, llega a la
conclusión de que existen intereses de clase contrapuestos en el seno de la sociedad burguesa. Ricardo formuló la importante
ley económica según la cual cuanto más alto sea el salario del obrero, más baja será la ganancia del capitalista y a la inversa.
Muchos seguidores de Ricardo, ante la agudización de las contradicciones del capitalismo, llegaron a plantear que, ya que el
obrero era creador de todas las riquezas, tenía que ser también el dueño de ellas. Partidarios de Ricardo eran los primeros
socialistas surgidos en Inglaterra durante la primera mitad del siglo XIX. Sin embargo, Ricardo tenía una visión limitada, por su
concepción burguesa, y entre los errores de su doctrina estaba el considerar eterno el régimen capitalista.
Con Ricardo finalizan las aportaciones científicas de la burguesía al progreso de la economía política. Los economistas
burgueses que vienen a continuación abandonan el estudio científico de los fenómenos económicos y se limitan a describirlos,
buscando como único fin de sus teorías embellecer el capitalismo y encubrir sus contradicciones.
La economía política clásica muere con Ricardo, porque las contradicciones de clase se habían agudizado hasta tal punto que
la burguesía ya no podía seguir haciendo aportaciones a esta ciencia sin ponérsele los pelos de punta. Lo más que podía hacer y
sigue haciendo es elaborar una serie de teorías anticientíficas y denominar al conjunto de esas teorías «economía política»
(como, por ejemplo, la teoría de la oferta y la demanda, que no tiene en cuenta, a la hora de explicar los precios de las
mercancías, el valor de esas mercancías; es decir, el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlas; o la teoría de la
utilidad marginal, que pretende explicar el valor de las mercancías por su valor de uso, y otras tonterías por el estilo).

1.— La Economía de Marx
El hecho de que la economía política estudie los problemas más reales y candentes que afectan a los intereses vitales de las
distintas clases de la sociedad, hace que esté muy directamente relacionada con la lucha de clases. La burguesía sentó las bases
de esta ciencia y la hizo progresar durante un cierto período, el período en que jugó un papel progresista. Cuando la burguesía
se convierte en una clase reaccionaria opuesta al progreso, sólo la clase obrera podía seguir desarrollando una ciencia como
ésta.
Marx, representante de la clase que ya por su tiempo se había mostrado como la más avanzada, recogió todo lo
verdaderamente científico que la burguesía había aportado a la economía política y, libre de prejuicios y limitaciones, descubrió
y determinó, con toda precisión, las leyes objetivas del desarrollo económico, leyes que surgen independientemente de la
voluntad de los hombres, que son el resultado de determinadas condiciones económicas y desaparecen al desaparecer esas
condiciones. En «El Capital», Marx expone el proceso de la aparición, la evolución y el hundimiento del capitalismo y señala los
fundamentos económicos sobre los que descansa el carácter inevitable de la Revolución Socialista y la Dictadura del
Proletariado. Con Marx, la economía política conquista el derecho a ser considerada como una ciencia, es decir, un conjunto
armónico de teorías científicas objetivas, expuestas metódica y ordenadamente, sin fisuras. Con Marx no termina la historia de
la economía política, considerada como ciencia; pero sólo los marxistas (como Lenin) pudieron seguir haciendo aportaciones.

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A continuación exponemos solamente la parte básica de la teoría económica marxista, donde se expone la Teoría del
Valor (mercancía y dinero) y la Teoría de la Plusvalía (transformación del dinero en capital, fuerza de trabajo, proceso de trabajo
y proceso de valorización).

2.— Teoría del Valor. La Mercancía
El elemento básico de toda la riqueza de la sociedad capitalista es la mercancía, la cual, vista externamente, no es más que un
objeto que se intercambia entre los hombres para satisfacer determinadas necesidades.
Esta cualidad que poseen todas las mercancías —la de satisfacer necesidades— recibe el nombre de Valor de Uso. Pero éste
no es más que el aspecto externo que presentan siempre las mercancías y que las diferencia cualitativamente a unas de otras.
Además de este Valor de Uso, las mercancías encierran otra cualidad mucho más impórtate. Esta segunda cualidad recibe el
nombre de Valor de Cambio, o Valor. Pero veamos qué es y cómo se determina este valor.
Para intercambiar las mercancías unas con otras, es necesario hallar algo común a todas ellas que nos permite relacionarlas y
compararlas entre sí: el trigo y el acero, por ejemplo, tienen algo en común que es lo que nos permite compararlos. Este algo
común no es otra cosa que el trabajo. Efectivamente: al analizar interiormente las mercancías, sin dejarse deslumbrar por su
aspecto exterior (su utilidad), se descubrió que todas ellas son productos del trabajo humano. El trabajo es el que crea el valor,
la única fuente de valor; es la sustancia misma del valor de las mercancías. El hecho de que todas las mercancías sean productos
del trabajo es lo que hace posible compararlas e intercambiarlas unas con otras. Pero unas mercancías poseen más valor y otras
menos. Esta diferencia de valor viene determinada por la cantidad de trabajo empleado en su producción o contenido en cada
una de ellas, lo cual se denomina Magnitud de Valor.
La Magnitud de Valor se calcula por el tiempo o la cantidad de trabajo socialmente necesario requerido para producir
una mercancía.
El tiempo o la cantidad de trabajo socialmente necesario requerido para producir una mercancía se establece en base a las
condiciones de producción socialmente normales; esto es, teniendo en cuenta el nivel de desarrollo de las máquinas y de la
técnica de producción y el grado de habilidad media de los trabajadores y la intensidad del trabajo en un país y en cada rama de
la producción.
Como acabamos de ver, la mercancía tiene un doble aspecto: por un lado, es un objeto útil, que satisface determinadas
necesidades; y al mismo tiempo es un objeto de valor, o sea, que sirve para ser intercambiado por otro objeto, según su Valor de
Cambio. Este segundo aspecto de las mercancías no se muestra tal cual es más que cuando dejamos de considerarlas
aisladamente y las hacemos entrar en relación unas con otras. Aquí es donde la forma de Valor de Cambio se hace apreciable,
distinta de su utilidad, lo que permite a las mercancías relacionarse, compararse e intercambiarse unas con otras.
En resumen, la mercancía es, además de un objeto útil, una relación social, pues los hombres, al intercambiar los objetos
útiles, intercambian fundamentalmente, aunque de forma inconsciente, su propio trabajo.

a) Doble carácter del trabajo — El trabajo humano supone gasto de energía, y como tal, conforma el valor de las
mercancías; éste se denomina Trabajo Humano Abstracto. Al mismo tiempo, el trabajo humano supone también una forma
productiva particular, y como tal, produce valores de uso; éste se denomina Trabajo Concreto.
Cuando se confecciona un traje o se hace una mesa, tiene lugar un gasto de energía humana que es común en los dos tipos
de trabajo (tanto en el del sastre como en el del ebanista, el trabajo es Trabajo Humano Abstracto), pero existe también
el Trabajo Concreto que cada uno de ellos realiza: los productos de uno y otro son diferentes (el traje se diferencia por su
utilidad de la mesa). Tenemos, pues, Trabajo Humano Abstracto (gasto de energía humana en general, común en todos los
trabajos) y Trabajo Concreto, que es el que da a cada producto una cualidad concreta, particular (el traje y la mesa, en nuestro
ejemplo). Desde el punto de vista del Trabajo Abstracto, lo que diferencia a una mercancía de otra es la mayor o menor cantidad
de trabajo contenido en ella; esta diferencia es la que origina el Valor de Cambio. Y desde el punto de vista del Trabajo
Concreto, las mercancías se diferencian unas de otras por sus distintas cualidades destinadas a satisfacer diferentes necesidades,
o sea, por su Valor de Uso.

b) Forma del Valor — A lo largo de la historia, el valor de las mercancías adquiere distintas formas, y van desde la forma
Simple, individual y fortuita, a la forma Dinero del valor.
La primera forma del valor, la forma Simple, aparece con los primeros intercambios de mercancías que se realizaban
aisladamente de manera individual y casual: una mercancía se intercambiaba por otra mercancía (por ejemplo, tela por trigo).
Pero al hacerse más regulares los actos de intercambios, poco a poco una sola mercancía expresa su valor en toda una serie de
mercancías distintas:



20 mts. de tela valen un vestido,



20 mts. de tela valen 75 kgs. de trigo,



20 mts. de tela valen 100 kgs. de hierro.

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Esto da origen al paso siguiente en la forma de valor, que consiste en que una serie de mercancías pasan a expresar su valor
en una sola mercancía:



Un vestido vale 20 mts. de tela



75 kgs. de trigo valen 20 mts. de tela



100 kgs. de hierro valen 20 mts. de tela.

La tela es aquí el equivalente general. Esta función de equivalente general la realizarán al principio distintas mercancías,
principalmente el ganado, pero al mismo tiempo surge una mercancía que es progresivamente aceptada por la sociedad y se
convierte en la mercancía-dinero (con ella el valor adquiere la forma Dinero): esta mercancía es el oro, el cual conquista la
función del dinero y es aceptado socialmente por sus mismas propiedades. El oro es un metal precioso de mucho valor que pesa
relativamente poco y se puede fraccionar sin que pierda sus propiedades, con lo que favorece el intercambio.

c) El carácter fetichista de las mercancías y el dinero — El proceso de producción e intercambio de las mercancías surge
en la sociedad como un proceso secundario que va desarrollándose y transformándose de un modo natural e inconsciente para
el hombre, hasta imponerse y dominar las relaciones sociales.
La mercancía y el dinero se presentan en el intercambio, a los ojos de los hombres, como objetos con vida propia. Ellos son los
símbolos de la riqueza, del poder, la grandeza, etc. Esto ocurre porque, ante los hombres, las mercancías y el dinero se mueven,
se relacionan bajo unas leyes propias, ocultando su verdadera esencia: la de ser productos del trabajo humano. No es su
apariencia lo que da poder, riqueza, etc. a la mercancía o el dinero, sino el trabajo humano que contienen, aunque ante nuestros
ojos sólo destaque su utilidad.
Los economistas burgueses tratan de mantenernos en aquella visión idealista, falsa, para que perduren estas formas de la
mercancía y el dinero, formas que corresponden a un determinado grado de desarrollo de la humanidad que encubre y supedita
las relaciones sociales entre los hombres a esas relaciones entre las mercancías y el dinero. Es de esta manera como tratan de
encubrir también la necesidad y la posibilidad de crear otras relaciones nuevas entre los hombres, de las que sean suprimidas la
razón de ser de la mercancía y el dinero.

3.— El dinero
La aparición del dinero favorece el incremento de la producción y el intercambio de mercancías.
Desde su aparición, el dinero comienza a realizar dos funciones: una, como Medida de Valores; y otra, como Medio de
Circulación de las mercancías. Estas funciones se van haciendo cada vez más complejas y dan origen a otras nuevas, hasta que
un día el dinero se transforma en Capital.

a) Medida de Valores — El dinero es medida de valores en cuanto mercancía aceptada socialmente para encarnar el trabajo
humano contenido en las mercancías. Las mercancías son valores en tanto que son materialización de trabajo humano, y
expresan su valor en el dinero; de ahí que el dinero sea el medio de referencia de todas las mercancías para medir sus valores,
primero, y ser intercambiadas, después.
La expresión en dinero del valor de una mercancía es lo que denominamos Precio, esto es, la expresión monetaria, en oro, del
valor de una mercancía, del valor de cambio de una mercancía, del tiempo de trabajo humano abstracto contenido en ella. Por
lo tanto, el precio expresa dos cosas al mismo tiempo: el valor de cambio de la mercancía y la cantidad de dinero, la parte del
peso en oro convertida en unidad de medida, por el que se puede intercambiar inmediatamente.

b) Medio de Circulación — El dinero como medio de circulación lo que hace es facilitar y favorecer el intercambio de las
mercancías.
Hasta que aparece el dinero, los intercambios de mercancías obedecían a la fórmula M-M. Esto es, que el poseedor de una
mercancía tenía que buscar al poseedor de otra mercancía, en primer lugar; pero, a su vez, para que el intercambio se efectuase,
la mercancía de uno tenía que ser útil al poseedor de la otra y a la inversa. Por eso los intercambios de mercancías eran escasos
y fortuitos, y tanto la producción mercantil como el intercambio jugaban un papel muy secundario en la vida de aquellas
sociedades primitivas.
Con la aparición del dinero y la circulación de las mercancías, el intercambio de una mercancía por otra se desdoblaba en dos
actos: venta de la mercancía (M-D), en el que se intercambia la primera mercancía por el dinero (expresión general del valor de
las mercancías); y compra de la otra mercancía (D-M), acto en el que se intercambia el dinero (obtenido en el primer acto), por
la segunda mercancía.
Veamos esto con un ejemplo: un hombre posee tela y lo que necesita es una mesa. El poseedor de la tela va al mercado y lo
primero que hace es buscar a alguien que necesite su tela, a quien se la vende por dinero (M-D); con el dinero ya en sus manos,
va al que tiene la mesa para vender, y se la compra por su dinero (D-M).
Estos dos actos, la venta de la tela y la compra de la mesa, forman una unidad de contrarios: lo que para uno, el poseedor de
mercancías, es venta, para el otro, el poseedor del dinero, es compra. Por otra parte, estos dos actos se pueden separar en el

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tiempo. El que vende la tela puede dejar la compra de la mesa para otro día. Los actos de venta y compra, aunque se pueden
separar, no pueden dejar de hacerse, pues cuando esto ocurre sobrevienen las crisis.
La venta y la compra son actos que se producen sucesivamente formando una cadena. El conjunto de estos movimientos es lo
que constituye la Circulación de las Mercancías, la cual se expresa en la fórmula M-D-M.
Curso del Dinero: Tenemos el movimiento tela-dinero-mesa. La tela vendida sale de la circulación para ser usada, siendo
reemplazada por el dinero; lo mismo le ocurre a la mesa, y así ocurre sucesivamente, imprimiéndole una circulación
al dinero que le lleva de unas manos a otras. Este movimiento que la circulación de las mercancías imprime al dinero es lo que se
denomina Curso del dinero.
Otras funciones del dinero, consecuencia de la de hacer de Medio de Circulación, son la de Medio de Atesoramiento, Medio de
Pago y la de Dinero Mundial.
c) Medio de Atesoramiento —El Atesoramiento surge al desarrollarse la circulación de las mercancías, lo cual origina la
necesidad y la pasión de retener el dinero producto de las ventas. El atesorador vende para no comprar. La codicia del oro se
despertó con la posibilidad de retener la mercancía como valor de cambio o el valor de cambio como mercancía. Esta fiebre se
desató tras el descubrimiento de América, y vino a favorecer enormemente al desarrollo del comercio y la producción de
mercancías.
El atesoramiento hace de regulador de la masa de dinero que hay en el mercado, aumentando el atesoramiento cuando es
grande la masa de dinero y disminuyendo cuando escasea éste.

d) Medio de pago — La función del dinero como medio de pago nace de la circulación de las mercancías para favorecer y
ampliar ésta. Debido a esta nueva función del dinero, se puede vender o comprar la mercancía sólo a cambio de un certificado
entre el vendedor de la mercancía y el comprador; dicho certificado compromete al comprador a hacer efectivo el pago de la
mercancía en dinero tras un plazo de tiempo acordado por ellos o marcado por el Estado. Por lo tanto, de este modo no hay un
intercambio directo, ya que no aparece el dinero en él, sino la promesa, garantizada por el certificado, de pagar. Tras el plazo
acordado, el deudor ha de hacer efectiva su deuda a su acreedor; ese dinero con el que efectúa el pago se dice que actúa
como Medio de Pago.
De esta función del dinero como Medio de Pago surge el Dinero Crédito, al ponerse en circulación los certificados de deudas
representativas de las mercancías vendidas.

e) Dinero Mundial — En el mercado mundial se rompen las barreras y formas de control local y estatal, donde se utilizan
unas determinadas normas y monedas, y el oro, medido en barras, actúa como la forma directamente social del trabajo
humano. Las mercancías despliegan universalmente su valor (reflejan su valor) en el oro-barra.
El Dinero Mundial funciona como medio general de pago y como materialización de la riqueza en general.

4.— Transformación del Dinero en Capital. La Plusvalía
La circulación de las mercancías es el punto de partida de la transformación del dinero en capital, el cual sólo aparece cuando
la producción mercantil y el comercio alcanzan cierto desarrollo. La biografía moderna del capitalismo comienza en el siglo XVI,
con el comercio y el mercado mundial.
Hemos visto que el objetivo de la circulación simple de mercancías, mercancía-dinero-mercancía (M-D-M), era el intercambio
de una mercancía por otra, era vender para comprar. Pero al lado de esta fórmula aparece otra distinta: dinero-mercancíadinero (D-M-D), en la cual se parte del dinero, que se transforma en mercancía (D-M) y que luego se vuelve a transformar en
dinero. Este es un proceso cuyo resultado es el intercambio de dinero por dinero, y en el que los movimientos de la compra y la
venta no se diferencian de la circulación de mercancías, forman parte de ella; la única diferencia está en el papel que le hace
jugar al dinero su poseedor en dicho proceso. Todo el dinero que interviene en este movimiento es el que se transforma
en capital, es ya capital, y su poseedor es el capitalista.

a) La Plusvalía — La circulación simple de mercancías (M-D-M, vender para comprar) encuentra fuera de la circulación un
límite en el consumo de las cosas compradas, en la satisfacción de las necesidades. En cambio, con el movimiento del dinero
como capital: dinero-mercancía-dinero (D-M-D), fórmula en la que sus dos extremos son dinero (porque se compra para vender
y lo que se intercambia al final es dinero por dinero), lo que se persigue es el incremento del dinero: invertir 1000 pts. en una
mercancía para volver a venderla por 1000 pts. es una operación sin sentido; el poseedor del dinero invierte las 1000 pts. en
mercancía con el único objetivo de vender luego por 1100 pts.; hace la inversión con el único objetivo de incrementar, de
acrecentar, su capital inicial en 100 pts. A este incremento que se produce en la inversión inicial se le denomina Plusvalía.
La fórmula completa del movimiento del capital sería D-M-D’; en la cual D’ = D +∆D, o sea, D’ será igual a la suma del capital
primeramente desembolsado (D), más el incremento obtenido (∆D). A este incremento o excedente (∆D) que queda después de
cubrir el valor primitivo se le llama Plusvalía.

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Por lo tanto, el valor primeramente desembolsado no sólo se conserva en la circulación, sino que se incrementa con
una plusvalía, es decir, se valoriza. Este proceso, D-M-D+ ∆D (dinero-mercancía-dinero incrementado), es el que convierte al
dinero en capital.
¿De dónde se obtiene la plusvalía?
Sabemos que el poseedor del dinero compra las mercancías (D-M) por su valor, luego las vende (M-D) por lo que valen y
recoge un valor mayor (D + ∆D).
Partiendo de la fórmula D-M-D’, la transformación del dinero en capital no puede operarse en el mismo dinero, pues éste,
como medio de circulación de mercancías, no hace más que realizar el precio de éstas; tampoco puede brotar de la segunda fase
de la circulación (M-D'), pues este acto se limita a convertir la mercancía en dinero. Por lo tanto, la transformación tiene
necesariamente que operarse en la mercancía comprada en la primera fase de la circulación (D-M), pero no en su valor, puesto
que la circulación de mercancías, la compra y la venta, se rige por la ley de intercambio de equivalentes y la mercancía se paga
por lo que vale. La transformación sólo puede brotar del valor de uso de la mercancía, es decir, de su consumo.
Pero para obtener valor del consumo de una mercancía tiene que existir una mercancía cuya utilidad, cuyo valor de uso, sea
crear valor. Esa mercancía existe, es la Fuerza de Trabajo o Capacidad de Trabajo del obrero.

b) La Fuerza de Trabajo — La Fuerza de Trabajo es el conjunto de las condiciones físicas y espirituales que se dan en la
corporeidad, en la personalidad viviente de un hombre, y que éste pone en acción al producir valores de uso, productos de
cualquier clase.
Las condiciones para que la fuerza de trabajo sea una mercancía son:
1.° Que el dueño de la fuerza de trabajo sea libre para venderla.
2.° Que la venda por cierto tiempo sin renunciar a su propiedad sobre ella, aunque ceda a otro su disfrute.
3.° Que su dueño, ante la necesidad, se vea obligado a venderla como una mercancía.
Para la aparición del capitalismo son necesarias estas condiciones, que no se dan con la circulación simple de mercancías. El
capitalismo sólo surge allí donde el poseedor de medios de producción y de vida encuentra en el mercado al obrero «libre», de
acuerdo con las condiciones expuestas, como vendedor de su mercancía: su fuerza de trabajo. Lo que caracteriza la época
capitalista es que la fuerza de trabajo asume, para el propio obrero, la forma de una mercancía que le pertenece, y su trabajo,
por consiguiente, asume la forma de trabajo asalariado.
El valor de la fuerza de trabajo, como el valor de toda mercancía, lo determina el tiempo de trabajo socialmente
necesario para su producción y reproducción. Por lo tanto, el valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de vida
necesarios para mantener al individuo trabajador (en su estado normal de vida y trabajo) y para mantener a su familia; es decir,
para asegurar la perpetuidad de la mercancía. El valor de la fuerza de trabajo varía de unos países a otros en función del
desarrollo social, del clima, etc.; porque según sean estas condiciones, los medios de vida necesarios para mantener
normalmente en condición de vida y de trabajo al individuo portador de la fuerza de trabajo serán mayores o menores.
El consumo de la fuerza de trabajo: Una vez que el obrero vende por un tiempo determinado su fuerza de trabajo, el
capitalista es el dueño de la mercancía y la consume. El consumo de la fuerza de trabajo se realiza, al igual que el de cualquier
mercancía, fuera de la circulación, en el taller del capitalista.
El proceso de consumo del valor de uso de la fuerza de trabajo es un proceso de producción de mercancías, un Proceso de
Trabajo o de creación de valor y un Proceso de Valorización o de extracción de plusvalía.

c) El Proceso de Trabajo — El Proceso de Trabajo es un proceso entre la naturaleza y el hombre, en el cual el hombre pone
en acción las fuerzas naturales que forman su capacidad o fuerza de trabajo (inteligencia, habilidad, etc.) para asimilar y
transformar de forma útil, para su propia vida, las materias que la naturaleza le brinda. Fruto de esta actividad, a lo largo del
desarrollo de la humanidad, se produjo y produce un lento pero constante desarrollo en las capacidades del hombre. El trabajo
ha sido el factor determinante en la formación del hombre, en la transformación del hombre primitivo.
Los factores que intervienen en el proceso de trabajo son:
1.° El propio trabajo como actividad encaminada a un fin.
2.° El objeto sobre el que recae el trabajo.
3.° Los medios de que se sirve el hombre para transformar el objeto de trabajo.
Objetos de trabajo son todos los medios de la naturaleza que el hombre, con el trabajo, pone a su servicio: la tierra, el agua,
los minerales, etc. También son objetos de trabajo las Materias Primas, que son materias de la naturaleza ya transformadas por
el hombre; por ejemplo, fibras sintéticas, aceros, etc.
Medios de Trabajo son las materias u objetos que el hombre interpone entre él y el objeto de trabajo. Por ejemplo, las
herramientas con las que trabaja la tierra, las máquinas con las que se construye un edificio, etc.

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La suma de los objetos de trabajo y los medios de trabajo se denomina Medios de Producción. Y el trabajo que los relaciona y
transforma, Trabajo Productivo.
El objetivo del proceso de trabajo es producir artículos adaptados a las necesidades humanas, valores de uso; éstos reciben el
nombre de Productos.

d) Formación del Valor del Producto — Los diversos factores que participan en el proceso de trabajo intervienen en la
formación del Valor del Producto. Estos diversos factores son: los Medios de Producción (Objetos de Trabajo y Medios de
Trabajo) y la Fuerza de Trabajo o la Capacidad de Trabajo.
Como resultado del proceso de trabajo, el trabajador añade al objeto sobre el que recae el trabajo (materias primas, por
ejemplo cuero) un nuevo valor, el cual corresponde al tiempo de trabajo invertido por él en la producción del producto
finalmente obtenido (las botas); pero, al mismo tiempo, el trabajador transfiere al producto final los valores de los medios de
producción empleados, esto es, el valor de los medios de trabajo (máquinas, herramientas de zapatero, hilo, etc.) y del objeto
de trabajo (cuero).
Mas ¿cómo incorpora el trabajador el tiempo de trabajo y, por tanto, un nuevo valor al producto final? Esta operación se
produce en la forma de un trabajo concreto, de un trabajo productivo particular (el zapatero lo hace transformando unos
medios de producción determinados, cuero, goma, hilo, etc. en botas; el sastre, confeccionado a partir de la tela, el hilo, etc.,
trajes). O sea, gastando energía humana durante un tiempo, el cual se incorpora al valor del producto final (las botas, el traje,
etc.) como un nuevo valor creado en el proceso de trabajo.
Así tenemos que el trabajador, al mismo tiempo que añade un nuevo valor (gasto de energía humana durante un tiempo) al
producto final, transfiere al valor de dicho producto final (las botas, por ejemplo) los valores de los medios de producción
utilizados en el proceso de trabajo (cuero, goma, hilo, etc.). Esto es así por el doble carácter que tiene el trabajo. El mismo
trabajo (zapatería) en su aspecto concreto (hacer botas) tiene la cualidad de conservar valores (herramientas, cuero, etc.); y en
su aspecto abstracto (como gasto de energía humana) añade, crea un nuevo valor que se incorpora al producto final en forma
de horas de trabajo.
Por lo tanto, el Valor del Producto es la suma de los valores de los medios de producción y el valor de la fuerza de trabajo o
del valor creado en el proceso de trabajo. Pero no debemos olvidar que la fuerza de trabajo o el valor de la fuerza de trabajo no
son la misma cosa que el trabajo o el valor creado en el proceso de trabajo por el trabajador al que pertenece la fuerza de
trabajo.

e) Proceso de Valorización. Origen de la Plusvalía — El capitalista organiza un proceso de trabajo porque los productos o
valores de uso que se obtienen de él son la encarnación del Valor de Cambio, ya que lanzados a la venta se transforman en
mercancías. Con el proceso de trabajo persigue, además, producir mercancías cuyo valor cubra y rebase la suma de los valores
de los medios de producción y la fuerza de trabajo invertida en su producción. Aspira, pues, a obtener una plusvalía.
El capitalismo compra los medios de producción y la fuerza de trabajo, con lo que adquiere el derecho de propiedad sobre los
productos del proceso de trabajo. Del proceso de trabajo, llevado a cabo en el taller del capitalista, salen unos productos (botas)
que contienen el valor de los medios de producción (goma, cuero, hilo, etc.) y un nuevo valor creado por el obrero (horas de
trabajo).
De manera que una cosa es el valor de la fuerza de trabajo, y otra muy distinta es este nuevo valor que crea la fuerza de
trabajo. El valor de uso, específico, propio de la mercancía fuerza de trabajo, la actividad productiva que despliega el obrero, es
fuente de nuevo valor e incluso de un valor mayor del que ella tiene. Esto es así porque la fuerza de trabajo puede producir más
valor del que cuesta el capitalista. El obrero puede trabajar diariamente más horas de las que necesita para producir los medios
de vida (alimento, vestido, etc.) que le permiten estar al día siguiente en condiciones de seguir trabajando y mantener a su
familia.
La base de la existencia del sistema capitalista de producción descansa sobre esta diferencia entre el valor de la fuerza de
trabajo del obrero y el trabajo que éste puede desplegar, con el que puede crear un valor superior. El capitalista, en la medida
que alarga el proceso de trabajo más allá del tiempo que necesita el obrero para reproducir en la mercancía final un valor
equivalente al que recibió por su fuerza de trabajo, le está sacando al obrero un trabajo que no le paga; está extrayendo
una plusvalía, está explotando al obrero y valorizando su capital. A partir de aquí el proceso de trabajo se transforma en
un Proceso de Valorización del capital. Veamos.
El capitalista compra medios de producción (cuero, hilo, etc.) por un valor de 10 horas, y fuerza de trabajo por un valor de 5
horas; con ellas inicia un proceso de valorización, esto es, en lugar de tener al obrero 5 horas trabajando en su taller lo tiene 10
horas. ¿Qué ocurre?:

—Coste mercancías al capitalista
Medios
Producción

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de

10 horas

Fuerza
Trabajo

de

5horas

15 horas

—Valor mercancía final botaas).
Medios de Producción

10 horas

Tiempo de Trabajo

10 horas
20 horas

El capitalista había invertido una cantidad de dinero equivalente a 15 horas de trabajo y ha obtenido, tras el proceso de
valorización, una cantidad de dinero equivalente a 20 horas, con lo que ha obtenido una plusvalía, un incremento de su dinero
inicial equivalente a 5 horas.
El proceso de valorización es el proceso de explotación del obrero, es el proceso de extracción de la plusvalía. Esto es lo que
normalmente se conoce por Proceso de Producción Capitalista; se denomina así porque con ello los economistas del capitalismo
quieren ocultar la base explotadora sobre la que descansa su sistema.
Por lo tanto, la Plusvalía no es más que valor, trabajo no retribuido al obrero. Este proceso de explotación es la piedra angular
sobre la que descansa el edificio de la sociedad burguesa y lo que origina la irreconciliable lucha de clases que libran los
proletarios, desposeídos de todo menos de su fuerza de trabajo, y los capitalistas propietarios de todos los medios de
producción y de vida. Según la ley del intercambio de mercancías, el capitalista tiene derecho —como comprador— a consumir
la fuerza de trabajo, mercancía de su propiedad, extrayendo la mayor plusvalía que pueda; pero el obrero también está, según la
misma ley del intercambio de mercancías —como vendedor de la fuerza de trabajo-—-, en su derecho de no dejarse explotar.
Entre derechos iguales, y contrarios a la vez, vence la fuerza. De ahí el constante enfrentamiento entre el proletariado y la
burguesía.

f) Capital Constante y Capital Variable — El capitalista, para poner en marcha un proceso de valorización, es decir, un
proceso de producción capitalista, desembolsa un capital primitivo e inicial, una parte del cual se invierte en medios de
producción (taller, máquinas, cuero, hilo, etc.), y otra parte en pagar la fuerza de trabajo. Como resultado del proceso aparece
una mercancía (botas) de la que se apropia el capitalista y cuyo valor es superior al del capital primitivo desembolsado. Sin
embargo, no todo el capital primitivo desembolsado por el capitalista ha cambiado de valor.
Hemos visto que el valor de los medios de producción reaparecía en el valor del producto final sin variación alguna, es decir,
permanece constante. De aquí que a la parte del capital inicial que se invierte en los medios de producción se le llame Capital
Constante.
Por otra parte, sabemos que el obrero con su trabajo crea un valor distinto, variable con respecto al valor de su fuerza de
trabajo. Por lo tanto, a la parte de capital inicial que se invierte en fuerza de trabajo se denomina Capital Variable. Es de esta
parte del capital invertido de donde se obtiene la plusvalía, o más bien se incrementa, crece con la plusvalía.
Capital Primitivo (C)= Capital Constante (c) + Capital Variable (V) Capital final (C’)= c + v + plusvalía (P)

g) La Cuota de Plusvalía — La Cuota de Plusvalía o Grado de Explotación del Obrero es la proporción que existe entre
la masa de plusvalía, es decir, toda la plusvalía obtenida en un proceso de producción capitalista, y el valor de la fuerza de
trabajo o capital variable. Por lo tanto,

Si partimos del tiempo de trabajo que dura la jornada del proceso de valorización, vemos que una parte del trabajo del
obrero se dedica a crear un valor equivalente al valor del capitalista le paga por su fuerza de trabajo; a esta parte del trabajo se
le llama Trabajo Necesario. Otra parte de la jornada es la que dedica el obrero a crear el valor que el capitalista no le paga, o sea,
la plusvalía; a este trabajo se le denomina Trabajo Excedente.

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Por lo tanto se puede establecer una proporción entre el trabajo excedente y el trabajo necesario que nos da el Grado de
Explotación del obrero, el cual coincide siempre con la Cuota de Plusvalía, con la única diferencia de que el Grado de
Explotación se refiere al trabajo y la Cuota de Plusvalía al valor por él creado.

Veamos. Si un capital inicial de 1.000 pts. lo invertimos, en capital constante (c) 500, y en capital variable (v) otras 500; y tras
un proceso de producción capitalista obtenemos una plusvalía (P) de 500, tendremos:

Esta es la Cuota de Plusvalía y nos indica que el capital variable se ha valorizado un 100%.
Si la jornada de trabajo es de 8 horas, el tiempo de trabajo necesario es 4 horas y el tiempo de trabajo excedente 4 horas, el
grado de explotación será:

h) Formas de extraer la Plusvalía — Partimos de que en el proceso de valorización o proceso de producción capitalista,
para que sea tal, el obrero dedica una parte de la jornada de trabajo a crear un valor equivalente al que recibió por su fuerza de
trabajo del capitalista, que se denomina tiempo de trabajo necesario; y otra parte de la jornada de trabajo la dedica a crear
plusvalía para el capitalista que se denomina tiempo de trabajo excedente.
La jornada de trabajo es la suma del tiempo de trabajo necesario y el tiempo de trabajo excedente; es el tiempo que, cada
día, dura el proceso de producción capitalista.
Sobre esta base existen dos formas de obtener la plusvalía, que se hallan ligadas estrechamente al régimen de producción, al
desarrollo de las condiciones técnicas y sociales en que se desenvuelve en cada momento el proceso de producción capitalista.
Según sea la forma en que es extraída la Plusvalía se denomina Plusvalía Absoluta o Plusvalía Relativa.

i) Plusvalía Absoluta — El método de obtención de la plusvalía absoluta consiste en alargar la jornada de trabajo hasta el
límite máximo de resistencia del obrero. Después de cubrir el tiempo de Trabajo Necesario, todo lo que se alargue la jornada de
trabajo es plusvalía para el capitalista. La plusvalía que se obtiene de esta forma es la que se denomina Plusvalía Absoluta.
Este ha sido el método utilizado durante todo el primer período del capitalismo naciente —hasta mediados del siglo XIX—
para extraer la plusvalía al proletariado. Con un régimen de producción primitivo, en el que la técnica jugaba un papel
secundario, el capitalista no tenía otro modo de explotar a los obreros más que obligándoles a trabajar la mayor parte del día,
hasta 14 ó 16 horas.
Pero la Revolución industrial y el crecimiento del nivel de organización y de lucha de los obreros por la reducción de la
jornada laboral, obliga a los capitalistas a emplear un nuevo método más eficaz para extraer la plusvalía. Esta nueva forma es la
que recibe el nombre de Plusvalía Relativa.

j) Plusvalía Relativa — La Plusvalía Relativa se obtiene con la reducción de la parte de la jornada laboral destinada a cubrir
el valor de los medios de vida del obrero.

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A mediados del siglo pasado, la clase obrera inglesa ya impuso la jornada laboral de 10 horas de duración. De estas 10 horas,
una parte, digamos 5 horas, era trabajo necesario, y las otras 5 horas constituían el trabajo excedente que se apropia el
capitalista. A partir de ahora, el capitalista, normalmente, no alarga la jornada de trabajo. ¿Pero quiere decir esto que ya no
lucha por obtener una mayor plusvalía, una mayor cantidad de trabajo excedente? Si tal cosa ocurriera dejaría de ser capitalista.
Lo único que ocurre es que ahora actúa de distinto modo. Si el obrero trabaja 5 horas para cubrir «1 valor que el capitalista le
pagaba por su fuerza de trabajo, ahora el capitalista reduce ese tiempo de trabajo necesario aumentando la productividad del
obrero mediante la incorporación de las máquinas. Si antes, en 5 horas, el obrero producía lo que necesitaba para subsistir,
ahora, con las máquinas, en las mismas horas produce el doble. De manera que, como el capitalista le sigue pagando lo mismo
por su fuerza de trabajo, ahora consigue un aumento de la plusvalía reduciendo el tiempo de trabajo necesario.
La plusvalía obtenida de este modo se llama Plusvalía Relativa.

5.— El Salario.
El salario es el precio de la fuerza de trabajo; es la expresión monetaria, en dinero, del valor de la fuerza de trabajo, de los
medios de vida del obrero y su familia.
La burguesía y los economistas burgueses ocultan el verdadero origen del salario del obrero para encubrir la explotación
diaria a que es sometido.
Hemos insistido, y aquí volvemos a hacerlo, en la diferencia que existe entre el valor de la fuerza de trabajo (esto es, los
medios de vida que necesita para subsistir el obrero) y el trabajo que el obrero puede desplegar y despliega, con el que crea un
valor superior en un proceso de producción capitalista. El salario representa un equivalente del valor de la fuerza de trabajo,
pero nunca del trabajo que el obrero despliega, ya que la jornada de trabajo está dividida en dos partes: una de trabajo
necesario, que es la parte destinada a reponer el valor de la fuerza de trabajo, lo que cobra el obrero; y otra parte es el trabajo
excedente o plusvalía, que es lo que se apropia el capitalista y sin cuya existencia éste no tendría razón de existir.
El salario reviste varias formas, aunque las dos fundamentales son el Salario a jornal y el Salario a destajo.
Salario a jornal es la forma de salario que el capitalista presenta como el precio, la expresión monetaria, del valor del trabajo
desplegado por el obrero en un tiempo determinado (un día, una semana, etc.), cuando en realidad, el salario a jornal no es más
que el precio de la fuerza de trabajo vendida por ese tiempo.
La jornada de trabajo se divide en dos partes: una parte de trabajo necesario, y una segunda de trabajo excedente, que es la
que constituye la plusvalía. Al borrar esta diferencia fundamental entre trabajo necesario y trabajo excedente, lo que en realidad
pretende el capitalista es ocultar la explotación a que somete al obrero.
El Salario a destajo es el mismo caso, con la variante de que el capitalista halla el precio de cada pieza dividiendo el valor de la
fuerza de trabajo por el número de piezas que el obrero produce en cada jornada de trabajo. Partiendo de aquí, del precio de
cada pieza, el capitalista le propone al obrero el Salario a destajo por pieza hecha, con lo que estimula a éste a producir algunas
piezas más.
realizando un esfuerzo mayor a cambio de un salario un poco más elevado que el salario a jornal. Con ello, el capitalista paga
algo más al obrero, pero en proporción consigue una mayor plusvalía, consigue explotarlo mucho más.
Por otra parte, con esta forma de salario, el capitalista intenta fomentar la competencia y desunión entre los obreros.

Bibliografía


C. Marx: «Trabajo asalariado y capital».



C. Marx: «Salario, precio y ganancia».
a
a
a
C. Marx: «El Capital»; libro I, sección I : «Mercancía y dinero»; 2 : «La transformación del dinero en capital»; y 5 : «La
producción de la plusvalía absoluta y relativa».



XII - España siglo XIX: La revolución burguesa inacabada
Los comienzos del siglo XIX en España coinciden con una aguda crisis del antiguo régimen.
El despotismo de los Borbones había sido incapaz de superar, durante el siglo XVIII, las viejas estructuras feudales del Imperio
de los Austrias. La mayor parte de la población vivía en el campo, anclada en el atraso, la ignorancia y la miseria. La tierra seguía
en manos de la nobleza, poseedora de los señoríos. La propiedad quedaba casi siempre inmovilizada en la misma familia con el
sistema de herencia, de primogénito a primogénito. Este tipo de vinculación era el mayorazgo. La Iglesia y los conventos poseían
también grandes latifundios y el derecho a imponer sus propias contribuciones a la población.
Sólo una parte de la tierra cultivable (de las repoblaciones medievales) era de propiedad comunal o de la Corona, siendo
administradas por los ayuntamientos para su explotación colectiva.

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Tradicionalmente, otro sector económico muy activo era el comercial y usurario. Al abrigo del expolio y del monopolio de las
tierras americanas, así como de la financiación de las aventuras imperiales, se había desarrollado una pujante burguesía,
principalmente alrededor de la Corte y de los puertos de Cádiz, Sevilla, Bilbao y Málaga.
Por el contrario, la industria se hallaba a nivel artesanal. Las escasas manufacturas se localizaban casi exclusivamente en la
producción textil catalana, en algunos puntos dispersos de Castilla y en las terrerías y astilleros del País Vasco. Los gremios
todavía constituían una infranqueable barrera para el incipiente desarrollo industrial.
Los juristas, los intelectuales, los pequeños comerciantes y miembros de las profesiones liberales formaban el grueso de las
clases medias.
Para la supervivencia y desarrollo de la burguesía en su conjunto, era necesario romper todas las trabas feudales. Apartada
del poder político, sometida al capricho de los favoritos de la Corte, influida por el ejemplo de la reciente revolución burguesa en
Europa, la idea de un cambio de las estructuras de la sociedad española había arraigado en las clases medias.

1.— La Guerra de la Independencia
En 1808 cuando, juzgando por el estado de podredumbre de la España oficial, Napoleón invadió el país, se encontró con un
pueblo vivo, ansioso de sacudirse el yugo de la servidumbre, que se levantó y luchó heroicamente, organizando en todas partes
las Juntas patrióticas, auténticos órganos nuevos de poder.
La nobleza traicionó al país y corrió a rendir pleitesía a los invasores. pero el pueblo no aceptó la traición y el servilismo de las
castas dominantes y, ante el fracaso del ejército regular, organizó la guerrilla, principal artífice de la resistencia y la victoria
contra el invasor.
De esta manera, la Guerra de la Independencia tomó inmediatamente un carácter patriótico y social: patriótico, al oponerse a
los objetivos anexionistas de la burguesía francesa; y social, por cuanto sacó a la luz la necesidad histórica de la revolución
burguesa, agudizando las contradicciones y la lucha entre las distintas clases de la sociedad. Puede decirse que desde entonces,
el pueblo pasó a ser protagonista de la historia de España, abriéndose una nueva etapa en la que la burguesía intentará llevar a
cabo sus proyectos revolucionarios.
La consecuencia inmediata del levantamiento popular serían las Cortes de Cádiz, convocadas por las Juntas.

2.— Las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812
En Cádiz, cercada por los franceses, y mientras en toda España se lucha espontáneamente, sin una dirección centralizada,
las Cortes elaboraron una Constitución democrática. La libertad de imprenta, la igualdad ante la ley y el reconocimiento de la
propiedad privada son, entre otros, los derechos plasmados en la Constitución de 1812. Además las medidas promulgadas por
las Cortes de Cádiz para imponer cambios en la sociedad incluyeron la libertad de industria, la abolición de la Inquisición, la
supresión de los señoríos y la prohibición del comercio de esclavos.
La Constitución de 1812 combina los antiguos fueros con las transformaciones democráticas a que venía aspirando la
burguesía para un desarrollo en sentido moderno de España. Sin embargo, su avanzado contenido no está en consonancia con el
atraso del país y la fuerza real de la burguesía. Un golpe de Estado de la reacción en 1814 la anularía, imponiendo el absolutismo
de Fernando Vil. Pero aun así, en adelante jugará el papel de bandera política del movimiento liberal que se desarrollará pese a
los fusilamientos, las detenciones y los destierros.
La Guerra de la Independencia inició un proceso revolucionario de amplia magnitud, que llegó hasta las colonias americanas
donde se constituyeron Juntas que se convirtieron posteriormente en base política para la lucha de liberación nacional. Incluso
el ejército experimentó una gran transformación: al quedar aislados los elementos más reaccionarios e incorporarse a sus filas
muchos jefes de la guerrilla popular, el ejército se convirtió en la única fuerza liberal organizada capaz de jugar un papel
progresista, dada la debilidad de la burguesía.

3.— El Trienio Liberal
En 1820, el comandante Riego se sublevó al frente de un contingente de tropas destinadas a sofocar la insurrección en las
colonias.
Con el apoyo de la burguesía liberal y el resto del ejército, Riego restituyó la Constitución de Cádiz, haciéndosela jurar
a Fernando VII; este acto abriría el llamado trienio liberal de 1820 a 1823.
La primera desamortización y la reforma de la Hacienda fueron las medidas económicas más destacadas de este período
revolucionario, junto a otras de carácter político, como la amnistía, los ayuntamientos democráticos, libertad de imprenta, etc.
Sin embargo, los criterios conservadores de la gran burguesía se impusieron, y las medidas revolucionarias no beneficiaron al
sector principal de la población, el campesinado. El expolio continuó y se agravó con el aumento de las rentas, las expulsiones de
las tierras y la exigencia de los pagos en dinero.
El descontento de las masas, unido a su atraso cultural y los prejuicios religiosos, crearon las condiciones favorables para la
acción contrarrevolucionaria de la aristocracia; ésta contó con el apoyo militar de la reacción europea (los llamados Cien Mil

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Hijos de San Luis). Se impuso el absolutismo. La segunda restauración de las fuerzas más negras se llevaría a cabo con la
represión y el exterminio físico de los liberales, desde Riego y Torrijos a Mariana Pineda.

4.— La Monarquía Constitucional
Tras el fracaso de la revolución iniciada por el levantamiento de Riego, se abre paso a una nueva correlación de fuerzas entre
las clases contendientes. Un sector de la nobleza ligada a intereses comerciales, ante la imposibilidad histórica de mantener la
vieja sociedad, asume el desarrollo capitalista de la misma. Por su parte, la gran burguesía, al no encontrar condiciones
favorables para introducir los cambios necesarios por la vía revolucionaria, se pliega a la dirección de la aristocracia y pacta con
ella.
A la muerte de Fernando VII en 1833, la nobleza reformista y la gran burguesía impusieron a Isabel II como cabeza visible de la
futura monarquía constitucional.
El sector de la vieja nobleza reaccionaria, a costa de la que se emprenderá el desarrollo capitalista limitando sus privilegios,
aprovechó la excusa de la sucesión al trono para desencadenar la primera Guerra Carlista, recurriendo para ello a los prejuicios
religiosos y a las tradiciones forales del País Vasco. En 1840 se llegaría a un acuerdo, firmándose el Pacto de
Vergara entre Espartero y Maroto.
El movimiento liberal se había roto; la gran burguesía había desertado de sus filas. Sus lazos económicos con el capital
extranjero y la comunidad de intereses con la nobleza reformista la hacen desechar toda veleidad revolucionaria, aunque
seguirá proclamándose liberal en la medida que esto sirve a sus intereses.
Por tanto, van a ser la burguesía industrial y las clases medias las que, bajo la bandera de la Constitución de 1812, asumirán
desde ese momento la lucha revolucionaria por formas republicanas de gobierno.
Durante este período, se producirán una gran agitación política y numerosas sublevaciones militares. Cabe destacar la
revolución de 1854, en la que se dan dos hechos señalados: por un lado, es la primera vez que las insurrecciones no tienen un
carácter dinástico (hasta entonces habían sido dirigidas contra la camarilla palaciega, pero no directamente contra la
monarquía), yendo las aspiraciones populares incluso más allá de las viejas ideas liberales de 1812; por otro, el ejército deja de
jugar un papel progresista y pasa a ser un mero instrumento de las castas dominantes.

5.— Los comienzos del capitalismo
Durante la larga etapa del reinado de Isabel II, se decretan medidas políticas y económicas que favorecen, aunque débil y
lento, un desarrollo de la economía en sentido capitalista.
Con Mendizábal se aceleran las desamortizaciones del S.XIX, que van a completar la etapa de la acumulación primitiva del
capital, separando de forma tajante a los productores de los medios de producción. Las tierras comunales y de la Iglesia salen a
la venta. Latifundistas y grandes capitalistas son sus compradores. Los campesinos son expulsados violentamente de sus tierras y
su resistencia ahogada en sangre por la recién creada Guardia Civil. Grandes contingentes de población quedan disponibles
como fuerza de trabajo; la industria, aún poco desarrollada, no puede absorberlos y la mayoría quedan como braceros en el
campo. Los grandes latifundios apenas se mecanizan ante tal abundancia de mano de obra barata.
La industrialización, aunque llena de contratiempos, registró un gran avance. La pérdida progresiva de las colonias tuvo como
contrapartida la repatriación de capitales que se invirtieron, sobre todo, en la industria textil catalana. A finales de los años 30 se
generalizó el uso de la máquina de vapor. En 1848, se construye el primer ferrocarril, Barcelona-Mataró.
El «foco vasco» dio sus primeros pasos de la mano de los «jauntxos», con sus ferrerías financiadas por la acumulación de
rentas agrícolas y por los grandes exportadores de mineral de hierro. En 1840, se construye el primer alto horno en Trubia; la
construcción naval se reactiva; en 1842, se construye en Tolosa la primera papelera de España.
El impulso más fuerte lo dieron las inversiones extranjeras que monopolizaron la minería y los ferrocarriles. En 1853 se funda,
con capital belga, la «Real Compañía Asturiana de Minas»; la Ley de Minas de 1869 hace concesiones a perpetuidad a capitales
ingleses y franceses. La Ley de Ferrocarriles de 1855 permite sentar las bases de la futura red de ferrocarriles españoles, con
capital francés (Rostchild, Pereira, etc.).
Paralelamente, el capital financiero inicia un ascenso en vertical, que le llevaría, a la vuelta de pocos años, a monopolizar todo
el proceso productivo. Los primeros bancos españoles datan del s. XVIII y están ligados a la Hacienda Real. Hasta 1856 no se
rompe este monopolio estatal, con la creación del Banco de España, a la vez que se da vía libre a la banca privada para financiar
la industrialización. El capital extranjero fue el primero en acudir. Más tarde, en 1857, se fundan el Banco de Bilbao y el de
Santander. En Cataluña surgen otros, aunque con un carácter más familiar. Hasta 1860, se fundan nueve bancos; de 1861 a
1865, se fundan veintiocho.
A pesar de todo, la expansión capitalista será aún débil. Persistirán por largo tiempo los viejos talleres y manufacturas
artesanales y la dependencia del capital extranjero.

46

6.— La crisis de la Monarquía Constitucional
La crisis económica internacional de 1866 tendrá graves repercusiones en España. Muchas compañías bancarias van a la
quiebra. La escasez de subsistencias se hace más aguda y los precios, particularmente los del trigo, se disparan a partir de 1868.
Las guerras coloniales agravan la situación general para la mayoría de la población. Las revueltas campesinas y las luchas obreras
se generalizan, siendo aprovechadas por la burguesía para hacer valer sus intereses clasistas.
Intentando que la situación no se les escape de las manos, las clases dominantes tratan de canalizar el furor popular contra la
esperpéntica figura de Isabel II. La gran burguesía utiliza una vez más al ejército y promueve un levantamiento militar
encabezado por Serrano y Prim, que termina con el destronamiento de Isabel II y la búsqueda de una nueva testa coronada
como solución de recambio. Tras múltiples contactos, que no excluyeron ni a los carlistas, es elegido Amadeo de Saboya.
Pero la crisis política y económica era demasiado profunda para salvarla mediante componendas; la solución de recambio
aísla todavía más a las clases dominantes. El nuevo rey se queda solo y dimite. A decir de Engels, Amadeo fue el primer rey de la
historia que se declaró en huelga.
Las castas en el poder pierden el control de la situación y el 18 de febrero de 1873 se proclama la República.

7.— La I República y los comienzos del movimiento obrero
En el triunfo de la República, subyace el problema histórico fundamental de la época, es decir, la necesidad de la revolución
burgués, tarea a la que había renunciado la burguesía comercial y usuraria. No así la burguesía industrial republicana, cuya
supervivencia llegó a verse ahogada por la orientación económica y gubernamental del liberalismo, la pérdida de las colonias y la
separación de toda decisión de gobierno.
Ahora, esta burguesía revolucionaria, apoyada en las clases medias, había tomado el poder; pero su debilidad crónica hará
que por sí sola sea incapaz de mantenerse en él, lo que condicionará el rápido fin de la República.
La Constitución federalista, la abolición de impuestos y de las quintas, la amnistía, etc. fueron medidas progresistas; pero, al
mismo tiempo, la burguesía republicana fue incapaz de superar la división en sus propias filas, causada por el sector
«intransigente». Este sector desencadenó la sublevación cantonalista, que condujo al país al borde de la disgregación y de la
guerra civil.
Pese a los esfuerzos de Pi i Margall, uno de sus jefes más clarividentes, la burguesía industrial no supo dotarse de una base
popular. Para ello tenía que haber abordado la radical expropiación de los latifundios y el mejoramiento de las condiciones de
vida de las masas trabajadoras. Pero su miedo al pueblo pudo más que el peligro de la contrarrevolución, a la que ni siquiera
arrebató su instrumento más eficaz: el ejército.
Por otra parte, en el marco de la lucha de clases de la época, el proletariado comienza a jugar un papel importante, dando sus
primeros pasos en el terreno de la organización y la actuación política independiente.
En 1868, la AIT envía como delegado a Fanelli. Este funda núcleos internacionalistas en Madrid y Barcelona. La rápida
extensión de la AIT entre la clase obrera va unida al afianzamiento de las tesis bakuninistas. En 1872, se produce una escisión
entre marxistas y anarquistas dentro de la Internacional en España, quedando los primeros en minoría.
El predominio bakuninista en el campo y en la industria jugó un nefasto papel para la República, que podría haber sido una
magnífica ocasión de eliminar las trabas feudales que se oponían al desarrollo político del proletariado.
La I República, en realidad, nació prácticamente muerta, sin base social y con sus dirigentes profundamente divididos. A esto
vino a unirse la nueva guerra que los carlistas desencadenaron, aprovechando el descontento de los campesinos vascos y
catalanes, expoliados por las desamortizaciones.
La gran burguesía y la aristocracia terrateniente aprendieron la lección y cerraron filas. Utilizando de nuevo al ejército, el
general Pavía da un golpe de mano y el 3 de enero de 1874 acabó con la agonía de la República. En Diciembre, la unión política
de los dos sectores dominantes se materializa en la Restauración Borbónica.
Durante este período, esta unión política entre las clases dominantes se corresponderá con la unión económica que iba
operándose entre ellas, dándose paso así a la formación de la oligarquía financiero-terrateniente. De esta manera se afianza la
vía española del desarrollo capitalista. El régimen político, basado en el bipartidismo (caciquismo, «pucherazos» electorales,
turnos en el poder, etc.) va a garantizar este proceso.
Pero en el seno de esta sociedad van madurando las condiciones que la llevarán a la gran crisis del s. XX y a la II República.

Bibliografía





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Marx-Engels: «Revolución en España». (Progreso-Moscú)
Pierre Vilar: «Historia de España». (Grijalbo)
M. Tuñón de Lara: «La España del siglo XX». (LAIA)
Miguel Artola: «Antiguo Régimen y Revolución Liberal». (ARIEL)

XIII - La I Internacional
Desde 1850, la industria y el comercio adquieren un desarrollo inaudito, impulsados por la aplicación de la ciencia a la
producción: los convertidores de Béssemer y los hornos Martin, que aceleraron y perfeccionaron la producción de metal e
impulsaron el desarrollo de otras ramas; la utilización del petróleo como combustible en la industria; el mejoramiento de los
medios de comunicación, principalmente el ferroviario, etc. Pero todo el aumento de riquezas y de poder que este desarrollo
capitalista suponía no hacía sino agudizar las contradicciones sociales. Mientras las clases poseedoras se enriquecían aún más en
esta embriagadora época de progreso económico, la depauperación y la muerte por inanición hacía estragos entre la gran masa
laboriosa que, además, era la que mayormente pagaba las funestas consecuencias de las guerras anexionistas de los distintos
países de Europa. Esta fue una época de reacción política. No obstante, y a pesar de que las revoluciones de 1848-49 fracasaran
y haber sido suprimidos los derechos de asociación y reunión, y los periódicos obreros destruidos por la fuerza bruta, la reacción
no pudo contener el progreso social.
Aguijoneados por la necesidad, los obreros se fueron organizando en asociaciones secretas. En países como Francia,
Alemania, Estados Unidos, Inglaterra, etc., surgían nuevas organizaciones obreras, aunque, por lo general, éstas carecían de una
clara visión política de clase. También se formaban grupos socialistas y los obreros apelaban cada vez con mayor frecuencia a las
huelgas. Aumentó el sentido de la solidaridad proletaria internacional. El horizonte de la clase obrera se dilataba. Se puede decir
que en los años sesenta, merced a la experiencia acumulada y a la conciencia de clase obtenida, el movimiento obrero había
madurado ya para unir sus fuerzas a nivel internacional. Por esta razón, Marx y Engels, tras la disolución de «La Liga de los
Comunistas» (primera organización proletaria de combate en la que tomaron parte), decidieron centrar su actividad en la
unificación y educación política de las grandes masas obreras, conscientes de que la dispersión y la influencia de la ideología
burguesa predominantes eran el principal obstáculo para el fortalecimiento del movimiento obrero.
En una gran asamblea internacional reunida en Londres, a la que acudieron delegados en representación de asociaciones
obreras, sindicatos y grupos revolucionarios de distintos países, se fundó, el 28 de septiembre de 1864, la Asociación
Internacional de los Trabajadores o I Internacional.
En esta asamblea se eligió un Consejo General provisional, del que formaban parte F. Engels y C. Marx, al cual se confió la
redacción del Manifiesto Inaugural y los Estatutos Generales de la AIT. Estos documentos, debido al diferente grado de
conciencia clasista de los obreros, debían redactarse de modo que, siendo accesibles y aceptables para todos, fueran en sus
postulados esenciales fieles a la teoría científica del comunismo. Este menester fue cumplido brillantemente por Marx. En
el Manifiesto Inaugural (primer documento programático), Marx lleva a las masas obreras a la idea de la necesidad de
conquistar el poder político y de crear un partido proletario propio, de asegurar la unión fraternal de los obreros de los distintos
países de luchar contra las guerras anexionistas.
Fueron numerosos los sindicatos, cooperativas, sociedades culturales y otras organizaciones obreras los que, en diversos
países europeos y en los Estados Unidos, se adhirieron a la I Internacional. En cada país se crearon secciones nacionales de la
AIT, que en un plazo relativamente corto se convirtió en una organización amplia de masas.
Por entonces se registraban en diversos países grandes huelgas obreras. El clamor general se alzaba pidiendo aumento de
salarios. Por esta razón, Marx propuso que este problema fuera planteado en el próximo Congreso (Ginebra-1866). A tal fin, y
para que los miembros del Consejo General tuvieran un criterio firme ante esta cuestión, Marx presentó un informe en las
reuniones del Consejo de Junio de 1865. En este informe («Salario, Precio y Ganancia»), Marx expone por primera vez
públicamente su teoría de la plusvalía. En él también se opone resueltamente a la prédica de la pasividad y la resignación de los
proletarios ante la explotación capitalista, y argumenta teóricamente el papel y la significación de la lucha económica (sindical)
de los obreros, subrayando la necesidad de subordinar esta forma de lucha a la meta final del proletariado: la supresión del
sistema de trabajo asalariado.
Gracias a la ayuda y a la dirección de la Internacional, muchas huelgas se ganaron, lo que elevó y consolidó el prestigio de la
AIT entre los proletarios. La Internacional se convirtió en una fuerza capaz de movilizar masas considerables, como ocurrió en
1870, al recomendar al pueblo francés que se abstuviera de votar en el plebiscito organizado por Napoleón II, y poco después,
en las manifestaciones de obreros internacionalistas tras la publicación del primero y segundo «Manifiesto contra la guerra
franco-prusiana», en el que llama a los obreros franceses y alemanes a luchar contra el militarismo y las guerras anexionistas y a
poner en práctica los principios del internacionalismo proletario.
Una de las principales tareas que se propuso la Internacional fue la de educar políticamente a la clase obrera; de aquí que la
lucha contra las teorías del socialismo reformista pequeñoburgués de Proudhon y Bakunin fuera una constante a lo largo de todo
el tiempo de existencia de la Internacional.
Los proudhonistas, a pesar de que en el Congreso de Lausana (1867) consiguieron que se adoptasen varias resoluciones
suyas, ya empezaban a ser desplazados. Y es en el Congreso siguiente (Bruselas, 1868), al adoptarse en él una serie de acuerdos
sobre la necesidad de entregar en propiedad social los ferrocarriles, las minas, las tierras de labor, etc., cuando se pone de
manifiesto la victoria definitiva del colectivismo socialista sobre el proudhonismo. Entre otras, este Congreso tomó la resolución,
propuesta por Marx, sobre la jornada laboral de 8 horas (vigente aún hoy día), «condición preliminar, sin la que todas las
tentativas de mejorar la situación de los obreros estaban condenadas al fracaso»(1).

48

Es en el Congreso de Basilea (1869) donde Bakunin hace su primera aparición en la Internacional. Decidido a crear una
internacional dentro de la I Internacional (Alianza internacional de la democracia socialista), con la intención de cambiar
los Estatutos Generales de la AIT, ya en este Congreso Bakunin intenta que la sede del Consejo General sea trasladada a Ginebra,
con lo que intenta apoderarse de él. Pero sus propuestas, junto con su programa, cuyo punto culminante venía a ser
la «igualación política, económica y social de las clases», y su doctrina de abstencionismo político absoluto, fueron rechazadas
de plano por todas las secciones de la Internacional. A partir de aquí, Bakunin inicia toda una estrategia de intrigas, calumnias y
escándalos destinados a desautorizar y desacreditar al Consejo General y, en realidad, a la AIT misma.
Ante la calculada confusión que Bakunin estaba propagando con su programa y los ataques dirigidos al programa de la
AIT, Marx, en la Conferencia de Londres de 1871, puso de relieve: «La igualación de las clases, conduce a la armonía entre el
capital y el trabajo, tan predicada por los socialistas burgueses». Por eso, «el objetivo de la AIT no es la igualación de las clases,
sino la abolición de las clases»(2). Por lo demás, «predicarle a los obreros que se abstengan de participar en la política significa
arrojarlos en los brazos de la política burguesa. Queremos la abolición de las clases. ¿Cuál es el medio para alcanzarla? La
dominación política del proletariado», y para conseguirla, «las libertades políticas, el derecho de reunión y asociación y la
libertad de prensa son nuestras armas (...) La Revolución es el acto supremo de la política ¡Y se nos pide que no nos mezclemos en
política»(3).
En varias resoluciones de esta Conferencia, fueron formulados importantes principios tácticos y de organización del partido
proletario, resoluciones que posteriormente, en el Congreso de la Haya, serían incluidas en los Estatutos Generales de la AIT.
Esto significó un importante paso en la lucha de Marx y Engels por la creación del partido proletario, pues, en oposición al valor
que los bakuninistas atribuían a la espontaneidad de las masas, «la constitución del proletariado en partido político, disciplinado
y unido en el aspecto político e ideológico es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social»(4). Esta tesis
de Marx había quedado demostrada en la Comuna de París. La falta de un partido proletario que esclareciese, organizara y
llevara a las masas a tomar toda una serie de enérgicas medidas contra la burguesía, tanto en el terreno político como en el
económico, fue una de las principales causas de la derrota de la Comuna, hija espiritual de la Internacional. Así mismo,
la Comuna supuso la tumba de la escuela Proudhoniana, que estaba en contra de la asociación de los obreros y apoyaba la libre
concurrencia, la división del trabajo y la propiedad privada; en cambio, la Comuna dispuso una organización para la gran
industria, e incluso para la manufactura, que no se basaba sólo en la asociación de los obreros dentro de cada fábrica, sino que
debía también unificar a todas estas asociaciones en una gran Unión que, como dijo Marx, habría conducido forzosamente, en
última instancia, al comunismo, o sea, a lo más antitético de la doctrina Proudhoniana. Junto a estos aciertos se cometieron
muchos errores, debidos fundamentalmente a que la dirección de la Comuna estaba compuesta en su mayoría por blanquistas y
sólo una minoría de afiliados a la AIT, entre los que además predominaban los seguidores de Proudhon; sobre ellos recae la
responsabilidad de los dos errores más graves cometidos por la Comuna: el no lanzar una ofensiva resuelta sobre Versalles y no
incautar los bienes del Banco de Francia.
A pesar de su derrota, la Comuna de París supuso una experiencia histórica de extraordinaria importancia para el desarrollo
del movimiento obrero internacional. Sobre la base de esta experiencia, analizada por Marx, se desarrollan las principales tesis
del socialismo científico acerca de la lucha de clases, el Estado, la revolución y la dictadura del proletariado. De las experiencias
de la Comuna, Marx sacó la conclusión de que «la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina
estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines, sino que debe destruirla y sustituirla por un Estado nuevo, de un
tipo más elevado, y cuya esencia no puede ser otra que la dictadura del proletariado»(5).
Después de la Comuna, la Internacional logró éxitos enormes. Pero también, tras la caída de la Comuna, la Internacional, a la
que la reacción acusaba de ser la inspiradora de la insurrección de París, fue objeto de una implacable persecución, ya que la
burguesía había podido comprobar en la práctica, por primera vez, que el proletariado era una clase capaz de derribarla y de
instaurar su propia dominación. La represión era favorecida por las intrigas y disensiones que Bakunin y sus seguidores
provocaban en el seno de la Internacional. En tales circunstancias, la ruptura con los bakunistas era obligatoria para quien no
quisiera traicionar los altos principios que orientaban a la Internacional.
Fue en el Congreso de la Haya (septiembre, 1872) donde los fundadores del socialismo científico dieron cima a la lucha contra
el bakuninismo, probando que era una de las manifestaciones del sectarismo pequeño-burgués, hostil al movimiento obrero. El
Consejo General fue investido de nuevos y más amplios poderes, la actividad escisionista de los anarquistas condenada y sus
líderes fueron expulsados de la Internacional. Este Congreso, con sus acuerdos y resoluciones, allanó el terreno y puso los
cimientos para la creación de partidos proletarios independientes de los diversos países.
En 1876, el Consejo General de la AIT fue disuelto en Filadelfia (EE.UU.), pero en realidad es en el Congreso de la Haya donde
se vio la necesidad de disolverla, y de hecho supuso el último acto de la I Internacional. Con esta medida se ponía término a la
labor de zapa que venían realizando los elementos burgueses que se habían infiltrado en las filas de la AIT, lográndose así que
la Internacional saliese limpia e incorrupta de las disensiones y luchas internas que la amenazaban.
Otra de las razones que aconsejaban la disolución de la Internacional fue la consideración de que, en la nueva etapa de lucha
que se avecinaba, debían ser los nuevos partidos proletarios, cuyas bases ideológicas y organizativas ya habían sido echadas, los
que de forma independiente, y de acuerdo con las peculiaridades de sus respectivos países, deberían dirigir el movimiento
obrero.

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