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Hitler, Adolf Mein Kampf Mi Lucha (ES, 415 S., Text) .pdf



Nombre del archivo original: Hitler, Adolf - Mein Kampf - Mi Lucha (ES, 415 S., Text).pdf
Título: DEDICATORIA
Autor: qwerty

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MI
LUCHA
Adolf Hitler
Primera edición electrónica en castellano.
Dos volúmenes en uno.
Primer Volumen:
RETROSPECCIÓN
Segundo Volumen:
EL MOVIMIENTO NACIONALSOCIALISTA.

2003. Jusego. Edición sin fines de lucro.

ADOLF HITLER.
1889-1945.

Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edición electrónica, 2003.Jusego-Chile.

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Presentación.
Esta es la primera versión electrónica casi completa de Mi Lucha en castellano. Se
invita a todos los miembros del Movimiento a distribuírla lo más ampliamente
posible. Se autoriza su colocación en cualquier sitio Web para descarga.
La segunda edición contendrá notas aclaratorias y además será cotejada con la
edición inglesa no expurgada de 1939.
Agradecemos la colaboración de todos los que han contribuído a la ejecución de
este proyecto, el que redundará en una mejor preparación de la militancia.
Para efectos de su uso se ha habilitado su impresión así como la opción
marcar/copiar en caso de que se necesite citar algún párrafo.
Agradeceremos se nos informe de todo error que aparezca en ella porque sin duda
debe haberlos.
Abril de 2003.

Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edición electrónica, 2003.Jusego-Chile.

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Esta Primera Edición Electrónica de Mi Lucha está dedicada a los
59 mártires Nacionalsocialistas chilenos caídos por la Patria el 5
de Septiembre de 1938 en Santiago de Chile.
"Chile necesita del sacrificio de sus hijos. Estamos obligados a
sacrificarlo todo si con ello Chile se salva" (Francisco Maldonado
Chávez, caído ese día).

Enrique Herreros del Río
César Parada Henríquez
Francisco Maldonado Chávez
Juan Silva Tello
Hugo Badilla Tellería
Jesús Ballesteros Miranda
Ricardo White Alvarez
Julio César Villasiz Zura
Pedro Angel Riquelme Triviño
Mario Pérez Perreta
Mauricio Falcon Piñeiro
Luis Thennet Gillet
Héctor Thennet Gillet
Guillermo Cuello González
Waldemar Rivas Vilaza
Hermes Micheli Candia
Raúl Méndez Ureta
Bruno Bruning Schwarzenberg
José Sotomayor Sotomayor
Gerardo Gallmeyer Klotzche
Neftalí Sepúlveda Soto
Domingo Chávez Whalen
Walter Kusch Dietrich
Víctor Muñoz Cárdenas
Juan Kähni Holzapfel
Marcos Magasich Huerta

Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edición electrónica, 2003.Jusego-Chile.

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Enrique Magasich Huerta
Heriberto Espinoza Lizana
Jorge Jaraquemada Vivanco
Félix Maragaño Flores
Jorge Valenzuela San Cristóbal
Salvador Zegers Terrazas
Carlos Alfredo Barraza Robles
Jorge Alvear Soto
Víctor Tapia Briones
Humberto Yuric Yuric
Jorge Tépper Bradanovic
Juan Orchard Fox
Alejandro Bonilla Tajan
Emiliano Aros Molina
Salvador Fernández Ponicio
Jorge Sepúlveda Céspedes
Timoleón Jijón González
José Figueroa Figueroa
Eduardo Suárez Suárez
Renato Chea Meneses
Manuel Silva Durán
Daniel Jorge Jeldres
Carlos Jorge Jeldres
Luis Arriagada Muñoz
Alberto Murillo Muñoz
Julio Hernández García
Efraín Rodríguez Sáez
Carlos Riveros Sáez
Hugo Moreno Donoso
Alberto Ramírez Zamora
Manuel Jelves Olea
Pedro Molleda Ortega
Carlos Muñoz Cortés

¡HONOR Y GLORIA ETERNAS!.

Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edición electrónica, 2003.Jusego-Chile.

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DEDICATORIA

El 9 de noviembre de 1923, a las 12:30 del día, poseídos de inquebrantable fe en
la resurrección de su pueblo, cayeron en Munich, frente a la Feldherrnhalle y en el patio
del antiguo Ministerio de Guerra, los siguientes camaradas:
Felix Alfarth, comerciante, nacido el 5 de julio de 1901.
Andreas Bauriedl, sombrerero, nacido el 4 de mayo de 1879.
Theodor Casella, empleado bancario, nacido el 8 de agosto de 1900.
Wilhelm Ehrlich, empleado bancario, nacido el 19 de agosto de 1894.
Martin Faust, empleado bancario, nacido el 27 de enero de 1901.
Anton Hechenberger, cerrajero, nacido el 28 de septiembre de 1902.
Oskar Koerner, comerciante, nacido el 4 de enero de 1875.
Karl Kuhn, empleado de hotel, nacido el 26 de julio de 1897.
Karl Laforce, estudiante de ingeniería, nacido el 28 de octubre de 1904.
Kurt Neubauer, criado, nacido el 27 de marzo de 1899.
Claus von Pape, comerciante, nacido el 16 de agosto de 1904.
Theodor von der Pfordten, consejero en el Tribunal Regional Superior, nacido el 14 de
mayo de 1873.
Johannes Ríckmers, ex capitán de caballería, nacido el 7 de mayo de 1881.
Max Erwin von Scheubner-Ríchter, doctor en ingeniería, nacido el 9 de enero de 1884.
Lorenz Rítter von Stransky, ingeniero, nacido el 14 de marzo de 1899.
Wilhelm Wolf comerciante, nacido el 19 de octubre de 1898.
Autoridades llamadas nacionales se negaron a dar una sepultura común a estos
héroes.
Dedico esta obra a la memoria de todos ellos, para que el ejemplo de su sacrificio
ilumine incesantemente a los seguidores de nuestro Movimiento.
Landsberg am Lech, 16 de octubre de 1924.
Adolf Hitler.

Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edición electrónica, 2003.Jusego-Chile.

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PRÓLOGO DEL AUTOR
En cumplimiento del fallo dictado por el Tribunal Popular de Munich, el 1° de
abril de 1924 debía comenzar mi reclusión en el presidio de Landsberg am Lech.
Así se me presentaba, por primera vez después de muchos años de ininterrumpida
labor, la posibilidad de iniciar una obra reclamada por muchos y que yo mismo
consideraba útil a la causa nacionalsocialista. En consecuencia, me había decidido a
exponer no sólo los fines de nuestro Movimiento, sino a delinear también un cuadro de su
desarrollo, del cual será posible aprender más que de cualquier otro estudio puramente
doctrinario.
Aquí tuve igualmente la oportunidad de hacer un relato de mi propia evolución,
en la medida necesaria para la mejor comprensión del libro y al mismo tiempo para
destruir las tendenciosas leyendas sobre mi persona propagadas por la prensa judía.
Al escribir esta obra no me dirijo a los extraños, sino a aquéllos que,
perteneciendo de corazón al Movimiento, ansían penetrar más profundamente en la
Ideología Nacionalsocialista.
Bien sé que la viva voz gana más fácilmente las voluntades que la palabra escrita
y que, asimismo, el progreso de todo Movimiento trascendental en el mundo se ha
debido, generalmente, más a grandes oradores que a grandes escritores.
Sin embargo, es indispensable que una doctrina quede expuesta en su parte
esencial para poderla sostener y poderla propagar de manera uniforme y sistemática.
Partiendo de esta consideración, el presente libro constituye la piedra fundamental
que yo aporto a la obra común.
Adolf Hitler
(Presidio de Landsberg am Lech, 16 de octubre de 1924.)

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Volumen I.
RETROSPECCIÓN.

Capítulo I.
EN EL HOGAR PATERNO.
Considero una feliz predestinación el haber nacido en la pequeña ciudad de
Braunau am Inn; Braunau, situada precisamente en la frontera de esos dos estados
alemanes cuya fusión se nos presenta - por lo menos a nosotros, los jóvenes- como un
cometido vital que bien merece realizarse a todo trance.
La Austria germana debe volver al acervo común de la patria alemana, y no por
razón alguna de índole económica. No, de ningún modo, pues aun en el caso de que esta
fusión, considerada económicamente, fuera indiferente o resultara incluso perjudicial,
debería efectuarse a pesar de todo. Pueblos de la misma sangre se corresponden a una
patria común. Mientras el pueblo alemán no pueda reunir a sus hijos bajo un mismo
Estado, carecerá de todo derecho moralmente justificado para aspirar a acciones de
política colonial. Sólo cuando el Reich, abarcando la vida del último alemán, no tenga ya
posibilidades de asegurarle a éste su subsistencia, surgirá de la necesidad del propio
pueblo la justificación moral para adquirir la posesión de tierras extrañas. El arado se
convertirá entonces en espada, y de las lágrimas de la guerra brotará el pan diario para la
posteridad.
La pequeña población fronteriza de Braunau me parece constituir el símbolo de
una gran obra. Aun en otro sentido se yergue también hoy ese lugar como una
advertencia para el porvenir. Cuando esta insignificante población fue, hace más de cien
años, escenario de un trágico suceso que conmovió a toda la Nación alemana, su nombre
quedaría inmortalizado por lo menos en los anales de la historia de Alemania. En la época
de la más terrible humillación impuesta a nuestra patria, rindió allí su vida el librero de
Nürnberg, Johannes Palm, obstinado nacionalista y enemigo de los franceses. Se había
negado rotundamente a delatar a sus cómplices revolucionarios, mejor dicho, a los
verdaderos promotores. Murió igual que Leo Schlageter, y como éste, Johannes Palm fue
también denunciado a Francia por un funcionario. Un director de policía de Augsburgo
cobró la triste fama de la denuncia y creó con ello el tipo de las autoridades alemanas del
tiempo del señor Severing.
En esa pequeña ciudad sobre el Inn, bávara de origen, austríaca políticamente, y
ennoblecida por el martirologio alemán, vivieron mis padres, allá por el año 1890. Mi
padre era un leal y honrado funcionario. Mi madre, ocupada en los quehaceres del hogar,
tuvo siempre para sus hijos invariable y cariñosa solicitud. Poco retiene mi memoria de
aquel tiempo, pues pronto mi padre tuvo que abandonar el lugar que había ganado su
afecto, para ir a ocupar un nuevo puesto en Passau, es decir, en Alemania.
En aquellos tiempos, la suerte del aduanero austríaco era peregrinar a menudo. De
ahí que mi padre tuviera que pasar a Linz, donde acabó por jubilarse. Ciertamente esto no
debió significar un descanso para el anciano. Mí padre, hijo de un simple y pobre
campesino, no había podido resignarse en su juventud a permanecer en la casa paterna.
No tenía aún trece años, cuando lió su morral y se marchó del terruño en Waldviertel. Iba

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a Viena, desoyendo el consejo de los lugareños con experiencia, para aprender allí un
oficio. Ocurría esto el año 50 del pasado siglo. ¡Grave resolución la de lanzarse en busca
de lo desconocido, provisto sólo de tres florines! Pero cuando, el adolescente cumplía los
diecisiete años y había ya superado su examen de oficial de taller, no estaba, sin embargo,
satisfecho de sí mismo. Por el contrario, las largas penurias, la eterna miseria y el
sufrimiento reafirmaron su decisión de abandonar el taller para llegar a ser "algo más". Si
cuando niño, en la aldea, el señor cura le parecía la expresión de lo más alto
humanamente alcanzable, ahora, dentro de su esfera enormemente ampliada por la gran
urbe, lo era el funcionario. Con toda la tenacidad propia de un hombre ya envejecido en
la adolescencia por las penalidades de la vida, el muchacho se aferró a su resolución de
convertirse en funcionario, y lo fue. Creo que poco después de cumplir los veintitrés años
consiguió su propósito. Parecía así estar cumplida la promesa de aquel pobre niño de no
regresar a la aldea paterna sin haber mejorado su situación. Ya había alcanzado su ideal.
En su aldea nadie se acordaba de él, y a él mismo su aldea le resultaba desconocida.
Cuando finalmente, a la edad de cincuenta y seis años, se jubiló, no habría podido
conformarse a vivir como un desocupado. Y he aquí que en los alrededores de la ciudad
austríaca de Lambach adquirió una pequeña propiedad agrícola; la administró
personalmente, y así volvió, después de una larga y trabajosa vida, a la actividad
originaria de sus antepasados.
Fue sin duda en aquella época cuando forjé mis primeros ideales. Mis ajetreos
infantiles al aire libre, el largo camino a la escuela y la camaradería que mantenía con
muchachos robustos, lo cual era motivo frecuentemente de hondos cuidados para mi
madre, pudieron haberme convertido en cualquier cosa menos en un poltrón. Si bien por
entonces no me preocupaba seriamente la idea de mi profesión futura, sabía en cambio
que mis simpatías no se inclinaban en modo alguno hacia la carrera de mi padre. Creo
que ya entonces mis dotes oratorias se ejercitaban en altercados más o menos violentos
con mis condiscípulos. Me había hecho un pequeño caudillo, que aprendía bien y con
facilidad en la escuela, pero que se dejaba tratar difícilmente.
Cuando, en mis horas libres, recibía lecciones de canto en el coro parroquial de
Lambach, tenía la mejor oportunidad de extasiarme ante las pompas de las brillantísimas
celebraciones eclesiásticas. De la misma manera que mi padre vio en la posición del
párroco de aldea el ideal de la vida, a mí la situación del abad me pareció también la más
elevada posición. Al menos, durante cierto tiempo así ocurrió.
Mi padre, por motivos fácilmente comprensibles, no prestaba mucha atención al
talento oratorio de su travieso vástago para sacar de ello conclusiones favorables en
relación con su futuro, resultando obvio que no concordase con mis ideas juveniles.
Aprensivo, él observaba esta disparidad de naturalezas.
En realidad, la vocación temporal por la citada profesión desapareció muy pronto,
para dar paso a esperanzas más acordes con mi temperamento.
En el estante de libros de mi padre encontré diversas obras militares, entre ellas
una edición popular de la guerra franco-prusiana de 1870-71. Eran dos tomos de una
revista ilustrada de aquella época, que convertí en mi lectura predilecta. No tardó mucho
para que la gran lucha de los héroes se transformase para mí en un acontecimiento de la
más alta significación. Desde entonces me entusiasmó, cada vez más, todo lo que tenía
alguna relación con la guerra o con la vida militar. Pero también en otro sentido debió
tener esto significado para mí. Por primera vez, aunque en forma poco precisa, surgió en

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mi mente la pregunta de sí realmente existía, y en caso de existir, cuál podría ser la
diferencia entre los alemanes que combatieron en la guerra del 70 y los otros alemanes,
los austríacos. Me preguntaba yo: ¿Por qué Austria no tomó parte en esa guerra junto a
Alemania? ¿Por qué mi padre y todos los demás no se batieron también? ¿Acaso no
somos todos lo mismo? ¿No formamos todos un único cuerpo? A mis cautelosas
preguntas, tuve que oír con íntima sorpresa la respuesta de que no todo alemán tenía la
suerte de pertenecer al Reich de Bismarck.
Esto, para mí, era inexplicable.
Habían decidido que yo estudiase.
Considerando mí carácter, y sobre todo mi temperamento, mi padre creyó llegar a
la conclusión de que la enseñanza clásica del Lyceum ofrecía una flagrante contradicción
con mis tendencias intelectuales. Le parecía que en una Realschule me iría mejor. En esta
opinión se aferró aún más ante mi manifiesta aptitud para el dibujo, disciplina cuya
dedicación, a su modo de ver, era tratada con negligencia en los Gymnasium austríacos.
Quizá estuviera también influyendo en ello decisivamente su difícil lucha por la
vida, durante la cual el estudio de las humanidades sería, ante sus ojos, de poca o ninguna
utilidad.
Por principio, era de la opinión de que su hijo naturalmente sería y debía ser
funcionario público. Su amarga juventud hizo que el éxito en la vida fuera para él visto
como producto de una férrea disciplina y de la propia capacidad de trabajo. Era el orgullo
del hombre que se había hecho a sí mismo lo que le inducía a querer elevar a su hijo a
una posición igual o, si ello fuera posible, más alta que la suya, tanto más cuanto que por
su propia experiencia se creía en condiciones de poder facilitar en gran medida la
evolución de aquél.
El pensamiento de una oposición a aquello que para él se configuró como objetivo
de toda una vida, le parecía inconcebible. La resolución de mi padre era pues simple,
definida, nítida y, ante sus ojos, comprensible por sí misma. Finalmente, para su
comportamiento, vuelto imperioso a lo largo de una amarga lucha por la existencia, en el
devenir de su vida toda, le parecía algo totalmente intolerable entregar la última decisión
a un joven que le parecía inexperto e incluso irresponsable.
Era imposible que ello se adecuase con su usual concepción del cumplimiento del
deber, pues representaría una disminución reprobable de su autoridad paterna. Además de
eso, sólo a él le cabía la responsabilidad del futuro de su hijo.
Sin embargo, las cosas iban a acontecer de manera diferente. Por primera vez en
mi vida, cuando apenas contaba once años, debí oponerme a mi padre. Si él era inflexible
en su propósito de realizar los planes que había previsto, no menos irreductible y porfiado
era su hijo para rechazar una idea que poco o nada le agradaba.
¡Yo no quería convertirme en funcionario!
Ni los consejos ni las serias amonestaciones consiguieron reducir mi oposición.
¡Nunca, jamás, de ninguna manera, sería yo funcionario público!
Todas las tentativas para despertar en mí el amor por esa profesión, inclusive la
descripción de la vida de mi propio padre, se malograban y me producían el efecto
contrario. Me resultaba abominable el pensamiento de, cual un esclavo, llegar un día a
sentarme en una oficina, de no ser el dueño de mi tiempo sino, al contrario, limitarme a
tener como finalidad en la vida llenar formularios. ¿Qué ilusión podría despertar esto en
un joven que era todo, menos dócil, en el sentido frecuente del término? El estudio

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extremadamente fácil en el colegio me proporcionaba tanto tiempo disponible que estaba
más al aire libre que en casa.
Cuando hoy mis enemigos políticos examinan con maliciosa atención mi vida
hasta la edad juvenil para, finalmente, poder señalar con satisfacción las acciones malas
que aquel Hitler, ya en su pubertad, había perpetrado, doy gracias al cielo de que me
traigan alguna escena a la cabeza de aquellos tiempos felices. Campos y bosques eran
antaño el escenario en el que las antítesis eternas afloraban a mi conocimiento.
Incluso, la asistencia a la Realschule, que siguió, fue de un gran provecho. Otra cuestión
estaba por decidir. Mientras la resolución de mi padre de que fuera funcionario público
encontró en mí una oposición de principio, el conflicto fue fácilmente soportable. Podía
disimular mis ideas íntimas, no siendo preciso contradecirle constantemente. Para mi
tranquilidad, bastaba la firme decisión de no integrarme en el futuro en la burocracia.
¡Esta resolución era inexorable! Pero la situación se agravó en cuanto al proyecto
de mi padre opuse el mío. Este hecho sucedió a los trece años. Todavía hoy no me
explico cómo un buen día me di cuenta de que tenía vocación para la pintura.
Mi talento para el dibujo estaba tan fuera de duda, que fue uno de los motivos que
indujeron a mi padre a inscribirme en una Realschule, si bien jamás con el propósito de
permitirme una preparación profesional en ese sentido. Muy por el contrario, cuando yo
por vez primera, después de renovada oposición al pensamiento favorito de mi padre, fui
interrogado sobre qué profesión deseaba seguir y, casi de repente, dejé escapar la firme
decisión que había adoptado de ser pintor, mi padre se quedó mudo.
"¡Pintor! ¡Artista", exclamó.
Pensó que yo había perdido el juicio o tal vez que no hubiera oído bien su
pregunta. Cuando comprendió, sin embargo, que no había entendido mal, cuando misma
llegó a formarse, a veces, el errado criterio de considerar a Austria como un Estado
alemán.
Era un absurdo de graves consecuencias, pero al mismo tiempo un buen
reconocimiento para los 10 millones de alemanes que poblaban la "Marca del Este"
(Ostmark).
Sólo hoy, en que la triste fatalidad ha caído también sobre muchos millones de
nuestros propios compatriotas quienes, bajo el dominio extranjero, alejados de la Patria,
se acuerdan de ella con angustia y nostalgia y se esfuerzan por tener al menos el derecho
a usar la sagrada lengua materna, se comprende mejor lo que significa ser obligado a
luchar por la propia nacionalidad.
Sólo entonces se podrá tal vez valorar la grandeza del sentimiento alemán en la
vieja "Marca del Este", sentimiento que se mantuvo por sí mismo y que, durante siglos,
protegió al Reich en las fronteras orientales para, finalmente, reducirse a pequeñas
contiendas destinadas a conservar los derechos lingüísticos. Esto ocurría en un tiempo en
el que el gobierno propiamente alemán se interesaba por una política colonial,
manteniéndose al mismo tiempo indiferente ante la defensa de la sangre de su pueblo en
tales zonas.
Como en toda lucha (en todas partes y en todo tiempo), también en la antigua
Austria, con respecto a la lucha por la lengua, había tres sectores: el de los beligerantes,
el de los indiferentes y el de los traidores. Ya en la escuela se empezaba a sentir esa
separación, pues el más digno exponente de la lucha por la lengua se da justamente en la
escuela, como vivero que es de las generaciones futuras. En torno a los niños se

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desarrolla la pugna, y a ellos está dirigido el primer llamamiento: "Muchacho de sangre
alemana, no olvides que eres alemán; muchacha de sangre alemana, piensa que un día
deberás ser madre alemana".
Quien conoce el alma de la juventud puede comprender que son justamente los
muchachos quienes con mayor alegría escuchan tal grito de guerra. De mil maneras
diferentes acostumbran ellos a emprender esa lucha en la que emplean sus propios
medios y armas. Evitan canciones no alemanas, se entusiasman por los héroes alemanes y
se sacrifican economizando dinero para la causa nacional. Lucen emblemas prohibidos
por el Gobierno, y se sienten felices si son por ello castigados o golpeados. Son, en
pequeña proporción, una fiel imagen de sus mayores, aunque frecuentemente con mejores
y más sinceros sentimientos.
A mí también se me ofreció entonces la posibilidad - todavía muy joven de tomar
parte en la lucha por la nacionalidad en la antigua Austria. Cuando, reunidos en la
asociación escolar expresábamos nuestros sentimientos usando los colores negro, rojo y
oro, entusiásticamente saludábamos con hurras. En vez del Himno Imperial, cantábamos
el Deutschland über Alles, a pesar de las amonestaciones y de los castigos.
La juventud era así políticamente educada, en un tiempo en que los miembros de
una presunta nacionalidad apenas conocían de ella poco más que la lengua. Claro está
que yo entonces ya no me contaba entre los indiferentes, y pronto debí convertirme en un
fanático "nacionalista alemán", designación que de ningún modo es idéntica a la
concepción del actual partido del mismo nombre. Esta evolución, en mi modo de sentir,
hizo muy rápidos progresos, de tal forma que ya a la edad de quince años pude
comprender la diferencia entre el "patriotismo' dinástico y el nacionalismo propio del
pueblo, y, desde ese momento, sólo el segundo existió para mí.
Para quien nunca se haya tomado la molestia de estudiar las condiciones internas
de la Monarquía de los Habsburgos, un acontecimiento tal no podrá parecerle evidente.
Sólo las lecciones en la escuela sobre la Historia Universal deberían en Austria lanzar el
germen de este desarrollo, pero únicamente en pequeñas dosis existe una historia
austríaca específica. El destino de aquel Estado está tan íntimamente ligado a la vida y al
crecimiento del pueblo alemán, que una separación entre la historia alemana y la historia
austríaca parece imposible. Cuando, finalmente, Alemania empezó a escindirse en dos
estados diferentes, incluso esta escisión pasó a formar parte de la historia alemana.
Las divisas del Emperador, señales del antiguo esplendor del Imperio,
conservadas en Viena, parecen actuar más como un poder de atracción que como prenda
de una eterna solidaridad. El primer grito de los austro-alemanes, en los días del
desmembramiento del Estado de los Habsburgos, a favor de una unión con Alemania era
apenas el efecto de un sentimiento adormecido pero con profundas raíces en el corazón
de las dos poblaciones, el anhelo por el retorno a la Madre Patria nunca olvidada. Sin
embargo, esto no sería nunca, comprensible si el aprendizaje histórico de los austroalemanes no fuese la causa de una aspiración generalizada. Ahí está la fuente inagotable,
la cual sobre todo en los momentos de olvido, poniendo a un lado las delicias del
presente, exhorta al pueblo, por el recuerdo del pasado, a pensar en un nuevo futuro.
La enseñanza de la Historia Universal en las llamadas escuelas secundarias deja
aún mucho que desear. Pocos profesores comprenden que la finalidad del estudio de la
Historia no debe consistir en aprender de memoria las fechas y los acontecimientos, o a
obligar al alumno a saber cuándo ésta o aquella batalla se realizó, cuándo nació un

Adolf Hitler. Mi Lucha. Primera Edición electrónica, 2003.Jusego-Chile.

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general o un monarca (casi siempre sin importancia real), o cuándo un rey puso sobre su
cabeza la corona de sus antecesores. No, esto no es lo que se debe tratar.
Aprender Historia quiere decir buscar y encontrar las fuerzas que conducen a las
causas de las acciones que escrutamos como acontecimientos históricos.
El arte de la lectura, como el de la instrucción, consiste en esto: conservar lo
esencial, olvidar lo accesorio.
Fue quizá decisivo en mi vida posterior el tener la satisfacción de contar como
profesor de Historia a uno de los pocos que la entendían desde este punto de vista, y así la
enseñaban. El profesor Leopoldo Pótsch, de la Escuela Profesional de Linz, realizaba este
objetivo de manera ideal. Era un hombre entrado en años, pero enérgico. Por esto, y sobre
todo por su deslumbrante elocuencia, conseguía no sólo atraer nuestra atención sino
imbuirnos de la verdad. Todavía hoy me acuerdo con cariñosa emoción del viejo profesor
que, en el calor de sus explicaciones, nos hacía olvidar el presente, nos fascinaba con el
pasado y, desde la noche de los tiempos, separaba los áridos acontecimientos para
transformarlos en viva realidad. Nosotros le escuchábamos muchas veces dominados por
el más intenso entusiasmo y otras profundamente apenados o conmovidos. Nuestra
aprobación era tanto mayor cuanto este profesor entendía que debían buscarse las causas
para comprender el presente. Así daba, frecuentemente, explicaciones sobre los sucesos
de la actualidad diaria que antes nos sembraban la confusión. Nuestro fanatismo nacional,
propio de los jóvenes, era un recurso educativo que él utilizaba a menudo para completar
nuestra formación más deprisa de lo que habría sido posible por cualquier otro método.
Este profesor hizo de la Historia mi asignatura predilecta. De esa forma, ya en
aquellos tiempos, me convertí en un joven revolucionario, sin que tal fuera el objeto de
mi educador. Pero, ¿quién con un profesor así podía aprender la historia alemana sin
transformarse en enemigo del gobierno que tan nefasta influencia ejercía sobre los
destinos de la Nación? ¿Quién podía permanecer fiel al Emperador de una dinastía que,
en el pasado y en el presente, sacrificó siempre los intereses del pueblo germánico en aras
de mezquinos beneficios personales? ¿Acaso no sabíamos que el Estado austro-húngaro
no tenía ni podía tener afecto por nosotros los alemanes?
La experiencia diaria confirmaba la realidad histórica de la actividad de los
Habsburgos. En el Norte y en el Sur la mancha de las razas extrañas se extendía
amenazando nuestra nacionalidad, y hasta la misma Viena empezó a convertirse en un
centro anti-alemán. La Casa de Austria tendía por todos los medios a una chequización o
eslavización del Imperio, y fue la mano de la Diosa Justicia y de las leyes compensatorias
la que hizo que el adversario principal del germanismo austríaco, el Archiduque
Francisco Fernando, cayera bajo el mismo plomo que él ayudó a fundir. Francisco
Fernando era precisamente el símbolo de las influencias ejercidas desde el poder para
lograr la eslavización de Austria-Hungría.
Enormes eran los sacrificios que se exigían al pueblo alemán, tanto en el pago de
impuestos como en el cumplimiento de los deberes militares, y no obstante cualquiera
que no estuviese ciego podía reconocer que todo aquello iba a ser inútil. Pero lo que a los
nacionalistas austríacos nos resultaba más doloroso era que el sistema estaba moralmente
apoyado por la alianza con Alemania, y que la lenta extirpación de los sentimientos
germánicos tenía, hasta cierto punto por lo menos, la aquiescencia de la propia Alemania.
La hipocresía de los Habsburgos, con la que se pretendía dar en el extranjero la
apariencia de que Austria todavía continuaba siendo un Estado alemán, hacía acrecentar

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el odio contra la Casa Real Austríaca hasta alcanzar la indignación y, al mismo tiempo, el
desprecio.
Sólo en el Reich nada veían de todo eso. Como alcanzados por la ceguera,
caminaban al lado de un cadáver y, en los síntomas de descomposición, creían descubrir
indicios de nueva vida.
En la desgraciada alianza del joven Imperio Alemán con el ilusorio Estado
austríaco, radicó el germen de la Guerra Mundial y también de la ruina.
En el curso de este libro he de ocuparme con detenimiento del problema. Por
ahora, bastará establecer que ya en mi primera juventud había llegado a una convicción,
que después jamás deseché y que más bien se profundizó con el tiempo: era la
apreciación de que la seguridad inherente a la vida del germanismo suponía la anexión de
Austria y que, además, el sentir nacional no coincidía en nada con el de la Dinastía.
Finalmente, que la Casa de Habsburgo estaba predestinada a hacer la desgracia de la
Nación alemana.
Ya entonces saqué las conclusiones de aquella experiencia: Amor ardiente para mi Patria
austro-alemana y odio profundo contra el Estado austríaco.
De la misma forma como en época temprana me volví revolucionario, también me
hice artista.
La capital de la Alta Austria poseía en otro tiempo un teatro que no era malo. En
él se representaba casi todo. A los doce años vi por primera vez "Guillermo Tell" y,
algunos meses después, "Lohengrin", la primera ópera a la que asistí en mi vida. Me sentí
inmediatamente cautivado por la Música. El entusiasmo juvenil por el Maestro de
Bayreuth no conocía límites. Cada vez más me sentía atraído por su obra, y considero
hoy una felicidad especial que la manera modesta en la que fueron representadas las
obras en la capital de provincia me hubiese dejado la posibilidad de incrementar mi
entusiasmo en posteriores representaciones más perfectas.
Todo esto fortificaba mi profunda aversión por la profesión que mi padre me
había escogido. Esa animadversión creció al rebasar la edad infantil, la que para mí
estuvo llena de pesares. Cada vez más me convencía que nunca sería feliz como
empleado público. Después de que, en la Realschule, mis dotes de dibujante fueran
reconocidas, mi resolución se afirmó más todavía.
Ni ruegos ni amenazas serían capaces de modificar esta decisión.
Yo quería ser pintor, y de ninguna manera funcionario público.
Y, cosa singular, con el transcurrir de los años aumentaba cada vez más mi interés
por la Arquitectura.
Consideraba eso, en aquel tiempo, como un complemento natural de mi
inclinación hacia la pintura y me regocijaba íntimamente con ese desarrollo de mi
formación artística.
Qué otra cosa, contraria a ésta, viniese a acontecer, no lo imaginaba.
*
La cuestión de mi futura profesión debía resolverse más pronto de lo que yo
esperaba.
A la edad de trece años perdí repentinamente a mi padre. Un ataque de apoplejía
truncó la existencia del hombre, todavía vigoroso, dejándonos sumidos en el más hondo
dolor.
Lo que más anhelaba, esto es, facilitar la existencia de su hijo, para ahorrarle en la

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vida las dificultades que él mismo experimentó, no había sido alcanzado en su opinión.
Apenas sin saberlo, él sentó las bases de un futuro que no habíamos previsto ni él ni yo.
Al principio, nada cambió exteriormente.
Mi madre, siguiendo el deseo de mi difunto padre, se sentía obligada a fomentar
mi instrucción; es decir, mi preparación para la carrera de funcionario. Yo,
personalmente, me hallaba decidido más que nunca a no seguir de ningún modo esa
carrera. A la vez, la Realschule, por las materias estudiadas o por el modo de enseñarlas,
se alejaba de mi ideal y me volvía indiferente al estudio.
Y he aquí que una enfermedad vino en mi ayuda, y, en pocas semanas, decidió mi
futuro, poniendo término a la constante controversia en la casa paterna.
Una grave afección pulmonar hizo que el médico aconsejase a mi madre, con el
mayor empeño, de no permitir en absoluto que en el futuro me dedicara a trabajos de
oficina. La asistencia a la Realschule debería suspenderse también por lo menos durante
un año.
Aquello que durante tanto tiempo deseaba y por lo que tanto luché, ahora por esa
razón, de una vez por todas, se transformó en realidad.
Mi madre, bajo la impresión de la dolencia que me aquejaba, acabó por resolver
mi salida del colegio para hacer que ingresara en una academia.
¡Felices días aquéllos que me parecieron un bello sueño! En efecto, no debieron
ser más que un sueño, porque dos años después la muerte de mi madre vino a poner un
brusco fin a mis acariciados planes.
Este amargo desenlace cerró un largo y doloroso período de enfermedad, que
desde el comienzo había ofrecido pocas esperanzas de curación; con todo, el golpe me
afectó profundamente. A mi padre lo veneré, pero por mi madre había sentido adoración.
La miseria y la dura realidad me obligaron a adoptar una pronta resolución. Los
escasos recursos que dejara mi pobre padre fueron agotados en su mayor parte durante la
grave enfermedad de mi madre, y la pensión de huérfano que me correspondía no
alcanzaba ni para subvenir a mi sustento; me hallaba, por tanto, sometido a la necesidad
de ganarme de cualquier modo el pan cotidiano.
Llevando en una mano una maleta con ropa y en el corazón una voluntad
inquebrantable, salí rumbo a Viena.
Tenía la esperanza de obtener del Destino lo que hacía 50 años le había sido
posible a mi padre; también yo quería llegar a ser "alguien", pero, en ningún caso,
funcionario.

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Capítulo II.
LAS EXPERIENCIAS DE MI VIDA EN VIENA.
Cuando mi madre murió, mi Destino en cierto sentido ya se había definido.
En sus últimos meses de sufrimiento había ido a Viena para realizar el examen de
ingreso en la Academia. Cargado con un grueso bloque de dibujos, me dirigí a la capital
austríaca convencido de poder aprobar el examen sin dificultad. En la Realschule era ya,
sin ninguna duda, el primero de la clase en el dibujo artístico. Desde aquel tiempo hasta
entonces mi aptitud se había desarrollado extraordinariamente de manera que, satisfecho
de mí mismo, orgulloso y feliz, esperaba obtener el mejor resultado en la prueba a la que
me iba a someter.
Sólo me afligía una cosa: mi talento para la pintura parecía superado por mi
afición al dibujo, sobre todo en el campo de la Arquitectura. Al mismo tiempo, crecía mi
interés cada vez más por el arte de las construcciones. Más intenso se volvió ese interés
cuando, a los dieciséis años aún no cumplidos, efectué mi primera visita a Viena, estancia
que se prolongó durante dos semanas. Fui a la capital a estudiar la galería de pintura del
Hofmuseum, pero prácticamente sólo me interesaba el propio edificio que albergaba el
museo. Transcurría la jornada entera, desde la mañana hasta la noche, recorriendo con la
mirada todas las bellezas contenidas en él, aunque en realidad fueron los edificios los que
más poderosamente llamaron mi atención. Pasaba largas horas parado ante la ópera, o
delante del edificio del Parlamento. La calle Ring (Ringstrasse) era como un cuento de
las mil y una noches.
Me encontraba ahora, por segunda vez, en la gran ciudad y esperaba con ardiente
impaciencia, y al mismo tiempo con orgullosa confianza, el resultado de mi examen de
ingreso. Estaba tan plenamente convencido del éxito de mi examen que el suspenso me
hirió como un rayo que cayese del cielo. Era, sin embargo, una amarga realidad. Cuando
hablé con el director para preguntarle por las causas de mi no admisión en la escuela
pública de pintura, me declaró que, por los dibujos que había presentado, se evidenciaba
mi ineptitud para la pintura y que mis cualidades apuntaban nítidamente hacia la
Arquitectura. En mi caso, añadió, el problema no era de Academia de Pintura sino de
Escuela de Arquitectura.
Es incomprensible, en vista de aquello, que hasta hoy no haya frecuentado nunca
ninguna escuela de Arquitectura, y ni siquiera haya asistido a clase alguna.
Abatido, abandoné el soberbio edificio de la Schillerplatz, sintiéndome, por primera vez
en mi vida, en lucha conmigo mismo. Lo que el director me había dicho respecto a mi
capacidad actuó sobre mí como un rayo deslumbrante para evidenciar una lucha interior
que, desde hacía mucho tiempo, venía soportando, sin hasta entonces poder darme cuenta
del porqué y del cómo.
Me convencí de que un día llegaría a ser arquitecto. El camino era dificilísimo,
pues lo que yo, por capricho, había esquivado aprender en la escuela profesional, iba a
hacerme falla ahora. La asistencia a la Escuela de Arquitectura dependía de la asistencia a
la escuela técnica de construcción, y el acceso a la misma exigía el examen de madurez
de la escuela secundaria. Todo ello me faltaba. Dentro de las posibilidades humanas, no
me era fácil esperar la realización de mis sueños de artista.

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Al morir mi madre fui a Viena por tercera vez, y permanecí allí algunos años. La
tranquilidad y una firme resolución habían vuelto a mí en el curso de aquel intervalo.
La antigua obstinación se imponía, y con ella la persistencia en la realización de
mi objetivo. Quería ser arquitecto, y como las dificultades no se dan para capitular ante
ellas, sino para ser vencidas, mi propósito fue superarlas, teniendo presente el ejemplo de
mi padre que, de humilde muchacho aldeano, lograra hacerse un día funcionario del
Estado. Las circunstancias me eran desde luego más propicias, y lo que entonces me
pareciera una jugada del Destino, lo considero hoy una sabiduría de la Providencia. En
brazos de la "Diosa Miseria" y amenazado más de una vez de verme obligado a claudicar,
creció mi voluntad para resistir, hasta que triunfó. Debo a aquellos tiempos mi dura
resistencia de hoy y la inflexibilidad de mi carácter. Pero más que todo, doy todavía
mayor valor al hecho de que aquellos años me sacaran de la vacuidad de una vida
cómoda para arrojarme al mundo de la miseria y de la pobreza, donde debí conocer a
aquellos por quienes lucharía después.
En aquella época debí también abrir los ojos frente a dos peligros que antes
apenas si los conocía de nombre, y que nunca pude pensar que llegasen a tener tan
espeluznante trascendencia para la vida del pueblo alemán: el MARXISMO y el
JUDAÍSMO.
Viena, la ciudad que para muchos simboliza la alegría y el medio ambiente de
gentes satisfechas, para mí significa, por desgracia, sólo el vivo recuerdo de la época más
amarga de mi vida. Hoy mismo Viena me evoca tristes pensamientos. Cinco años de
miseria y de calamidad encierra esa ciudad feacia para mí. Cinco largos años en cuyo
transcurso trabajé primero como peón y luego como pequeño pintor, para ganar el
miserable sustento diario, tan verdaderamente miserable que nunca alcanzaba a mitigar el
hambre; el hambre, mi más fiel guardián que casi nunca me abandonaba, compartiendo
conmigo inexorable todas las circunstancias de mi vida. Si compraba un libro, exigía su
tributo; adquirir una entrada para la ópera, significaba también días de privación. ¡Qué
constante era la lucha con tan despiadado compañero! Sin embargo, en ese tiempo
aprendí más que en cualquier otra época de mi vida. Además de mi trabajo y de las raras
visitas a la ópera, realizadas a costa del sacrificio del estómago, mi único placer lo
constituía la lectura. Mis libros me deleitaban. Leía mucho y concienzudamente en todas
mis horas de descanso. Así pude en pocos años cimentar los fundamentos de una
preparación intelectual de la cual hoy mismo me sirvo. Pero hay algo más que todo eso:
En aquellos tiempos me formé un concepto del mundo, concepto que constituyó la base
granítica de mi proceder de esa época. A mis experiencias y conocimientos adquiridos
entonces, poco tuve que añadir después; nada fue necesario modificar.
Por el contrario.
Hoy estoy firmemente convencido de que en general todas las ideas constructivas,
si es que realmente existen, se manifiestan, en principio, ya en la juventud. Yo establezco
diferencia entre la sabiduría de la vejez y la genialidad de la juventud; la primera sólo
puede apreciarse por su carácter más bien minucioso y previsor, como resultado de las
experiencias de una larga vida, en tanto que la segunda se caracteriza por una inagotable
fecundidad en pensamientos e ideas que, por su amplitud, no son susceptibles de
elaboración inmediata. Esas ideas y esos pensamientos permiten la concepción de futuros
proyectos y dan los materiales de construcción, entre los cuales la sesuda vejez toma los
elementos y los forja para llevar a cabo la obra, siempre que la llamada sabiduría de la

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vejez no haya ahogado la genialidad de la juventud.
Mi vida en el hogar paterno se diferenció poco o nada de la de los demás. Sin
preocupaciones podía esperar todo nuevo amanecer, y no existían para mí los problemas
sociales. El ambiente que rodeó mi juventud era el de los círculos de la pequeña
burguesía; es decir, un mundo que muy poca conexión tenía con la clase netamente
obrera, pues aunque a primera vista resulta paradójico el abismo que separa a estas dos
categorías sociales, que de ningún modo gozan de una situación económica desahogada,
es a menudo más profundo de lo que uno puede imaginarse. El origen de esto llamémosle belicosidad - radica en que el grupo social que no hace mucho saliera del
seno de la clase obrera, siente el temor de descender a su antiguo nivel, o que se le
considere como perteneciente todavía a ese grupo. A esto hay que añadir que para
muchos es amargo el recuerdo de 1A miseria cultural de la clase proletaria y del trato
grosero de esas gentes entre sí, con lo cual, por insignificante que sea su nueva posición
social, llega a hacérseles insoportable todo contacto con gentes de un nivel cultural ya
superado por ellos.
Así ocurre que lo que el parvenu1 considera terrible, es frecuente entre personas
de elevada situación que, descendiendo de su rango, caen hasta lo más bajo; pues parvenu
es todo el que por propio esfuerzo sale de la clase social en que vive, para situarse en un
nivel superior. Ese batallar, con frecuencia muy rudo, acaba por destruir el sentimiento de
conmiseración. La propia dolorosa lucha por la existencia anula toda comprensión para la
miseria de los que quedan relegados.
En este orden quiso el Destino ser magnánimo conmigo.
Al constreñirme a volver a ese mundo de pobreza y de incertidumbre que mi
padre abandonara en el curso de su vida, me libré de una educación limitada, propia de la
pequeña burguesía. Empezaba a conocer a los hombres, y aprendí a distinguir los valores
aparentes y, en caracteres exteriores brutales, su verdadera mentalidad y la esencia íntima
de las cosas.
Al finalizar el siglo XIX, Viena se contaba ya entre las ciudades de condiciones
sociales más desfavorables.
Riqueza fastuosa y repugnante miseria caracterizaban el conjunto de la vida en
Viena. En los barrios centrales se sentía manifiestamente el pulsar de un pueblo de 52
millones de habitantes con toda la dudosa fascinación de un Estado de nacionalidades
diversas. La vida de la Corte, con su boato deslumbrante, obraba como un imán sobre la
riqueza y la clase intelectual del resto del Imperio. A tal estado de cosas se sumaba la
fuerte centralización de la Monarquía de los Habsburgos, y en ello radicaba la única
posibilidad de mantener compacta esa promiscuidad de pueblos, resultando por
consiguiente una concentración extraordinaria de autoridades y oficinas públicas en la
capital y sede del Gobierno.
Sin embargo, Viena no era sólo el centro político e intelectual de la vieja
Monarquía del Danubio, sino que constituía también su centro económico. Frente al
enorme conjunto de oficiales de alta graduación, funcionarios, artistas y científicos, había
un ejército mucho más numeroso de proletarios, y frente a la riqueza de la aristocracia y
del comercio reinaba una degradante miseria. Delante de los palacios de la Ringstrasse
pululaban miles de desocupados, y en los trasfondos de esa "Via Triumphalis" de la
antigua Austria, vegetaban vagabundos en la penumbra y entre el barro de los canales.
1

Advenedizo.

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En ninguna ciudad alemana podía estudiarse mejor que en Viena el problema
social. Pero no hay que confundir. Ese "estudio" no se deja hacer desde "arriba", porque
aquel que no haya estado al alcance de la terrible serpiente de la miseria jamás llegará a
conocer sus fauces ponzoñosas. Cualquier otro camino lleva tan sólo a una charlatanería
banal o a un mentido sentimentalismo; ambos igualmente perjudiciales, la una porque
nunca logra penetrar el problema en su esencia, y el otro porque no llega ni a rozarla.
No sé qué sea más funesto: si la actitud de no querer ver la miseria, como lo hace
la mayoría de los favorecidos por la suerte, o encumbrados por su propio esfuerzo, o la de
aquellos no menos arrogantes y a menudo faltos de tacto, pero dispuestos siempre a
dignarse aparentar, como ciertas señoras "a la moda", que comprenden la miseria del
pueblo. Esas gentes hacen siempre más daño del que puede concebir su comprensión
desarraigada del instinto humano; de ahí que ellas mismas se sorprendan ante el resultado
nulo de su acción de "sentido social" y hasta sufran la decepción de un airado rechazo,
que acaban de considerar como una prueba de ingratitud del pueblo.
No cabe en el criterio de tales gentes comprender que una acción social no puede
exigir el tributo de la gratitud, porque ella no prodiga mercedes, sino que está destinada a
restablecer derechos.
Llevado por las circunstancias al escenario real de la vida, debí sufrir el problema
social en forma directa. Lejos de prestarse éste a que yo lo "conociese", pareció querer
más bien experimentar su prueba en mí mismo, y si de ella salí airoso, esto no fue, por
cierto, un mérito de la prueba.
En aquel tiempo, la mayoría de las veces me era muy difícil encontrar empleo,
dado que no era obrero especializado, pero debía ganarme el pan de cada día como
ayudante y muchas veces como trabajador eventual.
Me ponía, por eso, en la situación de los que limpian el polvo de Europa, con el
propósito inamovible de, en un Nuevo Mundo, crear una nueva vida, construir una nueva
Patria. Liberados de todos los conceptos hasta aquí errados sobre profesión, ambiente y
tradiciones, se aferran a cualquier ganancia que se les brinda, realizando toda clase de
trabajos, luchando siempre, con la convicción de que ninguna actividad envilece, sea cual
fuere su naturaleza. De la misma manera estaba también personalmente decidido a
volcarme en cuerpo y alma en el mundo para mí nuevo y abrirme un camino luchando.
En Viena me di cuenta de que siempre existía la posibilidad de encontrar alguna
ocupación, pero que ésta desaparecía con la misma facilidad con que era conseguida.
La inseguridad de ganarme el pan cotidiano se me apareció como la más grave
dificultad de mi nueva vida.
Bien es cierto que el obrero calificado no es despedido de su trabajo tan
llanamente como uno que no lo es; mas aquí tampoco está libre de correr igual suerte.
Entre éstos, junto a la pérdida del pan por falta de trabajo, puede concurrir el chômage2
(la huelga).
En estos casos, la inseguridad de ganar el pan cotidiano tiene fuertes
repercusiones sobre toda la economía.
El labrador que se dirige a las grandes ciudades, atraído por el trabajo que
imagina fácil, o que lo es realmente, pero siempre trabajo de corta duración, o el que es
atraído por el esplendor de la gran ciudad, en la mayoría de los casos todavía está
acostumbrado a una cierta seguridad en relación con los alimentos básicos, por regla
2

Desempleo. Del francés.

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general abandona los antiguos empleos cuando tiene otro puesto, al menos en
perspectiva.
La falta de trabajadores del campo es grande y, por eso, la probabilidad de falta de
trabajo es allí muy pequeña.
Es por tanto un error creer que el joven trabajador que se dirige a la ciudad sea
inferior al que permanece trabajando en el pueblo. La experiencia demuestra que
acontece lo contrario con todos los elementos de emigración, cuando son sanos y activos.
Entre esos emigrantes se deben contar no sólo los que van para América, sino también los
jóvenes que se deciden a abandonar su pueblo para dirigirse a las grandes capitales
desconocidas. Éstos también están dispuestos a aceptar una suerte incierta. La mayoría
trae algún dinero, y por eso no se ven en la contingencia de ser arrastrados a la
desesperación durante los primeros días, si por desgracia no encuentran trabajo. Lo peor
es sin embargo, cuando pierden en poco tiempo el trabajo que habían encontrado.
Conseguir otro, sobre todo en invierno, es difícil, si no imposible. En las primeras
semanas la situación es todavía soportable, pues recibe de la caja del sindicato la
protección dada a su trabajo y pasa como puede los días de desempleo. Cuando su último
centavo está gastado, cuando la caja, como consecuencia de la dilatada duración de la
falta de trabajo, también suspende los subsidios, viene la gran miseria. Entonces,
famélico, deambula para arriba y para abajo, empeña o vende las prendas que aún le
quedan y cada vez se le nota más la falta de ropas. Se hunde en un abismo que acaba
envenenándole el cuerpo y el alma. Se queda sin casa, en la calle y, si esto ocurre en
pleno invierno como es lo corriente, entonces la miseria aumenta. Finalmente, encuentra
algún trabajo, pero el juego se repite siempre. Una segunda vez las cosas sucederán como
la primera; a la tercera, se volverán todavía más difíciles y así, poco a poco, aprende a
soportar con indiferencia la eterna inseguridad. Por fin, la repetición adquiere fuerza de
hábito.
De esta forma el hombre, en otro tiempo diligente, abandona por completo su
antigua concepción de la vida, para poco a poco transformarse en un instrumento ciego
de aquellos que le utilizan para la satisfacción de los más bajos provechos. Sin ninguna
culpa por su parte, se quedó tantas veces sin trabajo que, una vez más, nada le importa.
Así, cuando no se trata de la lucha por los derechos económicos del trabajador, sino de la
destrucción de los valores políticos, sociales o culturales, se convertirá entonces, si no en
un entusiasta de las huelgas, al menos en indiferente.
Esa evolución tuve la oportunidad de observarla en su desarrollo, con mucha
atención, en millares de ejemplos. Cuanto más observaba estos hechos, tanto más crecía
mi aversión por las ciudades multitudinarias que apiñaban a los trabajadores, para
después despreciarlos tan cruelmente. Ciudades habitadas por hombres llenos de codicia.
También yo debí en la gran urbe experimentar en carne propia los efectos de ese
Destino y sufrirlos moralmente.
Algo más me fue dado observar todavía: la brusca alternativa entre la ocupación y
la falta de trabajo y la consiguiente eterna fluctuación entre los ingresos y los gastos, que
en muchos destruye a la larga el sentido de economía, así como la noción para un modo
razonable de vida. Parece que el organismo humano se acostumbra paulatinamente a vivir
en la abundancia en los buenos tiempos y a sufrir de hambre en los malos. El hambre
destruye todos los proyectos de los trabajadores en el sentido de un mejor y más
razonable modus vivendi. En los buenos tiempos se dejan acariciar por el sueño de una

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vida mejor, sueño que arrastra de tal manera su existencia que olvidan las pasadas
privaciones, después que reciben sus salarios. Así se explica que aquel que apenas ha
logrado conseguir trabajo, olvida toda previsión y vive tan desordenadamente que hasta
el pequeño presupuesto semanal del gasto doméstico resulta alterado; al principio, el
salario alcanza en lugar de siete días, sólo para cinco; después únicamente para tres y, por
último, escasamente para un día, despilfarrándolo todo en una noche.
A menudo la mujer y los hijos se contaminan de esa vida, especialmente si el
padre de familia es en el fondo bueno con ellos y los quiere a su manera. Resulta
entonces que en dos o tres días se consume en casa el salario de toda la semana. Se come
y se bebe mientras el dinero alcanza, para después de todo soportar hambre durante los
últimos días. La mujer recurre entonces a la vecindad y contrae pequeñas deudas para
pasar los malos días del resto de la semana. A la hora de la cena se reúnen todos en torno
a una paupérrima mesa, esperan impacientes el pago del nuevo salario y sueñan ya con la
felicidad futura, mientras el hambre arrecia. Así se habitúan los hijos desde su niñez a
este cuadro de miseria. Pero el caso acaba siniestramente cuando el padre de familia
desde un comienzo sigue su camino solo, dando lugar a que la madre, precisamente por
amor a sus hijos, se ponga en contra. Surgen disputas y escándalos en una medida tal, que
cuanto más se aparta el marido del hogar más se acerca al vicio del alcohol. Se embriaga
casi todos los sábados y entonces la mujer, por espíritu de propia conservación y por la de
sus hijos, tiene que arrebatarle unos pocos céntimos, y esto muchas veces en el trayecto
de la fábrica a la taberna; y así, por fin, el domingo o el lunes llega el marido a casa, ebrio
y brutal, después de haber gastado el último céntimo, y se suscitan escenas horribles.
En ciertos casos observé de cerca esa vida, viéndola al principio con repugnancia
y protesta, para después comprender en toda su magnitud la tragedia de semejante miseria
y sus causas fundamentales. ¡Víctimas infelices de las malas condiciones de vida!
Esa evolución tuve la oportunidad de observarla en su desarrollo, con mucha
atención, en millares de ejemplos. Cuanto más observaba estos hechos, tanto más crecía
mi aversión por las ciudades multitudinarias que apiñaban a los trabajadores, para
después despreciarlos tan cruelmente. Ciudades habitadas por hombres llenos de codicia.
También yo debí en la gran urbe experimentar en carne propia los efectos de ese
Destino y sufrirlos moralmente.
Algo más me fue dado observar todavía: la brusca alternativa entre la ocupación y
la falta de trabajo y la consiguiente eterna fluctuación entre los ingresos y los gastos, que
en muchos destruye a la larga el sentido de economía, así como la noción para un modo
razonable de vida. Parece que el organismo humano se acostumbra paulatinamente a vivir
en la abundancia en los buenos tiempos y a sufrir de hambre en los malos. El hambre
destruye todos los proyectos de los trabajadores en el sentido de un mejor y más
razonable modus vivendi. En los buenos tiempos se dejan acariciar por el sueño de una
vida mejor, sueño que arrastra de tal manera su existencia que olvidan las pasadas
privaciones, después que reciben sus salarios. Así se explica que aquel que apenas ha
logrado conseguir trabajo, olvida toda previsión y vive tan desordenadamente que hasta
el pequeño presupuesto semanal del gasto doméstico resulta alterado; al principio, el
salario alcanza en lugar de siete días, sólo para cinco; después únicamente para tres y, por
último, escasamente para un día, despilfarrándolo todo en una noche.
A menudo la mujer y los hijos se contaminan de esa vida, especialmente si el
padre de familia es en el fondo bueno con ellos y los quiere a su manera. Resulta

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entonces que en dos o tres días se consume en casa el salario de toda la semana. Se come
y se bebe mientras el dinero alcanza, para después de todo soportar hambre durante los
últimos días. La mujer recurre entonces a la vecindad y contrae pequeñas deudas para
pasar los malos días del resto de la semana. A la hora de la cena se reúnen todos en torno
a una paupérrima mesa, esperan impacientes el pago del nuevo salario y sueñan ya con la
felicidad futura, mientras el hambre arrecia. Así se habitúan los hijos desde su niñez a
este cuadro de miseria. Pero el caso acaba siniestramente cuando el padre de familia
desde un comienzo sigue su camino solo, dando lugar a que la madre, precisamente por
amor a sus hijos, se ponga en contra. Surgen disputas y escándalos en una medida tal, que
cuanto más se aparta el marido del hogar más se acerca al vicio del alcohol. Se embriaga
casi todos los sábados y entonces la mujer, por espíritu de propia conservación y por la de
sus hijos, tiene que arrebatarle unos pocos céntimos, y esto muchas veces en el trayecto
de la fábrica a la taberna; y así, por fin, el domingo o el lunes llega el marido a casa, ebrio
y brutal, después de haber gastado el último céntimo, y se suscitan escenas horribles.
En ciertos casos observé de cerca esa vida, viéndola al principio con repugnancia
y protesta, para después comprender en toda su magnitud la tragedia de semejante miseria
y sus causas fundamentales. ¡Víctimas infelices de las malas condiciones de vida!
Igualmente tristes eran también las condiciones de habitabilidad. La escasez de
casas para los ayudantes de peón en Viena era deprimente. Todavía hoy recorre mi
cuerpo un escalofrío cuando pienso en aquellas tétricas madrigueras, los albergues y las
habitaciones colectivas, en aquellos sombríos cuadros de suciedad y de escándalos. ¿Qué
no podría salir de ahí, cuando de esos antros de miseria los esclavos enfurecidos se
lanzasen sobre la otra parte de la humanidad, exenta de cuidados y despreocupada?
Sí, porque el resto del mundo no se preocupa, dejando que las cosas sigan su
curso, sin pensar que, por su falta de humanidad, la venganza llegará más tarde o más
temprano, si a tiempo los hombres no modificaren esa triste realidad.
Cuánto agradezco hoy a la Providencia haberme hecho vivir esa escuela; en ella
no me fue posible prescindir de aquello que no era de mi complacencia. Esa escuela me
educó pronto y con rigor.
Para no desesperar de la clase de gentes que por entonces me rodeaba fue
necesario que aprendiese a diferenciar entre su verdadero ser y su vida. Sólo así se podía
soportar ese estado de cosas, comprendiendo que como resultado de tanta miseria,
inmundicia y degeneración, no eran ya seres humanos, sino el triste producto de leyes
injustas. En medio de ese ambiente, también mi propia dura suerte me libró de capitular
en quejumbroso sentimentalismo ante los resultados de un proceso social semejante.
No, eso no debería ser comprendido así.
Ya en aquellos tiempos llegué a la conclusión de que sólo un doble procedimiento
podía conducir a modificar la situación existente: Establecer mejores condiciones para
nuestro desarrollo, a base de un profundo sentimiento de responsabilidad social,
aparejado con la férrea decisión de anular a los depravados incorregibles.
Del mismo modo que la Naturaleza no concentra su mayor energía en el
mantenimiento de lo existente, sino más bien en la selección de la descendencia como
conservadora de la especie, así también en la vida humana no puede tratarse de mejorar
artificialmente lo malo subsistente - cosa de suyo imposible en un 99 por ciento de los
casos, dada la índole del hombre - sino por el contrario debe procurarse asegurar bases
más sanas para un ciclo de desarrollo venidero.

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En Viena, durante mi lucha por la existencia, me di cuenta de que la obra de
acción social jamás puede consistir en un ridículo e inútil lirismo de beneficencia, sino en
la eliminación de aquellas deficiencias que son fundamentales en la estructura
económico-cultural de nuestra vida y que constituyen el origen de la degeneración del
individuo, o por lo menos de su mala inclinación.
La razón de la manera dudosa de proceder hoy frente a "los delitos de los
enemigos del Estado" yace justamente en la incertidumbre del juicio sobre los motivos
íntimos, o las causas principales de los fenómenos contemporáneos.
Esa incertidumbre está fundada en la convicción de culpabilidad de cada cual en
las tragedias del pasado, e inutiliza toda seria y firme resolución. Causa al mismo tiempo
la debilidad y la indecisión en la ejecución incluso de las más necesarias medidas de
conservación.
Cuando advenga un tiempo no más empañado por la sombra de esa mala
conciencia de la propia culpabilidad, entonces el instinto de conservación de sí mismo
creará la tranquilidad íntima, la fuerza exterior para poder actuar sin contemplaciones en
la eliminación de los brotes dañinos de la mala hierba.
El Estado austríaco desconocía prácticamente una legislación social, y de ahí su
ineptitud patente para reprimir hasta las más crasas transgresiones.
No sabría decir qué es lo que más me horrorizó en aquel tiempo: sí la miseria
económica de mis compañeros de entonces, su rudeza moral o su ínfimo nivel cultural.
¡Con qué frecuencia se exalta de indignación nuestra burguesía cuando oye decir
a un vagabundo cualquiera que le es lo mismo ser alemán o no serlo, y que se siente
igualmente bien en todas partes, con tal de tener para su sustento!
Esta falta de "orgullo nacional" es lamentada entonces hondamente y se vitupera
con acritud semejante modo de pensar.
¿Cuántos, no obstante, se habrán hecho la pregunta sobre cuáles eran las causas
de tener ellos "mejores" sentimientos? Sin embargo, ¿cuántos son los que poseen
recuerdos personales sobre la grandeza de la Patria, de la Nación, en todas las
manifestaciones de la vida artística y cultural y que les inspiren el legítimo orgullo de
poder formar parte de un pueblo así capaz?
¿Reflexionan acaso nuestras gentes burguesas en qué mínima escala se le dan al
pueblo los elementos inherentes al sentimiento de orgullo nacional?
¿Cuántos piensan que la fuente de ese orgullo está en relación directa con el
conocimiento de las grandezas de la Patria en todos los dominios?
Nadie se disculpe con el argumento de que "en otros países las cosas suceden de
igual manera" y que, no obstante, el trabajador siente orgullo de su nacionalidad. Aunque
eso fuera así, no podría servir como excusa para nuestra propia negligencia. Lo que
nosotros siempre pintamos como una educación "chauvinista" de los franceses, por
ejemplo, no es más que la exaltación de las grandezas de rancia, en todos los ámbitos de
la cultura, o de la "civilización", como la denominan nuestros vecinos.
El joven francés no es educado para la objetividad, sino para las opiniones
subjetivas, que la gente sólo puede valorar cuando se trata de la significación de las
grandezas políticas o culturales de su Patria.
Esa educación tendrá que estar siempre restringida a los grandes y generales
puntos de vista que, si fuere necesario, por medio de una incansable repetición, se graben
en la memoria y en los sentimientos del pueblo.

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23

Entre nosotros, en cambio, a los errores por omisión se añade incluso la destrucción de lo poco que el individuo tiene la suerte de aprender en la escuela. El
envenenamiento político de nuestro pueblo elimina aun de la memoria de las grandes
masas todo aquello que la necesidad y los sufrimientos no hayan hecho ya.
Reflexiónese sobre lo siguiente:
En un sótano, compuesto por dos habitaciones oscuras, vive una familia proletaria
de siete miembros. Entre los cinco hijos, supongamos que hay uno de tres años. Es ésta la
edad en que la conciencia del niño recibe las primeras impresiones. Entre los más dotados
se encuentran, incluso en la edad adulta, huellas del recuerdo de esa edad. El espacio
demasiado estrecho para tanta gente no ofrece condiciones favorables para la
convivencia. Sólo por este motivo surgirán frecuentes riñas y disputas. Las personas no
viven unas con otras, sino que se comprimen contra otras. Todas las divergencias, sobre
todo las pequeñas, que en las habitaciones espaciosas pueden ser resueltas en voz baja,
conducen en estas condiciones a repugnantes e interminables peleas. Para los niños eso es
aún soportable, pues en tales circunstancias, si pelean entre ellos, olvidan todo deprisa y
completamente. Si, no obstante, la riña se trasplanta a los padres, de forma cotidiana, en
un recinto pequeño y groseramente, el resultado se hará sentir entre los hijos. Quien
desconoce tales ambientes difícilmente puede hacerse una idea del efecto de esa lección
objetiva, cuando esa discordia recíproca adopta la forma de groseros abusos del padre
para con la madre y hasta de malos tratos en los momentos de embriaguez. A los seis
años, ya el joven conoce cosas deplorables, ante las cuales incluso un adulto sólo puede
sentir horror. Envenenado moralmente, mal alimentado, con la pobre cabeza llena de
piojos, ese joven "ciudadano" entra en la escuela.
Apenas aprenderá a leer y escribir. Eso es casi todo. En cuanto a estudiar en casa,
ni hablar de ello. En presencia de los hijos, madre y padre hablan de la escuela de tal
manera que no se puede ni siquiera repetir y están siempre más preparados a soltar
groserías que a poner a los hijos en las rodillas y darles consejos. Lo que las criaturas
oyen en casa no conduce a fortalecer el respeto hacia las personas con las que van a
convivir. Allí nada de bueno parece existir en la Humanidad; todas las instituciones son
combatidas, desde el profesor hasta las magistraturas más elevadas del Estado. Ya se trate
de religión o de moral en sí, del Gobierno o de la sociedad, todo es igualmente ultrajado
de la manera más torpe y arrastrado al fango de los más bajos sentimientos. Cuando el
muchacho, apenas con catorce años, sale de la escuela, es difícil saber lo que es más
fuerte en él: la increíble estupidez de lo que dice respecto a los conocimientos reales, o la
imprudencia de sus actitudes, unida a una inmoralidad que, en aquella edad, hace poner
los pelos de punta.
Ese hombre, para quien ya casi nada es digno de respeto, que nada grande
aprendió a conocer, que, por el contrario, sólo sabe de todas las vilezas humanas, tal
criatura, repetimos, ¿qué posición podrá ocupar en la vida, en la que él está marginado?
De niño, con trece años, pasó a los quince años a ser un opositor a cualquier
autoridad.
Suciedad y más suciedad es todo lo que aprendió. Ése no es el camino de
estímulo para las aspiraciones más elevadas.
Ahora entra, por vez primera, en la gran escuela de la vida.
Entonces comienza la misma existencia que durante los años de la niñez conoció
de sus padres. Va de acá para allá, vuelve a casa Dios sabe cuándo, para variar golpea

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incluso a la sufrida criatura que fue antaño su madre, blasfema contra Dios y el mundo y,
en fin, por cualquier motivo concreto, es condenado y conducido a una correccional de
menores. Allí recibirá los últimos retoques.
Y el mundo burgués se admira, sin embargo, de la falta de "entusiasmo nacional"
de este joven "ciudadano".
La burguesía ve tranquilamente cómo en el teatro y en el cine, y mediante la
literatura obscena y la prensa inmunda, se echa sobre el pueblo día a día el veneno a
borbotones. Y sin embargo se sorprenden esas gentes burguesas de la "falta de moral" y
de la "indiferencia nacional" de la gran masa del pueblo, como si de esas manifestaciones
asquerosas, de esos filmes canallescos y de tantos otros productos semejantes, surgiese
para el ciudadano el concepto de la grandeza patria. Todo esto sin considerar la educación
ya recibida por el individuo en su primera juventud. Pude entonces comprender bien la
siguiente verdad, en la que nunca antes había pensado:
El problema de la "nacionalización" de un pueblo consiste, en primer término, en
crear sanas condiciones sociales como base de la educación individual; porque sólo aquel
que haya aprendido en el hogar y en la escuela a apreciar la grandeza cultural y, ante
todo, la grandeza política de su propia Patria, podrá sentir y sentirá el íntimo orgullo de
ser súbdito de esa Nación. Sólo se puede luchar por aquello que se ama. Y se ama sólo lo
que se respeta, pudiéndose respetar únicamente aquello que se conoce.
Apenas se despertó mi interés por la cuestión social me dediqué a estudiar a fondo
el problema. Y descubrí un mundo nuevo.
En los años de 1909 y 1910 se había producido también un pequeño cambio en mi
vida. Ya no necesitaba ganarme el pan diario ocupado como peón. Por entonces trabajaba
ya independientemente como modesto dibujante y acuarelista. Continuaba ganando muy
poco -lo esencial para vivir-, pero en compensación tenía tiempo para perfeccionar la
profesión que había elegido. Ya no volvía a casa por la noche, como antiguamente,
cansado hasta el extremo, incapaz de echar un vistazo a un libro sin quedarme dormido al
poco tiempo. Mi trabajo actual corría paralelo a mi profesión artística. Podía, entonces,
como dueño de mi tiempo, distribuirlo mejor que antes.
De este modo me fue posible también lograr el complemento teórico necesario
para mi apreciación íntima del problema social. Estudiaba con ahínco casi todo lo que
podía encontrar en libros sobre esta compleja materia, para después recrearme en mis
propias meditaciones sobre el particular.
Creo que los que convivían conmigo en aquel tiempo me tomaron por un tipo
extraño.
Era natural también que satisficiese con ardor mi pasión por la Arquitectura. Al
lado de la Música, la Arquitectura me parecía la reina de las artes. Mi actividad, en tales
condiciones, no era un trabajo, sino un gran placer. Podía quedarme a leer o a dibujar
hasta bien entrada la noche, sin sentir absolutamente cansancio. Así se fortalecía la
convicción de que mi bello sueño, después de largos años, se transformaba en realidad.
Estaba completamente convencido de llegar un día a alcanzar fama como
arquitecto.
Me parecía muy lógico también que tuviese el máximo interés por todo lo que se
relacionase con la política. Eso era, en mi opinión, un deber natural de cada ser pensante.
Quien nada entiende de política pierde el derecho a cualquier crítica y a cualquier
reivindicación.

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También sobre este tema leí y aprendí mucho.
Bajo el concepto de lectura, concibo cosas muy diferentes de lo que piensa la gran
mayoría de los llamados intelectuales.
Conozco individuos que leen muchísimo, libro tras libro y letra por letra, y sin
embargo no pueden ser tildados de "lectores". Poseen una multitud de "conocimientos",
pero su cerebro no consigue ejecutar una distribución y un registro del material adquirido.
Les falta el arte de separar, en el libro, lo que es de valor y lo que es inútil, conservar para
siempre en la memoria lo que en verdad interesa, pudiendo saltarse y desechar lo que no
les comporta ventaja alguna, para no retener lo inútil y sin objeto. La lectura no debe
entenderse como un fin en sí misma, sino como medio para alcanzar un objetivo. En
primer lugar, la lectura debe auxiliar la formación del espíritu, despertar las inclinaciones
intelectuales y las vocaciones de cada cual. Enseguida, debe proveer el instrumento, el
material de que cada uno tiene necesidad en su profesión, tanto para simple seguridad del
pan como para la satisfacción de los más elevados designios. En segundo lugar, debe
proporcionar una idea de conjunto del mundo. En ambos casos, es necesario que el
contenido de cualquier lectura no sea aprendido de memoria de un conjunto de libros,
sino que sea como pequeños mosaicos en un cuadro más amplio, cada uno en su lugar, en
la posición que les corresponde, ayudando de esta forma a esquematizarlo en el cerebro
del lector. De otra forma, resulta un bric-á-brac de materias memorizadas, enteramente
inútiles, que transforman a su poseedor en un presuntuoso, seriamente convencido de ser
un hombre instruido, de entender algo de la vida, de poseer cultura, cuando la verdad es
que con cada aumento de esa clase de conocimientos, más se aparta del mundo, hasta que
termina en un sanatorio o como político en un parlamento.
Nunca un cerebro con esta formación conseguirá retirar lo que es apropiado para
las exigencias de determinado momento, pues su lastre espiritual está encadenado no al
orden natural de la vida, sino al orden de sucesión de los libros, cómo los leyó y por la
manera que amontonó los asuntos en su mente. Cuando las exigencias de la vida diaria le
reclaman el uso práctico de lo que en otro tiempo aprendió, entonces mencionará los
libros y el número de las páginas y, pobre infeliz, nunca encontrará exactamente lo que
busca.
En las horas críticas, esos "sabios", cuando se ven en la dolorosa contingencia de
encontrar casos análogos para aplicar a las circunstancias de la vida, sólo descubren
remedios falsos.
Quien posee, por esto, el arte de la buena lectura, al leer cualquier libro, revista o
folleto, concentrará su atención en todo lo que, a su modo de ver, merecerá ser
conservado durante mucho tiempo, bien porque sea útil, bien porque sea de valor para la
cultura general.
Lo que se aprende por este medio encuentra su racional ligazón en el cuadro
siempre existente de la representación de las cosas, y, corrigiendo o reparando, aplicará
con justeza la claridad del juicio. Si cualquier problema de la vida se presenta a examen,
la memoria, por este arte de leer, podrá recurrir al modelo de percepción ya existente.
Así, todas las contribuciones reunidas durante decenas de años y que dicen algo
sobre ese problema son sometidas a una prueba racional en nuestra mente, hasta que la
cuestión sea aclarada o contestada.
Sólo así la lectura tiene sentido y finalidad.
Un lector, por ejemplo, que por ese medio no provea a su razón los materiales

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necesarios, nunca estará en situación de defender sus puntos de vista en una controversia,
aunque correspondan los mismos mil veces a la verdad. En cada discusión la memoria le
abandonará desdeñosamente. No encontrará razonamientos ni para la firmeza de sus
aseveraciones, ni para la refutación de las ideas del adversario. En cuanto esto sucede,
como en el caso de un orador, el ridículo de la propia persona todavía se puede tolerar; de
pésimas consecuencias es, sin embargo, que esos individuos que saben "todo" y no son
capaces de nada, sean colocados al frente de un Estado.
Muy pronto me esforcé por leer con método y fui, de manera feliz, auxiliado por
la memoria y por la razón. Observadas las cosas bajo ese aspecto, me fue fecundo y
provechoso sobre todo el tiempo que pasé en Viena. La experiencia de la vida diaria me
servía de estímulo, siempre para nuevos estudios de los más diversos problemas. Cuando,
por fin, estuve en situación de poder fundamentar la realidad en teoría, y sacar la prueba
de la teoría en la práctica, estuve en condiciones de evitar el exceso de apego a la teoría, o
descender demasiado en la realidad.
De esta forma la experiencia de la vida diaria en ese tiempo, en dos de los más
importantes problemas, aparte del social, se volvió definitiva y me sirvió de estímulo para
el sólido estudio teórico.
¿Quién puede saber si yo algún día me habría inclinado por profundizar en la
teoría y en la práctica del marxismo, si en otro tiempo no me hubiese roto le cabeza con
ese problema? Era poco y muy erróneo lo que yo sabía en mi juventud acerca de la
Socialdemocracia.
Me entusiasmaba entonces que la Socialdemocracia proclamase el derecho al
sufragio universal secreto. Mi razón me decía ya, por esto, que esa conquista debería
llevar a un debilitamiento del régimen de los Habsburgos tan odiado por mí.
Con la convicción de que él "Estado Danubiano" nunca se mantendría sin el
sacrificio del espíritu alemán, y que una paulatina eslavización del elemento germánico
en modo alguno ofrecería la garantía de un gobierno verdaderamente viable, pues la
fuerza creadora del Estado de los eslavos es muy hipotética, veía con regocijo todo
Movimiento que, en mi imaginación, pudiera contribuir al desmembramiento de ese
Estado con diez millones de alemanes, inviable y condenado a muerte. Cuanto más
dominara la palabrería en el Parlamento, más próxima debería estar la hora de la ruina de
dicho Estado babilonio, y, con ella, también la hora de la liberación de mis compatriotas
austro-alemanes. Sólo de esta manera se podría volver a la antigua unión con la Madre
Patria.
Por eso, la actividad de la Socialdemocracia no me era antipática. Además, mi
ingenua concepción de entonces me hacía creer también que era mérito suyo empeñarse
en mejorar las condiciones de vida del obrero, por lo que me pareció más oportuno hablar
en su favor que en contra. Pero lo que me repugnaba era su actitud hostil en la lucha por
la conservación del germanismo, la deplorable inclinación a favor de los "camaradas
eslavos", los que sólo aceptaban ese apelativo cuando iba acompañado de concesiones
prácticas, repeliéndolo arrogantes y orgullosos cuando no veían interés personal alguno.
Daban, así, al rastrero mendigo la paga que se merecía.
Hasta la edad de los 17 años la palabra "marxismo" no me era familiar, y los
términos "socialdemocracia" y "socialismo" me parecían idénticos. Fue necesario que el
Destino obrase también aquí, abriéndome los ojos ante un engaño tan inaudito para la
Humanidad.

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Si antes había yo conocido el Partido Socialdemócrata sólo como simple
espectador en algunos de sus mítines, sin penetrar en la mentalidad de sus adeptos, o en la
esencia de sus doctrinas, bruscamente debía ahora ponerme en contacto con los productos
de aquella "ideología". Y lo que quizás sólo después de decenios hubiese ocurrido, se
realizó en el curso de pocos meses, permitiéndome comprender que bajo la apariencia de
virtud social y amor al prójimo se escondía una podredumbre de la cual ojalá la
Humanidad libre a la Tierra cuanto antes, porque de lo contrario posiblemente será la
propia Humanidad la que de la Tierra desaparecerá.
Fue durante mi trabajo cotidiano donde tuve el primer roce con elementos
socialdemócratas. Ya desde un comienzo me fue poco agradable aquello. Mi vestido era
aún decente, mi lenguaje no vulgar y mi actitud reservada. Mucho tenía que hacer con mi
propia suerte para que hubiese concentrado mi atención en lo que me rodeaba. Buscaba
únicamente trabajo a fin de no perecer de hambre y poder así, a la vez, procurarme los
medios necesarios a la lenta prosecución de mi instrucción personal. Probablemente no
me habría preocupado de mi nuevo ambiente ano ser que al tercer o cuarto día de
iniciarme en el trabajo se produjera un incidente que me indujo a tener que asumir una
actitud. Me habían propuesto que ingresase en la organización sindical.
Por entonces aún nada conocía acerca de las organizaciones obreras, y me habría
sido imposible comprobar la utilidad o inconveniencia de su razón de ser. Cuando se me
dijo que debía afiliarme, rechacé de plano la proposición, alegando que no tenía idea de
qué se trataba y que por principio no me dejaba imponer nada. Tal vez fuese por la
primera razón aludida por la que no me pusieron inmediatamente en la calle. Quizás
esperasen que dentro de algunos días estuviese convertido, o por lo menos fuese más
dócil. Se engañaban radicalmente.
En el curso de las dos semanas siguientes alcancé a empaparme mejor del
ambiente, de tal forma que ningún poder en el mundo me hubiese compelido a ingresar
en una organización sindical, sobre cuyos dirigentes había llegado a formarme entretanto
el más desfavorable concepto.
En los primeros días quedé indignado.
A mediodía, una parte de los trabajadores acudía a las fondas de la vecindad y el
resto quedaba en el solar mismo consumiendo su exiguo almuerzo. La mayoría eran
casados y sus mujeres, en pucheros abollados, les traían la sopa del mediodía. En los
fines de semana, el número de éstos era siempre más numeroso. La razón de ello la
comprendería más tarde.
Entonces se hablaba de política.
Yo, ubicado en un aislado rincón, bebía de mi botella de leche y comía mi ración
de pan, pero sin dejar de observar cuidadosamente el ambiente y reflexionando sobre la
miseria de mi suerte. Mis oídos escuchaban más de lo necesario y a veces me parecía que
intencionadamente aquellas gentes se aproximaban hacia mí como para inducirme a
adoptar una actitud. De todos modos, aquello que alcanzaba a oír bastaba para irritarme
en grado sumo.
Allí se negaba todo: la Nación no era otra cosa que una invención de los
"capitalistas" -¡qué infinito número de veces escuché esa palabra!-; la Patria, un
instrumento de la burguesía, destinado a explotar a la clase obrera; la autoridad de la Ley,
un medio de subyugar al proletariado; la escuela, una institución para educar esclavos y
también amos; la religión, un recurso para idiotizar a la masa predestinada a la

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explotación; la moral, signo de estúpida resignación. Nada había, pues, que no fuese
arrojado en el lodo más inmundo.
Al principio traté de callar, pero a la postre me fue imposible. Comencé a
manifestar mi opinión, comencé a objetar; mas, tuve que reconocer que todo sería inútil
mientras yo no poseyese por lo menos un relativo conocimiento sobre los puntos en
cuestión. Y fue así como empecé a investigar en las mismas fuentes de las cuales
procedía la pretendida sabiduría de los adversarios. Leía con atención libro tras libro,
folleto tras folleto. En el local de trabajo las cosas llegaban frecuentemente a la
exaltación. Día tras día pude replicar a mis contradictores, informado como estaba mejor
que ellos mismos de su propia doctrina, hasta que en un momento dado debió ponerse en
práctica aquel recurso que ciertamente se impone con más facilidad que la razón: la
violencia. Algunos de mis impugnadores me conminaron a abandonar inmediatamente el
trabajo, amenazándome con tirarme desde el andamio. Como me hallaba solo, consideré
inútil toda resistencia y opté por retirarme, adquiriendo así una experiencia más.
Me fui enojado, pero al mismo tiempo tan impresionado, que ahora ya sería
completamente imposible para mí abandonar el tema. No, después de la explosión de la
primera revuelta, la obstinación venció de nuevo. Estaba firmemente decidido a volver, a
pesar de todo, a otro trabajo en la construcción. Esta decisión fue reforzada por la
precaria situación en la que me encontré algunas semanas más tarde, después de haber
gastado mis pequeños ahorros. No tenía otra alternativa, lo quisiese o no. La escena se
desarrolló de forma idéntica, acabando de igual modo que la primera vez.
Una pregunta me formulé en lo más íntimo de mi ser: ¿Esta gente es digna de
pertenecer a un gran pueblo?
Fue una pregunta angustiosa. Si la contestaba afirmativamente, la lucha por una
nacionalidad merecería los trabajos y sacrificios que los mejores hacen. Si la respuesta
era negativa, entonces nuestro pueblo estaba falto de hombres de verdad,
Con inquietante desánimo veía, en aquellos días críticos y atormentados, a la masa, que
ya no pertenecía a su pueblo, volverse un ejército enemigo y amenazador.
¡Qué penosa impresión dominó mi espíritu al contemplar cierto día las
inacabables columnas de una manifestación proletaria en Viena! Me detuve casi dos
horas observando pasmado aquel enorme dragón humano que se arrastraba pesadamente.
Lleno de desaliento regresé a casa. En el trayecto vi en una tienda el diario
Arbeiterzeitung, órgano central del antiguo partido socialdemócrata austríaco. En un café
popular, barato, que solía frecuentar con el fin de leer periódicos, se encontraba también
esa miserable hoja, pero sin que jamás hubiera podido resolverme a dedicarle más de dos
minutos, pues su contenido obraba en mi ánimo como si fuese vitriolo.
Aquel día, bajo la depresión que me había causado la manifestación que acababa
de ver, un impulso interior me indujo a comprar el periódico, para leerlo esta vez
minuciosamente. Por la noche me apliqué a ello, sobreponiéndome a los ímpetus de
cólera que me provocaba aquella cantidad concentrada de mentiras. A través de la prensa
socialdemócrata diaria pude estudiar, pues, mejor que en la literatura teórica, el verdadero
carácter de esas ideas.
¡Qué contraste! ¡Por una parte las rimbombantes frases de libertad, belleza y
dignidad, expuestas en esa literatura locuaz, de moral hipócrita, aparentando a la vez una
"honda sabiduría" - en un estilo de profética seguridad- y, por otro lado, el ataque brutal,
capaz de toda villanía y de una virtuosidad única en el arte de mentir, en pro de la

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"Doctrina Salvadora de la Nueva Humanidad"!
Lo primero, destinado a los necios de las "esferas intelectuales" medias y
superiores, y lo segundo, para la gran masa.
Penetrar el sentido de esa literatura y de esa prensa tuvo para mí la virtud de
inclinarme más fervorosamente hacia mi pueblo.
Conociendo el efecto de semejante obra de envilecimiento, sólo un loco sería
capaz de condenar a la víctima. Cuanto más independiente me volvía en los años
siguientes, mayor amplitud alcanzaba para comprender las causas del éxito de la
Socialdemocracia. Por fin capté la importancia de la brutal imposición a los obreros de
suscribirse únicamente a la prensa roja, concurrir con exclusividad a mítines de filiación
roja y también de leer libros rojos. Vi muy claro los efectos violentos de ese
adoctrinamiento intolerante.
La psiquis de las multitudes no es sensible a lo débil ni a lo mediocre.
De la misma forma que las mujeres, cuya emotividad obedece menos a razones de
orden abstracto que al ansia instintiva e indefinible hacia una fuerza que las reintegre, y
de ahí que prefieran someterse al fuerte antes que seguir al débil, igualmente la masa se
inclina más fácilmente hacia el que domina que hacia el que implora, y se siente
interiormente más satisfecha con una doctrina intransigente que no admita dudas, que con
el goce de una libertad que generalmente de poco le sirve. La masa no sabe qué hacer con
la libertad, sintiéndose abandonada.
El descaro del terrorismo espiritual le pasa desapercibido, de la misma manera
que los crecientes atentados contra su libertad. No se apercibe, de ninguna manera, de los
errores intrínsecos de ese adoctrinamiento. Ve tan sólo la fuerza incontrarrestable y la
brutalidad de sus manifestaciones exteriores, ante las que siempre se inclina.
Si frente a la Socialdemocracia surgiese una doctrina superior en veracidad, pero
brutal como aquélla en sus métodos, se impondría la segunda, bien es cierto después de
una lucha tenaz.
En menos de dos años pude apreciar con toda nitidez no sólo la doctrina de la
Socialdemocracia, sino también su función como instrumento práctico.
Comprendí el infame terror espiritual que ese Movimiento ejerce especialmente sobre la
burguesía.
A una señal dada, sus propagandistas lanzan una lluvia de mentiras y calumnias
contra el adversario que les parece más peligroso, hasta que se rompen los nervios de los
agredidos que, para volver a tener tranquilidad, se rinden.
Como la Socialdemocracia conoce por propia experiencia la importancia de la
fuerza, cae con furor sobre aquellos en los cuales supone la existencia de ese raro
elemento e, inversamente, halaga a los espíritus débiles del bando opuesto, cautelosa o
abiertamente, según la cualidad moral que tengan o que se les atribuye.
La Socialdemocracia teme menos a un hombre de genio, impotente y falto de
carácter, que a uno dotado de fuerza natural, aunque huérfano de vuelo intelectual.
La Socialdemocracia adula sobretodo a los débiles de espíritu y de carácter.
Este partido sabe aparentar que sólo él conoce el secreto de la paz y la
tranquilidad, a medida que, cautelosamente pero de una manera decidida, conquista una
posición tras otra, ya por medio de una discreta presión, ya a través de exquisitos
escamoteos, en momentos en los que la atención general está orientada hacia otros temas,
no siendo por ello despertada. Logra así hacer pasar desapercibida su acción, sin provocar

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la reacción del adversario.
Ésta es una táctica que responde a cálculo y conocimiento preciso de todas las
debilidades humanas y que tiene que conducir casi matemáticamente al éxito, si es que el
Partido opuesto no sabe que el gas asfixiante se contrarresta sólo con el gas asfixiante; es
decir, con las mismas armas del agresor.
Es preciso que se explique a las naturalezas débiles que se trata de una lucha de
vida o muerte.
No menos comprensible para mí se volvió la significación del terror material con
relación a los individuos y a las masas.
Aquí también tenían un cálculo exacto de la actuación psicológica. El método del
terror en los talleres, en las fábricas, en los locales de asamblea y en las manifestaciones
en masa, será siempre coronado por el éxito mientras no se le enfrente otro terror de
efectos análogos.
Cuando acontece esto último, la Socialdemocracia, acostumbrada como está a
desobedecer a la autoridad del Estado, sin embargo pedirá ahora a gritos su auxilio, para,
en la mayoría de los casos, y en medio de la confusión general, alcanzar su verdadero
objetivo; esto es: encontrar autoridades cobardes que, en la tímida esperanza de poder en
el futuro contar con el temible adversario, le ayuden a combatir a su enemigo.
La impresión que un éxito tal ejerce sobre el espíritu de las grandes masas y de
sus adeptos, así como sobre el vencedor, sólo puede evaluarla quien conoce el alma del
pueblo, no a través de los libros, sino por el examen de la propia vida. Mientras, en el
círculo de los vencedores, el triunfo alcanzado se considera como una victoria del
derecho de su causa, el adversario vencido, en la mayoría de los casos, pasa a dudar de
éxito de cualquier resistencia futura.
Cuanto mejor conocía los métodos de esa violencia material y moral, tanto más
me inclinaba a disculpar a las centenas de millares de proletarios que cedían ante la
fuerza bruta.
La comprensión de este hecho la debo principalmente a mis viejos tiempos de
sufrimiento, que me hicieron entender a mi pueblo y establecer la diferencia entre las
víctimas y sus conductores.
Como víctimas deben ser considerados los que fueron sometidos a esa situación
corruptora. Cuando me esforzaba por estudiar, en la vida real, la naturaleza interior de
esas capas llamadas "inferiores" del pueblo, no podía sacar una conclusión justa, sin la
certeza de que también en ese medio se encontraban cualidades nobles, como eran la
capacidad de sacrificio, la camaradería, la extraordinaria sobriedad, la discreta modestia,
virtudes todas ellas muy comunes, sobre todo en los viejos sindicatos. Si es verdad que
esas virtudes se diluían cada vez más en las nuevas generaciones, bajo la influencia de las
grandes ciudades, incontestable es también que muchas de ellas conseguían triunfar sobre
las vilezas comunes de la vida. Si aquellos hombres, buenos y bravos, en su actividad
política entraron a formar parte de las filas del enemigo de nuestro pueblo, sería porque
no comprendían y no lograban conocer la villanía de la "nueva doctrina" o porque, en
ultima ratio, las influencias sociales eran más fuertes. Las contingencias de la vida a que,
de un modo u otro, estaban fatalmente sujetos, les hacían entrar en la órbita de la
Socialdemocracia.
Hasta el más modesto obrero resultaba impelido por la organización sindicalista a
la lucha política, y esto como consecuencia del hecho de que la burguesía, en infinidad de

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casos, procediendo del modo más desatinado e inmoral, se oponía hasta alas exigencias
más humanamente justificadas.
Millones de proletarios, interiormente eran sin duda enemigos del Partido
Socialdemócrata. No obstante, fueron derrotados en su oposición por la conducta
estúpida del frente burgués, al combatir éste todas las reivindicaciones de la masa
trabajadora.
El rechazo profundo de toda tentativa hacia el mejoramiento de las condiciones de
trabajo para el obrero, tales como la instalación de dispositivos de seguridad en las
máquinas, la prohibición del trabajo para menores, así como también la protección para la
mujer - por lo menos en aquellos meses en los cuales lleva en sus entrañas al futuro
ciudadano- contribuyó a que la Socialdemocracia cogiese a las masas en su red. Dicho
partido sabía aprovechar todos los casos en que pudiese manifestar sentimientos de
piedad para los oprimidos. Nunca podrá reparar nuestra burguesía política esos errores,
pues, negándose a dar paso a todo propósito tendente a eliminar anomalías sociales,
sembraba odios y justificaba aparentemente las aseveraciones de los enemigos mortales
de toda nacionalidad, de ser el Partido Socialdemócrata el único defensor de los intereses
del pueblo trabajador.
Ahí están las razones morales de la oposición de los sindicatos y los motivos por
los que prestaban los mejores servicios a aquel partido político.
En mis años de experiencia en Viena me vi obligado, queriendo o sin quererlo, a
definir mi posición en lo relativo a los sindicatos obreros.
Como nítidamente los veía como parte integrante e indivisible del Partido
Socialdemócrata, mi decisión fue rápida.
Rehusé afiliarme al sindicato.
También en esta importante cuestión fue la vida misma la que me sirvió de guía.
El resultado fue una revisión de mis primeras impresiones.
A mis veinte años, ya establecía la diferencia entre el sindicato como instrumento
de defensa de los derechos sociales de los trabajadores y de lucha por la mejora de sus
condiciones de vida y el sindicato como instrumento de un Partido en la lucha política de
clases.
El hecho de que la Socialdemocracia supiera apreciar la enorme importancia del
Movimiento sindicalista, le aseguró él. instrumento de su acción, y con ello el éxito. No
haber comprendido aquello le costó a la burguesía su posición política. Había creído que
con una negativa impertinente podría anular un desarrollo lógico inevitable. Es absurdo y
falso afirmar que el Movimiento sindicalista sea en sí mismo contrario al interés patrio.
Si la acción sindical busca y consigue el mejoramiento de las condiciones de vida de
aquella clase social que constituye una de las columnas fundamentales de la Nación, no
obra como enemiga de la Patria o del Estado, sino más bien nacionalsocialistamente, en
el más puro sentido de la palabra. Su razón de ser está, por tanto, totalmente fuera de
duda, pues ayuda a crear programas sociales, sin lo cual ni se debe pensar siquiera en una
educación nacional colectiva. Este Movimiento alcanza su mayor mérito cuando, por el
combate a las lacras sociales existentes, ataca las causas de las enfermedades del cuerpo y
del espíritu, contribuyendo a la conservación de la salud del pueblo. Es, por tanto, ociosa
la discusión sobre las ventajas de esas organizaciones.
Mientras entre los patrones existan individuos de escasa comprensión social o que
incluso carezcan de sentimiento de justicia y equidad, no solamente es un derecho, sino

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un deber, el que sus trabajadores, representando una parte importante de nuestro pueblo,
velen por los intereses del conjunto frente a la codicia o el capricho de unos pocos, pues
el mantenimiento de la confianza en la masa del pueblo es para el bienestar de la Nación
tan importante como la conservación de su salud.
Estos intereses estarán seriamente amenazados por los indignos patrones que no
tengan los mismos sentimientos de comunidad. Debido a su actitud condenable, inspirada
en la ambición o en la intransigencia, nubes amenazadoras presagian tempestades
próximas.
Remover las causas de tal amenaza es lograr un éxito en relación con la Patria. Lo
contrario es trabajar contra los intereses de la Nación.
No se diga que cada cual tiene libertad suficiente para sacar todas las
conclusiones de las injusticias reales o ficticias que sufre. Eso es hipocresía y debe ser
considerado como un intento para desviar la atención de las soluciones justas.
La pregunta es la siguiente: ¿Es o no de interés nacional destruir todo lo que se
atraviese en el camino de la vida social justa? Sí. Y creemos que la lucha debe ser
entablada con todas las armas que puedan asegurar el triunfo. El trabajador,
individualmente, no está nunca en condiciones de lanzarse con éxito a una lucha contra el
poder del gran empresario. En este conflicto no se trata del problema de la victoria del
Derecho. Si así fuese, el simple reconocimiento de ese derecho haría cesar toda lucha,
pues desaparecería, en ambas partes, el deseo de combatir. En aquel caso el sentimiento
de justicia por sí solo haría terminar la lucha de forma honorable o, mejor, nunca se
llegaría a ello.
Mientras el trato asocial e indigno dado al hombre provoque resistencias, y
mientras no se hayan instituido autoridades judiciales encargadas de reparar los daños,
siempre él más fuerte vencerá en la lucha.
Por ello, es natural que las personas que concentran en sí toda la fuerza de la
empresa, tengan al frente a un solo individuo en representación del conjunto de
trabajadores.
De este modo la Organización Sindicalista podrá lograr un afianzamiento de la
idea social en su aplicación práctica en la vida diaria, eliminando con ello motivos que
son causa permanente de descontento y quejas.
Si eso no ocurre se debe en gran medida a aquellos que a todas las soluciones
legales de las dificultades del pueblo intentan oponer obstáculos e impedimentos,
utilizando su influencia política.
Mientras la burguesía no comprenda el significado de la Organización Sindical, o
mejor dicho, no quiera entenderlo, e insista en hacerle oposición, la Socialdemocracia se
alineará junto al Movimiento popular.
Con visión, la Socialdemocracia creó una base firme que, en los momentos
críticos, le serviría como firme pilar.
Mas, la Socialdemocracia nunca pensó en resolver los problemas reales del
Movimiento Sindical. Bajo su experta mano, en pocos decenios supo hacer, de un medio
auxiliar, creado para defender derechos sociales, un instrumento destructor de la
economía nacional.
Los intereses del obrero no debían obstaculizar los propósitos de la Socialdemocracia en lo más mínimo, pues, políticamente, el empleo de medios de presión
económica siempre permite la extorsión o el ejercicio de violencias a toda hora, siempre

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que, de un lado, haya la necesaria falta de escrúpulos y, del otro, la suficiente estupidez
unida a una mansedumbre de cordero. Esto es lo que sucede en los dos campos en liza.
Ya a principios del presente siglo, el Movimiento Sindicalista había dejado de
servir a su ideal primitivo.
Año tras año fue cayendo cada vez más en el radio de acción de la política
socialdemócrata, para ser a la postre sólo un ariete de la lucha de clases. Debía, a fuerza
de constantes arremetidas, demoler los fundamentos de la economía nacional,
laboriosamente cimentada, y con ello prepararle la misma suerte al edificio del Estado.
La defensa de los verdaderos intereses del proletariado se hacía cada vez más
secundaria, hasta que por último la habilidad política acabó por establecer la
inconveniencia de mejorar las condiciones sociales y el nivel cultural de las masas, so
pena de correr el peligro de que una vez satisfechos sus deseos, esas muchedumbres no
pudieran ser ya utilizadas indefinidamente como una fuerza
autómata de lucha.
Esta evolución atemorizó de tal manera a los dirigentes de la lucha de clases que
ellos, por fin, se opusieron a todas las saludables reformas sociales y, de manera más
decidida, tomaron posición de combate contra ellas.
En el campo burgués se escandalizaban con esa visible falta de sinceridad de la
táctica de la Socialdemocracia, sin que, por esto, se sacaran de ahí las mínimas
conclusiones para desarrollar un acertado plan de acción. Justamente, el recelo de la
Socialdemocracia delante de cada mejora real de la situación del proletariado con
relación a la profundidad de su hasta entonces miseria cultural y social, tal vez hubiera
ayudado a arrebatar ese instrumento de las manos de los "representantes de la lucha de
clases".
Sin embargo, esto no aconteció.
En vez de tomar la ofensiva, la burguesía dejó apretar cada vez más el cerco en
torno a sí misma para, al final, adoptar medidas inadecuadas que, por demasiado tardías,
se quedaron sin eficacia y que, por esto mismo, eran fácilmente contrarrestadas.
De esta manera quedó todo como antes y, si cabe, el descontento se volvió cada
vez mayor.
Los "sindicatos independientes", como una nube borrascosa, ennegrecían el
horizonte político, amenazando también la propia existencia de los individuos. Esas
organizaciones se convirtieron en el instrumento más temible de terror contra la
seguridad y la independencia de la economía nacional, la solidez del Estado y la libertad
de los individuos.
Fueron ellos, sobre todo, los que transformaron la noción de democracia en una
frase asquerosa y ridícula, que profanaba la libertad y escarnecía de forma imperecedera
la fraternidad, con esta proposición: "Si no quieres ser de los nuestros, te cortaremos la
cabeza".
Así comenzaba ya a conocer a esos enemigos del género humano.
En el transcurso de los años, la opinión sobre ellos se desarrolló y ahondó, sin
modificarse.
A medida que fui perfeccionando el criterio sobre el proceder de la Socialdemocracia, aumentó en mí el ansia de penetrar la esencia de su doctrina.
De poco podía servirme en este orden la literatura propia del partido, porque
cuando se trata de cuestiones económicas es errónea en asertos y demostraciones y es

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falaz en lo que a sus fines políticos se refiere.
De aquí la razón por la que me sentía, de corazón, apartado de los nuevos modos
de expresión de la eterna trapacería política y de su manera de describir las cosas.
Con un inconcebible lujo de palabras, de oscura significación, tartamudeaban
sentencias que aparentaban ser ricas de pensamiento como eran faltas de sentido.
Sólo la decadencia de nuestros intelectuales de las grandes urbes podría, en este
laberinto de la razón, sentirse cómoda, para, en la neblina de tal "dadaísmo" literario,
"captar" la "brida secreta", apoyado en la proverbial inclinación de una parte de nuestro
pueblo, para "adivinar" la profunda sabiduría" en medio de las paradojas personales.
En lo que a mí respecta, en la oscuridad de sus asertos, descubría todas las
mentiras y desatinos teóricos de esa doctrina y llegaba, poco a poco, a una comprensión
más clara de su verdadera voluntad.
En estas horas se apoderaban de mí tristes ideas y malos presagios. Vi ante mí una
doctrina llena de egoísmo y de odio, que, por leyes matemáticas, podría alzarse con la
victoria, pero que arrastraría hacia la ruina a la Humanidad.
En ese intervalo yo ya había percibido el vínculo entre esa doctrina de destrucción
y el carácter de una cierta raza para mí hasta entonces desconocida.
Sólo el conocimiento del judaísmo da la clave para la comprensión de los
verdaderos propósitos de la Socialdemocracia. Quien conoce a este pueblo se le cae de
los ojos la venda que le impedía descubrir las falsas concepciones sobre la finalidad y el
sentido de dicho partido, y entre la niebla de la palabrería de su propaganda, ve aparecer
el fantasma del marxismo, mostrando sus dientes.
Me sería difícil, si no imposible, precisar en qué época de mi vida la palabra
`judío" fue para mí, por primera vez, motivo de reflexiones. En el hogar paterno, cuando
vivía aún mi padre, no recuerdo siquiera haberla oído. Creo que el anciano habría visto
un signo de retroceso cultural en la sola pronunciación intencionada de aquel nombre.
Durante el curso de mi vida, mi padre había llegado a concepciones más o menos
cosmopolitas, que conservó aún en medio de un convencido nacionalismo, de modo que
hasta en mí debieron tener su influencia.
Tampoco en la escuela se presentó motivo alguno que hubiese podido determinar
un cambio del criterio que formé en el seno de mi familia.
Es cierto que, en la Realschule, yo había conocido a un muchacho judío que era
tratado por nosotros con cierta prevención, pero esto solamente porque no teníamos
confianza en él, debido a su ser taciturno y a varios hechos que nos habían alertado. Ni en
los demás ni en mí mismo despertó esto ninguna reflexión.
Fue a la edad de catorce o quince años cuando debí oír a menudo la palabra
"judío", especialmente en conversaciones de tema político, produciéndome cierta
repulsión cuando me tocaba presenciar disputas de índole confesional.
La cuestión por entonces no tenía, pues, para mí otras connotaciones.
En la ciudad de Linz vivían muy pocos judíos, los que en el curso de los siglos se
habían europeizado exteriormente, y yo hasta los tomaba por alemanes. Lo absurdo de
esta suposición me era poco claro, ya que por entonces veía en el aspecto religioso la
única diferencia peculiar. El que por eso se persiguiese a los judíos, como creía yo, hacía
que muchas veces mi desagrado frente a las expresiones ofensivas para ellos se
acrecentase. De la existencia de un odio sistemático contra el judío no tenía yo todavía
ninguna idea, en absoluto.

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Después fui a Viena.
Sobrecogido por el cúmulo de mis impresiones de las obras arquitectónicas de
aquella capital y por las penalidades de mi propia suerte, no pude en el primer tiempo de
mi permanencia allí darme cuenta de la conformación interior del pueblo en la gran urbe.
No obstante existir en Viena alrededor de 200.000 judíos entre sus dos millones
de habitantes, yo no me había percatado de ellos. Durante las primeras semanas, mis
sentidos no pudieron abarcar el conjunto de tantos valores e ideas nuevos. Sólo después
que, poco a poco, la serenidad volvió y las imágenes confusas de los primeros tiempos
comenzaron a esclarecerse, fue cuando más nítidamente pude ver en mi derredor el nuevo
mundo que me envolvía y, entonces, reparé en el problema judío.
Mal podría afirmar que me hubiera parecido particularmente grata la forma en que
debí llegar a conocerlos. Yo seguía viendo en el judío sólo la cuestión confesional y, por
eso, fundándome en razones de tolerancia humana, mantuve aún entonces mi antipatía
por la lucha religiosa. De ahí que considerase indigno de la tradición cultural de este gran
pueblo el tono de la prensa antisemita de Viena. Me impresionaba el recuerdo de ciertos
hechos de la Edad Media, que no me habría agradado ver repetirse. Como esos periódicos
carecían de prestigio (el motivo no sabía yo explicármelo entonces) veía la campaña que
hacían más como un producto de exacerbada envidia que como resultado de un criterio de
principio, aunque éste fuese errado.
Corroboraba tal modo de pensar el hecho de que los grandes órganos de prensa
respondían a estos ataques en forma infinitamente más digna, o bien optaban por no
mencionarlos siquiera, lo cual me parecía aún más laudable.
Leía asiduamente la llamada "prensa mundial" (Neue Freie Presse, Wiener
Tageblatt, etc..) y me asombraba siempre su enorme material de información, así como su
objetividad en el modo de tratar las cuestiones. Apreciaba su estilo elegante, distinto. Los
sensacionalismos de forma no me agradaban, me sorprendían.
Lo que frecuentemente me chocaba era la forma servil con que la prensa adulaba
a la Corte. Casi no había suceso de la vida cortesana que no fuese presentado al público
con frases de desbordante entusiasmo o de plañidera aflicción, según el caso. Aquello me
parecía exagerado y lo consideraba como una mancha para la democracia liberal. Alabar
las gracias de esa Corte, y en forma tan baja, era lo mismo que traicionar la dignidad del
pueblo. Ésta fue la primera sombra que debía turbar mis afinidades espirituales con la
gran prensa de Viena.
Como siempre, también en Viena, seguía todos los acontecimientos de Alemania
con el mayor entusiasmo, tanto se tratase de cuestiones políticas como de problemas
culturales.
Con una admiración que se unía al mayor orgullo, comparaba la ascensión del
Reich con la decadencia del Estado austríaco. En cuanto a los acontecimientos de política
exterior, en su mayor parte provocábanme gran interés. Por otra parte, la política interna
frecuentemente me daba margen a sombrías reflexiones. La campaña que, en aquel
tiempo, se orquestaba contra Guillermo II, no contaba con mi aprobación. En él no veía
sólo al Emperador de los alemanes, sino también al creador de la Flota Alemana. La
imposición hecha por el Reichstag de no permitir al Káiser pronunciar discursos me
indignaba, porque esa prohibición partía de una fuente que, ante mis ojos, ninguna
autoridad poseía, atendiendo a que, en un solo período de sesión, esos payasos del
Parlamento habían propagado más idioteces de las que podría hacer, durante siglos, una

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dinastía entera de emperadores, dado su relevante número mucho más exiguo.
Me encolerizaba con el hecho de que, en un país en el que cualquier imbécil no
sólo reivindicaba para sí el derecho de crítica (incluso el Parlamento tenía facultades de
legislar para la Patria), el poseedor de la Corona Imperial pudiera recibir amonestaciones
de la más superficial de las instituciones de todos los tiempos.
Me irritaba aún más con el hecho de ver que la misma prensa de Viena que, ante
la caída de un caballo de la Corte, se deshacía en las más respetuosas muestras de
cuidado servil, pudiese expresar su oposición al Emperador de los alemanes.
En tales casos la sangre se me subía a la cabeza.
Fue eso lo que, poco a poco, me hizo examinar con más atención la gran prensa.
Fui obligado a reconocer que uno de los periódicos antisemitas, el Deutsche
Volksblatt, en una ocasión idéntica, se portó de manera más decente.
Otra cosa que me irritaba era el repugnante culto que esa gran prensa rendía a
Francia.
Éramos presionados a avergonzarnos de ser alemanes, cuando llegaban a nuestros
oídos esos dulces himnos de alabanza a "la gran Nación de la cultura".
Esa dañina "galomanía" más de una vez me llevó a tirar el periódico al suelo.
De vez en cuando leía también el Volksblatt, por cierto periódico mucho más
pequeño, pero que en estas cosas me parecía más sincero.
No estaba de acuerdo con su recalcitrante antisemitismo, aunque algunas veces
encontraba razonamientos que me movían a reflexionar.
En todo caso, a través de este periódico fue como llegué a conocer paulatinamente
al hombre y al movimiento político que por entonces influían en los destinos de Viena: el
doctor Karl Lüger y el Partido Cristianosocial.
Cuando llegué a Viena era contrario a ambos.
El Movimiento y su líder me parecían reaccionarios.
Empero, una elemental noción de equidad hizo variar mi opinión a medida que
tuve oportunidad de conocer al hombre y su obra. Poco a poco se impuso en mí la
apreciación justa, para luego convertirse en un sentimiento de franca admiración. Hoy,
más que entonces, veo en el doctor Lüger al más grande de los burgomaestres alemanes
de todos los tiempos.
¡Cuántas ideas preconcebidas tuvieron también que modificarse en mí al cambiar
mi modo de pensar respecto al Movimiento Cristianosocial!
Y con ello cambió igualmente mi criterio acerca del antisemitismo; ésta fue sin
duda la más trascendental de las transformaciones que experimenté entonces.
Ello me costó una intensa lucha interior entre la razón y el sentimiento, y sólo
después de largos meses la victoria empezó a ponerse del lado de la razón. Dos años más
tarde, el sentimiento había acabado por someterse a ella, para ser, en adelante, su más leal
guardián y consejero.
Con motivo de aquella dura lucha entre la educación sentimental y la razón pura,
la observación de la vida de Viena me prestó servicios inestimables.
Debió pues llegar el día en que ya no peregrinaría por la gran urbe hecho un
ciego, como en los primeros tiempos, sino con los ojos abiertos, contemplando las obras
arquitectónicas y las gentes.
Cierta vez, al caminar por los barrios del centro, me vi de súbito frente a un
hombre de largo chaflán y de rizos negros.

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¿Será un judío?, fue mi primer pensamiento.
Los judíos de Linz no tenían ciertamente esa apariencia racial.
Observé al hombre sigilosamente, y, a medida que me fijaba en su extraña
fisonomía, rasgo por rasgo, fue transformándose en mi mente la primera pregunta en otra
inmediata: ¿Será también éste un alemán?
Como siempre en casos análogos, traté de desvanecer mis dudas consultando
libros. Con pocos céntimos adquirí por primera vez en mi vida algunos folletos
antisemitas. Todos, lamentablemente, partían de la hipótesis de que el lector tenía ya un
cierto conocimiento de causa, o que por lo menos comprendía la cuestión; además, su
tono era tal, debido a razonamientos superficiales y extraordinariamente faltos de base
científica, que me hizo volver a caer en nuevas dudas.
Durante semanas, tal vez meses, permanecí en la situación primera.
La cuestión me parecía tan trascendental y las acusaciones de tal magnitud que,
torturado por el temor de ser injusto, me sentía vacilante e inseguro.
Naturalmente que ya no era dable dudar de que no se trataba de alemanes de
una creencia religiosa especial, sino de un pueblo diferente en sí; pues desde que me
empezó a preocupar la cuestión judía, cambió mi primera impresión sobre Viena.
Por doquier veía judíos, y, cuanto más los observaba, más se diferenciaban a mis
ojos de las demás gentes. Sobre todo en el centro de la ciudad y en la parte norte del
canal del Danubio, se notaba la presencia de un verdadero enjambre de individuos que,
por su aspecto externo, en nada se parecían a los alemanes. Y si aún hubiese dudado, mi
vacilación habría tenido que tocar definitivamente a su fin, debido a la actitud de una
parte de los judíos mismos.
Se trataba de un gran Movimiento que tendía a establecer claramente el
carácter racial del judaísmo. Este Movimiento era el sionismo.
Aparentemente apoyaba tal actitud sólo un grupo de judíos, en tanto que la
mayoría la condenaba; sin embargo, al analizar las cosas de cerca, esa apariencia se
desvanecía, descubriéndose un mundo de subterfugios de pura conveniencia, por no
decir de mentiras. Los llamados “judíos liberales" rechazaban a los sionistas, no
porque ellos no se sintiesen igualmente judíos, sino únicamente porque éstos hacían
una pública confesión de su judaísmo, lo que ellos consideraban inconveniente y
hasta peligroso.
En el fondo se mantenía inalterable la solidaridad de todos.
Aquella lucha ficticia entre sionistas y judíos liberales debió pronto causarme
repugnancia, porque era falsa en absoluto y porque no respondía al decantado nivel
cultural del pueblo judío. ¡Y qué capítulo especial era aquél de la "pureza material y
moral" de ese pueblo!
Cada vez más, esa pureza moral o de cualquier otro género era una cuestión
discutible. Que ellos no eran amantes de la limpieza, podía apreciarse por su simple
apariencia. Infelizmente, no era raro llegar a esa conclusión hasta con los ojos cerrados.
Muchas veces, posteriormente, sentí náuseas ante el olor de esos individuos
vestidos de chaflán. Si a esto se añaden las ropas sucias y la figura encorvada, se tiene el
retrato fiel de esos seres.
Todo eso no era el camino para atraer simpatías. Cuando, sin embargo, al lado de
dicha inmundicia física, se descubrían las suciedades morales, mayor era la repugnancia.
Nada me había hecho reflexionar tanto en tan poco tiempo como el criterio que

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paulatinamente fue incrementándose en mí acerca de la forma como actuaban los judíos
en determinado género de actividades.
¿Es que había un solo caso de escándalo o de infamia, especialmente en lo
relacionado con la vida cultural, donde no estuviese complicado por lo menos un judío?
Quien, cautelosamente, abriese el tumor, habría de encontrar algún judío. Esto es
tan fatal como la existencia de gusanos en los cuerpos putrefactos.
Otro grave cargo pesó sobre el judaísmo ante mis ojos cuando me di cuenta
de sus manejos en la prensa, el arte, la literatura y el teatro.
Las palabras llenas de unción y los juramentos dejaron de ser entonces útiles; era
nulo su efecto. Bastaba ya observar las carteleras de espectáculos, examinar los nombres
de los autores de esas pavorosas producciones del cine y el teatro sobre las que los
carteles hacían propaganda y en las que se reconocía rápidamente el dedo del judío. Era
la peste, una peste moral, peor que la devastadora epidemia de 1348, conocida por el
nombre de "Muerte Negra". Esa plaga estaba siendo inoculada en la Nación.
Cuanto más bajo el nivel intelectual y moral de esos industriales del arte, tanto
más ilimitada es su actuación, lanzando, como lo haría una máquina, sus inmundicias al
rostro de la Humanidad. Reflexiónese también sobre el número incontable de personas
contagiadas por este proceso. Piénsese que, por un genio como Goethe, la Naturaleza
echa al mundo decenas de millares de tales escritorzuelos que, portadores de bacilos de la
peor especie, envenenan las almas.
Es horrible constatar - y esta observación no debe ser despreciada - que es
justamente el judío el que parece haber sido elegido por la Naturaleza para esa
ignominiosa labor.
¿Se debe indagar el motivo de que esa elección haya recaído en los judíos?
Comencé por estudiar detenidamente los nombres de los autores de inmundas
producciones en el campo de la actividad artística en general. El resultado de ello fue una
creciente animadversión de mi parte hacia los judíos. Por más que eso contrariase mis
sentimientos, era arrastrado por la razón a sacar mis conclusiones de los que observaba.
Era innegable el hecho de que las nueve décimas partes de la literatura sórdida, de
la trivialidad en el arte y el disparate en el teatro, gravitaban en el "debe" de unos seres
que apenas sí constituían una centésima parte de la población total del país.
Con el mismo criterio, comencé también a apreciar lo que en realidad era mi
preferida "prensa mundial".
Cuanto más sondeaba este terreno, más disminuía el motivo de mi admiración de
antes. El estilo se me hizo insoportable, el contenido cada vez más vulgar y, por último,
la objetividad de sus exposiciones me parecía más mentira que verdad. ¡Los editores de
esa prensa eran también judíos!
Muchas cosas que hasta entonces me pasaban desapercibidas, ahora me llamaban
la atención como dignas de ser observadas; otras que ya habían sido objeto de mis
reflexiones pasaron a ser mejor comprendidas.
Ahora veía bajo otro aspecto la tendencia liberal de esa prensa. El tono moderado
de sus réplicas o su silencio de tumba ante los ataques que se le dirigían debieron
revelárseme como un juego a la par hábil y villano. Sus glorificantes críticas de teatro
estaban siempre destinadas al autor judío, y las apreciaciones desfavorables sólo
alcanzaban a los autores alemanes.
Precisamente por la perseverancia con que se zahería a Guillermo II, y, por otra

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parte, se recomendaba la cultura y la civilización francesas, podía deducirse lo
sistemático de su acción. El contenido de las novelas era de repelente inmoralidad, y en el
lenguaje se veía claramente el dedo de un pueblo extranjero. El sentido de todo era tan
visiblemente lesivo al germanismo que su propósito no podía ser sino deliberado.
¿Quién tenía interés en esa campaña?
¿Era acaso todo sólo obra de la casualidad? La duda fue creciendo en mi espíritu.
Esta evolución mental se precipitó con la observación de otros hechos, con el
examen de las costumbres y de la moral seguidas por la mayor parte de los judíos.
Aquí todavía fue el espectáculo de las calles de Viena el que me proporcionó una
lección práctica más.
En Viena, como seguramente en ninguna otra ciudad de la Europa occidental, con
excepción quizá de algún puerto del sur de Francia, podía estudiarse mejor las relaciones
del judaísmo con la prostitución, y, más aún, con la trata de blancas.
Caminando de noche por el barrio de Leopoldo, a cada paso era uno, queriendo o
sin querer, testigo de hechos que quedaban ocultos para la gran mayoría del pueblo
alemán, hasta que la Guerra de 1914 dio a los combatientes alemanes, en el frente
oriental, oportunidad de poder ver, mejor dicho, de tener que ver semejante estado de
cosas.
Sentí escalofríos cuando por primera vez descubrí así en el judío al negociante
desalmado, calculador, venal y desvergonzado de ese tráfico irritante de vicios, en la
escoria de la gran urbe.
No pude más, y desde entonces nunca eludí la cuestión judía.
Por el contrario, me impuse ocuparme en adelante de ella. De este modo,
siguiendo las huellas del elemento judío a través de todas las manifestaciones de la vida
cultural y artística, tropecé con ellos inesperadamente donde menos lo hubiera podido
suponer: ¡Judíos eran también los dirigentes del Partido Socialdemócrata
Ahora que me había asegurado que los judíos eran los líderes de la
Socialdemocracia, comencé a ver todo claro. La larga lucha que mantuve conmigo mismo
había llegado a su punto final.
En las relaciones diarias con mis compañeros de trabajo, ya mi atención había
sido despertada por sus sorprendentes mutaciones, hasta el punto de tomar posiciones
diferentes en torno a un mismo problema en el espacio de pocos días y, a veces, de pocas
horas.
Difícilmente podía comprender cómo hombres que, tomados aisladamente, tenían
una visión racional de las cosas, la perdían de repente, al ponerse en contacto con la
masa. Era un motivo para dudar de sus propósitos.
Cuando, tras discusiones que duraban horas enteras, me había convencido de
haber esclarecido finalmente un error y ya me alegraba con la victoria, acontecía que, a
pesar mío, al día siguiente tenía que volver a empezar el trabajo, pues todo había sido
inútil. Como un péndulo en movimiento, que siempre vuelve a sus posiciones anteriores,
así sucedía con los errores combatidos, cuya reaparición era siempre fatal.
De esta manera pude comprender: 1°, que ellos no estaban satisfechos con la
suerte que tan áspera les era; 2°, que odiaban a los patrones, que les parecían los
responsables de esa situación; 3°, que injuriaban a las autoridades, que les parecían
indiferentes ante su deplorable situación; 4°, que hacían manifestaciones en las calles,
sobre la cuestión de los precios de los artículos de primera necesidad.

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Todo eso podíase todavía comprender, poniendo la razón aparte. Lo que, por el
contrario, resultaba incomprensible era el odio sin límites a su propia Nación, el
empequeñecimiento de sus grandezas, la profanación de su historia, el desprecio por sus
grandes hombres...
Esta revuelta contra su misma especie, contra su propia casa, contra su propio
terruño natal, era sin sentido, inconcebible y antinatural.
Por algunos días, como máximo por algunas semanas, se conseguía librarles de
estos errores. Cuando más tarde se encontraba al presunto convertido, de nuevo los
antiguos errores se habían apoderado de su espíritu. El monstruo había poseído a su
víctima.
Gradualmente me fui dando cuenta que en la prensa socialdemócrata
preponderaba el elemento judío; sin embargo, no di mayor importancia a este hecho,
puesto que la situación de los demás periódicos era la misma. Empero, otra circunstancia
debió llamarme más la atención: no existía un solo diario donde interviniesen judíos que
hubiera podido calificarse, según mi educación y criterio, como un órgano
verdaderamente nacional.
Venciendo mi aversión, intenté leer esa especie de prensa marxista, pero mi
repulsa por ella crecía cada vez más. Me esforcé por conocer de cerca a los autores de esa
bribonada y verifiqué que, comenzando por los editores, todos eran también judíos.
En cuanto un folleto socialdemócrata llegaba a mis manos, examinaba el nombre
de su autor: siempre era un judío. Remarqué casi todos los nombres de los dirigentes del
Partido Socialdemócrata: en su gran mayoría pertenecían igualmente al "pueblo elegido",
lo mismo si se trataba de representantes en el Parlamento que de los secretarios en las
asociaciones sindicalistas, presidentes de las organizaciones del Partido o agitadores
populares. Era siempre el mismo siniestro cuadro y jamás olvidaré los nombres:
Austerlitz, David, Adler, Ellenbogen, etc.
Claramente veía ahora que el directorio de aquel partido, a cuyos representantes
combatía yo tenazmente desde meses atrás, se hallaba casi exclusivamente en manos de
un elemento extranjero, y al fin confirmé definitivamente que el judío no era un
alemán. Ahora sí que conocía íntimamente a los pervertidores de nuestro pueblo.
Un año de permanencia en Viena me había bastado para llevarme también al
convencimiento de que ningún obrero, por empecinado que fuera, dejaba de ser
persuadido ante conocimientos mejores y ante una explicación más clara. En el
transcurso del tiempo, me había convertido en un conocedor de sus reacciones, y yo
mismo podía utilizarla ahora como un arma en favor de mis convicciones.
Casi siempre el éxito se inclinaba de mi lado.
Se podía salvar a la gran masa, si bien es cierto sólo a costa de enormes sacrificios
de tiempo y de perseverancia.
A un judío, en cambio, jamás se le podía disuadir de su criterio.
En aquel tiempo, en mi ingenuidad de joven, creí poder evidenciar los errores de
su doctrina. En el pequeño círculo en el que me desenvolvía, me esforzaba, por todos los
medios a mi alcance, de convencerlos de lo pernicioso de los errores del marxismo y
pensaba lograr ese objetivo; pero lo contrario es lo que siempre acontecía. Parecía que el
examen cada vez más profundo de la actuación desmoralizadora de las teorías marxistas
en sus aplicaciones prácticas, servía sólo para volver cada vez más firmes las decisiones
de los judíos.

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Cuanto más discutía con ellos, mejor aprendía su dialéctica. Partían éstos de la
creencia en la estupidez de sus adversarios, y cuando eso no daba resultados, se hacían
pasar ellos mismos por estúpidos. Si fallaban ambos recursos, rehusaban entender lo que
se les decía y, de repente, cambiaban de tema, saliendo con argumentos que, una vez
aceptados, trataban de aplicar a casos completamente diferentes. Entonces, cuando de
nuevo eran alcanzados en el propio terreno, que les era familiar, fingían debilidad y
alegaban no tener suficientes conocimientos sobre el particular.
Por donde quiera que se golpease a estos apóstoles, ellos se escabullían como
anguilas en manos de los adversarios; cuando alguna vez se lograba reducir a uno
de ellos, porque, observado por los presentes, no le había ya quedado otro recurso
que asentir, grande debía ser la sorpresa que al día siguiente se experimentaba al
constatar que ese mismo judío no recordaba ni lo más mínimo de lo acontecido la
víspera y seguía repitiendo los dislates de siempre, como si nada, absolutamente
nada, hubiera acontecido. Se fingía encolerizado, sorprendido y, sobre todo,
desmemoriado por completo, excepto que el debate había terminado por evidenciar la
verdad de sus afirmaciones.
Muchas veces quedé atónito.
No sabía qué era lo que debía sorprenderme más: la locuacidad del judío, o su arte
de mistificar.
Gradualmente comencé a odiarlos.
Todo eso tenía, sin embargo, un lado bueno. En los círculos en que los adeptos, o
por lo menos los propagandistas de la Socialdemocracia caían bajo mi vista, se
incrementaba mi amor por mi propio pueblo.
¿Quién podría honestamente anatematizar a las infelices víctimas de esos
corruptores del pueblo, después de haber conocido sus diabólicas habilidades?
¡Cuán difícil era, incluso para mí mismo, dominar la dialéctica de mentiras de
esos personajes!
¡Qué difícil era cualquier éxito en las discusiones con hombres que invierten todas
las verdades, que niegan descaradamente el argumento recién esgrimido para, en el
minuto siguiente, reivindicarlo para sí!
Cuanto más profundizaba en el conocimiento de la psicología de los judíos, más
me veía en la obligación de perdonar a los trabajadores.
A mis ojos, la mayor culpa no debe recaer sobre los obreros sino sobre todos
aquellos que piensan no valer la pena compadecerse de su suerte, ni con estricta justicia
dar a los hijos del pueblo lo que se les debe, pero sí apoyar a los que los descarrían y
corrompen.
Llevado por las lecciones diarias de la experiencia, comencé a investigarlos
orígenes de la doctrina marxista. En casos concretos, su actuación me parecía clara.
Diariamente, observaba sus progresos, y, con un poco de imaginación, podía
valorar sus consecuencias. La única cuestión a examinar era saber si sus fundadores
tenían presente en su espíritu todos los resultados de su invención, o si ellos mismos eran
víctimas del error.
Las dos hipótesis me parecían posibles.
En todo caso, era deber de un ser racional colocarse al frente de la reacción contra
ese depravado Movimiento, para evitar que llegase a sus consecuencias extremas; los
creadores de esa epidemia colectiva deberían haber sido espíritus verdaderamente

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diabólicos, pues sólo un cerebro de monstruo - y no de hombre podría aceptar el proyecto
de una organización de tal clase, cuyo objetivo final conduciría a la destrucción de la
cultura humana y a la ruina del mundo.
La solución que se imponía, como última tabla de salvación, era la lucha con
todas las armas que pudiese tener la razón y la voluntad de los hombres, incluso si la
suerte del combate fuese dudosa.
Comencé a entrar en contacto con los fundadores de la doctrina, a fin de poder
estudiar los principios en que se fundaba el movimiento marxista. Alcancé ese objetivo
más deprisa de lo que sería licito suponer, debido a los conocimientos que poseía sobre la
cuestión judía, aunque todavía no eran demasiado profundos. Esa circunstancia hizo
posible una comparación práctica entre las realidades del marxismo y las reivindicaciones
teóricas de la socialdemocracia, que tanto me habían ayudado a entender las estrategias
verbales del pueblo judío, cuya principal preocupación es ocultar, o por lo menos
disfrazar, sus pensamientos. Su objetivo real no está expuesto en las palabras, sino oculto
en las entrelíneas.
Me hallaba en la época de la más honda transformación ideológica operada en mi
vida: de débil cosmopolita me convertí en antijudío fanático. Una vez más - ésta fue la
última- vinieron a embargarme reflexiones abrumadoras.
Estudiando la influencia del pueblo judío a través de largos períodos de la historia
humana, surgió en mi mente la inquietante duda de que quizás el destino, por causas
insondables, le reservaba a este pequeño pueblo el triunfo final.
¿Se le adjudicará acaso la Tierra como premio a ese pueblo que eternamente
vive sólo para esta Tierra?
¿Es que nosotros poseemos realmente el derecho de luchar por nuestra propia
conservación, o es que también esto tiene sólo un fundamento subjetivo?.
El Destino mismo se encargó de darme la respuesta al engolfarme en la
penetración de la doctrina marxista, pudiendo de este modo estudiar profundamente la
actuación del pueblo judío.
La doctrina judía del marxismo rechaza el principio aristocrático de la Naturaleza
y coloca, en lugar del privilegio eterno de la fuerza y del vigor del individuo, a la masa
numérica y su peso muerto; niega así en el hombre el mérito individual, e impugna la
importancia del Nacionalismo y de la Raza, ocultándole con esto a la Humanidad la base
de su existencia y de su cultura. Esa doctrina, como fundamento del Universo, conduciría
fatalmente al fin de todo orden natural concebible. Y así como la aplicación de una ley
semejante en la mecánica del organismo más grande que conocemos (la Tierra)
provocaría sólo el caos, también significaría la desaparición de sus habitantes.
Si el judío, con la ayuda de su credo socialdemócrata, o bien, del marxismo,
llegase a conquistar las naciones del mundo, su triunfo seria entonces la corona
fúnebre y la muerte de la Humanidad. Nuestro planeta volvería a rotar desierto en
el cosmos, como hace millones de años.
La Naturaleza eterna inexorablemente venga la transgresión de sus preceptos.
Por eso creo ahora que, al defenderme del judío, lucho por la obra del
Supremo Creador.

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Capítulo III.
REFLEXIONES POLÍTICAS SOBRE LA ÉPOCA
DE MI PERMANENCIA EN VIENA.
Tengo la evidencia de que en general el hombre, excepción hecha de casos
singulares de talento, no debe actuar en política antes de los 30 años, porque hasta esa
edad se está formando en su mentalidad una plataforma desde la cual podrá después
analizar los diversos problemas políticos y definir su posición frente a ellos. Sólo
entonces, después de haber adquirido una concepción ideológica fundamental y con esto
logrado afianzar su propio modo de pensar acerca de los diferentes problemas de la vida
diaria, debe o puede el hombre, conformado por lo menos así espiritualmente, participar
en la dirección política de la colectividad en que vive.
De otro modo corre el peligro de tener que cambiar un día de opinión en
cuestiones fundamentales o de quedar - en contra de su propia convicción - estratificado
en un criterio ya relegado por la razón y el entendimiento. El primer caso resulta muy
penoso para él, personalmente, pues si él mismo vacila, no puede ya esperar le pertenezca
en igual medida que antes la fe de sus adeptos, para quienes la claudicación del caudillo
significa desconcierto y no pocas veces les provoca el sentimiento de una cierta
vergüenza frente a sus adversarios políticos. En el segundo caso ocurre aquello que hoy
se observa con mucha frecuencia: en la misma escala en que el Jefe perdió la convicción
sobre lo que sostenía, su dialéctica se hace hueca y superficial, en tanto que se deprava en
la elección de sus métodos. Mientras él personalmente no piensa ya arriesgarse en serio
en defensa de sus revelaciones políticas (no se inmola la vida por una causa que uno
mismo no profesa), las exigencias que les impone a sus correligionarios se hacen, sin
embargo, cada vez mayores y más desvergonzadas, hasta el punto de acabar por sacrificar
el último resto del carácter que inviste el Jefe y descender así a la condición del
"político", es decir, a aquella categoría de hombres cuya única convicción es su falta de
convicción, aparejada a una arrogante insolencia y a un arte refinadísimo en el mentir.
Si para desgracia de la Humanidad honrada tal sujeto llega a ingresar al
Parlamento, entonces hay que tener por descontado el hecho de que la política para él se
reduce ya sólo a una "heroica lucha" por la posesión perpetua de este "biberón" de su
propia vida y de la de su familia. Y cuanto más pendientes estén del "biberón" la mujer y
los hijos, más tenazmente luchará el marido por sostener su mandato parlamentario. Toda
persona de instinto político es para él, por ese solo hecho, un enemigo personal; en cada
nuevo Movimiento cree ver el comienzo posible de su ruina; en todo hombre de prestigio,
otro amenazante peligro.
He de ocuparme detenidamente de esta clase de sabandijas parlamentarias.
También el hombre que haya llegado a los 30 años tendrá aún mucho que
aprender en el curso de su vida, pero esto únicamente a manera de una complementación
dentro del marco determinado por la concepción ideológica adoptada en principio. Los
nuevos conocimientos que adquiera no significarán una innovación de lo ya aprendido,
sino más bien un proceso de acrecentamiento de su saber, de tal modo que sus adeptos
jamás tendrán la decepcionante impresión de haber sido mal orientados; por el contrario,
el visible desarrollo de la personalidad del Jefe provocará complacencia en la convicción
de que el perfeccionamiento de éste refluye en favor de la propia doctrina. Ante sus ojos,

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esto constituye una prueba de la certeza del criterio hasta aquel momento sostenido.
Un Jefe que se vea obligado a abandonar la plataforma de su ideología general por
haberse dado cuenta que ésta era falsa, obrará honradamente sólo cuando, reconociendo
lo erróneo de su criterio, se halle dispuesto a asumir todas las consecuencias. En tal caso
deberá por lo menos renunciar a toda actuación política ulterior, pues, habiendo errado ya
una vez en puntos de vista fundamentales, está expuesto por una segunda vez al mismo
peligro. De todos modos ha perdido ya el derecho de recurrir, y menos aun de exigir la
confianza de sus conciudadanos.
El grado de corrupción de la plebe, que por ahora se siente habilitada para "hacer"
política, evidencia cuán rara vez se sabe responder en los tiempos actuales a una prueba
tal de decoro personal.
De la regla general casi nadie escapa. Apenas si entre tantos puede uno tan sólo
ser el predestinado.
A pesar de que en aquellos tiempos creo haberme ocupado de la política más que
muchos otros, tuve el buen cuidado de no actuar públicamente en ella; me concretaba a
hablar en círculos pequeños, abordando temas que me subyugaban y que eran motivo de
mi constante preocupación. Este modo de actuar en ambiente reducido tenía en sí mucho
de provechoso, porque si bien es cierto que así aprendía menos a hablar a las masas, en
cambio llegaba a conocer a las gentes en su modalidad y en sus concepciones, a menudo
infinitamente primitivas. En aquella época continué ampliando mis observaciones sin
perder tiempo ni oportunidad, y es probable que en este orden, en ninguna parte de
Alemania se ofrecía entonces un ambiente de estudio más propicio que el de Viena.
***
Las preocupaciones de la vida política en la antigua Monarquía del Danubio
abarcaban, en general, contornos más vastos y de mayor expectativa que en la Alemania
de esa misma época, excepción hecha de algunos distritos de Prusia, Hamburgo y la costa
del Mar del Norte. Bajo la denominación de "Austria" me refiero en este caso a aquel
territorio del gran Imperio de los Habsburgos, que, debido a sus habitantes de origen
alemán, significó en todo orden no solamente la base histórica para la formación de tal
Estado, sino que en el conjunto de su población representaba también aquella fuerza que
a través de los siglos generó la vida cultural en ese organismo político de estructura tan
artificial como era el Imperio Austro-Húngaro. Y a medida que el tiempo avanzaba, más
dependía precisamente de la conservación de ese núcleo la estabilidad de todo el Estado.
Los viejos dominios hereditarios eran el corazón del Imperio, que siempre
aportaba sangre fresca para la circulación de la vida del Estado y de su cultura. Viena era
entonces, al mismo tiempo, cerebro y voluntad.
Sólo por su aspecto externo, Viena se imponía como la Reina de aquel
conglomerado de pueblos. La magnificencia de su belleza hacía olvidar lo que allí había
de malo.
Por más violentamente que palpitase el Imperio en su interior, en sangrientas
luchas de las diferentes razas, el extranjero y, en particular, los alemanes, sólo veían en
Austria la imagen agradable de Viena. Mayor aún era la ilusión porque, en ese tiempo,
Viena parecía haber alcanzado su período de mayor prosperidad. Bajo el gobierno de un
burgomaestre verdaderamente genial, despertaba la venerable residencia del soberano del
viejo Imperio, una vez más, a una vida maravillosa. El último gran alemán, el creador del
pueblo de colonizadores en la Marca Oriental, no estaba oficialmente entre los llamados

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"estadistas". El doctor Lüger, habiendo prestado inauditos servicios como burgomaestre
de la "Cabeza del Estado" y "Ciudad Residencial" (Viena), haciéndola prosperar como
por encanto en todos los ámbitos económicos y culturales, fortaleció el corazón del
Imperio, volviéndose de esta forma, indirectamente, el mayor estadista de todos los
"diplomáticos" de entonces.
Si el aglomerado de pueblos a que se da el nombre de "Austria" fracasó, eso nada
quiere decir contra la capacidad política del germanismo en la antigua Marca Oriental,
sino que en el resultado forzado de la imposibilidad en que se encontraban diez millones
de personas de conservar duraderamente un Estado de diferentes razas, con cincuenta
millones de habitantes, a no ser que concurriesen en ocasión oportuna determinadas
circunstancias favorables.
El alemán austríaco tuvo que enfrentarse a un problema por encima de sus
posibilidades. Siempre se acostumbró a vivir en el marco de un gran Estado y nunca
perdió el sentimiento inherente a su misión histórica. Eran los únicos en aquel Estado
que, más allá de las fronteras del apretado dominio de la Corona, concebían aún las
fronteras del Imperio. Cuando al final el Destino lo separó de Alemania, ellos tomaron de
nuevo para sí la grandiosa tarea de volverse señores y conservar el germanismo que
antaño sus padres, en múltiples combates, habían impuesto al Este. A propósito, conviene
no olvidar que esto ocurrió con energías divididas, pues, en el espíritu de los mejores
descendientes de la Raza alemana, nunca cesó el recuerdo de la Patria común de la que
Austria formaba parte.
El horizonte general del austro-alemán era proporcionalmente más amplio. Sus
relaciones económicas abarcaban casi todo el multiforme Imperio. Casi todas las
empresas verdaderamente importantes estaban en sus manos, junto con el personal
directivo, técnicos y funcionarios. Era también el propietario del comercio exterior en la
parcela sobre la que aún el judaísmo no había puesto su mano, en este campo de sus
preferencias. Sólo el alemán conservaba el Estado políticamente unido. Ya el servicio
militar lo ponía fuera del hogar. El recluta austro-alemán ingresaría, tal vez,
preferentemente en un regimiento alemán, pero el regimiento podría estar tanto en
Herzegovina como en Viena o en la Galitzia. El cuerpo de oficiales era siempre alemán,
prevaleciendo sobre el alto funcionariado. Alemanes, finalmente, eran el arte y la ciencia.
Abstracción hecha del Kitsch, que es el nuevo proceso en el arte, cuya producción podía
ser sin duda también obra de un pueblo de negros. Era sólo el alemán el propietario y
divulgador del verdadero sentimiento artístico. En música, literatura, escultura y pintura,
era Viena la fuente que inagotablemente abastecía, sin cesar, a toda la Monarquía dual.
El germanismo era, en fin, el detentor de toda la política exterior, olvidándose un
poco de Hungría.
Sin embargo, era vana toda tentativa de conservar el Imperio, puesto que faltaba,
para eso, la condición esencial.
Para el Estado de los pueblos austríacos sólo había una posibilidad: vencer a las
fuerzas centrífugas de las diferentes razas. El Estado, o se volvía central e interiormente
organizado, o no podía existir.
En varios momentos de lucidez nacional, esa idea llegó hasta las "altísimas
esferas", para luego ser olvidada o puesta de lado por inasequible. Todo pensamiento de
un refuerzo de la Federación, forzosamente tenía que fracasar en consecuencia por la falta
de un núcleo estatal de fuerza predominante. A eso se añadían las condiciones

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intrínsecamente diferentes del Estado Austríaco frente al Imperio Alemán, según el
concepto de Bismarck. En Alemania se trataba apenas de vencer las diferencias políticas,
pues siempre hubo una base cultural común. Ante todo poseía el Reich, excepto pequeños
fragmentos extraños, un pueblo único.
Contraria era la situación de Austria.
Allí el recuerdo de la propia grandeza, en cada raza, desapareció enteramente o
fue apagado por la pátina del tiempo, o por lo menos se volvió confuso e indistinto. Por
eso, desarrolláronse entonces, en la era de los principios nacionalistas, las fuerzas racistas. Vencerles volvíase relativamente más difícil, dado que, al
margen de la Monarquía, comenzaron a formarse estados nacionales, cuyos pueblos
racialmente emparentados o iguales a las naciones desmembradas, podían ejercer más
fuerza de atracción, al contrario de lo que acontecía con el austro-alemán.
La propia Viena no podía resistir por mucho tiempo a esa lucha.
Con el desarrollo de Budapest, que se volvió gran ciudad, tenía por primera vez
una rival, cuya misión no era ya la concentración de toda la Monarquía, sino en primer
lugar el fortalecimiento de una parte de la misma. En poco tiempo, Praga siguió su
ejemplo, y después Lemberg, Laibach, etcétera. Con la elevación de esas ciudades, antes
provincianas, a metrópolis nacionales, se formaron núcleos culturales más o menos
independientes. Y de ahí las tendencias nacionalistas de las diferentes razas. Así debía
aproximarse el momento en que las fuerzas motrices de esos estados serían más
poderosas que la fuerza de los intereses comunes y, entonces, se extinguiría Austria.
Esta evolución tomó aspecto definitivo después de la muerte de José II,
dependiendo su rapidez de una serie de factores en parte inherentes a la propia
Monarquía, pero que por otro lado eran el resultado de la actitud del Reich en la política
internacional de la época.
Si se pretendiese seriamente admitir la posibilidad de conservación de aquel
Estado y luchar por ella, sólo se podría tener como objetivo una centralización absoluta y
obstinada. Después, ante todo, se debería acentuar, por la fijación de una lengua oficial
única, la homogeneidad pura y formal, cuya dirección, además, detentaría en sus manos
los expedientes técnicos, pues sin eso no puede subsistir un Estado unido. Después, con
el tiempo, trataríase de desarrollar un sentimiento nacional único, a través de las escuelas
y de la instrucción. Esto no se alcanzaría en diez o veinte años, sino en siglos, pues en
todas las cuestiones de colonización la perseverancia vale más que la energía
momentánea.
Se comprende, sin mayores explicaciones, que tanto la administración como la
dirección política deberían ser conducidas con la más rigurosa unidad de miras.
Resultaba para mí intensamente instructivo examinar por qué eso no aconteció, o
mejor dicho, por qué no se hizo. El responsable de esa omisión fue el culpable del
desmoronamiento del Reich.
Más que ningún otro Estado, estaba la vieja Austria dependiente de la inteligencia
de sus guías. Le faltaba el fundamento del Estado nacional, que posee en la base racial
siempre una fuerza de cohesión. El Estado racialmente unido puede soportar la natural
inercia de sus habitantes (y la fuerza de resistencia a ella inherente), la peor
administración, la peor dirección, durante períodos de tiempo espantosamente dilatados,
sin por ello subvertirse. Muchas veces se tiene la impresión de que en un cuerpo tal no
hay más vida, es como si estuviese muerto y bien muerto. De repente, el supuesto cadáver

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se levanta y da a los hombres sorprendentes señales de su fuerza vital.
Esto no sucede con un Estado formado por diferentes razas, mantenido no por la
sangre común, sino por un Gobierno político. En este caso, cualquier debilidad en la
dirección puede no sólo conducir al Estado a la estancación, como dar motivo al
despertar de los instintos individuales, que siempre existen, sin que con tiempo oportuno
pueda ejercerse una voluntad predominante. Sólo por el camino de una educación común,
durante siglos, por una tradición común, por intereses comunes, puede ese peligro ser
atenuado. Por ello, tales formaciones estatales, cuanto más jóvenes, más dependientes son
de la superioridad de la dirección; y cuando son obra de hombres violentos o de héroes
espirituales, más tarde desaparecen después de la muerte de su gran fundador. Pero,
incluso después de siglos, esos peligros no deben ser considerados como vencidos;
apenas se adormecen para, a veces, despertar de repente, cuando la debilidad de la
dirección común y la fuerza de la educación y la sublimidad de todas las tradiciones no
pueden dominar más el impulso de la propia vitalidad de las diferentes razas.
No haber comprendido esto fue tal vez la culpa, con tan trágicas consecuencias,
de la Casa de los Habsburgos.
Sólo a uno de ellos el Destino le mostró la antorcha del porvenir de su Patria, que
luego se apagó para siempre.
José II, Emperador católico-romano, vio angustiosamente que un día, en el
remolino de una Babilonia de pueblos que se comprimían en las fronteras del Imperio,
desaparecería su Casa, a no ser que, a última hora, fuesen enmendados los errores de sus
antepasados. Con fuerza sobrehumana, el "amigo de los hombres intentó remediar la
negligencia de sus antecesores y procuró recuperar en décadas lo que se había perdido en
siglos. Si para la realización de su obra, al menos dos generaciones después de él
hubiesen continuado con el mismo empeño la tarea emprendida, probablemente se habría
producido el milagro. Pero cuando, después de diez años de gobierno, falleció, exhausto
de cuerpo y de espíritu, con él cayó su obra en la tumba, para no volver a despertar, sino
para dormir eternamente con él.
Sus sucesores no estaban a la altura de las circunstancias, ni por la inteligencia ni
por la energía.
Cuando, a través de Europa, flameaban las primeras señales de la tempestad
revolucionaria, comenzó también en Austria a prender fuego, poco a poco. Cuando, por
tanto, el incendio irrumpió finalmente, ya la hoguera estaba atizada, menos por causas
sociales o políticas que por fuerzas impulsoras de origen racial.
En cualquier otra parte, la revolución de 1848 pudo ser una lucha de clases, pero
en Austria ya era el comienzo de un nuevo conflicto racial. Cuando el alemán de aquel
tiempo, olvidando o no reconociendo ese origen, se ponía al servicio de la sublevación
revolucionaria, propiciaba él mismo su desgracia. Con eso ayudaba a despertar el espíritu
de la democracia occidental, que en poco tiempo habría de subvertir la base de la propia
existencia.
Con la formación de un cuerpo representativo parlamentario, sin el previo
establecimiento y fijación de una lengua oficial, fue colocada la piedra base del fin del
dominio del germanismo en la Monarquía de los Habsburgos. Desde ese momento, estaba
perdido también el propio Estado. Lo que le sucedió fue apenas la liquidación histórica
de un Imperio.
Era tan conmovedor como instructivo seguir esa descomposición. Bajo millares

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de formas se realizaba al poco tiempo la ejecución de esa sentencia histórica. El hecho de
que parte de los hombres se agitaba a ciegas a través de los acontecimientos, prueba que
estaba en la voluntad de los Dioses el aniquilamiento de Austria.
No quiero engolfarme aquí en detalles porque no es éste el propósito de mi libro;
quiero solamente consignar, en el marco de una minuciosa apreciación, aquellos sucesos
que, siendo la eterna causa de la decadencia de pueblos y estados, tienen también en
nuestro tiempo su trascendencia, aparte de que contribuyeron a cimentar los fundamentos
de mi ideología política.
*
Entre las instituciones que más claramente revelaban - aun ante los ojos no
siempre abiertos del provinciano- la corrosión de la Monarquía austríaca, encontrábase en
primer término aquella que más llamada estaba a mantener su estabilidad: el Parlamento,
o sea el Reichsrat, como en Austria lo denominaban.
Manifiestamente, la norma institucional de esta corporación radicaba en
Inglaterra, el país de la "clásica democracia". De allá se copió toda esa dichosa institución
y se la trasladó a Viena, procurando en lo posible no alterarla.
En la Cámara de Diputados y en la Cámara Alta celebraba su renacimiento el
sistema inglés de la doble cámara; sólo los edificios diferían entre sí. Barry, al hacer
surgir de las aguas del Támesis el Palacio del Parlamento inglés, había recurrido a la
historia del Imperio Británico, con el fin de inspirarse para la ornamentación de los 1.200
nichos, consolas y columnas de su monumental creación arquitectónica. Por sus
esculturas y arte pictórico, el Parlamento inglés resultó así erigido en el templo de la
gloria de la Nación.
Aquí se presentó la primera dificultad en el caso del Parlamento de Viena, pues
cuando el danés Hansen había concluido el último pináculo del palacio de mái wol,
destinado a los representantes del pueblo, no le quedó otro recurso que el de apelar al arte
clásico para adaptar motivos ornamentales. Figuras de estadistas y de filósofos griegos y
romanos hermosean esta teatral residencia de la "democracia occidental", y a manera de
simbólica ironía están representadas sobre la cúspide del edificio cuadrigas que se
separan partiendo hacia los cuatro puntos cardinales, como cabal expresión de lo que en
el interior del Parlamento ocurría entonces.
Las "nacionalidades" habían tomado como un insulto y una provocación el que en
esta obra se glorificase la historia austríaca. En Alemania misma, sólo ante el fragor de
las batallas de la Guerra Mundial, se resolvió consagrar con la inscripción: "Al pueblo
alemán", el edificio del Reichstag de Berlín, construido por Paul Ballot.
Sentimientos de profunda repulsión me dominaron el día en que, por primera vez,
cuando aún no había cumplido los veinte años, visité el Parlamento austríaco para
escuchar una sesión de la Cámara de Diputados.
Siempre había detestado el Parlamento, pero de ningún modo la institución en sí.
Por el contrario, como hombre amante de las libertades, no podía imaginarme otra forma
posible de gobierno, pues la idea de cualquier dictadura, dada mi actitud con relación a la
Casa de los Habsburgos, sería considerada un crimen contra la libertad y contra la razón.
No poco contribuyó para eso una cierta admiración por el Parlamento inglés, que
adquirí insensiblemente, debido a la abundante lectura de periódicos de mi juventud,
admiración que no se podía perder fácilmente. Me causaba profunda impresión la
gravedad con que la Cámara de los Comunes cumplía su misión (como de manera tan

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