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modelo argentino para el proyecto nacional I .pdf



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Juan Domingo Perón

Modelo Argentino
para el

Proyecto Nacional
Parte I

Instituto Nacional “Juan Domingo Perón”

de

Estudios e Investigaciones Históricas, Sociales y Políticas

Buenos Aires
2006

Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

Presentación
El día 1° de mayo de 1974, el Teniente General Juan Domingo Perón concurre al Congreso de la Nación para inaugurar las sesiones correspondientes al 99°
período legislativo. Apelando a todos los que lo escuchan anuncia que ofrecerá
a la consideración del país un proyecto de Modelo Nacional, invitando a los diferentes sectores que integran la sociedad a organizarse para colaborar con sus
aportes y lograr que tenga una forma definitiva.
Diseño, composición y armado:
Caligrafix Servicios Gráficos Integrales S. H.
Av. Pueyrredón 1440, 2° - C1118AAR Buenos Aires
Telefax: 4821-6263
info@caligrafix.com.ar - www.caligrafix.com.ar

Impresión:
Talleres Gráficos DEL S. R. L.
E. Fernández 271/75 - Piñeyro
Telefax: 4222-2121

Marzo de 2006

Se refiere a la liberación en lo político, en lo económico, en lo socio-cultural,
en lo científico-tecnológico, en la lucha por los recursos y la preservación ecológica, en lo institucional, en el papel de los partidos políticos, de los jóvenes, de los
trabajadores, de los empresarios, de los intelectuales, de las Fuerzas Armadas, de
la Iglesia, de la mujer. Explica todas las concepciones para fortificar la acción que
se debe llevar adelante y que configuran el contenido básico del Modelo Argentino que, generosamente, va a ofrecer al país.

“Como Presidente de los argentinos, propondré un Modelo a la consideración del país, humilde trabajo, fruto de tres décadas de experiencia en el
pensamiento y en la acción. Si de allí surgen propuestas que motiven coincidencia, su misión estará más que cumplida”.

Este aporte que promete el presidente Perón el 1º de mayo, no llega a concretarse ya que la muerte lo sorprende exactamente dos meses después.
A mediados del año siguiente, comienzan a difundirse unas carpetas que
contienen este Modelo que el General iba a proponer a consideración de todas las fuerzas vivas de la Nación. Procedían de la Secretaría de Gobierno de
la Presidencia, en ese entonces a cargo del coronel Damasco.
Recién en 1976 aparece una primera edición del texto.
Si bien la redacción, el estilo y los contenidos son indubitablemente de autoría de Juan Domingo Perón, es necesario señalar que nunca existió una copia
firmada por él mismo y que las carpetas en circulación en esos momentos,


Juan Domingo Perón

Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

tenían diferencias, algunas insignificantes como las propias de errores en la
correción y otras más considerables como el agregado de párrafos.
Es por eso que en esta edición del Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, decidimos añadir los párrafos que diferencian las primeras ediciones
del texto aparecidas en nuestro país, de las posteriores.
De esta manera intentamos poner al alcance de los lectores las dos versiones
editadas hasta hoy de este valioso texto que convoca a la participación creativa
de todos los sectores en una propuesta no sectaria, que permita adaptaciones y
actualizaciones armónicas con la vitalidad de nuestra historia.
Lorenzo Pepe
Secretario General






Discurso del señor Presidente de la Nación
teniente general Perón
ante el Congreso de la Nación el 1° de mayo de 1974
Señores senadores y señores diputados:
Antes de dar lectura al mensaje del Poder Ejecutivo, deseo presentar en
nombre de éste, el más profundo agradecimiento a los señores Legisladores,
que han hecho posible la aprobación de leyes que eran absolutamente indispensables. Y en esto quiero también rendir homenaje a los señores senadores
y diputados de la oposición, que con una actitud altamente patriótica no
han hecho una oposición, sino una colaboración permanente que el Poder
Ejecutivo aprecia en su más alto valor.
En una ocasión solemne como ésta, ante un Congreso reunido en idéntica oportunidad a la de hoy, hace exactamente veinte años, dije al pueblo
argentino dirigiéndome a sus representantes: “Nunca me he sentido otra
cosa que un hombre demasiado humilde al servicio de una causa siempre
demasiado grande para mí, y no hubiese aceptado nunca mi destino si no
fuera porque siempre me decidió el apoyo cordial de nuestro pueblo”.
La conformación de nuestra doctrina, que pueden aceptar todos los argentinos, porque tiene caracteres de solución universal –y que incluso, puede
ser aplicada como solución humana a la mayor parte de los problemas del
mundo como tercera posición filosófica, social, económica y política– constituyó la primera etapa de lo que podría denominarse la “despersonalización” de los propósitos que la revolución había encarnado en mí; tal vez
porque yo sentía desde mucho tiempo antes vibrar la revolución total del
pueblo, y estaba decidido, tal como lo expresé a los trabajadores argentinos
el 2 de diciembre de 1943, a “quemarme en una llama épica y sagrada para
alumbrar el camino de la victoria”.
La doctrina fue adoptada primero por los trabajadores. Yo los elegí para
dejar en ellos la semilla. Lo acabo de expresar: ¡Ellos fueron mis hombres!
Elegí a los humildes; ya entonces había alcanzado a comprender que solamente los humildes podían salvar a los humildes.


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Recuerdo que, cuando me despedía de la Secretaría de Trabajo y Previsión el 10 de octubre de 1945, entregué a ellos todos mis ideales, diciéndoles
más o menos, estas mismas palabras:
“No se vence con violencia: se vence con inteligencia y organización”; “las
conquistas alcanzadas serán inamovibles y seguirán su curso”; “necesitamos
seguir estructurando nuestras organizaciones y hacerlas tan poderosas que
en el futuro sean invencibles”; “el futuro será nuestro”.
Antiguas palabras éstas, pero conservan aún toda su vigencia. Regresan
hoy a esta alta tribuna para señalar el curso de nuestro irreversible proceso
revolucionario y de una vocación nacional de grandeza, que no se puede
torcer ni desvirtuar.
Vivimos tiempos tumultuosos y excitantes. Lo que antes apareciera como
simple hipótesis y, generalmente, como teoría negada o discutida, es hoy una
realidad universal que está determinando el curso de la historia.
La masas del Tercer Mundo se han puesto de pie y las naciones y pueblos
hasta ahora postergados pasan a un primer plano. La hora de los localismos
cede el lugar a la necesidad de continentalizarnos y de marchar hacia la unidad planetaria.
Felizmente, este tiempo que nos toca vivir y dentro del que somos protagonistas inevitables, nos encuentra a los argentinos unidos como en las
épocas más fecundas de nuestra historia.
Es un verdadero milagro el que podamos ahora dialogar y discrepar entre nosotros, pensar de diferente manera y estimar como válidas distintas
soluciones, habiendo llegado a la conclusión de que por encima de los desencuentros, nos pertenece por igual la suerte de la Patria, en la que está contenida la suerte de cada uno de nosotros, en su presente porvenir.
Nuestra  Argentina está pacificada, aunque todavía no vivimos totalmente en paz. Heredamos del pasado un vendaval de conflictos y de enfrentamientos.
Hubo y hay todavía sangre entre nosotros; reconocemos esta herencia
inmediata a que me he referido, y extraemos de ella la conclusión de su negatividad. Pero no podemos ignorar que el mundo padece de violencia, no
como episodio sino como fenómeno que caracteriza a toda esta época. Que
caracteriza, diría, a toda época de cambio revolucionario y de reacomodamientos, en que un período de la historia concluye para abrir paso a otro.
Nosotros hemos encarado la Reconstrucción Nacional. Entre sus más importantes objetivos está el de reconstruir nuestra paz. Lo lograremos. No hay

nada que no pueda alcanzarse con nuestras inmensas posibilidades y con
este pueblo maravilloso al que con orgullo pertenecemos.
No ignoramos que la violencia nos llega también desde fuera de nuestras
fronteras, por la vía de un calculado sabotaje a nuestra irrevocable decisión
de liberarnos de todo asomo de colonialismo.
Agentes del desorden son los que pretenden impedir la consolidación de
un orden impuesto por la revolución en paz que propugnamos y aceptamos
la mayoría de los argentinos.
Agentes del caos son los que tratan, inútilmente, de fomentar la violencia
como alternativa a nuestro irrevocable propósito de alcanzar en paz el desarrollo propio y la integración latinoamericana, únicas metas para evitar que
el año 2000 nos encuentre sometidos a cualquier imperialismo.
Superaremos también esta violencia, sea cual fuere su origen. Superaremos la subversión. Aislaremos a los violentos y a los inadaptados. Los combatiremos con nuestras fuerzas y los derrotaremos dentro de la Constitución
y la Ley. Ninguna victoria que no sea también política es válida en este frente.
Y la lograremos. Tenemos no sólo una doctrina y una fe, sino una decisión
que nada ni nadie hará que cambie.
Tenemos, también, la razón y los medios de hacerla triunfar. Triunfaremos, pero no en el limitado campo de una victoria material contra la subversión y sus agentes, sino en el de la consolidación de los procesos fundamentales que nos conducen a la Liberación Nacional y Social del Pueblo Argentino,
que sentimos como capítulo fundamental de la liberación nacional y social
de los pueblos del continente.
Las fuerzas del orden –pero del orden nuevo, del orden revolucionario,
del orden del cambio en profundidad– han de imponerse sobre las fuerzas
del desorden entre las que se incluyen, por cierto, las del viejo orden de la
explotación de las naciones por el imperialismo, y la explotación de los hombres por quienes son sus hermanos y debieran comportarse como tales.
Todo esto –y todos tenemos conciencia de ello– se encuentra en marcha.
Cada día que pasa nos acerca a las metas señaladas.
Ha comenzado de este modo el tiempo en que para un argentino no hay
nada mejor que otro argentino. Esto solo es ya revolución de suficiente trascendencia como para agradecer a Dios que nos haya permitido vivir para
disfrutarlo.
Estamos terminando con la improvisación, porque no sólo el país lo exige, sino que el mundo no admite otra alternativa.





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Se percibe ya con firmeza que la sociedad mundial se orienta hacia un
Universalismo que, a pocas décadas del presente, nos puede conducir a formas integradas, tanto en el orden económico como en el político.
La integración social del hombre en la tierra será un proceso paralelo,
para lo cual es necesaria una firme y efectiva unión de todos los trabajadores
del mundo, dada por el hecho de serlo y por lo que ellos representan en la
vida de los pueblos.
La integración económica podrá realizarse cuando los imperialismos tomen debida conciencia de que han entrado en una nueva etapa de su accionar histórico, y que servirán mejor al mundo en su conjunto y a ellos
mismos, en la medida en que contribuyan a concebir y accionar a la sociedad
mundial como un sistema, cuyo único objetivo resida en lograr la realización
del hombre en plenitud, dentro de esa sociedad mundial.
La integración política brindará el margen de seguridad necesario para el
cumplimiento de las metas sociales, económicas, científico-tecnológicas y de
medio ambiente, al servicio de la sociedad mundial.
El itinerario es inexorable y tenemos que prepararnos para recorrerlo. Y
aunque ello parezca contradictorio, tal evento nos exige desarrollar desde
ya un profundo nacionalismo cultural como única manera de fortificar el
ser nacional, para preservarlo con individualidad propia en las etapas que
se avecinan.
El mundo en su conjunto no podrá constituir un sistema, sin que a su
vez están integrados los países en procesos paralelos. Mientras se realice el
proceso universalista, existen dos únicas alternativas para nuestros países:
neocolonialismo o liberación.
La pertinacia en levantar fronteras ideológicas no hace sino demorar el
proceso y aumentar el costo de construcción de la sociedad mundial.
Para construir la sociedad mundial, la etapa del continentalismo configura una transición necesaria. Los países han de unirse progresivamente sobre
la base de la vecindad geográfica y sin imperialismos locales y pequeños. Esta
es la concepción de la Argentina para Latinoamérica: justa, abierta, generosa,
y sobre todas las cosas, sincera.
A niveles nacionales, nadie puede realizarse en un país que no se realiza.
De la misma manera, a nivel continental, ningún país podrá realizarse en un
continente que no se realice.
Queremos trabajar juntos para edificar Latinoamérica dentro del concepto de comunidad organizada. Su triunfo será el nuestro. Hemos de

contribuir al proceso con toda la visión, la perseverancia y el tesón que
hagan falta.
Sólo queremos caminar al ritmo del más rápido. Y teniendo en cuenta
que no todos han de pensar de la misma manera, respetuosos de sus decisiones, habremos de unirnos resueltamente con quienes quieran seguir nuestro
propio ritmo.
Latinoamérica es de los latinoamericanos. Tenemos una historia tras de
nosotros. La historia del futuro no nos perdonaría el haber dejado de ser
fieles a ella.
Paralelamente, nos uniremos a la acción de los países del Tercer Mundo,
con los cuales ya estamos unidos en la idea.
Nuestra tarea común es la liberación. Liberación tiene muchos significados:
• En lo político, configurar una nación sustancial, con capacidad suficiente de decisión nacional, y no una nación en apariencia que conserva
los atributos formales del poder, pero no su esencia.
• En lo económico, hemos de producir básicamente según las necesidades
del pueblo y de la Nación, y teniendo también en cuenta las necesidades
de nuestros hermanos de Latinoamérica y del mundo en su conjunto.
Y, a partir de un sistema económico que hoy produce según el beneficio, hemos de armonizar ambos elementos para preservar recursos,
lograr una real justicia distributiva, y mantener siempre viva la llama de
la creatividad.
• En lo socio-cultural, queremos una comunidad que tome lo mejor del
mundo del espíritu, del mundo de las ideas y del mundo de los sentidos,
y que agregue a ello todo lo que nos es propio, autóctono, para desarrollar un profundo nacionalismo cultural, como antes expresé. Tal será la
única forma de preservar nuestra identidad y nuestra auto-identificación. Argentina, como cultura, tiene una sola manera de identificarse:
Argentina. Y para la fase continentalista en la que vivimos y universalista hacia la cual vamos, abierta nuestra cultura a la comunicación
con todas las culturas del mundo, tenemos que recordar siempre que
Argentina es el hogar.
• La lucha por la liberación es, en gran medida, lucha también por los
recursos y la preservación ecológica, y en ella estamos empeñados. Los
pueblos del Tercer Mundo albergan las grandes reservas de materias
primas, particularmente las agotables. Pasó la época en que podían to-





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Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

marse riquezas por la fuerza, con el argumento de la lucha política entre
países o entre ideologías.

Tenemos que trabajar para hacer también del Tercer Mundo una comunidad organizada. Esta es la hora de los pueblos y concebimos que, en
ella, debe concretarse la unión de la humanidad.
• En lo científico-tecnológico, se reconoce el núcleo del problema de
la liberación. Sin base científico-tecnológica propia y suficiente, la
liberación se hace también imposible. La liberación del mundo en
desarrollo exige que este conocimiento sea libremente internacionalizado sin ningún costo para él. Hemos de luchar por conseguirlo; y
tenemos para esta lucha que recordar las esencias: todo conocimiento viene de Dios.
Finalmente, la liberación exige una correcta base institucional, tanto a
nivel mundial como en los países individualmente.
La organización institucional tendrá que ser establecida una vez clarificado: qué se quiere, cómo ha de lograrse lo que se quiere, y quién ha de ser
responsable por cada cosa.
Venimos haciendo en el país una revolución en paz para organizar a la
comunidad y ubicarla en óptimas condiciones a fin de afrontar el futuro.
Revolución en paz significa para nosotros desarmar no sólo las manos
sino los espíritus, y sustituir la agresión por la idea, como instrumento de
lucha política.
Hemos sido consecuentes con este principio. Así reunimos a los máximos líderes de los partidos políticos que no integran el Frente Justicialista
de Liberación, en diálogo abierto y espontáneo con los ministros del Poder
Ejecutivo Nacional, y seguiremos haciéndolo en adelante.
La juventud argentina, llamada a tener un papel activo en la conducción
concreta del futuro, ha sido invitada a organizarse. Estamos ayudándola a
hacerlo sobre la base de la discusión de ideas, y comenzando por pedir a cada grupo juvenil que se defina y que identifique cuáles son los objetivos que
concibe para el país en su conjunto.
Este es el inicio. El fin es la unión de la juventud argentina sin distinciones
partidarias; y el camino es el respeto mutuo y la lucha, ardorosa sí, pero por
la idea.
Los trabajadores, columna vertebral del proceso, están organizándose para que su participación trascienda largamente de la discusión de salarios y
condiciones de trabajo.

El país necesita que los trabajadores, como grupo social, definan cuál es
la sociedad a la cual aspiran, de la misma manera que los demás grupos políticos y sociales.
Ello exige capacitación intensa y requiere también que la idea constituya la materia prima que supere a todos los demás instrumentos de
lucha.
Los empresarios  se han organizado sobre las bases que han hecho posible
su participación en el diálogo y el compromiso. De aquí en más, el Gobierno
ha de definir políticamente, actividad por actividad, y comprometer al empresario en una tarea conjunta, para que su capacidad creativa se integre al
máximo el interés del país.
Para identificar el papel de los intelectuales, hay que comenzar por recordar que el país necesita un modelo de referencia que contenga, por lo menos,
los atributos de la sociedad a la cual aspira, los medios de alcanzarlos, y una
distribución social de responsabilidades para hacerlo.
Este proceso de elaboración nacional tendrá que lograrse convergiendo
tres bases al mismo tiempo: lo que los intelectuales formulen, lo que el país
quiera y lo que resulte posible realizar.
A ellos toca organizarse para hacerlo. El intelectual argentino debe participar en el proceso, cualquiera sea el país en que se encuentre.
Las fuerzas armadas están trabajando en el concepto de guerra total y, en
consecuencia, de defensa total. La verdadera tarea nacional es la de la liberación, y nuestras Fuerzas Armadas la han asumido en plenitud. La defensa
se hace así contra el neocolonialismo y, el compromiso de las Fuerzas es con
el desarrollo social integrado del país en su conjunto, realizado con sentido
nacional, social y cristiano.
Hay una cabal coincidencia entre la concepción de la Iglesia, nuestra visión del mundo y nuestro planteo de justicia social, por cuanto nos basamos
en una misma ética, en una misma moral, e igual prédica por la paz y el amor
entre los hombres.
En cuanto a la mujer, estamos profundamente satisfechos, como mandatarios y como hombres, de su evolución en nuestra sociedad. Más de veinticinco años pasaron desde que la asignación del derecho de voto femenino
terminó con su subordinación política. Nuestras mujeres mostraron desde
entonces que pueden trabajar, elegir y luchar como los varones y preservar, al
mismo tiempo, los atributos de femineidad y de esposas y madres ejemplares
con que impregnan de afecto nuestra vida.

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Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

Estas concepciones, que vienen fortificando nuestra acción presente y
que constituyen nuestro programa grande para el futuro, configuran el contenido básico del Modelo Argentino que en breve ofreceremos a la consideración del país.
Nuestra Argentina necesita un Proyecto Nacional, perteneciente al país
en su totalidad. Estoy persuadido de que, si nos pusiéramos todos a realizar
este trabajo y si entonces comparáramos nuestro pensamiento, obtendríamos un gran espacio de coincidencia nacional.
Otros países que han elaborado un estilo nacional tuvieron uno de dos
elementos en su ayuda: o siglos para pensarse a sí mismos, o el catalizador de
la agresión externa. Nosotros no tenemos ni una ni otra cosa. Por ello, la incitación para redactar nuestro propio Modelo tiene que venir simplemente
de nuestra toma de conciencia.
Como Presidente de los argentinos propondré un Modelo a la consideración del país, humilde trabajo, fruto de tres décadas de experiencia en el
pensamiento y en la acción. Si de allí surgen propuestas que motiven coincidencia, su misión estará más que cumplida.
El Modelo Argentino precisa la naturaleza de la democracia a la cual aspiramos, concibiendo a  nuestra Argentina como una democracia plena de
justicia social. Y en consecuencia, concibe al Gobierno con la forma representativa, republicana, federal y social. Social por su forma de ser, por sus
objetivos y por su estilo de funcionamiento.
Definida así la naturaleza de la democracia a la cual se aspira, hay un solo
camino para alcanzarla: gobernar con planificación.
Habremos también de proponer al país una reforma de la Constitución
Nacional. Para ello estamos ya trabajando desde dos vertientes: por un lado,
recogiendo las opiniones del país; y por el otro, identificando las solicitaciones del Modelo Argentino.
Quiero finalmente referirme a la participación dentro de nuestra democracia plena de justicia social. EL ciudadano como tal se expresa a
través de los partidos políticos, cuyo eficiente funcionamiento ha dado
a este recinto su capacidad de elaborar historia. Pero también el hombre
se expresa a través de su condición de trabajador, intelectual, empresario, militar, sacerdote, etc. Como tal, tiene que participar en otro tipo de
recinto: el Consejo para el Proyecto Nacional  que habremos de crear
enfocando su tarea sólo hacia esa gran obra en la que todo el país tiene
que empeñarse.

Ningún partícipe de este Consejo ha de ser un emisario que vaya a exponer la posición del Poder Ejecutivo o de cualquier otra autoridad que no sea
el grupo social al que represente.
Queremos, además, concretar nuestro pensamiento acerca de la forma de
configurar las concepciones de cada grupo social y también de cada grupo político. Concebimos que los criterios formalizados en bases, plataformas u otros
cuerpos escritos que expresen el pensamiento de partidos políticos y grupos
sociales, no pueden ser otra cosa que su versión de Proyecto Nacional.
Esclarezcamos nuestras discrepancias y, para hacerlo, no transportemos
al diálogo social institucionalizado nuestras propias confusiones. Limpiemos
por dentro nuestras ideas, primero, para construir el diálogo social después.
Estas son, señores Legisladores, las principales reflexiones que, como Presidente de todos los Argentinos, me he sentido en el deber de traer hoy a
vuestra alta consideración.

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Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

Modelo Argentino para el Proyecto Nacional
Parte I
Introducción
A mis compatriotas:
Treinta años de lucha pública por el país, en el pensamiento, la acción y la
reflexión, me han suscitado la convicción de que nuestra Argentina necesita
definir y escribir un Proyecto Nacional. Este Proyecto tiene que ser verdaderamente “nacional”; vale decir, realizado por el país.
En consecuencia, todos los sectores políticos y sociales y todos los ciudadanos, tienen el deber cívico y moral de aportar su idea.
Para cumplir con este deber, hoy entrego al país este trabajo al que denomino “Modelo Argentino”. Están aquí sistematizados los pensamientos
de una vida de servicio, en la forma más sencilla en que ellos pueden ofrecerse al Pueblo.
Las inevitables imperfecciones de la obra humana que este Modelo Argentino signifique, me han sugerido también la necesidad de considerarlo como
una propuesta de lineamientos generales, antes que de soluciones definitivas.
Su discusión esclarecedora por parte de todos los grupos representativos
de nuestra comunidad, posibilitará establecer el camino más acertado para
alcanzar los propios objetivos nacionales. Ello contribuirá, a su vez, a profundizar este Modelo para que de él surja lo que deberá ser nuestro Proyecto
Nacional.
El Modelo Argentino se constituirá también en un importante elemento de juicio a ser considerado en la Reforma de nuestra Constitución Nacional, toda vez que su contenido reflejará el sentir de la inmensa mayoría
de los argentinos.
Invito a todos a participar de la doble empresa: analizar este Modelo Argentino y elaborar su propia expresión de nuestro Proyecto Nacional.
Hasta aquí el aporte del ciudadano. El del gobernante será crear el Consejo para el Proyecto Nacional, a fin de que la participación del ciudadano, de
los grupos sociales y partidos políticos, tenga un cauce institucionalizado para posibilitar que toda idea útil se aproveche y preservar permanentemente
el Modelo, ajustándolo a la realidad de un mundo en constante evolución.
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Juan Domingo Perón
Sólo la idea vence al tiempo. Hagamos de ella nuestro medio esencial
para la lucha interna; institucionalicemos la lucha por la idea y usemos todo
nuestro patriotismo para dar más potencia a la institucionalización de este
proceso nacional.
El mundo será universalista; la organización de los países del Tercer
Mundo constituye una forma de tránsito necesario hacia un universalismo justo; la etapa del continentalismo, a su vez, es un camino para ambas
cosas.
Nuestra Argentina tiene que tener un papel activo y relevante en todo este
proceso y no debe seguir resignadamente lo que elaboren los demás.
Tanto el incentivo interno de nuestra propia responsabilidad para con
el país y sus hijos, como el devenir histórico del mundo en su totalidad, nos
convencen de la necesidad de elaborar nuestro propio modelo.
No necesitamos soportar agresiones que actúan como factor desencadenante de nuestra acción creativa. Nos basta con nuestra capacidad para ver
el futuro.
Tal vez éste sea uno de los mayores aportes que puedo hacer a mi Patria.
Sólo con su entrega, me siento reconfortado y agradecido de haber nacido
en esta tierra argentina.
Juan D. Perón



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Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

Primera parte
Fundamentación

I. Concepto del Modelo Argentino
Cuando pienso en los acontecimientos cruciales de la historia del país,
encuentro en ellos las huellas profundas de una toma de conciencia verdaderamente nacional.
Este proceso se ha distinguido por una denodada pugna entre esa creciente conciencia y las fuerzas que han tratado de impedir implacablemente
su libre expresión.
El Modelo Argentino pretende ser, precisamente, la interpretación de esa
conciencia nacional en procura de encontrar su cauce definitivo.
1. Ideología y Doctrina Nacional
Nuestra Patria necesita imperiosamente una ideología creativa que marque con claridad el rumbo a seguir y una doctrina que sistematice los principios fundamentales de esa ideología.
Para ello debemos tener en cuenta que la conformación ideológica de
un país proviene de la adopción de una ideología foránea o de su propia
creación. Con respecto a la importación de ideologías –directamente o adecuándolas– no sólo alimenta ella un vicio de origen, sino que también es
insuficiente para satisfacer las necesidades espirituales de nuestro Pueblo y
del país como unidad jurídicamente constituida.
El mundo nos ha ofrecido dos posibilidades extremas: el capitalismo y
el comunismo. Interpreto que ambas carecen de los valores sustanciales que
permiten concebirlas como únicas alternativas histórico-políticas. Paralelamente, la concepción cristiana presenta otra posibilidad, impregnada de una
profunda riqueza espiritual pero sin una versión política, suficiente para el
ejercicio efectivo del gobierno.
Los argentinos tenemos una larga experiencia en esto de importar ideologías, ya sea en forma total o parcial. Es contra esta actitud que ha debido
enfrentarse permanentemente nuestra conciencia. Las bases fértiles para la
concepción de una ideología nacional coherente con nuestro espíritu argentino, han surgido del mismo seno de nuestra Patria.
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Juan Domingo Perón

Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

El Pueblo, fuente de permanente creación y autoperfeccionamiento, estaba preparado hace tres décadas para conformar una ideología nacional,
social y cristiana.
Sin embargo, no fuimos comprendidos cuando, respondiendo a esa particular exigencia histórica, propugnamos la justicia social como inmanente
al ser nacional, a pesar de que la justicia social está en la base de la doctrina
cristiana que surgió en el mundo hace dos mil años.
Al calor de intereses políticos y económicos se originaron numerosos
equívocos –como la identificación de la democracia con el liberalismo–, y a
ello se deben confusiones ideológicas que, en su momento, configuraron el
marco necesario para el mantenimiento de intereses imperialistas.
Con todo, esa ideología intrínsecamente argentina, y la consecuente doctrina, crecieron en la conciencia del Pueblo. El Modelo Argentino no quiere
ser otra cosa que la expresión representativa y la síntesis prospectiva de una
ideología y una doctrina nacionales.
La creación ha nacido del Pueblo y el ciudadano que ofrece hoy el presente conjunto de ideas, valores y objetivos concretados bajo el nombre de
Modelo Argentino, tal vez no tenga otra virtud que la de haber querido o
interpretado la voluntad de ese Pueblo.
Por eso, este Modelo no es una construcción intelectual surgida de minorías, sino una sistematización orgánica de ideas básicas desarrolladas a lo
largo de treinta años. Ahora es posible ofrecer este Modelo al país, después
de que la representación popular ha sido reimplantada.
Si el Modelo Argentino encarna la voluntad de nuestro Pueblo, será
auténtico. Si es auténtico, será útil a la Patria. Y si es útil, cumplirá su propósito histórico.
2. El Modelo Argentino y el Justicialismo
El Justicialismo es el resultado de un conjunto de ideas y valores que no
se postulan: se deducen y se obtienen del ser de nuestro propio Pueblo. Es
como el Pueblo: nacional, social y cristiano.
Hace muchos años enuncié tales características del Justicialismo, prácticamente en estos mismos términos, y afirmé su sentido al expresar que “el
Justicialismo es una filosofía de la vida, simple, práctica, popular, profundamente cristiana y profundamente humanista”.
Esta búsqueda de respuestas a las necesidades integrales del país, que parten de una clara ideología, comenzó en la década de los años 40. El 1º de

mayo de 1948 la posición fue denominada “Justicialismo”, abriéndose así las
posibilidades de una elaboración conceptual en la que intervengan mandatarios, líderes políticos y Pueblo.
La aparición y la evolución de la concepción Justicialista corresponden
al desarrollo histórico natural de nuestras ideas, y es patrimonio de todo el
Pueblo argentino; en esa medida, el ideólogo es sólo un intérprete.
No obstante en nuestro país todavía persisten muchos esclavos de la injusticia y de la inseguridad. Ni la justicia social ni la libertad –recíprocamente apoyadas– son comprensibles en una comunidad integrada por hombres
que no se han realizado plenamente en su condición humana.
Por eso el Justicialismo quiere para el hombre argentino:
• Que se realice en sociedad, armonizando los valores espirituales con los materiales y   los derechos del individuo con los derechos de la sociedad;
• Que haga una ética de su responsabilidad social;
• Que se desenvuelva en plena libertad en un ámbito de justicia social;
• Que esa justicia social esté fundada en la ley del corazón y la solidaridad
del Pueblo, antes que en la ley fría y exterior;
• Que tal solidaridad sea asumida por todos los argentinos, sobre la base de
compartir los beneficios y los sacrificios equitativamente distribuidos;
• Que comprenda a la Nación como unidad abierta generosamente con espíritu universalista, pero consciente de su propia identidad.
He dicho una vez que la comunidad a la que aspiramos es aquella donde
la libertad, la justicia y la responsabilidad son fundamentos de una alegría de
ser, basada en la certeza de la propia dignidad. En tal comunidad el individuo posee realmente algo que ofrecer e integrar el bien general, y no sólo su
presencia muda y temerosa.
Nosotros creemos en la comunidad, pero en la base de esa convicción se conserva un profundo respeto por la individualidad y su raíz es una suprema fe en el
tesoro que el hombre representa, por el solo hecho de su existencia.
Cuando en la Segunda Guerra Mundial las dos potencias ideológicas
opuestas se unieron para terminar con un tercer grupo de países en discordia
con el orden imperante, Argentina no se sometió.
Nuestra rebelión fue entonces como sigue siendo ahora, una cuestión de
personalidad y de dignidad nacional.
Para no someterse, había que crear una respuesta diferente, propia, argentina. Esa respuesta fue el Justicialismo. Pero como un Modelo que aspire a servir seriamente al país, sólo puede ofrecerse después de un período

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histórico de prueba, hubo que esperar tres décadas para poder elaborar la
expresión, ya más formalizada, de una ideología, a fin de entregarla ahora a
la fuerza creativa de nuestra nacionalidad.

Una Argentina en la que imperen la felicidad y la grandeza admite únicamente la segunda alternativa. Necesitamos pues, crear la fuerza requerida
para sustentar una política nacional.
Es ésta la hora de su realización. Tengamos en cuenta el ejemplo que nos
muestra el mundo; en el que está ganando terreno la idea de que el bienestar de
los Pueblos se halla por encima de las concepciones políticas dogmáticas. Esto
origina un campo de mutuo respeto, que parece nutrirse en bases de civilización, de comprensión y de tolerancia hacia las ideas de los demás.
No tengo dudas que éste es un momento crucial de nuestra Patria; o
profundizamos las coincidencias para emprender la formidable empresa de
clarificar y edificar una gran Nación, o continuamos paralizados en una absurda intolerancia que nos conducirá a una definitiva frustración.

II. Objetivos del Modelo Argentino
1. Un ámbito de coincidencia nacional
El primer objetivo del Modelo Argentino consiste en ofrecer un amplio
ámbito de coincidencia para que de una vez por todas los argentinos clausuremos la discusión acerca de aquellos aspectos sobre los cuales ya deberíamos estar de acuerdo.
Es imprescindible que mis conciudadanos comprendan que la presencia central del Justicialismo en un Modelo que deseo para todos los argentinos, sin exclusiones de sectores, no responde al intento de forzar una indebida generalización
de principios meramente partidarios. Si acudo a la respuesta justicialista no es por
sectarismo o personalismo; estoy lejos de una actitud semejante.
La fundamentación justicialista no se incorpora por reflejar un sector
parcial de opinión ideológico-política, sino por razones de índole totalmente diferente.
En primer lugar, porque encarna principios permanentes emanados de la
esencia misma del hombre. En segunda instancia, porque el Pueblo ha impregnado al Justicialismo de las constantes básicas de nuestra nacionalidad.
Por último, como Tercera Posición, porque define una histórica determinación de autonomía e identidad nacional. Sin tales principios y constantes, sin
esa identidad, no hay posibilidad de conformar un Modelo en el cual cada
argentino que ama a su Patria se reconozca.
Estos motivos me alientan en la aspiración de obtener la coincidencia
necesaria para trazar una política nacional.
La grandeza del país y la felicidad del Pueblo argentino son dos objetivos
esenciales que, a mi juicio, deben guiar nuestro pensamiento y acción.
Partiendo de esa premisa podemos empezar a construir. Sólo necesitamos unanimidad conceptual para hacer lo que la mayoría decida. Por eso,
las grandes líneas de coincidencia únicamente pueden nacer del Pueblo,
manifestándose en sus representantes a través de organizaciones de pacífica
convivencia republicana.
Si se quiere salvaguardar la Nación que hemos recibido y seguir adelante
en el proceso de preservarla y depurarla, o se usa la política de la fuerza, o
bien se elabora la fuerza necesaria para respaldar una política.
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2. La futura comunidad argentina
El segundo de los objetivos radica en concretar el ámbito de consenso,
configurando los caracteres que los argentinos anhelamos para nuestra comunidad futura.
Todo país se enfrenta, en algún momento de su historia, con la obligación
de definir no sólo principios, valores y conductas generales, sino también
caracteres que perfilen y recorten su nacionalidad. Corresponde a un Modelo la estructuración de esas propiedades que no hacen más que traducir la
idiosincrasia del Pueblo.
La carencia de un Modelo de referencia ha causado, en nuestro país, graves efectos sociales, económicos y, particularmente, políticos. Ha llegado el
momento de tomar conciencia de que en la Argentina nadie tiene el derecho
de esperar que la sociedad madure por sí sola.
Los argentinos intuimos ya que no es posible insistir en nuestras vacilaciones: la historia reclama de nosotros la consolidación de una fisonomía nacional.
Para ello, corresponde al Modelo Argentino reafirmar la forma socio-política que satisfaga a todo el país.
Estoy convencido de que sólo la comunidad argentina puede proporcionar el juicio definitivo sobre las cualidades que para ella se anhelan ver realizadas. Es mi deseo que todos mis conciudadanos consideren este Modelo
como una propuesta inicial; ya las generaciones que nos siguen, a través de
un diálogo franco en el que participen todos los entes representativos de la
comunidad, han de asumir la patriótica misión de perfeccionarlo.
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Juan Domingo Perón

Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

Alguna vez prediqué la armonía como categoría fundamental de la existencia humana; sigo creyendo en ella como condición inalienable para la
configuración de la Argentina que todos anhelamos. Esa básica consonancia
excluye la violencia e implica comprender que el único camino para la construcción fértil es partir de ideas, valores y principios, cuya práctica concreta
no cercene el cauce de la paz. Esto no distorsiona en absoluto la vocación
de cambio del Justicialismo, concretado en este Modelo Argentino: ya he
afirmado que la doctrina es revolucionaria en su concepción, pero pacífica
en su realización.
No puede persistir duda alguna acerca de los caracteres buscados: se trata
de una democracia social que, como se verá más adelante, será una estructura político-social absolutamente coherente con los principios esenciales de
la Comunidad Organizada.
Cuando utilizo la palabra “social”, estoy pensando en una democracia
en la que cada integrante de la comunidad pueda realizarse con la única
condición de poseer idoneidad y condiciones morales indispensables para aquello a que aspira. En este sentido, la forma de gobierno que sirve a
la democracia social resulta ser “Representativa, Republicana, Federal y
social”.
Todo lo que acabo de expresar no es más que otra forma de decir que
seguimos deseando fervorosamente una Argentina socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.
Se conecta estrechamente con lo expuesto el hecho de que el Modelo define asimismo una clara dimensión ética, que no es otra cosa que un llamado
a la autonomía de la conciencia moral. Hace años sostuve que el vertiginoso
progreso material de nuestro tiempo lanzó al hombre fuera de sí mismo sin
proporcionarle paralelamente una plena conciencia de su personalidad.
Por eso, en el camino de la consolidación de la comunidad argentina,
desempeña un papel primordial la propuesta de un esquema de valores
morales y espirituales, que confiera al Pueblo la templanza que el futuro de
la Nación requiere.
Resultará necesario precisar el nivel de nuestras aspiraciones respecto de
la futura sociedad argentina; sólo así se estará en condiciones de clarificar la
concepción estratégica que deberemos adoptar para hacer realidad lo que
todo hombre de bien, nacido en esta Patria, espera: “una Argentina íntegra,
cabalmente dueña de su insobornable identidad nacional.”

3. Orientación para las distintas áreas
Los objetivos anteriormente delineados asocian al Modelo Argentino con
valores, principios y caracteres tanto de estructura permanente y universal,
como de perfiles intrínsecamente nacionales.
Si allí finalizara nuestro propósito, no iríamos más allá de un lineamiento
teórico y normativo de carácter general, que no contemplaría la creciente
complejidad de una comunidad orgánicamente constituida. Quiere decir
que tal conjunto de verdades adquiere una fisonomía específica y diferente
en los distintos ámbitos de la vida nacional, así como una proyección igualmente específica.
Con la mirada orientada en el futuro, es necesario identificar cuál es la
medida en que cada una las áreas de la sociedad argentina puede participar
del Modelo, así como definir de qué forma aquellos principios, valores y caracteres cobran una dimensión particular, aunque interrelacionada, en cada
ámbito del quehacer nacional.
Para que cada ciudadano se reconozca en el Modelo, es imprescindible
que éste no naufrague en abstracciones, sino que aquello que define y propone cobre realidad en cada una de las áreas de la comunidad, pues es a través
de su área de competencia que el ciudadano se inserta en su Patria y la siente
como propia.
Tengo la convicción de que la transformación de la comunidad argentina
sólo podrá lograrse mediante una adecuada conjunción de resultados eficientes en todos los campos del quehacer nacional.

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4. Guía programática y político-administrativa
A la luz de este objetivo, el Modelo Argentino debe conformar un sustrato
programático superior, orientativo de la conducción.
Creo que no podemos detenernos en discutir si es más aconsejable la
programación que el desarrollo espontáneo, porque la segunda alternativa
implica dejar a la sociedad librada a sus propias fuerzas y convertirla así en
terreno fértil para distorsiones neocolonialistas.
Al hacer referencia a la conducción debe tomarse en cuenta que en la
conducción gubernamental hay dos componentes básicos: la conducción
política y el gobierno político-administrativo.
La conducción política es una materia indelegable de quien ejerza la Primera Magistratura, pues da sustento a la capacidad de hacer en lo políticoadministrativo.

Juan Domingo Perón

Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

Lo político-administrativo corresponde a las decisiones y acciones que se
adopten a través de los mecanismos corrientes del gobierno.
Las condiciones objetivas que hacen a la conducción superior, implican
que nadie puede gobernar sin el apoyo del Pueblo, ni en Argentina ni en
ningún otro país. Significa también que el Proyecto final es del Pueblo y no
de determinados gobiernos, ni de minorías intelectuales.
El Modelo Argentino quiere servir a estos dos ámbitos de conducción
superior, en estrecha conexión con una orientación programática lúcida y
precisa.

Si aisláramos nuestra respuesta, la comunidad por la que luchamos quedaría a espaldas de un destino superior que espera a todos los hombres que
en el mundo comparten ideales de Justicia y Verdad.

III. Antecedentes histórico-políticos que conducen al Modelo
Argentino

5. La liberación y la integración
Afirmé anteriormente que la importación de ideologías alimenta un vicio
de origen.
Detengámonos en este problema. Si una ideología no resulta naturalmente del proceso histórico de un Pueblo, mal puede pretender que ese Pueblo
la admita como representativa de su destino. Éste es el primer motivo por el
cual nuestro Modelo no puede optar ni por el capitalismo liberal ni por el
comunismo.
Pero es evidente que la cuestión, como lo he repetido en numerosas oportunidades, no se reduce a la elección o configuración de una ideología y una
doctrina que perfilen la identidad de nuestro Pueblo, porque tal identidad se
diluye sin una firme decisión de autonomía nacional.
El rechazo de las posibilidades extremas que nos brindan el capitalismo y
el comunismo, no sólo se fundamenta en la desconexión de aquéllos con la
estructura íntima de nuestra nacionalidad, sino también en el hecho de que
su adopción implica servir automáticamente al neocolonialismo, sea cual
fuere su signo doctrinario.
Optar por un Modelo Argentino equidistante de las viejas ideologías es, consecuentemente, decidirse por la liberación. Por más coherencia que exhiba un
modelo, no será argentino si no se inserta en el camino de la liberación.
Me parece innecesario insistir en un hecho evidente: no estamos solos en
esta lucha, aunque cada pueblo debe dar, frente a la historia, la respuesta que
emana de su esencia.
Es por eso que la progresiva transformación de nuestra Patria para lograr la liberación debe, paralelamente, preparar al país para participar de
dos procesos que ya se perfilan con un vigor incontenible: la integración
continental y la integración universalista.

1. Las enseñanzas del proceso histórico mundial
De dos fuentes proviene el crecimiento económico de los países más avanzados. Por un lado, de sus propios recursos tecnológicos y acumulación de capital.
Por el otro, del acceso a las riquezas y el trabajo de los países colonizados.
El traspaso de las riquezas de estos últimos países a las grandes potencias
se efectuó de muy diversas formas. De acuerdo con las circunstancias, se utilizó desde el procedimiento de la apropiación física hasta el de la remesa de
beneficios para las inversiones imperiales, pasando por las etapas intermedias de ambos extremos.
De esa manera, muchos países colonizados expandieron su producto,
pero no su ingreso. Así se mostró un aparente progreso que, en realidad,
encubría su miseria.
Para mantener este sistema se necesitó de la dominación política. El arma
empleada para ello se adecuó también a las circunstancias.
Fue así como se acudió al empleo de las fuerzas militares, en intervenciones directas o indirectas; al copamiento de gobiernos o de sectores claves del
país; a la complicidad de los grupos dirigentes; a la acción sutil de las organizaciones que sirven a intereses supranacionales; a los empréstitos, que bajo
la forma de “ayudas” atan cada vez más a los países dependientes. Es decir,
se recurrió a cuanto procedimiento fuera útil para los fines de dominación
perseguidos.
Ésta ha sido una evolución particularmente notable del sistema imperialista durante casi todo el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. En su
transcurso, las espaldas de los trabajadores de los pueblos sometidos –tanto
del  mundo oriental como del occidental– han sobrellevado, en buena medida, la carga del progreso de las metrópolis imperialistas.
Pero la situación internacional está sufriendo profundas conmociones:
los pueblos comienzan a despertar, y eso es causa de que los países dependientes se vean obligados a tomar partido frente a dos elecciones:
• Por un lado, elegir entre neocolonialismo y liberación. Para nosotros la
elección resulta obvia, y cuando dijimos que había que construir el “Tercer

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Juan Domingo Perón

Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

Mundo” no hicimos otra cosa que dar un nombre y un sentido al camino
de liberación elegido.
• Por el otro, se presenta la elección entre capitalismo y comunismo como
opciones inevitables. Nosotros percibimos el error de considerar como
únicas alternativas, a dos posiciones extremas que han servido para la dominación. Así surgió la “Tercera Posición”.
Venimos sosteniendo estos conceptos desde hace tres décadas. Consecuente con ellos, Argentina inició un proceso de cooperación latinoamericana para lograr la liberación. Ya la idea de Comunidad Latinoamericana estaba en San Martín y Bolívar; ellos sembraron las grandes ideas
y nosotros hemos perdido un siglo y medio vacilando en llevarlas a la
práctica.
Ahora, para corregir el rumbo que equivocadamente tomamos, debemos
profundizar, entre otros lazos de unión, la línea de los tratados de complementación económica, que como el firmado en Santiago de Chile, hace veinticinco años, entre este país y la Argentina, estén abiertos a la adhesión de los
demás países del área con la finalidad de alcanzar una integración económica sudamericana.
Este proceso arroja algunas enseñanzas que es conveniente no desaprovechar en una acción futura. Podemos sintetizar tales enseñanzas en las siguientes consideraciones:
Unión Latinoamericana. Cada país participa de un contexto internacional
al que no puede sustraerse. Las influencias recíprocas son tan significativas
que reducen las posibilidades de éxito en acciones aisladas.
Por ello, la Comunidad Latinoamericana debe retomar la creación de su
propia historia, tal como lo vislumbró la clarividencia de nuestros libertadores, en lugar de seguir por la historia que quieren crearle los mercaderes
internos y externos.
Lo repito una vez más: “El año 2000 nos encontrará unidos o dominados”. Nuestra respuesta, contra la política de “dividir para reinar”, debe ser la
de construir la política de “unirnos para liberarnos”.
Reacción Imperialista. Tenemos que admitir como lógica la acción de los
imperialismos en procura de evitar que la unión de nuestros países se realice,
ya que ello es opuesto a su interés económico y político.
En consecuencia, debemos admitir que la lucha es necesaria. Pero nosotros también aprendimos a reducir el costo social de la lucha, porque luchamos por la idea y a través de ella.

Verdad y Justicia. Puede discutirse mucho acerca de si existe o no determinismo histórico. Pero yo tengo, al menos, la certeza de que existe
una constante en el hecho de que el hombre tiene sed de verdad y justicia,
y de que cualquier solución de futuro no podrá apartarse del camino que
las satisfaga.
Trabajar con los Pueblos. Para tener éxito en esta empresa, lo esencial reside
en trabajar con los pueblos, y no simplemente con los gobiernos; porque los
pueblos están encaminados a una tarea permanente, y los gobiernos muchas
veces a una administración circunstancial de la coyuntura histórica.
Fin de las oligarquías y burguesías. La historia muestra también que está
terminando en el mundo el reinado de las oligarquías y las burguesías, y
que comienza el gobierno de los pueblos. Con ello, el demoliberalismo y su
consecuencia, el capitalismo, están cerrando su ciclo. El futuro realmente es
patrimonio de los pueblos.
La brecha tecnológica. Las diferencias que nos separan de las grandes potencias han sido ahondadas por la brecha tecnológica.
Debemos, entonces, desarrollar tecnología. Pero ello exige una mínima
dimensión económica que sólo pocos países del Tercer Mundo pueden elaborar sobre la base del esfuerzo nacional. Además, tampoco podrán abarcar
la totalidad de la gama tecnológica.
Ésta es otra de las causas que exigen la unión de los países que quieren
liberarse.
Falsas virtudes de los extremos. Hemos aprendido también que “occidental
y cristiano”, “occidental y libre”, “capitalista y creativo”, “comunista e igualitario”, son muchas veces, asociaciones declamatorias.
Sabemos que las falsas virtudes de un extremo fertilizan la potencia del
otro extremo, y que no debemos seguir admitiendo que la tarea se reduce
a enfrentar a los dos modelos extremos. Es ésta otra razón que justifica la
creación de nuestro modelo propio.
Acercamiento de los extremos. Los extremos se tocan cada vez más. En
efecto, mientras en las economías capitalistas es creciente el grado de intervención del Estado y el contenido de sujeción de la libertad individual
a formas programadas superiores, por el otro lado, en algunas economías
colectivistas se introduce el beneficio como motor de incitación para incrementar la eficiencia.
La cruel realidad de los imperialismos. Cuando se expresaba, hace algunos
años, que “el imperialismo no perdona”, se estaba también afirmando que nin-

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Juan Domingo Perón

Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

gún imperialismo perdona. La experiencia de la década del sesenta ha sido suficientemente dura en estos aspectos, y el mundo aprendió mucho de ella.
Las invasiones militares a que los imperialismos recurrieron en los últimos
quince años, a contratiempo de la historia, han sido un poderoso factor para que
el Tercer Mundo asuma la necesidad de su autodefensa.
Además, esto evidencia la creación de un derecho no escrito, en el plano
mundial, que fortifica los principios de autodeterminación y de no intervención
de los pueblos. Ello tendrá, tarde o temprano, que encontrar el eco adecuado en
las Naciones Unidas para que éstas adquieran un efectivo poder de arbitraje.
Autodestrucción de los imperios. Las coaliciones imperialistas no impiden
que se cumpla una constante histórica: los imperios se autodestruyen. Ya están a la vista algunos signos de una seria pérdida de la capacidad hegemónica
en los imperialismos hasta ayer dominantes.
Complicidad de sectores internos. Surge, también, una experiencia importante para nuestros países: hay sectores internos cuyos objetivos coinciden
con los de los imperialismos. Obviamente, la capacidad de decisión de estos
sectores debe ser debilitada o anulada.
Imperialismo y Tercer Mundo. La dinámica mundial no obedece sólo a los
designios de los poderosos. Ahora responde a una articulación que encuentra imperialismos, por un lado, y Tercer Mundo, por otro.
Repito en este aspecto: las ideologías van siendo superadas por las necesidades de la lucha por la liberación.
El tipo de democracia. No siempre los países han definido con exactitud la
democracia que desean, ni han calificado la democracia en la cual viven. Hemos aprendido que ocultar el tipo de democracia que se quiere, constituye la
mejor manera de preservar el tipo de democracia que quieren los demás.
El egoísmo y la sociedad competitiva. En el transcurso del tiempo, hemos
venido progresando de manera gigantesca en el orden material y científico,
pero veinte siglos de cristianismo parecen no haber logrado, suficientemente, hasta ahora, la superación del egoísmo como factor motriz del desarrollo
de los pueblos. La sociedad competitiva es su consecuencia.
Esto arroja luz sobre el hecho de que la cooperación y la solidaridad son
elementos básicos a considerar en el futuro.
El materialismo. El pragmatismo ha sido el motor del progreso económico. Pero también hemos aprendido que una de las concecuencias de este
proceso ha sido la reducción de la vida interior del hombre, persuadiéndolo
de pasar de un idealismo riguroso a un materialismo utilitario.

El mundo debe salir de una etapa egoísta y pensar más en las necesidades
y esperanzas de la comunidad. Lo que importa hoy es persistir en ese principio de justicia, para recuperar el sentido de la vida y devolver al hombre su
valor absoluto.
Necesidad de una Ética. La historia nos indica que es imprescindible promover
la ética individual primero, desarrollar después la consecuente conducta social y
desprender finalmente de ellas la conducta económica. La libertad se instala en los
pueblos que poseen una ética y es ocasional donde esa ética falta.
Pensamiento y Acción. No puede haber divorcio alguno entre el pensamiento
y la acción, mientras la sociedad y el hombre se enfrenten con la actual crisis de
valores, acaso una de las más profundas de cuantas se hayan registrado. Es posible que el pensamiento haya perdido, en los últimos tiempos, contacto directo
con las realidades del devenir histórico. Pero es cierto también que ha llegado “la
Hora de los Pueblos” y que ella exige “un pensamiento en acción”.
El imperativo de la Comunidad Organizada. Es por esto que las grandes
alternativas que presenta la historia a nuestro país terminan deduciéndose y
no postulándose. Como deducción de la experiencia que viene de la historia
cada día se ahonda más el imperativo moderno de la Comunidad Organizada como punto de partida de toda idea de formación y consolidación de las
nacionalidades.
Tercer Mundo y Tercera Posición. Asimismo, se deduce la consolidación
del Tercer Mundo y la Tercera Posición como resultantes históricas definidas. La Tercera Posición, como unidad conceptual, y el Tercer Mundo, como
entidad política.
Sectarismo y Liberación. Finalmente, la más importante de las enseñanzas es la revelación de que los sectarismos no nos conducirán jamás a la
liberación. Las diferencias de ideas son positivas en tanto estén abiertas a la
confrontación sincera y honesta en busca de la verdad.
Encerrarnos en nuestras ideas y procurar imponerlas por el peso de una
fuerza circunstancial significaría caer en el mismo error por el que han transitado aquéllos a quienes hoy enfrentamos.

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2. La situación histórica argentina
Si queremos realizar entre todos un proyecto del país que anhelamos,
creo necesario tomar  previamente conciencia de nuestra situación actual.
Por ese motivo, haré una breve reseña de la evolución histórica argentina en
los diferentes ámbitos.

Juan Domingo Perón

Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

A) En el ámbito político
En nuestro país se han dado dos procesos paralelos, íntimamente interrelacionados, que el advenimiento del Gobierno Popular está frenando
decididamente: una creciente intervención externa y una vacilante política interna.
La intervención externa fue cambiando de forma a lo largo del tiempo,
consistiendo sus últimas exteriorizaciones en condicionamientos impuestos
a nuestra libertad de decisión.
Por su parte, la vacilación política interna fue influida principalmente
por los siguientes factores:
• Las plataformas políticas no siempre definieron fines conjuntamente con
los medios para alcanzarlos. Esto trajo como consecuencia que los ciudadanos carecieran de la información completa para ejercer su derecho al
voto y a la crítica constructiva de los actos de gobierno.
• Se pretendió diluir el poder del Justicialismo, acudiendo a sistemas como
el de la representación proporcional, estimulando el aumento de los partidos políticos y limitando la relevancia de cada uno de ellos.
• La proscripción se utilizó para contrarrestar la vigencia de los grandes movimientos nacionales.
• La violencia fue ejercida para reprimir las corrientes que luchaban por un
proceso transformador.
• El concepto de democracia pocas veces fue especificado con claridad suficiente para que el Pueblo supiese de qué se trataba.
• El nacionalismo fue declamado al tiempo que se destruía lo autóctono y copiaban apresuradamente moldes extranjeros reñidos con nuestra idiosincrasia.
• La participación externa en las decisiones que afectaban al país fue creciendo consciente e inconscientemente.
Sin embargo, los valores permanentes afloran siempre. En el Pueblo argentino estaba latente el sentimiento de independencia nacional, que tarde o temprano habría de provocar el enfrentamiento contra la distorsión del contenido
social de la democracia y contra la tendencia a la desnacionalización progresiva.
La historia se encarga de formular una severa advertencia a quienes pretenden debilitar la vigencia de los valores permanentes de un Pueblo. El intento de
desvío no hace sino demorar el progreso de la Nación, pero no logra impedir esa
realización que lleva consigo la supresión de cuanto obstáculo se le interponga.
En nuestra Patria, siguiendo el proceso natural de maduración política,
fue aumentando la participación de los ciudadanos en las urnas. Con ello,

las elecciones han adquirido un significado de legitimidad distinto al de la
legalidad: hoy la elección legalmente realizada, pero con alta abstención –
cualquiera sea la forma de tal abstención– es legal, pero no otorga un poder
legítimo. La legitimidad viene del Pueblo en su totalidad y no solamente de
aquella parte del Pueblo que acepta reglas del juego que, como la proscripción, restringen la voluntad popular. Voto con proscripción puede otorgar
legalidad; pero legitimidad nunca.
Crecieron también la sensibilidad y la capacidad política al impulso de la
mayor participación del ciudadano.
Pero esta mayor capacidad de intervención política de la ciudadanía, más
allá de su participación en las urnas, fue bastante mal usada. Se pusieron
frente a ellas los árboles que no dejaron ver el bosque. Se saturó el panorama
político nacional con cuestiones menores, y el ciudadano no llegó a formarse
una concepción general de la problemática nacional que abarca suficientemente todos los campos de sus actividades.
Así, el Pueblo fue comprendiendo que no debía permanecer indiferente
ante los problemas políticos nacionales y adoptó la decisión de ser protagonista de su historia, rompiendo con los esquemas tradicionales que intentaron relegarlo a la simple condición de espectador.
El “cambio” ya no consiste en una abstracción vacía. El Pueblo todo quiere conocer el signo, el sentido y el contenido preciso de esa expresión. Es que
el Pueblo advierte con claridad que si el cambio no es nacional, no responderá a sus reales necesidades.
Finalmente, cabe una reflexión relativa al poder de decisión: a lo largo de
nuestra historia, dicho poder se ha ido conformando, tejiéndose una red de
compromisos políticos que representan a diferentes intereses.
Tales intereses pueden ser internos o externos. Si las alternativas son
neocolonialismo o liberación, y si hemos optado por la liberación, el
ajuste de ese poder es indispensable para lograr que responda a nuestros
intereses.
En lo político, liberación significa tener una Nación con suficiente
capacidad de decisión propia, en lugar de una Nación que conserva las
formas exteriores del poder, pero no su esencia. La Nación no se simula.
Existe o no existe.
En síntesis, el problema actual es eminentemente político y sin solución
para otros sectores en particular.

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Juan Domingo Perón

Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

B) En el ámbito económico
El país ha producido siempre en función del beneficio, sin disciplinar cabalmente su producción en función de las necesidades esenciales de la población.
Es indudable que se perdió tiempo y que los recursos no fueron convenientemente utilizados.
Sin embargo, en la actualidad tenemos un ingreso por habitante razonablemente elevado y, además, el país se está industrializando aceleradamente. Esta
realidad nos permite afirmar que no somos un país subdesarrollado.
La distribución del ingreso familiar no es aún la más adecuada y mucho
debe hacerse para vigorizarla. En realidad, hacia 1955, se había llegado a un
nivel en la distribución y en la participación del salario en el ingreso nacional, que satisfacía las necesidades de la población.
Desde allí las soluciones económicas siguieron a las soluciones políticas y
la participación del salario en el ingreso disminuyó.
Es imposible mantener una distribución socialmente aceptable si las decisiones económicas no acompañan a la política social que se desea imponer.
Cuando las decisiones económicas siguen un patrón inadecuado, la distribución del ingreso queda subordinada al mismo, más allá de los buenos deseos
de cualquier gobierno. En consecuencia, lo que llamamos “Justicia Social”
también requiere para su materialización efectiva participación del gobierno
y elevada eficiencia del mismo.
Se produjo, por otra parte, un decisivo retroceso en el terreno de las
decisiones económicas. Hasta 1943, con industrialización incipiente, dichas decisiones estaban adaptadas a los intereses del campo. Buscamos
establecer un sano equilibrio para promover la industrialización y una
organización del poder de decisión para nuestro sector industrial. En
1955 no se había alcanzado a afirmar la existencia de un empresariado
industrial argentino como factor contribuyente al desarrollo nacional,
pero se estaba en el camino. Desde entonces la industria creció con alto
apoyo externo, pero el capital extranjero se concentró, en gran medida,
en el aporte tecnológico y también en la compra de empresas existentes
en el país.
Debemos tener en claro que lo esencial con respecto a los objetivos debe
perseguir una actividad radicada en el país, en que éstos deberán considerar tanto el aporte a la economía nacional como el beneficio del empresario. Esto debe definir una conducta coherente respecto de los intereses
nacionales y los del empresariado.

Pero si se trata de obtener tantos beneficios como sea posible, consolidando intereses que están en el exterior, los aportes a la economía nacional se
alejarán considerablemente de lo que resulta conveniente para el país.
En esta materia no basta lograr soluciones apresuradas para las grandes
cuestiones, pensando que todo lo demás ha de resolverse por sí solo. No basta
tampoco elaborar soluciones a medias, tomando decisiones sobre la inversión
externa sin establecer claramente la actividad en la cual han de insertarse. Hay
que establecer políticas diferenciales, en todos los campos, y fijar con precisión
suficiente la forma de preservar los objetivos nacionales.
También se comprueba que no hubo una conciencia adecuada sobre la
utilización de los recursos financieros del país, por cuanto no se alcanzó a
determinar con claridad si la masa de capital interno disponible posibilitaba
el desarrollo y la expansión, o si era necesaria su incrementación con el aporte de capital extranjero para alcanzar tales objetivos.
Igualmente, es necesario tener en cuenta que no existe similitud entre concentración de capital y concentración empresaria. La relación entre
una y otra debe conducirse armoniosamente, de acuerdo con las reales necesidades nacionales.
Analizando el proceso, se ve –en otro tipo de problemas– que cuando una
sociedad incrementa el grado de sofisticación del consumo, aumenta a la vez su
nivel de dependencia. Esto es, en gran medida, lo que ocurrió entre nosotros.
Por un lado, el ciudadano se ve forzado a pagar por la tecnología de lo
trivial; por otro, el país gasta divisas en un consumo innecesario.
Pero a la vez, es impostergable expandir el consumo esencial de las familias de menor ingreso, atendiendo sus necesidades con sentido social y sin
formas superfluas. Esta es la verdadera base que integra la demanda nacional, la cual es motor esencial del desarrollo económico.
El proceso económico ha mostrado, además, que el país acumula más
ahorro del que usa. En otras palabras, que lo que gana con sus exportaciones
excede a lo que necesita gastar a través de sus importaciones y otros conceptos. No obstante ello, tal posibilidad fue insuficientemente explotada, ya que,
a la par de incrementar la deuda pública, no se logró el desarrollo nacional
requerido por el país.
Tuvimos todo tipo de experiencias en este sentido y ahora, entre otras
cosas, sabemos combatir establemente un mal como la inflación. Pero ello
se consigue sólo cuando hay capacidad política para usar el remedio natural
dado por una política de precios e ingresos.

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Juan Domingo Perón

Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

Es evidente, que las “recetas” internacionales que nos han sugerido bajar
la demanda para detener la inflación no condujeron sino a frenar el proceso
y a mantener o aumentar la inflación.
En esta cuestión no se acertaba con la solución adecuada. Por épocas se
bajó la demanda pública a través de la contención del gasto –olvidando el
sentido social del gasto público– ; se bajó la demanda de las empresas a través de la restricción del crédito –olvidando también el papel generador de
empleo que desempeña la expansión de las empresas–; y se bajó la demanda
de los trabajadores mediante la baja del salario real.
Pero como al mismo tiempo no se adoptaban las medidas para que todos
participaran en el sacrificio, en definitiva fueron las espaldas de los trabajadores las que soportaron el peso de estas políticas de represión de demanda
para combatir la inflación que el país aceptó, y que repitió, aunque su ineptitud quedó bien probada por la propia historia.
Es ésta una experiencia muy importante derivada de nuestro proceso; y
puesto que necesitamos evitar la inflación para seguir adelante con auténtica
efectividad, debemos tenerla permanentemente en cuenta.
Por otra parte, se puede ver que hubo una insuficiente utilización de
recursos, especialmente del recurso humano, que ha sido deficientemente
incorporado en los últimos lustros, de acuerdo con la evidencia surgida de
las tasas de desempleo. Lo mismo aconteció con el recurso formidable que
significa el capital intelectual, científico y técnico nacional, emigrando por
falta de oportunidades de trabajo en el país.
A esto se llegó por carecerse de planificación, ya que cuando se planifica adecuadamente, puede lograrse una utilización total de los recursos disponibles.
Para que la planificación sea efectiva no bastan los planes de mediano o
largo plazo. Las decisiones concretas de política económica requieren también
planes de corto plazo, que deben ser los reales propulsores de la actividad. A
través de ellos la coyuntura puede ser manejada en función de un verdadero
valor de instrumento para conducir la economía en el mediano y largo plazo.
Establecida la planificación en tales términos, es posible actuar realmente
con la eficiencia necesaria para lograr la mayor parte de la expansión física
que el país debe producir año a año.
En gran medida, en los últimos lustros, nos hemos manejado con nombres y no con programas; y –salvo en algunos períodos que deben ser rescatados por la seriedad de conducción– la política que resultó fue de neto
corte liberal.

La conducción en el campo económico está en excelentes condiciones para alcanzar sus objetivos cuando su contexto aparece definido en programas
de acción claramente concebidos.
En última instancia, la experiencia de lo que hace a la planificación en
este campo es también definitiva; el gobierno en lo económico no tiene otra
forma de conducirse. La planificación es consecuencia necesaria de la organización e instrumento para la conducción concreta.

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C) En el ámbito social
En materia social, nuestro proceso ha sido muy significativo y aporta experiencias de cambio realmente aleccionadoras.
Veamos separadamente los distintos aspectos de esta cuestión:
Características socio-demográficas generales
Las características socio-demográficas básicas de nuestro país son bien
conocidas:
• Escasa población, frente a su dilatada extensión;
• Tasas bajas de crecimiento vegetativo;
• Alta esperanza de vida;
• Concentración urbana con macrocefalia del área metropolitana;
• Alta tasa de alfabetización con elevada deserción escolar;
• Ausencia de conflictos raciales o religiosos;
• Amplia difusión de los medios de comunicación masivos con limitaciones
en cuanto a su calidad intrínseca;
• Nivel elevado de salubridad pero con desequilibrios regionales que se verifican en la tasa de mortalidad infantil, que aún es elevada, etcétera.
La movilidad social y los líderes
La movilidad social fue y sigue siendo alta en el país. El hijo del trabajador
más modesto puede llegar a ser Presidente de la República.
No son muchas las sociedades que en el mundo ofrecen esta posibilidad.
Sin embargo, en la práctica se dificultó reiteradamente esta movilidad.
Los líderes naturales encuentran un camino difícil: hay una maquinaria
aplastante que cuesta mucho desmontar.
La supuesta igualdad de oportunidades es determinada, en ciertas circunstancias, por la capacidad económica, de la cual siguen dependiendo en
gran medida las posibilidades de formación.

Juan Domingo Perón

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La misma forma de emerger de muchos líderes, no ha asegurado una alta
calidad de liderazgo en todos los casos. Así se comprende que haya existido cierto
“elitismo”, en la medida en que el grupo tenía poder, oportunidad e influencia, se
autoidentificaba como más apto para imponer su voluntad a los demás.
Por otra parte, durante casi dos decenios funcionaron mecanismos que coartaron la posibilidad de expresión de los líderes que se mantuvieron fieles a las
concepciones doctrinarias existentes hasta 1955. En este terreno se echó mano a
la discriminación directa. Por lo demás, el proceso montó sistemas de promoción
que en grado apreciable dependieron de la adscripción ideológica de los líderes a
las pautas políticas del ámbito liberal dominante por entonces.
En consecuencia, no puede asegurarse que todos los liderazgos hayan
surgido de los dos requisitos fundamentales requeridos: vocación de servicio al país y capacidad.
Para no caer en la trampa liberal, en el futuro deberá emprenderse con inteligencia y honestidad la formación de líderes, particularmente para que los líderes
intermedios en los campos políticos y sociales completen su información y cultiven sus valores personales en forma metódica y sistemática.
El mismo mecanismo de promoción de líderes tiene que asentarse, en todos los cuerpos políticos y sociales, sobre una verticalidad institucionalizada
que transporte la corriente de poder desde la base.
De este modo, el líder resulta un verdadero conductor, con mandato real
y capacidad probada por el Pueblo, del cual, además de representante, debe
ser auténtico y permanente intérprete.
La familia
Una de las experiencias más fecundas que surgen de nuestro proceso, es el
hecho de que la sociedad argentina ha sabido preservar la familia como la célula
social. Es claro que hay fisuras inevitables cuando los cambios son demasiado
rápidos y es obvio que la dimensión de las fisuras puede agrandarse en la medida
en que el cambio se acelere o asuma una dirección equivocada.
En las sociedades altamente competitivas devoradas por el consumo, se
debilitó el núcleo familiar y aparecieron ciertas desviaciones, de las cuales las
drogas y el alcoholismo son dos manifestaciones lamentables.
Nuestra Patria todavía está a tiempo de preservar a la familia, ya que si
bien no todas han conservado su integridad ante la agresión externa motivada por el sistema liberal, afortunadamente, la mayor parte de ellas ha
salvado su contextura.

Medios de comunicación masivos y promoción del consumo
Los medios de comunicación masivos se incrementaron, pese a ser sometidos a restricciones selectivas que respondían a los intereses de las filosofías dominantes.
Así, dichos medios se convirtieron en vehículos para la penetración
cultural.
El país debe establecer principios específicos y claros no sólo en lo referente al nivel de intercambio socio-cultural con el exterior, sino también
respecto de cuáles han de ser las condiciones para salvaguardar la identidad
cultural argentina.
Por otra parte, es interesante observar lo que sucede con la comunicación de los grupos postergados o aislados de la sociedad, como en la práctica
aconteció con el Movimiento Justicialista durante casi veinte años. La respuesta no dejó lugar a dudas: cuando se observa una profunda fe en ideas
y valores, la coerción externa no puede impedir que se desarrollen mecanismos informales de comunicación directa. Puede ella destruir los medios
formales, pero no puede hacer lo mismo con aquéllos cuya energía de transmisión nace del poder de la ideología del grupo.
La opinión pública del país está lo suficientemente preparada para criticar las informaciones que recibe. En algunos sectores sociales se pensó que
esa opinión había sido confundida con información tendenciosa, pero no
fue así. A pesar de que prácticamente los dos tercios de la opinión ciudadana
soportó décadas de prédica destructiva, mantuvo una monolítica unidad de
convicción.
No es posible “vender” ideas al Pueblo. Menos aún cuando, como en
nuestro caso, se encuentra en él una incontenible sed de verdad.
En otro orden de cosas, se ha buscado promover actitudes profundamente negativas, incrementando artificialmente un consumo voraz de
productos inútiles.
Directos responsables de esta situación han sido quienes instrumentaron los medios de comunicación masivos para aniquilar la conciencia
del Pueblo.
Es decir, se procuró motivar un consumo prescindible, excitando los
sentidos. Ese sistemas es incompatible con la forma nacional y social a
la que aspiramos, en la que el hombre no puede ser utilizado como un
instrumento de apetitos ajenos, sino como punto de partida de toda actividad creadora.

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Juan Domingo Perón
No se puede ignorar que el sistema empleado incrementa la demanda de
bienes, provocando una actitud competitiva que incita al aumento de eficiencia. Es evidente, además, que ambos factores constituyen el impulso del
progreso económico.
Pero una cosa es el progreso económico y otra muy diferente el desarrollo
social del país para alcanzar la felicidad del hombre que lo integra.
Por eso será necesario corregir ciertas pautas de consumo que no responden a las reales necesidades de nuestro Pueblo. Éste necesita liberarse de los
moldes prefabricados que hacen de la exhibición de bienes una cuestión de
prestigio, premiando diversas formas de parasitismo social.
Precisamente, el consumo artificialmente estimulado, unido a la mentalidad competitiva, ha actuado como factor desestimulante de determinaciones fundamentales de la creatividad del hombre, como son, por ejemplo, la ciencia y el arte.
Los factores del cambio
No extraña, pues, que una evolución de la escala de valores vigentes hasta
el momento incluya el aprecio por “tener” y la “seguridad”.
Sin embargo, el “querer seguridad” no implica necesariamente resistencia
al cambio; sólo se oponen a él determinados grupos tradicionales de poder
de la sociedad argentina.
La actitud frente al esfuerzo no se ha perdido, y tal vez sea éste uno de los
mejores capitales que importó el país con los inmigrantes que lo construyeron. Pero debemos emprender una buena organización que atienda a la realidad altamente compleja del sistema social del país, que resuelva apropiadamente el conjunto de elementos que entran en él, y que ofrezca resultados
simples y adecuados a la concepción del ciudadano.
Pese a todo, es posible evaluar que nuestra sociedad ha mantenido una
alta capacidad de desarrollo interno. Configura una estructura moderna, en
la cual la demanda de un cambio que reubique valores está adoptando ostensiblemente la forma de un mandato.
En consecuencia, es preciso determinar los factores de cambio con los
cuales pueda actuar nuestra comunidad en bien de su propio desarrollo social. Al respecto, se pueden contemplar varias posibilidades:
• Confiar en la evolución espontánea del cuerpo social;
• Procurar formas cruentas de cambio, confiando, por ejemplo, en el valor purificador de la destrucción, de la violencia y el caos;
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Proponer una elaboración sistemática y racional, que permita fijar las
cualidades que se anhelan para la comunidad argentina y comprometer
el trabajo necesario para llevarla a cabo.
El proceso parece enseñar que, librada la sociedad a una evolución espontánea, resulta inexorablemente víctima de pautas externas. Permite concluir,
asimismo, que las formas cruentas conducen a un estéril y doloroso sacrificio de vidas humanas. Por lo tanto, no tenemos derecho a eludir el compromiso ético e histórico de crear un modelo lúcido, que no sólo sirva a las
generaciones adulta e intermedia, sino que constituya un eje de orientación
para la juventud argentina.
Naturalmente, la conformación del Modelo tendrá que tender hacia una síntesis entre lo que elaboramos racionalmente y lo que la propia comunidad quiera.
Insisto en que es fundamental determinar la forma de alcanzar el cambio
deseado. Hace muchos años podía apelarse emotivamente a la Patria o a la
tradición; más tarde se apeló al bienestar. Ya eso no basta.
Hay que levantar ahora, además, y con gran vigor, el poder del espíritu
y la idea, teniendo en cuenta que el bienestar material no debe aniquilar los
básicos principios que hacen del hombre un ser libre, realizado en sociedad,
y valorizado en su plena dignidad.
Para ello, entre otras medidas, debe limitarse el consumismo sofisticado,
estableciendo el camino apropiado para reconstruir al hombre argentino.
Debe ser valorizada en toda su intensidad la gran coincidencia expresada
en la comunidad argentina en 1973: de un lado están los que quieren el cambio y del otro, los que no lo quieren.
Los que quieren el cambio constituyen el noventa por ciento del país. En
principio, a ellos está destinado este Modelo, cuyo propósito es el de responder fielmente a un mandato otorgado en las urnas.
D) En el ámbito cultural
Resulta imprescindible realizar un breve balance de la situación de la Argentina hasta el momento actual en el terreno cultural. La importancia que
cobra este ámbito en la conformación de una comunidad madura y autóctona es enorme, al punto que me atrevo a decir que constituye una especie de
red que conecta los ámbitos económico, político y social.
En el terreno cultural incluimos tanto a la formación humanística (filosofía y ciencias del hombre) como a la actividad artística, pues lo científicotecnológico será expuesto en un parágrafo aparte.
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Un examen somero permite eslabonar varias reflexiones, que se concentran
en una conclusión central: el proceso argentino de las últimas décadas evidencia un creciente desarrollo de la penetración cultural. La consolidación de una
cultura nacional se ha enfrentado con el serio obstáculo de la reiterada importación de determinaciones culturales ajenas a la historia de nuestro Pueblo, así
como a la identidad que como comunidad organizada necesitamos definir.
Dos han sido los fundamentales agentes desencadenantes de tal penetración.
En primer lugar, la desaprensiva –o interesada– utilización de los medios
de comunicación masivos como eficaces factores del vasallaje cultural.
Ya me he referido a este problema. Solo quisiera añadir algunas ideas. Me
parece evidente que la indebida utilización de tales mecanismos de difusión
cultural enferman espiritualmente al hombre, haciéndolo víctima de una patología compleja que va mucho más allá de la dolencia física o psíquica. Este
uso vicioso de los medios de comunicación masivos implica instrumentar
la imagen del placer para excitar el ansia de tener. Así, la técnica de difusión
absorbe todos los sentidos del hombre, a través de una mecánica de penetración y la consecuente mecánica repetitiva, que diluyen su capacidad crítica.
En la medida en que los valores se vierten hacia lo sensorial, el hombre
deja de madurar y se cristaliza en lo que podemos llamar un “hombre-niño”,
que nunca colma su apetencia. Vive atiborrado de falsas expectativas que lo
conducen a la frustración, al inconformismo y la agresividad insensata. Pierde progresivamente su autenticidad, porque oscurece o anula su capacidad
creativa para convertirse en pasivo fetichista del consumo, en agente y destinatario de una subcultura de valores triviales y verdades aparentes.
El segundo factor desencadenante del colonialismo cultural tiene su origen en la vocación elitista y extranjerizante de diferentes sectores de la cultura argentina.
Pese a enarbolar distintos fundamentos ideológicos, tales sectores se han
unido en una actitud expectante y reverente respecto de la “civilización” encarnada por pautas culturales siempre externas a nuestra Patria y a la creciente búsqueda de conformación del ser nacional.
En muchas ocasiones me he referido a la sinarquía, como coincidencia
básica de grandes potencias que se unen –a despecho de discrepancias ideológicas– en la explotación de los pueblos colonizados.
Estoy convencido de que, asimismo, existe una sinarquía cultural.
Obsérvese que las grandes potencias exhiben sugestivas semejanzas cul-

turales: el mismo materialismo en la visión del hombre, el mismo debilitamiento de la vida del espíritu, el mismo desencadenamiento de la
mentalidad tecnocrática como excluyente patrón de cultura, la creciente
opacidad del arte y la filosofía, la distorsión o aniquilación de los valores
trascendentes.
Un examen superficial de los dos polos principales del poder mundial
sólo alcanza a captar las diferencias ideológicas; ahondando en el análisis,
surge –entre otras determinaciones igualmente importantes– la cultura como evidencia cierta de la unidad sinárquica.
Todo argentino que, a través de una actitud libresca y elitista, asimile las pautas culturales de ambas potencias, ya sea asumiendo una visión competitiva y
tecnocrática del hombre, como una interpretación marxista de los valores y la
cultura, trabaja deliberada o inconscientemente para que la sinarquía cercene
irreparablemente nuestra vocación de autonomía espiritual y obstruya interminablemente la formación de una auténtica cultura nacional.

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E) En el ámbito científico-tecnológico
El desarrollo de la ciencia y la tecnología argentina ha sido hasta ahora
fecundo, pero insuficiente.
Fecundo, por el efectivo nivel de acumulación de conocimientos científicos y
tecnológicos alcanzado, principalmente impulsado por cuatro factores:
1. El crecimiento de las universidades.
2. La incorporación de tecnología proveniente del exterior.
3. La investigación nacional aplicada particularmente al sector agropecuario, y
4. El avance de la investigación de postgrado.
Insuficiente, porque los elementos disponibles para el avance científico y
tecnológico están escasamente aprovechados y porque no se han creado las
condiciones básicas para que exista una consagración plena del hombre a la
investigación científica y tecnológica.
Insuficiente, también, porque el país aún no ha organizado convenientemente vinculaciones estables y verdaderamente productivas entre el sistema
científico-tecnológico, el gobierno, el sistema de producción física y el sistema financiero.
Ello ha contribuido a dispersar la investigación, a no permitir una demanda de ciencia y tecnología estable y creciente y a incrementar el conocido
drenaje de inteligencia.

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La incorporación de tecnología atada al capital extranjero, particularmente en
el sector industrial, creó compromisos tecnológicos onerosos en divisas.
No obstante ello, la acumulación de conocimientos tecnológicos ha sido
efectiva, acelerada por la misma naturaleza de la producción industrial.
El costo de la tecnología que venimos empleando es muy alto, principalmente porque el ingreso del conocimiento tecnológico no ha sido programado
ni administrado con sentido nacional, preservando los intereses del país.
Prueba de ello es el ingreso de tecnología extranjera en terrenos en los
que se mantienen ociosos recursos nacionales capaces de producir la misma
tecnología que se importa.
Es natural que empresas de capital extranjero se apliquen especialmente
a actividades más densas en tecnología foránea.
Por otra parte, la selección de técnicas no ha sido siempre afortunada.
En numerosas oportunidades se han importado técnicas obsoletas y poco
adaptadas a las condiciones locales. Por añadidura, en muchos casos hubo
restricciones, tales como la prohibición de exportar artículos producidos
con tecnología importada y el establecimiento de determinados controles,
realmente inaceptables.
Ahora se trata de aprovechar la experiencia pasada y corregir desvíos cuyos efectos resultan sumamente costosos.
Sin embargo, se ha hecho efectivo un fuerte aporte nacional a la tecnología
autóctona, particularmente en los sectores agropecuario e industrial.
Estamos valorando muy alto nuestra capacidad para originar una tecnología propia; sólo debemos ponerla en movimiento, conectándola con la producción concreta, con las decisiones de gobierno y con los apoyos financieros.
La comunidad científica argentina es todavía reducida con relación al ingreso por habitante que el país posee. La mitad del personal de investigación
trabaja en ello sólo parte de su tiempo útil. La mayoría de los institutos son
pequeños y no llegan a una capacidad de investigación tal que permita un
verdadero trabajo interdisciplinario.
Hay miles de proyectos en ejecución al mismo tiempo, lo cual, por un
lado, hace que cada proyecto tarde demasiado en fructificar y, por el otro,
dificulta la materialización de nuevos proyectos por falta de continuidad en
los recursos.
Los institutos están prácticamente concentrados en el área metropolitana y
pampeana. Además, la remuneración de los investigadores es tan limitada que
sólo una vocación acendrada puede retener el talento en esta actividad.

Me parece claro que no existe hasta el presente una política científica y tecnológica centralmente diseñada y de fácil realización. Tampoco se posee una
base institucional suficientemente coherente como para lograr una necesaria
centralización de conducción y descentralización de operación.
Las mentalidades científicas y técnicas argentinas fueron emigrando sin
que el país encontrara un mecanismo que preserve su conexión con los intereses nacionales
La cuestión no se resuelve dictando decretos que den mejoras económicas, porque el rescate del capital intelectual argentino exige un sentido que
va mucho más allá de una remuneración elevada.
Hay varias contradicciones en el problema. No se ha generado una política
concreta y unitaria de ciencia y tecnología, ni se han formulado programas operativos, con lo cual la cuestión es gobernada inorgánicamente. Tampoco se ha establecido un aparato gubernamental eficiente, ni se subsumieron los instrumentos de la política científico-tecnológica bajo una conducción unitaria, pues tales
instrumentos se hallan dispersos entre varias jurisdicciones administrativas.
Así, mientras el país exporta tecnología en la capacidad intelectual de sus
técnicos, importa tecnología en máquinas y procesos industriales. No obtiene fruto de lo primero, pero paga bien alto por lo segundo.
Debemos decidirnos a producir, exportar, sustituir importaciones y realizar otra serie de transacciones con nuestro conocimiento tecnológico, a fin
de lograr los mejores resultados posibles.
Creo que este objetivo puede lograrse en gran medida a través de una conducción científico-tecnológica con planificación. Pero estoy persuadido de que
la cuestión no puede resolverse plenamente en un terreno puramente nacional.
En efecto, gran parte de lo que debemos obtener es viable con nuestro
propio esfuerzo; pero un considerable sector de los objetivos sólo será susceptible de alcanzarse sobre la base de un esfuerzo común, tanto con los
países industriales, como con otros países en desarrollo.
En materia de ciencia y tecnología no existen compartimentos estancos.
El problema de la propiedad del conocimiento tiene tal relevancia en el nivel
mundial, y ejerce una influencia tan decisiva sobre las posibilidades concretas de desarrollo de los países menos adelantados, que la reflexión sobre los
últimos quinquenios señala la necesidad de repensar las estructuras institucionales que gobiernan este aspecto en el terreno internacional.
El mundo es cada vez más interdependiente en este ámbito y nuestro potencial actual posee ya el nivel necesario para permitirnos una política nacio-

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nal inteligente, que concentre ese potencial, lo administre programadamente
con unidad de criterio y actúe con todos los centros del mundo sobre bases
de solidaridad y reciprocidad.
En última instancia, lo esencial es que hayamos recogido la idea de que
lo científico-tecnológico está en el corazón del problema de la liberación
y que sin base científico-tecnológica propia y suficiente, la liberación se
hace también imposible.
F) En el ámbito ecológico
Ya el hombre ha tomado conciencia de su capacidad para alterar el medio
en que vive, como también del uso indebido del avance tecnológico respecto
de dicho medio.
El tema no es nuevo. La concientización mundial, sí. Factores tales como la polución, el sobrecultivo, la desforestación, la acumulación de desperdicios, entre otros, indican claramente el perjuicio que ocasionan a los
seres vivos.
El ser humano, como simple eslabón del ciclo biológico, está condicionado
por un determinismo geográfico y ecológico del cual no puede sustraerse.
Estamos, pues, en un campo nuevo de la realidad nacional e internacional, en el que debemos comprender la necesidad –como individuos y como
Nación– de superar estrechas miras egoístas y coordinar esfuerzos.
Hace casi treinta años, cuando aún no se había iniciado el proceso de descolonización contemporánea, anunciamos la Tercera Posición en defensa de la
soberanía y autodeterminación de las pequeñas naciones, frente a los bloques
en que se dividieron los vencedores de la Segunda Guerra Mundial.
Hoy, cuando aquellas pequeñas naciones han crecido en número y constituyen el gigantesco y multitudinario Tercer Mundo, un riesgo mayor, que
afecta a la humanidad y pone en peligro su misma supervivencia, nos obliga a
plantear la cuestión en nuevos términos, que van más allá de lo estrictamente
político, que superan las divisiones partidarias e ideológicas y entran en la esfera de las relaciones de la humanidad con la naturaleza.
Creo que ha llegado la hora en que todos los pueblos y gobiernos del mundo cobren conciencia de la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a
través de la contaminación del medio ambiente y la biosfera, la dilapidación de
recursos naturales, el crecimiento sin freno de la población y la sobreestimación
de la tecnología y de la necesidad de invertir de inmediato la dirección de esta
marcha, mediante de una acción mancomunada internacional.

El ser humano no puede ser concebido aisladamente del medio ambiente
que él mismo ha creado. Ya es una poderosa fuerza biológica, y si continúa
destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra sólo puede esperar
catástrofes sociales para las próximas décadas.
La humanidad está cambiando las condiciones de vida con tal rapidez
que no llega a adaptarse a las nuevas relaciones; va más rápido que su captación de la realidad y no ha llegado a comprender, entre otras cosas, que los
recursos vitales para él y sus descendientes derivan de la naturaleza y no de
su poder mental. De este modo, a diario su vida se transforma en una interminable cadena de contradicciones.
En el último siglo ha saqueado continentes enteros y le han bastado un par
de décadas para convertir ríos y mares en basurales, y el aire de las grandes ciudades en un gas tóxico y espeso. Inventó el automóvil para facilitar su traslado,
pero ahora ha erigido una civilización del automóvil, que se asienta sobre un
cúmulo de problemas de circulación, urbanización, seguridad y contaminación en las ciudades, y que agrava las consecuencias de su vida sedentaria.
Las mal llamadas “sociedades de consumo” son, en realidad, sistemas
sociales de despilfarro masivo, basados en el gasto, porque el gasto produce lucro. Se despilfarra mediante la producción de bienes innecesarios
o superfluos y, entre éstos, a los que deberían ser de consumo duradero,
con toda intención se les asigna corta vida porque la renovación produce
utilidades. Se gastan millones en inversiones para cambiar el aspecto de
los artículos, pero no para reemplazar los bienes que dañan la salud, y
hasta se apela a nuevos procedimientos tóxicos para satisfacer la vanidad
humana. Como ejemplo, bastan los automóviles actuales, que deberían
haber sido reemplazados por otros con motores eléctricos, o el tóxico
plomo que se agrega a las naftas simplemente para aumentar el pique de
los mismos.
No menos grave resulta el hecho de que los sistemas sociales de despilfarro de los países tecnológicamente más avanzados funcionan mediante el
consumo de ingentes recursos naturales aportados por el Tercer Mundo. De
este modo el problema de las relaciones dentro de la humanidad es paradójicamente doble: algunas clases sociales –las de los países de baja tecnología,
en particular– sufren los efectos del hambre, el analfabetismo y las enfermedades, pero al mismo tiempo las clases sociales y los países que asientan
su exceso de consumo en el sufrimiento de los primeros, tampoco están racionalmente alimentados, ni gozan de una auténtica cultura o de una vida

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espiritual o físicamente sana. Se debaten en medio de la ansiedad, del tedio y
los vicios que produce el ocio mal empleado.
Lo peor es que, debido a la existencia de poderosos intereses creados, o
por la falsa creencia generalizada de que los recursos naturales vitales para el
hombre son inagotables, este estado de cosas tiende a agravarse. Mientras un
fantasma –el hambre– recorre el mundo devorando cincuenta y cinco millones de vidas humanas cada veinte meses, afectando hasta a países que ayer
fueron graneros del mundo y amenazando expandirse de modo fulmíneo en
las próximas décadas, en los centros de más alta tecnología se anuncia, entre
otras maravillas, que pronto la ropa se cortará con rayos láser y que las amas
de casa harán sus compras desde sus hogares por televisión y las pagarán
mediante sistemas electrónicos. La separación dentro de la humanidad se
está agudizando de modo tan visible que parece que estuviera constituida
por más de una especie.
El ser humano, cegado por el espejismo de la tecnología, ha olvidado las
verdades que están en la base de su existencia. Y así, mientras llega a la Luna
gracias a la cibernética, la nueva metalurgia, combustibles poderosos, la electrónica y una serie de conocimientos fabulosos, mata el oxígeno que respira,
el agua que bebe y el suelo que le da de comer, así como eleva la temperatura
permanente del medio en que vive sin medir sus consecuencias biológicas.
Ya en el colmo de su insensatez, mata al mar, que podría servirle de última
base de sustentación.
En el curso del último siglo, el ser humano ha exterminado cerca de doscientas especies animales terrestres. Ahora ha pasado a liquidar especies marinas. Aparte de los efectos de la pesca excesiva, amplias zonas de los océanos,
especialmente costeras, han sido ya convertidas en cementerios de peces y
crustáceos, tanto por los desperdicios arrojados como por el petróleo involuntariamente derramado. Sólo el petróleo liberado por los buques cisterna
hundidos ha matado en la última década cerca de seiscientos mil millones
de peces. Sin embargo, seguimos arrojando al mar más desechos que nunca,
perforamos miles de pozos petrolíferos en el mar o sus costas y ampliamos
al infinito el tonelaje de los petroleros sin tomar medidas para proteger la
fauna y la flora marinas.
La creciente toxicidad del aire de las grandes ciudades es bien conocida,
aunque muy poco se ha hecho para disminuirla. En cambio, todavía ni siquiera
existe un conocimiento mundialmente difundido acerca del problema planteado por el despilfarro de agua dulce, tanto para el consumo humano como para

la agricultura. La liquidación de aguas profundas ya ha convertido en desiertos
extensas zonas otrora fértiles del globo, y los ríos han pasado a ser gigantescos
desagües cloacales más que fuentes de agua potable o vías de comunicación. Al
mismo tiempo, la erosión provocada por el cultivo irracional o por la supresión
de la vegetación natural se ha convertido en un problema mundial, y se pretende reemplazar con productos químicos el ciclo biológico del suelo, uno de los
más complejos de la naturaleza. Para colmo, muchas fuentes naturales han sido
contaminadas; las reservas de agua dulce están pésimamente repartidas por el
planeta, y cuando empezamos a pensar como último recurso la desalinización
del mar, nos enteramos que una empresa de este tipo, de dimensión universal,
exigiría una infraestructura que la humanidad no está en condiciones de financiar y armar en este momento.
Por otra parte, a pesar de la llamada “revolución verde”, el Tercer Mundo
todavía no ha alcanzado a producir la cantidad de alimentos que consume;
para llegar a su autoabastecimiento necesita un desarrollo industrial, reformas
estructurales y la vigencia de una justicia social que todavía está lejos de alcanzar. Para colmo, el desarrollo de la producción de alimentos sustitutivos está
frenado por la insuficiencia financiera y las dificultades técnicas.
Por supuesto, todos estos desatinos culminan con una carrera armamentista tan desenfrenada como irracional, que le cuesta a la humanidad doscientos mil millones de dólares anuales.
A este complejo de problemas creados artificialmente se suma el crecimiento explosivo de la humanidad. El número de seres humanos que puebla
el planeta se ha duplicado en el último siglo y volverá a duplicarse para fines
del actual o comienzos del próximo, de continuar el mismo ritmo de crecimiento. Si se sigue por este camino, en el año 2500 cada ser humano dispondrá de un solo metro cuadrado sobre el planeta. Esta visión global está lejana
en el tiempo, pero no difiere mucho de la que ya corresponde a las grandes
urbes, y no debe olvidarse que dentro de veinte años más de la mitad de la
humanidad vivirá en ciudades grandes y medianas.
Es indudable, pues, que la humanidad necesita tener una política demográfica. Debe considerarse que una política demográfica no produce los
efectos deseados si no va acompañada por una política económica y social
correspondiente. De todos modos, mantener el actual ritmo de crecimiento
de la población humana, no es tan suicida como mantener el despilfarro de
los recursos naturales de los centros altamente industrializados donde rige
la economía de mercado, o en aquellos países que han copiado sus modelos

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de desarrollo. Lo que no debe aceptarse es que la política demográfica esté
basada en la acción de píldoras que ponen en peligro la salud de quienes las
toman o de sus descendientes.
Si se observan en su conjunto los problemas que se nos plantean y que
hemos enumerado comprobaremos que provienen tanto de la codicia y la
imprevisión humana, como de las características de algunos sistemas sociales, del abuso de la tecnología, del desconocimiento de las relaciones biológicas y de la progresión natural del crecimiento de la población humana. A la
irracionalidad del suicidio colectivo debemos responder con la racionalidad
del deseo de supervivencia.
Estos conceptos, que tienen su origen en las reflexiones acerca del problema
mundial de la ecología, son válidos también para nuestro país. Sin embargo,
afortunadamente, tenemos una enorme ventaja. Nuestro territorio extenso
con enormes reservas naturales aún no explotadas nos permite albergar la esperanza de salvarnos de muchos de los peligros mencionados a poco que evitemos cometer los mismos errores en que incurrieron las grandes naciones.
De hecho, la solución no surgirá solamente de lo que realicemos en el
orden interno, sino que tendrá mucho que ver con lo que hagan los demás
países en la materia. Es por esto que debemos insistir denodadamente ante
el mundo para que se ponga freno a esta carrera que nos llevará inexorablemente a nuestra autodestrucción.
G) En el ámbito institucional
Las instituciones que aquí analizo son las jurídicas, es decir, las creadas
por el Derecho.
El método de creación de las instituciones jurídicas debe comenzar por establecer funciones. Para esto es necesario definir, en cada caso, cómo se cumplirán
dichas funciones y cuáles serán las responsabilidades concretas a fijar. De esta
forma, es posible caracterizar el marco jurídico en el cual tienen que funcionar.
Pero este marco jurídico debe incluir no sólo la creación y función de los
entes respectivos, sino también las relaciones entre los distintos entes y la
naturaleza, características y formas de uso de los medios a utilizar.
Lamentablemente, no siempre se ha trabajado con tal forma de programación institucional. En su lugar, hemos encontrado numerosos ejemplos
en sentido contrario. Es decir, que se dictó la ley primero, se crearon luego
los entes, se les asignaron funciones y después, en la práctica, se verificó si las
funciones asignadas estaban totalmente ajustadas a lo que se quería.

Este defecto metodológico tiene menor importancia en el Estado liberal,
que confía principalmente en la acción privada.
Por eso, la forma juridicista de crear instituciones empezando por la ley, no
es tan peligrosa para los designios de los conductores de ese Estado.
En cambio, para nuestro país el problema es diferente. Necesitamos más
gobierno y más eficiencia en el mismo, puesto que lo concebimos como un
verdadero proveedor de servicios a la comunidad. Para ello tiene que programar funcionando, como un sistema de vasos comunicantes. En él debe
eliminarse el despilfarro de recursos, porque cada recurso desperdiciado representa un servicio menos que se le presta al ciudadano y al país.
Por lo tanto, no podemos copiar el método juridicista que ha sido útil
para el Estado liberal.
El Estado liberal, mientras no tuvo necesidad de elevar al máximo la eficiencia del gobierno, pudo permitirse actuar con muchas instituciones formalmente
establecidas y una burocracia adecuada a sus estatutos jurídicos, pero sus servicios al país no guardaron relación con las verdaderas necesidades sociales.
También se ha visto una interesante evolución en el problema institucional.
En la época liberal, la intervención estatal ha sido naturalmente escasa, porque ello respondía a su propia filosofía. Cuando el Justicialismo
comenzó a servir al país, nuestra concepción exigió un incremento de la
intervención estatal. Junto a esto pusimos el peso que otorgaba la ley a
la autoridad del Poder Ejecutivo. Este procedimiento fue criticado como
“autoritarista”.
Fue necesario adoptar dicha actitud, porque teníamos que forzarnos en la
obtención de un justo medio que nos alejara de extremos indeseables.
Luego, cuando se produjo la reacción liberal, el nivel de intervención estatal era elevado, precisamente por la naturaleza misma de los problemas
que el Estado Argentino tenía que enfrentar.
Como el gobierno liberal que nos sucedió no supo ver las razones de ese
crecimiento, se encargó de destruir la administración pública y realizó su labor
golpeando muy especialmente sobre el servidor público. Ahora tenemos que
reconstruir una administración pública adaptada a nuestras necesidades. Para
ello, debemos hacer un serio esfuerzo para jerarquizar el funcionario público,
restituyéndole la dignidad que el país le había reconocido.
Por supuesto, no necesitamos saturarnos de funcionarios. Debemos tener
sólo los que nos hagan falta, pero con el máximo nivel de capacidad y responsabilidad que corresponda a cada cargo.

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Mi experiencia anterior me ha enseñado que la conducción gubernamental
necesita de una administración pública vigorosa y creativa. De lo contrario, la
labor de conducción no llega al ciudadano, por bien inspirada que esté.
Por otra parte, constituir las instituciones primero y conferirles funciones
después ha dado lugar al nacimiento de burocracias que, sin objetivos claros,
concluyen siendo un fin en sí mismas y sirviendo sólo a su autoconservación.
Tales burocracias sirven exclusivamente para proponer lo que es visible
para el gobierno de turno. Debemos procurar, precisamente, lo contrario:
ajustar las estructuras de poder a lo que el país necesita.
Si no procedemos con esa mentalidad, será imposible introducir cambios
de fondo, porque la eficiencia de la administración pública resulta limitada
por las propias restricciones institucionales y porque esas burocracias han
aprendido que duran más los que menos deciden.

Nuestra Patria tiene todo lo necesario para que sus hijos sientan el gozo
infinito de la vida. Dios nos ha brindado riquezas incalculables; sólo falta que
asumamos la decisión irrevocable de realizar la empresa que nos aguarda.
Cada uno de mis conciudadanos, cada grupo social y político que sienta
el deber de contribuir a la grandeza del país, deberá formular sus sugerencias
para que este Modelo sea cada vez más un ideal de vida nacional.

3. La exigencia de un modelo
Cuando caractericé el Modelo Argentino y expuse sus objetivos principales, quedó claro que constituye una exigencia prospectiva que debe contribuir a consolidar la Patria por la que todos bregamos.
Ahora es evidente, además, que la experiencia mundial y el propio proceso histórico argentino conducen, rectamente, a la misma necesidad. Volvemos entonces al comienzo de este trabajo añadiendo al concepto de modelo
y a sus objetivos la clara conciencia de su inexorabilidad histórica.
A ello debemos agregar que, para elaborar con precisión un Modelo Argentino, es conveniente una evaluación orgánica de la situación presente,
lo que resulta imposible sin una perspectiva histórica: la historia no es una
acumulación de etapas inconexas, sino un proceso generativo, dinámico y
constante.
De ahí que en modo alguno puede proponerse un modelo estático y
cerrado para una Argentina en constante transformación. Nuestro Modelo Argentino debe presentar el dinamismo de todo lo que se vincula
con el devenir de un Pueblo. Por esa razón, los argentinos debemos juzgar al Modelo Argentino como una propuesta abierta a sucesivas correcciones para que esté siempre en armonía con la fascinante vitalidad de
la historia.
En síntesis, tenemos la responsabilidad histórica de definir el país que deseamos y abandonar las luchas internas que desgastan nuestra esperanza y nos
desvían del camino por el que podemos y debemos transitar.
50

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Índice
Presentación..................................................................................................... 3
Discurso del señor Presidente de la Nación teniente general
Juan Domingo Perón ante el Congreso de la Nación el 1/5/74..................... 5
Modelo Argentino para el Proyecto Nacional
Introducción................................................................................................... 15
Primera parte
Fundamentación............................................................................................ 17


I. Concepto de Modelo Argentino........................................................... 17



1. Ideología y Doctrina Nacional . ..................................................... 17



2. El Modelo Argentino y el Justicialismo.......................................... 18



II. Objetivos del Modelo Argentino......................................................... 20



1. Un ámbito de coincidencia nacional.............................................. 20



2. La futura comunidad argentina...................................................... 21

3. Orientación para las distintas áreas................................................ 23


4. Guía programática y político-administrativa................................ 23



5. La liberación y la integración.......................................................... 24




III. Antecedentes histórico-políticos que conducen al
Modelo Argentino.................................................................................... 25



1. Las enseñanzas del proceso histórico mundial.............................. 25



2. La situación histórica argentina...................................................... 29



A) En el ámbito político................................................................ 30



B) En el ámbito económico........................................................... 32



C) En el ámbito social.................................................................... 35



Características socio-demográficas generales......................... 35



La movilidad social y los líderes............................................... 35



La familia.................................................................................. 36




Medios de comunicación masivos y promoción
del consumo.............................................................................. 37



Los factores del cambio............................................................ 38



D) En el ámbito cultural................................................................ 39



E) En el ámbito científico-tecnológico......................................... 41



F) En el ámbito ecológico.............................................................. 44



G) En el ámbito institucional........................................................ 48

3. La exigencia de un Modelo............................................................. 50


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