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La muerte de Lord Edgware .pdf



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Autor: Info2

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Agatha Christie

LA MUERTE DE LORD
EDGWARE

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La muerte de Lord Edgeware

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Texto de dominio público.
Este texto digital es de DOMINIO PÚBLICO en Argentina por cumplirse más de 30
años de la muerte de su autor (Ley 11.723 de Propiedad Intelectual). Sin embargo no
todas las leyes de Propiedad Intelectual son iguales en los diferentes países del
mundo.
Infórmese de la situación de su país antes de la distribución pública de este texto.

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La muerte de Lord Edgeware

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CAPITULO UNO
UNA REPRESENTACIÓN TEATRAL
El público es sumamente olvidadizo. El asesinato de George Alfred Saint Vincent
Marsh, cuarto barón de Edgware, que tan intensamente apasionó a la opinión, ha
pasado ya al olvido y otros hechos posteriores han acaparado su interés.
Debo confesar que por expreso deseo de mi amigo Hércules Poirot no figuró su
nombre en el suceso, ya que si intervino en él no fue por su propia voluntad. Los
laureles, por tanto, se los llevaron los demás, como él quería, pues, desde su punto
de vista, aquello constituyó uno de sus fracasos, ya que si consiguió ponerse, por fin,
sobre la verdadera pista del criminal fue debido a sorprender en la calle cierta
conversación que sostenían dos desconocidos.
De todos modos, lo cierto es que él fue quien descubrió al asesino.
Mi opinión personal coincide con la de mi amigo en que, aun no habiendo sido
descubierto el culpable, es muy improbable que el crimen le hubiese servido a éste
para lograr sus propósitos.
Y ahora creo que ha llegado el momento de explicar cuanto sé del suceso, diciendo
también que al relatarlo cumplo los deseos de una de las mujeres más hermosas que
he conocido. Me acordaré siempre del día en que Poirot, paseándose a grandes
zancadas por la habitación de nuestra casa, nos contó lo ocurrido.
Mi relato empieza en un teatro de Londres, en el mes de junio del pasado año. Por
entonces hacía furor la actriz teatral Charlotte Adams. El año anterior debutó con
gran éxito y estuvo trabajando unos días. Pero al siguiente actuó durante tres
semanas en uno de los más importantes teatros de la capital, siendo aquella noche
la de su despedida.
Charlotte Adams era una muchacha norteamericana, de gran talento. Se presentaba
en escena sola, sin maquillaje y sin ningún decorado. Su trabajo consistía en imitar a
un sinfín de personalidades de todos los países. Hablaba con facilidad varios
idiomas. Uno de los números de su repertorio, Una noche en un hotel extranjero, era
realmente asombroso. Parodiaba, uno tras otro, a americanos, a turistas alemanes, a
toda una familia inglesa de clase media, a muchachas de dudosa moralidad, a
nobles rusos arruinados, sin omitir a los serviciales camareros.
Las escenas representadas, unas eran alegres y otras tristes, alternativamente. Por
ejemplo, la Muerte de una mujer checoslovaca en un hospital ponía un nudo en la

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garganta de los espectadores; pero al poco rato se desternillaba uno de risa ante la
amabilidad de un dentista con sus futuras víctimas.
La función se terminaba con lo que ella llamaba Algunas imitaciones, en las cuales
estaba de nuevo maravillosa. Sin la menor caracterización, sus rasgos parecían
deformarse para adquirir los de algún célebre político, o los de alguna actriz famosa,
o los de alguna bella mundana. En cada caracterización empleaba la manera de
hablar especial que el personaje requería, resultando maravillosamente exacta.
Una de sus últimas imitaciones fue la de Jane Wilkinson, inteligente artista
norteamericana, célebre en Londres por su cálida voz. Yo había sido gran admirador
suyo. Me entusiasmaban las interpretaciones que hacía de los personajes y muchas
veces llegué a pelearme con quienes decían que de hermosa tenía mucho, pero de
artista nada.
Jane Wilkinson era una de esas actrices que dejan el teatro al casarse, pero que a
los pocos años vuelven a él.
Tres años antes habíase casado con el riquísimo, aunque algo excéntrico, lord
Edgware. Corrieron rumores de que le abandonó al poco tiempo. Lo cierto fue que
año y medio después del casamiento empezó a trabajar en los estudios
cinematográficos de América, y que en aquella temporada interpretó algunas obras
en Londres.
Uno de los gestos de Charlotte Adams, imitando a Jane Wilkinson, me hizo soltar
una alegre carcajada, que fue seguida por otra que alguien lanzó a mi espalda. Me
volví para ver quién era y me encontré ante la propia imitada, lady Edgware, más
conocida por Jane Wilkinson.
Al terminar la representación, la actriz aplaudió calurosamente y, riéndose, se volvió
hacia su acompañante, hombre de gran belleza física, belleza que recordaba algo de
las estatuas griegas, y en quien reconocí a uno de los artistas más famosos de la
pantalla, Bryan Martin, el héroe cinematográfico del momento. Él y Jane Wilkinson
habían aparecido juntos en varias películas.
—Es maravilloso, ¿verdad? —decía lady Edgware. Él se echó a reír.
—Estás muy entusiasmada. Jane.
—Pero ¡si es estupenda! Lo hace mucho mejor de lo que yo creía.
Lo que ocurrió más tarde fue verdadera coincidencia.
Después del teatro, Poirot y yo fuimos a tomar algo al Savoy. En la mesa próxima a
la nuestra estaban lady Edgware, Bryan Martin y otras dos personas que yo no
conocía. Le hice notar a Poirot que estábamos al lado de lady Edgware. Mientras se

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lo estaba diciendo, otras dos personas, un hombre y una mujer, se sentaron en otra
mesa cercana. El rostro de ella me era familiar, aunque de momento no pude
recordar quién era. De pronto me di cuenta de que se trataba de Charlotte Adams. A
su acompañante no le conocía. Era un joven alto, de rostro simpático, pero algo
atontado.
—Le dije a Poirot quién era la recién llegada, y mi amigo miró hacia su mesa y
también hacia la de Jane Wilkinson.
—¿Es esa lady Edgware? ¡Sí; ahora recuerdo!... La he visto trabajar alguna vez; es
una belle femme.
—Y una gran actriz.
—Quizá.
—No parece muy convencido.
—Creo, amigo mío, que su triunfo es debido a los que la rodean; sí tiene el principal
papel de la obra, si todos se mueven a su alrededor como sombras..., claro que
puede destacarse; pero dudo que pudiese hacer un papel de los que se llaman de
carácter. Además, la obra se escribe para ella. A mí me hace el efecto de que es una
mujer egocéntrica —se detuvo un momento y luego añadió—: Las personas así
corren en la vida un gran peligro.
—¿Un peligro?
—Por lo que veo, he usado una palabra que te sorprende, mon ami
—y repitió—: Sí, peligro. Porque una mujer semejante no ve más que una cosa: su
persona. Esas mujeres no se dan cuenta de las penas que existen, de los infinitos
dolores que las rodean, de los conflictos de la vida No tienen presente más que sus
propias preocupaciones. Y tarde o temprano..., un desastre.
Su apreciación era interesante, y me pregunté por qué no se me había ocurrido a mí
pensar en ello.
—¿Y la otra, qué te parece?
—¿Miss Adams? —miró hacia su mesa—. Bien —dijo sonriendo—. ¿Qué quieres
que te diga de ella?
—Pues lo que te parece.
—Mon cheri, ¿soy acaso esta noche un echador de la buenaventura, que lee en la
palma de la mano el carácter?
—Lo harías mejor que muchos —dije.
—Hermosa fe la que tienes en mí, Hastings; cree que me emociona. Tú sabes,
amigo mío, que cada individuo es un oscuro misterio, un laberinto de conflictos,

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pasiones, deseos y aptitudes. Mais oui, c'est vrai. Uno se forma una idea, hace un
juicio; pero de diez veces, nueve está equivocado.
—Pero no Hércules Poirot.
—También Hércules Poirot. Ya sé que piensas que soy un vanidoso; sin embargo, yo
te aseguro que soy sumamente humilde. Reí.
—¿Tú, humilde?
—Así es. Menos en lo que se refiere a mi bigote, lo confieso; porque he observado
que no hay otro en Londres que se pueda comparar con él.
—Ya puedes estar seguro —dije secamente. Y añadí—: ¿No quieres decirme el
juicio que te merece Charlotte Adams?
—Elle est artíste —respondió Poirot sencillamente—. Esto es todo.
—Bueno; pero ¿no sabes si corre también algún peligro?
—Todos lo corremos —dijo Poirot con gravedad—. La desgracia pende siempre
sobre nuestras cabezas. Y respecto a tu pregunta
—añadió—, te diré que me parece astuta y algo más. Supongo que te habrás fijado
en que es judía, ¿verdad?
No me había fijado; pero al decírmelo él advertí, en efecto, en la artista rasgos de su
ascendencia semítica.
—Eso es una ventaja, pero al mismo tiempo es un peligro.
—¿Qué quieres decir? ¿A qué te refieres?
—Al amor al dinero; porque el amor al dinero es lo que hace a veces olvidar la
prudencia.
—Eso es general —dije yo.
—Cierto; pero, afortunadamente, a la mayoría de las personas, según por qué
medio, no les interesa obtener dinero, mientras que para los judíos lo importante es
el dinero, cueste lo que cueste el obtenerlo.
En aquel momento llamaron mi atención las cuatro personas sentadas en la mesa
vecina.
—Me parece que has hecho una conquista, Poirot. La hermosa lady Edgware no te
quita ojo.
—Sin duda le habrán dicho quién soy —dijo Poirot, aparentando modestia.
—Me parece que es por tu famoso bigote. Debe de estar asombrada de su belleza.
Poirot se lo acarició, sonriendo:
—Realmente, es único, amigo mío; «el cepillo de dientes», como tú dices, a veces
causa efectos sorprendentes.

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—¡Caramba! Lady Edgware se levanta, al parecer, con intención de hablarnos, Bryan
Martin se opone, pero ella no le hace caso.
Jane Wilkinson se había levantado impetuosamente de su silla y venía hacia
nosotros. Poirot se puso en pie y yo hice lo mismo.
—Es usted monsieur Hércules Poirot, ¿verdad? —preguntó con su armoniosa voz.
—Servidor de usted, señora
—Monsieur Poirot, deseo hablarle, necesito hablarle.
—Estoy a sus órdenes. ¿Quiere usted sentarse?
—No; aquí, no. Quisiera hablarle reservadamente... Podemos subir a mis
habitaciones.
Bryan Martin se había acercado a nosotros y dijo, riendo:
—Espera un poco, Jane; ten en cuenta que estamos a medio cenar.
—¿Y eso qué importa, Bryan? Pueden subirnos la cena a mis habitaciones, ordénalo
tú mismo y... Oye, Bryan...
Fue tras él y le dijo algo en voz baja. Mientras hablaban miraron varias veces hacia
donde estaba Charlotte Adams, por lo que supuse que se ocupaban de ella.
Después, Jane vino hacia nosotros, radiante.
—Ahora ya podemos irnos arriba —dijo.
La idea de que nosotros podríamos no aceptar su invitación ni siquiera pasó por su
cerebro.
—Ha sido una suerte que le viese a usted esta noche —dijo mientras nos dirigíamos
al ascensor—. Parece mentira lo bien que me salen a mí las cosas. Estaba
preocupada con lo que debía hacer, y de repente le veo a usted en la mesa próxima
y me digo: «Monsieur Poirot me aconsejará» —se detuvo para decir al encargado del
ascensor—: Segundo piso.
—Si en algo puedo serle útil... —empezó Poirot.
—Estoy segura de que usted puede serme de gran utilidad; he oído decir que usted
es el hombre más maravilloso que existe. Yo creo que es el único que puede
sacarme del enredo en que estoy.
Llegamos al segundo piso, y siguiendo el corredor se detuvo ante una de las
habitaciones más lujosas del Savoy.
Abandonó sobre una de las sillas su blanco abrigo y se dejó caer en una butaca
—¡Oh! —exclamó—, de una manera u otra quiero verme libre de mi marido.
CAPITULO DOS
UNA ESCENA

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Tras un momento de asombro, Poirot se recobró.
—Pero, señora —dijo con ojos centelleantes—, librar a las esposas de sus maridos
no es cosa que entre dentro de mi especialidad.
—Desde luego, ya lo sé.
—Lo que usted necesita es un abogado.
—En eso se equivoca. Estoy más que harta de abogados. Me he confiado a un sinfín
de ellos y ninguno me ha servido de nada. Los abogados sólo conocen la ley; pero,
fuera de eso, no tienen el menor sentido común.
—Por lo visto, usted cree que yo lo tengo.
Ella se rió.
—Desde luego.
—Pues, señora, tendré todo el sentido común que usted quiera; pero, por lo mismo,
su proposición no me interesa
—No sé por qué no le ha de interesar. Al fin y al cabo, este caso es un problema.
—¡Ah! ¿Conque es un problema?
—Y de los más difíciles —siguió Jane Wilkinson—. Estoy casi segura de que no es
usted hombre que se arredre ante las dificultades.
—Muchas gracias por sus palabras; de todas maneras, yo no hago investigaciones
para lograr divorcios.
—Pero, hombre de Dios, yo no le pido a usted que haga de espía Lo único que
deseo es desembarazarme de mi marido, y estoy segura de que usted me dirá lo que
debo hacer.
Poirot dudó un momento antes de contestar. Al fin dijo:
—Primero, señora, dígame usted por qué tiene tantos deseos de verse libre de su
marido.
No hubo la menor vacilación en la respuesta de lady Edgware:
—Pues, sencillamente, para casarme otra vez. ¿Qué otra razón podía tener?
—Pero un divorcio es fácil de obtener.
—Usted no conoce a mi marido, monsieur Poirot. Es..., es... —se estremeció—. No
sé cómo explicarlo. Es un hombre extraño, distinto por completo de los demás —hizo
una pausa y continuó—: No debí casarme con él. Su primera mujer, como usted ya
sabe, se le marchó, dejando una niña de tres meses. Nunca se quiso divorciar de
ella y la dejó morir miserablemente. Luego se casó conmigo y... Bueno, yo tampoco
pude aguantarle y le dejé, marchándome a Estados Unidos. Como no tenía ningún

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motivo para divorciarme, aunque a él se los había dado yo más que sobrados, no
quiso hacer el menor caso.
—En algunos Estados de Norteamérica le hubiera sido fácil conseguir el divorcio,
señora
—No me convenía, teniendo que vivir en Inglaterra.
—¿Tiene usted necesidad de vivir en Inglaterra, lady Edgware?
—Sí.
—¿Con quién piensa casarse?
—Con el duque de Merton.
Me quedé asombrado. El duque de Merton era la desesperación de las madres
casamenteras. Era un joven de tendencias románticas, ferviente católico, y estaba
dominado completamente por su madre, la duquesa viuda. Aquel joven se dedicaba,
como distracción principal, a coleccionar porcelanas chinas, y nunca se había fijado
en una mujer.
—Estoy enamoradísima de él —continuó Jane—. Es completamente distinto a todos
los hombres que he encontrado hasta ahora; parece un monje de leyenda. Además
tiene un palacio maravilloso —se detuvo un momento y siguió—: En cuanto me case
dejaré el teatro para siempre.
—Pero por ahora —dijo Poirot— lord Edgware es una barrera para
todos esos ensueños.
—¡Oh, sí!, y eso me vuelve loca —se inclinó pensativa—. Si al menos estuviésemos
en Chicago, podría hacerle «despachar» fácilmente; pero aquí es imposible
encontrar un pistolero.
—Aquí —dijo Poirot— creemos que todo ser humano tiene derecho a la vida.
Se oyó un golpe en la puerta y entró un camarero con las bandejas de la cena. Jane
Wilkinson siguió discutiendo como si no hubiese nadie.
—Claro que yo no voy a pedirle que le mate.
—Merci, madame.
—Yo pensaba que usted podría ir a discutir hábilmente con él hasta meterle en el
cerebro la idea del divorcio. Eso creo que lo lograría
usted.
—Me parece que exagera mi poder de persuasión, señora.
—No; y estoy segura de que usted hará algo —se inclinó ávidamente hacia adelante,
con sus azules ojos muy abiertos— por mi felicidad, ¿verdad?
—Me gustaría poder hacer la felicidad de todo el mundo —dijo Poirot.

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—Sí; pero yo no le pido que haga la de todo el mundo; yo sólo pienso en mí.
—Me parece que usted siempre ha pensado así —dijo Poirot, sonriendo.
—¿Me cree usted acaso egoísta?
—¡Oh!, no digo eso, señora.
—Si antes he hablado así es porque no quiero ser desgraciada. Lo único que quiero
es que me conceda el divorcio o que se muera. En
realidad -dijo pensativamente—, sería mejor que se muriese; así me vería antes libre
de él —miró a Poirot, como si esperase su asentimiento—. Querrá usted ayudarme,
¿verdad, monsieur Poirot? —se puso en pie y cogió su blanco abrigo. Se oían voces
en el corredor. La puerta estaba entreabierta—. Si usted no quiere...
—Y si yo no quiero, ¿qué pasará? Se echó a reír.
—Pues que cogeré un taxi, me llegaré hasta la casa de mi marido y una vez allí le
pegaré cinco tiros.
Riendo, salió por una puerta hacia otra habitación en el momento en que Bryan
Martin entraba con la americana Charlotte Adams, su acompañante y las otras dos
personas que habían cenado con él y Jane Wilkinson. Nos los presentaron como
míster y mistress Widburn.
—¡Hola! —dijo Bryan—. ¿Dónde está Jane? Deseo decirle que salí triunfante de la
comisión que me encargó.
Jane salió de la alcoba con un lápiz para los labios en una mano.
—¿La has podido traer? ¡Qué estupendo! ¡Oh, miss Adams! Me ha gustado
muchísimo su trabajo. ¿Quiere usted entrar, que hablaremos mientras me arreglo?
Charlotte Adams aceptó la invitación. Bryan Martin se dejó caer sobre una silla.
—Bueno, monsieur Poirot —dijo—, ya ha sido convencido por nuestra Jane para que
trabaje para ella. Tarde o temprano hubiese usted terminado por ceder. Jane es una
mujer que no conoce la palabra «no». Es un carácter interesante —siguió, sacando
un cigarrillo—; para ella no hay nada tabú: no tiene el menor sentido moral. Esto no
significa, precisamente, que sea inmoral; la verdadera palabra creo que es «amoral».
Su vida sólo tiene por objeto lograr todo lo que desea. Estoy seguro de que mataría
a cualquiera con la mayor tranquilidad, y creería que se cometía una injusticia si la
condenasen a la horca por ello. Lo peor es que la cogerían en seguida, pues no tiene
el menor cerebro. Para cometer un crimen, seguramente cogería un taxi, y en cuanto
llegase a la casa se anunciaría por su verdadero nombre y dispararía.
—¿Qué le hace creer eso? —murmuró Poirot.
—¿Qué?

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—¿La conoce usted bien?
—¡Ya lo creo!
Rió de nuevo, pero me pareció que esta vez en su risa había una nota amarga.
—Jane es una egoísta —dijo mistress Widburn—. Claro está que una actriz debe
serlo si quiere hacerse una personalidad.
Poirot no hablaba Tenía la vista clavada en Bryan Martin, mirándole de una manera
incomprensible.
En aquel momento Jane salió de la habitación próxima, seguida de Charlotte Adams.
Supuse que Jane se había arreglado, aunque me pareció que estaba lo mismo que
antes.
La cena transcurrió alegremente, si bien yo notaba que había algo que no entendía.
Jane Wilkinson no tenia la menor sutileza. Era una mujer joven que no sabía ver más
de una cosa a la vez. Quiso tener una entrevista con Poirot y en seguida lo
consiguió. Luego deseó incluir a Charlotte Adams en la cena y también lo consiguió;
por tanto, estaba del mejor humor del mundo. Después me fijé en Bryan Martin. Sus
gestos eran ampulosos, muy propios de un actor de cine. Charlotte Adams era una
muchacha tranquila y de agradable voz. La miré detenidamente, ya que tuve la
suerte de tenerla frente a mí. Tenía un encanto raro que consistía en la carencia de
estridencias. Sus cabellos eran suaves y negros; sus ojos, azul claro; el rostro,
pálido, y una boca movible y sensual. Era un rostro que se hacía fácil de recordar. Se
mostraba encantada con las atenciones de Jane Wilkinson; pero de pronto, estando
Jane hablando con Poirot, la mirada de Charlotte, que no se apartaba de la actriz,
pareció llenarse de hostilidad. ¿Fue imaginación mía o acaso envidia profesional?
Jane había llegado ya a la cumbre de la fama, mientras que Charlotte seguía al pie
de ella; miré también a los otros tres comensales. Míster y mistress Widburn no
tenían nada de particular. El era un hombre cadavérico; ella, gorda y extremosa.
Parecían ser personas que se volvían locas por todo lo referente al teatro. No les
gustaba hablar de nada más. Debido a mi reciente ausencia de Inglaterra me
encontraba muy mal informado sobre aquel tema, y, al fin, mistress Widburn me
volvió su carnosa espalda, no acordándose más de que yo existiese.
El único miembro restante de la reunión era el insignificante joven de la cara
redonda, el acompañante de Charlotte Adams. A mí me pareció que el joven no era
tan sensato como parecía. En cuanto empezó a beber champaña, mi idea se
confirmó. Durante la primera parte de la cena permaneció silencioso; pero luego se
dirigió a mí, tomándome, sin duda, por uno de sus viejos amigos.

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—Lo que yo quiero decir —dijo— no es eso, no, amigo mío, no es eso... Yo quiero
decir. ¿Qué haría usted si se encontrase con una muchacha como la que he
encontrado yo, con unos padres de los más puritanos, ¡maldita sea!, y...? ¿Qué
estaba diciendo?
—Algo muy ininteligible —contesté.
—Bueno, pues que se vaya a paseo. Le he pedido dinero prestado a mi sastre. Ese
sastre mío es una persona la mar de simpática: le debo dinero desde hace un sinfín
de años. Entre nosotros existe una especie de unión... Sí, eso es, una especie de
unión. Usted y yo..., usted y yo... Pero ¿quién diablos es usted?
—Me llamo Hastings.
—Eso no es verdad. Ahora le recuerdo, usted es un tal Spencer Jones —y suspiró—.
Mi querido Spencer Jones. Nos conocimos en Eton y Harrow, y hace cinco años que
no nos veíamos. Lo que yo digo es que una cara es igual que otra. Si aquí hubiese
varios chinos, no habría manera de conocer a ninguno por la cara —movió la cabeza
y se bebió otro trago de champaña—. Ahora, fíjese usted; dentro de muchos años,
cuando yo tenga setenta y cinco o más, se morirá mi tío y seré un hombre rico.
Entonces podré pagar a mi sastre.
Se sonrió ante aquel pensamiento.
Había algo simpático en aquel joven. Un minúsculo y absurdo bigote era como una
mancha en su redonda cara .
Me fijé en que Charlotte Adams le miró y que después de aquella mirada se levantó,
despidiéndose de la concurrencia.
—Estoy muy satisfecha de que haya usted venido —dijo Jane—. A mí me gusta
hacer las cosas de repente. ¿Y a usted?
—A mí, no —dijo miss Adams—. Me gusta planearlas perfectamente antes de
hacerlas; eso suele evitar perjuicios.
Había algo desagradable en sus maneras.
—Bueno, de todos modos, los resultados lo justifican —rió Jane, y añadió—: No creo
haberme divertido nunca tanto como esta noche con su actuación.
El rostro de la muchacha se aclaró.
—Es usted muy amable y le agradezco infinito sus palabras, pues necesito que me
animen. Creo que todas las artistas lo necesitamos.
—Charlotte —dijo el joven del bigote—, despídete de los señores y da las gracias a
tía Jane por la suculenta cena.

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Una vez dicho esto, el joven se dirigió hacia la puerta, siendo realmente milagroso
que lograse llegar a ella sin caer.
—¿Quién es ese para llamarme «tía Jane»? —dijo lady Edgware—. Es la primera
vez que le veo.
Los Widburn se despidieron y Bryan Martin salió con ellos.
—Bueno, monsieur Poirot —dijo Wilkinson, sonriendo a mi amigo.
—¿Eh bien, lady Edgware?
—¡Por amor de Dios, no me llame usted así! Quiero olvidar con quién estoy casada.
¡Ah, es usted el hombre de peor corazón de Europa!
—Eso no, madame; yo no tengo mal corazón.
—Entonces irá usted a ver a mi marido y le pedirá lo que yo deseo, ¿verdad?
—Iré a verle —prometió Poirot.
—Pensará usted algo, ¿verdad? Dicen que es usted el hombre más inteligente de
Inglaterra.
—Señora, antes me dijo usted que era el hombre de peor corazón de Europa; en
cambio, tratándose de inteligencia, afirma sólo que soy el más inteligente de
Inglaterra.
—Por eso no se enfade; juraré que es el más inteligente del mundo. Poirot le tendió
la mano.
—Señora, no puedo prometerle nada; si voy a visitar a lord Edgware, será sólo para
estudiarle psicológicamente.
—Psicoanalícele tanto como quiera. Tal vez así logre sacar algo de él Y se despidió
de nosotros con una de sus encantadoras sonrisas.

CAPÍTULO TRES
EL HOMBRE DEL DIENTE DE ORO
Unos días más tarde, mientras almorzábamos, Poirot me tendió una carta que
acababa de recibir.
—Mon ami —dijo-. ¿Qué te parece esto?
La carta era de lord Edgware, quien, en tono ceremonioso, le citaba para la mañana
siguiente a las once.

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Debo confesar que quedé muy sorprendido. Había tomado las palabras de Poirot
como cosa ligera, pronunciadas en un momento de jovialidad, y no tenía la más
ligera idea de que hubiera dado ningún paso para cumplir su promesa.
Poirot, con su viva inteligencia, comprendió lo que pasaba por mi mente, y sus ojos
brillaron un momento.
—Pues sí, mon ami, no fue sólo cosa del champaña.
—Yo no he dicho eso.
—Sí, hombre, sí. Tú pensabas: el pobre promete cosas que no ha de cumplir, que no
tiene la menor intención de cumplir. Pero, amigo mío, las promesas de Hércules
Poirot son sagradas.
Al decir las últimas palabras se irguió majestuosamente.
—Ya lo sé, hombre, ya lo sé —dije apresuradamente—; pero pensé que tal decisión
la tomaste sin meditar, a la ligera, como si dijéramos... influido por el momento.
—No acostumbro a que nada ni nadie influya, como tú dices, en mis decisiones. El
mejor y más seco de los champañas, la más seductora de las mujeres, no tienen la
menor influencia en las decisiones de Hércules Poirot. Nada, mon ami, que me
interesa el asunto. Eso es todo.
—¿Los amores de Jane Wilkinson?
—No precisamente sus amores. Eso es una cosa muy vulgar. Es uno de tantos
pasos de la carrera de una mujer hermosa y egoísta. Si el duque de Merton, además
de parecerse a un monje de leyenda, no poseyese un título, puedes estar seguro de
que no le interesaría mucho tiempo. No, Hastings; lo que me atrae sobre todo es el
estudio de los caracteres. Me entusiasma poder estudiar a lord Edgware en la mayor
intimidad.
—¿Y esperas salir triunfante de la misión que te han encomendado?
—Pourquoi pas? Todo hombre tiene sus flaquezas, pero no creas que porque
estudie el caso desde un punto psicológico no he de hacer cuanto pueda para salir
airoso de la comisión que se me ha encargado. Claro está que me distrae mucho
ejercitar el ingenio.
—Así, ¿iremos mañana, a las once, a Regent Gate? —pregunté.
—¿Iremos...?
Poirot levantó burlonamente las cejas.
—¡Poirot! —grité—. No querrás prescindir de mí, ¿verdad? Siempre he ido contigo a
todas partes.

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—Si se tratase de un crimen misterioso, de un envenenamiento, de un asesinato,
¡ah!, son cosas con las que tu alma se deleitaría. Pero un simple asunto de
sociedad...
—No hablemos más —dije con firmeza—. Iré contigo, y basta.
Poirot me miró suavemente, y en aquel momento nos avisaron de que un caballero
deseaba vernos.
Con profundo asombro nos encontramos con que el visitante era Bryan Martin.
El actor parecía mucho más viejo a la luz del día. Era guapo, pero de una belleza
marchita. Se advertía en él una especie de hiperestesia nerviosa que hacía suponer
que era esclavo de las drogas.
-Buenos días, monsieur Poirot —dijo con gran cortesía—. Veo que están ustedes
almorzando. Lamento haberles interrumpido, pues acaso estarán muy ocupados.
-No —dijo Poirot, sonriendo amablemente—. De momento no tenemos ningún
asunto de importancia entre manos.
-¡Qué cosa más rara! —dijo sonriendo Bryan—. ¿Ningún aviso de Scotland Yard?
¿Ninguna investigación delicada por cuenta de la casa real? Es increíble.
—Usted, amigo mío, confunde la ficción teatral con la realidad —dijo Poirot, mientras
asomaba a sus labios una sonrisa—. Por el momento, como le he dicho, no tengo
ningún trabajo. Dieu merci.
—Bueno, eso es una suerte para mí —dijo Bryan, sonriendo a su vez—. Acaso
quiera usted encargarse de algún asunto mío.
Poirot miró atentamente al joven.
—¿Tiene usted algún trabajo para mí? —preguntó al cabo de unos momentos.
—Bueno..., le diré. Lo tengo y no lo tengo.
Esta vez la sonrisa que asomó a sus labios era más bien nerviosa. Mientras le
miraba pensativamente, Poirot le ofrecía una silla. El joven se sentó frente a
nosotros, pues yo lo había hecho junto a Poirot.
—Ahora —dijo mi amigo— explíquenos de qué se trata.
—El caso es que no puedo decirles tanto como yo quisiera —dudó un momento—.
Es algo difícil. Verán, el suceso tuvo lugar en América
—¿En América?
—Un simple incidente atrajo mi atención. Es el caso que, viajando en tren en una
ocasión, observé a cierto sujeto. Era un joven de aspecto desagradable,
completamente afeitado, que llevaba lentes y un diente de oro.
—¡Ah! ¿Un diente de oro?

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—Exactamente. Esa es la clave del suceso. Poirot movió la cabeza.
—Comprendo; siga usted.
—Como le decía, me fijé por primera vez en aquel joven en un viaje a Nueva York.
Seis meses después, estando en Los Ángeles, volví a ver otra vez al individuo en
cuestión. No sé cómo fue, pero el hecho es que me fijé en él. Un mes más tarde tuve
necesidad de ir a Seattle, y a poco de llegar allí, lo primero que veo es a mi amigo,
sólo que aquella vez lucía una hermosa barba.
—Muy curioso.
—¿Verdad que sí? Claro está que entonces no se me ocurrió que semejante sujeto
tuviese nada que ver conmigo; pero cuando vi a mi hombre otra vez en Los Ángeles,
sin barba; en Chicago, con bigote y las cejas distintas, y en un pueblo de las
montañas disfrazado de vagabundo, entonces empecé a sospechar.
—No era para menos
—No cabía la menor duda de que me seguía.
—Desde luego.
—Dondequiera que fuese, allí estaba junto a mí, como mi sombra, mi perseguidor
con distintos disfraces; pero afortunadamente, gracias al diente de oro, siempre le
reconocía.
—Una verdadera fortuna ese diente de oro.
—¡Ya lo creo!
—Perdone, míster Martin, ¿habló usted alguna vez con aquel hombre? ¿Le preguntó
la causa de su persistente persecución?
—No, no lo hice —el actor dudó un momento—. Estuve tentado de hacerlo dos o tres
veces, pero no me decidí. Creí que lo único que lograría con ello sería ponerlo en
guardia, sin conseguir nada en absoluto. Seguramente, en cuanto ellos se hubiesen
dado cuenta de que le había descubierto, hubiesen hecho que me siguiera otro, otro
a quien no me fuese posible reconocer.
—En effet, otro sin ese utilísimo diente de oro.
—Exactamente. Quizá me equivoqué, pero yo lo consideré mejor así.
—Un momento, míster Martin. Usted ha aludido a «ellos» hace un momento. ¿A qué
«ellos» se refiere usted?
—Es una simple forma de expresión mía, aunque presiento, no sé por qué, de un
modo vago, que «ellos» existen en el fondo de ese suceso.
—¿llene usted alguna razón que motive ese presentimiento?
—Ninguna

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—¿Y dice usted que no tiene la menor idea del porqué le seguían?
—En absoluto. Por lo menos...
—Continuez—dijo Poirot, animándole.
—Se me ocurre una cosa —dijo Bryan Martin, lentamente—. Es una simple conjetura
—Una conjetura, señor mío. puede muy bien ser a veces una solución.
—Está relacionado con un incidente ocurrido en Londres hace unos dos años. Fue
un incidente sin importancia; pero tan inexplicable, que me ha sido imposible
olvidarlo. Me ha tenido mucho tiempo preocupado, todo porque no he podido
encontrarle hasta ahora ninguna explicación. Bien pudiera ser que esa persecución
estuviera ligada de alguna manera con él; pero, ¡por mi vida!, que yo no sé por qué ni
cómo.
—Quizá pueda yo explicárselo.
—Tal vez, pero... —la turbación de Bryan Martin renacía—. Lo difícil del caso —
continuó— es que no puedo contárselo a usted..., de momento. Hasta dentro de
unos días no estaré en situación de hacerlo —aguijoneado por la interrogadora
mirada de Poirot, continuó con desesperación—: Es que..., ¿sabe usted?, se trata de
una mujer.
—¡Ah! Parfaitement ¿Una mujer inglesa?
—Sí. ¿Cómo lo sabe usted?
—Muy sencillo. Usted no me lo puede contar hasta dentro de dos o tres días, lo que
significa que ha de obtener para ello el permiso de la joven. Por tanto, ella está en
Inglaterra También debía estar en Inglaterra durante el tiempo que fue usted
perseguido, pues, de haber estado en América, hubiesen ustedes hablado entonces
de lo que ocurría. Por consiguiente, si ha estado en Inglaterra durante los últimos
dieciocho meses, lo más probable es que sea inglesa. Muy sencillo, ¿verdad?
—Sencillísimo. Ahora bien, monsieur Poirot, si ella me autoriza ¿ querrá usted
encargarse de este asunto?
Siguió una pausa. Poirot parecía darle vueltas al caso en su cerebro. Al fin dijo:
—¿Y por qué no ha acudido usted a ella antes de acudir a mí?
—Porque... yo pensé... —volvía a dudar—. Yo quería convencerla de que se debían
aclarar las cosas... Mejor dicho, quería que fuese usted quien las aclarase; pero
antes quiero saber si, al encargarse usted de la investigación, hará público lo que
resulte de ella...
—Según... —dijo Poirot tranquilamente.
—¿Qué quiere usted decir?

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—Que si se trata de algún crimen... sí.
—¡Oh! No se trata de ningún crimen.
—Usted no lo sabe; podría ser.
—Pero ¿hará usted cuanto pueda por ella..., por nosotros?
—Eso, desde luego —permaneció unos instantes en silencio y, al fin, dijo—: Dígame:
ese perseguidor, esa sombra de usted, ¿qué edad tenía?
—¡Oh!, era muy joven; tendría unos treinta años.
—¡Ah! —dijo Poirot—. Eso es muy interesante.
Le miré asombrado, lo mismo que Bryan. Aquella observación de Poirot estoy seguro
de que era tan inexplicable para el actor como para mí. Bryan me interrogó con la
mirada Yo moví la cabeza.
—Sí —repitió Poirot—, ese detalle hace el asunto mucho más interesante.
—Acaso fuera más viejo —dijo Bryan, como dudando—, pero no lo creo.
—No. Estoy seguro de que su observación es cierta, míster Martin, y es muy
interesante, mucho.
Desconcertado por las enigmáticas palabras de Poirot, Bryan Martin parecía no
saber qué decir ni qué hacer. Al fin, se puso a hablar de asuntos triviales.
—Interesante reunión la de la otra noche —dijo—. Jane Wilkinson es la más
despótica de las mujeres.
—De una mujer hermosa se puede aguantar todo —repuso Poirot, parpadeando. Si
tuviese la nariz respingona, el cutis terroso, el cabello grasiento, no se la soportaría,
puede estar seguro.
—Está usted en lo cierto —asintió Martin—. A mí me vuelve loco algunas veces. De
todos modos, soy un buen amigo suyo. No creo que en ciertas cosas, ¿comprende
usted?; no creo que obre muy cuerdamente.
—Pues a mí, por el contrario, me hizo el efecto de una mujer muy práctica.
—No lo he dicho en este sentido. Ella puede administrar perfectamente sus
intereses, y sé que se ha entregado de lleno y con astucia a los negocios, aunque,
claro está, no puede decirse que honradamente.
—¡Ah?
—Es, lo que se dice, un ser amoral. Para ella no existe lo justo y lo injusto.
—Recuerdo que usted dijo algo por el estilo la otra noche. Estábamos hablando de
crímenes, cuando...
- ¡Ah!,¿sí?
- A mí no me sorprendería que Jane llegase a cometer algún crimen.

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-Usted debe de conocerla muy bien —murmuró Poirot, pensativamente-—. Han
trabajado ustedes mucho tiempo juntos, ¿verdad?
—Sí. La conozco perfectamente y la creo capaz de matar a cualquiera.
—¡Ah! ¿Tiene temperamento pasional?
—Al contrario; es fría como el hielo. Pero si alguien se interpusiese en su camino, lo
suprimiría sin la menor vacilación. Según ella, quien se interponga en el camino de
Jane Wilkinson debe ser eliminado sin otra solución.
Había una profunda amargura en estas últimas palabras. Yo me pregunté qué le
recordarían.
—De modo que usted cree que sería capaz de cometer un asesinato.
Poirot le miraba atentamente. Bryan dejó escapar un suspiro.
—Lo creo, y tal vez uno de estos días tenga usted ocasión de recordar mis palabras.
La conozco muy bien, ¿sabe usted? Mataría con la misma tranquilidad con que se
bebe una taza de té. ¿Comprende lo que quiero decir, monsieur Poirot?
Se puso en pie.
—Sí —dijo Poirot tranquilamente—; lo comprendo.
—Yo la conozco muy bien —repitió Martin. Permaneció un momento en silencio, y, al
fin, dijo, variando de tono—: Y respecto al asunto que hemos hablado, ya se lo
explicaré dentro de unos días. Se ocupará usted de él, ¿verdad?
Poirot le miró un momento en silencio.
—Sí —dijo al fin—; me ocuparé de él. Lo encuentro ... interesante. Había algo
extraño en la forma con que pronunció las últimas palabras.
—Acompaña a míster Martin —me dijo. Al salir, me dijo Bryan:
—¿Ha entendido usted lo que ha querido decir al referirse a la edad de aquel sujeto?
No veo que sea tan interesante el que tenga cerca de treinta años.
—Ni yo tampoco —le aseguré.
—Parece una incongruencia. Seguramente habrá querido burlarse de mí.
—No lo crea —dije—. Poirot es un hombre serio. Confie en él. Ese detalle tiene la
importancia que él le ha dado.
—Bueno, que me aspen si lo entiendo.
Se marchó y yo subí a reunirme con mi amigo.
—Poirot —le dije—, ¿qué tiene que ver la edad del perseguidor de Bryan Martin en
ese asunto? ¿En qué lo relacionas?
¿No lo comprendes? ¡Pobre Hastings! —movió la cabeza sonriendo, y, al fin,
preguntó—: ¿Qué piensas tú, en resumen, de esta entrevista?

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- Es tan poco! No sé qué decirte. ¡Si supiéramos algo más!
- Pero, sin saber nada más, lo poco que conocemos, ¿no te sugiere alguna idea,
mon ami?
El timbre del teléfono me libró de la vergüenza de declarar que no me sugería
ninguna idea. Descolgué el auricular.
Se oyó una voz de mujer, una voz clara, argentina:
-Habla la secretaria de lord Edgware. Lord Edgware siente mucho tener que
renunciar a la entrevista que había convenido con monsieur Poirot. Sin embargo,
podría hablar con monsieur Poirot durante unos minutos, a las doce y cuarto de esta
misma mañana, si a monsieur Poirot le conviene.
Consulté con mi amigo.
¡Claro que iremos a verle!
Repetí a la secretaria lo que mi compañero me había dicho.
- Muy bien —dijo la frágil voz—. Quedamos en que a las doce y cuarto de esta
mañana.
Y colgó el aparato.

CAPÍTULO CUATRO
UNA ENTREVISTA
Llegamos a la casa de lord Edgware, en Regent Gate. Yo me encontraba en un
estado expectante. Aunque no sentía, como Poirot, gran admiración por los
problemas psicológicos, las pocas palabras que pronunció lady Edgware respecto a
su marido habían despertado mi curiosidad y ansiaba juzgarle por mí mismo.
La mansión del noble lord era un edificio imponente, de bella construcción, algo
sombrío. Las ventanas que daban a la fachada carecían de superfluos adornos.
Nos abrió en seguida la puerta, no un anciano criado de cabellos blancos, que
hubiese estado en armonía con el exterior de la casa, sino uno de los jóvenes más
agradables que jamás había visto. Alto y admirablemente proporcionado, un escultor
hubiese hallado en él el digno modelo de Kermes o de Apolo. Mas, a pesar de su
agradable aspecto, había cierto afeminamiento en su voz que me desagradó. Al
mismo tiempo, no sé por qué, no podría precisarlo, algo en él me recordó vagamente
a alguien, alguien a quien había visto hacía mucho tiempo, pero que me era
imposible recordar.

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Preguntamos por lord Edgware.
—Por aquí, señores.
Le seguimos a lo largo del vestíbulo, pasamos ante la escalera y continuamos hacia
una puerta que había al final. Abrióla y nos anunció con aquella voz suave que tanto
me desagradaba.
La habitación en que entramos era una especie de biblioteca. Las paredes estaban
atestadas de libros; el decorado, un poco sombrío, era agradable, y las sillas,
imponentes, aunque no tenían nada de cómodas.
Lord Edgware se había levantado para recibirnos. Era un hombre de unos cincuenta
años, alto, el cabello negro mezclado de gris, el rostro enjuto y la boca algo burlona.
Tenía el aspecto de ser hombre de mal genio. Sus ojos miraban de una manera que
parecían ocultar algo. En realidad, eran unos ojos muy extraños. Sus maneras eran
suaves y ceremoniosas. !
—¿Monsieur Hércules Poirot y el capitán Hastings? Hagan el favor de sentarse.
Obedecimos. La habitación era fría; por la única ventana que había en ella entraba la
luz tenuemente, y la oscuridad contribuía a enfriar la atmósfera
Lord Edgware cogió de sobre su mesa la carta escrita por mi amigo.
—Desde luego, conozco su nombre y su fama, monsieur Poirot. Hay muy pocos que
no le conozcan —Poirot se inclinó ante el cumplido—. Pero, la verdad, no comprendo
su intervención en este asunto. Me dice usted en su carta que desea verme en
nombre de... —se detuvo un momento— mi esposa.
Pronunció las dos últimas palabras de un moda particular, como si le costase un gran
esfuerzo.
—Así es —dijo Poirot.
—Yo creí que usted era sólo investigador de crímenes, monsieur Poirot.
—De problemas, lord Edgware. Hay problemas de crímenes, ciertamente; pero hay,
además, otros problemas.
—Es verdad. ¿Quiere decirme de qué clase es este intrincado problema?
La burla estaba latente en sus palabras.
—Tengo el honor de venir a usted en nombre de lady Edgware —dijo—. Lady
Edgware, como usted ya debe saber, desea... divorciarse.
—Estoy enterado de eso —dijo lord Edgware fríamente.
—Su esposa me indicó que usted y yo podríamos tratar de ese asunto.
—No hay nada que tratar.
—Entonces, ¿se niega usted?

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—¿Negarme? De ningún modo.
Lo que menos esperaba Poirot era semejante contestación. Pocas veces había visto
a mi amigo tan asombrado. Su aspecto era realmente ridículo. Con la boca abierta, la
pasmada expresión de los ojos y las cejas arqueadísimas, parecía, en realidad, la
caricatura de una revista festiva.
—Comment!—exclamó—. ¿Cómo es eso? ¿Que usted no se niega?
—No sé cómo interpretar su asombro, monsieur Poirot.
-Ecoutez, ¿realmente está usted dispuesto a divorciarse de su mujer?
—Claro que sí, y ella debe saberlo, puesto que la escribí diciéndoselo.
—¿Que usted le escribió diciéndoselo?
—Sí; hace cerca de seis meses.
—Pues no lo entiendo.
Lord Edgware no dijo nada.
—Yo creí que usted era un acérrimo enemigo del divorcio.
—No creo que mi manera de ser le importe a usted, monsieur Poirot. Es cierto que
no quise divorciarme de mi primera mujer. Mi conciencia no me permitía hacerlo. Mi
segundo matrimonio, lo reconozco, fue una verdadera equivocación. Cuando mi
mujer me pidió el divorcio, me negué rotundamente. Seis meses después me
escribió, insistiendo. Me figuré que quería casarse con algún actor de cine o con
algún tipo por el estilo. En aquella época, mi manera de ver las cosas había sufrido
una gran variación, por lo cual le escribí a Hollywood aceptando al fin su proposición
—hizo una pequeña pausa y añadió—: Supongo que será por cuestión de dinero por
lo que le envía a usted a verme.
Sus labios se curvaron burlonamente al pronunciar las últimas palabras.
—¡Qué cosa más rara! —murmuró Poirot—. En todo esto hay algo que no entiendo.
—Respecto al dinero —siguió lord Edgware—, no pienso hacer ningún arreglo. Mi
mujer me abandonó por su gusto; si ahora quiere casarse con otro, por mí puede
hacerlo; pero no veo ninguna razón para que tenga que darle un céntimo.
—No se trata de ningún convenio financiero.
Lord Edgware le miró.
—¡Ah!, entonces es que Jane se casa, sin duda, con un rico —murmuró.
—En todo esto hay algo que no entiendo —repitió Poirot. Estaba perplejo y las
arrugas de su rostro denotaban el esfuerzo que hacía por comprender—. Creo haber
oído decir a lady Edgware que trató varias veces de comunicarse con usted por

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medio de abogados.
—En efecto —asintió secamente lord Edgware—, me mandó abogados ingleses,
americanos... En fin, últimamente me han visitado abogados de todas clases, hasta
que, por último, ya se lo he dicho a usted, me escribió ella misma.
—Antes, ¿se había usted negado siempre?
—Sí.
—¿Y dice usted que al recibir su carta cambió de pensamiento? ¿A qué fue debido
ese cambio, lord Edgware?
—En modo alguno a la carta —dijo secamente—. Mi manera de ver el asunto había
variado. Eso es todo.
—Fue un cambio súbito.
Lord Edgware no replicó.
—¿Qué motivo especial le hizo cambiar de parecer, lord Edgware?
—Eso, monsieur Poirot, no le interesa a nadie más que a mí. Prefiero no hablar de
este asunto. Únicamente diré que poco a poco me fui dando cuenta de las
desventajas que para mí presentaba lo que podríamos llamar..., perdóneme la
expresión, una unión degradante. Mi segundo matrimonio fue una equivocación, ya
se lo he dicho a usted.
—Eso mismo piensa su esposa —dijo Poirot suavemente.
—¡Ah! ¿Sí?
Un extraño brillo cruzó por sus ojos, pero en seguida volvió a su expresión normal.
Se levantó, y mientras nos despedíamos, sus maneras se suavizaron.
—Les ruego que me perdonen por haber alterado la visita, pero mañana mismo debo
salir hacia París.
—¡Oh, no faltaba más!
—Se trata de una subasta de verdaderas obras de arte. Tengo puestos los ojos en
una estatuilla..., algo perfecto, una verdadera maravilla en su estilo..., tal vez de un
gusto un poco macabro, pero no puedo remediarlo, adoro lo macabro, me ha atraído
siempre. Mis gustos, como ustedes ven, son ciertamente un poco originales.
Antes que él dijese esto, ya había yo pasado revista a los libros de su biblioteca que
estaban próximos a mí: las Memorias de Casanova, un volumen sobre el marqués de
Sade y otro referente a las torturas medievales. Yo recordé el estremecimiento de
Jane Wilkinson al hablar de su marido. Aquello no fue fingido, no. Me hubiese

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gustado saber exactamente qué clase de hombre era George Alfred Saint Vincent
Marsh, cuarto barón de Edgware.
Mientras nos despedía, tocó el timbre. En el vestíbulo nos aguardaba el apolíneo
criado. Al ir a cerrar tras de mí la puerta de la biblioteca, eché una última ojeada a la
estancia y hube de contener una exclamación. El suave y sonriente rostro del
aristócrata se había transfigurado. Con los labios cerrados y los ojos centelleantes,
tenía una terrible expresión de furor, y ya no me extrañó que dos mujeres le
hubiesen abandonado. Lo que sí me maravillaba era el gran dominio que tenía de sí
mismo, hasta el punto de haber soportado aquella entrevista con tanta corrección.
Cuando llegamos a la puerta principal, a la derecha del vestíbulo abrióse una puerta.
Una joven apareció en el umbral de una habitación; pero, al vernos, retrocedió.
Era una muchacha alta, de cabellos negros y rostro pálido. Sus asustados ojos
negros se clavaron un momento en los míos. Luego, como una sombra, se hundió
otra vez en la habitación y cerró tras sí la puerta.
Poco después estábamos en la calle. Poirot hizo detener un taxi, subimos a él y
ordenó al chófer que nos condujese al Savoy.
—Bueno, Hastings —me dijo—, esta entrevista no ha resultado como esperábamos.
—Es verdad. ¡Qué hombre más extraordinario es ese lord Edgware! Y le conté a
renglón seguido lo que había visto al mirar por última vez hacia la biblioteca.
Mi amigo movió la cabeza, lenta y pensativamente.
—Me parece que está al borde de la locura, Hastings. Me hace el efecto de que tiene
vicios raros y de que bajo su fría apariencia oculta una gran crueldad.
-No me asombra que le hayan abandonado sus dos mujeres.
-Ni a mí tampoco.
-Oye, Poirot, ¿has visto, al salir, a una muchacha muy pálida, de cabellos negros?
—Sí, mon ami; una joven que parecía muy asustada. Su aspecto no era de ser muy
feliz.
Su voz tenía un tono grave.
—¿Y quién supones que será? —pregunté.
—Probablemente, su hija. Lord Edgware tiene una hija.
—Parecía aterrorizada —dije lentamente—. Esa casa es un lugar muy tenebroso
para una muchacha.
—Verdaderamente. ¡Ah!, ya hemos llegado, mon ami Ahora, a poner en
conocimiento de lady Edgware la feliz noticia.

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Jane estaba en el hotel, y después de una pequeña espera, el portero nos indicó que
podíamos subir a sus habitaciones. Un «botones» nos acompañó hasta ellas. Salió a
recibirnos una pulquérrima señora de cierta edad. Llevaba lentes y su cabello gris
estaba primorosamente peinado. Desde la alcoba, la cálida voz de Jane la llamó:
—Ellis, ¿es monsieur Poirot? Hazle sentar, me pongo unos trapos y salgo en
seguida.
Los trapos de Jane era un sutilísimo salto de cama, que revelaba mucho más de lo
que ocultaba. Al entrar, nos preguntó ávidamente:
—¿Qué?
Puesto en pie, Poirot se inclinó hacia ella.
—Admirablemente, señora.
—¡Cómo! ¿Qué quiere usted decir?
—Que lord Edgware está por completo dispuesto a acceder al divorcio.
—¿Qué?
O la estupefacción que se pintó en su rostro era verdadera, o Jane Wilkinson era la
actriz más asombrosa del mundo.
—Monsieur Poirot, ¿lo ha conseguido usted? ¿Tan pronto? Es usted genial. Vamos,
cuénteme, cuénteme cómo lo ha logrado.
—Señora, no puedo aceptar semejantes inmerecidas lisonjas! Hace seis meses que
su esposo le escribió accediendo, por fin, a sus deseos.
—¿Qué dice usted? ¿Que me escribió a mí? ¿Adonde me escribió?
—Creo que fue cuando estaba usted en Hollywood.
—No recibí semejante carta. Sin duda se extraviaría. ¡Y pensar que me he pasado
meses y meses forjando planes descabellados, furiosa, casi a punto de volverme
loca!
—Al parecer, lord Edgware creía que iba usted a casarse con un actor.
—Claro, eso fue lo que le dije en mi carta —en sus labios brillaba una infantil y
encantadora sonrisa. De pronto aquella sonrisa se trocó en una mirada de
inquietud—. Usted no le habrá dicho nada respecto al duque y yo, ¿verdad?
—Tranquilícese; no le he dicho nada. Debe ocultar eso, ¿verdad?
—Sí; ya habrá notado que es un hombre extraño. Mi boda con Merton hubiese sido,
sin duda, para él motivo de oposición. En
cambio, un actor cinematográfico es algo muy distinto. En fin, de todos modos, estoy
asombradísima —y añadió, dirigiéndose a su sirvienta—: ¿Qué te parece, Ellis?

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La mujer había ido sacando de la alcoba varios trajes de calle, que estaba colocando
sobre los respaldos de las sillas. Al parecer había escuchado toda la conversación.
Por lo visto, poseía la confianza de su señora
—-iOh, señora! El señor debe haber cambiado muchísimo desde que le conocimos.
En la voz de la camarera había una nota de rencor.
—Parece que la desconcierta a usted la actitud de su marido, que no la comprende,
¿verdad? —inquirió Poirot.
—¡Oh, sí! ¿Qué le habrá hecho cambiar de tal modo, después de tanto tiempo?
—Eso quizá no le interese a usted tanto, señora, como a mí.
Jane no le prestaba ya atención.
—¡El resultado es que, por fin, soy libre! —exclamó alegremente.
—Todavía no, señora.
—Bueno, pero estoy en camino de serlo, que es lo mismo.
Poirot la miró extrañado.
—El duque está en París, ¿sabe usted? —añadió Jane—, y voy a telegrafiarle en
seguida. Su madre se pondrá furiosa. Poirot se levantó para marcharse.
—Me alegro, señora, de que todo salga a su gusto, como anhelaba.
—Adiós, monsieur Poirot, y muchísimas gracias.
—No las merezco; no he hecho absolutamente nada para merecerlas.
—Me ha traído usted la mejor noticia del mundo y le estoy profundamente
agradecida.
—Eso es lo que se le ocurre —me dijo Poirot mientras salíamos de la habitación—.
No siente la menor curiosidad por conocer la causa que impidió llegar a sus manos la
carta de su marido. Fíjate bien, Hastings. Como negociante, es astuta; pero no tiene
ni chispa de inteligencia. Bien es verdad que Dios no puede concedérselo todo a las
criaturas.
—Excepto a Hércules Poirot.
—No te burles de mí —replicó serenamente—. Vamos a pasear por el malecón, pues
quiero poner en orden mis ideas.
Permanecí en discreto silencio hasta que Poirot me dijo:
—Esa dichosa carta me intriga. Es un problema con cuatro soluciones.
—¿Nada menos que cuatro?
—Sí. La primera de esas soluciones es que pudo perderse en Correos. Eso sucede a
veces, pero no a menudo. Desde luego, no es cosa corriente. De haberse puesto la
dirección equivocada, hace ya mucho tiempo que hubiese sido devuelta a lord

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Edgware. Luego no es esto. Hay que desechar esta solución, aunque tal vez sea la
única verdadera. Vamos a la segunda solución: lady Edgware miente al decir que no
la recibió, cosa realmente muy posible. Esa señora es capaz de decir el embuste
mayor del mundo, en provecho propio, con el más infantil candor. Pero no veo qué
beneficio podría reportarle una mentira así, sabiendo que su marido estaba
dispuesto a divorciarse de ella. ¿Por qué entonces enviarme a mí a pedírselo? Esto
no tiene ni pies ni cabeza. Tercera solución: el que miente es lord Edgware. De
mentir alguien, es más lógico que sea él. Pero tampoco veo el porqué de esa
mentira. ¿Para qué inventar la existencia de esa carta, enviada hace seis meses?
¿Por qué no aceptar, sencillamente, mi proposición? No; yo creo que envió la
carta..., aunque no comprendo su rápido cambio de idea. Y llegamos, Hastings, a la
cuarta solución: es posible que alguien la sustrajese. Ahora nos metemos en un
interesante campo de suposiciones, porque esa carta pudo ser sustraída en dos
sitios: en América o en Inglaterra. Quienquiera que fuese el ladrón, sería alguien que
no quería la solución de ese matrimonio. Amigo mío, daría cualquier cosa por saber
lo que se oculta tras este asunto. Hay algo o alguien... —se detuvo un momento y
continuó—, alguien que todavía no ha entrado en escena.
CAPÍTULO CINCO
EL ASESINATO
El día siguiente era treinta de junio. Serían las nueve y media de la mañana cuando
nos anunciaron al inspector de Policía Japp.
—Ah, ce bon Japp!—dijo Poirot—. Veremos qué quiere.
—¿Qué ha de querer, hombre? Ayuda —dije rápidamente—. Sin duda se encuentra
hecho un lío por algún asunto extraño, y acude a ti.
Yo no sentía por Japp la misma indulgencia que Poirot. Y no porque me molestara
que viniese a hacer trabajar el cerebro de mi amigo; después de todo, a Poirot le
gustaban los sucesos misteriosos. Lo que verdaderamente me irritaba era que,
después de prestarle ayuda sacándolo de los atolladeros, dijese que era lo mismo
que a él se le había ocurrido. Me gusta la gente franca. Se lo dije así mismo a Poirot,
y él me contestó:
-Eres de la raza de los bulldogs, Hastings. Sin embargo, debes recordar que el pobre
Japp ha de defender su posición. Además, esas pretensiones suyas son una cosa

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natural y humana. La superficialidad es una tontería, pero le sirve a la gente para
conservar el amour propre.
A pesar de todo, yo estaba deseando saber el motivo de la visita de Japp. Éste, al
entrar, nos saludó cordialmente:
—Veo que están ustedes a punto de desayunar. Qué, ¿todavía no ponen las gallinas
huevos cuadrados para usted, monsieur Poirot?
Era una alusión a ciertas palabras de Poirot, referentes a los diversos tamaños de los
huevos, cosa que molestaba a su sentido de la simetría.
—Todavía no —dijo Poirot sonriendo—. ¿Qué le trae por aquí tan temprano, amigo
Japp?
—No es tan temprano, y menos para mí, que llevo ya mis dos buenas horas de
trabajo. En cuanto a lo que me trae aquí es, sencillamente, un asesinato —Japp
añadió—: Lord Edgware ha sido asesinado, en su casa de Regent Gate, ayer noche.
Murió de una puñalada que le asestó en la nuca su mujer.
——¡Su mujer! —exclamé.
Recordé, de pronto, las palabras pronunciadas por Bryan Martin la mañana anterior.
¿Tuvo acaso el presentimiento de lo que iba a ocurrir? También recordé la frase de
Jane de «hacerle pegar cinco tiros». Bryan Martin la había llamado amoral.
Realmente, lo parecía. Dura, egoísta y estúpida; ¡cuan certero había sido el juicio del
actor! Mientras yo pensaba todo esto, Japp seguía hablando:
—Sí; la conocida actriz Jane Wilkinson. Se casó con él hace unos tres años. Parece
ser que no se llevaban muy bien, motivo por el cual ella le abandonó.
Poirot no volvía de su asombro.
—¿Qué le hace suponer a usted que fue ella quien lo mató?
—¡Oh! No cabe la menor duda; la reconocieron los criados. No hay en ello el menor
secreto; fue allí en un taxi...
—Un taxi... —repetía involuntariamente, recordando las palabras que pronunció Jane
aquella noche en el Savoy.
—...tocó el timbre —prosiguió el inspector Japp— y preguntó por lord Edgware. Eran
las diez. El criado le dijo que iba a anunciarla. «¡Oh! —replicó ella tranquilamente—,
no hay necesidad, soy lady Edgware; supongo que estará en la biblioteca.» Al decir
esto, se dirigió hacia aquel lugar, abrió la puerta, entró en la habitación y cerró tras
sí. Al criado le pareció extraño; pero no pudiendo poner ningún reparo a la señora,
subió, de nuevo a las habitaciones superiores. Diez minutos más tarde oyó cerrarse
la puerta de la calle. De todos modos no estuvo mucho rato. Serían las once cuando

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el criado cerró las puertas. Abrió la de la biblioteca; pero como la habitación estaba a
oscuras, supuso que lord Edgware se habría acostado ya. Hoy, por la mañana, una
sirvienta descubrió el cadáver, que tenía en la nuca una herida de arma blanca.
—¿No se oyó nada, ningún grito?
—Dicen que no. Esa biblioteca tiene unas puertas que aíslan toda clase de ruido,
como ya debe de saber usted; también hay que contar con el barullo de la calle.
Además, le asestaron un golpe de tal forma, que la muerte debió ser instantánea.
Según dice el forense, parece que el arma le atravesó la medula, o algo por el estilo,
y que si se logra acertar el punto exacto, la muerte sobreviene de un modo
fulminante.
—Pero eso requiere una gran destreza y un perfecto conocimiento del lugar preciso
donde debe clavarse el arma, lo cual indica que el agresor tiene, por lo menos,
ciertos conocimientos de cirugía.
—Sí; es verdad. Ese es un detalle que le favorece, aunque no creo que le sirva de
gran cosa.
—Sin embargo, creo que es una suerte para ella
—No tanta suerte, porque, de todos modos, la ahorcarán.
—Pero esa mujer, sin duda, está loca... La manera de ir a casa de su marido, dar su
nombre y todo cuanto hizo, sólo es propio de una persona que está rayando en la
demencia.
—Desde luego, es muy raro. Probablemente iría allí sin intención de hacer daño,
pero se enzarzarían en una discusión y entonces, exaltada, cogería un cortaplumas y
se lo clavaría.
—¡Ah! ¿Fue un cortaplumas?
—O algo así, según ha dicho el doctor. En fin, sea lo que fuere, se lo ha llevado,
pues el arma con que se cometió el crimen ha desaparecido.
Poirot movió la cabeza; no estaba convencido.
—No, Japp, no fue así. Conozco a lady Edgware y es incapaz de perder la cabeza
de ese modo. Además, no es probable que llevase ningún cortaplumas. Son pocas
las mujeres que usan tales objetos, y seguramente Jane Wilkinson no es una de
ellas.
—¿Y dice usted que la conoce?
—Sí; la conozco.
No dijo nada más. Japp le miraba inquisitivamente.

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—Bueno —dijo al fin Poirot—. Al grano: ¿qué le ha traído por aquí? Porque supongo
que no habrá sido sólo el deseo de pasar un rato con un viejo amigo. Tiene usted
todos los hilos del crimen, sabe quién es el culpable y seguramente conoce el motivo
del asesinato. Por cierto, que no me lo ha dicho todavía. ¿Cuál fue la causa que
impulsó a Jane Wilkinson a cometer el crimen?
—Quería casarse con otro. Esto lo dijo ella misma hace una semana. También se le
oyó proferir amenazas contra su marido, asegurando que cualquier día cogería un
taxi e iría a casa de lord Edgware para pegarle cinco tiros.
—¡Ah! —dijo Poirot—. Parece que está usted muy bien informado. Sin duda, alguien
ha sido muy locuaz con usted.
Me pareció que sus ojos formulaban una pregunta; pero, si fue así, Japp no se dio
por aludido.
—Debemos oírlo todo, monsieur Poirot —dijo, impaciente.
Poirot asintió y salió en busca del diario. Este había sido hojeado por Japp durante la
espera. De un modo mecánico, Poirot lo ordenó y empezó a pasar la vista por él.
Aunque sus ojos parecían fijos en el periódico, su cerebro estaba ausente, tratando
de componer algún extraño rompecabezas.
—Todavía no me ha contestado usted —dijo al poco rato—. ¿Cuál es el motivo de su
visita?
—El haberme enterado de que usted estuvo ayer por la mañana en Regent Gate. En
cuanto he sabido eso, me he dicho: «Lord Edgware llamó a Poirot. ¿Por qué?
¿Sospechaba algo? ¿Qué temía? Antes de hacer nada en definitiva, será mejor
hablar con él.»
—¿Qué quiere usted decir con ese «nada en definitiva»? Se refiere al arresto de lady
Edgware, ¿verdad?
—Sí.
—¿No la ha visto todavía?
—¡Usted dirá! Lo primero que he hecho ha sido ir al Savoy. No iba a exponerme a
que escapase.
—¡Ah! —dijo Poirot—. Entonces usted... —se detuvo. Sus ojos, que habían estado
durante ese tiempo fijos pensativamente en el papel, adquirieron en aquel momento
una expresión distinta. Levantó la cabeza y añadió en otro tono—: ¿Y qué le ha
dicho a usted?
—Le he hecho las preguntas de rigor, aunque no esperaba ninguna declaración de
importancia.

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- ¿Y qué más? Siga usted.
Se puso hecha una loca. Se retorció los brazos, se llevó las manos a la garganta y al
fin se desmayó. ¡Ah! Eso sí, debo confesar que lo hizo admirablemente, fue una
magnífica escena de cine.
—¿De modo —dijo Poirot— que usted cree que esa crisis nerviosa ha sido una
comedia?
—Pero ¿acaso ha creído usted que a mí se me puede engañar de esa manera?
¡Que si era fingida!
—Sí —dijo Poirot pensativamente—; eso es muy posible. ¿Qué más?
—¡Oh! Después empezó, fingiendo de nuevo, claro está, a exhalar quejidos y ayes
lastimeros, siendo necesario hacerle aspirar sales y no sé cuántas cosas raras más.
Por fin, se rehizo lo suficiente para llamar a su abogado, asegurando que no
pronunciaría ni una sola palabra sin que él estuviese presente. Un momento antes se
retorcía en espasmos histéricos, e inmediatamente después llamó a su abogado.
¿Le parece a usted lógico ese proceder?
—En este caso, yo diría que es completamente lógico —dijo lentamente.
—¿Por ser ella la culpable, quiere usted decir?
—No es eso. Lo que yo quiero decir es que cuanto hizo obedeció a su
temperamento. Al principio se condujo ante usted como una viuda de melodrama al
enterarse de que habían asesinado a su marido. Luego, satisfecha ya su naturaleza
teatral, aparece su natural sagacidad, que le hace llamar a su abogado. El que haya
representado ante usted una especie de drama no prueba su crimen; indica,
simplemente, que ha nacido para actriz...
—De todas maneras, no puede ser muy inocente.
—Está usted muy seguro —dijo Poirot—, y creo que no debería estarlo tanto. Dice
usted que no ha hecho ninguna declaración, ¿verdad?
Japp hizo un gesto.
—No quiso decir ni una palabra sin que estuviese presente su abogado. La camarera
lo llamó por teléfono. Yo pensé, cuerdamente, que para obrar con mayor seguridad
debía informarse lo mejor posible de todo cuanto ocurrió antes del crimen. Por eso
dejé a dos de mis hombres con ella y me vine hacia aquí en su busca.
—¿Y ahora está usted ya seguro?
—Claro que lo estoy; pero me gusta tener en mi poder todos los datos posibles. Se
va a hablar mucho de este suceso. Todos los diarios van a llenar con él columnas y
columnas; ya sabe usted lo que son los periódicos.

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—Hombre, a propósito —dijo Poirot—. Ya que habla usted de periódicos, ¿qué me
dice de esto? Se ve, amigo mío, que no ha leído usted hoy la prensa muy
detenidamente.
Y le tendió el diario por encima de la mesa, indicándole con el dedo el lugar de las
crónicas de sociedad. Japp leyó en voz alta:
—«Sir Montagu Corner dio una magnífica cena, ayer noche, en su casa de Chiswick.
Entre los invitados se encontraban sir George y lady Du Fisse, míster James Blunt, el
conocidísimo crítico sir Oscar Hammerfeldt, de los Overton Film Studios; miss Jane
Wilkinson (lady Edgware) y otros.» ,
Por un momento, Japp quedó desconcertado.
—¿Qué tiene esto que ver con el crimen? La gacetilla debió de enviarse a los diarios
anticipadamente, ya lo verá usted. Lady Edgware no debió de asistir a esa cena, o
llegaría con retraso: a las once o más tarde, acaso. Apañado está usted si cree todo
lo que dicen. los periódicos. Eso que es usted una de las personas que mejor debían
saberlo.
—Tiene razón; pero de todos modos es raro, ¿no le parece a usted?
—Sin embargo, ocurre muy a menudo —hizo una pausa y después añadió—: Sé por
experiencia que es usted callado como una ostra; pero en gracia a nuestra amistad
tendrá usted a bien explicarme algo, ¿verdad? Vamos a ver, ¿me quiere usted decir
para qué le llamó lord Edgware?
—Lord Edgware no me llamó; fui yo quien solicité de él una entrevista.
—¿Sí? ¿Para qué?
Poirot dudó un momento.
—Contestaré a su pregunta —dijo lentamente—, pero sólo cuando yo lo crea
oportuno.
Japp lanzó un gemido. En aquel momento no sentía gran simpatía por él. A veces
Poirot se ponía insoportable.
—Si usted me lo permite, voy a telefonear a cierta persona —dijo mi amigo.
—¿De quién se trata? —preguntó el inspector.
—De míster Bryan Martin.
—¿El artista de cine? ¿Y qué tiene que ver ese hombre con todo esto?
—Creo que le parecerán a usted interesantes las explicaciones de ese señor... Y
hasta puede que le sirvan de ayuda —y añadió, dirigiéndose a mí—: ¿Quieres hacer
el favor de telefonear tú?

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Cogí el listín y busqué el número. El actor vivía es una casa cerca de St. James
Park. Llamé:
—Victoria, cuatro-nueve-cuatro-nueve-nueve.
Al cabo de unos minutos me contestó la adormilada voz de Bryan Martin:
—Dígame, ¿quién habla?
—¿Qué le digo? —pregunté, tapando el auricular con la mano.
—Dile —dijo Poirot— que han asesinado a lord Edgware y que le agradecería mucho
que viniese en seguida.
Repetí las palabras de mi amigo y percibí una exclamación:
—¡Dios mío!, por fin lo ha hecho. Voy en seguida.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Poirot.
Le repetí la exclamación de Bryan Martin.
—¡Ah! —Poirot parecía contento—. «Por fin lo ha hecho.» Conque ha dicho eso,
¿eh? Entonces es lo que me figuraba.
Japp le miró con curiosidad.
—No le entiendo, Poirot. Primero habla usted como si estuviese convencido de que
no es ella la culpable, y ahora me sale con que ya lo sabía.
Poirot sonrió.

CAPÍTULO SEIS
LA VIUDA
Bryan Martin hizo honor a su palabra. Aún no habían pasado diez minutos, cuando
ya estaba con nosotros. Mientras aguardábamos su llegada, Poirot no habló más que
de cosas triviales, negándose en absoluto a satisfacer la curiosidad de Japp.
No cabía duda de que nuestras noticias habían impresionado hondamente al actor.
Su rostro estaba pálido y un vivo temblor agitaba su cuerpo.
—Pero ¿es posible lo que me han dicho, monsieur Poirot? —exclamó mientras le
estrechaba la mano, y añadió—: ¡Es terrible! Estoy trastornadísimo, no sé lo que me
pasa. ¡Oh! Estoy verdaderamente consternado. Siempre creí que sucedería algo
semejante. ¿Recuerda usted que se lo dije ayer mismo?
—Mais oui, mais oui —dijo mi amigo—. Recuerdo perfectamente todo lo que dijo
usted ayer —y añadió—: Le presento al inspector de Policía Japp, que está
encargado de la investigación de ese suceso.

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Bryan lanzó una mirada de reproche a Poirot.
—No lo sabía —murmuró—. Podía usted haberme avisado. Se inclinó fríamente ante
el inspector. Luego, sentóse, apretando fuertemente los labios.
—No veo por qué me han hecho ustedes venir. Todo esto no tiene nada que ver
conmigo.
—Ya creo que sí —dijo amablemente Poirot—. Tratándose de un crimen, uno debe
sacrificar los propios sentimientos para llegar al esclarecimiento de la verdad.
—No, eso sí que no. He trabajado con Jane. Nos conocemos hace mucho tiempo.
Por encima de todo es amiga mía.
—¡Amiga suya, y en el momento que se entera usted de que han asesinado a lord
Edgware lo primero que se le ocurre decir es que ha sido ella quien lo ha matado! —
dijo Poirot secamente.
El actor se estremeció.
—¿Quiere usted decir... —los ojos parecían salirse de las órbitas— que estoy
equivocado, que Jane no ha intervenido en el crimen? Japp habló:
—No, míster Martin, no. Ha sido ella quien lo ha cometido.
El joven se dejó caer en la silla.
—Por un momento creí haber cometido una terrible equivocación.
—En un caso como el presente, la amistad no debe influir para nada en usted —dijo
firmemente Poirot.
—Eso se dice muy bien, pero...
—Amigo mío, ¿es que se va usted a poner de parte de una criminal? Tenga en
cuenta que ha cometido un asesinato..., el más repugnante de los delitos humanos.
Bryan Martin suspiró:
—Bien, sí; pero Jane no es una criminal vulgar, carece de sentido moral. En realidad,
es irresponsable.
—Eso ya lo determinará el jurado —dijo Japp.
—Vamos a ver —habló Poirot amablemente—, no se trata de que usted la acuse. Ya
está acusada por anticipado. Usted, joven, no puede negarse a contarnos lo que
sabe de ella. Debe hacerlo en bien de la sociedad.
Bryan Martin volvió a suspiran
—Creo que tiene usted razón; sin embargo, ¿qué quieren ustedes que les diga?
Poirot miró a Japp.
—¿Ha oído usted alguna vez que lady Edgware, o, mejor dicho, miss Jane
Wilkinson, profiriese amenazas contra su esposo? —preguntó el inspector.

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—Sí; varias veces.
—¿Cuáles eran esas amenazas?
—Decía que si no le concedía la libertad, le pegaría cinco tiros.
—No se trataba de una broma, ¿verdad?
—No; estoy seguro de que lo decía de veras. Una vez dijo que tomaría un taxi y que
iría a matar a su marido. Usted mismo, monsieur Poirot, se lo oyó decir.
Recurría patéticamente a mi amigo, quien asintió.
Japp siguió con el interrogatorio.
—Míster Martin, sabemos que miss Wilkinson quería divorciarse para casarse con
otro. ¿Sabe usted de quién se trata? Bryan Martin asintió.
—Bien, dígalo.
—Del duque de Merton.
—¡El duque de Merton! ¡Caray! —Japp lanzó un silbido—. Quería mejorar de
posición, ¿eh? Según se dice, el duque es uno de los hombres más ricos de
Inglaterra.
Bryan asintió; estaba más consternado que nunca.
Yo no podía entender la actitud de Poirot. Recostado en la butaca, con las manos
cruzadas y moviendo rítmicamente la cabeza, hacía el efecto del hombre que ha
colocado un disco en el gramófono y lo está escuchando atentamente, encantado del
buen gusto con que lo ha escogido.
—¿No quería divorciarse el marido? —continuó interrogando Japp.
—No; se había negado a ello firmemente.
—¿Tiene usted alguna prueba de lo que dice?
—Sí.
—Ahora, amigo Japp —dijo Poirot, interviniendo una vez más en la conversación—,
es cuando entro en acción yo, para decir que lady Edgware me pidió que fuese a
visitar a su marido para rogarle que accediese al divorcio. Estaba citado con él ayer
por la mañana.
Bryan Martin movió la cabeza.
—Hubiera sido inútil —dijo—. Lord Edgware nunca hubiese accedido.
—¿Cree usted que no? —preguntó Poirot, dirigiéndole una amable mirada.
—Estoy seguro. Jane lo sabía perfectamente. No tenía la menor confianza en que
triunfase usted. No esperaba nada positivo de su mediación. Lord Edgware era un
monomaníaco respecto al divorcio.
Mi amigo sonrió.

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—Pues está usted equivocado, joven —dijo amablemente—. Vi ayer a lord Edgware
y accedió a divorciarse.
No podía dudarse del asombro de Bryan Martin al recibir esta noticia. Mirando a
Poirot con los ojos fuera de las órbitas, balbució:
—¿Usted... le vio ayer?
—A las doce y cuarto —respondió Poirot con su tono habitual.
—¿Y accedió al divorcio?
—Accedió.
—Pero debió usted habérselo dicho en seguida a Jane.
—Y así lo hice, míster Martin.
—¿Que lo hizo? —exclamaron al mismo tiempo Japp y Martin. Poirot sonrió.
—Eso complica un poco la situación, ¿verdad? —murmuró—. Y ahora, míster Martin
—añadió—, ¿quiere usted leer esta gacetilla? Y le mostró la nota del periódico.
Bryan la leyó, aunque sin gran interés.
—¿Quiere usted decir que esto significa una coartada? —dijo—. Supongo que a lord
Edgware le pegaron un tiro ayer noche.
—Murió de una puñalada, no de un tiro —aclaró Poirot.
—Me temo que esto —e indicó la gacetilla— no sirve de nada, porque Jane no
asistió a esa cena.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Lo ignoro; seguramente me lo diría alguien.
—Es una verdadera lástima —murmuró Poirot, pensativamente. Japp le miraba con
curiosidad.
—No le entiendo a usted; parece como si no creyese en la culpabilidad de esa mujer.
—No, no, mi buen Japp; no me inclino en favor de nadie; pero, realmente, el
presente caso es desconcertante, subleva la inteligencia.
—¿Qué quiere usted decir con eso de «subleva la inteligencia»? A la mía no le pasa
nada.
Presentí las palabras que estaban a punto de brotar de los labios de Poirot, pero no
salieron.
—Nos encontramos ante una mujer que, según dice usted, desea deshacerse de su
marido. De esto no cabe la menor duda. Ella misma me lo confesó a mí francamente.
Eh bien, ¿qué pensaba hacer? Repitió varias veces en voz alta y ante testigos que lo
mataría, y una noche se dirige a casa de su marido, se anuncia por su verdadero

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nombre, le apuñala y se va. ¿Cómo calificaría usted un hecho así? ¿Tiene el más
leve sentido común?
—Realmente es una locura.
—¿Locura? Es la quintaesencia de la imbecilidad.
—Bueno —dijo Japp—, el que los criminales pierdan la cabeza es una ventaja de la
Policía —hizo una pequeña pausa, y en seguida terminó—: Ahora debo irme al
Savoy.
—¿Me permite usted que le acompañe?
El inspector no opuso el menor reparo y salimos. Bryan se despidió de nosotros.
Parecía muy nervioso. Nos pidió encarecidamente que no lo hiciésemos intervenir
para nada en aquel asunto.
—¡Qué hombre más impresionable! —contestó Japp.
Poirot asintió.
En el Savoy encontramos a un caballero, excesivamente ceremonioso, que acababa
de llegar, con quien subimos a las habitaciones de Jane Wilkinson. Japp habló con
uno de sus agentes.
—¿Nada? —le dijo, lacónico.
—Ha telefoneado.
—¿A quién? —preguntó el inspector con ansiedad.
—A «Jay», para los trajes de luto.
Japp suspiró. Entramos en la habitación.
La viuda, lady Edgware, se estaba probando distintos sombreros ante el espejo.
Llevaba un traje muy cinematográfico en blanco y negro. Nos acogió con su
deslumbradora sonrisa.
—¿Cómo, monsieur Poirot? ¿Qué le trae a usted por aquí? Hola, míster Maxon —
añadió, dirigiéndose al abogado—; me alegro de que haya usted venido tan pronto.
Aconséjeme sobre las preguntas que deba o no contestar. Este señor —señaló a
Japp— parece creer que yo he ido esta mañana a matar a George.
—Ayer noche, señora —rectificó el inspector.
—Me dijo usted que había sido a las diez de la mañana.
—No, señora; a las diez de la noche. ¡Si ahora no son todavía las diez! —añadió
severamente Japp.
Jane abrió, asombrada, los ojos.
—¡Ah!, muchas gracias —murmuró—; le estoy muy agradecida. Hacía muchos años
que no me levantaba tan pronto. ¿A qué hora ha venido usted, pues?

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—Un momento, señor inspector —dijo el abogado Maxon con su recia voz—.
¿Cuándo ocurrió ese lamentable suceso?
—Anoche, alrededor de las diez.
—Entonces todo va perfectamente —exclamó Jane—. A esa hora estaba yo en la
fiesta... ¡Ah! —se tapó rápidamente la boca—. ¿Acaso no debía haber dicho eso...?
Miró con timidez al abogado.
—Si a las diez de la noche estaba usted en una fiesta, lady Edgware, no hay
inconveniente de que informe al inspector sobre ese hecho.
—Eso es —dijo Japp- Yo sólo le pido que me explique cuanto hizo usted anoche.
Que me diga dónde tuvo lugar esa fiesta.
—Fue en casa de sir Montagu Corner, en Chiswick.
—¿A qué hora llegó usted allí?
—La cena era a las ocho y media.
—No; le he preguntado que a qué hora llegó.
—Salí de mi casa a las ocho. Fui a Piccadilly Palace a despedirme de una amiga
mía, mistress Van Deusen, que se iba a Estados Unidos, y llegué a Chiswick a las
nueve menos cuarto.
—¿A qué hora se marchó usted de allí?
—Cerca de las once y media.
—¿Vino directamente al hotel?
—Sí.
—¿En taxi?
—No, en mi propio coche. Es uno de los de la casa Daimler.
—Y durante la fiesta, ¿no salió usted de la casa?
—No sé qué decir...
—Entonces es que salió usted.
Hacía el efecto de un foxterrier acorralando a un ratón.
—No sé por qué habla usted así. Lo único que pasó es que mientras cenábamos me
llamaron al teléfono.
—¿Quién la llamó?
—Alguien, sin duda, para burlarse de mí. Una voz me preguntó: «¿Es usted lady
Edgware?», y yo contesté: «Sí»; entonces se oyó una carcajada y colgaron el
aparato.
—¿Salió usted de la casa para telefonear? La mirada de Jane mostró gran asombro.
—No.

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—¿Cuánto tiempo estuvo usted ausente de la mesa?
—Minuto y medio, aproximadamente.
Japp se desplomó sobre la butaca. Estoy convencido de que no creía ni una palabra
de cuanto había dicho la actriz; pero después de oír su declaración no podía hacer
nada sin comprobar su veracidad.
Se apresuró a darle las gracias y se despidió.
Nosotros también nos despedimos, pero lady Edgware llamó a Poirot.
—Óigame, ¿querría usted hacerme un favor?
—Estoy a sus órdenes, señora.
—¿Quiere enviar un cablegrama en mi nombre al duque, en París? Está en el hotel
Crillon. Es necesario que se entere de todo esto y es mejor que no lo envíe yo
misma, porque durante unos días debo comportarme como una viuda desconsolada.
—No veo la necesidad de enviar ningún cable, señora —dijo Poirot amablemente—.
Ya leerá el suceso en los periódicos.
—¡Oh, qué cabeza! Sí, sí, es mucho mejor no cablegrafiar. Debo preocuparme de mi
reputación, ahora que todo va bien, y portarme como una viuda lo más dignamente
posible. No sé si enviar para el entierro un ramo de orquídeas; son las flores más
caras. También supongo que tendré que asistir al funeral.
—Antes, señora, tendrá usted que ir al Juzgado.
—No me es nada simpático ese inspector de Scotland Yard; me ha dado un susto de
muerte.
—¡Ah! ¿Sí?
—Fue para mí una verdadera suerte cambiar de parecer y asistir, por fin, a la fiesta.
Poirot, que estaba ya cerca de la puerta, se detuvo al oír aquellas palabras.
—¿Qué dice usted? ¿Que cambió de parecer?
—Sí; anoche tenía una jaqueca horrible.
Parecía como si Poirot tratase, inútilmente, de tragarse algo.
—¿Le dijo usted eso a alguien?
—Sí. Estábamos reunidos unos cuantos amigos a la hora del té y me pidieron que
fuese con ellos a tomar un combinado. Yo les dije: «No puedo. Mi cabeza va a
estallar, me voy a casa, y ni siquiera pienso ir a la fiesta de Corner.»
—¿Qué fue lo que le hizo luego cambiar de parecer?
—Ellis me obligó a ir, diciéndome que no debía faltar a aquella fiesta, pues sir
Montagu es un personaje que se enfada por cualquier nimiedad. ¡Ah! En cuanto me
case con Merton, me veré libre de todo esto. La pobre Ellis, siempre atenta a mis

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intereses, insistió en que era un verdadero error no asistir a la fiesta. Hasta que me
convenció y fui.
—Tiene usted una deuda de gratitud con Ellis, señora.
—¡Ya lo creo! El inspector se marchó furioso, ¿verdad? —dijo, riéndose.
Poirot, muy serio, contestó:
—De todos modos, hay motivo para ello.
—¡Ellis! —llamó Jane.
La camarera entró.
—Mira lo que dice monsieur Poirot: que fue una verdadera suerte que me hicieras ir
a la fiesta anoche.
Ellis miró seriamente a Poirot, al mismo tiempo que decía:
—No deben romperse los compromisos adquiridos, señora. Es usted demasiado
aficionada a hacerlo. La gente no puede olvidar tales desaires y acaba una por
hacerse desagradable.
Jane cogió el sombrero que se estaba probando cuando entramos, y se lo volvió a
probar.
—Odio todo lo negro —dijo, desconsolada—. Nunca me he puesto un traje de ese
color, pero comprendo que una viuda correcta debe vestirse así —y añadió con
volubilidad—: ¡Ah!; estos sombreros son horribles. Telefonee a otra casa de modas.
Por lo menos, quiero salir a la calle de una manera decente.
Poirot y yo salimos en silencio de la habitación.

CAPÍTULO SIETE
LA SECRETARIA
Aún no estábamos libres de Japp. Una hora más tarde reapareció, y tirando su
sombrero sobre la mesa, aseguró que pesaba sobre él una terrible y abominable
maldición.
-¿Ha terminado usted las investigaciones que quería hacer? —preguntó Poirot con
simpatía.
El inspector asintió tristemente:
—Sí, y a menos de que catorce personas mientan, resulta que no ha sido ella quien
mató a lord Edgware —gruñó Japp. Y continuó—: La verdad es que no se

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comprende que haya sido otro el autor del crimen. La única persona que tenía algún
motivo para hacerlo era ella.
—Yo no diría eso. Mais, continuez.
—Esperaba encontrar alguna pista —siguió el inspector—. Ya sabe usted que la
gente de teatro es capaz de dejarse matar por salvar a un amigo. Pero éste es un
caso distinto. Los invitados a la fiesta de anoche son personas de posición. Ni
siquiera eran particularmente amigos de ella. Y algunos ni se conocían entre sí. Su
testimonio es, pues, imparcial y digno de crédito. Yo esperaba comprobar que habría
abandonado la fiesta durante media hora o más. Hubiese podido hacerlo fácilmente
con cualquier pretexto. Pero no, sólo se apartó de la mesa para contestar una
llamada telefónica, y aun entonces, el criado estuvo junto a ella, como él mismo nos
lo ha dicho, y la oyó decir «Si, muy bien; yo soy lady Edgware», e inmediatamente
colgaron el aparato. ¡Qué cosa más extraña!
—¿Era hombre o mujer quien llamó?
—Creo que me ha dicho que era mujer.
—Es raro —dijo Poirot, pensativo.
—Eso no tiene importancia —dijo Japp, impaciente—; vayamos a lo que interesa. La
noche transcurrió tal y como ella nos dijo. Llegó a casa de Corner a las nueve menos
cuarto y se marchó a las once y media, llegando al hotel a las doce menos cuarto.
He hablado con el chófer que la trajo y es, en efecto, uno de los empleados de la
casa Daimler. La servidumbre del hotel que la vio llegar, también confirma la hora.
—Eh bien, creo que todo ello es concluyente.
—Sí, sí; pero ¿y esos dos testigos de Regent Gate? No se trata sólo del mayordomo;
está, además, la secretaria de lord Edgware, que la vio también. Los dos aseguran
que era realmente lady Edgware la mujer que llegó allí a las diez.
—¿Cuánto tiempo hace que está en la casa de mayordomo?
—Seis meses. A propósito, ¿se fijaron ustedes en lo guapo que es ese hombre?
—¡Sí! Eh bien, amigo mío, si hace sólo seis meses que está en la casa, no podía
reconocer a esa señora, a no ser que la hubiese visto antes.
—La conoció por las fotografías de los periódicos. Pero la secretaria la conocía
perfectamente; está al servicio de lord Edgware desde hace cinco o seis años.
—¡Ah! —dijo Poirot—. Me gustaría ver a esa secretaria.
—Bien; entonces venga conmigo.
—Muchas gracias, mon ami; se lo agradezco infinitamente. Supongo que en esa
invitación va incluido también el amigo Hastings, ¿verdad?

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Japp hizo un gesto. Mi amigo añadió:
—¿Qué creía usted? Donde va el dueño, va el perro. Ocurrencia que a mí me
pareció de pésimo gusto.
—Esto me trae a la memoria el caso de Isabel Cannings —dijo Japp—. ¿Se acuerda
usted? Infinidad de testigos aseguraban, cada uno por su parte, que habían visto a
Mary Squires en dos lugares distintos de Inglaterra. Personas dignísimas todos ellos.
Aquel misterio quedó sin aclarar. Éste es un caso semejante. Nos encontramos con
que varias personas aseguran, cada cual por su lado, que una mujer estaba en dos
lugares distintos a la misma hora. ¿Quiénes dicen la verdad?
—No será difícil saberlo.
—Bien; pero miss Carroll reconoció realmente a lady Edgware, y esa señorita vivió
con ella en la misma casa, día tras día. Por tanto, no es fácil que se equivoque.
—Eso pronto lo veremos.
—¿Quién hereda el título? —pregunté yo.
—Un sobrino del muerto, el capitán Ronald Marsh. Creo que es un derrochador.
—¿Qué dijo el forense de la hora en que tuvo lugar la muerte?
—Tenemos que esperar el resultado de la autopsia para saberlo exactamente. Hay
que ver dónde está la cena —la manera de expresarse de Japp distaba mucho de
ser refinada—. Lo vieron por última vez minutos después de las nueve, cuando
abandonó la mesa. El mayordomo le llevó whisky y soda a la biblioteca. A las once,
cuando el criado se fue a acostar, la luz estaba apagada; por tanto, debía de haber
muerto ya, pues no iba a estar allí a oscuras.
Poirot asintió pensativamente. Poco después llegábamos a la casa. Nos abrió la
puerta el agraciado mayordomo.
Japp tomó la delantera y entró el primero; Poirot y yo le seguimos. La puerta quedó
abierta hacia la izquierda y el criado permaneció en pie junto a la pared de ese
mismo lado. Poirot iba a mi derecha, y como era más pequeño que yo, sólo cuando
estuvimos en el interior del vestíbulo se fijó en el mayordomo. Oí una ahogada
exclamación a mi espalda, y al volverme rápidamente, sorprendí al mayordomo
mirando a Poirot con un gran espanto reflejado en su rostro. Apunté el hecho en mi
mente, por lo que pudiera ser. Japp entró en el comedor, que quedaba a la derecha
del vestíbulo, y llamó al criado.
—Ahora, Alton, deseo que se explique usted bien, con la mayor precisión posible.
¿Eran las diez cuando llegó aquella señora?
—¿La esposa de lord Edgware? Sí, señor.

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—¿Cómo la conoció usted? —preguntó Poirot.
—Dio su nombre, señor, además, había visto otras veces su retrato en los
periódicos, y también la había visto trabajar. Poirot se inclinó.
—¿Cómo iba vestida?
—De negro, señor. Un traje de calle negro y un sombrerito negro; llevaba también un
collar de perlas y guantes grises. Poirot miró interrogadoramente a Japp.
—En la fiesta lucía un traje de noche de tafetán blanco y una capa de armiño —
bisbiseó este último, brevemente.
El mayordomo repitió su relato tal como nos lo había ya contado Japp.
—¿Vino alguien más a visitar a su señor durante la noche? —preguntó Poirot.
—No, señor.
—¿Cómo se cierra la puerta de la calle?
—Tiene cerradura Yale. Corrientemente, cuando me voy a acostar, echo, además, el
cerrojo; eso suele ser allá a las doce. Pero la última noche miss Geraldine estaba en
la Ópera, de modo que quedó sin los cerrojos.
—¿Cómo estaba cerrada esta mañana?
—Perfectamente cerrada, señor; miss Geraldine debió de echar los cerrojos cuando
volvió del teatro.
—¿Cuándo volvió? ¿Lo sabe usted?
—Serían aproximadamente las doce menos cuarto.
—Entonces hasta las doce menos cuarto la puerta de la calle no podía ser abierta
por fuera sin llave; pero, en cambio, por dentro podría abrirse con sólo tirar del
pestillo, ¿no es eso?
—Sí, señor.
—¿Cuántas llaves de esa puerta hay?
—El señor tenía la suya y colgada en el vestíbulo había otra, que fue la que cogió
anoche miss Geraldine. No sé si hay alguna más.
—¿Ninguna otra persona de la casa tenía llave?
—No, señor; miss Geraldine llamaba siempre.
Poirot declaró que no tenía nada más que preguntar y fuimos en busca de la
secretaria.
La encontramos escribiendo en una amplia mesa de escritorio.
Miss Carroll era una activa y simpática mujer de unos cuarenta y cinco años. Su
hermoso cabello comenzaba a adquirir un tono gris. Llevaba gafas, a través de las

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cuales brillaban, clavándose en nosotros, sus perspicaces ojos. Cuando habló,
reconocí la clara voz que había oído por teléfono.
—¡Ah! ¿Es usted monsieur Poirot —dijo, después que Japp nos hubo presentado—,
a quien cité en nombre del señor ayer por la mañana?
—El mismo, señorita.
Pensé que aquella mujer le había producido a Poirot una excelente impresión. En
realidad, parecía la honradez personificada.
—Bueno, señor inspector. ¿Qué más puedo hacer por ustedes?
—dijo miss Carroll.
—Únicamente que nos diga usted si está completamente segura de que fue lady
Edgware la que vino aquí anoche.
—Es la tercera vez que me pregunta usted lo mismo y debo confesarle que estoy
segurísima. La vi con mis propios ojos.
—¿En dónde?
—En el vestíbulo. Habló con el mayordomo un minuto y luego entró en la biblioteca.
—Y usted, ¿dónde estaba?
—En el primer piso.
—¿Está usted completamente segura de que no se equivoca?
—Completamente. Distinguí muy bien su rostro.
—¿No puede usted confundirse por algún parecido?
—¡Oh, no! Jane Wilkinson es inconfundible. Era ella. Japp echó una mirada a Poirot,
como diciendo: «¿Lo ve usted?»
—¿Tenía lord Edgware algún enemigo? —preguntó repentinamente Poirot.
—¡Qué tontería! —rechazó miss Carroll.
—¿A qué llama usted «tontería», señorita?
—¡A lo de enemigos! La gente de hoy no tiene enemigos. Por lo menos la gente
inglesa.
—Sin embargo, han asesinado a lord Edgware.
—Ha sido su mujer —dijo miss Carroll.
—Y una mujer no es un enemigo, ¿verdad?
—No es lógico que lo sea. Jamás he oído una cosa así; por lo menos, sería impropio
de nuestro ambiente.
Por lo visto, miss Carroll tenía la idea de que los crímenes sólo los cometían los
borrachos y la plebe.
—¿Cuántas llaves hay de la puerta de la calle?

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—Dos —dijo prontamente la secretaria—. Lord Edgware siempre llevaba una, la otra
pendía de un clavo en el vestíbulo, para que si alguien salía y pensaba regresar
tarde la cogiese. Había otra, además; pero el capitán Marsh la perdió.
—¿Viene mucho por esta casa el capitán Marsh?
—Vivió aquí hasta hace tres años.
—¿Por qué se marchó? —preguntó Japp.
—No lo sé; creo que no se llevaba bien con su tío.
—Me parece que sabe usted algo más de lo que nos dice, señorita
—dijo Poirot gentilmente.
Ella le echó una rápida mirada.
—No soy amiga de chismes —respondió.
—Pero puede usted contarnos lo que haya de verdad en los rumores que han
circulado acerca de las desavenencias entre lord Edgware y su sobrino.
—No era tanto como se dice. Lo que pasa es que lord Edgware era un hombre con
quien resultaba difícil convivir.
—¿Usted también lo cree así?
—No hablo por mí; yo nunca tuve el menor tropiezo con lord Edgware. Conmigo fue
siempre muy sociable.
—Pero el capitán Marsh...
Poirot clavó los ojos en ella, tratando de sacarle otras revelaciones.
Miss Carroll encogióse de hombros.
—El capitán era un hombre extravagante. Se llenó de deudas. Hubo, además,
alguna otra cosa, no sé exactamente qué, y entonces lord Edgware le echó de casa.
Eso es todo.
Cerró la boca firmemente, sin duda dispuesta a no añadir ni una sola palabra.
La habitación donde sostuvimos el interrogatorio estaba en el primer piso. Al salir de
ella, mi amigo me cogió del brazo.
—Un momento, Hastings, ¿quieres hacer el favor de quedarte aquí? Voy a bajar con
Japp. Tú no te muevas hasta que hayamos entrado en la biblioteca.
Le hubiera preguntado algo, pero supuse que no me contestaría, como hacía
siempre. Probablemente sospechaba que el mayordomo andaba espiando y quería
estar seguro de si era o no verdad.
Permanecí allí mirando a través de la barandilla de la escalera. Poirot y Japp se
dirigieron, en primer lugar, a la puerta de la calle, fuera del alcance de mi vista, y
luego reaparecieron andando lentamente a lo largo del vestíbulo. Les seguí con los

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ojos hasta que estuvieron dentro de la biblioteca. Esperé uno o dos minutos más, por
si acaso aparecía el criado, pero no dio la menor señal de su presencia. Entonces
bajé a mi vez la escalera y me reuní con ellos.
El cadáver, como es de suponer, no estaba allí. Habían corrido las cortinas y la luz
estaba encendida. Poirot y Japp, en pie en medio de la habitación, miraban a su
alrededor detenidamente.
—No hay nada —decía Japp.
—Ni un cigarrillo, ni huellas de pies ni un guante de señora, ni un perfume, nada de
lo que tan necesario es a los detectives de novela —dijo Poirot sonriendo.
—La policía es siempre ciega en las novelas policíacas —dijo Japp con un gesto.
Yo quise dar cuenta a mi amigo del resultado de su encargo.
—Todo va bien. Poirot. He vigilado, pero nadie nos espiaba, al parecer.
—Los ojos de mi amigo Hastings son terribles —dijo Poirot con cierta burla y
añadió—: Oye, ¿te has fijado en la rosa que llevaba yo en la boca?
—¿Una rosa en la boca? —pregunté con asombro. Japp se volvió, riendo a
carcajadas.
—¿Es que quiere usted volverme loco, Poirot? ¿Una rosa? ¿Para qué?
—Nada; tenía la pretensión de parecerme a Carmen —dijo Poirot muy tranquilo.
Les miré, no sabiendo si estaban locos ellos o si lo estaba yo.
—¿No te has fijado, Hastings? —dijo Poirot en tono de reproche.
—No —contesté—. Desde mi observatorio no podía veros la cara.
—¿No? ¡Qué lástima!
Movió la cabeza suavemente. ¿Se estaba burlando de mí?
—Bueno —dijo Japp—. Creo que ya no tenemos nada que hacer aquí; pero, de ser
posible, me gustaría ver de nuevo a la hija de lord Edgware.
Tocó el timbre para llamar al mayordomo, a quien ordenó:
—Pregúntele a miss Marsh si puedo verla un momento.
No fue el criado, sino miss Carroll quien entró a los pocos momentos.
—Geraldine está descansando —dijo—. La pobrecilla ha sufrido una gran
conmoción. Cuando usted se marchó le di algo para hacerla dormir, y hasta dentro
de una o dos horas sería mejor no despertarla.
Japp se mostró conforme.
—De todas maneras, todo lo que ella pueda decirles se lo puedo decir yo —añadió la
secretaria firmemente.
—¿Qué opinión tiene usted del mayordomo? —preguntó Poirot.

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—No me es nada simpático, la verdad —replicó miss Carroll—; pero no sabría
decirle por qué.
Habíamos llegado a la puerta de la calle.
—Anoche, cuando vino lady Edgware, estaba usted ahí arriba, ¿verdad? —dijo de
pronto Poirot, indicando con el dedo el piso superior.
—Sí. ¿Por qué?
—¿Y afirma usted que vio a lady Edgware entrar y dirigirse, a lo largo del vestíbulo,
hacia la biblioteca?
—Sí.
—¿Y vio usted su rostro claramente?
—Ya le he dicho que sí.
—Sin embargo, usted no pudo ver su rostro, señorita. Desde donde usted estaba
sólo podía ver la parte superior de la cabeza.
Miss Carroll enrojeció vivamente. Por un momento pareció desconcertada.
—Bien, sí, su cabeza; pero además oí su voz, la vi andar. Esa mujer es
inconfundible. Se lo repito, estoy segura de que era Jane Wilkinson, el ser más
infame que existe.
Y, volviéndose, se fue hacia arriba.

CAPITULO OCHO
PROBABILIDADES
Japp se marchó y nosotros nos fuimos a dar una vuelta por Regent's Park en busca
de un lugar apacible.
—¿Te das cuenta, Hastings, de que la secretaria es un testigo peligroso? Peligroso,
porque es involuntariamente falso. Ya has oído cómo hace un momento decía que
había visto el rostro de la visitante. A mí eso me pareció completamente imposible. Si
hubiese salido ésta de la biblioteca, entonces sí que hubiera sido posible; pero yendo
hacia allá, no. Hice entonces el experimento, y resultó como yo había supuesto.
—Sin embargo, la secretaria sigue afirmando que fue Jane Wilkinson quien se
presentó en Regent Gate ayer por la noche. Después de todo, la voz y la manera de
andar son cosas inconfundibles.
—No, no.

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—Hombre, Poirot. Yo te he oído decir mil veces que lo más característico e
inconfundible de una persona es su voz y la manera como anda.
—Es verdad, pero también es fácilmente imitable.
—¿Tú crees?
—Haz retroceder tu memoria a algunos días. ¿Te acuerdas de una noche que
estábamos en un teatro?
—¿Te refieres a Charlotte Adams? Pero, Poirot, Charlotte Adams es una artista.
—No es difícil imitar a una persona a quien se conozca bien. Claro que Charlotte
Adams tiene condiciones excepcionales, y además, la luz de las candilejas y la
distancia influyen...
Una repentina idea atravesó mi cerebro.
—Poirot —grité—, no vas a creer que Charlotte Adams haya matado a lord Edgware.
¡Si ni siquiera debió conocerlo!
—¿Qué sabes tú? Pudiera existir entre ellos alguna relación que nosotros no
conocemos. La posibilidad de que Charlotte Adams sea la culpable no se aparta de
mi cerebro.
—Pero Poirot...
—Espera, Hastings. Deja que te exponga algunos hechos. Lady Edgware ha contado
sin la menor reserva las relaciones entre ella y su esposo, e incluso ha llegado a
decir que deseaba matarlo. Además de nosotros, lo oyó un camarero, Bryan Martin,
Charlotte también lo oyó y todas las personas que estaban en el Savoy. Además,
está la gente a quien esas personas lo repitieron. Ahora supongamos que alguien
desea matar a lord Edgware y encuentra en Jane Wilkinson una coartada. La noche
en que ésta anuncia que se quedará en casa a causa de una violenta jaqueca...,
pone en acción el plan que había concebido. Para que las sospechas recaigan sobre
Jane Wilkinson es necesario que se la vea entrar en Regent Gate. Bien; ya la han
visto. Pero aún hace más: al entrar se anuncia como lady Edgware. Ah, c'est un peu
trop ca! Haría sospechar al más cándido. Hay otra cosa, además. La mujer que entró
la otra noche en la casa iba vestida de negro, y Jane Wilkinson nunca viste de negro,
se lo hemos oído decir a ella misma. Todo eso parece demostrar que no era Jane
Wilkinson la que entró en casa de lord Edgware, sino una mujer que se disfrazó y se
hizo pasar por ella. ¿Fue esta mujer la que mató a lord Edgware? ¿O bien entró otra
persona en la casa y esta última fue la que le asesinó? De ser así, ¿cuándo entró?
¿Antes o después de la visita de la fingida lady Edgware? Si entró después, ¿qué
dijo aquella mujer a lord Edgware? ¿Cómo explicó su presencia allí? Podía engañar

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al criado, que no la había visto nunca, y a la secretaria, que sólo la vio de lejos; pero
no puede creerse que lograse engañar al marido. Tal vez, cuando ella entró en la
biblioteca, sólo encontró un cadáver, y entonces lord Edgware habría sido asesinado
entre las nueve y las diez.
—Por Dios, cállate, Poirot —grité—. Me estás volviendo loco. ¿Qué te hace
sospechar tan endiablado complot?
—Aún no puedo decir nada, pero es indudable que alguien tenía algún motivo para
desear la muerte de lord Edgware. Está, desde luego, el sobrino, que es su
heredero; y a pesar de las afirmaciones de miss Carroll, existe la posibilidad de algún
enemigo. Lord Edgware me dio la sensación de ser uno de esos hombres que se
crean enemigos con facilidad.
—Sí, eso parecía —afirmé.
—Quienquiera que fuese el asesino, debió disfrazarse muy bien. Si Jane Wilkinson
no llega a cambiar de parecer a última hora, le hubiese sido imposible probar su
inocencia, la hubiesen arrestado y es muy poco probable que se librase de la horca.
Me estremecí.
—Hay una cosa que me desconcierta —siguió Poirot—. El deseo de culpar a Jane es
claro. Entonces, ¿para qué telefonearla? Porque es indudable que alguien la
telefoneó a Chiswick, y en cuanto se enteró de que estaba allí antes de... ¿De qué?
A la hora en que telefonearon, todavía no había sido asesinado lord Edgware. La
intención que guió esa llamada parece ser, no hay otra palabra para ella,
beneficiosa. Lo indudable es que no fue el asesino, porque la intención de éste es
claramente la de culpar a Jane. Entonces, ¿quién fue?
—Quizá fue sólo una mera coincidencia —sugerí.
—No, no es eso. Hace seis meses fue interceptada una carta. ¿Para qué? Hay en
este asunto un montón de cosas inexplicables y que deben tener algo de común
entre ellas.
Lanzó un profundo suspiro y continuó:
—Esa historia que vino a contarnos Bryan Martin...
—Pero, Poirot, eso no debe tener nada que ver con nuestro asunto.
—Estás completamente ciego, Hastings.
Poirot lo vería todo muy claro; pero yo, lo confieso, no veía la menor luz que aclarase
las tinieblas de mi cerebro.
—Lo que no puedo creer —dije de pronto— es que haya sido Charlotte Adams la
autora del crimen; me hizo el efecto de una muchacha muy buena.

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