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introduccion al marxismo .pdf



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Título: Introduccionalmarxismo.PDF
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Introducción al

Marxismo
de Ernest Mandel

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ÍNDICE
Prólogo a la edición española…………………………………………………………...…………….... 02
Prólogo…………………………………………………………………………………………...……. 03
La desigualdad social y las luchas sociales a través de la historia…………………………………...…… 04
Las fuentes económicas de la desigualdad social………………………………………………...…...…. 09
El Estado, instrumento de dominación de clase………………………..…………………………...…. 14
De la pequeña producción mercantil al modo de producción capitalista…...……………………….... 18
La economía capitalista…………………………………………………………………………...……. 23
El capitalismo de los monopolios……………………………………………………..……………….. 31
El sistema imperialista mundial…………………………………………………………………....…… 36
Los orígenes del movimiento obrero moderno……………………………………….………….…….. 41
Reformas y revolución………………………………………………………..…………………...…… 45
Democracia burguesa y democracia proletaria………………………………..……………………..….. 50
La primera guerra imperialista y la revolución rusa………………………………...…………………… 55
El stalinismo…………………………………………………………….………………………….….. 60
De las luchas cotidianas de las masas a la revolución socialista mundial…………………………..…… 67
La conquista de las masas por los revolucionarios ……………………………………………...……… 72
El advenimiento de la sociedad sin clases………………………………….…………………….……... 79
La dialéctica materialista………………………………………………………………….....…….……. 83
El materialismo histórico………………………………………………….……………………..…….. 90

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Prólogo a la edición española
Esta edición de la «Introducción al marxismo» es la única edición española regular y completa. Contiene una serie de
capítulos suplementarios respecto a una edición precedente, que apareció sin el consentimiento previo del autor.
Las «introducciones» a todas las ciencias humanas constituyen siempre una tarea peligrosa. Más aún las «introducciones al
marxismo», que corren el riesgo de caer en la simplificación, la vulgarización y el esquematismo excesivos. Hemos intentado superar
estos problemas.
Solamente la experiencia práctica, es decir, la reacción de los lectores, demostrará si este esfuerzo ha logrado verdaderamente
alcanzar el éxito.
El objetivo esencial de una «introducción al marxismo». Debería ser, por una parte, dar al lector —especialmente a los
trabajadores y a los jóvenes que empiezan a interesarse por el socialismo científico— una visión de conjunto, que le permita comprender
los rasgos esenciales de la doctrina de Marx y sus conexiones reciprocas y, por otra parte, despertar en él la afición al estudio profundo
y animarle a leer las obras fundamentales de Marx, Engels y sus principales discípulos.
Si esta modesta obra contribuye a alcanzar esos fines, en una parte de sus lectores, el autor habrá hecho un trabajo útil.
Una «introducción» no puede sustituir jamás al estudio de las obras clásicas del marxismo. El sucedáneo no puede
reemplazar jamás al original.
ERNEST MANDEL , Febrero 1977

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Prólogo
Esta «introducción al marxismo» es el resultado de varias experiencias de cursos dados a jóvenes militantes, en distintos
momentos de los últimos quince años. Fue hecha en función de las necesidades pedagógicas que constatamos, y que pueden diferir según
los países y los ambientes. Por tanto, no tiene ninguna pretensión de servir de «modelo».
Si bien se tratan elementos básicos de la teoría del materialismo histórico, de la teoría económica marxista, de la historia del
movimiento obrero y de los problemas de estrategia y táctica del movimiento obrero de nuestra época, aparece en ella una «innovación»,
desconcertante a primera vista: el capítulo sobre la dialéctica materialista y el que expone de un modo sistemático la teoría del
materialismo histórico, se encuentran al final, y no al principio del texto.
Evidentemente, no se trata de una «revisión metodológica», sino de una lección extraída de una comprobación experimental:
iniciar un curso sobre el marxismo con un capítulo sobre la dialéctica, es más adecuado para la formación de cuadros, que para la
iniciación de militantes. Estos últimos asimilan mejor la teoría si se les expone de la forma más concreta posible. Por ello es preferible
partir de aquello que es inmediatamente verificable —la desigualdad social, la lucha de clases, la explotación capitalista— y concluir
en las nocienes más abstractas y más fundamentales de la dialéctica, como lógica universal del movimiento y de la contradicción, después
de haber clarificado el movimiento de la sociedad y las contradicciones que lo atraviesan.
Esto no es más que una opción basada en una experiencia pedagógica personal. No es necesario decir que otras experiencias
podrían conducir a conclusiones diferentes; estamos dispuestos a retomar una estructura más tradicional de la Introducción, si se nos
demuestra, con el apoyo de experiencias, que el método de exposición tradicional permite asimilar mejor la esencia del marxismo a los
militantes de base. Sin embargo, y por el momento, nos permitimos dudar de ello.
Ernest Mandel

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La desigualdad social
y las luchas sociales
a través de la Historia
1. La desigualdad social en la sociedad capitalista contemporánea
En Bélgica existe una pirámide de bienes patrimoniales y de poder social. En la base de esta pirámide se
encuentra una tercera parte de los ciudadanos, que solo poseen lo que ganan y gastan, año tras año; ellos no
pueden ahorrar, ni adquirir riquezas. En la cumbre de la pirámide se encuentran un cuatro por ciento de los
ciudadanos, que poseen la mitad de la fortuna privada de la nación. Menos de un uno por ciento de los belgas
poseen más de la mitad de la fortuna mobiliaria del país. Entre ellos, doscientas familias controlan los grandes
holdings que dominan el conjunto de la vida económica nacional.
En los Estados Unidos, una comisión del Senado ha calculado que menos del uno por ciento de las
familias poseen el 80 por 100 de todas Jas acciones de las sociedades anónimas, y que el 0,2 por 100 de las familias
poseen más de las dos terceras partes de estas acciones. Como (con algunas excepciones) toda la industria y las
finanzas en los Estados Unidos está organizada sobre la base de la «sociedad anónima», podemos decir que el 99
por 100 de los ciudadanos USA tienen un poder económico inferior al del 0,1 por 100 de la población.
En Suiza. el 2 por 100 de la población posee más del 67 por 100 de la fortuna privada.
La desigualdad de las rentas y de las fortunas no es solamente un hecho económico; implica una
desigualdad ante las posibilidades de supervivencia, una desigualdad ante la muerte Así, en Gran Bretaña, antes de
la guerra, la mortalidad infantil en las familias de obreros no especializados, fue más del doble que en las familias
burguesas. Una estadística oficial indica que en Francia, en el año 1951, la mortalidad infantil alcanzó las cifras
siguientes: 19,1 fallecimientos por 1.000 nacimientos en las profesiones liberales; 23,9 en la burguesía patronal;
28,2 en los empleados de comercio; 34,5 en los comerciantes; 36,4 en los artesanos; 42,5 en los obreros
cualificados; 44,9 en los campesinos y obreros agrícolas; 51,9 en los obreros semicalificados y 61,7 en el peonaje.
Diez años más tarde, estas proporciones no habían variado prácticamente, aunque la tasa de mortalidad infantil
había disminuido en cada una de las categorías.
Recientemente, el diario conservador belga La Libre Belgique publicó un estudio conmovedor sobre la
formación del lenguaje en el niño. Este estudio confirma que el handicap que un niño de familia pobre sufre
frecuentemente, durante los dos primeros años de su vida, a consecuencia del subdesarrollo cultural impuesto por
la sociedad de clases, produce consecuencias duraderas, en cuanto a la posibilidad de asimilar conocimientos
científicos, consecuencias que una enseñanza «igualitaria», no compensadora, es incapaz de neutralizar.
La vieja afirmación de que la desigualdad social ahoga el surgimiento de millares de Mozart, de
Shakespeare o de Einstein entre los niños del pueblo, sigue siendo cierta en plena «sociedad del bienestar».
En nuestra época, debemos tener en cuenta, no solamente las desigualdades sociales que existen en el
interior de cada país, sino también la desigualdad entre un pequeño grupo de países avanzados, desde un punto de
vista industrial, y la mayor parte de la humanidad, que vive en los países llamados subdesarrollados (países
coloniales y semicoloniales).
Así, los Estados Unidos producen más de la mitad de la producción industrial y consumen más de la mitad de un gran número de materias primas industriales, dentro del mundo capitalista. 550 millones de indios
disponen de menos acero y menos energía eléctrica que nueve millones de belgas. La renta real per cápita en los
países más pobres del mundo, no es más que el 8 por 100 de la renta per cápita en los países más ricos. El 67 por
100 de los habitantes del mundo sólo acceden al 15 por 100 de la renta mundial. En la India, por cada 1.000
nacimientos, hay treinta veces más madres que mueren de las consecuencias inmediatas de la maternidad, que en
los Estados Unidos.

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Un habitante de la India consume diariamente tan sólo la mitad de las calorías que consumimos en los
países avanzados. La esperanza de vida, que en Occidente supera los sesenta y cinco años, llegando en ciertos
países a los setenta años, apenas alcanza a los treinta años en la India.

2. La desigualdad social en las sociedades anteriores
En todas las sociedades que se han sucedido en el curso de la historia (es decir, en el curso del período de
existencia de la humanidad sobre la tierra, del que disponemos de testimonios escritos), encontramos una
desigualdad social comparable a la que existe en el mundo capitalista.
Veamos una descripción de la miseria de los campesinos franceses, a finales del siglo XVII, tomada de los
«caracteres» de La Bruyére:
«Se observan varios animales salvajes, machos y hembras diseminados por el campo, negros, lívidos y quemados por el sol. aferrados a la tierra que cavan y remueven con una obstinación invencible; poseen algo parecido
a una voz articulada y. cuando se yerguen sobre sus pies, muestran un rostro humano; y, en efecto, son hombres.
Por la noche se retiran a sus chozas, donde viven de pan negro, de agua y de raíces...»
Comparar este retrato de los campesinos de la época con las brillantes fiestas que celebraba Luis XIV en la
corte de Versalles. con el lujo de la nobleza y los derroches del Rey, nos proporciona una imagen sobrecojedora de
la desigualdad social.
En la sociedad de la Alta Edad Media, en la que predominaba la servidumbre, el señor disponía
frecuentemente de la mitad del trabajo o de la mitad de la cosecha de los campesinos-siervos. Numerosos señores
tenían centenares, o incluso millares de siervos. Por tanto, cada uno de ellos obtenía anualmente bienes
equivalentes a los de centenares o millares de campesinos.
Algo parecido ocurría en las sociedades del Oriente clásico (Egipto, Sumeria, Babilonia, Persia, India, China, etc.) sociedades basadas en la agricultura, en las que los propietarios de la tierra eran o los señores, o los
sacerdotes, o los reyes (representados por los agentes recaudadores del fisco real).
La «Sátira de los Oficios», escrita en el Egipto de los faraones, hace 3.500 años, nos ha dejado la imagen de
los campesinos explotados por esos escribas reales, a quienes comparaban con las bestias nocivas y los parásitos.
En cuanto a la antigüedad greco-romana, su sociedad estaba basada en la esclavitud. Abandonando progresivamente el trabajo manual sobre los esclavos, los habitantes de las ciudades antiguas pudieron consagrar gran
parte de su tiempo a actividades políticas, culturales, artísticas y deportivas: en parte gracias a ello, la cultura pudo
alcanzar entonces un nivel elevado.

3. Desigualdad social y desigualdad de clase
Toda desigualdad social no es una desigualdad de clase. La diferencia de remuneración entre un peón v un
obrero cualificado no hace que estos dos hombres se conviertan en miembros de dos clases sociales diferentes.
La desigualdad de clase es una desigualdad que tiene sus raíces en la estructura y el funcionamiento normal
de la vida económica, y que se conserva y acentúa por las principales instituciones sociales y jurídicas de la época.
Precisemos esta definición con algunos ejemplos:
En Bélgica, para llegar a ser un gran industrial, es preciso reunir un capital que puede evaluarse en medio
millón de francos por obrero empleado. Así, una pequeña fábrica de 100 obreros exige la concentración de un
capital de, al menos, 50 millones de francos.
Ahora bien, el salario neto de un obrero casi nunca supera los 260.000 francos anuales. Incluso trabajando
cincuenta años, y no gastando ni un céntimo en comer y en vivir, no podría reunir suficiente dinero para
convertirse en un capitalista. El sistema de salarios, que es una de las características de la estructura de la economía
capitalista, representa, pues, una de las raíces de la división de la sociedad capitalista en dos clases
fundamentalmente diferentes; la clase obrera que, a partir de sus rentas, jamás puede llegar a ser propietaria de
medios de producción, y la clase de los propietarios de los medios de producción, los capitalistas.
Es cierto que, junto a los capitalistas propiamente dichos, algunos técnicos pueden acceder a los puestos

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de dirección de las empresas. Pero ello requiere una formación técnica de nivel universitario. Y, durante las últimas
décadas, en Bélgica, sólo de un 5 a un 7 por 100 de los estudiantes eran hijos de obreros. Lo mismo ocurre en la
mayoría de los países imperialistas.
Las instituciones sociales impiden el acceso de los obreros a la propiedad capitalista, tanto a causa de sus
rentas como por el sistema de la enseñanza superior. Así mantienen, conservan, perpetúan la división de Ja
sociedad en clases, tal como existe actualmente.
Incluso en los Estados Unidos, donde se exhiben orgullosamente los ejemplos de «beneméritos hijos de
obreros que han llegado a ser multimillonarios a fuerza de trabajar», una encuesta ha demostrado que el 90 por 100
de los directores de las empresas más importantes, provienen de la alta y la media burguesía.
De este modo, a lo largo de la historia, encontramos una desigualdad social cristalizada en desigualdad de
clase. En cada una de esas sociedades podemos hallar una clase de productores que hace vivir de su trabajo al
conjunto de la sociedad y una clase dominante que vive del trabajo de los demás:
— Campesinos y sacerdotes, señores o recaudadores en los imperios de Oriente.
— Esclavos y amos en la antigüedad grecorromana.
— Siervos y señores feudales en la Alta Edad Media.
— Obreros y capitalistas en la época burguesa.

4. La igualdad social en la prehistoria humana
Pero la historia sólo representa una rama menor de la vida humana sobre nuestro planeta. Le precede la
prehistoria, la época de la existencia de la humanidad en que la escritura y la civilización eran aún desconocidas.
Ciertos pueblos primitivos han permanecido en condiciones prehistóricas hasta fechas recientes, incluso hasta
nuestros días. Pues bien, durante la mayor parte de su existencia prehistórica, la humanidad ha ignorado la
desigualdad de clase.
Comprendemos la diferencia fundamental entre una comunidad primitiva y una sociedad de clases
examinando algunas de las instituciones de esas comunidades.
Así, numerosos antropólogos nos han hablado de la costumbre existente en varios pueblos primitivos,
costumbre que consiste en organizar grandes fiestas después de la recolección. La antropólogo Margaret Mead ha
descrito estas fiestas en el pueblo papua de los Arapech (Nueva Guinea). Todos los que han logrado una cosecha
superior a la media invitan a toda su familia y todos sus vecinos, y la fiesta continúa hasta que la mayor parte de ese
excedente ha desaparecido.
Margaret Mead añade:
«Estas fiestas representan un medio adecuado para impedir que un individuo acumule riquezas...»
Por otra parte, el antropólogo Asch ha estudiado las costumbres y el sistema de una tribu que vive en
el sur de los Estados Unidos, la tribu de los Hopi. En esta tribu, contrariamente a lo que ocurre en nuestra
sociedad, el principio de la competencia individual se considera rechazable desde el punto de vista moral, Cuando
los niños Hopi juegan y hacen deporte, jamás cuentan los «tantos» y siempre ignoran quién «ha ganado».
Cuando las comunidades primitivas aún no divididas en clases practican la agricultura como actividad;
económica principal y ocupan un territorio determinado no instalan la explotación colectiva del suelo. Cada familia
recibe campos en usufructo durante un determinado periodo. Pero estos campos son redistribuidos con frecuencia
para evitar favorecer a algún miembro de la comunidad a expensas de los otros. Las praderas y los bosques son
explotados en común.
Este sistema de la comunidad aldeana, basada en la ausencia de la propiedad privada del suelo, se encuentra
en el origen de la agricultura en casi todos los pueblos del mundo. Esto demuestra que en aquel momento la
sociedad no estaba aún dividida en clases, a nivel de aldea.
Los lugares comunes con los que se nos golpea constantemente los oídos, y según los cuales la
desigualdad social estaría enraizada en la desigualdad de los talentos o de las capacidades de los individuos, según
los cuales la división de la sociedad en clases seria el producto del «egoísmo innato en los hombres» y, por tanto,
en la «naturaleza humana», no poseen ninguna base científica. La opresión de una clase social por otra no es el
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producto de la «naturaleza humana» sino de una evolución histórica de la sociedad. La opresión no ha existido
siempre. No existirá siempre. No ha habido siempre ricos y pobres, y no los habrá por siempre.

5. La rebelión contra la desigualdad social a través de la historia
La sociedad dividida en clases, la propiedad privada del suelo y de los medios de producción no son de
ningún modo producto de la «naturaleza humana». Son el producto de la evolución de la sociedad y de sus
instituciones económicas y sociales. Vamos a ver cómo nacieron y cómo desaparecerán.
En efecto, desde que apareció la división de la sociedad en clases, el hombre manifiesta nostalgia de la
antigua vida comunitaria. Encontramos las expresiones de esta nostalgia en el sueño de la «edad de oro» que sería
situada en los albores de la existencia humana sobre la tierra, sueño que describen los autores clásicos chinos, y los
griegos y latinos. Virgilio dice claramente que en la época de esta edad de oro las cosechas eran compartidas en
común, lo que quiere decir que la propiedad privada no existía.
Numerosos filósofos y sabios célebres han considerado que la división de la sociedad en clases representa
la fuente de la enfermedad social, y han elaborado proyectos para suprimirla.
He aquí cómo el filósofo griego Platón caracteriza el origen de las desgracias que se abaten sobre la
sociedad: «Incluso la ciudad más pequeña está dividida en dos partes, una ciudad de los pobres y una ciudad de los
ricos que se oponen (como) en estado de guerra.»
Las sectas judías que pululan al comienzo de nuestra era, y los primeros Padres de la Iglesia que han
continuado la tradición en los siglos III y IV de nuestra era, son así mismo feroces partidarios de un retorno a la
comunidad de bienes.
San Bernabé escribe: «No hablarás nunca de tu propiedad, pues si tú gozas en común de tus bienes
espirituales, aún será más necesario gozar en común de tus bienes materiales.» San Cipriano ha pronunciado
numerosos alegatos en favor del reparto igualitario de los bienes entre todos los hombres. San Juan Crisostomo es
el primero que exclama: «la propiedad es un robo». Incluso San Agustín ha comenzado por denunciar el origen de
todas las luchas y de todas las violencias sociales en la propiedad privada, para modificar más tarde su punto de
vista.
Esta tradición se continuará en la Edad Media, en especial por San Francisco de Asís y los precursores de
la Reforma: los Albigenses y los Cataros, Wycleff, etcétera. He aquí lo que dijo el precursor inglés John Ball,
alumno de Wycleff, en el siglo XVI: «Hace falta abolir la servidumbre y hacer a todos los hombres iguales. Los que
se llaman nuestros dueños consumen lo que producimos... Deben su lujo a nuestro trabajo.»
Finalmente, en la época moderna, vemos cómo estos proyectos de sociedad igualitaria se van haciendo
cada vez más precisos, claramente en La Utopia, de Tomás Moro (inglés); en La ciudad del sol, de Campanella
(italiano); en la obra de Vaurasse d'AHais (siglo XVII): en el Testamento de Jean Meslier, y en El código de la naturaleza,
de Morelly (siglo XVIII) ( francés).
Al lado de esta rebelión del espíritu contra la desigualdad social, ha habido innumerables rebeliones
materiales, es decir, insurrecciones de las clases oprimidas contra sus opresores. La historia de todas las sociedades
de clases es la historia de las luchas de clases que las desgarran.

6. Las luchas de clases a través de la historia
Estas luchas entre la clase explotadora y la clase explotada o entre diferentes clases explotadoras toman las
formas más variadas según la sociedad que se examine y la etapa precisa de su evolución.
Así en las sociedades llamadas «de modo de producción asiático» (Imperio del Oriente clásico) ha habido
un gran número de rebeliones.
En China, innumerables sublevaciones de campesinos jalonan la historia de las sucesivas dinastías que
reinaron en el Imperio. El Japón también ha conocido un gran número de insurrecciones campesinas, sobre todo
en el siglo XVIII.
En la antigüedad griega y romana hay una sucesión ininterrumpida de rebeliones de esclavos —de las que

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la mas conocida es la de Espartaco— que contribuyeron eficazmente a la caída del Imperio Romano. Entre los
«ciudadanos libres» propiamente dichos, hubo una lucha violenta entre una clase de campesinos endeudados y de
comerciantes-usureros, entre los desposeídos y los poseedores.
En la Edad Media, bajo el régimen feudal, las luchas de clase han enfrentado señores feudales a comunas
libres basadas en una pequeña producción comercial, a artesanos y comerciantes en el seno de estas comunas, y a
algunos artesanos urbanos y campesinos de los alrededores de las ciudades. Hubo, sobre todo, luchas de clase
feroces entre la nobleza feudal y el campesinado que trataba de sacudirse el yugo feudal, luchas que tomaron
formas resueltamente revolucionarias con las Jacqueries en Francia, la guerra de Wat Tyler en Inglaterra, la guerra
de los Musitas en Bohemia y la guerra de los campesinos en la Alemania del siglo XVI.
Los tiempos modernos están marcados por las luchas de clase entre la nobleza y la burguesía, entre
los maestros artesanos y los aprendices, entre los ricos banqueros y comerciantes, por una parte, y los «brazos
desnudos» de las ciudades por la otra, etc... Estas luchas anuncian ya las revoluciones burguesas, el moderno
capitalismo, y la lucha de clase del proletariado contra la burguesía.

Bibliografía:
K, Marx y F. Engels: El manifiesto comunista.
F. Engels: Anti-Dühring (2.a y 3. a parte).
Max Beer: Historia del socialismo.
K. Kautsky: Los orígenes del cristianismo.
Morton: La utopia inglesa.

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Las fuentes económicas
de la desigualdad social
1. Las comunidades primitivas basadas en la pobreza
Durante la mayor parte de su existencia prehistórica, el hombre vivió en condiciones de extrema pobreza.
Sólo podía procurarse los alimentos necesarios para su subsistencia por medio de la caza, la pesca y la recogida de
frutos.
La humanidad vivió parasitando de la naturaleza, puesto que no aumentó los recursos naturales que
constituían la base de su subsistencia. No tenía ningún control sobre dichos recursos.
Las comunidades primitivas se organizaron para poder garantizar la supervivencia de toda la colectividad
en dichas condiciones de vida extremadamente difíciles. Cada miembro de la comunidad participó
obligatoriamente en el trabajo, y el trabajo de cada individuo era necesario para que la comunidad siguiera
viviendo. La producción de víveres apenas bastaba para alimentar a la colectividad. Los privilegios materiales
hubieran condenado al hambre a una parte de la tribu, privándola de la posibilidad de trabajar racionalmente, y con
ello hubieran empeorado las condiciones de supervivencia colectiva. Esta es la razón de por qué la organización
social de esta época del desarrollo de las sociedades humanas tiende a mantener un máximo igualdad en el seno de
las comunidades humanas.
Después de examinar las instituciones sociales de 425 tribus primitivas, los antropólogos ingleses
Hobhouse, Wheeler y Ginsberg han constatado una total ausencia de clases sociales en todas las tribus que
desconocen la agricultura.

2. La revolución neolítica
Esta situación de pobreza fundamental sólo pudo ser convenientemente modificada con la aparición de
las técnicas de cultivo de la tierra y de cría de animales. La técnica de cultivo de la tierra —la mayor revolución
económica en toda la existencia de la humanidad— se debió a las mujeres, al igual que una serie de
descubrimientos importantes de la prehistoria (en especial la técnica de la alfarería y del tejido).
Se implantó a partir, más o menos, del año 15.000 antes de J.C. en distintos lugares del planeta,
empezando probablemente en Asia Menor, Mesopotamia, Irán y Turkestán, y extendiéndose progresivamente
hasta Egipto, India, China, el norte de África y Europa mediterránea. Es conocida con el nombre de revolución
neolítica porque tuvo lugar en una época de la Edad de Piedra en la que los principales instrumentos de trabajo del
hombre se fabricaban en piedra pulimentada (la última época de la edad de piedra).
La revolución neolítica permitió al hombre producir sus víveres y controlar —más o menos— por sí
mismo su propia, subsistencia. Atenuó la dependencia con respecto a las fuerzas de la naturaleza en la que se
encontraba el hombre primitivo. Permitió la formación de reservas de víveres, lo que a su vez hizo posible liberar a
algunos miembros de la comunidad de la necesidad de producir su alimento. Pudo por tanto desarrollarse una cierta
división económica del trabajo, una especialízación de los oficios, que incrementó la productividad del trabajo humano.
Este tipo de especialización sólo la podemos encontrar en esbozo en la sociedad primitiva, ya que como dijo uno
de los primeros descubridores españoles respecto a los indios del siglo XVI: «(los primitivos) quieren utilizar todo
su tiempo reuniendo víveres, puesto que si lo utilizaran de otro modo, se verían atenazados por el hambre».

3. Producto necesario y sobreproducto social
La aparición de un amplio excedente permanente de víveres transtorna las condiciones de organización
social. Mientras este excedente es relativamente. pequeño y muy esparcido de aldea en aldea, no llega a modificar la

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estructura igualitaria de la comunidad aldeana. Sólo le permite alimentar unos cuantos artesanos y funcionarios,
como los de las aldeas hindúes, que han venido siendo mantenidos durante miles de años.
Pero cuando los jefes militares o religiosos concentran estos excedentes en grandes espacios, o cuando
son muy abundantes en las aldeas debido al perfeccionamiento de los métodos de cultivo, pueden crear las
condiciones necesarias para la aparición de la desigualdad social. Pueden utilizarse entonces para alimentar a los
prisioneros de guerra o a los cautivos de una expedición de piratería (que anteriormente hubieran sido asesinados,
debido a la falta de subsistencia). Se les puede obligar a trabajar para los vencedores a cambio de su alimento: con
ello aparece la esclavitud en el mundo griego.
También puede utilizarse este mismo excedente para alimentar a toda una cohorte de sacerdotes,
soldados, funcionarios, señores y reyes: con ello aparecen las clases dominantes en los Imperios del antiguo
Oriente (Egipto, Babilonia, Irán, India, China).
A partir de este momento la división social del trabajo viene a completar la división económica del trabajo.
La producción social deja de servir, en conjunto, para subvenir a las necesidades de los productores. A partir de
ahora se reparte del siguiente modo:
—el producto necesario, es decir, la subsistencia de los productores, sin el trabajo de los cuales se hundiría
toda la sociedad;
—el sobreproducto social, es decir, el excedente producido por los productores y acaparado por las clases
poseedoras.
El historiador Heichelheim describe la aparición de las primeras ciudades en el mundo antiguo del
siguiente modo:
«La población de los nuevos centros urbanos se compone... en su mayor parte de una capa superior
que vive de rentas (es decir, apropiándose del sobreproducto del trabajo agrícola. E. M.) compuesta por
señores, nobles y sacerdotes. Deben añadirse además los funcionarios, empleados y servidores, alimentados
indirectamente por esta capa superior».
La aparición de las clases sociales —clases productoras y clases dominantes— provoca el nacimiento del
Estado, que es la principal institución tendente a mantener las condiciones sociales dadas, es decir, la desigualdad
social. La división de la sociedad en clases se consolida con la apropiación de los medios de producción por las
clases poseedoras.

4. Producción y acumulación
La formación de las clases sociales, la apropiación del sobreproducto social por una parte de la sociedad,
se deriva de una lucha social y sólo puede mantenerse gracias a una lucha social constante.
Pero este fenómeno representa al mismo tiempo una etapa —inevitable— del progreso económico,
debido al hecho de que permite la separación de dos funciones económicas fundamentales: la función de
producción y la función de acumulación.
En la sociedad primitiva, el conjunto de los hombres y mujeres útiles están ocupados principalmente de la
producción de víveres. En estas condiciones, les quedaba muy poco tiempo para dedicarse a la fabricación y
almacenamiento de instrumentos de trabajo, a la especialización de esta fabricación, a la búsqueda sistemática de
otros instrumentos de trabajo, al aprendizaje de técnicas complicadas de trabajo (como por ejemplo el trabajo
metalúrgico), a la sistemática observación de los fenómenos de la naturaleza.etc..
La producción de un sobreproducto social permite otorgar suficientes ocios a una parte de la humanidad
para que pueda consagrarse a todas estas actividades que posibilitan el incremento de la productividad del trabajo.
Estos ocios se encuentran también en la base de la civilización, del desarrollo de las primeras técnicas
científicas (astronomía, geometría, hidrografía, mineralogía, etc...) y también de la escritura.
La separación del trabajo intelectual y del trabajo manual debida a estos ocios acompaña la división de la

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sociedad en clases.
La división de la sociedad en clases representa, por tanto, una condición de progreso histórico mientras la
sociedad es demasiado pobre como para poder permítir a todos sus miembros dedicarse al trabajo intelectual (a las
funciones de acumulación). Pero el precio pagado por este progreso es excesivo. Hasta las vísperas del capitalismo
moderno, únicamente las clases poseedoras se aprovechan de los beneficios derivados del incremento de la
productividad del trabajo. A. pesar de los progresos de la técnica y de la ciencia durante los 4.000 años que separan
los inicios de la civilización antigua del siglo XVI, la situación de un campesino indio, chino, egipcio, o incluso
griego o eslavo, no ha sufrido cambios ostensibles.

5. La causa del fracaso de todas las revoluciones igualitarias en el pasado
Cuando el excedente producido por la sociedad humana, es decir, cuando el sobreproducto social no basta
para liberar a toda la humanidad de un diario y penoso trabajo, toda revolución social que intente reestablecer la
igualdad primitiva entre los hombres está condenada al fracaso desde el primer momento. Sólo puede encontrar
dos salidas a la antigua desigualdad social:
a) O bien destruir deliberadamente todo sobreproducto social, y volver a la pobreza primitiva extrema,
con lo que la reaparición del progreso técnico provocará rápidamente las mismas desigualdades sociales que se han
querido suprimir.
b) O bien desposeer a la antigua clase poseedora en beneficio de una nueva clase poseedora.
Esto fue lo que sucedió con la insurrección de los esclavos romanos dirigidos por Espartaco, las primeras
sectas cristianas y los monasterios, las distintas insurrecciones campesinas que se sucedieron en el Imperio chino,
la revolución de los taboritas en Bohemia en el siglo XV, las colonias comunistas establecidas por inmigrantes en
América, etc.
Sin que pretendamos decir que la revolución rusa ha llegado a la misma situación, la reaparición de una
acentuada desigualdad social en la URSS en la actualidad, sólo puede explicarse fundamentalmente por la pobreza
de la Rusia de los zares, por la insuficiencia del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, por el aislamiento de
la revolución en un pais atrasado, seguido del fracaso de la revolución en Europa central durante el período 19181923.
Una sociedad igualitaria basada en la abundancia y no en la pobreza —ése es el objetivo del socialismo—
sólo puede desarrollarse a partir de una economía avanzada, en la cual el sobreproducto social es tan elevado que
permite que todos los productores se liberen de un trabajo embrutecedor y que conceda suficientes ocios a toda la
comunidad para que ésta pueda realizar colectivamente las funciones dirigentes en la vida económica y social
(función de acumulación).
¿Por qué han sido necesarios 15.000 años de sobreproducto social antes de que la economía humana
pueda tomar el impulso necesario para dejar entrever una solución socialista a la desigualdad social? En la medida
en que las clases poseedoras se apropian del sobreproducto social bajo la forma de productos (de valores de uso),
su propio consumo (consumo improductivo) viene a ser el límite de crecimiento de la producción que desean
realizar.
Los templos y los reyes del antiguo Oriente; los amos de esclavos de la antigüedad greco-romana; los
señores nobles y los mercaderes chinos, indios, japoneses, bizantinos, árabes; los nobles feudales de la. Edad
Media, no tenían ningún interés en incrementar la producción porque ya habían reunido en sus castillos y palacios
suficientes víveres, vestidos lujosos, objetos de arte. Existe un límite para el consumo y el lujo que es imposible
transgredir (un ejemplo cómico de ello: en la sociedad feudal de las islas Hawai, el sobreproducto social toma la
forma de alimento, y en consecuencia, el prestigio social depende... del peso de cada persona).
Sólo cuando el sobreproducto social toma la forma de dinero —de plusvalía— y puede servir tanto para la
adquisición de bienes de consumo como para la de bienes de equipo (de producción), la nueva dase dominante —
la burguesía— empieza a sentir interés por un ilimitado incremento de la producción. Con ello se crean las
condiciones sociales necesarias para que puedan aplicarse a la producción todos los descubrimientos científicos, es
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decir, las condiciones necesarias para la aparición del capitalismo industrial moderno.

6. La opresión de la mujer, primera forma generalizada de desigualdad social
Entre la sociedad del comunismo primitivo de la horda y del clan, y las primeras formas de sociedad
fundadas en la dominación de una clase sobre otra (por ejemplo, la sociedad esclavista), se inserta una época de
transición en cuyo transcurso aún no se ha desarrollado plenamente una clase dominante propietaria, pero en la
que la. desigualdad social emergente está ya institucionalizada. Conocemos la existencia de este tipo de sociedad no
sólo por numerosos vestigios y descripciones del pasado, que subsisten especialmente en lo mitos, leyendas y
religiones llamados «primitivos», sino también por la sociedad de linaje que, en algunas zonas rurales de África
negra, aún existen hoy, aunque sea de una manera cada vez más deformada a raíz de su simbiosis con la sociedad
de clase que predomina en todos los países donde aquélla sobrevive.
La primera forma institucionalizada de desigualdad y opresión sociales es la opresión de la mujer por el
hombre en las sociedades primitivas que han alcanzado esta etapa de su desarrollo.
La opresión de la mujer no existió siempre. No es el resultado de una fatalidad biológica que pesaría sobre
el sexo femenino. Por el contrario, hay abundantes antecedentes en la Prehistoria y en la sociedad de comunismo
de clan, que confirman que ella estuvo largo tiempo signada por la igualdad de los sexos. Aunque nos faltan datos
para poder generalizar este fenómeno a todo el conjunto de la humanidad primitiva, está de todas formas
demostrado que, al menos en una serie de esas sociedades, las mujeres jugaron inclusive un papel socialmente
dominante. Basta recordar el fenómeno ampliamente conocido de la «diosa Fertilidad», dueña del cielo, en los
albores de la agricultura, inventada por las mujeres, para deducir que la sustitución no menos generalizada de esa
diosa por un dios (luego por un dios monoteísta) no puede ser accidental. La revolución en el cielo refleja una
revolución que se había producido en la tierra. La transformación de las ideas religiosas es el resultado de una
transformación de las condiciones sociales, de las relaciones recíprocas entre hombres y mujeres.
A primera vista puede parecer paradójico que mientras se afirma el papel económico predominante de la
mujer, gracias a su función esencial en los trabajos del campo (revolución neolítica), comienza, poco a poco, la era
de su sujeción social. Pero aquí no hay ninguna contradicción verdadera.
En la medida en que la agricultura primitiva cobra impulso, la mujer se convierte doblemente en la
principal fuente de riqueza de la tribu: como principal productora de víveres y como procreadora, ya que sólo a
partir de una base más o menos segura de aprovisionamiento de víveres, el crecimiento demográfico no es más
tenido como amenaza, sino como beneficio potencial. A raíz de este mismo hecho la mujer se vuelve objeto de
codicia económica, lo que era imposible en la época de la caza y la recolección de frutos.
Para que pudiese realizarse esta sujeción debieron operarse una serie concomitante de transformaciones
sociales. La mujer debió ser «desarmada», es decir, que el oficio de las armas debió volverse monopolio masculino.
Las numerosas leyendas sobre las amazonas, que sobreviven en todos los continentes atestiguan claramente que
esto no ha sido siempre así. La situación de la mujer también debió ser transformada a causa de las modificaciones
radicales de las reglas del matrimonio y de la socialización de los hijos, tendentes a asegurar la preponderancia del
patriarcado.
Con el desarrollo y la posterior consolidación de la propiedad privada, la familia patriarcal toma
progresivamente la forma definitiva que ha conservado, a pesar de modificaciones sucesivas, a través de buena
parte de la historia de las sociedades de clase. Ella se convierte en una de las instituciones principales e
irreemplazables que garantizará la perennidad de la propiedad privada, a través de la herencia, y la opresión social
bajo todas sus formas (comprendidas también las estructuras mentales que eternizan la a aceptación de la
autoridad «venida de arriba» y de la obediencia ciega. Se transforma en caldo de cultivo de innumerables
discriminaciones en perjuicio de la mujer, en todas las esferas de la vida social. Las justificaciones ideológicas y los
prejuicios hipócritas que sostienen esas discriminaciones, forman parte integrante de la ideología dominante de
prácticamente todas las clases pudientes que, hasta ahora, se han sucedido en la historia. Con esto, ellas han
impregnado también, al menos parcialmente, la mentalidad de las clases explotadas incluida la del proletariado
moderno del régimen capitalista, aun inmediatamente después de su derrocamiento.

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Bibliografía:
Marx y Engels: El manifiesto comunista.
Engels: Anti-Dühring (2.a y 3.a parte).
Cordon Childe: Qué sucedió en la Historia.
— El hombre se hizo a sí mismo.
Glotz: El trabajo en la antigua Grecia.
Boisonnade: El trabajo en la Edad Media.
E. Mandel: Tratado de economía marxista (los cuatro primeros capítulos).

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El Estado: instrumento
de dominación de clase
1. La división social del trabajo y el nacimiento del Estado
En la sociedad sin clases primitiva, las funciones administrativas eran realizadas por la masa de los
ciudadanos. Todos llevaban armas. Todos participaban en las asambleas que tomaban las decisiones concernientes
a la vida colectiva y las relaciones de la comunidad con el mundo exterior. Igualmente los conflictos internos eran
resueltos por todos los miembros de la colectividad.
Evidentemente, no existe ninguna razón para que idealicemos la situación existente en el seno de las
comunidades primitivas que vivían bajo el régimen del comunismo del clan o de la tribu. La sociedad era
extremadamente pobre. El hombre vivía bajo el yugo de las fuerzas de la naturaleza. Los hábitos, las costumbres,
las reglas de arbitraje de los conflictos internos y externos, a pesar de que fueran aplicados colectivamente, estaban
impregnados de ignorancia, de miedo, de creencias mágicas. Lo que por el contrario cabe destacar es que la
sociedad se gobernaba a sí misma, dentro de los límites de sus conocimientos y posibilidades.
Por tanto, no es cierto que las nociones de «sociedad», «colectividad humana» y «Estado» sean
prácticamente idénticas y que se solapen mutuamente a través de las épocas. Todo lo contrario, la humanidad vivió
durante miles de años en colectividades que no llegaron a conocer nunca la existencia del Estado.
El Estado aparece cuando las funciones que primeramente eran realizadas por todos los miembros de la
colectividad se convierten en patrimonio de un grupo de hombres aislados:
— un ejército distinto de la masa de ciudadanos armados;
— jueces distintos de la masa de ciudadanos que juzgan a sus semejantes;
— jefes hereditarios, reyes, nobles, en lugar de representantes o dirigentes de tal o cual actividad,
designados temporalmente y siempre revocables;
— «productores de ideologías» (sacerdotes, funcionarios, enseñantes, filósofos, escribas, mandarines)
separados del resto de la colectividad.
Por tanto, el nacimiento del Estado es producto de una doble transformación: la aparición de un
sobreproducto social permanente, que permite liberar a una parte de la sociedad de la obligación de efectuar un
trabajo para asegurar su subsistencia, la cual crea con ello las condiciones materiales para su especialización en
funciones de acumulación y administración; una transformación social y política que permite excluir a los demás
miembros de la colectividad del ejercicio de las funciones políticas, que eran anteriormente patrimonio de todos.

2. El Estado al servicio de las clases dominantes
El hecho de que funciones que antes realizaban todos los miembros de una colectividad se conviertan, a
partir de un determinado momento, en patrimonio de un grupo de hombres aislado, indica por sí mismo —que
existen personas que tienen interés en que se produzca esta exclusión. Son las clases dominantes que se organizan
para excluir a los miembros de las clases explotadas y productoras del ejercicio de funciones que les permitirían
abolir la explotación que se le ha impuesto.
El ejemplo del ejército y del armamento es la prueba más convincente. El nacimiento de las clases
dominantes se produce a través de la apropiación del sobreproducto social por una parte de la sociedad. En
muchas tribus y aldeas africanas se ha asistido, en el curso de los últimos siglos, a la reproducción de la evolución
que se encuentra en el origen del nacimiento del Estado en los Imperios más antiguos de Oriente (Egipto,

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Mesopotamia, Irán, China, India, etc.): dones, regalos, servicios en forma de ayuda, que antes se concedían
benévolamente a todas las familias, se van convirtiendo progresivamente en algo obligatorio, se transforman en
rentas, impuestos o trabajos obligatorios.
Pero todavía queda por asegurar este obligatorio aprovisionamiento, lo cual se consigue primordial-mente
gracias a la coacción de las armas. Grupos de hombres armados —poco importa que se llamen soldados,
gendarmes, piratas o bandidos— obligan a los cultivadores o a los granjeros, después a los artesanos y a los
comerciantes, a abandonar una parte de su producción en beneficio de las clases dominantes. A este fin, van
armados y deben impedir que los productores puedan igualmente armarse.
En la antigüedad greco-romana, estaba estrictamente prohibido a los esclavos poseer armas. Lo mismo
puede decirse con respecto a los siervos de la Edad Media. Los primeros esclavos, los primeros campesinos son a
menudo o bien prisioneros de guerra a los que no se les ha privado de la vida o bien campesinos de países
conquistados, es decir, víctimas de un proceso de desarme de unos que implica el monopolio de las armas para
otros.

3. Coacción violenta e integración ideológica
Si el Estado, en último análisis, es un grupo de hombres armados, y si el poder de una clase dominante
está basado en último extremo en la coacción violenta, no puede limitarse exclusivamente, a pesar de todo, a esta
coacción. Napoleón Bonaparte dijo que se podía conseguir todo con las bayonetas, excepto sentarse sobre ellas.
Una sociedad de clase que sólo subsistiera mediante la violencia armada estaría siempre en estado de guerra civil,
es decir, en estado de crisis extrema.
Por tanto, para consolidar la dominación de una clase sobre otra, es absolutamente indispensable que los
productores, los miembros de la clase explotada, sean manipulados para que acepten como inevitable, permanente
y justo el hecho de que una minoría se apropie del excedente social. Este es el motivo por el cual el Estado no sólo
cumple una función represiva sino también una función de integración ideológica. Los «productores de ideologías»
son los encargados de asegurar esta función.
Lo característico de la humanidad es que sólo puede asegurar su subsistencia mediante el trabajo social,
que implica vínculos, relaciones sociales, entré los hoínbres.
Estos indispensables vínculos implican la necesidad de comunicación, de un lenguaje entre los hombres,
que permite a su vez desarrollar la consciencia, la reflexión, la «producción de ideas» (de conceptos). Todas las
acciones importantes de la vida humana van acompañadas de reflexiones sobre estas acciones en la cabeza de los
hombres.
Pero estas reflexiones no se producen de forma totalmente espontánea. Un individuo común y corriente
no puede inventar normalmente ideas nuevas. La mayoría de los individuos reflexionan con la ayuda de ideas
aprendidas en la escuela o en la Iglesia, y en nuestra época además con la ayuda de ideas sacadas de la televisión o
de la radio, de la publicidad o de los periódicos. Por tanto, la producción de ideas y de los sistemas de ideas —lo
que se llama ideologías— es muy limitada. También podemos ver que es patrimonio de una pequeña minoría de la
sociedad.
En cada sociedad de clase, la ideología dominante es la ideología de la clase dominante. Ello se debe en
primer lugar a que los productores de ideologías se encuentran en situación de dependencia material con respecto
a los propietarios del sobreproducto social.
En la alta Edad Media, poetas, pintores, filósofos, son mantenidos por los señores y por la Iglesia (gran
propietaria de haciendas junto con la nobleza). Cuando cambia la situación social y económica, los mercaderes y
banqueros ricos se nos muestran igualmente comanditarios de obras literarias, filosóficas o artísticas. La
dependencia material no es por ello menos acentuada. Hay que esperar la llegada del capitalismo para que
aparezcan productores de ideologías que ya no trabajen directamente bajo la dependencia de la dase dominante,
sino para un «mercado anónimo».
De todos modos, la función de la ideología dominante es incontestablemente una función estabilizadora
de la sociedad tal como está, es decir, con la dominación de clase. El derecho protege y justifica la forma

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predominante de la propiedad. La familia juega el mismo papel. La religión enseña a los explotados a aceptar su
destino. Las ideas políticas y morales predominantes intentan justificar el reino de la clase dominante con ayuda de
sofismas o de medias verdades (cfr. la tesis de Goethe, formulada durante y contra la revolución francesa, según la
cual el desorden provocado por la lucha contra la injusticia sería peor que la propia injusticia. Moraleja: ¡no
cambiéis el orden establecido!).

4. Ideología dominante e ideologías revolucionarias
Pero aunque la ideología dominante de cada época es la ideología de la clase dominante, esto no quiere
decir que las únicas ideas que existan en una sociedad de clase sean las de la clase dominante. En general —y
.simplificando— cada sociedad de clase presenta por lo menos tres grandes categorías de ideas que la recorren:
— las ideas que reflejan los intereses de la clase dominante de la época y que son dominantes;
— las ideas de las antiguas clases dominantes, que ya han sido vencidas y alejadas del poder, pero que
continúan ejerciendo su influencia sobre los hombres. Este hecho se debe a la fuerza de inercia de la
consciencia, que siempre está más atrás que la realidad material. La transmisión y difusión de las ideas es en parte autónoma
de lo que suceda en la esfera de la producción material. Por tanto, pueden seguir estando influidas por fuerzas
sociales que ya han dejado de ser las hegemónicas.
— las ideas de una nueva clase revolucionaria ascendente, que todavía está dominada, pero que ya ha
entablado el combate para su emancipación, y que debe librarse por lo menos en parte de las ideas de sus
opresores antes de poder derrocar la opresión en los hechos.
El ejemplo del siglo XIX en Francia es el más típico a este respecto. La clase dominante es, en aquel
momento, la burguesía. Tiene sus propios pensadores, juristas, ideólogos, filósofos, moralistas y escritores, desde
el principio hasta el final del siglo. La nobleza semifeudal ha sido derrocada como clase dominante con la gran
revolución francesa. A pesar de la restauración de los Borbones en 1815 ya no volverá al poder. Pero su ideología,
y en especial el clericalismo ultramontano, continuará ejerciendo una profunda influencia durante decenios, no
sólo entre lo que resta de la nobleza, sino también en algunos sectores de la burguesía, en algunas capas de la
pequeña burguesía (campesinos) e incluso entre la clase obrera.
Al lado de la ideología burguesa y de la ideología semifeudal se desarrolla ya, a pesar de todo, la ideología
proletaria, en primer lugar la de los babocevistas, la de los blanquistas, y más tarde la de los colectivistas que
desembocarán en el marxismo y en la Comuna de París.

5. Revoluciones sociales, revoluciones políticas
Cuanto más estable es una sociedad de clase, menos se pone en tela de juicio la hegemonía de la clase
dominante, y más se reabsorbe la lucha de clases en conflictos limitados que no cuestionan la estructura de dicha
sociedad, es decir, lo que los marxistas llaman las relaciones de producción o el modo de producción. Por el
contrario, cuanto más insegura se muestra la estabilidad económica y social de un determinado modo de
producción, más contestada será la hegemonía de la clase dominante y más se desarrollará la lucha de clases, hasta
el punto de plantear la cuestión del derrocamiento de esta dominación, la cuestión de la revolución social.
La revolución social estalla cuando las clases explotadas y dominadas dejan de considerar como algo
inevitable, permanente y justo su explotación, cuando no se dejan intimidar ni reprimir por la violenta coacción de
los gobernantes, cuando dejan de aceptar la ideología que justifica su reinado, cuando reúnen las suficientes fuerzas
materiales y morales para el derrocamiento de la clase dominante.
Una vez dadas dichas condiciones, se producen las transformaciones económicas profundas. La anterior
organización social, el modo de producción establecido que permitió durante un cierto período de tiempo
desarrollar las fuerzas productivas, la riqueza material de la sociedad, se había convertido en un freno para su
ulterior desarrollo. La expansión de la producción choca con su organización social, con las relaciones sociales de
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producción; ésta es la fuente última de todas las revoluciones sociales de la historia.
La revolución social substituye el reino de una clase por el de otra clase. Presupone la eliminación del
poder de Estado de la antigua clase dominante. Toda revolución social va por tanto acompañada de una
revolución política. Las revoluciones burguesas se caracterizan, en términos generales, por la eliminación de la
monarquía absoluta y su reemplazo por el poder político concedido a las Asambleas elegidas por la burguesía. Los
Staten-Generaal suprimen el poder de Felipe II de España en la revolución de los Países Bajos. El Parlamento inglés
destruye el absolutismo de Carlos I en la revolución inglesa de 1649. El Congreso americano rompe con la
dominación del rey Jorge III sobre las trece colonias. Las distintas asambleas de la Revolución francesa de 1789
destruyen la monarquía borbónica.
Pero aunque toda revolución social sea al mismo tiempo una revolución política, toda revolución política
no es necesariamente una revolución social. Una revolución que sólo sea política implica el cambio por vía
revolucionaria de una forma de dominación, de una forma de Estado de una clase por otra forma de Estado de la misma clase.
Por ejemplo, las revoluciones francesas de 1830, 1848, y de 1870 eran revoluciones políticas que
instauraron sucesivamente la monarquía de julio, la II República, el Segundo Imperio y la III República, todas
formas políticas distintas del gobierno de una misma y única clase social: la burguesía. En general, las revoluciones
políticas transforman la forma de estado de una misma clase social en función de los intereses predominantes de
las distintas capas y fracciones de esta misma clase que se van sucediendo en el poder. Pero el modo de
producción fundamental no cambia en absoluto con todas estas revoluciones.

6. Particularidades del Estado burgués
La burguesía moderna no ha creado su máquina de Estado a partir de cero. Se ha contentado, a grandes
rasgos, con tomar el aparato de Estado de la monarquía absoluta después de remoldearlo para hacer de él un
instrumento que sirviera a sus intereses de clase.
El Estado burgués se distingue por el hecho de que al lado de su función represiva y de su función
ideológica (integradora), cumple una función indispensable para la buena marcha de la economía capitalista: la de
asegurar las condiciones generales de la producción capitalista. En efecto, la producción capitalista es una producción
fundada en la propiedad privada y la competencia. Este hecho impide que el interés colectivo de la burguesía en
tanto que clase pueda identificarse con el interés de un capitalista, aunque sea el más rico. El Estado adquiere una
cierta autonomía para poder representar estos intereses colectivos; es el «capitalista colectivo ideal» (F. Engels).
Para que la economía capitalista pueda funcionar de manera normal, y no digamos ideal, hace falta que
existan condiciones de derecho y de seguridad estables e iguales para todos los capitalistas. Es necesario al menos
un mercado nacional unificado, un sistema monetario basado en una moneda única y sobre un número
relativamente reducido de monedas nacionales. Todas estas condiciones no pueden resultar espontáneamente de la
producción privada o de la competencia capitalista. Son creadas por el Estado burgués.
Cuando la burguesía es económicamente próspera, socialmente ascendente y politicamente segura de su
dominación, tiende a reducir las funciones económicas del Estado al mínimo que acabamos de enunciar. Al
contrario, en condiciones de debilidad y de declive del reinado burgués, busca extender sus funciones a fin de
garantizar el beneficio privado.

Bibliografía:
K. Marx-F. Engels: El manifiesto comunista.
F. Engels: Los orígenes de la familia, la propiedad privada y el Estado.
Hermán Gorter: Het bistorisch materialisme.
Bujarin: La teoría del materialismo histórico.
Plejánov: Cuestiones fundamentales del marxismo.
K. Kautsky: Etica y concepción materialista de la historia.
A. Moret-G. Davy: Des clans aux Empires.
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De la pequeña producción mercantil
al modo de producción capitalista
1. Producción para la satisfacción de las necesidades y producción para el
cambio
En la sociedad primitiva primero, y después en el seno de la comunidad aldeana nacida de la revolución
neolítica, la producción estaba esencialmente basada en la satisfacción de las necesidades de las colectividades
productivas. El cambio era algo accidental. No intervenía nada más que sobre una pequeña parte de los bienes de
los que disponía la comunidad.
Una forma de producción semejante presupone una organización deliberada del trabajo. El trabajo en
estas sociedades es, pues, inmediatamente social. Decir organización deliberada del trabajo no quiere decir
necesariamente organización consciente (ni verdaderamente científica), ni organización minuciosa. Muchas cosas
pueden ser dejadas al azar, precisamente porque ninguna postura tendente al enriquecimiento privado preside la
actividad económica. Las costumbres, los hábitos ancestrales, los ritos, la religión, la magia pueden determinar la
alternancia y el ritmo de las actividades productivas. Pero estas están destinadas siempre y de un modo esencial a la
satisfacción de necesidades inmediatas de la colectividad, no al cambio o al enriquecimiento convertido en un fin
por sí mismo.
De una organización semejante de la vida económica se desgaja poco a poco una forma de organización
económica diametralmente opuesta. A partir de los progresos de la división del trabajo, de la aparición de un cierto
excedente, el potencial de trabajo de la colectividad es progresivamente dividido en unidades (grandes familias,
familias patriarcales) trabajando independientemente unas de otras. El carácter privado del trabajo y de la propiedad
privada de los productos del trabajo, o sea, de los medios de producción, se interponen entre los miembros de la
comunidad e impiden establecer relaciones económicas deliberadas entre ellos. Estas unidades o individuos no se
relacionan ya unos con otros, en la vida económica a través de una asociación directa. Unos con otros se
relacionan por intermedio del cambio de los productos de su trabajo.
La mercancía es un producto del trabajo social que está destinado a ser cambiado por su productor y no a
ser consumido por él o por la colectividad inmediata le la que forma parte. Presupone, pues, una situación social
esencialmente diferente de aquella en la que la masa de los productos está destinada al consumo inmediato de las
colectividades que la producen. Hay algunos casos transitorios (por ejemplo, las llamadas formas de subsistencia
en nuestra época, que venden un pequeño excedente en el mercado). Pero para comprender bien la diferencia
fundamental entre una situación social en la que se produce esencialmente para el consumo directo de los
productores, y la situación en la que se produce para el cambio, hace falta recordar la respuesta maliciosa del
socialista alemán Ferdinand Lassalle a un economista libera] de su época: «Sin duda el Sr. Dupont-Dupont,
empresario de pompas fúnebres, fabrica primero ataúdes para su propio uso y el de los miembros de su familia,
para no vender nada más que el excedente que le queda...»

2. La pequeña producción mercantil
La producción de mercancías apareció en primer lugar, hace 10 ó 12.000 años, en el Medio Oriente, en el
marco de una primera división del trabajo entre los artesanos profesionales y los campesinos, es decir, a
continuación de la aparición de Jas primeras ciudades.
Llamamos pequeña producción mercantil a aquella organización económica en la que prevalece la
producción para el cambio, y los productores que son dueños de sus condiciones de producción.
Aunque haya habido formas múltiples de pequeña producción mercantil, especialmente en la Antigüedad
y en el seno del modo de producción asiático, la pequeña producción mercantil conoció su principal desarrollo
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entre el siglo XIV y el XVI en Italia del norte central y en los Países Bajos del sur y del norte, viéndose la
desaparición de la servidumbre en estas regiones y en estas épocas; y de hecho los propietarios de las mercancías
que se encontraban en el mercado eran, a grandes rasgos, libres e iguales, más o menos, en derechos.
Es precisamente este carácter de libertad y de igualdad relativas de los propietarios de las mercancías, en el
seno de una sociedad fundada sobre la pequeña producción mercantil, lo que permite entender la función misma
del cambio: permite la continuidad de todas sus actividades productivas esenciales, a pesar de una división del
trabajo ya avanzada, y sin que estas actividades dependan de decisiones deliberadas de la colectividad o de sus
señores.
La organización del trabajo fundada en el reparto deliberado y previsto de antemano de la mano de obra
entre diferentes ramas de actividad esenciales para satisfacer las necesidades de la sociedad se sustituye ahora por
una división del trabajo más o menos «anárquica» y «libre», en la que aparentemente el azar gobierna este reparto
de recursos productivos vivos y muertos (instrumentos de trabajo). El cambio y su resultado se sustituyen ahora
por la planificación usual o consciente para repartir esos recursos. Pero debe hacerse de tal forma que la
continuidad de la vida económica esté asegurada (con, ciertamente, numerosos «accidentes de recorrido», crisis,
interrupciones de la reproducción) de tal modo que todas las actividades esenciales encuentren practicantes.

3. La ley del valor
Es la misma forma de realización del cambio lo que asegura sus resultados, al menos a medio plazo. Las
mercancías se cambian según las cantidades de trabajo necesarias para producirlas. Los productos de una jornada
de trabajo de un colono se cambian por los productos de una jornada de trabajo de un tejedor. Precisamente en el
alba de la pequeña producción mercantil, cuando la división del trabajo entre artesanos y campesinos no es nada
más que rudimentaria, cuando muchas de las actividades artesanales se practican aún en la granja, es evidente que
el cambio no puede fundarse nada más que sobre una equivalencia semejante. De otro modo, la actividad
económica menos recompensada sería rápidamente abandonada. Se produciría entonces una penuria en este
terreno. Esta penuria haría subir los precios y con ello la recompensa obtenida por estos productores
determinados. De esta forma las actividades productivas se redistribuirían entre los diferentes sectores de actividad
restableciendo la regla de equivalencia: por una misma cantidad de trabajo proporcionado, una misma cantidad de
valor recibido en el cambio.
Llamamos «ley del valor», la ley. que gobierna el cambio de mercancías y, por intermedio de ésta, el
reparto de la fuerza de trabajo, y de todos los recursos productivos, entre las diferentes ramas de actividad. Se trata
de una ley económica que se funda esencialmente en una forma de «organización del trabajo», en relaciones
establecidas entre los hombres diferentes de las que presiden la organización de una economía planificada según
las costumbres o las elecciones conscientes de. productores asociados.
La ley del valor asegura el reconocimiento social el trabajo convertido en trabajo privado. En este sentido,
la ley debe funcionar basándose en criterios objetivos, iguales para todos. Es, pues, inconcebible que un zapatero
holgazán, que tendría necesidad de dos días de trabajo para producir un par de zapatos, que un zapatero hábil
produciría en una jornada de trabajo, hubiera producido finalmente dos veces más valor que este último.
Semejante funcionamiento del mercado, que recompensa la pereza o la falta de cualificación llevaría a una sociedad
basada en la división del trabajo y el trabajo privado a la regresión rápida, a la debilidad. Por eso la equivalencia de
las jornadas de trabajo asegurada por la ley del valor es una equivalencia de trabajo según la media social de
productividad. Esta media, en una sociedad precapitalista, es generalmente estable y conocida por todos, puesto que
la técnica productiva en ella evoluciona muy lentamente, o nada. Decimos, pues, que el valor de las mercancías está
determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario para producirlas.

4. La aparición del capital
En la pequeña producción mercantil, el pequeño granjero y el pequeño artesano van al mercado con el
producto de su trabajo. Lo venden para comprar productos de los que tienen necesidad para su consumo
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inmediato y que no los producen. Su actividad en el mercado puede resumirse por la fórmula: vender para
comprar.
Muy rápidamente, la pequeña producción mercantil exige, sin embargo, la aparición de un medio de cambio
universalmente aceptado (también llamado «equivalente general»), para facilitar el cambio. Este medio de cambio por el
que se pueden cambiar indiferentemente todas las mercancías, es la moneda. Con la aparición de la moneda, otro
personaje social, otra clase social, aparece como consecuencia de un nuevo progreso en la división social del
trabajo: el propietario de dinero, distinto del propietario de mercancías y opuesto a él. Es el usurero o el negociante
especializado en comercio internacional.
El capital —pues es de lo que se trata, bajo su forma inicial y elemental de capital-dinero— es todo valor
que trata de apropiarse una plusvalía, que está lanzado a la búsqueda de una plusvalía. Esta definición marxista del
capital se opone a la definición usual en los manuales burgueses, según la cual el capital seria, simplemente, todo
instrumento de trabajo, o incluso, de un modo más vago, «todo bien duradero». Con esta definición, el primer
mono que hubiera golpeado un platanero con un palo para coger un plátano seria el primer capitalista...
Subrayémoslo una vez más: como todas las «categorías económicas», la categoría «capital» no puede
entenderse nada más que si se la comprende como fundada en una relación social entre los hombres: a saber una
relación tal que permita a un propietario de capital apropiarse de una plusvalía.

5. Del capital al capitalismo
La existencia del capital no se identifica con la existencia del modo de producción capitalista. Al contrario,
los capitales han existido y circulado desde hace miles de años y antes de la eclosión del modo de producción
capitalista en Europa occidental en los siglos XV y XVI.
El usurero y el mercader aparecen en un principio en el seno de sociedades precapitalistas, esclavistas,
feudales o fundadas en el modo de producción asiático, Operan especialmente fuera de la esfera de la producción.
Aseguran la introducción del dinero en una sociedad natural (en general, este dinero afluye del extranjero)
introduciendo productos de lujo venidos de lejos, asegurando un mínimo de crédito tanto a las clases poseedoras
desprovistas de fortunas mobiliarias, como a los reyes y emperadores.
Semejante capital es políticamente débil, y no está protegido contra las exacciones, la rapiña y la
confiscación. Esta es además su suerte habitual, y es por ello por lo que el capitalista protege celosamente su
tesoro, guardándose una parte y cuidándose bien de invertirlo totalmente para evitar confiscaciones: por ejemplo,
lo que les sucedió a los Templarios en el siglo XIV en Francia. Los banqueros italianos que financiaban las guerras
de los reyes de Inglaterra se vieron de hecho desposeídos ya que esos reyes no reembolsaban sus deudas.
Solamente cuando cambiaron las relaciones de fuerzas políticas hasta el punto en que esas confiscaciones
directas e indirectas fueron cada vez más difíciles, el capital pudo acumularse —crecer— de manera cada vez más
continua. A partir de aquel momento, se hace posible la penetración del capital en la esfera de la producción, y con
ella, el nacimiento del modo de producción capitalista, el nacimiento del capitalismo moderno.
Ahora, el detentador de capitales no es un simple usurero, banquero o mercader. Es propietario de medios
de producción, alquila brazos, organiza los medios de producción, es fabricante, manufacturero o industrial. La
plusvalía ya no se extrae de la esfera de la distribución. Se produce de un modo normal en el curso del proceso
productivo.

6. ¿Qué es la plusvalía?
En la sociedad precapitalisla, cuando los propietarios de capitales operan esencialmente en la esfera de la
circulación, no pueden apropiarse una plusvalía mas que explotando de manera parasitaria los rendimientos de
otras clases de la sociedad. El origen de esta plusvalía parasitaria quizá sea la parte del excedente agrícola (por
ejemplo, de la renta feudal) del que la nobleza o el clero son los propietarios iniciales, o una parte de las escasas
rentas de los artesanos y campesinos. Esta plusvalía es esencialmente fruto de la rapiña y del engaño. La piratería,
el pillaje, el comercio de esclavos, jugaron un papel esencial en la constitución de las fortunas iniciales de

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mercaderes árabes, italianos, franceses, flamencos, alemanes, ingleses, en la Edad Media. Más tarde, el hecho de
comprar mercancías por debajo de su valor en mercados lejanos, para después revenderlas por encima de su valor
en mercados mediterráneos o de Europa del oeste y de Europa central jugó un papel semejante.
Está claro que una plusvalía semejante no resulta nada más que de una actividad de transferencia. La
riqueza global de la sociedad, considerada en su conjunto, no se acrecienta apenas. Unos pierden lo que otros
ganan. En efecto, durante milenios, la riqueza mobiliaria de toda la Humanidad sólo aumentó un poco. Sucederá
de otro modo desde el advenimiento del modo de producción capitalista. Sólo a partir de este momento la
plusvalía no será simplemente retirada del proceso de circulación de mercancías. Ahora la plusvalía se producirá
con normalidad, y se acrecentará normalmente en amplitud, en el curso del mismo proceso productivo.
Hemos visto que en todas las sociedades de clase precapitalistas, los productores (esclavos, siervos,
campesinos) estaban obligados a repartir su semana de trabajo, o su producción anual, entre una parte que ellos
mismos consumían (producto necesario) y una parte de la que se apropiaba la clase dominante (sobre producto
social).En la fábrica capitalista se manifiesta el mismo fenómeno, si bien aparece velado por la apariencia de
relaciones mercantiles que parecen gobernar la «libre compra y venta» de la fuerza de trabajo entre capitalistas y
obreros.
Cuando el obrero comienza a trabajar en la fábrica, al comienzo de su jornada (o de su semana) de trabajo,
incorpora un valor a las materias primas que él manipula. Al cabo de un determinado número de horas (o de
jornadas) de trabajo, ha reproducido un valor que es exactamente el equivalente a su salario cotidiano (o semanal).
Si en ese momento dejara de trabajar, el capitalista no obtendría ni un céntimo de plusvalía. Pero, en estas
condiciones el capitalista no tendría ningún interés en comprar esa fuerza de trabajo. Como el usurero o el
mercader de la Edad Media, «compra para vender». Compra la fuerza de trabajo para obtener de ella un producto
más elevado a lo que ha pagado para comprarla. Este «suplemento», este «pico», es precisamente su plusvalía, su
beneficio. Está claro que si el obrero reproduce el equivalente de su salario en 4 horas de trabajo, trabajará no 4,
sino 7, 8ó9 horas. Durante estas 2, 3, 4 ó 5 horas «suplementarias» produce la plusvalía para el capitalista, a cambio
de la cual a él no le toca nada.
El origen de la plusvalía está, pues, en el trabajo excedente, en el trabajo gratuito apropiado por eh
capitalista. «Pero eso es un robo» se gritará. La respuesta debe ser «sí y no». Sí, desde el punto de vista del obrero;
no, desde el punto de vista del capitalista y de las leyes del mercado.
El capitalista, en efecto, no ha comprado en el mercado «el valor producido o a producir por el obrero».
No ha comprado su trabajo, es decir, el trabajo que el obrero va a efectuar (si hubiera hecho esto, habría cometido
un robo pura y simplemente; habría pagado 1.000 pesetas por lo que vale 2.000 pesetas). El capitalista ha
comprado la fuerza de trabajo del obrero. Esta fuerza de trabajo tiene un valor propio del mismo modo que toda
mercancía tiene su valor. El valor de la fuerza de trabajo está determinado por la cantidad de trabajo necesaria para
reproducirla, es decir, para la subsistencia (en el sentido amplio del término) del obrero y de su familia. La plusvalía
tiene su origen en el hecho de la diferencia que aparece entre el valor producido por el obrero y el valor de las
mercancías necesarias para asegurar su subsistencia. Esta diferencia se debe al crecimiento de la productividad del
trabajo del obrero. El capitalista puede apropiarse los beneficios del crecimiento de la productividad del trabajo
porque la fuerza de trabajo se ha convertido en una mercancía, porque el obrero ha sido puesto en una situación en la que no puede
producir su propia subsistencia.

7. Las condiciones de aparición del capitalismo moderno
El capitalismo moderno es el producto de tres transformaciones económicas y sociales:
a) La separación de los productores de sus medios de producción y de subsistencia. Esta separación se ha
efectuado claramente en la agricultura por la expulsión de los pequeños campesinos de las tierras señoriales
transformadas en praderas; en el artesanado por la destrucción de las corporaciones medievales; por el desarrollo
de la industria domiciliaria; por la apropiación privada de las reservas de tierras vírgenes, etc.
b) La formación de una clase social que monopoliza estos medios de producción, la burguesía moderna.
La aparición de esta clase supuso al principio una acumulación de capitales bajo forma de dinero, después una
transformación de los medios de producción que son tan caros que sólo los propietarios de capitales-dinero

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Considerables

pueden adquirirlos. La revolución industrial del siglo XVIII, por la que en lo sucesivo la producción
se basará en el maquinismo, realiza esta transformación de manera definitiva.
c) La transformación de la fuerza de trabajo en mercancía. Esta transformación resulta de la aparición de
una clase que no posee nada más que su fuerza de trabajo, y que, para poder subsistir, esta obligada a vender esta
fuerza de trabajo a los propietarios de los medios de producción.
«Gentes pobres y necesitadas, entre las que abundan los que tienen el peso y la carga de mujeres y
numerosos niños, y que no poseen nada más que lo que pueden ganar con el trabajo de sus manos»: he aquí una
descripción excelente del proletariado moderno, extraída de un memorial de finales del siglo XVI, realizado en
Leyde (en los Países Bajos).
Porque esta masa de proletarios no puede elegir sino es entre la venta de su fuerza de trabajo y el hambre
permanente, es por lo que está obligada a aceptar como precio de su fuerza de trabajo el precio dictado por las
condiciones capitalistas normales en el «mercado de trabajo», es decir, el mínimo vital socialmente reconocido. El
proletariado es la clase de los que están obligados por este apremio económico, a vender su fuerza de trabajo de un modo más o menos
continuo.

Bibliografía
K. Marx: Salarios, Precio y Ganancia.
Rosa Luxemburgo: Introducción a la Economía Política.
Ernest Mandel: Iniciación a la teoría económica marxista.
— Tratado de economía marxista.
Pierre Salama y Jacques Valier: Introducción a la Economía Política.

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La Economía capitalista
1. Las particularidades de la economía capitalista
La economía capitalista funciona según una serie de características que le son propias y entre las cuales
destacamos;
a) La producción es exclusivamente una producción de mercancías; producción destinada a ser vendida en el
mercado. Sin la venta efectiva de ls mercancias producidas, las firmas capitalistas y la clase burguesa en su
conjunto, no pueden realizar la plusvalía producida por el trabajador, y que está contenida en el valor de las
mercancias fabricadas
b) La producción se efectúa en condiciones de propiedad privada de los medios de producción. Esta propiedad no
es tan sólo una categoría jurídica sino más bien una categoría económica Esto significa que el poder de
disponer de fuerzas productivas (medios de producción y fuerzas de trabajo) no pertenece a la
colectividad, sino que está dividido entre diferentes firmas separadas, controladas por distintos grupos
capitalistas (propietarios individuales, familiares, sociedades anónimas o grupos financieros). Las
decisiones sobre inversiones, que condicionan en gran medida la coyuntura económica, se toman también
de un modo separado, sobre la base del interés privado e independientemente por cada unidad o grupo
capitalista.
c) La producción se realiza para un mercado anónimo. Se rige por los imperativos de la competencia. Desde el
momento en que la producción no está limitada por la costumbre (como en las comunidades primitivas)
ni por la reglamentación (como en las corporaciones de la Edad Media) cada capital particular (cada
propietario, cada forma, o cada grupo capitalista) se esfuerza en aumentar su cifra de negocios, en acaparar
una parte lo más grande posible del mercado, sin tomarse interés por las decisiones análogas de otras
firmas que operen en la misma actividad.
d) El objetivo de la producción capitalista es el de realizar el máximo beneficio. Las clases poseedoras
precapitalista vivían del sobreproducto social, consumiéndolo casi en su totalidad de un modo
improductivo. La clase capitalista, también ella, debe consumir improductivamente una parte del
sobreproducto social, del beneficio que realiza. Pero para realizar estos beneficios, debe poder vender sus
mercancías. Esto implica que debe poder ofrecerlas al mercado a un precio más bajo que el de la
competencia. Para hacer esto, debe poder bajar los costes de producción. El medio más eficaz para bajar
los costes de producción (el precio de fábrica) es ensanchar la base de la producción, es producir más y
ayudarse por máquinas cada vez más perfeccionadas. Pero esto reclama capitales sin cesar y cada vez más
elevados. Es, pues, bajo el látigo de la competencia como el capitalismo se ve obligado a buscar el máximo de beneficio para
poder desarrollar al máximo sus inversiones productivas.
e) De este modo, la producción capitalista aparece como una producción no tan sólo para obtener
beneficios, sino para acumular capital. En efecto, la lógica del capitalismo implica que la parte mayor de la
plusvalía sea acumulada productivamente (transformada en capital suplementario, bajo forma de máquinas
y de materias primas suplementarias, y de mano de obra suplementaria), y no consumida
improductivamente (consumo privado de la burguesía y de sus servidores).
La producción que tiene por fin la acumulación de capital está abocada a resultados contradictorios. Por
una parte, el desarrollo incesante del maquinismo implica un arranque de las fuerzas productivas y de la productividad del
trabajo que crea los fundamentos materiales de la emancipación de la Humanidad para que deje de estar apremiada
por el deber de "trabajar con el sudor de su frente». He aquí la función históricamente progresiva del capitalismo.
Pero, por otro lado, el desarrollo del maquinismo. bajo el imperativo de la búsqueda del máximo de beneficio v de
acumulación sin que cese de crecer el capital, implica una subordinación cada vez más brutal del trabajador a la
máquina, de las masas laboriosas a las «leyes de mercado» que las hacen perder periódicamente la cualificación y
empleo. El desarrollo capitalista de las fuerzas productivas es al mismo tiempo un desarrollo cada vez, más

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pronunciado de la alienación de los trabajadores (y, de manera indirecta de todos los ciudadanos de la sociedad
burguesa) de sus instrumentos de trabajo, de los productos de su trabajo, en una palabra, de sus condiciones de
vida (comprendidas sus condiciones de consumo y utilización del tiempo libre) y de sus relaciones realmente
humanas con sus conciudadanos.

2. El funcionamiento de la economía capitalista
Para obtener el máximo de beneficio y desarrollar lo más posible la acumulación de capital, los capitalistas
deben reducir al máximo la parte del valor añadido por la fuerza de trabajo que revierte a ésta bajo la forma de
salario. Este valor añadido, esta «renta creada» es en efecto determinada en el proceso de producción en sí,
independientemente de todo problema de reparto. Es equivalente a la suma total de horas de trabajo
proporcionadas por el conjunto de productores asalariados. De este pastel cuanto más grande sea la parte de los
salarios reales pagados, más pequeña será forzosamente la parte de la plusvalía Cuanto más buscan los capitalistas
ampliar la parte que revierte a la, plusvalía, tanto más obligados se ven a reducir la parte atribuida a los salarios.
Los dos medios esenciales por los cuales los capitalistas se esfuerzan en acrecentar su parte, es decir, la
plusvalía, son:
a) La prolongación de la jornada de trabajo (del siglo XVI hasta mediados del XIX en Occidente; en
numerosos países semicoloniales y coloniales hasta nuestros días), la reducción de los salarios reales, la
rebaja en el mínimo vital. Es lo que Marx llamó el acrecentamiento de la plusvalía absoluta.
b) El aumento de la intensidad y de la productividad de trabajo en la esfera de los bienes de consumo (que
prevalece en Occidente a partir de la segunda mitad del siglo XIX). En efecto, si por consecuencia de un
aumento de la productividad del trabajo en las industrias de bienes de consumo y en la agricultura, el
obrero industrial medio reproduce el valor de un conjunto determinado de estos bienes de consumo en
tres horas de trabajo en lugar de deber trabajar cinco horas para producir la plusvalía que proporciona a su
patrón puede pasar del producto de tres al de cinco horas de trabajo si la jornada de trabajo queda fijada
en ocho horas. Esto es lo que Marx llama el incremento de la plusvalía relativa.
Cada capitalista busca obtener el máximo de beneficio, pero para obtenerlo o para llegar a ello busca
también incrementar al máximo la producción, y a bajar sin cesar el precio de coste y el precio de venta (en
unidades monetarias estables). Gracias a esto, la competencia realiza a término medio una selección entre las
firmas capitalistas. Sólo las más productivas y las más rentables sobreviven. Aquellas que venden demasiado caro
no sólo no realizan el máximo de beneficio. sino que terminan viendo desaparecer por completo su beneficio.
Quiebran, o son absorbidas por sus competidores. La competencia entre los capitalistas termina así en una
nivelación de las tasas de beneficio.
La mayor parte de las firmas terminan por tener que contentarse con un beneficio medio determinado en
último análisis por la masa total de capital social invertido y la masa total de la plusvalía proporcionada por el
conjunto de los asalariados productivos. Sólo las firmas que gozan de un fuerte avance en productividad, o de una
situación de monopolio, obtienen beneficios extraordinarios, es decir, beneficios por encima de esta media. Pero
en general, la competencia capitalista no permite casi sobrevivir por un tiempo ilimitado, ni a los beneficios
extraordinarios ni a los monopolios. Son las variaciones en relación a este beneficio medio las que rigen en gran
parte las inversiones en el modo de producción capitalista. Los capitales abandonan los sectores en los que el
beneficio está por debajo de la media, y afluyen hacia los sectores donde el beneficio es superior a la media (por
ejemplo, afluyen hacia el sector del automóvil en los años 60 y abandonan esta rama para afluir hacia el sector
energético en los años 70 de nuestro siglo).
Pero afluyendo hacia los sectores en los que la tasa de beneficio está por encima de la media, estos
capitales origina en ellos una competencia acrecentada, una superproducción, una baja de los precios de venta, una
baja de los beneficios, hasta que las tasas de beneficios se establecen más o menos al mismo nivel en todas las
ramas.

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3. La evolución de los salarios
Una de las características del capitalismo es que transforma la fuerza de trabajo humano en mercancía. El
valor de la mercancía-fuerza de trabajo está determinada por sus costes de reproducción (el valor de todas las
mercancías cuyo consumo es necesario para la reconstitución deja fuerza de trabajo). Se trata, por tanto, de una
medida objetiva, independientemente de las apreciaciones subjetivas o fortuitas de grupos de individuos sean
obreros o patronos. Sin embargo, el valor de la fuerza de trabajo tiene una característica particular en relación al de
cualquier otra mercancía: Comporta, además de un elemento estrictamente mensurable, un elemento variable. El
elemento estable, es el valor de las mercancías que deben reconstituir la fuerza de trabajo desde el punto de vista
fisiológico (que deben permitir al obrero recuperar sus calorías, vitaminas, una capacidad para desarrollar una energía
muscular y nerviosa determinada, sin la que sería incapaz de trabajar al ritmo «normal» previsto por la organización
capitalista del trabajo en un momento dado). El elemento variable, es el valor de las mercancías incorporado en el
«mínimum vital normal» en una época y en un país determinado que no forman parte del mínimo vital fisiológico.
Marx llama a esta parte del valor de la fuerza de trabajo su fracción «histórico-moral». Esto quiere decir que no es
fortuita. Es el resultado de una evolución histórica y de una situación dada de las relaciones de fuerza entre el Capital y el
Trabajo. En este punto preciso del análisis económico marxista, la lucha de ciases, su pasado y su presente, se
convierten en un factor codeterminante de la economía capitalista.
El salario es el precio de mercado de la fuerza de trabajo. Como todos los precios de mercado, fluctúa en
tomo al valor de la mercancía examinada. Las fluctuaciones del salario están determinadas en particular por las
fluctuaciones del ejército de reserva industrial, es decir, del paro, y esto en un triple sentido:
a) Cuando un país capitalista conoce un paro permanente muy importante (cuando está industrialmente
subdesarrollado), los salarios peligran estar constantemente bien por debajo, bien al nivel del valor de la
fuerza de trabajo. Este valor puede llegar a estar próximo del mínimo vital fisiológico.
b) Cuando el paro masivo permanente decrece a largo plazo, en particular como resultado de la
industrialización en profundidad v de la emigración en masa, los salarios pueden atravesar un período de
buena coyuntura por encima del valor de la fuerza del trabajo. La lucha obrera puede provocar a largo
plazo una incorporación en este valor del equivalente de nuevas mercancías. El mínimo vital socialmente
reconocido puede aumentar en términos reales, es decir, incluye nuevas necesidades.
c) Las altas y bajas del ejército de reserva industrial no dependen sólo de movimientos demográficos (tasas
de nacimiento y de mortalidad y de los movimientos de migración internacional del proletariado.
Dependen también y sobre todo de la lógica de la acumulación del capital. En efecto, en la lucha para
sobrevivir a la competencia, los capitalistas deben sustituir máquinas (el trabajo muerto) por la mano obra.
Esta sustitución arroja constantemente mano de obra fuera de la producción. Las crisis juegan la misma
función. Al contrario, en período de buena coyuntura y de «recalentamiento», cuando la acumulación del
capital progresa a un ritmo febril, el ejército de reserva industrial se reabsorbe.
No hay, pues, ninguna «ley de bronce» que gobierne la evolución de los salarios. La lucha de clases entre el
Capital y el Trabajo la determina en parte. El capital se esfuerza en hacer bajar los salarios hacia el mínimo vital
fisiológico. El trabajo se esfuerza por extender el elemento histórico y moral del salario incorporando más
necesidades nuevas a satisfacer. El grado de cohesión, de organización, de solidaridad. de combatividad y de
conciencia de clase del proletariado son factores que determinan la evolución de los sala ríos. Pero a largo plazo se
puede descubrir una tendencia indiscutible hacia la pauperización relativa de la clase obrera. La parte del valor añadido
creado por el proletariado, que recae en los trabajadores, tiende a bajar (lo que puede además acompañarse de un
aumentó de los salarios reales). La diferencia entre, por un lado, las necesidades nuevas suscitadas por el desarrollo
de las fuerzas productivas y el desarrollo de producción capitalista, y la capacidad de satisfacer las necesidades por
los salarios recibidos, tiende a acre rentarse mientras tanto.
Un índice claro de esta pauperización es la creciente diferencia entre el aumento de la productividad del
trabajo a largo plazo y el aumento de los salarios reales. Desde principios del siglo XX y hasta el comienzo de los
setenta la productividad del trabajo ha aumentado alrededor de cinco a seis veces en la industria y la agricultura de
Estados Unidos y Europa occidental y central. Los salarios reales de los obreros no han aumentado nada más que
entre dos y tres veces durante el mismo período.

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4. Las leyes de evolución del capitalismo
Junto a las características de su funcionamiento, el modo de producción capitalista evoluciona según
ciertas leyes de evolución (leyes de desarrollo) que de este modo pertenecen a su propia naturaleza:
a) La concentración y la centralización del capital. En la competencia los peces gordos devoran a los pequeños. Las
grandes empresas (firmas) acaban con las empresas (firmas) de talla inferior, que disponen de menos
medios, que no pueden beneficiarse de las ventajas de la producción en gran escala ni introducir la técnica
más avanzada y más costosa. De esta manera, el tamaño de las firmas punteras aumenta sin cesar
(concentración de capital). Hace un siglo las empresas con más de 500 asalariados eran una excepción.
Hoy en día las hay que ocupan por encima de 100.000 asalariados. Al mismo tiempo muchas empresas
derrotadas en la competencia son absorbidas por sus competidoras victoriosas (centralización del capital).
b) La proletarización progresiva de la población trabajadora.—La centralización del capital implica que el número
de pequeños patronos que trabajan por su propia cuenta disminuye sin cesar. La parte de la población
trabajadora obligada a vender su fuerza de trabajo para poder subsistir se acrecienta continuamente. He
aquí las cifras relativas a esta evolución en los Estados Unidos y que confirman de modo terminante la
tendencia:
EVOLUCIÓN DE LA ESTRUCTURA DE CLASES EN LOS ESTADOS UNIDOS

(En % de toda la población que ejerce una profesión)

1880
1890
1900
1910
1920
1930
1939
1950
1960
1970

Asalariados
62
65
67,9
73,9
73,9
76,8
78,2
79,8
84,2
89,9

Empresarios
independientes
36,9
33,8
30,8
26,3
23,5
20,3
18,8
17,1
14
8,9

Al contrario de la leyenda ampliamente difundida esta masa proletaria, aunque fuertemente estratificada ve
su grado de homogeneización acrecentarse y no decrecer. Entre un obrero manual, un empleado de banca y
un pequeño funcionario público la diferencia es menor hoy de lo que era hace medio siglo o un siglo y lo
mismo sucede en lo que concierne al nivel de vida a la inclinación a sindicarse y a hacer huelgas, al acceso
potencial a la conciencia anticapitalista.
Esta proletarización progresiva de la población en régimen capitalista dimana especialmente de la reproducción
automática de las relaciones de producción capitalista, del hecho de la repartición burguesa de las rentas,
reproducción ya mencionada más arriba. Que los salarios sean bajos o elevados no sirven nada mas que
para satisfacer las necesidades de consumo, inmediatas o diferidas, de los proletarios. Estos están en la
incapacidad de acumular fortunas. Por otra parte la concentración del capital lleva consigo gastos de
establecimiento cada vez más elevados, que obstruyen el acceso a la propiedad de las grandes empresas
industriales y comerciales, no solamente a la totalidad de la clase obrera, sino también a la inmensa mayoría
de la pequeña burguesía.

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c) El aumento de la composición orgánica del capital.—El capital de cada capitalista, y por ello el capital de todos
los capitalistas, puede ser dividido en dos partes. La primera sirve para comprar máquinas, edificios y
materias primas. Su valor permanece constante en el curso de la producción; es simplemente conservado
por la fuerza de trabajo, que transmite una parte en los productos que fabrica. Marx la llamó el capital
constante. La segunda sirve para la compra de la fuerza de trabajo, para el pago de los salarios. Marx la
llamó el capital variable, es lo que produce plusvalía. La relación entre el capital constante y el capital
variable es a la vez una relación técnica (para utilizar de manera rentable este o aquel conjunto de máquinas,
hace falta darle tantas o cuantas toneladas de materias primas para devorar, es necesario poner a trabajar
un número determinado de obreros u obreras) y una relación de valor: en tanto que los salarios gastados
para comprar x trabajadores para hacer andar las máquinas cuestan y pesetas, transformando z pesetas de
materias primas. Marx designa esta doble relación de capital constante y de capital variable por la fórmula:
composición orgánica del capital. Con el desarrollo del capitalismo industrial esta relación tenderá a crecer. Una
masa creciente de materias primas y un número creciente (y cada vez más complejo) de máquinas serán
puestas en movimiento por 1 (10, 100, 1000) trabajadores. A una misma masa salarial corresponderá un
valor cada vez más elevado gastado en la compra de materias primas, de máquinas, de energía y de
construcciones.
d) La tendencia a la baja de la tasa media de beneficio.—Esta ley se deriva lógicamente de la precedente. Si la
composición orgánica del capital aumenta, el beneficio tenderá a bajar en relación con el capital total, va
que sólo el capital variable produce la plusvalía, produce el beneficio. Se habla de una ley de tendencia, y no
de una ley que se impone de un modo «lineal» como la de la concentración del capital o la proletarización
de la población activa. En efecto, hay diversos factores que contrarrestan esta tendencia. El más
importante, entre ellos, es el aumento de la tasa de explotación de los asalariados, el aumento de la tasa de
la plusvalía relación entre la masa total de la plusvalía y la masa total de los salarios). Es necesario
constatar, sin embargo, que la tendencia decreciente de la tasa media de beneficio no puede ser
neutralizada a la larga por el incremento de la tasa de plusvalía. Existe un límite por debajo del cual ni el
salario real ni siquiera salario relativo pueden caer sin poner en peligro productividad social del trabajo, el
rendimiento de mano de obra, por ello, no hay ningún límite al crecimiento de la composición orgánica
del capital (esta puede tender hacia el infinito en las empresas automatizadas).
e) La socialización objetiva de la producción. —Al principio de la producción mercantil cada empresa era una
célula independiente, no se establecían nada más que relaciones pasajeras con proveedores y clientes.
Cuanto más evoluciona el régimen capitalista más van tejiendo lazos de interdependencia técnica y social
duraderas entre empresas y sectores de un número creciente de países y de continentes. Una crisis en un
sector repercute en todos los demás sectores. Por primera vez desde él origen del genero humano se crea
de este modo una infraestructura económica común para todos los hombres, base de su solidaridad en el
mundo comunista del mañana.

5. Las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista
Sobre la base de estas leyes de desarrollo del régimen capitalista, una serie de contradicciones
fundamentales del modo de producción en cuestión pueden ser establecidas:
a) La contradicción entre la organización cada vez más deliberada, consciente, de la producción en el seno
de cada firma capitalista, y la anarquía cada vez más pronunciada del conjunto de la producción capitalista
que es el resultado de la supervivencia de la propiedad privada y de la producción mercantil generalizada
b) La contradicción entre la socialización objetiva de la producción, y el mantenimiento de la apropiación
privada de los productos, del beneficio y de los medios de producción. Es en el momento en que la
interdependencia de las empresas, de los sectores, de los países, de los continentes, está más avanzada,
cuando el hecho de que todo este sistema no funciona sino como consecuencia de las órdenes y los
cálculos de beneficio de un puñado de magnates capitalistas revela plenamente su carácter a la vez
económicamente absurdo y socialmente odioso.
c) La contradicción entre la tendencia del régimen capitalista a desarrollar las fuerzas productivas de manera

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ilimitada y el cerco estrecho que debe obligatoriamente imponer al consumo individual y social de la masa
de trabajadores, ya que el objetivo de la producción es que permanezca un máximo de plusvalía, lo que
implica forzosamente la limitación de los salarios
d) La contradicción entre un desarrollo enorme de la ciencia y de la técnica —con su potencial para la
emancipación del hombre— y la subordinación de estas fuerzas productivas potenciales a los imperativos
de la venta de mercancías y del enriquecimiento de los capitalistas, lo que transforma periódicamente estas
fuerzas productivas en fuerzas de destrucción (especialmente en el caso de las crisis económicas, de las
guerras y de la aparición de regímenes de dictadura ¡Fascista sangrienta, pero también en las amenazas que
pesan sobre el medio ambiente natural del hombre, enfrentando así la humanidad con el dilema:
socialismo o barbarie.
e) El desarrollo inevitable de la lucha de clases entre el capital y el trabajo, que mina periódicamente las
condiciones normales de reproducción de la sociedad burguesa. Esta problemática será examinada de
manera más detallada en los capítulos 8. 9, 11 y 14.

6. Las crisis periódicas de sobreproducción
Todas las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista desembocan periódicamente en
crisis de sobreproducción. 'La tendencia a las crisis periódicas de sobreproducción, a una marcha cíclica de la
producción que atraviesa sucesivamente las etapas de lanzamiento económico, de buena coyuntura, de
«recalentamiento» (el «boom»), de crisis y de depresión es inherente a este modo de producción, y sólo a él. La
amplitud de estas fluctuaciones puede variar de una época a otra, pero su realidad es inevitable en el régimen
capitalista.
Ha habido crisis económicas (en el sentido de interrupción de la reproducción normal) en las sociedades
precapitalistas; las ha habido igualmente en las sociedades postcapitalistas. Pero no se trata ni en un caso ni en otro
de crisis de sobreproducción de mercancías y de capitales, sino más bien de crisis de subproducción de valores de uso. Lo
que caracteriza la crisis de sobreproducción capitalista es que las rentas bajan, el paro se extiende, la miseria (y a
menudo el hambre) se instalan, no porque la producción física haya bajado, sino, al contrario, porque ha
aumentado de manera excesiva en relación al poder de compra disponible. Es porque los productos son invendibles,
por lo que baja la actividad económica, no porque haya falta física de productos.
En la base de las crisis periódicas de sobreproducción se encuentra a la vez la disminución de la tasa media
de beneficio, la anarquía de la producción capitalista y la tendencia a desarrollar la producción sin tener en cuenta
los límites que el modo de distribución burguesa imponen al consumo de la masa trabajadora. Como consecuencia
de la disminución de la tasa de beneficio, una parte creciente de los capitales no pueden obtener un beneficio
suficiente. Las inversiones se reducen. El paro se extiende. La mala venta de un número creciente de mercancías se
combina con este factor para precipitar una caída general del empleo, de las rentas, del poder adquisitivo y de la
actividad económica en su conjunto.
La crisis de sobreproducción es a la vez el producto de estos factores y el medio del que dispone el
régimen capitalista para neutralizar parcialmente el efecto crisis provoca la baja del valor de las mercancías y
bancarrota de numerosas firmas. El capital total se luce, pues, en valor. Esto permite una subida de la tasa de
beneficio y de la actividad de acumulación. El paro masivo permite acrecentar las tasas de explotación de la mano
de obra, lo que conduce al mismo resultado.
La crisis económica acentúa las contradicciones sociales y puede desembocar en una crisis social y política
explosiva. Señala que el régimen capitalista está maduro para ser reemplazado por un régimen más eficaz y más
humano, que no derroche más los recursos humanos y materiales. Pero la crisis no provoca automáticamente el
derrumbamiento de este régimen. Debe ser aprovechada por la acción consciente de la clase revolucionaria que ha
hecho nacer: la clase obrera.

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7. Unificación y fragmentación del proletariado
El capitalismo crea al proletariado, lo concentra en empresas cada vez más importantes, le inculca la
disciplina industrial y, con ella, la cooperación y solidaridad elementales en los lugares de trabajo. Pero todo esto
está condicionado por la búsqueda de un máximo provecho, tanto para cada empresa capitalista, tomada
aisladamente, como para la clase burguesa, en su conjunto. Y esta clase es claramente consciente de1 hecho,
confirmado por las primeras explosiones : luchas obreras, de que la concentración y unificación de las fuerzas
proletarias representan para ella la gran amenaza.
Es por ello que el desarrollo del mundo de la producción es acompañado por un doble movimiento
contradictorio: por una parte, la tendencia histórica, fundamental a largo plazo, de unificación y homogeneización
del proletariado, del conjunto de los asalariados; por otra, las tentativas repetidas de fragmentar y estratificar la
clase proletaria, sometiendo algunas de sus capas a la sobreexplotación y a la opresión particular, privilegiando
relativamente a otras capas. Ideologías particulares, como el racismo, el sexismo, el chauvinismo, la xenofobia,
sirven para justificar y estabilizar estas formas particulares de sobreexplotación y opresión, que nacen en el seno
mismo de los primeros países capitalistas, pero que el colonialismo y el imperialismo acentuarán y llevarán al
paroxismo en la escala internacional.
El empleo masivo del trabajo femenino y juvenil ha sido uno de los medios preferidos, usado por los
jóvenes industriales para «quebrantar» los salarios en las primeras manufacturas y fábricas. Al mismo tiempo, la
burguesía, apoyándose sobre todo en la iglesia y otros agentes de diseminación de ideologías reaccionarias, ha
estimulado poderosamente en el seno de la clase obrera y de otras clases trabajadoras de la población la idea de que
«el lugar de la mujer está en el hogar», y que la mujer, sobre todo, no debería tener acceso a los oficios y
profesiones calificados (donde ella haría igualmente correr el riesgo de hacer bajar los salarios).
De hecho, en el régimen capitalista las obreras y empleadas son sobreexplotadas a doble título.
Primeramente porque continúan, en su gran mayoría, peor remuneradas que los hombres, tanto por la
subcalificación como por el pago de salarios, más bajos por un mismo trabajo, lo que aumenta directamente la
masa de la plusvalía de que se apropia el capital. Luego, porque la organización de la vida socioeconómica
burguesa tiene su eje en la familia patriarcal, en tanto que célula de base de la consumación, de la reproducción
física de la fuerza de trabajo. En consecuencia, las mujeres están obligadas a proporcionar, en el seno de esta
familia, trabajo no remunerado, tal como la preparación de la comida, la calefacción, la limpieza, el cuidado y la
educación de los hijos, etc. Este trabajo no es directamente fuente de plusvalía, puesto que no se inserta entre las
mercaderías, pero indirectamente aumenta la masa de la plusvalía social, en la medida en que reduce los gastos de
reproducción de la fuerza de trabajo, a cargo de la clase burguesa. Si el proletario debiese comprar todas sus
comidas, vestidos, servicio de limpieza y calefacción en el mercado, si debiese pagar servicios de cuidadores y
educadores de sus hijos fuera del horario escolar, su salario medio debería ser manifiestamente superior a lo que es
cuando él puede recurrir al trabajo no remunerado de su compañera, hijas, madre, etc., y la plusvalía locial se
reduciría otro tanto.
El carácter espasmódico de la producción capitalista, con sus bruscos aumentos y reducciones de la
producción industrial, reclama un movimiento no menos espasmódico de aflujo y eliminación periódicos de mano
de obra en los «mercados de trabajo». A fin de reducir los costos políticos y sociales de estos movimientos
violentos acompañados de tensiones y de miseria humana considerable, el capital tiene interés en aprovisionarse de
una mano de obra originaria de países menos industrializados. Cuenta a la vez con su docilidad, producto de una
miseria y un subempleo en principio mucho más pronunciado, y con las diferencias de costumbres y tradiciones
entre esta mano de obra y la clase obrera «autóctona», como para obstaculizar el desarrollo de una verdadera
solidaridad y unidad de clase que englobe al conjunto de proletarios de cada país y de todas las naciones.
Grandes movimientos migratorios han acompañado así toda la historia del mundo de producción
capitalista; irlandeses hacia Inglaterra y Escocia; polacos hacia Alemania; italianos, luego nortafricanos, españoles,
portugueses hacia Francia; indios hacia las colonias británicas primero, hacia Gran Bretaña después; chinos hacia
todas las regiones del Pacífico; coreanos hacia Japón; olas sucesivas de emigrados hacia Norteamérica (ingleses,
irlandeses, italianos, judíos, polacos, griegos, mejicanos, portorriqueños, sin olvidar los esclavos negros de los
siglos XVII, XVIII y XIX), Argentina y Australia.
Cada una de estas olas de inmigración masiva ha sido acompañada, aunque en grados diversos, por

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fenómenos similares de sobreexplotación y opresión. Los inmigrados son acantonados en los empleos peor
remunerados. Se les obliga a efectuar los trabajos más insalubres. Son aislados en ghettos y tugurios. Se les priva
generalmente de toda enseñanza en sus lenguas maternas. Se introducen mil discriminaciones (especialmente en la
adquisición de iguales derechos civiles, políticos, sindicales), a fin de dificultar su desarrollo intelectual y moral, de
que permanezcan intimidados, sobreexplotados, y de mantenerlos en un estado de «movilidad» superior al del
proletariado autóctono y organizado (comprendidas también la expulsión hacia sus países de origen o la
deportación arbitraria).
Los prejuicios ideológicos difundidos simultáneamente en el seno de ese proletariado «autóctono» deben
justificar a sus ojos la sobreexplotación, y mantener la fragmentación y división permanentes de la clase obrera
entre adultos y jóvenes, hombres v mujeres, «autóctonos» e inmigrados, cristianos y judíos, blancos y negros,
hebreos y árabes, etc.
El proletariado sólo puede llevar adelante su lucha de emancipación —incluido el nivel de la defensa de
sus intereses más inmediatos y más elementales— si se une y organiza de manera que afirme la solidaridad de clase
y la unión de todos los asalariados. Es por ello que la lucha contra todas las discriminaciones y todas las formas de
sobreexplotación sufridas por la mujer, los jóvenes, los inmigrados, las nacionalidades y las razas oprimidas, no es
sólo un deber humano y político elemental. Ella responde también a un evidente interés de clase. La educación
sistemática de los trabajadores en el sentido de hacerles dejar de lado todos los prejuicios sobre el sexo, racistas,
patrioteros, xenófobos, que sostienen esa sobreexplotación y esos esfuerzos de fragmentación y división
permanentes del proletariado, es, pues, una tarea fundamental del movimiento obrero.

Bibliografía:
Karl Marx: Salario, precio y ganancia.
Marx y Engels: El manifiesto comunista.
Engels: Anti-Dühring (2.a parte).
Kautsky: La doctrina económica de Karl Marx.
Rosa Luxemburg: Introducción a la Economía Política.
Ernest Mandel: Introducción a la teoría económica marxista.
Ernest Mandel: Tratado de economía marxista.
Pierre Salama y Jacques Valier. Introducción a la economía política.
E. Mandel y George Novack: La teoria marxista de la alienación.

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El capitalismo
de los monopolios
El funcionamiento del modo de producción capitalista no ha sido siempre el mismo desde sus orígenes.
Sin referirnos al capitalismo manufacturero, que ocupa desde el siglo XVI hasta el XVIII, podemos distinguir dos
fases de la historia del capitalismo industrial propiamente dicho:
— La fase del capitalismo de libre competencia, que va desde la revolución industrial (año 1760,
aproximadamente) hasta la década de los ochenta del siglo XIX
— La fase del imperialismo, que abarca desde 1880, aproximadamente, hasta nuestros días.

1. De la libre competencia a los acuerdos capitalistas
Durante toda su primera fase de existencia, el capitalismo industrial se caracterizaba por la existencia de
un gran número de empresas independientes en cada rama industrial. Ninguna de ellas podía dominar por sí sola el
mercado. Todas intentaban vender mas barato para tener la esperanza de vender sus mercancías.
Esta situación se modificó cuando la concentración y la centralización capitalistas solo dejaron subsistir
en una serie de ramas industriales un numero reducido de empresas que producen conjuntamente el 60, 70, o
incluso el 80 % de la producción total. Estas empresas podían entonces ponerse de acuerdo para intentar dominar
el mercado, es decir, dejar de hacer bajar sus precios de venta repartiéndose entre sí los distintos mercados, según
las correlaciones de fuerza del momento.
Este declive de la libre competencia capitalista vino facilitado en gran parte por la importante revolución
tecnológica que se produjo al mismo tiempo: la substitución del motor de vapor por el motor eléctrico y el motor
de explosión como fuentes principales de energía en la industria y en las principales ramas del transporte. Toda
una serie de nuevas industrias en desarrollo —industrias eléctricas, de aparatos eléctricos, petroleras, del
automóvil, químicas, etc,— debían hacer unos gastos de instalación mucho más importantes que las antiguas
ramas industriales, lo cual redujo desde el primer momento el número de posibles competidores.
Las principales formas de acuerdo entre capitalistas son:
— el cártel y el sindicato en una rama de la industria, en los que cada firma que participa en el acuerdo
conserva su independencia;
— el trust y la fusión de empresas, en los que esta independencia desaparece en el seno de una única y
misma sociedad gigante;
— el grupo financiero y la sociedad holding, en los que un pequeño número de capitalistas controlan
numerosas empresas de distintas ramas de la industria que siguen siendo jurídicamente independientes
entre sí.

2. Las concentraciones bancarias y el capital financiero
El mismo proceso de concentración y de centralización del capital que se realiza en el campo de la
industria y de los transportes tiene también lugar en el terreno bancario. Al final de esta evolución, un escaso
número de bancos gigantes dominan toda la vida financiera de los países capitalistas.
La principal función de los bancos en el régimen capitalista es la de conceder crédito a las empresas.
Cuando la concentración bancaria es muy fuerte, un puñado de banqueros detentan un monopolio de hecho para
la concesión del crédito. Esto les permite dejar de comportarse como prestamistas pasivos que se contentan con
cobrar los intereses por los capitales avanzados esperando que les sea devuelto su crédito cuando la deuda se
cancela.
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De hecho, los bancos que avanzan créditos a empresas que realizan actividades idénticas o paralelas,
tienen un mayor interés en asegurar la rentabilidad y la solvencia de todas sus empresas. Tienen interés en evitar
que los beneficios no disminuyan a consecuencia de la empecinada competencia. Por tanto, intervienen en el
sentido de acelerar —y algunas veces imponer— la concentración y centralización industrial.
Al hacerlo, pueden tomar la iniciativa de promoción para crear grandes trusts. De igual modo, pueden
utilizar su situación monopolista en el terreno del crédito para obtener, a cambio de los créditos, participaciones en
el capital de las grandes empresas. De esta forma se va desarrollando el capital financiero, es decir, el capital
bancario que penetra en la industria y ocupa en la misma una posición predominante.
En la cumbre de la pirámide de poder de la época del capitalismo de los monopolios aparecen grupos
financieros que controlan al mismo tiempo los bancos, demás instituciones financieras (como por ejemplo las
compañías de seguros), los grandes trusts industriales y de transporte, grandes almacenes, etc. Unos cuantos
grandes capitalistas, las famosas «sesenta familias» en USA y las «doscientas familias» en Francia, tienen en sus
manos todas las palancas del poder económico de los países imperialistas.
En Bélgica, una docena de grupos financieros (el grupo de la Société Genérale; el grupo de Launoit; el
grupo Solvay-Böel; el grupo Empain; el grupo Lambert; el grupo Petrofina; el grupo Sofina; el grupo Almanij; el
grupo Evenco Coppée) controlan la esencia de la economía, al lado de algunos grandes grupos extranjeros.
En los Estados Unidos, algunos grupos financieros gigantes (especialmente los grupos Morgan
Rockefeller, du Pont, Mellon, el llamado grupo de Chicago, el llamado grupo de Cleveland, el grupo de Bank of
América, etc.) ejercen un fuerte dominio que se extiende sobre toda la economia. Lo mismo sucede en el Japon,
con los antiguos zaibatsu (trusts), aparentemente desmantelados después de la II Guerra Mundial, se han
reconstituido fácilmente. Se trata principalmente de los grupos Mitsubishi, Mitsui, Itch, Sumitomo, Marubeni.

3. Capitalismo monopolista y capitalismo de libre competencia
La aparición de los monopolios no significa que la competencia capitalista haya desaparecido. Y menos
aún puede significar que cualquier rama industrial está definitivamente dominada por una sola firma. Lo que
significa en primer lugar en todos los sectores monopolizados es lo siguiente:
a) La competencia ya no se practica normalmente a través de la baja de precios.
b) Por ello, los grandes trusts obtienen super-beneficios monopolistas, es decir, una tasa de ganancia superior a la
de las empresas que operan en sectores no monopolizados.
Además, la competencia continúa:
a) En el seno de los sectores no monopolizados de la economía, que siguen siendo numerosos.
b) Entre monopolios, normalmente por medio de otras técnicas que no sean la de bajar los precios de venta
(puede ser por vía de la reducción del coste de fabricación, publicidad, etc.) y también excepcionalmente
mediante una «guerra de precios» cuando las correlaciones de fuerza entre los trusts han sido modificadas
y cuando se trata de adaptar el reparto de los mercados a estas nuevas condiciones.
c) Entre monopolios «nacionales», en el mercado mundial, esencialmente por la vía normal de las «guerras de
precios». Sin embargo, la concentración de capital puede llegar hasta el punto en el que incluso en el
mercado mundial algunas firmas son las únicas que pueden subsistir en un sector industrial, lo que puede
conducir a la creación de cartels internacionales que se reparten los mercados.

4. La exportación de capitales
Los monopolios sólo pueden controlar los mercados monopolizados a condición de limitar el crecimiento
de la producción, y por tanto la acumulación de capital. Pero además, estos mismos monopolios poseen abundante
capital gracias sobre todo a los superbeneficios monopolistas que realizan. La época imperialista del capitalismo se
caracteriza, pues, por el fenómeno de exceso de capital entre las manos de los monopolios de los países
imperialistas, y que están siempre buscando nuevos campos de inversión. La exportación de capital se convierte
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pues en un rasgo esencial de la era imperialista.
Este capital se exporta a los países donde pueda conseguir una ganancia superior a la media de los dos
sectores competitivos de los países imperialistas, para estimular fabricaciones complementarias a la industria de la
metrópoli. Ante todo se utiliza para desarrollar la producción de materias primas vegetales y minerales en los
países subdesarrollados (de Asia, África y América latina).
Mientras el capitalismo operaba solamente en el mercado mundial para vender sus mercancías y comprar
las primeras materias y los alimentos, no tenía ningún interés especial en abrirse paso por medio de la fuerza militar
(que sin embargo se utilizaba para destruir las barreras que impedían la penetración de mercancías; por ejemplo, las
guerras del opio declaradas por Gran Bretaña para obligar al imperio chino a levantar las prohibiciones que
obstaculizaron la importación de opio procedente de la India británica). Pero esta situación se modifica en el
momento en que la exportación de capitales empieza a ocupar un lugar preponderante en las operaciones
internacionales del capital.
Mientras que una mercancía vendida debe ser pagada como máximo al cabo de algunos meses, los
capitales invertidos en un país sólo consiguen ser amortizados al cabo de muchos años. Por esta causa, las
potencias imperialistas cobran mayor interés en establecer un control permanente sobre los países en los que han
invertido sus capitales. Este control puede ser indirecto —a través de los gobiernos a sueldo del extranjero, aunque
se trate de Estados formalmente independientes— en los países semicoloniales. Puede ser directo —a través de una
administración que dependa directamente de la metrópoli— en los países coloniales. La era imperialista se caracteriza,
pues, por una tendencia al reparto del mundo en imperios coloniales y en zonas de influencia de las grandes potencias imperialistas.
Este reparto se efectuó en un determinado momento (sobre todo en el período 1880-1900) en función de
las correlaciones de fuerza existentes en aquel momento: hegemonía de Gran Bretaña, importante fuerza de los
imperialismos francés, holandés, belga; relativa debilidad de las «jóvenes» potencias imperialistas: Alemania,
Estados Unidos, Italia, Japón.
Estas «jóvenes» potencias imperialistas se servirán de una serie de guerras imperialistas para cambiar estas
correlaciones de fuerza y modificar este reparto del mundo en favor suyo; guerra ruso-japonesa; primera guerra
mundial; segunda guerra mundial.
Todas estas guerras tenían como fin la rapiña para conseguir campos de inversión de capitales, para
obtener fuentes de materias primas, para hacerse con mercados privilegiados, y no eran en absoluto guerras
movidas por un «ideal» político («en favor o en contra de la democracia»; en favor o en contra de las autocracias;
en favor o en contra del fascismo). La misma observación puede hacerse respecto a las guerras de conquista
colonial que jalonan la era imperialista (destacando en el siglo xx la guerra de Italia contra Turquía; la guerra chinojaponesa; la guerra de Italia contra Abisinia) o las guerras colonialistas contra los movimientos de liberación de los
pueblos (guerra de Argelia, guerra del Vietnam, etc.) en las cuales una de las partes tiene por objeto la rapiña, pero
el pueblo semicolonial o colonial defiende una causa justa intentando escapar de la esclavitud imperialista.

5. Países imperialistas y países dependientes
Así pues, la era del imperialismo no sólo ve el establecimiento del control de un puñado de magnates de la
industria y la finanza en las naciones metropolitanas. Se caracteriza también por el establecimiento del .control de
la burguesía imperialista de unos pocos países en los pueblos coloniales y semicoloniales, sobre las dos terceras
partes del género humano.
La burguesía imperialista extrae de los países coloniales y semicoloniales considerables riquezas. Sus
capitales invertidos en estos países representan super-beneficios coloniales que se repatrian hacia la metrópoli. La
división mundial del trabajo basada en el intercambio de productos manufacturados de la metrópoli contra
materias primas procedentes de las colonias desemboca en un intercambio desigual, mediante el cual los países pobres
intercambian cantidades de trabajo superiores contra cantidades de trabajo mucho más reducidas de los países
metropolitanos. La administración colonial es pagada con impuestos arrancados de los pueblos colonizados, de los
cuales una parte nada despreciable es igualmente repatriada.
Todos estos recursos extraídos de los países dependientes son necesarios cuando se trata de financiar su
crecimiento económico. El imperialismo es, sin lugar a dudas, una de las principales causas de subdesarrollo del
hemisferio meridional.
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6. La era del capitalismo tardío
La era imperialista puede dividirse a su vez en dos fases: la era del imperialismo «clásico» que cubre el
período anterior a la primera guerra mundial así como el período de entreguerras, y la era del declive del
capitalismo, que empieza con la segunda guerra mundial o al finalizar la misma.
En esta era de declive capitalista, la concentración y la centralización del capital se hace cada vez más a
escala internacional. Mientras el trust monopolista nacional es la «célula de base» de la era imperialista clásica, la
sociedad multinacional es la «célula de base» de la era del declive, que se caracteriza también, al mismo tiempo, por
una aceleración de la innovación tecnológica, por períodos cada vez más cortos de amortización del capital
invertido en máquinas, por la obligación de todas las grandes firmas de calcular y planificar de manera muy precisa
sus costes y sus inversiones, y por la tendencia a la programación económica de Estado..
Igualmente, la intervención económica del Estado es cada vez más importante por la obligación en que se
encuentra la burguesía de poner a flote, con ayuda del Estado, sectores industriales que se han convertido en
crónicamente deficitarios; de financiar por parte del Estado sectores punta que todavía no son rentables; de
asegurar, por parte del Estado, los beneficios de los grandes monopolios, procurándoles pedidos estatales (en
especial, pero no sólo, pedidos militares), así como ocupándose de las subvenciones y de los subsidios, etc.
La creciente internacionalización de la producción por una parte y la creciente intervención del Estado
nacional en la vida económica por otra, provocan una serie de nuevas contradicciones en la era de declive del
capitalismo, de las cuales la crisis del sistema monetario mundial, alimentado por la permanente inflación, es una
de las principales muestras.
La era del declive del capitalismo se caracteriza también por la generalizada desintegración de los imperios
coloniales, por la transformación de los países coloniales en países semicoloníales, por la reorientación de las
exportaciones de capital que pasan ahora en primer lugar de un país imperialista a otro y no de países metrópoli a
sus colonias, y por un inicio de industrialización (muy restringida todavía a la esfera de bienes de consumo) en los
países semicoloniales. Este último no sólo es un intento de la burguesía indígena para frenar los movimientos
populares revolucionarios, sino también el resultado lógico de las exportaciones de máquinas y bienes de equipo,
que constituyen hoy la partida más importante de las exportaciones de los países imperialistas.
Por tanto, ni las transformaciones que se han producido en el funcionamiento de la economía capitalista
en el seno de los países imperialistas, ni las que se refieren a la economía de los países semicoloniales y el
funcionamiento conjunto del sistema imperialista, permiten poner en tela de juicio la conclusión a la que Lenin
llegó hace más de medio siglo respecto al significado histórico de toda la época imperialista. Lenin dijo que ésta es
una época de exacerbación de todas las contradicciones interimperialistas. Es una época nacida bajo el signo de
violentos conflictos, guerras imperialistas, guerras de liberación nacional, guerras civiles. Es la época de las
revoluciones y contrarrevoluciones, de conflagraciones cada vez más explosivas, y no la época de un sabio y
pacífico progreso de la civilización.
Una buena razón descarta los mitos según los cuales la economía occidental actual no seria ya una
economía capitalista propiamente dicha. La recesión generalizada de la economía capitalista internacional en los
años 1974-75 ha asestado un golpe mortal a la tesis según la cual nosotros viviríamos en un pretendido sistema de
«economía mixta», en el que la regulación de la vida económica por el poder público permitiría asegurar de un
modo ininterrumpido el crecimiento económico, el pleno empleo y la extensión del bienestar de todos. La realidad
ha demostrado que, una vez más. los imperativos del beneficio privado continúan rigiendo esta economía, y
provocan periódicamente el paro masivo v la superproducción, y que se trata en todo caso de una economía
capitalista.
De igual manera la tesis según la cual ya no serían los grupos capitalistas los más potentes, sino los
«managers», los burócratas, los tecnócratas y los sabios que dirigirían la sociedad occidental, no se funda en
ninguna prueba científica seria. Muchos de estos «amos» de la sociedad se han quedado sin empleo en el curso de
las dos últimas recesiones recientes. La delegación de poderes que el Gran Capital acepta es perfeccionada en el
seno de las sociedades gigantes que controla, se extiende sobre la mayoría de sus prerrogativas tradicionales, salvo
en lo esencial: las decisiones en última instancia sobre las formas y las orientaciones fundamentales de la puesta en

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escena del capital, y de la acumulación del capital, es decir, todo lo que está relacionado con el «santo de los
santos»: lo prioridad del beneficio de los monopolios a la que puede ser sacrificada la distribución de dividendos de
los accionistas. Los que ven en ello una prueba de que In propiedad privada no cuenta apenas olvidan la tendencia
predominante, desde los comienzos del capitalismo. de sacrificar la propiedad privada de los pequeños en favor de
un puñado de grandes.

Bibliografía
Lenin: El imperialismo, estadio superior del capitalismo.
R. Hilferding: El capital financiero.
E. Mandel: Tratado de economía marxista (capítulos 12-14).
Pierre Jalee: El imperialismo en 1970.
Pierre Salama: El proceso de subdesarrollo.

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El sistema
imperialista mundial
1. La industrialización capitalista y la ley del desarrollo desigual y combinado
El capitalismo industrial moderno nació en Gran Bretaña. A lo largo del siglo XIX se fue extendiendo
progresivamente por la mayor parte de los países de Europa occidental y central, así como a los Estados Unidos, y
más tarde al Japón. La existencia de algunos países inicialmente industrializados no pareció impedir la penetración
y la extensión del capitalismo industrial en una serie sucesiva de países en vía de industrialización.
Al contrario, la gran industria británica, belga, francesa, destruyó inexorablemente en estos últimos las
formas de producción preindustriales (artesanado e industrias-domicilio). Pero los capitales británicos, belgas,
franceses tenían aún amplios campos de inversión que permanecían abiertos en sus propios países. También, es,
por lo general, una industria moderna nacional la que sustituye progresivamente al artesanado arruinado por la
competencia de las mercancías extranjeras más baratas. Esto fue lo que sucedió especialmente con la producción
de textiles en Alemania, en Italia, en España, en Austria, en Bohemia, en la Rusia zarista (comprendiendo a
Polonia), en los Países Bajos, etc.
Con el advenimiento de la era imperialista, del capitalismo monopolista, esta situación se modifica
completamente. A partir de entonces el funcionamiento del mercado mundial no sólo no facilita sino que al
contrario traba el desarrollo capitalista «normal» y especialmente la industrialización en profundidad, de los países
subdesarrollados. La fórmula de Marx según la cual cada país avanzado muestra a un país menos desarrollado la
imagen de su propio porvenir, pierde la validez que conservaba a lo largo de la era del capitalismo de la libre
competencia.
Tres factores esenciales (y numerosos factores suplementarios que no mencionaremos) determinan este
cambio fundamental del funcionamiento de la economía capitalista internacional:
a) La amplitud de la producción en serie de numerosas mercancías en los países imperialistas, que inunda el
mercado mundial, que adquiere un avance tal en productividad y en precios de fábrica en relación con
toda la producción industrial inicial de los países subdesarrollados que esta última no puede realmente
arrancar a gran escala, no puede seriamente mantener la competencia contra la producción extranjera. De
este modo la industria occidental (y más tarde la industria japonesa) se beneficiará en lo sucesivo de la
ruina progresiva del artesanado, de la industria domiciliaria, de la manufactura, en los países de Europa
oriental, de América latina, de Asia y de África.
b) El excedente de capitales que aparece de manera más o menos permanente en los países capitalistas
industrializados bajo el dominio progresivo de los monopolios, desata un vasto movimiento de
exportación de capitales hacia los países subdesarrollados, desarrollando en ellos sectores de producción
complementarios y no competitivos en relación con la industria occidental. Así, los capitales extranjeros que
dominan la economía de estos países los especializan en la producción de materias primas minerales y
vegetales, así como en la producción de alimentos. Por otro lado, estos países van cayendo
progresivamente en el estatuto de países semicoloniales o coloniales, el Estado en ellos defiende ante todo
los intereses del capital extranjero. No toma ni siquiera medidas modestas de protección a la industria
naciente contra la competencia de los productos importados.
c) El dominio de la economía de los países dependientes por los capitales extranjeros crea una situación
económica y social en la que el Estado mantiene y consolida los intereses de las viejas clases dominantes,
ligándolas a los del capital imperialista, en vez de eliminarlas más o menos radicalmente, como sucedió en
el curso de las grandes revoluciones democrático-burguesas de Europa occidental y Estados Unidos.
El conjunto de esta nueva evolución de la economía capitalista internacional en la era imperialista puede
resumirse en la ley del desarrollo desigual y combinado. En los países atrasados —o al menos en una serie de
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ellos— la estructura social y económica no es en sus rasgos fundamentales, ni la de una sociedad típicamente
feudal, ni la de una sociedad típicamente capitalista. Bajo el impacto del dominio del capital imperialista, combina
de un modo excepcional rasgos feudales, semifeudales, semicapitalistas y capitalistas, La fuerza social
dominante es la del capital —pero, por lo general se trata del capital extranjero—. La burguesía indígena no ejerce,
pues, el poder político. La mayoría de la población no se compone de asalariados, y por lo general tampoco de
siervos, sino de campesinos sometidos en diferentes prados a las exacciones de los hacendados semifeudales,
semicapitalistas. de los comerciantes usureros, y de los recaudadores de impuestos. Pero esta gran masa, aunque
vive apartada de la producción mercantil e incluso de la producción monetaria, no deja de sufrir los efectos
desastrosos de las fluctuaciones de los precios de las materias primas en el mercado mundial imperialista, por
mediación de los efectos globales que estas fluctuaciones ejercen en la economía nacional.

2. La explotación de los países coloniales y semicoloniales por el capital
imperialista
El flujo de capitales extranjeros hacia los países dependientes, coloniales y semicoloniales, ha provocado
durante decenios sucesivos un pillaje, una explotación y una opresión de más de mil millones de seres humanos
por el capital imperialista, lo que representa uno le los principales crímenes de los que el sistema capitalista es
responsable en el curso de la historia. Si, como dijo Marx, el capitalismo apareció sobre la tierra destilando sangre y
sudor por todos sus poros, en ninguna parte esta definición se justifica tanto como en los países dependientes.
La era imperialista está situada bajo el signo de la conquista colonial. El colonialismo es, con seguridad, más
viejo que el imperialismo. Los conquistadores españoles y portugueses habían tomado ya a sangre y fuego las islas
Canarias y Cabo Verde, así como los países de América central y del sur, exterminando por casi toda la región a
una gran parte, cuando no a la totalidad, de la población indígena. Los colonos blancos no se comportaron de
manera más humana en lo relativo a los indios de América del Norte. La conquista del Imperio de la India por la
Gran Bretaña se acompañó de un cortejo de atrocidades, lo mismo que la de Argelia, por Francia.
Con la aparición de la era imperialista, estas atrocidades se extendieron a una gran parte de África, de Asia
y de Oceanía. Masacres, deportaciones, expulsión de los campesinos de sus tierras, introducción del trabajo
forzado cuando no de la esclavitud, se suceden en gran escala.
El racismo «justifica» estas prácticas inhumanas firmando la superioridad y el «destino histórico
civilizador» de la raza blanca. De un modo aun más sutil, este mismo racismo expropia los pueblos colonizados de
su propio pasado, de su propia cultura, de su orgullo étnico, e incluso de su lengua, al tiempo que les arranca sus
riquezas nacionales y una buena parte de los frutos de su trabajo.
Si los esclavos coloniales osan rebelarse contra la dominación colonialista, son reprimidos con una cruel
dad sin nombre. Mujeres y niños indios masacrados en las guerras contra los indios en los Estados
Unidos; «mutins» indios puestos frente a los cañones; tribus del Medio Oriente bombardeadas despiadadamente
por la RAF; decenas de miles de argelinos civiles masacrados «en represalia» de la insurrección nacional de mayo
de 1945: todo esto repite fielmente las crueldades más innobles del nazismo, comprendiendo el genocidio puro y
simple. Los burgueses de Europa y de América que se indignaron contra Hitler cuando cometió tantos crímenes
de lesa raza blanca sobre los pueblos de Europa, a cuenta del imperialismo alemán, olvidaban los que los pueblos
de Asia, de América y de África sufrieron a manos del imperialismo mundial.
Toda la economía de los países dependientes está sometida a los intereses y al diktat del capital extranjero.
En la mayoría de estos países, las líneas ferroviarias enlazan los centros de producción que trabajan para la
exportación por los puertos, y no los centros urbanos entre sí. La infraestructura fundamental está basada en las
actividades de importación y exportación; la red escolar, hospitalaria, cultural conoce un subdesarrollo espantoso.
La mayor parte de la población está estancada en el analfabetismo, la ignorancia y la miseria.
Ciertamente, la penetración del capital extranjero permite un cierto desarrollo de las fuerzas productivas,
hace nacer algunas grandes ciudades industriales, desarrolla un embrión, más o menos importante, de proletariado
en los puertos, las minas, las plantaciones, los ferrocarriles y en la administración pública. Pero se puede decir sin
exageración, que en el curso de los tres cuartos de siglo que separan el inicio de la erupción hacia la colonización
integral de los países subdesarrollados y la victoria de la revolución china, el nivel de vida de la población media en
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Asia, África y América (con la excepción de algunos países privilegiados), se ha estancado o retrocedido. En
algunos países importantes incluso ha retrocedido de una manera catastrófica. Nada más las hambres periódicas
han segado literalmente a decenas de millones de indios y chinos.

3. El bloque de clases en el poder» en los países semicoloniales
Para comprender de una manera más profunda la forma cómo la dominación imperialista ha «congelado»
en su desarrollo a los países coloniales y semicoloniales, y ha impedido la industrialización progresiva «normal» del
tipo capitalista occidental, hace falta extenderse un poco más sobre la naturaleza del «bloque de clases sociales en el
poder» en estos países durante la era imperialista clásica y las consecuencias de este «bloque» en la evolución
económica y social.
Cuando el capital extranjero penetra en masa en los países coloniales y semicoloniales, la clase dominante
local está en general compuesta por hacendados (semifeudales y semicapitalistas, en dosis diferentes según los
países examinados) aliados al capital mercantil y a banqueros o usureros. En los países más atrasados como los de
África negra, nos encontramos primero en presencia de sociedades tribales en descomposición, bajo el efecto
prolongado de la trata de negros.
El capital extranjero va a aliarse generalmente con estas clases dominantes extranjeras, a tratarlas como
intermediarías para la explotación de los campesinos y de los trabajadores indígenas, consolidando sus relaciones
de explotación con sus propios pueblos.
A veces incluso va a extender ampliamente el grado de esta explotación de carácter precapitalista,
combinándola con nuevas formas de explotación capitalista. En Bengala, el capitalismo británico transformó los
zamindars, antaño simples recaudadores de impuestos al servicio de los emperadores moghuls, en propietarios de las
tierras en las que obtenían el impuesto.
De esta forma aparecen tres clases sociales híbridas dentro de la sociedad de los países subdesarrollados,
que marcan con su sello el bloqueo de su desarrollo económico y social:
— La clase de la burguesía compradora, burguesía autóctona, en un principio simples asociados asalariados de
las casas extranjeras de importación, que se va enriqueciendo y transformándose progresivamente en
empresarios independientes. Pero sus empresas están esencialmente situadas en la esfera del comercio (y
de los «servicios»). Sus beneficios se invierten generalmente en el comercio, la usura, la adquisición de
tierras, la especulación inmobiliaria.
— La clase de los comerciantes-usureros (o comerciantes-usureros-kulaks). La lenta penetración de la economía
monetaria degrada los mecanismos de ayuda mutua en el seno de la comunidad aldeana. Con la sucesión
de buenas y malas recolecciones, sobre tierras fértiles o menos fértiles, la diferenciación social progresa
inexorablemente en la ciudad. Campesinos ricos y campesinos pobres se enfrentan, y los últimos
dependen cada vez más de los primeros. Los campesinos pobres se ven obligados a endeudarse para
comprar semillas y víveres, cuando la recolección no es suficiente ni para cubrir tan siquiera las
necesidades más elementales. De este modo caen bajo la dependencia de los comerciantes-usurerosgrandes-campesinos, que los expropian progresivamente de sus campos y los someten a exacciones
innumerables.
— La clase del semiproletariado rural (más tarde se extenderá a los «marginados» urbanos). Los campesinos
empobrecidos y expulsados de sus tierras no encuentran trabajo en la industria, como consecuencia del
subdesarrollo de la misma. Se ven obligados a permanecer en el campo y a alquilar sus brazos a los
grandes campesinos, o a alquilar pedazos de tierra para obtener trabajando en ellos una subsistencia
miserable a cambio de una renta (o, en el sistema de aparcería, una parte de la recolección) cada vez más
exorbitante. Cuanto más alta es su miseria y su falta de empleo, más alta es la renta que están obligados a
pagar para cultivar un campo. Cuanto más altas son estas rentas menos inclinados están los detentadores
del capital a invertir en la industria, invirtiendo esas rentas en la compra de tierra. Cuanto más alta es la
miseria de la clase campesina más se restringe el mercado interior de bienes de consumo y más
subdesarrollada permanece la industria aumentando el subempleo.

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El subdesarrollo no es, pues, el resultado de la falta absoluta de capitales o de recursos. Al contrario, el
sobre producto social representa a menudo una fracción más elevada de la renta nacional en los países atrasados
que en los países industrializados. El subdesarrollo es el resultado de una estructura social y económica, derivada
de la dominación imperialista, que hace que la acumulación de los capitales-dinero no se oriente principalmente
hacia la industrialización, ni tan siquiera hacia la inversión productiva, lo que provoca un inmenso subempleo
(cuantitativo y cualitativo) con relación a los países imperialistas.

4. El movimiento de liberación nacional
A la larga era inevitable que centenares de millones de seres humanos dejaran de sufrir pasivamente un
sistema de opresión y de explotación que les imponía un puñado de grandes capitalistas de países imperialistas, así
como los aparatos administrativos y represivos a su servicio. Un movimiento de liberación nacional echa raíces en
la joven intelligentsia de los países de América latina, de Asia y de África, que se apropia de las ideas democráticasburguesas o semisocialistas y socialistas de Occidente para contestar la dominación extranjera sobre su país. El
nacionalismo de los países dependientes, de orientación antiimperialista, se articula según los intereses diferentes
de tres fuerzas sociales:
— antes que nada es apropiado por la joven burguesía nacional industrial, por todos los que poseen ya una base
material propia que hace que sus intereses entren a competir con los de la potencia imperialista
predominante. El caso más típico es el del partido indio del congreso, dirigido por Gandhi, fuertemente
apoyado por los grandes grupos industriales indios;
— por el impulso de la revolución rusa, puede ser apropiado por el movimiento obrero naciente, que constituirá
sobre todo un instrumento de movilización de masas urbanas y aldeanas contra el poder establecido. El
ejemplo más típico es el del Partido Comunista Chino de los años veinte, y el del Partido Comunista
Indochino en las décadas siguientes;
— puede promover explosiones de rebelión de la pequeña burguesía urbana y del campesinado, tomando la forma
política del populismo nacionalista. Es la revolución mexicana de 1910 la que sirve de prototipo a esta forma
de movimiento antiimperialista.
En general, la entrada en crisis del sistema imperialista marcada por desgarramientos internos sucesivos
derrota de la Rusia zarista en la guerra contra el Japón en 1904-5; revolución rusa de 1905; primera guerra mundial;
revolución rusa de 1917; entrada en escena del movimiento de masas en la India y en China; crisis económica de
1929-32; segunda guerra mundial; derrotas sufridas por el imperialismo japonés en 1945— ha estimulado
fuertemente el movimiento de liberación nacional en los países dependientes. Recibió su mayor impulso con la
victoria de la revolución china de 1949.
Los problemas tácticos y estratégicos que se derivan para el movimiento obrero internacional (e indígena
en los países dependientes) de la aparición del movimiento de liberación nacional en los países semicoloniales y
coloniales, son tratados con más detalle en el capitulo X, punto 4. y en el capítulo XIII, punto 4. Subrayemos aquí
tan sólo el deber particular del movimiento obrero de los países imperialistas de apoyar incondicionalmente todo
movimiento y toda acción efectiva de masas de los países coloniales y semicoloniales contra la explotación y la
opresión que ellos sufren por parte de las potencias imperialistas. Este deber implica el distinguir estrictamente las
guerras interimpenalistas —guerras reaccionarias— de las guerras de liberación nacional que, independientemente
de la fuerza política que dirija al pueblo oprimido en tal o cual etapa de la lucha, son guerras justas, en las que el
proletariado mundial debe colaborar para la victoria de los pueblos oprimidos.

5. El neocolonialismo
El surgimiento del movimiento de liberación nacional al día siguiente de la segunda guerra mundial,
condujo al imperialismo a modificar sus formas de dominación sobre los países atrasados. De ser directa, esa
dominación ha pasado a ser progresivamente indirecta. El número de colonias propiamente dichas, administradas
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directamente por la potencia colonial, se ha fundido como la cera al sol. En el espacio de dos décadas, han pasado
de unas setenta a unas pocas unidades. Los imperios coloniales italiano, holandés, británico, francés, y por último
el portugués y español se han hundido por completo.
Desde luego esta desaparición de los imperios coloniales no se ha llevado a cabo sin una resistencia
sangrienta y contrarrevolucionaria de sectores importantes del capital imperialista. Testimonio de ello son las
guerras sangrientas emprendidas por el imperialismo holandés en Indonesia, por el británico en Malasia y en
Kenia, por el francés en Indochina y Argelia, así como las «expediciones», de menos duración, pero no menos
sangrientas, como la de Suez en 1956 contra Egipto. Pero históricamente estas siniestras empresas aparecen como
combates de retaguardia. El colonialismo directo estaba muy condenado.
Su desaparición no implicó en absoluto la disgregación del sistema imperialista mundial. Este continúa
existiendo aunque sea bajo formas modificadas. La gran mayoría de los países semicoloniales continúan limitados a
la exportación de materias primas. Continúan sufriendo todas las consecuencias del cambio desigual explotador. La
distancia entre su grado de desarrollo y el de los países imperialistas continúa aumentado sin tender a disminuir. La
distancia entre la renta por habitante y el nivel de bienestar en el hemisferio norte y en el hemisferio sur del globo,
se acentúa cada vez más.
Sin embargo, la transformación de la dominación imperialista directa en dominación imperialista indirecta
sobre los países subdesarrollados implica una asociación más estrecha de la burguesía industrial «nacional» en la
explotación de las masas trabajadoras de esos países, así como una cierta aceleración del proceso de
industrialización en una serie de países semicoloniales. Esto deriva a la vez de las relaciones de fuerza modificadas
(es decir, representa una concesión inevitable del sistema a ¡a presión cada vez más fuerte de las masas), y a una
modificación de los intereses fundamentales de los mismos grupos imperialistas.
En efecto, en los países imperialistas, el renglón de exportaciones ha conocido una modificación
importante. El apartado «máquinas, bienes de equipo y bienes de transporte» ocupa ahora el lugar preponderante
antes ocupado por «bienes de consumo y acero». Luego, es imposible que los trusts monopolistas principales
exporten cada vez más máquinas hacia los países dependientes, sin que se estimulen ciertas formas de
industrialización (en general situadas en la industria de bienes de consumo).
Por otra parte, en el marco de su estrategia mundial, las sociedades multinacionales tienen interés en
implantarse en una serie de países dependientes a fin de ocupar de alguna manera puntos de partida, vista la
expansión futura de las venías que van a provocar. Así se generaliza la práctica de las empresas en común (joint
ventures) entre el capital imperialista, el capital industrial «nacional», el capital privado y el capital estatal, que es una
característica de la estructura neocolonial. El peso de la clase obrera se acrecienta de este modo en la sociedad.
Esta estructura permanece inserta en un conjunto imperialista apremiante y explotador. La industrialización
permanece limitada; su «mercado interior» no sobrepasa apenas el 20 ó 25 por 100 de la población: clases
acomodadas —técnicos, cuadros, etc.—, campesinado rico. La miseria de las masas permanece enorme. Las
contradicciones aumentan en vez de disminuir; de ahí el potencial intacto de explosiones revolucionarias sucesivas
en estos países. Una capa social nueva toma en estas condiciones importancia: la burocracia estatal que
«administra», por lo general, un sector nacionalizado importante, se erige en representante de las preocupaciones
nacionales en lo relacionado con el extranjero, pero que de hecho se beneficia de su monopolio de gestión para
efectuar su acumulación privada en eran escala.

Bibliografia

Pierre Jalée: El imperialismo en 1970
Pierre Salama: El proceso de subdesarrollo
Paul A. Baran: La economía política del crecimiento
Haupt-Lowy-Weill: Los marxistas y la cuestión nacional (textos de Lenin, Rosa Luxembourg, Kausky, Otto Bauer, etc..)
Michel Barrent: Después del imperialismo
V.I. Lenin: El imperialismo, estadio del capitalismo
L. Trotsky: La revolución permanente.
— La I.C. despues de Lenin
Rosa Luxembourg: El imperialismo y la economía mundial
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Los orígenes del movimiento
obrero moderno
Desde que existen los asalariados, es decir, mucho antes de la formación del capitalismo moderno, se han
producido manifestaciones de la lucha de clases entre patronos y obreros. Esta no es el resultado de actividades
subversivas por parte de individuos «que predican la lucha de clases». Por el contrario, la doctrina de la lucha de
clases es producía de la práctica de la lucha de clases que la precede.

1. La lucha de clases elemental del proletariado
Las manifestaciones elementales de la lucha de clase de los asalariados siempre han estado girando en
torno a tres reivindicaciones:
1) Aumento de los salarios, medio inmediato para modificar el reparto del producto social entre patronos y
obreros en favor de los asalariados.
2) Disminución de las horas de trabajo sin reducción del salario, otro medio directo para modificar este
reparto en favor de los trabajadores;
3) Libertad de organización. Mientras el patrón, propietario del capital, de los medios de producción, tiene
de su parte todo el poder económico, los obreros se encuentran desarmados en la medida en que
sostienen una lucha concurrencial entre sí para conseguir un empleo. En estas condiciones, «las reglas del
juego» benefician unilateralmente a los capitalistas, quienes pueden fijar los salarios tan bajos como
quieran, y los obreros se ven en la obligación de aceptar este hecho por miedo a perder su empleo y con
ello su subsistencia.
Al suprimir esta competencia que los divide uniéndose en bloque frente a la patronal y negándose todos a
trabajar en condiciones que se consideran inaceptables, los trabajadores tienen la posibilidad de obtener ventaja en
la lucha que los enfrenta a sus patronos. , La experiencia les enseña rápidamente que no tienen libertad de
organización, que carecen de armas para oponerse a la presión capitalista.
La lucha de clase elemental de los proletarios ha tomado tradicionalmente la forma de negarse
colectivamente a trabajar, es decir, ir a la huelga. Las crónicas nos relatan huelgas que tuvieron lugar en la antigua
China y en el antiguo Egipto. Igualmente podemos comprobar que las hubo en Egipto bajo el imperio romano, en
el primer siglo de nuestra era.

2. La consciencia de clase elemental del proletariado
Ahora bien, la organización de una huelga implica siempre un determinado grado —elemental— de
organización de clase. Implica esencialmente la noción de que la seguridad de cada asalariado depende de una
acción colectiva; es una solución de solidaridad de clase opuesta a la solución individual (intentar incrementar la
ganancia individual sin tener en cuenta las rentas de los demás asalariados).
Esta noción es la forma elemental de la consciencia de clase proletaria. Del mismo modo, en la
organización de una huelga los asalariados aprenden instintivamente a formar cajas de resistencia. Estas cajas de
resistencia y de ayuda mutua se crean también para disminuir en algo la inseguridad de la existencia obrera, para
permitir que los proletarios puedan defenderse durante los períodos de paro, etc. Estas son formas elementales de
organización de dase.
Pero estas formas elementales de conciencia y de organización obrera no implican ni la conciencia de los
objetivos históricos del movimiento obrero, ni la comprensión de la necesidad de una acción política independiente de
la clase obrera.
Las primeras formas de acción política obrera se sitúan a la extrema izquierda del radicalismo pequeño-burgués.
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En la revolución francesa, a la extrema izquierda de los jacobinos aparece la Conspiration des Egaux, de Gracchus
Babeuf, que representa el primer movimiento político moderno que apunta a la colectivización de los medios de
producción.
En Inglaterra, en la misma época, unos cuantos obreros forman la London Corresponding Society que pretende
organizar un movimiento de solidaridad con la revolución francesa. Esta organización fue destruida por la
represión policíaca. Pero inmediatamente después de que acabaran las guerras napoleónicas, a la extrema izquierda
del partido radical (pequeñoburgués) se crea en la región industrial de Manchester-Liverpool una Liga del Sufragio
Universal, formada en su mayor parte por obreros. Después de los sangrientos incidentes de Peterloo en 1817, se
aceleró la separación del movimiento obrero independiente del movimiento pequeñoburgués, favoreciéndose con
ello el nacimiento del partido cartísta que tuvo lugar poco tiempo después, y que fue el primer partido
esencialmente obrero que reclamó el sufragio universal.

3. El socialismo utópico
Todos estos movimientos elementales de la clase obrera fueron dirigidos, en su mayor parte, por los
mismos obreros; es decir, por autodidactas que a menudo formulaban ideas ingenuas sobre asuntos históricos,
económicos y sociales que exigían estudios científicos sólidos para ser tratados a fondo. Estos movimientos se
desarrollaron de alguna manera al margen del progreso científico de los siglos XVII y XVIII. Por el contrario, en el
marco de este progreso científico se sitúan los esfuerzos de los primeros autores utópicos importantes, Thomas
Moro (canciller de Inglaterra del siglo XVI), Campanella (autor italiano del siglo XVII), Robert Owen, Charles
Fourier y Saint-Simon (autores de los siglos XVIII y XIX). Estos autores intentaron reagrupar todos los
conocimientos científicos de su época para formular:
a) Una virulenta crítica a la desigualdad social, en especial a la que caracteriza la sociedad burguesa (en los
casos de Owen, Fourier y Saint-Simon);
b) Un plan de organización de una sociedad igualitaria, basada en la propiedad colectiva.
Por estos dos aspectos de su obra, los grandes socialistas utópicos son verdaderos precursores del
socialismo moderno. Pero la debilidad de su sistema reside en:
a) el hecho de que la sociedad ideal en la que sueñan (de lo cual se deriva el término de socialismo utópico)
se presenta como un ideal a construir, a alcanzar de un solo golpe mediante un esfuerzo de comprensión
y de buena voluntad de los hombres, sin relación alguna con la evolución histórica más o menos
determinada de la sociedad capitalista;
b) el hecho de que su explicación de las condiciones en las cuales la desigualdad social aparece, y en las
cuales puede desaparecer, es insuficiente desde el punto de vista científico, y se basa en factores
secundarios (violencia, moral, dinero, psicología, ignorancia, etc.) sin tener como punto de partida los
problemas de estructura económica y social, de interacción entre las relaciones de producción y el nivel
de desarrollo de las fuerzas productivas.

4. El nacimiento de la teoría marxista. El manifiesto comunista
En estos dos últimos campos citados, la formación de la teoría marxista en La ideología alemana (1845) y
especialmente en El manifiesto comunista (1847) de Karl Marx y Friedrich Engels constituye un decisivo progreso.
Con la teoría marxista, la consciencia de clase obrera se encarna finalmente en una teoría científica del más alto
nivel.
Marx y Engels no descubrieron las nociones de clase social y de lucha de clase. Estas nociones eran ya
conocidas por los socialistas utópicos y por autores burgueses, como los historiadores franceses Thierry y Guizot.
Pero en cambio explicaron de forma científica el origen de las clases, las causas de su desarrollo, el hecho de que

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toda la historia humana pueda ser explicada por la lucha de clases, y sobre todo, las condiciones materiales e intelectuales
bajo las cuales la división de la sociedad en clases puede dar lugar a una sociedad socialista sin clases.
Por otra parte, explicaron de qué forma el mismo desarrollo del capitalismo preparaba inexorablemente el
advenimiento de la sociedad socialista, las fuerzas materiales y morales que debían asegurar el triunfo de la nueva
sociedad. Esta aparece ahora como el producto lógico de la evolución de la historia humana.
El Manifiesto comunista representa, por tanto, una forma superior de la conciencia de clase proletaria.
Enseña a la clase obrera que la sociedad socialista será el producto de su lucha de clase contra la burguesía. Le
enseña también la necesidad de no luchar solamente por aumentos salariales, sino también por la abolición del
régimen salarial. Le enseña, sobre todo, la necesidad de formar partidos obreros independientes, completar su acción de
reivindicaciones económicas con una acción política en el plano nacional e internacional.
El movimiento obrero moderno nació, pues, de la fusión entre la lucha de clase elemental de la clase
obrera y la consciencia de clase proletaria llevada a su más alta expresión, que se encarna en la teoría marxista.

5. La Primera Internacional
Esta fusión es el resultado de toda la evolución del movimiento obrero internacional entre los años 50 y
los 80 del pasado siglo.
Durante las revoluciones de 1848 que se producen en la mayoría de los países europeos, la clase obrera no
apareció por ninguna parte, excepto en Alemania (en la pequeña Asociación de los Comunistas, dirigida por Marx),
como un partido político en el moderno sentido de la palabra. En todas partes se deja arrastrar por el radicalismo
pequeñoburgués. En Francia se separa finalmente de este último durante las sangrientas jornadas del mes de junio
de 1848, aunque sin poder constituir un partido político independiente (del que, serían de alguna forma el núcleo
los grupos revolucionarios formados por Auguste Blanqui). Después de los años de reacción que siguieron a la
derrota de la revolución de 1848, las organizaciones sindicales y mutualistas de la clase obrera se desarrollan con
prioridad en la mayoría de los países, con excepción de Alemania, donde la agitación en pro del sufragio universal
permite a Lasalle formar un partido político obrero: la Asociación general de los trabajadores alemanes.
Con la fundación de la Primera Internacional en 1864, Marx y su reducido grupo de adeptos se funden
realmente con el movimiento obrero embrionario de la época, y preparan la formación de los partidos socialistas
en la mayor parte de los países europeos. Por paradójico que pueda parecer, no son los partidos obreros nacionales
los que se unen para fundar la Primera Internacional, sino que por el contrario la constitución de ésta permitió la
unión nacional de los grupos locales y sindicalistas que se adhirieron a la Primera Internacional.
Cuando la Internacional se escinde después del derrocamiento de la Comuna de París, los obreros de
vanguardia siguen teniendo consciencia de que es necesario mantener esta unión a nivel nacional. Durante los años
70 y 80, después del fracaso de numerosos intentos, se forman definitivamente los partidos socialistas basados en
el movimiento obrero embrionario de la época. Las únicas excepciones importantes son las de Gran Bretaña y
Estados Unidos. Los partidos socialistas que se fundaron en esta misma época en dichos países quedaron al
margen del ya potente movimiento sindical. En Gran Bretaña tiene que esperarse al siglo xx para qué se cree el
partido laborista basado en los sindicatos. En los Estados Unidos, la creación de un partido de este tipo sigue
siendo todavía hoy la tarea más urgente del movimiento obrero.

6. Las distintas formas de organización del movimiento obrero
Esto nos permite precisar que los sindicatos, las mutualidades y los partidos socialistas aparecen de alguna
manera como los productos espontáneos, inevitables de la lucha en el seno de la sociedad capitalista, y que, en
definitiva, depende de los factores de tradición y de coyuntura nacional el que una determinada forma se desarrolle
antes que otra.
Por lo que se refiere a las cooperativas, no son el producto espontáneo de la lucha de clases, sino el fruto
de la iniciativa tomada por Robert Owen y sus camaradas que, en 1844, fundaron la primera cooperativa en
Rochdale, en Inglaterra.
La importancia del movimiento cooperativo es real, no tan sólo porque puede constituir para la clase

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obrera una escuela de gestión obrera de la economía, sino sobre todo porque podría preparar en el seno de la
sociedad capitalista la solución de uno de los problemas más difíciles de la sociedad socialista, el de la distribución.
Pero al mismo tiempo encierra un potencial peligroso de competencia económica en el seno del régimen
capitalista, con empresas capitalistas, competencia que no puede entrañar sino nefastos resultados para la clase
obrera y, sobre todo minar la conciencia de clase del proletariado.

7. La Comuna de París
La Comuna de París resume todas las tendencias que presiden el origen y el primer desarrollo del
movimiento obrero moderno. Se produjo a partir de movimientos de masas espontáneos y no de un plan o
programa elaborado con anterioridad por un partido obrero. Puso de manifiesto la tendencia de la clase obrera a
sobrepasar el estado puramente económico de su lucha —el origen inmediato de la Comuna es eminentemente
político: la desconfianza de los obreros de París con respecto a la burguesía acusada de querer entregar la ciudad a
los ejércitos prusianos que la asediaban— combinando constantemente las reivindicaciones económicas y las
políticas. Por primera vez en la historia arrastró a la clase obrera hacia la conquista del poder político, aunque sólo
fuera dentro de los limites de una sola ciudad. Reflejó la tendencia de la clase obrera a destruir el aparato del
Estado burgués a sustituir la democracia burguesa por una democracia proletaria, forma superior de la democracia.
También demostró que sin una dirección revolucionaria consciente, el enorme heroísmo del que el proletariado es
capaz en el curso del combate revolucionario es insuficiente para asegurar la victoria.

Bibliografía
Marx y Engels: El manifiesto comunista.
Engels: Del socialismo utópico al socialismo científico.
Becr: Historia del socialismo.
Marx: La guerra civil en Francia.
Líssagaray: La Comuna de París.
Morlón y Tale: Historia del movimiento obrero inglés (Maspero).
Abendroth: Historia del movimiento obrero europeo (Maspero).
Thomson: La construcción de la clase trabajadora inglesa.

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Reformas y revolución
El nacimiento y el desarrollo del movimiento obrero moderno en el seno de la sociedad capitalista nos
ofrece un ejemplo de la acción recíproca que ejercen entre sí el medio social en el que los hombres se encuentran,
independientemente de su voluntad, y la acción más o menos consciente que realizan para transformarlo.

1. Evolución y revolución a través de la historia
Todas las modificaciones del régimen social que se han producido a través de las épocas han sido siempre
resultado de cambios bruscos y violentos, consecuencia de guerras, de revoluciones o de una combinación de
ambas. No hay ni un solo Estado actualmente establecido que no sea producto de tales trastornos revolucionarios.
El Estado americano nació de la revolución de 1776 y de la guerra civil de 1861-1865; el Estado francés de las
revoluciones de 1789, de 1830, de 1848 y de 1870; el Estado británico de la revolución de 1689; el Estado belga de
la revolución de 1830; el Estado holandés de la revolución de los Países Bajos del siglo XVI; e] Estado alemán de
las guerras de 1870-71, de 1914-18, de 1939-45 y de las revoluciones de 1848 y de 1918, etc.
Pero sería erróneo suponer que basta con utilizar la violencia para poder modificar la estructura social
según la voluntad de los combatientes. Para que una revolución transforme realmente la sociedad y las condiciones
de existencia de las clases trabajadoras, es necesario que venga precedida de una evolución que cree, en el seno de la
antigua sociedad, las bases materiales (económicas, técnicas, etc.) y humanas (las clases sociales dotadas de ciertas
características específicas) de la nueva sociedad. Cuando no se han podido conseguir estas bases, todas las
revoluciones, incluso las más violentas, acaban por reproducir en mayor o menor medida las condiciones que
habían querido abolir.
Un ejemplo clásico al respecto nos lo proporcionan los levantamientos campesinos victoriosos que se
escalonan a lo largo de la historia china. Estos levantamientos representan en cada ocasión una reacción del pueblo
contra las exacciones y las cargas de impuestos insoportables, de los que son víctima los campesinos en los
períodos de declive de las dinastías que sucesivamente reinaron en el Imperio celeste. Estos levantamientos
terminan con la desaparición de una dinastía y la llegada al poder de una dinastía nueva, como en el caso de la
dinastía HAN, que procedía de los mismos dirigentes de la insurrección campesina.
La nueva dinastía comienza por restablecer las mejores condiciones para el campesinado. Pero a medida
que su poder se consolida y que su administración se refuerza, los gastos del Estado aumentan, lo que entraña la
obligación de imponer nuevos impuestos. Los funcionarios-mandarines, pagados antes directamente por las arcas
del Estado, comienzan a abusar de su poder y se apropian de hecho de las tierras cultivables, arrancando a los
campesinos la renta de la tierra además del impuesto.
Así, se reproduce el crecimiento de la miseria campesina después de algunas décadas de mejor vida. La
ausencia de un «salto adelante» de las fuerzas productivas, de un desarrollo de la industria moderna basada en el
maquinismo, explican este carácter cíclico de las revoluciones sociales en la China clásica, y de la imposibilidad de
los campesinos de asegurarse una emancipación duradera.

2. Evolución y revolución en el capitalismo contemporáneo
También el capitalismo contemporáneo ha nacido de revoluciones sociales y políticas: las grandes
revoluciones burguesas que se escalonaron entre los siglos XVI y XIX, y que originaron los Estados nacionales.
Estas revoluciones fueron posibles gracias a una evolución precedente, a saber, el crecimiento de las fuerzas
productivas en el seno de la sociedad feudal, que resultaba incompatible con el mantenimiento de la servidumbre,
de los gremios, de las restricciones impuestas a la libre circulación de las mercancías. ,,
Esta evolución hizo nacer una clase social nueva, la burguesía moderna, que tuvo su aprendizaje de la
lucha política en el marco de las comunas medievales y de las escaramuzas bajo la monarquía absoluta, antes de

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lanzarse a la conquista del poder político.
A partir de un cierto nivel de su desarrollo, la sociedad burguesa se caracteriza, ella también, por una
evolución que prepara inexorablemente una nueva revolución social.
En el plano material, las fuerzas productivas se desarrollan hasta el punto en que se hacen cada vez más
incompatibles con la propiedad privada de los medios de producción y con las relaciones de producción
capitalistas. El desarrollo de la gran industria, la concentración del capital, la creación de truts, la intervención
creciente del Estado burgués para «regularizar» la marcha de la economía capitalista, preparan cada vez más el
terreno para la socialización (la aprobación colectiva) de los medios de producción, y para su gestión planificada
por los productores asociados entre sí.
En el plano humano (social) se constituye y se refuerza una clase que progresivamente va reuniendo las
condiciones necesarias para realizar esta revolución social: «el capitalismo produce con el proletariado su propio
sepulturero». Concentrado en grandes empresas, sin posibilidades de una promoción social individual, este
proletariado adquiere, mediante su lucha de clases cotidiana, estas cualidades esenciales de solidaridad colectiva, de
cooperación y de disciplina en la acción, que permiten una reorganización fundamental de toda la vida económica
y social.
Cuanto más se agravan las contradicciones inherentes al capitalismo más se exacerba la lucha de clases, y
más la evolución del capitalismo prepara la revolución, orientándose hacia explosiones de diferente naturaleza
(económicas, sociales, políticas, militares, financieras, etc.). en el curso de las que el proletariado puede esforzarse
para conquistar el poder político y realizar una revolución social.

3. La evolución del movimiento obrero moderno
Sin embargo, la historia del capitalismo y la historia del movimiento obrero no han seguido una trayectoria
tan clara y tan rectilínea como los marxistas podían suponer el 1880.
Las contradicciones internas de la economía de la sociedad de los países imperialistas no se han agravado
de un modo inmediato. Al contrario, la Europa Occidental y los Estados Unidos han conocido, entre el fracaso de
la Comuna de París y el estallido de la primera guerra mundial, un largo período de impulso de las fuerzas
productivas, unas veces más lento, otras más acelerado, que recubría y ocultaba el «trabajo de zapa» de las
contradicciones internas del sistema.
Estas contradicciones estallarían con violencia en 1914. La revolución rusa de 1905 y la huelga general de
los obreros austríacos de este mismo año serían los signos precursores. Pero, en realidad, la experiencia inmediata
de los trabajadores y del movimiento obrero en estos países no reflejaba una profundización de las contradicciones
del sistema. Por el contrarío, reflejaba la creencia en una evolución gradual, en grandes líneas pacífica e irreversible,
hacia el socialismo (no puede decirse lo mismo en el caso de Europa oriental; por eso precisamente estas ilusiones
tenían un peso mucho menor en estos países).
Es innegable que los sobrebeneficios coloniales acumulados por los imperialistas les han permitido
acordar reformas para los trabajadores de los países occidentales. Pero hay que tener en cuenta otros factores para
comprender esta evolución.
La emigración masiva hacia los países de ultramar. y el desarrollo de las exportaciones europeas hacia el
resto del mundo, hicieron bajar a largo plazo «el ejército industrial de reserva». Las relaciones de fuerza entre el
Capital y el Trabajo, en el «mercado de trabajo», fue también favorable a los trabajadores, creándose con ello las
bases necesarias para el nacimiento de un sindicalismo de masas, no restringido solamente a los obreros
cualificados. La burguesía aterrorizada por la Comuna de París, por las huelgas violentas en Bélgica (1886, 1893),
por la ascensión aparentemente irresistible de la socialdemocracia alemana, ha buscado deliberadamente el modo
de calmar a las masas revueltas con reformas sociales.
El resultado práctico de esta evolución fue un movimiento obrero occidental que se contentaba con
luchar por reformas inmediatamente realizables: aumento de salarios, reforzamiento cíe la legislación social;
ampliación de las libertades democráticas, etc. Relegaba el combate por una revolución social al terreno de la
propaganda literaria y de la educación de los cuadros. Dejó deliberadamente de preparar la revolución socialista,

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creyendo que bastaría con reforzar las organizaciones de masas del proletariado para que «llegado el momento»
esta fuerza colosal jugara automáticamente un papel revolucionario.

4. El oportunismo reformista
Pero a la vez, los partidos y los sindicatos de masas de Europa occidental no se contentaron con reflejar la
momentánea evolución de la lucha de clases limitada, esencialmente, al terreno de las reformas. Se convirtieron,
además, en una fuerza política que acentuó la adaptación del movimiento obrero de masas al .próspero capitalismo de los
países imperialistas. El oportunismo socialdemócrata descuidó totalmente la preparación de los trabajadores a los
bruscos cambios de clima social, político y económico que se anunciaban, convirtiéndose en un importante factor
que facilitó la supervivencia del capitalismo en los tormentosos años de 1914-1923.
El oportunismo se manifestó en el plano teórico en una revisión del marxismo, proclamada oficialmente por
Bernstein («el movimiento lo es todo, el objetivo no es nada») que pedía a la socialdemocracia abandonar toda
actividad diferente a la de la búsqueda de la reforma del sistema. E1 «centromarxismo» que giraba alrededor de
Kautsky, al tiempo que combatía el revisionismo le hizo numerosas concesiones, sobre todo, al justificar una
práctica de partidos y sindicatos que cada vez se acercaban más al revisionismo.
El oportunismo se manifestó en el plano práctico por la aceptación de la coalición electoral con los partidos
burgueses «liberales»; por la aceptación progresiva de la participación ministerial en gobiernos de coalición con la
burguesía; por la ausencia de una lucha consecuente contra el colonialismo y otras manifestaciones del
imperialismo. Violentamente atacado por las consecuencias de la revolución rusa de 1905, este oportunismo se
puso especialmente de manifiesto en Alemania con la negativa a aceptar la propuesta de Rosa Luxemburg de
impulsar huelgas de masas con fines políticos. Reflejaba, en el fondo, los intereses particulares de un aparato
burocrático reformista (mandatarios social demócratas, funcionarios del partido y de los sindicatos, que habían
conseguido importantes ventajas en el seno de la sociedad burguesa).
Este ejemplo demuestra que la invasión del movimiento obrero por el oportunismo reformista no era
inevitable. Hubiera sido posible emprender acciones extraparlamentarias y huelgas cada vez más amplias, durante
los años precedentes a la primera guerra mundial. Estas acciones hubieran podido preparar a las masas obreras
para las tareas planteadas con el ascenso revolucionario que coincidió con el final de esta guerra.

5. La necesidad de un partido de vanguardia
La experiencia confirma de este modo los elementos fundamentales de la teoría leninista del partido de
vanguardia. Si la clase obrara puede, por ella misma, emprender luchas de clase muy amplias en torno a objetivos
inmediatos, y si está perfectamente capacitada para acceder a un nivel elemental de conciencia de clase, no puede,
en cambio, acceder espontáneamente a las formas superiores de conciencia de clase política, indispensables para
poder prever los cambios bruscos de la situación objetiva, para poder elaborar las tareas del movimiento obrero que
sean convenientes en cada momento, indispensable también para poder vencer todas las maniobras de la
burguesía, todas las influencias (a menudo sutiles) que la ideología burguesa y pequcñoburguesa pueden ejercer
sobre las masas obreras.
Además, el movimiento de masas pasa inevitablemente por momentos altos y bajos. Las amplias masas no
se mantienen siempre en un nivel elevado de actividad política. Una organización de masas que intente adaptarse al
nivel medio de actividad y de conciencia de estas masas jugará en consecuencia un papel de freno en lo que
concierne a la extensión de la actividad revolucionaria, que sólo es posible que se produzca en determinados
momentos.
Por todas estas razones es indispensable construir una organización de vanguardia de la clase obrera, un
partido revolucionario. En tiempos normales, éste será minoritario. Pero mantendrá la continuidad de la actividad
de sus militantes y su nivel de conciencia. Permitirá conservar todo lo adquirido con la experiencia de la lucha y
hacerlo llegar a la clase. Tenderá hacia las luchas revolucionarias futuras, y verá en la preparación de estas luchas su
misión esencial. De esta forma, facilitará enormemente los cambios de mentalidad y del comportamiento de los
trabajadores organizados y de las masas trabajadoras más amplias, cambios que vienen exigidos por las bruscas

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oscilaciones de la situación objetiva.
En verdad, estos partidos de vanguardia no pueden sustituir a las masas para intentar hacer en su lugar la
revolución social. «La emancipación de los trabajadores sólo puede ser obra de los propios trabajado res.»
Conquistar a la mayoría de los trabajadores para el programa la estrategia y la táctica del partido revolucionario es
la precondición indispensable para que un partido de vanguardia pueda desempeñar su papel con plenitud.
Semejante conquista no será posible, normalmente, nada más que en los momentos «calientes» de crisis
prerrevolucionaria o revolucionaria, cuya «señal» será el estallido de potentes movimientos espontáneos de masas.
Por tanto, no hay ninguna oposición entre la espontaneidad de las masas y la necesidad de construir una
organización revolucionaria de vanguardia. Una se apoya en la otra, la prolonga, la completa y le permite triunfar
concentrando su energía en el punto neurálgico: el derrocamiento del poder político y económico del capital.

6. Los revolucionarios ante la lucha por las reformas
Como reacción al oportunismo reformista se han venido desarrollando actitudes ultraizquierdistas. de
rechazo de toda lucha en pro de reformas, en capas minoritarias del movimiento obrero y de la clase obrera.
Para los marxistas revolucionarios, el reformismo no se identifica en absoluto con la lucha por las reformas. El reformismo es la ilusión de la abolición del capitalista de un modo gradual, por una acumulación de
reformas. Pero es perfectamente posible combinar una participación en las luchas por las reformas inmediatas con
la preparación de la vanguardia obrera para luchas anticapitalistas que provoquen por su amplitud una crisis
revolucionaria en la sociedad.
El rechazo radical de toda lucha por las reformas implica la aceptación pasiva de un deterioro de la situación de la clase obrera, creyendo que ésta sea capaz de repente de derrocar al capitalismo de un golpetazo en la
espalda. Semejante actitud es utópica v reaccionaría.
Es utópica porque olvida que los trabajadores cada vez, más divididos v desmoralizados por su
incapacidad para defender su nivel de vida su empleo, sus; libertades v sus derechos elementales, no están apenas
preparados para afrontar victoriosamente una lucha contra una clase social dotada de la riqueza y de la experiencia
características de la burguesía moderna. Es una postura reaccionaria porque sirve objetivamente la causa capitalista,
la causa de los patronos, que tendrán todo el interés del mundo en bajar los salarios, mantener un paro masivo,
suprimir los sindicatos y el derecho de huelga, si los trabajadores se dejan reducir pasivamente al estado de
esclavos sin defensa.
Los marxistas revolucionarios consideran la emancipación de los trabajadores y el derrocamiento del capitalismo como el final de una época de fuerza organizativa del proletariado, de cohesión y solidaridad de clase
centuplicada, de creciente confianza en sus propias fuerzas. Todas estas transformaciones subjetivas no son tan
sólo el resultado de la propaganda o de la educación literaria. En último término no son sino el resultado del éxito
conseguido en las luchas diarias, que son luchas para la obtención de reformas.
El reformismo no es el producto automático de tales luchas o de tales éxitos. Lo sería realmente si la
vanguardia obrera se abstuviera de educar a la clase en la necesidad de derrocar al régimen; si se abstiene de
combatir la influencia de la ideología pequeño burguesa y burguesa en el seno de la clase obrera; si se abstiene de
iniciar en la práctica luchas de masas extraparlamentarias, anticapitalistas, que intenten superar el estadio de las
reformas.
Por la misma razón, es absolutamente indispensable que los revolucionarios trabajen en los sindicatos de
masas y luchen por el fortalecimiento y no por el debilitamiento de las organizaciones sindicales.
Evidentemente, los sindicatos son poco aptos para preparar u organizar luchas revolucionarias: ésta no es
su función. Pero resultan indispensables para defender los intereses de los trabajadores, día a día, en contra de los
del Capital. La lucha de clase cotidiana no desaparecerá ni tan siquiera en la hora del declive del capitalismo. Sin
sindicatos potentes, que agrupen una fracción elevada de la clase obrera, la patronal tiene toda la probabilidad de
salir vencedora de estas escaramuzas cotidianas. El escepticismo y la desconfianza hacia sus propias fuerzas que
serían el resultado di estas desgraciadas experiencias perjudicaría muchísimo el desarrollo de una elevada
conciencia de clase entre amplias masas obreras.
Por otra parte, la acción sindical no se limita tan sólo, en la época del capitalismo contemporáneo, a la

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