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Los Astoria (ADELANTO) .pdf



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LOS ASTORIA
®Derechos Reservados Pajares Editores 2012

®

Jesús Espina Chaín

PREFACIO
Manuscrito del Emperador Alejandro Astoria I
Tengo una sensación de sentimientos encontrados. La emoción y el peso fuerte de la
responsabilidad crecen dentro de mí, este es mi primer escrito después de haber sido nombrado
Emperador de la Confederación Galáctica del Imperio Apostólico del Sol y los Virreinatos de la
Vía Láctea.
Soy el hombre con más poder terrenal que cualquier otro, mi autoridad sólo es comparable a la
de Su Santidad el querido Papa Pío LXX. Cualquier persona en el futuro que lea esto, estará en
mi posición ya que sólo quien ocupe mi cargo tendrá acceso a este archivo secreto.
Lo primero que debes saber, querido sucesor, es que la humanidad ha ido demasiado lejos,
tanto para bien como para mal. Ahora el Planeta Tierra está bajo un sólo mando, y no sólo
este, si no, hemos conquistado la mayor parte de la Galaxia. Pero precisamente por ello, por la
codicia y ambición tan grande del hombre, fue que la humanidad tuvo que escarmentar con
nuestra venida, los nuevos profetas. Sin duda nuestra tarea es impedir que las enseñanzas del
Señor Jesucristo se pierdan, para ello, fuimos dotados con increíbles talentos capaces de
controlar los elementos y las energías. Como ahora se nos llama, somos los humanos
apostólicos.
Ha sido difícil tomar el control y mantener la paz con las distintas razas de los planetas recién
descubiertos, pero por medio de una evangelización correcta y sutil a sus antiguas creencias lo
hemos logrado en gran parte. En el pasado se dudaba sobre la existencia de vida fuera de la
Tierra. La hay, pero el pueblo consentido del creador somos la raza humana, la cual
curiosamente no sólo ha existido en nuestro planeta si no, en distintos sistemas dentro de la
Galaxia.
La llegada de los primeros humanos apostólicos se liga a finales del pontificado del Santo Juan
Pablo II, curiosamente coincide aproximadamente con los primeros archivos de audio y video
confiables que tenemos.
No daré mas vueltas, ya que en unos minutos me espera una reunión con Su Santidad y luego
será mi toma de posesión en el Senado de la Confederación. Por eso debo sintetizar más
adecuadamente el contenido de este legado que irá pasando de generación en generación.
El mandato divino fue claro cuando el arcángel Gabriel vino a anunciar a Roma que yo y mis
descendientes, los Astoria, seríamos la autoridad terrenal encargada de la evangelización
Universal, siempre teniendo en cuenta a Su Santidad el Papa, quien sigue siendo la máxima
autoridad espiritual dentro de la creación.
En el mandato que recibí del Altísimo, se me encomendó mantener la paz y la estabilidad de su
pueblo evangelizado, hasta que llegase el apocalipsis y la salvación fuese eterna para más
almas. Todo ser vivo es creación de Dios y su intención es tener su gloria asegurada.
Hemos tenido que luchar contra algunas voces que reclaman que el modo de gobierno de la
Confederación Imperial debería ser democrático y no una monarquía. Pero… ¿Cómo poner de

acuerdo a los habitantes de 74 planetas que conforman la Unión? Además fue descrito por el
arcángel que Su Santidad, el Papa de Roma y nosotros, los nuevos Emperadores, fuésemos
quienes dirigiésemos las fuerzas celestiales para combatir las fuerzas de Lucifer que ahora se
han exiliado fuera de esta Tierra, pero que sin duda, querrá recuperar.
Lo más esencial de esta carta es describir lo siguiente: Cristo llegará para juzgar algún día a
toda la creación y tenemos que hacer de la humanidad y el Universo enteros más fuertes en sus
máximas debilidades, las cuales, supongo, tendremos que ir descubriendo.
¡Gloria a Dios en las Alturas!
Ciudad Santa de Roma a los 17 días del mes de abril del año 4072.

Capitulo 1
El último heredero

Cerré el cuaderno de piel del Archivo Secreto de Los Astoria. Ahora que estaba en edad, con
veintiún años y lo había recibido pronto llegaría el momento, justo en tres semanas, tomaría el
cargo que legítimamente me correspondía después del asesinato de mis padres, los anteriores
Emperadores. En ese entonces yo solamente tenia unos cuantos meses de haber nacido y si no
morí en el atentado fue un milagro de Dios, o bueno, al menos era lo que me decían.
-

Feliz cumpleaños León – me dijo Su Santidad – Por la expresión que veo en tus ojos sé
que ya haz leído la primera carta de Alejandro Astoria.

Miré al anciano de pelo blanco y arrugas surcadas que tenía frente de mí. Era el Papa Anastasio
VII, jerarca de la Iglesia Universal, pero para mí era como un padre.
Él me había defendido. Cuando mis padres murieron muchos quisieron poner fin al Régimen
Imperial. Sobre todo porque yo tardaría algunos años en poder tomar decisiones referentes al
gobierno de la Galaxia. Pero Su Santidad había abogado por mí diciendo que era mi derecho
legítimo y que era parte del anuncio divino que había traído el arcángel Gabriel a mi
antepasado Alejandro Astoria, alrededor de cuatrocientos años atrás. Desde entonces William
de Serbin, mano derecha de mi padre, es quien se ha hecho cargo de la regencia del Imperio.
Sin embargo en tres semanas, yo seré el Emperador de la Confederación. Este día siete de julio
del año 4407 es el día en que cumplo mi mayoría de edad, en tanto, ya estoy en tiempo para
gobernar. Esa misma mañana Su Santidad me había entregado el primero de los cuadernos de
las memorias de mis antepasados.
-

Creo que Alejandro Astoria se sintió igual que yo ahora mismo cuando escribió esto –
le dije al Papa esbozando una tenue sonrisa. – La diferencia es que nadie decía que él
sería el último de los Astoria.

Y es la verdad, yo soy el último de los Astoria hasta el momento, al menos hasta que engendre
un hijo, y eso por el momento no está en mis planes.
-

León Astoria, Dios tiene una misión preparada para ti, eso siempre lo he sabido – me
dijo, aunque más fue para si mismo. – No sabemos que vaya a pasar después pero lo
que si sé es que hoy tú eres el Príncipe de la Galaxia y en unas semanas serás el
Emperador, lo único que puedo hacer es rezar por ti y confiar… confiar porque creo
que estás preparado.

Sonreí a Su Santidad.

-

Espero estarlo – dije nervioso, aunque con una sonrisa – Sólo sé que las ansias me
comen.
Quizá esos sean dos de tus problemas: las ansias y la impaciencia – me dijo él también
sonriendo, como un padre a su hijo pequeño – Pero por el momento disfruta de tu
cumpleaños que grandes responsabilidades están por venir.

El anciano se levantó de la superficie de mi cama y dedicándome otra sonrisa, salió de mi
habitación.
Me quedé sólo en mis aposentos contemplándolos. El mármol blanco predominaba en todas
las paredes, decorado en tono azul rey con rojo. Era mi último cumpleaños en el Palacio
Apostólico y Su Santidad dejaría de ser mi tutor para irme a mi propio Palacio Imperial de
Balahuk, en la ciudad de Madrid.
Estaba emocionado y quería compartir mi sentimiento con los míos. Mis eternos amigos
Enrique, Román, Mía y mi drofer, una especie de león alado traído de Venus llamado Rajha. En
definitiva ellos, junto con Su Santidad y mi maestro el Dr. Chelsea (algunos más que irán
conociendo) eran las personas más importantes en mi vida.
Emocionado me vi al espejo y un chico sonriente me devolvió la mirada. Contemplé mis ojos
verdosos y mis cejas tupidas como las de mi madre, y mis labios rojos carnosos con mentón
cuadrado heredados de mi padre. El color blanco de la piel y el pelo cenizo era una herencia de
los dos.
Me puse una vestimenta más formal con rapidez y salí lo mas aprisa que pude hacia el
vestíbulo del Palacio Apostólico.

Llegué a los pocos minutos, con los labios un poco cansados de tanto sonreírle a las personas
que me iban felicitando durante mi transcurso, cuando llegue a la puerta principal encontré a
quienes buscaba.
-

-

¡Feliz cumpleaños Leonaso! – me saludó Enrique con una fuerte palmada en la
espalda, era su costumbre darte esta con tanta fuerza que te dejaba un poco de dolor,
pero no había de que quejarse, yo hacía lo mismo.
Has dejado de ser un cachorro para convertirte en un gran cazador – me dijo Román
también abrazándome.
Muchas felicidades amigo. – me dijo Mía besándome en la mejilla.

Les sonreí abiertamente agradeciéndoles sus felicitaciones, mientras veía como uno de los
empleados del Vaticano se nos acercaba.
-

Alteza le recuerdo que solo tiene media hora antes del encuentro público que le ha
sido programada con motivo del cumplimiento de su mayoría de edad.
Gracias. – me limité a decirle con una sonrisa.

La verdad era que quería aprovechar el poco tiempo que tendría para festejar mi
cumpleaños realmente, lo demás serían cosas propias del protocolo que si bien no me
disgustaba, tampoco era en lo que podía emplear mejor mi tiempo.
-

¡Vamos a la cueva! – dije con tono apurador una vez el empleado estuvo lo bastante
lejos para no escucharnos nada.

La cueva era un refugio que Su Santidad me había obsequiado para estar un rato lejos de
cualquier perturbación política. Él decía que todas las personas necesitábamos nuestro
propio espacio, pero no sé si bien o mal hecho, siempre hice del conocimiento de mis
amigos dónde estaba aquella cueva, la verdad es que en ellos tres confiaría mi vida.
-

¡No te dará tiempo León! – espetó Mía en un susurro. – Recuerda que ya no eres un
chiquillo, pronto tomarás tu responsabilidad como Emperador…

Sus palabras hicieron a mi mente salir del lugar. Era verdad, mi cumpleaños había sido tan
perfecto hasta que recordé que esto no sólo se trataba de asumir un cargo, si no, una
verdadera responsabilidad para toda la vida y que lo cambiaría todo. Siempre lo había sabido y
estaba decidido, pero era una costumbre mía a veces dejar lo incomodo para después. Mi
menté entró en pánico al pensar en la primera decisión importante que fuera a tomar, de
algún modo quería que fuera ya y de otro modo quería que aún siguiera siendo aquel chiquillo,
bueno y pillo.
-

… y la relevancia de los actos que desde hoy en las vidas de millones van a tener –
terminó Mía con sus palabras sacándome de mi ensimismamiento.
¡Miren quien está en televisión! – se apresuró a decir Enrique.

Voltee a la pantalla gigante que colgaba del vestíbulo y vi al aún regente del Imperio en sus
pixeles. William de Serbin la antigua mano derecha de mi padre que a mi me generaba tantas
dudas.
-

No me queda más que congratular al príncipe a nombre propio al igual que el de toda
la Confederación por la mayoría de edad que hoy cumple y estaré orgulloso de
entregarle el mando de la Galaxia el próximo día veintiocho de Julio. – decía William a
la prensa.

Levanté una ceja y miré a la pantalla con incredulidad.
-

¿Qué tanto estará dispuesto a dejar el poder ese cabrón? – comentó Román
exhalando aire en señal de incredulidad.

Mis amigos no eran muy afines a William ya que él se había opuesto continuamente a que
ellos siguieran llevándose conmigo debido a que no pertenecían a una clase demasiado
privilegiada, mas bien, los hermanos Román y Mía, ambos blancos, de pelo castaño, de
estatura media y ojos expresivos, habían sido hijos de simples empleados del Palacio
Apostólico a los que yo había escogido desde pequeño como mis amigos y a quienes quería
como hermanos. Enrique, por su lado era de las colonias fuereñas, hijo del Virrey de Júpiter,

uno de los territorios en los que el sistema de evangelización de William no era muy bien
aceptado.
Enrique era apiñonado, alto, de ojos castaños y profundos con pelo largo, ondulado y negro y
le conocía yo desde los diecisiete años cuando llegó a Roma para recibir preparación también
por parte de Su Santidad.
-

-

No lo sé – dije pensativamente. – Ya saben que no tengo una postura aún muy bien
definida acerca de William.
¡Es un imbécil! – se apresuró a añadir Enrique, siempre que encontraba oportunidad
para atacar a William lo hacía. – No sé por que el Senado lo mantiene en el puesto, a
mi parecer ni a Su Santidad le cae bien, es un poco agresivo y anti ecológico, además
de ser un bastardo que se cree dueño del Universo con su soberbia y prepotencia.
Calma… - incitó Román. – Ya pronto León tomará cartas en el asunto. ¿No es así León?

Mis amigos me miraban urgidos y yo me limité a mantener mi seriedad.
-

Por el momento lo necesito, en lo que aprendo a administrar todo – les dije.
Sabemos que eso es cierto a medias – opinó Enrique. – A ciencia cierta nunca sabrás si
te esta dando autonomía o sólo sigue enriqueciendo sus intereses.

Lancé una mirada apremiante a Enrique, que pese a aceptar y querer mucho a Román y a Mía,
a veces reflejaba en él lo que tanto criticaba.
-

-

No es momento de que León piense en ese tipo de cosas – se apresuró a añadir Mía
para romper el silencio incomodo que se había producido. – Es consiente de todo
esto, simplemente quiere tener un poco de paz por hoy, al menos hoy que es su
cumpleaños.
A eso quería llegar – le dije a mi amiga dirigiéndole una sonrisa.

Todo estaba listo para el encuentro con el Pueblo. Incluso yo lo estaba, me gustaba aparecer
en cámaras y ser carismático con los medios. Eso sí, sin olvidar todo lo que yo representaba.
Poco antes de salir ante los medios me encontré a solas con el Dr. Chelsea en la parte trasera
del balcón principal del Palacio Imperial de Balahuk, donde sería mi fiesta de cumpleaños y
según la ley debería de mudarme esa misma noche para iniciar el proceso de veintiún días para
la coronación de un nuevo Emperador. Después de veinte años la Galaxia tendría un
Emperador.
El doctor Chelsea era un experto en las tecnologías humanas y en los dones divinos de la magia
celestial concedida por Dios. Él, junto con Su Santidad, me había enseñado todo cuanto sé. El
viejo Pontífice tenía arduas tareas para su edad, como dirigir a toda la Curia de la Galaxia y
aprobar junto con el Colegio Cardenalicio las normas morales que todo hijo de Dios estaba
obligado a cumplir.
-

Dr. Chelsea, me gustaría cantar a la prensa – le dije en tono de broma, aunque siempre
había tenido un cantante dentro de mi interior y a mi juicio y al de mis amigos no lo
hacía del todo mal.

El viejo Dr. Chelsea me miró con cariño a la vez de que su mirada me apremiaba.
-

Hagamos un trato León. – comenzó el Dr. Chelsea. – Tú cumple bien con la conferencia
de prensa, muéstrate como el futuro gobernante de la Galaxia y en la fiesta de esta
noche yo me encargaré de que puedas cantar sin que nadie sospeche que fue iniciativa
tuya.

Acepte con una sonrisa su trato al momento de que las trompetas comenzaron a sonar
anunciado mi pronta salida. Sentí una gran emoción al oír las ovaciones de la gente, por fin
me verían hecho un hombre con todas las facultades para el puesto político más
importante de la Galaxia.
-

Su Alteza Imperial, León Alejandro de Astoria y Teruel, Príncipe de la Confederación
Galáctica del Imperio del Sol y los Virreinatos de la Vía Láctea. – anunció una voz desde
fuera.

Salí al balcón y la luz me deslumbró. Con una mano invoque la magia celestial e hice que una
nube individual me cubriera de los destellos de luz.
El clamor se alzaba, la gente me quería, quería que yo fuese su Emperador. Alcé las manos
saludando a la multitud.
William de Serbin estaba a mi lado y me tendió un brazo para abrazarme y luego alzarme la
mano.
-

Señoras y señores, humanos, fuereños y todos los presentes. – comenzó el Regente
Imperial. – Ante ustedes tienen al futuro Emperador de la Galaxia, hoy en su
cumpleaños en el que por fin cumple la mayoría de edad y a unas pocas semanas de
ser coronado por Su Santidad. Oigamos algunas palabras de lo que nos tiene que decir.

Busqué entre la multitud y pude ver a mis amigos entre las primeras filas. Al otro lado, desde el
balcón de honores del Palacio de Balahuk, podía ver a Su Santidad sonriente.
Me adelante hacia los micrófonos y vi por fin con detalles lo que tenía enfrente de mí. Miles de
seres de todas las razas, humanos y fuereños me veían con impaciencia, en la gran Plaza del
Palacio Imperial, cuya fachada era una mezcla de mármoles negros y blancos.
Me puse algo nervioso y después tomé aire y con total soltura comencé a hablar, recordando
todas las enseñanzas antes aprendidas.
-

Mi Querido pueblo del Imperio Galáctico del Sol, es para mi un honor estar aquí frente
a ustedes y agradezco a Dios Altísimo la oportunidad de poder servir a este Imperio,
pero sobre todo a su causa evangelizadora y alejar las fuerzas de Lucifer fuera de los
territorios de nuestra Unión, así como seguir evangelizando cada vez a más pueblos de
este nuestro Universo, para lograr que el amor y la misericordia de Dios Jesucristo
llegue a la mayor cantidad de almas posibles. – hice un pequeño silencio – Primero que
nada quiero reconocer la labor de Su Excelencia el Regente Imperial William de Serbin
por el trabajo transcurrido durante estos veinte años. Hoy en mi cumpleaños número
veintiuno les quiero agradecer a todos por su cariño y apoyo e invitarlos a seguir por

sus pantallas la próxima ceremonia de coronación, desde hoy prometo y me
encomiendo a este mi Imperio y a la causa de Dios. No puedo irme sin antes agradecer
la bella y sobretodo cariñosa educación que recibí del Papa Anastasio VII y mi maestro
el Dr. Eric Chelsea a quien considero como un padre. Gracias a todos.
La multitud estallo en aplausos y yo sonreí saludando con la mano, encantado con todas esas
caras fascinadas por verme, tenía que admitirlo, mi ego era un poco grande, pero en esencia
soy una buena persona, ustedes lo irán descubriendo.
Cuando subí al auto supersónico que nos llevaría de vuelta a Roma tuve la oportunidad de
estar solo en mi cabina privada y ahí fue en donde caí nuevamente en cuenta. Era mi
cumpleaños y mi última noche como hombre libre, quería distraerme un rato y siempre había
querido ir a una discoteca muy famosa en Ibiza de nombre Ku. Llamaría a mis amigos y les diría
que esa sería una noche de fuga.
Moví los dedos en activación de mi pulsera celular para acceder al torrente de hologramas que
componían el menú de mi teléfono. Tecleé en el aire sobre las formas de luz que comprendían
las claves para llamar a Román. Sería cuestión de unos cinco minutos más para estar en Roma
de nuevo.
-

¿Qué pasó bro? – oí la voz de mi amigo a través del nano audífono que estaba
instalado en mi oído.
Creo que esta noche el príncipe no estará la noche completa en su fiesta de
cumpleaños. – le dije en tono sarcástico.
¿Qué quieres decir? - me preguntó con el mismo tono que yo le hablaba, parecía que
mi amigo Román y yo estábamos en el mismo canal.

Miré la hora en la pantalla de hologramas.
-

Nos vemos en la cueva una hora después de que finalice la comida que dará Su
Santidad en mi honor. – le dije con voz rotunda y vacilante también.

Román exhaló largo y profundo.
-

¿No pudiste esperar a la comida para decirnos?
No quiero correr riesgos de imprudencia innecesaria, Su Santidad es capaz de leerme
el rostro.
De acuerdo, pero espera a que mi hermana se entere de esto – dijo soltando una
carcajada.
Dile a tu hermana que la quiero – dije riéndome yo también mientras escuchaba la voz
de Mía insistiendo en saber qué pasaba y con un movimiento de dedos le puse fin a la
llamada.

La comida en Palacio Apostólico era una de las pocas cosas que me resultaban importantes en
lo referente a mis festejos de cumpleaños según el protocolo.

Sería mi despedida de aquel lugar como uno de sus residentes, donde me había criado
prácticamente toda mi vida y la otra cosa buena sería que no tendría que aguantar tensiones
con los miembros del Gobierno Imperial de la Confederación. Únicamente estaría la gente con
la que me había criado aquellos años, la gente que se encargaba del día a día en el Palacio
Apostólico.
Una vez me encontré solo de nuevo en mi habitación para descansar y hacer un nuevo cambio
de ropa para la próxima comida hubo un sentimiento de nostalgia que invadió mi ser.
Realmente era cuestión de horas para que esa dejara de ser mi habitación, ahora serían los
aposentos personales de Enrique, quien seguiría su preparación en las habilidades de los
humanos apostólicos por Su Santidad y el Dr. Chelsea.
Miré detalle a detalle la habitación. En el techo estaba una hermosa pintura de la gloria de los
justos que alcanzarían la salvación eterna el día del Juicio Final. Al centro se encontraba Cristo
ladeado a la derecha por la Virgen María y a la izquierda por San Pedro. Alrededor de ellos
había una gran multitud celebrando la segunda venida del Verbo Encarnado subiendo al
paraíso prometido para las almas de corazón dispuesto.
Al centro estaba una mesa baja de oro blanco con vestiduras rojas con anchas rayas azul rey.
La cama sobresalía de una plataforma de mármol blanco sobre la que descansaba el colchón
con ropaje similar al de los sillones. El dosel era muy parecido y arriba de él colgaba desde la
pared un elegante crucifijo de caoba.
La amplia pantalla de televisión tridimensional resaltaba en el cuarto, y al otro lado lo último
en reproductores de música. Las ventanas tenían pechos de paloma de mármol rosa y
persianas de lino blanco.
Mientras vivía mi ensimismamiento de nostalgia alguien tocó a mi puerta y me sacó de aquel
ensueño de recuerdos que eran mucho más que un simple oropel.

-

Adelante – me apresuré a gritar poniéndome en postura.

La puerta se abrió con vacilación.
-

-

Príncipe, la señora Beatriz desea hablar con usted – me dijo el guardia suizo que
estaba a cargo de la vigilancia de mi habitación – Yo le dije que usted deseaba estar un
rato a solas pero ella insistió.
Déjala pasar – ordené apresurado en tanto el hombre se retiraba asintiendo con una
reverencia.

Beatriz era la madre de Román y Mía y era lo más cercano a una madre que yo tenía. Ella,
junto con su esposo Julio eran los jefes de todos los miembros del servicio laico dentro del
Palacio Apostólico.
La puerta se abrió para dar paso a una mujer sonriente, con gran parecido a sus hijos, que me
sostuvo en un largo y pronunciado abrazo.

-

Feliz cumpleaños León – me susurro al oído besándome la mejilla.
Gracias – le dije devolviéndole el susurro.

Se hizo para atrás para verme desde un ángulo más amplio.
-

Estas hecho todo un hombre corazón, Sus Majestades Imperiales Javier y Diana María
estarían muy orgullosos de ti – dijo ella con una sonrisa aún más amplia refiriéndose a
mis difuntos padres. Ella había estado al servicio de mi madre durante su preparación
con Su Santidad, al igual que su esposo Julio, al de mi padre.

Dediqué una tenue sonrisa.
-

No puedo ni recordarlos – le dije con algo de tristeza pero después sonreí – Gracias
Beatriz por todos estos años, de verdad me siento muy agradecido contigo.
No agradezcas corazón – me dijo ella un tanto apenada – No hemos hecho nada a
comparación de lo que tu haz hecho por mi marido y yo y claro está por mis hijos. Te
queremos y sabes que no podría ser diferente nuestro sentimiento hacia ti.

Me ruboricé un poco para después tenderle un fuerte abrazo y un beso en la mejilla a mi tan
querida Beatriz.
-

-

Nana debo de confesar que me siento muy raro, estoy feliz pero algo dentro de mi no
puede evitar sentir algo de tristeza. – dije en tono franco – Sólo espero que Dios me de
la capacidad de estar a la altura de las circunstancias.
Lo estás, ten por seguro que lo estás. – me dijo ella casi en un grito. – Todos nosotros
confiamos en ti, Su Santidad lo hace y el Dr. Chelsea y mucha, mucha gente más.

Me sentí un poco más tranquilo y dibujé una sonrisa, a lo que ella correspondió
inmediatamente.
La comida por mi cumpleaños no se dejó esperar, al poco tiempo de la visita de Beatriz a
mis aposentos ya me encontraba en medio de la comida sentado entre Su Santidad y la
Cardenal Adriana Zcaprio. En el año 2512 en el Cuarto Concilio Vaticano se había aprobado
el sacerdocio de las mujeres y había cambiado a ser opcional el celibato en la generalidad
del clero.
La cardenal era sin duda la mujer más importante en toda la galaxia, era una de las siete
únicas mujeres dentro del Colegio Cardenalicio y era la Secretaria de Estado del Vaticano.
Una mujer muy buena pero también de muy fuerte carácter. Ella era además
extraordinariamente guapa.
Enrique se encontraba sentado a dos lugares de mí a la derecha, que estaba junto a Román
y Mía, a los que le seguían los padres de ellos, Beatriz y Julio.
-

Quiero proponer un brindis – se levanto diciendo Enrique. – Por mi amigo el príncipe
León y porque todo lo que haga a partir de hoy salga bien y como Dios manda.

Para mi sorpresa el primero en seguirle a ponerse de pié fue Su Santidad.

-

Y me uno a tu brindis Enrique – dijo el Papa. – Hoy es el día en que León demostrará
que ya esta listo para su cargo con todo lo que ello implica, estando consciente del
alcance de sus actos. Él sabe que aquí todos lo queremos mucho y siempre contará
con nosotros para hacer de esta Galaxia un verdadero reino de Dios. Recemos porque
el creador lo guie y lo mantenga con esa nobleza de alma que tanto lo caracteriza y lo
ayude a ser un poco menos impulsivo. – estas ultimas palabras las dijo con un deje de
comicidad que muy bien conocía en Su Santidad, cuando me miró a los ojos supe que
él ya tenía idea de lo que estábamos ingeniando para la noche, pero Su Santidad lo
dejaría a mi decisión y yo, yo quería disfrutar de una noche de libertad.

Todos se pusieron de pie y alzaron sus copas en mi honor. Después de que la Cardenal Zcaprio
me dirigiera una cortés sonrisa me apresuré a encontrar la mirada de mis amigos quienes
parecían haberse dado cuenta de la indirecta de Su Santidad.
-

¡Sabes que en el fondo Su Santidad espera que no hagas nada! – espetó Mía una vez
nos encontramos los cuatro en la cueva.

Apenas nos habíamos reunido ella había empezado a dar excusas para no cambiar el plan y
pasarnos la noche en la fiesta que me organizaba el propio Gobierno Imperial.
-

Eso es cuestionable – se apresuró a decir Enrique. – Su Santidad también entiende que
León necesita un poco de diversión. Pero lo que no entiendo es cómo le haremos para
entrar a Ku con el mismísimo Príncipe Imperial sin llamar la atención.

Esa era la parte del plan que no les había explicado, pero yo ya estaba decidido, por eso mismo
ya tenía una solución para aquel problema.
-

Átomos de cambio – dije con una sonrisa.

Los átomos de cambio los utilizaba el Gobierno Imperial para poder transformar
temporalmente la forma y aspecto de cualquier objeto físico, incluida la cara de un
humano.
El propio Enrique me miró con ojos desorbitados.
-

¿De dónde vas a sacarlos? – me preguntó un poco alterado – Son muy difíciles de
conseguir y creo que aunque seas el Príncipe de la Galaxia te pedirán una explicación
cuando los solicites.

Mire a mis amigos con una expresión de falsa resignación hasta convertirla en una sonrisa de
triunfo.
-

Hace algunos meses tomé una dosis del laboratorio del Dr. Chelsea – dije con orgullo.
Pero miren a este… - dijo Román en casi un aullido victorioso.

Enrique me tomó con una mano fuerte del hombro, y sólo me apretó este en señal de
complicidad. Le regresé el gesto.

-

-

De acuerdo – comenzó Mía. – Vamos a suponer que les haré caso en contra de mi
propio instinto y le entraré a su plan de fuga juvenil, pero ¿cómo lo piensan hacer?
¿Cómo nos moveremos desde el Palacio Imperial hasta Ibiza?
Usaremos a Rajha – dije como quien saca un as bajo la manga – Mi drofer no es
distinguido como un medio de transporte por los radares, lo confundirán con otro
animal enseguida. – He dado órdenes en Palacio Apostólico para que ustedes dos
trasladen mis cosas privadas a mis nuevos aposentos en el Palacio Imperial. El capataz
les entregará a Rajha y ustedes se vendrán volando en el…

Los hermanos me miraron asustados.
-

-

Ya Román sabe como se hace…
¿Cabremos los cuatro en el drofer? – preguntó Román nervioso.
Solamente necesitará a dos – expliqué. – Ustedes lo traerán a Madrid mientras
nosotros estamos aburriéndonos en la fiesta, luego ustedes se irán a Ibiza en el auto
de Enrique, no les debe de tomar más que siete minutos en trayecto supersónico.
Luego Enrique y yo los alcanzaremos a lomo de Rajha, aparte de ser un medio seguro
de transporte es una cabeza más a favor de nuestra causa.
¿Y estando allá quienes seremos? – preguntó Enrique – No a cualquiera lo dejan entrar
a esa discoteca y si vamos como incógnitos ten por seguro que no nos dejarán dentro.
Ser príncipe del las colonias de Júpiter no está mal – le dije con una sonrisa, pero esta
vez no la devolvió.
¡Ah no! – se apresuro a decir – Si tu vas encubierto yo también quiero estarlo, conozco
tu forma de ser y casi creo que tu preferirías que nos descubrieran, si tu vas encubierto
yo también. Además toda la Galaxia sabe que soy de tus mejores amigos.

Por un momento me quedé analizando las palabras de mi amigo, pero decidí que mejor
dejaría el enfrentar la realidad para después, ahora lo que importaba era el plan.
-

De acuerdo, pero sólo tengo una dosis de átomos de cambio. – dije con aspereza.
No importa, el aplicador nos lo hará a los dos, simplemente los efectos serán menores.
– dijo Enrique – Dámelos para ir preparando el diseño en el pre visualizador del
aplicador.

Mía exhaló largo y profundo.
-

-

Creo que no es necesario ser alguien en específico, creo que sus ropas más casuales
son mejores que la de la mayoría de los humanos en la Galaxia. Simplemente vayamos
bien vestidos y podríamos decir que son hijos de alguno de los jeques de los territorios
árabes, ellos son quienes más podrían tener un drofer.
Estoy de acuerdo con mi hermana – se apresuró a añadir Román
Pues ya esta hecho.

Mis últimos minutos como residente de mi habitación me resultaron complejos. Una parte de
mi se quedaba ahí, la historia de veinte años que había albergado ese lugar como mi espacio,
el lugar en el que yo me sentía más seguro.

-

Hasta pronto – dije en un susurro y salí de los que hasta ese momento habían sido mis
aposentos con una lágrima resbalándome por la mejilla.

Recorrí el pasillo por el que se encontraban los aposentos apostólicos, poco más adelante
encontré una figura que yo conocía muy bien, detrás de él dos personas más dirigían bodegas
móviles como quien llevase un carrito de supermercado.

-

Íbamos a hacer la mudanza – me dijo Enrique en tono neutro - ¿Estás bien?

Me quedé en mis pensamientos durante algunos segundos.
-

Si – respondí con rotundidad – Me alegra que seas tú quien ahora ocupe esa recamara.
– le dije esbozando una sonrisa y dándole un abrazo.

Enrique, como siempre, hizo lo posible para salir de toda situación que involucrara
sentimientos.
-

Alteza necesitamos saber qué es lo que quiere usted que se lleve al Palacio de Balahuk
en este dispositivo y qué cosas llevará su gente personalmente.

Vacilé durante un momento.
-

Descuiden lo haré yo. – informé a los dos empleados de Palacio Apostólico – En cuanto
todo esté listo se los haré saber.

Los empleados me miraron nerviosos.
-

Príncipe le recordamos que en veinte minutos saldrá el vehículo que lo transportará
hasta el Palacio de Balahuk. Su Santidad se encontrará en su espera en quince
minutos. – dijo uno de ellos.

La verdad era que estaba en una situación mucho mas profunda de lo que había imaginado, la
que estaba atrás ya no era mi habitación. Ahora era la de Enrique y sentía que una parte de
mis intimidades pasaban a ser parte de él.
-

Acompáñame – le dije a Enrique e hice gestos a los empleados para que prosiguieran.
– Metan todo, ya tengo separadas mis pertenencias personales. Denle al príncipe de
Júpiter el trato que se merece. – terminé con una sonrisa.

Enrique y yo caminábamos solos a través de los pasillos del Palacio Apostólico, el silencio era
incomodo, no sabía por qué, pero lo era. Por fin Enrique lo rompió.
-

¿Y como será todo ahora que seas Emperador? – preguntó irónicamente justo cuando
pasábamos frente a frescos de bellos ángeles. – ¿Nos seguirás hablando igual?
¡Claro que sí! – respondí cómo si fuera algo completamente obvio.- Además algún día
tu también serás Virrey de las Colonias de Júpiter.
Supongo – dijo medio sonriendo – Eso me hace estar un poco más a tu rango.

-

Jamás he visto rangos entre tu y yo – le dije en tono casi indignado, esto estaba
dejando de ser un juego.
No lo haces a conciencia. – dijo Enrique. – Pero lo haces de todas formas.
¿A que te refieres? – pregunté con tonto casi molesto.

Enrique gesticuló pero no salió palabra de su boca, por lo que seguimos andando hasta el
último pasillo que daba al vestíbulo.
-

Además de que sientes que el mundo gira a tu alrededor hay cosas que cambiarán –
dijo por fin. – Tendrás que mantener las estrategias de evangelización, seguridad,
política exterior con otras galaxias, economía… en fin, muchas cosas a las que les
tendrás que hacer frente. Eso sin contar que ahora debes encontrar una esposa y
tener un hijo para así mantener con vida al linaje de los Astoria.

Todo lo que decía Enrique era verdad, pero quizá la suya no era la única óptica en el asunto, yo
no cambiaría a mis amigos ni el trato que tenía con ellos. Una vez llegamos al vestíbulo
pudimos unirnos a Su Santidad, el Dr. Chelsea y la Cardenal Zcaprio.
-

-

Luce usted formidable Príncipe León – me dijo la Cardenal sonriendo con su boca
pintada de rojo – En verdad le deseo la mejor de sus noches y que vengan muchísimos
años de prosperidad.
Muchísimas gracias Su Eminencia. – le agradecí cortésmente. – Necesitaré de usted y
su sabiduría para enfrentar los porvenires.
Y las tendrá Su Alteza, las tendrá.

La cardenal a mi descripción era como la Afrodita de los antiguos griegos. De un blanco
radiante, ojos profundos, oscuros y delineados, pelo castaño ondulante, nariz perfecta y labios
sutiles. Yo le tenía mucho respeto, pero sabía la clase de chistes que se contaban sobre ella en
las fiestas y dichos populares. Ninguno de ellos ciertos en lo más mínimo. La Cardenal a mi ver
era la mujer más digna de llevar los hábitos que ostentaba.
-

¿Enrique cómo llegarás tú a la fiesta, no irás con tu padre? – preguntó el Dr. Chelsea.

Y era verdad, Enrique no tenía que estar ahí. Él no era parte del Séquito de Honor que me
entregaría en Palacio Imperial. Sólo iba como un invitado más al nivel de ser el hijo de un
Virrey.
Enrique titubeó, creo que en ese mismo momento fue cuando se dio cuenta de su situación.
-

Quiero que venga conmigo. – dije sin pensar – Como mi secretario de confianza.

No pude percibir con exactitud las reacciones ante lo que acababa de decir pero si supe que
era algo relevante. El secretario de confianza era una investidura muy importante. Todo
mundo pensaba que ese puesto sería para William de Serbin pero no, sería para Enrique y lo
había decidido en tan sólo cuestión de segundos. Únicamente para no sentirme sólo en mi
primer acto oficial con el que comenzaban los veintiún días de coronación de un nuevo
Emperador y claro está, para tenerlo cerca y disponible a la hora de actuar.

-

Es tu decisión como Príncipe y se te respetará – dijo Su Santidad, para luego añadir
interrogante mente – Muchos pensaban que hoy nombrarías al Regente Imperial para
ese cargo.

Miré nervioso a Su Santidad y al Dr. Chelsea, preferí evitar la visión con la cardenal, tenía que
sacarme eso de adentro.
-

No conozco muy bien a William de Serbin, pese a todo lo que me puedan decir bueno
o malo, no se si tengo la confianza para hacerlo mi persona de confianza – dije con
rotundidad.

Su Santidad me sonrió.
-

Bueno eso es algo que tendrás que anunciarle a la Galaxia tú mismo esta noche. – dijo
en tono neutro – Supongo que Dios esta poniendo en tu cabeza algo nuevo de su
voluntad y si es así, me congratulo de que lo entiendas tan rápido.

El automóvil supersónico que nos trasladaría hasta la entrada principal del Palacio de Balahuk
apareció en seguida. Una larga limusina blanca con dos banderas en sus faros, la del Vaticano y
otra Imperial.
Dentro de la limusina lo único que pude percibir de Su Santidad, la Cardenal y el Dr. Chelsea
era la combinación de nerviosismo de reacción con el sentimiento por el triunfo que yo sabía
suponía no darle el puesto de secretario de confianza a Serbin. Enrique por su lado, solamente
me miraba con sorpresa y algo de aturdimiento, le sonreí a lo que el correspondió de igual
manera tornándose un poco rojo.
La primera visión que tuve del Palacio de Balahuk para esa ocasión fue algo impresionante.
Absolutamente todo el mármol blanco y negro que comprendía el palacio iba serpenteando en
luces, poniendo el número veintiuno en todos sus flancos junto con el Escudo Imperial de los
Astoria. Grandes cantidades de personas se habían acercado para ser testigos de mi llegada. En
el lugar había de todo: suvenires, fotos, biografías, libros acerca de mí. Fijándome más a
detalle en la congregación que se hacía a las afueras del recinto, pude ver una que otra
pancarta con textos tales como: “SERBIN FUERA; SU MAJESTAD REGRESA”. Era claro que el
pueblo de la Galaxia, en menor o mayor medida, también tenía dudas acerca de la forma de
conducirse del Regente.
-

-

Creo que algunos se tomarán a bien que Serbin no sea proclamado como tu secretario
de confianza. – añadió con curiosidad la Cardenal. – Veremos que tan a la altura esta
este chico. – terminó dirigiéndole una media sonrisa a Enrique.
Espero estarlo Su Eminencia – contestó Enrique. – Sólo que me ha tomado demasiado
por sorpresa, León… digo el príncipe no me había comentado nada.

El me miró y yo trate de disimular que no entendía la pregunta de por qué mi actuar tan
apresuradamente. Su Santidad habló para sacarme del aprieto.
-

A veces Dios se manifiesta de formas muy curiosas, y quizá es momento de un cambio
en la Galaxia.

-

-

Santidad – balbuceé – No quiero sonar irrespetuoso pero ¿por qué el Vaticano
últimamente toma cada vez menos parte en las decisiones que realiza el gobierno
Imperial?
Bueno, eso me preocuparía si tú no estuvieses por entrar para remediar las cosas – me
dijo sonriente.
¿De verdad creen que yo…?

Pero antes de que pudiera terminar la frase una avalancha de paparazis y personas curiosas se
atiborraban al frente de la limusina que ya iba en una marcha muy lenta, iluminada por la luz
del faro más alto del Palacio de Balahuk. Me sentí muy emocionado y lo único que pude hacer
fue limitarme a saludar, mientras la gente de seguridad trataba de abrirle camino a nuestro
vehículo entre la congregación multitudinaria. En poco tiempo estuvimos estacionándonos
enfrente de una alfombra roja que cruzaba a lo largo un buen trecho del patio de entrada del
recinto Imperial. La limusina se detuvo y un hombre corpulento vestido de negro se acerco al
chofer que nos conducía.
-

Mis señores el dispositivo de seguridad esta listo para el arribo de Su Santidad y Su
Alteza Imperial. – nos dijo el hombre de negro. – Esperamos la orden para iniciar según
el protocolo.

Su Santidad me miró.
-

Cuando tú nos digas León.
Capitán dé la orden para iniciar el protocolo – dije dirigiéndome al encargado.
Enseguida Alteza – me contestó él – Su Excelencia el Regente William de Serbin estará
a su encuentro en dos minutos.

El capitán encargado de recibirnos dio algunas instrucciones a subordinados que se
encontraban cerca.
Me tomé un momento para mirar el magnífico escenario que tenía enfrente. El magnífico
Palacio Imperial, construido en las ruinas de lo que en la antigüedad había sido el Palacio Real
de Madrid lucía más radiante que nunca para aquella noche. Banderas Imperiales se
encontraban colgando de los diversos vitrales y ventanas que se dejaban ver en la construcción
de mármol blanco con contornos negros.
De un momento a otro, ambas puertas del vehículo se abrieron para darnos paso. A la primera
persona que pude reconocer fue a William.
-

Alteza sea usted bienvenido a la fiesta de cumpleaños que la Confederación Imperial
ha organizado para usted. – me dijo en tono protocolario.

Luego besó el anillo del Papa y con una reverencia nos invitó a pasar, aunque dio la impresión
de que intentaba evadir el saludo con Enrique, en sí, todo lo que tenía que ver con Enrique no
le gustaba.
-

Su Alteza Imperial tiene algo que decirle Señor Regente – se apresuró a apuntar la
Cardenal Zcaprio con el tono de una conversación intrascendente y relajada.

El Regente exhaló largo y profundo, aunque con una voz que simulaba demasiada tranquilidad
me preguntó.
-

Alteza lo que tenga que decirme dígamelo cuanto antes. – me pidió William

Tomé aire, tomando el control de mi mismo, comencé a dar una explicación tan lógica como
tan improvisada en aquel momento.
-

He decidido que mi secretario de confianza sea el príncipe de las Colonias de Júpiter,
mi amigo y compañero Enrique D’Fenrir y en tanto quiero que tome su lugar junto a mi
en el protocolo.

La expresión de William me sorprendió, ya que no era la que yo esperaba, sus ojos reflejaron
un destello de victoria.
-

Por su puesto Alteza – respondió él sonriente y se acomodó en su lugar de la caravana.

Enrique me miró con una cara con la que comprendí que él no entendía nada. Me limité a
posicionarlo a mi derecha.
En la ausencia de cónyuge o de la madre del Emperador, era el secretario de confianza, o más
bien con su título oficial, Confidente Imperial, quien acompañaba al Emperador en sus eventos
oficiales.
Así pues, tomamos nuestra posición en la caravana. Yo iba en el centro de la primera fila,
flanqueado a la derecha por Su Santidad y a la izquierda por William. Detrás de mí a la derecha
estaba Enrique, junto a la Cardenal Zcaprio y el Dr. Chelsea. Una vez fuimos liberados del
aislante molecular y quedamos de nuevo a la vista de toda la muchedumbre no quedó otra
cosa más que sonreír y caminar como en un gran desfile.
Miles de caras humanas y de fuereños con ojos viscosos, unos más guapos otros más feos.
Pero todos me gritaban en señal de aliento hacia el camino que debía de recorrer en mi gran
responsabilidad como el Emperador de la Galaxia. Me llamó la atención una curiosa chica que
gritaba mi nombre diciendo “te amo” y la verdad es que ella, no tenía un mal aspecto. A decir
verdad se veía demasiado bien. Le dedique una sonrisa pero ella no estuvo muy segura de que
el gesto fuese para ella, así que me ignoró con estupefacción y yo seguí mi paso.
El trayecto desde la alfombra roja hasta la entrada principal del Palacio, no era corta, por lo
que tuve que detenerme a hacer gestos de cortesía en repetidas ocasiones. Casi llegando al
vestíbulo me animé a mirar a Enrique, quien estaba encantado lanzándole besos a unas
hermosas chicas rubias venusinas. Al parecer ya estaba entrado en su papel.
Cuando llegamos a la entrada principal del Palacio y la música de moda sonaba a todos sus
decibeles fuimos recibidos por el mercuriano Presidente del Senado de la Confederación,
Chavar Ordange. Los de su raza eran muy parecidos a los humanos terrícolas exceptuando un
poco el tono azulado de su piel y la mayoría de ellos, tenían ojos color naranja.
-

Mi más sincera enhorabuena Alteza – dijo el senador.

-

Le agradezco su atención. – le dije con voz firme y cortés con un pequeño ápice de
autoridad.- Creo que ya ha oído hablar de mi recién nombrado Confidente Imperial, el
príncipe del Virreinato de las Colonias de Júpiter, Enrique D’Fenrir.

A diferencia de la reacción cómoda y segura de William, el senador Ordange se sorprendió
tanto que abrió sus ojos naranjas como grandes platos y soltó un bufido, pero no fue capaz de
tomar alguna otra acción.
Subí por los escalones que llevaban al vestíbulo, donde quede estupefacto al ver el glamur que
se vivía ahí dentro. Políticos, figuras del cine y la música de toda la Galaxia vestidos con sus
mejores vestimentas para celebrar el cumplimiento de mi mayoría de edad. Los sirvientes, en
su mayoría colonos de los recién conquistados territorios en las fronteras de la Vía Láctea. Sus
caras eran una mezcla de humanos con anfibios y reptiles.
Cuando mi llegada se hizo más que visible, gran parte de personas corría a estrechar mi mano,
no estaba mal por un rato, pero la verdad es que yo ya quería más acción y ver cómo se
tomaría la Galaxia mi decisión improvisada de nombrar a Enrique como mi Confidente
Imperial. O al menos creía que ya lo era, pese a que no me había dado una respuesta y
tampoco podía forzarlo, a él no le esperaría una mala vida como Virrey de Júpiter y además
tenía un hermano dos años menor quien podría hacerse cargo del virreinato, pero de cualquier
forma era mi deber como amigo preguntárselo formalmente.
-

¡Príncipe León! – escuché entre los murmullos y la energía de la gente.

Era la actriz y cantante Triana Pirau, la ídolo juvenil del momento y una persona demasiado
intensa para mí. Voltee a saludarla con la mayor cortesía que pude no sin antes notar una
mirada de molestia de Enrique a unos pasos de mí.
-

Miren nada más a quien tenemos acá… la chica más sexy de la Galaxia. – dije
sonriendo y no pude evitar darle un beso en media boca.

A pesar de ser intensa Triana era una de las mujeres más sensuales y hermosas que yo había
conocido, pero entre nosotros no había pasado nada más que una aventura.
-

¿Nos vemos al terminar la fiesta? – me dijo en un sensual susurro.
Quizá un rato después – le dije en el mismo tono que ella.

La artista me dirigió una mirada calificadora, para luego sonreír y despedirse fugazmente.
Poco más adelante, casi ya llegando a la habitación privada aledaña dónde podríamos hacer
los miembros del séquito nuestros últimos menesteres antes de salir al evento propiamente
hablando, se me acercó una mujer humana, algo anciana y que yo recordaba de alguna parte.
-

-

Alteza, permítame presentarme – dijo ella – Soy la senadora Cassandra Barshgloom y
estoy aquí para presentarle mis más sinceros respetos y promesa de lealtad de parte
del Distrito de la Luna de Mimas en Saturno.
Muchas gracias senadora – le respondí con una sonrisa sincera tanto de labios como
de ojos.

La senadora Barshgloom se acercó a mi oído para susurrar.
-

-

Tiene que estar usted pendiente. – me advirtió – Hay muchos intereses de por medio,
Su Santidad actuará junto a usted cuando este en posición del cargo, debemos de
parar la barbarie que causan las tropas Imperiales en los territorios que nos
disponemos a evangelizar.
¿Por qué me dice usted eso? – le pregunté confundido.
Porque debe de estar preparado.

Mis pensamientos estuvieron un poco fuera de mi mismo, cuando entramos a los aposentos
de preparación fui y me senté unos minutos en un pequeño cuarto privado, por lo menos
tendría quince minutos de relajación antes de que el evento comenzara propiamente. Oí que
alguien tocaba a mi puerta seguramente era alguien para avisarme que tomáramos posiciones,
pero cuando abrí la puerta me encontré con Enrique.
La primera mirada fue un poco tensa entre los dos y tampoco ninguno sonrió.
-

Me gustaría saber por qué me haz nombrado Confidente Imperial sin habérmelo
preguntado antes. – me dijo en tono de un reclamo con vergüenza. – Aparte yo tan
sólo soy un aprendiz ¿Qué será del Imperio?

Exhale un suspiro largo y profundo.
-

Confío en ti y desconfío de Serbin – le conteste con rotundidad – Además de que él de
alguna forma verá como seguir controlando al Galaxia, no lo vi muy afligido cuando le
dije que tu serías el Confidente Imperial.

Enrique se quedo pensativo unos instantes.
-

Entonces en verdad…
¿Aceptas? – es lo único que pude preguntarle.
Claro que sí – me respondió con un abrazo y los ojos oscuros y profundos con un poco
de lágrimas.
Bien Confidente Imperial, vamos al encuentro de nuestro pueblo.

Una vez fui presentado en el Salón Solemne del Palacio Imperial. Una lluvia de flashes estalló
frente a mis ojos al mismo tiempo que el barullo de un montón de aplausos. La visión de la
crema y nata de la Galaxia vestidos con la más etiqueta rigurosa. Durante mi camino hasta el
presídium donde estaríamos, arropados por los muros de talavera pintados con íconos que
describían la historia de la humanidad. Se me acercaron muchos miembros de la
Confederación a saludarme entre ellos la Gobernadora General de Venus, una mujer sería, de
carácter implacable y poco arreglada, siempre había sido criticada por ser tan fachuda cuando
era la encargada del gobierno interno del planeta de la belleza por excelencia, Su nombre era
Bárbara Deep.
El presídium estaba a un lado del área del majestuoso trono, que nadie, ni yo, podía sentarse
en él hasta transcurrir la coronación. El estrado se había instalado adelante con forma de
media luna, con tres sillas señoriales al mismo nivel, rodeadas por otras más un poco más

chicas. La tapicería era roja con acabados negros y dorados. Yo me senté al centro con Su
Santidad a mi derecha y el Regente a mi izquierda. Después de que se entonaran los himnos
del Imperio y del Vaticano el maestro de ceremonias dio por comenzado el evento.
-

Su Santidad, el Vicario de Cristo, el Papa Anastasio VII dará unas palabras en honor a la
celebración del cumpleaños número veintiuno del Príncipe León Astoria.

Su Santidad se puso en pie con la dificultad propia de una persona de edad avanzada y caminó
hacia la tribuna que estaba instalada a poco más de un metro del presídium.
Vi la cara de Su Santidad en una pantalla gigante colocada en uno de los costados del salón,
luego me volví para verlo lo más cerca de los ojos que pudiera. Antes de comenzar a hablar Su
Santidad se aclaró la garganta.
-

Es una bendición de Dios poder estar compartiendo una noche en compañía de todos
ustedes, la celebración del hecho tan importante que es que un joven al que se le ha
educado toda su vida para ser algo, logre la hazaña anhelada. En la misión de cualquier
hijo de Dios está alcanzar sus mentas, siempre y cuando estas lo acerquen más al
ejemplo de Jesús. Sólo me queda el felicitar al Príncipe León y decirle que lo quiero y
creo en él y que también pienso que más importante aún, Cristo cree en él.

Los invitados, prácticamente todos, comenzaron a aplaudir efusivamente y a gritar “VIVA
ANASTASIO VII”. Se notaba que Su Santidad era una persona querida.
En seguida Su Santidad tomo su lugar en el presídium, William se puso en pié para dar su
discurso de felicitación para mí al tiempo que el maestro de ceremonias anunciaba su
inminente participación.
-

Su Santidad, Su Alteza Imperial, Queridos invitados. – comenzó – Esta vez no me
enfocaré en discursos políticos que no vienen al caso con lo que hoy celebramos. Hace
veinte años fallecieron mis queridos amigos los Emperadores Javier y Diana María.
Ambos personas ejemplares, astutas y entregadas a Dios y al Imperio. Hoy, aparte del
gran legado que nos han dejado con su paso por el trono de la Galaxia, nos dejan a su
hijo para que con él, el sendero de salvación trazado por Cristo y confirmado por el
arcángel Gabriel sean logrados. ¡Hoy estamos de fiesta porque el gran León Astoria,
tomará posesión de su trono!

Definitivamente sus palabras no me las creía ni borracho, pero en fin, era una persona a la que
yo necesitaba y siendo franco conmigo mismo quizá yo lo necesitaba más a él que él a mí.
Cuando William habló a los presentes también fue aplaudido por la mayoría de los asistentes
al evento, aunque la verdad era que la efusividad era mucho más tenue que con Su Santidad.
-

Y ahora, sin más esperas, escuchemos a Su Alteza Imperial el Príncipe León Alejandro
de Astoria y Teruel.

Subí al estrado y para mi sorpresa me sentía aún más nervioso que esa mañana cuando tuve el
encuentro con el pueblo en la explanada de ese mismo recinto. Tomé aire y comencé a dar mi
discurso tan seguro como pude.

-

Buenas noches y gracias por su presencia aquí esta noche, el honor es para mi tenerlos
a ustedes aquí apoyándome en este día que inicia un nuevo rumbo en mi vida y por
ende creo que en la de todos en el Imperio de la Confederación Galáctica del Sol y los
Virreinatos de la Vía Láctea. – comencé – A lo largo de mi proceso de maduración y
con la asesoría de los mejores maestros que pude tener, me di cuenta y conocí las
problemáticas y situaciones que acosan a nuestro Imperio. También debo reconocer y
agradecer la ardua labor que han emprendido el Regente Su Excelencia William de
Serbin y todo el Gobierno Imperial, al igual que el Senado de la Confederación y los
Tribunales de Justicia.

Muchos de los funcionarios ahí presentes prorrumpieron en aplausos, otros tantos dejaban
salir unos cuantos chiflidos.
-

Hoy inicia el proceso de mi coronación aquí en la Capital Imperial de Madrid y seré
coronado finalmente el día veintiocho de este mes, asumiendo todas las
responsabilidades que conlleva este cargo – dije en tono firme y después hice una
pausa. – En mi afán de darle continuidad a muchos de los métodos utilizados por el
actual Regente, pero con la ilusión de ponerle sangre nueva al destino de nuestra
Galaxia, he de hacer de conocimiento público que Enrique D´Fenrir será mi Confidente
Imperial, encargado de ser mi representante en ausencia o en imposibilidad de ejercer
mi cargo o autoridad y dar cara por ellas.

Se alzaron murmullos a lo largo del gran salón que estaba dispuesto para el evento, no podía
distinguir bien si eran de aprobación, rechazo o ambos. Luego me di cuenta que más de la
mitad de los más de cinco mil asistentes estaban aplaudiendo.
-

Sin más que agradecerles y refrendarles mi compromiso total les deseo una excelente
noche y los invito a degustarse con la deliciosa cena que han preparado para ustedes.
Buenas Noches.

Sentí un gran alivio por dentro, por fin tendría un descanso de dar discursos protocolarios. Fui
y tomé el lugar que me correspondía.
A los pocos minutos de haber terminado los discursos comenzaron a servir los platillos
preparados para la noche. Ensalada de frutos diversos, sopa árabe, sabanillas de carne de res
en limón y aceite de olivo y como platillo fuerte atún sellado con cajeta. Para los postres se
puso una gran fuente de chocolate con diversas golosinas y frutas para acompañarlo.
-

¿Y con qué canción nos deleitará usted Alteza? ¿Piensa cantar junto a Triana Pirau? –
preguntó el Presidente de la Junta de la Tierra, Fernando Linares un hombre alegre al
que le gustaba la buena fiesta y la buena música y bueno… muchas cosas “buenas”
más.

Durante un segundo de vacilación pensé que estaba bromeando conmigo, hasta que
recordé que el Dr. Chelsea me había prometido que podría cantar en mi cumpleaños, pero
las ansias me habían hecho olvidarlo y la verdad era algo que preferiría dejar para después.

-

Creo que dejaré a la señorita Triana hacer su espectáculo sola – le dije a Fernando
Linares, dedicando una sonrisa a toda la mesa de honor.
Sería bueno ver un espectáculo de usted Alteza. Allá en mi México nos gusta agarrar la
buena fiesta, eso sí, para echarle ganas al día siguiente. – insistió él.
Vamos León, sabes que quizá sea la única oportunidad en tu vida que tengas de hacer
algo así. – dijo el Dr. Chelsea

Miré a Enrique. El estaba haciendo un gran esfuerzo por no morir de la risa ahí mismo.
-

Cantemos juntos príncipe – me propuso Enrique.
¿Cómo? – pregunté por inercia y con vacilación.
Los muchachos cantan juntos desde que se conocen prácticamente, la música los ha
unido muchísimo. – comentó el Dr. Chelsea.

William de Serbin soltó un bufido de emoción.
-

Sería un espectáculo maravilloso ver al príncipe y al Confidente Imperial unidos por
primera vez en algo tan hermoso como es la música – comentó con curiosidad. – Me
uno al Presidente de la Tierra en su petición de tal acontecimiento.

Lancé una mirada a Enrique.
-

Sólo nos hacen falta las guitarras.
Eso será arreglado en cuestión de unos minutos, seguramente el equipo de la señorita
Triana Pirau estará feliz de acompañarlos en su interpretación.

La cardenal Zcaprio dejó escapar una pequeña risa inocente.
-

Hágalo si usted lo desea Alteza.

Diez minutos después me encontraba con Enrique en un cubículo privado detrás del escenario
en el que actuaría Triana. Si bien estábamos solos había guardias custodiando muy de cerca.
-

¿Qué pretendes con cantar? Para mi sólo era una broma con el Dr. Chelsea, que veo se
lo tomó enserio – le dije.
Sabemos que es algo que te hace ilusión – me dijo con normalidad. – Además es el
momento perfecto para actuar. Cantas conmigo y con Triana y después subes
exhausto a tus habitaciones nuevas y dejas la fiesta transcurrir. En tu habitación según
el plan, debe de estar en un estuche blanco tu dosis con el aplicador de átomos de
cambio.

Le lancé una mirada calificadora.
-

¿Alguien más lo sabe?
Me ofendes con tu pregunta, más si ahora soy tu Confidente Imperial.

La verdad era que me divertí muchísimo cantando al lado de Enrique y Triana. A pesar de no
verla mucho, ella era una chica especial para mí, a veces pensaba que me gustaba, pero otras
veces pensaba otras cosas. Al terminar de cantar después de gritos de aliento, apoyo y
motivación, por fin convencí a la mayoría de que me tenía que ir a descansar.

La habitación nueva era muy hermosa también. Paredes de mármol, con una hermosa
alfombra azul rey con franjas rojas a juego con la cama con dosel de diseño renacentista. Lo
más espectacular era su techo de cristal con vista al cielo estrellado. Tan solo palmeando podía
correr un cobertizo para cubrir completamente mis nuevos aposentos. El cobertizo llevaba
bordado el Escudo Imperial de los Astoria.
Entonces miré a la cama.
Tal y como se había planeado un pequeño estuche se encontraba en su superficie el cual tomé
y abrí, entre un montón de fotos y recuerdos personales que separé con aguda delicadeza
encontré el aplicador de átomos de cambio. Sentí la emoción en mi estomago.
Tomé el aplicador, una especie de cilindro metálico con una aguja en el frente, donde se
suponía debía pinchar mi dedo. Rezando a Dios porque no salieran pésimo las cosas, sujete
con la mano derecha el aplicador plateado y luego le di al botón que lo accionaba un instante
después puse el dedo sobre la aguja y sentí un pinchazo que me provocó una sensación de
toques muy fuertes y una gran comezón por todo el cuerpo. No pude más que rascarme e
irme a mirar al espejo.
No estaba del todo mal, los rasgos eran muy parecidos a los míos nada más que ahora era
moreno y de pelo negro y largo, la nariz un poco mas ancha, ojos oscuros y barba tupida,
también había ganado un poco de corpulencia, creo que me veía distinto.
Me apresuré a llamar a Román.
-

¿Cómo va todo? – pregunté.
Rajha está en los establos. – me dijo él – Enrique ya me ha dado su coche y estamos
llegando, nos vemos en la coordenada acordada.

Me puse la ropa más casual y más conveniente que creí poder encontrar y salí de mi
habitación. A hurtadillas me pude escabullir hasta los jardines como un invitado más en la
gran fiesta que se llevaba a cabo en el interior del recinto.
Cuando llegue a los establos pude ver una figura acercarse a mí.
-

¿Marco? – pregunté.
Polo – respondió Enrique, era la clave que habíamos pensado para reconocernos.

Me lanzó una mirada tranquilizadora.
-

Creo que nadie se ha dado cuenta hasta el momento. – me dijo Enrique – O bueno
pienso que Su Santidad y Chelsea sospechan.
¡Pero ellos lo entenderán! – insistí - ¿Dónde está el drofer?

Al oír mi voz, mi hermoso león alado salió a mi encuentro, destellando fuego de sus alas
como era propio de los de su especie. Dándole una palmada me subí a su lomo e invité con
una mano a Enrique a hacer lo mismo.
-

¿Recuerdas la primera vez que subí a este animal? – me preguntó.
¿Cómo olvidarlo? – le respondí tontamente con otra pregunta. – ¡Ibiza allá vamos!

Capitulo 2
Flechazo

Las olas de viento golpeaban mi cara con placer, mientras aferrado al cuello del drofer, Enrique
y yo volábamos sobre las alturas de la singular isla de Ibiza. Sin duda un lugar con fama de ser
divertido y abierto a las nuevas experiencias desde antaño.
Cuando nuestro descenso se pronunció y la ciudad fue visible para nuestros ojos, pude tener
mi primera imagen del lugar. Las vías de circulación supersónicas no eran tan grandes como las
de ciudades como Roma o Madrid y se veía una circulación un poco más reducida. Conforme
nos adentrábamos en la ciudad las construcciones modernas se fueron fusionando con las
antiguas que perduraban en el lugar desde muchos años atrás con sus pequeñas casas y
edificios de color blanco con reflejos dorados.

-

-

¿Cuánto nos falta para llegar al punto de reunión? – pregunté con apuración a Enrique
que iba en ancas de Rajha a mis espaldas dando gritos de aventura por el aire.
Según el GPS estamos tan sólo a un kilómetro – me respondió él. – Quedamos de
aterrizar en la playa del castillo de Dalt Vila en cinco minutos, sólo nos quedarán unas
dos horas.
¡Pero valdrá la pena!

Enrique me gesticuló una sonrisa.
Dirigí a Rajha hasta el lugar acordado para encontrarnos con Román y Mía. El punto de
encuentro era el magnifico castillo en la playa de Dalt Vila.
-

Pensé que no lo lograríamos de verdad, no sé como estamos aquí – se apresuró a decir
Mía apenas los encontramos.
Calla y disfruta – le dije con una sonrisa.

Román estaba parado junto a su hermana con una mueca extraña.
-

Se ven muy raros. – dijo.

Hasta ese momento no me había dado tiempo de apreciar la nueva apariencia temporal de
Enrique, estaba seguro que nadie nos reconocería. No nadie que no supiera del plan con
antelación. Yo sabía que pronto nos descubrirían, pero eso no me quitaría lo vivido. Después
de todo se hablaba mucho de la determinación en un gobernante. Claro está, esta certeza de
ser descubiertos no la hacía pública con mis amigos, pero en el fondo yo sabía que ellos
también lo intuían. Después de esta noche me comprometería al cien con el Imperio y sabría
realmente que tan libre y soberano era yo.

-

¡Pues vamos! – les dije acariciando a Rajha quien había empezado a irradiar
nuevamente fuego por las alas y atraía la vista de curiosos que se disponían a vivir una
noche especial como la queríamos nosotros.

En el lugar había humanos terrícolas, humanos extraterrestres y fuereños. Estos últimos tenían
distintas apariencias, por ejemplo, los autóctonos de Urano tenían facciones muy parecidas a
híbridos de felinos-humanos.
Las calles, conservadas por miles de años con la misma apariencia, eran un tanto más
acogedoras que las de ciudades metropolitanas y se apreciaba un agradable olor a inciensos
mezclado con el olor propio del mar. El gran castillo construido en lo más alto de la isla daba
un toque singular al ambiente que se vivía en el lugar.
Cuando llegamos a la entrada de la discoteca Ku, llamamos enseguida la atención por la
compañía del drofer, los leones alados venusinos eran un lujo que no cualquiera se podía dar.
-

¿Cuántos son? – preguntó el hombre corpulento vestido de negro que estaba a cargo
de la cadena del antro.
Somos cuatro – se apresuró a decir Enrique en tono soberbio.

El cadenero nos lanzó una mirada escrutadora para analizarnos de pies a cabeza.
-

¿Los señores necesitan algún cuidado para el animal? – preguntó él – La policía no se
hará de la vista gorda mucho tiempo, esos animales pueden ser peligrosos.

Sonreí como para una foto al señor.
-

Descuide señor. – le dije – Mi drofer esta lo suficientemente bien entrenado como
para desaparecer e irse lejos sin llamar la atención cuando no es solicitada su
presencia.

Él nos abrió la cadena para dejarnos pasar.
Mis amigos se adelantaron mientras yo le susurraba instrucciones al oído a Rajha de
mantenerse escondido de la civilización hasta que yo silbara para llamarlo. Los drofers
tenían un amplio sentido del oído.
Cuando por fin tuve la visión de lo que era un club nocturno la emoción embargó cada uno
de mis sentidos. Nunca había imaginado algo así. Gente apretujada moviéndose al ritmo
de la música que ponía el DJ gritando y haciendo aspavientos como animales. Incluso había
parejas en medio de un fuerte atasco de pasión. No se para ti, pero para mi eso era algo
completamente insólito. Curiosamente en ese momento se escuchaba una canción de mi
querida amiga Triana, el título de aquella canción era “Porque la vida es así”.
-

Esa vieja es una puta. – escuché decir a una chica que veía la pantalla gigante mientras
aparecía el video de Triana en ella. – Según los rumores es una de las amantes del
príncipe León.

Tuve que hacer un esfuerzo para no soltarme a carcajadas en el lugar.

Román y Mía ya habían ido a clubes nocturnos alguna vez en su vida, así que Enrique y yo nos
dejamos guiar por ellos en un mundo que era completamente desconocido para nosotros.
Giré la cabeza para mirar a Enrique y pude ver en él la misma cara de estupefacción que
seguramente yo también tenía. Mi amigo se encontraba conmocionado por ver a dos hombres
besándose.
-

¿Eres gay? – me preguntó una voz femenina al oído.

Me giré para ver el rostro de la chica que me hablaba. Era una chica sumamente bella, de piel
morena y labios carnosos, ojos azules grandes y ligeramente rasgados, su cabello era muy
largo, castaño y ondulado.
-

No. – respondí por inercia.

La chica me miró a los ojos y preguntó.
-

¿Entonces por qué veías a esos dos?
Por que mi amigo… Olvídalo, pero no, no lo soy.
Demuéstramelo – exigió.
¿Cómo? – le pregunté.
Bésame.

Fue como un instinto. La besé con pasión, mucho más pasión que mi primer beso, el cual había
sido hace algunos años con Triana. Ella correspondió a mi beso agregándole aún más de
aquella mencionada sensación hasta que después de por lo menos un minuto nos separamos.
Yo estaba aturdido.
Ella volvió a mirarme, luego sonrió.
-

Está bien chico malo, te creo. – me dijo ella con voz sutil – Besando así no veo forma
de que seas gay.

Le sonreí.
-

Gracias. – me limité a decirle. – Pero tampoco es mi costumbre besar a chicas sin saber
su nombre primero.

Le sonreí como un vil pícaro a lo que ella correspondió instantáneamente.
-

Me llamo Maryann – me dijo con tanta dulzura que sentí revivir el beso. – Tú… ¿Cómo
te llamas?
Leo…Leodín – le dije nervioso, estuve apunto de decir mi nombre verdadero.
¿Leodín? Pues es un placer conocerte. – me dijo. - ¿Quieres bailar?

Sin darme cuenta me comencé a mover al ritmo que ella me marcaba, para luego
introducirnos en un intenso baile, yo quería disfrutar.

No pasaron menos de cinco minutos hasta que recordé que venía con mis amigos, los
cuales estaban con la cara desfigurada por la mueca de sorpresa por lo que yo había
hecho, otra vez, tuve que hacer un esfuerzo por no reírme, pero esta vez fallo. Sí me reí.
-

¿Qué haces? – me preguntó Román al oído.

Miré a Maryann.
-

¿Me disculpas un segundo? – le pregunté con una sonrisa.
¡Claro! – dijo ella haciendo un gesto saludando a Román, al cual él correspondió
cortésmente.

Román y yo nos acercamos a Mía y Enrique para formar un círculo los cuatro.
-

¡Que rápido haz encontrado con quien divertirte! – comentó Enrique en un tono que
no se si reflejaba diversión o reflejaba enojo. Enrique era muy misterioso.
¿Qué tiene de malo? – pregunté con tono inocente - ¿venimos a divertirnos no?
Sí, pero juntos ¿no? – objetó Román.

Hice una pausa para mirar a mis amigos. La realidad era que vivir esta experiencia con ellos
era algo que había soñado y ahora lo viviríamos, a un precio muy alto, pero la idea de
seguir conociendo a Maryann en ese momento se me hizo un poco más atractiva. A mis
amigos los volvería a ver muchas veces más en la vida, o al menos eso esperaba. A aquella
chica era muy probable que no la volviera a ver nunca.
-

Podemos divertirnos con ella también – dije como si fuera la cosa más lógica del
mundo.

Hubo un silencio incomodo y reacciones en los semblantes de mis amigos, a los cuales por
no amargarme la noche, preferí no poner atención.
-

-

Yo no le veo problema. – dijo Mía rompiendo con la incomoda situación – Si León está
a gusto con esa chica deberíamos darle su espacio y por qué no, ser amables con ella.
A mí me parece un poco corriente. – dijo Enrique mirándola con desprecio sin que ella
se diera cuenta.
Te parecerá corriente porque el que se la ligó no fuiste tú. – le contesté en tono de
broma para relajar la situación.
¡Vamos! Ni siquiera está conociendo tu rostro e identidad verdadera, es patético. – se
apresuró a añadir Enrique con una mezcla de tonos irónicos y bromistas.
¡Joder! Tú cada vez estás más loco. – intervino Román dirigiéndose a mi aunque
usando el mismo tono de juego que yo había utilizado con Enrique. Como siempre
Román trataba de conciliar cuando había un roce en nuestro grupo.
Está bien. – dijo Enrique en tono relajado y sonriente después de unos segundos de
meditación. – Es tu cumpleaños y mereces divertirte, al menos para nosotros lo
mereces.

Dirigí una amplia sonrisa a mis amigos, ellos eran lo mejor del mundo.

Después de la conversación en la que todos habíamos hecho las paces me acerqué
nuevamente a Maryann para presentarle ahora a mis amigos con sus nombres falsos
elegidos al momento. Mía se llamaba “Roxana”, Román era “Julián” y Enrique usaba por
nombre el de “Daniel”.
-

Eres realmente hermosa – le dijo Mía a Maryann en tono amable, yo sabía que mi
amiga quería hacerme sentir lo más feliz posible en mi día de cumpleaños, lo cual yo le
agradecía muchísimo.

Maryann le sonrió también con mucha amabilidad.
-

-

Gracias Roxana – dijo ella – Pero es un hecho que tú tampoco te quedas atrás.
¿Y a que te dedicas Maryann? ¿De dónde eres? – preguntó Román.
Soy originaria de las Lunas de Saturno pero me crié en los territorios terrestres
británicos y por el momento ando de aventura por la vida, trabajo en lo que se dé en el
momento. – dijo ella con orgullo.
Vamos lo que es una dama. – dijo Enrique con amabilidad fingida usando un peculiar
tono de comicidad en su voz.

Ante el sinuoso comentario de mi amigo a los demás no nos quedó otra que sonreír y
tratar que Maryann digiriese el humor pesado de Enrique, pero a ella parecía no
importarle lo que Enrique dijera. Ella sólo se concentraba en agradarme a mí y eso me
tenía fascinado.
Pasaron algunos minutos en los que no hicimos otra cosa más que movernos al ritmo de la
música. Yo bailaba con Maryann mientras que Mía bailaba con Enrique y Román buscaba
con la mirada la atención de una fémina con la que él me había comentado que quería
danzar.
-

¿No suelen salir mucho de fiesta verdad? – nos preguntó Maryann - ¿Cómo puede ser
que no estén tomando nada?
Un caballero decente no suele andar bebiendo alcohol en público. – me apresuré a
decir con una sonrisa.

Enrique carraspeó. La verdad era que a mí sí me gustaba la fiesta pero no me gustaba el
alcohol, no le caía bien a mi personalidad.
-

Disculpa a mi amigo, se pone mal con el alcohol el pobrecillo. – le dijo Enrique.

Maryann soltó una carcajada.
-

¿Cómo puede ser eso? ¿No me vas a negar un trago de tequila si te lo invito verdad?

La verdad era que de todas las bebidas alcohólicas la que menos le sentaba bien a mi
cuerpo era el tequila, pero no podía rechazarle tal regalo a aquella bella dama. Una copa
no me haría daño.

-

Por supuesto – exclamé lo más seguro que pude. Después de todo… ¿qué le harían
unos tragos de tequila al futuro Emperador de la Galaxia?

Maryann le hizo señas a uno de los meseros del lugar dándole indicaciones de traernos
unos caballitos de aquella embriagante bebida mexicana.
-

-

Quiero ver hasta donde eres capaz de llegar Leodín – me dijo ella una vez las bebidas
llegaron y puso en mi mano el pequeño recipiente de cristal. Mis amigos también
tomaron uno.
Te vas a sorprender. – le dije antes de tomarme la bebida en un sólo sorbo.

El tiempo pasó y las bebidas no terminaron de llegar. Después de una hora de danza y tragos
mi cuerpo empezó a experimentar la embriaguez.
-

¿Y cómo me vas a sorprender? – preguntó Maryann con una voz sutilmente sexy.

La verdad era que estaba decidido a sorprender a aquella chica, aunque para ello tuviera que
hacer alarde de mis capacidades en el control de la magia otorgada por Dios a los humanos
apostólicos.
Extendí mi mano derecha y abrí la palma, concentrando toda mi energía en el centro de esta.
Haciendo un esfuerzo y canalizando todo el brío que había a mi alrededor comencé a hacer
crecer desde mi extremidad una hermosa rosa roja, la cual le extendí con una sonrisa a la que
al menos por esa noche era mi chica.
-

¡Vaya tipo! – exclamó ella – Tú si que sabes impresionar a una mujer. ¿Eres humano
apostólico?
Bueno… sí, pero no le digas a nadie – le respondí guiñándole un ojo y besándola de
nuevo.

Después de disfrutar unos segundos de la sorpresa de Maryann sentí la mirada de mis amigos.
No podía prolongar más su perorata acerca de la indiscreción que acababa de cometer. Los
humanos apostólicos éramos muy poco comunes y por ética no solíamos utilizar nuestros
poderes para fines personales, aunque claro está, como todo poder era utilizado para otros
fines, al fin y al cabo, sólo Dios era perfecto.
-

¿Te haz vuelto loco tío? – me preguntó Enrique, la furia estallaba en sus ojos.
¡Deja de cuestionarme! – le espeté con soberbia – Yo soy el Príncipe Imperial y tú no
eres nadie para opinar qué hago bien y qué no.

La mirada de Enrique se llenó aún de más furia y yo caí en cuenta de lo que acababa de decir y
obviamente quise tragarme mis palabras, pero ya era demasiado tarde para ello. Tomé de la
mano a Maryann y salí con ella enseguida de la discoteca hacia lo alto del hermoso castillo
color arena en la playa de Dalt Vila.
-

¿Qué pasó con tus amigos? – me preguntó ella una vez estuvimos afuera del lugar.
Nada… no te preocupes – dije con amargura – Es sólo que ellos a veces no entienden.

-

¿Y que es lo que deben entender? – preguntó ella con curiosidad.

Tuve que controlarme para no seguir diciendo tonterías, los efectos del alcohol comenzaban a
ser fuertes dentro de mi organismo. Quizá mi aventura nocturna había llegado demasiado
lejos.
-

Nada… es sólo que… olvídalo – le respondí tratando de esbozar una sonrisa.

Ella me miró con interés y quizá pude ver algo de comprensión en sus ojos.
-

-

Creo que tu problema es que te preocupas demasiado. – me dijo esbozando una
sonrisa coqueta – Veo que eres alguien importante pero… deberías dejar de
preocuparte por lo menos un momento.
Yo… yo no soy importante… – me apresuré a decir por el temor a ser descubierto en
ese preciso momento. – Solo soy…
No me interesa saber quien eres – me interrumpió – Deja de preocuparte y disfruta,
sólo disfruta.

Le sonreí.
-

¿Y cómo quieres que disfrute? – le pregunté guardando tanto la compostura como mi
estado etílico me lo permitía.

Ella sonrió y se encogió de hombros.
-

Tú eres el hombre. – me dijo – Creo que eso lo debemos de dejar a tu ingenio.
Está bien – dije con voz misteriosa llevándome los dedos a la boca para emitir un
chiflido.

Se escuchó un rugido como trueno a lo lejos y segundos después apareció Rajha arqueando
sus bellas alas blancas amarillentas que en ese momento no hicieron más que desprender
chispas cuando las patas del drofer tocaron el suelo del patio del castillo.
La mirada de Maryann quedó maravillada ante la majestuosidad del animal. Rajha ronroneaba
acercándose a mí, ladeando la superficie de su cabeza bajo la palma de mi mano que yacía
para acariciarle su voluminosa melena.
-

¿Es tuyo? – preguntó ella con excitación.
Así es – le respondí con una sonrisa – Esta noche también puede ser tuyo.

Tomé la mano de Maryann y la puse sobre el lomo de Rajha. El drofer respondió a su tacto
emanando unas pocas llamas de tibio fuego venusino.
-

Después de ti – le dije ayudándola a montarse al lomo del león alado.
¿Es seguro? – me preguntó con un titubeo pero sonriendo.
Segurísimo – le respondí dibujando una sonrisa tranquilizadora subiéndome yo
también al lomo del drofer. – ¡Aquí vamos!

Apreté las piernas para darle la señal a Rajha de que era hora de emprender el vuelo,
dando unos cuantos pasos al galope el drofer despegó haciendo encender

majestuosamente sus alas que nos llevaban hacia el cielo golpeando nuestra cara con el
tibio viento.
No podría describir con palabras la sensación que sentí con Maryann a lomos de Rajha
bajo el cielo estrellado con luna llena sobre las hermosas playas de las Islas Baleares,
siempre con el hermoso castillo de Dalt Vila engarzándolo con su imponente belleza y
majestuosidad medieval. La verdad era que mi cuerpo se encontraba regocijado en placer
en ese momento de unión con Maryann, pero alguna parte en el fondo de mí deseaba
estar con alguien que no estaba muy lejos de ahí.
Por ese momento, privado de cualquier pensamiento ajeno a todo lo aquello que en ese
preciso instante no estaba viviendo, me dejé envolver por el cálido momento que sentía
con Maryann abrazada a mi cintura.
En ese santiamén pasaron por mi cabeza muchas cosas. Entre todos los miles de millones
que habitaban la galaxia yo era el futuro emperador, la máxima figura terrenal. ¿Por qué
era yo? ¿Qué diferencia había de mí con el resto de todos? ¿Estaría a la altura de las
circunstancias? O lo más importante… ¿Haría con mi vida lo que Dios quisiera que hiciese?
Cuando Maryann me dio un tirón en la camisa para que viera el aterrizar de los vehículos
supersónicos que llegaban a la isla. En ese momento eran ya las cuatro de la mañana y
según parecía, en las faldas del Dalt Vila la fiesta apenas estaba comenzando.
-

Ha sido maravilloso. – me dijo regalándome un nuevo beso, al que yo correspondí con
una sonrisa.
Tú lo haz hecho más maravilloso.

Nos encontrábamos en la superficie de la torre más alta del castillo de Dalt Vila, el efecto
del alcohol, junto con el deseo de la carne comenzaron a hacer crecer en mí una sinuosa
sensación de contacto físico.
Como por instinto, tomé de la cintura a Maryann y comencé a besarla apasionadamente
con la fuerza enervada de todo mi ser. No tardé en perder mis sentidos hasta el punto de
emancipar a mi cuerpo por unos segundos de la realidad para introducirlo dentro del
creciente placer que provocaba mi unión con la chica.
***
El destello de varias luces y sonidos me hizo despertar del acantilado de la torre más alta
del castillo. Maryann y yo estábamos abrazados a medio vestir y el efecto de los átomos de
cambio había terminado. Cuando alcé la mirada me vi rodeado por la Guardia Imperial y
cientos de reporteros en el lugar. No tuve más que ponerme la camisa, abrocharme el
pantalón y mirar con estupefacción el precio que desde ahora comenzaría a pagar por
aquella noche de imprudente diversión anhelada.
-

Alteza espero esté consciente de lo que esto representa para la imagen del Régimen
Imperial. – me dijo William de Serbin seriamente apenas pude ponerme en pie. – Por

-

más que tratamos no logramos impedir que las imágenes de su noche de diversión
salieran a la luz pública.
Yo… no… - balbuceé, la verdad era que me había quedado sin palabras y aturdido por
la situación.

Bajé de la torre en un transportador aéreo. Debajo había una gran multitud de curiosos.
Cuando estuve en pié pude ver un montón de flashes deslumbrándome los ojos a la salida del
sol. El tumulto de gente estallaba en murmullos. Pude ver como unos oficiales imperiales
alejaban a Maryann de la entrada de una de las naves ligeras de la Guardia Imperial que en ese
momento estaban en el lugar. A mi me condujeron dentro.
Apenas entré pude ver a Román, Mía y Enrique cabizbajos sentados sobre los asientos más
cercanos. Su Santidad, el Dr. Chelsea y la Cardenal Zcaprio se encontraban de pie frente a mí.
Traté de evitar la mirada de Su Santidad pero sus ojos profundos no me lo permitieron, y
contrario a lo que pudiera haber imaginado sus ojos reflejaban preocupación, más que enojo.
-

Así que al final no pudiste resistirlo – me dijo en todo seco pero amable – No voy a
negarte que lo que hiciste estuvo pesimamente mal hecho y más me duele el hecho de
que sabiendo que yo sabía de tus planes aún así hayas llevado a cabo tus acciones.

Baje la cabeza ante Su Santidad.
-

-

Por otro lado también comprendo a la juventud más no justifico lo que hiciste, con un
poco de pertinencia y la ayuda de Dios, no saldrás tan mal librado de este incidente.
Hemos podido arreglar un poco la información que se filtró a los principales medios y
redes sociales. – me dijo dibujando lo que parecía una media sonrisa de consolación
ante el sentimiento de decepción propia que en aquel momento él sabía que yo estaba
experimentando.
¿Por qué no me detuvo Santo Padre? – pregunté fijando mi mirada en la de él tan
firmemente como pude.

Su Santidad dejó la expresión de momentánea comprensión y apoyo para tornar su voz un
tanto más seria y severa.
-

Mi querido León, este mismo día ha empezado el proceso de coronación para que tú
seas quien gobierne terrenalmente en este Imperio. – me dijo despacio y claro. – No te
detuve porque ya no te puedo detener, ya eres responsable de ti mismo y no sólo de
tu persona, si no, de mucho más.

Capitulo 3
La coronación

Los siguientes tres días después de mi irresponsable fuga fueron un tanto pesados, aunque sin
duda con la ayuda y el talento diplomático de la cardenal Zcaprio no había salido tan mal
librado de la situación.
Era obvio que la prensa había gritado a los cuatro vientos la información de mi noche de
diversión y también era obvio que ese tema había sido el principal foco de habladurías entre la
sociedad.
No podía decir que el pueblo estaba orgulloso de lo que había hecho, pero tampoco mi
popularidad se había ido al demonio. Supongo que a muchos les pareció normal que un joven
de veintiún años pudiera tener un tropezón como este. Claro está que no faltaron los que
criticaron duramente mi acción, pero no era la mayoría, incluso me atrevería a decir que eran
aún más los que habían admirado mi osadía y les gustaba la idea de tener un emperador que
se supiera divertir sin dejar de ser responsable.
La tarde después de mi escape, se había difundido un mensaje a la Galaxia en el que pedía
disculpas y prometía que no volvería a suceder. Fue de corazón.
Por otro lado me sentía un tanto más confiado, me había dado cuenta que era real la libertad
que ahora tenía y por tanto la responsabilidad que ello implicaba.
La única razón para estar un poco triste en esos primeros tres días como habitante y señor de
la recámara principal del Palacio de Balahuk era que no había visto a mis amigos, a ellos no les
había ido tan bien como a mí y por otro lado también estaban un poco sentidos conmigo.
Román y Mía habían sido severamente reprendidos por sus padres, Julio y Beatriz y estaban
castigados sin salir, había hablado con ellos en cuatro ocasiones vía telefónica. Por otro lado
Enrique también recibió un regaño de sus padres, pero eso a él no le importaba tanto ya que
siempre había sido muy rebelde. La razón por la que no había visto a Enrique era más bien por
una molestia que pensaba yo se había suscitado en él después de lo sucedido la noche en que
conocí a Maryann.
Yo no había sabido nada nuevo de Maryann, pero, donde quiera que estuviese suponía que no
la estaría pasando muy bien, la chica se había vuelto blanco de críticas por parte del pueblo del
Imperio Apostólico del Sol. No la bajaban de ser una mujer cualquiera de cascos muy ligeros.
En eso no estaba de acuerdo yo, los culpables de todo lo que había pasado entre nosotros
aquella noche habíamos sido los dos por igual. Una parte de mí deseaba volverla a ver cuanto
antes, otra, orillada por algún otro extraño sentimiento, quería no volver a verla jamás.
En ese momento me encontraba sentado en el despacho principal del Palacio de Balahuk,
viendo en la red cibernética los distintos comentarios que se hacían respecto a mí. Había dos

tipos de comentarios, los relacionados a la fuga y los que ahora más me pasaban a importar,
todos ellos relacionados al tema de mi coronación que tendría lugar en exactamente diecisiete
días.
Alguien llamó a la puerta.
-

Adelante – me apresuré a decir.

Era William de Serbin, altivo y confiado como siempre.
-

Buenos días Su Alteza. – me saludó - ¿Puedo pasar?
Pasa William por favor – me apresuré a decir – Toma asiento.
Gracias. – exclamó él sentándose frente a mi con una pequeña reverencia.

Los dos nos miramos un momento con vacilación.
-

¿En que te puedo ayudar William? – pregunté intentando hacer sonar mi voz un tanto
autoritaria, ya no permitiría mas represalias por mi fuga de cumpleaños.
Supongo recuerda que hoy es la ceremonia de petición de las Legítimas Alegaciones al
trono. – me dijo él con voz neutra.
Claro que lo recuerdo. ¿Qué pasa con ello?

La ceremonia de las Legítimas Alegaciones era cuando Su Santidad el Papa pedía al Senado
de la Confederación se reconociera el legitimo derecho de un sucesor al trono del Imperio
y se iniciara el proceso de presentación de valores, que consistía en hacer de exhibición
pública los cuatro principios esenciales que el Emperador tenía que cumplir. Los Valores
Imperiales eran Justicia, Honestidad, Sabiduría, Valentía y Fe.
-

Supongo ya tendrá pensado lo que hará en cada uno de los eventos que se
presentarán después de la ceremonia. – dijo con tono amable.
Sigo pensando en ello, quiero que sea algo especial para el pueblo y para mí. – le dije
de forma tajante, no quería darle explicaciones.

Después de ver la reacción en su expresión pude ver que había captado mi mensaje. La
verdad era que las exhibiciones quería planearlas con mis amigos, en especial con Enrique
que era el Confidente Imperial y parte de sus funciones era ayudarme en ese tipo de cosas.
-

Por otro lado príncipe, es de suma importancia que usted empiece a involucrarse en
las decisiones cruciales de la Galaxia. Como usted sabe la paz con varios territorios del
Universo que no están dentro de la Confederación no se podrá prolongar mucho. Ellos
quieren recuperar su terreno perdido y nosotros Su Alteza, debemos avanzar más. Por
Dios y por el Imperio. – me dijo con voz sutil mirándome sinuosamente al rostro para
reconocer cualquier alteración en mi semblante.

Concentré una pausa antes de responderle al aún Regente Imperial. Mi postura era firme
en ese tema, Su Santidad me la había inculcado con fuerza, una guerra armada no podía
existir.

-

-

William conoces bien mi postura acerca del tema. La evangelización debe basarse en
otras vías, lo manda la Iglesia.
Alteza, los territorios fronterizos y de comercio exterior sufren constantes ataques, los
tratados de libre mercado con las entidades externas al Imperio están por caer, no
podemos arriesgarnos a una recesión. – me dijo William con la voz de un hombre
recordándole a un pequeño lo que podía pasar si hacía muchas travesuras.
Entonces debemos de concentrarnos en lograr esos tratados – le respondí de manera
más tajante aún a lo que le había respondido antes. – Si ya se han logrado esos
tratados durante tanto tiempo no veo por qué no podamos conservarlos.

William de Serbin volvió a observarme para luego esbozar una sonrisa, cuya intención no
supe descifrar muy bien.
-

Eres muy parecido a tu padre León – me dijo él.

Hacía muchos años que William no se dirigía a mí por mi nombre y aún más raro era que
me hablara de mi padre. El Regente y yo habíamos cesado tratos afectivos desde que
ambos notamos nuestros diferentes puntos de vista de cómo debía de funcionar el
Imperio.
-

Lo tomo como un alago William. – le dije cortésmente – Gracias.

William me lanzó otra mirada.
-

-

Lo dejaré descansar. – me dijo – Supongo le gustará estar fresco para la ceremonia de
esta noche, ya he confirmado la asistencia de sus amigos Román y Amelia Fregotte así
como de sus padres como usted me lo pidió. – dijo en su tono que tanto me intrigaba.
Gracias – me limité a responder nuevamente.

William me dirigió una sonrisa y se dispuso a salir de la habitación pero yo lo detuve.
-

Sé ya bien que el Senado va a nombrarte Canciller Imperial para que sigas teniendo el
control de muchas cosas. – le dije – Pero en verdad habrá cosas que como que me
llamo León Astoria van a cambiar.

William me dirigió una nueva mirada, esta vez parecía divertido.
-

Mi querido príncipe, por supuesto que van a cambiar, es usted quien será el legítimo
gobernante del Imperio señalado por el Altísimo. Será un honor servirle – me dijo para
esta vez con un ademán retirarse definitivamente del despacho.

***
Me encontraba solo en mi nueva habitación, contemplando cada uno de sus rincones. En esa
recamara habían habitado todos los Astoria a lo largo de más de cuatro siglos, para mi era algo
muy importante estar a la altura de lo que habían hecho mis antepasados. Recordé que aún
me faltaba por leer prácticamente todo el Archivo Secreto de los Astoria y eso me emocionaba
mucho.

Esta vez no abrí el portafolio del Emperador Alejandro Astoria, esta vez abrí las memorias del
Emperador Javier I, mi padre.
Manuscrito del Emperador Javier Astoria I
No es grato recibir la responsabilidad de una galaxia después de la perdida de un padre. No es
el momento en el que mejor me encuentro, mi padre, mi mayor ejemplo, está muerto y en
lugar de poder vivir mi pena tengo que salir a dar la cara por el Imperio, lo que habría hecho él
y lo que haré yo desde el día de hoy.
No todo son malas noticias, tengo a mi amada esposa Diana María y estamos intentando tener
un bebé, nos hemos tardado, por alguna razón desconocida tenemos dificultades para
procrear, pero la fe que tenemos en Dios nos da la certeza que nuestro hijo algún día llegará.
Lo más importante relacionado al Imperio, es que hemos logrado la paz con los territorios no
evangelizados del Universo. Ahora existe un tratado por el cual se respetará el libre comercio
exterior y el tránsito controlado de ciudadanos de la galaxia a otros territorios y viceversa con
garantías de buen trato y protección civil.
Esto me ha traído algo de conflictos con mi mejor amigo William, a quien recién convertí en mi
Confidente Imperial, él piensa que una guerra armada contra ellos podría ser mejor opción
para avanzar en la misión divina encomendada por Dios...
Antes de que pudiera seguir leyendo alguien llamó a mi puerta sacándome de las memorias de
mi padre.
-

Adelante – me apresuré a decir guardando la carpeta.

La puerta se abrió y tuve a Enrique delante después de tres días sin verlo ni oírlo, puso algo en
la mesa y se dirigió a mí.
-

¿Cómo estas? – me preguntó con una sonrisa dándome fuerte en la espalda como se
había caracterizado siempre.
Bien, supongo – dije esbozando yo también una sonrisa y palmeando su espalda aún
con más fuerza – Tú… ¿cómo estas?
No me quejo – me respondió – Pero definitivamente la vida en el Vaticano no es lo
mismo sin ti. ¿Qué tal la vida como señor del Palacio de Balahuk?
Tampoco me quejo – le respondí sonriendo.
¿Qué hacías? – me preguntó mirando alrededor.
Leía el primer manuscrito oficial de mi padre – le dije. - ¿Sabes que él también tuvo
problemas con Serbin por su deseo de evangelización armada?

Enrique soltó un bufido.
-

-

No se como tu padre pudo tener a ese hombre como mejor amigo. – opinó – Mi padre
ya esta cansado de las peleas de persecución a los no creyentes en el virreinato de
Júpiter.
Tu padre hace un buen trabajo – le dije.

Enrique me miró con diversión.
-

Pero ahora nos toca trabajar a nosotros juntos… ¿qué no? – me preguntó – Porque
sigo siendo tu Confidente Imperial ¿verdad?
Claro que si Enrique – le dije esbozando una sonrisa y abrazándolo de nuevo – Perdona
mi actitud…
No, no… perdona tú la mía – se apresuró a interrumpir – O bueno, no quiero hablar de
eso, dejémoslo en un empate. Vayamos mejor a estrenar la pista de equitación del
Palacio, he visto como han traído ya a tu caballo Draco a este lugar, yo me conformaré
montando a un equino desconocido.

Miré a Enrique con ese sentido de aventura que compartíamos los dos.
-

¡Vamos pues! – me apresuré a decir.

Enrique hizo un gesto de vacilación con cara y manos.
-

Pensé que me lo preguntarías – me dijo.
¿El qué? – pregunte confundido.
Tu regalo de cumpleaños – me dijo adelantando una caja de plata que hasta ese
momento no había notado.

Miré la caja con perplejidad. ¿Qué habría dentro?
-

Gracias – me limité a decir abriendo la tapa del baúl.

Dentro había un pequeño perrito tratando de salir del cofre. Dejé la caja de plata sobre la
mesa y me apresuré a tomar al can entre mis manos y lo elevé hasta mi nariz, cuando el
comenzó a olfatearme a mí.
-

Lo encontré aquella noche en Ibiza y pensé que podía ser un buen regalo. – me dijo
Enrique con tono afable.
Es realmente grandioso. Me gustó mucho – le dije. – Gracias.
Llámalo Balian. – me dijo después de un breve silencio. – Significa “amigo” en las
lenguas de Júpiter.
Pues Balian se llamará.

***
Apreté las piernas para indicarle al caballo que era hora de brincar la valla, hice posición de
salto y superamos con elegancia el último obstáculo de la pista recorrido, lo había terminado
con cero penalizaciones.
-

Bien hecho hermano – me dijo Román estrechándome en un abrazo apenas me bajé
de mi querido caballo Draco.

En esos momentos nos localizábamos en la pista de equitación del Palacio Imperial. Me
encontraba con Román, Mía, Enrique y Triana.

-

-

-

¿Qué tienes pensado hacer en los eventos de los Valores Imperiales? – me preguntó
Triana con curiosidad una vez nos reunimos todos en una palapa que estaba a un
costado de la pista de equitación.
Es en lo que he estado pensando. – respondí – ¿Ustedes qué opinan?
Yo opino que lo mejor que podrías hacer para dar un mensaje de Justicia es liberar a
los que permanecen presos por no profesar la fe católica en los nuevos territorios
adheridos. – opinó Enrique al instante.
Sí, es algo que he estado pensando pero sé que no pondría muy feliz a Serbin. –
respondí secamente.
Sabes que Su Santidad espera enviar evangelizadores con los presos para que
conozcan la palabra de Cristo, pero lo mejor es que lo hicieran en libertad. – opinó
Mía. – El propio Papa esta a favor de la no criminalización de la falta de fe, la fe no se
adquiere con castigos.

Hice una pausa de silencio en la que analicé esa posibilidad.
-

Pues bien, ya tengo la Acción de Justicia del primer evento – dije con franqueza.

Los ojos de Enrique se iluminaron.
-

Sabía que tú eres mucha cosa para enfrentarte al odioso de Serbin. – dijo emocionado
– Quiero ver la cara que se le pone.

Dirigí una mirada pensativa a todos los presentes y luego dibujé una sonrisa irónica.
-

-

Estuve hablando con él en la mañana. – comenté – Dice que será un placer servirme.
Estoy seguro que el Senado lo nombrará Canciller Imperial y no me darán a mí el voto
de confianza absoluta.
Bueno… serás emperador muy joven, creo que es mejor así por el principio – exclamó
Mía. – De cualquier forma ándate con cuidado con él.

El Senado tenía la opción de depositar la confianza absoluta de su soberanía política en el
Emperador, o nombrar un Canciller Imperial, quien tendría la posibilidad de representar
poderes atribuidos al Senado a los que el Emperador tenía que solicitar aprobación obligatoria.
***
Miré mi reflejo completo en el espejo y abrochando el último botón del traje de gala que
usaría para el evento de las Legítimas Alegaciones que pronto daría inicio me dediqué una
sonrisa a mi mismo. Después de que el Senado reconociera mi derecho legítimo al trono, sería
proclamado Emperador electo y continuarían los eventos de Exhibición de Valores para al
termino de estos Su Santidad pusiera sobre mi cabeza la Corona Imperial y recibiera de manos
del Presidente del Senado el bastón de mando de la Galaxia.
-

Mis últimos momentos como el príncipe León… – le dije al pequeño Balian, el perro de
raza chihuahua que me lamió la cara una vez me senté en mi cama para cargarlo entre
mis brazos. – Emperador León Astoria I ¿Suena bien no?

Acaricié las orejas del perro mientras este retorcía su cuerpo en señal de placer y trataba de
lamerme de nuevo.
Me fijé de nuevo en mi reflejo en el que me vi vestido con la ornamentación que correspondía
al evento, Una especie de traje negro con terminados en azul rey y banda azul turquesa con el
escudo de los Astoria. Definitivamente ya no era un niño, mi cuerpo ya era el de un hombre,
esperaba que mi mentalidad también lo fuera, la verdad quería hacer un buen trabajo al frente
del Imperio.
Completamente vestido, me tire en la cama y con el dedo abrí el cobertizo que tapaba el techo
de cristal que daba al cielo estrellado, sonreí en el último momento en que sólo sería León.
Después, por alguna razón, pensé en Maryann… ¿Qué habría sido de ella? La verdad era que
no había tenido el cinismo de preguntar.
Llamaron a la puerta.
-

Adelante – grité.

En la puerta apareció el mayordomo de la Casa Imperial, Santino Bicco.
-

Su Alteza, ya lo esperan para abordar. – me informó.

Caminé junto con Santino a través de los muros del Palacio Imperial hasta llegar a una
pequeña sala cerrada aledaña al vestíbulo principal del recinto. La Cardenal Zcaprio, el Dr.
Chelsea y Enrique, vestido con las ropas propias del Confidente Imperial ya me esperaban en el
lugar.
-

Debo reconocer que estoy nervioso – me apresuré a decir para romper el silencio
cuanto antes, necesitaba desahogarme.
Todo irá bien – murmuró la Cardenal Zcaprio dándome un beso en la mejilla ante lo
que yo me ruboricé un poco, y al darme cuenta que ella lo había notado, aún me
ruboricé más.

***
No pasaron más de quince minutos cuando ya nos encontrábamos en el Palacio del Senado,
donde el tumulto a los alrededores de aquel recinto iba creciendo en gran proporción mientras
nos aproximábamos a velocidad recorrido a la entrada del lugar. Toda la galaxia estaba ansiosa
de ver a un legítimo Astoria presentar sus Legítimas Alegaciones.
-

Bienvenidos mis Señores – nos dijo William de Serbin al cruzar la puerta de la entrada
del vestíbulo principal que daba al hemiciclo de los senadores.

El estupor inundó mi ser emocionado de escuchar los vítores que provenían del exterior a la
voz de “¡Viva León Astoria!”
Después de la imagen de Serbin, lo primero que pude ver fue a los senadores integrantes de la
Comisión de Honor que me daría la bienvenida al recinto de los legisladores de la Galaxia. Los

saludé a todos con la mano y una sonrisa. Entre ellos estaba la senadora Cassandra
Barshgloom quién rompió el protocolo y me saludó con un ruidoso beso en la mejilla.
Al llegar al acceso al hemiciclo, la Imperial Orquesta Sinfónica, comenzó a tocar el himno del
Imperio. Yo caminaba al frente junto con Su Santidad y detrás iban la Cardenal Zcaprio,
Enrique, William y el Dr. Chelsea. Comencé la marcha hasta el presídium del parlamento
galáctico con paso firme y seguro, dedicando sonrisas a todo aquel que me las dedicara a mí.
El aspecto del Palacio Legislativo era muy bello. Un hemiciclo gigante y con una altura inmensa
provisto de cientos de balcones de mármol brillante para cada senador y su comitiva. Eran un
total de mil quinientos senadores imperiales.
Estreché la mano de Chavar Ordange quien se encontraba de pié para recibirnos en el estrado
como anfitrión presidente del Senado. Tomé asiento en mi lugar asignado al centro, a la
derecha del mercuriano.
Chavar Ordange hizo sonar una campana.
-

Se declara instalada la Sesión Plenaria de Presentación de Legítimas Alegaciones al
trono del Imperio Apostólico del Sol y los Virreinatos de la Vía Láctea, según lo
marcado en el artículo siete párrafo cuatro de la Constitución Imperial. – anunció el
presidente del Senado con voz solemne desde la tribuna alzada en base de oro y
platino. – Para efectos del citado artículo rogamos en el punto primero de la Orden del
Día a Su Santidad el Papa Anastasio VII se disponga a iniciar el procedimiento de
presentación de Legítimas Alegaciones al trono por parte de Su Alteza Imperial León
Alejandro de Astoria y Teruel quien hasta hoy según decreto transitorio desde hace
cuatro legislaturas es reconocido como Príncipe Imperial.

Dos de los asistentes del Papa ayudaron a este a ponerse en pié y dirigirse hacia la tribuna, yo
me puse de pie en el estrado. Los nervios comenzaron a recorrer mis entrañas.
-

León Alejandro de Astoria y Teruel, hijo único y legítimo de Sus Majestades Imperiales
Javier I de Astoria y Diana María de Teruel. La Santa Iglesia Católica, Apostólica,
Romana y Universal, reconoce el derecho natural del Príncipe León a acceder al trono
del Imperio Galáctico Apostólico del Sol y los Virreinatos de la Vía Láctea por voluntad
de Cristo nuestro Señor en voz de su profeta el Arcángel Gabriel – dijo el Pontífice en
tono alegre y a la vez sereno.

Los senadores y demás presentes en el hemiciclo prorrumpieron en aplausos.
El presidente del Senado hizo sonar de nuevo la campana en señal de la finalización del
primer punto de la Orden del Día, al tiempo que Su Santidad volvía a sentarse en el lugar
que le correspondía en las Sesiones Solemnes del Senado, a la izquierda del Presidente del
mismo.
-

Siguiendo con el segundo y último punto del día se procede a preguntar
solemnemente si el reconocido heredero acepta la responsabilidad terrenal y divina de
ostentar la jefatura de Estado de nuestro Imperio. – prosiguió Chavar Ordange.

Sentí fuego recorrer mis entrañas al tiempo que inflaba mi pecho lo máximo que
podía.
-

Alteza, siempre consiente de la responsabilidad que de esto emana ¿reclama usted su
legítimo derecho al trono de la Galaxia y acepta dedicar su vida en procuración a bien
de este Imperio? – me preguntó el presidente del Senado.

Antes de responder tuve una visión de lo que sería mi vida a partir de ahora y claro está lo
que había sido y lo que cambiaría, estaba decidido.
-

Acepto – dije con voz firme y segura. – Presento mis Legítimas Alegaciones al trono del
Imperio.
Por mandato constitucional y divino este Senado de la Confederación reconoce de
manera oficial a Su Majestad León Alejandro de Astoria y Teruel como emperador
electo de esta nuestra Galaxia y cita a este pleno a la Coronación del nuevo Emperador
el día veintiocho de agosto del año en curso en la Catedral de San Pedro al concluir los
eventos de Exhibición de los Valores Imperiales.

La campana sonó dando fin a la Sesión de Presentación de las Legítimas Alegaciones y lo
único que pude hacer fue esbozar una tenue sonrisa inspirado en todo lo que podría hacer
por mi pueblo, eso si, los nervios de tan grande responsabilidad estallaban dentro de mí.
Después de la ceremonia, Chavar Ordange ofreció un brindis en el Palacio Legislativo.
Además de la cena, que había que reconocer estaba suculenta, no había pasado otra cosa
distinta a lo que marcaría el protocolo, incluyendo no poder hablar con mis amigos quizás
hasta la mañana siguiente.
Al terminar la cena y despedirme de las principales figuras presentes, hubo algo que me
llamó mucho la atención. En el momento en el que me despedía de Chavar Ordange, la
anciana senadora Barshgloom me dio un pellizco y me guardo con maña un sobre en la
bolsa del traje guiñándome un ojo para luego susurrarme al oído: “Es de suma
importancia”.
***
Me encontraba a solas con Enrique y dos miembros de la Guardia Imperial en la cabina del
automóvil que nos llevaría de regreso al Palacio Imperial. Después de todo mi habitación
del Vaticano ahora sería de alguien que desconocía, pues como mi Confidente Imperial,
Enrique debía mudarse a la residencia que le correspondía en los confines del Palacio
Imperial. Yo estaba aturdido en ese momento por lo que desde ya mi vida comenzaría a
ser, me sentía feliz, pero aturdido.
Me di cuenta que el automóvil aminoraba la marcha y giraba en una vía alterna a como
estaba programado el recorrido de regreso.

-

¿Sucede algo, Bart? – pregunté al qué había sido jefe de mis guardaespaldas desde
toda la vida.

El capitán de la Guardia Imperial me miró titubeante.
-

Hay una manifestación en contra del régimen. – me dijo con voz seca – Usaremos otra
ruta.

Aquellas palabras, por alguna razón me cayeron como un balde de agua fría. Solamente
había visto a la gente que me apoyaba, pero nunca me había enfrentado al clamor popular
del pueblo en desacuerdo.
-

¿No podemos trasladarnos vía aérea? – preguntó Enrique que en ese momento había
alzado la cabeza saliendo de su propio ensimismamiento.
No – contesté yo de manera tajante. – Capitán mantenga la ruta.

Miré los ojos de asombro de Bart, pero lo que más me llamó la atención fue como los
profundos ojos de Enrique se perdían en mí.
-

Majestad es muy arriesgado yo le recomendaría…
Es una orden – lo interrumpí en voz baja pero decidida, ahora tenía la autoridad.

El capitán me miró unos instantes y se apresuró a extender mi orden a toda la flotilla de
seguridad que nos acompañaba en el recorrido de regreso al Palacio Imperial.
Enrique seguía con la mirada perpleja.
-

¿Estas seguro de…?
Si, lo estoy – dije con decisión interrumpiéndolo.

Cuando llegamos al centro de la manifestación las cosas estaban un poco fuera de control.
Podía ver como miembros de la Guardia Civil del Imperio contenían a varios manifestantes
que hacían todo por acercarse al Palacio Legislativo, algunos simpatizantes del régimen
estaban enfrentándose a los manifestantes.
Mi mirada se dirigió a los hologramas de textos e imágenes que proyectaban los
manifestantes.
“NO A LA EXPROPIACIÓN ACUIFERA” “HUMANOS Y AUTÓCTONOS CON LOS MISMOS
DERECHOS” “LEON ASTORIA TÍTERE DE SERBIN” “LIBERACIÓN DE LOS PRESOS NO
CONVERSOS” “JUSTICIA Y DIGNIDAD PARA LOS AUTÓCTONOS DE NEPTUNO” “LEON
ASTORIA EL PEQUEÑO JUNIOR DE LA OPRESIÓN” “LEON FASTORIA, FASTIDIA” “APERTURA
A LOS TRATADOS DE LIBRE MERCADO Y CIRCULACIÓN” “SERBIN QUIERE GUERRA,
NOSOTROS QUEREMOS PAZ” “NO MÁS DAÑOS AL MEDIO AMBIENTE”.
Más allá pude ver como los manifestantes prendían fuego a imágenes mías y de William,
también banderas imperiales, incluso lo hacían con algunas imágenes de Su Santidad.
Más allá de la estupefacción me quede sin palabras.

¿Esa era la imagen que tenían algunos sobre mí? El ochenta porciento de los
manifestantes presentes eran autóctonos de otros mundos, aunque también había varios
humanos de la Tierra y de otros planetas.
-

¿Te encuentras bien? – me preguntó Enrique en voz queda.
No lo sé. – dije en un murmullo.

Me quedé viendo la imagen de lo que estaba sucediendo frente a mis ojos. Ni los
manifestantes ni los imperialistas parecían haberse dado cuenta de la aproximación de mi
caravana al lugar donde ellos se encontraban. Supongo les pareció serían únicamente
refuerzos que venían a tratar de imponer el orden.
-

Quiero dirigirme a ellos – le dije al capitán – Quiero que proyecten mi holograma en
vivo en esta misma locación.
Majestad perdóneme que insista pero…
Esta decidido Bart – le interrumpí.

Bart hizo una seña de asentimiento con la cabeza y aunque muy dubitativamente salió del auto
para cumplir mis ordenes.
-

¿Qué planeas hacer? – me preguntó Enrique perplejo.
Simplemente quiero decirles que voy a escuchar sus peticiones y que habrá cambios
contundentes en la Galaxia.

Todo estaba listo en la cabina del gigante automóvil para que mi mensaje pudiera ser
escuchado y transmitido mediante un holograma tridimensional. Había contemplado la
posibilidad de hacerlo en persona pero era consiente del riesgo que ello implicaba.
-

Cuando le dé la señal su holograma estará en proyección justo arriba de este auto. –
me informó Bart – Los decibeles de audio le permitirán ser escuchado a un buen
volumen. Debe también de saber que ellos piensan que usted ya se encuentra en
Palacio Imperial, para ellos será una sorpresa.

Asentí con la cabeza colocándome frente a la cámara que estaba instalada en la cabina del
automóvil. Bart me dio la señal, tome aire, suspiré y comencé.
-

Ciudadanos del Imperio del Sol – dije alzando mi voz. – Como Emperador electo de la
Galaxia estoy en el lugar de esta manifestación enterándome de sus inquietudes.
Prometo darle seguimiento a los principales casos mencionados. Muchas cosas
cambiarán en el Imperio, el régimen evolucionará para el bien de todos. Buenas
noches y muchas gracias.

***
-

-

¿Qué se siente? – me preguntó Román una vez nos encontramos él, Enrique, Mía,
Triana y yo en una pequeña reunión en la zona de albercas del Palacio Imperial al
medio día siguiente de la ceremonia de las Legítimas Alegaciones.
¿Qué cosa?
Pasar de ser Su Alteza Imperial a ser Su Majestad – me respondió calando mi temple.

-

Nada nuevo… - mentí, la verdad era que me encantaba gozar del título y más aun
cuando después de la coronación mi tratamiento oficial ya fuese el de Su Majestad
Imperial.

Enrique me miró con una cariñosa mirada de diversión.
-

Que mal sabes mentir – me dijo.

Hubo una carcajada general.
-

Estamos muy orgullosos de ti – exclamó Mía al cabo de unos segundos. – Enrique ya
nos contó cómo fue que le hiciste frente a los manifestantes y te interesaste en sus
argumentaciones. – sonrió.

Sentí ruborizarme el rostro.
-

Bueno es mi obligación – me limité a responder con una sonrisa de agradecimiento,
para mi era muy importante contar con el apoyo de los míos.
Lamentablemente creo que Serbin aprovechará las circunstancias – comentó Mía.
¿A que te refieres? – preguntó Triana.

Hubo un silencio de confusión general, Mía parecía contrariada.
-

El Senado va a nombrar a Serbin Canciller Imperial mañana. – respondí yo adivinando
el por qué del comentario de Mía – ¿Cómo lo sabes tú Mía?
Veo los noticieros – respondió ella con simpleza.
Ya veo – exclamé.

Yo sabía que William sería nombrado Canciller Imperial, pero no me imaginaba que el
Senado fuera a tener tanta urgencia de tenerme controlado.
-

¿Específicamente en qué nos va a poder joder Serbin como Canciller Imperial? –
preguntó Román – Vamos… ¿cuáles serían sus facultades?
En esencia puede someter algunos de mis decretos y ordenes a previa autorización del
Senado entre otras facultades representativas – respondí. – Tampoco lo veo como algo
demasiado trágico, fuera de todo necesito a Serbin hasta que aprenda y… a veces
siento cariño por él, después de todo era el mejor amigo de mi padre.

Mis amigos prefirieron guardar silencio ante mi comentario, ante lo cual yo me sentí más
cómodo.
***
Cerré el agua de la regadera para poner fin a un relajante baño con hidromasaje. Era hora de ir
a dormir, acaricié a Balian y me acosté en mi cama, pensaba me quedaría dormido en seguida,
pero no fue así. Una sensación de angustia comenzaba a inundar mi ser, no caía en cuenta que
era el Emperador electo de la Galaxia más próspera del Universo.

Harto de dar vueltas en la cama decidí ponerme en pié. El pequeño Balian me miraba con
curiosidad, pasaron seguidos como flashes en mi mente los rostros de Enrique y Maryann. No
acababa de entender por qué mi mente los relacionaba tanto.
Después del pequeño ensimismamiento en el que también me vino Triana a la cabeza, decidí
ponerme de nuevo mi traje oficial, el que había usado en la ceremonia de las Legítimas
Alegaciones.
Me miré en el espejo y sonreí. Vestido así me montaba un poco más en mi papel de cabeza del
Imperio, mientras miraba el reflejo del traje recordé algo de suma importancia que yacía en el.
Hurgué en los bolsillos del traje y encontré el sobre que la senadora Barshgloom me había
dado la noche anterior.
Querido León:
Primero que nada perdona el atrevimiento de llamarte por tu nombre y tras las letras de la
palabra querido, y es que tú eres muy querido para mí, porque yo amaba muchísimo a tus
padres como verdaderos hijos.
Son innumerables todas las cosas que me gustaría decirte, pero por ahora me conformaré con
decirte lo siguiente:
Es necesario que estés consiente que muchos de los senadores y funcionarios están
acostumbrados a la forma de hacer las cosas de William de Serbin, y aunque no lo considere
una mala persona, no estoy de acuerdo en su forma de proceder en muchas acciones.
Su Santidad, un buen amigo, me ha mantenido informada de tu desarrollo como persona y me
dice que eres un muchacho bien intencionado y de corazón confiado y sincero, pero debes de
entender que no todas las personas son así.
Es bueno confiar en tu prójimo, pero debes de estar consiente que lo que nos estamos jugando
ahora es mucho más que un simple amor de cumpleaños. Por eso apelo a tu conciencia y te
pido mantengas un punto de equilibrio en lo que debes de hacer desde hoy y lo que quieres
hacer de tu vida personal.
Comprometiendo siempre mi lealtad a ti, me despido con mucho cariño.
Senadora Imperial Cassandra Barshgloom.
P.D. Ten cuidado de en quién confías.
Volví a leer la carta unas tres veces, tratando de empalmar sus palabras y posibles
interpretaciones que entre líneas podría haber con pensamientos propios en lo referente a
aquellos temas que había tocado la Senadora en su carta.
Me sentía halagado y agradecido con ella, por alguna razón sabía que ella era una persona que
verdaderamente me estimaba y en la que podía confiar.
Era verdad que mi corazón era un poco alegre, y que muchas veces me dejaba llevar por la
sangre brava que corría por mis venas y cometía algunas indiscreciones y errores que no eran

propios de mi cargo. Claro estaba como ejemplo mi fuga de cumpleaños, pero… lo más
importante es que era verdad aquello de que solía entregar mi confianza con mucha facilidad.
Aunque por más que trataba yo no podía ver eso como algo malo, yo confiaba en Dios y Dios
me decía que amase a mi prójimo… ¿Cómo era la manera en la que un Emperador amaba a
Dios y a su prójimo?
Había que tomar una determinación en el momento, después de todo al día siguiente tendría
que anunciar mi acción de Justicia en el marco de los eventos de la Exhibición de los Valores
Imperiales.
Apreté el botón que me comunicaba con la guardia que estaba montada exactamente afuera
de mi habitación.
-

Hagan venir de inmediato a mi Confidente Imperial – ordené.

Quince minutos después apareció Enrique en pijama y bata con rostro somnoliento, quien
notando mi rostro de angustia me tendió un abrazo que apenas duró medio instante.
-

¿Qué pasa? – preguntó.
Simplemente hay muchas cosas que debemos cambiar y es el preciso momento de
actuar – le dije sonriendo aumentando un poco mi ánimo.
Eso es lo que esperaba escuchar – me dijo ahora sí abrazándome con la característica
palmada fuerte que él daba en la espalda - ¿Qué tienes pensado?
Si algo tengo claro es que debemos de dejar libres a los presos que no profesan la
religión católica, pero tampoco permitiré que la evangelización para la salvación
eterna tome un rumbo equivocado. – le dije de forma tajante.

Enrique me miró profundamente a los ojos.
-

-

-

-

Sabemos que Su Santidad ya tiene planes con una nueva metodología de
evangelización y es al Vaticano a quien corresponde hacerlo, dejemos a los presos
libres – me dijo él de la misma forma tajante que lo había hecho yo – Sabes que
aunque no te lo diga por respeto a tu autonomía Anastasio VII espera lo mismo.
La liberación de los presos ya la tenía decidida, aunque sé que William no está de
acuerdo, pero así será – le dije esbozando una nueva sonrisa – Lo que más me
preocupa ahora es dar en la exhibición de Honestidad acuerdos respecto a la
Expropiación Acuífera y Tratados de Comercio Interno y Exterior. En Sabiduría me
gustaría revisar los derechos de los autóctonos de otros planetas.
Debemos tener cuidado con la Expropiación Acuífera – me dijo Enrique – Es verdad
que ahora está en manos de particulares privados que la venden demasiado cara a la
mayoría del pueblo. Pero al expropiarla pegaríamos duramente a los intereses
económicos de estas empresas y generaría una molestia de este sector tan
remunerado.
Estaba pensando en marcar un precio máximo del agua potable, variando según el
planeta ya que no en todos hay los mismos recursos de agua. – le comenté.
Se me hace una buena opción. – comentó Enrique arqueando las cejas - ¿Qué
regulaciones pondrás en los Tratados de Comercio?


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