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La muerte de Lord Edgware.pdf


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La muerte de Lord Edgeware

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garganta de los espectadores; pero al poco rato se desternillaba uno de risa ante la
amabilidad de un dentista con sus futuras víctimas.
La función se terminaba con lo que ella llamaba Algunas imitaciones, en las cuales
estaba de nuevo maravillosa. Sin la menor caracterización, sus rasgos parecían
deformarse para adquirir los de algún célebre político, o los de alguna actriz famosa,
o los de alguna bella mundana. En cada caracterización empleaba la manera de
hablar especial que el personaje requería, resultando maravillosamente exacta.
Una de sus últimas imitaciones fue la de Jane Wilkinson, inteligente artista
norteamericana, célebre en Londres por su cálida voz. Yo había sido gran admirador
suyo. Me entusiasmaban las interpretaciones que hacía de los personajes y muchas
veces llegué a pelearme con quienes decían que de hermosa tenía mucho, pero de
artista nada.
Jane Wilkinson era una de esas actrices que dejan el teatro al casarse, pero que a
los pocos años vuelven a él.
Tres años antes habíase casado con el riquísimo, aunque algo excéntrico, lord
Edgware. Corrieron rumores de que le abandonó al poco tiempo. Lo cierto fue que
año y medio después del casamiento empezó a trabajar en los estudios
cinematográficos de América, y que en aquella temporada interpretó algunas obras
en Londres.
Uno de los gestos de Charlotte Adams, imitando a Jane Wilkinson, me hizo soltar
una alegre carcajada, que fue seguida por otra que alguien lanzó a mi espalda. Me
volví para ver quién era y me encontré ante la propia imitada, lady Edgware, más
conocida por Jane Wilkinson.
Al terminar la representación, la actriz aplaudió calurosamente y, riéndose, se volvió
hacia su acompañante, hombre de gran belleza física, belleza que recordaba algo de
las estatuas griegas, y en quien reconocí a uno de los artistas más famosos de la
pantalla, Bryan Martin, el héroe cinematográfico del momento. Él y Jane Wilkinson
habían aparecido juntos en varias películas.
—Es maravilloso, ¿verdad? —decía lady Edgware. Él se echó a reír.
—Estás muy entusiasmada. Jane.
—Pero ¡si es estupenda! Lo hace mucho mejor de lo que yo creía.
Lo que ocurrió más tarde fue verdadera coincidencia.
Después del teatro, Poirot y yo fuimos a tomar algo al Savoy. En la mesa próxima a
la nuestra estaban lady Edgware, Bryan Martin y otras dos personas que yo no
conocía. Le hice notar a Poirot que estábamos al lado de lady Edgware. Mientras se

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